© Libro N° 9503. El Lenguaje De Las Matemáticas. Rojas González, Raul. Emancipación.
Enero 22 de 2022.
Título original: © El Lenguaje De Las Matemáticas. Raul Rojas
González
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Original: © El Lenguaje De Las Matemáticas. Raul Rojas González
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
EL LENGUAJE DE LAS MATEMÁTICAS
Raul Rojas González
El Lenguaje De Las Matemáticas
Raul Rojas González
CONTENIDO
Agradecimientos
Introducción
I. Prolegómena
II. Números y variables
III. Operadores aritméticos
IV. Operadores de relación y agrupamiento
V. Cálculo/Análisis
VI. Conjuntos y funciones
VII. Constantes
VIII. Combinatoria
IX. Áreas varias
Epílogo
Bibliografía
Tabla de símbolos y expresiones
Agradecimientos
Tengo que agradecerles a los estudiantes de mis cursos sobre historia de
las matemáticas su ayuda localizando fuentes y discutiendo sobre los símbolos.
A mi esposa Margarita y a mi hija Tania les agradezco su continuo apoyo durante
tantos años. Mi hermana Graciela, también matemática, me ayudó a revisar el
manuscrito en múltiples ocasiones, tropezando con muchos de aquellos errores
que el autor, de tanto verlos, los desaparece inconscientemente de la página.
Mi amigo el doctor Víctor Pérez Abreu leyó una primera versión y me hizo
sugerencias muy valiosas. También le agradezco a mi suegra, doña Hortensia
Argüero, porque nunca dejó de preguntarme sobre el manuscrito..., hasta que me
obligó a terminarlo. Finalmente, no me queda más que agradecer al equipo editorial
del FCE el magnífico cuidado editorial de esta edición.
Este libro se lo dedico a las nuevas generaciones: a mi recién nacido
nieto Nikolai Andrei. Espero que algún día lo lea, quizás en una edición que
pueda reunir aún más símbolos y más historias.
Introducción
La filosofía é scritta in questo grandissimo libro che continuamente ci
sta aperto innanzi agli occhi (io dico l'universo), ma non si puó intendere se
prima non simpara a intender la lingua, e conoscer i caratteri, nd quali é scritto.
Egli é scritto in lingua matemática, e i caratteri son triangoh, cerchi, ed
altre figure geometriche, sen- za i quali mezi é impossibile a intenderne
umanamente parola; senza questi é un aggirarsi vanamente per un oscuro
laberinto.[1]
Galileo Galilei, El ensayador
El libro que el lector tiene en sus manos es resultado de décadas de
docencia en el área de las matemáticas. El texto intenta mostrarles a los
estudiantes de ciencias e ingeniería que conceptos que hoy en día utilizamos
casi en forma automática tienen una larga historia, incluidos sus símbolos.
Desde Galileo sabemos que el mundo de la naturaleza está escrito en el
“lenguaje de las matemáticas”. Sin embargo, rara vez nos adentramos en la
historia de esta ciencia, lo cual representa una pérdida doble: por un lado,
cultural, y por el otro, incluso de contenido, ya que si sabemos de dónde
provienen los conceptos y qué disputas generó su primera formulación, estamos
mejor preparados para utilizarlos como parte de nuestro arsenal matemático.
El libro está dividido en nueve capítulos con 54 secciones en total.
Cada una de ellas se limita a examinar uno o dos símbolos matemáticos, su
historia y las variantes que pueden haber tenido. Las secciones son
autocontenidas, así que se les puede leer en cualquier orden. El libro está
concebido precisamente para que el lector deambule de un capítulo al otro, para
que explore el origen de nuestro lenguaje matemático siguiendo la inspiración
del momento. Mi experiencia es que estas pequeñas historias pueden servir
también para despabilar a los estudiantes en clase, para darles un empujón
mental cuando comienzan a aburrirse o quieren claudicar enfrentados al
formalismo del pizarrón. Es siempre interesante escuchar acerca de las
matemáticas de Leibniz o de Gauss, o ver cuán variadas cruces hemos adoptado
como símbolos matemáticos.
Esta estrategia de secciones autocontenidas tiene el efecto colateral de
producir una cierta redundancia. Algunas explicaciones, o bien la presentación
de algún matemático, aparecen en dos o más partes del texto. He tratado de
limitar las repeticiones al mínimo posible, sin haberlas podido evitar del
todo. Apelo a la paciencia del lector, recordándole que la repetición ayuda a
grabarse mejor las cosas.
Mi primer seminario sobre la historia de los símbolos matemáticos lo
organicé en Berlín en 1997, hace ya 21 años. Los temas aquí reunidos los fui
garrapateando a lo largo del tiempo, algunas veces en inglés y otras en alemán.
Sin embargo, no estaba satisfecho porque no lograba encontrar el estilo
adecuado para desarrollar el tema. De plano me regresé al idioma materno, y fue
así como en 2017 el manuscrito pudo encontrar su forma final, más fluida y más
amena. Ya habiendo encontrado la forma correcta de realizar la exposición será
más fácil preparar una edición en inglés de la obra.
Este libro no es un tratado enciclopédico, como la obra monumental de
Florian Cajori de 1928 (A History of Mathematical Notations), que
hasta el día de hoy no ha sido superada. No se trata aquí de seguir toda la
notación matemática en el tiempo, puntualmente y autor por autor, a veces
década por década. Se trata más bien de maravillarse con la historia del
quehacer matemático y de conocer a los gigantes en cuyos hombros hoy nos
erigimos. Se trata de entender cómo se pudo forjar el lenguaje de las
matemáticas a través de un esfuerzo colectivo que abarca más de veinte siglos y
a muchos imperios, algunos ya desaparecidos. Lo que queda, lo único permanente,
es el progreso de las matemáticas, siempre a la búsqueda de una mejor forma de
expresar relaciones entre estructuras abstractas, siempre a la búsqueda de su
propia voz.
Capítulo I
Prolegómeno
Contenido:
§. El
nacimiento del álgebra
§. ¿Cómo usamos los símbolos matemáticos?
§. Las fórmulas matemáticas más bellas
§. ¿Por qué extraemos raíces?
§. El nacimiento del álgebra
Ál-gebra es una palabra árabe. Para entender su origen
tenemos que remontarnos a la época y al ambiente retratados en Las mil y una
noches, cuando el Imperio islámico se transformó en una potencia militar y
científica. ¿Quién no recuerda al califa Harún al-Rashid patrullando de noche
Bagdad, la capital del imperio? ¿Quién no recuerda a Scheherezade, quien logra
evitar su propia ejecución, día con día, comenzando un relato que deja
inconcluso al amanecer? El sultán Schahriar, deseoso de conocer el desenlace de
la historia, le perdona la vida cada mañana, aunque había jurado ejecutar a
todas sus esposas después de un solo día de matrimonio para hacer imposible un
adulterio. Así durante mil y una noches.
Pero antes de los árabes, el origen de las matemáticas se remonta a los
primeros conocimientos aritméticos, a la invención de los números y de las
operaciones posibles con ellos. Más tarde los griegos desarrollaron la
geometría y los rudimentos de manipulaciones simbólicas en las matemáticas.
Hace ya 23 siglos que el legendario Euclides de Alejandría compendió los
conocimientos aritméticos y geométricos de su época en su obra magna, los
Elementos. Sin embargo, el álgebra tomó más tiempo, ya que en esta disciplina
se opera con números concebidos como entes abstractos, es decir, como variables
que pueden adoptar diferentes valores.
Fue otro matemático griego quien se atrevió a representar variables y
ecuaciones complejas con combinaciones simbólicas. Nos referimos al gran
Diofanto, cuya vida se pierde en la bruma de los tiempos. Ni siquiera estamos
seguros de cuándo nació, pero algunos autores piensan que vivió en el siglo m
de nuestra era. Con los 13 libros de su Aritmética, Diofanto aspiró a alcanzar
el mismo nivel de virtuosismo que Euclides. Y aunque los conocimientos
geométricos de los griegos nunca se extraviaron, sí se perdió en Europa la
tradición algebraica de Diofanto, quien fue redescubierto y traducido al latín
apenas en el Renacimiento.
Mientras en Europa se transitaba a tientas por la noche de la Edad
Media, los persas y los árabes se encargaron de rescatar el legado científico
de los griegos. Durante la época retratada en Las mil y una noches, la llamada
Edad de Oro del Islam, la cultura árabe se extendió desde el Asia Menor hasta
el norte de África y la península ibérica. En un intervalo de 600 años, desde
el siglo VIII hasta el XIII, los árabes absorbieron la ciencia y la tecnología
egipcias, babilónicas, griegas y romanas. Al establecerse el llamado califato
abasí, se dio gran importancia a la ciencia, la medicina y la educación. La
capital del imperio se trasladó de Damasco a Bagdad, y fue en esta ciudad donde
se fundó la Casa de la Sabiduría, que al principio era simplemente una biblioteca
pero que evolucionó hasta transformarse en un centro de reunión y docta disputa
de los ilustrados de aquel tiempo.
Figura I.1. Primera página del Álgebra de Al-Khuwarizmi, ca. 863 d.C.
(fuente: John L. Esposito, The Oxford History of Islam, Oxford University
Press, Nueva York, 1999).
Uno de esos sabios fue Abu Abdallah Muhammad ibn Müsá
Al-Khuwarizmi (ca. 780-850 d.C.), cuya fama perdura hasta la
actualidad y al que evocamos cada vez que hablamos de algoritmos, un
vocablo derivado de su nombre. De la proveniencia de Al-Khuwarizmi no estamos
seguros, pero nació en algún lugar situado entre Persia y Uzbekistán. Era él un
erudito universal, que lo mismo se atareó realizando observaciones astronómicas
que levantando mapas y estudiando la geografía del imperio, así como las
matemáticas. La palabra álgebra es precisamente un fragmento
del título del libro más famoso de Al-Khuwarizmi: Kitdb al-mukhtayarfi
hisdb al-jabr wa-l-muqdbala, que algunos traducen como Compendio
de cálculos completando y balanceando.
Este libro fue importante porque popularizó el sistema decimal
posicional y porque contiene una exposición extensa y didáctica de la manera en
que se pueden resolver problemas algebraicos de manera metódica. Siglos
después, en Italia, se hablaría de resolver problemas numéricos con el ábaco, o
bien con papel y tinta, usando algoritmos y guarismos, es decir, cifras
decimales.
El libro de Al-Khuwarizmi procede en forma similar a la de muchos otros
“recetarios” algebraicos posteriores. Plantea un problema particular y muestra
cómo hallar la solución. El problema podría ser encontrar un número que
reducido tres unidades se convierte en 2. Lo importante es el método
para llegar al resultado, que se puede después extrapolar a situaciones nuevas.
El libro estaba dirigido a los mercaderes, e incluso a los jueces que
tenían que distribuir herencias de acuerdo con ciertas proporciones.
Figura 1.2. Páginas del Álgebra de Al-Khuwarizmi donde se muestra “cómo
completar el cuadrado” para resolver una ecuación (fuente: The Bodleian
Library, Universidad de Oxford).
El estilo es el de un manual, no el de una obra de investigación. En el
caso de las igualdades algebraicas se procede como cuando se tiene una balanza
para pesar y comparar objetos. Si movemos un peso —es decir, un número— de un
lado de la balanza al otro, debemos tener cuidado de no destruir la igualdad.
Por eso, la palabra Al-jabr del título del libro de Al-Khuwarizmi muchos la
interpretan como completar, en referencia a la idea de completar expresiones
matemáticas para mantener el equilibrio. La traducción al latín del libro de
Al-Khuwarizmi, realizada en 1145, fue titulada Líber algebras et almucabola. Es
éste el momento en el que el vocablo “álgebra” ingresa definitivamente al
repertorio verbal europeo.
Con los años transcurridos, podría parecer que la acepción de algebra
como completar es aceptada universalmente. Pero no es así: hace casi ochenta
años los historiadores de la ciencia Salomón Gandz y Otto Neugebauer
rastrearon, como si fueran detectives, el origen del término al-jabr y
arribaron a un resultado diferente. Los dos investigadores analizaron las
fuentes de Al-Khuwarizmi, quien se basó en textos babilónicos, asirios y
sumerios. En particular, la palabra asiria gabru-maharu significa contraponer o
ser igual. Los árabes adoptaron el sonido de la palabra, pero la escribieron
como al-jabr. Además, los árabes tenían su propia expresión con el mismo
significado: al-muqa-bala. Por eso el título del libro de Al-Khuwarizmi (Kitcib
al-mukh- tasarfi hisdb al-jabr wa-l-muqdbala) es en realidad redundante y se
refiere, en suma, a “la ciencia de las ecuaciones”, siendo al-jabr y
al-muqabala los términos asirio y árabe, respectivamente, para denotar la misma
cosa: una ecuación.
Todos los libros tienen una doble historia, la de su escritura y la de
su posterior influencia. Mientras que Al-Khuwarizmi no llegó al nivel de
complejidad de Diofanto, sí tuvo un impacto directo más inmediato. Diofanto
podía resolver problemas con distintas variables y hasta sextas potencias, pero
su libro no podía ser utilizado como manual algebraico para los problemas más
relevantes en la práctica. El libro de Al-Khuwarizmi, por el contrario, incidió
en las matemáticas de uso diario en Europa a través de los popularizadores de
su obra.
Muchos escritores se han interesado por la Antigüedad árabe. Jorge Luis
Borges escribió alguna vez: “En el siglo XV se recogen en Alejandría, la ciudad
de Alejandro Magno, una serie de fábulas. Esas fábulas tienen una historia
extraña, según se supone. Fueron habladas al principio en la India, luego en
Persia, luego en Asia Menor y finalmente, ya escritas en árabe, se compilan en
El Cairo. Es el libro de Las mil y una noches”. Edgar Allan Poe incluso
completó las Arabica Nights con una sátira, la historia de la noche 1002.
Habría sido bueno que Borges, tan aficionado a las matemáticas, hubiera
extendido también Las mil y una noches con alguna alucinante historia, como su
cuento sobre el Aleph, pero que tratara de Al-Khuwarizmi, Bagdad y los libros
de matemáticas que transformaron al mundo.
§. ¿Cómo usamos los símbolos matemáticos?
En la historia de las matemáticas se distinguen tres periodos: las
matemáticas retóricas, las matemáticas anotadas y nuestra moderna matemática
simbólica. Los más antiguos textos matemáticos, de la primera fase, resuelven
problemas aritméticos o algebraicos utilizando únicamente texto, sin símbolos,
o un mínimo de ellos. El ejemplo que sigue, tomado de un libro del italiano
renacentista Lúca Pacioli (c. 1445-c. 1514), nos da una idea de la forma en que
se argumentaba retóricamente: “Tenemos tres cantidades en proporción continua.
Multiplicamos cada una por la suma de las otras dos y agregamos los resultados.
Esto se divide entre el doble de la suma de las tres cantidades y el resultado
final es siempre la segunda cantidad”. Todo esto es mucho más difícil de
comprender que cuando vemos la fórmula a la que se refiere el texto y que es
relativamente simple:
Si x/y = y/z, entonces
En la actualidad no esperamos abrir un libro de matemáticas sin
encontrarnos con un sinnúmero de expresiones simbólicas. De hecho, este
lenguaje matemático resulta oscuro al principio para los no iniciados y ha
contribuido a ahuyentar al público del estudio de la disciplina. Pero quien
conoce la simbología puede captar de un vistazo la esencia de una expresión;
puede incluso comenzar a operar mentalmente con ella.
Por todo esto, no es extraño que algunos matemáticos hayan decidido
analizar el tipo de expresiones que utilizamos en los libros e identificar los
símbolos más frecuentemente empleados. Dicho de otra manera, si abrimos una
obra de matemáticas en una página cualquiera, ¿qué tipo de símbolos
encontraremos con mayor probabilidad? Vivimos en la época del big data, es
decir, de las grandes bases de datos. Existen vastos repositorios de trabajos
matemáticos que se pueden utilizar para una evaluación estadística. Sólo hay
que tomar la computadora y contar con qué frecuencia aparecen los diversos
símbolos. ¿Qué nos dice un análisis de este tipo?
No sorprende que el símbolo más frecuente sea el de igualdad: ¡94% de
las expresiones matemáticas lo contienen! Y es que en las matemáticas siempre
estamos transformando expresiones y necesitamos especificar qué cosa es igual a
qué otra cosa. Los dos símbolos siguientes más usados son los paréntesis, el de
apertura y el de cierre, que nos ayudan a organizar las operaciones para evitar
ambigüedades de cálculo. Por eso, casi 60% de las expresiones matemáticas
contienen paréntesis. De dichas expresiones, 93% albergan además algún operador
aritmético; de ahí que una expresión típica en matemáticas pudiera ser algo
como esto:
donde los cuadrados sólo nos sirven para reservar el espacio para algún
símbolo. Si examinamos todos los símbolos que pueden aparecer en una expresión
aritmética, esto es lo que nos dice la estadística:
·
13% son números.
·
6% son letras del alfabeto griego.
·
15% son operadores matemáticos.
·
7% son operadores relaciónales.
·
8% son paréntesis.
·
3% son flechas.
·
6% son símbolos de puntuación.
No asombra que las letras ocupen tanto espacio en una expresión
matemática: las utilizamos para indicar variables y constantes. Los números
siempre están ahí, de alguna forma, ya que nos ayudan a especificar el
problema. Las letras latinas y las griegas junto con los números representan,
por sí solas, 55% de los caracteres de una expresión matemática. Los operadores
relaciónales son muy importantes, ya que nos indican igualdad, o bien, que algo
es menor o mayor que otra cosa. También hay operadores de similitud.
Levantar estos datos no es un ejercicio ocioso: si se quiere desarrollar
reconocedores de caligrafía computarizados que puedan transformar lo escrito en
una tableta en una fórmula para un libro o para un cálculo, es importante saber
cuáles son los símbolos más importantes, los que encontraremos más
frecuentemente. Si mi reconocedor computarizado de escritura es muy bueno para
las letras latinas, pero no para las griegas, tendré seguramente problemas con
6% de los caracteres. En cuanto a la estructura de las expresiones matemáticas,
lo más importante es reconocer subíndices, potencias y fracciones, ya que en
todos estos casos se pierde la secuencia lineal de la escritura y la fórmula
comienza a extenderse en dos dimensiones.
Si ahora inspeccionamos cuáles de las letras latinas y griegas son las
más populares en las expresiones, nos encontramos con que n, i x son las tres
más frecuentes en textos de matemáticas, mientras x, y, a son las
tres más populares en textos de ingeniería. La variable x, como se
ve, es igualmente importante en matemáticas que en ingeniería. La letra i es
muy utilizada en expresiones con subíndices y sucesiones, al igual que la letra
n.
Figura 1.3. Tabla que muestra las apariciones de los símbolos e
identificadores matemáticos en diversas ecuaciones. La clasificación se realiza
de acuerdo con el origen de los caracteres, los que se presentan en un orden de
mayor a menor frecuencia de uso.
La tabla de apariciones de símbolos mostrada arriba (para textos de
matemáticas en el repositorio arXiv en internet y para textos
de ingeniería) deja ver la importancia de los operadores aritméticos y contiene
algunas sorpresas. De la mayoría de estos símbolos tenemos una historia que
ofrecer en los capítulos que siguen.
§. Las fórmulas matemáticas más bellas
Los matemáticos saben bien que en su disciplina no sólo existen teoremas
y resultados centrales, sino que también algo que a veces se llama elegancia.
Un teorema se puede demostrar en diez páginas, pero si es posible hacerlo en
tres líneas y, además, la representación empleada nos permite avanzar hacia
regiones solitarias e inexploradas, lo que tenemos no sólo es una verdad
universal, sino además un teorema bonito. Es decir, en ocasiones las
matemáticas también nos pueden cautivar por su valor estético.
Reflexionando precisamente sobre esto, en el año 2002 la matemática rusa
Natasha Kondratieva preguntó a varios matemáticos distinguidos de todo el mundo
cuáles serían en su opinión las tres fórmulas matemáticas más hermosas, tanto
por su expresividad como por su profundidad. Recibió muchas respuestas, pero
tres expresiones surgieron como claras vencedoras, dos de ellas relacionadas
con el suizo Leonhard Euler y una con el griego Pitágoras. El teorema de
Pitágoras fue quizá la fórmula más señalada. La identidad se expresa en
notación moderna sencillamente como
x2 + y2 = z2
donde z es la hipotenusa de un triángulo rectángulo y las respectivas
longitudes de los lados del triángulo están representadas por las
variables x, y. La fórmula es una de las primeras que se aprenden
al estudiar geometría. La demostración del teorema es sencilla y además la
fórmula invita a ser generalizada (llevándonos así al teorema de Lermat, que
afirma precisamente que la generalización no es válida para argumentos enteros
y exponentes enteros mayores que 2). Contemplar esta fórmula y todas sus implicaciones
es muy interesante. Por ejemplo, en geometrías no euclidianas la fórmula
pitagórica no funciona. Por otro lado, la notación usada arriba para la
expresión pitagórica presupone la geometría analítica y también la notación de
potencias de variables, dos productos del trabajo del matemático francés René
Descartes.
Figura I.4. Demostración del teorema de Pitágoras sin usar palabras.
Por si eso no bastara, la demostración del teorema de Pitágoras es
simple y puede hacerse sin palabras, como se muestra en la figura I.4, donde
resulta evidente que el área gris (c2) se puede redistribuir
para representar a2 + b2. Éste es
precisamente un ejemplo de una demostración que es elegante por intuitiva.
La segunda fórmula muy mencionada por los matemáticos consultados fue la
llamada ecuación o identidad de Euler:
eiπ + 1 = 0.
En esta identidad encontramos el cero y el uno, los dos enteros de los
que parte el sistema numérico. Aparece la adición como operación aritmética y
además los dos números trascendentes e y π, cuya notación fue introducida o
bien consolidada por Euler. La letra i nos remite a los números imaginarios y
complejos. Además, tenemos en la expresión la función exponencial con un
exponente complejo.
La identidad de Euler se basa en la relación de la función exponencial
con las funciones trigonométricas y apunta hacia una posible generalización de
las mismas, es decir, hacia el seno y el coseno hiperbólicos. Hoy en día,
interpretando los números complejos como vectores en el plano es fácil
visualizar el teorema.
Figura I.5. Representación del número complejo cos 𝜑 + i
sen 𝜑.
Euler postuló la identidad en 1740, cincuenta años antes de que Caspar
Wessel mostrara cómo representar números complejos como vectores en el plano.
Podemos tomar la expresión ei𝜑 = cos 𝜑 + i
sen 𝜑 como la definición de exponenciales con exponente complejo, o se puede
partir de las llamadas series de Taylor para obtener la misma fórmula. Si el
ángulo es 𝜑 = π, el vector con coordenadas (cos π, sen π) es nada menos que el
vector (-1, 0), o sea, simplemente el número real -1. De ahí se deriva la
identidad de Euler directamente.
También la tercera fórmula más mencionada como la más estética es de
Euler; se trata de su célebre ecuación para poliedros:
V - E + F = 2.
La fórmula nos dice que el número de vértices V de un poliedro, menos el
número de sus aristas E, más el número de sus caras F, es siempre igual a dos.
Se puede verificar la ecuación empíricamente para los poliedros regulares
usando los datos que se muestran en la figura I.6.
El mismo Euler quedó fascinado con el resultado. El 14 de noviembre de
1750 le escribió a su amigo Christian Goldbach:
“Estoy sorprendido de que estas propiedades generales de la
estereometría no hayan sido percibidas por nadie más, hasta donde estoy
enterado”.
Figura I.6. Poliedros regulares, también llamados sólidos platónicos
convexos. Este grupo está conformado por cinco cuerpos geométricos: tetraedro,
cubo o hexaedro, octaedro, dodecaedro e icosaedro. Se caracterizan por
compartir ciertas propiedades básicas, entre ellas la regularidad de sus caras,
la identidad de todos sus ángulos y la semejanza en longitud de todas sus
aristas (V, número de vértices; E, número de aristas; F, número de caras).
En el mundo de las matemáticas hay muchas otras fórmulas, además de las
aquí mencionadas, que por su profundidad y brevedad nos maravillan. Con una
notación poderosa y expresiva, la belleza de los resultados matemáticos salta a
la vista y deja volar nuestra imaginación.
§. ¿Por qué extraemos raíces?
Un matemático sin ecuaciones es como un químico sin probetas ni
matraces, es como un arquitecto sin sus dibujos, es como un ingeniero civil sin
concreto. Hablando de ecuaciones, un problema matemático que encontramos
frecuentemente es el de resolver igualdades del siguiente tipo:
ax2 + bx + c =
0.
En alemán, que siempre se jacta de ser un lenguaje muy riguroso, se dice
que queremos encontrar las posiciones aulas, es decir, aquellas x que
resuelven la ecuación. Sin embargo, en el mismo idioma también se dice Wurzela
bestimmea, que corresponde a nuestra locución encontrar las raíces de la
ecuación. En inglés también se habla de encontrar roots (raíces) de la
expresión. Es éste un caso que se antoja extravagante de conjunción entre las
matemáticas y la botánica. ¿De dónde viene esta peculiar forma de expresarnos?
Veamos.
Generalmente, los matemáticos de la Antigüedad no podían resolver el
caso general de un problema planteado, como la ecuación cuadrática mostrada
arriba con coeficientes variables. Resolvían por eso casos especiales de cada
ecuación (por ejemplo, b = 0 en la expresión anterior) y describían el proceso
de solución en forma de recetarios verbales. No se manipulaban símbolos, como
hacemos ahora, sino que se relataba el proceso de solución con los números
dados. Es lo que se llamaba el álgebra vernácula, es decir, platicadita.
Los griegos siguieron un camino alternativo y muy peculiar. Versados en
la geometría y provistos de potentes teoremas matemáticos, podían convertir
muchos problemas numéricos en un problema geométrico equivalente.
Figura I.7. Método para encontrar la raíz de un número utilizando únicamente
instrumentos como regla y compás.
Por ejemplo, para extraer la raíz cuadrada de 2 basta con dibujar un
triángulo con catetos de longitud 1 y la hipotenusa del triángulo es de
longitud √2 gracias al teorema de Pitágoras.
La figura I.7 muestra un método geométrico más general para encontrar la
raíz cuadrada de un número r cualquiera utilizando únicamente
regla y compás. Para ello, los segmentos de longitud r y 1,
respectivamente, se colocan uno tras otro. Se dibuja el círculo que tiene a
esta línea roja como diámetro y el resultado buscado es la longitud de la línea
verde de la figura, que, de acuerdo con las leyes de similitud de triángulos,
tiene que tener la longitud √r. Éste es precisamente el método griego de
geometrizar la aritmética para resolver problemas que ahora llamamos
algebraicos.
Los griegos concibieron muchas otras técnicas como ésta, de regla y
compás, con las que se podían realizar adiciones, sustracciones y
multiplicaciones de segmentos que representan números. Dados los datos del
problema en forma de longitudes de segmentos, había entonces que concebir una
construcción geométrica adecuada a la interrogante planteada. El resultado
buscado era la longitud de algún segmento generado durante la construcción. Por
eso los romanos, que tradujeron directamente de los griegos, llamaban latas a
la incógnita de un problema algebraico (es decir, el lado). Muchos siglos
después, el matemático francés François Viète hablaría también de la solución
de una ecuación como del latus de la misma.
El que no todos los problemas aritméticos pudieran ser resueltos con
regla y compás les provocaba gran ansiedad a los matemáticos griegos. Por
ejemplo, la cuadratura del círculo —es decir, construir un cuadrado con un área
igual a la de un círculo dado— no se puede resolver con estas herramientas. Es
uno de los problemas clásicos de la Antigüedad que sólo después de siglos sería
completamente entendido. Pero aun cuando un problema sí fuera soluble, como el
de encontrar un segmento de longitud √2, la imposibilidad de expresar este
número como un cociente de enteros era fuente de desdicha. Por lo menos para la
hecatombe o sacrificio de cien reses que, según la leyenda, la escuela de
Pitágoras ofreció a los dioses para celebrar el descubrimiento. “Desde entonces
tiemblan los bueyes cada vez que una nueva verdad se revela”, escribió el
alemán Ludwig Borne.
Pero regresando a nuestro tema original: llamar a las soluciones de
ecuaciones sus raíces es uno de los más peculiares malentendidos derivados de
esta estrategia de geometrizar la aritmética. Todo comienza en Arabia. Una vez
que las culturas griega y romana entraron en decadencia, los matemáticos árabes
tomaron la estafeta del desarrollo de las ciencias. En Bagdad y otras ciudades
se tradujeron las obras matemáticas de los griegos. Eruditos como Al-Khuwarizmi
y el célebre Abu’l-Hasan Al-Uqlidisi escribieron extensos tratados matemáticos.
Es ésta la llamada Edad de Oro del Islam, que comienza en el siglo VIII.
Ahora bien, los autores árabes se referían a la incógnita en problemas
numéricos utilizando las palabras mal y jadhr. Esta última se refiere a la
variable cuyo valor estamos tratando de elucidar, mientras que la primera
representa su cuadrado. Esta terminología parece haber sido adoptada de los
indios, pero en todo caso la palabra jahdr es una referencia directa a los
griegos, ya que se puede traducir como fundamento o base de una construcción
geométrica, precisamente aquella que representa el problema en cuestión. Pero
esta palabra se puede confundir, de acuerdo con el contexto, con la base o raíz
de una planta. Los primeros traductores europeos de tratados matemáticos árabes
decidieron usar, no el término latus, como los romanos, sino la acepción algo
confusa de jahdr como radix (raíz). La referencia a la construcción geométrica
desaparece así tras el velo verbal. Pero en cierta forma se creó un concepto
más abstracto, ya que no importa si resolvemos un problema de manera geométrica
o algebraica, la solución es la raíz. Algunos historiadores de la ciencia
opinan que incluso nuestra preferencia por la letra x para
representar la cantidad desconocida en un problema de una sola variable viene
de tomar la última letra de radix para hablar de la incógnita. También habría
que mencionar que los eruditos judíos que tradujeron del árabe directamente al
hebreo fueron más cuidadosos y transformaron la palabra jadhr en la palabra
gader, que significa lado o borde.
Los matemáticos y traductores Johannes Hispaniensis, Gerhard de Cremona
y Leonardo de Pisa —mejor conocido como Fibonacci— popularizaron la nueva
terminología en Sevilla, Toledo e Italia, respectivamente. Al nuevo vocablo le
salieron alas y se difundió por todo el continente. El capítulo 14 del Líber
abaci de Fibonacci, por ejemplo, se titula “De reperiendis radicibus quadratis
et cubitis...” (Cómo encontrar raíces cuadradas y cúbicas...). Por el esfuerzo
y también por las pifias de estos traductores trasnochados, hablamos desde
entonces de encontrar las raíces de un polinomio.
Capítulo II
Números y variables
Contenido:
§. Las cifras indoarábigas y el mercantilismo
§. El alfabeto griego y sus predecesores
§. El cero
§. La simetría de los símbolos
§. La variable x
§. El valor absoluto
§. Las potencias como superíndice
§. Los subíndices
§. El punto decimal
§. Las cifras indoarábigas y el mercantilismo
§. Las cifras indoarábigas y el mercantilismo
La escuela italiana de matemáticas fue una de las primeras en
desarrollar un sistema simbólico refinado. La primera generación de autores de
obras matemáticas, que surge al ir terminando la Edad Media y de cara al
Renacimiento, se forjó en Venecia y sus alrededores. No es casual: ese puerto
era el punto de contacto con el Oriente y uno de los centros mercantiles más
importantes de Europa precisamente en la época en que comienza a nacer el
capitalismo. Fue en Venecia donde Marco Polo publicó la fabulosa historia de
sus viajes a China.
Es también en Venecia donde surgen las primeras escuelas de ábaco y
contabilidad. Fueron precisamente los mercaderes venecianos quienes inventaron
el método de contabilidad con entradas dobles, es decir, con una columna para
los débitos y otra para los créditos. Y es en Venecia donde aparece la obra que
habría de popularizar en Europa el uso de las cifras indoarábigas.
Figura II.1. Página del Liber abaci del matemático Leonardo de Pisa (mejor
conocido como Fibonacci). El ejemplar se encuentra resguardado en la Biblioteca
Nacional de Florencia) Italia (fuente: Wikimedia Commons).
Nos referimos al Liber abaci (Libro de cálculos) de
Leonardo de Pisa, mejor conocido como Fibonacci. Es ésta, sin duda, una de las
obras más influyentes en la historia de las matemáticas. El libro logró
instruir a los europeos para que pudieran calcular usando números decimales con
papel y lápiz (en realidad papel, pluma y tinta, ya que el lápiz con mina de
grafito no fue inventado hasta el siglo XVI, en Inglaterra).
El Liber abaci comienza con la frase: “Las nueve cifras indias son 9, 8,
7, 6, 5,4, 3, 2,1”. De ahí pasa a añadir zephir) el cero, al conjunto de
símbolos necesarios para representar cualquier número decimal. Con su
monumental obra, Fibonacci contribuyó a popularizar la notación indoarábiga
moderna, tan superior a la romana.
Los griegos, tan versados en matemáticas, especialmente en geometría, no
contaban con símbolos adicionales para los dígitos decimales. A las letras,
desde alfa hasta omega, les asignaban un valor numérico propio y así, sin
sistema posicional, componían los números (de manera similar a lo que harían
después los romanos con su notación no posicional). El sistema posicional se
difundió de Babilonia a la India y fue ahí donde se simplificó, al cambiar de
la base 60 a la base 10, y donde múltiples escribas fueron creando las primeras
cifras decimales.
Figura II.2. El Códice vigilano (Codex Vigilanus, de 976 d.C.) contiene la
primera referencia europea conocida a las cifras indoarábigas. Antes de
presentarse los números aparece una leyenda (en latín): “Hemos de saber que la
gente de la India es poseedora de un entendimiento muy agudo y que las otras
civilizaciones le conceden el primer lugar en el conocimiento de la aritmética
y de la geometría) así como de las otras artes liberales. Esto se comprueba con
las nueve figuras con las que representan cada uno de los números) cuyo trazo
se presenta a continuación: 987654321” (fuente: Wikimedia Commons).
Los árabes adoptaron los métodos y la notación indios, y por eso hoy
hablamos de las cifras indoarábigas, para reconocer la aportación de los dos
centros culturales en la aparición del sistema de números decimales.
Antes de Fibonacci, las cifras indias ya habían sido introducidas en
Europa a través de las colonias árabes de España. El llamado Códice vigilano)
albergado en el Monasterio de El Escorial, contiene la primera referencia a la
nueva notación. De la península ibérica las cifras indoarábigas se abrieron
paso lentamente por Europa, hasta que llegaron las grandes obras de
divulgación.
El Líber abaci fue publicado por primera vez en 1202, hace ya más de
ocho siglos. Hasta la invención del sistema decimal posicional existían dos
formas de escribir números: utilizando un sistema de agregación, como el
romano, basado en asignarle un valor fijo a cada letra repetida (por ejemplo,
50 a la L, 1000 a la M), o bien, haciendo uso de un sistema posicional como el
de los babilonios, de base 60. Eclécticos como somos, seguimos usando la
notación romana para las fechas, pero la base 60 para el reloj y las brújulas
con sus 360 grados, así como la notación decimal para los cálculos comerciales.
Aunque fueron los asirios y los babilonios quienes inicialmente introdujeron la
notación posicional, los indios más tarde perfeccionaron el sistema decimal,
adoptando el cero babilónico.
Leonardo de Pisa nació en una familia de mercaderes y aprendió
recorriendo el Mediterráneo, absorbiendo las matemáticas árabes en viajes a
Bizancio, Egipto, Siria y ciudades del norte de África. De su vida se sabe
poco, prácticamente sólo lo que reveló en los prólogos de sus libros. Como era
el hijo (filius) del mercader Bonacci, su nombre se transformó en Fibonacci.
Hoy en día mucha gente ha oído hablar de la serie de Fibonacci, esto es, la
serie de los números 1, 1, 2, 3, 5, 8, etc., cuyo origen se remonta al Líber
abaci, donde esta secuencia aparece como la solución al problema de calcular el
total de pares de conejos en generaciones sucesivas.
En la época de Fibonacci la notación con números romanos hacía muy
difícil ejecutar multiplicaciones o divisiones. Todos los cálculos complejos de
la vida comercial eran la responsabilidad de una casta especial de técnicos,
los llamados calculistas. Los mercaderes mismos tenían que dominar el uso del
ábaco y las mesas de cálculo o emplear a un calculista, así como hoy se
contrata a un contador para que lleve los libros de la empresa. Utilizar el
ábaco era lo mismo que calcular. De ahí el nombre del libro.
El Líber abaci se publicó antes de la invención de la imprenta de
Gutenberg. Cada ejemplar de la obra era una copia confeccionada a mano, y
seguramente su precio sólo resultaba asequible a mercaderes o bibliotecas. Más
aún, estaba escrito en latín: no se dirigía al pueblo, en su mayoría iletrado,
sino al público educado. Durante el siglo XIII comienzan a aparecer las
primeras empresas dedicadas a reproducir libros por encargo. Antes, los
monasterios se ocupaban de copiarlos, pero ya en la época de Fibonacci ésta era
una actividad secular y comercial. Es muy difícil saber cuántos ejemplares del
Líber abaci fueron producidos en su época, pero una segunda edición apareció en
1228, casi un cuarto de siglo después de la primera.
Fibonacci no fue el primero ni el único expositor del sistema
indoarábigo, pero sí el más exitoso, dado el carácter del Líber abaci como
“manual práctico”. Los primeros capítulos cubren paso a paso lo que ahora
aprendemos en las escuelas primarias durante los primeros años, por ejemplo, la
representación de números de manera posicional, la adición y sustracción con
varias cifras, así como la multiplicación y la división. En los capítulos más
avanzados se estudian el cálculo de proporciones, que hoy correspondería a
operaciones con fracciones, y la solución de problemas del tipo 4x +
1 = 21, donde x es una cantidad desconocida. Y todo esto sin
ninguna maquinaria algebraica, sino explicando las operaciones puramente de
manera verbal. Es esto lo que más sorprende a un lector de la época moderna, la
falta absoluta de fórmulas en un libro de matemáticas con cientos de páginas.
Sólo hay palabras y más palabras, intercaladas con números y fracciones que
representan los resultados parciales que van siendo obtenidos. Siguiendo a los
árabes, Fibonacci utiliza una notación para las fracciones que coloca la parte
fraccionaria antes de la entera. Donde hoy escribiríamos 3½, Fibonacci escribe
½3.
Los métodos del Liber abaci fueron estudiados en las escuelas donde se
formaba a los maestros calculistas, scuole d’abaco. En Italia surgieron centros
dedicados a este arte, como en Florencia y Venecia, es decir, en las metrópolis
comerciales más avanzadas. Tan sólo en Florencia se establecieron 20 escuelas
de calculistas entre el siglo XIV y el XVI. Se llegó incluso a la masificación
de la educación en el cálculo y existían escuelas con ocho mil o diez mil
alumnos.
Fibonacci logró hacerse famoso en vida. Los magistrados de Pisa le
otorgaron una pensión anual de 20 liras por su “dedicación a la ciencia, como
pago del trabajo que ha invertido [...] y para que siga apoyando a la ciudad de
Pisa y a sus funcionarios en la práctica del cálculo”. Del Líber abaci sólo
subsisten 12 ejemplares, algunos de ellos en el Vaticano. Sin embargo, con el
paso de los siglos otros libros fueron sustituyendo la obra de Leonardo de
Pisa. La imprenta de Gutenberg acabó por desplazar a la literatura manuscrita
antigua y el nombre de Fibonacci retrocedió a los rincones de la leyenda. Ya en
el siglo XVI pocos sabían en qué época exactamente había vivido. Y es que,
habiendo adoptado todos los libros la notación y los métodos de Fibonacci, la obra
original ya no era necesaria. El Líber abaci es uno de los libros que
transformaron al mundo y paralelamente se disolvieron en el tiempo. A medida
que el mercantilismo le abrió el paso al capitalismo otras obras se hicieron
importantes, por ejemplo, la Summa de arithmetica, geometría, proportioni et
proportionalita de Lúca Pacioli, quien en 1494 le dio su forma definitiva a la
aritmética italiana y enseñó al mundo el sistema de contabilidad doble.
§. El alfabeto griego y sus predecesores
Las matemáticas no comienzan con los griegos, pero sí las matemáticas
rigurosas. Otras culturas solían justificar o motivar el uso de técnicas
matemáticas con extensas recopilaciones de problemas resueltos. Para ellas, las
matemáticas eran más bien un método para hacer algo, un saber hacer. Los
griegos fueron los primeros en poner el concepto de demostración en el centro
del quehacer matemático; mostraron que se podía aspirar al conocimiento
matemático por sí mismo, por la belleza intelectual de las estructuras teóricas
que se pueden erigir. Para los griegos, las matemáticas eran un saber por qué.
α β γ δ ε ζ η θ ι κ λ μ ν ξ ο π ϖ ρ σ ς τ υ φ χ ψ ω
Figura II.3. Letras que conforman el alfabeto griego.
El lugar privilegiado que el alfabeto griego aún tiene en las
matemáticas proviene precisamente de esa historia y esa tradición. No es
exagerado decir que los primeros tratados importantes de ciencia matemática
fueron escritos usando ese alfabeto; de hecho, ha sido utilizado sin
interrupción desde hace más de veinticinco siglos y sus letras son los símbolos
más antiguos que aún utilizamos en matemáticas. El alfabeto griego, sin
embargo, no surgió completo y con armadura de la cabeza de Zeus, como la diosa
Atenea. Sus letras tienen más bien una larga historia. Incluso, es más preciso
hablar de los varios alfabetos griegos, puesto que en las diversas regiones
helénicas se utilizaban variantes de cada símbolo; algunos incluso contaban con
una o dos letras adicionales.
Consideremos algunos datos sobre sus precursores. El alfabeto griego que
hoy conocemos desciende del fenicio, el famoso pueblo de navegantes y
comerciantes del Mediterráneo. Ya en el cuarto milenio antes de nuestra era, en
el Medio Oriente había surgido la escritura cuneiforme. Los sumerios la
utilizaban grabando incisiones en piezas cerámicas, que lo mismo representaban
texto que cálculos numéricos. Las tabletas sumerias eran una forma de
documentar permanentemente todos los asuntos civiles y estatales en sociedades
culturalmente complejas. Muchas de esas pequeñas tabletas, alojadas hoy en
museos, contienen cálculos aritméticos e inventarios de bienes.
Progresivamente, la escritura cuneiforme —al principio semijeroglífica—, con
más de mil quinientos símbolos, fue haciéndose más abstracta y el número de
pictogramas se redujo drásticamente. Hacia el primer milenio antes de nuestra
era se había adaptado la escritura cuneiforme a muchas lenguas del área, y el
principio fonético que posibilita los alfabetos comenzaba a ser utilizado. Uno
de los primeros alfabetos fue el llamado protosinaítico, del cual se derivó el
alfabeto fenicio.
Figura II.4. Ilustración del texto de David Sachs Letter Perfect: The
Marvelous History of Our Alphabet From A to Z. Muestra la procedencia de los
caracteres K, N y O de nuestro actual alfabeto, desde los jeroglíficos egipcios
(hacia 2000 a.C.) de mano, serpiente y ojo, a los símbolos de kaph (mano), nun
(pescado ¿o anguila?) y ayin (ojo) del alfabeto protosinaítico (hacia 1750
a.C.), y luego sus equivalentes en el alfabeto fenicio de los años 1000 y 800
a.C.
Así que el gran salto conceptual lo dieron los pueblos del Sinaí y los
fenicios hacia el siglo XI a.C. En lugar de usar pictogramas y gran variedad de
símbolos, el alfabeto fenicio se compone de 22 letras. Fue extraordinariamente
exitoso, ya que se convirtió en la base para la escritura del arameo, del
hebreo y, finalmente, también del griego. Aunque constituyen un alfabeto
fonético, las letras fenicias son en cierta forma estilizados pictogramas de
objetos: el primer sonido de su nombre corresponde al sonido de la letra en
cuestión. Era éste un recurso mnemotécnico de los fenicios para recordar mejor
el sonido asociado con cada letra.
Figura II.5. Letras de diversos alfabetos. Las columnas permiten comparar
algunas letras antiguas con otras que nos resultan más conocidas e incluso que
utilizamos hoy en día.
Basta ver una tabla de las letras fenicias para reconocer en ellas
diversos objetos de la vida diaria.
En los territorios de lo que hoy es Grecia se llegaron a utilizar otros
sistemas de escritura, como los llamados lineal A y lineal B, pero fueron
abandonados una vez que el alfabeto fenicio se comenzó a extender por todo el
Medio Oriente. Las primeras variantes del alfabeto griego datan de 800 a.C., o
sea, cinco siglos antes de Euclides. La tabla de las letras griegas reproducida
aquí muestra su relación con las letras fenicias.
Los griegos adoptaron y modificaron el alfabeto fenicio. Una variación
muy importante consistió en cambiar la dirección de la escritura para mover la
mano de izquierda a derecha en vez de derecha a izquierda, como todavía es el
caso del árabe o del hebreo. Además, los griegos agregaron las vocales al
alfabeto, ya que éste únicamente contenía consonantes, modificando para ello el
significado o valor fonético de algunas de las letras. El historiador Heródoto
atribuyó la difusión del alfabeto a los mercaderes fenicios, quienes en sus
largos viajes lo diseminaron por muchas islas. Al principio, además, el
alfabeto griego consistía sólo de mayúsculas. Las minúsculas fueron
introducidas relativamente tarde, en el siglo IX o X d.C., para ayudar a la
caligrafía.
Figura II.6. Transcripción al griego de un fragmento de los Elementos de
Euclides (geometría euclidiana), ca. 300 a.C. (fuente: Wikimedia Commons).
Así que si hoy escribimos matemáticas con letras latinas y griegas es
porque nuestros símbolos se remontan a casi 28 siglos atrás, a la alborada de
los alfabetos fonéticos diseminados en el Mediterráneo por audaces navegantes.
§. El cero
No todos los sistemas numéricos que se han desarrollado en la historia
incluyen el cero. La notación romana, por ejemplo, agrega y agrega símbolos,
cada uno con un valor específico, como L para 50 y X para 10, pero no dispone
del cero. Tan no lo tiene, que al empezar a contar los años de nuestra era
comenzó con el año 1 d.C. Antes de eso tenemos el año 1 a.C., sin pasar por el
cero, que simple y sencillamente no se podía escribir con la notación romana.
Podría, quizá, decir que el cero introducido a Europa a través de traducciones
de obras matemáticas árabes fue producto de una larga travesía histórica, desde
Sumeria y Babilonia, donde se utilizó primero, pasando por Grecia y después por
la India, hasta desembocar en el mundo árabe. Podría hacer hincapié en que
fueron los sumerios los primeros en tener un sistema numérico posicional, de
base 60, base por cierto que aún utilizamos para contar y medir las horas y los
grados de los ángulos. La base 60 tiene la conveniencia de que se puede dividir
fácilmente en mitades, tercios, cuartos, quintos, sextos y décimos. Aquello
ocurrió miles de años antes de que este sistema numérico fuera adoptado por los
babilonios, quienes lo utilizaron para realizar cálculos matemáticos muy
precisos.
Pero no voy a comenzar por ahí. Voy a empezar con los mayas, que de
manera totalmente independiente llegaron al concepto de cero y a un sistema
numérico posicional, quizás hace más de dos mil años. Aunque aparentemente los
mayas recibieron el sistema numérico de los olmecas, es más lo que sabemos de
los mayas por la existencia de muchas inscripciones en estelas. En el sistema
de base 20, que se difundió en Mesoamérica a partir del siglo tercero de
nuestra era, se representa el 5 con una barra y el 1 con un punto. Tres barras
y cuatro puntos, por ejemplo, representan el valor 19. Para seguir contando más
allá del 20 se utilizan las potencias de esta base, es decir, 400, 8000,
160000, etc. Con este sistema se avanza demasiado rápido con la cuenta de los
objetos, mucho más rápido que con nuestro parsimonioso sistema decimal con sus
unidades, decenas y centenas. Un sistema numérico así es excelente para hacer
largos cálculos astronómicos. Por eso el calendario maya está muy ligado a su
notación matemática.
Figura II.7. Representación de los números mayas del 0 al 19 (fuente:
Wikimedia Commons).
Figura II.8. Representaciones de los números mayas mediante glifos conforma
de cabeza humana. Cada símbolo tiene un significado especial la mayoría ligados
a los dioses representativos de dicha cultura.
Teniendo un sistema posicional, se requiere una convención para
descartar las potencias de 20 que no son necesarias; es decir, se necesita el
cero. Los mayas lo tenían y utilizaban diversos glifos para representarlo. La
mayoría de estos glifos semejan un caracol o una concha. Para cada número del 1
al 19 también existía un glifo que se usaba para decorar las estelas de piedra
indicando las fechas de sucesos importantes en la vida de los señoríos mayas.
Algunos de dichos glifos estaban relacionados con la pronunciación de los
diversos números.
No sabemos cómo calculaban los mayas, que nunca llegaron a tener algo
como el ábaco. En China, al otro lado del mundo, se llegó a utilizar un sistema
parecido al maya, pero de base 10. En el sistema chino, una barra tiene también
el valor de 5 y un círculo el valor de 1. En la notación posicional china de
base 10 se utilizaba un cuadriculado para desplegar las cifras, y donde se
necesitaba un 0 simplemente se dejaba la posición vacía. Algunas de estas
varitas de contar han sido encontradas en sitios arqueológicos chinos.
En el caso de los mayas no contamos con descubrimientos arqueológicos
similares. Aunque el fraile Diego de Landa escribe en su Relación de las cosas
de Yucatán que los mayas “cuentan en el suelo o cosa llana”, no indica cómo lo
hacían; podemos imaginar que de alguna forma similar a la de los chinos, con
piedras y varitas, pero utilizando un objeto para marcar una posición no
ocupada. Lo que sí sabemos con certeza es que contaban con los dedos, porque
algunos indígenas de Norteamérica aún lo hacen así. Además, un vaso encontrado
en Guatemala contiene una inscripción de mercaderes, o quizá funcionarios,
contando mercancías con los dedos, como se puede apreciar en la Figura II.9a y
b.
Figura II.9a y b. Decoración de un vaso maya encontrado en Nebaj, Guatemala,
que muestra mercaderes realizando cuentas manualmente, ca. 600-800 d.C.
(fuente: The British Museum).
Sin embargo, en el resto del mundo se impuso otra notación, precisamente
la que utilizamos hoy en día. Fueron los sumerios quienes comenzaron a hacer
cálculos con la base 60 posicional, como se comentó arriba, escribiendo las
diferentes cifras, comenzando por las mayores potencias de 60, yendo de
izquierda a derecha.
Tenían un símbolo para el cero que consistía en una doble incisión:
En Babilonia se adoptó el sistema sexagesimal, pero dejando vacío el
campo donde debería aparecer un cero (como harían los chinos siglos después).
Dicho espacio vacío era precisamente la representación del cero. El hueco se
podía percibir claramente al escribir una cifra sexagesimal tras otra, pero no
al final de un número. En este caso, el cero faltante —en la posición de las
unidades— se debía derivar del contexto.
No se sabe cómo llegó el concepto de cero a la India. Una de las
hipótesis es que fueron los ejércitos triunfantes de Alejandro Magno los que,
después de conquistar Persia y Babilonia, llevaron parte de las matemáticas de
aquellas regiones al subcontinente indio.
Figura II.10. El cero más antiguo fue hallado en una inscripción india
dentro del templo Chaturbhuj de la fortaleza Gwalior en Madhya Pradesh, India
(fotografía: Bill Casselman) The Hindú).
El caso es que tanto los matemáticos griegos como los indios comenzaron
a utilizar un círculo para representar el cero. En el caso de los primeros era,
a veces, casi un punto con una raya horizontal encima y en el caso de los
segundos era realmente un círculo. Se ha hablado mucho de esta representación.
Algunos piensan que, en el caso de los griegos, el cero es la letra ómicron con
la que comienza la palabra oumen, que significa nada. La Figura II.10 muestra
cifras indias en una inscripción del siglo VII de nuestra era descubierta en un
templo hindú. Es el cero con aspecto de círculo más antiguo que se ha
encontrado. En el centro de la inscripción se puede leer el número 270.
Los árabes rescataron las matemáticas persas, babilónicas e indias, y
hasta las matemáticas griegas, que así sobrevivieron “hibernando” durante la
Edad Media europea; además adoptaron de los indios el sistema decimal
posicional y la forma de las cifras, transformándolas ligeramente. El cero era
denotado con la palabra árabe sifr, que es la raíz de donde provienen los
vocablos cifra y cero. Ya introducido, el cero recibió distintos nombres en
Europa. Los franceses lo llamaron aullé, del italiano aúlla, que en inglés se
transformó en null o anught. Fibonacci, traduciendo a los matemáticos árabes,
lo llamó zephirum en su Líber abaci de 1202.
Casi diecinueve siglos después de que los sumerios desarrollaron el
concepto del cero posicional, éste fue adoptado en Europa con su representación
indoarábiga, consistente en un círculo alargado, convirtiéndose así en la
notación estándar en el mundo occidental.
De última hora
A fines de 2017, la biblioteca de la Universidad de Oxford anunció que
se había efectuado el análisis de carbono 14 para datar el manuscrito Bakhshali
proveniente de la India, un documento que contiene antiguos cálculos
matemáticos. Se dijo que el manuscrito podía haber sido escrito en los siglos
III o IV de nuestra era. En sus páginas se encuentran cientos de círculos que
corresponden a ceros, como se aprecia en la última línea del facsímil mostrado
en la Figura II.11. El círculo se utiliza aquí para “reservar” una posición
decimal “no ocupada por un dígito” dentro de un número.
A pesar de que el manuscrito Bakhshali se conoce desde hace más de cien
años, su edad precisa ha sido objeto de muchas controversias. Se le había
ubicado entre los siglos III y XII de nuestra era, pero el análisis de carbono
14 arrojó tres diferentes edades para la pulpa de abedul en la que está
escrito. Por eso, algunos expertos opinan que la fecha más probable de su
creación es la más antigua detectada por el análisis, el siglo VII. Parece que
el tipo de matemáticas expuesto en el manuscrito no surgió hasta esa época,
especialmente el uso del cero como número, y no sólo para “rellenar” espacio en
un número con varios dígitos. Otros expertos creen que el manuscrito es una
copia de una obra más temprana y que el análisis de carbono 14 sólo proporciona
una cota superior para la edad de su contenido. Como quiera que sea, la
búsqueda del “primer cero” de la historia continuará y seguirá produciendo
nuevas sorpresas.
Figura II.11. El manuscrito de Bakhshall, datado por carbono 14 entre 383 y
224 a. C., muestra el uso del “cero” escrito como un punto (fuente: The
Bodleian Library, Universidad de Oxford).
§. La simetría de los símbolos
Un principio generativo muy importante para la creación de nuevos
símbolos matemáticos prescribe utilizar todas las posibles simetrías, ya sean
reflexiones o rotaciones de letras del alfabeto, para obtener nuevas vistas a
un costo mínimo para un impresor. Nuestros dígitos arábigos ejemplifican este
principio: el dígito 6 es la versión rotada del dígito 9. En el alfabeto latino
la letra “b” es la versión verticalmente reflejada de la letra “d”. Varias
letras latinas, sobre todo mayúsculas, se usan en diferentes variantes en las
matemáticas. Las letras de las cuales utilizamos cuatro rotaciones son:
U, utilizada en la teoría de conjuntos para denotar
T, utilizada para denotar
V, utilizada en lógica y álgebra para denotar
En el caso de la V, si consideramos que los paréntesis usados, por
ejemplo, en física al escribir <a|b> son rotaciones de esta letra,
obtenemos un uso adicional. Esta clase de paréntesis es generalmente más grande
que una V mayúscula. Algunos matemáticos, como Giuseppe Peano, también usaron
la letra C con sus cuatro rotaciones, pero esta notación nunca alcanzó gran
popularidad.
Hay dos letras que se usan invertidas en la lógica de predicados, una
horizontalmente, la otra verticalmente. Se trata de
Por su parte, la M rotada 90 grados se transforma en sigma y rotada 180
grados, en W.
La letra L, rotada 90 grados y reflejada verticalmente, se puede
identificar con el símbolo de negación en la lógica: ¬. El dígito 3, rotado 180
grados, puede ser utilizado como épsilon.
Rotar las letras era especialmente útil para las imprentas. Si el
símbolo estaba en la caja de tipos, automáticamente se le podían dar hasta
cuatro nuevos usos. El mismo principio fue empleado en los alfabetos para
generar nuevas letras a partir de un número reducido de formas elementales. En
el alfabeto latino y en los dígitos arábigos los siguientes símbolos conforman
clusters de simetría:
M-W, P-b-d, 6-9, N-Z.
Letras con simetría de reflexión con respecto al eje vertical son las
siguientes:
A, H, I, M, O, T, U, V, W, X, Y.
Las letras con simetría de reflexión con respecto al eje horizontal son:
E, I, O, H, X, C, B, D, K.
Las siguientes letras tienen simetría central:
I, O, X.
Las letras que pueden ser rotadas 180 grados son:
O, I, S, H, Z, X, N.
Pocas letras no tienen ninguna simetría:
F, G, J, L, Q, R.
Podría ser que la simetría hace más fácil recordar los símbolos, es
decir, los hace más memorables.
Figura II.12. Giuseppe Perno y sus rotaciones de las letras M, E, C, Y, D
para la creación de símbolos matemáticos (Arithmetices principia: nova methodo,
Fratres Bocea, Roma, 1889; fuente: Internet Archive).
§. La variable x
Si alguien nos pide que solucionemos la ecuación ax + b = 0, ni lo
pensamos, resolvemos para x, aunque bien pudiera ser que a o b
representen la incógnita del problema. Y es que en las matemáticas nos hemos
acostumbrado a utilizar la x para denotar la incógnita
buscada. Pero ¿por qué es así?, ¿de dónde viene esta convención que se
transmite en los colegios de generación en generación? Para entenderlo
tendremos que atravesar la bruma de los tiempos y remontarnos a una ciudad
legendaria: Alejandría.
Nuestras matemáticas se nutren de diversas tradiciones históricas: de
las observaciones astronómicas de los babilonios, de los conocimientos
geométricos de los egipcios, pero sobre todo de las investigaciones de los
griegos, rescatadas por los árabes para regresar por ahí a Europa. Por eso el
mundo helénico no sólo nos dejó el legado de un Platón o de un Aristóteles,
sino también los resultados matemáticos de Pitágoras y Eratóstenes.
Mientras en la Antigüedad Atenas poseía la mayor proyección cultural en
lo que sería el continente europeo, en el caso de las matemáticas y la
astronomía hubo una ciudad que le pudo disputar la supremacía científica. Se
trata de Alejandría, la urbe fundada por Alejandro Magno en el año 331 a.C. en
la desembocadura del Nilo. Antes, el macedonio había conquistado Persia y
Egipto. En su nueva ciudad, Alejandro instaló en el poder a la dinastía de los
Ptolomeos, soberanos griegos que a partir de ahí y hasta la muerte de Cleopatra
gobernaron el milenario reino de los faraones. También fue en Alejandría donde
Euclides escribió, apenas cien años después de la instauración de la ciudad,
sus 13 libros de los Elementos, el ejemplo más consumado de la aplicación del método
axiomático en la antigüedad griega.
Alejandría era, si se quiere, una especie de “Silicon Valley” de la
Antigüedad. En esta ciudad se encontraba una de las siete maravillas del mundo:
el Faro marítimo que con sus 150 metros era superado en altura sólo por la gran
pirámide de Guiza, otra de las maravillas antiguas. La biblioteca de Alejandría
era especialmente célebre por su incomparable colección de manuscritos. Todos
los tratados importantes se podían encontrar ahí. Cuando un barco atracaba en
el puerto era inspeccionado para decomisar todos los libros (rollos y papiros)
que llevara, que le eran devueltos después de haber sido copiados en la
biblioteca. En su recinto se albergaba el Museion, que ha sido llamado la
primera universidad del mundo y donde eruditos produjeron, por ejemplo, la primera
traducción del Antiguo Testamento al griego sumergiéndose en profundos estudios
filológicos. Hasta que Roma le arrebató la batuta, Alejandría fue la ciudad más
grande y dinámica de la Antigüedad. Las ciencias y las matemáticas florecieron
en ese theater mundi de la historia universal, la urbe donde Cleopatra, Julio
César y Marco Antonio se despeñaron en un triángulo sentimental antes de la
conversión de Egipto en provincia romana, material dramático que Shakespeare
abordaría en su día.
Geometrización de las matemáticas
Los Elementos de Euclides son importantes para la historia de las
matemáticas porque muestran un camino claro y sistemático para la solución de
muchos problemas numéricos, camino consistente en la geometrización. En vez de
resolver problemas numéricos manipulando sistemas de ecuaciones, se les puede
transformar en un problema geométrico equivalente. Para ello, la variable cuyo
valor hay que elucidar se puede identificar con la longitud de un segmento. El
volumen de un cubo con ese canto representa entonces la tercera potencia de la
incógnita, y el área de un cuadrado la segunda. Nuestro ingenio se invierte en
encontrar una construcción geométrica que relacione todos los datos del
problema y que nos permita encontrar así una solución con regla y compás.
Leer los Elementos, hoy en día, sobre todo en ediciones que reproducen
los diagramas en color para que ciertas relaciones geométricas saltan a la
vista, significa encontrarse con métodos de demostración que sorprenden por lo
moderno. ¡Es asombroso que 22 siglos nos separen de Euclides y que podamos
seguir resolviendo problemas exactamente con las mismas técnicas!
Sin embargo, la geometrización de las matemáticas, a pesar de todos sus
éxitos, condujo a ciertos callejones sin salida. Algunos matemáticos, por
ejemplo, el francés Viète, querían mantener la homogeneidad de los términos y
rehuían sumar una variable con su cuadrado, ya que las longitudes no debían
combinarse con superficies. Sobre todo, las cantidades negativas producían
dolores de cabeza. A pesar de que algebraicamente fueran necesarias, como para
encontrar la solución de x - 4 = 2x, la fantasía no
alcanzaba para representarlas también como segmentos en diagramas. Parece
extraño, pero hasta bien entrado el Renacimiento se vendían libros cuyo único
objetivo era familiarizar a sus lectores con la aritmética de los números
negativos.
Figura II.13. Manuscrito de 1296 de la Aritmética de Diofanto de Alejandría)
Biblioteca Apostólica Vaticana) Codex Vaticanus graecus 191) fol. 388v) Roma
(fuente: Wikimedia Commons).
Algebraización de las matemáticas
La alternativa a la geometrización es la reducción algebraica: los
problemas matemáticos se escriben como ecuaciones, las que son transformadas
paso a paso hasta que se despeja el valor de una variable desconocida, como se
despeja el cielo al salir el sol. El álgebra es una disciplina que requirió
siglos para madurar, y en realidad no se pudo algebraizar completamente a las
matemáticas hasta el siglo XIX. Generaciones de matemáticos batallaron hasta
llegar a la conceptualización y notación correctas.
Un par de ejemplos bastan para ilustrar este punto: un matemático del
siglo XII no contaba con símbolos estándar para la adición, la sustracción o la
multiplicación, y ni siquiera el símbolo de igualdad estaba a su disposición.
Por eso al principio los problemas numéricos se planteaban en forma puramente
verbal. Un libro de aquella época, leído hoy, sorprende por la ausencia de
simbología. Sólo encontramos frases y más frases que nos hablan de la variable,
su cuadrado o su cubo. Este tipo de descripción verbal de los problemas
numéricos es lo que hoy llamamos álgebra vernácula o retórica.
Fue precisamente en Alejandría donde se dio el primer paso hacia una
notación simbólica. Diofanto, un sabio local, ha sido llamado por algunos el
padre del álgebra. La palabra álgebra, de origen árabe, no existía aún, por
supuesto. Pero si de Euclides no sabemos mucho, de Diofanto sabemos menos. Se
ha sospechado que Euclides, más que una persona, era un grupo de matemáticos
que publicaban usando el mismo seudónimo, como hiciera el grupo Bourbaki en el
siglo XX. Tan extensa, acabada y total se antoja la obra de Euclides como para
ser de un solo individuo.
Sobre Diofanto existen pocas referencias históricas confiables. Se cree
que vivió en el siglo III de nuestra era, aunque los relatos sobre su vida y
obra fueron redactados siglos después de su muerte. Pero lo que nadie discute
es que, después de los Elementos, la Aritmética es la obra matemática más
famosa de la Antigüedad clásica. De sus 13 volúmenes originales subsisten seis
en griego y cuatro en árabe (parcialmente redundantes). Algunos fragmentos han
sido reeditados con notación moderna. La Aritmética de Diofanto sentó nuevas
pautas, de entrada, por la dificultad de los problemas que aborda. Diofanto
resuelve no sólo ecuaciones de segundo y tercer grado, con una o dos
incógnitas, sino también formula conjeturas matemáticas muy generales. En el
libro se muestra, por ejemplo, cómo reducir una suma de cuadrados, dada de
antemano, a otra suma equivalente de cuadrados.
La segunda cuestión importante es que Diofanto ya presenta en la
Aritmética una notación simbólica para ciertas expresiones matemáticas. Ya no
es sólo álgebra platicadita o retórica, sino una forma híbrida intermedia, que
en inglés se ha llamado sincopada —llamémosla nosotros algebra anotada—. El
problema de Diofanto fue, sin embargo, que mientras el saber geométrico de
Euclides no se perdió en los siglos posteriores, la Aritmética sí cayó en el
olvido, hasta que los árabes en el siglo X y después los europeos comenzaron a
redescubrirla.
En la notación de Diofanto las letras griegas se utilizaban para
escribir palabras y también para representar números (α era el 1, β el 2,
etc.). Además, los símbolos ΔΥ y Κγ representaban el cuadrado y el cubo,
respectivamente, de la incógnita. La expresión KΥγΔΥβΜα, por ejemplo,
representa lo que hoy escribimos como 3x3 +2x2 +
1. Los coeficientes de las potencias se escriben después del símbolo para el
cuadrado y el cubo, respectivamente, mientras que la letra Μ anuncia un valor
constante.
La Aritmética es un híbrido, pues Diofanto no tenía un símbolo de
igualdad y sus desarrollos no son puramente simbólicos. Es un libro que
consiste casi completamente en texto con símbolos intercalados ocasionalmente;
por eso decimos que es álgebra anotada. Para nuestra historia es relevante que
Diofanto utilizara una letra para la incógnita (álogos arithmós) y ésta fuera
parecida a la letra sigma, en la variante que se utilizaba al final de las
palabras (llamada sigma terminal). Es decir, todavía no era nuestra x,
sino más bien una especie de ς.
Pasaron los siglos y persistió la necesidad de hablar de la variable
desconocida. Los matemáticos italianos, para ayudarse, se referían a la cosa;
por eso al álgebra se le llamaba arte cossista y los matemáticos que podían
resolver las ecuaciones eran los cossistas.
Como vemos, cada vez era más urgente encontrar un nombre estándar para
la incógnita de una ecuación. Hubo muchas estaciones en el trayecto: Fibonacci,
por ejemplo, llegó a utilizar letras para denotar números; Michael Stifel usaba
la q como abreviación de quantita, y en una traducción de la Aritmética de
Diofanto se utilizó la N en vez de sigma. En 1585 el flamenco Simón Stevin
propuso algo que me parece muy ingenioso: no le asignó nombre a la incógnita,
sino que la representó con un círculo, con la potencia correspondiente en su
interior, como se aprecia en el facsímil de su libro De Thiende, publicado en
holandés y en francés. Ésa era la situación hasta que el segundo padre del
álgebra entró en escena.
En 1591 el matemático francés François Viète (1540-1603) le dio otra
vuelta a la tuerca de la notación con su obra Isagoge in artem
analyticam.
Figura II.14. Representación de las expresiones 2x + 8 y 2x3 +
8x2 - 24x - 96 en el libro de Simon Stevin De Thiende, versión
francesa de 1585 (fuente: Digitale Bibliotheek voor de Nederlandse letteren).
Ahí adoptó algunos símbolos que ya estaban en circulación y un símbolo
para la igualdad, del que no disponía Diofanto. Y lo más importante de este
relato: Viète decidió utilizar consonantes latinas para representar constantes
y vocales para las variables. Como no tenía aún un símbolo para los exponentes,
escribía A cubum o A quadratum cuando se quería referir a A3 o
a A2, respectivamente. Con esa innovación Viète afirmaba no sólo
poder trabajar con números (logistica numerosa), sino también con símbolos (logistica
speciosa), que es la base del álgebra. Sin embargo, una revisión rápida de la
Isagoge nos revela un texto que se antoja aún muy arcaico. La mayor parte de la
argumentación sigue siendo retórica y los símbolos aparecen sólo donde se les
necesita, de vez en cuando, sin que Viète se atreva a hilvanar transformaciones
algebraicas sucesivas... Pero era un inicio.
La geometría analítica como nueva síntesis
Se necesitó una verdadera estrella filosófica para afianzar y
popularizar la notación algebraica. En aquella época Europa estaba fragmentada
en varias regiones de cultura matemática donde ahora tenemos a Italia,
Alemania, Francia y el Reino Unido. Por eso fue muy importante la influencia de
matemáticos célebres, quienes a veces lograban establecer una notación uniforme
en una región. Otra vez es un francés, René Descartes (1596-1650), quien nos va
a llevar de las vocales a las consonantes y al final de cuentas a la variable
x, para desdicha de los británicos, que desearían ver en Thomas Harriot
(1560-1621) al verdadero sucesor de Viète. La obra de Harriot Artis analyticae
praxis fue publicada después de su muerte, pero antes de que apareciera el
libro de Descartes. Harriot también utilizaba letras para denotar cantidades y
representaba productos por concatenación. No utilizaba potencias, y por eso en
vez de escribir ad3c3 escribía
adddeee.
Nos parece increíble que algunos matemáticos famosos de aquella época no
hayan recibido una instrucción especializada. François Viète era abogado y
político, hasta que comenzó a adentrarse en las matemáticas.
Figura II.15. Primera página de la Geometría de René Descartes) publicada en
1637 (fuente: Wikimedia Commons).
Pierre de Fermat también era abogado y nunca publicó ningún trabajo
sobre matemáticas, a pesar de que nos legó el principio de Fermat en la óptica,
los números primos de Fermat y la conjetura de Fermat, hoy teorema.
Pero Descartes no llegaba ni siquiera a abogado: descendía de una
familia noble, pero no adinerada, y atravesó Europa marchando como soldado
hasta que conoció a Tycho Brahe en 1619 y decidió encontrar un método universal
para acceder a la verdad. Por eso, a partir de 1620 se dedicó a la filosofía y
las matemáticas, entablando correspondencia con los estudiosos de toda Europa.
Su Discours de la Méthode apareció en 1637 y su Géométrie era sólo un apéndice
de la obra principal.
Ahora sí, la Géométrie de Descartes se lee como un libro moderno de
álgebra. Por un lado, Descartes utiliza más símbolos modernos que Viète y
además la notación actual para las potencias. Ya no se necesita hablar de A
cubas en un polinomio cuando se puede escribir simplemente A3.
Asimismo, Descartes invirtió el uso de las letras latinas: decidió utilizar las
primeras letras del alfabeto para las constantes y las últimas para las
variables, es decir, x, y, z. Por este sinuoso camino finalmente
arribamos a la variable x.
La Géométrie de Descartes es también notable porque disuelve de golpe la
tensión teórica entre la geometrización y la algebraización de las matemáticas.
Con la geometría analítica se pueden abordar problemas geométricos expresados
algebraicamente y problemas algebraicos se pueden reducir a geometría. Podemos
elegir la mejor opción. Con su Geometría, Descartes pudo por fin unificar el
legado matemático de Alejandría, es decir, la obra de Euclides, con la de
Diofanto. Algo del mérito le corresponde también al holandés Frans van
Schooten, quien extendió el texto de Descartes con numerosos ejemplos y
explicaciones de la geometría analítica en una nueva edición definitiva que se
difundió por toda Europa. A pesar de que seguramente no es agradable que la
Iglesia amenace con la excomunión y el cadalso, no hay nada más efectivo que
eso para hacer famoso un libro. Así le ocurrió a Galileo y también a Descartes.
Trece años después de la muerte de éste, el Vaticano añadió sus escritos al
Index librorum prohibitorium argumentando que su racionalismo extremo no dejaba
“ningún lugar para Dios” en el mundo.
El resto es la historia de un éxito. La geometría analítica, como
síntesis de geometría y álgebra, potenció la investigación matemática y ya el
descubrimiento del cálculo diferencial e integral estaba a la vuelta de la
esquina. Al introducirse las coordenadas cartesianas, con ejes para (x,
y), se apuntaló el lugar privilegiado de ambas consonantes latinas para
representar variables. En estudios sobre la frecuencia del uso de
identificadores se ha constatado que (x, y) son las dos letras más
usadas.
De todo lo dicho podemos ver que nada en las matemáticas es capricho.
Detrás del uso de la variable x hay una complicada historia
que nos llevó a Alejandría, a Euclides y Diofanto, a los cossistas italianos y
finalmente a abogados y filósofos franceses que transformaron el mundo.
§. El valor absoluto
No es precisamente una pieza de notación esencial para las matemáticas,
pero utilizamos una x entre dos barras verticales para
referirnos a la magnitud numérica de x sin considerar su
signo. Por ejemplo, |-5| = 5. Si se trata de un número complejo, |x|
denota la longitud del vector que representa a x.
Fue el gran matemático alemán Karl Weierstrass (1815-1897) quien propuso
esta notación, primero en el pizarrón, durante sus clases en la Universidad de
Berlín, y más tarde en un artículo de 1841 titulado “Zur Theorie der
Potenzreihen” (Sobre la teoría de series de potencias). No está claro si este
artículo fue publicado en su tiempo, pero en las obras completas de Weierstrass
otro artículo, de 1876, introduce la notación con la breve frase: “Denoto la
magnitud absoluta de un valor complejo por |x|”. En 1710 Leibniz había
recomendado usar la abreviatura mol. x para referirse al valor absoluto
de x, una iniciativa que no floreció. El término mol. nos remite a
la palabra latina moles, es decir, a la masa de la variable.
Eso sería todo lo que habría que decir sobre |x| de no ser porque
la propuesta fue hecha por Karl Weierstrass, y sobre este gigante de las
matemáticas del siglo XIX sí hay mucho que comentar. La vida de Weierstrass es,
como diríamos hoy, de película. Su padre lo envió a estudiar leyes y finanzas a
las universidades de Bonn y Berlín, pero aparentemente el joven Karl le dedicó
los primeros tres semestres demasiado tiempo a las cofradías estudiantiles y a
las francachelas de cantina. Además, estaba más interesado en las ciencias que
en las leyes. Estudió matemáticas por su cuenta y dejó de asistir a los cursos
que debía tomar. Al cabo de siete semestres regresó a casa sin ningún título
universitario y a sufrir la ira del padre. De alguna manera lo convenció de que
le diera una segunda oportunidad, que obtuvo, y así fue como salió hacia la
Universidad de Münster a prepararse para ser maestro. En esa ciudad tuvo a un
gran profesor de matemáticas, quien lo tomó bajo su tutela al haber reconocido
su gran talento para la disciplina. Ahora sí terminó con el grado de pedagogo,
incluso con un reconocimiento especial.
Armado de su título de profesor de liceo, Weierstrass partió, con dos
estaciones intermedias, hacia la ciudad de Braunsberg, situada en lo que fueron
territorios alemanes hasta 1945 y que hoy pertenecen a Polonia. Ahí comenzó a
enseñar matemáticas a estudiantes de preparatoria. Para todos los que han
escuchado de los numerosos teoremas de Weierstrass, es difícil imaginarlo en
una preparatoria dando clases de matemáticas elementales. No sólo eso, sino que
cuando el maestro de gimnasia tuvo que ser sustituido, la labor recayó sobre
él, quien era el único que de joven se había ejercitado y conocía las rutinas.
Eso sería todo lo que habría que reportar de Weierstrass, perdido como
maestro de gimnasia en una escuela de provincia, si no hubiera sido tan
perseverante y no hubiera pasado por su año mirabilis. En 1854 publicó su
primer trabajo significativo, un artículo con el título “Sobre la teoría de las
funciones abelianas”. El trabajo apareció en el llamado Journal de Crelle, una
de las revistas matemáticas más influyentes. En Berlín, Ernst Kummer se dio
cuenta de inmediato de que había surgido una nueva estrella en el firmamento
matemático, pero para llevar a Weierstrass a Berlín había que conseguirle
primero un doctorado. La Universidad de Königsberg se lo otorgó sólo seis meses
después, honoris causa, por la publicación ya realizada. De Austria le
ofrecieron una plaza en la universidad de su preferencia. Pero los prusianos
fueron más rápidos, y ya en 1856 Weierstrass era profesor en la Escuela Técnica
y en la Universidad de Berlín. Tenía cuarenta y un años. Todo ocurrió tan
rápido que oficialmente Weierstrass se encontraba de licencia de la escuela en
Braunsberg y sólo renunció a su empleo en el liceo meses después.
Y el resto es historia. Siguieron décadas de desarrollo de las
matemáticas y de introducción de lo que se llamaba el rigor de Weierstrass en
el análisis. Karl Weierstrass trabajaba despacio pero concienzudamente. Sus
publicaciones eran escasas porque sus resultados los desarrollaba en clase. De
semestre a semestre mejoraba la exposición y rellenaba los huecos teóricos.
Algunos de sus resultados fueron conocidos a través de sus discípulos, quienes
los preparaban para la imprenta como resúmenes de las lecciones.
Por todo lo que sabemos, Weierstrass no solamente fue un gran
investigador, sino también un excelente pedagogo. Logró reunir a su alrededor a
muchos jóvenes matemáticos que lo idolatraban y que posteriormente brillarían
con luz propia. Quizás uno de los casos más interesantes sea el de Sofía
Kovalevskaya, una estudiante rusa que salió de su país simulando su boda. En
Berlín no logró ingresar a la universidad por ser mujer, pero Weierstrass
accedió a darle clases particulares al reconocer su talento. Con su influencia
consiguió que la universidad de Gotinga aceptara a Kovalevskaya para el
doctorado. Más tarde la recomendó para que le dieran una plaza académica en
Suecia. Fue la primera profesora universitaria de matemáticas en el mundo.
Ambos mantuvieron correspondencia hasta la muerte de ella en 1891.
No todos saben que existe una genealogía académica de los matemáticos.
Hay en internet una página donde se registran todas las personas que han
obtenido el doctorado con un profesor específico. Los “nietos académicos” de
este profesor son los doctorantes de los doctorantes, y así sucesivamente.
Resulta que Karl Weierstrass tuvo 42 doctorantes. Uno de ellos, Hermann
Schwarz, fue después su sucesor en Berlín y tuvo a su vez 22 doctorantes.
Sumando todos los descendientes de todos sus estudiantes, podemos constatar que
Weierstrass tenía 30.952 descendientes académicos hasta 2017. Además, el número
seguirá creciendo en los próximos años. En honor de Karl Weierstrass, el
Instituto de Análisis de Berlín lleva hoy su nombre. La fundación Alexander von
Humboldt de Alemania instituyó, ya hace años, el premio Sofía Kovalevskaya para
investigadores jóvenes en todas las áreas de la ciencia.
Y aunque haber propuesto la notación para el valor absoluto sea una
parte insignificante de la obra de Weierstrass, nos ha dado un muy buen
pretexto para examinar la vida de uno de los pilares de las matemáticas en el
siglo XIX.
§. Las potencias como superíndice
Hoy en día nos referimos al cuadrado y al cubo de x usando
las abreviaturas x2 y x3,
respectivamente. Es una notación efectiva y elegante, pero llegar a ésta tomó
muchos siglos de pesquisas, experimentos y extravíos.
El desarrollo de una notación para las potencias de variables numéricas
está íntimamente ligado con la solución de ecuaciones polinomiales. Además,
cuando tenemos una sola variable, un problema geométrico se puede transformar
muchas veces en un polinomio del que hay que encontrar sus raíces. Diofanto de
Alejandría fue el primero en proponer una notación para el cuadrado y el cubo
de la incógnita en un problema. El cuadrado lo representaba con ΔΥ y el cubo
con Κγ. Para representar otras potencias se podían usar combinaciones de estos
operadores básicos; ΔyΔy, por ejemplo, representaba la cuarta potencia de la
variable. Desgraciadamente, la notación de Diofanto cayó en el olvido y no
sirvió de punto de partida para algo más avanzado.
Durante los siglos siguientes, en algunos textos europeos de álgebra se
utilizaron anotaciones sobre las letras: por ejemplo, una tilde o pequeños
círculos para hacer más prominentes los símbolos. Siguiendo a los matemáticos
árabes, sin embargo, en Europa se continuó hablando del cuadrado o del cubo de
la incógnita o cosa, sin tener un símbolo especial para ello, como serían
después x2 y x3. El supuesto
implícito cuando no se tiene una notación general es que al referirnos al
cuadrado o al cubo estamos hablando de la misma variable. Del contexto se
deduce a qué variable o cosa nos referimos. Además, las potencias de constantes
pueden ser recalculadas para evitar escribir potencias de números.
Una de las primeras ocasiones en que se utilizaron exponentes elevados
sobre la línea del renglón fue en la notación del matemático Chuquet para
denotar las raíces cuadrada y cúbica.
Pero fue aparentemente el italiano Rafael Bombelli quien, en su Álgebra
de 1572, comenzó a especificar las potencias de las variables usando números
arriba del coeficiente constante. Por ejemplo, 4x2 lo
escribía Bombelli como
En este esquema, la base de la potencia (x en el ejemplo)
está implícitamente dada por el contexto. Años después el belga Simón Stevin
mejoró la notación escribiendo los exponentes dentro de pequeños círculos
arriba de la constante. La base que está siendo exponenciada se mantiene
implícita, en parte porque a Stevin realmente le interesaba la representación
de números en expansión decimal; en este caso la base es siempre 10. Para
propósitos algebraicos, un círculo que encerraba un entero a se interpretaba como
la enésima potencia de la variable. Sin embargo, Stevin utilizó la misma
notación para otros fines, con lo que su uso resultaba, a fin de cuentas,
inconsistente. El círculo en su notación es la función exponencial, pero la
base se deduce del contexto, como se mencionó arriba. En Francia y Holanda hubo
mejoras a la notación de Stevin y Bombelli en los cincuenta años que siguieron
a la muerte del primero. El francés Hérigone o Herigonus (1580-1643), por
ejemplo, escribía el coeficiente, el nombre de la variable y el exponente uno
tras otro, al mismo nivel en una línea.
Casi encontramos la notación moderna con el escocés James Hume, quien
vivía en París y editó un libro de álgebra en 1636 para popularizar el estilo
algebraico de François Viète: L’Algébre de Viète) d’une methode nouvelle,
claire et facile (El álgebra de Viète, un método nuevo, claro y sencillo), esto
es, denotando variables con letras. Hume, sin embargo, mejoró la notación de
Viète al usar exponentes elevados para las potencias. Aunque Viète había sido
un pionero del uso de letras para denotar variables, no utilizaba exponentes,
sino abreviaciones textuales, como A cub en vez de A3.
Figura II.16. Facsímil de la obra del matemático y astrónomo inglés Thomas
Harriot, publicada post mortem auctoris en 1631 con el nombre latino Artis
Analyticae Praxis ad Aequationes Algebraicas Resolvendas (fuente digital: Max
Planck Institute for the History of Science, Library).
A pesar de que el inglés Thomas Harriot también se propuso explicar el
álgebra de Viète, y al hacerlo logró crear algunos nuevos símbolos, nunca
utilizó la notación exponencial, como se puede apreciar en la Figura II.16. Tal
era el estado del arte hasta que llegó Hume.
La única diferencia con nuestra notación sería que en la de Hume los
exponentes se escribían usando números romanos, por ejemplo, 3III.
Sólo un año después de que apareciera el libro de Hume, René Descartes
(1596-1650) publicó su famosa Geometría, escrita mientras vivía en Holanda y en
la que ya utiliza exponentes con números escritos como superíndices, excepto
los cuadrados, que prefería escribir repitiendo la letra: xx en
vez de x2. El éxito de la obra de Descartes garantizó
que la notación exponencial con superíndices se propagara por toda Europa. Un
bestseller matemático puede acelerar el proceso de adopción de un trozo de
notación, y eso es precisamente lo que ocurrió con el libro de Descartes.
Newton, por el contrario, escribió los Principia, donde describe su teoría de
la gravitación en el lenguaje geométrico de Euclides, y no en el del cálculo
diferencial. Tal vez fuera ésta una de las razones por las que la notación de
Leibniz, y no la de Newton, se pudo difundir en el continente europeo.
En cierto sentido era casi inevitable que Descartes, quien en obras
anteriores había usado abreviaturas para referirse a las potencias de las
variables, tuviera que recurrir a exponentes como superíndices.
Figura II.17. Un párrafo de la Geometría (Géométrie) de Descartes, donde se
muestran símbolos modernos, como el de la raíz cuadrada; edición de 1637
(fuente: Wikimedia Commons).
Su nueva geometría requería muchas variables, es decir, muchas letras.
Sería muy confuso referirse a x3 o y3 en
ambos casos como al cubus, sin indicar la base. Con la
innovación de Hume era más simple y fácil escribir el coeficiente, la variable,
y la potencia como superíndice.
Figura II.18. Retrato de René Descartes (1596-1650) con la leyenda:
“Seigneur de Perron naquit Van 1596 et mourut Van 1652) en Suede) la Royne
l’ayantfait uenir aupres d’elle a cause de son exellent scauoir dans les
Sciences” (Señor de Perron nacido en el año 1596 y muerto en el año 1652) en
Suecia; la reina lo hizo acudir a ella a causa de su excelente sabiduría en las
ciencias) (fuente: Biblioteca Nacional de Austria).
Leer la Geometría de Descartes implica constatar lo
cerca que está de la notación moderna. En la Figura II.17 encontramos los
operadores matemáticos básicos (con concatenación para indicar productos, como
en ab) e incluso el símbolo moderno de raíz cuadrada. Las
potencias son ahora superíndices. Pero lo que no encontramos aún en la obra de
Descartes son los subíndices para variables.
Dado el corto tiempo transcurrido entre las publicaciones de Hume y
Descartes, es posible que la notación ya se utilizara en forma manuscrita y que
en cierta manera estuviera en el aire cuando tanto Hume, con números romanos en
los exponentes, como Descartes la adoptaron. Investigaciones futuras podrían
despejar esa incógnita.
§. Los subíndices
Las expresiones matemáticas ocasionalmente necesitan expandirse en dos
dimensiones. Mantenerse al nivel del renglón no basta y ya Diofanto había
utilizado superíndices en su famosa Aritmética. Los colocaba donde ahora
escribimos las potencias, a la derecha de alguna letra.
Además de superíndices o potencias, los matemáticos frecuentemente
utilizan subíndices para simplificar las referencias a las constantes o
variables. Es más fácil hablar de la ecuación
a0 + a1x1 +
... anxn = 0
donde las n variables se distinguen sólo por su subíndice y las
constantes también, que si tuviéramos que utilizar distintas letras para todas
ellas. Ésas son las honduras en las que se sofoca Pascal, por ejemplo, al
describir el famoso triángulo que lleva su nombre en el Traité du triangle
arithmétique.
En los siglos posteriores a Diofanto se experimentó con superíndices y
subíndices, lo mismo a la derecha de una variable que a la izquierda o de plano
sólo con índices y sin mencionar la letra de la constante. Así es como escribía
Leibniz un sistema de tres ecuaciones lineales en una carta al marqués de
L’Hôpital en 1693:
Aquí los números 10, 11 y 12, que Leibniz llama pseudonúmeros, representan
en realidad las constantes a10, a11, a12. Los
pseudonúmeros son los dos índices que hoy en día utilizamos para referirnos a
los componentes de matrices.
Figura II.19. Dibujo en una carta de Leibniz a Bernoulli del 16 de junio de
1696 (fuente: Alberto Rojo y Anthony Bloch) The Principie of Least Action:
History and Physics, Cambridge University Press [RU]) 2018).
Resulta curioso que Leibniz no utilizara aquí verdaderos subíndices, ya
que en el caso de figuras geométricas lo hacía al menos desde 1676, como se
puede apreciar en la Figura II.19, que proviene de una carta a Johann
Bernoulli. Aquí los subíndices son de tamaño reducido, pero están a la
izquierda de la letra usada para indicar la posición de un punto. Ya Van
Schooten había usado en 1649 índices al frente de letras, como en 1C, 2C y 3C,
y quizá Leibniz lo estaba siguiendo con sus subíndices a la izquierda.
Más tarde, en 1710, en un artículo para la revista Miscellania
Berolinensia, Leibniz seguía abogando por el uso de los pseudonúmeros como
índices y proponía escribir dos ecuaciones simultáneas como
10xx + 11x + 12 =
0 y 20xx +
21x + 22 = 0
que tendrían la interpretación moderna
a10xx + a11x + a12 =
0 y a20xx + a21x + a22 =
0
respectivamente. Es algo extraño que Leibniz, a pesar de haber empleado
subíndices en construcciones geométricas, nunca las hubiera utilizado para el
álgebra.
Figura II.20. Gabriel Cramer, Introduction á l’analyse des lignes courbes
algébriques, Hnos. Cramer & C. L. Philibert, Ginebra, 1750 (fuente:
Wikiwand).
Todavía en 1750, el matemático francés Gabriel Cramer (1704-1752) usaba
superíndices para denotar el número de una ecuación y diferentes letras
mayúsculas para diferenciar los coeficientes de cada variable en sistemas de
ecuaciones lineales. En su célebre Introduntion á l’analyse des lignes combes
algébriques, del cual proviene el facsímil mostrado (Figura II.20), Cramer
propuso la famosa regla que lleva su nombre y que nos sirve para resolver
sistemas de ecuaciones. La convención de utilizar las letras A, B, C, etc., o
Z, Y, X, en lugar de variables con subíndices, como serían a1, a2 y
a3, estaba muy difundida en aquella época y era respetada incluso
por el gran Leonhard Euler. En el facsímil Cramer utiliza la letra mayúscula
como coeficiente y la minúscula como variable, otra convención también seguida
por Euler.
Parece que ni siquiera Gauss utilizó subíndices. Para diferenciar
variables y constantes recurría a las comillas, como en a, a’ y a”.
En las Obras completas de Gauss se encuentran muchos ejemplos del uso de
comillas, pero ninguno del uso de subíndices.
Adrien-Marie Legendre, escribiendo en 1795 sobre el método de mínimos
cuadrados, tampoco emplea subíndices y sigue la notación de Gauss.
De pronto, ya en el siglo XIX encontramos ejemplos del uso de subíndices
en la notación matemática, señaladamente en los manuscritos de Charles Babbage
(1791-1871). Babbage luchó aun como estudiante en Cambridge por la adopción de
la notación de Leibniz y logró congregar a su alrededor a los integrantes de lo
que se llamó la Sociedad Analítica. En las Memoirs of the Analytical Society de
1813 ya encontramos subíndices en coeficientes y en funciones, a veces en la
forma convencional, como A., pero a veces también con el subíndice debajo de la
letra, una notación que Euler había utilizado con otro propósito. Pocos años
después Babbage comenzó a soñar con máquinas para hacer cálculos numéricos y se
familiarizó con la notación para planos de instrumentos mecánicos, en los
cuales un componente se puede repetir muchas veces. Babbage utilizaba
subíndices profusamente, lo mismo en sus dibujos mecánicos que en sus fórmulas
matemáticas. Es posible que a principios del siglo XIX las imprentas hayan
puesto a disposición de los autores esta nueva forma de anotar variables. Lo
que originalmente era una notación geométrica, usada también por dibujantes de
planos, habría pasado a las matemáticas, especialmente cuando se difundió el
uso de series infinitas y de matrices.
§. El punto decimal
Hoy en día parece la cosa más natural del mundo escribir números
utilizando fracciones decimales, por ejemplo, cuando decimos que 3.14159 es el
valor aproximado de π. Durante siglos, sin embargo, los cálculos más precisos
se realizaban con fracciones de base 60, un legado de los sabios babilonios que
los astrónomos siguieron utilizando mucho tiempo. De hecho, nuestras unidades
angulares actuales, como son el grado, el minuto de arco y el segundo de arco,
nos remiten aún a esas épocas remotas. La posterior transición a cómputos
basados en fracciones decima les fue paulatina, y posible en Europa sólo
gracias a conocimientos adquiridos de la civilización árabe.
Figura II.21. Fragmento del libro de aritmética árabe más antiguo) escrito
por Al-Uqlidisi. El separador decimal es visible en la décima línea del texto)
después de un 4.
Aparentemente, fueron los matemáticos indios quienes primero
experimentaron con las fracciones decimales. No obstante, la referencia más
antigua que se ha podido rastrear de su origen fue producida por un matemático
que trabajó en Damasco y Bagdad traduciendo y copiando las obras del gran
Euclides. Se trata de Abu’l-Hasan Ahmad ibn Ibrahim Al-Uqlidisi, quien en su
libro Kitab al-Fusulfi al-Hisab al-Hindi (Capítulos de aritmética india),
compuesto en Damasco alrededor del año 952, nos legó las primeras ilustraciones
concretas del uso de fracciones decimales. A este libro corresponde además la
distinción de ser el más viejo que existe con una descripción de la aritmética
árabe, aunque la única copia que se conoce es de 1186. Con Al-Uqlidisi estamos
hablando de mediados del siglo X de nuestra era, cuando en Europa no se
trabajaba aún con el sistema posicional.
Sorprendentemente, la notación empleada por Al-Uqlidisi es casi la misma
que la moderna. El matemático árabe escribía una secuencia de cifras y marcaba
la posición del punto decimal con una especie de acento sobre la primera cifra
de la parte decimal. Al-Uqlidisi escribiría el valor de π como
En las matemáticas a veces hay que inventar lo mismo varias veces. El
problema histórico con la obra de Al-Uqlidisi es que, aparte de algunos
matemáticos árabes que también utilizaron su notación, ésta cayó en desuso y
pasó inadvertida en Europa aun después de la adopción ahí de la notación
decimal. Ésta es la razón por la que representaciones alternativas fueron
apareciendo a lo largo de los años.
Una convención muy sencilla es realizar todos los cálculos con números
enteros, recordando la posición final del punto decimal. Si queremos sumar
32.50 y 15.10 pesos en nuestra notación moderna, podemos expresar las
cantidades en centavos y sumar 3250 y 1510 centavos. El resultado son 4760
centavos o 47.60 pesos. Una notación empleada en el pasado expresaría las dos
cantidades como 3250 (2) y 1510 (2), donde el 2 entre paréntesis nos indica la
posición del punto decimal. El valor de ir, para dar otro ejemplo, puede ser
expresado como 314159 señalando que tenemos cinco cifras después del punto al
agregarle un 5 entre paréntesis al final: 314159 (5). Otra posibilidad es usar
una línea que separe la parte entera de la parte fraccionaria, como en 3|
14159. El matemático francés François Viète, entre otros, utilizó esta
convención hasta 1579. El famoso Kepler empleaba para sus cálculos, no una
línea, sino un paréntesis, como en 3(14159. El inglés Oughtred utilizaba como
separatrix decimal una línea vertical que delimitaba la parte entera de la
fraccionaria.
Figura II.22. Fragmento de la obra De Thiende de Stevin del siglo XVI, en
holandés. Este manuscrito introdujo una nueva notación para fracciones
decimales (Simón Stevin) De Thiende, Ter Govde, Pieter Rammaseyn) 1626).
Pero seguramente la notación más curiosa y creativa fue la de Simón
Stevin (1548-1620), quien en su libro De Thiende de 1585, un manual para
aprender a operar con números decimales, escribía el número 32.57 como el
entero 3257 y arriba de cada cifra, de izquierda a derecha, el exponente 0,1,2
y 3, correspondiente al peso decimal 1, 0.1 y 0.01, como se puede apreciar en
la parte derecha de la Figura II.22, donde se expone la multiplicación de 32.57
por 89.46. El resultado es 2913.7122, y aquí Stevin indica las potencias de
1/10 escribiendo los dígitos del 1 al 4 debajo de las cifras respectivas. La
parte entera del resultado se encuentra a la izquierda del cero.
Es Stevin a quien frecuentemente se le ha reconocido como el inventor
del punto decimal, aunque estrictamente hablando, él no utilizaba un punto
entre las unidades y la parte fraccionaria. Lo que en la notación de Stevin es
muy transparente es la potencia de la fracción 1/10, que proporciona el peso
correspondiente a la posición de cada cifra en la expansión decimal.
Después de Stevin fue aparentemente John Napier, el inventor de los
logaritmos, quien propuso simplificar la notación separando la parte entera de
la fraccionaria por medio de un punto o de una coma. En su Rhabdologia de 1617,
Napier utilizó una notación así, y como el libro fue tan influyente en la
historia de las matemáticas, fue ésta, quizás, una contribución mayor para
arribar a una notación estándar. Aunque Napier no lo sabía, estaba regresando
prácticamente a la misma notación utilizada por Al-Uqlidisi ¡seiscientos años
antes! De todas maneras, la notación de Stevin no desapareció de la noche a la
mañana: algunos autores la seguían usando aún en el siglo XVIII.
Hubo una complicación adicional que evitó la adopción universal del
punto decimal. Resulta que, en el continente europeo, Gottfried von Leibniz
había popularizado el uso del punto para indicar la multiplicación de dos
números. Por eso, para evitar confusiones, en Alemania se utilizaba la coma
como separatrix decimal. A la larga, en Inglaterra y en otros países el punto
se estandarizó como el separador decimal, mientras en Alemania, Francia e
Italia se utilizó la coma.
Figura II.23. Fragmento de Rhabdologia en una traducción al inglés. Se
pueden apreciarlos números decimales 10000000.04 y 25.803. En The construction
of the wonderful canon of logarithms. Translated from Latin into English with
notes and a catalogue of the various editions of Napier’s works de William Rae
Macdonald, 1889 (fuente: Internet Archive).
Hoy el mundo se divide entre los países que escriben π como 3.14159 y
los que lo escriben como 3,14159. La mayor parte de Europa utiliza la coma. En
el mundo anglosajón, en Latinoamérica, en Japón y en China se usa el punto.
Las computadoras modernas trabajan con fracciones en la representación
que se llama de punto flotante. En la representación de punto fijo
se opera con enteros y se fija de antemano cuántos dígitos representan la parte
fraccionaria, como en el ejemplo anterior donde sumamos 3250 con 1510 centavos,
y tenemos dos dígitos fraccionarios si expresamos el resultado en pesos. En la
notación de punto flotante la computadora ajusta automáticamente la posición
del punto o coma, según el país, en el resultado. El punto no está fijo, se
desliza a su posición correcta. Por eso en alemán esta representación se llama
Gleitkomma, es decir, la coma deslizante.
Capítulo III
Operadores aritméticos
Contenido:
§. La cruz griega de la adición
§. La sustracción y los números absurdos
§. Según Adam Ries
§. La cruz de la multiplicación
§. La barra de la división
§. Homero, el obelo y la división
§. La cruz griega de la adición
Quizá no hay otro operador matemático más fundamental que la cruz que
representa la adición. Contamos agregando: los números naturales se construyen
comenzando con el uno y añadiendo sucesivamente una unidad. La adición es una
de las cuatro operaciones aritméticas elementales y el fundamento de las otras
tres, ya que sustracción, multiplicación y división se pueden reducir a
operaciones con aquella operación fundamental. La multiplicación de 3 por 5,
por ejemplo, se puede concebir como la adición de un 3 repetida cinco veces. La
sustracción es la operación inversa a la adición.
No se puede decir que en la Europa medieval hubiera habido escasez de
cruces: parecía que sólo estaban esperando ser utilizadas como símbolos
tipográficos. Nuestro símbolo de adición corresponde a la llamada cruz
griega, con lados iguales, pero también existen la cruz latina o crux
immissa, la cruz de Malta, la cruz de san Andrés y muchas otras. Tanto la
cruz latina como la cruz de Malta se llegaron a utilizar para representar la
adición en algunos libros, antes de que la cruz griega lograra preeminencia absoluta.
A pesar de tener tantas cruces al alcance del tipógrafo, nuestro símbolo
de adición entró relativamente tarde en escena. En las matemáticas retóricas de
la Antigüedad no era común utilizar símbolos más que para los números; todo lo
demás se expresaba de manera verbal.
Figura III.1. Diversas cruces cristianas) inspiración para símbolos
matemáticos.
Curiosamente y por excepción, los egipcios sí contaban con un par de
jeroglíficos para representar la adición y la sustracción: si dos piernas
dibujadas caminaban hacia la derecha, se trataba de representar una adición; si
caminaban hacia la izquierda, se trataba de una sustracción. Es una
coincidencia que la dirección positiva de estos jeroglíficos sea la misma
dirección positiva que utilizamos hoy en un eje de coordenadas horizontal.
Para el siglo XV de nuestra era, dos escuelas de simbolismo matemático
para la adición habían cristalizado. En el área itálica se utilizaban las
abreviaturas p y m para expresar piu y meno, mientras
que en el área cultural germánica se comenzaban a utilizar + y - en
manuscritos. Parece que se llegó a la cruz griega para representar la adición
porque se parece a la abreviatura de la palabra latina et (al
fundir la e con la t), un vocablo muy apropiado si lo que queremos es añadir o
agregar algo. Todavía el escolástico francés Nicolás de Oresme (1323-1382)
utilizó et para simbolizar la adición en su libro Algorismus
proportionum. Por otro lado, algunos paleógrafos han desenterrado
ejemplos de et abreviada como una cruz en manuscritos latinos
de principios del siglo XV que no eran textos matemáticos, así que la
transición en la caligrafía ocurrió antes de que la cruz pasara a las
matemáticas.
El honor de haber utilizado por primera vez + y - en un libro impreso (y
no caligráfico) corresponde a Johann Widmann von Eger, profesor de matemáticas
en la Universidad de Leipzig, Alemania. Se sabe que Widmann consultó
manuscritos anónimos en la biblioteca de Dresde que ya contenían la notación y
utilizaba el simbolismo en sus clases en Leipzig, como muestran algunas
transcripciones de sus cursos de 1486. Llegar a profesor fue ciertamente una
hazaña para Widmann, quien se matriculó como estudiante haciendo valer un
certificado de indigente. Obtuvo su grado universitario en 1485, y sólo cuatro
años después apareció su libro sobre aritmética comercial con el rimbombante
título Mercantile Arithmetic oder Behende und hüpsche Rechenung auff
allen Kauffmanschafft) que se podría traducir como “Aritmética
mercantil con admirables cálculos para todos los comerciantes”. No hay que
olvidar que en aquella época los europeos aún estaban aprendiendo a operar con
los números decimales y sustituyendo el ábaco por el papel y el lápiz, o más
bien la pluma con tinta. El mismo Widmann publicó en 1490 su libro Algorithmus
linealis, que detalla en 12 páginas el uso del ábaco (en su forma
europea, como mesa de calcular con líneas para mover monedas como si fueran las
cuentas del ábaco, de ahí el nombre “algoritmos para líneas”). Recordemos
también que apenas unos cincuenta años antes Gutenberg había inventado la
imprenta en Europa. Se estaba pasando apenas de unos pocos libros copiados a
mano por artesanos a la publicación masiva de información, una innovación tan
radical como lo es hoy internet. En aquella época, como ahora, se lamentó el
desboque del information overflow que la nueva tecnología
traía consigo. La invención de la imprenta fue tan importante que con ella,
entre otros acontecimientos, se declara concluida la Edad Media.
Pero los símbolos de adición y sustracción, tal y como los usaba
Widmann, no eran totalmente generales. Widmann los usaba para señalar un exceso
o un déficit, como cuando escribe que un barril pesa 4 quintales y 5 libras,
que expresa como 4 + 5, o bien, 4 quintales con déficit de 17 libras, que
escribe como 4-17.
Figura III.2. Página de la Aritmética mercantil de Johannes Widmann von
Eger) de 1498, con los símbolos de adición y sustracción (fuente: Wikimedia
Commons).
Estos ejemplos los vemos en el facsímil del libro de Widmann (figura
III.2). Widmann utilizaba además la cruz griega como abreviación de y en el
texto, que corresponde a identificar + con la palabra et.
Aunque el uso que hizo Widmann de los símbolos es limitado, el éxito de
sus libros popularizó los símbolos de adición (exceso) y sustracción (déficit).
Los símbolos se extendieron primero por el área germánica, mientras en
Italia p y m continuaron siendo utilizados hasta el siglo XVI.
En otros países más eclécticos se usaban ambas notaciones. En 1518 un seguidor
de Widmann, Henricus Grammateus, publicó Ayn new Kunstlich Buech, donde
se decidió por + y - como símbolos de adición y sustracción. El título del libro
de Grammateus en alemán se puede leer como un “nuevo libro de arte”, con el que
su autor hace referencia directa al magno arte de computar. Aun así, los
símbolos + y - siguieron siendo utilizados, sobre todo en matemáticas
mercantiles, y no fue hasta mucho después cuando se les comenzó a interpretar
como operadores que se pueden aplicar en el álgebra simbólica.
El libro de aritmética comercial de Widmann lo hizo célebre. La obra fue
reimpresa en 1508,1519 y 1526. Widmann dio en el clavo con una exposición clara
y pedagógica, adaptada a las necesidades de los mercaderes. El libro llenaba un
hueco educativo al abordar la aritmética con enteros y fracciones, problemas de
proporciones y, en su tercera parte, la geometría.
Pasaron siglos para que la cruz griega de Widmann se impusiera como
notación estándar. En otros libros publicados en Europa hasta bien entrado el
siglo XVII se utilizaban a veces las variantes latinas y maltesas de la cruz
cristiana. Finalmente, la simplicidad de la cruz simétrica convirtió a ésta en
nuestro símbolo para la adición. ¿Quién hubiera pensado que el cisma de la
Iglesia de 1054 llevaría con el tiempo a la aparición de variantes de la cruz,
a diferentes formas de construir las naves de las iglesias (unas basadas en la
cruz latina, otras en la griega) y a nuestro símbolo de la adición?
§. La sustracción y los números absurdos
Nuestro moderno símbolo de sustracción fue introducido casi al mismo
tiempo que el de la adición. Se trata de operaciones inversas, y por eso tiene
sentido adoptar, simultáneamente, una notación para los dos operadores.
Figura III.3. Los números chinos arcaicos (a la izquierda) y su
interpretación moderna.
Ya mencionábamos antes que Johannes Widmann fue el primero en utilizar +
y - en una obra matemática impresa, en su libro Behende und hüpsche
Rechenung auff allen Kauffmanschafft de 1489, aunque, como siempre
sucede, algunos símbolos habían sido usados ya en la caligrafía antes que en la
imprenta. Es notable que Widmann utilizara el símbolo de sustracción no tanto
para especificar aquella operación como para denotar déficits, es decir,
cantidades negativas.
Algo que a la distancia de los siglos resulta extraño es que los
matemáticos europeos no lograran aceptar operaciones con cantidades negativas
hasta relativamente tarde. En otras culturas, como la china, los números
negativos aparecieron y fueron utilizados muy temprano. En los “Nueve capítulos
del arte matemático” (Jiu zhang suan-shu), quizás el primer
libro sobre problemas aritméticos, que data del siglo m antes de nuestra era,
se representaban los números positivos con múltiples barras rojas y los negativos
con barras negras, al contrario de lo que hoy hacemos en la contabilidad.
El verdadero problema de los números negativos no es poder entender que
si tenemos ocho unidades y retiramos diez nos quedamos con una deuda de dos
unidades. En contabilidad el principio de los números negativos es sencillo de
explicar. Las dificultades aparecen cuando comenzamos a operar con estos
números de manera algebraica. Si aceptamos que x puede ser un
número negativo, ¿qué sucede si multiplicamos x por -3? ¿El
resultado sigue siendo negativo o no? La dificultad conceptual aquí es entender
que una deuda se pueda multiplicar por otra deuda.
Algunos matemáticos, incluso hasta el siglo XIX, trataron muchas veces
de reorganizar los cálculos algebraicos para evitar la aparición de los números
negativos. Es el caso del inglés Augustas de Morgan. No es casual que en la
literatura inglesa a los números negativos se les conociera como surd
numbers, término que nos remite a la raíz latina que significa absurdo.
El de Morgan no era un caso aislado. Antes de él, Viète había rechazado
los números negativos y Descartes no aceptaba que pudieran ser soluciones de
ecuaciones polinomiales; de hecho, las llamaba soluciones imaginarias. Hasta
la época de Leibniz continuó la discusión sobre la interpretación de
expresiones como
que son algebraicamente correctas pero difíciles de interpretar como
proporciones, ya que “1 es a -1 como -1 es a 1”; sin embargo, en el primer caso
1 es mayor que -1 y, en el segundo, -1 es menor que 1.
En cierto sentido, la primera dificultad conceptual y notacional es la
siguiente: si bien podemos escribir una expresión como (8 - 10) y podemos
interpretar el resultado como una deuda, escribir simplemente -2 significa que
el operador de sustracción, que tiene dos argumentos, ahora sólo tiene un
argumento. La utilización del símbolo se antoja inconsistente. Y la
inconsistencia es real. Estamos empleando el mismo símbolo para dos cosas
distintas: por un lado, para operar con dos números; por el otro, para señalar
que el resultado es un déficit.
El problema es menor con el símbolo de adición, porque no necesitamos
escribir +5 para indicar que el resultado es positivo y 5. Pero si el resultado
es negativo y 5, debemos escribir -5. Uno de los primeros algebristas que
tuvieron la osadía de escribir números negativos por sí solos, en el lado
derecho de una ecuación, fue el inglés Thomas Harriot. Sin embargo, todavía en
1712 Leibniz continuaba enfrascado en una disputa con el teólogo Antoine
Arnauld para convencerlo de la realidad de los números negativos.
La segunda dificultad conceptual es la relación de los números negativos
con el cero y con infinito. Si en el cociente 1/x hacemos la x positiva
cada vez más pequeña, hasta llegar a 0, el resultado tiende a infinito. Pero si
de 0 pasamos a -1 o a -2, el valor de x es ahora menor que 0 y
el resultado de 1/x, negativo por las reglas de signos, debería ser
mayor que infinito (así se argumentaba, de manera inconsistente). Este tipo de
paradojas “lógicas” (que no son más que extravíos del sentido común) es precisamente
lo que se trataba de evitar al evadir el uso de números negativos. La
manipulación algebraica de estos números no estaba nada clara.
Cuando decimos en el álgebra que un valor x es una
deuda de valor 2 (o sea, x = -2), parecería que en cualquier
operación algebraica posterior habría que llevar nota de esa deuda. Pero si
multiplicamos x por y perdemos la pista, aparentemente dejamos
de saber si el resultado es una deuda o no. Hoy sabemos que la regla de los
signos nos saca de apuros y que la manipulación algebraica de números negativos
no es más complicada que la de números positivos, siempre y cuando nos ocupemos
de los signos de los resultados. Pero como al principio el uso de números
negativos en el álgebra era controvertido, no se entendía cómo en
manipulaciones algebraicas con números positivos pudieran aparecer soluciones
negativas, por ejemplo, para raíces de polinomios. Grandes algebristas, como
Cardano, las consideraban soluciones “falsas”.
Lo que se requiere para evitar todas estas aparentes contradicciones es
un modelo de los números negativos basado en los números naturales (que son
incontrovertidos). Quien pudo proporcionar el primer modelo de los números
negativos fue el inglés John Wallis, que propuso utilizar lo que ahora llamamos
la línea de los números.
Figura III.4. Párrafos de la obra de álgebra de John Wallis A Treatise of
Algebra. Fragmento que muestra la representación de la línea de los números
(John Playford, Londres) 1685; fuente: Linda Hall Library).
Hoy en día, cuando dibujamos en el plano con coordenadas cartesianas, no
tenemos ninguna dificultad en hablar de coordenadas positivas y negativas. Pero
Descartes mismo, creador con Fermat de la geometría analítica, no utilizaba
coordenadas negativas. Vaya, no utilizaba ni un sistema de coordenadas
propiamente dicho. Eso fue obra de Van Schooten, traductor de la obra de
Descartes al latín, quien en sus comentarios a la Géométrie esclarece
el concepto de sistemas de coordenadas y da muchos ejemplos donde x es
la coordenada vertical y, y la horizontal (al contrario de lo que hoy hacemos).
La figura III.4 muestra un ejemplo de una persona que saliendo de A
avanza cinco unidades hacia la derecha y regresa ocho hacia la izquierda, para
así terminar en el punto D = -3. Aunque parezca increíble, es ésta la primera
línea de los números, incluyendo números positivos y negativos, que aparece
impresa. Estamos hablando del año 1685, ¡casi cincuenta años después de
la Geometría de Descartes! A veces lo más obvio es lo que más
tarda en desarrollarse.
No sería hasta la alborada del siglo XIX cuando se postularían modelos
más formales y algebraicos de los números negativos. Siguiendo a la
contabilidad, se puede pensar en los números enteros como pares (x, y)
de haber y deuda. Por ejemplo, -2 puede ser
representado por el par (2, 4) o también por el par (0, 2). En ambos casos la
deuda supera al haber por dos unidades. Nótese que no necesitamos simplificar
la contabilidad; el saldo es el mismo en ambos casos, y eso es lo que le
importa al banco (y a mí como cliente).
Un número entero positivo, como 5, se puede representar por (5,0) o por
(10,5). El saldo es 5 en ambos casos. A pesar de que la representación de los
números no es única, como vemos en los ejemplos anteriores, el álgebra funciona
perfectamente. Haberes se suman con haberes y deudas con deudas. Por ejemplo,
(5, 0) + (0, 5) = (5,5), es decir, un haber de 5 sumado a una deuda de 5 nos da
un saldo 0, representado por el par (5,5). Convencionalmente, expresaríamos
esto como 5 + (-5) = 0, pero con la representación de pares no necesitamos
definir saldos negativos de antemano: éstos surgen de la representación.
Este tipo de construcción rigurosa de los enteros, positivos y
negativos, tuvo que esperar a la formalización axiomática de Giuseppe Peano de
los números naturales. De ahí en adelante no sólo los números negativos, sino
también los números racionales, quedaron bien fundamentados y no nos
volveríamos a sorprender de ver el símbolo de sustracción como operador
bivalente entre dos números (como en 5 - 7), o bien, como operador monovalente
al frente de un número, como en -3.
Pero nos deberíamos sorprender porque en el primer caso el símbolo es un
operador aritmético con dos argumentos y en el segundo es una extensión de la
notación numérica para expresar resultados negativos. Una computadora sí se
asombra, ya que sólo sabe hacer lo que está perfectamente especificado. Le
tenemos que decir de antemano que el símbolo puede aparecer como operador
binario o como prefijo de un número. Si lo hacemos, no se confundirá nunca y la
contabilidad será exacta y precisa al centavo. En Alemania, cuando alguien
quiere enfatizar que un cálculo es correcto y se ha realizado de acuerdo con
todas las reglas del arte, dice que se ha calculado según Adam Ries, un
famoso calculista del siglo XVI. Este personaje es para nosotros de interés
porque, a pesar de no haber sido un matemático original, sí fue un educador
público del calibre de Fibonacci en Italia. Uno de sus libros de cálculos
aritméticos llegó a ser editado ¡120 veces!
No se sabe con precisión cuándo nació Adam Ries, pero es posible que
haya sido en 1492, pocos años después de que Johann Widmann von Eger propusiera
los símbolos modernos de adición y sustracción. Menciono esto porque a pesar de
que la propuesta de Widmann fue adoptada por algunos matemáticos (sobre todo en
Alemania), en Italia y en otras partes de Europa se utilizaban la p y la m como
operadores de adición y sustracción, respectivamente. La confrontación entre
ambas formas de escribir habría de durar más de cien años. Reputados
matemáticos en ambos bandos se inclinaban por +, - o por las dos letras
latinas. Adam Ries fue uno de los que adoptaron la notación de Widmann, y a
través de su éxito como autor de libros de texto pudo ayudar a difundir los
nuevos signos aritméticos. Es ésta una constante en la historia de la notación
matemática: no basta inventar el símbolo, se requieren también uno o varios
aliados famosos que con su renombre puedan darle a la notación la difusión
requerida. Un nuevo símbolo se convierte en irreversible una vez que se alcanza
una masa crítica de matemáticos que lo adoptan.
En 1518 Adam Ries abrió una escuela de calculistas en Erfurt, en la que
enseñaba a realizar intrincados cálculos con el ábaco. En 1522 se mudó a la no
muy lejana ciudad de Annaberg, donde trabajaba de calculista para las minas,
pero siguió desarrollando su material didáctico. Su libro de 1522 Cálculos
con las líneas y pluma fue un éxito casi inmediato. Las líneas hacen
alusión a las mesas de calcular con hileras de monedas, como las cuentas del
ábaco, y la pluma se refiere a cálculos con cifras
indoarábigas en el papel. El libro se reimprimió 47 veces mientras Ries vivió y
más de setenta después de su muerte. Además, escribió un texto llamado Coss que
no publicó completo en vida, donde resumió el álgebra de su época.
El libro de 1522 de Ries es notable por su enfoque didáctico; contiene
no sólo decenas de ejercicios prácticos, sino que además formula las reglas
aritméticas rimando las oraciones como si fueran versos. Era más fácil
memorizar una regla escrita de esa manera, como se hace aún en las escuelas.
Además, Ries siempre verifica los resultados, sumando el sustraendo al
resultado de una sustracción para obtener el minuendo, o bien multiplicando el
resultado de una división por el denominador para reproducir el numerador. La
multiplicación la verifica utilizando los residuos de 9, como
se aprendía en las escuelas primarias antes de que llegaran las computadoras a
las aulas. Por lo demás, Ries hizo algo similar a lo que realizó Martín Lutero,
quien tradujo la Biblia del latín al alemán: escribió en el lenguaje del pueblo
para hacer accesible el texto a cualquier persona.
En el momento en que en otros países autores de la talla de Harriot y
Viète decidieron utilizar símbolos como + y -, la resistencia de notaciones
alternativas cesó. La p y la m, así como el símbolo de
igualdad de Descartes, desaparecieron en pocos años del mapa matemático. Pero
fueron obras de divulgación, como el libro de Adam Ries, las que prepararon el
camino y dieron la difusión necesaria a ciertos elementos de notación. En ese
sentido, siempre ha habido una retroalimentación entre la teoría y la práctica
matemáticas.
Cabe mencionar que Ries le resolvió un problema de cálculo importante al
gobierno de la ciudad de Annaberg. En los Estados alemanes de aquellos tiempos,
cuando el precio del trigo subía o bajaba no se modificaba el precio del pan
—el cual se vendía en piezas que valían una, dos o tres monedas—, sino que se
ajustaba el tamaño de las piezas. Si el precio del trigo subía, bajaba el peso
de la pieza de pan, pero seguía costando lo mismo que antes. Era ésta una forma
algo sui generis de darle estabilidad al presupuesto familiar.
A petición de las autoridades y para evitar que los consumidores fueran
timados, Ries elaboró la tabla oficial de correspondencias entre el precio del
trigo y el tamaño de los panes, lo que se llamó el Brotordnung o reglamento
del pan) que tuvo enormes consecuencias sociales en aquella época.
Por eso hay otro dicho en alemán que quizá tuviera conexión con Adam
Ries.
Figura III.5. Portada de una reimpresión del famoso libro de Adam Ries
Rechnung nach der lenge auff den Linihen und Feder (Cálculo con lineas y
pluma).
A veces emprendemos grandes proyectos, pero en ocasiones hacemos cosas
más sencillas y de poca monta. En este último caso, los alemanes dicen que
llegó la hora de hornear pequeños panes. Como esta sección,
por ejemplo, que en sólo tres páginas nos informa sobre la batalla centenaria
entre los símbolos de adición y sustracción, italianos y alemanes.
§. La cruz de la multiplicación
La multiplicación de dos números a y b se
ha representado a lo largo de la historia de muy diversas maneras: con un punto
(a·b), por simple yuxtaposición (ab) y
como en la actualidad, con la llamada cruz decusata, es decir,
como en a×b.
El cristianismo nos heredó el Nuevo Testamento, pero también diversos
tipos de cruces, que además tienen un referente histórico arcaico. La cruz
decusata, en particular, tiene una estructura muy simple. Es lo que llamaríamos
un arquetipo, un patrón elemental que aparece y reaparece en muchas culturas.
En la tradición persa la cruz decusata representaba al Sol. Quizá por eso los
emperadores romanos también adornaban sus vestimentas con pequeñas cruces. No
sorprende entonces que una religión incipiente, como lo era el cristianismo
durante el Imperio romano, se hubiera apropiado con el tiempo de elementos
iconográficos asociados con la divinidad. Sin embargo, durante los primeros dos
siglos de nuestra era el símbolo de los cristianos era aún el llamado ichtys:
Fue un matemático y pedagogo inglés, William Oughtred (1574-1660), quien
utilizó la cruz de la multiplicación por primera vez en su afamado libro Clavis
mathematicae (La llave de las matemáticas), publicado en 1631. En su
época aquella obra fue muy usada como libro de texto para difundir los métodos
algebraicos. Oughtred había sido traductor de John Napier, el inventor de los
logaritmos, y aparentemente ya había utilizado una cruz en 1618 en una de sus
traducciones para denotar la multiplicación, pero escrita como X mayúscula y no
como x. Curiosamente, Oughtred también inventó una regla de cálculo circular
para operar con logaritmos.
Figura III.6. Algunos símbolos de William Oughtred que presento en su
manuscrito Clavis mathematicae.
Como muestra el facsímil de Clavis mathematicae (figura
III.6), si Oughtred necesitaba un símbolo, simplemente lo inventaba. Sus
símbolos relacionales (mayor, menor, mayor o igual, etc.) son verdaderas obras
de arte tipográfico, pero casi imposibles de reproducir en las imprentas. De
todos los símbolos que Oughtred creó, sólo el de la multiplicación y los cuatro
puntos de proporcionalidad (::) se utilizan hoy en día (también empleó la tilde
~, pero para expresar diferencia).
La cruz, como símbolo de la multiplicación, tiene por ello una historia
fascinante: es un recorrido por los tiempos que conecta leyendas, el
surgimiento de naciones y las matemáticas en un solo relato. Y es que la cruz
que utilizamos actualmente para la multiplicación es también llamada cruz de
san Andrés. Fue popularizada por primera vez como símbolo aritmético en la
Inglaterra del siglo XVII. San Andrés, el hermano de san Pedro, vivió, según la
leyenda, en el primer siglo de nuestra era. Andrés y Pedro, ambos pescadores,
se convirtieron en apóstoles cuando Jesús los convocó a convertirse en pescadores
de hombres. Se dice que san Andrés predicó en Asia, en los alrededores
de Constantinopla; atrapado y torturado por los romanos, fue crucificado en
Patras, Grecia. De acuerdo con una narración del siglo XIV, pidió ser
crucificado en una cruz distinta a la de Cristo, por considerar que no merecía
tal honor. Fue martirizado en una cruz decusata, la que al paso de los siglos
se convirtió en la llamada cruz de san Andrés.
Es aquí donde la historia de este santo y su cruz toma un giro extraño.
Resulta que en la Edad Media las diversas ciudades europeas competían por
poseer reliquias de santos y apóstoles (reliquia en latín quiere
decir restos, es decir, parte de los huesos o de la
vestimenta). En Colonia, Alemania, se dice que en un lujoso relicario del siglo
XII se encuentran los restos de los Tres Reyes Magos de Oriente. Llegaron
incluso a venerarse varios cráneos de san Juan, distribuidos por toda Europa,
como relata con sarcasmo Umberto Eco en Baudolino (y es que
san Juan fue decapitado a petición de la infame Salomé, una escena
inmortalizada en una pintura de Caravaggio). Durante las cruzadas (del siglo XI
al XIII), el tráfico de reliquias de dudoso origen tuvo su auge, y hoy día
algunas iglesias europeas están repletas de ellas. Tan sólo de la cruz de
Cristo existen astillas de madera regadas por todo el mundo y pesan, en
conjunto, varias toneladas.
Pues bien, se dice que parte de los restos de san Andrés fueron llevados
a lo que hoy es Saint Andrew, en Escocia, para así protegerlos de los infieles.
En aquella época Escocia era católica y, según una leyenda, la cruz de san
Andrés apareció en el cielo antes de una victoriosa batalla de un rey escocés.
Por eso y por otras razones, san Andrés fue venerado durante siglos y se
convirtió en el santo patrono de Escocia en 1320. La cruz de san Andrés fue
incorporada en los emblemas y, finalmente, en la bandera escocesa, donde
todavía la podemos encontrar. Más aún, la cruz de san Andrés fue incorporada en
la Union Jack de 1801, la bandera del Reino Unido, que reúne tres cruces: la
escocesa, la cruz de san Patricio de los irlandeses (en rojo y superpuesta a la
cruz de san Andrés) y la inglesa cruz de san Jorge, el que mató al dragón. Tres
santos patronos, tres cruces y un sinnúmero de problemas nacionales a partir de
entonces.
No sabemos cómo la cruz de san Andrés encontró un lugar en las cajas de
tipografía de las imprentas británicas. Podría ser por la influencia cristiana,
por su origen en la Antigüedad o simplemente porque es un elemento gráfico
arquetípico. No había hecho aún acto de presencia en las matemáticas. Pero los
actores de la disciplina, al ir necesitando nuevos símbolos, se han dedicado
desde siempre a saquear las arcas de los impresores. La letra U, por ejemplo,
se utiliza en la teoría de conjuntos con todas sus rotaciones. Obviamente, es
más fácil utilizar un símbolo que ya existe, dándole una nueva interpretación,
que crear uno de la nada.
Figura III.7. Las tres cruces fusionadas en la Union Jack británica; éstas
representan a tres de los cuatro países que forman el Reino Unido.
Ése fue el motivo de Oughtred para adoptar la cruz como símbolo de la
multiplicación, ya que quería utilizar símbolos fáciles de reconocer y sin una
connotación matemática previa. Había competencia: en el mismo siglo en el que
el pedagogo inglés escribió su Clavis mathematicae, otros
matemáticos usaban símbolos distintos para la misma operación. Leibniz, por
ejemplo, prefería una C rotada 90 grados; rotada en la dirección contraria
representaba la división. Tuvieron que pasar décadas antes de que los matemáticos
europeos adoptaran la notación de Oughtred. Leibniz, terco, se siguió oponiendo
a la cruz porque se podía confundir con la letra x latina; por
eso su propuesta, hacia fines del siglo XVII, de utilizar un punto. Otros
matemáticos, como Viète, simplemente concatenaban los símbolos de variables. El
cubo de la variable “a” se representaba por la secuencia “aaa”.
Finalmente, la cruz decusata o de san Andrés se popularizó en toda
Europa y se convirtió en uno de los símbolos más reconocibles en aritmética y
álgebra. Cada vez que usamos la cruz de la multiplicación estamos atravesando,
inconscientemente, siglos de historia, desde los persas y los romanos hasta el
cristianismo, las batallas por Escocia y la Union Jack británica.
Figura III.8. El nuevo símbolo para la multiplicación es visible en la
página 10 de Clavis mathematicae (William Oughtred, Oxoniӕ, 1667; fuente:
Bayerische Staatsbibliothek digital).La barra de la división
§. Maravillas de la digitalización.
Hasta hace pocos años, para consultar un libro teníamos que ponernos en
marcha hacia la biblioteca, más aún si se trataba de una obra de la que había
pocos ejemplares. Sin embargo, ahora podemos admirar en una computadora la
caligrafía de libros de exóticos títulos, como Kitab al-Bayan wa
al-tidhkar fi san at 'amal al-ghubar, un manual de
aritmética escrito por el matemático Abu Bakr Muhammad ibn Abda- llah ibn
Ayyash Al-Hassar, quien vivió en el siglo XII en lo que hoy es Marruecos. Todo
esto viene a cuento porque es precisamente Al-Hassar a quien se le da crédito
por haber introducido nuestra barra horizontal de la división (por ejemplo, en
3/4) en aquel libro de largo título y que hoy es posible admirar en línea en la
biblioteca de la Universidad de Pensilvania. Ahí nos enteramos también de la
fecha de edición, 1194, y del nombre del escriba que lo copió en la fabulosa
Bagdad: Muhammad ibn Abd Alláh ibn al-Mujill al-Baghdádí. Este calígrafo
produjo 86 páginas de aritmética vernácula, es decir, platicadita y utilizando
un mínimo de simbolismo. Para los que no dominamos la escritura árabe saltan a
la vista en el texto las cifras arábigas y, claro, las fracciones escritas en
nuestra notación moderna. Con una excepción: el número 5½ sería ½5 en la
notación de Al-Hassar. Pero los árabes escriben de derecha a izquierda, así que
en algún momento en Occidente se invirtió el orden de los enteros y las
fracciones.
Muchos siglos antes, desde la época babilónica, los escribas, los
contadores y los astrónomos tenían que operar con fracciones. Los babilonios
inventaron para ello el sistema sexagesimal, es decir, de base 60, que aún
usamos para medir el tiempo al dividir una hora en minutos y los minutos en
segundos. Los babilonios introdujeron la notación posicional, esto es, sólo
escribían el numerador de las fracciones mientras el denominador estaba
implícitamente dado por la disposición de los números uno tras otro, como es el
caso en nuestros números decimales, por ejemplo, en 0.235. Los numeradores son
aquí 2, 3 y 5, mientras los denominadores 10,100 y 1000 están implícitos en la
secuencia.
Los griegos, herederos de las matemáticas babilónicas y egipcias,
experimentaron después con notaciones muy variadas. Algunos autores colocaban
una barra sobre el numerador, seguido inmediatamente del denominador de la
fracción. Otros autores le agregaban un apóstrofo al numerador y dos apóstrofos
al denominador, que le seguía en la misma línea. El gran teórico de los
números, Diofanto, escribía el denominador arriba del numerador, sin
separación. Después, en la época bizantina, algunos utilizaban el denominador
como si fuera un exponente del numerador. Otros más empleaban algo cercano a
nuestra notación, con el numerador arriba del denominador, pero sin la línea de
separación.
Fueron por eso los árabes quienes aparentemente introdujeron la línea
para separar el numerador escrito arriba del denominador. Se piensa que los
matemáticos de la India usaban también el posicionamiento bizantino, pero sin
la línea de división, y que eso influyó sobre los árabes. En su manuscrito de
1194, del que reproducimos un fragmento (figura III.9), podemos ver cómo Abú
Bakr Al-Hassar, utilizando las cifras arábigas, dispone las fracciones en una
forma muy similar a la que hoy usamos. Al Hassar escribió dos libros, el manual
de aritmética mencionado y Kitab al-kamil fi siacat al-adad (Compendio
del arte de los números).
Aunque no está claro si Al-Hassar fue realmente el inventor de la
convención de la barra horizontal de división o si hubo otros matemáticos
árabes antes de él, lo cierto es que fue a través del Líber abad de
Leonardo de Pisa, mejor conocido como Fibonacci, como la notación árabe llegó a
Europa. El Liber abad, recordemos, fue el primer libro que
popularizó la notación decimal basada en las cifras arábigas y la manera de
realizar cálculos con ellas en el papel.
A pesar de la popularidad del libro de Fibonacci en el siglo XIII,
diferentes notaciones para las fracciones subsistieron por siglos en Europa. Y
es que en aquella época las innovaciones simbólicas no viajaban aún a la
velocidad de la imprenta. Los libros tenían que ser copiados a mano por
dedicados frailes en sus conventos o en talleres especializados en el copiado
en serie. Además, cada país tenía sus propias convenciones, y la notación
italiana se diferenciaba de la inglesa o la alemana.
Figura III.9. Fragmento del libro Kitáb al-Bayán, de Al-Hassar, que contiene
las fracciones 8/4 y 8/11. Nótese el tipo de matemáticas vernáculas, carente
casi de simbología.
Hubo que esperar a la imprenta y hasta el siglo XVI para que la barra
horizontal finalmente se hiciera dominante y el cálculo de quebrados pasara
a ser el flagelo de los escolares. Aun así, los ingleses adoptaron el
llamado óbelo para escribir el cociente de a sobre b como a + b en
el siglo XVII, una innovación que hay que relatar por separado.
Figura III.10. Las anotaciones marginales de Aristarco de Samotracia en un
texto griego donde se pueden apreciar los símbolos de la división, algunos con
una ligera inclinación.
§. Homero, el obelo y la división
Mientras en la Europa continental la barra horizontal o inclinada se
popularizó para denotar la división, en el área cultural inglesa un nuevo
símbolo hizo su aparición en el siglo XVII. Se trata del obelo, que nos permite
expresar “a dividido por b” simplemente
como a : b. Este símbolo tiene una larga
historia, que transcurrió al margen de las matemáticas hasta que un matemático
suizo decidió utilizarlo para denotar el cociente de dos números. El símbolo
“:”, así como el asterisco, fueron inventados por el griego Aristarco de
Samotracia para anotar las obras del poeta Homero. Aristarco, nacido en el año
216 a.C., fue director de la biblioteca de Alejandría, una de las siete
maravillas de la Antigüedad. Como ya mencionamos, cualquier libro que llegara
por barco a la ciudad era decomisado para ser copiado por los escribas de la
biblioteca, pues todos los conocimientos de la humanidad debían quedar
almacenados ahí. Con tanto acervo bibliográfico, no sorprende que de los textos
de Homero hubiera más de una copia. Desafortunadamente, la Ilíada y
la Odisea se transmitieron por tradición oral durante siglos y
eso derivó en diversas versiones escritas de la epopeya greco-troyana.
Aristarco y otros filólogos comenzaron a recopilar la versión “definitiva” del
poema homérico y para ello tuvieron que hacer anotaciones marginales en los
textos existentes, a fin de llamar la atención sobre añadiduras de dudoso
origen, así como sobre párrafos importantes y secciones faltantes. Un trabajo
editorial de este tipo se facilita si se usan marcas especiales. Aristarco creó
y comenzó a utilizar el obelo, cuya función era indicar errores en el texto o
partes que se podían suprimir. En el facsímil (figura III.10) se pueden
apreciar los nuevos símbolos en el margen izquierdo.
Los matemáticos se han dedicado desde siempre a saquear las cajas de los
tipógrafos, tratando de encontrar algún símbolo que otros matemáticos aún no
han pillado. Es el caso del suizo Johann Heinrich Rahn, quien nació en Zúrich
en 1622. En su libro de texto de 1659 titulado Teutsche Algebra) oder
algebraische Rechenkunst, zusamt ihrem Gebrauch (Álgebra alemana, o el
arte y uso del cálculo algebraico) introdujo el obelo como el operador de la
división. El obelo permite escribir fracciones de manera más compacta, en un
solo renglón. Aunque Rahn no produjo contribuciones importantes en las
matemáticas, su libro ayudó a difundir los métodos algebraicos de Viète,
Descartes, Van Schooten, Diofanto y Clavius. Su gran fortuna fue haber sido
discípulo del inglés John Pell, quien se encontraba en misión diplomática
secreta en Zúrich. Pell era un matemático de Cambridge que seguramente se
aburría en Suiza y comenzó a impartir una vez por semana clases privadas a
Rahn. Éste era en realidad un político local que estaba a cargo de la
artillería y el equipo militar de la ciudad. El discípulo superó al maestro, ya
que plasmó sus nuevos conocimientos en su libro de álgebra alemana. Pell
llevó el libro de Rahn a Inglaterra y lo tradujo al inglés en 1668,
expandiéndolo. Fue esta versión la que realmente popularizó la notación de
Rahn.
Si no hubiera sido porque Oliver Cromwell logró deponer y ejecutar al
rey Carlos Estuardo, Pell jamás hubiera viajado a Suiza. Cromwell se convirtió
en el Lord Protector de Inglaterra de 1650 a 1658 cuando se proclamó la
república por primera y única vez en la historia de la isla. Para consolidar el
reino, Cromwell combatió a los católicos en Irlanda y Escocia. Trató también de
difundir el protestantismo en la Europa continental. Por eso John Pell fue
enviado por Cromwell a Suiza, ya que llevaba la misión expresa de formar una
liga de cantones protestantes opuestos a los cantones católicos. Pell no tuvo
éxito alguno, languideció en Zúrich y se dedicó a las matemáticas. Regresó a
Inglaterra poco antes del fallecimiento de Cromwell. A la muerte del Lord Protector
la república se vino abajo. El nuevo rey hizo exhumar a Cromwell, se juzgó a su
cadáver y se le decapitó por traición al rey. Pell, por su parte, logró
mantener su cabeza sobre sus hombros y pudo continuar su carrera científica. No
volvería a asumir cargos diplomáticos, sobre todo después de ver lo que había
ocurrido con el desafortunado Lord.
Todavía hubo un escollo que Pell logró salvar para preservar los
símbolos de Rahn. Cuando el impresor propuso sustituir los símbolos, Pell se
negó y salvó al obelo para la historia matemática. Podría ser, incluso, que
Pell le hubiera sugerido el uso del obelo a Rahn, pero eso ya nunca lo
sabremos. Con el patrocinio de Pell el libro se hizo muy conocido; la autoría
se le llegó a atribuir al inglés, quien no agregó su nombre como coautor a
pesar de haber extendido el material original de la obra.
Figura III.11. La regla de los signos aplicada a la división en la página 10
del manuscrito alemán Teutsche Algebra, de Johann Heinrich Rahn (Bodmer)
Zúrich) 1659; fuente: Bayerische Staatsbibliothek digital).
Habría que agregar que una contrincante notable del símbolo de Rahn fue
la notación propuesta por Leibniz para el cociente de dos números a y b) es
decir, a : b. De hecho, esta notación con dos puntos aún se
utiliza para expresar proporción, o sea, la “razón entre a y b”.
En el Doctor Faustas, de Christopher Marlowe, Fausto
dice al distinguir a Helena de Troya: “¿Es ésta la cara que lanzó mil navíos al
mar, la que calcinó las derruidas torres de Troya?” Así es, y el efecto
colateral fue la creación de algunos símbolos que utilizamos en las
matemáticas. Esto sí que es theatrum mundi: desde el rapto de
Helena, pasando por la guerra civil en Inglaterra hasta la Reforma en Suiza,
con matemáticos de incógnito en misión secreta.
Capítulo IV
Operadores de relación y agrupamiento
Contenido:
§. No hay dos cosas más iguales
§. Los símbolos de desigualdad
§. El (paréntesis) contra el viaeulum
§. La coma y el punto
§. No hay dos cosas más iguales
Una igualdad matemática se manipula como los pesos en una balanza: para
mantener el equilibrio, lo que agregamos o retiramos del lado derecho lo
tenemos que agregar o retirar del lado izquierdo. Durante siglos este tipo de
operaciones aritméticas se describió de manera verbal. En toda ecuación hay que
balancear, como en la contabilidad doble, los activos con los pasivos, es
decir, activos = pasivos. Pero curiosamente el hombre que nos legó el moderno
signo de igualdad numérica, las dos líneas paralelas, murió endeudado y en
bancarrota. Hacia el final de su vida no logró conseguir el equilibrio
financiero.
Ese hombre fue Robert Recorde, médico y matemático galés, escritor
prolífico de vida complicada y nada típica de un académico. Recorde estudió en
la Universidad de Oxford y en la Universidad de Cambridge. En esta última se
graduó como médico en 1545, tal vez a la edad de treinta y cinco años —su fecha
de nacimiento no se puede corroborar—, Al parecer, estudió teología, leyes y
música, pero también medicina en Oxford. A pesar de esa trayectoria académica
tan diversa, desde muy joven debió de tener mucho interés por las matemáticas,
como el también médico Pierre de Fermat, puesto que enseñó matemáticas tanto en
Oxford como en Cambridge antes de practicar la medicina en Londres.
Antes de Recorde, matemáticos como Regiomontanus y Luca Pacioli
separaban los dos lados de una ecuación con una sola línea. Después de Recorde,
René Descartes popularizó el símbolo ∝, ya que la igualdad de dos magnitudes se expresaba
diciendo que eran aequales. El símbolo aparentemente es una contracción de las
letras a y e, o bien, el símbolo astrológico de Tauro rotado 90 grados. Recorde
propuso el símbolo =, con líneas mucho más largas que las que hoy usamos, en su
libro de 1557 con el extenso título The Whetstone of Witte, whiche is the
seconde parte of Arithmeteke: containing the extraction of rootes; the cossike
practise, with the rule of equation; and the workes of Surde Nombers, que
podríamos traducir “Afilando el ingenio, segunda parte de la aritmética
incluida la extracción de raíces, el álgebra, con reglas para ecuaciones y el
uso de números negativos”. Si el título es poco convencional, el texto del
libro lo es menos: es un diálogo entre un maestro que lleva de la mano a un
discípulo y le explica las reglas aritméticas y algebraicas. Galileo hizo algo
parecido con su Diálogo sobre los dos sistemas máximos) donde
expuso el sistema copernicano. Sin embargo, Galileo se estaba protegiendo de la
Iglesia y del papa, pues escribía atribuyendo sus opiniones a terceros.
Figura IV.1. Primer uso del símbolo de igualdad por Robert Recorde en The
Whetstone of Witte, John Kyngstone, Londres, 1557, p. 238; fuente: Internet
Archive).
En el Whetstone, Recorde escribe que decidió utilizar las dos líneas
paralelas para expresar igualdad porque “Noe 2 thynges can be moare equalle”
(no hay dos cosas más iguales). Recordemos que Recorde vivió en una época
cuando apenas se estaba enseñando al público a resolver problemas algebraicos
sencillos y a trabajar con el ábaco. Publicó una serie de libros que podrían
constituir el canon de enseñanza de las matemáticas en Inglaterra, desde la
aritmética hasta el álgebra, pasando por la geometría euclidiana y la
astronomía. Su símbolo de igualdad se popularizó en Inglaterra, mientras que en
el continente se usaba la notación cartesiana. El símbolo de Recorde fue
adoptado finalmente por Wallis, Newton, Isaac Barrow e incluso Leibniz, por lo
que hacia 1700 el símbolo preferido para expresar igualdad eran ya las dos
líneas paralelas.
Sin embargo, Recorde fue encerrado en la prisión de deudores, quizás el
mismo año en que apareció su Whetstone. Resulta que en 1549 fue nombrado jefe
de la Casa de Moneda de Bristol, donde estaba a cargo de las minas y de la
acuñación de dinero. En ese puesto se negó a entregarle fondos a un importante
militar y político ocupado en apagar una rebelión: William Herbert,
posteriormente conde de Pembroke, un aventurero que de paje ascendió a
confidente de la reina María. En 1556 Recorde, como comisionado de acuñación,
acusó a Herbert de fraude, pero perdió el juicio por difamación y, al no pagar
la multa de mil libras que le fue impuesta, fue recluido en la prisión de
deudores, Kings Bench en Southwark, donde murió en 1558. Fue el mismo año en
que la reina María fracasó en su intento de restaurar la fe católica en
Inglaterra.
Aunque Recorde no hizo ningún descubrimiento importante, sus libros de
texto fueron reimpresos varias veces y contribuyeron notablemente a la difusión
de las técnicas algebraicas y numéricas en Inglaterra, que al parecer tomó de
otros expositores famosos, como Stifel y Scheubel, quien publicó en París un
compendio de álgebra en 1551.
Casi un siglo después de Recorde, el matemático John Pell, quien
contribuyó a difundir el signo de división en Inglaterra, también ingresó a la
misma prisión de deudores en Southwark. ¿Habrá ocupado la misma mazmorra que
Recorde, quizá decorada de grafitis matemáticos?
§. Los símbolos de desigualdad
El siguiente paso en la historia del álgebra, después de que se logró
dominar la solución de igualdades, fue considerar las desigualdades. Más
difícil que resolver una expresión como x2 - x =
0 es encontrar todos los valores de x para los cuales la
desigualdad x2 - x > 0 es válida. Ese paso
se dio en Inglaterra, pero antes había que tener una notación adecuada.
Los símbolos mayor que y menor que (x > y o bien x <
y) han sido atribuidos al británico Thomas Harriot (1560-1621), quien los
introdujo en su obra Artis analyticae praxis ad aequationes algebraicas
resolvendas (Las artes analíticas aplicadas a resolver ecuaciones algebraicas).
Sin embargo, el libro fue publicado de manera póstuma y por eso algunos han
sugerido que la notación podría haber sido modernizada por los editores. El
facsímil de la obra de Harriot (figura IV.2) exhibe todas las huellas de una
notación incipiente e insegura, que se esfuerza por darse a notar, alargando el
símbolo de igualdad excesivamente y también los símbolos de mayor y menor
(definidos en la página 10 de la obra). Mientras que el símbolo de igualdad ya
había sido usado por Recorde, los símbolos de relación eran nuevos.
Quienes han podido examinar los manuscritos sueltos de Harriot reportan
que el símbolo de igualdad lo escribía en realidad como dos líneas verticales
paralelas, mientras que los símbolos de desigualdad eran curvos, como cuernos
de la abundancia:
Figura IV.2. Los símbolos de desigualdad de Thomas Harriot presentes en la
página 10 de su manuscrito Artis analyticae praxis, Robertum Barker, 1631;
fuente: Max Planck Institute for the History of Science, Library.
Desafortunadamente, ya nunca sabremos si los ejecutores de su testamento
literario realmente adaptaron algunos símbolos o si Harriot ya había pensado en
tales modificaciones.
En el Artis analyticae, Harriot trabaja con igualdades y también con
desigualdades, y muestra cómo simplificarlas. Su libro, que es de álgebra,
retoma muchas de las técnicas desarrolladas por Viète en Francia, al mismo
tiempo que introduce nuevos métodos. El primer capítulo del libro se basa, de
hecho, en las definiciones adoptadas por Viète en su Artem analyticem isagoge.
Es sorprendente que Thomas Harriot no haya publicado ningún trabajo matemático
durante su vida, como fue el caso también del gran Pierre de Fermat. Harriot
era un astrónomo y matemático de gran reputación, pero sus descubrimientos los
comunicaba a círculos reducidos de personas.
La vida de Harriot fue en parte la de un aventurero. De haberlo
conocido, seguramente Gabriel García Márquez le hubiera asignado un lugar de
honor en Macondo. Apenas graduado de Oxford en 1580, Harriot fue involucrado en
los planes para colonizar Norteamérica urdidos nada menos que por sir Walter
Raleigh, militar y explorador que posteriormente introduciría el tabaco en
Europa. Para crear colonias, la reina Isabel I le otorgó a Raleigh la patente
real a fin de explorar la región donde se encuentran ahora Virginia y Carolina.
Pocos años antes, Raleigh había enviado a dos de sus capitanes para explorar la
región, y de regreso a Inglaterra la expedición llevó a dos indígenas de la
isla Roanoke. Raleigh le encomendó a Thomas Harriot la tarea de aprender su lengua
y costumbres para poder servir de traductor en futuras expediciones. En 1585
Harriot por fin se embarcó hacia Norteamérica, mientras que sir Walter partió
hacia Sudamérica, a la Guayana, para buscar la legendaria ciudad de El Dorado.
De regreso en Inglaterra, en una nave nada menos que del pirata Francis Drake,
Harriot escribió su informe Briefe and True Report of the New Round Land of
Virginia, que provocó mucho interés en Londres cuando apareció en 1588. Aunque
los marineros ingleses y los españoles ya conocían el tabaco, este documento
fue uno de los primeros en describir la nueva droga.
Thomas Harriot nunca fue prisionero real por largo tiempo, pero sus
benefactores sí que lo fueron. A la muerte de Isabel I, el nuevo rey acusó a
Raleigh de traición y lo arrojó a la Torre de Londres por 13 años, sólo para
mandarlo de nuevo a buscar minas de oro en Sudamérica al dejarlo en libertad.
Atacado en la Guayana por los españoles y después de haber perdido gran parte
de sus hombres, Raleigh regresó a Inglaterra, donde, ahora sí, fue ejecutado en
1618.
Antes de la prisión de Raleigh, Harriot ya había pasado al servicio de
Henry Percy, barón de Northtumberland, con quien compartía diversos intereses
científicos. Pero el barón tenía un pariente lejano, Thomas Percy, quien estuvo
involucrado en el fallido atentado fraguado por católicos contra el Parlamento
inglés conocido como la Conspiración de la Pólvora. Culpable o no, el barón
Henry Percy fue confinado a la Torre de Londres, donde podía pasar las horas
discutiendo con Walter Raleigh (antes de que éste saliera a buscar El Dorado
por segunda ocasión)y jugando boliche. Además, Thomas Harriot vivía en una casa
cerca de la torre, así que el círculo de eruditos pudo seguir funcionando a
pesar de la prisión. En 1621 el barón fue liberado, pero Harriot había muerto
pocos días antes. Dejó 7 000 páginas de manuscritos sin terminar y sus
ejecutores literarios pudieron publicar el Artis analyticae sólo después de
pasados diez años, afortunadamente para las matemáticas, que a partir de
entonces tendrían los dos símbolos de desigualdad que ahora usamos.
Fue tal la reputación de Thomas Harriot y lo estrecho de sus vínculos
con sir Walter Raleigh y el barón Percy, que se ha tratado de ver en ellos a
los constituyentes de la Escuela de la Noche, mencionada aparentemente por
Shakespeare. Es una interpretación probablemente apócrifa, pero que nos da una
idea de la influencia de este círculo, que lo mismo practicó la alquimia, la
astrología y partió a buscar El Dorado, que se interesó por las matemáticas, la
astronomía y la poesía. Es el realismo mágico radicando en Londres y no en
Macondo.
§. El (paréntesis) contra el vinculum
Es difícil de creer, pero símbolos tan comunes y corrientes como los
paréntesis son un invento relativamente reciente en la historia de la escritura
y de las matemáticas. Es paradójico porque, después del símbolo de igualdad en
ecuaciones, los dos signos que aparecen más frecuentemente en las matemáticas
son precisamente los paréntesis. Es claro, porque se utilizan para delimitar
subexpresiones en expresiones matemáticas complejas, impidiendo así
ambigüedades. Los paréntesis son pequeñas jaulas para capturar y retener
objetos matemáticos.
La palabra paréntesis es de origen griego y significa poner a un lado.
Si consultamos antiguos manuscritos griegos o latinos podemos constatar que
hasta la Edad Media se escribía de manera continua, una letra tras otra,
prácticamente sin símbolos para delimitar las oraciones o para introducir
pausas. Los manuscritos estaban hechos para ser leídos en voz alta, para que el
oído reforzara a los ojos, dándole así sentido a la avalancha de letras del
texto.
Poco a poco, en la Edad Media se fueron introduciendo tremendas
innovaciones ortográficas (aunque hoy parezcan triviales), por ejemplo, la
separación de las palabras con espacios, el punto al final de una oración, la
coma y el punto y coma. De esa manera, al leer algún pasaje se percibe de
inmediato dónde introducir pequeñas pausas mentales para entenderlo mejor.
También los signos modernos de interrogación y de exclamación son inventos que
se consolidaron una vez que la imprenta fue introducida por Gutenberg.
Los primeros paréntesis de los que se tiene noticia fueron utilizados
por el italiano Coluccio Salutati en 1399, en pleno camino hacia el
Renacimiento. No eran redondos, parecían más bien paréntesis angulares como
éstos “>”. Pero la idea estaba clara: proporcionar información adicional,
como una especie de digresión sobre la marcha.
Después de Salutati surgieron muchas variantes. Los paréntesis redondos,
por ejemplo, se utilizaban a veces en el orden inverso al actual, es decir,
)así (. En otras ocasiones se utilizaban paréntesis y además se subrayaban las
palabras que había dentro de ellos, lo cual era redundante. Aparentemente, fue
en Venecia donde Nicolás Jenson, impresor e inventor de tipos, introdujo los
paréntesis redondos en 1470. Erasmo los llamaría después pequeñas lunas.
Figura IV.3. Los paréntesis de Salutati en 1399.
Y si los paréntesis llegaron tarde a los libros, más se tardaron en
llegar a las matemáticas, no sólo porque había que cambiar su semántica, sino
además porque había otras posibilidades para agregar expresiones.
Figura IV.4. Fragmento del texto de Eusebi de Cesárea titulado De
praeparatione evangélica (Venecia) 1470), en el cual se utiliza la tipografía
romana de Nicolás Jenson y se aprecia el uso de paréntesis (fuente:
digitalización de la Biblioteca de Cataluña).
Cuando todavía la mayor parte de un texto matemático consistía en
álgebra retórica no eran necesarios los paréntesis, ya que un cálculo se puede
desmenuzar verbalmente; por ejemplo, (3 + 4) x 2 se convierte
en “suma 3 y 4; multiplica el resultado por 2”. Así que los paréntesis, en su
versión redonda o cuadrada, aparecen sólo ocasionalmente en algunos textos. En
1550 Rafael Bombelli utilizó los paréntesis cuadrados en su Álgebra para
agrupar los términos a los que se quería extraer raíz cuadrada o cúbica. Pero
Bombelli va a lo seguro: también subraya los términos entre paréntesis y de esa
manera nos remite al vinculum y su titánica trifulca con los paréntesis.
Históricamente, se subrayan subexpresiones antes de agruparlas con
paréntesis. Ya en 1487 el francés Nicolás Chuquet había agrupado subrayando.
Esa línea horizontal es lo que se ha llamado el vinculo inferior y resulta
efectiva para agrupar términos. Más tarde se pasó a agrupar con una línea
superior, una especie de suprarrayado. Ambas notaciones, paréntesis y
supra-rrayado, subsistieron paralelamente hasta que llegaron François Viète,
Thomas Harriot y René Descartes, a fines del siglo XVI y principios del XVII.
Viète, por ejemplo, no empleó los paréntesis como hoy los usamos, sino uno solo
de ellos, como en
La parte izquierda de la expresión se debe entender como un producto de
cada renglón por el que sigue. De esa manera, se puede agrupar por renglones y
con un solo paréntesis. Más tarde, en nuevas ediciones de la obra de Viète,
este tipo de construcciones fueron reescritas usando paréntesis normales. El
inglés Thomas Harriot, por su parte, prefirió agrupar con un corchete
horizontal para indicar el alcance de un radical. René Descartes hizo algo muy
similar, aunque siempre negó haber conocido la obra de Harriot, y nos heredó
nuestro símbolo para radicales, como en √(2 + 3), donde el principio es el
símbolo radix y la línea horizontal es el vínculo superior. En nuestra notación
funcional de paréntesis esto debería escribirse como √(2 + 3).
Como vemos, lo único que hoy subsiste del vínculo es su uso en los
radicales (y de vez en cuando se utiliza para enfatizar). Pero el vinculum no
se retiró del campo de batalla sin dar la lucha. Como en tantas otras
ocasiones, la disputa se desarrolló entre regiones culturales, los ingleses
contra el continente y, más específicamente, Newton contra Leibniz.
En Inglaterra, influyentes matemáticos y físicos prefirieron el vínculo
durante muchos años. Matemáticos tan prestigiosos como Wallis, Maclaurin y el
mismísimo Newton lo popularizaron en sus obras. Hasta el siglo XVIII el vínculo
era preferido por muchos a los paréntesis. En el continente eso cambió cuando
Leibniz adoptó el uso del paréntesis y logró que una de las primeras revistas
científicas, el Acto eruditorium, lo aceptara como notación preferida en 1708.
Después de 30 años otras academias científicas de Inglaterra y Francia
siguieron el ejemplo del Acto. Leibniz fue tan consecuente en el uso de
paréntesis que los utilizaba incluso para los radicales, sin seguir a
Descartes.
Figura IV.5. Ejemplos del uso del vinculum en Geometria Orgánica de Colin
Maclaurin) 1720.
La rebelión más reciente contra los paréntesis fue la de Giuseppe Peano,
quien propuso agregar expresiones utilizando una jerarquía de puntos simples,
puntos dobles y puntos triples. Aunque ese tipo de notación se utiliza a veces
en la lógica, una vez que el uso de los paréntesis se popularizó, llegaron para
quedarse, mientras el vínculo subsiste hoy en día sólo como fósil, enganchado a
los radicales.
Figura IV.6. Apoteosis de la notación con puntos en Principia mathematica
(Fuente: Wikimedia Commons).
§. La coma y el punto
¿Quién diría que las comas representan casi 2.5% de los símbolos usados
en los libros de ingeniería? Es sorprendente porque prácticamente no ocupan
espacio, así que no saltan a la vista, pero son elementos de puntuación tan
imprescindibles como el punto que cierra una oración y, a veces, terminan también
una expresión matemática. ¿Quién diría asimismo que la palabra coma viene del
griego κομμα y significa porción? Hoy en día usamos comas para separar
elementos en una tupia, como (x, y, z); para separar sucesiones de
valores, como a1, a2,..., etc.; para separar índices y
muchas otras cosas más. Al punto lo usamos menos, pero Giuseppe Peano, por
ejemplo, lo quería utilizar para sustituir los paréntesis enmarcando
expresiones, aventurada propuesta que tuvo su desafortunada continuación en Principia
mathematica de Whitehead y Russell.
Como ya el nombre griego lo indica, fueron los helénicos quienes
“inventaron” la coma o, más bien, su primera variante. Fue un bibliotecario de
Alejandría llamado Aristófanes quien, desesperado por los errores cometidos por
los lectores al tratar de entender los textos, decidió hacer algo al respecto.
Basta ver algunas inscripciones griegas de la Antigüedad, e incluso romanas,
para constatar que la puntuación no existía y que los textos se escribían como
alud de letras, una tras otra, sin separación entre las palabras. La idea de
Aristófanes fue marcar los textos con puntos: uno intermedio, uno bajo y uno
alto. Estos puntos, llamados comma, colon y periodos, indicaban pausas de
diferente duración, siendo la coma la pausa más corta. Todo esto ocurrió en el tercer
siglo antes de nuestra era. En la época romana se experimentó separando
palabras con puntos, pero la innovación de Aristófanes cayó en el olvido hasta
que se comenzaron a editar libros eclesiásticos para propagar la fe cristiana.
Los monjes en sus talleres producían copia tras copia de libros sacros. Ya nos
habíamos encontrado algunos santos al revisar otros símbolos matemáticos (a san
Andrés, a santo Tomás), y en la historia de la coma encontramos a san Isidoro
de Sevilla, quien fuera obispo de aquella ciudad hispana en el siglo VII. San
Isidoro retomó los puntitos de Aristófanes, pero los reorganizó: el punto bajo
sería ahora la pausa más corta y el punto alto el distinctio finalis, es decir,
el punto final. Una revisión de algunos textos de san Isidoro revela que nunca
fue muy consistente y que adoptó diferentes sistemas de puntuación, a veces con
puntos bajos, con dos puntos, con punto y coma o incluso incluyendo al óbelo.
Por eso, el siguiente avance consistió en la fusión de la tipografía medieval
con el sistema de rayas diagonales, utilizado por eruditos y copistas
italianos. Se atribuye a Boncompagno da Signa haber propuesto en el siglo XII
utilizar una pequeña diagonal para marcar una pausa y sustituir el punto bajo.
Esa diagonal con el tiempo se convirtió en nuestra coma actual, que estuvo
disponible cuando se inventó la imprenta y pasó a ser un signo de puntuación
fundamental. El punto final de Aristófanes quedaría también engranado en la
tipografía moderna.
Capítulo V
Cálculo/Análisis
Contenido:
§. La guerra de las galaxias: Leibniz contra Newton
§. La derivada parcial
§. Nabla, el arpa de Asiria
§. John Wallis y el infinito
§. Delta
§. La notación f(x) y el concepto de función
§. Épsilons, deltas y la invención de los números reales
§. Llegar al límite
§. El dardo matemático
§. La guerra de las galaxias: Leibniz contra Newton
Nuestra notación moderna para el cálculo diferencial e integral proviene
del gran matemático alemán Gottfried Wilhelm von Leibniz (1646-1716) y es muy
intuitiva. Si queremos hablar del cambio de una variable, es decir, de su
diferencial, utilizamos la letra d, como en dx. Claro que aquí se
trata de cambios infinitesimales, esto es, en el límite. Si ahora queremos
agregar estas diferencias en una suma (infinita) utilizamos la letra S, pero en
la versión de Leibniz, una S estilizada y alargada. En la notación de Leibniz
podemos escribir, por ejemplo:
En Inglaterra, sin embargo, el gran Isaac Newton (1643-1727) ya había
desarrollado las bases del cálculo diferencial diez años antes que Leibniz,
pero sin haber publicado sus métodos. Por eso utilizaba su propia notación. A
la derivada de una función y le ponía un punto para convertirla simplemente en
y. Para la integral Newton tenía diversas formas de expresarla, pero una muy
idiosincrática era enmarcando la función a integrar en un cuadrado, como en
De la notación de Newton conservamos el punto para las derivadas de
funciones, sobre todo, en la física. La notación newtoniana para integrales
nunca se extendió.
No ocurre a menudo que podamos rastrear paso a paso el descubrimiento y
fortalecimiento gradual de una nueva teoría matemática, además del desarrollo
de su notación, pero éste fue el caso del símbolo de Leibniz para calcular
integrales. Leibniz desarrolló su versión del cálculo diferencial e integral en
la segunda mitad del siglo XVII y los vestigios de este proceso creativo
quedaron plasmados en cartas, en esbozos y en publicaciones.
El símbolo de integral (una S alargada para denotar suma) fue utilizado
por Leibniz en 1675, en el manuscrito titulado “Analyseos Tetragonisticae
pars Secunda”. Ahí sustituye la abreviatura “omn. l.” (es decir, omnes
linea, que quiere decir todas las líneas) por el símbolo de integral. La
abreviatura “omn. l.” había sido usada por Cavalieri en su método de
descomposición de áreas en franjas infinitesimales (o “líneas”) para indicar
que había que agregar todas (omnes). La figura V.1 muestra el contexto en el
que se introdujo el nuevo símbolo (el símbolo n es el que usaba Leibniz para
indicar igualdad).
Figura V.1. Notación de Leibniz para el símbolo de integral) Utilizada en
Analyseos Tetragonisticae pars Secunda (1675), que semeja una “S” alargada. Por
otra parte, la “cuña” (señalada con círculos rojos) corresponde al símbolo de
igualdad.
La variable “l” en la expresión “omn. l” es, entonces, un infinitesimal,
una cantidad menor que cualquier otra, como se argumentaba en el cálculo al
principio. En el facsímil Leibniz concluye que
La elección de la letra S fue natural. En 1686 Leibniz se había ocupado
del cálculo de áreas en su De geometría recóndita, donde utilizaba el método de
exhaución de Cavalieri. En éste, se divide un área en infinidad de pequeños
cortes cuyas áreas respectivas hay que agregar al final. Por eso Leibniz
llamaba al método de calcular sumas infinitas caleulus summatorius, o sea,
cálculo de sumas. Nótese en el facsímil que, en la notación temprana de
Leibniz, el símbolo diferencial (dx) se omitía. Nuestra notación actual es
Leibniz llegó al cálculo trabajando sobre dos problemas íntimamente
relacionados: la cuestión de encontrar tangentes a una curva y el problema de
la cuadratura, es decir, encontrar el área enmarcada por aquella curva. La
relación inversa entre ambos problemas ya había sido postulada por matemáticos
en Cambridge, especialmente Isaac Barrow (1630-1677) y más tarde su discípulo
Isaac Newton.
La notación alternativa de Newton para indicar integrales nunca tuvo
mucha resonancia fuera del área cultural inglesa. La notación era de difícil
impresión. Newton utilizaba dos maneras de expresar la integral: una variable
con una barra vertical arriba denota (como en
Figura V.2. La notación de Isaac Newton para la integración en The Method of
Fluxions and Infinite Series: With Its Application to Geometry of Curve-lines
(Henry Woodfall, Londres, 1736, p. 91; fuente: Internet Archive).
No se puede negar que la notación de Newton es muy expresiva, pero era
probablemente una pesadilla para las imprentas. A pesar de que Newton
desarrolló su versión del cálculo integral primero, fue la notación de Leibniz
la que triunfó en la Europa continental. Después de 1675 sólo había que
completar la notación para integrales de Leibniz con límites superiores e
inferiores. Aparentemente, fue Fourier, en 1819, uno de los primeros en agregar
este tipo de precisión adicional a las integrales (para pasar así de las
integrales indefinidas a las definidas).
Narrada así, toda esta cuestión parece un asunto de poca monta. La mejor
notación se impone a la larga. Pero no fue así: la disputa por la prioridad en
la invención del cálculo diferencial e integral fue encarnizada, y los
matemáticos continentales e ingleses tomaron partido a través de la adopción de
una u otra notación..., hasta que llegaron Charles Babbage y sus aliados,
quienes en Cambridge iniciaron la llamada Sociedad Analítica.
Inglaterra se mantuvo casi doscientos años firmemente del lado de la
notación de Newton, mientras el resto del mundo utilizaba la notación de
Leibniz.
Hoy sabemos, a través del estudio de la correspondencia entre Leibniz y
Newton y de éstos con otras personas, que probablemente ambos científicos
llegaron al cálculo diferencial e integral de manera independiente. Newton fue
el primero en elucubrar sobre el cálculo. Su profesor y mentor Isaac Barrow ya
había investigado en Cambridge la forma de encontrar tangentes de curvas. La
erupción de una epidemia de peste en Inglaterra obligó a cerrar la universidad,
y así Newton pasó su año mirabilis 1665-1666 meditando sobre física y
matemáticas en la casa de su abuelo. Leibniz tuvo la idea del cálculo
diferencial e integral diez años más tarde, en 1775, dos años después de haber
estado de visita en Londres y de ser admitido como miembro de la Royal Society.
Ese viaje a Londres fue el que los partidarios de Newton mencionarían después
como el momento en que Leibniz habría obtenido alguna información sobre los
métodos de Newton, lo cual demostraría que Leibniz había cometido un plagio.
Newton y Leibniz llegaron al cálculo diferencial e integral por dos
caminos opuestos: Newton llegó por el camino de las derivadas y de ahí pasó a
las integrales. Leibniz arribó a la inversa, por las integrales, y de ahí pasó
a las derivadas. La primera referencia escrita que se tiene de la notación de
Newton para derivadas aparece en una página suelta fechada en 1665. Newton
marcaba la primera derivada con un punto arriba del nombre de la variable. Las
derivadas subsecuentes (segunda, tercera, etc.) las indicaba con dos o tres
puntos, y así sucesivamente. Al principio Newton estaba más interesado en
derivadas respecto al tiempo, y por eso la notación i: x corresponde a nuestra
moderna
A la derivada de una variable Newton la llamaba fluxión, en inglés, una
palabra que seguramente no tiene traducción al español pero que se podría
interpretar como cambio.
Antes del cálculo ya existían partes del cálculo. El francés Pierre de
Fermat había desarrollado un método para calcular máximos y mínimos de
funciones, que consistía básicamente en encontrar una aproximación a la
derivada (la tangente) de una función y postular la igualdad a cero, como
hacemos ahora al proponer f'(x) = 0.
Después de Fermat, Isaac Barrow desarrolló una técnica para encontrar
tangentes, la cual fue publicada y era conocida por muchos matemáticos en
Inglaterra y en la Europa continental. Además, Barrow se interesaba por
problemas de cuadratura y de óptica; por eso no hay que ir muy lejos para
descubrir en él a la persona que inspiró a Newton para investigar por su cuenta
esos temas.
La disputa entre Newton y Leibniz llevó a la escisión del continente
europeo. En la zona cultural inglesa se siguieron utilizando las fluxiones y
los fluyentes, es decir, la notación de Newton, hasta la primera mitad del
siglo XIX. La disputa fue atizada por los respectivos partidarios, y en 1712 la
Royal Society nombró una comisión que finalmente decidió a favor de Newton,
declarándolo el verdadero inventor del cálculo. Esa decisión fue empañada al
saberse después que la comisión había estado en contacto con Newton y no era
totalmente imparcial. En la actualidad tanto a Leibniz como a Newton se les
considera padres del cálculo diferencial e integral, pero no hay que olvidar
que muchos otros, como Arquímedes, Fermat y Barrow, contribuyeron a darle forma
a los conceptos que culminarían en el trabajo del físico-matemático inglés y
del erudito alemán. Casi trescientos cincuenta años después de Leibniz y Newton
seguimos usando los puntos de Newton para las derivadas (en la física) y la
notación de Leibniz para las derivadas e integrales.
El nombre cálculo integral fue inventado por Johan Bernoulli. En 1695,
Leibniz trató de convencerlo, en “aras de la uniformidad y armonía”, de que
hablara en el futuro de cálculo sumatorio y no de cálculo integral. Bernoulli
accedió, pero era ya tarde: las nuevas matemáticas comenzaron a difundirse por
Europa con la denominación ideada por Bernoulli. El símbolo de integral, por su
parte, la S alargada, aún nos remite a la idea de sumatoria.
§. La derivada parcial
Poco imaginaba el obispo Ulfilas, cuando en el siglo IV de nuestra era
se puso a diseñar un nuevo alfabeto (el más tarde llamado alfabeto gótico), que
una de las letras de su creación desempeñaría siglos después un papel muy
importante en la notación matemática. Estamos hablando de la d gótica que
utilizamos hoy para denotar derivadas parciales. Es esta letra uno de los pocos
ejemplos de operadores y a los símbolos matemáticos tomados de alfabetos
distintos al latino y al griego. La d gótica y el aleph hebreo son las dos
excepciones más notables.
Ulfilas (cuyo nombre significa lobezno en godo) se hubiera sorprendido
de lo anterior, puesto que su misión era la de evangelizar a los paganos, a los
bárbaros godos que estaban inundando por oleadas el Imperio romano. ¿Qué mejor
manera de civilizarlos que traducir el Nuevo Testamento del griego a la lengua
de los godos, perteneciente a la familia de idiomas germánicos? Así lo hizo
Ulfilas y de esa manera creó lo que sería el primer libro escrito en una lengua
germánica.
La tarea de Ulfilas, evangelizar a los godos, no era sencilla, ya que
habría que precisar primero qué versión del cristianismo era la que se quería
propagar. Aparentemente, Ulfilas era partidario del arrianismo, que básicamente
negaba la concepción del Dios cristiano como una sagrada trinidad de Padre,
Hijo y Espíritu Santo; en cambio, hacía hincapié en la noción de un Dios único
e indivisible. Esta disputa, que ocupó buena parte del siglo IV, no quedó
saldada sino hasta el Concilio de Constantinopla, que reafirmó la ortodoxia
cristiana respecto a la Trinidad. Curiosamente, siglos después Isaac Newton,
trabajando en el Trinity College de Cambridge, se uniría a los no trinitarios,
que básicamente negaban que pudiera haber un Dios hijo y un Dios padre.
Mientras tanto, alrededor del año 341, Ulfilas estaba ocupado en el
diseño de su nuevo alfabeto, que además reflejaría también el estilo germánico.
Ulfilas bosquejó las mayúsculas siguiendo el alfabeto griego y tomando símbolos
adicionales de las letras latinas e incluso de las rúnicas. Las minúsculas
llegaron más tarde para hacer más legibles los textos y más fáciles de
transcribir.
Al principio el alfabeto de Ulfilas no tenía seguidores; más bien, tenía
detractores. El nombre mismo del alfabeto, gótico, le fue impuesto por los
humanistas italianos para subrayar su pertenencia a la lengua y la escritura de
las tribus bárbaras. Pero el alfabeto gótico evolucionó a lo largo de los
siglos y se plasmó en diferentes tradiciones de la escritura usada por los
monjes para copiar los libros eclesiásticos. La figura V.3 muestra el tipo de
impresión llamado Textualis, el cual se asocia preferentemente con el tipo
gótico. Con la invención de la imprenta llegó también la apoteosis del alfabeto
de Ulfilas: la impresión de la biblia de Gutenberg precisamente en una variante
del Textualis.
Figura V.3. El alfabeto gótico en la tipografía Textualis de Klaus-Petter
Schäffel.
Examinando todos los símbolos del alfabeto gótico, se puede constatar
que solamente la d gótica fue incorporada a las matemáticas,
aunque se le llame la d redondeada o delta de Jacobi en
el contexto de la disciplina. Y es que fue el matemático alemán Carl Gustav
Jacobi quien apenas en 1841 logró cimentar la notación para derivadas parciales
que utilizamos hoy.
El conflicto fundamental para poder llegar a una notación estándar en el
cálculo fue, por supuesto, la disputa entre Leibniz y Newton, que llevó a dos
sistemas de notación distintos, uno para el Reino Unido y otro para el resto de
Europa. En el caso de las derivadas parciales y remitiéndonos a la notación de
Leibniz, al principio no se distinguía entre una derivada de una función con
una o con varias variables. Se utilizaba el mismo operador diferencial,
la d latina, redonda o cursiva.
Una derivada parcial, sin embargo, se refiere a la variación de una
función respecto a sólo una de las variables. Si esto no se hace explícito en
el operador, se tiene que obtener esta información del contexto. No es lo mismo
df/dx cuando tenemos f(x), que df/dx cuando hablamos de f(x, y). Fue el
matemático francés Adrien-Marie Legendre (1752-1833) quien introdujo primero el
símbolo para derivadas parciales en 1786, a pesar de que utilizó otras
variantes en años posteriores. La d gótica ya había sido
utilizada por otros matemáticos, entre ellos Euler, pero como sustituto
completo de la d de Leibniz. Quien sugirió mantener la d de
Leibniz para derivadas totales y la d gótica para las parciales fue
precisamente Legendre.
Pasaron muchos años antes de que la sugerencia de Legendre se
extendiera. Uno de los primeros que la adoptaron fue William Hamilton, aunque
posiblemente no conocía el trabajo original de Legendre. Hamilton usó la
notación moderna en artículos que escribió de 1824 a 1834. Pero el verdadero
éxito de la nueva notación vino, como dijimos, con Jacobi, quien publicó en
1841 su muy influyente “De determinantibus functionalibus”, en el cual
separaba claramente las derivadas parciales de las totales. En la figura V.4
Jacobi explica la nueva notación y la contrasta con la de Euler. El operador
diferencial total queda definido en función de las derivadas parciales.
Figura V.4. El símbolo de derivada parcial en la obra de Carl Gustav Jacobi
De determinantibus functionalibus, De Gruyter, Berlín, 1841 (fuente:
Niedersachsische Staats-und Universitatsbibliothek Göttingen).
De los primeros artículos sobre cálculo, de 1786, transcurrieron más de
cincuenta años, hasta 1841, para que el símbolo de Legendre y Jacobi se
convirtiera en la notación estándar en el cálculo.
Curiosamente, hasta 2008 no contábamos con pintura o dibujo alguno de la
cara de Legendre. Resulta que su retrato se confundió durante doscientos años
con el de un político francés también apellidado Legendre. Una búsqueda
multinacional culminó con el descubrimiento de una caricatura del sobrio
Legendre junto al risueño Fourier.
Figura V.5. Caricatura en acuarela de los matemáticos franceses Adrien-Marie
Legendre y Joseph Fourier, de Julien-Léopold Boilly, 1820, Bibliotheque de
l'Institut de France (fuente: Wikimedia Commons).
Legendre es también célebre por haber propuesto el llamado método de los
mínimos cuadrados, que se puede plantear en términos de derivadas parciales
para funciones lineales.
Figura V.6. El método de los mínimos cuadrados expuesto por Legendre en
Nouvelles méthodes pour la détermination des orbites des cometes, F. Didot,
París, 1805) p. 72.
No podríamos concluir este capítulo sin mencionar el desarrollo
posterior de las letras góticas. Con el tiempo se diseñaron muchas variantes
tipográficas en las que los arcos redondeados se aproximan con segmentos de
cantos afilados. Estos tipos son llamados Fraktursehrift (arcos fracturados) y
se difundieron en Alemania y Austria en los siglos XIX y XX. Los matemáticos,
siempre a la caza de nuevas letras con las cuales ampliar su repertorio
simbólico, comenzaron a utilizar las letras fracturadas para representar
variables. Muchos libros de matemáticas de la primera mitad del siglo XX
utilizaron Fraktursehrift para las variables. Sin embargo, en 1941 el gobierno
nacionalsocialista de Alemania declaró a esta tipografía indeseable por ser
supuestamente de origen judío, a pesar de que años antes la había fomentado por
ser inmaculadamente germánica. De golpe desaparecieron los libros con esta
tipografía y con el tiempo se dejarían de usar las letras góticas en trabajos
matemáticos, con excepción de la d, firmemente engranada en el arsenal
simbólico de las matemáticas modernas.
§. Nabla, el arpa de Asiria
El llamado operador nabla es claramente una delta mayúscula invertida.
Ésa ha sido una manera tradicional de introducir nuevos símbolos en las
matemáticas: sencillamente se les pone de cabeza. Con este operador vectorial
podemos denotar el gradiente de una función. Se utiliza siempre que se trabaja
con campos vectoriales y su variación espacial o temporal, por ejemplo, en el
caso de los campos eléctrico y magnético. No en balde aparece nabla al
principio de las cuatro ecuaciones de Maxwell para el electromagnetismo, cuando
se expresan en forma diferencial:
El operador nabla fue inventado por el matemático irlandés William Rowan
Hamilton (1805-1865), a quien recordamos todos los días cuando hablamos en la
física del hamiltoniano. Nabla hizo su aparición en 1853, en el libro Lectures
on Quaternions) que describe otro de los descubrimientos importantes de
Hamilton.
Hamilton nació en la alborada del siglo XIX, en 1805, en Dublín. Fue un
niño prodigio: bajo la tutela de su tío, un lingüista, se dice que logró
dominar 13 idiomas cuando apenas tenía trece años. Aprendió matemáticas en gran
parte como autodidacta, leyendo directamente las obras clásicas. Su carrera
universitaria fue vertiginosa. Como estudiante del Trinity College, en Dublín,
era excelente en todos los campos y ¡fue nombrado profesor de astronomía con
escasos veintidós años!
Hamilton transformó profundamente la física clásica al reformularla en
términos de los métodos variacionales. Los procesos físicos se pueden
interpretar como optimizadores de funciones; por ejemplo, la luz se mueve a lo
largo de una línea recta porque ésta nos da la conexión más directa entre dos
puntos y minimiza el tiempo de vuelo. Pero cuando la luz atraviesa un medio
donde avanza más despacio (por ejemplo, el vidrio) se refracta, cambia de
dirección, y ahora el camino más rápido entre dos puntos puede estar dado por
dos segmentos conectados. Todo eso se puede expresar como un problema
variacional o de optimización.
Un problema consumía la atención de Hamilton alrededor de 1843. Se
trataba de la posibilidad de extender el alcance de los conjuntos de números
más allá de los reales y complejos. Hoy en día concebimos un número complejo
como un par escrito en la forma (o, b) o bien a + ib, donde i2 =
-1. Por eso es natural preguntar si se podría tener triples de la forma a + ib
+ jc con alguna definición apropiada para el nuevo imaginario j, para tener así
triples con los que pudiéramos sumar, restar, dividir y multiplicar. Por más
vueltas que Hamilton le daba al asunto, durante mucho tiempo no encontró la
extensión apropiada de los números complejos.
Figura V.7. La primera propuesta de Hamilton para la notación del operador
nabla (fuente: Internet Archive).
Según un relato del matemático irlandés, se le ocurrió la solución del
problema paseando una vez por el puente de Brougham, que cruza el Canal Real de
Dublín. En vez de introducir sólo un imaginario más, la j, introduciría dos, j
y k, para definir nuevos números de la forma a + ib + jc + kd bajo la
restricción i2 = j2 = k2 = -1 y
además con ijk = -1. Hamilton se detuvo y grabó con su navaja estas
restricciones en el puente. Ésta es quizá la inscripción matemática y acto de
vandalismo con más repercusiones en la historia. Lo único que tuvo que
sacrificar Hamilton, para generalizar los números complejos, fue la
conmutatividad de la multiplicación, ya que ij = k pero ji =
-k.
Es irónico que con el operador nabla Hamilton le haya proporcionado
munición simbólica al análisis vectorial, ya que durante años estuvo propagando
el cálculo de cuaterniones como alternativa al cálculo con producto interno y
producto vectorial (ahí aparecen también i, j y k, pero como vectores unitarios
ortonormales). Hacia fines del siglo XIX todavía había más físicos trabajando
con cuaterniones que con análisis vectorial. Pero poco a poco el cálculo de
cuaterniones fue desplazado, a pesar de que en muchos casos proporciona
expresiones físicas más compactas. Por ejemplo, las cuatro ecuaciones de
Maxwell se convierten en una sola cuando se expresan con cuaterniones. El
cálculo vectorial, sin embargo, es más intuitivo y fácil de relacionar
directamente con los fenómenos físicos. El operador nabla interviene, entonces,
en la definición de lo que se llama el gradiente, el divergente y el
rotacional.
Hamilton no bautizó a su operador con el nombre que hoy lo conocemos.
Fue más bien un asistente, llamado William Robertson Smith, en la Universidad
de Edimburgo, Escocia, quien le sugirió el nombre nabla a Peter Guthrie Tait,
físico matemático de aquella universidad. Tait se refirió así al operador en su
correspondencia con James Clerk Maxwell, quien en 1870 le preguntó si habría un
mejor apelativo que el usado por él: inclinación, que empleó hasta 1873.
Maxwell dedujo, quizá correctamente, que Hamilton había decidido rotar
la delta inspirándose en Leibniz, quien utilizaba esta letra como operador
diferencial. A partir de 1890, Tait comenzó a referirse a nabla en sus
publicaciones y otros matemáticos adoptaron también el símbolo. A su asistente
Smith se le ocurrió llamarla así porque nabla es el nombre de una antigua arpa
asiria de forma triangular.
Figura V.8. Moneda conmemorativa de Irlanda (2005) en honor de sir William
Rowan Hamilton) cuyo aporte a la simbología matemática fue la incorporación de
nabla, utilizada inicialmente en posición horizontal (fuente: Wikimedia
Commons).
El operador nabla es sin duda la pieza de notación más popular creada
por Hamilton. Los cuaterniones también han vivido un renacimiento por sus
aplicaciones en geometría, para gráficas producidas por computadora y asimismo
en la robótica. De hecho, la estrategia de Hamilton se puede extender a tuplos
con 8, 16, 32 elementos, y así sucesivamente, las llamadas álgebras de
Clifford, donde aparecen 7,15 o 31 unidades imaginarias.
§. John Wallis y el infinito
En las matemáticas se ha debatido sobre procesos con un número infinito
de pasos intermedios desde la época del griego Zenón y sus famosas paradojas:
Aquiles no podría alcanzar a la tortuga, porque para ello tendría que pasar
antes por una cantidad infinita de puntos intermedios. Especular sobre procesos
infinitos sin contar con el concepto de límite es difícil y lleva a muchas
aporías.
Sorprende que hasta 1655 no se hubiera contado con un símbolo para
representar el infinito. Fue el matemático inglés John Wallis (1616-1703) quien
propuso utilizar el símbolo ∞, que tiene la forma de la curva llamada
lemniscata, para representar un número infinito de objetos (lemniscos quiere
decir moño en griego). Lo que Wallis estaba examinando era la cuadratura de
algunas superficies, es decir, el cálculo de sus áreas, y para ello utilizó el
llamado principio de Cavalieri y cantidades infinitesimales.
El libro De sectionibus conicis, en el que Wallis propuso el símbolo ∞,
era uno dedicado a las secciones cónicas (la parábola, la elipse y la
hipérbola). Antes de Wallis estas figuras se definían en tres dimensiones,
utilizando cortes de un cono. Wallis las proyectó al plano y pudo aportar las
fórmulas algebraicas para cada una de ellas. Hoy en día comenzamos con la
fórmula y = kx2, porque sabemos que la ecuación representa una
parábola; no tenemos que ir a la tercera dimensión a cortar un cono con el
cuchillo.
El principio de Bonaventura Cavalieri, utilizado ya antes por Arquímedes
en la Antigüedad, consiste en examinar cortes transversales de varias figuras,
como en la página aquí reproducida del libro de Wallis (figura V.9).
Figura V.9. El método de Cavalieri en la obra de John Wallis Opera
mathematica (Theatro Sheldoniano, Oxonice, 1695).
Los tres triángulos que ahí vemos, incluso el que tiene lados curvos,
están formados por las mismas piezas rectangulares (para cada altura) y por eso
tienen la misma área. Sólo cambia el arreglo de las partes. Es como cuando
tomamos una pila de monedas y le damos a la pila la forma que queremos, de
cilindro vertical o inclinado. En su libro Wallis considera dichos componentes
rectangulares e introduce el concepto de infinitesimal, es
decir, piezas de área infinitamente pequeñas. Además, tenemos un número infinito
de ellas. Ese número infinito es y un rectángulo infinitamente pequeño tiene
altura l/∞.
No se sabe realmente cómo concibió Wallis el nuevo símbolo. ¿Se trata de
un ocho horizontal? Algunos piensan que la inspiración provino del uso del
símbolo romano
Como quiera que sea, es obvio que el nuevo símbolo fue una muy buena
elección. Euler y Bernoulli lo adoptaron de inmediato y ayudaron a
popularizarlo. Otros libros de Wallis se hicieron muy influyentes,
especialmente su Aritmetica infinitorum, donde analiza cómo calcular la
longitud de ciertas curvas y el área de figuras. Este libro inspiró a Isaac
Newton cuando comenzó sus estudios en Cambridge. Newton propondría pocos años
más tarde el cálculo diferencial e integral para formalizar algebraicamente los
métodos geométricos usados por Cavalieri y Wallis.
El gran matemático alemán David Hilbert escribió en 1925: “Desde siempre
el infinito ha espoleado la imaginación de los humanos como ninguna otra
incógnita. Ninguna otra idea ha movido y fructificado tanto a la razón. Sin
embargo, no hay tampoco otro concepto que requiera mayor elucidación que el del
infinito”.
§. Delta
Éste sí que es un símbolo sencillo de explicar, delta, la cuarta letra
del alfabeto griego. Ya que d es la primera letra de nuestra
palabra diferencia, es precisamente por eso que se utiliza delta para referirse
a cualquier tipo de cambio de magnitud. Como sucede con todas las letras
griegas, la letra delta se deriva de otra letra fenicia, daleth, que tenía
aproximadamente la misma forma que la delta griega mayúscula. Daleth
probablemente era el sonido inicial, en fenicio, de la palabra puerta.
Hasta la época de Newton y Leibniz, por lo menos, la lingua franca de
las ciencias era el latín. Diferencia en ese idioma se escribe differentia, y
por eso algunos consideran al matemático suizo Johann Bernoulli y a sus
asociados los primeros en utilizar δ como abreviatura de differentia. En la
correspondencia de Bernoulli con Leibniz hay muchos ejemplos de este hábito.
Incluso el mismo Leibniz llegó a utilizar dx para referirse a cambios
infinitesimales de una variable x, antes de optar por usar dx.
En el caso de la delta mayúscula parece que fue otro helvético, Leonhard
Euler, quien la utilizó para denotar diferencias finitas. Si Leibniz utilizaba
8 para incrementos infinitesimales, es natural utilizar A para diferencias en
sucesiones de números. En 1755 Euler publicó un trabajo (Institutiones calculi
differentialis) que presentaba métodos de solución para ecuaciones de
diferencias finitas. La figura V.10 muestra cómo, en su texto en latín, Euler
utiliza Δy para representar la diferencia y' - y.
Con el desarrollo de las matemáticas formales en el siglo XIX, 𝛿 pasó a
ocupar un lugar privilegiado y los argumentos con “épsilons y deltas” forman
parte del folclor matemático ya tradicional. En los métodos llamados de
diferencias finitas la delta mayúscula lleva la batuta.
Figura V.10. Uso de delta para denotar diferencias, en la página 5 del
manuscrito de Leonhard Euler Institutiones calculi differentialis cum cius usu
in analysu finitorum ac doctrina serierum, de 1755.
Pero hay algo más para lo que se utiliza delta. La famosa delta
de Kronecker, escrita Δij es un operador igual
a 1 cuando i = j, pero igual a 0 en caso contrario. La delta
de Kronecker es uno de los primeros ejemplos de lo que después se conocería
como una variable indicatoria, que es igual a 1 cuando algo sucede e igual a 0
en caso contrario. La utilidad de este tipo de construcciones es que nos
permite operar numéricamente sin tener que escribir dos o más expresiones,
dependiendo del número de casos que se tengan.
El matemático alemán Leopold Kronecker (1823-1891) es quizás el villano
más famoso en la historia de las matemáticas. Fue quien impidió que Georg
Cantor pudiera acceder a un puesto en la Universidad de Berlín. Lo atacó sin
piedad y calificó de monstruosidad su teoría de conjuntos, a la que David
Hilbert, por su parte, llamó un paraíso matemático. Kronecker estudió
matemáticas en la Universidad de Berlín bajo la tutela de Ernst Kummer. Después
de obtener su grado hizo una fortuna en los negocios y regresó en 1855 a la
universidad como privatier sin siquiera cobrar un salario. Él, Kummer y
Weierstrass, los tres astros, hicieron de Berlín el centro matemático por
excelencia, hasta que David Hilbert y Félix Klein, en Gotinga, lograron
disputarle la supremacía a la capital alemana después de la muerte de
Weierstrass y Kronecker.
Kronecker pensaba que todas las matemáticas se podrían estructurar
finalmente de manera constructiva y por eso recelaba del infinito, es decir, de
cualquier argumento que no utilizara métodos constructivos finitos o que
operara demostrando la existencia de un objeto solamente por contradicción. Por
eso era quizá natural que las ideas de Cantor sobre diferentes tipos de
infinitos y números transfinitos lo llevaran a chocar con el profesor de la
Universidad de Halle. Sin embargo, Kronecker también se enemistó con
Weierstrass, quien veía en la formalización de la teoría de conjuntos (a la que
aspiraba Cantor) y en la teoría de funciones piedras angulares de las
matemáticas modernas. Cantor, quien había sido discípulo de Weierstrass en
Berlín, sufrió ataques nerviosos muy posiblemente atizados por estas
controversias con Kronecker, las cuales iban dirigidas al corazón de su obra
matemática.
La delta de Kronecker aparece por primera vez en las transcripciones de
sus cursos de los años 1883-1891 (Lecciones sobre teoría de determinantes).
Kronecker murió en 1891. Siete años antes, Cantor tuvo su primera fase
maniaco-depresiva, y después de la muerte de su hijo en 1889 nunca volvió a ser
el mismo. Ya no aspiró jamás a la vacante de Kronecker o de Weierstrass en
Berlín. Un año después de la muerte de Kronecker, Félix Klein escribió en una
carta:
Mi crítica se puede referir sólo a la unilateralidad con que Kronecker,
desde un punto de vista filosófico, combatió corrientes científicas [...]. Esta
unilateralidad no tiene que ver con su capacidad innata, sino con su carácter.
Su meta era cada vez más el dominio absoluto sobre todas las matemáticas
alemanas. Ese objetivo lo persiguió con todos los medios que su inteligencia y
perseverancia le permitían. No me sorprende que al haber fallecido no exista
[en Berlín] un sucesor equiparable.
Si Mozart tuvo un Salieri en la ficción un tanto controvertida de
Amadeus, Cantor tuvo su Kronecker.
§. La notación f(x) y el concepto de función
Una de las primeras cosas que se aprenden en las matemáticas superiores
es pasar a concebir funciones como conceptos más abstractos que lo que sería
simplemente una fórmula que depende de una o más variables. Cuando decimos que
x2 es una función cuadrática de x, lo que queremos realmente
expresar es que dado un valor arbitrario de x poseemos una
receta o método bien especificado para encontrar el valor correspondiente de
aquella función cuadrática. Hoy en día, esta idea la resumimos
escribiendo f(x) = x2.
La regla de correspondencia entre una variable x y el
valor de una función f(x) puede ser expresada de cualquier
forma, incluso con un diagrama que para cada x nos proporcione
gráficamente el valor f(x). Una correspondencia tal es lo que se
llama un mapeo de x a f(x). Por ejemplo, podíamos
haber postulado que, dado un conjunto de personas, para cada persona x el
valor f(x) corresponde a su altura en centímetros. En
Alemania, el matemático Richard Dedekind fue uno de los que más hicieron notar
el concepto de una función como Abbilduag (que podemos traducir como
proyección), precisamente para expresar que a un elemento dado (una persona en
el ejemplo anterior) lo proyectamos en el espacio de medidas (las alturas en
centímetros). Y aunque hoy comenzamos los cursos de matemáticas por ahí, en
realidad los matemáticos se tardaron siglos en concretizar el concepto mismo de
función y en llegar a la notación canónica f(x), hoy tan usual.
En la Antigüedad, en Babilonia y en Grecia se operaba implícitamente con
funciones, sobre todo, a través de tablas. Un listado de observaciones
astronómicas, por ejemplo, puede poner en correspondencia cada día del año con
la posición de la Luna en el firmamento. El Almagesto, el libro de astronomía
más importante de la Antigüedad, contiene muchas tablas astronómicas o de
longitudes de cuerdas en círculos (que son proporcionales a la función seno del
ángulo), pero sin llegar a condensarlas en una fórmula matemática lista para
ser usada.
Realmente hay que avanzar hasta la invención de la geometría analítica,
en el siglo XVII, para encontrar representaciones más explícitas de funciones
especificadas por un valor de entrada (la ordenada x) y uno de salida (la
abscisa y) o, como diríamos hoy, el par (x, y). Sin embargo, como las
matemáticas no surgen de la nada, y para cada idea brillante podemos encontrar
a veces más de un innovador, también en el caso de la geometría analítica
podemos encontrar predecesores al trabajo de René Descartes.
Uno de esos pioneros fue Nicolás Oresme (1320-1382), una especie de
sabio universal quien además fue obispo de la ciudad de Lisieux en Francia.
Oresme no sólo trabajó sobre problemas filosóficos y de dinámica, sino ponderó
también problemas económicos y la devaluación de la moneda. Para sus estudios
sobre dinámica propuso representar el movimiento de un objeto utilizando dos
dimensiones, la longitud y la latitud del objeto en movimiento. Aquí Oresme se
remitía a la manera como los navíos pueden determinar su posición sobre la
Tierra utilizando aquellos dos parámetros. Según Oresme, lo mismo se podría
hacer sobre un plano, y por eso para una curva de movimiento el problema sería
encontrar la latitud de la curva para cada diferente longitud. Sin embargo, Oresme
nunca llegó a plantear estas ideas en forma algebraica, como sí haría
Descartes, pero argumentaba con diagramas de movimiento que hoy podríamos
considerar, benevolentemente, la gráfica de una función.
Con el filósofo francés René Descartes y su célebre Geometría de 1637
arribamos a lo que sería una nueva etapa en la historia del concepto de
función; es decir, encontramos ahora sí funciones expresadas como fórmulas
algebraicas y de las que se puede derivar por cálculo directo f(x) para
cada x. Sin embargo, Descartes estaba consciente de que no toda curva en el
plano puede ser expresada con una fórmula algebraica, y por eso distinguió
desde el principio entre las curvas algebraicas y las que llamó mecánicas, es
decir, que corresponden a movimientos posibles (ya que las podemos dibujar),
pero para las cuales una formulación algebraica no siempre se puede
proporcionar. A partir de Descartes y con el posterior refinamiento de la
geometría analítica, ya nadie hablaría de longitudes y latitudes, sino de
ordenadas y abscisas. Por cierto, al valor x se le llama la
ordenada porque se identifica con algún valor de la linea ordinata, esto es, un
eje con valores sucesivos de x; al valor f(x) se le llama la
abscisa porque su valor se representa en la linea abscissa, que quiere decir la
línea separada en latín.
Pero no fue Descartes quien comenzó a llamar función a las funciones.
Más bien eso ocurrió en la correspondencia que intercambiarían durante años el
alemán Gottfried von Leibniz y el suizo Johann Bernoulli. En sus cartas ambos
discutían problemas matemáticos de toda índole. Aparentemente fue Leibniz quien
propuso usar el término función, pero fue Bernoulli quien comenzó a abreviar
“función de x” con una phi seguida de x, como en φx.
El término función aparece por primera vez en un manuscrito de Leibniz
de 1673. Al principio del manuscrito Leibniz utiliza el término relación
refiriéndose a la conexión entre la ordenada y la abscisa de una función en su
gráfica. Pero el título del manuscrito es ya “el método de tangentes inversas,
o acerca de funciones”. En este manuscrito Leibniz relaciona el segmento
tangente a una curva con la ordenada x estableciendo
implícitamente una relación funcional.
Leibniz y Bernoulli experimentaron con diferentes maneras de referirse a
la función de x que hoy se nos antojan curiosas. La figura
V.11 muestra una de sus ideas: la función de x se representa
por una línea sobre x, o (x, y) si la función es de dos variables, y un índice
a la derecha que nos permite numerar las funciones. En la figura están
representadas dos funciones de x y dos de (x, y).
Pero hay que esperar hasta 1718 para encontrar la primera referencia
impresa al concepto de función: un informe escrito por Bernoulli para la
Academia de Ciencias de París, donde escribió: “Definición. Llamamos función de
una magnitud variable a una cantidad obtenida de cualquier manera que sea a
partir de esta magnitud y de constantes”. En la actualidad una definición así
nos parecería oscura, pero era un primer paso. También en ese informe es donde
Bernoulli propone escribir φx para referirse a f(x).
Fue el suizo Leonhard Euler, discípulo de Johann Bernoulli, quien casi
un siglo después de la Geometría de Descartes introdujo finalmente una notación
más general para referirse a las funciones, es decir, una notación como f(x),
g(x), h(x), etc.
Figura V.11. La notación de Leibniz para funciones.
Pero primero Euler precisó la definición de una función en su Introductio
in analysin infinitorum (Introducción al análisis de infinitos),
escribiendo: “Una función de una cantidad variable es una expresión analítica
compuesta de cualquier manera utilizando aquella variable y números o
constantes”.
Figura V.12. Símbolo de función utilizado por Euler en “Additamentum ad
dissertationem de infinitis curvis eiusdem generis”, en Commentarii academiae
scientiarum Petropolitanae, Leonhard Euler, 7, 1740, pp. 184-200.
En 1734, ya Euler había comenzado a utilizar la notación moderna en un
trabajo sobre curvas, donde se refiere a la función f(x/a + c), como se ve en
la figura V.12.
Sin embargo, la difusión de este tipo de notación no fue inmediata. El
mismo Euler no utilizó para nada la notación f(x) en su libro
de 1748 sobre el análisis y, más bien, empleó la convención de que Z mayúscula
es una función de la variable z minúscula. A menudo, simplemente anuncia en el
texto que y es función de z, o bien z función de x, y procede con sus cálculos.
Aún más, hay en el libro de Euler de 1748 una inconsistencia con el concepto
moderno de función. Euler acepta que una función de x pueda
tener dos o más valores para cada x, por ejemplo, cuando cada x produce
dos soluciones en una ecuación cuadrática. En este caso, el valor de la función
sería un conjunto de valores, pero Euler no contaba todavía con el lenguaje de
la teoría de conjuntos para poder expresar esta idea.
Figura V.13. Fragmento en el que se observa la notación funcional de Euler
con dos puntos antes del paréntesis. En “Recherches sur l’intégration de
l'équation”, en Melanges de philosophie et de la mathematique de la societe
royale de Turin, Leonhard Euler, 3) 1766, pp. 60-91.
La notación tardó en difundirse; lo vemos en los mismos trabajos de
Euler, por ejemplo, en un escrito de 1753 y en otro de 1766 donde el helvético
escribe no f(x), sino f:(x), que en cierto
sentido es una notación más precisa que la moderna porque impide confundir al
producto de dos números/y x con la función f de x. En la
figura V.13 vemos un ejemplo con la función gamma del trabajo E319 de 1766 del
Archivo Euler.
Eso quiere decir que desde 1734 la notación f(x) estaba en el aire y que
otros matemáticos comenzaron a usar una notación similar, como fue el caso de
D'Alembert en 1747 y más tarde de Legendre, quien utilizó la notación f:(x) de
Euler. Pero todavía en el siglo XIX Charles Babbage, en Inglaterra, escribía
las funciones de x como fx, es decir, sin utilizar paréntesis.
Me parece que la notación f(x) sólo se pudo difundir
cuando el concepto mismo de función fue clarificado. En el caso de Leibniz,
Bernoulli, Euler y algunos de sus sucesores está implícita la idea de que una
función posee una expresión analítica. Ésos serían los casos relevantes y a
investigar. Por eso, hasta bien entrado el siglo XIX se pensaba que dos
funciones continuas que son idénticas en un intervalo de su argumento deberían
ser idénticas en todos lados. Sin embargo, armados con el concepto de límite y
de integración, algunos matemáticos construyeron funciones que, a pesar de ser
idénticas en un intervalo, diferían notablemente fuera de éste. Entonces
Dirichlet, en 1829, propuso una definición más general de una función: “y es
una función de la variable x, definida en el intervalo a < x < b, si a
cada valor de x en el intervalo le corresponde un valor
definido de la variable y. Es irrelevante cómo se determina esta
correspondencia”.
Esa sola palabra, irrelevante, puso finalmente los puntos sobre las íes
respecto al concepto de función. No sólo eso, Dirichlet pasó a dar un ejemplo
de una función patológica por ser discontinua en todos lados. Se trata de la
función D(x) con valor 0 cuando x es racional
y 1 cuando x es irracional. Es así como culmina el cambio de
perspectiva de Euler, que transformó a las funciones en el objeto privilegiado
de las matemáticas.
Después de Euler, poco a poco la notación f(x) se fue
difundiendo en el mundo académico, y fue tal vez por la disciplina que
impusieron las primeras revistas matemáticas por lo que la notación se
convirtió en estándar y es la que usamos en la actualidad.
§. Épsilons, deltas y la invención de los números reales
En las matemáticas modernas, casi lo primero que aprendemos al
encontrarnos con el cálculo diferencial e integral en la universidad es a
demostrar la existencia de límites, utilizando argumentos que emplean la
épsilon y la delta, dos letras griegas destinadas desde hace más de cien años a
aterrorizar a los estudiantes de ciencias en su primer semestre.
La figura V.14 muestra la intuición que necesitamos para entender el
concepto de límite. Si una sucesión de valores a1 a2,
a3,..., es tal que a partir de cierto índice N, la
sucesión ya no sale del corredor de valores entre a - 𝜀 y a +
𝜀, y, además, 𝜀 se puede hacer tan pequeña como se desee (aumentando el índice N si es
necesario), entonces podemos decir que la sucesión converge al valor a.
Como muestra la imagen, si podemos meter la secuencia en un tubo de radio 𝜀 a partir de
cierta N, y si además el tubo se puede hacer cada vez más delgado,
esperamos que en el infinito la secuencia converja al valor a.
Figura V.14. Una sucesión convergente.
Este tipo de argumentación basada en definir un intervalo de
convergencia (a - ε, a + ε) fue utilizada por el
matemático francés Augustin Louis Cauchy (1789-1857), quien perteneció a la
nueva generación de matemáticos nacidos después de la Revolución francesa para,
con su obra, abrir el siglo XIX. Cuando Cauchy estaba escribiendo sobre límites
decidió, aparentemente, utilizar la letra épsilon para denotar desviaciones o
errores respecto al límite.
Cuando Cauchy realizó sus investigaciones matemáticas, el concepto mismo
de número real no estaba todavía completamente desarrollado. Si pensamos otra
vez en una secuencia infinita a1, a2, a3,...,an,...
y se nos dice que a partir de cierto índice N la distancia entre an y
todos los valores posteriores de la sucesión es menor que un épsilon positivo
arbitrario, es claro que la secuencia va frenando, se va aproximando cada vez
más a un valor único. Sucesiones de este tipo son llamadas sucesiones de Cauchy
precisamente por el trabajo pionero del matemático francés. Una sucesión de
Cauchy es, por ejemplo, la serie de valores descubierta por Leibniz que
converge a π/4:
Supongamos por un momento que no supiéramos que la suma infinita
converge a π/4 . ¿Cómo podemos saber para cada sucesión de Cauchy, es decir,
para una sucesión que va frenando, que existe un número al cual converge? En
otras palabras, ¿cómo podemos afirmar que existe un número que representa el
límite de la suma infinita? ¡La respuesta rápida es que no podemos!, a menos
que contemos con un modelo o definición de los números reales que nos permita
demostrar que cualquier serie de Cauchy, por ejemplo, de racionales, converge a
un número real. Eso fue precisamente lo que logró crear Richard Dedekind en
Alemania, quien con sus célebres cortes de Dedekind proporcionó uno de los
primeros modelos formales rigurosos de lo que entendemos por números reales.
Nos podríamos imaginar, por ejemplo, una situación donde la línea de los
números sólo contiene los números racionales, pero tendríamos numerosos
agujeros que el modelo de Dedekind rellena.
En 1871 el matemático alemán Georg Cantor transformó la misma
deficiencia de la teoría en una virtud. Si tenemos series de Cauchy que se
acercan arbitrariamente la una a la otra, las llamamos equivalentes, es decir,
que convergen al mismo punto. Un número real es, entonces, un conjunto infinito
de series de Cauchy que son equivalentes. Para cada número real existe al menos
una serie de Cauchy que lo representa. De hecho, basta que nos fijemos en las
series de Cauchy definidas con números racionales, es decir, fracciones de
enteros, y así podemos dar el salto de tener sólo los números racionales a
tener ahora también todos los irracionales, como son π o la raíz de 2.
Para entender esta definición de los números reales imaginemos lo
siguiente en un mapa: todas las carreteras que desembocan en el mismo punto son
equivalentes precisamente por eso, porque terminan en el mismo lugar. Pero en
el plano euclidiano no queremos tener agujeros; por eso podemos definir cada
punto en el plano como el conjunto de todas las carreteras que desembocan en
él.
Figura V.15. Argumentación de Cauchy con épsilons y deltas en Résumé des
leçons données a l’École Royale Polytechnique sur le calcule infinitésimal
(Augustin-Louis Cauchy, Chez Debure, París) 1823, p. 27).
Cuando se hace una definición de este tipo, hay todavía que demostrar
que es una buena definición, es decir, que no contradice el
resto de la teoría. Eso se ha hecho con la definición de Cantor, y es la que se
utiliza con más frecuencia hoy en día para hablar de los números reales (no en
el plano, sino sobre una línea, la línea de los números, que de esta manera no
tiene huecos).
Nos faltan las deltas. Para hablar de que una función f es continua
podemos examinar qué sucede si metemos al valor f(x) en una
jaula, es decir, un intervalo (f(x – ε), f(x +
ε)). Si para cada intervalo alrededor de f(x) podemos
encontrar otra jaula, esto es, otro intervalo, alrededor de x de
la forma (x - δ, x + δ) de tal manera que todos los puntos de este intervalo
sean proyectados por f al interior del intervalo (f(x
– ε), f(x + ε), entonces decimos que la
función no da saltos, es decir, que es continua.
Pero aquí debemos parar, porque de otra manera pudiéramos desatar en el
lector las mismas angustias que en los estudiantes de primer semestre.
§. Llegar al límite
En la historia del cálculo diferencial e integral hay una primera fase
metafísica, donde se realizan cálculos algebraicos utilizando números
infinitesimales, es decir, distintos de 0, pero más pequeños que cualquier otro
número positivo. La derivada de una función y de x es el
cociente Δy/Δx cuando los dos incrementos son
infinitesimales, es decir, pequeñísimos.
Nadie fue más sarcástico que el filósofo George Berkeley (1685-1753) al
criticar esta manera de proceder. Berkeley llamó a los infinitesimales los
espectros de números que han sucumbido. En realidad, esta crítica afectaba
quizá más a la argumentación de Leibniz que a la de Newton. Este último
concebía derivadas como la velocidad de cambio de funciones. La noción de
velocidad tiene mucha tradición en la física y es intuitivamente muy
respetable.
Sin embargo, con el tiempo se comprendió que había una forma de
argumentar rigurosamente utilizando el concepto de límite. En lugar de hablar
de cantidades infinitamente pequeñas, como todavía había hecho el gran Leibniz,
nos fijamos en la aproximación de una sucesión de valores a un punto límite.
Por ejemplo, si tenemos la sucesión de valores 1, ½, ¼, ⅛,..., etc., podemos
ver que la sucesión de números se aproxima al valor 0 cada vez más, ya que cada
nuevo número es la mitad del anterior. Decimos entonces que 0 es el límite de
la sucesión.
El concepto intuitivo de límite ya había aparecido desde las matemáticas
griegas. De Arquímedes se dice que pudo calcular la suma infinita
cuyo valor, en el límite, es 1/3. La imagen
siguiente nos muestra que este resultado es evidente desde el punto de vista
geométrico. Si el cuadrado es de área 1, la esquina inferior izquierda (en
negro) tiene área 1/4. El siguiente cuadrado negro
tiene área 1/16, el siguiente 1/64,
y así sucesivamente. Es fácil ver que el área gris es igual al área negra en la
figura, e igual al área blanca. Por tanto, el área negra tiene superficie igual
a 1/3.
Éste es un ejemplo del método exhaustivo utilizado por Arquímedes, que
es en realidad un cálculo en el límite.
Esta idea de puntos límites es importante para formalizar las
matemáticas, porque es también la manera de definir todos los llamados números
reales. El valor de √2, por ejemplo, no puede ser escrito como un cociente de
enteros, es decir, como un número racional, pero sí como el límite de una
sucesión infinita de valores. La aproximación decimal, si tuviéramos un oráculo
que nos proporcionara todas las cifras, nos da una sucesión infinita de valores
cada vez más cercanos a √2, por ejemplo: 1.4, 1.41, 1.414, 1.4142, etc. Otra
forma de aproximar √2 es utilizando un cociente infinito. Al ir agregando más y
más términos en el cociente de abajo, se va obteniendo una mejor aproximación a
√2:
En el inicio de la teoría de límites a veces sólo se aceptaban
aproximaciones al límite por abajo o por arriba, es decir, con números siempre
menores o siempre mayores que el límite. Con el tiempo esa restricción
desapareció.
La argumentación típica en el caso de los infinitesimales era la
siguiente: si nos fijamos en la función y = x2, un
ligero incremento Δx de la variable x produce un
incremento Δy = (x + Δx)2 - x2 =
2xΔx + (Δx)2 de la función. La razón
de los dos incrementos es
Como se ve en el ejemplo, para realizar la reducción algebraica operamos
como si Δx fuera diferente de 0. Terminamos haciendo Δx =
0 y obtenemos la derivada final, 2x. Eso era precisamente lo que le
molestaba a Berkeley. ¿Cómo se puede argumentar primero como si Δx no
fuera 0 y a continuación resulta que sí es igual a 0? Leibniz eliminaba Δx porque,
tratándose de un infinitesimal, su valor es despreciable respecto al valor de
2x.
Obviamente hay aquí un problema conceptual, ya que no está bien definido
qué es un infinitesimal. El concepto de límite es la solución: pensamos en 2x +
Δx como una expresión donde el incremento Δx es cada
vez más pequeño y se aproxima a 0. Es decir, el límite de Δx es 0 y
el de 2x + Δx es 2x . Para todo esto
necesitamos un álgebra de límites que nos permita calcular rápidamente qué pasa
cuando sumamos, sustraemos o multiplicamos variables que están acercándose a
ciertos límites.
Por todo esto, en 1784, casi cien años después de la invención del
cálculo por Leibniz y Newton, las dudas y paradojas aún subsistían, aunque los
matemáticos ya habían comenzado a trabajar implícitamente con límites de
sucesiones y de funciones. Para esclarecer todas estas dudas, el matemático
francés Joseph-Louis Lagrange, quien era presidente de la Academia Prusiana de
Ciencias, propuso un concurso de ensayos matemáticos con objeto de obtener una
teoría más precisa. La academia pidió “una teoría clara y rigurosa de lo que se
llama el infinito en matemáticas”. Y continuaba:
[...] la geometría superior frecuentemente manipula cantidades
infinitamente grandes o pequeñas [...] algunos famosos analistas contemporáneos
admiten que las palabras magnitud infinita son contradictorias. Por eso la
Academia demanda que se explique cómo se pueden obtener tantos teoremas
correctos partiendo de un supuesto erróneo y que se desarrolle una base
conceptual que pueda asumir el lugar del infinito sin hacer los cálculos muy
difíciles o muy extensos.
Entre los trabajos que fueron enviados a la academia se encontraba el de
Simón Antoine Jean L’Huillier (1750-1840), a quien le fue otorgado el premio en
1786. Fue L’Huillier quien introdujo la abreviatura lím. o bien Lím. para
referirse al límite de una sucesión de valores. L’Huillier no contaba aún con
un formalismo libre de errores, pero pudo derivar la mayoría de las reglas que
usamos hoy para trabajar con límites de expresiones algebraicas. La figura V.16
es un extracto del texto de L’Huillier, donde formula claramente que la
derivada de una función P de x es el límite de ΔP/Δx.
Figura V.16. La notación de L’Huillier en Exposition élémentaire des
principes des calculs supérieurs: qui a remporté le prix proposé par l’Académie
royale des Sciences et belles-lettres pour l’année 1786, Simón L’Huillier,
G.-I. Decker, Berlín, 1890-1910).
Hoy en día utilizamos la notación lím Δx sin el punto, que
todavía L’Huillier anotaba para indicar la abreviatura. No debemos creer, sin
embargo, que la obra de L’Huillier terminó rápidamente con la metafísica de los
infinitesimales. Eso sucedió más adelante, cuando se desarrollaron los métodos
algebraicos con épsilons y deltas para formalizar por otro camino la noción de
límite.
El famoso Karl Weierstrass sería quien contribuiría de manera
fundamental a lo que se llamó después la algebraización del análisis.
Weierstrass eliminó todos los conceptos inseguros y, utilizando la notación Lím
para denotar límite, indicaba debajo de las tres letras el valor numérico del
límite de la variable independiente, como en la expresión
Se le atribuye al matemático inglés John Gastón Leathem (1871-1923)
haber sustituido la igualdad usada por Weierstrass con la flecha, que es más
común hoy en día, como en
Esto ocurrió en su libro Volume and Surface Integrals Used in Physics.
En la figura V.17 podemos ver un facsímil de esa obra.
Figura V.17. Uso de la notación con flechas en la obra de Gastón, Volume and
Surface Integráis Used in Physics (John Gastón Leathem) Cambridge University
Press, Londres, 1922; fuente: Internet Archive)
§. El dardo matemático
La flecha es un símbolo difícil de rastrear en la historia de las
matemáticas y, de hecho, también en la historia de la tipografía, aunque se
trata del primer ejemplo de ingeniería humana. Las puntas de flecha más
antiguas que se han encontrado datan de hace 64.000 años y fueron halladas en
África, cuna de la humanidad. Con la flecha, el Homo sapiens pasó de emboscar
animales a atacarlos directamente, a distancia pero de frente.
Hoy en día utilizamos flechas en matemáticas para todo. Para indicar que
una función f toma argumentos reales y produce argumentos
también reales, escribimos f: R → R. Cuando queremos indicar que un
elemento a se transforma en un elemento b, escribimos a → b. Incluso, cuando
queremos afirmar que de una premisa A se concluye un resultado
B, escribimos A → B) es decir, A implica B.
En textos matemáticos la flecha representa 2.3% de los símbolos en expresiones
matemáticas, lo cual muestra su utilidad.
Figura V.18. Diagrama de un molino de agua que muestra el uso simbólico de
flechas, en Architecture hydraulique, ou L’art de conduire, delever et de
ménager les eaux pour les différens besoins de la vie (Bernard Forest de
Belidor) Biblioteque Royale, París, 1737, encarte consecutivo a lap. 320;
fuente: Bibliotheque nationale de France, département Réserve des livres rares,
V-9867).
La flecha no tiene una larga historia en la tipografía. Se comenzó a
utilizar en diagramas técnicos y mapas para indicar la dirección del flujo del
agua o del vapor. Todavía en la Enciclopedia de Diderot, de 1751, todas las
láminas y diagramas hacen uso profuso de letras para referirse a porciones de
los dibujos, pero no hay flecha alguna. En la figura V.18, de 1737, la flecha
indica el movimiento del agua, pero es una flecha completa, hasta con las
plumas que la estabilizan. El mismo tipo de representación se usaba en mapas
para anotar la dirección del flujo de los ríos.
Y aquí es donde comenzamos a adentrarnos en la espesa bruma de la
historia. Aparentemente, las primeras flechas tipográficas simplificadas se
comenzaron a utilizar en el siglo XIX, y ya Riemann en 1856-1857 las emplearía
para indicar transiciones entre soluciones de ecuaciones, como se puede ver en
la figura V.19, que es la transcripción de una clase en el pizarrón.
Figura V.19. Transcripción de un curso de Bernhard Riemann de 1856-1857: The
Collected Works of Bernhard Riemann: The Complete German Texts, Dove
Publications, Nueva York, 2017, p. 27.
Sin embargo, éste no es el uso privilegiado de la saeta matemática,
porque se trata sólo de transiciones de un elemento a otro. Cuando escribimos
algo como f: A → B estamos indicando que una
función f toma argumentos en un conjunto A y
produce resultados que pertenecen al conjunto B. La flecha tipográfica es
precisamente un dardo que de un dominio, en este caso A, nos lanza
directamente a otro dominio, B, es decir, representa transiciones de conjunto a
conjunto. El conjunto A podrían ser todas las personas de una
ciudad y el B el conjunto de sus posibles estaturas en metros y centímetros. Y,
como mencionamos en otra sección, la notación con dos puntos, f: (x),
la utilizaba Leonhard Euler para referirse a la aplicación de funciones antes
de que se simplificara la notación a f(x), como la escribimos hoy.
Esta interpretación de una función como mapeo de un conjunto a otro es
algo que se desarrolló gradualmente en las matemáticas, y fue Richard Dedekind,
en Brunswick, uno de los que más insistieron en este significado. Así define
Dedekind una función en su incomparable estudio de 1887 sobre la construcción
de los números reales (“Was sind uns was sollen die Zahlen?”): “Entendemos un
mapeo 𝜑 de un conjunto S como una ley que a cada elemento s en S le asigna un
objeto específico que llamamos la imagen 𝜑(s) de s”.
Sin embargo, en ninguna parte de este trabajo de Dedekind encontramos la flecha
que podría representar los mapeos.
Los primeros ejemplos que se antojan más modernos del uso de la flecha
matemática ocurren hacia fines del siglo XIX y principios del XX, pero
comencemos por la lógica, ya que es más sencillo. Giuseppe Peano propuso
utilizar la C rotada 180 grados para indicar implicación
lógica en su famoso Formulario matemático. En Principia mathematica, Norbert
Whitehead y Bertrand Russell suavizaron la C invertida y la transformaron en la
notación p ⊃ q, para indicar que el enunciado p implica al enunciado q. En Alemania,
el célebre David Hilbert, tan interesado en fundamentar las matemáticas de
manera rigurosa, publicó su propio libro de lógica junto con Wilhelm Ackermann
en 1928. El libro resume los cursos de Hilbert del periodo 1917-1922 y propone
una notación lógica muy similar a la de Whitehead y Russell, pero en el caso de
la implicación, Hilbert decidió utilizar la flecha (p ↔ q), que empleamos hoy
en día. Es más, Hilbert propone la doble flecha para indicar que dos
aseveraciones son equivalentes. Si p implica q y q
implica p, escribimos p ↔ q. Así que en el caso de la lógica la
situación parece muy clara, y fue David Hilbert quien redondeó el lenguaje de
lo que ahora llamamos la lógica de predicados.
En el caso de las funciones, parece que el uso de la flecha para
representar un mapeo fue madurando lentamente. Fue utilizada por Félix
Hausdorff en 1933 en sus trabajos sobre topología, y es casi natural que así
sea. Por más abstracta que sea la topología (cuyos cursos pueden infundir pavor
en los estudiantes de matemáticas más aguerridos), una buena parte de lo que se
hace en esta área de las matemáticas es investigar las llamadas
transformaciones topológicas. Una pregunta clásica es si podemos transformar un
cubo en una esfera de manera continua, como si fuera de plastilina, pero sólo
apretando y alargando la masa plástica sin romperla para producir agujeros. Una
esfera no se puede transformar en una dona (que en términos más elegantes se
llama un toroide) sin producir una ruptura. Por eso, si estamos transformando
un objeto de A a B y de B a C, parece natural
utilizar flechas para indicar las transformaciones. Gracias a esta idea de que
podemos transformar algunos objetos en otros de manera continua se hace el
chiste de aquellos matemáticos que, atrapados en una jaula con un león que los
acecha desde afuera, resuelven el problema transformando la jaula
topológicamente para que sea el león el que ahora quede adentro de la jaula,
mientras ellos quedan libres.
En la literatura sobre topología se pueden encontrar numerosos ejemplos
del uso notacional de la flecha a partir de fines de 1920 (como en el facsímil
de 1930 de un libro de álgebra de Van der Waerden que vemos en la figura V.20),
aunque a veces se menciona un artículo de 1940 de Hurewicz y Steenrod (“On
duality theorems”) como el trabajo donde no queda lugar a dudas sobre el uso
moderno de la notación. A mí me parece que el uso, durante el siglo XIX, de la
flecha para representar transiciones entre elementos de conjuntos hizo trivial,
hasta cierto punto, utilizar la flecha para representar transiciones entre los
conjuntos mismos, por lo que no me sorprendería que con el tiempo se vayan
descubriendo nuevos ejemplos de este tipo de uso en vetusta literatura
matemática.
Figura V.20. Uso de la flecha para denotar transformaciones en un facsímil
de Álgebra moderna, B. L van der Waerden, 1930.
Milenios atrás, en alguna cueva africana, un Homo sapiens dio un pequeño
paso al crear la primera flecha. Fue un gran paso para la humanidad y
posteriormente para las matemáticas, que pudieron expandir su instrumental
simbólico con la flecha que hoy aparece en todos los libros.
Capítulo VI
Conjuntos y funciones
Contenido:
§. Existencia: una ventana para ver variables
§. El cuantificador universal
§. ∈ es para pertenencia
§. El conjunto de los números racionales
§. Las matemáticas y la Nada
§. Unión e intersección
§. El Aleph y el paraíso de los infinitos
§.Existencia: una ventana para ver variables
En el caso de algunos símbolos matemáticos no tenemos absoluta certeza
acerca de su primer uso. En ocasiones no podemos establecer de manera
inequívoca si un autor tomó un símbolo o no de la obra de otro matemático. Sin
embargo, no es así en el caso del símbolo de existencia: ∃, la E invertida. Si sabemos que existe
alguna x tal que x + 1 = 0, lo podemos expresar utilizando el
símbolo de existencia de la siguiente manera:
∃x (x + 1 = 0).
Sabemos, sin lugar a dudas, que el matemático italiano Giuseppe Peano
(1858-1932) utilizó esta notación por primera vez en su Formulario matemático,
libro que editó y reeditó de 1895 a 1908 en diferentes idiomas. Y es que Peano
se había embarcado, desde 1892, en un proyecto para expulsar el lenguaje común
y corriente del paraíso matemático, como si se tratara de Eva, Adán y el pecado
original. Peano escribió en 1915 que el simbolismo lógico fue el último en
sumarse al arsenal de las matemáticas:
“El simbolismo de las matemáticas, el cálculo lógico, también llamado
álgebra lógica, fue el último en aparecer. Pero ya en su desarrollo actual no
es nada inferior a los simbolismos que le precedieron para la aritmética, el
álgebra y la geometría [...].
La utilidad principal de los símbolos de la lógica es que facilitan el
razonamiento”.
Peano tiene razón. Hemos visto en estas páginas que los símbolos de las
operaciones aritméticas y algebraicas tienen una historia centenaria. Sin
embargo, los símbolos lógicos apenas comienzan a aparecer en el siglo XIX como
parte de un programa para reducir las matemáticas a la lógica, un esfuerzo que
aún continúa hoy en día y que iniciaron autores como Frege, Boole y Peano.
Desde la introducción a su Formulario, Peano ya nos presenta el nuevo
símbolo de existencia, muy distinto a la oscura notación que todavía utilizara
Gottlob Frege hasta pocos años antes. La figura VI.1 muestra la definición del
símbolo de existencia en el texto (en francés) de Peano. Pero si Peano creó el
símbolo, quienes realmente lo difundieron y popularizaron fueron los británicos
Alfred N. Whitehead y Bertrand Russell, quienes en su opus magnum, los
inescrutables volúmenes de Principia mathematica, se dieron a la tarea de
reescribir todo teorema usando exclusivamente símbolos lógicos. Russell se
encontró con Peano en 1900, en el Congreso de Filosofía de París, y ahí conoció
su notación, la cual decidió adoptar con algunas variantes. La siguiente ilustración
resume los principales símbolos de lo que posteriormente se ha llamado la
notación de Peano-Russell.
Figura VI.1. Definición del símbolo de existencia en la obra Formulaire de
Mathématiques, de Giuseppe Peano (Georges Carré et C. Naud Editeurs,
París,1901; fuente: Internet Archive).
Para la existencia de variables que pueden hacer que una fórmula sea
verdadera se utiliza ∃, mientras que para expresar que una fórmula es válida para toda
variable x Russell utilizaba la notación (x) en vez de
la notación más moderna ∀x.
Figura VI.2. Símbolos de la notación lógica de Peano y Russell.
En el capítulo 1 de Principia, Whitehead y Russell rinden tributo a
Peano: “La notación adoptada en esta obra está basada en la de Peano, y las
explicaciones siguientes se ajustan a las que él antepone a su Formulario
matemático. Utilizamos los puntos como paréntesis y muchos otros de sus
símbolos”.
Como se ve en la lista de operadores, utilizando la notación de
Peano-Russell se pueden combinar fórmulas lógicas de manera conjuntiva o
disyuntiva; se puede expresar la implicación, o bien, que dos fórmulas son
equivalentes. Se pueden negar fórmulas y se puede partir de aseveraciones
iniciales. Es decir, con esta notación es posible desarrollar toda la lógica de
predicados.
Lo más engorroso y peculiar de la notación de Peano, y después de la de
Whitehead y Russell, es el uso de puntos en lugar de paréntesis. Por ejemplo,
la fórmula
se puede escribir utilizando paréntesis en una forma más legible:
que se puede simplificar a
y que se puede leer “si la fórmula p o la fórmula p son verdaderas, la
fórmula p es verdadera”.
Como se puede ver en la tabla de símbolos, el símbolo de conjunción y el
símbolo para todo fueron posteriormente sustituidos por ⋀ y por ⋁, pero en su conjunto la publicación de Principia
marca un hito en las matemáticas modernas, que ya prácticamente habían
alcanzado su notación lógica definitiva.
Peano no la tuvo fácil con su formalización logicista de las
matemáticas. Utilizaba borradores de su Formulario como libro de texto para sus
cursos de ingeniería en la Universidad de Turín y se enfrentaba a las quejas de
los estudiantes, que avanzaban muy lentamente en la aplicación de las
matemáticas, lo que realmente les interesaba como aspirantes a ingenieros. Sus
colegas le llegaron a prohibir a Peano dar ciertos cursos debido a su
formalismo extremo.
Irónicamente, lo que no imaginaba Peano cuando volteó la E es que de esa
manera llevaba la épsilon mayúscula griega de regreso a sus orígenes. En el
alfabeto fenicio la E era la letra he, que se escribía así:
La versión invertida ∃ representa por eso las rendijas a través de las cuales el voyeur
matemático puede vislumbrar que algo existe. En su búsqueda incesante de nuevos
símbolos con los cuales aumentar el instrumental gráfico de las matemáticas, de
vez en cuando los corifeos de esta ciencia han tomado alguna letra latina y la
han invertido. Es el caso del símbolo ⩝, que es sencillamente una A mayúscula puesta de
cabeza, y que en expresiones como ⩝x F(x) leemos así: “para toda x, F(x) es
válida”. Este símbolo es de reciente creación: tiene menos de cien años de
antigüedad, ya que fue propuesto en 1933 por el matemático alemán Gerhard
Gentzen, famoso por sus investigaciones en el campo de la lógica.
Figura VI.3. Fragmento de la disertación de Gentzen donde propone el
cuantificador universal) en Untersuchungen über das logische Schliessen,
Mathematisch Zeitschrift (Geliard Karl Erich Gentzen, 39 [1], 1935),pp.
176-210).
Lo primero que habría que aclarar es por qué se utiliza una A invertida
para referirse a todo. En alemán la palabra Alte quiere decir todos. Tiene su
origen en alguna raíz indogermánica, y por eso también en inglés se utiliza el
vocablo all con el mismo significado. Si el italiano Giuseppe Peano decidió en
1897 utilizar la E rotada para denotar una variable que existe (3x), es decir,
lo que llamamos el cuantificador existencial) es claro que Gentzen no se quiso
quedar atrás al invertir la A para crear el nuevo símbolo de cuantificador
universal. Esto ocurrió en su tesis doctoral, titulada Investigaciones sobre
injerencia lógica y defendida en la Universidad de Gotinga. Ahí, a pie de
página, Gentzen confiesa que para crear el nuevo símbolo simplemente se dejó
guiar por Peano.
Cuando se estudia lógica se aprende a trabajar primero con los
operadores de verdad, como la conjunción, la disyunción y la negación. El
siguiente paso es analizar proposiciones que contienen variables (los llamados
predicados), por ejemplo, el predicado “x = x +
0”, que es válido para toda x numérica. Otros predicados, como “x =
1 + 1”, son válidos sólo para una x particular. De ahí la necesidad de
especificar, ya sea que al menos una x existe, o bien que la
expresión es válida para toda x. Los símbolos ⩝ y V cumplen esa función como cuantificadores de la
lógica de predicados porque especifican de cuántas x estamos hablando.
El primero en esclarecer de manera rigurosa el uso de los
cuantificadores fue el matemático Gottlob Frege en su obra de 1879 titulada
Begriffssehrift) que se puede traducir literalmente como “Notación conceptual”.
Su notación lógica no se emplea hoy en día porque utiliza las dos dimensiones
del papel con diagramas que parecen más bien circuitos electrónicos. En sus
esquemas, la expresión para toda x se representa con una x arriba
de una pequeña concavidad a lo largo de la línea que conecta con el predicado a
cuantificar:
El Begriffssehrift fue sin duda fundacional y le trajo celebridad a su
autor, aunque la notación diagramática nunca ganó adeptos debido a que es más
fácil escribir matemáticas renglón por renglón, anotando las expresiones de
izquierda a derecha, que dibujarlas como circuitos. Otros matemáticos, como el
norteamericano Charles Sanders Peirce, propusieron sus propios símbolos para
los cuantificadores. Peirce, en particular, utilizó en 1885 las letras griegas
II y Z como los cuantificadores universal y existencia!, respectivamente,
especificando las variables como subíndices:
donde cada expresión a la izquierda utiliza la notación de Peirce y la
expresión equivalente a la derecha emplea la notación moderna. La notación de
Peirce perduró hasta los años treinta, como lo atestigua el hecho de que Kurt
Gödel la empleara en sus famosos trabajos sobre la consistencia y la
suficiencia de los axiomas de la aritmética.
Aparentemente, Peirce influyó sobre Peano, pero éste decidió utilizar
otra notación: la 3 para el cuantificador universal y (x) para expresar para
toda x. No lo sabemos a ciencia cierta, pero es posible que la notación del
cuantificador universal, es decir, una x entre paréntesis, haya sido también
inspirada por Frege, y es que tanto el bache de Frege como los paréntesis de
Peano circundan la variable de la que estamos hablando.
Hay que tener en cuenta que todas estas investigaciones fueron
inspiradas por el llamado programa de Hilbert es decir, la idea de que un
problema central de las matemáticas es el de demostrar que sus axiomas son
suficientes y además no albergan contradicciones. Para hacerlo, hay que ir
hasta el fondo de la argumentación lógica creando modelos cada vez más
computacionales) como diríamos hoy en día. Si los axiomas son simples y las
reglas de inferencia claras, entonces verificar un teorema es algo mecánico pero
muy fastidioso, ya que hay que ir paso por paso, corroborando cada inferencia
lógica por pequeña que sea.
La culminación de este esfuerzo logicista fue la obra monumental
Principia mathematica) un verdadero tour de force) publicada por Russell y
Whitehead entre 1910 y 1913.
En ese contexto, Gentzen comenzó a trabajar en lógica con la intención
de mejorar el programa de Hilbert, de quien además era asistente en Gotinga. De
Gentzen se dice que era un matemático genial, retraído de todo lo mundano pero
dispuesto a cerrar pactos fáusticos con tal de avanzar en su profesión. Para
garantizar una ocupación académica o de docente de matemáticas, Gentzen se
registró en la organización nazi llamada Sturmabteiluag (un pavoroso grupo
paramilitar) sólo meses después del acceso de Hitler al poder. A pesar de no
haber mostrado ningún interés real por la política, Gentzen ratificó ese pecado
original con su ingreso al Partido Nacional Socialista Alemán de los
Trabajadores (NSDAP, por sus siglas en alemán) en 1937, y a la asociación nazi
de profesores un año antes. En 1943 decidió aceptar una plaza académica en la
ocupada Praga, donde una de sus tareas consistió en dirigir parte de los
trabajos de cálculo numérico requeridos para el proyecto V2, el proyectil
alemán desarrollado por Wernher von Braun (quien, irónicamente, sería después
director de la NASA).
Las investigaciones lógicas de Gentzen rindieron frutos mucho antes de
la guerra. Pudo demostrar la ausencia de contradicciones en los axiomas de la
aritmética de Peano, utilizando una demostración metateórica, esto es, basada
en otro modelo del que se presume su consistencia. Estaba seguro de que podría
lograr algo similar para el análisis (es decir, incluyendo el concepto de
límite), pero falleció poco después de la capitulación de Alemania. No huyó de
Praga a pesar de las recomendaciones de otros académicos alemanes, ya que,
ingenuamente, se sentía libre de culpa personal. Fue capturado después de la
liberación de Praga, sometido a trabajos forzados y murió de desnutrición en
una celda en esa ciudad en agosto de 1945.
A veces pienso que el símbolo de Gentzen nos remite a los horrores de la
segunda Guerra Mundial, a la destrucción de tantas vidas y destinos, a crímenes
inenarrables, pero también al programa de Hilbert y a la escuela de Gotinga.
Por eso se parece a una lágrima cubista que Picasso podría haber pintado
brotando de un ojo.
§. ∈ Es para pertenencia
Cuando queremos decir que x es un elemento del conjunto
A escribimos simplemente x ∈ A. La e estilizada griega la podemos pensar como
la primera letra de está o esti en griego (est en latín). Este símbolo formó
parte de la notación de Whitehead y Russell en Principia mathematica. No podía
haber sido otro sino Giuseppe Peano, de quien Whitehead y Russell tomaron mucho
de su notación, quien propusiera usar la épsilon para denotar pertenencia a un
conjunto o clase (véase en la figura VI.4b la parte de la edición francesa de
su Formulario matemático donde relaciona épsilon con la primera letra de la
palabra esti). Algunos años antes, en 1888, en su libro Arithmetices principia:
nova methodo) Peano utilizó la épsilon estilizada (£) con el mismo propósito.
Menos suerte tuvo la épsilon invertida que Peano utilizó para expresar “x satisface
la fórmula p”, escrito como se ve en la figura VI.5. Esta notación no se
extendió, y de hecho la épsilon misma quedó separada de la notación lógica al
haber creado Whitehead y Russell una versión estilizada de la letra griega.
Figura VI.4a. Definición del símbolo de pertenencia en el Formulaire de
Mathématiques de Giuseppe Peano, Georges Carré et C. Naud Editeurs, París, 1901
(fuente: Internet Archive).
Figura VI.4b. Peano adopto la epsilon por ser la primera letra de ¿orí, que
significa pertenece en griego.
Figura VI.5. Epsilon invertida en la notación de Peano.
Si Peano fue un formalista, Whitehead y Russell lo fueron aún más: la
lista completa de definiciones de la notación usada ¡llena ocho páginas al
final del volumen 1 de la segunda edición de 1925!
§. El conjunto de los números racionales
Mientras los biólogos se dedican a clasificar especies, los matemáticos
se dedican a la taxonomía numérica, como si los números estuvieran vivos. Así,
distinguen entre los números naturales, los enteros con cualquier signo, los
números que se pueden escribir como una fracción de dos enteros (o como se dice
en la escuela, un quebrado) y también aquellos que no se pueden representar por
una fracción, por ejemplo, el afamado número π. A los números que se pueden
expresar como fracción se les llama racionales, y a aquellos que se resisten a
ser reducidos a una división de enteros se les llama irracionales. Si ustedes
son como yo, cuando aprendí esta distinción no reparé de inmediato en su
verdadero significado. Intuitivamente, racional suena a comprensible, mientras
que irracional sería lo contrario. Algo así como los números impenetrables.
Pero ése no es el significado correcto.
Los matemáticos congregan los diversos números en conjuntos, y para los
racionales la tradición es representarlos con la letra Q, pero en su variante
de pizarrón, es decir, ℚ. Los enteros se representan frecuentemente con la
letra Z, mientras que para los irracionales no existe una notación estándar.
Son el patito feo de la aritmética.
Resulta que el vocablo racional se deriva del latín ratio, que, entre
otras cosas, quiere decir razón) es decir, nos referimos a la relación entre
dos números a y b (el cociente a/b). Así explicado, es más sencillo entender la
terminología: lo que queremos decir es que los números racionales son aquellos
que se pueden expresar como una proporción de números enteros. Sin embargo, la
palabra latina ratio también se puede traducir en sentido cognitivo, como
cuando decimos que algo es razonable. De ahí la ambigüedad del término.
Los números que le dieron un susto a los matemáticos griegos fueron los
irracionales, por ejemplo, √2, ya que se salían del esquema de poder
representar a todos los números como cocientes de enteros. Los irracionales son
números que nos complican la vida, aparentemente. El gran Euclides de
Alejandría llamaba a los números irracionales asymmetra, que se puede traducir
como inconmensurable. Dado un segmento como patrón de referencia o unidad, no
se le puede dividir en un número finito de partes iguales que puedan cubrir a
un segmento de longitud irracional. Por eso, filósofos como Aristóteles les
negaban la calidad de números, ya que no se pueden expresar como múltiplos o
submúltiplos de la unidad en un número finito de pasos.
Hoy, con la herramienta de los números decimales a nuestra disposición,
podemos decir simplemente que los irracionales son aquellos números que
requieren una cantidad infinita de dígitos decimales después del punto, sin que
la secuencia se repita nunca. Los podemos aproximar con 10, con 20, con 30 o
más dígitos, sin poder alcanzar nunca su valor exacto. Esos números albergan en
sus entrañas al infinito, tan problemático en la alborada de las matemáticas.
Los primeros en tropezar con los números irracionales fueron Pitágoras y
sus discípulos, quienes pudieron demostrar que s¡2 no corresponde a ningún
cociente de enteros. El descubrimiento era tan importante (y angustiante) que
juraron guardar el secreto. Los pitagóricos eran seguidores de la numerología,
es decir, la idea de que la realidad se deriva de los números y de que los
números, a su vez, reflejan la realidad. Para esta secta, por ejemplo, los
números impares eran números masculinos mientras que los pares eran los números
femeninos. Encontrar números que se salían del sistema establecido era por eso
completamente desconcertante. La leyenda cuenta, incluso, que el pitagórico
Hípaso fue asesinado por sus cofrades por haber revelado la existencia de los
números irracionales a los no iniciados.
Otro vocablo que usaban los griegos para referirse a los números
irracionales era alogos) que quiere decir inexpresable. Es claro por qué: en un
mundo matemático basado en operaciones con fracciones era imposible hablar de
ellos. La palabra logos en griego quiere decir palabra o también razón. Por eso
los romanos utilizaron el vocablo ratio para traducir logos. Esta palabra
latina tiene su origen en calcular pero también en razón en el sentido
cognitivo. Por eso el rey francés Luis XIV decoró su escudo con el lema “Ultima
ratio regum”, que alude a la guerra como el último argumento del rey.
Toda esta larga y complicada historia etimológica pasó al olvido, y a la
larga el vocablo asymmetra dejó de usarse. Autores como Magnus Aurelius
Cassiodorius (490-566) comenzaron a hablar de los números racionales y de los
irracionales, que no es un problema si se recuerda la acepción de ratio como
relación.
Figura VI.6. El conjunto de los racionales ℚ contiene a los
enteros (ℤ) y éstos a los naturales (ℕ).
Pero los griegos sabían también que existía una conexión de los números
racionales con la música y el cálculo de tonos armónicos. Si se combinan tonos
con frecuencias relativas racionales, la combinación es periódica. Si la
frecuencia relativa es irracional, la combinación es aperiódica, fluctúa de
manera aparentemente imprevisible. Por eso el concepto de número irracional fue
cobrando cada vez más la acepción de absurdo o irrealizable. Curiosamente, fue
el filósofo cristiano san Agustín el primero en rehabilitarlos declarándolos
números de Dios. Todavía en la época de Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716)
se mantenía el debate sobre la relación entre los irracionales y el infinito. Y
es que no se había desarrollado aún el concepto de límite.
En las matemáticas modernas se construyen los números como si sus
componentes fueran piezas de Lego. Partiendo de los números naturales
(incluyendo el cero), denotados por ℕ, y que son todos los números 0, 1, 2, 3,
etc., se puede definir el conjunto de los enteros positivos o negativos. Para
ello se forman pares: el entero positivo +2, por ejemplo, se representa con el
par (2, 0). El entero negativo -2 se representa con el par (0, 2). La adición
de los dos números se hace elemento por elemento y entonces el resultado de 2 +
(-2) es simplemente el par (2, 2). Por convención, cualquier par que contenga
dos naturales iguales representa al cero. Ya habiendo definido los enteros y
sus operaciones pasamos a los números racionales, que son, a su vez, pares de
enteros. El racional a/b lo representamos por el par (a, b). Definimos las
operaciones aritméticas tradicionales y de esa manera hemos construido el
conjunto de los números racionales. De ahí pasamos a construir los números
reales, utilizando el concepto de límite, y más tarde los números complejos,
que se representan como pares de números reales.
Pero volviendo a la notación: fue apenas en el siglo XX cuando el
conjunto de números racionales recibió su nombre actual, ℚ. Antes, a fines del
XIX, el italiano Giuseppe Peano había usado la letra R para referirse a los
racionales positivos. A la Q la reservó para referirse a Quantitas, los reales
positivos. Otros autores utilizaban la inicial r de racional, pero en griego,
utilizando la rho mayúscula (que es nuestra P latina). Fueron los integrantes
del famoso grupo Bourbaki los que decidieron utilizar Q (la inicial de quotient
en francés) para denotar el conjunto de los racionales y la letra Z para el
conjunto de los números enteros. En la figura VI.6 se muestra cómo cada
conjunto abarca al que sigue en el proceso de construcción de los números.
El grupo Bourbaki comenzó con una chacota: un estudiante se hizo pasar
por un matemático visitante e impartió una conferencia sin sentido en la
Escuela Normal Superior de París. Se le anunció como Nicolás Bourbaki, cuyo
apellido corresponde al de un general francés de la guerra franco-prusiana de
1871. Concluyó su charla demostrando el “teorema de Bourbaki”. Poco después, en
1934, los matemáticos André Weil y Henri Cartan, insatisfechos con el poco
rigor de los libros de texto, convocaron a otros colegas a redactar libros de
matemáticas más rigurosos. Varios matemáticos se asociaron y, continuando la
broma, decidieron llamarse Asociación de Colaboradores de Nicolás Bourbaki. El
núcleo central se organizó alrededor de futuras luminarias, como Henri Cartan, Claude
Chevalley, Jean Delsarte, Jean Dieudonné y André Weil, que siguieron firmando
con el pseudónimo colectivo.
El grupo Bourbaki, tan temido hoy por estudiantes de matemáticas
superiores, fue quizás el intento más logrado en el siglo XX de organizar todo
el conocimiento matemático. Al contrario de Peano y del binomio
Russell-Whitehead, no comenzaron con la lógica, sino con una división temática
de las matemáticas en seis libros para consolidar los Elementos de las
matemáticas) evocando así directamente a Euclides y su sistematización de la
geometría griega. Durante su existencia, el grupo Bourbaki publicó 40 volúmenes
de espesos desarrollos, rigurosamente formales y redactados en interminables
sesiones en las que se escrudiñaba el texto línea por línea. A veces el
material publicado pasaba por seis o siete redacciones completas. En 1983 el
grupo publicó su último volumen; pero, aun desaparecido, la notación que había
creado continuó siendo patrimonio de las matemáticas. Qué ironía: el relato de
quien identificó el símbolo <0 con el conjunto de los números racionales
comienza con una broma estudiantil.
§. Las matemáticas y la Nada
En 1939, poco antes de que estallara la segunda Guerra Mundial, un
concepto matemático alcanzó la mayoría de edad y conquistó su nombre simbólico
definitivo: se trata del conjunto vacío, representado hoy con el símbolo 0, una
letra de los alfabetos danés y noruego. El nuevo símbolo se convirtió de golpe
en la notación estándar de la teoría de conjuntos. Fue propuesto por André Weil
(1906-1998), científico de Estrasburgo y uno de los miembros más importantes
del grupo Bourbaki, aquella banda de matemáticos confabulados que se echó a los
hombros la tarea de reformular toda su ciencia de manera absolutamente
rigurosa. De entrada, en el primer volumen de los Éléments de Mathématique
(Elementos de matemáticas), que está dedicado al análisis, en la exposición de
la teoría de conjuntos se define ya 0 como la parte vacía de un conjunto, para
así precisar la notación de una vez y para siempre. Desde entonces batallan los
estudiantes en las universidades contra lo seco y estricto de los demasiados
libros del grupo Bourbaki.
En nuestro siglo XXI todo esto parecería pertenecer a la prehistoria.
Pero a pesar de que actualmente desde muy temprano se trabaja en las escuelas
con la teoría de conjuntos, la definición y el lugar del conjunto vacío en las
matemáticas y en la filosofía llevó durante siglos a grandes controversias. No
hay nada más complicado que la Nada desde el punto de vista de la filosofía.
Por algún lado comenzamos a contar. Si hablamos de los números
naturales, partimos del 1 y llegamos por incrementos sucesivos a los naturales
2, 3, 4, etc. El valor inicial podía haber sido el cero, pero el concepto de
cero en cuanto número no necesariamente estaba disponible en todas las
culturas. En la notación romana, por ejemplo, no hay símbolo para el cero, por
eso contamos los años de nuestra era comenzando por el año uno. No es hasta que
aparecen sistemas numéricos posicionales (como el de los indios y el de los
mayas) cuando resulta imprescindible un símbolo para el cero (que incluimos en
la figura VI.6 junto con N).
Regresemos a la teoría de conjuntos. Cuando hablamos de ellos hay dos
caminos para construirlos. Por un lado, está el camino predicativo) en el que
establecemos de manera verbal qué contiene el conjunto (como cuando decimos “el
conjunto de palabras de este libro”). Por otro, está el camino constructivo, en
el que articulamos conjuntos usando otros conjuntos como componentes, como si
fueran piezas de Lego. Históricamente, primero se siguió el camino predicativo,
que maduró en el siglo XIX hasta su inesperada implosión: la llamada paradoja
de Russell entró en escena. En esta paradoja consideramos el conjunto M de
todos los conjuntos que no se contienen a sí mismos como elementos. La
definición de M parece completamente legítima desde el punto de vista puramente
verbal. Pero entonces preguntamos si M es elemento de sí mismo. De ser así
tendríamos una contradicción, ya que siendo M elemento de M, por definición no
debería contenerse como elemento. Sin embargo, si M no es elemento de sí mismo,
entonces debería ser elemento de M, otra vez una contradicción que revela una
inconsistencia en la ciencia de las estructuras abstractas.
En 1901 el matemático y filósofo británico Bertrand Russell le propinó
con esto el golpe de muerte a la hoy llamada teoría de conjuntos ingenua. En
realidad, el teórico alemán Ernest Zermelo ya había descubierto la
inconsistencia el año anterior, y Georg Cantor en Halle aun antes, pero ambos
se quedaron callados mientras buscaban una solución al problema (así como en la
historia del cálculo se toleraron las aporías de los infinitesimales hasta que
se algebraizó el cálculo). El fondo de la paradoja de Russell es que
verbalmente podemos cubrir demasiado terreno y hablar de conjuntos que se
devoran a sí mismos, como la serpiente uróboros de la mitología egipcia. Es
parecida a la paradoja del barbero que sólo les corta el cabello a todos
aquellos que no se lo cortan a sí mismos. El barbero no sabe entonces si debe o
no cortar su propio pelo.
Pero quizá nadie quedó más sorprendido con el descubrimiento de Russell
que Gottlob Frege, el padre de la lógica en Alemania, quien en 1903 acababa de
darle punto final a la segunda edición de su libro Las leyes de la aritmética.
Frege le escribió a Russell: “Su descubrimiento de la contradicción me ha
sorprendido totalmente y, casi querría decir, afligido, ya que con ello se
tambalea el fundamento [...] sobre el que quería erigir la aritmética [...].
Debo reflexionar sobre la materia. Es muy grave ya que con el derrumbe de mi
ley V se hunde aparentemente no sólo la base de la mía, sino la de cualquier
otra posible aritmética”.
George Boole y el primer conjunto vacío
De tal manera, a pesar de que los matemáticos habían operado por siglos
con conjuntos, a finales del siglo XIX no existía ninguna formalización
realmente correcta. Frege mismo estaba sólo preparando el camino, ya que él
creó el lenguaje apropiado (la lógica de predicados) con el que a partir de ese
momento se podría argumentar de manera matemáticamente pulcra. El competidor de
Frege en Inglaterra era George Boole, quien hoy es conocido como uno de los
pioneros de la computación por haber concebido la lógica booleana. Él fue
aparentemente el primero que le otorgó un símbolo al conjunto vacío en su libro
Mathematical Analysis of Logic de 1847.
Dar el paso hacia un símbolo explícito para el conjunto vacío no es
trivial. De manera verbal podemos siempre hablar de la nada) pero cuando
comenzamos a combinar conjuntos queremos obtener otros conjuntos como
resultado. Si queremos computar la unión de los conjuntos {1, 2} y {3, 4}
queremos obtener otro conjunto que contenga todos los números del 1 al 4. Pero
si los intersecamos, es decir, si examinamos qué elementos tienen en común, el
resultado es vacío. Podemos argumentar verbalmente pero no simbólicamente. Por
eso, mucho más simple que decir “A y B no tienen elementos comunes”
es escribir A ⋂ B = Ø, es decir, la intersección de A y B es el
conjunto vacío. No decimos que el resultado está vacío, sino que el resultado
es el conjunto vacío.
George Boole utilizó para denotar el conjunto vacío el símbolo 0. Con
eso estaba utilizándolo para dos cosas simultáneamente: por un lado, para
denotar un conjunto sin elementos y, por otro, para denotar el valor lógico
falso. Muchos matemáticos adoptaron la notación de Boole, es decir, casi la de
hoy, con un 0, pero no la O cruzada danesa.
En toda esta discusión se enganchó el matemático italiano Giuseppe
Peano, quien quería desarrollar la aritmética sin palabras, sólo con símbolos.
Peano ambicionaba liberar las matemáticas de prejuicios lingüísticos y de
intuiciones erróneas. La notación de Peano para el conjunto vacío era genial,
lástima que no se haya difundido. Al igual que Cantor, utilizaba la O mayúscula
(y no el 0, como Boole) como símbolo para el conjunto vacío, mientras que para
el conjunto universal utilizaba un círculo completamente negro (en 1888).
Figura VI.7. Los símbolos para los conjuntos universal y vacio en Calcólo
geométrico, de Giuseppe Peano, Fratelli Bocea Editori, Turín, 1888.
Probablemente Peano no encontró impresores dispuestos a usar estos
símbolos, y un año después cambió el símbolo para el conjunto vacío por una
lambda mayúscula invertida. El valor que Peano le asignaba al lenguaje lo
ilustra el hecho de que también caviló intensamente acerca de un lenguaje
universal para la humanidad. Así, propuso interlingua) una especie de latín sin
declinaciones que debería servir para posibilitar la comunicación sin
fronteras.
El programa matemático de Peano lo continuaron White- head y Russell en
el Reino Unido. Por eso adoptaron el símbolo de Peano para el conjunto vacío
(la lambda invertida) en su grandiosa obra Principia mathematica) la cual quizá
ningún matemático vivo ha leído de principio a fin. Y es que el lector avanza a
paso de tortuga por una jungla de notación matemática para, después de cientos
de páginas, encontrar la demostración de que 1 + 1=2.
Zermelo y la teoría de conjuntos axiomática
El berlinés Ernst Friedrich Ferdinand Zermelo (1871-1953) obtuvo su
doctorado con un trabajo sobre cálculo de variaciones y después fue asistente
nada más y nada menos que del gran Max Planck. Pero David Hilbert pudo atraerlo
hacia la lógica y Zermelo se mudó a Gotinga para trabajar con él. Allí Zermelo
trató de demostrar que los conjuntos poseen un buen orden) y para ello
necesitaba una teoría de conjuntos libre de contradicciones y con una
axiomatización completa. En 1908 publicó la primera versión de sus axiomas. Con
contribuciones hechas por otros matemáticos —sobre todo la de Abraham Fraenkel—
se afinó el sistema. Al final surgió un edificio axiomático consistente.
La diferencia fundamental en la aproximación de Zermelo a la teoría es
que los conjuntos se construyen de otros conjuntos, paso a paso, utilizando
solamente operaciones permitidas. Zermelo se valía, como Boole, del 0 para
denotar el conjunto vacío. Con esta convención, además del 0 como objeto
inicial, en el sistema de Zermelo se puede confeccionar un nuevo conjunto {0},
es decir, un conjunto que sólo contiene al conjunto vacío. Así ya tenemos un
conjunto con un elemento.
Podemos ahora proceder a construir un conjunto con dos elementos, por
ejemplo, {0,{0}}. A través de operaciones como agregar un elemento a un
conjunto o mediante la creación de pares de objetos, o bien, con la unión, la
intersección de conjuntos y con algunas reglas adicionales se pueden crear más
y más conjuntos, todos aquellos con los que deseemos trabajar. Pero
afortunadamente no se puede ahora crear el conjunto de Russell que tanto
afligiera a Frege.
Figura VI.8. Ernst Zermelo, matemático alemán nacido en 1871 en la actual
capital Berlín. Uno de sus aportes más reconocidos en el ámbito de las
matemáticas fue la axiomatización de la teoría de conjuntos (fuente: Wikimedia
Commons).
Con esta teoría de conjuntos reparada se puede ahora fundamentar la
teoría de los números y la aritmética, y con ésta el resto de las matemáticas.
Es éste el cielo de los filósofos: las matemáticas se reducen a pura lógica,
como se había propuesto Gottlob Frege.
Sorprendentemente, en la teoría de Zermelo-Fraenkel no necesitamos
muchos individuos de un conjunto inicial. No necesitamos comenzar hablando del
conjunto de las letras, por ejemplo. Sólo se habla de conjuntos y conjuntos de
conjuntos creados a través de las operaciones permitidas. El inicio lo da el
conjunto vacío. Fas letras del alfabeto a, b, c, etc., no contienen elementos y
son lógicamente equivalentes al conjunto vacío (!). Por eso, además de las
operaciones permitidas la única ancla que tenemos es el conjunto vacío. El
universo de discurso comienza con un solo elemento, ese conjunto vacío, y
ensanchamos nuestros horizontes construyendo conjuntos adicionales. Podemos
identificar los nuevos conjuntos con un contexto específico, por ejemplo, la
letra a con el conjunto {0} y la letra b con {0,{0}}, etc. Es como en las
computadoras, en las cuales las letras están representadas por cadenas de ceros
y unos (el código ASCII), y por eso no se necesitan símbolos para letras
adentro de la computadora: en sus chips todo trabaja con el sistema binario.
Es maravilloso que toda la teoría de conjuntos pueda partir de un solo
elemento fundacional) que puede ser el conjunto vacío. Con la Nada como
ladrillo básico se erige el resto del palacio teórico. Las reglas son sólo el
cemento que afianza todas las partes y el monstruo urobórico de Russell ya no
tiene cabida.
El miedo a la nada
Siguiendo la apasionante historia del conjunto vacío, resulta extraño
constatar el miedo que se le tenía al vacío al inicio del pensamiento
matemático, mientras hoy resulta que el conjunto vacío es el ladrillo de la
teoría de conjuntos.
En la antigua Grecia, Parménides de Elea llegó a negar que el cambio o
movimiento fuera posible. Según Parménides, el Ser es y el No-Ser no es.
Cualquier tipo de cambio o movimiento supondría que el Ser se transforma en
algo que no era antes, pero eso sería una contradicción, porque el Ser es.
Zenón extendió la argumentación de Parménides y formuló sus propias paradojas,
que niegan el movimiento jugueteando con los conceptos de vacío y con el
infinito. Todo esto lo refutaba el cínico de Diógenes de Sinope dando vueltas
alrededor de los filósofos.
Antes, en la física, los fenómenos se explicaban a través del horror
vacui, es decir, la idea de que la naturaleza trabaja activamente contra la
creación de un vacío. El agua subiría entonces en un tubo, que ha sido
desprovisto de aire, para llenar el hueco y evitar ese vacío (no por la presión
de la atmósfera). Pero en este siglo los físicos han descubierto que el vacío
no está tan desierto como creíamos antes. Está hirviendo de partículas
virtuales que gracias al principio de incertidumbre aparecen un instante para
aniquilarse en otro. El vacío está colmado de campos de energía que podrían
aclarar el origen y el destino del universo. Por eso la cosmología converge hoy
con el estudio de las partículas elementales y también con el estudio del
vacío. En esta investigación se rozan la relatividad general y la mecánica
cuántica, y quizás es ahí donde está la oportunidad de llegar a una teoría más
general.
También en la filosofía se han discutido las nuevas posibilidades de la
Nada, como hizo Sartre, quien veía en los humanos burbujas de nada capaces de
transformar el mundo, porque es precisamente de la Nada de donde surgen nuevos
universos.
§. Unión e intersección
Hacia fines del siglo XIX se estaba consolidando la teoría de conjuntos
y la formalización de las matemáticas. En el caso del análisis, Cauchy,
Weierstrass y Bolzano pusieron orden e hicieron rigurosas las demostraciones de
los teoremas. Sin embargo, quedaban muchos cabos sueltos. Una teoría de
conjuntos efectiva y libre de contradicciones, así como la lógica formal
asociada, eran aún obras en construcción que sólo hasta el siglo XX habrían de
ser completadas.
El matemático italiano Giuseppe Peano fue uno de los iniciadores del
movimiento hacia un mayor rigor en la forma de expresarse matemáticamente, es
decir, la forma de escribir demostraciones. Entonces, no es extraño que, con el
hincapié que Peano siempre hizo en el lenguaje y el simbolismo correctos, él
haya introducido personalmente varios símbolos matemáticos, entre éstos el de
unión e intersección de conjuntos, nuestras U y H. Al principio estos símbolos
parecían más bien una C rotada 90 grados, una en dirección contraria a las
manecillas del reloj y la otra en dirección de las manecillas. Éste era el
viejo truco de Peano, tomar letras latinas de la caja de tipos para rotarlas o
invertirlas y asignarles un nuevo significado. Lo hizo con la C, con la E y con
algunas más.
Antes de Peano, el inglés George Boole (1815-1864) había propuesto una
notación para la unión e intersección de conjuntos. La unión de dos conjuntos a
y b la denotaba Boole por a + b y la intersección por ab. Aquí el inglés estaba
extendiendo la notación que utilizaba en su lógica a la teoría de conjuntos. En
Alemania algunos matemáticos, como Ernst Schröder (1841 - 1902), adoptaron esta
notación.
Peano publicó sobre teoría de conjuntos escribiendo sobre la teoría de
vectores. Propuso los nuevos símbolos en su Calcólo geometrico secondo
l’Ausdehnungslehre di H. Grassmann de 1888. La teoría a la que se refiere el
libro, la Ausdehaungslehre, fue desarrollada por Grassmann para formalizar el
concepto de espacio vectorial y para introducir el concepto de tensores, tan
importante para la física en años posteriores. Hay quien ha sugerido que Peano
tomó el símbolo de unión de conjuntos de Grassmann, pero éste aparece en otro
contexto y sólo para indicar que una sucesión corre de 1 a a. Peano
indicó, en el prólogo de su libro, que sustituye los símbolos de Schröder por
los propios para evitar confusiones entre símbolos matemáticos y símbolos
lógicos.
Figura VI.9. Definición de los símbolos de unión e intersección de conjuntos
en el Calcólo geométrico de Giuseppe Peano, Fratelli Bocea Editori, Turín,
1888.
La figura VI.9 muestra cómo Peano contrapone sus símbolos a los de
Schröder, incluido el círculo negro para representar el conjunto universal y el
círculo blanco para representar el conjunto vacío. En el capítulo 1 del libro,
Peano indicó que el símbolo de unión se debe leer como “o” (en el sentido de
disyunción) y el símbolo de intersección se debe leer como “y”, en el sentido
de conjunción de elementos. La lectura de los símbolos es, como vemos, una
lectura lógica.
En 1915, Peano comentaba:
“La primera ventaja de los símbolos lógicos es la brevedad que
producen. Así es que mi Formulario contiene un tratamiento completo de la
aritmética, el álgebra, la geometría, el cálculo infinitesimal, definiciones,
teoremas y demostraciones, todo en un pequeño volumen, de extensión mucho menor
que la de volúmenes que expresan lo mismo con el lenguaje común”.
Aunque Peano tuvo éxito con sus colegas en las matemáticas con esta
línea de trabajo, aparentemente no lo tuvo como educador: su formalismo extremo
provocó su despido como docente de la escuela militar de Turín. Elegancia y
brevedad extrema no siempre son el pan de cada día con el que se puede
conquistar el favor de los estudiantes.
Los símbolos de unión e intersección se pueden usar, como el símbolo de
sumatoria, con índices que corren de un valor inicial a uno final.
Aparentemente, fue Peano también el primero en utilizar esta convención.
§. El Aleph y el paraíso de los infinitos
El aleph es la primera letra del alfabeto hebreo y la única de este
alfabeto que se usa habitualmente como símbolo en las matemáticas. Al aleph se
le agregan subíndices para producir no sólo un símbolo, sino toda una sucesión
de la forma ℵ 0, ℵ1 ℵ2, etc. Fue el
alemán Georg Cantor (1845-1918) quien propuso esta notación alrededor de 1893
para poder referirnos a toda una jerarquía de infinitos, uno cada vez más
grande que el otro. Resulta, por ejemplo, que el conjunto N de los números
enteros positivos (1, 2, 3, etc.) es infinito, pero el conjunto R de todos los
números reales es aún más grande, es decir, R tiene más elementos que N. A los
matemáticos, tan acostumbrados a pensar en procesos infinitos o que van al
límite, les costó comprender el trabajo de Cantor y sus muchos infinitos, lo
que llevó a enconadas disputas. El principal crítico de Cantor durante todo ese
tiempo fue Leopold Kronecker, quien llegó a afirmar que no sabía si su teoría
era “filosofía o teología”, pero sí sabía que no contenía matemáticas. David
Hilbert, por el contrario, defendió a Cantor afirmando que ya nadie nos podría
expulsar del paraíso que éste había creado.
En la teoría de Cantor los diferentes alephs denotan el tamaño, lo que
se llama la cardinalidad, de conjuntos cada vez más extensos. Decir aleph,
cualquiera de ellos, es invocar el infinito. Jorge Luis Borges nos remite a esa
inmensidad en su famoso cuento sobre el Aleph: “[...] vi el Aleph, desde todos
los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el
Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y
lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo
nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible
universo”.
A pesar de lo místico que pudiera parecer el aleph, la idea inicial es
sencilla; las complicaciones aparecen después. Si pensamos en los números
naturales, los podemos poner uno detrás de otro, comenzando con el 1. El
conjunto de los números naturales es infinito, como lo es también el conjunto
de todos los números pares. Pero se puede definir una correspondencia entre
cada natural a y cada número par de la forma 2n, lo cual quiere decir que los
dos conjuntos tienen una cantidad equiparable de elementos. Como vemos abajo,
para cada número natural hay un número par correspondiente, y viceversa.
Como los dos conjuntos se pueden poner en correspondencia uno a uno)
decimos que tienen la misma cardinalidad o tamaño. Ésta es una característica
de cualquier conjunto infinito: una porción de éste se puede poner en
correspondencia uno a uno con todo el conjunto. Pues bien, Cantor bautizó como
Ns0 a la llamada cardinalidad de todos los conjuntos
equiparables a los naturales, es decir, todos aquellos que se pueden poner en
correspondencia, elemento por elemento, con los naturales.
Para entender mejor la elección del nuevo símbolo, es necesario saber
que los antepasados de Cantor fueron judíos de diversas partes de Europa. Georg
Cantor nació en San Petersburgo, Rusia, pero aparentemente una de las ramas de
sus antepasados se remontaba a los Países Bajos y quizás a España. Por eso el
apellido Cantor podría ser de origen castellano, y tal vez alude al oficio de
aquel antepasado, quien probablemente fue un cantor en una sinagoga. Como
quiera que sea, es claro que Cantor, por su origen judío, estaba familiarizado
con el alfabeto hebreo. Explicando su elección del símbolo escribió: “Los
alfabetos usuales me parecieron muy trillados como para ser usados con este
propósito. Por otra parte, no quería inventar un nuevo símbolo, así que escogí
el aleph, que en hebreo tiene además el valor numérico 1. En cierto modo, ℵ1 es
una nueva unidad”.
En 1895 le escribió a Félix Klein: “Durante muchos años me pareció
indispensable establecer el poder transfinito de los números cardinales con
algún símbolo, y después de mucho vacilar me decidí a utilizar la primera letra
del alfabeto hebreo, aleph = ℵ. Espero que el público pronto se acostumbre a
él”. En el mismo año, Cantor decidió modificar el subíndice y comenzar a contar
los distintos infinitos empezando por ℵ0. Es éste el primer aleph
que corresponde a los conjuntos llamados numerables. La figura VI.10 muestra la
primera mención impresa de la nueva notación, de 1895.
La teoría de la jerarquía de infinitos de Cantor es un verdadero
Kraftakt como se dice en alemán: un manotazo en la mesa, con un solo
protagonista, Cantor mismo. Para llegar a los alephs, Cantor se adentró en la
teoría de conjuntos y en una multitud de problemas todavía abiertos. Uno de
éstos era la definición estricta de los números naturales, así como el de
comprender la estructura del continuo. Si nos imaginamos un segmento de línea
recta y todos los puntos que contiene, no pareciera haber mucha estructura ahí
dentro. Sin embargo, Cantor pudo demostrar que en un segmento tenemos tantos
puntos como en un cuadrado o como en un cubo. Lo demostró estableciendo una
correspondencia uno a uno entre los diferentes objetos: el segmento, el
cuadrado y el cubo. Obviamente, la estructura del continuo no es de ninguna
manera trivial, y Cantor dedicó el resto de su vida a tratar de intuir
precisamente esa estructura.
Figura VI.10. Definición del aleph cero en “Beitrage zur Begründung der
transfiniten Mengenlehre”, Mathematische Annalen, 7, noviembre de 1895, vol.
46, núm. 4, p. 492.
En 1874 sorprendió al mundo matemático con la demostración de que
existían más números reales que naturales. Es decir, los números reales no son
numerables. A lo largo de los años Cantor demostró esto de diferentes maneras,
pero la demostración más famosa fue su argumento por diagonalización.
La tabla (figura VI.11), que utiliza números en código binario, muestra
el meollo del argumento. Supongamos que es posible poner todos los números
reales mayores que 0 y menores que 1 en una tabla, ordenados como los
naturales, uno después de otro en el renglón 1, el renglón 2, etc. Supongamos
que conocemos la expansión binaria infinita de cada real y escribimos un bit
por columna. Ahora procedemos a construir un nuevo real entre 0 y 1 que no está
en la tabla. Para ello comenzamos por el primer renglón y nos fijamos en el
primer bit. Escogemos uno distinto para el número que estamos formando.
Procedemos al renglón 2 y tomamos un bit distinto al que tenemos en la columna
2. Seguimos así, es decir, moviéndonos a lo largo de la diagonal de la tabla, y
cada vez tendremos un dígito distinto al del renglón k en la posición binaria k
—de izquierda a derecha, después del punto decimal—. Continuando hasta el
infinito, es claro que el número que acabamos de formar no puede estar en la
tabla porque difiere al menos por un dígito/fiú de cualquier número de la
tabla. Es ésta una contradicción que indica que los números reales no son
numerables.
Hoy en día esto se aprende en cursos introductorios de teoría de
conjuntos. En su época fue muy controvertido, sobre todo porque mostraba que un
conjunto infinito, como el de los reales, es más infinito que el de los
naturales.
Desde 1882 Cantor ya utilizaba regularmente el concepto de conjuntos
numerables para denotar conjuntos que son equivalentes a los números naturales.
Podemos pasar de un infinito a otro más grande cuando comenzamos a considerar
el conjunto potencia de otro conjunto, esto es, el conjunto de todos sus
subconjuntos. Es fácil demostrar que el conjunto potencia de otro conjunto es
siempre más grande, en el sentido de que no se puede equiparar elemento por
elemento con el conjunto original.
Figura VI.11. Tabla de los números reales para explicar el método de
diagonalizacion de Cantor.
Eso ya ocurre con conjuntos finitos, como {1,2}. El conjunto potencia
contiene los subconjuntos {}, {1}, {2} y {1,2}, es decir, consiste en cuatro
elementos y no en dos, como el conjunto de partida. En general, un conjunto con
a elementos tiene 2" subconjuntos.
Utilizando el concepto de conjunto potencia de Cantor, y si llamamos ℵ0 a
la cardinalidad de los naturales, la cardinalidad del conjunto potencia de los
naturales se representa como 2ℵ0 y corresponde a la
cardinalidad de los reales. Uno de los problemas abiertos hasta la mitad del
siglo XX era si entre la cardinalidad del conjunto de los números naturales y
la cardinalidad de los reales (ℵ1 = 2ℵ0 )
existía algún otro conjunto infinito diferente al que se le pudiera asignar un
aleph entre el O de los naturales y el 1 de los reales.
Es pertinente una última palabra sobre el origen del aleph. El aleph era
la primera letra del llamado alfabeto protocanaanita, del cual surgieron otros
alfabetos, como el fenicio, el sirio, el griego y el árabe. En el alfabeto
canaanita el aleph era ’álep, que representa a un símbolo atónico. En el
alfabeto griego se transformó en la letra alfa y por último en la letra latina
a. El aleph es la primera letra del alfabeto cabalístico, en el cual Cantor
estaba interesado. Algunos ven una conexión con su teoría de conjuntos, pero
eso es mera especulación.
El aleph y la letra griega alfa son los bueyes de las matemáticas) ya
que el símbolo del alfabeto fenicio remitía al primer fonema de la palabra
buey. La forma de representarlo era precisamente con la cabeza de un vacuno.
Capítulo VII
La imaginación al poder
Contenido:
§. La imaginación al poder
§. Pi, constante de Arquímedes y número ludolfino
§. El número de Euler y el crecimiento exponencial
§. La constante de Planck y el cuanto de acción
§. La velocidad de la luz c
§. La imaginación al poder
La historia de las matemáticas está colmada de imposibles. Cuando los
estudiantes franceses reclamaban el acceso de la imaginación al poder en 1968,
seguramente no ponderaban que en la teoría de los números eliminar imposibles
ha sido siempre un hecho revolucionario. Los números negativos, por ejemplo,
fueron difíciles de conceptualizar durante muchos siglos, porque es más fácil
pensar sobre algo que poseemos que sobre algo de lo que carecemos. Por eso los
matemáticos ingleses los llamaron números surd) palabra que nos remite a la
raíz latina de absurdo. Posteriormente, los números irracionales pusieron en
aprietos a los filósofos, porque es complicado entender cómo hacer cálculos
exactos con ellos, puesto que sólo se pueden representar de forma aproximada
con una expansión decimal finita. San Agustín, quizá por ser santo, los pudo
salvar conceptualmente al declararlos números de Dios. Los modelos rigurosos
para todos los números reales, tanto racionales como irracionales, sólo
surgieron hasta bien entrado el siglo XIX.
También los números complejos fueron al principio considerados números
imposibles. Hoy en día escribimos un número complejo en la forma
a + ib
donde a y b son números reales y la letra i representa la raíz cuadrada
de menos uno. Raíces de números negativos aparecen de manera natural cuando
tratamos de resolver ecuaciones tan simples como x2 + 1 = 0. La
solución está dada por el resultado complejo x = √-1. Tales raíces de números
negativos fueron rechazadas durante muchos años como resultados ilógicos o que
se podían descartar. Sin embargo, en muchos casos la parte imaginaria de una expresión
desaparece, como cuando sumamos el número complejo 1 + √-1 con 1 -√-1. El
resultado es 2 y la parte imaginaria se cancela.
Resulta que este tipo de cálculos intermedios, donde dos complejos de la
forma a + ib y a - ib (es decir, dos complejos conjugados) se combinan para
producir un resultado real, aparecen frecuentemente en la solución de
ecuaciones cúbicas. Los matemáticos operaban con ellos, como Cardano —por
ejemplo, en su Ars magna—, sin comprender realmente cómo interpretarlos de
manera aislada. La parte imaginaria de un número complejo era aceptada con tal
de que desapareciera en la maquinaria del cálculo para producir un resultado
real correcto y además interpretable.
Lúe el gran matemático suizo Leonhard Euler quien decidió utilizar la
letra i para denotar la raíz cuadrada de -1. En su Álgebra) de 1770, calificó
las raíces de números negativos como números imposibles o imaginarios. Así
escribe Euler: “Es evidente que no podemos incluir la raíz cuadrada de un
número negativo entre los números posibles, y por eso debemos decir que es una
cantidad imposible [... ] se les llama cantidades imaginarias, porque sólo
existen en la imaginación”. Pero a continuación reinterpreta la noción de algo
que es imaginario: “Estos números existen en nuestra imaginación [...] por eso
nada impide que los podamos usar en cálculos”.
Lo que Euler dice aquí es que esos entes abstractos, producto de la
imaginación del matemático, son objetos de cálculo legítimos. Mientras la forma
de operar con ellos esté bien definida, no importa la interpretación que les
asignemos. Así ocurre en muchas áreas de las matemáticas: la esencia de un
objeto está dada por las manipulaciones algebraicas posibles, no por la
representación mental intuitiva que les podamos dar.
Figura VII.1 As utilizaba Euler el símbolo i en 1777 en De formulis
differentialibus angularibus máxime irrationalibus, quas tamen per logarithmos
et arcus circulares integrare licet (fuente: The Eider Archive).
Para efectos operacionales, es más sencillo trabajar con múltiplos de un
símbolo, en este caso i que andar arrastrando raíces de números negativos. En
1777, el nuevo símbolo hace su aparición en un trabajo que no fue publicado
hasta 1794. Euler dice ahí que “la letra i designa a la fórmula √-1 en lo que
sigue” (véase la figura VII.1). Lo que siguió fueron dos siglos en los que se
cimentó la notación introducida en aquel escrito.
Pero no hay que creer que el padrinaje de Euler hizo efecto de
inmediato. Todavía en 1831 el gran matemático inglés Augustas de Morgan
consideraba V-l como un número imposible y un artificio computacional. Pero fue
Carl Friedrich Gauss, otro gigante, quien pudo finalmente esclarecer la
potencia aritmética de los números complejos, aunque ya antes de él otros
habían logrado darles una interpretación geométrica como vectores en el plano,
sometidos a ciertas reglas, sobre todo para la multiplicación.
Fue precisamente Gauss quien retomó, en 1801, la notación de Euler y la
popularizó a través de sus escritos. Ésta es una constante en la historia de la
notación matemática e incluso de la física: los científicos más prolíficos y de
mayor impacto pueden a veces inclinar la balanza hacia el tipo de terminología
que finalmente se impone. Euler tuvo un efecto decisivo en ese sentido, ya que
fue quien propuso parte de nuestra notación moderna, basado en símbolos como e,
i, π y Σ (para las sumatorias). En el caso de Gauss, fue él quien resolvió
definitivamente un problema que había plagado a otros. Fue con su demostración
del teorema fundamental del álgebra en 1799, es decir, que una ecuación
polinomial de grado a tiene exactamente a soluciones (en el campo de los
números complejos), como los números imposibles lograron obtener su carta de
ciudadanía en las matemáticas. Hoy en día operamos con números como con entes
abstractos, y lo importante es que se les puede sumar, sustraer, multiplicar y
dividir en una forma consistente, con la ayuda de un cero y de la unidad. Lo
que importa es que el conjunto de números sea cerrado bajo operaciones
algebraicas, incluyendo la potenciación y extracción de raíces.
Como vemos, la teoría de los números ha operado históricamente ampliando
su campo de acción para cerrar todas las fugas, primero integrando los números
negativos, luego los irracionales y, finalmente, los números complejos. Un
siglo después de Gauss, Hamilton propuso los cuaterniones y después de él las
álgebras de Clifford ampliaron el espacio de números posibles. La imaginación
tomó el poder.
§. Pi, constante de Arquímedes y número ludolfino
¿Quién no conoce el número π? Es quizá la constante más famosa de las
matemáticas: representa la proporción invariable entre el perímetro de un
círculo y su diámetro. Aparece por todos lados en las fórmulas de la física, y
es que π tiene que ver con la estructura del espacio que nos rodea. Su valor
numérico aproximado de 3.14159 es lo que los matemáticos llamarían un
invariante del círculo —lo memorizamos desde la primaria—. Cada 14 de marzo (o
sea el 3/14), a las 15 horas, se celebra el “Día de π” en todo el mundo. En los
Estados Unidos se hace con un pay, que corresponde a la pronunciación de la
letra π en inglés.
Los primeros que se dieron cuenta de la constancia de la proporción
entre el diámetro de un círculo y su perímetro fueron los babilonios y los
egipcios, hace ya más de tres mil seiscientos años. Como no se utilizaban aún
las expansiones decimales, no quedaba otra alternativa que aproximar a π con
una división de números enteros. El famoso papiro de Rhind, un manuscrito
conservado en el Museo Británico, propone la aproximación 256/81, que en
números decimales corresponde a 3.160. Nada mal para la época.
Pero fue el legendario Arquímedes de Siracusa, casi doscientos cincuenta
años antes de nuestra era, el primero que logró inventar un método sistemático
para calcular π de manera cada vez más precisa. Lo que hizo el sabio griego fue
aproximar al círculo con polígonos inscritos y circunscritos, cada vez con más
lados. Si pasamos de un pentágono, cuyos vértices tocan el círculo, a un
hexágono y después a un octágono, cada vez el perímetro del polígono se
aproxima más y más a la forma de un círculo. Podemos, por ejemplo, inscribir un
hexágono con lados de longitud 1 en un círculo de radio también 1. El perímetro
del hexágono es de longitud 6 y el diámetro del círculo tiene longitud 2. La
razón de ambos es 3. Como el hexágono inscrito tiene menor perímetro que el
círculo, esto nos dice que π no puede ser menor que 3.
Figura VII.2. Aproximaciones sucesivas al circulo usando polígonos inscritos
y circunscritos.
Duplicando sucesivamente el número de lados del polígono, Arquímedes
obtuvo una fórmula que permite calcular el perímetro del nuevo polígono con el
doble de lados en función del perímetro del polígono anterior. Así nos
aproximamos, paso a paso, a la forma de un círculo y al valor de π. Por este
resultado extraordinario, que ya anticipa desde los griegos el proceso de
calcular límites, a π también se le llama a veces constante de Arquímedes.
La importancia de π en las matemáticas se manifiesta en la verdadera
carrera que se desató desde entonces para ver quién podía producir mayores y
mejores aproximaciones al valor exacto. Era ésta una competencia de proeza
matemática que continúa hasta la actualidad. Ya en el siglo sexto de nuestra
era, en la India, se utilizaba la aproximación 62832/20000, que equivale a
3.1416. Los cálculos eran intrincados al tener que trabajar con cocientes de
enteros.
Uno de los adalides más renombrados en esta competencia titánica para
aproximar a π fue el erudito Ludolph van Ceulen (1540-1610), nacido en
Hildesheim, Alemania, quien logró calcular 35 decimales de π a principios del
siglo XVII. Tan importante fue ese acontecimiento que a la constante se le
comenzó a llamar número ludolfino en algunas partes de Europa, incluso hasta el
siglo XIX. Van Ceulen invirtió muchos años de su vida en realizar el cálculo.
Para ello utilizó el método de Arquímedes mencionado arriba, que
desgraciadamente converge muy lentamente al valor exacto de π.
Van Ceulen tenía dos especialidades: daba clases de matemáticas en Delft
y operaba una academia de esgrima. Las universidades de entonces no eran como
las actuales. Se aprendía lo mismo teología que geometría, pero también las
artes marciales de la época. Fue por esa doble especialidad que a Van Ceulen le
fue ofrecida en 1600 la cátedra de matemáticas en la Universidad de Leiden, en
Holanda. Para entonces su trabajo nocturno ya le había permitido publicar 20
decimales de π en su libro titulado El circulo.
Figura VII.3. Reproducción de la lápida de Ludolph van Ceulen en el Math
Institut de Leiden. Otra réplica se encuentra en la Pieterskerk de Leiden (la
original se extravió).
Ya en Leiden, Van Ceulen continuó su safari personal para poder
literalmente acorralar a π. Después de su muerte, para llamar la atención sobre
su hazaña, la lápida de su tumba fue decorada con un círculo que proporciona
una cota superior e inferior para el verdadero valor de π, un número
irracional, con 35 decimales.
Sorprende, entonces, que apenas hasta los siglos XVII y XVIII fuera
cristalizando una notación estándar para la constante de Arquímedes, o bien, el
número ludolfino. El matemático inglés William Oughtred (1574-1660) siempre
estuvo muy interesado en la enseñanza de las matemáticas y escribió uno de los
primeros libros de álgebra, su célebre Clavis mathematicae (La llave de las
matemáticas), donde también propuso muchas innovaciones simbólicas. Una de
ellas fue denotar la constante de Arquímedes con la combinación de letras δ :
π, que representa el diámetro del círculo con δ y el perímetro con π. Tiene
sentido, pues son las iniciales de esas palabras en griego.
Casi setenta años más tarde el autodidacta inglés William Jones
simplificó la notación. Jones, quien sería aliado de Isaac Newton en su disputa
con Leibniz, llegó a formar parte de la Royal Society a pesar de haber iniciado
su carrera dando cursos de matemáticas en las cafeterías de Londres, los
co-working spaces de la primera Revolución industrial. Jones publicó en 1706 un
libro basado en sus cursos, Synopsis Palmariorum Matheseos (Nueva introducción
a las matemáticas), donde simplificó la notación de Oughtred eliminando la
delta y conservando sólo a π. A partir de entonces esta letra griega ocuparía
su lugar de honor en el firmamento matemático.
Además, la obsesión con obtener más y más dígitos de π contaba para esta
época con mejor maquinaria. El profesor de astronomía John Machin (1686-1751)
logró inventar en 1706 un método de aproximaciones sucesivas distinto al de
Arquímedes. La idea es la misma que han utilizado desde entonces muchos
matemáticos: se puede representar a π como una suma infinita de sumandos que
van disminuyendo en magnitud. La sorprendente fórmula deducida por Leibniz, por
ejemplo,
es muy elegante, pero converge muy lentamente. La fórmula de Machin es
más eficiente y el astrónomo inglés logró obtener 100 decimales de π, además,
sin tener que dedicarle media vida al cálculo, como en el caso de Van Ceulen.
El éxito de la nueva notación para el valor de π sólo quedó cimentado hasta que
matemáticos importantes adoptaron la nueva notación, especialmente Euler y
Legendre, que llegaron a poner orden. Con sus muchos escritos matemáticos ambos
forzaron la balanza a favor del nuevo símbolo.
Pero la competencia continúa, y es motivo de orgullo para cualquier
matemático proponer fórmulas elementales que pueden aproximar a π con varios
decimales. Es el caso del gran matemático indio Srinivasa Ramanujan
(1887-1920), quien propuso la fórmula
que es exacta para los primeros nueve dígitos de π. Ramanujan tenía una
intuición matemática fabulosa y muchos de sus resultados los obtenía sin poder
dar una explicación. Era además muy religioso. En el caso de la fórmula para π
escribió que la diosa Namagiri, venerada en la India, se le apareció en un
sueño y le reveló el valor exacto de la constante.
Umberto Eco relata, en El nombre de la rosa, que un santo de la
cristiandad, en su desesperación por terminar su obra maestra —de la cual había
ya escrito la mitad—, le rezaba afligido a una Virgen, quien al escuchar sus
oraciones apareció en la iglesia y le entregó el resto del libro. ¡Qué no
hubiera dado Van Ceulen por haber tenido la misma suerte de aquel santo o un
sueño como el de Ramanujan! Pero aun así Van Ceulen seguramente estaría muy
satisfecho de ver cómo se celebra hoy el número que alguna vez llegó a portar
su nombre.
§. El número de Euler y el crecimiento exponencial
Hay algunas constantes célebres. Son aquellas que han podido apropiarse
de una letra latina o griega para siempre. Son las “jugadoras más valiosas” de
las matemáticas, aquellas que conservan su número de camisola, como en el
balompié, aunque se cambien de equipo. Entre ellas encontramos a π, la razón
del perímetro de un círculo a su diámetro; a la letra i, que representa la raíz
cuadrada de -1, y también a φ, la razón dorada.
El número que ahora denotamos con la letra e es tan famoso que su
paternidad se la disputan los británicos y los suizos. En la Europa continental
y buena parte del mundo e es simplemente el número de Euler, mientras que en
Gran Bretaña e es llamada la constante de Napier. La importancia de este número
radica en que nos permite capturar matemáticamente el llamado crecimiento
exponencial, por ejemplo, de un cultivo de bacterias, pero también del dinero
invertido en un banco con una tasa de interés compuesto, e incluso del índice
de precios sometido a inflación. El crecimiento exponencial se describe con la
función
y = ex
la cual tiene propiedades muy peculiares. Es ésta, por ejemplo, la única
función (incluidos sus múltiplos) cuya tasa de crecimiento es igual al valor de
la función misma. La constante e es un número de los llamados irracionales:
aunque la podemos aproximar con 2.718, su expansión decimal exacta requiere un
número infinito de dígitos que no se repiten periódicamente.
Sin embargo, no fueron Napier ni Euler los primeros en describir
explícitamente el número e. Ese honor corresponde al matemático suizo Jakob
Bernoulli (1654-1705), quien junto con su hermano Johann (1667-1748) nos legó
importantes descubrimientos matemáticos. Los Bernoulli venían de una familia de
patricios y mercaderes, y el ejemplo que Jakob utilizó para llegar a la
constante e fue, muy apropiadamente, el interés compuesto. Era ésta la época de
desarrollo del cálculo diferencial y el análisis de procesos dinámicos estaba
apenas iniciándose. Curiosamente, Jakob y Johann, que comenzaron a estudiar
simultáneamente cálculo diferencial e integral en la versión de Leibniz, más
adelante se convertirían en implacables enemigos científicos y estarían en
competencia permanente.
El problema planteado (y resuelto) en 1683 por Jakob Bernoulli fue el de
analizar el crecimiento de una deuda. Si la deuda es de un peso y la tasa de
interés de 100%, al final de un año la deuda es de dos pesos. Pero, a veces,
los bancos exigen una capitalización semestral del interés: la deuda crece
entonces 50% en el primer semestre y otro 50% en el segundo semestre. El
resultado no es el mismo que antes. Bajo este esquema la nueva deuda al final
de un año es 1.5 x 1.5. Si el cálculo de los intereses es trimestral, el
interés se capitaliza cada tres meses. La tasa de interés trimestral es de 25%
(es decir, la cuarta parte de 100%) y la nueva deuda al final del año es de
1.254. Parece algo injusto: el banco capitaliza los intereses cada
tres meses para obtener lo que se llama el interés compuesto, pero ésta es la
forma en que operan los créditos.
Jakob Bernoulli se preguntó entonces: ¿qué pasaría si se capitalizaran
los intereses cada mes?, ¿o cada día?, ¿o cada segundo? Sorprendentemente, la
deuda no diverge al infinito, sino que converge precisamente al número e. Si un
banco agiotista capitalizara el interés instantáneamente, un peso de deuda se
transforma al final del año en e pesos, cuando la tasa anual de interés nominal
es de 100%. El llamado interés real está dado por el factor e.
Expresado en el lenguaje moderno de las matemáticas, el número e es el
límite de la expresión
cuando a tiende a infinito. En esta expresión, a es la cantidad de
capitalizaciones de interés compuesto, en un año, para una tasa de interés
anual de 100%. Si el interés se capitaliza instantáneamente, una deuda de un
peso se transforma en e pesos al final de un año.
Ahora bien, los británicos reclaman la paternidad de la constante e para
John Napier (1550-1617), barón de Merchiston, porque fue este matemático
escocés quien inventó los llamados logaritmos. El logaritmo es la operación
inversa de y = ex. Dicho de otra manera, en esta fórmula x es el
logaritmo de y. Lo importante de los logaritmos es que nos permiten reducir una
multiplicación a una suma, ya que log(a×b) = log a + log b. Lo único que
se requiere para operar con esta reducción son tablas de logaritmos. Para
multiplicar dos números basta entonces con sumar sus respectivos logaritmos
(tomados de las tablas). Otra consulta a la tabla nos revela cuál número ab
posee ese logaritmo. Antes de que cada escolar tuviera su calculadora y su
celular, en las escuelas secundarias se aprendía a usar las tablas de
logaritmos inventadas por Napier. Las llamadas reglas de cálculo) que ya nadie
conoce, eran una versión manual de una calculadora analógica para trabajar con
los logaritmos.
El libro de Napier sobre los logaritmos, publicado en 1614, ostentaba el
rimbombante título Mirifici logarithmorum canonis descriptio (Descripción del
maravilloso canon de los logaritmos). En esa obra mostró cómo reducir la
multiplicación y la división a la suma (o sustracción) de logaritmos. Ahora
bien, Napier se interesaba sobre todo por los logaritmos decimales; es decir,
la expresión que él analizó era realmente
y = 10x.
En este caso llamamos al exponente x el logaritmo base 10 de y. Es claro
a qué se debe esto: en la vida diaria operamos con números decimales. Por eso
los logaritmos de base 10 los usamos para medir los terremotos en la escala de
Richter, o bien el ruido con los llamados decibeles.
Pero si queremos analizar procesos de crecimiento, la base e es más
natural que la base 10. En un cultivo, las bacterias se comportan como el
interés compuesto: cada nueva bacteria puede comenzar a reproducirse de
inmediato, así como cada peso de interés capitalizado comienza a generar nuevo
interés de inmediato. Ahí radica la importancia de la función exponencial: en
su universalidad, porque nos permite describir cualquier proceso de crecimiento
en el que la tasa de cambio instantánea es proporcional a la población, sea de
bacterias como de billetes.
Pero ahí no termina la historia. Napier mismo nunca habló de la
constante e y aparentemente nunca utilizó logaritmos con esa base. Después de
su muerte apareció la traducción inglesa de su obra en latín Mirifici
logarithmorum) y ahí alguien extendió el contenido con un apéndice que contiene
una tabla de logaritmos de base e) lo que ahora llamamos logaritmos naturales.
Se cree hoy que esa persona fue el matemático William Oughtred, quien además
inventó la regla de cálculo.
Resulta entonces que, efectivamente, John Napier fue el primero en
definir los logaritmos, y que la traducción inglesa de su obra contiene una
tabla de logaritmos naturales, pero sin definir al número e de manera
explícita.
El privilegio de asignarle una letra a la base de los logaritmos
naturales le correspondió al matemático suizo Leonhard Euler (1707-1783), quien
difundió el uso de la letra e. El helvético fue tan prolífico y tan estudiado
que sus escritos ayudaron a establecer una notación estándar para las
matemáticas. La figura VII.4 muestra el texto de una carta de Euler a su amigo
Goldbach, del 25 de noviembre de 1731, donde define e como el número con
logaritmo hiperbólico igual a 1. Lo que en esta carta Euler define como
logaritmo hiperbólico es lo que ahora llamamos logaritmo natural.
Figura VII.4. En este texto, Euler define e como el “número cuyo logaritmo
hiperbólico es = 1” (“Carta de Euler para Christian Goldbach.” del 29 de
noviembre de 1731; fuente: The Euler Archive).
Antes se le decía hiperbólico, porque el área bajo la hipérbola y = 1/x,
entre los límites 1 y z, es exactamente el logaritmo natural de 2. Esto fue
notado primero por los matemáticos Grégoire de Saint-Vincent y Antonio de
Sarasa, a quienes se les atribuye la invención de los logaritmos hiperbólicos.
Así que, recapitulando: Bernoulli fue quien proporcionó la explicación
más intuitiva del significado de la constante e, sin asignarle un nombre.
Napier inventó los logaritmos, pero utilizando la base 10, y fueron sus
traductores los que extendieron las tablas a la base e, sin definir la base de
una manera explícita. Leonhard Euler fue quien la integró en nuestra notación
matemática moderna. La disputa sobre el número de Euler o la constante de
Napier es por ello una de las últimas reverberaciones de las añejas escaramuzas
en las trincheras matemáticas europeas.
§. La constante de Planck y el cuanto de acción
Max Planck, el fundador de la mecánica cuántica, contribuyó con el
descubrimiento de una constante universal al desarrollo de la física moderna.
Nos referimos a h, la llamada constante de Planck o también cuanto elemental de
acción.
La constante h fue postulada por el físico alemán como parte de una
heurística para derivar la ley de radiación del cuerpo negro, la cual no admite
una fundamentación clásica. Un cuerpo negro es un sistema en equilibrio térmico
donde fotones de muy diversas frecuencias coexisten a una temperatura dada. Un
cuerpo negro se puede modelar como una cavidad que absorbe energía por un
orificio hasta llegar a adquirir una cierta temperatura de equilibrio. Si se
hace un histograma de la energía emitida en cada banda de frecuencia por el
cuerpo negro, la forma del histograma sólo depende de la temperatura del
objeto. Es decir, el espectro de radiación del cuerpo negro es universal, dada
la temperatura, sin importar el material. La figura VII.5 muestra las curvas de
radiación para 6 000, 5 000, 4 000 y 3 000 grados Kelvin. El eje horizontal nos
muestra la longitud de onda mientras el eje vertical representa la intensidad
de la radiación. La radiación del cuerpo negro es importante porque las
estrellas, por ejemplo, también se pueden modelar de esta manera, a pesar de
ser tan brillantes. Aquí el nombre del concepto no se ajusta tan intuitivamente
al objeto.
La concepción clásica que Planck debió superar en su nueva teoría fue la
de la continuidad de la emisión y absorción de energía.
Figura VII.5. Espectro del cuerpo negro para diferentes temperaturas.
Resulta que la energía no es un fluido que podamos verter de un
recipiente a otro en cantidades arbitrarias. Al contrario, el fluido viene
embotellado en lo que se llama cuantos de energía. Planck postuló un modelo del
cuerpo negro en el que para cada frecuencia f de la emisión existe un cierto
número de osciladores que sólo pueden emitir o absorber energía en paquetes de
tamaño hf. Entonces, cada oscilador puede tener una energía total de hf, 2hf,
3hf, etc., pero no valores intermedios.
Con la hipótesis cuántica Planck revolucionó la física, sin ser él, en
lo personal, un insurgente. A pesar de haber fundado la mecánica cuántica,
Planck pasó años tratando de encontrar una derivación clásica de la radiación
del cuerpo negro hasta que se rindió a la evidencia, sobre todo porque nuevos
descubrimientos reforzaron la teoría cuántica, por ejemplo, la explicación del
efecto fotoeléctrico publicada por Einstein en 1905. No sorprende, entonces,
saber que la constante h fue elegida por Planck por ser la inicial de la
palabra alemana Hilfsvariable, que quiere decir variable auxiliar.
Curiosamente, h también es la inicial de la palabra heurística. Y es que así
pensaba Planck en ese momento, en tomar un atajo con una simplificación, la
hipótesis cuántica, que más tarde quizá se podría eliminar.
La constante h se utiliza en otra variante que simplifica algunas
ecuaciones. La constante “h barra” es igual a h dividida por 2π. Esta variante
fue ideada por Niels Bohr para poder escribir la frecuencia de partículas en
radianes por segundo en lugar de en Herz, conectándola así con el momento
angular de los electrones en un átomo.
Planck y Einstein se ocuparon de los fotones, y gracias a ellos leemos
la expresión
E = hf
de derecha a izquierda: la constante de Planck multiplicada por su
frecuencia es la energía de un fotón.
Figura VII.6. Fragmento del texto de Max Planck Sobre la ley de la
distribución de energía en el espectro normal, 1901 (fuente: Von Kirchhoff bis
Planck: Theorie d. Warmestrahlung in histor.-krit. Darstellung, Hans-Georg
Schopf, Vieweg, Braunschweig, 1978).
Louis de Broglie nos enseñó, en 1924, a leer la misma expresión de
izquierda a derecha: una partícula con energía E tiene la frecuencia f.
De esta manera quedó establecida la que ahora llamamos la dualidad entre
partículas y ondas, esencial en la mecánica cuántica.
§. La velocidad de la luz c
Una de las constantes más famosas de la física es c, la velocidad de la
luz. Ésta es una de las cinco constantes universales a las que el físico Max
Planck propusiera asignarles el valor 1.0, con el fin de obtener unidades
naturales para el resto de los fenómenos físicos. Por eso se les llama también
unidades de Planck. Cada una de las constantes está asociada con una teoría
física esencial, específicamente:
·
c, la velocidad de la luz, aparece en la relatividad especial.
·
G, la constante de gravitación, es parte de la relatividad general.
·
h, la constante de Planck, aparece en la mecánica cuántica.
·
∈0, la
constante de Coulomb 1/(4π∈0), aparece en el electromagnetismo.
·
kb, la constante de Boltzmann, aparece en la termodinámica.
Con estas unidades podemos imaginar un mundo donde no necesitemos
definir el metro o el segundo. Estas dos unidades arcaicas se podrían expresar
combinando las unidades naturales algebraicamente. Cuando hacemos esto se
obtiene la unidad de longitud de Planck o el intervalo de Planck, que son algo
así como las dimensiones de los pequeños tabiques de espacio y tiempo que
constituyen el armazón del mundo.
Pero más allá de su valor numérico, ¿por qué denotamos la velocidad de
la luz con e en la actualidad? ¿De dónde viene esta convención? En el caso de
una constante como G está claro, es la primera letra de la palabra gravitación.
En el caso de la h también, ya que Planck introdujo esta constante universal
discutiendo osciladores armónicos cuantizados, y para él la h era una
Hilfsvariable (variable auxiliar).
Sólo el conocido autor de ciencia ficción Isaac Asimov no tenía ninguna
duda. Según él, la e fue adoptada porque velocidad en latín se escribe
celeritas. Así es como Galileo, por ejemplo, nombraba a la velocidad de un
objeto. Sin embargo, muchos físicos dudan de esta explicación, porque durante
muchos años la velocidad de la luz se representó simplemente con v,
especialmente por el inglés James Clerk Maxwell, quien escribió sus famosas
ecuaciones para el electromagnetismo usando v y no c. El mismo Einstein, quien
nos heredó la famosa ecuación E = mc2, utilizó la letra v en su
famoso trabajo de 1905, en el que propuso la teoría de la relatividad especial.
Era claro que así debía hacerlo, ya que aquel artículo era una discusión
crítica de la teoría de Maxwell del electromagnetismo. Sin embargo, ya para
1907 Einstein había pasado de la v a la c.
Hay dos caminos para explicar la transición de v a c, uno que pasa por
Leonhard Euler y otro que pasa por la teoría del electromagnetismo. Respecto a
Euler, habría que mencionar que en algunos de sus trabajos se ocupó de
funciones de onda, por ejemplo, de sonido, y en ese caso se puede considerar la
posición x del emisor, pero también su velocidad y el tiempo transcurrido t. La
posición del emisor en el tiempo es x - ct o x + ct, donde c denota la
velocidad del sonido en el aire. Resulta que Euler escribía, precisamente,
estas expresiones utilizando c porque abreviaba así celeritas.
Pero los físicos no necesariamente leen todo lo que escriben los
matemáticos. Además, nos falta todavía un ingrediente en la época de Euler. Y
es que los físicos no sabían, hasta los experimentos de los norteamericanos
Michelson y Morley de 1886, que la velocidad de la luz en el vacío es una
constante. No importa si la luz es emitida contra el movimiento tangencial de
la Tierra alrededor del Sol o a favor de esa dirección, en ambos casos la
velocidad de la Tierra no se suma ni se resta a la velocidad de la luz, es
decir, esta última permanece constante. Esto fue una gran sorpresa para los
físicos a fines del siglo XIX, ya que acababa de un plumazo con la idea de que
la velocidad relativa de la luz respecto a un marco de referencia en
movimiento, como la Tierra, se podía sumar a la velocidad del marco de
referencia. Nada puede viajar más rápido que la velocidad de la luz c, vaya ¡ni
la luz misma!
Puede parecer que llamar c a la velocidad de la luz es una feliz
coincidencia, ya que la palabra constante comienza con c. Pero debido a que los
primeros que utilizaron la c eran físicos alemanes, habría que preguntarse por
qué no utilizaron la k, puesto que constante en alemán se dice Konstante. Sin
embargo, nos informan los diccionarios de la época —principios del siglo XIX—,
en aquellos años en alemán se utilizaba la palabra Constante) así que salvamos
este escollo.
Existe otra explicación del nombre de c, que si no es la adecuada, por
lo menos es la más profunda e interesante. Tiene que ver con la llamada
constante de Weber, que efectivamente se abreviaba con c. El físico alemán
Wilhelm Weber trabajó en Gotinga y era colaborador nada menos que de Carl
Friedrich Gauss. Se ocupó durante muchos años de depurar las mediciones de
fenómenos electromagnéticos, y tuvo una idea muy interesante. Resulta que las
cargas eléctricas se pueden atraer o repeler siguiendo la ley de Coulomb, la
cual postula que la fuerza entre las cargas es proporcional a su producto e
inversamente proporcional al cuadrado de la distancia. El factor de
proporcionalidad k depende de las unidades que se utilicen. Pero además, las
corrientes de cargas a través de dos alambres paralelos pueden atraer o repeler
a los alambres, según la ley de Ampère. Si las corrientes van en la misma
dirección se repelen. Si van en dirección contraria se atraen. La constante de
proporcionalidad para la fuerza de atracción es k'. Dependiendo de si se miden
cargas utilizando la ley de Coulomb o la ley de Ampere, se obtienen valores
distintos, pero la relación entre ambas unidades tiene dimensiones de
velocidad.
La idea de Weber fue investigar la relación entre k y k' haciendo que
una carga fluyera por alambres. Si una carga negativa fluye de un condensador
(una botella de Leiden), ¿cómo se relaciona la repulsión electrostática con la
atracción magnética? ¿Se pueden neutralizar? Eso depende de la relación k/k'.
El resultado experimental de Weber fue que la relación entre las unidades de
carga medidas por la ley de Coulomb y las medidas por la ley de Ampère era
constante. Al principio llamó a esa constante o, pero a partir de 1846 la llamó
c. Como Weber calculó e a través de dos leyes de la física, el número obtenido
debería ser una constante, y por eso pasó a ser llamada constante de Weber.
Dicha constante era igual a √2c, algo que fue notado por el físico alemán Kirchhoff
en 1856. Por eso, todavía hasta Maxwell se hablaba, por un lado, de la
velocidad de la luz v y, por otro, de la velocidad de fenómenos
electromagnéticos, dada por la constante de Weber, la cual hoy escribiríamos
como √2c. Pero en 1873 el mismo Maxwell ajustó las constantes en la expresión
usada por Weber y convirtió así la constante de Weber simplemente en c. Nótese,
sin embargo, que no fue hasta décadas después cuando se demostró que la
velocidad de la luz en el vacío era constante. Así que, por un lado, teníamos
la constante de Weber y, por otro, algo quizá variable, como sería la velocidad
de la luz en el vacío.
Ahora sabemos que lo profundo del resultado de Weber fue haber
demostrado que una corriente es una onda electromagnética en el conductor, y lo
que hizo Maxwell fue generalizar el resultado al caso del vacío, usando v para
la velocidad de la luz y e para la constante de Weber, que, sin embargo, al
final de cuentas eran lo mismo en las expresiones de Maxwell. El físico Paul
Drude en 1894 fue quien aparentemente hizo la conexión explícita. Él comenzó a
utilizar e para denotar la velocidad de la luz y fue después imitado por
Hendrick Lorenz y Max Planck. Aparte de Maxwell, no había nadie con más
autoridad que aquellos dos físicos para fijar la notación al respecto.
Cuando Einstein escribió su trabajo sobre la relatividad especial, en
1905, estaba tratando de resolver una paradoja: en las ecuaciones de Maxwell se
obtenían resultados distintos en el campo magnético inducido dependiendo de
cuál bobina, la inductora o la inducida, estaba en movimiento respecto al éter.
De acuerdo con Einstein, lo que importaba era el movimiento relativo de las
bobinas y el éter era una entelequia inexistente. Cuando dos años después
Einstein mostró que la relatividad especial nos permitía afirmar que E = mc2,
quedó santificada la letra e como una de las cinco constantes universales que
hoy constituyen las unidades de Planck.
Capítulo VIII
Combinatoria
Contenido:
§. El factorial
§. Sigma: sumatorias con colmillo
§. Un suelo y un techo para los números
§. El símbolo binomial
§. El factorial
El factorial de n, o simplemente n!, es una de aquellas funciones que
han recibido dos o más nombres distintos en diferentes regiones culturales. En
alemán al factorial se le llama la función Fakultät (facultad), mientras que en
inglés, en español y en casi cualquier otro idioma se le llama factorial.
Esta función aparece de manera natural cuando consideramos todas las
permutaciones posibles de a números, al sacarlos uno por uno de una urna. El
primero de n números lo podemos seleccionar precisamente de n maneras distintas
y lo ponemos fuera de la urna. Para el siguiente número quedan (n - 1)
posibilidades distintas en la urna. El tercer número lo podemos seleccionar de
(n-2) maneras distintas, puesto que los dos primeros números ya han sido
seleccionados, y así sucesivamente. El número total de posibles extracciones,
es decir, las permutaciones de los a números es precisamente la definición de
n!, o sea:
n! = n × (n - 1) × (n –
2) ×... ×1
que se puede también escribir utilizando una definición recursiva, como
0! = 1, y de ahí en adelante n! = n(n - 1)!. Nótese que éste es un ejemplo de
notación funcional con un sufijo, es decir, un símbolo que sigue al argumento.
En vez de escribir la función siguiendo el esquema usual f(x), la escribimos
como (x)f Hay pocas funciones que utilizamos de esta forma.
Nadie sabe por qué Christian Kramp (1760-1826), matemático de Colonia,
Alemania, le asignó el nombre faculté a esta función en 1798. Él fue
definitivamente quien propuso utilizar el signo de admiración después de n para
denotar la función. Kramp propuso este nombre tal vez porque facultades es un
sinónimo de posibilidades y n! indica precisamente el número de posibles
permutaciones de n números. Después, en su libro Elements d'arithmétique
universelle, de 1808, Kramp decidió adoptar el término factorielle que el
matemático francés Arbogast propuso casi en paralelo por considerarlo más
agradable y más francés.
Es aquí donde una vez más la geopolítica interviene en la historia de
las matemáticas. Resulta que Kramp nació en Estrasburgo, donde estudió
medicina. Después de la Revolución francesa, a partir de 1794, las tropas
revolucionarias ocuparon la ribera del Rin y una de las ciudades que tomaron
fue Colonia. En 1801, el mismo año en que Kramp llegó ahí, los franceses les
otorgaron la ciudadanía francesa a todos los habitantes de esa ciudad. Kramp
regresó a ser profesor de matemáticas en Estrasburgo en 1809. Esa ciudad
durante mucho tiempo fue libre, y aunque Francia se la anexó desde 1681, siguió
siendo una ciudad multicultural y tolerante en lo religioso. Así que Christian
Kramp, con sus obras escritas en Colonia (en alemán) y después en Estrasburgo
(en francés), operaba en la frontera de dos regiones culturales, Alemania y
Francia. Mientras que su uso del símbolo de admiración se generalizó en ambas
regiones, una de esas áreas siguió hablando de la función facultad, en tanto
que la otra hablaba de la función factorial Es decir, todos adoptaron el mismo
símbolo, pero con diferentes nombres.
Kramp decidió utilizar el símbolo de admiración para simplificar el
trabajo del impresor. Hasta esa época la notación alternativa más frecuente
para al era ⌊n, muy difícil de realizar con los tipos convencionales. Kramp se
interesó por la función factorial porque existen diversas maneras de
generalizarla, por ejemplo, cuando los factores decrecen no por una unidad,
sino por dos o tres unidades. Él estaba interesado en factores que decrecen
sustrayendo diversos enteros. En notación moderna hoy escribimos, por ejemplo:
n!! = n(n - 2)(n -
4) ...
n!!! = n(n - 3)(n -
6)...
Hasta Kramp, nadie se había atrevido a utilizar el símbolo de admiración
o de interrogación en la notación matemática. Dichos símbolos son de creación
mucho más reciente que los alfabetos latino y griego. Recordemos que hasta bien
avanzada la Edad Media se utilizaban pocos símbolos de puntuación, situación
que comenzó a cambiar al aumentar el número de lectores. Fue así como
aparecieron y se difundieron el punto, la coma, el punto y coma, etc.
Figura VIII.1. Primer uso del símbolo de admiración en De nobilitate legum
et medicine, de Coluccio Salutati, 1399.
El símbolo de admiración fue introducido por Iacopo Alpoleio da
Urbisaglia en su libro Ars punctandi y Coluccio Salutati lo repopularizó en
1399. En realidad, el símbolo ! (punto exclamativo) era al principio un punto
seguido por una coma (.,), que al ser escritos uno sobre el otro nos conduce
directamente a !.
Sin embargo, no debemos creer que el símbolo de Kramp se impuso de
inmediato. Cuatro décadas después de la propuesta original, el matemático
Augustus de Morgan aún se burlaba por escrito de la notación de Kramp: “Entre
los peores barbarismos tenemos la introducción de símbolos, nuevos para las
matemáticas, pero perfectamente inteligibles en el lenguaje diario. Algunos
escritores han tomado de los alemanes la abreviatura n! para representar 1 × 2
× 3 × ... × (n - 1) × n, lo que les da a sus
páginas la apariencia de estar expresando sorpresa de que el 2, 3, 4, etc.,
puedan aparecer en resultados matemáticos”.
§. Sigma: sumatorias con colmillo
Los matemáticos siempre se han interesado en estudiar sucesiones de
números que obedecen alguna regla generativa simple, por ejemplo, la sucesión
de naturales hasta el infinito, o sea, 1, 2, 3, 4, 5,..., o bien, la sucesión
de sus cuadrados 1,4, 9,16, 25,... Si además queremos sumar algunos de esos
números, es conveniente contar con una abreviación para la llamada sumatoria.
Para ello utilizamos una letra griega, la sigma mayúscula. Fue el matemático
suizo Leonhard Euler quien propuso la sigma como el símbolo para abreviar
sumatorias, por ejemplo, en la expresión
que denota la suma de todos los números naturales desde el 1 hasta el
10. Aquí la notación es realmente densa: además de sigma, se indica el inicio y
principio de la suma y se utiliza i como el llamado índice de la sumatoria.
Todos esos embellecimientos de Σ fueron innovaciones posteriores a Euler.
Euler planteó utilizar sigma para abreviar sumatorias en su trabajo de
1755, de largo título: “Fundamentos del cálculo diferencial con aplicaciones al
análisis finito y series”. En latín anotó escuetamente: “Summam indicabimus
signo Sigma”. Se le ocurrió introducir Σ como la operación inversa a Δ, es
decir, al cálculo de diferencias finitas en una sucesión numérica. En su libro
los límites de la sumatoria no se escriben, se deducen del contexto y del texto
asociado. Curiosamente, en aquella obra de Euler el tipógrafo muchas veces
utilizó una M rotada 90 grados en dirección opuesta a las manecillas del reloj
en lugar de la sigma mayúscula, como se puede apreciar en la figura VII.2, un
facsímil de una parte del capítulo I, donde Euler propone la nueva notación.
Algunos de los símbolos de esa página son sigmas y otros son emes rotadas.
Pero Euler no llegó a la sigma por casualidad: le enmendó la plana a
Leibniz.
Figura VIII.2. Euler y el símbolo de sumatoria. En Institutiones calculi
differentialis cum eius usu in analysi finitorum ac doctrina serierum, 1755
(fuente: The Archive Euler).
Euler nació en Basilea en 1707, momento para el cual ya Gottfried
Leibniz e Isaac Newton habían inventado el cálculo diferencial e integral.
Leibniz utilizaba una S mayúscula estilizada como símbolo de integración (es
decir, ∫) lo mismo para sumar cantidades diferenciales que para sumatorias de
números. Por eso la notación de Leibniz en realidad era inconsistente, al
mezclar infinitesimales con diferencias finitas.
Las ecuaciones que utilizan diferencias finitas son muy importantes en
la actualidad para realizar cálculos estructurales en computadoras. Hoy día,
todos los ingenieros civiles se entrenan en ese tipo de métodos, por ejemplo,
para calcular puentes o estructuras de metal. La solución de ecuaciones de
diferencias finitas fue precisamente uno de los campos en los que Euler produjo
contribuciones notables, y por eso no sorprende que haya sido él quien fijara
la notación que hoy usamos para la sumatoria. En otras palabras, los símbolos d
de diferencial y ∫ de integral de Leibniz para variables continuas son lo que Δ
y Σ representan para variables discretas en la obra de Euler.
El camino para llegar a la sigma de sumatoria es interesante por lo
rebuscado. Como sabemos, el alfabeto griego se deriva del alfabeto fenicio. En
este último, la letra sin se escribía como nuestra W latina. Aparentemente, el
sonido asociado a esta letra era el comienzo de la palabra diente en fenicio (y
si se mira bien, una W semeja un molar). Los griegos adoptaron la letra fenicia
como una fricativa más, pero la rotaron 90 grados. En regiones del territorio
griego, por ejemplo, en Jonia, se escribía la letra como la sigma mayúscula que
hoy conocemos, Σ. Sin embargo, en Atenas se utilizaba una variante de sólo tres
segmentos, o sea
No fue hasta el siglo XIX cuando la notación de Euler se difundió en
Europa, aunque Lagrange la adoptó pocos años después de su introducción. Pero
así sucede, a veces, con innovaciones que hacen época: maduran y sólo se
imponen a lo largo de décadas.
§. Un suelo y un techo para los números
El siglo XX nos legó nuevos y variados símbolos matemáticos, pero es
raro que un símbolo venga de otra disciplina. La computación, que existe desde
1945 más o menos, ha producido algunas innovaciones simbólicas a través de los
lenguajes de programación.
Una de las más notables fue la creación de los símbolos para denotar la
parte entera de un número fraccionario x y también el entero más pequeño que es
mayor o igual a x. A estas funciones se les llama en inglés floor y ceiling, de
notación ⌊x⌋ y ⌈x⌉, respectivamente, que en español se podrían traducir como suelo y
techo) aunque generalmente decimos simplemente parte entera de x cuando nos
referimos a ⌊x⌋.
La función parte entera es muy útil en diversos contextos. Ya Gauss
había usado, en 1808, una notación con paréntesis cuadrados para denotar la
parte entera de un número. Aquella notación se usó intermitentemente hasta que
Kenneth Iverson (1920-2004) creó el lenguaje de programación APL (A Programming
Language), lleno de símbolos para denotar operaciones matriciales y
algebraicas.
Iverson era empleado de IBM y diseñó su lenguaje de programación de 1957
a 1962 (en el papel). Fue un esfúerzo heroico, puesto que en esos años todavía
no existía un lenguaje estándar de programación. Los lenguajes más populares de
los años sesenta, Fortran, Cobol y Lisp, se encontraban en desarrollo en la
década de 1950 y, en cierto sentido, eran competidores de APL.
Figura VIII.3. Teclado que muestra todos los símbolos del lenguaje apl
(fuente: Wikimedia Commons).
Pero mientras Fortran estaba orientado a la ingeniería, Cobol a los
negocios y Lisp a la inteligencia artificial, APL estaba pensado como un
lenguaje muy conciso apropiado para las matemáticas aplicadas y los cálculos
científicos. Para programar en APL había que utilizar un teclado especial; una
mirada a los símbolos del teclado nos muestra la libertad gráfica que Iverson
se tomó para crear sus operadores. Oprimiendo una tecla especial se podían
seleccionar los símbolos de APL en el teclado o las letras latinas.
Llama la atención, sin embargo, que en el APL maduro la función parte
entera utilice solamente el primer paréntesis, es decir, la parte entera de x
se escribe como ⌊x. Por consistencia, el valor absoluto de x se escribe en APL como ⌊x. Como función de dos argumentos, la expresión A[B
denota al mayor de dos números. A pesar de que en las primeras versiones
teóricas de APL aún se cerraban los paréntesis de las funciones floor y ceiling
en las versiones ya ejecutables se dejó de hacerlo para que las funciones de un
argumento (monádicas) tuvieran una sintaxis uniforme.
El APL quiso ser, en parte, lo que Matlab o el lenguaje R representan
hoy en día. Pero a diferencia de estos lenguajes, los programas escritos en APL
tienen una apariencia funcional. Todo se hace con operadores y funciones
actuando sobre matrices, para evitar lo más posible los loops, es decir, largos
ciclos de operaciones. Un programa escrito en APL es, después de unos días,
ininteligible, pues se pueden apilar funciones una sobre otra en un solo
renglón. Iverson primero desarrolló APL en Harvard para dar cursos de cálculo
científico y sólo más tarde fue llamado a IBM para escribir una implementación
para esa compañía. A APL se le nota haber nacido en la torre de marfil.
Curiosamente, en IBM se utilizaba al principio APL, no para calcular,
sino para especificar sistemas y su funcionamiento esperado. Por ejemplo, parte
de la descripción del sistema de computadoras 360 de IBM se hizo en APL. Y a
pesar de que APL ha estado descontinuado durante décadas, todavía hay reuniones
y conferencias de nostálgicos usuarios.
La notación monódica de floor y ceiling, sin cerrar los paréntesis,
nunca se pudo imponer en la academia. Una vez que los primeros libros sobre
algoritmos y cálculo científico comenzaron a aparecer, la notación de Iverson
fue adoptada, pero en su forma original, cerrando los paréntesis truncados.
En 1979 Ken Iverson recibió el Premio Turing, algo así como el Premio
Nobel de la computación. En su discurso de aceptación hizo hincapié en que una
notación correcta y elegante puede ser un instrumento del pensamiento. No
solamente se trata, en sistemas notacionales, de especificar algo, sino, sobre
todo, de poder manipular expresiones y poder visualizar todas sus extensiones y
vericuetos. En este sentido, adoptar una notación efectiva no es tomar pincel y
pintura, sino, más bien, trabajar con desarmador y pinzas. Se trata de
construir y de-construir estructuras teóricas, que es la esencia del quehacer
matemático.
§. El símbolo binomial
El famoso teorema del binomio fue planteado de manera algebraica por
Isaac Newton en 1665, generalizado para exponentes racionales. Para exponentes
enteros el teorema del binomio se escribe de la siguiente manera:
Esta expresión nos permite calcular rápidamente los sumandos de la
expansión de la enésima potencia de x + a. En la expresión
aparecen una sumatoria, potencias y además el símbolo binomial. El
binomial
El símbolo binomial fue propuesto por el matemático y físico alemán
Andreas Freiherr von Ettingshausen, en 1826, en su libro Die combinatorische
Analysis (Análisis combinatorio). El símbolo también aparece en su libro de
texto Vorlesungen über die höhere Mathematik) de 1827. Von Ettingshausen nació
en Heidelberg —en 1796—, pero pasó la mayor parte de su vida profesional
trabajando en Austria (Innsbruck y Viena). Es posible que Leonhard Euler
(1707-1783) le haya proporcionado la inspiración para proponer su propio
símbolo. Euler utilizaba una notación para binomiales muy parecida a la actual,
pero con una línea horizontal divisoria. En su trabajo “De evolutione
potestatis polynomialis cuiuscunque (1 + x + x2 + x3 +
x4 + etc.)"”, leído en la Academia de San Petersburgo en
1778, Euler mostró cómo desarrollar la enésima potencia de expresiones con más
de dos sumandos. El facsímil (figura VIII.4) muestra la notación de Euler. Sin
embargo, este trabajo no fue publicado hasta 1801, en Nova Acta Academias
Scientarum Imperialis Petropoliticae. Debido al prestigio de Euler, es posible
que su notación se haya extendido en Europa hasta que Von Ettingshausen la
simplificó.
Figura VIII.4. Notación para el binomial en 1801) en De evolutione
potestatis polynomialis cuiuscunque (1 + x + x2 + x3 +
x4 + etc.)", Leonhard Euler) Nova Acta Academiae
Scientarum Imperialis Petropolitinae) 1801) 12: 47-57 (fuente: The Archive
Euler).
El procedimiento empírico para generar los coeficientes de la enésima
potencia de x + a era conocido en muchas culturas. La lista de
matemáticos con técnicas para generar los coeficientes binomiales es larga e
ilustre: Chia Hsien en China (1050), al-Karaji (alrededor de 1100), Ornar
al-Khayyami (1080), Bhas- kara Acharya (1150), al-Samaw’al (1175), Yang Hui
(1261), Tshu shi Kih (1303), Shih-Chieh Chu (1303).
Los matemáticos europeos comenzaron a escribir sobre los coeficientes
binomiales en el siglo XVI. Michael Stifel publicó en su Aritmética integra) de
1544, una de las primeras versiones conocidas en Europa del llamado triángulo
de Pascal Cada renglón del triángulo de Stifel corresponde a la mitad de cada
renglón del triángulo de Pascal y sin incluir el 1. Los chinos y los árabes
también contaban con sus propias versiones del triángulo mucho antes de que
apareciera Pascal en escena. Pero el método de generación de los coeficientes
es evidente en la representación de Pascal, y quizá por eso pudo imprimir su
nombre al método de generación de los coeficientes. Pascal escribió numerosos y
breves tratados sobre las propiedades del triángulo y sus generalizaciones, que
sólo fueron publicados póstumamente, en 1665, con el título Traité du Mangle
arithmétique) avec quelques autres petits traiteés sur la méme matière. En
estos escritos Pascal mostró que los coeficientes binomiales correspondían a
permutaciones de a objetos tomados k a la vez, y de qué manera esto se podía
utilizar en el aún incipiente cálculo de probabilidades.
Figura VIII.5 a y b. El triángulo de Pascal. La imagen derecha proviene del
manuscrito original de Blaise Pascal titulado Traite du triangle arithmétique,
de 1654.
Figura VIII.6. El símbolo binomial de Freiherr von Ettingshause) en Die
combinatorische Analysis ais Vorbereitungslehre zum Studium der theoretischen
hohern Mathematik, Andreas von Ettingshausen, Druck und Verlagvon I. B.
Wallishausser, Viena, 1826.
Capítulo IX
Áreas varias
Contenido:
§. El símbolo invisible: la convención de Einstein
§. La cajita de Halmos
§. El seno de teta y la trigonometría
§. El símbolo de congruencia y aritmética en miniatura
§. Las matrices: la estructura madre
§. Publicar o morir. Las primeras revistas científicas
§. El símbolo invisible: la convención de Einstein
En 1916 Albert Einstein era profesor de física en Berlín, y se
encontraba en plena carrera para lograr condensar su teoría general de la
gravitación en una sola ecuación basada en los llamados tensores. Fue
entonces cuando hizo su mayor contribución al simbolismo matemático, lo que
ahora denominamos la convención de Einstein. En expresiones
con símbolos de sumatoria, por ejemplo, en la expresión
los productos de variables requieren la repetición de un índice (j en
este caso). Resulta más económico escribir simplemente
aij bjk
y el símbolo de sumatoria lo consideramos implícitamente dado por la
presencia de los subíndices j repetidos. La suma se extiende sobre todos los
componentes del vector, matriz o tensor involucrado en la operación.
Cuando se utiliza la convención, los índices empleados para la sumatoria
sólo pueden aparecer dos veces; de lo contrario, habría una ambigüedad.
Figura IX.1. Fragmento de “Die Grundlage der allgemeinen
Relativitätstheorie” (Fundamentos de la Teoría General de la Relatividad) de
Albert Einstein) Annalen der Physik, IV vol. 49, núm. 7, 1916.
Einstein escribió años después a su amigo Kollros:
“He hecho un gran descubrimiento matemático; he suprimido el símbolo de
sumatoria cada vez que la suma se hace sobre un índice que aparece dos veces”.
Figura IX.2. Albert Einstein en 1947, The Library of Congress (fuente:
Wikimedia Commons).
Una demostración matemática es a veces un paseo bucólico, pero muchas
otras es un verdadero maratón. Por eso los matemáticos proclaman, al final del
arduo trayecto, que se ha llegado a la meta, como aquellos corredores que
agotados elevan los brazos al cielo al romper el listón que marca el final del
martirio. Para pregonar la meta alcanzada, los matemáticos utilizan al final de
sus demostraciones la abreviatura Q. E. D. (o simplemente qed), que en latín
significa quod erat demonstrandum) es decir, como teníamos
que demostrar. Para hacer más ameno el asunto, el matemático
húngaro-estadunidense Paul Halmos introdujo hace algunas décadas una
abstracción tipográfica que tiene el mismo significado. Se trata simplemente de
un cuadrito, llamado caja de Halmos) que se coloca al final de
una demostración. Es como un punto final sobredimensionado, casi un signo de
admiración para los iniciados, un desafiante “¿no qué no?”, un portazo con el
que nos despedimos. Es como ahora, cuando el artista tira el micrófono. ■
Esta compulsión a proclamar el final de una demostración es muy arcaica.
Ya desde Euclides de Alejandría se utilizaba alguna frase especial para marcar
el final del razonamiento. Los matemáticos de Babilonia y la India nunca
necesitaron realmente una expresión similar, puesto que rara vez escribían una
demostración. Ese privilegio, el de ser los primeros matemáticos rigurosos y
con un método axiomático, les pertenece a los griegos y a nadie más. Pero la
frase que Euclides y posiblemente otros de sus contemporáneos usaban era hóper
édei deixai) que se puede traducir como precisamente aquello
que había que demostrar. Ésta se abreviaba con las letras griegas OEA. Además,
si la demostración era constructiva, como cuando se monta una figura geométrica
con regla y compás, terminaban diciendo como había que hacer.
Pero llegaron los traductores europeos y cambiaron ligera-mente las
expresiones y sus abreviaturas. La primera impresión de la traducción del
griego al latín de los Elementos de Euclides fue preparada por
Bartholomew Zamberti en 1505, en Venecia. En esa misma ciudad ya se había
impreso una traducción del árabe en 1482 (o sea, una doble traducción, primero
del griego al árabe y de ese idioma al latín). Por eso se cree que las tres
letras qed se utilizaron por primera vez en la edición de Zamberti. En las viejas
traducciones dobles a veces se escribía Et hoe est quod demónstrate
iateadimus, que suena menos contundente que qed, ya que significa
y esto es lo que nos proponíamos demostrar. Por otro lado,
para el quod erat faciendum) de las pruebas constructivas, se
utilizaba qef.
Después de Euclides muchos otros matemáticos adoptaron también la
costumbre de cerrar con qed. En el caso de los científicos se explica, pero no
tanto en el del filósofo Baruch de Spinoza (1632-1677), quien para su
formalización cuasimatemática de la filosofía adoptó algo similar al método
axiomático. Ya el título de uno de sus libros más célebres anuncia lo que
viene: Ética: demostrada por el método geométrico. El libro
comienza con definiciones, axiomas metafísicos, y continúa proposición tras
proposición, cerrando muchas de ellas con qed. Este asalto a la razón comienza
probando cosas como que dos sustancias de naturaleza diferente no tienen nada
en común, y termina con la proposición 42, que habla de la virtud y la define.
Después de Spinoza, sólo Ludwig Wittgenstein se atrevería a seguir tan
estrictamente el modas mathematicus en un texto filosófico,
su Tractatus logico-philosophicus de 1921, que renuncia al qed
pero numera todas las proposiciones en el texto siguiendo un esquema de varios
niveles.
Galileo Galilei, quien vivió en lo que ahora es Italia y escribió en
latín, fue mucho más prolífico para promulgar el final de sus demostraciones.
Lo mismo escribía quod erat probandum que quod erat
ostendendum) o bien, quod erat faciendum, quod erat
determinandum, y hasta quod eratpropositum, expresiones
que en español se entienden por sí solas (ostendendum significa
aclarar).
Algunos matemáticos son más atrevidos: no sólo se anuncian al llegar,
sino desde que salen. Para ello escriben quod esset demonstrandum) es
decir, como tenemos que demostrar. Que una demostración
matemática es algo así como una galopada o persecución a campo traviesa nos lo
muestra también el famoso símbolo que representa una curva peligrosa (es
decir, una parte difícil del texto), introducido por el grupo Bourbaki en las
matemáticas y canonizado por Donald Knuth en su sistema tipográfico TeX. Se ve
así:
Paul Halmos introdujo su ahora famosa caja en su libro
sobre teoría de la medida, de 1950, para sustituir al qed. Después explicó en
su autobiografía: “El símbolo, definitivamente, no es invención mía. Se usaba
en revistas populares (no revistas matemáticas) antes de que yo lo adoptara.
Creo que yo fui quien lo introdujo en las matemáticas [...]. Al símbolo a veces
se le llama la lápida) pero un autor generoso lo llegó a
llamar el halmos”.
La cajita de Halmos es quizás uno de los símbolos más famosos en
matemáticas, aún más que el bourbakiano de virago dangereux. Es
algo así como la celebración de la llegada agitando la bandera de cuadros
negros y blancos. ■
§. El seno de teta y la trigonometría
Me encontré con la trigonometría en la escuela secundaria, pero en esa
época nadie me explicó el origen de este vocablo que tanta aprensión produce en
los escolares. Proviene del griego trigónos) que significa
triángulo, compuesto de la raíz indoeuropea trei) que quiere
decir tres, y la partícula gónia) que se refiere a un ángulo.
O sea, trigónos quiere decir inicialmente tres
ángulos. Métron, por su parte, es la palabra griega que significa
medir, como en geometría) que se puede traducir como medición
de la tierra (geó). Así que cuando decimos que estudiamos
trigonometría, lo único que estamos afirmando es que nos dedicamos a medir
triángulos. Suena menos espectacular y misterioso.
La trigonometría nos remite a las matemáticas de regla y compás, al
estudio de figuras elementales y sus propiedades. Aún recuerdo las enormes
escuadras y compases que manipulaban los profesores de matemáticas con gran
destreza sobre el pizarrón. Alguien con ese dominio de la trigonometría se
puede decir que es un graduado de la vida.
Otra cosa que nunca me explicaron es por qué en la trigonometría
aparecen términos técnicos como las funciones seno, coseno y tangente. El seno
de teta es una expresión matemática irreprochable, pero claro que es
objeto de la hilaridad estudiantil. Resulta, sin embargo, que la terminología
tiene su origen en una desafortunada traducción del árabe. Pero expliquemos.
Se puede trabajar con triángulos rectángulos inscribiéndolos en círculos
de radio 1 para que así la hipotenusa tenga longitud también 1, como se puede
apreciar en la figura IX.3. La longitud del lado opuesto al ángulo 0 es lo que
llamamos entonces el seno de θ, y la longitud del lado
adyacente a θ es el coseno del mismo ángulo. Del diagrama es
claro que el seno de θ representa la mitad del largo del corte en color rojo,
que es lo que llamamos una cuerda del círculo. El seno de θ es
la mitad de la cuerda, es decir, lo podríamos llamar la semicuerda correspondiente
al ángulo θ.
Figura IX.3. Construcción geométrica del seno) el coseno y la tangente (a la
derecha) de un ángulo θ.
El lado adyacente al ángulo θ tiene una longitud que se denomina coseno de
θ. Co-seno, por ser el complemento del seno de θ.
Con una construcción así no es necesario definir el seno de 0 como la
razón entre el lado opuesto al ángulo y la hipotenusa (que en esta construcción
siempre tiene longitud 1). El seno de θ es simplemente la longitud mostrada en
el diagrama. Lo mismo se puede hacer para definir la llamada tangente de 0. En
la parte derecha del diagrama hemos amplificado el triángulo
original preservando sus ángulos, para que así el lado horizontal tenga ahora
longitud 1. En ese caso, la llamada tangente de θ es la
longitud del lado vertical del triángulo gris. Es claro por qué se le llama
tangente a este segmento, ya que toca el círculo en un solo
punto. Resulta, entonces, que las palabras sinus, co-sinus y tangeas (tocar)
nos remiten al latín y a este tipo de construcciones geométricas de triángulos
construidos con un círculo como referencia.
Pero sabiendo todo esto, ¿por qué decimos seno de θ y no semicuerda de
θ? Ha habido muchas controversias al respecto, pero la teoría que parece más
plausible traza el origen de la palabra a sus raíces árabes. Los árabes
absorbieron la trigonometría de los indios, añadieron sus propias
contribuciones y reexportaron el resultado a Europa. Hace ya más de quince
siglos el matemático indio Áryabhata elaboró tablas de semicuerdas) que
sabemos son equivalentes al seno de un ángulo en un círculo de radio 1. El vocablo
utilizado por Áryabhata para identificar la semicuerda fue jya) que
los árabes pronunciaban como jiba. Recordemos que en el idioma
árabe no se escriben las vocales, sólo las consonantes, y por eso jifia se
convirtió en algo así como jfi. Cuando los primeros frailes y matemáticos
europeos se dieron a la tarea de traducir el legado científico de los árabes,
no interpretaron correctamente lo que leían y de esa manera (alrededor de 1150
d.C.) confundieron la palabra original con jaib, que significa
seno (sinus en latín). Los causantes de esta confusión fueron
Gerardo de Cremona y Robert de Chester, quienes no supieron adivinar las
vocales correctas. El vocablo sinus se refiere a una curva
cóncava, una cavidad o una bahía, o sea, a algo curvo, ya que
la palabra tiene muchas acepciones. La idea original, la del diagrama de la
semicuerda, quedó sepultada bajo el detritus de la nueva traducción y
contribuyó indirectamente a oscurecer el concepto mismo del seno de un ángulo.
Lo que siguió fueron muchas décadas sin una notación realmente
estandarizada. Durante el siglo XVII se utilizaron las abreviaciones sin,
sin. y sine para denotar el seno de un ángulo.
Algunos autores comenzaron a utilizar cos y también tan, con
o sin punto, para denotar el coseno y la tangente de un ángulo. Fue apenas con
el extenso tratado de Leonhard Euler Introductio in analysin
infinitorum, de 1748 —con el que el matemático suizo pudo presentar
una definición de las funciones trigonométricas basadas en series—, como se
comenzó a extender la notación sin., cos, tang. y cot. para
el seno, el coseno, la tangente y la cotangente de un ángulo. Con el tiempo se
omitiría el punto, y la g en la tangente.
Curiosamente, en muchas ocasiones se utiliza la letra θ para hablar de
un ángulo variable, así como generalmente utilizamos la letra x para denotar la
incógnita de una ecuación. Esta letra griega fue tomada del alfabeto fenicio.
Aparentemente, el símbolo fenicio representa una rueda; es parecido al símbolo ⊗. Los griegos simplificaron la escritura
conservando una sola línea y así se llegó a θ. La pronunciación en griego de th
es similar a la que se utiliza en inglés, es una fricativa. Y es aquí donde la
etimología conspira para confundirnos. El vocablo griego theta, por
lo explicado, no tiene nada que ver con la raíz indoeuropea de donde se deriva
la palabra española teta. Tiene una pronunciación muy distinta. Pero los senos
son también sinus en latín porque su perfil es el de una curva
o bahía (recordemos el puerto de Ensenada). Y así llegamos a la desafortunada
locución seno de teta que tanta hilaridad produce en el salón
de clases.
§. El símbolo de congruencia y aritmética en miniatura
Los matemáticos lo mismo construyen objetos matemáticos infinitos, de
gran complejidad, que mundos en miniatura, en los cuales podemos recrearnos
experimentando con las mismas propiedades algebraicas que cuando operamos con
conjuntos numéricos infinitos. Un ejemplo de estos mundos miniatura son
los llamados campos numéricos finitos. En un campo tenemos
algunos números y dos operaciones. En el campo de los números racionales, por
ejemplo, tenemos todas las fracciones de enteros y dos operaciones: la adición y
la multiplicación. Además, tenemos el 0 para la adición y el 1 para la
multiplicación como números de referencia. Cada número racional tiene una
inversa aditiva (la inversa aditiva de -5 es el 5) y una inversa multiplicativa
(la inversa multiplicativa de 3 es 1/3). Sólo el 0 carece de inversa
multiplicativa. Estas y otras propiedades, como la conmutatividad y la
asociatividad de las operaciones, definen a un campo.
Un campo finito de números podría ser, por ejemplo, la secuencia de
cinco números 0,1, 2, 3,4, que son todos los posibles residuos en la división
de enteros positivos con el divisor 5. Para estos números, el 5 es el módulo que
los genera. Si pensamos que los cinco residuos están organizados en una línea
numérica circular, es decir, que después del 4 regresamos al 0, entonces
podemos definir la adición fácilmente.
Si calculamos 4+1 regresamos al 0, si calculamos 4 + 2 llegamos al 1, y
así sucesivamente. Como 4 + 1 = 0, resulta que la inversa aditiva de 4 es 1. Es
fácil ver que 2 es la inversa aditiva de 3, y viceversa.
Algo parecido sucede con la multiplicación. Una manera de definirla es
multiplicar los números de la forma usual y calcular el residuo que se obtiene
al dividir por 5. Por ejemplo, el residuo de 4 × 4 módulo 5 es 1. O sea que 4 ×
4 = 1 en este campo finito y el 4 es su propia inversa multiplicativa. Es fácil
ver que cualquiera de los números del 1 al 4 tiene una inversa multiplicativa
de la manera en que la hemos definido (y que el 0 no la necesita).
Parece extraño, pero un mundo en miniatura como éste, con sólo los
dígitos del 0 al 4, exhibe casi todas las propiedades de los números
racionales. En las computadoras, que tienen recursos limitados, se utilizan
estos campos modulares para operar con números y realizar muchos cálculos
interesantes. La base de todo es el arreglo en un anillo de los números, que
tiene su origen en la idea de congruencia. Se dice que dos números
enteros a y b son congruentes, módulo a, si
el residuo de la división por a es el mismo en ambos casos.
Escribimos a = b mod n, o simplemente a = b, si
el módulo es conocido del contexto. En el ejemplo de arriba, resulta que 6 = 1
mod 5.
El símbolo de congruencia aritmética (módulo algún número entero) fue
introducido por el gran matemático alemán Carl Friedrich Gauss (1777-1855) en
su obra Disquisitiones arithmeticae) publicada en Leipzig en
1801, aunque ya lo había usado en escritos personales. Las Disquisitiones son
notables, porque es éste el primer estudio sistemático de lo que se llama la
aritmética modular. Como se mostró arriba, en este tipo de aritmética fijamos
un entero k (el módulo) y los únicos números que utilizamos
son todos los enteros del 0 a k- 1. Un entero (n módulo
k) es el residuo entero de la división de n por k.
La aritmética modular es muy importante en el álgebra y en la teoría de
los números porque, a pesar de que manejamos un número finito de números (al
fijar el módulo k), las operaciones aritméticas están bien
definidas y nos permiten trabajar con las operaciones inversas.
Figura IX.4. Párrafo de Disquisitiones Arithmeticae de Gauss con la
definición del símbolo de congruencia (Gerhard Fleischer Verlag) Leipzig, 1801,
p. 2).
En la criptografía el tipo de matemáticas que se utiliza es precisamente
modular, y algoritmos criptográficos, como el algoritmo RSA, hacen amplio uso
de las propiedades de la aritmética en campos finitos.
Antes de Gauss, el matemático francés Adrien-Marie Legen- dre
(1752-1833) había utilizado el símbolo de igualdad para denotar congruencia.
Pero si no se cuenta con el contexto de las fórmulas, con esa notación se
podría confundir una congruencia con una igualdad verdadera. La figura IX.4
muestra cómo anuncia Gauss la definición del símbolo = en sus Disquisiciones: “A
partir de aquí denotaremos la congruencia por el símbolo ≡, agregando el módulo
entre paréntesis cuando sea necesario, por ejemplo, en -16 ≡ 9 (mod 5)”. Habría
que agregar que Leibniz tenía su propia notación para congruencia, la cual
consistía en una tilde arriba del signo de igualdad. No sabemos si la notación
de Leibniz influyó sobre Gauss, pero la notación de Leibniz es aún usada, como
cuando escribimos 5 ≅ 0 (mod 5)
Una última reflexión sobre el origen del nombre campo para
los números racionales y para los campos finitos es apropiada aquí. En alemán
se utiliza la palabra Körper (cuerpo) para referirse a lo que
en inglés se llama fields y en español campos. El
alemán Richard Dedekind fue quien introdujo este concepto y explicó en su libro
sobre teoría de los números, de 1871, por qué llamaba cuerpos a
estas estructuras numéricas: “Esta designación debe denotar, de manera similar
a lo que sucede en las ciencias naturales, en la geometría y en la sociedad
humana, un sistema que es hasta cierto grado completo, perfecto y cerrado, por
lo que se nos presenta como un todo orgánico, como una unidad natural”. Cómo se
transformó este concepto en un field en la literatura inglesa
es algo que los historiadores de matemáticas aún deben esclarecer.
§. Las matrices: la estructura madre
Las matrices, arreglos rectangulares de números, surgen de manera
natural cuando se consideran sistemas de a ecuaciones lineales
con m incógnitas y métodos para encontrar una solución. Escribiendo los
coeficientes de las ecuaciones en el orden de las variables y abstrayendo del
signo de adición obtenemos una matriz.
Los matemáticos no se conforman con definir objetos; están siempre a la
búsqueda de lo que llaman estructura en los entes matemáticos
que postulan. Lo interesante de las matrices es, precisamente, que exhiben
muchas de las propiedades algebraicas a las que estamos acostumbrados. Si A
y B representan matrices cuadradas con el mismo número de
renglones y columnas, las podemos sumar, sustraer y multiplicar (A + B,
A - B, AB). Si la matriz A tiene una inversa A-1, entonces
AA1 = I, donde I representa
la matriz identidad. Podemos calcular potencias de matrices y proponer
ecuaciones matriciales para resolverlas. Lo más diferente de las propiedades
algebraicas usuales es que el producto de matrices no es, en general,
conmutativo.
Al concepto de matriz se llegó por las ecuaciones lineales y la teoría
de determinantes, ya estudiadas en el siglo XVI por Cardano, quien investigó
determinantes para dos ecuaciones con dos incógnitas. Leibniz, un siglo
después, mostró cómo utilizarlos para la solución de ecuaciones lineales, hasta
que Cramer, en 1750, pudo dar una fórmula general para la solución de sistemas
de ecuaciones en términos de determinantes. Como vemos, el concepto de
determinante se remonta a los siglos XVI y XVII, mientras que la moderna teoría
de matrices surge apenas en el siglo XIX como área de conocimiento
cuidadosamente organizada.
James Joseph Sylvester (1814-1897), matemático inglés y el primer judío
practicante aceptado para estudiar en Cambridge, fue quien le dio su nombre a
las matrices. Esto es lo que escribió Sylvester, en 1850, en su trabajo
“Additions to the articles ‘On a new class of theorems’ and ‘On Pascal's
theorern “Con este fin comenzamos, no con un cuadrado, sino con un arreglo
rectangular de términos, que consiste en m renglones y n columnas. Esto no
representa al determinante, sino a una matriz de la cual podemos formar varios
sistemas de determinantes [...]”. Aquí Sylvester utiliza el término matriz en
su acepción latina, que nos remite etimológicamente a la palabra mater (madre),
de donde se generó el vocablo que de manera genérica se puede interpretar
también como molde. Una matriz sería, en matemáticas, algo así
como una estructura madre para organizar los coeficientes de
sistemas de ecuaciones.
Pero fue otro matemático británico quien introdujo la notación moderna
para las matrices, como un arreglo de números entre paréntesis. Se trata de
Arthur Cayley (1821-1895), quien unificó y sistematizó el estudio de las
matrices.
Figura IX.5. Definición de matriz en “Additions to the articles ‘On a new
class of theorems' and ‘On Pascal’s theorem’”) en The Collected Mathematical
Papers of James Joseph Sylvester, vol. I (1837-1853), American Mathematical
Society, Rhode Island, 2000) p. 150.
En dos trabajos, “Remarques sur la notation des fonctions algébriques”
de 1855 y “A Memoir on the Theory of Matrices” de 1857, propuso una
representación como la que se puede apreciar en las figuras IX.6 y IX.7. En el
texto en francés, Cayley utilizó líneas verticales para delimitar la matriz. En
el segundo trabajo, el primer renglón de la matriz está contenido entre
paréntesis y el resto entre líneas verticales. Es en la Memoria donde Cayley
desarrolla un álgebra para el conjunto de matrices, definiendo su adición y
multiplicación. Por la forma en que está escrita la Memoria, es evidente que
muchas de estas propiedades no son nuevas, pero Cayley resume y sistematiza
todo el conocimiento de sus contemporáneos relativo al álgebra matricial.
Sin embargo, no fue en Europa donde por primera vez se operó con
arreglos de números. En las matemáticas chinas existían técnicas para resolver
sistemas de ecuaciones lineales. En Los nueve capítulos sobre arte
matemático o Jiûzhang Suànshü, escritos entre los años 200 y
300 de nuestra era, se utilizan arreglos con el nombre de Fangcheng (Td fü).
Figura IX.6. La notación de Cayley para matrices en “Remarques sur la
notation des fonctions algébriques”, Journal für die reine und angewandte
Mathematik, vol. 1855, núm. 50, De Gruyter, Berlín, 1855, p. 282.
El manuscrito muestra cómo emplear la llamada reducción gaussiana, y en
el capítulo 7 se utilizan los determinantes. Este texto fue desconocido en el
resto de Asia y en Europa, y por eso en Europa se tuvo que redescubrir toda esa
teoría.
Figura IX.7. Ejemplo de una matriz de acuerdo con los escritos de Cayley.
Esta ejemplificaáon se encuentra en su texto “A Memoir on tile Theory of
Matrices”) Philosophical Transactions of the Royal Society of London, vol. 148
(1858), p. 17.
Figura IX.8. Tabla de fangcheng en el antiguo manuscrito Jiüzháng Suánshú,
conocido en español como Los nueve capítulos sobre arte matemático, que data de
la época de la dinastía Zhoii. En ella se representan problemas con múltiples
variables para su resolución, lo cual nos presenta un principio similar al de
Gauss.
§. Publicar o morir. Las primeras revistas científicas
En la física se estudia un fenómeno llamado cambio de fase. Por
ejemplo, cuando enfriamos agua existe una temperatura crítica en la que pasa de
ser un fluido a ser un sólido (es decir, se congela). Otro ejemplo son los
grafos aleatorios: si tenemos un conjunto de nodos y comenzamos a conectarlos
con cantos seleccionados al azar, se van formando grumos poco
a poco, es decir, subgrupos de nodos en los que se puede pasar de uno a otro
siguiendo los cantos que hemos añadido, como si fueran carreteras, aunque los
grumos aún estén aislados entre sí. Pero si se siguen agregando cantos, de
pronto el grafo pasa a estar completamente conectado. Es decir, podemos viajar
de un nodo a cualquier otro dentro del grafo. Es esto un cambio de la
fase desconexión a la fase conexión total.
Siguiendo con el ejemplo de los grafos, podemos pensar en la
colaboración científica como una red social donde dos autores están conectados
si interactúan de alguna manera. Los matemáticos del siglo XVII más conectados,
por ejemplo, Gottfried von Leibniz, son nodos centrales de un
grafo así, ya que sabemos que Leibniz dejó más de veinte mil cartas dirigidas a
mil trescientos científicos europeos. Esos nodos centrales o conectores (hubs en
inglés) sirven para enlazar a todos con todos con un número mínimo de pasos
intermedios. Pues bien, es precisamente en el siglo XVII cuando las ciencias,
en particular las matemáticas, atraviesan por un cambio de fase intelectual con
la creación de nuevos hubs) que ya no son tanto personas
famosas, sino revistas y sociedades científicas que ahora sí van a conectar a
cada matemático con cualquier otro a través de órganos centrales de difusión.
Ya no será posible mantener tradiciones matemáticas regionales en las diversas
zonas culturales de Europa, cada una con su peculiar notación.
Este cambio de calidad se produce alrededor de la época en la que Newton
y Leibniz están más activos y el cálculo diferencial e integral está surgiendo.
Si hasta esa época muchos resultados matemáticos se comunicaban a través de
libros o por correspondencia, es en este siglo cuando se pasa a escribir papers, es
decir, trabajos para revistas especializadas. Ello estableció un nuevo tipo de
conector en la comunidad matemática que hasta hoy prevalece.
Siguiendo el ejemplo clásico de la Academia de Platón, en el siglo XVII
se forman sociedades con el propósito de fomentar las ciencias y la erudición
en todos los campos. Las primeras agrupaciones científicas importantes son por
eso las academias de los diferentes países europeos, como la
Royal Society (fundada en 1660), la Academia Prusiana (fundada por Leibniz en
1700) y la Academia de París (fundada en 1666).
La primera revista científica del mundo se publicó sólo algunos años en
Francia, pero la segunda fue la famosa Philoophical Transactions of the
Royal Society) fundada en 1665. En aquella época aún había que
convencer a los científicos de que publicaran sus resultados, ya que no existía
la costumbre. Al mismo Newton hubo que persuadirlo de que comunicara su diseño
de un telescopio parabólico para poder proteger la prioridad de la invención.
Progresivamente, las revistas fueron adquiriendo más autores y más lectores,
así como competidores en otros países.
Una revista muy relevante en la región cultural alemana fue el Acta
Eruditorum) fundada por Leibniz en 1682, en Leipzig. Ésta era una
revista para todo tipo de temas científicos. Ahí Leibniz publicó decenas de
trabajos que dieron forma a la notación matemática en la Europa continental. En
1684, por ejemplo, introdujo la notación dx para la
diferencial de x, precisamente en un artículo publicado en el Acta. En
los primeros años de su existencia, una sexta parte de los artículos publicados
por este órgano fueron trabajos matemáticos. El Acta fue muy
importante para difundir notaciones para el cálculo. Una pequeña mués- tra del
poder de los editores de la revista fue un aviso de 1708 para colaboradores
potenciales:
En el futuro usaremos en esta Acta los símbolos de Leibniz [...].
Preferimos los paréntesis a las líneas que abarcan expresiones, y para la
multiplicación simplemente la coma [...]. La división se indica con dos puntos
[...] por eso a : b = f [...] en lo referente a las potencias [...] las
designamos por (aa + bb)m [...]. No dudamos que todos los
geómetras que lean el Acta reconocerán la excelencia de los símbolos de Leibniz
y estarán de acuerdo con nosotros.
Si buscáramos la primera revista fundada exclusivamente para las
matemáticas, sería difícil seleccionar una. Los primeros intentos de
publicación al margen de las academias desaparecieron rápidamente, sin dejar
huella, como fue el caso de la revista Beyträge zur Aufnahme der
theoretischea Mathematik) que sólo sobrevivió tres años.
Figura IX.9. Annales de mathématiques pures et appliquées (Anales de
matemáticas puras y aplicadas), revista publicada en Francia de 1810 a 1831
(fuente: Wikimedia Commons).
Otro intento, también efímero, fue la revista Leipziger Magazin
für reine und angewandte Mathematik) fundada en 1786 por Carl
Friedrich Hindenburg y Jean Bernoulli. Sin embargo, Hindenburg no bajó las
velas y comenzó a publicar en 1795 el Archiv der reinen und angewandten
Mathematik) del que se editaron 11 volúmenes hasta 1800.
En el siglo XIX surgieron las primeras revistas de matemáticas de gran
impacto, por ejemplo, los Annales des mathematiques pures et appliquées (figura
IX.9), que se editaron durante 22 años en París, comenzando en 1810. Pero el
verdadero campeón en longevidad es el Journal für die Reine und
Angewandte Mathematik) fundado en 1826 por August Leopold Crelle y que
¡subsiste hasta la actualidad! Esta revista, que era llamada simplemente
el Journal de Crelle) atrajo a los más renombrados matemáticos
de Alemania para que reportaran resultados originales en sus páginas.
Figura ix.10. Acta Erditorum, fundada en 1682 en Leipzig (fuente: Wikimedia
Commons).
El ejemplo se extendió a otros países, y en 1836 Joseph Liouville
encabezó el Journal des mathématiques pures et appliquées en
Francia.
Muchas otras revistas matemáticas fueron establecidas en los años
siguientes y la misma comunidad comenzó a organizarse en sociedades
profesionales: en Inglaterra en 1865, en Francia en 1872, en los Estados Unidos
en 1888 y en Alemania en 1890. Así, en el espacio de dos siglos se pasó
del Acta Eruditorium y de la Philosophical
Transactions of the Royal Society a organizaciones profesionales
especialmente dedicadas a organizar congresos de matemáticas y ocupadas en
publicar nuevos resultados.
La red social de los matemáticos quedaba así completamente conectada.
Epílogo
Toda ciencia es un periplo argumental en el que al final regresamos al
punto de partida, como en la dialéctica de Hegel. En estas páginas hemos
cubierto la historia de muchos símbolos matemáticos y nos faltarían aún más,
pero los símbolos que hemos rastreado representan quizá 95% de los símbolos más
importantes usados en textos universitarios de matemáticas. Símbolos que nos
han faltado, como el asterisco y las variaciones de símbolos, como ≤, ≥, ∓, ≪, ≫, ≠, ∄, ℛ, ⋞, +, •, etc., son muy especiales o es mucho más difícil situarlos
históricamente de manera precisa. Quedan, pues, para futuras ampliaciones y
revisiones de este libro. El amable lector debe entender este texto como una
obra en construcción, como una de esas catedrales medievales que estuvieron cientos
de años sin terminar. En pleno siglo XXI aún no pueden completar la Sagrada
Familia de Gaudí en el centro de Barcelona.
En las últimas dos décadas se han digitalizado numerosos libros clásicos
de matemáticas. Eso abre la posibilidad de seguir investigando el primer uso o
propuesta de símbolos y conceptos matemáticos echándoles montón, lo que en
inglés se expresa más elegantemente con el término crowd sourcing. En tiempos
recientes han surgido también diversos foros donde se discute el origen de las
varias áreas de las matemáticas, por ejemplo, la estadística y la topología.
Paulatinamente iremos subsanando las deficiencias que aún tenemos en las
distintas áreas.
La dificultad para ubicar algunos símbolos en el tiempo radica también
en el hecho de que algunos se difundieron, no de boca en boca, sino más bien de
pizarrón en pizarrón, es decir, como tradición didáctica que se plasmó en
escritos sólo muchos años más tarde. Es el caso de las matemáticas
renacentistas e incluso de épocas más recientes. Matemáticos como Hilbert y
Weierstrass garrapatearon muchos de sus trabajos en la pizarra, y era tarea de
un asistente ir transcribiendo todo, corregir errores y producir un manuscrito
decoroso. Muchos símbolos matemáticos deben de haberse difundido lentamente
entre la comunidad matemática antes de aparecer en trabajos impresos, así que,
de cuando en cuando, quizá le estaremos atribuyendo un símbolo a la persona
equivocada.
Más allá de todas las dificultades técnicas e historiográficas, espero
que estas breves historias de los símbolos y de las personas de carne y hueso
que los propusieron motiven a estudiantes de ingeniería, matemáticas y de las
ciencias en general a reflexionar siempre sobre el origen de las abstracciones
que utilizamos cotidianamente. Detrás de cada concepto hay, a veces, décadas o
incluso siglos de lucha constante para darle forma, para comprenderlo mejor y
para poder transmitirlo. Las matemáticas son la ciencia de las estructuras
abstractas: entes vivos sujetos a revisión continua, que tienen una historia,
pero sobre todo un futuro: el que sepamos forjar. Atrás quedan Al-Khuwarizmi,
Descartes, Leibniz, Lagrange, Gauss, Cauchy, Weierstrass y Hilbert. Cada nueva
generación puede y debe hacer avanzar la disciplina, porque, como dijera
Newton, encaramados en los hombros de gigantes podemos ver cada vez más lejos.
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Bartle, Robert, “A brief history of the mathematical literature”,
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Tabla de símbolos y expresiones
Notas:
[1] La filosofía está escrita en ese libro enorme
que tenemos continuamente abierto delante de nuestros ojos (hablo del
universo), pero que no puede entenderse si no aprendemos primero a comprender
la lengua y a conocer los caracteres con que se ha escrito. Está escrito en
lengua matemática, y los caracteres son triángulos, círculos y otras figuras
geométricas sin los cuales es humanamente imposible entender una palabra; sin
ellos se deambula en vano por un laberinto oscuro [traducción de Aurora Bernárdez,
tomada de Italo Calvino, Por qué leer a los clásicos, Siruela,
Barcelona, 2012].


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