© Libro N° 9502. Otros Escritos Filosóficos. Voltaire. Emancipación. Enero 22 de 2022.
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CONTENIDO
Abraham
Abuso
Abuso de las
palabras
Adulterio
Alma
Alquimista
Amor
Amor a Dios
Amor propio
Amor
socrático
Cielo de los
antiguos
Cielo
material
Clero
Cristianismo
Democracia
Desfloración
Abraham
Voltaire
ABRAHAM. No vamos a ocuparnos de la parte divina que se encierra en
Abraham, porque la Biblia ya dice de esto todo lo que puede decir. Sólo nos
ocuparemos en el mayor respeto de su parte profana, de lo que se refiere a la
Geografía, al orden de los tiempos, a los usos ya las costumbres, ya que esos
usos y esas costumbres, estando íntimamente unidos a la Historia Sagrada, son
arroyos que parece que deben conservar algo de la divinidad de su origen.
Abraham, aunque nacido en las orillas del Eufrates, constituye una gran
época para los occidentales, pero no para los orientales, que, sin embargo, le
respetan. Los mahometanos sólo poseen cronología cierta desde su hégira. La
ciencia de los tiempos, absolutamente perdida en los sitios donde sucedieron
los grandes acontecimientos, llegó por fin hasta nuestros climas, en los que
esos hechos se desconocían. Disputamos sobre todo lo que pasó en el Eufrates,
en el Jordán y en el Nilo; y los que hoy día poseen el Nilo, el Jordán y el
Eufrates disfrutan de esos países tranquilamente, sin entregarse a
controversias y disputas.
A pesar de ser el principio de nuestra época la de Abraham, estamos
desacordes respecto a su nacimiento en sesenta años. He aquí lo que consta en
los registros:
«Y Tharé vivió setenta años, y engendró a Abraham, a Nacor y a Arán.»
(Génesis, capítulo. XI, versículo 26.)
»Y Tharé, después de vivir doscientos cinco años, murió en Haran.
»El Señor dijo a Abraham: Salid de vuestro país, de vuestra familia, de
la casa de vuestro padre, y venid al país que yo os enseñaré, y yo os
convertiré en padre de un gran pueblo.» (Génesis, capítulo. XII, versículo 1.)
Desde luego se ve claro en el texto de Tharé que éste tuvo a Abraham a
los setenta años, y que murió a los doscientos cinco; y que Abraham, saliendo
de Caldea inmediatamente después de la muerte de su padre, debía tener
precisamente ciento treinta y cinco años cuando salió de su país. Esta es
también la opinión de San Esteban, manifestada en el discurso que dirigió a los
judíos; pero, sin embargo, el Génesis dice:
«Abraham tenía setenta y cinco años cuando salió de Haran.»
Este es el principal motivo de la disputa sobre la edad de Abraham; pero
hay algunos más. ¿Cómo podría tener Abraham, al mismo tiempo, ciento treinta y
cinco años y setenta y cinco? San Jerónimo y San Agustín dicen que esa
dificultad es inexplicable. Calmet, que confiesa que esos dos no pudieron
resolver el problema, se figura que lo resuelve diciendo que Abraham era el
hijo menor de los hijos de Tharé, aun- que el Génesis dice que era el
primogénito. El Génesis dice que nació Abraham teniendo su padre setenta y dos
años; y Calmet le hace nacer cuando aquél contaba ciento treinta. Semejante
conciliación dio margen a una nueva disputa. En la incertidumbre en que nos
dejan el texto y el comentario, lo mejor que podemos hacer es adorar al
patriarca y no disputar.
No hay época alguna en los tiempos antiquísimos que no haya producido
multitud de opiniones diversas. Poseemos, según dice Moseri, setenta sistemas
de cronología de la Historia Sagrada, a pesar de que ésta la dictó Dios mismo.
Después que escribió Moseri, se han conocido cinco maneras nuevas de conciliar
los textos de la Escritura; de modo que ha habido tantas disputas sobre Abraham
como años se le atribuyen en el texto cuando salió de Haran. Entre esos setenta
y cinco sistemas no hay uno solo que nos diga cómo era la ciudad o la villa de
Haran y dónde estaba situada. ¿Qué hilo puede guiamos en el laberinto de las
disputas entabladas desde el primer versículo de la Biblia hasta el último? La
resignación.
El Espíritu Santo no quiso enseñamos la cronología de la física y la
lógica. Sólo deseó que fuéramos hombres temerosos de Dios y que nos
sometiéramos a él, no pudiendo comprenderle.
Igualmente es difícil explicamos cómo Sara, siendo mujer de Abraham, fue
al mismo tiempo su hermana. Abraham dijo al rey Abimelech que robó a Sara, por
ser muy hermosa, a la edad de noventa años y estando embarazada de Isaac: «Es
verdaderamente mi hermana; es hija de mi padre, pero no de mi madre, y la hice
mi esposa».
El Antiguo Testamento no nos explica que Sara fuese hermana de su
marido. El abad Calmet, cuyo criterio y sagacidad son famosos, dice que podría
ser su sobrina. Casarse con una hermana, probablemente no sería cometer un
incesto en Caldea, ni acaso tampoco en Persia. Las costumbres cambian según los
tiempos y según los lugares. Puede suponerse que Abraham, hijo del idólatra
Tharé, continuaba siendo idólatra cuando se casó con Sara, ya fuese ésta
hermana suya o sobrina.
Varios padres de la Iglesia excusan menos a Abraham por haber dicho a
Sara en Egipto: «En cuanto te vean los egipcios, me matarán y te robarán. Te
ruego, pues, que digas que eres mi hermana, con objeto de que mi alma viva por
tu gracia». Sara sólo tenía entonces sesenta y cinco años; pero teniendo como
tuvo veinticinco años después un rey por amante, bien pudo veinticinco años
antes inspirar amor al faraón de Egipto. Efectivamente, el faraón la robó, como
después la robó Abimelech y se la llevó al desierto.
Abraham recibió como regalos en la corte del faraón «muchos bueyes,
muchas ovejas, asnos, camellos, caballos, servidores y servidoras». Tan
considerables presentes prueban que los faraones eran entonces ya reyes
poderosos y hacían las cosas en grande. Egipto debió estar ya muy poblado. Pero
para que fuese habitable aquella región y edificar en ella ciudades fue preciso
invertir muchos años, dedicándose a colosales trabajos, a construir multitud de
canales para que recogieran las aguas del Nilo, que inundaban a Egipto todos
los años durante cuatro a cinco meses, y que enseguida encenagaban la tierra;
fue preciso levantar esas ciudades veinte pies lo menos por encima de los
canales. y para realizar semejantes obras se necesita el transcurso de muchos
siglos.
Y resulta, según la Biblia, que sólo habían mediado cuatrocientos años
entre el Diluvio y la época del viaje de Abraham a Egipto. Debió ser
extraordinariamente ingenioso y trabajador infatigable el pueblo egipcio para
conseguir en tan poco tiempo inventar artes y ciencias, domar el Nilo y cambiar
el aspecto del país. Probablemente estaban ya construidas muchas de las grandes
pirámides, porque poco tiempo después llevaron a la perfección el arte de
embalsamar los cadáveres; y las pirámides fueron los sepulcros donde se
depositaban los despojos mortales de los príncipes, celebrando augustas
ceremonias.
La remota antigüedad que se atribuye a las pirámides es tan verosímil
que trescientos años antes, esto es, cien años después del diluvio de Noé, los
asiáticos construyeron en las llanuras de Sennaar una torre que debía llegar
hasta el cielo. San Jerónimo, comentando a Isaías, dice que esa torre tenía ya
cuatro mil pasos de altura cuando Dios descendió para destruirla.
Suponiendo que cada paso lo formen dos pies y medio, la torre tendría la
altura de 1.600 pies, y, por lo tanto, la torre de Babel era tres veces más
alta que las pirámides de Egipto, que tienen de altura unos quinientos pies.
Prodigiosa sería la cantidad de instrumentos que necesitaron para elevar un
edificio semejante, en cuya construcción debían tomar parte todas las artes.
Los comentaristas afirman que los hombres de aquella época eran
incomparablemente más altos, más fuertes y más industriosos que los de las
naciones modernas. Esto es lo que hay que notar al tratar de Abraham, respecto
a las artes ya las ciencias.
Respecto a su persona, es verosímil que fuera un personaje
importantísimo. Los persas y los caldeos se disputaron su nacimiento. La
antigua religión de los magos se llamó desde tiempo inmemorial Rish lbrahim;
Mitat lbrahim; y hemos convenido en que la palabra Ibrahim significa Abraham,
siendo común entre los asiáticos, que usaban rara vez las vocales, cambiar en
la pronunciación la i en a o la a en i. También se ha supuesto que Abraham
fuera el Brahma de los indios, cuya nación se comunicó hasta con los pueblos
del Eufrates, que desde tiempo inmemorial comerciaban en la India.
Los árabes le consideran como el fundador de La Meca. Mahoma le reconoce
en el Corán como al más respetable de los predecesores. He aquí cómo se expresa
hablando de él: «Abraham no era ni judío ni cristiano; era un musulmán
ortodoxo; no pertenecía al número de los que dan compañeros a Dios».
La temeridad del espíritu humano llegó hasta el extremo de imaginar que
los judíos no se llamaron descendientes de Abraham hasta épocas posteriores,
hasta que pudieron fijarse en la Palestina. Como eran extranjeros, aborrecidos
y despreciados de los pueblos inmediatos, para que se tuviese mejor opinión de
ellos, idearon ser descendientes de Abraham, que era reverenciado en gran parte
del Asia. La fe que debemos tener en los libros sagrados de los judíos solventa
todas esas dificultades.
Críticos no menos atrevidos presentan otras objeciones respecto al
comercio inmediato que Abraham tuvo con Dios, referentes a sus combates ya sus
victorias.
El Señor se le apareció después de salir de Egipto y le dijo: «Tiende
los ojos hacia el Aquilón, hacia el Oriente, hacia el Mediodía y hacia el
Occidente; te doy para siempre a ti ya tu posteridad hasta el fin de los
siglos, in sempiternum, todo el territorio que distingue tu vista» . El Señor,
casi enseguida, le promete «todo el terreno que media desde el Nilo hasta el
Eufrates».
Los mencionados críticos preguntan cómo Dios pudo prometer el país
inmenso que los judíos nunca poseyeron, y cómo pudo darles in sempiternum la
pequeña parte de la Palestina, de la que hace muchísimos años los expulsaron.
El Señor añade a esas promesas que la posteridad de Abraham será tan
numerosa como el polvo de la tierra. «Si se puede contar el polvo de la tierra,
se podrá contar el número de tus descendientes» 2 .
Insisten objetando, y dicen que apenas existen en la actualidad en la
superficie de la tierra cuatrocientos mil judíos, aunque han considerado
siempre el matrimonio como un deber sagrado y aunque ha sido siempre su mayor
objetivo el aumento de población. A estas objeciones se contesta que la Iglesia
ha sustituido a la Sinagoga, y que la Iglesia constituye la verdadera raza de
Abraham, que efectivamente es así numerosísima. Verdad es que no posee la
Palestina, pero puede poseerla algún día, como la conquistó en la época del
Papa Urbano II durante la primera cruzada. En una palabra mirando con los ojos
de la fe el Antiguo Testamento, todas las promesas se han cumplido… o se
cumplirán, y la débil raza humana debe condenarse al silencio.
También los críticos ponen en duda la victoria que alcanzó Abraham en
Sodoma. Dicen que es inconcebible que un extranjero, que fue a apacentar sus
ganados, derrotara con ciento diez guardianes de bueyes y de corderos a un rey
de Persia, a un rey del Ponto y a un rey de Babilonia, y que los persiguiera
hasta Damasco, ciudad que dista de Sodoma más de cien millas. Semejante
victoria no es, sin embargo, imposible: se ven dos ejemplos similares en
aquellos tiempos heroicos, y no ha disminuido la fuerza del brazo de Dios.
Gedeón, con trescientos hombres armados con trescientos cántaros y con
trescientas lámparas, destruye un ejército entero; y Sansón, él solo, con una
quijada de asno, mata mil filisteos. Las historias profanas nos suministran
ejemplos parecidos: trescientos espartanos detienen un momento el ejército de
Jerjes en el paso de las Termópilas; verdad es que, excepto uno solo que huyó,
todos fueron muertos con su rey Leónidas; que Jerjes tuvo la cobardía de mandar
que le ahorcaran, en vez de erigirle la estatua que merecía. Verdad es también
que esos trescientos lacedemonios, que custodiaban un paraje escarpado, por el
que no podían pasar dos hombres a la vez, estaban protegidos por un ejército de
diez mil griegos, distribuidos en puntos fortificados; y hay que añadir aún que
contaban con cuatro mil hombres más en las mismas Termópilas, que perecieron
después de defenderse mucho tiempo.
Puede asegurarse que si hubieran ocupado un sitio menos inexpugnable que
el que ocupaban esos trescientos espartanos, hubieran adquirido todavía más
gloria defendiéndose en descubierto contra el ejército persa, que los destrozó.
En el monumento que se erigió después en el campo de batalla se mencionaron
esas cuatro mil víctimas; pero, en la actualidad, sólo ha quedado en la memoria
el recuerdo de los trescientos.
Otra acción no menos memorable, pero más desconocida, fue la de los
trescientos soldados suizos que derrotaron, en Morgarten, al ejército del
archiduque Leopoldo de Austria, ejército que constaba de veinte mil hombres.
Estos trescientos suizos pusieron en fuga a toda la caballería, apedreándola
desde lo alto de las rocas, ganando tiempo para que llegaran mil cuatrocientos
soldados de Helvecia, que completaron la derrota del ejército enemigo. La
batalla de Morgarten es más notable que la de las Termópilas, porque siempre es
más notable vencer que ser vencido. Y basta la digresión; porque si las
digresiones complacen al que las hace, no siempre son del gusto del que las
lee, aunque a la generalidad de los lectores les complazca siempre saber que un
número escaso de hombres derrota a grandes ejércitos.
Abraham es uno de los hombres célebres en el Asia Menor y en Arabia,
como Tesant lo fue en Egipto, el primer Zoroastro en Persia, Hércules en
Grecia, Orfeo en Tracia, Odín en las naciones septentrionales, y otros,
conocidos por su celebridad más que por su historia verídica. Sólo me refiero
aquí a la historia profana, porque respecto a la historia de los judíos,
nuestros antecesores y nuestros enemigos (cuya historia creemos y detestamos, a
pesar de que dicen que fue escrita por el Espíritu Santo), tenemos de ella la
opinión que debemos tener. En esta ocasión nos referimos a los árabes, que se
vanaglorian de descender de Abraham por la rama de Ismael, y que creen que ese
patriarca edificó La Meca y murió en dicha ciudad.
La verdad es que la raza de Ismael se vio mucho más favorecida por Dios
que la raza de Jacob. Una y otra raza, indudablemente, produjeron ladrones;
pero los ladrones árabes fueron superiores a los ladrones judíos. Los
descendientes de Jacob sólo conquistaron un pequeño territorio, que perdieron,
y los descendientes de Ismael conquistaron parte del Asia, de Europa y del
África; establecieron un imperio más vasto que el de los romanos y expulsaron a
los judíos de sus cavernas, que ellos llamaban la tierra de Promisión.
A juzgar por los ejemplos que ofrecen las historias modernas, es difícil
convencerse de que Abraham fuera el padre de dos naciones tan diferentes. Se
nos dice que nació en Caldea, y que era hijo de un pobre alfarero que se ganaba
la vida haciendo pequeños ídolos de barro; pero no es verosímil que el hijo de
un alfarero fuese a fundar La Meca a cuatrocientas leguas del sitio donde
nació, bajo el Trópico, y atravesando desiertos impracticables. Si fuera un
conquistador, indudablemente se hubiera dirigido al inmenso territorio de
Siria, y si no fue más que un pobre hombre, como nos lo describen, no hubiera
sido capaz de fundar reinos lejos del sitio donde nació.
El Génesis refiere que habían pasado setenta y cinco años cuando salió
del territorio de Haran después de la muerte de su padre Tharé, el alfarero.
Pero también el Génesis dice que Tharé engendró a Abraham a los setenta años,
que Tharé vivió doscientos cinco años, y que cuando murió, Abraham salió de
Haran. O el autor no sabe lo que dice en esa narración, o resulta muy claro en
el Génesis que Abraham tenía ciento treinta y cinco años cuando dejó la
Mesopotamia. Salió de un país idólatra para ir a otro país idólatra también,
que se llamaba Sichem, situado en la Palestina. ¿Para qué fue allí? ¿Por qué
abandonó las riberas fértiles del Eufrates para ir a tan lejana y tan estéril
región como la de Sichem? El idioma caldeo debió de ser muy diferente del que
se hablaba en Sichem, y, además, aquel territorio no era comercial. Sichem
dista de Caldea más de cien leguas, y es preciso pasar muchos desiertos para
llegar allí. Pero Dios quiso, tal vez, que hiciera ese viaje para ver la tierra
que habían de habitar sus descendientes muchos siglos después. El espíritu
humano no alcanza a comprender el motivo de ese viaje.
Apenas llegó al país montañoso de Sichem, el hambre le obligó a
abandonarlo y se marchó a Egipto con su mujer en busca de vituallas para vivir.
Hay cien leguas desde Sichem a Menfis. ¿Es natural ir tan lejos a buscar trigo,
a un país cuyo idioma se desconoce? Extraños son esos viajes emprendidos a la
edad de ciento cuarenta años.
Lleva a Menfis a su mujer, Sara, que era extremadamente joven, casi una
niña comparada con él, porque no tenía más que sesenta y cinco años, y como era
muy hermosa, resolvió sacar partido de su belleza: «Finge que eres mi hermana
-le dijo- para que por tu bella cara me traten bien a mí». Debía haberle dicho:
«Finge que eres mi hija». Pero, en fin… adelante. El rey se enamoró de la joven
Sara y regaló a su fingido hermano ovejas, bueyes, asnos, camellos, criados y
criadas. Esto prueba que el Egipto era entonces ya un reino poderoso y
civilizado, y por consecuencia, muy antiguo, y, además, que recompensaban allí
magníficamente a los hermanos que ofrecían sus hermanas a los reyes de Menfis.
La joven Sara tenía noventa años cuando Dios le prometió que Abraham,
que había cumplido ciento sesenta, sería padre de un hijo suyo dentro de un
año. Abraham, que era muy aficionado a viajar, se fue al desierto horrible de
Cades, llevándose a su mujer embarazada, siempre joven y hermosa. Un rey del
desierto se enamoró también de Sara, como se había enamorado un rey de Egipto.
El padre de los creyentes dijo allí la misma mentira que en Egipto: hizo pasar
a su mujer por hermana, y la mentira le proporcionó también ovejas, bueyes,
criados y criadas. Puede decirse que Abraham llegó a ser muy rico por la finca
de su mujer. Los comentaristas han escrito un enorme número de volúmenes para
justificar la conducta de Abraham y para ponerse de acuerdo con la cronología.
Aconsejamos a nuestros lectores que lean esos comentarios, escritos por autores
finos y delicados, excelentes metafísicos, hombres sin preocupaciones y algo
pedantes.
Por otra parte, los hombres de Bram, Abram, eran famosos en la India y
en la Persia; y hay varios doctores que se empeñan en que fue el mismo
legislador que los griegos llamaron Zoroastro. Otros autores dicen que fue el
Brahma de los indios; pero esto no está demostrado. Lo que es probable para
muchos sabios es que Abraham fue caldeo y persa. Los judíos, en el transcurso
del tiempo, se vanagloria- ron de descender de él, como los francos de Héctor y
los bretones de Tubal. Es doctrina admitida que la nación judía fue una horda
relativamente moderna, que sólo muy tarde se estableció en Fenicia, que estaba
rodeada de pueblos antiguos, cuyo idioma adoptó, que hasta tomó de ellos el
nombre de Israel, que es caldeo, según la opinión del mismo judío Flavio Josefo.
Sabido es que tomó de los babilónicos hasta los nombres de sus ángeles, y que
sólo conoció la palabra Dios después que la conocieron los fenicios.
Probablemente tomó de los babilónicos el nombre de Abraham o Ibraim, porque la
antigua religión de todas aquellas regiones, desde el Eufrates hasta el Oxus,
se llamaba Kishibrahim, Milafibraim. Esto nos lo confirman los estudios que
hizo en aquellos países el sabio Hide.
Los judíos hicieron, pues, con la historia y con la fábula antigua lo
que hacen los ropavejeros con los trapos muy usados: los reforman y los venden
como nuevos al precio mayor que pueden. Ha sido un ejemplo singular de la
estupidez humana creer durante mucho tiempo que los judíos constituyeron una
nación que había enseñado a todas las demás, cuando su mismo historiador Josefo
confiesa que fue todo lo contrario.
Es dificilísimo penetrar en las tinieblas de la antigüedad, pero es
evidente que estaban florecientes todos los reinos del Asia antes de que la
horda vagabunda de árabes, que llamamos judíos, poseyera un pequeño espacio de
tierra propia, antes de que fuera dueña de una sola ciudad, antes de dictar sus
leyes y de tener religión fija. Cuando encontramos un antiguo rito, una
primitiva opinión establecida en Egipto o en Asia antes de los judíos, es
lógico suponer que el reducido pueblo recién formado, ignorante y grosero,
copió como pudo a la nación antigua, industriosa y floreciente, y es preciso
ser un ignorantón o un pícaro para asegurar que los judíos enseñaron a los
griegos.
Abraham no sólo fue popular entre los judíos, sino que le reverenciaron
en toda el Asia y hasta el fondo de las Indias. Esa denominación, que significa
padre de un pueblo en algunas lenguas orientales, se la dieron a un habitante
de Caldea, del que muchas naciones se vanagloriaron de descender. El empeño que
tuvieron los árabes y los judíos de probar que descendían de dicho patriarca no
permite, ni aun a los filósofos pirrónicos, la duda de que haya existido un
Abraham.
Los libros hebreos dicen que es hijo de Tharé, y los árabes que era
nieto, que Azar fue su padre, creencia que siguen muchos cristianos. Los
comentaristas manifiestan cuarenta y dos opiniones respecto al año que nació
Abraham y yo no me atrevo a aventurar la cuarenta y tres; pero, a juzgar por
las fechas, parece que debió de vivir sesenta años más de los que el texto le
atribuye; pero estos errores de cronología no destruyen la verdad de un hecho,
y aunque el libro que se ocupa de Abraham no fuese sagrado, no por eso dejaría
de existir dicho patriarca. Los judíos distinguían entre los libros escritos
por los hombres y los inspirados a algún hombre particular. Su historia, aunque
ligada a su ley divina, no constituía la misma ley. ¿Cómo hemos de creer, pues,
que Dios dictara fechas falsas?
Filón el judío y Suidas refieren que Tharé, padre o abuelo de Abraham,
que vivía en Ur, población de Caldea, era un pobre hombre que se ganaba la vida
construyendo pequeños ídolos, y que era idólatra. Si esto era así, la antigua
religión del Sabeísmo, que no adoraba ídolos y que veneraba el cielo y el sol,
no debía haberse establecido aún en Caldea, o si se conocía en una pequeña
parte del país, la idolatría debía tener culto en la mayor parte de él. En
aquella primitiva época cada pequeño pueblo tenía su religión. Todas las
religiones eran permitidas, y se confundían tranquilamente, así como cada
familia tenía en el interior de sus hogares diferentes usos y costumbres.
Labán, suegro de Jacob, adoraba ídolos. Cada pequeño pueblo creía natural que
tuviera sus dioses la población vecina, limitándose a creer que su dios era el
mejor .
La Biblia dice que el dios de los judíos, que les destinó el territorio
de Canaán, mandó a Abraham que abandonara el país fértil de Caldea y que se
fuese a la Palestina, prometiéndole que en su semilla bendeciría a todas las
naciones del mundo. Corresponde explicar a los teólogos el sentido místico de
esa alegoría, por el que se bendice a todas las naciones en una semilla de la
que ellas no descienden. Pero ese sentido místico no es el objeto de mis
estudios histórico-críticos. Algún tiempo después de esa promesa, la familia de
Abraham, acosada por el hambre, fue a Egipto a proporcionarse trigo. Es
singular la suerte de los hebreos, que siempre fueron a Egipto acosados por el
hambre, pues más tarde, Jacob, por el mismo motivo, envió allí a sus hijos.
Abraham, que era decrépito, se arriesgó a hacer este viaje con su mujer,
Sara, de sesenta y cinco años de edad. Siendo muy hermosa, temió Abraham que
los egipcios, cegados por su belleza, le matasen para gozar de los encantos de
su esposa, y él propuso que fingiese ser su hermana, etcétera. Debe suponerse
que la naturaleza humana estaba dotada entonces de un extraordinario vigor que
el transcurso del tiempo y la malicia de las costumbres han debilitado después,
porque de ese modo opinan también todos los antiguos, que aseguran que Elena
tenía setenta años cuando la robó Paris. Sucedió lo que Abraham había previsto:
la juventud egipcia quedó fascinada al ver a su esposa; el mismo rey se enamoró
de ella y la encerró en su serrallo, aunque probablemente tendría allí mujeres
mucho más jóvenes; pero el Señor castigó al rey ya todo su serrallo enviándoles
tres grandes plagas. El texto no dice cómo averiguó el rey que aquella beldad
era la esposa de Abraham; pero lo cierto es que cuando lo supo, la devolvió a
su marido.
Era preciso que fuera inalterable la hermosura de Sara, porque
veinticinco años después, encontrándose encinta a los noventa años, viajando
con su esposo por la Fenicia, Abraham abrigó el mismo temor, y la hizo también
pasar por hermana suya. El rey fenicio Abimelech fue tan sensible como el rey
de Egipto, pero Dios se le apareció en sueños y le amenazó de muerte si se
atrevía a tocar a su nueva querida. Preciso es confesar que la conducta de Sara
fue tan extraña como la duración de sus atractivos.
La singularidad de estas aventuras fue probablemente el motivo que
impidió que los judíos tuviesen tanta fe en sus historias como en su Levítico.
Creían ciegamente en su ley, pero no guardaban tanto respeto a su historia. En
cuanto a sus antiguos libros, se encontraban en igual caso que los ingleses,
que admiten las leyes de San Eduardo, y que no creen en absoluto que San
Eduardo curara los tumores fríos. Se encontraban en el mismo caso que los
romanos, que prestaban obediencia a sus antiguas leyes, pero que no se
consideraban obligados a creer en el milagro de la criba llena de agua, ni en
el del bajel que entró en el puerto llevando por vela el cinturón de una
Vestal, etcétera. Por eso el historiador Josefo, muy amante de su culto, deja
sin embargo a sus lectores en libertad de creer o de no creer en los antiguos
prodigios que refiere.
La parte de la historia de Abraham relativa a sus viajes a Egipto y a
Fenicia prueba que existían ya grandes reinos cuando la nación judía no era más
que una familia; que se habían promulgado profusión de leyes, porque sin leyes
no puede subsistir ningún reino, y que, por lo tanto, la ley de Moisés, que es
posterior, no puede ser la primera que se promulgó. No es necesario, sin
embargo, que una ley sea la más antigua para que sea divina, porque es
indudable que Dios es dueño absoluto de todas las épocas; pero, sin embargo,
parece más natural a nuestra débil razón que si Dios quiso dar una ley, la
hubiera dictado al principio a todo el género humano.
El resto de la historia de Abraham presenta grandes contradicciones.
Dios, que se le aparecía con frecuencia y que celebró con él muchos tratados,
le envió un día tres ángeles al valle de Mombre; y el patriarca les dio para
que comieran pan, carne de ternera, manteca y leche. Los tres comieron, y
después de comer hicieron que se les presentase Sara, que había amasado el pan.
Uno de esos ángeles, que el texto sagrado llama el Eterno, promete a Sara que
dentro de un año tendrá un hijo. Sara, que ha cumplido noventa y cuatro años, y
cuyo esposo rayaba ya en la edad de cien años, se rió al oír semejante promesa.
Esto prueba que confesaba su decrepitud y que la naturaleza humana no era
diferente entonces de lo que es ahora. Esto no obstante, esa decrépita quedó
embarazada y enamoró al año siguiente al rey Abimelech, como acabamos de saber.
Para creer que sean verosímiles esas historias se necesita estar dotados de una
inteligencia enteramente opuesta a la que tenemos hoy, o considerar cada
episodio de la vida de Abraham como un milagro o creer que toda ella no es más
que una alegoría; de todos modos, cualquier partido de estos que adoptemos, nos
será dificilísimo comprenderlo. Por ejemplo, ¿qué valor podremos dar a la
promesa que hizo Dios a Abraham de conceder a él ya su posteridad todo el
territorio de Canaán que jamás poseyó ese caldeo? Esta es una de las
contradicciones que es imposible resolver.
Es asombroso y sorprendente que Dios, que hizo nacer a Isaac de una
madre de noventa y cinco años y de un padre centenario, mandara a éste que
degollase al hijo que le concedió, cuando ya no podía esperar nueva
descendencia. Ese extraño mandato de Dios prueba que, en la época en que se
escribió esta historia, estaba en uso en el pueblo judío el sacrificio de
víctimas humanas, como se verificaba en otras naciones. Pero puede
interpretarse la obediencia de Abraham, que se prestó a sacrificar su propio
hijo al Dios que se lo concedió, como una alegoría a la resignación con que el
hombre debe sufrir las órdenes que dimanan del Ser Supremo.
Debemos hacer una observación importante respecto a la historia de dicho
patriarca, considerado como padre de los judíos y de los árabes. Sus
principales hijos fueron Isaac, que nació de su esposa por milagroso favor de
la Providencia, e Ismael, que nació de su criada. En Isaac bendijo Dios la raza
del patriarca, y, sin embargo, Isaac es el padre de una nación desgraciada y
despreciable que permaneció mucho tiempo esclava y vivió dispersa un sinnúmero
de años. Ismael, por el contrario, fue el padre de los árabes, que consiguieron
fundar el imperio de los califas, que es uno de los más extensos y más
poderosos del Universo.
Los musulmanes profesan extraordinaria veneración a Abraham, que ellos
llaman Ibraim; creen que está enterrado en Hebrón y allí van peregrinando;
algunos de ellos creen que está enterrado en La Meca, y allí acuden a
reverenciarle.
Algunos persas antiguos creyeron que Abraham era el mismo Zoroastro. Les
sucedió lo mismo que a otros fundadores de las naciones orientales, a los que
se atribuían diferentes nombres y diferentes aventuras; pero, según se
desprende del texto de la Sagrada Escritura, debió de ser uno de esos árabes
vagabundos que no tenían residencia fija; le hemos visto nacer en Ur, población
de Caldea, ir a Haran, después a Palestina, a Egipto, a Fenicia, y al fin,
verse obligado a comprar su sepulcro en Hebrón.
Una de las más notables circunstancias de su vida fue que, a la edad de
noventa y nueve años, antes de engendrar a Isaac, ordenó que le circuncidaran a
él, a su hijo Ismael ya todos sus sirvientes. Debió de adoptar esta costumbre
de los egipcios. Es difícil desentrañar el origen de semejante operación.
Parece lo más probable que se inventara para precaver los abusos de la
pubertad. Pero ¿a qué conducía eso a los cien años?
Por otra parte. hay autores que aseguran que sólo los sacerdotes de
Egipto practicaban antiguamente esta costumbre para distinguirse de los demás
hombres. En tiempos remotísimos, en África y en parte de Asia, los personajes
santos tenían por costumbre presentar el miembro viril a las mujeres que
encontraban al paso para que lo besasen. En Egipto llevaban en procesión el
fallum, que era un príapo grueso. Los órganos de la generación eran
considerados como objeto noble y sagrado, como símbolo de poder divino. Les
prestaban juramento, y al prestarlo, ponían la mano en los testículos, y quizá
de esa antigua costumbre sacaron la palabra que significa testigo, porque
antiguamente servían de testimonio y garantía.
Cuando Abraham envió un sirviente suyo a pedir a Rebeca para esposa de
su hijo Isaac, su servidor puso la mano en las partes genitales de Abraham, que
la Biblia traduce por la palabra pierna.
Por lo que acabamos de decir, puede comprenderse lo distintas que eran
de las nuestras las costumbres de la remota antigüedad. Al filósofo no debe
sorprenderle que antigua- mente se jurase por esa parte del cuerpo, como que se
jurara por otra cualquiera. Tampoco debe extrañar que los sacerdotes, siempre
en su manía de distinguirse de los demás hombres, se pusieran un signo en una
parte del cuerpo tan reverenciada entonces.
El Génesis dice que la circuncisión se verificó por medio de un pacto
que celebraron Dios y Abraham, añadiendo que se debía privar de la vida al que
no se circuncidara en la casa del referido patriarca. Esto no obstante, no se
dice que Isaac lo estuviera, y en el sagrado libro no se vuelve a hablar de
circuncisión hasta los tiempos de Moisés.
Terminaremos este artículo observando que Abraham, además de tener de
Sara y de Agar dos hijos, cada uno de los cuales fue padre de una gran nación,
tuvo otros seis hijos de Cethura, que se establecieron en Arabia; pero su
posteridad no fue célebre.
FIN
Abuso
Voltaire
ABUSO. Vicio inherente a todos los usos, a todas las leyes ya todas las
instituciones humanas, El catálogo de los abusos no podría contenerse en
ninguna biblioteca. Los abusos gobiernan los Estados. Podemos dirigirnos a los
chinos, a los japoneses o a los ingleses, y decirles: «Vuestro gobierno es un
semillero de abusos que nunca corregís”. Los chinos nos responderían:
«Subsistimos como nación hace más de cinco mil años, y quizá somos el pueblo
menos desgraciado del mundo, porque somos el más tranquilo”. Los japoneses nos
contestarían poco más o menos lo mismo. Los ingleses nos dirían: «Somos
poderosísimos en el mar y vivimos muy bien en la tierra: quizá dentro de diez
mil años perfeccionaremos nuestros hábitos. El gran secreto consiste en estar
mejor que los otros pueblos, cometiendo enormes abusos”.
En este artículo sólo vamos a ocuparnos del recurso de fuerza. Es un
error creer que Pedro de Cugnieres, caballero de las leyes, abogado del rey en
el Parlamento de París, interpusiera un recurso de fuerza en 1330, en la época
de Felipe de Valois. La fórmula del recurso de fuerza no se introdujo hasta el
fin del reinado de Luis XII. Pedro de Cugnieres hizo lo que pudo para corregir
el abuso de las usurpaciones eclesiásticas, de cuyo abuso se quejaban los
jueces seculares, los señores que poseían jurisdicción y los Parlamentos, pero
no lo consiguió. El clero, por otra parte, se quejaba también de los señores,
que sólo eran tiranos ignorantes que habían corrompido la justicia; ya los ojos
de estos señores los eclesiásticos eran otros tiranos que sabían leer y
escribir. El rey se vio obligado a convocar a estos dos partidos, para que ante
él se reunieran en palacio, y no en el tribunal del Parlamento, como dice
Pasquier. El rey se sentó en el trono rodeado de los pares, de los altos
barones y de los altos dignatarios que componían su Consejo, al que asistieron
veinte obispos. El arzobispo de Sens y el obispo de Autun hablaron en nombre
del clero. No se menciona quién fue el orador del Parlamento ni el de los
señores. Es verosímil que el discurso del abogado del rey fuera un resumen de
las alegaciones de las dos partes. Es verosímil también que éste hablase en
nombre del Parlamento y de los señores, y que el canciller resumiera las
razones que se alegaron por una y por otra parte. Sea de esto lo que fuere,
vamos a publicar las quejas que expusieron los barones y el Parlamento,
redactadas por Pedro de Cugnieres:
I. Cuando un laico citase ante un juez real o señorial a un clérigo que
no estuviera tonsurado, que sólo hubiera recibido alguna de las órdenes, el
juez de la curia debía significar a los jueces que no debían juzgarle. bajo
pena de incurrir en excomunión y en multa.
II. La jurisdicción eclesiástica obligaba a los laicos a comparecer ante
ella en todas las cuestiones que tuvieran Con los clérigos en materia civil,
por sucesión y por préstamo.
III. Los obispos y los abates establecerán notarios hasta en las mismas
haciendas de los laicos.
IV. Excomulgarán a los que no pagan sus deudas a los clérigos, y si el
juez laico no les obliga a pagar, excomulgarán también al juez.
V. En cuanto un juez secular se apodere de un ladrón, debe remitir al
juez eclesiástico los objetos robados; si no lo hace, incurre en excomunión.
VI. El excomulgado no podrá ser absuelto sin pagar antes una multa
arbitraria.
VII. Los jueces de la curia denunciarán a los labradores y a los obreros
que trabajen para algún excomulgado.
VIII. Dichos jueces tendrán la facultad de formar inventarios en los
mismos dominios del rey, valiéndose de que saben escribir .
IX. Cobrarán ciertos derechos para conceder al recién casado libertad
para acostarse con su mujer .
X. Se apoderarán de todos los testamentos.
XI. Declararán condenado a todo el que muera y no haya hecho testamento,
porque en ese caso la Iglesia nada hereda de él; y para concederle al menos los
honores del entierro, harán testamento en nombre suyo, en el que designarán
mandas pías.
Parecidas a éstas, expusieron unas setenta quejas. Para defenderlas,
tomó la palabra Pedro Roger, arzobispo de Sens, que tenía fama de ser una
notabilidad, y que más tarde ocupó la Santa Sede con el nombre de Clemente VI.
Empezó protestando de que no hablaba para que le juzgasen, sino para juzgar a
sus adversarios y para aconsejar al rey que cumpliese con su deber. Dijo que
Jesucristo, siendo Dios y hombre, era dueño del poder espiritual y del
temporal, y, por consecuencia, los ministros de la Iglesia, que eran sus
sucesores, eran jueces de todos los hombres, sin distinción.
Pedro Bertrandi, obispo de Autun, habló, entrando en los detalles de la
cuestión. Aseguró que sólo se incurría en excomunión por haber cometido algún
pecado mortal, que el culpable debía hacer penitencia, y que la mejor
penitencia que podía hacer era dar dinero a la Iglesia. Trató de probar que los
jueces eclesiásticos tenían más capacidad que los jueces reales o señoriales
para administrar justicia, porque habían estudiado las Decretales, que los
otros jueces desconocían. A esto podían haberle replicado que se debía obligar
a los bailíos ya los prebostes del reino a leer las Decretales, pero no a
cumplirlas nunca.
La reunión de esta gran asamblea no sirvió para nada. El rey tuvo
necesidad de contemporizar con el Papa, que había nacido en su reino, tenía la
Santa Sede en Avignon y era enemigo mortal del emperador Luis de Baviera. En
todas épocas la política conserva los abusos que la justicia trata de evitar.
De esa reunión sólo quedó en el Parlamento el recuerdo indeleble del discurso
que pronunció Pedro de Cugnieres; y dicho tribunal desde entonces se opuso
sistemáticamente a las pretensiones de los clérigos y se apeló siempre en el
Parlamento de las sentencias de los jueces de la curia, cuyo procedimiento se
llamó recurso de fuerza. Por fin, todos los Parlamentos de Francia acordaron
que la Iglesia conociera únicamente en materia de disciplina eclesiástica y en
juzgar a todos los hombres indistintamente, con arreglo a las leyes del Estado,
conservando las formalidades que prescriben las ordenanzas.
FIN
Abuso de las palabras
Voltaire
ABUSO DE LAS PALABRAS. Las conversaciones y los libros raras veces nos
dan ideas precisas. Es muy común leer mucho de sobra y conversar inútilmente.
Es oportuno repetir en esto lo que Locke recomienda: Definid los términos.
Una dama que come demasiado y no hace ejercicio cae enferma. El médico
le dice que domina en ella un humor pecante, impurezas, obstrucciones, vapores,
y le prescribe un medicamento que le purificará la sangre. ¿Qué idea exacta
puede tenerse de todas esas palabras? La enferma y la familia que las oyen no
las comprenden; ni el médico tampoco. Antiguamente, el facultativo ordenaba
buenamente un cocimiento de hierbas calientes o frías.
Un jurisconsulto, en el ejercicio de su profesión, anuncia que no
observar las fiestas y los domingos es cometer el crimen de lesa majestad
divina en la persona del segundo jefe. Desde luego, la frase majestad divina
nos da la idea del más enorme de los crímenes y del más espantoso de los
castigos. ¿Pero a propósito de qué la pronunció el jurisconsulto? Por no haber
asistido a las vísperas, lo que puede sucederle al hombre más honrado del
mundo.
En todas las controversias que se entablan sobre la libertad, uno de los
argumentadores entiende casi siempre una cosa y su adversario otra. Luego se
presenta un tercero en discordia, que no entiende al primero ni al segundo,
pero que tampoco lo entienden a él. En las disputas sobre la libertad, uno
tiene el pensamiento de la potencia de imaginar, otro el de la potencia de
querer y el tercero el deseo de ejecutar; corren los tres, cada uno dentro de
su círculo, y no se encuentran nunca. Lo mismo sucede en las quejas sobre la
gracia. ¿Quién puede comprender su naturaleza, sus operaciones, y la suficiente
que no basta y la eficaz a la que nos resistimos? Hace dos mil años que se
pronuncia la frase forma substancial, sin tener la menor noción de ella; esta
frase se ha sustituido por la de naturaleza plástica, sin ganar nada en el
cambio.
Se detiene un viajero ante un torrente y pregunta a un labriego que ve
de lejos, frente a él, por dónde está el vado: «Id hacia la derecha», contesta
el campesino. El viajero toma la derecha y se ahoga. El campesino va corriendo
hacia él y le grita: «No os dije que avanzarais hacia vuestra mano derecha,
sino hacia la mía». El mundo está lleno de estas equivocaciones.
Al leer un noruego esta fórmula que usa el Papa: servidor de los
servidores de Dios, ¿cómo ha de discurrir que el que la dice es el obispo de
los obispos y el rey de los reyes?
En la época en que los fragmentos de Petronio tenían gran fama en la
literatura, Meibomins, sabio de Lubeck, leyó en una carta que imprimió otro
sabio de Bolonia lo siguiente: «Aquí tenemos un Petronio completo, yo lo he
visto y lo he admirado». En seguida Meibomins parte para Italia, se dirige a
Bolonia, busca al bibliotecario Capponi y le pregunta si es verdad que tiene
allí a Petronio completo. Capponi le responde que es público y notorio. Capponi
le conduce a la iglesia donde descansa el cuerpo de San Petronio. Meibomins
toma el correo y huye.
Si el jesuita Daniel tomó a un abad guerrero, martialem abbatem, por el
abab Marcial, cien historiadores han incurrido en mayores errores. El jesuita
Dorleans, en su obra Revoluciones de Inglaterra, habla indiferentemente de
Northampton y de Southampton, no equivocándose más que de Norte a Sur.
Frases metafóricas tomadas en un sentido propio han decidido muchas
veces la opinión de muchas naciones. Conocida es la metáfora de Isaías: «¿Cómo
caíste del cielo, estrella brillante que apareces al rayar la mañana?»
Supusieron que en esa imagen aludía al diablo, y como la palabra hebrea que
corresponde a la estrella de Venus se tradujo en latín por la palabra Lucifer,
desde entonces se ha llamado siempre Lucifer al diablo.
El ejemplo .más singular del abuso de las palabras, de los equívocos
voluntarios y de los errores que han producido más trastornos, nos lo ofrece el
Kin-Tien de la China. Varios misioneros de Europa disputaron acaloradamente
sobre la significación de esa palabra. La corte de Roma envió un francés
llamado Maigrot, nombrándole obispo imaginario de una provincia de la China,
para que decidiera el sentido de la indicada palabra. Maigrot no sabía una
palabra del idioma chino. El emperador se dignó explicarle lo que en su lengua
significaba Kin-Tien. Maigrot no lo quiso creer, y consiguió que Roma
excomulgase al emperador de la China.
No acabaríamos nunca si hubiéramos de referir todos los abusos de
palabras que nos acuden a la imaginación.
FIN
Adulterio
Voltaire
ADULTERIO. No debemos esta palabra a los griegos, sino a los romanos.
Adulterio significa, en latín, alteración, adulteración, una cosa puesta en
lugar de otra; llaves falsas, contratos y signos falsos, adulterio. Por eso el
que se metía en lecho ajeno fue llamado adúltero, como la llave falsa que abre
la puerta de la casa de otro. Por eso llamaron por antífrasis coccyx, cuclillo,
al pobre marido en cuya casa y cama pone los huevos un hombre extraño. Plinio
el naturalista dice 1: «Coccixova subi in nidis alienis; ita plerique alienas
uxores faciunt matres». «El cuclillo deposita sus huevos en el nido de otros
pájaros; de este modo muchos romanos hacen madres a las mujeres de sus amigos.»
La comparación no es muy exacta, porque aunque se compara al cuclillo con el
cornudo, siguiendo las reglas gramaticales, el cornudo debía ser el amante y no
el esposo.
Algunos doctos sostienen que debemos a los griegos el emblema de los
cuernos, porque los griegos designan con la denominación de macho cabrío al
esposo de la mujer que es lasciva como una cabra. Efectivamente, los griegos
llaman a los bastardos hijos de cabra.
La gente de educación, que no usa nunca términos depresivos, no
pronuncia jamás la palabra adulterio. No dice nunca: la duquesa de tal comete
adulterio con fulano de cual; sino: la marquesa A tiene trato ilícito con el
conde de B. Cuando las señoras comunican a sus amigos o a sus amigas sus
adulterios, sólo dicen: «Confieso que le tengo afición». Antiguamente
declaraban que le apreciaban mucho; pero desde que una mujer del pueblo declaró
a su confesor que apreciaba a un consejero, y el confesor le preguntó:
«¿Cuántas veces le habéis apreciado?», las damas de calidad no aprecian a
nadie… ni van a confesarse.
Las mujeres de Lacedemonia no conocieron ni la confesión, ni el
adulterio. Verdad es que Menelao probó lo que Elena era capaz de hacer; pero
licurgo puso orden allí, consiguiendo que las mujeres fuesen comunes cuando los
maridos querían prestarlas y cuando las mujeres lo consentían. Cada uno puede
disponer de lo que le pertenece. En casos tales, el marido no podía temer el
peligro de estar alimentando en su casa a un hijo de otro. Allí todos los hijos
pertenecían a la república y no a una familia determina- da, y así no se
perjudicaba a nadie. El adulterio es un mal, porque es un robo; pero no puede
decirse que se roba lo que nos dan. Un marido de aquella época rogaba con
frecuencia a un hombre joven, bien formado y robusto, que cohabitara con su
mujer. Plutarco ha conservado hasta nuestros días la canción que cantaban los
lacedemonios cuando Acrotatus iba a acostarse con la mujer de su amigo.
«Id, gentil Acrotatus, satisfaced bien a Kelidonida. Dad bravos
ciudadanos a Esparta 1»
Los lacedemonios tenían, pues, razón para decir que el adulterio era
imposible entre ellos. No sucede lo mismo en las naciones modernas, en las que
todas las leyes están fundadas sobre lo tuyo y lo mío.
Una de las cosas más desagradables del adulterio entre nosotros es que
la mujer se burla con su amante algunas veces del marido. En la clase baja
sucede con frecuencia que la mujer roba al marido para dar al amante, y las
querellas matrimoniales arrastran a los cónyuges a cometer crueles excesos.
La mayor injusticia y el mayor daño del adulterio consiste en dar a un
pobre hombre hijos de otros, y cargándole con un peso que no debía llevar. Por
ese medio, razas de héroes han llegado a ser bastardas. Las mujeres de los
Astolfos y de los Jocondas, por la depravación del gusto y por la debilidad de
un momento, han tenido hijos de un enano contrahecho o de un lacayo sin
talento, y de esto se resienten los hijos en cuerpo y alma. Insignificantes
micos han heredado los más famosos nombres en algunos países de Europa, y
conservan en el salón de su palacio los retratos de sus falsos antepasados, de
seis pies de estatura, hermosos, bien formados, llevando un espadón que la raza
moderna apenas podría sostener con las dos manos.
En algunas provincias de Europa las jóvenes solteras hacen el amor; pero
cuando se casan se convierten en esposas prudentes y útiles; todo lo contrario
sucede en Francia; encierran en conventos a las jóvenes y se les da una
educación ridícula. Para consolarlas, sus madres les imbuyen la idea de que
serán libres cuando se casen. Apenas viven un año con su esposo, desean conocer
a fondo el valor de sus propios atractivos. La joven casada sólo vive, se pasea
y va a los espectáculos con otras mujeres que le enseñan lo que desea saber. Si
no tiene amante como sus amigas, está como avergonzada y no se atreve a
presentarse en público.
Los orientales tienen costumbres muy contrarias a las nuestras. Les
presentan jóvenes, garantizando que son doncellas; se casan con ellas y las
tienen siempre encerradas por precaución. Nos dan lástima las mujeres de
Turquía, de Persia y de las Indias, pero son mucho más dichosas en sus
serrallos que las jóvenes francesas en sus conventos.
Entre nosotros sucede algunas veces que un marido, disgustado de su
mujer, no queriendo formarle proceso criminal por adulterio, se satisface con
separarse de ella de cuerpo y bienes. A propósito de esto, insertaremos una
Memoria escrita por un hombre honrado que se encontró en situación semejante.
Nuestros lectores decidirán si son o no son justas sus quejas.
Memoria de un magistrado (escrita en el año 1764). Un magistrado de una
ciudad de Francia tuvo la desgracia de casarse con una mujer a quien sedujo un
sacerdote antes de su casamiento y que luego dio varios escándalos públicos.
Tuvo la paciencia de separarse de ella amistosamente. El magistrado era un
hombre de cuarenta años, vigoroso, de rostro agraciado; necesitaba mujer, pero
era demasiado escrupuloso para seducir a la esposa de otro hombre, y le
repugnaba el trato ilícito con una mujer galante, o liarse con una viuda.
Encontrándose en la incertidumbre de esta situación, dirigió a la iglesia de su
culto las siguientes quejas:
“Mi esposa es criminal, pero el castigado soy yo. Una mujer es necesaria
para el consuelo de mi vida y para que yo persevere en la virtud, y la secta a
que estoy afiliado me la niega, prohibiéndome casarme con una mujer honrada.
Las leyes civiles actuales, cimentadas por desgracia en el derecho canónico, me
privan de los derechos de la humanidad. La Iglesia me pone en el caso de
procurarme placeres que ella reprueba, o resarcimientos vergonzosos que ella
condena. Me impulsa a ser criminal.
»Examino todos los pueblos del mundo, y no encuentro uno solo,
exceptuando el pueblo católico romano, en los que el divorcio y un segundo
casamiento no sean de derecho natural. ¿Qué trastorno del orden hace, pues, que
en los países católicos sea una virtud consentir el adulterio, y un deber
carecer de mujer, cuando la propia nos ultrajó indignamente? ¿Por qué un lazo
podrido es indisoluble, a pesar de que dice la ley de nuestro código: “Quidquid
ligatur dissolubile est” (lo que se liga es disoluble). Se me permite la
separación de cuerpo y de bienes y no se me permite el divorcio. La ley puede
quitarme mi mujer, y sin embargo me deja un algo que se llama sacramento: no
gozo ya del matrimonio, y sin embargo estoy casado. ¡Qué contradicción y qué
esclavitud!
»Lo más extraño es que esa ley de la Iglesia católica romana contradice
directamente las palabras que esa misma Iglesia cree que pronunció Jesucristo:
“Todo el que despida a su mujer, excepto por adulterio, peca si toma otra” 1.
»No me ocuparé en examinar si los pontífices de Roma han tenido derecho
para violar a su capricho la ley de su Señor; ni del hecho de que cuando un
Estado necesita tener un heredero es lícito repudiar a la que no puede darlo.
No trataré tampoco de averiguar si una mujer turbulenta, demente, homicida o
envenenadora debe repudiarse lo mismo que una adúltera. Me concretaré
únicamente a ocuparme del triste estado en que me encuentro sumido. Dios
permite que me vuelva a casar y el obispo de Roma no me lo permite.
»El divorcio estuvo en uso en los pueblos católicos durante el reinado
de todos los emperadores, y lo estuvo también en todos los Estados que se
desmembraron del imperio romano. Los reyes de Francia, que llamamos de la
primera raza, casi todos repudiaron a sus mujeres para tomar otras. Pero
ascendió al solio pontificio Gregorio IX, enemigo de los emperadores y de los
reyes, y por medio de un decreto fue ley para toda Europa, y cuando los reyes
quisieron repudiar a una mujer adúltera, pudiendo hacerlo según la ley de
Jesucristo, tuvieron, para conseguirlo, que valerse de pretextos ridículos.
Luis el Joven se vio obligado, para divorciarse de Eleonora de Crineune, a
alegar un parentesco que no existía. Enrique IV, para repudiar a Margarita de
Valois, pretextó una causa más falsa todavía: la falta de consentimiento. Era
preciso mentir para divorciarse legalmente.
“Un soberano puede abdicar la corona, ¿y sin permiso del Papa no podrá
abdicar su mujer? ¿Es comprensible que hombres ilustrados consientan tan
absurda esclavitud?
“Convengo en que los sacerdotes y los frailes renuncien a las mujeres.
Cometen un atentado contra la población, y es una desgracia para ellos; pero
merecen esa desgracia, porque ellos mismos se la proporcionan. Son víctimas de
los papas, que los han convertido en esclavos, en soldados sin familia y sin
patria, que viven únicamente para la Iglesia; pero yo, que soy magistrado, que
sirvo al Estado todo el día, necesito una mujer por la noche; y la Iglesia no
está facultada para privarme de un bien que Dios me concede. Los apóstoles
estaban casados, Josef también, y yo quiero estarlo. Soy alsaciano, y sin
embargo dependo de un sacerdote que vive en Roma. Si ese sacerdote posee el
bárbaro poder de privar- se de una mujer, que me convierta en eunuco y cantaré
el miserere en su capilla en clase de tiple.»
Memoria para las mujeres. La equidad exige que, habiendo insertado la
precedente Memoria en favor de los maridos, pleiteemos ahora en favor de las
mujeres casadas, publicando las quejas que presentó a la junta de Portugal la
condesa de Alcira. He aquí la sustancia de ellas:
«El Evangelio prohíbe el adulterio a mi marido, lo mismo que a mí; y
será condenado como yo. Cuando cometió con- migo veinte infidelidades, cuando
dio mi collar a una de mis rivales y mis pendientes a otra, no pedí a los
jueces que le raparan el cabello, que le encerraran en un claustro, ni que me
entregaran sus bienes. y yo, por haberle imitado un sola vez, por haber hecho
con el hombre más hermoso de Lisboa lo que hace impunemente todos los días con
las perdidas de más baja estofa de la corte y de la ciudad, tengo que sentarme
en el banquillo de los acusados, ante jueces que todos ellos se arrodillarían a
mis pies si estuvieran conmigo dentro de mi gabinete. Y es preciso también que
en la Audiencia me corten la cabellera, que llama la atención de todo el mundo;
que luego me encierren en un convento de monjas, que no tienen sentido común;
que me priven de mi dote y de mis contratos matrimoniales; que entreguen todos
mis bienes a mi fatuo marido, para que le ayuden a seducir a otras mujeres y
cometer otros adulterios. Pregunto si esto es justo, y si no parece que sean
los cornudos los que han promulgado las leyes.
»Me quejo con razón; pero responden a mis quejas que debo considerarme
feliz, porque no me han apedreado en las puertas de la ciudad los canónigos,
los feligreses de la parroquia y todo el pueblo. Eso es lo que se hacía en la
primera nación del mundo, en la nación predilecta y querida de Dios, la única
que tuvo razón cuando las demás se equivocaban.
»Pero yo respondo a esos bárbaros que cuando presentaron la mujer
adúltera ante el que promulgó la antigua y la nueva ley, éste no consintió que
la apedrearan. Por el contrario, les echó en cara su injusticia y les satirizó
escribiendo en la arena con el dedo el antiguo proverbio hebraico: “El que de
vosotros esté sin pecado, que arroje la primera piedra”, y entonces se
retiraron todos, y los viejos con mayor velocidad, porque como tenían más años,
habían cometido más adulterios.
»Los doctores en derecho canónico me replican que la historia de la
mujer adúltera sólo se refiere en el Evangelio de San Juan y se insertó en él
algún tiempo después. Leontins y Maldonat aseguran que esa historia no se
encuentra en ninguno de los antiguos ejemplares griegos, y que no hablan de
ella ninguno de los veintitrés primeros comentaristas. Orígenes, San Jerónimo,
San Juan Crisóstomo, Teofilacto y Nonuns no la conocen, ni se encuentra en la
Biblia siríaca, ni en la versión de Ulfilas. Esto dicen los abogados de mi
marido, que además de cortarme el pelo, quisieran que me apedreasen.
»Pero los abogados que me defienden aseguran que Ammonius, autor del
siglo III, reconoce por verdadera esta historia, y que si San Jerónimo la
rechaza en algunas partes, la acepta en otras; en una palabra, que se tiene por
auténtica en la actualidad. Salgo del tribunal, busco a mi marido y le digo:
«Si no habéis cometido ningún pecado, cortad me el pelo, encerrad me en un
claustro y apoderaos de mis bienes; pero si habéis cometido más pecados que yo,
a mí me corresponde raparos, encerraros en un convento y apoderarme de vuestra
fortuna. La justicia debe ser igual para los dos». Mi marido me replica que es
mi superior, mi jefe, que tiene una pulgada más de estatura, que es velludo
como un oso y que, por consecuencia, se lo debo todo a él y él no me debe nada
a mí.
»Pero yo pregunto ahora: ¿Cómo la reina Ana de Inglaterra es superior a
su marido? ¿Cómo su marido el príncipe de Dinamarca le obedece ciegamente? Si
no lo hiciera así le trataría el Tribunal de los Pares, caso de que cometiera
con ella alguna infidelidad. Es, pues, evidente que si las mujeres no hacen
castigar a los hombres, es porque son menos fuertes que ellos.»
Para juzgar con justicia un proceso de adulterio, sería preciso que
fuesen jueces doce hombres y doce mujeres, y un hermafrodita que tuviera voto
preponderante en caso de empate.
Pero hay casos singulares en los que no caben las dudas y no nos es
lícito juzgar. Uno de esos casos es la aventura que refiere San Agustín en su
sermón sobre la predicación de Jesucristo en la montaña.
Septimius Acyndius, procónsul de Siria, mandó prender en Antioquia a un
cristiano porque no pagó al fisco una libra de oro con que le multaron, y le
amenazó con la muerte si no pagaba. Un hombre rico de aquel país prometió dar
dos marcos a la mujer del desgraciado si consentía en satisfacer sus deseos.
La mujer fue a contárselo a su marido, y éste rogó que le salvara la
vida, aunque tuviera que renunciar a los derechos que tenía sobre ella. La
mujer obedeció a su marido; pero el hombre rico, en vez de entregarle los dos
marcos de oro, la engañó entregándole un saco lleno de tierra. El marido no
puede pagar al fisco y no le queda más remedio que morir. En cuanto el
procónsul se entera de la infamia, paga de su propio bolsillo al fisco los dos
marcos de oro y manda que entreguen a los esposos cristianos el dominio del
campo de donde se sacó la tierra para llenar el saco que el hombre rico entregó
a la mujer.
En este caso se ve que la esposa, en vez de ultrajar a su marido, fue
dócil a su voluntad. No sólo le obedeció, sino que le salvó la vida. San
Agustín no se atreve a decir si es culpable o virtuosa, teme condenarla sin
razón. Lo singular es que Bayle, en este caso, pretenda ser más severo que San
Agustín 1 . Condena decididamente a la pobre mujer.
En cuanto a la educación contradictoria que damos a nuestras hijas,
añadamos una palabra. Las educamos infundiéndoles el deseo inmoderado de
agradar, para lo que les damos lecciones. La naturaleza por sí sola lo haría,
si nosotros no lo hiciésemos; pero al instinto de la naturaleza añadimos los
refinamientos del arte. Cuando están acostumbradas a nuestras enseñanzas las
castigamos si practican el arte que de nosotros han aprendido. ¿Qué opinión nos
merecía el maestro de baile que estuviera enseñando a un discípulo durante diez
años y pasado ese tiempo quisiera romperle las piernas por encontrarle bailando
con otro? ¿No podríamos añadir este artículo al de las contradicciones?
FIN
Alma
Voltaire
ALMA, Es un término vago, indeterminado, que expresa un principio
ignorado, pero de efectos conocidos que sentimos en nosotros mismos. La palabra
alma corresponde al vocablo anima de los latinos, a la palabra que usan todas
las naciones para expresar lo que no comprenden más que nosotros.
En el sentido propio y literal del latín y de las lenguas que se derivan
de él, significa lo que anima. Por eso se dice: el alma de los hombres, de los
animales y de las plantas, para significar su principio de vegetación y de
vida.
Al pronunciar esta palabra, sólo nos da una idea confusa, como cuando se
dice en el Génesis: «Dios sopló en el rostro del hombre un soplo de vida, y Se
convirtió en alma viviente; el alma de los animales está en la sangre; no
matéis, pues, su alma».
De modo que el alma -en sentido general- se toma por el origen y por la
causa de la vida, por la vida misma. Por esto las naciones antiguas creyeron
durante muchísimo tiempo que todo moría al morir el cuerpo. Aunque es difícil
desentrañar la verdad en el caos de las historias remotas, tiene visos de
probabilidad que los egipcios fuesen los primeros que distinguieron la
inteligencia y el alma, y los griegos aprendieron de ellos a distinguirla. Los
latinos, siguiendo el. ejemplo de los griegos, distinguieron animus y anima; y
nosotros distinguimos también alma e inteligencia. Pero lo que constituye el
principio de nuestra vida, ¿constituye el principio de nuestros pensamientos?
Lo que nos hace digerir, lo que nos produce sensaciones y nos da memoria, ¿se
parece a lo que es causa en los animales de la digestión, de las sensaciones y
de la memoria?
He aquí el eterno objeto de las disputas de los hombres. ¡Digo eterno
objeto porque, careciendo de la noción primitiva que nos guíe en este examen,
tendremos que permanecer siempre encerrados en un laberinto de dudas y de
conjeturas.
No contamos ni con un solo escalón donde afirmar el pie para llegar al
vago conocimiento de lo que nos hace vivir y de lo que nos hace pensar. Para
poseerlo sería preciso ver cómo la vida y el pensamiento entran en un cuerpo.
¿Sabe un padre cómo produce a su hijo? ¿Sabe la madre cómo lo concibe? ¿Puede
alguien adivinar cómo se agita, cómo se despierta y cómo duerme? ¿Sabe alguno
cómo los miembros obedecen a su voluntad? ¿Ha descubierto el medio por el cual
las ideas se forman en su cerebro y salen de él cuando lo desea? Débiles
autómatas, colocados por la mano invisible que nos gobierna en el escenario del
mundo, ¿quién de nosotros ha podido ver el hilo que origina nuestros
movimientos?
No nos atrevemos a cuestionar si el alma inteligente es espíritu o
materia; si fue creada antes que nosotros; si sale de la nada cuando nacemos;
si después de habernos animado durante un día en el mundo, vive, cuando
morirnos, en la eternidad. Estas cuestiones que parecen sublimes, sólo son
cuestiones de ciegos que preguntan a otros ciegos: ¿qué es la luz?
Cuando tratamos de conocer los elementos que encierra un pedazo de
metal, lo someternos al fuego de un crisol. ¿Poseemos crisol alguno para
someter el alma? Unos dicen que es espíritu; pero ¿qué es espíritu? Nadie lo
sabe; es una palabra tan vacía de sentido, que nos vemos obligados a decir que
el espíritu no se ve, porque no sabemos decir lo que es. El alma es materia,
dicen otros. Pero ¿qué es materia? Sólo conocemos algunas de sus apariencias y
algunas de sus propiedades; y ninguna de estas propiedades parece tener la
menor relación con el pensamiento.
Hay también quien opina que el alma está formada de algo distinto de la
materia. Pero ¿qué pruebas tenemos de esto? Se funda tal opinión en que la
materia es divisible y puede tomar diferentes aspectos, y el pensamiento no lo
es. Pero ¿quién os ha dicho que los primeros principios de la materia sean
divisibles y figurables? Es muy verosímil que no lo sean; sectas enteras de
filósofos sostienen que los elementos de la materia no tienen figura ni
extensión. Creéis anonadarnos replicando: «El pensamiento no es madera, ni
piedra, ni metal; luego el pensamiento no puede ser materia». Pero eso son
débiles y atrevidos razonamientos. La gravitación no es metal, ni arena, ni
piedra, ni madera; el movimiento, la vegetación, la vida, no son ninguna de
esas cosas; y sin embargo, la vida, la vegetación, el movimiento y la
gravitación son cualidades de la materia. Decir que Dios no puede conseguir que
la materia piense es decir el absurdo más insolente que se haya proferido nunca
en la escuela de la demencia.
No estamos seguros de que Dios haya obrado así; pero sí estamos seguros
de que puede obrar de tal modo. ¿Qué importa todo lo que se ha dicho y lo que
se dirá sobre el alma? ¿Qué importa que la hayan llamado entelequia,
quintaesencia, llama o éter; que la hayan creído universal, increada,
transmigrante, etcétera? ¿Qué importa en cuestiones inaccesibles a la razón
esas novelas creadas por nuestras inciertas imaginaciones? ¿Qué importa que los
padres de la Iglesia de los cuatro primeros siglos creyeran que el alma era
corporal? ¿Qué importa que Tertuliano, contradiciéndose, decidiese que el alma
es corporal, figurada y simple al mismo tiempo? Tenemos mil testimonios de
nuestra ignorancia, pero ni uno solo ofrece vislumbre de verosimilitud.
¿Cómo nos atreveremos a afirmar lo que es el alma? Sabemos con
certidumbre que existimos, que sentimos y que pensamos. Deseamos ir más allá y
caemos en un abismo de tinieblas. Sumergidos en ese abismo, todavía se apodera
de nosotros la loca temeridad de disputar si el alma, de la que no tenemos la
menor idea, se creó antes que nosotros o al mismo tiempo que nosotros, y si es
perecedera o inmortal.
El alma y todos los artículos que son metafísicos deben empezar
sometiéndose sinceramente a los dogmas de la Iglesia, porque indudablemente la
revelación vale más que toda la filosofía. Los sistemas ejercitan el espíritu,
pero la fe le alumbra y le guía.
Con frecuencia pronunciamos palabras de las que tenemos una idea muy
confusa, y algunas veces ignoramos el significado. ¿No está en este caso la
palabra alma? Cuando la lengüeta o la válvula de un fuelle está descompuesta y
el aire que entra en el vientre del fuelle sale por alguna de las aberturas que
tiene la válvula, y éste no está comprimido por las dos paletas, y no sale con
la violencia que se necesita para encender el fuego, las criadas dicen: «Está
descompuesta el alma del fuelle». No saben más, y esa cuestión no turba su
tranquilidad. El jardinero habla del alma de las plantas, y las cultiva bien,
sin saber lo que significa esta palabra. En muchas de nuestras manufacturas,
los obreros dan la calificación de alma a sus máquinas; y nunca disputan sobre
el significado de dicha palabra; no sucede así a los filósofos.
La palabra alma, entre nosotros, en su significado general, sirve para
denotar lo que anima. Nuestros antepasados los celtas dieron al alma el nombre
de seel, del que los ingleses formaron la palabra soul, y los alemanes la
palabra seel,. y probablemente los antiguos teutones y los antiguos bretones no
disputarían sobre esa palabra.
Los griegos distinguían tres clases de almas: el alma sensitiva o el
alma de los sentidos (he aquí por qué el Amor, hijo de Afrodita, sintió tan
vehemente pasión por Psiquis y por qué Psiquis le amó tiernamente); el soplo
que da vida y movimiento a toda máquina, y que nosotros traducimos por
espíritu; y la tercera clase de alma, que, como nosotros, llamaron
inteligencia. Poseemos, pues, tres almas, sin tener la más ligera noción de
ninguna de ellas. Santo Tomás de Aquino admite estas tres almas, como buen peripatético,
y distingue cada una de ellas en tres partes: una está en el pecho, otra en
todo el cuerpo y la tercera en la cabeza. En nuestras escuelas no se conoció
otra filosofía hasta el siglo XVIII… ¡Y desgraciado el hombre que hubiera
tomado una de esas tres almas por la otra!
Hay, sin embargo, motivo para este caos de ideas. Los hombres conocieron
que cuando les excitaban las pasiones del amor, de la cólera o del miedo,
sentían ciertos movimientos en las entrañas. El hígado y el corazón fueron
asignados como asiento de las pasiones. Cuando se medita profundamente,
sentimos cierta opresión en los órganos de la cabeza; luego el alma intelectual
está en el cerebro. Sin respirar no es posible la vegetación y la vida; luego
el alma vegetativa está en el pecho, que recibe el soplo del aire.
Cuando los hombres vieron en sus sueños a sus padres o a sus amigos
muertos, se dedicaron a estudiar qué es lo que se les había aparecido. No era
el cuerpo, porque lo había consumido una hoguera, se lo había tragado el mar y
había servido de pasto a los peces. Esto no obstante, sostenían que algo se les
había aparecido, puesto que lo habían visto; el muerto les había hablado, y el
que estaba soñando le dirigía preguntas. ¿Con quién había conversado durmiendo?
Se imaginaron que era un fantasma, una figura aérea, una sombra, los manes, una
pequeña alma de aire y fuego extremadamente delicada, que vagaba por no sé
dónde.
Andando el tiempo, cuando quisieron profundizar este estudio,
convinieron en que dicha alma era corporal, y ésta fue la idea que de ella se
tuvo en la antigüedad. Llegó después Platón, que sutilizó esa alma de tal
manera, que se llegó a sospechar que la separó casi completamente de la
materia; pero ese problema no se resolvió hasta que la fe vino a iluminamos.
En vano los materialistas alegan que algunos padres de la Iglesia no se
expresaron con exactitud. San Ireneo dice que el alma es el soplo de la vida,
que sólo es incorporal si se compara con el cuerpo de los mortales, pero que
conserva la figura de hombre con el objeto de que se la reconozca.
En vano Tertuliano se expresaba de este modo: «La corporalidad del alma
resalta en el Evangelio; porque si el alma no tuviera cuerpo, la imagen del
alma no tendría imagen corpórea» .En vano ese mismo filósofo refiere la visión
de una mujer santa que vio un alma muy brillante y del color del aire.
En vano alegan que San Hilario dijo en tiempos posteriores: «No hay nada
de lo creado que no sea corporal, ni en el cielo ni en la tierra, ni en lo
visible ni en 10 invisible; todo está formado de elementos, y las almas, ya
habiten en un cuerpo, ya salgan de él, tienen siempre una sustancia corporal).
En vano San Ambrosio, en el siglo VI, dijo: «No conocemos nada que no
sea material, si exceptuamos la venerable Trinidad».
La Iglesia ha decidido por unanimidad que el alma es inmaterial. Los
indicados santos incurrieron en un error que era entonces universal; eran
hombres. Pero no se equivocaron respecto a la inmortalidad, porque los
Evangelios evidentemente la anuncian.
Necesitamos conformarnos con la decisión de la Iglesia, porque no
poseemos la noción suficiente de lo que se llama espíritu puro y de lo que se
llama materia. El espíritu puro es una palabra que no nos transmite ninguna
idea; sólo conocemos la materia por alguno de sus fenómenos. La conocemos tan
poco, que la llamamos sustancia, y la palabra sustancia quiere decir lo que
está debajo; pero este debajo está oculto eternamente para nosotros; es el
secreto del Creador en todas partes. No sabemos cómo recibimos la vida, ni cómo
la damos, ni cómo crecemos, ni cómo digerimos, ni cómo dormimos, ni cómo
pensamos, ni cómo sentimos. Es una incomprensible dificultad conocer cómo
cualquiera de los seres concibe sus pensamientos.
De las dudas de Locke sobre el alma. El autor del artículo Alma que
publicó la Enciclopedia siguió escrupulosamente las opiniones de Jaquelet. Pero
Jaquelet no nos enseña nada. Ataca a Locke, porque éste modestamente dijo:
«Quizá no seremos nunca capaces de conocer si un ser material piensa o no, por
la razón de que nos es imposible descubrir por medio de la contemplación de
nuestras propias ideas si Dios ha concedido a cualquier montón de materia,
preparada a propósito, el poder de conocerse y de pensar, o si unió a la
materia de este modo preparada una sustancia inmaterial que piensa. Con
relación a nuestras nociones, no nos es difícil concebir que Dios puede, si así
le place, añadir a la idea que tenemos de la materia la facultad de pensar; ni
nos es difícil comprender que pueda añadirse otra sustancia a la que el Ser
todopoderoso pueda conceder ese poder, y que pueda crear en virtud de la
voluntad omnímoda del Creador . No encuentro contradicción en que Dios, ser
pensante, eterno y todopoderoso, dote, si quiere, de algunos grados de
sentimiento, de perfección y de pensamiento a ciertos montones de materia
creada e insensible, y que los una a ella cuando lo crea conveniente».
Como acabamos de ver, Locke habla como hombre profundo, religioso y
modesto 1 .
Conocidos son los disgustos que le proporcionó el manifestar esta
opinión, que en su época pareció atrevida, pero que sólo era la consecuencia de
la convicción que abrigaba de la omnipotencia de Dios y de la debilidad del
hombre. No aseguró que la materia piensa; pero dijo que no sabemos bastante
para demostrar que es imposible que Dios añada el don del pensamiento al ser
desconocido que llamamos materia, después de haberle concedido nosotros el don
de la gravitación y el don del movimiento, que nos son igualmente
incomprensibles.
Locke no fue el único que inició esta opinión: indudablemente ya la tuvo
la antigüedad, puesto que consideraba el alma como una materia muy delicada, y
por consecuencia, aseguraba que la materia podía sentir y pensar .
Esta fue también la opinión de Gassendi, como puede verse en las
objeciones que hizo a Descartes: «Es verdad -dice Gassendi- que conocéis, que
pensáis, pero no sabéis qué especie de sustancia sois. Por lo tanto, aunque os
sea conocida la operación del pensamiento, desconoceréis lo principal de
vuestra esencia, ignorando cuál es la naturaleza de esa sustancia, de la que el
acto de pensar es una de las operaciones. En esto os parecéis al ciego que al
sentir el calor de los rayos solares y sabiendo que lo causa el sol creyera que
tenía la idea clara y distinta de lo que es este astro, porque si le
preguntaran qué es el sol, podría responder: “Es una cosa que calienta”». El
mismo Gassendi, en su libro titulado Filosofía de Epicuro, repite algunas veces
que no hay evidencia matemática de la pura espiritualidad del alma.
Descartes, en una de las cartas que dirigió a la princesa palatina
Elisabet, le dijo: «Confieso que por medio de la razón natural podemos hacer
nuestras conjeturas respecto al alma y acariciar halagüeñas esperanzas, pero no
podemos tener ninguna seguridad». En este caso, Descartes ataca en sus cartas
lo que afirma en sus libros.
Acabamos de ver que los padres de la Iglesia de los primeros siglos,
creyendo al alma inmortal, la creían material al mismo tiempo, suponiendo que a
Dios le era tan fácil conservar como crear. Por eso decían: «Dios la hizo
pensante y pensante la conservará».
Malebranche probó bastante bien que nosotros no adquirimos ninguna idea
por nosotros mismos y que los obispos son incapaces de dárnoslas. De esto
dedujo que provienen de Dios. Esto equivale a decir que Dios es el autor de
todas nuestras ideas. Su sistema forma un laberinto, en el cual una de las
veredas conduce al sistema de Spinoza, otra al estoicismo y la tercera al caos.
Después de disputar mucho tiempo sobre el espíritu y sobre la materia,
acabamos siempre por no podernos entender. Ningún filósofo logró levantar con
sus propias fuerzas el velo que la naturaleza tiene extendido sobre los
primeros principios de las cosas. Mientras ellos disputan, la naturaleza obra.
Del alma de las bestias. Antes de admitir el extraño sistema que supone
que los animales son unas máquinas incapaces de sensación, los hombres no
creyeron nunca que las bestias tuvieran alma inmaterial, y nadie fue tan
temerario que se atreviera a decir que la otra estaba dotada de alma
espiritual. Estaban acordes las opiniones y convenían en que las bestias habían
recibido de Dios sentimiento, memoria, ideas, pero no espíritu. Nadie había
abusado del don de reaccionar, hasta el extremo de decir que la naturaleza
concedió a las bestias todos los órganos del sentimiento para que no tuvieran
sentimiento. Nadie había dicho que gritan cuando se las hiere, que huyen cuando
se las persigue, sin sentir dolor ni miedo. No se negaba entonces la
omnipotencia de Dios; reconociendo que pudo comunicar a la materia orgánica de
los animales el placer, el dolor, el recuerdo, la combinación de algunas ideas,
pudo dotar a varios de ellos, como al mono, al elefante, al perro de caza, del
talento para perfeccionarse en las artes que se les enseñan; pudo dar a los
animales carnívoros medios para hacer la guerra. No sólo pudo, sino que así lo
hizo; pero Pereyra y Descartes sostuvieron que el mundo se equivocaba; que Dios
había jugado con él a los cubiletes, dotando de todos los instrumentos de la
vida y de la sensación a los animales, con el propósito deliberado de que
carecieran de sensación y de vida propiamente dicha; y otros que tenían
pretensiones de filósofos, con la idea de contradecir la idea de Descartes,
concibieron la quimera opuesta, diciendo que estaban dotados de espíritu los
animales, y que tenían alma los sapos y los insectos.
Entre estas dos locuras: la primera, que niega el sentimiento a los
órganos que lo producen, y la segunda, que hace alojar un espíritu puro en el
cuerpo de una pulga, hubo autores que se decidieron por un término medio, que
llama- ron instinto. ¿ y qué es el instinto? Es una forma substancial, una
forma plástica, es un no sé qué. Seré de vuestra opinión cuando llaméis a la
mayoría de las cosas yo no sé qué, cuando vuestra filosofía empiece y acabe por
yo no sé nada.
El autor del artículo Alma, publicado en la Enciclopedia, dice: «En mi
opinión, el alma de las bestias la forma una sustancia inmaterial e
inteligente». Pero ¿de qué clase es ésta? Debe de consistir en un principio
activo capaz de sensaciones. Si reflexionamos sobre la naturaleza del alma de
las bestias, no nos proporciona ningún motivo para creer que su espiritualidad
las salve del anonadamiento.
Es para mí incomprensible poder tener idea de una sustancia inmaterial.
Representarse algún objeto es tener en la imaginación una imagen de él, y hasta
hoy nadie ha conseguido pintar el espíritu. Concedo que el autor que acabo de
citar entienda concebir por la palabra representar. Pero yo confieso que
tampoco la concibo, como no concibo la creación ni la nada, porque ignoro
completamente el principio de todas las cosas.
Si trato de probar que el alma es un ser real, me contestan diciendo que
es una facultad; si afirmo que es una facultad y que posee la de pensar, me
responden que me equivoco, que Dios, dueño absoluto de la naturaleza, lo hace
todo en mí y dirige todos mis actos y pensamientos; que si yo produjera mis
pensamientos, sabría los que produzco cada minuto, y no lo sé; que sólo soy un
autómata con sensaciones y con ideas, que dependo exclusivamente del Ser
Supremo y estoy tan sometido a El como la arcilla a las manos del alfarero.
Confieso, pues, mi ignorancia y que cuatro mil tomos de metafísica son
insuficientes para enseñarnos lo que es el alma.
Un filósofo ortodoxo decía a un filósofo heterodoxo: «¿Cómo habéis
conseguido llegar a creer que por su naturaleza el alma es mortal y que sólo es
eterna para la voluntad de Dios?» «Porque lo he experimentado», contestó el
otro filósofo. «¿Cómo lo habéis experimentado? ¿Acaso os habéis muerto?» «Sí,
algunas veces. Tenía ataques de epilepsia en mi juventud, y os aseguro que me
quedaba completamente muerto durante algunas horas. Después no experimentaba
ninguna sensación, ni recordaba lo que me había sucedido. Ahora me sucede lo
mismo casi todas las noches. Ignoro en qué momento me duermo, y duermo sin
soñar. Sólo por conjeturas puedo calcular el tiempo que he dormido. Estoy,
pues, muerto ordinariamente seis horas cada veinticuatro; la cuarta parte de mi
vida». El ortodoxo sostuvo que él pensaba siempre mientras dormía, pero sin
saber lo que pensaba. El heterodoxo le contestó: «Creo por la revelación que
pensaré siempre en la otra vida; pero os aseguro que rara vez pienso en ésta».
El ortodoxo no se equivocaba al afirmar la inmortalidad del alma, porque
la fe y la razón demuestran esta verdad; pero podía equivocarse al asegurar que
el hombre dormido piensa siempre. Locke confesaba francamente que no pensaba
siempre que dormía; y otro filósofo dijo: «El hombre posee la facultad de
pensar, pero ésta no es la esencia del hombre.» Dejemos a cada individuo la
libertad y el consuelo de estudiarse a sí mismo y de perderse en el laberinto
de sus ideas.
Esto no obstante, es curioso saber que en 1730 hubo un filósofo que fue
perseguido por haber confesado lo mismo que Locke, o sea, que no ejercitaba su
entendimiento todos los minutos del día y de la noche, así como se servía en
todos ellos de los brazos y de las piernas. No sólo la ignorancia de la corte
le persiguió, sino también la ignorancia maligna de algunos que pretendían ser
literatos. Lo que sólo produjo en Inglaterra algunas disputas filosóficas,
produjo en Francia cobardes atrocidades. Un francés fue víctima por seguir a
Locke.
Siempre hubo en el fango de nuestra literatura algunos miserables
capaces de vender su alma y atacar hasta a sus mismos bienhechores. Esta
observación parece impertinente en un artículo en el que se trata del alma;
pero no debemos perder ninguna ocasión de afear la conducta de los que quieren
deshonrar el glorioso título de hombres de letras, prostituyendo su escaso
talento y su conciencia a un vil interés, a una política quimérica y que hacen
traición a sus amigos por halagar a los necios. No sucedió nunca en Roma que
denunciaran a Lucrecio por haber puesto en verso el sistema de Epicuro; ni a
Cicerón por decir muchas veces que después de morir no se siente dolor alguno;
ni acusaron a Plinio, ni a Varrón, de haber tenido ideas particulares acerca de
la Divinidad. La libertad de pensar fue ilimitada en Roma. Los hombres de
cortos alcances y temerosos que en Francia se han esforzado en ahogar esa
libertad, madre de nuestros conocimientos y espuela del entendimiento humano,
para conseguir sus fines han hablado de los peligros quiméricos que ésta puede
traer. No reflexionaron que los romanos, que gozaban de completa libertad de
pensar, no por eso dejaron de ser nuestros vencedores y nuestros legisla-
dores, y que las disputas de escuela tienen tan poca relación con el gobierno
como el tonel de Diógenes tuvo con las victorias de Alejandro. Esta lección
equivale a una lección respecto al alma: quizá tendremos algunas ocasiones de
insistir sobre ella.
Aunque adoremos a Dios con toda el alma, debemos confesar nuestra
profunda ignorancia respecto al alma, a esa facultad de sentir y de pensar que
debemos a su bondad infinita. Confesemos que nuestros endebles raciocinios nada
quitan y nada añaden, y deduzcamos de esto que debemos emplear la inteligencia,
cuya naturaleza desconocemos, en perfeccionar las ciencias, como los relojeros
emplean los resortes en los relojes sin saber lo que es un resorte.
Sobre el alma y nuestras ignorancias. Fundándonos en los conocimientos
adquiridos, nos hemos atrevido a cuestionar si el alma se creó antes que
nosotros, si llega de la nada a introducirse en nuestro cuerpo, a qué edad
viene a colocarse entre la vejiga y los intestinos, si allí recibe o aporta
algunas ideas y qué ideas son éstas; si después de animarnos algunos momentos,
su esencia, luego que el cuerpo muere, vive en la eternidad; si siendo
espíritu, lo mismo que Dios, es diferente a éste o es semejante. Esas
cuestiones que parecen sublimes, como dijimos, son las cuestiones que entablan
los ciegos de nacimiento respecto a la luz.
¿Qué nos han enseñado los filósofos antiguos y los modernos?
Nos han enseñado que un niño es más sabio que ellos, porque éste sólo
piensa en lo que puede conseguir. Hasta ahora la naturaleza de los primeros
principios es un secreto del Creador. ¿En qué consiste que los aires arrastran
los sonidos? ¿Cómo es que algunos de nuestros miembros obedecen constantemente
a nuestra voluntad? ¿Qué mano es la que coloca las ideas en la memoria, las
conserva allí como en un registro y las saca cuando queremos y también cuando
no queremos? Nuestra naturaleza, la del Universo y la de las plantas están
escondidas en un abismo de las tinieblas. El hombre es un ser que obra, que
siente y piensa. He aquí todo lo que sabemos; pero ignoramos qué es lo que nos
hace pensar, sentir y obrar. La facultad de obrar es tan incomprensible para nosotros
como la facultad de pensar. Es menos difícil concebir que el cuerpo de barro
tenga sentimientos e ideas, que concebir que un ser tenga ideas y sentimientos.
Comparad el alma de Arquímedes con el alma de un imbécil. ¿Son las dos
de una misma naturaleza? Si es esencial en ellas el pensar, pensarán siempre
con independencia del cuerpo, que no podrá obrar sin ellas; si piensan por su
propia naturaleza, ¿serán de la misma especie el alma que no puede comprender
una regla de aritmética y el alma que midió los cielos? Si los órganos
corporales hacen pensar a Arquímedes, dirigiendo mejor y desempeñando con más
perfección las funciones corporales, ¿no piensa? A esto se contesta que su
cerebro no es tan bueno; pero eso es una suposición, porque los que así
contestan no lo saben. No se encontró nunca diferencia alguna en los cerebros
disecados; y es además verosímil que el cerebelo de un tonto se encuentre en
mejor estado que el de Arquímedes, que lo usó y lo fatigó prodigiosamente.
Deduzcamos, pues, de esto lo que antes dedujimos: que somos ignorantes
ante los primeros principios.
De la necesidad de /a revelación. El mayor beneficio que debemos al
Nuevo Testamento consiste en habernos revelado la inmortalidad del alma. Inútil
fue que el obispo Warburton tratara de oscurecer tan importante verdad,
diciendo continuamente que «los antiguos judíos desconocieron ese dogma
necesario y que los saduceos no lo admitían en la época de Jesús».
Interpreta a su modo las palabras que dicen que Jesucristo pronunció:
«¿Ignoráis que Dios os dijo: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el
Dios de Jacob? Luego Dios no es el Dios de los muertos, sino el Dios de los
vivos». Atribuye a la parábola el más rico sentido contrario al que le
atribuyen todas las Iglesias. Sherlock, obispo de Londres, y otros muchos
sabios lo refutan; los mismos filósofos ingleses le echan en cara que es
escandaloso que un obispo anglicano tenga la opinión contraria a la Iglesia
anglicana; y Warburton, al verse contradicho, llama impíos a dichos filósofos,
imitando a Arlequín, personaje de la comedia titulada El ladrón de la casa, que
después de robar y arrojar los muebles por la ventana, viendo que en la calle
un hombre se lleva algunos, gritó con toda la fuerza de sus pulmones: «¡Coged
al ladrón!»
Vale más bendecir la revelación de la inmortalidad del alma y las de las
penas y recompensas después de la muerte, que la soberbia filosófica de hombres
que siembran la duda. El gran César no creía; claro lo dijo en pleno Senado,
cuando para impedir que matasen a Catilina, expuso su criterio, según el cual
la muerte no dejaba en el hombre ningún sentimiento, y todo moría con él. Nadie
le refutó esta opinión.
El Imperio Romano estaba dividido en dos grandes sectas: la de Epicuro,
que sostenía que la divinidad era inútil en el mundo y que el alma perecía con
el cuerpo; y la de los estoicos, que sostenía que el alma era una porción de la
divinidad, la cual, después de la muerte del cuerpo, volvía a su origen, esto
es, al gran todo de donde había dimanado. Unas sectas creían que el alma era
mortal y otras que era inmortal, pero todas ellas estaban conformes en burlarse
de las penas y las recompensas futuras.
Nos restan todavía bastantes pruebas de que los romanos tuvieron tal
creencia; y esta opinión, profundamente grabada en los corazones de los héroes
y de los ciudadanos romanos, les inducía a matarse sin el menor escrúpulo, sin
esperar que el tirano los entregara al verdugo.
Los hombres más virtuosos de entonces, que estaban con- vencidos de la
existencia de un Dios, no esperaban en la otra vida ninguna recompensa ni
temían ningún castigo. Veremos en el artículo titulado Apócrifo, que Clemente,
quien más tarde fue Papa y Santo, puso en duda que los primitivos cristianos
creyesen en la segunda vida, y sobre esto consultó a San Pedro en Cesarea. No
creemos que San Clemente escribiera la historia que se le atribuye; pero esa
historia prueba que el género humano necesitaba guiarse por la revelación. Lo
que en este asunto nos sorprende es que un dogma tan reprimen te y tan
saludable haya consentido que cometan brillantes crímenes los hombres que viven
tan poco tiempo y que se ven estrechados entre dos eternidades.
Las almas de los tontos y de los monstruos. Nace un niño mal conformado
y absolutamente imbécil; no concibe ideas y vive sin ellas. ¿Cómo hemos de
definir esta clase de animal? Unos doctores dicen que es algo entre el hombre y
la bestia; otros, que posee un alma sensitiva, pero no un alma intelectual.
Come, bebe y duerme, tiene sensaciones, pero no piensa. ¿Existe para él la otra
vida, o no existe? Se ha propuesto este caso, pero hasta hoy no ha obtenido
completa resolución.
Algún filósofo ha dicho que la referida criatura debía tener alma,
porque su padre y su madre la tenían; pero guiándonos por ese razonamiento, si
hubiera nacido sin nariz, deberíamos suponer que la tenía, porque su padre y su
madre la tuvieron.
Una mujer da a luz un niño que carece de barba, que tiene la frente
aplastada y negra, la nariz afilada y puntiaguda y los ojos redondos; pero a
pesar de esto, el resto del cuerpo tiene la misma estructura que los demás
mortales. Los padres deciden que reciba el bautismo, y todo el mundo cree que
posee alma inmortal; pero si esa misma ridícula criatura tiene las uñas en
forma de punta y la boca en forma de pico, la declaran monstruo, dicen que
carece de alma y no la bautizan.
Sabido es que en Londres, en 1726, hubo una mujer que paria cada ocho
días un gazapillo. Sin ninguna dificultad, bautizaban a dicho niño. El cirujano
que asistía a la referida mujer durante el parto juraba que ese fenómeno era
verdadero, y le creían. ¿Pero qué motivo tenían los crédulos para negar que
tuviesen alma los hijos de dicha mujer? Si ella la tenía, sus hijos debían
también tenerla. ¿El Ser Supremo no puede conceder el don del pensamiento y el
de la sensación al ser desfigurado que nazca de una mujer en forma de conejo lo
mismo que al que nazca en figura de hombre? ¿El alma que se predisponía a
alojarse en el feto de esa madre sería capaz de volverse al vacío?
Locke observa, respecto a los monstruos, que no debe atribuirse la
inmortalidad al exterior del cuerpo, por la configuración de la barba o la
hechura del traje; y pregunta: ¿cuál es la justa medida de deformidad a la que
hay que sujetarse para conocer si un niño tiene alma o no la tiene? ¿Desde qué
grado debe ser declarado monstruo?
¿Qué hemos de pensar en esta materia de un niño que tenga dos cabezas y
que, a pesar de esto, su cuerpo esté bien modelado? Unos dicen que tiene dos
almas, porque está provisto de dos glándulas pineales, y otros contestan a esto
diciendo que no puede tener dos almas quien no tiene más que un pecho y un
ombligo.
Se ha cuestionado tanto sobre el alma humana, que si ésta examinara
todas las cuestiones, sentiría un insoportable fastidio. Le pasaría lo que le
sucedió al cardenal de Polignac en un cónclave. Su intendente, cansado de no
poderle enterar nunca de las cuentas de su intendencia, hizo un viaje a Roma y
se colocó en la pequeña ventana de su celda, cargado con un inmenso fajo de
papeles. Estuvo allí leyendo las cuentas más de dos horas, y por fin, viendo
que no obtenía ninguna contestación, metió la cabeza por la ventana. Hacía
cerca de dos horas que el cardenal había salido de su celda. Nuestras almas nos
abandonarían antes de que sus intendentes las hubieran enterado de lo mucho que
de ellas nos hemos ocupado.
Debo confesar que siempre que examino al infatigable Aristóteles, al
Doctor Angélico y al divino Platón, tomo por motes estos epítetos que se les
aplican. Me parecen todos los filósofos que se han ocupado del alma humana
ciegos charlatanes y temerarios, que hacen esfuerzos para persuadir- nos de que
tienen vista de águila, y veo que hay otros amantes de la filosofía, curiosos y
locos, que los creen bajo su palabra, imaginándose que de ese modo ven algo.
No vacilo en colocar en la categoría de maestros de errores a Descartes
y Malebranche. Descartes nos asegura que el alma del hombre es una sustancia
cuya esencia es pensar que piensa siempre, y que se ocupa desde el vientre de
la madre de ideas metafísicas y de acciones generales que olvida en seguida.
Malebranche está convencido de que todo lo vemos en Dios. Si encontró
partidarios, es porque las fábulas más atrevidas son las que mejor recibe la
débil imaginación del hombre.
Muchos filósofos han escrito la novela del alma; pero un sabio es el
único que ha escrito modestamente su historia. Compendiaré esa historia según
yo la concibo. Comprendo que todo el mundo no estará acorde con las ideas de
Locke; pudiera ser que Locke tenga razón contra Descartes y Malebranche y que
se equivoque para la Sorbona; pero yo hablo desde el punto de vista de la
filosofía, no desde el punto de vista de las revelaciones de la fe.
Sólo me corresponde pensar humanamente. Los teólogos que decidan
respecto a lo divino; la razón y la fe son de naturaleza contraria. En una
palabra, voy a insertar un extracto de Locke, a quien yo censuraría si fuese
teólogo, pero a quien patrocino como una hipótesis, como conjetura filosófica,
humanamente hablando. Se trata de saber lo que es el alma.
1.º La palabra alma es una de esas palabras que pronunciamos sin
entenderlas; sólo entendemos las cosas cuando tenemos ideas de ellas; no
tenemos idea del alma, luego no la comprendemos.
2.º Se nos ha ocurrido llamar alma a la facultad de sentir y de pensar,
así como llamamos vida a la facultad de vivir. y voluntad a la facultad de
querer .
Algunos razonadores dijeron en seguida a esto: «El hombre es un
compuesto de materia y de espíritu; la materia es extensa y divisible; el
espíritu no es una cosa ni otra; luego es de naturaleza distinta. Es una
reunión de dos seres que no han sido creados el uno para el otro y que Dios
unió a pesar de su naturaleza. Apenas vemos el cuerpo y absolutamente vemos el
alma. Esta no tiene partes; luego es eterna. Tiene ideas puras y espirituales;
luego no las recibe de la materia; tampoco las recibe de sí misma; luego, Dios
se las da; luego ella soporta al nacer la idea de Dios y del infinito, y todas
las ideas generales.»
Humanamente hablando, contesto a dichos razonadores diciéndoles que son
muy sabios. Empiezan por concedernos que existe el alma, y luego nos explican
lo que debe ser; pronuncian la palabra materia, y deciden de plano lo que la
materia es. Pero yo les replico: no conocéis ni el espíritu ni la materia. En
cuanto al espíritu, sólo le concedéis la facultad de pensar; y en cuanto a la
materia, comprendéis que ésta no es más que una reunión de cualidades, de
colores, de extensiones y de solideces; a esa reunión llamáis materia, y
marcáis los límites de ésta y los del alma antes de estar seguros de la
existencia de una y de otra.
Enseñáis gravemente que las propiedades de la materia son la extensión y
la solidez; y yo os repito modestamente que la materia tiene otras mil
propiedades que ni vosotros ni yo conocemos. Aseguráis que el alma es
indivisible y eterna, dando por seguro lo que es cuestionable. Obráis casi lo
mismo que el director de un colegio que, no habiendo visto un reloj en toda su
vida, le pusieran en las manos de repente un reloj de repetición inglés. Ese
director, como buen peripatético, queda sorprendido viendo la precisión con que
las saetas dividen y marcan el tiempo, y se asombra de que el botón oprimido
por el dedo haga tocar la hora que la saeta marca. El filósofo no duda un
momento de que dicha máquina tenga un alma que la dirige y que se manifiesta
por medio de los resortes. Demuestra científicamente su opinión y compara esa
máquina con los ángeles, que imprimen movimiento a las esferas celestes,
sosteniendo en clase una agra- dable tesis sobre el alma de los relojes. Uno de
los discípulos abre el reloj, en el que no ve más que las ruedas y los muelles;
y, sin embargo, sigue sosteniendo siempre el sistema del alma de los relojes,
creyéndole demostrado. Yo soy el estudiante que abre el reloj que se llama
hombre, y que en vez de definir con atrevimiento lo que no comprendemos, trata
de examinar por grados lo que deseamos conocer.
Tomemos un niño desde el momento en que nace y sigamos paso a paso el
progreso de su entendimiento. Me habéis enseñado que Dios se tomó el trabajo de
crear un alma para que se alojara en el cuerpo de dicho niño cuando éste
tuviera cerca de seis semanas, y que cuando se introduce en su cuerpo está
provista de ideas metafísicas, conoce el espíritu, las ideas abstractas y el
infinito; en una palabra, es sabia; pero desgraciadamente sale del útero con
una completa ignorancia; pasa dieciocho meses sin conocer más que la teta de su
nodriza, y cuando llega a la edad de veinte años, y se pretende que esa alma
recuerde las ideas científicas que tuvo cuando se unió a su cuerpo, es muchas
veces tan obtusa, que ni siquiera puede concebir ninguna de aquellas ideas. El mismo
día que la madre pare al citado niño con su alma, nacen en la casa un perro, un
gato y un canario. Al cabo de dieciocho meses el perro es excelente cazador, al
año el canario canta muy bien, y el gato al cabo de unas seis semanas posee
todos los atractivos que ha de poseer. El niño, al cumplir cuatro años, no sabe
nada. Supongo que yo sea un hombre grosero, que he presenciado tan prodigiosa
diferencia y que no he visto nunca ningún niño; pues desde luego creo que el
gato, el perro y el canario son criaturas muy inteligentes; y que el niño es un
autómata. Poco a poco voy advirtiendo que el niño tiene ideas, memoria y las
mismas pasiones que esos animales; y entonces comprendo que es una criatura
razonable como ellos. Me comunica diferentes ideas por medio de las palabras
que aprendió, como el perro por sus distintos gritos me hace conocer sus
diversas necesidades. Me doy cuenta de que a los siete u ocho años el niño
combina en su cerebro casi tantas ideas como el perro de caza en el suyo, y
que, por fin, pasando los años consigue adquirir gran número de conocimientos.
Entonces, ¿qué debo pensar de él? Que es de una naturaleza completamente
diferente. No puedo creerlo, porque vosotros veis un imbécil al lado de Newton
y sostenéis que uno y otro son de la misma naturaleza, con la única diferencia
del más al menos. Para asegurarme de la verosimilitud de mi opinión probable,
estudio al perro y al niño cuando están despiertos y cuando duermen. Hago que
los sangren a uno ya otro, y sus ideas parece que salen de ellos con la sangre.
Puestos en ese estado, los llamo y ni me contestan; y si me esfuerzo en hablar
con ellos, no lo consigo. Luego los examino durante su sueño y me doy cuenta de
que el perro, después de comer muy bien, sueña y grita como si estuviera cazando;
y el niño sueña que habla con su novia y la enamora. Si uno y otro comen
frugalmente, ni uno ni otro sueña; en una palabra, veo en ellos que la facultad
de sentir, de advertir, de expresar las ideas se desarrolla poco a poco y se
debilita también por grados. Encuentro entre el niño y el perro muchos más
puntos de contacto que entre el hombre de talento y el hombre absolutamente
imbécil. ¿Qué opinión tendré, pues, de esa naturaleza? La que tolos los pueblos
tuvieron antes de que la ciencia egipcia ideara la espiritualidad, la
inmortalidad del alma.
Hasta sospecharé, con apariencias de verdad, que Arquímedes y un topo
son de la misma especie, aunque de género diferente; que la encina y el grano
de mostaza están formados por los mismos principios, aunque aquélla sea un
árbol grande y ésta una planta pequeña. Creeré que Dios concedió porciones de
inteligencia a las porciones de materia organiza- da para pensar; que la
materia está dotada de sensaciones proporcionadas a la finura de sus sentidos;
que éstos las proporcionan según la medida de nuestras ideas. Creeré que la
ostra tiene menos sensaciones y menos sentido porque, teniendo el alma dentro
de la concha, los cinco sentidos son inútiles para ella. Hay muchos animales
que sólo están dota- dos de dos sentidos; nosotros tenemos cinco, y por cierto
que son muy pocos. Es de creer que en otros mundos existan otros animales que
estén dotados de veinte o de treinta sentidos, y otras especies más perfectas
aún que tengan muchos más.
Esta parece la manera más lógica de razonar, quiero decir, de sospechar
y de adivinar. Indudablemente pasó mucho tiempo antes de que los hombres fueran
bastante ingeniosos para inventar un ser desconocido que está en nosotros, que
nos hace obrar y que vive después que morimos. Se llegó por grados a concebir
idea tan atrevida. Al principio, la palabra alma significó vida, y era común
para nosotros y para los demás animales; luego nuestro orgullo nos hizo
sospechar que el alma sólo correspondía al hombre, y entonces inventamos una
forma sustancial para las demás criaturas: el orgullo humano pregunta en qué
consiste la facultad de advertir y de sentir que se llama alma en el hombre e
instinto en el bruto. Dilucidaré esta cuestión cuando los físicos me enseñen lo
que es la luz, el sonido, el espacio, el cuerpo y el tiempo. Repetiré con el
sabio Locke: la filosofía consiste en detenerse cuando la antorcha de la física
no nos alumbra.
Observo los efectos de la naturaleza; pero confieso que, como vosotros,
tampoco conozco los primeros principios. Todo se reduce a que no debo atribuir
a muchas causas, y mucho menos a causas desconocidas, lo que puedo atribuir a
una causa conocida. Puedo atribuir a mi cuerpo la facultad de pensar y de
sentir; luego no debo buscar la facultad de sentir y de pensar en lo que se
llama alma o espíritu, del que no tengo la menor idea. Os subleváis contra esa
proposición, y creéis que es irreligiosidad atreverse a decir que el cuerpo
puede pensar. ¿Pero qué contestaríais -respondería Locke- si os dijera que
vosotros sois también culpables de irreligión, porque os atrevéis a limitar el
poder de Dios? ¿Quién, sin ser impío, puede asegurar que es imposible para Dios
dotar a la materia de la facultad de sentir y de pensar? Sois al mismo tiempo
débiles y atrevidos: aseguráis que la materia no piensa, únicamente porque no
concebís que la materia pueda pensar .
Grandes filósofos, que decidís sobre el poder de Dios, y al mismo tiempo
concedéis que puede Dios convertir una piedra en un ángel 1 , ¿no comprendéis
que según vuestras mismas teorías, y en el citado caso, Dios concedería a la
piedra la facultad de pensar? Si la materia de la piedra desapareciera, no
sería piedra ya, sería ángel. Por cualquier parte que cuestionéis, os veréis
obligados a confesar dos cosas: vuestra ignorancia y el poder inmenso del
Creador. Vuestra ignorancia niega que la materia pueda pensar, y la
omnipotencia del Creador no demuestra que le es imposible conseguir que la
materia piense.
Conociendo que la materia no perece, no debéis negar a Dios el poder de
conservar en esa misma materia la mejor de las cualidades de que la dotó. La
extensión subsiste sin cuerpo, por sí misma, ya que hay filósofos que creen en
el vacío; los accidentes subsisten independientes de la sustancia para los
cristianos que creen en la sustanciación. Decís que Dios no puede hacer nada
que implique contradicción, pero para encontrar ésta se necesita saber
muchísimo más de lo que sabemos; y en esta materia sólo sabemos que tenemos
cuerpo y que pensamos.
Algunos que aprendieron en la escuela a no dudar y que toman por
oráculos los silogismos que en ella les enseñaron y las supersticiones que
aprendieron por religión, tienen a Locke por impío peligroso. Debemos hacerles
comprender el error en que incurren y enseñarles que las opiniones de los
filósofos jamás perjudicaron a la religión. Está probado que la luz proviene
del sol y que los planetas giran alrededor de ese astro; por esto no se lee con
menos fe en la Biblia que la luz se formó antes que el sol y que el sol se,
paró ante la aldea de Gabaón. Está demostrado que el arco iris lo forma la
lluvia, y por eso no deja de respetarse el texto sagrado, que dice que Dios
puso el arco iris en las nubes, después del diluvio, como signo de que ya no
habría más inundaciones.
Los misterios de la Trinidad y de la Eucaristía, que contradicen las
demostraciones de la razón, no por eso dejan de reverenciarlos los filósofos
católicos, que saben que la razón y la fe son de diferente naturaleza. La idea
de las antípodas fue condenada por los papas y los concilios; y luego otros
papas reconocieron las antípodas, adonde llevaron la religión cristiana, cuya
destrucción creyeron segura en el caso de poder encontrar un hombre que, como
se decía entonces, tuviera la cabeza abajo y los pies arriba, con relación a
nosotros, y que, como dice San Agustín, hubiera caído del cielo.
Supongo que hay en una isla una docena de filósofos buenos y que en esta
isla no han visto más que vegetales. Esta isla, y sobre todo los doce filósofos
buenos, son difíciles de encontrar; pero permitidme esta ficción. Admiran la
vida que circula por las fibras de las plantas, que parece que se pierde y se
renueva enseguida; y no comprendiendo bien cómo las plantas nacen, cómo se
alimentan y crecen, llaman a estas operaciones alma vegetativa. «¿Qué entendéis
por alma vegetativa?»
«Es una palabra -responden– que sirve para explicar el resorte
desconocido que mueve la vida de las plantas». «¿Pero no comprendéis -les
replica un mecánico- que ésta la desarrollan los pesos, las palancas, las
ruedas y las poleas?» «No -replicarán dichos filósofos-; en su vegetación hay
algo más que movimientos ordinarios; existe en todas las plantas el poder
secreto de atraerse el zumo que las nutre, y ese poder, que no puede explicar
ningún mecánico, es un don que Dios concedió a la materia, cuya naturaleza nos
es desconocida.»
Después de esa cuestión, los filósofos descubren los anima- les que hay
en la isla, y luego de examinarlos atentamente, comprenden que hay otros seres
organizados como los hombres. Esos seres es indudable que tienen memoria, que
tienen conocimiento, que están dotados de las mismas pasiones que nosotros y
perpetúan su especie. Los filósofos disecan algunos animales, les encuentran
corazón y cerebro, y exclaman: «El autor de esas máquinas, que no crea nada
inútil, ¿les hubiera concedido todos los órganos del sentimiento con el
propósito de que no sintieran? Sería absurdo creerlo así. Encierran algo que
llamaremos también alma, a falta de otra expresión más propia; algo que
experimenta sensaciones y que en cierta medida tiene ideas. Pero ¿qué es ese
principio? ¿Es diferente de la materia? ¿Es espíritu puro? ¿Es un ser
intermedio entre la materia, que apenas conocemos, y el espíritu puro, que nos
es completamente desconocido? ¿Es una propiedad que Dios concedió a la materia
orgánica?».
Los filósofos, para estudiar esa materia, hacen experimentos con los
insectos y los gusanos; los cortan, dividiéndolos en muchas partes, y quedan
sorprendidos al ver que al pasar algún tiempo nacen cabezas a las partes
cortadas. El mismo animal se reproduce, y en su propia destrucción encuentra el
medio de multiplicarse. Hay muchas almas que están esperando, para animar las
partes reproducidas, que hayan corta- do la cabeza al primer tronco. Se parecen
a los árboles a los que se cortan las ramas y plantándolas se reproducen. ¿Esos
árboles tienen muchas almas? No parece esto posible; ¿luego es muy probable que
el alma de las bestias sea de otra especie que la que llamamos alma vegetativa
en las plantas, que sea una facultad de orden superior que Dios concedió a
ciertas porciones de materia para darnos otra prueba de su poder y otro motivo
para adorarle?
Si oyera ese raciocinio un hombre violento que argumentase más, les
diría: «Sois unos malvados que mereceríais que os quemaran los cuerpos para
salvar las almas, porque negáis la inmortalidad del alma del hombre.» Los
filósofos, al oír esto, se mirarían unos a otros con sorpresa; y después, uno
de ellos contestaría con suavidad al hombre violento: «¿Por qué creéis que
debíamos arder en una hoguera y qué os indujo a suponer que abriguemos nosotros
el convencimiento de que es mortal vuestra alma cruel?» «Porque abrigáis la
creencia de que Dios concedió a los brutos, que están organizados como
nosotros, la facultad de tener sentimientos e ideas; y como el alma de las
bestias muere con sus cuerpos, creéis también que lo mismo muere el alma de los
hombres.» Uno de los filósofos le replicaría:
-No tenemos la seguridad de que lo que llamamos alma en los animales
perezca cuando éstos dejan de vivir; estamos persuadidos de que la materia no
perece, y suponemos que Dios ha dotado a los animales de algo que puede
conservar, si ésta es la voluntad divina, la facultad de tener ideas. No
aseguramos que esto suceda, porque no es propio de hombres ser tan confiados;
pero no nos atrevemos a poner límites al poder de Dios. Decimos sencillamente
que es probable que las bestias, que son materia, hayan recibido de El algo de
inteligencia. Descubrimos todos los días propiedades de la materia, que antes
de descubrirlas no teníamos idea de que existieran. Empezamos definiendo la
materia diciendo que era una sustancia que tenía extensión; luego reconocimos
que también tenía solidez, y más tarde tuvimos que admitir que la materia posee
una fuerza que llamamos fuerza de inercia, y últimamente nos sorprendió a
nosotros mismos tener que confesar que la materia gravita. Al avanzar en
nuestros estudios, nos vimos obligados a reconocer seres que se parecen en algo
a la materia, y que, sin embargo, carecen de los atributos de que la materia
está dotada.
El fuego elemental, por ejemplo, obra sobre nuestros sentidos como los
demás cuerpos; pero no tiende a un centro en líneas rectas por todas partes; y
no parece que obedezca a las leyes de atracción y de gravitación como los otros
cuerpos. La óptica tiene misterios que sólo podemos explicar- nos atreviéndonos
a suponer que los rayos de la luz se compenetran. Efectivamente, hay algo en la
luz que la distingue de la materia común: parece que la luz es un ser
intermediario entre los cuerpos, que otras especies de seres son el punto
intermedio que conduce a otras criaturas y que así sucesivamente existe una
cadena de sustancias que se elevan hasta lo infinito.
«Esa idea nos parece digna de la grandeza de Dios, si hay alguna idea
humana digna de ella. Entre esas sustancias pudo Dios escoger una para alojarla
en nuestros cuerpos, y es la que nosotros llamamos alma humana. Los libros
santos nos enseñan que esa alma es inmortal, y la razón está acorde en esto con
la revelación: ninguna sustancia perece, las formas se destruyen, el ser
permanece. No podemos concebir la creación de una sustancia; tampoco podemos
concebir su anonadamiento, pero nos atrevemos a afirmar que el Señor absoluto
de todos los seres puede dotar de sentimientos y de percepciones al ser que se
llama materia. Estáis seguro de que pensar es la esencia de vuestra alma, pero
nosotros no lo estamos, porque cuando examinamos un feto nos cuesta gran trabajo
creer que su alma haya tenido muchas ideas en su envoltura materna, y dudamos
de que en su sueño profundo, en su completo letargo, haya podido dedicarse a la
meditación. Por eso nos parece que el pensamiento pudiera consistir no en la
esencia del ser pensante, sino en el presente que el Creador hiciera a esos
seres que llamamos pensadores; y todo esto nos hace Sospechar que si Dios
quisiera, podría otorgar ese don a un átomo, conservarlo o destruirlo, según
fuese su voluntad. La dificultad consiste menos en adivinar cómo la materia
puede pensar que en adivinar cómo piensa una sustancia cualquiera. Sólo
concebimos ideas porque Dios quiso dárnoslas. ¿Por qué os empeñáis en oponeros
a que se las conceda a las demás especies? ¿Os atreveréis a creer que vuestra
alma sea de la misma clase que las sustancias que están más cerca de la
divinidad? Hay motivo para sospechar que éstas sean de orden superior, y, por
lo tanto, Dios les haya concedido una manera de pensar infinitamente más
hermosa, así como concedió cantidad muy limitada de ideas a los animales, que
son de un orden inferior a los hombres. Ni sé cómo vivo ni cómo doy la vida, y
queréis que sepa cómo concibo ideas! El alma es un reloj que Dios nos concedió
para dirigirnos, pero no nos ha explicado la maquinaria de que se compone.
«De todo cuanto digo no es posible inferir que el alma humana sea
mortal. En resumen: pensamos, pues. lo mismo sobre la inmortalidad que la fe
nos anuncia; pero somos demasiado ignorantes para poder afirmar que Dios no
tenga poder para conceder la facultad de pensar al ser que él quiere. Limitáis
el poder del Creador, que es sin límites, y nosotros lo extendemos hasta donde
alcanza su existencia. Perdonadnos que le creamos omnipotente, y nosotros os
perdonaremos que restrinjáis su poder. Sin duda sabéis todo lo que puede hacer
y nosotros lo ignoramos. Vivamos como hermanos, adorando tranquilamente al
Padre común. Sólo hemos de vivir un día; vivámoslo en paz, sin proporcionarnos
cuestiones que se decidirán en la vida inmortal que empezará mañana.
El hombre brutal, no encontrando nada que replicar a los filósofos,
incomodándose, habló y dijo muchas vaciedades. Los filósofos se dedicaron
durante algunas semanas a leer historia, y después de este estudio, he aquí lo
que dijeron a aquel bárbaro indigno de estar dotado de alma inmortal:
-Hemos leído que en la antigüedad había tanta tolerancia como en nuestra
época; que en ello se encuentran grandes virtudes, y que por sus opiniones no
perseguían a los filósofos. ¿Por qué, pues, pretendéis que nos condenen al
fuego por las opiniones que profesamos? Creyeron en la antigüedad que la
materia era eterna; pero los que suponían que era creada no persiguieron a los
que no lo creían. Se dijo entones que Pitágoras, en una vida anterior, había
sido gallo, que sus padres habían sido cerdos, y, a pesar de esto, su secta fue
querida y respetada en todo el mundo, menos por los pasteleros y por los que
tenían habas que vender. Los estoicos reconocían a un Dios como más o menos
semejante al que admitió después temerariamente Spinoza; el estoicismo, sin embargo,
fue la secta más acreditada y la más fecunda en virtudes heroicas. Para los
epicúreos, los dioses eran semejantes a nuestros canónigos, y su indolente
gordura sostenía su divinidad. Tomaban en paz el néctar y la ambrosía sin
inmiscuirse en nada. Los epicúreos enseñaban la materialidad y la inmortalidad
del alma; pero no por eso dejaron de tenerles consideraciones, y eran admitidos
a desempeñar todos los empleos.
«Los platónicos no creían que Dios se hubiera dignado crear al hombre
por sí mismo; decían que había confiado este encargo a los genios, que al
desempeñar su tarea cometieron muchas tonterías. El Dios de los platónicos era
un obrero inmejorable, pero que empleó para crear al hombre discípulos muy
medianos. No por eso la antigüedad dejó de apreciar la escuela de Platón. En
una palabra: cuantas sectas conocieron los griegos y los romanos tenían
distintos modos de opinar sobre Dios, sobre el alma, sobre el pasado y sobre el
porvenir; y ninguna de esas sectas fue perseguida. Todas esas sectas se
equivocaban, pero vivieron en amistosa paz. Ciertamente no alcanzamos a
comprender por qué hoy vemos que la mayor parte de los discutidores son
monstruos y los de la antigüedad eran verdaderos hombres.
»Si desde los griegos y los romanos queremos remontamos a las naciones
más antiguas, podemos fijar la atención en los judíos. Ese pueblo que fue
supersticioso, cruel, ignorante y miserable sabía, sin embargo, honrar a los
fariseos, que creían en la fatalidad del destino y en la metempsicosis.
Respetaba también a los saduceos, que negaban la inmortalidad del alma
humana y la existencia de los espíritus, fundándose en la ley de Moisés, que no
habló nunca de penas ni de recompensas después de la muerte. Los esenios, que
creían también en la fatalidad y nunca sacrificaban víctimas en el templo, eran
más respetados todavía que los fariseos y saduceos. Ninguna de esas opiniones
perturbó nunca el gobierno del Estado; y quizá hubieran tenido motivo para
degollarse y para exterminarse recíprocamente unos a otros, si en tenerlo se
hubiesen empeñado.
»Debemos, pues, imitar esos loables ejemplos; debemos pensar en alta voz
y dejar que piensen lo que quieran los demás. ¿Seréis capaces de recibir
cortésmente a un turco que crea que Mahoma viajó por la luna, y deseáis
descuartizar a un hermano vuestro porque cree que Dios puede dotar de
inteligencia a todas las criaturas?».
Así habló uno de los filósofos; y otro añadió: «Creedme; no ha habido
ejemplo de que ninguna opinión filosófica perjudique a la religión de ningún
pueblo. Los misterios pueden contradecir las demostraciones científicas; no por
eso dejan de respetarlos los filósofos cristianos, que saben que los asuntos de
la razón y de la fe son de diferente naturaleza. ¿Sabéis por qué los filósofos
no lograrán nunca formar una secta religiosa? Pues no la formarán porque
carecen de entusiasmo. Si dividimos el género humano en veinte partes, componen
las diecinueve los hombres que se dedican a trabajos manuales, y quizá éstos
ignorarán siempre que existió Locke. En la otra veinteava parte se encuentran
pocos hombres que sepan leer, y entre los que leen hay veinte que sólo leen
novelas por cada uno que estudia filosofía. Es muy exiguo el número de los que
piensan; y éstos no se ocupan en perturbar el mundo.
»No encendieron la tea de la discordia en su patria Montaigne,
Descartes, Gassendi, Bayle, Spinoza, Hobbes, Pascal, Montesquieu ni ninguno de
los hombres que han honrado la filosofía y la literatura. La mayor parte de los
que perturba- ron a su país fueron teólogos que ambicionaron ser jefes de secta
o ser jefes de partido. Todos los libros de filosofía moderna juntos no
produjeron en el mundo tanto ruido como produjo en otro tiempo la disputa que
tuvieron los franciscanos respecto a la forma que debía dárseles a sus mangas
ya sus capuchones».
De la antigüedad del dogma de la inmortalidad del alma. El dogma de la
inmortalidad del alma es la idea más consoladora y al mismo tiempo más
represora que el espíritu huma- no pudo concebir. Esta agradable filosofía fue
tan antigua en Egipto como sus pirámides; y antes que los egipcios, la
conocieron los persas. He referido ya en alguna parte la alegoría del primer
Zoroastro, que cita el Sadder, en la que Dios enseña a Zoroastro el sitio
destinado para recibir el castigo, sitio que se llamaba Dardarot en Egipto,
Hades y Tártaro en Grecia, y nosotros hemos traducido imperfectamente en
nuestras lenguas modernas por la palabra infierno. Dios enseña a Zoroastro, en
el sitio destinado a los castigos, a todos los malos reyes, a uno de los cuales
le faltaba un pie, y Zoroastro preguntó por qué razón. Dios le contestó que ese
rey sólo había hecho una buena acción en toda su vida, y esta acción consistía
en haber acercado con el pie una gamella que no estaba bastante próxima a un
pobre borrico que se moría de hambre. Dios llevó al cielo el pie del rey
malvado y dejó en el infierno el resto de su cuerpo.
Dicha fábula, que nunca se repetirá bastante, demuestra la remota
antigüedad de la opinión sobre la segunda vida. Los indios también tenían esta
opinión, y su metempsicosis lo prueba. Los chinos reverenciaban las almas de
sus antepasados; y estos pueblos fundaron poderosos imperios mucho tiempo antes
que los egipcios.
Aunque es antiguo el imperio de Egipto, no lo es tanto como los imperios
del Asia; y en aquél y en éstos el alma subsistía después de la muerte del
cuerpo. Verdad es que todos esos pueblos, sin excepción, supusieron que el alma
tenía forma etérea, sutil y era imagen del cuerpo. La palabra soplo la
inventaron mucho después los griegos, pero no se puede negar que creyeron que
era inmortal una parte de nosotros mismos. Los castigos y las recompensas en la
otra vida formaron los cimientos de la antigua teología.
Ferecides fue el primer griego que creyó que las almas vivían una
eternidad, pero no fue el primero que dijo que las almas sobrevivían a los
cuerpos. Ulises, que vivió mucho tiempo antes que Ferecides, ya había visto las
almas de los héroes en los infiernos; pero que las almas fuesen tan antiguas
como el mundo fue una opinión que nació en Oriente y que Ferecides difundió en
el Occidente. No creo que exista un solo sistema moderno que no se encuentre en
los pueblos antiguos. Los edificios actuales los hemos construido con los
escombros de la antigüedad.
Sería un magnífico espectáculo poder ver el alma. La máxima Conócete a
ti mismo es un excelente precepto, pero precepto que sólo Dios puede practicar,
porque ¿qué mortal puede comprender su propia esencia?
Llamamos alma a lo que anima; pero no podemos saber más de ella, porque
nuestra inteligencia tiene límites. Las tres cuartas partes del género humano
no se ocupan de esto; y la cuarta busca, inquiere, pero no encontró ni
encontrará.
El hombre ve una planta que vegeta, y dice que tiene alma vegetativa;
observa que los cuerpos tienen y dan movimiento, ya esto llama fuerza; ve que
su perro de caza aprende el oficio, y supone que tiene alma sensitiva,
instinto; tiene ideas combinadas, ya esta combinación la llama espíritu. Pero
¿qué entiendes tú por esas palabras? Indudablemente la flor vegeta; pero
¿existe realmente un ser que se llama vegetación? Un cuerpo rechaza a otro;
pero ¿posee dentro de sí un ser distinto que se llama fuerza? El perro te trae
una perdiz; pero ¿vive en él un ser que se llama instinto? ¿No te burlarías de
un polemista que te dijese: todos los animales viven; luego encierran dentro de
ellos un ser, una forma sustancial, que es la vida? Si un tulipán pudiera
hablar y te dijera: mi vegetación y yo somos dos seres que formamos un
conjunto, ¿no te burlarías del tulipán?
Vamos a ver lo que sabes y de lo que estás seguro: sabes que andas con
los pies, que digieres con el estómago, que sientes en todo el cuerpo y que
piensas con la cabeza. Veamos si el único auxilio de la razón pudo
proporcionarte bastantes datos para deducir, sin un apoyo sobrenatural, que
tienes alma.
Los primeros filósofos, tanto caldeos como egipcios, dije- ron: es
indispensable que haya dentro de nosotros algo que produzca los pensamientos;
ese algo debe ser muy sutil, debe ser un soplo, debe ser un éter, una armonía.
Según el divino Platón, es un compuesto del mismo y del otro. «Lo constituyen
dos átomos que piensan en nosotros», dijo Epicuro después de Demócrito. Pero
¿cómo un átomo pudo pensar? Confesad que no lo sabéis.
La opinión más aceptable es sin duda la de que el alma es un ser
inmaterial, ¿pero indudablemente conciben los sabios lo que es un ser
inmaterial? «No -contestan éstos-, pero sabemos que por naturaleza piensa.» «¿y
por dónde lo sabéis?» «Lo sabemos, porque piensa.» «Me parece que sois tan
ignorantes como Epicuro. Es natural que una piedra caiga, porque cae; pero yo
os pregunto, ¿quién la hace caer?» «Sabemos que la piedra no tiene alma;
sabemos que una negación y una afirmación no son divisibles, porque no son
partes de la materia.» «Soy de vuestra opinión; pero la materia posee
cualidades que no son materiales, ni divisibles, como la gravitación; la
gravitación no tiene partes; no es, pues, divisible. La fuerza motriz de los
cuerpos tampoco es un ser compuesto de partes. La vegetación de los cuerpos
orgánicos, su vida, su instinto, no constituyen seres aparte, seres divisibles;
no podéis dividir en dos la vegetación de una rosa, la vida de un caballo, el
instinto de un perro, lo mismo que no podéis dividir en dos una sensación, una
negación o una afirmación. El argumento que sacáis de la indivisibilidad del
pensamiento no prueba nada.»
¿Qué idea tenéis del alma? Sin revelación, sólo podéis saber que existe
en vuestro interior un poder desconocido que os hace sentir y pensar. Pero ese
poder de sentir y de pensar, ¿es el mismo poder que os hace digerir y andar?
Tenéis que confesarme que no, porque aunque el entendimiento diga al estómago:
digiere, el estómago no digerirá si está enfermo; y si el ser inmaterial manda
a los pies que anden, éstos no andarán si tienen gota. Los griegos compren-
dieron que el pensamiento no tiene relación muchas veces con el juego de los
órganos, y dotaron los órganos del alma animal y los pensamientos de un alma
más fina. Pero el alma del pensamiento, en muchas ocasiones, depende del alma
animal. El alma pensante ordena a las manos que tomen, y toman; pero no dice al
corazón que lata, ni a la sangre que corra, ni al quilo que se forme, y todos
esos actos se realizan sin su intervención. He aquí dos almas que son muy poco
dueñas de su casa.
De esto debe deducirse que el alma animal no existe, o que consiste en
el movimiento de los órganos; y al mismo tiempo hay que añadir que al hombre no
le suministra su débil razón ninguna prueba de que la otra alma exista. Veamos
ahora los varios sistemas filosóficos que se han establecido respecto al alma.
Uno de ellos sostiene que el alma del hombre es parte de la sustancia del mismo
Dios.
Otro, que es parte del Gran Todo. Otro sistema asegura que el alma está
creada para toda la eternidad. Hay otro que sostiene que el alma fue hecha y no
creada. Varios filósofos aseguran que Dios forma las almas a medida que las
necesita, y que llegan en el instante de la copulación; otros añaden que se
alojan en el cuerpo con los animalillos seminales, etcétera. Filósofo hubo que
dijo que se equivocaban todos los que le habían precedido, asegurando que el
alma espera seis semanas para que esté formado el feto, y entonces toma
posesión de la glándula pineal. Pero que si se encuentra con algún germen
falso, sale del cuerpo y espera mejor ocasión. La última opinión consiste en
dar al alma por morada el cuerpo calloso; éste es el sitio que le asigna el
Peyronie.
Santo Tomás, en su cuestión 75 y siguientes, dice «que el alma es una
forma que subsiste per se, que está toda en todo, que su esencia difiere de su
poder, que existen tres almas vegetativas: la nutritiva, la aumentativa y la
generativa; que la memoria de las cosas espirituales es espiritual, y la
memoria de las corporales es corporal; que el alma razonable es una forma
inmaterial en cuanto a las operaciones, y mate- rial en cuanto al ser». ¿Has
entendido algo? Pues Santo Tomás escribió dos mil páginas tan claras como ésta.
Por esto, sin duda, le llaman el ángel de la escuela. No se han inventado menos
sistemas para el cuerpo; para explicar cómo oirá sin tener oídos, cómo olerá
sin tener nariz y cómo tocará sin tener manos; en qué cuerpo se alojará en seguida;
de qué modo el yo, la identidad de la misma persona, ha de subsistir; cómo el
alma del hombre que se volvió imbécil a la edad de quince años y murió imbécil
a los setenta volverá a anudar el hilo de las ideas que tuvo en la edad de la
pubertad y por qué medio un alma, a cuyo cuerpo se le cortó una pierna en
Europa y perdió un brazo en América, podrá encontrar la pierna y el brazo, que
quizá se habrán transformado en legumbres y habrán pasado a formar parte
integrante de la sangre de cualquier otro animal. No termina- ría nunca si
detallara todas las extravagancias que sobre el alma se han publicado.
Es singular que las leyes del pueblo predilecto de Dios no digan una
sola palabra acerca de la espiritualidad y de la inmortalidad del alma, ni
hablen tampoco de esto el Decálogo, ni el Levítico, ni el Deuteronomio. También
es indudable que en ninguna parte Moisés proponga a los judíos recompensas y
penas en otra vida. No les habla nunca de la inmortalidad de sus almas, ni les
dice que esperen ir al cielo, ni les amenaza con el infierno. En la ley de
Moisés todo es temporal. En el Deuteronomio habla a los judíos de este modo:
“Si después de haber tenido hijos y nietos prevaricáis, seréis
exterminados en vuestra patria y quedaréis reducidos a escaso número, que
viviréis esparcidos por las demás naciones.
»Yo soy un Dios celoso que castigo la iniquidad de los padres hasta la
tercera y hasta la cuarta generación.
»Honrad a padre y madre, con el objeto de vivir muchos años.
»Siempre tendréis qué comer, la comida no os faltará nunca.
»Si obedecéis a dioses extranjeros, seréis destruidos.
»Si obedecéis al verdadero Dios, tendréis lluvias en la primavera, y en
otoño trigo, aceite, vino, heno para los animales y podréis comer y saciaros.
»Imprimid estas palabras en vuestros corazones, ponedlas ante vuestros
ojos, escribidlas sobre vuestras puertas con la idea de que vuestros días se
multipliquen.
»Haced lo que os mando, sin quitar ni añadir nada.
»Si aparece un profeta que profeciíta sucesos prodigiosos, si su
predicación es verdadera, si lo que prevé sucede, si os dice: vamos, seguid
conmigo a los dioses extranjeros…, matadle en seguida, que se atumultúe todo el
pueblo contra él para herirle.
»Cuando el Señor os entregue las naciones, degollad sin perdonar a un
solo hombre, no tengáis piedad de nadie.
»No comáis animales impuros, como lo son el águila, el grifo y el ixión,
etc.
»No comáis tampoco animales rumiantes y que tengan las uñas hendidas,
como el camello, la liebre, el puerco espín, etcétera.
»Si observáis estos mandatos, seréis bendecidos en la ciudad y en los
campos, y serán benditos los frutos de vuestro vientre, de vuestra tierra y de
vuestras bestias.
»Si no obedecéis todos estos mandatos ni observáis todas las ceremonias,
seréis malditos en la ciudad y en los campos; sufriréis la pobreza y el hambre;
os moriréis de frío, de fiebre y de miseria; tendréis sarna, fístulas, etc.; os
saldrán úlceras en las rodillas y en los muslos.
»El extranjero os prestará con usura; pero vosotros no le prestaréis de
ese modo, porque vosotros queréis servir al Señor, etcétera.»
Es evidente que en todas estas promesas y amenazas no se trata más que
de lo temporal, y no se encuentra una sola palabra que verse sobre la
inmortalidad del alma ni sobre la vida futura. Algunos comentaristas ilustres
creen que Moisés estará enterado de esos dos grandes dogmas, y prueban su
opinión apoyándose en lo que dijo Jacob, el cual, creyendo que habían devorado
a su hijo bestias feroces, exclamó: «Descenderé con mi hijo al infernum»; esto
es, moriré, ya que mi hijo ha muerto. Prueban también su creencia citando
pasajes de Isaías y de Ezequiel; pero los hebreos a quienes habló Moisés no
pudieron haber leído a Isaías ni a Ezequiel, que escribieron muchos siglos
después.
Es inútil cuestionar sobre lo que secretamente opinaba Moisés, ya que
está comprobado que en sus leyes no habló nunca de la vida futura y que limita
los castigos y las recompensas al tiempo presente. Si conoció la vida futura,
¿por qué no proclamó este dogma? A tal pregunta contestan varios comentaristas
diciendo que el Señor de Moisés y de todos los hombres se reservó el derecho de
explicar en tiempo oportuno a los judíos una doctrina que no estaban en estado
de comprender cuando vivían en el desierto.
Si Moisés hubiera anunciado la inmortalidad del alma, la hubiera
combatido una importante escuela de judíos, la de los saduceos, autorizada por
el Estado, que les permitía desempeñar los primeros cargos de la nación y
nombrar grandes pontífices a sus sectarios.
Hasta después de la fundación de Alejandría no se dividieron los judíos
en tres sectas: la de los fariseos, la de los saduceos y la de los esenios. El
historiador Flavio Josefo, que era fariseo, nos refiere en el libro XIII de sus
antigüedaddes que los fariseos creían en la metempsicosis; los saduceos creían
que el alma perecía con el cuerpo, y los esenios, que el alma era inmortal.
Según éstos, las almas, en forma aérea, descendían de la más alta región de los
aires para introducirse en los cuerpos por la violenta atracción que ejercían
sobre ellas; y cuando morían los cuerpos, las almas que habían pertenecido a
los buenos iban a morar más allá del océano, en un país donde no se sentía
calor ni frío, ni había viento ni llovía. Las almas de los malos iban a morar
en un clima perverso. Esta era la teología de los judíos.
El que debía enseñar a todos los hombres condenó estas tres sectas. Sin
un auxilio no hubiéramos llegado nunca a comprender nuestra alma, porque los
filósofos no tuvieron jamás una idea determinada de ella, y Moisés, único
legislador del mundo antiguo que habló con Dios frente a frente, dejó a la
humanidad sumida en la más profunda ignorancia respecto a este punto. Sólo
después de mil setecientos años tenemos la certidumbre de la existencia y de la
inmortalidad del alma.
Cicerón abrigaba sus dudas. Su nieto y nieta supieron la verdad por los
primeros galileos que fueron a Roma. Pero antes de esa época, y después de
ella, en todo el resto del mundo, donde los apóstoles no penetraron, cada cual
debía preguntar a su alma: ¿Qué eres?, ¿de dónde vienes?, ¿qué haces?, ¿dónde
vas? Eres un no sé qué, que piensas y sientes; pero aunque sientas y pienses
más de cien millones de años, no conseguirás saber más sin el auxilio de Dios,
que te concedió el entendimiento para que te sirviera de guía, pero no para
penetrar en la esencia de lo que él creó. Así pensó Locke, y antes que Locke,
Gassendi, y antes que Gassendi, multitud de sabios; pero hoy los bachilleres
saben lo que esos grandes hombres ignoraban.
Enemigos encarnizados de la razón, se han atrevido a oponerse a esas
verdades reconocidas por los sabios, llevando su mala fe y su imprudencia hasta
el extremo de imputar al autor de esta obra la opinión de que cada alma es
materia. Perseguidores de la inocencia, bien sabéis que hemos dicho lo
contrario; y que dirigiéndonos a Epicuro, a Demócrito y a Lucrecio, les
preguntamos: «¿Cómo podéis creer que un átomo piense? Confesad que no sabéis
nada». Luego sois unos calumniadores los que me perseguís.
Nadie sabe lo que es el ser que llamamos espíritu, al que vosotros
mismos dais un nombre material, haciéndole sinónimo de aire. Los primeros
padres de la Iglesia creían que el alma era corporal. Es imposible que
nosotros, que somos seres limitados, sepamos si nuestra inteligencia es
sustancia o facultad; no podemos conocer a fondo ni el ser extenso ni el ser
pensante, o sea, el mecanismo del pensamiento.
Apoyados en la opinión de Gassendi y de Locke, afirmamos que por
nosotros mismos no podemos conocer los secretos del Creador. ¿Sois dioses que
lo sabéis todo? Os repetimos que sólo podemos conocer por la revelación la
naturaleza y el destino del alma; y esa revelación no os basta. Debéis ser
enemigos de la revelación, porque perseguís a los que la creen ya los que de
ella lo esperan todo.
Nos referimos a la palabra de Dios; y vosotros, que, fingiendo
religiosidad, sois enemigos de Dios y de la razón, que blasfemáis unos de
otros, tratáis la humilde sumisión del filósofo como el lobo trata al cordero
en las fábulas de Esopo, y le decís: «Murmuraste de mí el año pasado; debo
beberme tu sangre». Pero la filosofía no se venga, se ríe de esos vagos
esfuerzos y enseña tranquilamente a los hombres que queréis embrutecer para que
sean iguales a vosotros.
FIN
Alquimista
Voltaire
ALQUIMISTA. Con este nombre se designa al hombre que antiguamente se
dedicó a la ardua empresa de hacer oro, pues hubo una época en que se creyó
posible. Todavía en Alemania se encuentran espíritus tenaces que pasan la vida
buscando la piedra filosofal, como se buscó en China el agua de la
inmortalidad, y en Europa la fuente de la juventud. En Francia hubo también
algunos hombres que se arruinaron por acometer tan ilusorias empresas.
Prodigioso es el número de los que creyeron en semejantes
transmutaciones; pero el de los pícaros fue proporcionado al de los crédulos.
Conocido fue en París un tal Dammi, marqués de Conventiglio, que sacó a varios
señorones centenares de luises, con la promesa de fabricarles dos o tres
escudos de oro.
El chasco más notable por medio de la alquimia fue el siguiente, que dio
un tunante en 1620 al duque de Bouillón, de la casa de Turena, príncipe
soberano de Sedán: «No disponéis de una soberanía proporcionada a vuestra
bravura, porque vuestra soberanía es insignificante -le dijo el alquimista-;
pero yo os haré más rico que el emperador. Sólo puedo permanecer dos días en
vuestros estados, porque tengo que asistir en Venecia a la gran reunión de mis
hermanos, y os suplico que me guardéis el secreto. Que traigan protóxido de
plomo fundido de la botica del mejor farmacéutico de la ciudad; poned en él un
solo grano de este polvo rojo que os doy, colocadlo todo en un crisol, y en
menos de un cuarto de hora lo veréis convertido en oro».
El príncipe hizo la operación, repitiéndola tres veces delante del
alquimista. Este había hecho antes comprar todo el protóxido de plomo fundido
que tenían los boticarios de Sedán, y mezclando en él algunas onzas de oro, lo
volvió a vender. Al salir de allí el alquimista, regaló al duque de Bouillón
toda la cantidad de polvos mágicos que poseía.
El príncipe creyó que habiendo hecho con tres granos tres onzas de oro,
haría trescientas mil onzas con trescientos mil granos, y de ese modo en una
semana podría fabricar treinta y siete mil quinientos marcos de oro, e igual
cantidad en las semanas siguientes. El alquimista, que quería partir,
necesitaba dinero para asistir en Venecia a la reunión que celebraban los
filósofos discípulos de Hermes. Era hombre de pocas necesidades y de poco
gasto, y sólo le pidió al duque de Bouillón veinte mil escudos para el viaje.
En cuanto el duque agotó todo el protóxido de plomo que había en Sedán, ya no
pudo hacer oro, ni volvió a ver al filósofo alquimista, que se escapó de sus
dominios con veinte mil escudos.
Todas las supuestas transmutaciones de los alquimistas se hicieron
siempre del mismo modo. Cambiar un producto de la naturaleza en otro es una
operación dificilísima, como, por ejemplo, convertir el hierro en plata, porque
esta operación exige dos cosas que no están en nuestro poder: reducir a la nada
el hierro y crear la plata.
Hay, sin embargo, filósofos que creen en las transmutaciones por haber
visto que el agua se convierte en piedra, pero es porque no han reflexionado
que cuando el agua se evapora, deja el depósito de arena de que estaba cargada,
y que esa arena, acercando sus partes, se convierte en pequeña piedra
desmenuzable, formada precisamente por la arena que contenía el agua.
Debemos desconfiar hasta de las experiencias; debemos recordar siempre
el proverbio español que dice: De las cosas más seguras, la más segura es
dudar. Esto, no obstante, no debemos rechazar en absoluto a los hombres que
poseen algún secreto, ni despreciar los inventos nuevos. Sucede como en las
obras dramáticas: entre mil se encuentra una buena.
FIN
Amor
Voltaire
AMOR. Hay tantas clases de amor que no sabemos a cuál de ellas hacer
referencia para definirlo. Se llama falsamente amor al capricho de algunos
días, a una relación ligera, a un sentimiento al que no acompaña el aprecio, a
una costumbre fría, a una fantasía novelesca, a un gusto al que sigue un rápido
disgusto; en una palabra, se da ese nombre a una amistad de quimeras.
Si algunos filósofos tratan de examinar a fondo esta materia poco
filosófica, que estudien el banquete de Platón, en el que Sócrates, amante
honesto de Alcuzades y de Agatón, conversa con ellos sobre la metafísica del
amor. Lucrecio habla del amor físico, y Virgilio sigue las huellas de Lucrecio.
El amor es una tela que borda la imaginación. ¿Quieres formarte una idea
de lo que es amor? Contempla los gorriones y los palomos que hay en tu jardín;
observa al toro que se aproxima donde está la vaca, y al soberbio caballo que
dos criados llevan hasta la yegua que apaciblemente le está esperando y al
recibirle menea la cola; observa cómo chispean sus ojos, oye sus relinchos,
contempla sus saltos, sus orejas tiesas, su boca que se abre nerviosamente, la
hinchazón de sus narices y el aire inflamado que de ellas sale, sus crines que
se erizan y flotan y el movimiento impetuoso que les lanza sobre el objeto que
la naturaleza les destinó; pero no les envidies, porque debes comprender las
ventajas de la naturaleza humana, que compensa en el amor todas las que la
naturaleza concedió a los animales: fuerza, belleza, ligereza y rapidez.
Hay algunos animales que ni siquiera conocen el goce; los peces que
tienen concha no lo conocen: la hembra deja sobre el légamo millones de huevos;
el macho que los encuentra, pasa sobre ellos y los fecunda con su simiente, sin
conocer y sin buscar a la hembra que los puso.
La mayor parte de los animales que se emparejan no disfrutan más que por
un solo sentido, y cuando satisfacen su apetito, termina su amor. Ningún
animal, excepto el hombre, siente inflamarse su corazón, al mismo tiempo que se
excita la sensibilidad de todo el cuerpo; sobre todo los labios gozan de una
voluptuosidad que no fatiga; y de ese placer sólo goza la especie humana.
Además, ésta en cualquier época del año puede entregarse al amor; y los
animales tienen su tiempo prefijado. Si reflexionas y te haces cargo de estas
preeminencias, exclamarás con el conde de Rochester: «El amor, en un país de
ateos, es capaz de conseguir la adoración de la divinidad».
Como los hombres recibieron el don de perfeccionar todo lo que la
naturaleza les concedió, llegaron a perfeccionar el amor. La limpieza y el
aseo, haciendo la piel más delicada, aumentan el placer que causa el tacto; el
cuidado que se tiene para conservar la salud hace más sensibles los órganos de
la voluptuosidad. Los demás sentimientos se entremezclan con el del amor, como
los metales se amalgaman con el oro: la amistad y el aprecio le favorecen, y la
belleza del cuerpo y la del espíritu le añaden nuevos atractivos. Sobre todo el
amor propio estrecha esos lazos, porque el amor propio se aplaude a sí mismo,
por la elección que hizo, y la multitud de ilusiones que hace nacer embellecen
la obra cuyos cimientos abrió la naturaleza.
He aquí las ventajas que los hombres tienen sobre los animales. Si
aquellos disfrutan de placeres que éstos desconocen, en cambio sufren pesares
de los que las bestias no tienen la menor idea. Es lo más terrible para el
hombre que la naturaleza haya emponzoñado en las tres cuartas partes del mundo
los placeres del amor y los manantiales de la vida con esa enfermedad espantosa
que a él solo ataca y que en él sólo infecta los órganos de la generación.
De esta peste no puede decirse que, como otras enfermedades, es la
consecuencia de nuestros excesos. No es la relajación la que la introdujo en el
mundo. Friné, Lais y Mesalina no sufrieron esa enfermedad, que se dice nacida
en las islas de América, donde los hombres vivían en estado de inocencia, y
desde ellas se extendió por el mundo antiguo.
Si por algo pudo acusarse a la naturaleza de contradecir su plan y de
obrar contra sus propias miras, es por haber difundido esa detestable calamidad
que sembró en la tierra la vergüenza y el horror. Si César, Antonio y Octavio
no conocieron esa enfermedad, en cambio causó la muerte de Francisco I.
Los filósofos eróticos promovieron la cuestión de si Eloísa pudo seguir
amando verdaderamente a Abelardo, cuando fue fraile y castrado. Yo creo que
Abelardo siguió siendo amado; la raíz del árbol cortado conserva siempre un
resto de savia, y la imaginación ayuda al corazón. Nos complacemos en continuar
sentados a la mesa cuando ya no comemos. ¿Es esto amor? ¿Es un simple recuerdo?
¿Es amistad?
Es un no sé qué compuesto de todo eso; es un sentimiento confuso
semejante a las pasiones fantásticas que los muertos conservaban en los Campos
Elíseos. Los héroes que durante su vida habían brillado en las carreras de los
carros, después de muertos guiaban carros imaginarios. Allí Orfeo creía cantar
aún. Eloísa vivía con Abelardo de ilusiones, le acariciaba ella con la
imaginación algunas veces, con el placer superior que debía producirle haber
hecho en el Paracleto voto de no amarle, y sus caricias debieron de ser más
preciosas porque eran más culpables. No puede la mujer concebir una pasión por
un eunuco, pero puede conservar el cariño a su amante, si por amarle le
castran.
No sucede lo mismo al amante que envejeció en el servicio. Su exterior
no subsiste, sus arrugas asustan, su pelo blanco repele, los dientes que le
faltan disgustan; y todo lo que puede hacer la mujer amada, siendo virtuosa, se
reduce a ser su enfermera ya soportar que le ame, dedicándose a enterrar a un
muerto.
FIN
Amor a Dios
Voltaire
AMOR A DIOS. Las disputas sobre el amor a Dios han encendido tantos
odios como las disputas teológicas. Los jesuitas y los jansenistas se
estuvieron batiendo durante cien años para probar qué secta de las dos adoraba
a Dios de un modo más conveniente y para ver cuál de las dos causaría más daño
a su prójimo. Ejemplo: Fenelón y Bossuet.
Desde que el autor de Telémaco, que empezaba a tener gran
fama en la corte de Luis XIV, pretendió que se amara a Dios de otra manera que
le amaba el autor de las Oraciones fúnebres, éste, que era muy
pendenciero, le declaró la guerra, y consiguió que anatematizaran a aquél en la
antigua ciudad de Rómulo, donde Dios es siempre el objeto más amado, después de
la dominación, de la riqueza, de la ociosidad y del placer.
Si Mme. Guyon hubiera sabido el cuento de la bendita vieja que llevaba
un calentador para quemar el paraíso y un cántaro de agua para extinguir el
fuego del infierno, con la idea de que sólo amaran a Dios por sí mismo, quizá
no hubiera escrito tantas obras, porque hubiera comprendido que con muchísimas
palabras no podía decir tanto como la bendita vieja en pocas. Pero Mme. Guyon
amaba tan fanáticamente a Dios y a los galimatías que su extraordinaria ternura
la llevó cuatro veces a la cárcel. Procedieron con ella con injusticia y con
demasiado rigor. ¿Por qué castigaron como criminal a una pobre mujer que no
cometió otro crimen que el de escribir versos parecidos a los del abad Cotín y
prosa de tan poco gusto como la de Polichinela? Es extraño que el
autor de Telémaco y de los fríos amores de Eucaris dijese en
sus Máximas de los santos, después del bienaventurado Francisco de
Sales: «Casi no tengo deseos; pero si volviese a nacer, absolutamente no
tendría ninguno. Si Dios viniera hacia mí, yo también iría hacia Él». Sobre esa
proposición versa todo el libro; por ella no condenaron a San Francisco de
Sales, pero condenaron a Fenelón. ¿Por qué? Porque San Francisco de Sales no
tuvo un enemigo poderoso y violento en la corte de Turín y Fenelón lo tuvo en
Versalles.
Si pasamos desde las espinas de la teología a las de la filosofía, menos
largas y punzantes, parece indudable que se puede amar un objeto sin que se
interese el amor propio. No podemos comparar las cosas divinas con las
terrestres, ni el amor de Dios con ningún otro amor. Nos falta un infinito de
escalones para ascender desde las inclinaciones humanas a ese amor sublime.
Pero como no tenemos otro punto de apoyo que la tierra, de la tierra debemos
sacar nuestras comparaciones. Cuando contemplamos una obra notabilísima de
pintura, de escultura, de poesía o de elocuencia; cuando oímos una música que
encanta los oídos y el alma, la admiramos y la queremos. Sin que la admiración
ni el amor nos proporcione en absoluto la menor ventaja, experimentamos un
pensamiento puro, que algunas veces llega hasta la veneración.
Este es poco más o menos el único modo de explicar la profunda
admiración y el entusiasmo que nos produce el eterno Arquitecto del mundo.
Contemplamos la obra con un asombro mezclado de respeto y de anonadamiento,
porque el corazón se eleva hasta donde puede y se acerca cuanto le es posible
al artista.
¿Pero qué sentimiento es ése? Un no sé qué vago e indeterminado, un
pasmo que no se parece a nuestras afecciones ordinarias. Esa afección
espiritual, ¿merece ser censurada? ¿Pudo condenarse por ella al tierno
arzobispo de Cambrai? ¿Pudo reprochársele alguna herejía? ¿En qué pecó? En la
actualidad su castigo es incomprensible y la disputa que tuvo con Bossuet pasó
y se olvidó como otras muchas.
FIN
Amor propio
Voltaire
AMOR PROPIO. Nicole, en sus Ensayos de moral, escritos después que se
habían publicado dos o tres mil volúmenes de la misma materia, dice que «por
medio de ruedas y de patíbulos establecidos en común, deben reprimirse los
pensamientos y los designios tiránicos del amor propio de cada particular».
No examinaré si se pueden tener patíbulos en común, como se tienen
prados y bosques, ni si con ruedas se pueden reprimir los pensamientos; pero sí
diré que es muy extraño que Nicole tome por cosa equivalente el robo hecho en
camino real y el asesinato por amor propio. Es preciso distinguir mejor unas
cosas de otras. El que dijera que Nerón hizo asesinar a su madre por amor
propio y que el ladrón Cartouche estaba dotado de amor propio excesivo, se
expresaría incorrectamente. El amor propio no es una maldad; es un sentimiento
natural en todos los hombres, y está más cerca de la vanidad que del crimen.
Un pordiosero que se situaba en los alrededores de Madrid pedía limosna
con altivez. Un transeúnte le preguntó: «¿No os da vergüenza ser un vago,
pudiendo, como podéis, trabajar?». «Señor, le respondió el mendigo, os pido
dinero y no consejos»; y dicho esto, le volvió la espalda, conservando toda la
dignidad castellana. Era un mendigo más orgulloso que el señor, cuya vanidad se
ofendió sin motivo. Pedía limosna por amor a sí mismo, y no consentía que le
reprimiera otro amor propio.
Un misionero que viajaba por la India se encontró con un faquir que
estaba cargado de cadenas, desnudo como un mono, acostado boca abajo,
recibiendo latigazos por los pecados que cometieron sus compatriotas los
hindúes, y a cambio de éstos le daban algunos ochavos. «¡Qué manera de
renunciar a su amor propio!»; exclamó uno de los espectadores. «No renuncio a
mi amor propio -replicó el faquir-; sabed que si me dejo azotar en este mundo
es para devolveros los azotes en el otro, cuando vosotros seáis caballos y yo
jinete.»
Los que creen que el amor propio es la base de los sentimientos y de las
acciones de los hombres, tienen razón en España, en la India y en todo el mundo
habitable. Y así como nadie escribe para probar que tiene rostro, tampoco se
necesita escribir para probar que se tiene amor propio, instrumento de la
propia conservación, y semejante al instrumento de la perpetuidad de la
especie. Como éste nos es necesario, nos es querido, nos causa placer y por
esto lo ocultamos.
FIN
Amor socrático
Voltaire
AMOR SOCRÁTICO. Si el amor que se llama socrático y platónico fuera un
sentimiento honesto, lo aplaudiríamos; pero como fue relajación, debe
sonrojarnos Grecia porque no lo prohibió.
¿Cómo es posible que sea natural un vicio que destruiría al género
humano si hubiera sido general y que constituye un atentado infame contra la
naturaleza? Parece que debía ser el último escalón de la corrupción reflexiva,
y sin embargo lo sienten ordinariamente los que aún no han tenido tiempo para
corromperse. Penetró en seres jóvenes antes de que conocieran la ambición, el
fraude y la sed de riqueza. La juventud, ciega por un instinto no definido, se
precipita en esos desórdenes al salir de la infancia, lo mismo que se precipita
en el onanismo.
La inclinación que uno a otro se tienen los dos sexos, se declara casi
en la pubertad. Pero dígase lo que se quiera de las africanas y de las mujeres
del Asia meridional, esa inclinación es generalmente mucho más fuerte en el
hombre que en la mujer; es una ley que la naturaleza infundió en todos los
animales; y siempre el macho ataca a la hembra.
Los jóvenes machos de nuestra especie, cuando se educan juntos,
sintiendo esa clase de fuerza que la naturaleza empieza a desarrollar en ellos,
y no encontrando el objeto natural al que debe atraerlos su instinto, se
arrojan sobre un objeto parecido, con frecuencia algún mancebo. En la frescura
de la tez, en el brillo de sus colores y en la dulzura de sus miradas se parece
el mancebo durante dos o tres años a una hermosa jovenzuela. Si el joven le
ama, es porque la naturaleza se equivoca. Rinde homenaje al sexo femenino,
creyendo verlo en el que posee la belleza de éste; pero cuando la edad
desvanece el parecido, el engaño cesa. Sabido es que esa equivocación de la
naturaleza es mucho más común en los climas ardientes que en los helados,
porque en aquellos la sangre está más encendida y las ocasiones se encuentran
con más frecuencia. De modo que lo que es debilidad en el joven Alcibíades, es
una abominación que da asco en un marinero alemán y en un cantinero ruso.
No puedo tolerar a los que quieren hacernos creer que los griegos
autorizaron esta licencia. Para probarlo se cita al legislador Solón, porque
dijo lo que en dos versos malos tradujo al francés Aymot:
Tu chériras un beau garfon,
Tant qu’il n’aura barbe au mentan.
¿Pero creéis de buena fe que Solón era legislador cuando pronunció las
anteriores palabras? Entonces era un joven disoluto, y cuando más tarde llegó a
ser sabio, no puso semejante infamia en ninguna de las leyes de su república.
También se ha abusado del texto de Plutarco, que entre las
charlatanerías del Diálogo de amor hace que uno de los interlocutores diga que
las mujeres no merecen el verdadero amor; y otro interlocutor es partidario de
las mujeres y las defiende, pues también en ese diálogo han tomado la objeción
como máxima decisiva. Es seguro que el amor socrático no fue un amor infame: la
palabra amor hizo incurrir en esa equivocación. Los que entonces se llamaban
amantes de un hombre joven eran precisamente lo que son entre nosotros los
gentiles hombres que sirven a los príncipes, que participan de sus mismos
trabajos militares. Institución guerrera y santa, de la que se abusó, como se
ha abusado de las fiestas nocturnas y de las orgías.
La institución de los amantes que creó Lacus, era una especie de
ejército invencible de guerreros jóvenes, que se comprometían por medio de
juramento a perder la vida ,unos por otros: no hubo nunca institución tan
hermosa en la disciplina antigua.
Inútilmente Sextus Empiricus y otros dicen que las leyes de Persia
recomendaban semejante vicio; que citen el texto de la ley, que nos presenten
el código de los persas, que si en él se encontrara esa abominación, tampoco yo
la creería; diría que no es verdadera, por la poderosa razón de que no es
posible. No, no es posible que la naturaleza humana promulgue una ley que
contradiga y ultraje a su propia naturaleza, una ley que destruiría al género
humano si se cumpliera al pie de la letra. Pero ya que no me enseñáis ese
código, yo os enseñaré la antigua ley de los persas, incluida en el Sadder, que
dice en el artículo que lleva el número 9 que no existe en el mundo mayor
pecado. Inútilmente un escritor moderno trató de justificar a Sextus Empiricus
y la sodomía; las leyes de Zoroastro, que él no conoce, presentan la prueba
irrecusable de que los persas no recomendaron nunca ese vicio. Lo mismo podían
decir que estaba recomendado a los turcos, porque éstos lo cometen, pero sus
leyes lo castigan. Hay comentaristas que han tomado costumbres vergonzosas y
toleradas por verdaderas leyes del país.
Sextus Empiricus, que dudaba de todo, podía muy bien haber dudado de
semejante jurisprudencia. Si hubiera vivido en nuestros días, y hubiera sabido
que dos o tres jesuitas habían abusado de sus discípulos, ¿se hubiera creído
con derecho para sentar que les permitían esta infamia las Constituciones de
Ignacio de Loyola? Séame permitido hablar en este artículo del amor socrático
que se apoderó del reverendo padre Policarpo, carmelita calzado de la pequeña
ciudad de Gex, que el año 1771 enseñaba religión y latín a una docena de
jóvenes casi niños. Era al mismo tiempo su confesor y su maestro, y luego
ejerció con ellos voluntariamente otro empleo, dedicando todo su tiempo a
ocupaciones espirituales y corporales. Cuando se descubrió todo, huyó a Suiza,
país que está muy lejos de Grecia. Esas diversiones son bastante comunes entre
preceptores y discípulos. Los frailes, encarga- dos de educar a la juventud,
siempre fueron aficionados a la sodomía, que es la consecuencia necesaria del
celibato a que se ven condenados.
Los señores turcos y persas, según tenemos entendido, nombran eunucos
para que eduquen a sus hijos. ¡Extraña alternativa para un maestro: ser
castrado o sodomita!
Amarse los hombres unos a otros llegó a ser tan común en Roma, que no se
atrevieron a castigar esa infamia, porque la cometía casi todo el mundo.
Octavio Augusto, asesino relajado y cobarde que se atrevió a desterrar a
Ovidio, encontraba bien que Virgilio cantase al mancebo Alexis y que Horacio
escribiera odas en metro menor a Ligurinus. Horacio, que elogiaba a Augusto por
haber reformado las costumbres, proponía a ése en una de sus sátiras que amara
indistintamente a un muchacho ya una doncella. ¡Y a pesar de esto, la antigua
ley Seantinia, que prohíbe la sodomía, subsistió siempre en Roma! El emperador
Filipo la puso en vigor, y expulsó de Roma a los jovenzuelos que se dedicaban a
tan infame oficio. Si hubo allí poetas espirituales y licenciosos al mismo
tiempo, como Petronio, también hubo profesores tan virtuosos como Quintiliano.
Para terminar, diré que no creo que ninguna nación civilizada sea capaz de
dictar leyes contrarias a las buenas costumbres.
FIN
Cielo de los antiguos
Voltaire
CIELO DE LOS ANTIGUOS. Si el gusano de seda diera el nombre de cielo a
la pelusilla que forma su capullo, razonaría igual que razonaron los antiguos,
dando a la atmósfera el nombre de cielo, que es, como dice Fontenelle, la seda
de nuestro capullo. Creyeron los antiguos que los vapores que exhalan los mares
y la tierra y que forman las nubes, los meteoros y los truenos eran la morada
de los dioses. Los dioses descienden siempre de nubes de oro en las obras de
Romero; y por eso todavía hoy los pintores los representan sentados en una
nube. Podían sentarse sobre el agua; pero era justo que el primero de los
dioses, Júpiter, estuviera sentado con más comodidad que los otros, y le
concedieron un águila por cabalgadura, porque el águila vuela más alto que las
demás aves.
Los primitivos griegos, al ver que los señores de las ciudades vivían en
ciudadelas, en la cumbre de las montañas, juzgaron que los dioses debían ocupar
también alguna ciudadela y le colocaron en la Tesalia, en lo alto del monte
Olimpo, cuya cima es tan alta que muchas veces la cubren las nubes, de modo que
desde el palacio de los dioses se podía pasar fácilmente al cielo. .
Las estrellas y planetas, que parece que estén asidos a la bóveda azul
de nuestra atmósfera, se convirtieron en morada de los dioses; siete de éstos
tuvieron para vivir cada uno su planeta, y los otros se alojaron donde
pudieron. Los dioses celebraban consejo general en una espaciosa sala, a la que
iban por la Vía Láctea, puesto que los dioses necesitaban tener una sala en el
aire, ya que los hombres tenían casas de reunión en la tierra.
Cuando los titanes, una especie intermedia de animales entre los hombres
y los dioses, declararon a éstos una guerra casi justa reclamando parte de la
herencia paterna, puesto que eran hijos del cielo y de la tierra, pusieron dos
o tres montañas, una sobre otra, creyendo que eso bastaba para escalar el cielo
y la ciudadela del Olimpo. Sin embargo, median seiscientos millones de leguas
desde la tierra a esos astros, lo que no es un obstáculo para que Virgilio
diga:
Sub pelibusque videl nubes el sidera Daphnis. «Dafne ve bajo sus pies
los astros y las nubes». ¿Dónde estaba, pues, Dafne?
En el teatro y en otras partes más serias se hace descender a los dioses
entre nubes y truenos; o lo que es lo mismo, pasean a Dios en los vapores de
nuestro globo. Tales ideas son tan proporcionadas a nuestra debilidad, que nos
parecen grandes.
Esa física de niños y viejas arranca de la más remota antigüedad.
Créese, sin embargo, que los caldeos tenían ideas casi tan exactas como
nosotros de lo que se llama cielo. Colocaban al Sol en el centro del mundo
planetario, casi a la distancia que hemos reconocido que existe de nuestro
globo, y hacían girar a la Tierra y algunos planetas alrededor de ese astro.
Esto es lo que nos dice Aristarco de Samos; y es, con escasa diferencia, el
sistema del mundo que Copérnico perfeccionó después. Pero los filósofos se
guardan el secreto para ellos, con la idea de ser más respeta- dos por los
reyes y el pueblo, o quizá para no ser perseguidos.
El lenguaje del error es tan familiar para los hombres que todavía
llamamos a los vapores y al espacio de la Tierra a la Luna, cielo. Decimos
subir al cielo, como decimos que el Sol gira, aunque sabemos que éste está fijo
y no se mueve. Probablemente la Tierra será cielo para los habitantes de la
Luna, y cada planeta colocará su cielo en el planeta más próximo.
Si hubieran preguntado a Hornero en qué cielo estaba el alma de Sarpedón
y dónde estaba la de Hércules, Hornero no habría sabido qué contestar, y
hubiera salido del paso escribiendo versos armoniosos. ¿Qué seguridad podían
tener de que el alma de Hércules se hubiera encontrado mejor en Venus, en
Saturno, que en nuestro globo? ¿Se encontraría acaso en el Sol? No parece que
debía estar en ese horno. ¿Qué entendían, en fin, por cielo los antiguos? No lo
sabían. Decían siempre el cielo y la tierra, como si dijeran el infinito y un
átomo. Rigurosamente hablando, no existe el cielo; existe una cantidad
prodigiosa de globos que rueda en el espacio, y nuestro globo rueda como los
demás.
Los antiguos creyeron que ir a los cielos era ascender; pero no se
asciende de un globo a otro, porque los globos celestes unas veces están encima
y otras debajo de nuestro horizonte. Por ejemplo, supongamos que Venus,
habiendo venido de Pafos, regresara a su planeta cuando este planeta se hubiera
puesto. La diosa Venus no ascendería, pues, con relación a nuestro horizonte,
sino que descendería; en este caso debíamos decir descendió al cielo. Pero los
antiguos no estaban tan civilizados, sólo tenían nociones vagas, inciertas,
contradictorias sobre todo lo que se relaciona con la física. Se han escrito
inmensos volúmenes para saber lo que pensaban sobre cuestiones de esta clase, y
dos palabras hubieran bastado para decir que no pensaban sobre ellas. De esa regla
general debe exceptuarse un corto número de sabios, que llegaron tarde, que
explicaron sus pensamientos, y cuando se atrevieron a explicarlos, los
charlatanes del mundo los enviaron al cielo por el camino más corto.
Un escritor que se llamaba Pluche pretende probar que Moisés era un gran
físico; otro antes que él, llamado Juan Amerpoel, quiere conciliar a Moisés con
Descartes, asegurando que Moisés fue el inventor de los torbellinos y de la
materia sutil, pero lo asegura inútilmente, porque todos sabemos que Dios hizo
de Moisés un legislador y un profeta, pero no pretendió que fuera un profesor
de física. Dictó a los judíos sus deberes, pero no les enseñó una palabra de
filosofía. Calmet, que ha compilado mucho, pero que no razona nunca, se ocupa
del sistema de los hebreos; pero ese pueblo grosero estaba muy lejos de tener
un sistema, ni siquiera tuvo escuela de geometría; hasta desconocía ese nombre.
Su única ciencia consistía en ser corredor de cambios y usurero.
En sus libros se encuentran algunas ideas oscuras, incoherentes y dignas
de un pueblo bárbaro, respecto a la estructura del cielo. Su primer cielo era
el aire, el segundo el firmamento, en el que están prendidas las estrellas. Ese
firmamento era sólido y de hielo y contenía las aguas superiores, que se
escaparon de su recipiente por puertas, por esclusas y por cataratas en la
época del diluvio.
Encima de dicho firmamento o de las citadas aguas superiores existía el
tercer cielo, que llamaban empíreo, adonde fue arrebatado San Pablo. Ese
firmamento era una especie de semibóveda que abarcaba la Tierra. El Sol no
podía dar la vuelta a un globo que ellos no conocieron. En cuanto llegaba al
Occidente, se volvía al Oriente por un camino desconocido, y no se le veía
volver, porque, como dice el barón de Toeneste, volvía de noche.
Estas ideas las habían adquirido los hebreos de otras naciones. La
mayoría de ellas, exceptuando la escuela de los caldeos, creían que el cielo
era sólido, que la Tierra, fija e inmóvil, era más larga desde Oriente hasta
Occidente que desde el Mediodía al Norte; y de esto provienen las palabras
longitud y latitud que hemos adoptado. Profesando esas ideas era imposible que
existieran los antípodas. Por eso San Agustín dice que es un absurdo creer que
existan; y Lactancio dice terminantemente que hay gentes bastante locas que
creen que existan hombres cuya cabeza esté más baja que sus pies. En el libro
III de sus Instituciones añade: «Puedo probaros con muchos argumentos que es
imposible que el cielo rodee a la Tierra». San Crisóstomo afirma que yerran los
que creen que los cielos son movibles y que tienen forma circular .
Inútilmente, el autor del Espectáculo de la Naturaleza quiere dar la
patente de filósofo a Lactancio ya Crisóstomo, porque cualquiera podrá
contestarle que los dos fueron santos, pero que no es preciso para ser santos
ser buenos astrónomos.
FIN
Cielo material
Voltaire
CIELO MATERIAL. Las leyes de la óptica, fundadas en la naturaleza de las
cosas, disponen que desde nuestro pequeño globo veamos siempre como una bóveda
rebajada, aunque no exista más bóveda que nuestra atmósfera, que no está
rebajada; que veamos siempre rodar los astros por esa bóveda, y como en un
mismo círculo, aunque no existan más que cinco planetas principales, diez lunas
y un anillo que caminan como nosotros por el espacio; que nuestro sol y nuestra
luna nos parezcan siempre un tercio mayores en el horizonte que en el cenit,
aunque estén más cerca del observador en el cenit que en el horizonte.
Así es como vemos el cielo material. Por estas reglas invariables de la
óptica vemos los planetas tan pronto retrógrados, tan pronto estacionarios, y
no son ni una cosa ni otra. Si estuviéramos en el Sol, veríamos todos los
planetas y los cometas girar con regularidad a su alrededor en las elipses que
Dios les asigna; pero estamos en el planeta que se llama Tierra, esto es, en un
rincón desde el que no podemos gozar de todos los espectáculos. No acusemos,
pues, con Malebranche de error a nuestros sentidos, porque las leyes constantes
de la naturaleza, emanadas de la voluntad inmutable del Todopoderoso y
proporcionadas a la constitución de nuestros órganos, no pueden ser errores.
Sólo podemos ver la apariencia de las cosas, pero no su realidad. Lo
mismo nos engañamos cuando el Sol, ese astro que es un millón de veces más
grande que la Tierra, nos parece liso y de dos pies de anchura, que cuando en
un espejo convexo vemos un hombre en la dimensión de algunas pulgadas.
Si los magos caldeos fueron los primeros que se aprovecha- ron de la
inteligencia que Dios les concedió para medir y colocar en su sitio los globos
celestes, otros pueblos más groseros no les imitaron. Esos pueblos, infantiles
y salvajes, supusieron que la Tierra era llana, que estaba sostenida en el
aire, no sé cómo, quizá por su propio peso; de que el Sol, la Luna y las
estrellas caminaban continuamente por un arco de bóveda sólido que llamaron
firmamento; que ese arco conducía las aguas, y teniendo puertas de espacio en
espacio, las aguas salían por ellas para humedecer la Tierra. Pero ¿cómo
reaparecían el Sol, la Luna y los demás astros después de haberse puesto? No lo
sabían. El cielo tocaba con la tierra llana; no había, pues, medio de que el
Sol, la Luna y las estrellas girasen por debajo de la Tierra y fuesen a
aparecer en el Oriente después de haberse puesto en el Occidente. Verdad es que
esos ignorantes tenían razón por casualidad, no concibiendo que el Sol y las
estrellas fijas girasen alrededor de la Tierra; pero estaban muy lejos de
sospechar que el Sol estuviera inmóvil, y que la Tierra, con su satélite,
girara alrededor de él con los demás planetas. Había más distancia desde sus
fábulas hasta el verdadero sistema del mundo, que la que hay desde las
tinieblas a la luz.
Creían que el Sol y las estrellas volvían por caminos desconocidos,
después de haber descansado de su carrera, en el mar Mediterráneo, sin saber
precisamente en qué sitio. No conocían otra astronomía hasta el tiempo de
Hornero, que es más reciente, pues los caldeos guardaban en secreto su ciencia
con la idea de que el pueblo los respetara. Hornero dice más de una vez que el
Sol se sumerge en el Océano, donde repara sus fuerzas con la frescura de las
aguas durante la noche, y pasada ésta se dirige al sitio por donde ha de salir
siguiendo caminos que desconocen los mortales.
Como entonces la mayor parte de los pueblos de la Siria y los griegos
conocían algo el Asia y una pequeña parte de Europa, pero no tenían noción
alguna de los países que están al norte del Ponto-Euxino y al mediodía del
Nilo, se figuraron que la Tierra era un tercio más larga que ancha, y que por
consecuencia el cielo, que estaba tocando con la Tierra y la abarcaba, era
también más largo que ancho. De esto provinieron los grados de longitud y de
latitud cuyos nombres conservamos, aunque han sufrido reforma dichos grados.
El libro de Job, que compuso un antiguo árabe, el cual tenía algún
conocimiento de astronomía, puesto que se ocupa de las constelaciones, se
expresa, sin embargo, de este modo: «¿Dónde estabais cuando yo abrí los
cimientos de la Tierra? ¿Quién tomó de ellos las dimensiones y sobre qué base?
¿Quién puso la piedra angular?» El estudiante menos aprovechado le hubiera
contestado hoy. La Tierra no tiene piedra angular, ni base, ni cimientos; y
respecto a sus dimensiones, las conocemos perfectamente, porque desde
Magallanes hasta Bougainville varios navegantes han dado la vuelta al mundo. El
mismo estudiante le taparía la boca al declamador Lactancio ya todos los que
antes y después de él han dicho que la Tierra está fundada en el agua y que el
cielo no puede estar debajo de la Tierra, y que, por lo tanto, es ridículo e
impío suponer que existan los antípodas.
Es curioso leer el desdén y la compasión que inspiran a Lactancio los
filósofos que, desde hace cuatrocientos años, empezaron a conocer la carrera
aparente del Sol y de los planetas, la redondez de la Tierra, la diafanidad de
los cielos, cuyo espacio recorren los planetas dentro de sus órbitas, etcétera,
lo que hace exclamar a dicho escritor: «Es incomprensible por qué gradación los
filósofos han llegado al extremo de la locura de creer que la Tierra era una
bola y de rodear a ésta de cielo». El mismo estudiante replicaría a los
doctores que se expresan de ese modo, dándoles la siguiente lección: «Sabed que
no existen cielos sólidos colocados unos sobre otros, como habéis supuesto; que
no existen círculos reales en los que los astros giren dentro de un supuesto
disco; sabed que el Sol ocupa el centro del mundo planetario, que la Tierra y
los demás planetas giran a su alrededor en el espacio, y no trazando círculos,
sino elipses. Sabed que no hay arriba ni abajo, porque los planetas y los
cometas tienden todos hacia el Sol, que es su centro, y el Sol tiende hacia
ellos por la ley de la gravitación eterna».
Lactancio y los demás charlatanes que han opinado como él se quedarían
asombrados si vieran cómo es en realidad el sistema del mundo.
FIN
Clero
Voltaire
CLERO. Quizá quede algo que decir sobre el clero, después de lo mucho
que se ha dicho en el Diccionario de Ducanje y en el de la Enciclopedia. Por
ejemplo, podemos notar que en los siglos X y XI se introdujo la costumbre, que
tuvo fuerza de ley en Francia, Alemania e Inglaterra, de perdonar de la horca a
los criminales que sabían leer . ¡Tan útil creyeron que era para el Estado
tener erudición! Guillermo el Bastardo, conquistador de Inglaterra, introdujo
en esa nación tal costumbre, que se llamó beneficio de clerecía. Dijimos en la
Historia del Parlamento que viejos usos, perdidos en todas partes, se vuelven a
encontrar en Inglaterra, como, por ejemplo, se encontraron en la isla de
Samotracia los antiguos misterios de Orfeo. Aun en la actualidad el beneficio
de clerecía subsiste en la nación inglesa con toda su fuerza en los casos de
cometer una muerte sin deseo de causarla, y de robar por primera vez, con tal
que el hurto no exceda de quinientas libras esterlinas. No se puede negar el
beneficio de clerecía al criminal que sabiendo leer lo pierde. El juez, que las
antiguas leyes consideraban que tampoco sabía leer, se vale todavía del
capellán de la cárcel para que presente un libro al acusado. En seguida
pregunta al capellán: «¿Legit?» «¿Sabes leer?» Si el capellán le contesta:
«Legit ut clericus». «Lee como un clérigo», el juez se satisface con marcar la
palma de la mano del criminal con un hierro candente, pero se tiene cuidado de
cubrirlo con grasa endurecida. El hierro humea y lanza un silbido sin hacer daño
al paciente, que es considerado como clérigo.
Del celibato de los clérigos. Hablemos de los primeros siglos de la
Iglesia, en los que se permitió el matrimonio a los clérigos, y digamos en qué
época se les prohibió.
Está probado que los clérigos, en vez de ser empujados al celibato por
la religión judía, eran inducidos por ésta a con traer matrimonio, no sólo por
seguir el ejemplo que les dieron los patriarcas, sino también porque era
vergonzoso no tener posteridad. A pesar de esto, en los tiempos que precedieron
a las últimas desgracias de los judíos pululaban en dicha nación las sectas de
los rigoristas, esenios, terapeutas y herodinos; y en algunas de éstas, como la
de los esenios y los terapeutas, los más devotos no se casaban. Guardaban
continencia, queriendo imitar la castidad de las vestales, que instituyó Numa
Pompilio; el ejemplo de la hija de Pitágoras, que fundó un convento de
sacerdotisas de Diana; el de la pitonisa de Delfos, y la castidad más antigua
de Casandra y de Criseida, sacerdotisas de Apolo.
Los sacerdotes de la diosa Cibeles no sólo hacían voto de castidad, sino
que se castraban, por miedo a violar el voto. Plutarco dice que había
congregaciones de sacerdotes en Egipto que renunciaban al matrimonio.
Los primitivos cristianos, aunque observaban una vida tan pura como los
esenios y los terapeutas, no consideraron el celibato como una virtud. Ya vimos
en otra parte que casi todos los apóstoles y sus discípulos fueron casados. San
Pablo, en su Epístola dirigida a Tito, dice: «Elegid por sacerdote al que sólo
tenga una mujer e hijos fieles y que no sean acusados de lujuria”. Lo mismo
dice a Timoteo: «El sacerdote vigilante debe ser marido de una sola mujer”. San
Pablo da tanta importancia al matrimonio, que en la misma Epístola, dirigida a
Timoteo, dice: «Si la mujer prevarica, se salvará teniendo hijos”.
Lo que sucedió en el famoso Concilio de Nicea respecto a los sacerdotes
casados merece fijar nuestra atención. Algunos obispos, apoyándose en Sazomenes
y en Sócrates, propusieron la aprobación de una ley que prohibiera a los
obispos y sacerdotes tocar a sus mujeres desde allí en adelante; pero San
Pafuncio, mártir, obispo de Tebas en Egipto, se opuso con todas sus fuerzas a
que se aprobara semejante ley, diciendo «que es castidad acostarse con su
mujer,,; y su opinión dominó en el Concilio. Así lo refieren Suidas, Gelasio,
Cyziceno, Casiodoro y Nicéforo Calixto.
Dicho Concilio únicamente prohibió a los eclesiásticos tener en sus
casas agapetas (1), y otras mujeres. Sólo podían tener sus esposas, madres,
hermanas, tías y ancianas que no fueran sospechosas.
Desde esa época la Iglesia recomendó el celibato, pero no mandó que se
observara. San Jerónimo, que se consagró a la soledad, fue entre todos los
padres el que hizo el mayor elogio del celibato de los sacerdotes, y sin
embargo siguió luego el partido de Carterius, obispo de España, que se casó dos
veces: «Si me empeñara en nombrar -dice- a todos los obispos que contrajeron
segundas nupcias, contaría muchos más que obispos asistieron al Concilio de
Rímini».
Son innumerables los clérigos casados que vivieron con sus mujeres.
Sidonio, obispo de Clermont en la Auvemia, en el siglo V, se casó con
Papianilla, hija del emperador Avilas Simplicius, obispo de Bourges, tuvo dos
hijos de su mujer, Palladia. San Gregorio Nacianceno fue hijo de otro Gregorio,
obispo de Naciancena y de Nonna. Este tuvo tres hijos: Cesarius, Gorgonia y el
santo citado.
En la recopilación de los antiguos cánones está inserta una lista muy
larga de obispos que fueron hijos de sacerdotes. El Papa Ozius era hijo del
subdiácono Esteban, y el Papa Bonifacio I, hijo del sacerdote Jocondo. El Papa
Félix III era hijo del sacerdote Félix, y llegó a ser uno de los abuelos de
Gregorio el Grande. El sacerdote Proyectus fue padre de Juan II. El Papa
Silvestre era hijo del Papa Hormidas. Teodoro I nació del matrimonio de
Teodoro, patriarca de Jerusalén, lo que hizo reconciliar a las dos iglesias.
Después de algunos concilios celebrados inútilmente para que los
clérigos adoptasen el celibato, el Papa Gregorio VIl excomulgó a todos los
sacerdotes casados, ya porque tuviese la Iglesia disciplina más rigurosa, ya
por ligar con más fuerza a Roma los obispos y los sacerdotes de otros países,
para que de este modo no tuvieran más familia que la de la Iglesia. Esa ley no
se estableció sin provocar grandes oposiciones.
Es notable que habiendo depuesto, al menos de palabra, al Papa Eugenio
IV el Concilio de Bale y elegido Papa a Amadeo de Saboya, se opusieron muchos
obispos porque ese príncipe había sido casado. Pero Eneas Silvius, que después
fue Papa y se llamó Pío II, sostuvo que era válida la elección de Amadeo de
Saboya, afirmando «que no sólo el que haya sido casado, sino el que lo sea
actualmente, puede ser elegido Papa». Obrando de ese modo, Pío II era
consecuente.
Leed en la colección de sus obras las cartas que dirigió a su querida y
os convenceréis de que está persuadido que es una demencia querer engañar a la
naturaleza, añadiendo que debemos guiarla, pero no destruirla.
De todos modos, desde el Concilio de Trento ya no pudo haber disputas
sobre el celibato de los clérigos en la Iglesia católica romana. Esta decisión
hizo separar de la Iglesia de Roma a todas las comuniones protestantes.
En la Iglesia griega, que hoy se extiende desde las fronteras de la
China hasta el cabo de Matapán, los sacerdotes se casan una vez. En todas
partes varían los usos y cambia la disciplina según los tiempos y lugares.
FIN
Cristianismo
Voltaire
CRISTIANISMO. Establecimiento del cristianismo en su estado civil y
político. No vamos en este artículo a mezclar lo divino con lo profano y nos
guardaremos bien de querer sondear los designios de la Providencia. Somos
hombres y nos dirigimos a los demás hombres.
Cuando Antonio y después Augusto entregaron la Judea al árabe Herodes,
su hechura y su tributario, este príncipe, que era extranjero en dicha nación,
llegó a ser el más poderoso de sus reyes. Tuvo puertos en el Mediterráneo:
Polemaida y Ascalón. Fundó ciudades, erigió un templo al dios Apolo en Rodas y
un templo a Augusto en Cesarea. Construyó el templo de Jerusalén, rodeándole de
fortísimas murallas. Durante su reinado disfrutó la Palestina de una paz
completa. Fue considerado como un Mesías, a pesar de ser bárbaro en sus
relaciones con la familia y tirano con el pueblo, al que devoraba para sufragar
los gastos de las grandes empresas que acometía. Adoró a César y casi fue
adorado por sus partidarios.
La secta de los judíos estaba ya esparcida hacía mucho tiempo por Europa
y Asia, pero sus dogmas eran enteramente desconocidos. Nadie conocía los libros
judíos, aunque muchos de ellos estaban traducidos al griego en Alejandría, como
ya dijimos en otra parte. Sólo se sabía de los judíos lo que los turcos y los
persas saben hoy de los armenios, que son corredores de comercio y agentes de
cambio. El teísmo de la China y los respetables libros de Confucio, que vivió
cerca de seiscientos años antes que Herodes, eran aún más desconocidos de las
naciones occidentales que los ritos judíos.
Los árabes, que suministraban a los romanos los géneros preciosos de la
India, ni siquiera tenían idea de la teología de los brahmanes. Las mujeres
hindúes tenían la costumbre inmemorial de quemarse en la hoguera sobre el
cuerpo de sus maridos, y estos sacrificios asombrosos, que todavía se realizan,
eran tan desconocidos de los judíos como las costumbres de América. Los libros
judíos, que se ocupan de Gog y Magog, no hablan en ninguna parte de la India.
La antigua religión de Zoroastro era célebre ya, y tampoco la conocían
en el imperio xomano. En éste sólo se sabía en general que los magos creían en
la resurrección, en el paraíso y el infierno. Estas doctrinas habían llegado
hasta los judíos vecinos de la Caldea, porque la Palestina, en la época de
Herodes, la ocupaban los fariseos, que empezaban a creer en el dogma de la
resurrección, y los saduceos, que despreciaban tal doctrina.
Alejandría, que era la ciudad más comercial del mundo, estaba poblada de
egipcios, que rendían culto a Serapis ya los gatos sagrados; de griegos, que se
ocupaban de filosofía; de romanos, que eran los que dominaban, y de judíos, que
eran los que se enriquecían. Todos esos individuos, pertenecientes a diversas
naciones, sólo se ocupaban en ganar dinero, en entregarse a los placeres o al
fanatismo, en crear o disolver sectas religiosas, sobre todo cuando vivieron en
la ociosidad, que fue cuando Augusto cerró el templo de Jano.
Los judíos estaban divididos en tres partidos principales. El de los
samaritanos, que se jactaba de ser el más antiguo, porque Samaria existía
cuando Jerusalén y su templo fueron destruidos en la época de los reyes de
Babilonia; pero los samaritanos participaban de la raza de los persas y de los
palestinos. El segundo partido, el más poderoso, era el de los jerosolimitanos,
que detestaban a los samaritanos, y éstos también los aborrecían, porque sus
intereses eran opuestos. Los jerosolimitanos tenían la pretensión de que sólo
se hicieran sacrificios en el templo de Jerusalén, para que de ese modo se
recogiera mucho dinero en la ciudad; y por esa. misma razón los samaritanos
querían que se hicieran los sacrificios en Samaria. Cuando hay poco número de
habitantes en una ciudad pequeña, basta con un templo; pero cuan- do ese mismo
pueblo llega a extenderse hasta setenta leguas de longitud en su territorio. y
veintitrés de latitud, como le sucedió al pueblo judío, es absurdo no querer
tener más que una iglesia.
El tercer partido era el de los judíos helenistas, y lo componían los
que comerciaban y tenían negocios en Egipto y en Grecia y opinaban lo mismo que
los samaritanos. Onías, hijo de un gran sacerdote judío y que deseaba ser lo
que su padre, obtuvo del rey de Egipto, Ptolomeo Filometo, y sobre todo de
Cleopatra, esposa de éste, permiso para edificar un templo judío cerca de
Bubasta, asegurando a la reina Cleopatra que Isaías profetizó que Un día
llegaría en que el Señor había de tener un templo en el indicado sitio. Hizo un
buen presente a Cleopatra, la cual contestó que ya que Isaías lo había
profetizado, se le podía creer. Dicho templo se llamó Onión, y se construyó 160
años antes de la era vulgar. Los judíos de Jerusalén miraron siempre con tanto
horror ese templo y la traducción de los Setenta, que instituyeron una fiesta
en expiación de esos dos sacrilegios.
Los rabinos del templo Onión, mezclando su raza con la de los griegos,
llegaron a ser más sabios que los rabinos de Jerusalén y de Samaria; yesos tres
partidos comenzaron a disputar unos con otros sobre cuestiones de controversia,
que sutil izan el talento, pero le hacen falso e insociable.
Los judíos egipcios, deseando igualarse en austeridad con los esenios y
los judaizantes de Palestina, establecieron algún tiempo antes del advenimiento
del cristianismo la secta de los terapeutas, que se consagraban, como ellos, a
una especie de vida monástica ya las mortificaciones. Esas diferentes
sociedades se establecieron, imitando los antiguos misterios egipcios, persas y
griegos, que inundaron el mundo desde el Eufrates y el Nilo hasta el Tíber .
Al principio, los iniciados en estas cofradías eran escasos en número y
los consideraban como hombres privilegiados, que se separaban de la multitud;
pero en la época de Augusto llegaron a ser muchísimos, de modo que se hablaba
de religión desde el centro de la Siria hasta el monte Atlas y el Océano
Germánico.
Entre esta multitud de sectas y de cultos se fundó la escuela de Platón,
no sólo en Grecia, sino también en Roma y en Egipto. Creyese que Platón tomó su
doctrina de los egipcios, y éstos creían reivindicar algo suyo, al dar valor a
las ideas platónicas, a su verbo, ya la especie de trinidad que se encuentra
embrollada en algunas de las obras de Platón. Se asegura que el espíritu
filosófico, difundido entonces en todo el Occidente conocido, dejó caer algunas
chispas de su espíritu razonador en la Palestina.
No cabe dudar que en la época de Herodes se suscitaron ya cuestiones
sobre los atributos de la Divinidad, sobre la inmortalidad del alma y la
resurrección de los cuerpos. Los judíos refieren que la reina Cleopatra les
preguntó si resucitábamos desnudos o vestidos. Los judíos, pues, raciocinaban a
su modo. Hay que reconocer que Flavio Josefo, para ser militar, era bastante
sabio, y es indudable que sobresaldrían otros sabios del estado civil, en un
país donde era ilustrado un hombre de guerra. Su contemporáneo Filón hubiera
adquirido reputación entre los griegos, y Gamaliel, maestro de San Pedro, era
un gran polemista.
El poder judío se entretenía ocupándose de religión como sucede hoy en
Suiza, Alemania e Inglaterra. Se encuentran varios personajes del pueblo bajo
que fundaron sectas, como posteriormente Fox en Inglaterra, Muncer en Alemania
y los primeros reformistas en Francia. El mismo Mahoma no era más que un
comerciante de camellos.
Añadamos a todo esto que en la época de Herodes se creyó que estaba
próximo el fin del mundo, y en aquellos tiempos, predispuestos por la Divina
Providencia, plugo al Padre Eterno enviar a su Hijo al mundo; misterio
incomprensible, del que no nos ocuparemos.
Únicamente diremos que en semejantes circunstancias, si predicó Jesús
una moral pura, si anunció la existencia de los cielos para recompensar a los
justos, si tuvo discípulos entusiastas de su persona y de sus virtudes, si
estas virtudes le atrajeron la persecución de los sacerdotes, si la calumnia le
hizo morir de muerte ignominiosa, su doctrina, que sus discípulos anunciaban
continuamente, debió producir maravilloso efecto en el mundo. Repito que hablo
humanamente, y que no me ocupo de la multitud de milagros ni de las profecías.
Sostengo que el cristianismo debió conseguir más por la muerte de Jesús que
hubiese conseguido al no ser éste ejecutado. Hay gentes que extrañan que sus
discípulos tuvieran también discípulos, pero más extrañaría yo que no hubieran
podido conseguir atraerse partidarios. Setenta personas, persuadidas de la
inocencia de su jefe, de la pureza de sus costumbres y de la barbarie de sus
jueces, debieron arrastrar un prodigioso número de secuaces.
Sólo San Pablo, al convertirse en enemigo de su maestro Gamaliel, debía,
humanamente hablando, atraer muchos partidarios a Jesús, aunque Jesús no
hubiera sido más que un hombre de bien, castigado injustamente. San Pablo,
además, era sabio, elocuente, vehemente e infatigable y conocía muy bien la
lengua griega. San Lucas era un griego de Alejandría, hombre de letras, porque
era médico. El primer capítulo de San Juan está impregnado de una sublimidad
platónica que debió gustar muchísimo a los platónicos de Alejandría.
Efectivamente, tardó poco en formarse en dicha ciudad una escuela fundada por
Lucas o Marcos (por un evangelista o por otro), que perpetuaron Atenágoras,
Panteno, Orígenes, Clemente, todos ellos elocuentes y sabios. Estableciendo
semejante escuela era imposible que el cristianismo no progresara rápidamente.
La Grecia, la Siria y el Egipto fueron los teatros de los célebres
misterios antiguos que encantaron a los pueblos, y los cristianos también
tuvieron sus misterios propios. La multitud se apresuró a iniciarse en ellos,
al principio por curiosidad y luego por persuasión. La idea del próximo fin del
mundo debió sobre todo impulsar a los nuevos discípulos a despreciar los bienes
pasajeros de la tierra, que iban a perecer con ellos. El ejemplo que daban los
terapeutas convidaba a entregarse a una vida solitaria y de mortificación. Todo
parecía concurrir poderosamente para que se arraigara la religión cristiana.
Es verdad que las diversas fracciones de la inmensa y naciente sociedad
no estaban acordes unas con otras. Cincuenta y cuatro sociedades tuvieron
cincuenta y cuatro evangelios diferentes, secretos como sus misterios, pero que
desconocieron los gentiles, los cuales sólo conocieron los cuatro Evangelios
canónicos después que pasaron doscientos cincuenta años. Los indicados rebaños,
aunque estaban divididos reconocían al mismo pastor. Ebionitas, que
contradecían a San Pablo; nazarenos, discípulos de Himeneos, de Alejandro y de
Hermógenes; carpocracianos y otras muchas sectas disputaban unas con otras;
pero, sin embargo, todas estaban unidas para invocar a Jesús y creer en él. Al
principio, el imperio romano, en el que hormigueaban todas estas sectas, no
fijó en ellas su atención, conociéndolas en Roma con la denominación general de
judíos y no preocupándose de ellas el gobierno. Los judíos consiguieron, con su
dinero, adquirir el derecho de dedicarse al comercio; pero durante el reinado
de Tiberio, cuatro mil de ellos fueron expulsados de Roma. En el imperio de
Nerón les atribuyeron el incendio de Roma. Fueron otra vez expulsados en la
época de Claudio; pero esto no les impidió volver a Roma, donde vivían
tranquilos, pero despreciados.
Los cristianos de Roma eran menos numerosos que los de Grecia,
Alejandría y Siria. Los romanos no conocieron padres de la Iglesia ni herejes
durante los primeros siglos del cristianismo. La Iglesia era griega hasta tal
extremo que ni un misterio, ni un rito, ni un dogma dejó de expresarse en dicha
lengua. Los cristianos, ya fueran griegos, asirios, romanos o egipcios, los
consideraban en todas partes como medio judíos; y ésta era otra razón que
tuvieron para no dar a conocer sus libros a los gentiles para permanecer unidos
e inquebrantables, guardando perfectamente su secreto, como antiguamente
guardaron el de los misterios de Isis y de Ceres. Formaban una república
aparte, un Estado dentro del Estado; carecían de templos y de altares, no
realizaban ningún sacrificio, no practicaban ceremonias públicas. Escogían
secretamente a sus superiores por pluralidad de votos, y éstos, con las
denominaciones de ancianos, cuidaban a los enfermos y apaciguaban todas las
disputas. Consideraban como una vergüenza y un crimen pleitear ante los
tribunales y alistarse en la milicia, y durante cien años ni un solo cristiano
tomó las armas en el imperio. De este modo, retirados y desconocidos de todo el
mundo, burlaban la tiranía de los procónsules y de los pretores, y vivían libres
en medio de la esclavitud pública.
Inducían a los cristianos ricos a que adoptaran los hijos de los
cristianos pobres; formaban colectas para sostener a las viudas y los
huérfanos; pero se negaban a recibir dinero de los pecadores, y sobre todo de
los taberneros, a los que tenían por bribones. Por eso muy pocos de ellos
estaban afiliados al cristianismo y por eso los cristianos no frecuentaban las
tabernas.
Las mujeres podían adquirir la dignidad de diaconisas, cuando contraían
méritos que consistían en estrechar la con- fraternidad cristiana. Las
consagraban y el obispo las ungía, poniéndoles en la frente el óleo sagrado,
como se hizo antiguamente con los reyes judíos. Todo esto iba ligando a los
cristianos con lazos indisolubles. Las persecuciones que experimentaron,
siempre pasajeras, sólo sirvieron para redoblar su celo e inflamar su fervor, y
durante la época de Diocleciano llegó a ser cristiana una tercera parte del
imperio.
He aquí una pequeña parte de las causas humanas que contribuyeron al
progreso del cristianismo. Añadid a ésta las causas divinas, y si algo debe
extrañamos es que la religión cristiana no se extendiera más pronto por los dos
hemisferios, sin exceptuar las islas más salvajes.
Dios, que descendió del cielo, que murió por regenerar a los hombres y
para extirpar el pecado del mundo, dejó sin embargo la parte mayor del género
humano entregada al error y al crimen en poder del diablo. Parece que esto
indique una fatal contradicción; al menos así parece ante la débil razón del
hombre. Pero respetemos los misterios incomprensibles de la Providencia.
Averiguaciones históricas sobre el cristianismo. Algunos sabios se
quedaron sorprendidos de no encontrar en la historia de Flavio Josefo ninguna
huella de Jesucristo, porque hoy está completamente averiguado que el reducido
pasaje que le menciona en dicha historia fue añadido mucho tiempo. El después
(1) padre de Flavio Josefo debió ser testigo, sin embargo, de todos los
milagros de Jesús. Josefo pertenecía a la raza sacerdotal, y era pariente de la
mujer de Herodes. Se detiene detallando las acciones de dicho príncipe, y sin
embargo, no dice ni una palabra ni de la vida ni de la muerte de Jesús. A pesar
de que dicho historiador no calla ninguna de las crueldades que cometió
Herodes, nada dice del decreto de éste, que ordenó la matanza de todos los
niños, como consecuencia de haber llegado a sus oídos la noticia de haber
nacido un rey de los judíos. El calendario griego dice que en aquella ocasión
fueron degollados catorce mil niños. Acto tan horrible como ése no lo cometió
jamás en el mundo ningún tirano. Sin embargo, el mejor escritor que tuvieron
los judíos, el único que apremiento tan singular y tan espantoso. Tampoco habla
de la estrella que apareció en Oriente cuando nació el Salvador; fenómeno
brillante que debió conocer un historiador tan ilustrado como Josefo. También
pasa en silencio las tinieblas que oscurecieron todo el mundo en pleno mediodía
durante tres horas, en cuanto murió el Salvador, y la multitud de tumbas que se
abrieron en aquel momento y el sinnúmero de justos que resucitaron.
Los indicados sabios siguen extrañándose de que ningún historiador
romano se ocupe de los referidos prodigios que ocurrieron durante el imperio de
Tiberio, en presencia de un gobernador de Roma, el cual debió enviar al
emperador y al Senado la relación circunstanciada del acontecimiento más
milagroso que presenciaron los mortales. La misma Roma debió sumergirse durante
tres horas en impenetrables tinieblas, y este prodigio debió constar, no sólo
en los fastos de Roma, sino en los de todas las naciones. Dios no quiso, sin
duda, que esos acontecimientos divinos los escribieran manos profanas.
Los mismos sabios encuentran también algunas oscuridades en la historia
de los Evangelios. Notan que en el Evangelio de San Mateo dice Jesucristo a los
escribas y fariseos que toda la sangre inocente que se ha derramado en el mundo
debe recaer sobre ellos desde la sangre de Abel el Justo hasta la de Zacarías
hijo de Barac, que mataron entre el templo y el altar. Dicen dichos sabios que
en la historia de los hebreos no se encuentra ningún Zacarías muerto en el
templo antes de la venida del Mesías ni en la época de éste, y que únicamente
se encuentra en la historia del sitio de Jerusalén, escrita por Flavio Josefo,
un Zacarías, hijo de Barac, muerto en medio del templo. Este suceso consta en
el capítulo XIV del libro IV. Por eso suponen dichos sabios que el Evangelio de
San Mateo debió escribirse después que Tito tomó a Jerusalén. Pero dudas y
objeciones de esta clase quedan desvanecidas en cuanto consideramos la
diferencia infinita que debe haber entre los libros divinamente inspirados y
los libros de los hombres. Dios quiso envolver con una nube respetable y oscura
su nacimiento, su vida y su muerte.
Los sabios tampoco comprenden con claridad por qué hay tanta diferencia
entre las dos genealogías de Jesucristo. San Mateo dice que Jacob es padre de
José, Natham padre de Jacob, Eleazar padre de Natham; y San Lucas dice que José
es hijo de Héli, Héli hijo de Natham, Natham hijo de Levi, etcétera. No pueden
conciliar los cincuenta y seis antecesores que Lucas atribuye a Jesús desde
Abraham, con los cuarenta y dos antecesores distintos que Mateo le atribuye
también desde el mismo Abraham.
Tampoco comprenden cómo Jesús, siendo hijo de María, no es hijo de José.
También les asaltan algunas dudas respecto a los milagros del Salvador, cuando
leen que San Agustín, San Hilario y otros dan a la relación de dichos milagros
un sentido místico, un sentido alegórico, como, por ejemplo, la higuera maldita
y seca por no producir higos fuera del tiempo; los demonios que se introdujeron
en los cuerpos de los cerdos en un país en que no se comían dichos animales; el
agua convertida en vino al terminar una comida, en la que los convidados habían
entrado ya en calor; pero todas estas críticas de los sabios las desvanece la
fe.
Este artículo tiene por único objeto seguir el hilo histórico y dar idea
exacta de hechos que nadie contradice. Jesús nació sujeto a la ley mosaica, y
observando esa ley fue circuncidado. Cumplió todos sus preceptos, celebró todas
las fiestas, predicó la moral y no reveló el misterio de su Encarnación. No
dijo nunca a los judíos que era hijo de una virgen; recibió la bendición de
Juan en las aguas del Jordán, a cuya ceremonia se sometían muchos judíos, pero
no bautizó a nadie; no habló de los siete sacramentos, ni instituyó jerarquía
eclesiástica. Ocultó a sus contemporáneos que era hijo de Dios, eternamente
engendrado, consubstancial con Dios, y que el Espíritu Santo procede del Padre
y del Hijo. Tampoco dijo que su persona se componía de dos naturalezas y de dos
voluntades, queriendo sin duda que esos grandes misterios se anunciaran a los
hombres en la sucesión de los tiempos por medio de inspiraciones del Espíritu
Santo. Mientras vivió no se apartó ni un ápice de la ley de sus padres,
apareciendo ante los hombres como un justo agradable a Dios, perseguido por la
envidia y condenado a muerte por jueces sobornados. Quiso que la Iglesia, que
él estableció, hiciera todo lo demás.
Flavio Josefo describe cómo se encontraba entonces la religión del
imperio romano. Los misterios y las expiaciones estaban acreditados en casi
todo el mundo; verdad es que los emperadores, los ricos y los filósofos no
tenían fe en esos misterios; pero el pueblo, que en materia de religión dicta
la ley a los grandes, les imponía la necesidad de conformarse en su culto, al
menos en la apariencia. Para encadenar al pueblo es preciso que los grandes
aparenten que acatan idénticas creencias que él. Hasta el mismo Cicerón fue
inicia- do en los misterios de Eleusis. El reconocimiento de un solo Dios era
el principal dogma que se anunciaba en estas fiestas misteriosas y magníficas.
Hay que confesar que los himnos y las plegarias que conservamos de esos
misterios son lo más religioso y lo más admirable que tuvo el paganismo. Como
los cristianos adoraron también a un solo Dios, esas fiestas les facilitaron la
conversión de muchos gentiles. Algunos filósofos de la secta de Platón se
hicieron cristianos; por esto los padres de la Iglesia de los tres primeros
siglos fueron todos platónicos.
El celo inconsiderado de algunos perjudicó a las verdades fundamentales.
Reprocharon a San Justino que dijera en sus Comentarios sobre Isaías que los
santos gozarían durante su reinado de mil años de todos los bienes sensuales.
Le han criticado también que diga en la Apología del cristianismo que en cuanto
Dios creó el mundo lo dejó al cuidado de los ángeles y que éstos se enamoraron
de las mujeres y tuvieron hijos de ellas, que son los demonios. Han criticado
también a Lactancio ya otros padres por suponer oráculos de las Sibilas, y han
afeado la conducta de los primitivos cristianos que inventaron versos
acrósticos, atribuyéndolos a una antigua sibila, cuyas letras iniciales
formaban el nombre de Jesucristo. También supusieron cartas de Jesús dirigidas
al rey de Edesa, en la época en que en Edesa no había rey; de haber falsificado
cartas de María y cartas de Séneca dirigidas a Pablo, cartas y actos de Pilato,
y haber inventado falsos evangelios, falsos milagros con otras mil imposturas.
Existe además la historia o evangelio de la Natividad y del matrimonio
de la Virgen María, en el cual se refiere que la llevaron al templo a la edad
de tres años, y ella sola subió las gradas. Se relata en él que una paloma
descendió del cielo para darle noticia de que José debía casarse con María.
También existe el Protoevangelio de Jacobo, hermano de Jesús, que tuvo José de
su primer matrimonio. En él consta que cuando María quedó encinta durante la
ausencia de su esposo, y su marido se lamentaba de esto, los sacerdotes
hicieron beber a uno ya otro el agua de los celos, y declara- ron inocentes a
los dos.
Existe también el Evangelio de la infancia, que se atribuye a Santo
Tomás. Según este Evangelio, Jesús, cuando tenía cinco años, se divertía con
otros niños de su edad en amasar la tierra y hacer con ella pequeños pájaros;
le reprendieron por esto, y entonces infundió vida a los pájaros, y huyeron
volando. En otra ocasión, en que le pegó un niño, le hizo morir en el acto. Hay
todavía otro Evangelio de la infancia, escrito en árabe, que es tan serio como
éste.
Conservamos además el Evangelio de Nicodemus, que me- rece fijar más
nuestra atención; porque en él se encuentran los nombres de los que acusaron a
Jesús ya Pilato, que eran los principales miembros de la Sinagoga: Annas,
Caifás, Summas, Datam, Gamaliel, Judá, Neftalim. En esa historia hay datos que
concuerdan bastante con los evangelios admitidos, y hay otros que no se
encuentran en ninguna parte. Se lee en este libro que la mujer a la que curó
Jesús de un flujo de sangre se llamaba Verónica, y además todo lo que Jesús
hizo en los infiernos cuando descendió a ellos.
Consérvase además las dos cartas que se supone que Pilato escribió a
Tiberio relativas al suplicio de Jesús; pero el latín pésimo en que están
escritas revela que son falsas. Se escribieron cincuenta evangelios, que al
poco tiempo se declararon apócrifos. El mismo San Lucas nos entera de que
muchas personas los componían. Se cree que hubo uno de ellos que se llamaba el
Evangelio eterno, basado sobre esto que dice el Apocalipsis: «Vi un ángel
volando en medio de los cielos, que llevaba el Evangelio eterno». Los
franciscanos, abusando de estas palabras en el siglo XIII, compusieron otro
Evangelio eterno, en el que el reinado del Espíritu Santo debía sustituir al de
Jesucristo; pero no apareció en los primeros siglos de la Iglesia ningún libro
con ese título.
Han supuesto también que escribió la Virgen otras cartas a San Ignacio
mártir, a los habitantes de Mesina ya otros.
Abdías, que sucedió a los apóstoles, escribió la historia de éstos, en
la que mezcla fábulas tan absurdas, que andando el tiempo quedó desacreditada,
pero al principio circuló mucho. Abdías refiere el combate que tuvo San Pedro
con Simón, que volaba en el teatro y renovó el prodigio que se atribuye a
Dédalo. Se fabricó alas y voló, cayendo como Icaro. Así lo refieren Plinio y
Suetonio. Abdías, que estaba en Asia y escribía en hebreo, sostiene que San
Pedro y Simón se volvieron a encontrar en Roma en la época de Nerón. Murió
entonces allí un joven pariente próximo al emperador, y los principales
personajes se empeñaron en que Simón le resucitara. San Pedro también se
presentó allí con la idea de operar tal prodigio. Simón empleó todas las reglas
de su arte, y pareció que conseguía el objeto que se propuso, porque el muerto
meneó la cabeza. «Eso no basta –exclamó San Pedro-, es preciso que el muerto
hable; que Simón se aparte de la cama, y veréis cómo el joven carece de vida.»
Simón se alejó de allí, el muerto dejó de moverse, pero Pedro le volvió a la
vida pronunciando una sola palabra. Simón acudió al emperador para quejarse de
que un miserable galileo se atreviera a hacer mayores prodigios que él. Pedro
compareció con Simón ante el emperador y se desafiaron a ver quién tenía más
habilidad en su arte. «Adivina lo que pienso», dijo Simón a Pedro. «Que el
emperador me dé un pan de cebada -respondió Pedro-, y verás cómo sé lo que
piensas.» Le entregaron el pan que pedía, pero en seguida Simón hizo aparecer
dos grandes perros que amenazaban devorarle. Pedro les echa el pan y, mientras
se lo comen, le dice a Simón: «Ya estás viendo que sé lo que pensabas; querías
que así me comieran los perros».
Después de esta primera sesión propusieron a Simón y Pedro que se
desafiaran a volar para ver quién subiría más alto. Primero ascendió Simón;
Pedro hizo el signo de la cruz y Simón cayó y se rompió las piernas. Irritado
Nerón de que Pedro fuera causa de que su favorito Simón se rompiera las
piernas, mandó crucificar a Pedro cabeza abajo; y de aquí arranca la opinión de
que Pedro vivía en Roma, de que tuvo allí su suplicio y su sepulcro. Abdías fue
también el que inculcó la creencia de que Santo Tomás fue a predicar el
cristianismo a las Grandes Indias, en el palacio del rey Gandafer, y que marchó
allá por su cualidad de arquitecto.
Es prodigiosa la cantidad de libros de esta clase que escribieron en los
primeros siglos del cristianismo. San Jerónimo y San Agustín sostienen que las
cartas de Séneca y San Pablo son auténticas. En la primera carta desea que su
hermano Pablo tenga buena salud; y Pablo no habla tan buen latín como Séneca:
«Recibí ayer vuestras cartas -responde con satisfacción-; y no os hubiera
contestado tan pronto a no estar presente el hombre que os envío.» Además,
estas cartas, que parece que debían ser instructivas, sólo encierran un montón
de cumplimientos.
Todas estas mentiras que forjaron cristianos poco instruidos, impulsados
por un falso celo, no perjudicaron a la verdad del cristianismo, ni a su
propagación. Por el contrario, suministran pruebas de que el número de los
cristianos aumentaba de día en día y cada uno de ellos deseaba contribuir a su
aumento.
Las Actas de los Apóstoles no dice que éstos convinieron en su símbolo,.
si efectivamente hubiesen redactado el símbolo del Credo tal como llegó a
nosotros. San Lucas no hubiera omitido en su historia ese fundamento esencial
de la religión cristiana. La sustancia del Credo está esparcida en los
Evangelios, pero sus artículos los reunieron mucho tiempo después. En una
palabra: nuestro símbolo es indudablemente la creencia que tuvieron los
apóstoles, pero no es una oración que ellos escribieron.
Rufino, sacerdote de Aquilea, fue el primero que se ocupó de esto; y una
homilía atribuida a San Agustín es el primer documento que supone la manera
como se formó el Credo. Pedro dijo en la asamblea: Creo en Dios Padre
Todopoderoso; Andrés añadió: y en Jesucristo; Santiago siguió diciendo: que fue
concebido por el Espíritu Santo,. y así los demás. Esa fórmula se llamó en
griego símbolo, y en latín, collatio.
Constantino convocó y reunió en Nicea, enfrente de Constantinopla, el
primer Concilio ecuménico, que presidió Ozius. Se decidió en él la gran
cuestión que perturbaba a la Iglesia, relativa a la divinidad de Jesucristo.
Unos miembros de dicho Concilio querían hacer prevalecer la opinión de
Orígenes, que hablando contra Celso, dice: «Presentamos nuestras oraciones a
Dios por mediación de Jesús, que ocupa el espacio que existe entre las
naturalezas creadas y la naturaleza in- creada, que nos trae la gracia que nos
concede su Padre y presenta nuestras oraciones al gran Dios, siendo nuestro
pontífice». Se apoyaron también en varios pasajes de San Pablo, algunos de los
cuales, como ya hemos referido, se fundaban sobre todo en estas palabras de
Jesucristo: «Mi padre es superior a mí», considerando a Jesús como el
primogénito de la creación, como la encarnación pura del Ser Supremo, pero no
como a Dios. Otros miembros de dicho Concilio, que eran ortodoxos, alegaban
varios pasajes como pruebas de la divinidad eterna de Jesús, cual éste, por
ejemplo: «Mi padre y yo somos la misma cosa» , palabras que sus adversarios
interpretaban de este modo: «Mi padre y yo tenemos los mismos designios, la
misma voluntad; y yo no tengo otros deseos que los de mi padre”. Alejandro, obispo
de Alejandría, y Atanasio, estaban al frente de los ortodoxos; y Eusebio,
obispo de Nicomedia, diecisiete obispos más, el sacerdote Arrio y otros muchos
sacerdotes abrazaron el partido opuesto. Desde el principio quedó envenenada la
cuestión, porque San Alejandro trató a sus adversarios de anticristos.
Después de largas y acaloradas controversias, el Espíritu Santo decidió
en el Concilio por la boca de doscientos noventa y nueve obispos contra el
parecer de dieciocho lo siguiente: «Jesús es hijo único de Dios, engendrado por
el Padre, esto es, de la sustancia del Padre, Dios de Dios, luz de luz,
consubstancial con el Padre; y creemos lo mismo del Espíritu Santo». Esa fue la
fórmula del Concilio. Se vio en él que los obispos dominaron a los que no eran
más que sacerdotes. Dos mil individuos de segundo orden eran de la opinión de
Arrio, según refieren dos patriarcas, que escribieron en árabe la crónica de
dicha ciudad. Constantino desterró a Arrio, y poco después desterró también a
Atanasio, y entonces hizo que Arrio regresara a Constantinopla. Pero San Macario
suplicó a Dios con tal ardor que quitara la vida a Arrio antes de entrar en la
catedral, que Dios atendió su súplica, y Arrio murió al ir a la Iglesia el año
330. El emperador Constantino terminó la vida en el 337. Entregó su testamento
a un sacerdote arriano, y murió en brazos de Eusebio, obispo de Nicomedia, que
capitaneaba dicho partido, recibiendo el bautismo en el lecho mortuorio y
dejando a la Iglesia triunfante, pero dividida. Los partidarios de Atanasio se
hicieron una guerra cruel, y el arrianismo imperó durante mucho tiempo en las
provincias del imperio. Juliano el filósofo, apellidado el Apóstata, quiso
extinguir esas divisiones, pero no pudo conseguirlo.
El segundo Concilio general se celebró en Constantinopla el año 381, se
explicó en él lo que el Concilio de Nicea no juzgó a propósito decir sobre el
Espíritu Santo, y añadió lo siguiente a la fórmula del Concilio de Nicea: «El
Espíritu Santo es Señor vivificante que procede del Padre, y que se adora y se
vivifica con el Padre y con el Hijo». Hacia el siglo IX, la Iglesia latina fue
estableciendo gradualmente que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo.
El año 431, el tercer Concilio general que se reunió en Efeso decidió que María
era la verdadera Madre de Dios, y que Jesús tenía dos naturalezas y una
persona.
No me ocuparé de los siglos siguientes, porque son bastan- te conocidos.
Por desgracia no hubo una sola de esas reuniones que no produjera guerras, y la
Iglesia se vio obligada a pelear. Permitió Dios además, para probar la
paciencia de los fieles, que la Iglesia griega y la Iglesia latina riñeran para
siempre en el siglo IX, y que en el Occidente se sucedieran veintinueve cismas
sangrientos por la sede apostólica en Roma. Si existen más de seiscientos
millones de hombres en el mundo, como algunos doctos suponen, sólo pertenecen
sesenta millones a la santa Iglesia católica y romana, esto es, la
veintiséisava parte de los habitantes del mundo conocido.
FIN
Democracia
Voltaire
DEMOCRACIA. Cinna, dirigiéndose a Augusto en la tragedia de Corneille,
dice: «El peor de los Estados es el Estado popular»; pero, en cambio, Máximo
sostiene que «el peor de los Estados es la monarquía». Bayle, después de
sostener algunas veces el pro y el contra en su Diccionario, al ocuparse de
Pericles hace un retrato disforme de la democracia, sobre todo de la democracia
de Atenas. Un republicano apasionado de la democracia, que es uno de nuestros
grandes cuestionadores, nos remite la refutación que hace de Bayle y la
apología de Atenas. Expondremos las razones que alega; todo el que escribe goza
del privilegio de juzgar a los vivos ya los muertos, pero también le juzgan los
demás, que a su vez serán juzgados; y de siglo en siglo se forman todas las sentencias.
Bayle, después de ocuparse de lugares comunes, dice: «Que recorriendo la
historia de Macedonia no encontraremos en ella tanta tiranía como nos ofrece la
historia de Atenas». Quizá Bayle estaba descontento de Holanda cuando escribió
de ese modo, y probablemente el republicano aludido que le refuta está
satisfecho de su pequeña ciudad democrática, en cuanto al presente.
Es difícil pesar en una balanza exacta las iniquidades de la república
de Atenas y las de la corte de Macedonia. Reprochamos todavía hoya los
atenienses el destierro de Cimón, de Arístides, de Ternístocles y de
Alcibíades, las sentencias de muerte que dictaron contra Foción y Sócrates,
sentencias parecidas a las de algunos de nuestros tribunales, absurdas y
crueles. No podemos perdonar a los atenienses la muerte de sus seis generales
victoriosos sentenciados por no haber tenido tiempo para enterrar sus muertos
después de alcanzar la victoria, por impedírselo una tempestad. Ese decreto fue
tan ridículo como bárbaro, y demuestran tanta superstición y tanta ingratitud
como las sentencias que dictó la Inquisición contra Urbano Grandier, contra la
mariscal de Ancre y otros reos acusados de brujería. En vano se dice para
justificar a los atenienses que creían como Hornero que las almas de los
muertos vagaban errantes hasta que recibían los honores de la sepultura o de la
hoguera, porque una necedad no justifica una barbarie. A nadie perjudica que
las almas de algunos griegos se paseen una o dos semanas por las orillas del
mar; pero sí que perjudica a la justicia entregar hombres vivos a los verdugos,
y hombres vivos que acaban de ganar una batalla. He aquí, pues, los atenienses,
si los juzgamos por ese hecho, considerados como los jueces más necios y
bárbaros del mundo.
Pero para ser justos es preciso poner ahora en la balanza los crímenes
de la corte de Macedonia; y enumerándolos, nos convenceremos de que exceden
prodigiosamente a los de Atenas, sobre todo en la tiranía y en la maldad.
Ordinariamente no pueden compararse los crímenes de los grandes, que nacen
siempre de la ambición, con los crímenes del pueblo, que quiere la libertad y
la igualdad. Los sentimientos de libertad y de igualdad no conducen por su
camino recto a la calumnia, a la rapiña, asesinato, ni a la devastación de los
campos; pero la sed de ambición y la rabia del poder precipitan a los hombres
en esos crímenes en todas las épocas y en todos los lugares.
En Macedonia, cuya virtud opone Bayle a la virtud de Atenas, sólo se
encuentra un tejido de crímenes espantosos durante doscientos años. Ptolomeo,
tío de Alejandro el Grande, asesina a su hermano Alejandro para usurparle el
reino. Su hermano Filipo pasa, engañando y cometiendo violaciones, una vida que
termina Pausanias matándole a puñaladas. Olimpias manda arrojar a la reina
Cleopatra ya su hijo en una cuba de cobre fundido; y además asesina a Aridea.
Antígono mata a Eumenes. Antígono Gonatar, su hijo, envenena al gobernador de
la ciudadela de Corinto, se casa con su viuda, la expulsa de allí y se apodera
de la ciudadela. Filipo, su nieto, envenena a Demetrio y con sus asesinatos
mancha de sangre toda la Macedonia. Perseo asesina a su mujer con su propia mano
y envenena a su hermano. Estas barbaries son famosas en la historia.
Así, pues, durante dos siglos, el furor del despotismo con- vierte la
Macedonia en teatro de todos los crímenes; y en ese mismo espacio de tiempo
sólo se mancha el gobierno popular de Atenas con cinco o seis iniquidades
judiciales, con cinco o seis sentencias atroces de las que el pueblo se
arrepiente más tarde y enmienda honrosamente. Después de matar a Sócrates le
pide perdón y le erige el pequeño templo Socrateon; pide perdón también a
Foción, le levanta una estatua; pide perdón a los seis generales que ridículamente
sentenció y condenó a muerte, cargando de cadenas a su principal acusador, que
milagrosamente pudo escapar de la venganza pública. El pueblo ateniense fue,
pues, tan bueno como ligero, mientras que ningún gobierno despótico lloró ni se
arrepintió nunca de haber dictado sentencias injustas. Bayle se equivocó esta
vez, y el republicano que le refuta tiene razón.
El gobierno popular es por su misma esencia menos inicuo y abominable
que el poder tiránico. El gran vicio de la democracia no consiste en la tiranía
ni en la crueldad; hubo republicanos montañeses, salvajes y feroces; pero no
les hizo así el espíritu republicano, sino la naturaleza. La América
septentrional se dividía en una infinidad de repúblicas, pero eran repúblicas
de osos. El verdadero vicio de la república civilizada es el de la fábula turca
del dragón que tenía muchas cabezas y del dragón que tenía muchas colas. Tener
multitud de cabezas es un perjuicio, y la multitud de colas obedece sólo a una
cabeza que desea devorarlo todo.
La democracia parece que no convenga más que a una nación reducida y que
esté colocada en sitio a propósito. Aun así cometerá faltas, porque se
compondrá de hombres; reinará en ella la discordia como en un convento de
frailes; pero nunca conocerá esa nación noches como la de San Bartolomé, ni
matanzas como las de Irlanda, ni Vísperas Sicilianas, ni Inquisición, ni será
condenada a galeras por haber tomado agua del mar sin pagarla, a no ser que
supongamos que compongan esa república diablos venidos del infierno.
Después de declararme partidario del republicanismo defensor de la
democracia y de oponerme a las teorías de Bayle, añadiré que los atenienses
fueron tan guerreros como los suizos y estaban tan civilizados como los
parisienses en el tiempo de Luis XIV; que sobresalieron en todas las artes que
requieren habilidad de genio, como los florentinos de la época de los Médicis;
que fueron los maestros de los romanos en las ciencias y en la elocuencia,
hasta en la época del mismo Cicerón. Ese pequeño pueblo, que apenas tenía
territorio, y no es hoy más que una banda de esclavos ignorantes, cien veces
menos numerosa que la de los judíos y ha perdido hasta su nombre fue, sin
embargo, superior al imperio romano por su antigua reputación, que triunfó de
los siglos y de la esclavitud.
Europa conoció otra república, diez veces más pequeña aún que Atenas, la
de Ginebra, que atrajo durante cincuenta años sus miradas y supo colocar su
nombre al lado del de Roma, en la época en que ésta dictaba leyes a los
monarcas, sentenciaba a Enrique, soberano de Francia, y absolvía y castigaba a
otro Enrique, que fue el primer hombre de su siglo: en la época misma que
Venecia conservaba su antiguo esplendor y la nueva república de las siete
Provincias Unidas asombra a Europa ya ‘las Indias con su instalación y su
comercio.
No pudo aplastar el hormigueo imperceptible de la república ginebrina el
demonio del Mediodía, Felipe II, el dominador de dos mundos; ni pudieron
tampoco aplastar las intrigas del Vaticano, que hacían mover los resortes de
media Europa. Esa república se mantuvo fuerte, defendiéndose con sus escritos y
sus armas; y con la ayuda de Picard, que escribía, y de un pequeño número de
suizos que peleaba, consiguió afirmarse y triunfar, pudiendo decir: Roma y yo.
En aquellos momentos se trataba cómo había de pensar Europa en
cuestiones que nadie comprendía, y empezó la guerra del espíritu humano, que
dio a luz a Calvino, Beze y Turretin, para sustituir a Demóstenes, Platón y
Aristóteles; y cuando al fin se reconoció que eran absurdas la mayoría de las
cuestiones de controversia que llamaban la atención de Europa, esa pequeña
república se ocupó con asiduidad en algo más sólido, en adquirir riquezas. Esos
republicanos llegaron a ser ricos, pero ya no fueron nada más.
Los españoles encontraron en América la república de Tlaxcala bastante
bien establecida. Todo lo que no fue subyugado en aquella parte del mundo es
todavía republicano. Cuando se descubrió aquel continente, sólo había en él dos
monarquías; y esto podría muy bien probar que el gobierno republicano es el más
natural. Preciso es haber llegado al refinamiento y haber pasado por muchas
pruebas para Someterse al gobierno de uno solo.
En África, los hotentotes, los cafres y otras muchas colonias de negros
viven en la democracia; y se asegura que los países que venden mayor número de
negros están gobernados por reyes. Trípoli, Túnez y Argel son repúblicas de
soldados y de piratas. Semejantes a ellas las hay en la India: los maratas y
otras hordas salvajes no tienen reyes, eligen jefes cuando van a entrar en
guerra. Así son todavía algunos pueblos de Tartaria. El mismo imperio turco fue
mucho tiempo una república de jenízaros, que Con frecuencia estrangulaban a su
sultán cuando éste no los diezmaba para extinguirlos.
Todos los días se cuestiona si el gobierno republicano es preferible al
gobierno monárquico, y la cuestión termina siempre conviniendo en que es muy
difícil gobernar a los hombres. A los judíos, que tuvieron por Señor al mismo
Dios, ya sabemos lo que les sucedió. Casi siempre fueron vencidos y esclavos, y
aún hoy no desempeñan airoso papel.
FIN
Desfloración
Voltaire
DESFLORACIÓN. Los antiguos tenían tanto respeto a las vírgenes, que no
las mataban sin haberles quitado aparentemente su virginidad. Así se consigna
en los Anales de Tácito; y un artículo de la
Enciclopedia parece querer dar a entender que no permitían las leyes romanas
matar a una doncella sin quitarle antes la virginidad. Como prueba de esto se
cita el caso de la hija de Sejan, que el verdugo violó en la prisión antes de estrangularla, por no tener que reprocharse
haber estrangulado una doncella y por cumplir la ley.
Contestaremos a esto que Tácito no dice que la ley mandase que no
pudiera matarse a las doncellas. Semejante ley no ha existido nunca; y si una
joven de veinte años, virgen o no, cometía un crimen capital, era castigada
como si fuera una casada vieja. Lo que decía la ley romana era que no se
castigaran los niños con pena de muerte, porque eran incapaces de cometer
crímenes. La hija de Sejan era una niña lo mismo que su hermano, y si la
barbarie de Tiberio y la cobardía del Senado los entregaron al verdugo, lo
hicieron faltando a todas las leyes. Semejantes atrocidades no se hubieran
cometido en el tiempo de Escipión y de Catón. Cicerón no hubiera consentido que
matasen a una hija de Catalina, que tenía de siete a ocho años; solo Tiberio y
su Senado pudieron ultrajar a la naturaleza de ese modo. El verdugo que cometió
los dos crímenes abominables, el de desflorar a una niña de ocho años y el de
estrangularla después, merecía ser uno de los favoritos de Tiberio.
Por fortuna, Tácito no asegura que se realizara tan execrable ejecución.
Dice solo que se la han referido; y es menester fijarse en que no dice que la
ley prohibiera condenar a la última pena a las vírgenes; dice solamente que eso
sería cosa inaudita. Podría componerse un libro inmenso refiriendo los hechos
de las historias que se han creído y que no debemos creer.
FIN


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