© Libro N° 9501. Diccionario Filosófico. Voltaire. Emancipación. Enero 22 de 2022.
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DICCIONARIO FILOSÓFICO
Voltaire
Diccionario Filosófico
Voltaire
A
ABAD (abate, sacerdote). ¿A dónde
vais, señor abad?, etc. ¿Sabéis que abad significa padre? Si llegáis a serlo,
rendiréis un servicio al Estado, haréis sin duda la mejor obra que puede hacer
un hombre, y daréis vida a un ser pensante. Hay en esta acción algo de divino.
Pero si sólo sois abad por haber sido tonsurado, por vestir hábito y por
lograr un beneficio, no merecéis el nombre de abad.
Los antiguos monjes dieron el nombre de abad al superior que ellos
elegían. Era su padre espiritual. ¡De qué manera el tiempo ha cambiado el
significado de este nombre! El abad espiritual era un pobre a la cabeza de
otros pobres. Pero los pobres padres espirituales tuvieron luego doscientas,
cuatrocientas libras de renta, y en Alemania algunos pobres padres espirituales
tienen hoy un regimiento de guardias.
¡Un pobre que ha hecho voto de pobreza y que, en consecuencia, es como
un soberano! Y aunque esto ya se ha dicho, hay que repetirlo sin cesar porque
no se puede tolerar más. Las leyes rechazan este abuso, la religión se indigna
de ello y los pobres desnudos y famélicos claman al cielo ante la puerta del
señor abad.
Sin embargo, los señores abades de Italia, de Alemania, de Flandes y de
Borgoña me objetarán: «¿Por qué no hemos de acumular bienes y honores?, ¿por
qué no debemos ser príncipes? ¿No lo son acaso los obispos? Al igual que
nosotros, ellos eran en principio pobres, pero se han enriquecido y elevado.
Uno de ellos ha llegado a ser superior a los reyes, dejadnos imitarle tanto
como podamos».
Tenéis razón, señores, invadid la Tierra, ésta pertenece al fuerte o al
astuto que se adueña de ella; os habéis aprovechado de tiempos de ignorancia,
superstición y demencia, para despojarnos de nuestros bienes y pisotearnos,
para engordar con la sustancia de los desvalidos: ¡ay, cuando llegue el día de
la razón!
ABEJAS. La especie de las abejas es superior a la raza
humana en cuanto extrae de su cuerpo una sustancia útil, mientras que todas
nuestras secreciones son despreciables y no hay una sola que no haga
desagradable al género humano.
Me admira que los enjambres que escapan de la colmena sean más pacíficos
que los chiquillos al salir del colegio, pues en esas circunstancias las
jóvenes abejas no pican a nadie, o lo hacen raras veces y en casos
excepcionales. Se dejan atrapar y con la mano se les puede llevar a una colmena
preparada para ello. Pero cuando en su nueva morada conocen sus verdaderos
intereses, se tornan semejantes a nosotros y nos declaran la guerra. En cierta
ocasión presencié cómo iban pacíficamente, durante seis meses, las abejas a
libar el néctar en un prado cercano cuajado de flores. Pero en cuanto
comenzaron a segar el prado, salieron furiosas de la colmena y acometiendo a
los segadores que querían privarlas de su alimento les obligaron a huir.
No sé quién fue el primero que dijo que las abejas se regían por un
sistema monárquico. Indudablemente, esta idea no la emitió ningún republicano.
Tampoco sé quién descubrió que se trataba de una reina en vez de un rey, y
supuso que dicha reina era una Mesalina que disponía de un serrallo fabuloso y
se pasaba la vida ayuntándose y procreando, poniendo y cobijando unos cuarenta
mil huevos cada año. Y en las suposiciones se ha ido más allá. Se ha pretendido
que pone huevos de tres especies diferentes: de reinas, de esclavos, que se
llaman zánganos, y de sirvientas, que se llaman obreras. Pero esta suposición
no concuerda con las leyes ordinarias de la Naturaleza.
Un eminente sabio, sagaz observador de la naturaleza, inventó hace unos
años la incubadora de pollos, que conocieron ya los egipcios cuatro mil años
atrás, sin importarle un ardid la enorme diferencia que media entre nuestro
clima y el de Egipto. Y también este sabio (1) afirma que la reina de las
abejas es la madre de esas tres especies de ellas.
(1) Reaumur: Tratado de las singularidades de la Naturaleza.
Ciertos naturalistas tuvieron por buenas esas teorías, hasta que
apareció un hombre que, dueño de seiscientas colmenas, creyó conocer mejor esta
materia que los que sin poseer ninguna han escrito volúmenes enteros sobre esta
república industriosa, tan desconocida como la de las hormigas. Ese hombre se
llama Simón. Sin ínfulas de literato, escribe llanamente, pero consigue recoger
miel y cera. Es buen observador y sabe más sobre esta materia que el prior de
Jouval y que el autor del Espectáculo de la naturaleza. Estudió la vida de las
abejas durante veinte años y afirma que es falso cuanto se ha dicho de ellas, y
que los libros escritos sobre esta materia se han burlado de nosotros. Dice que
hay efectivamente en cada colmena un rey y una reina que perpetúan el linaje
real y dirigen el laboreo de sus súbditos, que ha visto dichos reyes y los ha
dibujado. Asegura también que en las colmenas existe la grey de los zánganos y
la numerosa familia de las abejas obreras, machos y hembras, y que éstas
depositan sus huevos en las celdillas que han construido.
¿Cómo sería posible que sólo la reina pudiera poner y cobijar cuarenta
mil huevos uno tras otro? El sistema más sencillo de averiguarlo suele ser el
más verdadero. Sin embargo, yo he buscado muchas veces al rey y a la reina y
nunca he llegado a verlos. Algunos observadores afirman que han visto a la
reina rodeada de su corte, y han sacado de su colmena a ella y a su
servidumbre, poniéndolas a todas en el brazo. No he verificado este
experimento, pero sí he tomado con la mano las abejas de un enjambre que salía
de la colmena sin que me picaran. Hay personas tan convencidas de que las
abejas no causan daño alguno que se ponen enjambres de ellas en la cara y en el
pecho.
Virgilio escribió sobre las abejas incurriendo en los errores de su
época. Yo más bien me inclinaría a creer que el rey y la reina sólo son dos
abejas normales que por casualidad vuelan al frente de las demás, y que cuando
todas juntas van a libar el néctar de las flores hay algunas más rápidas que
van delante, pero colegir de ello que en las colmenas hay rey, reina y corte,
resulta muy dudoso.
Muchas especies de animales se agrupan y viven juntos. Se han comparado
los corderos y los toros con los reyes, porque entre ellos frecuentemente hay
uno que va delante y esta circunstancia ha llamado siempre la atención. El
animal que muestra mayor apariencia de ser rey y de poseer su corte es el
gallo: llama de continuo a las gallinas y deja caer de su pico el grano para
que ellas lo coman, las dirige y las defiende, no tolera que otro aspirante a
rey participe con él del dominio de su pequeño estado, y no se aleja nunca de
su serrallo. Esta es la auténtica imagen de la monarquía, mejor representada en
un gallinero que en una colmena.
En el libro de los Proverbios, atribuido a Salomón, se dice «que cuatro
cosas hay entre las más pequeñas de la tierra, con más sabiduría que los mismos
sabios: las hormigas, pueblo débil que en verano almacena su comida; los
conejos, pueblo pacífico que construye su casa en la piedra; las langostas, que
no tienen rey y salen todas en cuadrillas, y la araña, que teje con las manos y
está en palacios de reyes». Ignoro por qué Salomón se olvidó hablar de las
abejas, dotadas de instinto superior al de los conejos, aunque no ponen su casa
en la piedra, y de instinto superior al de la araña, cuyo ingenio desconozco.
Yo siempre preferiré la abeja a las langostas.
ABRAHÁN. No vamos a tratar ahora de la parte divina que se
atribuye a Abrahán, porque la Biblia ya dice de esto todo lo que debe decir.
Sólo nos vamos a ocupar con el mayor respeto de su aspecto profano, relacionado
con la geografía, con el orden de los tiempos y con los usos y las costumbres,
cosas todas ellas que por estar íntimamente unidas con la Historia Sagrada son
arroyos que deben conservar algo de la divinidad de su origen.
Abrahán, aunque nacido en las orillas del Éufrates, es un personaje
importante para los occidentales, pero no para los orientales, que, sin
embargo, le respetan. Los mahometanos sólo poseen cronología cierta desde su
hégira. La historiografía, perdida de forma absoluta en los sitios donde
acaecieron los grandes sucesos, llegó al fin a nuestras latitudes donde se
desconocían esos hechos. Discutimos, sobre todo, lo que sucedió en el Éufrates,
el Jordán y el Nilo, ya que los actuales poseedores de esos ríos disfrutan de
esos países tranquilamente sin enzarzarse en controversias y disputas.
A pesar de ser la época de Abrahán el comienzo de la nuestra, disentimos
respecto a su nacimiento en sesenta años. Porque he aquí lo que consta en la
Escritura:
«Y vivió Thare setenta años, y engendró a Abrahán, y a Nachor, y a
Harán. Y fueron los días de Thare doscientos y cinco años, y murió Thare en
Harán» (Génesis, 11, 26‑32).
«Empero Jehová había dicho a Abrahán: Vete de tu tierra y de tu
parentela, y de la casa de tu padre a la tierra que te mostraré; y haré de ti
una nación grande» (Génesis, 12, 1‑2).
Se ve, pues, claro en el texto que Thare tuvo a Abrahán a los setenta
años, y que murió a los doscientos cinco, y que Abrahán al salir inmediatamente
de Caldea al morir su padre debía tener justamente ciento treinta y cinco años
cuando salió de su país. Esta es también la opinión de san Esteban, manifestada
en el discurso que dirigió a los judíos; sin embargo, el Génesis dice que
«Abrahán tenía setenta y cinco años» cuando salió de Harán (12, 4).
Este es el principal motivo de la disputa sobre la edad de Abrahán pero
hay algunos más. ¿Cómo podía tener Abrahán al mismo tiempo ciento treinta y
cinco años y setenta y cinco? San Jerónimo y san Agustín dicen que esa
dificultad es inexplicable. Pero dom Calmet, aun confesando que ambos padres no
pudieron solucionar el problema, cree que lo resuelve diciendo que Abrahán era
el hijo menor de los hijos de Thare, pese a que el Génesis dice que era el
primogénito. Ya hemos visto que el Génesis dice que nació Abrahán teniendo su
padre setenta años, y Calmet le hace nacer cuando aquél contaba ciento treinta.
Esta conciliación dio pie a una nueva disputa. En la incertidumbre que nos
dejan el texto y el comentario, lo mejor que podemos hacer es adorar al
patriarca y no discutir más.
No hay ninguna época de tiempos remotos que no haya suscitado multitud
de opiniones encontradas. Según Moseri, poseemos setenta sistemas de cronología
de la Historia Sagrada pese a que ésta la dictó Dios mismo. A éstas, después de
Moseri, se añadieron cinco nuevas formas de conciliar los textos de la
Escritura, de modo que ha habido tantas polémicas sobre Abrahán como años se le
atribuyen en el texto cuando salió de Harán. Entre esos setenta y cinco
sistemas no hay uno solo que nos diga cómo era la ciudad o la localidad de
Harán, y dónde estaba situada. ¿Qué hilo es capaz de guiarnos en el laberinto
de las controversias entabladas desde el primero al último versículo del
Génesis? Ninguno. Debemos, pues, resignarnos, dado que el Espíritu Santo no
quiso enseñarnos la cronología, la física y la lógica. Sólo deseó que fuéramos
hombres temerosos de Dios y que no pudiendo comprenderle nos sometiéramos a él.
También es difícil explicarnos cómo Sara, siendo mujer de Abrahán, fue
al mismo tiempo su hermana. Abrahán dijo al rey Abimelech, quien raptó a Sara
prendado de su hermosura a la edad de noventa años y estando embarazada de
Isaac: «Es verdaderamente mi hermana; es hija de mi padre, pero no de mi madre,
y la hice mi esposa» (Génesis, 20, 12).
El Antiguo Testamento no nos explica que Sara fuese hermana de su
marido. Dom Calmet, cuyo recto criterio y sagacidad son famosos, dice que podía
ser su sobrina. Enmaridar con una hermana probablemente no sería cometer un
incesto en Caldea, ni puede que tampoco en Persia. Las costumbres cambian con
los tiempos y los lugares. Cabe suponer que Abrahán, hijo del idólatra Thare,
seguía siendo idólatra cuando desposó a Sara, fuera su hermana o sobrina.
Varios padres de la Iglesia disculpan menos a Abrahán por haber dicho a
Sara al entrar en Egipto: «Ahora conozco que eres mujer hermosa a la vista, y
ocurrirá que cuando te vean los egipcios, dirán: su mujer es, y me matarán a
mí, y a ti te guardarán la vida. Ahora, pues, di que eres mi hermana, para que
yo haya bien por causa tuya y viva mi alma por amor de ti». Sara sólo tenía
entonces sesenta y cinco años, pero teniendo como tuvo veinticinco años después
un rey por amante, bien pudo veinticinco años antes inspirar amor al faraón de
Egipto. En efecto, el faraón se prendó de ella, como después la raptó Abimelech
y la llevó al desierto.
Abrahán recibió como regalos del faraón «ovejas y vacas, y asnos y
siervos, y criadas y asnas y camellos». Tan considerables regalos prueban que
los faraones eran ya entonces reyes poderosos y hacían las cosas en grande.
Egipto debió de estar ya muy poblado. Mas para que fuera habitable aquel
territorio y se edificaran ciudades, fue preciso que transcurrieran muchos años
dedicados a hercúleos trabajos, que se construyeran multitud de canales para
recoger las aguas del Nilo que inundaban Egipto todos los años durante cuatro o
cinco meses, y que en seguida encenegaban la tierra; fue preciso emplazar esas
ciudades veinte pies lo menos por encima de los canales. Para realizar tales
obras fue indispensable el transcurso de muchos siglos.
Ahora bien, según la Biblia, resulta que sólo habían mediado
cuatrocientos años entre el Diluvio y la época del viaje de Abrahán a Egipto.
Debió de ser extraordinariamente ingenioso y trabajador infatigable el pueblo
egipcio para conseguir en tan poco tiempo inventar artes y ciencias, domeñar el
Nilo y cambiar el aspecto del país. Probablemente, estaban ya levantadas muchas
de las grandes pirámides, porque poco tiempo después perfeccionaron el arte de
embalsamar los cadáveres; sabido es que las pirámides fueron los sepulcros
donde moraban los restos mortales de los príncipes tras celebrar augustas
ceremonias.
La remota antigüedad que se atribuye a las pirámides es tan creíble que
trescientos años antes, o sea cien años después del diluvio universal los
asiáticos levantaron en las llanuras de Sennaar una torre que debía llegar
hasta el cielo. En su exégesis de Isaías, san Jerónimo dice que esa torre tenía
ya cuatro mil pasos de altura cuando Dios decidió descender para destruirla.
Suponiendo que cada paso comprende dos pies y medio, la torre tendría la
altura de diez mil pies; por lo tanto, la torre de Babel era veinte veces más
alta que las pirámides de Egipto, la más alta de las cuales mide unos
quinientos pies. Prodigiosa sería la cantidad de instrumentos que necesitaron
para elevar semejante fábrica, en cuya construcción debían participar todas las
artes. Los exégetas afirman que los hombres de aquella época eran
incomparablemente más altos, más fuertes y más industriosos que los de ahora.
Esto es lo que debemos tener en cuenta al tratar de Abrahán, respecto de las
artes y las ciencias.
En cuanto a su persona, es verosímil que fuera un personaje
importantísimo. Persas y caldeos se disputaron su nacimiento. La antigua
religión de los magos se conoce desde tiempo inmemorial por Rish Ibrahim, y
hemos convenido en que la palabra Ibrahim significa Abrahán, siendo común entre
los asiáticos, que usaban rara vez las vocales, cambiar en la pronunciación la
i en a o la a en i. Se ha supuesto asimismo que Abrahán fue el Brahma de los
hindúes, cuya nación mantuvo relaciones hasta con los pueblos del Éufrates, que
desde tiempo inmemorial comerciaban en la India.
Los árabes le tienen como fundador de la Meca. Mahoma le reconoce en el
Corán como el más insigne de sus antecesores. Esto dice hablando de él:
«Abrahán no era judío ni cristiano; era un musulmán ortodoxo y no pertenecía al
número de los que dan compañeros a Dios».
La audacia del espíritu humano llegó al extremo de imaginar que los
judíos no se dijeron descendientes de Abrahán hasta épocas más posteriores,
hasta que lograron afincarse en Palestina. Como eran extranjeros, malquistos y
despreciados de los pueblos limítrofes, para que se tuviera mejor opinión de
ellos idearon ser descendientes de Abrahán, reverenciado en buena parte de
Asia. La fe que debemos a los libros sagrados de los judíos allana todas esas
dificultades.
Críticos no menos audaces añaden difusas objeciones respecto al comercio
inmediato que Abrahán tuvo con Dios, a sus combates y a sus victorias.
El Señor se le apareció después de salir de Egipto y le dijo: «Eleva
ahora tus ojos y mira desde el lugar donde estás hacia el Aquilón, y al
Mediodía, al Oriente y al Occidente, porque toda la tierra que ves la daré a ti
y a tu posteridad para siempre» (Génesis, 13, 14‑15). Con lo que el Señor le
promete todo el terreno que media desde el Nilo hasta el Éufrates.
Estos críticos preguntan cómo Dios pudo prometer el país inmenso que los
hebreos nunca poseyeron, y cómo pudo darles para siempre, in sempiternum, la
pequeña parte de Palestina de la que hace muchísimos años los expulsaron.
El Señor añade a esas promesas que la posteridad de Abrahán será tan
numerosa como el polvo de la tierra. «Y haré tu simiente como el polvo de la
tierra: que si alguno podrá contar el polvo de la tierra, también tu simiente
será contada (Génesis, 13, 16).
Insisten en sus objeciones y dicen que en la actualidad apenas existen
en la superficie de la tierra cuatrocientos mil judíos, pese a que han
considerado siempre el matrimonio como un deber sagrado y a pesar de que
siempre ha sido su principal objetivo aumentar la población. A estas objeciones
se replica que la Iglesia ha sustituido a la Sinagoga y que la Iglesia
constituye la verdadera raza de Abrahán, que de este modo resulta numerosísima.
Y aunque es cierto que no posee Palestina, no se excluye que pueda poseerla
algún día, como la conquistó en tiempos del papa Urbano II durante la primera
cruzada. En una palabra, contemplando con ojos de fe el Antiguo Testamento,
todas las promesas se han cumplido… se cumplirán, y la débil raza humana debe
reducirse al silencio.
Los quisquillosos críticos ponen también en duda la victoria que obtuvo
Abrahán en Sodoma. Dicen que es inconcebible que un extranjero, llegado a
Sodoma para apacentar sus ganados, derrotara con ciento diez pastores de bueyes
y corderos a un rey de Persia, a un rey del Ponto y a otro de Babilonia, y que
los persiguiera hasta Damasco, ciudad distante de Sodoma más de cien millas.
Semejante victoria no es, sin embargo, imposible; existen dos ejemplos
semejantes en aquellos tiempos heroicos testigos de que no ha disminuido la
fuerza del brazo de Dios. Gedeón con los trescientos escogidos y el truco de
los cántaros, las teas y las bocinas, destruyó un ejército entero, y Sansón, él
solo, con una quijada de asno mató mil filisteos. Las historias profanas nos
refieren ejemplos parecidos: trescientos espartanos detienen durante un tiempo
el ejército de Jerjes en las Termópilas; verdad es que, excepto uno solo que
huyó, todos murieron con su rey Leónidas, y que Jerjes cometió la felonía de
mandar que le ahorcaran, en vez de erigirle la estatua que merecía. Verdad es
también que esos trescientos lacedemonios, apostados en un paraje escarpado,
por el que no podían pasar dos hombres a la vez, se hallaban respaldados por un
ejército de diez mil griegos distribuidos en puntos fortificados, amén de que
contaban con cuatro mil hombres más en las mismas Termópilas, que perecieron
después de defenderse largo tiempo. Puede asegurarse que si hubieran ocupado un
sitio menos inexpugnable que el que defendían esos trescientos espartanos,
hubieran conquistado todavía más gloria luchando a campo abierto contra el
ejército persa, que los aniquiló. En el monumento que se erigió después en el
campo de batalla, se mencionan esas cuatro mil víctimas, pero sólo ha llegado a
la posteridad el recuerdo de los trescientos.
Otra acción no menos memorable, aunque no tan conocida, fue la de los
trescientos soldados suizos que derrotaron en Morgarten al ejército del
archiduque Leopoldo de Austria formado por veinte mil hombres. Aquellos
trescientos soldados helvéticos pusieron en fuga a la totalidad de la
caballería apedreándola desde lo alto de las rocas y ganando tiempo para que
acudieran mil cuatrocientos soldados de Helvecia que remacharon la derrota del
ejército enemigo. La batalla de Morgarten es más famosa que la de las Termópilas,
porque siempre es más notable vencer que ser vencido. Y basta de digresión,
pues si las digresiones agradan a quien las hace, no siempre son del gusto del
que las lee, aunque a la generalidad de los lectores les complazca siempre
saber la derrota de grandes ejércitos a manos de unos pocos.
Decíamos que Abrahán fue uno de los hombres célebres en Asia Menor y
Arabia, como Tesant lo fue en Egipto, el primer Zoroastro en Persia, Hércules
en Grecia, Orfeo en Tracia, Odin en las naciones septentrionales, y otros
conocidos por su celebridad más que por sus verídicas historias. Sólo me
refiero aquí a la historia profana, porque respecto a la historia de los
judíos, nuestros antecesores y nuestros enemigos (cuya historia creemos y
detestamos, a pesar de que dicen que fue escrita por el Espíritu Santo),
tenemos de ella la opinión que debemos tener. En esta! ocasión nos referimos a
los árabes, que se vanaglorian de descender de Abrahán por la rama de Ismael, y
creen que nuestro patriarca edificó la Meca y murió allí. Pero lo cierto es que
la raza de Ismael se vio mucho más favorecida por Dios que la raza de Jacob.
Una y otra produjeron ladrones, indudablemente, pero los ladrones árabes fueron
más rapaces que los ladrones judíos. Los descendientes de Jacob sólo
conquistaron un pequeño territorio, que perdieron, y los descendientes de
Ismael conquistaron parte del Asia, de Europa y del Africa, establecieron un
imperio más vasto que el de los romanos, y expulsaron a los judíos de sus
cavernas, que ellos llamaban la tierra de Promisión.
A la vista de los ejemplos que ofrecen las historias modernas, es
difícil convencerse de que Abrahán fuera el padre de dos naciones tan
distintas. Se asegura que nació en Caldea y que era hijo de un pobre alfarero
que se ganaba el sustento fabricando pequeños ídolos de barro; lo que ya no
resulta tan verosímil es que el hijo de un alfarero marchara a fundar la Meca a
cuatrocientas leguas del hogar paterno, bajo el Trópico, tras salvar desiertos
impracticables. De haber sido un conquistador indudablemente se hubiera
dirigido al inmenso territorio de Siria, y si no fue más que un hombre pobre,
como nos lo describen, no hubiera sido capaz de fundar reinos lejos de su
pueblo natal.
Ya hemos visto que el Génesis refiere que habían pasado setenta y cinco
años cuando salió de Harán tras la muerte de su padre Thare, el alfarero. Pero
también el Génesis dice que Thare engendró a Abrahán a los setenta años, que
Thare vivió doscientos cinco, y que cuando murió Abrahán salió de Harán. O el
autor no sabe lo que dice en esa narración, o resulta muy claro en el Génesis
que Abrahán tenía ciento treinta y cinco años cuando abandonó Mesopotamia.
Salió de un país idólatra para ir a otro país también idólatra que se llamaba
Sichem, situado en Palestina. ¿Para qué fue allí? ¿Por qué abandonó las
fértiles riberas del Éufrates para ir a tan lejana y estéril región como la de
Sichem? La lengua caldea debió de ser muy diferente de la que se hablaba en Sichem,
y además. aquel territorio no era comercial. Sichem dista de Caldea más de cien
leguas y es preciso salvar muchos desiertos para llegar allí. Pero tal vez Dios
quiso que hiciera ese viaje para ver la tierra que habían de habitar sus
descendientes muchos siglos después. El espíritu humano no alcanza a comprender
el motivo de ese viaje.
Apenas hubo llegado al país montañoso de Sichem, el hambre le obligó a
abandonarlo y marchó a Egipto con su mujer en busca de alimentos para vivir.
Hay cien leguas desde Sichem a Memfis. ¿Es lógico ir tan lejos a buscar trigo,
a un país cuya lengua se desconoce? Extraños son esos viajes emprendidos a la
edad de ciento cuarenta años.
Lleva a Memfis a su mujer Sara, que era muy joven, casi una niña
comparada con él, pues no tenía más que sesenta y cinco años, y como era muy
hermosa resolvió sacar partido de su belleza: «Finge que eres mi hermana para
que por tu bella cara me traten bien a mí». Debía haberle dicho: «Finge que
eres mi hija». Pero en fin… sigamos. El rey se enamoró de la joven Sara y
regaló a su fingido hermano corderos, bueyes, asnos, camellos, siervos y
criadas. Esto prueba que Egipto era entonces ya un reino poderoso y civilizado,
y consecuentemente muy antiguo, y además que recompensaban allí rumbosamente a
los hermanos que ofrecían sus hermanas a los reyes de Memfis.
La joven Sara tenía noventa años cuando Dios le prometió que Abrahán,
que había cumplido ciento sesenta, sería padre de un hijo suyo dentro de un
año. Abrahán, que era muy aficionado a viajar, se fue al horrible desierto de
Cades llevándose a su mujer embarazada, siempre joven y hermosa. Un rey del
desierto se enamoró también de Sara, como se había enamorado un rey de Egipto.
El padre de los creyentes contó allí la misma mentira que en Egipto. Hizo pasar
a su mujer por hermana y la mentira le valió también corderos, bueyes, siervos
y criadas. Puede decirse que Abrahán llegó a ser muy rico por el físico de su
mujer. Los exégetas han escrito un abrumador número de volúmenes para
justificar la conducta de Abrahán y ponerse de acuerdo con la cronología.
Aconsejamos a los lectores que lean esas exégesis, escritas por autores finos y
delicados, excelentes metafísicos, hombres sin preocupaciones y algo pedantes.
Por otro lado, los nombres de Bram y Abram eran famosos en India y
Persia. Hay incluso varios autores que se empeñan en que fue el mismo
legislador que los griegos llamaron Zoroastro. Otros dicen que fue el Brahma de
los hindúes, pero no está demostrado. Lo que resulta probable para muchos
científicos es que Abrahán fue caldeo o persa. Los judíos, con el tiempo, se
vanagloriaron de ser sus descendientes, como los francos de Héctor y los
bretones de Tubal. Es opinión admitida que la nación judía fue un pueblo
relativamente moderno que sólo muy tarde se afincó en Fenicia, que se hallaba
rodeado de pueblos antiguos cuyo idioma adoptó, y que incluso tomó de ellos el
nombre de Israel, que es caldeo, según la opinión del judío Flavio Josefo. Se
sabe que tomó de los babilonios los nombres de sus ángeles y que sólo conoció
la palabra Dios a través de los fenicios. Probablemente, tomó de los babilonios
el nombre de Abrahán o Ibraim, pues la antigua religión de todas aquellas
regiones, desde el Éufrates al Oxus, se llamaba Kishibrahim, Milafibrahim. Esta
opinión viene confirmada por los estudios que hizo en aquellos días el sabio
Hide.
Sin lugar a dudas, los judíos hicieron con la historia y la fábula
antigua lo que hacen los ropavejeros con los trajes usados: los reforman y los
venden como nuevos al mayor precio que pueden. Ha sido un ejemplo singular de
la estupidez humana creer durante mucho tiempo que los judíos constituyeron una
nación que había enseñado a todas las demás, cuando su mismo historiador Josefo
confiesa que fue todo lo contrario.
Es muy difícil penetrar en los arcanos de la Antigüedad, pero es
evidente que estaban ya florecientes todos los reinos de Asia antes que la
horda vagabunda de árabes, que llamamos judíos, poseyera un pequeño espacio de
tierra propia, antes que fuera dueña de una sola ciudad, antes de dictar sus
leyes y de tener su propia religión. Cuando hallamos un antiguo rito, una
primitiva doctrina establecida en Egipto o en Asia antes de los judíos, es
lógico suponer que el reducido pueblo recién formado, ignorante y grosero,
copió como pudo a la nación antigua, industriosa y floreciente, y es menester
ser un ignorantón o un pícaro para asegurar que los hebreos enseñaron a los
griegos.
Abrahán no sólo fue popular entre los judíos sino que le reverenciaron
en toda Asia y hasta los últimos confines de la India. Esa denominación, que
significa padre de un pueblo en algunas lenguas orientales, se la dieron a un
habitante de Caldea del que muchas naciones se vanagloriaron de descender. El
interés que tuvieron árabes y judíos por probar que descendían de dicho
patriarca no permite, ni aun a los filósofos pirrónicos, la duda de que haya
existido un Abrahán.
Los libros hebreos dicen que es hijo de Thare, y los islámicos nieto,
que Azar fue su padre, creencia que mantienen muchos cristianos. Los exégetas
expresan cuarenta y dos opiniones respecto al año que nació Abrahán y no me
atrevo a aventurar la cuarenta y tres, pero a la vista de las fechas parece que
el patriarca debió vivir sesenta años más de los que el texto le atribuye.
Estos errores de cronología no invalidan la verdad de un hecho, y aunque el
libro que se ocupa de Abrahán no fuera sagrado, no por eso dejaría de existir
nuestro patriarca. Los judíos distinguían entre los libros escritos por los
hombres y los inspirados a algún hombre particular. Su historia, aunque ligada
a su ley divina, no constituía la misma ley. ¿Cómo hemos de creer, pues, que Dios
dictara fechas falsas?
Filón, el filósofo judío, y Suidas refieren que Thare, padre o abuelo de
Abrahán, que vivía en Ur, localidad de Caldea, era un hombre pobre que se
ganaba el sustento fabricando pequeños ídolos y era idólatra. Si esto es
verdad, la antigua religión del Sabeísmo, que no adoraba ídolos, sino al cielo
y al sol, no debía hallarse establecida aún en Caldea, o si se conocía en
alguna pequeña parte del país, la idolatría debía prevalecer en la mayor parte
de él. En aquella época primitiva cada pequeño pueblo tenía su religión. Todas
las religiones se permitían y se confundían tranquilamente, amén de que cada
familia mantenía en el seno de sus hogares diferentes hábitos y costumbres.
Labán, suegro de Jacob adoraba ídolos. Cada pequeño pueblo creía lo más natural
que la población vecina tuviera sus dioses, limitándose a creer que el suyo era
el mejor.
La Biblia dice que el Dios de los judíos, que les asignó el territorio
de Canaán, ordenó a Abrahán que abandonara la fértil tierra de Caldea y fuera a
Palestina, prometiéndole que en su progenie bendeciría a todas las naciones del
mundo. Corresponde explicar a los teólogos el sentido místico de esa alegoría,
por el que se bendice a todas las naciones en una simiente de la que ellas no
descienden. Pero ese sentido místico no constituye el objeto de mis estudios
histórico‑críticos. Algún tiempo después de esa promesa, la familia del
patriarca, acosada por el hambre, fue a Egipto en busca de trigo. Es del todo
singular la suerte de los hebreos que siempre fueron a Egipto empujados por el
hambre, pues más tarde Jacob, por el mismo motivo, envió allí a sus hijos.
Abrahán, entrado ya en la decrepitud, se arriesgó a emprender este viaje
con su mujer Sara, de sesenta y cinco años de edad. Siendo muy hermosa, temió
su marido que los egipcios, cegados por su belleza, le matasen a él para gozar
los encantos de su esposa y le propuso que se fingiera su hermana, etc. Cabe
suponer que la naturaleza humana estaba dotada entonces de un extraordinario
vigor que el tiempo y la molicie de las costumbres fueron debilitando después,
como opinan también todos los autores antiguos, que aseguran que Elena tenía
setenta años cuando la raptó Paris. Aconteció lo que Abrahán había previsto: la
juventud egipcia quedó fascinada al ver a su esposa y el mismo faraón se
enamoró de ella y la encerró en el serrallo aunque probablemente tendría allí
mujeres mucho más jóvenes, pero el Señor castigó al faraón y a todo su serrallo
enviándoles tres grandes plagas. El texto no dice cómo averiguó el faraón que
aquella beldad era la esposa de Abrahán, pero lo cierto es que al enterarse la
devolvió a su marido.
Era preciso que permaneciera inalterable la hermosura de Sara porque
veinticinco años después, hallándose embarazada a los noventa años, viajando
con su esposa por Fenicia, Abrahán abrigó el mismo temor y la hizo también
pasar por hermana suya. El rey fenicio Abimelech se prendó de ella como el rey
de Egipto, pero Dios se le apareció en sueños y le amenazó de muerte si se
atrevía a tocar a su nueva amante. Preciso es confesar que la conducta de Sara
fue tan extraña como la duración de sus encantos.
La singularidad de estas aventuras fue probablemente el motivo que
impidió que los judíos tuvieran tanta fe en sus historias como en su Levítico.
Creían a pie juntillas en su ley, pero no sentían tanto respeto por su
historia. Por lo que respecta a sus antiguos libros, se encontraban en igual
caso que los ingleses, que admiten las leyes de san Eduardo pero no creen en
absoluto que san Eduardo curara los tumores malignos. Se hallaban en el mismo
caso que los romanos, que prestaban obediencia a sus antiguas leyes, pero no se
consideraban obligados a creer en el milagro de la criba llena de agua, ni en
el del bajel que entró en el puerto arrastrado por el cinturón de una vestal,
etc. Por eso el historiador Josefo, muy ferviente de su culto, deja a sus
lectores en libertad de creer o no los antiguos prodigios que refiere.
La parte de la historia de Abrahán referente a sus viajes a Egipto y
Fenicia prueba que existían ya grandes reinos cuando la nación judía no era más
que una simple familia, que se habían promulgado multitud de leyes, porque sin
leyes no puede subsistir ningún reino, y que por ende la ley de Moisés, que es
posterior, no puede ser la primera ley que se promulgo. No es necesario empero
que una ley sea la más antigua para que sea divina, porque es indudable que
Dios es dueño absoluto de todas las épocas; no obstante, parece más natural a
nuestra débil razón que si Dios quiso dar una ley la hubiera dictado al
principio a todo el género humano.
El resto de la historia de Abrahán presenta flagrantes contradicciones.
Dios, que se le aparecía con frecuencia y estableció con él no pocos pactos, le
envió un día tres ángeles al valle de Mombre, y el patriarca les dio para que
comieran pan, carne de ternera, mantequilla y leche. Los tres comieron y
después hicieron que les presentase Sara, que había amasado el pan. Uno de esos
ángeles, que el texto sagrado llama el Eterno, anuncia a Sara que dentro de un
año tendrá un hijo. Sara, que ha cumplido noventa y cuatro años, al paso que su
marido rondaba los cien años, se echó a reír al oír tal promesa. Esto prueba
que confesaba su decrepitud y que la naturaleza humana no era diferente
entonces de lo que es ahora. Lo cual no fue óbice para que esa decrépita quedara
embarazada y enamorara al año siguiente al rey Abimelech, como acabamos de ver.
Para que esas historias sean creíbles se precisa poseer una inteligencia muy
distinta de la que tenemos hoy, o considerar cada episodio de la vida de
Abrahán como un milagro, o creer que en su totalidad no es más que una
alegoría. De todos modos, cualquiera que sea el partido que adoptemos nos
resultará muy difícil comprenderla. Por ejemplo, ¿qué valor podemos dar a la
promesa que hizo Dios a Abrahán de conceder a él y a su posteridad todo el
territorio de Canaán que jamás poseyó ese caldeo? Es una de esas
contradicciones que nos es imposible resolver.
Es asombroso y sorprendente que Dios, que hizo nacer a Isaac de una
madre de noventa y cinco años y de un padre centenario, ordenara a éste
degollar al hijo que le concedió, siendo así que no podía esperar ya nueva
descendencia. Ese extraño mandato de Dios prueba que, en la época en que se
escribió esa historia, era habitual en el pueblo judío el sacrificio de
víctimas humanas, lo mismo que en otras naciones. Ahora bien, puede
interpretarse la obediencia de Abrahán al referido mandato del Señor como una
alegoría de la resignación con que el hombre debe aceptar las órdenes que
dimanan del Ser Supremo.
Debemos hacer una observación importante respecto a la historia de dicho
patriarca, considerado como el padre de judíos y árabes. Sus principales hijos
fueron Isaac, que nació de su esposa por milagroso favor de la Providencia, e
Ismael, que nació de su criada. En Isaac bendijo Dios la raza del patriarca y,
sin embargo, Isaac es el padre de una nación desventurada y despreciable que
permaneció mucho tiempo esclava y vivió dispersa un sinfín de años. Ismael, por
el contrario, fue el padre de los árabes que fundaron el imperio de los
califas, que es uno de los más extensos y más poderosos del Universo.
Los musulmanes profesan ferviente veneración a Abrahán, que ellos llaman
Ibraim, piensan que está enterrado en Hebrón y allí van peregrinando; algunos
creen que está enterrado en la Meca y allí acuden a reverenciarle.
Algunos persas antiguos opinaron que Abrahán era el mismo Zoroastro. Les
sucedió lo mismo que a otros fundadores de las naciones orientales, a los que
se atribuían diferentes nombres y diferentes aventuras, pero según se desprende
del texto de la Sagrada Escritura debió de ser uno de esos árabes vagabundos
que no tenían residencia fija. Le hemos visto nacer en Ur, localidad de Caldea,
ir a Harán, después a Palestina, a Egipto, a Fenicia y al fin verse obligado a
comprar su sepulcro en Hebrón.
Una de las más notables circunstancias de su vida fue que a la edad de
noventa y nueve años, antes de engendrar a Isaac, ordenó que le circuncidaran a
él, a su hijo Ismael y a todos sus siervos. Debió de adoptar esta costumbre de
los egipcios. Es difícil desentrañar el origen de tal operación. Parece lo más
probable que se inventara con el fin de precaver los abusos de la pubertad.
Pero, ¿a qué conducía cortarse el prepucio a los cien años?
Por otro lado, hay autores que aseguran que sólo los sacerdotes de
Egipto practicaban antiguamente esta costumbre para distinguirse de los demás
hombres. En tiempos remotísimos, en Africa y en parte de Asia, los hombres en
olor de santidad tenían por costumbre presentar el miembro viril a las mujeres
que encontraban al paso para que lo besasen. En Egipto, llevaban en procesión
el falo, que era un príapo descomunal. Los órganos de la generación eran
considerados como objeto noble y sagrado como símbolo de poder divino. Les
prestaban juramento y al hacerlo ponían la mano en los testículos, y puede que
de esa antigua costumbre sacaron la palabra que significa testigo, porque
antiguamente servían de testimonio y garantía. Cuando Abrahán envió un criado
suyo a pedir a Rebeca para esposa de su hijo Isaac, el criado puso la mano en
las partes genitales de Abrahán, que la Biblia traduce por la palabra muslo
(Génesis, 24, 2).
De lo que acabamos de decir se infiere lo distintas que eran de las
nuestras las costumbres de la remota Antigüedad. Al filósofo no debe
sorprenderle que antiguamente se jurara por esta parte del cuerpo, como que se
jurara por otra cualquiera. Tampoco debe extrañar que los sacerdotes, siempre
en su manía de distinguirse de los demás hombres, se pusieran un signo en una
parte del cuerpo tan reverenciada entonces.
Según el Génesis, la circuncisión fue adoptada mediante un pacto entre
Dios y Abrahán, por el que se estipulaba que se debía quitar la vida al que no
se circuncidara en la casa del mencionado patriarca. No se dice sin embargo,
que Isaac lo estuviera, y en el referido libro no se vuelve a hablar de la
circuncisión hasta los tiempos de Moisés.
Terminamos este artículo señalando que Abrahán, además de tener de Sara
y de la criada Agar dos hijos, cada uno de los cuales fue padre de una gran
nación, tuvo otros seis hijos de Cethura que se afincaron en Arabia, pero su
posteridad no fue célebre.
ABUSO. Vicio inherente a todos los usos, a todas las
leyes y a todas las instituciones humanas. El catálogo de los abusos no cabría
en ninguna biblioteca. Los abusos dirigen los Estados. Si preguntáramos a los
chinos a los japoneses o a los ingleses y les dijéramos: «Vuestro gobierno es
todo un cúmulo de abusos que nunca subsanáis», los chinos nos responderían:
«Subsistimos como nación hace más de cinco mil años y tal vez somos el pueblo
menos desdichado del mundo, porque somos el más apacible»; los japoneses nos
arguirían poco más o menos lo mismo, y los ingleses nos contestarían: «Somos
muy poderosos en el mar y vivimos muy bien en la tierra; puede que dentro de
diez mil años perfeccionemos nuestros hábitos. El gran secreto consiste en
estar mejor que los demás pueblos cometiendo enormes abusos».
En este artículo sólo vamos a ocuparnos del recurso de alzada. Erraría
quien creyera que Pierre de Cugnieres, hombre de leyes y abogado del rey en el
Parlamento de París, interpuso un recurso de alzada en el año 1330, en la época
de Felipe de Valois, ya que la fórmula de dicho recurso no se introdujo hasta
finales del reinado de Luis XII. Pierre de Cugnieres hizo cuanto pudo para
suprimir el abuso de las usurpaciones eclesiales, del cual se quejaban los
jueces seculares, los señores que poseían jurisdicción y los Parlamentos, pero
no lo consiguió. El clero, por su parte, se quejaba también de los señores, que
no eran sino tiranos ignorantes que habían conculcado la justicia, y a los ojos
de estos señores los eclesiásticos eran otros tiranos que sabían leer y
escribir. Felipe VI se vio obligado a convocar a estos dos partidos, para que
se reunieran en palacio ante él, no en el tribunal del Parlamento como dice
Pasquier. El rey presidió en su trono rodeado de los pares, de los altos
barones y de elevados dignatarios que componían su Consejo, al que asistieron
veinte prelados. El arzobispo de Sens y el obispo de Autun hablaron en nombre
del clero. No se dice quién fue el orador por el Parlamento, ni por los
señores. Es verosímil, sin embargo, que el discurso del abogado del rey fuera
un resumen de las alegaciones de las dos partes, que éste hablara en nombre del
Parlamento y de los señores, y que el canciller resumiera las razones alegadas
por ambas partes. Sea como fuere, vamos a reseñar las quejas que expusieron los
barones y el Parlamento, redactadas por Pierre de Cugnieres:
1.
Cuando un laico citaba ante un juez real o señorial a un clérigo que no
estuviera tonsurado, que sólo hubiera recibido órdenes menores, el juez de la
curia debía significar a los jueces que no podían juzgarle, bajo pena de
excomunión y multa.
2.
La jurisdicción eclesiástica obligaba a los laicos a comparecer ante
ella en todos los litigios que tuvieran con los clérigos en materia civil, por
sucesión y por préstamo.
3.
Los obispos y abades establecerán notarios hasta en las mismas haciendas
de los laicos.
4.
Excomulgarán a los que no pagan sus deudas a los clérigos, y si el juez
civil no les obliga a pagar excomulgarán también a dicho juez.
5.
Cuando un ladrón pase a manos del juez civil, éste debe remitir al juez
eclesiástico los objetos robados; si no lo hace, incurre en excomunión.
6.
El excomulgado sólo podrá ser absuelto mediante pago de una multa.
7.
Los jueces civiles denunciarán a los labradores y a los braceros que
trabajen para algún excomulgado.
8.
Dichos jueces tendrán la facultad de proceder a inventarios en los
dominios del rey, prevalidos de que saben escribir.
9.
Cobrarán ciertos derechos para conceder al recién casado autorización
para acostarse con su mujer.
10.
Se apoderarán de todos los testamentos.
11.
Declaran condenado a todo aquel que muere sin testar, porque en ese caso
la Iglesia nada hereda de él, y para concederle al menos los honores del
entierro harán testamento en nombre suyo, en el que otorgaran mandas pías.
Parecidas a éstas, expusieron unas setenta quejas. Para defenderlas tomó
la palabra Pierre Roger, arzobispo titular de Seás, que tenía fama de ser una
notabilidad y había de ocupar la Santa Sede con el nombre de Clemente XVI.
Empezó puntualizando que no hablaba para que le juzgaran, sino para juzgar a
sus adversarios, y para aconsejar al rey que cumpliese con su deber. Dijo que
Jesucristo, siendo Dios y hombre, era dueño del poder espiritual y del temporal
y, por tanto, los ministros de la Iglesia, que eran sus sucesores, eran jueces
de todos los hombres sin distinción.
Pierre Bertrandi, obispo titular de Autun, al entrar en los detalles de
la cuestión, aseguró que sólo se incurría en excomunión por haber cometido
algún pecado mortal, que el culpable debía hacer penitencia y que la mejor
penitencia que podía hacer era dar dinero a la Iglesia. Trató de probar que los
jueces eclesiásticos tenían más capacidad que los jueces reales o señoriales
para administrar justicia, porque habían estudiado las Decretales, que los
demás jueces desconocían. A esto podían haberle replicado que se debía obligar
a los bailíos y a los prebostes del reino a leer las Decretales para no
cumplirlas nunca.
La reunión de esta gran asamblea no sirvió para nada. El rey necesitaba
contemporizar con el Papa, que había nacido en su reino, tenía la Santa Sede en
Aviñón y era enemigo mortal del emperador Luis de Baviera. En toda época la
política conserva los abusos que la justicia trata de evitar. De la mentada
reunión tan sólo quedó en el Parlamento el recuerdo imborrable del discurso que
pronunció Pierre de Cugnieres El Parlamento se opuso desde entonces
sistemáticamente a las pretensiones de los clérigos y se apeló siempre a él
contra las sentencias dictadas por los jueces eclesiásticos, cuyo procedimiento
recibió la denominación de recurso de alzada. Finalmente, todos los Parlamentos
de Francia acordaron que la Iglesia conociera únicamente en materia de ordenamiento
eclesiástico y en juzgar a todos los hombres indistintamente, con arreglo a las
leyes del Estado, conservando las normativas que prescriben las ordenanzas.
ABUSO DE LAS PALABRAS. Las
conversaciones y los libros raras veces nos proporcionan ideas precisas. Se
suele leer en demasía y conversar inútilmente. Es, pues, oportuno recordar lo
que Locke recomienda: Definid los términos.
Una dama que come con exceso y no hace ejercicio cae enferma El médico
le dice que domina en ella un humor pecante, impurezas, obstrucciones y
vapores, y le prescribe un medicamento que le purificará la sangre. ¿Qué idea
exacta puede tener de todas esas palabras? La paciente y la familia que las
oyen no las comprenden; ni el médico tampoco. Antiguamente, el facultativo
recetaba buenamente una infusión de hierbas caliente o fría.
Un jurisconsulto, en el ejercicio de su profesión, anuncia que por la
inobservancia de las fiestas y los domingos se comete crimen de lesa majestad
divina en la persona del Hijo, esto es, el segundo jefe. La expresión majestad
divina nos da la idea del más enorme de los crímenes y, desde luego, del más
horrendo de los castigos. Pero, ¿a propósito de qué la pronunció el
jurisconsulto? Por no haber observado las fiestas de guardar, lo que puede
suceder al hombre más honrado del mundo.
En todas las polémicas que se entablan acerca de la libertad, uno de los
argumentadores entiende casi siempre una cosa y su adversario otra. Luego surge
un tercero en discordia, que no entiende al primero ni al segundo, pero que
tampoco lo entienden a él. En las disputas sobre la libertad, uno posee la
potencia de pensamiento de imaginar, otro la de querer y el tercero el deseo de
ejecutar; corren los tres, cada uno dentro de su círculo, y no se encuentran
nunca. Igual sucede en las quejas sobre la gracia. ¿Quién puede comprender su
naturaleza, sus operaciones, la suficiente que no basta y la eficaz a la que
nos resistimos? Hace dos mil años que se viene pronunciando la frase «forma
sustancial» sin tener la menor noción de ella; esta frase se ha sustituido
ahora por la de «naturaleza plástica», sin ganar nada en el cambio.
Se detiene un viajero ante un torrente y pregunta a un labriego que ve
al otro lado por dónde está el vado: «Id hacia la derecha», contesta el buen
hombre. El viajero toma la derecha y se ahoga. El labriego va corriendo hacia
él y le grita: «No os dije que avanzarais hacia vuestra mano derecha, sino
hacia la mía». El mundo está lleno de estas equivocaciones.
Al leer un noruego esta fórmula que usa el papa: servidor de los
servidores de Dios, ¿cómo ha de comprender que el que la dice es el obispo de
los obispos y el rey de los reyes?
En la época en que los papeles fragmentarios de Petronio gozaban de fama
en la literatura, Meibomins, sabio de Lubeck, leyó en una carta que imprimió
otro sabio de Bolonia lo siguiente: «Aquí tenemos un Petronio completo, y lo he
visto y lo he admirado». Ni corto ni perezoso, Meibomins emprende viaje a
Italia, se dirige a Bolonia, busca al bibliotecario Capponi y le pregunta si es
verdad que tiene allí el Petronio completo. Capponi le responde que es público
y notorio, y acto seguido le conduce a la iglesia donde descansa el cuerpo de
san Petronio. Meibomins toma la diligencia y huye.
Si el jesuíta Daniel tomó a un abad guerrero, martialem abbatem, por el
abad Marcial, cien historiadores han incurrido en mayores errores. El jesuita
Dorleans, en su obra Revoluciones de Inglaterra, habla indiferentemente de
Northampton y de Southampton, no equivocándose más que de Norte a Sur.
Frases metafóricas tomadas en un sentido propio han decidido muchas
veces la opinión de muchas naciones. Conocida es la metáfora de Isaías: «¿Cómo
caíste del cielo, estrella brillante que apareces al rayar el alba?» Supusieron
que en esa imagen aludían al diablo, y como la voz hebrea que corresponde a la
estrella de Venus se tradujo en latín por la palabra Lucifer, desde entonces se
ha llamado siempre Lucifer al diablo.
El ejemplo más singular del abuso de las palabras, de los equívocos
voluntarios y de los errores que han producido más trastornos, nos lo ofrece la
voz Kin‑Tien, de China. Varios misioneros de Europa disputaron acaloradamente
sobre la significación de esa palabra y Roma envió un francés llamado Maigrot,
nombrándolo obispo imaginario de una provincia de China, para que decidiera el
sentido de tal palabra. Maigrot desconocía por completo el idioma chino. El
emperador se dignó explicarle lo que en su lengua significaba Kin‑Tien, Maigrot
no lo quiso creer y logró que Roma excomulgase al emperador de China.
No acabaríamos nunca si hubiéramos de referir todos los abusos de
palabras que nos acuden a la mente.
ACADEMIA. Las academias son a las universidades lo que la
edad madura es a la infancia, lo que el arte de hablar es a la Gramática, y lo
que la cultura es a las primeras lecciones de la civilización. Las academias,
no siendo mercenarias, deben ser absolutamente libres. Así son las academias de
Italia, la Academia Francesa y la Sociedad Real de Londres.
La Academia Francesa, formada por su propio impulso, aunque constituida
por cédula real de Luis XIII, no estaba subvencionada y, por lo mismo, no tenía
que acomodarse a ninguna sujeción; esto fue precisamente lo que indujo a los
primeros hombres del reino y hasta a los príncipes a solicitar que les
admitieran en corporación tan ilustre. La Sociedad Real de Londres gozó de
igual ventaja.
El célebre Colbert, siendo miembro de la Academia Francesa, comisionó a
algunos colegas suyos para que compusieran las inscripciones y las divisas de
los edificios públicos.
Esa comisión, a la que se incorporaron inmediatamente Racine y Boileau,
se convirtió en seguida en una Academia aparte, denominada en el año 1663
Academia de las Inscripciones, hoy de Bellas Letras. La Academia de Ciencias se
fundó en 1666. La instalación de estos dos establecimientos se debe al ministro
Colbert, que contribuyó de varios modos a dar esplendor al siglo de Luis XIV.
Tras la muerte de Colbert y del marqués de Louvois, el conde de
Pontchartrain, secretario de Estado, encargó a su sobrino el abate Bignour la
dirección de las nuevas academias. Se crearon plazas de socios honorarios para
las que no se exigía ciencia alguna y no eran retribuidas, plazas de
pensionados que exigían ciertos trabajos, plazas de socios sin pensión, y
plazas de discípulo, título desagradable que se suprimió después.
La Academia de Bellas Letras se organizó sobre la misma base y las dos
quedaron sometidas a la dependencia inmediata del secretario de Estado.
El abate Bignon se atrevió a proponer el mismo reglamento para la
Academia Francesa, de la que era miembro, pero lo recibieron con indignación
unánime. Los menos favorecidos en la Academia fueron los primeros que
rechazaron las ofertas y prefirieron la libertad y el honor a las pensiones.
El vocablo Academia llegó a ser tan célebre que cuando el compositor
Lulli obtuvo licencia para establecer su Academia de Opera en 1672, hizo
insertar en las sucursales en que se le concedía el permiso las siguientes
palabras: «Academia Real de Música, en la que los caballeros y las damas nobles
pueden ir a cantar sin desdoro de su clase».
La palabra academia, de origen griego, significaba antiguamente
sociedad, escuela de filosofía en Atenas, que se reunía en un jardín legado
para este objeto por el mecenas Academo. Los italianos fueron los primeros que
instituyeron semejantes sociedades en la época del renacimiento de las letras.
La Academia de la Crusca se fundó en el siglo XVI. En poco tiempo se fundaron
otras en todas las ciudades de Italia dedicadas al cultivo de las ciencias.
El título de academia se prodigó tanto en Francia que durante algunos
años se aplicó hasta a las reuniones de jugadores que antiguamente se llamaban
garitos y se conocían por academias de juego. Los jóvenes que practicaban la
equitación y la esgrima en los círculos destinados a ello se llamaron
academistas, no académicos. El título de académico quedó reservado para los
socios de las tres academias, la Francesa, la de Ciencias y la de
Inscripciones.
La Academia Francesa ha prestado grandes servicios a la lengua. La de
Ciencias ha sido muy útil, porque sin decantarse por ningún sistema publica los
adelantos y los descubrimientos modernos. La de Inscripciones se ocupa de
estudiar los monumentos de la Antigüedad y desde hace algunos años viene
publicando Memorias sumamente instructivas.
La Sociedad Real de Londres no adoptó nunca, en cambio, el nombre de
Academia.
Las academias de provincias han reportado grandes ventajas. Han excitado
la emulación, han acostumbrado al trabajo, han hecho que los jóvenes se
dediquen a lecturas útiles, han disminuido la ignorancia y las preocupaciones
en algunas ciudades y han dado un golpe mortal a la pedantería.
ADÁN. Mucho se ha hablado y escrito sobre Adán y
Eva. Los rabinos han divulgado multitud de historietas sobre Adán y resultaría
tan vulgar repetir lo que otros dijeron, que vamos a aventurar respecto a Adán
una idea que se nos antoja nueva o que al menos no se halla en los autores
antiguos, en los Padres de la Iglesia, ni en ningún predicador teólogo
conocido. Me refiero al total silencio que sobre Adán guardó toda la tierra
habitable, excepto Palestina, hasta la época en que empezaron a conocerse en Alejandría
los libros hebreos, cuando se tradujeron al griego en el reinado de los
Tolomeos. Pero, aun entonces, fueron poco conocidos. Los libros de entonces
eran escasos y caros. Además, los judíos de Jerusalén estaban tan enfadados con
los de Alejandría, proferían tantas acusaciones por haber traducido la Biblia
en lengua profana, les injuriaban tanto por ello, que los hebreos alejandrinos
ocultaron esa traducción mientras les fue posible. Buena prueba de ello es que
ningún autor griego ni romano la menciona hasta el reinado del emperador
Aurelio.
El historiador Josefo, al responder a Apión (Historia antigua de los
judíos, lib. I, capítulo IV), confiesa que los judíos estuvieron mucho tiempo
sin tener trato alguno con las demás naciones. Son sus palabras: «Habitamos un
territorio muy lejos del mar. No nos dedicamos al comercio y no nos comunicamos
con los demás pueblos. No es, pues, de extrañar que nuestra nación, apartada
del mar y sin haberse ocupado de escribir, sea tan poco conocida».
A nosotros sí que nos extraña que Josefo diga que su nación hacía alarde
de no escribir cuando tenía publicados ya veintidós libros canónicos, sin
contar el Targum de Onkelos. Aunque debemos considerar que veintidós volúmenes
muy pequeños nada significaban comparados con el gran número de libros que
componían la biblioteca de Alejandría, cuya mitad fue quemada en la guerra de
César. De lo que no cabe duda es que los judíos habían escrito y leído muy
poco, eran profundamente ignorantes en astronomía, geometría, geografía y
física, no conocían la historia de los demás pueblos y que empezaron a
instruirse en Alejandría. Su lengua era una mezcla bárbara del antiguo fenicio
y de caldeo corrompido, y tan pobre que carecía de algunos de los modos en la
conjugación de los verbos.
Por lo tanto, al no comunicar a ningún extranjero sus libros ni sus
títulos, ningún habitante de la tierra a excepción de ellos había oído hablar
de Adán, Eva, Abel, Caín y Noé. Sólo Abrahán, con el tiempo, llegó a ser
conocido en los pueblos orientales, pero ningún pueblo antiguo creía que
Abrahán o Ibraim fueran el tronco del pueblo hebreo
Tan insondables son los designios de la Providencia que el género humano
ignoró a su padre y a su madre hasta tal punto que los nombres de Adán y Eva no
se encuentran en ningún autor griego, en Grecia, Roma, Persia, Siria, ni en la
misma Arabia, hasta la época de Mahoma. Dios permitió que los títulos de la
gran familia humana los conservara la más pequeña y desventurada parte de la
misma.
¿Cómo es posible que a Adán y Eva los desconocieran todos sus hijos? ¿A
qué se debe que no hallemos en Egipto ni en Babilonia ningún rastro, ninguna
tradición de nuestros primeros padres? ¿Por qué Orfeo, Limus y Tamaris no se
ocupan de ellos? De haber sido citados nos lo hubieran dicho Hesiodo y Homero,
que se ocupan de todo excepto de estos protoautores de la raza humana.
Clemente de Alejandría, que nos ha legado tan valiosos testimonios de la
Antigüedad, hubiera mencionado en algún pasaje a Adán y Eva. Eusebio, en su
Historia Universal, que nos ofrece las pruebas más remotas de esa misma
Antigüedad hubiera podido siquiera aludir a nuestros primeros padres. Está
probado, pues, que fueron por completo desconocidos de las naciones antiguas.
En el libro de los brahmanes titulado el Ezour‑Veidam se encuentran el
nombre de Adimo y el de Procriti, su mujer. Si Adimo tiene algún parecido con
Adán, los hindúes contestan a esto: «Fuimos una gran nación establecida en las
riberas del Indo y en las del Ganges, muchos siglos antes que la horda hebrea
se estableciera en las orillas del Jordán. Los egipcios los persas y los árabes
venían a aprender de nuestro pueblo y a comerciar con él cuando los judíos eran
todavía desconocidos para el resto de los hombres; es obvio, pues, que no
pudimos copiar nuestro Adimo de su Adán. Nuestra Procriti en nada se parece a
su Eva, y por otro lado su historia es completamente distinta. Es más, el
Vedas, cuyo comentario es el Ezour‑Veidam, pasa entre nosotros por ser más
antiguo que los libros judíos, y el Vedas es una nueva ley dictada a los
brahmanes mil quinientos años después de la primera, llamada Shasta».
Esas son, poco más o menos, las objeciones que los brahmanes suelen
oponer, aún hoy, a los comerciantes de nuestros países que van a la India y les
hablan de Adán y Eva, Abel y Caín.
El fenicio Sanchoniathon, que vivía indudablemente antes de la época en
que situamos a Moisés, y que Eusebio cita como autor auténtico, atribuye diez
generaciones a la raza humana, al igual que Moisés, hasta la época de Noé. Pues
bien, al reseñar esas diez generaciones no habla de Adán y Eva, de ninguno de
sus descendientes y ni siquiera de Noé. Pero aún hay más, los nombres de los
primeros hombres, sacados de la traducción griega que hizo Filón de Biblos,
son: Kou, Genos, Fox, Libau, Uson, Halieus, Chrisor, Tecnites, Agrove y Anime.
Ellos constituyen las diez primeras generaciones. En ninguna de las antiguas
dinastías de Caldea, ni en las de Egipto, encontramos el nombre de Adán ni el
de Noé. En resumen, todo el mundo antiguo calla su existencia.
Preciso es confesar que no ha habido ejemplo alguno de semejante olvido.
Todos los pueblos se han atribuido orígenes legendarios, creyendo raras veces
en su origen verdadero. Es incomprensible que el padre de todas las naciones de
la tierra fuera desconocido durante muchísimo tiempo; su nombre debía haber
corrido de boca en boca de un extremo a otro del mundo, siguiendo el curso
natural de las cosas humanas. Humillémonos ante los decretos de la Providencia
que permitió tan asombroso olvido.
Todo fue misterioso y recóndito en la nación que dirigía Dios, en la
nación que abrió el camino del cristianismo, y que fue el olivo borde en el que
se injertó el olivo cultivado. Los nombres de los progenitores del género
humano, desconocidos para los hombres, deben ocupar la categoría de los grandes
misterios.
Me atrevo a afirmar que fue necesario un verdadero milagro para cerrar
los ojos y oídos de todos los pueblos, y destruir en ellos la memoria y hasta
el vestigio de su primer padre. ¿Qué hubieran respondido César, Antonio, Craso,
Pompeyo Cicerón, Marcelo y Metelo al infeliz judío que, al venderles un
bálsamo, les hubiera dicho: «Todos nosotros descendemos del padre común llamado
Adán»? El Senado romano en pleno le hubiera contestado: «Enseñadnos nuestro
árbol genealógico». Entonces el judío hubiera aducido las diez generaciones
hasta Noé, hasta la inundación de todo el Globo por el diluvio, que también fue
otro secreto. El Senado le hubiera objetado preguntándole cuántas personas
había dentro del arca para alimentar a todos los animales en diez meses y todo
el año siguiente, durante el cual no se podrían procurar ninguna clase de
alimento. El judío les contestaría: «Había en el arca ocho personas, Noé y su
mujer, sus tres hijos Sem, Cam y Jafet, y las esposas de éstos. Toda esa
familia descendía de Adán por línea directa».
Cicerón se habría enterado a no dudar de los monumentos y testimonios
irrefutables que Noé y sus hijos hubieran dejado en el mundo de nuestro padre
común. Después del diluvio, en toda la tierra hubieran resonado los nombres de
Adán y de Noé, el uno como padre y el otro como restaurador de las razas
humanas, sus nombres hubieran salido de todas las bocas en cuanto hablaran,
figurarían en todos los pergaminos que se escribieran y en las puertas de los
templos que se edificaran, en las estatuas que se les erigieran. «Conocíais tan
trascendental secreto y nos lo habéis ocultado», exclamaría el Senado, y el
judío replicaría: «Es que los hombres de mi nación somos puros y vosotros sois
impuros». El senado romano se echaría a reír o mandaría que azotaran al judío.
¡Tan aferrados están los hombres a sus prejuicios!
La piadosa Madame de Bourignon afirma que Adán fue hermafrodita como
todos los primeros hombres del divino Platón. Dios reveló ese gran secreto a la
devota dama, pero como no me lo ha revelado a mí, no me ocuparé de él. Los
rabinos judíos que leyeron los libros de Adán conocen el nombre de su preceptor
y el de su segunda mujer, pero como tampoco he leído los libros de nuestro
primer padre tampoco trataré de ellos. Algunos espíritus hueros, aunque muy
instruidos, se asombran al leer en el Veda de los antiguos brahmanes que el
primer hombre fue creado en la India, que se llamaba Adimo, que significa
engendrador, y que su mujer se llamaba Procriti, que significa vida. Aseguran
que la secta de los brahmanes es más antigua que la de los judíos y que éstos
sólo pudieron escribir bastante más tarde en lengua cananea, puesto que ellos
se establecieron muy tarde en el pequeño país de Canaán. Añaden que los hindúes
siempre fueron inventores, que los judíos siempre imitaron; que aquéllos fueron
ingeniosos y éstos zafios; que no se comprende que Adán, que era rubio y de
pelo largo, fuera el padre de los negros, que son del color de la tinta y
tienen por pelo lana negra y encrespada. Y no sé cuántas cosas más. Yo nada
digo sobre esto. Dejo estas indagaciones al reverendo padre Berruyer, de la
Compañía de Jesús, que es el autor más inocente que he conocido. Quemaron su
obra porque juzgaron que quiso poner la Biblia en ridículo. Pero yo no puedo
creer que tuviera ingenio para ello.
No vivimos ya en un siglo en que pueda examinarse seriamente si Adán
poseyó o no la ciencia infusa. Los que promovieron durante mucho tiempo esta
cuestión era porque carecían por igual de ciencia infusa y de ciencia
adquirida.
Resulta tan difícil saber en qué época se escribió el libro del Génesis
que habla de Adán, como conocer la fecha de los Vedas y de otros antiguos
libros asiáticos. Pero es importante notar que no permitían a los judíos leer
el primer capítulo del Génesis antes de cumplir los veinticinco años. Muchos
rabinos dicen que la creación de Adán y Eva y su historia sólo es una alegoría.
Todas las naciones antiguas conocidas han ideado alegorías semejantes, y como
por un acuerdo singular, que denota la debilidad de nuestra naturaleza, todas
han explicado el origen del mal moral y del mal físico de forma muy parecida.
Los caldeos, los indios, los persas y los egipcios se han explicado casi de
igual modo la mezcla del bien y del mal inherente a la naturaleza humana. Los
judíos que salieron de Egipto conocían la filosofía alegórica de los egipcios;
más tarde mezclaron sus vagos conocimientos adquiridos con los que aprendieron
de los fenicios y de los babilonios durante su larga esclavitud. Ahora bien,
como es natural y lógico que el pueblo grosero imite groseramente las ideas de
un pueblo civilizado, no debe extrañar que los judíos inventaran que la primera
mujer fue formada de la costilla del primer hombre, que soplase Dios en el
rostro de Adán el espíritu de la vida, que prohibiera Dios comer el fruto de
cierto árbol y que el quebranto de esta prohibición produjera la muerte, el mal
físico y el mal moral. Imbuídos en la idea que adquirieron en pueblos más
antiguos de que la serpiente es un ser muy astuto, le atribuyeron fácilmente el
don de la inteligencia y el don de la palabra.
Este pueblo, que por estar arraigado en un rincón de la tierra la creía
larga, estrecha y plana, pensó también que todos los hombres descendían de Adán
sin suponer siquiera que pudieran existir los negros, cuyo aspecto es muy
distinto del nuestro, y sin imaginar que éstos ocupaban vastas regiones. Como
tampoco podían imaginar la existencia de América.
Es sumamente extraño que se permitiera al pueblo judío leer el Exodo,
pródigo en milagros, y no les dejaran leer antes de los veinticinco años el
primer capítulo del Génesis, en el que todo es milagroso porque trata de la
creación. Debió ser, por el modo singular de expresarse el autor en el primer
versículo: «En el principio hicieron los dioses el cielo y la tierra» (1).
Temían, sin duda, dar ocasión a los judíos jóvenes para que adorasen múltiples
dioses. Esto pudo ser también porque Dios, que creó al hombre y a la mujer en
el primer capítulo, los rehace en el segundo, y no querían que la juventud se
enterase de esta apariencia de contradicción. O porque se dice en este capítulo
que los dioses hicieron al hombre a su imagen y semejanza y esta frase presentaba
a los ojos de los judíos un Dios demasiado corporal. O porque diciéndose en el
susodicho capítulo que Dios sacó una costilla a Adán para formar a la mujer,
los muchachos que no se chuparan el dedo se palparían las costillas y verían
que no les faltaba ninguna. O acaso también porque Dios, que acostumbraba a
pasearse al mediodía por el jardín del Edén, se burló de Adán después de su
caída y su tono satírico pudiera inspirar a la juventud afición a las burlas.
Cada línea del capítulo en cuestión proporciona razones plausibles para
prohibir su lectura, pero si nos fundamos en dichas razones no se comprende
cómo se permitió la lectura de los demás capítulos. A pesar de todo, siempre
resulta sorprendente que los judíos no
(1) Los dioses esta es la exacta traducción de la palabra elohim. Con
frecuencia se cita esa palabra para demostrar que la lengua hebrea fue hablada
en época muy antigua por algún pueblo politeísta. pudieran leer el referido
capítulo hasta los veinticinco años.
No nos ocuparemos aquí de la segunda mujer de Adán, llamada Lilith, que
los rabinos le atribuyen, porque reconocemos que sabemos muy pocas anécdotas de
su familia.
ADORAR (Culto de latria, Canción atribuida a Jesús, Danza sagrada,
Ceremonias). Es grave defecto de las lenguas modernas dedicar la
misma palabra al Ser Supremo y a una mujer hermosa. Lo mismo se sirve el
predicador en una homilía de la expresión adorar a Dios, que el amante en un
baile cuando se dirige a la mujer amada y adora sus encantos.
Los griegos y los romanos no cayeron en esa extravagante profanación.
Horacio no dice que adora a Lalage, ni Tíbulo a Delia. Si hay algún pretexto
que disculpe nuestra indecencia, éste consiste en que en nuestras óperas y
canciones se acostumbra mencionar los dioses mitológicos. Los poetas han dicho
muchas veces que su Filis era más digna de adoración que las falsas
divinidades, y nadie pudo vituperarlos porque lo dijeran. Pero poco a poco nos
hemos ido acostumbrando a dicha expresión hasta el punto de que hemos llegado a
tratar de la misma forma al Dios del Universo que a una tiple de ópera, sin
percatarnos del ridículo en que hemos incurrido. Volvamos los ojos a otro lugar
y fijemos nuestra vista en la importancia esencial del asunto.
No hay nación civilizada que no rinda culto público de adoración a Dios.
En Asia y en Africa no se obliga a nadie a ir al templo o a la mezquita. La
libre asistencia a los cultos pudo servir para hermanar a los pobres y hacerles
más humanos en la sociedad; lo malo es que algunas veces se han enfrentado
entre sí dentro del recinto que debía ser remanso de paz. Los feligreses
fanáticos inundaron de sangre el templo de Jerusalén degollando en él a sus
hermanos. Nosotros también hemos profanado algunas veces nuestras iglesias
haciendo en ellas víctimas humanas.
En el artículo dedicado a China veremos que el emperador es allí el
primer pontífice, y describiremos el culto sencillo y augusto que se practica.
En otras partes es sencillo, pero no es majestuoso, como por ejemplo el de los
reformistas en Europa y el de la América inglesa.
En nuestros países católicos se encienden cirios en los altares al
mediodía, práctica considerada como una abominación en tiempos antiguos.
Existen conventos de monjas que si se les redujera la cantidad de cirios
creerían que se había extinguido la luz de la fe y que se aproximaba el fin del
mundo. La Iglesia anglicana conserva un término medio entre las pomposas
ceremonias romanas y la parquedad de los cultos calvinistas.
El canto, la danza y los hachones encendidos constituían ceremonias
esenciales en las fiestas sagradas de Oriente. Por la historia antigua sabemos
que los primitivos egipcios daban la vuelta a sus templos cantando y bailando.
No había ninguna institución sacerdotal en Grecia que no utilizara cantos y
danzas. Los hebreos adquirieron esa costumbre de los pueblos cercanos. David
cantaba y bailaba delante del Arca.
San Mateo habla de un cántico entonado por el mismo Jesús y por los
apóstoles después de celebrar las pascuas (1).
(1) Hymno dicto, San Mateo, 26, 39.
Ese cántico, que ha llegado hasta nuestros días, no está incluido en los
libros canónicos, pero hallamos fragmentos del mismo en una de las cartas de
san Agustín dirigidas al obispo Ceretius. San Agustín no dice que no se cantara
ese himno ni rechaza sus palabras, sólo condena a los priscilianistas, (2) que
aun admitiendo este himno en su evangelio le daban una interpretación errónea,
que a él se le antojaba impía. He aquí el cántico tal como se encuentra
dividido en partículas en el mismo san Agustín:
Quiero absolver y ser absuelto.
Quiero salvar y salvarme.
Quiero engendrar y ser engendrado.
Quiero cantar y que bailen todos de alegría.
Quiero llorar y que todos participen de mi dolor.
Quiero ataviarme y ser ataviado.
Soy lámpara para todos los que me veis.
Soy puerta para todos los que llaméis a ella.
Lo que veáis que haga, no lo digáis.
Cumplid todo lo que os digo y aún tengo más que deciros.
(2) Priscilianismo, herejía de Prisciliano, que fue un obispo español
del siglo IV.
Aunque se haya puesto en duda el cántico citado, lo cierto es que el
himno se entonaba en todas las ceremonias religiosas antiguas. Mahoma lo
encontró instituido en Arabia, y lo estaba también en la India. Parece que no
lo usaron los letrados de China. Las ceremonias tienen en todas partes
semejanzas y diferencias, pero se adora a Dios en todo el mundo.
Es un consuelo para nosotros que los mahometanos, los indios, los chinos
y los tártaros, adoren un Dios único, ya que en esto son hermanos nuestros.
Existiendo un Dios único adorado en todo el mundo, ¿por qué los que le
reconocen por padre le ofrecen el continuo espectáculo de ser. hijos que se
detestan, que se anatematizan, se persiguen y se matan por necias disputas?
No es fácil explicar de manera satisfactoria lo que griegos y romanos
entendían por la palabra adorar, ni si adoraban a los faunos, a los silvanos, a
las dríadas y a las náyades, como adoraban a sus dioses mayores. No es
verosímil que Antínoo fuese adorado por los nuevos egipcios con el mismo culto
que Serapis. Lo indudable es que los antiguos egipcios no adoraban las cebollas
y los cocodrilos del mismo modo que a Isis y a Osiris.
Respecto a si Simón, llamado el Mago, fue adorado por los romanos
nosotros creemos que fue absolutamente desconocido de ellos. San Justino en su
Apología, tan desconocida en Roma como el tal Simón, dice que dedicaron a dicho
personaje una estatua en el Tíber, entre los dos puentes, con esta inscripción:
Simoni deo santo. Ireneo y Tertuliano también lo afirman, pero ¿a quién? A
gentes que no habían estado nunca en Roma, a africanos, a sirios y a algunos
habitantes de Sichem. Ciertamente, no vieron la estatua a que se refieren y que
contiene esta inscripción: Semo sanco deofidio, y no la que ellos dicen y hemos
transcrito.
Debieron al menos consultar a Dionisio de Helicarnaso, que en su cuarto
libro inserta la inscripción Semo sanco, que significa en sabino mitad hombre y
mitad dios. Tito Livio, en el libro VIII, capítulo XX, dice: «Bona Semoni sanco
censuerunt consecranda». Este dios fue uno de los más antiguos que se
reverenciaron en Roma. Lo consagró Tarquinio el Soberbio y era el dios de las
alianzas de buena fe. Le sacrificaban un buey y en la piel de éste escribían el
tratado concertado con los pueblos limítrofes. Le erigieron un templo cerca de
Tirimus y le presentaban ofrendas, bien invocándole con el nombre de padre
Semo, bien con el de Sancus lidius. Esta es la deidad romana que durante muchos
siglos tomaron por Simón el Mago. San Cirilo lo creyó así, y san Agustín dice
en el primer libro de las Herejías, que Simón el Mago hizo erigir dicha estatua
por orden del emperador y del Senado.
Esa increíble fábula, cuya falsedad es fácil de descubrir, se enlazó
durante mucho tiempo con otra fábula, la de que san Pedro y el citado Simón
comparecieron ante Nerón y en presencia de éste se desafiaron a ver quién
resucitaría más pronto a un muerto que fuera pariente cercano de Nerón y quién
se elevaría más alto en el aire. Simón hizo que varios diablos le elevaran en
un carro de fuego, y san Pedro y san Pablo, por medio de oraciones, lo hicieron
caer en tierra desde gran altura y se rompió las piernas y murió. Irritado
Nerón por esto, mandó ejecutar a san Pablo y san Pedro (1).
(1) Véase el artículo Pedro (san).
Abdías, Marcelo y Hegesipo nos refieren esa historieta con diferentes
detalles; Arnobo, san Cirilo, Severo Sulpicio, Filastro, san Epifanio, Isidoro,
Dedamiete, Máximo de Turín y otros autores han transmitido sucesivamente este
error, que fue generalmente aceptado hasta que se encontró en Roma la estatua
de Semos sancus deus fidius, y hasta que el sabio Mabillos desenterró uno de
los monumentos antiguos que contenía la inscripción Semoni sanco deo fidio.
No obstante, es cierto que existió un Simón que los judíos tuvieron por
mago, y no es menos cierto que dicho Simón, hijo de Samaria, reunió y se puso
al frente de algunos infelices a los que persuadió de que era el representante
de la virtud en la tierra, enviado por Dios. Bautizaba como los apóstoles y
erigía altares enfrente de los de éstos.
Los judíos de Samaria, que siempre fueron enemigos de sus hermanos de
Jerusalén, se atrevieron a poner a Simón enfrente de Jesucristo, que tenía por
apóstoles y discípulos a gentes de la tribu de Benjamín o de la de Judá. Simón
bautizaba cual los apóstoles, pero añadía el fuego al agua del bautismo y decía
que había profetizado su venida al mundo san Juan Bautista, fundándose en estas
palabras: «El que debe venir detrás de mí será más poderoso que yo y os
bautizará con el Espíritu Santo y con el fuego» (2).
(2) San Mateo, 3, 11.
Simón encendía encima de la pila bautismal una ligera llama con petróleo
sacado del lago Asfaltide. Su secta llegó a ser bastante numerosa pero no es
creíble que sus discípulos le adoraran. San Justino es el único que lo cree.
Menandro (3), al igual que Simón, se presentó como enviado de Dios y
salvador de los hombres. Todos los falsos Mesías se daban a sí mismos el título
de enviados de Dios, pero no exigían que les adorasen. Antiguamente no se
divinizó en vida a ningún hombre si exceptuamos a Alejandro o a los emperadores
romanos, que despóticamente lo ordenaban así a los pueblos esclavos. Con todo,
no fue una adoración propiamente dicha sino veneración extraordinaria,
apoteosis prematura, adulación tan ridícula como la que Virgilio y Horacio
prodigaron al emperador Octavio.
(3) Este Menandro no es el poeta cómico, sino un discípulo de Simón el
Mago, tan charlatán como su maestro.
ADULACIÓN. En la más remota Antigüedad no se encuentran
rastros de adulación. No la usaban Hesíodo ni Homero; tampoco dirigían sus
cantos a ningún griego que ostentara altas dignidades, ni a su esposa, así como
Thomson dedica cada canto de su poema las Estaciones a alguna persona
adinerada, ni como muchos autores de epístolas en verso, que hoy yacen en el
olvido, dedicaron sus obras a personas influyentes, colmándolas de elogios.
Tampoco se encuentran adulaciones en Demóstenes. La forma de mendigar dádivas en
armoniosos versos empieza con Píndaro, si no me equivoco. No cabe una forma más
aduladora de tender la mano.
Entre los romanos, el sistema de adular data de la época de Augusto.
Julio César apenas tuvo tiempo para que le adularan. No conocemos ningún poema
dedicado a Sila, a Mario, ni a sus esposas y amantes. Pero sí debieron dedicar
versos malos a Lúculo y a Pompeyo, pero, a Dios gracias, no han llegado hasta
nosotros.
Resulta un espectáculo poco edificante ver que Cicerón, que era igual en
dignidad a César, hable delante de él defendiendo como abogado a un rey de la
Bitinia y Armenia, llamado Geyotar, acusado de conspirar y hasta de pretender
el asesinato de César. Dice Cicerón que se siente cohibido en presencia de tan
ilustre personaje y le llama vencedor del mundo, victorem orbis terrarum, pero
la adulación no llega hasta la bajeza sino que conserva cierto pudor. En la
época de Augusto, lo pierde por completo y llega el famoso orador a los últimos
extremos.
El Senado acuerda otorgar a dicho emperador la apoteosis en vida. Esta
adulación se transformó en una especie de tributo que los romanos tuvieron que
pagar a los emperadores siguientes y que llegó a convertirse en una especie de
costumbre. Pero a nadie puede halagar una adulación que se generaliza.
En Europa no tenemos grandes ejemplos de adulación hasta Luis XIV. Su
padre, Luis XIII, fue muy agasajado, pero sólo se le tributan alabanzas en
algunas de las odas de Malherbe, quien siguiendo la costumbre le llama el rey
más grande de los reyes, como los poetas españoles llaman al rey de Inglaterra.
Pero casi todos sus elogios los dedica al cardenal Richelieu. Sobre Luis XIV
cayó todo un diluvio de adulaciones, pero no le perjudicaron como al héroe de
la anécdota que quedó sofocado bajo los montones de pétalos de rosa que
arrojaron sobre él; las adulaciones le incitaron a portarse mejor. Cuando la
adulación se funda en motivo plausible no es perniciosa, estimula a acometer
grandes empresas; pero sus excesos son nocivos al igual que los excesos de la
sátira.
Es necedad bastante frecuente que los oradores se empeñen en elogiar al
príncipe incapaz de hacer nada bueno. Resulta vergonzoso que Ovidio tribute
elogios a Augusto desde el lugar de su destierro.
ADULTERIO. No debemos esta palabra a los griegos, sino a
los romanos. Adulterio significa en latín alteración, adulteración; una cosa
puesta en lugar de otra; llaves falsas, contratos y signos falsos, adulterio.
Por eso al que se metía en lecho ajeno se le llamó adúltero, como una llave
falsa que abre la casa de otro. Por eso llamaron por antífrasis coccix cuclillo
al pobre marido en cuya casa y cama pone los huevos un hombre extraño. El
naturalista Plinio, dice: «Coccixova subdit in nidis alienis, ita plerique
alienas uxores faciunt matres» (El cuclillo deposita sus huevos en el nido de
otros pájaros; de este modo muchos romanos hacen madres a las mujeres de sus
amigos). La comparación no es muy exacta porque aunque se compara al cuclillo
con el cornudo, siguiendo las reglas gramaticales el cornudo debía ser el
amante y no el esposo.
Algunos doctos sostienen que debemos a los griegos el emblema de los
cuernos, porque los griegos designan con la denominación de macho cabrío al
esposo de la mujer que es lasciva como una cabra. En efecto, los griegos llaman
a los bastardos hijos de cabra.
La gente fina, que no usa nunca términos malsonantes, no pronuncia jamás
la palabra adulterio. Nunca dicen la duquesa de tal comete adulterio con fulano
de cual, sino la marquesa A tiene trato ilícito con el conde de B. Cuando las
señoras confiesan a sus amigos o a sus amigas sus adulterios, sólo dicen:
«Reconozco que le tengo afición». Antiguamente, declaraban que le apreciaban
mucho, pero desde que una mujer del pueblo declaró a su confesor que apreciaba
a un consejero y el confesor le preguntó: «¿Cuántas veces le habéis
apreciado?», las damas de elevada condición no aprecian a nadie… ni van a
confesarse.
Las mujeres de Lacedemonia no conocieron la confesión, ni el adulterio.
Y aunque el caso de Menelao demuestra lo que Elena era capaz de hacer, Licurgo
puso orden consiguiendo que las mujeres fueran comunes por acuerdo entre marido
y mujer. Cada uno podía disponer de lo que le pertenecía. En tales casos, el
marido no podía temer el peligro de estar alimentando en su casa a un hijo de
otro, pues todos los hijos pertenecían al Estado y no a una familia
determinada. De este modo no se perjudicaba a nadie. El adulterio es condenable
porque es un robo, pero no puede decirse que se roba lo que nos dan. Un marido
lacedemonio rogaba con frecuencia a un hombre joven, de excelente complexión y
robusto, que cohabitara con su mujer. Plutarco nos ha dejado constancia de la
canción que cantaban los lacedemonios cuando Acrotatus iba a acostarse con la
mujer de su amigo.
Id, gentil Acrotatus, satisfaced bien a Kelidonida. Dad bravos
ciudadanos a Esparta.
Los lacedemonios tenían, pues, razón para decir que el adulterio era
imposible entre ellos. No acontece lo mismo en las naciones modernas, en las
que todas las leyes están fundadas sobre lo tuyo y lo mío.
Una de las cosas más desagradables del adulterio entre nosotros es que
la mujer suele burlarse con su amante del marido. En la clase baja no es raro
que la mujer robe al marido para darlo al amante y que las querellas
matrimoniales suscitadas por este motivo empujen a los cónyuges a cometer
crueles excesos.
La mayor injusticia y el mayor daño del adulterio consiste en dar un
hombre de bien hijos de otros, con lo que les carga con un peso que no debían
llevar. Por este medio, estirpes de héroes han llegado a ser bastardas. Las
mujeres de los Astolfos y de los Jocondas, por la depravación del gusto y la
debilidad de un momento, han tenido hijos de un enano contrahecho o de un
lacayo sin talento, y de esto se resienten los hijos en cuerpo y alma.
Insignificantes mequetrefes han heredado los más famosos nombres en algunos
países de Europa y conservan en el salón de su palacio los retratos de sus
falsos antepasados, de seis pies de estatura, hermosos y bien formados,
llevando un espadón que un hombre moderno apenas si podría sostener con las dos
manos.
En algunos pueblos de Europa las jóvenes solteras se entregan a los
mozos de su agrado, pero cuando se casan se tornan esposas prudentes y modosas.
En Francia sucede todo lo contrario: encierran en conventos a las jóvenes,
donde se les da una educación ridícula. Para consolarlas; sus madres les
imbuyen la idea de que serán libres cuando se casen. Y en efecto, apenas viven
un año con su esposo ya están deseando conocer a fondo sus propios atractivos.
La joven casada pasea y va a los espectáculos con otras mujeres para que le
enseñen lo que desea saber. Si no tiene amante como sus amigas se halla como
avergonzada y no se atreve a presentarse en público.
Los orientales tienen costumbres muy contrarias a las nuestras. Les
presentan jóvenes garantizando que son doncellas, se casan con ellas y las
tienen siempre encerradas por precaución. Y aunque nos dan lástima las mujeres
de Turquía, Persia y la India, son mucho más felices en sus serrallos que las
jóvenes francesas en sus conventos.
Entre nosotros suele ocurrir que un marido, engañado por su mujer, no
queriendo formarle proceso criminal por adulterio, se contenta con una
separación de cuerpo y bienes. A propósito de esto insertaremos una Memoria
escrita por un hombre honrado que se encontró en situación semejante. Los
lectores decidirán de la justicia o injusticia de sus quejas.
Memoria de un magistrado (escrita en
el año 1765). Un magistrado de una ciudad de Francia tuvo la desgracia de
casarse con una mujer a quien sedujo un sacerdote antes de su boda y que
después dio varios escándalos públicos. Tuvo la consideración de separarse de
ella amistosamente. El magistrado era un hombre de cuarenta años, vigoroso y de
rostro agraciado; necesitaba mujer, pero era demasiado escrupuloso para seducir
a la esposa de otro hombre y le repugnaba recurrir a las meretrices o liarse
con una viuda. Entonces, dirigió a la iglesia de su culto las siguientes
quejas:
«Mi esposa es culpable, pero el castigado soy yo. Una mujer es necesaria
para el consuelo de mi vida y para que persevere en la virtud, y la Iglesia a
la que pertenezco me la niega prohibiéndome volver a contraer matrimonio con
una mujer honrada. Las leyes civiles actuales, basadas por desgracia en el
Derecho canónico, me privan de los derechos inherentes a la persona humana. La
Iglesia me pone en la alternativa de procurarme deleites que ella reprueba o de
resarcimientos vergonzosos que condena. Me impulsa a ser criminal.
»Examino todos los pueblos del mundo y no encuentro uno solo, salvo el
pueblo católico romano, en que el divorcio y segundas nupcias no sean de
derecho natural. ¿Qué arbitrario orden hace, pues, que en los países católicos
sea una virtud consentir el adulterio, y un deber carecer de mujer cuando la
propia nos ultrajó indignamente? ¿Por qué una coyunda indigna es indisoluble, a
pesar de que dice la ley de nuestro código: «quidquid ligatur dissoluble est»,
lo que se liga es disoluble? Se me permite la separación de cuerpo y de bienes
y no se me permite el divorcio. La ley puede quitarme mi mujer y, sin embargo,
me deja una cosa llamada sacramento: no gozo ya del matrimonio y, sin embargo,
estoy casado. ¡Qué contradicción y qué esclavitud!
»Lo más extraño es que esa ley de la Iglesia católica romana contradice
directamente las palabras que esa misma Iglesia cree que pronunció Jesucristo:
«Todo el que despida a su mujer, excepto por adulterio, peca si toma otra»
(Mateo, 19‑9).
»No me detendré en examinar si los pontífices de Roma han tenido derecho
para violar a su capricho la ley de su Señor, ni del hecho de que cuando un
Estado necesita tener un heredero es lícito repudiar a la que no puede darlo.
Tampoco trataré de averiguar si una mujer turbulenta, demente, homicida o
envenenadora debe repudiarse al igual que una adúltera. Únicamente me ocuparé
del triste estado en que me encuentro sumido Dios permite que me vuelva a casar
y el obispo de Roma no me lo permite.
»El divorcio estuvo en vigor en los pueblos católicos durante el reinado
de todos los emperadores, así como en todos los Estados que se desgajaron del
Imperio romano. Casi todos los primeros reyes de Francia repudiaron a sus
mujeres para tomar otras, hasta que ascendió al solio pontificio Gregorio IX,
enemigo de los emperadores y de los reyes, y por medio de un decreto mandó que
el yugo matrimonial fuera insacudible. Este decreto fue ley para toda Europa, y
cuando los reyes quisieron repudiar a una mujer adúltera, pudiendo hacerlo
según la ley de Jesucristo para conseguirlo tuvieron que valerse de pretextos
ridículos. Luis el Joven se vio obligado, para divorciarse de Eleonora de
Crineume, a alegar un parentesco que no existía. Enrique IV, para repudiar a Margarita
de Valois, pretextó un motivo más falso todavía: la falta de consentimiento.
Era preciso mentir para divorciarse legalmente.
»Un soberano puede abdicar la corona, ¿y sin licencia del Papa no podrá
abdicar su mujer? ¿Es comprensible que hombres ilustrados consientan esclavitud
tan absurda?
»Convengo en que los sacerdotes y los monjes renuncien a las mujeres.
Cometen un atentado contra la población y es una desgracia para ellos, pero
merecen esa desgracia porque ellos mismos se la proporcionan. Son víctimas de
los papas, que los han convertido en esclavos, en soldados sin familia y sin
patria, que viven únicamente para la Iglesia, pero yo, que soy magistrado, que
sirvo al Estado todo el día, necesito una mujer por la noche y la Iglesia no
está facultada para privarme de un bien que Dios me concede. Los apóstoles
estaban casados, san José también y yo quiero estarlo. Soy alsaciano y, no
obstante, dependo de un sacerdote que vive en Roma. Si ese sacerdote posee el
bárbaro poder de privarme de una mujer, que me convierta en eunuco y cantaré el
miserere en su capilla con voz de tiple».
Memoria para las mujeres. La equidad
exige que, habiendo insertado la anterior Memoria en favor de los maridos,
aboguemos ahora en favor de las mujeres casadas transcribiendo las quejas que
presentó a la Junta de Portugal la condesa de Alcira. He aquí lo esencial de
ellas:
«El Evangelio prohíbe el adulterio lo mismo a mi marido que a mí, y por
tanto debe ser condenado como yo. Cuando cometió conmigo veinte infidelidades,
cuando dio mi collar a una de mis rivales y mis pendientes a otra, no pedí que
le cortaran el pelo al rape, le encerraran en un convento, ni que me entregaran
sus bienes. Y yo, por haberle imitado una sola vez, por haber hecho con el
barbián más majo de Lisboa lo que él hace impunemente todos los días con las
casquivanas de más baja estofa de la corte y de la ciudad, tengo que sentarme
en el banquillo de los acusados ante jueces que se hincarían de rodillas a mis
pies si estuvieran conmigo dentro de mi alcoba. Y es preciso también que me
corten el pelo, que llama la atención de todo el mundo; que luego me encierren
en un convento de monjas, que carecen de sentido común; que me priven de mi
dote y de mi contrato matrimonial y que entreguen todos mis bienes a mi fatuo
marido para que le ayuden a seducir a otras mujeres y cometer otros adulterios.
Díganme si esto es justo y si no parece que sean los cornudos los que han
promulgado las leyes.
»Me quejo con razón, pero responden a mis quejas que debo considerarme
afortunada, porque no me han lapidado en las puertas de la ciudad los
canónigos, los feligreses de la parroquia y todo el pueblo, pues eso es lo que
se hacía en la primera nación del mundo, en la nación predilecta y querida de
Dios, la única que tuvo razón cuando las demás se equivocaban.
»Pero yo contesto a esos bárbaros que cuando presentaron la mujer
adúltera ante el que promulgó la antigua y la nueva ley, éste no consintió que
la apedrearan. Bien al contrario, les echó en cara su injusticia y les espetó
este antiguo proverbio hebraico: «El que de vosotros esté sin pecado, que
arroje la primera piedra». Entonces se retiraron todos y los viejos más aprisa,
porque como tenían más arios habían cometido más adulterios.
»Los doctores en Derecho canónico me arguyen que la historia de la mujer
adúltera sólo se refiere en el Evangelio de san Juan. Leontins y Maldonat
aseguran que esa historia no se encuentra en ninguno de los antiguos ejemplares
griegos y que no habla de ella ninguno de los veintitrés primeros apologistas.
Orígenes, san Jerónimo, san Juan Crisóstomo Teofilacto y Nonuns no la conocen,
ni se encuentra en la Biblia siríaca ni en la versión Ulfilas. Esto dicen los
abogados de mi marido, que a más de cortarme el pelo quisieran que me
lapidaran.
»Pero los abogados que me defienden aseguran que Amnonio, autor del
siglo III, reconoce por verdadera esta historia, y que si san Jerónimo la
rechaza en algunas partes, la acepta en otras; en suma, que se tiene por
auténtica en la actualidad. Salgo del tribunal, busco a mi marido y le digo:
«Si estáis limpio de pecado, cortadme el pelo, encerradme en un convento y
apoderaos de mis bienes, pero si habéis cometido más pecados que yo, a mí me
toca encerraros en un convento y apoderarme de vuestra fortuna». La Justicia
debe ser igual para los dos. Mi marido me replica que es mi superior, mi dueño,
que tiene una pulgada más de estatura, que es velludo como un oso y que,
consecuentemente, se lo debo todo y él no me debe nada.
»Y yo me pregunto ahora: ¿Cómo la reina Ana de Inglaterra es superior a
su marido?, ¿cómo su marido el prínciPe de Dinamarca le obedece siempre?, y
¿cómo, si no lo hiciera así le trataría el Tribunal de los Pares, caso de que
cometiera con ella alguna infidelidad? Por tanto, es evidente que si las
mujeres no hacen castigar a los hombres es porque son menos fuertes que ellos.»
Para juzgar con justicia un proceso de adulterio sería preciso que
fueran jueces doce hombres y doce mujeres, y un hermafrodita con facultad
decisoria en caso de empate.
Pero hay casos singulares en que no caben las dudas, ni nos es lícito
juzgar. Uno de estos casos es la aventura que refiere san Agustín en su homilía
sobre el sermón de la montaña de Jesucristo.
Séptimo Acindio, procónsul de Siria, mandó prender en Antioquía a un
cristiano porque no pagó al fisco una libra de oro con que le multaron, y le
amenazó con la muerte si no pagaba. Un hombre rico de aquel país prometió dar
dos marcos de oro a la mujer del desventurado si consentía satisfacer sus
deseos.
La mujer fue a contárselo a su marido y éste rogó que le salvara la
vida, aun a costa de aquel mal trago. La mujer obedeció a su marido pero el
hombre rico, en vez de entregarle los dos marcos de oro, la engañó dándole una
bolsa llena de tierra. El marido no pudo pagar al fisco y no le quedó más
remedio que morir. Enterado el procónsul de la infamia, pagó de su bolsillo la
multa y ordenó que entregaran a los esposos cristianos el dominio del campo de
donde se sacó la tierra para llenar la bolsa mencionada.
En este caso se ve que la mujer, en vez de ultrajar a su marido, fue
dócil a su voluntad. No sólo le obedeció, sino que le salvó la vida. San
Agustín no se atreve a decir si es culpable o virtuosa, teme condenarla sin
razón. Lo singular es que Bayle, en este caso, pretenda ser más severo que san
Agustín (1).
(1) Bayle Diccionario, artículo Acindimus. Condena resueltamente a la
pobre mujer.
En lo tocante a la educación contradictoria que damos a nuestras hijas,
añadamos una palabra. Las educamos infundiéndoles el deseo inmoderado de
agradar, para lo cual les damos lecciones. La naturaleza por sí sola lo haría
si no lo hiciéramos nosotros, pero al instinto de la naturaleza añadimos los
refinamientos del arte. Y cuando están acostumbradas a nuestras enseñanzas las
castigamos si practican el arte que de nosotros han aprendido. ¿Qué opinión nos
merecería el maestro de baile que estuviera enseñando a un discípulo durante
diez años y al cabo de ese tiempo quisiera romperle las piernas por encontrarle
bailando con otro? ¿No podríamos añadir este artículo al de las
contradicciones?
AFIRMACIÓN POR JURAMENTO. No nos
ocuparemos aquí de la afirmación con que los sabios afirman con frecuencia. No
se debe afirmar ni decidir más que en geometría. En todo lo demás imitemos al
Marfurins de Moliere, que dice: «Puede… es fácil… no es imposible… es menester
verlo». Adoptemos el quizá de Rabelais, el qué sé yo de Montaigne, el non
liquet de los romanos y la duda de la Academia de Atenas. Ahora bien, esto lo
decimos al tratar de cosas profanas, porque en lo que hace a las cosas sagradas
ya es sabido que no es lícita la duda.
Al ocuparnos de este artículo en el Diccionario Enciclopédico, dijimos
que los hombres llamados cuáqueros en Inglaterra hacían fe en el tribunal de
justicia con una sola afirmación, y no los obligaban a prestar juramento. Los
pares del reino gozan de iguales privilegios, los pares seculares afirman por
su honor y los pares eclesiásticos poniendo la mano sobre el corazón. Los
cuáqueros obtuvieron la misma prerrogativa en el reinado de Carlos II y es la
única secta que en Europa disfruta de tal honor.
El canciller Cuwer quiso obligar a los cuáqueros a que prestaran
juramento como los demás ciudadanos, pero el que estaba a la cabeza de ellos le
contestó con gravedad:
— Amigo canciller, debes saber que Nuestro Señor Jesucristo nos prohíbe
afirmar de otro modo, pues nos dijo expresamente: «Os prohíbo jurar por el
cielo, porque es el trono de Dios, y por la tierra, porque es el escabel de mis
pies; por Jerusalén, porque es la ciudad del gran rey, y por la cabeza, porque
tú no puedes convertir un solo pelo en blanco ni en negro». Esto es
irrefutable, amigo canciller, y no nos atrevemos a desobedecer a Dios por
complacerte a ti y al Parlamento.
— No se puede hablar mejor —respondió el canciller—, pero voy a
referiros una anécdota que acaso no sepáis. Un día, Júpiter ordenó que todas
las bestias de carga se dejaran poner herraduras, y los caballos, los mulos y
hasta los camellos obedecieron en seguida; sólo los asnos se resistieron a
cumplir la orden alegando tantas razones y rebuznando tanto tiempo que Júpiter,
que era bondadoso, les dijo por fin: «Señores asnos, os concedo lo que pedís,
no os pondrán herraduras, pero a la primera falta que cometáis recibiréis cien
palos».
Lo cierto es que hasta hoy los cuáqueros no han incurrido en falta.
AGAR. El que despide a su amante o a su concubina,
si no le proporciona medios de vivir, pasa entre nosotros por hombre malvado.
Se nos ha dicho que Abrahán era muy rico en el desierto de Gerara, pese
a que no tuvo una pulgada de tierra propia. Sabemos que derrotó a los ejércitos
de cuatro poderosos reyes con trescientos dieciocho pastores de ganado. Debió
regalar, pues, por lo menos, un rebaño a su concubina Agar cuando la despidió
en el desierto. Hablo aquí sujetándome a las exigencias del mundo, pero
reverencio las vías incomprensibles de Dios, que los demás mortales seguimos.
En el caso de Abrahán hubiera yo regalado algunos corderos, unas cuantas
cabras y un macho cabrío a mi antigua concubina Agar, algunos trajes para ella
y para mi hijo Ismael, una buena asna para la madre un borriquillo para el
hijo, un camello para que les llevara el bagaje y uno o dos criados para que
les acompañara y les defendiera, evitando el ser comidos por los lobos. El
padre de los creyentes sólo dio un cántaro de agua y un pan a la pobre mujer y
a su hijo cuando los abandonó en medio del desierto.
Algunos impíos sospechan que Abrahán fue un padre poco cariñoso que
quería ver a su hijo bastardo muerto de hambre y cortar el cuello a su hijo
legítimo. Pero eso son misterios impenetrables de los libros santos.
Se nos dice que la pobre Agar se fue al desierto de Bersabé. Lo único
que cabe objetar es que entonces no existía semejante desierto. Sólo se conoció
ese nombre muchos años después. Pero esto es una bagatela y no por ello pierde
autenticidad el fondo de la historia.
Verdad es que la posteridad de Ismael, hijo de Agar se vengó cruelmente
de la posteridad de Isaac, hijo de Sara, a favor del cual fue Ismael abandonado
en el desierto. Los sarracenos, descendientes en línea recta de Ismael, se
apoderaron de Jerusalén que por derecho de conquista pertenecía a la posteridad
de Isaac. Yo hubiera preferido que descendieran de Sara los sarracenos, porque
esta etimología estaría más justificada y sería más natural la genealogía.
Supónese que la palabra sarraceno trae su origen de Sarac, que significa
ladrón. No sé que ningún pueblo se haya llamado nunca ladrón. Aunque casi todos
los pueblos lo han sido, ninguno ha adoptado este título.
AGRICULTURA. Apenas se concibe hoy que los antiguos, que
cultivaban la tierra tan bien como nosotros, pudieran creer que los granos que
sembraban debían necesariamente morir y pudrirse antes de nacer o de producir.
Si hubieran sacado de la tierra el grano al cabo de dos o tres días, le
hubieran visto muy sano, un poco hinchado, con la nariz hacia abajo y la cabeza
hacia arriba. Pasado algún tiempo, si hubieran efectuado la misma operación,
habrían distinguido el germen del grano del trigo, los hilillos blancos de las
raíces, la materia lechosa que forma la harina, sus dos envolturas y sus hojas.
Bastó que algún filósofo heleno o bárbaro les enseñara que toda generación nace
de la corrupción, para que todo el mundo lo creyera; y este error, que es el
mayor y el más estúpido de todos los errores, porque es opuesto a las leyes de
la naturaleza, se difundió en los libros que se escribían para instrucción del
género humano.
Los filósofos modernos, más audaces porque son más ilustrados, han
abusado de su ilustración para reprochar duramente a Jesucristo, salvador del
mundo, y a san Pablo, que fue su perseguidor y luego se tornó en su apóstol;
han reprochado, repito, que muriera para renacer, diciendo que era el colmo del
absurdo querer probar por segunda vez el nuevo dogma de la resurrección por
medio de una comparación tan falsa y tan ridícula. Se han atrevido a decir en
la Historia crítica de Jesucristo,l que tan grandes ignorantes no habían nacido
para enseñar a los hombres, y que los libros que escribieron, desconocidos
durante mucho tiempo, no debían haberse conocido nunca.
Los autores de esas blasfemias no pensaron que Jesucristo y san Pablo no
se dignaban hablar la lengua admitida, que pudiendo enseñar las verdades de la
física sólo enseñaban las del Génesis. Efectivamente, en el Génesis el Espíritu
Santo está siempre de acuerdo con las ideas más groseras que aceptaba el más
grosero populacho. La sabiduría eterna no descendía a la tierra para instruir
las academias de la ciencia. Esto es lo que respondemos siempre a los que
reprochan los errores físicos de todos los profetas, y sobre todo lo que
escribieron los hebreos. Sabido es que un tratado de religión no es un tratado
de filosofía.
Además, las tres cuartas partes de los habitantes de la tierra se
desenvuelven bien sin conocer el trigo, en tanto que nosotros pretendemos que
no se puede vivir sin él. Los que viven voluptuosamente en las ciudades se
asombrarían si supieran el trabajo que cuesta proporcionarles el pan.
Del grande y pequeño cultivo. En uno de los artículos de la Enciclopedia se hace distinción entre el
grande y el pequeño cultivo. El grande se practica con caballos y el pequeño
con bueyes; este pequeño cultivo, que es el predominante en las tierras de
Francia, se considera un trabajo casi baldío y un estéril esfuerzo de la
indigencia.
La historia crítica de Jesucristo o Análisis razonado / de los
Evangelios, atribuida al barón de Holbach. se imprimió en 1770.
Esta idea no me parece en absoluto verdadera. No labran la tierra los
caballos mejor que los bueyes, pues estos dos métodos tienen compensaciones que
los hacen perfectamente iguales. Parece que los antiguos nunca emplearon
caballos para el cultivo de la tierra. Sólo se dedican bueyes a este trabajo en
Hesíodo, en Jenofonte, en Virgilio y en Columela. Arar la tierra con bueyes
sólo es perjudicial cuando los propietarios mal aconsejados proporcionan bueyes
malos y mal alimentados a los braceros que no tienen recursos y trabajan mal la
tierra. Como quiera que estos braceros nada arriesgan y nada proporcionan, no
trabajan los campos como se necesita tarbajarlos, y sin enriquecerse empobrecen
a sus dueños. Desgraciadamente, es el caso de muchos padres de familia.
El servicio que prestan los bueyes es tan provechoso como el que prestan
los caballos, porque si aquéllos labran más despacio, pueden en cambio trabajar
más días sin cansarse, cuestan menos de alimentar, no se les ponen herraduras y
pueden sus dueños revenderlos o cebarlos para el matadero, lo cual no sucede
con los caballos. No se pueden emplear éstos más que en los países donde la
avena está muy barata y por esto es mucho menor el cultivo con caballos que con
bueyes.
De la roturación. El artículo roturación de la Enciclopedia sólo se
ocupa de la estimación de las hierbas inútiles y perjudiciales que se arrancan
de los campos para dejarlos en condiciones de poderlos sembrar. Pero el arte de
preparar la tierra no se limita a ese procedimiento necesario que siempre
estuvo en uso; consiste también en hacer fértiles las tierras estériles que no
han producido nunca cosecha, como los terrenos pantanosos, los que contienen
greda o son pedregosos.
Las tierras arcillosas, de creta, o de arena, son rebeldes a todo
cultivo. Únicamente pueden ser productivas llenándolas de tierra fértil durante
años enteros. Pero sólo pueden beneficiarse de este recurso los hombres muy
ricos, porque el gasto es superior al producto durante muchos años.
La piedra filosofal de la agricultura debe consistir en sembrar poco y
recoger mucho. Ciertos tratados de agricultura enseñan doce secretos para
conseguir la multiplicación del trigo, pero es preciso someterlos todos al
método de hacer nacer abejas de la piel de un toro y a otros experimentos no
menos ridículos.
La quimera de la agricultura consiste en creer que podemos obligar a que
la naturaleza produzca más de lo que naturalmente puede producir. Empeñarse en
esto es como si nos empeñáramos en tener el secreto de que una mujer diera a
luz diez hijos, cuando no puede alumbrar más que dos. Lo más que podemos hacer
es cuidarla mucho durante el embarazo.
El método más seguro para recoger una buena cosecha de cereales consiste
en servirse de la sembradora. Esta máquina, por medio de la cual al tiempo que
se siembra, rastrilla y tapa la semilla, evita las corrientes del viento, que
muchas veces aventa los granos, y libra la simiente de los pájaros, que se la
comen. No debe desaprovecharse esta ventaja.
Además, cuanto más regularmente esté desparramada en la tierra, tanta
más libertad tiene para extenderse y produce tallos más fuertes y gruesos. Pero
la sembradora no conviene a toda clase de terrenos ni a todos los labradores,
pues para emplearla es indispensable que la tierra esté unida, no sea pedregosa
y el labrador sea diestro. La sembradora es cara, hay que componerla cuando se
estropea, y para usarla hay que emplear dos hombres y un caballo, y muchos
agricultores sólo tienen bueyes. Los agricultores ricos deben usar esa máquina
y prestarla a los agricultores pobres.
De la protección que debe prestarse a la agricultura. No sabemos por qué desventura, sólo en China la agricultura está
verdaderamente protegida y honrada. Los ministros de Estado en Europa deberían
fijar la atención en la siguiente Memoria, aunque la haya escrito un jesuita al
que ningún otro misionero contradijo nunca. Está acorde por entero con los
datos que poseemos del Celeste Imperio:
«Al inicio de la primavera china, esto es, en el mes de febrero,
habiendo recibido la orden de decidir el tribunal de las matemáticas cuál era
el día conveniente para acometer la ceremonia de la labranza, señaló el día 24
de la oncena luna, y el tribunal de los ritos se lo comunicó al emperador por
medio de un memorial en el que este tribunal puntualizó a Su Majestad los
preparativos que había de hacer para dicha fiesta.
»Según el memorial, el emperador debía nombrar doce personas ilustres
que le acompañaran e hicieran la ceremonia de labrar después de él. Estas
personas habían de ser tres príncipes y nueve presidentes de los tribunales
superiores. Si alguno de esos presidentes era de edad muy avanzada o estaba
enfermo, el emperador nombraba asesores que ocupasen su sitio.
»La ceremonia consistía en labrar la tierra para excitar la emulación a
los ciudadanos por medio del ejemplo, y en ella el emperador, en calidad de
gran pontífice, hacía su sacrificio que ofrecía a Chang‑ti pidiéndole abundante
cosecha para que su pueblo disfrutara de bienestar. Para prepararse a ese
sacrificio, el emperador debía ayunar y guardar continencia los tres días
anteriores. Lo mismo debían hacer los doce personajes ilustres que nombraba Su
Majestad para que le acompañasen.
»La víspera de la ceremonia el emperador escogía algunos caballeros de
primera calidad y los enviaba a la sala de sus antecesores para que se
arrodillaran delante de la tablilla y dijeran: «Nos portaremos con los muertos
como si estuvieran en vida». Allí les comunicaban al día siguiente que el
emperador realizaría un gran sacrificio.
»He aquí en pocas palabras lo que el memorial del tribunal de los ritos
ordenaba respecto al emperador. Disponía los preparativos de que habían de
encargarse los diversos tribunales. El primero debía disponer todo lo referente
a los sacrificios, el segundo redactar las frases que el emperador recita
cuando realiza el sacrificio, el tercero llevar y levantar las tiendas de
campaña en las que el emperador come y el cuarto ha de reunir cuarenta o
cincuenta ancianos, labradores de profesión, para que presencien cómo el
emperador labra la tierra. También debe reunir cuarenta labradores de los más
jóvenes para que preparen el arado, unzan los bueyes y lleven los granos que
deben sembrarse. El emperador siembra cinco clases de granos que se cree son
los más necesarios en China: trigo, arroz, mijo, habas y otra especie de mijo
que llaman cacleang.
»Con esos preparativos, el día 24 de la luna Su Majestad se presentó con
su corte en traje de ceremonia en el sitio destinado para ofrecer al Chang‑ti
el sacrificio de la primavera, en el que le ruega que aumente y conserve los
bienes de la tierra. Por esto ofrece sacrificios antes de poner la mano en el
arado.
»El emperador hizo el sacrificio y luego se adelantó con los tres
príncipes y los nueve presidentes que tenían que labrar con él. Varios
personajes llevaban cofres preciosos que contenían los granos que debían
sembrar. La corte en pleno presenciaba la ceremonia, guardando absoluto
silencio. El emperador tomó el arado y abrió varios surcos en la tierra después
se lo cedió a un príncipe de sangre real que realizó la misma operación, y así
lo hicieron sucesivamente los personajes que acompañaban a Su Majestad.
Tras labrar en diferentes partes, el emperador sembró las cinco clases
de granos. El año que yo lo presencié asistieron a la ceremonia cuarenta y
cuatro labradores viejos y cuarenta y dos jóvenes, y al final el emperador les
dio una recompensa.
A la relación de esta ceremonia, tan agradable como útil, debemos añadir
el edicto que publicó el emperador Yong‑Teling, en el que concedía recompensas
y honores al que roturara terrenos incultos desde quince arpentas hasta ochenta
en Tartaria (no hay terrenos incultos en la China propiamente dicha), y el que
roturara ochenta arpentas sería nombrado mandarín de octavo orden.
Semejantes medidas adoptadas en China deben sonrojar a nuestros
soberanos de Europa, los cuales admirándolas deben copiarlas.
AGUSTÍN. No voy a estudiar en este artículo a san Agustín
como obispo ni como doctor y padre de la Iglesia, sino como hombre. De entrada,
voy a tratar de un punto de física referente al clima de Africa.
Parece ser que san Agustín contaba cerca de catorce años cuando su
padre, que era pobre, lo llevó a los baños públicos. Dícese que era contra la
costumbre de aquella época y que se oponía al decoro que el padre tomase el
baño con su hijo. Así lo asegura Valerio Máximo y también lo dice Bayle. Es
cierto que en Roma los patricios y los caballeros romanos no se bañaban con sus
hijos en las termas públicas, pero, ¿creéis posible que los pobres que pagaban
unos céntimos por tomar el baño observaran lo que los ricos consideraban
prácticas poco decorosas?
El hombre ricachón se acostaba en una cama de marfil y de plata sobre
tapices de púrpura con su concubina. Su esposa, en otro aposento perfumado, se
acostaba con su amante. Los hijos, los preceptores y los criados, dormían en
estancias separadas, pero el pueblo dormía amontonado en zahúrdas. No se
andaban con cumplimientos en la localidad de Tagaste, que pertenece a Africa y
donde nació san Agustín, por lo que podemos asegurar que iba con su padre al
baño de los pobres.
Nuestro santo refiere que su padre, viéndole tan viril, sintió paternal
regocijo y concibió la esperanza de tener pronto nietos, como efectivamente los
tuvo. El buen hombre se apresuró a comunicar esta noticia a su esposa, la
futura santa Mónica. ¿La prematura pubertad de san Agustín no puede atribuirse
al uso anticipado del órgano de la generación? San Jerónimo nos dice que una
mujer abusó de un niño de diez años y concibió de él un hijo (Epístola ad
Vitalem, tomo III).
San Agustín, que fue un mozuelo muy libertino, era tan precoz de
espíritu como de cuerpo, y nos dice que antes de cumplir los veinte años
aprendió sin maestro la geometría, la aritmética y la música (Confesiones, lib.
IV, cap. XVI). Esto prueba que en Africa, que nosotros llamamos bárbara, los
hombres son más precoces que nosotros en todo.
Estos dones que de la naturaleza obtuvo san Agustín casi nos inducen a
creer que Empédocles no se equivocó completamente al afirmar que el fuego es el
principio de la naturaleza. Le ayudan los otros principios, pero como
subsidiarios. Es un rey que pone en acción a todos sus vasallos, aunque suele
inflamar demasiado las imaginaciones de su pueblo. No deja de tener razón Sifax
para decir a Juba, en el Catón de Addison que el sol, que hace rodar su carro
sobre cabezas africanas, da más color a sus mejillas, más fuego a sus corazones
y que las damas de Zama son superiores a las pálidas bellezas de Europa, que la
naturaleza no acabó de llenar de gracias. Ni en París, ni en Estrasburgo, ni en
Ratisbona, ni en Viena, hay jóvenes que aprendan la aritmética, la geometría,
ni la música sin maestro y sean padres a los catorce años.
Por lo tanto, no debe ser una fábula que Atlas, príncipe de Mauritania,
a quien los griegos llamaron hijo del cielo, fuera un célebre astrónomo e
hiciera construir un observatorio esférico como el que existe en China desde
hace muchos siglos. Los antiguos que se expresan por medio de alegorías
comparan ese hombre con la montaña que lleva su nombre porque esconde su cumbre
en las nubes y las nubes se creyó en la Antigüedad que constituían el cielo.
Los mismos moros cultivaron ventajosamente las ciencias y las enseñaron
en España y en Italia durante cinco siglos. La marcha del mundo es ahora muy
diferente. La patria de san Agustín sólo es hoy un nido de piratas, e
Inglaterra, Italia, España, Alemania y Francia, que entonces eran bárbaras,
cultivan hoy las artes mejor que las cultivaron nunca los árabes.
En este artículo sólo nos proponemos hacer ver que el mundo ha
experimentado cambios extraordinarios, lo mismo que durante el breve curso de
su vida los experimentan los hombres. Agustín, antiguo libertino, es luego
orador, filósofo y profesor de retórica. Primero se hace maniqueo y después
cristiano, administra el sacramento del bautismo le nombran obispo y llega a
ser padre de la Iglesia. Su doctrina sobre ia gracia inspira, durante mil cien
años, tanto respeto como un artículo de fe, y hete aquí que al cabo de dicho
tiempo los jesuitas encuentran el medio de anatematizarla, palabra por palabra,
al anatematizar la exposición de la referida doctrina que hicieron Jansenio,
Saint‑Cyran, Arnaul y Quesnel. Dígasenos si esta revolución religiosa no es tan
grande como la de África y si ante ello podemos sostener que existe algo
permanente en el mundo.
ALCORÁN O CORÁN. Este libro gobierna despóticamente el Africa
septentrional, desde el Atlas hasta el desierto de Barca; todo Egipto, las
costas del Océano Etiópico en el espacio de seiscientas leguas, Siria, Asia
Menor, todos los países que rodean el mar Negro y el mar Caspio, excepto el
reino de Astracán, todo el imperio del Indostán, Persia, buena parte de
Tartaria, y en Europa, Tracia, Macedonia, Bulgaria, Servia, Bosnia, Grecia,
Epiro y casi todas las islas hasta el estrecho de Otranto.
En esa inmensa extensión de terreno no hay un solo mahometano que haya
tenido la dicha de leer nuestros libros sagrados, y entre los hombres de letras
católicos hay muy pocos que conozcan el Corán, del que casi todos nos formamos
una idea ridícula a pesar de los estudios que sobre él han hecho los verdaderos
sabios.
Veamos las primeras líneas de dicho libro:
«Tributemos alabanzas a Dios, que es el Soberano de todos los mundos, al
Dios misericordioso, al Soberano del día de la justicia; a Ti es a quien
adoramos, sólo de Ti esperamos protección. Guíanos por caminos rectos, por los
caminos que recorren los que Tú colmas de Gracia, no por los caminos que siguen
los que dan motivo a tu cólera y andan extraviados.»
Esa es la introducción del libro, a la que siguen tres letras
mayúsculas, A, L, M, que según el sabio Sale son incomprensibles, pues cada
comentarista las explica a su manera. Pero es opinión general que significan:
Alá, Latif, Magid, esto es, Dios, la Gracia y la Gloria.
Continúa escribiendo Mahoma, y Dios es el que habla. He aquí sus propias
palabras:
»Este libro no permite que se dude de él, y sirve para dirigir a los
justos que creen en los arcanos de la fe, que observan todas las horas de las
oraciones, que reparten como limosnas lo que nos hemos dignado concederles, que
están convencidos de que la revelación descendió hasta Tim y que envió profetas
que te precedieran. Los fieles deben tener firme seguridad en la vida futura, y
dirigidos por el Señor, serán dichosos.
»En cuanto a los incrédulos, les es igual que les aconsejes, como que no
les aconsejes, nada creen; tienen grabado el sello de la infidelidad en el
corazón y en los oídos; sus ojos ven tinieblas y les espera tremendo castigo.
»Algunos dicen: creemos en Dios y en el último día. Pero en el fondo no
son creyentes. Creen engañar al Eterno y se engañan a sí mismos sin pensar que
su flaqueza está en el corazón y Dios la aumenta, etc.»
Los eruditos dicen que las palabras anteriores tienen más energía en
lengua árabe y, efectivamente, el Corán pasa todavía hoy por ser el libro más
elegante y más sublime que se ha escrito en dicha lengua.
Le hemos atribuido un sinfín de necesidades que no ha dicho. Sobre todo,
los frailes europeos escribieron varios libros contra los mahometanos cuando no
se podía replicar de otro modo a los conquistadores de Constantinopla. A
nuestros autores, más numerosos que los autores jenízaros, no les costó gran
trabajo conseguir que las mujeres siguieran su partido; las persuadieron de que
Mahoma no las consideró como seres inteligentes, que debían ser esclavas según
las leyes del Corán, que no podían poseer ninguna clase de bienes en este
mundo, y que en el otro no les correspondería ninguna parte del Paraíso. Todo
esto es falso, pero lo hicieron creer a pie juntillas.
Para convencerse de ello, basta leer el segundo y cuarto suras, esto es
capítulos del Corán, en los que se encuentran las siguientes leyes, traducidas
por Ryer, que permaneció mucho tiempo en Constantinopla, por Moroci, que nunca
fue a aquellos países, y por Sale, que vivió veinticinco años entre los árabes.
Reglamento de Mahoma sobre las mujeres
1.
No os caséis con mujeres idólatras hasta que sean creyentes. Una criada
musulmana vale más que una gran dama idólatra.
1.
Los que quieran pronunciar votos de castidad teniendo mujeres se tomarán
cuatro meses de tiempo para decidirse. Las mujeres se portarán con sus maridos
como sus maridos se porten con ellas.
III. Podéis divorciaros dos veces de vuestra mujer, pero si os
divorciáis la tercera la despedís para siempre; la retendréis con humanidad o
la despediréis bondadosamente. No es lícito quedaros nada de lo que le dierais.
1.
Las mujeres honestas deben ser atentas y obedientes hasta cuando estén
ausentes sus maridos. Si son prudentes, absteneos de moverles la menor
cuestión; pero si tenéis alguna con ellas, escoged para que la dirima un
árbitro de su familia y otro de la vuestra.
1.
Podéis tomar una mujer, dos, tres y hasta cuatro, pero si creéis no
poder obrar equitativamente con todas no toméis más que una. Dadles viudedad
conveniente si creéis próximo vuestro fin; cuidadlas, tratadlas siempre con
cariño.
1.
No se os permite heredar a vuestras mujeres contra su voluntad ni
impedir que se casen con otros si os divorciáis, excepto cuando se las declare
culpables de algún crimen.
VII. Os es permitido casaros con esclavas, pero es mejor que os
abstengáis de semejantes casamientos.
VIII. La mujer divorciada tiene obligación de amamantar a su hijo
durante dos años, y el padre está obligado durante ese tiempo a pasarle
alimentos proporcionados a su posición. Para destetar al hijo antes de los dos
años es preciso el consentimiento del padre y de la madre. Si aquél se ve
obligado a entregarlo a una nodriza, le pagará razonablemente estos cuidados.
Lo transcrito basta para reconciliar a las mujeres con Mahoma, que no
las trató con dureza como se ha querido suponer. No pretendemos justificarle,
pero no podemos condenarle por su doctrina que proclama un solo Dios. En el
versículo 122, dice: «Dios es único, eterno; ni engendró ni es engendrado, nada
hay semejante a él». Estas palabras, más que su espada, sometieron el Oriente.
Aparte de esto, el Corán es un acopio de revelaciones ridículas y de
predicaciones vagas e incoherentes, pero, eso sí, contiene leyes muy adecuadas
para el país que fueron dictadas, leyes que se obedecen todavía sin que las
hayan reformado ni enmendado los intérpretes mahometanos ni nuevos decretos.
Fueron enemigos de Mahoma los poetas y los doctores de la Meca… Estos
últimos sublevaron contra él a los magistrados que publicaron un decreto para
que le prendieran como reo convicto de haber afirmado que se debía adorar a
Dios y no a las estrellas. Pero sabido es que bastó decir esto para que se
iniciara su grandeza. Cuando vieron que de esta forma no podían perder y que
sus escritos le atraían muchísimos prosélitos, propalaron por la ciudad que no
era el autor de ellos, que le ayudaban a escribirlos unas veces un sabio judío
y otras un sabio cristiano, suponiendo que existieran sabios en aquel entonces.
En Francia también se ha dicho de algunos prelados que hacían componer a
frailes las homilías y las oraciones fúnebres que predicaban. Hubo un sacerdote
llamado Hércules que escribía los sermones para cierto obispo, y los que tenían
por costumbre ir a oírlos se decían unos a otros: «Vamos a oír los trabajos de
Hércules».
A la antedicha imputación responde Mahoma en el capítulo XVI, con motivo
de una majadería que se dijo en el púlpito y que chocó a los oyentes:
«Cuando leas el Corán, invoca a Dios para que te preserve de Satán, cuyo
poder sólo alcanza a los que le toman por señor y pretenden que Dios tenga
compañeros.
»Cuando en el Corán sustituyó un versículo por otro, algunos infieles
dijeron: Tú has forjado esos versículos, pero no supieron distinguir lo
verdadero de lo falso. Debían decir que el Espíritu Santo me trajo esos
versículos de parte de Dios, inspirándome la verdad. Otros dicen con mala
intención: Hay quien le ayuda a escribir el Corán. Pero, ¿cómo el hombre a
quien imputan mis obras podría hacerlo no conociendo más que una lengua
extranjera y estando escrito el Corán en puro árabe?»
El que decían que ayudaba a escribir a Mahoma era un judío llamado
Bensalén o Bensalón, pero no es verosímil que un judío ayudase en la tarea a
Mahoma contra los judíos, aunque no imposible. También creyeron que un fraile
escribía con Mahoma el Corán. A este fraile, unos le llaman Bohaira y otros
Sergino, pero es chocante que tal regioso tuviera nombre latino y no árabe.
Por lo que se refiere a las controversias teológicas que han mediado
entre los musulmanes, no me inmiscuyo ni me corresponde hablar de ellas. El
muftí debe dictar su fallo.
Se ha puesto en duda si el Corán es eterno o es creado; lo cierto es que
los mahometanos lo creen eterno. A continuación de la historia de Chalcondile,
se imprimió el Triunfo de la Cruz, en el que se dice que el Corán es arriano,
maniqueo, originiano, macedonio, etc.; sin embargo, Mahoma no pertenecía a
ninguna de estas sectas. Más bien puede decirse que era jansenista, porque el
fondo de su doctrina lo domina el decreto absoluto de la predestinación
gratuita.
Mahoma, hijo de Abdalla, fue un charlatán audaz y sublime. En el
capítulo X dice: «¿Quién, sino Dios, puede haber compuesto el Corán?» Como
quiera que el público decía «Mahoma forjó ese libro», él replicó: «Probad a
escribir un capítulo cualquiera que se parezca a los de ese libro, y aunque os
ayude quien vosotros queráis, no lo consiguiréis». En el capítulo XVII exclama:
«¡Loor al que transportó durante la noche a este su servidor desde el sagrado
templo de la Meca hasta Jerusalén!» Fue un magnífico viaje, pero no tanto como
el que hizo Mahoma aquella misma noche, de planeta en planeta, y las cosas
sorprendentes que vio.
Supone que hizo quinientos años de camino y que cortó la luna en dos.
Sus discípulos, que reunieron solemnemente los versículos del Corán tras la
muerte de su autor, acortaron la duración del viaje al cielo temiendo que se
les burlaran los filósofos. Fueron demasiado timoratos, pues debieron sujetarse
a los apologistas, que lograron explicar el itinerario del viaje. Los amigos de
Mahoma debían saber por experiencia que lo maravilloso es lo que más halaga al
pueblo. Los sabios lo contradicen entre dientes, pero el pueblo los obliga a
callar. Al establecer el itinerario del viaje de planeta en planeta, dejaron
constancia de lo que le sucedió en la luna. No se puede estar en todo.
El Corán es una rapsodia sin trabazón, orden ni arte. Los árabes lo
tienen por libro hermosísimo y aseguran que está escrito con una pureza y
elegancia que ningún autor de esa nación ha podido alcanzar después. Es un
poema, o mejor, una especie de prosa rimada, que consta de seis mil versículos.
Ningún poeta en el mundo consiguió con su obra tanta fortuna. Se promovió entre
los musulmanes la cuestión de averiguar si el Corán era eterno o si lo creó
Dios para dictárselo a Mahoma. Los doctores decidieron que era eterno. Hicieron
bien, pues lo que es eterno tiene más valor, y siempre, en cuestiones que
atañen al vulgo, debe adoptarse lo más increíble.
Los frailes que desencadenaron contra Mahoma un sinfín de sandeces de
cosecha propia opinaron que éste no sabía escribir. Pero, ¿cómo es posible
creer que un hombre que fue negociante, poeta, legislador y soberano no supiera
escribir? Si su libro es malo para nosotros y para nuestra época, era muy bueno
para sus contemporáneos, como lo fue y lo es todavía su religión. No se puede
negar que apartó a toda Asia del culto a la idolatría, que enseñó la unidad de
Dios y que combatió con energía a los que le atribuyeron colegas para redactar
el Corán. En el Islam prohibió ejercer la usura con los extranjeros y ordenó
hacer limosnas. En su código doctrinal impone la oración como una necesidad
absoluta y convierte en móvil de todo la sumisión a los decretos del Eterno. Se
comprende, por tanto, que una religión tan sencilla y sabia a la vez, enseñada
por un hombre que se alzaba con la victoria en todas partes, subyugara a gran
parte del mundo. Los islámicos hicieron tantos prosélitos con la predicación
como con la espada, convirtieron a su religión a los hindúes y hasta a los
negros. Y los mismos turcos, que les vencieron, se sometieron luego al
islamismo.
Mahoma convirtió en ley muchas de las prácticas que encontró
establecidas en Arabia, como la circuncisión, el ayuno, la peregrinación a la
Meca, que se realizaba cuatro mil años antes de su venida al mundo, las
abluciones, necesarias para conservar la salud y el aseo en un país cálido, y
la idea del juicio final, que acuñaron los magos y fue copiada por los árabes.
Se cuenta que Mahoma anunció que los muertos resucitarían desnudos. Su mujer
Aishca manifestó que esto le parecía indecente y él la tranquilizó diciendo:
«No te sobresaltes por eso, que ese día nadie tendrá ganas de reír». Según el
Corán, un ángel pesará en una gran balanza a los hombres y las mujeres. Esta
idea también está tomada de los magos, así como la del puente etéreo que es
preciso pasar tras la muerte, y su paraíso, donde los escogidos creyentes
encontrarán baños, aposentos bien amueblados, camas mullidas y las famosas
huríes de ojos inmensos y negros. Cierto que el Corán dice también que todos
los deleites de los sentidos, que son necesarios para los que resucitan con
ellos, son insignificantes comparados con el placer de la contemplación del Ser
Supremo. Mahoma se manifiesta tan humilde que declara en el susodicho libro que
él no irá al paraíso por propio mérito, sino por la voluntad de Dios. También
por la voluntad divina ordena que la quinta parte de los pillajes sea siempre
para el profeta.
Tampoco es verdad que excluyera las mujeres del paraíso, como se ha
dicho. No es creíble que un hombre tan ladino quisiera tener en contra a esa
mitad del género humano que dirige a la otra mitad. Abulfeda refiere que un
día, importunándole, una vieja le preguntó qué debía hacer para ganarse el
paraíso, y él le contestó: «Amiga mía, en el paraíso no hay viejas». La infeliz
mujer rompió a llorar y el profeta, para consolarla, agregó: «No hay viejas en
el paraíso porque en arribando allí se rejuvenecen». Doctrina tan consoladora
figura confirmada en el capítulo LIV del Corán.
Mahoma prohibió beber vino porque un día unos adeptos se presentaron
borrachos a hacer oración. Permitió tener varias mujeres ajustándose en esto a
la costumbre tradicional de los orientales.
Las leyes civiles del Corán son buenas y su doctrina es admirable en
cuanto se ahorma con la nuestra, pero los medios que emplea son horribles: se
vale del engaño y del asesinato. El del engaño puede perdonársele porque se
dice que los árabes tuvieron ciento veinticuatro mil profetas antes que él y no
tenía nada de particular para ellos que naciera otro; además, hay quien dice
que es necesario engañar a los hombres. Pero, ¿cómo es posible justificar al
profeta cuando dice: «Cree que yo he hablado con el arcángel Gabriel, y si no
lo crees, págame un tributo»?
Por eso prefiero Confucio a Mahoma. Confucio fue un sabio sin tener
ninguna revelación, y para difundir su doctrina sólo se valió de la razón y no
de la mentira, ni de la espada. Siendo virrey de una vasta provincia consiguió
establecer la moral y las leyes; las enseñó y practicó lo mismo en su época de
grandeza que cuando cayó en desgracia y en la pobreza, consiguiendo que su
nación se encariñara con la virtud y fuera su discípulo el más antiguo y más
prudente de los pueblos.
El conde de Boulainvilliers, cuyo entusiasmo por Mahoma es notorio se
empeña en elogiar a los árabes, pero sus elogios no logran hacer olvidar que
constituían un pueblo de bandidos. Cuando adoraban los astros, robaban antes de
Mahoma y siguieron robando en tiempos del profeta, a pesar de que adoraban a
Dios.
Hay autores que los disculpan diciendo que poseían la sencillez de los
tiempos heroicos. ¿Y qué son los tiempos heroicos? Los siglos en que se
degollaban los hombres unos a otros por poseer un pozo o una cisterna, como se
han degollado luego por adueñarse de una provincia.
Mahoma enardeció a los primeros musulmanes con el ardor del entusiasmo,
y nada hay tan terrible como el pueblo que nada tiene que perder y pelea al
mismo tiempo por la codicia de la rapiña y por el fanatismo de la religión.
Tenían poca delicadeza en su forma de proceder. El contrato de primer
matrimonio de Mahoma dice que en atención a que Kalidja está enamorada de él, y
él enamorado de ella, es conveniente que se unan. Ahora bien, ¿se encuentra esa
misma sencillez en haberle compuesto una genealogía para probar que descendía
de Adán en línea directa, como hicieron descender más tarde del mismísimo Adán
a algunas reales casas de España y de Escocia?
El gran profeta conoció también la desgracia común a muchos maridos.
Sabiéndolo, nadie debe lamentarse de sufrirla. Se sabe el nombre del que gozó
los favores de su segunda mujer, la hermosa Aishca: se llamaba Aassan. Mahoma
se portó con ella con más altivez que César que repudió a su esposa diciendo
que de la mujer de César nadie debía sospechar. El profeta, ni siquiera quiso
sospechar de la suya. Hizo descender del cielo un capitulo del Corán para
afirmar que su mujer le era fiel.
Mahoma es digno de admiración porque empezando por ser un tratante de
camellos, consiguió elevarse a tal altura que fue legislador, pontífice y
monarca, por haber sometido Arabia, que jamás pudo ser sometida, por haber dado
las primeras sacudidas al imperio romano de Oriente y al de los persas, por
haber cambiado la faz de una parte de Europa, de la mitad del Asia, de casi
toda el Africa, y por faltar poco para que su religión subyugara al universo.
Le admiro además por haber sabido conservar la paz en su casa teniendo varias
mujeres.
Su yerno Alí asegura que cuando exhumaron el cadáver del profeta le
encontraron como si estuviera recién enterrado, y que su viuda Aishca exclamó:
«Si yo hubiera sabido que Dios tenía que conceder esa gracia al difunto le
hubiera cuidado mejor».
Nunca se ha escrito la vida de ningún hombre con tantos pormenores como
se escribió la suya. Sus menores particularidades fueron sagradas. Se conoce la
clase y el número de objetos que le pertenecieron: nueve espadas, tres lanzas,
tres arcos, siete corazas, tres escudos, doce mujeres un gallo blanco, siete
caballos, dos mulos y cuatro camellos, sin contar la borrica Borac, con la que
ascendió al cielo y tomó prestada porque era propiedad del arcángel Gabriel.
Todas las frases que pronunció fueron cuidadosamente recogidas. Una de
las más notables que dijo fue esta: «El goce de las mujeres hace rezar con más
fervor». Como consecuencia de esta máxima podía rezarse la acción de gracias al
ir a la cama, lo mismo que se reza al sentarse a la mesa, pues una mujer vale
tanto como una comida. Mahoma pasó también por ser un gran médico; así, pues,
no careció de ninguna de las grandes condiciones que son necesarias para
engañar a los hombres.
ALEGORÍAS. Un día, Júpiter, Neptuno y Mercurio, mientras
viajaban por Francia, fueron invitados a comer por un rey llamado Hivilus. Al
final de la comida, los tres dioses le dijeron que podía pedirles lo que
quisiera y se lo concederían gustosamente. El hospitalario rey, que estaba ya
en la edad de no tener hijos, les contestó que deseaba ser padre. Los tres
dioses se orinaron en una piel de buey fresca, acabada de arrancar, y de ella
nació Orión, que dio nombre a una antiquísima constelación. La constelación de
Orión la conocieron los antiguos caldeos, y el libro de Job habla de ella en el
capítulo IX. Ahora bien, lo incomprensible es que los orines de tres dioses
puedan producir un joven. No comprendo que Dacier y Saumaise encuentren en esa
historia una alegoría razonable, a no ser que deduzcan de ella que nada es
imposible para los dioses.
Había en Grecia dos jóvenes granujas a los que un oráculo predijo que se
debían guardar de melampige. Un día los cogió Hércules y los ató por los pies
al extremo de su maza, llevándolos boca abajo como se lleva un par de conejos.
Un día, vieron el culo a Hércules y exclamaron: «¡Ya se ha cumplido el oráculo,
ya hemos visto un culo negro!» La palabra griega melampige significa culo
negro. Hércules rompió a reír y los soltó.
Entre los que crearon la mitología hubo algunos que sólo tuvieron
imaginación, pero la mayoría de ellos estaban dotados de gran ingenio. Ni
nuestros académicos, ni los autores de lemas y leyendas, posiblemente no
encontrarán nunca alegorías tan exactas, tan agradables y tan ingeniosas como
las de las nueve Musas, la de Venus, la de las Gracias, la del Amor y tantas
otras, que deleitan e instruyen en todos los siglos.
La Antigüedad era muy inclinada a expresarse por medio de alegorías. Los
primeros padres de la Iglesia, casi todos platónicos, imitaron este método de
su maestro Platón, pero hay que criticarles porque algunas veces abusan de las
alegorías y alusiones.
San Justino, en su Apologético, dice que el signo de la cruz está
marcado en los miembros del hombre, que cuando éste extiende los brazos forma
una cruz perfecta, y que la nariz forma una cruz en la cara.
Según dice Orígenes en la explicación del Levítico, la grasa de los
animales sacrificados significa iglesia, y el rabo el signo de la
perseverancia.
San Agustín, en su homilía sobre la diferencia y la armonía de dos
genealogías, explica a sus oyentes por qué san Mateo, al enumerar cuarenta y
dos generaciones, no refiere más que cuarenta y una. Esto ocurre, según dice,
porque es preciso contar dos veces a Jechonías, ya que éste fue de Jerusalén a
Babilonia. Luego, ese viaje es la piedra angular, y si la piedra angular es la
primera de la parte de una pared es también la primera de la otra parte y se
puede contar dos veces esa misma piedra; por tanto, se puede contar dos veces a
Jechonías. Añade que debemos pasarnos al contar el número cuarenta en las
cuarenta y dos generaciones, porque el número cuarenta significa vida. El
número diez representa la bienaventuranza, y diez multiplicado por cuatro, que
representa los cuatro elementos y las cuatro estaciones, da cuarenta.
Las dimensiones de la materia (en su homilía 54) tienen sorprendentes
propiedades. La latitud es la dilatación del corazón; la longitud, la
longanimidad; la altura, la esperanza y la profundidad, la fe. Así, por no
interrumpir la alegoría, para san Agustín las dimensiones de la materia son
cuatro en vez de tres.
«Es claro e indudable —dice en su homilía sobre el salmo 6— que en el
número cuatro figura el cuerpo humano por causa de los cuatro elementos y las
cuatro cualidades: calor, frío, sequedad y humedad, y así como esas cuatro
cualidades se refieren al cuerpo, tres hacen referencia al alma porque es
preciso amar a Dios con un triple amor: con nuestro corazón, con nuestra alma y
con nuestra inteligencia. Las cuatro cualidades se refieren al Antiguo
Testamento, y las tres al Nuevo; cuatro más tres suman el número siete días, y
el octavo es el día del juicio final.»
No puede negarse que sobresale en dichas alegorías una afectación que se
opone a la verdadera elocuencia. Los Padres que empleaban tales figuras
escribieron en unas épocas y en unos países en que todas las artes habían
degenerado, y su genio y su erudición se sujetaban a las imperfecciones de su
siglo.
Estos defectos no desfiguran en la actualidad las homilías de nuestros
predicadores, y si bien es cierto que no son superiores a los santos padres,
también es verdad que el siglo XVIII lo es a los siglos en que los padres de la
Iglesia escribieron. La elocuencia, que día a día se corrompió más y más y no
brilló hasta la época que acabamos de indicar llegó al mayor ridículo en todos
los pueblos bárbaros hasta el siglo de Luis XIV. Todos los antiguos sermones
están muy por debajo de las obras dramáticas sobre la Pasión que se
representaron en el palacio de Borgoña. En todos ellos se encuentra el abuso de
la alegoría. El famoso Menot, contemporáneo de Francisco I, en uno de sus
sermones dijo que «los representantes de la justicia se parecen a un gato al
que hubieran encargado la custodia de un queso por miedo a que los royeran los
ratones; una sola dentellada del gato causaría más estropicio al queso que
veinte ratones».
He aquí otros curiosos rasgos: «Los leñadores cortan en el bosque ramas
grandes y pequeñas y con ellas forman haces; de igual manera nuestros
eclesiásticos, con las dispensas de Roma, acumulan beneficios pequeños y
grandes. El capelo del cardenal está lleno de obispados, los obispados están
repletos de abadías y de prioratos, y todo ese conjunto está henchido de
diablos. Es preciso que todos los bienes de la Iglesia pasen por los tres
cordones del Ave María, porque el benedicta tú se refiere a las productivas
abadías que poseen los benedictinos, in mulieribus, a caballero y a dama, y el
fructus ventris a los banquetes y a las glotonerías».
Las homilías de Barlette y de Maillard están compuestas conforme a este
mismo modelo y las pronunciaban la mitad en mal latín y la otra mitad en mal
francés. Los sermones de Italia participaban de este gusto depravado, y los de
Alemania aún eran peores. De esta mezcla monstruosa nació el estilo
macarrónico, que fue la obra maestra de la barbarie. Semejante elocuencia,
digna de los indios iroqueses, se mantuvo hasta la época de Luis XIII. El
jesuita Garase fue uno de los hombres que más se distinguieron entre los
enemigos del sentido común.
ALEJANDRÍA. Más de veinte ciudades llevaban el nombre de
Alejandría y todas las fundaron Alejandro y sus capitanes, convertidos en otros
tantos reyes. La fundación de estas ciudades son monumentos superiores a las
estatuas que más tarde la esclavitud erigió al poderío. Pero la única de esas
ciudades que llamó la atención de todo el mundo por su grandeza y sus riquezas
fue la que se convirtió en capital de Egipto. Hoy no es más que un montón de
ruinas. Se sabe que la mitad de dicha ciudad se reedificó en otra parte, cerca
del mar. La torre del Faro, que fue una de las maravillas del mundo, ya no
existe.
Esta ciudad floreció durante el reinado de los Tolomeos y la época de
los romanos. Y no degeneró mientras la poseyeron los árabes. Los mamelucos y
los turcos, que la conquistaron sucesivamente, no dejaron que decayera; sólo
perdió su importancia cuando la navegación, doblando el cabo de Buena
Esperanza, abrió la ruta de la India y se transformó el comercio del mundo, que
Alejandro también cambió y había cambiado muchas veces antes de la época de
Alejandro.
Lo más sobresaliente entre los habitantes de Alejandría, durante todas
sus dominaciones, es la industria que poseyeron, unida a su actividad, su
afición a los adelantos aplicables al comercio y a todos los trabajos que le
hacen florecer, su espíritu turbulento y pendenciero, su superstición y su
relajación de costumbres. En todo esto no cambiaron nunca.
La ciudad se pobló de egipcios, griegos y judíos que, siendo pobres en
un principio, se enriquecieron con el comercio. La opulencia introdujo en
Alejandría las bellas artes y la literatura. Los judíos levantaron un templo
magnífico como el que tenían en Bubaste, y tradujeron sus libros al griego, que
había pasado a ser la lengua del país. Los cristianos establecieron grandes
escuelas. Reinó allí tan grande y tan viva animosidad entre los egipcios
indígenas, los griegos, los judíos y los cristianos, que continuamente se
acusaban unos a otros ante el gobernador y hubo frecuentes y sangrientas
refriegas. En una de ellas, que estalló durante el imperio de Calígula, los
judíos, que lo exageran todo, dicen que su celo por la religión y por el
comercio les costó perder cincuenta mil hombres, degollados por los
alejandrinos.
El cristianismo que Pantenes, Orígenes y Clemente habían establecido y
que era admirable por sus buenas costumbres, degeneró hasta el punto de llegar
a trocarse en partido político. Los cristianos copiaron las costumbres de los
egipcios. La codicia de la ganancia dominó al espíritu religioso y los
habitantes de Alejandría, enemistados unos con otros, sólo estaban acordes en
profesar un amor sin límites al dinero.
Sobre este objeto versa la famosa carta que el emperador Adriano dirigió
al cónsul Serviano, y que transcribe Vopiseo:
«He visitado Egipto que tanto me elogiáis y lo conozco perfectamente.
Esa nación es ligera y voluble, pero va a cambiar muy pronto. Los adoradores de
Serapis abrazan el cristianismo, y los que están al frente de la religión de
Cristo se convierten en devotos de Serapis. Los archirrabinos judíos, los
samaritanos y los sacerdotes cristianos, o son astrólogos o adivinos o
alcahuetes. Cuando el patriarca griego se traslada a Egipto se apoderan de él
unos para que adore a Serapis y otros a Cristo. Son sediciosos, vanos y
pendencieros. La ciudad es comercial, opulenta y muy poblada, y sus habitantes
nunca están ociosos: unos trabajan en la confección del vidrio, otros fabrican
papel. Parece que conocen la generalidad de los oficios. Ni aún los enfermos
dejan de trabajar, y el oro es un dios al que allí sirven igualmente los
cristianos y los judíos.»
Esta carta que escribió un emperador conocido tanto por su talento como
por su valor demuestra que en aquella ciudad, tanto los cristianos como los que
no lo eran, se habían corrompido. Pero las costumbres de los primeros
cristianos no habían degenerado en todas partes. Aunque tuvieron la desgracia
de dividirse en diferentes sectas, que se detestaban entre sí y se acusaban
mutuamente, los más tenaces enemigos del cristianismo tuvieron que confesar que
en su seno se encontraban las almas más puras y más grandes, y lo mismo sucede
en la actualidad en ciudades más desenfrenadas y más locas que Alejandría.
ALEJANDRO. Los historiadores sólo se deben ocupar hoy de
Alejandro para decir algo nuevo de él, algo que contribuya a destruir las
leyendas históricas, físicas y morales que desfiguran la historia del único
grande hombre que hubo entre los conquistadores de Asia.
Cuando se reflexiona acerca de lo que llevó a cabo Alejandro, quien en
la edad fogosa de los placeres y en la embriaguez que producen las conquistas
fundó más ciudades que los demás conquistadores del Asia destruyeron; cuando se
reflexiona que un joven de veintidós años cambió el comercio del mundo, nos
sorprende y extraña que Boileau le trate de demente, de salteador de caminos, e
incluso proponga al prefecto de policía La Reynié que le encierre en una cárcel
unas veces, y otras que mande que le ahorquen. Semejante petición, si se
presentara en el Palacio de Justicia, no debía admitirse porque se oponen a su
admisión el derecho consuetudinario de París y el derecho de gentes. Alejandro
estaba exceptuado porque fue elegido en Corinto capitán general de Grecia y por
su cargo debía vengar a la patria de las invasiones de los persas, lo que
cumplió destruyendo aquel imperio. Y uniendo siempre el más extraordinario
valor a la magnanimidad, respetando siempre a la mujer y a las hijas de Darío,
prisioneras suyas, no merecía de ningún modo ser encarcelado ni condenado a
muerte, y si lo fuera tendría derecho a apelar ante el tribunal del mundo
entero de la sentencia indigna y necia de La Reynié.
Rollin afirma que Alejandro se apoderó de la famosa ciudad de Tiro para
favorecer a los hebreos, enemigos de los troyanos. Pese a esta afirmación, es
probable que Alejandro tuviera otras razones, entre otras la de convenir a un
caudillo prudente no dejar que dicha ciudad fuera dueña del mar mientras él se
dirigía a atacar Egipto.
Está fuera de duda que Alejandro respetaba a Jerusalén, pero me parece
que es impertinente decir que «los judíos ofrecieron un insólito ejemplo de
fidelidad, digno del único pueblo que conocía entonces al verdadero Dios,
negándose a entregar víveres a Alejandro porque habían jurado ser leales a
Darío». Sabido es que los judíos se sublevaban contra sus soberanos en muchas
ocasiones porque, según su ley, no debían servir a ningún rey pagano.
Si se negaron imprudentemente a pagar tributos a su vencedor, no lo
hicieron por ser leales a Darío, sino porque su ley les ordenaba expresamente
que miraran con horror a las naciones idólatras. En sus libros las execran
continuamente y consta en ellos las reiteradas tentativas que hicieron para
sacudir su yugo. Si al principio se negaban a pagar los tributos fue porque sus
rivales, los samaritanos, los pagaron sin dificultad, y porque creyeron que
Darío, aun vencido, era todavía bastante poderoso para sostener a Jerusalén
contra Samaria.
Tampoco responde a la verdad que los judíos fueran entonces el único
pueblo que reconoció al verdadero D¿os, como asegura Rollin. Los samaritanos
adoraban a Dios, pero en otro templo; poseían el mismo Pentateuco que los
judíos y con los mismos caracteres hebraicos, es decir, tirios, que los judíos
habían perdido. El cisma que se promovió entre Samaria y Jerusalén fue, en
pequeña escala, lo mismo que el cisma promovido entre los griegos y los
latinos. El odio fue igual por ambas partes, impulsado por el mismo fondo de
religión. Alejandro, así que se apoderó de Tiro con el apoyo del famoso dique
que aún causa admiración a los inteligentes, fue a castigar Jerusalén, que
estaba cerca del camino que pensaba seguir. Los judíos, con el sumo sacerdote
al frente, se presentaron a él humildemente y le entregaron cuantiosa suma,
porque es de todos sabido que el dinero apacigua a los conquistadores
irritados. Alejandro se calmó y los hebreos continuaron siendo vasallos suyos y
de sus sucesores. Esta es la historia verdadera y verosímil.
Rollin repite un extraño cuento tomándolo del exagerado historiador
Flavio Josefo, que lo refirió unos cuatrocientos años después de la expedición
de Alejandro. Pero en esto merece disculpa, pues trata de defender en todas las
ocasiones a su desgraciada patria. Rollin dice, después de Josefo, que cuando
el sumo sacerdote se prosternó ante Alejandro, éste vio el nombre de Jehová
grabado en una lámina de oro que brillaba en el birrete de Jaddus, y como
entendía perfectamente el hebreo se arrodilló a su vez y adoró a Jaddus. Como
este exceso de cortesía asombrara a Parmenión, Alejandro le dijo que conocía a
Jaddus hacía mucho tiempo pues se le apareció diez años antes con el mismo
traje y el mismo birrete, mientras él estaba soñando en la conquista de Asia (conquista
en la que no pensaba entonces), que el mismo Jaddus le alentó a pasar el
Helesponto, asegurándole que Dios se pondría al frente de los griegos y le
haría vencer a los persas. Este cuento de vieja encajaría perfectamente en la
historia de los Cuatro hijos de Aymon y en la de Roberto el Diablo, pero no es
digno de figurar en la vida de Alejandro.
Resultaría muy útil a la juventud que se publicara una historia antigua
bien razonada, de la que se extirparan trolas y absurdos. La ficción de Jaddus
merecería respeto si al menos se encontrara en los libros sagrados, pero como
ni siquiera la mencionan nos está bien ponerla en el ridículo que merece.
No se puede dudar que Alejandro conquistó la parte de la India más acá
del Ganges, tributaria de los persas. El señor Howell, que vivió treinta años
entre los brahmanes de Benarés y aprendió su lengua moderna y su antigua lengua
sagrada, nos asegura que en los anales de aquéllos está probada la invasión de
Alejandro, al que llaman Mahadukoit Kunha, gran bandido y gran asesino. Esos
pueblos pacíficos no podían llamarle de otro modo, y se concibe que pusieran
semejantes epítetos a los reyes de Persia. Sus anales dicen que Alejandro entró
en el país por la provincia llamada hoy Bandahar, y es probable que tuvieran
fortalezas bien defendidas en aquella frontera.
Alejandro descendió luego por el río Zombodipo, que los griegos llamaron
Sind. No se encuentra en la historia de Alejandro ni una sola palabra hindú.
Los griegos nunca llamaron por su nombre a una sola ciudad ni a ningún príncipe
asiático, e igual hicieron con los egipcios, como si temieran deshonrar la
lengua griega sujetándola a una pronunciación que les parecía bárbara.
Si Flavio Josefo refirió una ficción ridícula protagonizada por
Alejandro y un pontífice judío, Plutarco, que escribió mucho tiempo después de
Josefo, también quiso adornar con alguna fábula la vida del héroe macedonio.
Exageró todavía más lo que dice Quinto Curcio. Uno y otro afirman que
Alejandro, al dirigirse hacia la India, ordenó que le adoraran, no sólo los
persas, sino también los griegos. Es preciso, empero saber lo que Alejandro,
los persas, los griegos, Quinto Curcio y Plutarco entendían por la palabra
adorar.
Si entendemos por adorar invocar a un hombre como a una divinidad
ofrecerle incienso y sacrificios, erigirle altares y templos, Alejandro no
exigió nada de todo eso. Si siendo el vencedor y el dueño de los persas
pretendió que le saludaran a la manera persa, que se prosternaran ante él en
ciertas ocasiones y le trataran como un rey persa, no pretendió nada que no
fuese para él natural y razonable.
Los miembros de los parlamentos de Francia hablan de rodillas a los
reyes cuando presiden los tribunales de justicia. El tercer estamento habla de
rodillas en los Estados Generales. Arrodillados sirven los vasos de vino al rey
de Inglaterra, y de igual modo lo hacen a muchos reyes de Europa en su
consagración. De rodillas hablan al Gran Mogol, al emperador de China y al
emperador del Japón. Los consejeros de China de orden inferior doblan la
rodilla ante los consejeros de categoría superior. Como pleitesía al Papa, le
besan el pie derecho. Ninguna de tales ceremonias protocolarias se consideró
nunca como una adoración en el sentido riguroso del vocablo. Por lo tanto, todo
cuanto se ha dicho sobre la supuesta adoración que exigió Alejandro no responde
a la verdad.
Sólo Octavio, que reinó con el nombre de Augusto, ordenó realmente que
le adoraran, tomando la palabra en el sentido más estricto. Le erigieron
templos y altares, y hubo sacerdotes de Augusto, lo cual constituyó un
verdadero sacrilegio de adoración.
Las contradicciones respecto al carácter de Alejandro serían más
difíciles de conciliar si no supiéramos que los hombres desmienten su propio
carácter muchas veces, y que la vida y la muerte de los mejores ciudadanos y la
suerte de una provincia han pendido con frecuencia de la buena o la mala
digestión de un soberano, bien o mal aconsejado.
Pero, ¿cómo es posible conciliar hechos improbables referidos de manera
contradictoria? Unos autores dicen que Calistenes fue sentenciado a muerte y
crucificado por orden de Alejandro porque no le quiso reconocer como hijo de
Zeus. A esto debemos objetar que los griegos no empleaban el suplicio de la
cruz. Otros autores dicen que murió mucho tiempo después de un exceso de
gordura. Ateneo asegura que le encerraron en una jaula de hierro como un pájaro
y en ella se lo comieron los gusanos. No es posible deducir la verdad de hechos
tan contradictorios.
En la historia de Alejandro figuran sucesos que Quinto Curcio supone
sucedidos en una ciudad y Plutarco en otra, y las dos ciudades distan entre sí
quinientas leguas. Alejandro, bien armado y solo, asalta una muralla y entra en
una ciudad que estaban sitiando, ciudad que estaba cerca de Kandahar, si
concedemos crédito a Quinto Curcio, y cerca de la embocadura del Indo, según
Plutarco.
Cuando Alejandro arriba a las costas de Malabar o al Ganges (que distan
unas de otro unas novecientas millas), manda que prendan a diez filósofos
indios que los griegos llamaban gimosofitas e iban desnudos como los
orangutanes. Les propone cuestiones dignas del Mercurio galante, de Visé, y les
asegura con seriedad que primero ahorcará al que la resuelva peor y así
sucesivamente mandará ahorcar a los otros.
Esa anécdota se parece a la de Nabucodonosor, que prometió matar a sus
magos si no adivinaban uno de los sueños que había olvidado, y a la del califa
de Las mil y una noches, que quería estrangular a su mujer en cuanto terminara
de referirle el cuento. Plutarco es quien refiere esta tontería y es preciso
respetarla: Plutarco era griego.
Puede parangonarse ese cuento con el del envenenamiento de Alejandro por
Aristóteles. Plutarco nos refiere que oyó decir a un tal Agnotemis, el cual lo
había oído decir al rey Antígono, que Aristóteles envió una botella de agua de
Nonacris, localidad de la Arcadia; dicha agua era tan fría que mataba de
repente a los que la bebían. Antipatra envió dicha agua en un casco de pezuña
de mulo y por esto llegó fresca a Babilonia, que Alejandro la bebió y murió al
cabo de seis días, víctima de pertinaz fiebre.
Aunque Plutarco lo refiere, se duda de la veracidad de esa anécdota. De
lo que no hay la menor duda en la historia de Alejandro es que a la edad de
veinticuatro años conquistó Persia en tres batallas, que tuvo tanto genio como
valor, que cambió la faz de Asia y de Egipto y la del comercio del mundo, y que
Boileau no debía burlarse de él no siendo capaz de realizar tan ingentes
empresas ni en doble número de años.
ALFABETO. Si todavía viviera el sabio Dumarais le
preguntaríamos qué nombre tiene el alfabeto. Pero como este sabio murió,
interrogaremos a los ilustrados redactores de la Enciclopedia para que nos
digan por qué el alfabeto no tiene nombre en ninguna lengua europea. Alfabeto
sólo significa A B, y A B carecen de significado, o mejor dicho, no indican más
que sonidos sin relación el uno con el otro: beta no se forma de alfa, éste es
el primer sonido y aquél el segundo, sin que sepamos por qué.
¿Por qué, pues, carecemos de términos para expresar las esencias? El
conocer los números, esto es, el saber contar, no se llama uno‑dos, y los
rudimentos del arte de manifestar nuestros pensamientos no tienen en Europa
vocablo propio que lo designe.
El alfabeto es la primera parte de la gramática. Los que dominan el
idioma árabe, del que no tengo la mínima noción, podrían decirme si dicho
idioma, que según se dice dispone de ochenta voces para expresar la palabra
caballo, tiene siquiera una para significar la palabra alfabeto.
Confieso que, al igual que el árabe, ignoro el chino, mas sin embargo he
leído en un vocabulario de China que esa nación posee dos vocablos para
expresar el catálogo o lista de los caracteres de su idioma: hotu y haipien.
Nosotros no podemos vanagloriarnos de que nuestras lenguas occidentales posean
ninguna de las dos palabras. A los griegos les sucedía lo mismo que a nosotros,
no tenían ningún término para expresar su alfa‑beta, que los griegos copiaron
de los fenicios, de la nación que llamaron los hebreos el pueblo ilustrado, lo
que no les impidió apoderarse de su territorio.
Debemos suponer que los fenicios, al enseñar sus caracteres a los
griegos, les prestaron el gran servicio de librarlos de las dificultades que
ofrecía la escritura egipcia que Creops les llevó de Egipto. Los fenicios como
eran comerciantes, trataban de entenderse con facilidad, pero los egipcios, que
se creían intérpretes de los dioses querían que les entendieran difícilmente.
Me imagino oír a un comerciante fenicio que acaba de arribar a Achaix, decir a
su colega griego: Mis caracteres, no sólo son fáciles de escribir y reflejan el
pensamiento como los sonidos sino que expresan nuestras deudas, activas y
pasivas. El sonido fenicio aief, que en Grecia pronunciáis alfa, equivale a una
onza de plata; beta, a dos; ro, a cien; sigma, a doscientas. Os debo un sigma,
os pago un ro y os debo otro ro; de esta manera, con facilidad haremos nuestras
cuentas.
Probablemente, los comerciantes fueron los que establecieron la
sociabilidad entre los hombres satisfaciendo sus necesidades, porque para
negociar es preciso entenderse. Los egipcios conocieron muy tarde el comercio
por miedo a arrostrar los peligros del mar, que para ellos era Tyfón o dios del
Mal. Desde tiempos inmemoriales, los tirios fueron navegantes y por medio del
comercio unieron con vínculos estrechos los pueblos que la naturaleza había
separado, reparando los cataclismos y revoluciones del globo terráqueo que
ahogaron a parte del género humano. A su vez, los griegos comunicaron su
alfabeto y su comercio a otros pueblos que lo modificaron, al igual que los
griegos cambiaron el alfabeto de los tirios. Cuando los comerciantes
—considerados después como dioses— establecieron en Colcos el comercio de
peletería, llamado el toisón de oro, dieron también su alfabeto a los pueblos
de dichas regiones, que lo conservaron con diversas modificaciones.
Es probable que ni Tiro, ni Egipto, ni ningún pueblo asiático de los que
habitan cerca del Mediterráneo, comunicara su alfabeto a los pueblos del Asia
oriental. Si los tirios y los caldeos que habitan las márgenes del Éufrates,
por ejemplo, hubieran traspasado su alfabeto a los chinos, éstos conservarían
algo de él, usando sus veintidós, veintitrés o veinticuatro letras; por el
contrario, usan signos distintos para todas las letras que componen su idioma,
disponiendo —dícese— de ochenta mil, del todo distintos de los que usaban en
Tiro. A esta ingente cantidad de signos tan prodigiosamente diferentes, hay que
añadir que escriben de arriba abajo, y los tirios y los caldeos lo hacían de
derecha a izquierda. Los griegos y nosotros escribimos de izquierda a derecha.
Si estudiamos los caracteres tártaros, hindúes, siameses y japoneses,
veremos que no tienen la menor analogía con el alfabeto griego ni con el
fenicio. Sin embargo, todos esos pueblos, incluyendo a los hotentotes y a los
cafres, pronuncian las vocales y las consonantes casi lo mismo que nosotros,
porque casi poseen nuestra misma laringe, del mismo modo que el aldeano más
rudo está dotado de una garganta igual a la de la primera tiple de la Opera de
Nápoles. La diferencia que hace que el aldeano tenga una voz ruda y discordante
de bajo y que la tiple semeje la voz de un ruiseñor, es tan imperceptible que
ningún anatomista puede conocerla.
Al decir que los comerciantes de Tiro enseñaron el alfabeto a los
griegos no hemos querido suponer que les enseñaran a hablar. Probablemente, los
atenienses se expresaban mejor que los pueblos del sur de Siria porque su
garganta era más flexible, las palabras de su idioma se componían de un suave
conjunto de vocales, de consonantes y diptongos, y la lengua de los pueblos de
Fenicia era ruda y tosca. Suponeos que los romanos de hoy hubieran conservado
el antiguo alfabeto de Etruria y que los mercaderes holandeses pretendieran que
adoptasen el que éstos usan en la actualidad. Los romanos admitirían quizá
dichos caracteres, pero se abstendrían de hablar la lengua bátava. Esto es
precisamente lo que el pueblo de Atenas hizo con los marineros de Cafthor, que
arribaban de Tiro o de Besith: adoptaron su alfabeto porque era preferible al
que copiaron de Egipto, pero rechazaron su idioma.
Filosóficamente hablando, y dejando de lado los libros sagrados de los
que no nos ocupamos aquí, la lengua primera para nosotros es sólo una quimera.
¿Qué pensaríais del hombre que tratara de averiguar cuál fue el grito primitivo
que lanzaron los animales, y cómo es que en el transcurso de muchos siglos los
corderos se hayan concretado a balar, los palomos a arrullarse y las serpientes
a silbar? Los animales se entienden, en su lenguaje, mucho mejor que nosotros.
El gato comprende perfectamente los variados maullidos de la gata. Maravilla
ver cómo una yegua endereza las orejas, patea el suelo y se agita al oír los
relinchos ininteligibles de un caballo. Cada especie tiene su idioma, y el de
los esquimales no es el mismo que el de los indígenas del Perú. No hubo lengua
ni alfabeto primitivo, como no hubo encinas ni hierba primitivas.
Algunos rabinos opinan que la samaria fue la lengua madre; otros
aseguran que lo fue el antiguo bretón. En la incertidumbre (y que no se enojen
los habitantes de Bretaña o de Samaria), no vamos a admitir ninguna lengua
madre. Sin ofender a nadie, ¿no podríamos suponer que el comienzo del alfabeto
fuesen los gritos y las exclamaciones? Los niños, cuando ven un objeto que les
choca, dicen, ha, he; cuando lloran, hi, hi; cuando se burlan, hu, hu, y cuando
les pegan, ay, ay. Estas exclamaciones son tan naturales en los niños como el
croar de las ranas y constituyen casi un alfabeto. Basta que la madre diga a su
niño algo equivalente a ven, toma, dame, calla, acércate, vete, y aun cuando
estas palabras nada representan y nada describen, se dan a comprender con el
gesto. Desde esos rudimentos hay que andar un largo camino hasta llegar a la
sintaxis. Me asombro cuando reflexiono que desde la voz ven hemos conseguido
llegar a decir un día: «Hubiera venido, madre mía, con gran placer, obedeciendo
vuestro mandato con el respeto de siempre, si al dirigirme hacia vos no me
hubiera caído en tierra y no me hubiera clavado en la pierna un pincho de las
plantas del jardín». Creo que ha sido preciso el transcurso de muchos siglos
para juntar esas frases y el paso de otros tantos para crearlas.
Los caracteres alfabéticos representando al mismo tiempo los nombres de
las cosas, su número, las fechas de los sucesos y las ideas, se convirtieron
pronto en misterios para los mismos que inventaron dichos signos. Los caldeos,
los sirios y los egipcios, atribuyeron algo divino a la combinación de las
letras y al modo de pronunciarlas, creyeron que los nombres tenían
significación por sí mismos, conteniendo una fuerza y una virtud secreta, y
llegaron hasta imaginar que la palabra que significaba poder era poderosa por
su misma naturaleza, que la que significaba ángel era angélica y que la que
expresaba la idea de Dios era divina. Por eso la esencia de los caracteres se
introdujo necesariamente en la magia, y no se verificaba ninguna operación
mágica sin que intervinieran las letras del alfabeto.
Esa puerta que se abrió a todas las ciencias dio entrada a los errores.
Los magos de todas partes se aprovecharon de ella para andar por el laberinto
que construyeron y que no permitía entrar a los demás hombres. El modo de
pronunciar las vocales y las consonantes se convirtió en el más profundo de los
misterios, y con frecuencia en el más terrible. Había un modo de pronunciar
Jahvé, nombre que daban a Dios los sirios y los egipcios, que forzaba al hombre
a caer en tierra muerto. San Clemente de Alejandría refiere que Moisés causó la
muerte repentina de Nechepe, rey de Egipto, diciéndole al oído esa palabra, y
que en seguida le resucitó pronunciando la misma palabra.
Nada retrasó tanto el progreso del espíritu humano como esa ciencia
profunda del error que nació en los pueblos asiáticos con el origen de las
verdades. El orle se embruteció con el mismo arte que debía ilustrarle. De ello
se encuentran claros ejemplos en Orígenes, en san Clemente de Alejandría y en
Tertuliano. Orígenes dice sin el menor empacho: «Si al invocar a Dios le
llamamos el dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, se conseguirán con la
invocación de estos nombres resultados de naturaleza y fuerza tan grandes que
los demonios se someterán a quienes los pronuncien. Pero si le invocamos con
otro apelativo, como el de Dios del mar ruidoso, como Dios suplantador, esos
adjetivos carecerán de virtud. El nombre de Israel traducido al griego no
tendrá ningún poder, pero pronunciado en hebreo, con las demás palabras
requeridas, verificará el conJuro».
El mismo Orígenes dice estas frases notables: «Existen nombres que por
su propia naturaleza tienen virtud. Esos nombres son los que usan los sabios en
Egipto, los magos en Persia y los brahmanes en la India. Lo que se llama magia
no es un arte vano y quimérico, como suponen los estoicos y los epicúreos. El
nombre de Sabaoth y el de Adonai no se han inventado para los cristianos, sino
que pertenecen a una teoloda misteriosa que se relaciona con el Creador y de
ello viene la virtud que tienen esos nombres cuando se usan como es debido y se
pronuncian según las reglas….»
Pronunciando las letras según el método mágico se obligaba a la luna a
descender a la tierra. Hemos de perdonar a Virgilio que creyera semejantes
paparruchas y hablara seriamente de ellas en el verso 69 de su égloga octava:
Carmina vel caello possunt deducere lunam (Con esas palabras se conseguía que
la luna descendiera a la tierra).
En una palabra, el alfabeto fue el origen de todos los conocimientos del
hombre y de sus absurdos.
ALMA. Es un término vago, indeterminado, que
expresa un principio desconocido, de efectos sin embargo conocidos que sentimos
en nosotros mismos. La palabra alma corresponde a la voz anima de los latinos,
y es un vocablo que usan todas las naciones para expresar lo que no
comprendemos más que nosotros.
En el sentido propio y literal del latín y de las lenguas derivadas,
significa lo que anima. Por eso se dice: el alma de los hombres de los animales
y de las plantas, para significar su principio de vegetación y de vida.
Al pronunciarla, esta palabra sólo nos da una idea confusa, como cuando
se dice en el Génesis: «Dios insufló en el rostro del hombre un soplo de vida y
se convirtió en alma viviente. El alma de los animales está en la sangre; no
matéis, pues, su alma».
Así, pues, el alma —en sentido general— se toma por el origen y causa de
la vida, por la vida misma. Por esto, durante muchísimo tiempo las naciones
antiguas creyeron que todo moría al morir el cuerpo. Aunque es difícil
desentrañar la verdad en el maremagnum de las historias remotas, tiene ciertos
visos de probabilidad que los egipcios fueran los primeros que distinguieron la
inteligencia y el alma, y los griegos aprendieron de ellos esta doctrina. Los
latinos, siguiendo el ejemplo de los griegos, hicieron distinción entre ánimus
y anima, y nosotros separamos también alma e inteligencia. Pero, ¿lo que
constituye el principio de nuestra vida es también el principio de nuestros
pensamientos? ¿Lo que nos hace digerir, lo que nos produce sensaciones y nos da
memoria, se parece a lo que es causa en los animales de la digestión, de las
sensaciones y de la memoria?
He aquí el eterno quid de las discusiones de los hombres. Digo eterno
quid porque careciendo de la noción primitiva que nos guíe en este examen
tendremos que permanecer siempre encerrados en un laberinto de dudas y
conjeturas.
No tenemos un solo escalón en el que afirmar el pie para llegar siquiera
a un vago conocimiento de lo que nos hace vivir y pensar. Para poseerlo sería
preciso ver cómo la vida y el pensamiento entran en un cuerpo ¿Sabe un padre
cómo produce a su hijo? ¿Sabe la madre cómo lo concibe? ¿Puede alguien adivinar
cómo se agita, cómo se despierta y cómo duerme? ¿Sabe alguno cómo los miembros
obedecen a su voluntad? ¿Puede alguien conjeturar por qué medio las ideas se
forman en su cerebro y salen de él cuando lo desea? Débiles autómatas,
colocados por la mano invisible que nos gobierna en el teatro del mundo, ¿quién
de nosotros ha podido ver el hilo, principio y causa de nuestros movimientos?
No nos atrevemos a terciar en la discusión si el alma inteligente es
espíritu o materia, si fue creada antes que nosotros, si sale de la nada cuando
nacemos, y si después de habernos animado durante un día en el mundo, vive,
cuando morimos, en la eternidad. Estas cuestiones que parecen sublimes, es como
un ciego que pregunta a otro ciego sobre la luz.
Cuando tratamos de conocer los elementos que contiene un pedazo de metal
lo sometemos al fuego en un crisol. ¿Poseemos un crisol para someter a prueba
el alma? Unos dicen que es espíritu; pero, ¿qué es espíritu? Nadie lo sabe. Es
una palabra tan vacía de sentido que nos vemos obligados a decir que el
espíritu no se ve porque no sabemos decir lo que es. El alma es materia, dicen
otros. Pero, ¿qué es materia? Sólo conocemos algunas de sus apariencias y
algunas de sus propiedades, y ni éstas ni aquéllas parecen tener la menor
relación con el pensamiento.
Y no faltan quienes opinan que el alma está formada de algo distinto de
la materia. Y aunque no tenemos pruebas de ello, tal opinión se funda en que la
materia es divisible y puede tomar diferentes formas, y el pensamiento no.
Ahora bien, ¿quién os ha dicho que los primeros principios de la materia sean
divisibles y figurables? Es muy verosímil que no lo sean; escuelas enteras de
filósofos propugnan que los elementos de la materia no tienen figura ni
extensión. Creéis apabullarnos replicando: «El pensamiento no es madera, ni
piedra, ni metal; luego, el pensamiento no puede ser materia». Pero eso son
débiles y azarosos razonamientos. La gravitación no es metal, ni arena, ni
piedra, ni madera; el movimiento, la vegetación y la vida no son ninguna de
esas cosas, y sin embargo, la vida, la vegetación, el movimiento y la
gravitación son cualidades de la materia. Decir que Dios no puede conseguir que
la materia piense es afirmar el absurdo más insolente que se haya proferido
nunca en la escuela de la demencia. No estamos seguros que Dios haya obrado
así, pero tenemos la seguridad de que puede obrar de tal forma. ¿Qué importa
todo cuanto se ha dicho y se dirá del alma? ¿Qué importa que la hayan llamado
entelequia, quinta esencia, llama o éter, que la hayan creído universal,
increada, transmigrante, etc.? En cuestiones inaccesibles a la razón, ¿qué
importan esas ficciones creadas por nuestras inciertas imaginaciones? ¿Qué
importa que los padres de la Iglesia de los cuatro primeros siglos creyeran que
el alma era corporal? ¿Qué importa que Tertuliano, contradiciéndose, dijera que
el alma es corporal, figurada y simple al mismo tiempo? Tenemos un sinfín de
testimonios de nuestra ignorancia, pero ni uno solo ofrece visos de verdad.
¿Cómo nos atrevemos a afirmar lo que es el alma? Sabemos con certeza que
existimos, que sentimos y que pensamos. Deseamos ir más allá y caemos en un
abismo de tinieblas. Inmersos en ese abismo, todavía nos acomete la loca
temeridad de discutir si el alma, de la que no tenemos la menor idea, se creó
antes que nosotros o al mismo tiempo que nosotros, y si es perecedera o
inmortal.
La noción de alma y todas las especulaciones metafísicas deben empezar
sometiéndose sinceramente a los dogmas de la Iglesia, porque, a no dudar, la
revelación vale más que toda la filosofía. Los sistemas ejercitan el espíritu,
pero la fe lo ilumina y lo guía.
Con frecuencia pronunciamos palabras que confusamente conocemos, y
algunas veces ignoramos su significado. ¿No cabe decir esto de la palabra alma?
Cuando la lengüeta o la válvula de un fuelle se halla descompuesta y el aire
que entra en el vientre del fuelle sale por alguna de las fisuras que tiene la
válvula, y éste no está comprimido por las dos paletas, ni sale con la fuerza
necesaria para encender el fuego, las mujeres dicen: «Está descompuesta el alma
del fuelle». No saben más, pero esa ignorancia no turba su tranquilidad. El
jardinero habla del alma de las plantas y las cultiva con mimo, sin saber lo
que significa esa palabra. En muchas de nuestras manufacturas los operarios
denominan alma a sus máquinas, y nunca discuten sobre el significado de dicha
palabra, pero no ocurre lo mismo a los filósofos.
Entre nosotros, el significado general de la palabra alma sirve para
denotar lo que anima. Nuestros antepasados los celtas dieron al alma el nombre
de seel, del que los ingleses formaron la palabra soul y los alemanes la
palabra seel; probablemente, los antiguos bretones y teutones no discutirían
sobre esa palabra.
Los griegos distinguían tres clases de alma: el alma sensible o alma de
los sentidos (he aquí por qué el Amor, hijo de Afrodita, sintió tan vehemente
pasión por Psique, y por qué Psique le amó tiernamente); el soplo que da vida y
movimiento a toda máquina y que nosotros traducimos por espíritu, y la tercera,
que como nosotros, llamaron inteligencia. Por tanto, poseemos tres almas sin
tener la más ligera noción de ninguna de ellas. Santo Tomás de Aquino admite
estas tres almas, como buen peripatético, y sitúa cada una en tres partes, una
en el pecho, otra en todo el cuerpo y la tercera en la cabeza. En nuestras
escuelas no se conoció otra filosofía hasta el siglo XVIII… ¡Y desgraciado el
hombre que hubiera tomado una de esas tres almas por otra!
Hay, sin embargo, motivo para esta confusión de ideas. Los hombres
conocieron que cuando les excitaban las pasiones del amor, de la ira o del
miedo, sentían ciertos movimientos en las entrañas. El hígado y el corazón
fueron asignados como asiento de las pasiones. Cuando se medita profundamente,
sentimos cierta opresión en la cabeza; luego, el alma inteligente está en el
cerebro. Sin respirar no es posible la vegetación y la vida; luego, el alma
vegetativa está en el pecho, que recibe el soplo del aire.
Cuando los hombres vieron en sueños a sus padres o a sus amigos muertos
se dedicaron a estudiar qué se les había aparecido. No era el cuerpo porque lo
había consumido una hoguera o lo había tragado el mar y servido de pasto a los
peces. Esto no basta para que sostuvieran que algo se les había aparecido,
puesto que lo habían visto; el muerto les había hablado y el que estaba soñando
le dirigía preguntas. ¿Con quién habían conversado durmiendo? Se imaginaron que
era un fantasma, una figura aérea, una sombra, los manes, una pequeña alma de
aire y fuego extremadamente delicada que vagaba por no sé dónde.
Con el transcurso de los años, cuando quisieron profundizar en este
estudio, convinieron en que dicha alma era corporal, y esta es la idea que de
ella tuvo la Antigüedad. Más tarde, Platón sutilizó esa alma de tal forma que
se llegó a pensar que la habían separado casi completamente de la materia, pero
ese problema no se resolvió hasta que la fe vino a iluminarnos.
En vano los materialistas aducen que algunos padres de la Iglesia no se
expresaron con exactitud. San Ireneo asegura que el alma es el soplo de la
vida, que sólo es incorporal si se compara con el cuerpo de los mortales, pero
que conserva la figura de hombre con el fin de que se la reconozca.
Tertuliano se expresa así, gratuitamente: «La corporalidad del alma
resalta en el Evangelio, porque si el alma no tuviera cuerpo la imagen del alma
no tendría imagen corpórea». Inútilmente, ese mismo apologista refiere la
visión de una mujer santa que vio un alma muy brillante y del color del aire.
En vano aducen que san Hilario dijo en tiempos posteriores: «No hay nada
de lo creado que no sea corporal, ni en el cielo ni en la tierra, ni en lo
visible ni lo invisible; todo está formado de elementos, y las almas ya habiten
en un cuerpo, ya salgan de él, siempre tienen una sustancia corporal».
Asimismo, san Ambrosio, en el siglo VI, decía: «No conocemos nada que no
sea material, a excepción de la Santísima Trinidad».
La Iglesia ha decidido por unanimidad que el alma es inmaterial. Los
referidos santos incurrieron en un error que entonces era universal eran
hombres. Pero no se equivocaron respecto a la inmortalidad porque los
Evangelios la anuncian con claridad.
Es preciso, pues, conformarnos con la decisión de la Iglesia porque
carecemos de la noción exacta de lo llamado espíritu puro y de lo que se llama
materia. Espíritu puro es una expresión que no nos proporciona ninguna idea, y
sólo conocemos la materia por alguno de sus fenómenos. La conocemos tan poco,
que la llamamos sustancia y esta palabra significa lo que está debajo, pero
este debajo está oculto eternamente para nosotros; es el secreto del Creador en
todas partes. No sabemos cómo recibimos la vida, ni cómo la damos, ni cómo
crecemos, ni cómo digerimos, ni cómo dormimos, ni cómo pensamos, ni cómo
sentimos. Es una insoslayable dificultad conocer cómo el ser humano concibe sus
pensamientos.
De las dudas de Locke sobre el alma. El autor del artículo Alma, que publicó la Enciclopedia, siguió
concienzudamente las opiniones de Jaquelet. Pero Jaquelet no nos enseña nada.
Ataca a Locke porque modestamente dijo: «Quizá no seremos nunca capaces de
conocer si un ser material piensa o no por la razón de que nos es imposible
descubrir, mediante la contemplación de nuestras ideas, si Dios ha concedido a
cualquier amasijo de materia, preparado a propósito, el poder de conocerse y de
pensar, o si unió a la materia así preparada una sustancia inmaterial que
piensa. Con relación a nuestras nociones, no nos es difícil concebir que Dios
puede, si le place, añadir a la idea que tenemos de la materia la facultad de
pensar; ni nos es difícil comprender que pueda añadirle otra sustancia a la que
el Ser todopoderoso pueda conceder ese poder, y que puede crear en virtud de la
voluntad omnímoda de Creador. No encuentro contradicción en que Dios, ser
pensante eterno y todopoderoso, dote, si quiere de algunos grados de
sentimiento, de perfección y de pensamiento a ciertos amasijos de materia
creada e insensible y los una a ella cuando lo crea conveniente».
Como acabamos de ver, Locke habla como hombre profundo, religioso y
modesto (1).
(1) Puede decirse que Locke creó la metafísica, como Newton creó la
física, para conocer el alma, sus ideas y sus afecciones. No estudió en los
libros porque le hubieran dado una instrucción errónea, sino que se concretó a
estudiarse a sí mismo; después de contemplarse mucho tiempo, en el Tratado del
entendimiento humano presentó a los hombres el espejo donde se había
contemplado. En una palabra, redujo la metafísica a lo que debe ser: la física
experimental del alma.
Conocidos son los sinsabores que le acarreó manifestar esta opinión que
en su tiempo pareció atrevida, pero que sólo era la consecuencia de la
convicción que abrigaba de la omnipotencia de Dios y de la debilidad del
hombre. No afirmó que la materia piensa, pero aseguró que no sabemos bastante
para demostrar que es imposible que Dios añada el don del pensamiento al ser
desconocido que llamamos materia, después de haberle concedido nosotros el don
de la gravitación y el don del movimiento, que nos son igualmente
incomprensibles.
Locke no fue el único que inició esta opinión, sin duda alguna la tuvo
ya la Antigüedad, puesto que consideraba el alma como una materia muy sutil y
consecuentemente aseguraba que la materia podía sentir y pensar.
Esta fue también la opinión de Gassendi, como se deduce de las
objeciones que hizo a Descartes: «Es verdad —dice Gassendi— que conocéis, que
pensáis, pero no sabéis qué especie de sustancia sois. Por lo tanto, aunque
conozcáis la operación del pensamiento desconoceréis lo principal de vuestra
esencia, ignorando cuál es la naturaleza de esa sustancia, de la que el acto de
pensar es una de las operaciones. En esto os parecéis al ciego que, al sentir
el calor de los rayos solares y sabiendo que lo causa el sol creyera que tenía
la idea clara y distinta de lo que es ese astro, porque si le preguntaban qué
es el sol, podía responder: «Es una cosa que calienta». El mismo Gassendi, en
su libro titulado Filosofía de Epicuro, repite algunas veces que no hay evidencia
matemática de la pura espiritualidad del alma.
Descartes, en una de las cartas que dirigió a la princesa palatina
Isabel, le dijo: «Confieso que mediante la razón natural podemos hacer nuestras
conjeturas respecto del alma y albergar halagüenas esperanzas, pero no podemos
tener ninguna seguridad». En este caso, Descartes ataca en sus cartas lo que
afirma en sus libros.
Ya hemos visto que los padres de la Iglesia de los primeros siglos,
creyendo al alma inmortal, la creían material al mismo tiempo, suponiendo que a
Dios le era tan fácil conservar como crear. Por eso decían: «Dios la hizo
pensante y pensante la conservará».
Malebranche demostró bastante bien que nosotros no adquirimos ninguna
idea por nosotros mismos, y que los obispos son incapaces de dárnoslas. De esto
dedujo que provienen de Dios. Lo cual equivale a decir que Dios es el autor de
todas nuestras ideas. Su sistema forma algo así como un laberinto en el que uno
de los caminos conduce al sistema de Espinosa, otro al estoicismo y el tercero
al caos.
Después de un sinfín de disputas sobre el espíritu y sobre la materia,
acabamos siempre por no podernos entender. Ningún filósofo logró levantar con
su sistema el velo con que la naturaleza cubre los primeros principios de las
cosas. Mientras ellos discuten, la naturaleza obra.
Del alma de las bestias. Antes de
admitir el extraño sistema que supone que los animales son unas máquinas
incapaces de sensación, los hombres nunca creyeron que las bestias tuvieran
alma inmaterial, ni nadie fue tan temerario que se atreviera a decir que la
ostra estaba dotada de alma espiritual. La opinión unánime era que los animales
habían recibido de Dios sentimiento, memoria e ideas, pero no espíritu. Nadie
había abusado del don de raciocinar hasta el punto de decir que la naturaleza
concedió a las bestias todos los órganos del sentimiento para que no tuvieran
sentimiento. Nadie había dicho que gritan cuando se las hiere, que huyen cuando
se las persigue, sin sentir dolor ni miedo. No se negaba entonces la
omnipotencia de Dios; al reconocer que pudo comunicar a la materia orgánica de
los animales el placer, el dolor, la memoria, y la combinación de algunas
ideas, pudo dotar a varios de ellos, como al mono, al elefante, y al perro de
caza, del talento para perfeccionarse en las artes que se les enseñan y dar a
los animales carnívoros medios para hacer la guerra. No sólo pudo, sino que así
lo hizo. Pero Pereira y Descartes sostuvieron que el mundo se equivocaba, que
Dios había jugado con él a los cubiletes dotando con todos los órganos de la
vida y de la sensación a los animales, con el propósito deliberado de que
carecieran de sensación y de vida propiamente dicha. Y otros con ínfulas de
filósofos, pretendiendo contradecir la idea de Descartes, concibieron la
opuesta diciendo que los animales estaban dotados de espíritu y tenían alma los
sapos y los insectos.
Entre estas dos ideas demenciales, la primera que niega el sentimiento a
los órganos que lo producen, y la segunda que hace alojar un espíritu puro en
el cuerpo de una pulga, hubo autores que se decidieron por un término medio,
que llamaron instinto. ¿Y qué es el instinto? Es una forma sustancial, una
forma plástica, es un no sé qué. Seré de vuestra opinión cuando llaméis a la
mayoría de las cosas un no sé qué, cuando vuestra filosofía empiece y acabe por
yo no sé nada.
El autor del artículo Alma, publicado en la Enciclopedia dice: «En mi
opinión, el alma de las bestias la forma una sustancia inmaterial e
inteligente. Pero, ¿de qué clase es ésta? Debe consistir en un principio activo
capaz de sensaciones. Si reflexionamos sobre la naturaleza del alma de las
bestias no nos proporciona ningún motivo para creer que su espiritualidad las
salve del anonadamiento».
Es para mí incomprensible tener idea de una sustancia inmaterial.
Representarse algún objeto es tener en la imaginación una imagen de él y hasta
hoy nadie ha conseguido pintar el espíritu. Concedo que el autor que acabo de
citar entienda concebir por la palabra representar. Pero confieso que tampoco
la concibo, como no concibo la creación ni la nada porque ignoro por completo
el principio de todas las cosas.
Si trato de probar que el alma es un ser real me contestan diciendo que
es una facultad; si afirmo que es una facultad y posee la de pensar, responden
que me equivoco, que Dios es dueño absoluto de la naturaleza, lo hace todo en
mí y dirige todos mis actos y pensamientos; que si yo produjera mis
pensamientos sabría los que produzco cada minuto y no lo sé; que sólo soy un
autómata con sensaciones y con ideas, que dependo exclusivamente del Ser
Supremo y estoy tan sometido a El como la arcilla a las manos del alfarero.
Confieso, pues, mi ignorancia, y que miles de tomos de metafísica son
insuficientes para enseñarnos qué es el alma.
Un filósofo ortodoxo decía a un filósofo heterodoxo: «¿Cómo habéis
conseguido llegar a creer que por su naturaleza el alma es mortal y que sólo es
eterna para la voluntad de Dios?» «Porque lo he experimentado» contestó el otro
filósofo. «¿Cómo lo habéis experimentado? ¿Acaso os habéis muerto?» «Si,
algunas veces. Sufría ataques de epilepsia en mi juventud y os aseguro que me
quedaba completamente muerto durante algunas horas. Después, no experimentaba
ninguna sensación, ni recordaba lo sucedido. Ahora me sucede lo mismo casi
todas las noches. Ignoro en qué momento me duermo y duermo sin soñar. Sólo por
conjeturas puedo calcular el tiempo que he dormido. Estoy, pues, muerto
ordinariamente seis horas cada veinticuatro; la cuarta parte de mi vida». El
ortodoxo adujo que él pensaba siempre mientras dormía, pero sin saber lo que
pensaba. El heterodoxo le replicó: «Creo por la revelación que pensaré siempre
en la otra vida, pero os aseguro que rara vez pienso en ella».
El ortodoxo no erraba al afirmar la inmortalidad del alma, porque la fe
y la razón demuestran esta verdad, pero podía equivocarse al asegurar que el
hombre dormido piensa siempre. Locke confesaba francamente que no pensaba
siempre que dormía, y otro filósofo dijo: «El hombre posee la facultad de
pensar, pero ésta no es la esencia del hombre». Dejemos a cada cual la libertad
y el consuelo de estudiarse a sí mismos y de perderse en el dédalo de sus
ideas.
Es curioso, sin embargo, saber que en el año 1730 hubo un filósofo que
fue perseguido por haber confesado lo mismo que Locke, esto es, que no
ejercitaba su entendimiento todos los minutos del día y de la noche como no se
servía en todos ellos de los brazos y las piernas. Y no sólo la ignorancia de
la corte le persiguió, sino también la ignorancia malévola de algunos que se
las daban de letrados. Lo que en Inglaterra sólo produjo algunas disputas
filosóficas ocasionó en Francia cobardes atrocidades. Un francés fue víctima
por seguir a Locke.
Siempre hubo en la ciénaga de nuestra literatura algunos miserables
capaces de vender su pluma y atacar hasta sus mismos bienhechores. Esta
observación parece un despropósito en un artículo en el que se trata del alma,
pero no debemos perder ocasión de censurar la conducta de los que quieren
deshonrar el glorioso título de hombres de letras, prostituyendo su escaso
talento y su conciencia a un vil interés, a una política ilusa y que traicionan
a sus amigos por halagar a los necios. En Roma nadie denunció a Lucrecio por
haber puesto en verso el sistema de Epicuro, ni a Cicerón por decir repetidas
veces que después de morir no se siente dolor alguno, ni a Plinio ni a Varrón
por haber tenido ideas particulares sobre la Divinidad. La libertad de pensar
fue ilimitada en Roma. Los hombres de cortos alcances y temerosos que, en
Francia, se han esforzado en ahogar esa libertad, madre de nuestros
conocimientos y aguijón del entendimiento humano, para conseguir sus fines han
hablado de los peligros infundados que aquélla puede traer. No reflexionaron
que los romanos, que gozaban de completa libertad de pensar, no por eso dejaron
de ser nuestros vencedores y nuestros legisladores, y que las discusiones de
escuela tienen tan poca relación con el gobierno como el tonel de Diógenes tuvo
con las victorias de Alejandro. Esta lección equivale a otra lección respecto
del alma. Quizá tendremos ocasión de insistir sobre ella.
Aunque adoremos a Dios con toda el alma debemos confesar nuestra
profunda ignorancia respecto a ella, a esa facultad de sentir y de pensar que
debemos a su bondad infinita. Confesemos que nuestros entecos raciocinios nada
quitan y nada añaden, y deduzcamos de esto que debemos emplear la inteligencia,
cuya naturaleza desconocemos, en perfeccionar las ciencias, como los relojeros
emplean los resortes en los relojes sin saber lo que es un resorte.
Sobre el alma y nuestras ignorancias. Fundándonos en los conocimientos adquiridos, nos hemos atrevido a poner
en tela de juicio si el alma se creó antes que nosotros, si llega de la nada a
introducirse en nuestro cuerpo, a qué edad viene a colocarse entre una vejiga y
el páncreas, si allí recibe o aporta algunas ideas, y qué ideas son éstas; si
después de animarnos algunos momentos, su esencia, tras la muerte del cuerpo,
vive en la eternidad; si siendo espíritu, lo mismo que Dios, es diferente a
éste o semejante. Estas cuestiones que parecen sublimes, como dijimos, son como
las discusiones que entablan los ciegos respecto de la luz.
¿Qué nos han enseñado los filósofos antiguos y modernos? Nos han
enseñado que un niño es más sabio que ellos porque éste sólo piensa en lo que
puede conseguir. Hasta ahora, la naturaleza de los primeros principios es un
secreto del Creador. En qué consiste que los aires propaguen el sonido? ¿A qué
se debe que nuestros miembros obedezcan constantemente nuestra voluntad? ¿Qué
voluntad es la que coloca las ideas en la memoria, las conserva allí como en un
registro y las saca cuando queremos y cuando no? Nuestra naturaleza, la del
universo y la de las plantas, están escondidas en el abismo de las tinieblas.
El hombre es un ser que obra, siente y piensa, esto es todo cuanto sabemos,
pero ignoramos qué nos hace pensar, sentir y obrar. La facultad de obrar es tan
incomprensible para nosotros como la facultad de pensar. Menos difícil es
concebir que el cuerpo de barro tenga sentimientos e ideas que concebir que un
ser tenga ideas y sentimientos.
Comparad el alma de Arquímedes con el alma de un imbécil: ¿son las dos
de una misma naturaleza? Si es esencial en ellas el pensar, ¿pensarán siempre
con independencia del cuerpo, que no podrá obrar sin ellas? Si piensan por su
propia naturaleza, ¿será de la misma especie el alma que no puede comprender
una regla de aritmética que el alma que midió los cielos? Si los órganos
corporales hacen pensar a Arquímedes, ¿por qué un idiota, mejor constituido y
más vigoroso que Arquímedes, digiriendo mejor y realizando con más perfección
las funciones fisiológicas, no piensa? A esto se contesta que su cerebro no es
tan bueno, pero eso es una suposición, porque los que así contestan no lo
saben. Nunca se encontró diferencia alguna en los cerebros disecados, y es
además verosímil que el cerebelo de un bobo se encuentre en mejor estado que el
de Arquímedes, que lo usó y lo fatigó prodigiosamente.
Deduzcamos de esto, pues, lo que antes dedujimos, que somos ignorantes
ante los primeros principios.
De la necesitad de la revelación. El mayor beneficio que debemos al Nuevo Testamento no es otro que el de
habernos revelado la inmortalidad del alma. Inútil fue que el obispo Warburton
tratara de oscurecer tan importante verdad, diciendo continuamente que a los
antiguos judíos desconocieron ese dogma necesario y que los saduceos no lo
admitían en tiempos de Jesucristo».
Interpreta a su modo las palabras que, según dicen, Jesucristo
pronunció: a¿Ignoráis que Dios dijo: Yo soy el Dios de Abrahán, de Isaac y
Jacob? Luego Dios no es el Dios de los muertos sino el Dios de los vivos.
Atribuye a la parábola del rico malvado el sentido contrario que le otorgan
todas las iglesias. Sherlock, obispo de Londres, y otros muchos sabios lo
refutan; los filósofos ingleses le echan en cara que es escandaloso que un
obispo anglicano tenga la opinión contraria a la Iglesia anglicana, y Warburton,
al verse contradecido, tilda de impíos a dichos filósofos, remedando a
Arlequín, personaje de la comedia El ladrón de la casa, que después de robar y
arrojar los muebles por la ventana, viendo que en la calle un hombre se llevaba
algunos, gritó con toda la fuerza de sus pulmones: «¡Atrapad al ladrón!»
Vale más bendecir la revelación de la inmortalidad del alma y las de las
penas y recompensas después de la muerte, que la soberbia filosofía de hombres
que siembran la duda. Julio César no creía y lo dijo muy claro en pleno Senado
cuando, para impedir que condenaran a muerte a Catilina, afirmó que la muerte
no dejaba en el hombre ningún sentimiento pues todo moría con él. Nadie le
refutó esta opinión.
El Imperio romano estaba dividido en dos grandes sectas; Ia de Epicuro,
que sostenía que la divinidad era inútil en el mundo y el alma perecía con el
cuerpo, y la de los estoicos, que sostenía que el alma era una porción de la
divinidad, la cual a la muerte del cuerpo volvía a su origen, esto es, al gran
todo de donde provenía. Unas sectas creían que el alma era mortal y otras que
era inmortal, pero todas estaban acordes en burlarse de las penas y recompensas
futuras.
Nos restan todavía bastantes pruebas de que los romanos tuvieran tal
creencia, y esta opinión, profundamente grabada en los corazones de los héroes
y de los ciudadanos romanos, les inducía a matarse sin el menor escrúpulo, sin
esperar que el tirano los entregara al verdugo.
Los hombres más virtuosos de entonces, que estaban convencidos de la
existencia de un Dios, no esperaban en la otra vida ninguna recompensa, ni
temían ningún castigo. En el artículo Apócrifos veremos que Clemente, que había
de ser papa y santo, puso en duda que los primitivos cristianos creyeran en la
segunda vida, y sobre esto consultó a san Pedro en Cesárea. No creemos que san
Clemente escribiera la historia que se le atribuye, pero esa historia demuestra
que el género humano necesitaba guiarse por la revelación. Lo que en este
asunto nos sorprende es que en un dogma tan represivo y tan beneficioso haya
consentido que cometan ostensibles crímenes los hombres que viven tan poco
tiempo y se ven presionados entre dos eternidades.
Las almas de los tontos y de los monstruos. Nace un niño deforme y absolutamente imbécil; no concibe ideas y vive
sin ellas ¿Cómo hemos de definir esta clase de criatura? Unos doctos dicen que
es algo entre el hombre y la bestia; otros, que posee un alma sensitiva, pero
no un alma inteligente. Come, bebe y duerme, tiene sensaciones, pero no piensa.
¿Existe para él la otra vida, o no existe? Se ha propuesto este caso pero hasta
hoy no ha obtenido completa solución.
Algún filósofo ha dicho que la referida criatura debía tener alma porque
su padre y su madre la tenían, pero guiándonos por ese razonamiento si hubiera
nacido sin nariz debíamos suponer que la tenía porque su padre y su madre la
tuvieron.
Una mujer da a luz un niño que carece de barbilla, con la frente
aplastada y negra, la nariz afilada y puntiaguda y los ojos redondos, pero el
resto del cuerpo tiene la misma estructura que los demás mortales. Los padres
deciden que reciba el bautismo y todo el mundo cree que posee alma inmortal,
pero si esa misma criatura tiene las uñas en forma de punta y la boca en forma
de pico, le declaran monstruo, dicen que carece de alma y no lo bautizan.
Sabido es que en Londres, en 1726 hubo una mujer que paría cada ocho
días un gazapillo. Sin ninguna dificultad bautizaban a la criatura. El médico
que asistía a la referida mujer durante el parto juraba que ese fenómeno era
verdadero, y le creían. Pero ¿qué motivo tenían los crédulos para negar que
tuvieran alma las criaturas de dicha mujer? Si ella la tenía, sus críos debían
también tenerla. El Ser Supremo, ¿no puede conceder el don del pensamiento y el
de la sensación al ser que nazca de una mujer en forma de conejo, lo mismo que
el que nazca en figura de hombre? El alma que se disponía a alojarse en el feto
de esa madre, ¿sería capaz de volverse al vacío?
Locke dice, respecto a los monstruos, que no debe atribuirse la
inmortalidad a la morfología del cuerpo, y pregunta: «¿Cuál es la justa medida
de deformidad a la que sujetarse para conocer si un niño tiene alma o no?
¿Desde qué grado debe ser declarado monstruo?»
¿Qué hemos de pensar de un niño que tenga dos cabezas y, sin embargo, su
cuerpo está bien constituido? Unos dicen que tiene dos almas porque está
provisto de dos glándulas pineales, y otros aseguran que. no puede tener dos
almas quien no tiene más que un pecho y un ombligo.
Ha habido tantas discusiones sobre el alma humana, que si ésta llegara a
examinarlas todas, le produciría insoportable fastidio. Le pasaría lo que
sucedió al cardenal De Polignac en un cónclave. Su intendente, cansado de no
poderle enterar nunca de las cuentas de intendencia, emprendió viaje a Roma y
se situó en la pequeña ventana de su celda cargado con un inmenso fardo de
papeles. Estuvo allí leyendo las cuentas más de dos horas, y por fin, viendo
que no obtenía ninguna contestación, metió la cabeza por la ventana. Hacía unas
dos horas que el cardenal había salido de su celda. Nuestras almas nos
abandonan antes de que sus intendentes las hubieran enterado de lo mucho que
nos hemos ocupado de ellas. Pero seamos justos ante Dios, por más ignorantes
que seamos, nosotros y nuestros intendentes.
Debo confesar que siempre que examino al infatigable Aristóteles, al
doctor Angélico y al divino Platón, tomo por motes estos epítetos que les
aplican. Todos los filósofos que se han ocupado del alma humana me parecen
ciegos charlatanes que hacen temerarios esfuerzos por persuadirnos de que
tienen vista de águila, y veo que hay otros amantes de la filosofía, curiosos y
locos, que los creen bajo palabra, imaginándose que de ese modo ven algo.
No vacilo en colocar en la categoría de maestros de errores a Descartes
y a Malebranche. Descartes nos asegura que el alma humana es una sustancia cuya
esencia es pensar que piensa siempre, y que desde el vientre de la madre se
ocupa de ideas metafísicas y de acciones generales que olvida en seguida.
Malebranche está convencido de que todo lo vemos en Dios. Si encontró
partidarios es porque las fábulas más atrevidas son las que mejor acepta la
débil imaginación del hombre.
Muchos filósofos han escrito la novela del alma, pero un sabio es el
único que ha escrito modestamente su historia. Resumiré esa historia según la
concibo. Comprendo que todo el mundo no estará de acuerdo con las ideas de
Locke; puede ser que tenga razón contra Descartes y Malebranche, y que yerre
para la Sorbona, pero yo hablo desde el punto de vista de la filosofía, no
desde el punto de las revelaciones de la fe.
Sólo me corresponde pensar humanamente. Los teólogos que decidan
respecto a lo divino; la razón y la fe son de naturaleza antagónica. En suma,
voy a insertar un extracto de Locke, a quien censuraría si fuera teólogo, a
quien defiendo como hipótesis, como conjetura filosófica, humanamente hablando.
Se trata de saber lo que es el alma.
1º Alma es una de esas palabras que pronunciamos sin entenderlas. Sólo
comprendemos las cosas cuando tenemos idea de ellas; no tenemos idea del alma,
luego no la comprendemos.
2º Hemos convenido en llamar alma a la facultad de sentir y de pensar,
así como llamamos vida a la facultad de vivir y voluntad a la facultad de
querer.
Algunos razonadores respondieron en seguida a esto: «El hombre es un
compuesto de materia y de espíritu; la materia es extensa y divisible, y el
espíritu no es una cosa ni otra; luego, es de naturaleza distinta. Es una
reunión de dos seres que no han sido creados el uno para el otro y que Dios
unió a pesar de su naturaleza. Apenas conocemos el cuerpo y absolutamente
desconocemos el alma. Esta no tiene partes; luego es eterna, tiene ideas puras
y espirituales; luego no las recibe de la materia: tampoco las recibe de sí
misma; luego Dios se las da, luego ella aporta al nacer la idea de Dios y del
infinito, y todas las ideas generales.
Humanamente hablando, contesto a dichos pensadores diciéndoles que son
muy sabios. Empiezan por concedernos que existe el alma y luego nos explican lo
que debe ser: pronuncian la palabra materia y afirman de plano lo que la
materia es. Pero yo les replico: no conocéis el espíritu ni la materia. En
cuanto al espíritu, sólo le concedéis la facultad de pensar; en cuanto a la
materia, comprendéis que ésta no es más que una reunión de cualidades, de
colores, de extensiones y de solideces; a esa reunión llamáis materia y marcáis
los límites de ésta y los del alma antes de estar seguros de la existencia de
una y de otro.
Enseñáis con toda gravedad que las propiedades de la materia son la
extensión y la solidez, y yo os repito modestamente que la materia tiene
múltiples propiedades que ni vosotros ni yo conocemos. Afirmáis que el alma es
indivisible y eterna, dando por seguro lo que es cuestionable. Obráis casi lo
mismo que el director de un colegio que, no habiendo visto un reloj en toda su
vida, le pusieran en las manos de repente un reloj de repetición inglés. Ese
director, como buen peripatético, quedaría sorprendido al ver la precisión con
que las saetas dividen y marcan el tiempo, y se asombraría de que el resorte
pulsado por el dedo hiciera sonar la hora que la saeta marca. El peripatético
no duda un momento de que dicha máquina tenga un alma que la dirija y que se manifiesta
por medio de los resortes. Demuestra científicamente su opinión, compara esa
máquina con los ángeles, que imprimen movimiento a las esferas celestes,
sosteniendo en clase una inefable tesis sobre el alma de los relojes. Uno de
sus alumnos abre el reloj y no ve más que las ruedecillas y los muelles; sin
embargo, sigue sosteniendo siempre el sistema del alma de los relojes,
creyéndole demostrado. Yo soy el estudiante que abre el reloj, que se llama
hombre, y en vez de definir con atrevimiento lo que no comprendemos trato de
examinar por grados lo que deseamos conocer.
Tomemos un niño recién nacido y sigamos paso a paso el progreso de su
entendimiento. Me habéis enseñado que Dios se tomó el trabajo de crear un alma
para que se alojara en el cuerpo de dicho niño cuando éste tuviera unas seis
semanas, y que cuando se introduce en su cuerpo está provista de ideas
metafísicas, conoce el espíritu, las ideas abstractas y el infinito; en una
palabra, es sabia. Pero, desgraciadamente, sale del útero con una completa
ignorancia, pasa dieciocho meses sin conocer más que los senos de su nodriza, y
cuando a la edad de veinte años se pretende que esa alma recuerde las ideas
científicas que tuvo cuando se unió a su cuerpo, es con frecuencia tan obtusa
que ni siquiera puede concebir ninguna de aquellas ideas. El día que la madre
da a luz dicho niño con su alma, nacen en la casa un perro, un gato y un
canario. Al cabo de dieciocho meses, el perro es ya un excelente cazador, al
año el canario canta perfectamente, y al término de unas seis semanas el gato
tiene lo que ha de tener. El niño, al cumplir cuatro años, no sabe nada.
Supongamos que yo sea un hombre tosco, testigo de tan enorme diferencia y que
nunca he visto ningún niño; pues bien, creeré que el gato, el perro y el
canario son criaturas muy inteligentes, y que el niño es un autómata. Poco a
poco me voy dando cuenta de que el niño posee ideas, memoria y las mismas
pasiones que esos animales, y entonces comprendo que es una criatura razonable
como ellos. Me comunica diversas ideas por medio de las palabras que aprendió,
como el perro por sus distintos ladridos me hace conocer sus diversas
necesidades. Me percato de que a los siete u ocho años el niño combina en su
cerebro casi tantas ideas como el perro de caza en el suyo, y que por fin,
andando los años, consigue adquirir gran número de conocimientos. Entonces,
¿qué debo pensar de él? ¿que es de una naturaleza completamente distinta? No
puedo creerlo, porque vosotros veis un imbécil al lado de Newton y defendéis
que uno y otro son de la misma naturaleza, con la única diferencia de grado.
Para asegurarme de la probable verosimilitud de mi opinión, estudio al perro y
al niño cuando están despiertos y cuando duermen. Hago que los sangren a uno y
a otro, y sus ideas parece que salen de ellos con la sangre. Puestos en ese
estado, los llamo y no me contestan, y si me esfuerzo en hablar con ellos no lo
consigo. Luego los examino durante su sueño; me doy cuenta de que el perro,
después de bien comer, sueña y grita como si estuviera cazando, y el niño sueña
que habla con su novia y la enamora. Si uno y otro comen frugalmente, ni uno ni
otro sueña; en suma, veo en ellos que la facultad de sentir, de apercibirse, de
expresar las ideas, se desarrolla poco a poco y se debilita también por grados.
Encuentro entre el niño y el perro más puntos afines que los que hallo entre el
hombre de talento y el absolutamente imbécil. ¿Qué opinión tendré, pues, de esa
naturaleza? La que todos los pueblos tuvieron antes que la ciencia egipcia
ideara la espiritualidad, la inmortalidad del alma.
Hasta sospecharé, con visos de verdad, que Arquímedes y un topo son de
la misma especie, aunque de diferente género, que la encina y el grano de
mostaza están formados por los mismos principios, aunque aquélla sea un árbol
grande y ésta una planta pequeña. Creeré que Dios concedió partes de
inteligencia a las porciones de materia organizada para pensar, que la materia
está dotada de sensaciones proporcionadas a la finura de sus sentidos, que
éstos las otorgan según la medida de nuestras ideas. Creeré que la ostra tiene
menos sensaciones y menos sentido porque al tener el alma dentro de la concha
los cinco sentidos le resultan inútiles. Hay muchos animales que sólo están
dotados de dos sentidos; nosotros tenemos cinco, y por cierto son escasos.
Puede ser que en otros mundos existan otros animales que estén dotados de
veinte o treinta sentidos y otras especies más perfectas que tengan muchos más.
Esta parece la forma más lógica de razonar, quiero decir, de sospechar y
adivinar. Indudablemente, pasó mucho tiempo antes que los hombres fueran lo
bastante ingeniosos para idear un ser ignoto que está en nosotros, que nos hace
obrar, que no es completamente nosotros, y que vive después que nosotros
morimos. De esa manera se llegó paulatinamente a concebir idea tan atrevida. En
un principio, la palabra alma significó vida, y era común para nosotros y para
los demás animales; luego, nuestro orgullo nos hizo sospechar que el alma sólo
correspondía al hombre y entonces ideamos una forma sustancial para las demás
criaturas. El orgullo humano pregunta en qué consiste la facultad de
apercibirse y de sentir que se llama alma en el hombre e instinto en el animal.
Dilucidaré esta cuestión cuando los físicos me enseñen qué es la luz, el
sonido, el espacio, el cuerpo y el tiempo. Repetiré con el sabio Locke: «La
filosofía consiste en detenerse cuando la antorcha de la física no nos
ilumina».
Observo los efectos de la naturaleza, pero confieso que, como vosotros,
tampoco conozco los primeros principios. Todo se reduce a que no debo atribuir
a muchas causas, y menos a causas desconocidas, lo que puedo atribuir a una
sola causa conocida. Puedo atribuir a mi cuerpo la facultad de pensar y de
sentir; luego no debo buscar la facultad de sentir y de pensar en lo que se
llama alma o espíritu, del que no tengo la menor idea. Os alzáis contra esa
proposición, y creéis que es irreligiosidad atreverse a decir que el cuerpo
pueda pensar. Ahora bien, ¿qué contestaríais —respondería Locke— si os dijera
que vosotros incurrís también en irreligiosidad porque os atrevéis a limitar el
poder de Dios? ¿Quién, sin ser impío puede asegurar que es imposible para Dios
dotar a la materia de la facultad de pensar y de sentir? Sois a la par débiles
y atrevidos: aseguráis que la materia no piensa solamente porque no concebís
que la materia pueda pensar.
Sabios filósofos que decidís sobre el poder de Dios y al mismo tiempo
concedéis que puede Dios convertir una piedra en un ángel, (1) ¿no comprendéis
que, según vuestras mismas teorías, y en ese último caso, Dios otorgaría a la
piedra la facultad de pensar? Si la materia de la piedra desapareciera ya no
sería piedra, sería ángel. Sean cuales fueren vuestras argumentaciones, os
veréis obligados a reconocer dos cosas: vuestra ignorancia y el poder omnímodo
del Creador. Vuestra ignorancia niega que la materia pueda pensar, y la
omnipotencia del Creador no demuestra que le sea imposible conseguir que la
materia piense.
Sabiendo que la materia no perece, no debéis negar a Dios el poder de
conservar en esa misma materia la mejor de las cualidades de que la dotó. La
extensión subsiste sin cuerpo por sí misma, ya que hay filósofos que creen en
el vacío; los accidentes subsisten independientes de la sustancia para los
cristianos que creen en la transustanciación. Decís que Dios no puede hacer
nada que implique, en sí mismo, contradicción, mas para encontrar ésta se
precisa saber más de lo que sabemos, y en esta materia sólo sabemos que tenemos
cuerpo y que pensamos. Algunos que aprendieron en la escuela a no dudar, y que
toman por oráculos los silogismos que en ellas les enseñaron y las
supersticiones que aprendieron por religión, tienen a Locke por impío
peligroso. Debemos hacerles comprender el error en que incurren y enseñarles
que las opiniones de los filósofos jamás perjudicaron a la religión. Es obvio
que la luz proviene del sol y que los planetas giran alrededor de ese astro,
mas no por ello se lee con menos fe en la Biblia que la luz se formó antes que
el sol, y que el sol se paró sobre la aldea de Gabaón. Se sabe que el arco iris
lo forma la lluvia y no por ello deja de respetarse el texto sagrado, que dice
que Dios puso el arco iris en las nubes, después del diluvio, como signo de que
no habría más inundaciones.
Los misterios de la Trinidad y de la Eucaristía, que contradicen las
demostraciones de la razón, no dejan de ser reverenciados por los filósofos
católicos aun a sabiendas de que la razón y la fe son de diferente naturaleza.
La idea de los antípodas fue condenada por los papas y los concilios y luego
otros papas reconocieron los antípodas, a donde llevaron la religión cristiana,
cuya destrucción creyeron segura en el caso de poder encontrar un hombre que,
como se decía entonces, tuviera la cabeza abajo y los pies arriba con relación
a nosotros, y que, como dice san Agustín, hubiera caído del cielo.
(1) San Mateo, 3, 9.
Supongamos que hay en una isla una docena de excelente filósofos y que
en ella sólo han visto vegetales. Esta isla, y sobre todo esos filósofos, son
difíciles de encontrar, pero permitidme esta ficción. Admiran la vida que
circula por las fibras de las plantas, que parece que se pierde y se renueva en
seguida, y de no comprender bien cómo las plantas nacen se nutren y crecen,
llaman a estas operaciones alma vegetativa. «¿Qué entendéis por alma
vegetativa?» «Es una expresión —responden— que sirve para explicar el resorte
desconocido que mueve la vida de las plantas». «¿Pero no comprendéis —les
replica un mecanicista— que ésta la desarrolla un movimiento interno natural?»
«No —objetarán dichos filósofos—, en su vegetación hay algo más que movimientos
ordinarios; existe en todas las plantas el poder secreto de atraerse la savia
que las nutre, y ese poder, que no puede explicar ningún mecanicista, es un don
que Dios concedió a la materia, cuya naturaleza desconocemos».
Después de esa cuestión, los filósofos descubren los animales que hay en
la isla, y luego de examinarlos detenidamente comprenden que existen otros
seres organizados como los hombres. Indudablemente, esos seres tienen memoria,
conocimiento y están dotados de idénticas pasiones que nosotros, y perpetúan su
especie. Los filósofos disecan algunos animales les encuentran corazón y
cerebro, y exclaman: «El autor de esas máquinas, que no crea nada inútil, ¿les
hubiera concedido todos los órganos de la sensación con el propósito de que no
sintieran? Sería absurdo creerlo así. Encierran algo que llamaremos también
alma, a falta de otro término más adecuado, algo que experimenta sensaciones y
que en cierta medida tiene ideas. Pero, ¿qué es ese principio? ¿Es diferente de
la materia? ¿Es espíritu puro? ¿Es un ser intermedio entre la materia, cuyo
mecanismo apenas conocemos, y el espíritu puro, que nos es completamente
desconocido? ¿Es una propiedad que Dios concedió a la materia orgánica?»
Los filósofos, para estudiar esa materia, hacen experimentos con los
insectos y los gusanos; los cortan, dividiéndolos en muchas partes, y quedan
sorprendidos al ver que, pasado algún tiempo, nacen cabezas a las partes
cortadas. El mismo animal se reproduce y en su propia fragmentación encuentra
el medio de multiplicarse. Hay muchas almas que están esperando, para animar
las partes reproducidas, que hayan cortado la cabeza al primer tronco. Se
parecen a los árboles a los que se podan las ramas y plantándolas se
reproducen. ¿Estos árboles tienen muchas almas? No parece esto posible; luego,
es probable que el alma de las bestias sea de otra especie que lo que llamamos
alma vegetativa en las plantas, que sea una facultad de orden superior que Dios
concedió a ciertas porciones de materia para darnos prueba de su poder y de
otro motivo para adorarle.
Si oyera ese razonamiento un hombre violento que argumentase más, les
diría: «Sois unos malvados que mereceríais que os quemaran el cuerpo para
salvar el alma, porque negáis la inmortalidad del alma del hombre». Los
filósofos, al oír esto, se mirarían unos a otros con sorpresa y después, uno de
ellos, contestaría con suavidad al hombre violento: «¿Por qué creéis que
deberíamos arder en una hoguera y qué os indujo a suponer que abriguemos
nosotros el convencimiento de que es mortal vuestra alma cruel?» «Porque
abrigáis la creencia de que Dios concedió a los animales, que están organizados
como nosotros, la facultad de tener ideas y sentimientos, y como el alma de los
animales muere con sus cuerpos creéis también que lo mismo muere el alma de los
hombres». Uno de los filósofos le replicaría:
«No tenemos la seguridad de que todo lo que llamamos alma en los
animales perezca cuando éstos mueren; estamos persuadidos de que la materia es
eterna y suponemos que Dios haya dotado los animales de algo que puede
conservar, si ésta es la voluntad divina, la facultad de tener ideas. No
aseguramos que esto suceda porque no es propio de hombres ser tan confiados,
pero no nos atrevemos a poner límites al poder de Dios. Decimos sencillamente
que es probable que los animales, que son materia, hayan recibido de El algo de
inteligencia. Descubrimos todos los días propiedades de la materia que antes no
teníamos idea de que existieran. Empezamos definiendo la materia diciendo que
era una sustancia que tenía extensión, luego reconocimos que también tenía
solidez más tarde tuvimos que admitir que la materia posee una energía que
llamamos fuerza de inercia y, últimamente, nos sorprendió a nosotros mismos
tener que confesar que la materia gravita. Avanzando en nuestros estudios, nos
vimos obligados a reconocer seres que se parecen en algo a la materia y que,
sin embargo, carecen de los atributos de que la materia está dotada. El fuego
elemental, por ejemplo, obra sobre nuestros sentidos como los demás cuerpos,
pero no tiende a un centro en líneas rectas por todas partes ni parece que
obedezca a las leyes de atracción y de gravitación como los demás cuerpos. La
óptica tiene misterios sólo explicables atreviéndonos a suponer que los rayos
de luz se compenetran. Hay efectivamente, algo en la luz que la distingue de la
materia común: parece que sea un ser intermediario entre los cuerpos, y que
otras especies de seres sean el punto intermedio que conduzca otras criaturas,
y que así sucesivamente exista una cadena de sustancias hasta el infinito.
»Esa idea nos parece digna de la grandeza de Dios, si hay alguna idea
humana digna de ella. Entre esas sustancias pudo Dios escoger una para alojarla
en nuestros cuerpos, que es la que llamamos alma humana. Las Sagradas
Escrituras nos enseñan que esa alma es inmortal y la razón concuerda en esto
con la revelación: ninguna sustancia perece y las formas se destruyen, pero el
ser permanece. No podemos concebir la creación de una sustancia, ni podemos
concebir el aniquilamiento, pero sí nos atrevemos a afirmar que el Señor
absoluto de todos los seres puede dotar de sentimientos, de percepciones, al
ser que se llama materia. Estáis seguros de que pensar es la esencia de vuestra
alma y nosotros no lo estamos porque cuando examinamos un feto nos cuesta
trabajo creer que su alma haya tenido muchas ideas en su envoltura materna, y
dudamos que en su sueño profundo, en su completo letargo haya podido dedicarse
a la meditación. Por todo ello nos parece que el pensamiento pudiera ser no la
esencia del ser pensante, sino el don que Dios hiciera a esos seres que
denominamos pensadores; todo ello nos hace sospechar que si Dios quisiera
podría otorgar ese don a un átomo, conservarlo o destruirlo, según fuera su
voluntad. La dificultad reside menos en adivinar cómo la materia puede pensar
que en descifrar cómo piensa una sustancia cualquiera. Sólo concebimos ideas
porque Dios quiso dárnoslas. ¿Por qué os empeñáis en oponeros a que las conceda
a las demás especies? ¿Os atrevéis a creer que vuestra alma sea de la misma
clase que las sustancias que están más cerca de la divinidad? Hay motivo para
sospechar que éstas sean de orden superior y, por lo mismo, Dios les haya
concedido una manera de pensar infinitamente más hermosa, como concedió
cantidad muy limitada de ideas a los animales, que son de un orden inferior a
los hombres. Ni sé cómo vivo, ni cómo doy la vida, ¿y queréis que sepa cómo
concibo ideas? El alma es un reloj que Dios nos concedió para dirigirnos, pero
no nos ha explicado la maquinaria de que se compone el reloj.
»De todo ello no es posible deducir que el alma humana sea mortal. En
resumen, pensamos lo mismo que vos sobre la inmortalidad que la fe nos anuncia,
pero somos demasiado ignorantes para afirmar que Dios no tenga poder para
conceder la facultad de pensar al ser que él quiera. Limitáis el poder del
Creador, que es ilimitado, y nosotros lo extendemos hasta donde alcanza su
existencia. Perdonadnos que le creamos omnipotente y nosotros os perdonaremos
que restrinjáis su poder. Sin duda sabéis todo lo que puede hacer y nosotros lo
ignoramos. Vivamos como hermanos, adorando tranquilamente al Padre común. Sólo
hemos de vivir un día y vivámoslo en paz, sin enzarzarnos en cuestiones que se
decidirán en la vida inmortal que empezará mañana».
El hombre violento, no encontrando nada que oponer a los filósofos
enfadándose, habló y dijo muchas vaciedades. Los filósofos se dedicaron durante
algunas semanas a leer historia y, después de ese estudio, he aquí lo que
dijeron a aquel bárbaro, indigno de estar dotado de alma inmortal:
«Hemos leído que en la Antigüedad había tanta tolerancia como en nuestra
época, que en ello se encuentran grandes virtudes y que por sus opiniones no
perseguían a los filósofos. ¿Por qué, pues, pretendéis que nos condenen a la
hoguera por las opiniones que profesamos? En la Antigüedad creyeron que la
materia era eterna pero los que suponían que era creada no persiguieron a
quienes no lo creían. Se dijo entonces que Pitágoras, en una vida anterior,
había sido gallo y sus padres habían sido cerdos, y no obstante su secta fue
querida y respetada en todo el mundo, menos por los pasteleros y por quienes
tenían habas que vender. Los estoicos reconocían a un Dios más o menos
semejante al que admitió después temerariamente Espinosa; el estoicismo fue,
sin embargo, la secta más acreditada y la más fecunda en virtudes heroicas.
Para los epicureistas, los dioses eran semejantes a nuestros canónigos, que con
su indolente gordura sostenían su divinidad; aquéllos tomaban en paz el néctar
y la ambrosía sin inmiscuirse en nada, y enseñaban la materialidad y la
inmortalidad del alma, pero no por eso dejaron de tenerles consideración y eran
admitidos a desempeñar todos los empleos.
»Los platónicos no creían que Dios se hubiera dignado crear al hombre
por sí mismo; decían que había confiado este encargo a los genios que al
realizar su tarea cometieron muchas tonterías. El Dios de los platónicos era un
artífice inmejorable, pero que empleó para crear al hombre discípulos muy
mediocres. No por eso la Antigüedad dejó de apreciar la escuela de Platón. En
suma cuantas sectas conocieron los griegos y los romanos, si bien tenían
distintos modos de opinar sobre Dios, sobre el alma, sobre el pasado y sobre el
futuro, ninguna de ellas fue perseguida. Todas ellas se equivocaban, pero
vivieron en amistosa paz y esto es lo que no alcanzamos a comprender, porque
hoy vemos que la mayor parte de los que discuten son energúmenos y los de la
Antigüedad eran verdaderos hombres.
»Si desde los griegos y los romanos queremos remontarnos a las naciones
más antiguas, podemos fijar la atención en los judíos. Ese pueblo
supersticioso, cruel, ignorante y miserable, sabía sin embargo honrar a los
fariseos, que creían en la fatalidad del destino y en la metempsicosis.
Respetaba también a los saduceos, que negaban la inmortalidad del alma y la
existencia de los espíritus, fundándose en la ley de Moisés, que nunca habló de
castigos ni de recompensas después de la muerte. Los esenios, que creían
también en la fatalidad y nunca sacrificaban víctimas en el templo, eran más
respetados todavía que los fariseos y saduceos. Ninguna de esas opiniones
perturbó nunca el gobierno del Estado, y quizá hubieran tenido motivo para
degollarse y exterminarse mutuamente unos a otros, si se hubieran empeñado en
tenerlo. Debemos, pues, imitar esos loables ejemplos, debemos pensar en voz
alta y dejar que piensen lo que quieran los demás. Seréis capaces de recibir
cortésmente a un turco que crea que Mahoma viajó por la luna, ¿y deseáis
descuartizar a un hermano vuestro porque cree que Dios puede dotar de
inteligencia a todas las criaturas?» Así habló uno de los filósofos, y otro
añadió:
«Creedme, no ha habido ejemplo de que ninguna opinión filosófica
perjudique la religión de ningún pueblo. Y si los misterios pueden contradecir
las demostraciones científicas, no por ello dejan de respetarlos los filósofos
cristianos, que saben que la razón y la fe son asuntos de diferente naturaleza.
¿Sabéis por qué los filósofos no lograrán nunca formar una secta religiosa?
Porque carecen de entusiasmo. Si dividimos el género humano en veinte partes,
componen diecinueve los hombres que se dedican a trabajos manuales, y quizá
éstos ignorarán siempre que existió Locke. En la otra vigésima parte se hallan
unos pocos hombres que sepan leer, y entre los que leen hay veinte que sólo
leen novelas por cada uno que estudia filosofía. Es muy exiguo el número de los
que piensan, y éstos no se ocupan en perturbar el mundo. No encendieron en su
patria la tea de la discordia Montaigne, Descartes, Gassendi, Bayle, Espinosa,
Hobbes, Pascal, Montesquieu, ni ninguno de los hombres que han honrado la
filosofía y la literatura. Buena parte de los que perturbaron a su país fueron
teólogos, que ambicionaron ser jefes de secta o de partido. Todos los libros de
filosofía juntos no han armado en el mundo tanto revuelo como produjo en otro
tiempo la disputa entablada por los franciscanos respecto a la forma que debía
darse a sus mangas y a sus capuchones».
Antigüedad del dogma de la inmortalidad del alma. El dogma de la inmortalidad del alma es la idea más consoladora y al
mismo tiempo más represiva que el espíritu humano ha podido concebir. Esta
consoladora doctrina era tan antigua en Egipto como sus pirámides, y antes que
los egipcios la conocieron los persas. He referido ya en alguna parte la
alegoría del primer Zoroastro, citada en el Sadder, en la que Dios enseña a
Zoroastro el lugar para recibir el castigo que se llamaba Dardarot en Egipto,
Haces y Tártaro en Grecia, y nosotros hemos traducido imperfectamente en
nuestras lenguas modernas por la palabra infierno. Dios mostró a Zoroastro, en
el sitio destinado a los castigos, a todos los malos reyes, a uno de los cuales
le faltaba un pie, y Zoroastro preguntó por qué razón. Dios le contestó que ese
rey había hecho una buena acción en toda su vida, cuya acción consistía en
haber acercado con el pie la ceba da que no estaba al alcance de un pobre asno
que se moría de hambre. Dios llevó al cielo el pie del rey malvado y dejó en el
infierno el resto de su cuerpo.
Esta fábula, que nunca se repetirá bastante, demuestra la remota
antigüedad de la doctrina sobre la segunda vida. Los hindúes también poseían
esta doctrina y lo prueba su metempsicosis. Los chinos rendían culto a las
almas de sus antepasados. Y esos pueblos fundaron poderosos imperios mucho
antes que los egipcios.
Aunque el imperio de Egipto es muy antiguo, no lo es tanto como los
imperios de Asia; en aquél y en éstos, el alma subsistía tras la muerte del
cuerpo. Cierto es que todos esos pueblos, sin excepción, supusieron que el alma
tenía forma etérea, sutil, y era imagen del cuerpo. La palabra soplo la
inventaron después los griegos, pero no hay duda que creyeron que era inmortal
una parte de nosotros mismos. Los castigos y recompensas en la otra vida
echaron los cimientos de la antigua teología.
Ferecides fue el primer griego que creyó que las almas vivían una
eternidad, pero no fue el primero que dijo que las almas sobrevivían a los
cuerpos. Ulises, que vivió mucho tiempo antes que Ferecides, había ya visto las
almas de los héroes en los infiernos, pero que las almas fueran tan antiguas
como el mundo fue una doctrina que nació en Oriente y Ferecides difundió por
Occidente. No creo que exista una sola doctrina moderna que no se encuentre en
los pueblos antiguos. Los edificios actuales los hemos construido con los
escombros de la Antigüedad.
Sería un magnífico espectáculo ver el alma. La máxima «Conócete a ti
mismo» es un excelente precepto que sólo Dios puede practicar; porque, ¿qué
mortal puede comprender su propia esencia?
Denominamos alma a lo que anima, pero no podemos saber más de ella
porque nuestra inteligencia es limitada. Las tres cuartas partes del género
humano no se ocupan de esto, y la cuarta busca, inquiere, pero ni ha encontrado
ni encontrará.
El hombre ve una planta que vegeta y dice que tiene alma vegetativa,
observa que los cuerpos tienen y dan movimiento y a esto llama fuerza ve que su
perro de caza aprende el oficio y supone que tiene alma sensitiva, instinto;
tiene ideas combinadas y a esta combinación llama espíritu. Pero, ¿qué
entiendes tú en esas palabras? Indudablemente, la flor vegeta, pero, ¿existe
realmente un ser que se llame vegetación? Un cuerpo rechaza a otro, pero,
¿posee dentro de sí un ser distinto que se llama fuerza? El perro te trae una
perdiz, pero, ¿vive en él un ser que se llama instinto? ¿No te burlarías de un
polemista que te dijera: «todos los animales viven; luego encierran dentro de
ellos un ser, una forma sustancial, que es la vida»? Si un tulipán pudiera
hablar y te dijera: «Mi vegetación y yo somos dos seres que formamos un
conjunto», ¿no te burlarías del tulipán?
Vamos a ver qué sabes y de lo que estás seguro: sabes que andas con los
pies, que digieres con el estómago, que sientes en todo el cuerpo y que piensas
con la cabeza. Veamos si la única ayuda de la razón ha podido aportarte
suficientes datos para deducir, sin auxilio sobrenatural, que tienes alma.
Los primeros filósofos, igual caldeos que egipcios, dijeron que es
indispensable que haya dentro de nosotros algo que produzca los pensamientos;
ese algo debe ser muy sutil, debe ser un soplo, debe ser un éter una
quintaesencia, una entelequia, un nombre, una armonía… Según el divino Platón,
es un compuesto del mismo y del otro. «Lo constituyen dos átomos que piensan en
nosotros», dijo Epicuro después de Demócrito. Pero, ¿cómo un átomo pudo pensar?
Confesad que no lo sabéis.
La opinión más aceptable es, indudablemente, que el alma es un ser
inmaterial. Pero, ¿conciben los sabios lo que es un ser inmaterial? «No
—contestan éstos—, pero sabemos que por naturaleza piensa». «¿Y por dónde lo
sabéis?» «Lo sabemos porque piensa». «Me parece que sois tan ignorantes como
Epicuro. Es natural que una piedra caiga porque cae; pero, yo os pregunto,
¿quién la hace caer?» «Sabemos que la piedra no tiene alma, sabemos que una
negación y una afirmación no son divisibles porque no son partes de la
materia». «Soy de vuestra opinión, pero la materia posee cualidades que no son
materiales, ni divisibles, como la gravitación; la gravitación no tiene partes,
no es, pues, divisible. La fuerza motriz de los cuerpos tampoco es un ser
compuesto de partes. La vegetación de los cuerpos orgánicos, su vida, su
instinto, no constituyen seres a partes, seres divisibles; no podéis dividir en
dos la vegetación de una rosa, la vida de un caballo, el instinto de un perro,
así como no podéis dividir en dos una sensación, una negación o una afirmación.
El argumento que sacáis de la indivisibilidad del pensamiento no prueba nada».
¿Qué idea tenéis del alma? Sin revelación, sólo podéis saber que existe
en vuestro interior un poder desconocido que os hace pensar y sentir.Pero, ¿ese
poder de sentir y de pensar es el mismo que os hace digerir y andar? Tenéis que
confesarme que no, porque aunque el entendimiento diga al estómago digiere, el
estómago no digerirá si está enfermo, y si el ser inmaterial manda a los pies
que anden, éstos no andarán si padecen de gota. Los griegos comprendieron que
el pensamiento no tiene relación muchas veces con la función de los órganos;
atribuyeron a los órganos alma animal y al pensamiento un alma más fina. Pero
el alma del pensamiento, en muchas ocasiones, depende del alma animal. El alma
pensante ordena a las manos que tomen y toman, pero no dice al corazón que
lata, ni a la sangre que circule, ni a los jugos gástricos que se formen, y
todos esos actos se realizan sin su intervención. He aquí dos almas que son muy
poco dueñas de su casa.
De esto debe colegirse que el alma animal no existe, o que consiste en
el movimiento de los órganos, amén de que al hombre su débil razón no le aporta
ninguna prueba de que la otra alma exista.
En cuanto a las varias opiniones filosóficas que se han establecido
respecto al alma, una de ellas sostiene que el alma del hombre es parte de la
sustancia del mismo Dios; otra, que es parte del Gran Todo; otra asegura que el
alma está creada para toda la eternidad; otra sostiene que el alma fue hecha y
no creada. Varios filósofos aseguran que Dios forma las almas a medida que las
necesita y llegan en el momento de la copulación; otros añaden que se alojan en
el cuerpo con los animáculos seminales, etc. Filósofo hubo que dijo que se
equivocaban todos los que le habían precedido, asegurando que el alma espera
seis semanas para que esté formado el feto y entonces toma posesión de la
glándula pineal. Pero si encuentra algún germen falso, sale del cuerpo y espera
mejor ocasión. La última opinión consiste en dar al alma por morada el cuerpo
calloso; éste es el sitio que le asigna Le Peyronie.
Santo Tomás, en su cuestión 75 y siguientes, dice «que el alma es una
forma que subsiste per se, que está toda en todo, que su esencia difiere de su
poder, que existen tres almas vegetativas: la nutritiva, la aumentativa y la
generativa, que la memoria de las cosas espirituales es espiritual y la memoria
de las corporales, corporal, que el alma raciocinadora es una forma inmaterial
en lo tocante a las operaciones y material en cuanto al ser». ¿Has entendido
algo? Pues santo Tomás escribió dos mil páginas tan claras como ésta. Por esto,
sin duda, le llaman el Doctor Angélico. No se han inventado menos sistemas para
el cuerpo, para explicar cómo oirá sin tener oídos, cómo olerá sin tener nariz
y cómo tocará sin tener manos; en qué cuerpo se alojará en seguida, de qué
forma el yo, la identidad de la misma persona, ha de subsistir; cómo el alma
del hombre que se tornó imbécil a la edad de quince años, y murió imbécil a los
setenta, volverá a reemprender el hilo de las ideas que tuvo en la pubertad y
por qué medio un alma, a cuyo cuerpo se le amputó una pierna en Europa y perdió
un brazo en América, podrá encontrar la pierna y el brazo, que quizá se habrán
transformado en legumbres y habrán pasado a formar parte integrante de la
sangre de cualquier otro animal. No terminaría nunca si detallara todas las
extravagancias que acerca del alma humana se ha publicado.
Es sorprendente que las leyes del pueblo escogido de Dios no digan una
sola palabra acerca de la espiritualidad y la inmortalidad del alma, ni hablen
tampoco de esto el Deuteronomio, ni el Decálogo, ni el Levítico. En ninguna
parte propone Moisés a los judíos recompensas y castigos en otra vida. No les
habla nunca de la inmortalidad de sus almas, ni les hace saber que esperen ir
al cielo, ni les amenaza con el infierno. En la ley de Moisés todo es temporal.
En el Deuteronomio habla a los judíos en los siguientes términos:
«Si tras haber tenido hijos y nietos prevaricáis, seréis exterminados
del país y reducidos a ínfimo número en las naciones.
»Yo soy un Dios celoso que castiga la iniquidad de los padres hasta la
tercera y la cuarta generaciones.
»Honrad padre y madre a fin de que viváis mucho tiempo.
»Tendréis de qué comer sin que nunca os falte.
»Guardáos de dioses extranjeros, seréis aniquilados…
»Si obedecierais yo os daré la lluvia en vuestra tierra y en su tiempo,
la temprana y la tardía, y cogerás tu aceite, tu grano y tu vino. Daré también
hierba en tu campo para tus bestias, y comerás y te hartarás.
»Pondréis estas mis palabras en vuestro corazón y en vuestra alma, y las
ataréis por señal en vuestra mano… y las escribiréis en los postes de tu casa y
en tus portadas, para que sean acrecentados vuestros días….
»Cuando se levantare en medio de ti profeta y te diere señal de
prodigio, y acaeciere la señal o prodigio que él te dijo, diciendo: Vamos en
pos de dioses ajenos… el tal profeta ha de ser muerto, tu mano caerá primero
sobre él para matarle y después la mano de todo el pueblo.
»Empero de las ciudades de estos pueblos que Jehová tu Dios te da por
heredad, ninguna persona dejarás con vida; luego que Jehová tu Dios la
entregare en tu mano, herirás a todo varón suyo a filo de espada.
»No comeréis aves impuras: el águila, el azor, el esmejerón, etc.
»No comeréis animales que rumian o tienen uña hendida: camello, liebre y
conejo, ni puerco, etc.
»Si, empero, escucharas fielmente la voz de Jehová, tu Dios, para
guardar y cumplir todos estos mandamientos… bendito serás tú en la ciudad,
bendito tú en el campo… Bendito el fruto de tu vientre, y el fruto de tu
bestia, la cría de tus vacas…
»Y si no oyeres la voz de Jehová, tu Dios, para cuidar de poner por obra
todos sus mandamientos… maldito serás tú en la ciudad y maldito en el campo;
maldito tu canastillo, y tus sobras… Jehová te herirá de tisis, y de fiebre, y
de ardor, y de calor, y de cuchillo, y de almorranas, y de sarna…
»El extranjero te prestará a ti y tú no prestarás a él… por cuanto no
habrás atendido la voz de Jehová, tu Dios, para guardar sus mandamientos.
»Y comerás el fruto de tu vientre, la carne de tus hijos y de tus hijas,
etc.»
En todas estas promesas y amenazas es evidente que se trata de lo
temporal y no se encuentra una sola palabra sobre la inmortalidad del alma, ni
sobre la vida futura. Algunos comentaristas ilustres creen que Moisés conocía
perfectamente esos dos grandes dogmas y prueban su opinión apoyándose en lo que
dijo Jacob, quien creyendo que su hijo José había sido devorado por bestias
feroces decía en su dolor: «Descenderé con mi hijo al infernum»; esto es,
moriré, ya que mi hijo ha muerto. Prueban también su creencia citando pasajes
de Isaías y Ezequiel, pero los hebreos a quienes habló Moisés no pudieron haber
leído a los citados profetas porque escribieron muchos siglos después.
Es ocioso discutir sobre lo que secretamente opinaba Moisés, puesto que
es irrefutable que en sus leyes no habló nunca de la vida futura, y que limita
los castigos y las recompensas al tiempo presente. Si conoció la vida futura,
¿por qué no proclamó este dogma? Y si no lo conocía ¿cuál era el objeto de su
misión? A esta cuestión contestan varios comentaristas diciendo que el Señor de
Moisés y de todos los hombres se reservó el derecho de explicar a su debido
tiempo a los judíos una doctrina que no eran capaces de comprender cuando
vivían en el desierto.
Si Moisés hubiera anunciado la inmortalidad del alma le habría combatido
una importante escuela de los judíos, la de los saduceos, autorizada por el
Estado, que les permitía desempeñar los primeros cargos de la nación y nombrar
pontífices máximos a sus sectarios.
Hasta después de la fundación de Alejandría no se dividieron los hebreos
en tres sectas: fariseos, saduceos y esenios. El historiador Flavio Josefo, que
era fariseo, nos refiere en el libro XIII de sus Antigüedades que los fariseos
creían en la metempsicosis, los saduceos opinaban que el alma perecía con el
cuerpo, y los esenios que el alma era inmortal. Según éstos, las almas, en
forma aérea, descendían de la más alta región de los aires para introducirse en
los cuerpos por la violenta atracción que ejercían sobre ellas, y cuando morían
los cuerpos, las almas que habían pertenecido a los buenos iban a morar más
allá del Océano, en un país donde no se sentía calor ni frío, ni hacía viento
ni llovía. Las almas de los malos iban a morar en un clima hostil. Esta era la
teología de los judíos.
El que debía enseñar a todos los hombres condenó estas tres sectas. Sin
su enseñanza no hubiéramos llegado nunca a comprender nuestra alma, y Moisés,
único legislador del mundo antiguo, que habló con Dios frente a frente, dejó a
la humanidad sumida en la más profunda ignorancia respecto a este punto tan
capital. Sólo al cabo de mil setecientos años tenemos la certidumbre de la
existencia e inmortalidad del alma.
Cicerón tenía sus dudas. Su nieto y nieta le sacaron de ellas
revelándole la verdad de los primeros galileos que fueron a Roma. Pero antes de
esa época, y después de ella, en todo el resto del mundo donde los apóstoles no
penetraron, cada cual debía preguntar a su alma: ¿Qué eres?, ¿de dónde vienes?,
¿qué haces?, ¿dónde vas? Eres un no sé qué, que piensas y sientes, pero aunque
pensaras y sintieras más de cien mil millones de años no conseguirás saber más
sin el auxilio de Dios, que te concedió el entendimiento para que te sirviera
de guía, pero no para penetrar en la esencia de lo que creó. Así pensó Locke, y
antes que Locke, Gassendi, y antes que Gassendi, multitud de sabios, pero hoy
los bachilleres saben lo que esos grandes hombres ignoraban.
Enemigos encarnizados de la razón se han atrevido a oponerse a esas
verdades reconocidas por los sabios, llevando su mala fe y su imprudencia hasta
el punto de imputar al autor de esta obra la opinión de que cada alma es
materia. Perseguidores de la inocencia, bien sabéis que hemos dicho lo
contrario, y que dirigiéndonos a Epicuro, a Demócrito y a Lucrecio, les
preguntamos: «¿Cómo podéis creer que un átomo piense? Confesad que no sabéis
nada». Luego sois unos calumniadores los que me perseguís.
Nadie sabe lo que es el ser que llamamos espíritu, al que vosotros
mismos dais un nombre material haciéndole sinónimo de aire. Los primeros padres
de la Iglesia creían que el alma era corporal. Es imposible que nosotros, que
somos seres limitados, sepamos si nuestra inteligencia es sustancia o facultad;
no podemos conocer a fondo el ser extenso ni el ser pensante, esto es, el
mecanismo del pensamiento. Apoyados en la opinión de Gassendi y de Locke,
afirmamos que por nosotros mismos no podemos conocer los secretos del Creador.
¿Sois dioses que lo sabéis todo? Os repetimos que sólo podemos conocer por la
revelación la naturaleza y el destino del alma, y esa revelación no os basta.
Debéis ser enemigos de la revelación, porque perseguís a los que la creen y de
ella lo esperan todo.
Nos referimos a la palabra de Dios y vosotros, que fingiendo
religiosidad sois enemigos de Dios y de la razón, blasfemáis unos de otros,
tratáis la humilde sumisión del filósofo como el lobo trata al cordero en las
fábulas de Esopo, y le decís: «Murmuraste de mí el año pasado; debo beberme tu
sangre». Pero la filosofía no se venga, más bien se ríe de esos vagos esfuerzos
y enseña tranquilamente a los hombres que queréis embrutecer para que sea
iguales a vosotros.
ALMANAQUE. Interesa poco saber si el almanaque proviene
de los antiguos sajones, que no sabían leer, o de los árabes, que eran
astrónomos y tenían algunos conocimientos de los astros en la época que los
pueblos de Occidente estaban inmersos en una ignorancia igual a su barbarie. Me
limitaré a hacer una pequeña observación.
Supongamos que un filósofo hindú embarca en Meliapoor y llega a Bayona.
Supongamos que tiene sentido común, cosa rara entre sabios, y que se ha librado
de las preocupaciones de la escuela y no cree en la influencia de los astros,
cosa rara también. Y supongamos además que encuentre un tonto en nuestras
latitudes, lo que ya no sería tan raro.
El tonto, para ponerle al corriente de nuestras artes y nuestra
ciencias, le regala un ejemplar del Almanaque de Lieja, compuesto por Mateo
Laensberg, y otro ejemplar del Mensajero cojo, de Antonio Souci, astrólogo e
historiador, que lo imprime todos los años en Baden y del que vende veinte mil
ejemplares en ocho días. En ese almanaque figura una cabeza de hombre rodeada
de los signos del Zodíaco con indicaciones que demuestran que la Balanza
preside a las nalgas, Aries a la cabeza, Piscis a los pies, y así
sucesivamente.
Cada día de luna os indicará cuándo debéis tomar el bálsamo de la vida
de Le Lievre, las píldoras de Keiser, colgaros al cuello una bolsita del
apotecario Arnoult, sangraros, cortaros las uñas, plantar, sembrar, ir de viaje
o estrenar zapatos nuevos. El hindú, así que leyera todas esas sandeces, haría
muy bien en decir al que se las quisiera proporcionar que no quería sus
almanaques. Y en cuanto el guía del filósofo hindú le hiciera ver algunas de
nuestras ceremonias (reprobadas por todos los sabios y toleradas por halagar al
vulgo), nos tendría lástima y nos tomaría por alegres insensatos. Se dirigiría
al presidente del Gran Colegio de Benarés diciéndole que carecemos de sentido
común, pero que si el guía deseaba que vinieran a su país personas ilustradas y
discretas podrían hacer algo con el apoyo y la gracia de Dios.
Eso es casi, casi, lo que nuestros primeros misioneros y sobre todo san
Francisco Javier, hicieron con los pueblos de la península de la India. Todavía
se equivocaron más respecto a las costumbres, a las ciencias, a las opiniones y
al culto de los indios. Curioso es leer las relaciones que acerca de dicho país
escribieron. Para ellos toda estatua es un diablo, cada asamblea un sabat, cada
figura simbólica un fetiche, cada brahmán un hechicero, y llenan de
lamentaciones sus relatos. Abrigan en éstos la esperanza de recoger allí
cosecha abundante, añadiendo que trabajarán eficazmente en la «viña del Señor»
en un país donde jamás se conoció el vino. De manera parecida a ésta suele cada
nación juzgar a los pueblos lejanos y a veces a los cercanos.
Al parecer, los chinos fueron los primeros que conocieron los
almanaques. Uno de los derechos del emperador de China consiste en enviar el
almanaque a sus vasallos y a los pueblos inmediatos. Si éstos no lo aceptaran,
por semejante desaire el emperador les declararía la guerra, como los reyes
hacían en Europa a los señores que se negaban a rendirles pleitesía.
Nosotros sólo contamos doce constelaciones y los chinos cuentan
veintiocho, cuyos nombres no tienen relación con los de las nuestras, prueba de
ello es que no han copiado el Zodíaco caldeo que nosotros hemos adoptado. No
obstante, tienen una astronomía completa hace más de cuatro mil años y se
parecen a Mateo Laensberg y a Antonio Souci en las predicciones y en los
secretos que dan para conservar la salud y que llenan el almanaque imperial.
Dividen el día en diez mil minutos y saben a punto fijo qué minuto es favorable
o funesto. Cuando el emperador Kang‑hi encargó a los misioneros jesuitas de
Francia la confección del almanaque, éstos declinaron el encargo diciendo que
no podían admitirlo porque habían de llenarlo de supersticiones extravagantes.
«Creo menos que vosotros en las supersticiones —les contestó el emperador—.
Escribidme únicamente un buen calendario, que después los sabios de mi reino ya
lo llenarán de simplezas.»
El sabio Fontanelle, ingenioso autor de la Pluralidad de los mundos, se
chancea de los chinos que, según dice, ven caer en el mar mil estrellas a un
mismo tiempo. Es verosímil que el emperador Kang‑hi se burlara también de
Fontanelle. Tal vez algún Mensajero cojo de China se haya divertido haciendo
creer al pueblo de dicho país que eran estrellas los fuegos fatuos. Cada país
tiene sus tonterías. La Antigüedad hizo que el sol se acostara en el mar, al
que nosotros enviamos las estrellas durante mucho tiempo. También creíamos que
las nubes tocaban en el firmamento, y que éste era de materia dura y contenía
un recipiente de agua. No hace mucho tiempo se sabe en las ciudades que el hilo
que se creía de la Virgen y con frecuencia se ve en el campo, es un hilo de
tela de araña. No nos burlemos de nadie. Tengamos presente que los chinos
conocieron los astrolabios y las esferas antes que nosotros supiéramos leer, y
que si no han adelantado en astronomía es por tener tanto respeto a sus
antepasados como nosotros lo tuvimos por Aristóteles.
Consuela saber que el pueblo romano, el pueblo rey, estuvo en esta
materia por debajo de Mateo Laensberg, del Mensajero cojo y de los astrólogos
de China, hasta la época de Julio César, que reformó el año romano que nosotros
hemos copiado y conocemos todavía con su antiguo nombre de Calendario Juliano,
aunque no contemos ya por calendas, y su autor se viera obligado a reformarlo.
Los primitivos romanos calculaban el año de diez meses y de trescientos
cuatro días. Este cómputo no era solar ni lunar, era bárbaro; luego arreglaron
el año romano de trescientos cincuenta y cinco días, otro yerro tan mal
enmendado que en la época de César las fiestas del verano se celebraban en
invierno. Los generales romanos triunfaban por doquier, pero ignoraban el día
que conseguían las victorias.
César lo reformó todo como si gobernara el cielo y la tierra. No sé por
qué condescendencia con las costumbres romanas comenzó el año en el tiempo en
que no empieza, ocho días después del solsticio de invierno. Todas las naciones
del Imperio romano se sometieron a semejante innovación. Hasta los egipcios,
que podían dictar la ley en materia de almanaques, la adoptaron, pero los
diferentes pueblos no cambiaron la distribución de sus fiestas. Los judíos
celebraron sus nuevas lunas, su fase, el día catorce de la luna de marzo, que
llaman la luna roja, época que llegaba con frecuencia en el mes de abril; su
Pascua de Pentecostés, cincuenta días después de la fase; la fiesta de las
Trompetas, el primer día de julio; la de los Tabernáculos, el 15 del mismo mes,
y la del Gran Sábado siete días más tarde.
Los primitivos cristianos siguieron el cómputo del Imperio romano y
contaban por calendas, por nonas y por idus, como sus señores. Admitieron el
año bisiesto que nosotros aceptamos todavía, y que fue corregido en el siglo
XVI de la era vulgar, como será preciso hacerlo algún día pero continuaron los
usos de los judíos en cuanto a la celebración de sus grandes fiestas.
En un principio fijaron la Pascua en el día catorce de la luna roja,
hasta que el Concilio de Nicea determinó que fuera el domingo siguiente. Los
que la celebraban desde entonces el día catorce de la referida luna fueron
declarados herejes, y tanto unos como otros se equivocaban en el calculo.
Las fiestas de la Santa Virgen se fecharon por las nuevas lunas o
neomenias. El autor del Calendario Romano dice que todo ello se fundó en el
versículo de los cánticos pulchra ut luna, bella como la luna, pero por esta
razón sus fiestas debían celebrarse el domingo porque el mismo versículo dice
electa ut sol, (1) escogida como el sol.
Los cristianos celebraban también la Pascua de Pentecostés fijándola
como los judíos, cincuenta días después de las pascuas ya dichas. El autor del
mencionado calendario dice que las fiestas de los santos patronos reemplazaron
las del Tabernáculo, y añade que la de san Juan se trasladó al 24 de junio
porque por esa fecha los días comienzan a acortar, y san Juan, hablando de
Jesucristo, dice: «es indispensable que él crezca y yo disminuya».
Es del todo singular la antigua ceremonia de encender una gran hoguera
la víspera de san Juan, tiempo de más calor del año. Esta ceremonia la
interpretan diciendo que era una antiquísima costumbre que se realizaba para
recordar el antiguo incendio del mundo, que puede repetirse.
El autor de dicho calendario asegura que fijaron la fiesta de la
Asunción el 15 de agosto, mes llamado así por nosotros, porque el sol está
entonces en el signo de la Virgen. Asegura también que se celebra la fiesta de
san Mateo en el mes de febrero porque lo intercalaron entre los doce apóstoles,
como en los años bisiestos se intercala un día en el mes de febrero. En estas
fantasías astronómicas quizás encontrarían motivo para burlarse los hindúes que
acabamos de mencionar, y a pesar de esto, el autor del Calendario Romano fue un
maestro de matemáticas del Delfín, hijo de Luis XIV, amén de ingeniero y
distinguido oficial (2).
El defecto principal de nuestros calendarios consiste en colocar siempre
los equinoccios y los solsticios donde no están, es decir que el sol entra en
Aries cuando no entra, y en seguir la antigua y errónea rutina. El almanaque
del año pasado nos engaña el año presente, y todos nuestros calendarios son
almanaques de los pasados siglos. ¿Por qué decir que el sol está en Aries
cuando está en Piscis? ¿Por qué no imitar lo que se hace en las esferas
celestes, en las que se distinguen los signos verdaderos de los signos antiguos
que ya son falsos?
(1) Cantar de los cantares, 6, 9.
(2) François Blondel (1617‑1686), autor de Historia del Calendario
romano.
Hubiera sido conveniente empezar el año, no sólo por el punto preciso
del solsticio de invierno o del equinoccio de primavera, sino colocar todos los
signos en su verdadero signo. Estando demostrado que el sol se halla en la
constelación de Piscis cuando se dice que está en Aries y que en seguida pasará
a Acuario, y sucesivamente por todas las constelaciones siguientes en la época
del equinoccio de primavera, debería hacerse desde ahora lo que será preciso
hacer más adelante, cuando el error aparezca más grande y, por tanto, más
ridículo. Lo mismo digo de otros muchos errores que son palmarios. A esto me
contestan que ya los corregirán nuestros hijos. Lo malo es que nuestros padres
también dijeron lo mismo de nosotros. ¿Por qué no los hemos corregido?
ALQUIMISTA. Con este nombre se designa al hombre que
antiguamente se dedicó a la descabellada tarea de hacer oro, pues hubo una
época en que pareció factible. Todavía existen en Alemania espíritus tenaces
que pasan la vida buscando la piedra filosofal, como se buscó en China el agua
de la inmortalidad y en Europa la fuente de la juventud. En Francia hubo
también hombres que se arruinaron por emprender búsquedas tan ilusorias.
Muchos fueron los que creyeron en semejantes transmutaciones, pero el
número de pícaros estuvo en consonancia con el de los crédulos. Conocido fue en
París un tal Dammi, marqués de Conventiglio, que sacó a varios ricachos
centenares de luises con la promesa de fabricarles dos o tres escudos de oro.
El timo más notable por medio de la alquimia fue el que dio un bribón en
el año 1620 al duque de Bouillon, de la casa de Turena y príncipe soberano de
Sedán: «No disponéis de una soberanía proporcionada a vuestro valor porque
vuestra soberanía es insignificante —le dijo el alquimista—, pero yo os haré
más rico que el emperador. Sólo puedo permanecer dos días en vuestros estados
porque tengo que asistir en Venecia al gran congreso de mis hermanos, y os
suplico que guardéis el secreto. Que traigan protóxido de plomo fundido de la
botica del mejor boticario de la ciudad, poned en él un solo grano de este
polvo rojo que os doy, colocadlo todo en un crisol y en menos de un cuarto de
hora lo veréis convertido en oro».
El príncipe hizo la operación repitiéndola tres veces delante del
alquimista. Este había hecho comprar todo el protóxido de plomo fundido que
tenían los boticarios de Sedán, y mezclando en él unas onzas de oro lo volvió a
vender. Al salir de allí, el alquimista regaló al duque de Bouillon toda la
cantidad de polvos mágicos que poseía.
El príncipe creyó que habiendo hecho con tres granos tres onzas de oro
haría trescientas mil onzas con trescientos mil granos, y de esta manera en una
semana podría fabricar treinta y siete mil quinientos marcos de oro e igual
cantidad en las semanas siguientes. El alquimista, que ardía en deseos de
partir, necesitaba dinero para asistir en Venecia al congreso que celebraban
los filósofos, discípulos de Hermes. Era hombre de pocas necesidades y poco
gasto y sólo le pidió al duque veinte mil escudos para el viaje. Cuando el
duque agotó todo el protóxido de plomo que había en Sedán ya no pudo hacer oro,
ni volvió a ver al filósofo alquimista, que escapó de sus dominios con veinte
mil escudos.
Todas las supuestas transmutaciones de los alquimistas se hicieron
siempre del mismo modo. Cambiar un producto de la naturaleza en otro es una
operación harto difícil, como por ejemplo convertir el hierro en plata, porque
esta operación exige dos cosas que no están en nuestro poder: reducir a la nada
el hierro y crear la plata.
Pero hay filósofos que creen en las transmutaciones por haber visto que
el agua se convierte en piedra, pero es porque no han reflexionado que cuando
el agua se evapora deja el depósito de arena de que estaba cargada y esa arena,
juntando sus partes, se convierte en piedra desmenuzable, formada precisamente
por la arena que contenía el agua.
Debemos desconfiar hasta de la experiencia y recordar siempre la máxima
española que dice: De las cosas más seguras, la más segura es dudar. No
debemos, sin embargo, rechazar a los hombres que poseen algún secreto, ni
despreciar los inventos nuevos. Sucede en esto como en las obras dramáticas:
entre mil, se encuentra una buena.
ALTARES. Es opinión universal que los paleocristianos
no tuvieron templos ni altares, ni cirios, ni incienso, ni agua bendita, ni
ninguno de los ritos que los pastores de la Iglesia instituyeron más tarde,
conforme a las exigencias de los tiempos y las circunstancias, y sobre todo
según las necesidades de los fieles.
Orígenes, Atenágoras, Teófilo, Justino y Tertuliano, atestiguan que los
primitivos cristianos abominaban de los templos y los altares. No pensaban así
tan sólo porque los gobiernos no les querían conceder el permiso para levantar
templos, sino porque sentían aversión a todo cuanto se relacionaba con las
demás religiones, aversión que tuvieron durante doscientos cincuenta años. Así
lo demuestra Minucio Fénix, que vivía en el siglo III, diciendo: «Creéis
(hablando a los romanos) que ocultamos el objeto de nuestra adoración porque no
tenemos templos ni altares. ¿Por qué hemos de erigir a Dios simulacro, cuando
el mismo hombre es un simulacro? ¿Qué templo le hemos de levantar si el mundo
que es obra suya, no basta para contenerle? ¿Cómo hemos de encerrar el poder de
su inmensa majestad en una casa sola? Es preferible que le consagremos un
templo en nuestro espíritu y en nuestro corazón».
Los cristianos iniciaron la construcción de templos en los primeros días
del reinado de Diocleciano. La Iglesia contaba ya con extraordinario número de
fieles, que fueron casi desconocidos y considerados como una pequeña secta de
judíos disidentes.
No hay duda de que mientras estuvieron confundidos entre los judíos no
pudieron conseguir el permiso para edificar templos. Los judíos, que pagaban
muy caro el sostenimiento de sus sinagogas, se oponían a que les dejaran
construir templos. Eran enemigos mortales de los cristianos y además eran
ricos. No debemos decir, copiando a Toland que entonces los cristianos
despreciaban los templos y los altares, como ia zorra de la fábula que decía
que las uvas estaban verdes porque no podía alcanzarlas. Esa comparación es tan
injusta como impía porque los paleocristianos de todas las naciones estaban de
acuerdo en opinar que el verdadero Dios no necesitaba templos ni altares.
La Providencia, haciendo obras las segundas causas, quiso que los
cristianos levantasen un templo soberbio en Nicomedia, residencia del emperador
Diocleciano, en cuanto obtuvieron la protección de dicho emperador. Luego
edificaron otros templos en otras ciudades, pero todavía manifestaban aversión
a los cirios, al incienso, al agua lustral y a los ropajes pontificales. Este
aparato imponente les parecía el sello distintivo del paganismo. Estos usos los
fueron adoptando paulatinamente durante el reinado de Constantino y uno de sus
sucesores, pero han cambiado después con frecuencia.
Actualmente, la mayoría de las mujeres que van el domingo a oír misa
rezada en latín, ayudada por un niño, se figuran que este rito se ha observado
desde que el mundo existe y que la costumbre de congregarse en otros países
para rezar a Dios en comunidad es una costumbre diabólica y reciente.
En la actualidad quizá no se practica una sola ceremonia que estuviera
en uso en tiempo de los apóstoles. El Espíritu Santo se conformó siempre con
las exigencias de los tiempos. Inspiró a los primeros discípulos en un
miserable zaquizamí y comunica hoy sus inspiraciones en la iglesia de San Pedro
de Roma, templo que costó doscientos millones, siendo igualmente divino en el
zaquizamí que en la soberbia fábrica de Julio II, León X y Sixto V.
AMAZONAS. En tiempos de la más remota Antigüedad hubo
mujeres vigorosas y aguerridas que lucharon como los hombres. La historia las
nombra, y dejando aparte a Semíramis, Tomiris y Pentesilea, que quizá son
personajes de fábula, es indiscutible que muchas mujeres iban en los ejércitos
de los primeros califas. Sobre todo en la tribu de los homeritas, se
consideraba como una ley dictada por el amor y el coraje que las esposas
ayudaran y vengaran a sus maridos en las batallas, y las madres a sus hijos.
Cuando el famoso caudillo Derar batallaba en Siria contra los generales
del emperador Heraclio, durante el reinado del califa Abubeker, Pedro, que
mandaba en Damasco, se apoderó en sus correrías de muchas musulmanas y de un
rico botín. Las llevó a Damasco y entre esas cautivas se hallaba la hermana del
mismo Derar. La historia árabe de Alvakedi, que tradujo Ockley, dice que era
extraordinariamente hermosa y que Pedro se enamoró de ella. La agasajó durante
el camino y por ella trató afectuosamente a las demás cautivas. Las hicieron
acampar en una vasta llanura bajo tiendas de campaña, custodiadas por tropas
que estaban a alguna distancia de ellas. Canlah (así se llamaba la hermana de
Derar) propuso a una de sus compañeras, de nombre Oserra, librarse de la cautividad;
la convenció de que era preferible morir que ser víctima de la rijosidad de los
cristianos. Su entusiasmo musulmán se comunicó a todas las prisioneras. Armadas
de barras de hierro y cuchillos, una especie de puñales que llevaban en el
cinturón, formaron un círculo, apretándose unas contra otras, presentando sus
armas a quienes las atacaban. Pedro, al ver cómo se habían formado, empezó a
reír y acto seguido avanzó hacia las mujeres que le recibieron a estacazos,
titubeó mucho rato en usar de la fuerza, pero al fin se decidió. Y estaban
desenvainando los sables cuando súbitamente apareció Derar, hizo huir a los
griegos y puso en libertad a su hermana y a las demás cautivas.
Este suceso es sumamente parecido a otros de los tiempos heroicos que
cantó Homero. Es como los combates singulares que a veces libran los ejércitos,
en que los combatientes hablan unos con otros durante algún tiempo, antes de
llegar a las manos. El suceso que acabamos de referir, sin duda alguna,
justifica a Homero.
Tomás, gobernador de Siria, yerno de Heraclio, atacó a Sergiabil en una
salida que hizo de Damasco, rezando antes a Jesucristo. Luego le dijo a
Sergiabil: «Injusto agresor, no podrás resistir a Jesús, que es mi Dios ni
protegerte de los vengadores de su religión». «Mientes, impío —le respondió
Sergiabil—. Jesús no es superior a Adán ante Dios. Dios lo sacó del polvo y le
concedió la vida como a cualquier otro hombre y después de permitirle que
estuviera algún tiempo en el mundo se lo llevó al cielo (1)
Tras estas palabras, iniciaron el combate. Una de las flechas disparada
por Tomás hirió al joven Abán, hijo de Saib, que estaba al lado del bravo
Sergiabil. Abán cayó en tierra y expiró. En seguida comunicaron esta infausta
noticia a su joven esposa, con la que se había casado recientemente. Su esposa,
sin llorar ni lanzar gritos, se precipita al campo de batalla con el carcaj a
la espalda y dos flechas en la mano. Dispara la primera y mata al abanderado de
los cristianos, decisión que admira a los árabes, que gritan aá achar; la viuda
dispara la segunda flecha y traspasa un ojo a Tomás, quien lleno de sangre
tiene que retirarse a la ciudad.
La historia árabe narra muchos sucesos semejantes, pero no dice, como
los antiguos, que las mujeres guerreras se quemaban el pecho derecho para
disparar mejor el arco, ni que vivieran sin hombres; al contrario, que exponían
la vida en los combates por sus maridos y amantes, por lo que en vez de
criticar a Ariosto y a Taso, porque introducen amantes guerreras en sus poemas,
debe elogiárseles por haber pintado costumbres verdaderas e interesantes.
(1) Esta es la creencia de los mahometanos. Pero los cristianos
discípulos de Dasideles cuya doctrina estuvo en boga mucho tiempo en Arabia,
creían que no crucificaron a Jesucristo.
En la época de locura de las Cruzadas existieron mujeres cristianas que
participaron con sus maridos en las fatigas y peligros de la guerra, y su
entusiasmo llegó a ser tal que las mujeres de Génova se alistaron en las
Cruzadas, formando en Palestina batallones femeninos y pronunciando un voto del
que las eximió un Papa con más juicio que ellas.
Margarita de Anjou, esposa del desgraciado Enrique IV, rey de
Inglaterra, en una guerra muy justa dio pruebas de heroico valor peleando en
diez batallas para libertar a su marido. La Historia ofrece otros casos
comprobados de tanto valor y de tanta constancia en una mujer. Las superó la
famosa condesa de Montfort, en Bretaña. «Esta princesa —dice De Argentre— era
virtuosísima y valiente como ningún hombre; montaba a caballo y lo manejaba
magistralmente, peleaba mano a mano y mandaba un ejército como el más hábil
capitán». Espada en mano, recorrió sus estados que había invadido su competidor
Carlos de Blois y no sólo aguantó dos asaltos en la brecha de Heunebon, armada
de pies a cabeza, sino que se lanzó contra el campamento de los enemigos
seguida de quinientos hombres. Lo incendió y lo redujo a cenizas.
Las hazañas de Juana de Arco, conocida como la Doncella de Orleáns, son
menos sorprendentes que las de Margarita de Anjou y las de la condesa de
Montfort. Estas dos princesas estaban acostumbradas a la molicie de la corte y
Juana de Arco se dedicaba al rudo ejercicio de los trabajos del campo, y es más
singular y difícil abandonar la corte para ir a la guerra que dejar una cabaña
para lanzarse a los combates.
La heroína que defendió Beauvais es tal vez superior a la que hizo
levantar el sitio de Orleáns. Aquélla combatió con tanto valor como ésta y no
se vanaglorió de ser doncella ni de estar inspirada. En 1472, cuando el
ejército borgoñés puso sitio a Beauvais, Juana Hachette, a la cabeza de muchas
mujeres, sostuvo un largo asalto, arrebató el estandarte que un oficial enemigo
iba a enarbolar sobre la brecha, arrojó en el foso a dicho oficial y dio tiempo
para que llegaran a socorrer la ciudad las tropas del rey. Sus descendientes
han quedado eximidos de pagar la alcabala de la talla. ¡Menguada y vergonzosa
recompensa! Las esposas y las hijas de los ciudadanos de Beauvais están
orgullosas porque se les deja ir delante de los hombres en la procesión que se
celebra allí todos los años el día del aniversario de tan gloriosa jornada.
Casi todas las naciones se enorgullecen de haber tenido heroínas
semejantes, aunque el número de éstas sea relativamente escaso porque la
naturaleza, al parecer, no quiere otorgar a las mujeres tal destino. Todos los
países cuentan con alguna fémina guerrera, pero el reino de las amazonas que se
supuso situado cabe el Thermodón, no es más que una ficción poética, como casi
todo lo que la Antigüedad refiere.
AMÉRICA. Ya que no se cansan de aventurar hipótesis
sobre cómo pudo poblarse América, tampoco me cansaré de decir que quien hizo en
el Nuevo Mundo las moscas también hizo nacer a los hombres. Por más ganas que
se tengan de discutir, no puede negarse que el Ser Supremo, que preside toda la
naturaleza, hiciera nacer en el grado cuarenta y ocho animales de dos pies y
sin plumas, cuya piel participa del blanco y del rojo con barbas largas casi
rojas. Como tampoco puede negarse que el Creador haya hecho nacer negros sin
barbas en Africa y en las islas, y otros negros barbados en la misma latitud,
unos con pelo que parece de lana y otros con una especie de crines, y entre
unos y otros, animales enteramente blancos que no están dotados de crines ni de
lana, sino de seda.
No se comprende qué es lo que puede impedir que Dios hiciera nacer en
otro continente animales de una misma raza.
Véase hasta qué punto nos domina el furor de los sistemas y la tiranía
de las preocupaciones. Al encontrar animales en el resto del mundo convienen
todos ellos en que Dios pudo colocarlos donde están, y lo chusco es que no se
hallan de acuerdo en creer que los situó allí mismo. Los que confiesan de buen
grado que los castores son originarios del Canadá, sostienen que los hombres
sólo consiguieron llegar allí embarcados y que únicamente pudieron poblar
México algunos descendientes de Magog. Semejante aserto equivaldría a decir que
si existen hombres en la luna sólo puede haberlos llevado allí Astolfo (1) a la
grupa de su hipócrifo, cuando fue a buscar el sentido común de Orlando, que
estaba encerrado en una botella.
(1) Ariosto: Orlando furioso, cap. XXXIV.
Si en la época de Ariosto se hubiera descubierto América y en Europa
hubiese habido hombres defensores de sistemas para sostener, con el jesuita
Lafitau, que los caraibos descendían de los habitantes de Caria y los hurones
de los judíos, hubiera hecho muy bien en entregar a dichos polemistas la
botella de su sentido común, que sin duda estaba en la luna con la del amante
de Angélica.
Lo primero que se hace al descubrir una isla en el océano Indico o en el
mar del Sur es preguntar: ¿De dónde han venido esas gentes? Y en cambio a los
árboles y las tortugas del país no titubean en declararlos autóctonos, como si
a la naturaleza le fuera más difícil crear hombres que tortugas. Lo que puede
dar visos de verosimilitud a ese sistema es que casi no existe ninguna isla en
los mares de América y de Asia en que no encuentren juglares, charlatanes,
pícaros e imbéciles. Esto, sin duda, es lo que hace creer que proceden del
Viejo Mundo.
AMISTAD. Desde tiempos remotísimos se viene hablando del
templo de la amistad, y desde entonces sabemos que está muy poco concurrido.
Sabemos también que la amistad no se impone, como no se impone el amor y el
aprecio. Ama a tu prójimo significa préstale tu apoyo, pero no que debas gozar
el deleite de su conversación si es fastidiosa, ni que le confíes tus secretos
si es locuaz, ni que le prestes dinero si es manirroto.
La amistad es el matrimonio del alma, pero sujeto a divorcio. Es un
contrato tácito que realizan dos personas sensibles y virtuosas; digo sensibles
porque un fraile, un solitario, puede no ser malo y vivir sin conocer la
amistad; digo virtuosos, porque los perversos sólo tienen cómplices los
disipados compañeros de disolución, los comerciantes, asociados, la generalidad
de los hombres ociosos, relaciones superficiales, príncipes y cortesanos. Sólo
los hombres virtuosos tienen amigos. Cethegus era cómplice de Catilina y
Mecenas cortesano de Octavio; sólo Cicerón era amigo de Ático.
¿A qué se comprometen en ese contrato que celebran los hombres sensibles
y honrados? Los compromisos contraídos son mayores o menores según sean los
grados de sensibilidad y el número de servicios prestados.
El culto a la amistad fue más vehemente entre los griegos y los árabes
que entre nosotros. Los cuentos que sobre la amistad crearon esos pueblos son
admirables; las naciones modernas no los tenemos equivalentes. No encuentro
rasgo alguno notabilísimo de amistad en nuestras novelas, en nuestras
historias, ni en nuestro teatro.
Entre los judíos no se cuenta otro caso de amistad que la que se
profesaron Jonatás y David. Se dice que David quiso a Jonatás con afecto más
profundo que pudo querer a una mujer, pero también se dijo que David, al morir
su amigo, arrebató sus bienes al hijo de éste y le mató.
La amistad era casi materia religiosa y de legislación entre los
griegos. En Tebas había un regimiento de amigos amantes. Algunos han creído que
se trataba de un regimiento de inconformistas, es decir, de individuos que no
profesaban la misma religión que el país, pero se equivocaron. La amistad entre
los griegos la prescribían la ley y la religión; desgraciadamente, las
costumbres toleraban la sodomía, pero estos abusos indignos no deben imputarse
a la ley.
AMOR. Se dan tantas clases de amor que no sabemos a cuál
de ellas referirnos para definirlo. Se llama falsamente amor al capricho de
algunos días, a una relación inconsistente, a un sentimiento al que no acompaña
la estima, a una costumbre fría, a una fantasía novelesca, a un gusto seguido
de un rápido disgusto… en suma, se otorga ese nombre a un sinfín de quimeras.
Si algunos filósofos tratan de examinar a fondo esta materia poco
filosófica que estudien el Banquete, de Platón, en el que Sócrates, amante
honesto de Alcuzades y de Agatón, conversa con ellos sobre la metafísica del
amor. Lucrecio habla del amor físico, y Virgilio sigue las huellas de Lucrecio.
El amor es una tela que borda la imaginación. ¿Quieres formarte idea de
lo que es el amor? Contempla los gorriones y los palomos que hay en tu jardín,
observa al toro que se aproxima donde está la vaca, y al soberbio caballo que
dos mozos llevan hasta la yegua que apaciblemente le está esperando y al
recibirle menea la cola; observa cómo chispean sus ojos, escucha sus relinchos,
contempla sus saltos, sus orejas tiesas, su boca que se abre nerviosamente, la
hinchazón de sus narices y el aire inflamado que de ellas sale, sus crines que
se erizan y flotan y el movimiento impetuoso que los lanza sobre el objeto que
la naturaleza les destinó. Pero no los envidies, porque debes comprender las
ventajas de la naturaleza humana, que compensan en el amor todas las que natura
concedió a los animales: fuerza, belleza, ligereza y rapidez.
Hay animales que no conocen el goce, como los peces que tienen concha;
la hembra deja sobre el légamo millones de huevos y el macho que los encuentra
pasa sobre ellos y los fecunda con su simiente, sin conocer ni buscar a la
hembra que los puso.
La mayor parte de los animales que se aparean no disfrutan más que por
un solo sentido, y cuando satisfacen su apetito termina su amor. Ningún animal,
excepto el hombre siente inflamarse su corazón al mismo tiempo que se excita la
sensibilidad de todo su cuerpo; sobre todo, los labios gozan de una
voluptuosidad que no fatiga, y de ese placer sólo goza la especie humana. Es
más, ésta, en cualquier época del año puede entregarse al amor; los animales
tienen su tiempo prefijado. Si reflexionas y te haces cargo de estas
preeminencias, exclamarás con el conde de Rochester: «El amor, en un país de
ateos, es capaz de conseguir que adoren a la divinidad».
Como los hombres recibieron el don de perfeccionar todo lo que la
naturaleza les concedió, llegaron a hacerlo con el amor. La limpieza y el aseo,
haciendo la piel más delicada, aumentan el deleite que causa el tacto, y el
cuidado que se tiene para conservar la salud hace más sensibles los órganos de
la voluptuosidad. Los demás sentimientos se entremezclan con el del amor como
los metales se amalgaman con el oro; la amistad y el aprecio lo favorecen, y la
belleza del cuerpo y la del espíritu le añaden nuevos atractivos. Sobre todo,
el amor propio estrecha esos lazos, porque el amor propio se encomia a sí mismo
por la elección que hizo y las múltiples ilusiones que hace nacer, y embellece
la obra cuyos cimientos inició la naturaleza.
Tales ventajas tienen los hombres sobre los animales. Si aquéllos
disfrutan placeres que éstos desconocen, sufren en cambio pesares de los que
las bestias no tienen la menor idea. Lo más terrible para el hombre es que la
naturaleza haya emponzoñado en las tres cuartas partes del mundo los placeres
del amor y los manantiales de la vida con esa enfermedad venérea espantosa que
a él sólo ataca y a él sólo infecta los órganos de la generación.
De esta enfermedad no puede decirse que, como otras afecciones, es
consecuencia de nuestros excesos. No es la relajación la que la introdujo en el
mundo. Friné, Lais y Mesalina no sufrieron esa enfermedad, que trajeron de las
islas de América, donde los hombres vivían en estado de inocencia, y se
extendió por el Viejo Mundo.
Si de algo pudo acusarse a la naturaleza de contradecirse en su plan y
de obrar contra sus propias miras es por haber difundido esa tremenda calamidad
que sembró en la tierra la vergüenza y el horror. Si César, Antonio y Octavio
no conocieron esa enfermedad, causó en cambio la muerte de Francisco I.
Los filósofos eróticos suscitaron la cuestión de si Eloisa pudo seguir
amando verdaderamente a Abelardo cuando después de castrado fue fraile. Yo creo
que Abelardo siguió siendo amado; la raíz del árbol cortado conserva siempre un
resto de savia y la imaginación ayuda al corazón. Nos complacemos en continuar
sentados a la mesa cuando no comemos ya. ¿Es esto amor?, ¿es un simple
recuerdo?, ¿es amistad? Es un no sé qué compuesto de todo ello, un sentimiento
confuso semejante a las pasiones fantásticas que los muertos conservaban en los
Campos Elíseos. Los atletas que durante su vida habían triunfado en las
carreras de carros después de muertos guiaban carros imaginarios. Allí Orfeo
creía cantar aún. Eloisa vivía con Abelardo de ilusiones; ella le acariciaba con
la imaginación algunas veces, con el placer superior que debía producirle haber
hecho en el Paracleto voto de no amarle, y sus caricias debieron ser más
deleitosas porque eran más culpables. La mujer no puede concebir pasión por un
eunuco, pero puede conservar el cariño a su amante si por amarle le castran.
No sucede lo mismo al amante que envejeció al pie del cañón. De su
exterior apuesto nada queda, sus arrugas repelen, su pelo blanco retrae los
dientes que le faltan desagradan, y todo cuanto puede hacer la mujer amada,
siendo virtuosa, se reduce a ser su enfermera y a soportar que le ame,
dedicándose a enterrar a un muerto.
AMOR A DIOS. Las disputas sobre el amor a Dios han
encendido tantos odios como las teológicas. Los jesuitas y los jansenistas
anduvieron a la greña durante cien años para probar cuál de las dos sectas
adoraba a Dios de forma más conveniente y ver cuál de ellas causaría más daño a
su prójimo. Ejemplo, Fenelón y Bossuet.
Desde que el autor del Telémaco, que comenzaba a descollar en la corte
de Luis XIV, pretendió que se amara a Dios de modo diferente al autor de las
Oraciones fúnebres, éste, que era muy pendenciero, le declaró la guerra y
consiguió que anatemizaran a aquél en la antigua ciudad de Rómulo, donde Dios
es siempre el objeto más amado después de la dominación, la riqueza, la
ociosidad y el placer.
Si Madame Guyon hubiera sabido el cuento de la bendita vieja que llevaba
una tea para quemar el paraíso y un cántaro de agua para apagar el fuego del
infierno, con la idea de que sólo amaran a Dios por sí mismo, quizá no habría
escrito tantas obras porque hubiera comprendido que con un sinfín de palabras
no podía decir tanto como la vieja de marras en pocas. Pero Madame Guyon amaba
tan fanáticamente a Dios y los galimatías, que su acendrada ternura la llevó
cuatro veces a la cárcel. Procedieron con ella con injusticia y con demasiado
rigor. ¿Por qué castigaron como criminal a una pobre mujer que no cometió otro
crimen que el de escribir versos Parecidos a los del abate Cotin, y prosa de
tan dudoso gusto como la de Polichinela? Es extraño que el autor del Telémaco y
de los desangelados amores de Eucaris dijera en sus Máximas de los santos
después del bienaventurado Francisco de Sales: «Casi no tengo deseos pero si
volviera a nacer, absolutamente no tendría ninguno. Si Dios viniera hacia mí,
yo también iría hacia El». Sobre esa proposición versa todo el libro, y por
ella no condenaron a san Francisco de Sales, pero sí a Fenelón. ¿Por qué?
Porque san Francisco de Sales no tuvo un enemigo poderoso y violento en la
corte de Turín mientras Fenelón, en cambio, lo tuvo en Versalles.
Si pasamos de las espinas de la teología a las de la filosofía menos
largas y punzantes, parece indudable que se puede amar un objeto sin que se
interese el amor propio. No podemos parangonar las cosas divinas con las
terrestres ni el amor de Dios con ningún otro amor. Y esto porque nos faltan un
sinfín de escalones para ascender desde las inclinaciones humanas a ese amor
sublime. Pero a falta de otro punto de apoyo que la tierra, de ella debemos
sacar nuestras comparaciones. Cuando contemplamos una obra maestra de pintura,
de escultura de poesía o de elocuencia o cuando oímos una música que encanta
los oídos y el alma, la admiramos y la queremos. Sin que el amor ni la
admiración nos aporten la menor ventaja, experimentamos un pensamiento puro que
algunas veces llega hasta la veneración.
Este es poco más o menos el único modo de explicar la profunda
admiración y el entusiasmo que nos produce el eterno Arquitecto del mundo.
Contemplamos la obra con un asombro mezclado de respeto y anonada miento,
porque el corazón se eleva hasta donde puede y se acerca cuanto le es posible
al artista.
Ahora bien, ¿qué sentimiento es ese? Un no sé qué vago e indeterminado,
un pasmo que no se parece a nuestras afecciones ordinarias. Esa afección
espiritual, ¿merece ser censurada? ¿Pudo condenarse por ella al tierno obispo
de Cambray? ¿Pudo reprochársele alguna herejía? ¿En qué pecó? En nuestros días,
su castigo es incomprensible y la disputa que tuvo con Bossuet pasó y se olvidó
como otras muchas.
AMOR PROPIO. Nicole, en sus Ensayos de moral, escritos
después de publicarse dos o tres mil volúmenes de la misma materia, dice que
«por medio de ruedas y patíbulos establecidos en común deben reprimirse los
pensamientos y los designios tiránicos del amor propio de cada cual».
No me ocuparé de si se pueden tener patíbulos en común, como se tienen
prados y bosques, ni si con ruedas de tortura se pueden reprimir los
pensamientos, pero sí diré que es muy extraño que Nicole tome por equivalentes
el robo perpetrado en camino real y el asesinato por amor propio. Es preciso
distinguir mejor una cosa de otra. El que dijera que Nerón hizo asesinar a su
madre por amor a sí mismo, y que el bandido Cartouche estaba dotado de amor
propio excesivo se expresaría incorrectamente. El amor propio no es una maldad,
es un sentimiento natural en todos los hombres y está más cerca de la vanidad
que del crimen.
Un mendigo que se situaba en las cercanías de Madrid pedía limosna con
altivez. Un viandante le espetó: «No os da vergüenza ser un holgazán, pudiendo,
como podéis, trabajar?» «Señor —le contestó el mendigo—, os pido dinero y no
consejos.» Y dicho esto, le volvió la espalda conservando toda la dignidad
castellana. Era un mendigo más orgulloso que el señor, cuya vanidad se ofendió
sin motivo. Pedía limosna por amor a sí mismo y no consentía que le reprimiera
otro amor propio.
Un misionero que viajaba por la India se encontró con un faquir cargado
de cadenas, desnudo como un mono y acostado boca abajo, recibiendo vergajazos
por los pecados cometidos por sus coterráneos, y éstos a cambio le daban
algunas monedas. «¡Qué manera de renunciar a su amor propio!», exclamó uno de
los espectadores. «No renuncio a mi amor propio —replicó el faquir—. Sabed que
si me dejo azotar en este mundo es para devolveros los azotes en el otro,
cuando vosotros seáis caballos y yo jinete.»
Los que creen que el amor a sí mismo es la base de los sentimientos y de
las acciones de los hombres, tienen razón en España, en la India y en todo el
mundo habitado. Y así como nadie escribe para probar que tiene rostro, tampoco
se necesita escribir para probar que se tiene amor propio, instrumento de la
propia conservación y semejante al instrumento de la perpetuidad de la especie.
Dado que éste nos es necesario, nos causa placer y por esto lo ocultamos.
AMOR SOCRÁTICO. Si el amor que se llama socrático y platónico
fuera un sentimiento honesto, lo alabaríamos, pero como fue relajación debe
sonrojarnos Grecia porque lo prohijó.
¿Cómo es posible que sea natural un vicio que destruiría al género
humano si hubiera sido general y que constituye un atentado infame contra la
naturaleza? Parece que debía ser el último escalón de la corrupción reflexiva
y, no obstante, lo sienten ordinariamente los que aún no han tenido tiempo para
corromperse, pues penetró en seres jóvenes antes de que conocieran la ambición,
el fraude y la sed de riqueza. La juventud, ciega por un instinto no definido,
se precipita en esos desórdenes al salir de la infancia lo mismo que se
precipita en el onanismo.
La inclinación que uno a otro se tienen los dos sexos se declara casi en
la pubertad. Pero, dígase lo que se quiera de las africanas y de las mujeres
del Asia meridional, esa inclinación es generalmente más fuerte en el hombre
que en la mujer; es una ley que la naturaleza infundió en todos los animales y
el macho siempre ataca a la hembra.
Los jóvenes machos de nuestra especie, cuando se educan juntos,
sintiendo esa clase de impulso que la naturaleza empieza a desarrollar en
ellos, y no encontrando el objeto natural al que debe atraernos su instinto, se
arrojan sobre un objeto parecido, con frecuencia algún mozalbete. En la
frescura de la piel, en el brillo de sus colores y en la dulzura de sus
miradas, durante dos o tres años el mocito se parece a una hermosa jovenzuela.
Si el joven le ama es porque la naturaleza se equivoca. Rinde homenaje al sexo
femenino queriendo ver en él la belleza que posee éste pero cuando la edad
desvanece el parecido el engaño cesa. Sabido es que esa equivocación de la
naturaleza es mucho más común en los climas cálidos que en los fríos, porque en
aquéllos la sangre está más encendida y las ocasiones se encuentran con más
frecuencia. Así, lo que es debilidad en el joven Alcibíades, es una abominación
que da asco en un marinero holandés y un cantinero ruso.
No puedo tolerar a los que quieren hacernos creer que los griegos
autorizaron esta licencia. Para probarlo se cita al legislador Solón, porque
dijo lo que en dos versos malos tradujo al francés Aymot:
Tu cheriras un beau garçon Tant qu’il n’aura barbe au menton.
Pero, ¿creéis de buena fe que Solón era legislador cuando pronunció las
anteriores palabras? Entonces era un joven disoluto, y cuando más tarde llegó a
ser sabio no puso semejante infamia en ninguna de las leyes de su república.
También se ha abusado del texto de Plutarco, que entre las
charlatanerías del Diálogo de amor hace que uno de los interlocutores diga que
las mujeres no merecen el verdadero amor, y otro interlocutor es partidario de
las mujeres y las defiende; pues también en ese diálogo han tomado la objeción
como máxima decisiva. Es seguro que el amor socrático no fue un amor infame: la
palabra amor hizo incurrir en esa equivocación. Los que entonces se llamaban
amantes de un hombre joven eran precisamente lo que son entre nosotros los
gentiles hombres que sirven a los príncipes que participan de sus mismos
trabajos militares. Institución guerrera y santa de la que se abusó, como se ha
abusado de los saraos nocturnos y de las orgías.
La institución de los amantes que creó Lacus era una especie de ejército
invencible de guerreros jóvenes que se comprometían mediante juramento a perder
la vida unos por otros: nunca hubo institución tan hermosa en la disciplina
antigua.
Sexto Empírico y otros, dicen que las leyes de Persia recomendaban
semejante vicio, pero no citan el texto de la ley ni nos presentan el código de
los persas, y aunque en él se encontrara esa abominación tampoco la creería;
diría que no es verdadera por la poderosa razón de que no es posible. No, no es
posible que la naturaleza humana promulgue una ley que contradiga y ultraje a
su propia naturaleza, una ley que destruiría al género humano si se cumpliera
al pie de la letra. Pero ya que no me enseñáis ese código, yo os mostraré la
antigua ley de los persas, incluida en el Sadder, que en su artículo noveno
dice que no existe en el mundo mayor pecado. Un escritor moderno trató de
justificar a Sexto Empírico y la sodomía, pero las leyes de Zoroastro, que él no
conoce, presentan la prueba irrecusable de que los persas no recomendaron nunca
ese vicio. Lo mismo podían decir que se recomendaba a los turcos porque éstos
lo cometen, pero sus leyes lo castigan. Hay comentaristas que han tomado
costumbres vergonzosas y toleradas por verdaderas leyes del país. Sexto
Empírico, que dudaba de todo, podía muy bien haber dudado de semejante
jurisprudencia. Si hubiera vivido en nuestros días y sabido que dos o tres
jesuitas habían abusado de sus discípulos, ¿se hubiera creído con derecho para
sentar que les permitían esta infamia las Constituciones de Ignacio de Loyola?
Séame permitido hablar en este artículo del amor socrático que se apoderó del
reverendo padre Policarpo, carmelita calzado de la localidad de Gex, que el año
1771 enseñaba religión y latín a una docena de jóvenes casi niños. Era al mismo
tiempo su confesor y su maestro, y luego ejerció con ellos voluntariamente otro
empleo, dedicando todo su tiempo a ocupaciones espirituales y corporales.
Cuando se descubrió su tejemaneje huyó a Suiza, país que está muy lejos de
Grecia. Esos tejemanejes son bastante comunes entre maestros y discípulos. Los
frailes encargados de educar a la juventud, siempre fueron aficionados a la
sodomía, consecuencia necesaria del celibato a que se ven condenados.
Los señorones turcos y persas, según tenemos entendido, eligen eunucos
para que eduquen a sus hijos. Extraña alternativa para un maestro, ¡ser
castrado o sodomita!
Amarse los hombres unos a otros llegó a ser normal en Roma, donde no se
atrevieron a castigar esa infamia porque la cometía casi todo el mundo.
Augusto, asesino relajado y cobarde, que se atrevió a desterrar a Ovidio,
encontraba bien que Virgilio cantase al efebo Alexis y que Horacio escribiera
odas en metro menor a Ligurino. El mismo Horacio, que elogiaba a Augusto por
haber reformado las costumbres, proponía a éste en una de sus composiciones
satíricas que amara indistintamente a un jovenzuelo y a una muchacha. Y a pesar
de ello, ¡la antigua ley Seantinia, que prohíbe la sodomía, subsistió siempre
en Roma! El emperador Filipo la puso en vigor y expulsó de Roma a los mozuelos
que se dedicaban a tan infame oficio. Si hubo allí poetas espirituales y
licenciosos al mismo tiempo, como Petronio, también hubo profesores tan
virtuosos como Quintiliano. Añadiré, para terminar, que no creo que ninguna
nación civilizada sea capaz de dictar leyes contrarias a las buenas costumbres.
AMPLIFICACIÓN. Considérase la amplificación como una figura
retórica. Quizá tuvieran más razón si dijeran que era un defecto. Cuando se
expresa todo cuanto se debe decir, no se amplifica, y cuando se dice todo lo
que debe decirse, si se amplifica se dice demasiado. Cuando se refiere a los
jueces un acto, bueno o malo, bajo todos sus aspectos, en ese relato no se
comete la figura amplificación, pero si se le añaden datos superfluos se
exagera el relato y se fastidia al que escucha.
En otros tiempos conocí en las escuelas la costumbre de conceder premios
de amplificación. Esto era enseñar a los alumnos a ser difusos. Hubiera sido
más útil premiar a los que acertaran a concentrar los pensamientos, porque este
estudio les acostumbraría a hablar con más precisión y energía. Mas no por
evitar la amplificación hay que caer en la sequedad de estilo.
La excelente oda de Safo, en que describe los síntomas del amor,
traducida a todos los idiomas, no sería tan patética de no expresar el ardor de
la pasión que dicha poetisa sintió y se refiriese a otra mujer cualquiera. Sólo
en este caso podría considerarse como amplificación.
La descripción de la tempestad en el primer libro de la Eneida tampoco
es una amplificación. Es la descripción veraz de cuanto sucede en una
tempestad; no hay en ella ninguna idea repetida y la repetición es el defecto
en que suelen incurrir casi todas las amplificaciones.
La amplificación, la declamación y la exageración, fueron abusos que
cometieron siempre los escritores griegos. Pero de esta regla general hay que
exceptuar a Demóstenes y Aristóteles.
Andando los años se puso como un sello de aprobación casi universal a
fragmentos de poesías absurdas por contener éstas algunos rasgos brillantes que
hacen olvidar el poco valor de los restantes versos, y porque los poetas que
aparecieron después no lo hicieron mejor y los comienzos informes de todo arte
consiguen alcanzar más reputación que el mismo arte perfeccionado.
Actualmente, entre los franceses, la mayoría de las homilías y oraciones
fúnebres, y de los enfáticos discursos que se pronuncian en ciertas ceremonias,
sólo son abrumadoras amplificaciones, amén de que están henchidas de lugares
comunes que se repiten hasta la saciedad. Esos discursos debían pronunciarse
raras veces y de este modo resultarían soportables. ¿A qué conduce hablar mucho
cuando no hay nada nuevo que decir? Hora es ya de poner freno a tan exorbitada
incontinencia verbal.
ANALES. Varios pueblos vivieron mucho tiempo y viven
todavía sin anales. En toda la América, o sea en la mitad del Globo, sólo los
tuvieron México y Perú, y estos anales son relativamente modernos porque no
contamos los cordelitos con nudos con que los peruanos rememoraban los
principales eventos antes de conocer la escritura.
Las tres cuartas partes de Africa tampoco conocieron nunca anales. Entre
las naciones más ilustradas, que todavía usan y abusan del arte de escribir,
puede decirse que por lo menos el noventa y nueve por ciento de sus habitantes
ignoran qué sucedió en su país más allá de cuatro generaciones, y apenas si
conocen el nombre de sus bisabuelos. La mayoría de los vecinos de las aldeas y
pueblos se encuentran en este caso, y hay en ellos familias que ni siquiera
poseen los títulos de sus propiedades. Cuando se promueve algún proceso
respecto a las lindes entre un campo y un prado, el juez lo decide según lo que
oye decir a los ancianos del pueblo. Para muchas familias, el mejor título es
la posesión de la tierra. Ciertos sucesos notables se transmiten oralmente de
padres a hijos y paulatinamente van alterándose, a medida que pasan de boca en
boca. No conocen otros anales.
Las aldeas de Europa, que hoy está civilizada, cuentan con numerosas
bibliotecas y parece como agobiada bajo el peso de un descomunal acervo de
libros, pero apenas hay dos hombres que sepan leer y escribir. Efectúan los
trabajos de sembrar, de recoger y aventar, como se hacían en tiempos
remotísimos. El labrador no tiene ratos de ocio y no echa de menos que no le
hayan enseñado a dedicar el tiempo libre a la lectura. Esto prueba que el
género humano no ha tenido necesidad de monumentos históricos para cultivar las
artes indispensables para la vida.
Y aunque no debe sorprendernos que carezcan de anales muchísimas
poblaciones, sí ha de causarnos sorpresa que tres o cuatro naciones los
conserven desde hace cinco mil años, tras tantas revoluciones que han
conmocionado el mundo. No conservamos ni una línea de los antiguos egipcios,
caldeos, etruscos y latinos. Los únicos anales antiguos que se conservan son
los chinos, los indios y los hebraicos.
No cabe llamar anales a los fragmentos de historia, vagos cuando no
desconocidos, sin fechas, sin hilación y sin orden, pues son enigmas que la
Antigüedad propone a la posteridad y ésta no comprende.
No se puede asegurar que Sanchionathon, que vivía, según se nos dice,
antes de la época de Moisés, haya compuesto anales. Probablemente limitaría las
indagaciones a su cosmogonía, como después hizo Hesíodo en Grecia. Aventuramos
esta opinión sin tener seguridad de ella, porque escribimos para instruirnos y
no para enseñar; no obstante, es digno de mencionar que Sanchionathon cite los
libros del egipcio Thaut, que según afirma vivió ochocientos años antes que él;
luego, Sanchionathon escribía probablemente en el siglo en que se sitúa la
aventura de José en Egipto. La elevación del judío José a primer ministro de
Egipto data del año 2300 de la creación.
Si Thaut escribió sus libros ochocientos años antes de esa fecha, los
escribió en el año 1500 de la creación, o sea ciento cincuenta y seis años
antes del diluvio, y si esto fuera verdad estarían grabados en piedra y se
hubieran conservado después del diluvio universal. Y aún hay otra dificultad
para creer lo que dice Sanchionathon, pues éste no habla del diluvio, como
tampoco ningún otro autor egipcio. Pero todas estas dificultades se desvanecen
ante el Génesis que inspiró el Espíritu Santo.
Está lejos de nuestro ánimo penetrar en el caos que varios autores han
pretendido aclarar inventando diferentes cronologías. Nosotros, que nos
atenemos al Antiguo Testamento, sólo nos atrevemos a preguntar si en la época
de Thaut se escribía en jeroglíficos o con caracteres alfabéticos, si habían
desistido ya de escribir en piedra y en ladrillo y lo hacían en pergaminos o
cualquier otra materia, si Thaut escribió anales o una cosmogonía, si el Bajo
Egipto estaba habitado, si habían construido ya los canales para que recibieran
las aguas del Nilo, si los caldeos habían enseñado ya las artes a los egipcios,
y si aquéllos los habían aprendido ya de los brahmanes.
Hay muchos autores que resuelven todas las cuestiones. Esto me recuerda
lo que un hombre ingenioso y de buen sentido dijo un día, refiriéndose a un
sesudo doctor: «Ese hombre debe de ser un gran ignorante, porque sabe contestar
a todo lo que le preguntan».
ANATAS. Al artículo que lleva este título en la
Enciclopedia (doctamente escrito, como todo lo que trata de jurisprudencia en
tan importante obra) pudo añadirse que siendo incierta la época de la
institución de las anatas es prueba de que esa exacción no es más que una
usurpación, una costumbre contra derecho. Todo lo que no se basa en una ley
auténtica es un abuso, y todo abuso debe reformarse, excepto que la reforma sea
más lesiva que el mismo abuso. La usurpación empieza por tomar posesión poco a
poco. La equidad y el interés público se oponen y reclaman, pero llega la
política y armoniza como puede la usurpación con la equidad, dejando el abuso
en pie.
Imitando a los papas, en muchas diócesis los capítulos y los
archidiáconos establecieron anatas sobre los curatos. En Normandía denominan
derecho de vacante a esta exacción. Como la política no tenía interés en
sostenerla, la abolió en muchas partes, pero quedó subsistente en otras. ¡Con
lo que el culto al dinero es el primero de los cultos!
En el Concilio de Pisa de 1409 el papa Alejandro V renunció expresamente
a las anatas, Carlos VII las condenó en un edicto que publicó en abril de 1418,
el Concilio de Basilea las declaró simoníacas, y la pragmática sanción las
abolió otra vez. Francisco I, cumpliendo el tratado particular que hizo con
León X y que no se insertó en el Concordato, permitió al Papa restablecer dicha
exacción, que le produjo todos los años, durante el reinado del referido
pontífice, cien mil ducados de aquella época, según calculó entonces Jacobo
Cappel, abogado general del Parlamento de París.
Los parlamentos, las universidades, el clero, la nación entera, pedían
que se suprimiera esa exacción, y Enrique IV, haciéndose eco de los clamores de
su pueblo, reprodujo la ley de Carlos VII en un edicto que publicó el 5 de
septiembre de 1551.
La prohibición de pagar anatas fue ratificada por Carlos IX en los
Estados de Orleáns, en 1560. «Atendiendo a la opinión de nuestro Consejo y
cumpliendo los decretos de los santos concilios y las antiguas ordenanzas de
los reyes, nuestros predecesores, mandamos que nadie transporte oro ni plata
fuera de nuestro reino, bajo el pretexto de pagar anatas, y el que no
obedeciere será obligado a pagar el cuádruplo.»
Esta ley, que se promulgó en la asamblea general de la nación, parecía
que debía ser irrevocable, pero dos años después, el mismo rey, obligado por la
corte de Roma, entonces poderosa, restableció esa exacción. Y Enrique IV, que
no temía ningún peligro, pero sí a Roma, confirmó el pago de las anatas en
virtud de un edicto publicado en enero de 1596.
Tres célebres jurisconsultos, Dumoulin, Lanov y Duaren, escribieron
contra las anatas calificándolas de verdadera simonía. Si por no pagarlas
rehusaba el Papa entregar las bulas, Duaren aconsejaba a la Iglesia galicana
que imitase a la Iglesia española, que en el duodécimo Concilio de Toledo
encargó al arzobispo de esta ciudad que diera posesión de sus cargos a los
prelados nombrados por el rey al ver que el Papa se negaba a ello.
Es una normativa de derecho francés, consagrada por el artículo 14 de
nuestras libertades, que el obispo de Roma no tiene derecho alguno sobre la
parte temporal de los beneficios y que sólo puede cobrar anatas si lo permite
el rey. Y aun así, este permiso debe tener un término, porque si no, ¿de qué
nos sirve la Ilustración si no sabemos acabar con los abusos?
Ascienden a una cantidad enorme las sumas que se pagaron y se pagan
todavía al Papa. El fiscal general Jean de Saint Romain calcula que en la época
de Pío II, en la que estuvieron vacantes veintidós obispados en Francia durante
tres años, tuvo que pagar esta nación a Roma ciento veinte mil escudos; que
habiendo vacado también sesenta y una abadías, pagó también a Roma otra
cantidad equivalente; que, además, por aquel mismo tiempo hubo que entregar a
la curia romana por las provisiones de prioratos, decanatos y otras dignidades,
cien mil escudos; que por cada curato recibió por lo menos una gracia
expectativa que costaba veinticinco escudos y, además, infinidad de dispensas
que se calcula costaban cerca de dos millones de escudos. El referido fiscal
general vivió en la época de Luis XI. Calculad, pues, a qué cantidad tan
excesiva ascendería hoy el pago de las anatas, y agregad esta cantidad a la que
las demás naciones habrán pagado por este concepto. Si la Ciudad Eterna, en la
época de Lúculo, sacó con su espada vencedora oro y plata a las naciones, con
la pluma extraen el oro y la plata a las naciones protegidas.
Supongamos que el fiscal general Saint Romain exagerara en sus cálculos
y que el pago de las anatas sólo ascendiera a la mitad de lo que supone, lo
cual no es creíble. ¿No queda aún cantidad suficiente para exigir su
restitución a la Santa Sede, que la ha cobrado indebidamente y contraviniendo
las disposiciones de los cánones?
ANÉCDOTAS. Si fuera posible confrontar a Suetonio con
los ayudas de cámara de los doce Césares, ¿creéis que éstos estarían siempre de
acuerdo con aquél? Y en caso de contradecirse, ¿quién no concedería más crédito
a los ayudas de cámara que al historiador?
Muchos de nuestros libros sólo se fundan en las murmuraciones públicas
de las ciudades, como la física antigua se fundó sobre quimeras que, repetidas
de siglo en siglo, han llegado hasta nosotros. Los que se complacen en escribir
durante la noche, en el silencio de su gabinete, todas las noticias que oyeron
durante el día, como hizo san Agustín, deberían escribir un libro de
retractaciones cada año.
Refiere el auditor de estrados Estoile, que Enrique IV, yendo de caza a
Creteil, entró solo en una hostería en cuyo piso alto se hallaban comiendo
algunos letrados de París. El rey no se dio a conocer y por medio de la
hostelera les invitó a su mesa o a que le cedieran parte de la carne asada que
comían, pagándola. Los togados respondieron que tenían asuntos particulares que
hablar en secreto, que su comida era breve y que suplicaban al desconocido que
les perdonara si no le invitaban.
Enrique IV llamó a sus guardias y mandó prender a los parisienses y que
los azotaran, «para enseñarles a ser otra vez más corteses con los gentiles
hombres». Estas son las palabras de Estoile.
Algunos autores que en la actualidad se han ocupado de escribir la vida
de Enrique IV y copian a Estoile, refieren esta anécdota. Pero lo malo es que
la elogian aplaudiendo el proceder de Enrique IV. Sin embargo, este hecho ni es
verdadero, ni verosímil, pues caso de haberlo realizado, en vez de merecedor de
alabanzas hubiera sido ridículo, cobarde, tiránico e imprudente.
En primer lugar, no es verosímil que en 1602 Enrique IV, cuya fisonomía
era tan característica y trataba a todo el mundo con afabilidad fuera
desconocido en Creteil, que está cerca de París. En segundo lugar Estoile, en
vez de probar la exactitud de su historieta impertinente, dice que se la
refirió un hombre que la oyó contar a M. de Vitry. Fue, pues, una de esas
murmuraciones que corren por las ciudades. En tercer lugar sería cobarde y
odioso castigar de manera infamante a unos ciudadanos que se reúnen para sus
asuntos particulares y que no cometieron falta alguna negándose a compartir su
comida con un desconocido indiscreto, que podía comer otras cosas en la misma
hostería. En cuarto lugar, acción tan tiránica, indigna de un rey y de un
hombre honrado, digna de castigo en cualquier nación, era tan imprudente como
ridícula y criminal. Resultaba suficiente para que los ciudadanos de París
execraran a Enrique IV y sabido es el interés que éste tenía en ser bienquisto
de ellos. No debía pues, mancharse la historia incluyendo en ella un cuento tan
necio, ni deshonrar a Enrique IV con tan impertinente anécdota.
He aquí lo que dice un libro titulado Anécdotas literarias, atribuido al
abate Raynal, publicado en 1752. «Los amores de Luis XIV, obra dramática, se
representó en Inglaterra y por eso dicho príncipe quiso que representaran otra
obra dramática sobre los amores del rey Guillermo. El marqués de Torcy encargó
al abate Brueys que escribiera la obra, que se aplaudió en la lectura, pero no
llegó a representarse porque el protagonista falleció mientras se preparaba el
estreno.»
En esas breves líneas hay tantas mentiras como palabras. En ningún
teatro de Londres se representaron nunca los amores de Luis XIV, monarca
incapaz de mandar que se escribiera una comedia sobre los amores del rey
Guillermo, es más, el rey Guillermo no tuvo ninguna amante. Nunca habló el
marqués de Torcy al abate Brueys sobre ese asunto porque no pudo comisionar
para este encargo tan discreto y tan pueril ni al abate, ni a nadie, y consta
que dicho abate no escribió esa comedia. ¡Para que se fíe uno de las anécdotas!
También dice el mentado libro que «Luis XIV quedó tan contento de la
representación de la ópera Isis que obligó al Consejo a que publicara un
decreto permitiendo que los personajes de la nobleza pudieran cantar en la
ópera y cobrar sueldos sin desdoro de su alcurnia, cuyo decreto registró el
Parlamento de París».
No se encuentra semejante decreto registrado en el Parlamento de París;
en cambio, es cierto que Sully obtuvo en 1672 (mucho antes que se estrenara la
opera Isis) licencia del rey que le permitió establecer una academia de ópera y
que puso un anuncio diciendo que los gentiles hombres y sus hijos podían cantar
en su teatro sin desdoro de su alcurnia.
Leo en la Historia filosófica y política del comercio de las Indias:
«Estamos inclinados a creer que Luis XIV sólo se procuró buques para que le
admiraran y castigar Génova y Argel». Esto es escribir y juzgar a tontilocas y
oponerse a la verdad, siendo ignorantes, e insultar sin motivo a Luis XIV, que
disponía de cien navíos de guerra y de sesenta mil marinos desde el año 1678. Y
el bombardeo de Génova no se realizó hasta el año 1684.
También se dice en la referida obra que cuando los holandeses expulsaron
a los portugueses de Malaca, el comandante holandés preguntó a su colega
portugués cuándo volverían, a lo que el vencido le respondió: «Cuando vuestros
pecados sean más grandes que los nuestros». Esa contestación se había atribuido
antiguamente a un inglés de la época de Carlos VII de Francia, y en tiempos
anteriores a un emir sarraceno en Sicilia. Al margen de esto, la tal
contestación es más propia de un capuchino que de un político. No fue por ser
más pecadores los franceses que los ingleses el motivo de apoderarse éstos del
Canadá.
El autor de dicha obra refiere seriamente una anécdota que inventó
Steele, e insertó el Espectador, y pretende que esa historieta sea una de las
causas de las guerras que mediaron entre los ingleses y los salvajes. He aquí
la historieta que Steele contrapone a otra mucho más graciosa de la matrona de
Éfeso. Se trata de probar en ella que los hombres no son tan constantes como
las mujeres, pero en Petronio la matrona de Éfeso sólo tiene una debilidad
divertida y perdonable, y el comerciante Yukle, en el Espectador, es culpable
de la más negra ingratitud. El joven viajero Yukle corre inminente peligro de
que le prendan los caraibos en el continente de América, pero no nos dice el
autor cuándo ni en qué parte. Karika, joven caraiba, le salva la vida y huye con
él a las Barbados. Una vez allí, Yukle se lleva al mercado a su bienhechora
para venderla. «¡Ingrato, bárbaro! —exclama Karika—. ¿Quieres venderme estando
embarazada de ti!» «¿Estás embarazada? —responde el comerciante inglés—. Pues
tanto mejor, te venderé más cara.»
Esta anécdota la pretenden hacer pasar por historia verdadera y por el
origen de una prolongada guerra. El discurso que pronunció una mujer natural de
Boston ante los jueces que la sentenciaron a prisión correccional por quinta
vez, por haber parido el quinto hijo, es una broma, es un libelo del ilustre
Franklin, y se refiere a la obra de que nos ocupamos como documento auténtico.
Son infinitos los cuentos que desfiguran todas, las historias.
En un libro titulado Del Espíritu, que armó mucho revuelo, y en el que
se encuentran reflexiones tan verdaderas como profundas, se dice que
Malebranche es el autor de la Promoción física. Ese descuido confunde a más de
un lector que desea adquirir la Promoción física y la busca en vano. En el
mismo libro se dice que Galileo encontró la causa de que las bombas no puedan
elevar el agua a más de treinta y dos pies de altura. Eso fue precisamente lo
que Galileo no encontró: comprendió que la pesadez del aire hacía elevar el
agua, pero no pudo descubrir por qué e} aire no podía obrar a más de treinta y
dos pies de altura. Torricelli fue el que adivinó que una columna de aire
equivalía a treinta y dos pies de agua y a veintisiete pulgadas de mercurio.
En la revista Mercurio, de Francia, del mes de septiembre de 1669, se
atribuye a Pope un epigrama improvisado en la muerte de un famoso usurero, y
hace más de doscientos años que en Inglaterra saben que fue obra de
Shakespeare.
De todos los libros plagados de falsas anécdotas el que se lleva la
palma de más mentiras absurdas fue la compilación de las supuestas Memorias de
Madame de Maintenon. El fondo de ellas es verdadero, porque el autor pudo leer
algunas cartas de la citada dama que le proporcionó una señora educada en Saint‑Cyr.
El escaso número de verdades que contienen se ahogan en una narración novelesca
que ocupa siete tomos. En esas memorias supone el autor que uno de sus ayudas
de cámara suplantó a Luis XIV e inventa cartas dirigidas a dicho monarca que no
escribió Mademoiselle de Mancini, haciendo decir a esta sobrina del cardenal
Mazarino, en una de las cartas dirigidas al rey: «Obedecéis a un sacerdote; no
sois digno de mi si servís en vez de mandar. Os amo como a mí misma, pero
prefiero vuestra gloria a vuestro amor».
Dicen también dichas cartas: «Mademoiselle de la Valiere se dejó caer en
un sillón en completo deshabillé, pensando siempre en su amante. Con frecuencia
pasaba la noche en un sillón y al amanecer la encontraba todavía allí, con la
mirada fija y como en éxtasis, estado en que la sumía el amor. Ocupada
exclusivamente en pensar en el rey, quizá se quejaba en aquel momento de que la
vigilaban los espías de Enriqueta y de la severidad de la reina madre. Un leve
ruido que oyó la sacó de su éxtasis, y la hizo inclinar el cuerpo hacia atrás
con sorpresa y sobresalto. Luis estaba ante ella, corrió a su lado y se
arrodilló a sus pies. Trata de huir y él la detiene; amenaza y él la apacigua;
llora y él seca sus lágrimas». Semejante descripción no se aguantaría hoy en la
más empalagosa de las novelas que se escriben para menestralas.
En las citadas Memorias de Madame de Maintenon, después de ocuparse de
la revocación del edicto de Nantes, se encuentra un capítulo titulado Estado
del corazón. Tras esas ridiculeces se encuentran las calumnias más groseras
propaladas contra el rey, contra su hijo, contra su sobrino el duque de
Orleáns, contra los ministros y contra los generales. Así, la avilantez,
estimulada por el hambre, produce monstruos. Hay que ponerse en guardia contra
la multitud de libelos atroces que han inundado Europa desde hace tiempo.
Anécdota sobre Carlos V. ¿Tuvo Carlos
V relaciones carnales con su hermana Margarita, gobernadora de los Países
Bajos, de cuyas relaciones nació don Juan de Austria, hermano intrépido del
prudente Felipe II? No tenemos de ello ninguna prueba, como tampoco de los
secretos de Carlomagno, que según se dice holgó con todas sus hijas. ¿Por qué
hemos de afirmar esos hechos sin tener pruebas? Si la Biblia no me asegurara
que las hijas de Loth tuvieron hijos de su propio padre, y que Thamar los tuvo
de su suegro, yo no me atrevería a acusarlas. Es preciso ser discretos.
Otra anécdota más atrevida. Cierto autor afirma que la duquesa de Montpensier se entregó al monje
Jacobo Clemente con la idea de que se comprometiera a asesinar al rey. Hubiera
resultado más astuta si hubiera ofrecido sus favores al monje y no se los
hubiera concedido. No creemos que sea ese el medio de excitar al magnicidio a
un sacerdote fanático; para conseguirlo, vale más enseñarle el cielo que
enseñarle una mujer. Era más capaz de decidirle a cometer el crimen su prior
Bourgoin que la mujer más hermosa del mundo. Cuando mató al rey no se le
encontró en las faltriqueras ninguna carta de amor, pero sí se le encontraron
las historias de Judit y de Aod, estrujadas y pringosas por haberlas leído
muchas veces.
Anécdota sobre Enrique IV. Los regicidas Juan Chatel y Ravaillac no tuvieron cómplices. Su delito
estaba de moda en la época y su único cómplice fue el crimen de la religión. Se
asegura que Ravaillac, cuando fue a Nápoles, oyó que el jesuita Alagona
profetizó la muerte del rey y no faltan autores modernos que lo dicen. Pero los
jesuitas nunca fueron profetas. Si lo fueran, hubieran predicho su expulsión y,
por el contrario, aseguraron que su institución duraría hasta el fin de los
siglos.
De la abjuración de Enrique IV. El jesuita Daniel pretende probar baldíamente en su árida y defectuosa
Historia de Francia que Enrique IV, antes de abjurar, era ya mucho tiempo
católico. Ni creo a Daniel, ni creería al mismísimo Enrique IV si la dijera. En
la carta que escribió a la hermosa Gabriela, comunicándole mañana daré el salto
mortal, prueba que el catolicismo no había penetrado aún en su corazón. Si éste
se hubiera visto iluminado por la gracia, el rey hubiera dicho a su amante:
«Los obispos me han convertido», en vez de decirle «los obispos me están
fastidiando». ¿Es propia esa expresión de un buen catecúmeno?
En las cartas que este gran monarca dirigió a la condesa de Grammont,
cuyos originales se conservan todavía, dice lo siguiente: «Todos esos
envenenadores son papistas: yo mismo he descubierto a uno de ellos. Los
predicadores romanos dicen en alta voz que debemos vestir de luto por el
envenenamiento del príncipe de Condé e instan a todos los buenos católicos a
que así lo hagan: ¿seréis capaz de pertenecer a semejante religión? Si no fuera
hugonote, me haría turco». Después de conocer estas pruebas que suministra el
mismo Enrique IV, es muy difícil convencerse de que fue católico sincero.
Otra equivocación sobre Enrique IV. Bury, en su Historia de Enrique IV, publicada en 1610, acusa del
asesinato de dicho monarca al duque de Lerma, asegurando que esa «es la opinión
más admitida». Pero es evidente que está muy mal admitida esa opinión. Nunca se
habló de semejante cosa en España, y en Francia sólo el sucesor del presidente
De Thou dio cierto crédito a esas sospechas vagas y ridículas. Si el ministro
español duque de Lerma comisionó para cometer el crimen a Ravaillac, le debió
pagar muy mal, porque cuando prendieron a ese miserable le encontraron muy poco
dinero. Si el duque de Lerma le sedujo prometiéndole recompensa proporcionada a
su crimen, indudablemente Ravaillac lo hubiera dicho denunciando al duque y a
sus emisarios, aunque sólo fuera para jorobarlos. Si nombró al jesuita Aubigny,
al que sólo enseñó el cuchillo, ¿por qué no había de citar al duque de Lerma si
hubiera intervenido en ese asunto? Es obstinación incomprensible la de no creer
lo que dijo Ravaillac durante el interrogatorio y durante el tormento que le
hicieron sufrir. ¿Por qué insultar a una nación noble como la española, sin
tener ni asomo de prueba contra ella? Así se escribe la Historia.
Los españoles nunca recurrieron a crímenes vergonzosos y los grandes de
España han manifestado en todas las épocas una generosa altivez que no les
permitió nunca envilecerse hasta tal punto. Si Felipe II puso a precio la
cabeza del príncipe de Orange, tuvo para ello el pretexto de castigar a un
vasallo rebelde, lo mismo que el Parlamento de París tasó en cincuenta mil
escudos la cabeza del almirante Coligny, y más tarde la del cardenal Mazarino.
Esas proscripciones públicas se debían al horror causado por las guerras
civiles. Pero, ¿qué motivos tenía el duque de Lerma para entrar en tratos
secretos con un miserable como Ravaillac?
Anécdota sobre el hombre de la máscara de hierro. En mi obra El Siglo de Luis XIV me ocupé del hombre de la máscara de
hierro. Conocía bien esa anécdota que asombra al siglo XV}II como asombrará a
la posteridad, mas no por ello deja de ser verdadera. Cometí entonces una
equivocación respecto a la fecha de la muerte de ese desconocido que fue
singularmente desdichado. Le enterraron en San Pablo el 3 de marzo de 1703 y no
en 1704, como dije en mi referida obra.
Al principio estuvo encerrado en Pignerot, luego le llevaron a las islas
de Santa Margarita y finalmente lo encarcelaron en la Bastilla, siempre bajo la
vigilancia de Saint‑Mars, que le vio morir. El jesuita Griffet, confesor de los
presos en la Bastilla, dio a conocer al público el diario de esta fortaleza que
da fe de las fechas.
El hombre de la máscara de hierro es un enigma que cada uno pretende
descifrar a su modo. Algunos dicen que era el duque de Beaufort, pero este
duque fue muerto por los turcos en la defensa de Candía en 1669 y el hombre de
la máscara de hierro estaba en Pignerot en 1662. Por otro lado, ¿cómo se podía
prender al duque de Beaufort estando éste en medio de su ejército? ¿Cómo le
hubieran podido llevar a Francia sin que nadie lo supiera? ¿Por qué le habían
de encarcelar y taparle el rostro con una máscara de hierro? Otros dicen que
era el conde de Vermandois, hijo natural de Luis XIV, pero es público y notorio
que éste murió de viruela maligna en 1683, estando a la cabeza de su ejército,
y que le enterraron en la ciudad de Arras. Hay quien imaginó que el hombre de
la máscara de hierro fue el duque de Monmouth, pero a este duque lo mandó
decapitar públicamente en Londres en 1685 el rey Jacobo. Para ser ese duque, el
hombre de la máscara de hierro debió haber resucitado y cambiar en seguida el
orden de los tiempos, poniendo el año 1662 en el punto que ocupa el 1685; era
preciso también que el rey Jacobo, que no perdonó nunca a nadie, perdonara al
duque de Monmouth y que decapitaran por éste a otro hombre que se le asemejara.
Al no ser ninguno de los citados personajes el hombre de la máscara de hierro,
nos quedamos sin saber quién fue ese prisionero, a qué edad murió y con qué
nombre le enterraron. Es indudable que si nunca le permitieron salir de la
Bastilla, ni hablar con el médico, sino con la máscara puesta, era porque
temían que se le descubriera un parecido extraordinario con algún alto
personaje. Podía enseñar la lengua, pero tenía prohibido enseñar el rostro.
Días antes de morir, dijo al boticario de la Bastilla que creía tener unos
sesenta años, y Marsolan, médico que fue del mariscal de Richelieu y luego del
duque de Orleáns, regente del reino, yerno del citado boticario, me lo ha
referido algunas veces.
Anécdota sobre el mariscal de Luxemburgo. En una Historia de Holanda que estoy leyendo, al ocuparse del mariscal
de Luxemburgo refiere que en 1672 dirigió esta alocución a sus tropas: «Hijos
míos, corred, robad, saquead, matad y violad. Y si encontráis algún acto más
abominable que éstos, cometedlo para probarme que no me he equivocado al
escogeros, creyendo como creo que sois los hombres más corajudos del mundo».
Esa alocución es tan falsa como las de Tito Livio y de peor gusto
literario que las de este célebre historiador. Para baldón de la tipografía,
esa arenga se encuentra en diccionarios nuevos que sólo son una serie de
imposturas puestas en orden alfabético.
Anécdota sobre el padre Fouquet. En 1728, el jesuita Fouquet regresó a Francia procedente de China, en
cuya nación había pasado veinticinco años. Las disputas religiosas promovidas
por los misioneros en el celeste Imperio le enemistaron con sus colegas. Quiso
imponer allí un evangelio distinto del que predicaban sus compañeros de misión
y trajo a Europa memorias escritas contra éstos. En el viaje le acompañaron dos
letrados de China: uno de ellos falleció en el barco y el otro llegó a París
con Fouquet. Este se proponía llevar el letrado a Roma con el fin de que
sirviera de testigo del proceder de los padres misioneros que le hacían la
oposición en China.
Fouquet y el letrado se hospedaron en París, en la casa de los jesuitas
sita en el arrabal de San Antonio. Los reverendos padres se enteraron de lo que
intentaba su colega y a su vez Fouquet recibió aviso de los designios de los
reverendos padres, por lo que aquella misma noche emprendió viaje a Roma.
Los reverendos padres, aprovechándose de la influencia que ejercían,
consiguieron que inmediatamente salieran al camino para prenderle, pero sólo
pudieron coger al letrado, un joven que no sabía ni una palabra de francés. Los
buenos padres acudieron al cardenal Dubois, que entonces los necesitaba, y le
notificaron que tenían en la casa un joven que se había vuelto loco y por ello
pedían que lo encerrase. El cardenal, fiándose de esta acusación, dictó en el
acto una orden reservada en virtud de la cual el superintendente de policía se
presentó para prender al supuesto loco, y se encontró ante un hombre que hacía
reverencias de un modo muy distinto que en Francia, hablaba como si cantara y
que le recibió con asombro. Lamentando mucho que se le hubiera trastornado el
juicio mandó que lo atasen y lo envió al manicomio de Charenton, donde fue
azotado, como el abate Desfontanes, dos veces cada semana.
El letrado chino no pudo comprender la extraña manera que tenían allí de
recibir a los extranjeros. Sólo llevaba dos o tres días en Francia y le
parecían muy extrañas las costumbres francesas. El desventurado pasó dos años a
pan y agua entre los dementes y los padres guardianes. Creyó, pues, que la
nación francesa sólo se componía de esas clases de hombres: una, demencial, y
otra que daba azotes a la primera.
Al cabo de dos años cambió el ministerio y fue nombrado otro
superintendente de policía, quien comenzó a desempeñar su cargo visitando las
cárceles y haciendo una visita al manicomio de Charenton. Después de conversar
con algunos dementes, preguntó si quedaba algún otro en el establecimiento y le
contestaron que sólo un desventurado extranjero que hablaba un idioma que nadie
entendía.
El jesuita que acompañaba al magistrado le dijo que la locura de ese
hombre consistía en no contestar nunca en francés, que nada sacaría en limpio
de él y, por lo tanto, le aconsejaba que no le hiciera salir. El magistrado
insistió y tuvieron que sacar al infeliz letrado, que se arrojó a los pies del
superintendente. Este mandó que vinieran los intérpretes del rey para que le
interrogaran. Los intérpretes le hablaron en español, en griego y en inglés; el
letrado decía siempre «Cantón, Cantón». El jesuita aseguraba que era un
poseído.
El magistrado, que había oído hablar de una provincia de China llamada
Cantón, sospechó que el demente sería nativo de esa provincia, llamó a un
intérprete de las misiones extranjeras que entendía algo de la lengua china, y
éste descubrió la verdad. El magistrado no sabía qué hacer y el jesuita no
sabía qué decir. El duque de Borbón era entonces primer ministro y le
refirieron lo que acababa de suceder. Mandó que entregaran al chino ropa y una
considerable cantidad de dinero y lo mandó a su patria, de la que creo vendrán
pocos letrados a visitar Francia. Hubiera sido más político retenerle y
tratarle bien que enviarle a China, para que este país no formara una mala
opinión de los franceses.
ÁNGEL. (Ángeles de los hindúes, de los persas, etc.) El autor del artículo Ángel, publicado en la Enciclopedia, dice: «Todas
las religiones han admitido la existencia de los ángeles, aunque la razón
natural no haya podido demostrarla».
No conocemos más razón que la natural; lo sobrenatural está sobre la
razón. Por esto, el autor del citado artículo debió decir que muchas
religiones, no todas, admitieron los ángeles. Las de Numa, sabeísmo, drúida,
china, escitas, antiguos fenicios y antiguos egipcios no admitieron los
ángeles.
Entendemos por la palabra ángeles a los ministros de Dios, a sus
emisarios y a los seres intermedios entre Dios y el hombre, enviados al mundo
para comunicarnos sus órdenes.
En el año actual, 1772, hace precisamente cuatro mil ochocientos setenta
y ocho años que los brahmanes se vanaglorian de tener escrita su primera ley
sagrada, que titulan el Shasta, la cual conocieron mil quinientos años antes
que su segunda ley, llamada Vedas, que significa la palabra de Dios. El Shasta
contiene cinco capítulos: el primero se ocupa de Dios y de sus atributos; el
segundo, de la creación de los ángeles; el tercero, de la caída de los ángeles;
el cuarto, de su castigo, y el quinto, de su perdón y de la creación del
hombre.
Es interesante observar la manera en que habla de Dios ese libro.
Primer capítulo del Shasta. «Dios es uno y lo creó todo. Es una esfera perfecta, sin principio ni
fin. Dios gobierna toda la creación por medio de una providencia general, que
es la resultante de un principio determinado. No pretendas descubrir la esencia
y la naturaleza del Eterno, ni por qué leyes la gobierna. Semejante empresa
sería vana y criminal. Gózate contemplando sus obras noche y día, su sabiduría,
su poder y su bondad».
Después de rendir este tributo de admiración al Shasta, pasemos a
ocuparnos de la creación de los ángeles.
Segundo capítulo del Shasta. «El Eterno, absorto en la contemplación de su propia existencia,
resolvió en la plenitud de los tiempos comunicar su gloria y su esencia a seres
capaces de sentir y de participar de su bienaventuranza y servir a su gloria.
El Eterno quiso y los creó. Los formó con parte de su esencia, capaces de
perfección y de imperfección, según su voluntad.
»El Eterno empezó por crear a Birma, Vichnú y Siva, y luego a Mozazor y
a una pléyade de ángeles. El Eterno dio la preeminencia a Birma, a Vichnú y a
Siva. Birma fue el príncipe del ejército angélico, y Vichnú y Siva, sus
coadjutores. El Eterno dividió el ejército de los ángeles en muchas legiones,
dando a cada una un jefe. Adoraron al Eterno alineados alrededor del trono y
ocupando cada uno de ellos la grada que le asignaron. El armonioso coro sonó en
los cielos. Mozazor, jefe de la primera legión, entonó el cántico de alabanza y
de adoración al Creador, y el canto de obediencia a Birma, la primera de las
criaturas, y el Eterno se regocijó de su nueva creación.»
De la caída te algunos ángeles. «Desde la creación del ejército celeste el regocijo y la armonía
rodearon el trono del Eterno durante mil años multiplicados por otros mil, y
hubieran durado hasta la consumación de los tiempos si la envidia no se hubiera
apoderado de Mozazor y otros príncipes de las legiones angélicas. Entre éstos
se encontraba Raabon el primero en dignidad después de Mozazor. Olvidándose de
la dicha de haber sido creados y de su deber, rechazaron el poder de
perfección, ejercieron el poder de imperfección y obraron mal en presencia del
Eterno. Le desobedecieron y se negaron a someterse al primer representante de
Dios y a los asociados de aquel, Vichnú y Siva, y dijeron: Queremos gobernar. Y
sin temer el poder y la ira del Creador, difundieron esas doctrinas sediciosas
en el ejército celeste y sedujeron a varios ángeles, que tomaron parte en la
rebelión y se alejaron del trono del Eterno. La tristeza se apoderó de los
espíritus angélicos que permanecían fieles y por primera vez se conoció el dolor
en el cielo.»
Castigo a los ángeles rebeldes. «El Eterno, cuyo poder infinito y cuya presencia se extiende a todo,
excepto a los actos de los seres que El creó libres, vio con dolor y con cólera
la defección de Mozazor, de Raabon y de otros jefes de los ángeles, pero siendo
misericordioso, a pesar de estar indignado, comisionó a Birma, Vichnú y Siva
para que les reprocharan el crimen que cometieron e instarles a que cumplieran
con su deber; resueltos a ser independientes, persistieron en la rebelión. Al
saber el Eterno su resolución, ordenó a Siva que fuera contra ellos,
traspasándole su omnipotencia, y que los precipitara desde aquel sitio altísimo
hasta el lugar de las tinieblas, al Ondara, para castigarlos allí durante mil
años multiplicados por otros mil.»
Extractemos lo que dice el capítulo quinto. Cuando transcurrieron allí
mil años, Birma Vichnú y Siva solicitaron del Eterno que tuviera clemencia con
los rebeldes. El Eterno se dignó librarles de la prisión de Ondara y llevarlos
a un sitio de prueba durante gran número de rebeliones contra Dios desde aquel
sitio de penitencia.
En uno de esos períodos fue cuando Dios creó el mundo. Los ángeles
penitentes sufrieron en él un sinfín de metempsicosis y en una de las últimas
se convirtieron en vacas. De aquí que las vacas sean sagradas en la India.
Finalmente, se convirtieron en hombres. Vemos, pues, que la teoría de los
indios sobre los ángeles es la misma teoría del jesuita Bougeant, que supone
que en los cuerpos de los animales se alojan los ángeles pecadores. Lo que los
brahmanes inventaron seriamente lo imaginó un jesuita por mofa cuatro mil años
después, a no ser que se le ocurriera esta chanza para conservar un resto de
superstición mezclada con el espíritu desconocido, cosa que sucede con alguna
frecuencia.
Tal es la historia de los ángeles en el antiguo pueblo de los brahmanes,
historia que enseñan todavía en la actualidad, al cabo de cerca de cincuenta
siglos. Nuestros comerciantes que traficaron en la India nunca se enteraron de
esto, ni nuestros misioneros tampoco, y los brahmanes, que jamás vieron con
buenos ojos la ciencia, ni las costumbres de los extranjeros, no quisieron
comunicarles sus secretos. Para que llegáramos a descubrirlos fue preciso que
el inglés Holwell viviera durante treinta años en Benarés, ciudad situada sobre
el Ganges, donde tenían establecida su escuela los antiguos brahmanes, fue
necesario que el citado inglés aprendiera el sánscrito, lengua sagrada, y que
leyera los antiguos libros de la religión hindú para comunicar a Europa tan
singulares conocimientos. Como también fue preciso que Sale residiera mucho
tiempo en Arabia para poder traducir fielmente el Corán y darnos una idea
exacta de lo que fue el antiguo sabeísmo, al que sucedió la religión islámica;
como fue preciso, en fin, que Hyde estudiara durante veinte años en Persia todo
lo concerniente a la religión de los magos.
De los ángeles de Persia. Los persas
conocieron treinta y un ángeles. El primero de ellos, el superior, a quien
sirven otros cuatro ángeles; se llama Baham, y asume la inspección de todos los
animales, exceptuando al hombre, sobre el que Dios se reserva la jurisdicción
inmediata.
Dios prescribe el día en que el sol entra en el signo de Aries, y ése es
el sábado, lo que prueba que la fiesta del sábado se observaba en Persia desde
tiempos muy remotos.
El segundo de los ángeles se llama Debadur y preside el día octavo. Al
tercero lo apellidan Kur, de cuya palabra probablemente se originó Ciro, y es
el ángel del sol, y el cuarto se llama Ma y preside la luna. Cada ángel tiene
su distrito. Fue en Persia donde comenzó a conocerse la doctrina del ángel de
la guarda y del ángel malo. Créese que Rafael fue el ángel de la guarda del
Imperio persa.
De los ángeles entre los hebreos. Estos no conocieron la caída de los ángeles hasta los primeros años de
la era cristiana. Para esto era menester que conocieran la doctrina secreta de
los antiguos brahmanes, porque fue en esa época cuando se redactó el libro
atribuido a Enoc, respecto a los ángeles rebeldes expulsados del cielo.
Enoc debió ser un autor antiquísimo, porque según afirman los judíos
vivió en la séptima generación antes del diluvio. Pero dado que Set, que es más
antiguo, dejó libros a los hebreos, podían también éstos jactarse de tener
asimismo libros de Enoc. He aquí lo que Enoc escribió, según dicen los judíos:
«Habiendo crecido prodigiosamente el número de hombres y teniendo éstos
hijas muy hermosas, los ángeles se enamoraron de ellas y fueron arrastrados a
muchos errores. Animándose unos a otros, dijeron: “Escojamos mujeres entre las
hijas de los hombres”. Semiaxas, que era un príncipe, les dijo: “Temo que no os
atreváis a realizar este deseo y a tener que cargar yo con todo el crimen”. Los
ángeles le respondieron a coro: “Juramos ejecutar nuestro designio, y nos
entregamos al anatema si no lo realizamos”. Se unieron por medio de este
juramento y lanzaron imprecaciones. Se reunieron doscientos ángeles, partieron
juntos y acudieron a la montaña que se llamaba Hermonium. Los principales
ángeles conjurados se llamaban Semiaxas, Atarcuf, Araciel, Chobabiel, Sampsich,
Zaciel Farmar, Thausael, Samiel, Tiriel, Jumiel, etc. Estos y los demás, hasta
completar el número de doscientos, tomaron mujeres el año 1170 de la creación
del mundo. Del contacto de los ángeles con las mujeres nacieron tres clases de
hombres, etc.»
El autor de ese fragmento, por la candidez con que está escrito, parece
que deba pertenecer a los primitivos tiempos. Nombra a los personajes y no
olvida las fechas, pero no incluye reflexiones ni máximas; ese es el estilo
oriental.
Claro está que esa historia se funda en el capítulo sexto del Génesis
que dice: «Había gigantes en la tierra en aquellos días, y también después que
entraron los hijos de Dios a las hijas de los hombres y les engendraron hijos:
éstos fueron los valientes que desde la Antigüedad fueron varones de nombre».
El libro de Enoc y el Génesis están acordes respecto al comercio carnal
de los ángeles con las hijas de los hombres y a la raza de gigantes que nació
de dicha cópula. Pero ni el libro de Enoc, ni ningún otro del Antiguo
Testamento, hablan de la rebelión de los ángeles contra Dios ni de su derrota,
ni de su caída al infierno, ni del odio que profesan al género humano.
Casi todos los comentaristas del Viejo Testamento dicen unánimemente
que, antes de la cautividad de Babilonia, los judíos no supieron el nombre de
ningún ángel. El que se le apareció a Manué, padre de Sansón no quiso decir
cómo se llamaba. Cuando los tres ángeles se aparecieron a Abrahán y éste les
invitó a comer un becerro asado, no le quisieron decir sus nombres. Únicamente
uno de ellos le habló así: «Volveré a veros el año próximo si Dios me concede
vida, y vuestra esposa Sara tendrá entonces un hijo».
El abate Calmet encuentra mucha semejanza entre esa historia y la
leyenda de Ovidio, que el célebre poeta latino refiere que sucedió entre
Júpiter, Neptuno y Mercurio, los cuales fueron a comer en casa del anciano
Hiriens, al que encontraron triste y afligido por no poder tener hijos, como
los tres ángeles encontraron a Abrahán cuando se le aparecieron (1). Calmet
dice también que las palabras que los ángeles dirigieron a Abrahán pueden
traducirse así: «Nacerá un hijo de vuestro becerro». De todos modos, los
ángeles no dijeron sus nombres a Abrahán, ni a Moisés, y sólo encontramos el
nombre de Rafael en el libro de Tobías, en la época de la cautividad. Los demás
nombres de los ángeles son copiados de los caldeos y persas. Rafael, Gabriel,
Uriel y otros, son persas babilónicos. Hasta el nombre de Israel es caldeo. El
sabio judío Filón lo dice terminantemente al referir la delegación que enviaron
al emperador Calígula.
(1) Véase el artículo Alegorías.
De los ángeles en Grecia y en Roma. Tuvieron demasiados dioses mayores, menores y semidioses para necesitar
otros seres subalternos. Mercurio cumplimentaba los encargos de Júpiter, Isis
los de Juno y, sin embargo conocieron también genios y demonios. La doctrina de
los ángeles de la guarda fue puesta en verso por Hesíodo, poeta coetáneo de
Homero.
Cuanto más estudiamos la Antigüedad, más nos convencemos de que las
naciones modernas, unas tras otras, han ido agotando los tesoros de las minas
antiguas, que en la actualidad están casi abandonadas. Los griegos, que durante
mucho tiempo pasaron por inventores fueron imitadores de Egipto, este país
copió a los caldeos, y éstos lo copiaron casi todo de los hindúes. La teoría de
los ángeles de la guarda la sofisticaron luego las escuelas, y fue todo lo que
pudieron hacer. Cada hombre tuvo su genio, bueno o malo, al igual que tuvo su
estrella. Sabido es que Sócrates tuvo un ángel bueno, pero indudablemente le
guió su ángel malo, porque sólo un ángel malo puede inducir a un filósofo a ir
de casa en casa diciendo a todo el mundo que el padre y la madre, el preceptor
y el alumno, eran unos ignorantes y unos imbéciles. El ángel de su guarda no
pudo impedir que le condenaran a beber la cicuta.
La teoría de los ángeles es de las más antiguas que se conocieron en el
mundo, y precedió a la de la inmortalidad del alma. Esto es lógico. Y si bien
se necesita tener filosofía para creer que es inmortal el alma del hombre, sólo
se necesita imaginación y temor para inventar seres superiores a nosotros, que
nos protegen o nos persiguen. Sin embargo, los antiguos egipcios no conocieron
esos seres celestes, de cuerpo etéreo, ejecutores de las órdenes de Dios. Los
primeros en admitir tal teología fueron los babilonios. Se menciona a los
ángeles desde el primer libro del Génesis, pero este libro no se escribió hasta
que los caldeos constituyeron una nación poderosa. Hasta la época de su
cautividad en Babilonia, que sucedió mil años después de Moisés, los judíos no
supieron los nombres de Gabriel, Rafael, Miguel y Uriel, que aquéllos pusieron
a los ángeles. Fundándose la religión judeo‑cristiana en la caída de Adán y
cimentándose esta caída en la tentación del ángel malo, esto es, el diablo, es
extraño que el Pentateuco no diga una sola palabra a la existencia de los
ángeles rebeldes, ni de su castigo y su caída al infierno.
El motivo de esta omisión cabe achacarlo al hecho de que los judíos
desconocieron los ángeles malos hasta que estuvieron cautivos en Babilonia. Fue
entonces cuando por primera vez oyeron hablar de Satanás.
La palabra Satanás es caldea, y el Libro de Job, habitante de Caldea, es
el primer libro que la menciona.
Los antiguos persas decían que Satán era un genio que movía guerra a los
Divos y a los Peris, es decir, a las hadas. Siguiendo, pues, las reglas
ordinarias de la probabilidad, sólo debe permitirse a los que se valen de la
razón creer que de esta teología tomaron los judíos y los cristianos la idea de
que los ángeles malos fueron expulsados del cielo, y de que el príncipe de
ellos tentó a Eva, apareciendo en forma de serpiente.
Se supone también que Isaías tuvo presente esta alegoría cuando exclamó:
«¿Cómo caíste del cielo, astro de luz, que te levantabas al nacer el día?» Ese
mismo versículo latino, traducido de Isaías, es el que proporcionó al diablo el
nombre de Lucifer. No pensaron que Lucifer significaba «el que derrama la luz»,
y mucho menos ocupándose de un rey de Babilonia destronado, y usando una figura
retórica, exclamó: «¿Cómo caíste de los cielos, astro brillante?»
Es improbable que tratara Isaías por medio de tal imagen poética de
restablecer la doctrina de los ángeles rebeldes precipitados en el infierno Por
eso creemos que hasta los tiempos de la primitiva Iglesia cristiana no se
intentó semejante cosa, y que entonces fue cuando los santos padres y los
rabinos se esforzaron en propagar dicha doctrina para salvar lo que había de
increíble en la historia de la serpiente que sedujo a la madre de los hombres y
que, condenada por esa mala acción a arrastrarse, fue la enemiga del hombre,
que trata siempre de aplastarla, mientras ella intenta morderle. De algunas
sustancias celestes precipitadas en el abismo y que sólo salen para perseguir
al género humano, han imaginado que son invenciones más sublimes.
No puede probarse de ningún modo que esas potencias celestes e
infernales existan, pero tampoco puede probarse que no existen. Tampoco se
incurre en contradicción reconociendo que hay sustancias bienhechoras y
sustancias malignas, que no son de la naturaleza de Dios, ni de la naturaleza
del hombre, pero no basta que una cosa sea posible para creerla.
Los ángeles que imperaban entre los babilonios y entre los judíos eran
precisamente lo mismo que los dioses de Homero, esto es seres celestes
subordinados a un Ser Supremo. Probablemente, la imaginación que forjó aquéllos
produjo también éstos. La religión de Homero fue aumentando el número de dioses
inferiores, y andando los años la religión cristiana aumentó el número de sus
ángeles.
Dionisio el Aeropagita y Gregorio I fijaron el número de ángeles en
nueve coros, divididos en tres jerarquías: la primera era de los serafines los
querubines y las del séptimo coro; la segunda, de las dominaciones, las
virtudes y las potencias, y la tercera, de los principados, los arcángeles y
los ángeles, que dan el nombre a las tres jerarquías. Sólo a un Papa le está
permitido arreglar de esta forma las categorías del cielo.
En griego, la palabra ángel significa enviado. Los persas inventaron sus
Peris, los hebreos sus Malakim y los helenos sus Daimon, y una de las primeras
ideas que tuvieron los hombres fue la de colocar seres intermediarios entre la
Divinidad y nosotros. Estos fueron los demonios y los genios que la Antigüedad
inventó. El hombre imaginó siempre a los dioses semejantes a él. Vio que los
príncipes dictaban órdenes a sus mensajeros y creyó que así lo debía hacer la
Divinidad, por lo que Mercurio e Isis fueron los mensajeros de los dioses.
Los hebreos, que según ellos dicen, fueron el único pueblo que Dios
protegió, no bautizaron desde el principio a los ángeles que Jehová se dignó
enviarles, y copiaron los nombres que les dieron los caldeos. David siendo
esclavo de Babilonia, nombró por primera vez a Miguel y a Gabriel. El judío
Tobías que vivía en Nínive, conoció al ángel Rafael cuando viajaba con su hijo
para ayudarle a cobrar el dinero que le debía el judío Gabael.
En las leyes hebraicas, esto es, en el Levítico y en el Deuteronomio, no
se dice que existan los ángeles. Por esto, sin duda, los saduceos no creyeron
que existían. Pero en las historias de los judíos se ocupan de ellos. Estos
ángeles eran corporales; tenían alas en las espaldas, como también creyeron los
gentiles que Mercurio las tenía en los tobillos, y algunas veces escondían las
alas debajo del manto. No podían concebirles sin cuerpo, porque vivían y comían
y porque los ciudadanos varones de Sodoma quisieron cometer el pecado de
sodomía con los ángeles que fueron a casa de Lot.
La antigua tradición judía, según Maimónides, admite diez grados, diez
órdenes de ángeles: 1) los puros, 2) los rápidos, 3) los fuertes, 4) las
llamas, 5) las chispas, 6) los mensajeros, 7) los dioses o jueces, 8) los hijos
de los dioses, 9) los querubines, y 10) los animados.
Ya dijimos que la historia de la caída de los ángeles no se encuentra en
los libros de Moisés, y que la primera referencia de este hecho se atribuye a
Isaías cuando apostrofó al rey de Babilonia. Dijimos también que la religión
cristiana está fundada en la caída de los ángeles, los que se rebelaron fueron
precipitados en el infierno y se convirtieron en demonios. Un demonio tentó a
Eva en figura de serpiente y condenó al género humano. Jesucristo vino al mundo
a rescatarlo y a vencer al diablo que todavía nos tienta; sin embargo, esta
tradición fundamental sólo se encuentra en el libro de Enoc, que es apócrifo, y
aún allí es diferente de la tradición admitida.
San Agustín, en su carta 109, atribuye cuerpos sutiles y ágiles a los
ángeles buenos y a los malos. El papa Gregorio I redujo a nueve los coros o
jerarquías de los ángeles de las diez reconocidas por los judíos. Éstos tenían
en su templo dos querubines y cada uno de ellos ostentaba dos cabezas, una de
toro y otra de águila, y tenían en las espaldas seis alas. Nosotros pintamos a
los arcángeles y ángeles en figura de jóvenes hermosos con dos alas. En cuanto
a los ángeles del séptimo coro y de las dominaciones, podemos decir que no se
han pintado todavía.
Santo Tomás, en la cuestión 108, dice que los ángeles del séptimo coro
están tan cerca de Dios como los querubines y los serafines, porque Dios se
sienta encima de ellos. Escoto cuenta mil millones de ángeles. Cuando la
antigua mitología de los buenos y de los malos genios pasó desde el Oriente a
Grecia y Roma, quedó consagrada esta opinión al admitir que cada hombre tenía
un ángel bueno y un ángel malo, un ángel que le protege y otro que le perjudica
desde su nacimiento hasta su muerte. Pero todavía no se ha averiguado si esos
ángeles pasan continuamente de un sitio a otro o si los relevan otros ángeles.
Sobre esto debe consultarse la Suma de Santo Tomás. Porque lo cierto es que no
se sabe el sitio que ocupan los ángeles, ni si están en el aire, en el vacío o
en los planetas. Dios no ha querido que lo supiéramos.
ANTIGÜEDAD. Habréis podido ver a veces, en algún pueblecillo, a
un rústico y a su mujer empeñarse en ir en la procesión a la cabeza de sus
convecinos, alegando para ello tener perfecto derecho, y diciéndoles: «Nuestros
abuelos repicaban ya las campanas antes que quienes nos codean hoy llegaran a
ser propietarios de un mal establo». La vanidad del rústico, de su mujer y de
los vecinos no alcanza más, pero se empecinan como si se tratara de un punto de
honor, sobre el que no tienen otras pruebas. Un quidam que cantaba en el
facistol descubre un día un antiquísimo perol oxidado y marcado con una A,
inicial del apellido del calderero que lo construyó, y ese quidam se convence
de que el perol es un yelmo de sus antepasados. De este modo César se hacía
descender de un héroe y de la diosa Venus. Esta es la primitiva historia de
todas las naciones, y poco más o menos, el conocimiento que tenemos de la más
remota Antigüedad.
Los sabios de Armenia demuestran que en su país existió el paraíso
terrenal; los suecos, que existió hacia el lago Vener, y los españoles, que
estuvo en Castilla; en cambio, los japoneses, los chinos, los tártaros, los
hindúes, los africanos y los americanos, son tan desgraciados que nunca
supieron que en otros tiempos existió un paraíso terrestre en los manantiales
del Fison, del Gehon, del Tigris y del Éufrates, o en los manantiales del
Guadalquivir, del Guadiana, del Duero o del Ebro; porque de Fison se forma con
facilidad la palabra Faetis y de Faetis se forma la palabra Baetis, que
significa Guadalquivir. El Gehon es indudablemente el Guadiana, que empieza por
G. El Ebro está en Cataluña, y es indudablemente el Éufrates, porque la E es su
letra inicial.
Entablada esta cuestión, se presenta un escocés a demostrar que el
jardín del Edén estuvo situado en Edimburgo porque aún conserva su primitivo
nombre. Es de creer que esta opinión tenga salida dentro de algunos siglos.
En tiempos antiguos ardió todo el Globo —dice un hombre versado en la
historia antigua y moderna—, porque he leído en un periódico que se ha
encontrado en Alemania madera carbonizada a cien pies de profundidad y entre
montañas, y hasta se sospecha que en aquella parte debió haber carboneros. La
aventura de Faetón prueba que hirvió toda la tierra hasta el fondo del mar. El
azufre que contiene el monte Vesubio prueba indudablemente que las riberas del
Rhin, del Danubio, del Ganges, del Nilo y del gran río Amarillo, son de azufre
y de nitro y están esperando el momento de la explosión para reducir el mundo a
cenizas, como ya lo estuvo otra vez. La arena sobre la que caminamos es una
prueba irrefutable de que el universo se ha vitrificado y que el Globo es realmente
una bola de vidrio, lo mismo que nuestras ideas.
Pero si el fuego cambió el Globo, el agua produjo mayores revoluciones.
El mar, cuyas mareas ascienden hasta veinte pies de altura en los climas
meridionales, produjo las montañas que se elevan desde su nivel a unos
diecisiete mil pies. Esto es tan cierto que algunos sabios que nunca han estado
en Suiza encontraron una inmensa embarcación con todos sus aparejos petrificada
en el monte de San Gotardo, o en el fondo de un precipicio, o no saben bien
dónde, pero lo cierto es que estaba allí. Luego, originariamente, los hombres
han sido peces.
Para descender de la remota Antigüedad a otra más cercana, hemos de
ocuparnos de los tiempos en que la mayor parte de las naciones bárbaras
salieron de sus países para ir a buscar otros que valían menos. Es verdad (si
algo sabemos a ciencia cierta de la historia antigua) que existieron bandidos
galos que fueron a saquear Roma en la época de Camilo, y que otros bandidos
galos pasaron por Iliria para alquilar sus servicios de asesino a otros
asesinos en Toracia, donde cambiaron su sangre por pan, estableciéndose luego
en Galatia. ¿Y quiénes eran esos galos? Sin duda fueron los que los romanos
bautizaron con el nombre de cisalpinos y que nosotros llamamos transalpinos,
montañeses hambrientos que moraban cerca de los Alpes y del Apenino. Los galos
del Sur y del Marna no sabían entonces que Roma existía, ni podían aventurarse
a pasar el monte Cenis, como hizo después Aníbal, para robar el guardarropa de
los senadores romanos, que entonces sólo tenían por trajes y adornos una
vestidura de burdo paño gris, orlada con una banda de color de sangre de toro,
dos pequeños pomos de marfil, o mejor dicho, de huesos de perro, colocados en
los brazos de una silla de madera, y en sus cocinas, por toda vianda, un pedazo
de tocino rancio.
Los galos que se morían de hambre, al no encontrar qué comer en Roma, se
fueron más lejos a buscar fortuna, como luego hicieron los romanos destruyendo
y conquistando muchos países y más tarde hicieron los pueblos del Norte, cuando
desbarataron el Imperio romano.
Sabemos de esas terribles emigraciones por algunos párrafos que por
casualidad escribieron los mismos romanos. Porque los celtas y los galos, al
igual que los bardos (1), en aquella época no sabían leer ni escribir.
Deducir de lo que llevamos dicho que los galos o los celtas, que fueron
conquistados por algunas legiones de César, en seguida por una horda de bodos,
luego por otra de borgoñones y, finalmente, por otra de sicambros, habían
anteriormente subyugado el mundo entero y dictado sus leyes en Asia me parece
una exageración y una inverosimilitud. No es un hecho matemáticamente
imposible; por tanto, cuando me lo demuestren lo creeré.
(1) Bardos (bardi; recitantes carmina bardi) eran los poetas y los
filósofos de los velches.
De la antigüedad de las costumbres. ¿Quiénes fueron los primeros locos que existieron antiguamente en
Egipto, en Siria o en otros pueblos? ¿Qué significaba el muérdago de la encina?
¿Quién fue el primero que veneró un gato? ¿Qué nación fue la primera que bailó
en honor de los dioses debajo del ramaje de los árboles? ¿Qué pueblo fue el
primero que organizó las procesiones y llevó delante de ellas insensatos con
campanillas? ¿Quién ideó pasear por las calles un príapo y después clavarlo en
las puertas a manera de aldaba? ¿A qué árabe se le ocurrió colgar los calzones
blancos de su mujer, en la ventana de la casa, al día siguiente de su boda?
Las antiguas naciones tenían la costumbre de bailar a la luz de la luna
nueva. ¿Es que se dieron esa consigna? Nada de nada, como tampoco se la dieron
para regocijarse por el nacimiento de un hijo, ni para llorar la muerte del
padre. Los hombres siempre se alegran de volver a disfrutar la luz de la luna,
tras haber pasado algunas noches a oscuras. Hay muchas usanzas que son tan
naturales en todos los hombres que no se puede decir que los vascos las han
enseñado a los frigios, ni que éstos las han enseñado a aquéllos.
La costumbre de usar el agua y el fuego en los templos se introdujo por
sí misma. Los sacerdotes no quieren tener siempre las manos sucias y necesitan
tener fuego para cocer la carne inmolada, como necesitaron quemar astillas de
madera resinosa para que el aroma de éstas destruyera el hedor de la sagrada
matanza. Pero las ceremonias misteriosas que son difíciles de interpretar y los
usos que la naturaleza no enseña, ¿en qué sitio, cuándo y por qué se han
inventado? ¿Qué pueblo los comunicó a otro pueblo?
No es verosímil que a un árabe o a un egipcio se les ocurriera
simultáneamente cortar a sus hijos el extremo del prepucio, ni que un chino y
un persa pensaran a un mismo tiempo castrar a los jóvenes al llegar a la
pubertad. Nunca se les hubiera ocurrido al mismo tiempo a dos padres de
diferentes regiones la idea de degollar a sus hijos por complacer a Dios. Para
esto es indudablemente preciso que unas naciones comuniquen a otras sus locuras
serias, ridículas o bárbaras, y en la noche de los tiempos es donde se debe
husmear para descubrir, si podemos, el primer insensato y el primer malvado que
han pervertido al género humano.
Ahora bien, ¿cómo es posible saber si en Fenicia fue Jehud el inventor
de los sacrificios de sangre humana al inmolar a su hijo? ¿Cómo estar seguros
de que Licaón fue el primero que comió carne humana, cuando no sabemos quién
fue el primero que comió pollo?
También se ha buscado el origen de las antiguas fiestas y creemos que la
más primitiva y más agradable y útil es la de los emperadores de China, que
labran y siembran con los primeros mandarines (1). La segunda son las fiestas
de Ceres que se celebraban en Atenas. Festejar simultáneamente la agricultura y
la justicia, demostrando a los hombres que una y otra son necesarias, unir el
freno de las leyes al provecho de las artes prácticas, manantial de riqueza, es
costumbre sabia y útil al mismo tiempo.
(1) Véase el articulo Agricultura.
Antiguamente se celebraban por doquier fiestas alegóricas al cambio de
las estaciones. No fue necesario que una nación viniera de lejos a enseñar a
otra que debían darse muestras de amistad y regocijo a los conocidos el primer
día del año. Esta costumbre la tuvieron todos los pueblos. Conocemos las
saturnales de los romanos, pero son desconocidas para nosotros las de los
allobroges y de los pictos. Esto es porque nos quedan muchísimos escritos de
los romanos y no los tenemos de los demás pueblos de la Europa occidental. La
fiesta de Saturno se reducía a festejar el tiempo, al que dotaron de cuatro
alas, para indicar su velocidad. Le atribuían además dos rostros, con los que
querían representar el año finiquitado y el año nuevo. Los griegos decían que
Cronos se había comido a su padre y se comía a sus hijos, dando a entender con
esta alegoría que el tiempo se tragó el pasado, se traga el presente y se
tragará el futuro.
¿Por qué hemos de buscar baldías y tristes explicaciones de fiesta tan
universal, tan alegre y tan conocida? Examinando la Antigüedad, no veo en ella
ninguna fiesta anual que sea triste; hasta la que empieza por lamentaciones
termina bebiendo, riendo y bailando. En la fiesta para llorar la muerte de
Adonis, éste resucita en seguida y los asistentes a la fiesta se regocijan al
ver su resurrección. Lo mismo sucede en las fiestas de Isis, de Osiris y de
Horus, y en las que los griegos celebraban en honor de Ceres y de Proserpina.
No encuentro una sola conmemoración general de un suceso infausto. Los
que instituyeron las fiestas no hubieran tenido sentido común de instituir en
Atenas la celebración de la batalla que los atenienses perdieron en Queronea, y
en Roma la conmemoración de la batalla que ésta perdió en Cannas. Perpetuaron
el recuerdo que podía animar el valor de los hombres, no el recuerdo de lo que
podía inspirarles cobardía o desesperación. Esto es tan cierto que hasta
inventaron leyendas por el gusto de instituir fiestas. Cástor y Pólux no
lucharon en favor de los romanos en las orillas del lago Regilo, pero los
sacerdotes lo hicieron creer así en Roma trescientos o cuatrocientos años
después y el pueblo bailaba en su honor. Hércules tampoco libró a Grecia de la
hidra de siete cabezas que le amenazaba, pero el pueblo cantó a Hércules y a la
hidra.
Fiestas instituidas sobre leyendas. No creo que en toda la Antigüedad se
celebrara fiesta alguna sobre hechos comprobados. Los comentaristas se cubren
de ridículo cuando nos dicen magistralmente: «He aquí el antiguo himno que se
cantó a Apolo cuando visitó Claros. Luego, Apolo estuvo en Claros. Se edificó
un templo en honor de Perseo; luego, éste libertó a Andrómaca». Estas son las
consecuencias que sacan. Si así no lo hicieran, ¿qué quedaría de la sabia
Antigüedad que precedió a las olimpíadas? Se convertiría en lo que debe ser: en
época de alegorías y de mentiras, en una época que desprecian los sabios y
discuten profundamente los tontos, los cuales, como los átomos de Epicuro, se
complacen en nadar en el vacío.
En todas las naciones hubo días señalados de penitencia y de expiación
en los templos, pero esos días no recibieron un nombre equivalente al de las
fiestas. Las fiestas se consagraban siempre a la diversión. Tanto es así que
los sacerdotes egipcios ayunaban la víspera para comer mejor al día siguiente,
costumbre excelente que han conservado los frailes. Indudablemente, existieron
ceremonias lúgubres, pero no bailaban la danza griega llamada branle cuando
iban a enterrar o llevaban a la pira a un hijo o a una hija. Esto era una
ceremonia pública, pero no una fiesta.
De la antigüedad de las fiestas que suponen fueron lúgubres. Hombres
ingeniosos y profundos, rastreadores de antigüedades y capaces de saber cómo
estuvo constituido el mundo cien mil años atrás, si alguien pudiera saberlo,
suponen que los hombres, reducidos a escaso número en ambos continentes,
consternados por las numerosas conmociones que había sufrido el Globo,
perpetuaron el recuerdo de tantas desventuras mediante conmemoraciones funestas
y lúgubres. «Todas las fiestas —dicen— marcan un día de horror y se han
instituido para recordar a los hombres cómo destruyeron a sus padres el fuego
que escapó de los volcanes, las rocas que cayeron de las montañas, las
irrupciones de los mares, los dientes y las garras de las fieras, el hambre, la
peste y las guerras que lo asolaron todo.
Por más verdad que sea, nosotros no nos parecemos a los hombres de la
Antigüedad. Nunca se divirtieron tanto en Londres como tras la peste y el
incendio de la ciudad, durante el reinado de Carlos II. Los franceses entonaron
canciones antes de terminar las matanzas de la noche de San Bartolomé, y
todavía se conservan los pasquines que se pusieron al día siguiente del
asesinato de Coligny, con la siguiente inscripción: «Passio domini nostri
Gaspar di Coligny secundum Bartholomoeum».
El sultán que reina en Constantinopla hizo, en varias ocasiones, bailar
a sus eunucos y a sus odaliscas en los salones bañados con la sangre fresca de
sus hermanos y visires. ¿Y qué hace el público en París el día que se recibe la
noticia de la pérdida de una batalla y de la muerte de muchos oficiales bravos?
Asistir a la ópera o a la comedia. ¿Qué hizo cuando inmoló a la esposa del
mariscal Ancre en la plaza de la Greve la barbarie de sus perseguidores? ¿Qué
hizo el público cuando en una carreta arrastraron al mariscal De Marillac, en
virtud de una orden que firmaron los acólitos del cardenal Richelieu? ¿Qué hizo
cuando el teniente general de los ejércitos, el conde de Lally, que había
vertido su sangre por el Estado y al que condenaron a muerte sus enemigos, fue
llevado al cadalso en el carro de la basura con una mordaza en la boca? ¿Qué
hizo cuando el caballero de La Barre, a los diecinueve años de edad, candoroso,
bravo y modesto, pero muy imprudente, fue entregado a los más horribles
suplicios? ¿Sabéis lo que hizo el público de París? Cantar coplas frívolas. Así
es el hombre, como fue en todos los tiempos, por la misma razón que los conejos
siempre tienen pelo y las alondras plumas.
Del origen de las artes. Pretendemos conocer a fondo la teología de
Thaut, de Zerdust, de Sanchioniathon y de los primeros brahmanes, y no sabemos
quién inventó la lanzadera. El primer tejedor, el primer albañil y el primer
forjador, fueron sin duda grandes genios, pero nadie se acuerda de ellos. ¿Por
qué? Porque ninguno inventó un arte perfeccionado. El primero que cortó una
encina para que le sirviera de puerta o de puente para atravesar un río, no
construyó galeras; los que arrancaron en la montaña grandes piedras valiéndose
de traviesas de madera, no idearon la edificación de las pirámides. En todo se
adelanta gradualmente y la gloria no corresponde a nadie.
Todo se hizo a través de tanteos hasta que los filósofos, con la ayuda
de la geometría, enseñaron a los hombres a proceder con exactitud y seguridad.
Fue preciso que Pitágoras, al regresar de sus viajes, enseñara a los obreros el
modo de hacer una escuadra perfectamente exacta. Tomó tres reglas, una de tres
pies, otra de cuatro y otra de cinco, y con ellas formó un triángulo
rectángulo. Además, el lado quinto alcanzaba un cuadrado precisamente doble que
los cuadrados de los lados tercero y cuarto método importante para la simetría
de las obras. Ese famoso teorema lo trajo de la India, y como ya dijimos en
otra parte, fue conocido mucho tiempo antes en China, según refiere el
emperador Kang‑hi.
Arquitas y Eratóstenes inventaron un método para doblar el cubo, lo cual
era impracticable según la geometría ordinaria.
Arquímedes encontró el modo de calcular con exactitud la liga que tenía
mezclada el oro, y trabajaron ese dichoso metal muchísimo tiempo antes de que
pudiera descubrirse el fraude que cometían los obreros. La granujería se
conoció muchísimo tiempo antes que las matemáticas. Las pirámides se
construyeron a escuadra, correspondiendo con exactitud a los cuatro puntos
cardinales, lo que prueba que en Egipto, desde tiempo inmemorial, se conoció la
geometría.
Sin el conocimiento de la filosofía, no seríamos superiores a los
animales que cavan y elevan sus habitáculos, que preparan en ellos sus
alimentos y cuidan y nutren a sus pequeñuelos, y resultan superiores a nosotros
al hacer vestidos.
Vitrubio, que viajó por la Galia y España, refiere que todavía en su
época se edificaban las casas con argamasa, compuesta de barro y paja y cubrían
los techos con rastrojos o bálago, desconociendo aún el uso de las tejas. Y
Vitrubio vivió en la época de Augusto. Las artes apenas eran conocidas entre
los españoles, que poseían minas de oro y plata, y entre los galos, que habían
guerreado diez años contra César. El mismo Vitrubio nos dice que en la opulenta
Marsella, que comerciaba con muchos pueblos, los techos eran de arcilla
petrificada y de paja. Sabemos también que los frigios profundizaban bajo
tierra las habitaciones, fijaban estacas alrededor del foso y las juntaban en
forma de punta; después, rellenaban de tierra todo el sitio que aquéllas
ocupaban. Los hurones y los topos tenían mejores habitáculos. El estado en que
se encontraba la arquitectura en tiempos de Vitrubio puede darnos idea de lo
que sería mucho antes la ciudad de Troya, que edificaron los dioses, y el
magnífico palacio de Príamo.
Los modernos poseemos nuestras artes y la Antigüedad poseyó las suyas.
En la actualidad, no sabríamos construir una trirreme, pero fabricamos barcos
armados de cien cañones. No sabemos eregir obeliscos de cien pies de altura
construidos de una sola pieza, pero poseemos meridianos exactos. Desconocemos
el viso, pero las sedas de Lyon valen más que el viso. El Capitolio es
magnífico, pero la iglesia de San Pedro es mucho mayor y más admirable. El
Louvre es una fábrica magistral comparada con el palacio de Persépolis, cuya
situación y ruinas nos dan a entender que fue un vasto monumento de la
barbarie rica. La música de Rameau equivaldrá probablemente a la de Timoteo, y
cualquier cuadro que se presente hoy en París en el salón de Apolo es superior
a las pinturas que hemos desenterrado en Herculano.
ANTITRINITARIOS. Nombre de una secta de herejes que bien pudiera
pasar por no cristianos, pese a que reconocen a Jesucristo como Redentor y
Salvador. Pero sostienen que es opuesto a la recta razón enseñar a los
cristianos que existe una trinidad de personas con una sola esencia divina, que
la primera engendra a la segunda y la tercera procede de las otras dos. Dicen
que esa doctrina ininteligible no se encuentra en ninguna parte de la Sagrada
Escritura, y no se puede aducir ningún pasaje de ella que autorice esa opinión.
Dicen también que defender, como hacen sus adversarios, que son tres
personas distintas con una esencia divina, y que no es sólo el Eterno el único
Dios verdadero, sino que también lo son el Hijo y el Espíritu Santo, es
introducir en la iglesia de Jesucristo un error muy tosco y peligroso que abre
la puerta al politeísmo. Que implica contradicción decir que hay un solo Dios
y, sin embargo, hay en él tres personas que cada una de ellas es Dios; que la
distinción de ser uno en esencia y tres en personas no la hizo nunca la Biblia
y es una distinción falsa, porque no puede haber menos esencias que personas,
ni más personas que esencias.
Y siguen diciendo:
Que las tres personas de la Trinidad son o tres sustancias distintas,
tres accidentes de la esencia divina, o esta misma esencia. En el primer caso,
son tres dioses; en el segundo, es un dios compuesto de accidentes y adoramos
esos accidentes metamorfoseándolos en personas, y en el tercer caso, es inútil
y no tiene fundamento dividir un objeto indivisible, y dividir en tres el que
sólo es uno. Que si les arguyen que las tres personas no son sustancias
distintas de la esencia divina, ni accidentes de dicha esencia, no se les podrá
convencer de que sean algo. Que no debe creerse que los trinitarios más
conspicuos y más inflexibles tengan idea clara de la manera con que las tres
personas subsisten en Dios, sin dividir su sustancia, y de consiguiente sin multiplicarla.
Que el mismo san Agustín, después de haber emitido respecto a este
asunto muchos razonamientos, tan falsos como oscuros, tiene que confesar que no
puede decirse sobre esto nada que resulte inteligible. Que los teólogos
modernos no han dado mayor claridad al asunto, y así que se les pregunta qué es
lo que entienden por persona, sólo contestan que es una distinción
incomprensible que hace distinguir en una naturaleza única en número, un Padre,
un Hijo y un Espíritu Santo. Que la explicación que dan de los vocablos
engendrar y proceder no es más satisfactoria que la anterior, porque se reduce
a decir que esos verbos indican las relaciones incomprensibles que median entre
las tres personas de la Trinidad. Que se puede resumir el estado de la cuestión
entre los ortodoxos y ellos diciendo que existen en Dios tres distinciones, de
las que no tenemos idea alguna, entre las que median determinadas relaciones,
de las que tampoco tenemos la menor idea.
De todo lo dicho infieren que lo sensato sería atenerse a la autoridad
de los apóstoles, que no hablaron nunca de la Trinidad, y desterrar para
siempre de la religión todas las palabras que no consten en la Sagrada Escritura,
como por ejemplo: Trinidad, Personas, Esencia, Hipóstasis, Encarnación,
Generación y tantas otras, vacías absolutamente de sentido porque no tienen en
la naturaleza ningún ser real a quien representar, y por lo tanto, sólo gana
nuestra imaginación nociones falsas, vagas, oscuras e incompletas.
Para terminar este artículo transcribiremos lo que dice el abate Calmet
en su disertación sobre el pasaje de la carta de San Juan Bautista: «Existen
tres que lo atestiguan en la tierra: el espíritu, el agua y la sangre y los
tres sólo son uno. Existen tres que lo atestiguan en el cielo: el Padre el
Verbo y el Espíritu, y los tres sólo son uno». Calmet declara que esos dos
pasajes no se encuentran en ninguna Biblia antigua, y efectivamente, sería muy
extraño que san Juan hubiera hablado de la Trinidad en una carta y no hubiera
dicho de ésta ni una sola palabra en el Evangelio.
Nada se encuentra respecto a ese dogma en los evangelios canónicos, ni
en los evangelios apócrifos. Todas esas razones y muchas otras bastarían para
justificar a los antitrinitarios si los Concilios no se hubieran manifestado
contra ellos. Pero como los herejes no hacen caso de los Concilios, la Iglesia
no sabe qué medida tomar para confundirlos.
ANTROPÓFAGOS. Nos hemos ocupado ya del amor, y ahora con
una dura transición pasaremos de los seres que se besan a los que se comen unos
a otros. Desgraciadamente, es cierto que existieron los antropófagos, porque
los encontramos en América, donde quizá los haya aún. Los cíclopes no fueron
los únicos que en la Antigüedad se alimentaron de carne humana. Juvenal, en
una de sus sátiras, refiere que en Egipto, pueblo civilizado, famoso por sus
leyes y, tan devoto, que adoraba a los cocodrilos y a las cebollas, los tintiritas
se comieron a un enemigo que cayó en su poder. Este crimen se cometió casi a la
vista de Juvenal, que estaba entonces en Egipto, y a corta distancia de
Tintira.
En 1737 trajeron cuatro salvajes del Missisipí a Fontainebleau. Yo
conversé con ellos. Entre los salvajes había una mujer de aquel país a la que
pregunté si había comido carne humana alguna vez, y francamente me contestó que
sí, que la había comido. Comprendiendo que me asombró su contestación, defendió
su proceder diciéndome que era preferible comerse al enemigo muerto que dejar
a las fieras que lo devoraran, y que los vencedores debían tener esa
preferencia. Nosotros matamos en las batallas a nuestros enemigos y por la más
insignificante recompensa proporcionamos alimentos a los cuervos y a los
gusanos; este es el verdadero crimen. Porque al muerto ¿qué le importa que se
lo coma un soldado, un cuervo o un animal carnívoro?
Respetamos más a los muertos que a los vivos, debiendo respetar lo mismo
a unos que a otros. Los pueblos que llamamos civilizados han tenido toda la
razón para no poner en el asador a los enemigos vencidos porque si se
permitiera comerse a los habitantes de otras naciones pronto acabaríamos
comiéndonos a nuestros compatriotas. Pero los pueblos civilizados no siempre
lo fueron. Se mantuvieron salvajes durante mucho tiempo, y en el infinito
número de revoluciones que ha transformado el Globo el género humano fue unas
veces numeroso y otras escaso. Sucedió con los hombres lo que sucede hoy con
los elefantes, los leones y los tigres, cuyas especies han disminuido mucho. En
las épocas en que poblaban una región pocos hombres, desconocían los primeros
rudimentos de las artes y eran cazadores. La costumbre de alimentarse de lo que
mataban les habituó a que trataran a sus enemigos como a los ciervos y a los
jabalíes. La superstición hizo muchas víctimas humanas, y la necesidad obligó a
comérselas.
¿Qué crimen es mayor, congregarse devotamente para degollar a una
doncella adornada con cintas, para honrar así a la divinidad, o comerse a un
hombre que mataron cuando se defendía como un valiente?
Podemos presentar muchos más casos de doncellas y muchachos sacrificados
a los dioses, que de muchachos y doncellas comidos, porque casi todos los
pueblos conocidos sacrificaban jóvenes de ambos sexos y los judíos los
inmolaban. Este acto se llamaba condenar al anatema y era un verdadero
sacrificio. En el capítulo 21 del Levítico se manda no perdonar a las víctimas
destinadas al sacrificio. Pero no se prescribe en ninguna parte que se las
coman; las amenaza únicamente. Como ya sabemos, Moisés dijo a los judíos que
si no observaban los mandamientos del Señor padecerían sarna y las madres se
comerían a sus hijos. Debemos creer que en la época de Ezequiel los judíos
debían estar habituados a comer carne humana, porque les predice en el capítulo
34 que Dios les hará comer, no sólo los caballos de sus enemigos, sino a los
jinetes. ¿Por qué los judíos no habían de ser antropófagos? Es la única
condición que hubiera faltado al pueblo de Dios para ser el más abominable del
mundo.
Herrera nos asegura que los mexicanos se comían a las víctimas humanas
que inmolaban. Casi todos los viajeros de la América primitiva y misioneros
dicen que los brasileños, los caraibos, los iroqueses, los hurones y los
nativos de algunas otras tribus, se comían a los prisioneros que hacían en la
guerra y ese hecho lo consideran como costumbre de toda la América. Hay tantos
autores antiguos y modernos que nos hablan de los antropófagos que no podemos
negar su existencia. Los pueblos que sólo se ocupaban de la caza, como los
brasileños y los canadienses, al tener insegura la subsistencia no es extraño
que algunas veces se convirtieran en antropófagos: el hambre y la venganza les
acostumbrarían a esa clase de alimento. Cuando vemos en siglos más civilizados
que el pueblo de París devora los restos sangrientos del mariscal Acre, y el
pueblo de La Haya se come el corazón de Witt, no debe sorprendernos que ese
horror, pasajero en las naciones civilizadas, se perpetuara en los pueblos
salvajes.
El más antiguo de los libros que poseemos no nos permite dudar que el
hambre arrastrase a los hombres a cometer semejantes excesos. El profeta
Ezequiel, según sus apologetas, promete a los hebreos, de parte de Dios, que si
se defienden contra el rey de Persia podrán comer carne de caballo y de
caballero. Marco Polo refiere que en su época, en parte de Tartaria, los magos,
es decir, los sacerdotes, tenían derecho a comerse la carne de los criminales
sentenciados a muerte. Todo esto subleva el corazón, pero el cuadro que nos
ofrece el género humano en casi todos los pueblos causa el mismo efecto con
frecuencia.
¿Cómo pueblos que vivían a mucha distancia entre sí han podido asemejarse
en esa horrible costumbre? ¿Debemos creer que no es absolutamente contraria a
la naturaleza humana como parece serlo? Es indudable que esta costumbre
resulta rara, pero no es menos cierto que existe o ha existido. Sabemos que no
era frecuente que los tártaros y los judíos se comieran a sus semejantes. En
las ciudades de Sancerre y París, sitiadas durante las guerras religiosas, el
hambre y la desesperación obligaron a las madres a alimentarse con la carne de
sus hijos. El venerable Las Casas, obispo de Chiapa, dice que ese horror sólo
lo cometieron en América algunos pueblos, por los que él no había viajado.
Dampierre asegura que nunca encontró antropófagos, y acaso hoy no existan dos
poblaciones en las que esté en uso tan horrible costumbre.
Américo Vespucio refiere en una de sus cartas que los brasileños se
quedaron sorprendidos cuando les hizo saber que los europeos no se comían a
sus prisioneros de guerra hacía ya mucho tiempo. Los gascones y los españoles
cometieron antiguamente esa barbarie, según nos dice Juvenal en su sátira XV.
El fue testigo en Egipto de semejante abominación cometida durante el
consulado de Junins: los habitantes de Tintira y los de Ombo tuvieron una
cuestión, se batieron y uno de los primeros cayó en poder de los segundos, lo
cocieron y se comieron su carne y sus huesos. Pero Juvenal no dice que eso
fuera una costumbre admitida; al contrario, lo refiere como un hecho
extraordinario.
El jesuita Charlevois, a quien traté, y era un hombre veraz, da a entender
en su Historia del Canadá, en cuyo país residió treinta años, que todos los
pueblos de la América septentrional eran antropófagos porque nota como cosa
extraordinaria que los canadienses no comían carne humana en 1711.
El jesuita Brebaeuf refiere que el primer converso iroqués fue bautizado
por él, con el nombre de José, en 1640, pero como por desgracia se había
emborrachado con aguardiente lo cogieron los hurones, que entonces eran
enemigos de los iroqueses, y tras hacerle sufrir varios tormentos que soportó
cantando, como era costumbre en el país, le cortaron un pie, una mano y la
cabeza; luego, los hurones metieron todos sus miembros en una caldera, se los
comieron y ofrecieron un pedazo al padre Brebaeuf.
Charlevois habla también en otra parte que en una ocasión los iroqueses
se comieron a veintidós hurones. No podemos dudar que la naturaleza humana
llegó en más de un país a este último grado del salvajismo y que la execrable
costumbre proviene de tiempos inmemoriales, porque encontramos en la Biblia la
amenaza a los judíos de comerse a sus hijos si no cumplían las sagradas leyes.
En el capítulo 38 del Deuteronomio dícese a los judíos «que padecerán de sarna,
que sus mujeres se entregaran a otros hombres, que se comerán a sus hijas y a
sus hijos entre la agonía y la devastación, que se disputarán los hijos para
alimentarse y que el marido no querrá dar a su mujer un pedazo de su hijo
porque le dirá que no tiene bastante para él».
Verdad es que atrevidos críticos sostienen que el Deuteronomio no se
compuso hasta después del sitio de Samaria, durante el cual, se dice en el
libro cuarto de los Reyes, que las madres se comieron a sus hijos. Pero esos
críticos, al considerar el Deuteronomio como libro escrito después del sitio de
Samaria, confirman este espantoso hecho. Otros críticos opinan que el hecho no
debió suceder como refiere el libro cuarto de los Reyes. Allí se dice que
cuando el rey de Israel pasó por encima de la muralla de Samaria, una mujer,
implorando su protección, exclamó: « ¡Sálvame, señor rey!», y él respondió:
«Tu Dios no te salva, ¿cómo te he de salvar yo? ¿Qué deseas?», y ella le
respondió: «Una mujer me propuso que le entregara mi hijo para comérnoslo y
que mañana nos comeríamos el suyo, hemos cocido a mi hijo y lo hemos comido;
le he pedido hoy su hijo para comérnoslo y ella lo ha escondido».
Esos críticos sostienen que no es verosímil que el rey Benadad sitiase
Samaria, ni que el rey Jorán pasara tranquilamente por la muralla para decidir
allí los litigios que unos con otros tuvieron los samaritanos. Todavía es
menos verosímil que dos mujeres no tuvieran bastante con un niño para
alimentarse un par de días, cuando con él hubieran podido mantenerse cuatro.
Pero de cualquier forma que presenten sus argumentaciones dichos críticos,
debe creerse que los padres y las madres se comieron a sus hijos durante el
asedio de Samaria, como se predijo en el Deuteronomio. Lo mismo sucedió en el
sitio que Nabucodonosor puso a Jerusalén, que también predijo Ezequiel.
Jeremías exclama en una de sus lamentaciones: «Las mujeres se comerán a
sus pequeñuelos», y en otra parte: «Las mujeres compasivas cocieron a sus
hijos con sus propias manos y se los comieron». También el poeta Barne dijo:
«El hombre comió la carne de su hijo y de su hija». Por Flavio Josefo sabemos
de cierta mujer que se mantenía de la carne de su hijo cuando Tito estaba
sitiando Jerusalén. Semejante salvajismo se repite mucho y en muchas partes;
por lo tanto no cabe la menor duda de que debe haber existido.
El libro que se atribuye a Enoc, citado por san Judas, dice que los
gigantes que nacieron del trato de los ángeles con las hijas de los hombres
fueron los primeros antropófagos. En la octava homilía, atribuida a san
Clemente, hace hablar a san Pedro, que dice que los hijos de dichos gigantes se
abrevaron de sangre humana y comieron la sangre de sus semejantes. Resultaron
de esto, añade el autor, enfermedades hasta entonces desconocidas, naciendo
monstruos de todas clases; entonces fue cuando Dios resolvió ahogar al género
humano. Esto prueba que era universal la creencia de que existían antropófagos.
La Relación de las Indias y de la China, que en el siglo VIII escribieron
dos árabes y tradujo el abate Renandot, es un libro al que no debe darse
crédito sin examinarlo, e incluso examinándolo. No se debe, empero, rechazar
todo lo que esos dos viajeros dicen, sobre todo cuando sus relatos los
confirman otros autores que merecen crédito. Aseguran que en el mar de las
Indias existen islas pobladas de negros que.comen carne humana: llaman a estas
islas Ramin. Marco Polo, que no ha leído el libro de esos dos árabes, dice lo
mismo cien años después. El arzobispo Navarrete, que viajó mucho más tarde por
dichos mares, confirma los anteriores testimonios diciendo: Los europeos que
atrapan, es opinión constante que se los comen vivos.
Texeira supone que los habitantes de Java se alimentaban de carne humana
y dejaron esa abominable costumbre doscientos años antes de la época en que él
escribió. Añade que sólo conocieron costumbres más morigeradas cuando abrazaron
la religión de Mahoma. Lo mismo se dice de los cafres, de Perú y de muchos
pueblos de Africa. El citado Marco Polo dice que algunas hordas tártaras,
cuando condenaban a muerte a algún criminal, lo mataban y se lo comían.
Lo raro, y más que raro increíble, es que esos dos árabes atribuyan a
los chinos lo que Marco Polo refiere de algunas hordas tártaras, diciendo «que
generalmente los chinos se comen a los hombres que matan». Esta idea es tan
opuesta a la benignidad de las costumbres chinas, que no es verosímil. No
obstante, debemos tener en cuenta que el siglo VIII, en el que escribieron los
dos árabes, fue uno de los siglos más funestos para China. Doscientos mil
tártaros pasaron la Gran Muralla y saquearon Pekín, sumiendo todo el imperio
en la desolación. Es posible que se experimentara allí todo el horror del
hambre. China estaba entonces tan poblada como en la actualidad, y bien pudo
suceder que en las aldeas algunos miserables comieran cadáveres. No debían
tener interés esos dos árabes en inventar tan repugnante fábula, aunque tal
vez, como muchos viajeros, tomaran un caso particular por una costumbre del
país.
Sin ir a buscar tan lejos esos casos, he aquí lo sucedido en mi patria y
en la misma provincia donde estoy escribiendo. Lo atestigua el vencedor de las
Galias, Julio César. Estaba sitiando la localidad de Alexia y los sitiados
resolvieron defenderse hasta el último extremo. Cuando carecieron de víveres,
se reunieron en gran consejo y uno de los jefes, llamado Critognat, propuso,
para saciar el hambre, comerse los niños uno tras otro y de este modo no se
debilitarían las fuerzas de los combatientes. Su propuesta se aprobó por
mayoría de votos. En su discurso, Critognat dijo que sus antepasados
recurrieron también al mismo alimento cuando estuvieron en guerra con los
teutones y los cimbrios.
Dos ingleses que dieron la vuelta al mundo descubrieron que Nueva
Holanda es una isla más grande que Europa, y que los hombres se comen allí
todavía unos a otros, lo mismo que en Nueva Zelanda. ¿De dónde proviene esa
raza? ¿Desciende de los antiguos egipcios, de los antiguos pueblos de Etiopía,
de los africanos, de los indios, o de los buitres y los lobos? ¿Qué distancia
tan enorme media entre Marco Aurelio y Epicteto y los antropófagos de Nueva
Zelanda? Sin embargo, poseen los mismos órganos, son también hombres. Ya me
ocupé en otra parte sobre esa propiedad de la raza humana, pero deseo añadir
algunas palabras más.
Dice san Jerónimo en una de sus cartas: «Puedo deciros algo de lo que sé
de otras naciones, porque siendo joven vi escoceses en las Galias, los que
pudiendo mantenerse en los bosques con la carne de los cerdos y otros animales
preferían cortar las nalgas a los hombres jóvenes y las mamas a las doncellas,
y éste era su alimento favorito».
Pelloutier, que trató de referir todo lo que podía honrar a los celtas,
contradijo ese aserto de san Jerónimo y sostuvo que se habían burlado de él.
Pero san Jerónimo habla seriamente y asegura que lo vio. Puede discutirse con
un padre de la Iglesia sobre lo que oyó decir, pero sobre lo que vio con sus
ojos no debe disputarse, porque siguiendo este sistema lo más seguro es
desconfiar de todo, hasta de lo que uno mismo vio.
Terminaremos este asunto con un testimonio de Montaigne, que conforme
con lo que contaron los compañeros de Villegagnon, que regresaban del Brasil, y
lo que él vio en Francia, certifica que los brasileños se comían a sus
enemigos muertos en la guerra.
ANTROPOMORFISTAS. Algunos autores suponen que los componentes de una
secta del siglo IV de la era vulgar eran antropomorfistas. Pero se cree
generalmente que esta secta ha existido en todos los pueblos donde hubo
pintores y escultores. En cuanto supieron dibujar o esculpir una figura idearon
en seguida la imagen de la Divinidad.
Aunque los egipcios consagraban los gatos y los machos cabríos, esculpieron
sin embargo las estatuas de Isis y de Osiris. En Babilonia hicieron la estatua
de Bel, la de Hércules en Tiro y la de Brahma en la India.
Los musulmanes no pintaron a Dios con figura de hombre. Los guebros no
poseyeron ninguna imagen del Gran Ser. Los árabes sabeos no dieron figura
humana a las estrellas, ni los judíos la dieron a Dios en su templo. Ninguno de
esos pueblos conoció el dibujo, y si Salomón colocó en su templo figuras de
animales es verosímil que las mandara esculpir en Tiro. Pero todos los judíos
consideraron a Dios como hombre, como hombre en todas las ocasiones. Para los
judíos, Dios desciende al paraíso donde se pasea a diario al mediodía, habla a
sus criaturas y a la serpiente, y detrás de la zarza deja oír su voz a Moisés,
que sólo consigue verle por detrás en lo alto de la montaña. Sin embargo, le
habla frente a frente y como un amigo a otro.
En el Corán se considera a Dios siempre como un rey, y en el capítulo
12 lo sienta en un trono situado encima de las aguas. Manda a un secretario
suyo que escriba el Corán, como los reyes dictan sus órdenes, y dispone que el
arcángel Gabriel lleve el Corán a Mahoma, así como los reyes envían a sus
embajadores. En una palabra, aunque declare el Corán que Dios no engendra ni
fue engendrado, dicho libro le atribuye algo de antropomorfismo. En la Iglesia
griega y en la latina siempre pintaron a Dios con barbas largas.
APARICIÓN. No es tan raro como se cree que la persona
hiperexcitada vea lo que no existe. En 1726, una mujer, acusada en Londres de
ser cómplice del asesinato de su marido, negó el hecho; le presentaron el traje
del difunto moviéndolo en su presencia, y la imaginación espantada de la mujer
vio a su esposo ante ella, se arrojó a sus pies y quiso besarlos, confesando a
los jurados que veía a su esposo.
No debe sorprendernos que Teodorico viera en el cuerpo de un pez que le
sirvieron durante la comida, a la cabeza de Sima, al que mandó matar
injustamente. Carlos IX, después de la matanza de la noche de San Bartolomé,
veía en todas partes muertos y sangre, no en sueños, sino despierto, entre las
convulsiones que le producía su espíritu perturbado que no le permitían
conciliar el sueño. Su médico y su nodriza dan probada fe de ello.
Las visiones fantásticas son frecuentes en los afectos de tabardillo,
que no se figuran ver, sino que ven efectivamente. El fantasma existe para el
que lo percibe. Si no estuviera dotada del don de la razón la máquina humana,
cuya razón corrige todas esas ilusiones, las imaginaciones exaltadas vivirían
en continuo enajenamiento y sería imposible curarlas. Sobre todo, en el estado
intermedio en que se encuentra la naturaleza humana entre la vigilia y el
sueño es cuando la mente acalorada ve objetos imaginarios y oye sonidos que
nadie lanza. El amor, el temor, el dolor y el remordimiento, son los que
inducen a pintar los cuadros en las imaginaciones trastornadas.
Los teólogos creen que a esas causas naturales se sumó la voluntad y de
esta creencia son obvios testimonios el Antiguo y el Nuevo Testamento. La
Providencia se dignó enviar apariciones y visiones en favor del pueblo hebreo,
que fue en la Antigüedad su pueblo predilecto.
Existen innumerables historias de apariciones. En los primeros años del
siglo IV, san Teodoro, dando al parecer crédito a una aparición, incendió el
templo de Amasseo y lo redujo a cenizas. No es verosímil que Dios le mandara
perpetrar semejante acto, que es un acto criminal y causó la muerte de varios
ciudadanos, exponiendo a los cristianos a una justa venganza.
Pueden creer los católicos que Jesucristo se apareciera a san Víctor
pero que san Benito viera el alma de san Germán que se la llevaban al cielo los
ángeles, y que dos monjes vieran también la cabeza de san Benito caminar sobre
una alfombra extendida desde el cielo hasta el monasterio de Monte Casino, es
más difícil de creer.
Puede también dudarse, sin inferir ofensa a la religión, que un ángel se
llevara al infierno a san Eucher y que éste viera allí el alma de Carlos
Martel, y que un santo ermitaño de Italia viera a los diablos, dentro de una
barca, atando el alma de Dagoberto y azotándola, porque es increíble que un
alma pueda andar sobre una alfombra, se la pueda atar dentro de una barca, ni
que sea posible azotarla. Pero Sí es posible que cerebros exaltados tengan
semejantes visiones, porque hay mil ejemplos de que así ha sucedido en todos
los siglos.
El ilustre Bossuet refiere, en la Oración fúnebre de la princesa palatina,
que dos visiones influyeron poderosamente sobre dicha princesa y decidieron
todos los actos de su vida durante sus últimos años. Debemos creer que esas
visiones fueron celestes, porque así las considera el sabio obispo de Meaux,
que penetró en las profundidades de la teología y acometió la empresa de
levantar el velo que cubre el Apocalipsis. Dice Bossuet que la princesa
palatina, después de prestar cien mil francos a la reina de Polonia, su
hermana, de vender el ducado de Rethelois por un millón, y tras casar
ventajosamente a sus hijas, siendo feliz según la opinión del mundo, pero
dudando por desgracia de las verdades católicas, tuvo dos visiones que llevaron
a su espíritu la convicción y el amor a esas verdades inefables. La primera
tuvo lugar en un sueño, en el que un ciego de nacimiento le confesó que no tenía
idea alguna de lo que era la luz, y le dijo que se debía creer a los demás
respecto a las verdades que no podemos concebir. La segunda visión se la
produjo el trastorno que experimentó su cerebro en un acceso de calentura. Vio
una gallina que corría tras uno de sus polluelos, que un perro tenía en la
boca; la princesa palatina se lo arrebató y una voz le gritó: «Devuélvele el polluelo.
Si le privas de la comida el perro no vigilará». «No —contestó la princesa—, no
se lo quiero dar.» Ese polluelo era el alma de Ana de Gonzaga, princesa
palatina, la gallina era la Iglesia, y el perro, el diablo. Ana de Gonzaga, que
no quería devolver el pollo al perro era la gracia eficaz.
Bossuet predicó esta oración fúnebre a las religiosas carmelitas del
arrabal de Saint‑Jacques, en París, ante todos los servidores de la casa de
Condé, diciéndoles estas notables frases: «Escuchadlo bien, y sobre todo
guardáos de oír con desprecio la orden de las advertencias divinas y la de la
gracia eficaz». Los lectores deben, pues, leer esa historia con el mismo
respeto que el auditorio la escuchó. Los efectos extraordinarios de la
Providencia son como los milagros de los santos canonizados: deben probarse con
testimonios irreprochables. ¿Qué testimonio más irrecusable podríamos alegar en
defensa de las visiones de la princesa palatina que el que alegó el sabio
obispo, quien pasó toda su vida en distinguir la verdad de la apariencia?
Bossuet combatió con energía a las monjas de Port Royal sobre el formulario;
a Paul Forri, sobre el Catecismo, al ministro Clande, sobre las variaciones de
la Iglesia; al doctor Dupin, sobre China; al padre Simón sobre la inteligencia
del texto sagrado; al cardenal Sfrondate, sobre la predestinación; al Papa,
sobre los derechos de la Iglesia galicana y al arzobispo de Cambray, sobre el
amor y el desinterés. No le arredraron los títulos ni la reputación, ni la
dialéctica de sus adversarios. Si relató el referido hecho es porque lo creyó.
Creámoslo nosotros también, a despecho de las muchas burlas que ha suscitado.
Respetemos los decretos de la Providencia, pero desconfiemos de los arrebatos
de la imaginación, a la que Malebranche llama no sin motivo, la loca de la
casa. Todo el mundo no puede vanagloriarse de haber tenido las dos visiones que
contempló la princesa palatina.
Jesucristo se apareció a santa Catalina de Siena, se desposó con ella y
le entregó un anillo. Es respetable esta aparición mística, porque la afirman
Raimundo de Capua, general de los dominicos, que era su confesor, y el papa
Urbano VI. Pero no cree en ella el sabio Fleury, autor de la Historia
eclesiástica y de Memorias de Poutis. Refiere el autor la aparición de la madre
Angélica, abadesa de Port Royal, a la hermana Dorotea. La madre Angélica, mucho
tiempo después de su muerte, se sentaba en la iglesia de Port Royal y ocupaba
su sitio con el báculo en la mano; llamaba a la hermana Dorotea y le comunicaba
terribles secretos.
Los franciscanos, los santiaguistas, los jansenistas y los molinistas,
también tuvieron sus apariciones y sus milagros.
APIS. ¿Adoraron en Menfis al buey Apis como dios,
como símbolo o como buey? Es de creer que los fanáticos le tuvieran por un
dios, los sabios como un símbolo y el pueblo le adorara como buey. Cuando
Cambises conquistó Egipto, ¿hizo bien en matar este buey con sus propias manos?
¿Por qué no? Matándolo probó a los imbéciles que podía comerse asado a su dios
sin que la naturaleza se sublevara para vengar el sacrilegio que cometía. Creo
que se ha elogiado con exceso a los egipcios; en mi opinión no hubo en el mundo
pueblo más miserable. Debió tener siempre en su carácter y en su gobierno un
vicio radical que le redujo a ser constantemente esclavo. Concedo que en
tiempos desconocidos, en épocas fabulosas, conquistaran los egipcios el mundo,
pero en tiempos verdaderamente históricos fueron subyugados siempre por cuantos
pueblos quisieron subyugarlos: los asirios, griegos, romanos, árabes,
mamelucos, turcos, en fin, por todo el mundo excepto por nuestros cruzados, que
fueron tan imprudentes como cobardes eran los egipcios. Ese pueblo sólo tuvo
dos cosas aceptables: la primera, que los que adoraban al buey Apis nunca obligaron
a los que adoraban a un mono a cambiar de religión; la segunda, que hacían
salir los pollos de una incubadora.
Sus pirámides merecieron siempre grandes elogios, pero las pirámides son
monumentos que erigió un pueblo esclavo. Fue preciso para constriuirlas que
trabajara en ellas toda la nación, sin cuyo trabajo incesante no hubiera sido
posible edificar tan enormes masas. ¿Para qué servían? Para conservar en un
pequeño espacio la momia de algún príncipe, algún gobernador o algún
intendente, cuya alma debía reanimarse al cabo de mil años. Pero si esperaban
la resurrección de los cuerpos, ¿por qué les quitaban el cerebro antes de
embalsamarlos? ¿Acaso los egipcios tienen que resucitar sin cerebro?
APOCALIPSIS. Justino el Mártir, que escribió hacia el año 270 de
la era cristiana, fue el primero que habló del Apocalipsis. Se atribuye al
apóstol san Juan Evangelista. En su diálogo con Trifón, este judío le pregunta
si cree que ha de llegar un día en que Jerusalén sea restablecida. Justino le
contesta que lo cree, lo mismo que los cristianos que son justos. «Vivió entre
nosotros cierta persona llamada Juan, que fue uno de los apóstoles de Jesús y
profetizó que los fieles vivirían mil años en Jerusalén.»
Fue opinión admitida durante mucho tiempo entre los cristianos la de que
ese reinado duraría mil años y en igual período creían también los gentiles,
porque las almas de los egipcios habían de ocupar sus cuerpos al cabo de ese
tiempo, y porque las almas del purgatorio purgaban en él, según opinión de
Virgilio, también durante mil años. La nueva Jerusalén de los mil años tendría
doce puertas en memoria de los doce apóstoles, su forma debía ser cuadrada, y
su longitud, su latitud y altura debían ser de doce mil estadios, o sea
quinientas leguas de altura. Sería muy desagradable vivir en la última planta
de tales edificios, pero eso es lo que dice el Apocalipsis en el capítulo 21.
Aunque Justino fue el primero que atribuyó el Apocalipsis a san Juan.
hubo comentaristas que recusaron su testimonio fundándose en el citado diálogo
con el judío Trifón, donde se dice que, según la relación de los apóstoles,
Jesucristo, cuando descendió al Jordán, hizo hervir las aguas de dicho río y
las inflamó. Este hecho, sin embargo, no se encuentra en ningún escrito de los
apóstoles.
El mismo san Justino cita confidencialmente los oráculos de las Sibilas
y, además, asegura haber visto las ruinas de las pequeñas casas donde
encerraron a los setenta y dos intérpretes en el faro de Egipto, en la época de
Herodes. El testimonio del hombre que tuvo la desgracia de ver esas pequeñas
casas parece insinuar que también le encerraron en ellas.
San Ireneo, que nació después y creyó también en el milenarismo, asegura
haber oído a un anciano que san Juan era el autor del Apocalipsis. Ahora bien,
critican a san Ireneo porque afirmó que no debe haber más que cuatro
Evangelios, porque son cuatro las partes del mundo y cuatro los puntos
cardinales, y porque Ezequiel no vio más que cuatro animales. A ese raciocinio
se llama demostración. Debemos confesar que la manera de argumentar de Ireneo
vale tanto como lo que san Justino vio.
Clemente de Alejandría sólo habla en su Electa de un Apocalipsis de san
Pedro, tenido en gran consideración. Tertuliano, uno de los principales
partidarios del milenarismo, no sólo asegura que san Juan predijo esa
resurrección y ese reinado, sino que sostiene que la nueva Jerusalén comenzaba
ya a formarse en el aire y que los cristianos de Palestina y hasta los paganos
la habían visto cuarenta días seguidos al terminar la noche. Pero,
desgraciadamente, la ciudad desaparecía al surgir las luces de la aurora.
Orígenes, en el prólogo que escribió sobre el Evangelio de san Juan y en
sus Homilías, cita los oráculos del Apocalipsis, pero también menciona los
oráculos de las Sibilas. Con todo, san Dionisio de Alejandría, autor de hacia
mediados del siglo III dice en uno de los fragmentos conservados por Eusebio
que casi todos los doctores rechazan el Apocalipsis, considerándolo un libro
carente de razón, y añade que no lo compuso san Juan, sino un cierto Cerinto,
que se aprovechó del prestigio de aquél para dar mayor valor a sus
afirmaciones.
El Concilio de Laodicea, que se celebró en el año 360, no incluye el
Apocalipsis entre los libros canónicos. Es curioso que en Laodicea, donde se
rendía culto al Apocalipsis, se rechazara el tesoro que le ofrecían, y que el
obispo de Éfeso, que asistió al Concilio, rechazara también un libro de san
Juan Evangelista, enterrado en Éfeso.
Todos los mortales de aquella época habían visto que san Juan se movía
continuamente dentro de la fosa y hacía levantar y bajar la tierra que le
cubría, y los mismos personajes que aseguraban que san Juan no estaba
enteramente muerto, afirmaban asimismo que no había escrito el Apocalipsis.
Esto no obstaba para que los partidarios del milenarismo siguieran sosteniendo
tenazmente su opinión. Sulpicio Severo, en su Historia Sagrada, tacha de
insensatos e impíos a los que dudan de la autenticidad del Apocalipsis;
andando los años, y a pesar de la oposición de algunos Concilios, prevaleció la
opinión de Sulpicio Severo. Este asunto quedó tan suficientemente esclarecido
que la Iglesia decidió como indudable que san Juan fue el autor del
Apocalipsis, y contra esta decisión no cabe apelar.
Cada comunidad cristiana se atribuyó las profecías que contiene dicho
libro. En ellas, los ingleses creen que se predecían las revoluciones que
conmovieron a la Gran Bretaña; los luteranos, las que sobrevinieron en
Alemania, y los reformistas de Francia, el reinado de Carlos IX y la regencia
de Catalina de Médicis. De ese modo todos quedan satisfechos y tienen razón.
Bossuet y Newton han comentado el Apocalipsis, pero lo cierto es que las
declamaciones elocuentes del primero y los sublimes descubrimientos del
segundo, les han dado más nombradía que sus comentarios.
Así, dos grandes hombres, pero de muy distinta grandeza, comentaron el
Apocalipsis en el siglo XVII. Newton, cuyo estudio no está en armonía con la
ciencia que le hizo famoso, y Bossuet, en quien tal trabajo tenía verdadera
relación con su carrera y sus méritos. Uno y otro dieron pábulo a sus enemigos
haciendo los comentarios, y como se ha dicho en otra parte, el primero consoló
al género humano de la superioridad que sobre él tenía, y el segundo regocijó a
sus enemigos.
Católicos y protestantes han explicado el Apocalipsis interpretándolo a
su favor; unos y otros encuentran únicamente lo que conviene a sus intereses.
Sobre todo, hicieron maravillosos comentarios respecto a la gran bestia de
siete cabezas y diez cuernos, pelo de leopardo, pies de oso, boca de león y
fuerza de dragón, y para descifrar el misterio les faltaba conocer el carácter
y el número de la bestia, que averiguaron era el número 666.
Bossuet supone que la bestia del Apocalipsis era indudablemente el
emperador Diocleciano formando un acróstico de su nombre. Groto creyó que era
Trajano. El cura de San Sulpicio, de apellido La Chetardie, muy conocido por
sus singulares aventuras, probó que era Juliano, y para Jurieu era el Papa. Un
predicador demostró que era Luis XIV. Un buen católico demostró que era el rey
de Inglaterra, Guillermo. No es fácil hacer concordar todas esas opiniones.
Suscitaron no menos discusiones las estrellas que desde el cielo caían a
la tierra, y el sol y la luna, que intensificaron las tinieblas en la tercera
parte del libro. Hubo también encontrados pareceres respecto al libro que el
ángel hizo comer al autor del Apocalipsis, dulce para la boca y amargo para el
vientre, así como también sobre el siguiente versículo: «Oí una voz en el
cielo, como la voz de los torrentes y la voz del trueno, y armoniosa como el
sonido del arpa». Está claro que es mejor respetar el Apocalipsis que
comentarlo.
Camus, obispo de Belly, publicó en el siglo XVI un voluminoso libro
escrito contra los frailes y que un fraile secularizado compendió, titulado
Apocalipsis de Melitón, porque Melitón, que fue obispo de Sardes en el siglo II
murió en olor de profeta. En este libro, que revelaba los defectos y peligros
de la vida monacal, no se encuentran las oscuridades ni los jeroglíficos del
Apocalipsis de san Juan y es perfectamente claro. El referido obispo se parece
a cierto magistrado que dijo a un togado: «Sois un falsario y un bribón. No sé
si me explico claro».
Dicho obispo dice en su Apocalipsis que existían en su época noventa y
ocho órdenes de frailes con rentas o mendicantes, que vivían a expensas del
pueblo, sin prestarles ningún servicio y sin trabajar. Calculaba que había
seiscientos mil monjes en Europa. Este cálculo nos parece algo exagerado, pero
indiscutiblemente era excesivo el número de frailes.
Asegura también que los frailes son enemigos de los obispos, curas y
magistrados. Que entre los privilegios concedidos a los franciscanos, el sexto
les asegura la salvación, aunque hayan cometido algún crimen, si obedecen y
aman la orden de San Francisco. Que los monjes se parecen a los monos, pues
cuanto más alto suben, mejor se les ve el culo. Que la palabra fraile ha pasado
a ser de tan execrable calificación que algunos la consideran injuriosa y como
el mayor ultraje que les puedan hacer.
Sea cual sea la condición social del lector, le ruego que fije la atención
en el siguiente fragmento, extracto del libro del obispo de Belly:
«Figuraos lo que serán el convento de El Escorial o de Monte Casino, en
los que los cenobitas gozan de toda clase de comodidades necesarias, útiles,
delectables, superfluas y superabundantes, porque disfrutan de ciento
cincuenta mil, de cuatrocientos mil y de quinientos mil escudos de renta; por
eso juzgad si el señor abad puede permitir que duerman la siesta los que
quieran.
»Por otra parte, figuraos un artesano o un labrador que no cuenta con
mas recursos que sus brazos para mantener a su numerosa familia, que trabajan
todos los días y en todas las estaciones como esclavos para alimentarla con el
pan del dolor y con el agua de las lágrimas, y luego comparad unos con otros y
veréis la preeminencia que aquéllos tienen sobre éstos, a pesar de haber hecho
voto de pobreza.»
He aquí un pasaje del Apocalipsis episcopal que no necesita comentarios.
Sólo falta que venga un ángel a llenar la copa de vino de los monjes para
apagar la sed de los campesinos que labran, siembran y recogen para los
monasterios.
Pero dicho prelado no hizo más que una sátira en lugar de haber compuesto
un libro útil. Su dignidad le ordenaba decir lo bueno y lo malo; debía haber
confesado que los benedictinos dieron muchas y excelentes obras, que los
jesuitas prestaron grandes servicios a las bellas letras, que había que
bendecir a los hermanos de la Caridad y a los mercedarios. El primer deber es
ser justo. Camus se dejaba llevar demasiado por su imaginación. San Francisco
de Sales le aconsejó componer novelas de moral, pero él abusó de ese consejo.
APÓCRIFOS. La palabra apócrifos es griega y significa
oculto. El Diccionario Enciclopédico dice, con mucha razón, que las Sagradas
Escrituras pueden ser al mismo tiempo sagradas y apócrifas. Sagradas, porque
las dictó el mismo Dios; apócrifas, porque estuvieron ocultas para todos los
pueblos y hasta para el mismo pueblo hebreo.
Es una verdad incontrovertible que fueron desconocidas para las naciones
antes de que se tradujeran al griego en Alejandría, durante el reinado de los
Tolomeos. Flavio Josefo lo confiesa en la respuesta que dio a Apión, y su
opinión no tiene menos verosimilitud porque pretenda robustecerla por medio de
una fábula. Refiere en su historia que, como los libros hebreos eran divinos,
ningún historiador ni poeta extranjero osó hablar de ellos. A continuación
añade que por intentar solamente insertar algo de ellos en su libro, Dios
trastornó el juicio durante treinta días al historiador Pheopompe e
inmediatamente le advirtieron en un sueño que había perdido el juicio por haber
intentado conocer las leyes divinas y darlas a conocer a los profanos. Acto
seguido, pidió perdón a Dios, que le restituyó el juicio perdido. El mismo
Josefo también dice que, habiendo revelado algo respecto a los libros sagrados
el poeta Theodocto en una de sus tragedias, quedó ciego, y Dios sólo le
devolvió la vista después que hizo penitencia.
En cuanto al pueblo hebreo, está fuera de duda que hubo épocas en que no
pudo leer las Sagradas Escrituras; según se dice en el libro IV de los Reyes y
en el II de los Paralipómenos, durante el reinado de Josías aún no las
conocían y por casualidad encontraron un solo ejemplar de ellas en un cofre, en
casa del gran sacerdote Helkia.
Las diez tribus que dispersó Salamanasar no volvieron a aparecer, y si
tenían libros se perdieron con ellas. Las dos tribus que estuvieron esclavas
en Babilonia y regresaron a su patria al cabo de setenta años de esclavitud,
tampoco tenían libros sagrados y los que poseían eran pocos o defectuosos,
porque Esdras se vio obligado a corregirlos. Pero aunque estos libros fueran
apócrifos durante la cautividad de Babilonia (quiero decir, aunque estuvieran
ocultos y no los conociera el pueblo), no por ello dejaban de ser sagrados,
pues llevaban el sello de la divinidad.
En nuestros días denominamos apócrifos a los libros que no merecen
crédito. De esta forma cambian las lenguas el significado de las palabras
andando el tiempo. En este sentido los católicos y los protestantes coinciden
en declarar apócrifos los siguientes libros:
La oración de Manasés, rey de Judá, que está en el libro IV de los Reyes
El libro III y IV de los Macabeos.
El libro IV de Esdras, que aunque a no dudar lo escribieron los judíos,
éstos niegan que Dios haya inspirado a sus autores.
Los otros libros hebreos que rechazan los protestantes por creer que no
los ha inspirado Dios, son:
El libro de la Sabiduría, aunque está escrito en el mismo estilo que el
Libro de los Proverbios.
El libro del Eclesiastés, los dos primeros de los Macabeos, y el libro
de Tobías, aunque su fondo es edificante. El sabihondo Calmet sostiene que
parte de ese libro la escribió el padre de Tobías, otra parte el hijo, y un
tercer autor añadió la conclusión del último capítulo, en la que se dice que
Tobías murió a la edad de noventa y nueve años y sus hijos le enterraron
jovialmente. El mismo Calmet dice al fin de su prólogo: «Esa historia, por sí
misma y por la forma de referirla, no presenta los caracteres de fábula o de
ficción. Si debiéramos rechazar todas las historias de la Biblia en que
interviene lo maravilloso y lo extraordinario, no admitiríamos ningún libro
sagrado».
El libro de Judit, aunque Lutero declara que es hermoso, santo y útil.
Difícil es averiguar la época en que aconteció la aventura de Judit y saber
dónde estaba situada la localidad de Betulia También se ha puesto en tela de
juicio el grado de santidad de la acción que perpetró Judit, pero como el
Concilio de Trento declaró canónico el libro, no cabe discutir.
El libro de Baruc, aunque está escrito en el mismo estilo que todos los
libros de los profetas.
El libro de Ester. Los protestantes sólo rechazan las adiciones que se
hallan en el capítulo 10, pero admiten el resto del libro, aunque no se sepa
quién era el rey Asuero, personaje principal de dicha historia
El libro de Daniel. Los protestantes sólo rechazan la aventura de Susana
y los niños en el horno pero admiten el sueño de Nabucodonosor y el tiempo que
vivió entre animales.
De la vida de Moisés, libro apócrifo de la más remota Antigüedad Este libro, que narra la vida y muerte de Moisés, parece escrito en la
época de cautividad de los judíos en Babilonia, porque entonces fue cuando empezaron
a conocer los nombres que los caldeos y los persas pusieron a los ángeles (1),
y en este libro figuran los nombres de Zinghiel, Samuel, Tsakon, Lakah y otros,
de los que antes no hicieron mención alguna los hebreos.
(1) Véase el artículo Ángel.
El libro de la muerte de Moisés parece que es posterior. Se sabe que los
judíos tenían varias vidas de Moisés muy antiguas y otros libros independientes
del Pentateuco. En ellos le llaman Moni, no Moisés, y suponen que no significa
agua, y ni la partícula de. También en esos libros le dieron los nombres de
Joakim, Adomosi, Thetmosi y supusieron que era la misma persona que Manethon
llama Ozarzif.
Algunos de esos antiquísimos manuscritos hebraicos los sacaron llenos de
polvo de los gabinetes de los judíos en 1517. El sabio Gilberto Gaulmin, que
dominaba perfectamente la lengua hebrea, los tradujo al latín el año 1635 y los
publicó, dedicándolos al cardenal Berulle. Los ejemplares de dichos
manuscritos son ya extremadamente raros, y en ellos están desarrollados con
exceso el rabinismo, la afición a lo maravilloso y la fantasía oriental.
Fragmento de la vida de Moisés. Ciento treinta años después de aposentarse los judíos en Egipto, y
sesenta después de la muerte del patriarca José, el faraón tuvo este sueño: un
anciano sostenía una balanza, en uno de cuyos platillos estaban colocados todos
los habitantes de Egipto, y en el otro sólo un niño, y ese niño pesaba más que
todos los egipcios juntos.
Inmediatamente, el faraón llamó a sus sabios para consultarles el sueño
y uno de ellos le dijo: « ¡Oh rey! Ese niño es un judío que producirá grandes
conmociones en tu reino. Manda que maten a todos los hijos de los judíos y de
esa manera salvarás tu imperio, si es que los mortales podemos oponernos a las
leyes del destino».
Siguiendo el consejo, el faraón llamó a todas las comadronas y les mandó
que estrangularan a los niños que pariesen las mujeres judías. Residía en
Egipto un hombre llamado Amram, hijo de Kehat, casado con Jocebed, con la que
tuvo una hija, María, que significa perseguida, porque los egipcios
descendientes de Cam perseguían a los israelitas descendientes de Sem, y un
hijo, Aarón, que significa condenado a muerte, porque el faraón había
sentenciado a muerte a todos los hijos de los judíos. Aarón y María fueron
librados del destino común por los ángeles del Señor, que los alimentaron en
los campos y los restituyeron a sus padres cuando los niños llegaron a la
adolescencia.
Más tarde, Jocebed tuvo el tercer hijo, Moisés, que contaba quince años
menos que su hermano y lo expusieron en el Nilo. Estaba bañándose en el río la
hija del faraón, y al encontrarlo se lo llevó, le dio alimento y le adoptó por
hijo, aunque no era casada.
Tres años después, el faraón, su padre, tomó otra mujer y con este
motivo celebró un gran festín en el que su mujer estaba a su derecha, y su hija
a la izquierda con el niño Moisés, el cual, jugando, le tomó la corona y se la
puso en la cabeza. El mago Balaam, eunuco del rey, recordó entonces el sueño
que tuvo el faraón y le dijo: «Este es el niño que un día debe trastornar tu
reino, y le anima el espíritu de Dios. Su acción prueba que abriga el designio
de destronarte. Debe morir en seguida».
Iban a matar al niño Moisés cuando Dios envió al ángel Gabriel disfrazado
de oficial del faraón, que dijo a éste: «Señor, no debéis matar a un niño
inocente que no está en edad de ser discreto. Si se ciñó vuestra corona es
porque no tiene juicio todavía. Ponedle delante un rubí y un carbón encendido:
si toma el carbón, será señal de que es imbécil y no debéis temerle; si elige
el rubí, será señal de que es muy avispado y entonces debéis matarle».
Acto seguido, le presentaron un rubí y un carbón, Moisés tomó el rubí,
pero el ángel Gabriel, por medio de un escamoteo, puso el carbón en el sitio
que ocupaba la piedra preciosa. Moisés se metió el carbón encendido en la boca
y se abrasó de tal forma la lengua que quedó tartamudo para toda la vida. Por
eso el legislador de los hebreos no pudo articular bien las palabras.
Moisés tenía quince años y era el favorito del faraón. Se le quejó un
judío de que un egipcio, después de haberse acostado con su mujer, le había
pegado y Moisés mató al egipcio. El faraón mandó entonces que cortaran la
cabeza a Moisés. Al ir a herirle el verdugo, Dios convirtió súbitamente el
cuello de Moisés en columna de mármol y le envió el ángel Miguel, que en el
espacio de tres días condujo a Moisés fuera de las fronteras de Egipto.
Moisés se refugió en la morada de Necano, rey de Etiopía, que estaba en
guerra con los árabes. Necano le nombró general de su ejército, y cuando murió
éste, Moisés fue elegido rey y enmaridó con la viuda del difunto. Pero Moisés,
avergonzado de casarse con la esposa de su señor, no se atrevió a gozarla y
puso una espada en el lecho, entre él y la reina.
Permaneció cuarenta años con ella sin tocarla. Resentida e irritada la
reina reunió por fin los Estados del reino de Etiopía y se quejó ante ellos de
que Moisés no cumplía con su obligación y le expulsaron del reino, accediendo
al trono el hijo del difunto rey.
Moisés huyó al país de Medián y se hospedó en la casa del sacerdote
Jethro. Este sacerdote se propuso hacer fortuna entregando a Moisés al rey de
Egipto, y empezó por encerrarle en un calabozo a pan y agua. Pero Moisés
engordaba ostensiblemente en el calabozo y Jethro quedó sorprendido. Ignoraba
que su hija Séfora se había enamorado de su prisionero y le daba a comer
perdices y codornices y a beber exquisito vino. El proceder de su hija le dio
a entender que Dios protegía a Moisés y desistió de entregarlo al rey de
Egipto.
Entretanto, el sacerdote Jethro quiso casar a su hija. Tenía en el jardín
un árbol de zafiro en cuyo tronco se veía grabada la palabra Jehová y extendió
por el país la noticia de que entregaría su hija por esposa al que consiguiera
arrancar el árbol de zafiro. Se presentaron varios aspirantes a la mano de
Séfora, pero ninguno de ellos consiguió siquiera inclinar el árbol. Moisés,
que sólo tenía setenta y siete anos, lo arrancó de cuajo sin gran esfuerzo y se
casó con Séfora, de la que pronto tuvo un hijo llamado Gersom.
Un día, mientras paseaba, encontró a Dios detrás de una zarza. Dios le
mandó que fuera a obrar milagros en la corte del faraón y hacia allí fue con su
mujer y su hijo. En el camino encontraron a un ángel, cuyo nombre no se cita,
el cual mandó a Séfora que circuncidara a su hijo Gersom con un cuchillo de
piedra. Dios envió a su encuentro a Aarón que les alcanzó en el camino y a
quien le pareció muy mal que su hermano se hubiera casado con una madianita.
La trató de prostituta y llamó bastardo a Gersom, enviándolos a su país por el
camino más corto.
Aarón y Moisés fueron solos al palacio del faraón, cuya puerta custodiaban
dos leones enormemente grandes. Balaam, el mago del rey, así que vio llegar a
los dos hermanos azuzó los leones contra ellos, pero Moisés los tocó con su
vara y los leones, prosternándose humildemente lamieron los pies de Aarón y de
Moisés.
El autor de este escrito relata las diez plagas de Egipto poco más o
menos como constan en el Éxodo, añadiendo que Moisés cubrió todo Egipto de
piojos hasta la altura de un codo, y envió leones, lobos, osos y tigres a todas
las casas de los egipcios, en las que entraron, a pesar de estar las puertas
resguardadas con cerrojos, y se comieron los niños.
Según el autor en cuestión, los judíos no huyeron por el mar Rojo. El
que emprendió ese camino fue el faraón con todo su ejército, que los judíos
persiguieron y las aguas se separaron a derecha e izquierda para ver cómo
peleaban unos y otros; todos los egipcios, exceptuando el rey quedaron muertos
sobre la arena. Entonces, el faraón, al verse perdido pidió perdón a Dios, que
envió para socorrerle a los ángeles Miguel y Gabriel. Estos le transportaron a
la ciudad de Nínive, donde reinó cuatrocientos años.
De la muerte de Moisés. Dios había
declarado al pueblo de Israel que no saldría de Egipto hasta encontrar el
sepulcro de José. Moisés lo encontró y lo llevó en hombros mientras atravesaron
el mar Rojo. Dios le dijo que no olvidaría nunca esa buena acción y que le
asistiría en la hora de la muerte.
Cuando Moisés cumplió ciento veinte años se le presentó Dios para
anunciarle que iba a morir y sólo le quedaban tres horas de vida. El ángel malo
Samael asistió a esa entrevista. Así que pasó la primera hora se echó a reír
creyendo que iba a apoderarse del alma de Moisés, y el ángel Miguel rompió en
un lloro. «No te regocijes, malvado —dijo el ángel bueno al ángel malo—.
Moisés va a morir, pero hemos puesto a Josué en su sitio.»
Transcurridas las tres horas, Dios mandó a Gabriel que se apoderara del
alma del moribundo. Gabriel se excusó y Miguel también. Al ver Dios que se
negaban esos dos ángeles, hizo la misma proposición a Zinghiel, quien tampoco
quiso obedecer, respondiendo: «En tiempos idos fui su preceptor, y no me atrevo
a matar a mi discípulo». Entonces, enfadándose Dios, dijo al ángel malo
Samael: «Malvado, toma su alma». Samael, sonriendo de alegría, sacó la espada y
corrió a apoderarse de Moisés. Colérico el moribundo, se levantó con los ojos
chispeantes y dijo: «¡Bribón!, ¿te atreverás a matarme a mí, que siendo niño me
ceñí la corona del faraón, que obré milagros a la edad de ochenta años, que
saqué de Egipto a sesenta millones de hombres y que dividí el mar Rojo? Vete,
granuja, ¡apártate de mi vista cuanto antes! »
Mientras duró este altercado, Gabriel preparó una camilla para transportar
el alma de Moisés, Miguel un manto de púrpura y Zinghiel una túnica. Dios le
puso las manos sobre el pecho y se llevó su alma.
En su Epístola, san Judas alude a esta historia cuando dice que el ángel
Miguel disputó al diablo el alma de Moisés. Como este hecho sólo se encuentra
en el libro de que vengo ocupándome, es indudable que san Judas lo había leído
y lo consideraba como libro canónico.
La segunda historia de la muerte de Moisés, que se refiere a una conversación
que medió entre él y Dios, no es menos graciosa ni interesante que la otra. He
aquí algunos rasgos de dicha conversación:
Moisés. Os suplico, Señor, que me dejéis entrar en la tierra prometida
y estar en ella al menos dos o tres años.
Dios. No, está decretado que no debes entrar en ella.
Moisés. Pues al menos que me lleven allí después que muera.
Dios. No, no irás allí ni muerto ni vivo.
Moisés. ¡Dios mío! Vos que sois tan clemente con todas las criaturas,
que las perdonáis dos o tres veces, a mí, que sólo cometí un pecado, ¿no me
queréis perdonar?
Dios. No sabes lo que dices, porque has cometido seis pecados. Recuerdo
que decreté tu muerte o la pérdida de Israel y se ha de cumplir uno de esos dos
decretos: si deseas vivir, Israel perecerá.
Moisés. Señor, no sé por qué os empeñáis en coger el rábano por las
hojas, pero ya que es así, muera Moisés y sálvese Israel.
En este sentido continuó el diálogo, y cuando termina, el eco de la
montaña repite: «Sólo te quedan cinco horas de vida». Al cabo de las cinco
horas, Dios llamó a Gabriel, a Zinghiel y a Samael, y como prometió enterrar a
Moisés, se llevó su alma.
Cuando reflexionamos que a todo el mundo lo han engañado con historietas
parecidas a ésta y que sirvieron de edificación al género humano, las fábulas
de Esopo nos parecen razonables.
Libros apócrifos de la nueva ley. Han existido cincuenta evangelios diferentes unos de otros. De ellos,
sólo conservamos cuatro enteros: el de Jacobo, el de Nicodemo, el de la
infancia de Jesús y el del nacimiento de María. De los demás, sólo nos han
llegado fragmentos y noticias vagas.
El viajero Tournefort, que Luis XIV envió a Asia, nos dice que los
georgianos han conservado el Evangelio de la infancia de Jesús, que probablemente
les comunicarían los armenios. Varios de estos evangelios que hoy todo el mundo
considera apócrifos, se citaban como auténticos en tiempos primitivos y eran
los únicos que se mencionaban. En los Hechos de los apóstoles, san Pablo
pronuncia estas palabras: «Debemos recordar las palabras de Jesús, cuando
dijo: Vale más dar que recibir». San Bernabé, en su epístola católica, pone en
boca de Jesús lo siguiente: «Resistamos toda clase de iniquidades y
odiémoslas. Los que desean verme y entrar en mi reino deben seguirme por el
camino de las aflicciones y de las penas».
San Clemente, en su segunda Epístola a los Corintios, hace decir a
Jesucristo estas palabras: «Si os reunís en mi seno, pero no obedecéis mis
mandatos, os rechazaré diciéndoos: Apartaos de mí, no os conozco
apartaos de mí, artesanos de la iniquidad». Más adelante atribuye a
Jesús estas palabras: «Conservad vuestra carne casta y con el sello de inmaculada,
y de esta manera recibiréis la vida eterna». Se encuentran muchas citas
parecidas a ésta, pero ninguna está sacada de los cuatro Evangelios que son los
únicos que la Iglesia reconoce como canónicos. Muchas de las citas a que aludo
están tomadas del Evangelio de los Hebreos, que tradujo san Jerónimo y que hoy
se considera como apócrifo.
San Clemente el Romano dice en su segunda epístola: «Habiéndole
preguntado al Señor cuándo llegaría su reinado, respondió: Cuando dos y dos
hagan uno, cuando lo que está fuera esté dentro, cuando el macho sea hembra y
cuando en el mundo no haya hembra ni macho». Estas palabras están sacadas del
Evangelio, según los egipcios, y san Clemente de Alejandría refiere el texto
íntegro. Ahora bien, ¿en qué pensó al escribirlas el autor del Evangelio
egipcio, y san Clemente al traducirlas? Esas palabras son injuriosas para
Jesucristo, porque dan a entender que no creía que su reinado llegara nunca.
Decir que un hecho sucederá cuando dos y dos hagan uno y cuando el macho sea
hembra, es decir que no sucederá nunca. Es como si dijéramos «En la semana de
tres jueves, o en las calendas griegas»; semejante pasaje será rabínico, pero
no es evangélico.
También se conocieron otros Hechos de los apóstoles apócrifos. San
Epifanio los cita: en esos hechos se refiere que san Pablo fue hijo de padre y
de madre idólatras y que abrazó el judaísmo para casarse con la hija de
Gamabiel, pero al no encontrarla virgen se unió al partido de los discípulos de
Jesús. Eso es una blasfemia inventada contra Pablo.
De otros libros apócrifos de los siglos I y II. Libro de Enoc, séptimo hombre después de Adáo. En este libro se
relata la guerra que promovieron los ángeles rebeldes, capitaneados por
Semexia, a los ángeles leales dirigidos por Miguel. El móvil que promovió esa
guerra fue gozar de las hijas de los hombres, como queda dicho en el artículo
titulado Ángel.
Los hechos de santa Tecla y san Pablo. Los escribió Juan, discípulo de Pablo. En esta historia, santa Tecla,
disfrazada de hombre, se escapa de sus perseguidores y va a encontrar a Pablo.
Más tarde bautiza un león, pero a esta aventura no se le da crédito. En dicho
libro es donde se encuentra el retrato de Pablo, descrito de la siguiente
manera: «statura brevi, calvastrum, cruribus curvis, surosum, superciliis
junctis, naso aquilino, plenum gratia Dei». Aunque recomiendan esa historia san
Gregorio Nacianceno, san Ambrosio, san Juan Crisóstomo y otros, no merece
crédito a los doctores de la Iglesia.
La predicación de san Pedro. Este escrito se denomina también El Evangelio y la revelación de Pedro.
San Clemente de Alejandría elogia mucho la obra, pero en seguida se conoce que
la escribió un falsario usurpando el nombre de dicho apóstol.
Los hechos de Pedro. Este escrito
es tan apócrifo como el anterior.
El testamento de los doce patriarcas. Se duda de si este libro lo compuso un hebreo o un cristiano, pero lo
más probable es que su autor fuera un cristiano de los primitivos tiempos, y
esto porque se afirmaba, en el Testamento de Leví, que al finalizar la séptima
semana llegarían sacerdotes practicando la idolatría, se establecería un nuevo
sacerdocio, se abrirían los cielos, y que la gloria del Altísimo, el espíritu
de inteligencia y de santidad resplandecerían en el nuevo sacerdote. Todo ello
parece profetizar la venida de Jesucristo.
Carta de Abgar a Jesucristo, y respuesta de Jesucristo al rey
Abgar. Se cree que en la época de Tiberio hubo un toparca
o gobernador de una de las provincias de Palestina, que sirviendo a los persas
se pasó al servicio de los romanos. Pero esta correspondencia epistolar la
consideran falsa todos los buenos críticos.
Los hechos de Pilato, las cartas de Pilato a Tiberio con motivo de la
muerte de Jesucristo. La vida de Prócula, mujer de Pilato. Todo ello es apócrifo.
Los hechos de Pedro y Pablo. Se refiere la historia de la cuestión que medió entre Pedro y Simón el
Mago. Fueron autores de este libro Abadías, Marcelo y Hegesipo. San Pedro
disputa con Simón sobre quién de los dos resucitaría a un pariente del
emperador Nerón que acababa de morir. Simón empieza a resucitarlo y san Pedro
termina la resurrección. Simón en seguida vuela por el aire, pero Pedro le
obliga a caer y el mago se rompe las piernas. Irritado Nerón por la muerte de
su mago, manda que crucifiquen a Pedro cabeza abajo y que decapiten a san Pablo
porque era partidario de Pedro.
Las gestas del bienaventurado Pablo, apóstol y doctor de las
naciones. En este libro se refiere que Pablo vivió en Roma
dos años después de la muerte de Pedro, añadiendo el autor que cuando
decapitaron a Pablo le salió leche en vez de sangre, y que Lucina, mujer muy
devota, le hizo enterrar a veinte millas de Roma, en el camino de Ostia, en su
casa de campo.
Las gestas del bienaventurado apóstol Andrés. El autor dice que Andrés fue a predicar a la ciudad de los mirmidones y
que bautizó a todos los ciudadanos. El joven Sóstrates, oriundo de Amazea, se
presentó al apóstol y le dijo: «Soy tan hermoso que mi madre ha concebido por
mí frenética pasión, y como me causa horror crimen tan execrable vengo huyendo
de ella. Enfurecida, mi madre se ha presentado al procónsul de la provincia y
me acusa de que quise violarla. No me atrevo a presentarme al procónsul,
porque prefiero morir a verme obligado a acusar a mi madre». Mientras el joven
le exponía sus cuitas aparecieron los guardias del procónsul que venían con
orden de apoderarse de él. Andrés se presentó con el joven ante el juez y le
defendió. Pero esto no desconcertó a la madre, la cual acusó a Andrés de
inducir al joven a cometer tan repugnante crimen. El procónsul manda que
arrojen al río a Andrés, pero el apóstol dirigió a Dios sus preces y en seguida
sobrevino un gran terremoto y la madre murió herida por un rayo. Después que
el autor nos cuenta varias aventuras de esta clase, termina haciendo crucificar
a Andrés en Patrás.
Las gestas de Santiago el Mayor. En este libro dícese que Santiago fue sentenciado a muerte en Jerusalén
por el pontífice Abiathar y que bautizó al escribano antes que le crucificaran.
Las gestas de Juan Evangelista. El autor nos dice que, siendo Juan obispo de Éfeso y habiendo convertido
a Drusila, ésta no quiso vivir ya con su marido Andrónico y se refugió en un
sepulcro. Un joven llamado Calímaco, que estaba enamorado de ella, le apremiaba
a veces, incluso en dicho sitio, para que correspondiera a su pasión.
Solicitaba Drusila por su marido y su enamorado, deseaba morir y lo consiguió.
Locamente enamorado, Calímaco sobornó a un criado de Andrónico que tenía las
llaves del sepulcro. Entró en él, quitó a su amada el sudario, y exclamó: «Lo
que no me has querido conceder viva, me lo concederás muerta». En el paroxismo
de su demencia, sació sus horribles deseos sobre el cuerpo inanimado de
Drusila. En el mismo instante, salió del sepulcro una serpiente el joven cayó
en tierra sin sentido y la serpiente lo mató, lo mismo que al criado cómplice,
a cuyo cuerpo quedó enroscada. Juan llegó entonces con el marido de Drusila y
quedaron sorprendidos al encontrar vivo a Calímaco. Juan ordenó a la serpiente
que se fuera, ésta obedeció y el apóstol preguntó al joven cómo había podido
resucitar. Calímaco respondió que se le apareció un ángel, quien dijo estas
palabras: «Era preciso que murieras para que al revivir fueras cristiano». En
seguida pidió que le bautizaran y suplicó al apóstol que resucitara a Drusila.
Juan obró inmediatamente ese milagro, y Calímaco y Drusila le suplicaron que
resucitara también al criado. Este, que era un pagano terco, así que recobró la
vida declaró que prefería morir otra vez a ser cristiano y quedó muerto de
repente. Juan dijo entonces que el árbol malo siempre produce malos frutos.
Aristodemo, gran sacerdote de Éfeso, aunque le sorprendieron grandemente esos
milagros, se negó a convertirse y dijo a Juan: «Permitidme que os envenene, y
si el veneno no os mata me convenceré». Juan aceptó la propuesta, pero
proponiendo a Aristodemo que envenenara antes a dos ciudadanos de Éfeso que
estaban sentenciados a muerte. Aristodemo les hizo beber el veneno y los mató
casi instantáneamente. Juan ingirió el mismo veneno y no produjo efecto
ninguno. Después resucitó a los dos muertos y el gran sacerdote se convirtió.
Cuando Juan cumplió noventa y siete años se le apareció Jesucristo y le dijo:
«Ya es hora de que vengas a mi ágape con tus hermanos». Poco después, el
apóstol se durmió en el sueño eterno.
Historia de los bienaventutados Santiago el Menor, Simón y ludas
hermanos. Esos apóstoles van a Persia, donde obran prodigios
tan increíbles como los que el autor refiere de san Andrés.
Las gestas de san Mateo, apóstol y evangelista. Mateo recorre Etiopía y se instala en la gran ciudad de Nadaver, donde
resucita a los hijos de la reina Candace y funda iglesias cristianas.
Las gestas del bienaventurado Bartolomé en la India. Bartolomé se dirige al templo de Astarot, diosa que pronunciaba oráculos
y curaba todas las enfermedades. Bartolomé la obliga a callar y consigue que
enfermen todas las personas que la diosa había curado. El rey Polimio disputa
con él y le vence. Entonces, Bartolomé consagra al rey Polimio como obispo
titular de las Indias.
Las gestas del bienaventurado Tomás, apóstol de la India. Tomás entra en la India por otro camino, y en ese país obra más milagros
que Bartolomé. Al fin lo martirizan, pero luego se aparece a Xiforo y a
Susani.
Las gestas del bienaventurado Felipe. San Felipe se dirige a predicar a Seitia, donde quieren obligarle a que
haga sacrificios al dios Marte, pero hace salir del altar un dragón que se come
a los hijos de los sacerdotes. Muere en Hierápolis a la edad de ochenta y cinco
años. No se sabe en qué ciudad murió, porque entonces había muchas que se
llamaban Hierápolis. Créese que todas las historias que acabamos de citar las
escribió Abdías, obispo de Babilonia, y las tradujo Julio Africano.
Fabricio incluye entre los escritos apócrifos la Homilía atribuida a san
Agustín, titulada Sobre la manera como se formó el Símbolo, pero indudablemente
no pretende que el Símbolo que llamamos de los apóstoles deje de ser verdadero
ni sagrado. Dícese en esa Homilía, según afirman Rufino y san Isidoro, que diez
días después de la Ascensión, estando juntos y encerrados los apóstoles por
miedo a los judíos, Pedro dijo Creo en Dios padre todopoderoso, Andrés continuó
diciendo y en Jesucristo su hijo, y Santiago añadió: Que fue concebido por el
Espíritu Santo; de esta manera, pronunciando cada uno de los demás apóstoles
una frase compusieron el Credo.
Las Constituciones apostólicas. Se incluyen en la actualidad entre los libros apócrifos las
Constituciones de los santos apóstoles. Antiguamente se creía autor de ellas a
san Clemente el Romano. La simple lectura de algunos de sus capítulos basta
para convencerse de que los apóstoles no tuvieron parte alguna en dicha obra.
En el capítulo IX se manda que las mujeres se laven en la hora nona. En
el capítulo primero del libro II se exige que los obispos sean sabios, pero en
la época de los apóstoles no existía aún la jerarquía eclesiástica, ni había
prelados al frente de ninguna iglesia. Iban predicando de ciudad en ciudad, de
burgo en burgo, se llamaban apóstoles y no obispos, y sobre todo no se creían
sabios.
En el capítulo II del segundo libro dícese que el obispo sólo debe tener
una mujer que cuide de su casa, de lo que se infiere que a fines del siglo I y
principios del II, cuando empezó a establecerse la jerarquía, los sacerdotes
eran casados. En casi todo ese libro los obispos son considerados como jueces
de los fieles y está probado que los apóstoles no tenían jurisdicción ninguna.
En el capítulo XXI se advierte que debe oírse a las dos partes, lo que supone
estar establecida la jurisdicción.
En el capítulo XXVI figuran estas palabras: «El obispo es vuestro
príncipe, vuestro rey, vuestro emperador, vuestro Dios en el mundo». Esas
expresiones son demasiado arrogantes para que las pronunciara la humildad
reconocida de los apóstoles.
En el capítulo XXVIII se dice: «En los ágapes debe darse al diácono
doble de lo que damos a una anciana, y al sacerdote, doble de lo que se da al
diácono, porque los sacerdotes son los consejeros del obispo y la corona de la
Iglesia. El lector obtendrá una porción en honor de los profetas, lo mismo que
el chantre y el portero. Los laicos que deseen tener algo deben para eso
dirigirse al obispo por conducto del diácono». Nunca utilizaron los apóstoles
la palabra laico, que señala la diferencia que hay entre profanos y sacerdotes.
El capítulo XXXIV dice: «Debéis reverenciar al obispo como si fuera rey,
honrarle como señor, darle vuestros frutos y vuestras obras, las primicias, los
diezmos, las economías, los regalos que os hagan, el trigo, el vino y el aceite
que tengáis». Este artículo peca de abusivo.
El capítulo LVII dice: «Que la iglesia sea grande, que mire hacia
Oriente, que se parezca a un barco, que el trono del obispo esté en medio de
ella; que el lector lea los libros de Moisés, de Josué, de los Jueces, de los
Reyes, de los Paralipómenos», etc.
En el capítulo XVIII del libro III, se lee: «Se administra el bautismo
por la muerte de Jesús y el óleo por el Espíritu Santo. Cuando nos sumergen en
la cuba bautismal, morimos; cuando salimos de ella, resucitamos. El Padre es
Dios de todo, Cristo es hijo único de Dios, hijo amado y señor de gloria».
Semejante doctrina se explicaría hoy con frases mas canónicas.
En el capítulo VII del libro V se citan versos de las Sibilas sobre el
advenimiento de Jesucristo y sobre su resurrección. Esta es la primera vez que
los cristianos alegan versos de las Sibilas y continuarán alegándolos más de
trescientos años.
En el capítulo XXVIII del libro VI, se prohíbe a los fieles la sodomía y
el apareamiento con bestias. En el capítulo XXIX del mismo libro se dice que el
marido y la esposa son puros cuando salen del lecho, aunque no se laven.
En el capítulo V del libro VIII se dice: «Dios todopoderoso, da al
obispo por medio de Cristo la participación del Espíritu Santo». En el capítulo
IV, se dice: «Recomendaos al único Dios por medio de Jesucristo». El capítulo
XV, añade: «el diácono debe decir en voz alta: inclinados ante Dios por medio
de Cristo». Esa forma de expresarse sería incorrecta en nuestros días.
Los cánones apostólicos. El canon IV
manda que ningún obispo o sacerdote se separe de su mujer con el pretexto de la
religión. Que el que se separe sea excomulgado, y el que persevere en esa idea
sea expulsado del territorio. El VI dispone que los sacerdotes no se ocupen de
asuntos seculares. El XIX ordena que quien se case con dos hermanas no sea
admitido en el clero. Los cánones XXI y XXII disponen que los eunucos no puedan
ser presbíteros, exceptuando a quienes se han cortado ellos mismos los órganos
genitales. A pesar de esta ley, Orígenes fue sacerdote. El canon LV manda que
el obispo, sacerdote, diácono o subdiácono que coman carne que tenga sangre,
sean depuestos.
Es evidente que los apóstoles no promulgaron semejantes cánones…
Del reconocimiento que manifestó san Clemente a Santiago, hermano del
Señor, obra en diez libros, traducida del griego al latín por Rufino. Este libro empieza dudando de la inmortalidad del alma. Debatiéndose en
esta duda, san Clemente, deseando saber a ciencia cierta si el mundo es eterno
o fue creado, si existía un Tártaro, un Ixión, un Tántalo, etc., se fue a
Egipto a aprender nigromancia. Pero habiendo oído decir que san Bernabé estaba
predicando el cristianismo, fue a buscarle a Oriente y le encontró celebrando
una fiesta judía. Luego se encontró también con Pedro en Cesárea; con Simón el
Mago tuvieron una controversia, y en ella Pedro le refirió todo cuanto había
sucedido desde la muerte de Jesucristo. Clemente se convirtió al cristianismo,
pero Simón perseveró en ser mago.
Simón se enamoró de una mujer a la que llamaron la Luna, y mientras
esperaba el día de la boda propuso a Pedro, Zaqueo, Lázaro, Nicodemo, Dositeo y
a otros, que fueran discípulos suyos. Dositeo en vez de responderle le dio un
garrotazo, pero el garrote pasó a través del cuerpo de Simón como pudiera pasar
a través del humo. Al ver este prodigio, Dositeo quiso ser discípulo suyo; poco
después, Simón se casó con la mujer amada afirmando que era la misma luna, que
había descendido del cielo para casarse con él.
No vale la pena extendernos más sobre el reconocimiento de san Clemente.
Sólo añadiremos que en el libro IX se juzga a los chinos como los más justos y
sabios de los hombres. Tras lo cual el autor se ocupa de los brahmanes, a los
que rinde justicia como se la rindió toda la Antigüedad. El autor los cita como
modelos de sobriedad, dulzura y justicia.
Carta de san Pedro a Santiago y contestación de éste a aquél. La carta de Pedro no contiene nada que despierte curiosidad, pero la de
Santiago es muy notable. Pretende que Pedro, antes de morir, le nombre obispo
de Roma y su coadjutor, le imponga las manos y le mande sentarse en la silla
episcopal en presencia de todos los fieles.
Por esa carta puede deducirse que entonces no creía que hubieran
martirizado a Pedro, porque esta carta, atribuida a san Clemente, hubiera hecho
mención del suplicio de Pedro, y prueba también que no contaban a Cleto y a
Anacleto entre los obispos de Roma.
Nueve homilías de san Clemente. En la primera refiere lo que dijo en otra parte, o sea que fue a buscar
a Pedro y Bernabé a Cesárea para saber si el alma es inmortal y el mundo es
eterno.
En la segunda Homilía figura un pasaje extraordinario. En él habla Pedro
del Antiguo Testamento expresándose así: «La ley escrita contiene algunas
falsedades contra la ley de Dios, creador del cielo y de la tierra. Esto lo
hace el diablo con justo motivo, y sucede así porque Dios lo permite, con
objeto de descubrir a los que escuchen con placer lo que contra él se ha
escrito».
En la sexta Homilía, san Clemente encuentra a Apión, que escribió contra
los judíos del tiempo de Tiberio, y le dice que está enamorado de una egipcia y
suplica que escriba en su nombre una carta a la mujer amada que la convenza,
tomando a los dioses como ejemplo, de que se debe hacer el amor. Apión escribe
la carta y san Clemente la contesta en nombre de la egipcia, tras lo cual se
entretiene discutiendo sobre la naturaleza de los dioses.
Dos epístolas de san Clemente a los corintios. Al parecer, carece de fundamento incluir estas epístolas entre los
libros apócrifos. Lo que sin duda movió a algunos sabios a no reconocerlas es
que hablan del Fénix de Arabia, que vive quinientos años y se quema en Egipto,
en la ciudad de Heliópolis. Es posible, sin embargo, que san Clemente creyera
esa fábula que otros muchos creían y realmente escribiera esas dos cartas a los
corintios. Se sabe que mantenían acalorada controversia la Iglesia de Corinto y
la de Roma. La de Corinto, que creía ser la primera que se fundó, se gobernaba
en común. No había distinción en ella entre sacerdotes y seculares, y menos aún
entre los sacerdotes y el obispo. Unos y otros tenían voto deliberativo; esta
es la opinión de muchos sabios. San Clemente dice a los corintios en la primera
epístola: «Vosotros, que habéis abierto las primeras fisuras de la sedición,
someteos a los sacerdotes, corregíos por medio de la penitencia, doblad las
rodillas del corazón y aprended a obedecer». No debe sorprendernos que un
obispo de Roma hablara de esta manera.
Fragmentos de los apóstoles. En este escrito figura el siguiente pasaje: «Pablo, hombre de baja
estatura, nariz aguileña y rostro angélico, dijo a Plantilla, la romana, antes
de morir: «Adiós, Plantilla, pequeña planta de salud eterna. Conozco tu
nobleza, eres más blanca que la nieve, estás enrolada en el ejército de los
soldados de Cristo, y eres heredera del reino celeste». Ese pasaje ni siquiera
merece refutarse.
Once Apocalipsis, atribuidos a los patriarcas y a los profetas, a san
Pedro, Cerinto, santo Tomás y a san Esteban protomártir, y dos de ellos a san
Juan y tres a san Pablo. Todos ellos quedaron eclipsados por el del Evangelio
de san Juan.
Las visiones, preceptos y semejanzas de Hermas. Parece probable que Hermas escribiera a fines del siglo I. Los autores
que tienen por apócrifo su libro se ven obligados a reconocer la sana moral que
contiene. Empieza por decir que el marido de su nodriza vendió en Roma una hija
suya. Hermas la reconoció muchos años después y le profesó cariño de hermano.
Un día que se bañaba en el Tíber le tendió la mano y la sacó del río,
diciéndose para sí: «Sería feliz si tuviera una esposa semejante en hermosura y
buenas costumbres». Apenas formulado este deseo, se abrió el cielo y vio allí
dicha mujer saludándole desde aquella altura y diciéndole «buenos días,
Hermas». Esa mujer simboliza la Iglesia cristiana, que le dio excelentes
consejos.
Un año después, el espíritu le transportó al mismo sitio donde vio a la
mujer hermosa, entonces ya vieja pero de lozana senectud, porque sólo envejeció
por haber sido creada desde el principio del mundo y porque el mundo fue creado
para ella.
El libro de los Preceptos no contiene tantas alegorías, pero se
encuentran muchas en las Semejanzas.
«Un día que ayunaba —dice Hermas— estaba sentado en una colina
agradeciendo a Dios todo lo que hizo por mí. Un pastor vino a sentarse a mi
lado y preguntó: —¿Cómo es que habéis madrugado tanto? —Porque hoy estoy de
estación. —¿Qué quiere decir estar de estación? —Quiero decir que ayuno. —¿Por
qué ayunáis? —Lo tengo por costumbre. —Pues yo os digo — replicó el pastor— que
de vuestro ayuno ningún provecho saca Dios, y os voy a explicar el ayuno que
agradece la Divinidad. Servid a Dios con pureza de corazón, observad sus
mandamientos y no abriguéis ningún deseo culpable. Si teméis a Dios y os
abstenéis de practicar el mal, ese será el verdadero, el único ayuno que os
agradezca.»
Esa doctrina sublime es uno de los singulares monumentos del siglo n
Pero desconcierta que al final de las Semejanzas el pastor le entregue jóvenes
castas y trabajadoras para que cuiden de su casa, y que declare que no puede
observar los mandamientos de Dios si no le ayudan esas jóvenes, que
indudablemente representan las virtudes.
No continuaremos ocupándonos de los libros apócrifos porque si
entráramos en detalles seríamos interminables. Para terminar este artículo, me
ocuparé de las Sibilas.
Las Sibilas. En la Iglesia primitiva se consideran apócrifos el
sinfín de versos atribuidos a las antiguas Sibilas, referentes a los misterios
de la religión cristiana. Diodoro de Sicilia sólo conoció una Sibila, de la que
se apoderaron en Tebas sus seguidores y la colocaron en el templo de Delfos,
antes de la guerra de Troya. Imitando a esa Sibila, pronto aparecieron diez
más. La de Cumas fue la más famosa en Roma, y la de Eritrea en Grecia.
Como todos los oráculos se pronunciaban en verso, las Sibilas se vieron
obligadas a componer muchísimos, y a veces los hicieron acrósticos. Algunos
cristianos, poco instruidos, no sólo alteraron el sentido de los antiguos
versos, que se suponían escritos por las Sibilas, sino que compusieron otros, y
lo que es peor, escritos en acrósticos. No pararon mientes en que el penoso
artificio del acróstico no podía tener semejanza alguna con la inspiración y
con el entusiasmo de los versos de las profetisas, y quisieron sostener una
buena causa por medio del fraude y la torpeza. Escribieron, pues, malos versos
griegos, cuyas letras iniciales componían estas palabras: Jesús, Cristo, Hijo,
Salvador, y esos versos decían que «con cinco panes y dos peces mantuvo cinco
mil hombres en el desierto, y recogiendo los pedazos que quedaron llenó doce
cestos».
Las Sibilas predijeron el milenarismo y la nueva Jerusalén celeste, que
Justino vio en los aires cuarenta noches seguidas.
Lactancio, en el siglo IV, recogió casi todos los versos atribuidos a
las Sibilas considerándolos como pruebas convincentes. Esta opinión fue
generalmente admitida y se le dio crédito tanto tiempo que en la actualidad
todavía entonamos himnos en los que el testimonio de las Sibilas se agrega a
las predicciones de David.
Ya es hora de que terminemos el catálogo de estos errores y fraudes
aunque pudiéramos referir muchos más, porque en el mundo siempre abundaron los
hombres engañadores y los que desean ser engañados. Pero no insistimos en
manifestar una erudición que resulta peligrosa. Profundizar una sola verdad
vale más que cubrir mil mentiras.
APOSTATA. Todavía discuten los sabios si el emperador Juliano
fue verdaderamente apóstata o si nunca llegó a ser verdadero cristiano.
Tenía sólo seis años cuando el emperador Constancio, más bárbaro aún que
Constantino, ordenó degollar a su padre, su hermano y a siete primos suyos. A
duras penas, él y su hermano Galo pudieron librarse de tal matanza, pero
Constancio siempre le trató con rudeza, le amenazó con quitarle la vida y no
tardó mucho tiempo en ver que por orden del tirano asesinaron al hermano que le
quedaba. Los sultanes turcos más bárbaros no sobrepasaron nunca en desmanes y
crueldades a la familia de Constantino. El estudio fue la única afición de
Juliano desde su primera juventud. Conversaba a escondidas con los filósofos
más ilustres que profesaban la antigua religión de Roma, y es más que probable
que siguiera la de su tío Constancio, esto es, el cristianismo, por temor a que
le asesinara como a los demás.
Juliano se vio obligado a ocultar sus opiniones, como hizo Bruto en el
reinado de Tarquinio. Poca debió ser su fe en el cristianismo, porque su tío le
obligó a ser fraile y a desempeñar en la iglesia el cargo de lector. Es difícil
profesar la religión del que nos persigue, sobre todo cuando trata de dominar
nuestra conciencia.
Otra probabilidad de lo que voy afirmando es que ninguno de sus actos
demuestra que fuese cristiano. Nunca pide perdón a los pontífices de la antigua
religión y en sus cartas les habla como si siempre hubiera sido fiel al culto
que observaba el Senado.
Pero no existen pruebas de que practicara las ceremonias de Tauróbolo
consistentes en sacrificar un toro a Cibeles y consideradas como expiación.
Tampoco hay pruebas de que lavase con sangre de toro lo que llama la tacha de
su bautismo. A pesar de todo, esta devoción pagana no probaría más de lo que
pudiera probar la asociación de los misterios de Cibeles. En suma, ni sus
amigos ni sus enemigos refieren ningún hecho demostrativo de que creyera alguna
vez en el cristianismo y que sinceramente abandonara esta creencia para
afiliarse a la de los dioses del imperio. Si es así, tienen razón quienes no le
creen apóstata.
En la actualidad se reconoce, en general, que el emperador Juliano fue
un héroe y un sabio, un estoico que igualó a Marco Aurelio. Todo el mundo es
hoy de la opinión de Prudencio, poeta coetáneo suyo, que le dedicó un himno en
el que dice de Juliano:
Famoso por sus virtudes Por sus leyes, por la guerra Si a Dios servir no
le plugo Sirvió muy bien a la tierra.
Sus detractores no supieron más que ponerle en ridículo por nimiedades,
pero tuvo más talento que los que se burlaban de él. El abate La Bletterie le
critica en su historia por llevar la barba demasiado larga, menear demasiado la
cabeza y su andar apresurado. Otros autores le censuran cosas parecidas, tan
nimias como aquéllas. Dejemos que el ex jesuita Patouillet y el ex jesuita
Nonotte llamen apóstata al emperador Juliano. En cambio, su sucesor el
cristiano Jovieno le llamará divus Julianus.
Tratemos a Juliano como él trató a los cristianos. Magnánimamente decía
de ellos: «No debemos odiarles, sino compadecerles. Bastante desgracia tienen
con equivocarse respecto al asunto más importante».
Sabido es que administraba rectamente justicia a sus vasallos;
tributémosla, pues, nosotros a su memoria. He aquí un hecho de su historia.
Varios ciudadanos de Alejandría se encolerizaron con un obispo cristiano, que
era un hombre malvado, cobarde, feroz y, además, supersticioso. Por calumniador
y sedicioso le aborrecían todos los partidos, y los referidos ciudadanos de
Alejandría le mataron a palos. He aquí la carta que el emperador Juliano
dirigió a éstos, con motivo de esa conmoción popular, hablándoles como padre y
como juez:
«En vez de dejar a mi cargo el castigo de los ultrajes que os infirieron
os habéis entregado a los arrebatos de la cólera. Habéis cometido los mismos
excesos que reprocháis a vuestros enemigos. El obispo Biordos merecía que se le
tratara como habéis hecho, pero no debíais ser los ejecutores del castigo.
Rigiendo leyes justas, debíais pedirme que las aplicara.»
Los enemigos de Juliano osaron llamarle infame porque le creyeron
apóstata, pero no han podido llamarle intolerante, ni perseguidor, porque quiso
erradicar la persecución y la intolerancia. Leed detenidamente su carta 52 y
respetad su memoria. ¿Acaso no fue bastante desgraciado por no haber sido
católico y tener que abrasarse en el infierno con el número inmenso de los que
no son católicos, para que aún insultemos su memoria hasta el extremo inicuo de
acusarle de intolerante?
De los globos de fuego que se supone salieron de la tierra para impedir
la reedificación del templo de Jerusalén, en el reinado del emperador
Juliano. Es probable que cuando el emperador Juliano
resolvió declarar la guerra a Persia necesitara dinero. También es posible que
los judíos se lo facilitaran con la condición de obtener licencia para
reedificar su templo, que destruyó Tito, del que sólo quedaron los cimientos,
una muralla y una torre. Pero, ¿es posible que salieran del fondo de los
cimientos globos de fuego que destruyeran las obras y los obreros, y que éstos
tuvieran que suspender sus trabajos? ¿No hay flagrante contradicción en lo que
refieren los historiadores?
¿Es posible que empezaran los judíos por destruir los cimientos del
templo, tratando como trataban de reconstruirlo en el mismo lugar? El templo
debió existir necesariamente en el monte Moria. Allí lo construyó Salomón, y
allí lo reedificó con mayor solidez y magnificencia Herodes, después de
edificar un hermoso teatro en Jerusalén y un templo dedicado a Augusto en
Cesárea. Los bloques de piedra que se emplearon cuando se fundó ese templo
tenían hasta veinticinco pies de longitud, según refiere Flavio Josefo. ¿Es
posible que los judíos de la época de Juliano fueran tan insensatos que
arrancaran esos bloques, indispensables para sostener el peso del edificio,
sobre los que más tarde los mahometanos construyeron su mezquita? Que obraran
de esa manera, como suponen algunos historiadores, es de todo punto increíble.
¿Cómo pudieron salir haces de llamas del interior de esas piedras? Pudo
haber algunos temblores de tierra cerca de allí, son frecuentes en Siria, pero
que enormes bloques de piedra vomiten torbellinos de fuego es un cuento que
merece puesto de honor entre los que inventó la Antigüedad más remota.
Si hubiera acaecido el terremoto que suponen, el emperador Juliano lo
habría mencionado en la carta en que manifiesta el designio de reedificar el
templo. Entonces su testimonio hubiera sido auténtico. Es también probable que
dejara de tener ese designio. En la citada carta dice: «¿Qué pensarán los
judíos de su templo, que quedó destruido tres veces, al ver que todavía no está
reedificado? No digo esto como reproche, pues hasta yo quise reconstruirlo. Lo
digo para poner de manifiesto la extravagancia de sus profetas, que
consiguieron engañar a las viejas imbéciles».
¿No es más verosímil que, habiendo fijado el emperador su atención en
las profecías judías, que aseguraban que el templo debía reedificarse con mayor
magnificencia que cuando se fundó, creyera que le convenía revocar el permiso
de reedificar dicho templo? La probabilidad histórica apoya las palabras que
pronunció el emperador, que como despreciaba los libros judíos y los cristianos
quiso desmentir a los profetas judíos.
El citado abate La Bletterie, historiador del emperador Juliano, dice no
creer que quedara destruido tres veces el templo de Jerusalén. Eso es negar la
evidencia. El templo que fundó Salomón y reconstruyó Zorobabel, lo destruyó por
completo Herodes; luego el mismo Herodes lo reconstruyó con mayor magnificencia
y, por último, lo arrasó Tito. Sufrió, pues, tres destrucciones y no hay motivo
para que el referido historiador calumnie a Juliano. Ya le calumnia demasiado
cuando dice que poseía «virtudes aparentes y vicios reales». El emperador
Juliano no fue hipócrita, avaro, mentiroso, ingrato, cobarde, borracho,
disoluto, perezoso, ni vengativo. ¿Qué vicios poseía, pues?
El único motivo para creer que los globos de fuego nacieron de las
piedras es que Ammien Marcellin, autor pagano nada sospechoso, lo dijo así. Es
cierto que lo dijo, pero también afirmó que cuando el emperador quiso
sacrificar diez bueyes a los dioses, en agradecimiento de haber conseguido
sobre los persas la primera victoria, derribó nueve en tierra antes de que los
presentaran en el altar. Es más, dicho autor refiere un sinfín de predicciones
y de prodigios. ¿Debemos creerle en todo? ¿Debemos creer también los ridículos
milagros que refiere Tito Livio? ¿No es posible también que hayan falsificado
el texto de Ammien Marcellin? ¿Sería esta la primera vez que se hubiera
utilizado semejante superchería?
Me sorprende que ese autor no hable de las crucecitas de fuego que los
obreros del templo encontraron en su cuerpo cuando se desvistieron para ir a
acostarse, detalle que concordaría perfectamente con los globos de fuego que
salieron de las piedras.
Lo cierto es que el templo de los judíos no se reedificó ni es probable
que se reedifique nunca. Contentémonos con saber esto y no hagamos caso de
prodigios inútiles, sabiendo como sabemos que no pueden salir globos de fuego
de la tierra, ni de las piedras. Ammien y los que lo citan no sabían una
palabra de física. Si el abate La Bletterie observó con atención el fuego de la
noche de San Juan vería que las llamas ascienden en figura de punta o de ola,
nunca adquirieron forma de globo. Por lo demás, esto carece de importancia y no
interesa a la fe ni a las costumbres.
APÓSTOLES. Después de publicado en la Enciclopedia el artículo
titulado Apóstol, tan erudito como ortodoxo, poco nos queda por decir sobre la
materia. Tal vez sólo contestar a las siguientes preguntas que se formulan con
frecuencia: ¿Los apóstoles eran casados? ¿Tuvieron hijos? ¿Qué hicieron esos
hijos? ¿Dónde vivieron los apóstoles? ¿Dónde escribieron y murieron? ¿Tuvieron
distrito propio, ejercieron su ministerio civil y jurisdicción sobre los
fieles? ¿Fueron obispos, tuvieron jerarquías, ritos y ceremonias?
Los apóstoles eran casados. Se conserva una carta atribuida a san Ignacio mártir que contiene estas
decisivas palabras: «Me acuerdo de vuestra santidad como de Elías, Jeremías,
Juan Bautista y los discípulos predilectos Timoteo, Tito, Evodio y Clemente,
que vivieron en estado de castidad mas no por ello vitupero a los demás
bienaventurados que se ligaron con el vínculo del matrimonio. Yo deseo ser
digno de Dios, siguiendo los vestigios de éstos, y entrar en el reino celestial
como Abrahán, Isaac, Jacob e Isaías, como san Pedro y san Pablo y otros
apóstoles casados».
Algunos sabios suponen que el nombre de san Pablo se añadió más tarde en
esa carta famosa. Pero Turrien y otros que han leído las cartas de san Ignacio
(escritas en latín, están en la Biblioteca vaticana), confiesan que en dicha
carta estaba escrito el nombre de Pablo. Baronio no niega que ese pasaje figure
en algunos manuscritos griegos. En la antigua biblioteca de Oxford existió un
manuscrito de cartas de san Ignacio en el que se encuentran estas palabras:
«Nos negamus in quibusdam graecis codicibus». Pero Baronio afirma que esas
palabras las añadieron los griegos modernos. Ignoro si se quemó el citado
manuscrito con otros muchos libros cuando Cromwell se apoderó de Oxford. Queda
un ejemplar latino en la biblioteca oxfordiana y en él las palabras Pauli et
apostolorum están borradas, pero aún se pueden leer. Además, el pasaje de san
Ignacio que hemos transcrito se encuentra en varias ediciones de sus cartas, y
nos parece una frivolidad suscitar una cuestión por el casamiento de Pablo.
¿Qué importa que estuviera o no casado, si los demás apóstoles lo estaban?
Basta leer su primera epístola a los corintios para convencerse de que pudo ser
como los demás apóstoles (1). Transcribimos: «¿Acaso no tenemos el derecho de
comer y de beber en vuestra casa, de llevar a nuestra esposa, a nuestra
hermana, como los demás apóstoles? ¿Seríamos los únicos, Bernabé y yo, que
careceríamos de ese derecho?»
Ese pasaje da a entender de manera indudable que todos los apóstoles
eran casados, incluso san Pedro. Y san Clemente de Alejandría declara
terminantemente que Pedro tenía mujer.
La disciplina de la Iglesia romana no admite el casamiento de los
clérigos, pero lo cierto es que se casaron en los primeros tiempos de la
Iglesia.
De los hijos de los apóstoles. Apenas tenemos datos sobre las familias de los apóstoles. San Clemente
de Alejandría dice que san Pedro tuvo hijos, y san Felipe tuvo hijas y las casó
(2).
Los hechos de los Apóstoles dicen que las cuatro hijas de san Felipe
eran profetisas,(3) y créese que una de ellas, casada, se llamó santa Hermiona.
(1) Véase los capítulos, 2, 5, 6 y 7 de la citada Epístola de San Pablo.
(2) Hechos de los Apóstoles, 21, 9.
(3) Así lo dicen Eusebio, Epifanio, Jerónimo y Clemente de Alejandría.
Eusebio refiere que Nicolás, elegido por los apóstoles como coadjutor de
san Esteban, estaba casado con una mujer muy hermosa y era celoso. Los
apóstoles le reconvinieron sus celos, de cuyo defecto logró corregirse hasta el
punto de que les presentó su mujer y dijo: «Estoy dispuesto a cederla y a que
se case con quien quiera». Los apóstoles no aceptaron esa proposición. Nicolás
tuvo de su mujer un hijo y varias hijas.
Cleofás, según cuentan Eusebio y san Epifanio, era hermano de san José y
padre de Santiago el Menor y de san Judas, el cual lo tuvo de María, hermana de
la Virgen. Luego, san Judas apóstol era primo hermano de Jesucristo.
Hegesipo, citado por Eusebio, afirma que dos nietos de san Judas fueron
delatados al emperador Domiciano como descendientes de David, y por tanto
poseedores de un derecho incontrovertible al trono de Jerusalén. Temiendo
Domiciano que hicieran valer su derecho, les interrogó para conocer sus
intenciones. Ellos se pusieron de acuerdo para describirle su genealogía. El
emperador les preguntó qué fortuna poseían, contestando que eran dueños de
treinta y nueve fanegas de tierra, por las que pagaban tributo, y necesitaban
trabajar para ganarse el sustento. El emperador les preguntó también cuándo
creían que llegaría el reinado de Jesucristo y le contestaron que al finalizar
el mundo. Tras este interrogatorio, les despidió Domiciano diciéndoles que
podían ir donde quisieran. Esto prueba que ese emperador no era amigo de
persecuciones, como generalmente se cree.
Si no estoy equivocado, es todo lo que sabemos acerca de los hijos de
los apóstoles.
Dónde vivieron y murieron los apóstoles. Según Eusebio, Santiago el Justo, hermano de Jesucristo, fue el primero
que ocupó el trono episcopal de la ciudad de Jerusalén. Estas son sus palabras.
Así, pues, según su opinión, el primer obispo que hubo fue el de Jerusalén,
suponiendo que los hebreos conocieran la palabra obispo. Parece probable que el
hermano de Jesucristo fuera su segundo y que la ciudad donde tuvo lugar el
milagro de la salvación fuera la metrópoli del mundo cristiano. Respecto al
trono episcopal, debemos decir que eso es una expresión que Eusebio emplea
prematuramente, porque es sabido que entonces no había tronos ni Santa Sede.
Añade Eusebio, copiándolo de san Clemente, que los demás apóstoles no
disputaron a Santiago tan honrosa dignidad y le eligieron para que la asumiera
inmediatamente después de la Ascensión. «El Señor —dice Eusebio—, después de su
resurrección, concedió a Santiago, en segundo lugar a Juan, y nombra el último
a Pedro.» Parece justo que el hermano y el discípulo predilecto de Jesús
ocuparan sitios preferentes al apóstol que lo negó. La Iglesia griega y los
protestantes se preguntan con razón en qué documentos se funda la primacía que
atribuyen a Pedro. A esto los católicos romanos contestan que si los padres de
la Iglesia no le nombran el primero, está el primero en los Hechos de los
Apóstoles. Los griegos y todos los que profesan la doctrina contraria les objetan
que Pedro no fue el primer obispo, y esta cuestión subsistirá mientras existan
Iglesia griega e Iglesia latina.
Santiago, primer obispo de Jerusalén y hermano de Jesús, continuó
siempre observando la ley mosaica. Era recabita, nunca se afeitaba, iba
descalzo, se prosternaba dos veces cada día en el templo de los judíos, y éstos
le llamaban Oblia, que significa Justo. Los judíos continuamente le asediaban
para que les dijera quién era Jesucristo, y en una ocasión que contestó que
Jesús era «el hijo del hombre, que se sienta a la derecha de Dios y que
descendía de las nubes» lo molieron a palos.
A Santiago el Mayor, tío del anterior, hermano de san Juan Bautista e
hijo de Zebedeo y Salomé, se cree que Gipa, rey de los judíos, le hizo
decapitar en Jerusalén. San Juan permaneció en Asia y gobernó la iglesia de
Éfeso, en la que al parecer lo enterraron.
San Andrés, hermano de san Pedro, abandonó la escuela de san Juan
Bautista por la de Jesucristo. No se sabe a punto fijo si predicó en Tartaria o
en Argos, mas para resolver la dificultad dicen que predicó en Epiro. Nadie
sabe dónde le martirizaron, ni si fue mártir, porque los hechos de su martirio
son falsos según opinión de los sabios. Los pintores le representan siempre con
una cruz en forma de aspa, a la que ha dado nombre. Prevaleció siempre esa
costumbre, sin que podamos conocer su origen.
San Pedro predicó a los judíos dispersos en el Ponto, Bitinia,
Capadocia, Antioquía y Babilonia. El mismo san Pablo no se ocupa de tal viaje
en las cartas que escribió en esta última ciudad. San Justino es el primer
autor fidedigno que se ocupa del viaje, al que los sabios no están de acuerdo.
San Ireneo dice que Pedro y Pablo fueron a Roma y entregaron el gobierno a san
Lino, opinión que enmaraña todavía más la cuestión de tal viaje, porque si esos
dos apóstoles nombraron a san Lino jefe de la naciente sociedad cristiana en
Roma, debemos inferir que ellos no la dirigieron ni permanecieron en dicha
ciudad.
La crítica originó sobre este punto multitud de dudas. Es insostenible
la opinión de que Pedro fuera a Roma durante el reinado de Nerón y de que
ocupara el trono pontificio durante veinticinco años, porque Nerón sólo reinó
trece. La silla de madera que se conserva en una vitrina en la basílica de San
Pedro de ningún modo pudo haber pertenecido a este apóstol. La madera no dura
tantos siglos, ni se puede creer que el apóstol enseñara sentado, como se hace
en una escuela, porque está probado que los judíos de Roma eran los enemigos
más violentos y audaces que tenían los discípulos de Cristo.
Quizás la mayor dificultad que ofrece esta cuestión consiste en que
Pablo, en una epístola escrita en Roma, dice terminantemente que sólo le
secundaron Aristarco, Marco y otro hombre llamado Jesús. Esta objeción parece
inexplicable a los mejores críticos. El mismo Pablo, en otra de sus epístolas,
dice que obligó a Santiago, Cefas y Juan, que eran columnas, a que reconocieran
también por columnas a Bernabé y a él.
Nicéforo Calixto, autor del siglo XIV, dice que «san Pedro era delgado,
alto y derecho, de rostro largo y pálido, con barba y cabellos espesos, cortos
y crespos, de ojos negros y nariz grande». De esta forma traduce Calmet este
pasaje en su Diccionario de la Biblia.
San Bartolomé. Este vocablo corrompido tiene su origen en la
palabra Bar Tolemaios, que significa hijo de Tolomeo. Por los Hechos de los
Apóstoles sabemos que nació en Galilea. Eusebio refiere que fue a predicar a la
India, Arabia, Persia y Abisinia. Créese que es el mismo Natanael. Se le
atribuye un evangelio, pero es inseguro cuanto se dice de su vida y su muerte.
Suponen que Aastiage, rey de Armenia, le hizo despellejar vivo, pero esta
historia los críticos la consideran legendaria.
San Felipe. Si damos crédito a las leyendas apócrifas, vivió
ochenta y siete años y murió tranquilamente durante el reinado de Trajano.
Santo Tomás. Orígenes, citado por Eusebio, dice que fue a
predicar a los medos, persas y magos (como si los magos constituyeran un
pueblo). Añade que bautizó a uno de los que fueron a Belén. Los maniqueos
suponen que un león devoró a un hombre que dio una bofetada a santo Tomás.
Escritores portugueses aseguran que le dieron martirio en Meliapur, localidad
de la península de la India. La Iglesia griega sostiene que predicó en la India
y que desde allí transportaron su cadáver a Edesa.
San Matías. No se sabe de él ninguna particularidad. En
el siglo XII, un monje de la abadía de San Matías de Treves escribió su vida,
que dijo conocerla por un judío que la tradujo del hebreo al latín.
San Mateo. Según Rufino, Sócrates y Abdías, predicó y murió en
Etiopía. Heracleón cuenta que vivió muchos años y falleció de muerte natural.
Pero Abdías dice que Hirtacus, rey de Etiopía, se proponía casarse con su
sobrina Ifigenia, y no permitiendo san Mateo semejante enlace, mandó que le
decapitaran e incendió la casa de Ifigenia.
San Simón Cananeo. Festejado
generalmente al mismo tiempo que san Judas, desconocemos su vida. Los griegos
modernos dicen que predicó en Libia y desde allí pasó a Inglaterra. Otros
autores afirman que le martirizaron en Persia.
San Tadeo. En el Evangelio de san Tadeo, los judíos le llaman
hermano de Jesucristo, y en opinión de Eusebio sólo era primo hermano. Todas
estas relaciones, la mayor parte inciertas y vagas, nos ofrecen pocas noticias
de la vida de los apóstoles, pero si hay en ellas escasas materias para excitar
la curiosidad, sin embargo son suficientes para instruirnos.
De los cuatro evangelios escogidos entre los cincuenta y cuatro que
escribieron los primitivos cristianos, hay dos que no los compusieron los
apóstoles: el de San Marcos y el de San Lucas.
San Pablo no fue uno de los doce apóstoles; no obstante, contribuyó el
que más a instaurar el cristianismo. Fue el único hombre de letras entre ellos
y cursó sus estudios en la escuela de Gamaliel. El gobernador de Judea, Festo,
le critica que sea demasiado sabio y no alcanzando a comprender las
sublimidades de su doctrina, le dice: «Estás loco, Pablo. Tus estudios te han
llevado a la locura».
En su primera epístola a los corintios, calificándose a sí mismo de
enviado, les dice: «¿No soy apóstol? ¿No soy libre? ¿No he visto a Jesús el
Señor nuestro? Aunque no sea apóstol como los demás apóstoles, lo soy para
vosotros; si ellos son ministros de Cristo, aunque me acuséis de imprudente, os
diré que lo soy más que ellos».
Efectivamente, pudo ver a Jesús cuando estaba estudiando en Jerusalén,
en la escuela de Gamaliel, pero esta no era razón para autorizar su apostolado.
No estaba clasificado entre los discípulos de Jesús porque en tiempos
anteriores los había perseguido y fue cómplice en la muerte de san Esteban.
Sorprende que nos justifique su voluntario apostolado alegando el milagro que
en su favor obró después Jesucristo, que consistió en la luz celestial que se
le apareció en pleno día, le derribó del caballo y le elevó al tercer cielo.
San Epifanio cita más hechos de los apóstoles, que cree escribieron los
cristianos denominados ebionitas y que rechazó la Iglesia, hechos antiquísimos,
pero llenos de injurias contra Pablo. En ellos se refiere que Pablo nació en
Tarso, de padres idólatras, y que de Tarso fue a Jerusalén, donde permaneció
bastante tiempo y trató de casarse con la hija de Gamaliel, por lo que se hizo
judío y dejó que le circuncidaran. Pero que, no habiendo conseguido a su amada,
o no encontrándola virgen se encolerizó y se dedicó a escribir contra la
circuncisión, el sábado j todas las leyes judías.
Esta actitud de Pablo denota que los primitivos cristianos, ebionitas o
pobres, practicaban la ceremonia del sábado y la circuncisión y eran enemigos
de Pablo, al que consideraban un intruso que quería trastocarlo todo. En suma,
como eran herejes, se obstinaban en propalar la difamación de sus enemigos,
procedimiento que es común al espíritu de partido. Por eso Pablo los trata de
falsos apóstoles y embaucadores, los colma de injurias y hasta los llama perros
en su epístola a los filipenses.
San Jerónimo asegura que Pablo nació en Giscala, localidad de Galilea,
no en Tarso. Otros autores le niegan la cualidad de ciudadano romano, porque
entonces no los había ni en Tarso ni en Giscala, y Tarso no fue colonia romana
hasta cien años después. Con todo, debemos tener fe en los Hechos de los
Apóstoles, que inspiró el Espíritu Santo y cuya opinión debe prevalecer sobre
la de san Jerónimo, a pesar de ser un sabio.
Es interesante todo cuanto dice de Pedro y Pablo. Si Nicéforo nos
proporciona el retrato del primero, los Hechos de santa Tecla, aunque no
canónicos, son del siglo I, nos ofrecen el retrato del segundo. En esos Hechos
se dice que Pablo era de corta estatura, calvo, de muslos torcidos, piernas
gruesas, nariz aguileña, cejijunto y lleno de gracia del Señor. Por lo demás,
esos hechos de Pablo y santa Tecla los escribió, según dice Tertuliano, un
asiático discípulo del mismo Pablo.
Qué disciplina tuvieron los apóstoles y los primeros discípulos. Parece que todos fueron iguales. La igualdad era el gran principio de
los esenios, recabitas, terapeutas, de los discípulos de Juan Bautista y, sobre
todo, de Jesucristo, que la recomienda repetidas veces.
San Bernabé, que no era apóstol, da su voto como éstos. Pablo, que
tampoco lo fue en vida de Jesús, no sólo es igual a los apóstoles, sino que
ejerce ascendiente sobre ellos y amonesta duramente a Pedro. Entre ellos no hay
ninguno superior cuando se reúnen; nadie preside, ni aun por turno. Al
principio no se llamaron obispos. Pedro sólo da el nombre de obispo, o un
vocablo equivalente, a Jesús, a quien llama vigilante de las almas. El nombre
de vigilante o de obispo se aplicó en seguida indiferentemente a los ancianos,
que nosotros llamamos sacerdotes, pero sin ninguna ceremonia, sin indicar el
nombre ninguna dignidad ni señalar ninguna preeminencia.
Los ancianos estaban encargados de repartir las limosnas. Entre los más
jóvenes nombraban a siete, por mayoría de votos, para tener cuidado de las
mesas, cuyo hecho se prueba evidentemente con las comidas que hacían en
comunidad. No encontramos el menor indicio en los documentos antiguos para
creer que tuvieran jurisdicción, mando y facultad para imponer castigos.
Es cierto que Ananías y Safira murieron por no haber entregado integra a
Pedro la cantidad que administraban, por haber retenido parte de este dinero
para satisfacer sus necesidades más apremiantes, por no confesarlo, por haber
mentido. Pero no fue Pedro quien los sentenció. Éste adivinando la falta que
cometió Ananías, se la afeó, diciendo: «Has mentido al Espíritu Santo». Y de
repente, Ananías cayó en tierra muerto. Luego se presentó Safira, y Pedro, en
vez de reprenderla, la interrogó como si fuese su juez. Le tiende un lazo,
diciéndole: «Mujer, dime en qué cantidad habéis vendido vuestro campo». La
mujer responde como el marido. Sorprende que al presentarse ante Pedro no
supiera que su marido había muerto, que nadie se lo dijera, que no advirtiera
en la asamblea la excitación y el revuelo que semejante muerte debía haber
producido. Sorprende que esa mujer no entrara en la casa llorando y gritando, y
que la interrogaran serenamente como si estuviera ante un tribunal. Pero más
sorprendente todavía es que Pedro le dijera: «Mujer, ¿ves los pies de quienes
se han llevado a tu marido? Pues esos mismos hombres van a llevarte a ti
también». En aquel mismo instante se ejecutó la sentencia. Aquel acto tuvo gran
parecido con la audiencia que da un juez para oír a un criminal.
Ahora bien, es preciso considerar que Pedro, en aquella ocasión, sólo
fue el instrumento de Jesucristo y del Espíritu Santo, a los que Ananías y su
mujer mintieron, y que Jesucristo y el Espíritu Santo castigaron con una muerte
súbita, milagro obrado para atemorizar a los que dan parte de sus bienes a la
Iglesia y dicen que lo han entregado todo guardando parte de ellos para usos
profanos. El sabihondo Calmet hace resaltar las opiniones contrapuestas que han
manifestado los padres de la Iglesia y los exégetas respecto a la salvación de
aquellos dos primitivos cristianos, cuyo pecado consistió en una sencilla
retención, pero una retención punible. Mas sea como sea, lo cierto es que los
apóstoles no tenían otro poder, otra jurisdicción, ni otra autoridad, que la
que conseguían mediante la persuasión.
Por otra parte, según se infiere de esta misma historia, parece que los
cristianos hacían vida común. Así que se reunían dos o tres, Jesucristo los
asistía y podían recibir igualmente al Espíritu Santo. Cristo era su verdadero,
su único superior, y les había dicho: «No llaméis padre a ninguno en el mundo,
porque no tenéis más que un padre, que está en el cielo. No deseéis tampoco que
os llamen señores, porque sólo tenéis un solo señor, y porque todos sois
hermanos. Ni que os llamen doctores, porque vuestro único doctor es
Jesucristo.»
En la época de los apóstoles no se conocieron los ritos, la liturgia ni
se practicaban ceremonias, ni tenían horas señaladas para reunirse los
cristianos. Los discípulos de los apóstoles bautizaban a los catecúmenos
soplándoles en la boca, para que en ella entrara con el soplo el Espíritu Santo
(1), lo mismo que Jesús había soplado en la boca de los apóstoles cuya práctica
se observa aún hoy en algunas iglesias cuando se administra el bautismo a los
niños. Todo se hacía entonces por inspiración, por entusiasmo, como entre los
terapeutas y entre los judíos, si se me permite comparar las sociedades judías
que condena la Iglesia católica con las sociedades que dirigió el mismo Jesús
desde lo alto del cielo, donde está sentado a la diestra del Padre.
El paso de los siglos reportó los cambios necesarios. Y cuando la
Iglesia, por su expansión, se enriqueció, necesitó promulgar nuevas leyes.
ÁRABE. Quien desee conocer a fondo los tiempos más
antiguos de los árabes, quedará tan poco enterado de ellos como si intentara
conocer los de Auvernia y el Poitou. No obstante, no hay duda que los árabes
eran un pueblo importante mucho antes de venir al mundo Mahoma. Los mismos
judíos confiesan que Moisés se casó con una doncella árabe y su suegro Jethro
era un hombre de gran inteligencia.
La Meca, al parecer, es una de las ciudades más antiguas del mundo
Prueba de su remota antigüedad es la imposibilidad de que haya otra causa
diferente de la superstición para fundar una urbe donde la Meca se fundó. Es un
desierto de arena con agua salobre y donde se muere de hambre y sed. El
territorio, a poca distancia hacia Oriente es uno de los más deliciosos del
mundo, el más regado y más fértil; allí es donde debieron fundar la ciudad.
Pero bastó que un charlatán, un tunante, un falso profeta defendiera sus
teorías, para convertir la Meca en lugar sagrado y punto de congregación de las
naciones inmediatas. Así se edificó también el templo de Júpiter Ammón, en
terreno solitario y arenisco.
Arabia se extiende desde el desierto de Jerusalén hasta Adén, hacia el
grado 15, en dirección nordeste‑sudoeste. Es un país inmenso, casi tres veces
Alemania. Es probable que las aguas del mar hayan traído sus desiertos de arena
y que sus golfos marítimos fueran tierras fértiles en tiempos remotos.
Lo que parece prueba de la antigüedad del referido país es que ningún
historiador refiere que haya sido subyugado nunca. Ni lo sometió Alejandro, ni
los reyes de Siria, ni los romanos, sino que, por el contrario, los árabes
dominaron a muchas otras naciones, desde la India hasta el Garona. Perdieron
luego todo lo conquistado, se retiraron a su país y no volvieron ya a mezclarse
con los demás pueblos.
Nunca fueron esclavizados ni se confundieron con las demás naciones, y
es bastante probable que conserven sus costumbres y su lengua.
(1) Juan, 20, 22.
Por lo mismo, el árabe es, en cierto modo, la lengua madre de toda Asia,
hasta la India y el territorio que habitan los escitas, suponiendo que haya
efectivamente lenguas madres, porque creo que sólo hay lenguas dominantes. El
genio de los árabes no ha cambiado. Todavía inventan Mil y una noches, como en
los tiempos que inventaron un Bac o un Baco, que atravesaba el mar Rojo con
tres millones de hombres, mujeres y niños, detenía el sol y la luna, y hacía
brotar fuentes de vino con su vara, que transformaba en serpiente cuando le
parecía. La nación que vive aislada, cuya sangre no se mezcla, no puede cambiar
de carácter.
Los árabes que habitaban en los desiertos estuvieron siempre inclinados
al robo y los que habitaban en ciudades tuvieron afición a las fábulas, la
poesía y la astronomía. En el Prólogo histórico del Corán se refiere que cuando
una de sus tribus contaba con un buen poeta, las demás enviaban comisionados a
ella para felicitarla, porque Dios le había concedido la gracia de darle un
poeta.
Las tribus se reunían todos los años por medio de sus representantes en
una plaza llamada Ocad, en la que recitaban versos, poco más o menos como se
hizo después en Roma en el jardín de la Academia de los Aecades, costumbre que
duró hasta la época de Mahoma. En tiempos del profeta, todo el que quería
fijaba sus versos en unos carteles a la puerta de la mezquita de la Meca.
Labid, hijo de Rabía, era considerado el Homero de los árabes, pero cuando vio
que Mahoma había fijado a la puerta de la mezquita el segundo capítulo del
Corán, se prosternó ante él y le dijo: «¡Oh, Mahoma, hijo de Abdallah, hijo de
Motaleb, hijo de Achem, eres mejor poeta que yo! Sin duda eres el profeta de
Dios».
Si los árabes del desierto eran ladrones, en cambio los que vivían en
Maden, en Naid y en Sanaa eran generosos. En dichas ciudades quedaba deshonrado
el que se negaba a favorecer a sus amigos. En el compendio de versos titulado
Tograid se dice que un día, en el atrio de la mezquita de la Meca, se hallaban
discutiendo tres árabes sobre la generosidad y la amistad. Disentían acerca de
quién merecía la preeminencia entre los que daban el mayor ejemplo de dichas
virtudes. Uno de ellos decía que quien más sobresalía en ellas era Abdallah,
hijo de Giafar y tío de Mahoma; otro afirmaba que esta preferencia la merecía
Kais, hijo de Saad, y el tercero se la otorgaba a Arabad, de la tribu de As.
Tras discutir largo tiempo, convinieron en enviar un amigo a Abdallah, otro a
Kais y otro a Arabad, con intención de probarlos y contar luego lo sucedido a
un conciliábulo de árabes.
El amigo de Abdallah fue a su encuentro y le dijo: «Hijo del tío de
Mahoma, estoy de viaje y carezco de recursos para seguir». Abdallah estaba
montado en un camello cargado de oro y seda. Al oír la demanda del amigo, bajó
del camello, se lo regaló y regreso a pie a casa. El amigo de Kais fue en su
busca para llevar a cabo el cometido y lo encontró durmiendo: uno de los
criados preguntó al viajero qué deseaba. Este le respondió que era amigo de
Kais y estaba necesitado. El criado replicó: «No quiero despertar a mi señor,
pero tomad siete mil piezas de oro que es todo el dinero que tenemos hoy en
casa. Id a las caballerizas y llevaos un camello y un esclavo; con eso creo que
tendréis bastante para llegar a vuestra casa». Cuando despertó Kais riñó al
criado porque había dado poco al viajero. El tercer amigo fue a buscar a
Arabad, que era ciego, y le encontró saliendo de casa, apoyado en dos esclavos.
Iba a rezar a Dios en la mezquita de la Meca. Cuando conoció la voz de su amigo
le dijo: «No poseo más bienes que estos dos esclavos. Tómalos y véndelos, que
yo llegaré a la mezquita como pueda, apoyándome en mi bastón».
Regresaron los tres viajeros, se presentaron en la asamblea y refirieron
lo que les había sucedido. Elogiaron la conducta de Abdallah, de Kais y de
Arabad, pero dieron la preferencia a este último.
Los árabes tienen muchos cuentos de este tipo. Las naciones occidentales
no los conocen; nuestras novelas no son de esa índole. Por el modo de escribir
de los árabes se adivina que al menos sus ideas eran nobles y elevadas.
Los más profundos conocedores de las lenguas orientales creen que el
libro de Job, escrito en la más remota Antigüedad, es obra de un árabe idumeo.
Prueba de ello es que el traductor hebreo dejó en su traducción más de cien
palabras árabes, y que indudablemente no entendió a Job héroe del libro. No
podía ser hebreo, porque dice en el capítulo 42 que habiendo recuperado su
primer estado, distribuyó sus bienes en partes iguales entre sus hijos e hijas,
y esta disposición es contraria a la ley hebrea.
Si el libro se hubiera compuesto más tarde, después de la época en que
situamos a Moisés, el autor, que se ocupa de un sinfín de cosas y no economiza
ejemplos, indudablemente hubiera mencionado los sorprendentes milagros que
realizó Moisés y que sin duda conocerían entonces los pueblos asiáticos.
En el primer capítulo, Satanás se presenta ante Dios y le pide licencia
para atormentar a Job. Satanás es desconocido en el Pentateuco, porque esta
palabra es caldea. He aquí otra prueba de que el autor árabe vivió cerca de
Caldea. Se creyó que podía ser judío porque en el capítulo 12 el traductor
hebreo escribió la voz Jehová en vez de escribir El o Bel, o Saduí. Ahora bien,
¿qué hombre instruido no sabe que la voz Jehová la usaron los fenicios, sirios,
egipcios y todos los pueblos de los países vecinos?
Otra prueba, más palmaria aún y sin posible réplica, es el conocimiento
de la astronomía, patente en el libro de Job, quien habla de las constelaciones
que llamamos Arturo, Orión y las Hyades y hasta las del medio día que están
ocultas. Pero los judíos desconocían lo que era una esfera y ni siquiera tenían
vocablo para expresar lo que es la astronomía. A los árabes les dio fama esta
ciencia, lo mismo que a los caldeos.
Así, pues, creo sobradamente probado que no pudo escribir el referido
libro ningún autor hebreo porque es anterior a todos los libros que escribieron
los judíos. Filón y Josefo son demasiado prudentes para contar esta obra como
de derecho canónico hebreo. Sin duda, es una parábola, una alegoría árabe. Es
más, se encuentran en esa obra muchos conocimientos, de los usos del antiguo
mundo, y sobre todo de Arabia. También trata del comercio de las Indias, al
cual se dedicaron los árabes en todos los tiempos, y del que ni siquiera
habrían oído hablar los hebreos.
No podemos pasar en silencio que el sesudo Calmet, a pesar de su
profundidad falte a todas las reglas de la lógica suponiendo que Job anuncia la
inmortalidad del alma, cuando en el capítulo 38 dice: «Sé que Dios, que está
vivo, me tendrá compasión y me permitirá salir un día de este estercolero, me
renacerá la piel y volveré a ver a Dios en mi carne. ¿Por qué en la actualidad
incitáis a que me persigan y me colmen de injurias? Llegará para mí la hora de
ser poderoso, temed entonces mi espada, temed que me vengue. No olvidéis que
existe la justicia».
Las anteriores palabras sólo dan a entender que abrigaba la esperanza de
curarse. La inmortalidad del alma y la resurrección de la carne el día del
juicio son verdades anunciadas tan terminantemente en el Nuevo Testamento, tan
claramente afirmadas por los padres de la Iglesia y los Concilios, que no hay
necesidad de atribuir a un árabe la primera noción de ellas. Esos grandes
misterios que no se explican en ninguna parte del Pentateuco hebreo, ¿por qué
los había de aclarar Job en un solo versículo y de manera tan oscura? Así como
Calmet no tiene razón al creer que Job habla de la inmortalidad del alma y de
la resurrección, tampoco la tiene al suponer que la enfermedad que padecía era
un ataque de viruela. La lógica y la medicina se oponen a esas opiniones del
comentarista.
Además, siendo indudablemente árabe el libro de Job, huelga decir que
carece de método, exactitud y precisión. Pero es quizá el más antiguo y notorio
de los libros que se han escrito a occidente del Éufrates.
ARANDA. Aunque los nombres propios no son objeto de
nuestros estudios enciclopédicos, en este artículo haremos una excepción para
ocuparnos del conde de Aranda, presidente del Consejo Supremo de España y
capitán general de Castilla la Nueva, que fue quien empezó a cortar las cabezas
de la hidra de la Inquisición.
Era justo que un español librara al mundo de ese monstruo, pues otro
español lo hizo nacer. El inventor del Tribunal de la Santa Inquisición fue
santo Domingo el Mugriento, que iluminado por el Espíritu Santo y convencido de
que la Iglesia católica, apostólica y romana sólo podían sostenerla los frailes
y los verdugos, creó la Inquisición en el siglo XIII y sometió a ella reyes,
ministros y magistrados. Pero ocurre a veces en el mundo que un gran hombre es
superior a un santo en asuntos puramente civiles y que atañen directamente a la
majestad de las coronas, a la dignidad del consejo de los reyes, a los derechos
de la magistratura y a la seguridad de los ciudadanos.
La conciencia, el fuero interno (como la llaman en la Universidad de
Salamanca) es de otra índole y no tiene nada que ver con las leyes del Estado.
Los inquisidores y los teólogos deben rogar a Dios por la salvación de los
pueblos, pero los ministros y los magistrados deben velar por el bienestar y la
justicia en la tierra.
A comienzos del año 1770, la autoridad militar arrestó a un soldado por
haber cometido el delito de bigamia, y el Santo Oficio instó al rey para que le
entregara ese soldado, alegando que a él correspondía juzgar al reo. Pero el
rey de España decidió que ese proceso debía fallarlo el tribunal que presidía
el capitán general, conde de Aranda, por medio de un decreto que publicó en 5
de febrero del mismo año. Este decreto dice que el muy reverendo arzobispo de
Farsalia, localidad perteneciente a los turcos, e inquisidor general de España,
debe observar las leyes del reino, respetar las jurisdicciones reales y no
extralimitarse ni inmiscuirse en encarcelar a los vasallos del rey.
Todo no se puede hacer a un tiempo. Hércules no pudo limpiar en un día
las caballerizas del rey Augías. Las cuadras de España estaban llenas de
hediondas inmundicias hacía más de quinientos anos y daba grima ver que sus
caballos, tan valientes, altivos y veloces, sólo tenían por palafreneros a
frailes que les destrozaban la boca con una ruin mordaza obligándolos a
revolcarse en el lodo. El conde de Aranda, excelente picador, empezó a poner la
caballería española bajo otro mando y consiguió limpiar poco a poco sus
caballerizas.
ARARAT. Montaña situada en Armenia, en cuyas cumbres se
detuvo el arca de Noé. Se ha discutido durante mucho tiempo la cuestión de si
fue o no fue universal el diluvio, si inundó toda la tierra sin excepción, o
sólo la tierra conocida entonces. Los que creen que sólo se inundaron las
poblaciones existentes en aquella época se fundan en la inutilidad de anegar
las tierras no pobladas, y esta razón resulta bastante lógica. Pero nosotros
vamos a referirnos a Beroso, antiguo autor caldeo, algunos de cuyos fragmentos
conservó Abidini, que cita Eusebio y refiere por entero Jorge Syncelle.
Por estos fragmentos sabemos que los orientales, antiguos moradores de
las costas del Ponto Euxino, hacían de Armenia la morada de los dioses. En esto
les imitaron los griegos, que situaron a sus dioses en el monte Olimpo. Los
hombres adaptaron siempre las cosas humanas a las divinas. Los príncipes
edificaban las ciudadelas sobre las montañas luego los dioses debían morar en
éstas. Por tanto, fueron sagradas para los antiguos. Las nieblas tapan a
nuestra vista la cumbre del monte Ararat, luego los dioses se ocultaban entre
las nieblas y se dignaban algunas veces aparecer ante los mortales cuando hacía
buen tiempo y les complacía hacerlo.
Un dios de aquel país, tal vez Saturno, se apareció un día a Xixutre
décimo rey de Caldea, según el cómputo de Africano, Abydeno y Apolodoro. Ese
dios le dijo: «El quince del mes de Oesi, el género humano será destruido por
un diluvio. Encerrad todos vuestros escritos en Sipara, la ciudad del sol, para
que vuestros recuerdos no se pierdan. Construid un barco, entrad en él con
vuestros padres y vuestros amigos; llevad con vosotros pájaros, cuadrúpedos y
provisiones, y cuando os pregunten: «¿Dónde vais con vuestro barco?» responded:
«A la mansión de los dioses para suplicarles que se apiaden del género humano».
Xixutre construyó el barco, que tenía dos estadios de anchura y cinco de
longitud. Quiero decir que su anchura era de doscientos cincuenta pasos
geométricos y su longitud de seiscientos veinticinco. Era poco velero ese barco
para navegar por el mar Negro. Llegó el diluvio, y en cuanto cesó Xixutre echó
a volar algunas aves que llevaba, pero éstas, al no encontrar nada que comer,
regresaron al barco. Unos días después, las soltó de nuevo y volvieron con las
patas llenas de barro; la tercera vez que las soltó ya no regresaron. Xixutre
hizo lo mismo: salió del barco, que estaba varado en una montaña de Armenia, y
ya no lo volvieron a ver. Los dioses se lo llevaron.
En esta leyenda existe probablemente algún dato histórico. El Ponto
Euxino se desbordó, inundando algunas tierras, y el rey de Caldea se apresuró a
reparar ese desmadre. Rabelais escribió cuentos tan ridículos como éste sacados
de algunas verdades: la mayoría de los historiadores antiguos son Rabelais
serios.
En cuanto al monte Ararat, se cree que era una de las montañas de Frigia
que se llamó de ese modo porque esa palabra significa Arca y porque la rodeaban
tres ríos. Hay opiniones distintas respecto a esa montaña, siendo muy difícil
saber cuál es la verdadera. La montaña que los monjes armenios llaman hoy
Ararat era, en opinión de éstos, uno de los lindes del paraíso terrestre, del
que no quedan vestigios. La componen una serie de peñascos y precipicios
cubiertos de eternas nieves. Tournefort llegó hasta allí buscando plantas por
mandato de Luis XIV y dijo «que todos sus aledaños son horribles y la montaña
todavía más que sus alrededores, que allí encontró un espesor de nieve de
cuatro pies, enteramente cristalizada, y que por todas partes vio hondos
precipicios cortados a pico».
El viajero Juan Struys también dice que estuvo en dicha montaña. Subió
hasta la cumbre para curar a un ermitaño que había sufrido una caída. «El
ermitaño estaba en un lugar tan alto, que nos costó siete días llegar a donde
se hallaba y cada día andábamos cinco leguas». Si hubiera trepado siempre, el
monte Ararat debía tener treinta y cinco leguas de altura. En la época de la
guerra de los gigantes, poniendo unos Ararats sobre otros, fácilmente se
hubiera podido llegar hasta la luna. Juan Struys también asegura que curó al
ermitaño, que en agradecimiento le regaló una cruz hecha con madera del arca de
Noé. Tournefort no tuvo tanta suerte.
ARISTEO. ¿Será eterno sino de la humanidad engañar a
los hombres en toda clase de asuntos? Un sedicente Aristeo pretende hacernos
creer que hizo traducir el Antiguo Testamento al griego para uso de Tolomeo
Filadelfo, y que el duque de Montpensier hizo también comentar los mejores
autores latinos para uso del Delfín, que no los utilizó.
Si damos crédito al referido Aristeo, Tolomeo tenía grandes deseos de
conocer las leyes judías y para conocerlas, cualquier hebreo de Alejandría las
hubiera traducido por cien escudos, se propuso enviar una solemne embajada al
sumo sacerdote de los judíos que su padre hizo prisioneros en Judea, y entregar
a cada uno de ellos para que hicieran un viaje agradable cuarenta escudos, cuya
suma asciende a catorce millones cuatrocientas mil libras francesas.
Tolomeo no se contentó con manifestar simplemente tan inaudita
liberalidad. Como sin duda era un apasionado del judaísmo, envió al templo de
Jerusalén una mesa de oro macizo incrustada de piedras preciosas, grabando
sobre ella el mapa del Meandro, río de Frigia. El curso de dicho río lo marcó
con rubíes y esmeraldas. Con la mesa iban dos jarrones de oro primorosamente
trabajados. Nunca se pagó un libro tan caro. Por menos dinero hubiera podido
comprar toda la biblioteca del Vaticano.
Eleazar, sumo sacerdote de Jerusalén, envió también sus embajadores,
pero éstos sólo le entregaron una carta escrita en fino pergamino con letras de
oro. Fue proceder digno de judíos no entregar más que un pergamino a cambio de
cerca de treinta millones.
Tolomeo quedó tan admirado por el estilo de Eleazar que lloró de alegría
al leer la carta. Comieron con el rey los embajadores y los principales
sacerdotes de Egipto. Cuando llegó la hora de bendecir la mesa, los egipcios
cedieron este honor a los judíos. Con los embajadores iban setenta y dos
intérpretes, seis por cada una de las doce tribus. Todos habían estudiado
griego en Jerusalén. Lo jocoso del caso es que de esas doce tribus, diez habían
desaparecido sin dejar rastro desde siglos antes, pero el sumo sacerdote
Eleazar las encontró para enviar traductores a Tolomeo. Los setenta y dos
intérpretes quedaron aislados en la isla de Faros y cada uno hizo su traducción
en setenta y dos días. Todas ellas, eran iguales y se llamaron la Traducción de
los Setenta, debiendo ser más bien la traducción de los setenta y dos.
El rey recibió con admiración esos libros. Estamos por creer que era un
buen judío. Cada uno de los intérpretes recibió tres talentos de oro, y además
Tolomeo envió al gran sacrificador, a cambio del pergamino, diez camas de
plata, una corona de oro, incensarios y copas de ese metal, diez vestiduras de
púrpura y cien piezas de fino lino.
Casi todo este cuento sorprendente lo refiere el historiador Flavio
Josefo, que no sabía exagerar. San Justino deja pequeño a Josefo. Dice que
Tolomeo se dirigió al rey Herodes y no al sumo sacerdote Eleazar, y que Tolomeo
envió dos embajadores a Herodes. Esto es ya cargar demasiado las tintas, porque
sabemos que Herodes nació mucho tiempo después que muriera Tolomeo.
No vale la pena considerar la multitud de anacronismos de que están
plagados estos cuentos y otros semejantes, ni el sinnúmero de contradicciones y
de garrafales equivocaciones en que el autor judío incurre en cada párrafo. No
obstante, durante muchos siglos ha pasado tal fábula por verdad
incontrovertible, y para probar la credulidad del género humano cada autor que
la cita quita o añade algo; de modo que para creer en esa aventura era preciso
creerla de diferentes maneras. Hay críticos que se ríen de los absurdos que han
servido de pábulo a las naciones, al paso que otros autores se afligen al
conocer tanta impostura. Y de esta multitud de mentiras nacieron los Demócritos
y los Heráclitos.
ARISTÓTELES. No debemos creer que el preceptor de Alejandro,
elegido por Filipo, fuera un pedante y un espíritu equivocado. Filipo era sin
duda un buen juez, poseía instrucción poco común y rivalizaba en elocuencia con
Demóstenes.
De su lógica. La lógica de Aristóteles, su arte de raciocinar es
tanto más apreciable cuanto que tenía que medirse con los griegos, en constante
ejercicio en esgrimir argumentos capciosos, de cuyo defecto no estuvo libre su
maestro Platón.
He aquí, por ejemplo, el argumento que emplea Platón para demostrar la
inmortalidad del alma: a¿La muerte no es lo contrario de la vida? —Sí. —¿No
nacen la una de la otra? —Sí. —¿Qué nace, pues, de lo vivo? —Lo muerto. —¿Y qué
nace de lo muerto? —Lo vivo. —De lo muerto pues, nacen todas las cosas vivas;
en consecuencia, las almas existen en los infiernos después de la muerte».
Sería preciso tener reglas seguras para desentrañar ese complicado
galimatías con que la fama de Platón fascinaba los espíritus. Sería necesario
demostrar que Platón daba sentido ambiguo a esas palabras. El muerto no nace
del vivo, pero el hombre vivo cesa de tener vida. El vivo no nace del muerto,
sino que ha nacido de un hombre que tuvo vida y murió después; por
consiguiente, la conclusión de Platón, de que todas las cosas vivas nacen de
los muertos, es ridícula. De esa conclusión saca otra, que no se contiene en
las premisas, y es la siguiente: «Luego las almas están en los infiernos y el
alma acompaña a los cuerpos muertos». En el argumento de Platón no se encuentra
una sola palabra exacta. Era preciso haber dicho: «Lo que pienso no tiene
partes, lo que no tiene partes es indestructible; luego lo que piensa en
nosotros, no teniendo parte, es indestructible». O lo que es lo mismo, «El
cuerpo muere porque es divisible; el alma es indivisible, luego no muere». Si
Platón hubiera hablado de esta manera le hubiéramos comprendido.
De esa forma razonaba Platón y de esta índole eran los argumentos
capciosos de los griegos. Un maestro enseña retórica a su discípulo con la
condición de que le pagará en cuanto gane la primera causa que defienda. El
discípulo que piensa no pagarle nunca levanta proceso a su maestro y le dice:
«Nunca os deberé nada si pierdo la primera causa que defienda porque sólo debo
pagaros si la gano, y si la gano, entablaré mi demanda para no pagaros». El
maestro, retorciendo el argumento, dice: «Si perdéis, pagad; si ganáis, pagad,
porque nuestro trato consiste en que me pagaréis después de haber ganado la
primera causa».
Es obvio que esa argumentación está fundada en un equívoco. Aristóteles
enseña a evitarlo poniendo en el argumento los términos necesarios. Sólo se
debe pagar el día del vencimiento del plazo y el plazo es ganar una causa; Ia
causa no se ha ganado todavía, por tanto no ha llegado el vencimiento y el
discípulo no debe nada aún.
Ahora bien, aún no significa nunca, luego el discípulo quería entablar
un proceso ridículo. El maestro no tenía derecho a exigir nada por no haber
llegado el plazo del vencimiento, sino esperar que el discípulo defendiera otro
proceso.
Si un pueblo vencedor estipulara con el pueblo vencido que sólo le
devolvería la mitad de sus barcos y aquél los partiera todos por la mitad y le
restituyera la mitad justa, creyendo cumplir de esta manera lo pactado, habría
usado con el pueblo vencido un equívoco criminal.
Aristóteles, sentando las reglas de su lógica, prestó un gran servicio
al espíritu humano enseñándole a evitar los equívocos, que son los que producen
los fraudes en filosofía, teología y en el trato de negocios. La desgraciada
guerra de 1756 tuvo por pretexto un equívoco sobre Acadia.
Es innegable que el buen sentido natural y la costumbre de raciocinar
aventajan a las reglas de Aristóteles. Un hombre dotado de buen oído y
excelente voz puede cantar bien sin conocer las reglas de la música, pero
siempre es preferible saberlas.
De su física. Hoy no la entendemos, pero es probable que
Aristóteles la comprendiera y en su época ocurriera lo mismo. El griego es una
lengua extraña para nosotros; además, hoy no se aplican iguales palabras a las
mismas ideas. Por ejemplo, cuando se dice en el capítulo VII que los principios
de los cuerpos son la materia, la privación y la forma, parece que sea un
disparate, pero no es así. En su opinión la materia es el primer principio de
todo, el objeto de todo y es indiferente a todo. Le es indispensable la forma
para convertirse en algo. La privación es lo que distingue un ser de las demás
cosas que no son él. A la materia le es indiferente trocarse en rosa o en
peral, pero cuando se convierte en peral o en rosa queda privada de todo lo que
pudiera convertirla en plata o en plomo. Esa verdad casi es ocioso enunciarla,
pero en Aristóteles todo es inteligible y nada es impertinente.
El acto de lo que está en potencia parece una frase ridícula, pero no lo
es. La materia puede distinguirse en todo lo que se quiera: en fuego, en
tierra, en agua, en vapor, en metal, en mineral, en animal, en árbol o en flor;
eso significa la expresión acto de la potencia. Por lo tanto, no era ridículo
entre los griegos decir que el movimiento era un acto de la potencia, porque la
materia puede estar inmóvil y es probable que por eso creyera Aristóteles que
el movimiento no es esencial a la materia.
Aristóteles necesariamente debió conocer mal la física en sus detalles,
como sucedió a todos los filósofos, hasta que llegó la época en que Galileo,
Torricelli, Gueric, Drebellius, Boyle y otros empezaron a hacer experimentos.
La física es una mina a la que sólo se puede descender con ayuda de máquinas
que los antiguos no conocieron. Permanecieron inclinados al borde del abismo
haciendo cálculos sobre lo que podría encerrar en su fondo, pero no
consiguieron verlo.
Tratado de Aristóteles sobre los animales. Forma una verdadera antítesis con el anterior, y es el mejor libro que
nos queda de la Antigüedad porque Aristóteles, para escribirlo, sólo se sirvió
de las propias observaciones. Alejandro le proporcionó todos los animales raros
de Europa Africa y Asia. Este fue uno de los frutos de sus conquistas. Para
conseguir este fin gastó sumas tan enormes que hoy asustarían a los
administradores del tesoro real, pero eso es precisamente lo que debe
inmortalizar la gloria de Alejandro.
En nuestros días, cuando un héroe tiene la desgracia de empeñarse en una
guerra, apenas le es posible fomentar las ciencias, tiene que pedir dinero
prestado a los judíos, y luego, para satisfacer sus empréstitos dejar fluir la
sustancia de sus vasallos en el cofre de las Danáyades de los usureros, de
donde después escapa por las rendijas. Alejandro trajo para Aristóteles
elefantes, rinocerontes, tigres, leones, cocodrilos, gacelas, águilas,
avestruces… Y nosotros, cuando por casualidad nos presentan un animal raro en
alguna feria, vamos a admirarle pagando una corta cantidad, si no se muere
antes de que satisfagamos la curiosidad de verle.
La metafísica. Para él, siendo Dios el primer motor es el que hace
mover el alma. Pero, en su opinión, ¿qué es Dios y qué el alma? El alma es una
entelequia. ¿Qué quiere decir una entelequia? Aristóteles la define diciendo
que es un principio y un acto, una potencia nutritiva, sensible y razonable.
Esto, dicho en lenguaje llano, significa que tenemos la facultad de
alimentarnos, de sentir y de razonar. El cómo y el porqué son difíciles de
comprender. Los griegos no sabían mejor lo que era una entelequia que nuestros
doctos saben lo que es el alma.
La moral. La de Aristóteles es, como las demás, muy buena,
porque no existen dos morales. Las de Confucio, Zoroastro, Pitágoras,
Aristóteles Epicteto y Marco Antonio, son absolutamente la misma. Dios dotó a
todos los corazones del conocimiento del bien con alguna inclinación hacia el
mal.
Aristóteles dice que se precisan tres cosas para ser virtuosos: la
naturaleza, la razón y el hábito. Es obvio que sin poseer un buen natural, es
dificilísimo practicar la virtud; la razón lo robustece y el hábito hace que
nos sean familiares las acciones honradas.
Enumera todas las virtudes, entre las cuales está la amistad. Distingue
la amistad entre los iguales, los parientes, los huéspedes y entre los amantes.
Las naciones modernas no conocemos la amistad que surge de los derechos
adquiridos por la hospitalidad. Lo que constituía el sagrado lazo de la
sociedad en los tiempos antiguos, entre nosotros sólo es la cuenta de un
hostelero. Por lo que hace a la amistad entre los amantes, debemos decir que en
la actualidad entra pocas veces la virtud en el amor; creemos no deber nada a
la mujer a la que mil veces se lo hemos prometido todo.
Es lamentable que nuestros primeros doctores no hayan colocado casi
nunca la amistad en la categoría de las virtudes, ni siquiera la hayan
recomendado. Por el contrario, diríase que tratan de suscitar muchas veces la
enemistad; se parecen a los tiranos, que temen las asociaciones.
También tiene razón Aristóteles al situar las virtudes en los extremos
opuestos quizá fue el primero que les asignó ese sitio. Dice expresamente que
ia piedad es el término medio entre el ateísmo y la superstición.
La retórica. Probablemente, Cicerón y Quintiliano tuvieron
siempre a la vista la Retórica y la Poética de Aristóteles. Cicerón, en su
libro titulado el Orador, dice: «Nadie tuvo su ciencia, ni su sagacidad, ni su
inventiva, ni su criterio». Quintiliano, no sólo elogia la extensión de sus
conocimientos, sino la fluidez de su elocución.
Aristóteles dice que el orador debe estar enterado de las leyes, la
economía, los tratados, las plazas de guerra, las guarniciones, los víveres y
las mercaderías. Los oradores del Parlamento de Inglaterra, de las Dietas de
Polonia y de los Estados de Suecia, no consideraron inútiles estas lecciones de
Aristóteles, pero quizá lo sean para otras naciones. Recomienda también que el
orador conozca las pasiones humanas, costumbres y debilidades de cada clase
social. No creo se le haya escapado ni una sola sutileza del arte. Insiste,
sobre todo, en que se presenten ejemplos al ocuparse de los asuntos públicos;
nada produce tanto efecto en el espíritu humano.
Por lo que dice sobre la materia, se comprende que escribió su Retórica
mucho tiempo antes que Alejandro fuera nombrado general de Grecia en oposición
al gran rey. Si alguno, dice, tuviera que probar a los griegos que les interesa
oponerse a las empresas del rey de Persia, debía recordarles que Darío Ochus no
quiso atacar Grecia hasta después de apoderarse de Egipto, y haría notar que
Jerjes observó la misma conducta. No consintáis, pues, que se apodere de
Egipto.
Aristóteles permite en los discursos que pronuncian en las asambleas que
los oradores se sirvan de parábolas y fábulas, que causan gran efecto a la
muchedumbre, y refiere tres muy ingeniosas sacadas de la más remota Antigüedad:
como la del caballo que imploró la ayuda del hombre para vengarse del ciervo y
acabó siendo su esclavo por haber querido buscar un protector.
En el libro II, tras referir un ejemplo que demuestra la opinión que
tenía Grecia, y probablemente Asia, sobre la extensión del poder de los dioses,
dice: «Si es verdad que ni los dioses pueden saberlo todo, por sabios que sean,
con más razón puede decirse esto de los hombres». Este pasaje demuestra
evidentemente que entonces no se atribuía la omniscencia a la Divinidad. No se
concebía que los dioses pudieran saber lo que no existe, y como el futuro no
existe todavía, les parecía imposible que lo conocieran. Esta es la opinión de
los socinianos. Pero volvamos a ocuparnos de la retórica de Aristóteles.
Lo más sobresaliente en el capítulo que titula de la elocución y la
dicción, es el buen sentido que demuestra al criticar a los que pretenden ser
poetas en prosa. Le agrada el estilo patético, pero condena el estilo enfático
y proscribe los epítetos inútiles. Demóstenes y Cicerón, que siguieron tales
preceptos, jamás mostraron estilo poético en sus discursos. El estilo, dice
Aristóteles, debe estar siempre en armonía con el asunto.
Es un despropósito hablar de física poéticamente y prodigar los tropos y
las figuras retóricas en los asuntos que sólo requieren método, claridad y
verdad. Proceder de esa forma es querer ser un charlatán para conseguir que se
apruebe el falso sistema, acudiendo a palabras altisonantes. Este vano proceder
engaña a los ignorantes, pero recaba el desdén de los hombres ilustrados.
En Francia, las oraciones fúnebres se han apoderado del estilo poético
incorporándolo a su prosa, pero como ese género de oratoria se funda en la
exageración, debe permitírsele que tome prestados los adornos de la poesía.
Los novelistas se permiten a veces esta licencia. Creo que fue La
Calprenede el primero que traspasó de esta manera los límites del arte,
abusando de su facilidad. Con gusto perdonamos esta licencia al autor del
Telémaco, que quiso imitar a Homero no sabiendo escribir versos, en obsequio de
la sana moral que contiene ese libro, materia en la que lleva infinita ventaja
a Homero. Pero lo que le otorgó mayor celebridad fue, sin duda, la crítica del
orgullo de Luis XIV y del carácter bronco de Louvois, que se creyó retratado en
el Telémaco.
La Poética. En las naciones modernas no se encuentra un físico,
un geómetra, un metafísico, ni siquiera un moralista, que hable bien de la
poesía. Les abruma la reputación de Homero, Virgilio, Sófocles, Ariosto y el
Tasso, y de todos los demás que encantaron el mundo con las producciones
armoniosas de su genio. Parece que no comprenden las bellezas que encierran, o
si las comprenden desean no comprenderlas.
Resulta ridículo Pascal cuando dice en la primera parte de sus
Pensamientos: «Así como se dice belleza poética debería decirse también belleza
geométrica y belleza medicinal. Sin embargo, no se dice, y la razón consiste en
que sabemos cuál es el objeto de la geometría y cuál el de la medicina, pero no
sabemos en qué consiste el placer, objeto de la poesía. No sabemos qué es ese
modelo natural que debemos imitar en ella, y no sabiéndolo, para explicarlo
hemos inventado expresiones tan caprichosas como siglo de oro, maravilla de
nuestros días, fatal laurel, hermoso astro, etc. Y a esa jerigonza se la
denomina belleza poética».
Se comprende a primera vista que es falso y detestable ese fragmento de
Pascal. Todo el mundo sabe que nada hay bello en la medicina ni en las
propiedades de un triángulo, y que sólo llamamos bello a lo que produce en
nuestra alma y en nuestros sentidos deleite y admiración. Así razona
Aristóteles, en contraposición a Pascal, que utiliza un razonamiento falso.
Fatal laurel y bello astro jamás han sido bellezas poéticas; si Pascal quiere
saber lo que son éstas que lea a Malherbe, y sobre todo a Homero, Virgilio,
Horacio, Ovidio y otros grandes poetas.
Nicole escribió contra el teatro, del que no tenía la menor idea, y en
esta tarea le secundó Dubois, tan ignorante como él en bellas letras.
Montesquieu, en su divertido libro Cartas persas, se permite el desenfado de
creer que Homero y Virgilio eran niños de teta comparados con el hombre que
imitó con talento y éxito el Siamés, de Dufresny, y que llenó el libro de cosas
atrevidas, sin las que nadie lo hubiera leído. a¿Qué son los poetas egipcios?
—exclama—. No sé, desprecio a los líricos tanto como aprecio a los trágicos.»
No debía despreciar, sin embargo, a Píndaro y Horacio; Aristóteles no los
despreciaba.
Descartes compuso para la reina Cristina una especie de loa en verso del
todo detestable. Malebranche no daba más valor a la belleza de la frase qu’il
mourut de Corneille, que a uno de los versos malos de Jodelle o de Garnier.
Aristóteles fue un gran hombre porque sentó las reglas de la tragedia
después de haber establecido las de la dialéctica, la moral y la política,
alzando cuanto pudo el gran velo que cubría la naturaleza.
AROT Y MAROT. «Arot y Marot son los nombres de dos ángeles
que en el sentir de Mahoma eran emisarios de Dios en el mundo para enseñar a
los hombres y mandarles que se abstuvieran de jurar en falso, tener vicios y
cometer delitos. Y el falso profeta (Mahoma) añade que, habiendo invitado a
comer una mujer muy lozana a los dos ángeles, les hizo beber mucho vino, los
embriagó y, ebrios ya, solicitaron su amor. Ella fingió consentir en la pasión
que inspiraba con la única condición de que antes habían de enseñarle las
palabras con las cuales, según decían, se podía ascender al cielo fácilmente.
Pero así que la hermosa mujer supo lo que deseaba se negó a cumplir su promesa.
Acto seguido fue transportada al cielo, donde, después de referir a Dios lo
sucedido, quedó convertida en la estrella de la mañana, que se llama Lucifer o
Aurora, y los dos ángeles fueron castigados severamente. Este suceso, según
Mahoma, movió a Dios a prohibir que los hombres bebieran vino.»
Aunque se lea todo el Corán, en ninguna parte se encuentra una sola
palabra de cuento tan absurdo, que dice dio pie a Mahoma para prohibir el vino
a sus adeptos. Mahoma sólo prohíbe el vino en el segundo y quinto capítulos de
su libro: «Te preguntarán sobre el vino y sobre los licores fuertes, y tú
responderás que beberlos es un gran pecado». No debe afearse a los justos que
creen y practican buenas obras, haber bebido vino y haber participado en juegos
de azar antes de que estuvieran prohibidos.
Creen los mahometanos que su profeta sólo prohibió el vino y los licores
para conservar la salud y evitar pendencias. En el caluroso clima de Arabia,
los licores fermentados se suben a la cabeza con facilidad y trastornan la
salud y el juicio.
La historieta de Arot y de Marot, que descendieron del cielo y tras
beber vino con una mujer árabe quisieron cohabitar con ella, no se encuentra en
ningún autor mahometano; sólo la insertan algunos cristianos impostores que
escribieron sus obras para combatir la religión musulmana con un celo contrario
a los principios de la ciencia. Los nombres de Arot y de Marot ni siquiera
aparecen en el Corán, un escritor de nombre Sylburgius fue el primero que dijo,
en un libro antiquísimo que nadie lee, que en aquél se anatematiza a los
ángeles Arot y Marot, Safa y Merwa.
Pero Safa y Merwa son dos pequeños montículos situados cerca de la Meca,
y el docto Sylburgius ha tomado dos colinas por dos ángeles. De manera parecida
proceden los que entre nosotros han escrito sobre el mahometismo, hasta que el
sabio Relad nos ha transmitido ideas exactas de la creencia musulmana y el
sabio Sale, después de vivir veinticuatro años en Arabia, nos ha ilustrado
sobre ese punto con su traducción del Corán y su instructivo prólogo.
El mismo Gagnier, a pesar de ser profesor de lengua oriental en Oxford,
en su Vida de Mahoma ha divulgado algunas falsedades relativas a ese profeta,
como si tuviéramos necesidad de valernos de mentiras para sostener la verdad de
nuestra religión. El referido autor describe con detalle el viaje de Mahoma a
los siete cielos cabalgando sobre el asno Alborac, y se atreve a citar el sura
o capítulo LIII, pero ni en ese capítulo ni en ningún otro del Corán se trata
del supuesto viaje al cielo.
Sólo Albufeda, setecientos años después de la muerte de Mahoma, refiere
esa extraña historieta, sacada, según dice, de manuscritos antiguos que se
divulgaron en la época del profeta. Pero es evidente que no son de Mahoma
porque, tras la muerte de éste, Abubeker recogió las hojas del Corán en
presencia de todos los jefes de tribu y al coleccionarlas sólo insertaron lo
que creyeron auténtico. Además, el capítulo concerniente al viaje al cielo no
existe en el Corán, está escrito en estilo diferente y es cinco veces más largo
que los demás capítulos del libro. Comparen con éste y encontrarán notoria
diferencia. Empieza así:
«Me quedé dormido una noche entre las dos colinas de Safa y de Merwa.
Era una noche oscurísima, pero tan serena que ni ladraban los perros ni
cantaban los gallos. De pronto, el ángel Gabriel se presentó ante mí bajo la
forma con que el Dios altísimo le creó. Su tez era blanca como la nieve; su
pelo, blondo y trenzado de forma admirable, le caía en bucles por la espalda;
su frente era majestuosa, clara y serena; sus dientes, hermosos y brillantes;
sus piernas, de color amarillo de zafir, y sus vestiduras eran de tisú, con
perlas e hilos de oro. Llevaba en la frente una lámina que tenía escritas dos
líneas brillantes y luminosas; la primera decía No hay más dios que Dios, y la
segunda, Mahoma es el profeta de Dios. Al ver la aparición quedé admirado y
confuso; percibí alrededor de ella setenta mil pebeteros o pequeñas bolsas
llenas de almizcle y azafrán. El ángel tenía ciento cincuenta alas, y de un ala
a otra había la distancia de quinientos años de camino.
»De esa forma se presentó el ángel Gabriel a mi vista. Me tocó y dijo:
“Levántate, hombre dormido”. Temblando de espanto, me incorporé y le pregunté,
sobresaltado: “¿Quién eres?” “Dios quiere ser misericordioso contigo. Soy tu
hermano Gabriel —respondió.” “¡Oh, mi querido Gabriel! ¿Desciendes del cielo
para hacerme una revelación o vienes a anunciarme una desgracia?” “Vengo a
comunicarte algo nuevo —repuso—, levántate, ponte el manto en la espalda porque
lo necesitarás y ves a visitar a tu Señor esta noche.” Al mismo tiempo, Gabriel
me tomó de la mano, ayudó a que me levantara, me hizo montar el asno Alborac y
él mismo le condujo de la brida.»
Para los musulmanes es indudable que ese capítulo, que no es auténtico,
lo escribió Abu Horaira, contemporáneo de Mahoma. ¿Qué contestaríamos a un
turco que viniera a insultar nuestra religión pretendiendo que incluyéramos
entre los libros sagrados Las cartas de san Pablo a Séneca, Las cartas de
Séneca a san Pablo, Los hechos de Pilato, La vida de la esposa de Pilato, Las
predicciones de las Sibilas, El testamento de los doce patriarcas y otros
muchos libros de esa índole? Le contestaríamos al turco que estaba mal
informado y no considerábamos auténtica ninguna de las obras citadas. Pues
dicho turco nos respondería lo mismo si para confundirle le mencionáramos el
viaje de Mahoma a los cielos. Nos contestaría que es un fraude de los últimos
tiempos y que ese viaje no figura en el Corán. No trato de comparar en este
caso la verdad con el error, el cristianismo con el mahometismo, ni el
Evangelio con el Corán, sino comparar una tradición falsa con otra tradición
falsa, y un abuso con otro.
Se ha repetido hasta la saciedad que Mahoma acostumbró una paloma a que
fuera a comer granos en su oreja e hizo creer a sus adeptos que iba a hablarle
de parte de Dios. ¿No es suficiente estar convencidos de la falsedad de esa
secta, que aún nos empeñamos en perder el tiempo calumniando a los mahometanos,
establecidos desde el Cáucaso hasta el monte Atlas, y desde los confines de
Epiro hasta las extremidades de la India? Escribimos sin cesar libros malos
contra ellos, y no lo saben. Decimos a gritos que han abrazado su religión
muchos pueblos porque halaga los sentidos, pero eso es falso. ¿Es acaso
sensualidad mandar la abstinencia de vino y licores, de los que tanto abusamos
nosotros; ordenar que se dé a los pobres el dos y medio por ciento de la renta,
ayunar con rigor, sufrir en la pubertad una operación dolorosa, caminar por
desiertos de arena, peregrinando quinientas leguas algunas veces y rezar a Dios
cinco veces cada día, aun en tiempo de guerra?
A todo ello se nos objeta que su religión les permite tener cuatro
esposas en este mundo y en el otro mujeres celestes. Acerca de esto apostilla
Grotius: «Se necesita estar muy aturdido para admitir esos delirios tan
groseros como obscenos». Convenimos con Grotius que los mahometanos abusan de
su fantasía. El hombre que recibía continuamente los capítulos del Corán de las
manos del ángel Gabriel, más que delirante, era un impostor cuyo valor sostenía
sus fantasías. Pero, ciertamente, no hay aturdimiento ni obscenidad en reducir
a cuatro el indeterminado número de mujeres que los príncipes, sátrapas y
nababs podían mantener en sus serrallos. También se ha dicho que Salomón tuvo
setecientas esposas y trescientas concubinas. Los árabes y los judíos podían
casarse con dos hermanas, y Mahoma prohibió esa clase de enlaces en el capítulo
IV del Corán. ¿Qué obscenidad hay en todo esto, monsieur Grotius?
Reuniendo las imputaciones injustas que se han escrito contra los
mahometanos podría componerse un libro muy voluminoso.
Consiguieron someter una de las partes más hermosas y grandes del mundo,
y hubiera sido más meritorio en nosotros expulsarlos de ella que cubrirlos de
injurias. La emperatriz de Rusia nos da el ejemplo. Les quita Azov y Taganrog,
Moldavia, Valaquia y Georgia, lleva sus conquistas hasta las murallas de
Erzerum, envía contra ellos flotas que parten desde el mar Báltico y otras que
abrazan el Ponto Euxino, pero no dice en sus manifiestos que una paloma iba a
hablar al oído de Mahoma.
ARRIO. Las grandes disputas teológicas que se
suscitaron durante mil doscientos años nacieron siempre en Grecia. ¿Qué
hubieran dicho Homero, Sófocles, Demóstenes y Arquímedes de haber presenciado
las controversias de aquellos sutiles ergotistas que tanta sangre costaron?
A Arrio todavía se le atribuye el honor de ser el inventor de su
doctrina, como Calvino pasa por ser el fundador del calvinismo. La vanidad de
ser conquistador es la primera vanidad del mundo, y la de jefe de secta, la
segunda. Sin embargo, ni Calvino, ni Arrio, pueden jactarse de la triste gloria
de su invención.
Hacía tiempo que se había discutido sobre la Trinidad cuando Arrio se
inmiscuyó en la polémica en la inquieta ciudad de Alejandría, donde Euclides no
pudo apaciguar los espíritus. Jamás hubo pueblo tan frívolo como el de
Alejandría, ni siquiera el de París.
Debió disputar acaloradamente sobre el misterio de la Trinidad, porque
el patriarca que escribió Crónica de Alejandría, que se halla en Oxford,
asegura que dos mil reverendos padres defendían el partido que Arrio abrazó.
He aquí una cuestión incomprensible, que desde hace mil seiscientos años
está suscitando la curiosidad, la sutilidad sofística, el espíritu de cábala,
el ansia de dominar, la rabia de perseguir, el ciego y sanguinario fanatismo y
la credulidad bárbara, que causó más horrores que la ambición de los reyes, a
pesar de los muchos que ésta ocasionó. ¿Jesús es el verbo? Y si es el verbo,
¿emanó de Dios con el tiempo o antes del tiempo? Si emanó de Dios, ¿es su
coetáneo y su consustancial, o sólo una sustancia semejante? ¿Es distinto El o
no lo es? ¿Fue creado o engendrado? ¿Puede engendrar también? ¿Tiene la
paternidad o la virtud productiva sin tener la paternidad? ¿El Espíritu Santo
fue creado, engendrado o producido? ¿Procede del Padre, del Hijo o procede de los
dos? ¿Puede engendrar, puede producir? ¿Su hipóstasis es consustancial con la
hipóstasis del Padre y del Hijo? ¿Cómo teniendo precisamente la misma
naturaleza, la misma esencia que el Padre y el Hijo, no puede hacer las mismas
cosas que esas dos personas que son lo mismo que El?
Transcribiremos aquí, para comodidad del lector, lo que dice de Arrio un
pequeño libro, que no es fácil conseguir:
«Estas cuestiones, superiores a la razón humana, debía decidirlas la
Iglesia Infalible. Se prodigaron muchos raciocinios y sofismas; se enfurecían,
se odiaban y se excomulgaban unos cristianos a otros por alguno de esos dogmas
que son inaccesibles para el espíritu humano antes de la época de Arrio y de
Atanasio. Los griegos y egipcios eran hábiles polemistas, pero Alejandro,
obispo de Alejandría, se apresura a sentar como doctrina que siendo Dios
necesariamente individual, mónada, en toda la extensión de la palabra,
constituye una mónada triple. El sacerdote Arrio se escandaliza de la mónada
que proclama Alejandro y explica el misterio de modo diferente; expone los
mismos argumentos que el sacerdote Sabelio, quien había argumentado como
Praxeas y Frigio. Alejandro reúne a continuación un Concilio poco numeroso de
padres que participaban de su opinión y excomulgan a Arrio. Entonces, Eusebio,
obispo de Nicomedia, abraza el partido de Arrio y se encarniza la lucha
religiosa.
»Confieso que el emperador Constantino era un malvado, un criminal que
ahogó a su mujer mientras se bañaba, degolló a su hijo y asesinó a su suegro,
su cuñado y su sobrino; confieso también que era un hombre henchido de orgullo
y dado a los placeres excesivos, un detestable tirano. pero reconozco que tenía
buen sentido. No se escala el imperio, ni se subyuga a los rivales por
casualidad. Cuando vio encendida la guerra civil en las mentes escolásticas
envió al campo de batalla al célebre obispo Ozius con cartas persuasivas para
los dos bandos beligerantes. En una de ellas decía: “Sois unos locos de atar,
porque disputáis sobre cosas que no entendéis; es indigno de la gravedad de
vuestro ministerio levantar tanto revuelo por un asunto tan insignificante”.»
Constantino no tenía como asunto insignificante ocuparse de la
Divinidad, sino la manera incomprensible de esforzarse en explicar la
naturaleza de la Divinidad. El patriarca árabe que escribió Historia de la
Iglesia de Alejandría dice también que habló Ozius, poco más o menos en ese
tono al presentar la carta del emperador. He aquí lo que dijo: «Hermanos míos,
cuando el cristianismo empieza a vivir en paz le queréis enzarzar en una
discordia eterna. El emperador tiene razón para deciros que disputáis por un
asunto insignificante. Si el objeto de vuestra disputa fuera esencial,
Jesucristo, a quien todos reconocemos como nuestro legislador. se habría
ocupado de ello; Dios no hubiera enviado su hijo al mundo para enseñarnos sólo
el catecismo. Todo lo que él nos ha dicho expresamente es obra de los hombres y
está sujeto a los errores humanos.
Jesús recomendó que os amarais unos a otros, y le desobedecéis odiándoos
y atizando la discordia en el imperio. Únicamente el orgullo nutre vuestra
interminable disputa, y Jesús, vuestro señor, os mandó que fuerais humildes.
Ninguno de vosotros puede saber si Jesús fue creado o engendrado y, ¿qué os
importa su naturaleza, si a la vuestra le corresponde ser justos y razonables?
¿Qué tiene en común esa vana ciencia de palabras con la moral que debe dirigir
vuestros actos? Recargáis la doctrina con misterios, cuando fuisteis nacidos
para fortalecer la religión con la virtud. ¿Pretendéis acaso que la religión
cristiana sea un hatajo de sofismas? ¿Para eso vino al mundo Jesucristo? Hora
es ya que cesen vuestras discusiones, adorad a Dios humillaos ante El, dad limosnas
a los pobres y poned paz en las familias en vez de escandalizar el imperio con
vuestras discordias». Así habló Ozius a los espíritus tercos. Se reunió un
Concilio en Nicea y provocó una guerra civil espiritual en el Imperio romano.
Esa guerra trajo otras, y de siglo en siglo unos sectarios religiosos
persiguieron a otros hasta nuestros días».
Lo más triste es que la persecución empezó así que hubo terminado el
referido Concilio, y al empezar Constantino no sabía qué partido tomar ni a
quién perseguir. Constantino no era cristiano, aunque se encontraba a la cabeza
de ellos, porque el bautismo era lo único que constituía entonces el
cristianismo y a él no lo bautizaron. Además, acababa de ordenar la
reedificación del templo de la Concordia en Roma. Indudablemente, le era
indiferente que Alejandro, Eusebio o el sacerdote Arrio, tuvieran o no razón.
Por la carta que acabamos de citar se comprende con claridad que menospreciaba
la enconada controversia.
Acaeció entonces lo que nunca se ha visto ni se verá jamás en ninguna
corte. Los enemigos de los que después se llamaron arrianos acusaron a Eusebio
de haber perseguido en tiempos pasados al partido que acaudillaba Licinio
contra el emperador. «Tengo pruebas de ello —dijo Constantino en una carta— y
me las han proporcionado los sacerdotes y los diáconos de su séquito, que he
atrapado.»
Así, pues, desde que se celebró el primer gran Concilio la intriga y la
persecución quedaron establecidas con el dogma. Constantino concedió las
prebendas de las capillas de quienes no creían en la consustancialidad a los
que creían en ella, confiscó los bienes de los disidentes en provecho suyo y
abusó de su poder desterrando a Arrio y sus partidarios, que eran entonces los
más débiles. Dícese también que sentenció a muerte a todo el que tuviera las
obras de Arrio y no las quemara, pero esto no es cierto. Constantino, aunque se
complacía en derramar sangre humana, no llevó su crueldad hasta el extremo de
que sus verdugos asesinaran a los que poseyeran libros heréticos, mientras él
dejaba con vida al hereje.
Pero como en el mundo todo cambia rápidamente, varios obispos arrianos
vergonzantes, algunos eunucos y no pocas mujeres, intercedieron ante el
emperador para que perdonara a Arrio y obtuvieron que revocara la orden de su
destierro. En tiempos modernos hemos visto lo mismo muchas veces.
El célebre Eusebio, obispo de Cesárea, conocido por sus obras, escritas
con poco discernimiento, acusaba obstinadamente a Eustaquio, obispo de
Antioquía, de ser sabelino, y éste acusaba a aquél de ser arriano. En el
Concilio de Antioquía salió triunfante Eusebio. Depusieron a Eustaquio y
ofrecieron el obispado de Antioquía a Eusebio, pero éste no lo aceptó. Los dos
partidos se enfrentaron y aquí comenzaron las guerras de controversia.
Constantino, que desterró a Arrio por no creer que el Hijo era consustancial,
desterró entonces a Eustaquio por creerlo. Son contrasentidos normales en la
historia.
San Atanasio, por aquel entonces obispo de Alejandría, se negaba a
admitir en dicha ciudad a Arrio, enviado por el emperador, diciendo «que Arrio
estaba excomulgado y un excomulgado no debía tener casa ni patria no podía
comer ni dormir en ninguna parte, y que él prefería obedecer a Dios a obedecer
a los hombres». Se celebró a continuación un Concilio en Tiro en el que los
padres depusieron a Atanasio, y éste fue desterrado a Trebes por el emperador.
De modo que, primero Arrio y después Atanasio, su encarnizado enemigo, fueron
castigados por un hombre que ni siquiera era cristiano.
Los dos partidos recurrían al artificio, al fraude y a la calumnia,
siguiendo una antigua y eterna costumbre. Constantino les dejó disputar y que
se cubrieran de injurias recíprocamente. Tenía asuntos más graves de que
ocuparse. Por esa época fue cuando el buen príncipe hizo asesinar a su hijo, su
esposa y a su sobrino Licinio, que apenas había cumplido doce años y era la
esperanza del imperio.
El partido de Arrio quedó victorioso durante el reinado de Constantino.
El partido contrario tuvo la vileza de escribir que el día de san Macario, uno
de los más ardientes partidarios de Atanasio, sabiendo que Arrio se dirigía a
la sede de Constantinopla acompañado de muchísimos seguidores, pidió con tanto
fervor que confundiera a dicho hereje que Dios atendió su ruego y en el acto
las tripas de Arrio le salieron por el ano, cosa imposible. Pero, en fin, Arrio
murió.
Constantino falleció al año siguiente, en 337 de la era cristiana,
créese que a consecuencia de la lepra. El emperador Juliano, en su obra
Césares, dice que el bautismo que recibió Constantino horas antes de morir, no
cura a nadie de la enfermedad que le llevó a la tumba. Como sus hijos reinaron
cuando él murió, la adulación de los pueblos romanos, entonces esclavos, llegó
al extremo de que quienes profesaban la nueva religión le tuvieron por santo.
Durante mucho tiempo se celebró su fiesta junto con la de su madre.
A su muerte, las perturbaciones que había promovido la palabra
consustancial agitaron el imperio con mayor violencia. Constancio, hijo y
sucesor de Constantino, fue tan cruel como su padre y como él celebró un
Concilio. Estos Concilios se anatematizaban mutuamente. Atanasio recorrió
Europa y Asia para sostener su partido, pero los seguidores de Eusebio ganaron
la partida. Los destierros, encarcelamientos, tumultos y asesinatos marcaron el
fin del reinado de Constancio. El emperador Juliano, enemigo de la Iglesia,
hizo cuanto pudo para restablecer la paz, pero no lo consiguió. Joviano y luego
Valentiniano otorgaron entera libertad de conciencia, que los dos partidos,
encarnizados enemigos, sólo aprovecharon para extremar su odio y su furor.
Teodosio se puso de parte del Concilio de Nicea, pero la emperatriz
Justina, que reinaba en Italia, Iliria y Africa, como tutora del joven
Valentiniano, proscribió aquel Concilio. Inmediatamente, los godos, vándalos y
borgoñones, que se lanzaron sobre muchas provincias, al encontrar en ellas el
arrianismo lo adoptaron para gobernar los pueblos conquistados.
Los godos, por el contrario, siguieron la doctrina del Concilio de
Nicea. Clovis, que fue su vencedor, se adhirió a ella. En Italia, el gran
Teodorico mantuvo la paz entre los dos partidos. Por fin, la doctrina del
Concilio de Nicea prevaleció en Oriente y Occidente.
El arrianismo reapareció a mediados del siglo XVI, aprovechando la
ocasión que le brindaban las controversias religiosas que se agitaban entonces
en Europa. Pero reapareció armado con una nueva fuerza y con extraordinaria
incredulidad. Cuarenta caballeros de Vicenza fundaron una academia en la que
aprobaron los únicos dogmas que creyeron indispensables para ser cristianos.
Reconocieron a Jesucristo como verbo, salvador y juez, pero negaron su
divinidad, consustancialidad y rechazaron la Trinidad.
Los principales fundadores de esa academia fueron Lelins, Socin Ochin,
Paruta y Gentilis. Miguel Servet se les agregó. Sabida es la desgraciada
disputa que tuvieron con Calvino. Servet fue lo bastante imprudente para pasar
por Ginebra en su viaje a Alemania, y Calvino fue lo suficientemente cobarde
para hacer que le prendieran y bastante bárbaro para hacer que le condenaran a
ser quemado a fuego lento, es decir, el mismo suplicio que pudo evitar Calvino
huyendo de Francia. Así, casi todos los teólogos de entonces fueron
sucesivamente perseguidores y perseguidos, verdugos y víctimas.
El propio Calvino exigió en Ginebra la muerte de Gentilis y halló cinco
abogados que firmaron la petición para que le condenaran a morir en la hoguera.
Estos horrores son dignos de un siglo abominable. Gentilis, que esperaba en la
cárcel morir en la hoguera como el español Servet se retractó de la doctrina
que había difundido, halagó a Calvino con ridículos elogios y se salvó de morir
asado. Pero quiso su desgracia que poco tiempo después, por enemistarse con un
bailío del cantón de Berna, le prendieran por arriano. Varios testigos
declararon que había afirmado que las palabras Trinidad, esencia, hipóstasis no
figuraban en la Sagrada Escritura, y por esta declaración, sin más pruebas, los
jueces, que no sabían mejor que él lo que era una hipóstasis, le sentenciaron a
perder la cabeza.
Fausto Socin, sobrino de Lelins, y sus compañeros tuvieron mejor suerte
en Alemania. Penetraron en Silesia y Polonia, donde fundaron iglesias,
escribieron, predicaron y consiguieron lo que se proponían, pero con el tiempo,
como su religión carecía de misterios y era una apacible secta filosófica más
que una secta militante, fueron perdiendo sus partidarios. Los jesuitas, más
famosos que ellos, los persiguieron y los disgregaron.
Los restos de esa secta, que subsiste en Polonia, Alemania y Holanda
permanecen silenciosos y tranquilos. Reaparecida en Inglaterra con gran fuerza
levantó un gran revuelo. El gran Newton y Locke se afiliaron a ella, j Samuel
Clarke, párroco de Saint James, autor de un excelente libro sobre la existencia
de Dios, declaró a voz en grito que era arriano y consiguió varios discípulos.
El día que se recitaba en la iglesia parroquial el símbolo de san Atanasio, no
se presentaba. En esta obra verá el lector las sutilezas de que se valieron
estos teólogos tercos, más filósofos que cristianos, para oponerse a la fe
católica.
Aunque en Londres hubo muchos partidarios de Arrio entre los teólogos,
las profundas verdades matemáticas que descubrió Newton y la sabia metafísica
de Locke atrajeron más la atención del público. Los filósofos encontraron
bizantinas las disputas sobre la consustancialidad. En Inglaterra, a Newton le
sucedió lo mismo que a Corneille en Francia de quien quedaron olvidados
Pertharite, Thedore y su colección de versos para ocuparse todo el mundo de la
tragedia Cinna. Se consideró a Newton como el intérprete de Dios en el cálculo
de las reflexiones, las leyes de la gravitación y la naturaleza de la luz, no
como un teólogo. Cuando murió, los pares y el canciller del reino le dieron
sepultura al lado de los reyes y fue más reverenciado que éstos. Servet, que
descubrió la circulación de la sangre, tuvo menos suerte y murió quemado a
fuego lento en Allobroges, condenado por un teólogo de Picardía.
ARTE DRAMÁTICO. (Obras dramáticas, tragedia, comedia, ópera.) Panem et circenses es el lema de todos los pueblos. En vez de ir a matar
a los indios caraibos, sería mejor seducirlos con el atractivo de los
espectáculos, con la habilidad de los funámbulos, con prestidigitadores y con
música. Es posible que así los sometiéramos con mayor facilidad. Hay
espectáculos aptos para todas las clases sociales. El populacho desea que le
hablen con cosas tangibles, y en esta materia, muchos hombres de la clase
superior son populacho. Las personas ilustradas y sensibles prefieren las
tragedias y las comedias.
El arte dramático empezó en todas las naciones con las carretas de
Thespis, luego tuvieron sus Esquilos y no tardaron mucho en tener sus Sófocles
y sus Eurípides. Después, el arte degeneró: esta es siempre la trayectoria del
género humano.
En este artículo no voy a ocuparme del teatro de los griegos, porque en
la Europa moderna se han escrito sobre el tema más comentarios que obras
escribieron Eurípides, Sófocles, Esquilo, Menandro y Aristófanes; por eso me
ocuparé sólo de la tragedia moderna.
Esta se debe a los italianos, como se les debe el renacimiento de las
bellas artes. Empezaron en el siglo XIII, quizás antes, por componer farsas mal
forjadas que sacaron del Antiguo y del Nuevo Testamento, abuso indigno del que
pronto se contaminaron España y Francia. Esto fue una imitación tosca de los
ensayos que en ese género hizo san Gregorio Nacianceno para oponer un teatro
cristiano al teatro pagano de Sófocles y de Eurípides. San Gregorio Nacianceno
tuvo en esas piezas varios rasgos de elocuencia y de dignidad, pero los
italianos, sus imitadores, las llenaron de simplezas y bufonerías.
En 1514, el prelado Trissimo, autor del poema épico L’Italia literata
da’Gothi, compuso una tragedia con el título de Sofonisba, la primera que se
escribió en Italia y que, no obstante, presentaba formas regulares. En ella se
observan las tres unidades, de lugar, tiempo y acción. El autor introdujo en
ella los coros antiguos. A esa tragedia sólo le falta el genio, pues no es más
que una larga declaración, aunque para la época en que se escribió fue un
prodigio. Se representó en Vicenza y la ciudad construyó expresamente un teatro
para representarla. Todos los literatos de la época acudieron a las
representaciones y prodigaron los aplausos que merecía el progreso que suponía
la obra.
En 1516, el papa León X honró con su presencia la representación de la
obra Rosemonda, escrita por Rusellay. Todas las tragedias que se escribieron
entonces en competencia con ésta tuvieron formas regulares y estilo natural,
pero casi todas adolecieron de frialdad porque el dialogar en verso es difícil
y el arte de conmover el corazón humano es obra de unos pocos genios. La
tragedia Torrismoud, escrita por el ilustre Tasso era tan insulsa como las
demás. Únicamente en Partor fido, de Guarini, se encuentran escenas tiernas
capaces de arrancar lágrimas.
El cardenal Bibiena, unos años antes, introdujo en Italia la verdadera
comedia, como Trissimo había introducido la verdadera tragedia. En 1480, cuando
las demás naciones de Europa desconocían las bellas artes dicho prelado hizo
representar su comedia Calandra, de estilo cómico y dotada de intriga pero que
adolece de costumbres demasiado licenciosas, lo mismo que Mandrágora, de
Maquiavelo.
Los italianos fueron los únicos que dominaron el teatro durante un
siglo, al igual que la elocuencia, la historia, las matemáticas y todos los
géneros de la poesía y las artes en las que el genio dirige la mano del hombre.
Los franceses, como sabemos, sólo escribieron pésimas farsas durante los
siglos xv y XVI. Los españoles, a pesar de su ingenio y grandeza de espíritu,
han conservado hasta nuestros días la detestable costumbre de introducir
bufonadas en los asuntos más serios. Un solo mal ejemplo que se dé es capaz de
corromper a toda una nación, y el hábito lo convierte en tiranía.
Del teatro español. Los autos
sacramentales prestaron un flaco servicio a la literatura española, mucho
tiempo antes de que los Misterios de la Pasión, Hechos de los Santos, La Madre
Tonta y otras de esta índole hicieran también escaso favor a la literatura
francesa. Los autos sacramentales se han representado en Madrid hasta hace
poco; sólo Calderón escribió doscientos. Uno de sus más famosos, que tengo a la
vista, se imprimió en Valladolid sin fecha y se titula Devoción de la Misa. Los
personajes que intervienen son: un rey mahometano de Córdoba, un ángel
cristiano, una casquivana, dos soldados graciosos y el diablo; uno de los
soldados, Pascual Vivas, está enamorado de Aminta y tiene por rival a Lelio,
soldado mahometano.
El diablo y Lelio quieren matar a Vivas creyendo hacer con esto un buen
negocio porque está en pecado mortal, pero Pascual resuelve encargar una misa
en el teatro, a ayudarla y, de esa manera, el diablo pierde su poder sobre él.
Durante la misa, se da una batalla y el diablo queda asombrado al ver que
Pascual se está batiendo al mismo tiempo que ayuda a decir misa. «Sé
perfectamente que un cuerpo no puede encontrarse en dos partes al mismo tiempo,
si exceptuamos en el sacramento al que ese tunante tiene tanta devoción.» Pero
el diablo no sabía que el ángel cristiano había tomado la figura de Vivas y
estaba batiéndose por él mientras se celebraba la santa misa. El rey de Córdoba
es derrotado en la batalla, como es de suponer, Pascual se casa con su cantinera
y la pieza termina con un elogio a la misa.
En otro país cualquiera, semejante espectáculo habría parecido una
profanación que la Inquisición hubiera castigado cruelmente, pero en España era
un ejemplo edificante. Se escribieron entonces muchísimas piezas que no eran
autos sacramentales, sino tragicomedias y tragedias, algunas de ellas son La
creación del mundo, Los cabellos de Absalón, Dios es un buen pagador, La
devoción a los muertos, etc., y todas se intitulan comedia famosa dividida en
jornadas.
De entre ese centón de groserías e insulseces brotan de vez en cuando
rasgos de ingenio y efectos dramáticos que divierten e interesan. Tal vez
algunas de esas obras bárbaras no se diferencian mucho de aquellas de Esquilo
en las que se puso en juego la religión griega, como la religión cristiana se
puso en juego en Francia y España. ¿Qué son Vulcano encadenando a Prometeo en
una roca por mandato de Júpiter y la Fuerza y la Vigilancia sirviendo de
ayudantes de verdugo a Vulcano, sino autos sacramentales griegos? Si Calderón
introdujo muchos diablos en el teatro español, Esquilo introdujo muchas furias
en el teatro de Atenas. Si Pascual Vivas ayuda a decir la misa, una antigua
pitonisa practica todas las ceremonias sagradas en Euménides. El parecido no
puede ser mayor.
Los temas trágicos los trataron los españoles del mismo modo que lo
hacían en los autos sacramentales, con la misma irregularidad y extravagancia.
Siempre hay dos personajes graciosos, hasta en las obras de asunto trágico.
El Heraclius, de Calderón, que él titula Todo es mentira y todo es
verdad, lo compuso veinte años antes que Corneille escribiera su Heraclius. El
desaliño de la obra no impide que esté sembrada de trozos elocuentes y de
rasgos de la más sublime belleza. Lope de Vega, no sólo precedió a Calderón en
las extravagancias de un teatro grosero, sino que las encontró establecidas. Le
indignaban y, sin embargo, se sometió a ellas porque se propuso agradar a un
pueblo ignorante que se apasionaba por lo maravilloso y deslumbrante, y
prefirió encandilar sus ojos a hablar a su alma.
La depravación del gusto español no llegó a penetrar en Francia, pero la
literatura francesa padecía un vicio radical que era peor todavía: el de causar
fastidio. El fastidio lo producían sus largas declamaciones sin hilación, sin
argumento y sin interés, escritas en una lengua que no estaba acabada de
formar. Hardi y Garnier sólo escribieron simplezas en estilo insoportable.
Del teatro inglés. Este, por el
contrario, tuvo gran animación, pero siguiendo el gusto literario del teatro
español mezcló la bufonería con el horror. La vida entera de un hombre fue el
asunto de una tragedia; los actores pasaban en ella desde Roma y Venecia hasta
Chipre, la hez de la canalla salía al teatro con los príncipes y los príncipes
hablaban frecuentemente con la canalla.
En una edición de Shakespeare, publicada por Samuel Johnson, veo que se
moteja de espíritus mezquinos a los extranjeros que se sorprenden de que en las
obras del gran trágico «un senador romano haga reír, y un rey aparezca
borracho». No me atrevo a sospechar siquiera que Johnson sea un hombre burlón,
ni le guste con exceso el vino, pero me parece insensato que cuente la
bufonería y la embriaguez entre las bellezas del teatro trágico. La razón en
que se funda no es menos singular: dice que «el poeta desdeña esas distinciones
accidentales de clase y de nación como el pintor que, satisfecho de haber
pintado bien la figura, no hace caso de los planos». La comparación sería más
exacta si citara a un pintor que, al desarrollar un asunto noble, introdujera
detalles ridículos, como por ejemplo pintar en la batalla de Arbelles a
Alejandro Magno montado en un borrico, y a la esposa de Darío bebiendo en una
taberna con soldados. Hoy, no hay ningún pintor de esa clase en Europa, pero no
sé si los habría entonces en Inglaterra.
En la tragedia Julio César, de Shakespeare, Casio dice que César pedía
beber cuando tenía fiebre, y en la misma obra un zapatero dice a un tribuno que
quiere ponerle suelas nuevas; dice también que el peligro y él han nacido del
mismo vientre, que él es el primogénito, que el peligro sabe que César es más
temible que él y todo lo que le amenaza se lo echa a las espaldas.
En la hermosa tragedia El moro de Venecia encontraréis en la primera
escena que la hija de un senador «hace el amor por detrás con el moro, y que de
su cópula nacerán caballos de Berbería». Así hablaban entonces en el teatro
trágico de Londres. El genio de Shakespeare sólo podía ser discípulo de las
costumbres y el espíritu de su época.
Del mérito te Shakespeare. A pesar de lo dicho, Shakespeare es un genio. Los italianos, franceses y
hombres de letras de otros países que no han pasado algún tiempo en Inglaterra,
nos lo presentan como un arlequín como el más miserable de los bufones que
divierten al populacho; sin embargo, en ese escritor se encuentran muchos
pasajes que arrebatan la imaginación y penetran en el alma. En ellos la verdad
y la naturaleza hablan en su propio lenguaje, sin artificios que las
desfiguren. El autor alcanza la cota más sublime sin pretenderlo siquiera.
Cuando en la tragedia Julio César, Bruto reprocha a Casio las rapiñas
que consintió a sus partidarios en Asia, le dice: a ¡Acordaos de los idus de
marzo! ¿No fue por hacer justicia por lo que corrió la sangre del gran Julio?
¿Qué miserable tocó su cuerpo y lo hirió que no fuera por justicia? Qué, ¿habrá
alguno de nosotros, los que inmolamos a César, sólo porque amparó ladrones, que
manche ahora sus dedos con bajos sobornos. . .?»
César, al decidirse a ir al Senado, donde habían de asesinarle, habla de
este modo: « ¡Los cobardes mueren varias veces antes de expirar! ¡El valiente
nunca saborea la muerte sino una vez! De todas las maravillas que he oído la
que mayor asombro me causa es que los hombres tengan miedo. Visto que la muerte
es un fin necesario, cuando haya de venir, vendrá!» Bruto, en la misma obra,
después de fraguar la conspiración contra César, dice: « ¡Desde que Casio me
excitó el primero contra César, no he podido dormir! Entre la ejecución de un
acto terrible y su primer impulso todo el intervalo es como una aparición o una
horrorosa pesadilla. El espíritu y las potencias corporales celebran entonces
un consejo, y el estado del hombre, semejante a un pequeño reino, sufre
entonces una especie de insurrección.»
También es sublime el monólogo de Hamlet.
¿Qué podemos deducir del contraste que forman la grandeza y la
vulgaridad, los raciocinios sublimes y las locuras groseras que conforman el
carácter de Shakespeare? Pues que hubiera sido un poeta perfecto de vivir en
los tiempos de Adisson.
Adisson, que floreció durante la época de la reina Ana, es quizás el
escritor inglés que armonizó mejor el genio con el buen gusto literario. Su
estilo era correcto, su imaginación expresiva; tenía elegancia, fuerza y
naturalidad en sus versos y en su prosa. Amigo del decoro y de las reglas,
deseaba que la tragedia se escribiera con dignidad, y así escribió Catón. Esa
obra, desde el primer acto, tiene versos que honrarían a Virgilio y
sentimientos dignos de Catón. En todos los teatros de Europa, la escena entre
Juba y Sifax se aplaudió como obra maestra de habilidad, de caracteres bien
desarrollados, de hermosos contrastes y de dicción pura y noble. Son
notabilísimos los versos que el protagonista de dicha tragedia, el héroe de la
filosofía y de Roma, pronuncia en el acto quinto, cuando aparece teniendo sobre
la mesa una espada desnuda y leyendo el Tratado de Platón sobre la inmortalidad
del alma.
La obra conquistó el clamoroso éxito que merecían sus exquisitos
detalles, al que en parte contribuyeron las discordias que entonces agitaban a
Inglaterra, y a las que alude en varias ocasiones la referida tragedia.
Pero pasadas las circunstancias que dieron pie a las alusiones, quedan
de dicha obra los hermosos versos, las máximas nobles y justas que suplen la
frialdad de la tragedia.
ARTES. (Artículo dedicado al rey de Prusia, Federico el Grande.) Todos los filósofos han creído que la materia es eterna, pero han
opinado que las artes eran nuevas, propugnando que hasta el de elaborar el pan
es reciente. Los primeros romanos sólo sabían hacer gachas, y los vencedores
del Universo no llegaron a conocer los molinos de viento, ni los de agua. A
primera vista esto parece contradecir la antigüedad del planeta tal como hoy
existe, o suponer que ha pasado por terribles conmociones. Las invasiones de
los bárbaros no pudieron conseguir que se perdieran las artes que se hicieron
necesarias. Imaginaos que un ejército de negros invada Europa, como una nube de
langostas, viniendo desde las montañas de Cobonas, por el Monomotopa, el
Monoemugi, los Noseguais y los Maracates, y que atraviesen Abisinia, Nubia,
Egipto, Siria, Asia Menor y toda Europa, trastornando y saqueándolo todo. Pues
bien, aun así, siempre quedarán algunos panaderos, algunos sastres, algunos
carpinteros y algunos artesanos que se dediquen al cultivo de las artes
necesarias sólo habrán desaparecido las artes suntuarias. Eso es lo que
aconteció al derrumbarse el Imperio romano; el arte de escribir casi quedó
perdido, y los que se dedicaban a las artes que hacen agradable la vida no
florecieron hasta mucho tiempo después.
De ello nada puede deducirse, realmente, sobre la antigüedad de nuestro
planeta. Porque si suponemos que una invasión de bárbaros consigue que perdamos
hasta el arte de escribir y el de elaborar el pan, si suponemos algo peor
todavía, que pasemos diez años sin pan, plumas, tinta y papel, el país que pudo
pasar ese tiempo sin ellas pudo vivir también un siglo y cien mil siglos sin
ellas. Es indudable que el hombre y los demás animales pueden subsistir muy
bien sin panaderos, sin escritores y sin teólogos, porque así ha sucedido en
toda la América y en las tres cuartas partes de nuestro continente.
La novedad de las artes no prueba, pues, la novedad del Globo, como
asegura Epicuro, que suponía que por azar los átomos eternos, al declinar,
formaron un día nuestro planeta. Pomponace decía: «Se il mondo non e eterno,
per tutti santi, e molto vecchio».
De los pequeños inconvenientes inherentes a las artes. Los que manipulan plomo y mercurio tienen propensión a sufrir cólicos
peligrosos y ataques de nervios, y los que utilizan plumas y tinta, una especie
de hormiguillo y experimentan continuas sacudidas. Ese hormiguillo es el que
padecían algunos ex jesuitas que escriben libelos. Afortunadamente, Majestad,
no conocéis esa clase de bichos, expulsada de vuestros estados y de los de la
emperatriz de Rusia, del rey de Suecia y del rey de Dinamarca. Los ex jesuitas
Paulian y Nonote, que como yo cultivan las bellas artes, no cesan de
perseguirme. Me aplastan con el peso de su fama y de su genio, más pesado
todavía. Me considero perdido si vuestra majestad no se digna defenderme de
ellos.
ASAMBLEA. Vocablo de sentido general que se aplica a lo
profano, lo sagrado y lo político. Significa simplemente reunión de muchas
personas. Esa voz evita todas las disputas sobre las palabras y las
significaciones injuriosas con que los hombres suelen designar las sociedades a
las que no pertenecen.
La asamblea legal de los atenienses se llamó Ecclesia (Iglesia).
Consagrada esa palabra entre nosotros exclusivamente a la congregación de los
católicos en un mismo lugar, desde luego no dimos nunca el nombre de Iglesia a
la asamblea de los protestantes, que se llamó al principio reunión de
hugonotes. Pero la civilización desterró luego esa expresión odiosa y se sirvió
de la voz asamblea. En Inglaterra, la Iglesia dominante llama asambleas,
meeting, a las iglesias de los no conformistas.
La palabra asamblea parece ser la más apropiada para aplicar a la
reunión numerosa de personas invitadas a perder el tiempo en una casa en la que
los dueños les hacen los honores y en donde se charla, se juega se cena o se
baila. Si sólo se reúnen escaso número de personas no se llama asamblea, porque
es una reunión de amigos y nunca es numerosa.
ASESINO, ASESINATO. Voz
corrompida tomada de la palabra ehissessin. Sucede muchas veces a quienes
visitan un país lejano, que entienden mal repiten mal y escriben mal en su
idioma lo que mal comprendieron en lengua extranjera, y luego engañan a sus
compatriotas y se engañan a sí mismos. El error se transmite de boca en boca y
de pluma en pluma, y pasan a veces siglos para destruirlo.
Existía en la época de las cruzadas un desventurado burgo de montañeses
que habitaban en cuevas cerca del camino de Damasco. Eran bandidos y elegían un
jefe, al que llamaban Chek Elchassissin. Se cree que la voz honorífica chok o
chek significaba antiguamente anciano, igual que entre nosotros el señor
proviene de senior, que significaba anciano, y la palabra graf significa viejo
en Alemania. En la más remota Antigüedad, el mando civil se concedía a los
ancianos en casi todos los pueblos. Más tarde esta jefatura se convirtió en
hereditaria.
Los cruzados denominaron al anciano jefe de los montañeses árabes el
viejo de la montaña y creyeron que era un gran príncipe, porque ordenó que
robaran y mataran en el camino real al conde de Montferrat y otros caballeros
que iban con los cruzados, y éstos llamaron a esos pueblos los asesinos y a su
jefe el rey del vasto país de los asesinos. Ese vasto país tiene cinco o seis
leguas de longitud y dos de anchura por la parte del Anti Líbano, país horrible
y peñascoso, casi como Palestina, pero cortado por agradables praderas que
sirven de pasto a muchos rebaños, como atestiguan los que han hecho el viaje de
Alepo a Damasco.
El chek, esto es, el anciano de esos asesinos, tenía que ser un jefe de
bandidos porque entonces reinaba en Damasco un sultán muy poderoso.
Los novelistas de aquella época, tan fantásticos como los cruzados
supusieron que el referido jefe de asesinos, temiendo que el rey Luis IX de
Francia (que nunca oyeron nombrar) se pusiera en 1236 a la cabeza de una de las
cruzadas y le privara del territorio que dominaba, envió dos emisarios a París
para que asesinaran al rey. Pero al día siguiente supo que el rey francés era
bueno y generoso y envió otros dos emisarios con la contraorden de que no le
asesinaran. Los envió por mar a unos y a otros, porque los dos emisarios que
iban a matar a Luis y los otros dos que iban a salvarle la vida, sólo podían
realizar ese viaje embarcándose en Joppe, entonces en poder de los cruzados,
circunstancia que aumenta lo inverosímil de ese proyecto. No obstante, varios autores,
uno tras otro refieren detalladamente esa aventura a pesar de que Joinville,
que fue contemporáneo y estuvo en aquellos lugares, no habla de ella.
Los jesuitas Maiburg, Daniel y otros, y Mezerai, que no era jesuita,
copian ese absurdo. El abate Velly, en Historia de Francia, lo repite sin
discutirlo ni examinarlo, dando crédito a las palabras de Guillermo de Nangis,
que refirió este hecho sesenta años después de sucedido, en una época en que se
compilaban para la historia todos los rumores públicos. Si sólo se escribieran
los sucesos verdaderos y útiles los voluminosos libros de historia quedarían
reducidos a muy pocas páginas.
Durante seiscientos años se está negando la veracidad del cuento del
viejo de la montaña, que embriagaba con voluptuosidades a los jóvenes que
seguían su partido, haciéndoles creer que moraban en el paraíso y luego los
enviaba a asesinar para hacerles acreedores al paraíso eterno.
Siendo el asesinato, después del envenenamiento, el crimen más cobarde y
que merece mayor castigo, no debe extrañarnos que en nuestros días exista un
hombre que lo apruebe, un hombre cuya razón extraviada no está siempre de
acuerdo con la razón de los demás hombres (1). Finge, en una novela que titula
Emilio, que educa a un joven gentilhombre, al que preserva de la formación que
se recibe en la escuela militar. Esto es, de enseñarle idiomas, geometría,
táctica, fortificaciones y la historia del país; se abstiene de inspirarle amor
al rey y a la patria; se limita a convertir al joven en carpintero, y pretende
que el gentilhombre carpintero, si le insultan públicamente o le dan una
bofetada, en vez de devolver el insulto y la bofetada y batirse con el insultador,
lo asesine prudentemente. Cierto que Moliere, bromeando dice en su comedia El
amor pintor que asesinar es lo más seguro, pero el autor de la novela afirma
que es lo más razonable y digno. Lo dice seriamente, y entre el sinfín de
paradojas que se encuentran en sus libros esa es una de las tres o cuatro que
es el primero y último en sostener. E; mismo espíritu delicado y decente que le
obliga a recomendar que el preceptor debe acompañar con frecuencia a su
discípulo a los sitios de prostitución, le hace sostener que ese discípulo debe
ser un asesino. De modo que la educación que Juan Jacobo Rousseau da a un
gentilhombre consiste en enseñarle a manejar el cuchillo y hacerle digno de la
cárcel y de la horca.
(1) Voltaire es injusto hacia Juan Jacobo Rousseau. Aparte de que es
incierto que el autor de Emilio se propone educar a un pequeño gentilhombre,
puesto que en el libro V de dicha obra dice taxativamente «Yo, que no tengo el
honor de educar a un gentilhombre, me guardaré bien de imitar a Locke», en la
concepción de Emilio si bien hay ambigüedades y extravagancias que
desconciertan, junto a hondas cavilaciones y grandes verdades, hay también un
elevado principio moral cuando dice «las etapas de la educación y de la moral
son éstas: en la base, la naturaleza; en la cúspide, la virtud, y continúa la
preocupación por la felicidad». La profunda antinomia de estos dos hombres
comienza en 1775 con Poema de los desastres de Lisboa, de Voltaire que
contradice el «todo es para bien en el mejor de los mundos posibles», de Pope,
y ataca a la Providencia y a la Iglesia. Los protestantes se consideraron tan
ultrajados como los curas, y un pastor de Ginebra pidió a Rousseau que
redactara un texto refutando las ideas impías de Voltaire. Juan Jacobo acepta y
escribe Carta sobre la Providencia, en la que se desencadena contra Voltaire:
«Voltaire, aunque parece creer en Dios, nunca ha creído más que en el Diablo,
puesto que su Dios no es más que un malhechor que, según él, sólo disfruta
haciendo daño». Le echa en cara, además, que es rico y no tiene derecho a
quejarse. La ruptura definitiva de los dos grandes hombres se produce en 1760,
esto es antes de la redacción de este artículo. (Nota del T.)
Dudamos que los padres de familia se avengan a dar a sus hijos
preceptores semejantes. Forman verdadera antítesis las máximas que postula
Emilio con las que propugna Mentor en Telémaco, pero es preciso confesar que el
siglo XVIII es enteramente distinto del siglo de Luis XIV.
Afortunadamente, los lectores de este Diccionario no encontrarán
insensateces ni extravagancias; hallarán con frecuencia una filosofía que quizá
parezca atrevida, pero no esa charlatanería atroz y extravagante que dos o tres
locos llaman filosofía y dos o tres damas elocuencia.
ASFALTITE (lago de Sodoma). Palabra caldea que significa una especie de betún que abunda en los
países que riega el Éufrates. Los climas europeos también lo producen, pero de
mala calidad. También se recoge en grandes cantidades en Suiza. Con él
quisieron llenar dos torres que se yerguen a los lados de una de las puertas de
Ginebra. Sólo duró un año. La mina quedó abandonada, pero pueden cubrirse los
fondos de los tazones de las fuentes mezclando ese betún con polvos de resina,
y quizá llegue el día en que sea más útil. El verdadero asfaltite se recogía en
los alrededores de Babilonia y se supone que tiene algo que ver el fuego
griego.
Existen muchos lagos llenos de asfaltite o de un betún parecido, así
como hay otros impregnados de nitro. De esta clase existe un gran lago en el
desierto de Egipto, que se extiende desde el lago Medis hasta la entrada del
Delta, y que se llama el lago de Nitro.
El lago Asfaltite, conocido también como el lago de Sodoma, fue famoso
por su betún, pero en la actualidad los turcos no lo emplean, bien porque la
mina que está debajo del agua haya disminuido, bien porque salga de peor
calidad o sea difícil extraerlo del fondo del agua. Algunas veces se desprenden
partículas aceitosas y hasta pedazos que sobrenadan. Los recogen, hacen con
ellos una mezcla y los venden como bálsamo en la Meca. La Naturaleza no espera
que le apliquen ningún bálsamo para suministrar al cuerpo la sangre y la linfa
que necesita, ni para formar una nueva carne que sustituya a la que las llagas
hacen perder. Los bálsamos de la Meca, de Judea y del Perú sólo sirven para
impedir la acción del aire y tapar la herida, no para curarla; el aceite no hace
nacer la piel.
Flavio Josefo dice que en su época, en el lago de Sodoma, no se criaban
peces, y que el agua era tan ligera que los cuerpos más pesados no se iban al
fondo. Sin duda, en vez de ligera quiso decir densa pero no lo experimentó.
Después de todo, podía suceder que el agua estancada impregnada de sales y
materias compactas, pesando más que un cuerpo de semejante volumen, como el de
un animal o un hombre, le obligara a sobrenadar. La equivocación de Josefo
consiste en dar una razón falsa de un fenómeno que pudo ser verdadero.
Es creíble también que en dicho lago no hubiera peces. El asfalto no es
sustancia apta para alimentarlos, pero es verosímil que en ese lago no todo
fuera asfalto. Tiene unas veinticuatro leguas de longitud, y al recibir en su
lecho las aguas del Jordán pudiera recibir también los peces de ese río. Pero
tal vez tampoco los tiene el Jordán, y por lo mismo no pueda suministrarlos.
Quizá sólo se encuentren peces en el lago superior de Tiberíades.
Añade Josefo que los árboles que crecen a orillas del mar Muerto
producen frutos de muy buen aspecto, pero que se convierten en polvo al
morderlos. Esto ya no me parece tan probable y nos da motivo para suponer que
Josefo no lo sabe por experiencia, y que da esta noticia exagerándola, como
hace en todo. Por regla general, los terrenos sulfurosos y salados, como los de
Nápoles, Catania y Sodoma producen fruta de hermosa vista y buen sabor.
La Biblia nos dice que el fuego del cielo destruyó cinco ciudades. En
esta ocasión el Antiguo Testamento afirma lo mismo que la física, aunque no lo
necesitamos para eso ni tampoco todos los comentaristas están de acuerdo. Se
han conocido varios terremotos en los que cayeron muchos rayos y destruyeron
ciudades más importantes que Sodoma y Gomorra.
El río Jordán, teniendo necesariamente su desembocadura en ese lago sin
salida, en ese mar muerto, semejante al mar Caspio, debe haber existido siempre
en el mismo sitio; luego, esas cinco ciudades nunca pudieron ocupar el terreno
que ocupa el lago de Sodoma. La Sagrada Escritura no dice tampoco que ese
terreno se convirtiera en lago, sino todo lo contra río: «Jehová hizo llover
desde el cielo azufre y fuego…, y subió Abrahán por la mañana al lugar donde
había estado delante de Jehová; y miró Sodoma y Gomorra y hacia toda la tierra
de aquella llanura, y he aquí que el humo subía de la tierra como el humo de un
horno» (Génesis, 19‑24, 27, 28).
Luego, las ciudades de Sodoma Gomorra, Seboán, Agama y Segor debían
estar situadas en la playa del mar Muerto. Ahora bien, cualquiera objetará que
es imposible que en aquel desierto inhabitable, en el que sólo se encuentran
algunas hordas de ladrones árabes, existieran cinco ciudades opulentas inmersas
en las delicias del vicio y en los placeres infames que constituyen el último
refinamiento de la lubricidad, lo que sólo es propio de naciones ricas y
decadentes. Pero a esa objeción puede contestarse que aquel terreno no era por
aquel entonces un desierto.
Otros críticos pueden hacer esta otra objeción: ¿Cómo es posible que
pudieran existir cinco ciudades en las orillas de un lago cuya agua no era
potable? La Sagrada Escritura dice que ese lago contenía asfalto antes del
incendio de Sodoma. «Había allí muchos pozos de betún en los valles, y los
reyes de Sodoma y de Gomorra, huyendo, cayeron en ellos.»
Otra objeción que presentan los críticos es que Isaías y Jeremías dicen
que Sodoma y Gomorra nunca serán reedificadas, Esteban el geógrafo dice que
Sodoma y Gomorra estaban situadas en las riberas del mar Muerto, y en la
Historia de los Concilios consta que había obispos de Sodoma y de Segor. A esta
objeción puede contestarse que Dios haría nacer, cuando se reedificaran dichas
ciudades, habitantes menos culpables, porque entonces no había en ellas obispos
in partibus.
Pero, ¿qué agua beberían los nuevos habitantes, si en dichas ciudades el
agua de los pozos es salobre y cuando se cava la tierra aparece asfalto y sal
corrosiva? A esta objeción puede contestarse que en la actualidad aún hay
árabes en aquellos terrenos que, sin duda, han podido acostumbrarse a beber
agua nociva; que Sodoma y Gomorra durante el bajo imperio sólo eran miserables
cabañas, y que entonces había pocos obispos cuyas diócesis se reducían a una
pobre aldea. Y se puede añadir, además, que los colonos de esas aldeas
preparaban el asfalto y hacían con él un comercio productivo. El desierto árido
y ardiente que se extiende desde Segor hasta el territorio de Jerusalén produce
bálsamo y aromas, por la misma razón que produce nafta, sal corrosiva y azufre.
Dícese que en ese desierto se forman petrificaciones con sorprendente rapidez,
lo que hace verosímil, según opinión de algunos físicos, la petrificación de
Edit, esposa de Lot.
Pero el Génesis, capítulo 19, versículo 26, dice que dicha mujer «miró
atrás y se volvió estatua de sal», y eso no fue una petrificación natural que
operó el asfalto o la sal, sino un verdadero milagro. Flavio Josefo, en el
libro primero de las Antigüedades, dice que ha visto esa estatua, y san Justino
y san Ireneo se ocupan de ella como de un prodigio que subsistía en su época.
Esos testimonios se consideran como leyendas ridículas.
Sin embargo, es probable que algunos judíos se divirtieran esculpiendo
en un bloque de asfalto una figura tosca de mujer y dijeran por mofa que era la
mujer de Lot. Yo he visto palanganas de asfalto muy bien hechas y de larga
duración, pero es preciso confesar que san Ireneo se excede cuando dice: «La
mujer de Lot permaneció en el territorio de Sodoma, no en carne corruptible,
sino en estatua de sal permanente produciendo sus partes naturales sus efectos
ordinarios». Uxor remansit in Sodomis, jam non caro corruptibilis, sed statua
salis semper manens, et per naturales ea quae sunt consuetudinis hominis
ostendens (Libro IV, cap. II). San Ireneo no se expresa con la exactitud de un
buen naturalista al decir que la mujer de Lot no era de carne corruptible y tenía
la menstruación.
En el Poema de Sodoma, atribuido a Tertuliano, también se dice lo mismo
más enérgicamente:
Dicitur, et vivens alio sub corpore, sexus
Mirifice solito dispungere sanguine menses;
cuyos versos, traducidos muy libremente, significan: «La mujer de Lot,
aunque se volvió estatua de sal, sigue siendo mujer y menstrúa».
El país de los aromas fue también el país de las leyendas. En las tribus
de la Arabia pétrea y en sus desiertos, los antiguos mitologistas suponen que
Mirra, nieta de una estatua, huyó de su patria después de haber cohabitado con
su padre, como las hijas de Lot cohabitaron con el suyo, que se metamorfoseó en
el árbol que produce la mirra. Otros mitologistas aseguran que huyó a la Arabia
feliz, pero tan sostenible es una opinión como otra.
Lo cierto es que ningún viajero europeo se ha dedicado todavía a
estudiar el terreno de Sodoma, su asfalto, su sal, sus árboles y sus frutos; ni
a pesar el agua del lago, ni analizarla, averiguar si las materias más pesadas
que el agua ordinaria del lago sobrenadan, ni hacer una descripción exacta de
la historia natural de aquel país. Los peregrinos que van a Jerusalén no se
ocupan de estas investigaciones; ese desierto está infestado de árabes nómadas
que lo recorren hasta Damasco, refugiándose después en las cuevas de las
montañas que el bajá de Damasco no puede dominar. A esto se debe que los
curiosos no puedan enterarse de ninguna de las singularidades del lago
Asfaltite. Es cosa que amohína a los estudiosos ver que entre tantos sodomitas
como hay en Europa, no encuentren uno que pueda aportarles datos exactos de su
antigua capital.
ASMODEO. Cualquier hombre que conozca la Antigüedad
sabe que los hebreos, hasta el tiempo de su cautividad, no conocieron los
ángeles, y que se los dieron a conocer los persas y caldeos. En su cautiverio,
según cuenta dom Calmet, supieron que había siete ángeles principales ante el
trono del Señor y también conocieron los nombres de los diablos. El demonio que
nosotros llamamos Asmodeo, se llamó antiguamente Hashmodai o Chammadai. «Se
sabe —dice Calmet— que había diablos de varias categorías; unos eran príncipes
y señores, y otros subalternos y vasallos.»
Para que Hashmodai tuviera suficiente poder para estrangular a siete
jóvenes que se casaron sucesivamente con la hermosa Sara, natural de Rages,
distante quince leguas de Ecbatana, era preciso que los medos fueran siete
veces más maniqueos que los persas. Un príncipe bondadoso proporciona marido a
dicha joven, y Hashmodai, que era rey de los diablos, desbarata siete veces el
casamiento que proporciona a la mencionada un príncipe bondadoso.
Siendo Sara hija de un judío y, por lo tanto, judía cautiva de Ecbatana,
¿cómo un demonio medo pudo tener tanto poder sobre los hebreos? Ello induce a
creer que Asmodeo‑Chammadai era también hebreo, y que fue la antigua serpiente
que tentó a Eva y amó furiosamente a las mujeres, a las que tan pronto engañaba
como mataba a sus maridos por exceso de amor y celos.
En efecto, el libro de Tobías, en la traducción griega, dice que Asmodeo
estaba enamorado de Sara. Los sabios de la Antigüedad creían, en general, que
los genios buenos o malos tenían gran afición a las hijas de los hombres y las
hadas a los mozos hijos de los mortales. La misma Sagrada Escritura, poniéndose
a la altura de nuestra debilidad y dignándose adoptar el lenguaje llano, dice
que «los hijos de Dios, encontrando hermosas a las hijas de los hombres
eligieron esposa entre ellas».
Pero el ángel Rafael, que guiaba al joven Tobías, da otra razón más
digna de su ministerio y que podía ilustrar mejor al mozo a quien servía de
lazarillo, diciéndole que los siete maridos de Sara fueron víctimas de la
crueldad de Asmodeo porque la desposaron únicamente para gozarla, y añade: «Es
preciso que el esposo guarde continencia con la esposa durante tres días y que
juntos recen a Dios».
Diríase que con semejante instrucción no hace falta otro remedio para
que Asmodeo huya. Sin embargo, Rafael añade que es necesario, además, asar el
corazón de un pescado con fuego de carbón. ¿Por qué, pues, no se empleó más
tarde ese remedio infalible para sacar el diablo del cuerpo de las jóvenes?
¿Por qué los apóstoles, enviados expresamente para expulsar a los demonios, no
pusieron nunca sobre la parrilla el corazón de ningún pescado? ¿Por qué no se
recurrió a ese medio en los asuntos de Marta Brossier, de las monjas de Loudun,
de las amantes del cura Urbano Grandier, de la Cadiere, y del hermano Girard y
de otras poseídas, en las épocas en que hubo tanta mujer poseída por el
demonio?
Los griegos y romanos, que conocieron tantos filtros de amor, y poseían
también algunos para curar el amor, para esos casos empleaban hierbas y raíces.
Recomendamos el agnus castus, que llegó a ser famoso y los modernos hicieron
tomar a monjas jóvenes y les produjo efecto. Hace muchos siglos, Apolo se
quejaba a Dafne de que a pesar de ser médico no podía encontrar ningún
medicamento que curara el amor. También empleaban, para conseguir ese
resultado, el humo de azufre, pero Ovidio, que era maestro en esa materia,
declara que la receta es inútil.
Al parecer, fue más eficaz para expulsar a Asmodeo el humo del corazón o
del hígado de un pescado asado. El reverendo padre Calmet se inquieta porque no
acierta a comprender que semejante fumigación actúe sobre un puro espíritu,
pero puede estar tranquilo si recuerda que los antiguos dotaron de cuerpo a los
ángeles y a los demonios. Es cierto que sus cuerpos eran tan sutiles y ligeros
como las pequeñas partículas que se desprenden de un pescado asado, y se
parecían al humo que éste hace salir del fuego y obraba sobre ellos por
simpatía.
Con este procedimiento no sólo se consiguió hacer huir a Asmodeo sino
también que el ángel Gabriel le encadenara en el alto Egipto, donde está
todavía. Vive en una cueva, cerca de la ciudad de Saata o de Taata. Pablo Lucas
lo vio y nos habla de él. Es una serpiente que cortan en pedazos, pedazos que
vuelven a unirse en seguida y luego desaparece. Calmetcita el testimonio de
Pablo Lucas y yo quiero hacerlo también. La teoría de Pablo Lucas podría
añadirse a la de los vampiros, en la primera compilación que el abate Guyon
imprima.
ASNO. Completaremos el artículo Asno que publicó la
Enciclopedia haciendo referencia al asno de Luciano, que llegó a ser de oro en
manos de Apuleyo. Lo más divertido de tal relato es lo referente a Luciano. Lo
jocoso consiste en que una dama se enamoró de ese hombre cuando era asno y no
lo quiso cuando se transformó en hombre. Metamorfosis de esa índole son
normales en la Antigüedad. El asno de Sileno hablaba y los sabios creyeron que
lo hacía en árabe; probablemente sería un hombre que el poder de Baco convertiría
en asno, porque Baco era árabe.
Virgilio hablaba de la metamorfosis de Moeris en lobo como si fuera una
cosa común y corriente «Moeris, convertido en lobo, se ocultó en los bosques.»
¿Derivaba la idea de las metamorfosis de las antiguas leyendas de
Egipto, que propalaron que los dioses se convirtieron en animales durante la
guerra contra los gigantes? Los griegos, que imitaron y estudiaron
detenidamente las leyendas orientales, metamorfosearon a casi todos sus dioses
en hombres o bestias para que realizaran mejor sus designios amorosos. Y si
convertían a sus dioses en toros, caballos, cisnes o águilas, ¿por qué no
habían de hacer lo mismo con los hombres?
Varios comentaristas, olvidándose del respeto que merecen las Sagradas
Escrituras, citan el ejemplo de Nabucodonosor, que se convirtió en buey, pero
eso es un milagro, una venganza divina, un hecho contrario a las leyes de la
Naturaleza, en el que no deben fijarse nuestros ojos profanos ni ha de ser
objeto de nuestras investigaciones.
Otros sabios, quizá más puntillosos, pretenden sacar partido de un hecho
que refiere el Evangelio de la Infancia de Jesús. Una muchacha, al entrar en la
estancia de algunas mujeres, vio un mulo cubierto con una mantilla de seda.
Dichas mujeres lo besaban y, llorando, le presentaban la comida. El mulo era
hermano de aquellas mujeres. Privado de la figura de hombre por los magos, el
Señor de la Naturaleza se la restituyó pronto.
Aunque dicho evangelio es apócrifo, el respeto que causa el nombre que
lleva nos impide dar más detalles del episodio, que sólo hemos copiado para
demostrar que las metamorfosis estuvieron de moda en aquellos tiempos en casi
todo el mundo. Indudablemente, los cristianos que escribieron el referido
evangelio eran hombres de buena fe que no trataron de escribir una novela, sino
referir sencillamente lo que habían oído. La Iglesia, que rechazó ese evangelio
y cuarenta y nueve más, no acusa a sus autores de impiedad ni de falsedad. Esos
autores hablaban al vulgo imbuidos de las preocupaciones de su época. China fue
quizá la única nación que quedó exenta de tales supersticiones.
La aventura de los compañeros de Ulises, que la ninfa Circe convirtió en
bestias, es más antigua que la doctrina de la metempsicosis que Pitágoras
anunció en Grecia y en Italia.
¿En qué se fundan los que defienden que no existe ningún error universal
que no provenga del abuso de alguna verdad? Dicen que hay charlatanes porque
hubo verdaderos médicos, y se creen los falsos prodigios porque han existido
prodigios verdaderos. Pero, ¿tenemos testimonios indudables de que algunos
hombres se hayan convertido en lobos, bueyes caballos o asnos? Ese error
universal tuvo por origen la atracción de lo maravilloso y la inclinación
humana hacia las supersticiones.
Basta una opinión errónea para llenar de fábulas el universo. Un médico
hindú experimentó que los animales están dotados de sentimientos y memoria, de
lo que dedujo que tenían alma porque los hombres también la tienen.
Después de la muerte, ¿dónde van las almas de los hombres y los
animales? Como es preciso que vayan a alguna parte, se alojan en el primer
cuerpo que se está formando; de modo que el alma de un brahmán va a morar al
cuerpo de un elefante, y el alma de un asno ocupa el cuerpo de un brahmán
recién nacido. Tal es la doctrina de la metempsicosis, fundada sobre un simple
raciocinio.
Pero esta no es la doctrina de las metamorfosis. En éstas no existe el
alma, que se queda sin morada y va en busca de alojamiento; es un cuerpo que se
transforma en otro cuerpo, cuya alma vive siempre en la misma morada. En la
naturaleza no tenemos ningún ejemplo de semejante juego de cubiletes.
Averigüemos, pues, cuál puede ser el origen de opinión tan extravagante y
generalmente admitida.
¿Habrá sucedido tal vez que un padre, al reprender a su hijo por
ignorante y disoluto, le dijera «Eres un asno», le castigara poniéndole una
cabeza de asno, y al verlo así alguna criada creyera que el joven se había
convertido en asno en castigo de sus faltas? La criada lo referiría a sus
vecinas, éstas a otras, y pasando de boca en boca, el relato daría la vuelta al
mundo. Quizá las metamorfosis hayan nacido de un equívoco, y aquí viene a
colación repetir lo que dice Boileau: «El equívoco fue la madre de casi todas
nuestras tonterías». Añadir a todo ello el poder irresistible que tenía la
magia en los pueblos antiguos, y no nos asombrará lo que hicieron en ésta y
otras materias.
Dícese que en Mesopotamia los asnos eran guerreros, y que al califa
Mervan le dieron el sobrenombre de Asno por ser muy valiente. El patriarca
Focio, en el extracto de la vida de san Isidoro, refiere que Ammonio tenía un
asno que conocía la poesía y dejaba el pesebre cuando oía versos. La leyenda
del rey Midas vale más que la historieta de Focio.
Del asno de oro de Maquiavelo. Es poco conocido el asno de Maquiavelo. Los diccionarios dicen que esta
obra la escribió en su juventud, pero parece redactada en la edad madura porque
el autor alude a las desgracias que sufrió muchos años antes. El libro es una
sátira escrita contra sus contemporáneos. Maquiavelo nombra a muchos
florentinos, de los cuales uno está convertido en gato, otro en dragón, éste en
perro que ladra a la luna y aquél en zorro que no se deja atrapar. A cada
carácter aplica el nombre de un animal. El partido de los Médicis y el de sus
enemigos también se hallan representados en la obra, y quien consiguiera
descifrar el apocalipsis cómico de Maquiavelo conocería la historia secreta del
papa León X y la de las perturbaciones de Florencia. El poema está henchido de
moral y de filosofía, y termina con estas magníficas reflexiones de un cerdo
que, poco más o menos, dice del hombre: «Sois animales de dos pies que nacéis
desnudos, sin armas, sin garras, sin plumas y sin lanas y dotados de una piel
muy delicada; lloráis al nacer y lloráis con razón porque prevéis que vuestras
desgracias os harán derramar lágrimas. Los loros y vosotros habéis recibido el
don de la palabra. Natura os concedió manos muy hábiles, pero, ¿os dio también
almas virtuosas? ¿Qué hombre puede igualarse a los animales? El hombre es más
salvaje, más vil y más perverso que nosotros; cobarde o valiente, se entrega al
crimen y siempre sufre miedo o rabia. Tiemblan los hombres ante la muerte y se
degüellan unos a otros; un cerdo jamás comete a otro tan villanas injusticias.
La pocilga es para nosotros el templo de la paz. Dios me preserve toda la vida
de convertirme en hombre y tener sus vicios».
De estas reflexiones originales debió extraer Boileau la sátira que
escribió sobre el hombre, y La Fontaine su fábula sobre los compañeros de
Ulises, si es que por casualidad La Fontaine y Boileau tuvieron noticia del
asno de Maquiavelo.
Del asno de Verona. El escritor
debe decir la verdad y no engañar a los lectores. Digo esto porque ignoro si el
asno de Verona subsiste todavía en todo su esplendor, porque no lo he visto.
Pero los viajeros que lo vieron hace cuarenta años convienen en que sus
reliquias aún estaban encerradas en el vientre de un asno artificial,
construido expresamente para ello; también aseguran que lo vigilaban cuarenta
monjes del convento de Nuestra Señora de los Órganos de Verona y que lo sacaban
en procesión dos veces al año. Constituía una de las reliquias más antiguas de
la ciudad. La tradición refiere que ese asno llevó sobre sus lomos a Nuestro
Señor cuando entró en Jerusalén, y no queriendo vivir en esa ciudad se fue por
el mar, que se endureció tanto como sus cascos, y pasó por Chipre, Rodas,
Candía, Malta y Sicilia, deteniéndose en Aquilea. Pero, por último, se afincó
en Verona, en cuya ciudad vivió muchos años.
El origen de esta fábula es que la mayoría de los asnos tienen una
especie de cruz negra en el espinazo. Indudablemente, apareció algún asno viejo
en las cercanías de Verona, el público advirtió la cruz mejor hecha que en sus
demás congéneres, y no faltaría alguna vieja beata que dijera que sirvió a
Jesús de montura cuando entró en Jerusalén. A la muerte del asno le dedicarían
magníficos funerales y la fiesta quedó establecida en Verona. Luego se celebró
en otros países, sobre todo en Francia, y se representaba de este modo. Una
doncella representaba a la Santa Virgen que marchaba hacia Egipto montada sobre
un asno, llevando un niño en brazos, y al frente de una procesión. El
sacerdote, al finalizar la misa, en vez de decir: Ite, misa est rebuznaba tres
veces con toda la fuerza de sus pulmones y el pueblo, a coro, le respondía.
Se han escrito tantos libros sobre la fiesta del asno y la fiesta de los
locos que pueden aportar material para escribir la historia universal del
género humano.
ASTROLOGÍA. La astrología se apoya en más sólidos
cimientos que la magia, porque si nadie ha visto nunca duendes, larvas, divas,
peris ni diablos, en cambio hemos visto muchas veces cumplirse las predicciones
de los astrólogos. Cuando los astrólogos consultados tienen que emitir su
juicio sobre la vida de un niño o la predicción del tiempo y uno de ellos
anuncia lluvia y el otro buen tiempo, es indudable que uno de los dos es
profeta.
La desgracia que han tenido los astrólogos es que el cielo ha cambiado
después de establecerse las reglas de la astrología. El sol, que en el
equinoccio estaba en el signo de Aries en la época de los argonautas se
encuentra actualmente en el signo de Tauro, y los astrólogos, por desventura de
su arte, atribuyen hoy a una morada del sol lo que visiblemente pertenece a
otra. No obstante, esto no es una razón apodíctica contra la astrología; prueba
simplemente que los maestros del arte se equivocan, pero no demuestra que el
arte no pueda existir.
No es un absurdo decir: el niño que nazca en el creciente de la luna
durante una estación tempestuosa, o al salir tal o cual estrella será de
constitución endeble y raquítica y su vida será corta, porque esto es lo que
sucede a los temperamentos muy delicados. Tampoco es un absurdo afirmar lo
contrario, o sea que el niño que nazca cuando la luna esté en su lleno, o el
sol en toda su fuerza y en tiempo sereno, será de constitución fuerte y gozará
de vida larga y feliz.
Si estas observaciones se hubieran repetido muchas veces y se hubiesen
encontrado del todo exactas, la experiencia, al cabo de unos miles de siglos,
hubiera podido formar un arte del que no cabría dudar. Creeríamos, con grandes
probabilidades de acierto, que los hombres eran como los árboles y las
legumbres, que se deben plantar y sembrar en determinadas estaciones. Hubiera
sido inútil contradecir a los astrólogos diciéndoles: «Mi hijo nació con
excelente complexión y, sin embargo, ha muerto en la cuna». El astrólogo
hubiera contestado: «Muchas veces sucede que se mueren árboles plantados en la
estación oportuna. Respondo de los astros pero no puedo responder del vicio de
conformación que podáis haber transmitido a vuestro hijo; la astrología sólo
obra cuando no hay causa que se oponga al bien que los astros pueden
proporcionar».
Tampoco se puede desacreditar la astrología diciendo: «De dos niños que
nacieron el mismo minuto, uno fue rey y el otro fue fabriquero de su
parroquia», porque podrían contestar que éste hizo su suerte siendo fabriquero,
y el otro también llegando a ser rey. Y si se objetara que el bandido que Sixto
V mandó ahorcar nació al mismo tiempo que ese papa, que de porquerizo llegó a
pontífice, los astrólogos replicarían que los dos niños habían nacido con la
diferencia de unos segundos, porque es imposible, según las reglas de la
astrología, que la misma estrella conceda la tiara y la horca. Y como múltiples
experiencias han desmentido las predicciones, al fin han comprendido los
hombres que este arte es ilusorio pero antes de desengañarse fueron crédulos
mucho tiempo.
Uno de los más famosos matemáticos de Europa, Stoffler, que descolló a
fines del siglo xv y comienzos del XVI, y trabajó muchos años en la reforma del
calendario propuesta en el Concilio de Constanza, predijo que se produciría un
diluvio universal en 1524. Este diluvio debía llegar en el mes de febrero,
cálculo probable, porque Saturno, Júpiter y Marte, se encuentran entonces en
conjunción en el signo de Piscis. Todos los pueblos de Europa, Asia y Africa
que se enteraron de esa predicción quedaron consternados esperando el diluvio,
a pesar de ver el arco iris. Algunos autores contemporáneos refieren que los
habitantes de las provincias marítimas de Alemania se apresuraron a vender las
tierras que poseían baratísimas, a los que tenían más dinero que ellos y menos
credulidad. Gran número de habitantes de esas provincias compraron una
embarcación para que les sirviera de arca. Un médico de Tolosa, apellidado
Auriol mandó construir una gran arca para él, su familia y sus amigos, y se
tomaron iguales precauciones en buena parte de Italia. Pero llegó el mes de
febrero y no cayó una gota de agua. Nunca se vio un mes tan seco, y los
astrólogos quedaron en ridículo. No se desanimaron, sin embargo, y el público
siguió teniendo fe en ellos. Casi todos los príncipes continuaron
consultándoles. No tengo el honor de ser príncipe, y sin embargo el célebre
conde de Boulainvilliers y el italiano Colonna, que gozaban de gran fama en
París, me predijeron que moriría infaliblemente a la edad de treinta y dos
años. Pero he tenido la malicia de engañarles, hasta ahora, durante más de
treinta y les pido humildemente perdón.
No debe sorprendernos que tantos hombres, superiores al vulgo, tantos
príncipes y tantos papas, que no se hubieran dejado engañar si de sus intereses
se tratara, confiaran tan ridículamente en la astrología.
Eran orgullosos, pero ignorantes. Sólo a ellos las estrellas predecían
el destino; el resto de los mortales era pura canalla sobre los cuales los
astros no se dignaban influir. Se parecían a cierto príncipe que temblaba al
ver un cometa, y decía solemnemente a quienes no le temían: «Comprendo que
estéis tranquilos y no le temáis, no sois príncipes».
El famoso duque Walstein fue uno de los hombres más dados a esta manía.
Como era príncipe, creía a pie juntillas que el Zodíaco se formó para él
expresamente. No sitiaba una ciudad ni emprendía una batalla sin haber
celebrado consejo con el cielo, pero como el grande hombre era muy ignorante,
había nombrado jefe de su Consejo a un tunante italiano que se llamaba Juan
Bautista Seni, al que pagaba el sostenimiento de una carroza de seis caballos y
veinte mil libras de pensión. El italiano no pudo prever que Walstein sería
asesinado por orden de su soberano Fernando Il, ni que él tendría que regresar
a pie a Italia.
Es evidente que sólo pueden hacerse conjeturas sobre el porvenir, pero
éstas pueden ser tan probables que se aproximen mucho a la certidumbre. Si
vemos que una ballena se traga a un hombre, podemos apostar mil contra uno que
lo comerá, pero no podemos tener la misma seguridad, después de leer las
aventuras de Hércules, de Jonás y de Rolando el Loco de que permanecerá mucho
tiempo en el vientre de un pez.
Nunca se repetirá bastante que Alberto el Grande y el cardenal Ailly
hicieron el horóscopo de Jesucristo. Leyeron sin duda en los astros el número
de diablos que expulsaría de los cuerpos de los poseídos y la clase de muerte
de que moriría, pero por desgracia esos dos sabios astrólogos lo predijeron
siglos después de haber sucedido.
ATEÍSMO. De la comparación que se hace con frecuencia entre el ateísmo y
la idolatría. Nunca se refutará bastante la opinión que sostiene
el jesuita Richeome sobre los ateos y los idólatras, opinión mantenida
antiguamente por san Gregorio Nacianceno, san Cipriano, Tertuliano y santo
Tomás, y que Arnobe expuso con energía diciendo a los paganos: «¿No os
avergonzáis de censurar que despreciemos a vuestros dioses, cuando es más justo
no creer en ningún dios que imputarles acciones infames?». Esta opinión la manifestó
muchos años antes Plutarco, diciendo que prefería que le dijeran que no había
existido a que le creyeran inconstante, colérico y vengativo, opinión que
robusteció la dialéctica contundente de Bayle.
El fondo de esta controversia, suscitada por el jesuita Richeome y
sostenida por Bayle, es el siguiente:
«En la puerta de una casa había dos porteros que les preguntaron: “¿Se
puede hablar con vuestro señor?” “No está”, responde uno de ellos. “Sí está
—afirma el otro portero—, pero se halla muy ocupado fabricando moneda falsa,
falsos contratos, puñales y venenos para perder a los que han ejecutado sus
deseos”. El ateo se parece al primero de esos dos porteros, y el pagano, al
segundo. Es, pues, evidente que el pagano ofende más a la Divinidad que el
ateo».
Con el permiso del padre Richeome y de Bayle, les diremos que ése no es
precisamente el quid de la cuestión. Para que el primer portero se parezca a
los ateos no es preciso que diga «mi señor no está», sino «yo no tengo señor.
El que suponéis que lo es no existe y mi compañero es un tontaina, que os dice
que el señor se ocupa en hacer venenos y afilar puñales para asesinar a quienes
cumplen su voluntad. Semejante ser no existe en el mundo».
Richeome argumenta en falso, y Bayle se olvida en sus difusos discursos
del honor que hace a Richeome comentándole inoportunamente. Plutarco se expresa
mejor al preferir las gentes que digan que no ha existido a las que afirman que
es un hombre insociable. En efecto, nada le importa que nieguen su existencia,
pero sí le importa que desdoren su reputación. No está en el mismo caso el Ser
Supremo.
Ahora bien, Plutarco apenas se ocupa del verdadero objeto de la
cuestión. No se trata de averiguar quién ofende más al Ser Supremo, si el que
le niega o quien lo desfigura. No es imposible saber, excepto por la
revelación, si Dios se ofende de las charlatanerías que sobre El propalan los
hombres. Los filósofos, sin sospecharlo siquiera, caen con frecuencia en ideas
vulgares al suponer que Dios está celoso de su gloria, que es colérico y
vengativo, tomando estas figuras retóricas por ideas reales. Lo único que en
verdad interesa a todo el mundo es saber si vale más, para el bienestar de los
hombres, creer que existe un Dios justiciero que recompensa las buenas acciones
ocultas y castiga los crímenes secretos, o creer que no existe.
Bayle prodiga en sus escritos todas las infamias que la leyenda imputa a
los dioses paganos; sus adversarios le replican, citándole lugares comunes que
nada significan, y los partidarios de Bayle y sus enemigos pelean casi siempre
sin avenirse. Convienen unos y otros en que Júpiter es adúltero, Venus es
impúdica y Mercurio un rateruelo, pero me parece que no es esto de lo que
debían tratar, sino distinguir las Metamorfosis de Ovidio de la religión
antigua de los romanos. Sabido es que ni Roma, ni Grecia, dedicaron nunca
altares a Mercurio el rateruelo, a Venus la impúdica, ni a Júpiter el adúltero.
Al dios que los romanos llamaban Deus, optimus, maximus, jamás le
atribuyeron que incitase a Clodio a acostarse con la mujer de César, ni a César
a ser el Gitón (1) del rey Nicomedes. Cicerón no dice que Mercurio indujera a
Verres a robar a Sicilia, aunque en la leyenda Mercurio roba las vacas a Apolo.
En la verdadera religión pagana, Júpiter era bueno y justo, y los dioses
secundarios castigaban a los perjuros en los infiernos. Por esto los romanos,
durante muchos años, cumplían religiosamente sus juramentos, y su religión les
fue muy útil. No estaban obligados a creer en los dos huevos de seda, ni en la
metamorfosis de la hija de Inacus en vaca, ni en el amor de Apolo a Jacinto. No
se debe, pues, decir que la religión de Numa deshonraba la divinidad.
(1) Gitón, joven homosexual en el que personificó Petronio el pecado de
sodomía de la juventud romana.
A esta cuestión siguió otra: si podría subsistir un pueblo de ateos. En
esto debemos distinguir entre el pueblo propiamente dicho y una sociedad
compuesta de filósofos. Es indudable que en todas las naciones el pueblo
necesita un freno, y el propio Bayle, si hubiera tenido que gobernar a
quinientos o seiscientos individuos, les hubiera inculcado la existencia de un
Dios justiciero. Pero Bayle no hubiera hablado del mismo modo a los epicúreos,
que eran ricos, amantes de la paz, practicaban las virtudes sociales, sobre
todo la amistad, huían de los asuntos públicos y pasaban una vida inocente y
cómoda. Creo que con esto queda zanjada la cuestión por lo que toca a la
sociedad y a la política.
Respecto a pueblos enteramente salvajes ya queda dicho en la
Introducción al ensayo sobre las costumbres y el espíritu de las naciones, que
no pueden contarse ni entre los ateos ni entre los teístas. Preguntarles cuál
es su creencia sería lo mismo que preguntarles si seguían la doctrina de
Aristóteles o la de Demócrito: ni saben ni conocen nada. Ni son ateos, ni
peripatéticos. Pero se nos puede objetar que viven en sociedad y no creen en
Dios; luego se puede vivir en sociedad sin religión. A esta objeción contestaré
que los lobos también viven como ellos y no constituye una sociedad la reunión
de bárbaros antropófagos. Además, os preguntare: ¿cuando prestáis una cantidad
a algún miembro de la sociedad a que pertenecéis, quisierais que vuestro
deudor, vuestro procurador, vuestro notario y vuestro juez no creyera en Dios?
ATEO. Entre los cristianos hubo muchos ateos, pero
en la actualidad hay muchos menos. Esto, que a primera vista parece una
paradoja y si bien se mira se antojará una verdad, se debe a que la teología
condujo con mucha frecuencia a los espíritus al ateísmo y la filosofía los sacó
de él. En los tiempos primitivos podía perdonarse a los hombres que dudaran de
la, Divinidad, porque veían que los que la anunciaban disputaban unos con otros
respecto a la naturaleza de ésta. Los primeros padres de la Iglesia sostuvieron
que Dios era corporal; quienes les sucedieron, no le concedían extensión y, sin
embargo, le hacían morar en una parte del cielo; según unos, creó el mundo al
crear el tiempo, y según otros creó el tiempo después; éstos sostenían que su
Hijo era semejante a El y aquéllos que el Hijo no era semejante al padre.
Tampoco estaban de acuerdo acerca del modo cómo la tercera persona derivaba de
las otras dos. También disputaban si el Hijo, en el mundo, se componía o no de
dos personas.
De modo que, sin que ellos lo advirtieran, plantearon la cuestión en
estos términos: si había en la Divinidad cinco personas, contando dos en
Jesucristo en el mundo y tres en el cielo, o tres personas, considerando sólo a
Cristo como Dios. Discutían también sobre su madre, sobre el descendimiento al
infierno y al limbo, sobre la manera cómo se comía el cuerpo del hombre Dios,
cómo se bebía su sangre, sobre su gracia, sobre los santos y sobre otras muchas
materias.
Al ver tan en desacuerdo los confidentes de la Divinidad y
anatematizándose recíprocamente siglo tras siglo, pero de acuerdo todos ellos
en la desenfrenada ambición de riquezas y poder, al contemplar por otra parte
el cúmulo de desgracias y crímenes que infectaban la tierra, muchos de ellos,
provocados por las contiendas de los directores de almas, debemos confesar que
era lícito al hombre razonable dudar de la existencia de un Ser Supremo de tan
extraño carácter, y al hombre sensible creer que el Dios que espontáneamente
había creado antes tantos desgraciados no debía existir.
Supongamos, por ejemplo, que un físico del siglo XV lea en la Suma de
santo Tomás estas palabras: «La virtud del cielo, en lugar del esperma, es
suficiente con los elementos y la putrefacción para producir la generación de
los animales imperfectos». He aquí las deducciones que de ese pensamiento
hubiera sacado el físico: Si la podredumbre y los elementos bastan para
producir animales informes, es de suponer que con algo más de podredumbre y
poco más de calor podríamos obtener animales más completos. La virtud del cielo
en este caso no es más que la virtud de la naturaleza. Creeré, pues, como
Epicuro y santo Tomás, que los hombres pueden nacer del limo de la tierra y de
los rayos del sol, y todavía ese origen es demasiado noble para seres tan
desgraciados y perversos. ¿Porqué he de creer, pues, en un Dios creador que
sólo me presentan formulando ideas contradictorias e irritantes? Por fortuna
nació la física y con ella la filosofía, y entonces se supo a ciencia cierta
que el limo del Nilo no es capaz de producir un insecto, ni una espiga de
trigo, y hemos tenido que reconocer gérmenes, relaciones, medios y
correspondencia asombrosa sobre todos los seres. Hemos estudiado los rayos de
luz que parten del sol y van a iluminar esferas celestes y el anillo de Saturno
a trescientos millones de leguas de distancia, para llegar a la Tierra y formar
dos ángulos opuestos por el vértice en el ojo de un insecto reflejando la
naturaleza en su retina. Nació luego un filósofo que descubrió las sencillas y
sublimes leyes que rigen los cuerpos celestes girando en el abismo del espacio.
Por tanto, al conocer mejor la obra admirable del universo hemos reconocido al
Supremo arquitecto, y sus leyes uniformes y constantes nos han hecho reconocer
un Supremo legislador. La sana filosofía destruyó, pues el ateísmo, al que la
oscura teología daba armas.
A un reducido número de espíritus descontentadizos, a quienes afectan
más las supuestas injusticias de un Ser Supremo que halaga su sabiduría sólo
les quedó el recurso de obtinarse en negar la existencia de ese primer motor.
Argumentan que la naturaleza existe durante toda la eternidad y todo está en
movimiento en la naturaleza; por tanto, todo cambia en ella continuamente. Así,
si todo cambia siempre, es preciso que lleguen todas las combinaciones
posibles, y la combinación presente de todas las cosas pudo ser efecto
exclusivo del movimiento y del cambio eterno. Tomad seis dados, echadlos y
apostamos uno contra mil a que no sacaréis seis veces el mismo número en los
seis dados. De esa forma, en el transcurso de una infinidad de siglos, no es
imposible que una de las combinaciones infinitas sea la creación del universo.
Este argumento ha seducido a espíritus muy lúcidos, pero que no se dan
cuenta que el infinito se opone a ese raciocinio y, en cambio, no se opone a la
existencia de Dios. Debían también comprender que si todo cambia, las menores
especies de las cosas no debían ser inmutables, como son desde hace muchísimo
tiempo. Por lo menos no tienen ninguna razón para creer que no se forman nuevas
especies todos los días, y por el contrario, es muy probable que una mano
poderosa, superior a esos cambios continuos, mantenga todas las especies en los
límites que ha prescrito. De modo que el filósofo que reconoce a Dios tiene
para defender su causa multitud de probabilidades que equivalen a la
certidumbre, y el ateo sólo tiene dudas. Podríamos aducir más pruebas
filosóficas que destruyen el ateísmo.
Respecto a la moral, es evidente que vale más reconocer a Dios que
negarlo. Interesa a todos los hombres que exista una divinidad que castigue lo
que la justicia humana deja impune, pero también es evidente que vale más no
reconocer a ningún dios que adorar a un bárbaro al que sacrifican hombres, como
sucede en algunas naciones. Esta verdad la ilustraremos con un ejemplo.
En la época de Moisés, los hebreos no tenían noción alguna de la
inmortalidad del alma, ni de la vida futura. Su legislador sólo les anunció de
parte de Dios recompensas y castigos puramente temporales; por tanto, para
ellos, la cuestión es vivir. Moisés ordenó a los levitas que degollaran
veintitrés mil hermanos suyos porque adoraban un becerro de oro o dorado. En
otra ocasión, el pueblo de Moisés quitó la vida a veinticuatro mil hombres por
haber tenido comercio carnal con las jóvenes del país, y otros doce mil fueron
asesinados porque algunos quisieron sostener el arca que iba a caer. Por esto,
respetando siempre los designios de la Providencia, podemos humanamente afirmar
que hubiera sido preferible para esos cincuenta y nueve mil hombres que no
creían en la vida futura haber sido ateos y vivir, a ser degollados de parte
del Dios que reconocían.
Es posible que no se enseñe el ateísmo en las escuelas de los hombres de
letras de China; sin embargo, es cierto que muchos de sus hombres de letras son
ateos, pero es porque sólo son filósofos a medias, y aunque lo sean, no cabe
duda de que es preferible vivir con ellos en Pekín, disfrutando de la
benignidad de sus costumbres y de sus leyes, a vivir en Goa, expuestos a pasar
los días encadenados en las prisiones de la Inquisición y salir sólo de ellas
disfrazados con una ropa llena de azufre para ir a morir abrasados en las
llamas de una hoguera.
Quienes defienden que puede subsistir una sociedad de ateos tienen
razón, porque las leyes son las que forman las sociedades, y esos ateos siendo
filósofos por añadidura, pueden pasar la vida tranquila y feliz al amparo de
esas leyes, viviendo más fácilmente en sociedad que los fanáticos
supersticiosos. Poblad una ciudad de epicúreos, de Simónides, de Protágorss y
de Spinozas, y poblad otra ciudad de jansenistas y molinistas; comprobaréis de
ese modo la verdad del pensamiento que acabo de sentar. El ateísmo,
considerándolo sólo con relación a esta vida, sería muy peligroso en un pueblo
feroz, pero no es menos pernicioso tener falsas ideas sobre la divinidad. Casi
todos los grandes del mundo viven como si fueran ateos. Quien tiene gran
experiencia y muchos años sabe reconocer a un dios cuya presencia y justicia no
ejercen la menor influencia sobre las guerras, los tratados y los móviles de
ambición, de interés o de placer, que consumen todo su tiempo, y observa todas
las reglas establecidas en la sociedad, y le es mucho más grato vivir así que
con supersticiosos y con fanáticos. Confieso que siempre esperaré que sea más
justo quien cree en Dios que el que no cree, pero también esperaré más
disgustos y persecuciones de los supersticiosos. El ateísmo y el fanatismo son
dos monstruos que pueden desgarrar y destruir la sociedad, pero el ateo, aunque
persevere en su error, conserva siempre el juicio, que le corta las garras,
mientras el fanático está atacado de una continua locura que afila las suyas.
De los ateos modernos. Somos seres
inteligentes que no pudieron ser creados por un ser tosco, insensible y ciego;
luego la inteligencia de Newton provino de otra inteligencia. Cuando
contemplamos una máquina complicada comprendemos en seguida que es producto de
un experto constructor. El mundo es una máquina admirable construida por una
gran inteligencia. No por antiguo este argumento es malo.
Todos los cuerpos vivos se componen de palancas y poleas, que actúan
obedeciendo a leyes de la mecánica, de juegos que hacen circular continuamente
las leyes de la hidrostática, y nos admiramos de que todos esos seres estén
dotados de sentimiento, que no tiene nada que ver con su organización.
El movimiento de los astros y de la tierra alrededor del sol se opera en
virtud de las leyes más profundas de las matemáticas. ¿Cómo Platón que no
conocía ninguna de esas leyes, pudo decir que la tierra estaba cimentada sobre
un triángulo equilátero y el agua sobre un triángulo rectángulo; cómo el
extraño Platón, que afirmó que sólo podían existir cinco mundos, porque sólo
existían cinco cuerpos regulares, y que ignoraba la trigonometría esférica,
pudo tener tan gran genio e instinto perspicaz, que llamó Dios al Eterno
Geómetra y pudo comprender que existía una inteligencia creadora? Hasta el
propio Spinoza tiene que confesarlo. Es imposible negar esa verdad que nos
rodea y abruma por todas partes.
Y sin embargo, conozco espíritus sediciosos y tercos que niegan la
existencia de la inteligencia creadora y propugnan que únicamente el movimiento
creó por sí mismo todo lo que vemos y somos. Sostienen con audacia que la
combinación del universo era posible puesto que existe; luego, también es
posible que sea obra del movimiento. Dicen también: elijamos cuatro planeta,
Marte, Mercurio, Venus y la Tierra. Pensemos en el sitio que ocupan haciendo
caso omiso de los demás, y se verá que tenemos muchas probabilidades para creer
que sólo el movimiento los ha colocado en sus sitios respectivos. Tenemos de
nuestra parte veinticuatro probabilidades en esta combinación; queremos decir
que apostamos veinticuatro contra uno a que esos planetas no se encontrarían
donde se encuentran por la relación de unos a otros. Añadamos a esos cuatro
planetas el de Júpiter y tendremos ciento veinte probabilidades contra una para
apostar que Júpiter, Marte, Venus, Mercurio y la Tierra, no ocuparían el sitio
que hoy ocupan. Añadamos también a Saturno, y tendremos seiscientas veinte
probabilidades contra una para colocar esos seis grandes planetas en los sitios
que ocupan y a la distancia que están. Por tanto, queda demostrado que en
setecientas veces el movimiento pudo situar los seis planetas principales en
los sitios que ocupan.
Si consideráis en seguida los demás astros secundarios, sus
combinaciones, sus movimientos y los seres que vegetan, viven, sienten, piensan
y obran en todos los Globos, aumentaréis el número de las probabilidades;
multiplicad ese número en toda la eternidad hasta el número que llamamos
infinito y en esa multiplicación obtendremos siempre una unidad en favor de la
formación del mundo tal como está formado exclusivamente por el movimiento. Por
tanto, es posible que en toda la eternidad el movimiento de la materia haya
creado el universo tal como existe; luego no sólo es posible que el mundo sea
como es, sólo por el movimiento, sino que es imposible que deje de ser, como
decimos, después de las infinitas combinaciones.
La suposición que acabo de describir con detalle la encuentro
extraordinariamente quimérica por dos razones: la primera, porque en ese
universo imaginado no existen seres inteligentes, ni me podéis demostrar que el
movimiento produzca la inteligencia; la segunda razón estriba en que, según
vuestra confesión, puede apostarse el infinito contra uno a que una causa
inteligente y creadora anima el universo. Cuando el hombre se encuentra solo
frente al infinito, comprende su insignificancia.
El propio Spinoza admite esa inteligencia como base de su sistema: no le
habéis leído y debéis hacerlo. ¿Por qué pretendéis ir más lejos que él y, con
necio orgullo, sumergir vuestra débil razón en el abismo donde Spinoza no se
atrevió a descender? Convenceos de que es una extrema locura afirmar que una
causa ciega consiga que el cuadro de una revolución de un planeta equivalga
siempre al cuadro de las revoluciones de los demás planetas, como el cubo de su
distancia equivalga al cubo de las distancias de los demás, al centro común.
¡Los astros son grandes geómetras, y el Eterno geómetra reguló la carrera de
los astros!
Ahora bien, ¿dónde está el Eterno geómetra? ¿Está en un sitio o en todos
ellos sin ocupar espacio? No lo sé. ¿Dirige el universo con su propia
sustancia? Tampoco lo sé. Lo único que sé es que debemos adorarle y ser justos.
ÁTOMOS. Epicuro, que era un genio respetabilísimo por
sus costumbres, y después Lucrecio, que conquistó la admiración de Roma,
admitieron la doctrina de los átomos y del vacío. Gassendi defendió esa
doctrina y Newton la demostró. Algunos cartesianos siguieron propugnando, en
vano, la doctrina contraria, la de que el mundo estaba lleno. Leibnitz, que
empezó adoptando el sistema razonable de Epicuro, de Lucrecio, de Gassendi y de
Newton cambió de opinión sobre el vacío cuando riñó con su maestro Newton: ;a plenitud
que hoy se tiene por una quimera. Todo el mundo reconoce hoy el vacío: los
cuerpos más duros son verdaderas cribas. Quedó admitida la teoría de los
átomos, de los principios insecables, inalterables, que constituyen la
inmutabilidad de los elementos y de las especies, cuyos principios consiguen
que el fuego sea siempre fuego, cuando lo vemos y cuando no lo vemos, que el
agua sea siempre agua, la tierra siempre tierra, y que los gérmenes
imperceptibles que forman el hombre nunca formen un pez.
Epicuro y Lucrecio fueron los primeros que conocieron esta verdad,
aunque mezclada con innumerables errores. Lucrecio dice, hablando de los
átomos: Sunt igitur solida pollentia simplicitate (Sostiene su ser su misma
simplicidad).
Sin esos elementos de naturaleza inmutable, el universo sólo sería un
caos, y en esto Epicuro y Lucrecio actúan como verdaderos filósofos. Sus
intersticios, tantas veces puestos en ridículo, no son sino el espacio no
resistente en el que Newton demostró que los planetas recorren sus órbitas en
tiempos proporcionados a sus áreas; de modo que los intersticios de Epicuro no
son ridículos, los ridículos fueron sus adversarios.
Pero cuando a continuación dice Epicuro que esos átomos por casualidad
declinaron en el vacío, que su declinación formó por casualidad los hombres,
que por casualidad se formaron los ojos en la parte de la cabeza y los pies a
los extremos de las piernas, que las orejas no se nos han dado para oír, sino
que la declinación de los átomos las crearon fortuitamente, y los hombres se
aprovecharon también fortuitamente para oír, esa demencia, que entonces se
llamó física, fue tratada de ridícula con razón.
Los verdaderos filósofos hace ya tiempo que han extraído de Epicuro y
Lucrecio lo que tenían de bueno en el maremágnum de sus errores, hijos de su
imaginación y su ignorancia. Los espíritus más renuentes adoptaron la teoría de
que el mundo fue creado a la par que el tiempo. Unos creen en el universo
sacado de la nada, y otros, que no comprenden tal física, creen que todos los
seres son emanaciones del Gran Ser, del Ser Supremo y Universal. Pero unos y
otros niegan el concurso fortuito de los átomos y reconocen que el azar es una
palabra vacía de sentido. Lo que llamamos azar, no es ni puede ser otra cosa
que la causa desconocida de un efecto conocido. ¿Por qué, pues, acusan todavía
a los filósofos de creer que la construcción prodigiosa e inefable del universo
sea producto del concurso fortuito de los átomos, esto es, efecto del azar? Ni
Spinoza ni nadie defendió nunca semejante absurdo.
La única cuestión que se promueve hoy sobre esta materia consiste en
averiguar si el autor de la naturaleza creó partes primordiales e indivisibles
para que sirvieran de elementos inalterables, o si todo se divide continuamente
en la naturaleza y se convierte en otros elementos.
El primer sistema explica la razón de todo; el segundo, no da razón de
nada, al menos hasta hoy. Si los primeros elementos de las cosas no fueran
indestructibles, podría llegar un día en que un elemento destruyera a los demás
y los convirtiera en su propia sustancia. Esto fue probablemente lo que indujo
a pensar a Empédocles que todo provenía del fuego y el fuego lo destruiría
todo.
Sabido es cómo, en el siglo XVII, el falso experimento de un químico
engañó a Robert Bayle haciéndole creer que había convertido agua en tierra. Más
tarde, Boerhaave descubrió ese error haciendo mejores experimentos, pero antes
de descubrirlo, Newton, engañado por Bayle, como Bayle por el químico, había ya
imaginado que los elementos podían convertirse unos con otros, lo que le hizo
creer que nuestro planeta iba perdiendo continuamente un poco de su humedad y
se secaba, y que algún día Dios se vería obligado a corregir su obra. Leibnitz
se opuso enérgicamente a la referida idea y, probablemente, tuvo razón al
contradecir a Newton.
A pesar de la idea de que el agua puede convertirse en tierra, Newton
creía que los átomos eran insecables e indestructibles, lo mismo que Gassendi y
Boerhaave, lo que parece difícil de conciliar porque si el agua se convirtiera
en tierra dividiéndose sus elementos, éstos se perderían. Esta cuestión
coincide con la otra tan famosa de que la materia es divisible hasta el
infinito. La palabra átomo significa sin partes; si lo dividimos ya no será
átomo.
Podemos dividir un grano de oro en dieciocho millones de partes
visibles. Un grano de cobre, disuelto en espíritu de sal amoníaco presenta a
nuestra vista más de veintidós mil millones de partes; pero al llegar al último
elemento, el microscopio ya no puede distinguir el átomo y sólo con la
imaginación podemos ir dividiendo.
Acontece con el átomo, que se divide hasta el infinito como algunas
proporciones geométricas. Podemos hacer pasar infinidad de curvas entre el
círculo y su tangente, pero sólo suponiendo que éstos sean líneas que carezcan
de anchura, y esa clase de líneas no se encuentran en la naturaleza. Igual
podemos decir de las líneas asíntotas, que se acercan sin llegar nunca a
tocarse, suponiendo que esas líneas tengan longitud y no tengan anchura, lo
cual es una hipótesis. Así, pues, representamos la unidad por medio de una
línea y luego dividimos esa unidad y esa línea en las fracciones que queremos,
pero esa infinidad de fracciones sólo existe en nuestra imaginación. Realmente,
no se ha demostrado que el átomo sea indivisible, pero las leyes de la
naturaleza parecen probar que debe serlo.
AUGUR. Es preciso estar poseídos del demonio de la
etimología para decir con Pezron y otros autores que el vocablo romano augurium
proviene de las voces célticas au y gur. Au, según dichos sabios, debía
significar el hígado entre los vascos y los bajo bretones, porque asu, que
decían ellos que significaba izquierda, debía designar el hígado que está a la
derecha, y gur significa hombre en lengua céltica, de cuya lengua ya no nos
quedan rastros.
Es preciso llevar la curiosidad hasta un extremo absurdo para hacer que
provengan del caldeo y del hebreo algunas palabras teutónicas y célticas.
Bochard era del parecer de esa clase de curiosos, y antiguamente admiraban sus
pedantes extravagancias. Da grima ver la seriedad con que algunos hombres de
genio se empeñaron en probar que en las orillas del Tíber adoptaron expresiones
de la jerga que hablaban los salvajes de Vizcaya, pretendiendo que esa jerga
fue uno de los primeros idiomas de la lengua primitiva, madre de las lenguas
que se hablan en el mundo.
La demencia religiosa de los primeros augures se fundó originariamente
en observaciones naturales. Las aves de paso indicaron siempre las estaciones.
Llegan en primavera en bandadas y se van cuando apunta el otoño. La voz del
cuclillo sólo se oye cuando hace buen tiempo y parece que lo anuncia. Cuando
las golondrinas vuelan casi a ras del suelo, prenuncian la lluvia. Puede
decirse que cada clima tiene un pájaro que le sirve de augur. Entre los
observadores de la naturaleza, debió haber algunos pillos que persuadieron a
los bobos de que tenían algo de divino ciertos animales, y que su vuelo
presagiaba nuestro sino, escrito lo mismo en las alas de un gorrión que en las
estrellas.
Los comentaristas de la historia alegórica de José, que vendido por sus
hermanos llegó a ser primer ministro del faraón por haberle explicado uno de
sus sueños, deducen que José era sabio en la ciencia de los augurios porque su
intendente se encargó de decir a los hermanos de aquél: «¿Por qué habéis robado
a mi señor la copa de plata en la que bebe y de la que saca sus augurios?» (1)
José mandó llamar a sus hermanos y les dijo: «¿Cómo os atrevisteis a portaros
de ese modo? ¿No sabéis que nadie me iguala en la ciencia de augurar?» Judá
conviene, de acuerdo con sus hermanos, en que José era un gran adivino, a quien
Dios inspiraba, y entonces creyeron éstos que José era un señor egipcio. Del
texto se infiere que los hermanos de José creyeron que el Dios de los egipcios
y de los judíos descubrió el robo de la copa de plata.
He aquí, pues, establecidos los augurios y la adivinación en el libro
del Génesis de modo indudable, que casi en seguida se prohibieron en el
Levítico, capítulo 19, en el que se dice: «No comeréis nada que tenga sangre,
no daréis crédito a los augurios ni a los sueños, no os cortaréis el pelo, no
os afeitaréis la barba».
En cuanto a esa superstición de leer el porvenir en una taza, debemos
decir que subsiste todavía: es lo que hoy llamamos ver dentro de un vaso. Basta
no haber experimentado ninguna polución nocturna, mirar hacia Oriente y
pronunciar las palabras abaxa per dominum nostrum y al momento, dentro de un
vaso lleno de agua, se ve todo lo que se desea ver. Comúnmente, para practicar
esa operación eligen niños que tengan el pelo largo. La cabeza rapada o con
peluca es un obstáculo para ver dentro del vaso. Esa simpleza estuvo muy de
moda en Francia en la época de la regencia del duque de Orleáns y en tiempos
anteriores.
Los augures desaparecieron con el Imperio romano y únicamente los
prelados conservan el bastón augural, el báculo, que era la marca distintiva de
la dignidad de los augures. Así, el símbolo de la mentira se ha convertido en
el símbolo de la verdad.
Muchos eran los diversos modos de adivinar, algunos de los cuales han
llegado hasta nuestros días. La curiosidad de leer el porvenir es una
enfermedad que sólo puede curar la filosofía, pues los espíritus débiles que
siguen practicando el falso arte de la adivinación, hasta los locos que se
entregan al diablo, se aprovechan de la religión para cometer estas
profanaciones que la ultrajan.
(1) Génesis, 44. 5 y siguientes
Los hombres que se dedican al estudio han notado que Cicerón, que
pertenecía al colegio de los augures, compuso el libro De Divinatione
expresamente para burlarse de ellos. Pero también han notado que el propio
Cicerón dice al final del libro que ase debe destruir la superstición, pero no
la religión, porque la belleza del universo y el orden que reina en las esferas
celestes nos obligan a reconocer que la naturaleza es eterna y poderosa.
Debemos mantener la religión, que debe ir unida al conocimiento de la
naturaleza, y extirpar todas las raíces de la superstición, porque ésta es un
monstruo que os persigue y acosa por doquier. Os inquieta y perturba el
encuentro de un falso adivino, un presagio, una víctima inmolada, un pájaro, un
caldeo, un arúspice, un relámpago, un trueno, cualquier cosa. El mismo sueño
que debía borrar vuestras penas y sobresaltos os lo redobla, presentando
imágenes funestas». Cicerón, al expresarse así, creyó que sólo hablaba a
algunos ciudadanos romanos, pero se dirigía a todos los hombres y a todos los
siglos.
La mayor parte de los hombres relevantes de Roma creían tanto en los
augurios como los papas Alejandro VI, Julio II y León X han creído después en
Nuestra Señora de Loreto o en la sangre de san Javier. Suetonio nos cuenta que
Octavio tuvo la debilidad de creer que un pez que salió del mar en la playa de
Actium le presagió el triunfo en una batalla. Añade que dicho emperador
encontró seguidamente a un arriero al que preguntó cómo se llamaba su jumento,
y el arriero le contestó que Nicolás que significa vencedor de los pueblos.
Octavio ya no dudó que obtendría la victoria y mandó eregir estatuas de bronce
al arriero, al jumento y al pez. Suetonio asegura que esas estatuas se
colocaron en el Capitolio.
Lo más verosímil es que el hábil tirano se burlara de las supersticiones
de los romanos y que las estatuas las erigiera por burla. Es posible sin
embargo, que a pesar de mofarse de las tonterías del vulgo él también tuviera
alguna simpleza. El hipócrita y bárbaro Luis XI tenía una gran fe en la cruz de
Saint‑Ló, y casi todos los príncipes, excepto los que tuvieron tiempo para leer
e ilustrarse, han sido víctimas de alguna superstición.
AUGUSTO OCTAVIO. Sólo pueden conocerse las costumbres a través
de los hechos y cuando éstos son incontrovertibles. No cabe duda de que
Augusto, al que se elogió inmoderadamente por haber reinstaurado las costumbres
y las leyes, fue durante mucho tiempo uno de los seres más corrompidos en la
época de la república romana. El epigrama que dedicó a Fulvia, escrito tras el
horror que causaron las proscripciones, demuestra que despreciaba tanto el
decoro en el lenguaje como el de su conducta. Ese célebre epigrama es un
testimonio palmario de la corrupción de las costumbres de Augusto. Sixto
Pompeyo le reprocha debilidades infames: Effeminatum ensectatus est. Antonio,
antes de ser triunviro, declaró que César, tío de Augusto, le adoptó por hijo
sólo porque le servía para sus placeres contra natura: adoptionem avunculi
stupro meritum.
Julio César le reprocha lo mismo y supone que llevó su bajeza hasta el
extremo de vender su cuerpo a Hirtius por una cantidad considerable. Después,
su desenfado llegó hasta el descaro de llevarse a la mujer de un cónsul,
durante una cena, a una estancia inmediata, donde pasó con ella algún tiempo, y
luego la acompañó a la mesa otra vez sin que él, ella, ni el marido se
sonrojaran (Suetonio, Octavio, capítulo LXIX).
Todavía se conserva una carta de Antonio dirigida a Augusto en la que
figuran estos términos: «Ita valeas uti tu, hanc epistolam quum leges, non
inieres Tertullam, ant Terentiilam, ant Rufillam, ant Salviam Titisceniam, ant
omnes Anne, refert, ubi, et in quam arrigas». No nos atrevemos a traducir esa
licenciosa carta, pero no obstante, diremos que era común en aquella época
celebrar escandalosos festines con cinco compañeros de placeres y seis de las
principales damas de Roma. Los amigos de Augusto iban vestidos de dioses y
ellas de diosas, y se esforzaban en imitar todas las deshonestidades inventadas
por las fábulas.
Casi todos los autores que se han ocupado de Ovidio, afirman que Augusto
desterró al poeta, que era más honrado que él, por haberle sorprendido
cometiendo incesto con su hija Julia, y que sólo desterró a ésta por celos.
Esto es tan probable que Calígula no se recataba en decir que su madre era hija
del incesto de Augusto y de Julia. Así lo asegura Suetonio en la vida de
Calígula.
Sabido es que Augusto repudió a la madre de Julia el día que la trajo al
mundo, y el mismo día se llevó a Livia en presencia del marido, estando
embarazada de Tiberio, que fue otro monstruo sucesor de Augusto.
Mientras Augusto estuvo durante años entregado al más desenfrenado
libertinaje, su crueldad fue tranquila y reflexiva. Celebrando fiestas y
banquetes ordenó las horribles proscripciones que dejaron recuerdo en la
historia. Proscribió unos trescientos senadores dos mil caballeros y más de
cien padres de familia, cuyo crimen consistía en poseer una fortuna. A Octavio
y Antonio los condenaron a muerte para apoderarse de sus bienes, portándose con
ellos como hacen los ladrones en los caminos reales.
Octavio, poco antes de la guerra de Perusa, entregó a sus soldados
veteranos el dominio de las tierras que poseían los ciudadanos de Mantua y
Cremona, recompensando así con el robo y el homicidio. No cabe duda de que
asoló el mundo desde el Éufrates hasta el centro de España, un hombre sin
pudor, sin fe, sin honor, sin probidad, ruin, ingrato, avaro y sanguinario, que
cometía el crimen con la más asombrosa tranquilidad y que en una república bien
organizada hubiera muerto en el suplicio, sentenciado por el más pequeño de los
crímenes que cometió.
Y sin embargo, todavía se admira la época de Augusto porque durante su
reinado Roma gozó de paz, abundancia y placeres. Séneca dice de Augusto: «No
llamo yo clemencia al cansancio de la crueldad. Créese que Augusto fue benigno
cuando no necesitó cometer crímenes, cuando fue señor absoluto y se empeñó en
que le creyeran justo, pero a mi juicio siempre fue más implacable que
clemente. Después de la batalla de Actium mandó que degollaran al hijo de
Antonio al pie de la estatua de César y cometió la barbarie de mandar la cabeza
al joven Cesarión hijo de César y de Cleopatra, tras haberle reconocido por rey
de Egipto».
Sospechando en una ocasión que el pretor Galio Quinto se había
presentado en la audiencia que le había concedido con un puñal oculto bajo del
manto, mandó que en su presencia le dieran tormento, y se indignó tanto porque
dicho senador le llamó tirano, que él mismo le arranco los ojos, si damos
crédito a Suetonio.
Su padre adoptivo César tuvo grandeza de espíritu para perdonar a todos
sus enemigos, pero no sé que Augusto perdonara a uno solo de los suyos. Hasta
dudo que fuera clemente con Cinna. De esa aventura no hablan Tácito ni
Suetonio, y éste, que refiere todas las conspiraciones que se fraguaron contra
Augusto, no hubiera omitido la más célebre. La singularidad de nombrar cónsul a
Cinna, en recompensa de haber cometido la más negra perfidia, debió haber sido
notada por los historiadores contemporáneos, y nada dicen de ello. Dión Casio
se ocupa de este hecho tomándolo de Séneca, y el fragmento parece más una
declamación que una verdad histórica. Además, Séneca dice que tuvo lugar en
Galia y Dión que sucedió en Roma. Semejante contradicción termina de quitar verosimilitud
a la mencionada aventura. Ninguno de los historiadores modernos que se han
ocupado de historia romana discute ese hecho interesante.
Es posible que Augusto hubiera tenido a Cinna por sospechoso de serle
desleal, y después de haber averiguado su conducta le concediera los honores
del consulado. Pero no es probable que Cinna se propusiera, con una
conspiración, apoderarse del poder supremo no habiendo mandado nunca ningún
ejército, no estar apoyado por ningún partido, ni ser hombre importante en el
imperio. No es de creer que un simple cortesano se viera acometido por la
locura de querer suceder a un emperador que reinaba despóticamente desde hacía
veinte anos y tenía herederos. Tampoco es probable que Augusto le hubiera
nombrado cónsul después de la conspiración.
Si la rebelión de Cinna fue verdad, Augusto le perdonó contra su
voluntad, instigado por las razones o motivaciones de Livia, que había
adquirido sobre él gran ascendiente y que, como dice Séneca, le convenció de
que le sería más conveniente perdonar que castigar. Como conveniencia política,
Augusto ejerció, pues, una sola vez la clemencia, no la practicó por ser
generoso.
¿Cómo se puede atribuir a clemencia el que un bandido que se enriqueció
y se afirmó en el trono, goce tranquilamente de sus rapiñas y no asesine a los
hijos de los proscritos que se arrodillan ante él y le adoran? Augusto fue un
político prudente después de haber sido un monstruo. Pero la posteridad no le
llamó nunca virtuoso, como a Tito, a Trajano y a Antonino. En Roma se introdujo
una costumbre al felicitar a los emperadores cuando ascendían al trono:
desearles que fueran más felices que Augusto y mejores que Trajano. No es
lícito, pues, considerar a Augusto como un monstruo feliz.
Louis Racine, hijo del gran Racine y heredero de parte de los talentos
de éste, parece que se olvida de la estirpe que le engendró cuando en sus
Reflexiones sobre la poesía dice que «Horacio y Virgilio mimaron a Augusto y
agotaron su ingenio para envenenarle con sus elogios». Parece deducirse de
estas palabras que los elogios que indignamente le prodigaron estos dos grandes
poetas corrompieron las naturales prendas de dicho emperador. Pero Louis Racine
no ignoraba que Augusto fue un hombre perverso, indiferente al crimen y a la
virtud, que sacaba provecho de una y otra, que ensangrentó el mundo y lo
pacificó, sirviéndose de las armas, las leyes, la religión y los placeres para
llegar a ser señor absoluto. Por lo que Louis Racine, al decir las frases
anteriores, sólo prueba que Horacio y Virgilio fueron serviles.
AUSTERIDADES. Era conveniente y honroso que hombres ilustrados y
estudiosos se unieran después de las catástrofes que conmovieron el mundo y se
ocuparan de adorar a Dios y arreglar el curso del año, como hicieron los
antiguos brahmanes y los magos. Pudieron dar ejemplo al resto del mundo
haciendo vida frugal, absteniéndose de beber licores enervantes y del comercio
carnal con las mujeres mientras celebraban sus fiestas. Debieron vestir con
modestia y con decencia. Si eran sabios, los ignorantes les consultaban; si
eran justos, los respetaban y los querían. Pero la superstición, la miseria y
la vanidad pronto llegaron a ocupar el sitio de esas virtudes.
El primer trastornado que se azotó públicamente para aplacar la cólera
de los dioses, fue sin duda el que dio origen a los sacerdotes de la diosa de
Siria, que se azotaban en honor de esa divinidad. De él nacieron los sacerdotes
de Isis, que hacían lo mismo ciertos días de la semana; los sacerdotes de
Diana, que se infligían heridas; los sacerdotes de Belona, que se daban
sablazos; los sacerdotes de Viana, que con varas se ensangrentaban el cuerpo;
los sacerdotes de Cibeles, que se castraban, y los faquires de la India, que se
cargaban de cadenas. ¿No contribuiría a que practicaran semejantes austeridades
la esperanza de sacar muchas limosnas?
Los pícaros que se hinchan las piernas con hierbas venenosas y se llenan
de úlceras para implorar la caridad de los viandantes, ¿no se parecen en algo a
los energúmenos de la Antigüedad que se hundían clavos en las nalgas y vendían
esos clavos a los devotos de sus países?
¿La vanidad no contribuyó poderosamente a las mortificaciones públicas,
que atraían las miradas de las multitudes? Yo me azoto para expiar las faltas
de los demás, voy desnudo para reprochar la suntuosidad de las vestiduras
ajenas, me alimento con hierbas para corregir el pecado de la gula en otro y me
aprieto un anillo de hierro en el miembro para que se avergüencen los rijosos;
respetadme, pues, porque soy el hombre predilecto de los dioses y por mí
obtendréis sus favores. Cuando os acostumbréis a respetarme me obedeceréis
gustosamente. Representando a los dioses seré vuestro señor, y el que de
vosotros infrinja mis preceptos le haré empalar para que así se apacigüe la
cólera celeste. Si los primeros faquires no pronunciaron esas palabras, sin
duda las tenían impresas en el fondo de su corazón.
De estas repelentes austeridades nacieron quizá los sacrificios de
sangre humana. Los hombres que se azotaban públicamente hasta sangrar y se
sajaban los brazos y las piernas para adquirir la consideración de los demás,
hicieron creer fácilmente a los salvajes imbéciles que debían sacrificar a los
dioses los seres más queridos, que era preciso sacrificar su hija para
conseguir un viento favorable, precipitar a su hijo desde lo alto de un peñón
para no ser víctima de la peste y arrojar a su hija al Nilo para obtener una
magnífica cosecha.
Esas supersticiones asiáticas han originado entre nosotros las
flagelaciones que copiamos de los judíos. Sus devotos, no sólo se azotaban
ellos mismos, sino unos a otros, como en la remota Antigüedad los sacerdotes de
Siria y Egipto. Entre nosotros, los abades azotaban a los monjes que
pertenecían a su jurisdicción y los confesores a sus penitentes de ambos sexos.
San Agustín escribe a Marcelino el tribuno que «se debe azotar a los
donatistas, como los maestros de escuela azotan a sus discípulos».
Se supone que en el siglo X los monjes y monjas empezaron a azotarse a
sí mismos en determinados días del año. La costumbre de azotar a los pecadores
como penitencia quedó tan establecida que el confesor de san Luis azotó a dicho
rey con sus manos, y los canónigos de Canterbury azotaron a Enrique II, rey de
Inglaterra. A Raimundo, conde de Tolosa, con una cuerda atada al cuello, le
azotó un diácono a la puerta de la iglesia de san Gil, en presencia del legado
Milón.
Los capellanes del rey de Francia, Luis VIII, fueron condenados por el
legado del papa Inocencio III a acudir durante cuatro grandes fiestas a la
catedral de París y presentar a los canónigos las varas con que debían
azotarles para expiar el crimen del rey su señor, el crimen de aceptar la
corona de Inglaterra, que el papa le quitó después de habérsela dado en virtud
de sus plenos poderes. Todavía creyeron que el papa fue demasiado indulgente,
no haciendo azotar al rey y dándose por satisfecho con mandarle que pagara a la
Cámara Apostólica dos años de sus rentas.
A principios del siglo XIII se instituyeron cofradías de penitentes en
Perusa y Bolonia. Los jóvenes que pertenecían a ellas, casi desnudos, con
disciplinas en una mano y un crucifijo en la otra, iban por las calles
azotándose. Las mujeres los veían a través de las celosías de las ventanas y se
azotaban en sus habitaciones. Los flagelantes pululaban en Europa. Aún existen
algunas cofradías de ésas en Italia, España y Francia.
A comienzos del siglo XVI era bastante común que los confesores azotaran
a sus confesados en las nalgas. Meteren, en su Historia de Bélgica, refiere que
el franciscano Adraacen, gran predicador de la ciudad de Brujas, azotaba a sus
penitentes desnudos. El jesuita Edmond Auger, confesor de Enrique III, indujo a
este desventurado príncipe a ponerse a la cabeza de los flagelantes.
En muchos conventos de frailes y de monjas se azotaban en las nalgas, y
de ello resultaban algunas veces extrañas deshonestidades, sobre las que
echaremos un tupido velo para que no se ruboricen los pudorosos cuyo sexo y
profesión merecen que se les guarden las mayores consideraciones (1).
(1) Véase el artículo Gracia.
AUTORES. Autor es una palabra genérica que, como los
nombres de las demás profesiones, puede significar bueno y malo, respetable o
ridículo, útil y agradable o inútil y fastidioso. Esa palabra es tan genérica
que tiene aplicaciones diferentes, pues lo mismo se dice el autor de la
naturaleza, que el autor de las canciones del Puente Nuevo y que el autor del
Año literario.
Creemos que el autor de una buena obra debe andar con pies de plomo
respecto al título, a la dedicatoria y al prólogo. Los demás autores deben
abstenerse de escribir. Respecto al título, si tras él tiene afán por poner su
nombre, lo que a veces es peligroso, debe escribirlo en forma modesta; no nos
gusta que en una obra pía, que debe dar lecciones de humildad, al nombre del
autor se añadan los calificativos de consejero del rey, obispo, conde, etc. El
lector, que casi siempre es maligno y muchas veces se fastidia leyendo la obra,
se complace en ridiculizar el libro que se anuncia con énfasis y en seguida
recordamos que el autor de la Imitación de Cristo ni siquiera firmó la obra.
Se me objetará que los apóstoles ponían su nombre en las obras, pero no
es verdad; eran excesivamente modestos. El apóstol Mateo nunca tituló su libro
Evangelio de San Mateo; eso fue un homenaje que le rindieron después. San
Lucas, que recopiló todo lo que oyó decir y que dedicó su libro a Teófilo,
tampoco lo tituló Evangelio de San Lucas. Sólo Juan se nombra a sí mismo en el
Apocalipsis, lo que hace sospechar que Cerinto compuso ese libro y tomó el
nombre de Juan para darle más autoridad.
Pero aparte lo que acaeció en siglos pasados, me parece osadía en el
siglo XVIII poner el nombre y títulos del autor al frente de los libros. Esto
es lo que hacen los obispos, y en los gruesos volúmenes que publican con el
título de Mandamientos imprimen además su escudo de armas; a continuación,
escriben algunos párrafos llenos de humildad cristiana, seguidos algunas veces
de injurias atroces contra los que pertenecen a otra confesión religiosa o
partido. Esto en cuanto a autores religiosos. Referente a los autores profanos,
también podemos decir que ocurre lo mismo; por ejemplo, el duque de La
Rochefoucauld publicó la colección de sus Pensamientos recordando que los había
escrito Monseñor el duque de La Rochefoucauld, par de Francia, etc.
Sabido es que en Inglaterra la mayor parte de las dedicatorias se pagan,
y los autores hacen como los capuchinos en Francia, que nos regalan hortalizas
con el fin de que les hagan donativos. Los hombres de letras franceses
desconocemos hasta hoy ese rebajamiento y siempre fueron más dignos, si
exceptuamos a los malhadados que se llaman escritores a sí mismos y son como
los pintores de brocha gorda, que se jactan de ejercer la profesión de Rafael,
y como el cochero de Vestamont, que creía ser poeta.
Los prólogos tienen otro inconveniente. El yo es despreciable, decía
Pascal. Ocúpate de ti mismo lo menos que puedas, porque el lector tiene tanto
amor propio como el autor y no perdona que quieras obligarle a que te aprecie.
El libro debe recomendarse por sí mismo cuando llega a abrirse paso. Nunca
digas: «mi comedia fue honrada con tantos aplausos que me creo dispensado de
contestar a mis adversarios», porque como es falso lo de los aplausos, nadie se
acuerda de tu obra. «Algunos críticos censuran que haya excesivo enredo en el
acto tercero y que la princesa descubra demasiado tarde, en el cuarto acto, el
tierno sentimiento que le inspira su amante, pero a esa censura respondo que…»
No respondas, amigo, porque nadie se ha ocupado en juzgar a la princesa de tu
comedia que ha fracasado porque ha fastidiado al público, está mal escrita, tu
prólogo es una especie de responso que cantas a la muerta, y con él no lograrás
resucitarla. Algunos proclaman ante la faz de Europa que no se han comprendido
los sistemas que desarrollan. Otros autores dan a la luz insulsas novelas
copiadas de otras antiguas, sistemas nuevos fundados en remotas utopías o
historietas sacadas de las historias generales.
Quien desee escribir un libro debe procurar que sea nuevo y útil, o por
lo menos agradable. Hay muchos autores que escriben para vivir, y muchos
críticos que lo satirizan también con la idea de ganarse el pan Los verdaderos
autores son los que adquieren reputación en el arte, en la epopeya, en la
tragedia, la comedia, la historia o la filosofía; los que enseñan y deleitan a
los hombres. Los demás son, entre la gente de letras, lo que los zánganos entre
las abejas.
Los autores de los libros más voluminosos de Francia han sido los
directores generales de Hacienda. Pueden formarse diez tomos muy gruesos de sus
declaraciones, desde el reinado de Luis XIV hasta el de Luis XVI. Los
parlamentos han criticado algunas veces esos mamotretos al encontrar en ellos
contradicciones y proposiciones erróneas. Nunca ha habido un autor bueno a
quien alguien no haya censurado (1).
(1) Véase el artículo Expiación.
AUTORIDAD. Miserables mortales, ya vistáis uniforme
verde, llevéis turbante, os ataviéis con traje negro o sobrepelliz, o portéis
manteo o golilla, no os empeñéis nunca en que prevalezca la autoridad sobre la
razón o resignaos a estar en ridículo durante siglos, por ser hombres
impertinentes y a sufrir el odio público por injustos.
Cien veces se os afeó la absurda insolencia que demostrasteis condenando
a Galileo y yo os la reprocho por la vez ciento una, deseando que celebréis
siempre ese aniversario y se grabe en la puerta de vuestro Santo Oficio lo
siguiente: «Aquí siete cardenales, con asistencia de hermanos menores,
encerraron en la cárcel al primer pensador de Italia, a la edad de setenta
años, haciéndole ayunar a pan y agua, porque instruía al género humano y sus
jueces eran unos ignorantes».
Se publicó un decreto en favor de las categorías de Aristóteles y se
estableció el castigo de galeras para todo aquel que tuviera opinión diferente
de la del Estagirita, en el mismo sitio donde antiguamente dos Concilios
quemaban los libros que se publicaban. En otra parte, una facultad que no
gozaba de grandes facultades, publicó un decreto contra las ideas innatas, y
casi inmediatamente, otro decreto en favor de esas mismas ideas, sin que dicha
facultad tuviera siquiera noción clara de lo que es una idea. Las academias de
Medicina llegaron a proceder jurídicamente contra la circulación de la sangre,
y se han intentado procesos contra la inoculación. En la aduana se han
apoderado de los pensamientos de veintiún volúmenes en folio porque se dijo en
ellos, con aviesa intención, que los triángulos se componen siempre de tres
ángulos, que un padre tenía más edad que su hijo, que Rea Silvia perdió su
virginidad antes de parir, y que la harina no es una hoja de encina. En suma,
la autoridad creyó siempre ser superior a Arquímedes, Euclides, Cicerón y
Plinio, y se pavoneó orgullosa en el distrito de la Universidad.
AVARICIA. Avarities, amor habendi, afán de adquirir, codicia,
concupiscencia. Estrictamente hablando, avaricia es el deseo de acumular
granos, muebles, fondos o curiosidades. Existieron avaros antes de que se
inventara la moneda.
No llamamos avaro al hombre que, siendo dueño de veinticuatro caballos
de tiro, se niega a prestar un tronco a un amigo; tampoco llamamos avaro a
quien tiene en la bodega dos mil botellas de vino de Borgoña para su uso
particular y no nos regala media docena de ellas si se las pedimos. A quien
posee diamantes que valen cien mil escudos, si le pedimos que nos preste uno
que valga cincuenta luises y no nos lo presta, le tendremos por hombre
opulento, pero no por avaro. Quien en negocios de la provisión de ejércitos o
en grandiosas empresas gana dos millones anuales, llegando a adquirir cuarenta
y tres millones, y sin embargo hace préstamos a un porcentaje usurario, tampoco
pasa por avaro ante la opinión pública. No obstante, pasó su vida atormentado
por la insaciable sed de adquirir y el demonio de la codicia, atosigándole
continuamente, le hizo acumular caudales hasta el último día de su vida. Esa
pasión, que pudo satisfacer siempre, nunca se llamó avaricia. Sin gastar la
décima parte de la renta, adquirió la reputación de hombre generoso que vivía
con excesivo fausto.
Al padre de familia que reuniendo veinte mil libras de renta no gasta
anualmente más que cinco o seis mil y va acumulando sus ahorros para establecer
a sus hijos, le suelen llamar los que le tratan avaricioso, ladrón, usurero,
miserable, etc. Ahora bien, ese honrado padre de familia es un hombre más digno
de respeto que el hombre opulento que antes puse por ejemplo, y
proporcionalmente gasta tres veces más que éste. He aquí por qué hay diferencia
grande entre sus dos reputaciones. Los hombres sólo odian al que llaman avaro
porque no les puede proporcionar ninguna ganancia. El médico, el boticario, el
comerciante en vinos, algunas señoritas y otras gentes más, sacan utilidades
del hombre opulento a que aludimos y que es el verdadero avaro, y como no
pueden sacar esas mismas utilidades del ahorrativo padre de familia, hablan
contra él, le denuestan e injurian.
Los avaros, cuya pasión les arrastra a privarse de lo necesario, los
entregamos a Plauto y a Moliere. Un avaro de esa clase que es vecino mío, me
decía en una ocasión: «Todo el mundo habla contra nosotros, a pesar de que no
somos más que unos ricos pobres».
AVIÑÓN. Aviñón y su condado son ejemplos vivos del
extremo a que pueden llegar el abuso de la religión, la ambición, la bribonería
y el fanatismo. Su reducido territorio, después de pasar por mil vicisitudes,
recayó en el siglo XII en la casa de los condes de Tolosa, descendientes de
Carlomagno por línea femenina.
Raimundo VI, conde de Tolosa, cuyos antepasados fueron héroes de las
cruzadas, se vio privado de sus estados por otra cruzada que los papas
suscitaron contra él, so pretexto de que en muchas localidades del condado los
ciudadanos pensaban lo mismo que piensan hace más de doscientos años en
Inglaterra, Suecia, Dinamarca, en las tres cuartas partes de Suiza, Holanda y
en la mitad de Alemania. Pero esto no era un motivo justo para entregar en
nombre de Dios los estados del conde de Tolosa al primer ocupante, ni para
degollar y quemar vivos a sus vasallos con un crucifijo en la mano y una cruz
blanca en la espalda. Todas las atrocidades que nos refieren de los pueblos más
salvajes son insignificantes si las comparamos con la barbarie de esa guerra
que llamaron Santa. La atrocidad ridícula de algunas ceremonias religiosas se
unió siempre a tales horrores. Sabido es que Raimundo VI fue arrastrado hasta
una iglesia ante la presencia del legado del Papa, que se llamaba Milón,
desnudo hasta la cintura, sin calzas ni sandalias y con una cuerda atada al
cuello de la que tiraba un diácono, mientras otro diácono le azotaba, un tercer
diácono cantaba un miserere con los frailes, y el legado del Papa comía.
De este suceso arranca el derecho que los papas creen tener sobre
Aviñón.
El conde Raimundo, que se dejó azotar como penitencia impuesta para
conservar sus estados, sufrió esa ignominia inútilmente, pues tuvo que defender
con las armas lo que creyó conservar sufriendo azote. Pasó el doloroso trago de
ver sus ciudades incendiadas y murió en el año 1213 en las vicisitudes de una
de las guerras más sangrientas. Su hijo Raimundo VII no era sospechoso de
hereje como su padre, pero siendo hijo de hereje debía perder todos sus bienes
siguiendo las disposiciones de las decretales. Así lo establecía la ley. Por
tanto, subsistió la cruzada contra él y le excomulgaron en todas las iglesias,
los domingos y días de fiesta, tañendo campanas y con los cirios apagados.
Durante la minoría de san Luis, el legado del Papa cobraba el diezmo
para sostener la guerra en Languedoc y Provenza. Raimundo se defendía con
valor, pero renacían sin cesar las cabezas de la hidra del fanatismo que
amenazaban devorarle, hasta que al fin el papa se vio obligado a concertar la
paz porque la referida guerra consumía sus fondos. Raimundo VII fue a firmar el
tratado en el pórtico de la catedral de París y le obligaron a pagar dos mil
marcos de plata al legado, dos mil a la abadía de Clervaux, mil a la de Grand‑Selve
y trescientos a la de Belleperche, todo ello por la salvación de su alma. Así
negoció la Iglesia.
Es digno de mención que en el documento del tratado de paz, el conde de
Tolosa pone siempre al legado del Papa delante del rey. En él dice: «Juro y
prometo al legado y al rey cumplir de buena fe todas las condiciones y hacer
que las cumplan mis vasallos».
Además del pago de las citadas cantidades, el conde de Tolosa tuvo que
ceder al papa Gregorio IX el condado de Venaissin, de la parte de allá del
Ródano, y la soberanía de setenta y tres castillos de la parte de acá. El papa
se adjudicó estas posesiones mediante un acta secreta, temiendo que constara en
un instrumento público la confesión de haber exterminado multitud de cristianos
para usurpar una herencia ajena. Además, exigió lo que Raimundo no podía dar
sin el consentimiento del emperador Federico II de Alemania, es decir las
tierras del condado de la izquierda del Ródano, que constituían un feudo
imperial. Federico II no ratificó nunca esta extorsión.
Como Alfonso, hermano de san Luis, que había contraído matrimonio con la
hija de este infortunado príncipe, no tuvo hijos de ella, los estados que
Raimundo VII poseía en Languedoc fueron incorporados a la corona de Francia,
según quedó estipulado en el contrato de matrimonio.
El condado de Venaissin, sito en Provenza, lo restituyó magnánimamente
el emperador Federico II al conde de Tolosa. Su hija Juana, antes de morir,
dispuso de él en su testamento en favor de Carlos de Anjou, conde de Provenza y
rey de Nápoles. Felipe el Atrevido, hijo de san Luis violentado por el papa
Gregorio IX, entregó el condado de Venaissin a la Iglesia romana el año 1274,
pero es de advertir que Felipe dio lo que no era suyo y que esa cesión era
nula.
Con la ciudad de Aviñón sucedió algo semejante. Cuando Juana de Francia,
reina de Nápoles y descendiente del hermano de san Luis, fue acusada de haber
hecho ahorcar a su marido, imploró la protección del papa Clemente VI, que
tenía la sede pontificia en Aviñón, ciudad perteneciente a los dominios de
Juana por ser condesa de Provenza. Los provenzales obligaron (1347) a Juana a
jurar sobre los Evangelios que no vendería ninguno de sus dominios, pero ésta,
poco después de prestar juramento, vendió Aviñón al papa. El acta auténtica se
firmó el 14 de junio de 1348, y en ella se estipuló como precio de la venta la
cantidad de ochenta mil florines de oro. El papa la declaró inocente del
asesinato de su marido, pero no le pagó la cantidad estipulada. Y aunque la reclamó
jurídicamente, nunca pudo cobrarla. Así que Aviñón y su condado sólo fueron
desmembrados de Provenza por una rapiña repugnante e inicua que encubrió el
velo de la religión.
Cuando Luis XI adquirió Provenza, lo hizo con todos sus derechos, que
hizo valer en el año 1464 como consta en una carta que Jean de Fois escribió al
referido monarca. Pero era tanto el poder de Roma, que los reyes de Francia
condescendieron en dejarle disfrutar de esa provincia, pero sin reconocer nunca
legítima la posesión que de ella tenían los papas. En el tratado de Pisa, que
en 1664 firmaron Luis XIV y Alejandro VI, se dice que «se vencerán todos los
obstáculos que se presenten para que el Papa pueda disfrutar de Aviñón, como lo
hacía en tiempos anteriores». El papa, pues, sólo disfrutó de esa provincia,
como los cardenales obtienen pensiones del rey, pensiones que no son
vitalicias.
Aviñón y su condado siempre causaban quebraderos de cabeza a los
gobiernos de Francia. Este pequeño territorio servía de refugio a todos los que
se declaraban en bancarrota y a los contrabandistas, y por eso ocasionaba
grandes pérdidas de las que el papa ningún provecho sacaba.
Luis XIV hizo valer sus derechos dos veces, más por castigar al papa que
por incorporar Aviñón y su condado a la Corona. Luis XV hizo justicia a su
dignidad y a sus vasallos. El proceder insolente y grosero de Clemente XIII le
obligó a reclamar los derechos de la Corona al mencionado territorio en 1768.
Dicho papa quiso obrar como si estuviéramos viviendo en el siglo XIV y Francia
le demostró que vivíamos en el XVIII con el aplauso de toda Europa.
Cuando el oficial general, con la orden terminante del rey, entró en
Aviñón, marchó directamente a la estancia donde se hallaba el legado del Papa,
y sin dejarse anunciar, le dijo: «Señor legado, el rey me envía a tomar
posesión de la ciudad en su nombre».
B
BABEL. Babel significa para los orientales Dios Padre, El
poder de Dios y La puerta de Dios, según cómo se pronuncie la palabra. Por eso
Babilonia fue la ciudad de Dios, la ciudad santa. Cada capital de nación se
llamó la ciudad de Dios, la ciudad sagrada. Los griegos las llamaron todas
Hierápolis, y tuvieron más de treinta ciudades con ese nombre. Torre de Babel
significaba, pues, la torre del Dios Padre.
Flavio Josefo dice que Babel significaba confusión. Calmet y otros
afirman lo mismo, pero los orientales mantienen la opinión contraria. De
significar confusión, sería extraño el origen de la capital de un vasto
imperio.
Los comentaristas se han esforzado por averiguar hasta qué altura llegó
la famosa torre. San Jerónimo dice que tenía veinte mil pies de altura y el
antiquísimo libro hebreo Jacu’t le atribuye ochenta mil. Pablo Lucas asegura
que vio las ruinas (lo que es mucho ver). Las dimensiones sin embargo, no han
sido las únicas dificultades con que han tropezado los eruditos.
Han querido averiguar cómo los hijos de Noé, «habiéndose repartido las
islas de las naciones, estableciéndose en diferentes países donde cada uno
hablaba su lengua, tenía sus familias y su pueblo particular», según dice el
Génesis; se congregaron todos los hombres en seguida en la llanura de Sennaar
para construir allí una torre, diciendo: «Hagamos célebre nuestro nombre antes
que nos dispersemos por toda la tierra».
El Génesis habla de los estados que fundaron los hijos de Noé. No se ha
podido averiguar cómo pudieron los pueblos de Europa, Asia y Africa congregarse
de manera total en Sennaar, hablando todos los misma lengua e impulsados por el
mismo deseo.
La Biblia sitúa el diluvio en el año 1656 de la creación del mundo, y la
destrucción de la torre de Babel en 1771, o sea ciento quince años después de
la destrucción del género humano y durante la vida de Noé. Los hombres debieron
multiplicarse con prodigiosa rapidez, y las artes resurgieron en muy poco
tiempo. Si pensamos en los múltiples oficios que se necesita emplear para
edificar una torre tan alta, resulta una obra asombrosa.
Pero aún se nos presentan mayores dificultades, siguiendo la Escritura,
Abrahán nació cerca de cuatrocientos años después del diluvio y ya habían
existido una serie de reyes poderosos en Egipto y en Asia. En vano se afanan
Bochart y otros escritores doctos en recargar sus voluminosos libros de
sistemas y palabras fenicias y caldeas que ellos no comprenden; inútilmente se
empeñan en tomar Tracia por Capadocia, Grecia por Creta y la isla de Chipre por
la de Tiro. A pesar de todo, nadan en el mar de una ignorancia sin fondo ni
playas. Hubiera sido mejor confesar que Dios nos proporcionó, al cabo de unos
siglos, los libros sagrados para hacernos hombres de bien y no para que
fuéramos geógrafos, cronologistas y etimologistas.
Babel es Babilonia y la fundó, según los historiadores persas, un
príncipe llamado Tamurath. La única noticia que tenemos de esos tiempos remotos
son las observaciones astronómicas de mil novecientos años, que envió
Calisteno, por orden de Alejandro, a su preceptor Aristóteles. A esa certeza
debe añadirse la gran probabilidad de que una nación, que contaba con una serie
de observaciones celestes de cerca de dos mil años, debió fundarse y constituir
una potencia considerable muchos siglos antes de hacerse la primera observación
astronómica.
Es de lamentar que ningún cálculo de los antiguos autores profanos
coincida con los de nuestros escritores sagrados, y que ningún príncipe de los
que reinaron después de las distintas épocas en que se sitúa el diluvio fuera
conocido de los egipcios, los sirios, los babilónicos, ni los griegos.
No es menos de lamentar que no quede en el mundo, ni en los autores
profanos, vestigio alguno de la torre de Babel, ni del episodio de la con
fusión de lenguas. Un hecho tan memorable permaneció desconocido para todo el
universo, al igual que los nombres de Noé, Matusalén, Caín, Abel, Adán y Eva.
Este contratiempo espolea más nuestra curiosidad. Herodoto, que viajó
mucho, no menciona a Noé, Sem, Rehu, Sale, ni Nemrod. A éste lo desconoce toda
la Antigüedad profana. Sólo algunos árabes y persas modernos lo mencionan,
falsificando los libros de los hebreos. Para avanzar por las ruinas de la
Antigüedad no tenemos otro guía que la fe en la Biblia, desconocida de todas
las naciones del planeta durante varios siglos.
Herodoto, que con algunas verdades mezcla muchas fábulas, afirma que en
su época (la de mayor esplendor de los persas, soberanos de Babilonia) todas
las ciudadanas de esa famosa ciudad tenían la obligación de ir, una vez en su
vida, al templo de Milita, diosa que parece ser la misma Venus Afrodita, a
prostituirse a los extranjeros, y que su ley mandaba recibir dinero de ellos
como tributo sagrado que se pagaba a la diosa.
Ese cuento, digno de Las mil y una noches, es del mismo género que el
que Herodoto refiere en la página siguiente, en la que dice que Ciro dividió el
río de la India en trescientos sesenta canales que tenían la desembocadura en
el mar Caspio. ¿Creerías a Mezerai si nos refiriera que Carlomagno dividió el
Rhin en trescientos sesenta canales que desembocaban en el Mediterráneo, y que
todas las damas de su corte estaban obligadas a ir una vez a la vida a la
iglesia de santa Genoveva y allí prostituirse por dinero a todos los
extranjeros?
Téngase en cuenta, además, que la fábula de Herodoto es más absurda en
el siglo de Jerjes, contemporáneo suyo, que lo sería en la época de Carlomagno.
Y esto porque los orientales eran más celosos que los francos y los galos, y
las esposas de los grandes señores de aquellos países eran continuamente
vigiladas por eunucos. Esa costumbre subsistía desde tiempo inmemorial. Hasta
en la historia hebrea encontramos que, cuando un pueblo pequeño deseaba, como
los pueblos numerosos, que les gobernara un rey, Samuel, para que desistiera de
esa idea y conservar su autoridad, les decía que «un rey los tiranizaría y les
cobraría el diezmo de las viñas y los trigos para darlo a sus eunucos». Los
reyes realizaron esa predicción, ya que en el libro que ellos dan título, consta
que el rey Acab tenía eunucos, y Joram, Jelin, Joaquín y Sedechías también los
tuvieron.
El Génesis menciona también a los eunucos del faraón y dice que Putifar,
que compró a José, era eunuco del rey. No es extraño, pues, que hubiera en
Babilonia numerosos eunucos para vigilar a las mujeres, siendo imposible que
las obligaran a acostarse por dinero con el primero que las solicitara.
Babilonia, la ciudad de Dios, no era un vasto burdel como se ha querido
suponer.
Esos cuentos de Herodoto, como todos los de esa clase, no los creen los
hombres honrados, ni siquiera las viejas y los niños.
En nuestros días, sólo un hombre, Larcher, ha tratado de justificar el
cuento de Herodoto y la mencionada infamia le parece lo más normal del mundo.
Trata de demostrar que las princesas babilonias se prostituían por lástima al
primero que llegaba, porque dice la Sagrada Escritura que los amonitas hacían
pasar por el fuego a sus hijos cuando se los presentaban a Moloc, pero esa
costumbre de algunas hordas bárbaras, la superstición de hacer pasar los niños
por entre las llamas o quemarlos con hogueras sacrificándolos a Moloc, esos
horrores iroqueses, propios de una horda infame, ¿tienen acaso alguna conexión
con una prostitución increíble en la nación más celosa y civilizada del Oriente
conocido? Lo que sucede entre los iroqueses, ¿puede ser una prueba de las
costumbres en la corte de Francia o en la de España?
Aduce también el citado autor, como prueba, la fiesta de las Lupercales
que celebraban los romanos, «durante la cual, según dice, los jóvenes de la
clase alta y los respetables magistrados corrían por la ciudad desnudos, con un
látigo en la mano, dando latigazos a las principales damas, que se acercaban a
ellos sin ruborizarse con la esperanza de tener así un parto feliz». En primer
lugar, los distinguidos romanos a que alude, no es verdad que corrían desnudos
por las calles. Plutarco dice que iban vestidos de cintura para abajo. En
segundo lugar, por la manera de defender costumbres infames, parece que el
autor quiera decir que las damas romanas se levantaban las vestiduras para
recibir los latigazos en el vientre desnudo, lo que es falso. En tercer lugar,
la fiesta de las Lupercales no tiene ninguna relación con la supuesta ley de
Babilonia que ordena a las mujeres, a las hijas del rey, de los sátrapas y de
los magos, venderse y prostituirse, por devoción, a los extranjeros.
Cuando no se conoce el espíritu humano, ni las costumbres de los
pueblos, y no se tiene más remedio que limitarse a compilar pasajes de los
autores antiguos, que casi todos se contradicen, debemos presentar nuestra
opinión con modestia. Tenemos que saber dudar y sacudirnos el polvo del
colegio, y no expresarnos nunca con insolencia que ultraje. Herodoto, Clesías y
Diodoro de Sicilia refieren un hecho; lo leemos en griego, luego debe ser
verdadero. No es ésa la manera de raciocinar en Euclides, pero todavía nos
sorprende más en el siglo XVIII, aunque siempre habrá más escritores que
compilen que escritores que piensen.
En este artículo no nos ocuparemos de la confusión de lenguas que se
produjo durante la construcción de la torre de Babel, porque fue un milagro que
refiere la Biblia y nosotros no explicamos ni examinamos milagros.
Nos limitaremos a decir que la destrucción del Imperio romano produjo
más confusión y más idiomas nuevos que la caída de la torre de Babel. Desde el
reinado de Augusto hasta los tiempos de Atila, Clodovico y Goudeband, o sea,
durante seis siglos, terra erat unius habii?, en la tierra conocida sólo se
hablaba una lengua: el latín. Desde el Éufrates hasta el monte Atlas. Las leyes
que gobernaban a todas las naciones estaban escritas en latín, y el griego era
sólo una diversión; el dialecto bárbaro de cada provincia sólo lo usaba el
pueblo bajo. Pleiteaban en latín tanto en los tribunales de Africa como en los
de Roma. El vecino de Cornuailles que salía de su pueblo para viajar hasta el
Asia Menor podía estar seguro de que le entenderían en todas partes en el largo
camino que iba a recorrer. La lengua única fue un gran progreso que los romanos
otorgaron a los hombres; éstos fueron ciudadanos de todas las naciones, lo
mismo en las márgenes del Danubio que en las riberas del Guadalquivir. En la
actualidad, un vecino de Bérgamo que se dirija a los cantones suizos, de los
que sólo le separa una montaña, necesita un intérprete como si fuera a China.
Esta es una de las mayores calamidades que tenemos.
BACO. De todos los personajes verdaderos o fabulosos de
la Antigüedad profana, el más importante para nosotros es Baco, no por la
excelente invención que le atribuyen todos los pueblos del mundo, excepto el
judío sino por la gran semejanza que tiene su historia fabulosa con la historia
verdadera de Moisés.
Los primitivos poetas dicen que Baco nació en Egipto y le expusieron en
el Nilo. Por eso el primer Orfeo le llama Mises, que en la lengua del antiguo
egipcio significa salvado de las aguas, según aseguraban los que la entendían y
hoy nadie entiende. Le educaron en una montaña de Arabia llamada Nisa, que al
parecer era el monte Sinaí. Se supone que una diosa le ordenó que fuera a
destruir una nación bárbara y cruzó a pie el mar Rojo acompañado de multitud de
hombres, mujeres y niños. En una ocasión, el río Oronte apartó sus aguas a
derecha e izquierda para dejarle pasar, y el río Hidaspe hizo lo mismo. Mandó
al sol que se parara y dos rayos luminosos le salieron de la cabeza. Hizo
brotar una fuente de vino golpeando la tierra con su tirso y grabó sus leyes en
dos planchas de mármol. Sólo le faltó haber atraído diez plagas sobre Egipto
para ser la réplica exacta de Moisés.
Si no estoy equivocado, Vossius fue el primero que se le ocurrió hacer
ese paralelo. Huet, obispo de Abranche, también lo hizo, y en su demostración
evangélica añadió que Moisés no sólo es Baco, sino también Osiris y Tifón. Y
puesto ya en esta pendiente, se desliza tanto que para él Moisés es también
Esculapio, Anfión, Apolo, Adonis y hasta Príapo. Resulta divertido que Huet,
para probar que Moisés es Adonis, se basa en que uno y otro guardan corderos.
Demuestra que es Príapo diciendo que algunas veces pintaban a Príapo con un
pollino y que los gentiles creyeron que los judíos adoraban a un asno. Además,
aduce esta otra prueba que no tiene nada de canónica: que la vara de Moisés
podía compararse con el cetro de Príapo. Como puede comprobarse, estas demostraciones
no se parecen en nada a las de Euclides.
En este artículo no nos ocuparemos de otros Bacos menos antiguos, como
por ejemplo el que precedió doscientos años a la guerra de Troya y los griegos
festejaron por suponerle hijo de Júpiter, encerrado en un muslo de éste. Nos
limitaremos únicamente al que nació en los confines de Egipto, por haber
realizado numerosos prodigios. El respeto que profesamos a los libros sagrados
hebreos no nos permite dudar que los egipcios, árabes y después los griegos,
hayan querido imitar la historia de Moisés. Lo único que nos intriga es
averiguar cómo pudieron saber esa historia.
Respecto a los egipcios, no es posible que hayan tratado de escribir los
milagros de Moisés, pues les hubiera avergonzado. De hacerlo, la habrían
copiado Josefo y Filón. Flavio Josefo, en su respuesta a Apión, se cree
obligado a citar todos los autores de Egipto que mencionaron a Moisés, y no
encuentra ninguno que refiera un solo milagro de aquél. Por tanto, no pueden
ser los egipcios quienes dieron pie para establecer el escandaloso paralelo
entre el divino Moisés y el profano Baco.
No cabe duda de que si un autor egipcio hubiera referido algún milagro
de Moisés, la Sinagoga de Alejandría y la Iglesia discutidora de tan célebre
ciudad, hubieran citado el autor hebreo y el milagro que refiriera. Atenágoras,
Clemente y Orígenes, que tantas cosas baladíes cuentan, habrían repetido hasta
la saciedad ese pasaje temerario que habría constituido el mejor argumento para
los padres de la Iglesia. Si todos callaron sobre este punto, es que nada
sabían y nada podían decir. Pero, ¿cómo es posible que ningún egipcio refiriera
las hazañas del hombre que ordenó matar a los primogénitos de todas las
familias de Egipto, que ensangrentó el Nilo, que ahogó en el mar al rey y a
todo su ejército, etc.?
Los historiadores franceses refieren unánimemente que el sicambro
Clodovico subyugó las Galias con un puñado de bárbaros, y los ingleses
reconocen que los sajones, daneses y normandos, sucesivamente, consiguieron
exterminar parte de su país. Si unos y otros no lo hubieran confesado, Europa
entera lo proclamaría a gritos. Todo el mundo tenía que haber publicado los
espantosos prodigios de Moisés, Josué, Gedeón, Sansón y otros muchos profetas,
y sin embargo, el mundo entero los silenció. Por un lado, es indudable que se
trata de sucesos verdaderos porque los refiere la Sagrada Escritura, que merece
la aprobación de la Iglesia, y por otro, es también indudable que ningún pueblo
se ocupó de tales hechos. Adoremos a la Providencia y sometámonos a sus
designios.
En cuanto a los árabes, dados siempre a lo maravilloso, serán
probablemente los autores de las fábulas que sobre Baco se inventaron, y que
luego copiaron y embellecieron los griegos. Pero, ¿cómo los árabes y griegos
pudieron copiarlas de los hebreos? Sabemos que éstos no comunicaron sus libros
a nadie hasta la época de los Tolomeos, pues consideraban esa comunicación como
un sacrilegio, y el propio Josefo, para justificar la terquedad de los judíos
en ocultar el Pentateuco al resto del mundo, dice que Dios castigaba a todos
los extranjeros que se atrevieran a referir las historias hebreas. Así explica
Flavio Josefo por qué los judíos ocultaron tanto tiempo sus libros sagrados.
Estos eran tan raros que sólo se encontró un ejemplar en la época del rey
Josías, y aun este ejemplar estaba olvidado hacía mucho tiempo en el fondo de
un cofre, como ya se ha dicho.
El hecho sucedió, según el libro IV de los Reyes, en 624 antes de la era
vulgar, cuatrocientos después de Homero y en los tiempos más florecientes de
Grecia. Los griegos ignoraban entonces que existían hebreos en el mundo. La
cautividad de los judíos en Babilonia aumentó la ignorancia de sus libros y fue
menester que Esdras los restaurara al cabo de setenta años, cuando hacía más de
quinientos que la fábula de Baco corría de boca en boca por toda Grecia.
Si los griegos hubieran copiado sus fábulas y mitos de la historia
hebrea, habrían conocido esos sucesos tan interesantes para el género humano.
Las aventuras de Abrahán, Noé, Matusalén, Set, Enoc, Caín y Eva, fueron
ignoradas durante muchos años, y los griegos sólo tuvieron una vaga noticia del
pueblo hebreo después de la revolución que realizó Alejandro en Asia y en
Europa. El historiador Flavio Josefo así lo afirma. Al contestar a Apión (ya
fallecido cuando publicó su respuesta, pues Apión murió durante el reinado de
Claudio, y Josefo escribió en la época de Vespasiano), dice: «Apartados del
mar, no nos dedicamos al comercio, ni tenemos trato con las demás naciones. Nos
limitamos a cultivar nuestras tierras, que son muy fértiles, y sobre todo a
educar a nuestros hijos, porque creemos indispensable enseñarles nuestras
santas leyes e inculcarles el deseo de cumplirlas. Estas razones, añadidas a
cuanto dije sobre nuestro particular modo de vivir, demuestran que en siglos
pasados nunca tuvimos relaciones con los griegos, como las tuvieron los
egipcios y fenicios».
Tras la afirmación del historiador judío, defensor acérrimo del honor de
su pueblo, es imposible creer que los antiguos griegos sacaran la fábula de
Baco de los libros sagrados de los judíos, ni de ningún otro. ¿Por qué, pues,
los griegos tuvieron como fábulas lo que los judíos consideraban verdadera
historia? ¿Tal vez porque estaban dotados de invención o porque los grandes
talentos coinciden en sus hallazgos? Lo ignoramos. Dios lo permitió y esto debe
bastarnos. ¿Qué importa que los árabes y los griegos refieran los mismos hechos
que los hebreos? Debemos leer el Antiguo Testamento para prepararnos a leer el
nuevo, y en uno y otro sólo debemos buscar lecciones edificantes, de
moderación, de indulgencia y de verdadera caridad.
BACON (Francisco). El mayor
servicio que Bacon prestó a la filosofía, fue descubrir la atracción. A finales
del siglo XVI, decía en su libro Nuevo método de saber: «Falta averiguar si
existe una especie de fuerza magnética que opera entre la tierra y los objetos
que tienen peso, entre la luna y el Océano. Es preciso que los cuerpos graves
se dirijan hacia el centro de la tierra, o que se atraigan mutuamente, y en
este último caso, es evidente que cuanto más se aproximan a la tierra los
cuerpos al caer, con tanta más fuerza se atraen unos a otros. Es preciso
experimentar si el reloj de péndulo anda con más celeridad en lo alto de una
montaña que colocado en el fondo de una mina, y esto indicará la probabilidad
de que la tierra está dotada de verdadera atracción».
Cerca de cien años después, el gran Newton encontró, calculó y demostró
esa atracción, esa gravitación, esa propiedad universal de la materia que es la
causa que mantiene los planetas en sus órbitas, que influye en el sol y dirige
una paja hasta el centro de la tierra. Pero Bacon dio prueba de admirable
sagacidad al sospechar que debía existir esa fuerza cuando nadie pensaba en
semejante cosa.
Bacon la sospechó y Newton demostró la existencia de un principio
desconocido hasta entonces, y acaso los hombres no pasen de ahí si no llegan a
ser dioses. Newton fue muy prudente cuando, al demostrar las leyes de la
atracción, dijo que ignoraba la causa, añadiendo que quizás es una impulsión,
quizás una sustancia ligera prodigiosamente elástica difundida en la
naturaleza. Indudablemente, trató de sosegar con esos quizás a sus contrarios,
sublevados contra la palabra atracción y contra una propiedad de la materia que
actúa en el universo sin tocar los cuerpos sobre los que actúa.
BACON (Rogelio). Creeréis, sin duda, que el famoso monje del siglo
XIII apellidado Bacon fue un hombre eminentísimo, poseedor de la verdadera
ciencia, porque los ignorantes le persiguieron y le encarcelaron en Roma.
Confieso que le favorece esa opinión general. Pero, ¿no ocurre todos los días
que unos charlatanes critican desfavorablemente a otros charlatanes, y que unos
desequilibrados castigan a otros? El mundo se pareció durante mucho tiempo a
uno de esos manicomios en los que el orate que se cree el Padre Eterno
anatemiza al que se tiene por el Espíritu Santo. Semejantes hechos se repiten
en la actualidad.
Entre las causas de la fama de Bacon figura, en primer lugar, haber sido
encerrado en una cárcel, y en segundo lugar la osadía de decir que debían
quemarse todos los libros de Aristóteles, temeridad incalculable en una época
en que los escolásticos profesaban a Aristóteles mucho más respeto que los
jansenistas a san Agustín. ¿Pronunció Bacon ese fallo absoluto por haber
escrito una obra mejor que La Poética, La Retórica y La Lógica de Aristóteles?
Estas tres importantes obras prueban que Aristóteles fue un genio sutil,
profundo y metódico, pero un mal físico, porque era imposible avanzar en esa
ciencia en tiempos que no se conocían instrumentos para estudiarla.
En su mejor obra, que trata de la luz y la visión, Bacon se expresa con
más claridad que Aristóteles cuando dice: «La luz hace por vía de
multiplicación su especie luminosa, y esta acción se llama unívoca y conforme
al agente, pero existe otra multiplicación equívoca por medio de la cual la luz
engendra el calor y el calor engendra la putrefacción».
En otra parte, Bacon afirma que se puede prolongar la vida con el
esperma ceti, con el aloes y con la carne de dragón, pero que sólo se puede
alcanzar la inmortalidad con la piedra filosofal. Nuestros lectores creerán sin
dificultad que, siendo dueño dicho monje de secretos tan importantes, debía
poseer también los secretos relativos a la astrología judicial. Sin duda, por
eso asegura en su libro Opus majus que la cabeza del hombre está sometida a las
influencias del signo Aries, el cuello a las de Tauro, y los brazos a las de
Géminis. Prueba todo eso con experimentos y elogia extraordinariamente a un
gran astrólogo de París, que evitó que un médico pusiera un emplasto en la
pierna de un enfermo porque el sol estaba entonces en el signo de Acuario, y
ese signo es mortal para las piernas cuando se les aplican emplastos.
Es opinión general que Rogelio Bacon fue el inventor de la pólvora.
Cierto que en su época se habían realizado estudios para lograr tan horrible
descubrimiento. Tengo observado que el espíritu de invención se da en todas las
épocas, y aunque los doctores y gobernantes sean profundamente ignorantes y
campeen las preocupaciones, siempre surgen hombres desconocidos y animados de
un instinto superior que efectúan admirables inventos, explicados más tarde por
los sabios.
He aquí lo que sobre la pólvora dice Bacon en la página 474 de su libro
Opus majus, edición de Londres: «El fuego gregüísco (1) se extingue con
dificultad porque el agua no lo apaga. Existen ciertos fuegos cuya explosión
produce tanto ruido que si los encendieran súbitamente y de noche no podría
resistirlos una ciudad ni un ejército; serían más ruidosos que los truenos.
Existen fuegos que deslumbran tanto como los relámpagos. Cabe suponer que con
artificios como éstos aterró Gedeón al ejército de los madianítas. Nos da una
prueba de esto ese juego de niños que se hace en todo el mundo. Introducen en
un tubo una cantidad de salitre, apretándolo con una pequeña bola del tamaño de
una pulgada, y la hacen estallar, produciendo un ruido semejante al del trueno,
y del tubo sale un haz de fuego que parece un rayo». Por este párrafo se
comprende que Bacon sólo hizo la experiencia con una pequeña bola llena de
salitre puesta al fuego y desde este experimento hasta el de la invención de la
pólvora media bastante distancia. De ésta no se ocupa Bacon en ninguna parte,
aunque se inventó poco después.
(1) Fuego gregüísco era una mezcla incendiaria que no se apagaba con
agua.
Siempre me sorprendió que Bacon no conociera la dirección de la aguja
imantada que en su época empezaba a conocerse en Italia. En cambio, supo el
secreto de la vara del avellano y otras cosas parecidas de las que trata en su
libro Dignidad del arte experimental. A pesar del sinfín de absurdos y
desvaríos que contienen sus obras, debemos confesar que Bacon fue un hombre
admirable, con relación a su siglo, aunque puede objetárseme que su siglo fue
el del gobierno feudal y el de los escolásticos. Bacon sabía algo de geometría
y de óptica, y porque conocía algo de eso le tuvieron por hechicero en Roma y
en París. Sin embargo, no sabía tanto como el árabe Alhazen, porque en aquella
época los árabes, además de ser los maestros en todo, eran los médicos y
astrólogos de todos los reyes cristianos. El bufón del rey era indígena, pero
su médico era árabe o judío. Si pudiéramos trasladar a Bacon a los tiempos
actuales, sería sin discusión un gran hombre. Era oro amalgamado con los
excrementos de la época en que le tocó vivir; hoy sería oro puro.
BANCARROTA. Las bancarrotas no se conocieron en Francia
hasta el siglo XVI, por la sencilla razón de que aún no habían banqueros. Los
lombardos y los judíos prestaban con garantía al 5 % y el comercio se ejercía
sólo con dinero contante y sonante. Esto no quiere decir que algunos
comerciantes no se arruinaran, pero su ruina no se llamaba bancarrota, sino
quiebra, que no suena tan mal. El actual significado de bancarrota trae su
origen del vocablo italiano bancarrotto, bancarrotta. Cada negociante tenía su
banco en la plaza donde efectuaba el cambio, y cuando le salían mal los
negocios se declaraba fallito y dejaba sus bienes a los acreedores, guardándose
parte de ellos para vivir. Quedaba libre y le consideraban como hombre honrado.
No procedían contra él porque confesaba que se había roto su banco,
bancarrotto, bancarrotta. En algunas ciudades, podía conservar todos sus bienes
y dejar burlados a sus acreedores, si se subía sobre una piedra y enseñaba las
nalgas a los comerciantes. Esta costumbre derivaba del antiguo refrán latino
solvere aut in aere au in cute: pagar con el dinero o con la piel. Pero esta
costumbre ya no existe. Los acreedores prefieren recobrar las cantidades que se
les deben a ver el trasero del que hizo bancarrota.
En Inglaterra y otros países, las bancarrotas se publican en las
gacetas. Los asociados y los acreedores se reúnen en cuanto lo saben y tratan
de arreglarse, si pueden. Como algunas veces las bancarrotas son fraudulentas,
en estos casos se forma proceso a los que han quebrado y se les condena por
robo. No es cierto que en Francia se haya instituido la pena de muerte
indistintamente para todos los que han ido a la quiebra. Las quiebras sencillas
no se castigan con ninguna pena. Las quiebras fraudulentas se castigaban con la
pena de muerte en los Estados de Orleáns y en los de Blois en 1576, durante el
reinado de Carlos IX. Pero esos edictos, que renovó Enrique IV, ya sólo fueron
conminatorios.
Es muy difícil demostrar que un hombre se deshonra cediendo
voluntariamente sus bienes a los acreedores con objeto de engañarlos, al
comprender esta dificultad, la ley se ha circunscrito a poner en la picota a
esos desgraciados o sentenciarlos a galeras. Los quebrados fueron tratados con
gran consideración el último año del reinado de Luis XI y durante la regencia.
El lamentable estado a que llegó el interior del reino los muchos negociantes
que no podían o no querían pagar, la cantidad de mercaderías invendibles que se
acumularon y el temor de que se arruinara el comercio, obligó a los gobiernos
desde 1715 a 1726, a suspender todos los procesos que se seguían a los
quebrados. Como el Estado había hecho bancarrota, le pareció injusto y cruel
castigar a los particulares que se declararan en quiebra.
BANCO. La banca es un cambio de dinero por papel.
Hay bancos privados y bancos públicos. Aquéllos hacen operaciones por medio de
letras de cambio que un particular os entrega para que recibáis vuestro dinero
en el lugar indicado. El primero recibe el medio por ciento, y su corresponsal,
donde vais a cobrar, recibe otro medio por ciento cuando os paga. Esta primera
ganancia es un convenio entre ellos y no es necesario advertir al comprador.
La segunda ganancia, mucho más considerable se consigue por el valor del
dinero. Esta ganancia depende de la inteligencia del banquero y la ignorancia
del que remite el dinero. Los banqueros se entienden entre sí hablando una
jerga particular, como los químicos; y el profano, no iniciado en esos
misterios, suele ser su víctima. Dicen por ejemplo: «Remitimos de Berlín a
Amsterdam lo incierto por lo cierto; el cambio está alto, a treinta y cuatro o
treinta y cinco». Y hablando ese lenguaje, el hombre que cree entenderlos
pierde un seis o un siete por ciento; de modo, que si hace quince viajes a
Amsterdam, remitiendo siempre dinero con letras de cambio, al final los dos
banqueros se habrán quedado con todo el dinero del remitente. Esto es lo que
ordinariamente hace adquirir a los banqueros una extraordinaria fortuna. Si
preguntáis qué es lo incierto por lo cierto, os contestará por mí el ejemplo
que acabo de presentaros.
En Francia se trató de establecer un Banco del Estado en 1717, tomando
como ejemplo el de Inglaterra. Tuvo por objeto pagar con billetes de ese banco
los gastos corrientes del Estado, recibir las imposiciones del mismo modo y
satisfacer las deudas con billetes, entregar sin descuento las cantidades que
giraran sobre el Banco los franceses o los extranjeros, y de esa forma
asegurarle un gran crédito. Esa operación doblaba el valor del dinero emitiendo
billetes del Banco mientras hubiera moneda corriente en el reino, y lo
triplicaba si, emitiendo doble número de billetes que valor tenía la moneda, se
tenía cuidado de efectuar los pagos en el tiempo preciso, porque acreditándose
la caja todos dejarían en ella su dinero y así adquiría un crédito tres veces
mayor, como le ocurría al Banco de Inglaterra.
Muchos hacendistas y banqueros opulentos, envidiosos de Law, inventor de
este banco, trataron de arruinarle desde su fundación, y coaligándose con los
comerciantes holandeses libraron contra él todos sus fondos en el espacio de
ocho días. El gobierno, en vez de suministrar nuevos fondos para efectuar los
pagos, único medio de sostener el banco, quiso castigar la mala fe de sus
enemigos, y mediante un decreto dio a la moneda un tercio más de su valor real,
con lo que cuando los agentes holandeses se presentaron para que les
satisficieran los últimos pagos sólo recibieron en dinero las dos terceras
partes de sus letras de cambio. Pero ya habían dado al banco el gran golpe y
éste quedó exhausto, y el alza del valor numerario de la moneda acabó de
desacreditarle. Esa fue la primera época de la destrucción del famoso sistema
de Law. Desde entonces, ya no hubo en Francia banco público, y lo que no había
acaecido a Suecia, Venecia, Inglaterra y Holanda en sus épocas más calamitosas,
sucedió a Francia cuando nadaba en la paz y la abundancia.
BARAC Y DÉBORA. En este artículo no vamos a discutir la época
en que Barac era jefe del pueblo hebreo, ni por qué siéndolo dejó que una mujer
dirigiera su ejército; tampoco discutiremos si esta mujer, que se llamó Débora,
estaba casada con Lapidoth, si era pariente o amiga de Barac, ni qué día tuvo
lugar la batalla de Thabor, en Galilea, entre Débora y Sisara, general de los
ejércitos del rey Jacobino, cuyo general mandaba en Galilea un ejército de
trescientos mil infantes, diez mil jinetes y tres mil carros de guerra, si hay
que dar crédito al historiador Flavio Josefo.
Tampoco nos ocuparemos de Jacobino, rey de una aldea que se llamaba
Azor, a pesar de lo cual podía disponer de más soldados que el Gran Turco. Nos
da pena la mala suerte del gran visir Sisara, que al perder la batalla de
Galilea saltó de su carro de batalla del que tiraban cuatro caballos y huyó a
pie para correr con más celeridad. Se dirigió a pedir hospitalidad a una santa
mujer hebrea, que le dio leche y hundió en su cabeza un clavo grande de carreta
en cuanto se quedó dormido. Lo sentimos mucho, pero no vamos a ocuparnos de
esto, sino de los carros de guerra.
Al pie del monte Thabor, cerca del torrente de Cisón, se libró la
batalla antes citada. El monte Thabor es una montaña escarpada, cuyas laderas
más bajas se extienden por casi todo el territorio de Galilea. Entre esa
montaña y los peñascos inmediatos hay una pequeña llanura sembrada de piedras y
guijarros, en la que no puede evolucionar la caballería. Se extiende en unos
cuatrocientos o quinientos pasos. Es inconcebible que el general Sisara pudiera
formar allí en orden de batalla sus trescientos mil soldados y sus tres mil
carros, que no hubieran podido maniobrar ni siquiera en una llanura más grande.
Cabe suponer que los judíos no poseían carros de guerra en un país que
únicamente era famoso por los pollinos, pero los asiáticos los utilizaban en
las grandes llanuras. Confucio dice positivamente que desde tiempo inmemorial
los virreyes de las provincias de China tenían obligación de suministrar al
emperador, cada uno de ellos, mil carros de combate tirados por cuatro
caballos. Esos carros debieron utilizarse mucho antes de la guerra de Troya,
puesto que Homero, al ocuparse de ella, no habla de una nueva invención. Pero
esos carros antiquísimos no estaban construidos como los de Babilonia; ni las
ruedas ni el eje llevaban hierros cortantes. Ese invento debió ser muy eficaz
en las grandes llanuras, sobre todo cuando los carros eran numerosos y corrían
con impetuosidad, dotados de hoces y largas picas. Pero una vez se
acostumbraron a ellos, evitaban sus choques con tanta facilidad que dejaron de
usarse en todo el mundo.
En Francia, durante la guerra de 1741, trataron de reproducir ese
antiguo invento, rectificándolo. Uno de los ministros de Estado ordenó
construir un carro de combate y hasta lo probaron. Pensaron que en llanuras
extensas como las de Lutzen podrían ser muy útiles ocultándolos detrás de la
caballería, cuyos escuadrones debían abrirse para dejar paso a los carros y
luego correr tras ellos. Pero los generales opinaron de otra forma. Creyeron
que esa maniobra era inútil y hasta peligrosa en tiempos en que los cañones
solos ganan las batallas. Replicaron a los generales que en los ejércitos que
llevaran carros de combate se pondrían tantos cañones para protegerlos como
tuvieran los enemigos para destruirlos, añadiendo que al principio los carros
estarían al abrigo de los cañones enemigos detrás de los batallones o
escuadrones, que después éstos se abrirían para que los carros corrieran
impetuosamente y que su ataque inesperado podía producir un efecto prodigioso.
Los generales no contestaron nada que pudiera refutar las anteriores razones,
pero se negaron a hacer la guerra como en la Antigüedad la hicieron los persas.
BARBA. Los naturalistas afirman que la secreción que
produce la barba es la misma que perpetúa al género humano, asegurando que los
eunucos no tienen barba por haberles privado de los dos receptáculos en que se
elabora el líquido procreador que hace nacer al mismo tiempo los hombres y la
barba. Añaden que la mayor parte de los impotentes no tienen barba por carecer
de ese líquido, que de los vasos absorbentes pasa a la linfa nutritiva y lo
suministran a los diminutos bulbos de los que nacen los pelos en la barba, etc.
Existen hombres llenos de vello de la cabeza a los pies, como los monos,
y se supone que son los más vigorosos y aptos para propagar su especie. Con
frecuencia, son muy favorecidos en el amor, como ciertas damas que tienen
bastante vello. Por regla general, hombres y mujeres, rubios o morenos, tienen
algo de vello en todo el cuerpo, y puede decirse que no hay más partes
absolutamente desprovistas de pelo que la palma de la mano y la planta del pie.
La afinidad constante que existe entre el pelo y el líquido seminal no
puede ponerse en tela de juicio. Pero permítasenos preguntar por qué los
eunucos y los impotentes carecen de barba y tienen cabello. La cabellera, ¿es
acaso de otro género que la barba y los demás pelos? ¿No tendrá ninguna
relación con el líquido seminal? Los eunucos tienen también cejas y pestañas,
siendo ésta otra excepción que contradice la opinión dominante de que el origen
de la barba está en los testículos. Siempre se encuentran dificultades que se
oponen a las suposiciones más generalizadas. Los sistemas son como los ratones,
que después de pasar por veinte agujeros se encuentran con dos o tres que les
cierran el paso.
Todo un hemisferio parece oponerse a la unión de la barba y el semen.
Los americanos de cualquier región, color y estatura, ni tienen barba ni pelo
alguno en el cuerpo, si exceptuamos las cejas y el cabello. Puedo presentar
pruebas jurídicas de ello, proporcionadas por hombres que han conversado y se
han batido con varias tribus de la América septentrional. Afirman que jamás les
vieron un pelo en el cuerpo, burlándose con razón de los escritores que
copiándose unos a otros dicen.que los americanos no tienen pelo porque se lo
arrancan con pinzas. Como si Cristóbal Colón, Hernán Cortés y demás
conquistadores hubieran llevado sus barcos cargados de esas diminutas pinzas
que usan nuestras damas para depilarse y las hubieran distribuido entre los
pueblos de América.
Durante mucho tiempo creí que los esquimales eran una excepción a esa
ley general del Nuevo Mundo, pero viajeros serios me han asegurado que son tan
imberbes como los demás americanos y, no obstante, tienen hijos como en Chile,
Perú y el Canadá, como los tenemos en nuestro continente los hombres barbudos.
La virilidad no es, pues, inherente en América a los pelos negros o
amarillentos. Existe, sin embargo, una diferencia específica entre esos bípedos
y nosotros. La misma que existe entre sus leones, que no tienen crines y no son
de la misma especie que los de Africa.
Es de advertir, sin embargo, que los orientales siempre tuvieron la
misma consideración a la barba. El casamiento marca para ellos el punto de la
vida en que empiezan a dejarse la barba. La vestidura larga y la barba imponen
respeto. Los pueblos occidentales han variado de traje con mucha frecuencia, y
hasta me atrevo a decir que han cambiado de barba. Llevaron bigotes durante el
reinado de Luis XIV, hasta el año 1672. En la época de Luis XIII usaron una
barba corta que terminaba en punta. Enrique V la llevaba cuadrada, Carlos V,
Julio II y Francisco I pusieron de moda en sus cortes la barba larga, que hacía
mucho tiempo nadie usaba. Los togados, para respetar la costumbre de sus padres
y por seriedad, se afeitaban entonces, en tanto que los cortesanos y los
elegantes se dejaban crecer la barba todo lo que podían. En aquellas épocas,
cuando los reyes querían enviar en una embajada a algún togado, suplicaban a
los colegas de éste le permitieran dejarse la barba, sin que se burlaran de él
en los juzgados y los demás tribunales. Pero ya hemos hablado demasiado sobre
la barba.
BASTARDOS. Bala, criada de Raquel, y Zelfa, criada de Lía,
dieron cada una de ellas dos hijos al patriarca Jacob, haciendo notar que como
hijos legítimos heredaron lo mismo que los otros hijos que tuvo Jacob de las
dos hermanas Lía y Raquel. Aunque no es menos cierto que por toda herencia
recibieron su bendición.
No les sucedió lo que a Guillermo el Bastardo, que heredó Normandía, ni
como Thierry, hijo bastardo de Clovis, que heredó la mejor parte de las Galias,
que su padre había invadido.
Muchos reyes de España y de Nápoles fueron bastardos. En España, el rey
Enrique Trastamara fue considerado como legítimo rey, a pesar de ser hijo
ilegítimo, y esta casta de bastardos, fundida con la casa de Austria, reinó
hasta Felipe IV.
También fue bastarda la casa de Aragón que reinó en Nápoles durante el
reinado de Luis XII. El conde de Duvois firmaba el bastardo de Orleáns, y en
las casas del duque de Normandía, rey de Inglaterra, que se conservaron mucho
tiempo, firmaba Guillermo el Bastardo.
En Alemania no sucede lo mismo. En ese país quieren que las estirpes
sean puras. Los bastardos nunca heredan haciendas y carecen de estado. En
Francia, desde hace mucho tiempo, el hijo bastardo de un rey no puede ser
sacerdote sin tener dispensa de Roma, pero es príncipe sin ninguna dificultad
desde que el rey le reconoce como hijo de su pecado, aunque sea adulterino de
padre y madre. El bastardo de un rey de Inglaterra no puede ser príncipe, pero
sí duque. Los bastardos de Jacob no fueron duques, ni príncipes, ni heredaron
haciendas, por la sencilla razón de que su padre no las tenía. Pero después les
llamaron patriarcas.
Puede preguntársenos si los hijos bastardos de los papas pueden serlo a
su vez cuando les toque el turno. Creemos que no es posible, a pesar de que
Juan XI fue hijo bastardo de Sergio III y de la famosa Marozia. Pero un caso
aislado no constituye ley.
BATALLÓN. La cantidad de hombres que sucesivamente han
constituido un batallón, ha variado mucho. Y hará variar aún los cálculos con
los cuales, para un número dado de hombres, se deben encontrar los lados del
cuadro, los medios de formar ese cuadro, lleno o vacío, y de formar de un
batallón un triángulo, imitando el cuneus de los antiguos, que no era un
triángulo.
El modo de ordenar los batallones de tres hombres en fondo en opinión de
muchos oficiales, les da demasiada extensión y les hace presentar flancos muy
débiles. El balanceamiento les impide avanzar con ligereza contra el enemigo y
la debilidad de los flancos les expone a que los derroten siempre, si no los
apoyan o protegen, viéndose obligados a formar cuadro y a tener que permanecer
casi inmóviles. Las ventajas de ese sistema, mejor dicho, la única ventaja,
consiste en hacer un fuego muy nutrido, porque todos los soldados del batallón
pueden disparar. Pero esa ventaja no compensa los inconvenientes, sobre todo en
Francia.
La forma de hacer la guerra en la actualidad es distinta de la antigua.
Se alinea un ejército en orden de batalla para que sirva de blanco a la
artillería enemiga; a continuación, avanza un poco para disparar y recibir
tiros de fusil, y el ejército que se cansa primero de ese tejemaneje es el que
pierde la batalla. La artillería francesa es notable, pero su infantería raras
veces es superior a la de otras naciones. Puede decirse, sin faltar a la
verdad, que la nación francesa es tan impetuosa en el ataque que resulta
dificilísimo resistir su choque. El soldado que no tiene paciencia para
resistir los disparos de los cañones cuando está inmóvil, y quizá tiene miedo,
acometerá con rabia al enemigo, se dejará matar o silenciará los cañones. Esto
se ha visto muchas veces. Los grandes generales coinciden en juzgar de este
modo a los franceses.
Es digno de notarse que el orden, la marcha y las evoluciones de los
batallones, casi como hoy se practican, la restableció en Europa un hombre que
no era militar, Maquiavelo, secretario del gobierno de Florencia. Ordenó
batallones de a tres, cuatro y cinco en fondo: formando en cuadro para que no
los destruyan después de una derrota; de cuatro en fondo sostenidos por otros
batallones, formando columna, y flanqueados por la caballería. Puede decirse
que enseñó a Europa el arte de hacer la guerra.
El gran duque de Florencia insistía en que el autor de Mandrágora y
Clitia dirigiera el ejército según su nuevo sistema, pero Maquiavelo se negó a
complacerle, temiendo que los oficiales y soldados se burlaran de un general de
capa y limitándose a pedir que aquéllos mandaran en su presencia el ejercicio a
las tropas. No deben omitirse las cualidades que Maquiavelo exige en el
soldado: gallardía, es decir vigor; ojos vivaces y poco alegres; cuello
nervioso, pecho ancho, brazo musculoso, formas plenas y poco vientre, y piernas
y pies delgados. En suma, exige todas las características de agilidad y de
fuerza. Sobre todo, desea que el soldado ame el honor para que éste le empuje a
batirse. «La guerra —afirma— corrompe las costumbres (y recordando un refrán
italiano, añade): la guerra da vida a los ladrones y la paz les levanta los
patíbulos.»
Maquiavelo hace muy poco caso de la infantería francesa, y es preciso
confesar que fue muy floja hasta la batalla de Rocroi. Maquiavelo fue un hombre
extraño; se divertía escribiendo versos y comedias, en enseñar desde su
gabinete el arte de matarse técnicamente y a los príncipes el arte de ser
perjuros y asesinar y envenenar en casos dados. Ese gran arte que el papa
Alejandro VI y su hijo bastardo César Borgia ejercieron magistralmente sin
necesitar las lecciones de Maquiavelo.
Nótese que en todas las obras de Maquiavelo, que tratan de asuntos muy
diferentes, no se encuentra ni una palabra que mueva a amar la virtud, ni una
tan sólo que nazca del corazón. Lo mismo se ha notado en Boileau, pero aunque
éste no nos incite a amar la virtud trata de demostrar al menos que es
necesaria.
BAUTISMO. (Voz griega que significa inmersión.) No vamos a ocuparnos del bautismo como teólogos, pues somos únicamente
humildes y profanos hombres de letras que no debemos entrar en este santuario.
Desde tiempo inmemorial, los hindúes se sumergen en el Ganges y siguen
haciéndolo todavía. Los egipcios, cuyo máximo guía eran los sentidos, creyeron
fácilmente que lo que lavaba el cuerpo podía también lavar el alma, y en
consecuencia instalaron enormes cubas en los subterráneos de los templos de
Egipto para que en ellas se sumergieran los sacerdotes y los iniciados.
Como todo signo es por sí mismo indiferente, Dios se dignó consagrar esa
costumbre del pueblo hebreo y los judíos bautizaron a todos los extranjeros que
se afincaban en Palestina. No se obligaba a éstos a que se circuncidaran, pero
sí a cumplir los siete preceptos de los noaquidas y no hacer sacrificios a los
dioses foráneos. Los prosélitos del país eran circuncidados y bautizados,
bautizando también a las prosélitas, desnudas y en presencia de tres hombres.
Los hebreos más devotos recibían el bautismo de manos de los profetas
más venerados, y por eso recurrieron a san Juan, que bautizaba en el río
Jordán. El propio Jesús, que no bautizó a nadie, se dignó permitir que Juan le
bautizara. Esa costumbre, que fue durante mucho tiempo accesoria en la religión
hebraica, recibió de nuevo valor y dignidad, llegando a ser el principal rito y
el sello del cristianismo. Y como los quince primeros obispos de Jerusalén
fueron judíos, los cristianos de Palestina siguieron circuncidándose durante
mucho tiempo y los cristianos de san Juan nunca recibieron el bautismo de
Jesucristo.
Otras sectas cristianas aplicaban a los bautizados un cauterio con un
hierro candente, movidos a realizar esa operación por las palabras que dijo san
Juan Bautista y que refiere san Lucas: «Bautizo con agua, pero el que viene
tras de mí bautizará con fuego». Esas palabras no se han podido explicar nunca.
Hay diversas opiniones respecto al bautismo de fuego que citan Lucas y
Mateo. Tal vez la más verosímil es que fuera una alusión a la antigua costumbre
de quienes rendían culto a la diosa de Siria, que tras sumergirse en el agua se
imprimían caracteres en el cuerpo con un hierro candente.
En los primeros siglos del cristianismo, de ordinario esperaban estar en
la agonía para recibir el bautismo. Prueba de ello es el ejemplo del emperador
Constantino. San Ambrosio no había recibido aún el bautismo cuando le nombraron
obispo de Milán. Pronto quedó abolida la costumbre de esperar la muerte para
bautizarse, siendo sustituida por la de sumergirse en el baño sagrado.
El bautismo te los muertos. También bautizaban a los muertos. Esa clase de bautismo está demostrada
por el siguiente pasaje de Pablo en su carta a los corintios: «Si no
resucitamos, ¿qué les sucederá a los que reciben el bautismo por los muertos?».
O bautizaban a los mismos muertos o los vivos recibían el bautismo por ellos,
al igual que en tiempos posteriores se concedieron indulgencias para librar del
purgatorio las almas de los amigos y los padres.
San Epifanio y san Juan Crisóstomo nos refieren que algunas sectas
cristianas metían un hombre en la cama de un muerto, después le preguntaban si
quería recibir el bautismo y el vivo contestaba afirmativamente; acto seguido,
tomaban al muerto y lo sumergían en una cuba llena de agua. Esta costumbre
quedó abolida muy pronto. San Pablo la menciona y la aprovecha como argumento
irrebatible para probar la resurrección.
El bautismo de aspersión. Los griegos
conservaron siempre la costumbre de bautizarse por inmersión. Los romanos, a
fines del siglo VIII, tras expandir su religión por las Galias y Germania, al
ver que la inmersión mataba a algunos niños en los países fríos, sustituyeron
esa clase de bautismo por el de aspersión, lo que motivó el anatema de la
Iglesia griega.
Preguntado san Cipriano, obispo de Cartago si realmente estaban
bautizados quienes sólo se les rociaba el cuerpo, dicho obispo contestó en su
carta 76 que «muchas iglesias no creen que los rociados sean cristianos pero él
opina que sí son cristianos, aunque gozan de gracia infinitamente menor que los
sumergidos tres veces, según es costumbre».
Los cristianos no llegaban a ser iniciados hasta después de sumergidos.
Antes, sólo eran catecúmenos. Para pertenecer a los iniciados necesitaban tener
quien respondiera de ellos, una especie de padrino, para que la Iglesia pudiera
tener garantía de la fidelidad de los nuevos cristianos y de que los misterios
no serían divulgados. Por eso, en los primeros siglos del cristianismo, los
gentiles desconocían los misterios de los cristianos tanto como éstos ignoraban
los de Isis y Ceres.
Cirilo de Alejandría, en el escrito que dirigió contra el emperador
Juliano, se expresa en estos términos: «Me ocuparía del bautismo si no temiera
que lo que digo de él llegue a oídos de quienes no están iniciados». Entonces
no había ningún culto que no tuviera sus misterios, sus sectas, sus
catecúmenos, sus iniciados y sus profesos. Cada secta exigía nuevas virtudes y
recomendaba a sus adeptos que hicieran nueva vida initium novae vitae; de esto
provino la palabra iniciación. La de los cristianos de ambos sexos consistía en
sumergirse desnudos en un cuba llena de agua fría para asegurar la remisión de
todos los pecados. La misma diferencia había entre el bautismo cristiano y las
ceremonias griegas, que entre la verdad y la mentira. Jesucristo fue el gran sacerdote
de la nueva ley.
A partir del siglo II comenzaron a bautizar a los niños. Era natural que
los cristianos desearan administrar ese sacramento a sus hijos para que no se
condenaran si no lo recibían, y decidieron que se les debía bautizar a los ocho
días de haber nacido, porque entre los judíos entonces estaban ya
circuncidados. La Iglesia griega sigue todavía esa antigua costumbre.
Los niños que morían en la primera semana de su nacimiento estaban
condenados, según la opinión de los más rigurosos padres de la Iglesia. Pero en
el siglo v, Pedro Crisólogo inventó el limbo, que era como la playa o el
arrabal del infierno, para los niños sin bautismo y donde permanecieron los
patriarcas hasta que Jesucristo descendió a los infiernos. Más tarde prevaleció
la opinión de que Cristo no descendió a los infiernos, sino al limbo.
Puesto a discusión si un cristiano nacido en los desiertos de Arabia
podía ser bautizado con arena, se ha decidido que no. Se discutió también si
podía bautizarse con agua de rosas, y se acordó que era indispensable el agua
pura, pero podían utilizar agua cenagosa. Como vemos, esta disciplina dependió
de la prudencia de los primeros pastores que la establecieron.
Los anabaptistas y otras sectas que se hallan fuera del seno de la
Iglesia preconizaban que no se debía bautizar ni iniciar a nadie sin
conocimiento de causa. «Obligáis a prometer —dicen— que pertenecerá a la
sociedad cristiana al que no tiene conocimiento, porque un niño no puede
comprometerse a nada y para ello le nombráis un padrino, pero esto es un abuso
de la antigua costumbre. Esa precaución era conveniente cuando se estableció el
bautismo, cuando hombres y mujeres desconocidos acudían a los primeros discípulos
para que los admitieran en la sociedad cristiana, y para participar de las
limosnas necesitaban presentar una garantía que respondiera de su fidelidad,
pero un niño está en el caso diametralmente opuesto. Sucede con frecuencia que
un niño que los griegos bautizaron en Constantinopla, casi a continuación lo
circuncidaron los turcos, y fue cristiano ocho días y musulmán a los trece
años, faltó al juramento que hizo su padrino.» Esa es una de las razones que
los anabaptistas pueden alegar, pero esa razón, que es válida en Turquía,
carece de valor en los países cristianos, en los que el bautismo asegura el
estado de los ciudadanos y ha de ajustarse a las leyes y ritos de su patria.
Los griegos rebautizaban a los romanos que pasaban de una confesión
latina a la confesión griega. Era costumbre en el siglo pasado que esos
catecúmenos pronunciaran estas palabras: «Escupo a mi padre y a mi madre porque
me bautizaron mal». Tal vez esa costumbre perdure todavía y se conserve mucho
tiempo en las provincias.
El bautismo, la inmersión en el agua, la aspersión y la purificación,
provienen de la más remota Antigüedad. Estar limpios equivalía a estar puros en
presencia de los dioses. Ningún sacerdote se atrevió nunca a acercarse a los
altares con manchas en el cuerpo.
Los judíos se creían obligados a bañarse después de una profanación
cuando tocaban un animal impuro, un cadáver y en otras muchas ocasiones.
Para los judíos, ser bautizados y renacer era la misma cosa y esa idea
ha sido inherente al bautismo hasta nuestros días. Cuando Juan el Precursor se
dedicó a bautizar en el Jordán, no hizo más que continuar una costumbre
inmemorial. Los sacerdotes de la ley no le pidieron cuentas por dedicarse a
bautizar, como si estableciera una nueva práctica; le acusaron porque se
arrogaba un derecho que les pertenecía exclusivamente, como los sacerdotes
católicos romanos podrían quejarse de que un laico se arrogara el derecho a
decir misa. Juan Bautista desempeñaba funciones legales, pero ilegalmente.
Juan tuvo discípulos y llegó a ser jefe de una secta popular que le
acarreó perder la cabeza. Créese que Jesús fue al principio uno de sus
discípulos, puesto que le bautizó en el Jordán, sabiendo, como sabemos, que
envió poco tiempo antes de su muerte partidarios suyos para que le ayudaran.
El historiador Flavio Josefo habla de Juan y no de Jesús, prueba
incontrovertible de que Juan Bautista, en la época del historiador, era más
famoso que aquel a quien bautizó. «La multitud le seguía —dice Josefo— y
parecía que los judíos estaban dispuestos a hacer cuanto les ordenara.» Este
pasaje indica que Juan, además de ser jefe de secta, era jefe de partido.
Josefo añade que llegó a inquietar a Herodes, siendo tan temible para éste que
le sentenció a muerte. Jesús sólo tuvo discrepancias con los fariseos. Por eso,
Josefo describe a Juan como hombre que hacía sublevar a los hebreos contra el
rey Herodes, a quien éste consideró como criminal del Estado. Jesús, como
estaba lejos de la corte, pasó inadvertido para el historiador.
La secta de Juan Bautista subsistió, teniendo una regla diferente a la
de Jesucristo. Según consta en los Hechos de los Apóstoles, veinte años después
del suplicio de Jesucristo, Apolo de Alejandría, convertido al cristianismo,
sólo conocía el bautismo de Juan y no tenía idea del Espíritu Santo. Muchos
viajeros, entre otros Chardin, el más relevante de todos, dicen que todavía
existen en Persia discípulos de Juan, que se llaman Sabis los cuales se
bautizan en nombre de éste y reconocen a Jesús como profeta, no como Dios.
Respecto a Jesús, repetimos que recibió el bautismo, pero no lo confió a
nadie. Sus apóstoles bautizaban a los catecúmenos y, en ciertas circunstancias,
los circuncidaban, prueba de ello es la operación que practicó Pablo en su
discípulo Timoteo.
Se asegura que cuando los apóstoles bautizaban lo hacían en nombre de
Jesucristo. Los Hechos de los Apóstoles no mencionan a ningún catecúmeno
bautizado en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, lo que nos induce
a creer que el autor de los Hechos no conoció el Evangelio de San Mateo, que
dice: «Id a enseñar a todas las naciones y bautizad en el nombre del Padre, del
Hijo y del Espíritu Santo». La religión cristiana no había adquirido aún la
verdadera forma, ni se había escrito el Símbolo de los Apóstoles. La carta de
Pablo a los corintios nos da a entender la singular costumbre de bautizar a los
muertos, pero la naciente Iglesia pronto reservó el bautismo para los vivos y
empezó por bautizar a los adultos. Con frecuencia, esperaba que cumplieran
cincuenta años o su última enfermedad, con la idea de que se llevaran a la otra
vida toda la virtud del reciente bautismo.
En la actualidad bautizan a todos los niños. Sólo los anabaptistas
reservan esta ceremonia para la edad adulta y la practican sumergiendo el
cuerpo en el agua. Los cuáqueros, que constituyen una secta muy numerosa en
Inglaterra y en América, no se bautizan, fundándose en que Jesucristo no
bautizó a ninguno de sus discípulos y ellos se vanaglorian de ser cristianos
como en la época de Jesús.
El emperador Juliano el Filósofo, en su libro Sátira de los Césares,
pone estas palabras en boca de Constancio hijo de Constantino: «Todo el que sea
culpable de violación, homicidio, rapiña, sacrilegio y crímenes más
abominables, quedará limpio y puro así que yo lo lave con el agua bautismal».
Esta fue la fatal doctrina que indujo a los emperadores romanos y a los grandes
del Imperio a diferir el bautismo hasta el postrer momento. Creyeron haber
encontrado el secreto de vivir como criminales y morir como hombres virtuosos.
¡Extraña fue la idea que extrajeron del agua lustral, es decir, que una
cantidad de agua lavaba todos los crímenes! Actualmente bautizamos a los niños
obedeciendo a otra idea tan absurda como la que acabamos de mencionar o sea
suponer que todos son criminales y así los salvamos hasta la edad de la razón
en la que ya pueden convertirse en culpables. ¡Ahogadlos, pues, pronto, porque
así aseguráis el paraíso! Esta consecuencia es tan lógica que existió una secta
religiosa que mataba por envenenamiento a las criaturas recién bautizadas. Esos
sectarios razonaban perfectamente cuando decían: «De esa forma hacemos a esos
niños inocentes el mayor bien, porque les evitamos ser desdichados y perversos
en el mundo y los enviamos a gozar la vida eterna».
BEKKER (o del mundo encantado, del diablo, del libro de Enoc y de los
hechiceros). Baltasar Bekker, teólogo y predicador alemán,
hombre excelente, enemigo del infierno eterno y del diablo y más enemigo
todavía de la precisión, levantó mucho revuelo en su época con un voluminoso
libro que con el título El mundo encantado publicó en 1694.
Jacobo Jorge de Chaufepie, que pretende ser el continuador de Bayle,
asegura que Bekker aprendió el griego en Gromingua, y Nicerón aduce buenas
razones para asegurar que lo aprendió en Franeker, pero no está firme en punto
tan interesante. Lo cierto es que en la época de Bekker, ministro del Santo
Evangelio de Holanda, el diablo gozaba de extraordinaria fama entre los
teólogos de todas las confesiones. Sucedía esto hacia mediados del siglo XVII,
pese a los esfuerzos de Bayle y de otros sabios que empezaban a ilustrar a la
humanidad. Por toda Europa estaban en boga los poseídos y los hechiceros, y con
frecuencia los resultados eran funestos.
Apenas pasado un siglo, el rey Jacobo, acervo enemigo de la Iglesia
romana y del poder del Papa, hizo imprimir su libro Deomología, en que
reconocía los maleficios, íncubos y súcubos, y confiesa el poder del diablo y
del Papa, que en su opinión puede sacar a Satanás del cuerpo de los poseídos
como los demás sacerdotes. Los propios franceses, que se vanaglorian en la
actualidad de haber recobrado el buen sentido, estaban sumidos en la hórrida
cloaca de la más estúpida barbarie. No existía en Francia un solo tribunal que
no se ocupara en juzgar causas de hechicería, ni jurisconsulto serio que no
escribiera respecto a los poseídos del diablo. Católicos y protestantes creían
en esta absurda superstición fundándose en que lo dice uno de los evangelios
cristianos que fueron enviados a los discípulos para expulsar a los diablos.
Creían deber sagrado someter a tortura a las muchachas de mala vida para
hacerlas confesar que habían fornicado con Satanás, el cual se presentaba a
ellas en forma de macho cabrío y con el miembro viril en el ano, y en los
procesos criminales que formaban a esas infortunadas describían detalladamente
las citas del macho cabrío con las prostitutas. Esos procesos terminaban
siempre quemándolas en la hoguera, tanto si confesaban como si negaban. Así,
Francia llegó a ser un vasto escenario de matanzas legales.
Tengo a la vista una colección de procesos infernales recogidos por un
consejero de la Cámara del Parlamento de Burdeos, llamado Lancre, publicada en
1613 y dedicada a Monseñor Sillery, canciller de Francia. El país pasó entonces
por una interminable noche de San Bartolomé, y así continuó, desde la matanza
de Vassy, hasta los asesinatos del mariscal Ancre y su inocente esposa.
En Ginebra, en 1652, en la época de Bekker, quemaron en la hoguera a una
infeliz mujer llamada Micaela Chandrón, convenciéndola de que era una
hechicera.
He aquí, en extracto, el proceso que se incoó contra esa desventurada:
«Micaela, al salir de la ciudad, encontró al diablo. Este le dio un beso,
recibió su homenaje y luego imprimió en el labio superior y en la mama derecha
de la joven el sello con que acostumbra a marcar las personas que reconoce por
favoritas suyas. El sello del diablo es una firma diminuta que da
insensibilidad a la piel, como aseguran los jurisconsultos de Monógrafos. El
diablo ordenó a Micaela Chandrón que hechizara a dos muchachas y ella obedeció
humildemente a su señor».
Los padres de las jóvenes la acusaron judicialmente de haber hechizado a
sus hijas, y éstas declararon que sentían continuamente un gran comezón en
ciertas partes del cuerpo y que estaban poseídas del diablo. Llamaron a los
médicos para que las visitaran y después buscaron en todo el cuerpo de Micaela
el sello del diablo, que el atestado denomina marca satánica. Clavaron en su
cuerpo una aguja larga que le hizo sufrir dolorosa tortura y salir mucha
sangre; la infeliz Micaela dio a entender con sus gritos que las marcas del
diablo no la hicieron insensible. No encontrando los jueces prueba concluyente
de que Micaela Chandrón fuera bruja, le aplicaron el tormento, que
infaliblemente otorga las pruebas que se desean y la desventurada confesó lo
que querían que confesara. Los médicos siguieron buscando la marca satánica y
la encontraron en una pequeña señal negra que tenía en una pierna, en la que
volvieron a hundirle la aguja, pero fueron tan tremendos los dolores que le
causaba el tormento que la pobre mujer, que estaba expirando, apenas sintió el
efecto de la aguja y no exhaló un solo grito. Con ello quedó comprobado el
crimen, pero como las costumbres empezaban a suavizarse, no la quemaron hasta
después de haberla ahorcado.
En todos los tribunales de la Europa cristiana aún tienen lugar esas
salvajes sentencias. Duró tanto la imbecilidad bárbara, que a mediados del
siglo XVIII, en 1750, en Vurtzburg quemaron a una bruja. ¡Y vaya bruja! Una
joven de la alta sociedad que era abadesa de un convento de monjas. Y esto
sucedió durante el reinado de María Teresa de Austria.
Semejantes horrores, difundidos por toda Europa, movieron a Bekker a
luchar contra el diablo. Y aunque le dijeron en prosa y en verso que hacía mal
en atacarle, siendo tan feo como era y pareciéndosele mucho, no dio su brazo a
torcer. Empezó por negar rotundamente el poder de Satanás, y tanto se enardeció
combatiéndole que llegó a propugnar que Satanás, no existe. «Si existiera el
diablo —exclamaba— se vengaría de mí por la guerra que le muevo». Bekker
razonaba bien: si el diablo existiera le castigaría. Los sacerdotes, sus
colegas, se pusieron contra él afiliándole al partido de Satanás y le
anatematizaron.
Bekker entra en materia en el segundo tomo. Opina que la serpiente que
sedujo a nuestros primeros padres no era el diablo, sino una verdadera
serpiente, como la burra de Balaam era una verdadera burra y como la ballena
que se tragó a Jonás era una verdadera ballena. Tan cierto resultaba que era
una serpiente, que toda su especie, que antes andaba con los pies, fue
condenada a andar arrastrándose. El Pentateuco nunca llama a la serpiente
Satanás, Belcebú, ni Diablo, ni siquiera nombra a Satanás. Bekker admite la
existencia de los ángeles, aunque al propio tiempo asegura que la razón humana
no puede demostrar que existen. «Si existen —dice en el capítulo VIII del tomo
segundo— es difícil decir lo que son. La Sagrada Escritura no dice en qué
consiste su naturaleza ni en qué consiste el ser de un espíritu. La Biblia no
está escrita para los ángeles, sino para los hombres, y Jesucristo, para
redimirnos, no tomó la forma de ángel sino la de hombre».
Si Bekker tiene tanto miramiento sobre la existencia de los ángeles no
es de extrañar que lo tenga también para los diablos, y es ocupación divertida
observar las elucubraciones que obliga a hacer a su ingenio para que prevalezca
en los textos favorables a la doctrina que sustenta y para eludir los
contrarios. Hace cuanto puede para demostrar que el diablo no tuvo parte en las
calamidades que afligieron a Job, siendo en esto más prolijo que los exégetas
del santo varón. Es hasta verosímil que sólo le condenaran por despecho de
haber perdido el tiempo leyéndole. Estoy convencido de que si el diablo se
hubiera visto obligado a leer el Mundo Encantado, no perdonaría nunca a Bekker
los demoledores ataques que le dirige.
Una de las mayores dificultades que encontró el teólogo alemán fue
explicar estas palabras del Evangelio de San Mateo: «Jesús fue transportado por
el espíritu al desierto, para que allí le tentara el diablo Kuathbull». No
encontró nunca un texto más terrible. El teólogo pudo escribir cuanto quiso
contra Belcebú, pero era imprescindible que admitiera su existencia, y una vez
admitida interpretaba los textos difíciles como podía.
Quien desee saber qué es el diablo, debe recurrir al jesuita Escoto, que
se ocupa de él con prolija extensión, más todavía que Bekker.
Si consultamos sólo la historia, sabremos que el origen del diablo
existe ya en la remota doctrina de los persas. Harimán o Arimane, que es el
principio del mal, corrompe todo lo que el principio del bien hizo beneficioso.
En Egipto, Tifón causa todo el mal que puede, y Oshireth, que nosotros llamamos
Osiris, proporciona con Isis todo el bien de que es capaz. Antes de la época de
los egipcios y de los persas, Maizazor, en la India, se reveló contra Dios y
quedó convertido en diablo, pero al fin Dios le perdonó. Si Bekker y los
socicianos hubieran conocido la anécdota de los ángeles hindúes sobre su
rehabilitación, se habría aprovechado de ello para afirmarse en la opinión de
que el infierno no es eterno y para prometer el perdón a los condenados que
lean sus libros.
Debemos confesar que los judíos no mencionan la caída de los ángeles en
el Antiguo Testamento, pero sí trata de ella el Nuevo. Cuando se estableció el
cristianismo, atribuyeron un libro a Enoc, séptimo hombre después de Adán,
concerniente al diablo y sus asociados. Enoc dice que el jefe de los ángeles se
llama Semianzas y sus lugartenientes eran Areciel, Atarcuf y Sampsic (1), y los
capitanes de los ángeles fieles eran Rafael, Gabriel, Uriel, etc., pero no dice
que la guerra se librara en el cielo, sino en una montaña del mundo por
intentar casarse con las hijas de los hombres. San Judas cita dicho libro en su
epístola: «Dios retuvo —dice— encadenados en las tinieblas hasta el juicio
final a los ángeles que, pervirtiendo su origen, abandonaron su morada. Desgraciados
los que siguen las huellas de Caín, cuya desventura profetizó Enoc, séptimo
hombre después de Adán». En su segunda epístola, san Pedro alude al libro de
Enoc diciendo: «Dios no perdonó a los ángeles que pecaron y los lanzó al
Tártaro, donde los tiene sujetos con cables de hierro».
(1) Ya hemos citado los ángeles principales en el artículo Ángel.
Era difícil que Bekker pudiera contradecir pasajes tan explícitos no
obstante, todavía fue más inflexible con los diablos que con los ángeles. Para
que no le subyugue el libro de Enoc, sostiene que así como no existe el diablo,
tampoco existe dicho libro, o lo que es lo mismo, que es apócrifo. Añade que el
diablo pertenece a la antigua mitología que el cristianismo ha copiado, porque
no somos más que unos plagiarios.
¿Puede preguntarse, en la actualidad, por qué denominamos Lucifer al
espíritu maligno, que la traducción hebraica y el libro atribuido a Enoc llaman
Semiaxah o Semexiah? Porque, sin duda, entendemos mejor el latín que el hebreo.
Isaías inserta una parábola contra un rey de Babilonia, que dice: «Al saber tu
muerte se oyeron cantos de alegría y se regocijaron los abetos, porque tus
recaudadores no vendrían ya a cobrarnos la contribución de la talla. ¿Cómo
desde tu altura descendiste al sepulcro? ¿Cómo fuiste a dar entre los gusanos y
la podredumbre? ¿Cómo caíste del cielo, Helel, estrella de la mañana? etc. La
palabra caldea hebraica Helel se tradujo por Lucifer, y la estrella de la
mañana, la estrella de Venus; desde entonces fue el diablo Lucifer caído del
cielo y precipitado a los infiernos. De tal modo se forman las opiniones, y a
veces una sola palabra, una sílaba mal traducida, una letra equivocada o
suprimida son el principio de la creencia de todo un pueblo. De la palabra
Soracte se ha formado San Orestes, de la voz Rabboni se ha formado San Raboni y
de Semo Sancus se ha formado San Simón el Mago. Y como estos, hay un sinfín de
ejemplos.
Pero ya sea el diablo, la estrella Venus, el Semiaxah de Enoc, el Satán
de los babilonios, el Mozaizor de los hindúes o el Tifón de los egipcios,
Bekker tiene razón al decir que no debe atribuírsele el inmenso poder que se le
otorgó hasta estos últimos tiempos. Es excesivo haber inmolado a la noble
abadesa de Vurtzburg, a Micaela Chandrón, al sacerdote Gaufridi, a la esposa
del mariscal Ancre y a más de cien mil brujos, en trescientos años, en las
naciones cristianas. Si Baltasar Bekker se hubiera limitado a cortar las uñas
al diablo le habrían aplaudido, pero siendo sacerdote, querer matar al demonio
le costó perder su curato.
BELLO. Ya que citamos a Platón al ocuparnos del amor,
citémosle también al tratar de lo bello. Es curioso saber cómo se expresaba un
griego, al tratar de lo bello, hace dos mil años. «Purificado el hombre
mediante los misterios sagrados, al ver un bello rostro adornado con forma
divina o alguna especie incorporal, siente inmediatamente secreto temblor y
cierto temor respetuoso, y contempla ese semblante que se le figura una
divinidad. Cuando la influencia de la belleza se le cuela en el alma por la
vista, su cuerpo entra en calor, se rocían las alas de su alma, pierden la
dureza que retenía su germen, se liquida, y sus gérmenes, hinchados en las
raíces de esas alas, se esfuerzan para salir por toda el alma». (Porque
antiguamente el alma tenía alas.)
Estoy de acuerdo en creer que es bello ese pasaje de Platón, pero no nos
proporciona ideas exactas de la naturaleza de lo bello.
Preguntad a un sapo qué es la belleza, el ideal de lo bello, y os
contestará que la hembra de su especie, con dos ojos gruesos y redondos
que resaltan de su pequeña cabeza, boca ancha y aplastada, vientre
amarillento y espalda oscura. Preguntad a un negro de Guinea; para él, la
belleza consiste en la piel negra y aceitosa, los ojos hundidos y la nariz
chata. Preguntádselo al diablo y os contestará que la belleza consiste en un
par de cuernos, cuatro garras y una cola larga. Preguntádselo, por último, a
los filósofos y contestarán mediante galimatías que no comprenderéis, porque
falta algo que esté conforme con el arquetipo de lo bello en su esencia.
Asistí un día a la representación de una tragedia y estuve sentado al
lado de un filósofo, que exclamó: « ¡Eso es bello! » «¿Qué encontráis de bello
en esa obra?, le dije. ¡Que el autor haya logrado lo que se propuso». Al día
siguiente, el filósofo tomó una medicina y le sentó bien. «Esa medicina logró
su objetivo —le dije—, por tanto es un bella medicina». En seguida comprendió
el filósofo que no se puede decir de una medicina que es bella, que para
aplicar a una cosa el calificativo de belleza es menester que nos produzca
admiración y deleite. Y convino conmigo que la tragedia que vimos representar
inspiraba esos dos sentimientos.
Con el referido filósofo hice un viaje a Inglaterra, donde vimos
representar la misma obra, perfectamente traducida, y en dicha nación hizo
bostezar de aburrimiento a todos los espectadores. Entonces el filósofo
exclamo: «Los ingleses no tienen la misma idea de la belleza que los
franceses». Dedujo, tras muchas reflexiones, que lo bello es con frecuencia muy
relativo, al igual que lo decente en el Japón es indecente en Roma, y lo que
está de moda en París no lo está en Pekín, y se ahorró el trabajo de escribir
un largo tratado de lo bello.
Hay acciones que son bellas en todo el planeta. Dos oficiales de Julio
César que eran enemigos mortales, se desafiaron, no a matarse uno al otro, sino
a ver quién defendería mejor el campamento romano que los bárbaros iban a
atacar. Uno de ellos, tras rechazar a los enemigos, está a punto de sucumbir,
el otro acude en su ayuda, le salva la vida y obtienen la victoria. Un amigo se
deja matar por otro y un hijo por su padre. Todas las naciones,
indistintamente, dirán que ambas acciones son bellas, las admiran y les produce
deleite. Lo mismo dirán de las grandes máximas de moral de la obra de
Zoroastro. «Cuando dudes de la justicia de un acto, abstente de realizarlo», y
de esta otra de Confucio: «Olvida las injurias, pero no olvides nunca los
beneficios».
El negro de ojos redondos y nariz chata, que no llamará bellas a las
damas de las cortes europeas, llamará bellos esos actos y esas máximas; hasta
el hombre malvado reconocerá la belleza de las virtudes que él no se atreve a
imitar. Lo bello, que sólo afecta a los sentidos o la imaginación, es muchas
veces incierto y variable, pero lo bello que conmueve al corazón, nunca lo es.
Muchas personas os dirán que no han encontrado nada bello en las tres cuartas
partes de la Ilíada, pero no encontraréis ninguna que no reconozca que el
sacrificio que hace Crodus por su pueblo es fabulosamente bello, suponiendo que
sea verdad.
El padre Attiret, jesuita, natural de Dijón, empleado como dibujante en
la casa de campo del emperador Kang‑hi, cerca de Pekín, dice en una carta que
dirigió a M. Dassant:
«Esta casa de campo, más grande que la ciudad de Dijón, está dividida en
muchos edificios construidos en la misma línea; cada uno de ellos tiene patios,
parterres, jardines y juegos de agua, y todas sus fachadas están barnizadas,
llenas de pinturas y adornos de oro. En el vasto recinto del parque se han
levantado a mano varias colinas que tienen de veinte a sesenta pies de altura.
Riegan los valles múltiples canales que van a juntarse muy lejos formando
estanques y mares diminutos. Puede pasearse por esos mares en esquifes
barnizadas y dorados, que miden unas trece toesas de longitud y cuatro de
anchura. En esas embarcaciones hay salones magníficos, y las playas de esos
canales, de esos estanques y de esos mares están salpicadas de casas
construidas de distintas maneras: todas tienen jardines y cascadas. Desde
cualquiera de los valles se pasa a los demás por grandes andenes adornados con
pabellones y grutas; los valles se diferencian unos de otros. El más grande se
halla rodeado de columnas detrás de las cuales se elevan magníficos palacetes,
y sus departamentos corresponden a la magnificencia de las fachadas. Los
canales tienen muchos puentes, con balaustradas de mármol blanco y talladas con
bajorrelieves. En medio del mar se ha elevado un gigantesco peñasco sobre el
que han construido un pabellón cuadrado que consta de más de cien habitaciones,
y desde ese pabellón se ven todos los palacios, las casas y los jardines que
contiene el inmenso recinto. Cuando el emperador da alguna fiesta, todos los
edificios se iluminan instantáneamente y en cada uno disparan fuegos
artificiales. Al extremo de lo que llaman mar, se instala una gran feria que
disponen los oficiales del emperador, y muchos barcos vienen por el mar
verdadero trayendo gente a la feria. Los cortesanos se disfrazan de
comerciantes, de vendedores y de obreros de todas clases; unos ponen un café,
otros una taberna, unos hacen de rateros y otros de alguaciles que los
persiguen. El emperador, la emperatriz y las damas de la corte, van a la feria
a comprar toda clase de ropas, y los supuestos vendedores los engañan siempre
que pueden, diciéndoles que es vergonzoso que regateen señoras tan principales
si ellas contestan que tratan con pillos. Los comerciantes se enfadan y quieren
marcharse de allí y tienen que apaciguarlos; entonces, el emperador lo compra
todo y lo divide en lotes, que se quedan y pagan los personajes de la corte».
Cuando el padre Attiret regresó a Versalles le pareció que esta
localidad era pequeña y triste. Varios alemanes que se extasiaban recorriendo
sus jardines quedaron asombrados de que al padre Attiret no le llamaran la
atención. El ejemplo que acabo de exponer es una razón más que me decide a no
componer un tratado sobre lo bello.
BESAR. Pido perdón a los jóvenes de ambos sexos si no
encuentran en este artículo lo que buscan, pero lo escribo para la gente seria
y los doctos, que son a quienes puede interesar.
En la época de Moliere se abusaba de los besos. En La madre coqueta, de
Quinaul, Champagne pide besos a Laura y ésta le contesta: «¿No estás
satisfecho, todavía? Pues yo ya tengo vergüenza, porque te he besado dos
veces». Champagne le replica: «¿Qué cuentas cuando besas?» Los menestrales
pedían besos a las modistillas y unos y otros se besaban en el teatro. Esto era
fastidioso e insoportable, sobre todo cuando los actores eran repelentes o
feos. El autor amigo de los besos debe leer Pastor fido, obra en que figura un
coro que sólo habla de besar y su argumento se basa en un beso que Mirtilo dio
a la hermosa Amarilis jugando a la gallina ciega. Un bacio molto saporito, como
dice el autor.
Es asimismo bastante conocido el trabajo sobre los besos, en el cual
Juan de La Casa, arzobispo de Benavente, dice que podemos besarnos de la cabeza
a los pies. Le dan lástima las narices largas, que difícilmente pueden
acercarse unas a otras, y recomienda a las damas de nariz larga que elijan
amantes chatos.
Besarse era la manera de saludar más común en la Antigüedad. Plutarco
nos dice que los conjurados contra César, antes de matarle, le besaron en la
cara, la mano y el pecho. Tácito refiere que cuando su suegro Agrícola regresó
de Roma Domiciano le recibió besándole con frialdad y luego le dejó confundido
entre la muchedumbre. El inferior que no lograba saludar a su superior
besándole, llevaba a la boca a su propia mano y le enviaba un beso, y el
superior lo devolvía de la misma manera cuando le placía hacerlo. Igual signo
empleaban para adorar a los dioses. Job, en su Parábola (quizá el libro más
antiguo que conocemos), dice que.no adora al sol ni a la luna como los demás
árabes porque no se lleva la mano a la boca cuando contempla a los astros que
él no adora. De esa antiquísima costumbre sólo quedó en Occidente la fórmula
pueril, que todavía se enseña a los niños en algunos pueblos, de besarse la
mano derecha cuando se les regala alguna golosina.
Era un proceder ruin hacer traición besando, y este proceder hace inicuo
el asesinato de César. Pasaremos por alto el beso de Judas, porque ya se ha
convertido en proverbio. Joab, uno de los capitanes de David, odiaba a Amasa,
que era otro capitán, y le dijo: «Buenos días, hermano mío», y agarrando con la
mano la barba de Amasa para besarle, con la otra sacó la espada y le traspasó
el pecho. No se encuentran más besos en los asesinatos que cometieron los
hebreos, que los que Judit dio a Holofernes antes de cortarle la cabeza cuando
se quedó dormido en el lecho. En el Otelo, de Shakespeare, este moro negro da
dos besos a su esposa antes de asesinarla. Este proceder, que parece monstruoso
a las personas sensibles, lo encuentran natural los partidarios de Shakespeare
y acorde con las supersticiones de los negros. Al menos, no besaron en la
catedral de Milán, el día de San Esteban, cuando asesinaron allí a Juan Galeas
Sforza, ni cuando mataron al almirante Coligny, al príncipe de Orange, al
mariscal Ancre, a los hermanos Wit y a otros.
Los antiguos opinaban que había algo de simbólico y sagrado en el beso
porque besaban las estatuas de los dioses y las barbas, cuando a los escultores
se les ocurría ponérselas. En los misterios de Ceres, los iniciados se besaban
para demostrar su concordia. Los paleocristianos de ambos sexos se besaban en
la boca en los ágapes, es decir, en las comidas que efectuaban en las iglesias,
porque la voz ágape significaba comida de amor. Se daban recíprocamente el
ósculo santo, el beso fraternal, el beso de la paz. Esa costumbre duró más de
cuatro siglos, pero por sus consecuencias tuvo que abolirse. Esos besos
fraternales atrajeron mucho tiempo sobre los cristianos, que aún eran poco
conocidos, el epíteto de libertinos con que los calificaron los sacerdotes de Júpiter
y las sacerdotisas de Vesta. En palabras de Petronio y otros autores, los
disolutos se llamaban hermano y hermana, y creyeron que entre los cristianos
dichas voces significaban idénticas infamias, por lo que contribuyeron ellos
mismos, inocentemente, a difundir tales acusaciones.
En un principio existieron diecisiete confesiones cristianas distintas
como existieron nueve entre los hebreos, incluyendo en ellas dos clases de
samaritanos. Las confesiones que alardeaban de ser más ortodoxas, acusaban a
las otras de cometer las impurezas más inconcebibles. El vocablo gnóstico, que
al principio significaba sabio, ilustrado, puro, se tornó palabra despreciable
e indigna. San Epifanio, que escribió en el siglo III afirma que en los
primitivos tiempos del cristianismo los hombres y las mujeres se hacían
cosquillas, luego se dieron besos muy impúdicos, juzgando el grado de fe que
tenían quienes los daban por la voluptuosidad que ponían en este acto, y que el
marido decía a la esposa al presentarle un joven iniciado, Celebra el ágape
como mi hermano, y ellos celebraban el ágape.
No nos atrevemos a transcribir en la casta lengua francesa lo que añade
San Epifanio en griego (1). Únicamente, que dicho santo se excedió al defender
el cristianismo y que todos los herejes no son libertinos relajados.
(1) San Epifanio: Contra hoeres, libro I, tomo I.
La secta de los pietistas, tratando de imitar a los cristianos, se dan
actualmente besos de paz al terminar sus reuniones y el tratamiento de
hermanos, según me confesó hace veinte años una pietista muy hermosa y
sensible. Los pietistas conservan religiosamente la antigua costumbre de
besarse en la boca.
Esta era la manera de saludar a las damas en Francia, Alemania,
Inglaterra e Italia. Los cardenales tenían derecho a besar a las reinas en la
boca, incluso en España. Es singular que no gozaran de esa prerrogativa en
Francia, donde las damas disfrutaron siempre de mayor libertad que en otras
naciones. Pero cada país tiene sus ceremonias y no existe ningún uso, en
general, al que las circunstancias y la costumbre no pongan excepción. Hubiera
sido una falta de cortesía y hasta un agravio que una dama honrada, al recibir
la primera visita de un caballero no le besara en la boca, a pesar de sus
mostachos. «Es una costumbre desagradable y afrentosa para las damas‑‑dice
Montaigne‑‑tener que ofrecer sus labios al señor que lleve tres criados, por
repugnante que sea». Sin embargo, esa es quizá la costumbre más antigua del
mundo.
Si era desagradable para una joven y hermosa boca pegarse por cortesía a
otros labios secos y viejos, en cambio era peligroso que se juntaran dos bocas
frescas y rojizas de veinte a veinticinco años, y este peligro obligó a abolir
la ceremonia de besarse en los misterios y en los ágapes. Ese peligro obligó a
los orientales a tener a sus mujeres encerradas para que sólo besaran a sus
padres y a sus hermanos, costumbre que los árabes, con muy buen sentido, hacía
mucho tiempo que habían introducido en España.
El peligro de besarse estriba en que hay un nervio del quinto par que va
desde la boca al corazón, y desde allí más abajo, ya que la naturaleza todo lo
dispuso con la más delicada industria. Las pequeñas glándulas de los labios, su
tejido esponjoso, su piel fina, dan una sensación exquisita y voluptuosa que
tiene analogía con una parte más oculta y todavía más sensible. El pudor puede
perderse en un prolongado beso que saboreen dos pietistas de dieciocho años.
Nótese que, en la especie animal, sólo se besan las tórtolas y los
palomos. De esto proviene el vocablo latino columbatim, que en las lenguas
modernas carece de equivalente. Como en el mundo se abusa de todo, se abusó
asimismo de los besos. El beso que la naturaleza destinó para la boca se
envileció con frecuencia destinándolo a sitios que no se crearon para ese uso.
Sabido es de lo que se acusó a los templarios.
La decencia nos impide seguir tratando de esta cuestión interesante,
Aunque Montaigne haya dicho: «Se debe hablar sin vergüenza de este asunto; no
nos abstenemos de hablar en voz alta de matar, herir y hacer traición, y de
esto apenas osamos hablar entre dientes».
BESTIALIDAD, HECHICERÍA. Los
muchos honores que rindió la Antigüedad a los machos cabríos nos sorprenderían,
si algo pudiera sorprender a los familiarizados en el estudio del mundo antiguo
y el mundo moderno. Los egipcios y los hebreos designaban con frecuencia a los
reyes y jefes del pueblo con la voz macho. Zacarías dice: «El Señor está
encolerizado con los pastores del pueblo y con los machos, y El los visitará.
Visitó a su rebaño de la casa de Judá y lo convirtió en su caballo de batalla».
«Salid de Babilonia‑‑dice Jeremías a los jefes del pueblo‑‑, sed los machos que
van al frente del rebaño». Isaías usa también la palabra macho en los capítulos
X y XIV, que han traducido por la de príncipe.
Los egipcios no se limitaron a llamar machos a sus reyes, sino que en
Memfis les consagraron un macho cabrío y lo adoraron. Es verosímil que el
pueblo tomara un emblema por una divinidad, como ha sucedido otras veces. Lo
increíble es que los sacerdotes de Egipto inmolaran y adoraran a los machos al
propio tiempo. Sin embargo, sabemos que tuvieron el macho Hazazel, que
despeñaban adornado y coronado de flores para expiación del pueblo, y que los
hebreos copiaron de los egipcios esta ceremonia y hasta el nombre del macho, al
igual que adoptaron otros muchos de sus ritos.
Sabemos también que los machos cabríos todavía recibieron un honor más
singular. Parece casi probado que algunas mujeres de Egipto se apareaban con
los machos cabríos, imitando el mito de Pasifae con el toro. Herodoto nos dice
que, estando en Egipto, una mujer ejercía públicamente un comercio abominable
en la ciudad de Memfis. Y añade que le asombró ese hecho, pero no dice que
castigaran a la mujer. Plutarco y Píndaro que vivieron en diferente siglo,
coinciden en decir que se ofrecían mujeres al macho cabrío consagrado.
Los hebreos imitaron esas abominaciones. Jeroboán puso sacerdotes para
que sirvieran a sus becerros y a sus machos cabríos; así consta expresamente en
el texto hebreo (1). El mayor ultraje que recibió la naturaleza humana fue el
brutal extravío de algunas hebreas que se apasionaron de los machos cabríos y
el de varios hebreos que cohabitaron con cabras. Fue preciso publicar
expresamente una ley en el Levítico. Empieza por prohibir que las mujeres se
prostituyan con las bestias y los hombres cometan el mismo crimen, y luego
dispone que el culpable de tal bestialismo sea sentenciado a muerte con el
animal del que haya abusado. Este se considera tan criminal como el hombre y la
mujer, y dicha ley dice que su sangre caerá sobre ellos.
(1) Libro segundo de los Paralipómenos, 11, 15.
Otras varias leyes respecto a los machos y a las cabras establecieron
para el pueblo hebreo, cuya abominable depravación se extendió por varios
países cálidos. Los judíos iban entonces errantes por el desierto y sólo podían
proporcionarse cabras y machos cabríos. Este atentado contranatural fue también
común entre los pastores de Calabria y otras regiones de Italia. Hasta el
propio Virgilio se ocupa de ello en su Égloga III.
No se contentaron con esas abominaciones. El culto del macho cabrío
quedó establecido en Egipto y en los arenales de gran parte de Palestina.
Creyeron hacer encantamientos mediante machos cabríos y otros animales y la
magia y la hechicería pasaron pronto desde Oriente hasta Occidente
extendiéndose por todo el planeta. Los romanos llamaron sabbatum a la
hechicería procedente de los hebreos, confundiendo así el día sagrado de éstos
con sus secretos infames. De esto provino que ser hechicero y asistir al sabat
fuera lo mismo para las naciones modernas.
Infelices mujeres de pueblos de escaso vecindario, engañadas por varios
pícaros, pero a las que engañó más su ignorancia, creyeron que tras pronunciar
la palabra abrazá y de frotarse con un ungüento mezclado de boñiga de vaca y
pelo de cabra, mientras dormían serían transportadas al sabat por los aires
montadas en un palo de escoba y allí adorarían un macho cabrío y gozarían de
él. Esta creencia fue entonces universal y los doctores suponían que era el
diablo que se metamorfoseaba en macho. Puede leerse esto en las Disquisiciones
de Del Río y en otros autores. El teólogo Grillandus, uno de los promotores de
la Inquisición, dice que los hechiceros llaman al tal macho Martinet, y asegura
que una mujer que se entregó a Martinet, montada en sus hombros fue transportada
por los aires a un sitio llamado la nuez de Benavente.
Se publicaron libros que describían los misterios de los hechiceros. Yo
he visto uno en cuya cubierta había un macho cabrío muy mal dibujado y una
mujer de rodillas, detrás de él. Los libros de esa clase se llamaban Grimuires,
en Francia, y en otras partes Alfabetos del diablo. El que leí sólo tenía
cuatro hojas impresas con caracteres casi indescifrables.
El raciocinio y la educación hubieran bastado para erradicar de Europa
semejante extravagancia, mas para conseguirlo quisieron valerse de los
suplicios. Si los brujos contaban con libros, los jueces disponían de códigos
para castigarlos. El jesuita del Río, doctor por Lovaina, publicó en 1599 su
obra Disquisiciones mágicas, en la que asegura que todos los herejes son magos
y recomienda que se les dé tormento. No duda de que el diablo se transforma en
macho cabrío, y cree que no concede sus favores a todas las mujeres que se le
presentan. Cita a muchos jurisconsultos que llama demonógrafos y supone que
Lutero fue hijo de un macho cabrío y una mujer. Asegura que en 1595, en
Bruselas, parió una mujer un niño que le hizo el diablo disfrazado de macho
cabrío, y que la castigaron, pero no dice con qué suplicio.
Boguet, juez supremo de la abadía de San Claudio, en el Franco Condado,
fue el que más profundizó en la jurisprudencia de la hechicería. Presenta una
relación detallada de los suplicios a que condenó a los brujos de ambos sexos,
cuyo número es considerable. Suponía que casi todas las brujas habían fornicado
con el macho cabrío.
Ya queda dicho que en Europa fueron sentenciados a muerte más de cien
mil supuestos brujos. La filosofía logró curar a los hombres de tan abominable
quimera, así como enseñar a los jueces que no deben sentenciar a que mueran en
una hoguera los imbéciles.
BESTIAS. Es una pena, una pobreza de espíritu, haber
dicho que los animales son máquinas que carecen de conocimientos y
sentimientos, que siempre realizan sus cosas del mismo modo y no perfeccionan
nada.
¡Que equivocación! El pájaro que hace su nido en semicírculo cuando lo
fija en un pared, que lo construye en forma de cuarto de círculo cuando lo hace
en un ángulo, y en círculo perfecto cuando lo coloca en un árbol, no hace
siempre lo mismo. El perro de caza que adiestramos durante tres meses, sabe
mucho más pasado ese tiempo que antes de empezar a enseñarle. El canario al que
enseñamos un aire cualquiera, no lo repite al instante, sino que necesita
tiempo para aprenderlo, pero vemos que va corrigiéndose hasta que lo canta
bien.
Porque el hombre habla, ¿juzgas que tiene sentimientos, memoria e ideas?
Pues bien, sin pronunciar una palabra, verás que entro en mi casa entristecido,
busco un papel con inquietud, abro un cajón porque recuerdo que allí lo guardé,
lo encuentro y lo leo con alegría. Sin hablar, conocerás que experimenté el
sentimiento de la aflicción y el del placer, que estoy dotado de memoria y de
conocimiento.
Juzga, pues, con el mismo criterio al perro que ha perdido su amo, lo
busca por todos los caminos lanzando lastimeros ladridos, que entra en la casa
agitado, inquieto, que baja y sube, y va de estancia en estancia hasta que al
fin encuentra al dueño que ama y atestigua la alegría que siente mediante
gruñidos, saltos y caricias.
Varios bárbaros atrapan a ese perro, que aventaja al hombre en ser fiel
a la amistad, le atan en una mesa y le abren en vivo para examinarle las
entrañas, descubriendo en él los mismos órganos del sentimiento que tiene el
hombre. Contestadme, mecanicistas, ¿la naturaleza les concedió los órganos del
sentimiento a los animales con el fin de que no sintieran? ¿Teniendo nervios,
pueden ser insensibles? ¿No supone esto contradecir las leyes de la naturaleza?
En cambio, hay otros filósofos que preguntan qué es el alma de las
bestias. No comprendo esta cuestión. El árbol tiene la facultad de recibir en
sus fibras la savia que circula por ellas, y de abrir los botones de sus hojas
y sus frutos. ¿Me preguntaréis por eso qué es el alma de ese árbol que ha
recibido sus dones, y el animal los del sentimiento, la memoria y un limitado
número de ideas. ¿Quién creó esos dones, quién concedió esas facultades? El que
hace crecer la hierba en los campos y gravitar la Tierra alrededor del sol.
Las almas de las bestias son formas sustanciales, dijo Aristóteles;
después de él, la escuela árabe; luego, la escuela angélica, la Sorbona, y
después de la Sorbona, nadie.
Las almas de las bestias son materiales, dijeron otros filósofos, y
estos tuvieron tan poca suerte como los demás. En vano se les preguntó qué es
un alma material; es preciso que convengan en que significa la materia que
siente; mas ¿quién le concedió el don de sentir? El alma es material, es decir
la materia da sensación a la materia, y no salen de ese círculo vicioso.
Escuchad a otras bestias lo que dicen razonando sobre las bestias: su
alma es un ser espiritual que muere con el cuerpo. Pero, ¿qué prueba tienen de
eso? ¿Qué idea tienen de ese ser espiritual que está dotado de sentimiento, de
memoria y en cierta medida de ideas y combinaciones, pero que nunca podrá saber
lo que sabe un niño de seis años? ¿En qué se basan para creer que ese ser, que
según ellos no es corporal, muere con el cuerpo? Son más bestias aún los
hombres que han supuesto que el alma no es corporal ni espiritual. Ese es el
sistema más necio. Sólo podemos explicar lo que es espíritu diciendo que es
algo desconocido, que no es corporal‑ así, pues, el sistema de esos señores
viene a decir que el alma de las bestias es una sustancia que no es corporal ni
algo que sea corporal.
¿De dónde provienen tan contradictorios errores? De la costumbre que
siempre tuvieron los hombres de examinar una cosa antes de saber si ésa existe.
Decimos la lengüeta, la válvula de un fuelle, el alma del fuelle. ¿Qué es,
pues, esta alma? Es el nombre que doy a esa válvula que baja, deja entrar el
aire, se levanta y le hace pasar por un tubo, cuando hago mover el fuelle. Esta
alma no es diferente del alma de una máquina. Pero, ¿quién hace mover el fuelle
de los animales? Ya lo he dicho, el que hace mover los astros. El filósofo que
dijo Deus est anima brutorum tenía razón, pero debió ir más allá.
BETHSANES O BETHSHEMESH. La mayor
parte de los lectores quedarán sorprendidos al leer la palabra que encabeza
este artículo, pero va dedicada a los doctos, con el fin de que nos instruyan
sobre ella.
Bethsanes o Bethshemesh era una localidad del pueblo de Dios, situada a
dos millas al norte de Jerusalén, según dice los comentaristas.
En la época de Samuel, tras derrotar a los hebreos y apoderarse del Arca
de la Alianza en una batalla donde les mataron treinta mil hombres, el Señor
castigó a los fenicios severamente. Percussit eos in secretiori parte natium…,
et ebullierunt villae et agri… et nati sunt mures, et facta est confusio mortis
magna in civitate. Este párrafo latino, traducido literalmente, dice: «Los
hirió en la parte más secreta de las nalgas… y las granjas y los campos
hirvieron, y nacieron ratones y reinó confusión de muerte en la ciudad».
Los profetas de los fenicios, o sea de los filisteos, les predijeron que
sólo podrían librarse de tal desastre dando al Señor cinco ratones y cinco
pollinos de oro y devolviendo el arca judía. Obedeciendo esa orden de sus
profetas, enviaron el arca con los cinco ratones y los cinco pollinos,
colocándola en una carreta tirada por dos vacas, cada una de las cuales daba de
mamar un choto, pero sin que nadie guiara la carreta. Las dos vacas se
dirigieron a Bethsanes, a donde llevaron el arca, y los bethsanitas se
congregaron a su paso deseando ver el arca. Esa curiosidad se castigó todavía
con mayor severidad que la profanación de los fenicios. El Señor castigó con
muerte repentina a setenta personas del pueblo y a cincuenta mil hombres del
populacho.
El reverendo doctor Kenniccot, irlandés, publicó en 1768 un comentario
francés, dedicado al obispo de Ausfort sobre el referido suceso. Notifica al
público los puntos donde se venden sus libros en varias naciones. En dicho
comentario pretende demostrar que se ha corrompido el texto de la Sagrada
Escritura. Nos permitirá el reverendo doctor que discrepemos de su opinión.
Casi todas las Biblias coinciden en decir que murieron setenta personas del
pueblo y cincuenta mil del populacho, como puede cotejarse leyendo el libro de
Los Reyes. Dice Kennicot al obispo de Oxford: «Antiguamente, hubo gran
preocupación en favor del texto hebreo, pero desde hace diecisiete años el
señor obispo y él se han librado de esa preocupación, tras estudiar y
reflexionar sobre ese capítulo». A nosotros nos sucede lo contrario que al
reverendo doctor; cuanto más leemos ese capítulo, más respetamos las vías del
Señor, que no son las nuestras.
«Es imposible ‑‑dice Kenniccot‑‑ que el lector de buena fe no se asombre
ni se afecte viendo más de cincuenta mil hombres muertos en una sola aldea,
quedando todavía otros cincuenta mil ocupados en la siega». Vemos que esas dos
cantidades, sumadas, ascenderían a cerca de cien mil habitantes en un sola
aldea; pero, ¿acaso el señor doctor se olvida de que el Señor prometió a
Abrahán que su posteridad se multiplicaría como la arena de los mares?
«Los judíos y los cristianos‑‑añade‑‑no tienen escrúpulo en confesar que
les repugna tener fe en la destrucción de cincuenta mil setenta hombres». A eso
respondemos que somos cristianos y no nos repugna tener fe en todo lo que dice
la Sagrada Escritura, y aún añadiremos, con palabras del reverendo padre
Calmet, «que si tuviéramos que rechazar todo lo que es extraordinario y no está
al alcance de nuestro espíritu, tendríamos que rechazar toda la Biblia».
Estamos convencidos de que, dirigiendo a los judíos el propio Dios, debían
pasar por eventos marcados con el sello de la Divinidad y diferentes por entero
de los que acontecen a los demás hombres. Y hasta nos atrevemos a afirmar que
la muerte de esos cincuenta mil setenta hombres es uno de los hechos menos sorprendentes
que se encuentran en el Antiguo Testamento. Hay en él cosas todavía más
asombrosas.
Nos causa más respetuoso asombro el que hablen la serpiente de Eva y la
burra de Balaam; nos sorprendemos cuando el agua de las cataratas se eleva,
mezclada con la de lluvia, quince codos por encima de las montañas, cuando
leemos en las plagas de Egipto que seiscientos treinta mil hebreos combatientes
huyen a pie a través del mar que se abre, cuando Josué detiene el sol y la luna
a mediodía, cuando Sansón mata mil filisteos con una quijada de asno. Todo es
milagroso en aquellos tiempos divinos y respetamos profundamente esos prodigios
y el mundo antiguo, que no es el nuestro, y aquella naturaleza que no es
nuestra naturaleza, ya que todo figura en un libro divino que no puede tener
nada de humano.
Nos deja atónitos la libertad que se toma Kenniccot de llamar deístas y
ateos a quienes, reverenciando la Biblia más que él, tienen opinión distinta de
la suya. Cuesta trabaJo creer que el hombre que expresa semejantes ideas
pertenezca a la Academia de Bellas Letras.
BIBLIOTECA. Las grandes bibliotecas abruman a quien las visita.
Doscientos mil volúmenes desaniman al que siente la tentación de publicar una
obra, aunque por desgracia tarde escaso tiempo en reanimarse, diciéndose a sí
mismo: No es posible leer todos esos libros, pero puede leerse el que yo
publique. Y quien así piensa, se compara con la gota de agua que se quejaba de
vivir confundida y desconocida en el inmenso Océano, hasta que un genio se
compadeció e hizo que se la tragara una ostra, dentro de la cual quedó
convertida en la más hermosa perla del Oriente y fue el principal adorno del
trono del Gran Mogol. Quienes sólo son compiladores, imitadores, comentaristas,
críticos de dos al cuarto, en suma, todos aquellos a quienes el genio no tiene
compasión, continuarán siendo gotas de agua toda la vida, pero los que tienen
alientos y trabajan sin cesar en su humilde buhardilla, pueden llegar a
convertirse en perlas.
Aunque en la inmensa colección de libros que forman una biblioteca hay
muchos que nunca se leen, o se leen transcurrido algún tiempo, hay bastantes
que la necesidad nos obliga a consultar. Para quien trate de instruirse es una
ventaja encontrar a mano, en el palacio de los reyes o en otros sitios
públicos, el volumen y página que busca, leerla y tomar notas. La instalación
de bibliotecas es una de las instituciones más nobles, y sus grandes gastos
proporcionan una utilidad general.
La biblioteca pública del rey de Francia es una de las más útiles del
mundo, no tanto por el número y rareza de las obras que contiene, cuanto por la
ductilidad y el carácter amable de los bibliotecarios para servir a los doctos
que solicitan la lectura de muchos libros.
Posee una fabulosa cantidad de volúmenes, pero esto no debe extrañarnos
porque París tiene en la actualidad setecientos mil habitantes. El joven que
desee aprender algo respecto a su existencia y tenga poco tiempo que perder, se
ve en un aprieto para elegir los libros más útiles para sus propósitos.
Quisiera leer a Hobbes al mismo tiempo que a Spinoza y a Bayle, que escribió
contra estos dos filósofos, a Leibnitz, que polemizó con Bayle, y Clarke que
disputó con Leibnitz; a Malebranche, que discrepa de todos ellos; a
Stillingfleet, que pensó, haber vencido a Locke, y a Cudworth, que se creyó
superior a ellos porque nadie consiguió entenderle. Nos moriríamos de viejos
antes de terminar la lectura de la centésima parte de los mamotretos
metafísicos que se han escrito.
En las bibliotecas se trata de coleccionar libros antiguos y raros,
colecciones que les proporcionan mayor honra. Los más antiguos del mundo son
los cinco Kings, de China; el Shasta, de los brahmas, de cuya obra Holwell nos
ha dado a conocer pasajes admirables; lo que nos queda del antiguo Zoroastro, y
los fragmentos de Shanchoniathon, que debemos a Eusebio y contienen todos los
caracteres de la más remota Antigüedad. Existe todavía la plegaria del
verdadero Orfeo, que el hierofante recitaba en los antiguos misterios de los
griegos, que decía: «Caminad por el camino de la justicia, adorad al único
Señor del universo. Es único y solo por sí mismo, y todos los seres le deben la
existencia‑ obra en ellos y por ellos; todo lo ve, y a él nunca le vieron ojos
mortales». San Clemente de Alejandría, que fue el más sabio de los padres de la
Iglesia, o mejor dicho, el único sabio de la Antigüedad profana, le llama Orfeo
de Tracia, u Orfeo el Teólogo, para distinguirle de los del mismo nombre que
escribieron después.
No conservamos ningún fragmento de Museo ni de Limus, y es de lamentar
porque algunos pasajes de esos dos predecesores de Homero darían gran valor a
las bibliotecas, Augusto formó la biblioteca, que llamó palatina, presidida por
la estatua de Apolo y la adornó con bustos de los autores relevantes. En Roma
hubo veintinueve bibliotecas públicas; hoy se cuentan en Europa más de cuatro
mil bibliotecas importantes.
BIEN. (Todo está bien.) Ruego a los
filósofos que me expliquen la expresión todo está bien, porque no la comprendo
¿Significa que todo está arreglado, todo está regulado, según la teoría
de las fuerzas que actúan en la naturaleza? Si es así, lo comprendo y confieso
que es verdad. Pero si entendéis por esa expresión que todos tienen buena salud
y medios para vivir y que nadie sufre, sabéis tan bien como yo que es falsa. Y
si creéis por la susodicha frase que las lamentables calamidades que afligen al
mundo son un bien con relación a Dios y le regocijan, no creo semejante horror
ni vosotros tampoco.
Hacedme el favor de explicarme qué significa todo está bien. Platón le
otorga a Dios libertad para hacer cinco mundos, fundándose en la razón de que
existen cinco cuerpos sólidos regulares en la geometría, el tetraedro, el cubo,
el exaedro, el dodecaedro y el icosaedro. Mas ¿por qué redujo de ese modo el
poder divino? ¿Por qué no quiso permitirle la esfera, que es un cuerpo más
regular todavía, el cono, la pirámide de muchos lados y el cilindro?
Dios eligió necesariamente, según Platón, el mejor de los mundos
posibles; y esa opinión la adoptaron muchos filósofos cristianos, aunque parece
opuesta al dogma del pecado original, porque el mundo, después de esa
transgresión, no es ya el mejor. Lo era antes y pudiera serlo todavía, pese a
que muchos creen que es el peor de los mundos, en vez de ser el mejor.
En su Teodicea, Leibnitz siguió el sistema de Platón. Muchos de sus
lectores se han quejado de no entender a ninguno de ambos filósofos. Nosotros,
después de leer a los dos, confesamos lo mismo, y puesto que el Evangelio nada
nos ha revelado sobre tal cuestión, sin remordimiento la seguimos ignorando.
Leibnitz, que lo trata todo, se ocupa también del pecado original, y
como el que defiende una opinión, impugna todo lo que la contradice, imagino
que la desobediencia a Dios y las tremendas desgracias que le siguieron eran
las partes integrantes del mejor de los mundos, los ingredientes necesarios
para alcanzar la felicidad posible.
Por lo tanto, vivir en el mejor de los mundos posibles es ser expulsados
del paraíso, donde los hombres hubiéramos vivido eternamente si no hubiéramos
comido una manzana, procrear en la miseria hijos miserables y criminales que
sufrirán todas las penalidades y las harán sufrir a los demás, padecer toda
clase de enfermedades, morir entre dolores y, para colmo de deleites, arder
entre llamas durante una eternidad. ¿Es todo esto lo mejor posible? ¿Esto, que
es malo para nosotros, puede ser bueno para Dios? Leibnitz sabía que estos
argumentos no tenían réplica. Por eso, sin duda, escribió voluminosos libros
que ni él mismo entendía.
Negar que existe el mal puede hacerlo Lúculo, que goza de buena salud y
se ríe en la embriaguez de un festín celebrado con sus amigos y su amante en el
salón de Apolo, pero si se asoma a la ventana verá a hombres desgraciados, y si
le atormenta la fiebre será también poco dichoso.
No soy partidario de citas, en un asunto espinoso, porque aislándolas de
su contexto nos exponemos a reclamaciones. No obstante, estimo necesario citar
a Lactancio, padre de la Iglesia, que en el capítulo XIII de su libro De la
cólera de Dios hace decir a Epicuro: «O Dios quiso quitar el mal del mundo y no
pudo, o pudo y no quiso; o no quiso ni pudo, o quiso y pudo. Si quiso y no pudo
es impotente, y esto es contrario a la naturaleza de Dios; si pudo y no quiso,
es perverso y esto también es contrario a su naturaleza; si no quiso ni pudo,
es al mismo tiempo perverso e impotente; si quiso y pudo (que son los únicos
partidos que convienen a Dios) ¿por qué existe el mal en el mundo?»
Esa argumentación es irrebatible y Lactancio la refuta muy mal, diciendo
que Dios quiere el mal pero nos concedió el conocimiento y la templanza para
conseguir el bien. Preciso es confesar que esa respuesta es endeble en
comparación con la objeción, porque supone que Dios sólo pudo concedernos el
juicio produciendo el mal, y además nuestro juicio no deja de ser una divertida
broma.
El origen del mal fue siempre un abismo, cuyo fondo nadie pudo ver. Ello
obligó a los filósofos y a los legisladores antiguos a recurrir a dos
principios, el del bien y el del mal. Tifón era el principio del mal en Egipto
y Arimanes en Persia. Sabido es que los maniqueos adoptaron esa teología. Entre
los absurdos que proliferan en el mundo, y que podemos contar entre el número
de males que nos asedian, uno de los mayores es haber ideado la existencia de
dos seres todopoderosos peleándose continuamente para ver cuál de ambos
ejercerá más influencia en el mundo y celebrando un convenio como los dos
médicos de Moliere, uno de los cuales dice: «Pasadme el emético y yo os pasaré
la sangría».
Basílides, después de los platónicos, en el primer siglo de la Iglesia,
pretendió que Dios hizo el encargo de crear el mundo a ángeles de la última
clase, y como éstos eran poco hábiles realizan las cosas como las vemos
nosotros. Esa fábula queda por entero invalidada, objetando que es contrario a
la naturaleza de Dios omnipotente y sabio hacer construir el mundo a
arquitectos ignorantes. Simón, consciente del rigor de la objeción, sale al
paso afirmando que el ángel que presidió la creación del mundo fue condenado al
infierno por haberlo construido mal. Pero el que ese ángel arda en el infierno,
de poco nos sirve. La aventura de Pandora en Grecia también corresponde a dicha
objeción. La caja que contenía todos los males y en cuyo fondo sólo se
conservaba la esperanza, es una hermosa alegoría, pero Vulcano sólo construyó
la caja de Pandora para vengarse de Prometeo, que con barro había creado un
hombre.
Los hindúes también explican a su modo el origen del mal en el mundo,
diciendo que cuando Dios creó al hombre le entregó una droga que le aseguraba
la salud permanente, pero el hombre cargó a su asno con la droga, el asno tuvo
sed, la serpiente le enseñó un manantial y, mientras el asno estaba bebiendo,
la serpiente le quitó la droga.
Los sirios imaginaron que el hombre y la mujer creados en el cuarto
cielo decidieron comerse una galleta por variar de la ambrosía, que era su
natural alimento. La ambrosía la exhalaban por los poros, pero tras haberse
comido la galleta necesitaron evacuarla por la vía natural. El hombre y la
mujer pidieron a un ángel que les enseñara dónde estaba el retrete y el ángel
les dijo: «¿Veis ese pequeño planeta que está a unas sesenta millones de leguas
de aquí?, pues es el retrete del universo. Id allí de prisa». y fueron a la
Tierra, donde se quedaron. Desde entonces, fue el mundo lo que es ahora.
Siempre podrá preguntarse a los sirios por qué Dios permitió que el
hombre se comiera la galleta, hecho, que nos acarreó tan innumerables males.
Paso sin más desde el cuarto cielo de los sirios hasta lord
Bolingbrocke, para no aburrirme. Éste, hombre de gran ingenio, proporcionó al
célebre Pope el plan de su Todo está bien, que se encuentra palabra por palabra
en las obras póstumas de Bolingbrocke, que lord Shaftesbury había inventado
antes en su obra Característicos. Si en ese libro leéis el capítulo que trata
de los moralistas, encontraréis este pasaje:
«Muchas réplicas pueden hacerse a quienes se lamentan de los defectos
que aquejan a la naturaleza. Una de las cosas que no comprenden es que haya
surgido tan impotente y defectuosa de las manos de un ser perfecto. No niego
que sea defectuosa, pero su belleza resulta de las contrariedades, y la armonía
universal nace precisamente de la lucha eterna. Es indispensable que existan
seres que se inmolen a otros, los vegetales a los animales, los animales a la
tierra. Las leyes del poder central y de la gravitación, que dan a los cuerpos
celestes su peso y movimiento, no deben ser alteradas por amor a un miserable
animal que, aunque le protegen esas leyes, ellas mismas lo han de convertir en
polvo».
Bolingbrocke, Shaftesbury y Pope, no dan más adecuada salvación a esta
cuestión que los anteriores que se han ocupado de ella. Su frase Todo está bien
sólo significa que todo está regido por leyes inmutables, y eso todo el mundo
lo sabe. No enseñan nada cuando dicen cosas archisabidas, por ejemplo: que las
moscas han nacido para que coman las aranas, las aranas para que se las coman
las golondrinas, las golondrinas para que las devoren las picazas, las picazas
para que se las coman las águilas, las águilas para que las maten los hombres y
los hombres para matarse unos a otros, y que luego se los coman los gusanos y
después los diablos, lo menos uno por cada mil.
He aquí un orden claro y constante en el que se hallan insertos los
animales de todas las especies, y ese orden reina en todas partes. Cuando en mi
vejiga se forma una piedra, es por una mecánica admirable. Los juegos
pedregosos llegan lentamente a mi sangre, se infiltran en los riñones, a través
del uréter se depositan en la vejiga y se juntan allí mediante una excelente
atracción newtoniana; se forma el cálculo, va creciendo y sufro dolores
horrendos por lo bien arreglado que está el mundo. Un cirujano, perfeccionando
el arte que inventó Tubalcaín, me introduce un hierro terminado en finas
pinzas, toma con ellas el cálculo, lo tritura y muero en medio de horribles
tormentos. Y Todo está bien, porque tal es la consecuencia evidente de unos
principios físicos inalterables: estoy de acuerdo y lo sabía tan bien como
vosotros.
Si fuéramos insensibles nada tendríamos que objetar a las leyes físicas.
Pero no se trata de esto. Os preguntamos si existen males sensibles y cuál es
su origen. «No hay males totales dice Pope en la epístola cuarta de su obra
Todo está bien. Si existen males parciales, es para componer el bien general».
He aquí un singular bien general compuesto de mal de piedra, gota, crímenes,
sufrimientos, muerte y condenación.
La caída del hombre es la cataplasma que ponemos a todas esas
enfermedades del cuerpo y del alma, que los mencionados autores llaman
salvación general. Pero Shaftesbury y Bloingbroke se atrevieron a atacar el
pecado original, y aunque Pope no habla de ello no cabe duda que su opinión
mina los cimientos de la religión cristiana y no consigue explicar lo que se
propone.
Sin embargo, esa opinión la han aprobado después varios teólogos que
admiten gustosamente las teorías contrarias. ¡Enhorabuena! No debemos negar a
nadie el consuelo de que supone como pueda sobre el diluvio de males que nos
inunda. Es justo permitir a los enfermos deshauciados que coman lo que quieran.
Hasta se ha llegado a defender que dicho sistema es consolador. «Dios‑‑dice
Pope‑‑ve con mirada indiferente que perezca un héroe o un gorrión, que un átomo
o varios planetas se destruyan, que se forme un mundo o una burbuja de jabón».
He aquí, lo confieso, un maravilloso consuelo. Se parece al lenitivo que
nos ofrece lord Shaftesbury cuando dice que Dios no ha de infringir las leyes
eternas por complacer a un animal tan ruin como el hombre. Hay que confesar al
menos que ese ruin animal tiene derecho a quejarse humildemente y a preguntar
por qué las leyes eternas no se establecieron de forma que proporcionaran el
mayor bienestar a todos los mortales.
La teoría de Todo está bien sólo representa al autor de la naturaleza
como un rey poderoso y maléfico que le importa un comino que pierdan la vida
cuatrocientos o quinientos mil hombres y que los demás vivan en la miseria y la
aflicción, con tal que se cumplan sus designios.
La creencia en el mejor de los mundos, en vez de consolar desespera a
los filósofos que la adoptan. La cuestión del bien y del mal resulta un caos
indescifrable para quienes se ocupan de ella de buena fe. Es un ejercicio de
ingenio para los que se enzarzan en disputas, verdaderos presidiarios que
juegan con las cadenas que arrastran. Y para las gentes que no piensan, esta
cuestión se parece bastante a los peces que transportan desde un río a un
vivero, los cuales no barruntan siquiera que están allí para que se los coman
en Cuaresma. Así, pues, por nosotros mismos, no podemos saber nada respecto a
las causas de nuestro destino.
Añadamos, por tanto, al final de casi todos los capítulos de la
metafísica las dos iniciales que ponían los jueces romanos cuando no entendían
una causa, N.L., non liquet, cuya traducción es: No está claro.
BIEN, SUPREMO BIEN. De la quimera del supremo bien. La felicidad es una idea abstracta que se compone de algunas sensaciones
de placer. Platón, más escritor que raciocinador, inventó su Mundo arquetipo es
decir, un mundo original con sus ideas generales sobre el bien, sobre lo bello,
sobre el orden y sobre lo justo, como si existieran entidades eternas que se
llamaran orden, bello y justo, de las que derivaran como copias imperfectas lo
que en el mundo nos parece justo, bello y bueno.
Después de la época de Platón, los filósofos se han esforzado por buscar
el supremo bien, como los alquimistas intentaban hallar la piedra filosofal.
Pero el supremo bien es una entelequia y las pesquisas que se hicieron para
encontrar un ideal quimérico perjudicaron a la filosofía durante mucho tiempo.
Los animales experimentan placer cuando realizan sus funciones naturales. La
felicidad anhelada debía consistir en una ininterrumpida serie de placeres,
pero esa serie es incompatible con nuestros órganos y nuestro destino. Así como
la comida y la bebida producen placer, también lo origina la unión de los dos
sexos, pero es evidente que si el hombre estuviera comiendo siempre y pasara la
vida en el éxtasis del gozo, sus órganos no podrían resistir estos deleites
excesivos, ni cumplir su misión en la vida, y en este caso el placer acabaría
con el género humano.
Pasar continua e ininterrumpidamente de un placer a otro es también otra
quimera. Es imprescindible que la mujer que concibe dé a luz, lo cual le
produce dolor, y que el hombre corte la madera y talle la piedra, y esto
tampoco es un placer. Si se da el nombre de felicidad a algunos placeres que de
vez en cuando se disfrutan en la vida, la felicidad existe en el mundo, pero si
se otorga este nombre al placer permanente o a la serie continua y variada de
sensaciones placenteras, la felicidad no existe en el planeta. Por tanto, hay
que buscarla en otras partes.
Si denominamos felicidad a cierto estado especial en que se encuentra el
hombre, como por ejemplo, cuando alcanza la cúspide de la fortuna, del poder o
de la fama, también nos equivocamos si estimamos que es feliz, porque existen
carboneros que son más felices que los reyes. Si se le hubiera preguntado a
Cromwell si era más feliz siendo Protector que yendo a la cervecería durante su
juventud, probablemente hubiera contestado que disfrutó mucho más entonces que
en la época de su tiranía. Muchas mujeres de la clase baja viven más
satisfechas y contentas que vivieron Elena y Cleopatra.
Ahora bien, en estos casos debemos tener en cuenta que cuando decimos
que es probable que un hombre sea más feliz que otro, que un joven arriero no
envidie nada a Carlos V, que una comerciante de modas viva más satisfecha que
una princesa, debemos limitarnos a decir que es probable. Aparentemente, parece
que el arriero joven con buena salud debe vivir más contento que Carlos V
afligido por la gota, pero también puede suceder que aunque Carlos V, apoyado
en un bastón, disfrute recordando que consiguió tener prisioneros a un rey de
Francia y a un papa, y viva más dichoso que el joven y vigoroso arriero. Sólo
Dios, que penetra en todos los corazones, puede decidir qué hombre es el más
feliz. Únicamente en un caso puede el hombre afirmar que su estado actual es
mejor o peor que e! de su prójimo, este caso es el de la rivalidad en el
momento de la victoria.
Supongamos que Arquímedes tiene una cita con su amante por la no che y
Nomentano tiene otra cita con igual mujer y a la misma hora. Arquímedes se
presenta y le echan a cajas destempladas, pero dan paso a su rival, entra en la
casa y cena opíparamente con tal mujer. Durante la cena se burla de Arquímedes
y goza de su querida, en tanto que éste se queda en la calle expuesto al frío,
a la lluvia y al granizo. Es indudable que Nomentano disfruta de más placer que
Arquímedes, pero téngase en cuenta que esto será suponiendo que disguste a
Arquímedes el no haber cenado bien, y el desprecio y engaño de una mujer
hermosa, o que le suplante su rival y tener que aguantar la lluvia, el granizo
o el frío. Porque si el filósofo se queda en la calle, reflexiona y comprende
que no deben afligir su espíritu una prostituta ni el mal tiempo, y se va a su
casa para resolver un apasionante problema y descubrir la proporción del
cilindro y de la esfera, puede experimentar un placer cien veces superior al
que sintió Nomentano.
Por lo tanto, únicamente en el caso del placer y del dolor actual puede
compararse la suerte de dos hombres haciendo abstracción de lo demás. No cabe
duda de que quien goza de su amante es más dichoso en aquel momento que el
rival despreciado que lamenta su mala suerte. El hombre pletórico de salud que
se come una perdiz indiscutiblemente está pasando un momento mejor que el que
está sufriendo un cólico. A esto se limita con seguridad la comparación. No
podemos valorar el ser de un hombre con el ser de otro porque carecemos de la
balanza para pesar los deseos y las sensaciones.
Hemos iniciado este artículo con una cita de Platón y haciendo
reflexiones sobre el supremo bien. Ahora vamos a transcribir la célebre frase
del sabio Solón: «No se debe llamar dichoso a nadie antes de su muerte». En el
fondo, esta máxima es una puerilidad, como uno de tantos axiomas que la
Antigüedad consagró. El postrer momento nada tiene que ver con la suerte que
nos ocupo en vida. Podemos perecer por muerte violenta e infame, y haber
disfrutado hasta entonces todos los placeres de que es susceptible la naturaleza
humana. Es posible, y de ordinario sucede, que el hombre feliz deje de serlo,
mas no por eso dejará de tener un momento de dicha. ¿Significa la frase de
Solón que no es seguro que el hombre que hoy disfruta de placeres los disfrute
mañana? De significar esto, sienta una verdad tan incontrovertible y tan
trivial que no vale la pena decirla.
El bienestar raras veces se encuentra. Cada hombre tiene por supremo
bien lo que le deleita tan imperiosamente que le hace incapaz de entregarse con
entusiasmo a cualquier otra cosa de la vida; como el supremo mal es el que
consigue privarnos de los demás sentimientos. El bien supremo y el mal supremo
son por tanto dos quimeras.
Es oportuno traer aquí a colación la hermosa fábula de Crantor, quien
hace competir en los juegos olímpicos la riqueza, la voluptuosidad, la salud y
la virtud, y cada una solicita el premio de la manzana de oro. La Riqueza dice:
Yo soy el supremo bien porque puedo comprar todos los demás bienes. La
Voluptuosidad afirma: Yo gano la manzana porque sólo se desean riquezas para
poseerme. La Salud afirma que, sin ella, no puede gozarse de la voluptuosidad y
la riqueza es inútil. Finalmente, la Virtud asegura que es superior a las otras
tres porque con oro, placeres y salud el hombre puede ser desgraciado si obra
mal. Y la Virtud ganó la manzana.
Esa fábula es por demás ingeniosa y lo sería más aún si Crantor hubiera
dicho que el supremo bien consiste en reunir las cuatro rivales: virtud, salud,
riqueza y voluptuosidad. Con todo, esta fábula no resuelve ni puede resolver la
cuestión absurda del supremo bien. La virtud no es un bien, es un deber; es de
un género diferente y de un orden superior y nada tiene de común con las
sensaciones deleitosas o dolorosas. El hombre virtuoso afecto de mal de piedra
o de gota, que se halla desamparado sin amigos, privado de lo necesario y
encadenado por un tirano voluptuoso que goza de buena salud, es muy
desgraciado. Y el perseguidor inhumano que acaricia a la nueva amante en su
lecho de púrpura es muy feliz. Decid que el sabio perseguido es preferible a su
indigno perseguidor, decid que amáis a aquél y que aborrecéis a éste, pero
reconoced que el sabio que arrastra cadenas, rabia. Y si el sabio no admite lo
que digo es un charlatán y trata de engañaros.
BIENES DE LA IGLESIA. A quienes
desean alcanzar la perfección el Evangelio les prohíbe acumular riquezas y
conservar los bienes temporales como tajantemente puede verse en san Mateo.
Los apóstoles y sus primeros sucesores rehusaban los bienes inmuebles y
sólo aceptaban su valor. Después de gastar lo necesario para subsistir
repartían el resto entre los pobres. Safira y Ananía no entregaron sus bienes a
san Pedro; los vendieron y le entregaron su valor.
Sin embargo, la Iglesia poseía ya haciendas considerables a fines del
siglo III, prueba de ello es que Diocleciano y Maximio las confiscaron en el
año 302.
Desde que Constantino ciñó la corona de los Césares permitió que
pudieran dotar a las iglesias como se hacía con los templos de la antigua
religión, y desde entonces la Iglesia adquirió excelentes tierras. San Jerónimo
se queja de ese abuso en una de las cartas que dirige a Eustaquio, diciendo:
«Cuando les veáis abordar con candorosa y santa actitud a las viudas ricas que
encuentran creeréis que tienden la mano para bendecirlas pero de eso, nada; la
tienden para recibir el pago de su hipocresía».
Los sacerdotes recibían dinero y bienes sin pedirlos. Valentiniano I
prohibió que los curas percibieran por testamento cosa alguna de las esposas y
viudas ni de ninguna otra forma. Esta ley, que insertó en el Código Teodosiano,
la revocaron Marciano y Justiniano.
Justiniano, con la idea de favorecer a los sacerdotes, prohibió a los
jueces anular los testamentos que se otorgaran a favor de la Iglesia, aunque
carecieran de los requisitos que prescribe la ley.
Anastasio dispuso en el ano 491 que los bienes de la Iglesia
prescribieran a los cuarenta años. Justiniano insertó esa ley en el código que
lleva su nombre, pero extendiendo la prescripción hasta los cien anos.
Entonces, algunos eclesiásticos indignos amañaron títulos falsos que extrajeron
de antiguos testamentos, que eran nulos según las leyes antiguas, pero válidos
según las leyes nuevas, y mediante este fraude despojaron de su patrimonio a
muchos ciudadanos. El derecho de posesión, que se consideraba sagrado hasta
entonces, fue invadido por la Iglesia, y el abuso que cometían los
eclesiásticos alcanzó tal descaro que el propio Justiniano se vio obligado a
restablecer lo que disponía la ley que decretó Anastasio.
Durante los cinco primeros siglos de la era cristiana, los bienes de la
Iglesia eran administrados por diáconos, que los distribuían entre el clero y
los pobres. Esta comunidad de bienes existió hasta fines del siglo v. Los
dividían en cuatro partes: la primera la entregaban a los obispos, la segunda a
los sacerdotes, la tercera al templo y la cuarta a los pobres. Pasada esa
época, los obispos se encargaron de repartir los bienes. Por esto el clero
inferior es generalmente muy pobre.
Y es que con los arzobispados, obispados y demás prebendas que rinden
sustanciales rentas, sucede igual que con las mujeres hermosas: sólo pueden
conseguirlas ciertos hombres poderosos. El príncipe del Imperio, segundón de la
familia, es poco cristiano si no tiene más que un obispado‑ necesita poseer
cuatro o cinco para demostrar su catolicismo. En cambio, el pobre cura, que
apenas saca para malvivir, no puede aspirar a tener dos prebendas, pues rara
vez se da este caso.
El papa que dijo cumplir con los cánones porque sólo poseía un beneficio
que estimaba harto satisfecho, tuvo razón.
Dícese que el obispo de Poitiers, Ebrouin, fue el primero que poseyó al
mismo tiempo una abadía y un obispado. El emperador Carlos el Calvo le hizo
esos dos regalos, pero con anterioridad a Ebrouin hubo muchos eclesiásticos que
poseyeron varias abadías. Alcuino, diácono predilecto de Carlomagno, poseyó a
la vez las de San Martín de Tours, de Ferrieres, de Comery y otras. Se desean
más abadías porque, si el poseedor es santo, convierte más almas, y si es
hombre entregado a los deleites del mundo, vive más agradablemente.
En aquellos tiempos es probable que los abades mencionados tuvieran
coadjutores, porque ellos no podían celebrar el oficio divino en cinco o seis
lugares al mismo tiempo. Carlos Martel y su hijo Pepino, que se adjudicaron
motu proprio muchas abadías, ni siquiera fueron abades regulares. ¿Qué
diferencia existe entre un abad comendatario y un abad regular? La que se da
entre el hombre que disfruta de una renta de cincuenta mil escudos para gozar
de la vida y el hombre que sólo tiene cincuenta mil escudos para vivir. Esto no
quiere decir que en su tiempo libre los abades regulares no gocen también de la
vida. Sobre esto, voy a transcribir lo que Juan Trithemo dijo en uno de sus
discursos ante algunos abades benedictinos:
«Se burlan del cielo y de la Providencia, prefiriendo a Baco y a Venus,
que son sus dos grandes santos. De día y de noche venden la sustancia de los
pobres a peso de oro, con oro pagan a sus amantes y, pasando agradablemente de
la cama a la mesa, se mofan de las leyes, del rey, de Dios y del diablo.»
Como se infiere de estas palabras, Juan Trithemo tenía malas pulgas.
Podía replicársele lo que dijo César antes de los idus de marzo: «No temo a los
voluptuosos, pero sí a los argumentistas flacos y pálidos».
Los monjes que cantan el Pervigilium Veneris en los maitines no son
peligrosos‑ causan más danos sus cofrades que argumentan, predican y son
intrigantes, que los aludidos por Juan Trithemo.
El célebre obispo de Belley en su libro Apocalipsis de Meliton, vapulea
a los frailes y les aplica estas palabras de Oseo: «Vacas gordas que quitáis a
los pobres lo que debiera tocarles y decís continuamente “traed vino y
beberemos”. El Señor ha jurado por su santo nombre que van a llegar días en que
os crujirán los dientes y careceréis de pan en vuestras casas.» La predicción
aún no se ha cumplido, pero la civilización, al extenderse por Europa, puso
coto a la avaricia de los frailes y los obligó a tener más decencia.
En la actualidad, no subsisten los abusos groseros que se cometieron en
la distribución de prebendas desde los siglos X al XIII, y aunque esos abusos
son connaturales a la naturaleza humana, lo cierto es que hoy nos repelen
menos, porque van encubiertos en decencia. El padre Maillard no diría, hoy,
desde el púlpito: «Señora que colmáis de delicias al señor obispo, si
preguntáis por qué un niño de diez años obtuvo una prebenda os contestarán que
su madre tiene poderosa influencia con el señor obispo». Ni se dirían las
descocadas insolencia que en lo tocante a esta materia pronunciaba en sus
homilías el franciscano Menot.
Más intolerable todavía fue permitir a los benedictinos, bernardos y
hasta a los cartujos, que tuvieran manos muertas, esclavos. Durante su
dominación existió en muchas provincias de Francia y Alemania la esclavitud de
la persona y de los bienes a un mismo tiempo.
La esclavitud de la persona consistía en negarle el derecho a disponer
de sus bienes en favor de sus hijos si éstos no habían vivido siempre en la
casa paterna y sentado a la misma mesa. De no ser así, heredaban los frailes
sus bienes. La hacienda de un habitante del Monte‑Jura, puesta en manos de un
notario de París, llegaba a se} el botín de quienes en principio habían hecho
voto de pobreza evangélica en Monte‑Jura. El hijo quedaba reducido a pedir
limosna a la puerta de la casa que edificara su padre, y los frailes, en vez de
socorrerle, se arrogaban el derecho de negarse a pagar a los acreedores del
padre y consideraban nulas las deudas hipotecarias que pesaban sobre la casa de
que se apoderaron. La viuda suplicaba en vano a los frailes que le entregaran
parte de su dote‑ ésta los créditos y los bienes paternales, todo les
correspondía a ellos por derecho divino, y los acreedores, la viuda y los hijos
morían de miseria entregados a la mendicidad.
Todo el que se domiciliaba en los dominios de esos monjes, al cabo de un
año y un día quedaba siervo de ellos para siempre. Acaeció algunas veces que un
mercader francés y padre de familia, llevado por sus negocios a esa región
bárbara, habiendo alquilado una casa durante un año y falleciendo después en su
provincia de Francia, al poco de morir, su viuda y sus hijos veían asombrados
entrar en la casa del difunto gentes que se apoderaban de los muebles y
enseres, los vendían en nombre de San Claudio y echaban a la familia.
La esclavitud mixta que acabamos de describir era lo más abominable que
la rapacidad pudo inventar y no la hubieran ideado los más desalmados bandidos.
Hubo, pues, pueblos cristianos afligidos por una triple esclavitud, impuesta
por monjes que hacían voto de humildad y de pobreza. ¿Cómo consentían los
gobiernos semejantes injusticias? Porque los monjes eran ricos y sus siervos
pobres, porque los monjes, para seguir tiranizando, hacían valiosos regalos a
los poderosos y a las amantes de quienes podían impedir tan inicua opresión. El
fuerte avasalla al débil. ¿Por qué los monjes eran los más fuertes?
El monje de un convento rico se halla en una horrible situación, porque
la comparación continua que hace de su servidumbre y miseria con el poderío y
opulencia del abad o prior, le inquieta el alma en la iglesia y en el
refectorio. Maldice el día en que pronunció sus votos imprudentes y absurdos,
se desespera y desea que los demás hombres sean tan desgraciados como él. Si
tiene habilidad para falsificar escritos, falsea antiguos privilegios por
complacer al abad y oprime a los campesinos que tienen la desgracia de ser
siervos del convento. Y si se supera en el arte de la falsificación, consigue
obtener pingües cargos y, como ha vivido en la mentira, muere en la duda.
BLASFEMIA. La palabra blasfemia deriva de otra griega
que significa ataque a la reputación, que se encuentra en las obras de
Demóstenes. De ella según Menage, deriva el vocablo vituperar. El vocablo
blasfemia sólo lo empleó la Iglesia griega para designar la injuria que se hace
a Dios. Los romanos nunca la emplearon, porque sin duda no creyeron que pudiera
ofenderse el honor de Dios como se ofende el de los hombres.
Puede decirse que los sinónimos no existen. La palabra, en sí, no
conlleva la idea de sacrilegio. Al hombre que jure en nombre de Dios,
poniéndole por testigo en un arrebato de cólera, puede tachársele de blasfemo,
pero no le llamaremos sacrílego. Persona sacrílega es la que jura en falso
sobre los Evangelios, la que extiende su rapacidad hasta los objetos de culto,
la que destruye los altares, la que mancha sus manos con sangre de sacerdote.
Los grandes sacrilegios se han castigado siempre con la pena de muerte
en todos los pueblos, sobre todo los sacrilegios con efusión de sangre.
Vale la pena advertir que quien es blasfemo en un país es, con
frecuencia, respetuoso en otro. El comerciante de Tiro que desembarca en el
puerto de Canope puede escandalizarse de ver que llevan en procesión,
solemnemente, una cebolla, un gato y un macho cabrío, puede ofender
groseramente a los falsos dioses Ishe, Oshireth y Horet y volverles la cabeza
en señal de desprecio, y no hincar las rodillas al ver pasar procesionalmente
unas partes genitales de hombre de mayor tamaño que las naturales. Puede manifestar
libremente su opinión durante la cena y entonar una canción con la que los
marineros tirios se burlen de los absurdos de los egipcios. La moza de la
taberna puede haberle oído, su conciencia no permitirle que silencie tan
horrendo crimen, y denunciar al culpable al primer sacerdote que encuentre,
llevando la imagen de la verdad en el pecho. El tribunal eclesial condena al
blasfemo a muerte cruel y le confisca el barco. Pero el tal mercader puede ser
en Tiro una de las personas más religiosas de Fenicia.
Numa advierte que su horda de romanos constituye un hatajo de
filibusteros que roban a diestro y siniestro todo lo que encuentran al paso,
bueyes, carneros, aves, mujeres… Les hace creer que en una gruta habló con la
ninfa Egeria y ésta le entregó unas leyes de parte de Júpiter. Los senadores le
tachan de blasfemo y le amenazan con arrojarle desde la roca Tarpeya. Pero en
su deseo de organizar un partido numeroso soborna con regalos a los senadores y
consigue que vayan con él a la gruta de la ninfa; ésta les habla y les convence
y ellos a su vez convencen al Senado y al pueblo. Desde entonces, Numa ya no
fue blasfemo; lo fueron los que dudaron de la existencia de la ninfa Egeria.
Es triste y lamentable que lo que se considera blasfemia en Roma, en
Nuestra Señora de Loreto, o de paredes adentro de los canónigos de San Jenaro,
sea religiosidad en Londres, Amsterdam, Estocolmo, Berlín y Copenhague. Y más
triste todavía que en el mismo país, la misma ciudad y en la misma calle, unos
a otros se tengan recíprocamente por blasfemos. De los diez mil judíos
afincados en Roma, no hay uno solo que deje de creer que el papa es el jefe de
los blasfemos, y recíprocamente, los cien mil cristianos avecindados en Roma
(en vez de los dos millones de adoradores de Júpiter que habitaban dicha ciudad
en tiempos de Trajano) creen firmemente que los judíos se congregan los sábados
en sus sinagogas para blasfemar.
El hermano franciscano no se recata en llamar blasfemo al hermano
dominico, que afirma que la Santa Virgen nació con el pecado original, pese a
que los dominicos tienen una bula del papa que les permite enseñar en sus
conventos la concepción maculada y, además la declaración que al respecto les
hizo santo Tomás de Aquino.
El motivo que engendró el cisma de las tres cuartas partes de Suiza y
una parte de la Baja Alemania, fue una discusión que entablaron en la catedral
de Francfort un franciscano, cuyo nombre ignoro, y un dominico apellidado
Vigan. Los dos estaban ebrios, según era costumbre en aquella época. El
franciscano, que estaba predicando borracho, dio en su homilía gracias a Dios
por no ser dominico y juró que era imprescindible exterminar a los blasfemos
dominicos, que creían que la Virgen nació en pecado original, de cuyo pecado la
libraron los méritos de su Hijo. El dominico borracho también, le apostrofó en
voz alta, diciendo: «Es mentira cuanto dices, y tú eres el que blasfema». Fuera
de sí el franciscano bajó del púlpito y con un pesado crucifijo de hierro que
encontró a mano machacó la cabeza al adversario, dejándole moribundo.
Para vengarse de esta afrenta, los dominicos realizaron muchos milagros
en Alemania y Suecia, convencidos de que así demostraban la fortaleza de su fe.
Finalmente, encontraron el medio de que apareciera en Berna con los estigmas de
Cristo uno de los hermanos legos, que se llamaba Jetser. La propia Santísima
Virgen le hizo esa operación, pero fue sirviéndose de la mano del provincial,
que se disfrazó de mujer y rodeó su cabeza de una aureola. El desventurado
hermano lego, chorreando sangre, fue expuesto en el altar de los dominicos a la
veneración del pueblo gritando con fuerza: « ¡Muera el asesino, muera el
sacrílego! », y los frailes, para calmarle, le dieron en seguida la comunión
con una hostia impregnada de sublimado corrosivo, pero el paroxismo de su excitación
le incitó a rechazar la hostia. En vista de eso, los frailes, indignados, le
acusaron ante el obispo de Lausana de haber cometido nefasto sacrilegio y los
ciudadanos de Berna, también indignados, acusaron a los frailes y consiguieron
que cuatro de ellos fueran quemados en la hoguera, en la misma ciudad, el 31 de
mayo de 1509. De este modo terminó la abominable historia que decidió al pueblo
de Berna a elegir otra confesión, que es herética para los católicos, pero que
consiguió librarles de los franciscanos y los dominicos.
Es increíble la proliferación de sacrilegios semejantes, suscitados por
el espíritu de partido. Los jesuitas sostuvieron durante cien años que los
jansenistas eran blasfemos, y lo demostraron mediante las órdenes secretas que
contra ellos se dictaron, y los jansenistas replicaron escribiendo más de
cuatro mil volúmenes para demostrar que eran los jesuitas quienes blasfemaban.
Al menos es consoladora la idea de que, en ninguna nación del mundo ni
aun entre los idólatras más desequilibrados, se haya acusado de blasfemo a
ningún hombre por reconocer la existencia de un Dios Supremo Eterno y
Todopoderoso. Es indudable que no hicieron beber a Sócrates la cicuta por
reconocer esta verdad, porque el dogma de un Dios Supremo se había ya anunciado
en los misterios de Grecia. A Sócrates le perdieron sus enemigos, le acusaron
de que no quería reconocer a los dioses menores, y sólo por eso le consideraron
blasfemo. Por igual motivo, tacharon de blasfemos a los paleocristianos. Pero
los adeptos de la antigua religión del imperio, o sea los adoradores de Júpiter
que acusaron de blasfemos a aquéllos, con el tiempo fueron también acusados del
mismo delito, durante el reinado de Teodosio II.
BRAHMANES. Nótese que el padre Thomassin, uno de los
hombres más sabios de Europa, deriva la voz brahman de la palabra hebrea barac,
con C, suponiendo que los hebreos la tuviesen. Barac significa, según él, huir,
y los brahmanes huían de las ciudades, suponiendo que entonces las hubieran.
Es posible que los brahmanes fueran los primeros legisladores, los
primeros filósofos y los primeros teólogos del mundo. Esto lo inferimos de las
escasas obras que han llegado hasta nosotros de su remota historia, unido al
hecho de que los primeros filósofos griegos fueron a aprender matemáticas de
ellos y de que las curiosidades antiquísimas que recogieron los emperadores de
China todas son hindúes.
El Shasta, primer libro de teología de los brahmanes, fue compuesto
cerca de mil quinientos años antes que el Vedas, y es anterior a los demás
libros indios.
Sus anales no registran guerra alguna emprendida por dicha nación en
ninguna época; las palabras ejército, matar y mutilar no figuran en los
fragmentos de Shasta, ni en el Cormo Vedas. Puedo asegurar que no las he visto
escritas en esas dos colecciones que he repasado, y ello es tanto más extraño
porque el Shasta, que se ocupa de una conspiración acaecida en el cielo, no
menciona ningún conflicto bélico en la gran península situada entre el Indo y
el Ganges.
Los hebreos, que históricamente aparecen mucho después, no hablan nunca
de los brahmanes. Conocieron la India después de las conquistas de Alejandro,
ya establecidos en Egipto, de cuya nación habían hablado muy mal. La palabra
India sólo figura en el libro de Ester y el de Job, que como sabemos no es
hebreo. Por otra parte, presentan singular contraste los libros sagrados de los
hebros y de los indios. Los libros indios predican tranquilidad y paz y
prohíben matar los animales; los libros hebreos sólo hablan de matar y asesinar
hombres y bestias. En ellos se degüella en nombre del Señor. Son distintos por
entero unos de otros.
No cabe duda que de los brahmanes hemos adquirido la idea de la caída de
los ángeles que se sublevaron contra el Soberano de la naturaleza, y es
probable que de ellos tomaron los griegos la leyenda de los titanes. Los
hebreos copiaron también de ellos la rebelión de Lucifer, en el siglo I de la
era cristiana.
¿Cómo pudieron los indios inventar la insurrección acaecida en el cielo
sin haber presenciado ninguna en la Tierra? No acertamos a comprender que la
naturaleza humana pudiera dar tal salto hasta la naturaleza divina, pues el
hombre va casi siempre de lo conocido a lo desconocido. No inventó la guerra de
los titanes hasta que vio que los hombres más robustos tiranizaban a sus
semejantes. Por tanto, era preciso que los primeros brahmanes hubieran tenido
discordias violentas o las hubieran presenciado en las naciones vecinas y las
trasladaran después al ámbito del cielo.
Sea como fuere, nos sorprende que una nación que desconoció la guerra
inventara una lucha librada en los espacios imaginarios, en un mundo lejano del
nuestro o en lo que denominamos firmamento. Nótese además que en esa
sublevación de seres celestes empeñada contra su Soberano no la emprendieron
unos contra otros a montañazo limpio, ni hubieron ángeles cortados por la
mitad, como ocurre en el poema de Milton, sublime y grotesco a la par.
Según el Shasta, dicha rebelión consistió en desobedecer las órdenes del
Altísimo, desobediencia que castigó Dios desterrando a los ángeles rebeldes a
un inmenso y tenebroso sitio llamado Ondera durante un mononthur, o sea 426
millones de años. Pero Dios se dignó perdonar a los culpables al cabo de
cincuenta mil años y Ondera sólo les sirvió de purgatorio. Ahora bien, los
transformó en hombres y les obligó a habitar el mundo, imponiéndoles la
condición de que no debían comer ninguna clase de animales ni cohabitar con los
machos de su nueva especie, bajo la pena de volverlos a desterrar en Ondera.
Esos son los principales preceptos de la ley de los brahmanes, que desde
tiempos inmemoriales observan sin interrupción hasta nuestros días por más
extraño que nos parezca que, por ellos, es pecado tan grave comerse un pollo
como entregarse a la sodomía.
Lo que llevamos dicho es una pequeña parte de la antigua cosmogonía de
los brahmanes. Sus ritos y sus templos evidencian que allí todo es alegórico.
Todavía representan a la virtud en forma de mujer con diez brazos, con los que
lucha contra los diez pecados representados por otros tantos monstruos. Los
misioneros enviados allí tomaron esa imagen de la virtud por la imagen del
diablo y por eso aseguraban que en la India rendían culto al demonio. Por regla
general, los europeos sólo hemos visitado pueblos lejanos para enriquecernos
primero y calumniarlos después.
De la metempsicosis de los brahmanes. La doctrina de la metempsicosis deriva de la antigua ley de alimentarse
con leche de vaca, verduras, frutas y arroz. Sin duda, pareció horrible a los
brahmanes matar y comerse a su nodriza y no tardaron en profesar igual respeto
a las cabras, ovejas y todos los demás animales. Creyeron que en ellos vivían
los ángeles rebeldes purgando sus culpas en los cuerpos de las bestias, al
igual que en los cuerpos de los hombres. La naturaleza del clima coadyuvó a
consolidar la mencionada ley o, mejor dicho, fue su origen. Los que viven en
climas cálidos se mantienen con alimentos ligeros y miran con horror la
costumbre que tenemos en otros países de comer cadáveres.
La creencia de que los animales tenían alma fue general en Oriente y de
ello hallamos vestigios en los antiguos libros sagrados. Por ejemplo en el
capítulo IX del Génesis, Dios prohíbe a los hombres que coman la carne de los
animales, su sangre y su alma: «Vengaré ‑‑dice el texto hebreo‑‑ la sangre de
vuestras almas de las garras de las bestias y de las manos de los hombres». En
el capítulo XVIII del Levítico, añade: «El alma de la carne está en la sangre».
Además, celebra un pacto solemne con los hombres y animales, como consta en el
capítulo IX del Génesis lo cual supone que los animales tienen inteligencia.
Y en el capítulo III del Eclesiastés puede leerse: «Dios hace ver que
los hombres son semejantes a las bestias, mueren como ellas, son de igual
condición, y unos y otras respiran lo mismo. El hombre no tiene nada que no
tenga la bestia». Jonás, cuando predicó en Nínive, hizo ayunar a los hombres y
a los animales.
Todos los autores antiguos suponen inteligencia en las bestias, como lo
evidencian los libros sagrados y los profanos. Algunas veces, incluso las hacen
hablar. Por tanto, no es de sorprender que los brahmanes primero y los
pitagóricos después creyeran que las almas pasaban sucesivamente a los cuerpos
de los animales y a los cuerpos de los hombres y, en consecuencia, defendieran
que las almas de los ángeles culpables, para concluir el tiempo de su
purgatorio, moraban unas veces en los cuerpos de las bestias y otras en los de
los hombres. Esta es una parte de la historieta del jesuita Bougeaut, que
inventó que los diablos eran espíritus que moraban en los cuerpos de los
animales. Así, en nuestros días y en Occidente, un jesuita resucitó sin saberlo
un artículo de fe en los sacerdotes orientales más antiguos.
De las mujeres que se arrojan en la hoguera. Los brahmanes actuales, que son como los antiguos, han conservado la
inicua costumbre de arrojarse a las llamas. ¿Cómo se explica que un pueblo
donde no se derramó nunca la sangre de los hombres ni la de los animales
considere todavía como el mayor acto de devoción quemarse públicamente en una
pira? La superstición, que aúna todas las ideas contradictorias, es el único
origen de este tremendo sacrificio, y la costumbre de realizarlo es más antigua
que las más antiguas leyes de los países que conocemos.
Suponen los brahmanes que Brahma, su gran profeta e hijo de Dios,
descendió a la Tierra, tuvo muchas mujeres y cuando murió, la mujer que más le
amaba se arrojó a las llamas de su pira para reunirse con él en el cielo. Y
murió abrasada como Porcia, esposa de Bruto, que tragó carbones encendidos para
reunirse con su marido. Esta historia, ¿es una fábula inventada por los
sacerdotes? ¿Existió Brahma y consiguió efectivamente que le tuvieran por
profeta e hijo de Dios? Es posible que existiera, así como más tarde Zoroastro
y Baco, y que la leyenda se apoderara de su historia como acostumbra hacer en
todas las épocas.
Cuando presenciaron que la mujer del hijo de Dios se arrojaba a la pira,
las mujeres de condición inferior quisieron imitarla. Pero ¿cómo habían de
reunirse con sus maridos, que la transmigración de las almas podía transformar
en caballos, elefantes o gavilanes? ¿Cómo conocer la bestia en que el difunto
moraba? Y reconociéndola, ¿cómo podían continuar siendo su mujer? Este
obstáculo lo allanan los teólogos indios encontrando fácilmente distingos,
soluciones in sensu composito, in senso divisa. La metempsicosis sólo existe
para el pueblo llano; tocante al alma de los demás, profesan una doctrina más
rara. Esas almas, que son las de los ángeles que se rebelaron contra su
Soberano, están purificándose. Las de las viudas que se sacrifican son
beatificadas y encuentran a sus maridos purificados por entero. En resumen, los
sacerdotes tienen siempre razón y las viudas siguen quemándose en las hogueras.
Este horrible fanatismo viene durando más de cuatro mil años en un
pueblo tranquilo y apacible, que cree cometer un crimen si mata una cigarra.
Los sacerdotes no pueden obligar a las viudas a quemarse en las hogueras porque
es ley inderogable en la nación que ese sacrificio sea voluntario. Tal honor se
reserva a la primera de las esposas del difunto; si ésta se niega al
sacrificio, se reserva este honor a la segunda, y así sucesivamente. Dícese que
en una ocasión diecisiete mujeres se arrojaron a la vez en la pira de un rajá.
Pero semejantes sacrificios son raros en la actualidad: la fe se debilitó desde
que los mahometanos gobiernan la mayor parte del país y los europeos negocian
en la otra parte. Y aun así, ni un solo gobernador de Madrás y de Pondichery ha
dejado de ver alguna india arrojarse voluntariamente a las llamas. Honwell
refiere que una viuda de diecinueve años, muy hermosa y madre de tres hijos, se
abrasó en la hoguera en presencia de la señora Russel, esposa del almirante,
que estaba en la rada de Madrás. Dicha joven resistió a los ruegos y lágrimas
de los asistentes. La señora Russel le suplicó en nombre de sus hijos que no
los dejara huérfanos y abandonados en el mundo; la viuda respondió: «Dios, que
los hizo nacer, cuidará de ellos». Acto seguido, dispuso los preparativos,
prendió fuego a la pira con su mano y consumó el sacrificio con la misma
serenidad que una monja enciende los cirios del altar.
Shernoc, comerciante inglés que en una ocasión vio que una hermosa viuda
iba a arrojarse a la hoguera que ella misma había encendido, la apartó de allí
a la fuerza y con la ayuda de otros ingleses la raptó y después se casó con
ella. El pueblo indio consideró ese acto como horrible sacrilegio.
¿Por qué los maridos no se lanzaban a las llamas para ir a reunirse con
sus esposas? ¿Por qué razón el sexo que es naturalmente débil y apocado fue el
único capaz de inmolarse fanáticamente? ¿Obedece a que la tradición no dice que
un hombre maridó con la hija de Brahma, y sí asegura que una india se casó con
el hijo de dicho dios? ¿Obedece a que las mujeres son más supersticiosas que
los hombres? ¿Que su imaginación es más débil, tierna y más adecuada para ser
dominada?
Los antiguos brahmanes se arrojaban algunas veces en la hoguera para no
sufrir los achaques de la vejez, y sobre todo para que los admirasen. Calano no
se hubiera arrojado a la hoguera a no ser por la satisfacción de que Alejandro
presenciara su sacrificio. El cristiano renegado Pelegrino se quemó en una
hoguera públicamente por el mismo motivo que algunos necios se disfrazaban a
veces de armenio para llamar la atención.
Creemos que la vanidad interviene en amplia medida en el tremendo
sacrificio de las mujeres indias. Quizá si se publicara una ley ordenando que
se quemaran secretamente quedaría abolida esa inhumana costumbre.
Para terminar, añadamos unas palabras. Si un centenar de mujeres indias
han ofrecido el abominable espectáculo de quemarse, en cambio nuestros
inquisidores y aquellos locos de atar que se llamaban jueces, en otros siglos
hicieron morir abrasados por las llamas más de cien mil hermanos nuestros,
hombres, mujeres y niños, por cuestiones enrevesadas que nadie entiende.
Compadezcamos y condenemos el proceder de los brahmanes, pero no nos dejemos
embaucar por el sentido figurado de las alegorías y declaraciones de Birna,
Brahma y Visnú. Con esto cierran la boca a todo el que trata de presentar
objeciones.
BRINDAR. ¿De dónde proviene esta costumbre? ¿Tiene su origen
en la época en que el hombre empezó a beber? Parece natural que bebamos el vino
a nuestra salud, pero no a la salud de los demás.
El propino de los griegos, más tarde adoptado por los romanos, no
significaba: «Bebo para desearle buena salud», sino «Bebo antes que tú para
darte ejemplo; te invito a beber».
En el regocijo de los banquetes bebían para celebrar a sus amantes, no
para desearles buena salud. Los ingleses que tienen a gala reproducir muchas
costumbres de la Antigüedad clásica, brindan por el honor de las damas, que
llaman toagfer, y entre ellos es objeto de discusión si una dama es o no digna
de tal honor.
En Roma brindaban por las victorias de Augusto y porque recuperase la
salud perdida. Dión Casio refiere que tras la batalla de Actium el Senado
decretó que en todas las comidas, después del segundo plato, los ciudadanos de
Roma brindaran por dicha victoria. Cabe suponer que tan extraño decreto fue
dictado por la más baja adulación. En una de las odas de Horacio figura algo
parecido a la frase, hoy en uso, que dice: «Hemos brindado a la salud de
vuestra majestad». De aquí probablemente provino el uso entre las naciones
bárbaras de brindar por la salud de sus invitados, costumbre absurda porque
aunque se beba copiosamente no se conseguirá mejorar la salud de las personas
en cuyo obsequio se bebe.
El Diccionario de Trevoux dice «que no se debe brindar por la salud de
los superiores en su presencia». Esto es verdad en Francia y en Alemania, pero
en Inglaterra es costumbre admitida‑ hay menos distancia de hombre a hombre en
Londres que en Viena. En Inglaterra reviste especial importancia brindar por la
salud del príncipe pretendiente al trono: equivale a declararse partidario
suyo. A algunos escoceses e irlandeses les costó muy caro haber brindado por la
salud de los Estuardos.
Brindaron todos los whigs después del fallecimiento del rey Guillermo no
a su salud, sino a su memoria. El tory Brown, obispo de la irlandesa ciudad de
Cork, enemigo mortal de Guillermo, dijo que actuaría de tapón para impedir que
se bebiera a la gloria de dicho monarca, porque en inglés cork significa tapón.
El obispo no se contentó con hacer este juego de palabras, sino que en 1702
escribió un folleto que contiene los mandamientos de su país para convencer a
los irlandeses de que es impío brindar por la salud de los reyes y por su
memoria porque es profanar las palabras de Jesús, que dice: «Bebed todos,
hacedlo a mi memoria».
Pero el mencionado obispo no fue el primero que concibió semejante
necedad. Antes que él, el presbiteriano Pyrenne compuso un libro voluminoso
contra la costumbre impía de beber a la salud de los cristianos, y Juan Geré,
que fue párroco de la iglesia de la Santa Fe, publicó otro con este largo
título: La divina porción para conservar la salud espiritual y para curar la
enfermedad crónica de brindar por la salud, con argumentos claros y sólidos
contra esa costumbre criminal, para la satisfacción del público.
Ni los reverendos frailes franceses Farasse, Patouillet y Nonotte,
escribieron nada superior a estas profundidades inglesas. Las dos naciones
mantuvieron durante mucho tiempo un verdadero pugilato para ver cuál de las dos
diría más tonterías.
BUEY APIS (sacerdotes tel). Herodoto nos cuenta que Cambises, tras haber matado con sus manos al
dios buey, hizo bien en azotar a sus sacerdotes. No hubiera sido meritoria su
acción si los citados sacerdotes hubieran sido hombres honrados que se
limitaran a ganar el sustento dirigiendo el culto del buey Apis, sin causar
molestias a los ciudadanos. Pero si fueron perseguidores, violentaron
conciencias, practicaron una especie de inquisición y violaron el derecho
natural, entonces Cambises no procedió bien azotándolos… debía haberlos
ahorcado (1).
(1) Véase el artículo Apis.
BUFÓN, BURLESCO. Agudico fue el escoliador que dijo que la
etimología de la palabra bufón dimana de un sacrificador ateniense llamado
Bufo, que cansado de su oficio huyó para siempre de la ciudad. El Areópago,
ante la imposibilidad de castigarle, formó proceso al hacha que usaba dicho
sacerdote para desempeñar su profesión. Dícese que esa farsa se representaba
todos los años en el templo de Júpiter y la titulaban bufonía, pero esta
historia no es creíble. La palabra bufón no era un nombre propio; bufonos significaba
inmolador de bueyes. Los griegos nunca dieron el nombre de bufonía a ninguna de
sus burlas. La mencionada ceremonia, aunque parece frívola, pudo haber tenido
un origen más humano, digno de los verdaderos atenienses.
Una vez al año, el sacrificador subalterno o, mejor dicho, el carnicero
sagrado, al iniciar el gesto de inmolar un buey, huía fingiendo ser presa de
cierto terror, sin duda para recordar a los hombres que en los tiempos más
sencillos y dichosos sólo consagraban a los dioses frutos y flores, y que la
barbarie de sacrificarles animales útiles no se introdujo hasta que hubo
sacerdotes que engordaban con la sangre que hacían derramar y que vivían a
expensas de los pueblos. Esta idea no tiene nada de bufonada.
Italia y España admitieron más tarde el vocablo bufón para designar al
mismo, al farsante y al juglar. Menaje, después de Saumaise, lo deriva de
Hinflata bocca, y en efecto, los bufones suelen tener el rostro redondo y
mofletudo. Los italianos llaman buffone magro al hombre que se las da de
gracioso y no consigue hacer reír a nadie.
Bufonerías son las farsas más grotescas que se representan en los
barracones para avergonzar al espíritu humano. Thespis fue un bufón antes que
Sófocles fuera un gran hombre. En los XVI y XVII, las tragedias españolas e
inglesas estaban envilecidas por las bufonerías más abyectas, y los bufones
deshonraron las cortes de los reyes más que deshonraban el teatro. La roña que
dejó la barbarie estaba tan adherida, que los hombres no gozaban aún de los
deleites intelectuales.
BULA. Esta palabra significa la bola o el sello de
oro, plata, cera o plomo que pende de un documento o de un título cualquiera.
El sello de plomo que cuelga de ciertos documentos pontificios representa por
un lado las cabezas de san Pedro y san Pablo y por el otro el nombre del papa.
La bula está escrita en un pergamino.
En la salutación el papa sólo usa el título de siervo de los siervos de
Dios, copiándolo de las divinas palabras que Jesús dirigió a sus discípulos:
«El que de nosotros pretenda ser el primero, será vuestro servidor».
Los herejes afirman que los papas, con esta fórmula de aparente
humildad, tratan de imponer una especie de sistema feudal en el que la
cristiandad queda sometida a un jefe que es Dios, y a cuyos grandes vasallos
Pedro y Pablo representa el pontífice de su servidor. Los primeros vasallos del
papa son los príncipes, los emperadores, los reyes y los duques. Sin duda, se
fundan para decir esto en la famosa bula in Coena Domini, que un cardenal
diácono lee públicamente todos los años el Jueves Santo ante el papa, al que
acompañan varios cardenales y obispos. Concluida la lectura de la bula, Su
Santidad lanza a la plaza pública un hacha encendida en señal de anatema.
La referida bula figura en la página 714, tomo I del Bulario impreso en
Lyon en 1763, y en la página 118 de la edición de 1727. La edición más antigua
del bulario data de 1536. Pablo III, sin explicar el origen de esta ceremonia,
dice que es costumbre antigua de los soberanos pontífices publicar la citada
excomunión el Jueves Santo, para conservar la pureza de la religión cristiana y
mantener la unión de los fieles. Dicha bula se compone de veinticuatro puntos,
en los que el citado papa lanza estas excomuniones:
1.
A los herejes, a sus autores y a los que lean sus libros.
2.
A los piratas, sobre todo a los corsarios que se atrevan a penetrar en
los mares del Soberano Pontífice.
3.
A los que impongan en sus haciendas nuevas gabelas.
10.
A los que impidan de cualquier modo que se cumplan las cartas
apostólicas, bien se concedan en ellas prebendas, bien se impongan penas.
11.
A los jueces laicos que juzguen a los eclesiásticos y los convoquen a su
tribunal, sea el tribunal que sea, audiencia, cancillería, consejo o
parlamento.
14.
A todos los que hagan o publiquen edictos, reglamentos y pragmáticas que
ofendan o cercenen la menor cosa, tácita o expresamente, que coarte la libertad
eclesiástica, los derechos del Papa y también los de la Santa Sede.
15.
A los cancilleres, consejeros ordinarios o extraordinarios de cualquier
rey, a los presidentes de las cancillerías, de los consejos y los parlamentos,
y a los fiscales generales que promueven causas eclesiásticas o que impidan el
cumplimiento de las cartas apostólicas, aunque lo hicieran con el pretexto de
evitar alguna violencia.
En ese mismo punto, el papa se reserva también el derecho de absolver a
los mencionados cancilleres, consejeros, fiscales generales y a otros
excomulgados, que sólo podrán ser absueltos después que revoquen públicamente
sus edictos y sus decretos y los supriman de los registros.
20.
A los que se arroguen el derecho de absolver a los excomulgados que
acabamos de mencionar, y para que no puedan alegar ingnorancia manda:
21 Que esta Bula se publique y se fije en la puerta de la basílica del
príncipe de los apóstoles y en la de San Juan de Letrán.
22.
Que todos los patriarcas, primados, arzobispos y obispos, en virtud de
santa obediencia, publiquen solemnemente esta bula al menos una vez cada año.
24.
Declara el Papa, que si alguno se atreve a obrar contra lo que dispone
esta bula, debe saber que incurre en la indignación de Dios Todopoderoso y en
la de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo.
Las demás bulas posteriores llamadas también in Coena Domini, sólo son
aplicaciones de ésta. Por ejemplo, el punto 21 de la bula de Pío V publicada en
el año 1567, añade al punto 3 de la transcrita, que los príncipes que
establezcan en sus Estados nuevas exacciones, de cualquier naturaleza que sean,
o aumenten las antiguas sin haber obtenido la aprobación de la Santa Sede,
quedan excomulgados ipso facto.
La tercera bula in Coena Domini data de 1610 y contiene treinta puntos,
en los que Pablo V renueva las disposiciones de las bulas anteriores. La cuarta
y última bula in Coena Domini, inserta en el Bulario, está fechada en 1º de
abril de 1627. En ella anuncia Urbano VIII que siguiendo el ejemplo de sus
antecesores, para mantener la integridad de la fe, la justicia y la
tranquilidad pública se sirve de la espada espiritual de la disciplina
eclesiástica para excomulgar en dicho día (aniversario de la cena del Señor) a
los herejes y a quienes apelan del fallo del Papa en el futuro concilio. El
resto de la bula es similar al de las tres citadas. En opinión de algunos, la
que se lee actualmente es de época más moderna y tiene varias adiciones.
Giannone, en su Historia de Nápoles, relata los desórdenes que los
eclesiásticos promovieron en dicho reino y los desafueros que sufrieron los
vasallos del rey, negándose incluso a administrarles los sacramentos con el fin
de obligarles a que admitieran la bula, que finalmente fue proscrita de allí
solemnemente, así como en la Lombardía austriaca, en los Estados de la
emperatriz, en los territorios del duque de Parma y en otras partes (1).
En 1580, el clero de Francia se aprovechó de las vacaciones del
Parlamento para publicar la bula in Coena Domini. Pero el fiscal general se
opuso a tal publicación y la Cámara de las vacaciones, que presidía el célebre
y desventurado Brisson, redactó el 4 de octubre un decreto que ordenaba a todas
las autoridades que averiguaran quiénes eran los arzobispos, obispos o vicarios
mayores que habían admitido dicha bula o la copia de ella, y quién el que la
mandaba publicar. Les conminaba también a impedir la publicación y si se había
realizado a secuestrar los ejemplares y remitirlos al tribunal, y en este caso
citar a las mencionadas jerarquías eclesiásticas a comparecer ante la Cámara y
contestar a la requisitoria del fiscal general, amén de confiscar sus bienes
temporales en beneficio del rey. Dicho decreto prohibía asimismo que nadie se
opusiera a su ejecución, bajo pena de ser castigado como enemigo de la nación y
culpable del delito de lesa majestad. Este decreto se imprimió y se publicó
(2).
Con ello, el Parlamento siguió el ejemplo que le dio Felipe el Hermoso.
El 5 de diciembre de 1301, el papa Bonifacio VIII se dirigió al mencionado
monarca en su bula Ausculta Fili, exhortándole a que la cumpliera humildemente
y diciéndole estas palabras: «Dios nos colocó sobre los reyes y los reinos para
extirpar, destruir, disipar, construir y plantar en su nombre, difundiendo su
doctrina. No prestéis oídos a quienes dicen que no existe superior vuestro y
que no estáis sometido al jefe de la jerarquía eclesiástica; quien así opina es
un insensato y el que mantiene tercamente esta opinión es un infiel y se separa
del rebaño del Buen Pastor». A continuación, el papa se ocupaba detalladamente
del gobierno de Francia, reconviniendo al rey por alguna de las reformas que
había establecido.
En vez de obedecer al papa, el rey ordenó quemar esta bula en París y
publicar a son de trompeta dicha ejecución por toda la ciudad el 11 de febrero
de 1302. El papa, en el Concilio celebrado en Roma el mismo año, lanzó injurias
y amenazas contra Felipe el Hermoso, pero sin llegar a cumplir tales amenazas.
Fruto de dicho Concilio fue la famosa decretal titulada Unam Sanctam, que en
sustancia es como sigue:
«Creemos y confesamos que existe una Iglesia santa, católica y
apostólica, fuera de la cual no hay salvación posible‑ reconocemos también que
es única, que forma un solo cuerpo con un solo jefe, y que no tiene dos como
los monstruos. Su jefe es Jesucristo, y su vicario san Pedro y el sucesor de
san Pedro. Por lo tanto, los griegos y demás que pertenecen a otras sectas y
afirman no estar sometidos a ese sucesor, deben confesar que no pertenecen al
número de las ovejas de Jesucristo, pues éste dijo que había un solo rebaño y
un solo pastor.
(1) El papa Ganganelli, enterado de la resolución de los príncipes
católicos y observando que los pueblos empezaban a abrir los ojos, no quiso
publicar la famosa bula el Jueves Santo del año 1770.
(2) La refutación de la bula In Coena Domini se convirtió en uno de los
artículos más importantes de lo que se llamaron «libertades de la Iglesia
galicana».
»Confesamos que esta Iglesia tiene dos espadas en su poder, la
espiritual y la temporal: una la utiliza la Iglesia por medio de la mano del
Pontífice, y la otra la blande también la Iglesia por medio de los reyes y los
guerreros, por orden o con licencia del pontífice. Pero es imprescindible que
una espada se someta a otra, esto es, que el poder temporal esté sujeto al
poder espiritual porque de otra forma andarían en desacuerdo, y deben estar
acordes en opinión del apóstol. El poder espiritual debe instituir y juzgar al
temporal, y de esta manera se cumple respecto a la Iglesia la profecía de
Jeremías, que dice: «Te establecí sobre las naciones y sobre los reinos», etc.
Por su parte, Felipe el Hermoso reunió los Estados Generales y los
comunes. En la exposición que presentaron a dicho monarca, dijeron: «Es una
abominación oír que Bonifacio, como verdadero búlgaro (hereje) que es,
interprete mal la frase espiritual que figura en el evangelio de san Mateo, que
dice: Lo que atares en la tierra atado será en el cielo, como si esa frase
significara que si el papa encerrara a un hombre en prisión temporal tuviera
Dios que encarcelarle en el cielo».
Clemente V, sucesor de Bonifacio VII, derogó y anuló el odioso punto de
la bula Unam Sanctam, que extiende el poder de los papas sobre el poder
temporal de los reyes, y declara herejes a quienes no reconocen ese poder
quimérico. En efecto, Bonifacio insistió en que ese pretendido poder debía
considerarse una herejía fundándose en este principio, de los teólogos: «El que
peca contra la regla de la fe es hereje, lo mismo si niega lo que la fe nos
enseña que si recusa lo que se establece como artículo de fe, aunque no lo
sea».
Antes del pontificado de Bonifacio VIII, otros papas se habían arrogado
mediante bulas la propiedad de diferentes reinos. Conocida es la bula de
Gregorio VII, en la que dirigiéndose a un rey de España dice: «Deseo que sepáis
que el reino de España, según consta en las antiguas ordenanzas eclesiásticas,
se dio en propiedad a san Pedro y a la Santa Iglesia romana».
Enrique II de Inglaterra pidió permiso al papa Adriano IV para invadir
Irlanda y dicho pontífice se lo permitió, a condición de que impusiera a cada
familia irlandesa el tributo de un carolus para la Santa Sede y de que
conservara ese reino como feudo de la Iglesia romana. «Porque‑‑le escribió el
papa‑‑no se debe dudar de que todas las islas que Jesucristo, como sol de
justicia, iluminó y han aprendido las enseñanzas de la fe cristiana, pertenecen
de derecho a san Pedro y a la Sagrada y Santa Iglesia romana.
Bulas de la Cruzada y de la Composición. Si dijéramos a un africano o a un asiático con sentido común que en
Europa, donde unos hombres han prohibido a otros comer carne los días de
Cuaresma, el papa autoriza a comerla previo el pago de una bula, y que con otra
bula permite conservar el dinero que se ha robado, ¿qué opinión formarían de
nosotros esos tales? Convendrían, por lo menos, en que cada país tiene sus
costumbres, y en el mundo, por más que se cambie el nombre de las cosas y se
las disfrace, todo se hace para sacar dinero.
Hay dos bulas denominadas de la Cruzada: la primera es de la época de
los Reyes Católicos y la segunda de la época de Felipe V. La primera vende el
permiso para comer carne los sábados, y la segunda, concedida por el papa
Urbano VIII, permite comer carne la Cuaresma y absuelve de todo delito, menos
la herejía. Esas bulas no sólo se venden, sino que está ordenado que se compren
y su precio es más alto, como es natural, en Perú y México que en España, pues
ya que producen oro y plata es justo que paguen más que los demás países.
El pretexto para publicar esas bulas fue el de hacer la guerra a la
morisca infiel. Pero los espíritu inconformistas no comprenden la relación que
pueda haber entre comer carne y la guerra con los musulmanes, y añaden que
Jesucristo nunca mandó mover la guerra a los sarracenos, bajo pena de
excomunión.
La bula que permite conservar los bienes ajenos se llama Bula de la
Composición, y hace mucho tiempo que viene produciendo grandes sumas en España,
el Milanesado, Sicilia y Nápoles. Las personas a las que se adjudica el
arrendamiento de dicha bula encargan su predicación a los frailes más
elocuentes. Los pecadores, que robaron al rey, al Estado o a los particulares,
buscan a esos predicadores, se confiesan con ellos y les dicen contritos lo
desagradable que sería que les obligaran a restituir lo robado. Ofrecen a los
frailes que les entregarán el cinco, el seis o el siete por ciento, si les
convencen de que pueden conservar el resto sin escrúpulo de conciencia. Cierran
el cambalache y los pecadores quedan absueltos.
El fraile predicador que compuso Viaje a España e Italia, libro que con
privilegio se publicó en París, se expresa de esta forma, haciendo propaganda
de la bula: «¿No es agradable y gracioso saldar las cuentas pagando tan escasa
cantidad, y quedar libres para robar otra mayor cuando se tenga necesidad de
ella?»
Bula Unigenitus. Si la bula in Coena Domini soliviantó a los
monarcas católicos, que al fin tuvieron que proscribirla de sus Estados, la
bula Unigenitus sólo produjo alteraciones en Francia. La primera atacaba los
derechos de los soberanos y los magistrados de Europa, y unos y otros se
esforzaron por conservarlos. Pero como la segunda sólo proscribía algunas
máximas de moral y doctrina cristiana, únicamente se opusieron a ella las
partes interesadas y éstas llegaron a perturbar toda Francia. Se inició la lucha
por una cuestión entre los jesuitas y los jansenistas.
Quesnel, sacerdote del Oratorio, refugiado entonces en Holanda, dedicó
sus Comentarios al Nuevo Testamento al cardenal Noailles, entonces obispo de
Chalons‑sur‑Marne, y el obispo los aprobó, recibiendo éste la obra con el
sufragio de todos los que leen esta clase de libros.
El jesuita Le Tellier, confesor de Luis XIV y enemigo declarado del
cardenal Noailles, por encocorar a éste consiguió que Roma condenara el libro
que Quesnel le había dedicado. El tal jesuita, hijo de un fiscal de Vite, Baja
Normandía, conocía todos los recursos y triquiñuelas propias de la profesión de
su padre. Además de malquistar al cardenal Noailles con el papa, intentó
enemistarle con el rey, y a este fin hizo que emisarios suyos redactaran
despachos contra el cardenal, firmados por cuatro obispos, y cartas dirigidas
al rey, también con la firma de los mismos obispos. Estas maniobras que los
tribunales debieran haber castigado produjeron en la corte el efecto intentado
por el jesuita. El monarca se incomodó y Madame de Maintenon dejó de
protegerle.
A raíz de esto se produjeron una serie de intrigas en las que todo el
mundo participó de un extremo a otro del reino, y cuanto más se enconaban los
ánimos en guerra tan funesta, más se encendían los espíritus por una simple
cuestión teológica.
Así las cosas, Le Tellier consiguió que Luis XIV propusiera al papa la
condena del libro de Quesnel, del cual el rey no había leído ni una página. Le
Tellier y otros dos jesuitas, Doucin y Lallemant, extrajeron ciento tres
proposiciones con la idea de que Clemente XI las condenara, y la curia romana
apartó dos de ellas para dar a entender que juzgaba por sí misma. El cardenal
Fabroni, entregado en cuerpo y alma a los jesuitas, se encargó de este asunto y
ordenó que redactaran la bula el franciscano Palermo, el capuchino Elías, el
barnabita Terrovi, el servita Castelli y el jesuita Alfaro.
Clemente XI les dejó hacer lo que quisieran, con el deseo de
congraciarse con el rey de Francia, pues sus relaciones con éste estaban
tirantes por haber reconocido al archiduque Carlos como rey de España. Para
ello no necesitaba hacer ningún sacrificio, le bastaba llenar a satisfacción de
Luis XIV un trozo de pergamino del que pendiera un sello, sentenciando un
asunto que le era indiferente. Por eso el papa, sin hacerse rogar, despachó y
envió la bula. Pero fue extraordinaria su sorpresa cuando se enteró de que en
casi toda Francia se había recibido con denuestos y manifestaciones hostiles.
Dícese que al saberlo, dijo al cardenal Carpegne: «Me piden que envíe la bula,
les complazco en seguida y todo el mundo se ríe de ella».
Todo el mundo, en efecto, se sorprendió que un papa, en nombre de
Jesucristo, condenara por heréticas y ofensivas a los oídos cristianos estas
dos proposiciones: «Es conveniente dedicarse los domingos a la lectura de
libros sagrados, sobre todo de la Biblia», y «El temor a una excomunión injusta
no debe impedir que cumplamos con nuestro deber».
Hasta los partidarios de los jesuitas consideraron inconveniente esa
censura eclesial, pero no se atrevieron a oponerse públicamente. Los hombres
prudentes y desinteresados la juzgaron escandalosa y el resto de la nación la
tildó de ridícula.
No por eso dejó de salirse con la suya el jesuita Le Tellier, hasta la
muerte de Luis XIV. Francia le detestaba, pero él la gobernaba. Se valió de
todos los medios para deponer al cardenal Noailles, pero finalmente este
intrigante fue condenado al destierro cuando falleció el monarca que le
protegía. El duque de Orleáns, durante su regencia, puso punto final a esta
guerra mofándose de ella. Y aunque del incendio pasado brotaron algunas
chispas, pronto se apagaron para siempre. Con todo, habrían durado medio siglo.
Los hombres podrían considerarse felices si sólo se enemistaran por tonterías
como éstas, que no hacen derramar sangre humana.
C
CADENA DE SERES CREADOS. La
gradación infinita de seres, que desde el minúsculo átomo se eleva hasta el Ser
Supremo, excita nuestra admiración, pero al examinarla detenidamente ese
fantasma se desvanece, como los antiguos duendes al rayar el alba y sonar el
canto del gallo.
La imaginación se complace en observar el cambio imperceptible de la
materia bruta a la materia organizada de las plantas a los zoófitos, de los
zoófitos a los animales, de éstos al hombre, del hombre a los genios, de los
genios a las sustancias inmateriales y, siguiendo esos millares de órdenes
diferentes, de sustancias que en belleza y perfección se elevan hasta Dios.
Esta jerarquía complace a las buenas gentes, que se figuran ver en ella al papa
y a sus cardenales, seguidos de los arzobispos y obispos, tras los cuales van
los vicarios, sacerdotes, diáconos y subdiáconos, y cerrando la marcha, los
frailes.
Pero hay más distancia entre Dios y las más perfectas criaturas, que
entre el Santo Padre y el decano del Sacro Colegio: el decano puede ascender a
papa, pero ¿el más perfecto de los genios puede llegar a ser Dios? ¿No media el
infinito entre Dios y él?
Esta supuesta gradación o cadena no existe en los vegetales ni en los
animales, prueba de ello es que hay especies de plantas y animales que han
desaparecido. Por ejemplo, la muria, que ya no existe.
Los hebreos tenían prohibido comer carne de grifo y de ixión, dos
especies de aves que es probable hayan desaparecido del mundo. Aunque no
hubiéramos perdido algunas especies de animales, es indudable que pueden
extinguirse. Los leones y los rinocerontes empiezan a ser escasos. Si el resto
del mundo hubiera imitado a los ingleses, quizá ya no habría zorros en el
planeta.
Es probable que hayan existido razas de hombres que ya no se encuentran.
Pero suponiendo que hayan subsistido, como los blancos, negros, cafres o
samoyedos, ¿no es cosa visible que ha mediado siempre un espacio vacío entre el
mono y el hombre?, ¿no cabe imaginar un animal de dos pies, implume, que fuera
inteligente, sin estar dotado del uso de la palabra ni del rostro humano, del
que pudiéramos apoderarnos y respondiera a nuestros signos y nos sirviera? Y
entre esta nueva especie y la del hombre, ¿no podríamos imaginar otras
especies?
El divino Platón, por encima del hombre, sitúa en el cielo una retahíla
de seres celestes porque la fe nos lo enseña. Pero, ¿qué razón tenía para creer
en ellos? Aparentemente, no se había comunicado con el alma de Sócrates, y el
buen hombre Heres, que resucitó expresamente para enseñarle los arcanos de la
otra vida, nada le dijo de tales sustancias.
Esa supuesta cadena no está menos interrumpida en el universo sensible.
¿Qué gradación hay entre los planetas? La luna es cuarenta veces más pequeña
que nuestro Globo; si viajáis desde la Luna por el vacío os encontraréis con
Venus, que es casi tan grande como la Tierra. Desde allí vais a buscar a
Mercurio, que describe una elipse muy diferente del círculo que recorre Venus,
que es veinte veces más pequeño que la Tierra, y el Sol, un millón de veces más
grande; Marte, cinco veces más pequeño y da la vuelta en dos años; Júpiter, su
vecino, la da en doce, y Saturno en treinta, y éste, que es planeta más alejado
de nosotros, no es tan grande como Júpiter. ¿Dónde existe, pues, la gradación?
¿Cómo es posible suponer que en los grandes espacios vacíos existe una cadena
que lo ligue todo? De existir alguna, es indudable que ha de ser la que Newton
descubrió, la que hace gravitar todos los Globos del mundo planetario unos
hacia otros en el inmenso vacío.
¡Ah, divino Platón! Temo que sólo nos hayas contado leyendas y escrito
sofismas. Has causado más daño que jamás pudiste imaginar. ¿Cómo lo causó?, se
me preguntará. No seré yo quien lo diga.
CADENA O SUCESIÓN DE ACONTECIMIENTOS. El presente engendra el futuro. Los acontecimientos se encadenan unos
con otros por incoercible fatalidad. En Homero, el destino es superior al mismo
Júpiter. Este, que es el señor de los dioses y los hombres, declara que le es
imposible impedir que Sarpedón, su hijo, muera en el momento que tiene fijado.
Sarpedón nació en el instante en que fue preciso que naciera, y no pudo nacer
en otro; tenía que morir delante de Troya y ser enterrado en Licia. Su cuerpo
debía en un tiempo determinado producir legumbres que debían tornarse en la
sustancia de algunos naturales de Licia, y los descendientes de éstos tenían
que establecer un nuevo orden en sus estados que había de influir en los reinos
inmediatos. De forma que por una sucesión de hechos el destino de casi todo el
mundo dependió de la muerte de Sarpedón, la cual dependía del rapto de Elena, y
este rapto estuvo necesariamente ligado con el matrimonio de Hécuba, que
remontándose a otros sucesos se hallaba ligado con el origen de todas las
cosas. Si uno de estos hechos hubiera acontecido de manera distinta, habría
resultado otro universo; no hubiera sido posible el universo actual. Luego ni
el mismo Júpiter, a pesar de ser Júpiter, podía salvar la vida de su hijo.
La teoría de la necesidad y de la fatalidad fue inventada en los tiempos
modernos por Leibnitz, según dicen, con el nombre de razón suficiente. Pero, a
decir verdad, es muy antigua. No es una idea moderna el que no haya efecto sin
causa, ni que muchas veces la causa más pequeña produzca los mayores efectos.
Lord Bolingbroke confiesa que las desavenencias entre la duquesa de
Marlborough y lady Masham proporcionaron la ocasión de concertar un tratado
entre la reina Ana y Luis XIV. Este tratado dio como resultado la paz de
Utrecht; la paz de Utrecht consolidó a Felipe V en el trono de España, y éste
tomó Nápoles y Sicilia a la casa de Austria. El príncipe español que por tal
motivo reinó en Nápoles debió evidentemente su reino a lady Masham, y no lo
hubiese tenido, ni acaso hubiera nacido, si la duquesa de Marlborough hubiera
sido más complaciente con la reina de Inglaterra.
Si estudiamos la situación de todos los pueblos del Globo nos
convenceremos de que llegó a producirse por una serie de hechos que, al
parecer, no están relacionados entre sí, pero que en realidad se hallan ligados
de alguna forma unos a otros. Todo es engranaje, poleas, cuerdas y resortes en
esta inmensa máquina.
Lo mismo ocurre en el orden físico. Un ventarrón que sople desde el
fondo de Africa trae parte de la atmósfera africana, que cae convertida en
lluvia en los valles de los Alpes y esas lluvias fecundan nuestras tierras.
Nuestro viento del Norte, a su vez, envía precipitaciones al clima de los
negros: favorecemos a Guinea y Guinea nos devuelve el favor. La cadena se
extiende de un extremo al otro del universo.
Me parece, sin embargo, que se abusa un tanto de la verdad de este
principio, deduciendo de él que no hay un minúsculo átomo cuyo movimiento no
haya influido en el ordenamiento actual del mundo entero, y que no hay
accidente, por ínfimo que sea, lo mismo en los hombres que en los animales, que
no constituya un eslabón esencial de la cadena del destino. En el bien
entendido de que todos los efectos tienen evidentemente su causa. Podemos
adentrarnos a través de las causas en el laberinto de la eternidad, pero toda
causa no tiene su efecto si descendemos hasta el fin de los siglos. Confieso
que todos los acontecimientos son ocasionados unos por otros. Si el pasado
engendra el presente, el presente engendra el futuro; todo tiene progenitores,
pero no todo tiene hijos. Ocurre en esto como en el árbol genealógico. Cada
casa se remonta, como sabemos, hasta los tiempos de Adán, pero en la familia
hay muchos individuos que mueren sin dejar posteridad. Existe el árbol
genealógico de los sucesos del mundo. Para muchos es incontrovertible que los
habitantes de las Galias y de España descienden de Gomer, y los rusos de Magog,
su hermano menor, genealogía que figura en muchos libros. Con estos datos no se
puede demostrar que el Gran Turco, que desciende también de Magog, tuviera el
ineludible sino de ser derrotado en 1769 por la emperatriz de Rusia, Catalina
II. Este hecho enlaza evidentemente con otros, pero que Magog escupiera a
diestra o a siniestra en el monte Cáucaso, o diera dos o tres vueltas alrededor
de un pozo, no creo que signifique nada para la marcha del mundo.
Es preciso notar que no todo está lleno en la Naturaleza, como demostró
Newton, y que todo movimiento no se comunica inmediatamente hasta que da la
vuelta al mundo, como también ha demostrado. Echad agua sobre un cuerpo de
parecida densidad y calcularéis fácilmente que al cabo de un tiempo el
movimiento de ese cuerpo y el que ha comunicado al agua se han extinguido. El
movimiento se pierde y para; por tanto, el movimiento que pudo producir Magog
escupiendo en un pozo no puede haber influido en lo que acontece hoy en
Moldavia y en Malaquia. Los eventos presentes no son hijos de todos los
anteriormente pasados. Tienen sus líneas directas y el sinfín de líneas
colaterales no le sirven para nada. Por eso insisto en que todo ser tiene
padre, pero no todo ser tiene hijos.
CAMBIOS SUCEDIDOS EN EL GLOBO. Cuando nos percatamos de que una montaña avanza hasta una llanura o un
inmenso peñasco de esa montaña se ha desprendido y ha ido a parar a los campos,
cuando vemos con nuestros ojos un castillo hundido en la tierra, un río tragado
que luego surge del abismo, señales indudables de que un gran caudal de agua
inundó en otros tiempos un país hoy habitado, y muchos vestigios de otras
revoluciones, nos hallamos predispuestos a creer en los grandes cambios que han
alterado la faz del mundo.
¿Es cierto que se produjo un gran incendio en tiempos de Faetón? Tal vez
sí, pero no tuvo origen en la ambición de Faetón ni en la cólera de Júpiter,
que lanzó sus rayos. Lo mismo que en 1755 no fueron las hogueras que en Lisboa
encendía la Inquisición para abrasar herejes las que atrajeron la venganza
divina, ni las que encendieron los fuegos subterráneos y destruyeron la mitad
de la ciudad, ya que Mequínez, Tetuán y otras tribus considerables de árabes
sufrieron cataclismos más espantosos que los de Lisboa, y la Inquisición no se
conoció en aquellas regiones.
La isla de Santo Domingo, que quedó destruida poco después, no había
ofendido más al Señor que la isla de Córcega. Todo está sometido a leyes
físicas y eternas. El azufre, el betún, el nitro y el hierro, soterrados en la
tierra con sus mezclas y sus explosiones, han trastornado mil ciudades, han
cerrado y abierto innumerables abismos y todos los días nos amenazan esos
accidentes ocasionados por la formación peculiar de la tierra, al igual que nos
amenazan en varias regiones los lobos y los tigres hambrientos durante el
invierno.
Si el fuego, que según Demócrito es el principio de todo, ha trastornado
gran parte de la Tierra, el agua, que es el primer principio de Thales no ha
causado menos trastornos. La mitad de América está inundada todavía por los
antiguos desmadres del Marañón, el río de la Plata, el San Lorenzo y el
Mississipí, y por los arroyos engrosados de continuo por las nieves perpetuas
de las montañas más altas de la Tierra, que atraviesan ese continente de un
extremo a otro. Estos diluvios acumulados han socavado en muchas partes grandes
pantanos. Las tierras adyacentes han quedado inhabitables, y la tierra que las
manos del hombre hubieran podido fertilizar, ha producido peces. Otro tanto ha
acaecido en China y Egipto, y han tenido que pasar muchos siglos para abrir canales
y desecar los campos. Añadid a los interminables desastres las irrupciones del
mar, los terrenos que éste invade y abandona, las islas que arranca del
continente, y podéis contar que el agua ha devastado más de ochenta mil leguas
cuadradas de Oriente a Occidente, desde el Japón hasta el monte Atlas.
Que el Océano cubrió la isla Atlántida puede considerarse tanto un hecho
histórico como una simple leyenda. La escasa profundidad que tiene el Atlántico
hasta las islas Canarias puede considerarse una prueba de la mencionada
catástrofe. Las islas Canarias pudieran ser muy bien los restos de la
Atlántida. Platón nos dice que los sacerdotes de Egipto, por cuyo país viajó,
conservaban documentos antiguos que testimoniaban la desaparición de dicha isla
en el océano. También refiere que esa catástrofe ocurrió nueve mil años antes
de su época. No es creíble esa cronología bajo la fe de Platón, pero nadie
puede aportar contra ella ninguna prueba física, ni aducir ningún hecho
histórico extraído de autores profanos.
Plinio asegura que en todos los tiempos los pueblos de las costas
españolas meridionales han creído que el mar se abrió paso por Calpe. Quien
emprenda un viaje de estudio puede convencerse por sí mismo de que las Cícladas
y las Espóradas formaban antiguamente parte del continente de Grecia y, sobre
todo, que Sicilia estaba unida a Abulia. Los volcanes del Etna y del Vesubio,
con los mismos basamentos bajo el mar, y el abismo de Caribdis, único punto
profundo de dicho mar, son pruebas irrefutables de esto. Los diluvios de
Deucalión y de Ogiges son bastante conocidos, y las leyendas que se inventaron
después de esto entretienen todavía a todo el Occidente.
Los autores antiguos mencionan otros diluvios acaecidos en Asia. El que
describe Beroso ocurrió, nos dice, en Caldea, cuatro mil trescientos o
cuatrocientos años antes de la era vulgar. Asia se vio inundada de leyendas
inventadas sobre este asunto, tanto como de los desmadres del Tigris y del
Éufrates y demás ríos que desembocan en Ponto Euxino.
Esos desbordamientos sólo cubren de unos pies de agua los campos, pero
la esterilidad que reportan, la destrucción de casas y puentes y la mortandad
de bestias que ocasionan, son pérdidas que precisan cerca de un siglo para
reponerse. Conocido es lo mucho que las inundaciones cuestan a Holanda, país
que perdió más de la mitad de su territorio en 1050. Se ve obligado todavía a
defenderse de continuo de las aguas, que siguen amenazándolo; nunca empleó
tantos soldados para resistir a sus enemigos como trabajadores para protegerse
sin cesar de los asaltos del mar, siempre dispuesto a inundarlo.
El camino que a través de Egipto conduce a Fenicia, costeando el lago
Sirbón, fue antiguamente practicable, pero hace mucho tiempo que no lo es. En
la actualidad, es una sabana de arena cubierta de agua pantanosa. En suma, gran
parte de la tierra sería un vasto pantano ponzoñoso, habitado por monstruoS, si
no lo fertilizara el trabajo asiduo de la raza humana.
En este artículo pasaremos por alto el diluvio universal de Noé, porque
para enterarse de él basta leer la Biblia. Dicho diluvio es un milagro
incomprensible, que realizó sobrenaturalmente la Providencia, queriendo
destruir al culpable género humano y crear una nueva raza humana inocente. Si
ésta fue más perversa que la anterior y sigue siendo más culpable de siglo en
siglo y de reforma en reforma también esto es arcano de la Providencia, cuyas
profundidades es imposible sondear, y a la que adoramos los pueblos de
Occidente, desde hace algunos siglos, por la traducción latina de los Setenta.
CAMINOS. Hace poco tiempo que las modernas naciones de
Europa han empezado a hacer practicables los caminos y a dotarlos de ciertas
bellezas. Antaño fue una de las principales preocupaciones de los emperadores
de Mongolia y China, pero esos príncipes no llegaron a la altura de los
romanos. Las vías Apia, Aurelia, Flaminia y Trajana subsisten todavía. Sólo los
romanos podían construir semejantes caminos y repararlos.
Bergier, autor de un libro muy útil titulado Historia de las grandes
vías del Imperio romano, dice que Salomón empleó treinta mil judíos en cortar
madera del Líbano, ochenta mil para edificar su templo, setenta mil para el
acarreo de los materiales y tres mil seiscientos para dirigir los trabajos.
Puede ser verdad todo ello, pero nada tiene que ver con los grandes caminos.
Dice Plinio que trescientos mil hombres trabajaron durante veinte años
para construir una pirámide en Egipto. Si esto es cierto, fue una verdadera
lástima que emplearan tan mal a tantísimos hombres. Los que trabajaron para
abrir los canales de Egipto, o construir la Gran Muralla china, o los que
trazaron los caminos del Imperio romano, estuvieron empleados con más utilidad
que los trescientos mil infelices que edificaron sepulcros terminados en punta
para enterrar el cadáver de un egipcio supersticioso.
Conocidas son las obras de los romanos: los cauces de agua que ahondaron
o cambiaron de curso, las colinas que hicieron desaparecer y la montaña que por
orden de Vespasiano cortaron en la vía Haminia en un trecho de mil pies de
longitud, cuya inscripción subsiste todavía. La edificación de la mayoría de
nuestras moradas no es tan sólida como eran las grandes vías que conducían a
Roma, vías que extendieron por todo el imperio aunque no con tanta solidez,
porque no hubieran tenido suficiente dinero. Casi todas las calzadas de Italia
se elevaban cuatro pies sobre sus basamentos, y cuando encontraban un pantano
que interrumpía el camino, lo cegaban, cuando topaban con algún lugar montañoso
lo unían al camino mediante una suave pendiente y lo sostenían en muchas partes
a base de contrafuertes. Encima de los cuatro pies de obra colocaban losas de
talla o mármoles de un pie de espesor que con frecuencia alcanzaban diez pies
de longitud, trabajándolos en su parte superior para que no hicieran resbalar a
los caballos. No sabemos qué es más admirable de las vías romanas, si la
utilidad o su magnificencia.
Casi todas esas espléndidas construcciones se hicieron a expensas del
tesoro público. César reparó y prolongó la vía Apia con dinero de su peculio,
pero su dinero era el de la república. En esos trabajos empleaban a los
esclavos, a los pueblos vencidos y a los habitantes de las provincias que no
eran ciudadanos romanos; trabajaban por servidumbre corporal, pero recibían un
pequeño estipendio.
Augusto fue el primer emperador que ordenó que las legiones trabajaran
con el pueblo para construir buenos caminos en las Galias, España y Asia.
Perforó los Alpes por el valle que lleva su nombre, que los piamonteses y
franceses denominaban por corrupción el Valle de Aosto, pero antes fue preciso
someter a los habitantes salvajes que ocupaban dichas regiones. Todavía existe,
entre el grande y el pequeño San Bernardo, el arco de triunfo que le erigió el
Senado tras la conquista. Horadó también los Alpes por la parte que va a Lyon,
desde donde se llega a todas las Galias. Los vencidos jamás habían hecho en
provecho suyo lo que realizaron para los vencedores.
Con la caída del Imperio romano desaparecieron las obras públicas, la
civilización, el arte y la industria. Quedaron maltrechos los grandes caminos
de las Galias, excepto alguna calzada que la desventurada reina Brenechilde
hizo reparar, reparación que duró poco tiempo. Por las antiguas vías apenas se
podía marchar a caballo, ya que no eran más que hoyos llenos de cieno y
piedras. Había que pasar por los campos labrados y los carros apenas podían
cubrir en un mes el camino que hacen hoy en una semana. Puede afirmarse que el
comercio no existía. Por poco que se viajara en las estaciones crudas,
prolongadas y penosas en los climas septentrionales, era inevitable hundirse en
el fango o trepar por las rocas. Esto ocurrió en Alemania y Francia hasta
mediados del siglo XVII. Con la época de Luis XIV empezaron a construirse los
grandes caminos, que las demás naciones imitaron. Las vías militares romanas
sólo tenían dieciséis pies de anchura, pero eran mucho más sólidas y no era
preciso repararlas cada año como hacemos nosotros. Las embellecían con
monumentos, columnas miliarias y hermosas tumbas, porque ni en Grecia ni en
Roma se permitía que las ciudades sirvieran de sepultura, y mucho menos los
templos, acto sacrílego entre ellos. No ocurría allí lo mismo que en nuestras
iglesias, en las que una vanidad de bárbaros indujo a enterrar a precio de oro
a los ciudadanos ricos, que infectaban el lugar santo donde los fieles van a
adorar a Dios, y en el que parecía que sólo quemaban incienso para no percibir
el hedor de los cadáveres, en tanto que los pobres se pudrían en el cementerio
contiguo y unos y otros esparcían enfermedades contagiosas que atacaban a los
vivos. Únicamente los emperadores romanos, una vez muertos, reposaban en los
monumentos que Roma les erigía.
CANTO, MÚSICA, MELOPEA. Un turco no puede concebir que tengamos una
forma de canto para el primero de nuestros misterios cuando lo representamos
con música; otra forma, los motetes, para cantar en el mismo templo; una
tercera forma para la ópera, y una cuarta forma para la representación de la
ópera cómica. Tampoco nosotros acabamos de comprender cómo los antiguos tañían
las flautas y se presentaban en sus teatros con una máscara cubriendo su cara,
ni cómo declamaban acompañados por la música. En Atenas se promulgaban las
leyes poco menos que como se canta en París una canción popular. El pregonero
público tarareaba un edicto con acompañamiento de lira. Filipo, padre de
Alejandro, después de la victoria de Queronea se puso a cantar el decreto
redactado por Demóstenes para declarar la guerra.
Es verosímil que la melopea, considerada por Aristóteles en su Poética
como parte esencial de la tragedia, fuera un canto sencillo y llano, como el
denominado prefacio en la misa, esto es, el canto gregoriano, que es una
verdadera melopea.
Cuando los italianos renovaron la tragedia en el siglo XVI, el recitado
era una melopea, y como no se podía poner en notas, lo aprendían de memoria.
Esa costumbre fue admitida en Francia cuando los franceses empezaron a formar
su teatro, un siglo después que los italianos. La Sofonisba, de Mairet, se
cantaba como la de Trissin, pero más toscamente porque entonces la garganta de
París era bastante burda, al igual que su talento. Los papeles de los actores,
y sobre todo los de las actrices se cantaban de memoria. Mademoiselle Beauval,
actriz de la época de Corneille, Racine y Moliere, me recitó, hace más de
treinta años, el principio del papel de Emilia en la tragedia Cinna, como lo
declamó la Baupré en las primeras representaciones. La tal melopea se parecía a
la declamación actual bastante menos que la forma de recitar moderna se parece
a la manera de leer la Gaceta. Sólo cabe comparar esa especie de canto
denominado melopea a los admirables recitados de Lulli, tan criticados por los
adoradores de las semicorcheas, que desconocen el genio de nuestra lengua y
desean ignorar los recursos que brinda esa melodía a un actor ingenioso y
sensible. La melopea teatral se extinguió con la actriz Dunclos, que si bien
poseía una hermosa voz, carecía de corazón y de talento, y cubrió de ridículo
lo que había suscitado la admiración del público en las comediantas Oillets y
Champmale.
Hoy en día se representa la tragedia con frialdad, y si no la
recalentase lo patético del argumento y de la acción sería harto insulsa. El
siglo XVIII, estimable por otros conceptos, es el siglo de la aridez. Parece
cierto que en la época de los romanos un actor recitaba mientras otro
desempeñaba la parte mímica. Y no fue por burlarse por lo que el abate Dubos
creó este singular modo de declamar. Tito Livio, que tanto nos instruye en los
usos y costumbres de los romanos, y con más utilidad que el ingenioso Tácito,
nos dice que Autrócnico, habiendo quedado ronco al cantar en los intermedios,
fue sustituido en la parte cantable por otro, mientras él ejecutaba la danza,
naciendo así la costumbre de dividir los intermedios entre los bailarines y los
cantores. Pero no se repartían el recitado de la obra entre un actor que
asumiera la mímica y otro que declamara, pues esto hubiera resultado tan
ridículo como impracticable.
Las pantomimas, por el hecho de ser mudas, pertenecen a un arte muy
diferente y sólo pueden gustar cuando representan un suceso relevante un
acontecimiento teatral, que se dibuja fácilmente en la imaginación del
espectador. Puede representarse a Orosmán matando a Zaira y dándose muerte, y a
Semíramis herida arrastrándose por la escalinata que conduce a la tumba de Nino
y tendiendo los brazos a su hijo. Para expresar esas situaciones sobran los
versos y bastan la mímica y el compás de una sinfonía lúgubre y terrible. Ahora
bien, ¿cómo podrá expresar la pantomima la disertación de Máximo y de Cinna
sobre los gobiernos monárquicos y populares?
CARÁCTER. Su etimología viene de la voz griega
impresión, que significa lo que la naturaleza ha grabado en nosotros. ¿Puede
cambiarse de carácter? Sí, cuando se cambie de cuerpo. Suele suceder que el
hombre que nació pendenciero, intolerante y violento, si al llegar a la vejez
se ve afectado de apoplejía se convierta en un niño memo, tímido, llorón y
miedoso, y entonces se puede decir que cambia de cuerpo. Pero mientras sus
nervios, su sangre y su médula permanezcan en estado normal, no cambiará de
carácter, como no cambian de instinto los lobos ni las garduñas.
El autor inglés del Dispensary, poemita muy superior a los Capitoli
italianos, y puede que incluso al Lutrin de Boileau, dice muy acertadamente, a
mi entender:
De una mezcla secreta de fuego, tierra y agua Se hizo el corazón de
César y de Nassau. De un resorte desconocido el poder invencible Hizo a Slone
impudente y a su mujer sensible.
Nuestras ideas y sentimientos forman el carácter, y está probado que no
adquirimos los sentimientos e ideas que queremos; por tanto, el carácter no
depende de nosotros porque si fuera así todo el mundo sería perfecto. No
pudiendo adquirir cierta clase de talento ni determinados gustos artísticos,
¿cómo podríamos adornarnos de ciertas cualidades? El irreflexivo se imagina que
es dueño de todo, pero quien reflexiona se percata de que no es dueño de nada.
Para cambiar de manera total el carácter de un hombre, habría que
purgarlo todos los días hasta que le sobreviniera la muerte. Carlos XII,
enfebrecido de supuración en el camino de Bender, era otro hombre; se dejaba
manejar como un niño.
Si yo tuviera la nariz torcida y los ojos de gato podría tapármelos con
una máscara, pero, ¿puedo ocultar el carácter que me dio la naturaleza? Un
hombre de carácter violento y arrebatado se presentó ante Francisco I, rey de
Francia, en demanda de justicia. La presencia del monarca la actitud respetuosa
de los cortesanos y el lugar en que se encontraba, le causaron tan fuerte
impresión que le hizo maquinalmente inclinar la vista al suelo, suavizar su voz
ruda y presentar humildemente su queja, mostrándose tan flexible como los
cortesanos, entre los que se encontró desconcertado. Pero si Francisco I
hubiera sido fisonomista habría descubierto fácilmente en su mirada gacha, pero
encendida por fuego sombrío, en los músculos tensos de su rostro y en sus
labios apretados, que tal hombre no era tan humilde como intentaba parecer.
Este hombre estuvo con el rey en la batalla de Pavía, fue capturado con él y
con él encarcelado en Madrid; la majestad de Francisco I ya no le causaba la
misma impresión que el día en que lo vio por primera vez, y el respeto se trocó
en familiaridad. Un día que quitaba torpemente las botas al rey, Francisco I,
de mal talante por su desventura, se enojó con él. El hombre le envió a paseo
con desconsideración y arrojó las botas por la ventana.
Sixto V era petulante, terco, altivo, impetuoso, vengativo y arrogante,
pero mudó su carácter en el crisol de las pruebas de su noviciado. Mas en
cuanto empezó a gozar de prestigio en su orden se encendió en cólera contra un
guardián del convento y le dio tantas puñadas que le dejó desvanecido. Cuando
fue inquisidor en Venecia ejerció su cargo con insolencia, pero ya cardenal y
poseído della rabbia papale, ocultó su carácter y fingió la más santa humildad.
Le eligieron papa y en aquel mismo momento se soltó el resorte que la política
y la conveniencia habían sujetado, y fue el más fiero y despótico de los
soberanos.
Naturam expellas furca, tamen ipsa redibit.
La religión y la moral ponen freno al temperamento impetuoso, pero no
pueden destruirlo. El borracho que ingresa en un convento se limita a beber en
cada comida un cuartillo de sidra; no se emborracha, pero toda la vida tiene
afición al vino.
La edad debilita el carácter. Es un árbol que sólo produce ya algunos
frutos degenerados, pero siempre de la misma especie; se llena de nudos y de
musgo, queda carcomido, pero siempre continúa siendo encina o peral. Si
pudiéramos cambiar de carácter tomaríamos uno que nos hiciera dueños de la
naturaleza, pero no podemos tomar nada, todo lo recibimos. Tratad de animar a
un indolente con una actividad continuada, de helar con la apatía al hombre
ardiente e impetuoso, de inspirar afición a la música y la poesía a quien
carece de sensibilidad y oído, y no lo conseguiréis, como no podréis dotar de
vista a un ciego de nacimiento. Atemperamos, suavizamos y ocultamos el carácter
que nos dio la naturaleza, pero no podemos cambiarlo.
Podemos decir a un piscicultor que tiene demasiados peces en su vivero y
que, en consecuencia, no prosperarán; que en sus prados tiene demasiados
animales y que por eso se criarán entecos y enfermizos. Después de darle este
consejo puede ocurrir que los sollos se le coman la mitad de las carpas y los
lobos la mitad de sus corderos y los animales que queden vivos engorden.
¿Quedará satisfecho de su economía? Pues bien, ese campesino eres tú, una de
tus pasiones devora a las demás y crees haber triunfado de ti mismo. Casi todos
los hombres nos parecemos al anciano general que, cumplidos los noventa años,
encontró a unos oficiales jóvenes de jarana con rabizas y, encolerizándose con
ellos, les dijo: «Señores, no es ese el ejemplo que os doy».
CARIDAD. Cicerón se ocupa en muchas partes de sus textos de
la caridad universal, charitas humani generis. Pero la civilización y la
beneficencia de los romanos no establecieron esas instituciones de caridad en
que los pobres y enfermos hallan alivio y sustento a expensas del público. Sólo
existió una casa para alojar a los indigentes extranjeros en el puerto de
Ostia, denominada Xenodochium. San Jerónimo hace esta justicia a los romanos.
Los hospitales fueron desconocidos en la antigua Roma, pero en cambio la Ciudad
Eterna favorecía noblemente a los pobres suministrando al pueblo trigo en
abundancia. En Roma había trescientos veintisiete graneros inmensos y públicos.
Con esa ininterrumpida liberalidad se ahorraba tener hospitales porque socorría
a los necesitados.
Tampoco podía fundar hospicios para los expósitos porque nadie
abandonaba a sus hijos. Los señores cuidaban de los hijos de sus esclavos y
para la ciudadana soltera no era deshonroso tener un hijo. Las familias más
pobres, que primero alimentó la república y luego sustentaron los emperadores,
tenían asegurada la subsistencia de sus hijos.
El término casa de caridad da a entender en las naciones modernas una
indigencia que la forma de nuestros gobiernos no ha podido evitar. La palabra
hospital, que recuerda la hospitalidad, nos evoca una virtud célebre en Grecia
que ya no existe, pero también expresa otra virtud superior a aquélla. Hay gran
diferencia entre alojar, alimentar y curar a todos los desgraciados que se nos
presentan y admitir en vuestra casa a dos o tres viajeros reservándoos el
derecho de que ellos también os acojan. Al fin y al cabo, la hospitalidad no es
más que un trueque de servicio, y los hospitales son establecimientos de
beneficencia. Es cierto que los griegos tuvieron también sus hospitales para
los extranjeros, los enfermos y los pobres, hospitales llamados respectivamente
Xenodokia, Nosocomeia y Ptokia.
Actualmente, todas las ciudades de Europa tienen hospitales. Los turcos
los tienen hasta para los animales, lo cual parece que ultraja a la caridad.
Valdría más que se olvidaran de los animales y cuidaran mejor a los hombres.
Las numerosas casas de caridad que existen evidencian una verdad que no llama
nuestra atención como debía: que el hombre no es tan perverso como se cree, y a
pesar de sus falsas opiniones y de los horrores de la guerra que le convierten
en fiera, es un animal bueno y sólo es malo cuando se enfurece, al igual que
los demás animales. Lo malo es que le provocan con frecuencia.
La moderna Roma tiene casi tantas casas de caridad como la antigua
tantos arcos de triunfo y otros monumentos conmemorativos de sus conquistas. De
ellas, la más importante es una especie de banco que hace préstamos sobre
prendas al dos por ciento, y vende los efectos si quien los pignoró no los
retira en el plazo fijado. Esa casa se llama Archihospital y casi siempre tiene
a su cargo unos dos mil enfermos, que constituyen la quincuagésima parte de los
habitantes de Roma, esto sin contar los niños que educa y los peregrinos que
alberga.
En una relación que publicó el Hospital de la Trinidad, también de Roma,
se explica que dio cama y alimento durante tres días a cuatrocientos cuarenta
mil quinientos peregrinos y a veinticinco mil quinientas peregrinas durante el
jubileo del año 1600. Misson dice que el hospital de la Anunciata, de Nápoles,
posee dos millones de renta.
Una casa de caridad fundada para albergar peregrinos que ordinariamente
son vagabundos, tal vez sirva más para fomentar la holgazanería que para hacer
una obra de beneficencia. Sin embargo, es en verdad humano y digno de encomio
que se hayan fundado en Roma cincuenta casas de caridad de varias clases, tan
útiles y respetables como inútiles y ridículas son las riquezas de algunos
monasterios y capillas. Es meritorio dar pan, vestidos, medicamentos y auxilios
de todas clases a nuestros hermanos. En cambio, ¿para qué necesitan los santos
el oro y las piedras preciosas? ¿Qué beneficio reporta a los hombres que
Nuestra Señora de Loreto disponga de un tesoro más rico que el sultán de los
turcos? Nuestra Señora de Loreto es una casa de vanidad, no una casa de beneficencia.
Londres, incluidas sus escuelas de caridad, tiene tantas casas de
beneficencia como Roma.
El más hermoso monumento de beneficencia levantado en el mundo es el
Hospital de Inválidos, obra de Luis XIV. Y el que diariamente recibe más
enfermos pobres es el Hospital General de París. Con frecuencia alberga de
cuatro a cinco mil de estos infelices, en cuyo caso la multitud perjudica la
caridad. Dicho establecimiento es al mismo tiempo el receptáculo de las
tremendas miserias humanas y el templo de la verdadera virtud, que las socorre.
Continuamente acude a la imaginación el contraste que supone una fiesta
de Versalles o una ópera de París, donde se reúnen con exquisito arte todas las
magnificencias, y un hospital general, en el que los dolores, las miserias y la
muerte se hacinan con horror. Estos son los contrastes propios de las grandes
ciudades.
Por un paradójico refinamiento de la civilización, hasta el lujo y los
deleites sirven para atenuar la miseria y el dolor. Los espectáculos de París
pagan un tributo anual al Hospital general que excede de cien mil escudos. Con
todo, en esos establecimientos los inconvenientes que se sufren con frecuencia
son mayores que las ventajas, prueba de los abusos que se cometen en esas casas
es que los desdichados que carecen de recursos temen ingresar en ellas.
CARTESIANISMO. Como hemos dicho en el artículo Aristóteles, este
filósofo y sus secuaces se sirvieron de palabras incomprensibles para
significar cosas que no se pueden concebir; por ejemplo, entelequias, formas
sustanciales, especies intencionadas, etc. A la postre, esas palabras sólo
significaban la existencia de cosas cuya naturaleza ignoramos. Lo que hace que
el rosal produzca rosas y no manzanas, la causa que mueve a los perros a correr
tras las liebres, en suma, lo que constituye las propiedades de cada ser, se ha
llamado forma sustancial; lo que determina que nosotros pensemos se llamó
entelequia, pero sobre estas materias todavía no hemos adelantado un paso. Los
vocablos fuerza, alma y gravitación, tampoco nos revelan el principio, ni la
naturaleza de la fuerza, ni los del alma, ni los de la gravitación. Sólo
conocemos sus propiedades y probablemente no adelantaremos más en este estudio
mientras sólo seamos hombres.
Lo esencial para nosotros estriba en servirnos con ventaja de los
instrumentos que nos brinda la naturaleza, sin comprender nunca la estructura
íntima de su principio. Arquímedes utilizó admirablemente esos medios sin saber
a ciencia cierta en qué consistían.
Por tanto, la verdadera física consiste en determinar todos los efectos.
Conoceremos las verdaderas causas cuando seamos dioses. Entretanto podemos
calcular, pensar, medir y observar, y en esto consiste la filosofía natural;
casi todo lo demás es pura quimera.
Descartes, cuando visitó Italia, tuvo la desgracia de no consultar con
Galileo, que calculaba, calibraba, medía y observaba; inventó el compás de
proporción, halló el peso de la atmósfera, descubrió los satélites de Júpiter y
la rotación del sol sobre su eje. Es sobre todo extraño que nunca citara a
Galileo y sí al jesuita Schneider, plagiario y enemigo de Galileo, el cual
contradijo las opiniones del sabio italiano ante el tribunal de la Inquisición
cubriendo de oprobio a Italia, mientras Galileo la cubría de gloria.
Descartes incurrió en estos errores:
1.
Figurarse que existían tres elementos no evidentes después de haber
dicho que no debemos creer en nada si no tenemos su evidencia.
2.
Afirmar que siempre hay igualdad de movimientos en la naturaleza,
habiendo sido probado que es falso.
3.
Decir que la luz no proviene del sol y que se transmite a nuestros ojos
en un instante, falsedad que han demostrado los experimentos de Roemer,
Molineaux y Brandley, y hasta el simple experimento del prisma.
4.
Admitir que todo está lleno en la naturaleza, cuando si así fuera
quedaría demostrado que todo movimiento era imposible y un pie cúbico de aire
pesaría tanto como un pie cúbico de oro.
5.
Figurarse que supuestos glóbulos de luz daban sin cesar vueltas
imaginarias para explicarse el arco iris.
6.
Haber ideado un torbellino de materia sutil que arrastra la tierra y la
luna paralelamente al ecuador y que hace caer los cuerpos graves en una línea
que tiene al centro de la tierra, habiéndose demostrado que admitiendo la
hipótesis de ese torbellino imaginario caerían todos los cuerpos siguiendo una
línea perpendicular al eje de la tierra.
7.
Imaginar que los cometas que se mueven de Oriente a Occidente y de Norte
a Sur son impelidos por los torbellinos que se mueven de Occidente a Oriente.
8.
Suponer que por el movimiento de rotación los cuerpos más densos iban a
parar al centro y los más leves a la circunferencia, lo que es contrario a las
leyes de la naturaleza.
9.
Haber establecido esa historieta con conjeturas más quiméricas todavía
que la misma historieta, afirmando en contra de todas las leyes de la
naturaleza que esos torbellinos no se confundirían nunca con otros
10.
Haber atribuido la formación de esos torbellinos a las mareas y a las
propiedades del imán.
11.
Figurarse que el mar tiene un curso continuo que lo arrastra de Oriente
a Occidente.
12.
Imaginar que el primer elemento de la materia, mezclado con el segundo,
forman el mercurio, el cual, al componerse de esos dos elementos, es fluyente
como el agua y compacto como la tierra
13.
Suponer que la Tierra es un sol que tiene costra
14.
Figurarse que las minas de cal provienen del mar
16.
Imaginar que las partes de su tercer elemento desprenden vapores que
forman los metales y los diamantes.
17.
Que el fuego es producto de la lucha entre el primero y segundo
elementos.
18.
Que la materia acanalada llena los poros del imán, la cual enfila la
materia sutil que viene del polo boreal.
19.
Que la cal viva se inflama al echarle agua, porque el primer elemento
expulsa al segundo de los poros de la cal.
20.
Que los alimentos que digiere el estómago pasan, por múltiples agujeros,
a una vena grande que los lleva al hígado; lo que es contrario a la anatomía.
21.
Que el quilo, cuando está formado, adquiere en el hígado la forma de
sangre; lo que también es falso.
22.
Que ia sangre se dilata en el corazón mediante un fuego sin luz.
23.
Que el pulso depende de once pequeñas pieles que cierran y abren las
ventanas de los cuatro vasos en las dos concavidades del corazón
24.
Que cuando el hígado se ve estimulado por los nervios las partes más
sutiles de la sangre suben hacia el corazón.
25.
Que el alma reside en la glándula pineal del cerebro
26.
Que el corazón se forma de la semilla que se dilata. Esto es asegurar
más de lo que podemos saber, y para afirmarlo era indispensable ver cómo se
dilataba la semilla y cómo se formaba el corazón.
27.
Para no cansar al lector, nos concretaremos a recordar que su sistema
sobre los animales, que no fundó en ninguna razón física, ni moral, ni sobre
nada razonable, lo han rechazado todos los que piensan y están dotados de
sentimientos.
Es preciso confesar que no hay una sola novedad en la física de
Descartes que no sea un error. Y ello no porque careciera de ingenio, que lo
tenía en grado sumo, sino porque sólo consultaba su ingenio en vez de guiarse
por la experiencia y las matemáticas. Siendo uno de los mejores geómetras de
Europa, dejó la geometría y se entregó de lleno a su imaginación, consiguiendo
sustituir con su caos el caos de Aristóteles, retardando así más de cincuenta
años los progresos del espíritu humano (1). Sus errores son imperdonables
porque para penetrar en el laberinto de la física tuvo un hilo que Aristóteles
no tuvo: el de los experimentos y descubrimientos de Galileo, Torricelli y
otros, y sobre todo, la geometría.
Debo hacer constar que algunas universidades condenaron con su filosofía
algunas tesis verdaderas y adoptaron otras falsas. Pero en la actualidad,
afortunadamente, de los falsos sistemas y ridículas disputas que originaron
sólo queda un recuerdo confuso que va borrándose día a día. La ignorancia
encomia todavía a veces a Descartes, e incluso esa especie de amor propio que
denominan nacional se esfuerza en sostener su filosofía. Desenfadados autores
que jamás leyeron a Descartes ni a Newton supusieron que éste debía a aquél sus
descubrimientos, pero en ninguno de los edificios imaginarios de Descartes se
encuentra una piedra sobre la que Newton haya fundado los suyos. Este, ni
siguió sus teorías, ni las explicó, ni las refutó siquiera; apenas le conocía.
En una ocasión quiso leer un volumen de Descartes y al margen de siete u ocho
páginas escribió la palabra error, no volviendo a leerlo. Debemos este detalle
al sobrino de Newton, actual poseedor de dicho volumen.
Hubo una época en la que el cartesianismo estuvo de moda en Francia; en
cambio, los experimentos que sobre la luz hizo Newton y sus principios
matemáticos nunca pueden ser una moda, como tampoco lo son las demostraciones
de Euclides. La filosofía debe ser verdadera y justa; el filósofo no es
francés, inglés, ni italiano, es cosmopolita y debe semejarse a la duquesa de
Malborough, que enferma de tercianas rechazó la quinina porque a ese
medicamento le llamaban en Inglaterra la pólvora de los jesuitas.
El filósofo debe rendir homenaje al genio de Descartes, y a la vez
rechazar los errores de su sistema. El filósofo debe, sobre todo, entregar a la
execración pública y al desprecio eterno a los perseguidores de Descartes, que
se atrevieron a acusar de ateísmo al que agotó toda la sagacidad de su talento
buscando pruebas de la existencia de Dios. Un pasaje de Thomas en su Elogio de
Descartes pinta con trazos enérgicos al infame teólogo que se llamaba Boecio,
quien levantó esta calumnia a Descartes, como más tarde el fanático Judien
calumnió a Bayle, como los agriados Chaumeix y Frerón calumniaron más tarde a
la Enciclopedia, y como se calumnia todos los días.
CATECISMO CHINO. O diálogo de Cu‑Su, discípulo de Confucio,
con el príncipe Kou, hijo del rey de Lou, tributario del emperador chino Gnen‑Van,
417 antes de nuestra era. Traducción al latín del padre Fouquet, ex jesuita. El
manuscrito está en la Biblioteca del Vaticano, número 42.759.
(1) A pesar de sus errores, no podemos negar que Descartes contribuyó al
progreso del espíritu humano con sus descubrimientos matemáticos, que cambiaron
la faz de las ciencias, y con sus discursos sobre el método, en los que da el
precepto y ejemplo. Enseñó a los sabios a sacudir el yugo de la autoridad en
filosofía y no reconoció otros maestros que la razón, el cálculo y la
experiencia.
PRIMER DIALOGO
Kou. ¿Qué debo entender cuando me dicen que adore al cielo?
Cu‑Su. Que no se trata del cielo material que vemos, porque ese cielo no
es sino aire, y este aire está compuesto de todas las exhalaciones de la
tierra. Luego, sería una locura adorar los vapores.
Kou. Eso no me sorprendería, porque parece que los hombres han hecho
locuras todavía mayores.
Cu‑Su. Cierto, pero vos estáis destinado a gobernar y debéis ser
juicioso.
Kou. ¡Hay tantos pueblos que adoran al cielo y los planetas!
Cu‑Su. Los planetas sólo son tierras como la nuestra. La luna, por
ejemplo, podría muy bien adorar nuestras arenas y nuestro barro, como nosotros
prosternarnos ante las arenas y el barro de la luna.
Kou. ¿Qué pretenden significar las expresiones cielo y tierra, ascender
al cielo, ser digno del cielo?
Ku‑Su. Una solemne tontería. No hay cielo. Cada planeta está rodeado de
su atmósfera, como una cáscara, y gira en el espacio alrededor de su sol. Cada
sol es el centro de varios planetas que se desplazan continuamente alrededor de
él; no hay arriba ni abajo, ni ascenso ni descenso. Vos comprenderéis que si
los habitantes de la luna dijeran que se sube a la tierra, que es necesario
hacerse digno de la tierra, dirían un disparate. Nosotros pronunciamos una
frase que carece de sentido cuando decimos que es preciso hacerse digno del
cielo es como si dijéramos que hay que hacerse digno del aire, digno de la
constelación del Dragón, digno del espacio.
Kou. Creo comprenderos. Sólo hay que adorar al Dios que ha hecho el
cielo y la tierra.
Cu‑Su. En efecto, sólo hay que adorar a Dios, pero cuando decimos que Él
ha hecho el cielo y la tierra decimos piadosamente una flaca verdad, porque si
entendemos por cielo el espacio prodigioso en que Dios encendió tantos soles e
hizo girar tantos mundos, es más ridículo decir el cielo y la tierra que decir
las montañas y un grano de arena. Nuestro Globo es infinitamente menor que un
grano de arena en comparación con esas miríadas de universos ante los cuales
nosotros desaparecemos. Todo cuanto podemos hacer es unir aquí nuestra débil
voz a la de innúmeros seres que rinden homenaje a Dios en el abismo del
espacio.
Kou. Bien nos han engañado cuando nos dicen que Fo descendió a nuestro
mundo desde el cuarto cielo, y que desapareció en forma de un elefante blanco.
Cu‑Su. Eso son leyendas que los bonzos cuentan a los chiquillos y
viejas. Nosotros sólo debemos adorar al Autor Eterno de todos los seres.
Kou. Pero, ¿cómo un ser pudo hacer a los otros?
Cu‑Su. Observad esa estrella, que dista mil quinientos millones de lis
de nuestro Globo; de ella parten rayos que forman en la cima de vuestros ojos
dos ángulos iguales y determinan iguales ángulos en los ojos de todos los
animales. ¿No hay en eso un designio deliberado y una ley admirable? Pero,
¿quién hace una obra sino un obrero? ¿Quién hace leyes sino un legislador? Por
tanto hay un obrero, un legislador eterno.
Kou. Pero, ¿quién ha hecho a ese obrero, y cómo está hecho?
Cu‑Su. Mi querido príncipe, ayer paseaba cerca del vasto palacio que
edificó el rey vuestro padre y escuché a dos grillos. Uno decía al otro: «¡Qué
magnífico palacio!» «Sí —asintió el otro—, a pesar de lo glorioso que soy,
confieso que alguien más poderoso que los grillos ha hecho ese prodigio, pero
no tengo la menor noción de ese ser. Veo que existe, pero no sé qué es.»
Kou. Reconozco que sois un grillo más instruido que yo, y lo que me
complace de vos es que no pretendéis saber lo que ignoráis.
SEGUNDO DIALOGO
Cu‑Su. ¿Convenís, pues, en que hay un ser todopoderoso que existe por sí
mismo, supremo artífice de toda la naturaleza?
Kou. Sí, pero si existe por sí mismo nada puede limitarlo y por tanto
está en todas partes. ¿Está en toda la materia y en todas las partes de mí
mismo?
Cu‑Su. ¿Por qué no?
Kou. ¿Seré yo, pues, una parte de la Divinidad?
Cu‑Su. Tal vez no sea ésa una consecuencia. Ese pedazo de vidrio está
lleno de luz, pero, ¿es él mismo luz? Sólo es arena. Indudablemente, todo está
en Dios; lo que anima todo debe estar en todas partes. Dios no es como el
emperador de China, que mora en su palacio y comunica sus órdenes por medio de
decretos. Desde el momento que existe es preciso que su existencia llene todo
el espacio y todas sus obras, y puesto que está en vos es una advertencia
continua a que no hagáis nada de lo que debáis avergonzaros ante él.
Kou. ¿Qué hay que hacer para que uno se atreva a mirarse a sí mismo sin
repugnancia y sin vergüenza ante el Ser Supremo?
Cu‑Su. Ser justo.
Kou. ¿Y qué más?
Cu‑Su. Ser justo.
Kou. Pero la secta de Laokium dice que no hay justo ni injusto, vicio ni
virtud.
Cu‑Su. ¿Dice la secta de Laokium que no hay salud ni enfermedad? Kou.
No, ella no dice tan enorme error.
Cu‑Su. El error de pensar que no hay salud del alma ni enfermedad del
alma, es tan grande y más funesto que el otro. Quienes han dicho que lo mismo
da hacer una cosa que otra son monstruos. ¿Es lo mismo alimentar al hijo que
machacarlo con una piedra, socorrer a la madre que hundirle un puñal en el
corazón?
Kou. Me habéis hecho estremecer y detestar la secta de Laokium pero,
¡hay tantos matices de lo justo y lo injusto, que a veces uno queda perplejo!
¿Qué hombre sabe a ciencia cierta lo que está permitido o lo que está
prohibido? ¿Quién puede establecer con seguridad los límites que separan el
bien y el mal? ¿Qué regla me daríais para discernirlos.
Cu‑Su. Las de Confucio, mi maestro: «Vive como al morir querrás haber
vivido; trata a tu prójimo como quieres que él te trate.»
Kou. Confieso que esas máximas deben ser el código del género humano,
pero, ¿qué me importará al morir mi forma de vivir? ¿,qué ganaré con ello? Este
reloj, cuando quede destruido, ¿será feliz por haber señalado bien las horas?
Cu‑Su. Ese reloj no siente, ni piensa, y no puede tener remordimientos;
vos los tenéis cuando os sabéis culpable.
Kou. Pero, ¿y si después de cometidos varios crímenes consigo no tener
remordimientos?
Cu‑Su. Entonces será preciso ahogaros, y os aseguro que entre los
hombres que no quieren que se les oprima habrá algunos que lo harán para que no
cometáis nuevos crímenes
Kou. ¿De modo que Dios, que está en ellos, les permitirá ser malos
después de haber permitido que yo lo sea?
Cu‑Su. Dios os ha dotado de raciocinio, mas no para que abuséis de él ni
vos ni ellos. No sólo seréis desgraciado en esta vida, sino ¿quién os ha dicho
que no lo seréis en la otra?
Kou. ¿Y quién os ha dicho que hay otra vida?
Cu‑Su. En la duda, debéis portaros como si la hubiera.
Kou. ¿Y si estoy seguro de que no la hay?
Cu‑Su. Demostrádmelo.
TERCER DIALOGO
Kou. Me apuráis, Cu‑Su. Para que yo pueda ser recompensado o castigado
después de mi muerte es preciso que subsista en mí algo que sienta y piense.
Pero como antes de nacer, nada de mí tenía sentimiento ni pensamiento, ¿por qué
los tendré después de mi muerte? ¿Qué podría ser esa parte incomprensible de mí
mismo? ¿El zumbido de esa abeja permanecerá cuando deje de existir? ¿La
vegetación de esta planta subsiste cuando la planta ha sido arrancada? ¿La
vegetación no es una palabra de la que nos servimos para significar la manera
inexplicable en que el Ser Supremo quiso que la planta sacara los jugos de la
tierra? El alma es asimismo una palabra inventada para expresar débil y
oscuramente los resortes de nuestra vida. Todos los animales se mueven y a este
poder se le llama fuerza activa, pero no hay un ser distinto que sea esa
fuerza. Estamos dotados de pasiones, memoria y raciocinio, pero esas pasiones,
esa memoria y ese raciocinio no son indudablemente cosas aparte; no son seres
existentes en nosotros, ni pequeñas entidades que tengan una existencia
particular, son palabras genéricas inventadas para dar cuerpo a nuestras ideas.
El alma, que significa nuestra memoria, nuestro raciocinio, nuestras pasiones,
¿no es ella misma una palabra? ¿Quién ha dotado de movimiento a la naturaleza?
Dios. ¿Quién ha dotado de vegetación a las plantas? Dios. ¿Quién ha dotado de
movimiento a los animales? Dios. ¿Quién ha dotado de raciocinio al hombre?
Dios.
»Si el alma humana fuese un pequeño ser encerrado en nuestro cuerpo, que
dirigiera sus movimientos y sus ideas, ¿no sería una demostración de la
impotencia y de un artificio indignos del eterno artesano del mundo? ¿Sólo
habría sido capaz de hacer autómatas dotados en sí mismos de movimiento y de
pensamiento? Vos me habéis enseñado el griego y hecho leer a Homero; encuentro
que Vulcano es un divino herrero cuando forja trípodes de oro que van por sí
solos al consejo de los dioses, pero Vulcano me parecería un miserable
charlatán si en el cuerpo de esos trípodes hubiera ocultado alguno de sus
mozuelos para hacerlos mover sin que nadie se diera cuenta.
»Hay soñadores que han supuesto que los genios impulsan y hacen rodar
sin cesar a los planetas, pero Dios no ha quedado reducido a este indigno
recurso. En una palabra, ¿por qué poner dos resortes a una obra cuando basta
uno solo? Vos no os atreveréis a negar que Dios posee el poder de animar al ser
poco conocido que llamamos materia. ¿Por qué, pues, se serviría de otro agente
para animarla?
»Más aún, ¿qué es esa alma que vos concedéis tan liberalmente a nuestro
cuerpo? ¿De dónde y cuándo viene? ¿Es preciso que el Creador del universo esté
continuamente al acecho del acoplamiento de hombres y mujeres para que observe
el momento en que un germen sale del cuerpo de él y penetra en el de ella y
entonces envíe velozmente un alma a ese germen? Y si ese germen muere, ¿a dónde
va a parar esa alma? Habrá sido creada, pues, inútilmente, o esperará otra
ocasión.
»He aquí, os lo confieso, una extraña ocupación para el dueño del mundo;
no sólo es preciso que observe de continuo la copulación de la especie humana,
sino que haga igual con los animales, porque éstos, como nosotros, están
dotados de memoria, ideas y pasiones, y si es necesaria un alma para formar
esos sentimientos, esa memoria y esas pasiones, preciso es que Dios trabaje
perpetuamente para forjar almas para los elefantes y las pulgas, para los
búhos, los peces y los bonzos.
¿Qué pensaríais del arquitecto de tantos millones de mundos si se viera
obligado a hacer de continuo clavijas invisibles para perpetuar su obra? Ésta
es una ínfima parte de las razones que pueden hacerme dudar de la existencia
del alma.
Cu‑Su. Argumentáis de buena fe, y aunque ese sentimiento virtuoso fuese
erróneo, complacería al Ser Supremo. Podéis estar equivocado, pero no tratáis
de engañaros y por ello sois disculpable. Pero pensad que sólo me habéis
propuesto dudas y esas dudas son tristes. Admitid verosimilitudes más
consoladoras, pues es duro ser anonadado; esperad vivir. Sabéis que el
pensamiento no es materia, que ésta no tiene relación con aquél, ¿por qué,
pues, os es tan difícil creer que Dios os ha dotado de un principio divino que,
no pudiendo ser disuelto, no puede estar sujeto a la muerte? ¿Os atreveréis a
decir que es imposible que tengáis un alma? Indudablemente no, y si ello es
posible, ¿no es verosímil que tengáis alma? ¿Podríais rechazar un sistema tan
hermoso y necesario para el género humano? ¿Qué dificultades os lo impedirían?
Kou. Con gusto aceptaría ese sistema si me lo probaran. No soy dueño de
creer cuando no tengo evidencia. Siempre me conmueve la grandiosa idea de que
Dios lo ha hecho todo, que está en todas partes que lo penetra todo, que ha
dotado de movimiento y vida a todo; y si está en todas las partes de mi ser,
como lo está en todas las de la naturaleza no veo necesidad alguna de que yo
tenga un alma. ¿Para qué necesito de ese pequeño ser subalterno si estoy
animado por el mismo Dios? ¿Para qué me serviría esa alma? No somos nosotros
los que nos dotamos de ideas, porque las tenemos casi siempre a pesar de
nosotros; todo se hace en nosotros sin que nos mezclemos en ello. Inútil sería
que el alma dijera a la sangre y a los espíritus animales: «Os ruego que
circuléis para complacerme», pues siempre circularán de la manera que Dios les
prescribió. Prefiero ser la máquina de un dios cuya existencia se me ha
demostrado, que la máquina de un alma cuya existencia dudo.
Cu‑Su. Pues bien, si el propio Dios os anima, nunca mancilléis con
crímenes a ese Dios que está en vos, y si os ha concedido un alma, que esa alma
jamás le ofenda. En uno y otro sistema tenéis una voluntad, sois libre; es
decir, tenéis el poder de hacer lo que queráis: usadlo para servir a ese Dios
que os lo ha concedido. Es bueno que seáis filósofo, pero es necesario que
seáis justo, y lo seréis más aún creyendo que tenéis un alma inmortal. Dignaos
responderme, ¿no es verdad que Dios es la soberana justicia?
Kou. Sin duda, y si fuera posible que él dejara de serlo, lo que es una
blasfemia, yo quisiera obrar con equidad.
Cu‑Su. ¿No es cierto que vuestro deber será recompensar las acciones
virtuosas y castigar las criminales cuando reinéis? ¿Creéis que Dios no hace lo
que vos estáis obligado a hacer? Es sabido que en esta vida siempre ha habido y
habrá virtudes desgraciadas y crímenes impunes; es preciso, por tanto, que el
bien y el mal encuentren su juicio en otra vida. Esta idea es tan sencilla,
natural y general, que ha establecido en muchas naciones la creencia de la
inmortalidad de nuestras almas y de la justicia divina que las juzga cuando han
abandonado su despojo mortal. ¿Hay un sistema más razonable, conveniente a la
Divinidad y más útil para el género humano?
Kou. ¿Por qué, pues, varias naciones no han aceptado ese sistema? No
ignoráis que en nuestra provincia existen unas doscientas familias de antiguos
sinous que antes habitaron una parte de la Arabia Pétrea; ni ellas ni sus
antepasados creyeron nunca en la inmortalidad del alma, y tienen sus cinco
Libros como nosotros tenemos nuestros cinco Kings. Yo he leído la traducción de
aquéllos y sus leyes, parecidas a las de los demás pueblos, y les ordenan
respetar a sus padres, no robar, no mentir, no ser adúlteros ni homicidas, pero
esas mismas leyes no les hablan de recompensas ni castigos en otra vida.
Cu‑Su. Si dicha idea no se ha desarrollado aún en ese pobre pueblo, sin
duda lo será un día. Pero, ¿qué nos importa una desgraciada y pequeña nación,
si los babilonios, egipcios, indios y todas las naciones civilizadas han
recibido ese dogma de salvación? Si vos cayerais enfermo, ¿rechazaríais un
remedio aceptado por todos los chinos alegando que algunos bárbaros de las
montañas no se sirven de él? Dios os ha concedido el raciocinio y éste os dice
que el alma debe ser inmortal; luego es el propio Dios quien os lo dice.
Kou. Pero, ¿cómo podré ser recompensado o castigado, después de mi
muerte, cuando no quede nada de mi persona? Sólo por mi memoria soy siempre yo,
pero si la pierdo con mi última enfermedad, por tanto sólo un milagro me la
devolverá después de mi muerte para recobrar mi existencia perdida.
Cu‑Su. Es decir, que si un príncipe degollara a su familia para gobernar
y tiranizara a sus vasallos, se justificaría diciendo a Dios: «No fui yo, perdí
la memoria; os confundís, no soy ya la misma persona». ¿Creéis que Dios se
daría por satisfecho con ese sofisma?
Kou. Bien, me rindo. Yo deseaba hacer el bien por mí mismo y lo haré
también para complacer al Ser Supremo; pensé que bastaba que mi alma fuese
justa en esta vida y esperaré que sea feliz en la otra. Veo que esta opinión es
buena para los pueblos y los príncipes, pero el culto a Dios me desazona.
CUARTO DIALOGO
Co‑Su. ¿Qué os desazona en nuestro Chu‑king, ese primer libro canónico
tan respetado por todos los emperadores chinos? Debéis labrar un campo con
vuestras manos reales para dar ejemplo al pueblo y debéis ofrecer las primicias
al Chang‑ti, al Tien, al Ser Supremo; debéis sacrificarle cuatro veces al año,
debéis ser rey y pontífice, y debéis prometer a Dios hacer todo el bien que
esté en vuestra mano, ¿hay en todo ello algo que repugne?
Kou. No tengo nada que replicar. Sé que Dios no tiene necesidad de
nuestros sacrificios, ni de nuestros rezos, pero nosotros tenemos necesidad de
ofrecérselos; él no ha establecido su culto, sino nosotros. Yo no tengo ningún
inconveniente en rezarle, pero sobre todo quiero que mis rezos no sean
ridículos, porque cuando grite que «la montaña de Chang‑ti es una montaña
grasa, y no hay que mirar las montañas grasas», cuando haga hundir el sol y
secar la luna, esos disparates ¿serán agradables al Ser Supremo, y útiles para
mis vasallos y para mí mismo?
»Sobre todo no puedo sufrir los actos demenciales que nos rodean. Por un
lado veo a Lao‑tsé, que su madre concibió por la unión del cielo y la tierra, y
que ella llevó en su seno durante ochenta años. Tampoco tengo más fe en su
doctrina del aniquilamiento y del despojamiento universal que en los cabellos
blancos con los que nació, y en la vaca negra en la que montó para ir a
predicar su doctrina. El dios Fo tampoco me impresiona pese a tener por padre
un elefante blanco y prometer una vida inmortal.
»Lo que me desazona, sobre todo, es que semejantes simplezas las
prediquen continuamente los bonzos que seducen al pueblo para gobernarlo que se
hacen respetables por medio de mortificaciones que ultrajan a la naturaleza.
Unos se privan toda la vida de los alimentos más sanos, como si sólo se pudiera
complacer a Dios ajustándose a un mal régimen, otros se ciñen al cuello una
argolla de suplicio que a veces ostentan muy dignos, y los hay que se hunden
clavos en los muslos como si fueran maderos. El pueblo les sigue en tropel. Si
un rey promulga un edicto que les desagrada, os dicen fríamente que tal norma
no se encuentra en el comentario del dios Fo y vale más obedecer a Dios que a
los hombres. ¿Cómo poner remedio a una enfermedad popular tan extravagante y
tan peligrosa? Sabéis que la tolerancia es el principio del gobierno de China,
y de todos los de Asia, pero, ¿tal indulgencia no será funesta cuando expone a
un imperio a ser trastornado por opiniones fanáticas?
Cu‑Su. ¡Que el Chang‑ti me preserve de querer extinguir en vos ese
espíritu de tolerancia, esa virtud tan respetable, que es a las almas lo que el
permiso de comer es al cuerpo! La ley natural permite a cada cual creer lo que
quiera y alimentarse con lo que desee. Un médico no tiene el derecho de matar a
sus enfermos porque ellos no observaron la dieta que les prescribió. Un
príncipe no tiene el derecho de ahorcar a los vasallos que no pensaban como él,
pero tiene el derecho de impedir los disturbios, y si es sabio le será fácil
desarraigar las supersticiones. ¿Sabéis qué le sucedió a Daón, sexto rey de
Caldea, hace unos cuatro mil años?
Kou. No, y me gustaría que lo contarais.
Cu‑Su. Los sacerdotes caldeos convinieron en adorar a los lucios del
Éufrates alegando que un famoso lucio llamado Oannes les había antiguamente
enseñado la teología; ese pez era inmortal, tenía tres pies de longitud y una
pequeña luna en la cola. Y que por respeto a Oannes estaba prohibido comer
lucio. Mas he aquí que se levantó una controversia entre los teólogos para
saber si el lucio era mamífero u ovíparo. Los dos partidos se excomulgaron
recíprocamente y varias veces se acometieron con saña. Pero el rey Daón se las
arregló para terminar con ese desorden.
»Ordenó un ayuno riguroso de tres días a los dos partidos y después
convocó a los partidarios del lucio ovíparo a que asistieron a su cena. Les
sirvieron un lucio de tres pies al que habían puesto una pequeña luna en la
cola. «¿Es este vuestro dios?, dijo a los doctores. «Sí, majestad —le
respondieron—, porque tiene una luna en la cola y seguramente tiene huevos.» El
rey mandó que se abriera el lucio… y tenía la más hermosa leche del mundo.
«Veis perfectamente que no es éste vuestro dios, puesto que tiene leche.» Y el
rey y sus sátrapas se comieron el lucio con gran contento de los teólogos
ovíparos, que veían frito al dios de sus adversarios.
»A continuación, envió a buscar a los doctores del partido contrario y
se les mostró un lucio de tres pies que tenía huevos y una luna en la cola.
Ellos aseguraron que era el dios Oannes y tenía leche; lo frieron como el otro
y vieron que era ovíparo. Entonces, a los dos grupos rivales igualmente necios
y en ayunas, el bondadoso rey Daón les dijo que sólo tenía lucios para darles
de cenar y se los comieron glotonamente, fuesen ovíparos o mamíferos. La guerra
civil terminó, cada uno bendijo al bondadoso rey Daón, y los ciudadanos, desde
entonces, hicieron servir en sus cenas tantos lucios como quisieron.
Kou. Admiro al rey Daón y prometo imitarle en la primera ocasión que se
me presente. Siempre impediré sin causar violencia a nadie, que se adore a los
Fo y a los lucios. Sé que en Pegu y Tonkín hay dioses menores y bribonzuelos
que hacen descender la luna en su curso y predicen el porvenir, es decir que
ven claramente lo que no es porque el porvenir nadie puede predecirlo. Yo
impediré, con todos los medios a mi alcance, que los bribones no vengan a mi
reino a tomar el futuro por el presente, ni a hacer descender la luna.
»Es un bochorno que haya sectas que vayan de pueblo en pueblo propagando
simplezas como charlatanes que venden sus pócimas. Es una vergüenza para el
espíritu humano que pequeñas naciones crean que sólo ellas poseen la verdad
absoluta y que el vasto imperio chino viva en el error. ¿Es que el Ser eterno
sólo es el Dios de la isla de Formosa o de la de Borneo? ¿Habrá abandonado al
resto del universo? Mi querido Co‑Su, él es padre de todos los hombres y
permite a todos comer lucio. El homenaje más digno que podemos ofrecerle es ser
virtuoso. Un corazón puro es el más hermoso de todos sus templos, como decía el
emperador Hiao.
QUINTO DIALOGO
Cu‑Su. Puesto que amáis la virtud, ¿cómo la practicaréis cuando seáis
rey?
Kou. No tratando con injusticia a los pueblos vecinos, ni a mis
vasallos.
Cu‑Su. No basta con no hacer el mal, debéis hacer el bien. Debéis
alimentar a los pobres ocupándoles en trabajos útiles, tales como embellecer
los grandes caminos, abrir canales y erigir edificios públicos, fomentar las
artes, recompensar los méritos y perdonar las faltas involuntarias.
Kou. A eso llamo yo no ser injusto y para mí constituyen otros tantos
deberes.
Cu‑Su. Pensáis como un verdadero rey, pero hay el rey y el hombre, la
vida pública y la vida privada. Pronto debéis casaros, ¿cuántas mujeres pensáis
tener?
Kou. Creo que con una docena tendré bastante; un número mayor podría
restar tiempo a los asuntos de Estado. Aborrezco a esos reyes que tienen
trescientas esposas, setecientas concubinas y miles de eunucos para servirlas.
La existencia de eunucos me parece sobre todo un ultraje a la naturaleza
humana. Admito que se cape a los gallos, porque de este modo son mejores para
comer, pero todavía no han puesto eunucos en el asador.
¿Para que sirve su mutilación? El dalai lama tiene cincuenta para cantar
en su pagoda. Me gustaría saber si el Chang‑ti se regocija mucho escuchando las
voces atipladas de sus cincuenta castrados. Todavía encuentro más ridículo que
haya bonzos que no se casen y se jacten de ser más inteligentes que los demás
chinos. Pues bien, ¡que hagan pues niños inteligentes! ¡Valiente manera de
honrar al Chang‑ti privándole de adoradores! ¡Valiente manera de servir al
género humano dándole el ejemplo de aniquilar al género humano! Un bondadoso
lama decía que «todo sacerdote debía hacer el mayor número de hijos que
pudiese» y predicaba con el ejemplo. Fue muy útil en su tiempo. Si de mí
dependiera, casaría a todos los lamas y bonzos, y lamesas y boncesas, que
tuvieran vocación por esta santa obra; serían sin duda mejores ciudadanos y con
ello creería haber hecho un gran bien al reino de Lou.
Cu‑Su. ¡Qué buen príncipe tendremos con vos! Me hacéis llorar de
alegría. No os baste con tener mujeres y vasallos, porque a fin de cuentas no
se puede pasar el día procreando hijos y promulgando edictos, ¿tendréis también
amigos?
Kou. Los tengo ya, y buenos, que no se recatan en echarme en cara mis
defectos y yo me otorgo la libertad de afearles los suyos; me consuelan y les
consuelo. La amistad es el bálsamo de la vida, que vale más que el del químico
Erueil e incluso que los medicamentos del gran Ranoud. Me sorprende que la
amistad no sea un precepto de religión; quisiera insertarlo en nuestro ritual.
Cu‑Su. Guardaos de ello. La amistad es de por sí bastante sagrada; nunca
la impongáis. Es preciso que el corazón sea libre; además, si hicieseis de la
amistad un precepto, un misterio, un rito, una ceremonia habría muchísimos
bonzos que al predicar y escribir sus insensateces harían de la amistad algo
ridículo. No hay que exponerla a esta profanación. Pero, ¿cómo trataréis a
vuestros enemigos? Confucio recomienda repetidas veces amarles, ¿no os parece
un tanto difícil?
Kou. ¡Amar a los enemigos, Dios mío! Pero si nada es tan común.
Cu‑Su.¿Cómo lo entendéis, vos?
Kou. Como hay que entenderlo. He hecho el aprendizaje de la guerra bajo
las órdenes de Decón contra el príncipe Vis‑Brunck. Cuando un enemigo resultaba
herido y caía en nuestras manos le cuidábamos como si fuera nuestro hermano;
con frecuencia cedíamos nuestra cama a los enemigos heridos o prisioneros y
nosotros nos acostábamos a su lado sobre pieles de tigre extendidas en el
suelo. Y les servíamos nosotros mismos. ¿Qué pedís más? ¿Que les amemos como a
la amante?
Cu‑Su. Me reconforta lo que decís y quisiera que todas las naciones lo
escucharan, porque me aseguran que hay pueblos bastante impertinentes que se
atreven a decir que no conocemos la verdadera virtud, que nuestras buenas
acciones sólo son pecados espléndidos y que necesitamos de las lecciones de sus
bribones para hacernos buenos príncipes. ¡Habráse visto, esos desgraciados, que
desde ayer, como quien dice, saben leer y escribir y pretenden enseñar a sus
maestros!
SEXTO DIALOGO
Cu‑Su. No os repetiré todos los lugares comunes que se dicen entre
nosotros, desde hace cinco o seis mil años, sobre las virtudes. Las hay que son
privativas nuestras, como la prudencia para dirigir nuestras almas y la
templanza para gobernar nuestros cuerpos; éstos son preceptos de política y de
salud. Las verdaderas virtudes son aquellas que son útiles a la sociedad, como
la fidelidad, la magnanimidad, la beneficencia, la tolerancia, etc. Gracias al
cielo, no hay una sola anciana que no enseñe entre nosotros esas virtudes a sus
nietos; es la base de la educación de nuestra juventud lo mismo en el pueblo
que en la ciudad, pero hay una gran virtud que empieza a caer en desuso y esto
me aflige.
Kou. ¿Cuál es? Decídmelo en seguida y trataré de reanimarla.
Cu‑Su. La hospitalidad, esa virtud tan social, ese vínculo sagrado de
los hombres, empieza a relajarse desde que tenemos tabernas. Estos perniciosos
establecimientos nos han venido, según algunos, de ciertos salvajes de
Occidente. Aparentemente, esos miserables no tienen ninguna casa para acoger a
los viajeros. ¡Qué placer recibir en la gran ciudad de Lou, en la hermosa plaza
de Honchan, en mi casa Ki, al generoso extranjero que arriba de Samarcanda,
para el que yo me convierto en un hombre sagrado, y que está obligado por todas
las leyes divinas y humanas a recibirme en su casa cuando visite Tartaria, a
ser mi amigo íntimo! Los salvajes de que os hablo sólo reciben a los
extranjeros en cabañas repugnantes, vendiendo caro ese albergue infame; además,
he oído decir que esas pobres gentes se creen superiores a nosotros, se jactan
de tener una moral más pura. Pretenden que sus predicadores hablan mejor que
Confucio y que les corresponde a ellos enseñarnos la justicia, acaso porque
venden vino adulterado en los grandes caminos, sus mujeres son ligeras de
cascos y van a bailar mientras las nuestras cultivan gusanos de seda.
Kou. Creo que la hospitalidad es una cosa excelente y la practico
gustosamente, pero temo el abuso. Hay gentes hacia el gran Tibet que están mal
alojadas, quieren salir de su casa y viajarían sin motivo de un extremo del
mundo al otro. Si fueseis allí para gozar en sus casas del derecho de
hospitalidad no encontraríais lecho ni pitanza; esto puede haceros aborrecer la
cortesía.
Cu‑Su. Ese inconveniente es de poca monta y puede remediarse recibiendo
sólo a personas bien recomendadas. Toda virtud tiene sus peligros, y
precisamente porque todas los tienen es hermoso abrazarlas. ¡Cuán sabio y santo
es nuestro Confucio! No hay una sola virtud que él no inspire: la felicidad de
los hombres depende de cada una de sus máximas. He aquí una que acude a mi
memoria, la quincuagésima tercera: Por tus buenas acciones te reconocerán, y
nunca te vengues de las injurias.
»¿Qué máxima, qué ley podrían contraponer los pueblos de Occidente a una
moral tan pura? Amén de que Confucio no se cansa de recomendar la humildad. Si
se practicara esta virtud, nunca habría querellas en el mundo.
Kou. He leído todo lo que Confucio y los sabios de siglos anteriores
escribieron sobre la humildad, pero me parece que nunca la definieron con
exactitud; quizá sea poco humilde atreverse a echárselo en cara, pero tengo al
menos la humildad de confesar que no les he entendido. Decidme qué pensáis de
ello.
Cu‑Su. Obedezco humildemente. Creo que la humildad es la modestia del
alma, porque la modestia exterior sólo es educación. La humildad no puede
consistir en negarse a sí mismo la superioridad que podemos tener sobre otro
hombre. Un buen médico no puede disimular que su saber es superior al de su
enfermo en delirio y el que enseña astronomía debe reconocer que es más sabio
que sus discípulos. Nada puede impedir creerlo, pero no debe engreírse de ello.
La humildad no es la objeción; es el correctivo del amor propio como la
modestia es el correctivo del orgullo.
Kou. En el ejercicio de esas virtudes y en el culto de un Dios sencillo
y universal es como quiero vivir, lejos de las quimeras de los sofistas y las
utopías de los falsos profetas. El amor al prójimo será mi virtud en el trono,
y el amor a Dios mi religión. Despreciaré al dios Fo y a Lao tsé, y a Visnú que
se ha encarnado tantas veces entre los indios, y a Sammonocodom que descendió
del cielo para jugar a cometas con los siameses, y a los Camis que bajaron de
la luna al Japón. ¡Ay del pueblo lo suficientemente imbécil y bárbaro para
creer que hay un Dios sólo para su provincia! Es un blasfemo. Si la luz del sol
ilumina todos los ojos, ¿iluminará la luz de Dios sólo una pequeña y débil
nación en un rincón de este Globo? ¡Qué horror y qué necedad! La Divinidad
habla al corazón de los hombres, y los lazos de la caridad deben unirlos de un
extremo del universo al otro.
Cu‑Su. ¡Oh, prudente Kou! Habéis hablado como un hombre inspirado por el
propio Chang‑ti. Seréis un digno príncipe. Yo he sido vuestro maestro y vos os
habéis convertido en el mío.
CATECISMO DEL CURA.
ARISTÓN. Querido Teótimo, ¿vais, pues, a ser cura de aldea?
TEÓTIMO. Sí, me han nombrado titular de una parroquia pequeña, que
prefiero a una grande. Estoy dotado de una porción limitada de inteligencia y
de actividad, y no podría asumir la dirección espiritual de setenta mil almas,
habida cuenta de que sólo tengo una; siempre admiré la confianza de los que se
encargan de esas feligresías inmensas. Me asusta un gran rebaño, pero me siento
capaz de dirigir uno menos numeroso. Estudié bastante jurisprudencia para
impedir que mis pobres feligreses se arruinen pleiteando, sé bastante medicina
para indicarles remedios sencillos cuando estén enfermos y conozco la
suficiente agricultura para darles a veces consejos útiles. El señor del pueblo
y su esposa son personas honradas, no son devotas, y me ayudarán a practicar el
bien. Creo que viviré en paz y nadie tendrá queja de mí.
ARISTÓN. ¿No os contraría no tener mujer? Sería para vos un gran
consuelo. Después de predicar, cantar, confesar, dar la comunión, bautizar y
enterrar, sería muy grato encontrar en casa a una mujer agradable y honrada que
cuidara de vuestra ropa blanca y de vuestra persona, os atendiera en la
enfermedad y os diese hermosos hijos, cuya excelente educación podría ser útil
al Estado. Os compadezco, porque por vocación servís a los hombres y os privan
de un consuelo que para ellos es tan necesario.
TEÓTIMO. La Iglesia griega estima muy conveniente que los curas se casen
y la Iglesia anglicana y los protestantes son de la misma opinión, pero la
Iglesia latina opina lo contrario y estoy obligado a someterme a su dictamen.
Quizás en nuestros días, en que el espíritu filosófico ha hecho tantos
progresos, tenga lugar un concilio que establezca leyes más favorables para la
humanidad que las del Concilio de Trento. Mientras tanto debo conformarme con
las leyes actuales; cierto que me cuesta trabajo, pero tantas personas que
valen más que yo se someten a ellas, que ni siquiera debo criticarlas.
ARISTÓN. Siendo hombre tan culto y dotado de notable elocuencia, ¿cómo
vais a predicar para que os entiendan?
TEÓTIMO. Como predicaría ante los reyes. Les hablaré de moral y
renunciaré a toda controversia. Dios me libre de profundizar ante ellos sobre
la gracia concomitante, la gracia eficaz, a la cual se puede resistir, la
suficiente que no basta; me guardaré de examinar si los ángeles que comieron
con Abrahán y Lot tenían cuerpo humano o fingieron que comían. Hay una
infinidad de cosas que el auditorio no entendería ni yo tampoco. Procuraré que
mis feligreses sean buenos y yo también, pero no intentaré que sean teólogos y
lo seré lo mínimo que pueda.
ARISTÓN. Seréis un cura excelente y me propongo comprar una casa de
campo en los aledaños de vuestra parroquia. Os ruego que me digáis cómo
practicaréis la confesión.
TEÓTIMO. La confesión es excelente cosa porque sirve de freno a las
pasiones malvadas. En la más remota Antigüedad, confesábanse durante la
celebración de los antiguos misterios y nosotros hemos imitado y santificado
esa sabia práctica; es conveniente para inducir a que perdonen los corazones
ulcerados por el odio y para lograr que los ladronzuelos devuelvan lo robado.
Tiene, sin embargo, algunos inconvenientes. Hay confesores indiscretos, sobre
todo entre los monjes, que algunas veces enseñan a las mocitas más tonterías
que los mozuelos de las aldeas. No se debe entrar en detalles en la confesión,
porque ésta no es un interrogatorio jurídico, sino la confesión de las faltas
que el pecador hace al Ser Supremo mediante otro pecador que también las
confesará a su vez. Esta confesión saludable no debe hacerse para satisfacer la
curiosidad de un hombre.
ARISTÓN. ¿Recurriréis alguna vez a la excomunión?
TEÓTIMO. NO. Hay rituales en los que se excomulga a las langostas, a los
hechiceros y a los comediantes. NO prohibiré la entrada en la iglesia a las
langostas porque no entran nunca; no excomulgaré a los hechiceros porque no
existen, y respecto a los comediantes, como en la actualidad están pensionados
por el rey y autorizados por el magistrado, me guardaré bien de difamarles. Os
confieso, amigo, que me gustan mucho las comedias cuando respetan las
costumbres. Me agradan especialmente el Misántropo, Atalia y otras piezas que
me parecen escuelas de virtud y de decoro. El señor de mi aldea hace que se
representen en su castillo algunas de esas piezas por personas jóvenes y de
talento, y ellas inspiran la virtud con el atractivo del deleite, amén de que
forman el buen gusto y enseñan a hablar y a pronunciar bien. Yo asistiré a esos
espectáculos tan inocentes como útiles, pero detrás de una celosía, no sea que
escandalice a los pacatos.
ARISTÓN. Cuanto más me descubrís vuestra manera de pensar, más ganas
siento de ser feligrés vuestro. Hay algo, sin embargo, que me preocupa: qué
medidas adoptareis para impedir que los campesinos se emborrachen los días de
fiesta, pues ésta es la manera de celebrarlos. Con las funestas consecuencias
que conlleva el abuso del vino, el Estado pierde más hombres en las fiestas que
en las batallas.
TEÓTIMO. Para impedirlo estoy resuelto a permitirles y apremiarles que
cultiven sus campos los días de fiesta, después de asistir a la santa misa que
procuraré sea en las primeras horas de la mañana. La ociosidad es lo que les
lleva a la taberna. Los días laborables no hay desmanes, ni pendencias, ni
muertes. El trabajo moderado contribuye a la salud del cuerpo y del alma;
además, el trabajo es necesario para el Estado.
ARISTÓN. De ese modo conciliáis con el trabajo la santa misa y servís a
Dios y al prójimo. En las disputas eclesiásticas, ¿qué partido tomaréis?
TEÓTIMO. Ninguno. Jamás se disiente sobre la virtud, porque proviene de
Dios; en cambio, nos querellamos sobre las opiniones porque provienen de los
hombres.
ARISTÓN. Sois un buen sacerdote.
CATECISMO DEL HORTELANO (conversación entre el bajá
Tuctan y el jardinero Karpos).
TUCTAN. Amigo Karpos, vendes muy caras tus legumbres, pero son buenas.
¿Y a qué religión perteneces, ahora?
KARPOS. A fe mía, mi bajá, que me resulta difícil decíroslo. Cuando
nuestra pequeña isla de Samos pertenecía a los griegos me acuerdo que me
obligaban a decir que el agion pneuma no procedía sino del tou patrou; me
hacían rezar a Dios, de pie sobre mis piernas y con las manos cruzadas, y me
prohibían alimentarme de leche durante la cuaresma. Llegaron los venecianos y
entonces mi cura veneciano me obligó a decir que el agion pneuma procedía del
tou patrou y del tou viou, me permitió tomar leche y me hizo rezar a Dios de
rodillas. Regresaron los griegos, expulsaron a los venecianos y hubo entonces
que renunciar al tou viou y a la nata. Por último, vosotros habéis echado a los
griegos y os oigo gritar «Allah illa Allah» con todas vuestras fuerzas. Ignoro
ya lo que soy. Amo a Dios con todo mi corazón y vendo mis legumbres a un precio
bastante razonable.
TUCTAN. Tienes ahí higos muy bonitos.
KARPOS. Mi bajá, están a vuestra disposición.
TUCTAN. Dicen que también tienes una hija muy hermosa.
KARPOS. Sí, mi bajá, pero ella no está a vuestra disposición.
TUCTAN. ¡Ah! ¿Y eso por qué, miserable?
KARPOS. Porque soy un hombre honrado. Me está permitido vender mis
higos, pero no a mi hija.
TUCTAN. ¿Y qué ley no te permite vender aquella fruta?
KARPOS. La ley de todos los hortelanos honrados. El honor de mi hija no
es mío, sino de ella; no se trata de una mercancía.
TUCTAN. Entonces, ¿no eres fiel a tu bajá?
KARPOS. Muy fiel en las cosas justas, mientras seáis mi señor.
TUCTAN. Pero si tu cura griego tramase una conspiración contra mí y te
ordenase en nombre de tou patrou y de tou viou que participases en ella, ¿no
tendrías deseos de hacerlo?
KARPOS. ¿YO? De ninguna manera, me guardaría bien de hacerlo.
TUCTAN. ¿Y por qué rehusarías obedecer a tu cura griego en una ocasión
tan buena?
KARPOS. Porque he hecho juramento de obedeceros y sé muy bien que el tou
patrou no ordena las conspiraciones.
TUCTAN. Estoy satisfecho… Pero si, por desgracia, tus griegos
recuperasen la isla y me persiguiesen, ¿me serías fiel?
KARPOS. ¡Vamos! ¿Cómo podría seros fiel si entonces ya no seríais mi
bajá?
TUCTAN. Y el juramento que me has hecho, ¿qué?
KARPOS. Sería como mis higos, no los tocaríais. Con todos los respetos
debidos ¿no es verdad que si estuvieseis muerto, en el momento en que os hablo,
no os debería nada?
TUCTAN. El supuesto es incivil, pero la cosa es cierta.
KARPOS. Pues bien, si vos fuerais perseguido sería como si hubierais
muerto, puesto que habría un sucesor al cual sería preciso que yo hiciera otro
juramento. ¿Podríais exigir de mí una fidelidad que no os serviría para nada?
Es como si, al no poder comer mis higos, me impidierais venderlos a otros.
TUCTAN. Eres razonable. Así, pues, ¿tienes principios?
KARPOS. Sí, a mi modo. Son pocos, pero me bastan. Si tuviera más, me
entorpecerían.
TUCTAN. Me gustaría conocer tus principios.
KARPOS. Por ejemplo, ser un buen marido, un buen padre, un buen vecino,
buena persona y buen hortelano. No voy más lejos y espero que Dios tenga
misericordia de mí.
TUCTAN. ¿Y crees que tendrá misericordia de mí, que soy el gobernador de
tu isla?
KARPOS. ¿Cómo queréis que lo sepa? ¿Puedo adivinar cómo Dios las gasta
con los bajás? Es un asunto entre vos y El y no voy a mezclarme en ello. Cuanto
se me ocurre es que si sois tan honrado bajá como yo honrado hortelano, Dios os
tratará bien.
TUCTAN. ¡Por Mahoma! Estoy muy contento de este idólatra. Adiós, amigo,
que Alá os tenga en su santa guarda.
KARPOS. Muchas gracias. Y Dios tenga piedad de vos, mi bajá.
CATECISMO DEL JAPONÉS.
EL INDIO. ¿ES cierto que en otros tiempos los japoneses no sabíais
cocinar, que habían sometido vuestro reino al gran lama, que este gran lama
decidía como soberano absoluto de vuestra bebida y comida, que os enviaba de
vez en cuando un pequeño lama para recoger los tributos, y os daba a cambio un
signo de protección hecho con los dos primeros dedos y el pulgar?
EL JAPONÉS. ¡AY, nada es más cierto! Figuraos que incluso los cargos de
canusi (1), que son los grandes cocineros de nuestra isla, eran concedidos por
el lama y no eran dados por amor de Dios. Además, cada casa de nuestros
seglares pagaba una onza de plata al año a este gran cocinero del Tíbet. Por
toda compensación, sólo nos otorgaba pequeños platos de bastante mal gusto que
se llamaban «sobras». Cuando se le ocurría una nueva fantasía, como hacer la
guerra a los pueblos de Tangut, nos abrumaba con nuevos impuestos. Nuestra
nación se quejaba a menudo, pero sin resultado alguno, e incluso cada
lamentación acababa acarreando nuevos subsidios. Hasta que el amor, que hace
las cosas lo mejor posible, nos liberó de esta servidumbre. Uno de nuestros
emperadores se enfrentó con el gran lama a causa de una mujer, pero es preciso
confesar que quienes nos sirvieron más en este asunto fueron nuestros canusi,
de otra manera pauxcopios (2). A ellos es a quienes debemos la obligación de
haber sacudido el yugo; he aquí cómo.
(1) Los canusi son los antiguos sacerdotes del Japón. (Nota de Voltaire,
añadida en 1765, edición Varberg, Amsterdam.)
(2) Pauxcopie. anagrama de episcopales. (Nota de Voltaire, añadida en
1765 edición Varberg, Amsterdam.)
»El gran lama tenía una divertida manía: creía tener siempre razón y
nuestros dairios y nuestros canusi pretendieron que, al menos alguna vez, la
diera a ellos. El gran lama juzgó que esta pretensión era absurda, pero
nuestros canusi no retrocedieron en modo alguno y rompieron para siempre con
él.
EL INDIO. Bien, y desde entonces, ¿habéis sido felices y vivido con
sosiego?
EL JAPONÉS. De ningún modo. Hemos sido perseguidos, desgarrados y
devorados durante más de dos siglos. Nuestros canusi querían en vano tener
razón y sólo hace cien años que son razonables. También desde entonces podemos
considerarnos como una de las naciones más felices de la tierra.
EL INDIO. ¿Cómo podéis disfrutar de tal dicha si, como me han dicho,
tenéis doce banderías de cocina en vuestro imperio? Debéis de tener doce
guerras civiles al año.
EL JAPONÉS. ¿Por qué? Si hay doce hostaleros y cada uno tiene una receta
diferente, ¿es preciso, por ello, cortarnos el cuello en vez de comer? Al
contrario, cada uno agasajará a porfía al cocinero que le guste más.
EL INDIO. Es cierto que no debemos disputar sobre gustos, pero se
discute en torno a ellos y la discordia se enciende.
EL JAPONÉS. Después de disputar mucho tiempo y haber visto que estas
discordias no sirven a los hombres más que para perjudicarse, hemos decidido
tolerarnos mutuamente, que es, sin discusión, lo mejor que puede hacerse.
EL INDIO. Decidme, por favor, ¿quiénes son esos hostaleros que en
vuestra nación comparten el arte de beber y de comer?
EL JAPONÉS. En primer lugar, los breuxeh (1), que jamás os darán
embutidos ni manteca de cerdo, son partidarios de la antigua cocina y antes
preferirán morir que pinchar un pollo; por otra parte, son grandes calculadores
y si hay una onza de plata a repartir entre ellos y los once restantes
cocineros, ellos toman la mitad y dejan la otra mitad para aquellos que saben
contar mejor.
(1) Es evidente que los breuxeh son los hebreos, y así sucesivamente.
(Nota de Voltaire, añadida en 1765, edición Varberg, Amsterdam.)
EL INDIO. Supongo que apenas iréis a cenar con esas gentes.
EL JAPONÉS. No. Hay también los pispates, que en determinados días de la
semana e incluso durante un tiempo considerable del año prefieren cien veces
comer, por valor de un centenar de escudos, rodaballos, truchas, lenguados,
salmones y esturiones, que alimentarse con un guisado de carne de vaca que no
costaría cuatro monedas.
»A los canusi nos gusta mucho el buey y cierta pastelería que se llama
pudding en japonés. Por lo demás, todo el mundo está de acuerdo que nuestros
cocineros son infinitamente más sabios que los de los pispates. Nadie como
nosotros ha profundizado en el estudio del garum de los romanos, ni conocido
mejor las cebollas del antiguo Egipto, el pan de saltamontes de los antiguos
árabes y la carne de caballo de los tártaros. Siempre hay algo que aprender en
los libros de los canusi, a quienes se les llama ordinariamente pauxcopie.
»No os hablaré de aquellos que no comen sino a la Terluh, ni de quienes
se atienen al régimen de Vincal, ni de los batistapanes y demás, pero los
quekars merecen atención. Son los únicos convidados a quienes nunca he visto
embriagarse ni jurar. Son muy difíciles de engañar, pero ellos no os engañarán
jamás. Al parecer, la ley de amar al prójimo como a sí mismo sólo ha sido
formulada para ellos, pues sea dicho en verdad, ¿cómo puede un buen japonés
vanagloriarse de amar a su prójimo como a consigo mismo si por un puñado de
dinero le disparan una bala de plomo en los sesos, o le degüellan con un criss
de cuatro dedos de ancho, todo ello en línea de batalla? También él se expone a
ser degollado y a recibir balas de plomo; de este modo puede decir con sobrada razón
que odia a su prójimo como a sí mismo. Los quekars jamás han padecido este
frenesí dicen que los pobres seres humanos son como cántaros de arcilla hechos
para durar poco y que no vale la pena ir alegremente a romperse unos contra
otros. Os confieso que si no fuera canusi no me dolería ser quekar Reconoceréis
que no hay medio de pelearse con unos cocineros tan pacíficos.
»Hay otros muy numerosos, llamados diestes, que convidan a comer a todo
el mundo sin discriminaciones y sois libre entre ellos de comer todo cuanto os
guste, con o sin tocino, emborrazado o no, con huevos, aceite perdiz, salmón,
vino tinto o vino rojo. Todo es indiferente mientras recéis alguna oración a
Dios antes o después de comer y seáis gente honrada. Se reirán con vosotros a
costa del gran lama, a quien esto no le hará daño, o a costa de Terluh, de
Vincal y de Memnon… Basta con que nuestros dientes confiesen que nuestros
canusi son muy entendidos en cuestiones de cocina y, sobre todo, nunca hablen
de reducir nuestras rentas; entonces podremos vivir juntos apaciblemente.
EL INDIO. Sin embargo, es preciso que haya una cocina dominante, la
cocina del rey.
EL JAPONÉS. Sí, lo confieso. Pero cuando el rey del Japón agasaja debe
estar de buen humor y no puede impedir que sus buenos súbditos digieran bien.
EL INDIO. Pero si los testarudos quieren comer ante las narices del rey
ciertas salchichas a las que el monarca siente aversión y se juntan cuatro o
cinco mil, provistos de parrillas para asar sus embutidos, ¿no ofenden a
quienes no las comen?
EL JAPONÉS. Entonces es preciso castigarles como si fueran borrachos que
turban el reposo de los ciudadanos. Hemos previsto este peligro. Sólo los que
comen al modo regio son susceptibles de alcanzar las dignidades del Estado; los
demás pueden comer a su capricho, pero están excluidos de los cargos. Los
tumultos están absolutamente prohibidos y castigados de inmediato y sin
remisión; todas las discordias en la mesa son cuidadosamente reprimidas, según
el precepto de nuestro gran cocinero japonés que ha escrito, en lengua sagrada,
Suti Raho Cus Flac:
Natis in usum laetitiae scyphis
Pugnare Thracum est…
lo que significa: «La comida fue creada para una alegría íntima y
honesta, no para arrojarse los vasos a la cabeza».
»Con estas máximas vivimos felizmente en nuestro país y nuestra libertad
está cimentada bajo nuestros taicosema; nuestras riquezas aumentan poseemos una
flota de doscientos juncos de línea y somos el terror de nuestros vecinos.
EL INDIO. Así, pues, ¿por qué el excelente versificador Recina, hijo de
ese poeta indio Recina (1), tan tierno y preciso, tan armonioso y elocuente ha
dicho en una obra didáctica en rima, titulada La Gracia y no Las Gracias:
El Japón, donde antes brilló tanta luz esplendorosa no es más que un
triste montón de visiones locas?
EL JAPONÉS. Ese mismo Recina del que estáis hablando no es más que un
gran visionario. Ese pobre indio ignora que somos nosotros quienes le hemos
enseñado qué es la luz; que si hoy conocen en la India la verdadera ruta de los
planetas, nosotros la hemos revelado, que únicamente nosotros hemos enseñado a
los hombres las leyes primitivas de la naturaleza y el cálculo del infinito,
que si es preciso descender a las cosas de uso más común, las gentes de su país
han tenido que aprender de nosotros a construir juncos con sus proporciones
matemáticas, y que incluso nos deben ese calzado llamado bas au métier con el
que cubren sus piernas. ¿Puede ser posible que, habiendo inventado tantas cosas
admirables o útiles, fuésemos locos, y que un hombre que ha puesto en verso los
sueños de los demás fuese el único sensato? Que nos deje hacer nuestra cocina y
él haga, si lo desea, versos sobre temas más poéticos (2).
(1) Probablemente Luis Racine, hijo del admirable Racine. (Nota añadida
por Voltaire en 1765.)
(2) Este indio Recina, siguiendo las ideas de los ilusos de su país, ha
creído que no podían guisarse buenas salsas hasta que Brahma, con voluntad muy
especial, enseñó hacer salsas a sus favoritos, y que había infinidad de
cocineros que se veían en la imposibilidad de hacer un guisado porque Brahma
les había quitado los medios por pura malicia. No se cree semejante
impertinencia pon parte del Japón, donde se considera verdad indiscutible esta
sentencia: God never acts by partial will, but by general laws.
EL INDIO. ¡Qué le vamos a hacer! Tiene los prejuicios de su país, los de
su bando y los propios.
EL JAPONÉS. ¡Oh, son demasiados prejuicios!
CAUSAS FINALES. Mens agitat molem et magno se corpore miscet
(El talento dirige el mundo, se mezcla con él y lo anima) dice en la Eneida
Virgilio.
Virgilio dice una verdad palmaria, y Spinoza, que no poseía la claridad
de ingenio de Virgilio y vale menos que él, hubo de reconocer que existe una
inteligencia que lo gobierna todo. En 1770 apareció un hombre superior a
Spinoza, bajo algunos aspectos, tan elocuente como árido es el judío holandés,
menos metódico, pero mucho más claro; quizá tan geómetra como éste, pero sin
ridículos alardes de geometría por un asunto metafísico y moral. Este hombre es
el barón de Holbach, autor del Sistema de la Naturaleza. Para los lectores que
deseen instruirse y aprovecharse de la razón, transcribo estos elocuentes y
peligrosos párrafos del Sistema de la Naturaleza.
«Algunos pretenden que los animales nos aportan una prueba fehaciente de
una causa poderosa de su existencia, nos dicen que el admirable acorde de sus
partes, que se prestan mutua ayuda con el fin de llenar sus funciones y
mantener su conjunto nos da a entender que es obra de un creador que une al
poder la sabiduría. No cabe dudar del poder de la naturaleza. Produce todos los
animales que existen mediante las combinaciones de la materia, que está
continuamente en acción‑ Ia concordancia entre las partes de que se componen
los animales es una consecuencia de las leyes de su naturaleza y de su
combinación. En cuanto cesa esa concordancia, el animal se destruye. Entonces,
¿para qué sirve la sabiduría, la inteligencia o la bondad de la supuesta causa
a la que se hace el honor de atribuir la tan ensalzada concordancia? Esos
animales maravillosos que creen ser obra de un Dios inmutable, ¿no se alteran
sin cesar y no terminan siempre por destruirse? ¿Dónde está la sabiduría, la
bondad, la previsión y la inmutabilidad del artífice, que sólo parece que se
ocupa en descomponer y romper los resortes de las máquinas que se estiman como
obras maestras de su poder y su habilidad? Si ese Dios no puede obrar de otra
manera, no es libre, ni poderoso‑ si cambia de voluntad, no es inmutable; si
permite que los seres que dotó de sensibilidad sufran dolores, no es bondadoso;
si no pudo conseguir que sus obras fueran más sólidas, carece de habilidad. Al
ver que los animales, al igual que las demás obras de la Divinidad, se
destruyen, es preciso que deduzcamos que todo lo que la naturaleza hace es
necesario y es consecuencia de sus leyes, o que el artífice que la hace obrar
carece de plan, poder, constancia habilidad y bondad.
»El hombre, que cree en la obra maestra de la Divinidad, nos aportará,
mejor que los demás productos de la naturaleza, la prueba de la incapacidad o
malicia de su supuesto autor. En ese ente sensible, inteligente y raciocinador,
que se cree objeto constante de la predilección divina y que se forja a Dios a
imagen y semejanza suya, no vemos más que una máquina más móvil, más frágil,
más fácil de descomponerse por su gran complicación que la de los seres más
toscos. Los animales que están desprovistos de nuestros conocimientos, las
plantas que vegetan y las piedras que no sienten, son, bajo muchos aspectos,
seres más favorecidos que el hombre. Al menos no están sujetos a las penas del
espíritu, a las torturas del pensamiento y a los pesares que los devoran. ¿Quién
no quisiera ser animal o piedra cuando sufre la pérdida irreparable de un ser
amado? ¿No es preferible ser una masa inorgánica que un supersticioso
desazonado que pasa la vida temblando, uncido a la vida presente y esperando
además infinitos tormentos en la vida futura? Los seres que carecen de
sentimientos, vida, memoria y pensamiento, nunca se turban por la idea del
pasado, del presente ni del futuro, jamás se creen en peligro de penas eternas
por no haber pensado rectamente como temen los seres predilectos, persuadidos
de que el Arquitecto del mundo construyó el universo para ellos.
»Que no nos digan, pues, que no podemos tener la idea de una obra sin
tener la de su imprescindible artesano. La naturaleza no es una obra.
Existió siempre por sí misma, en su seno todo se produce, es un obrador
inmenso, dotado de materiales, que construye los instrumentos que le sirven
para obrar. Todas sus obras son efectos de su energía y de los agentes o causas
que crea, contiene y pone en acción. Elementos eternos, increados e
imperecederos, siempre en movimiento y combinándose de distintas maneras,
originan todos los seres y los fenómenos que vemos, todos los efectos buenos o
malos que sentimos, el orden o el desorden que sólo distinguimos por las
diferentes formas con que nos afectan, y dan origen a todas las maravillas que
nos incitan a meditar y razonar. Para ello, tales elementos sólo necesitan sus
propiedades (ya sean particulares o reunidas) y el movimiento que les es
esencial, sin que sea imprescindible recurrir a un obrero desconocido que las
arregle y combine, las conserve y disuelva.
»Y aun suponiendo que sea imposible concebir la creación del universo
sin la intervención de un obrero que vele por su obra, ¿dónde colocaremos a ese
obrero?, ¿fuera o dentro del universo?, ¿es materia o movimiento?, ¿o no es más
que el espacio, la nada o el vacío? En todos estos casos, no debe ser nada o
estar contenido en la naturaleza y sometido a sus leyes. Si está en la
naturaleza sólo debe ser materia en movimiento, de lo que debo inferir que el
agente que la mueve es corporal y material, y en consecuencia está sujeto a
disolverse. Si este agente está fuera de la naturaleza ya no puedo tener idea
del lugar que ocupa, ni de un ser inmaterial, ni de la forma cómo un espíritu
sin extensión puede obrar sin la materia de la que está separado. Esos espacios
ignotos, que la imaginación ha situado más allá del orbe visible, no existen
para un ser que apenas ve lo que tiene a sus pies. El poder ideal que mora en
ellos sólo puede tener ante mi espíritu las formas fantásticas que mi
imaginación forje al azar, que siempre se verá obligada a tomarlas del mundo
que conoce. En cuyo caso no haré sino reproducir en idea lo que realmente hayan
percibido mis sentidos, y el Dios que me esfuerzo en separar de la naturaleza y
situar fuera de su ámbito entrará siempre en él necesariamente contra mi
voluntad.
»Empeñado en defender esas teorías, se me objeta diciendo que si
presentáramos una estatua o un reloj a un salvaje que nunca hubiera visto ambas
cosas, no podría dejar de reconocer que eran obras de un ser inteligente,
superior a él en habilidad e industriosidad; deduciendo de ello que nos vemos
obligados a reconocer que la máquina del universo, el hombre y los fenómenos de
la naturaleza son obra de un creador cuya inteligencia y poder son
infinitamente superiores a las de los humanos. Mi respuesta a esto es que no
podemos dudar que la naturaleza sea poderosísima. Nos pasma su industria
cuantas veces nos asombran los efectos trascendentales, complicados y varios
que encontramos en algunas de sus obras, que apenas nos tomamos el trabajo de
meditar; no obstante, nunca es más ni menos industriosa en una de sus obras que
en las demás. No acertamos a comprender mejor cómo produce una piedra o un
metal que cómo produce una mente tan bien organizada como la de Newton.
Llamamos ingenioso al hombre que sabe hacer lo que nosotros no sabemos.
La Naturaleza puede hacerlo todo, y desde el instante que una cosa existe
prueba que la pudo hacer. De forma que sólo con relación a nosotros mismos
juzgamos industriosa la naturaleza, la comparamos entonces con nosotros mismos,
y como estamos dotados de inteligencia, con cuya ayuda producimos obras que
demuestran nuestra industria, inferimos de ello que las obras de la naturaleza
que más nos admiran, no son obras suyas, sino debidas a un artífice inteligente
como nosotros, cuya inteligencia ponemos a nivel del asombro que sus obras
producen, es decir, que producen a nuestra debilidad y a nuestra ignorancia.»
He aquí, ahora, la respuesta a esos argumentos en las líneas que siguen,
escritas mucho antes que el Sistema de la Naturaleza.
Todas las piezas que componen la máquina de este mundo diríase que están
hechas unas para otras. Algunos filósofos tienen a gala mofarse de las causas
finales, que negaron Epicuro y Lucrecio. Yo creo que es más justo que nos
burlemos de Lucrecio y de Epicuro. Nos dicen que los ojos no se formaron para
ver, pero que los hemos aprovechado para esa función cuando nos percatamos que
servían para ella. Aseguran, también que no tenemos la boca para hablar ni
comer, ni el estómago para digerir, ni el corazón para recibir la sangre de las
venas y enviarlas a las arterias, ni los pies para andar, ni los oídos para
oír. Sin embargo esos filósofos confiesan que los sastres les hacen trajes para
vestirse y los arquitectos casas para vivir, y se atreven a negar a la naturaleza,
a la inteligencia universal, lo que conceden a cualquier obrero. Claro está que
no conviene abusar de las causas finales.
El autor del Espectáculo de la Naturaleza sostiene inútilmente que las
mareas sirven para impedir que los barcos entren con facilidad en los puertos y
evitar que el agua del mar se corrompa‑ baldíamente dirá que las piernas han
sido creadas para llevar botas y la nariz para colocar las gafas. Para afirmar
el fin verdadero por el que actúa una causa, se precisa que su efecto sea de
todos los tiempos y todos los lugares. No en todos los mares ha habido barcos,
por tanto no puede decirse que hayan sido creados para los barcos. Es absurdo
sostener que la naturaleza haya obrado en todas las épocas ajustándose a las
invenciones de nuestras artes arbitrarias, que todas han aparecido tarde en el
mundo. Ahora bien, es evidente que si la nariz no ha sido creada para las gafas
no es menos obvio que se ha creado para tener el sentido del olfato, y que
existen narices desde que existen hombres. Cicerón, que dudaba de todo, no
dudaba de las causas finales.
Parece difícil, sobre todo, que los órganos de la generación no estén
destinados a perpetuar las especies. Nos admiramos de su mecanismo, y la
sensación que la naturaleza hace sentir a ese mecanismo es más admirable aún.
Epicuro debía haber confesado que el placer es divino y que ese placer es una
causa final que produce sin cesar seres sensibles que no han podido darse la
sensación a sí mismos. Epicuro fue un filósofo preclaro para la época en que
nació. Vio lo que Descartes niega, lo que Gassendi afirma y lo que Newton
demuestra: que no hay movimiento sin vacío. Concibió la imprescindibilidad de
los átomos para que sirvieran de partes constituyentes a las especies
invariables, idea que es muy filosófica. Sobre todo, no hay nada tan respetable
como la moral de los verdaderos epicúreos, que consistía en no ocuparse en los
asuntos públicos, que son incompatibles con la sabiduría y la amistad, sin la
cual la vida es una pesada carga. En cambio, el resto de la física de Epicuro
me parece tan inadmisible como la materia extraída de Descartes. Es como
ponerse una venda en los ojos y otra en el entendimiento sostener que en la
naturaleza no existe ningún designio, porque si existe designio, en él existe
una causa inteligente y esta causa es Dios.
Nos aducen como objeción las irregularidades del Globo, los volcanes,
las llanuras movedizas de arena, algunas montañas sumergidas en los abismos y
otras formadas por los terremotos. Pero si se incendian los cubos de las ruedas
de vuestra carroza, ¿puede deducirse de ello que se construyó expresamente para
transportaros de un sitio a otro?
La cadena de montañas que coronan los dos hemisferios y los más de
seiscientos ríos que discurren hasta los mares, todos los arroyos que van a
verter sus aguas en los ríos después de haber fertilizado los campos, los
millares de fuentes que nacen del mismo manantial, que abrevan a los animales y
riegan los vegetales, todo esto no parece que pueda ser efecto de un caso
fortuito y de una declinación de átomos, como no deben serlo la retina que
recibe los rayos de la luz, el cristalino que lo refracta, el yunque, el
martillo, el estribo y el tambor del oído que recibe los sonidos, la corriente
de sangre en nuestras venas, la sístole y la diástole del corazón, todo ese
balancín de la máquina que constituye la vida.
Sin embargo, objetan que si Dios ha hecho visiblemente una cosa con un
fin determinado, debe haber hecho lo mismo con todas. Es ridículo admitir la
Providencia en un caso y negarla en otros. Todo lo creado ha sido previsto; no
hay ninguna ordenación sin objeto, ni ningún efecto sin causa. Por tanto, todo
es el resultado, el producto de una causa final. Así, puede decirse que las
narices se han hecho para llevar lentes y los dedos para llevar sortijas, como
se puede decir que los oídos se han formado para los sonidos y los ojos para
recibir la luz. De esta objeción sólo se infiere que todo es efecto, inmediato
o mediato, de una causa final general, que todo es consecuencia de las leyes
eternas.
Los edificios no están hechos de piedra en todas partes ni en todos los
tiempos, todas las narices no portan lentes, todos los dedos no llevan
sortijas, ni todas las piernas usan medias de seda; luego el gusano de seda no
fue creado para cubrir mis piernas, como la dentadura se creó para masticar y
el ano para defecar. Por tanto, existen efectos inmediatos producidos por las
causas finales y gran número de efectos mediatos producidos por esas causas.
Todo lo inherente a la naturaleza es uniforme, inmutable; es la obra
inmediata del Maestro. El creó las leyes en virtud de las cuales la luna
interviene en tres cuartas partes en la causa del flujo y reflujo del mar, y el
sol en la otra cuarta parte. El dotó al sol del movimiento de rotación en
virtud del cual dicho astro envía en siete minutos y medio los rayos de su luz
hasta los ojos de los hombres, los cocodrilos y los gatos.
Pero si al cabo de muchos siglos hemos logrado inventar las tijeras y
los asadores, para esquilar con aquéllas a los corderos y asarlos con éstos,
¿qué cabe deducir de esto sino que un Dios nos formó de manera que un día
llegáramos a ser necesariamente industriosos y proclives a comer carne?
Los corderos no nacen forzosamente para ser asados y comidos porque
muchos pueblos se abstienen de comerlos. Los hombres no han sido creados para
matarse unos a otros, porque los brahmanes y los cuáqueros no matan a nadie,
pero la materia con que estamos formados produce con frecuencia matanzas, amén
de calumnias, vanidades, persecuciones y tantas otras chinchorrerías. Pero ello
no quiere decir que la formación del hombre sea precisamente la causa final de
nuestros desafueros y memeces, porque una causa final es universal e invariable
en todos los lugares y tiempos. Con todo, los errores y las tonterías de la
especie humana no por ello dejan de entrar en el orden eterno de las cosas.
Cuando trillamos el trigo, el trillo es la causa final de la separación del
grano; pero si el trillo, al funcionar, aplasta mil insectos, no obra así por
mi voluntad determinada, ni tampoco por casualidad, sino porque esos insectos
se encuentran muchas veces a su alcance en vez de huir de su enemigo.
El que un hombre ambicioso discipline a veces a millares de hombres que
sea vencedor o vencido, es consecuencia de la naturaleza de .as cosas. Mas no
por eso podremos decir que Dios creó al hombre para que le den muerte en la
guerra.
Los instrumentos que nos ha provisto la naturaleza no pueden ser siempre
causas finales en movimiento. Los ojos, que recibimos para ver, no siempre
están abiertos, todos los sentidos tienen un momento de reposo e incluso hay
sentidos que no usamos nunca. Así sucede, por ejemplo, a la pobre imbécil
encerrada en un convento desde los catorce años y que tiene clausurada para
siempre la puerta de su cuerpo por donde debía salir una generación nueva. En
este caso, no por eso deja de subsistir la causa final, pero obrará así que
dicha mujer sea libre.
CELO. Respecto a la religión celo es el entusiasmo
legítimo con que se trabaja por el progreso del culto a la Divinidad. Pero
cuando este entusiasmo es descomedido, ofuscado y perseguidor, se convierte en
el mayor azote de la humanidad.
Transcribo lo que el emperador Juliano dijo del celo de los cristianos
de su época: «Los galileos, durante el reinado de mi antecesor, fueron
desterrados y encarcelados, y mataban a su vez a quienes se llamaban heréticos.
Los saqué del destierro, los extraje de las cárceles, devolví sus bienes a los
proscriptos y les obligué a vivir en paz, pero es tal el furor ciego de los
galileos que se lamentan de no poder machacarse unos otros».
No debe parecer hiperbólica esa apreciación si tenemos en cuenta las
horrendas calumnias que recíprocamente se dedicaban entre sí los cristianos.
San Agustín acusa a los maniqueos de obligar a sus adeptos a recibir la
eucaristía después de haberla rociado con semen humano, y antes san Cirilo de
Jerusalén les acusó de idéntica infamia con estas palabras: «No me atrevo a
decir en lo que esos sacrílegos empapan los ischas que dan a sus sectarios,
exponiéndolas en medio del altar, y con las que el maniqueo mancha su boca y su
lengua. Si deseáis saber con qué las empapan, que recuerden los hombres lo que
les suele ocurrir soñando, y las mujeres en el período de su regla». El papa
san León, en una de sus homilías, dice que el sacrificio de los maniqueos es
una indecencia. Por último, Luidas y Cedreno todavía se exceden más respecto a
esa calumnia, añadiendo que los maniqueos celebraban reuniones nocturnas en las
que, tras apagar las luces, cometían las mayores deshonestidades.
Consignemos también que al principio acusaron a los primeros cristianos
de cometer idénticos horrores, que después imputaron a los maniqueos, y que la
justificación de aquéllos puede igualmente aplicarse a éstos: «Con la idea de
tener pretexto para perseguirnos, refiere Atenágoras en su Apología de los
cristianos, se nos acusa de celebrar ágapes detestables y cometer incestos en
nuestras asambleas». Es la vieja artimaña de que se valen en todos los tiempos
para matar la virtud. Persiguieron a Pitágoras y trescientos discípulos suyos,
los de Éfeso desterraron a Heráclito, los abderitanos expulsaron a Demócrito y
los atenienses condenaron a Sócrates a beber la cicuta.
Atenágoras prueba a continuación que los principios y las buenas
costumbres de los cristianos bastan por sí solos para invalidar las calumnias
que sobre ellos se han propalado, y similares razones existen en favor de los
maniqueos. Así las cosas, ¿por qué san Agustín, que tan expeditivo es en su
libro De las herejías se limita en De las costumbres de los maniqueos, al
ocuparse de la horrenda ceremonia en cuestión, a decir sencillamente: «Esto se
sospecha de ellos… el mundo lo cree así… Ia voz pública los acusa… ellos
afirman que no hacen semejante cosa…? ¿Por qué san Agustín elude poner en claro
esa calumnia cuando discute con Fortunato, y éste públicamente le interpela:
«Nos acusan de crímenes que no cometemos, y como Agustín ha asistido a
presenciar nuestro culto le suplico declare a la faz de todo el pueblo si los
crímenes que se nos achacan son ciertos o no». Agustín contesta: «Verdad es que
he asistido a vuestro culto, pero una cosa es la cuestión de la fe y otra la
cuestión de las costumbres; la primera es la que he propuesto. No obstante, si
las personas presentes quieren que tratemos de vuestras costumbres, no me
opondré».
Fortunato, dirigiéndose entonces a los congregados, dijo: «Deseo, ante
todo, justificarme respecto a las calumnias que se nos imputan a los ojos de
quienes las creen, y que Agustín declare ahora ante la asamblea, y mañana ante
el Tribunal de Jesucristo, si vio alguna vez o sabe que hemos obrado de la
manera detestable que nos atribuyen». Réplica de Agustín: «Os salís de la
cuestión. La que os he propuesto es sobre la fe, no sobre las costumbres».
Fortunato, apremiando sin cesar a Agustín para que se pronuncie, consigue al
fin que lo haga: «Declaro que en la reunión a que he asistido, no he visto
cometer ningún acto impuro».
En su obra De la utilidad de la fe, justifica también a los maniqueos:
«En aquel tiempo, dice Agustín a su amigo Honorato, cuando me atraía el
maniqueísmo, abrigaba la esperanza de casarme con una mujer hermosa, poseer
riquezas y honores y gozar otros deleites perniciosos de la vida. Mientras
escuchaba con asiduidad a los doctores maniqueos, no renunciaba al deseo ni a
la esperanza de todas esas cosas. No atribuyo mi conducta a su doctrina, porque
debo confesar que exhortan continuamente a los hombres a que se preserven de
todo eso; fue ello, sin duda, lo que impidió que abrazara su secta y me retuvo
en la categoría de los oyentes. No quería renunciar a las esperanzas, ni a la
vida del siglo».
Hasta en el último capítulo del mentado libro, en el que dice que los
doctores maniqueos son soberbios, de espíritu grosero y carne débil para las
pasiones, no hay una sola palabra relativa a las infamias que se les atribuían.
¿En qué pruebas, pues, se fundaron tales imputaciones? La primera que
aduce Agustín es que esas infamias eran una consecuencia de la doctrina de
Maniqueo sobre los medios de que Dios se sirve para arrancar a los príncipes de
las tinieblas las partes de su sustancia. Esta idea la toma Agustín del séptimo
libro de la obra Tesoro del maniqueo, que cita repetidas veces y,
evidentemente, es apócrifa. Dice el hereje, si damos crédito a esa obra falsa,
que las virtudes celestes se transforman unas veces en apuestos mozos y otras
veces en hermosas doncellas, que no son sino la encarnación de Dios Padre. Esto
es increíble, porque Manes nunca confundió las virtudes celestes con el Dios
Padre. Agustín, no comprendiendo la expresión siríaca una virgen de luz, que
quiere decir una luz virgen, supone que Dios presenta a los príncipes de las
tinieblas una bellísima doncella para que excite la rijosidad de éstos. Pero lo
interpretado por san Agustín no refleja la idea de los autores antiguos; sólo
se habla de la causa de las lluvias.
«El gran príncipe —dice Tirbón, citado por san Epifanio— hace salir de
sí mismo durante su furor nubes negras que oscurecen todo el orbe, se
convulsiona, se atormenta, se llena todo de agua, y esto es lo que produce la
lluvia, que no es más que el sudor del gran príncipe.» No cabe sino que Agustín
se haya equivocado en la traducción, o le haya inducido a error algún extracto
infiel del Tesoro del maniqueo, del que sólo cita dos o tres pasajes. Por eso
el maniqueo Lecumbinos le dijo que no entendía una sola palabra de los
misterios de maniqueo y que sólo los combatía con paralogismos. Por otro lado,
el docto Beausobre pregunta: «¿Cómo san Agustín pudo asistir tantos años a las
conferencias de una secta que enseñaba públicamente dichas abominaciones? ¿Y
cómo aguantó la afrenta de defenderla ante los católicos?».
De esta prueba de estricto raciocinio pasemos a las pruebas de hecho,
que aduce san Agustín, para ver si son más sólidas. «Se dice —continúa ese
santo padre— que algunos maniqueos han declarado ese hecho en juicios públicos,
no sólo aquí, sino también en las Galias, según he oído referir a un católico
en Roma.» Esas referencias merecen tan escaso crédito que el propio Agustín no
se atrevió a citarlas en la controversia que tuvo con Fortunato, aunque hacía
unos ocho años que había estado en Roma. Ahora, lo innegable es que en su libro
Herejías habla de la confesión de dos doncellas llamadas Margarita y Eusebia y
de algunos maniqueos que, al verse descubiertos en Cartago y en la misma
iglesia, confesaron el abominable hecho que les atribuían. Añade que Viator
declara que quienes cometían semejantes liviandades se llamaban cátaros y
preguntándoles en qué texto apoyaban esa infamante práctica contestaban citando
el pasaje del Tesoro del maniqueo, cuyo talante apócrifo está demostrado. Esos
herejes, en vez de cumplir ese pasaje, debían haberlo desacreditado, asegurando
que era obra de un impostor que trataba de perderlos. Pero al ser descubiertos
y conducidos a la iglesia, tenían todo el aire de ser personas compradas para
que declarasen lo que les mandaron.
En el capítulo XLVII de la Naturaleza del bien, Agustín confiesa que
cuando se reprochaba a esos herejes dichas abominaciones se defendían diciendo
que un individuo de su secta la dejó para convertirse en enemigo, y para
desacreditarla introdujo esa práctica repugnante. Sin detenernos a examinar si
la secta que Viator denomina de los cataristas existió realmente, basta notar
que los primeros cristianos imputaron también a los gnósticos los execrables
misterios de que les acusaban los judíos y paganos. Esas murmuraciones públicas
se atreve Mide Tillemont a convertirlas en hechos ciertos, asegurando que
hicieron confesar dichas infamias a los maniqueos en los juicios públicos, en
las Galias y en Cartago.
Calibremos también el testimonio de san Cirilo de Jerusalén, que afirma
lo contrario que san Agustín, y digamos de entrada que este hecho es tan
increíble y absurdo que sería difícil de creer, aunque lo aseguraran media
docena de testigos oculares y lo afirmaran con su juramento. Únicamente san
Cirilo, sin haberlo presenciado, lo afirma en una asamblea popular, en la que
tiene el desenfado de hacer pronunciar a Maniqueo discutiendo con Cascar, un
discurso del que no se encuentra una palabra en los Hechos de Arquelao, como
Zaccagni asegura. Sólo puede aducirse en defensa de san Cirilo que tomó el
sentido y no las palabras de Arquelao, pero ni las palabras ni el sentido, nada
de ello se encuentra en los citados Hechos. Por otro lado, la manera de
escribir de dicho padre parece la del historiador que cita las propias palabras
de su autor. Sin embargo, para salvar el honor y la buena fe de san Cirilo,
tanto Zaccagni como Tillemont suponen, sin aportar ninguna prueba, que el
traductor o el copista omitieron el fragmento de los Hechos que cita dicho
padre, y los fantasiosos de Trevoux han inventado dos clases de Hechos de
Arquelao, unos auténticos, que san Cirilo copió, y otros atribuidos al siglo v.
Así las cosas, cuando prueben la existencia de estos supuestos Hechos del siglo
v, entonces los examinaremos.
Veamos ahora el testimonio del papa León, relativo a las abominaciones
de los maniqueos. En una de sus homilías dice que las perturbaciones acaecidas
en algunos países obligaron a establecerse en Italia a muchos maniqueos, cuyos
misterios eran tan abominables que no podía revelarlos sin sonrojar a las
personas honradas; que para conocerlos convocó a partidarios de ambos sexos de
dicha secta en una asamblea compuesta de obispos, sacerdotes, laicos y nobles,
y que esos herejes habían revelado datos relativos a sus dogmas y a las
ceremonias de sus fiestas, y también confesado un crimen que no podía relatar,
pero del que no dudaba después de la confesión de los culpables. Que sabía que
dos mujeres habían preparado a una niña de diez años para la horrenda ceremonia
de la secta y conocía al muchacho que fue su cómplice, y al obispo que la había
organizado y la presidió. Que remitía a los oyentes que desearan saber más a
las informaciones que se habían practicado y que él comunicó a los obispos de
Italia en su segunda pastoral.
Este testimonio parece más concreto y contundente que el de san Agustín,
salvo que es insuficiente para demostrar un hecho que desmienten las protestas
de los acusados y los principios eternos de la moral. ¿Existen acaso pruebas de
que las personas infames que el papa León interrogó no fueran compradas para
hacer declaraciones contra su secta?
Se nos objetará que la sinceridad religiosa de dicho papa no nos permite
sospechar tal indignidad. Pero si ese mismo san León fue capaz de admitir que
las ropas blancas puestas en una caja y depositadas en el sepulcro de algunos
santos, chorreaban sangre cuando las cortaron, ¿pudo tener dicho Papa
escrúpulos de comprar algunas mujerzuelas y algún obispo maniqueo, que contando
de antemano con el perdón, se confesaran culpables de crímenes que pudieran ser
ciertos respecto a ellos, pero no respecto a su secta, de cuyas seducciones
trataba el papa León de apartar a su pueblo? En todas las épocas, los obispos
han estimado legítimo cometer esos fraudes religiosos que tienden a la
salvación de las almas. Prueba de ello la constituyen los escritos supuestos y
apócrifos, y la facilidad con que los padres dan crédito a esas obras supuestas
nos convence de que, si no cómplices en el fraude, nunca tuvieron escrúpulo de
aprovecharse de él.
San León pretende confirmar las infamias secretas de los maniqueos con
una argumentación que las destruye. «Esos execrables misterios —dice—, que
cuanto más impuros con más cuidado se ocultan, son comunes a los maniqueos y a
los priscilianos. Esas infamias son las mismas que antiguamente cometían los
priscilianos, y las sabe todo el mundo.»
Los priscilianos nunca fueron culpables de las infamias que causaron su
muerte. En las obras de san Agustín figura la Memoria Instructiva que le
remitió Orosio y en la que este prelado español asegura que ha reunido todas
las plantas de perdición que germinan en la secta de los priscilianos, sin
olvidar la más pequeña rama, ni la más pequeña raíz, y expone al doctor de la
Iglesia todas las enfermedades de esa secta para que las pueda curar. Orosio no
dice una sola palabra de los misterios execrable de que habla León, lo que
demuestra obviamente que Orosio creía que sólo eran calumnias. San Jerónimo
también dice que Prisciliano fue perseguido por sus enemigos y por las
maquinaciones de los obispos Ithace e Idace. ¿Hablaría de esa manera del hombre
acusado de profanar la religión con infames ceremonias? Máxime cuando, tanto
Orosio como Jerónimo, no ignoraban los crímenes que se les atribuían.
Más aún, san Martín de Tours y san Ambrosio, que estaban en Treves
cuando Prisciliano fue juzgado, debían estar enterados igualmente, y sin
embargo, solicitaron su perdón; después, no habiéndolo conseguido, se negaron a
hablar con los acusadores y enemigos. Sulpicio Severo narra la historia de los
infortunios de Prisciliano. Eufrosina, viuda del poeta Delfidio, su hija y
otros partidarios, fueron ejecutados con él en Treves por orden del tirano
Máximo, a quien aconsejaban los citados Ithace e Idace, dos obispos depravados,
que en castigo de la injusticia que cometieron murieron excomulgados,
haciéndose acreedores al odio de Dios y de los hombres.
Los priscilianos fueron acusados, al igual que los maniqueos, de
profesar doctrinas obscenas y cometer deshonestidades. Dícese que Prisciliano y
sus secuaces se declararon culpables merced a los tormentos a que les
sometieron. La persecución de que fueron objeto los priscilianos debió fundarse
en otros testimonios alegados contra ellos en España. No obstante, numerosos
obispos y eclesiásticos de notoria fama rechazaron las últimas informaciones.
El anciano Higimis, obispo de Córdoba, que fue quien les denunció, luego los
creyó tan inocentes de los crímenes que les imputaban que los recibió en su
comunidad y por ello se vio involucrado en la misma persecución.
Estas criminosas calumnias, inventadas por el celo exagerado, parecen
justificar la máxima que hace suya Ammien Marcelin tomándola del emperador
Juliano: «Las bestias feroces no son tan temibles para el hombre como los
cristianos cuando los enfrentan la creencia y la opinión». Pero todavía es más
lastimoso el celo hipócrita y falso, y de este aserto pueden presentarse
numerosos ejemplos. Un doctor de la Sorbona, al salir de una sesión con
Tournely, le dijo en voz baja: «Ya veis que sostuve con calor una opinión
durante dos horas; pues bien, os aseguro que no creo ni una palabra de cuanto
he dicho». Es asimismo conocida la respuesta de un jesuita que ejerció durante
veinte años en una misión del Canadá, y que no creyendo en Dios, como confió a
un amigo, afrontó veinte veces la muerte defendiendo la religión que con éxito
predicaba entre los salvajes. Al censurarle el amigo su conducta, replicó: «No
puedes tener idea del placer que produce que te escuchen veinte mil hombres y
logres convencerles de lo que tú no crees».
CELTAS. Entre los escritores que han tenido tiempo,
medios y coraje para estudiar el origen de los pueblos, ha habido algunos que
afirmaron conocer el origen de los celtas, o al menos quisieron hacerlo creer a
los demás. Esta ilusión fue la única recompensa que obtuvieron sus arduos
trabajos y no debemos envidiársela.
Cuando tratamos de conocer la historia primitiva de los hunos, aunque no
lo merecen, porque ningún servicio prestaron al género humano, al menos
encontramos algunos datos de estos bárbaros en los libros chinos, cuyo pueblo
fue la nación civilizada más antigua que conocemos después de la India. Por
dichos libros sabemos que en cierta época remotísima los hunos se lanzaron como
lobos hambrientos asolando y destruyendo países que hoy día se consideran
lugares de destierro y de horror. Tan afligente y miserable es esa pesquisa
histórica, que es preferible aprender un oficio en París, o en cualquier
provincia, a estudiar seriamente la historia de los hunos y de los osos. Con
todo, nos han ayudado en estas averiguaciones algunos archivos de China.
Pero en cuanto a los celtas, no existen archivos donde les podamos
estudiar, ni sabemos más de ellos que de los semoyedos y de los países
australes. No tenemos más noticias fehacientes de nuestros antepasados que las
pocas palabras que a su conquistador Julio César le plugo decir. Empieza sus
Comentarios dividiendo las Galias en belgas, aquitanios y celtas. De ello
algunos sabios dedujeron que los celtas eran escitas y en los escitas‑celtas
han comprendido Europa entera. ¿Por qué no han comprendido todo el mundo?, ¿por
qué se han parado en el camino?
Y no faltan sabios que aseguran que Jafet, hijo de Noé, en cuanto salió
del Arca se precipitó a poblar de celtas inmensas regiones, que gobernó
maravillosamente. Hay autores más modestos que atribuyen el origen de los
celtas a la Torre de Babel y a la confusión de lenguas. En su Cronología
Sagrada, Bochart toma diferente camino: afirma que las innumerables hordas de
celtas formaron una especie de colonia egipcia que fue conducida hábilmente por
Hércules desde las fértiles orillas del Nilo hasta los bosques y pantanos de
Germania, donde esos colonos introdujeron las artes, el idioma egipcio y los
misterios de Isis, de todo lo cual no hemos podido encontrar indicio alguno.
Otros historiadores han creído hallar los orígenes del pueblo en
cuestión diciendo que los celtas de las montañas del Delfinado se llamaban
cottiens por ser vasallos del rey Cottius, los berichons por depender de su rey
Betrich, los welches o galos por depender de su rey Vallus, y los belgas de su
rey Balgen. Todavía es más enigmático el origen de los celtas‑pannoniens,
nombre tomado de la voz latina pannus, que significa paño; según nos dicen,
éstos vestían con trozos de tela mal cosidos y trajes semejantes a los
arlequines. Pero no cabe duda que es mejor origen el de la Torre de Babel.
¡Sagaces historiadores que tanto habéis escrito sobre las hordas
salvajes, que no saben leer ni escribir! Admiro vuestra laboriosa terquedad y
en cuanto a vosotros, salvajes celtas, permitidme que os diga, como digo a los
hunos, que gentes que carecen de una mínima noción de las artes útiles o
agradables, no merecen ocupar nuestra atención. Se nos dice que erais
antropófagos. Pero, ¿quién no lo ha sido? Dícese también que vuestros druídas
eran sacerdotes muy sabios. Eso lo veremos en el artículo Druidas.
CEREMONIAS, TÍTULOS, etc. Todas esas
cosas, que serían inútiles y hasta cargantes en un estado de pura naturaleza,
son muy útiles en el estado actual social, corrompido y ridículo.
China es el pueblo que más se ha excedido en las ceremonias. No cabe
duda que lo mismo sirven para calmar el espíritu que para fastidiarle. Los
soguillas, carreteros chinos, se ven obligados, al menor entorpecimiento que
ocasionan en las calles, a arrodillarse unos ante otros y pedirse mutuamente
perdón, obedeciendo a lo prescrito. Esta urbanidad evita las injurias, peleas y
hasta heridas y muertes. Da tiempo para que se apacigüen los que iban a
pegarse, se tranquilicen y se ayuden recíprocamente.
Cuanto más libre es un pueblo, menos ceremonias usa, menos títulos
pomposos y menos demostraciones de humildad ostensible al superior. A Escipión
le llamaban simplemente Escipión, y a César, César. Posteriormente, a los
emperadores romanos los llamaron Vuestra Sacra Majestad, Vuestra Divinidad.
Los apóstoles Pedro y Pablo no tuvieron más títulos que sus nombres, y
sus sucesores se otorgaron a sí mismos el de Vuestra Santidad, título que no
figura en los Hechos de los Apóstoles ni en los escritos de sus discípulos.
En la Historia de Alemania se nos dice que el delfín de Francia, futuro
Carlos V, cuando fue a Metz a visitar al emperador Carlos IV marchaba detrás
del cardenal Perigord. Hubo un tiempo en que los cancilleres precedían a los
cardenales; más tarde, los cardenales precedieron a los cancilleres. En
Francia, los pares precedieron a los príncipes de sangre real, formados por
orden de antigüedad hasta la consagración de Isabel, esposa de Carlos IX,
efectuada en 1571. Descrita por Simón Bouquet, nos cuenta que las damas y
azafatas de la reina, habiendo entregado a la dama de honor el pan, el vino y
el cirio con el dinero para la ofrenda que debían ser presentadas a la reina
por la mencionada dama de honor, ésta, como era duquesa, recabó de las damas
que ellas mismas presentaran la ofrenda a las princesas. Esta dama de honor era
la condestable y duquesa de Montmorency.
El sillón, el escabel, la mano derecha y la mano izquierda, han sido
durante muchos siglos importantes asuntos políticos y causa de muchos
resentimientos y no menos quejas. Sospecho que la antigua etiqueta concerniente
a los sillones data del tiempo de nuestros abuelos, en que sólo había un sillón
en toda la casa para el que estaba enfermo. Mucho más tarde, cuando el lujo se
introdujo en las cortes y los grandes de la tierra tuvieron en sus moradas dos
o tres sillones, fue una gran distinción sentarse en uno de ellos.
Cuando el cardenal Richelieu estaba concertando el matrimonio de
Enriqueta de Francia y Carlos I con los embajadores ingleses, estuvo en un tris
que se desbaratara el enlace por la exigencia de los embajadores para que una
puerta fuese más ancha. Creo que si hubieran propuesto a Escipión que se
desnudara, cubriéndose con una sábana para recibir la visita de Aníbal, la
ceremonia le habría parecido muy divertida.
El orden de colocación de las carrozas ha sido también un distintivo de
grandeza y un venero de pretensiones, disputas y querellas durante un siglo
entero. Se estimaba como señalada victoria hacer pasar una carroza delante de
otras. Cuando un ministro de España pudo conseguir que su carruaje se colocara
detrás del embajador portugués, envió un correo a Madrid para comunicar al rey
su señor la distinción que acababa de alcanzar.
Nuestras historias nos divierten al presentarnos varios compatriotas
disputándose a puñetazo limpio la precedencia. Sólo en París, el Parlamento
contra el obispo en el funeral de Enrique IV, la Cámara de las Cuentas contra
el Parlamento, que tuvo lugar en la catedral al nombrar Luis XIII a la Virgen
patrona de Francia; la de la pelea del duque de Epernón en la iglesia de San
Germán, con el guardasellos Vair, y tantos otros casos de los que no
encontramos precedentes en el Areópago ni en el Senado romano.
Conforme los países son más bárbaros o las cortes más débiles, se abusa
más del ceremonial. El verdadero poder y la verdadera cultura son enemigos de
la vanidad. Es de presumir que al fin quede abolida la costumbre, que siguen
todavía algunos embajadores, de arruinarse por desfilar por las calles con una
carroza de alquiler y precedida de varios lacayos a pie. A esta costumbre se
llama hacer su entrada el embajador. Es grotesco entrar en una ciudad meses
después de haber llegado a ella.
La importante cuestión del puntiglio constituye la grandeza de los
italianos. Esa ciencia estriba en el número de pasos que deben darse para
despedir hasta la puerta a un monseñor, de correr un cortinaje hasta la mitad o
totalmente, de pasearse por una estancia hacia la derecha o hacia la izquierda,
etc. Ese gran arte, que los Fabio y los Catones desconocieron, está en trance
de desaparecer y los aspirantes a la dignidad cardenalicia se lamentan de su
decadencia.
Un coronel francés que se hallaba en Bruselas un año después que el
mariscal de Sajonia tomó dicha ciudad, no sabiendo qué hacer decidió asistir a
una reunión. Pero al decírsele que se celebraba en casa de una princesa y que
sólo asistían príncipes, el coronel contestó: «No importa, esos príncipes son
muy bondadosos. El año pasado hice esperar a una docena de ellos en mi
antecámara, cuando tomamos esta ciudad, y sé que todos son muy corteses».
Repasando a Horacio, me agradó esta idea que encontré en una de sus
cartas dedicada a Mecenas: Te, dulcis amice, revisam (Iré a veros, mi buen
amigo). Mecenas era la segunda persona del Imperio romano esto es, un hombre
más importante y poderoso que hoy el principal monarca de Europa. Leyendo a
Corneille paré mientes en una carta que dirigió a Scuderi, deán de Nuestra
Señora de la Guarda, que refiriéndose al cardenal Richelieu decía: «El señor
cardenal, vuestro maestro y el mío». Esta es quizá la primera vez que se habla
así de un ministro desde que en el mundo hay ministros, reyes y aduladores.
Se cuenta que un veterano oficial que hacía caso omiso del puntillo de
la vanidad, al escribir una carta al marqués de Louvois le llamó sencillamente
señor; al no obtener respuesta le volvió a escribir llamándole monseñor, y
tampoco obtuvo contestación porque la palabra señor se le atragantó. Le
escribió por tercera vez encabezando la carta de esta manera: A mi dios
Louvois. Estos casos y tantos otros que pudiéramos presentar, ¿no demuestran
que los romanos de la gran época imperial eran grandes y modestos, y que
nosotros somos pequeños y vanidosos? a¿Cómo estáis, querido amigo?», preguntó
un duque a un par y gentilhombre. «A vuestras órdenes, mi querido amigo»,
respondió éste, y desde entonces tuvo a su querido amigo por enemigo
implacable. Un grande de Portugal, cuando hablaba con un grande de España, le
decía a cada momento: «Vuestra Excelencia». Y el español le respondía: «Vuestra
Merced» título que se da a quienes no tienen ninguno. Picado el luso, desde
entonces llamó al español Vuestra Merced, y entonces el grande de España le dio
el tratamiento de Excelencia. Picado de nuevo el portugués, le preguntó: «¿Por
qué me llamáis Vuestra Merced cuando os doy el tratamiento de Excelencia, y
Excelencia cuando os llamo Vuestra Merced?» «Porque me es igual daros un título
que otro —contestó el español—, con tal de que nunca seáis igual que yo.»
La vanidad de los títulos no se introdujo en los pueblos del norte de
Europa hasta que los romanos conocieron el fasto asiático. La mayor parte de
los reyes de Asia eran y son todavía primos hermanos del Sol y de la Luna. Sus
vasallos no se atreven nunca a emparentar con ellos, y empalarían al que se
creyera pariente lejano de la Luna y del Sol.
Creo que fue Constantino el primer emperador romano que cargó la
humildad cristiana con el peso de nombres pomposos. Y aunque es cierto que
antes de su época se daba a los emperadores el título de dios, esta palabra no
la entendían como nosotros. Diciendo divus Augustus, divus Trajanus, querían
decir: santo Augusto, santo Trajano. Creían que era inherente a la divinidad
del Imperio romano que el alma de su emperador fuese al cielo después de la
muerte de éste, y con frecuencia daban el título de santo, de divus, al
soberano, como anticipándole el que debía adquirir después de su óbito. Por una
razón similar a ésta, a los primitivos patriarcas de la Iglesia católica les
daban el título de Vuestra Santidad para recordarles lo que habían de ser.
Algunos eclesiásticos se complacían a veces en darse a sí mismos títulos
modestos para que los demás les concedieran otros más honrosos. Hubo abad que a
sí mismo se llamaba hermano, pero exigía que los monjes de su comunidad le
llamaran monseñor. El papa toma el título de servidor de los servidores de
Dios. Un cándido sacerdote de Holstein que tuvo que escribir al papa, le
dirigió la carta con este encabezamiento: A Pío IV, servidor de los servidores
de Dios. Cuando fue a Roma en demanda de lo que solicitaba, la Inquisición le
metió en la cárcel para enseñarle cómo tenía que escribir al papa.
Antiguamente, al emperador se le daba el título de Majestad. Los demás
monarcas se llamaron Vuestra Alteza, Vuestra Serenidad, Vuestra Gracia. El
primer rey de Francia que obtuvo el tratamiento de Majestad fue Luis IX, título
no menos conveniente a la dignidad de la dinastía hereditaria que a la
monarquía electiva, no obstante, los sucesores de Luis XI siguieron llamándose
Altezas. Todavía conservamos cartas dirigidas a Enrique III en que le dan dicho
título. Los Estados de Orleáns se opusieron a que llamasen Majestad a la reina
Catalina de Médicis, pero poco a poco prevaleció este título.
El protocolo alemán siempre invariable en sus hábitos, opinó y continúa
opinando que a los reyes se les debe tratar de Serenidad. En el famoso tratado
de Westfalia, en que Francia y Suecia dictaron leyes al Sacro Imperio Romano,
los plenipotenciarios del emperador, en las exposiciones en latín que
presentaron, decían siempre que Su Sagrada Majestad Imperial establecía
convenios con los serenísimos reyes de Francia y de Suecia, y los franceses y
los suecos decían a su vez que las Sagradas Majestades de Francia y de Suecia
tenían que alegar agravios hechos por el Serenísimo Emperador.
Felipe II fue el primer soberano de España que obtuvo el título de
Majestad, porque la serenidad de Carlos V se tornó en Majestad cuando heredó el
imperio. Los hijos de Felipe II fueron los primeros infantes que obtuvieron el
título de Altezas, y luego se llamaron Altezas Reales. El duque de Orleáns,
hermano de Luis XIII, se otorgó el título de Alteza Real en 1631, y al
enterarse el príncipe de Condé tomó el de Alteza Serenísima, que nunca se
atrevieron a adoptar los duques de Vendome. El duque de Saboya no tardó en
cambiar el título de Alteza Real por el de Majestad, y el gran duque de
Florencia hizo lo propio. El zar, que hasta entonces en Europa le llamaban Gran
Duque, se llamó a sí mismo emperador y como tal le reconocieron todas las
naciones.
En Francia, el título de Monseñor a los obispos se dio en la época del
cardenal Richelieu; se les otorgaba el tratamiento de reverendísimo padre en
Dios, y antes de 1635 los obispos ni siquiera daban el tratamiento de Monseñor
a los cardenales. Esas dos costumbres las estableció cierto obispo de Chartres
que, revestido con la muceta y el roquete, rindió visita al cardenal Richelieu
llamándole Monseñor. Al saberlo Luis XIII, cuentan que dijo: «Ese obispo iría a
besar el culo al cardenal y metería en él la nariz hasta que el cardenal le
dijera ¡basta! ». Desde esa época los prelados de Francia se dan recíprocamente
el tratamiento de Monseñor.
En cambio, a los duques y pares les costó gran trabajo obtener dicho
título. La antigua nobleza y la magistratura se negaban a concedérselo.
El culmen del éxito del orgullo humano consiste en recibir títulos
honoríficos de los que crean ser iguales a nosotros, pero es difícil
conseguirlo porque siempre el orgullo choca con el orgullo. Cuando los duques
exigieron a los pobres hidalgos que los trataran de Monseñor, los presidentes
de las Audiencias lo exigieron también a los abogados y a los fiscales. Hubo un
presidente que se negó a dejarse sangrar porque su cirujano le preguntó: «¿De
qué brazo quiere el señor que le sangre?». Hubo un consejero del Tribunal
Supremo que todavía se expresó con mayor claridad; un litigante le dijo:
«Monseñor, el señor vuestro secretario…». Y el consejero le interrumpió
diciéndole: «Habéis dicho tres tonterías en tres palabras. No soy Monseñor, ni
mi secretario es señor. Es mi oficial».
Para acabar con este puntillo de la vanidad, en Francia tendrá que
llegar el día en que llamemos monseñor a todo el mundo. Cuando en España un
menesteroso encuentra a otro mendigo, le dice: a¿Vuestra merced ha tomado
chocolate?». Tratarse con tanta cortesía eleva el alma y conserva la dignidad
de la especie.
El duque de Epernón, que fue el primero de los gascones por su orgullo
pero no alcanzó a ser de los primeros como hombre del Estado, poco antes de
morir escribió al cardenal Richelieu una carta que concluía ofreciéndosele en
estos términos: «Vuestro más humilde y más obediente servidor». Pero después de
escrita y enviada, recordó que el cardenal sólo se había ofrecido en la suya
con un muy afectísimo. Envió inmediatamente un mensajero para recoger la carta
antes de llegar a su destino; escribió otra, puso en ella muy afectísimo, y
murió tranquilo.
CERTIDUMBRE, CERTEZA. Estoy en lo cierto, tengo amigos, mi fortuna
está asegurada, mis padres nunca me abandonarán, me harán justicia, el libro
que he escrito es bueno y será bien acogido, me deben y me pagarán, mi amante
será fiel porque lo ha jurado, el ministro me ascenderá en la carrera porque lo
ha prometido. Semejantes frases, un hombre con experiencia las borra de su
lenguaje.
Cuando los jueces sentenciaron a Langlade, Lebrun, Calas, Sirvent
Martín, Montbailly y tantos otros, que más tarde se reconoció que eran
inocentes, tenían la certeza o debieron tenerla de que eran culpables. Y se
equivocaron. Hay dos maneras de equivocarse, de juzgar mal: como hombre de
talento, y como hombre torpe. Los citados jueces se equivocaron como hombres de
talento en el proceso de Langlade; les cegaron apariencias que podían
deslumbrar y no examinaron detenidamente las apariencias contrarias. Su mismo
talento les llevó a la certeza de que Langlade había cometido el robo que no
cometió, y con la certidumbre incierta del espíritu humano sometieron a tortura
a un gentilhombre, le incomunicaron en un calabozo y le condenaron a galeras,
en las que murió. En otro calabozo encerraron a su esposa con una niña de siete
años que muchísimo más tarde contraería matrimonio con un magistrado del
Parlamento que sentenció a su padre a galeras y desterró a su madre.
Es indudable que los jueces no hubieran pronunciado dicha sentencia de
no haber tenido la certidumbre del delito. Sin embargo, cuando pronunciaron la
sentencia algunas personas sabían que el robo lo había cometido el sacerdote
Gagnad, en complicidad con un ladrón de caminos, y la inocencia de Langlade
sólo se reconoció después de su muerte. También estaban en lo cierto los jueces
que con una sentencia de primera instancia condenaron al suplicio de la rueda
al inocente Lebrun, el cual apeló, siendo confirmada la sentencia por los
jueces de segunda instancia. El desventurado Langlade murió a consecuencia de
las torturas que le infligieron.
Por ser sobradamente conocidos los procesos de Calas y de Sirvent
pasemos al de Martín, que no lo es tanto. Era un agricultor afincado en Lorena.
Un malvado le robó el traje que llevaba, se vistió con él y esperó en un camino
real a un viajero que debía pasar por allí cargado de oro y cuyo paso acechaba.
Acusado Martín de este delito, su traje constituye la prueba contra él y los
jueces la aceptan como cierta. Ni la buena conducta del acusado, ni su numerosa
familia virtuosamente educada, ni el no haberle encontrado dinero en casa,
prueban que no había desvalijado al muerto: nada pudo salvarle. El juez de
primera instancia cree contraer un mérito siendo riguroso y sentencia al
inocente a sufrir el suplicio de la rueda; el tribunal de la Tournelle confirma
esta sentencia y el anciano Martín muere en el suplicio, protestando ante Dios
de su inocencia. Al tiempo que se exponen sus miembros rotos en el camino real,
el verdadero culpable, el que cometió el robo y el asesinato, se ve encerrado
en una cárcel por haber cometido otro crimen, y en la misma tortura a que le
condenan confiesa que es el único culpable del delito que se había atribuido a
Martín.
En cuanto a Montbailly, fue acusado de haber matado a su madre en
complicidad con su mujer, cuando en realidad murió de apoplejía. Pero la
Audiencia de Arras le condenó a morir en el suplicio de la rueda y sentenció a
su mujer a morir quemada en la hoguera. Reconocieron la inocencia de ambos
esposos, pero tarde, después de cumplidas sus sentencias. Pasemos por alto la
multitud de semejantes hechos funestos que nos hacen lamentar la condición
humana, pero lamentémonos también de la certidumbre que creen tener los jueces
para dictar tales sentencias.
No puede haber certidumbre cuando física o moralmente es posible que las
cosas sean de otra manera. Siendo imprescindible hacer una demostración para
probar que la superficie de una esfera es equivalente a cuatro veces el área de
su círculo, ¿no será preciso tener prueba al canto para quitar la vida a un ser
humano mediante pavorosas torturas? Si tan malhadada es la humanidad que se ve
obligada a satisfacerse con verosímiles probabilidades, debe por lo menos parar
mientes en la edad, la clase, la conducta del acusado y el interés de sus
enemigos en perderle. La conciencia de cada juez debe preguntarse: «¿El mundo
entero no me condenará por haber pronunciado semejante sentencia?, ¿podré
dormir tranquilo con las manos teñidas en sangre inocente?».
De este cuadro horrendo pasemos a exponer otros ejemplos de una
certidumbre que conduce derechamente al error:
«¿Por qué vas cargado de cadenas, fanático santón? ¿Por qué oprimes tu
miembro viril con un anillo de hierro?» «Porque obrando tengo la certeza de que
ocuparé un día un sitio de preferencia en el paraíso y estaré al lado del gran
profeta.» «Ven, pobre viejo, ven conmigo al monte Athos, y allí verás a tres
mil miserables que tienen la certidumbre de que te hundirás en el golfo que
está al pie de la montaña y ellos ascenderán hasta el primer paraíso.»
«Detente, alocada viuda malabar: no creas a ese demente que te predica y
convence de que te reunirás con tu marido para gozar juntos los deleites de
otro mundo, arrojándote en la hoguera para que te abrasen las llamas.» «Quiero
morir quemada, porque si así lo hago, después de muerta viviré feliz con mi
marido en la otra vida: el brahmán me lo asegura.»
Si hubierais preguntado a todo el mundo, antes de la época de Copérnico,
«¿Ha salido o se ha puesto el sol, hoy?, todo el mundo os habría contestado que
estaban seguros de que habían acaecido ambas cosas.
Los sortilegios, las adivinaciones y las obsesiones, han sido
certidumbres para todos los pueblos durante muchos siglos.
Un joven que empieza a estudiar geometría y a quien se la explico, no ha
llegado todavía más que a la definición de los triángulos. «¿No es cierto —le
pregunto— que los tres ángulos de un triángulo son iguales a dos rectos?» El
joven me responde que no tiene la certeza de ello, ni siquiera tiene una noción
clara de esa proposición, pero se la demuestro y desde entonces lo considera
cierto y lo estará toda la vida. Esta certidumbre es diferente de las otras,
que sólo eran probabilidades, y que si se examinan se tornan en errores. En
cambio, la certidumbre matemática es inmutable y eterna.
Existo, porque pienso y siento el dolor; esto es tan cierto como una
verdad geométrica. Por la razón obvia de que esa verdad lo prueba el mismo
principio por el que es imposible que una cosa sea y no sea a la vez. Yo no
puedo a la vez existir y no existir, sentir y no sentir; al igual que el
triángulo no puede al mismo tiempo tener ciento ochenta grados, que constituyen
la suma de los dos ángulos rectos, y no tenerlos. La certidumbre física de mi
existencia y mi sentimiento y la certidumbre matemática tienen, pues, el mismo
valor, aunque sea de distinta clase.
No ocurre lo mismo con la certidumbre que se basa en las apariencias o
referencias de los hombres. ¿Me decís que no es cierto que existe Pekín? ¿No
tenéis en casa seda de esa ciudad? Personas de diferentes países, que piensan
de forma distinta, que escriben unas contra otras, pero que todas afirman que
existe Pekín, ¿no os confirman la existencia de esa ciudad? Contesto a esto que
es verdaderamente probable que cuando lo dijeron existiera una ciudad que se
llamara Pekín, pero no apostaría la vida a que esa ciudad existe hoy, y sí la
apostaría afirmando que los tres ángulos de un triángulo son iguales a dos
ángulos rectos.
CESAR. No vamos a ocuparnos aquí de Julio César como
marido de muchas mujeres, ni como mujer de muchos maridos, ni como vencedor de
Pompeyo y los Escipiones, ni como escritor satírico que puso en ridículo a
Catón, ni como malversador del erario público que se aprovechó de los
sestercios de los romanos para tiranizarles, ni como vencedor clemente que
perdonó a los vencidos, ni como sabio que reformó el calendario ni como tirano
y padre de su patria al que asesinaron sus amigos y su hijo bastardo. Únicamente
vamos a ocuparnos de él por descender de los bárbaros que subyugó y por
estimarle como hombre único.
No podéis visitar una sola ciudad de Francia, de España, de sobre el Rin
o de las riberas de Inglaterra, hacia Calais, sin que encontréis algunos pobres
hombres que se vanaglorien de haber tenido a César entre ellos. El vecindario
de Douvres está convencido de que César edificó su castillo, y los ciudadanos
de París que edificó el gran Chatelet. Hay señor de Francia que al enseñar una
vetusta torre que hoy utiliza para palomar, dice que César fue quien
proporcionó el sitio para sus palomos. Cada provincia disputa a la provincia
vecina el honor de haber sido la primera en la que César dio correas para los
estribos, y unas y otras aseguran que por este u otro camino pasó César cuando
vino a degollarnos, a engañar a nuestras mujeres, acariciar nuestros hijos, a
imponernos leyes y a llevarse el poco dinero que teníamos
Los hindúes son más circunspectos. Tienen noticias vagas de que un gran
bandido, que se llamaba Alejandro, irrumpió en su territorio con otros
bandidos, pero nunca se ocupan de este hecho. Un anticuario italiano de paso
por tierras de Bretaña, quedó asombrado al oír a los eruditos de Vannes
enorgullecerse de que su ciudad había servido de morada a Julio César.
«¿Conservaréis, sin duda, algunos monumentos de ese gran hombre?». «Sí —le
respondió uno de los eruditos—, os enseñaremos el sitio donde mandó ahorcar a
los seiscientos miembros que componían el Senado de nuestra ciudad.» Unos
ignorantes que en 1775 encontraron en el canal de Kerantrait un centenar de
postes, osaron decir en los periódicos que eran los restos de un puente que
construyó César, pero les he demostrado en un trabajo que publiqué en 1756 que
eran las horcas donde colgaron a los senadores. No hay ninguna ciudad en las
Galias que pueda decir otro tanto. César se ocupó de nosotros, y en sus
Comentarios refiere que somos inconstantes y que preferimos la libertad a la
esclavitud. Nos acusa de ser insolentes hasta el extremo de tomar rehenes de
los romanos, quienes también nos los tomaron, y no quisimos libertarlos hasta
que nos devolvieran los nuestros. Nos enseñó a vivir (1).»
(1) De bello gallico, libro III.
Esta conversación dio pie a una acalorada disputa entre los eruditos de
Vannes y el anticuario. La mayoría de los bretones no concebían que fuera digno
de encomio que los romanos engañaran una tras otra a todas las regiones de las
Galias, que se sirvieran de ellas sucesivamente para causar su ruina, que
asolaran una cuarta parte y que redujeran a la esclavitud las otras tres
cuartas partes de dichas regiones.
«Esos triunfos son pasmosos —replicó entusiasmado el anticuario—. Yo
llevo en el bolsillo una medalla que representa el triunfo de César en el
Capitolio; es una de las medallas mejor conservadas que existen.» Un bretón se
la quitó de la mano con brusquedad y la echó al río en cuanto el anticuario la
sacó del bolsillo para enseñarla. «Así querría yo ahogar a todos los que
emplean su talento y su poder en sojuzgar a los demás hombres. Antiguamente,
Roma nos engañó, nos desunió, nos oprimió y nos asesinó, y todavía hoy Roma
disfruta de muchos de nuestros beneficios. ¡Parece imposible que seamos, tanto
tiempo, tan humildes y obedientes! » En estos términos habló el rudo bretón.
Como colofón al anterior diálogo del bretón y el anticuario, permítaseme
añadir que Perrot de Ablancourt, traductor de los Comentarios de César, en la
dedicatoria al gran Condé, escribe: «¿No os parece, monseñor, que estáis
leyendo la vida de un filósofo cristiano al leer la vida del emperador?».
¡Valiente filósofo cristiano! Después de esto, me extraña que no le hayan
canonizado. Los que escriben dedicatorias dicen muchas bobadas.
CICERÓN. En Francia, con la decadencia de las artes,
en la época de las paradojas y del envilecimiento de la literatura, es cuando
se intenta menoscabar la fama de Cicerón. Y el que trata de deshonrar su
memoria es precisamente uno de sus discípulos: un hombre que ejerce su
ministerio defendiendo a los acusados al igual que Cicerón. Es un abogado que
estudió la elocuencia de ese gran maestro, un ciudadano que, como aquél parece
animado del amor al bien público: Simón Nicolás Enrique Llinguet. En su libro Canales
navegables de Picardía y toda Francia, obra escrita con miras patrióticas,
aunque poco prácticas, nos deja estupefactos la siguiente filípica contra
Cicerón, quien jamás hizo abrir canal alguno:
«El hecho más glorioso de la historia de Cicerón es el aborto de la
conspiración de Catilina, pero si bien se comprende, le dieron más importancia
de la que realmente tuvo en Roma. El peligro existía más en los discursos de
Cicerón que en la conjuración de Catilina, que sólo fue una conjura de
borrachos, fácil de dominar Ni el jefe ni sus secuaces habían tomado medida
alguna para asegurar el éxito de su crimen. En ese asunto, lo único
sorprendente es el sinnúmero de medidas que adoptó el cónsul y la facilidad con
que le dejaron sacrificar a su amor propio multitud de vástagos de diferentes
familias. Por otro lado, la vida de Cicerón está llena de detalles vergonzosos,
su elocuencia era venal y su alma pusilánime. Cuando el interés no inspiraba su
verbo, lo alentaba el miedo o la esperanza. El deseo de adquirir protectores le
movía a subir a la tribuna para defender sin pudor a hombres más deshonrosos y
peligrosos que Catilina. Entre sus clientes había muchos malvados y por ironía
singular de la justicia divina quitó la vida a uno de esos miserables, al que
el arte de su elocuencia había librado de los rigores de la justicia humana.»
Por más que diga el mencionado autor, la conjuración de Catilina ocasionó en
Roma gran perturbación y la puso en inminente peligro. Para desbaratar dicha
conjuración hubo que entablar una batalla tan sangrienta que la historia no
ofrece ejemplo de semejante carnicería, ni de valor tan intrépido. Los soldados
de Catilina, después de dar muerte a la mitad del ejército de Petreyo, murieron
todos, y Catilina pereció acribillado de heridas sobre un montón de cadáveres
que fueron hallados con la cara vuelta hacia el enemigo. No fue una conjura
fácil de dominar. César, que la favoreció, aprendió en ella a conspirar con
mejor éxito contra su patria.
Dice el referido autor que Cicerón defendía sin pudor a hombres más
deshonrados y peligrosos que Catilina. ¿Hacía algo semejante cuando defendió en
la tribuna a Sicilia contra Verres, y a la república romana contra Marco
Antonio? ¿Cuando impulsaba la clemencia de César en favor de Ligario y del rey
de Yotar? ¿Cuando con su elocuencia logró que obtuviera el derecho de ciudadano
el poeta Arquías? ¿Cuando, pronunciando un magnífico discurso en defensa de la
ley Manilia, consiguió que todos los romanos votasen en favor del gran Pompeyo?
Es cierto que abogó en favor de Milón, asesino de Clodio, pero éste se
hizo acreedor por su acción al fin trágico que tuvo. Clodio fue cómplice en la
conjuración de Catilina. Clodio era su mortal enemigo, sublevó a Roma contra él
y le castigó por haber salvado a Roma. Además, Milón era amigo suyo.
Uno no se explica que en nuestros días haya existido un escritor que
osara decir que Dios castigó a Cicerón por haber defendido al tribuno militar
Popilio Lena, y que la venganza divina hizo que le asesinara dicho tribuno.
Nadie sabe si Popilio Lena era o no culpable del crimen que justificó Cicerón
al defenderle, pero es indudable que ese monstruo fue culpable de la más vil
ingratitud, la más infame avaricia y la más execrable barbarie, al asesinar a
su bienhechor para cobrar la cantidad que le pagaron tres monstruos como él.
Sólo al referido escritor se le ocurrió considerar el asesinato de Cicerón como
un acto de la justicia divina. No se hubieran atrevido a tanto los triunviros.
Todos los siglos anteriores al nuestro han condenado y llorado la muerte del
padre de la elocuencia.
Reprochan a Cicerón que se vanagloriase con frecuencia de haber salvado
a Roma y amar excesivamente su gloria, pero no debemos olvidar que sus enemigos
trataban de empañarla. Un partido tiránico le condenó al destierro y demolió su
casa sólo porque preservó las casas de Roma del incendio con que Catilina las
amenazaba, y es justo vanagloriarse de nuestros servicios cuando los demás los
desconocen, y sobre todo cuando se consideran un crimen.
Todavía admiramos a Escipión porque contestó a sus acusadores estas
parcas, pero expresivas, palabras: «En tal día como hoy vencí a Aníbal; vamos a
dar gracias a los dioses». Fue a cumplir lo que dijo seguido por todo el pueblo
hasta el Capitolio, y nuestra simpatía le sigue aún cuando leemos ese rasgo de
la historia, aunque mejor hubiera sido rendir cuentas que salirse de la
cuestión pronunciando esas palabras.
El pueblo romano admiró también a Cicerón el día que finalizó su
consulado, cuando al verse obligado a prestar los juramentos ordinarios y
disponiéndose a arengar al pueblo, según era costumbre, se lo impidió el
tribuno Mebelo, que quería ultrajarle. Cuando Cicerón pronunció las palabras
«Lo juro», el tribuno le interrumpió para decir que no permitiría que dirigiera
la palabra al público. El pueblo, al oírlo, elevó un inmenso murmullo. Cicerón
se detuvo un momento, y esforzando su voz noble y sonora, dijo por toda arenga:
«Juro que he salvado a la patria». Entusiasmado, el pueblo gritó: «Nosotros
juramos que dice la verdad». Fue el momento más hermoso de la vida de Cicerón.
Así es cómo se debe amar la gloria.
Es imposible no estimar a Cicerón si se estudia su conducta como
gobernador de Sicilia, que entonces era una de las provincias más importantes
del Imperio romano, porque confinaba con Siria y con el imperio de los partos.
Su capital era Laodicea, una de las más hermosas ciudades de Oriente, y esta
provincia estaba entonces tan floreciente como hoy decadente en poder de los
turcos, que nunca conocieron ningún Cicerón. Empezó por proteger a Ariobarzane,
rey de Capadocia, rehusando los regalos que dicho rey quería entregarle. En
plena paz, los partos marchan sobre Antioquía. Cicerón acude allí, alcanza a
los partos después de una marcha forzada por el monte Taurs, y les obliga a
huir persiguiéndoles en su retirada. Su general Orzaco perece con gran parte de
su ejército. Desde allí corre a Pendenissum, capital de un país aliado con los
partos, la ocupa y somete dicha provincia. A continuación se lanza contra los
pueblos llamados tiburamiens, los derrota y sus tropas le otorgan el título de
emperador, que conservó toda su vida. En Roma hubiera obtenido los honores del
triunfo si Catón no se hubiera opuesto, obligando al Senado a que decretara
festejos y dar gracias a los dioses cuando se debían dar a Cicerón.
Si tenemos presente la equidad y el desinterés de Cicerón durante su
gobierno, su actividad y afabilidad, dos virtudes que rara vez van unidas, y
los beneficios que reportó a los pueblos que gobernó como soberano absoluto, es
preciso estimar a hombre tan recto. Si tenemos en cuenta que fue el primer
romano que introdujo la filosofía en Roma, que sus Tusculanas y su libro de la
Naturaleza de los dioses son las dos obras más hermosas que ha escrito la
sabiduría humana y que su Tratado de los oficios es el libro más útil que se ha
escrito bajo el aspecto moral, es todavía más imposible no estimar a un sabio
como Cicerón. Compadezcamos a quienes no los han leído, pero compadezcamos más
a quienes no le rinden justicia.
CIELO DE LOS ANTIGUOS. Si el gusano de seda denominara cielo a la
pelusilla que forma su capullo, razonaría igual que lo hicieron los antiguos
dando a la atmósfera el nombre de cielo, que es, como dice Fontenelle, la seda
de nuestro capullo. Los antiguos creyeron que los vapores que exhalan los mares
y la tierra y que forman las nubes, los meteoros y los truenos, eran la morada
de los dioses. En las obras de Homero, los dioses descienden siempre de nubes
áureas y por eso todavía hoy los pintores los representan sentados en una nube.
Podían sentarse sobre el agua, pero era justo que el primero de los dioses,
Júpiter, estuviera sentado con más comodidad que los otros, y le concedieron un
águila como atributo, porque el águila vuela más alto que las demás aves.
Viendo los primitivos griegos que los señores de las urbes vivían en
ciudadelas, en las cumbres de las montañas, convinieron en que los dioses
debían residir también en alguna ciudadela y la situaron en Tesalia, en las
cumbres del monte Olimpo, cuya cima es tan alta que con frecuencia la cubren
las nubes. Así, desde el palacio de los dioses se podía pasar fácilmente al
cielo.
Las estrellas y planetas, que parecen estar tachonados en la bóveda azul
de nuestra atmósfera, se convirtieron en morada de los dioses; siete de ellos
tuvieron su planeta para residir, y los otros se alojaron donde pudieron. Los
dioses celebraban consejo general en una vasta estancia a la que iban por la
Vía Láctea, pues necesitaban tener una sala en el aire ya que los hombres
tenían casas de reunión en la tierra.
Cuando los titanes, especie de seres fabulosos intermedia entre los
hombres y los dioses, declararon a éstos una guerra casi justa reclamando parte
de la herencia paterna, puesto que eran hijos del cielo y de la tierra,
pusieron dos o tres montañas unas sobre otras creyendo que sería suficiente
para escalar el cielo y la ciudadela del Olimpo. Sin embargo, la distancia
desde la tierra a esos astros es de seiscientos millones de leguas, lo que no
es óbice para que Virgilio diga:
Sub pedibusque videt nubes et sidera Daphnis (Dafne ve bajo sus pies los
astros y las nubes). ¿Dónde estaba, pues, Dafne?
En el teatro y en otros lugares más serios hacen descender a los dioses
entre nubes y truenos, o lo que es lo mismo, pasean a Dios en los vapores de
nuestro Globo. Tales ideas son tan conformes a nuestra debilidad que nos
parecen grandes.
Esa física de niños y viejas trae su origen de la más remota Antigüedad.
Créese, sin embargo, que los caldeos tenían ideas casi tan exactas como
nosotros de lo que denominamos cielo. Situaban al sol en el centro del mundo
planetario, casi a la distancia que hemos reconocido que existe de nuestro
Globo y sabían que la tierra y algunos planetas giraban alrededor de ese astro.
Esto es lo que asegura Aristarco de Samos, y es con escasa diferencia, el
sistema del mundo que Copérnico perfeccionó después. Pero los filósofos se
guardan el secreto para ellos con el fin de ser más respetados por los reyes y
el pueblo, o quizá para no ser perseguidos.
El lenguaje del error es tan familiar para los hombres que todavía
denominamos cielo a los vapores y al espacio entre la tierra y la luna. Decimos
subir al cielo, como decimos que el sol sale y se pone, pese a que sabemos que
el sol está fijo y no se mueve. Probablemente, la tierra será cielo para los
habitantes de la luna, y cada planeta situará su cielo en el planeta más
cercano.
Si hubieran preguntado a Homero en qué cielo estaba el alma de Sarpedón
y dónde la de Hércules, Homero no hubiera sabido qué contestar y habría salido
del apuro escribiendo versos armoniosos. ¿Qué seguridad podían tener de que el
alma de Hércules se hubiera encontrado más a gusto en Venus, o Saturno, que en
nuestro Globo? ¿Se encontraría acaso en el sol? No era presumible que debía
estar en ese horno. En fin, ¿qué entendían por cielo los antiguos? No lo
sabían. Decían siempre el cielo y la tierra, como si dijeran el infinito y un
átomo. Rigurosamente hablando, no existe el cielo; existe una cantidad fabulosa
de esferas que ruedan en el espacio, y nuestro Globo que rueda como los demás.
Los antiguos creyeron que ir a los cielos era ascender, pero no se
asciende de un globo a otro porque los globos celestes unas veces están encima
y otras debajo de nuestro horizonte. Por ejemplo, supongamos que la diosa
Venus, habiendo venido de Pafos, regresara a su planeta cuando éste se hubiera
puesto. Venus no ascendería, con relación a nuestro horizonte, sino que
descendería‑ en este caso debíamos decir descendió al cielo. Pero los antiguos
no estaban tan civilizados y sólo tenían ideas vagas, inciertas,
contradictorias sobre todo en física. Se han escrito gruesos volúmenes para
saber lo que pensaban en cuestiones de esta índole, y sólo dos palabras
hubieran sido suficientes para decir que no pensaban nada. De esa regla general
deben excluirse unos pocos sabios que llegaron tarde, desarrollaron sus
pensamientos y, cuando se atrevieron a sacarlos a la luz, los charlatanes del
mundo los enviaron al cielo por el camino más corto.
Un escritor llamado Pluche pretende demostrar que Moisés era un gran
físico; otro, antes que él, llamado Juan Amerpoel, se propone conciliar a
Moisés con Descartes asegurando que aquél fue el inventor de los torbellinos y
de la materia sutil, pero lo asegura baldíamente, porque todos sabemos que Dios
hizo de Moisés un legislador y un profeta, pero no pretendió que fuera un
profesor de física. Dictó leyes a los judíos, pero no les enseñó una palabra de
filosofía. Dom Calmet, que ha compilado mucho, pero que nunca razona, se ocupa
del sistema de los hebreos, pero ese pueblo tosco estaba muy lejos de tener un
sistema, pues siquiera tuvo escuela de geometría e incluso desconocía ese
nombre. Su única ciencia consistía en sacar sustanciosas ganancias como cambista
y usurero. En sus libros se encuentran algunas ideas oscuras, incoherentes y
dignas de un pueblo bárbaro en lo tocante a la estructura del cielo. Su primer
cielo era el aire y el segundo el firmamento, en el que están prendidas las
estrellas. Ese firmamento era sólido y de hielo y contenía las aguas
superiores, que se vertieron de su recipiente por puertas, esclusas y cataratas
en la época del diluvio.
Encima del firmamento o de las aguas superiores existía el tercer cielo
que llamaban empíreo, a donde fue arrebatado san Pablo. Dicho firmamento era
una especie de bóveda que abarcaba la tierra. El sol no podía dar la vuelta a
un Globo que ellos no conocieron. En cuanto llegaba a Occidente regresaba a
Oriente por un camino desconocido y no se le veía volver, porque, como dice el
barón Toeneste, volvía de noche.
Tales ideas las adquirieron los hebreos de otras naciones. La mayoría de
ellas, salvo la escuela de los caldeos, creían que el cielo era sólido y la
tierra, fija e inmóvil, era más larga desde Oriente hasta Occidente que desde
el Mediodía al Norte. De aquí provienen las palabras longitud y latitud que
hemos adoptado. Profesando esas ideas era imposible que existieran los
antípodas. Por eso san Agustín dice que es un absurdo creer que existanfi y
Lactancio afirma categóricamente que hay gentes bastante dementes que creen que
existen hombres cuya cabeza está más baja que sus pies. En el libro III de sus
Instituciones, añade: «Puedo demostraros con argumentos que es imposible que el
cielo rodee la tierra». San Crisóstomo asegura que yerran los que creen que los
cielos son movibles y tienen forma circular.
Inútilmente, el autor del Espectáculo de la Naturaleza quiere dar el
espaldarazo de filósofo a Lactancio y a Crisóstomo, porque cualquiera podrá
contestarle que los dos fueron santos, pero que para ser santos no es
imprescindible ser buenos astrónomos.
CIELO MATERIAL. Una ilusión óptica hace que desde nuestro
pequeño Globo contemplemos cómo una bóveda rebajada aunque no exista más bóveda
que nuestra atmósfera, que no está rebajada; que veamos siempre rodar los
astros por esa bóveda y como en un mismo círculo, aunque no existan más que
cinco planetas principales, diez lunas y un anillo que caminan como nosotros
por el espacio; que nuestro sol y nuestra luna nos parezcan siempre un tercio
mayores en el horizonte que en el cénit aunque estén más cerca del observador
en el cénit que en el horizonte.
Así es como vemos el cielo material. Por esta ilusión óptica vemos los
planetas tan pronto retrógrados como estacionarios, y no son ni uno ni lo otro.
Si nos halláramos en el sol, veríamos todos los planetas y los cometas girar
con regularidad a su alrededor en las elipses que Dios les asigna, pero estamos
en el planeta que denominamos Tierra, es decir, en un rincón desde el que no
podemos disfrutar de todos los espectáculos. Por tanto, no acusemos con
Malebranche de error a nuestros sentidos porque las leyes invariables de la
naturaleza, emanadas de la voluntad inmutable del Creador y proporcionadas a la
constitución de nuestros órganos, no pueden ser erróneas.
Sólo podemos ver la apariencia de las cosas, pero no su realidad. Igual
nos engañamos cuando el sol, ese astro que es un millón de veces más grande que
la tierra, nos parece liso y de dos pies de anchura, igual que en un espejo
convexo vemos un hombre en la dimensión de unas pulgadas.
Si los magos caldeos fueron los primeros que se aprovecharon de la
inteligencia con que Dios los dotó para medir y colocar en su sitio los globos
celestes otros pueblos más toscos no les imitaron. Esos pueblos infantiles y
salvajes imaginaron que la tierra era llana, que estaba sostenida en el aire,
no sé cómo, quizá por su propio peso; que el sol, la luna y las estrellas
caminaban continuamente por un arco de bóveda sólido que llamaron firmamento;
que ese arco conducía las aguas, teniendo puertas de espacio en espacio, y las
aguas salían por ellas para humedecer la tierra. Pero, ¿cómo reaparecían el sol
la luna y los demás astros después de haberse puesto? No lo sabían. El cielo
tocaba con la tierra llana, por tanto no había medio de que el sol, la luna y
las estrellas girasen por debajo de la tierra y fueran a aparecer en Oriente
después de haberse puesto en Occidente. Es cierto que esos ignorantes tenían
razón por casualidad, al no concebir que el sol y las estrellas fijas girasen
alrededor de la tierra, pero ni por asomo podían sospechar que el sol estuviera
inmóvil y que la tierra con su satélite girara alrededor de él con los demás
planetas. Había más distancia desde sus suposiciones hasta el verdadero sistema
del mundo que la hay desde las tinieblas a la luz.
Creían que el sol y las estrellas volvían por caminos desconocidos
después de haber descansado en su carrera, en el mar Mediterráneo, sin saber
concretamente en dónde. No conocían otra astronomía hasta la época de Homero,
que es más reciente, dado que los caldeos guardaban en secreto su ciencia con
el fin de que el pueblo los respetara. Homero dice repetidas veces que el sol
se sumerge en el océano, donde reposa con el frescor de las aguas durante la
noche, y pasada ésta se dirige al sitio por donde ha de salir siguiendo caminos
que ignoran los mortales:
Dado que entonces la mayor parte de los pueblos de Siria y los griegos
conocían algo de Asia y una pequeña parte de Europa, pero no tenían noción
alguna de los países que estaban al norte del Ponto Euxino y al mediodía del
Nilo, se figuraron que la tierra era un tercio más larga que ancha, y que por
consiguiente el cielo, que estaba tocando con la tierra y la abarcaba, era
también más largo que ancho. De ahí provienen los grados de longitud y de
latitud, cuyos nombres conservamos, aunque dichos grados han sufrido cambios.
El Libro de Job, debido a un antiguo árabe que tenía algún conocimiento
de la astronomía, puesto que se ocupa de las constelaciones, se expresa en
estos términos: «¿Dónde estabais cuando abrí los cimientos de la tierra? ¿Quién
tomó de ella las dimensiones y sobre qué base? ¿Quién puso la piedra angular?».
El estudiante menos aprovechado le hubiera contestado hoy. La tierra no tiene
piedra angular, ni base, ni cimientos. Y respecto a sus dimensiones, las
conocemos perfectamente, porque desde Magallanes hasta Bougainville, varios
navegantes han dado la vuelta al mundo. El mismo estudiante dejaría
boquiabierto al declamador Lactancio y a todos los que antes y después de él
han dicho que la tierra está fundada en el agua y que el cielo no puede estar
debajo de la tierra y que, por lo tanto, es absurdo e impío suponer que existan
los antípodas.
Es curioso leer el desdén y la compasión que inspiran a Lactancio los
filósofos que, desde hace cuatrocientos años, empezaron a conocer el curso
aparente del sol y de los planetas, la redondez de la tierra, la diafanidad de
los cielos, cuyo espacio recorren los planetas dentro de sus órbitas, etc., lo
que hace exclamar al citado escritor: «Es incomprensible por qué gradación los
filósofos han llegado al extremo de la locura al creer que la tierra es una
bola y de rodearla de cielo». El mismo estudiante replicaría a los teólogos que
se expresan de igual modo dándoles la siguiente lección. Sabed que no existen
cielos sólidos colocados unos sobre otros, como habéis supuesto, que no existen
círculos reales en que los astros giren dentro de un supuesto disco‑ sabed que
el sol ocupa el centro del mundo planetario, y que la tierra y demás planetas
giran a su alrededor en el espacio, no trazando círculos, sino elipses. Sabed
que no hay arriba ni abajo, porque los planetas y los cometas tienden todos
hacia el sol, que es su centro, y el sol tiende hacia ellos por la ley de la
gravitación eterna.
Lactancio y los demás charlatanes que han opinado como él se quedarían
pasmados si vieran cómo es, en realidad, el sistema del mundo.
CIRCUNCISIÓN. Cuando Herodoto repite textualmente lo que le
refirieron los bárbaros de los países por donde viajó, nos cuenta tonterías
como la mayor parte de los viajeros, pero no nos exige que le creamos cuando
nos narra las aventuras de Giges y de Candale; ni la de Arión montado en un
delfín; ni cuando nos dice que, habiendo relinchado el caballo de Darío,
declaró rey a su dueño, ni otras muchas historietas, aptas para divertir a los
niños. Pero cuando Herodoto habla de lo que ha visto, de las costumbres de los
pueblos que estudió, de las antigüedades que conoce, entonces es un historiador
que habla a los hombres.
«Parece ser —dice en el libro de Euterpes— que los habitantes de
Cólquida son originarios de Egipto. Y lo creo así más por convicción que por lo
escuchado, ya que he visto que en Cólquida se acuerdan más de los antiguos
egipcios que en Egipto de las antiguas costumbres de los colcos. Esos
habitantes de las riberas del Ponto Euxino creen provenir de una colonia que
estableció Sesostros, y lo juzgo así, no sólo porque son morenos y tienen el
pelo atezado, sino también porque los pueblos de Cólquida, de Egipto y de
Etiopía son los únicos del mundo que se hacen circuncidar, y los fenicios y
palestinos confiesan que han tomado la circuncisión de los egipcios. Y los
sirios, que habitan las márgenes del Termodón y de Patenia, y los macrous, sus
vecinos, confiesan que hace poco tiempo que han admitido tal costumbre de
Egipto. Dicha costumbre, considerada como ceremonia, es antiquísima en Etiopía
y en Egipto. No podré asegurar qué país la tomó del otro, pero es verosímil que
los etíopes la adoptaron de los egipcios, como, por contra, los fenicios
suprimieron la costumbre de circuncidar a los recién nacidos cuando dejaron de
tener comercio con los griegos.»
A la vista de este pasaje de Herodoto, es evidente que varios pueblos
habían tomado la circuncisión de Egipto. Ahora bien, ninguna nación cree haber
tomado esta costumbre de los hebreos. Por lo tanto, ¿a quién debemos atribuir
el origen de esta costumbre, a la nación de la que confiesan haberla adquirido
varios pueblos o a otra menos poderosa, comercial y menos guerrera, situada en
un rincón de la Arabia Pétrea, que no ha transmitido ninguna costumbre a los
demás pueblos?
Los hebreos dicen que antiguamente los recibieron por compasión en
Egipto. Por lo tanto, ¿no es verosímil que el pueblo pequeño imitara esa
costumbre de un pueblo grande, y que los hebreos la adquirieran de sus señores?
Clemente de Alejandría nos cuenta que, viajando Pitágoras por Egipto, se
vio obligado a circuncidarse para ser admitido en sus misterios. Era, pues,
imprescindible estar circuncidado para pertenecer a la clase de los sacerdotes
de Egipto, que ya existían cuando José llegó a dicho país, clase antigua y
celadora de las ceremonias con escrupulosa exactitud.
Los hebreos confiesan que permanecieron durante doscientos cinco años en
Egipto y que no se circuncidaron en ese espacio de tiempo. Es obvio, pues, que
durante esos dos siglos los egipcios no adoptaron la circuncisión de los
hebreos. ¿Podían adoptarla acaso después, cuando los hebreos les robaron los
vasos sagrados que les prestaron y huyeron al desierto, según su testimonio?
¿Adoptaría el amo la principal muestra de la religión de un esclavo ladrón y
fugitivo? Eso sería obrar contra la naturaleza humana.
El libro de Josué dice que los hebreos fueron circuncidados en el
desierto. He aquí sus palabras: «Os he librado de lo que constituía vuestro
oprobio en Egipto». ¿Qué oprobio pudo ser éste para las gentes que se hallaban
entre los pueblos de Fenicia, los árabes y los egipcios, que los hacía
despreciables a los ojos de los tres países mencionados? ¿Cómo pudieron
librarse de ese oprobio? Cortándoles un trozo de prepucio. ¿No es éste el
sentido lógico del pasaje?
El Génesis dice que Abrahán había sido circuncidado anteriormente, pero
Abrahán residió algún tiempo en Egipto, que desde hacía mucho era un reino
floreciente y estaba gobernado por un rey poderoso; nada tiene de particular,
pues, que en un reino tan antiguo estuviera ya establecida la circuncisión.
Además, la circuncisión de Abrahán no tuvo consecuencias y su descendencia no
se circuncidó hasta la época de Josué.
Antes de esta época, los hebreos confiesan que adoptaron varias
costumbres de los egipcios. Les imitaron en muchos sacrificios y ceremonias, en
los ayunos que observaban en las fiestas de Isis, en las abluciones y en
raparse la cabeza los sacerdotes. El incienso, el candelabro, el sacrificio del
buey, la purificación mediante el hisopo, la prohibición de comer cerdo y el
horror que profesaban a los utensilios de cocina de los extranjeros, todo
demuestra que los hebreos, a pesar de la aversión que sentían hacia la
ilustrada nación egipcia, conservaron múltiples costumbres de sus antiguos
amos. No debe extrañarnos, pues, que los hebreos imitaran a los egipcios en la
circuncisión, como lo hicieron los árabes.
No resulta extraordinario que Dios, que santificó el bautismo, tan
antiguo en los pueblos asiáticos, lo realizara también con la circuncisión, que
no es menos antigua en los pueblos africanos.
El pueblo hebreo adoptó esta costumbre desde la época de Josué y la ha
conservado hasta nuestros días. Los árabes han hecho otro tanto pero los
egipcios, que en los primitivos tiempos circuncidaban a los muchachos y
doncellas, andando el tiempo excluyeron de esta operación a las doncellas y
únicamente la reservaron para los sacerdotes, astrólogos y profetas. Así lo
afirman Clemente de Alejandría y Orígenes; en efecto, ninguno de los Tolomeos
fue circunciso.
Los escritores latinos, que tratan a los hebreos con profundo desprecio,
tratan con más miramiento a los egipcios. En Egipto rige todavía la costumbre
de la circuncisión, pero es porque el mahometismo la adoptó de Arabia.
La ceremonia de la circuncisión es ciertamente extraña, pero debemos
notar que en todas las épocas los sacerdotes de Oriente se consagraron a sus
divinidades por medio de señales particulares. Los sacerdotes de Baco se
grababan con un punzón una hoja de hiedra en el cuerpo. Luciano dice que los
adeptos de la diosa Isis se imprimían varios caracteres en el cuello. Los
sacerdotes de Cibeles se castraban.
Hay motivos para suponer que los egipcios, que reverenciaban el órgano
de la generación y llevaban la imagen de éste con gran pompa en las
procesiones, quisieran ofrecer a Isis y a Osiris, divinidades que engendraron
cuanto existe en el mundo, parte del órgano que esas divinidades quisieron que
sirviera para perpetuar el género humano. Las antiguas costumbres orientales
son tan diferentes de las nuestras que ninguna debe parecer extraordinaria al
hombre que tiene instrucción. El occidental queda sorprendido cuando le dicen
que los hotentotes extirpan un testículo a sus hijos pequeños, y los hotentotes
quizá se sorprenderían si les dijeran que en Occidente se conserva a los niños
los dos testículos.
CIRO. Muchos autores, entre ellos el erudito Rollin, nos
aseguran que Javan, a quien se supone padre de los griegos, era nieto de Noé.
Lo creo como creo que Perseo fue el fundador del reino de Persia. Únicamente me
aflige que los griegos no hayan conocido nunca a Noé, verdadero progenitor de
su raza. En otra parte ya manifesté el asombro y la pena que me causaba que
Adán, primer padre de todos los humanos, fuera desconocido desde el Japón hasta
el estrecho de Le Maire, salvo un pequeño pueblo, piojoso y miserable, y aun
éste le conoció bastante tarde. La ciencia genealógica es, sin duda, cierta,
pero muy difícil.
Las dudas que me turban no se refieren a Javan, a Noé, ni a Adán sino a
Ciro, ya que no sé qué leyenda de las inventadas sobre Ciro es preferible, si
la de Herodoto, la de Clesias, la de Jenofonte, la de Diodoro o la de Justino,
porque todas se contradicen. No acierto a comprender por qué se han obstinado
en llamar Ciro a un bárbaro que se llamaba Kosru, y Cirópolis y Persépolis a
dos ciudades que tampoco se llamaban así.
Pasando por alto todo cuanto se ha dicho del gran Ciro, así como el
relato novelesco que lleva su nombre y los viajes que el escocés Ramsay le hace
emprender, únicamente me valdré de algunos datos tomados de los hebreos sobre
Ciro.
Conste, desde luego, que ningún historiador ha escrito una palabra de
los hebreos en la historia de Ciro, y que los israelíes son los únicos que
hacen mención de sí mismos al ocuparse de dicho soberano. Se parecen en cierto
modo a esas personas que dicen, hablando de los superiores a ellas «sí,
conocemos a los señores, pero los señores no nos conocen». Igual cabe decir de
Alejandro respecto a los judíos. Ningún historiador de Alejandro inmiscuye el
nombre de éste con el de los hebreos, lo cual no impide a Flavio Josefo decir
que Alejandro fue a rendir homenaje a Jerusalén y que adoró al pontífice judío
Jaddus, quien en tiempos anteriores le había pronosticado que conquistaría
Persia. Cuando Tarik conquistó España, los judíos le dijeron que ellos lo
habían profetizado, y similares predicciones hicieron a Gengis Kan, a Tamerlán
y a Mahoma.
Que Dios me libre de comparar los profetas hebreos con esos aduladores
que dicen la buenaventura, que halagan a los victoriosos y les predicen lo que
ya ha acontecido. Haré notar únicamente que los hebreos aducen testimonios
respecto a Ciro cerca de ciento sesenta años antes de que éste viniera al
mundo.
Isaías, en el capítulo XLV, versículo 1, dice: «He aquí lo que dijo el
Señor a Ciro, que es mi Cristo, que he llevado de la mano para que conquistara
naciones, para poner en fuga a los reyes, para abrir todas las puertas.
Caminaré delante de ti, humillaré a los grandes, romperé los cofres y te
entregaré el dinero que encierren para que sepas que soy el Señor».
Algunos comentaristas no pueden digerir que el Señor dé el nombre de
Cristo a un pagano, adicto a la religión de Zoroastro, y osan decir que los
hebreos, como todos los débiles, adulaban a los poderosos porque supieron esas
predicciones en favor de Ciro. Esos comentaristas no respetan más a Daniel que
a Isaías, y tratan las profecías que se atribuyen a Daniel con igual desprecio
que san Jerónimo manifiesta respecto al episodio de Susana, al del dragón de
Belo y al de los tres niños del horno. Amén de que no parece que estimen a los
profetas.
Algunos de ellos sostienen que es teológicamente imposible ver claro el
porvenir, que es una flagrante contradicción ver lo que no existe, porque el
futuro no existe, y por tanto no puede verse, y añaden que fraudes de esos los
hay innumerables en todas las naciones y que debemos desconfiar de todo en la
historia antigua. Dicen, además, que si hay alguna predicción formal es la del
descubrimiento de América, que se encuentra en Séneca el Trágico, y la de las
cuatro estrellas del polo Antártico, que profetizó Dante. A nadie, sin embargo
se le ha ocurrido decir que son adivinos Dante y Séneca. Nosotros, lejos de
apoyar la opinión de esos comentaristas, nos concretamos a ser extremadamente
circunspectos con los profetas de nuestros días.
No se sabe si Ciro murió de muerte natural o decapitado por orden de
Tomiris. Confieso que me alegraría que tuvieran razón los que opinan que le
cortaron la cabeza. Es ejemplarizante que esos ilustres ladrones de caminos
reales, que devastan y ensangrientan el mundo, encuentren castigo en la tierra.
Diríase que Ciro fue destinado a servir de tema a la novela. Jenofonte
la empezó y, por desgracia, la terminó Ramsay. Como prueba del triste sino que
espera a los héroes, éste deparó a Ciro la desventura de ser el protagonista de
una gran tragedia de Danchet, que es desconocida. La Ciropedia, de Jenofonte,
es más conocida porque la escribió un griego. Los Viajes de Ciro no lo son
tanto, pese a que están impresos en francés e inglés, y se prodiga en ellos la
erudición. Lo divertido de la novela Viajes de Ciro estriba en encontrar un
Mesías en todas partes, lo mismo en Menfis, en Babilonia, en Tiro, que en
Jerusalén. El autor, que fue cuáquero, anabaptista, anglicano y presbiteriano,
termina por convertirse en partidario del ilustre autor del Telémaco. Más tarde,
llegó a ser preceptor del hijo de un gran señor y le hizo creer que había
nacido para instruir al universo y gobernarlo. Por eso da lecciones a Ciro para
que llegue a ser el mejor rey del universo y el teólogo más ortodoxo. Le hace
asistir a la escuela de Zoroastro y luego a la del judío Daniel, el mejor de
los filósofos conocidos, porque no sólo interpretaba los sueños, sino que
adivinaba cuanto se había soñado, cosa que nadie pudo hacer nunca. Ciro
mantiene largas conversaciones con el rey Nabucodonosor en la época en que era
toro y Ramsay hace que Nabucodonosor rumie profunda teología. No es de
extrañar, pues, que el príncipe Turena, para quien escribió esta obra, mejor
que leerla prefiriese ir de caza o a la ópera.
CLERO. Del celibato de los clérigos. Hablaremos de los primeros siglos de la Iglesia, en que estaba permitido
contraer matrimonio a los clérigos, y digamos en qué época se prohibió.
Hay constancia de que los clérigos, en vez de sentirse atraídos al
celibato por la religión hebraica, eran inducidos por ésta a casarse, no sólo
por seguir el ejemplo que les dieron los patriarcas, sino también por que era
vergonzoso no tener descendencia. A pesar de ello, en los tiempos que
precedieron a las últimas calamidades de los judíos pululaban por Israel las
sectas de los rigoristas, esenios, terapeutas y herodianos, y en algunas, como
la de los esenios y los terapeutas, los más devotos permanecían célibes.
Guardaban continencia queriendo imitar la castidad de las vestales, que
instituyó Numa Pompilio, el ejemplo de la hija de Pitágoras, que fundó una
congregación de sacerdotisas de Diana, el de la pitonisa de Delfos y la
castidad más antigua de Casandra y de Chyrsis, sacerdotisas de Apolo.
Los sacerdotes de la diosa Cibeles no sólo hacían voto de castidad, sino
que se castraban por temor a infringir el voto. Plutarco dice que había
congregaciones de sacerdotes en Egipto que observaban el celibato.
Los primitivos cristianos, aunque observaban una vida tan pura como los
esenios y los terapeutas, no estimaron el celibato como una virtud. Ya he dicho
anteriormente que casi todos los apóstoles y sus discípulos estaban casados.
Pablo, en su Carta dirigida a Tito, dice: «Elegid por sacerdote al que tenga
una esposa e hijos fieles y no sean acusados de lujuria». Otro tanto le dice a
Timoteo: «El sacerdote vigilante debe ser marido de una sola mujer». Pablo da
tanta importancia al matrimonio que, en la misma Carta, dirigida a Timoteo,
dice: «Si la mujer prevarica, se salvará teniendo hijos».
Lo que ocurrió en el famoso Concilio de Nicea respecto a los sacerdotes
casados es digno de mención. Algunos obispos, apoyándose en Sozomenes y en
Sócrates, propugnaron la aprobación de una ley que prohibiera a los obispos y
sacerdotes acostarse con sus mujeres, pero san Pafuncio (mártir, obispo de
Tebas, en Egipto) se opuso vigorosamente a que se aprobara semejante ley,
diciendo «que es castidad acostarse con su mujer», y su opinión prevaleció en
el Concilio. Así lo refieren Suidas, Gelasio, Ciciceno, Casiodoro y Nicéforo
Calixto.
Ese Concilio únicamente prohibió a los eclesiásticos tener en sus casas
agapetas y otras mujeres. Sólo podían tener su esposa, madres, hermanas, tías y
ancianas no sospechosas.
Desde esa época, la Iglesia recomendó el celibato, pero no ordenó que se
observara. San Jerónimo, que se consagró a la soledad, fue de todos los padres
el que hizo el mayor elogio del celibato de los sacerdotes, y sin embargo
siguió más tarde el partido de Carterio, obispo de España, que se casó dos
veces. «Si quisiera nombrar —dice— a todos los obispos que contrajeron segundas
nupcias, contaría muchos más obispos que los que asistieron al Concilio de
Rímini.»
Son innumerables los clérigos casados que vivieron con sus esposas.
Sidonio, obispo de Clermont, en Auvernia, en el siglo v casó con Papianilla,
hija del emperador Avitas. Simplicio, obispo de Bourges, tuvo dos hijos de su
mujer Paladia. San Gregorio Nacianceno fue hijo de otro Gregorio, obispo de
Nacianceno y de Nonna, que tuvo tres hijos: Cesario, Gorgonia y el citado
santo.
En la recopilación de los antiguos cánones figura una larga lista de
obispos que fueron hijos de sacerdotes. El papa Ozio era hijo del subdiácono
Esteban, y Bonifacio I hijo del sacerdote Jocondo. El papa Félix III era hijo
del sacerdote Félix y llegó a ser uno de los abuelos de Gregorio el Grande.
Proyecto fue padre de Juan II. El papa Silvestre era hijo del papa Hormidas.
Teodoro I nació del matrimonio de Teodoro, patriarca de Jerusalén, lo que hizo
reconciliar las dos Iglesias.
Tras algunos concilios celebrados inútilmente para que los clérigos
adoptaran el celibato, Gregorio VII excomulgó a todos los sacerdotes casados,
ya porque tuviera la Iglesia disciplina más rigurosa, ya por tener más sujetos
a Roma los obispos y sacerdotes de otros países y de esta manera no tuvieran
más familia que la de la Iglesia. Esa ley no se estableció sin grandes
oposiciones.
Nótese que el Concilio de Basilea depuso, al menos de palabra, al papa
Eugenio IV, y que al ser elegido sucesor Amadeo de Saboya se opusieron muchos
obispos porque ese príncipe había estado casado. Pero Eneas Silvio, que después
fue papa y se llamó Pío II, sostuvo que era válida la elección de Amadeo de
Saboya, afirmando «que no sólo el que haya estado casado, sino el que lo sea
actualmente, puede ser elegido». Al pronunciarse así, Pío II era consecuente.
Leed en la colección de sus obras las cartas que dirigió a su amante y os
convenceréis que está convencido de que es una demencia querer engañar a la
naturaleza, añadiendo que debemos guiarla, no destruirla.
Con todo, desde el Concilio de Trento ya no pudo haber discusiones sobre
el celibato de los clérigos en la Iglesia católica romana. Esta decisión hizo
separar de la Iglesia de Roma a todas las confesiones protestantes.
En la Iglesia griega, que hoy se extiende desde las fronteras de China
hasta el cabo de Matapán, los sacerdotes contraen matrimonio una vez. En todas
partes varían los usos y la disciplina, según las épocas y lugares.
CLIMA. Es obvio que el terreno y la atmósfera influyen en
las varias producciones de la Naturaleza, siendo más a propósito para unas que
para otras, empezando por el hombre y terminando por los guisantes.
En el siglo de Luis XIV, el ingenioso Fontenelle dijo: «Puede asegurarse
que las zonas tórrida y glaciales no son a propósito para el cultivo de las
ciencias. Hasta hoy no han conseguido pasar de Egipto y de Mauritania, por una
parte, y de Suecia por otra. No es quizá casual que se hayan contenido entre el
monte Atlas y el mar Báltico. Se ignora si éstos son los límites que la
naturaleza les marcó, o si podemos abrigar la esperanza de que existan algún
día sabios japoneses o negros».
Chardin, uno de los viajeros más sagaces y más profundos, al ocuparse de
Persia va todavía más lejos que Fontenelle. «La temperatura de los climas
cálidos —dice— enerva el espíritu y el cuerpo y disipa el fuego que necesita la
imaginación para inventar. Los hombres no son capaces, en esos climas, de pasar
largas veladas ni entregarse al continuo estudio que produce las obras de las
artes liberales y las artes mecánicas.»
Chardin olvidaba a buen seguro que Ladi y Lokman eran persas, que
Arquímedes nació en Sicilia, cuyo terreno es más cálido que las tres cuartas
partes de Persia, y que Pitágoras aprendió la geometría en el país de los
brahmanes. El abate Dubos sostuvo y desarrolló esa opinión de Chardin.
Cincuenta años antes que Chardin y que Dubos Bodin sentó las bases de su
sistema en sus obras República y Método de la historia en las que asegura que
la influencia del clima es el principio del gobierno de los pueblos y de su
religión. Eliodoro de Sicilia fue de esa opinión mucho tiempo antes que Bodin.
El autor del Espíritu de las leyes llevó esta idea más lejos que Dubos, Chardin
y Bodin, haciendo creer que él la había inventado, porque nunca faltan gentes
con más entusiasmo que talento.
Cabe preguntar a quienes propugnan que todo depende del clima: ¿Por qué
el emperador Juliano dijo en su Misopogón que le agradaban los parisienses por
la gravedad de su talante y la seriedad de sus costumbres, y por qué esos
mismos parisienses, sin que el clima haya variado, son hoy niños juguetones, a
los que el gobierno guía riéndose con latigazos, de los que se ríen después
inventando canciones con las que ponen en solfa a los gobernantes? ¿Por qué los
egipcios, que nos pintan los autores antiguos de carácter más grave que los
parisienses, constituyen hoy en día el pueblo más holgazán, frívolo y cobarde,
cuando antiguamente conquistaron casi todo el mundo, durante el reinado de
Sesostris? ¿Por qué en la Atenas moderna no nace hoy un Anacreonte, un Aristóteles
o un Zeuxis? ¿Por qué en la Roma actual, en vez de sobresalir un Cicerón, un
Catón o un Tito Livio, sólo existen ciudadanos que no osan hablar y un
populacho embrutecido cuya suprema felicidad estriba en comprar el aceite
barato y ver desfilar procesiones?
Cicerón, en sus cartas, se mofa de los ingleses y ruega a Quintio, su
hermano, lugarteniente de César, le diga si ha encontrado grandes filósofos en
su expedición a Inglaterra. No podía creer ni sospechar siquiera que dicha
nación pudiera producir más adelante tan nobles matemáticos que él no hubiera
podido entender. Sin embargo, el clima allí no ha cambiado, y el cielo de
Londres es hoy tan neblinoso como entonces.
Con el tiempo, todo cambia en el cuerpo y en el espíritu. Quizás un día
vengan los americanos a enseñar a los pueblos de Europa. Es cierto que el clima
tiene alguna influencia, pero no es menos evidente que el gobierno la tiene
mucho mayor; el gobierno y la religión, juntos, influyen mucho más.
El clima influye sobre la religión en materia de usos y ceremonias. No
costaría gran trabajo al legislador ordenar que los hindúes se bañasen en el
Ganges durante ciertas fases de la luna, porque el baño es un gran deleite para
ellos, pero apedrearían al que propusiera que tomaran un baño los pueblos rusos
que habitan en las cercanías de Arkangel. Prohibid que coma cerdo el árabe, que
contraería la lepra si lo comiera, y os obedecerá de buen grado. Prohibid lo
mismo al habitante de Westfalia y veréis como se subleva. La abstinencia del
vino es un excelente precepto en Arabia, donde los refrescos de naranja y limón
son idóneos para conservar la salud, pero Mahoma nunca hubiera prohibido beber
vino en Suiza, sobre todo antes de ir al combate.
Hay costumbres que son enteramente vanas. ¿Por qué los sacerdotes de
Egipto inventaron la circuncisión? No sería para conservar la salud. Cambises,
que los trató como merecían, y con él sus cortesanos y soldados, no se hicieron
recortar el prepucio y gozaban de buena salud. El clima no tiene nada que ver
con las partes genitales del sacerdote, que ofrecía su prepucio a Isis. Del
mismo modo que le ofrecían las primicias de los frutos de la tierra, le
dedicaban también las primicias del fruto de la vida.
Las religiones giraron siempre sobre estos dos ejes, observancia y
creencia. La observancia depende en gran parte del clima, pero la creencia no.
Lo mismo se puede imponer un dogma en el Ecuador que en el círculo polar; lo
mismo lo rechazarán en Batavia que en las Orcadas, y será aceptado ungivus et
rostro en Salamanca. Esto no depende del terreno ni del clima; depende
únicamente de la opinión, que es la reina del mundo.
Ciertas libaciones de vino servirán de precepto en el país donde abunden
las vides, y el legislador que instituya en Noruega misterios sagrados cuidará
de que se celebren con vino. Mandará también que se queme incienso en el ara
del templo, donde se degüellan animales en honor de la Divinidad y para que
sirvan de cena a los sacerdotes. Aquellas carnicerías que se llamaba templos
hubieran sido focos de infección si no las hubieran purificado continuamente.
Sin los aromas del incienso, la religión de los antiguos hubiera atraído la
peste. Hasta adornaban el interior de los templos con guirnaldas de flores para
purificar el aire.
En la cálida península de la India, no sacrificaban vacas porque esos
animales que nos suministran la leche son muy escasos en aquellos campos;
además, tienen la carne seca, dura como el cuero, es poco nutritiva y cara, por
lo que la vaca, en el mentado país, se convirtió en animal sagrado.
Entraban descalzos en el templo de Júpiter‑Ammón porque allí hacía un
calor excesivo, pero en los templos de Copenhague los devotos entran bien
calzados.
No ocurre lo mismo con el dogma. En todos los climas se creyó en el
politeísmo, y le fue tan fácil a un tártaro de Crimea como a un habitante de la
Meca reconocer la existencia de un Dios único, engendrador y no engendrado. Por
el dogma, más que por los ritos, se extiende una religión de un clima a otro.
El dogma de la unicidad de Dios pasó desde Medina hasta el monte Cáucaso, y el
clima cedió a la opinión.
Los árabes dijeron a los turcos: «Seguimos la costumbre de
circuncidarnos en Arabia sin saber a ciencia cierta por qué. Antiguamente los
sacerdotes de Egipto ofrecían a Osiris una pequeña parte de lo que les era más
precioso, y nosotros adoptamos esa costumbre tres mil años antes de ser
mahometanos. Os circuncidaréis, pues, como nosotros; tendréis la obligación de
acostaros, como nosotros, con una de vuestras mujeres todos los viernes, y de
entregar cada año a los pobres el dos y medio por ciento de vuestra renta. Sólo
bebemos agua porque se nos prohíben toda clase de licores, que en Arabia son
perjudiciales; y observaréis ese régimen aunque el vino os sea necesario en las
riberas del Tase y del Araxo Si queréis ir al cielo y tener buen sitio, ir en
peregrinación a la Meca» Los habitantes del norte del Cáucaso se sometieron a
esas leyes y profesaron una religión que no se fundó para ellos.
En Egipto, el culto idolátrico que se rendía a los animales sucedió a
los dogmas de Thaut. Los dioses de los romanos compartieron muy pronto con
Egipto el culto a los perros, los gatos y los cocodrilos. A la religión romana
sucedió el cristianismo, y éste fue sustituido por el mahometismo, que tal vez
ceda su sitio a una nueva religión.
En todas esas vicisitudes el clima no tuvo nada que ver; el gobierno lo
hizo todo. La religión cristiana, que nació en Siria y creció de modo
extraordinario en Alejandría, se extiende hoy por los países donde antiguamente
adoraron a Teutates, Irminsul y Odín.
En algunas naciones, ni el clima ni el gobierno han introducido la
religión. ¿Por qué causa se separaron el norte de Alemania, Dinamarca las tres
cuartas partes de Suiza, Holanda, Inglaterra, Escocia e Irlanda de la Iglesia
romana? Por la pobreza. Quisieron vender demasiado caras las indulgencias y la
salvación del purgatorio a unas almas cuyos cuerpos tenían entonces muy poco
dinero. Los prelados y los frailes arramblaban con todas las rentas de una
provincia, y esas naciones adoptaron una religión más barata. Después de
pelearse en varias guerras civiles se ha llegado a creer que la religión del
papa era buenísima para los grandes señores, y la protestante para los
ciudadanos.
COLECTA. Existen noventa y ocho órdenes monásticas en la
Iglesia, setenta y cuatro tienen rentas, y treinta y cuatro viven de las
colectas, sin obligación de trabajar corporal ni espiritualmente para ganarse
el pan, según confiesan ellos mismos, sino únicamente para evitar la ociosidad.
Como señores indiscutidos del mundo y partícipes de la soberanía de Dios
en el imperio del universo, tienen el derecho de vivir a expensas del pueblo y
hacer lo que se les antoje. Así lo dice un libro curiosísimo titulado Felices
éxitos de la piedad, y las razones que aduce el autor no son menos
convincentes. «Después —dice— que el cenobita ha consagrado a Jesucristo el
derecho de aprovecharse de los bienes temporales, el mundo no posee ya nada
contra la voluntad de éste, que considera los reinos y las señorías como el
usufructo que en feudo les dejó su liberalidad. Eso es lo que al cenobita le
convierte en señor del mundo, poseyéndolo por dominio directo, porque estando
en posesión de Jesucristo por el voto que pronunció, y poseyéndolo adquiere en
cierto modo parte de la soberama de éste. El cenobita, además, tiene la ventaja
sobre el príncipe de que no necesita armas para que el pueblo le dé lo que
debe; posee su afecto antes de recibir sus liberalidades, porque su dominio se
extiende más sobre los corazones que sobre los bienes.»
Esta nueva manera de vivir de la colecta se le ocurrió a Francisco de
Asís en el año 1209. He aquí lo que dispone su regla: «Los hermanos que Dios
dotó de talento trabajarán con fidelidad, de forma que eviten la ociosidad sin
apagar el espíritu de oración, y como recompensa de su trabajo recibirán lo
indispensable para satisfacer sus necesidades corporales y las de sus hermanos
que hayan hecho voto de humildad y de pobreza, pero no podrán recibir dinero.
Los hermanos no tendrán nada propio, ni casa, ni sitio, ni nada, y
considerándose como extranjeros en el mundo, irán con confianza a todas partes
a pedir limosna».
Nótese, como constata el juicioso Fleury, que si los fundadores de las
nuevas órdenes mendicantes no estuvieran casi todos canonizados, podría
sospecharse que les incitó el amor propio, y que quisieron distinguirse por una
perfección superior a la de las demás órdenes monásticas. Pero sin perjudicar
su santidad, pueden atacarse sus propósitos e Inocencio III tuvo motivos para
encontrar dificultades y para aprobar la nueva orden de san Francisco. Lo mismo
que el Concilio de Letrán, celebrado en 1215 halló causas suficientes para
prohibir la fundación de nuevas órdenes religiosas.
No obstante, en el siglo XIII, como el pueblo estaba escandalizado de
los desórdenes que presenciaba, de la avaricia del clero, de su lujo y de la
molicie y voluptuosidad en que vivían los monasterios que gozaban de rentas,
ese mismo pueblo quedó sorprendido de ver que había una orden que renunciaba a
los bienes temporales en común y en particular. Por esto en el capítulo general
que san Francisco celebró en las cercanías de Asís en 1219, en el que acamparon
a cielo raso más de cinco mil hermanos menores, la gente no permitió que
carecieran de nada y los pueblos y burgos inmediatos se disputaron el honor de
servirles. Acudieron allí de todas las cercanías los eclesiásticos, los laicos,
la nobleza, el pueblo, y no sólo les aportaron los alimentos necesarios, sino
que se disputaron el privilegio de servirles con sus propias manos, ofreciendo
así notable ejemplo de caridad.
En su testamento, san Francisco prohibió terminantemente a sus
discípulos que pidieran al papa ningún privilegio. Pero cuatro años después de
su muerte, en el Capítulo que se reunió en el año 1230, obtuvieron que el papa
Gregorio IX declarara por una bula que no estaban obligados a cumplir el
referido testamento y se explica la regla en varios artículos. Así fue como el
trabajo manual, que recomienda la Sagrada Escritura y practicaron los frailes,
llegó a hacerse odioso, y la mendicidad que antes era odiosa, llegó a ser
honorable.
A esto se debe que treinta años después de la muerte de san Francisco
estaban ya relajadas las órdenes que fundó. Prueba de lo que decimos la
constituye el testimonio de san Buenaventura, que no puede ser sospechoso,
entresacado de la carta que dirigió a los provinciales, siendo general de la
Orden, en 1257. Dicha carta figura en sus Opúsculos, tomo II página 352. Se
queja de la multitud de asuntos para cuyo acometimiento pedían dinero, de la
ociosidad de muchos hermanos, de su vida vagabunda, de sus importunidades para
pedir, de los grandes edificios que edificaban, de su avidez para adquirir
bienes mediante testamentos. San Buenaventura no es el único que clama contra
tanto abuso; todavía más explícito es Camus, obispo de Belley. Enumeremos
algunos de estos abusos.
Los hermanos mendicantes, con el pretexto de la caridad, se entrometían
en los asuntos públicos y privados en todas partes, se enteraban de los
secretos de la familia, se encargaban de la ejecución de los testamentos y
mediaban para negociar la paz entre las ciudades y los príncipes. Los papas les
confiaban misiones fiándose de ellos porque viajaban barato y porque les eran
totalmente adictos, empleándose algunas veces para recaudar dinero.
Y lo más singular es que también los utilizaron para formar el tribunal
de la Inquisición. Sabido es que en ese tribunal odioso el brazo secular se
encargaba de la busca y captura de los criminales, de la prisión, de la
tortura, de la condena, de la confiscación, de las penas infamantes y con
frecuencia de las corporales. Y resulta penoso ver que los frailes, que
hicieron voto de humildad y de pobreza, se truequen de repente en jueces
criminales, disponiendo de alguaciles y de familiares armados, teniendo guardias
y tesoros a su disposición, y haciéndose temibles para todo el mundo.
El desprecio del trabajo manual sumió en la ociosidad a los frailes
mendicantes y a otras órdenes religiosas, e hizo que se entregaran a la vida
vagabunda que san Buenaventura reprocha a sus hermanos, los que, en palabras de
éste, «son una carga para el pueblo y escandalizan en vez de dar ejemplo, y con
su insistencia en pedir se hacen tan temibles como los ladrones». En efecto,
esa insistencia es una especie de violencia que muchas personas no pueden
resistir, sobre todo si los que la ejercen visten hábito y desempeñan una
función que inspira respeto. De otra parte, dicha violencia es consecuencia
natural de la mendicidad, porque el que mendiga tiene que vivir y el hambre y
otras necesidades ineludibles matan el pudor y hacen que el hombre olvide la
buena educación recibida. Cuando se pierden estas dos cosas, el que las pierde
se vanagloría como de un mérito de tener más habilidad que los otros para
recoger limosnas.
«La limpieza y el tamaño desmesurado de los edificios que poseemos —dice
el mismo santo— resultan excesivamente onerosos a las personas caritativas a
cuyas expensas se edifican y nos exponen a que formen de nosotros mala
opinión.» «Esos hermanos —dice Pedro Desvignes— que en la época de la fundación
de sus órdenes religiosas despreciaban las vanidades del mundo, adquieren un
fasto que desdice de su institución, poseen todo lo que desean y son más
adinerados que los ricos.» Y ahora, las palabras que Dufresny dirigió a Luis
XIV: «Señor, no puedo extasiarme ni una vez siquiera contemplando el nuevo
Louvre sin exclamar: Magnífico monumento, digno de la magnificencia del más
grande de los reyes que con su nombre llenó el mundo. Daríais digno remate a
ese palacio si procurarais que celebrara en él sus capítulos una de las cuatro
órdenes mendicantes y alojarais en una de sus estancias a su general.»
En lo tocante a la avidez de entierros y testamentos, he aquí lo que
dice sobre este extremo Matías París: «Se pelean por asistir al entierro de los
poderosos, perjudicando al clero… les roe la avaricia de las ganancias, y
arrancan a la fuerza y secretamente testamentos en favor de su orden». Sauval
dice también que, en 1502, Gille Daufin, general de los franciscanos, en
consideración a los beneficios que su orden había recibido de los miembros del
Parlamento de París, concedió a los presidentes consejeros y notarios, permiso
para que los amortajaran con el hábito de san Francisco. No debe considerarse
este permiso como una simple distinción, sino como una concesión muy
importante, dado que, según dicen los de la regla, san Francisco desciende una
vez cada año al purgatorio para sacar de allí las almas de los muertos cuyos
cuerpos se amortajaron con el hábito de su orden.
El ya citado obispo de Belley asegura que en una orden de mendicantes,
la vestimenta y el alimento de dichos frailes costaba cada año treinta millones
en oro, sin contar otros gastos extraordinarios. No hay príncipe católico que
cobre tanto de sus vasallos como los frailes mendicantes exigen que den los
pueblos. ¿A cuánto no ascenderá, pues, esa suma, si añadimos el coste de las
otras treinta y tres órdenes? «Puede calcularse —dice el mismo obispo— que
entre las treinta y cuatro órdenes sacan más dinero de los pueblos cristianos
que las sesenta y cuatro órdenes de cenobitas que tienen rentas y todos los
demás eclesiásticos.» Convengamos que resultan caros los mendicantes.
COMIDA, COMIDA PELIGROSA O PROHIBIDA. La palabra vianda deriva de victus, lo que alimenta, lo que sostiene
la vida. De victus se formó la voz viventia, y de viventia, vianda. Este
término debía aplicarse a todo lo que se come (1). Pero por un capricho de
todas las lenguas prevaleció el uso de negar tal denominación al pan, a la
leche, al arroz, a las hortalizas, a las frutas y al pescado; sólo se aplica a
los animales terrestres.
(1) En español, denominamos nanda a todo lo que sirve de alimento a las
personas y también a la comida que se sirve a la mesa.
Los primitivos cristianos tuvieron escrúpulos de comer los alimentos de
toda clase que se ofrecían a los dioses. San Pablo no aprobó esos escrúpulos.
En una de sus cartas a los corintios dice: «Lo que se come no es lo que nos
hace gratos a Dios. No seremos mejores ni peores a sus ojos si comemos o no
comemos». Únicamente exhortó a no consumir carnes de animales sacrificados a
los dioses estando presentes algunos de los hermanos que se pudieran
escandalizar. Después de esto, no se comprende por qué reprendió a san Pedro
por haber comido con los gentiles viandas prohibidas. Por otro lado, en los
Hechos de los Apóstoles se dice que Pedro estaba autorizado a comer de todo,
porque un día vio el cielo abierto y un gran mantel que descendía a la tierra
desde los cuatro confines del cielo lleno de animales terrestres de todas
clases y de toda clase de peces, y oyó una voz que le dijo gritando: «Mata y
come». (Hechos de los Apóstoles, capítulo X).
Reparen nuestros lectores que en aquellos primitivos tiempos la Cuaresma
y los días de ayuno no estaban aún instituidos. Todo se va creando
paulatinamente. Diremos, para consuelo de los débiles, que la cuestión que
tuvieron Pablo y Pedro no debe extrañarnos, porque los santos son hombres.
Pablo, en su primera juventud, fue el perseguidor e incluso el verdugo de los
discípulos de Jesús. Pedro también había renegado de su Maestro, pues la
Iglesia naciente, militante y triunfante, siempre se vio dividida en partidos
desde los ebionitas hasta los jesuitas.
Creo igualmente que los brahmanes, bastante anteriores a los hebreos,
también estarían divididos en partidos. Sea como fuere, lo cierto es que fueron
los primeros que se impusieron la ley de no comer carne. Como creían que las
almas pasaban y volvían a pasar desde los cuerpos humanos a los de los
animales, no querían exponerse a comer sus parientes. Acaso la mejor razón que
tuvieron para esto fuera el temor de acostumbrar a los hombres a ser carnívoros
e inspirarles costumbres feroces.
Sabido es que Pitágoras, que estudió con los brahmanes la geometría y la
moral, adoptó esa doctrina humana y la trasmitió a Italia. Sus discípulos la
observaron mucho tiempo y los célebres filósofos Plotino, Jumblico y Porfiro la
recomendaron y practicaron, aun cuando es raro practicar lo que se predica. El
Tratado de la abstinencia de comer la carne de los animales, de Porfiro,
escrito en el siglo III, si bien merece la estima de los doctos, se ha
granjeado pocos discípulos. Inútilmente propone Porfiro que tomemos por modelo
a los brahmanes y los magos persas, que veían con horror la costumbre de
sepultar en nuestras entrañas las de otras criaturas, pero hasta hoy no ha
conseguido que practiquen esa doctrina más que los cenobitas de la Trapa. El
citado libro de Porfiro estaba dedicado a un antiguo discípulo que se llamaba
Firmus, y que según dicen abrazó el cristianismo para tener libertad en comer
carne y beber vino. Demuestra a Firmus que absteniéndose de comer vianda y de
beber licores fuertes se conserva la salud del cuerpo y del alma, y se vive más
años y con mayor inocencia. Todas sus reflexiones son dignas de un filósofo
rígido y de un corazón sensible. Cuando leemos el mencionado libro nos parece
que no lo ha escrito un enemigo del cristianismo, sino un padre de la Iglesia.
Y aunque no se ocupa de la metempsicosis, para él los animales son
hermanos nuestros porque están animados como nosotros y con los mismos
principios de vida. Tienen, como nosotros, ideas, sentimiento y memoria; no les
falta más que el don de la palabra. Si lo poseyeran, ¿nos atreveríamos a
matarlos y a comérnoslos? ¿Quién sería tan bárbaro que degollara un cordero, si
éste nos apostrofara dirigiéndonos un discurso patético para que no fuéramos a
la vez asesinos y antropófagos?
Este libro demuestra que entre los paganos hubo filósofos dotados de la
más austera virtud, pero que tuvieron que doblegarse vencidos por los
carnívoros y los gastrónomos.
Hay que mencionar que para Porfiro merecen alabanzas los esenios, a los
que profesa veneración, pese a que algunas veces comían carne. En aquella época
había una verdadera competencia de virtud entre los esenios, pitagóricos,
estoicos y cristianos. Cuando las sectas se componen de escaso número de
fieles, sus costumbres son puras, pero éstas degeneran en cuanto las sectas
llegan a ser numerosas.
CONCIENCIA. De la conciencia del bien y tel mal. Locke demostró que no tenemos ideas innatas ni principios innatos,
pero tuvo necesidad de demostrarlo claramente, porque entonces prevalecía en el
mundo la creencia contraria. De este aserto se infiere evidentemente que
adquiramos buenas ideas y excelentes principios, con el fin de usar bien la
facultad que denominamos entendimiento.
Locke presenta como ejemplo a los salvajes que matan y se comen a su
prójimo sin remordimiento de conciencia, y a los soldados cristianos, que
siendo más civilizados, cuando invaden una ciudad la saquean y después
degüellan y violan a sus habitantes, no sólo sin remordimientos, sino con
gloria y el beneplácito de sus mandos.
No cabe duda que en las matanzas de la noche de San Bartolomé y en los
procesos de la Inquisición, a los asesinos que intervinieron en ellos no les
remordió la conciencia al matar hombres, mujeres y niños y torturar hasta la
muerte a los desgraciados que no habían cometido otro delito que celebrar la
Pascua de manera distinta que los inquisidores.
De tales casos se deduce que nuestra conciencia la inspira la época, el
ejemplo, el talante y la reflexión.
El hombre nació sin ningún principio, pero con la facultad de
adquirirlos todos. Su temperamento puede moverle más a la crueldad que a la
dulzura o viceversa; su entendimiento le hará comprender un día que el cuadrado
de doce es ciento cuarenta y cuatro, y que no debe hacerse a los demás lo que
no queremos para nosotros; pero no podrá comprender por sí mismo esas verdades
en su infancia porque no entenderá la primera y no sentirá la segunda.
El niño salvaje apremiado por el hambre y al que su padre diera a comer
un trozo de carne de otro salvaje, pediría al día siguiente igual alimento sin
barruntar siquiera que no debe tratarse al prójimo como no quisiéramos nosotros
ser tratados, y procedería maquinal e incoerciblemente del modo contrario que
enseña esa eterna verdad.
La Naturaleza cuidó de evitar que incurriéramos en semejantes horrores,
predisponiendo al hombre a la compasión y dotándole de la aptitud para
comprender la verdad. Esos dos dones que recibimos de Dios son los cimientos de
la sociedad civilizada, y ambos consiguen que haya en el mundo pocos
antropófagos y que sea tolerable la vida en los pueblos civilizados. Los padres
y las madres dan a sus hijos la educación que les convierte en seres sociales y
les dota de conciencia. La religión y la moral puras que inculcan a los niños
forman de tal manera la naturaleza humana, que desde los siete hasta los
dieciséis o diecisiete años no cometemos una mala acción sin que la conciencia
nos lo reproche. Nacen después en nosotros las pasiones violentas que chocan
con la conciencia y algunas veces la ahogan, y durante este conflicto los
hombres que se hallan atormentados por esa tempestad suelen consultar a otros
hombres, como cuando están enfermos consultan a los que tienen salud. Ese
proceder dio origen a los casuistas, es decir, los que deciden los casos de
conciencia. Cicerón, que fue uno de los casuistas más sabios, en su libro De
los oficios trata de los deberes del hombre y examina las materias más
delicadas.Pero mucho tiempo antes, Zoroastro dictó reglas para dirigir la
conciencia sentando esta sublime máxima: «En la duda de si una acción es buena
o mala, no la ejecutes».
De si un juez debe juzgar según su conciencia o según las pruebas. Tomás de Aquino, sois un gran santo y un gran teólogo, y ningún dominico
os venerará tanto como yo. Pero decís en vuestra Suma que el juez debe proceder
según las alegaciones y las supuestas pruebas contra un acusado, cuya inocencia
reconoce. Pretendéis que las declaraciones de los testigos, que no siempre
responden a la verdad, que las pruebas que resulten del proceso, que no son
siempre convincentes, deben prevalecer sobre el testimonio de los ojos del
juez, que vieron que otro cometió el crimen y, en vuestra opinión, debe
condenar al acusado cuando su conciencia le dice que es inocente. En vuestra
opinión, pongo por caso, si el juez mismo hubiera cometido el crimen de que se
trata debía condenar al hombre a quien se lo imputan.
Pero yo, siguiendo los impulsos de mi conciencia, creo ilustre santo que
os habéis equivocado de la forma más absurda y más horrible. Me deja
estupefacto que, conociendo el derecho canónico, desconozcáis el derecho
natural. El primer deber del magistrado estriba en ser justo, antes que en ser
buen legista. Si basándome en pruebas que no pueden pasar de probabilidades
condeno a un acusado cuya inocencia me consta, me consideraría un zoquete y un
asesino.
Afortunadamente, todos los tribunales del mundo piensan de otro modo que
santo Tomás de Aquino. No sé si Farinacius y Grillandus son de esa opinión,
pero si encontráis en el otro mundo alguna vez a Cicerón Ulpiano, Triboniano,
al canciller L’Hospital y al canciller Agnesseau pedidles que os perdonen el
error en que incurristeis.
De la conciencia falaz. Lo mejor que
se ha escrito sobre este importante asunto figura en la obra humorística
Trintan Shandq, del cura inglés Sterne, cuyo libro se parece a las sátiras
antiguas que contenían esencias preciosas.
Dos veteranos capitanes que están a media soldada y el doctor Slop
discuten las cuestiones más ridículas. Una de ellas se refiere al memorial que
un cirujano presentó en la Sorbona, pidiendo licencia para bautizar a los niños
en el vientre de sus madres mediante una jeringuilla que introduciría en la
matriz, sin herir a la madre ni al niño. En otra tanda, hacen que un cabo de
escuadra lea una homilía sobre la conciencia, que compuso Sterne. En esa
homilía, entre otras pinturas superiores a las de Rembrandt, retrata a un
hombre de mundo que pasa los días entregado a los deleites de la mesa, del
juego y de la disipación, no haciendo nada delictivo y por consiguiente sin
nada que reprocharse. Su conciencia y su honor le acompañan en los
espectáculos, el juego y el lecho de su amante, que paga con esplendidez. Vive
alegremente y muere sin el menor remordimiento. El doctor Slop interrumpe al
lector para decirle que es imposible que eso ocurra en la Iglesia anglicana,
pues eso únicamente puede darse entre papistas. El cura Sterne cita el ejemplo
de David, que tiene, según dice, unas veces la conciencia delicada e ilustrada,
y otras dura y tenebrosa. Pudiendo matar a su rey en una cueva, se limita a
cortarle un trozo de su vestidura: he aquí una conciencia delicada. Pasa un año
largo sin que le remuerda la conciencia de vivir adúlteramente con Betsabé, ni
por el asesinato de Urías. He aquí la conciencia endurecida y poco ilustrada.
Así son, dice Sterne, gran parte de los hombres.
Reconocemos que la mayoría de los poderosos del mundo se encuentran
frecuentemente en este caso. El huracán de los placeres y de los negocios los
arrastra y les falta tiempo para tener conciencia. Esta queda para el pueblo
llano, y aun de éste no puede decirse que la tenga cuando de ganar dinero se
trata.
CONCILIOS. Asamblea de eclesiásticos convocada pata resolver dudas o
cuestiones sobre extremos de fe y disciplina. La asamblea conciliaria no la desconocieron los adictos a la
religión de Zoroastro. Hacia el año 200 de la era vulgar, Ardeshir‑Babecan, rey
de Persia, convocó cuarenta mil sacerdotes para consultarles ciertas dudas que
tenía respecto al paraíso y el infierno que ellos denominan gehena, vocablo que
los hebreos adoptaron durante su cautividad en Babilonia. El más célebre de los
magos, Erdavirat, apuró tres vasos de vino narcotizado y tuvo un éxtasis que le
duró siete días y siete noches, durante los cuales su alma se transportó hasta
Dios. Vuelto en sí de tal éxtasis fortaleció la fe del rey refiriéndolas el
sinfín de maravillas que había visto en el otro mundo y poniéndoselas por
escrito.
Todo el mundo sabe que Jesús fue llamado Cristo, palabra tomada del
griego, y su doctrina se llamó cristianismo o evangelio, esto es, buena nueva,
porque un sábado, siguiendo su costumbre, entró en la sinagoga de Nazaret,
donde se había educado y se aplicó a sí mismo este pasaje de Isaías, que
acababa de leer: «El espíritu del Señor habla por mí, me llenó de su unción y
me envió a predicar el Evangelio a los pobres». Los que estaban en la sinagoga
le expulsaron y lo llevaron a lo alto de una montaña para arrojarle desde allí
(1). Pero sus allegados acudieron para rescatarle diciendo que había perdido el
juicio. Sin embargo, Jesús declaró constantemente que no venía a destruir la
ley ni las profecías, sino a cumplirlas.
(1) San Marcos, 3, 21.
Pero al no dejar nada escrito, como asegura san Jerónimo, sus primeros
discípulos se dividieron en dos facciones respecto a la famosa cuestión de si
era preciso circuncidar a los paganos y mandarles que observaran la ley
mosaica. Los apóstoles y los sacerdotes se reunieron entonces en Jerusalén para
dilucidar esta cuestión, y tras varias sesiones escribieron a sus hermanos que
se encontraban entre los paganos en Antioquía, Siria y Sicilia, una carta que,
entre otras cosas, decía: «Ha aparecido el Espíritu Santo y nosotros no os
haremos más exhortaciones que estas, que son necesarias: Que os abstengáis de
comer carne de los animales sacrificados a los ídolos de beber sangre y de
fornicar».
La decisión de dicho concilio no impidió que Pedro, estando en
Antioquía, no cesara de comer carne con los paganos, hasta que llegaron muchos
circuncidados que fueron acompañando a Santiago. Pero Pablo, al ver que
infringía el Evangelio, le reprendió ante todo el mundo, diciéndole: «Si tú que
eres judío, vives como los gentiles y no como los judíos, ¿por qué instas a los
gentiles a judaizarse?». Pues es cierto que Pedro vivía como los gentiles desde
que tuvo un éxtasis en el que vio abrirse el cielo y descender hasta la tierra
un gran mantel que contenía abundantes animales de todas clases, como queda
dicho en otro artículo, y oyó una voz que le dijo: «Levántate, Pedro, mata y
come». Pablo, que reprendió a Pedro por usar del disimulo para que creyeran que
todavía observaba la ley, se valió sin rubor de una treta semejante en
Jerusalén. Al enterarse de que le acusaban de enseñar a los judíos que se
encontraban entre los gentiles a renunciar la ley de Moisés, fue a purificarse
al templo durante siete días, con el fin de que todos supieran que era falso lo
que se decía y continuaba observando la ley. Y esto lo hizo por consejo de los
sacerdotes que se reunieron en casa de Santiago, que eran los mismos que
decidieron con el Espíritu Santo que esas observancias legales no eran
necesarias.
Más tarde, los concilios se dividieron en particulares y en generales.
Los particulares son de tres clases: nacionales, que convoca el monarca, el
patriarca o el primado; provinciales, reunidos por el metropolitano o el
arzobispo, y diocesanos o sínodos, que convocan los obispos. En el concilio
celebrado en Macon se decretó lo siguiente: «Todo laico que encuentre en el
camino a un sacerdote o un diácono le presentará el hombro para que se apoye en
él; si el laico y el sacerdote van a caballo, el laico se parará y saludará
reverentemente al sacerdote, y si el sacerdote va a pie y el laico a caballo,
el laico se apeará y no volverá a montar hasta que el clérigo esté a bastante
distancia. Estas disposiciones son de obligado cumplimiento bajo pena de ser
interdicho el que no los cumpla durante el tiempo que señale el metropolitano».
La lista de los concilios celebrados ocupa más de dieciséis páginas del
Diccionario de Moreli, y como los autores no concuerdan en el número de
concilios generales nos limitaremos a exponer el resultado de los ocho primeros
que se reunieron por orden de los emperadores.
Hubo dos sacerdotes en Alejandría que discutieron acaloradamente sobre
si Jesús era Dios u hombre, cuestión que enzarzó luego a los demás sacerdotes y
obispos. Los pueblos se escindieron en dos bandos y causaron tal desorden sus
disputas que los paganos se burlaban del cristianismo en sus teatros. El
emperador Constantino escribió en estos términos al obispo Alejandro y al
sacerdote Arrio, promotores del conflicto: «Esas cuestiones, que no son
necesarias y las suscita una inútil ociosidad, pueden plantearse para
aguijonear el ingenio, pero nunca deben llegar a oídos del pueblo. Divididos
por cuestión tan baladí, no es justo que gobernéis a vuestro antojo a una
inmensa multitud del pueblo de Dios. Ese comportamiento es bajo, pueril e
indigno de sacerdotes y de hombres sensatos. No os digo esto para obligaros a
que os pongáis de acuerdo sobre una cuestión tan intrascendente; podéis
conservar vuestras ideas, con tal que esas sutilezas las conservéis soterradas
en el fondo del pensamiento».
En vista de que la citada carta no produjo resultado alguno, decidió el
emperador, por consejo de los obispos, convocar un concilio ecuménico o sea de
todo el orbe habitable, y para ello designó la ciudad de Nicea. Allí se
reunieron dos mil cuarenta y ocho obispos que, según refiere Eutiquio (1),
fueron de encontrados pareceres (2). El emperador, que tuvo la paciencia de
oírles disputar muchos días acerca de esta materia, quedó sorprendido al no
verlos nunca de acuerdo. El autor del Prólogo que figura al frente de dicho
Concilio dice que las actas de estas disputas ocupaban cuarenta volúmenes.
(1) Anales de Alejandría, pág. 440.
(2) Selden, De los orígenes de Alejandría.
El gran número de obispos que acudieron no es increíble si damos crédito
a Usser, quien dice que san Patricio, que vivía en el siglo v, fundó
trescientas sesenta y cinco iglesias y ordenó a igual número de obispos, de
donde se infiere que cada iglesia tenía su obispo, esto es, su vigilante. Es
cierto, empero, que el canon XIII del Concilio de Ancira dice que los obispos
de las ciudades hicieron cuanto les fue posible para privar de sus facultades a
los obispos de los pueblos y reducirlos a la condición de simples sacerdotes.
Se encuentra en el Concilio de Nicea una carta de Eusebio de Nicomedia
que contiene manifiesta heterodoxia y descubre la herejía del partido de Arrio.
Entre otras cosas, dice que si reconocemos a Jesús como hijo de Dios increado
es ineludible reconocerle consustancial con el Padre. He aquí por qué Atanasio,
diácono de Alejandría, persuadió a los padres de que dejaran en suspenso la
palabra consustancial, que rechazó como impropia el Concilio de Antioquía. Pero
es porque la consideraba de una manera torpe. En cambio, los ortodoxos la
explicaron de modo que el emperador comprendió que dicha palabra no encerraba
ninguna idea corporal, ni significaba división de la sustancia del Padre, que
es absolutamente inmaterial y espiritual y que es menester comprenderla de
forma divina e inefable. Demostraron también la injusticia que cometían los
arrianos al rechazar esa palabra so pretexto de que no se encuentra en la
Sagrada Escritura, cuando ellos emplean muchas palabras que tampoco constan en
la Biblia.
Convencido Constantino, escribió dos cartas para que se publicaran las
ordenanzas del Concilio y tuvieran conocimiento de ellas los que no habían
asistido. La primera, dirigida a las iglesias en general, dice que la cuestión
de la fe ha sido examinada y esclarecida y ya no ofrece ninguna dificultad; en
la segunda dice a varias iglesias, en particular a las de Alejandría, que lo
que trescientos obispos han ordenado no es otra cosa que el acatamiento a la
doctrina de Hijo único de Dios y que el Espíritu Santo ha declarado la voluntad
de Dios a través de los que recibieron su inspiración, por lo que nadie debe
dudar ni tener opinión distinta, y todos los corazones buenos deben seguir el
camino de la verdad.
Los escritores eclesiásticos no concuerdan respecto al número de obispos
que se reunieron en dicho Concilio. Eusebio dice que fueron doscientos
cincuenta; Eustaquio de Antioquía cuenta doscientos setenta; san Anastasio, en
la carta que escribió a los solitarios, refiere que fueron trescientos, y lo
mismo que dice Constantino, pero en su carta a los africanos consta que lo
suscribieron trescientos dieciocho. Los cuatro escritores fueron, sin embargo,
testigos oculares y dignos de fe.
El número de trescientos dieciocho, que el papa san León llama número
misterioso, fue el adoptado por la mayoría de los padres de la Iglesia. San
Ambrosio nos dice que haber consagrado trescientos dieciocho obispos fue una
prueba de la presencia de Jesús en el Concilio de Nicea porque la cruz indica
trescientos y el nombre de Jesús dieciocho. San Hilario, defendiendo la
doctrina de la consustancialidad que aprobó el Concilio de Nicea, aunque fue
condenada cincuenta y cinco años antes en el Concilio de Antioquía, apostilla:
«Ochenta obispos rechazaron la palabra consustancial, pero trescientos
dieciocho la admitieron. El número de estos últimos es para mí un número santo
porque es el de los hombres que acompañaban a Abrahán cuando venció a los reyes
impíos y fue bendecido por el que representa al Sacerdote Eterno». Selden
refiere que Doroteo, metropolitano de Nomembasa, decía que se congregaron en el
mencionado Concilio trescientos dieciocho padres, porque habían transcurrido
trescientos dieciocho años desde la Encarnación. Los cronologistas coinciden en
que ese Concilio se celebró el año 325 de nuestra era, pero Doroteo cercena
siete años para poder hacer esa comparación. Todo esto es una bagatela; por
otro lado, no empezaron a contarse los años desde la Encarnación de Jesús hasta
el Concilio de Lestines, que tuvo lugar el año 742. Dionisio el Joven imaginó
esa época en su Cielo solar del año 526 y Bede la había ya empleado en su
Historia eclesiástica.
No debe extrañarnos que el emperador Constantino adoptara la opinión de
los trescientos dieciocho obispos que se inclinaron a favor de la divinidad de
Jesús, pues parece que le movió a ello el que Eusebio de Nicomedia, uno de los
principales jefes del partido arriano, fuese el instigador de la crueldad que
manifestó Lucinio en las matanzas de obispos y en la persecución de los
cristianos. El propio Constantino le acusa en la carta que escribió a la
iglesia de Nicomedia: «Envió contra mí —dice— varios espías durante las
perturbaciones; sólo le faltó alzarse en armas. Así me lo aseguran los
sacerdotes y los diáconos partidarios suyos que apresé. Durante el Concilio de
Nicea sostuvo con arrogancia e imprudencia el error contra el testimonio de su
conciencia unas veces, y otras imploró mi protección, por miedo de que le
privara de su dignidad si resultaba convicto de tan grave crimen. Me sorprendió
vergonzosamente y me hizo creer lo que le convenía; después, ya sabéis qué hizo
con Theognis.»
El emperador se refiere al fraude que cometieron Eusebio de Nicomedia y
Theognis de Nicea al firmar. En la palabra omousios intercalaron una i y
formaron la palabra omiousios, o sea semejante en sustancia; la primera de
estas dos palabras significa la sustancia misma. Con ello demostraron ambos
obispos que cedían ante el miedo de ser depuestos y desterrados, porque sabido
es que el emperador amenazó con el destierro a los que se negaran a firmar. Por
eso otro Eusebio, obispo titular de Cesárea, aprobó la palabra consustancial
después de combatirla el día anterior.
A pesar de la amenaza mencionada, Thomas de Marmarique y Segundo de
Tolemaique continuaron con terquedad siendo partidarios de Arrio. El Concilio
los condenó lo mismo que a éste y Constantino los desterró y declaró en un
edicto que castigaría con pena de muerte a quien tuviera algún escrito de Arrio
y no lo hubiera quemado.
Tres meses después, Eusebio de Nicomedia y Theognis de Nicea fueron
desterrados a las Galias. Se dijo que habiendo sobornado al que custodiaba las
actas del Concilio consiguieron borrar sus firmas y además se dedicaron a
propalar públicamente que no se debe creer que el Hijo sea consustancial con el
Padre. Por fortuna, para sustituir sus dos firmas y conservar el número
misterioso de trescientos dieciocho se les ocurrió poner el libro de actas del
Concilio sobre las tumbas de Crisanto y de Misonio, que fallecieron mientras se
celebraban las sesiones del Concilio; pasaron allí la noche orando y al día
siguiente abrieron el libro y se encontraron con las firmas de los dos obispos
fallecidos (1).
Utilizando un recurso parecido, los padres del susodicho Concilio
hicieron la distinción de libros auténticos y de libros apócrifos de la Sagrada
Escritura (2): los pusieron todos sobre el altar y los libros apócrifos cayeron
al suelo por sí mismos.
(1) Nicéforo, lib. VIII, cap. XXIII.
(2 ) Concilios de Labbe, t. I, pág. 84.
Constantino convocó en 359 otros dos Concilios: en el primero se
reunieron en Rímini cuatrocientos obispos, y en el segundo se congregaron en
Seleucia ciento cincuenta. Tras largos debates, en ambos rechazaron la palabra
consustancial, que en años anteriores ya había condenado el Concilio de
Antioquía, como dijimos, pero esos dos concilios sólo los reconocen los
socinianos.
Los padres que asistieron al Concilio de Nicea estuvieron tan ocupados
con la consustancialidad del Hijo que, sin mencionar a la Iglesia en su
símbolo, se limitaron a decir: «También creemos en el Espíritu Santo». El
segundo Concilio general convocado por Teodosio en Constantinopla, en 381,
reparó este olvido declarando el Espíritu Santo señor y vivificante, que
procede del Padre, que es adorado y glorificado con el Padre y con el Hijo, y
que habló por boca de los profetas. Más tarde, la Iglesia latina quiso que el
Espíritu Santo procediera también del Hijo, y éste fue añadido al símbolo,
primero en España en 447, luego en Francia, en el Concilio de Lyon, en 1274, y
últimamente en Roma, pese a que la Iglesia griega se opuso a esa innovación.
Una vez establecida la divinidad de Jesús, era natural que concedieran a
su madre el título de Madre de Dios; sin embargo, Nestorio, patriarca de
Constantinopla, sostuvo en sus homilías que otorgar dicho título sería
justificar la locura de los paganos, que concedían madres a sus dioses. Para
decidir esta grave cuestión, Teodosio el Joven convocó el tercer Concilio
general en Éfeso en 431 y se reconoció a la Virgen María como Madre de Dios.
La segunda herejía de Nestorio, condenada también en Éfeso, fue
reconocer dos personas en Jesús, lo cual no fue óbice para que, más tarde, el
patriarca Flaviano le reconociera dos naturalezas. Un fraile, llamado Eutiches,
que había combatido a Nestorio para poner en contradicción a los dos que
acabamos de citar, afirmó que Jesús sólo tenía una naturaleza, pero esta vez el
fraile se equivocó, y aunque sostuvo su opinión a garrotazo limpio, en un
numeroso concilio de Éfeso, lo cierto es que incurrió en anatema dos años
después en el cuarto Concilio general que el emperador Marciano convocó en
Calcedonia, donde se reconocieron a Jesús dos naturalezas.
Faltaba saber si Jesús, siendo una persona y teniendo dos naturalezas,
debía tener una o dos voluntades. El quinto Concilio general convocado por
Justiniano en 553 para debatir las opiniones referentes a la doctrina de tres
obispos, no tuvo tiempo para poner a discusión el indicado asunto. El sexto
Concilio general que en 680 convocó, también en Constantinopla, Constantino
Pogonat, decidió que Jesús tiene dos voluntades. Ese Concilio, al condenar a
los monoteístas, que sólo admiten que Dios tiene una sola voluntad, incluyó en
el anatema a Honorio I, que, en una carta que inserta Baronio, dijo al
patriarca de Constantinopla: «Confesamos que Jesucristo tiene una sola
voluntad, y ni los concilios ni la Sagrada Escritura nos autorizan a pensar de
otra manera. Pero saber si por las obras de divinidad y de humanidad que
practica debe entenderse que realiza una o dos operaciones, lo dejo a la
decisión de los gramáticos, porque esto carece de importancia». Se ve, pues,
que Dios permitió que la Iglesia griega y la Iglesia latina no tuvieran nada
que reprocharse respecto a este punto, y así como el patriarca Nestorio fue
anatematizado por haber reconocido dos personas en Jesús, lo fue también a su
vez el papa Honorio por confesar que Jesús sólo tenía una voluntad.
El séptimo Concilio general, segundo de Nicea, lo convocó Constantino,
hijo de León y de Irene, para restablecer el culto de las imágenes (787).
Debemos consignar que los dos concilios de Constantinopla, celebrados el
primero en 730 y el segundo veinticuatro años después, acordaron proscribir el
culto de las imágenes, ajustándose a la ley mosaica y al uso de los primeros
siglos del cristianismo. Por eso el decreto del segundo Concilio de Nicea
dispone que quienes no rindan adoración a las imágenes, como a la Trinidad,
sean anatematizados. Este decreto fue objeto de contradicciones; los obispos
que en 789 se obstinaron en hacerlo cumplir fueron expulsados por los soldados
en un Concilio de Constantinopla, y en 794 lo rechazó también el Concilio de
Francfort y se opusieron a su cumplimiento los libros que Carlomagno ordenó
publicar. Finalmente, confirmaron en Constantinopla el segundo Concilio de
Nicea el emperador Miguel y su madre Teodora, el año 842, en un numeroso
Concilio que anatematizó a los que se opusieran al culto de las imágenes. Es
digno de notar que fueron dos mujeres las que protegieron ese culto, las
emperatrices Irene y Teodora.
En el octavo Concilio general, en el año 866, durante el reinado de
Basilio, convocado por Ignacio, patriarca de Constantinopla se condenó a la
Iglesia latina por el filioque y otras prácticas. Ignacio fue desterrado, y
levantándole el destierro al año siguiente depuso en otro Concilio a Basilio.
En 869, la Iglesia latina, a su vez, condenó a la Iglesia griega en un Concilio
que aquélla llamó octavo Concilio general, mientras que los orientales dan esa
numeración a otro Concilio que diez años después anuló los decretos del
precedente y devolvió el trono a Basilio.
Esos cuatro concilios tuvieron lugar en Constantinopla. Los demás que
los latinos llaman generales (sin reunirse en ellos más que los obispos de
Occidente), fundándose en falsas decretales los papas se fueron apropiando
insensiblemente el derecho de convocarlos.
En los años 1122 y 1123, el papa Calixto II convocó un gran Concilio que
se celebró en la iglesia de San Juan de Letrán, Roma, y que fue el primer
Concilio general que convocaron los papas. Entonces los emperadores de
Occidente casi carecían de autoridad, y los emperadores de Oriente, abrumados
por los mahometanos y por las Cruzadas, sólo podían celebrar insignificantes
concilios.
Por otro lado, no se sabe con certeza cuál era la iglesia de Letrán.
Unos dicen que era un edificio que construyó un personaje llamado Letranus, en
la época de Nerón, y otros que es la misma iglesia de San Juan que erigió el
obispo Silvestre.
En dicho Concilio, los obispos se declararon abiertamente contra los
monjes, y decían: «Los monjes poseen las iglesias, los campos, los castillos,
los diezmos y las donaciones de los vivos y de los muertos; sólo falta que nos
quiten el báculo y el anillo». A pesar de esta oposición, los monjes
continuaron poseyendo lo mismo.
En 1139 tuvo lugar otro gran Concilio en Letrán convocado por el papa
Inocencio II, al que se dice asistieron mil obispos, número que parece
excesivo. En ese Concilio declararon que el diezmo eclesial era de derecho
divino y decretaron la excomunión a cuantos seglares cobraran diezmos.
En 1179 se celebró otro gran Concilio en Letrán convocado por el papa
Alejandro III y asistieron trescientos dos obispos latinos y un abad griego.
Los decretos publicados fueron todos referentes a la disciplina eclesiástica.
Prohibieron obtener pluralidad de beneficios.
En 1215, Inocencio III convocó el último Concilio general de Letrán al
que asistieron cuatrocientos doce obispos y ochocientos abades. En aquella
época, la de las Cruzadas, los papas habían establecido un patriarca latino en
Jerusalén y otro en Constantinopla, patriarcas que acudieron al Concilio. En él
se declaró «que después de dictar Dios la doctrina de salvación por medio de
Moisés, hizo nacer a su hijo de una virgen para indicarnos con más claridad el
camino, y que nadie puede salvarse fuera del seno de la Iglesia católica».
La palabra transustanciación sólo se conoció después de dicho Concilio y
en éste se prohibió fundar nuevas órdenes religiosas, pero a pesar de ello
andando el tiempo se fundaron ochenta más. En ese Concilio despojaron de todas
sus tierras a Raimundo, conde de Tolosa.
En 1245 tuvo lugar un gran Concilio en la ciudad imperial de Lyon.
Inocencio IV hizo que asistiera el emperador de Constantinopla, Juan Paleólogo,
que tomó asiento a su lado, depuso al emperador Federico II por felón, y
concedió el capelo rojo a los cardenales como distintivo de guerra contra
Federico. Este fue el comienzo de treinta años de guerras civiles.
En 1274 se celebró en Lyon otro Concilio, con asistencia de quinientos
obispos, setenta abades superiores y mil inferiores. El emperador Miguel
Paleólogo, para ganarse la protección del papa, envió al patriarca griego
Teófano y al obispo de Nicea para que le representasen.
En 1311, el papa Clemente V reunió un Concilio general en la pequeña
localidad de Vienne, en el Delfinado, y abolió la orden de los templarios,
condenó a la hoguera a los principales de ellos y les imputó todo lo que
antiguamente se atribuyó a los primitivos cristianos.
En 1414, el emperador Segismundo convocó el gran Concilio de Constanza,
que depuso al papa Juan XXIII, convicto de varios crímenes, y condenaron a la
hoguera a Juan Hus y Jerónimo de Praga por herejes contumaces.
En 1431 se celebró el gran Concilio de Basilea, en el que en vano
depusieron al papa Eugenio IV, que fue más hábil que el Concilio.
En 1438 se reunió el gran Concilio de Ferrara, después trasladado a
Florencia, en donde el papa excomulgado excomulgó a su vez al Concilio y le
declaró criminal de lesa majestad. Se hizo una unión inconsistente con la
Iglesia griega, presionada por los sínodos turcos que se celebraban espada en
mano.
En 1512, el papa Julio II convocó un Concilio en Letrán, que quiso que
pasara por Concilio ecuménico, que excomulgó solemnemente a Luis XII y puso en
entredicho a Francia, citando al Parlamento de Provenza para que compareciera.
Excomulgó también a todos los filósofos porque la mayoría de ellos eran
partidarios del rey Luis XII. Sin embargo, a ese Concilio no se le ha
calificado de bandolerismo como se calificó al de Éfeso.
El Concilio de Trento, que convocó el papa Pablo III en 1537, se reunió
primero en Mantua, luego en Trento (1545), y terminó en 1563 durante el papado
de Pío IV; no sirvió para atraerse a los enemigos del papismo ni para
subyugarlos. Los decretos sobre la disciplina no se admitieron en casi ningún
país católico ni produjeron otro efecto que justificar las palabras de san
Gregorio Nacianceno: «No sé de ningún Concilio que obtuviera buen resultado y
no sirviera para aumentar los males más que curarlos. El afán de la
controversia y la ambición van más allá de lo que debían en esas asambleas de
obispos (1).
Existe en el Vaticano un magnífico cuadro que contiene la lista de los
concilios generales, en el que figuran los que aprobó la curia de Roma. Cada
uno pone en sus archivos lo que quiere.
CONFESIÓN. Sólo el arrepentimiento puede purificar de las
faltas cometidas, y para arrepentirse es indispensable confesarlas. La
confesión es pues, casi tan antigua como la sociedad civil.
Los antiguos se confesaban en la celebración de los misterios de Egipto,
Grecia y Samotracia. Consta en la vida de Marco Aurelio que cuando abrazó los
misterios de Eleusis, se confesaba con el hierofante aunque dicho emperador era
quien menos necesitaba confesarse.
Ese acto lo mismo puede ser saludable que peligroso, que es lo que
acontece a todas las instituciones humanas. Sabida es la contestación que un
ciudadano de Esparta dio a un hierofante que trataba de convencerle de que
debía confesarse: «¿A quién debo confesar mis faltas, a Dios o a ti?» «A Dios»,
le respondió el sacerdote. «Pues no insistas, porque tú no eres más que un
hombre» (Plutarco, Dichos notables de los lacedemonios).
Es difícil averiguar la época en que se implantó tal práctica entre los
hebreos, que adoptaron muchos ritos de los países vecinos. La Mishna que es la
recopilación de leyes hebreas, dice que frecuentemente se confesaban en Israel
poniendo la mano sobre un ternero que pertenecía a un sacerdote, y que esto se
denominaba la confesión de los terneros.
En el mismo libro se dice que los condenados a muerte iban a confesarse
delante de testigos, en un lugar reservado, momentos antes de cumplirse la
sentencia. Si se consideraban culpables, debían decir: «Que mi muerte expíe
todos mis pecados», y en caso contrario: «Que expíe mi muerte todos mis
pecados, menos del que se me acusa».
En la fiesta llamada por los judíos de la expiación solemne (2), los
fieles se confesaban unos con otros, especificando las faltas cometidas. El
confesor recitaba tres veces trece palabras del Salmo LXXVII y durante ese
tiempo daba treinta y nueve latigazos al confesado, que se los devolvía a su
vez, quedando de este modo en paz. Dícese que esta ceremonia subsiste aún.
(1) San Gregorio Nacianceno, carta LV.
(2) Sinagoga judaica, cap. XXXV.
Mucha gente acudía a confesarse con Juan el Bautista atraída por la
reputación de santidad que gozaba y a recibir de sus manos el bautismo de
justicia, según la antigua costumbre. Pero no se dice que el Precursor diera
treinta y nueve latigazos a sus penitentes.
La confesión no era entonces un sacramento, como prueban varias razones.
La primera, que la palabra sacramento era desconocida en aquella época, y ello
nos dispensa de exponer las otras. Los cristianos tomaron la confesión de los
ritos judíos, no de los misterios de Isis y de Ceres. Los judíos se confesaban
con sus camaradas y los cristianos también, pero con el tiempo pareció más
conveniente conceder este derecho a los sacerdotes. Los ritos y ceremonias
fueron estableciéndose paulatinamente, siendo imposible que no quedara algún
rastro de la costumbre de confesarse los seglares entre sí.
En la época de Constantino se confesaban públicamente las faltas. En el
siglo v, después del cisma de Novato, se nombraron penitenciarios para que
absolvieran a los que cometían el pecado de idolatría, pero el emperador
Teodosio abolió la costumbre de confesarse con estos sacerdotes. Una mujer se
acusó en voz alta, ante el penitenciario de Constantinopla, de haberse acostado
con el diácono y esta indiscreción produjo tanto escándalo y revuelo en la
ciudad que Neptario permitió a los fieles que se acercaran al altar sin
confesarse y sólo escucharan su conciencia al comulgar. Por esta razón, san
Juan Crisóstomo, sucesor de Neptario, dijo al pueblo en su Homilía V:
«Confesaos con Dios continuamente, que no quiero llevaros a un teatro con
vuestros compañeros pecadores para que les descubráis vuestras faltas. Enseñad
a Dios las heridas y pedidle que las cure. Confesad vuestros pecados a quien no
los reproche ante los hombres, porque en vano los ocultaréis al que lo sabe
todo».
Créese que la confesión auricular no se implantó en Occidente hasta el
siglo VII. La instituyeron los abades, que exigieron a los monjes que
confesaran todas sus faltas dos veces cada año. Esos abades inventaron la
siguiente fórmula: «Yo te absuelvo hasta donde puedo y hasta donde tú
necesitas». Parece que hubiera sido más justo y más respetuoso para el Ser
Supremo, decir: «Quiera Dios perdonar tus faltas y las mías».
La confesión ha conseguido algunas veces que restituyan lo robado
algunos rateruelos, pero en muchas ocasiones ha producido perturbaciones en el
estado y obligado a los penitentes a ser rebeldes y sanguinarios, porque así lo
dictaba su conciencia. Los sacerdotes güelfos negaban la absolución a los
gibelinos, y los sacerdotes gibelinos a los güelfos.
El consejero de Estado, Lenet, refiere en sus Memorias que todo lo que
pudo obtener en Borgoña para sublevar a los pueblos en favor del príncipe de
Condé, al que Mazarino había encarcelado en Vincennes, fue «soltar los
sacerdotes en los confesionarios». Esto equivale a tratarlos de perros rabiosos
que podían incitar a la guerra civil por medio del secreto de la confesión.
En el sitio de Barcelona, los frailes se negaban a absolver a los que
permanecían fieles a Felipe V, y en la última revolución de Génova se advirtió
a los ciudadanos que no se absolvería a ninguno que no tomara las armas contra
los austríacos.
La confesión, en todas las épocas, se trocó de remedio saludable en
veneno. Los asesinos de los Sforza, Médicis, príncipes de Orange y reyes de
Francia, para cometer sus asesinatos se preparaban con el sacramento de la
confesión. Luis XI y la Brinvilliers se confesaban tras haber cometido un
crimen y lo hacían con frecuencia. Eran como los glotones, que toman medicinas
para tener más apetito.
De la revelación en la confesión. La contestación que dio el jesuita Cotón a Enrique IV durará más que la
Orden de los jesuitas. «¿Revelarías la confesión que os hiciera el hombre que
estuviera resuelto a asesinarme?» «No, pero me interpondría entre vos y él.»
No siempre se ha seguido la máxima del padre Cotón. En algunos países
existen misterios de Estado que el público desconoce y en los cuales no son
ajenas las revelaciones de la confesión. Se sabe, por mediación de los
confesores oficiales, los secretos de los presos. Algunos confesores, para
poner de acuerdo su interés con el secreto de la confesión usan un artificio
singular. Revelan, no lo que el preso dice, sino lo que se ha callado. Por
ejemplo, cuando tienen que averiguar si el acusado tiene por cómplices un
francés o un italiano, dicen al que hizo el encargo: El preso me juró que no
habló a ningún italiano de sus proyectos. De lo que deducen que es un francés
el sospechoso de culpa.
Bodin dice, en su libro De la República: «El culpable así descubierto no
puede negar que conspiró contra la vida del rey, o quiso hacerlo. Como le
sucedió a un gentilhombre de Normandía, que al confesarse con un religioso le
dijo que quiso matar al rey Francisco I. El religioso advirtió al rey, que
envió al gentilhombre a la corte del Parlamento y fue sentenciado a muerte,
como he sabido por M. Canaye, abogado en el Parlamento».
Se sabe la traición que el jesuita Daubeton cometió con Felipe V, rey de
España, del que era confesor. Por una política mal entendida, el jesuita creyó
que debía enterar de los secretos de su penitente al duque de Orleáns, regente
del reino, y cometió la imprudencia de escribirle lo que ni siquiera podía
confiar a nadie al oído. El duque de Orleáns envió la carta al rey de España;
el jesuita fue expulsado del país y murió poco después. Este es un hecho
probado.
Resulta extraña la bula del papa Gregorio XV, publicada el 30 de agosto
de 1622, en la que permite revelar la confesión de ciertos casos.
No deja de ser difícil determinar cuándo puede revelarse el secreto de
la confesión, porque de ser en el caso de cometer el crimen de lesa majestad
humana, es fácil llevar demasiado lejos ese crimen, y de llevarlo hasta el
contrabando de sal y muselinas, porque ofende a las majestades. Con mayor razón
se deben revelar los crímenes de lesa majestad divina, y este delito puede
extenderse hasta las menores faltas, como por ejemplo, no haber asistido a las
vísperas. Por tanto, sería importante decidir qué confesiones deben revelarse y
cuáles guardarse secretas, pero esta decisión sería peligrosa porque hay cosas
que no se deben profundizar.
Pontas, que decide en tres volúmenes en folio los casos de conciencia
que pueden presentarse a los franceses, pero es desconocido en el resto del
mundo, dice que en ningún caso debe revelarse el secreto de la confesión. Los
parlamentos han decidido lo contrario. Así, ¿a quién debemos creer, a Pontas o
a los guardianes de las leyes del reino, que velan por la vida de los reyes y
la salud del Estado? (1)
(1) Pontas, Diccionario de casos de conciencia, publicado en París en
1715 y reimpreso en 1741. Tres volúmenes en folio.
De si los laicos y las mujeres han sido confesores y confesoras. Así como en la antigua ley los laicos se confesaban unos con otros, en
la nueva ley estuvieron haciendo lo mismo durante mucho tiempo. Para demostrar
que esto es cierto, basta citar a Joinville, que concretamente dice que «el
condestable de Chipre se confesó con él y le absolvió, usando el derecho que
tenía para hacerlo».
Santo Tomás se expresa en estos términos, en la tercera parte de la
Suma: «Confessio ex defectu sacerdotis laico facta sacramentalis est quodam
modo» (La confesión que se hace con un laico a falta de sacerdote es
sacramental en cierto modo). Se ve en la Vida de san Burgundofare y en la Regla
de un desconocido, que las monjas confesaban a su abadesa los pecados más
graves. La Regla de san Donato ordena que las religiosas descubran tres veces
cada día sus faltas a la superiora. En las Capitulares de nuestros reyes leemos
que es preciso abrogar el.derecho que las abadesas han usurpado, contrario a
las costumbres de la Santa Iglesia, de dar bendiciones e imponer las manos, lo
que parece significar dar la absolución y supone la confesión de los pecados.
Marco, patriarca de Alejandría, preguntó a Balzamón, célebre canonista griego
de su época, si debe concederse a las abadesas permiso para confesar, y
Balzamón le contestó negativamente. En el derecho canónico consta un decreto
del papa Inocencio III que manda a los obispos de Valencia y de Burgos que no
permitan a ciertas abadesas bendecir a las monjas de su comunidad, confesarlas,
ni predicar públicamente, «porque —dice el decreto— aunque la bienaventurada
Virgen María sea superior a los apóstoles en dignidad y en mérito, no fue a
ella, sino a los apóstoles, a quienes el Señor confió las llaves del reino de
los cielos».
Ese derecho era tan antiguo que ya constaba en las Reglas de san Basilio
y permitía a las abadesas confesar a las monjas de su comunidad junto con un
sacerdote. El padre Martene, en Ritos de la Iglesia, dice que las abadesas
confesaron a las monjas durante mucho tiempo, y añade que como las mujeres eran
tan curiosas las tuvieron que privar de ese derecho.
El ex jesuita Nonotte debe confesarse y hacer penitencia, no por haber
sido de los mayores ignorantes que han emborronado papel (porque esto no es un
pecado), ni por haber considerado como errores verdades que desconocía, sino
por haber calumniado con la más mostrenca insolencia al autor de este artículo
y haber llamado loco a su hermano, negando los hechos que acabamos de referir y
otros muchos que no conocía. Con ello se ha hecho acreedor al fuego del
infierno. Esperemos con fundamento que pedirá perdón a Dios de las muchas
tonterías que ha dicho; nosotros no deseamos la muerte del pecador, sino su
conversión.
Durante mucho tiempo se ha preguntado por qué tres hombres famosos en la
pequeña parte del Globo donde está en uso la confesión, han muerto sin ese
sacramento. Esos hombres son el papa León X, Pellisson y el cardenal Dubois.
Pellisson, que fue protestante hasta la edad de cuarenta años, se convirtió al
catolicismo para disfrutar de algunos beneficios, y el papa León X estaba tan
ocupado en asuntos temporales cuando le sorprendió la muerte que no tuvo tiempo
para ocuparse de asuntos espirituales.
De las cédulas de confesión. Los protestantes se confiesan con Dios y los católicos con los hombres.
Los protestantes dicen que no se puede engañar a Dios, mientras que a los
hombres podemos decirles lo que queremos. Como siempre rehuímos la
controversia, no entramos en esta cuestión. Nuestra sociedad literaria se
compone de católicos y de protestantes que se reúnen por amor a las letras, sin
consentir que las disputas eclesiásticas siembren la cizaña.
En Italia y demás países católicos toda la gente, sin distinción,
confiesa y comulga. Si se cometen pecados graves, tenéis en cambio confesores
que os absuelvan. Si vuestra confesión nada vale, tanto peor para vosotros.
Mediante pago, os dan un recibo impreso con el cual podéis comulgar, y luego
meten todos los recibos en un copón; ésta es la costumbre.
En París, no se conocieron esos billetes al portador hasta el año 1750
en que el arzobispo ideó abrir una especie de banco espiritual para extirpar el
jansenismo y triunfara la bula Unigenitus. El arzobispo mandó que se negara la
extremaunción y el viático a los enfermos que no presentaran la cédula de
confesión firmada por un sacerdote constitucionario.
Esa medida equivalió a negar los sacramentos a las nueve décimas partes
de la población de París. Inútilmente le decían al arzobispo: «Pensad bien lo
que estáis haciendo, porque o los sacramentos son necesarios para no condenarse
o podemos salvarnos sin recibirlos teniendo fe, esperanza y caridad, buenas
obras y los méritos del Salvador. Si podemos salvarnos sin recibir el viático,
las cédulas de confesión son inútiles; si los sacramentos son necesarios, se
condena a todos aquellos a quienes no los administráis; tendréis la culpa de
que se quemen durante toda la eternidad muchísimas almas, suponiendo que viváis
bastante tiempo para enterrarlas. Calmaos y dejad morir a cada cual como
pueda». El arzobispo no contestó a este dilema, pero persistió en su idea.
Es un proceder horrible valerse de la religión para atormentar a los
hombres, cuando la religión es para consolarles. El Parlamento, percatándose de
las perturbaciones de la sociedad, dictó decretos contrarios al mandato del
arzobispo. Mas como quiera que la jerarquía eclesiástica no quiso acatar la
autoridad legislativa, la magistratura se vio obligada a emplear la fuerza y
envió arqueros para obligar a los sacerdotes a que confesaran, dieran la
comunión y enterraran a los parisienses, cumpliendo la voluntad de éstos.
En este exceso de ridículo nunca conocido hasta entonces, las intrigas y
las cuestiones se enconaron tanto que perturbaron el reino, y se llegó hasta el
extremo de desterrar a los miembros del Parlamento y después al arzobispo de
París.
Las cédulas de confesión hubieran promovido una guerra civil en tiempos
anteriores, pero en el nuestro sólo produjeron por fortuna desavenencias
civiles. El espíritu filosófico, que no es sino el desarrollo de la razón,
proporcionó a las personas honradas el único antídoto que erradica las
enfermedades epidémicas.
CONFISCACIÓN. En muchos países de Europa es conocida esta
máxima: El que confisca el cuerpo, confisca los bienes. Esta máxima se
practica, sobre todo, en las naciones donde las costumbres sustituyen a las
leyes y una familia entera se ve castigada por la falta cometida por un
miembro.
Confiscar el cuerpo no es meter el cuerpo del hombre en el cesto de su
señor soberano; en el lenguaje bárbaro del foro es adueñarse de un ciudadano,
sea para darle muerte o para condenarle a penas tan largas como la existencia,
apoderándose de sus bienes si le quitan la vida, o si, huyendo, evita la
muerte. No les ha parecido suficiente matar al hombre por las culpas que
cometa, sino que además han querido que sus hijos se mueran de hambre. En
algunos países el rigor de la costumbre confisca los bienes de la persona que
se suicida y sus hijos se ven reducidos a la mendicidad.
En algunas naciones católicas, en virtud de sentencia arbitraria, se
condena a galeras a perpetuidad a un padre de familia por haber dado asilo a un
hereje o por haberle oído una predicación en alguna cueva o lugar desértico; en
tal caso, su mujer y sus hijos se ven obligados a mendigar para vivir.
Esta jurisprudencia, que priva inhumanamente de la subsistencia a los
huérfanos y entrega a un hombre los bienes de otro, fue desconocida por la
república romana hasta que Sila la introdujo en sus proscripciones. Digamos en
honor a la verdad que esa rapiña inventada por Sila no tuvo imitadores. Por eso
la ley que dictaron la inhumanidad y la codicia no la adoptaron César, ni el
buen emperador Trajano, ni los excelentes Antoninos; en la época de Justiniano
sólo se confiscaba al que cometía el delito de lesa majestad. Pero como los
acusados de semejante delito casi siempre eran patricios, parece verosímil que
por codicia mandara Justiniano la confiscación. Parece también que en la época
de la anarquía feudal, los príncipes y los señores feudales, que no eran ricos,
trataban de aumentar su fortuna confiscando a sus vasallos y haciéndose una
renta del crimen. Por otra parte, como sus leyes eran arbitrarias y desconocían
la jurisprudencia romana prevalecieron las costumbres caprichosas o crueles.
Y aunque actualmente el poder de los soberanos se asienta en riquezas
inmensas y seguras y, por lo mismo, no necesitan aumentar su fortuna con las
ruinas de una familia desgraciada, las abandonan de ordinario al primero que
las pide. Pero, ¿tiene derecho un ciudadano a quedarse con los bienes de otro?
CONSECUENCIA. ¿Qué clase de naturaleza es la nuestra y de qué
modo está formado nuestro débil intelecto, que podemos deducir las
consecuencias más justas y lúcidas sin tener sentido común? El iluso de Atenas,
que se figuraba que todas las naves que arribaban al Pireo le pertenecían,
podía calcular con exactitud cuánto valía el cargamento que llevaban y en
cuántos días podían navegar desde Esmirna hasta el Pireo.
Hemos conocido imbéciles que hacían cálculos y razonamientos
sorprendentes. Me objetaréis que no serían imbéciles, pero sostengo que sí lo
eran, porque basaban su raciocinio en un principio absurdo y coordinaban
bastante bien sus quimeras.
El dios Fo de los indios tuvo por padre a un elefante que se dignó tener
un hijo de una princesa hindú, la cual alumbró al dios Fo por el costado
izquierdo. Esta princesa era hermana de un emperador de la India; luego, tal
dios era sobrino del emperador, y los nietos del elefante y del monarca eran
primos segundos, y según las leyes del Estado, extinguida la estirpe del
emperador, debían sucederle los descendientes del elefante. Dícese que el
elefante divino tenía una altura de nueve pies y por tanto cabe presumir que la
puerta de su establo tuviera más de nueve pies de altura para que pudiera
entrar. Comía cincuenta libras de arroz diarias, veinticinco libras de azúcar y
bebía veinticinco litros de agua. Por la aritmética que sabemos, podemos
calcular que consumía treinta y seis mil quinientas libras de comida cada año.
Ahora bien, ¿existió ese elefante? ¿Era cuñado del emperador? ¿Su mujer alumbró
un hijo por el costado izquierdo? Así lo aseguran, uno tras otro, veinte
autores que vivieron en Conchinchina, pero falta confrontar esos veinte
autores, a pesar de sus testimonios, consultar los archivos antiguos, ver si
consta la existencia de ese elefante y examinar si no es leyenda que los
impostores tuvieron interés en acreditar, porque, partiendo de un principio
extravagante, se han sacado de él deducciones lógicas.
Falta a los hombres, más que la lógica, el origen de la lógica. No basta
con decir: Seis barcos que son míos tiene cada uno de ellos cien toneladas, y
cada tonelada contiene mil libras de peso; por tanto, tengo seiscientas mil
libras de mercancías en el puerto del Pireo. Porque la gran dificultad consiste
en saber si son míos esos seis barcos. De ese principio depende mi fortuna;
después, tiempo me quedará para contarla.
El ignorante fanático y lógico en su fanatismo merece casi siempre la
horca. He leído que Fineo, ofuscado por su santo celo, encontró a un hebreo
acostado con una madianita y mató a ambos. Los levitas le imitaron asesinando a
los matrimonios de judíos con madianitas. Cuando se entere de que su vecino,
que es católico, se acuesta con su vecina, que pertenece a la secta de los
hugonotes, los matará tranquilamente y obrará en consecuencia. ¿Qué remedio
puede curar esa horrenda enfermedad del alma? Sólo hay uno, acostumbrar a los
niños a que no crean nada contrario a la razón; en no contarles historias de
aparecidos, fantasmas, brujos, poseídos, ni prodigios ridículos. La doncella de
imaginación sensible y excitada que oye hablar de poseídos contrae una enfermedad
nerviosa sufre convulsiones y también se cree poseída. Vi morir una joven a
consecuencia de los trastornos que causaron en sus órganos las lecturas de esas
historias execrables.
CONSTANTINO. El siglo de Constantino. En los siglos subsiguientes al de Augusto destaca el de
Constantino, que siempre será célebre por los cambios que operó en el mundo. Al
principio, es indudable que volvió a traer la barbarie y no contó con
Cicerones, Horacios ni Virgilios, ni siquiera tuvo Lucanos ni Sénecas, ni un
historiador sapiente ni veraz; sólo se vieron sátiras absurdas y panegíricos
desmesurados.
Los cristianos empezaban entonces a escribir historia, pero no tomaban
por modelo a Tito Livio ni a Tucídides. Tampoco los sectarios de la antigua
religión del imperio escribían con mejor estilo ni más exactitud. Ambos bandos,
enconados, no examinaban con mucho escrúpulo las calumnias que se imputaban
recíprocamente, y de ahí provino que consideraban a un mismo hombre como un
dios o un monstruo.
La decadencia general, tanto en las artes mecánicas como en la
elocuencia y la virtud, se extendió por todas partes desde la muerte de Marco
Aurelio, último emperador de una secta estoica que engrandeció al hombre,
tornándole duro para sí mismo y compasivo para los demás. Tras la desaparición
de ese emperador filósofo reinó en todas partes la tiranía y la confusión. La
casta militar disponía con frecuencia del imperio. El Senado llegó a tal
abyección que una ley prohibió expresamente a los senadores ir a la guerra. Se
vio al mismo tiempo que treinta jefes de partido se apoderaban del título de
emperador en treinta provincias del imperio. Los bárbaros invadieron por todas
partes a ese imperio desgarrado a mediados del siglo III, que sólo podía
subsistir con la disciplina militar que lo fundó.
Durante esas perturbaciones, el cristianismo iba implantándose
gradualmente en Egipto, Siria y las costas del Asia Menor. El Imperio romano
permitía toda clase de religiones, al igual que de sectas filosóficas. Pactaba
con el culto de Osiris y toleraba que los judíos gozaran de grandes
privilegios, a pesar de sus sublevaciones. Pero los pueblos perseguían de
continuo en provincias a los cristianos, y sufrían igual persecución de los
magistrados, que arrancaban en contra de ellos edictos a los emperadores. No
debe extrañar el odio general que en un principio se atrajo el cristianismo,
mientras toleraban otras religiones. Ello se debió a que mientras los egipcios,
judíos y otros adoradores de dioses foráneos, no declararon la guerra abierta a
los dioses del imperio, ni se oponían a la religión dominante, uno de los
primeros deberes de los cristianos era exterminar el culto del imperio. Los
sacerdotes paganos se indignaban viendo disminuir los sacrificios y las
ofrendas, y el pueblo, enardecido y fanático, se sublevaba contra los
cristianos. Sin embargo, varios emperadores les protegieron. Adriano prohibió
terminantemente que se les persiguiera; Marco Aurelio mandó que no les
persiguieran por motivos de religión, y Caracalla, Heliogábalo, Alejandro,
Filipo y Galiano, les dejaron vivir en completa libertad. Los cristianos
contaban en el siglo III con algunas iglesias muy concurridas y ricas y gozaron
de tal independencia que en dicha época celebraron hasta dieciséis concilios.
Los primitivos cristianos tenían obstruido el camino que lleva a las dignidades
porque casi todos eran de humilde cuna, pero se fueron dedicando al comercio y
algunos de ellos se enriquecieron. Este es el recurso de todas las sociedades
privadas de obtener cargos del Estado. De ese medio se valieron los calvinistas
en Francia, los reformistas en Inglaterra, los católicos en Holanda, los
armenios en Persia, los banianos en la India y los judíos en todo el mundo. Con
el tiempo, los gobiernos tuvieron tanta tolerancia, se suavizaron tanto las costumbres,
que los cristianos accedieron a todas las dignidades y honores. No les
obligaban a hacer sacrificios a los dioses del Imperio, ni se ocupaban de si
asistían a los templos, porque los romanos gozaron de libertad absoluta en
materia de religión y los cristianos de igual libertad. Tan cierto es que
accedieron a todos los honores que Diocleciano y Galerio les privaron de ellos
en 303, durante la persecución de que más adelante hablaremos.
Manes, que vivió en el reinado de Probo, hacia 278, fundó una nueva
religión en Alejandría basada doctrinalmente en algunos antiguos principios de
los persas y ciertos dogmas del cristianismo. Probo y su sucesor Caro dejaron
vivir tranquilamente a Manes y a los cristianos. Diocleciano protegió a éstos y
toleró a los maniqueos durante doce años; pero en 296 publicó un edicto contra
los maniqueos proscribiéndolos como enemigos del imperio y partidarios de los
persas. No incluyó a los cristianos en dicho edicto, y durante el imperio de
Diocleciano pudieron seguir profesando públicamente su religión hasta los dos
últimos años de su reinado.
Para completar ese cuadro falta añadir lo que era entonces el Imperio
romano. A pesar de las conmociones interiores y exteriores, y de las
irrupciones de los bárbaros, era dueño de cuanto posee hoy el sultán de los
turcos, excepto Arabia; de lo que posee Austria en Alemania y las provincias de
Alemania hasta el Elba; era dueño de Italia, Francia España e Inglaterra, de la
mitad de Escocia y de toda Africa hasta el desierto de Sahara. Todos esos
territorios los mantenían bajo el yugo romano cuerpos de ejército menos
considerables que los que Alemania y Francia movilizan cuando se enemistan.
El Imperio romano fue aumentando, agrandándose desde la época de César
hasta la de Teodosio, tanto por sus buenas leyes, su civilización y su benéfica
influencia, como por su fuerza y el terror que inspiraba.
Todavía sorprende que ninguno de los pueblos conquistados por los
romanos, una vez se gobernaron por sí mismos, no fueran capaces de construir
caminos tan magníficos, anfiteatros y baños públicos, como construyeron sus
vencedores. Algunas regiones, que en la actualidad son casi bárbaras y están
desiertas, se hallaban entonces pobladas y civilizadas, como por ejemplo,
Epiro, Macedonia, Tesalia, Iliria, Panonia y, sobre todo, Asia Menor y las
costas de Africa; en cambio, fueron menos poderosas de lo que son Alemania,
Francia e Inglaterra. Esas tres naciones han ganado mucho gobernándose por sí
mismas, pero tuvieron que pasar cerca de doce siglos para llegar al estado en
que se encuentran.
Las ruinas del Asia Menor y de Grecia, la despoblación de Egipto y la
barbarie de Africa, constituyen testimonios de la pasada grandeza romana. Las
medias ciudades florecientes que se encontraban entonces en dichos países están
convertidas ahora en miserables aldeas, y hasta sus campos se han hecho
estériles en manos de pueblos embrutecidos.
Dejando de lado la conmoción que agitó al imperio tras la abdicación de
Diocleciano, sólo diré que después de su muerte hubo seis emperadores a la vez.
Constantino triunfó de todos, cambió la religión y el imperio, y fue el autor,
no sólo de esta trascendental revolución; sino de las demás revoluciones que se
desarrollaron en Occidente. Si deseáis conocer su carácter, leed a Juliano,
Zósimo, Lozomeno y Víctor. Ellos os dirán que al principio fue un gran
príncipe, después un ladrón público y en la última parte de su vida un hombre
voluptuoso, afeminado y manirroto. Nos lo pintan siempre ambicioso, cruel y
sanguinario. En cambio, Eusebio, Gregorio Nacianceno y Lactancio, afirman que
era un hombre perfecto. Entre esas dos opiniones contrarias, sólo sus hechos
pueden revelarnos la verdad. Constantino obligó a su suegro a que se ahorcara,
mandó estrangular a su cuñado, ordenó decapitar a su primogénito y que ahogaran
en un baño a su esposa. Un autor primitivo de las Galias dice, ocupándose de
él, que le gustaba tener la casa limpia. Si a su comportamiento privado se
añade su conducta en las orillas del Rin, donde persiguió algunas hordas de
francos que allí habitaban, venciéndolas y capturando a sus reyes que arrojó a
las fieras para que sirvieran de diversión, podréis deducir de ello, sin temor
a equivocaros, que Constantino no fue el hombre más perfecto del mundo.
Examinemos, ahora, los principales hechos de su reinado.
Constancio Cloro, su padre, se encontraba en Inglaterra y se arrogó el
título de emperador durante unos meses. Constantino, que se hallaba en
Nicomedia con el emperador Galerio, pidió licencia a éste para ir a ver a su
padre enfermo y Galerio se la concedió, partiendo Constantino con los caballos
de posta del imperio. Puede decirse que era tan peligroso ser caballo de posta
como de la familia de Constantino porque mandó cortar los corvejones a todas
las monturas después de servirse de ellas por miedo a que Galerio, revocando la
licencia, le hiciera regresar a Nicomedia. Estando moribundo su padre, logró
que le reconocieran como emperador las legiones romanas que se encontraban en
Inglaterra.
Pero esta elección que hicieron en York unos seis mil hombres no debía
tenerse como legítima en Roma: le faltaba la fórmula usual del senatus
populusque romanus. Y el Senado, el pueblo y la guardia pretoriana eligieron
unánimemente emperador a Magencio, hijo del césar Maximino Hércules, que ya lo
era por sí mismo y hermano de Fausta, esposa de Constantino, que más tarde éste
mandó ahogar. Los historiadores acusan a Magencio de tirano y usurpador porque
suelen ponerse de parte de los que consiguen éxitos. Era protector de la
religión pagana y Constantino empezaba a proteger a los cristianos. Siendo
aquél pagano y vencido, no podía dejar de ser hombre abominable.
Eusebio dice que Constantino, cuando se dirigía hacia Roma para pelear
contra Magencio, vio en las nubes, lo mismo que su ejército, la enseña de los
emperadores, denominada lábaro, ostentando una cruz y unas palabras griegas que
significaban: Vencerás con este signo. Otros autores dicen que ese signo se le
apareció en Besançon, y algunos que en Colonia, y quienes sostienen que se le
apareció en Trevers y otros que en Troyes. Es muy extraño que el cielo haya
hablado en griego en todos esos países, y parece más lógico a la débil razón
humana que ese signo hubiera aparecido en Italia el día de la batalla, pero
entonces era preciso que la inscripción hubiera estado en latín. El erudito
Loisel refuta este pasaje, lo cual basta para que le tachen de malvado.
Cabe considerar, sin embargo, que la guerra que entonces tuvo lugar no
era de religión, porque Constantino no era un santo; por el contrario, cuando
murió sospecharon que era arriano porque persiguió a los ortodoxos. Por esto no
hay interés evidente en sostener el referido prodigio.
Cuando venció en dicha batalla, el Senado se apresuró a acatar al
vencedor y a detestar el recuerdo del vencido. Despojaron el arco de triunfo de
Marco Aurelio para adornar el de Constantino, le erigieron una estatua de oro,
que sólo se hacía en honor de los dioses, él la aceptó a pesar del lábaro y,
además, recibió el título de Sumo Pontífice, que conservó toda la vida. Su
primera tarea, según Zonaro y Zósimo, fue exterminar el linaje del tirano y sus
principales amigos, tras lo cual asistió a los espectáculos y juegos públicos.
El decrépito Diocleciano se hallaba moribundo en su retiro de Salónica,
por lo que Constantino hubiera podido no darse tanta prisa en derribar las
estatuas erigidas a aquél en Roma y recordar que ese emperador, sumido en el
abismo del olvido, fue el bienhechor de su padre y le debía el imperio. Después
de vencer a Magencio sólo le faltaba acabar con Licinio, su cuñado, que era
augusto como él; Licinio también esperaba la ocasión de deshacerse de
Constantino. Sin embargo, a pesar
de esa rivalidad no vislumbrada todavía, los dos cuñados publicaron
juntos, en 313, en Milán, el famoso edicto sobre la libertad de conciencia en
el que consta: «Concedemos a todo el mundo la libertad de seguir la religión
que quiera, con la idea de atraer la bendición del cielo sobre nosotros y sobre
nuestros vasallos; declaramos que hemos otorgado a los cristianos la facultad
libre y absoluta de profesar su religión, quedando bien entendido que todos los
demás gozarán de la misma libertad, y de este modo asegurar la tranquilidad de
nuestro reino». Se podría escribir un libro sobre el edicto en cuestión, pero
sólo aventuraré algunas ideas.
Constantino no era aún cristiano, y Licinio, su colega, tampoco, y
existía todavía un emperador o tirano que exterminar, que era pagano y se
llamaba Maximino. Licinio le declaró la guerra antes de combatir a Constantino
y el cielo le fue más favorable, porque aquél sólo se le apareció el lábaro,
mientras a Licinio se le apareció un ángel. Este ángel le enseñó una oración
con la que vencería al bárbaro Maximino, Licinio la escribió, hizo que su
ejército la recitara tres veces, y se alzó con la victoria. Si Licinio hubiera
reinado felizmente, todo el mundo se hubiera ocupado del prodigio del ángel,
pero como Constantino mandó que le ahorcaran y degollaran a su hijo y se
convirtió en dueño absoluto, del lábaro de Constantino sólo se ocupa la
historia.
Créese que ordenó matar a su primogénito Crispo y a su esposa Fausta el
mismo año que convocó el Concilio de Nicea. Zósimo y Sozomeno refieren que
habiéndole dicho los sacerdotes paganos que no podía expiar tan horrendos
crímenes se convirtió al cristianismo y mandó derribar muchos templos en
Oriente. Pero no es creíble que los sacerdotes paganos desaprovecharan la
ocasión que se les ofrecía de atraerse a su pontífice, que los abandonaba. Sin
embargo, no es imposible que alguno de ellos fuera austero e intransigente,
pues en todas partes se encuentran hombres íntegros. Más extraño es que
Constantino, al abrazar el cristianismo, no hubiera hecho penitencia para
expiar sus crímenes. Roma, en donde los cometió, desde entonces le resultaba
odiosa. La abandonó para siempre y fundó Constantinopla. ¿Cómo se atreve a
decir en uno de sus decretos que traslada la residencia del imperio a
Constantinopla por orden del mismo Dios? ¿No es esto burlarse impunemente de la
credulidad de los hombres? ¿Si Dios le hubiera dictado alguna orden, no le
habría dictado la de no asesinar a su esposa y a su hijo?
Diocleciano había dado ya el ejemplo de la traslación del imperio a las
costas de Asia. El fasto, el despotismo y las costumbres asiáticas ahuyentaron
a los romanos, a pesar de estar corrompidos y ser esclavos. Los emperadores
nunca aceptaron que le besaran los pies en Roma, ni introducir eunucos en sus
palacios; Diocleciano empezó a implantarlo en Nicomedia. Constantino, en
Constantinopla. estableció la corte romana a imagen de la de Persia, y Roma
comenzó su decadencia, extinguiéndose en ella el espíritu de los antiguos
romanos. Y con ello Constantino proporcionó al imperio el mayor daño que pudo
causarle. Fue el más absoluto de todos los emperadores. Augusto dejó un
resquicio de libertad; Tiberio y Nerón mantuvieron el Senado y el pueblo
romano; Constantino no conservó nada. Desde el principio consolidó su poder en
Roma, deponiendo a los soberbios pretorianos que creían dominar a los
emperadores. Separó radicalmente la toga de la espada, y los depositarios de
las leyes aplastados por la fuerza militar, pasaron a ser jurisconsultos
esclavos. Las provincias del imperio fueron regidas por un nuevo plan.
Constantino, en su ambición de adueñarse de todo, lo mismo dominó la
Iglesia que el Estado. Tras convocar el Concilio de Nicea, abrió las sesiones
entrando cubierto de piedras preciosas, con la diadema ceñida y tomando
posesión del sitial de preferencia. Desterró por igual a Arrio y a Atanasio. Se
puso en cabeza del cristianismo sin ser cristiano, pues no podía serlo en
aquella época porque todavía no estaba bautizado. Comenzaba entonces a abolirse
para el pueblo la costumbre de sumergirse en el agua de la regeneración al ver
la muerte cercana, y si Constantino, retardando su bautismo hasta el postrer
momento, creyó hacer impunemente lo que se le antojaba por abrigar la esperanza
de una expiación, fue una calamidad para el género humano que semejante idea arraigara
en la mente de un hombre tan poderoso.
CONTRADICCIONES. Cuanto más estudiamos el mundo, más lo vemos
henchido de contradicciones e inconsecuencias. El sultán de Turquía manda
decapitar a todo el que le parece, y raras veces puede conservar su cabeza. El
Santo Padre confirma la elección de los emperadores, tiene por vasallos a los
reyes, y ni siquiera es tan poderoso como un duque de Saboya. Expide órdenes
para América y Africa y no es dueño de privar de ningún privilegio a la
república de Lucca. El emperador es rey de los romanos, pero este derecho
consiste únicamente en sostener el estribo del Papa y presentarle lo necesario
para que se lave las manos en la misa. Los ingleses sirven de rodillas a sus
monarcas, pero los deponen, encarcelan y hacen morir en el cadalso.
Numerosos frailes que hacen voto de pobreza obtienen, en virtud de ese
voto, hasta doscientos mil escudos de renta, y como consecuencia de su voto de
humildad son soberanos despóticos. A voz en cuello se prohíbe en Roma obtener
pluralidad de beneficios con cura de almas, y con frecuencia se conceden bulas
a un prelado alemán para la titularidad de cinco o seis obispados a la vez. Y
esto se justifica, según dicen, porque los obispos alemanes no tienen la cura
de almas. El canciller de Francia que es el primer personaje de Estado, no
puede sentarse a comer en la mesa del rey, al menos hasta hoy, y un coronel
goza de esa prerrogativa. El intendente, que es reyezuelo en su provincia, es
un don nadie en la corte.
Si un pobre filósofo, con la mejor intención del mundo, afirma que la
tierra gira, o imagina que la luz proviene del sol, o supone que la materia
puede tener propiedades que nosotros no conocemos todavía, le tachan de impío y
le acusan de perturbador de la paz pública, pero en cambio traducen los libros
ad usum Delfini y las Tusculanas de Cicerón y de Lucrecio, que son dos cursos
completos de irreligión.
Los tribunales no creen ya en los posesos y se mofan de los brujos, pero
condenan a la hoguera por sortilegio a Ganfridi y a Grandier; y no hace mucho
la mitad de los miembros de un Parlamento se empeñaba en sentenciar a la
hoguera a un religioso acusado de haber hechizado a una joven de dieciocho años
(1).
(1) Aludo al proceso formado al padre Girard y La Cadiere, proceso que
deshonró a la humanidad.
El escéptico filósofo Bayle fue perseguido incluso en la mismísima
Holanda, y La Mothe, más escéptico que aquél y menos filósofo, fue preceptor
del rey Luis XIV y del hermano de éste.
El ateo Spinoza vivió y murió tranquilo, y Vanini, que sólo escribió
contra Aristóteles, fue condenado por ateo a morir en la hoguera. Los
diccionarios y las historias de los hombres de letras son inmensos archivos de
falsedades y escasas verdades. Hojead esas obras y veréis que Vanini propugnaba
en sus escritos el ateísmo y que doce profesores, seguidores suyos, salieron
con él de Nápoles con la intención de hacer prosélitos en todas partes, pero si
a continuación hojeáis las obras de Vanini quedaréis sorprendidos al encontrar
las pruebas de la existencia de Dios. He aquí lo que dice en Anfiteatro, obra
desconocida pero anatematizada: «Dios es su principio y su término, sin fin y
sin comienzo, porque no necesita de uno ni otro, es padre de todo principio y
de todo fin, y existe siempre, fuera del tiempo; para El no existió el pasado
ni existirá el futuro; reina en todas partes sin estar en sitio alguno; está
inmóvil sin pararse, es veloz sin tener movimiento; es todo y está fuera de
todo; está en todo sin estar encerrado; está fuera de todo sin ser excluido; es
bueno, pero sin poseer esa cualidad, está entero, pero sin componerse de
partes; es inmutable cuando todo varía en el universo y su voluntad es su
poder. En fin, siéndolo todo está por encima de todos los seres; fuera de
ellos, en ellos, más allá de ellos, y siempre delante y detrás de ellos».
Después de escribir la tal profesión de fe declararon ateo a Vanini. ¿En qué
fundaron su acusación? En la única declaración de un enemigo suyo.
El libro Cymbalum mundi, que es una fría imitación de Luciano y no tiene
la menor relación con el cristianismo, también fue condenado a ser pasto de las
llamas, y en cambio, las obras de Rabelais se han impreso con privilegio y han
dejado circular el Espía turco e incluso las Cartas persas, libro ligero,
ingenioso y atrevido en el que se hace la apología del suicidio y figuran
frases como esta: «El Papa es un mago que hace creer que tres no son más que
uno, que el pan que comemos no es pan, etc.».
Si quisiera continuar exponiendo las contradicciones que se encuentran
en el campo de las letras, necesitaría escribir la historia de todos los sabios
e ingenios. Al igual que si quisiera detallar las contradicciones de la
sociedad tendría que escribir la historia del género humano. El asiático que
viajara por Europa podría creer que éramos paganos. Los días de nuestra semana
llevan los nombres de Marte, Mercurio, Júpiter y Venus, y las obras de Cupido y
de Psique están pintadas en los palacios de los papas, pero, sobre todo, si el
asiático asistiera a una representación de ópera creería que era una fiesta
celebrada en honor del paganismo. Si se enterase mejor de nuestras costumbres,
quedaría sorprendido al ver que los monarcas contratan a los cómicos y los
curas los excomulgan vería casi siempre nuestros usos en contradicción con
nuestras leyes, y si nosotros fuéramos a Asia sin duda encontraríamos también
muchas incompatibilidades.
Los hombres son en todas partes igual de inconsecuentes: dictan leyes a
medida que van necesitándolas, como reparan las brechas de las murallas. En
algunas partes, los hijos primogénitos se quedan con todo en detrimento de los
segundones; en otras, los hijos heredan en partes iguales. Unas veces, la
Iglesia consiente el duelo; otras, lo anatematiza. Han sido excomulgados por
igual los partidarios y enemigos de Aristóteles, los que llevaban el pelo largo
y los que lo llevaban corto. Con todo, el mundo subsiste como si estuviera bien
ordenado. Nuestra naturaleza tiende a la irregularidad y nuestro mundo político
es como nuestro Globo, algo informe que se conserva siempre. Locura sería
pretender que las montañas, los mares y los ríos, trazasen figuras regulares,
pero sería mayor locura exigir que los hombres fueran perfectamente sabios. Eso
sería tanto como dar alas a los perros y cuernos a las águilas.
En Europa todo se hizo como el traje de Arlequín. Su amo, como no tenía
tela, cuando necesitó vestirle tomó varios trozos de ropa vieja de diferentes
colores y Arlequín quedó en ridículo, pero vestido.
¿En qué país no se contradicen los usos y las leyes? ¿Existe
contradicción más chocante y respetable a la vez que la del Santo Imperio
romano? ¿En qué es santo, en qué es imperio y en qué es romano? Alemania es una
aguerrida nación que ni Germánico ni Trajano pudieron subyugar por entero. Los
pueblos germanos que habitaban allende del Elba fueron siempre invencibles,
pese a que estaban mal armados, y de estos tristes climas salieron los
vencedores del mundo. En vez de ser Alemania imperio romano, sirvió para
destruirlo. Ese imperio habíase refugiado en Constantinopla cuando un alemán,
un austriaco, se dirigió desde Aquisgrán a Roma, para despojar a los césares
griegos de lo que les quedaba en Italia. Adoptó el título de imperator, pero ni
él ni sus sucesores se atrevieron nunca a afincarse en Roma. La Ciudad Eterna
no puede vanagloriarse ni quejarse de que después de Augústulo, último
excremento del Imperio romano, ningún césar haya vivido ni muerto dentro de sus
murallas. No es posible que ese imperio sea santo porque se practican en él
tres religiones; dos de ellas declaradas impías y abominables por el tribunal
de Roma, al cual el imperio considera como soberano en esta materia. Tampoco
puede ser romano porque el emperador no tiene ni una casa en Roma.
En Inglaterra se sirve a los monarcas de rodillas y observan la máxima
de que el rey no puede causar ningún mal; únicamente sus ministros pueden
equivocarse. Allí, el soberano es infalible en sus actos como el papa en sus
decisiones. Amén de que la ley sálica es la ley fundamental de Inglaterra. Aun
así, el Parlamento juzgó a su rey Eduardo 11 declarando que había cometido
muchas faltas y por tanto había perdido sus derechos a la corona. Guillermo
Trussel se personó en la cárcel y le dijo: «Yo, Guillermo Trussel, procurador
del Parlamento y de la nación inglesa, revoco el homenaje que hasta hoy te
hemos prestado y te privo del poder real».
El Parlamento inglés juzga y sentencia a Ricardo II. Entre los treinta y
un cargos que alegan en su contra, figuran estos dos: «Que tomó prestado dinero
y no lo devolvió, y que en presencia de testigos dijo que era dueño de la vida
y los bienes de sus súbditos».
El Parlamento depuso a Enrique VI porque tuvo la desgracia de ser
imbécil. Más tarde declaró traidor a Eduardo IV y le confisca los bienes.
Ricardo 111, peor sin duda que los demás reyes, fue un Nerón, pero valiente, y
el Parlamento sólo le acusó de sus delitos después de muerto.
La Cámara que representa al pueblo en Inglaterra imputó a Carlos I más
faltas de las cometidas y le condenó a morir decapitado.
El Parlamento declaró que Jacobo 11 había cometido graves faltas, entre
ellas fugarse de la nación, y declaró la corona vacante, esto es, le depuso.
De las contradicciones en algunos ritos. Después de las trascendentales contradicciones políticas, las más graves
son algunas de nuestros ritos. Aborrecemos el judaísmo y apenas hace quince
años que condenábamos los judíos a las hogueras; los consideramos deícidas y,
sin embargo, nos congregamos los domingos para cantar salmos judíos, y no los
cantamos en hebreo porque somos unos ignorantes, pues los quince primeros
obispos, sacerdotes y diáconos de Jerusalén, cuna de la religión cristiana, sí
los cantaban en hebreo, y desde la época del califa Omar casi todos los
cristianos, desde Tiro hasta Alepo, rezaban en dicho idioma. En la actualidad,
el que hiciera lo mismo sería sospechoso de estar circuncidado y de ser judío,
y como tal, quemado. Por lo menos hubiera muerto en la hoguera veinte años
atrás, a pesar de que Jesucristo, los apóstoles y sus discípulos fueron
circuncidados. ¿Cabe encontrar nada más contradictorio?
De las contradicciones aparentes en los libros. Debemos distinguir, sobre todo en los libros sagrados, las
contradicciones aparentes de las reales. El Pentateuco nos dice que Moisés fue
el más benigno de los hombres y mandó degollar veintitrés mil hebreos porque
adoraban al becerro de oro, y veinticuatro mil por tener trato carnal o haberse
casado con mujeres madianitas, y él había hecho lo mismo. Pero doctos
comentaristas demostraron de manera irrefutable que Moisés era apacible y
afable, y que sólo por agradar a Dios hizo asesinar a esos cuarenta y siete mil
hebreos culpables.
Críticos desenfadados han creído encontrar una contradicción en el
pasaje que refiere cómo Moisés convirtió toda el agua de Egipto en sangre, y
que los magos del faraón obraron en seguida el mismo prodigio sin que en el
Exodo exista ningún intervalo entre uno y otro milagros. A primera vista parece
imposible que esos magos pudieran convertir en sangre lo que ya era sangre,
pero esa dificultad se esfuma si suponemos que Moisés permitió que las aguas
volvieran a adquirir su primitiva naturaleza para dar tiempo a que obrasen su
prodigio los magos de Egipto. Esta suposición es hasta cierto punto verosímil,
porque si el texto no la favorece, tampoco se opone.
Los mismos críticos suspicaces se preguntan: ¿Cómo pudo ser que el
faraón persiguiera con su caballería a los judíos cuando todos sus caballos
murieron del gran pedrisco que cayó en Egipto durante la sexta plaga? Pero esto
también es una contradicción aparente, porque la piedra que mató a dichos
caballos no pudo causar ningún daño a los que estaban en las cuadras. Todo
puede explicarse con un poco de buena fe.
Una de las mayores contradicciones que han creído encontrar en el Libro
de los Reyes es la carencia de armas ofensivas y defensivas en que se
encontraban los hebreos al advenimiento de Saúl, y luego se lee que Saúl
acaudillaba trescientos treinta mil combatientes que lucharon contra los
amonitas que sitiaban Jabes y Galaad. En efecto, el mencionado Libro de los
Reyes dice que entonces y después de esa batalla no había una lanza ni una sola
espada en el pueblo hebreo, que los filisteos les impidieron que forjaran
lanzas y espadas, y que los hebreos se veían obligados a ir al pueblo de los
filisteos para afilar la hoja de sus arados, sus azadas, sus hoces y sus
podaderas (1). Esta confesión parece que demuestra que los hebreos eran escasos
en número y los filisteos constituían una nación poderosa que tenía a los
israelíes bajo su yugo y tratándoles como esclavos, por lo que era imposible
que Saúl hubiera podido reunir trescientos treinta mil combatientes.
(1) Libro de los Reyes, 13, 19, 20 y 21.
El reverendo padre Calmet dice que, al parecer, «hay algo de exageración
en lo de Saúl y Jonatás», pero ese sabio olvida que los otros comentaristas
atribuyen las primeras victorias de Saúl y Jonatás a un milagro de los que Dios
se dignaba obrar con frecuencia en favor de su pueblo predilecto. Jonatás, sólo
con su escudero, comenzó por dar muerte a veinte mil enemigos, y los filisteos,
aterrados, terminaron acometiéndose unos a otros. El autor del Libro de los
Reyes dice que eso fue un milagro de Dios. Por tanto, no hay contradicción.
Celso, Porfirio y Juliano, enemigos declarados de la religión cristiana
han agotado la sagacidad de su talento ocupándose del tema. Algunos autores
hebreos, valiéndose del conocimiento de su lengua natal, publicaron las
contradicciones aparentes que se encuentran en el Nuevo Testamento,
consiguiendo que los copiaran varios autores cristianos, entre ellos Herbert,
Wollaston, Tindal, Toland, Collins, Shaftesbury, Woolston, Gordon, Bolingbroke
y otros de diversos países. Freret, secretario perpetuo de la Academia de
Bellas Artes de Francia, y el sabio Leclerc, creen encontrar. algunas
contradicciones, pero dicen que pueden atribuirse a los copistas, mientras
otros críticos han pretendido explicar y reformar las contradicciones que
parecen inexplicables.
En un libro peligroso, escrito con mucho talento (2), se nos dice que
Mateo y Lucas atribuyen a Jesús una genealogía diferente, y para que no se crea
que son insignificantes esas creencias, trata de convencer a quien lo dudare
remitiendo a Mateo en el capítulo I y a Lucas en el capítulo III, con el fin de
que vean que hay quince generaciones más en un evangelista que en otro; que
desde David se separan y vuelven a unirse en Salatiel, pero que después del
hijo de éste se separan de nuevo y no vuelven a reunirse hasta José. En la
misma genealogía, Mateo incurre en flagrante contradicción porque dice que
Osías era padre de Jonatán, y en los Paralipómenos, libro I, capítulo III, se
encuentran tres generaciones entre ellos, Joás, Amasías y Azarías, de los que no
se ocupan Mateo ni Lucas. Además, esa genealogía no tiene nada que ver con
Jesús, porque según nuestra ley José no tuvo trato carnal con María.
(2) Análisis de la religión cristiana, atribuido a Saint Evremont, pág.
22.
San Epifanio concilia las dos genealogías de otra manera. Según él,
Jacob Panter desciende de Salomón y es padre de José y Clofás. José tuvo de su
primera mujer seis hijos: Jacobo, Josué, Simeón, Judas, María y Salomé. Luego
enmaridó con la Virgen María, madre de Jesús, hija de Joaquín y de Ana.
Esas dos genealogías también se explican de otras maneras. Véase el
libro de Calmet, Disertación en la que se intenta conciliar san Mateo con san
Lucas sobre la genealogía de Jesucristo.
Esos sabios incrédulos que se han ocupado en comparar fechas, estudiar
libros y medallas, confrontar los autores más antiguos buscando la verdad y
cuya ciencia les hace perder la simplicidad de la fe, dicen que Lucas
contradice a los demás evangelistas y se equivoca respecto al nacimiento del
Salvador. He aquí lo que temerariamente explica el autor del Análisis de la
religión cristiana, página 23:
«San Lucas dice que Cirenio gobernaba Siria cuando Augusto mandó
confeccionar el empadronamiento del imperio. Veamos las muchas falsedades que
hay en esas pocas palabras. Tácito y Suetonio, los dos historiadores antiguos
más veraces, nada dicen de ese supuesto empadronamiento del imperio, que sin
duda hubiera sido un acontecimiento extraordinario porque nunca lo efectuó
antes ningún emperador, o por lo menos ningún autor lo menciona. Cirenio fue a
Siria diez años después de la fecha que indica Lucas, en cuya fecha la
gobernaba Quintilio Varo, según refiere Tertuliano y confirman las medallas.»
En efecto, en el Imperio romano el empadronamiento no se conoció; sólo
era costumbre confeccionar un censo de los ciudadanos de Roma. Es posible que
los copistas hayan puesto empadronamiento por censo. En cuanto a Cirenio, a
quien los copistas llaman Cirino, debemos decir que no era gobernador de Siria
en la época del nacimiento de Jesús, porque la gobernaba Quintilio Varo, pero
es posible que éste enviara a Judea a Cirenio, que le sucedió en el mando de
Siria diez años después. No debemos callar que esta explicación tampoco nos
satisface por completo. El censo confeccionado durante el imperio de Augusto no
se refiere a la época del nacimiento de Jesús. Es más, los judíos no estaban
comprendidos en ese censo y José y su mujer no eran ciudadanos romanos. Por
tanto, María no pudo salir de Nazaret, que está al extremo de Judea, a pocas
millas del monte Tabor y en medio del desierto, para ir a dar a luz en Belén,
que dista ochenta millas de Nazaret. Pero sí pudo acaecer fácilmente que
Cirenio fuera a Jerusalén enviado por Quintilio Varo para imponer un tributo
por cabeza, y que José y María recibieran la orden del magistrado de Belén de
presentarse en dicha localidad, que es donde nacieron, para pagar el mentado
tributo. Explicado de esta forma, no hay contradicción.
Ahora bien, los críticos pueden invalidar esta solución diciendo que
Herodes era el único que imponía tributos, que los romanos no cobraban nada en
Judea y que Augusto permitió que Herodes fuera dueño absoluto de su casa, por
medio de la contribución que dicho idumeo pagaba al imperio. Pero en caso de
necesidad pudo ponerse de acuerdo con un príncipe tributario y enviar un
intendente para establecer de común acuerdo la nueva contribución.
Nosotros no diremos, como otros muchos, que los copistas han cometido
muchas equivocaciones, más de diez mil en la traducción que ha llegado a
nuestras manos. Preferimos decir, haciendo coro a los doctos y hombres más
ilustrados, que los Evangelios se nos dieron para enseñarnos a vivir
santamente, no para que sabiamente los critiquemos, pues no pueden resistir una
crítica severa.
Estas contradicciones causaron un efecto turbador y deplorable en Jean
Meslier, párroco de Etrepigny, en Champagne. Este cura, virtuoso y caritativo,
pero sombrío y melancólico, estaba leyendo siempre la Biblia y los santos
padres con un ensimismamiento que le fue fatal. Le transformó en un ser
rebelde, siendo como era un pastor que debía enseñar docilidad a su rebaño. Las
contradicciones que creyó hallar en esos libros le desquiciaron de tal manera
que las llegó a encontrar entre Jesús que nació judío y en seguida fue
reconocido como Dios. Entre Dios, conocido al principio por hijo de José el
carpintero y por el hermano de Jacobo, pero descendido de un empíreo que no
existía, con la idea de erradicar el pecado del mundo y dejándolo, sin embargo,
lleno de crímenes. Entre Dios, nacido de un mísero artesano y descendiente de
David por parte de padre, que no era su padre; entre el Creador de todos los
mundos y el nieto de la adúltera Betsabé, de la imprudente Rut, de la
incestuosa Tamar, de la prostituta de Jericó y de la mujer de Abrahán, que
raptó un rey de Egipto y luego la volvieron a raptar a la edad de noventa años.
Meslier pregonó con monstruosa impiedad esas supuestas contradicciones
que le chocaron y cuya solución hubiera encontrado de ser un espíritu
acomodaticio. Su tristeza fue aumentando en la soledad en que vivía y tuvo la
desgracia de tomar horror a la santa religión, siendo como era el encargado de
predicarla. Y oyendo sólo a su razón perturbada y seducida abjuró del
cristianismo en un testamento ológrafo del que cuando murió, en 1732, dejó tres
copias. El extracto de dicho testamento se imprimió varias veces e inútil es
decir el escándalo que levantó. Puede comprenderse el tremendo efecto que
causaría en el público un sacerdote que pide perdón a Dios y a sus feligreses
en la hora de la muerte por haberles enseñado los dogmas del cristianismo, que
execra a los cristianos porque muchos de ellos son perversos, truena contra el
fasto de Roma y las contradicciones de los sagrados libros, y habla del
cristianismo como Porfirio, Epicteto, Marco Aurelio y Juliano, cuando va a
comparecer ante Dios.
Y de igual modo, el desgraciado predicador Antonio, engañado por las
contradicciones que creyó ver entre el Nuevo y el Antiguo Testamento dio el mal
paso de apostatar de la religión cristiana y abrazar la religión judía, pero
más valiente que Jean Meslier, prefirió morir a retractarse.
En el testamento de Jean Meslier se ve claramente que las
contradicciones que se encuentran en los Evangelios le trastornaron el juicio,
siendo un sacerdote de acendrada virtud. Le trastornaron las dos genealogías
que le parecían contradictorias, y no pudiendo conciliarlas se sublevó, viendo
que Mateo hace ir al padre, la madre y al hijo a Egipto, después de recibir el
homenaje de los tres reyes magos de Oriente, y que el anciano Herodes, temiendo
que le destronara un niño que acababa de nacer en Belén mandó degollar a todos
los demás para evitar su destronamiento. Le extraña que Lucas, Juan, ni Marcos,
hablen de semejante matanza. Queda confundido cuando lee que Lucas hace que
permanezcan en Belén san José, la Virgen y Jesús, y que después regresen a Nazaret,
pero debía saber que la sagrada familia podía ir primero a Egipto y después a
Nazaret. Si Mateo es el único que refiere lo de los tres magos y la estrella
que les guió desde el centro del Oriente hasta Belén, y lo de la matanza de los
niños, y si los demás evangelistas no se ocupan de nada de ello, no significa
que se contradigan, porque callar no es contradecir.
Si Mateo, Marcos y Lucas no dan más que tres meses de vida a Jesucristo,
desde que fue bautizado en Galilea hasta que recibió el suplicio y muerte en
Jerusalén, y Juan le hace vivir tres anos y tres meses, es fácil poner de
acuerdo a Juan con los otros tres evangelistas, ya que aquél no dice
expresamente que Jesucristo predicó en Galilea durante tres años y tres meses,
sino que sólo se infiere de sus palabras. ¿Acaso por simples razones de
controversia, por inducciones, por contradicciones de cronología, debemos
renunciar a una religión que nos hace felices?
Según Meslier, es imposible poner de acuerdo a Mateo y a Lucas, pues el
primero dice que Jesús, al salir del desierto, fue a Cafarnaum, y el segundo
dice que fue a Nazaret. San Juan afirma que Andrés fue el primer apóstol que
siguió a Jesús y los otros evangelistas dicen que fue Simón Pedro. Supone
también que se contradicen respecto al día en que Jesús celebró la pascua, y
también sobre la hora de su muerte y la de su resurrección y a las épocas y
sitio de su aparición. Y está convencido el desdichado sacerdote de que libros
que se contradicen no pueden ser inspirados por el Espíritu Santo. Pero no es
dogma de fe que el Espíritu Santo haya inspirado todas las palabras, ni que
dirigiera la mano de todos los copistas; dejó obrar a segundas causas. Bastante
fue que se dignara revelarnos los principales misterios y que, con el tiempo,
instituyera una Iglesia para explicárnoslos. Todas esas contradicciones que se
achacan a los Evangelios las han descubierto los sabios comentaristas, pero en
vez de perjudicarse se explican unas con otras, prestándose mutua ayuda y
armonizando los cuatro Evangelios. Si encontramos algunas dificultades que no
se pueden explicar profundidades que no es posible desentrañar, episodios
increíbles, prodigios que sublevan la débil razón humana y contradicciones que
no pueden conciliarse, todo ello es para poner a prueba nuestra fe y humillar
la soberbia del hombre.
CONTRASTE. Es la oposición de figuras, situaciones,
fortuna, costumbres etcétera. En un cuadro la pastora sencilla forma un bello
contraste con la princesa orgullosa. El papel del impostor y el de Cleante
forman también admirable contraste en el Tartufo.
Lo pequeño puede contrastar con lo grande en pintura, pero no se puede
afirmar que le es contrario. La oposición de colores contrasta, pero tampoco
puede afirmarse que haya unos colores contrarios a otros, o sea que produzcan
mal efecto porque choquen a la vista cuando los tenemos cerca.
El término contradictorio sólo se puede usar en dialéctica. Resulta
contradictorio que una cosa sea y no sea a la vez, que esté en muchos sitios al
mismo tiempo, que tenga tal nombre y magnitud y que no los tenga a la vez. Por
eso se dice: esa opinión, este discurso y aquel decreto son contradictorios.
Las varias vicisitudes que durante su vida experimentó Carlos XII fueron
contrarias, mas no contradictorias y constituyen en la historia un hermoso
contraste.
No es igual que dos cosas formen contraste a que sean contradictorias.
No es contradictorio que el papa fuese adorado en Roma y quemado en efigie en
Londres el mismo día, y que mientras le llamaban vice Dios en Italia,
recorriera las calles de Moscú en forma de cerdo para divertir a Pedro el
Grande. Mahoma, que la mitad del mundo coloca a la derecha de Dios y trata de
impostor la otra mitad, es el mayor contraste.
Por dondequiera que viajéis se encuentran contrastes en todas partes. El
primer blanco que vio a un negro debió quedar sorprendido, pero el primer
raciocinador que dijo que ese negro provenía de una pareja blanca me asombró
todavía más, porque su opinión es contraria a la mía. El pintor que plasme
hombres blancos, negros y cobrizos puede formar hermosos contrastes.
CONVULSIONES. Hacia el año 1724 se bailó en el cementerio
de San Medardo y se produjeron muchos milagros. He aquí uno, referido en una
canción de la señora duquesa de Maine:
Un limpiabotas de orden real del pie izquierdo estropeado, obtuvo por
gracia especial quedar de otro pie lisiado.
Como es sabido, las convulsiones milagrosas continuaron hasta que se
impuso una guardia en el cementerio:
De orden del rey, se prohíbe a Dios que frecuente este lugar.
Como también es sabido, al no poder los jesuitas llevar a cabo tales
milagros desde que su Javier agotó las gracias de la Compañía resucitando a
nueve muertos a la vez, adoptaron la precaución, para equilibrar el crédito de
los jansenistas, de hacer grabar una estampa de Jesucristo en hábito de
jesuita. Un bromista del partido jansenista, como todo el mundo sabe, escribió
al pie de la estampa:
Admirad el extremado artificio de estos ingeniosos frailes: os visten,
oh Dios, como uno de ellos, temiendo que no se os ame.
Los jansenistas, para demostrar mejor que Jesucristo jamás pudo adoptar
la sotana de los jesuitas, hicieron rebosar París de convulsiones y atrajeron a
las gentes a su patio monacal. Carré de Montgeron, consejero del Parlamento,
acudió a presentar al rey un volumen en cuarto recogiendo todos estos milagros,
confirmados por mil testimonios. Como era justo. fue recluido en un castillo
para restablecerle su sano juicio mediante un régimen adecuado, pero la verdad
triunfa siempre de las persecuciones y los milagros se perpetuaron durante
treinta años después sin interrupción. Se hizo acudir a su casa a la hermana
Rosa, a la hermana Iluminada a la hermana Promesa, a la hermana Confitada, que
se hicieron azotar sin cuenta ni descanso: se les propinaron garrotazos en sus
estómagos bien acorazados y almohadillados, sin hacerles daño alguno; se les
acostó sobre una gran hoguera con el rostro embadurnado de pomada sin que se
quemasen y, por último, como todas las artes se prefeccionan, acabaron por
hundirles espadas en la carne y por crucificarlas. Incluso un famoso teólogo
tuvo el privilegio de ser puesto en cruz, y ello para convencer al mundo de que
cierta bula era ridícula, lo que hubiera podido demostrarse sin tantos
sacrificios. Sin embargo, tanto jesuitas como jansenistas se confabularon
contra el Espíritu de las leyes y contra… y contra… y contra… y contra… Y
después de todo esto, ¡todavía nos atrevemos a burlarnos de los lapones, los
samoyedos y los negros!
CREER. En el artículo Certidumbre dijimos que muchas veces
que creemos estar ciertos no lo debemos estar, y que serán acertados nuestros
juicios cuando juzguemos según el sentido común. Vamos a ver ahora qué es lo
que llamamos creer.
Hablo con un turco y me dice: «Yo creo que el arcángel Gabriel descendió
con frecuencia del Empíreo para entregar a Mahoma las hojas del Corán, escritas
con letras de oro en pergamino azul». a¿Por qué crees esa cosa tan increíble?»
«Porque tengo grandes probabilidades de que no me han engañado al referir esos
prodigios y porque Abubeker el suegro, Alí el yerno, Aiska la hija y Omar,
certificaron la veracidad del hecho, que presenciaron cincuenta mil hombres.
Recogieron todas las hojas, las leyeron ante los fieles y aseguraron que no
habían cambiado una sola palabra. Lo creo porque siempre hemos tenido un mismo
Corán, que no ha sido contradicho por otro y Dios nunca permitió que se
alterase porque sus preceptos y sus dogmas son perfectos. El dogma consiste en
la unicidad de Dios, por el que vivimos y morimos, en la inmortalidad del alma,
en las recompensas eternas de los justos, en el castigo de los malvados y en la
misión de nuestro gran profeta Mahoma, corroborada por sus victorias. Los
preceptos consisten en ser justos y esforzados, en dar limosnas a los pobres,
en abstenernos de tener la enorme cantidad de mujeres que tienen los príncipes
orientales, en renunciar al buen vino de Engaddi y de Tadmor, que los borrachos
judíos elogian en sus libros, y en rezar a Dios cinco veces al día. Esta
sublime religión la ha confirmado el más hermoso y constante de los milagros:
este milagro consiste en que Mahoma, perseguido por los zafios magistrados que
decretaron que le prendieran, se vio obligado a dejar su patria y sólo regresó
a ella victorioso, sirviéndole de escabel sus jueces imbéciles y sanguinarios.
Luchó toda su vida defendiendo las doctrinas del Señor, y con reducido número
de tropas venció siempre a innumerables soldados; él y sus sucesores
convirtieron a su religión la mitad del mundo, y con la ayuda de Dios esperamos
que llegue un día en que se convierta la otra mitad».
No se concibe mayor alucinación. Con todo, aunque el turco cree con
firmeza, en el fondo de su alma ve elevarse pequeñas nubes de duda cuando le
presentan objeciones a las visitas del arcángel Gabriel, cuando le contradicen
respecto al sura o capítulo descendido del cielo para declarar que el gran
profeta no es cornudo, y sobre todo la jumento Borac, que en una noche
transporta a Mahoma desde la Meca a Jerusalén. Entonces el turco balbucea, se
sonroja y no sabe qué contestar, y a despecho de esto, no sólo dice que lo
cree, sino que se empeña en que lo crean los demás.
¿Está efectivamente convencido el turco de todo lo que nos dice? ¿Está
seguro de que Mahoma es un enviado de Dios, como lo está de que existe
Estambul? El fondo del discurso del turco es que cree lo que no cree. Está
acostumbrado a pronunciar, como el sacerdote en su mezquita, ciertas palabras
que toma por ideas. Creer es muchas veces dudar.
«¿Por qué crees esto?», pregunta Harpagón. «Lo creo, porque lo creo», le
contesta Jacques en el Avaro de Moliere. La mayoría de los hombres podrían
contestar lo mismo. Créeme lector, no se debe comulgar con ruedas de molino.
CRÍMENES. Un ciudadano de Roma tuvo la malhadada idea
de matar en Egipto un gato sagrado, y el pueblo, enfurecido, castigó el
sacrilegio acometiendo al romano y haciéndolo pedazos. Si el pueblo de Egipto
hubiera dado tiempo para que llevaran al extranjero ante el tribunal y los
jueces hubiesen tenido sentido común, le habrían sentenciado a pedir perdón a
los egipcios y a los gatos, y a pagar una cuantiosa multa en dinero o en
ratones. Además, le hubieran dicho que se deben respetar las tonterías del
pueblo, cuando no se tiene bastante fuerza para suprimirlas.
El presidente del tribunal hubiera dicho, poco más o menos, estas
palabras al romano: «Cada país tiene sus impertinencias legales y sus
especiales delitos. Si en vuestra patria, Roma, que es soberana de Europa,
Africa y Asia Menor, matarais un pollo sagrado en el momento en que le están
echando maíz para conocer la voluntad de los dioses, os castigarían
severamente. Nosotros creemos que habéis matado el gato por ignorancia y por
eso el tribunal os amonesta por primera vez. Idos, y desde hoy sed más circunspecto».
De los crímenes de tiempo y lugar que deben ignorarse. Sabido es que debe hablarse con el mayor respeto de Nuestra Señora de
Loreto cuando se llega a la marca de Ancona. Tres mozos llegan allí y se mofan
del edificio que ocupa Nuestra Señora, que viajando por los aires llegó a
Dalmacia, cambió dos o tres veces de sitio, y al fin sólo pudo encontrarse
cómoda en Loreto. Esos tres mozos, mientras cenan, cantan una antigua canción
que debió componer algún hugonote contra la traslación de la Casa Santa de
Jerusalén al fondo del Adriático. Y he aquí que por casualidad, un fanático se
entera de lo que dicen en la cena los mozos, hace indagaciones, busca testigos
y compromete a un monseñore a que lance contra ellos un monitorio. Ese
monitorio alarma las conciencias y nadie osa ocultar lo que sabe sobre este
asunto; posaderos, lacayos, criados y demás dependientes, oyeron lo que no
dijeron y vieron lo que no hicieron, lo que promueve un gran escándalo en toda
la marca de Ancona. A media legua de Loreto se rumorea que esos mozos han
apaleado a Nuestra Señora, y una legua más allá aseguran que han echado al mar
la Casa Santa. Les forman proceso y les condenan. La sentencia dice que primero
les cortarán la mano, en seguida les arrancarán la lengua y luego se les pondrá
en el tormento para que confiesen cuantas coplas tuviese la canción; por
último, serán quemados en la hoguera.
Un abogado de Milán que se encontraba en Loreto preguntó al juez
principal que intervino en dicho proceso a qué hubiera condenado a esos mozos
de haber violado a su madre y después degollado para comérsela.
«Hay mucha diferencia —contestó el juez— de una cosa a otra. Violar,
asesinar y comerse a la madre son delitos que sólo se cometen contra los
hombres.» «¿Tenéis alguna ley expresa —replicó el abogado milanés— que os
obligue a que mueran en tan tremendo suplicio unos jóvenes que acaban de salir
de la infancia, por mofarse indiscretamente de la casa santa, de la que se
burla el mundo entero, exceptuando la marca de Ancona?» «No —respondió el
juez—, la sabiduría de nuestra jurisprudencia lo deja a nuestra discreción.»
«Bien, entonces debéis tener la discreción de recordar que uno de esos mozos es
nieto de un general que derramó su sangre por la patria y sobrino de una
abadesa respetable. Debíais haber tenido presente que ese mozo y sus compañeros
son unos aturdidos que no merecían más que una corrección paternal. Priváis al
Estado de tres ciudadanos que pudieran servirle un día, os mancháis las manos
con sangre inocente, y sois más cruel que los caníbales. La posteridad execrará
a los jueces de ese proceso. ¿Qué poderoso motivo pudo ahogar en vosotros la
razón, la justicia, la humanidad y tornaros en bestias feroces?» «El clero de
Ancona —replicó el juez— nos tachaba de tibios y de desentendernos de la
Iglesia lombarda, es decir, nos acusaba de carecer de religión.» «Entonces
—repuso el milanés— fuisteis asesinos para parecer cristianos.»
Al oír estas palabras, el juez cayó al suelo como herido por un rayo.
Sus colegas perdieron luego sus empleos, atreviéndose a decir que habían
cometido una injusticia con ellos, olvidándose de su ruin proceder y no
comprendiendo que la mano de Dios los castigaba.
Para que siete personas se proporcionen legalmente la diversión de ver
morir a otra persona en público, dándole golpes con una barra de hierro en un
tablado, para que disfruten del placer secreto e indigno de hablar luego de
ello en la mesa con sus mujeres y sus vecinos, para que los ejecutores de
semejante justicia, que desempeñan desenfadadamente su cometido, cuenten de
antemano el dinero que van a ganar, para que el público acuda a ese espectáculo
como a una feria, se necesita que el crimen cometido merezca realmente ese
suplicio en la opinión de todas las naciones civilizadas y produzca un bien a
la sociedad, porque interesa a la humanidad entera. Se necesita, sobre todo,
que el delito esté demostrado, no como una proposición geométrica, pero sí
hasta el punto que pueda demostrarse. Si contra cien mil probabilidades de que
el acusado es culpable, se encuentra una de que es inocente, ésta debe
prevalecer sobre las demás.
Si bastan dos testigos para ahorcar a un hombre. Durante mucho tiempo se ha creído que eran suficientes dos testigos para
condenar a la pena capital a un hombre y tener la conciencia tranquila. El
evangelio de san Mateo dice que bastan dos o tres testigos para reconciliar a
dos amigos que estén reñidos, y sobre ese texto se ha calcado la jurisprudencia
criminal, hasta el punto de establecer que es una ley divina quitar la vida a
un hombre cuando declaran contra él dos testigos, que pueden ser unos malvados.
Una multitud de testigos aunque estén de acuerdo, no son capaces de probar un
hecho improbable, que niegue el acusado. ¿Qué debe hacerse en casos semejantes?
Posponer el fallo para dentro de cien años, como hacían los atenienses.
Vamos a referir un caso presenciado en Lyon en 1768. Una madre esperó
inútilmente que volviera a casa su hija hasta las once de la noche, viendo que
no volvía, la busca por todas partes. Sospechando que la oculta una vecina, se
la pide y acusa a ésta de haber prostituido a su hija. Unas semanas después,
unos pescadores encuentran en Condrieux, en el Ródano, a una joven ahogada y en
estado de putrefacción. La mencionada madre cree que el cadáver es su hija y
los enemigos de su vecina la convencen de que en casa de ésta la han violado,
la estrangularon y la echaron al Ródano. La madre lo cuenta así a todo el
mundo, el vecindario lo repite y pronto se encuentran gentes que cuentan hasta
los detalles del crimen. Toda la ciudad se ocupa de ello y todas las bocas
piden venganza. Hasta aquí lo sucedido es común en las muchedumbres que carecen
de criterio, pero ahora entra lo insólito y espeluznante. El hijo de la citada
vecina, que tenía unos cinco años, acusa a su madre de haber hecho violar ante
sus ojos a la desventurada joven que encontraron en el Ródano y de haber hecho
que la inmovilizaran cinco hombres mientras el sexto la gozaba. El niño dice
que oyó las palabras de la violada y describe sus actitudes; afirma, además,
que oyó a su madre y a los malvados estrangular a la desgraciada después de
consumar el acto referido. Declara también haber visto a su madre y los
asesinos cuando la echaron en un pozo, la sacaron después y la envolvieron en
una sábana; que vio a esos monstruos llevarla en triunfo por las plazas
públicas, bailar alrededor del cadáver y, por fin, arrojarla al Ródano. Los
jueces se vieron obligados a meter en la cárcel a los supuestos cómplices y
hubo testigos que declararon contra ellos. Volvieron a interrogar al niño y se
ratificó con la candidez de la edad en todo lo declarado contra ellos y su
madre. ¿Quién pudiera imaginar que ese niño no fuese verídico? El crimen es
inverosímil, pero lo es más todavía que un niño de cinco años calumnie de ese
modo a su madre, que refiera sin contradecirse los detalles de tan abominable
crimen.
¿Qué resultó de ese extraño proceso criminal? Que el niño mintió
acusando a su madre, que no se violó a ninguna doncella y que no hubo jóvenes
reunidos en casa de la acusada, en suma, que no hubo asesinato y todo fue
mentira. El niño fue sobornado por otros dos chicuelos hijos de los acusadores,
caso extraño, pero verdadero, y poco faltó para que tuviera la culpa de que
condenaran a la hoguera a su madre.
Era imposible creer todos los cargos de la acusación. El tribunal de
Lyon, compuesto de hombres ilustrados y prudentes, sin hacer caso del furor
público y buscando cuantas pruebas pudieron en pro y en contra de los acusados,
les absolvió unánimemente. Quizás en tiempos más antiguos hubieran condenado al
suplicio de la rueda y a las llamas de la hoguera a los inocentes acusados.
CRIMINAL (PROCESO). Con
frecuencia se han castigado con la pena capital actos inocentes. Esto hicieron,
en Inglaterra, Ricardo III y Eduardo IV, mandando que sus jueces condenaran a
dicha pena a los sospechosos de no ser adictos al partido de los referidos
monarcas. Eso no son procesos criminales, son asesinatos que cometen asesinos
privilegiados. El último grado de perversidad consiste en escudarse en las
leyes para perpetrar injusticias.
Dícese que los atenienses castigaban con la pena de muerte al extranjero
que entraba en la asamblea del pueblo. Si ese extranjero no era más que un
curioso, era una barbarie quitarle la vida por eso. El Espíritu de las leyes
dice que usaban tal rigor porque el extranjero usurpaba los derechos de la
soberanía. Pero el francés que de visita en Londres entra en la Cámara de los
Comunes para oír lo que se discute, se pretende que participa de la soberanía
del pueblo de Inglaterra y le reciben afablemente. Es creíble que si los
atenienses tuvieron durante algún tiempo esa ley, debió ser por temor de que se
introdujera algún espía extranjero, no porque se arrogara el derecho de la
soberanía.
Vamos a ocuparnos de los procesos criminales. En la antigua Roma estos
procesos eran públicos. Cuando acusaban a un ciudadano de un enorme crimen, le
permitían tener un abogado que le defendiera en su presencia, hiciera preguntas
a la parte contraria y lo discutiera todo ante los jueces. En audiencia pública
declaraban los testigos en favor y en contra; nada se hacía allí a puerta
cerrada. Cicerón abogó en favor de Milón, que había asesinado a Clodio en pleno
día y a la vista de muchos ciudadanos. Aquél no podía ser condenado a la
tortura por la orden arbitraria de otros ciudadanos, que se hallaban investidos
de este derecho cruel. No se ultrajaba a la naturaleza humana en la persona de
los que se consideraban los primeros hombres del mundo, pero sí en la persona
de los esclavos, que apenas eran considerados como hombres. La instrucción del
proceso criminal se resentía en Roma de la magnanimidad y la franqueza de la
nación.
En Londres sucede poco más o menos lo mismo. A nadie se niega en ningún
caso que le defienda un abogado y los pares juzgan allí a todo el mundo. Todo
acusado puede rehusar sin causa alguna, de los treinta y seis miembros jurados
que le han de juzgar, a doce, y otros doce alegando motivos, y por consecuencia
elegir doce de sus jueces. Estos no pueden ir más acá ni más allá de la ley, ni
imponer ninguna pena arbitraria; ninguna sentencia se ejecuta sin dar cuenta de
ella al monarca, que perdona a los que son dignos de perdón, pero que la ley no
puede perdonar, y tales casos ocurren con frecuencia. El hombre de carácter
violento que se ve ultrajado y mata a su ofensor en un rapto de furor, es
perdonable; le condena el rigor de la ley, pero le salva la misericordia, que
debe ser atributo del soberano.
Ejemplo extraído de la condena de una familia entera. He aquí lo que sucedió a una desgraciada familia. En la época de las
insensatas cofradías de supuestos penitentes que llevaban el cuerpo cubierto
con blanca vestimenta y el rostro con máscara, levantaron en una de las
principales iglesias de Tolosa un magnífico catafalco a un joven protestante
que se suicidó. Los de la citada cofradía afirmaban que le habían asesinado su
padre y su madre por haber abjurado la religión reformada. En esta época, en
que toda la familia de este protestante, reverenciado como mártir, estaba en la
cárcel, el populacho, ofuscado por una superstición tan demencial como bárbara,
esperaba con religiosa impaciencia ver expirar en la rueda o entre llamas a
cinco o seis personas de probidad reconocida; en esa época funesta, repito, había
cerca de Castres un hombre honrado y también de religión protestante que se
llamaba Sirven y ejercía la profesión de feudista. Era padre de familia y tenía
tres hijas. La mujer que gobernaba la casa del obispo de Castres pidió a éste
que recibiera a la segunda hija de Sirven, que se llamaba Isabel, para
conseguir que fuera católica, apostólica y romana; en efecto, la llevó al
obispo y éste la ingresó en la casa de los jesuitas llamada de las damas
negras. Estas damas le enseñarían, pero les pareció que la joven era torpe y le
impusieron rigurosas penitencias para que aprendiera algunas verdades que
pudieron haberle enseñado con calma y paciencia. La atormentaron tanto, que se
volvió loca y las damas negras la echaron de la casa; se refugió en la suya y la
madre, al hacerla mudar de camisa, vio que tenía el cuerpo lleno de heridas.
Fue aumentando la locura de la infeliz joven y un día escapó de casa mientras
el padre estaba ausente, desempeñando su profesión en el castillo de un señor
de las cercanías. Veinte días después de haberse evadido Isabel, unos niños la
encontraron ahogada en un pozo, el 4 de enero de 1761.
Precisamente en aquellos días preparaban en Tolosa el suplicio de la
rueda para un tal Calas. De boca en boca, la gente de toda la provincia
aplicaba al padre de Isabel la palabra parricida, y la que era peor entonces,
la palabra hugonote, creyendo que Sirven, su mujer y sus otras dos hijas habían
ahogado a Isabel por principios de religión. Entonces, era opinión de todos que
la religión protestante ordenaba que los padres matasen a sus hijos si querían
convertirse al catolicismo. Esta opinión estaba tan arraigada incluso en las
mentes de los magistrados, arrastrados por el clamor público, que el Consejo y
la Iglesia de Ginebra se creyeron obligados a desmentir el fatal error y enviar
al Parlamento de Tolosa un testimonio jurídico de que los protestantes no
mataban a sus hijos y les dejaban dueños de sus bienes cuando abandonaban un
credo por otro. A pesar de esta protesta jurídica, Calas murió en la rueda.
El juez de la localidad donde vivía Sirven, con la ayuda de algunos
letrados tan sabios como él, se apresuró a dictar todas las disposiciones
necesarias para seguir el ejemplo de Tolosa. Un médico tan ilustrado como los
jueces, que examinó el cuerpo de Isabel, aseguró al cabo de veinte días que
habían estrangulado a la joven echándola luego en un pozo. Apoyándose en este
dictamen, el juez declaró la prisión del padre, la madre y las dos hijas.
La familia, aterrorizada por el ejemplo de Calas y los consejos de sus
amigos, huyó: emprendió la marcha en época de nieves, en un invierno crudo, y
de montaña en montaña llegó hasta Suiza. Una de las dos hijas casada y encinta,
alumbró antes de llegar, en medio de los hielos.
La primera noticia que llegó a oídos de esa familia cuando se hallaba
segura, fue que el padre y la madre eran condenados a la horca, y las hijas
tenían que permanecer al lado del patíbulo durante la ejecución de su madre y
ser luego expulsadas del territorio por el mismo verdugo, bajo pena de ser
ahorcadas si regresaban. Este es el resultado que dio el proceso que se les
instruyó en rebeldía.
Esta sentencia fue tan absurda como abominable. Si el padre, de acuerdo
con su esposa, había estrangulado a la hija, debían ejecutarle como a Calas, y
quemar en una hoguera a la madre después de ser estrangulada, porque no era
costumbre en la región enrodar a las mujeres. Satisfacerse con ahorcar en
semejante ocasión era confesar que el crimen no estaba probado, y que en caso
de duda se optaba cuando no había prueba plena.
La madre murió desesperada, y el resto de la familia, cuyos bienes
fueron confiscados, hubiera muerto en la miseria de no haber encontrado los
auxilios que necesitaba. Nos detenemos en este punto para preguntar si existe
alguna ley o razón que justifique semejante sentencia. Podríamos interrogar al
juez diciéndole: «¿Qué rabia insensata te indujo a sentenciar a muerte al padre
y la madre?» «Los sentencié porque se fugaron», responde el juez. «¿Querías que
permanecieran en el país para que saciaras tu imbécil furor? ¿Qué más da que
aparezcan ante ti cargados de hierro para contestar a tu interrogatorio, o que
eleven las manos al cielo apostrofándote como mereces, lejos de ti? ¿Si no
comparecen ante tu presencia, no puedes averiguar la verdad? ¿No puedes saber
que el padre se encontraba a una legua de su hija, entre muchas personas que
pueden atestiguarlo, cuando la desventurada joven huyó de la casa paterna?
¿Puedes ignorar acaso que su familia la estuvo buscando por todas partes
durante veinte días y veinte noches? Tú sólo contestas esta palabra repetida:
Contumacia, contumacia. Porque el acusado esté ausente, ¿debe condenársele a la
horca cuando su inocencia es palpable? Esa es la jurisprudencia de los
monstruos, y la vida, los bienes y el honor de los ciudadanos no deben depender
de un código salvaje.»
La familia Sirven arrastró su desgracia lejos de la patria durante más
de ocho años, y cuando la superstición sanguinaria que deshonró al Languedoc
fue extinguiéndose y sus habitantes fueron civilizándose, los que en el exilio
consolaron a la desgraciada familia les dieron el consejo de que se presentaran
a pedir justicia en el Parlamento de Tolosa, entonces que la sangre de Calas ya
no humeaba y se habían arrepentido algunos que la hicieron derramar. Y la
familia Sirven quedó rehabilitada.
CRIMINALISTA. En los antros de la sofistería legal se llama gran
criminalista al togado que tiene bastante habilidad para que los acusados
caigan en las redes que les tiende, que miente con impudencia para descubrir la
verdad, que intimida a los testigos y les obliga, sin que lo adviertan, a
declarar contra el acusado y que si encuentra una ley antigua y olvidada que se
dictó en época de guerra civil la hace revivir y la aplica en época de paz.
Separa y debilita cuanto pueda servir para la justificación de un
desgraciado, y amplía y agrava todo lo que pueda servir para declararle
culpable, no obrando como juez, sino como enemigo. Por ello merece sustituir en
la horca al desgraciado que manda ahorcar.
CRISTIANISMO. En este artículo no vamos a mezclar lo divino
con lo profano y nos guardaremos de intentar sondear los designios de la
Providencia. Somos hombres y nos dirigimos a los demás hombres.
Establecimiento del cristianismo en su estado civil y político. Cuando Marco Antonio y, más tarde, Augusto confiaron Judea al árabe
Herodes, hechura suya y su tributario, este monarca, extranjero en dicho país,
llegó a ser el más poderoso de sus reyes. Tuvo puertos en el Mediterráneo,
Tolemaida y Ascalón. Fundó ciudades, erigió un templo al dios Apolo en Rodas y
un santuario a Augusto en Cesárea, y construyó el templo de Jerusalén,
rodeándole de fortísimas murallas. Durante su reinado gozó Palestina de una paz
completa. Fue considerado como un Mesías, a pesar de ser bárbaro en sus
relaciones con la familia y tirano con el pueblo, al que esquilmaba para
sufragar los gastos de las grandes empresas que acometía. Adoró a César y casi
fue adorado por sus partidarios.
Hacía ya mucho tiempo que la secta de los judíos estaba desparramada por
Europa y Asia, y sus dogmas eran desconocidos. Nadie sabía de los libros
hebreos, si bien muchos de ellos se hallaban traducidos al griego en
Alejandría, como hemos dicho en otra parte. Sólo se sabía de los judíos lo que
los turcos y persas saben hoy de los armenios, esto es, que son comisionistas
de comercio y agentes de cambio. Sólo el teísmo de China y los respetables
libros de Confucio, que vivió cerca de seiscientos años antes que Herodes, eran
aún más desconocidos de los pueblos occidentales que los ritos judíos.
Los árabes, que suministraban a los romanos las mercaderías preciosas de
la India, ni siquiera tenían idea de la teología de los brahmanes. Las mujeres
indias tenían la costumbre inmemorial de quemarse en la pira sobre el cuerpo de
sus maridos, y estos sacrificios horrendos, que todavía se realizan, eran tan
desconocidos de los hebreos como las costumbres de América. Los libros hebreos,
que se ocupan de Cog y Magog, no hablan en ninguna parte de la India.
La antigua religión de Zoroastro era ya célebre, pero desconocida en el
Imperio romano. En éste, sólo se sabía en general que los magos creían en la
resurrección, y en el paraíso y el infierno. Estas doctrinas habían llegado
hasta los hebreos vecinos de Caldea porque Palestina, en la época de Herodes,
la ocupaban los fariseos, que empezaban a creer en el dogma de la resurrección,
y los saduceos, que rechazaban tal doctrina.
Alejandría, la urbe más comercial del mundo, estaba poblada de egipcios
afectos al culto de Serapis y los gatos sagrados, de griegos entregados a la
filosofía, de romanos dominantes y de judíos que se enriquecían. Todos esos
individuos, pertenecientes a diversas naciones, sólo se ocupaban de ganar
dinero, de entregarse a los placeres o al fanatismo y de crear o disolver
sectas religiosas, sobre todo cuando vivieron en la ociosidad, que fue cuando
Augusto cerró el templo de Jano.
Los judíos estaban divididos en tres partidos principales. Los
samaritanos, que se vanagloriaban de constituir el partido más antiguo porque
Samaria existía cuando Jerusalén y su templo fueron destruidos en la época de
los reyes de Babilonia, pero los samaritanos participaban de la raza de los
persas y de los palestinos. El segundo partido y el más poderoso eran los
jerusalenistas. Detestaban a los samaritanos y éstos les correspondían con el
mismo odio, porque tenían intereses opuestos. Los jerusalenistas mantenían la
pretensión de que sólo se hicieran sacrificios en el templo de Jerusalén para
que se recogiera mucho dinero en la ciudad, y por esa misma razón los
samaritanos querían que se hicieran los sacrificios en Samaria. Si a una ciudad
con escaso número de habitantes le basta con un templo, cuando esa localidad
llega a extenderse hasta setenta leguas de longitud en su territorio y
veintitrés de latitud, como le ocurrió al pueblo judío, es absurdo no tener más
que un templo. El tercer partido era el de los judíos helenistas, que
comerciaban y tenían negocios en Egipto y Grecia y opinaban lo mismo que los
samaritanos.
Onías, hijo de un gran sacerdote judío que deseaba ser lo que su padre,
obtuvo del rey de Egipto, Tolomeo Filometo, y sobre todo de Cleopatra, esposa
de éste, permiso para erigir un templo judío cerca de Bubasta, asegurando a la
reina que Isaías profetizó que un día el Señor había de tener un templo en el
mencionado sitio. Hizo un buen regalo a Cleopatra, quien contestó que si Isaías
lo había profetizado se podía levantar. El templo se llamó Onión y se construyó
ciento sesenta años antes de nuestra era. Los judíos de Jerusalén miraron
siempre con tanto horror ese templo y la traducción de los Setenta, que
instituyeron una fiesta como expiación de ambos sacrilegios.
Los rabinos del templo Onión, mezclando su raza con los griegos llegaron
a ser más sabios que los rabinos de Jerusalén y Samaria, y esos tres partidos
comenzaron a disputar sobre cuestiones de controversia que sutilizan el
talento, pero lo hacen falso e insociable.
Los judíos egipcios, deseando igualarse en austeridad con los esenios y
los judaizantes de Palestina, fundaron antes del advenimiento del cristianismo
la secta de los terapeutas, que se consagraban, como ellos, a una especie de
vida monástica y a las mortificaciones. Esas diferentes comunidades se
establecieron imitando los antiguos misterios egipcios persas y griegos, que
inundaron el mundo desde el Éufrates y el Nilo hasta el Tíber.
Al principio, los miembros de estas sectas eran escasos en número y los
consideraban como hombres privilegiados, pero en la época de Augusto llegaron a
ser muchísimos y se hablaba de religión desde el centro de Siria hasta el monte
Atlas y el Océano Germánico.
Entre esta multitud de sectas y de cultos se fundó la escuela de Platón,
no sólo en Grecia, sino también en Roma y Egipto. Se creyó que Platón había
tomado su doctrina de los egipcios y éstos creían reivindicar algo suyo al dar
valor a las ideas platónicas, a su verbo y a la especie de trinidad escondida
en algunas de las obras del filósofo ateniense. Se dice que el espíritu
filosófico, difundido entonces por todo el Occidente conocido, dejó caer
algunas chispas de su espíritu razonador en Palestina.
Es indudable que en la época de Herodes ya se suscitaron polémicas sobre
los atributos de la Divinidad, la inmortalidad del alma y la resurrección de
los cuerpos. Los judíos refieren que la reina Cleopatra les preguntó si
resucitábamos desnudos o vestidos. Los judíos, pues, pensaban a su manera. Hay
que reconocer que Flavio Josefo, aun siendo militar, era bastante sabio y que
sobresaldrían otros sabios del estado civil en un país donde era ilustrado un
hombre de guerra. Su contemporáneo Filón hubiera conquistado nombre entre los
griegos, y Gamaliel, maestro de san Pedro, era un gran polemista.
El poder judío se entretenía ocupándose de religión como acontece hoy en
Suiza, Alemania e Inglaterra. Se encuentran varios personajes del pueblo llano
que fundaron sectas, como posteriormente Fox en Inglaterra, Muncer en Alemania
y los primeros reformistas en Francia. El propio Mahoma no era más que un
tratante de camellos.
Añadamos a ello que en la época de Herodes se creyó inminente el fin del
mundo, y en aquellos tiempos, predispuestos por la Divina Providencia, plugo al
Padre Eterno enviar a su Hijo al mundo, misterio incomprensible del que no nos
vamos a ocupar.
Únicamente diremos que en tales circunstancias, si Jesús predicó una
moral pura, si anunció la existencia de los cielos para recompensar a los
justos, si tuvo discípulos afectos a su persona y a sus virtudes, si estas
virtudes le atrajeron la persecución de los sacerdotes y si la calumnia le hizo
morir ignominiosamente, su doctrina, que los discípulos anunciaban de modo
infatigable, debió producir maravilloso efecto en el mundo. Conste de nuevo que
hablo humanamente, y que no me ocupo de los numerosos milagros ni de las
profecías. Sostengo que el cristianismo debió conseguir más por la muerte de
Jesús que hubiera conseguido de no ser ejecutado. Hay quienes ponen en duda que
sus discípulos tuvieran también discípulos, pero más extrañaría que no hubieran
podido conseguir atraerse partidarios. Setenta personas convencidas de la
inocencia de su jefe, de la pureza de sus costumbres y de la barbarie de sus
jueces, debieron granjearse un fabuloso número de prosélitos.
Sólo san Pablo, al convertirse en enemigo de su maestro Gamaliel, debía,
humanamente hablando, atraer muchos partidarios a Jesús, aun que éste no
hubiera sido más que un hombre de bien condenado injusta mente. San Pablo,
además, era culto, elocuente, fogoso e infatigable, y conocía la lengua griega.
San Lucas era un griego de Alejandría y hombre de letras, porque era médico. El
primer capítulo del Evangelio de Juan está impregnado de una sublimidad
platónica que debió satisfacer a los platónicos de Alejandría. Tanto es así,
que no tardó en formarse en dicha ciudad una escuela fundada por Lucas o Marcos
que perpetuó a Atenágoras, Panteno, Orígenes y Clemente, todos ellos elocuentes
y sabios Con el establecimiento de semejante escuela era imposible que el cristianismo
no progresara con rapidez.
Grecia, Siria y Egipto fueron teatro de los célebres misterios antiguos
que sedujeron a los pueblos, y los cristianos tuvieron también sus misterios
propios. La muchedumbre se apresuró a iniciarse en ellos, al principio por
curiosidad y por persuasión después. La idea del inminente fin del mundo debió
impulsar a los nuevos discípulos a despreciar los bienes pasajeros de la
tierra, que iban a perecer con ellos. El ejemplo que daban los terapeutas
incitaba a entregarse a una vida solitaria y de mortificación. Todo parecía
concurrir poderosamente para que arraigara la religión cristiana.
Cierto que las diversas facciones de la inmensa y naciente confesión
religiosa no estaban de acuerdo. Cincuenta y cuatro comunidades tuvieron otros
tantos evangelios diferentes, secretos como sus misterios, pero que
desconocieron los gentiles, los cuales sólo conocieron los cuatro Evangelios
canónicos al cabo de doscientos cincuenta años. Dichas facciones, si bien
estaban divididas, reconocían al mismo pastor. Ebionitas, que contradecían a
san Pablo; nazarenos, discípulos de Hymeneos, Alejandro y Hermógenes;
carpocracianos y otras muchas sectas, disputaban unas con otras, pero, sin
embargo, todas estaban unidas para invocar a Jesús y creer en él. Al principio,
el Imperio romano, en el que pululaban todas estas sectas, no fijó en ellas su
atención, conociéndolas en Roma con la denominación general de judíos y no
preocupándose de ellas el gobierno. Los judíos consiguieron, con su dinero,
adquirir el derecho de dedicarse al comercio, pero durante el reinado de
Tiberio cuatro mil de ellos fueron expulsados de Roma. Y durante el reinado de
Nerón les atribuyeron el incendio de la urbe. Fueron expulsados de nuevo en la
época de Claudio, pero esto no les impidió volver a Roma, donde vivían
tranquilos, aunque despreciados.
Los cristianos de Roma eran menos numerosos que los de Grecia Alejandría
y Siria. Los romanos no conocieron padres de la Iglesia ni herejes durante los
primeros siglos del cristianismo. La Iglesia era griega hasta tal extremo que
ni un misterio, ni un rito, ni un dogma dejó de expresarse en dicha lengua. Los
cristianos, ya fueran griegos, sirios, romanos o egipcios, eran considerados en
todas partes como semijudíos,y esta era otra razón para no dar a conocer sus
libros a los gentiles con el fin de permanecer unidos e inquebrantables,
guardando celosamente su secreto, como antiguamente lo hicieron con los
misterios de Isis y de Ceres. Formaban una república aparte, un estado dentro
de otro estado; no tenían templos y altares, no realizaban ningún sacrificio y
no practicaban ceremonias públicas. Elegían secretamente a sus superiores por
mayoría de votos, y éstos, con las denominaciones de ancianos, sacerdotes,
obispos y diáconos, administraban los fondos comunes, cuidaban de los enfermos
y apaciguaban todas las disputas. Consideraban como una vergüenza y un crimen
pleitear ante los tribunales e ingresar en la milicia, y durante cien años, ni
un solo cristiano tomó las armas en el imperio. De esta manera, retirados y
desconocidos de todo el mundo, escapaban a la tiranía de los procónsules y de
los pretores y vivían libres en medio de la esclavitud pública.
Inducían a los cristianos ricos a que adoptaran los hijos de los
cristianos pobres y organizaban colectas para ayudar a las viudas y huérfanos,
pero se negaban a recibir dinero de los pecadores y sobre todo de los
taberneros, a los que tildaban de bribones. Por eso pocos de ellos eran afectos
al cristianismo y los cristianos no frecuentaban las tabernas.
Las mujeres podían acceder a la dignidad de diaconisas cuando contraían
méritos tendentes a estrechar la confraternidad cristiana. Las consagraban y el
obispo las ungía, poniéndolas en la frente el óleo sagrado, como se hacía
antiguamente con los reyes judíos. Todo ello iba ligando a los cristianos con
lazos indisolubles. Las persecuciones de que fueron objeto, siempre pasajeras,
sólo sirvieron para redoblar su celo e inflamar su fervor, y durante el reinado
de Diocleciano llegó a ser cristiana una tercera parte del imperio.
He ahí una pequeña parte de las causas humanas que coadyuvaron al
progreso del cristianismo. Añadid a ésta las causas divinas, y si algo debe
extrañarnos es que la religión cristiana no se extendiera más pronto por los
dos hemisferios, sin exceptuar las islas más salvajes.
Dios, que descendió del cielo, que murió por regenerar a los hombres y
extirpar el pecado del mundo, dejó sin embargo la mayor parte del género humano
entregada al error y al crimen en poder del demonio. Parece que esto supone una
flagrante contradicción, al menos así parece a la débil razón del hombre. Pero
respetemos los misterios incomprensibles de la Providencia.
Averiguaciones históricas sobre el cristianismo. Algunos sabios han quedado sorprendidos de no encontrar en la historia
de Flavio Josefo ninguna alusión a Jesucristo, pues la crítica moderna ha
demostrado que el corto pasaje que le menciona en dicha historia fue añadido
tiempo después (1). Y eso que el padre de Flavio Josefo debió ser testigo de
todos los milagros de Jesús. Josefo pertenecía a la casta sacerdotal y era
pariente de la esposa de Herodes. Se detiene pormenorizando las acciones de
dicho monarca y, sin embargo, no dice una palabra de la vida y de la muerte de
Jesús. A pesar de que el referido historiador no calla ninguna de las
crueldades que cometió Herodes, nada dice del decreto de éste, que ordenó la
matanza de todos los niños al enterarse de que había nacido un rey de los
judíos. El santoral griego dice que en aquella ocasión fueron degollados
catorce mil niños. Acto tan monstruoso como ese no lo cometió jamás en el mundo
ningún tirano. Sin embargo, el mejor escritor que tuvieron los judíos, el único
que apreciaron los romanos y griegos, ni siquiera menciona un evento tan
singular y tan espantoso. Tampoco se hizo eco de la estrella que apareció en
Oriente cuando nació el Salvador, fenómeno insólito que debió conocer un
historiador tan ilustrado como Josefo. Tampoco habla de las tinieblas que
oscurecieron el orbe en pleno medio día durante tres horas, así que murió el
Salvador, ni de la multitud de tumbas que se abrieron en aquel momento ni del
sinnúmero de justos que resucitaron.
(1) Los cristianos falsearon groseramente un pasaje de Josefo.
Atribuyeron a dicho judío, tan afecto a su religión, cuatro línea que
intercalaron en el texto, al final de las cuales añadieron Era Cristo. Si
Josefo hubiera oído hablar de tales acontecimientos hubiera escrito más de
cuatro líneas en la historia de su país; además, es un absurdo pretender que
Josefo hable como cristiano.
Los mentados sabios siguen extrañándose de que ningún historiador romano
se ocupe de dichos prodigios que tuvieron lugar durante el imperio de Tiberio,
en presencia de un gobernador de Roma, el cual debió enviar al emperador y al
Senado el informe circunstanciado del hecho más milagroso que presenciaron los
mortales. La propia Roma debió sumergirse durante tres horas en densas
tinieblas, prodigio que debía constar, no sólo en los, anales de Roma, sino en
los de todas las naciones. Dios quiso, sin duda, que estos divinos sucesos no
los escribieran manos profanas.
Los referidos sabios encuentran también algunos puntos oscuros en la
historia de los Evangelios. Notan que en el de san Mateo dice Jesús a los
escribas y fariseos que toda la sangre derramada en el mundo debe recaer sobre
ellos, desde la sangre de Abel el Justo hasta la de Zacarías hijo de Barac, que
asesinaron en el templo. Dicen los mismos sabios que en la historia de los
hebreos no se encuentra ningún Zacarías asesinado en el templo antes de la
venida del Mesías ni en la época de éste; únicamente se encuentra en la
historia del sitio de Jerusalén, escrita por Flavio Josefo, un Zacarías, hijo
de Barac, asesinado en medio del templo. Este hecho figura en el capítulo XIV
del libro IV. Por eso suponen dichos sabios que el Evangelio de San Mateo debió
escribirse después que Tito tomó Jerusalén. Ahora bien, dudas y objeciones de
esta índole quedan desvanecidas en cuanto consideramos la diferencia infinita
que debe haber entre los libros divinamente inspirados y los libros de los
hombres. Dios quiso envolver con una nube respetable y oscura su nacimiento, su
vida y su muerte.
Los sabios tampoco comprenden con claridad por qué hay tanta diferencia
entre las dos genealogías de Jesús. Según san Mateo, Jacob es padre de José,
Mathan padre de Jacob y Eleazar padre de Mathan; y san Lucas atribuye a Jesús
desde Abrahán, con los cuarenta y dos que Mateo de Leví, etc. No pueden
conciliar los cincuenta y seis antecesores que Lucas atribuye a Jesús desde
Abrahán, con los cuarenta y dos que Mateo le atribuye también desde Abrahán.
Tampoco comprenden cómo Jesús, siendo hijo de María, no es hijo de José.
También les asaltan algunas dudas por lo que respecta a los milagros del
Salvador, cuando leen que san Agustín, san Hilario y otros dan a la narración
de dichos milagros un sentido místico, alegórico, como por ejemplo la higuera
maldita y seca por no producir frutos fuera de tiempo, los demonios que se
introdujeron en los cuerpos de los cerdos en un país donde no se comían tales
animales, el agua convertida en vino… Pero todas estas críticas de los sabios
las disipa por completo la fe.
Este artículo tiene por único objeto seguir el hilo histórico y dar idea
cabal de unos hechos que nadie contradice. Jesús nació sujeto a la ley mosaica
y observando esa ley fue circuncidado. Cumplió todos sus preceptos, celebró
todas las fiestas, predicó la moral y no reveló el misterio de su Encarnación.
Nunca dijo a los judíos que era hijo de una virgen; recibió el bautismo de Juan
en aguas del Jordán, a cuya ceremonia se sometían muchos judíos, pero no
bautizó a nadie; no habló de los siete sacramentos, ni instituyó ninguna
jerarquía eclesiástica. Ocultó a sus coetáneos que era hijo de Dios,
eternamente engendrado, consustancial con Dios, y que el Espíritu Santo procede
del Padre y del Hijo. Tampoco dijo que su persona se componía de dos
naturalezas y dos voluntades, queriendo sin duda que esos grandes misterios se
anunciaran a los hombres en la sucesión de los tiempos mediante inspiraciones
del Espíritu Santo. Mientras vivió no se apartó una tilde de la ley de sus
padres, apareciendo ante los hombres como un justo grato a Dios, perseguido por
la envidia y condenado a muerte por jueces sobornados. Quiso que la Iglesia,
que él estableció, hiciera lo demás.
Flavio Josefo narra cómo se encontraba entonces la religión en el
imperio romano. Los misterios y las expiaciones estaban acreditados en casi
todo el mundo, y aunque los emperadores, los ricos y los filósofos no tenían fe
en esos misterios, el pueblo, que en materia de religión dicta la ley a los
grandes, les imponía la necesidad de conformarse en su culto, al menos en
apariencia. Para subyugar al pueblo es preciso que los grandes aparenten que
acatan idénticas creencias que aquél. Hasta Cicerón fue iniciado en los
misterios de Eleusis. El reconocimiento de un solo Dios era el principal dogma
que se profesaba en estas fiestas misteriosas y magníficas. Es de advertir que
los himnos y las plegarias que conservamos de esos misterios son lo más
religioso y admirable que tuvo el paganismo. Como los cristianos adoraban
también a un solo Dios, esas fiestas les facilitaron la conversión de muchos
gentiles. Algunos filósofos de la secta de Platón abrazaron el cristianismo;
por esto los padres de la Iglesia de los tres primeros siglos fueron todos
platónicos.
El celo excesivo de algunos perjudicó las verdades fundamentales. A san
Justino le reprocharon que dijera en sus Comentarios sobre Isaías que los
santos gozarían durante su reinado de mil años de todos los bienes sensuales.
Le han criticado asimismo que escribiera en la Apología del cristianismo que,
una vez Dios creó el mundo, lo dejó al cuidado de los ángeles y éstos se
enamoraron de las mujeres y tuvieron hijos de ellas, que son los demonios. Han
criticado también a Lactancio y a otros padres por imaginar oráculos de las
Sibilas, y han reprochado la conducta de los primitivos cristianos que
compusieron versos acrósticos atribuyéndolos a una antigua sibila, cuyas letras
iniciales formaban el nombre de Jesucristo. También supusieron cartas de Jesús
dirigidas al rey de Edesa en una época en que allí no había rey, de haber
falsificado cartas de la Virgen María y de Séneca dirigidas a san Pablo, cartas
y hechos de Pilato y haber inventado falsos evangelios, falsos milagros y otras
mil imposturas.
Existe además la historia o evangelio de la Natividad y del desposorio
de la Virgen María, en donde se narra que la llevaron al templo a la edad de
tres años, ella sola subió las gradas y una paloma descendió del cielo para
anunciarle que José la desposaría. También existe el protoevangelio de Jacobo,
hermano de Jesús, que tuvo José de su primer matrimonio. En él se relata que
cuando María quedó encinta durante la ausencia de su esposo y éste se lamentaba
de ello, los sacerdotes hicieron beber a uno y a otro el agua de los celos y
declararon inocentes a los dos.
Existe también el Evangelio de la infancia de Jesús, que se atribuye a
santo Tomás. Según aquél, Jesús, cuando tenía cinco años, se divertía con otros
niños de su edad en modelar pajaritos de barro; una vez que le reprendieron por
esto, infundió vida a los pájaros y levantaron el vuelo. En otra ocasión, en
que le pegó un niño, le hizo morir en el acto. Hay otro Evangelio de la
infancia, escrito en árabes, tan serio como éste.
También ha llegado a nosotros el Evangelio de Nicodemo, que merece
mayormente nuestra atención porque constan los nombres de los que acusaron a
Jesús ante Pilato, que eran los principales miembros de la Sinagoga: Annás,
Caifás, Summas, Datam, Gamaliel, Judá y Neftalim. En esa historia hay datos que
concuerdan bastante con los evangelios canónicos y otros que no se encuentran
en ninguna parte. Se lee en ese libro que la mujer que curó Jesús de un flujo
de sangre se llamaba Verónica, y además todo lo que hizo Jesús en los infiernos
cuando descendió a ellos.
Consérvanse además las dos cartas que se supone escribió Pilato a
Tiberio referentes al suplicio de Jesús, pero el latín pésimo en que están
escritas revela que son falsas. Se escribieron cincuenta evangelios, que al
poco tiempo se declararon apócrifos. El propio san Lucas nos dice que muchas
personas los componían. Se cree que hubo uno, llamado el Evangelio eterno,
basado en esto que dice el Apocalipsis: «Vi un ángel volando en medio de los
cielos que llevaba el Evangelio eterno». Los franciscanos, abusando de esas
palabras, en el siglo XIII compusieron otro Evangelio eterno en donde se leía
que el reinado del Espíritu Santo debía sustituir al de Jesucristo, pero no
apareció en los primeros siglos de la Iglesia ningún libro con ese título.
Se ha supuesto también que la Virgen escribió otras cartas a san Ignacio
mártir, a los habitantes de Mesina y a otros.
Abdías, que sucedió a los apóstoles, escribió la historia de éstos en
una mezcla de fábulas tan absurdas que andando los años quedó desacreditada,
pero al principio circuló mucho. Abdías relata el combate de san Pedro con
Simón el Mago. En efecto, existió en Roma un hombre muy hábil llamado Simón que
volaba en el teatro y renovó el prodigio que se atribuye a Dédalo. Se fabricó
unas alas y voló, cayendo como Icaro. Así nos lo cuentan Plinio y Suetonio.
Abdías, que estaba en Asia y escribía en hebreo, afirma que san Pedro y Simón
se volvieron a encontrar en Roma en la época de Nerón. Falleció entonces allí
un joven pariente próximo del emperador y los principales personajes se
empeñaron en que Simón le resucitara. San Pedro también se presentó con la idea
de obrar tal prodigio. Simón empleó todas las reglas de su arte y pareció que
lograba su propósito, porque el difunto movió la cabeza. «Eso no basta —exclamó
Pedro—, es preciso que el muerto hable. Que Simón se aparte del lecho y veréis
cómo el joven carece de vida». Simón se alejó y el difunto dejó de moverse,
pero Pedro le volvió a la vida pronunciando una sola palabra. Simón acudió al
emperador para quejarse de que un miserable galileo se atreviera a hacer
mayores prodigios que él. Pedro compareció con Simón ante el emperador y se
desafiaron a ver quién poseía más habilidad en su arte. «Adivina lo que
pienso», dijo Simón a Pedro. «Que el emperador me dé un pan de cebada
—respondió Pedro— y verás cómo sé lo que piensas.» Le entregaron el pan que
pedía, pero en seguida Simón hizo aparecer dos perrazos que amenazaban
devorarle. Pedro les echó el pan y mientras lo comían dijo a Simón: «Ya ves que
sé lo que pensabas; querías que se me comieran los perros». Después de esta
primera sesión propusieron a Simón y Pedro que se desafiaran a volar para ver
quién subiría más alto. Primero ascendió Simón. Pedro hizo el signo de la cruz
y Simón cayó y se rompió las piernas. Disgustado Nerón de que Pedro fuera causa
de que su favorito se rompiera las piernas, mandó crucificar a Pedro cabeza
abajo y de aquí procede la opinión de que Pedro vivía en Roma y tuvo allí su
suplicio y su sepulcro. Abdías también inculcó la creencia de que santo Tomás
fue a predicar el cristianismo a las Indias, en el palacio del rey Gandafer, y
que estaba allí por su cualidad de arquitecto.
Es fabulosa la cantidad de libros de esta clase que se escribieron en
los primeros siglos del cristianismo. Jerónimo y Agustín aseguran que las
cartas de Séneca y san Pablo son auténticas. En la primera desea que su hermano
Pablo tenga buena salud. Pablo no habla tan buen latín como Séneca. «Recibí
ayer vuestras cartas —responde con satisfacción— y no os hubiera contestado tan
pronto a no estar presente el hombre que os envío». Además, estas cartas que
parece deberían ser instructivas, sólo contienen cumplidos.
Todas estas mentiras que forjaron cristianos poco instruidos, movidos
por un falso celo, no perjudicaron la verdad del cristianismo ni a su difusión.
Por el contrario, nos proporcionan pruebas de que el número de cristianos
aumentaba día a día y todos y cada uno deseaban contribuir a su progreso.
Los Hechos de los Apóstoles no dice que éstos convinieran en su símbolo;
si realmente hubiesen redactado el Credo tal como llegó a nosotros, san Lucas
no hubiera omitido en su evangelio ese fundamento esencial de la religión
cristiana. La sustancia del Credo está esparcida en los Evangelios, pero sus
artículos los reunieron mucho tiempo después. En suma, nuestro símbolo es, sin
duda, la creencia que mantuvieron los apóstoles, pero no es una oración que
ellos escribieron. Rufino, sacerdote de Aquilea, fue el primero que se ocupó de
esto, y una homilía atribuida a san Agustín es el primer documento que supone
la forma cómo se estableció el Credo. Pedro dijo en la asamblea: Creo en Dios
Padre Todopoderoso, Santiago siguió que fue concebido por el Espíritu Santo, y
así los demás. Esta fórmula se llamó en griego símbolo, y en latín collatio.
Constantino convocó y reunió en Nicea, frente a Constantinopla, el
primer Concilio ecuménico, presidido por Ozius. Allí se decidió la gran
cuestión que perturbaba a la Iglesia referente a la divinidad de Jesucristo.
Unos padres de dicho Concilio querían que prevaleciera la opinión de Orígenes,
que hablando contra Celso, dice: «Presentamos nuestras oraciones a Dios por
mediación de Jesús, que ocupa el espacio existente entre las naturalezas
creadas y la naturaleza increada, que nos trae la gracia concedida por su Padre
y presenta nuestras oraciones al gran Dios, en calidad de pontífice». Se
apoyaron también en varios pasajes de Pablo, algunos de ellos, como hemos
dicho, fundados sobre todo en estas palabras de Jesucristo: «Mi Padre es
superior a mí», considerando a Jesús como el primogénito de la creación, como
la encarnación pura del Ser Supremo, pero no como a Dios. Otros padres del
mencionado Concilio, que eran ortodoxos, aducían varios pasajes como pruebas de
la divinidad eterna de Jesús, como éste: «Mi Padre y yo somos la misma cosa»,
palabras que sus adversarios interpretaban de este modo: «Mi Padre y yo tenemos
los mismos designios, la misma voluntad; yo no tengo otros deseos que mi
Padre». Alejandro, obispo de Alejandría, y Atanasio, acaudillaban a los
ortodoxos, y Eusebio, obispo de Nicomedia, otros diecisiete obispos, el
sacerdote Arrio y otros muchos sacerdotes abrazaron el bando contrario. Desde
el principio se enconó la cuestión porque Alejandro trató a sus adversarios de
Anticristos.
Tras largas y acaloradas controversias, el Espíritu Santo decidió en el
Concilio, por boca de doscientos noventa y nueve obispos contra la opinión de
dieciocho, lo siguiente: «Jesús es hijo único de Dios, engendrado por el Padre,
es decir, de la sustancia del Padre, Dios de Dios, luz de luz, consustancial
con el Padre, y creemos lo mismo del Espíritu Santo». Tal fue la fórmula del
Concilio. Se vio que los obispos dominaron a los que sólo eran sacerdotes. Dos
mil individuos de segundo orden eran del parecer de Arrio, según refieren dos
patriarcas de Alejandría, que escribieron en árabe la crónica de dicha ciudad.
Constantino desterró a Arrio, poco después hizo correr la misma suerte a
Atanasio, y entonces hizo que Arrio regresara a Constantinopla. Pero san Macario
suplicó a Dios con tal ardor que quitara la vida a Arrio antes de entrar en la
catedral, que Dios atendió su súplica y Arrio murió al ir a la iglesia en 330.
El emperador Constantino falleció en 337. Entregó el testamento a su sacerdote
arriano y murió en brazos de Eusebio, obispo de Nicomedia, que capitaneaba
dicho partido, recibiendo el bautismo en el lecho mortuorio y dejando a la
Iglesia triunfante, pero dividida. Los partidarios de Atanasio se hicieron una
guerra cruel y el arrianismo imperó mucho tiempo en las provincias del imperio.
Juliano el filósofo, apodado el Apóstata, quiso distinguir esas divisiones,
pero no pudo conseguirlo.
El segundo Concilio general tuvo lugar en Constantinopla el año 381. Se
elucidó lo que el Concilio de Nicea no juzgó oportuno decir acerca del Espíritu
Santo, y añadió lo siguiente a la fórmula del Concilio de Nicea: «El Espíritu
Santo es Señor vivificante que procede del Padre, y que se adora y vivifica con
el Padre y con el Hijo».
Hacia el siglo IX, la Iglesia latina fue estableciendo paulatinamente
que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. En 431, el tercer Concilio
general celebrado en Éfeso decidió que María era la verdadera Madre de Dios y
Jesús tenía dos naturalezas y una sola persona.
Pasaré por alto los siglos siguientes, por ser bastante conocidos. Por
desgracia, no hubo una sola disputa que no produjera la guerra y la Iglesia se
vio obligada a luchar. Además, Dios permitió, para probar la paciencia de los
fieles, que la Iglesia griega y la Iglesia latina se separaran para siempre en
el siglo IX y que en Occidente se sucedieran veintinueve cismas sangrientos por
la sede apostólica en Roma. Si hay más de seiscientos millones de almas en el
mundo como algunos suponen, sólo pertenecen sesenta millones a la santa Iglesia
católica y romana, o sea la vigésimo sexta parte de los habitantes del mundo
conocido.
CRITICA. No pretendo hablar de esa crítica de
escoliastas que restablece mal una frase de un autor antiguo que antes se
entendía bien. Tampoco aludiré a esas auténticas críticas que han puesto en
claro todo cuanto han podido la historia y la filosofía de la Antigüedad. Me
refiero a las críticas que tienden a la sátira.
Un aficionado a la literatura que un día leía el Tasso conmigo se detuvo
en esta estrofa:
Chiama gli abitator dell’ombre eterne Il rauco son della tartarea
tromba. Treman le spaziose atre caverne; E l’aer cieco a quel rumor rimbomba:
Ne stridendo cosi dalle superne Regioni del cielo il fulgor piomba; Ne
si scossa giammai trema la terra, Quando i vapori sin sen gravida serra.
Acto seguido leyó al azar diversas estrofas también enérgicas y con
igual armonía, y exclamó: « ¡Ah! He aquí lo que vuestro Boileau califica de
relumbrón y oropeles. De modo que quiso despreciar a un gran hombre que vivió
cien anos antes que él para elevar mejor a otro gran hombre que vivía mil
seiscientos anos antes y que hubiera hecho justicia al Tasso». «Consolaos —le
dije— y tomemos las óperas de Quinault.»
Hallamos al comienzo del libro motivos para encolerizarnos contra la
crítica; apareció el admirable poema de Armida y hallamos estas frases:
«SIDONIA. El odio es bárbaro y espantoso, y el amor constriñe las almas
que señorea a soportar cualquier mal, aun siendo riguroso. Si en vuestro poder
está vuestro destino, podéis escoger la indiferencia, que garantiza una dicha
más perfecta.
»ARMIDA. Oh, no: a mí no me resulta ya posible trocar mi turbación en
estado apacible y mi corazón no puede ya calmarse. Renaud me ofende demasiado y
es en exceso amable y surge ante mi la elección indispensable: o debo
aborrecerle o bien yo debo amarle.»
Nos leímos Armida, la obra entera, en la cual el genio del Tasso
adquiere nuevos encantos gracias a las manos de Quinault, y dije a mi amigo:
«Pues bien, ese Quinault es aquel que Boileau se esforzó siempre en presentar
como el escritor más despreciable, e incluso persuadió a Luis XIV de que este
escritor gracioso y emotivo, patético y elegante, no tenía otro mérito que
aquello que copiaba del músico Lulli. «Lo comprendo perfectamente —replicó mi
amigo—. Boileau no estaba celoso del músico, lo estaba del poeta. ¿Qué caso
podemos hacer de las opiniones de un hombre que para rimar un verso que
terminaba en aut injuriaba tan pronto a Boursault como a Hénault o a Quinautl,
según tuviera odio o no a esos señores?
»Con todo, para que no dejéis enfriar vuestro celo contra la injusticia
basta con asomar la nariz a la ventana y contemplar la hermosa fachada del
Louvre, gracias a la cual se inmortalizó Perrault. Este hombre de tanto talento
era hermano de un académico muy sabio con quien Boileau había tenido alguna
disputa y esto fue suficiente para que le calificara de arquitecto ignorante.»
Mi amigo, tras meditar unos instantes, prosiguió suspirando: «La
naturaleza humana está hecha así. El duque de Sully, en sus Memorias considera
al cardenal De Ossat y al secretario Villeroi como malos ministros; Louvois se
esforzaba todo cuanto podía para no apreciar al gran Colbert». «Pero ninguno
imprimió nada contra su contemporáneo —respondí—; siendo una estupidez que ello
casi quede reservado a la literatura, a la intriga y a la teología.
»Tenemos un hombre de mérito, Lamotte, que ha compuesto bellas estrofas:
A veces, el ardor que la encanta resiste una joven belleza, y contra
ella misma se arma de una penosa firmeza. ¡Ay! tal represión extremada la priva
del placer que ama huyendo de la vergüenza que odia. Su severidad es sólo
aparente y el honor de pasar por casta la decide a serlo efectivamente.
En vano este austero estoico vencido por mil pecados se jacta de un alma
heroica a la virtud consagrado. Lo que él ama no es virtud pues ebria su alma
de sí misma quisiera usurpar altares y con su talento frívolo sólo busca ser el
ídolo que se ofrece a los mortales.
Los campos de Farsalia y Arbelas vieron triunfar dos vencedores,
propuestos ambos como modelos dignos de los grandes corazones; pero el éxito
forjó su gloria, y si el sello de la victoria no consagrara tales semidioses,
serían ante el vulgo ocioso Alejandro un simple temerario y César un rebelde y
sedicioso.
»Este autor —dijo— era un sabio que más de una vez prestó el encanto de
sus versos a la filosofía. Si siempre hubiera escrito estrofas parecidas sería
el primero de los poetas líricos; sin embargo, cuando brindaba tales bellos
fragmentos, uno de sus contemporáneOs le calificaba de ese imbécil, animal de
corral y en otra ocasión, decía de Lamotte: la aburrida belleza de sus
discursos y en otra, aludiendo a sus versos:
no les veo más que un defecto: y es que el autor debiera hacerlos en
prosa; las tales odas huelen demasiado a Quinault.
»Le persigue por doquier, le reprocha de continuo su aridez y carencia
de armonía. ¿Sentís curiosidad de ver las odas que compuso, años después, ese
mismo censor que consideraba a Lamotte como maestro y le injuriaba como
enemigo? Leedlas:
Este influjo soberano no es más que ilustre cadena que le une a la dicha
ajena: los diamantes que le embellecen los talentos que le ennoblecen los lleva
él, pero no son suyos.
Nada hay que el tiempo no haya devorado y absorbido, y los hechos que se
ignoran poco difieren de los hechos que nunca han acontecido.
La bondad que brilla en ella, de sus encantos el mejor, es una imagen de
aquella que ella ve brillar en vos. Y por vos sola enriquecida su cortesía,
liberada de la menor fealdad, es la luz ya reflejada de vuestra sublime
claridad.
Han visto ellos por tu buena fe de sus pueblos turbados de espanto el
temor felizmente desvanecido y para siempre desarraigado ese odio tan a menudo
asumido como supervivencia de una paz.
Desvela a mi vista diligente esas divinidades adoptivas, sinónimas de la
mente símbolos de una abstracción. ¿No es una gran bendición, cuando de una
común carga dos mitades llevan el peso? ¿que la menor lo reclama y sea la dicha
del alma a costa sólo del cuerpo?
Mi juicioso aficionado a la literatura dijo, entonces: «No era preciso,
sin duda, presentar tan detestables obras como modelo a quien se criticaba con
tanta amargura; hubiera sido preferible dejar que disfrutase en paz su
adversario de sus méritos y conservar los que poseía. Pero, ¿qué le vamos a
hacer! El genus irritabile vatum es un enfermo de la misma bilis que le
atormentó en otro tiempo. El público perdona estas mezquindades de las gentes
de talento porque no piensa más que en divertirse. Sólo ve, en una alegoría
titulada Plutón, a unos jueces condenados a ser despellejados y a sentarse en
el infierno en un asiento tapizado con su piel, en lugar de las flores de lis;
al lector no le preocupa si estos jueces lo merecen o no y si quien les cita
ante Plutón tiene razón o no. Lee estos versos únicamente para complacerse, y
si lo consiguen ya no pide más; si no le gustan, hace caso omiso de la alegoría
y no daría un paso para confirmar o revocar la sentencia.
»Las inimitables tragedias de Racine han sido todas criticadas y muy
mal, y es que las críticas procedían de sus rivales. Los artistas son jueces
competentes en cosas de arte, ciertamente pero estos jueces competentes están
casi siempre corrompidos.
»Un excelente crítico sería el artista que poseyera mucha ciencia y
gusto, sin prejuicios y sin envidia. Y eso es difícil de hallar.»
CROMWELL. Algunos autores dicen que fue un bribón toda su
vida. Yo también lo creo. Para mí empezó por ser un fanático y después se
sirvió del fanatismo para llegar a la grandeza. El novicio que es ferviente
devoto a los veinte años se vuelve con frecuencia un pícaro a los cuarenta. Un
hombre de Estado toma por limosnero a un fraile rebosante de cualidades
adquiridas en el convento, devoto, crédulo, simPle e ignorante de las tretas
del mundo, pero el fraile aprende, se forma, llega a ser un intrigante y logra
suplantar al hombre de Estado.
En su adolescencia, Cromwell estuvo en la duda de abrazar la carrera
eclesiástica o la de las armas. Y fue ambas cosas. En 1622 participó en una
campaña del ejército del príncipe de Orange, y cuando regresó a Inglaterra
entró al servicio del obispo Williams y fue el teólogo de monseñor mientras
éste pasaba por ser el amante de su esposa. Pertenecía al credo de los
puritanos, por lo que debía aborrecer con toda su alma a los obispos y no
querer a los reyes. Fue expulsado de los familiares de Williams por su calidad
de puritano, y en ello radicó su fortuna. El Parlamento de Inglaterra se
declaró contra la monarquía y el episcopado. Algunos amigos que tenía en el
Parlamento le proporcionaron un beneficio en una aldea. Desde entonces puede
decirse que comenzó a vivir. Había cumplido ya cuarenta años y nadie se había
ocupado de él. Y aunque conocía bien la Sagrada Escritura y disputaba sobre los
derechos de los sacerdotes, pronunciaba pésimos sermones y escribía algunos
libelos. Era lo que se dice un ignorante. Leí una de las homilías compuesta por
él y me pareció insulsa. Se parecía a los sermones de los cuáqueros.
Probablemente, no daba entonces ninguna prueba de la persuasiva elocuencia con
que más tarde consiguió arrastrar los parlamentos. Ello se debió, sin duda, a
que era más apto para manejar los asuntos del Estado que los de la Iglesia. Su
elocuencia radicaba en su tono y sus ademanes. Un movimiento de aquella mano
que pasó varias batallas y mató a muchos dinásticos, era más persuasivo que un
bien pergeñado período de Cicerón. Hemos de confesar que se dio a conocer por
su valentía incomparable, que paso a paso le hizo alcanzar la cumbre de la
grandeza.
Empezó alistándose como voluntario ansioso de fortuna, en la localidad
de Hull, sitiada por el rey. Allí llevó a cabo tantas y tan venturosas hazañas
que el Parlamento le concedió una gratificación de seis mil francos. Este
regalo a un aventurero hacía concebir la esperanza de que triunfaría el partido
rebelde. El rey no se encontraba en situación de dar a sus oficiales generales
lo que el Parlamento otorgaba a sus oficiales voluntarios. Con dinero y
entusiasmo, a la larga se consigue todo. Cromwell recibió el nombramiento de
coronel, y desde entonces el talento que tenía para la guerra lo desarrolló
hasta tal punto que, cuando el Parlamento nombró general de sus ejércitos al
conde de Manchester, nombró a Cromwell subteniente general sin hacerle pasar
por las graduaciones inmediatas. Ningún hombre mereció más el mando, ni reunió
tanta actividad ponderación, audacia y recursos que Cromwell. Resultó herido en
la batalla de York, y mientras le curaban la herida le comunican que el general
Manchester se retira y se pierde la batalla. Acude corriendo al encuentro del
general, que huía con algunos oficiales, le agarra por el brazo y le dice en
tono de confianza y de grandeza: «Os habéis equivocado, milord; no es por aquí
donde están los enemigos».
Consigue hacerle volver al campo de batalla, reúne durante la noche doce
mil hombres, les arenga en nombre de Dios, cita a Moisés, a Gedeón y a Josué,
reemprende la batalla al rayar el alba contra el victorioso ejército real, y lo
derrota por completo. Un hombre así debía morir o ser dueño absoluto. Casi
todos los oficiales de su ejército eran unos fanáticos entusiastas que llevaban
el Nuevo Testamento en el arzón de su silla. Tanto en el ejército como en el
Parlamento, sólo se hablaba de aniquilar a Babilonia, de establecer el culto en
Jerusalén y derribar al coloso. En medio de tantos locos, Cromwell dejó de
serlo y calculó que valía más gobernarlos que permitir le gobernaran. La
costumbre de predicar le inspiró lo demás. Imaginaos un faquir que se pone un
cinturón de hierro para hacer penitencia y se lo quita en seguida para azotar a
los demás faquires, ese es Cromwell. Llegó a ser tan intrigante como denodado.
Se asoció a los coroneles del ejército y de este modo logró formar una
república que obligó a dimitir al generalísimo. Nombraron a otro y éste ejercía
el mando sólo de nombre, porque en realidad lo dirigía Cromwell, y con el
ejército dominó el Parlamento, que se vio obligado a nombrarle generalísimo.
Todo esto era ya demasiado, mas para él lo importante era ganar las batallas
que tenía que librar en Inglaterra, Escocia e Irlanda, y las ganó, no
presenciando cómo luchaba el ejército, sino cargando siempre al enemigo,
rehaciendo sus tropas, acudiendo a todas partes, recibiendo muchas heridas y
matando con su propia mano a oficiales realistas, como si fuera un granadero
furioso y sanguinario.
Mientras combatía en esta sangrienta guerra, Cromwell estaba enamorado y
con la Biblia bajo el brazo iba a acostarse con la esposa de su mayor general
Lambert. Ésta se hallaba enamorada del conde de Holland, que servía en el
ejército del rey. En una de las batallas, Cromwell hizo prisionero a su rival y
se vengó mandando que le decapitaran. Tenía por máxima exterminar a todos los
enemigos importantes, fuese en el campo de batalla o por medio del verdugo. De
día en día, fue aumentando su poder y abusando de él. La profundidad de sus
designios no aplacaba su impetuosa ferocidad. Penetró en la cámara del
Parlamento, sacó el reloj, lo arrojó al suelo y lo rompió en mil pedazos,
exclamando: «Os haré lo mismo que a mi reloj». Algún tiempo después volvió a
entrar en el Parlamento, expulsó a sus miembros uno tras otro y los hizo
desfilar ante él obligando a cada uno que le hiciera una profunda reverencia. A
uno que pasó cubierto le quitó el sombrero, lo arrojó en el suelo y le dijo:
«Aprended a respetarme».
Después que cortó la cabeza a su legítimo rey, indignando con ello a
todas las naciones de Europa, envió su retrato a Cristina, reina de Suecia. El
retrato iba acompañado de seis versos latinos que compuso para aquella ocasión
el poeta Marvell, en los que hacía hablar a Cromwell. Esta reina fue la primera
testa coronada que le reconoció una vez proclamado protector de los tres
reinos.
Casi todos los soberanos de Europa enviaron embajadores a su hermano
Cromwell, el antiguo doméstico de un obispo que acababa de entregar al verdugo
a su soberano, pariente de dichos monarcas. Casi le suplicaban para que se
aliara con ellos. El cardenal Mazarino, por complacerle, expulsó de Francia a
los dos hijos de Carlos 1, nietos de Enrique IV y primos hermanos de Luis XIV.
Por él pudo Francia apoderarse de Dunkerque y por eso le remitió las llaves de
la ciudad. Cuando murió Cromwell, toda la corte de Luis XIV vistió de luto.
No hubo un rey tan absoluto como él. Afirmaba que prefería gobernar
adoptando el título de protector que con el de rey, porque los ingleses ya
conocían hasta dónde alcanzan las prerrogativas de los reyes en Inglaterra,
pero ignoraban hasta dónde pueden llegar las de un protector. Demostraba su
conocimiento de los hombres haciendo que la opinión gobernara, pero procurando
antes que la opinión dependiera de un hombre. Concibió profundo desprecio por
la religión, que le sirvió de escabel de su fortuna. Hay constancia de cierta
anécdota que prueba el poco caso que Cromwell hacía de la religión, instrumento
que tan extraordinarios efectos produjo en sus manos. Bebiendo un día con
Ireton, Flectwood y San Juan, bisabuelo del célebre milord Bolingbroke, al ir a
descorchar una botella el sacacorchos cayó bajo la mesa. Mientras todos lo
buscaban, una comisión de las iglesias presbiterianas estaba esperando en la
antecámara y un ujier se presentó a anunciarla. «Diles que estoy consagrado al
retiro —exclamó Cromwell— y que busco al Señor». De esta frase se servían los
fanáticos para expresar que estaban orando. Cuando despidió a los ministros
presbiterianos, dirigiéndose a los que con él bebían, dijo: «Esos tunantes
creerán que estamos en oración y estamos buscando un sacacorchos».
No hay ejemplo en Europa de otro hombre de cuna tan humilde que se haya
elevado a semejante altura. Sin embargo, después de lograr tan extraordinaria
fortuna, ¿fue feliz? Vivió pobre e inquieto hasta los cuarenta y tres años,
luego se salpicó de sangre, pasó la vida en la inquietud y falleció
prematuramente a la edad de cincuenta y siete años. Comparad su vida con la de
Newton, que vivió ochenta y cuatro años, siempre tranquilo y honrado, siendo el
ídolo de todos los mortales que piensan, viendo aumentar cada día su fama y su
fortuna, sin conocer la inquietud ni los remordimientos, y juzgad cuál de los
dos fue más dichoso y quién empleó mejor su vida.
Los puritanos y los independientes de Inglaterra admiraron a Cromwell y
para ellos todavía es un héroe. Voy a establecer una comparación con su hijo
Ricardo.
Oliverio fue un fanático a quien hoy abuchearían en la Cámara de los
Comunes si pronunciara uno de los ininteligibles absurdos que prodigaba, tan
seguro de sí mismo, ante otros fanáticos que le escuchaban en nombre del Señor
con la boca abierta y la mirada fija. Si hoy afirmara que era preciso buscar al
Señor y combatir los combates del Señor, si soltara esa jerigonza judía en el
Parlamento de Inglaterra para desacreditar al espíritu humano, es más fácil que
le encerraran en un manicomio que no que le nombraran generalísimo.
Es indudable que fue esforzado. Los lobos también lo son y hasta hay
monos tan furiosos como los tigres. Dejó su fanatismo para convertirse en hábil
político, o lo que es igual, era lobo y se transformó en zorro. Ascendió con
sus astucias desde las primeras gradas en donde el entusiasmo rabioso de
aquella época le colocó hasta la última grada de la grandeza. Consiguió
dominar, pero vivió entregado a la inquietud y al remordimiento; no conoció
días serenos ni noches tranquilas. Desconoció los consuelos sociales y los de
la amistad y murió antes de hora. Fue, sin duda, más digno de morir en la horca
que el rey al que llevó al cadalso.
Ricardo Cromwell fue su polo opuesto: de carácter apacible, prudente y
delicado, se negó a conservar la corona de su padre por no mancharse con la
sangre de tres o cuatro enemigos que pudo sacrificar a su ambición. Prefirió
consagrarse a la vida privada a ser un asesino sin entrañas y sin pesadumbre
renunció al protectorado para vivir como ciudadano particular. Libre y
tranquilo, se dedicó a la vida del campo, gozando de excelente salud,
consiguiendo vivir noventa años y ser estimado por sus vecinos, que le
consideraban como un juez y padre. Si os dieran a elegir entre el destino del
padre y el del hijo, ¿cuál escogeríais?
CRONOLOGÍA. Hace mucho tiempo que se discute acerca de la
cronología antigua. Pero, ¿existe acaso? Para que así fuere, cada población
considerable debía haber poseído y conservado registros auténticos. Pero en la
Antigüedad, ¿había alguna población que supiera escribir? Y de los poquísimos
hombres que supieran, ¿se tomarían algunos el trabajo de consignar las fechas
con exactitud?
Cierto que conservamos de tiempos relativamente recientes las
observaciones celestes de los chinos y los caldeos, pero estas observaciones
sólo se remontan unos dos mil años más allá de nuestra era. Ahora bien, cuando
los primeros anales se limitan a decirnos que hubo un eclipse, según
determinado principio, nos demuestran que el principio existía, pero no quién
lo estableció.
Es más, los chinos cuentan entero el año de la muerte de un emperador
aunque fallezca el primer día del año, y su sucesor fecha el año siguiente con
el nombre de su predecesor. Es encomiable respetar de ese modo a los
antepasados, pero no se puede computar el tiempo de manera más falsa si la
comparamos con la de las naciones modernas. Añádase a esto que los chinos
empiezan a contar su ciclo sexagenario desde el emperador Hiao, dos mil
trescientos cincuenta y siete años antes de la era vulgar. El tiempo anterior
que precedió a esa época está envuelto en la más profunda oscuridad.
Los hombres siempre se han contentado con el «poco más o menos» en todas
las cosas. Por ejemplo, antes de inventar los relojes sabían poco más o menos
la hora que era de día y de noche. Conocemos poco más o menos a nuestros
circunvecinos, etc. No es de extrañar, pues, que en ningún pueblo exista
verdadera cronología antigua; sólo la que se conserva de los chinos todavía es
extraordinaria, si la comparamos con la de otros países. Nada sabemos de los
hindúes, de los persas y casi nada de los primeros egipcios, y los sistemas que
hemos ideado respecto a la historia de esos pueblos son tan contradictorios
como nuestros sistemas metafísicos.
Las olimpiadas de los griegos empiezan setecientos veintiocho años antes
que introdujéramos nuestra manera de contar, y en esos tiempos de insondable
oscuridad sólo vemos brillar de vez en cuando alguna luz, como la era de
Navonassar, como la guerra de Lacedemonia y de Mesenia, y todavía se discute
acerca de la época en que sucedieron. Tito Livio no se atreve a asegurar el ano
en que comenzó Rómulo su supuesto reinado, porque los romanos, que conocían la
incertidumbre de esa época, se hubieran burlado de él al pretender fijarla.
Está demostrado que los doscientos cuarenta años que atribuyeron al reinado de
los siete primeros reyes de Roma era un cálculo falso. Los cuatro primeros
siglos de Roma carecen en absoluto de cronología, y si los cuatro siglos del imperio
más memorable del mundo forman un amasijo indigesto de acontecimientos
mezclados con leyendas, sin casi ninguna fecha, ¿qué decir de pequeñas naciones
encerradas en un rincón del mundo que no han podido figurar en él, pese a sus
esfuerzos, ni sustituir con charlatanismos y prodigios la carencia de poder y
de artes?
Vanidad de los sistemas, sobre todo en cronología. Condillac prestó un gran servicio a los hombres revelando la falsedad de
todos los sistemas. Si podemos abrigar la esperanza de encontrar un día el
verdadero camino que lleva a la verdad, será después de haber reconocido bien
todos los caminos que conducen al error. Al menos, tendremos el consuelo de
estar tranquilos y no buscar, después que tantos sabios lo han hecho en vano.
La cronología no es más que una colección de vejigas llenas de viento.
Todos los que creyeron caminar por ella sobre terreno llano, tropezaron y
cayeron. Hemos llegado a poseer ochenta sistemas, de los que no hay uno
verdadero.
Los babilonios aseguraban que «contamos trece mil cuatrocientos sesenta
años de observaciones celestes». Más tarde llega un parisiense y les dice:
«Vuestra cuenta es exacta, vuestros años se componían de un día solar y
equivalen a mil doscientos noventa y siete de los nuestros, desde Atlas, rey de
Africa, que era un gran astrónomo, hasta la llegada de Alejandro a Babilonia».
Ahora bien, pese a lo dicho por el aludido parisiense ningún pueblo tomó nunca
un día por un año, por lo que debió decir a los caldeos: «Sois unos exagerados
y vuestros antepasados unos ignorantes. Las naciones están sujetas a múltiples
revoluciones para conservar cálculos astronómicos desde cuatro mil setecientos
treinta y seis siglos y en cuanto al rey de los moros, Atlas, nadie sabe en que
época vivió. Tan equivocado estaba Pitágoras pretendiendo haber sido gallo en
tiempos anteriores, como vosotros jactándoos de haber hecho tantas
observaciones». Pero lo más ridículo de esas cronologías fantásticas es
computar todas las épocas de la vida de un hombre sin saber si ese hombre
existió.
CUARESMA. Sólo vamos a ocuparnos de la Cuaresma en relación
a su parte civil. De entrada diremos que es útil y conveniente que haya una
época en el año en que se maten menos bueyes, menos terneras, menos corderos y
menos aves. Todavía no hay pollos jóvenes ni pichones en febrero y en marzo,
época de la Cuaresma. Es conveniente, pues, que se suspenda algunas semanas la
carnicería en los países donde los pastos no son tan abundantes como en
Inglaterra y Holanda.
Las autoridades han dispuesto cuerdamente que durante ese tiempo la
carne se venda más cara en París, y que el exceso de ella se entregue a los
hospitales. Este es un tributo casi insensible que durante un corto tiempo
pagan el lujo y la glotonería a la indigencia, porque los ricachos son los que
no tienen bastante fuerza de voluntad para observar la Cuaresma, pues los
pobres ayunan todo el año.
El reducido número de ricos, hacendados, prelados, magistrados grandes
señores y encopetadas damas que se dignan yantar de vigilia, ayunan durante
seis semanas saboreando lenguados, salmones y otras clases de exquisitos peces.
Uno de nuestros más famosos hacendados tenía contratado por cien escudos
diarios un correo para que le trajera pescado fresco a París. Este gasto daba
vida a mucha gente, pero quien lo abonaba tenía la satisfacción de comer
pescados más sabrosos que la carne. Lúculo no hubiera celebrado la Cuaresma con
mayor regodeo.
No sucede lo mismo a los pobres. Los que comen cordero por poco dinero
cometen un grave pecado, pero buscarán inútilmente esa carne durante la
Cuaresma. ¿Qué comerán, pues? Castañas, pan de centeno, queso elaborado con
leche de sus vacas, cabras y ovejas, y los huevos que ponen sus gallinas. En
algunas iglesias, sin embargo, se les prohíbe que durante la Cuaresma coman
huevos y todo lo que contenga leche. ¿Qué pueden entonces comer? Nada.
Consienten en ayunar, pero no en morirse de hambre, porque les es absolutamente
necesario vivir aunque no sea más que para trabajar las tierras de los frailes.
Ocioso es preguntar si es justo que corresponda a la autoridad
eclesiástica prohibir a los labradores que coman queso, que ellos mismos
elaboran, y huevos que les ponen las gallinas, pues tiene que ser la autoridad
civil quien debe velar por la salud de sus habitantes y lo que concierne a la
salud pública. En esto no debe inmiscuirse la autoridad religiosa. No
encontramos en ninguna parte que Jesús prohibiera a los apóstoles comer
tortilla; al contrario, en el Evangelio de San Lucas, capítulo X, les dice: «Comed
todo lo que os den».
La santa Iglesia ordena que se observe la Cuaresma, pero su mandato sólo
se extiende al corazón y sólo puede imponer castigos espirituales. No puede
condenar hoy a la hoguera, como hacía antaño, al pobre hombre que, no teniendo
más que tocino rancio, lo coma con un pedazo de pan negro al día siguiente del
martes de Carnestolendas.
A veces, en ciertas provincias, los curas, con excesivo celo y olvidando
los derechos que corresponden a la autoridad civil, irrumpen en las posadas,
casas de comidas y figones, para ver si los cocineros tienen unas onzas de
carne en sus pucheros, y pollos asados y huevos en la despensa. Si encuentran
algo de esto, intimidan a los sencillos habitantes sirviéndose incluso de la
violencia, porque esos infelices ignoran que el clero usa de un derecho que no
tiene y los sujetan a una inquisición odiosa y digna de castigo.
Sólo los magistrados pueden legislar sobre los artículos alimenticios
más o menos abundantes que pueden nutrir a los habitantes de las provincias. El
clero debe tener obligaciones más sublimes.
¿Acaso los primeros que decidieron ayunar observaron ese régimen por
prescripción del médico después de sufrir indigestiones? La falta de apetito
que sentimos cuando nos vemos sumidos en la tristeza, ¿fue tal vez el primitivo
origen de los ayunos prescritos por las religiones tristes?
¿Copiaron los judíos la costumbre de ayunar de los egipcios, de los que
imitaron múltiples ritos y ceremonias?
¿Por qué Jesús estuvo ayunando durante cuarenta días en el desierto, a
donde le transportó el demonio? San Mateo afirma que cuando salió del ayuno
tenía hambre. ¿No lo tendría también durante el ayuno? ¿Por qué la Iglesia
romana considera un crimen, en los días de abstinencia, comer animales
terrestres, y como obra meritoria saborear lenguados y salmones? El papista
rico que tenga en su mesa pescados que le cuesten quinientos francos se
salvará, y el pobre que se muera de hambre y coma un pedazo de tocino salado se
condenará.
¿Por qué necesitamos pedir permiso al obispo para comer huevos? El rey
que mandara a sus súbditos que no comieran huevos, ¿no sería considerado como
el más ridículo de los tiranos? ¿tendrán los obispos inquina a las tortillas?
¿Puede comprenderse que en algunas naciones católicas hayan existido
tribunales suficientemente imbéciles, cobardes y bárbaros, para condenar a
muerte a infelices ciudadanos por el único crimen de haber comido carne de
caballo durante la Cuaresma? El hecho, sin embargo, es cierto, aunque no tengo
en las manos un decreto de esa clase. Lo extraño de esos casos es que los
jueces que osaron dictar semejantes sentencias se creían más ilustrados que los
indios iroqueses.
Sacerdotes idiotas y crueles, ¿a quiénes mandáis que observen la
Cuaresma? ¿A los ricos? Ellos se guardan bien de observarla. ¿A los pobres?
Para ellos todo el año es Cuaresma. Los infelices aldeanos casi nunca prueban
la carne y no tienen dinero para comprar pescado. ¿Cuándo se derogarán leyes
tan absurdas?
CUERPO. Del mismo modo que no sabemos qué es el
espíritu, ignoramos también qué es un cuerpo. De éste vemos que está dotado de
algunas propiedades, pero seguimos sin saber qué es ese cuerpo. Demócrito y
Epicuro dicen que sólo hay cuerpos, y los discípulos de Zenón de Elea aseguran
que los cuerpos no existen.
Berkeley, obispo de Cloyne, es el último que, por medio de múltiples
sofismas, pretende demostrar que los cuerpos no existen. No tienen, en opinión
suya, color, olor, ni calor, cualidades que están en nuestras sensaciones, no
en los objetos. Berkeley pudo haberse ahorrado el trabajo de comprobar
semejante verdad, porque es sobrado conocida. Pero de aquí pasa a ocuparse de
las esencias del cuerpo, que son la extensión y la solidez, y cree probar que
no hay extensión en una pieza de paño verde porque ese paño no es realmente
verde y tal sensación de color sólo está en nosotros; luego, esa sensación del
verde del paño sólo está también en nosotros. Después de haber rechazado de ese
modo la extensión, afirma que la solidez inherente a la misma se desvanece por
sí sola, y que así no queda en el mundo más que nuestras ideas. De modo que,
según dicho doctor, diez mil hombres matados por diez mil cañonazos no son, en
el fondo, más que diez mil aprehensiones de nuestra alma de nuestro
entendimiento, y que cuando un hombre le hace un hijo a su mujer esto es una
idea que se aloja en otra idea, de donde nace una tercera idea.
Sólo del obispo de Cloyne dependía el no haber incurrido en tan ridícula
teoría. Creyó demostrar la inexistencia de la extensión porque mirando con una
lente un cuerpo le pareció que éste era cuatro veces más grande de lo que era a
sus ojos, y cuatro veces más pequeño añadiendo otro cristal. De ello concluyó
que, no pudiendo un cuerpo tener a la vez cuatro pies, dieciséis y uno sólo de
extensión, tal extensión no existía, y por tanto no existe nada. Lo que debía
haber hecho es medir un cuerpo, y decir: de cualquier extensión que me parezca,
puedo medirlo con esta medida.
Le era fácil ver la diferencia que hay entre la extensión y la solidez,
y los sonidos, los colores, los sabores, los olores, etc. Es indudable que
éstos son excitados en nosotros por la configuración de las partes, pero la
extensión no es una idea. Si esa leña que arde se extingue, y no siento su
calor; si esta cancioncilla enmudece, dejo de oírla; si esta rosa se agosta, ya
no percibo su aroma; pero la leña, la canción y la rosa tienen extensión sin
mí. La paradoja de Barkeley no merece siquiera que la refutemos.
Bueno es saber lo que le indujo a incurrir en semejante error. Hace ya
tiempo tuve con él un cambio de ideas. Me dijo que el origen de su opinión
procedía de la imposibilidad de concebir el sujeto que recibe la extensión. Y
en efecto, triunfa en su libro cuando pregunta a Hilas qué es ese sujeto, ese
substratum, esa sustancia. «Es el cuerpo que está dotado de extensión»,
responde Hilas. Entonces, el obispo, bajo el nombre de Philonous, se burla de
él, y el pobre Hilas, viendo que ha dicho que la extensión es el sujeto de la
extensión, y ello es una majadería, queda confuso y confiesa que no comprende
nada, que ni el cuerpo ni el mundo material existen, que lo único existente es
el mundo de las ideas.
Únicamente debió decir Hilas a Philonous: «Nosotros no sabemos nada
sobre el fondo de este sujeto, de esa sustancia dotada de extensión de solidez,
divisible, moviente, figurada, etc. Yo no conozco más que al sujeto pensante,
sintiente y con voluntad, pero ese sujeto existe, puesto que posee propiedades
esenciales de las que no puede despojarse».
Como la mayor parte de las damas de París que se refocilan a pierna
suelta sin saber con quién, del mismo modo nosotros gozamos de los cuerpos sin
saber de qué se componen. ¿De qué está hecho un cuerpo? De partes, y esas
partes se resuelven en otras partes. ¿Qué son esas últimas partes? Siempre
cuerpos, y por más que las dividáis sin cesar no avanzaréis un paso en su
conocimiento. Un agudo filósofo, observando que un cuadro está hecho de
ingredientes de los que ninguno es el cuadro y una casa de materiales, de los
que ninguno es la casa, imaginó (de modo algo diferente) que los cuerpos están
formados por multitud de pequeños seres que no son cuerpos y que denomina
mónadas. Ese sistema no deja de tener su lógica y, si estuviera demostrado, lo
creería muy posible, porque todos esos pequeños seres serían puntos
matemáticos, una especie de almas que no esperarían más que un traje para
meterse en él. Eso sería una metempsicosis continua; una mónada se metería en
una ballena, o en un árbol, o en un jugador de cubiletes. Ese sistema es tan
válido como cualquier otro, y me satisface tanto como la declinación de los
átomos, las formas sustanciales, la gracia versátil y los vampiros de dom
Calmet.
CURA DE ALDEA. No sólo el cura, sino el sacerdote musulmán, el
talapnino y el brahmán deben recibir cierto estipendio para vivir honestamente.
En todos los países, el sacerdote debe vivir del altar porque sirve a la
nación. Sentiré que algún cerril fanático se atreva a decir que pongo al mismo
nivel al cura y al sacerdote brahmán, y que asocio la verdad y la impostura,
pues sólo trato de comparar los servicios que prestan a la sociedad, el trabajo
y el salario. Únicamente digo que quien ejerce una función penosa debe recibir
buena paga de sus conciudadanos, pero no afirmo de ningún modo que debe acopiar
riquezas, yantar como Lúculo y ser insolente como Clodio.
Compadezco la suerte del cura de aldea que obliga a disputar una gavilla
de trigo a sus infelices feligreses, a exigirles el diezmo de las lentejas y
guisantes, a ser odiado y a odiar, a consumir miserablemente la vida en
continuas porfías que agrían y envilecen el alma. Pero compadezco mucho más al
cura de porción congrua, al que los frailes, calificados de grandes
diezmadores, se atreven a dar un salario de cuarenta escudos para ir a
desempeñar funciones desagradables, y con frecuencia inútiles, durante todo el
año a dos o tres millas de su domicilio, de día, de noche, con sol, lluvia,
nieves y hielo, mientras el abad bebe buen vino, come perdices y faisanes,
duerme sobre mullido colchón con su vecina y manda construir un palacio. Es una
desproporción demasiado grande.
En la época de Carlomagno, el clero, además de sus tierras, poseía el
diezmo de las tierras ajenas, que equivalía al valor de la cuarta parte de
éstas contando los gastos del cultivo. Para asegurarse ese pago imaginaron que
era de derecho divino. ¿Por qué lo imaginaron así? ¿Acaso Dios descendió al
mundo para dar la cuarta parte de nuestros bienes al abad de Montecasino, al de
San Dionisio y al de Julde? Que yo sepa, no. Pero sí se dice que antiguamente,
en los desiertos de Etam, Horeb y Cades Barne, concedió a los levitas cuarenta
y ocho ciudades y el diezmo de lo que producía la tierra. Pues bien, abad
insaciable, marchaos a los desiertos de Judea, habitad las cuarenta y ocho
ciudades que no existen en aquel arenal inhabitable, cobrad el diezmo a los pedruscos
y guijarros que cubren aquellas tierras, y buen provecho os haga.
En un área cristiana que abarca un millón doscientas mil leguas
cuadradas, en todo el Norte, la mitad de Alemania, Holanda y Suiza, pagan al
clero con el dinero del Tesoro público. En esos países no se promueven en los
tribunales procesos entre los señores y los curas, entre el grande y el pequeño
diezmador, entre el pastor y su rebaño.
El rey de Nápoles, en el año que estoy escribiendo, o sea en 1772, acaba
de abolir el diezmo en una de sus provincias, la que pagaba mejor a los curas.
Se me dirá que la casta sacerdotal egipcia no cobraba el diezmo. Cierto,
pero aseguran que poseía en propiedad la tercera parte de todo Egipto, y lo que
es más difícil de creer, que tardaron muy poco tiempo en poseer las otras dos
terceras partes.
Los judíos no se quejaron nunca de la exacción del diezmo. Leed el
Talmud de Babilonia, y si no comprendéis el idioma caldeo, leed la traducción
de Gilbert Gaulmin. En dicho libro encontraréis la aventura protagonizada por
una pobre viuda y el gran sacerdote Aarón. Hela aquí:
«Una viuda que sólo tenía una oveja hizo que la esquilaran. Aaron se
presentó para pedirle la lana diciéndole que, según la ley, a él le
correspondía: «Entregarás las primicias de la lana a Dios». La viuda, llorando,
acude a pedir protección a Coré. Este busca a Aarón y nada consigue con sus
ruegos porque el sumo sacerdote le contesta que la lana le pertenece. Coré,
indignado, da algún dinero a la viuda y así queda zanjado el asunto. Algún
tiempo después, la oveja pare un corderillo. Aarón vuelve a casa de la viuda y
se apodera del cordero. La viuda vuelve a suplicar a Coré que la defienda y
tampoco puede convencer a Aarón, quien le responde: «Según la ley, el macho
primero que nazca del rebaño pertenecerá a Dios». Coré se enfurece otra vez,
pero el gran sacerdote se come el cordero. Desesperada, la viuda mata la oveja.
Aarón vuelve a presentarse en su casa y se apodera de la espalda y el vientre
de la oveja. Coré vuelve a quejarse y Aarón le contesta: «Está escrito en la
ley que debe darse a los sacerdotes el vientre y la espalda de las ovejas que
se maten». La viuda, no pudiendo contener su dolor, pronunció un anatema contra
la oveja. Aarón dijo entonces a la viuda: «Está escrito que sobre ti recaiga el
anatema de Israel», y se llevó la oveja entera».
En un proceso entablado entre el clero de Reims y sus habitantes, el
abogado de éstos citó el mencionado ejemplo sacado del Talmud. El propio
Gilbert Gaulmin asegura que fue testigo presencial del hecho.
CH
CHARLATÁN. Aunque el caballero Jaucourt se ha ocupado
con bastante extensión de la charlatanería, nos vamos a tomar la libertad de
añadir aquí algunas reflexiones. Los sitios más apropiados para establecerse
los médicos son las grandes ciudades, por eso escasean en los pueblos. En las
grandes ciudades es donde se encuentran los enfermos ricos; la disipación, los
excesos de la mesa y de las pasiones, producen sus enfermedades. El médico
Dumoulin, que era un excelente facultativo, al morir dijo que dejaba en el
mundo dos grandes médicos: la dieta y el agua del río.
En 1728, uno de los más famosos charlatanes, un tal Villars, refirió a
unos amigos que su tío, que llegó a centenario y murió de un accidente, le
había revelado en secreto la virtud de un agua especial que podía prolongar la
vida hasta ciento cincuenta años viviendo sobriamente. Cuando veía pasar un
entierro, alzaba los hombros como compadeciendo al difunto y decía: «Si el
finado hubiera bebido el agua que conservo, no le llevarían aún al cementerio».
Sus amigos, a los que generosamente hizo participar de su agua milagrosa y
observaban la dieta que les prescribía, gozaban de excelente salud y fueron
pregonando por todas partes la virtud de dicha agua. Entonces decidió venderla
a seis francos la botella y consiguió un fabuloso despacho. El agua tan
cacareada era del Sena, mezclada con un poco de nitro. Quienes la tomaban y se
ajustaron al régimen recomendado por Villars, sobre todo si estaban dotados de
buen temperamento, adquirieron en pocos días una perfecta salud. A los que se
quejaban porque no recobraban la salud, les replicaba: «Vuestra es la culpa de
que no estéis curados, sois intemperantes e incontinentes. Corregíos de esos
defectos y viviréis ciento cincuenta años al menos». Como algunos se
corrigieron, esto hizo que aumentara la fortuna y reputación del charlatán. El
abate Pons, impulsado por su entusiasmo, decía de él que era superior al
mariscal Villars, porque éste hacía matar hombres y aquél los hacía vivir. Al
fin, se supo que el agua de Villars era del no, no la quisieron tomar y el
pueblo se fue en busca de otros charlatanes. No puede negarse que proporcionó
algún bien, ni puede reprochársele por vender cara la simple agua del Sena.
Movía los hombres a la templanza y en esto era superior al boticario Arnoult,
que ha colmado Europa de remedios contra la apoplejía sin impulsar a los
hombres a que practiquen ninguna virtud.
Conocí en Londres a un médico apellidado Brown que ejercía la medicina
en América y poseía una hacienda y un número bastante considerable de negros.
En una ocasión que le robaron una importante cantidad, reunió a los negros y
les dijo: «Amigos míos, durante la noche se me ha aparecido la gran serpiente y
ha revelado que quien me ha robado el dinero tiene en este instante una pluma
de papagayo en la nariz». En el acto, el culpable se llevó la mano a ella y su
señor le dijo: «Tú eres el que has robado, la serpiente no me ha engañado». Y
de esta manera recuperó el dinero. No puede criticarse semejante charlatanería,
mas para usarla con éxito es preciso tratar con negros.
Escipión el Africano, el gran Escipión, hacía creer a sus soldados que
se hallaba inspirado por los dioses. Esa clase de charlatanería estuvo en uso
mucho tiempo, antiguamente. ¿Cabe criticar a Escipión porque se servía de ella?
Quizá fue el hombre que más honró a la república romana. Pero, ¿por qué no le
inspiraron los dioses que rindiera cuentas al Senado? Numa hizo peor.
Necesitaba civilizar a bandidos y el Senado, donde había una buena porción de
ellos, era muy difícil de gobernar. Si hubiera propuesto la aprobación de las
leyes que redactó a los senadores, los asesinos de su predecesor se habrían
opuesto, quizá, a aprobarlas. Se dirigió, pues, a la ninfa Egeria, que le
entregó de parte de Júpiter las Pandectas y obtuvo obediencia absoluta,
alcanzando, además, un feliz reinado. Como dichas leyes son justas, su
charlatanería resultó beneficiosa, pero si algún enemigo solapado hubiera
descubierto su impostura y hubiese dicho a los demás enemigos: «Exterminemos a
ese truhán que prostituye el nombre de los dioses para engañar a los hombres»,
habría corrido el peligro de ir a hacer compañía a Rómulo en el otro mundo.
Mahoma estuvo varias veces a punto de fracasar, pero al fin causó el
efecto que se proponía a los árabes de Medina, que le creyeron íntimo amigo del
arcángel Gabriel. Si alguno se atreviera hoy a anunciar en el Capitolio que es
el favorito del arcángel Rafael, y que por eso debíamos creerle, lo empalarían
en la plaza pública. Los charlatanes deben acomodarse a su época.
¿No hubo su tanto de charlatanería en Sócrates en lo que respecta a su
demonio familiar y a la declaración que atribuye a Apolo, proclamándole el más
sabio de los hombres? Sócrates no supo tomar el pulso a la época en que vivió,
quizá cien años antes hubiera gobernado Atenas.
Todos los jefes de sectas filosóficas usaron de la charlatanería, pero
los mayores charlatanes fueron los que aspiraron a dominar al pueblo. Cromwell
fue el mayor de todos. Apareció precisamente en la época más propicia para
realizar sus fines. En el reinado de Isabel le hubieran ahorcado y en el de
Carlos II se hubiera puesto en ridículo, pero tuvo la suerte de vivir en una
época en que Inglaterra estaba incómoda con sus reyes, así como su hijo Ricardo
en tiempos en que estaba cansada del protector.
La charlatanería en la ciencia y en la literatura. Las ciencias no pueden propagarse sin charlatanería. Cada autor aspira a
que se acepten sus opiniones. El teólogo sutil trata de eclipsar al doctor
angélico; el teólogo profundo desea reinar solo. Cada uno forja su sistema de
Física, Metafísica o Teología eclesial, y todos se arrogan el mérito de la
mercancía. Tienen comisionistas que la pregonan, bobos que la creen y mecenas
que la apoyan. ¿No hay auténtica charlatanería en poner palabras en lugar de
ideas, y pretender que los demás crean en lo que nosotros no creemos?
Un científico inventa los torbellinos de materia sutil, nebulosa,
estriada; otro imagina que hay elementos de materia que no son materia, y una
armonía preestablecida que hace que el reloj del cuerpo humano suene la hora
cuando el reloj del alma la marque con su saeta. Esas quimeras encuentran
partidarios durante unos años, y cuando pasan de moda aparecen nuevos
mostrencos en el teatro ambulante: destierran los gérmenes del mundo, aseguran
que el mar produjo las montañas y que antiguamente los hombres eran peces.
¿Con cuánta charlatanería no se ha escrito la historia, ya asombrando al
lector con la narración de prodigios, ya divirtiendo a la malignidad humana con
sátiras, ya adulando a los tiranos y sus familias con elogios infames? Los
desgraciados que escriben para vivir son charlatanes de otra clase. El que se
encuentra sin oficio ni beneficio y tuvo la desventura de estudiar en un
colegio, cree que sabe escribir y le baila el agua a un editor para que le dé
trabajo. El editor sabe que la mayor parte de las gentes acomodadas desean
tener reducidas bibliotecas y gustan de los compendios y títulos que tengan
novedad, y encarga al escritor un compendio de la Historia de la Iglesia, o un
Diccionario de grandes hombres, en el que coloca a un pedante desconocido al lado
de Cicerón, y un poetastro de Italia al lado de Virgilio. Otro editor encarga
novelas originales o traducidas. Otro entrega gacetas y almanaques de diez años
a un hombre de genio y le dice: «Extractadme todo eso y dentro de tres meses me
lo traeréis escrito con el título de Historia fiel del tiempo, por el caballero
X, teniente de navío, empleado en Asuntos Exteriores». Cerca de cincuenta mil
volúmenes de esta clase se han publicado en Europa y todos ellos pasan como el
secreto de embellecer el cutis, de teñir de negro el pelo y la panacea
universal.
CHINA (Sobre la). Vamos a buscar tierras en China como si no
tuviéramos ya bastantes, tejidos como si nos faltara ropa y una hierbecita para
infusiones en agua como si no tuviésemos bastantes vegetales en nuestros
climas; en compensación, pretendemos convertir a los chinos. Se trata de un
celo muy encomiable, pero no por ello hay necesidad de discutirles su
antigüedad histórica y decirles que son idólatras. Sinceramente, ¿estaría bien
que un capuchino, bien recibido en un castillo de los Montmorency, intentara
persuadirles de que son unos nobles advenedizos, como los ministros del rey, y
acusarles de ser idólatras por haber advertido en el castillo dos o tres
estatuas de condestables hacia los que sintieran respeto?
El célebre Wolf, profesor de Matemáticas en la universidad de Halle,
pronunció un día un excelente discurso en elogio de la filosofía china en el
que ensalzó esa antigua especie de hombres que difiere de nosotros por la
barba, los ojos, la nariz, las orejas y el modo de razonar; elogió a los chinos
por adorar a un Dios supremo y amar la virtud, y rindió justo tributo a los
emperadores de China, al kolao, a los tribunales y a los letrados. El tributo
que rendía a los bonzos era de diferente especie.
Conviene saber que este Wolf atraía a Halle un millar de escolares de
todas las naciones. En la misma universidad había un profesor de teología,
llamado Lange, que no atraía a nadie; este hombre, desesperado de tanto helarse
de frío, solitario en su aula, como era de esperar quiso derribar al profesor
de Matemáticas y, siguiendo la costumbre de sus semejantes, le acusó de no
creer en Dios.
Algunos escritores europeos que nunca estuvieron en China afirmaban que
el gobierno de Pekín era ateo, y puesto que Wolf había elogiado a los filósofos
de Pekín resultaba que Wolf era ateo; Ia envidia y el odio no han forjado nunca
mejores silogismos. Este argumento de Lange, apoyado por una intriga y un
protector, fue considerado incontrovertible por el rey del país y al matemático
un dilema en toda forma: escoger entre salir de Halle en el plazo de
veinticuatro horas o ser ahorcado. Como Wolf era hombre que razonaba muy bien,
se apresuró a partir y su marcha privó al rey de doscientos a trescientos mil
escudos anuales que el filósofo conseguía hacer entrar en el reino gracias a la
afluencia de sus discípulos.
Ejemplo que debe hacer reflexionar a los soberanos que no siempre debe
ser escuchada la calumnia y sacrificar un gran hombre al furor de un estúpido.
Pero volvamos a China.
¿Por qué nosotros, en un extremo de Occidente, nos preocupamos tanto en
discutir con encarnizamiento y torrentes de injurias y en averiguar si hubo o
no catorce príncipes antes de Fo‑Hi, emperador de China, y si ese Fo‑Hi vivió
tres mil o dos mil novecientos años antes de nuestra era? Supongamos que un par
de irlandeses fueran a pleitear en Dublín para averiguar quién fue, en el siglo
XII, el dueño de unas tierras que hoy son mías. ¿No es evidente que deberían
dirigirse a mí, que tengo a mano los archivos? Me parece que ocurre lo mismo
con los emperadores chinos: es preciso dirigirse a los tribunales de su país.
Discutid cuanto os plazca acerca de los catorce príncipes que reinaron
antes de Fo‑Hi y vuestra linda discusión no conseguirá más que demostrar que
China estaba muy poblada entonces y que allí reinaban unas leyes. Y ahora os
pregunto: si existe una nación organizada que posee leyes y príncipes, ¿no
significa ello una prodigiosa antigüedad? Pensad cuánto tiempo es necesario
para que un singular concurso de circunstancias haga descubrir el hierro en las
minas y luego pueda ser empleado en la agricultura, inventar la lanzadera y
tantas otras artesanías.
Quienes fabrican los niños a plumazo han imaginado un cálculo muy
divertido. El jesuita Petau, mediante un lindo cómputo, atribuye a nuestro
planeta unos doscientos ochenta y cinco años después del diluvio y cien veces
más habitantes de los que uno se atrevería a suponer en el momento presente.
Los Cumberland y los Whiston han llevado a cabo otros cálculos igualmente
cómicos; estas buenas gentes bastaría que consultaran los registros de nuestras
colonias en América para quedar asombradísimos y enterarse de que el género
humano se multiplica poco y que a menudo disminuye en vez de aumentar.
En consecuencia, nosotros, que somos de ayer, descendemos de los celtas
y aún estamos investigando en los bosques de nuestras comarcas silvestres,
debemos dejar que los chinos e indios disfruten en paz de su hermoso clima y de
su antigüedad .Sobre todo, nunca más llamemos idólatras al emperador de China y
al soberano del Decán. Uno no debe ser fanático de los méritos de los chinos,
pero la Constitución de su imperio es ciertamente la mejor que hay en el mundo,
la única que está fundamentada totalmente en el poder paternalista (lo que no
impide que los mandarines propinen muchos bastonazos a sus hijos), la única en
que un gobernador de provincia es castigado cuando al terminar su mandato no ha
conseguido ser aclamado por el pueblo; sólo ella ha instituido premios a la
virtud, mientras que en todas partes las leyes se limitan a castigar el crimen;
la única que ha hecho adoptar sus leyes a los propios vencedores, mientras que
nosotros aún estamos sometidos a las costumbres de los borgoñones, francos y
godos que nos dominaron. También debemos confesar que el pueblo menudo,
mediatizado por los bonzos, es tan bribón como el nuestro; que todo lo venden
muy caro a los extranjeros, como nosotros; que en ciencias los chinos están
todavía como estábamos nosotros hace doscientos años y lo mismo que nosotros
mantienen mil prejuicios ridículos, creen en los talismanes y en la astrología
judiciaria como nosotros creímos durante mucho tiempo.
Confesaremos, además, que ellos están asombrados de nuestro termómetro,
de nuestro sistema de introducir líquidos en hielo con salitre y de todos los
experimentos de Torricelli y de Otto de Gueriche, igual que nosotros lo
estuvimos cuando vimos las manifestaciones de esa física recreativa por vez
primera. Añadiremos que ni sus médicos ni los nuestros curan las enfermedades
mortales y que las pequeñas dolencias las va curando la naturaleza por sí
misma, lo mismo en China que aquí; pero todo esto no impide que los chinos,
hace cuatro mil años, cuando nosotros ni siquiera sabíamos leer, conociesen
todas las cosas esencialmente útiles de las cuales hoy tanto nos vanagloriamos.
Añadiremos, una vez más, que la religión de los letrados es admirable.
Nada de supersticiones, nada de leyendas absurdas, nada tampoco de esos dogmas
que injurian a la razón y a la naturaleza y a los cuales los bonzos atribuyen
mil sentidos diferentes porque no tienen ninguno. Después de más de cuarenta
siglos, el culto más sencillo les parece el mejor. Ellos son los que nosotros
suponemos serían Seth, Enoch y Noé: se contentan con adorar a un dios, lo mismo
que todos los sabios de la tierra, mientras que en Europa ello se comparte
entre Tomás y Buenaventura, entre Calvino y Lutero, y entre Jansenio y Molina.
D
DANTE. Los italianos le llaman divino, pero es una
divinidad oculta. Sus oráculos apenas se entienden; tuvo muchos comentaristas y
quizás ello sea uno de los motivos de no comprenderle bien. Su reputación
durará siempre porque le leemos poco. Sabemos de memoria varios pensamientos
suyos y esto nos basta para ahorrarnos el trabajo de examinar su obra.
Dícese que el divino Dante fue un hombre bastante desgraciado. No creáis
que fuera divino en su época, ni profeta en su patria. Fue prior, pero no prior
de monjes, sino prior de Florencia, es decir, uno de sus senadores. Según dicen
sus compatriotas, nació en 1260. Bayle, que escribía en Rotterdam, calamo
currente, para su editor, cuatro siglos después de la época del Dante dice que
nació en 1265. Yo no estimo más ni menos a Bayle por haberse equivocado de
cinco años, pues lo criticable es equivocarse en materias literarias o
filosóficas.
Por entonces comenzaban a florecer las artes en Italia. Florencia, como
la antigua Atenas, estaba pletórica de genio, de grandeza, de inconstancia y de
partidos. Los blancos gozaban de gran influencia, tomando esta denominación de
la signora Blanca. El partido contrario era el de los negros, apelativo que se
otorgaron por contraposición a los blancos. Como si estos dos partidos no
fueran suficientes, Florencia se subdividía en otros dos: los güelfos y los
gibelinos. La mayoría de los blancos eran gibelinos, o lo que es lo mismo,
partidarios de los emperadores, y casi todos los negros eran güelfos,
partidarios de los papas.
Todos aquellos partidos amaban la libertad y, sin embargo, hicieron lo
posible por destruirla. El papa Bonifacio VIII trató de aprovecharse de esas
divisiones para abatir el poder de los emperadores en Italia. Se puso de parte
de Carlos de Valois, hermano del rey de Francia, Felipe el Hermoso, y su
vicario en Toscana. Carlos se presentó en Florencia con un poderoso ejército,
expulsó a los blancos y a los negros y consiguió por le detestaran gibelinos y
güelfos. Dante, que era blanco y gibelino, fue desterrado por los primeros y
luego destruyeron su casa. Por lo que hicieron, puede juzgarse como odiaría el
resto de su vida a la dinastía de Francia y a los papas. Y sin embargo, se
supone que hizo un viaje a París y que por entretenerse se hizo teólogo y discutió
con calor en las escuelas. Además, refiere que Enrique VII nada hizo por él a
pesar de ser gibelino, que se presentó a Federico de Aragón, rey de Sicilia, y
regresó de allí tan pobre como fue. Se vio obligado a recurrir al marqués de
Malaespina y al soberano de Verona, pero ni uno ni otro le resarcieron de sus
pérdidas y falleció pobre en Rávena, a la edad de cincuenta y seis años. En
diferentes sitios compuso su obra del infierno, del purgatorio y del paraíso,
considerado como un magnífico poema épico.
Cuando va a penetrar en el infierno, encuentra en la entrada un león y
una loba. De repente, se le presenta Virgilio para infundirle ánimos; dice que
nació lombardo, lo mismo que si Homero dijera que nació turco porque Grecia es
hoy de Turquía. Virgilio se ofrece a guiar a Dante por el infierno y el
purgatorio, y a acompañarle hasta la puerta de san Pedro, pero le advierte que
no podrá entrar con él.
Mientras tanto, Caronte los traslada a ambos en su barca. Virgilio le
cuenta que, poco después de su llegada al infierno, vio un ser poderoso que fue
a buscar las almas de Abel, Noé, Abrahán, Moisés y David. Avanzando en el
camino, descubren en el infierno tres moradas muy agradables: en la primera
están Homero, Horacio, Ovidio y Lucano; en la segunda, Electra, Héctor, Eneas,
Lucrecio, Bruto y el turco Saladino y en la tercera, Sócrates, Platón,
Hipócrates y el árabe Averroes.
Al fin, llegan al verdadero infierno, donde Plutón juzga a los
condenados. Dante conoce allí algunos cardenales, unos papas y no pocos
florentinos. ¿Está escrita esa parte del poema en estilo humorístico o heroico?
¿Qué estilo domina en el poema? A mi entender el estilo caprichoso. Ahora bien,
contiene versos tan hermosos y entrañables que no han envejecido tras
cuatrocientos años, ni envejecerán nunca.
Por otra parte, un poema que mete papas en el infierno debe despertar
siempre la atención y conseguir que los estudiosos agoten la capacidad de su
talento para llegar a comprender, sin equivocarse, qué papas son los que Dante
ha condenado y no incurrir en equivocaciones en materia tan grave.
Se ha llegado a crear una cátedra de exégesis para explicar este autor
clásico. Se me preguntará cómo es que la Inquisición no se opuso a la apertura
de esa clase, y yo contestaré que la Inquisición sabe qué son las burlas en
Italia y comprende que en verso hacen poco daño.
DAVID. Debemos reverenciar a David como profeta, como rey,
como antepasado del santo esposo de María y como hombre que mereció la
clemencia divina por la penitencia que hizo.
Ahora bien, diré francamente que el artículo David, que publicó Bayle en
su Diccionario, no merecía levantar el revuelo que produjo entonces Y esto, no
porque intentara nadie defender a David, sino porque con dicho revuelo se
trataba de perder a Bayle. Algunos predicadores de Holanda, enemigos mortales
suyos, les ofuscó tanto el odio que le profesaban que le reprendieron por haber
otorgado elogios a los papas, merecedores de ellos a su juicio, y por haber
refutado las calumnias que les levantaron. Esa ridícula y vergonzosa injusticia
la firmaron doce teólogos el 20 de diciembre de 1689, en el mismo consistorio
en que aparentaron defender al rey David. ¿Cómo tuvieron la audacia de
manifestar en voz alta una pasión cobarde que los demás hombres tratan de ocultar?
No sólo fue el colmo de la injusticia y del desprecio a todas las ciencias,
sino el colmo del ridículo prohibir a un historiador la imparcialidad y a un
filósofo que sea razonable.
Para demostrar que la condena de Bayle fue personal e injusta, traigo a
colación lo que en 1761 sucedió a Hut, miembro del Parlamento de Inglaterra.
Los doctores Chandler y Palmer habían pronunciado la oración fúnebre del rey
Jorge II comparándole con el rey David, siguiendo la costumbre de la mayoría de
los predicadores que creen de esa forma adular a los reyes. Pero Hut no
consideró esa comparación como un elogio, y publicó una famosa disertación
demostrando que Jorge II era un rey más poderoso que David y no incurrió en las
faltas de éste. Por lo tanto, no debía hacer la misma penitencia, ni
comparársele con el rey hebreo. A continuación, comentando el Libro de los
Reyes, examina paso a paso la vida de David, juzgándole con más severidad que
Bayle, y fundando su opinión en que el Espíritu Santo no elogia las acciones
que pueden reprocharse a David.
El citado autor inglés juzga al rey de Judea según las nociones que
tenemos hoy de lo justo y lo injusto. No puede aprobar que David reúna una
banda de cuatrocientos ladrones, ordene que le arme el sumo sacerdote Aquimelec
con la espada de Goliat, y que reciba panes consagrados (1). Tampoco puede
aprobar que vaya a casa del labrador Nadal y entre en ella a sangre y fuego
porque se negó a pagar una contribución para mantener su banda de ladrones.
Nadal muere a los pocos días y David contrae matrimonio con la viuda de Nadal
(2). Reprueba la conducta que siguió con el rey Aclús, que poseía seis aldeas
en el cantón de Geth. David, a la cabeza de seiscientos bandidos, hizo
correrías en los dominios de su bienhechor Sachis, saqueó por donde iba pasando
y degolló a mujeres, ancianos y niños de pecho. ¿Por qué mató a los lactantes?
«Por miedo a que esos niños llevaran la noticia al rey Achis», se dice en el
texto (3). Mientras tanto, Saúl pierde una batalla peleando contra los
filisteos y hace que le mate su escudero. Un hebreo, que trae esta noticia a
David, es condenado por éste a muerte en recompensa (4). Isboset sucede en el
trono a su padre Saúl; David es bastante fuerte para declararle la guerra y
aquél muere asesinado. David se apodera de todo su reino, entra por sorpresa en
Rabbat y hace perecer a todos sus habitantes con suplicios extraordinarios. Los
sierra en dos, los desgarra con rastrillos de hierro o los quema en hornos de
cocer ladrillos (5). Después de esas famosas expediciones sobreviene un hambre terrible
de tres años en el país.
(1) Libro de los Reyes, cap. 31 y 32.
(2) Libro de los Reyes. cap 25
(3) Libro de los Reyes, cap 28
(4) II Libro de los Reyes. cap. 1.
(5) II Libro de los Reyes, cap. 12.
Consultan al Señor y le preguntan por qué reina allí el hambre. La
respuesta era fácil de dar. Había hambre porque en un terreno que apenas
produce trigo y cuecen a los labradores en hornos de ladrillos y los sierran en
dos, necesariamente deben quedar muy pocos brazos para cultivar la tierra. Pero
el Señor les contesta que es porque Saúl mató a los gabaonitas en tiempos
anteriores. ¿Qué hace David cuando lo sabe? Reúne a los gabaonitas y les dice
que Saúl cometió una gran iniquidad haciéndoles la guerra, pero que es justo
castigarle en su linaje y por eso les entrega siete nietos de Saúl para que los
ahorquen. Y los ahorcaron, porque reinaba el hambre en el país (1).
(1) II Libro de los Reyes, cap. 30.
Hut es justo no insistiendo en el adulterio que David cometió con
Betsabé, ni en el asesinato de Urías, porque esos delitos se le perdonaron a
David cuando se arrepintió. Todo lo que acabamos de referir lo reprobó dicho
autor inglés sin que nadie le refutara, reimprimiendo su libro con pública
aprobación porque pronto o tarde oyen los hombres la voz de la equidad. Lo que
se consideraba temerario hace ochenta años hoy parece sencillo y razonable,
siempre y cuando esté contenido en los límites de una crítica prudente.
Hagamos justicia al reverendo padre Calmet por no haber traspasado esos
límites en su Diccionario de la Biblia, en el artículo David. «No abrigamos la
intención —afirma— de aprobar la conducta de David; tal vez incurrió en excesos
de crueldad antes de reconocer el delito que cometió en la persona de Betsabé.»
Nosotros añadiremos que probablemente lo reconocerá todo, y fueron bastantes
los crímenes que cometió.
Vamos ahora a hacer una pregunta que nos parece importante. ¿Se
menospreció como merece la vida de David, dejando aparte su persona su gloria y
el respeto que se debe a los libros canónicos? ¿No interesa al género humano
que no se consagre nunca el crimen? ¿Qué le importa a éste el nombre de quien
hace degollar mujeres y niños de sus aliados, ahorcar a los nietos de su rey,
serrar, quemar en hornos y desgarrar con rastrillos a infelices ciudadanos?
Nosotros debemos juzgar las acciones y no el nombre que tenga el culpable,
porque el nombre no aumenta ni disminuye el crimen. Cuanto más se reverencie a
David por haberse reconciliado con Dios allegando su arrepentimiento, más deben
condenarse las crueldades que cometió.
No acontece de ordinario que un mozo labriego, cuando va a buscar
jumentos, se encuentre con un reino. Es más raro todavía que otro campesino
cure a su rey, que padecía arrebatos de locura, tañendo el arpa y que este
tocador de arpa se convierta en rey por haber encontrado en una esquina un
sacerdote rural que le derrama una alcuza de aceite sobre la cabeza, es todavía
más maravilloso. ¿Quién escribió esas maravillas? Lo ignoro, pero sé que no las
escribió un Polibio ni un Tácito
No voy a ocuparme del asesinato de Urías, ni del adulterio de Betsabé,
porque son bastante conocidos y los medios de que Dios se vale para gobernar el
mundo son diferentes de los que conocemos los hombres. Por eso permitió, sin
duda, que Jesús descendiera de Betsabé, purificando todo lo pasado con ese
santo misterio.
DÉBIL, Es lo contrario de fuerte no lo contrario de duro y
de sólido. Ser débil de corazón no es ser débil de espíritu; ser débil de alma
no es serlo de corazón. El alma débil es irresoluta y carece de acción, se deja
manejar por quienes la gobiernan. El corazón débil se ablanda con facilidad,
muda fácilmente de inclinaciones, no es capaz de resistir la seducción. al
ascendiente que desean tener sobre él, y puede subsistir acompañado de un
espíritu fuerte porque se puede pensar con fortaleza y obrar con debilidad. El
espíritu débil recibe las impresiones sin combatirlas, acepta las opiniones sin
examinarlas, se asusta sin verdadero motivo e incurre naturalmente en la
superstición.
Las obras literarias pueden ser débiles por los pensamientos o por el
estilo: son débiles por los pensamientos cuando son demasiado comunes, o
cuando, siendo exactas, no son bastante profundas. Son débiles por el estilo
cuando éste carece de imágenes, tropos y figuras que llamen la atención de los
lectores. Por ejemplo, son débiles las oraciones fúnebres de Massillon, y su
estilo es muy pobre comparado con el de Bossuet.
Los discursos son débiles cuando no hay en ellos giros ingeniosos y
expresiones enérgicas, pero el que aboga es débil cuando a pesar del auxilio de
la elocuencia y la vehemencia de los ademanes se ve, sin embargo, que carece de
razón. Ninguna obra filosófica es débil, aunque tenga mal estilo, si sus
razonamientos son exactos y profundos. Las obras dramáticas son débiles aunque
tengan estilo fuerte cuando no saben sostener el interés. La comedia mejor
escrita es débil si carece de lo que los latinos denominaban vis cómica,
defecto éste que César reprochó a Terencio. Son versos débiles los que pecan,
no contra las reglas, sino contra el ingenio, y los que no tienen variedad en
su estructura ni en el uso de las palabras y se asemejan demasiado a la prosa.
DECRETALES. (Cartas de los Papas sobre puntos de doctrina o
disciplina.) Además de las decretales auténticas que coleccionó
Dionisio el Pequeño, existe otra colección de decretales apócrifas de autor y
fecha desconocidos. Las propagó por Francia un arzobispo de Maguncia llamado
Riculfo, hacia fines del siglo VIII. Este mismo prelado llevó también a Worms
una carta del papa Gregorio que hasta entonces nadie conocía y pasó
inadvertida, mientras las decretales apócrifas alcanzaron gran difusión durante
ocho siglos, como vamos a ver.
Dicha colección está firmada por Isidoro Mercator y consta de numerosas
decretales, falsamente atribuidas a los papas desde Clemente I hasta Sirico. En
ella figuran, además de la falsa donación de Constantino, el Concilio de Roma
convocado por Silvestre, la carta de Atanasio dirigida a Marco, la de Atanasio
dirigida a los obispos de Germania y Borgoña, la de Sixto III a los orientales,
la de Juan I al arzobispo Zacarías, la de Bonifacio II a Eulalia de Alejandría,
la de Juan III a los obispos de Francia, la de Gregorio conteniendo el
privilegio concedido al monasterio de san Medardo, otra del mismo Gregorio
dirigida a Félix, obispo de Mesina, y muchas más.
El autor de estas falsas decretales se propuso extender la autoridad del
papa y la de los obispos. A tal efecto establece que los obispos sólo pueden
ser juzgados en última instancia por el papa, y repite con frecuencia que no
sólo los obispos, sino incluso los sacerdotes, y en general todos los
individuos que se vean oprimidos, pueden en cualquier estado del proceso apelar
directamente al papa. Sienta también como indiscutible que no puede celebrarse
ningún Concilio sin permiso del papa.
Dado que estas decretales favorecían la impunidad de los obispos y las
pretensiones ambiciosas de los papas, es obvio que unos y otros se apresuraron
a adoptarlas. En el año 861, Rotado, obispo de Soisons, fue depuesto de la
silla episcopal por desobediencia, en un Concilio provincial, y apeló al papa.
Pero Hincmar de Reims, que era su metropolitano a pesar de que aquél apeló, le
hizo deponer en otro Concilio bajo pretexto de que había desistido de la
apelación y sometido al fallo de los obispos. Cuando el papa Nicolás I se
enteró del asunto escribió a Hincmar afeándole su conducta, y le dijo: «Debíais
honrar la memoria de san Pedro y esperar nuestro fallo, aunque no hubiera
apelado Rotado». En otra carta acerca del mismo asunto amenaza a Hincmar con la
excomunión si no rehabilita a Rotado. Y lo que es más, llamó a Roma a Rotado y
le absolvió en un Concilio celebrado la víspera de Navidad del año 864, y le
hizo volver a su obispado. La carta que con este motivo dirigió dicho papa a
los obispos de las Galias es digna de conocerse. Dice así:
«Es un absurdo que digáis que Rotado, después de apelar a la Santa Sede,
cambió de parecer y acató otra vez vuestro fallo. Aunque hubiera accedido a
hacerlo, debíais haberlo impedido y enseñarle que no cabe apelación de un juez
superior a un juez inferior, pero aunque no hubiera apelado a la Santa Sede,
tampoco debíais de ninguna manera deponer a un obispo sin participárnoslo, en
perjucio de las decretales de nuestros antecesores; porque si por su fallo se
aprueban o se rechazan los escritos de otros doctores, ¿cuánto más no se debe
respetar lo que ellos han escrito para decidir en materia de doctrina y de
disciplina? Algunos objetan que esas decretales no constan en el código de los
cánones de la Iglesia; sin embargo, cuando las encuentran favorables para sus
intentos se apoyan en ellas. Porque rechazan las decretales de los antiguos
papas inexistentes en el código de los cánones, ¿debemos también rechazar los
escritos de san Gregorio y de otros Santos Padres, y hasta la Sagrada Biblia?
Decís —prosigue el mencionado papa— que los fallos de los obispos no deben
incluirse en las causas mayores, pero los metropolitanos pertenecen a la
jerarquía de los obispos y no exigimos testigos ni jueces de distinta calidad
para unos y otros. Por eso las causas en que intervienen son reservadas.» Y
concluye mandando que se rehabilite al obispo Rotado.
El papa Adriano II, sucesor de Nicolás I, manifiesta parecido celo en
otro asunto similar protagonizado por Hincmar de Laon. Este prelado se hizo
odioso al clero y al pueblo de su diócesis por proceder con injusticia y obrar
con violencia. Habiendo sido acusado en el Concilio de Berbería, en el año 869,
que presidió Hincmar de Reims, que era tío suyo y al propio tiempo su
metropolitano, apeló al papa y pidió licencia para ir a Roma, licencia que le
negaron. Únicamente se suspendió el procedimiento, pero teniendo otros cargos,
Carlos el Calvo y Hincmar de Reims le citaron para que compareciera en el
Concilio de Attigni. El compareció, pero huyó después; volvió a apelar ante el
Concilio de Danzy y le depusieron. El Concilio escribió al papa una carta
sinodal el 6 de septiembre de 871 para pedirle que confirmara las actas que le
enviara, pero en vez de hacer caso al fallo del Concilio el papa Adriano
desaprobó la sentencia del sobrino de Hincmar sosteniendo que ya que Hincmar de
Laon pidió al Concilio que le permitiera defenderse ante la Santa Sede, no
debía el Concilio haberle sentenciado. Así se expresó el mencionado papa en las
cartas que escribió a los obispos del Concilio y al rey.
He aquí la enérgica contestación que el rey Carlos dio al papa Adriano:
«Nos vemos obligados a repetir que nosotros, los reyes de Francia vástagos de
estirpe real, no hemos sido dependientes de los obispos, sino señores del
mundo. Y como dicen san León y el Concilio romano, los reyes y los emperadores
que Dios instituyó para mandar en la tierra permitieron a los obispos que
administraran sus asuntos, pero ateniéndose a las ordenanzas reales y no a los
ecónomos de los obispos. Y si hojeáis los registros de vuestros antecesores, no
encontraréis que éstos nos hayan escrito nunca como vos os habéis atrevido a
escribirnos».
A continuación cita dos cartas de san Gregorio para probar la modestia
con que escribió, no sólo a los reyes de Francia, sino también a los exarcas de
Italia. «En fin —termina diciendo—, os suplico que no nos enviéis a mí ni a los
obispos de mi reino semejantes cartas, para que podamos recibirlas con el honor
y con el respeto que se merecen.» Los obispos del Concilio de Danzy contestaron
al papa en el mismo tono y poco más o menos lo mismo que el citado rey,
opinando que no debía juzgarse en Roma la apelación de Hincmar, sino en Francia
y por jueces delegados, según disponen los cánones del Concilio de Sárdica.
Bastan esos dos ejemplos para demostrar hasta qué punto los papas
extendían su jurisdicción, apoyados en las decretales apócrifas. Y aunque
Hincmar de Reims objetó al papa Adriano que, al no constar en el código de los
cánones, no podían destruir la disciplina que éstos establecen, no por ello
dejó de apoyarse en las falsas decretales en sus cartas y en varios opúsculos,
cuyo ejemplo siguieron numerosos obispos. Al principio, sólo admitían las que
no eran contrarias a los cánones más recientes, pero luego se hicieron más
escrupulosos.
Incluso en los Concilios se apoyaban en las decretales apócrifas. En el
celebrado en Reims el año 992, los obispos se apoyaron en las decretales de
Anacleto, Julio, Dámaso y otros papas en la causa que siguieron a Arnoul. Los
Concilios siguientes imitaron al de Reims. Los papas Gregorio VII, Urbano II,
Pascual II, Urbano III y Alejandro III, sostenían las máximas que leían en las
falsas decretales convencidos de que contenían la disciplina de los mejores
días de la Iglesia. Los compiladores de cánones Bouchard de Worms Ives de
Chartres y Graciano, llenaron la colección con dichas decretales. Cuando
empezaron a enseñarlas y a comentarlas públicamente en las escuelas, los
teólogos polemistas escolásticos y los intérpretes del derecho canónico se
apoyaron en ellas para confirmar los dogmas católicos o establecer la
disciplina y las esparcieron en sus obras.
Hasta el siglo XVI no se concibieron las primeras sospechas acerca de su
autenticidad. Erasmo y otros autores empezaron a dudar de las decretales
apócrifas. He aquí los fundamentos en que se apoyaban para dudar de ellas.
1.
Las decretales que figuran en la colección de Isidoro no son las mismas
que las de las colección de Dionisio el Pequeño, que empiezan a insertar las
decretales desde el papa Sirico. Sin embargo, nos dice que le costó gran
trabajo compilarlas. Las hubiera recogido con facilidad si figuraran en los
archivos de las iglesias de Roma, donde él vivía. Si las desconoció la Iglesia
romana siéndole tan favorables, debieron ser desconocidas por toda la Iglesia,
y los padres de los Concilios de los ocho primeros siglos no las mencionan.
¿Cómo es posible, pues, que sean auténticas?
2.
Esas decretales no aluden en absoluto a los hechos acaecidos en la época
que se suponen escritas. No se ocupan de los herejes de los tres primeros
siglos, ni de otros asuntos de la Iglesia que llenan las obras auténticas. Esto
prueba que han sido escritas posteriormente.
3.
Tienen equivocadas casi todas las fechas y su autor sigue generalmente
la cronología del libro pontifical, que según confesión de Baronio es
defectuosa. Este es otro indicio de que dicha colección se escribió después que
el libro pontifical.
4.
Esas decretales, en todas las citas de los pasajes de la Biblia, emplea
la traducción denominada Vulgata, hecha o por lo menos revisada y corregida por
san Jerónimo. Por tanto, son posteriores a este santo.
5.
Todas ellas están escritas en el mismo estilo, que peca de bárbaro y
acorde con la ignorancia del siglo VIII. No es, pues, verosímil que los
distintos papas que las firman usaran esa misma uniformidad de estilo. Puede
asegurarse que todas esas decretales las escribió la misma mano.
A mayor abundamiento, cada una de las cartas que componen la colección
de Isidoro lleva la marca de las propias suposiciones, y ninguna de ellas
escapa de la crítica severa de David Blondel, a quien debemos principalmente
todo cuanto sabemos acerca de dicha compilación, que hoy llamamos de las falsas
decretales.
DELITOS LOCALES. Si recorréis el orbe encontraréis que el robo, el
asesinato, el adulterio y la calumnia son delitos que toda la sociedad condena
y reprime. Pero, lo que es lícito en Inglaterra y condenable en Italia ¿debe
castigarse en Italia como un atentado contra la humanidad entera? A esto yo
llamo delito local. Lo que sólo es criminal en el recinto delimitado por
algunas montañas, o entre dos ríos, ¿no exige que los jueces tengan mayor
indulgencia al juzgarlo que cuando juzgan uno de esos atentados que causan
horror en todos los países? ¿No debe el juez decirse: «No me atrevería a
castigar en Ragusa lo que castigo en Loreto»? ¿No debe esta reflexión ablandar
en su corazón la dureza que adquirió en el largo ejercicio de su cargo?
Se sabe que las kermeses que se celebraban en Flandes llegaron durante
el siglo pasado a tal extremo de indecencia que debía ofender a quienes no
estaban acostumbrados a semejantes espectáculos.
He aquí cómo se celebraban las fiestas de Navidad en algunas localidades
de dicha región. Aparecía un mozo medio desnudo con alas en la espalda y
recitando el Ave María a una joven, que le contestaba fiat y el angelote la
besaba en la boca; a continuación, un chiquillo oculto en el interior de un
gran gallo de cartón gritaba imitando el canto del gallo: Puer natus est nobis.
Un buey mugía diciendo ubi; una oveja balaba gritando Belén; un asno gritaba
hihanus para significar eamus, y desfilaba una larga procesión precedida por
cuatro locos que llevaban cascabeles y, en la mano, una especie de cetro
rematado por una cabeza grotesca. Todavía hoy quedan rastros de esas prácticas
populares, que los pueblos más instruidos toman por profanaciones. Un suizo
malhumorado, y quizá más ebrio que los que desempeñaban el papel de buey y de
asno, se enzarzó de palabra con ellos y les zurró la badana. Buscaron al suizo
con la idea de ahorcarle, pero éste pudo huir no sin gran trabajo.
Ese mismo suizo tuvo un violento altercado en La Haya (Holanda) por
defender acaloradamente al partido de Barneveldt, disputando con un luterano
cerril; le encarcelaron en Amsterdam por haber dicho que los sacerdotes son el
azote de la humanidad y causa de todas nuestras desdichas: « ¡Valiente
humanidad! Por haber dicho que las buenas obras son las que nos han de salvar,
me meten en la cárcel, y por burlarme de un gallo y un asno me quieren
ahorcar.» Esta aventura aunque burlesca, revela palmariamente que lo
reprensible en uno o los puntos de nuestro hemisferio es absolutamente inocente
en el resto del mundo.
DEMOCRACIA. Cinna, en su réplica a Augusto en la tragedia
de Corneille, dice: «El peor de los estados es el estado popular»; en cambio,
Máximo sostiene que «el peor de los estados es la monarquía». Bayle, después de
sostener algunas veces el pro y el contra en su Diccionario, al ocuparse de
Pericles, hace un retrato disforme de la democracia, sobre todo de la de
Atenas. Un republicano apasionado de la democracia y uno de nuestros grandes
antimonárquicos, nos remite la refutación que hace de Bayle y la apología de
Atenas. Expondremos las razones que aduce. Todo el que escribe goza del
privilegio de juzgar a los vivos y a los muertos, pero también le juzgan los
demás, que a su vez serán juzgados. Y de siglo en siglo, se remontan todas las
sentencias.
Bayle, después de ocuparse de lugares comunes, dice: «Recorriendo la
historia de Macedonia no encontramos tanta tiranía como nos ofrece la historia
de Atenas». Quizá Bayle estaba descontento de Holanda cuando escribió de ese
modo, y probablemente el republicano mencionado que le refuta está satisfecho
de su pequeña ciudad democrática en cuanto al presente.
Es difícil calibrar con exactitud las iniquidades de la república de
Atenas y las de la monarquía de Macedonia. Reprochamos todavía hoy a los
atenienses el destierro de Cimón, Arístides, Temístoles y Alcibíades, las
sentencias de muerte dictadas contra Foción y Sócrates, sentencias parecidas a
las de algunos de nuestros tribunales absurdos y crueles. Tampoco podemos
perdonar a los atenienses la muerte de sus seis generales victoriosos
sentenciados por no haber enterrado a sus muertos después de alcanzar la victoria,
por impedírselo una tempestad. Esa condena fue tan ridícula como bárbara, y
demuestra tanta superstición e ingratitud como las sentencias que dictó la
Inquisición contra Urbano Grandier la esposa del mariscal Ancre y otros
infelices acusados de brujería. En balde se dice para justificar a los
atenienses que creían, como Homero que las almas de los muertos vagaban
errantes hasta que recibían los honores de la sepultura o la hoguera, pero una
necesidad no justifica una barbarie. A nadie perjudica que las almas de algunos
griegos deambulen unos días por las orillas del mar, pero sí perjudica a la
justicia entregar hombres vivos a los verdugos hombres vivos que acaban de
ganar una batalla. Si a los atenienses los juzgamos por este hecho, no cabe
duda que son los jueces más necios y bárbaros del mundo.
Ahora bien, para ser justos debemos poner, ahora, en la balanza los
crímenes de la monarquía de Macedonia, y enumerándolos nos convenceremos de que
exceden en mucho a los de Atenas, sobre todo en la tiranía y arbitrariedad.
Ordinariamente, no pueden compararse los crímenes de los grandes, que nacen
siempre de la ambición, con los crímenes del pueblo que quiere la libertad y la
igualdad. Los sentimientos de libertad e igualdad no conducen por su camino
recto a la calumnia, la rapiña, al asesinato ni a la devastación de los campos;
en cambio, la sed de ambición y el ansia de poder precipitan a los hombres en
esos crímenes en todas las épocas y lugares.
En Macedonia, cuya virtud contrapone Bayle a la de Atenas, sólo se
encuentra un cúmulo de crímenes horrendos durante doscientos años. Tolomeo, tío
de Alejandro Magno, asesina a su hermano Alejandro para usurparle el reino. Su
hermano Filipo pasa la vida engañando y perpetrando violencias, que termina
Pausanías matándole a puñaladas. Olimpias manda arrojar a Cleopatra y a su hijo
en una cuba llena de cobre fundido, amén de que asesina a Aridea. Antígono mata
a Eumenes. Antígono Gonatar, su hijo, envenena al gobernador de la ciudadela de
Corinto, enmarida con su viuda, la expulsa y se apodera de la ciudadela.
Filipo, su nieto, envenena a Demetrino y con sus asesinatos mancha de sangre
toda Macedonia. Perseo asesina a su esposa y envenena a su hermano. Estas barbaries
son famosas en la historia.
Vemos, pues, que durante dos siglos el furor del despotismo convierte
Macedonia en escenario de todos los crímenes, y en ese mismo espacio de tiempo
el gobierno popular de Atenas sólo comete cinco o seis iniquidades judiciales,
con cinco o seis sentencias atroces de las que el pueblo se arrepiente después
y se enmienda honrosamente. Después de matar a Sócrates le pide perdón y le
erige el templo Socrateion; también pide perdón a Foción y le levanta una
estatua; rehabilita a los seis generales que ridículamente sentenció y condenó
a muerte encarcelando a su principal acusador, que milagrosamente pudo escapar
de la vindicta pública. El pueblo ateniense fue tan bueno como ligero; en
cambio ningún gobierno despótico lloró ni se arrepintió nunca de haber dictado
sentencias injustas. Bayle se equivocó esta vez, y el insigne republicano que
le refuta tiene razón.
El gobierno popular es, por su misma esencia, menos inicuo y abominable
que el poder tiránico. El gran vicio de la democracia no radica en la tiranía
ni en la crueldad. Hubo republicanos montaraces, salvajes y feroces, pero no
les hizo así el espíritu republicano, sino la naturaleza. La América
septentrional se dividía en múltiples repúblicas, pero eran repúblicas de osos.
El verdadero vicio de la república civilizada es el de la fábula turca del
dragón que tenía muchas cabezas y del dragón que tenía muchas colas. Tener
muchas cabezas es un perjuicio, y la multitud de colas obedece sólo a una
cabeza que desea devorarlo todo.
Al parecer, la democracia no conviene más que a una nación reducida y
situada en sitio a propósito. Y aún así cometerá faltas porque se compondrá de
hombres; reinará en ella la discordia como en un convento de frailes, pero
nunca conocerá esa nación noches como la de San Bartolomé, ni matanzas como las
de Irlanda, ni Vísperas sicilianas, ni Inquisición, ni nadie será condenado a
galeras por haber tomado agua del mar sin pagarla, a no ser que supongamos que
compongan esa república demonios venidos del infierno.
Después de declararme partidario del republicano defensor de la
democracia y de oponerme a las teorías de Bayle, añadiré que los atenienses
fueron tan guerreros como los suizos y estaban tan civilizados como los
parisienses en tiempo de Luis XIV, que descollaron en todas las artes que
requieren habilidad de genio, como los florentinos en época de los Médicis, y
que fueron los maestros de los romanos en las ciencias y en la elocuencia hasta
la época de Cicerón. Esa pequeña nación, que apenas tenía territorio, hoy es un
pueblo de esclavos ignorantes, cien veces menos numeroso que el de los judíos,
y ha perdido su nombre, fue superior al Imperio romano por su antigua
reputación, que triunfa de los siglos y de la esclavitud.
Europa conoció otra república, diez veces más pequeña aún que Atenas, la
de Ginebra, que atrajo durante cincuenta años las miradas y supo colocar su
nombre al lado del de Roma en la época que ésta dictaba leyes a los monarcas,
sentenciaba a Enrique, rey de Francia, y absolvía y castigaba a otro Enrique
que fue el primer hombre de su siglo; en la época misma que Venecia conservaba
su antiguo esplendor y la nueva república de las Siete Provincias Unidas
asombra a Europa y a las Indias con su instalación y su comercio.
No pudo aplastar el bullir imperceptible de la República ginebrina el
demonio del Mediodía Felipe II, dominador de dos mundos, ni tampoco pudieron
aplastarla las intrigas del Vaticano, que hacían mover los resortes de media
Europa. Esa república se mantuvo fuerte, defendiéndose con sus escritos y sus
armas, y con la ayuda de Picard, que escribía, y de un pequeño número de
suizos, que peleaban, consiguió afirmarse y triunfar, pudiendo decir: Roma y
yo.
En aquellos momentos se trataba de cómo había de pensar Europa en
cuestiones que nadie comprendía y empezó la guerra del espíritu humano, de la
que surgieron Calvino, Beze y Turretin, para sustituir a Demóstenes, Platón y
Aristóteles. Y cuando al fin se reconoció que eran absurdas la mayor parte de
las cuestiones de controversia que llamaban la atención de Europa, esa pequeña
república se afanó con ahínco en algo más concreto: en adquirir riquezas. Esos
republicanos llegaron a ser acaudalados, pero ya no fueron nada más.
Los españoles encontraron en América la república de Trascala bastante
bien establecida. Todo lo que no fue subyugado en aquella parte del mundo es
todavía republicano. Cuando se descubrió aquel continente, sólo había en él dos
monarquías y esto podría muy bien probar que el régimen republicano es el más
natural. Preciso es haber llegado al refinamiento y haber pasado por un
sinnúmero de pruebas para someterse al gobierno de uno solo.
En Africa, los hotentotes, los cafres y otras muchas tribus de negros
viven en la democracia, y se asegura que los países que venden mayor número de
negros están gobernados por reyes. Trípoli, Túnez y Argelia, son repúblicas de
soldados y piratas. Similares a ellas las hay en la India: los maratas y otras
tribus salvajes no tienen reyes; eligen sus jefes cuando van a hacer la guerra.
Así también son algunos pueblos de Tartaria. El Imperio turco fue durante mucho
tiempo una república de jenízaros, que con frecuencia estrangulaban a su sultán
cuando éste no los diezmaba.
Todos los días salta al palenque la cuestión de si el gobierno
republicano es preferible al gobierno monárquico, y lo único que se saca en
claro es que resulta muy difícil gobernar a los hombres. A los hebreos que
tuvieron por Señor al propio Dios, ya sabemos lo que les pasó. Casi siempre
fueron vencidos y esclavos, y aun hoy no desempeñan un papel muy airoso que
digamos.
DEMONÍACOS. Los poseídos, los energúmenos, los
exorcizados, los epilépticos y las mujeres enfermas de la matriz, se
consideraban antiguamente víctimas de los espíritus malignos, de los demonios
dañinos y de la venganza de los dioses. Mal sagrado se denominaba a esa clase
de enfermedades, y los sacerdotes de la Antigüedad asumieron el cuidado
exclusivo de todas ellas porque entonces los médicos eran muy ignorantes.
Cuando los síntomas eran demasiado complicados decían que el enfermo
tenía muchos demonios en el cuerpo, como por ejemplo el demonio del furor, el
de la rijosidad, el de la ofuscación, etc., pero el exorcizador, sin duda,
tenía en el cuerpo el demonio del absurdo y el de la bribonería.
Se sabe que los hebreos sacaban los diablos del cuerpo de los poseídos
con ciertas raíces y pronunciando determinadas palabras, y que el Salvador les
expulsaba por virtud divina que comunicó a los apóstoles. Pero esta virtud está
hoy de capa caída.
Hace poco tiempo se ha querido reproducir la historia de san Paulino,
que vio en la bóveda de la cripta de una iglesia a un pobre endemoniado que
caminaba con la cabeza hacia abajo y los pies hacia arriba. El santo comprendió
en seguida que aquel hombre estaba poseído y envió a buscar a algunas leguas de
distancia las reliquias de san Félix; cuando las trajeron las aplicaron al
paciente como si fuesen vejigatorios y el demonio abandonó en el acto el cuerpo
del poseso, pero éste se quebró los huesos al caer al suelo.
Podemos dudar de la veracidad de esa historia aunque miremos con
profundo respeto los milagros, estándonos permitido decir que hoy curamos de
otra manera a los endemoniados. Los sangramos, les hacemos tomar un baño y les
damos emolientes y purgas. Así los trata M. Pomme, que ha hecho más curaciones
que los sacerdotes de Isis y Diana. En cuanto a los endemoniados que aseguran
estar poseídos para ganar dinero, en vez de administrarles cualquiera de esos
tratamientos el mejor remedio es darles de azotes.
Ha ocurrido con frecuencia que algunos epilépticos que tenían calentura
y los músculos secos pesaban menos que un volumen igual de agua, y cuando los
metían en el baño sobrenadaban. La gente exclamaba: « ¡Milagro! Ese hombre es
un poseso o un brujo». Y en seguida traían agua bendita o a veces un verdugo.
Esto era prueba irrefutable de que el demonio se había apoderado del cuerpo de
la persona que sobrenadaba o de que ésta se había entregado a él. En el primer
caso la exorcizaban; en el segundo, la quemaban en la hoguera. De esta manera
hemos ido pasando y obrando durante quinientos o seiscientos años, y sin
embargo nos hemos atrevido a burlarnos de los cafres.
DERECHO. Derecho te gentes, derecho natural. Si no hubiera más que dos hombres en el mundo, vivirían juntos, se
prestarían apoyo, se perjudicarían, se querrían, se injuriarían, se pelearían y
se reconciliarían después. No podrían vivir el uno sin el otro, ni tampoco
vivir juntos. Les sucedería lo mismo que nos ocurre hoy, cumpliendo sin remedio
los destinos humanos.
Dios no descendió a la Tierra para reunir el género humano y decirle:
«Ordeno a los negros y a los cafres que vayan desnudos y coman alimañas. Ordeno
a los samoyedos que se vistan con pieles de reno después de comerse la carne de
esos animales, a pesar de ser insípida, y coman pescado seco y podrido, todo
sin sal. Ordeno que los tártaros del Tíbet crean cuanto les diga el Dalai Lama,
y los japoneses lo que diga el Dairi. Los árabes no comerán cerdo, y los
westfalianos sólo se alimentarán con la carne de dichos animales. Trazaré una
línea desde el monte Cáucaso hasta Egipto y desde Egipto hasta el monte Atlas;
todos los que habitan a oriente de esta línea podrán tener muchas esposas, y
los que habiten el Occidente no podrán tener más que una. Si hacia el mar
Adriático, o los pantanos del Rin y del Mosa, o el monte Jura, o en la isla de
Albión, o entre los sármatas y entre los escandinavos alguien se atreve a que
gobierne despóticamente un hombre o el mismo pretenda ser señor absoluto, le
cortarán la cabeza en seguida, esperando que el destino y yo dispongamos otra
cosa. Si alguno tiene la insolencia de querer establecer una gran asamblea de
hombres libres sobre el Manzanares o en la Propóntida será empalado o
descuartizado por cuatro caballos. Quien contare siguiendo ciertas reglas de
aritmética en Constantinopla, El Cairo, Tafilete, Delhi y Andrinópolis, será
empalado en seguida sin formación de proceso, y quien se atreva a contar según
otras reglas en Roma, Lisboa, Madrid, Picardía y en las orillas del Danubio,
será quemado piadosamente mientras le cantan misereres. Lo que será justo a lo
largo del curso del Loira, será injusto a orillas del Támesis, porque mis leyes
son universales, etc.».
Debemos confesar que no tenemos prueba fehaciente de que Dios haya
venido al mundo a promulgar ese derecho público, que existe, sin embargo, y que
se sigue al pie de la letra tal como acabamos de enunciar. Acerca del derecho
de las naciones se han compilado muchos comentarios, pero ninguno ha logrado
que se devuelva un ochavo al que es arruinado por la guerra.
Esas compilaciones son similares al Caso de Conciencia de Pontas. Se
trata de un caso de ley que debemos examinar. Está prohibido matar y se castiga
siempre al asesino, excepto cuando mata entre un inmenso gentío y al son de las
trompetas.
En la época que aún había antropófagos en el bosque de Adennes, un
sencillo aldeano encontró a uno que llevaba un niño para comérselo.
Compadeciéndose, el aldeano mató al salvaje, libró al niño y huyó rápidamente.
Dos caminantes que vieron de lejos al buen hombre que corría, le acusaron ante
el preboste de haber perpetrado un homicidio. Como los ojos del juez vieron el
cuerpo del delito y dos testigos declararon, el aldeano fue condenado a la
horca por haber obrado como en su lugar habrían hecho Hércules, Teseo, Rolando
y Amadís. ¿No hubiera sido mejor ahorcar al preboste por seguir la ley al pie
de la letra?
Derecho público. Quizá nada contribuya tanto a dar a la imaginación
ideas oscuras, confusas e inciertas, como la lectura de Grotio, de Puffendorf,
y de casi todos los comentaristas del derecho público. No se debe hacer un mal
para conseguir un bien, dice la virtud, que nadie escucha. Está permitido
declarar la guerra a la nación que llega a ser demasiado preponderante, dice el
Espíritu de las leyes.
¿Cuándo la prescripción justifica un derecho? Los estudiosos buscan en
este punto el apoyo del derecho divino y del humano y los teólogos se ponen de
su parte. Abrahán y su posteridad, dicen, tenían derecho a la tierra de Canaán
por haber viajado por allí, y porque Dios se lo concedió en una de sus
apariciones. Pero sabios maestros, según la Biblia, calculaban quinientos
cuarenta y siete años entre Abrahán, que compró una tumba en el país, y Josué,
que saqueó una pequeña parte de él. —No importa; su derecho es claro y
evidente. —Pero ¿y la prescripción? —No hay prescripción. —¿De modo que lo que
pasó antiguamente en Palestina debe servir de regla en Alemania y en Italia?
—Sí, porque él lo dijo. —Entonces, punto en boca y líbreme Dios de disputar con
vosotros.
Los descendientes de Atila se establecieron, dícese, en Hungría: ¿desde
qué tiempo los antiguos habitantes de aquel país deben en conciencia
considerarse siervos de Atila?
Los autores que han escrito sobre la guerra y la paz son muy profundos.
Según ellos, todo pertenece por derecho al soberano para quien escriben y no
pudo desprenderse de ninguno de sus dominios. El emperador debe poseer Roma,
Italia y Francia, era la opinión de Bartole. En primer lugar, porque el
emperador se intitula rey de los romanos; en segundo, porque el arzobispo de
Colonia es canciller de Italia, y el arzobispo de Tréveris es canciller de las
Galias. Además, el emperador de Alemania, durante su consagración, lleva un
globo dorado en la mano; por tanto, es señor del globo terráqueo.
En Roma no hay un sacerdote que no crea que el papa debe ser soberano
del mundo, basándose en que está escrito que a Simón, más conocido por Pedro,
le dijeron: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». Inútil es
que le digan a Gregorio VII: «Al decir esto sólo se trata de las almas, sólo se
refiere al reino celestial». Porque él contesta: «Se trata del reino de la
tierra, y es maldito el que no lo cree».
Autores todavía más profundos defienden esa razón con un argumento
irrebatible. Aseguran que habiendo dicho Jesús que su reino no era de este
mundo, este mundo debe pertenecer por tanto a su vicario, el obispo de Roma,
por haber renunciado a él su Señor. ¿Qué vale más, el género humano o las
decretales? Las decretales, sin duda.
Personas escépticas se han atrevido a preguntar si fue justo asesinar en
América diez o doce millones de hombres desarmados. A esto contestan los
eclesiásticos que fue una medida justa, porque esos hombres no eran católicos,
apostólicos y romanos.
Hace cien años se ordenaba en todas las declaraciones de guerra de los
príncipes cristianos perseguir a los vasallos del príncipe a quien se declaraba
la guerra por medio de un heraldo. Una vez hecha esta declaración, si un
francés se encontraba con una alemana estaba obligado a matarla, pudiendo
violarla antes o después de su muerte.
He aquí una cuestión difícil de resolver. Publicado el llamamiento a las
armas de nobles y plebeyos para matar o ser muertos en las fronteras, y estando
convencidos de que la guerra que se declaraba era injusta, ¿debían obedecer y
entablar la pelea? Algunos doctores dicen que sí, pero otros hombres justos
responden no. ¿Qué opinan los políticos?
Se ha discutido mucho acerca de estas cuestiones preliminares, en las
que ningún monarca se fijó ni se fijará, pues harán la guerra cuando les
parezca, sea justa o injusta, y el más débil será derrotado.
Durante cien años estuvieron discutiendo si los duques de Orleáns Luis
XII o Francisco I tenían derecho al ducado de Milán, en virtud del contrato de
matrimonio de Valentina de Milán, nieta del bastardo de un valeroso campesino
llamado Jacob Muzio, y esta cuestión la decidió la batalla de Pavía. Los duques
de Saboya, de Lorena y de Toscana defendían su derecho a poseer el Milanesado,
pero, según se dice, vivía en Frioul una familia de hidalgos pobres que
descendía en línea directa de Alboin, rey de los lombardos, y por lo tanto le
correspondía un derecho anterior al de los mencionados duques. Los estudiosos
han publicado algunos volúmenes referentes al derecho de poseer el reino de
Jerusalén. Los turcos no han escrito un solo libro y son sus dueños, al menos
hasta hoy. Y Jerusalén tampoco es un reino.
DERECHO CANÓNICO. Derecho canónico es, según la idea vulgar, la
jurisprudencia eclesial; o sea, la compilación de los cánones, las reglas de
los concilios, los decretos de los papas y las máximas de los santos padres.
Ahora bien, según la razón, según los derechos de los reyes y pueblos, la
jurisprudencia eclesial no es ni puede ser otra cosa que la exposición de los
privilegios que concedieron a los eclesiásticos los soberanos que representan a
la nación.
Cuando existen dos autoridades supremas, dos administraciones que
respectivamente tengan sus derechos. una de ellas se esforzará siempre para
sobreponerse a la otra, y de ello han de resultar forzosamente enfrentamientos
perpetuos, guerras civiles, la anarquía y la tiranía, cuyos siniestros cuadros
de calamidades nos presenta la historia. Prueba de la teoría que estamos
exponiendo es que un sacerdote se haya convertido en soberano, que el dairi del
Japón haya sido rey hasta el siglo XVI, que el dalai lama sea soberano del
Tíbet, que Numa fuera rey y pontífice, que los califas sean jefes del Estado y
de la religión, y que los papas hayan reinado en Roma. En todos estos casos la
autoridad no está dividida, no existe más que un solo poder. Los soberanos de
Rusia y de Inglaterra son los jefes de su religión, conservan la unidad
esencial del poder.
Todas las religiones están dentro del Estado, todos los sacerdotes se
hallan integrados en la sociedad civil y todos se cuentan entre los súbditos de
los soberanos en cuya nación ejercen su ministerio. Si existiera alguna
religión que concediera cierta independencia en favor de los eclesiásticos,
sustrayéndoles a la autoridad soberana y legítima, esa religión no podría
dimanar de Dios, autor de la sociedad. Por lo tanto, es obvio que la religión
que representa a Dios, como autor de la sociedad, debe someter a la autoridad
del monarca y a la inspección de los magistrados las funciones de los ministros
de Dios, sus personas, bienes y su manera de enseñar la moral y de predicar el
dogma.
Tan sólo a los magistrados corresponde autorizar los libros admisibles
en las escuelas, según la naturaleza, y la forma del gobierno. De ese modo,
Pablo José Rieger, consejero de la corte, enseña juiciosamente derecho canónico
en la Universidad de Viena; de ese modo vemos que la república de Venecia
examina y reforma las reglas establecidas en sus Estados del modo que le
conviene. Esos ejemplos debían seguirse en todas las naciones.
Del ministerio eclesial. La
religión se instituyó para procurar la armonía de los hombres y lograr que por
medio de la virtud merezcan las bondades de Dios. Todo cuanto en una religión
no se encamine a conseguir ese objeto debe considerarse impertinente o
peligroso.
La instrucción, las exhortaciones, las amenazas de los castigos en el
más allá, las promesas de una felicidad eterna, las oraciones, los consejos y
los auxilios espirituales, son los medios que deben emplear los eclesiásticos
para conseguir que los hombres sean virtuosos en el mundo y felices en la
eternidad. Los demás medios repugnan a la libertad de la razón, a la naturaleza
del alma, a los derechos inalienables de la conciencia, a la esencia de la
religión, al del ministerio eclesial y a los derechos del soberano.
La virtud supone libertad, al igual que transportar un fardo supone
fuerza activa. En la violencia no existe virtud, y sin virtud no puede haber
religión. Convertir al hombre en esclavo no es hacerle de mejor condición. El
propio soberano carece de derecho para emplear la violencia con el fin de
atraer los hombres a la religión, porque éstos deben tener libertad para
elegir. El pensamiento no debe someterse a la autoridad, como no se someten la
enfermedad ni la salud.
Desentendiéndonos de las múltiples contradicciones que llenan los libros
de derecho canónico, con la idea de fijar nuestras ideas en el ministerio
eclesial, busquemos entre miles de equívocos qué entendemos por Iglesia.
Iglesia es la asamblea de todos los fieles reunidos en ciertos días para
orar en común y practicar en todo tiempo buenas acciones. Sacerdotes son las
personas establecidas bajo la autoridad del soberano para dirigir el culto
religioso y los rezos. No podría existir una Iglesia numerosa sin
eclesiásticos, pero la Iglesia no la constituyen ellos solos.
Es evidente que si los clérigos que pertenecen a la sociedad civil
hubieran adquirido derechos que pudieran perturbar o destruir dicha sociedad,
debe privárseles de ellos. Es evidente asimismo que si Dios ha concedido a la
Iglesia prerrogativas o derechos, esos derechos y prerrogativas no debieron
pertenecer originariamente al jefe de la Iglesia ni a los eclesiásticos, porque
ellos no son la Iglesia, como los magistrados no son el soberano ni en una
república ni en una monarquía. En fin, es obvio que muchas almas se han
sometido a la dependencia del clero, pero sólo en el ámbito espiritual.
Nuestra alma actúa interiormente. Sus actos consisten en el pensamiento,
la voluntad, las inclinaciones y el asentimiento a ciertas verdades. Esos actos
están libres de toda violencia y no pertenecen a la jurisdicción del ministerio
eclesial, que respecto a ellos puede dar consejos, pero no manchar. El alma
obra también exteriormente y las acciones de esta índole caen bajo el dominio
de la ley civil. En ellas ya cabe la violencia: las puniciones temporales o
corporales mantienen la ley castigando a quienes la infringen. Por lo tanto, la
sumisión al orden eclesial debe ser siempre libre y voluntaria, y al orden
civil puede ser violenta y forzada.
Por la misma razón, las puniciones eclesiales, que siempre son
espirituales, sólo alcanzan en el mundo al que en su fuero interno está
convencido de su falta. Las puniciones civiles, por el contrario, van
acompañadas de un daño físico y tienen efectos físicos, reconozca o no el
culpable la justicia con que se procede contra él. De todo ello resulta que la
autoridad del clero no es ni puede ser más que espiritual, no puede disponer de
poder temporal, y la fuerza coactiva no conviene a su ministerio porque lo
destruiría. De ello también se infiere que el soberano, aferrado a no dividir
su autoridad con nadie, no debe permitir que los miembros de la sociedad que
gobierna se sometan a la dependencia exterior y civil de una corporación
eclesial.
Tales son los irrebatibles principios del verdadero Derecho canónico
cuya normativa y decisiones deben en todos los tiempos juzgarse conforme a esas
verdades eternas e inmutables, basadas en el Derecho natural y en el orden
necesario de la sociedad.
De las posesiones te los eclesiásticos. Remontémonos a los principios de la sociedad que, lo mismo en el orden
civil que en el religioso, son los fundamentos de todos los derechos.
La sociedad, en general, es propietaria del territorio del país, en el
que se origina la riqueza de la nación. Se asigna al soberano una porción de la
renta nacional para que sufrague los gastos de administración. Cada particular
posee la parte de territorio y de renta que las leyes le aseguran, pero ninguna
clase de posesión ni usufructo pueden en ningún tiempo sustraerse a la
autoridad de la ley.
En la sociedad civilizada no adquirimos ningún bien, ninguna posesión
por medio de la naturaleza, porque renunciamos a los derechos naturales al
someternos al orden civil, que nos garantiza y nos protege. Por lo tanto, a la
ley debemos nuestras posesiones.
Ninguna persona eclesial puede tener en la tierra dominios ni
posesiones, porque los bienes de los eclesiásticos son espirituales y las
posesiones de los fieles, como miembros de la Iglesia, están en el cielo. Allí
está su tesoro. El reino de Jesucristo, que anunció como próximo, no era de
este mundo; por tanto, ninguna posesión puede ser de derecho divino.
Los levitas, que acataban la ley hebraica, es innegable que poseían el
diezmo basándose en una ley positiva de Dios. Pero entonces existía una
teocracia que ahora no existe, en la que Dios operaba como soberano del mundo.
Esas leyes han caducado y hoy no son válidas como título de posesión.
Si en nuestros días alguna corporación eclesial pretendiera poseer el
diezmo arguyendo que le pertenecía por derecho divino, tendría que presentar el
título registrado de una revelación divina, expresa e indiscutible, y ese
título milagroso constituiría una excepción en la ley civil, autorizado por
Dios, que dice: «Toda persona debe someterse a los poderes superiores que Dios
creó y estableció en su nombre» (San Pablo, Carta a los romanos).
No poseyendo ninguna corporación eclesial un título semejante, sólo
puede obtener posesiones por consentimiento del soberano y sujetándose a la
autoridad de las leyes civiles. Este debe ser su único título. Si el clero
renunciara imprudentemente al mismo, no tendría ninguno y podría despojarle
quien tuviera poder para lograrlo. Por lo tanto, el clero debe tener interés
especial en depender de la sociedad civil, que es la que lo mantiene.
Por igual razón, dado que todos los bienes del territorio de un país
están obligados a contribuir a las cargas públicas para subvenir de esta forma
a los gastos del soberano y de la nación, la ley no puede exceptuar de dichas
cargas a ninguna posesión, y esta ley es siempre revocable cuando cambian las
circunstancias. Pedro no puede exceptuarse de pagar sin aumentar la carga que
paga Juan. Así, pues, la equidad reclama sin cesar que sean proporcionadas las
cargas entre los ciudadanos, y el soberano tiene siempre el derecho de examinar
las excepciones y distribuir proporcionalmente las cargas, abrogando los
privilegios concedidos.
Ni que decir tiene que los eclesiásticos deben tener para vivir con
decoro, no como miembros ni como representantes de la Iglesia, porque ésta no
tiene reino ni posesiones en el mundo. Pero si es justo que los ministros del
altar vivan del altar, también es lógico que los mantenga la sociedad, como
mantiene a los magistrados y a los soldados, y la ley civil debe asignarles una
remuneración proporcional.
Incluso cuando los eclesiásticos adquieren posesiones, otorgadas en
testamentos o de cualquier otra manera, los donantes no pueden desnaturalizar
los bienes sustrayéndolos a las cargas públicas o a la autoridad de las leyes:
sólo podrán disfrutar de ellos con la garantía de dichas leyes, sin cuyo apoyo
no puede haber posesión legítima ni segura.
Corresponde al soberano, o a los magistrados en su nombre, examinar,
cuando lo estimen pertinente, si con lo que cobran los eclesiásticos les basta
para su manutención, y si no resulta suficiente deben aumentarlo con pensiones,
pero cuando es excesivo lo que cobran deben también suprimirles lo superfluo,
por el bien común de la sociedad.
Según los principios del Derecho eclesiástico, que vulgarmente se llama
canónico, y que trata de formar un Estado dentro de otro Estado, los bienes
eclesiales son sagrados e intangibles porque pertenecen a la religión y a la
Iglesia; proceden de Dios y no de los hombres. Ahora bien podemos objetar que
los bienes terrenales no corresponden a la religión, que nada tienen de
temporal y que tampoco pertenecen a la Iglesia, pues ésta la forma la
corporación universal de todos los fieles, entre cuyo número se cuentan reyes,
magistrados, soldados y toda clase de súbditos. Dichos bienes sólo proceden de
Dios lo mismo que los demás, estando como está todo sometido a su Providencia.
Por eso todo eclesiástico que posee bienes o rentas disfruta de ellos como
súbdito y ciudadano del Estado, al que sólo protege la ley civil.
El bien, que es algo material y temporal, no puede ser sagrado ni santo
en ninguno de los dos sentidos, ni en el propio ni en el figurado. Cuando se
dice que una persona o un edificio son sagrados, queremos dar a entender que se
consagran y se emplean para usos espirituales.
De las corporaciones eclesiales y religiosas. Ninguna corporación puede reunirse públicamente en el estado sin obtener
antes el permiso del soberano. Incluso las corporaciones religiosas, que tienen
por objeto el culto, deben ser autorizadas por el soberano en el orden civil
para que sean legítimas.
En Holanda, donde el soberano otorga a este respecto la mayor libertad,
al igual que sucede en Rusia, Inglaterra y Prusia, los que desean constituir
una Iglesia deben obtener el permiso, y una vez concedido esa Iglesia está
dentro del estado, aunque no profese la confesión de éste. Cuando se reúne el
número suficiente de personas que desean dedicarse a cierto culto y celebrar
reuniones, pueden pedir permiso al magistrado soberano y éste juzga si debe o
no concedérselo. Pero una vez autorizado el culto, no se puede interrumpir sin
contravenir el orden público. La facilidad con que el soberano de Holanda
concedía dichos permisos no promovía ningún desorden, y lo mismo sucedería en
todas partes si el referido magistrado examinara, juzgara y protegiera.
El soberano tiene derecho a saber lo que acontece en esas reuniones para
asegurar el orden público y evitar que se cometan abusos, suspendiendo las
asambleas si produjeran desórdenes. Esta continua vigilancia es parte esencial
de la administración soberana que todas las confesiones deben reconocer.
Si en dicho culto se escriben formularios de oraciones, de cánticos y de
ceremonias, deben asimismo someterse al visto bueno del magistrado quien los
examina, los aprueba o los reforma, si lo cree necesario. Los formularios han
dado pie algunas veces a guerras sangrientas que no hubieran ocurrido si los
soberanos aplicasen mejor sus derechos.
Aunque pueden establecerse días de fiesta sin el consentimiento del
soberano, éste puede en cualquier época reformarlos o abolirlos, y reglamentar
su celebración según exija el bien público. La multiplicación de las
festividades conlleva siempre la depravación de las costumbres y el
empobrecimiento de la nación.
Aunque tampoco pertenece al soberano inspeccionar la instrucción pública
que se imparte verbalmente o con libros de devoción, debe enterarse de qué
manera enseñan a sus súbditos y ordenar que sobre todas las materias enseñen la
moral, tan necesaria siempre como peligrosas fueron las controversias sobre el
dogma. Si hay discrepancias entre los eclesiásticos acerca de la manera de
enseñar o sobre ciertos puntos de doctrina, el soberano puede sellar la boca a
ambos partidos y castigar al que desobedezca.
Dado que la autoridad soberana no da permiso para que se reúnan las
corporaciones religiosas a tratar de materias políticas, los magistrados deben
advertir a los predicadores sediciosos que enardecen a la multitud con
soflamas, porque esa clase de predicadores son la peste.
Todo culto supone una disciplina para conservar el orden, la uniformidad
y el decoro. Corresponde al magistrado mantener esa disciplina y operar los
cambios que el tiempo y las circunstancias exijan.
Durante ocho siglos, los emperadores de Oriente celebraron concilios
para apaciguar las perturbaciones y sólo consiguieron aumentarlas. El desprecio
de las mismas hubiera sin duda extinguido mejor las discusiones que encendieron
las pasiones intolerantes. Desde que se dividieron los estados de Occidente en
diversos reinos, los príncipes cedieron a los papas el derecho de convocar esos
concilios. Este derecho, que utiliza el pontífice de Roma, es convencional.
Todos los soberanos juntos podrían decidir que dejase de tenerlo.
Respecto a las asambleas, sínodos o concilios nacionales, sólo pueden
convocarse cuando el soberano los juzga necesarios; deben presidirlos sus
comisarios y dirigir las deliberaciones, pero él debe sancionar los decretos.
También pueden reunirse asambleas periódicas del clero para mantener el
orden, pero bajo la inspección del soberano; el poder civil debe siempre
determinar el objeto de las mismas, dirigir las deliberaciones y hacer cumplir
las decisiones. Los votos que profesan algunos eclesiásticos de vivir en
comunidad bajo cierta regla, con el nombre de frailes o monjes, tan numerosos
en estos tiempos en Europa, deben asimismo someterse al examen e inspección de
los magistrados soberanos. Sin que la autoridad civil los examine y apruebe, no
pueden fundarse conventos donde se hallan tantas personas inútiles para la
sociedad y tantas víctimas que lloran la libertad perdida, porque sin la
aprobación del soberano sus votos no son válidos ni obligatorios.
En cualquier tiempo, el soberano tiene derecho a conocer las reglas de
los conventos y a enterarse de la conducta de los cenobitas. Puede reformar y
clausurar esos establecimientos religiosos si los juzga incompatibles con las
circunstancias y el estado de la sociedad. Los bienes y las adquisiciones de
esas comunidades religiosas deben someterse también a la inspección de los
magistrados para que conozcan su valor y su empleo, para saber si la
acumulación de esas riquezas que no circulan es demasiado excesiva, si las
rentas exceden con mucho a las necesidades razonables de los que viven en
comunidad, si el empleo de esas rentas es contrario al bien general y si su
acumulación empobrece a los demás ciudadanos. En todos estos casos deben los
magistrados, que son padres de la patria, disminuir esas riquezas, repartirlas,
hacer que entren en circulación, que es lo que proporciona vida al Estado, e
incluso emplearlas en otros usos en beneficio de la sociedad. Por iguales
razones, el soberano debe prohibir expresamente que las órdenes religiosas
tengan un superior en país extranjero. Puede también prescribir las reglas para
entrar en dichas órdenes y, según la antigua costumbre, fijar la edad, no
permitiendo que se pronuncien votos sin el consentimiento expreso de los
magistrados. Todos los ciudadanos son súbditos del Estado y no tienen derecho a
romper ese lazo que les liga a la sociedad sin el consentimiento de quienes la
gobiernan.
Cuando un soberano suprime una orden religiosa los votos de quienes la
componen dejan de obligarles. El primer voto es ser ciudadano, que es un
juramento primordial y tácito que autoriza Dios, un voto inalienable e
indefectible que une al hombre social con la patria y el soberano. Si
contraemos un compromiso posterior queda en pie el voto primitivo, porque nada
puede suspender la fuerza de ese primer juramento. Si el soberano concede ese
segundo voto que sólo es condicional, dependiente del primero e incompatible
con el juramento natural, puede desligarle de ese voto cuando comprenda que es
peligroso para la sociedad y contrario al bien público. El soberano en este
caso no disuelve el voto, lo declara nulo y repone al hombre a su estado
natural.
Basta con lo dicho para invalidar todos los sofismas que utilizan los
canonistas con el único fin de enmarañar una cuestión sencillísima para quien
sólo presta oídos a la voz de la razón.
Inspección de los magistrados en la administración de los
sacramentos. La administración de los sacramentos debe someterse
a la inspección asidua de los magistrados en todo lo que interesa al orden
público. El magistrado debe velar para que se formen registros públicos de los
casamientos, bautismos y fallecimientos, y serle indiferentes las creencias de
los diferentes ciudadanos del estado. ¿No debían llevar también un registro
cabal de los que pronuncian votos para abrazar la vida monacal, en las naciones
que permiten los conventos?
En el sacramento de la penitencia, el eclesiástico que rehúsa u otorga
la absolución, sólo es responsable de su proceder ante Dios. Del mismo modo que
el penitente sólo ante Dios es responsable de comulgar o no, y de comulgar bien
o mal, así también ningún sacerdote pecador tiene el derecho de negar
públicamente y por su única autoridad la eucaristía a ningún otro pecador.
Jesucristo, que era intachable, no negó la comunión a Judas. Están sometidos a
las mismas reglas la extremaunción y el viático que solicitan los enfermos. El
único derecho que tiene el sacerdote se reduce a exhortar al enfermo, siendo
deber del magistrado velar por que el sacerdote no abuse de las circunstancias
para coaccionar a los enfermos.
Antaño, la Iglesia reunida en asamblea nombraba a sus pastores y les
concedía el derecho de instruir y gobernar sus rebaños; hogaño, unos
eclesiásticos consagran a otros. Sin duda, es un gran abuso introducido hace
muchísimo tiempo conferir las órdenes sin que el ordenado desempeñe ninguna
función. Esto es robar miembros al Estado para que no sean útiles a la Iglesia.
Corresponde al magistrado reformar ese abuso.
El matrimonio, en el orden civil, es la unión legítima del hombre y de
la mujer para tener hijos, educarlos y asegurarles los derechos de propiedad
bajo el amparo de la ley. Esta unión viene respaldada por una ceremonia
religiosa que unos consideran sacramento y otros una práctica de culto público,
verdadera logomaquia que para nada influye en el contrato. Hay que distinguir
dos partes en el desposorio: el contrato civil o compromiso natural y el
sacramento o la ceremonia sagrada. El enlace puede subsistir, porduciendo sus
efectos naturales y civiles, independientemente de la ceremonia religiosa. Esta
sólo es necesaria en el orden civil porque el jefe del Estado la exige. Hubo
algún tiempo en que los eclesiásticos no intervinieron para nada en la
celebración de los matrimonios. En la época de Justiniano, el consentimiento de
los contrayentes en presencia de testigos, sin mediar ceremonia religiosa,
legitimaba el desposorio entre los cristianos. Dicho emperador, a mediados del
siglo VI, publicó las primeras leyes para que los sacerdotes intervinieran en
los casamientos como simples testigos, pero ni por asomo dispuso que dieran la
bendición nupcial. Más tarde, el emperador León, muerto en el año 866, fue el
que decretó que la ceremonia religiosa fuera condición indispensable en el
casamiento.
De la idea justa que nos formamos del matrimonio se deduce, por
descontado, que el buen orden y mejor sentido requieren hoy que sean necesarias
las formalidades religiosas que adoptan todas las confesiones cristianas. Ahora
bien, la esencia del matrimonio no puede desnaturalizarse, y el compromiso
natural que lo constituye se somete y debe someterse siempre en el orden
político a la autoridad del magistrado.
Se deduce de esto, asimismo, que cuando los esposos profesan el culto de
los infieles y de los herejes no están obligados a contraer nuevas nupcias si
se casaron conforme a las leyes de su patria.
Hoy, el sacerdote es el magistrado que la ley designa libremente en
ciertas naciones para recibir la fe del matrimonio, y es obvio que la ley puede
modificar o cambiar, según le plazca, la extensión de esa autoridad
eclesiástica.
Los testamentos y los entierros caen bajo la jurisdicción civil y nunca
debieron consentir los magistrados que el clero les usurpara esas atribuciones.
Algunos clérigos fanáticos se han negado muchas veces a administrar los
sacramentos y a enterrar a algunos ciudadanos so pretexto de que eran herejes.
Barbaries que no se han conocido en los países paganos.
Jurisdicción de los eclesiásticos. El reino de Jesucristo no es de este mundo. Se negó a ser juez en la
tierra, mandó dar al césar lo que era del césar, prohibió a sus apóstoles toda
clase de dominación y predicó la humildad, la mansedumbre y la sumisión. Los
eclesiásticos no pueden, pues, por El adquirir poder, autoridad, dominación, ni
jurisdicción en el mundo; legítimamente, sólo pueden poseer alguna autoridad
por concesión del soberano, de quien tanto poder se deriva en la sociedad.
Puesto que los eclesiásticos sólo pueden adquirir alguna jurisdicción por
concesión del soberano, se deduce de esto que él y los magistrados deben
vigilar el uso que haga el clérigo de su autoridad, como antes demostramos.
Hubo un tiempo, en la época funesta del gobierno feudal, en que los
eclesiásticos se apoderaron de las principales funciones de los magistrados. Y
la indiferencia de éstos propició las audacias de algunos clérigos, que se
atrevieron a abarcar hasta al mismo jefe del Estado. La bula in Caena Domini es
una prueba palmaria de los continuos atentados del clero contra la autoridad
civil.
He aquí un extracto de la tarifa de los derechos que paga Francia a Roma
por las bulas, dispensas, absoluciones, etc., tarifa que acordó el Consejo del
rey el 4 de septiembre de 1691 y que está inserta en la instrucción de Jacques
Le Pelletier, impresa en Lyon en 1699, con aprobación y privilegio del rey:
1.
Por absolver del crimen de apostasía se pagarán al papa ochenta libras.
2.
El bastardo que quiera recibir órdenes pagará por la dispensa
veinticinco libras; si quiere poseer un beneficio sencillo pagará, además,
ciento ochenta libras; si desea que en la dispensa no se mencione su
ilegitimidad, pagará mil cincuenta libras.
3.
Por dispensa y absolución de bigamia, mil cincuenta libras.
4.
Por dispensa para juzgar criminalmente o ejercer las medidas, noventa
libras.
5.
Por absolución de herejía, ochenta libras.
6.
Por un breve de cuarenta horas por siete años, doce libras.
7.
Por la absolución por haber cometido un homicidio en defensa propia y
sin intención de cometerlo, noventa y cinco libras. Los que acompañaban al
homicida deben también pedir la absolución y pagar noventa y cinco libras.
8.
Por indulgencias para siete años, doce libras.
9.
Por indulgencias perpetuas para una cofradía, cuarenta libras.
10.
Por dispensa de irregularidad, veinticinco libras; si la irregularidad
es grande, cincuenta.
11.
Por el permiso para leer libros prohibidos, veinticinco libras.
12.
Por dispensa de simonía, cuarenta libras, pudiéndose aumentar esta
cantidad según las circunstancias.
13.
Breve para comer carne en días prohibidos, sesenta y cinco libras.
14.
Por dispensa de votos sencillos de castidad o de religión, quince
libras. Por breve declaratorio de la nulidad de la profesión de un monje o una
monja, cien libras; si se pide el breve diez años después de haber profesado,
se pagará doble cantidad.
Dispensas de matrimonio. Por dispensa
del cuarto grado de parentesco con causa justa, se pagarán sesenta y cinco
libras; sin causa, noventa libras; por la absolución de los devaneos que hayan
mediado entre los futuros cónyuges, ciento ochenta libras.
Los parientes de tercero y cuarto grados, ya sean de la línea paterna o
materna, cuando soliciten dispensa sin causa pagarán ochocientas ochenta
libras, y con causa, ciento ochenta y cinco.
Los parientes de segundo grado por una línea y del cuarto por la otra,
si son nobles, pagarán mil cuatrocientas libras, y si son plebeyos, mil ciento
cincuenta y cinco.
El que quiera desposar a la hermana de la joven que fue su prometida,
pagará por la dispensa mil cuatrocientas treinta libras.
Los parientes en tercer grado, si son nobles o viven honestamente,
pagarán mil cuatrocientas treinta libras.
Los parientes en segundo grado pagarán cuatro mil quinientas treinta
libras; si la futura tuvo devaneos con el futuro, pagarán además, por la
absolución, dos mil treinta libras.
Los que hayan sostenido en la pila bautismal al niño del uno o del otro,
pagarán por la dispensa dos mil setecientas treinta libras. Si piden la
absolución por haber gozado placeres prematuros pagarán, además mil trescientas
treinta libras.
El que gozó de los favores de una viuda durante la vida del primer
marido de ésta pagará por casarse con ella ciento ochenta libras. En España y
Portugal, las dispensas para contraer matrimonio son más caras. Los primos
hermanos no las obtienen si no pagan dos mil escudos. Como los pobres no pueden
pagar tan crecidas tasas, les hacen rebaja. Vale más cobrar la mitad del
derecho que no percibir nada, si se niegan a pedir la dispensa.
DESFLORACIÓN. Los antiguos tenían tanto respeto a las
doncellas que no las mataban sin haberlas despojado antes de su virginidad.
Tácito ha dejado constancia de ello en sus Anales, y un artículo de la
Enciclopedia parece dar a entender que las leyes romanas no permitían matar a
una doncella sin quitarle antes la virginidad. Como prueba de ello, se cita el
caso de la hija de Seján, que el verdugo violó en la prisión antes de
estrangularla por no tener que reprocharse haber estrangulado a una doncella y
por cumplir la ley.
Objetaremos a esto que Tácito no dice que la ley ordenara que no pudiera
matarse a las doncellas. Tal ley no ha existido nunca, y si una joven de veinte
años, virgen o no, cometía un crimen capital, era castigada como si fuera una
casada vieja. Lo que decía la ley romana es que no se castigara a los niños con
la pena de muerte, porque eran incapaces de cometer crímenes. La hija de Seján
era una niña, lo mismo que su hermano, y si la barbarie de Tiberio y la
cobardía del Senado los entregaron al verdugo lo hicieron conculcando todas las
leyes. Semejantes atrocidades no se hubieran cometido en tiempos de Escipión y
de Catón. Cicerón no hubiera consentido que mataran a una hija de Catilina, que
tenía unos siete años; sólo Tiberio y su Senado pudieron ultrajar a la
naturaleza de ese modo. El verdugo que perpetró los dos crímenes abominables,
el de desflorar a una niña de ocho años y el de estrangularla después, merecía
ser uno de los favoritos de Tiberio.
Por fortuna, Tácito no asegura que se realizara tan execrable ejecución.
Dice sólo que se la contaron, y es de advertir que no afirma que la ley
prohibiera condenar a la pena capital a las doncellas, sino únicamente que eso
sería cosa inaudita. Podría escribirse un voluminoso libro refiriendo hechos de
las historias que se han creído y no debemos creer.
DESNUDEZ. ¿Por qué han de encerrar en la cárcel al
varón o la hembra que anduvieran desnudos por las calles? ¿Y por qué no ofenden
a nadie las estatuas completamente desnudas, ni los retratos desvestidos de la
Magdalena y de Jesús, que vemos en algunas iglesias?
Es seguro que el género humano ha vivido mucho tiempo en la desnudez. Se
han encontrado pueblos en más de una isla y en el Nuevo Mundo que no conocían
ninguna clase de trajes; sólo los más civilizados de ellos tapaban con hojas,
juncos entrelazados o plumas, los órganos de In generación.
¿De dónde nació esa clase de pudor? ¿Tal vez del instinto de aguijonear
los deseos, cubriendo lo que se deseaba descubrir? ¿Es cierto que han existido
en naciones algo civilizadas, como la de los hebreos, algunas sectas que sólo
querían adorar a Dios desvestidos por completo? Dícese que los adamitas y los
abelianos se reunían en cueros para cantar las alabanzas de Dios. Así lo
aseguran san Epifanio y san Agustín. Cierto que esos santos no fueron coetáneos
suyos y vivieron muy lejos de los mencionados países. De todos modos, es
posible que ocurriera esa locura, que no es mayor que otras locuras que
sucesivamente han recorrido el mundo.
En la actualidad, entre los mahometanos hay santones, locos por
completo, que andan desnudos como los orangutanes. Puede que esos energúmenos
crean que es mejor presentarse ante la Divinidad tal como los creó que con
disfraces inventados por los hombres, y por esto van desnudos por devoción. Hay
pocas personas bien formadas, tanto en uno como en otro sexo, y la desnudez
podría inspirar continencia, o mejor repulsión, en vez de encender los deseos.
De los abelianos también se dice que renunciaban a casarse. Si se
encontraban en su secta apuestos barbianes y lozanas doncellas, podrían imitar
a san Adelmo y al bienaventurado Robert de Arbrisselle, que se acostaban con
mujeres hermosas para que tuviera mayor mérito su continencia. Confieso, sin
embargo, que debía ser muy divertido ver cómo un centenar de Helenas y de Paris
cantaban las antífonas, se daban el ósculo de paz y celebraban los ágapes.
Lo que acabamos de decir nos enseña que no hay singularidad,
extravagancia, ni superstición, que no haya pasado por la mente de los hombres.
Estos pueden tenerse por felices cuando sus supersticiones no perturban la
sociedad, ni dan pie a escenas de discordia, odio y furor. Vale más, sin duda,
rezar a Dios en cueros que manchar con sangre humana sus altares y las plazas
públicas.
DESTIERRO. El destierro por tiempo determinado o de por
vida es un castigo al que se condena a los delincuentes, o aparezcan como
tales.
Todavía hace poco el juez desterraba de su jurisdicción al rateruelo al
falsificador, al culpable de vías de hecho, y la consecuencia del destierro era
que el desterrado se convertía en ladrón en gran escala y en asesino en otra
jurisdicción. Obrar de ese modo era lo mismo que echar en el huerto del vecino
los pedruscos del nuestro.
Los tratadistas de derecho de gentes se atormentan por saber a ciencia
cierta si el hombre que está desterrado de su patria pertenece todavía a su
patria. Y esto es, poco más o menos, como preguntar si. el jugador expulsado de
la mesa de juego es todavía uno de los jugadores. Si el derecho natural permite
a los hombres elegir su patria, el que perdió el derecho de ciudadano puede con
mayor razón escoger una patria nueva. Ahora bien, ¿puede luchar contra sus
antiguos compatriotas? La historia ofrece muchos ejemplos de esto. Innumerables
protestantes franceses naturalizados en Holanda, Inglaterra y Alemania, han
tomado parte en la guerra contra Francia, en cuyos ejércitos peleaban sus
parientes e incluso los propios hermanos. Los griegos alistados en los ejércitos
del rey de Persia combatieron contra los griegos, sus antiguos compatriotas.
Los suizos que estaban sirviendo en Holanda hicieron fuego contra los suizos al
servicio de Francia. Eso es peor que pelear contra los que nos destierran,
porque, después de todo, es menos reprensible sacar la espada para vengarnos
que para ganar dinero.
DESTINO. El libro de Homero es el más antiguo de los
libros de Occidente llegados hasta nosotros. En él se encuentran las costumbres
de la Antigüedad profana, los héroes y dioses toscos creados a imagen del
hombre; en Homero se halla también el origen de la filosofía y la idea del
destino, que era señor de los dioses, como los dioses eran señores del mundo.
Cuando el magnánimo Héctor se apresta a pelear con Aquiles, y antes da
corriendo tres vueltas a la ciudad con el fin de adquirir vigor, cuando Homero
compara a Aquiles, el de los pies ligeros que le persigue, a un hombre con
ensoñera; cuando Madame Dacier se extasía de admiración por el arte y el
profundo sentido de este pasaje, entonces Júpiter, deseando salvar a Héctor,
consulta al destino. Pesando en una misma balanza el destino de Héctor y el de
Aquiles, averigua que el griego tiene que matar al troyano. Júpiter no puede
oponerse, y desde aquel momento Apolo, genio guardián de Héctor, se ve obligado
a abandonarle a su suerte (Ilíada, canto XXII).
Esto no impide que reconozcamos que Homero no prodiga, incluso en este
libro, ideas contrarias, según era privilegio de la Antigüedad, pero nos da la
primera noción del destino, muy en boga en su tiempo.
Los fariseos, predominantes en el reducido pueblo judío, adoptaron el
destino muchos siglos después, pues aunque fueron los primeros hombres de
letras entre los hebreos, son posteriores. Mezclaron en Alejandría algunas
máximas de los estoicos con los antiguos dogmas judaicos. San Jerónimo afirma
que su secta fue algo anterior a la era cristiana.
Los filósofos no necesitaron a Homero ni a los fariseos para convencerse
de que el mundo se rige por leyes inmutables, todo está regulado y todo es un
efecto necesario. O el mundo subsiste por propia naturaleza y por sus leyes
físicas, o un Ser Supremo lo ha creado según sus leyes también supremas: en uno
y otro casos, esas leyes son inmutables y todo ocurre necesariamente. Los
cuerpos graves tenderán siempre hacia la tierra sin tendencia a descansar en el
aire. Los perales no producirán nunca piñas. El instinto del perdiguero será
siempre diferente del que tiene la avestruz; todo está regulado, engranado y
limitado. El hombre no puede tener más que un determinado número de dientes, de
cabellos y de ideas hasta que llega un día y lo pierde todo. Es contradictorio
que lo ocurrido ayer no haya ocurrido siempre y lo que ocurre hoy no suceda
mañana, así como también es contradictorio que lo que deba ser no sea. Si el
hombre pudiera modificar el destino de una mosca podría también cambiar el de
las demás moscas, de los otros animales, de los hombres y el de la naturaleza.
Entonces el hombre sería más poderoso que Dios.
Hay imbéciles que dicen: «El médico ha salvado a mi tía de una
enfermedad mortal, dándole diez años más de vida». Otros más estultos y
presuntuosos, dicen: «El hombre prudente se forja su destino».
Nullum numen abest, si sit prudentia, sed nos Te facimus, fortuna, deam,
coeloque locamus. (Nada es la fortuna, en vano la adoramos. La prudencia es el
dios que debemos adorar.)
Pero, con frecuencia, el prudente sucumbe a su destino en vez de
forjárselo; es el destino el que hace a los hombres prudentes.
Profundos políticos aseguran que si hubieran asesinado a Cromwell
Ludlow, Ireton y a una docena de parlamentarios ocho días antes de decapitar a
Carlos I, este rey habría vivido más tiempo y hubiera muerto en su lecho.
Tienen razón los que dicen eso, y aún podríamos añadir que si el mar se hubiera
tragado Inglaterra, dicho monarca no hubiera muerto en el cadalso, pero las
circunstancias determinaron que Carlos I tenía que morir decapitado.
El médico salvó a tu tía, pero al salvarla no contradijo el orden de la
naturaleza, sino que actuó de acuerdo con ella. Es claro que tu tía no podía
elegir el nacer en otra ciudad, ni impedir contraer en determinado tiempo una
enfermedad; como el médico no pudo encontrarse en otra parte, sino en la ciudad
donde estaba, tu tía tuvo que llamarle y él debía prescribirle los medicamentos
que la han curado.
El labrador cree que cayó granizo en su campo por casualidad, pero el
filósofo sabe que la casualidad no existe, y era imposible dada la constitución
del mundo, que no granizara aquel día en el mencionado campo.
Hay gentes que, asustándose de esta verdad, creen la mitad de ella como
esos deudores que ofrecen la mitad y piden un plazo para pagar el resto. Dichas
personas dicen que hay acontecimientos necesarios y otros que no lo son. Sería
gracioso que una parte del mundo estuviera ordenada, y desordenada la otra; que
parte de lo que sucede deba suceder y que otra parte de lo que acontece no
debía acontecer. Cuando nos fijamos en esta cuestión vemos lo absurda que es la
doctrina contraria a la del destino; lo malo es que hay muchas personas
destinadas a razonar mal, algunas a no razonar y otras a perseguir a los que
razonan.
Hay hombres que os dicen: «No creáis en el fatalismo, porque si creéis
en él todo os parecerá inevitable abandonaréis el trabajo, os ganará la
indiferencia, despreciaréis la riqueza, los honores y las alabanzas, no
desearéis adquirir porque os creeréis sin mérito ni poder; nadie cultivará el
talento y todo perecerá por apatía».
No temáis nada de esto. Siempre tendremos preocupaciones y aspiraciones
porque nuestro destino es estar sometidos a unas y otras. Sabemos muy bien que
no depende de nosotros tener mérito y gran talento, como no depende de nosotros
tener el pelo abundante y las manos hermosas. Estaremos convencidos de que no
debemos tener vanidad de nada y, sin embargo, siempre tendremos vanidad.
Siento necesariamente la pasión de escribir lo que escribo y tú sientes
la de criticarme: los dos somos tontos y ambos somos juguetes del destino. Tú
estás hecho para hacer el mal y yo para amar la verdad, y publicarla a pesar de
tus críticas.
El búho, que entre ruinas se alimenta de ratones, dijo al ruiseñor:
«Deja de cantar en tu espesura y ven a mi madriguera; en ella te devoraré». Y
el ruiseñor le respondió: «He nacido para cantar en la enramada y burlarme de
ti».
Si me preguntáis cuál es el destino de la libertad, no os contestaré. No
sé qué es esa libertad de que me habláis porque hace mucho tiempo que disputáis
sobre su naturaleza, que seguramente desconocéis. Si queréis, mejor dicho, si
podéis examinar apaciblemente conmigo lo que es la libertad, pasad a la letra
L.
DEYECCIÓN. El hombre nunca ha podido crear por medio del
arte nada de lo que produce la naturaleza. Se ilusionó creyendo que iba a hacer
oro y nunca pudo hacer barro. Llegó a construir un ánade artificial que andaba
y abría y cerraba el pico, pero nunca logró conseguir que digiriera y defecara.
¿Qué arte es capaz de producir esa materia que preparan las glándulas
salivares, unidas al jugo gástrico, y luego con la bilis hepática y el jugo
pancreático llega finalmente a convertirse en un compuesto fétido y pútrido que
evacúa el intestino recto impulsado por la fuerza sorprendente de los músculos?
Sin duda, se necesita tanta industria, tanto poder para producir la
defecación, que repele a la vista, y para preparar los conductos que le dan
salida, como para producir el semen que dio vida a Alejandro, Virgilio Newton y
Galileo. La evacuación de los excrementos es tan necesaria para la vida como la
manutención.
El mecanismo orgánico que prepara, forma y evacúa los excrementos es el
mismo en el hombre que en los animales. No extrañe, pues, que el hombre, con
todo su orgullo, nazca entre la materia fecal y la orina, porque esas porciones
de sí mismo, más o menos elaboradas, más o menos hediondas, deciden de su
carácter y de la mayor parte de los actos de su vida.
El excremento empieza a formarse en el duodeno cuando los alimentos
salen del estómago y se impregnan de la bilis del hígado. Cuando el hombre
tiene diarrea languidece y está débil, le falta fuerza para ser perverso.
Cuando está estreñido, la sal y el azufre del excremento penetran en su quilo,
introducen la acritud en su sangre y con frecuencia crean en su cerebro ideas
disparatadas. Algunos hombres llegan a ser criminales por la acrimonia de su
sangre, que nace de los excrementos que la alteran.
Al hombre soberbio, que se cree imagen de la divinidad, puede
preguntársele si Dios come, si está dotado de intestino recto, y ese hombre
sería menos soberbio si estuviera enterado de que su corazón y su talento
dependen de una evacuación y no se creería imagen de Dios.
Algunos filósofos dudan de que el alma inmaterial e inmortal venga, no
saben de dónde, a alojarse por poco tiempo entre la materia fecal y la orina.
¿Qué tenemos más que los animales? Más ideas, más memoria, el don de la palabra
y dos manos hábiles. ¿Quién nos concedió esos dones? El que dio alas a los
pájaros y escamas a los peces. Si somos sus criaturas, ¿cómo hemos de ser su
imagen? A estos filósofos les contestaremos que sólo somos imágenes de Dios en
cuanto al pensamiento.
Muchos animales se comen nuestros excrementos y nosotros nos comemos los
de muchos animales, los de los tordos, becadas y alondras.
Veremos en el artículo Ezequiel por qué el Señor le ordenó que comiera
sus excrementos mezclados con pan. Pero él se concretó a comer boñiga de vaca.
DICHA, FELICIDAD. Lo que denominamos felicidad es una idea
abstracta compuesta de algunas ideas de placer, porque el que tiene un momento
de placer no puede decir que es feliz, como por un momento de dolor no puede el
hombre creerse desgraciado. El placer es más efímero que la dicha, y la dicha
lo es más que la felicidad. Cuando el hombre dice soy dichoso en este momento,
abusa de la palabra porque sólo quiere decir: «Tengo placer». Cuando
disfrutamos de deleites repetidos durante un espacio de tiempo, podemos decir
que somos felices. Muchas veces, gozando de gran fortuna, no somos dichosos,
como los enfermos abúlicos que carecen de apetito y no comen en los festines
preparados para ellos.
El antiguo refrán francés que dice: «No debemos llamar a nadie feliz
hasta después de su muerte», se funda en principios falsos. Si creemos ese
refrán no calificaremos de dichoso más que al hombre que lo sea continuamente
desde que nace hasta que muere, y esa serie ininterrumpida de momentos
deleitosos es imposible dada la constitución de nuestros órganos, de la de los
elementos que dependemos, y hasta de los hombres, de los que dependemos mucho
más. La pretensión de ser siempre dichoso es buscar la piedra filosofal del
alma. Podemos darnos por satisfechos si no pasamos gran parte de la vida
sumidos en la tristeza. El que creyere haber gozado siempre de vida feliz,
aunque muriera miserablemente, merecería ser llamado dichoso hasta su muerte, y
se puede asegurar que habría sido el más dichoso de los hombres. Quizá Sócrates
fue el más feliz de los griegos, pese a que jueces supersticiosos y absurdos le
envenenaron jurídicamente a la edad de setenta años, por la sospecha de que
creía en un solo dios.
Se discute también sobre si hay en la vida una condición más feliz que
otra, y si el hombre, en general, es más dichoso que la mujer. Mas para decidir
esta cuestión era preciso haber pasado por todas las condiciones de la
existencia y haber sido varón y hembra, como Tiresias e Ifis, haber vivido en
todas las condiciones con las circunstancias propias para cada una, y pasar por
todos los estados posibles del hombre y de la mujer.
Se inquiere si existe un hombre más feliz que otro, pero esa
perogrullada es fácil de contestar por la sencilla razón de que quien padece de
mal de piedra y gota, y pierde sus bienes, su honor, su mujer y sus hijos y le
condenan a la horca, es menos feliz en el mundo que un sultán joven y vigoroso
y que el zapatero remendón de La Fontaine. Lo que se quiso indagar, sin duda,
es cuál es más feliz de entre dos hombres que gocen de igual salud y posean
iguales bienes de fortuna. Esta cuestión la ha de decidir el carácter. El más
ponderado, menos inquieto y al mismo tiempo más sensible, es el más dichoso,
pero por desgracia el más sensible es casi siempre el menos ponderado. No es
nuestra condición, sino el temple del alma lo que nos hace felices, y esta
disposición del alma depende de nuestros órganos y éstos se han formado sin que
tengamos la menor parte en su formación.
Algunos perros llevan una vida regalada, los peinan, les dan galletas y
les destinan hermosas perras; en cambio, hay otros que padecen de sarna, los
muelen a palos y los matan de hambre. ¿Depende acaso de esos perros ser
dichosos o desgraciados?
Comúnmente usamos las frases: pensamiento feliz, rasgo feliz, clima
feliz… Los pensamientos y rasgos felices que nos ocurren como veloces
inspiraciones los recibimos como la luz que hiere nuestra vista sin que la
busquemos. No están en nuestro poder, como tampoco lo está tener semblante
dichoso, o sea expresivo y noble, que es independiente de nosotros y muchas
veces engañoso. Clima feliz es el que la naturaleza favorece, al igual que la
imaginación y el talento superior. ¿Quién puede darse el genio a sí mismo?
¿Quién puede, cuando recibió algunos rayos de esa luz, conservarla siempre
brillante?
DILUVIO UNIVERSAL. Me apresuro a declarar que creo en el diluvio
universal porque lo refieren las Sagradas Escrituras hebraicas, transmitidas a
los cristianos. Lo considero como un milagro:
1º Porque todos los hechos en que interviene Dios en la Sagrada
Escritura son otros tantos milagros.
2º Por el Océano no pudo elevarse quince codos por encima de las
montañas más altas sin dejar seco su lecho y sin violar al mismo tiempo las
leyes de la gravedad y del equilibrio de los líquidos. Para hacer esto es
necesario un milagro.
3º Porque aun llegando a la altura indicada, el Arca no era capaz de
sostener, según las leyes de la física, todos los animales del orbe y su
alimento para mucho tiempo. Porque los leones, tigres, panteras, osos, lobos
hienas, águilas, buitres y demás animales carnívoros se hubieran muerto de
hambre después de haberse comido a los demás animales.
Casi a continuación de los Pensamientos de Pascal, se publicó una
disertación de un comerciante de Ruán, apellidado Le Pelletier, en la cual
brindaba la manera de construir un barco que pudiera contener toda clase de
animales y los alimentos para que comieran durante un año. Por lo visto, ese
comerciante nunca había dirigido ningún corral, ni tenía maldita idea de lo que
es una casa de fieras; considerémosle, pues, como un visionario, y al diluvio
universal como un milagro incomprensible para la débil razón humana.
4º Porque está demostrado hasta la saciedad la imposibilidad física de
que sobrevenga un diluvio universal. He aquí la demostración. El mar cubre la
mitad del Globo. Tomando una medida común de su profundidad desde las playas
hasta alta mar, se cuentan quinientos pies. Para que las aguas ascendieran en
los dos hemisferios hasta la altura de quinientos pies en toda la tierra
habitable, se necesita otro mar para envolver el Océano actual, sin el cual las
leyes de la gravedad y de los flúidos harían bajar el agua de ese nuevo mar a
la profundidad de quinientos pies, que la tierra no podría soportar. Está
claro, pues, que se necesitan dos océanos para que las aguas asciendan sólo a
quinientos pies por todo el globo terráqueo.
Concediendo sólo a las montañas veinte mil pies de altura, se
necesitarían cuarenta océanos para que ascendieran a quinientos pies de altura
cada uno, sólo para llegar a las cumbres de los montes altos. Cada océano
superior contendría a los demás y el último de ellos tendría una circunferencia
cuarenta veces mayor que la del primero. Para formar esa inmensa masa de agua
era preciso crearla de la nada, y para retirarla era preciso aniquilarla. Por
lo tanto, el acontecimiento del diluvio es un doble milagro y el mayor con que
ha demostrado su poder el Eterno Soberano de todos los globos.
Quedamos muy sorprendidos al saber que algunos sabios habían atribuido
al diluvio algunas conchas halladas en distintas partes de nuestro continente.
Pero nos ha sorprendido más que Pluche pruebe la posibilidad del diluvio
fundándose en la historia de los gigantes que pelearon con los dioses. El
gigante Briareo, según dicho autor, representa indudablemente el diluvio,
porque significa la pérdida de la serenidad en lengua hebrea. Pluche está mal
enterado. Briareo es una voz griega que significa robusto; por tanto no es
vocablo hebreo, pero aunque lo fuera por casualidad guardémonos bien de imitar
a Rochard, que hace derivar muchas palabras griegas, latinas e incluso
francesas, de la lengua hebrea. Y eso que los griegos no conocieron tal idioma.
El gigante Othus es también hebreo, en opinión de Pluche, y dice que
significa el desorden de las estaciones, pero también es un vocablo griego que
nada significa o que no sé su significado, pero aunque significara algo, ¿qué
relación tiene esa palabra con el idioma hebreo? Porfirión es temblor de tierra
en hebreo, pero en griego significa pórfiro. ¿Qué tiene que ver esto con el
diluvio? Mimas significa en hebreo gran lluvia lo que ya tiene alguna relación
con el diluvio, pero en griego Mimas significa imitador, comediante, y no es
posible atribuir al diluvio semejante origen. Encélado es otra prueba del
diluvio en hebreo, porque según Pluche significa fuente del tiempo, pero por
desgracia en griego no indica más que ruido. Efialtes es otra demostración del
diluvio en hebreo, porque aunque en griego significa opresor, íncubo, según
Pluche quiere decir gran agrupación de nubes. Por tanto, los griegos, que todo
lo tomaron de los hebreos, a los que no conocían, dieron sin duda a sus
gigantes esos nombres que Pluche saca del hebreo como puede. Todo en memoria
del diluvio.
Isaac Vossius niega la universalidad del diluvio (1) y dom Calmet la
mantiene, asegurando que los cuerpos pesan en el aire porque éste los comprime.
Calmet no sabía física, y la pesantez del aire no tenía nada que ver con el
diluvio.
(1) Comentarios sobre el Génesis, pág. 197.
No comprendo por qué Dios creó una raza para ahogarla y sustituirla por
otra raza más perversa. No comprendo cómo siete pares de cada especie de
animales no inmundos llegaran de las cuatro partes del orbe con dos pares
inmundos de todas clases, sin que los lobos se comieran a las ovejas por el
camino y los gavilanes a las palomas… No comprendo tampoco cómo ocho personas
pudieron dirigir, alimentar y dar de beber a todos los animales embarcados en
el Arca durante cerca de dos años porque necesitaron un año, después que cesó
el diluvio, para dar de comer a todos esos pájaros, habida cuenta de que las
hierbas debieron tardar mucho tiempo en crecer. Respecto a este asunto no me
parezco a Le Pelletier, porque yo lo admiro todo y no puedo explicarme nada.
DINERO. «¿Queréis prestarme cien luises de oro?» «Bien
quisiera, pero no tengo dinero», os contestará un francés. Un italiano os dirá:
Signori, non ho danari. Harpagón pregunta a Jacobo el cocinero, en el Avaro de
Moliere: «¿Nos darás buena comida?» «Sí, si me dais mucho dinero.»
Todos los días se discute cuál es el país más rico en dinero, queriendo
significar con ello qué nación posee más metales preciosos, precio
representativo de los objetos de comercio. Igualmente se pregunta qué país es
el más pobre y la opinión se divide en varias opiniones, pero los pueblos más
pobres son el westfaliano, lemosín, vasco, tirolés, escocés, irlandés y muchos
otros. De lo que no hay duda, acerca de esta materia, es que la supremacía
oscila entre Francia, España y Holanda.
En los siglos XIII, XIV y XV, Roma era la que disponía de más dinero
contante y sonante porque cobraba de todo el orbe católico. En esos siglos,
Europa entera enviaba dinero a la Santa Sede a cambio de rosarios benditos,
agnus dei, indulgencias, dispensas, confirmaciones, exenciones y bendiciones.
Los venecianos no vendían nada de todo eso, pero comerciaban con todo
Occidente a través de Alejandría y su principal comercio consistía en las
especias. El dinero que no iba a parar a Roma lo recogían los venecianos,
ganando también algo los toscanos y genoveses. Los demás reinos eran tan pobres
en dinero contante y sonante que Carlos VIII se vio obligado a tomar prestado
sobre las piedras preciosas de la duquesa de Saboya, dejándolas en prenda, para
ir a la conquista de Nápoles, cuya ciudad tomó y perdió muy pronto, pues los
venecianos pudieron sostener ejércitos más fuertes que el suyo. Sólo un noble
de Venecia tenía más oro en sus arcas y más vajilla de plata en su mesa que el
emperador Maximiliano, a quien dieron el remoquete de poqui danari.
Este estado de cosas cambió cuando los portugueses traficaron con las
Indias como conquistadores y los españoles se adueñaron de México y Perú con
unos setecientos hombres. Entonces decayó el comercio de Venecia y el de las
demás ciudades de Italia. Felipe II, dueño de España, Portugal, los Países
Bajos, las dos Sicilias, el Milanesado, de mil quinientas leguas en las costas
de Asia, y de las minas de oro y plata en América, fue el único rico y, por
ende, el único poderoso de Europa. Los espías que tenía en Francia besaban de
hinojos los doblones católicos. Se dice que América y Asia le proporcionaban
diez millones de ducados de renta y sin duda hubiera comprado Europa entera de
no habérselo impedido el acero de Enrique IV y la armada de la reina Isabel.
El autor de El espíritu de las leyes, dice: «Oí criticar muchas veces la
ceguera del Consejo de Francisco I, que rechazó las proposiciones de Cristóbal
Colón cuando éste le propuso el viaje a las Indias, pero la verdad es que por
imprudencia obró de manera prudente». Por el inmenso poder que poseía Felipe II
comprendemos que el supuesto Consejo de Francisco I no actuó de manera
prudente, pero hay que hacer notar que Francisco I no había nacido aún cuando
se supone que rehusó el ofrecimiento de Cristóbal Colón. Este ilustre genovés
desembarcó en América el año 1492, y Francisco I nació en 1494 y no ascendió al
trono hasta 1515.
Comparemos ahora los presupuestos de Enrique III, Enrique IV y de la
reina Isabel con el de Felipe II. La asignación ordinaria de Isabel era de cien
mil libras esterlinas, y sumando a ésta la extraordinaria, ascendía un año con
otro a unas cuatrocientas mil. Bien necesitaba ese aumento para defenderse de
Felipe II. Si no hubiera vivido con extrema economía se hubiera perdido y
hubiera hecho perecer a Inglaterra.
La asignación de Enrique III apenas sumaba treinta millones de libras de
su época, cantidad que comparada con la que Felipe II sacaba de las Indias, era
tres a diez. Pero todavía no entraba la tercera parte de ese dinero en las
arcas de Enrique III, que era muy pródigo y además le robaban mucho; en
consecuencia, era muy pobre. Felipe II, en un solo capítulo, era diez veces más
rico que él.
Tocante a Enrique IV, no es posible comparar su tesoro con el de Felipe
II. Hasta que firmó la paz de Vervins sólo tuvo lo que podía tomar prestado o
lo que ganaba a punta de espada; vivió como caballero andante hasta la época en
que se convirtió en el primer rey de Europa.
Inglaterra había sido siempre tan pobre que hasta en tiempos de Eduardo
III no se acuñaron allí monedas de oro. Pero el oro y la plata que afluía a
España continuamente desde México y Perú iba a parar a los bolsillos de los
ingleses, franceses y holandeses que comerciaban en Cádiz bajo el nombre de
españoles, y enviaban a América los productos de sus manufacturas. Gran parte
de ese dinero iba a las Indias orientales para pagar las especias, algodón,
salitre, azúcar candi, té, telas, diamantes y monos.
Se preguntará en seguida en qué se convierten esos tesoros de las
Indias, y yo contesto que Sha‑Nadir lo sacó todo del Gran Mogol y, además,
piedras preciosas. ¿Queréis saber dónde están esas alhajas, ese oro y esa plata
que Sha‑Nadir sacó de Persia? Gran parte de eso se esfumó durante las guerras
civiles, y los bandidos gastaron la otra parte en adquirir prosélitos, porque,
como César dijo muy bien, «con dinero se tienen soldados, y con soldados se
roba dinero».
Si vuestra curiosidad no está aún satisfecha y deseáis saciarla sabiendo
qué fue de los tesoros de Sesostris, Creso, Ciro, Nabucodonosor y, sobre todo,
de Salomón, que fueron fabulosos, os contestaré que se repartieron por el
mundo. Estad seguros de que en la época de Ciro las Galias, Germania,
Dinamarca, Polonia y Rusia, no tenían un solo escudo, pero a lo largo de los
años algunas naciones se han hundido poniéndose a un mismo nivel con las demás.
¿Cómo vivieron los romanos durante el reinado de Rómulo, que era hijo de
Marte y de una sacerdotisa, y en la época del devoto Numa Pompilio? Tenían un
Júpiter de madera de encina mal tallada, chozas por palacios, ponían un puñado
de paja en la punta de un bastón para que les sirviera de estandarte y no
tenían una moneda de plata en el bolsillo. Los cocheros de nuestra época usan
relojes de oro que los siete reyes de Roma, los Camilos, Manlios y Fabios no
hubieran podido pagar. Su dinero contante era de cobre, metal que les servía
para construir armas y acuñar moneda. Con unas cuatro libras de cobre de unas
doce onzas compraban un buey. Lo que necesitaban lo adquirían en el mercado lo
mismo que hoy, y los hombres, como en todos los tiempos, se alimentaban, vestían
y vivían bajo techado. Los romanos, que eran más pobres que los pueblos
vecinos, subyugaron a éstos y aumentaron su territorio paulatinamente durante
cerca de quinientos años, antes de acuñar monedas de plata.
En Suecia, los soldados de Gustavo Adolfo cobraban su soldada en monedas
de cobre, antes de que éste hiciera conquistas fuera de su nación.
Con el estímulo de ganar en el cambio de lo necesario para la vida, se
comercia siempre, y nada importa que la ganancia sea en conchas o en papel. El
oro y la plata sólo han prevalecido a la larga en todas partes, porque son los
metales más escasos. En Asia empezaron a funcionar las primeras fábricas de
moneda de esos dos metales porque Asia fue la cuna de las artes.
En la guerra de Troya no se habla de moneda, si bien en ella pesaban el
oro y la plata. Agamenón pudo tener tesorero, pero no tenían curso las monedas.
Lo que hace sospechar a algunos científicos temerarios que el Pentateuco no se
escribió hasta la época en que los hebreos empezaron a usar algunas monedas de
los pueblos vecinos, ya que en algunos de sus pasajes se habla de siclos.
Añaden dichos sabios que Abrahán, que era extranjero y no poseía una pulgada de
tierra en Canaán, compró allí un campo y una sepultura para enterrar a su mujer
por cuatrocientos siclos de plata de buena ley: Quadringentos siclos argenti
probatae monetae publicae. El ilustradísimo padre Calmet evalúa esa cantidad en
cuatrocientas cuarenta y ocho libras, diez sueldos y nueve dineros, siguiendo
los antiguos cálculos hechos al azar, cuando el marco de plata estaba a
veintiséis libras, pero como el marco de plata aumentó luego su valor en más de
la mitad, esa suma equivaldría hoy a ochocientas noventa y seis libras.
Como en aquel tiempo no había ninguna moneda marcada en su cuño con la
palabra pecunia, esto constituía una pequeña dificultad que no era difícil
salvar. Otra dificultad es que en un pasaje se dice que Abrahán compró el
mencionado campo en Hebrón, y en otro que lo compró en Sichem. Consultad sobre
esto con el venerable Bede, Raban, Moure y con Emanuel Sa.
En cuanto a la riqueza que David dejó a Salomón en plata acuñada hay
quienes la hacen ascender a veintidós mil millones, y otros a veinticinco mil.
No me ocuparé de las innumerables peripecias por que pasa el dinero
desde que se acuña hasta que se gasta, porque en todas sus transmigraciones
inspiran amor al género humano.
DIOCLECIANO. Tras padecer muchos reinados débiles y tiránicos,
el Imperio romano tuvo en Probo un excelente emperador. Pero las legiones
romanas le asesinaron y eligieron a Caro, que murió herido por un rayo cuando
combatía a los persas. Entonces, los soldados proclamaron emperador a Numerión,
hijo de aquél. Los historiadores nos aseguran con toda seriedad que éste lloró
tanto la muerte de su padre que perdió la vista y se vio obligado, mientras
hacían la guerra, a permanecer escondido entre cortinas. Su suegro, llamado
Aper, le mató cuando dormía para ocupar el trono. Pero he aquí que un drúida
predijo en las Galias a Diocleciano, uno de los generales del ejército, que
sería emperador en cuanto matara un jabalí, y el jabalí se llama en Italia
aper. Diocleciano reunió el ejército y con sus manos dio muerte a Aper en
presencia de los soldados para que se realizara la predicción del drúida. Los
historiadores que refieren este hecho merecerían alimentarse con el fruto del
árbol sagrado de los drúidas. Es cierto que Diocleciano mató al suegro de su
emperador, acción que fue el primer derecho que alegó para ocupar el trono. El
segundo fue que, teniendo Numerión un hermano llamado Carín, quien también era
emperador y se opuso a la entronización de Diocleciano, le mató uno de los
tribunos de su ejército. Tales fueron los derechos al imperio que tuvo
Diocleciano. Hacía mucho tiempo que no se tenían otros.
Natural de Dalmacia, nació en la pequeña localidad de Dioclé, de la que
tomó el nombre. Si es cierto que su padre fue labrador, y que en su juventud él
mismo fue siervo del senador Anulio, no se le puede rendir mayor elogio, porque
no debía su ascensión más que a sí mismo. Supo granjearse la estima del
ejército y logró que éste olvidara su nacimiento y le ciñera la corona.
Lactancio, autor cristiano, pero bastante parcial, nos dice que Diocleciano era
el mayor cobarde del imperio. Es obvio que los soldados romanos no hubieran
elegido un hombre así para gobernarles, ni que éste pasara por todos los grados
de la milicia. Es lógico que Lactancio hable mal de un emperador pagano, pero
resulta poco hábil.
Diocleciano dominó con mano férrea, durante veinte años, las agrestes
legiones que con la misma facilidad asesinaban emperadores que los proclamaban,
y esto es otra prueba de que fue tan gran príncipe como valeroso soldado. El
imperio gobernado por él volvió a recobrar su primitivo esplendor. Sometió a su
obediencia a los galos, africanos, egipcios e ingleses, que se sublevaron en
diferentes ocasiones, y consiguió vencer a los persas. Los éxitos que alcanzaba
en el exterior, la excelente administración que organizó en el interior del
imperio, las leyes, tan humanas como discretas, que figuran todavía en el
Código de Justiniano, las ciudades de Roma, Milán, Autun, Nicomedia y Cartago,
que embelleció, todo ello le granjeó el respeto y la estima de Oriente y de
Occidente, hasta el punto de que doscientos cuarenta años después de su muerte
contaban y databan desde el primer año de su reinado, como antes de éste se
contaba desde la fundación de Roma. Esa manera de contar se llamó la era de
Diocleciano y también la era de los mártires. Pero los que así cuentan se
equivocan en dieciocho años, porque está probado que Diocleciano no persiguió a
ningún cristiano durante dicho lapso de tiempo. En su primera época estuvo tan
lejos de proceder de esa manera que uno de sus primeros actos como emperador
fue dar una escolta de guardias pretorianos a un cristiano llamado Sebastián,
que luego incluyeron en el Santoral.
No temió compartir el imperio con otro soldado de tanta fortuna como él,
su amigo Maximino Hércules. La paridad de su nacimiento formó los lazos de esa
amistad. Maximino también era hijo de padres humildes y desconocidos, y como
Diocleciano, había ascendido por su valor de grado en grado.
Diocleciano nombró además dos césares: el primero fue Maximiliano, por
sobrenombre Galerio, que había sido pastor de ganado. Al parecer, Diocleciano,
el más altivo y fastuoso de los hombres y el que introdujo la fórmula de que le
besaran los pies se complacía en colocar en el trono de los Césares a hombres
de la condición más humilde. Al frente del imperio puso a un siervo y a dos
labriegos, y nunca estuvo el estado tan floreciente. El segundo césar que
nombró procedía de alta cuna. Fue Constancio Cloro, nieto por parte de madre
del emperador Claudio II. Gobernaron el imperio esos cuatro príncipes, y si
bien una tal asociación fue capaz de producir cada año cuatro guerras civiles,
Diocleciano consiguió dominar de tal forma a sus asociados que logró su respeto
e incluso su amistad. Esos príncipes, aunque llamados césares, no eran en
realidad más que sus primeros vasallos y les trataba como señor absoluto, pues
cuando Galerio, vencido por los persas, llegó a Mesopotamia a darle cuenta de
su derrota le dejó ir detrás de su carro a una milla de distancia, y sólo le
admitió en su gracia cuando consiguió reparar su falta.
Galerio la reparó efectivamente el año 297, de manera notable,
derrotando al rey de Persia en persona. Los reyes de Persia, desde la batalla
de Arbelas, seguían llevando en sus ejércitos a sus mujeres, hijas y eunucos.
Galerio, como Alejandro, se apoderó de la esposa y toda la familia del rey de
Persia y los trató con tanto respeto como aquél. La paz fue tan gloriosa como
la victoria. Los vencidos cedieron cinco provincias a los romanos y los
arsenales de Palmirena hasta Armenia.
Diocleciano y Galerio se presentaron en Roma para hacer gala de un
triunfo hasta entonces inaudito. Era la primera vez que paseaban ante el pueblo
romano a la esposa de un rey de Persia y a sus hijos atados con cadenas. El
imperio nadaba en la abundancia y vivía en la alegría. Diocleciano recorría
todas las provincias. Desde Roma iba a Egipto, a Siria, al Asia Menor; no vivía
ordinariamente en Roma, sino en Nicomedia, cerca del Ponto Euxino, ya para
vigilar más de cerca a los persas y bárbaros, ya por su afición a la mansión
que había embellecido.
En esa época de prosperidad del imperio fue cuando Galerio empezó a
perseguir a los cristianos. ¿Por qué los dejaron en paz hasta entonces y
comenzaron a martirizarlos? Eusebio dice que un centurión de la legión trajana,
llamado Marcelo, que servía en Mauritania, al asistir con sus soldados a una
fiesta que tenía lugar para celebrar la victoria de Galerio arrojó al suelo su
cinturón militar, sus armas y la varita de sarmiento, distintivo de su empleo,
y dijo en voz alta que era cristiano y no quería servir más a los paganos. Este
fue el primer caso comprobado de la famosa persecución. Es cierto que servían
muchos cristianos en los ejércitos del Imperio, y el interés del estado exigía
que no autorizara la pública deserción. Loable es la acción de Marcelo, pero
resulta poco razonable. Si en la fiesta que se celebró en Mauritania se
comieron las carnes ofrecidas a los dioses del imperio, la ley no mandaba a
Marcelo que comiera de ellas. El cristianismo tampoco le exigía que diera
ejemplo de sedición, pues no hay país en el mundo que no castigue un acto tan
temerario.
No obstante, desde el episodio de Marcelo parece que no hubo persecución
de cristianos hasta el ano 303. Éstos habían edificado en Nicomedia una
magnífica iglesia catedral, enfrente del palacio y de más altura que éste. Los
historiadores no cuentan por qué Galerio pidió a Diocleciano que ordenara
derribar la mencionada iglesia, pero sí nos dicen que Diocleciano dejó pasar
mucho tiempo antes de decidirse. Se resistió cerca de un año a derribarla, y es
extraño que sabiendo esto se le llame perseguidor. Por fin, en 303 destruyeron
la iglesia y en sus ruinas fijaron un cartel con un edicto que privaba a los
cristianos de toda clase de honores y dignidades. Privarles de ello demuestra
hasta la evidencia que los disfrutaban.
Un cristiano arrancó y destrozó públicamente el edicto imperial y este
acto revolucionario recayó en perjuicio de la religión. El excesivo celo de
dicho cristiano fue lo que atrajo la persecución. Poco tiempo después se
incendió el palacio de Galerio, acto que imputaron a los cristianos, y éstos a
su vez acusaron a Galerio de haberlo incendiado por sí mismo buscando un
pretexto para perseguirles. Parece injusto acusar a Galerio, al igual que a los
cristianos, porque después de publicado el edicto no necesitaba pretexto alguno
para la persecución. Si lo hubiera necesitado sería una prueba más de que
Diocleciano no quiso ir contra los cristianos, que hasta entonces había
protegido, y que necesitaba motivos muy graves para actuar contra ellos.
Parece indudable que durante su imperio atormentó a muchísimos
cristianos, pero es difícil compaginar con las leyes romanas la suposición de
que sufrieran toda clase de mutilaciones, como cortarles la lengua y otros
miembros, y que perpetraran atentados contra el pudor y la honestidad pública,
porque ninguna ley romana ordena semejantes suplicios. Tal vez el encono con
que los pueblos miraban a los cristianos los indujera a cometer excesos
horrendos, pero no consta en ninguna parte que los mandaran cometer los
emperadores ni el Senado. Y es verosímil creer también que el justo dolor que
afligía a los cristianos les hiciera prorrumpir en quejas exageradas.
Los hechos verdaderos nos dicen que cuando el emperador estaba en
Antioquía el pretor condenó a ser quemado a un niño cristiano llamado Romano, y
que los judíos que acudieron para presenciar el suplicio se reían malignamente,
diciéndose unos a otros: «Antiguamente tuvimos tres niños, Sidrac, Misac y
Abdenago, que no se quemaron en la hoguera, pero éste sí que se quemará». Acto
seguido, para castigar a los judíos, cayó una lluvia torrencial que apagó la
hoguera y el niño salió sano y salvo, preguntando: «¿Dónde está el fuego?» Los
hechos verdaderos añaden que el emperador le perdonó, pero el juez mandó que
cortaran la lengua al niño que el emperador había perdonado.
Lo que referiremos es todavía más inverosímil. Se cuenta que un médico
cristiano, llamado Aristón, fue quien cortó la lengua al niño por complacer al
pretor. Cuando Romano volvió a la cárcel, el carcelero le preguntó qué había
sucedido, y el niño le refirió que un médico le había cortado la lengua. Nótese
que el niño, antes de sufrir la operación, era bastante tartamudo y después
hablaba con maravilloso desparpajo. El carcelero fue en seguida a referir este
milagro al emperador, que llamó al médico, el cual juró haber hecho la
operación con todas las reglas del arte, y le enseñó la lengua del niño que
conservaba en una caja. «Que hagan venir a cualquiera —dijo entonces el
médico—, le cortaré la lengua en presencia de vuestra majestad y veréis cómo
después no puede hablar». El emperador aceptó la proposición, entregaron al
médico a un pobre hombre, le cortó la lengua y el hombre murió casi en el acto.
No puede creer que Los hechos sean verdaderos pese al título porque
resultan más imbéciles que verdaderos. Lo extraño es que Fleury, en su Historia
eclesiástica, refiera muchos hechos semejantes, más aptos para mover a risa que
a piedad. Es de advertir, además, que el año 303, en que suponen que
Diocleciano presenció ese hecho en Antioquía, dicho emperador estaba en Roma y
pasó todo el año en Italia. Cuéntase también que en Roma, y en su presencia,
san Ginés, un comediante, se convirtió cuando estaba representando contra los
cristianos una comedia, que estaba muy lejos de tener el mérito de las de
Plauto y Terencio. Lo que denominamos hoy farsas italianas parece que nacieron
en la época en cuestión. San Ginés representaba un enfermo a quien el médico
preguntaba qué tenía «Me siento pesado», contestaba Ginés. «¿Quieres que te
cepillemos y quedarás más ligero?» le preguntaba el médico. «No
—replicaba Ginés—, quiero morir cristiano para resucitar con buena estatura». A
continuación, salían actores disfrazados de sacerdotes y exorcistas y le
bautizaban. Ginés quedaba convertido en cristiano. En este momento, en vez de
terminar su papel, se puso a predicar dirigiéndose al emperador y al pueblo.
Este prodigio también consta en Los hechos verdaderos. Es cierto que entonces
hubo muchísimos mártires, pero no lo es que corriera la sangre por las ciudades
como se ha querido suponer. Se mencionan cerca de doscientos mártires durante
los últimos tiempos de Diocleciano en toda la vasta extensión del Imperio
romano, y las cartas de Constantino prueban que Diocleciano tuvo menos parte en
la persecución que Galerio.
Encontrándose gravemente enfermo Diocleciano, fue el primero que dio al
mundo el ejemplo de abdicar el imperio. Y si bien no es fácil saber si fue o no
forzada su abdicación, lo cierto es que recobró la salud y vivió todavía nueve
años en Salónica, lugar de su nacimiento. Decía que empezó a vivir el día que
se retiró, y cuando le instaban a que volviera a ocupar el trono contestaba que
éste no podía compararse con la paz de su existencia y le gustaba más cultivar
su jardín que regir los destinos del mundo. De los hechos bosquejados se deduce
que Diocleciano, a pesar de sus grandes defectos, fue un gran emperador y
terminó su vida como un filósofo.
DIONISIO (SAN) EL AREOPAGITA. A san Dionisio, llamado el Areopagita, se le tuvo durante mucho tiempo
como discípulo de san Pablo y de un compañero de éste llamado Hieroteo, que
nadie ha conocido. Dicen que Pablo le consagró obispo de Atenas, y la vida de
san Dionisio refiere que en Jerusalén fue a visitar a la Santa Virgen, y
encontrándola bella y majestuosa, tuvo tentaciones de adorarla.
Después de regir la iglesia de Atenas bastantes años, fue a Éfeso a
cambiar impresiones con Juan el Evangelista, luego marchó a Roma para
entrevistarse con el papa Clemente, y desde allí pasó a ejercer su apostolado
en Francia. «Y sabiendo —según refiere su historia— que París era una ciudad
próspera, populosa y abundante, fue allí a edificar una iglesia para luchar
contra el infierno».
Durante muchísimo tiempo se creyó que fue el primer arzobispo de París.
Uno de sus historiógrafos, Harduinos, dice que en dicha ciudad lo expusieron
ante las fieras, él les hizo el signo de la cruz y las fieras se postraron a
sus pies. Los paganos de París al ver que salió ileso, le arrojaron en un horno
encendido, del que también salió sano y salvo. Le crucificaron, y ya enclavado
se puso a predicar desde lo alto de la cruz.
Le volvieron a la cárcel con sus compañeros Rústico y Eleuterio. En ella
ofició la santa misa sirviéndole de diácono san Rústico. Finalmente llevaron
los tres a Montmartre y los decapitaron; ya no volvieron a decir misa.
Pero según Harduinus, se obró un gran milagro: el cuerpo de san Dionisio
se puso en pie, tomó su cabeza con sus manos y los ángeles le acompañaron
cantando: Gloria tibi, Domine, alleluya. Y como el primer paso es el que
cuesta, una vez puesto a andar el santo decapitado llevó su cabeza hasta el
lugar en que se fundó una iglesia, que es la famosa de Saint‑Denis.
Metafrasto, Harduinus y Hincmar, obispo de Reims, dicen que le dieron
martirio a la edad de noventa y un años, pero el cardenal Baronio prueba que
tenía ciento diez y así lo afirmó luego el padre Rivadeneira, sesudo autor de
Flor de los Santos.
A san Dionisio se le atribuyen diecisiete obras, de las que
desgraciadamente se han perdido seis: las restantes las tradujeron del griego
Juan Escoto, Hugo de Saint‑Víctor, Alberto el Grande y otros sabios ilustres.
Desde que se introdujo en el mundo la verdadera crítica se ha convenido
que todos los libros atribuidos a Dionisio los escribió un impostor el año 362
de nuestra era.
Algunos sabios contemplan con escepticismo lo que refiere de la vida de
san Dionisio un autor desconocido. Este asegura que el primer obispo de París,
estando en la localidad de Diospolis (Egipto), a la edad de veinticinco años,
cuando todavía no era cristiano, presenció con un amigo el famoso eclipse de
sol que acaeció al morir Jesucristo, y exclamó en griego: O Dios padece o se
aflige porque muere.
Esas palabras han sido interpretadas de distinta manera por varios
autores. Pero desde la época de Eusebio de Cesárea se supone que los
historiadores Flegón y Thallus mencionaron ese eclipse milagroso. Eusebio cita
a Flegón, pero las obras de éste no han llegado a nosotros. Decía en ellas,
según se asegura, que el eclipse tuvo lugar el cuarto año de la olimpíada
doscientas, que debe ser el año dieciocho del reinado de Tiberio. Esa
historieta ha dado pie a muchas lecciones, pero debemos desconfiar de ellas porque
nos falta saber si se contaba todavía por olimpíadas en la época de Flegón, lo
que es dudoso.
El jesuita Greslon afirma que los chinos conservan en sus anales el
recuerdo de un eclipse que ocurrió por aquel tiempo contra todas las reglas de
la naturaleza. Y Greslon y otros autores suplicaron a los matemáticos de Europa
que hicieran el cálculo de dicho fenómeno. Fue cosa divertida pretender que los
astrónomos calcularan un eclipse que no era natural. Finalmente, quedó
demostrado que los anales de China no mencionan semejante eclipse.
En resumen, de la historia de san Dionisio el Aeropagita, del pasaje de
Flegón y de la carta del mencionado jesuita, se deduce que los hombres tienen
empeño en imponer sus opiniones, pero el cúmulo de mentiras que difunden en vez
de perjudicar a la religión cristiana sirven, por el contrario, para demostrar
su divinidad, pues a pesar de ellas subsiste.
DIOS Y DIOSES. Temo siempre equivocarme, pero los monumentos
me prueban hasta la evidencia que los pueblos civilizados reconocían un Dios
supremo. No hay un solo libro, una medalla, un bajorrelieve, una inscripción,
en que se habla de Juno, Minerva, Neptuno, Marte y otros dioses, como de un ser
creador y soberano de toda la naturaleza. Por el contrario, los libros profanos
más antiguos que poseemos, los de Hesíodo y Homero, representan a Zeus como el
único que lanza el rayo, como el solo señor de los dioses y los hombres, que
castiga hasta a los otros dioses, encadena a Juno y arroja del cielo a Apolo.
La antigua religión de los brahmanes, la primera que admitió criaturas
celestes, la primera que menciona su rebelión, explica de manera sublime la
unicidad y el poder de Dios, como hemos visto ya en el artículo Ángel. Los
chinos, mucho más antiguos que los hindúes, reconocieron un solo Dios desde
tiempo inmemorial, y no tienen dioses subalternos, ni genios o demonios
mediadores entre Dios y los hombres, ni oráculos, dogmas abstractos, ni
disputas teológicas entre los hombres de letras. El emperador fue siempre el
primer pontífice y la religión fue siempre augusta y sencilla; por ello ese
vasto imperio, aunque subyugado dos veces, ha conservado siempre su integridad,
sometió sus vencedores a sus leyes y, a pesar de los crímenes y desgracias
inherentes a la raza humana, es todavía el estado más floreciente de la Tierra.
Los magos de Caldea y los sabeanos sólo reconocen un Dios supremo y le
adoran en las estrellas creadas por él. Los persas le adoraban en el sol. La
esfera colocada en el frontispicio del templo de Menfis era el símbolo de un
Dios único y perfecto, llamado Knef por los egipcios. El título de Deus optimus
maximus sólo a Júpiter se lo otorgaron los romanos. Hominum sator atque deorum.
Nunca se repetirá bastante esta gran verdad que indicamos en otra parte.
La adoración de un Dios supremo está probada desde Rómulo hasta la
destrucción del imperio y su religión. A pesar de las locuras del pueblo que
veneraba dioses secundarios y ridículos, y de los epicúreos que, en el fondo,
no reconocían ningún dios, es indudable que los magistrados y los sabios
adoraron en los tiempos a un Dios Soberano. Entre la multitud de testimonios
que poseemos de esta verdad, voy a escoger en primer lugar el de Máximo de
Tiro, que floreció en la época de los Antoninos, modelos de verdadera piedad y
humanidad. He aquí sus palabras en su disertación De Dios según Platón.
Medítelas el lector que desee instruirse.
«Los hombres han tenido la debilidad de dar a Dios figura humana porque
no habían visto nada superior al hombre, pero es ridículo imaginar, como hace
Homero, que Júpiter o la suprema divinidad tiene las pestañas negras y cabellos
de oro, y que no puede sacudirlos sin estremecer el cielo.
»Cuando se pregunta a los hombres sobre la naturaleza de la Divinidad,
todas las respuestas son diferentes. Sin embargo, en el meollo de esa
prodigiosa variedad de opiniones encontraréis la idea común a todo el mundo de
que sólo hay un Dios, que es el padre de todos, etc.»
Después de esta confesión formal y de los discursos inmortales de
Cicerón, los Antoninos y Epicteto, ¿qué hacer con las declamaciones que tantos
pedantes imbéciles repiten todavía? ¿De qué servirán los eternos reproches de
un politeísmo grosero y una idolatría pueril, sino para convencernos de que
quienes los hacen no tienen el menor conocimiento de la sana Antigüedad? Esas
gentes toman las fantasías de Homero por doctrinas de sabios.
He aquí otro testimonio más rotundo y expresivo que consta en la carta
que Máximo de Madaura dirige a san Agustín. Ambos eran filósofos y oradores, al
menos se preciaban de ello, escribían libremente y eran tan amigos como pueden
serlo un hombre de la antigua religión y un hombre de la nueva.
«Que haya un Dios Soberano que no tiene principio ni fin y que, sin
haber engendrado nada semejante a él, sea, sin embargo, el padre común de los
mortales y creador de todas las cosas, ¿quién hay tan estúpido e ignorante que
lo ponga en duda?
»A ese Dios cuyo poder se extiende a todo el mundo, lo adoramos bajo
diversos nombres. Así, honrando por separado y con diversas clases de culto, lo
que es como sus diversos miembros, le adoramos a él por entero, aunque se
conserven esos dioses subalternos bajo cuyas adoraciones seguiremos adorando al
padre común de los dioses y de los hombres, con diferentes clases de culto,
pero acordes en su variedad, tendentes al mismo fin». Y esto lo escribía un
númida, un hombre nacido en Argelia.
He aquí la respuesta de Agustín:
«Hay en vuestra plaza pública dos estatuas de Marte, desnudo en una y
armado en la otra, y cerca de ellas la de un hombre que, con tres dedos de la
mano extendida y apuntando hacia la de Marte, mantiene a raya a esta divinidad
nefasta para toda la ciudad… Respecto a lo que decís de que semejantes dioses
son como los miembros de su solo y verdadero Dios, advierto con toda la
libertad que me dais que os guardéis de caer en esas chanzas sacrílegas, porque
ese solo Dios del que habláis es, sin duda, el reconocido en todo el mundo y
sobre el cual los ignorantes están acordes con los sabios, como algunos autores
antiguos han dicho. ¿Os atreveríais a decir que la fuerza, por no decir la
crueldad, de un hombre muerto es un miembro de éste? Fácil me sería apuraros sobre
esta cuestión, porque sabéis lo que se podría argüir contra ella, pero me
contengo por temor a que no digáis que empleo contra vos las armas de la
retórica más que las de la verdad.»
Nosotros no sabemos lo que significan esas dos estatuas de las que no
queda ningún vestigio, pero todas las estatuas de que Roma estaba llena, el
Panteón y los templos consagrados a todos los dioses subalternos, y hasta los
doce grandes dioses, nunca impidieron que el Deus optimus maximus fuera
reconocido en todo el imperio. La desgracia de los romanos consistió, pues, en
haber ignorado la ley hebraica y luego ignorar la ley de los discípulos de
nuestro Salvador Jesucristo, no haber tenido fe en El, haber mezclado el culto
de un Dios supremo con el culto de Marte, Venus, Minerva y Apolo, que no
existían. Afortunadamente, los godos, hunos, vándalos, hérulos, lombardos y
francos, que destruyeron este imperio, se sometieron a la verdad y gozaron de
la felicidad que fue negada a los Escipiones, Catón, Metulo, Emilio, Varrón,
Virgilio y Horacio.
Todos esos grandes hombres ignoraron a Jesucristo porque no podían
conocerle, pero no adoraron al diablo como tantos pedantes repiten todos los
días. ¿Cómo hubieran adorado al diablo, del que nunca oyeron hablar?
Warburton calumnió a Cicerón y a la antigua Roma, así como a sus
contemporáneos. Supone temerariamente que Cicerón pronunció estas palabras en
su Oración por Flaco: «Es indigno de la majestad del imperio adorar un solo
Dios» (Majestatem imperii non decuit ut unus tantum Deus colatur.) No es
creíble porque no hay una palabra de esto en la Oración por Flaco, ni en
ninguna obra de Cicerón. En ella trata de algunas vejaciones de las que
acusaban a Flaco, que había sido pretor en el Asia Menor. Le perseguían solapadamente
los judíos, que en aquel tiempo inundaban Roma, porque había obtenido a fuerza
de dinero privilegios en dicha ciudad, al mismo tiempo que Pompeyo, después de
Craso, al tomar Jerusalén, mandó ahorcar a su reyezuelo Alejandro, hijo de
Aristóbulo. Flaco prohibió que pasaran monedas de oro y plata a Jerusalén,
porque esas monedas volvían alteradas con perjuicio para el comercio, e hizo
que se incautaran del oro que llevaban a dicha ciudad en fraude. Ese oro, dice
Cicerón, está aún en el tesoro; Flaco ha obrado con el mismo desinterés que
Pompeyo. Cicerón, con su ironía proverbial, pronuncia estas palabras: «Cada
país tiene su religión y nosotros tenemos la nuestra. Cuando Jerusalén era
todavía libre y los judíos estaban en paz, no por eso sentían menos horror del
esplendor de este imperio, de la dignidad del hombre romano y de las
instituciones de nuestros antepasados. Hoy esa nación ha hecho ver, más que
nunca, por la fuerza de sus armas, lo que debe pensar del imperio romano; nos
ha mostrado por su valor cuánto es querida de los dioses inmortales, y nos ha
dado prueba de ello quedando vencida, dispersa y tributaria».
Es falso, pues, que Cicerón ni otro romano dijeran nunca que no fuera
digno de la majestad del imperio reconocer un Dios supremo. Su Júpiter, el Zeus
de los griegos, el Jehová de los fenicios, fue siempre tenido por el señor de
los dioses subalternos. Nunca se inculcará bastante esta gran verdad.
¿No tuvieron los romanos varios dioses que no tomaron de los griegos?
Por ejemplo, no podían haber sido imitadores adorando a Coelum cuando los
griegos adoraban a Urano, ni rezando a Saturno y a Tellus cuando los griegos lo
hacían a Gea y a Cronos. Llamaban Ceres a la que los griegos llamaban Deo y
Demeter. Su Neptuno era Poseidón, su Venus era Afrodita, su Juno se llamaba en
griego Hera, su Proserpina era Coré, su favorito Marte era Ares, y su favorita
Bellone era Enio. No hay un nombre que se parezca. ¿Hubo relaciones entre los
ingenios griegos y romanos, o unos tomaron de otros las divinidades y les
cambiaron los nombres? Es bastante natural que los romanos, sin consultar a los
griegos, se hicieran dioses del cielo, del tiempo, de una divinidad de la guerra,
de la generación y de las cosechas sin pedir dioses a Grecia, como luego fueron
a pedirles las leyes. Cuando encontráis un nombre que no se asemeja a nada,
parece justo que sea originario del país. Pero Júpiter, señor de todos los
dioses, ¿no es una palabra que pertenece a todas las naciones, desde el
Éufrates hasta el Tíber? Entre los primeros romanos era Jow, Jovis‑Zeus entre
los griegos, y Jehová entre los fenicios, sirios y egipcios. Esta semejanza,
¿no parece confirmar que esos pueblos tenían conocimiento del Ser supremo?
Conocimiento confuso, ciertamente, pero ¿qué hombre puede tenerlo con absoluta
claridad?
Spinoza se ve obligado a admitir que existe una inteligencia que obra en
la materia y forma un todo con ella.
«Debo concluir —dice él— que el Ser absoluto no es pensamiento ni
extensión, ni exclusión de uno y otro, sino que la extensión y el pensamiento
son atributos necesarios del Ser absoluto.»
En esto parece diferir de todos los ateos de la Antigüedad: Lucano,
Heráclito, Demócrito, Leucipo, Estratón, Epicuro, Pitágoras, Diágora, Zenón de
Elea, Anaximandro y tantos otros. Difiere sobre todo por su método, que sacó
por entero de la lectura de Descartes, de quien ha imitado hasta el estilo. Lo
que sorprenderá a los admiradores de Spinoza que nunca le han leído, es su
declaración. No la hace buscando la admiración de los hombres, apaciguar a los
teólogos, conseguir protectores ni desarmar un partido; habla como filósofo sin
nombrarse, sin presunción, y escribe en latín para que le entienda un reducido
número de hombres. He aquí su profesión de fe.
«Si yo concluyera también que la idea de Dios, que subyace en la
infinitud del universo, me dispensa de la obediencia, del amor y del culto,
haría un uso más pernicioso de mi razón, porque tengo la evidencia de que las
leyes que he recibido, no por medio de los hombres, sino inmediatamente de él,
son las que la inteligencia natural me hace conocer por verdaderas guías de una
conducta razonable. Si a este respecto careciera de obediencia, pecaría no sólo
contra el principio de mi ser y contra la sociedad de mis semejantes, sino
contra mí mismo, privándome de la más sólida ventaja de mi existencia. Cierto
que esta obediencia sólo me obliga a los deberes de mi estado y me hace encarar
el resto como prácticas frívolas, inventadas supersticiosamente o para utilidad
de quienes las han instituido.
»Respecto al amor de Dios, lejos de que esta idea lo pueda debilitar
opino que ninguna otra es más adecuada para aumentarlo, pues me hace conocer
que Dios es íntimo a mi ser; que me ha dado la existencia y todas mis
propiedades, pero liberalmente, sin reproche, ni interés, sin sujetarme a otra
cosa que a mi naturaleza. Ella suprime el temor, la inquietud y la
desconfianza, y todos los defectos de un amor vulgar o interesado, me hace
sentir que es un bien que poseo y no debo perder, tanto más cuanto más lo conozco
y amo.»
Esta profesión de fe hubiera podido firmarla el virtuoso y tierno
Fenelón. ¿Cómo dos hombres de pensamiento tan encontrado han podido coincidir
en la idea de amar a Dios por sí mismo, con ideas de Dios tan diferentes? Debo
confesar que ambos se dirigían a la misma meta, uno como cristiano y el otro
como hombre que tenía la desgracia de no serlo.
El santo arzobispo, como filósofo convencido de que a Dios hay que
distinguirlo de la naturaleza; el otro, como discípulo desviado de Descartes se
figuraba que Dios es la naturaleza entera. El primero era ortodoxo y el segundo
se equivocaba, convengo en ello, pero los dos son de estimar tanto por su
sinceridad como por sus costumbres afables y sencillas, aunque nunca hubo
relación entre el imitador de la Odisea y un cartesiano seco, erizado de
argumentos; entre un ingenio de la corte de Luis XIV, revestido de eso que
llaman una gran dignidad, y un pobre judío desjudaizado que vivía con
trescientos florines de renta en la más profunda oscuridad. La única semejanza
entre ellos es que Fenelón fue acusado ante el sanedrín de la nueva ley, y el
otro ante una sinagoga tan desprovista de poder como de razón; pero el uno se
sometió, y el otro se rebeló.
Del fundamento de la filosofía de Spinoza. El gran dialéctico Bayle refutó a Spinoza. El sistema filosófico de éste
no está demostrado como una proposición de Euclides; si lo estuviera, no podría
combatirse. Es, al menos, oscuro. Siempre he sospechado que Spinoza, con su
sustancia universal, sus modos y sus accidentes, entendió una cosa diferente de
lo que Bayle entiende, y por consiguiente éste pudo haber tenido razón sin
haber confundido a Spinoza. Siempre he creído, sobre todo, que Spinoza muchas
veces ni se entendía él mismo, siendo esta la principal razón de que no le
hayan entendido los demás.
Creo que se podría abrir brecha en las murallas del spinozismo por el
lado que no ha intentado Bayle. Spinoza opina que sólo puede existir una sola
sustancia, y parece que se funda en la opinión de Descartes según la cual todo
está lleno. Pero tan falso es decir que todo está lleno, como decir que todo
está vacío. Actualmente está demostrado que el movimiento es imposible en el
lleno absoluto, como es imposible que en una misma balanza un peso de dos
libras eleve un peso de cuatro. Porque si todos los movimientos exigen por
necesidad espacios vacíos, ¿en qué queda la sustancia única de Spinoza? ¿Cómo
la sustancia de una estrella, entre la cual y nosotros media un espacio vacío
tan inmenso, será precisamente la sustancia de nuestra tierra, la sustancia de
mí mismo, la sustancia de una mosca devorada por una araña? Quizá me equivoco,
pero nunca he admitido, como Spinoza, una sustancia infinita cuyo pensamiento y
materia son dos modalidades, admitiendo la sustancia, que él llama Dios, y de
la que todo lo que vemos es modo o accidente, ha podido empero rechazar las
causas finales. Si ese ser infinito, universal, piensa, ¿cómo no tendrá
designios? Si los tiene, ¿cómo no tendrá voluntad? Nosotros somos —dice
Spinoza— modos de ese ser absoluto, necesario, infinito. Yo digo a Spinoza:
«Nosotros, que no somos más que modos, tenemos voluntad y designios; luego ese
ser infinito, necesario, absoluto, no puede carecer de ellos; por tanto, tiene
voluntad, designios y poder».
Sé muy bien que varios filósofos, sobre todo Lucrecio, han negado las
causas finales; también sé que Lucrecio, aunque poco castigado, es un gran
poeta en sus descripciones y en su moral, pero en filosofía, a mi parecer, está
muy por debajo del portero de un colegio y de un sacristán de parroquia.
Afirmar que ni el ojo está hecho para ver, ni el oído para oír, ni el estómago
para digerir, ¿no es el absurdo más enorme, la más repelente locura en que haya
caído jamás el espíritu humano? No veo en la naturaleza, como en las artes, más
que causas finales, y creo que un manzano está hecho para producir manzanas,
como creo que un reloj está hecho para marcar la hora. Es de advertir que si
Spinoza, en varios lugares de sus obras, se burla de las causas finales, las
reconoce más expresamente que nadie en la primera parte de El Ser en general y
en particular. He aquí sus palabras:
«Permitidme que me detenga un momento para admirar el maravilloso don de
la naturaleza, el cual habiendo enriquecido la constitución del hombre con
todos los resortes necesarios para prolongar hasta cierto punto la duración de
su frágil existencia, y para animar el conocimiento que tiene de sí mismo por
el de una infinidad de cosas alejadas, parece que deliberadamente, no le dotó
de los medios para conocer aquéllas de las que está obligado a hacer un uso más
ordinario, y hasta de los individuos de su especie. Sin embargo, bien mirado
esto es menos el efecto de un rehusamiento que el de una extrema liberalidad,
pues si hubiera algún ser inteligente que pudiera sojuzgar a otro contra su
voluntad, sería tan superior a él que, por lo mismo, sería excluido de su
sociedad; en vez de esto, en el estado presente cada individuo, gozando de él
mismo con plena independencia, sólo se comunica en lo que le conviene.»
De esto se deduce que Spinoza se contradice a menudo, que no siempre
tiene ideas claras y que en el gran naufragio de los sistemas se salva ya
agarrándose a una tabla, ya a otra. En esta debilidad se parece a Malebranche,
Arnauld, Bossuet y Claude, que se contradicen a veces en sus disputas, y que
era como tantos metafísicos y teólogos. Yo deduzco que debo desconfiar con más
razón de todas mis ideas sobre la metafísica, porque soy un animal débil que
camina sobre arenas movedizas en las que continuamente se hunden mis pies y que
quizá no hay mayor locura que la de creer que siempre se tiene razón.
Sois muy confuso, Baruch Spinoza, pero, ¿sois tan peligroso como se
dice? Yo mantengo que no, por la sencilla razón de que sois confuso de que
habéis escrito en mal latín y de que en Europa no hay diez personas que os
hayan leído de cabo a rabo, aunque os han traducido al francés. El autor
peligroso es el que leen los ociosos y las damas.
Hobbes, autor de El sistema de la naturaleza, ha tenido la suerte de que
le lean los sabios, ignorantes y damas; posee, pues, en el estilo, méritos de
los que carecía Spinoza: claridad con frecuencia y algunas veces elocuencia,
aunque pueden reprochársele ciertas repeticiones, declamaciones y
contradicciones como los demás. En cuanto al fondo, debemos desconfiar con
frecuencia de su física y su moral. Se trata aquí del interés del género
humano. Examinemos, pues, si su doctrina es verdadera y útil, y procuremos ser
breves.
«El orden y desorden no existen en absoluto, etc.»
¿De modo que en física un niño que nace ciego, o sin piernas, un
monstruo, no es contrario a la naturaleza de la especie? ¿No es la regularidad
ordinaria de la naturaleza la que hace el orden, y la irregularidad la que hace
el desorden? ¿No es un gran desorden funesto que un niño al que la naturaleza
le ha dotado de hambre, la naturaleza le haya cerrado el esófago? Las
evacuaciones de toda clase son necesarias y muchas veces los conductos carecen
de orificios, lo que obliga a ponerle remedio; este desorden tiene
indudablemente su causa. No hay efecto sin causa, pero éste es un efecto muy
desordenado. El asesinato del amigo, del hermano, ¿no es un desorden horrible
en moral? Las calumnias de Garasse, Le Tellier y Doucin, contra los
jansenistas, y las de los jansenistas contra los jesuitas; las imposturas de
Patouillet y Paulian, ¿no son pequeños desórdenes? ¿La matanza de la noche de
San Bartolomé, las de Irlanda y un largo etcétera, no son desórdenes
execrables? Ese crimen tiene su causa en las pasiones, pero el efecto es
execrable; la causa es fatal y ese desorden espeluzna. Queda por descubrir, si
se puede, el origen de ese desorden, pero existe.
»La experiencia prueba que las materias que miramos como inertes y
muertas adquieren acción, inteligencia y vida, cuando se combinan de cierta
manera.»
En esto precisamente consiste la dificultad. ¿Cómo un germen adquiere
vida? El autor y el lector no lo saben. De ahí los dos volúmenes del Sistema,
¿y los demás sistemas del mundo no son quimeras?
«Se necesitaría definir qué es la vida y esto lo creo imposible.»
Esta definición, ¿no es facilísima y muy común? ¿La vida no es
organización con inteligencia? Pero que tengamos esas dos propiedades por el
sólo movimiento de la materia, es imposible dar pruebas, y si pudiera probarse,
¿por qué afirmarlo? ¿Por qué decir en voz alta Yo soy, cuando se dice en voz
baja Yo ignoro?
«Alguno se preguntará qué es el hombre, etc.»
Seguramente este artículo no es más claro que los más oscuros de
Spinoza, y muchos lectores se indignarán del tono tan decisivo que toma sin
explicar nada.
«La materia es eterna y necesaria, pero sus formas y combinaciones son
pasajeras y contingentes, etc.»
Es difícil comprender cómo es posible que la materia, siendo necesaria y
no existiendo ningún ser libre, según el autor, tenga algo de contingente. Se
entiende por contingencia lo que puede ser y no ser; pero todo debiendo ser de
una necesidad absoluta, toda manera de ser, que el autor denomina mal a
propósito contingente, es de una necesidad tan absoluta como el ser mismo. En
esto nos encontramos en un laberinto del que no vemos la salida. El que se
atreve a asegurar que Dios no existe y la materia obra por sí misma, por una
necesidad eterna, debe demostrarlo como una proposición de Euclides, sin lo
cual no apoya su sistema más que en una presunción. ¡Valiente fundamento para
la cosa que más interesa al género humano!
«Si por propia naturaleza el hombre busca su bienestar, no es menos
cierto que también debe indagar los medios de obtenerlo. Sería inútil y quizás
injusto pedir a un hombre que sea virtuoso, si sólo puede serlo a costa de su
desgracia. Desde que el vicio le hace dichoso, debe amar el vicio.»
En pura moral, esta aserción es más execrable que las opiniones que se
refieren a falsedades en física. Aun cuando fuera verdad que un hombre no puede
ser virtuoso sin sufrir, deberíamos animarle a serlo. La proposición del autor
sería a todas luces la ruina de la sociedad. Además ¿cómo se halla tan seguro
de que no puede ser feliz sin tener vicios? ¿No está probado por la experiencia
que la satisfacción de haberlos dominado es cien veces mayor que el placer de
haber sucumbido a ellos, placer siempre emponzoñado y que lleva a la desgracia?
Con el dominio de los vicios se adquiere la tranquilidad, el testimonio
consolador de la conciencia. Entregándose a ellos se pierde el reposo la salud
se arriesga todo. Tanto es así que el autor, en veinte pasajes, quiere que se
sacrifique todo a la virtud y sólo formula la siguiente proposición para dar a
su sistema una nueva prueba de la necesidad de ser virtuoso.
«Los que rechazan con tanta razón las ideas innatas… deberían tener en
cuenta que esta inteligencia inefable que gobierna el mundo, de la que nuestros
sentidos no alcanzan a comprender la existencia ni las cualidades, es un ser
pensante.»
En verdad, ¿cómo se puede deducir de esta carencia de ideas innatas que
Dios no existe? ¿No es absurda esta consecuencia? ¿Hay alguna contradicción en
decir que Dios nos proporciona las ideas por medio de nuestros sentidos? ¿No es
evidente que si él es un ser todopoderoso que nos ha dado la vida, le debemos
nuestros sentidos y nuestras ideas, así como todo lo demás? Sería preciso haber
probado antes que Dios no existe y esto el autor no lo ha hecho, incluso ni
intentó hacerlo hasta esta página del capítulo X.
Por miedo a fatigar a los lectores con el examen de fragmentos sueltos
voy a ocuparme ahora del fundamento del libro, y del sorprendente error en que
ha erigido su sistema. Debo sencillamente repetir lo que he dicho en otra
parte.
Historia de anguilas sobre las que está fundado el sistema. Allá por el año 1750, en Francia había un jesuita inglés llamado
Needham, secularizado, que era preceptor del sobrino del arzobispo de Toulouse.
Needham hacía experiencias de física, y sobre todo, de química. Después de
poner harina de centeno, con el cornezuelo, en botellas bien tapadas y jugo de
cordero hervido en otras botellas, creyó que el jugo de cordero y el centeno
habían hecho nacer anguilas, las cuales pronto reprodujeron otras, y que así se
formaba, indiferentemente, una raza de anguilas de un jugo de carne o de un
grano de centeno. Un físico famoso no dudó que Needham era un redomado ateo y
concluyó que puesto que se hacían anguilas con harina de centeno se podían
hacer hombres con harina de trigo candeal, que la naturaleza y la química lo
producían todo, y que estaba demostrado que se podía prescindir de un Dios
creador de las cosas.
Esta propiedad de la harina engañó fácilmente a un hombre extraviado en
ideas que deben hacer temblar por la debilidad del espíritu humano. Ese hombre
quería perforar hasta el centro de la tierra para ver el fuego central, disecar
patagonos para conocer la naturaleza del alma humana, embadurnar a los enfermos
con pez común para impedirles transpirar y exaltar su alma para predecir el
futuro. Si añadimos que todavía fue más desgraciado tratando de oprimir a dos
colegas suyos, esto no contribuye al honor del ateísmo y sólo sirve para
replegarnos sobre nosotros mismos con confusión.
Es extraño que hombres que niegan la existencia de un creador se hayan
atribuido el poder de crear anguilas. Pero es más lamentable todavía que
físicos más instruidos adoptaran el ridículo sistema del jesuita Needham y lo
unieran al de Maillet, que pretendía que el Océano había formado los Pirineos y
los Alpes, y que los hombres eran originariamente marsopas cuya cola bifurcada
se transmutó en muslos y piernas andando el tiempo como ya hemos dicho Esas
fantasías pueden situarse con la de las anguilas nacidas de la harina.
Esta transmutación de harina y jugo de cordero en anguilas la demostró
tan falsa y ridícula como efectivamente es M. Spalanzani, mejor observador que
Needham. Pero no eran necesarias sus observaciones para demostrar la
extravagancia de una ilusión tan palpable. Sin embargo, en 1768, el traductor
exacto, elegante y juicioso de Lucrecio se dejó sorprender hasta tal punto que,
no sólo refiere en sus notas del libro VIII, página 361, las pretendidas
experiencias de Needham, sino que hace cuanto puede para constatar su validez.
He aquí, pues, el nuevo fundamento del Sistema de la naturaleza. Hobbes,
desde el segundo capítulo, se expresa así:
«Humedeciendo harina con agua y cerrando herméticamente esta mezcla, al
cabo de algún tiempo, con ayuda del microscopio, se observa que se han
producido seres organizados que se creía que la harina y el agua eran incapaces
de producir. De modo que la naturaleza inanimada puede adquirir vida, y ésta no
es más que un ensamblaje de movimientos.»
Aunque esa solemne tontería fuera verdadera, no veo, si razonamos con
rigor, que pruebe la inexistencia de Dios. Porque bien pudo haber un Ser
supremo, inteligente y poderoso, que habiendo formado el sol y las estrellas se
dignara también formar animalillos sin germen. En esto no hay ninguna
contradicción en los términos. Habría que buscar en otra parte la prueba
demostrativa de que Dios no existe.
El autor trata con gran desprecio las causas finales porque es un
argumento manido, pero este argumento tan despreciado es de Cicerón y Newton, y
por esto sólo los ateos deberían desconfiar más de sí mismos. Son muchos los
sabios que, al observar el curso de las estrellas y el arte prodigioso que
reina en la estructura de los animales y vegetales, reconocen una mano poderosa
en esas continuas maravillas.
El autor pretende que la materia ciega y sin elección produce animales
inteligentes. ¿Es concebible producir sin inteligencia seres que la tienen? ¿Se
apoya este sistema en la mínima verosimilitud? Una opinión tan contradictoria
exige pruebas tan asombrosas como ella misma. El autor no da ninguna, ni prueba
nada; afirma sin más todas sus presunciones. ¡Cuánto caos, cuánta confusión y
cuánta temeridad! Spinoza, al menos, confesaba que hay una inteligencia que
obra en ese gran todo que constituye la naturaleza; en esto había filosofía.
Pero me veo obligado a decir que no vislumbro ninguna filosofía en el nuevo
sistema.
La materia es extensa, sólida, está sujeta a la ley de la gravedad y es
divisible; esto es tan cierto como la piedra que tengo en la mano. Pero, ¿se ha
visto alguna vez que una piedra sienta y piense? Si soy extenso, sólido y
divisible, se lo debo a la materia. Pero tengo sensaciones y pensamientos. ¿A
quién se los debo? Al agua y al barro, no, sino verosímilmente a algo más
poderoso que yo. Me decís que lo debo a la sola combinación de elementos.
Probádmelo, pues, y demostrad claramente que una causa inteligente no puede
haberme dotado de inteligencia. Confesad que os halláis metidos en un
atolladero.
El autor combate con éxito al dios de los escolásticos, un dios
compuesto de cualidades discordantes, un dios que le dan, como a los de Homero,
las pasiones de los hombres; un dios caprichoso inconstante vengativo,
inconsecuente, absurdo; pero no puede combatir al Dios de los sabios. Los
sabios, con sólo contemplar la naturaleza, admiten un poder inteligente y
supremo. Tal vez es imposible a la naturaleza humana, sin el socorro divino,
avanzar un paso más. El autor se pregunta dónde reside ese ser; y porque nadie,
sin ser infinito, puede decir dónde se halla, llega a la convicción de que no
existe. Esto no es filosófico, porque cuando no podemos decir dónde está la
causa de un efecto, no debemos sacar la conclusión de que la causa no existe.
Si no habéis visto nunca cañoneras, y observáis el efecto de una batería de
cañones, no debéis decir que esa batería actúa sola por propia virtud. No basta
decir que Dios no existe para que os crean bajo vuestra palabra. En fin, su
gran objeción la funda en las desgracias y crímenes del género humano. Objeción
tan antigua como filosófica, objeción común pero fatal y terrible a la que sólo
se encuentra respuesta en la esperanza de una vida mejor. ¿Y cuál es esta
esperanza? Nosotros no podemos tener ninguna certeza por medio de la razón.
Pero me atrevo a decir que cuando nos hallamos ante la evidencia de que un
vasto edificio, erigido con el mayor arte, ha sido construido por un arquitecto
cualquiera, debemos creer que ese arquitecto existe, aunque el edificio esté
teñido de nuestra sangre, manchado de nuestros crímenes y que nos aplastará al
derrumbarse. No examino siquiera si el arquitecto es bueno, si debo estar
satisfecho de su edificio, si tengo que salir o permanecer en él, si los que,
como yo, habitan esa casa por algún tiempo están contentos en ella; sólo
compruebo si es verdad que existe el arquitecto o si la casa, que contiene tan
hermosos apartamentos y tan hórridos zaquizamís, se construyó sola.
De la necesidad de creer en un Ser supremo. En mi opinión, el gran objeto, el gran interés, no consiste tanto en
argumentaciones metafísicas cuanto en sopesar si es preciso para el bien común
de nosotros, animales miserables y pensantes, admitir un Dios remunerador y
vengador, que nos sirva a la par de freno y consuelo, o rechazar esta idea
abandonándonos a nuestros sufrimientos sin esperanza y a nuestros crímenes sin
remordimiento.
Hobbes dice que si en una república donde no se reconociera a ningún
dios algún ciudadano propusiera uno, él lo haría ahorcar. Parece que, con esta
extraña exageración, hace referencia a un ciudadano que quisiera dominar en
nombre de Dios, a un charlatán que intentara erigirse en tirano. Pero yo lo
entiendo de otro modo: ese ciudadano, consciente de la debilidad humana, de su
perversidad y su miseria, busca un punto fijo para asegurar su moral, un apoyo
que le sostenga en las vicisitudes y en los horrores de esta vida.
Desde Job hasta nosotros, una multitud de hombres ha maldecido su
existencia. Tenemos, pues, una perpetua necesidad de consuelo y esperanza.
Vuestra filosofía nos priva de ambas cosas. La fábula de Pandora, al menos, nos
dejaba la esperanza y vos nos la quitáis. La filosofía, según vos, no aporta
ninguna prueba de felicidad venidera. Por descontado, pero vos no aportáis
ninguna demostración de lo contrario. Bien pudiera ser que haya en nosotros una
mónada indestructibles que siente y piensa, sin que sepamos cómo está hecha esa
mónada. La razón no se opone en absoluto a esa idea, aunque la sola razón no la
prueba. Esta opinión supera, con mucho, a la vuestra; la mía es útil al género
humano y la vuestra es funesta porque, digáis lo que digáis, puede producir los
Nerón, Alejandro VI y los Cartouche. La mía puede reprimirlos.
Marco Antonio y Epicteto creían que su mónada, de cualquier clase que
fuera, se uniría a la mónada del Ser supremo, y fueron los más virtuosos de los
hombres.
En la duda en que estamos sumidos, no os digo con Pascal «Tomad lo más
seguro», pues nada hay seguro en la incertidumbre. No se trata de apostar, sino
de examinar: debemos juzgar y nuestra voluntad no decide el fallo. No propongo
que creáis cosas extravagantes para sacaros del apuro: ni os digo id a la Meca
a besar la piedra negra para instruiros, o poneos un escapulario y sed
imbéciles y fanáticos para adquirir el favor del Ser de los seres. Pero sí os
digo que continuéis cultivando la virtud, haced el bien y mirad toda
superstición con horror o con caridad; adorad conmigo el designio que se
manifiesta en toda la naturaleza y por consecuencia al autor de ese designio,
que es la causa primordial y final de todo. Esperad conmigo que nuestra mónada
que razona sobre el Ser supremo y eterno pueda ser feliz por voluntad de dicho
Ser supremo. No hay en esto contradicción y vos no me demostraréis que eso sea
imposible, como tampoco puedo demostraros matemáticamente que esté en lo
cierto. Nosotros no razonamos como metafísicos más que sobre probabilidades,
porque nadamos todos en un mar del que jamás hemos visto la orilla. ¡Ay de los
que pelean mientras están nadando! Que llegue a la playa el que pueda, pero el
que grita «estáis nadando en vano; la playa no existe», me desalienta y me
quita las fuerzas. En nuestra disputa se trata de consolar nuestra desgraciada
existencia. ¿Quién la consuela, vos o yo? Vos confesáis, en algunos lugares de
vuestra obra, que la creencia en Dios retuvo algunos hombres al borde del crimen;
me basta esta confesión. Aunque esta opinión hubiera evitado tan sólo diez
crímenes, diez calumnias, diez sentencias inicuas en la tierra, yo la tengo por
buena y quisiera que la abrazara todo el mundo.
Decís que la religión ha producido un sinnúmero de fechorías, pero decid
más bien la superstición que reina sobre nuestro desventurado Globo y que es la
más cruel enemiga de la adoración pura que debemos al Ser supremo. Detestemos
ese monstruo que siempre ha desgarrado el seno de su madre: los que lo combaten
son los bienechores del género humano. Es una serpiente que se enrosca en la
religión: hay que aplastarle la cabeza sin herir la cabeza con la que infecta y
devora. Teméis «que adorando a Dios se vuelva uno supersticioso y fanático»,
pero, ¿no es más temible que negándole se entreguen a las pasiones más atroces
y a los crímenes más horrendos? ¿No hay entre esos dos excesos un término medio
más razonable? Entre esos dos escollos el refugio es Dios y leyes sabias.
Afirmáis que sólo media un paso de la adoración a la superstición. Ese paso
jamás lo dan los espíritu bien formados, y ellos son actualmente muy numerosos;
están a la cabeza de las naciones, influyen en las costumbres públicas, y de
año en año el fanatismo, que cubría la tierra, se ve despojar de sus
detestables usurpaciones.
Decís en la página 223: «Si se suponen relaciones entre el hombre y ese
ser increíble, se deberá elevarle altares, presentarle ofrendas, etc.; si no se
concibe nada de ese ser, será preciso recurrir a sacerdotes que…» ¡Qué gran mal
reunirse en tiempos de cosecha para agradecer a Dios el pan que nos ha dado!
¿Quién os dice que hagáis ofrendas a Dios? La idea de hacerlo es ridícula,
pero, ¿qué mal hay en encargar a un ciudadano, llámese anciano o sacerdote,
tributar acciones de gracias a la Divinidad en nombre de otros ciudadanos? Con
tal de que ese sacerdote no sea un Gregorio VII, que está por encima de los
reyes, o un Alejandro VI, que mancha con un incesto el seno de su hija, a la
que engendró por un estupro, y cometió asesinatos y envenenamientos, ayudado
por su bastardo, en las personas de casi todos los príncipes vecinos; con tal
de que en su parroquia ese sacerdote no sea un bribón que robe en el bolsillo
de los penitentes que se confiesen con él, ni que emplee ese dinero en seducir
a las doncellas que catequiza; con tal de que ese sacerdote no sea un Le
Tellier, que pone todo un reino en conmoción por trapacerías dignas de la
picota, o un Warburton, que viola las leyes de la sociedad revelando los
papeles secretos de un miembro del Parlamento para perderle y que calumnia a
quienquiera que no opine como él. Estos últimos casos son raros. El estado del
sacerdote es un freno que le obliga a conducirse con decoro. Un sacerdote necio
inspira desprecio; un mal sacerdote infunde horror; un buen sacerdote, afable,
piadoso, sin superstición, caritativo y tolerante, es un hombre que debemos
amar y respetar. Vos teméis el abuso y yo también. Unámonos para evitarlo, pero
no condenemos el sacerdocio cuando es útil a la sociedad y no está pervertido
por el fanatismo o la maldad fraudulenta.
Quisiera deciros algo muy importante. Estoy convencido de que estáis
sumido en un gran error, pero estoy convencido también de que procedéis
honradamente en vuestra equivocación. Queréis que el hombre sea virtuoso,
aunque habéis dicho, por desgracia, que «desde que el vicio hace al hombre
dichoso, debe amar el vicio», proposición horrenda que vuestros amigos hubieran
debido haceros borrar. Por todas partes se estima vuestra probidad. Pero esta
disputa filosófica sólo se entablará entre vos y algunos filósofos esparcidos
por Europa; el resto del mundo ni siquiera oirá hablar de ella y el pueblo no
nos lee. Si algún teólogo quisiera perseguiros sería un malvado, un imprudente
que no serviría más que para afirmaros y hacer nuevos ateos. Estáis equivocado,
pero los griegos no persiguieron a Epicuro y los romanos dejaron tranquilo a
Lucrecio. Debemos respetar vuestro genio y vuestra virtud, pero, eso sí,
refutándoos con todas las fuerzas.
El mejor homenaje que podemos tributar a Dios es tomar su defensa sin
cólera; como el más indigno retrato que puede hacerse de El es pintarle
vengativo y furioso. El es la verdad misma y la verdad no tiene pasiones. El
verdadero creyente proclama que Dios es infinitamente bueno y justo. Creo con
vos que el fanatismo es un monstruo mil veces más peligroso que el ateísmo
filosófico. Spinoza jamás cometió una mala acción; Chastel y Ravaillac, devotos
los dos, asesinaron a Enrique IV.
El ateo estudioso casi siempre es un filósofo apacible; el fanático es
casi siempre turbulento. Pero el ateo cortesano y el príncipe ateo pudieran ser
el azote del género humano. Borgia y sus semejantes hicieron tanto mal como los
fanáticos de Munster y los de Cévennes; me refiero a los fanáticos de los dos
partidos. La desgracia de los ateos estudiosos es que hacen ateos cortesanos.
Quirón crió a Aquiles y le alimentó con tuétano de león; mucho más tarde,
Aquiles arrastró el cuerpo de Héctor alrededor de las murallas de Troya y,
sediento de venganza, inmoló doce cautivos inocentes.
Guárdenos Dios de un abominable sacerdote que descuartiza a un rey con
su hacha sagrada, o de aquel que, tocado con casco y revestido de armadura, a
la edad de setenta años se atrevió a firmar con tres dedos ensangrentados la
ridícula excomunión de un rey de Francia y un largo etcétera. Que Dios nos
preserve también de un déspota colérico y bárbaro que, no creyendo en Dios,
fuera su propio dios; que se hiciese indigno de su empleo sagrado, pisoteando
los deberes que ese empleo impone; que sacrificara sin remordimiento a sus
amigos, parientes, servidores, a su pueblo, a sus pasiones. Esos dos tigres, el
uno tonsurado, y el otro coronado, son por igual temibles. ¿Por medio de qué
freno podremos retenerles? Si la idea de Dios, al que nuestras almas pueden unirse,
hizo hombres como Tito, Trajano, Antonio, Marco Aurelio y aquellos grandes
emperadores chinos cuya memoria es tan preciosa en el segundo de los imperios
más antiguos y vastos del mundo, esos ejemplos bastan para mi causa, y mi causa
es la de todos los hombres.
No creo que en Europa haya un solo hombre de Estado, un solo hombre algo
versado en los asuntos del mundo, que no sienta el desprecio más profundo por
todas las leyendas con que nos inundan más de lo que hoy estamos de folletos.
Si la religión no origina más guerras civiles, sólo se lo debemos a la
filosofía, y las disputas teológicas comienzan a ser miradas con ojos de
divertida indiferencia. Una usurpación tan odiosa como ridícula, fundada por un
lado sobre el fraude y por otro sobre la memez, se ve minada cada instante por
la razón, que va asentando su reino. La bula in Caena Domini, obra maestra de
la insolencia y la locura, no se atreve a aparecer ni en la mismísima Roma. Si
un regimiento de frailes hiciera el menor despliegue contra las leyes del Estado,
sería destrozado en el acto. ¿Es que porque se ha expulsado a los jesuitas hay
que expulsar también a Dios? Todo lo contrario, hay que amarle más aún.
DIRECTOR. No voy a ocuparme en este artículo del director de
la Hacienda, ni del director de los hospitales, ni de otra clase de directores,
sino del director de conciencia, o sea del director espiritual que dirige a los
demás hombres y es el preceptor del género humano. Sabe y enseña lo que debe
hacerse y lo que no en todos los casos posibles.
Sería útil que hubiera en todas las cortes un hombre de conciencia al
que el monarca consultara en secreto en ocasiones y osara decirle: Non licet.
Luis el Justo no hubiera iniciado su triste reinado asesinando al primer
ministro y encarcelando a su madre. ¡Cuántas guerras, tan funestas como
injustas, hubieran evitado los buenos directores! ¡Cuántas crueldades habrían
podido impedir! En cambio, muchas veces, creyendo consultar con un cordero, se
consulta con un lobo. Me gustaría saber quién fue el director de conciencia que
aconsejó las matanzas de la noche de San Bartolomé.
El Evangelio no habla de directores, ni de confesores. En los pueblos
paganos no sabemos que tuvieran directores Escipión, Fabio, Catón, Tito,
Trajano y los Antoninos. Bueno es tener un amigo virtuoso que nos recuerde el
deber, pero la conciencia debe dirigir nuestros actos.
Cierto hugonote quedó sorprendido de que una dama católica le dijera que
tenía un confesor para absolverla de sus pecados y un director para evitar que
los cometiera. El hugonote repuso: «Señora, ¿cómo puede hacer agua vuestro
barco con tanta frecuencia, dirigiéndolo dos buenos pilotos?»
Algunas personas doctas aseveran que no corresponde tener director a
todo el mundo, porque es un cargo que sólo se desempeña en las casas de los
grandes y únicamente deben tener las damas de la nobleza. El padre Gobelin,
hombre avaro, sólo era director espiritual de Madame de Maintenon. En las
ciudades, los directores están encargados a menudo de cinco o seis devotas al
mismo tiempo, y las hacen engrescarse, unas veces con sus maridos, otras con
sus amantes, ocupando con frecuencia las plazas que unos u otros dejan libres
¿Por qué las mujeres tienen directores y los hombres no? Por la misma
razón que Mademoiselle de Lavaliere entró en el convento de Carmelitas cuando
la abandonó Luis XIV, mientras que Turena, al verse engañado por Madame de
Coetquen, no se metió fraile. San Jerónimo y Rufino, que fue su antagonista,
eran grandes directores de mujeres casadas y solteras y no encontraron un
senador romano, ni un tribuno militar, que quisiera dejarse dirigir. Necesita
directores el devoto femineo sexu. Los hombres tienen para ellos demasiada
barba, y con frecuencia demasiada fuerza de espíritu.
DIVINIDAD DE JESÚS. Los
socinianos, que los católicos tienen por blasfemos, no reconocieron la
divinidad de Jesucristo Afirman al igual que los filósofos de la Antigüedad,
los judíos, los mahometanos j tantas otras naciones, que la idea de un Dios‑hombre
es monstruosa, que la distancia que media de Dios al hombre es infinita, y que
es imposible que el Ser infinito y eterno se haya encerrado en un cuerpo mortal
y perecedero.
En su apoyo citan a Eusebio, obispo de Cesárea, que en su Historia
eclesiástica, libro I, capítulo XI, declara que es absurdo que la naturaleza no
engendrada e inmutable de Dios topoderoso tome forma humana. Citan también a
los padres de la Iglesia, Justino y Tertuliano, que dicen también lo mismo:
Justino, en su Diálogo con Trifón, y Tertuliano, en su Discurso contra Práxeas.
Citan a san Pablo que no llama Dios a Jesucristo, le llama hombre muchas
veces. Llegan hasta el extremo de afirmar que los cristianos pasaron tres
Siglos en formar poco a poco la apoteosis de Jesús y elevaron ese asombroso
edificio imitando a los paganos, que divinizaban a los mortales. Según los
socinianos, al principio se consideró a Jesús como a un hombre inspirado por
Dios; luego, como una criatura más perfecta que las otras, y algún tiempo
después se le colocó por encima de los ángeles, como dice san Pablo. De día en
día, fue creciendo en grandeza, convirtiéndose en una emanación de Dios
produciéndose en el fluir del tiempo. Posteriormente, le hicieron nacer antes
que al tiempo y consustancial con Dios. Crelio, Volquesio, Natalis Alexander y
Hernebeck apoyaron estas afirmaciones con argumentos que asombran a los sabios
y pervierten a los débiles. Fausto Socin sembró la semilla de esa doctrina en
Europa, y a fines del siglo XVI estuvo en un tris que no se estableció otra
nueva clase de cristianismo, y eso que ya existían más de trescientas.
DIVORCIO. En el artículo de la Enciclopedia titulado
Divorcio se dice que «habiendo introducido los romanos dicha costumbre en las
Galias, Bissine o Bazini abandonó al rey Shuringe, que era su marido, para
seguir a Childerico, que se casó con ella». Es lo mismo que si dijera que,
habiéndolos troyanos establecido el divorcio en Esparta, Helena repudió a
Menelao para irse con Paris a Frigia. La fábula agradable de Paris y la
ridícula de Childerico, que jamás fue rey de Francia, y que suponen raptó a la
esposa de Shuringe, nada tienen que ver con la ley del divorcio. Cita también
el mencionado artículo a Chereverto, reyezuelo de la pequeña ciudad de Lutecia,
que también repudió a su esposa. El abate Velly, en su Historia de Francia,
dice que Chereverto repudió a su esposa Ingoberga para enmaridar con Mirefleur,
hija de un artesano, y luego casó con Theuldegilda, hija de un pastor, que «fue
elevada hasta el primer trono del imperio francés». No había entonces primero
ni segundo trono entre los bárbaros, a los cuales el Imperio romano no
reconoció nunca como reyes. Tampoco existió imperio francés. El Imperio francés
no empezó hasta Carlomagno.
Dice también que el reyezuelo Childerico, señor de la provincia de
Soissons, a quien llaman rey de Francia, se divorció de la reina Andova o
Andovera, y cuentan el motivo de ese divorcio. Andovera, después de haber
tenido de Childerico tres hijos, tuvo una hija. Los francos eran, en cierto
modo, cristianos desde la época de Clovis. Andovera presentó su hija para que
recibiera el bautismo. Childerico, que indudablemente estaba harto de ella,
declaró que había cometido un crimen siendo madrina de su hija y que no podía
seguir siendo su esposa según las leyes de la Iglesia. Y se casó con
Fredegunda. Más tarde, repudió a ésta y casó con una visigoda.
El código de Justiniano, que en gran parte han aceptado las naciones
modernas, autoriza el divorcio, pero el derecho canónico, por el que se rigen
los católicos en esta materia, no lo permite.
El autor del artículo de la Enciclopedia dice que el divorcio se
practica en los estados de Alemania autorizado por el Acta de Augsburgo.
Nosotros podemos añadir que ese uso está establecido en los países del Norte,
entre los protestantes de todas las confesiones posibles y en toda la Iglesia
griega.
El divorcio es probablemente tan antiguo como el matrimonio, pero creo
que el matrimonio debe ser unas semanas más antiguo; o sea que el marido
reñiría con la mujer a los quince días, le pegaría a los treinta, y se
separaría de ella seis semanas después de haber cohabitado.
Justiniano, que compiló todas las leyes promulgadas antes de su época,
añadiendo las que dictó, no sólo respetó la ley del divorcio, sino que le dio
más extensión, hasta el punto de que toda mujer cuyo marido no fuera esclavo,
sino sencillamente prisionero de guerra durante cinco años, podía,
transcurridos éstos, contraer otro matrimonio.
Justiniano era cristiano e incluso teólogo; sin embargo, la Iglesia
derogó sus leyes cuando llegó a ser soberana y legisladora. Los papas, sin
esforzarse, consiguieron que las decretales sustituyeran a ese código de
Occidente, entonces sumergido en la ignorancia y la barbarie. Supieron servirse
en provecho propio de la necedad de los hombres hasta tal extremo que Honorio
III, Gregorio IX e Inocencio III, prohibieron mediante bulas que se enseñara el
derecho civil. Como desde entonces únicamente la Iglesia mandó en todo lo
relativo al matrimonio, también mandó respecto al divorcio, y no hubo un
monarca que se divorciara, ni que contrajera segundas nupcias, sin permiso del
papa antes de la época de Enrique VIII, rey de Inglaterra, que se casó sin este
permiso después de solicitar mucho tiempo que la Curia romana terminara el
proceso. Esa costumbre, que se estableció en tiempos de ignorancia, se perpetuó
en épocas más ilustradas, porque todo abuso se eterniza por sí mismo. Enrique
IV sólo consiguió ser padre de un rey de Francia por decreto del papa, y
todavía necesitó, como queda dicho en otro artículo, para que se fallara su
divorcio, mentir afirmando que el matrimonio no se había consumado.
DOGMAS. Es sabido que las creencias que enseña la
Iglesia son dogmas que debemos acatar; lo malo es que algunos dogmas admitidos
por la Iglesia latina son rechazados por la Iglesia griega. Pero si falta la
unanimidad, cabe sustituirla por la caridad; es entre los corazones donde
debemos establecer la unión. A propósito de esto, voy a contaros un sueño que
tuve y que divirtió a algunas personas pacíficas.
El 18 de febrero de 1773 de nuestra era fui transportado al cielo, como
saben mis amigos. No fui a lomos del jumento Borac, como Mahoma, ni en el carro
en llamas de Elías, ni montado en el elefante del siamés Sammonocodam, ni en el
caballo de San Jorge, patrón de Inglaterra, ni en el cerdo de San Antonio;
confieso ingenuamente que hice el viaje no sé cómo. Se creerá fácilmente que
quedé deslumbrado al llegar al cielo y no se creerá que vi juzgar a los
muertos. ¿Y quiénes eran los jueces? Hombres que fueron bienhechores de la
humanidad: Confucio, Solón, Sócrates, Tito, los Antoninos, Epicteto, todos los
grandes hombres que enseñaron y practicaron las virtudes que Dios exige y que
parece deben tener derecho a pronunciar esas sentencias definitivas.
No podré decir con exactitud en qué tronos estaban sentados, ni cuántos
millones de seres celestes se prosternaban ante el creador de todos los mundos,
ni qué multitud de habitantes de esos innúmeros globos comparecieron ante los
jueces. Sólo referiré algunas particularidades, muy interesantes, que me
chocaron.
Noté que cada muerto que defendía su causa y se jactaba de nobles
sentimientos, tenía al lado los testimonios de sus actos. Por ejemplo cuando el
cardenal de Lorena se vanagloriaba de que el Concilio de Trento hubiera
adoptado algunas de sus opiniones, y por premio de su ortodoxia pedía que le
concedieran la vida eterna, de pronto aparecieron a su alrededor veinte damas
de la corte que llevaban escrito en la frente el número de citas que habían
tenido con él. A su lado estaban también los que le ayudaron a fundar la Liga y
le rodeaban todos los cómplices de sus perversos designios.
Enfrente del cardenal de Lorena estaba Calvino, que se vanagloriaba de
haber dado varios puntapiés al ídolo papal, después que otros lo derribaron.
«He escrito contra la pintura y la escultura —decía—, demostré palmariamente
que las obras de arte no sirven para nada y probé que es diabólico bailar el
minueto. Expulsad inmediatamente de aquí al cardenal de Lorena y colocadme al
lado de san Pablo.» Mientras hablaba se vio allí cerca una hoguera encendida, y
un espectro espantoso, llevando al cuello una gorguera medio quemada, salía de
entre las llamas lanzando horrendos gritos: a ¡Monstruo —gritaba—, monstruo
execrable, tiembla! Reconóceme, soy Servet, a quien hiciste morir en el mayor
de los suplicios por haber disputado contigo la manera cómo tres personas
pueden componer una sola sustancia». Entonces, los jueces ordenaron que el
cardenal de Lorena fuera precipitado en el abismo y Calvino fuera castigado más
rigurosamente.
Vi una inmensa multitud de muertos que decían: «He creído, he creído»,
pero en la frente llevaban escrito: «He hecho», y fueron condenados.
El jesuita Le Tellier apareció orgulloso llevando en la mano la bula
Unigenitus. De repente, a su lado se elevó un montón compuesto de dos mil
escritos contra los jansenistas. Un jansenista les prendió fuego y Le Tellier
fue quemado hasta los huesos, pero el jansenista, que no había sido menos
perseguidor que el jesuita, también fue pasto de las llamas.
Luego se presentaron por la derecha y por la izquierda multitud de
faquires, bonzos y frailes blancos, negros y grises, que creyeron que para
atraerse la gracia del Ser Supremo era preciso cantar, azotarse o ir desnudos.
Oí una voz terrible que preguntó: ¿Qué beneficio habéis hecho a la humanidad?»
A esta voz sucedió un sobrecogedor silencio. Ninguno se atrevió a responder y
todos fueron llevados a los manicomios del cielo. Uno gritaba: «Debemos creer
en la metamorfosis de Xaca»; otro, «No, en las de Sammonocodam». «Baco paró el
sol y la luna», decía otro. «Los dioses resucitaron a Pelocs», decía uno. «Aquí
está la bula in Caena Domini», exclamaba otro. Y el secretario de los jueces
les gritaba: a ¡Al manicomio, al manicomio! »
Una vez terminados los procesos, oí anunciar el siguiente edicto: «De
parte del Eterno Creador, que castiga, perdona y recompensa, hago saber a los
habitantes de los cien mil millones de millones de mundos que nos plugo crear,
que no juzgaremos nunca a dichos habitantes por sus ideas equivocadas, sino
sólo por sus actos, porque tal es nuestra justicia».
Confieso que es la primera vez que oí un edicto semejante; todos los que
había leído en el grano de arena donde he nacido concluían con estas palabras:
Porque tal es nuestra voluntad (1).
(1) Fórmula de los edictos reales de Francia.
DONACIONES. La república romana, que conquistó tantos estados,
cedió algunos a sus amigos. Escipión hizo a Massiniso rey de Numidia. Lúculo,
Sila y Pompeyo dieron media docena de reinos. Julio César entregó Egipto a
Cleopatra. Marco Antonio primero y Octavio después entregaron Judea a Herodes.
Entregar la soberanía de ciudades y provincias a sacerdotes o
congregaciones religiosas, para la mayor gloria de Dios o de los dioses, no se
ha visto en ningún país. Mahoma y sus vicarios, los califas, se apoderaron de
muchos estados para propagar su fe, pero no hicieron donación de ellos; los
poseían por el influjo del Corán y la fuerza de su espada.
La religión cristiana, que al principio sólo fue una congregación de
pobres, estuvo viviendo mucho tiempo de limosnas. La primera donación conocida
fue la de Ananías y Zafira su esposa: consistió en dinero contante y de nada
sirvió a los donantes.
La donación que hizo el emperador Constantino, de Roma y toda Italia, al
papa Silvestre, se mantuvo como parte integrante del sínodo hasta el siglo XVI.
Se supone que Constantino, estando en Nicomedia, recibió el bautismo del obispo
Silvestre, el cual le curó desde Roma la enfermedad de la lepra que estaba
padeciendo, y en recompensa le cedió inmediatamente la ciudad de Roma y sus
provincias occidentales. Si hubiera redactado el acta de esa donación el
director de la Comedia italiana, no la habría concebido con más donaire. Se
añade que Constantino nombró a todos los canónigos de Roma cónsules y
patricios, y que él mismo sostuvo la brida de la yegua para que montara con
mayor facilidad el nuevo emperador‑obispo.
Es de advertir que esa historieta fue en Italia una especie de artículo
de fe, creída y reverenciada en toda Europa durante ocho siglos; y perseguidos
como herejes quienes no la creían.
En nuestros días, no excomulgan a nadie por dudar de que Pepino el
Usurpador diera al papa el exarcado de Rávena. No creerlo hoy sería a lo sumo
un mal pensamiento, un pecado venial que no conlleva la pérdida del cuerpo ni
del alma.
He aquí los motivos que pueden dispensar a los jurisconsultos alemanes
de tener escrúpulos para dar crédito a tal donación:
1.
El bibliotecario Atanasio, cuyo testimonio se cita frecuentemente,
escribió ciento cuarenta años después del hecho.
2.
No es verosímil que Pepino, que no estaba seguro en Francia y guerreaba
contra Aquitania, diera en Italia unos estados que confesaba pertenecían al
emperador que residía en Constantinopla.
3.
El papa Zacarías reconoció al emperador romano‑griego como soberano de
esos territorios que le disputaban los lombardos, y le prestó juramento de
fidelidad según consta en las cartas que el referido papa escribió a Bonifacio,
obispo de Mayenza. Por lo tanto, Pepino no podía ceder al papa los territorios
imperiales.
4.
Cuando Esteban II hizo descender del cielo una carta escrita de puño y
letra de san Pedro, dirigida a Pepino para quejarse de las vejaciones que le
causaba Astolfo, rey de los lombardos, san Pedro no dice que Pepino hubiera
cedido el exarcado de Rávena al papa, y el santo Apóstol no hubiera dejado de
decirlo si hubiese sido cierto, porque sabía mirar por su interés.
5.
Por último, no existe el acta de tal donación, y más raro todavía, ni
siquiera han osado falsificarla. Por toda prueba sólo se encuentran relaciones
vagas y fabulosas escritas por frailes absurdos que se han copiado de siglo en
siglo.
El abogado italiano que escribió en 1722 con el fin de probar que
originariamente las ciudades de Parma y Piacenza fueron concedidas a la Santa
Sede, como dependientes del exarcado, asegura que «despojaron con justicia de
sus derechos a los emperadores griegos por haber sublevado a los pueblos contra
Dios». Así se escribe en nuestros días, pero esto sólo es en Roma. El cardenal
Bellarmino todavía dice algo más sabroso: «Los primitivos cristianos sólo
soportaron a los emperadores por ser más débiles que ellos». La confesión es
franca, y estoy convencido de que Bellarmino tiene razón.
En la época que la Curia romana creyó tener necesidad de títulos sostuvo
que Carlomagno confirmó la donación del exarcado sumando Sicilia, Venecia.
Benevento, Córcega y Cerdeña. Lo malo es que Carlomagno no poseía ninguno de
esos estados y por tanto no pudo darlos, y respecto a la ciudad de Rávena es
evidente que la retuvo, porque en su testamento deja un legado a aquella ciudad
de Rávena, así como a Roma. Los papas deben contentarse con haber poseído ambas
ciudades más tarde, pero en cuanto a Venecia no pueden presentar el acta donde
se les concedía la soberanía.
Se ha discutido durante siglos sobre esas actas y donaciones, pero es
opinión constante, según dice Giannone, mártir de la verdad, que todos esos
documentos surgieron en la época de Gregorio VII.
Está demostrado que la primera donación a la Santa Sede fue la de
Benevento, en virtud de una permuta que hicieron el emperador Enrique III y el
papa León IX, a cuya permuta sólo faltó una formalidad: que el emperador que
cedió dicha ciudad fuera dueño de ella. Pertenecía a los duques de Benevento y
los emperadores romano‑griegos reclamaban el derecho que tenían a ese ducado,
pero la historia es una retahíla de gentes que se ha enriquecido con bienes de
los demás.
La más considerable de las donaciones y la más auténtica fue la que hizo
de sus bienes la famosa condesa Matilde a Gregorio VII. Era una viuda joven que
lo entregó todo a su director espiritual, siendo opinión admitida que el acta
se ratificó dos veces y luego la confirmó el testamento de la condesa. Sin
embargo, en Roma se creyó que Matilde cedió sus estados y bienes presentes y
futuros a su amigo Gregorio VII mediante un acta solemne, en su castillo de
Canosa, en 1077, para salvar su alma y la de sus padres. Y para corroborar ese
santo documento, nos presentan otro extendido en 1102 constando que dicha
donación se hizo en Roma cuyo primer documento se perdió y por ello lo
renovaba, siempre por la salvación de su alma. ¿Cómo pudo perderse un acta tan
importante? ¿Cómo es tan descuidada la Curia romana? ¿Cómo ese documento que se
redactó en Canosa pudo también redactarse en Roma? ¿Qué significa esa
contradicción? Lo único que resalta con claridad es que el alma del que recibía
gozaba de mejor salud que el alma de la donante, que para curarse necesitaba
entregar a sus médicos todo lo que poseía.
Así, en 1102, una soberana queda reducida, mediante un acta en toda
forma, a no poder disponer de un bancal de tierra, y desde la fecha del acta
hasta su fallecimiento acaecido en 1115, se encontraron todavía donaciones
considerables de tierras que hizo la misma condesa a canónigos y frailes, lo
cual prueba que no todo lo habían cedido a Gregorio VII y que el acta de 1102
pudo muy bien haberla redactado, después de su muerte, algún hombre hábil. La
Curia de Roma añadió a esos documentos el testamento de Matilde que confirma
sus donaciones, pero los papas no han presentado nunca ese testamento. Falta
todavía averiguar si dicha condesa, tan rica, pudo disponer de sus bienes, la
mayor parte de los cuales consistían en feudos del imperio. El emperador
Enrique V, su heredero, se apoderó de todo y no reconoció las donaciones ni el
testamento. Los papas, contemporizando, ganaron más que los emperadores usando
de su autoridad, y con los años esos emperadores llegaron a ser tan débiles que
los papas obtuvieron de la sucesión de Matilde lo que hoy se denomina
pomposamente el patrimonio de San Pedro.
Los hidalgos normandos que fueron los primeros instrumentos de la
conquista de Nápoles y Sicilia, realizaron la más hermosa y caballeresca hazana
que imaginarse pueda. Unos cincuenta de ellos salvaron a Salerno en el momento
que un ejército de sarracenos tomaba la ciudad. Otros siete, que eran hermanos,
bastaron para arrojar a dichos sarracenos de toda la región y arrebatársela al
emperador griego, que fue ingrato con ellos. Es natural que los pueblos, cuyo
valor habían reanimado esos héroes, se acostumbraran a obedecerles por
admiración y reconocimiento.
He aquí los primitivos derechos a la corona de las Dos Sicilias. Los
obispos de Roma no podían, pues, conceder esos estados en feudo, como no podían
ceder el reino de Cachemira. Ni siquiera podían conceder la investidura, aunque
se les hubiera pedido, porque en las calendas de la anarquía feudal, cuando el
señor quería tener sus bienes alodiales en feudo para conseguir protección,
necesitaba acudir al soberano o jefe del país donde radicaban dichos bienes y
el papa no era señor de Nápoles, de la Pulla, ni de Calabria.
Se ha escrito mucho respecto a ese derecho de vasallaje, pero ningún
autor se ha ocupado en remontarse a su origen y en ese defecto incurren algunos
jurisconsultos y todos los teólogos. Cada uno de ellos, de un principio
admitido extrae como puede las consecuencias más favorables para su partido. No
paran mientes en averiguar si ese principio es verdadero, si el primer hecho en
que se apoyan es irrefutable. Se parecen a nuestros antiguos novelistas, que
todos dan por cierto que Francus llevó a Francia el casco de Héctor. Ese casco,
indudablemente, era invulnerable, pero, ¿perteneció de verdad a Héctor?
Los hombres de aquella época, que eran tan perversos como imbéciles, y
no se amilanaban de los mayores crímenes, temían que una excomunión les hiciera
execrables ante los pueblos, todavía más perversos e imbéciles. Roberto
Guiscard y Richard, vencedores de la Pulla y de Calabria, fueron en seguida
excomulgados por León IX. Aunque se habían declarado vasallos del imperio, el
emperador Enrique III, descontento de sus feudatarios conquistadores, recabó de
León IX que los excomulgara al frente de un ejército de alemanes. Pero esos
normandos, que no temían las excomuniones como los príncipes de Italia,
derrotaron a los alemanes e hicieron prisionero al papa. Mas para impedir que
en lo sucesivo los emperadores y los papas les molestaran en sus posesiones,
ofrecieron sus conquistas a la Iglesia, con el título de oblata. Bajo esa
denominación, Inglaterra había pagado el dinero de san Pedro, y los primeros
reyes de España y de Portugal, cuando recuperaron los estados que poseían los
sarracenos, prometieron a la Iglesia de Roma dos libras de oro cada año; pero
ni Inglaterra, ni España, ni Portugal, consideraron nunca al papa como su señor
soberano.
El duque Roberto, si bien fue oblato de la Iglesia, no fue feudatario
del papa, ni podía serlo porque los pontífices no eran soberanos de Roma. El
Senado gobernaba entonces la Ciudad Eterna y el obispo sólo ejercía influencia
en ella. El papa era en Roma lo que el elector es en Colonia y hay gran
diferencia entre ser oblato de un santo o ser feudatario de un obispo.
Baronio relata en sus Hechos el supuesto homenaje que tributó Roberto,
duque de la Pulla y de Calabria, al papa Nicolás II. Pero esos Hechos no se
tienen por auténticos, pues dicho homenaje no lo vio nadie, ni se encuentran en
ningún archivo. Roberto se intitulaba duque por la gracia de Dios y de San
Pedro, pero el Apóstol nada le dio ni era rey de Roma. Los demás papas, que no
fueron más reyes que Pedro, no tuvieron inconveniente en recibir el homenaje de
los príncipes que fueron reinando en Nápoles, sobre todo cuando éstos eran más
fuertes que ellos.
En 1213, el rey Juan, llamado Juan sin Tierra y debería llamarse Juan
sin Virtud, al verse excomulgado y con su reino en entredicho lo dio al papa
Inocencio III y a sus sucesores bajo la fórmula siguiente: «Sin obligarme temor
alguno, por mi voluntad y por consejo de mis barones, para conseguir el perdón
de los pecados que cometí contra Dios y contra la Iglesia, cedo Inglaterra e
Irlanda a Dios, a San Pedro y a San Pablo, al papa Inocencio y a sus sucesores
en la silla apostólica». Se declaró feudatario, lugarteniente del papa, pagó
ocho mil libras esterlinas en dinero contante al legado Pandolfo, prometió
otras mil cada año, entregando anticipada la primera suma anual al legado, e
hincando las rodillas ante él se sometió a perderlo todo si dejaba de cumplir
lo prometido. Lo chusco de esa ceremonia fue que el legado se llevó el dinero y
olvidó levantarle la excomunión.
Algunos se preguntan qué donación es más válida, si la del duque Roberto
o la de Juan sin Tierra. Los dos estuvieron excomulgados, los dos cedieron sus
reinos a San Pedro, pero los dos no eran más que administradores. Si los
barones ingleses se indignaron con la venta infame que su rey hizo al papa y la
anularon, los barones napolitanos consiguieron anular también la del duque
Roberto, y si pudieron entonces, también lo harían hoy.
No podemos escapar de este dilema: Inglaterra y la Pulla se cedieron al
papa según las leyes de la Iglesia, o según las de los feudos; si los cedieron
como obispo, o como soberano. Como obispo no puede ser, pues la ley de
Jesucristo prohibió con frecuencia a sus discípulos que adquirieran bienes para
sí y les aseguró que su reino no era de este mundo. Como soberano, hubiera sido
un crimen de lesa majestad imperial, porque los normandos habían tributado ya
homenaje al emperador. Por tanto, para adquirir esos reinos los papas no
poseían ningún derecho espiritual ni temporal. Cuando se desvirtúa una causa
resultan también desvirtuados sus efectos. Por eso ni Nápoles ni Inglaterra
pertenecen ya a los papas.
Hay todavía otra razón para combatir esa antigua cesión fundada en el
derecho de gentes, que posee más fuerza que el derecho de los feudos. El
derecho de gentes se opone a que un soberano dependa de otro, y es ley
consuetudinaria que cada cual sea dueño de su casa, cuando no es más débil que
el otro soberano.
Si los obispos de Roma recibieron reinos, también los cedieron ellos.
Apenas hay un trono en Europa que no hayan regalado. En cuanto un príncipe
conquistaba un país, o intentaba conquistarlo, los papas se lo otorgaban en
nombre de san Pedro. Algunas veces hasta los concedían con antelación, pudiendo
decirse que dieron todos los reinos menos el de los cielos.
Pocos franceses saben que Julio II dio los estados del rey Luis XII al
emperador Maximiliano, que no pudo tomar posesión de ellos, y debemos recordar
que Sixto V, Gregorio XIV y Clemente VIII trataron de entregar Francia al
marido que Felipe II quisiera elegir para su hija Clara Eugenia.
En cuanto a los emperadores, debemos decir que desde Carlomagno acá no
ha habido ninguno que la Curia romana no se haya empeñado en nombrarlo. Pero
todas esas donaciones son grano de anís comparadas con la de las Indias
orientales y occidentales, que hizo Alejandro VI a España y a Portugal con su
pleno poder y autoridad divina. Era regalarles casi todo el mundo y lo mismo
pudo darles los planetas Júpiter y Saturno con sus satélites.
DRÚIDAS. (La escena transcurre en el Tártaro.)
LAS FURIAS (rodeadas de serpientes y con el látigo en la mano).
—Drúida celta, y tú, detestable Calcas, hierofante griego, ha llegado el
momento de renovar nuestros justos suplicios, llegó la hora de las venganzas.
DRÚIDA Y CALCAS. Perdón. ¡Esas serpientes se enroscan en nuestro
cuerpo! Perdón.
CALCAS. Dos víboras me están arrancando los ojos.
DRÚIDA. Una serpiente se ha introducido en mis entrañas y me devora.
CALCAS. ¡Estoy destrozado! ¿Han de aflorar mis ojos para arrancármelos
todos los días?
DRÚIDA. ¿Ha de renacer mi piel para que caiga a girones?
TISÍFONA. Así aprenderás, ruin drúida, a no dar otra vez la hórrea
planta parásita que se llama muérdago de la encina como remedio universal.
¿Seguirás inmolando todavía niñas y niños al dios Theutates? ¿Continuarás
quemándolos en cestos de mimbre al redoble del tambor?
DRÚIDA. No volveré a hacerlo, pero ten compasión de mí.
TISÍFONA. Tú nunca la conociste. Serpientes mías, seguid atormentando a
ese bribón sagrado.
ALECTÁN. Castigad fuerte a Calcas, que viene hacia mí con la mirada
feroz, el aire sombrío y el pelo erizado.
CALCAS. ¡Ay! ¡Me arrancan el pelo, me empalan, me queman!
ALECTÁN. ¡Malvado! ¿Volverás a degollar a las doncellas en vez de
casarlas, sólo para tener el viento propicio?
CALCAS Y DRÚIDA. A pesar de sufrir torturas tan horrendas no podemos
morir.
ALECTÁN Y TISÍFONA. Se oye música. Debe ser Orfeo, pues las serpientes
se han convertido en corderos.
CALCAS. Es extraño lo que me ocurre. ¡Ya no sufro!
DRÚIDA. ¡Estoy alegre! Grande es el poder de la música. ¿Quién eres tú,
hombre divino, que curas las heridas y alegras el infierno?
ORFEO. Compañeros, soy sacerdote como vosotros, pero nunca engañé a
nadie, ni degollé niños. Cuando estuve en el mundo, en vez de animar a que
aborrecieran a los dioses, procuré que los amaran; suavicé las costumbres de
los hombres, que vosotros hicisteis feroces, y tengo ese mismo trabajo en los
infiernos. Allí abajo he encontrado dos bárbaros sacerdotes a los que zurraban
con furia en el trasero; uno de ellos descuartizó a un rey y el otro ordenó
decapitar a su reina. He conseguido poner fin a su penitencia haciendo sonar mi
lira, y ellos a cambio de mi buena acción me han prometido que cuando regresen
al mundo vivirán como hombres honrados.
DRÚIDA Y CALCAS. Nosotros también te lo prometemos, palabra de
sacerdotes.
ORFEO. Sí, pero passato il pericolo, gabbato il santo: en cuanto pasa el
peligro, se engaña al santo. (La escena termina con un baile de condenados y
Furias, en el que Orfeo toca una sinfonía agradable.)
DURMIENTES (LOS SIETE). Conocida es
la fábula en la cual Epiménides estuvo durmiendo durante veintisiete años, y
cuando despertó quedó asombrado al encontrar casados sus nietos, muertos sus
amigos y desconocida para él su ciudad y sus costumbres. Esa invención promovió
muchas críticas y sirvió de magnífico tema para una comedia. La leyenda recogía
los rasgos de la fábula y los ampliaba.
El autor de la Leyenda áurea no fue el primero que en el siglo XIII, en
vez de un durmiente, aseguró que fueron siete, todos ellos mártires. Copió esa
edificante historia de Gregorio de Tours, escritor verídico que la había tomado
de Sigeberto, quien a su vez la copió de Metafrasto y éste de Nicéforo. De este
modo, de mano en mano, llegó la verdad hasta los hombres.
El padre Rivadeneira superó todavía en hipérbole a la Leyenda área en su
célebre libro Flor de los Santos, que Moliere menciona en su comedia Tartufo.
Además, la Leyenda áurea fue traducida, enriquecida y aumentada por el padre
Antoine Girard, jesuita también. Tal vez algunos curiosos se regocijarán de ver
una muestra de la prosa del reverendo padre Girard, y por eso vamos a
transcribir uno de sus párrafos:
«En la época del emperador Decio conmovió la Iglesia un furioso y
espantoso ventarrón. Lo sufrieron, entre otros cristianos, siete hermanos
jóvenes y simpáticos, hijos de un caballero de Éfeso, llamados Maximino, María,
Martiniano, Dionisio, Juan, Serapio y Constantino. El emperador empezó por
quitarles el cinturón dorado. Temerosos, se escondieron en una cueva. El
emperador ordenó tapiar la entrada de la misma, con la intención de que
murieran de hambre.»
En seguida se durmieron los siete y despertaron tras un sueño de ciento
setenta y siete años.
El padre Girard, en lugar de creer que eso es un cuento soporífero,
prueba la autenticidad de la historieta con argumentos de canto, y además dice
que aunque no hubiera más pruebas que los nombres de los siete durmientes, ésta
bastaría, porque nadie da nombre a personajes que no existen. Los siete
durmientes no pueden ser engañadores ni engañados. Si aducimos esa historia es
para comprobar que todos los acontecimientos fabulosos de la Antigüedad los han
rectificado y copiado siempre los antiguos autores religiosos. Las historias de
Edipo, Hércules y Teseo se encuentran en ellos apañadas a su modo; nada
inventaron, pero perfeccionaron lo inventado.
Confieso ingenuamente que no sé de dónde sacó Nicéforo la susodicha
historia. Supongo que sería una tradición de Éfeso, porque la cueva de los
siete durmientes y la iglesia que les dedicaron existen todavía. Los griegos
más ignorantes y pobres acuden a ella a elevar sus oraciones. El caballero
Ricaut y otros muchos viajeros ingleses nos cuentan que han visto esos dos
monumentos.
He aquí los irrebatibles argumentos con que Abbadie defiende esa
historia: «Estos son los protocolos instituidos para celebrar perpetuamente el
episodio de los siete durmientes; ningún griego duda de él en Efeso. Esos
griegos no pudieron ser engañados, ni engañar a nadie; por tanto, la historia
de los siete durmientes es irrefutable».
E
ECLIPSE. Durante mucho tiempo los pueblos consideraron
los fenómenos extraordinarios como presagios de sucesos prósperos o adversos.
Los historiadores romanos observaron que un eclipse de sol acompañó el
nacimiento de Rómulo, que otro anunció su muerte y un tercero precedió la
fundación de Roma.
En el artículo Visión de Constantino hablaremos con detalle de la
aparición de la cruz que precedió al triunfo del cristianismo, y en el artículo
Profecías trataremos de la estrella nueva que apareció cuando el nacimiento de
Jesús. Aquí nos limitaremos a indicar que el mundo se cubrió de tinieblas en
los momentos en que expiraba el Salvador.
Los escritores griegos y latinos de la Iglesia citan como auténticas dos
cartas atribuidas a Dionisio el Areopagita, en las que refiere que
encontrándose en Heliópolis con su amigo Apolofano vieron de repente, hacia la
hora sexta, que la luna se colocaba bajo el sol, produciendo un gran eclipse.
En seguida, cerca de la hora nona, se apercibieron de que la luna abandonaba el
sitio que ocupaba para colocarse en la parte opuesta. Entonces tomaron las
reglas de Felipe Arideus y, tras examinar el curso de los astros, comprobaron
que lógicamente el sol no pudo producir un eclipse en aquel momento. Además,
observaron que la luna, contra su marcha natural, en vez de venir desde
Occidente a colocarse debajo del sol, llegó por la parte de Oriente y se volvió
hacia atrás por la misma parte. Esto hizo decir a Apolofano: «Estos son, mi
querido Dionisio, trueques divinos», a lo que Dionisio apostilló: «O el autor
de la naturaleza sufre, o la máquina del universo quedará pronto destruida».
Dionisio añade que habiendo tomado nota de la hora y año en que se
produjo ese prodigio, y combinando todo ello con lo que Pablo dijo algún tiempo
después, se rindió a la evidencia de la verdad, al igual que su amigo. Así se
originó la creencia de que las tinieblas que oscurecieron el mundo en la muerte
de Cristo fueron producto de un eclipse sobrenatural, hasta que Maldonat dijo
que ésta era la opinión de los católicos. Era, en efecto, difícil oponerse a la
declaración de un testigo ocular, sabio e imparcial, porque entonces se supone
que Dionisio era todavía pagano.
Ahora bien, como esas cartas atribuidas a Dionisio se escribieron a
fines del siglo V o comienzos del IV, Eusebio de Cesárea reafirma dicha
creencia citando el testimonio de Flegón, liberto del emperador Adriano (1).
Ese autor, también pagano, escribió la historia de las Olimpíadas en dieciséis
libros, desde su origen hasta el año 1040 de nuestra era. Eusebio añade que
esos sucesos se citan en los antiguos libros griegos, dando como fecha el año
dieciocho del reinado de Tiberio. Se cree que Eusebio se refiere al historiador
griego Thallus, que citan Justino, Tertuliano y Julio el Africano, pero como
las obras de Thallus y de Flegón no han llegado hasta nosotros, no podemos
juzgar de la exactitud de las dos citas. Y si bien es cierto que el Cronicón
pascale de los griegos, San Jerónimo, Atanasio, el autor de la Historia
Miscelánea y Freculfo de Luxem, entre los latinos, todos copian del mismo modo
el fragmento de Flegón y dicen lo mismo que Eusebio, no es menos cierto que
esos testigos que deponen con uniformidad tradujeron o copiaron dicho
fragmento, no del mismo Flegón, sino de Eusebio, que fue el primero que lo
citó. Juan Filopomo que leyó a Flegón, no está de acuerdo con Eusebio,
diferiendo ambos en dos años. Podrían también citarse los nombres de Máximo y
Madela que vivieron en tiempos que aún subsistía la obra de Flebón, y de
hacerlo nos daría el siguiente resultado. Cinco de los autores citados son
copistas o traductores de Eusebio. Filopomo, que declara haber transcrito las
palabras de Flegón, las lee de otro modo, y de otra forma las leen también
Máximo y Madela; por lo tanto, no es cierto que interpreten exactamente el
mencionado pasaje.
(1) El pasaje de Flegón que cita Eusebio es: «El año IV de la Olimpíada
202 hubo un eclipse de sol, el mayor que se conoció hasta entonces. A la sexta
hora del día sobrevino una noche tan oscura que en el cielo aparecieron las
estrellas. Además, se produjo un gran terremoto que derribó muchas casas en
Niceac.
Además, hay una prueba inequívoca de que Eusebio es poco fiel al citar a
los autores. Asegura que los romanos erigieron una estatua a Simón el Mago con
esta inscripción: Simoni Deo sancto (A Simón Dios santo). Theodoret, san
Agustín, san Cirilo, Clemente de Alejandría, Tertuliano y san Justino están de
acuerdo con Eusebio; san Justino, que afirma haber visto dicha estatua, nos
refiere que estaba colocada entre los dos puentes del Tíber, o sea en la isla
que forma el río. Sin embargo la inscripción, desenterrada en Roma en 1574, en
el sitio que indicó Justino, dice: Semons Sanco deo Fidio. Ovidio refiere que
los antiguos sabinos edificaron un templo en el monte Quirinal a esa divinidad,
que llamaron Semo Sancus Sanctus o Fidius, y en Gruter hay dos inscripciones
parecidas; una de ellas estaba en el monte Quirinal, y la otra subsiste todavía
en Rieti, región que ocuparon antiguamente los sabinos.
Por último, los cálculos de Hoegson, Halley, Whirton y Gale Morris han
demostrado que Flegón y Thallus se ocuparon de un eclipse natural que tuvo
lugar el 24 de noviembre, el primer año de la 202 Olimpíada y no en el cuarto
año, como asegura Eusebio. Su tamaño en Nicea sólo fue, en opinión de Whirton,
de cerca de diez dedos, o sea dos tercios y medio del disco del sol, y empezó a
las ocho y cuarto y terminó a las diez y quince minutos. Entre El Cairo y
Jerusalén, según dice Gale Morris, el sol quedó oscurecido durante dos minutos.
No se da crédito a los supuestos testimonios de Dionisio, Flegón y
Thallus, y recientemente se ha citado la historia de China en cuanto al gran
eclipse de sol que supusieron tuvo lugar contra todo pronóstico el año treinta
y dos del nacimiento de Jesucristo. La primera obra que lo menciona es una
Historia de China, que publicó en París en 1672 el jesuita Greslon. En el
extracto que incluyó el Diario de los sabios, el 2 de febrero de ese año, se
encuentra el siguiente pasaje:
«Los anales de China refieren que en el mes de abril del año treinta y
dos de Jesucristo hubo un gran eclipse de sol, en contra de las leyes de la
naturaleza. Si ello fue verdad, ese eclipse podría ser muy bien el que ocurrió
durante la pasión de Jesucristo, que murió en el mes de abril según opinan
algunos autores. Por esto los misioneros que están en China ruegan a los
astrónomos de Europa que estudien si hubo o no eclipse en dichos mes y año, y
si pudo tener lugar en forma natural, porque probando esa circunstancia podrían
sacarse de ello grandes ventajas para convertir a los chinos.»
Uno no acierta a comprender por qué pidieron a los matemáticos de Europa
que hicieran ese cálculo, cuando los jesuitas Adam, Shal y Verbiest, que
reformaron el calendario de China, calcularon los eclipses, los equinoccios y
los solsticios, y ellos pudieron hacer el cálculo. Además, si el eclipse que
refiere Greslon tuvo lugar contra las leyes de la naturaleza, ¿cómo era posible
calcularlo? Según confesión del jesuita Couplet, los chinos han incluido en sus
anales gran número de falsos eclipses, y el chino Yam Quemsiam, al contestar a
la Apología de la Religión Cristiana, que publicaron en China los jesuitas,
dice terminantemente que ese supuesto eclipse no consta en ninguna historia
china.
¿Cómo hemos de creer, pues, al jesuita Tachard, que en el preámbulo de
su Viaje a Siam dice que la Suprema Sabiduría hizo conocer en la Antigüedad a
los reyes y pueblos de Oriente el nacimiento y la muerte de Jesucristo mediante
la nueva estrella que apareció y mediante un sobrenatural eclipse? Sin duda,
ignoraba ese jesuita las palabras que respecto a un asunto muy parecido
pronunció san Jerónimo. Helas aquí: «Esa opinión, aunque sea muy a propósito
para halagar los oídos del pueblo, no por eso es verdadera».
Hubieran podido ahorrarse esas discusiones con recordar que Tertuliano
dijo que el día se apagó de repente estando el sol en mitad de su carrera, y
los paganos creyeron que fue por efecto de un eclipse porque no sabían que el
hecho ya lo profetizó Amós: «El sol se pondrá al medio día y entonces
desaparecerá la luz». «Los que han tratado de averiguar la causa de ese evento
—continúa diciendo Tertuliano— sin poderla descubrir, la negaron; pero el hecho
es cierto y consta en los archivos.»
Orígenes dice que no es extraño que los autores extranjeros no hablen de
las tinieblas que mencionan los evangelistas, porque sólo oscurecieron las
cercanías de Jerusalén, y según su opinión, con la palabra Judea se designa
todo el mundo en algunas partes de la Sagrada Escritura. Confiesa, por otra
parte, que el pasaje del Evangelio de Lucas, en el cual en su tiempo se decía
que toda la tierra se cubrió de tinieblas cuando se produjo el eclipse de sol,
fue falsificado por algún cristiano ignorante que creyó de esa manera descifrar
mejor el texto del evangelista, o por algún enemigo mal intencionado que con
ese pretexto pretendió calumniar a la Iglesia, como si los evangelistas
hubieran querido significar que había de producirse un eclipse en tiempo
determinado, que era obvio no podía tener lugar. «Es verdad —añade Orígenes—
que Flegón dijo que hubo un eclipse en la época de Tiberio pero al no decir que
se produjo en luna llena no tiene nada de prodigioso. Estas tinieblas —continúa
diciendo Orígenes— eran de la misma naturaleza que las que cubrieron Egipto en
tiempos de Moisés y que no llegaron hasta la región donde habitan los
israelitas. Las tinieblas de Egipto duraron tres días y las de Jerusalén sólo
tres horas; las primeras fueron una copia de las segundas, y así como Moisés,
para atraerlas sobre Egipto, elevó las manos al cielo e invocó al Señor,
también Jesucristo, para cubrir de tinieblas a Jerusalén, extendió las manos
sobre la cruz para protestar del pueblo ingrato que, amotinado en contra de él,
gritó: Crucificadle, crucificadle.»
Nosotros terminaremos este artículo diciendo como Plutarco: Las
tinieblas de la superstición son más peligrosas que las de los eclipses.
ECONOMÍA. En su acepción ordinaria, esta palabra significa la
manera de administrar los bienes, y es común al padre de familia y al ministro
de Hacienda de un reino. Las diferentes clases de gobierno, las rencillas de
familia y de corte, las guerras injustas y mal llevadas, la espada de Temis
entregada a la mano del verdugo para matar al inocente y las discordias
intestinas, son asuntos ajenos a la economía. Tampoco se trata aquí de la
verborrea de los políticos que gobiernan un estado desde su despacho.
La economía doméstica nos proporciona las tres cosas que son de
imprescindible necesidad para el hombre: vivir, vestir y tener abrigo o techo.
Puede decirse que para él no existe otra necesidad, a no ser la de calentarse
en países de clima glacial. Estas tres necesidades, bien atendidas, coadyuvan a
la salud, sin la cual no hay nada.
Hacer vida de campo es sinónimo de dedicarse a la vida patriarcal, pero
en nuestros climas esta vida sería impracticable y nos haría morir de frío,
hambre y miseria.
Abrahán desde Caldea se dirigió a Sichem, y desde aquí emprendió un
largo viaje por los desiertos inhóspitos para llegar a Memfis, con objeto de
comprar trigo. Pasaré por alto la parte divina de la historia de Abrahán y su
descendencia, y sólo me ocuparé aquí de su economía rural. Dejó la región más
fértil del orbe y las ciudades donde había casas muy cómodas, para vagar
errante por países que hablaban una lengua que no podía entender. Desde Sodoma
pasa al desierto de Gerara, donde no había una casa donde cobijarse. Cuando
despide a la esclava Agar y al hijo que tuvo de ella, Ismael, todavía estaba en
el desierto y para el viaje sólo les da un pan y un cántaro de agua. Cuando va
a sacrificar su hijo al Señor, estando en el desierto, él mismo corta la leña que
ha de quemar a la víctima y la carga en las espaldas del hijo que se dispone a
inmolar. Su esposa muere en un sitio llamado Hebrón y como no tiene ni seis
pies de tierra para enterrarla se ve obligado a comprar una cueva para dar
sepultura a su mujer; ése fue el único pedazo de tierra que poseyó Abrahán. Sin
embargo, tuvo muchos hijos, sin contar Isaac y su posteridad, y su segunda
mujer Gethura tuvo a la edad de ciento cuarenta años, según el cómputo
ordinario, cinco hijos que se fueron a Arabia.
Que nosotros sepamos, Isaac no poseyó ni un solo palmo de tierra en el
país donde murió su padre, y no debió tenerlo porque se fue al desierto de
Gerara con Rebeca, su esposa, a casa de Abimelech, rey de Gerara, que fue
amante de su madre. Ese rey del desierto también se enamoró de Rebeca, que su
marido hizo pasar por hermana como Abrahán hizo con Sara cuarenta años antes.
Es chocante que en esa familia hagan pasar siempre las mujeres por hermanas,
con idea de ganar alguna cosa, pero ya que tales hechos están consagrados,
debemos respetarlos. La Sagrada Escritura dice que se enriqueció en esa tierra
inhóspita que él convirtió en fértil, y que llegó a ser poderosísimo, pero
también se dice que no encontraba agua para beber, que tuvo una trifulca con
los pastores del reyezuelo de Gerara por mor de un pozo, y que no tuvo ni una
casa. Tampoco la tuvieron sus hijos Esaú y Jacob. Este se vio obligado a
proporcionarse el pan en Mesopotamia, que Abrahán abandonó. Estuvo sirviendo
siete años para conseguir la hija mayor de Labán, y otros siete para casarse
con la segunda hija, y después huyó con Raquel y los ganados de su suegro, que
le persiguió. No es eso tener una fortuna asegurada. Esaú vivió también errante
como Jacob. Ninguno de los doce patriarcas, hijos de Jacob, tuvo morada fija,
ni fue propietario de un campo. Vivían en tiendas de campaña como los beduinos.
No cabe duda que esa vida patriarcal no dice con nuestras costumbres ni
con la vida moderna. Todo buen ganadero necesita una vivienda sana orientada al
Este, vastas granjas, establo y cuadras limpias, todo lo cual puede valer unos
cincuenta mil francos de la moneda actual. Debe sembrar todos los años cien
fanegas de trigo, dedicar otras tantas para buenos pastos, poseer algunas
fanegas de viña, y otras para cultivar cereales, legumbres y árboles útiles.
Con todo ello, bien administrado, puede mantener en la abundancia una numerosa
familia. Sus campos mejorarán de día en día y soportará sin temor la falta de
cosechas y la carga fiscal porque un buena cosecha le resarcirá del perjuicio
de dos malas, y disfrutará en sus dominios de soberanía real, sometida únicamente
a las leyes. Ese es el estado más natural del hombre, el más tranquilo y el más
feliz, pero desgraciadamente el más raro.
El hijo de ese venerable patriarca, al ver que es rico, le disgusta
pagar el impuesto humillante de la talla. Por desgracia, aprendió el latín, va
a la ciudad y compra un cargo que le exceptúa de pagar exacción de la talla y
hará noble a su hijo dentro de veinte años. Vende su heredad para pagar su
vanidad. Una joven educada en el lujo se casa con él, le deshonra y le arruina,
muere en la miseria y su hijo tiene que vestir librea en París. Tal es la
diferencia que hay entre la economía del campo y las ilusiones de las ciudades.
ECONOMÍA DE LAS PALABRAS. Es un término
consagrado en exclusiva a los padres de la Iglesia y a las primeras
instituciones de nuestra santa religión, y significa hablar adaptándose a los
tiempos y a las circunstancias.
Por ejemplo, san Pablo, siendo cristiano, entra en el templo de los
judíos para cumplir con los ritos judaicos con el fin de aparentar que no se
separa de la ley mosaica. Al cabo de siete días le reconocen y le acusan de
haber profanado el templo. Acto seguido, le maltratan y lo echan de allí
tumultuosamente; el tribuno de la cohorte lo hace atar con cadenas. Al día
siguiente, el tribuno reúne el sanedrín y comparece Pablo ante ese tribunal. El
sumo sacerdote Anniah empieza por darle una bofetada (1) y Pablo cuenta lo
siguiente:
«Me dio una bofetada, pero yo me despaché a gusto.» Sabiendo Pablo que
la mitad de sus jueces eran saduceos y la otra mitad fariseos, les habló de
este modo: «Soy fariseo y mi padre también lo fue; sólo se me quiere condenar
por esperar la resurrección de los muertos». En cuanto Pablo dijo esto se
entabló tal discusión entre fariseos y saduceos que hizo disolver la audiencia,
porque los saduceos aseguran que no hay resurrección, ni ángeles, ni espíritus,
y los fariseos sostienen lo contrario.
(1) En los pueblos asiáticos dar una bofetada era un castigo legal.
Todavía hoy, en Chinay en los países de allende el Ganges, condenan a la pena
de recibir una docena de bofetadas.
Es evidente según el texto, que Pablo no era fariseo porque era
cristiano, y dijo las mencionadas palabras sólo para enzarzar en disputa a
saduceos y fariseos. A eso se llama hablar por economía, por prudencia. O lo
que es igual, se trata de una añagaza religiosa que sólo se hubiera atrevido a
emplear un apóstol.
Del mismo modo, casi todos los padres de la Iglesia hablaron por
economía. San Jerónimo desarrolla admirablemente ese método en su carta 54. Sus
palabras no tienen desperdicio. Después de afirmar que hay ocasiones en que es
menester dar un pan y una pedrada, continúa escribiendo:
«Os ruego que leáis a Demóstenes y a Cicerón, y si no os placen los
retóricos porque su arte consiste en decir más lo inverosímil que lo verdadero,
leed a Platón, Teofrasto, Jenofonte, Aristóteles y a todos los que después de
haber bebido en la fuente de Sócrates sacaron de ella diversos arroyos. ¿Se
encuentra acaso en ellos candor y sencillez? ¿Qué vocablo no tiene dos
sentidos? ¿Cuándo no adoptan el sentido que puede hacerles salir airosos?
Orígenes, Metodio, Eusebio y Apolinario, escribieron millares de versos contra
Celso y Porfirio. Meditad el artificio y la sutileza con que combaten el
espíritu del diablo, diciendo no lo que creen, sino lo que creen necesario
decir (Non quod sentiunt, sed quod necesse est dicunt). No voy a ocuparme de
los autores latinos Tertuliano, Cipriano Minucius, Victorino, Lactancio e
Hilario, porque sólo trato de defenderme, y para esto me bastará referiros el
ejemplo del apóstol san Pablo, etcétera».
San Agustín escribe con frecuencia por economía. Se adapta tan bien a
los tiempos y a las circunstancias, que en una de sus cartas confiesa que sólo
explicó el misterio de la Trinidad porque era preciso que dijera algo. No habló
así porque dudara de la Santísima Trinidad, sino que conociendo que ese
misterio es inefable quiso satisfacer la curiosidad del pueblo.
Este método siempre lo admitió la teología. Contra los eucratitas se
empleaba un argumento capaz de reportar la victoria a la causa que defendían
los carpocracianos, y cuando disputaban para vencer a los carpocracianos,
cambiaban de armas. Tan pronto dicen que Jesucristo murió para salvar a muchos,
cuando quieren excluir a los réprobos, como afirman que murió por todos cuando
tratan de poner de manifiesto su bondad universal. En el primer caso, toman el
sentido propio por el sentido figurado; en el segundo, toman el sentido
figurado por el sentido propio, según exija la prudencia.
Esa práctica no la admitiría la justicia. Castigaría al testigo que
declarara en pro y en contra en un asunto capital, pero hay infinita diferencia
entre los viles intereses humanos, que exigen la mayor claridad, y los
intereses divinos, que están ocultos en un abismo impenetrable y emplean con
frecuencia la mentira. Los mismos jueces que exigen en la audiencia pruebas
convincentes que se aproximen a una demostración, se satisfacen en los sermones
con pruebas morales, e incluso con proclamaciones sin pruebas.
San Agustín habla por economía cuando dice: «Creo, porque esto es
absurdo; creo, porque esto es imposible». Estas palabras, que serían
extravagantes en cualquier asunto mundano, son respetables en teología, porque
significan que lo que es absurdo e imposible para los mortales, no lo es para
Dios; si Dios me reveló esos absurdos y esas imposibilidades, debo creerlos.
A un abogado no le dejarían expresarse de ese modo en la audiencia, y
encerrarían en un manicomio a los testigos que dijeran: «Aseguramos que el
acusado, estando en la cuna en la Martinica, mató a un hombre en París, y
estamos convencidos de tal homicidio porque es absurdo y porque es imposible».
San Agustín dice en su carta 53: «Está escrito (1) que el mundo entero
pertenece a los fieles; los infieles no tienen un óbolo que posean
legítimamente». Si siguiendo ese principio dos depositarios de mis ahorros me
aseguran que son fieles, y fiándome de ellos quiebran y me arruinan, serán
condenados por los tribunales a pesar de lo que dice san Agustín.
(1) En los Proverbios, cap. 17, pero sólo en la traducción de los
Setenta, la única que entonces admitía la Iglesia.
San Ireneo sostiene (libro IV, capítulo 25) que no debemos condenar el
incesto de las dos hijas de Lot con su padre, ni el de Thamar con su suegro,
por razón de que la Santa Escritura no dice expresamente que esa acción sea
criminal. Que no lo diga la Biblia no impedirá que las leyes castiguen el
incesto.
Todos los primitivos cristianos, sin excepción, pensaban acerca de la
guerra como los esenios y los terapeutas, como piensan y obran hoy los
cuáqueros y los dumkars, como siempre pensaron y obraron los brahmanes.
Tertuliano es quien combate con más ardor esos homicidios legales que nuestra
abominable naturaleza hace necesarios «No hay ningún uso, ni ninguna razón, que
legitime ese acto criminal». No obstante, después de asegurar que ningún
cristiano puede llevar armas, por economía, dice en el mismo libro, tratando de
intimidar al Imperio romano: «Nosotros somos de ayer y, sin embargo, llenamos
vuestras ciudades y vuestros ejércitos». Esto sólo fue verdad en la época de
Constancio, pero la economía exigía que Tertuliano exagerara para hacer temible
su partido. Con igual propósito dice que Pilato era cristiano de corazón. Todo
su Apologético está henchido de intenciones parecidas, que aguijoneaban el celo
de los neófitos.
Concluiremos los ejemplos del método económico, que son innumerables,
con el pasaje de san Jerónimo referente a la discusión que tuvo con Joviano
sobre las segundas nupcias. «Si los órganos de la generación de los hombres,
las partes genitales de la mujer y la diferencia de los dos sexos, creados uno
para otro, manifiestan con evidencia que fueron destinados para crear hijos, he
aquí lo que os voy a contestar: si eso fuera así, la consecuencia sería que no
deberíamos cesar de aparearnos, por miedo a llevar inútilmente los miembros que
para eso fueron destinados. ¿Por qué el marido se abstendría entonces de
cohabitar con su mujer, por qué la viuda perseveraría en la viudedad? ¿Nacimos
destinados a ese acto como los animales? ¿En qué me perjudicaría el hombre que
se acostara con mi mujer? Indudablemente, si tenemos dientes para comer, y para
que pase al estómago lo que desmenuzan; si no obra mal el hombre que da pan a
mi mujer, tampoco obra mal si siendo más vigoroso que yo aplaca su hambre de
otra manera y me descansa de fatigas, toda vez que los órganos generativos nos
han sido dados para gozar y deben cumplir su destino.»
Después de transcribir este pasaje, me parece inútil citar otros. Nótese
únicamente que ese método económico, que es afín al estilo de la polémica, debe
manejarse con la mayor circunspección, y que no corresponde a los profanos
imitar en sus disputas la manera que los santos usan ya impulsados por el ardor
de su celo, ya por la candidez de su estilo.
EDUCACIÓN. Diálogo entre un consejero y un ex jesuita.
EL EX JESUITA. Podéis comprender la triste situación en que me ha sumido
la bancarrota de los dos banqueros La Valette y Lacy. Yo era un pobre sacerdote
del colegio de Clermont que se llama de Luis el Grande conocía algo el latín y
me sabía al dedillo el catecismo que os estuve enseñando durante diez años
gratuitamente. En cuanto salisteis del colegio, con la intención de estudiar
Derecho, comprasteis un cargo de consejero del Parlamento y me disteis vuestro
voto para que mendigara el sustento fuera de mi patria, o para tener que
reducirme a vivir trabajosamente en ella con dieciséis luises y dieciséis
francos anuales, que no bastan para alimentarnos y vestirnos mi hermana y yo.
Todo el mundo me dice que el desastre que sufrió mi Compañía no lo causó únicamente
la bancarrota de La Valette y Lacy, sino también el hermano La Chaise, confesor
e intrigante, y el hermano Le Tellier, confesor como aquél de Luis XIV y
redomado perseguidor. Pero yo no conocía al uno ni al otro; murieron antes de
que yo naciera. Se asegura también que las disputas que tuvieron los jansenitas
y los molinistas sobre la gracia versátil y la ciencia media contribuyeron
mucho a expulsarnos de nuestras casas, pero yo nunca supe qué es esa gracia. Os
hice traducir a la sazón a Cicerón, a Virgilio, a Séneca y a Horacio; en suma,
hice cuanto supe por educaros bien y he aquí la recompensa que recibo.
EL CONSEJERO. Indudablemente, sois quien me ha educado, pero cuando
entré en el mundo y quise atreverme a hablar se burlaron de mí; podía citar las
obras de Horacio y la prosa de algunos autores latinos, pero ignoraba que
Francisco I cayó prisionero en Pavía, en dónde estaba situada esa ciudad y
desconocía incluso el país donde he nacido. No me enseñasteis las principales
leyes que interesan a mi patria, ni una palabra de matemáticas ni de filosofía.
Sólo aprendí latín y algunas tonterías más.
EL EX JESUITA. Sólo pude enseñaros lo que a mí me enseñaron. Estudié en
el colegio hasta la edad de quince años, y a esa edad un jesuita me sedujo,
engañándome. Entré de novicio, me embrutecieron durante dos años y luego me
declararon apto para impartir la enseñanza. ¿Cómo queréis que os diera la
educación que se recibe en el colegio militar?
EL CONSEJERO. No pretendo semejante cosa, pero sé que cada uno debe
aprender desde niño lo que le sirva para desempeñar la profesión que piensa
ejercer. Clairant fue hijo de un profesor de matemáticas y así que supo leer y
escribir su padre le enseñó su arte, y a los doce años era un excelente
geómetra; luego estudió latín, que no le sirvió para nada. La célebre marquesa
de Chatelet aprendió bastante bien el latín en un año, y a nosotros nos hacían
estar siete anos en el colegio para que adquiriéramos algunas nociones de esa
lengua muerta. Cuando salíamos de nuestro colegio para estudiar leyes nos
sucedía peor aún. A mí, que nací en París, me hicieron estudiar durante tres
años las leyes de la antigua Roma que ya no rigen. Por descontado, mi profesor
empezó por distinguir la jurisprudencia en el derecho natural y en el derecho
de gentes: el derecho natural es común a los hombres y a los animales, en su
opinión, y el derecho de gentes es común a todas las naciones, que no están de
acuerdo unas con otras. Luego me hicieron aprender de memoria la ley de las
Doce Tablas, que derogaron los mismos romanos que la promulgaron; el edicto del
pretor, cuando ya no existen pretores; todo lo concerniente a los esclavos,
cuando ya no hay esclavos domésticos en toda la Europa cristiana; el divorcio,
cuando el divorcio no está admitido en nuestros países, etc. Pronto barrunté
que me habían metido en un abismo del que era imposible salir, y me convencí
que me habían dado una educación inútil para desenvolverse en el mundo. Pero
aún quedé más confuso cuando leí las ordenanzas francesas, capaces de llenar
ochenta volúmenes y que se contradicen unas a otras; me vi obligado, cuando
asumí el cargo de juez, a aplicar el buen sentido y la equidad de que me dotó
la naturaleza y con cuyos apoyos me equivoco casi siempre en todos los fallos.
Tengo un hermano que estudia Teología con el propósito de llegar a vicario
general y se queja también de la educación que ha recibido. Necesitó seis años
largos para llegar a aprender que hay nueve coros de ángeles y en lo que se
diferencia un trono de una dominación; si el Pisón en el Paraíso terrenal,
estaba a la derecha o a la izquierda del Gedeón si el idioma con que la
serpiente departía con Eva era el mismo que habló la borrica de Balaán; para saber
en qué consistió que Melquisedec hubiera nacido sin tener padre ni madre; para
saber dónde vive Enoc, que no ha muerto todavía, y dónde están los caballos que
transportaron a Elías en un carro de fuego, después que con su manto separó las
aguas del Jordán, y en qué fecha debe volver para anunciar el fin del mundo.
Hablando con franqueza, debéis convenir conmigo en que para seguir cualquier
carrera nos dan una educación muy inadecuada, y que es infinitamente mejor la
que reciben quienes se dedican a las artes u oficios.
EL EX JESUITA.–Estamos de acuerdo, pero yo no puedo vivir con mis
cuatrocientos francos anuales, mientras algún individuo, cuyo padre era lacayo,
tiene treinta caballos en sus caballerizas y cuatro cocineros.
EL CONSEJERO.–Lo único que puedo hacer por vos es regalaros de mi
bolsillo cuatrocientos francos. Y esto no lo he aprendido de los autores
latinos que a vuestras órdenes aprendí a conocer y traducir.
EJÉRCITO, ARMAS. Vaya por delante que existieron y existen
sociedades sin ejércitos. Los brahmanes, que gobernaron durante mucho tiempo
casi todo el gran quersoneso de la India; los primitivos cuáqueros, que
gobernaban Pensilvania; algunas poblaciones de América y del centro de Africa;
los samoyedos, y los lapones, jamás han formado al frente de ninguna bandera
para ir a guerrear y a destruir los pueblos inmediatos.
Los brahmanes constituían el más numeroso de los pueblos pacíficos. Su
casta, que es antiquísima, sus buenas costumbres y su religión, estaban de
acuerdo en no derramar jamás sangre, ni aún la de los animales más inofensivos.
Por eso, siguiendo semejante doctrina, fueron subyugados con facilidad y lo
serán siempre.
Los pensilvanios jamás tuvieron ejército y su horror por la violencia
fue constante. Numerosas poblaciones de América no sabían qué era un ejército
hasta que los españoles fueron allí a exterminarlo todo. Los habitantes del mar
Glacial no conocen los ejércitos, ni los dioses de los ejércitos, ni
batallones, ni escuadrones. Además de esos pueblos, en ningún otro los
sacerdotes llevan armas, al menos cuando son fieles a su institución. Sólo
entre los cristianos se han visto sociedades religiosas establecidas para
guerrear, como la sociedad de los Templarios, la de los caballeros de la orden
de San Juan y la de los Teutones. Esas órdenes religiosas se crearon imitando a
los levitas, que combatían como las demás tribus judías.
Ni los ejércitos ni las armas fueron idénticos en todos los pueblos de
la Antigüedad. Los egipcios casi nunca tuvieron caballería; era inútil en un
país dividido por canales, que estaba inundado cinco veces cada año y lleno de
fango durante otras cinco. Los habitantes de gran parte de Asia empleaban las
cuádrigas de guerra, que citan los anales de China. Confucio dice que todavía
en su época el gobernador de cada provincia suministraba al emperador mil
carros de guerra de cuatro caballos. Los troyanos y los griegos peleaban en
carros tirados por dos caballos. La nación judía, situada en terreno montañoso,
desconoció la caballería y los carros, y cuando eligió su primer rey sólo tenía
jumentos. Treinta hijos de Jair, que eran príncipes de treinta ciudades, según
dice el Antiguo Testamento (1), montaban cada uno en un asno. Los hijos de
David huyeron montados en mulas cuando Absalón fue muerto por su hermano Ammón.
También Absalón iba montado en una mula en la batalla que libró contra las
tropas de su padre, lo que prueba, según el Antiguo Testamento, que ya eran
bastante ricos para comprar mulas en los países vecinos.
(1) Libro de los Jueces. cap. 10, 4.
Los griegos apenas se servían de la caballería. Alejandro ganó
principalmente con la falange macedónica las batallas que le dieron el dominio
de Persia. La infantería romana conquistó la mayor parte del mundo. En la
batalla de Farsalia, César no tenía a sus órdenes más que mil soldados de
caballería.
No se sabe con exactitud en qué época los hindúes y los africanos
empezaron a poner los elefantes en primera línea de sus ejércitos. Asombra leer
que los elefantes de Aníbal pasaron los Alpes, por aquel entonces más
impracticables que hoy.
Se ha conjeturado mucho sobre cómo se formaban los ejércitos romano y
griego, sus armas y sus evoluciones y cada autor ha expuesto su plano de las
batallas de Zama y de Farsalia. El comentarista padre Calmet, para explicar
mejor los mandamientos de Dios, incluyó en su Diccionario de la Biblia cien
grabados con planos de batallas y de sitios. El Dios de los judíos era el dios
de los ejércitos, pero Calmet no fue su secretario y sólo pudo saber por
revelación cómo los ejércitos de los amalecitas, de los moabitas, de los sirios
y de los filisteos, fueron formados en orden de batalla los días de la matanza
general. Esos grabados que copian la carnicería que allí hubo hicieron valer su
libro cinco o seis luises de oro, pero no consiguieron que fuera mejor.
También se pone en duda si los francos, a los que el jesuita Daniel
llama franceses con anticipación, se servían de flechas en sus ejércitos y sí
llevaban cascos y corazas. Suponiendo que se lanzaran al combate casi desnudos
y armados de un hacha pequeña, de una espada y de un cuchillo, se inferirá de
esta suposición que los romanos, dueños de las Galias, siendo vencidos tan
fácilmente por Clovis, habían perdido su legendario valor, y que los galos
prefirieron ser vasallos de un puñado de francos que de un puñado de romanos.
El atuendo de guerra cambió pronto, como cambia todo. En los tiempos de
los caballeros y escuderos, sólo se conocía la soldadesca montada en Alemania,
Francia, Italia, Inglaterra y España. Esa soldadesca llevaba armadura de
hierro. Los soldados de infantería eran siervos, y puede decirse que asumían
las funciones de gastadores más que de soldados. Los ingleses tuvieron siempre
entre sus huestes buenos arqueros, que fueron los que consiguieron la victoria
en casi todas las batallas.
¿Quién hubiera creído entonces que hoy en día los ejércitos sólo hacen
experimentos de física? El mílite se quedaría asombrado si un sabio le dijera:
«Amigo mío, eres mejor artificiero que Arquímedes. Se preparan cinco partes de
salitre, una parte de azufre y otra parte de carbo ligneus, cada uno por
separado. Dispuesto el salitre, filtrado, evaporado, cristalizado, removido y
seco, se mezcla con el azufre purificado y adquiere un hermoso tono amarillo.
Estos dos ingredientes, mezclados a su vez con carbón mineral, forman dos bolas
gruesas al echarles un poco de vinagre o disolución de sal amoníaco u orina.
Estas bolas se reducen en in pulverem pyrium en un molinillo. El efecto que
produce esa mezcla es una dilatación equivalente a cuatro mil veces su volumen,
y el plomo que está dentro del tubo que llevas en la mano causa otro efecto,
que es el producto de su masa multiplicado por su velocidad. El primero que
adivinó en gran parte ese secreto de matemáticas fue el franciscano Rogelio
Bacon y quien lo perfeccionó en e! siglo XIV un benedictino alemán apellidado
Schwartz. Por lo tanto, debes a dos frailes el arte de ser excelente homicida,
si la pólvora que gastas es buena. Ducange propugna que en 1338 los registros
de la Cámara de Cuentas de París mencionan una Memoria en que se habla de la
pólvora de cañón, pero no lo creo. La pólvora de cañón hizo olvidar totalmente
el fuego griego, que los moros usan todavía, y te hace depositario de un arte
que no sólo imita el fragor del trueno, sino que es más temible que éste». Este
parlamento encierra una gran verdad: dos frailes cambiaron la faz de la tierra.
Antes de la invención de los cañones, los países del Norte habían
subyugado casi todo el hemisferio y podían haber vuelto otra vez, como lobos
hambrientos, a devorar las tierras que antiguamente devoraban sus antepasados.
En los ejércitos antiguos, la fuerza corporal, la agilidad, el furor
sanguinario y la lucha encarnizada cuerpo a cuerpo, decidían la victoria y, por
ende, el destino de las naciones. Los hombres más arrojados se apoderaban con
escalas de las ciudades. Había tan poca disciplina en los ejércitos del Norte
en tiempos de la decadencia del Imperio romano, como entre las fieras que se
lanzan contra su presa. Hoy, una sola ciudadela de la frontera, dotada de
cañones, detendría a los ejércitos de Atila y de Gengis. No hace mucho, un
ejército de rusos victoriosos se consumió inútilmente ante Crustin, una pequeña
fortaleza situada en un pantano.
En las batallas, los hombres más débiles de cuerpo vencen a los más
robustos si tienen buena artillería y la dirigen bien. Unos cuantos cañones
bastaron en la batalla de Fontenoy para que se batiera en retirada toda una
columna inglesa, dueña ya del campo de batalla.
Los combates no son ya de hombre a hombre; el soldado carece hoy de ese
ardor, ese entusiasmo que redobla la fogosidad de la acción cuando se lucha
cuerpo a cuerpo. La fuerza, la habilidad, e incluso el temple de las armas,
resultan inútiles. Sólo en contadas ocasiones durante una guerra se utiliza la
bayoneta, aunque ésta sea, sin duda alguna, la más terrible de las armas.
En una llanura, muchas veces rodeada de baterías de cañones, dos
ejércitos avanzan en silencio uno contra otro: cada batallón lleva consigo
cañones de campaña. Las primeras líneas de infantes disparan una contra otra, y
una después de otra, y esas líneas son la carne de cañón. Se ve formar en alas
los escuadrones que se exponen continuamente al fuego del enemigo, esperando la
orden del general. Los primeros que se cansan de esa maniobra, en la que para
nada entra el arrojo corajudo, se desbandan y abandonan el campo de batalla. El
general acude a rehacerlos si puede, a gran distancia de allí. Los enemigos
victoriosos ponen sitio a una ciudad, sitio que les suele costar más tiempo,
más hombres y más dinero que varias batallas. Las ventajas que se logran rara
vez son rápidas, y al cabo de cinco o seis años los dos ejércitos enemigos
quedan en cuadro y se ven obligados a concertar la paz.
Así, pues, la invención de la artillería y el método moderno han
establecido entre las potencias una igualdad que pone al género humano al
abrigo de las antiguas devastaciones y hace las guerras menos funestas, aunque
lo son mucho todavía.
Los griegos en todas sus épocas, los romanos hasta los tiempos de Sila y
los demás pueblos de Occidente y Septentrión, no tuvieron ejércitos mercenarios
permanentes en pie de guerra. Todos los habitantes de esos países eran soldados
que empuñaban las armas en tiempo de guerra. Así ocurre hoy en Suiza. Si
recorréis esa nación en tiempo de paz no encontraréis en ninguna parte un solo
batallón, pero cuando hay guerra veréis cómo se arman de repente ochenta mil
soldados.
Los que usurparon el poder supremo, desde los tiempos de Sila, tuvieron
ya ejércitos permanentes que pagaba el dinero de los ciudadanos, más para
sujetarlos que para subyugar a las demás naciones. Hasta el obispo de Roma paga
un pequeño ejército. ¿Quién habría podido adivinar en tiempos de los apóstoles,
que en el transcurso de los años el servidor de los servidores de Dios tendría
regimientos mercenarios y en la misma Roma?
ELÍAS Y ENOC. Son dos personajes muy singulares de la Antigüedad,
los únicos que no alcanzó la muerte y se vieron transportados fuera del mundo.
Un sabio defiende que esos personajes son alegóricos. Los padres de Elías son
desconocidos, y dicho sabio cree que Galaad, el país, sólo significa el decurso
de los tiempos, haciéndolo derivar del vocablo Galgala que significa
revolución. La palabra Elías se parece mucho a la voz Helios, que significa
sol. El holocausto que ofrecía Elías, que encendió el fuego del cielo, es una imagen
que demuestra el poder que poseen los rayos del sol reunidos. La lluvia que cae
después de los grandes calores es también una verdad física. El carro de fuego
y los caballos ígneos que elevan a Elías hasta el cielo son la imagen
sorprendente de los cuatro caballos del sol. El regreso de Elías al finalizar
el mundo parece estar acorde con la antigua opinión que creía que el mundo se
extinguiría en las aguas en medio de la destrucción general que los hombres
esperaban. Casi toda la Antigüedad estuvo convencida durante mucho tiempo de
que el mundo acabaría pronto.
Nosotros hacemos caso omiso de esas alegorías y nos atenemos a lo que
dice el Antiguo Testamento.
Enoc es un personaje tan singular como Elías. Únicamente el Génesis
nombra a su padre y a su hijo, mientras que la familia de Elías es
completamente desconocida. Tanto los orientales como los occidentales han
alabado a Enoc. La Sagrada Escritura nos dice que fue padre de Matusalén y no
vivió en el mundo más que trescientos sesenta y cinco años, lo que le parece
una vida muy breve para uno de los primeros patriarcas. Nos refiere que se
marchó con Dios y no volvió más, porque Dios se lo llevó. «Por estas palabras
—dice el reverendo Calmet— los padres y numerosos comentaristas aseguran que
Enoc vive todavía, que Dios lo transportó fuera del mundo como a Elías. Los dos
vendrán antes del Juicio Final a oponerse al Anticristo, Elías a predicar a los
judíos y Enoc a los gentiles.»
San Pablo, en su carta a los Hebreos dice: «Por su fe fue arrebatado
Enoc, para que no conociera la muerte, y ya no le vieron porque el Señor lo
transportó». San Justino, o el que tomó su nombre, dice que Enoc y Elías están
en el paraíso terrenal esperando el segundo advenimiento de Jesucristo, y san
Jerónimo cree, por el contrario, que Enoc y Elías están en el cielo. En tanto,
Enoc es el séptimo hombre después de Adán y se supone que escribió un libro que
cita san Judas (1). Tertuliano asegura que esa obra se conservó en el Arca y
que el propio Enoc sacó una segunda copia después del diluvio.
(1) Véase el articulo Apócrifos.
Esto es lo que la Sagrada Escritura y los padres de la Iglesia nos
afirman de Enoc. Pero los profanos de Oriente nos dicen mucho más. Creen que,
efectivamente, existió Enoc y fue el primero que hizo esclavos en la tierra.
Unas veces le llamaban Enoc y otras Edris; también dicen que dictó leyes a los
egipcios bajo el nombre de Thaut, a quien llamaron los griegos Hermes. Le
atribuyen un hijo llamado Sabi que fue el fundador de la religión de los
sabeos. Existió una antigua tradición en Frigia sobre Anac, de quien se decía
que los judíos habían formado la palabra Enoc. Los frigios tomaron esta
tradición de los caldeos o babilonios, que reconocieron también a un Enoc o
Anac como inventor de la astronomía. Un día al año lloraron a Enoc en Frigia,
como lloraron a Adoni o Adonis los fenicios.
El referido sabio que cree que Elías es un personaje alegórico, mantiene
la misma opinión sobre Enoc. Cree que la palabra Enoc o Anac significaba año,
que los orientales le lloraban lo mismo que Adonis, y que se regocijaban al
empezar el año nuevo; que en la Antigüedad no solamente significaba Enoc el
principio y el fin del año, sino también el último día de la semana. Es difícil
penetrar en los arcanos de la historia antigua, y aun cuando a ciegas
descubriéramos la verdad, no estaríamos seguros de poseerla. Pero al
cristianismo le basta con la Biblia.
ELOCUENCIA. Nació antes que las reglas de la retórica, así como
las lenguas se formaron antes que la gramática. La naturaleza otorga al hombre
elocuencia cuando le agitan grandes pasiones o le impulsa un gran interés.
Quien está vivamente conmovido ve las cosas desde otro punto de vista que los
demás hombres, emplea rápidas comparaciones y felices metáforas sin darse
cuenta de ello, animando su discurso y comunicando a sus oyentes parte de su
entusiasmo. El filósofo Dumarsais ha observado que hasta el pueblo llano se expresa
por medio de figuras y que le son comunes y naturales los giros que denominamos
tropos. El hombre elocuente consigue que la naturaleza se refleje en las
imágenes con que embellece su disertación. El deseo natural de cautivar a sus
maestros y jueces, el recogimiento de su alma profundamente afectada que se
dispone a desarrollar los sentimientos que la excitan, son los primeros
maestros del arte.
Esa misma naturaleza es la que suele inspirar improvisaciones vivas y
animadas. Una pasión fogosa, un peligro inminente, hieren de repente la
imaginación. Un capitán de los primeros califas, pongo por caso, al ver que los
musulmanes huían, les gritó: «¿A dónde huís? Por ese camino no encontraréis a
los enemigos». Esa misma frase se ha atribuido a varios caudillos, entre ellos
a Cromwell. Las almas esforzadas abundan más que las almas débiles. Rasi,
capitán en la época de Mahoma, al ver desconcertados a los árabes por la muerte
de su general Derar, caído en el campo de batalla, exclama: «¿Qué importa que
haya muerto Derar? Dios está vivo y os contempla; atacad al enemigo». También
tuvo un rasgo de elocuencia el marino inglés Jenkis, que hizo decidir la guerra
contra España en 1740, quien dijo: «Cuando los españoles, después de mutilarme,
querían darme muerte, encomendé mi alma a Dios y mi venganza a la patria».
La naturaleza, pues, es la que da la elocuencia, y aunque se dice que el
poeta nace y el orador se hace, esto sólo ocurre cuando la elocuencia se ve
obligada a estudiar las leyes, el carácter de los jueces y el método de la
época: la naturaleza sólo es elocuente a saltos.
Las reglas nacieron siempre después del arte. Tisias fue el primero que
recogió las leyes de la elocuencia, de las que la naturaleza dicta las primeras
reglas. Más tarde, Platón dijo en su Gorgias que el orador debe tener la
sutileza del dialéctico, la ciencia del filósofo, la dicción del poeta y la voz
y los gestos del comediante. Aristóteles, después de demostrar Platón que la
verdadera filosofía es la guía secreta del espíritu en todas las artes,
profundizó los manantiales de la elocuencia en su Retórica poniendo de
manifiesto que la dialéctica es la base del arte de persuadir, y ser elocuente
es saber demostrar.
Distinguió tres géneros en la elocuencia: deliberativo demostrativo y
judicial. El primero trata de convencer a los que están deliberando para que se
decidan por la guerra o la paz, sobre la administración pública etcétera; el
segundo, o sea el demostrativo, se ocupa en demostrar lo que es digno de
alabanza o de vituperio, y el tercero, en judicial, trata de persuadir,
absolver o condenar. Es fácil comprender que esos tres géneros no siempre están
separados uno de otros. Trata luego de las pasiones y costumbres que todos los
oradores deben conocer. Analiza las pruebas que deben aducirse en cada uno de
los tres géneros de elocuencia y concluye examinando a fondo la elocución, para
que el discurso no languidezca. Recomienda el uso de metáforas a condición de
que sean adecuadas y nobles, exigiendo, sobre todo, un lenguaje conveniente y
decoroso. Todos sus preceptos traslucen la probidad ilustrada del filósofo y la
civilización del ateniense, y al dictar reglas de elocuencia es también
elocuente por su sencillez.
Es de advertir que Grecia fue entonces la única nación del orbe donde se
conocieron las reglas de la elocuencia, porque era la única donde la verdadera
elocuencia existió. Rasgos sublimes los hubo en todas partes y en todas épocas,
pero sólo los griegos supieron conmover las mentes de una nación civilizada.
Los orientales casi todos eran esclavos y el carácter de la servidumbre
consiste en exagerarlo todo, por eso la elocuencia asiática fue abrupta. El
Occidente era bárbaro en la época de Aristóteles.
En Roma comenzó a conocerse la verdadera elocuencia en tiempos de los
Gracos y no se perfeccionó hasta la época de Cicerón. Marco Antonio, Hortensio,
Curión, César y muchos otros fueron elocuentes. Su elocuencia pereció con la
república al igual que la de Atenas. Dícese que la elocuencia sublime sólo se
desarrolla con la libertad porque consiste en atreverse a decir la verdad, en
hacer gala de las razones y de las pinturas fuertes. El poderoso casi nunca
desea que le digan la verdad, teme las razones y prefiere adulaciones
hipócritas a rasgos de elocuencia.
EMBLEMA (Representación, alegoría, símbolo, etc.). Todo es símbolo y representación en la Antigüedad. En Caldea pusieron en
el cielo un carnero, dos cabritos y un toro, para significar los productos de
la tierra en la primavera. En Persia, el fuego fue símbolo de la divinidad; en
Egipto, el perro celeste anunciaba las inundaciones del Nilo, y la serpiente
que enrosca la cola en la cabeza se convirtió en la imagen de la eternidad.
En la India se encuentran todavía algunas estatuas toscas, de las que
hemos hablado, que representan la virtud y están provistas de diez brazos para
combatir los vicios, y que nuestros inefables misioneros tomaron por retratos
del diablo creyendo que todos los que no hablaban francés o italiano adoraban
al señor del Infierno.
Presentad esos símbolos de la Antigüedad ante un hombre de cortos
alcances que nunca haya oído hablar de ellos, y no cabe la menor duda que no
los comprenderá porque hablan un lenguaje que es preciso aprender.
Los antiguos poetas teístas se vieron en la necesidad de presentar a
Dios con figura humana. San Clemente de Alejandría cita unos versos de
Jenófanes dignos de atención y que transcribimos traducidos en prosa: « ¡Gran
Dios! Por más que queramos idearte, no podemos comprenderte, ni menos
describirte. Cada uno te atribuye diversos atributos: las aves dicen que vuelas
por los aires, los toros que tienes cuernos temibles, los leones te confieren
dientes desgarradores, y los caballos velocidad en la carrera».
De estos versos de Jenófanes se infiere que de antiguo forjan a Dios a
imagen y semejanza del hombre. El antiguo Orfeo de Tracia, el primer teólogo de
los griegos anterior a Homero, dice, según Clemente de Alejandría: «Sentado en
su eterno trono, rodeado de nubes e inmóvil, rige los vientos y las
tempestades; sus pies pisan el mundo, y desde lo alto de los aires su mano toca
al mismo tiempo las costas de dos mares; es el principio, el medio y el fin de
todo».
Como todo era representación y símbolo en la Antigüedad, los filósofos,
sobre todo los que viajaron por la India, emplearon tal método. Sus máximas
eran símbolos, enigmas.
«No aticéis el fuego con la espada», es decir no excitéis a los hombres
cuando están encolerizados. «No metáis la lámpara en ningún agujero», esto es,
no ocultéis la verdad a los hombres. «Absteneos de las habas», huid de las
asambleas públicas, que votaban con habas blancas o negras. «No tengáis
golondrinas en vuestra casa», no la llenéis de charlatanes. «Durante la
tempestad buscad el eco», en las guerras civiles retiraos al campo. «No
escribáis sobre la nieve», no enseñéis a las gentes a ser flojas y débiles. «No
os comáis el corazón ni el cerebro», no os entreguéis a la pesadumbre ni a
empresas demasiado difíciles, etc.
Tales son las máximas de Pitágoras, cuyo sentido no es difícil de
comprender.
El más sublime de todos los símbolos es el de Dios, que Timeo de Locres
representa con esta idea: «Es un círculo cuyo centro está en todas partes y
cuya circunferencia no está en ninguna». Platón lo adoptó y Pascal lo incluyó
entre los materiales que reunió con el título de Pensamientos.
En metafísica y en moral, los antiguos lo han dicho todo.
Nosotros,coincidimos con ellos o los copiamos. Los libros modernos que tratan
de esas materias no son más que repeticiones.
Cuando más nos internamos en Oriente, más establecido está el uso de
símbolos y representaciones. Pero también van difiriendo, esas imágenes, de
nuestros usos y costumbres. Es sobre todo en la India, Egipto y Siria donde
encontramos los símbolos más extraños para nosotros. En esos países es donde
llevaban respetuosamente en procesión los dos órganos de la generación, los dos
símbolos de la vida. Nos burlamos de ellos y los tratamos de ignorantes y
bárbaros porque agradecían inocentemente a Dios haber recibido la vida de El.
¿Qué hubieran dicho de nosotros esos pueblos si nos hubieran visto entrar en
las iglesias llevando al cinto la espada, instrumento de destrucción?
En Tebas, el macho cabrío representaba los pecados del pueblo. En las
costas de Fenicia, una mujer desnuda, llevando en la mano una cola de pescado,
era el símbolo de la naturaleza.
No es de extrañar, pues, que el uso de los símbolos se extendiera entre
los judíos cuando constituyeron un pueblo en el desierto de Siria.
Uno de los más hermosos símbolos del Antiguo Testamento es este pasaje
del Eclesiastés: «Cuando las obreras del molino sean pocas y estén ociosas,
cuando lo que miran por los agujeros se oscurezca, cuando el almendro florezca,
cuando la langosta engorde, cuando las alcaparras caigan, cuando el cordoncillo
de plata se rompa, cuando la cintilla de oro se retire y cuando el cántaro se
rompa en la fuente…» Todo eso quiere decir que cuando los viejos pierden los
dientes, su vista se debilita, sus cabellos blanquean como la flor del
almendro, sus pies se hinchan como la langosta, sus cabellos caen como las
hojas del alcaparro y ya no son aptos para la generación, entonces es preciso
que se preparen para hacer el gran viaje.
El Cantar de los Cantares, como sabemos, es un símbolo continuo de la
unión de Jesucristo con la Iglesia, y dice así:
«Que me dé un beso con su boca, pues sus pechos son más embriagadores
que el vino / Que ponga su mano izquierda bajo mi cabeza y me abrace con la
mano derecha. / ¡Qué hermosa eres, querida mía! / tus ojos son de paloma / tus
cabellos son como un rebaño de cabras, sin hablarte de lo que ocultas; / tus
labios son dos rubíes, tus mejillas como dos medias granadas de escarlata, sin
hablar de lo que tú ocultas; / ¡qué hermosa es tu garganta! ¡qué miel destilan
tus labios! / Mi querido puso su mano en mi agujero y el vientre se me
estremeció a su contacto; / tu ombligo es como una copa hecha a torno; / tu
vientre es como un montón de trigo rodeado de flores de lis; / tus dos pechos
son como dos cervatillos; / tu cuello es como torre de marfil; / tu nariz es
como la torre del monte Líbano; / tu cabeza es como el monte Carmelo; tu talle
es tronco de palmera. Yo he dicho: Subiré a la palmera y recogeré sus frutos.
¿Qué haremos de nuestra hermana pequeña? Todavía no tiene pechos. Si es una
pared, edifiquemos encima de ella una torre de plata; si es una puerta,
cerrémosla con madera de cedro.»
Sería preciso transcribir todo el cántico para convencerse de que es una
alegoría desde el principio hasta el fin. El agudo padre Calmet demuestra que
la palmera a donde subió el bien amado es la cruz en que murió nuestro Señor
Jesucristo. Debemos confesar, sin embargo, y confesar sinceramente, que la
moral pura y sana es preferible a semejantes alegorías.
En el Antiguo Testamento se encuentran muchos símbolos típicos que en la
actualidad nos chocan o leemos con incredulidad y con burla, pero que tal vez
parecían naturales y sencillos a los pueblos asiáticos. Dios se aparece a
Isaías, hijo de Amós, y le dice: «Quítate del cuerpo la vestidura, descálzate;
así lo hizo y fue por todas partes desnudo y descalzo. Y Dios dijo: Así como mi
siervo Isaías anduvo desnudo y descalzo, en señal de predicción de tres anos de
guerra contra Egipto y Etiopía, así también el rey de los asirios se llevará
delante de sí cautivos a los de Egipto y de Etiopía, jóvenes y viejos, desnudos
y descalzos y descubiertas las nalgas, para ignominia de Egipto» (Isaías, cap.
XX, vers. 2 y siguientes).
Esta última medida no nos parece decente, pero nos resultará menos
chocante si nos enteramos de lo que ocurre todavía entre los turcos, 105
africanos y en la India. Si estudiamos las costumbres de esos países veremos
que no es raro encontrar allí santones que van en cueros, que no sólo predican
a las mujeres, sino que se dejan besar las partes genitales por respeto, sin
que esos besos inspiren a las mujeres ni a los santones el menor deseo
impúdico. Veremos también, estudiando esas costumbres, que en las orillas del
Ganges un inmenso gentío de hombres y mujeres desnudos, extendiendo los brazos
hacia el cielo, esperan el momento de producirse un eclipse para sumergirse en
el río.
Jeremías, que era profeta en la época de Joakim, rey de Judá, se puso
cadenas y cuerdas por mandato del Señor, y luego las envió a los reyes de Edom,
de Moab, de Tiro y de Sidón, por medio de los embajadores que enviaron a
Jerusalén, ordenándoles que hablaran del modo siguiente a sus señores:
«Esto dice el Señor de los ejércitos, el Dios de Israel, y esto diréis a
vuestros señores: yo crié la tierra, y los hombres, y las bestias que están
sobre la tierra … y he dado su dominio a quien me plugo. Al presente, pues, he
puesto todos estos países en poder de Nabucodonosor, rey de Babilonia, ministro
mío, y le he dado también las bestias del campo para que le sirvan … También le
anuncié a Sedecías, rey de Judá, todas estas mismas cosas diciéndole: Doblad
vuestra cerviz al yugo del rey de Babilonia, y servidle a él y a su pueblo, y
así salvaréis la vida.»
Estas palabras dieron pie para que acusaran a Jeremías de ser traidor a
su patria y a su rey, y de profetizar en favor de sus enemigos por recibir
dinero, y se asegura que fue apedreado. Es evidente que las cadenas y las
cuerdas en cuestión fueron el símbolo de la servidumbre que Jeremías quiso
someter a su patria.
También Herodoto nos cuenta que un rey de los escitas envió como regalo
a Darío, un pájaro, un ratón, una rana y cinco flechas. Ese símbolo significa
que si Darío no huía tan veloz como un pájaro, una rana o un ratón, le matarían
las flechas de los escitas. La alegoría de Jeremías era símbolo de la
impotencia, y la de los escitas del valor.
Dícese que Sexto Tarquinio, habiendo consultado a su padre Tarquinio el
Soberbio cómo debía proceder con los gabilenses, éste, sin contestarle y como
paseaba por el jardín, tronchó las cabezas de las adormideras más altas. Su
hijo, comprendiendo el significado, hizo matar a los principales ciudadanos.
Ese fue el emblema de la tiranía.
Varios estudiosos creen que la historia de Daniel, del dragón de la fosa
de los siete leones, que les daban de comer dos ovejas y dos hombres cada día,
y la historia del ángel que agarró a Habacuc por los cabellos para llevar
comida a Daniel en la fosa de los leones, sólo son una alegoría, un emblema del
celo continuo con que Dios vela por sus servidores. Pero a nosotros nos parece
que es más religioso creer que es un suceso verídico, como otros muchos que
refiere la Sagrada Escritura. Limitémonos a los símbolos, a las alegorías
verdaderas que refiere la Biblia.
«El ano treinta, el quinto día del cuarto mes, estando yo entre los
cautivos junto al río Cobar, los cielos se abrieron y tuve la visión de Dios.
El Señor dirigió su palabra a Ezequiel, sacerdote, hijo de Buzi, en el país de
los caldeos, junto al río Cobar; y allí se hizo sentir sobre él la mano de
Dios.» Así empieza su profecía Ezequiel tras haber visto un torbellino de fuego
y en medio de él las figuras de cuatro animales semejantes al hombre, que
tenían cuatro caras y cuatro alas y pies de toro, y una rueda que estaba sobre
el mundo y tenía cuatro frentes, y las cuatro partes de la rueda giraban a un
tiempo sin retroceder desde que se ponían en movimiento, etc. Dijo: «El
espíritu entró en mí, y en seguida el Señor me dijo: Hijo de hombre, come
cuanto hallares; come ese libro y ve a hablar a los hijos de Israel. Abrí la
boca y diome a comer aquel volumen … El espíritu entró en mí y me dijo: Vete y
que te encierren en tu casa y te aten con estas cadenas. Toma también un cazo
de hierro y ponlo como una muralla entre ti y la ciudad; mantente firme y ponte
delante de Jerusalén, como si la estuvieras sitiando; esto será una señal para
la casa de Israel.»
A continuación de esta orden, Dios le manda que duerma trescientos
noventa días del lado izquierdo para purgar las iniquidades de Israel, y
cuarenta días del lado derecho por las iniquidades de la casa de Judá.
Antes de pasar adelante, transcribiremos las palabras del agudo
comentarista Calmet respecto a esa parte de la profecía de Ezequiel, que al
mismo tiempo es una verdad y una alegoría, verdad real y símbolo. He aquí cómo
la comenta ese sabio benedictino:
«Hay quien cree que eso no ocurrió, que sólo fue una visión del profeta,
que ningún hombre puede permanecer tanto tiempo acostado de un mismo lado, a no
ser por un milagro, que no diciéndonos la Biblia que fue un prodigio no se
deben prodigar los actos milagrosos sin necesidad y que Si permaneció acostado
trescientos noventa días sólo fue durante las noches, el día lo dedicaba a sus
quehaceres. Pero nosotros no vemos la necesidad de recurrir a los milagros, ni
buscar tergiversaciones para explicar este hecho. No es del todo imposible que
el hombre pueda estar atado con cadenas y acostado del mismo lado durante
trescientos noventa días. Todos los días se ven ejemplos que prueban tal
posibilidad en los presos, ciertos enfermos y algunas personas de juicio trastornado
que por irascibles se las encadena. Prado atestigua que vio y conoció a un loco
que estuvo atado y acostado desnudo, siempre del mismo lado durante quince
años. Si lo que refiere el profeta sólo fue una visión, ¿cómo es que los judíos
cautivos comprendieron lo que les quiso decir Ezequiel? ¿Cómo éste hubiera
ejecutado las órdenes de Dios? Lo mismo puede negarse que levantó el plano de
Jerusalén, que representó el sitio, que fue atado y que comió pan de diferentes
clases.»
Debemos adoptar la opinión del agudo Calmet, que es su mejor intérprete.
Es evidente que la Sagrada Escritura refiere el suceso como una verdad y que
ésa es el símbolo, el tipo de otra verdad
«Toma trigo, cebada, habas, lentejas, mijo y alverjas y con ello amasa
panes para comerlos durante los días que duermas del lado derecho (1). Comerás
durante trescientos noventa días esos panes como si fueran tortas de cebada, y
los cocerás debajo del excremento humano. Los hijos de Israel comerán también
así su pan inmundo…»
(1) Ezequiel 4, 9, 12.
Esa porquería fue tan real que horrorizó a Ezequiel y le hizo exclamar:
« ¡Ah, Señor!, mira que mi alma no está contaminada … Y respondióme: He aquí
que en lugar de excremento humano te daré estiércol de bueyes, con el cual
cocerás tu pan» (2).
(2) Ezequiel 4, 14, 15.
Como era preciso que el pan del profeta estuviera inmundo para ser un
símbolo, lo coció con estiércol de bueyes durante trescientos noventa días, y
el hecho fue a la vez una realidad y una figura simbólica.
Del símbolo te Oolla y te Ooliba. La Sagrada Escritura afirma que Oolla
es el símbolo de Jerusalén: «Hijo de hombre, haz que Jerusalén conozca sus
abominaciones, y dice: Tu origen y tu raza es de tierra de Canaán. Amorreo era
tu padre, y Cetea tu madre». A continuación, Ezequiel, sin temor a las
interpretaciones malignas ni a burlas, que entonces se desconocían, habla a la
joven Oolla en estos términos: «Tus pechos crecieron y tu vello brotó, y tú
estabas desnuda y confusa« Al pasar te miré y he aquí que tu edad era la edad
de los amores; extendí sobre ti mi manto y cubrí tu desnudez; y dite juramento
y fuiste mía. Envanecida empero con tu hermosura, te prostituiste, y te
ofreciste lujuriosa a todo el que pasaba, entregándote … en toda encrucijada de
camino pusiste la señal de prostitución; y abriste las piernas a todo pasajero
y multiplicaste tus fornicaciones. Y pecaste con los egipcios, tus vecinos, que
tenían grandes miembros y aumentaste tus fornicaciones para irritarme».
El versículo que trata de Ooliba, que significa Samaria, es más osado y
está escrito en estilo más indecente.
«Desnuda se entregó a las fornicaciones y descubrió sus liviandades, y
ardió en amor infame hacia aquellos cuyos miembros son como miembros de asnos y
su flujo como flujo de caballos.»
Esas imágenes, que hoy nos parecen licenciosas y repugnantes, en
aquellos tiempos eran candorosas y sencillas. Hay muchos ejemplos en El Cantar
de los Cantares como modelo de la unión más casta. Es de advertir que esas
expresiones, esas imágenes, son siempre serias y que en ningún libro de tan
remota antigüedad se encuentra nunca una sola burla sobre la generación. Cuando
condenan la lujuria lo hacen terminantemente y con palabras propias, pero nunca
con la idea de excitar la voluptuosidad ni burlarse. La remota Antigüedad no
cuenta con un Marcial, un Catulo, ni un Petronio.
De Oseas y otros símbolos. No se considera como visión ni alegoría, sino
como una realidad, la orden que dio el Señor al profeta Oseas de tomar una
prostituta y tener tres hijos de ella (1). Y en efecto, mantuvo trato carnal
con Gomer, hija de Evalaim, de la que tuvo dos varones y una niña. Tampoco fue
una visión que se amancebara después con una mujer adúltera por mandato del
Señor, y que le pagara quince trocitos de plata y una fanega y media de cebada.
La primera prostituta personificaba a Jerusalén y la segunda a Samaria.
(1) Véanse los primeros capítulos del Libro del profeta Oseas.
Tampoco fue una visión que el patriarca Salomón se casara con la
prostituta Rahab, abuela de David, ni que el patriarca Judá cometiera incesto
con su cuñada Thamar, de cuya relación nació David. Asimismo no lo fue que Rut,
otra abuela de David, se acostara con Booz, ni que David hiciera matar a Urías
y robara a Betsabé, de quien le nació el rey Salomón, pero todos esos hechos se
convirtieron en símbolos cuando se realizaron.
Resulta evidente, pues, de la historia de Ezequiel, Oseas, Jeremías y
demás profetas de los libros hebraicos, que sus costumbres eran muy distintas
de las nuestras y que el mundo antiguo en nada se parecía al nuestro.
EMPADRONAMIENTO. Los empadronamientos más antiguos que
conserva la historia son los hebreos, de los que no podemos dudar porque
constan en el Antiguo Testamento.
No se debe contar como censo la huida de los israelitas, en número de
seiscientos mil hombres, porque el texto no los especifica tribu por tribu (1),
añadiendo además que un inmenso gentío se unió a ellos. Eso no constituye más
que un relato.
El primer empadronamiento circunstanciado que conocemos se encuentra en
el libro de los Números (2). Del recenso del pueblo que hicieron Moisés y Aarón
en el desierto resultó, contando todas las tribus menos la de Leví, que había
seiscientos tres mil quinientos cincuenta hombres capaces de empuñar las armas.
Si a ellos añadimos la tribu de Leví, suponiendo que tuviera igual número que
las demás tribus, resultará que podían contar con seiscientos cincuenta y tres
mil novecientos treinta y cinco hombres, a los que hay que sumar otros tantos,
entre viejos, mujeres y niños, que dan un total de dos millones seiscientos
quince mil setecientas cuarenta y dos personas salidas de Egipto.
Cuando David, siguiendo el ejemplo de Moisés, ordenó el recuento de todo
el pueblo resultó que había ochocientos mil guerreros de las tribus de Israel y
quinientos mil de las de Judá, según el libro de los Reyes (3), pero según los
Paralipómenos (4) se contaron ochocientos mil guerreros en Israel y menos de
quinientos mil en Judá. El libro de los Reyes excluye las tribus de Leví y de
Benjamín, y el de los Paralipómenos tampoco las cuenta. Si añadimos, pues, esas
dos tribus a las otras, guardando una regla de proporción, sumará el total de
guerreros trescientos ochenta mil. Es una suma excesiva para el pequeño país de
Judea, que estaba poco poblado. Por esto fue un milagro.
(1) Éxodo, 12, 37, 38.
(2) Libro de los Números, cap. 1.
(3) Libro II, cap. 24.
(4) Libro I, cap. 21, 5.
No nos incumbe averiguar el motivo que tuvo el Señor de.los reyes y de
los pueblos para castigar a David por dicho recuento, que ordenó llevara a cabo
Moisés, ni mucho menos averiguar por qué estando Dios irritado con David
castigó al pueblo por ser empadronado. El profeta Gad mandó al rey, de parte de
Dios, que eligiera entre la guerra, el hambre o la peste. David optó por la
peste y murieron en tres días seiscientos mil judíos. San Ambrosio, en su libro
Penitencia, y san Agustín en la obra que escribió contra Fausto, reconocen que
el orgullo y la ambición movieron a David a hacer tal recuento. Su opinión es
de peso y nos sometemos a ella, apagando la exigua y engañosa luz de nuestra
inteligencia.
El Antiguo Testamento refiere un nuevo empadronamiento en la época de
Esdras, cuando los judíos volvieron de su cautividad. «Esa multitud —dicen
Esdras y Nehemías— (5) ascendía a cuarenta y dos mil trescientas sesenta
personas.» Los nombra a todos por familias y cuenta en cada una el número de
judíos y el de sacerdotes, pero no sólo hay entre esos dos autores diferencia
en el número y nombre de las familias, sino error de cálculo en uno o en otro.
Según el cálculo de Esdras, en vez de resultar cuarenta y dos mil hombres, sólo
son veintinueve mil ochocientos dieciocho, y según el de Nehemías, aparecen
treinta y un mil ochenta y nueve.
(5) Libro II de Esdrás, que es la historia de Nehemías, cap. 8, 66.
En vista de tal error aparente debemos consultar a los comentaristas,
sobre todo a Calmet, quien, añadiendo a una de las dos cuentas lo que falta en
la otra y añadiendo, además, lo que falta a las dos, resuelve la dificultad. A
las suposiciones de Esdras y de Nehemías faltan, reprocha Calmet, diez mil
setecientas sesenta y siete personas, pero las encuentra en las familias que no
pudieron presentar su genealogía; por otro lado, si fue un error del copista
ese error no puede perjudicar la veracidad del texto divino.
Es de creer que los grandes reyes que se hallaban cercanos a Palestina
empadronarían sus pueblos con la mayor exactitud que les fuera posible.
Herodoto forma el cálculo de los hombres que acaudillaba Jerjes sin enumerar su
ejército naval. Cuenta un millón setecientos diez mil hombres y dice que para
contarlos los hacían reunir en divisiones de diez mil hombres en un sitio que
no podía contener mayor número. Ese método era muy defectuoso, porque estando
más anchos sólo podían caber ocho o nueve mil hombres. Además, ese método es
poco guerrero; hubiera sido más fácil computar la suma haciendo marchar a los
soldados por filas. Nótese también lo difícil que es mantener tan excesivo
número de hombres en el territorio de Grecia, que iban a conquistar. Podemos, pues,
dudar de tal cantidad de soldados, la manera de contarlos, los azotes que
dieron al Helesponto y del sacrificio de mil bueyes que hizo a Minerva el rey
persa, el cual no conoció a esa diosa, pues sólo se veneraba al sol como único
símbolo de la divinidad.
Más aún, el empadronamiento de tanto millares de hombres era incompleto,
según confesión de Herodoto, dado que Jerjes, además de esos soldados, llevó
consigo los habitantes de Tracia y Macedonia, a los que obligo a seguirle sin
duda para matar de hambre, más pronto, a su ejército. Al llegar a este punto
debemos imitar la conducta que siguen los hombres discretos cuando leen
historias antiguas e incluso modernas: dejan en suspenso su fallo y dudan.
El primer empadronamiento que conservamos de las naciones profanas es el
de Servio Tulio, sexto rey de Roma. En él constan, según Tito Livio, ochenta
mil guerreros, todos ellos ciudadanos romanos. Este cálculo supone una
población de trescientos veinte mil ciudadanos cuando menos, contando viejos,
mujeres y niños, a los que debemos sumar veinte mil criados, entre esclavos y
libres.
Se puede dudar, lógicamente, de que el pequeño estado romano de la época
de los reyes constara de esa multitud de habitantes. Rómulo sólo extendió su
reinado sobre tres mil bandidos que habitaban una aldea situada entre montañas.
Esa aldea sólo podía disponer de un territorio muy reducido, tan exiguo que
apenas tenía tres mil pasos de circuito. Servio era el sexto jefe o rey de
aquella población naciente. La regla de Newton, que es indudable cuando se
trata de monarquías electivas, concede a cada rey veintiún años de reinado y
contradice a los antiguos historiadores, que no observaron el orden de los
tiempos ni nos han transmitido ninguna fecha exacta. Los cinco reyes de Roma,
anteriores a Servio Tulio, debieron reinar unos cien años. Por tanto, es
contrario al orden de la naturaleza que un terreno tan exiguo, menos de cinco
leguas de longitud y tres de latitud, que debió perder muchos habitantes en las
continuas guerras que sostuvo pudiera contar con trescientas cuarenta mil
almas. La mitad de esos habitantes no existe hoy en el territorio de Roma, que
es la metrópoli del orbe cristiano y en la cual la afluencia de extranjeros y
embajadores de todas las naciones hacen más populosa la ciudad, a la que va a
parar el oro de Polonia, Hungría, la mitad de Alemania, España y Francia, y que
debe aumentar la población si otras circunstancias la hacen disminuir.
La historia de Roma no se escribió hasta quinientos años después de su
fundación. Por lo tanto, no debe sorprender que los historiadores concedieran
generosamente ochenta mil guerreros a Servio Tulio, en vez de ocho mil, por
excesivo patriotismo. Habrían dado prueba de mayor celo por ella si hubieran
confesado el débil comienzo de su república. Es más digno de alabanza haberse
elevado desde tan bajo origen a la cumbre de la grandeza, que suponer que
contaban con doble número de combatientes que tuvo Alejandro para conquistar
quince leguas de territorio en cuatrocientos años.
En Roma sólo se formaba el censo de los ciudadanos romanos. Dícese que
en la época de Augusto ese censo totalizó cuatro millones sesenta y tres mil
individuos de tal clase, veintinueve años antes de nuestra era. Así lo asegura
Thilldemont, que es bastante exacto, pero nos ID dice citando a Dión Casio, que
no lo es. Lorenzo Echard afirma que el año 14 de nuestra era resultaron en el
empadronamiento cuatro millones ciento treinta y siete mil ciudadanos romanos,
y el mismo Echard habla de otro empadronamiento general del imperio
confeccionado en el primer año de la era cristiana, sin citar ningún autor
romano que lo confirme, ni hace el cálculo de ciudadanos. Thilldemont tampoco
habla de ese censo.
Asimismo, se cita a Tácito y Suetonio al hablar de esta materia, pero lo
hacen inoportunamente. El censo de que trata Suetonio no es un empadronamiento
de ciudadanos, sino una lista de aquellos que surten de trigo al pueblo. Tácito
habla en el libro II de un censo que se hizo en las Galias para sacar mayores
exacciones. Augusto no efectuó el empadronamiento de los vasallos de su imperio
porque no pagaban la capitación, que sólo impuso en las Galias. Tácito asegura
que Augusto conservaba un Memorándum, escrito por propia mano, en el que
figuraban las rentas del imperio, las flotas y los reinos tributarios, pero no
habla de ningún empadronamiento (1).
(1) Anales, libro I. cap. 2.
Dión Casio menciona un censo, pero no expresa cantidades. Flavio Josefo,
en Antigüedades, dice que en 750, en Roma (que corresponde al año 11 de la era
romana), Cirenio, entonces gobernador de Siria, ordenó que formaran una lista
de todos los bienes que poseían los hebreos, lo que provocó una rebelión. Esto
no tiene nada que ver con el empadronamiento general, pero prueba que Cirenio
fue gobernador de Judea (entonces una provincia de Siria), diez años después
del nacimiento de Jesucristo, no cuando nació éste.
He aquí todo lo recogido de los autores profanos con respecto a los
empadronamientos atribuidos a Augusto. Si hemos de darles crédito, nuestro
Salvador nació durante el gobierno de Varo, no durante el gobierno de Cirenio,
y no se hizo ningún empadronamiento general. Pero san Lucas, cuya autoridad
debe prevalecer sobre las de Josefo, Suetonio, Tácito y Dión Casio, afirma que
hubo un empadronamiento universal y que Cirenio era gobernador de Judea cuando
nació Jesucristo.
Además, no nos han concedido el Antiguo y el Nuevo Testamento para
aclarar dudosos sucesos de historia, sino para anunciarnos verdades saludables,
ante las que deben desaparecer hechos y opiniones. Esto es lo que respondemos a
los cálculos inexactos, contradicciones absurdos, errores garrafales de
Geografía, Cronología y Física, e incluso de sentido común, que los filósofos
encuentran en la Sagrada Escritura. No nos cansaremos de decir que en dicho
libro no debemos buscar la razón, sino la devoción y la fe.
ENCANTAMIENTO (Magia, evocación, sortilegio, etc.). Es inverosímil que esos degradantes absurdos tengan por origen, como
dice Pluche, las hojas con que antiguamente coronaban las frentes de Isis y
Osiris. ¿Qué relación podían tener ésas con el arte de encantar serpientes,
resucitar muertos matar hombres por medio de palabras, inspirar amor o
transformar hombres en animales?
La mayor parte de las supersticiones absurdas tienen su origen en hechos
naturales observados por los hombres. Algunos animales se han acostumbrado a
acudir en busca del alimento cuando oyen tocar una flauta o cualquier otro
instrumento. Orfeo tocaba mejor la flauta que los demás pastores, acompañando
con ella su canto, y los animales domésticos iban detrás de él. De esta
realidad pasaron a suponer que también encantaba a los osos y tigres y le
seguían. Y ya puestos a admitir, creyeron sin gran esfuerzo que Orfeo hacía
bailar las piedras y los árboles. Y de hacer bailar a rocas y árboles pasaron a
edificar ciudades al son de la música, y los sillares se colocaban en su sitio
al oír el canto de Amfión. Desde entonces, sólo necesitaron un violín para
construir una ciudad y una trompeta para destruirla.
El encantamiento de las serpientes debe tener todavía un origen más
raro. La serpiente no es un animal voraz, ni dañino; es tímido, como todos los
reptiles. Cuando la serpiente ve un hombre corre a esconderse en el primer
agujero que encuentra, como un lagarto o un conejo. El hombre tiene el instinto
de correr tras lo que huye y de huir de lo que corre tras él, menos cuando está
armado, porque entonces tiene conciencia de su poder. La serpiente, lejos de
querer devorar carne, se alimenta de hierbas y pasa mucho tiempo sin comer; se
traga algunos insectos, al igual que los lagartos y camaleones, y nos presta un
gran servicio.
Todos los viajeros coinciden en que existen serpientes muy largas y
gruesas, pero estas especies no las conocemos en Europa, en la que no atacan a
ningún hombre ni niño, porque los animales sólo atacan para devorar y los
perros sólo muerden a los viandantes para defender a sus amos. ¿Por qué había
de atacar la serpiente a un niño?, ¿qué placer le causaría morderle? Apenas
podría tragarse su dedo meñique. Las serpientes muerden y las ardillas también,
pero sólo cuando se les hace daño.
No dudo que existan monstruos en la especie de las serpientes como los
hay en la especie de los hombres. Quiero creer que el ejército de Régulo se
armase en Africa para ir a combatir con un dragón, y que más tarde un normando
peleara contra un grifo, pero hay que convenir que esos casos son raros.
Las dos serpientes que fueron expresamente desde Ténedos (1) para
devorar a Laocoonte y sus dos hijos ante el ejército de Troya son un hermoso
prodigio digno de ser transmitido a la posteridad en versos exámetros y en
magníficas estatuas que representen a Laocoonte como un gigante y a sus hijos
como unos pigmeos. Concibo que ese hecho debió tener lugar en la época que se
tomaban las ciudades fundadas por los dioses con un caballo grande de madera,
cuando los ríos retrocedían hasta sus fuentes, cuando las aguas se convertían
en sangre y el sol y la luna se detenían con el menor pretexto. Todo lo
inventado acerca de las serpientes debió ser probable en los países en que
Apolo descendió del cielo para matar a la serpiente Pitón. También pasaron las
serpientes por ser muy discretas, pero su prudencia consiste en no correr tanto
como nosotros y en dejarse cortar a pedazos.
Las mordeduras de serpiente y de víbora sólo son peligrosas cuando su
furor hace fermentar el pequeño depósito de un jugo extremadamente acre que
tienen debajo de las encías (2). Excepto en ese caso, la serpiente no es más
peligrosa que un águila. Muchas damas han atrapado, domesticado y alimentado
serpientes, y las han enroscado en sus brazos.
(1) Véase el canto II de la Eneida.
(2) Véase la obra de M. Fontana. En ella describe las glándulas que
contienen el veneno de la víbora, cómo funcionan los colmillos que cierran
estas vesículas y la mecánica con que el líquido penetra en las heridas; éste
siempre es venenoso, aunque la víbora no esté enfurecida.
Los negros de Guinea adoran una serpiente que no hace daño a nadie. Hay
reptiles de muchas clases, unos más peligrosos que otros, en los países
cálidos, pero por regla general la serpiente es un animal temeroso y no es raro
ver que maman de las vacas.
Los primeros hombres que vieron a otros más atrevidos amansar y
alimentar serpientes, y acudir éstas silbando al llamamiento de aquéllos
creyeron que quienes hacían semejante cosa eran hechiceros.
El encantamiento de las serpientes fue siempre una verdad
incuestionable. Hasta la Biblia, que participa siempre de nuestras debilidades,
se digna estar de acuerdo con esta idea popular: «El áspid sordo se tapa los
oídos para no oír la voz del sabio encantador» (Salmo LVIII, vers. 5 y 6).
«Enviaré contra vosotros serpientes que resistirán a los encantamientos»
(Jeremías, cap. VII, vers. 17). «El maldiciente se parece a la serpiente que no
cede al encantador» (Eclesiastés, cap. X).
El encantamiento posee a veces tanta fuerza que revienta las serpientes.
Según la antigua física, ese reptil es inmortal. Si algún campesino encontraba
en el camino una serpiente muerta era porque algún encantador la había privado
del derecho a la inmortalidad: Frigidus in pratis cantando rumpitur anguis
(Virgilio, Égloga VIII, 71).
Encantamiento de los muertos o evocación. Encantar un muerto, resucitarlo o concretarse a evocar su espectro para
hablarle era la cosa más sencilla del mundo. Ordinariamente, soñando
conseguimos ver muertos, hablarles y que nos contesten. Si los vemos durmiendo
¿por qué no los hemos de ver despiertos? Basta estar dotado de un espíritu de
adivinación que obre sobre un espíritu débil; es decir, ser más granuja que la
persona a quien se trata de persuadir, y nadie negará que esas dos cosas son
bastante comunes.
La evocación de los muertos era uno de los misterios más sublimes de la
magia. Unas veces hacían pasar ante los curiosos alguna figura grande y negra
que se movía por medio de resortes en un sitio oscuro, otras el hechicero o
hechicera aseguraba que había visto pasar el espectro y lo creían bajo su
palabra. Esto se llama nigromancia. La famosa pitonisa Eudor fue un motivo
serio de discusión entre los padres de la Iglesia. El sabio Theodoret, en su
comentario al libro de los Reyes, asegura que los muertos tenían la costumbre
de aparecerse cabeza abajo y que asustó a la pitonisa que Samuel se presentara
con la cabeza hacia arriba. San Agustín, al preguntarle Simpliciano, contesta
en el segundo libro de sus cuestiones que no es extraordinario que una pitonisa
haga aparecer un espectro, ni que el diablo se lleve a Jesucristo desde lo alto
del templo hasta la montaña.
De otros sortilegios. Cuando se
tiene bastante habilidad para evocar a los muertos por medio de palabras, con
más razón puede hacerse morir a los vivos o al menos amenazarles, como el
Médico a palos, de Moliere, amenaza a Lucas con darle calenturas. Al menos es
innegable que los hechiceros poseían el poder de hacer morir a las bestias, y
era preciso oponer sortilegio a sortilegio para proteger al ganado. Pero no nos
burlemos de los antiguos, dado que nosotros todavía somos unos ignorantes que
acabamos de salir del estado de barbarie. No hace cien años todavía veíamos
quemar brujos en las hogueras en toda Europa, y también en 1750 han quemado una
bruja en Wurtzburg. Verdad es que pronunciar ciertas palabras y hacer ciertos
conjuros bastan para que se destruya un rebaño de corderos, si a todo ello se
añade una buena dosis de arsénico.
Es singular la Historia crítica de las ceremonias supersticiosas, debida
a la pluma de Le Brun. En ella quiere ridiculizar los sortilegios e incurre en
el ridículo de creer en ellos. Sostiene que Marie Bucaille, que era bruja
estando presa en Valogne se apareció al mismo tiempo a unas leguas de distancia
de su prisión, según consta en el testimonio jurídico del juez de Valogne.
También menciona el famoso proceso incoado a los pastores de Brie, sentenciados
por el Parlamento de París, en el ano 1691, a la horca y a ser quemados en la
hoguera. Estos pastores fueron lo bastante necios para creerse brujos y lo
suficientemente perversos para efectuar sus hechicerías con veneno. El bueno de
Le Brun protesta de ese fallo diciendo que hubo algo sobrenatural en sus actos,
y como consecuencia fueron ahorcados. Pero el fallo del Parlamento afirma lo
contrario: «El tribunal declara a los acusados convictos y confesos de ser
supersticiosos, impíos, sacrílegos, profanadores y envenenadores». El fallo no
dice que las profanaciones mataran a los animales, sino simplemente que los
mataron los envenenamientos. Los hombres pueden ser sacrílegos y envenenadores
sin ser brujos.
Cierto que otros jueces condenaron a la hoguera al sacerdote Gaufridi y
creyeron firmemente que el diablo le hizo gozar en todas las torturas que
sufrió. Pero eso ocurrió en 1611, época en que la mayor parte de las provincias
eran tan ilustrados como los caraibos y negros. Aún quedan en nuestros días
algunos individuos de esa calaria, como los jesuitas Girard y Duplesi, y los ex
jesuitas Nonotte y Malagrida. Pero la especie se va extinguiendo poco a poco.
En cuanto a que los hombres se metamorfosean en lobos por encantamiento
debemos decir que bastaría que un pastor joven, después de matar un lobo, se
vistiera con la piel de éste e hiciera miedo a las viejas para que corriera la
voz por toda la provincia de que un pastor se había convertido en lobo, y la
noticia corriera de provincia en provincia. Ver un hombre convertido en lobo es
cosa curiosa, pero es algo todavía más extraño y, sobre todo, bello ver almas.
¿Los monjes de Montecassino no vieron el alma de san Benito? ¿Los de Tours no
vieron el alma de san Martín? ¿Los de San Dionisio no vieron el alma de Carlos
Martel?
Encantamientos para hacerse amar. Los había para los mozos y las mozas. Los judíos vendían esos
encantamientos en Roma y Alejandría, y todavía los venden hoy en Asia.
Encontraréis algunos de esos secretos en el Petit‑Albert, pero os enteraréis
mejor en la Oratio de Magia que compuso Apuleyo cuando un cristiano, padre de
la joven con quien casó, le acusó de haberla hechizado por medio de filtros. Su
suegro Emiliano sostenía que Apuleyo, para conseguirlo, se había valido de
ciertos pescados, apoyando su opinión en que por haber nacido Venus del mar los
pescados debían excitar prodigiosamente a las mujeres al amor.
Para elaborar los filtros amorosos se echaba mano de ingredientes tales
como la verbena, el tenía y el hipomanes de la yegua, que es el flúido mucoso
que sale de la vulva de las yeguas cuando están en celo, y a un pajarillo que
en latín se llama motacilla. Pero a Apuleyo le acusaron de haber empleado
mariscos, patas de cigala, erizos marinos, ostras y calamares, que se cree
tienen poder afrodisíaco. Apuleyo da a entender que fue muy otro el verdadero
filtro que hizo que se le entregara Pudentilla. Cierto que confiesa en la
citada obra que su mujer le llamó un día mago, a lo que replica diciendo: «Y
eso qué tiene que ver. ¿Si me hubiera llamado cónsul, sería cónsul por eso?»
Los griegos y romanos creían que la hierba satirión era el filtro más
poderoso y la llamaban planta afrodisíaca y raíz de Venus. Añadiéndole el
jaramago es el eruca de los latinos. La mandrágora ha pasado ya de moda.
Algunos vejetes putañeros usan de moscas cantáridas que obran sobre las partes
genitales, pero también actúan desastrosamente en la vejiga, pues la escorian y
hacen orinar sangre. Esos viejos son cruelmente castigados por haber querido
llevar el arte demasiado lejos. La juventud y la salud son los verdaderos
filtros amorosos.
Durante mucho tiempo se creyó que el chocolate reanimaba el vigor
dormido de nuestros padres que habían envejecido prematuramente. Pero ¡ay!, ni
veinte tazas seguidas de chocolate son capaces de reanimar al que perdió las
fuerzas.
ENTERRAMIENTO. Leyendo por casualidad los cánones de un Concilio
de Braga, celebrado en 563, me llamó la atención el canon 15, que prohíbe
inhumar en las iglesias. Algunos estudiosos aseguran que en otros concilios se
hizo la misma prohibición. Infiero de esto que, desde los primeros siglos de
nuestra era, algunos tuvieron la vanidad de convertir los templos en osarios
para pudrirse en ellos de un modo más distinguido que los demás mortales. Con
riesgo de equivocarme, afirmo que no conozco ningún pueblo de la Antigüedad que
haya elegido los lugares sagrados, donde adoraba a la divinidad, para
transformarlos en cloacas de muertos.
Los egipcios convertían en momias a su parentela difunta, y es digno de
elogio que tuvieran el gusto de conservar una serie de antepasados en carne y
hueso en sus estancias. Dícese que hasta empeñaban, en casa de los usureros, el
cuerpo del padre o del abuelo. En la actualidad, no hay país en el mundo que
den un solo ochavo por semejantes prendas. Pero, ¿cómo es posible que dejaran
en garantía la momia del padre si fueron a enterrarle a la otra parte del lago
Moeris, transportándola en la barca de Caronte, después que cuarenta jueces
decidieron que la momia había vivido como persona honrada y era digna de pasar,
mediante la entrega del óbolo que llevaba en la boca? El muerto no puede estar
al mismo tiempo paseándose por la laguna y en el gabinete de su heredero, o en
casa del usurero. El respeto que profesamos a la Antigüedad nos impide examinar
detenidamente estas pequeñas contradicciones.
Sea como fuere, lo cierto es que ningún templo del mundo fue manchado
por los cadáveres, porque ni siquiera enterraban a nadie en las ciudades. Muy
pocas familias gozaron en Roma del privilegio de erigirse mausoleos,
transgrediendo la ley de las Doce Tablas, que expresamente lo prohibía.
En los tiempos actuales, algunos papas están enterrados en la basílica
de San Pedro. Pero no dan mal olor a la iglesia porque sus cadáveres están bien
embalsamados, dentro de ataúdes de plomo y encerrados en gruesas tumbas de
mármol, a través de las que es imposible rezumar. Ni en Roma, ni en el resto de
Italia, existen esos abominables cementerios que rodean a las iglesias; no se
encuentra allí la infección al lado de la magnificencia, ni los vivos andan
sobre los muertos. Ese horror sólo se consiente en los países esclavizados por
los usos más indignos, que permiten que subsista ese resto de barbarie que
avergüenza a la humanidad.
Cuando entráis en la catedral de París vuestros pies caminan por
deterioradas losas mal unidas y desniveladas. Es porque las han quitado
múltiples veces para enterrar bajo ellas a nuevos inquilinos.
Llevan a una legua de la ciudad las inmundicias de los retretes, y en
cambio amontonan en la ciudad misma, desde hace doscientos años, los despojos
mortales que produjeron esas mismas inmundicias.
ENTUSIASMO. Esta palabra, derivada del griego, significa
emoción de las entrañas, agitación interior. Los griegos, ¿inventaron esta
palabra para expresar las sacudidas de los nervios, la dilatación y el
encogimiento de los intestinos, las contracciones violentas del corazón, la
oleada de llamaradas que desde las entrañas sube al cerebro cuando nos
afectamos violentamente? ¿O bien en un principio dieron el nombre de
entusiasmo, de perturbación de las entrañas, a las contorsiones de la
sacerdotisa que en el trípode del templo de Delfos recibía el espíritu de Apolo
por una parte que parece formada únicamente para recibir cuerpos?
¡Qué matices tan diferentes tienen nuestras afecciones! Aquiescencia,
sensibilidad, emoción, perturbación, sobresalto, pasión, arrebato, demencia,
furor, ira, son estados por los que puede pasar el alma humana.
El espíritu de partido predispone al entusiasmo; no existe ningún
partido que no tenga sus energúmenos. El hombre apasionado que habla, incluso
con los ademanes, tiene en los ojos, en la voz y en los gestos, un veneno sutil
que lanza como un venablo a sus partidarios. Por esta razón la reina Isabel,
con el fin de conservar la paz del reino, prohibió que se predicara durante
seis meses en Inglaterra sin permiso firmado de su mano.
San Ignacio, hombre de acalorada imaginación, leyó la vida de los padres
del desierto después de haber leído novelas caballerescas, y sintió un doble
entusiasmo. Se convirtió en caballero de la Virgen María, veló sus armas, y
quiso batirse por su dama. Tuvo visiones en que se le apareció la Virgen y le
recomendó a su Hijo, diciéndole que su Compañía debía tomar por nombre el de
Jesús. Ignacio comunicó su entusiasmo a otro español llamado Javier y éste se
fue a las Indias sin comprender el idioma de aquellos países; de allí pasó al
Japón sin saber el japonés, pero su entusiasmo contagió la imaginación de
algunos jesuitas jóvenes que se dedicaron a estudiar la lengua del Japón.
Dichos jesuitas, tras el fallecimiento de Javier, sostuvieron que éste había
obrado más milagros que los apóstoles y había resucitado siete u ocho muertos
cada mes. El entusiasmo de esos jesuitas fue tan epidémico que consiguieron
implantar en el Japón lo que llamaron una cristiandad, cristiandad que terminó
con una guerra civil en la que murieron degollados cien mil hombres, porque el
entusiasmo llegó entonces a su último grado de paroxismo, es decir, al
fanatismo, y éste se convirtió en desatado furor.
Es cosa muy difícil que la razón y el entusiasmo vayan aunados. La razón
lo ve todo como es. El hombre embriagado se expresa con incoherencia porque
está privado de la razón. El entusiasmo es como el vino: provoca tal tumulto en
los vasos sanguíneos y sacudidas tan violentas en los nervios que obnubilan la
razón. Puede producir sólo ligeras excitaciones cuyo efecto no pasa de dotar al
cerebro de mayor actividad. Es lo que sucede al hombre cuando tiene las grandes
inspiraciones de elocuencia en la poesía sublime. El entusiasmo razonable es
patrimonio de los poetas, la perfección de su arte, lo que la Antigüedad creyó
que inspiraban los dioses a los poetas. Esto no se ha dicho nunca de los demás
artistas.
¿Cómo puede la razón dirigir el entusiasmo? El poeta empieza por dibujar
el cuadro que piensa describir y la razón dirige su lápiz. Pero quiere animar
sus personajes dotándolos de los caracteres de las pasiones, y para ello la
imaginación se calienta y el entusiasmo obra. Este es un corcel que le arrastra
en su carrera, pero la carrera que sigue la tiene trazada de antemano el poeta.
El entusiasmo va como anillo al dedo a todos los géneros de la poesía en
que toma parte el sentimiento. Algunas veces es lícito en la égloga, como lo
usa Virgilio en su Égloga X. Las odas son verdaderos cantos en que domina el
entusiasmo. El estilo de las epístolas y el de las sátiras rechaza el
entusiasmo, por eso no se encuentra en las obras de Boileau ni de Pope.
ENVENENAMIENTOS. Es conveniente desmitificar lo que en la Antigüedad
creyeron que eran verdades. Siempre hubo menos envenenamientos de los que
propaló la voz pública. Se han imputado muchos de estos crímenes y sólo se han
cometido algunos; prueba de ello es que durante mucho tiempo se consideró
veneno lo que no era. ¡Cuántos príncipes se libraron de quienes les eran
sospechosos haciéndoles beber sangre de toro! ¡Y cuántos bebieron dicha sangre
para no caer en manos de sus enemigos! Los historiadores antiguos, incluyendo a
Plutarco, lo aseguran.
Tantos cuentos de esos me refirieron durante la niñez, que me indujeron
a sangrar uno de mis toros y la bebí, como Atrea y Gabriela de Vergy. Me causó
tanto daño como la sangre de caballo causó a los tártaros, y como nos produce
el pastel que comemos todos los días. ¿Por qué ha de ser veneno la sangre de
toro, cuando es un remedio la sangre de cabra montés? Los campesinos de mi
cantón beben sangre de buey todos los días, y la de toro no debe ser más
peligrosa. Estad seguros, lectores, de que Temístocles, aunque bebió una copa
llena de sangre de toro, no se envenenó.
Algunos chismosos de la corte de Luis XIV aseguraban que la cuñada del
monarca, Enriqueta de Inglaterra, fue envenenada con polvos de diamante que le
pusieron en un tazón de fresas, en vez de azúcar molido, pero ni el polvo
impalpable del vidrio de diamante, ni ningún producto de la naturaleza que no
sea venenoso por sí mismo puede ser nocivo. Sólo las puntas agudas, activas y
cortantes, pueden convertirse en venenos violentos. El célebre médico Mead, de
Londres, examinó a través del microscopio el flúido que contienen las encías de
las víboras y afirma que están llenas de láminas cortantes y puntiagudas, cuyo
infinito número desgarra y rompe las membranas internas.
La cantarella, sustancia que se cree usaban el papa Alejandro VI y su
hijo el duque de Borgia para envenenar, dicen que era el espumarajo de un cerdo
que hacían rabiar colgándole por los pies, cabeza abajo, y apaleándole hasta
matarlo. Era un veneno tan rápido como el del áspid. Un boticario muy instruido
me asegura que Tofana, célebre envenenadora de Nápoles, empleaba esa sustancia.
Quizás todo eso no sea verdad. Además, es una ciencia que conviene ignorar.
Los venenos que coagulan la sangre, en vez de desgarrar las membranas,
son el opio, cicuta, beleño, acónito y otros muchos. Los atenienses llevaron su
refinamiento en esta materia hasta el extremo de quitar la vida con esos
venenos fríos a los compatriotas que condenaban a la pena capital. Un boticario
era el verdugo de la república. Dícese que Sócrates murió tan apaciblemente
como si quedara dormido, pero me cuesta trabajo creerlo.
He notado en el Antiguo Testamento que en aquel país nadie murió
envenenado. Perecieron asesinados numerosos reyes pontífices, y su historia es
una larga cadena de asesinatos y bandidaje, pero en toda ella sólo se encuentra
un hombre que muriera envenenado, y no era judío. Era sirio, se llamaba Lisias
y desempeñaba el cargo de general de los ejércitos de Antíoco. El segundo libro
de los Macabeos dice que se envenenó, pero ya sabemos que dichos libros son
sospechosos.
Lo que más extraña en la historia de las costumbres de los antiguos
romanos es la conspiración de las mujeres para que murieran envenenados, no sus
maridos, sino los principales ciudadanos. Esto ocurrió, según Tito Livio, en el
año 423 de la fundación de Roma, cuando reinaba la virtud más austera, no se
había presentado ningún caso de divorcio, aunque la ley lo autorizaba, ni las
mujeres bebían vino ni salían de sus casas más que para ir a los templos. ¿Cómo
comprender, pues, que de repente se interesaran por los venenos, se reunieran
para componerlos y que, sin ningún interés específico, dieran muerte a los
principales ciudadanos de Roma? Lorenzo Echard, en su compilación abreviada, se
limita a decir que «la virtud de las damas romanas se desmintió de manera
extraña en aquella ocasión, que ciento setenta de ellas, además de ser
envenenadoras, trataban de reducir ese arte a preceptos, que a todas las
acusaron a un tiempo, y quedaron convictas y castigadas».
Tito Livio no dice que redujeran ese arte a preceptos porque eso
significaría que tenían escuelas y profesaban tal ciencia, y esto es ridículo.
Tampoco habla de ciento setenta profesoras versadas en sublimado corrosivo y
cardenillo, pero afirma que entre las esposas de los senadores y patricios no
hubo ninguna envenenadora.
He aquí lo que dice Tito Livio (1) del suceso: «El año 423 debe contarse
entre los desgraciados: hubo gran mortalidad causada por la infición del aire o
la malicia humana. Quisiera afirmar con otros autores que la insalubridad del
aire causó esta epidemia y no atribuir la muerte de muchísimos romanos a los
estragos del veneno, como escriben con falsía los historiadores con el único
fin de desacreditar ese año». Luego escribieron falsamente, según palabras de
Tito Livio, que las damas romanas fueron envenenadoras. Aparte de que no lo
creo, ¿qué interés tenían los autores que lo dijeron en desacreditar ese año?
Es lo que ignoro.
«Voy a referir el hecho como me lo han contado», continúa Tito Livio.
Así no habla un hombre convencido; además, ese hecho se parece mucho a una
fábula. Una esclava acusa a setenta mujeres, algunas de ellas patricias, de
haber introducido la peste en Roma con determinados venenos. Algunas acusadas
piden permiso para ingerir sus drogas y mueren en el acto. Sus cómplices son
condenadas a muerte, sin especificar en qué clase de suplicio.
Me atrevo a opinar que esta historieta, que Tito Livio duda en creer,
merece el mismo crédito que la del bajel que una vestal atrajo al puerto con su
cinturón, que la de Júpiter deteniendo la fuga de los romanos, que la del
Castor y Pólux yendo a pelear a caballo y que la de Simón Barjona, por
sobrenombre Pedro, disputando hacer milagros con Simón el Mago.
Puede evitarse el efecto de los venenos combatiéndolos en el acto. No
hay medicina que no sea veneno cuando se administra en dosis excesivas. Cada
indigestión es un envenenamiento. El médico ignorante o sabio que no estudia al
enfermo es con frecuencia un envenenador, y un buen cocinero, a la larga, os
envenena si sois intemperante en la comida.
ENVIDIA. Ya conocemos todo lo que dijo la Antigüedad
acerca de una pasión tan vergonzosa, y lo que los modernos han repetido.
Hesíodo fue el primer autor clásico que trató este tema, y dijo: «El alfarero
envidia al alfarero, el artesano al artesano, el músico al músico, el poeta al
poeta y hasta el pobre envidia al pobre». Mucho antes que Hesíodo, Job había
dicho: «la envidia consume al codicioso» (2).
(1) Primera década, libro VIII.
(2) Job, cap. 5, 2.
Mandeville, autor de Fábula de las abejas, trató de probar que la
envidia es conveniente y una pasión útil. Dice de ella que es tan natural en el
hombre como el hambre y la sed, y que se descubre en los niños, los caballos y
los perros. Si queréis que vuestros hijos se odien, mimad más a uno que a otro
y lo conseguiréis. Asevera que lo primero que hacen dos mujeres jóvenes cuando
se conocen es buscarse mutuamente la parte ridícula, y lo segundo adularse
recíprocamente. Afirma que sin la envidia las artes no se habrían perfeccionado
tanto, y que Rafael no habría sido tan egregio pintor si no hubiera envidiado a
Miguel Ángel.
El referido autor, a decir verdad, confunde la emulación con la envidia,
pero quizá la emulación no es más que la envidia contenida en los límites del
decoro. Miguel Ángel podía decir a Rafael: «Por tenerme envidia me habéis
aventajado, me desacreditaste hablando con el Papa y le indujiste a que me
excomulgara porque puse tuertos y cojos en el paraíso, y orondos cardenales con
hermosas mujeres desnudas como la mano en el infierno de la obra del Juicio
Final. Y todo por envidia, pero vuestra envidia es loable; seamos buenos
amigos».
Ahora bien, si el envidioso es un miserable sin talento, celoso del
mérito de los demás, como los pobres tienen celos de los ricos, y si apremiado
por ganarse el pan o por indignidad del carácter escribe El novelero del
Parnaso, Las cartas de la señora condesa o Los años literarios, entonces es un
mastuerzo que hace alarde de una envidia que no sirve para nada y Mandeville no
se atreverá a hacer su apología. Dícese que los antiguos creían que los ojos de
los envidiosos hechizaban a quienes se fijaban en ellos. Yo creo que los
hechizados son los envidiosos.
Descartes dice que la envidia arroja la bilis amarilla que proviene de
la parte inferior del hígado, y la negra proviene del bazo y se esparce en el
corazón a través de las arterias. Pero como en el bazo no se forma ninguna
clase de bilis, al aseverar Descartes tal cosa no merece que envidiemos su
física.
Moliere tiene razón cuando dice: «Los envidiosos mueren, pero no muere
la envidia». Un excelente adagio que debemos seguir aconseja que vale más
causar envidia que lástima. Causemos, pues, envidia hasta donde nos sea
posible.
EPIFANÍA. No alcanzo a comprender la relación que pueda
tener esa palabra con los tres reyes o tres magos que vinieron de Oriente
guiados por una estrella. A esa estrella brillante, sin duda, debió dicho día
el nombre de Epifanía.
¿De dónde venían esos tres reyes? ¿En qué sitio se dieron cita? Dícese
que uno de ellos venía de Africa, por tanto, no venía de Oriente. Se dice
también que sólo vinieron tres magos, pero el pueblo ha preferido siempre que
fueran reyes (1) y celebran en todas partes la fiesta de los reyes y en ninguna
la de los magos. Por otro lado, como traían gran cantidad de oro, incienso y
mirra, debieron ser ricachos señorones y los magos de aquella época tenían poco
dinero.
(1) Los Reyes Magos se dice en España y en gran parte de los países de
religión católica.
Tertuliano fue el primero en decir que esos tres viajeros eran reyes.
San Ambrosio y san Cesáreo son del mismo parecer, citando como pruebas estos
pasajes del Salmo LXXI: «Los reyes de Tarsis y de las islas le ofrecieron
regalos. Los reyes de Arabia y de Sala le trajeron presentes». Unos llaman a
esos reyes Magalat, Galgalat y Saraim, otros les llamaron Athos, Satos y
Paratoras y los católicos los conocen por los nombres de Melchor, Gaspar y
Baltasar. El obispo Osorio asegura que un rey de Granganor emprendió ese viaje
con dos magos y al regresar a su país fundó una capilla consagrada a la Santa
Virgen.
¿Qué cantidad de oro dieron a José y María? Muchos comentaristas
aseguran que les hicieron riquísimos regalos fundándose en el Evangelio de la
Infancia (de Jesús), que dice que dos hombres, Tito y Dumaco, robaron en Egipto
a José y María, añadiendo que no los habrían robado de no haber tenido mucho
dinero. Más tarde ahorcaron a esos ladrones que fueron el buen y el mal ladrón.
El Evangelio de Nicodemo les da otros nombres: Dimas y Gestas.
El mismo Evangelio de la Infancia dice que eran magos, no reyes, los que
fueron a Belén, y que innegablemente los guió una estrella, pero cuando ésta se
ocultó al llegar al pesebre se les apareció un ángel en forma de estrella para
sustituir a la extinguida. Dicho Evangelio afirma que Zoroastro profetizó la
visita de los tres magos.
El jesuita Suárez trata de averiguar qué se hizo del oro que ofrendaron
los tres reyes o magos. Supone que debió sumar una cantidad enorme, porque tres
reyes no debían hacer regalos mezquinos; dice que entregaron aquel dinero a
Judas, que asumiendo la administración se hizo un truhán y robó todo el tesoro.
Todas estas puerilidades no perjudican a la fiesta de la Epifanía, que
instituyó la Iglesia griega, lo mismo que su nombre, y luego celebró la Iglesia
latina.
EQUIVOCO. Por no definir bien los términos y, sobre todo, por
falta de claridad, casi todas las leyes, que deberán ser exactas como un
postulado de matemáticas, son oscuras como logogrifos. Desgraciada prueba de
ello es que todos los procesos se fundan en el sentido de las leyes, que
siempre entienden de distinta manera los que pleitean, los abogados y los
jueces.
El Derecho público de Europa tuvo por origen los equívocos, empezando
por la ley sálica. La hija no heredará en tierra sálica. Pero ¿qué quiere decir
en tierra sálica?, ¿cómo no heredará si pueden legarle un collar valiosísimo y
una gran cantidad de dinero contante y sonante que valga más que la tierra?
La ciudadanía de Roma saludaba a Carlos, hijo de Pepino el Breve, con el
nombre de emperador. ¿Querían indicar con este título que le otorgaban todos
los derechos que tuvieron Octavio, Tiberio, Calígula y Claudio, o todos los
países que éstos poseyeran? Esto último no podía ser porque no eran dueños de
ellos, ejerciendo dominio apenas en su ciudad. Nunca se ha visto palabra tan
equívoca; lo era antiguamente y lo sigue siendo.
Las cosas más respetables, las más sagradas y las más divinas, las han
oscurecido los equívocos de los idiomas. Si se pregunta a dos cristianos a qué
religión pertenecen responderán que son católicos y se creerá que los dos
pertenecen a la misma confesión; sin embargo, uno está afiliado a la Iglesia
griega y el otro a la latina, y son enemigos irreconciliables.
El alma de san Francisco de Asís está en el cielo, en el paraíso; la
primera palabra significa aire y la otra jardín.
El equívoco es un vicio tan común en todas las lenguas conocidas que el
propio Ser Supremo, en el que radican la claridad y la verdad, se dignó
ajustarse al modo de hablar de su pueblo predilecto. Así que en algunas partes
la palabra Eloín significa jueces, en otras dioses, y a veces ángeles.
La frase «Tú eres Pedro y sobre esta piedra construiré mi Iglesia» sería
un equívoco en cualquier lengua tratándose de un asunto profano. Pero esos
términos adquieren un sentido divino en boca del que las pronuncia y según al
asunto a que se aplican. «Yo soy el Dios de Abrahán de Isaac y de Jacob»; por
tanto, Dios no es el Dios de los muertos, sino de los vivos. En el sentido
ordinario, esas palabras pueden significar: Yo soy el mismo Dios que adoraron
Abrahán y Jacob, como la tierra que sustentó a Abrahán, a Isaac y a Jacob
sustenta también a su posteridad el sol que brilla hoy es el que brillaba en
tiempos de Abrahán, de Isaac y de Jacob; la ley de sus descendientes es su ley.
No significa que Abrahán Isaac y Jacob vivan todavía. Pero cuando habla el Mesías
desaparece el equívoco; el sentido es tan claro como divino. Es evidente que
Abrahán, Isaac y Jacob no deben colocarse entre los muertos porque viven en la
gloria, ya que el Mesías pronunció ese oráculo, pero debía haberlo dicho.
Todos los oráculos de la Antigüedad eran equívocos. Uno de ellos
vaticinó a Creso que perecería un poderoso imperio. Pero ¿era el suyo o el de
Ciro? Otro oráculo predijo a Pirro que los romanos podían vencerle y él podía
vencer a los romanos. Un oráculo así no podía equivocarse nunca.
Cuando Septimio Severo, Pescenio Niger y Claudio Albino se disputaban el
imperio, consultaron el oráculo de Delfos y éste les respondió: «El moreno es
muy bueno, el blanco no vale nada y el africano es pasable». Así, ese oráculo
se puede interpretar de muchas maneras.
Cuando Aurelio consultó al dios de Palmira, éste le contestó que las
palomas temen al gavilán, y ante cualquier cosa que acaeciera el dios quedaba
bien. El que venciera siempre sería el gavilán, y los vencidos las palomas.
Algunas veces, los monarcas emplearon el equívoco al igual que los
dioses. No recuerdo qué tirano, después de haber prometido a un prisionero que
no le mataría, ordenó que no le dieran de comer, diciendo que prometió no
matarle, pero no había prometido contribuir a que viviera.
ESCÁNDALO. Sin averiguar si el escándalo fue
originariamente una piedra que hacía tropezar y caer a las gentes, una disputa
o una seducción, me limitaré a tratar del significado que tiene en la
actualidad. Escándalo es una indecencia grave y se aplica principalmente a los
eclesiásticos. Los Cuentos de La Fontaine son libertinos y muchos pasajes de
Sánchez, Tambourin y Molina, son escandalosos.
Podemos ser escandalosos en los escritos y en la conducta. El sitio que
sostuvieron los agustinos contra los arqueros de la ronda en época de la Fronda
fue escandaloso. La bancarrota del jesuita La Valette fue más escandalosa
todavía. El proceso incoado en 1764 a los reverendos capuchinos de París fue un
escándalo muy divertido. Vamos a decir algo de este proceso para edificación de
nuestros lectores.
Los reverendos padres capuchinos riñeron y llegaron a las manos en el
convento. Unos habían escondido dinero y otros se habían apoderado de él. Hasta
aquí no fue más que un escándalo privado, una piedra que sólo podía hacer caer
a los capuchinos, pero cuando este asunto se llevó al Parlamento el escándalo
trascendió a la calle. En el proceso se dice que el convento de san Honorato
necesita mil doscientas libras de pan cada semana, carne, vino y leña en
proporción, y que existían allí cuatro colectores titulares encargados de
cobrar las contribuciones a la ciudad. ¡Qué escándalo! ¡Mil doscientas libras
de carne y de pan cada semana para mantener unos cuantos capuchinos, cuando hay
tantos obreros viejos y viudas honradas expuestos todos los días a morir de inanición!
El reverendo padre Doroteo se las ingenió para tener tres mil libras de
renta a expensas del convento y, por ende, a expensas del pueblo. Esto, además
de producir escándalo, fue un robo manifiesto a la clase más indigente de
París, porque son los pobres quienes pagan la tasa impuesta por los frailes
mendicantes. La ignorancia y la debilidad del pueblo le hacen creer que no
ganará el cielo más que dando lo que es necesario y que para esos frailes
constituye lo superfluo. Fue preciso, pues, que el padre Doroteo arrancara
veinte mil escudos a los pobres de París para proporcionarse mil de renta.
Meditad bien, queridos lectores, que hechos como éste no son raros en
nuestro siglo XVIII, que, sin embargo, ha producido muy buenos libros. Pero,
como he dicho, el pueblo no lee. El capuchino, el recoleto, el carmelita que
confiesa y predica, es capaz de causar por sí solo más daño que beneficios
pueden proporcionar los mejores libros.
Me atrevería a proponer a los hombres honrados que esparcieran por las
capitales un número considerable de anticapuchinos, antirrecoletos y
anticarmelitas, que fueran de casa en casa a recomendar a los padres y madres
que sean virtuosos, guarden el dinero para gastarlo en sus familias y les sirva
de sostén en la vejez, o para aconsejarles que amen a Dios de todo corazón y no
den nada a los frailes. Pero volvamos al asunto.
En el proceso de los capuchinos se acusa al hermano Gregorio de haber
tenido un hijo con una mujer apodada Brazo de Hierro y de haberla casado
después con Montard el zapatero. No se dice si el hermano Gregorio dio la
bendición nupcial a su querindanga y al marido de ésta. Si la dio, fue el
escándalo máximo que pudo cometerse porque aúna la fornicación, el robo, el
adulterio y el sacrilegio. Digo fornicación porque el hermano Gregorio fornicó
con la Brazo de Hierro cuando ésta no tenía más que quince años. Digo robo
porque regaló el ajuar de boda a la mentada mujer y es evidente que robó al
convento para adquirirlo, pagar los gastos del parto y la leche de la nodriza.
Digo adulterio porque ese hermano rijoso continuó acostándose con la mujer de
Montard. Digo sacrilegio porque confesaba a la mujer en cuestión y si fue capaz
de casarla, podéis pensar qué clase de hombre es el hermano Gregorio.
ESCLAVOS. No se comprende por qué llamamos esclavos a
quienes los romanos llamaban servi. Esta etimología es defectuosa y Bochard no
se atreverá a decir que esa voz proviene del hebreo.
La mención más antigua que tenemos de la palabra esclavo figura en el
testamento de Ermangant, arzobispo de Narbona, que lega al obispo Fredelón su
esclavo Anaf, Anaphum slavonium. Anaf debió de ser muy dichoso perteneciendo
sucesivamente a dos obispos.
Es verosímil que los eslavos vinieran del confín del Norte con otros
pueblos menesterosos y conquistadores a apoderarse de lo que el Imperio romano
había robado a las demás naciones, sobre todo de Dalmacia e Iliria. Los
italianos llamaron schiatu a la desgracia de caer en sus manos, y schiavi a los
que aquellos bárbaros tenían cautivos.
Lo que cabe deducir del fárrago de la Historia de la Edad Media es que
en la época de los romanos el universo conocido se dividía en hombres libres y
esclavos. Cuando los eslavos, alanos, hunos, vándalos, lombardos, visigodos,
francos y normandos se repartieron los despojos del mundo, no por eso disminuyó
la cantidad de esclavos. Los antiguos señores se vieron condenados a la
esclavitud. Los menos subyugaron a los más, como acontece en las colonias que
emplean negros en el trabajo.
Los autores antiguos nada dicen de los esclavos que tenían los asirios y
egipcios. La Ilíada es el primer libro que habla de esclavos. La hermosa
Chireseis es esclava en casa de Aquiles. Los troyanos, sobre todo las
princesas, temen ser esclavas de los griegos.
La esclavitud es tan antigua como la guerra, y ésta tan antigua como la
naturaleza humana. Tan acostumbrada se hallaba a semejante degradación, que
Epicteto, que innegablemente valía más que su dueño, no extrañó nunca ser
esclavo. Ningún legislador de la Antigüedad intentó abolir la esclavitud; al
contrario, los pueblos más afectos a la libertad, los atenienses, lacedemonios,
romanos y cartagineses, decretaron las leyes más crueles respecto a la
esclavitud. Los dueños tenían derecho de vida y muerte sobre los esclavos.
¿Quién creería que los hebreos, que parecen nacidos para servir
sucesivamente a las demás naciones, tuvieran también esclavos? En sus leyes
consta que pueden comprar a sus hermanos por seis años y a los extranjeros para
siempre (1). Se decía que los hijos de Esaú tenían que ser siervos de los hijos
de Jacob; pero luego, bajo otro régimen, los árabes, que se creían hijos de
Esaú, redujeron a la esclavitud los hijos de Jacob.
(1) Éxodo, cap. 31; Levítico, cap. 25; Génesis, cap. 27 y 28.
Los Evangelios no ponen en boca de Jesucristo ni una sola palabra que
recuerde al género humano su libertad primigenia, para la cual parece que haya
nacido. Nada dice el Nuevo Testamento del estado de oprobio y aflicción a que
fue condenada la mitad del género humano, ni tampoco los escritos de los
apóstoles y padres de la Iglesia; ni aquél, ni éstos, hablan de otra esclavitud
que la del pecado.
Es difícil comprender cómo pudieron decir los judíos a Jesús en el
Evangelio de Juan: «No hemos servido nunca a nadie», cuando entonces eran
vasallos de los romanos, cuando fueron esclavizados después de la toma de
Jerusalén, cuando diez de sus tribus, que esclavizó Salmanazar, desaparecieron
de la faz de la tierra y las otras dos estuvieron cautivas en Babilonia durante
setenta años, cuando fueron reducidos a la esclavitud siete veces en la tierra
prometida, según propia confesión, cuando en todos sus escritos hablan de su
servidumbre en Egipto, en ese Egipto que aborrecían y al que acudieron para
ganar dinero cuando Alejandro les permitió afincarse en dicha nación. El
reverendo padre Calmet dice que se trataba de una servidumbre intrínseca, que
aún es más difícil de entender.
En Italia, las Galias, España y parte de Alemania se establecieron
extranjeros que se convirtieron en señores, mientras los naturales de dichos
países llegaron a ser sus esclavos. Cuando don Opas, obispo de Sevilla, y el
conde don Julián recabaron la ayuda de los mahometanos para que combatieran
contra los reyes cristianos visigodos que reinaban en España, los mahometanos,
queriendo implantar allí sus costumbres, propusieron al pueblo que se hiciera
circuncidar, se batiera con ellos, o les pagara un tributo en dinero y mujeres.
Vencieron al rey don Rodrigo y no hubo en España más esclavos que los
prisioneros de guerra; los nativos conservaron su religión y sus bienes,
pagando. De la misma manera procedieron, más tarde, los turcos en Grecia, pero
impusieron un tributo de hijos. Los varones, para ser circuncidados y servir en
el cuerpo de jenízaros; las hembras, para educarlas en los serrallos. Pero
luego, con dinero, los griegos se libraron del tributo. Los turcos, para las
labores caseras, no tienen más esclavos que los que compran en Circasia,
Mingrelia y Tartaria.
Entre los africanos musulmanes y los europeos cristianos perduró la
costumbre de saquear y hacer esclavos a todos los hombres que vencían en el
mar. Son aves de presa que se echan unas sobre otras. Argelinos, tunecinos y
marroquíes viven de la piratería. Los religiosos de Malta, sucesores de los de
Rodas, juran saquear y encadenar a los musulmanes. Las galeras del papa van a
robar a los argelinos o son apresadas en las costas septentrionales de Africa.
Los blancos van a comprar negros baratos para revenderlos en América. Sólo los
naturales de Pensilvania han renunciado solemnemente, desde hace poco, a
dedicarse a ese indigno trafico, por creerlo deshonroso.
He leído un libro, publicado en Pans, tan lleno de talento como de
paradojas. Su autor se apellida Linguet y la obra se titula Teoría de las leyes
civiles. En ella el autor declara que prefiere la esclavitud a la domesticidad,
y sobre todo al estado libre de un peón de albañil. Compadece la malhadada
suerte de los desgraciados hombres libres que, si bien pueden ganarse la vida
donde quieran mediante el trabajo, para el que nació el hombre y es guardián de
su inocencia y consuelo de su vida, nadie se encarga de alimentarles ni de
protegerles, mientras que los dueños de los esclavos los mantienen y cuidan lo
mismo que a sus caballos. Esto es verdad, pero la especie humana prefiere
proveerse por sí misma de lo necesario a depender de los demás, y los caballos
que nacen en las praderas prefieren éstas a las lujosas cuadras.
Añade que los trabajadores pierden muchos días, en los que no pueden
ganar el jornal; pero esto no se debe a su condición de libres, sino a que nos
rigen unas leyes ridículas y tenemos demasiadas fiestas. Dice, con razón, que
la caridad cristiana no rompió las cadenas de la servidumbre; esa caridad lo
que hizo fue apretarlas durante doce siglos. Y aún podía añadir que en las
naciones cristianas hasta los mismos frailes, que deben ser hijos de la
caridad, poseen todavía esclavos reducidos a un afligente estado bajo las
denominaciones de siervos sujetos a feudo, de manos muertas y de siervos de la
gleba. Advierte otra verdad: que los príncipes cristianos sólo concedieron la
libertad a sus esclavos por avaricia. En efecto, con objeto de apoderarse del
oro reunido por esos desdichados les firmaron las patentes de manumisión. No
les dieron la libertad, se la vendieron. El emperador Enrique V empezó a hacer
este negocio manumitiendo a los siervos de Spira y de Worms en el siglo XII;
los reyes de Francia imitaron su proceder. Buena prueba de lo preciosa que es
la libertad es que hombres tan rudos e ignorantes la compraron muy cara.
Téngase en cuenta, además, que el peón de albañil puede llegar a
arrendar tierras y convertirse en propietario. En Francia, puede ascender hasta
consejero del rey; en Inglaterra puede ser nombrado diputado del Parlamento, y
en Suecia ser miembro de los Estados de la nación. Esas perspectivas son
preferibles a la de morir abandonado en un rincón de las caballerizas del
dueño.
Puffendorf afirma que la esclavitud se estableció «por libre
consentimiento de las dos partes y por medio de contrato». Creeré a dicho autor
cuando me enseñe ese primitivo contrato.
Crotius pregunta si el hombre que cae prisionero en la guerra tiene
derecho a huir, y se contesta diciendo que no. ¿Por qué no dice también que
cuando resulta herido no tiene derecho a que le curen? La naturaleza,
decididamente, está contra Crotius.
Montesquieu, en su Espíritu de las leyes, después de pintar la
esclavitud de los negros con el pincel de Moliere, se atreve a decir: «Mr.
Perry dice que los moscovitas se venden con facilidad. Sé por qué, porque su
libertad no vale nada». El capitán Perry, un inglés que escribió en 1714 la
obra Estado actual de Rusia, no dice lo que Espíritu de las leyes le atribuye.
Las pocas palabras que se encuentran en el libro referentes a la esclavitud de
los rusos son estas: «El zar mandó en sus Estados que desde entonces nadie se
llamara esclavo, sino vasallo. Pero esa nación no ha conseguido ninguna ventaja
real, porque aún hoy es verdaderamente esclava».
Montesquieu añade a lo dicho que, según refiere Guillaume Dampier, «todo
el mundo desea venderse en el reino de Achem». Eso producirá allí un extraño
comercio. Leído el Viaje de Dampier, no he encontrado esa afirmación. Es
lástima que un hombre de talento como es dicho autor se atreva a exponer ideas
tan aventuradas y a insertar citas falsas.
Generalmente se dice que en Francia no hay esclavos. Que éste es el
reino de los francos y esclavo y franco son vocablos contradictorios. Ahora
bien, ¿cómo es posible compaginar tanta libertad con tantas clases de
servidumbre, la de las manos muertas, por ejemplo? Más de una encopetada dama
de París, que viste lujosamente y ocupa un palco en la Opera, ignora que
desciende de una familia de Borgoña, del Franco‑Condado o de Auvernia, y que su
familia está todavía en la esclavitud de las manos muertas.
Esta clase de esclavos, unos están obligados a trabajar tres días a la
semana para su señor, y otros, dos días. Si fallecen sin descendencia sus
bienes los hereda el señor. Si dejan hijos, el señor toma sus más pingües
animales y sus mejores muebles, teniendo derecho de elección en más de una
región. En algunas partes, si el hijo de familia sujeta a mano muerta no estaba
en la casa paterna un año y un día antes del fallecimiento del padre pierde
todos sus bienes y continúa siendo esclavo. Eso quiere decir que si adquiere
unos bienes con el producto de su trabajo, pertenecerán a su señor.
Pero lo más curioso y hasta edificante de esa legislación es que los
frailes son señores de la mitad de los bienes de manos muertas. Si por
casualidad un príncipe de sangre real, un ministro o un canciller leyera este
artículo, sería conveniente que recordara que el rey de Francia declaró ante la
nación, en la ordenanza publicada el 18 de mayo de 1731, que «los frailes y los
beneficiados poseen más de la mitad de los bienes del Franco‑Condado».
Cuantas veces hemos protestado de la extraña tiranía que ejercen las
personas que juraron a Dios pobreza y humildad, se nos ha contestado: «Si hace
seiscientos años que gozan de ese derecho, ¿cómo vamos a quitárselo?» Y
nosotros replicamos, humildemente: «Hace treinta o cuarenta mil años, poco más
o menos, que las garduñas se nos comen las gallinas, pero a pesar de eso nos
dan permiso para matarlas siempre que podamos».
Si come una onza de cordero el cartujo peca gravemente, pero puede con
tranquilidad de conciencia comerse la subsistencia de toda una familia. Puedo
afirmar que los cartujos de mi vecindad heredaron cien mil escudos de uno de
sus esclavos, que había hecho esa fortuna en Francfort dedicándose al comercio.
Aunque es verdad que la familia despojada consiguió permiso para pedir limosna
a la puerta del convento. Todo debe decirse.
ESENIOS. Cuanto más supersticiosa y bárbara es una nación y
más se empeña en la guerra, cuando más se divide en partidos y fluctúa entre la
monarquía y la teocracia, ebria de fanatismo, más fácilmente es posible hallar
en ella un número de ciudadanos que se reúnan para vivir en paz. Cuando
sobreviene una epidemia de peste acontece que un pequeño cantón evita
comunicarse con las grandes ciudades para preservarse del contagio, pero es
víctima de otras enfermedades.
Para vivir en paz se reunieron los gimnosofistas en las Indias, algunas
sectas de filósofos en Grecia, los pitagóricos en Italia y los terapeutas en
Egipto, y así también hicieron los paleocristianos que vivieron reunidos lejos
de las ciudades.
Ninguna de esas sectas conoció la costumbre de ligarse mediante
juramento a la forma de vida que iban a adoptar, ni la costumbre de atarse con
votos perpetuos, ni la de renunciar por religión a la naturaleza humana, cuyo
primer atributo es la libertad. San Basilio fue quien inventó lo que llamamos
votos, ideando así un juramento de esclavitud, introduciendo un nuevo azote en
el mundo y convirtiendo en veneno lo que había inventado como remedio.
En Siria hubo sectas parecidas a las de los esenios. Así nos lo dice el
filósofo judío Filón en el Tratado de la libertad de las gentes de bien. Siria
fue siempre un país supersticioso y levantisco al que continuamente oprimieron
los tiranos. Los sucesores de Alejandro la convirtieron en escenario de
horrores, no siendo de extrañar que al sufrir tantas desventuras unos hombres
más humanos y discretos que los demás huyeran del trato con las grandes
ciudades, con el fin de retirarse a vivir en comunidad y en honesta pobreza,
lejos de la tiranía.
En Egipto, numerosas personas se refugiaron en asilos parecidos durante
las guerras civiles de los últimos Tolomeos, y cuando las legiones romanas
subyugaron Egipto los terapeutas se establecieron en un desierto inmediato al
lago Moeris. Al parecer, hubo allí terapeutas griegos, egipcios y judíos.
Filón, tras elogiar a Anaxágoras, Demócrito y demás filósofos que abrazaron
este género de vida, en su De la vida contemplativa escribe:
«Hubo esa clase de sectas en varias naciones. Grecia y otras podrían
disfrutar de la vida tranquila y contemplativa, muy común en las provincias de
Egipto y sobre todo en Alejandría. Las gentes honradas y austeras se retiraron
a las inmediaciones del lago Moeris, un lugar desierto, pero cómodo, que forma
suave pendiente. Allí el aire es saludable y existen muchos poblados en la
vecindad del desierto.»
Es innegable, pues, que se establecieron sectas con la idea de huir del
furor de los partidos, de la arbitrariedad y codicia de los opresores. Todas
ellas, sin excepción, tenían horror a la guerra, execrándola como nosotros el
robo y asesinato en los caminos reales. Parecida a esas sectas fue la sociedad
de los hombres de letras que se unieron en Francia y fundaron la Academia,
huyendo del furor de los partidos y de los desmanes que perturbaron el reinado
de Luis XIII, y la de los hombres ilustrados que formaron la Sociedad Real de
Londres, cuando los bárbaros locos que se llaman puritanos y episcopales se
degollaban unos a otros discutiendo los pasajes de tres o cuatro libros viejos
e ininteligibles.
Algunos estudiosos creen que Jesucristo, que se dignó aparecer algunos
momentos en Cafarnaún, Nazaret y otras localidades de Palestina, era uno de
esos esenios que huían del tumulto de las ciudades, a fin de practicar
tranquilamente la virtud. Pero ni en los cuatro Evangelios canónicos, ni en los
apócrifos, ni en los Hechos de los Apóstoles, se le llama esenio. Aunque no le
denominen así, en el fondo se parece a los esenios en muchos puntos: en la
confraternidad, en los bienes comunes, en la vida austera, en rechazar las
riquezas y honores, y en tener horror a la guerra. Estos principios los puso
tan en práctica Jesucristo, que al recibir una bofetada en una mejilla manda
que presentéis la otra, y que entreguéis la túnica cuando os roben el manto.
Por estos principios se rigieron los cristianos durante los dos primeros
siglos, sin altares, templos, ni magistrados, desempeñando todos los oficios y
llevando una vida retirada y apacible.
Los textos de los primitivos cristianos nos confirman que no se les
permitía llevar armas, pareciéndose en esto a los pensilvanos y anabaptistas
modernos, que se jactan de seguir el Evangelio al pie de la letra. Aunque en
éste hallamos ciertos pasajes que, interpretándolos torcidamente, pueden
inspirar la violencia, y aunque se lean máximas que parezcan contrarias al
espíritu pacífico, otras muchas nos mandan sufrir y no pelear. No es extraño,
por tanto, que los cristianos abominaran de la guerra durante doscientos años.
Razón tuvo el gran filósofo Bayle para decir que un cristiano de los primitivos
tiempos sería un mal soldado y que un soldado de aquel entonces sería un mal
cristiano. El dilema parece no admitir réplica, y esta parece ser la diferencia
existente entre el antiguo cristianismo y el antiguo judaísmo.
La ley de los primitivos hebreos decía expresamente: «En cuanto entréis
en el territorio del país que vais a apoderaros, entrad a sangre y fuego,
degollad sin compasión a ancianos, mujeres y niños de pecho, matad hasta los
animales, saqueadlo y quemadlo todo: Dios os lo manda». Esta doctrina, que no
se anuncia una sola vez, se proclama muchas y la siguen al pie de la letra.
Perseguido Mahoma por los habitantes de la Meca se defiende de ellos
como un valiente, y venciendo a sus perseguidores les obliga a arrodillarse a
sus pies y a convertirse en prosélitos suyos, instaurando su religión con su
palabra y su espada. Jesús, a caballo entre los tiempos de Moisés y de Mahoma,
desde un rincón de Galilea predica el perdón de las ofensas, la paciencia, la
mansedumbre y el sufrimiento, muriendo en el más infamante de los suplicios y
queriendo que mueran también así sus primeros discípulos.
Ahora pregunto, de buena fe, si a san Bartolomé, san Andrés, san Mateo o
san Bernabé, les hubieran admitido en la guardia imperial del emperador de
Alemania. El propio san Pedro, aunque cortó la oreja a Malco, ¿hubiera sido un
buen jefe de legión? Quizá san Pablo, que antes de ser cristiano se acostumbró
a la masacre y tuvo la desgracia de ser perseguidor sanguinario, es el único
que hubiera podido comportarse como un buen guerrero. La impetuosidad de su
temperamento y el calor de su imaginación le hubieran podido convertir en
capitán temible, pero aun poseyendo esas cualidades no trató de vengarse de su
maestro Gamaliel con las armas. No hizo como Judas, ni como Teudas, que
sublevaron tropas; siguió los preceptos de Jesús y consintió en que le
decapitaran. Era imposible, pues, formar en los tiempos primitivos un ejército
de cristianos.
Por lo tanto, es indudable que los primeros cristianos no fueron
soldados del imperio hasta que perdieron el espíritu que primitivamente les
animaba. En los dos primeros siglos miraron con horror los templos, altares,
cirios, inciensos y el agua lustral. Porfirio los compara con la zorra de la
fábula, que viendo demasiado altas las uvas, exclama: están verdes. Y les dice:
«Si hubierais podido tener magníficos templos brillantes de oro y pedrería, y
sustanciosas rentas para sus servidores, profesaríais cariño apasionado a los
templos». Al verse pobres —porque se habían dado unos a otros lo que
ahorraban—, aunque detestaban el oficio de las armas tuvieron que ir a la
guerra. Desde la época de Diocleciano, los seguidores de Cristo fueron tan
diferentes de los cristianos del tiempo de los apóstoles, como nosotros de los
cristianos del siglo III.
No alcanzo a comprender que un talento tan lúcido y audaz como el de
Montesquieu rechazara severamente a otro genio más metódico que el suyo y
combatiera esta verdad que asentó Bayle, «que una sociedad de verdaderos
cristianos podía ser feliz haciendo vida común, pero no sabría defenderse de
los ataques del enemigo». «Esa sociedad —dice Montesquieu— se compondría de
ciudadanos con clara noción de sus obligaciones y gran celo para cumplirlas;
por lo tanto conocería también los derechos de la defensa legítima, y cuanto
más creyera deber a la religión más creería deber a la patria. Los principios
del cristianismo, grabados en el corazón, serían mucho más fuertes que el falso
honor de las monarquías, las virtudes humanas de las repúblicas y el temor
servil de los estados despóticos.»
No cabe duda que el autor de El Espíritu de las leyes no recordaba las
palabras del Evangelio cuando dice que los verdaderos cristianos conocerían
bien los derechos de la defensa legítima, y se olvidaba del mandato de
Jesucristo de dar la túnica cuando nos roban el manto y de presentar la otra
mejilla cuando nos dan una bofetada. He aquí anulados los principios de la
defensa legítima. Los cuáqueros no han querido nunca batirse, y los habrían
aplastado en la guerra de 1756 si no los hubieran defendido los demás ingleses,
que obligaron a que les dejaran.
Está claro que los que piensan como mártires no sirven para batirse como
ganaderos. Todo lo que dice el capítulo de El espíritu de las leyes que
combato, me parece falso. «Los principios del cristianismo, grabados en el
corazón, serán mucho más fuertes, etc.» Sí, más fuertes para impedirles que
manejen la espada, para que tiemblen a la sola idea de que han de derramar la
sangre de su prójimo y para hacer que consideren la vida como un peso, cuya
felicidad para ellos consiste en descargarse de él.
«Irían cabizbajos —dice Bayle— como ovejas entre lobos, si les ordenaran
rechazar ejércitos veteranos de infantería, o cargar contra escuadrones de
coraceros.» Bayle tenía razón, y Montesquieu no se dio cuenta de que al
refutarle se refería sólo a los cristianos mercenarios y sanguinarios de la
actualidad, haciendo caso omiso de los primitivos. Parece que trató de evitar
las injustas acusaciones que contra él urdieron los fanáticos sacrificándoles a
Bayle, y no lo pudo conseguir. Esos dos grandes hombres, que parecen de
encontrado parecer, habrían estado siempre de acuerdo si hubieran sido
igualmente libres.
«El falso honor de las monarquías, las virtudes humanas de las
repúblicas, el temor servil de los estados despóticos…», nada de esto consigue
hacer buenos soldados, como afirma El espíritu de las leyes. Cuando se recluta
un regimiento, del cual la cuarta parte deserta a los quince días ni uno solo
de los alistados piensa en el honor de la monarquía; no saben qué es eso. Los
soldados mercenarios de la república de Venecia conocen muy bien la soldada,
pero no la virtud republicana, de la que nunca se habla en la plaza de San
Marcos. En resumen, no creo que un solo hombre en el mundo se aliste en el
ejército por virtud. Los turcos y los rusos no se baten con el encarnizamiento
y el furor de los leones y tigres por temor servil. No se es arrojado por
temor. Tampoco los rusos derrotaron por devoción a los ejércitos de Mustafá.
Sería mejor que un hombre inteligente como es Montesquieu tuviera más empeño en
dar a conocer la verdad que en manifestar su talento, que hay que olvidar
cuando se trata de instruir a los hombres, y no tener otro guía que la verdad.
ESPACIO. ¿Qué es el espacio? Leibnitz dijo que no existe,
como no existe el vacío después de haberlo admitido, aunque cuando lo admitió
no había reñido con Newton. En cuanto disputaron, para Leibnitz ya no hubo
vacío ni espacio. Afortunadamente, cualquiera que sea la opinión de los
filósofos acerca de estas cuestiones insolubles, aceptemos la opinión de
Epicuro, Gassendi, Newton, Descartes o Roahud, las reglas del movimiento
siempre serán las mismas y se practicarán las artes mecánicas ya en el espacio
puro, ya en el espacio material. Y si bien no concebimos cómo estando todo
lleno puede moverse algo, esto no es obstáculo para que nuestros barcos vayan a
las Indias, ni para que los movimientos se efectúen con regularidad. Decís que
el espacio puro no puede ser materia ni espíritu, y deducís de esto que el
espacio no existe. Pero, ¿quién nos ha dicho que no hay más que materia y
espíritu, a nosotros que conocemos tan imperfectamente ambas cosas? Esto
equivale a decir que no existen en la naturaleza más que dos cosas que
conocemos. Al menos Moctezuma razonaba mejor en la tragedia inglesa de Dryden,
cuando preguntaba: «¿Qué venís a decirme en nombre del emperador Carlos V si en
el mundo no hay más que dos emperadores, el del Perú y yo?» Moctezuma hablaba
de lo que conocía, pero nosotros hablamos de lo que no tenemos ni idea exacta.
Somos átomos dignos de lástima. Nos forjamos a Dios con un espíritu como
el nuestro, y porque denominamos espíritu a la facultad que el Ser Supremo,
universal, eterno y omnipotente, nos ha concedido de combinar algunas ideas en
nuestro cerebro, imaginamos que Dios es un espíritu de la misma clase,
haciéndole a nuestra imagen y semejanza.
Ahora bien, si existieran millones de seres que fueran de algo diferente
a nuestra materia, de la que sólo conocemos las apariencias, y de otra cosa que
nuestro espíritu, que desconocemos del todo, ¿quién podría asegurarme que no
pudieran existir esos millones de seres? ¿Y quién puede negarme que Dios, que
está demostrado que existe por sus efectos, no es infinitamente diferente de
todos esos seres, y que el espacio no es uno de éstos?
Nunca osaremos decir, como Lucrecio, que excepto el cuerpo y el vacío,
no existe nada en el mundo. Pero, ¿nos atreveremos a creer con él que existe el
espacio infinito? Pudo alguno contestar a su argumento: «Si disparáis una
flecha desde los límites del mundo, ¿caerá allá en la nada?»
Clarke, hablando en nombre de Newton, afirma que el espacio tiene
propiedades, es extenso y es medible; luego, existe. Pero si se les dijera que
pusieran algún objeto donde no hay nada, ¿qué contestarían Newton y Clarke?
Newton cree que el espacio es el sensorium de Dios. De joven creí comprender
esa palabra, pero ahora que soy viejo no la entiendo, como no entiendo las
explicaciones que da del Apocalipsis. No sé qué quiere decir que el espacio es
el sensorium, el órgano interior de Dios, y él tampoco lo entiende. Creyó,
refiriéndose a Locke, que se podía explicar la creación suponiendo que Dios por
un acto de su voluntad y su poder había hecho el espacio impenetrable. Es
lástima que un genio de la magnitud de Newton diga cosas tan ininteligibles.
ESPÍRITUS FALSOS. Conocemos ciegos, tuertos, bizcos, bisojos,
présbitas, miopes, de buena vista o confusa, débiles e infatigables. Ello
constituye una imagen bastante fiel de nuestro entendimiento; ahora bien, no se
conocen apenas «vistas falsas». Apenas se encontrarían hombres que confundan un
gallo con un caballo, ni un orinal con una casa. Entonces, ¿por qué encontramos
a menudo tantos espíritus, sensatos por otra parte, pero absolutamente falsos
en las cosas importantes? ¿Por qué ese siamés, que nunca se dejará engañar
cuando se trate de contar tres rupias, cree a pie juntillas en las metamorfosis
de Sammonocodom? ¿Por qué extraño capricho tantos hombres sensatos se parecen a
Don Quijote, que creía ver gigantes donde otros hombres no veían más que molinos
de viento? Incluso Don Quijote sería más merecedor de disculpa que el siamés
que cree que Sammonocodom ha venido varias veces a la tierra, o que el turco
que está persuadido de que Mahoma ha puesto la mitad de la luna en su manga,
puesto que Don Quijote, obsesionado por la idea de que debe combatir a los
gigantes, puede figurarse que un gigante ha de tener el cuerpo tan grande como
un molino. Pero, ¿de qué supuesto puede partir un hombre sensato para estar
convencido de que la mitad de la luna cabe en una manga, o de que un
Sammonocodom ha descendido del cielo para venir a jugar a cometas en Siam,
talar un bosque o dedicarse al timo de los viajes?
Los mayores genios pueden padecer un falso espíritu acerca de un
principio aceptado sin examen. Newton mostró un falso espíritu cuando comentaba
el Apocalipsis.
Lo que desean tanto tiranos de almas es que los hombres a quienes educan
tengan falso el espíritu. Un faquir enseña a un niño que promete mucho, dedica
cinco o seis años a meterle en la cabeza que el dios Fo se apareció a los
hombres montado en un elefante blanco y persuade al muchacho de que será
azotado después de su muerte, durante quinientos mil años, si no cree en esas
metamorfosis. Añade también que al fin del mundo el enemigo del dios Fo vendrá
a combatir a esta divinidad.
El niño estudia y se convierte en un prodigio, argumenta a base de las
lecciones de su maestro y considera que Fo no ha podido cambiarse más que en
elefante blanco porque éste es el más bello de los animales. Y dice: «Los reyes
de Siam y de Pégu se han hecho la guerra por un elefante blanco; ciertamente,
si Fo no hubiera permanecido oculto bajo ese elefante tales monarcas no
hubieran sido tan insensatos para luchar por la posesión de un simple animal».
«El enemigo de Fo vendrá a desafiarle al fin del mundo; tal enemigo será
por fuerza un rinoceronte, pues el rinoceronte combate al elefante».
Así razona en la edad madura el sabio alumno del faquir y llega a ser
una de las lumbreras de la India; cuanto más sutil es su espíritu, más falso lo
tiene y elabora espíritus posteriores tan falsos como aquél.
Se les muestra a todos estos energúmenos un poco de geometría y la
aprenden con bastante facilidad, pero ¡cosa rara! su espíritu no logra
enderezarse; comprenden las verdades de la geometría, pero no aprenden de
ningún modo a pesar las probabilidades. Han tomado su partido, razonan al revés
toda su vida y, por mi parte, estoy disgustado por ellos.
ESTADOS, GOBIERNOS. En lo que
llevo de vida no he conocido ningún hombre que haya gobernado un Estado. Y con
esto no hago referencia a los ministros que gobiernan de hecho la nación dos o
tres anos, seis meses o seis semanas; me refiero únicamente a esos personajes
ilustres que desde el fondo de su gabinete desarrollan su sistema de gobierno
reforman el ejército, la Iglesia, la magistratura y la Hacienda.
El abad Bourzeis, más conocido en el mundo político por el cardenal
Richelieu, empezó a gobernar Francia en el año 1645 y escribió en Testamento
político —que ya hemos mencionado— que pretendía alistar a la nobleza en la
caballería haciéndola servir tres anos, que pagaran la contribución de la talla
la Cámara de las Cuentas y los parlamentos, y privar al rey del producto de esa
contribución, asegurando además que para entrar en campana con cincuenta mil
hombres debe hacerse por economía un reclutamiento de cien mil. Afirma que
Provenza tiene más y mejores plazas fuertes que España e Italia juntas.
El abad Bourzeis no había viajado. Además, su obra está llena de
anacronismos y de errores. En ella el autor afirma como nunca afirmó y habla
como jamás habló. Emplea todo un capítulo para decir que la razón debe ser la
regla del Estado y en probar este descubrimiento. Esa obra engendrada en las
tinieblas, ese hijo bastardo del cardenal Richelieu, pasó durante mucho tiempo
por ser hijo legítimo suyo, y todos los académicos, en sus discursos de
recepción, elogiaban hiperbólicamente esa obra cumbre de la política.
Gatien de Courtilz, al ver el éxito conseguido por el Testamento
político de Richelieu, imprimió en La Haya, en 1693, el Testamento de Colbert,
en el que incluyó una carta que este célebre ministro dirigió al rey. Es obvio
que si el citado ministro hubiera dictado dicho testamento debía haberse
prohibido su publicación; sin embargo, algunos autores citan el libro. Un
desaprensivo, de nombre desconocido, inventó también el Testamento de Louvois,
más torpe todavía si cabe que el de Colbert, y un abate de Chevremont hizo
testar al duque de Lorena, publicando el libro Testamento político de Carlos V,
duque de Lorena y de Var, en favor del rey de Hungría. Hay, además, los
testamentos políticos del cardenal Alberoni, del mariscal Belle‑Isle y de
Mandrin.
Bois‑Guillebert, autor del Detalle de Francia, impreso en 1695, publicó
el proyecto inviable del diezmo real, tomando el nombre del mariscal Vauban. Un
desquiciado apellidado La Fouchere, hundido en la miseria, ideó en 1720 un
proyecto de Hacienda que escribió en cuatro volúmenes y que algunos ignorantes
han creído era del tesorero general La Fouchere, pensando que un tesorero no
puede escribir un mal libro de Hacienda.
A pesar de lo dicho, hemos de reconocer que hombres muy instruidos, y
muy dignos tal vez de gobernar una nación, han escrito sobre la administración
de los Estados en Francia, España e Inglaterra. Sus libros han reportado
beneficios, no por haber enmendado la plana a los ministros que gobernaban
cuando sus libros aparecieron, porque un ministro ni da su brazo a torcer ni se
le puede corregir, pues en cuanto se ve encumbrado no admite instrucciones, ni
consejos, ni tiene tiempo para oírlos, le arrastra la corriente de los asuntos
de Estado, pero esos buenos libros forman la juventud destinada a ocupar los
altos destinos, reforman los principios e instruyen a la segunda generación.
En los últimos tiempos se ha examinado detenidamente el lado fuerte y el
lado débil de todos los gobiernos. Lector que has viajado, has leído y has
visto mundo: dime en qué Estado y bajo qué gobierno desearías haber nacido.
Presumo que a un señor terrateniente en Francia le gustaría haber nacido en
Alemania y ser soberano en vez de ser vasallo. El par de Francia quedaría muy
satisfecho si disfrutara de los privilegios de los pares ingleses, porque sería
legislador. El magistrado y el hacendista se encontraría mejor en Francia que
en ninguna parte; pero ¿qué patria debe elegir el hombre ilustrado, libre, de
fortuna parca y sin prejuicios?
Un miembro del Consejo de Pondichery, bastante sabio, regresó a Europa
por tierra con un brahmán más instruido que los de su categoría. El consejero
le preguntó:
— ¿Qué os parece el gobierno del Gran Mogol?
— Abominable —respondió el brahmán—. ¿Cómo es posible que sea feliz un
Estado si lo gobiernan los tártaros? Los rajaes están satisfechos de ese
gobierno, pero no los ciudadanos, y millones de ciudadanos merecen que se les
atienda.
El consejero y el brahmán, en amigable conversación, atravesaron toda el
Asia Alta.
— Estoy viendo —exclamó el brahmán— que no hay una sola república en
esta vasta parte del mundo.
— Antiguamente existió la república de Tiro —le contestó el consejero—
pero duró poco. Había también otra en la Arabia Pétrea, en un pequeño
territorio llamado Palestina, si se puede dar el nombre de república a una
horda de ladrones y usureros que ya los gobernaran jueces, reyes o grandes
pontífices, fue esclava siete u ocho veces y, por último la expulsaron del país
que había usurpado.
— Me figuro —repuso el brahmán— que en el mundo debe haber pocas
repúblicas, porque los hombres rara vez son dignos de gobernarse por sí mismos.
Esa dicha sólo deben disfrutarla los pequeños pueblos que se ocultan en las
islas o entre montañas, como los conejos que se esconden de los animales
carnívoros, pero que a la larga los descubren y los devoran.
Cuando los dos viajeros llegaron al Asia Menor, el brahmán dijo al
consejero:
— Cuesta trabajo creer que existiera una república establecida en un
rincón de Italia que durara quinientos años y poseyera el Asia Menor, Africa,
Grecia, las Galias, España y toda Italia.
— Es verdad —repuso el otro—, pero ese imperio se derrumbó y de continuo
se escriben libros tratando de averiguar las causas de su decadencia y caída.
— Trabajo inútil —apostilló el hindú—. Ese imperio cayó por haber
existido, porque es preciso que todo caiga, como un día caerá el imperio del
Gran Mogol.
— ¿Creéis que es el honor lo que falta en un estado despótico, y la
virtud lo que más necesita la república? —le preguntó el europeo.
El indio, tras hacerse explicar lo que entendía por honor, le contestó
que el honor es más necesario en la república, y que se necesitaba mayor virtud
en el estado monárquico, añadiendo que el hombre que aspire a ser elegido por
el pueblo no lo conseguirá si está deshonrado. En cuanto a la virtud, dijo que
se necesitaba mucha para atreverse a decir la verdad en la corte. El hombre
virtuoso se encuentra mejor en la república, porque en esa clase de gobierno no
necesita adular a nadie.
— ¿Creéis —preguntó el europeo— que las leyes y las religiones se
acomodan en su formación a los climas como es preciso abrigarse en Moscú y
llevar vestiduras ligeras en Delhi?
— Indudablemente —le contestó el hindú—, todas las leyes relativas a la
física están calcadas en el meridiano que habitamos; el alemán no necesita
tener más que una mujer, y los persas necesitan tres o cuatro. De la misma
naturaleza son los ritos de la religión. Si yo fuera cristiano ¿cómo decir misa
en mi país, si no hay pan ni vino? Por lo que hace a los dogmas, es diferente;
el clima no influye para nada. Vuestra religión, que empezó en Asia, fue
expulsada de allí y hoy existe en las inmediaciones del Báltico, donde fue
desconocida en los primeros tiempos.
— ¿En qué estado y bajo qué gobierno preferiríais vivir? —le preguntó el
consejero.
— En cualquier parte menos en mi país, y muchos siameses, persas y
turcos dicen lo mismo.
— Contestadme categóricamente —le apremió el consejero—, ¿qué estado
preferiríais?
— Donde no se obedeciera más que a las leyes —contestó el brahmán.
— Esta respuesta es muy ambigua.
— Pero no es mala.
— Sin embargo, ¿dónde está ese país?
— Es preciso buscarlo.
EUCARISTÍA. La mitad de Europa anatematizó a la otra
mitad por mor de la Eucaristía, y la sangre corrió desde las orillas del
Báltico hasta la falda de los Pirineos durante doscientos años por una palabra
que significa dulce caridad.
Veinte países, en esta parte del mundo, tienen horror a la doctrina de
la transustanciación católica y declaran que ese dogma es el último esfuerzo de
la locura humana. Dan validez al famoso pasaje de Cicerón que dice que habiendo
agotado los hombres todas las vehemencias imaginables todavía no ha ideado
comerse el dios que adoran. Esos países dicen que casi todas las opiniones
populares se fundan en equívocos y en el abuso de las palabras, y que los
católicos, apostólicos y romanos, han fundado también la doctrina de la
Eucaristía y de la transustanciación en otro equívoco, puesto que han tomado en
sentido propio lo que sólo puede decirse en sentido figurado, y que el mundo
desde hace seiscientos años se ha ensangrentado por logomaquias y
equivocaciones.
Los predicadores en los púlpitos, los sabios en los libros y los pueblos
en sus discursos, repiten sin cesar que Jesucristo no tomó su cuerpo con las
dos manos para dárselo a comer a los apóstoles y que un cuerpo no puede estar
en mil partes a un tiempo, en el pan y en el cáliz. En el pan que se convierte
en excrementos, y en el vino que se convierte en orines, no puede estar el Dios
creador del universo, que esa doctrina expone la religión cristiana a la
irrisión de los ignorantes y al desprecio y execración del género humano. Eso
afirman Tillotson Smalridge, Turretin, Claude, Daille, Amyrault, Mestrezat,
Dumoulin, Biondel y los numerosos reformadores del siglo XVI, mientras que el
mahometano, apacible señor de Africa y de la parte más hermosa de Europa y
Asia, se burla desdeñosamente de nuestras disputas, y el resto del mundo las
ignora.
No quiero mezclarme en la controversia. Creo con fe cristiana todo
cuanto la religión católica y apostólica nos enseña respecto a la Eucaristía,
pero sin comprender una sola palabra.
He aquí mi único objetivo. Se trata de poner a los crímenes el mayor
freno posible. Los estoicos decían que llevaban a Dios en su corazón. Son
palabras de Marco Aurelio y de Epicteto, los hombres más virtuosos del mundo, y
querían significar que llevaban dentro de sí la parte del alma divina y
universal que anima todas las inteligencias. La religión católica va más allá y
dice a los hombres: Tendréis físicamente en vosotros lo que los estoicos sólo
tenían metafísicamente. No tratéis de saber qué os doy a comer y beber; creed
únicamente que os doy a Dios, y que entra en vuestro estómago. No le manche,
pues, vuestro corazón con injusticias y liviandades. He aquí, pues, cómo los
hombres reciben a Dios en una ceremonia solemne, al resplandor de cien cirios,
al son de una música que encanta sus sentidos y al pie de un altar
resplandeciente. La imaginación queda subyugada y el alma conmovida; nos
desligamos de los lazos terrestres al unirnos con Dios, que penetra en nuestra
carne y en nuestra sangre. ¿Quién se atreverá desde ese momento a cometer una
sola falta, ni mucho menos a concebirla? Sin duda, es imposible imaginar un
misterio que contenga mejor la virtud de los hombres. Así razona la religión
católica.
Pese a ello, Luis XI, al recibir a Dios, envenena a su hermano; el
arzobispo de Florencia dando la comunión, y los Pazzi recibiéndola, asesinan a
los Médicis dentro de la catedral. El papa Alejandro VI, al salir del lecho de
su hija bastarda, da la comunión a su otro hijo bastardo César Borgia, y padre
e hijo matan en la horca, con la espada o con el veneno, al que posea dos
bancales de tierra que les interesa adquirir. Julio II da y recibe a Dios, pero
con la coraza en el pecho y el casco en la cabeza se mancha de sangre y de
mortalidad. León X recibe a Dios en el estómago, a sus queridas en los brazos,
y el dinero que arranca con las indulgencias en sus cofres y en los de su
hermana. Troll, arzobispo de Upsala,manda llevar a su presencia a los senadores
de Suecia para prestar obediencia a la bula del Papa que lleva en la mano. Van
Galen, obispo de Munster, declara la guerra a los pueblos vecinos y llega a ser
famoso por sus rapiñas.
¿Qué podemos deducir de semejantes contradicciones? Que todos los
personajes mencionados no creían verdaderamente en Dios, ni mucho menos que
comieran su cuerpo y bebieran su sangre. Porque si lo hubieran creído no
habrían cometido tantos crímenes premeditados. Luego debemos deducir que el
freno más fuerte para evitar las atrocidades de los hombres ha sido ineficaz.
No sólo los grandes criminales que han gobernado, o han tenido parte en
él, no han creído recibir a Dios, sino que no han creído en El. Como les
importaba una higa los sacramentos que conferían, despreciaban al mismo Dios.
¿Qué recurso pues, nos queda para evitar la insolencia, la violencia, la
calumnia y ia persecución? Convencer al poderoso que oprime al débil de que
existe Dios. Por lo menos no se reirá de esta opinión, y si no cree que Dios
está en su estómago podrá creer que está en la naturaleza. Si no quiere
someterse a la opinión del sacerdote que le dice: «Soy un hombre consagrado que
tengo permiso para poner a Dios en tu boca», no resistirá al contemplar los
astros y todos los seres animados a oír la voz interna que le grita: «Dios nos
ha creado».
EVANGELIO. Resulta difícil averiguar cuáles son los
primeros Evangelios. Hoy no ofrece la menor duda que ninguno de los primeros
padres de la Iglesia, hasta Ireneo, cita pasaje alguno de los cuatro Evangelios
canónicos. Por el contrario, hay algunos que no reconocen el Evangelio de Juan,
y hablan de él despectivamente, como san Epifanio en su Homilía 34. Los
enemigos de la religión católica no sólo advierten que los primitivos padres de
la Iglesia nunca citan los Evangelios reconocidos, sino que refieren pasajes de
los evangelios apócrifos, no admitidos por los cánones.
San Clemente, pongo por caso, refiere que habiendo interrogado al Señor
sobre la época en que tendría lugar el advenimiento de su reinado respondió:
«Cuando dos no sumen más que uno, cuando lo de fuera se parezca a lo de dentro,
cuando no haya macho ni hembra». Hay que confesar que este pasaje no se
encuentra en ninguno de los cuatro Evangelios. Otros muchos ejemplos que
corroboran esta verdad pueden leerse en el Examen crítico de Fleret, secretario
perpetuo de la Academia de Bellas Letras de París.
El sabio Fabricios se tomó el trabajo de reunir los antiguos Evangelios
que se conservan. El primero de ellos es el de Santiago, conocido con el nombre
de primer Evangelio. Conservamos el relato de la pasión y resurrección que se
supone escribió Nicodemo. El Evangelio de Nicodemo lo citan san Justino y
Tertuliano, y figuran los nombres de los acusadores de Jesús: Annás, Caifás,
Datam, Summas, Gamaliel, Judas, Levi y Leiftalim. La enumeración de esos
nombres da cierta apariencia de candor a la obra. Nuestros adversarios deducen
que habiendo sido supuestos varios Evangelios falsos, que en principio se
reconocieron como verdaderos, pueden ser supuestos también los que admitimos
hoy como auténticos. Insisten en pregonar la fe de los primitivos herejes que
murieron defendiendo los Evangelios apócrifos, añadiendo que hubo entonces
falsarios, embaucadores y embaucados que murieron defendiendo el error, y por
lo tanto no prueba la verdad de nuestra religión que haya habido mártires que
murieran por ella. Más aún, dicen que nunca se preguntó a los mártires si
creían en el Evangelio de Juan o en el Evangelio de Santiago. Los gentiles no
podían apoyar sus interrogatorios en libros que no conocían. Los magistrados
castigaron injustamente a algunos cristianos, como perturbadores del orden
público, pero no les preguntaron nunca sobre los cuatro Evangelios que no
conocieron los romanos hasta el imperio de Diocleciano y sólo tuvieron alguna
publicidad a fines del reinado de éste. Para el cristiano constituía un crimen
abominable enseñar los Evangelios a un pagano. Tanto es así, que no encontramos
la palabra Evangelio en ningún autor profano.
Los sectarios socinianos consideran nuestros divinos Evangelios como
obras clandestinas, escritas un siglo después de la muerte de Jesucristo y
ocultas a los paganos durante otro siglo. Se trata, en su opinión, de textos
compuestos por hombres toscos que durante mucho tiempo las dedicaron al
populacho de su partido. No queremos repetir aquí sus demás afirmaciones. Esta
secta, aunque bastante diseminada, está tan escondida en la actualidad como lo
estuvieron los primeros Evangelios, y es muy difícil convertir a los
socinianos, que no creen más que en su razón. Los demás cristianos sólo se
pelean con ellos por la fe que profesan a la Sagrada Escritura, por lo que,
siendo siempre enemigos, es imposible que unos y otros puedan llegar a
reconciliarse.
Nosotros continuaremos teniendo fe en los cuatro Evangelios como la
tiene la Iglesia infalible y reprobamos los cincuenta evangelios que ella
reprobó, sin considerar siquiera por que permitió Jesucristo que se escribieran
cincuenta evangelios falsos, esto es, cincuenta historias falsas de su vida, y
como corderos nos sometemos a nuestros pastores, que son los únicos a quienes
el Espíritu Santo inspira en el mundo.
EXAGERACIÓN. Exagerar es una propiedad del espíritu humano. Los
escritores más antiguos hiperbolizaron la longevidad de los primeros hombres,
atribuyéndoles una vida diez veces más larga que la nuestra. Supusieron que las
cornejas vivían trescientos años, los ciervos novecientos y las ninfas tres
mil. Si Jerjes pasa a Grecia, lleva tras él a cuatro millones de soldados.
Cuando una nación gana una batalla, tiene casi siempre pocas bajas y mata gran
cantidad de enemigos. Tal vez por eso en los Salmos se lee: Omnis homo mendax.
Todo el que sugiere algo debería ser escrupuloso en lo que dice, y sin
embargo, siempre exagera para que le oigan con más interés quienes le escuchan.
Este defecto ha desacreditado a los viajeros y por eso se desconfía de ellos.
Cuando un viajero ve una col grande como una casa, otro viajero ha visto la
olla para cocer esa col, como en una de sus fábulas dice La Fontaine. Sólo la
coincidencia de testimonios válidos pone sello de probabilidad a los relatos
extraordinarios.
La poesía, sobre todo, se halla como pez en el agua en la exageración.
Todos los poetas han tratado siempre de atraer la atención de los hombres
mediante imágenes sorprendentes. Cuando un dios camina en la Ilíada alcanza el
fin del mundo en cuatro zancadas. Antiguamente no valía la pena hablar de
montañas para dejarlas en su sitio; era preciso hacerlas saltar como cabras o
fundirlas como si fueran de cera.
En todas las épocas, la oda se consagró a la hiperbolización. Cuanto más
piensa una nación, más pierden en ella su valor las odas henchidas de
entusiasmo, que nada enseñan al hombre.
EXPIACIÓN. La más acertada de las instituciones de la
Antigüedad acaso sea esa ceremonia solemne que reprimía los crímenes,
advirtiendo que serían castigados, y sosegaba la desesperación de los culpables
haciéndoles rescatar sus culpas con una serie de penitencias. Lo que es
indudable es que los remordimientos deben haber precedido a las expiaciones,
porque las enfermedades son más antiguas que la medicina y las necesidades han
existido antes que los medios de satisfacerlas.
A todos los cultos debió preceder, pues, la religión natural, que
perturbaría el corazón del hombre cuando por ignorancia o arrebato perpetrara
un acto inhumano. El que en una disputa mata a su amigo, el amante celoso que
quita la vida a la mujer sin la cual no podía vivir, y el jefe de un país que
condena a la pena capital al hombre virtuoso que es un ciudadano útil, son
hombres que quedan sumidos en la desesperación si están dotados de naturaleza
sensible. Les persigue su conciencia y esta persecución es el colmo de la
desgracia. No les queda más que una alternativa: la reparación o la
reincidencia en el crimen. Las almas sensibles adoptan la primera; los
monstruos eligen la segunda.
En cuanto se instituyeron las religiones, empezaron a conocerse las
expiaciones, si bien practicadas con ceremonias ridículas, Si no, ¿qué relación
puede haber entre el agua del Ganges y un homicidio, ni cómo el hombre puede
repararlo bañándose?
En el artículo Bautismo ya hicimos ver que era demencia y absurdo pensar
que lo que lava el cuerpo lava el alma y borra las manchas que dejan las malas
acciones. Poco después, el agua del Nilo poseyó la misma virtud que la del
Ganges y a esas purificaciones añadieron otras ceremonias, más absurdas
todavía. Los egipcios sorteaban dos machos cabríos para ver cuál de ellos debía
ser inmolado, arrojándole a un precipicio cargado con los pecados de los
culpables. Dieron a ese macho el nombre de Azazel, esto es, expiador. ¿Podéis
decirme qué relación hay entre los machos cabríos y los crímenes de los
hombres?
Con los años permitió Dios que santificaran esa ceremonia los hebreos,
que copiaron muchos ritos egipcios, pero fue sin duda el arrepentimiento, y no
el macho cabrío, que purificó el alma de los judíos.
Jasón, que asesinó a su cuñado Absirto, se presentó con Medea, más
culpable que él, ante Circe, reina y sacerdotisa de Ea, que luego adquirió fama
de notable hechicera. Circe los absolvió, sirviéndoles un cerdo cebado con
leche y tortas saladas. Con esos ingredientes pueden condimentarse sabrosos
platos, pero no devolver la vida a Absirto, ni dar honradez a Jasón ni a Medea.
La expiación de Orestes, que mató a su padre por el asesinato de su
madre, consistió en robar una estatua a los tártaros de Crimea. Para las
expiaciones se inventaron más tarde los misterios. Los culpables recibían en
ellos la absolución, sufriendo pruebas penosas y jurando que llevarían nueva
vida.
En el artículo Bautismo dijimos que los catecúmenos cristianos no se
llamaban iniciados hasta que recibían el agua lustral. Es indudable que en esos
misterios sólo el juramento de ser virtuoso lavaba las faltas. Tanto es así,
que el hierofante, en los misterios de Grecia, al término del oficio,
pronunciaba estas dos palabras egipcias: Koth omfeth (velad, sed puros), lo que
a la vez es prueba de que los misterios provienen de Egipto y se inventaron
para mejorar la condición del hombre.
En todas las épocas, los sabios hicieron lo posible para inspirar la
virtud y así la debilidad humana no cayera en la desesperación. Pero se
llevaron a cabo crímenes horribles que ningún misterio podía evitar. Nerón,
pese a ser poderoso emperador, no pudo conseguir que le iniciaran en los
misterios de Ceres. Constantino, según refiere Zósimo, no pudo obtener el
perdón de sus crímenes, pues se manchó con la sangre de su esposa, su hijo y
sus parientes. El interés del género humano exigía que esos horrendos delitos
no pudieran expiarse, que su absolución no incitara a cometerlos, y que el
horror universal pudiera detener alguna vez a los malvados.
La religión católica tiene sus expiaciones, que se denominan
penitencias. En el artículo Austeridades queda constancia del abuso que se hizo
de tan saludable institución.
Las leyes de los bárbaros que destruyeron el Imperio romano disponía que
los crímenes se expiaran con dinero: doscientos sueldos al que mataba un
sacerdote, y cuatrocientos a un obispo. Vemos, pues, que un obispo equivalía a
dos sacerdotes. Después de comportarse de ese modo con los hombres, trataron de
hacer lo mismo con Dios cuando se fue estableciendo la confesión. El papa Juan
XII, que en todo buscaba el lucro, redactó la tarifa exacta de los pecados. La
absolución de un incesto costaba al hombre y a la mujer que habían cometido el
incesto, dieciocho libras cuatro ducados y nueve carlinos. La sodomía y la
bestialidad también fueron tasadas: se pagaban noventa libras, doce ducados y
seis carlinos.
Es difícil creer que León X cometiera la imprudencia de imprimir esa
tarifa en 1514, como se asegura. No obstante, debe tenerse en cuenta que
entonces aún no saltaba ninguna chispa del incendio que provocaron los
reformistas, que la Curia de Roma estaba satisfecha de la credulidad de los
pueblos, y ni siquiera trataba de cubrir con un ligero velo sus rapiñas. La
venta pública de indulgencias, que tuvo lugar al poco tiempo, prueba que la
Santa Sede no adoptaba ninguna precaución para ocultar las infamias a que
estaban acostumbradas las naciones. En cuanto afloraron las quejas contra los
abusos de la Iglesia romana, ésta hizo lo posible por evitarlas, pero no logró
conseguirlo.
Mi opinión acerca de la mencionada tarifa es que las ediciones que se
han hecho no son fieles, porque los precios no están proporcionados, ni son los
mismos que inserta D’Aubigné, abuelo de Madama de Maintenon, en la Confesión de
Sanci. Convengo con los que dicen que se estableció una tarifa para los que
iban a Roma en busca de la absolución o a comprar las dispensas, pero también
creo que los enemigos de Roma añadieron mucho a la tarifa con el fin de
aumentar su odiosidad.
Lo que no ha lugar a dudas es que esas tarifas no las autorizó ningún
Concilio, fueron hijas del más enorme de los abusos que inventó la codicia, y
que respetaron los que tenían interés en que no se abolieran.
EZEQUIEL. Ezequiel, esclavo en Caldea, tuvo una visión
junto al río Cobar, afluente del Éufrates. No debe sorprendernos que viera
animales de cuatro caras y cuatro alas, con pies de becerro, ni ruedas que
girasen solas animadas del espíritu de la vida. Estos símbolos únicamente
satisfacen a la imaginación, pero varios críticos se indignan ante la orden que
le dio el Señor, de comer durante trescientos noventa días pan de cebada, trigo
y mijo cocido debajo de excrementos humanos.
Resistiéndose, el profeta contestó a ese mandato: « ¡Ah, Señor! Mira que
mi alma no está contaminada… y respondióme: He aquí que en lugar de excremento
humano te daré estiércol de bueyes, con el que cocerás tu pan.»
Como no es costumbre comer pan cocido con semejante porquería, la mayor
parte de los hombres creen que ese mandato es asqueroso e indigno de la
Majestad Divina. No obstante, debemos confesar que la boñiga de buey y los
diamantes del Gran Mogol son perfectamente iguales, no sólo ante los ojos del
Ser Divino, sino también ante los ojos del verdadero filósofo, y en cuanto a
los motivos que Dios tuvo para ordenar semejante condumio a su profeta no nos
incumbe averiguarlos. Nos basta hacer ver que ese mandato, que nos parece
extraño, no lo pareció tanto a los hebreos.
Es cierto que la Sinagoga no permitía en la época de san Jerónimo la
lectura de Ezequiel a los jóvenes hasta que cumplieran los treinta años. Ahora
bien, estaba prohibida porque en el capítulo XVIII dice el profeta que el hijo
no será responsable de las iniquidades del padre, y no se dirá:
«Los padres han comido racimos verdes y los hijos tendrán denteras».
Ello está en contradicción con Moisés, que en el capítulo XXVIII de los Números
afirma que los hijos participarán de la iniquidad de los padres hasta la
tercera y cuarta generaciones.
Ezequiel, en el capítulo XX, hace decir al Señor que dio a los judíos
preceptos que no son buenos. Por esto la Sinagoga prohibía a los jóvenes una
lectura que podía poner en duda las leyes de Moisés.
Los críticos de nuestros días extrañan más aún el capítulo XVI de
Ezequiel, por la manera que el profeta trata de dar a conocer las abominaciones
de Jerusalén, a la que describe el Señor como una prostituta: «Tus pechos
crecieron, y tu vello brotó y tú estabas desnuda y confusa. Al pasar te miré y
he aquí que tu edad era la edad de los amores: extendí sobre ti un manto y
cubrí tu desnudez; y dite juramento y fuiste mía. Te lavé, te perfumé, te vestí
y te calcé bien; te di un manto, te puse brazaletes y un collar, pendientes en
las orejas y corona en la cabeza. Envanecida con tu hermosura, te prostituiste
y te ofreciste lujuriosa a todo el que pasaba; en toda encrucijada de camino
pusiste tú la señal de prostitución y abriste las piernas a todo pasajero, y pecaste
con los egipcios; no satisfecha con esto, has pagado a tus amantes y les has
hecho regalos, y pagando en vez de ser pagada obraste al revés que las demás
prostitutas.»
Los críticos se indignan aún ante lo que dice Ezequiel en el capítulo
XXIII. Una madre tenía dos hijas que perdieron su virginidad prematuramente; la
mayor se llamaba Oolla y la menor Ooliba: «Oolla se holgaba con los señores
jóvenes, los magistrados y los varones de viso, y se acostaba con los egipcios
desde su adolescencia. Ooliba fornicó más con oficiales, magistrados y
caballeros de poderoso miembro, y era tan libidinosa que iba buscando el abrazo
de quienes tenían el miembro tan grande como los asnos y eyaculaban tanto semen
como los caballos».
Estas descripciones, que indignan a los espíritus mojigatos, sólo son
alegorías de las iniquidades de Jerusalén y de Samaria. Esta forma de
expresarse que hoy nos parece libre, entonces no lo era. Similar candidez se
encuentra en muchos pasajes de la Biblia. Los vocablos utilizados para
describir el coito de Booz con Rut, y de Judá con su cuñada, no son deshonestos
en hebreo; en cambio, lo serían en las lenguas modernas. No nos cubrimos con
manto si no nos avergüenza nuestra desnudez. ¿Cómo era posible, en aquellos
tiempos, ruborizarse al pronunciar la palabra testículos cuando tocaban los de
las personas a quienes hacían una promesa, cuando era una muestra de respeto y
símbolo de fidelidad, como antiguamente entre nosotros los antiguos señores
feudales ponían las manos entre las del soberano?
Las naciones modernas traducen los testículos por piernas: Eliazar pone
la mano en la pierna de Abrahán, y José pone la mano en la pierna de Jacob.
Esta costumbre era muy antigua en Egipto. Los egipcios ni por asomo creían que
era indecente lo que nosotros no nos atrevemos a nombrar ni enseñar; llevaban
en procesión un miembro viril de gran tamaño que llamaban falo, para dar
gracias a los dioses de haberles dotado de ese miembro para la propagación del
género humano. Ello prueba que nuestra decencia no es la misma de los pueblos
antiguos, y que es preciso dejar de lado los prejuicios cuando leemos autores
antiguos o viajamos por naciones remotas. La naturaleza es la misma en todas
partes, pero los usos y costumbres son distintos.
Un día me encontré en Amsterdam con un rabino que se sabía la Biblia al
dedillo, y hablando conmigo me dijo: «Amigo mío, os debemos estar agradecidos
por haberos ocupado de la sublimidad de la ley mosaica, del condumio de
Ezequiel y sus edificantes actitudes sobre el costado izquierdo. Oolla y Ooliba
son dos tipos admirables y simbolizan que un día el pueblo judío será dueño del
mundo. Mas, ¿por qué habéis omitido otros tipos que son poco más o menos de la
misma fuerza? ¿Por qué no habéis descrito al Señor cuando dijo al sabio Oseas,
desde el segundo versículo del primer capítulo: «Oseas, toma una prostituta y
hazle hijos». Estas son sus palabras. Oseas cohabitó con la joven y tuvo dos
varones y una hembra. Más aún, el Señor, en el tercer capítulo, le dice: «Busca
una mujer que no sólo sea disoluta, sino adúltera». Oseas obedeció, pero la
obediencia le costó quince escudos y fanega y media de cebada, porque ya sabéis
que en la tierra prometida había poco trigo. ¿Podéis explicarme lo que todo eso
simboliza?» No, le contesté. Un sesudo sabio que nos oyó hablar, se acercó y
dijo que todo eran ficciones ingeniosas y agradables. Un joven muy instruido,
dirigiéndose a él, le replicó: «Si os gustan las ficciones, creedme, debéis dar
preferencia a las de Homero, Virgilio y Ovidio, pues al que le gusten las
profecías de Ezequiel merece. participar de su condumio».
EZUR‑VEIDAM. El Ezur‑Veidam, que está en la biblioteca del
rey de Francia, es el comentario que un brahmán compuso en tiempos remotos,
antes de la época de Alejandro, sobre otro Veidam que era menos antiguo que el
libro del Chasta. No me cansaré de insistir que debemos respeto a los hindúes
como pueblo antiquísimo que inventó el juego del ajedrez y enseñó a los griegos
la geometría.
El Ezur‑Veidam lo tradujo un brahmán, corresponsal de la desafortunada
compañía de las Indias. Me trajeron esa traducción al monte Krapack, donde
residí algún tiempo, y lo regalé a la Biblioteca Real de París, porque está
mejor que en mi casa.
Quienes lo consulten se enterarán por dicho libro que, después de muchas
revoluciones que obró el Eterno, le plugo crear un hombre que se llamó Adimo y
una mujer cuyo nombre significaba vida. ¿Esta narración hindú está tomada de
los libros hebreos, o los hebreos la copiaron de los indios? ¿Puede decirse que
es original de unos y otros, y que las imaginaciones coinciden muchas veces?
Los hebreos no pueden creer que sus antecesores copiaran nada de los brahmanes,
de los que nunca habían oído hablar. No nos es lícito creer respecto a Adán más
de lo que creen los hebreos; por lo tanto, callo y no pienso.
F
FÁBULA. Es probable que ciertas fábulas del tipo de
las atribuidas a Esopo, aunque más antiguas que éste, las inventaran en Asia
los primeros pueblos que fueron subyugados. Los hombres libres no tienen
necesidad de encubrir la verdad y a los tiranos sólo se les puede hablar
valiéndose de parábolas, y aun este recurso es peligroso. También es verosímil
que, sabiendo que el hombre gusta de imágenes y cuentos, las personas de
ingenio se entretuvieran en reproducirlos sin más intención que ésta. Sea como
fuere, la pura fábula es más antigua que la historia.
Los hebreos, que podemos decir constituyen una población reciente (1) si
los comparamos con Caldea y Tiro, pero muy antigua si lo hacemos con nosotros,
tienen fábulas semejantes a las de Esopo desde la época de . los Jueces, o sea
dos mil ciento treinta y tres años antes de nuestra era.
(1) Está demostrado que la comunidad judía no llegó a Palestina hasta la
época en que Canaán contó con poderosas ciudades, como Tiro, Sidón y Berith.
Dícese que Josué destruyó Jericó y Cariath Sefer. Así, los judíos eran entonces
extranjeros que asolaban a los pueblos civilizados.
En el libro de los Jueces se dice que Gedeón tuvo sesenta hijos «porque
tuvo muchas mujeres», y además tuvo de una esclava otro hijo llamado Abimelech.
Éste mató con la misma piedra a sesenta y nueve hermanos suyos, y los judíos,
sintiendo respeto y admiración por Abimelech, le eligieron rey y le coronaron
debajo de una encina cerca de la localidad de Mello, desconocida en la historia
de Johatán, el más joven de sus hermanos y el único que escapó de la matanza
(como ocurre siempre en las historias antiguas). Abimelech arengó a los judíos
y les dijo que los árboles se reunieron andando para elegirse rey. Nadie creerá
que los árboles puedan andar, pero si hablan también se les puede permitir que
den pasos. Primeramente se dirigieron al olivo, y le dijeron: «Reina tú». El
olivo les respondió: «No quiero privarme de hacer aceite para reinar sobre
vosotros». La higuera les contestó que prefería sus higos a las inquietudes del
poder supremo. La vid también prefirió sus racimos. Finalmente, los árboles
ofrecieron la corona al zarzal y éste les respondió: «Reinaré y me comprometo o
ofreceros mi sombra, pero si os conjuráis contra mí del zarzal saldrá fuego y
os devorará». Aunque esta fábula es falsa en el fondo, porque el fuego no sale
de las zarzas, demuestra su antigüedad.
La del estómago y los miembros, que sirvió para apaciguar una sedición
en Roma, hace unos dos mil trescientos años, es ingeniosa y sin defecto. Más
antiguas son las fábulas, y más alegóricas. La antigua fábula de Venus, que
refiere Hesíodo, ¿no es una alegoría de la naturaleza entera? El semen genital
cae del éter a orillas del mar y Venus nace de esa preciosa simiente. Su primer
nombre es Philometes, que significa amante del órgano de la generación. ¿Puede
haber imagen más sensible? Venus es la diosa de la belleza, pero la belleza no
es apetecible si no la acompañan las gracias. La belleza hace nacer el amor y
el Amor tiene flechas que hieren los corazones: lleva una venda que oculta los
defectos de la persona amada, está dotado de alas, acude con rapidez y huye con
velocidad.
El cerebro del señor de los dioses, Júpiter, concibe la sabiduría bajo
el nombre de Minerva; el alma del hombre es un fuego divino que Minerva entrega
a Prometeo, quien se sirve de él para animar al hombre.
Es imposible no reconocer en esas fábulas la pintura de la naturaleza
entera. Otras muchas sólo son la deformación de historias antiguas o puros
caprichos de la imaginación. Con las fábulas antiguas pasa lo mismo que en los
cuentos modernos: las hay morales que encantan, y las hay inmorales
completamente insulsas.
Las fábulas de los pueblos antiguos que eran ingeniosas fueron
toscamente imitadas por pueblos rudos. Por ejemplo, las de Baco, Hércules,
Prometeo, Pandora y tantas otras que constituían la división del mundo antiguo.
Los bárbaros, que oyeron hablar confusamente de ellas, las incluyeron en su
mitología salvaje presumiendo de haberlas inventado.
La fábula más hermosa de los griegos es la de Psiquis, y la más graciosa
la de la matrona de Éfeso. La más ingeniosa entre las modernas es la de la
Locura, que luego de sacar los ojos al Amor se vio condenada a servir de guía
(1).
(1) La locura y el amor, fábula de Louise Labé que luego imitó La
Fontaine.
Las fábulas atribuidas a Esopo son alegorías o instrucciones dadas a los
débiles para que se preserven de los fuertes, y las han agotado todos los
países instruidos. La Fontaine, que las reviste del mayor gracejo, ha escrito
unas ochenta que son obras maestras de ingenuidad, gracia, agudeza y, algunas
veces, de poesía. La Fontaine es uno de los escritores más notables del siglo
de Luis XIV, y su reputación ha eclipsado a los demás fabulistas franceses.
FALSEDAD DE LAS VIRTUDES HUMANAS. Cuando el duque de La Rochefoucauld hubo escrito sus pensamientos sobre
el amor propio y puesto al descubierto este resorte del hombre, un señor
Espíritu, del Oratorio, escribió un libro capcioso titulado De la falsedad de
las virtudes humanas. Ese Espíritu dice que no existe absolutamente ninguna
virtud pero tiene la gracia de terminar cada capítulo remitiendo a la caridad
cristiana. De este modo, según opina el señor Espíritu, ni Catón, ni Aristides,
ni Marco Aurelio, ni Epicteto, eran buenas gentes y no se las puede hallar más
que entre los cristianos. Además, en los cristianos sólo existe la virtud entre
los católicos, y aun entre éstos habría que exceptuar a los jesuitas, enemigos
de los oratorianos; en consecuencia, la virtud sólo puede encontrarse entre los
enemigos de los jesuitas.
Ese tal señor Espíritu empieza por decirnos que la prudencia no es una
virtud y lo justifica diciendo que a menudo se equivoca. Es como si dijéramos
que César no era un gran capitán porque fue vencido en Dyrrachium.
Si el señor Espíritu fuese un filósofo no hubiera considerado la
prudencia como una virtud, sino como un talento, como una cualidad útil feliz,
pues un loco puede ser muy prudente y yo los he conocido de esta especie. O la
furia de pretender que: « ¡Nadie tendrá virtud sino nosotros y nuestros
amigos!»
¿Qué es la virtud, amigo mío? Es hacer el bien. Pues nos lo hace y ello
es suficiente. Entonces, te disculparíamos el motivo. Si no, ¿qué? Según tú, no
habría diferencia alguna entre el presidente De Thou y Ravaillac, entre Cicerón
y ese Popilio a quien había salvado la vida y le cortó la cabeza por dinero. ¿Y
declararás tú que Epicteto y Porfirio fueron unos bribones por no haber seguido
nuestros dogmas? Una insolencia tal, subleva. Y no digo más porque me
indignaría.
FANATISMO. Es el efecto de una conciencia falsa que
somete la religión a los caprichos de la fantasía y al desorden de las
pasiones.
Por lo general, proviene de que los legisladores han tenido miras
mezquinas, o de que se excedieron de los límites establecidos por ellos. Sus
leyes sólo eran adecuadas para una sociedad elitista. Extendiéndolas por celo a
todo un pueblo, y llevándolas por ambición de un clima a otro debían haberlas
corregido y acomodado a las circunstancias de los lugares y personas. Más, en
realidad, sucedió que ciertos espíritus de carácter más acomodado al de la
muchedumbre para la que se decretaron, recibiéndolas con gran entusiasmo es
convirtieron en apóstoles e incluso en mártires de ellas, antes que dejar de
cumplirlas al pie de la letra. Otros caracteres, por el contrario, menos
fogosos, o más aferrados a los prejuicios de su educación, lucharon contra el
nuevo yugo y sólo consintieron adoptarlos modificándolos. De aquí nació el
cisma entre los rigoristas y los mitigados, que hace furiosos a unos y otros, a
los primeros en favor de la esclavitud, y los segundos en favor de la libertad.
Figuraos una inmensa rotonda, un panteón con mil altares situados bajo
la cúpula y dentro de ese inmenso edificio imaginaos un fiel de cada credo,
extinguido o en vigor, a los pies de la Divinidad, honrando a su manera y en
todas las formas caprichosas que la imaginación pudo crear. A la derecha hay un
contemplativo, tendido sobre una estera, esperando con el ombligo al aire que
la luz celeste penetre en su alma; a la izquierda, un energúmeno prosternado
golpeando el suelo con la frente, para que salga la tierra con abundancia.
Aquí, un saltimbanqui que baila sobre la tumba del difunto que invoca; allá se
divisa un penitente inmóvil y mudo como la estatua ante la que se humilla. Uno
enseña lo que el pudor oculta, para que Dios no se ruborice de su semejanza;
otro se tapa el rostro como si el Obrero tuviera horror de su obra. Este vuelve
la espalda hacia Mediodía porque por esa parte sopla el viento del demonio;
aquél tiende los brazos hacia Oriente, por donde Dios enseña su faz
esplendorosa. Jóvenes doncellas, llorando, se arañan la carne todavía inocente
para aplacar al demonio de la concupiscencia, de una manera capaz de excitarla;
otras jóvenes, en posición del todo opuesta, solicitan aproximarse a la
Divinidad. Un joven, con la idea de apaciguar el instrumento de la virilidad,
lo oprime con anillos de hierro de un peso aproximado a sus fuerzas; otro,
detiene la tentación en su origen mediante inhumana amputación y cuelga en el
altar los despojos de su sacrificio.
Salen del templo llenos del Dios que les agita y difunden el pavor y la
ilusión por todo el orbe; se reparten el mundo y el fuego que los anima se
enciende en sus cuatro extremidades. Los pueblos oyen y los reyes tiemblan. El
imperio que el celo de un solo hombre ejerce sobre la multitud que le ve o le
oye, el calor que las imaginaciones reunidas se comunican, los movimientos
tumultuosos que acrecientan la perturbación de cada uno contagian el vértigo
general a todos. Basta que un pueblo encantado vaya detrás de algunos
impostores para que la seducción multiplique los prodigios y se extravíe todo
el mundo. El espíritu humano, cuando sale una vez de las vías luminosas de la
naturaleza, no vuelve a entrar en ellas; vaga errante en derredor de la verdad
sin encontrar más que resplandores que, confundiéndose con las falsas
claridades con que la superstición la rodea, acaban por sumergirle en las
tinieblas.
Nos horroriza examinar cómo la creencia de apaciguar al cielo con la
muerte, cuando se introdujo, se esparció universalmente por casi todas las
religiones, que multiplicaron los motivos de llevar a cabo el sacrificio con el
fin de que nadie escapara de la inmolación. Unos pueblos inmolaban sus enemigos
a Marte exterminador, como los escitas que degollaban en sus altares uno de
cada cien prisioneros; en otros pueblos sólo se hacían la guerra para capturar
víctimas destinadas a los sacrificios. Unas veces, el dios bárbaro pedía que
sacrificaran a los hombres justos y los getas se disputaban el honor de llevar
a Zamolxis los deseos de la patria: el que tenía la suerte feliz de ser
destinado al sacrificio se arrojaba sobre unas lanzas plantadas en el suelo. Si
resultaba herido mortalmente al caer sobre ellas, indicaba un buen augurio para
la negociación, pero si sobrevivía a las heridas era un malvado, del que dios
no debía hacer caso.
Otros pueblos sacrificaban a los niños porque sus dioses pedían la vida
que le acababan de dar. Sacrificaban su propia sangre. Los cartagineses
inmolaban sus hijos a Saturno, como si el tiempo no los devorara demasiado
pronto. Ofrecían un sacrificio sangriento, como el de Amestris, que ordenó
enterrar doce hombres vivos para obtener de Plutón más larga vida. La misma
Amestris sacrificó además a la insaciable divinidad catorce niños de las
principales familias de Persia, porque los sacrificadores siempre hicieron
creer a los hombres que debían ofrecer en los altares lo que más apreciaban.
Fundándose en este principio, algunos pueblos inmolaban a los primogénitos y
otros los rescataban con ofrendas, que reportaban más utilidad a los ministros
del sacrificio. Esto fue sin duda, lo que hizo implantar en Europa la costumbre
que duró unos siglos de consagrar al celibato los niños desde la edad de cinco
años, y la de destinar al claustro a los hermanos del príncipe heredero, en vez
de degollarlos como en Asia.
Los hindúes, el pueblo más hospitalario del mundo, se preciaban de matar
a los extranjeros virtuosos y sabios que llegaban a su país, con objeto de que
quedaran allí sus virtudes y su talento, con lo que derramaban la sangre más
pura. Entre los pueblos idólatras, los sacerdotes desempeñaban en el altar el
oficio de verdugos, y en Siberia mataban a los sacerdotes para que fueran al
otro mundo a rezar por el pueblo, pensando que vertían la sangre más sagrada.
Todavía se perpetraron locuras más horrendas. Para ir a Asia los
europeos pasaban por un camino de los judíos inundado de sangre, quienes con
sus manos se degollaban para no caer en poder de sus enemigos. Esa locura
despobló la mitad del mundo habitado: reyes, pontífices, mujeres, niños y
ancianos, todos se entregaron al vértigo sagrado que hizo degollar durante dos
siglos a innumerables pueblos sobre el sepulcro de un Dios de paz. Fue entonces
cuando aparecieron oráculos falsos, ermitaños guerreros, monarcas en los
púlpitos y prelados en los campos, borrándose todos los estamentos y
confundiéndose entre la plebe insensata. Salvaron montañas y mares, y
abandonando legítimas posesiones fueron en pos de conquistas que no eran la
tierra prometida. Se corrompieron las costumbres bajo cielos extranjeros, y los
príncipes, tras esquilmar sus reinos para rescatar un país que nunca les había
pertenecido, acabaron por arruinarlos. Millares de soldados, descarriados bajo
la égida de muchísimos jefes, acabaron por no reconocer a ninguno y desertando
apresuraron su derrota. Esa terrible demencia fue sustituida por un contagio
más horrible todavía.
El fanatismo mantenía el furor de conquistas lejanas, y apenas Europa se
había restablecido de sus pérdidas cuando el descubrimiento de un nuevo mundo
aceleró la ruina del nuestro. Con la terrible divisa de Conquistad y sojuzgad,
desolaron América y exterminaron a sus habitantes; en vano se afanan Africa y
Europa para repoblarla, porque habiendo agitado a los hombres el veneno del oro
y del placer, el mundo fue quedando desierto y se vio amenazado de estarlo más
cada día por las continuas guerras que movió en nuestro continente la ambición
de conquista en aquellos territorios extranjeros.
Recordemos los millares de esclavos que hizo el fanatismo en Asia donde
llamarse cristiano era un crimen, y en América, donde el pretexto del bautismo
ahogó a la humanidad. Rememoremos los millares de hombres que murieron en los
patíbulos en siglos de persecución, o en guerras civiles a mano de sus
conciudadanos, o a sus propias manos mediante excesivas maceraciones.
Recorramos la superficie de la Tierra y tras echar una ojeada a los diversos
estandartes desplegados en nombre de la religión, en España contra los moros,
en Francia contra los turcos, en Hungría contra los tártaros, tras examinar las
diferentes órdenes militares establecidas para combatir infieles a sablazo
limpio, fijemos nuestra mirada en ese tribunal siniestro instituido contra los
inocentes y los desgraciados para juzgar a los vivos, como Dios ha de juzgar a
los muertos, pero con muy distinta balanza. En resumen, examinemos todos los
horrores perpetrados durante quince siglos, renovados muchas veces en uno solo;
los pueblos sin defensa degollados al pie de los altares, los reyes muertos por
el veneno o el puñal, un vasto estado reducido a la mitad por sus ciudadanos,
la espada desenvainada entre el padre y el hijo, los usurpadores, los tiranos,
los verdugos, los parricidas y los sacrílegos conculcando todas las
convenciones divinas y humanas por espíritu de religión y tendremos escrita la
historia del fanatismo y sus hazañas.
La palabra fanático tenía distinta acepción en un principio. Fanáticus
fue un título honorífico: significa servidor o bienhechor de un templo. Según
dice el Diccionario de Trévoux, los arqueólogos han encontrado inscripciones en
que los romanos importantes usaban el título de fanaticus.
En la alocución de Cicerón pro domo sua, figura un pasaje en el que la
voz fanaticus me parece difícil de explicar. El sedicioso Clodio, que hizo
desterrar a Cicerón por haber salvado a la república, no sólo saqueó y derribó
las casas que poseía aquel gran hombre, sino que con la idea de que éste no
volviera a entrar nunca en su casa de Roma declaró sagrado el terreno que
aquélla ocupaba, y los sacerdotes edificaron en él un templo a la Libertad, o
mejor, a la esclavitud, en la que César, Pompeyo, Craso y Clodio tenían
entonces sumida a la república. ¡De esa manera en todas las épocas sirvió la
religión para perseguir a los hombres!
En fin, cuando en días más felices levantaron el destierro a Cicerón
éste abogó ante el pueblo para conseguir que le devolvieran el terreno que
ocupaba su casa y que edificaron a expensas del pueblo romano. He aquí cómo se
expresa en su parlamento contra Clodio (Oratio pro domo sua, cap. XL):
«Aconsejad, pontífices, a ese hombre religioso; persuadidle de que hasta
la misma religión tiene sus límites, y que no deben ser tan celosos. ¿Qué
necesidad tenéis, vos que sois consagrador, vos que sois fanático de recurrir a
supersticiones de vieja beata para asistir a un sacrificio que tenía lugar en
una casa extraña?»
El vocablo fanaticus, empleado como hace Cicerón, ¿significa insensato y
abominable fanático, como lo entendemos hoy, o también consagrador, devoto y
bienhechor de los templos? Esa palabra, ¿expresa aquí una injuria o una
alabanza irónica? No sé lo suficiente para decidirlo. Cicerón alude en ese
pasaje a los misterios de la buena diosa que Clodio profanó, disfrazado de
mujer y acompañado de una vieja, entrando en casa de César con el fin de
acostarse con la esposa de éste. Por tanto, es evidente que empleó esa palabra
con ironía. Antes llamó a Clodio hombre religioso; la ironía, pues, debe ser
mantenida en todo ese pasaje. Cicerón se vale de términos honoríficos para
mejor hacer sentir la vergüenza de Clodio.
El Diccionario de Trévoux dice también que las antiguas crónicas de
Francia llamaban a Clovis fanático y pagano. El lector tal vez desearía que nos
hubieran señalado esas crónicas. Confieso que no he podido encontrar dichos
calificativos aplicados a Clovis en los pocos libros que tengo en el monte
Krapack, en donde me hallo.
Por fanatismo se entiende hoy una locura religiosa, sombría y cruel. Es
una enfermedad del espíritu que se contrae como la viruela. Los libros la
contagian menos que las asambleas y los discursos. Rara vez nos acaloramos
leyendo, porque entonces estamos sosegados. Pero cuando el hombre ardiente e
ingenioso se dirige con exaltación a imaginaciones débiles, sus ojos centellean
y el fuego de sus miradas, de su voz y de sus ademanes se comunica y desata los
nervios del auditorio. Exclama: Dios os está mirando, sacrificadle lo que es
humano; combatid los combates del Señor, y lanza a la lucha a sus oyentes.
El fanatismo es a la superstición lo que el delirio a la fiebre, lo que
el furor a la cólera. El que tiene éxtasis, visiones, el que toma los sueños
por realidades y sus imaginaciones por profecías, es un entusiasta; el que
sostiene su locura por medio del asesinato es un fanático.
Juan Díaz, luterano afincado en Nuremberg, convencido de que el papa era
el Anticristo, sólo era un entusiasta; su hermano, Bartolomé Díaz, que salió de
Roma para asesinar por el amor de Dios 8 SU hermano, y que efectivamente le
mató, fue uno de los fanáticos más abominables que la superstición jamás pudo
formar. Poliecto, que en un día de solemnidad religiosa se presenta en el
templo para derribar y destruir las estatuas de los dioses, es un fanático
menos horrible que Díaz, pero tan necio como él. Los asesinos del duque
Francisco de Guisa, de Guillermo, príncipe de Orange, de los reyes Enrique III
y Enrique IV y de otros personajes, fueron energúmenos afectos de la misma
rabia que Díaz. El ejemplo más horrendo de fanatismo que ofrece la historia fue
el que dieron los habitantes de París la noche de San Bartolomé, despedazando,
degollando y arrojando por las ventanas a sus conciudadanos que no iban a misa.
También hay fanáticos que conservan la sangre fría. Pertenecen a esa
clase los jueces que condenan a muerte a quienes no han cometido más delito que
no pensar como ellos. Y son más culpables y dignos de que los execre el género
humano porque no obran ofuscados y por un arrebato de furor, como Clement,
Chatel, Ravaillac, Gérard y Damiens, sino por no escuchar la voz de la razón.
Cuando el fanatismo gangrena el cerebro, la enfermedad es casi
incurable. He visto fanáticos que al hablar de los milagros de un santo les
centellean los ojos, les tiemblan las extremidades, el furor les desfigura el
rostro y matarían al que se atreviera a contradecirles.
El único remedio para curar esa enfermedad epidémica es un espíritu
razonador que, difundiéndose cada día más, suavice las costumbres humanas y
evite los accesos del mal, porque desde que esa enfermedad hace progresos es
preciso huir de ella y esperar a que el aire se purifique. Las leyes y la
religión son insuficientes para frenar la peste de las almas; la religión, en
vez de ser para ellas un alimento saludable, se torna en veneno en los cerebros
inficionados. Esos miserables tienen siempre en la memoria el ejemplo de Aod,
que asesina al rey Eglón; el de Judit, que corta la cabeza a Holofernes,
estando acostado con él; el de Samuel que descuartiza al rey Agag… No
consideran que esos ejemplos, todo lo respetables que se quiera en la
Antigüedad, son detestables en la época actual, y sacan sus furores de la
religión que los condena. Las leyes todavía son más impotentes contra los
accesos de rabia; es como si leéis un decreto del consejo a un frenético. Los
fanáticos están convencidos de que el Espíritu Santo, que los inspira, es
superior a las leyes, y que el entusiasmo es la única ley que debe dirigirles.
¿Qué se puede responder al hombre que dice que prefiere obedecer a Dios
que a los hombres, y que, por consiguiente, está seguro de merecer el cielo
degollándoos?
Casi siempre los ladinos guían a los fanáticos y ponen el puñal en sus
manos. Se parecen al Viejo de la Montaña, que hacía, dícese, gozar las alegrías
del paraíso a los imbéciles y les prometía una eternidad de placeres, del que
había hecho concebir el deleite anticipado, bajo la condición de que asesinaran
a las personas que nombrara. Sólo hay una religión en el mundo a la que no ha
manchado el fanatismo: la de los hombres ilustrados de China. Las sectas de los
filósofos no sólo estuvieron libres de esa peste, sino que fueron un remedio
eficaz contra ella, porque el objeto de la filosofía es otorgar tranquilidad al
alma, y el fanatismo es incompatible con la tranquilidad. Si ese furor infernal
inficionó con frecuencia nuestra santa religión, sólo debe achacarse a la
locura humana.
Los fanáticos no siempre participan en los combates del Señor, ni
siempre asesinan reyes y príncipes. Algunos de ellos son tigres, pero la
mayoría son zorros.
Los fanáticos de la Curia de Roma tejieron una trama de necedades y
calumnias contra los fanáticos afectos al credo de Calvino, y los jesuitas
contra los jansenistas, et vicissim, y si nos remontamos más alto, veremos que
la historia eclesial, que es la escuela de las virtudes, es también la de las
maldades que cometieron unas confesiones contra otras. Todas ellas tienen en
los ojos la misma venda, ya cuando se trata de incendiar las ciudades y burgos
de sus adversarios, ya cuando se trata de degollar a los habitantes, ya cuando
sencillamente se proponen engañar, enriquecerse y dominar. Las ciega el mismo
fanatismo y creen que obran bien.
Leed, si es posible, los cinco o seis mil volúmenes de reproches que los
jansenistas y los molinistas se hicieron unos a otros durante cien años acerca
de sus granujerías, y os convenceréis de que dejan chiquitos a Scapin y a
Trivelin.
Una de las bribonerías teológicas es, en mi opinión, la que hizo un
obispo vizcaíno, según el relato (algún día encontraremos su nombre y
obispado). Parte de su diócesis pertenecía a Vizcaya y parte a Francia. En
territorio francés había una parroquia que habitaron antiguamente algunos moros
de Marruecos. El señor de la parroquia no era mahometano, sino un buen
católico, como todo el universo debe serlo, pues el vocablo católico significa
universal. Al obispo en cuestión se le hizo sospechoso aquel pobre señor que
sólo el bien se ocupaba de hacer, de abrigar malas ideas y malos sentimientos,
de ser hereje. Le acusó de haber dicho, en broma, que lo mismo había personas
honradas en Marruecos que en Vizcaya, y que el marroquí honrado no podía ser
enemigo del Ser Supremo, que es padre de todos los hombres.
El fanático obispo escribió una carta muy larga al rey de Francia
soberano del pobre señor de la parroquia, suplicándole que trasladara la
residencia de aquella oveja infiel a Bretaña o Normandía, donde quisiera Su
Majestad, para que no continuara inficionando a los vascos con sus ofensivas
burlas. El rey de Francia y su consejo se burlaron, como merecía, del obispo
extravagante. El prelado vizcaíno, que se enteró tiempo después que su oveja
francesa estaba enferma, prohibió al cura de la parroquia que le administrara
la comunión si el enfermo no firmaba una cédula de confesión en que constara
que no estaba circuncidado, condenaba de corazón la herejía de Mahoma y demás
herejías, y pensaba en todo como el obispo vizcaíno.
Las cédulas de confesión estaban de moda en aquella época, pero el
moribundo llamó a su casa al cura, que era un borracho imbécil, y le amenazó
con hacerle ahorcar por el Parlamento de Burdeos si no le daba inmediatamente
el Viático, que necesitaba sin pérdida de tiempo. El cura tuvo miedo y lo
administró, y el moribundo, tras la ceremonia, declaró ante testigos que el
obispo le había calumniado ante el rey acusándole de ser afecto a la religión
musulmana, cuando él era buen cristiano y el obispo un calumniador; luego firmó
esta declaración ante notario y se sintió mejor, recobrando a poco la salud
hasta que la tranquilidad de su conciencia le curó del todo.
Resentido el obispo de que un viejo moribundo se burlara de él, resolvió
vengarse y he aquí lo que hizo. Al cabo de quince días hizo falsificar una
profesión de fe del ex enfermo que el cura aseguraba haberle oído, la firmó e
hizo firmar a tres o cuatro campesinos que no habían asistido a la
administración del sacramento. El acta que extendió, en la que no constaba la
firma de la parte interesada, firmada por desconocidos y que desautorizaron
testigos verdaderos, era visiblemente un delito de falsedad, y como se
perpetraba en materia de fe pudo muy bien llevar al cura y a los falsos
testigos a las galeras en este mundo, y al infierno en el otro.
El señor de la parroquia, que era un guasón, pero no tenía mala idea se
compadeció del alma y del cuerpo de aquellos miserables y en vez de hacerles
comparecer ante la justicia humana se contentó con ponerlos en ridículo,
declarando que haría imprimir, para que se publicara después de su muerte, toda
la intriga del obispo, acompañada de las pruebas, para que sirviera de
diversión a los lectores que gustan de las anécdotas. Pero volvamos al
fanatismo.
La rabia del proselitismo y el furor de convertir a los incrédulos fue
lo que llevó a los jesuitas Castel y Routh junto al lecho del célebre
Montesquieu, cuando éste se hallaba moribundo. Estos dos energúmenos se
jactaron de haberle convencido de los méritos de la contrición y de la gracia
suficiente. «Le hemos convertido —decían ellos—. En el fondo era un bendito y
amaba mucho a la Compañía de Jesús. Nos ha costado trabajo hacerle reconocer
ciertas verdades fundamentales, pero como en semejantes momentos se tiene
siempre el espíritu más claro, terminamos por convencerle.» Este fanatismo de
convertidor es tan fuerte que el fraile más disoluto dejará su querida para ir
a convertir un alma al otro extremo de la ciudad.
Ludlow, más entusiasta de la libertad que fanático de la religión, y que
odiaba más a Cromwell que a Carlos 1, refiere que las milicias del Parlamento
siempre eran derrotadas por las tropas del rey al principio de la guerra civil.
Cromwell le dijo al general Fairfax: «¿Cómo queréis que mozos de cuerda y
jóvenes tenderos indisciplinados resistan a soldados pertenecientes a la
nobleza, animados por el fantasma del honor? Presentémosles el fanatismo, que
es un fantasma mayor que aquél. Si nuestros enemigos pelean por el rey,
convenzamos a nuestras gentes que combaten por Dios. Si me autorizan, levantaré
un regimiento de hermanos asesinos y os garantizo que haré de ellos fanáticos
invencibles». Efectivamente, formó un regimiento compuesto de hermanos
sanguinarios, locos melancólicos, e hizo de ellos tigres obedientes. El
mismísimo Mahoma lo hubiera querido así.
Mas para inspirar semejante fanatismo es preciso que acompañe el
espíritu de la época. En vano el Parlamento de París trataría hoy de levantar
un regimiento de soguillas y menestrales; ni siquiera podría contar con diez
verduleras. Sólo los hábiles pueden hacer fanáticos y dirigirlos; no basta con
ser bribón y audaz.
1.
Un día, el príncipe Pico de la Mirándola se encontró con el papa
Alejandro VI en casa de la cortesana Emilia. En aquellos días, Lucrecia, hija
del pontífice, guardaba cama después de haber dado a luz mientras aún no se
sabía en Roma si el niño era hijo del papa o del vástago de éste el duque de
Valentinois, o del marido de Lucrecia, Alfonso de Aragón que según fama era
impotente. La conversación que medió entre ambos fue muy amena y el cardenal
Bembo nos refiere parte de ella. «Príncipe Pico —le dijo el Papa—, ¿quién crees
que es el padre de mi nieto?» «Creo que es vuestro yerno», respondió el
príncipe. «¿Cómo puedes creer semejante tontería?» «La fe me lo hace creer.»
«¿Ignoras que el impotente no puede tener hijos?» «La fe consiste —replicó el
príncipe— en creer cosas imposibles; además, el honor de vuestra casa exige que
el hijo de Lucrecia no se considere como fruto de un incesto. Misterios más
incomprensibles me habéis hecho creer. ¿No debo convencerme de que habló una
serpiente, que desde entonces quedó la humanidad condenada, que la borrica de
Balaán habló con elocuencia y que las murallas de Jericó cayeron al suelo por
el son de las trompetas?» El príncipe recitó a continuación un rosario de todas
las cosas admirables que creía y Alejandro se dejó caer en un sofá, sin poder
contenerse de risa. «Creo todo eso como tú —decía, sin cesar de reír—, porque
sé muy bien que si no me salva la fe no me salvarán mis buenas obras.» « ¡Ah,
Santo Padre! —le contestó el príncipe—. No necesitáis buenas obras ni fe, esto
sólo lo necesitan los pobres profanos como yo. Vos, que sois el representante
de Dios, podéis creer y hacer lo que os plazca, tenéis las llaves del cielo, y
no cabe duda de que san Pedro no os dará con la puerta en las narices. Pero yo
confieso que necesitaría poderosa protección si, siendo un pobre príncipe, me
hubiera holgado con mi hija y hubiera usado el puñal y el veneno con tanta
frecuencia como Vuestra Santidad.» Alejandro VI, dejando de reír, dijo al
príncipe: «Hablemos seriamente. Decidme, ¿qué mérito puede tener decir a Dios
que estamos convencidos de cosas que es imposible convencernos? Entre nosotros,
decir que creemos lo imposible de creer es mentir». Pico de la Mirándola, al
oír esto, se persignó, exclamando: «Vuestra Santidad me perdone, pero no sois
cristiano». «No lo soy», dijo el Papa. «Me lo figuraba», repuso el príncipe.
¿Qué es la fe? ¿Es creer lo que parece evidente? No, a mí me parece
evidente que existe un Ser necesario, eterno, supremo e inteligente, pero esto
no es fe, es raciocinio. No tengo ningún mérito en pensar que ese Ser eterno,
infinito, que es la virtud y la bondad, quiere que yo sea virtuoso y bueno. La
fe consiste en creer, no lo que parece verdad, sino en lo que parece falso a
nuestro entendimiento. Los asiáticos sólo por la fe pueden creer el viaje que
hizo Mahoma por los siete planetas, las encarnaciones del dios Fo, las de
Visnú, las de Xaca, de Brahma, etc., y someten su entendimiento, tienen miedo
de examinar y, como no quieren ser empalados, ni quemados, dicen: «Creo:D.
Lo mismo sucede a los cristianos: su fe en las cosas que no entienden se
funda en las cosas que entienden; tienen motivos de credibilidad. Si Jesucristo
obró milagros en Galilea, luego debemos creer lo que dijo, y para saber lo que
dijo es preciso consultar la Iglesia. Esta ha decretado que los libros que
hablan de Jesucristo son auténticos, por tanto es preciso creer esos libros.
Ellos nos dicen que quien no escucha a la Iglesia debe ser considerado como
publicano o pagano; así, debemos escuchar a la Iglesia para no ser desterrados
como intendentes generales prevaricadores y debemos someterle nuestra razón, no
por credulidad infantil o ciega, sino por la creencia dócil que la misma razón
autoriza. Tal es la fe cristiana y sobre todo la fe romana, que es la fe por
excelencia. La fe luterana, calvinista y anglicana, son execrables.
FIGURA EN TEOLOGÍA. Es innegable,
y convienen en ello muchos hombres devotos, que el uso de figuras y alegorías
en esta materia se ha llevado demasiado lejos, o se ha abusado de ellas. Es
indudable que decir, como aseguran algunos padres de la Iglesia, que el trozo
de tela roja que puso en su ventana la meretriz Rahab para avisar a los espías
de Josué simboliza la sangre de Jesucristo, es un abuso del espíritu religioso,
que en todo quiere encontrar misterio. Es cierto que san Ambrosio, en su libro
De Noé y del Arca, emplea con escaso gusto la alegoría cuando dice que la
portezuela del arca tenía la figura del ano, por el que salen los excrementos.
Las personas sensatas se extrañan de que hayan tratado de probarnos que
los vocablos hebreos maher‑salat‑hasbas (tomad pronto los despojos),
representen la figura de Jesucristo; que Moisés, tendiendo las manos hacia el
cielo durante la batalla contra los medianitas, simbolice también a Jesús; que
Judá, atando su asno a la vid y lavando su mano con vino represente también una
figura alegórica; que Rut, acostada con Booz, sea una representación de la
Iglesia; que Sara y Raquel figuren ser la Iglesia, y Agar y Lía la Sinagoga, y
que los besos de la Sulamita en la boca figuren el desposorio de la Iglesia.
Podríamos escribir un volumen de símbolos parecidos que muchos teólogos
modernos califican de fantasiosos más que de edificantes.
El peligro de este abuso lo reconoce categóricamente el abate Fleury en
su Historia eclesiástica. Este abuso es una reminiscencia del rabinismo defecto
en el que nunca incurrió el sabio san Jerónimo. Este abuso se parece a la
interpretación de los sueños, a la quiromancia. Cuando una doncella, soñando,
veía agua turbia y burbujeante, era augurio de que su matrimonio sería
desgraciado, y cuando la veía clara, que encontraría un buen marido; la
aparición de una araña auguraba tener dinero… ¿Podrá creer la posteridad
ilustrada que durante cuatro mil años se han estado haciendo estudios serios
sobre la interpretación de los sueños?
Figuras simbólicas. Todas las
naciones las han utilizado, pero, ¿cuál de ellas fue la primera? No es fácil
que fueran los egipcios, pues más de una vez hemos probado que Egipto no es un
país muy antiguo y necesitó siglos para preservar su territorio de las
inundaciones y hacerlo habitable. Es imposible que los egipcios idearan los
signos del Zodíaco, porque las figuras que designan las épocas de nuestras
sementeras y siegas no coinciden con las suyas. Cuando segamos las mieses, su
región está llena de agua, y cuando nosotros sembramos, ellos están próximos a
recoger las cosechas. El toro de nuestro Zodíaco y la hija cargada de espigas
no pueden tener su origen en Egipto.
Eso es prueba evidente de la falsa teoría que afirma que los chinos son
una colonia egipcia. Sus caracteres son diferentes. Los chinos marcan el curso
del sol mediante veintiocho constelaciones, y los egipcios, copiándolo de los
caldeos, contaban doce al igual que nosotros. Las figuras que designan a los
planetas son, en China y las Indias, distintas de las de Egipto y Europa, como
es diferente la manera de llevar la mano cuando escribimos. Por tanto, es pura
quimera pretender que los egipcios fueron a poblar China.
Todas las fundaciones fabulosas que tuvieron lugar en épocas también
fabulosas, hicieron perder un tiempo precioso a muchísimos sabios, que se han
perdido en laboriosas indagaciones y que hubieran podido ser útiles al género
humano dedicándose al estudio de las artes verdaderas.
Pluche, en su historia, o mejor, en su fábula del cielo, nos asegura que
Cam, hijo de Noé, fue a reinar a Egipto, donde no había nadie; que su hijo
Menes fue el mayor de los legisladores y Thaut su primer ministro. Según dicho
autor, Thaut, u otro ministro, instituyó las fiestas en honor del diluvio, y
que el grito de júbilo Io Bacché, tan famoso entre los griegos, era grito de
lamentación entre los egipcios. Bacché derivaba del vocablo Beke, que significa
sollozos, y este origen se atribuye en una época en que el pueblo hebreo aún no
existía. Ciñéndonos a su explicación, diremos que júbilo quiere decir tristeza,
y cantar significa llorar.
Los iroqueses, más sensatos, no han tratado de informarse de lo que
aconteció en el lago de Ontario hace unos miles de años y se dedican a la caza
en vez de entregarse a exponer sistemas.
Los mismos autores aseguran que las esfinges que adornaban Egipto
significan superabundancia, porque los intérpretes han aseverado que el vocablo
hebreo spang significaba exceso, como si la lengua hebraica, que en gran parte
deriva de la fenicia, hubiera servido de módulo a Egipto. Además, ¿qué relación
hay entre la esfinge y la abundancia de agua? Los intérpretes futuros pueden
sostener un día con tanta verosimilitud como los intérpretes del pasado, que
los mascarones que adornan la clave de las cimbras de nuestras ventanas son
alusiones a nuestras mascaradas, y que dichos adornos anunciaban que se daban
bailes en todas las casas que decoraban.
FILIBUSTEROS. No sabemos la etimología de filibusteros no
obstante, la generación pasada nos ha referido las hazañas que realizaron y
estamos hablando de ellos todos los días. En vista de esto, hay que desconfiar
de los orígenes y las etimologías que creemos haber encontrado.
Los filibusteros empezaron a aparecer en la época del cardenal
Richelieu, cuando españoles y franceses aún se aborrecían porque Fernando el
Católico se había burlado de Luis XII y porque Francisco I fue hecho prisionero
en la batalla de Pavía, cuando ese odio era tan intenso que el falso autor de
la historieta política, que tomó el nombre de cardenal Richelieu, se atrevió a
llamar a los españoles «nación insaciable y pérfida que convertía las Indias en
tributarias del infierno», cuando Francia no tenía posesiones en América y
barcos españoles llenaban los mares. Los filibusteros fueron al principio
aventureros franceses que apenas llegaron a ser corsarios.
Uno de ellos, apellidado Le Grand, natural de Dieppe, asociándose con
cincuenta corajudos, fue a probar fortuna con una embarcación que ni siquiera
tenía cañones. Un día, al ver un galeón que se había separado de la flota
española, se arrimó a él fingiendo ser su patrón e iba a venderle mercaderías,
y escaló el navío seguido de los suyos. Entró en la cámara donde el capitán
estaba jugando a las cartas, le hizo prisionero con toda la tripulación y
regresó a Dieppe con el galeón cargado de riquezas. Esa aventura fue el
principio de cuarenta años de hazañas inauditas.
Filibusteros franceses, ingleses y holandeses se reunían en las cuevas
de Santo Domingo y de las pequeñas islas de San Cristóbal y Tortuga, y elegían
un jefe para cada expedición. Este fue el origen primitivo de los reyes. Si en
vez de filibusteros se hubieran reunido labradores, no habrían necesitado un
señor, porque éste no hace falta para sembrar trigo, segarlo y venderlo.
Cuando los filibusteros conseguían reunir un importante botín, compraban
un barco y cañones. Con el producto de las rapiñas lograron poseer varios
navíos, y si alcanzaban reunir cien hombres, los demás creían que al menos eran
mil, porque resultaba difícil escapar de sus garras, y más difícil todavía
poderlos alcanzar. Eran aves de presa que atacaban en cualquier punto y luego
se escondían en sitios inaccesibles. Tan pronto atravesaban cuatrocientas o
quinientas leguas de mar costeando, como andaban a pie o a caballo doscientas
leguas por tierra.
Sorprendieron y saquearon las ciudades ricas de Chagra, Mecaizabo,
Veracruz, Panamá, Puerto Rico, Campeche, Santa Catalina y los arrabales de
Cartagena. Uno de esos filibusteros, apellidado Olonois, llegó hasta las
puertas de La Habana con sólo veinte hombres, retirándose en seguida a Cote. El
gobernador envió a perseguirle un navío de guerra con soldados y el verdugo,
pero Olonois se apoderó del navío. El mismo decapitó a los soldados españoles
que atrapó y envió el verdugo al gobernador (1). Ni los romanos ni otros
pueblos de bandidos realizaron nunca hazañas tan portentosas. El viaje del
almirante Ansón alrededor del mundo fue un agradable paseo comparado con las
correrías de los filibusteros por el mar del Sur y lo que realizaron en tierra
firme. Si hubieran tenido una política igual a su indomable arrojo, habrían
fundado un gran imperio en América.
(1) Más tarde, los indígenas capturaron y se comieron a Olonois.
Carecían asimismo de mujeres, pero en vez de raptar a las Sabinas y
casarse con ellas, como se dice hicieron los romanos, sacaron mujeres del
hospicio y la casa reformatorio de París, y de este modo ni siquiera lograron
formar una generación.
Fueron más crueles con los españoles que los judíos con los cananeos. Se
cuenta que un holandés, apellidado Roc, asó en parrillas a muchos españoles e
hizo que los comieran sus compañeros. Sus expediciones fueron siempre
escaramuzas de ladrones y nunca campañas de conquistadores; por eso los
llamaron ladrones en las Indias occidentales. Cuando sorprendían una localidad
y entraban en casa de un padre de familia, le torturaban hasta que descubría
sus tesoros.
Lo que hizo inútiles sus hazañas fue su vida licenciosa y disoluta, en
la que gastaban todo lo adquirido en las rapiñas y asesinatos. Hoy no queda de
ellos más que el nombre. Eso fueron los filibusteros. Pero, ¿qué pueblo de
Europa no lo fue? ¿Qué eran los godos, alanos, vándalos y hunos, más que
filibusteros? ¿Qué fueron Rollon, que se afincó en Normandía, y Guillermo
Fierabrás, sino filibusteros más hábiles? Clovis, ¿no fue también un
filibustero que desde las orillas del Rin corrió a lanzarse sobre las Galias? .
FILOSOFÍA. He peregrinado cerca de cuarenta años por dos o
tres rincones del mundo buscando esa piedra filosofal llamada la verdad. He
consultado a todos sus adeptos de la Antigüedad, Epicuro y san Agustín, Platón
y Malenbraque, y estoy tan a ciegas como al principio. Quizá en los crisoles de
esos filósofos haya una o dos onzas de oro, pero todo lo demás es residuo,
caput mortuum, fango estéril, con el que nada puede hacerse.
Siempre me ha parecido que los griegos fueron nuestros maestros, si bien
escribían más para ostentación de su ingenio que para instruir. No encuentro un
solo autor de la Antigüedad que haya seguido un sistema metódico y claro y
proceda razonablemente, tratando de unir y combinar los sistemas de Platón,
Aristóteles y los orientales. Tal es poco más o menos la sustancia que de ellos
he podido reunir.
No es un ser inteligente, como yo, el que planeó la creación del mundo,
porque yo no puedo crear ni una higa; luego, el mundo es obra de una
inteligencia prodigiosamente superior.
Ese ser, que posee inteligencia y poder omnímodos, ¿existe
necesariamente? Sí, porque es indispensable haya recibido el ser de otro o
exista por propia naturaleza. Si recibió el ser de otro, lo que es difícil de
concebir, tengo que recurrir a este otro y ese otro será el primer motor.
Cualquiera de las dos cosas que elija, tengo que admitir siempre un primer
motor poderoso e inteligente que lo sea necesariamente por propia naturaleza.
Ese primer motor, ¿creó las cosas de la nada? Esto no se concibe; crear
de la nada es convertir la nada en algo. No debo admitir tal creación, cuando
menos hasta que encuentre razones incontrovertibles que me obliguen a admitir
lo que mi inteligencia no puede comprender.
Todo lo existente parece que exista de modo necesario, dado que existe,
porque si hay actualmente una razón para demostrar la existencia de las cosas,
también la hubo ayer y la habrá en todos los tiempos y, esta causa debe haber
tenido siempre su efecto, porque si no toda la eternidad habría sido una causa
inútil.
Ahora bien, ¿cómo habrán existido las cosas siempre, estando
visiblemente bajo la dirección del primer motor? Será, pues, indispensable que
esa potencia haya obrado siempre; lo mismo, poco más o menos, que no puede
haber sol sin luz, que no puede haber movimiento sin que exista un ser, sin que
éste pase de un punto del espacio a otro.
Luego existe un ser poderoso e inteligente que obra siempre, porque si
no hubiera obrado, ¿de qué le serviría su existencia? Todas las cosas son,
pues, emanaciones eternas de ese primer motor.
Mas ¿cómo concebir que la piedra y el cieno sean emanaciones del Ser
Eterno inteligente y poderoso? Hay que escoger entre este dilema: la materia de
la piedra y del cieno existe necesariamente por sí misma, o existe porque le da
vida el primer motor. No puede haber término medio. Por lo tanto, hay que tomar
uno de estos dos partidos: la materia es eterna por sí misma, o la materia es
producto del Ser poderoso e inteligente.
Pero, subsistiendo por propia naturaleza o emanada del ser protector
existe para toda la eternidad, puesto que existe. Si la materia es eternamente
necesaria es, pues, imposible, es contradictorio, que no lo sea. Mas ¿qué
hombre puede asegurar que es imposible y contradictorio que la piedra y la
mosca no tengan vida? Nos vemos obligados a pararnos ante esta dificultad, que
sorprende más a la imaginación que contradice los principios del raciocinio.
En efecto, desde que habéis concebido que todo emana del Ser Supremo e
inteligente, que nada emana sin razón, que ese Ser que existe siempre, siempre
ha debido obrar, y por lo tanto, todas las cosas debieron salir eternamente del
seno de su existencia, no debéis resistiros a creer que la materia de que están
formados la piedra y la mosca es una producción eterna, como no os habéis
resistido a comprender que la luz es una emanación eterna del Ser omnipotente.
Puesto que yo soy un ser extenso y pensante, mi extensión y mi
pensamiento son productos necesarios de este Ser. Es evidente que no puedo
dotarme de extensión, ni de pensamiento; luego he recibido ambas facultades de
ese Ser necesario. ¿Pudo darme lo que no tenía? Me dotó de inteligencia y me
puso en el espacio; luego, es inteligente y está en el espacio.
Decir que el Ser eterno, que el Dios omnipotente, en todos los tiempos
llenó necesariamente el universo de sus producciones, no es privarle de su
libertad; al contrario, puesto que la libertad es el poder de obrar, Dios obró
siempre y por tanto utilizó siempre la plenitud de su libertad.
La libertad que algunos denominan indiferencia es una palabra sin
sentido, un absurdo, porque eso sería determinarse sin razón, sería un efecto
sin causa. Y Dios no puede tener esa libertad supuesta, que implica
contradicción en los términos. El ha obrado siempre por la necesidad que
constituye su existencia.
Es imposible, pues, que el mundo exista sin Dios y que Dios exista sin
el mundo. El mundo está lleno de seres que se suceden unos a otros; luego, Dios
ha creado siempre los seres que se han sucedido.
Estas aserciones preliminares constituyen la base de la antigua
filosofía de los griegos. De esa regla general debemos exceptuar a Demócrito y
Epicuro, cuya filosofía corpuscular refutó esos dogmas. Ahora bien, debemos
tener presente que los epicúreos partían de una física equivocada y el sistema
metafísico de los demás filósofos subsiste al igual que los sistemas físicos.
Toda la naturaleza, exceptuando el vacío, contradice a Epicuro, y ningún
fenómeno de ella está en contra de la filosofía que acabo de explicar. Una
filosofía acorde con las leyes que rigen la naturaleza y aceptada por los
espíritus más observadores, ¿no es superior a otro sistema no revelado?
Fuera de las aseveraciones de los antiguos filósofos que he sintetizado
cuanto he podido, ¿qué nos resta? Un caos de dudas y especulaciones. No creo
que jamás haya existido un filósofo que haya propuesto un nuevo sistema, que no
haya confesado al fin de su vida que ha perdido el tiempo. Hay que reconocer
que los inventores de las artes mecánicas han sido más útiles a la humanidad
que los ideadores de silogismos. El que inventó la lanzadera fue más útil que
quien halló las ideas innatas.
FILÓSOFO. El nombre de filósofo fue honrado unas veces
y otras envilecido, como el de poeta, matemático, fraile y sacerdote, como todo
lo que depende de la opinión ajena.
Domiciano expulsó a los filósofos y Luciano se burlaba de ellos. Pero
¿qué clase de filósofos y de matemáticos desterró el monstruo Domiciano? A
jugadores de cubilete y a los que confeccionaban horóscopos, a los que decían
la buenaventura, a miserables judíos que componían filtros amorosos y
talismanes; a gentes de esa ralea que poseían un poder especial sobre los
espíritus malignos, que los evocaban, que los hacían entrar en el cuerpo de las
doncellas mediante palabras y signos, y que los expulsaban de allí sirviéndose
de otros signos y otras palabras. ¿Quiénes eran los filósofos que Luciano puso
en la picota? La hez del género humano, haraganes incapaces de asumir alguna
profesión útil, gentes parecidas al Pobre diablo, del que se nos ha hecho una
descripción tan verdadera como cómica, que no saben si mañana llevarán librea o
escribirán el Almanaque del Año maravilloso, si trabajarán a jornal en los
caminos reales o sentarán plaza de soldado o de clérigo, y que en espera de
obtener ocupación se reúnen en los cafés para dar su opinión respecto a la
comedia nueva, sobre Dios y el ser en general, y sobre los modos del ser, y
luego os piden prestado y escriben un libelo para criticaros. No salieron de
esa escuela Cicerón, Ático, Epicteto, Trajano, Antonino Pío, Marco Aurelio y
Juliano. Tampoco se formó en esa escuela el rey de Prusia, Federico, que
escribió libros filosóficos, ganó batallas y destruyó tantos prejuicios como
enemigos.
Catalina II de Rusia, emperatriz victoriosa y azote de los otomanos, que
gobierna con tanta gloria un imperio más vasto que el romano, es una gran
legisladora porque cultiva la filosofía. Todos los príncipes del Norte son
filósofos también, y el Norte avergüenza al Mediodía. Si los confederados de
Polonia tuvieran tan sólo un adarme de filosofía, su patria, sus territorios y
sus casas no estarían expuestos al pillaje. No se derramaría sangre en su país,
ni serían los hombres más desgraciados si escucharan la voz de la razón de su
rey filósofo, que en vano ha dado tantos ejemplos y lecciones de ponderación y
prudencia.
El emperador Juliano era filósofo cuando escribía a sus ministros y a
sus pontífices esas hermosas cartas henchidas de clemencia y sabiduría que hoy
admiran aún todas las gentes honradas, pese a que condenen sus errores.
Constantino no era filósofo cuando asesinó a sus parientes próximos, a su hijo
y a su esposa; cuando manchado con la sangre de su familia juraba que Dios le
había enviado el lábaro desde el cielo.
Es un tremendo salto pasar de Constantino a Carlos IX y a Enrique III,
rey de una de las cincuenta grandes provincias del Imperio romano. De haber
sido filósofos ambos reyes, el primero no habría sido culpable de la matanza de
la noche de San Bartolomé, ni el segundo hecho procesiones escandalosas con sus
gitones, no hubiera tenido necesidad de asesinar al duque de Guisa y al
cardenal hermano de éste, y no habría muerto asesinado por un joven jacobita,
fanático por la idea de Dios y de la Santa Iglesia.
Si Luis XIII hubiera sido filósofo, no habría dejado subir al patíbulo
al virtuoso Thou, ni al inocente mariscal Marillac, ni permitido que su madre
muriera de hambre en Colonia, y su reinado no habría constituido una larga
serie de discordias y calamidades intestinas.
Comparad los muchos reyes ignorantes, supersticiosos y crueles que se
han dejado gobernar por sus pasiones o las de sus ministros, con hombres como
Montaigne, Charron, el canciller L’Hospital, el historiador Thou, La Mothe Le
Vayer, o Locke, Schaftesbury, Sidney y Hebert, y no cabe duda que preferiríais
que os gobernaran esos sabios a que lo hicieran aquellos reyes.
Cuando hablo de filósofos está claro que no me refiero a los pícaros que
quieren ser los monos imitadores de Diógenes, sino a los que siguen a Platón y
Cicerón.
El envarado luterano, el salvaje calvinista, el orgulloso anglicano, el
fanático jansenista, el jesuita que se cree rey incluso en el destierro y en el
cadalso, el sorbonista que se figura ser Padre de un concilio, y los tontos que
dirigen todas esas gentes, se revuelven contra el filósofo. Son perros de
diferente especie que ladran cada uno a su manera contra un hermoso caballo que
pace apaciblemente en una verde pradera, sin disputarles ninguna de las
carroñas con que ellos se alimentan, y por las que riñen entre sí.
Esos jesuitas hacen imprimir todos los días farragosas obras de teología
filosófica, diccionarios filosófico‑teológicos, y a sus trasnochados argumentos
los califican pomposamente como demostraciones y a sus sobadas tonterías, lemas
y corolarios. Como los falsificadores de moneda, recubren con hoja de plata un
escudo de plomo. Se sienten despreciados por todos los hombres que piensan y se
ven obligados a engañar a viejas imbéciles. Este estado les humilla más que
haber sido expulsados de Francia, España y Nápoles. Se pasa por todo menos por
el desprecio. Dícese que cuando el diablo fue vencido por el arcángel Rafael
(como está probado), ese espíritu‑cuerpo tan soberbio se consoló fácilmente
porque sabía que las armas son temporales, pero cuando supo que Rafael se
burlaba de él juró no perdonarle jamás. Tampoco los jesuitas perdonaron nunca a
Pascal, y Jurieu calumnió a Bayle hasta en la tumba, así como todos los
tartufos se desencadenaron contra Moliere hasta su muerte. En su rabia prodigan
las imposturas, como en su ineptitud multiplican sus argumentos.
Uno de los calumniadores, tan pobre en argumentación como rico en malas
intenciones, fue el ex jesuita Paulian, que hizo imprimir una obra teólogo‑filósofo‑rapsodia
en la ciudad de Aviñón, en la que acusa a los autores de la Enciclopedia de
haber dicho: «Que siendo el hombre, por naturaleza, más sensible al placer de
los sentidos, esos placeres son, en consecuencia, el único objeto de sus
deseos; que no hay vicio ni virtud, ni bien ni mal moral, ni justo ni injusto;
que el placer de los sentidos produce todas las virtudes; que para ser feliz es
preciso evitar los remordimientos, etc.» ¿En qué pasajes de la Enciclopedia,
que va por la quinta edición, ha leído dicho autor esas horribles torpezas?
Había que citarlas. ¿Has llevado la insolencia de tu orgullo y la demencia de
tu carácter hasta pensar que van a creer tu palabra? Esas torpezas se pueden
encontrar en tus casuistas, pero no en los artículos de la Enciclopedia
firmados por Diderot, D’Alembert, el caballero de Jaucourt y Voltaire. No las
has visto en los artículos del conde de Tressan, ni en los de Blondel, Boucher
d’Argis, Marmontel, Venelle, Tronchin, D’Aubenton, D’Argenville, y tantos otros
que tuvieron la generosa vocación de enriquecer el Diccronario enciclopédico y
han prestado un servicio eterno a Europa. Ninguno de ellos es culpable de los
horrores que tú les acusas. Sólo tú y los de tu calaña sois capaces de tan
infame calumnia.
Las gentes que no piensan preguntan a menudo a los que piensan para qué
ha servido la filosofía. Y éstas les responden: Para destruir en Inglaterra la
rabia religiosa que hizo perecer al rey Carlos I en el cadalso; para impedir
que en Suecia un arzobispo, con una bula en la mano, hiciera derramar la sangre
de la nobleza; para mantener la paz de la religión en Alemania, poniendo en
ridículo todas las disputas teológicas y para extinguir en España las
abominables hogueras de la Inquisición.
FIN DEL MUNDO. La mayor parte de los filósofos griegos
creyeron que el mundo era eterno en su principio y en su duración. Pero
respecto a la pequeña parte del universo, al globo de piedra, barro, agua,
minerales y vapores que habitamos, no sabían qué pensar; les parecía
destructible, suponían que sufrió transformaciones más de una vez y volvería a
padecerlas. Cada cual juzgaba al mundo entero por la parte que en él ocupaba su
país.
La idea del fin del mundo y su renovación impresionaba a los pueblos
sometidos al Imperio romano en la época terrible de las guerras civiles de
César y Pompeyo. Virgilio, en sus Geórgicas, se hace eco del temor general que
reinaba en aquella época cuando dice: «El universo, sorprendido y aterrorizado,
tiembla por temor de hundirse otra vez en la eterna noche». Lucano se expresa
con mayor claridad acerca de esto, cuando en la Farsalia dice: «¿Qué importa el
triste y falso honor de ser condenado a la hoguera? El fuego ha de consumir el
cielo, la tierra y el mar; todo se convertirá en hoguera en la que el mundo
será ceniza». Ovidio dice también en las Metamorfosis: «Así lo ha dispuesto el
implacable destino: un diluvio de fuego consumirá el aire, la tierra, el mar y
los palacios de los dioses». Cicerón, en su libro De la naturaleza de los
dioses se expresa en los siguientes términos: «Según opinión de los estoicos,
el mundo entero se convertirá en fuego, habiéndose consumido el agua; la tierra
no producirá alimentos, ni podrá existir el aire porque del agua recibe su ser;
de manera que el fuego quedará solo. Ese fuego será Dios, que reanimándolo todo
renovará el mundo y le volverá a dar su primitiva belleza».
La física de los estoicos, al igual que toda la física antigua, es
absurda, pero prueba que esperaban la destrucción del mundo por medio del
fuego.
Más sorprendente todavía es que el gran Newton opinara lo mismo que
Cicerón. Engañado por un falso experimento de Bayle, cree que la humedad del
planeta, a la larga, se ha de secar, y será preciso que Dios lo reforme. Vemos,
pues, que los dos hombres más grandes de la antigua Roma y de la moderna
Inglaterra son del parecer de quienes creen que llegará un día en que el fuego
venza al agua.
La idea de que el mundo se destruiría y renovaría estaba arraigada en
los pueblos de Asia Menor, Siria y Egipto, desde las guerras civiles de los
sucesores de Alejandro. Las luchas intestinas de los romanos aumentaron el
terror de las naciones que fueron víctimas de ellas, que esperaban la
destrucción del mundo y una renovación de él, que no había de disfrutar. Los
hebreos, tanto los afincados en Siria como los de la diáspora, participaron del
temor común. Por eso no se sorprendieron los judíos cuando Jesús les decía,
según el Evangelio de Mateo y de Lucas: El cielo y la tierra pasarán. El
reinado de Dios se acerca.
Pedro anuncia que se ha predicado el Evangelio a los muertos y que el
fin del mundo se aproxima. Esperamos —dice— nuevos cielos y una tierra nueva.
Juan, en su primera carta: Ahora aparecen muchos Anticristos, lo que nos da a
conocer que la última hora se acerca.
Lucas predice con más detalle el fin del mundo que el juicio final:
«Se verán signos en la luna y en las estrellas, se oirán ruidos en el
mar y en los ríos; los hombres, consumidos de temor, esperarán lo que debe
acontecer al universo entero. Las virtudes de los cielos se conmoverán, y los
mortales contemplarán entonces al Hijo del hombre descendiendo en una nube, con
gran poder y soberbia majestad. En verdad os digo que no se extinguirá la
generación presente sin que todo esto se realice.»
Comprendemos que los incrédulos nos van a echar en cara esta predicción,
deseando que nos sonrojemos de que el mundo exista todavía. Aquella generación
pasó —dicen— y no ha tenido lugar la profecía. Lucas pone en boca del Salvador
lo que jamás dijo, o debemos deducir que Jesucristo se engañó a sí mismo, lo
que sería una blasfemia. Se puede, sin embargo, cerrar la boca a esos impíos
objetándoles que esa predicción, que parece falsa tomada al pie de la letra, es
verdadera en el fondo, que el universo entero en ese contexto significa Judea,
y que el fin del universo significa el imperio de Tito y sus sucesores.
Pablo, en su epístola a los tesalonicenses, se expresa con energía:
«Nosotros, que vivimos y os hablamos, seremos transportados a las nubes para ir
a través de los aires a comparecer ante el Señor». Según las palabras
inequívocas de Lucas y de Pablo, el mundo debía terminar en el imperio de
Tiberio, o lo más tardar en el de Nerón. No se realizaron las predicciones de
uno y otro. Indudablemente, tales predicciones no se hicieron para la época en
que vivían los evangelistas y los apóstoles, sino para tiempos futuros, que
Dios oculta a los hombres.
Mas lo cierto es que todos los pueblos conocidos entonces esperaban el
fin del mundo, una nueva tierra, un nuevo cielo. Durante más de diez siglos,
los clérigos recibieron numerosos legados que los donantes entregaban con estas
palabras: «Estando próximo el fin del mundo, yo, por la salvación de mi alma y
no ser colocado entre los machos cabríos, hago donación de estas o aquellas
tierras a tal o cual convento». El miedo obligó a los necios a enriquecer a los
tunantes.
Los egipcios fijaron el fin del mundo a los treinta y seis mil
quinientos años cumplidos. Dícese que Orfeo lo fijó en los ciento veinte mil.
El historiador Flavio Josefo asegura que, habiendo predicho Adán que el
mundo terminaría dos veces, una por agua y otra por fuego, los hijos de Set,
queriendo que los hombres guardaran en su memoria ese cataclismo, hicieron
grabar las observaciones astronómicas en dos columnas, una de ladrillos, para
que pudiera resistir el fuego que debía consumir el mundo, y la otra de piedra,
para que resistiera las aguas que debían anegarlo. Pero ¿cómo podían creer los
romanos lo que decía un esclavo judío que les hablaba de un Adán y de un Set
que desconocía todo el mundo? Se reirían de ello.
De lo dicho se infiere que sabemos muy poco de los tiempos pasados,
conocemos bastante mal lo que acontece al presente, e ignoramos lo que acaecerá
en el porvenir.
FRANCISCO JAVIER. Creemos conveniente decir algunas verdades
referentes a la vida de Francisco Javero, más conocido por Javier y apellidado
el Apóstol de las Indias. Muchísimas gentes creen todavía que estableció el
cristianismo en toda la costa meridional de las Indias, en unas veinte islas, y
sobre todo en el Japón. No hace aún treinta años que no se permitía dudarlo en
Europa.
Los jesuitas se atreven a compararle con san Pablo, y escribieron sus
viajes y milagros Tursellin, Orlandin, Lucena y Bartolí, todos ellos jesuitas,
pero poco conocidos en Francia.
Cuando el jesuita Bouhours publicó la historia del santo, pasó por un
hombre de talento. Vivía en la más excelente compañía de París, y no me refiero
a la Compañía de Jesús, sino a los personajes de más viso en el mundo que se
distinguían por el ingenio y el saber. Tuvo fama de purista literario exento de
afectación y llegó a ser propuesto candidato a la Academia Francesa, que
haciendo caso omiso de las reglas de su instituto admitió en su corporación
Además, el padre Bouhours, gozaba de gran influencia en su orden, que entonces,
por prestigio casi inconcebible, dirigía a todos los príncipes católicos.
Empezaba en aquella época a abrirse camino la sana crítica, pero sus
progresos eran lentos y los autores, por regla general, se ocupaban entonces
más de cuidar el estilo que de escribir verdades. Bouhours publicó las vidas de
san Ignacio y san Francisco Javier, sin atraerse a ninguna crítica. Apenas le
censuraron que comparara a san Ignacio con César.
Debemos confesar que Francisco Javier puede compararse con Alejandro en
que ambos fueron a las Indias, como Ignacio se parece a César en que, como él,
estuvo en la Galia, pero Javier, venciendo al demonio, fue más allá que el
vencedor de Darío. Reconforta el corazón verle convertir infieles
voluntariamente, de España a Francia, de Francia a Roma de Roma a Lisboa y de
Lisboa a Mozambique, luego de haber dado la vuelta al Africa. Se quedó mucho
tiempo en Mozambique, donde recibió de Dios el don de la profecía; a
continuación, pasó a Melenda y disputó sobre el Corán con los mahometanos, que
entenderían tan bien su idioma como él entendería el de ellos. En un barco
portugués arriba a la isla Socotora, que es sin duda la de las Amazonas, y
convierte a todos los insulares y edifica una iglesia; desde allí pasa a Goa,
donde descubre una columna en la que santo Tomás había escrito que un día
nuestro santo misionero llegaría allí a establecer la religión cristiana que
floreció antiguamente en la India. Javier pudo leer de corrido los antiguos
caracteres hebreos o hindúes en que estaba escrita la profecía. Empuña luego
una campanilla, reúne a su alrededor todos los niños, les explica el Credo y
los bautiza. Su mayor placer consistió en unir en santo matrimonio a los indios
con sus queridas.
Desde Goa va a cabo Comorín, la costa de la Pesquería y al reino de
Travancor. En cuanto llega a un país le entra la comezón de dejarlo y embarca
en el primer barco portugués que encuentra, sin importarle la ruta que lleve.
Con tal de viajar está contento. Le reciben por caridad y vuelve dos o tres
veces a Goa, Cochin, Cori, Negapatán y Meliapar. Ve un barco que zarpa para
Malaca y se embarca en él y arriba a Malaca con el pesar de no haber visto
Siam, Pegú y Tonkín.
A continuación visita la isla de Sumatra, Borneo y Macasar, y las islas
Molucas, Ternata y Amboina. El rey de Ternata tenía en su inmenso serrallo cien
mujeres como esposas legales y más de setecientas concubinas. Lo primero que
hace Javier es echarlas a todas. Es de advertir que dicha isla no tiene más que
dos leguas de diámetro.
Desde allí, a bordo de otro navío portugués, recala en la isla de
Ceilán, y vuelve de nuevo a Goa y Cochin. Los portugueses comerciaban ya con el
Japón y Javier embarcó en un buque que se dirigía a dicho país, del que
recorrió casi todas las islas. En resumen, y utilizando las palabras del
jesuita Bouhours, así se pusieran una tras otra todas las leguas de los viajes
que hizo Javier, andándolas se podría dar muchas veces la vuelta al mundo».
Nótese que empezó a viajar en el año 1542 y falleció en 1552. Si tuvo
tiempo suficiente para aprender el idioma de los países que recorrió, hizo un
verdadero milagro, y si poesía el don de las lenguas fue todavía un milagro
mayor. Por desgracia, en muchas de sus cartas dice que se veía obligado a
servirse de intérpretes y en otras confiesa su dificultad para aprender la
lengua japonesa, que no podía pronunciar bien.
El jesuita Bouhours, transcribiendo algunas de sus cartas, no duda que
Francisco Javier tuvo el don de las lenguas, pero confiesa «que no lo tenía
siempre, sino en muchas ocasiones, porque sin haber aprendido la lengua china
predicaba todas las mañanas en chino en Amaguchi», que es la capital de una
provincia del Japón.
Pero debió saber al dedillo las lenguas orientales, porque en dichas
lenguas compuso canciones del Padrenuestro, del Avemaría y del Credo, para
instruir a los niños de ambos sexos.
Es admirable que nuestro misionero, que necesitaba intérpretes, hablara
todas las lenguas a la vez, como los apóstoles. Y cuando hablaba en portugués,
los indios, chinos y japoneses, ¿le entendían? En una ocasión que estaba
hablando sobre la inmortalidad del alma, el movimiento de los planetas, los
eclipses de sol y de luna, sobre el pecado y la gracia, y el paraíso y el
infierno, le llegaron a entender veinte personas de diferentes naciones.
Algunos se preguntan cómo ese hombre consiguió hacer tantas conversiones
en el Japón. A ello debe contestarse sencillamente que no las hizo, pero que
otros jesuitas que permanecieron mucho tiempo en aquel país, merced a los
tratados convenidos entre los reyes de Portugal y los emperadores del Japón,
convirtieron a tanta gente que provocaron una guerra civil y, según cuentan,
costó la vida a cuatrocientos mil hombres. Este fue el prodigio más conocido
que obraron los misioneros en el Japón. Pero los de Francisco Javier no dejan
de tener su mérito.
Entre los múltiples milagros que hizo figura en primer lugar el de los
ocho niños resucitados. Y el jesuita Bouhours dice que «el mayor milagro de
Javier no fue el de resucitar muchos muertos, sino el de no morir él de
fatiga». El más divertido de sus milagros fue que habiéndosele caído el
crucifijo que llevaba en el mar, cerca de la isla Baranura, que yo creo debía
ser la Barataria, a las veinticuatro horas se lo presentó un cangrejo entre sus
patas. Y el más sorprendente de todos (y después de hablar de éste ya no es
menester hablar de ningún otro) el que tuvo lugar durante una tempestad que
duró tres días, estando continuamente y al mismo tiempo en dos barcos. Uno de
ellos estaba a ciento cincuenta leguas del otro y sirvió de piloto a los dos al
mismo tiempo. Dieron fe de este milagro todos los pasajeros, que no podían
engañar ni ser engañados.
Todo ello, aunque parezca mentira, se escribió seriamente y con éxito en
el siglo de Luis XIV, el de las Cartas provinciales, las tragedias de Racine,
del Diccionario de Bayle y otras muchas obras sabias.
Cabría considerar como una especie de milagro que un hombre de talento
como Bouhours se prestara a sacar a la luz semejantes extravagancias, si no
supiéramos a qué excesos el espíritu de corporación y sobre todo el espíritu
monacal arrastran a los hombres. Se conservan cerca de doscientos volúmenes
parecidos al libro de que venimos ocupándonos, compilados por frailes. Lo grave
en ello es que los enemigos de los frailes también compilan, pero como lo hacen
con más gracia se leen más. Es un verdadero pesar que no se mire a los frailes
en las decimononas partes de Europa con el profundo respeto y la justa
veneración con que los miran todavía en algunas aldeas de Aragón y Calabria.
Después de hablar de Francisco Javier, ya no es preciso discutir la
historia de los demás Franciscos.
FRAUDE. (¿Hay que usar fraudes piadosos con el pueblo?) El faquir Bambabef se encontró un día con un discípulo de Confucio que
se llamaba Uang; aquél defendía que el pueblo tiene necesidad de ser engañado,
y Uang opinaba que nunca se debe engañar a nadie. He aquí, resumida, su
disputa.
BAMBABEF. Hay que imitar al Ser Supremo, que no nos muestra las cosas
como son. Nos hace ver el sol bajo un diámetro de dos o tres pies, cuando ese
astro es un millón de veces mayor que la Tierra; nos presenta la luna y las
estrellas fijas sobre un mismo fondo azul, estando a distancias diferentes;
quiere que una torre cuadrada vista de lejos nos parezca redonda, y que el
fuego se nos antoje caliente, sin ser caliente ni frío. En fin, nos rodea de
errores adecuados a nuestra naturaleza.
UANG. LO que llamáis error no lo es. El sol, cuya distancia de nuestro
Globo se cifra en millones de millones de leguas, no es el que nosotros vemos.
Realmente, no percibimos ni podemos percibir más que el sol que se refleja en
nuestra retina, bajo un ángulo determinado. No se nos han dado los ojos para
medir magnitudes ni distancias; debemos recurrir a otras operaciones para
conocerlas.
Bambabef quedó sorprendido con estas palabras. Uang, que era muy
paciente, le explicó la teoría de la óptica y Bambabef, que no tenía nada de
lerdo, se rindió ante las demostraciones del discípulo de Confucio. Luego,
reemprendió la disputa en los siguientes términos:
BAMBABEF. Si Dios no nos engaña por medio de nuestros sentidos, como yo
creía, confesad al menos que los médicos engañan siempre a los niños por su
bien: dicen que les dan azúcar y, en vez de azúcar, les ofrecen ruibarbo. Yo,
un faquir, puedo pues engañar al pueblo, que es tan ignorante como los niños.
UANG. Yo tengo dos hijos y nunca les he engañado. Cuando están enfermos
les digo: «He aquí una medicina muy amarga que debemos tener el coraje de
tomarla; te perjudicaría si fuera dulce». Nunca he permitido que sus ayos y
preceptores les infundan miedo con espíritus, aparecidos, trasgos y brujos, y
de este modo he hecho de ellos jóvenes ciudadanos corajudos y juiciosos.
BAMBABEF. El pueblo no ha tenido tanta suerte como vuestra familia.
UANG. Todos los hombres son iguales y han nacido con las mismas
cualidades. Son los faquires los que corrompen la naturaleza de los hombres.
BAMBABEF?. Confieso que les enseñamos errores, pero es por su bien. Les
hacemos creer que si no compran nuestros clavos benditos y no expían sus
pecados dándonos dinero, se convertirán en la otra vida en caballos de posta,
en perros, en lagartos… Esto les intimida y llegan a ser personas honradas.
UANG. ¿NO veis que pervertís a esas pobres gentes? Entre ellos hay más
de los que creéis que razonan, se burlan de vuestros clavos, de vuestros
milagros y vuestras supersticiones, que saben muy bien que no se convertirán en
caballos de posta, ni en lagartos. Y entonces, ¿qué sucede? Tienen bastante
sentido común para comprender que les predicáis una religión absurda, pero no
el suficiente para elevarse hacia una religión pura y despojada de
superstición, como la nuestra. Sus pasiones les inducen a no creer en ninguna
religión porque la única que se les enseña es ridícula; vosotros seréis los
culpables de sus vicios.
BAMBABEF. De ningún modo, porque sólo les enseñamos la moral buena.
UANG. El pueblo os apedrearía si le enseñarais una moral impura. Los
hombres son propensos a hacer el mal, pero no quieren que se les impulse a
hacerlo. Lo que no puede hacerse es mezclar una moral sabia con fábulas
absurdas, porque con vuestras imposturas debilitáis la moral que estáis
obligados a enseñar.
BAMBABEF. ¡CómO! ¿Creéis que se puede enseñar la verdad al pueblo sin
sostenerla por medio de fábulas?
UANG. Lo creo firmemente. Nuestros hombres de letras son de la misma
naturaleza que nuestros sastres, tejedores y labradores; todos ellos adoran a
un Dios creador, remunerador y vengador. No manchan su culto con sistemas
absurdos, ni con ceremonias extravagantes, y los hombres de letras cometen
menos crímenes que el pueblo. ¿Por qué, pues, no dignarse instruir a los
obreros como instruimos a los hombres de letras?
BAMBABEF. Haríais una solemne tontería. Sería como si quisierais que
tuvieran la misma educación, que fueran jurisconsultos, y esto ni es posible ni
conviene. El dueño debe comer pan de harina candeal y los criados de harina de
centeno.
UANG.Confieso que todos los hombres no deben tener la misma ciencia,
pero hay cosas que son necesarias a todos; es preciso que cada cual sea justo,
y la manera más segura de inspirar la justicia a todos los hombres es
enseñarles una religión sin superstición.
BAMBABEF. Es un excelente propósito, pero impracticable. ¿Creéis que a
los hombres les basta con creer en un Dios que castiga y que recompensa? Me
dijisteis que sucede con frecuencia que los más espabilados entre el pueblo se
sublevan contra mis fábulas; lo mismo se sublevarían contra vuestra verdad.
Dirían, ¿quién me asegura que Dios castiga y recompensa? ¿Dónde está la prueba
de ello? ¿Qué misión es la vuestra? ¿Qué milagro habéis hecho para que os crea?
Se burlarían de vos más que de mi.
UANG. Os equivocáis. Suponéis que se sacudirá el yugo de una idea
honrada, verosímil, útil para todo el mundo, una idea en la que la razón humana
está acorde, porque se rechazan cosas deshonestas, absurdas, inútiles y
peligrosas, que hacen temblar a las gentes honradas. El pueblo está dispuesto a
creer a sus magistrados; cuando éstos le proponen una creencia razonable, el
pueblo la acepta gustosamente. No hay necesidad de prodigios para creer en un
Dios justo, que lee en el corazón del hombre; esta idea es demasiado natural
para que pueda ser refutada. No es preciso decir de qué modo Dios castigará y
recompensará; basta creer en su justicia. Os aseguro que he visto ciudades
enteras que apenas tenían otros dogmas y fue en ellas donde vi más virtud.
BAMBABEF. No os fiéis. Encontraréis en esas ciudades filósofos que os
negarán las penas y las recompensas.
UANG. Pero esos mismos filósofos negarán con más fuerza vuestras
fábulas; por lo tanto, no ganáis nada con vuestra objeción. Aunque haya
filósofos que no estén de acuerdo con mis principios, no por eso son menos
honrados, ni cultivan menos la virtud, que debe ser cultivada por amor y no por
temor. Además, sostenga que ningún filósofo estará jamás seguro de que la
Providencia no reserva castigos a los malos y recompensas a los buenos, porque
si alguno de ellos me preguntara quién ha dicho que Dios castiga, yo le
preguntaría quién ha dicho que Dios no castiga. En fin, sostengo también que
los filósofos me ayudarán, en vez de contradecirme. ¿Queréis ser filósofo?
BAMBABEF. Con mucho gusto, pero no lo digáis a los faquires.
G
GACETA. Así empezó a llamarse la reseña de los
asuntos públicos. A comienzos del siglo XVII empezó en Venecia esta costumbre,
cuando Italia era todavía centro de las negociaciones de Europa y Venecia un
asilo de libertad. Llamaron a unas hojas de papel impresas, que repartían una
vez cada semana, Gacetas, nombre sacado de Gazzeta, moneda fraccionaria que
tenía curso obligatorio en Venecia. Las principales ciudades de Europa no
tardaron en imitar el ejemplo.
Gacetas casi semejantes se publicaban en China desde tiempo inmemorial.
En dicha nación se imprime todos los días la Gaceta del Imperio por orden del
soberano.
El médico Théophraste Renaudot publicó en Francia las primeras gacetas
en 1631, concediéndosele este privilegio que fue durante mucho tiempo
patrimonio de su familia. Este privilegio pasó a ser un objeto importante en
Amsterdam, y la mayoría de las gacetas de las Provincias Unidas todavía dan hoy
una renta a muchas familias de magistrados que pagan a quienes las escriben. La
ciudad de Londres publica más de doce gacetas cada semana, pero sólo se pueden
imprimir en papel timbrado, lo que da buen producto al Estado.
Las gacetas de China sólo se ocupan de este imperio, mientras que en
Europa lo hacen de todo el orbe, y aunque suelen divulgar noticias falsas
proporcionan, empero, veraces materiales para la historia, porque
ordinariamente los errores en que incurre un número de la gaceta lo rectifican
los siguientes. En ellas se encuentran todas las disposiciones refrendadas por
los soberanos, que ellos mandan insertar. El ministerio revisa siempre las
gacetas de Francia y por eso los autores emplean siempre fórmulas apropiadas,
no olvidando que hablan en nombre del rey. Los diarios públicos jamás fueron
manchados por la maledicencia y se han escrito siempre con corrección.
No sucede lo mismo en las gacetas extranjeras. En las de Londres,
exceptuando la oficial, se insertan algunas indecencias que la libertad de
prensa autoriza.
Allá por el ano 1665, empezaron a publicarse en Francia gacetas
literarias. Las primeras de esa clase no eran más que sencillos anuncios de los
libros nuevos que se editaban en Europa, pero pronto añadieron a los anuncios
la crítica razonada de las obras, lo que enardeció a muchos autores criticados
pese a que en esta materia no se abusó al principio. Sólo nos ocuparemos ahora
de las gacetas literarias con que se abrumó al público, que recibía ya muchos
periódicos de todos los países de Europa que cultivaban las ciencias. Esas
gacetas aparecieron en París el año 1723 con distintos nombres. La mayoría de
ellas se escribieron únicamente para ganar dinero, y como no se adquieren
ganancias elogiando a los autores, la mordacidad constituía ordinariamente el
fondo de aquellos escritos. Y dado que se ocupaban con frecuencia de
personalidades odiosas, dieron pasto a la malignidad, pero la razón y el buen
gusto, que a la larga prevalecen siempre, lograron provocar el desprecio y
hacerlas caer en el olvido.
GENEALOGÍA. Los teólogos han llenado no pocos volúmenes
empeñados en conciliar a san Mateo con san Lucas respecto a la genealogía de
Jesús. El primero cuenta veintisiete generaciones desde David, descendiendo de
Salomón, en tanto que san Lucas suma cuarenta y dos, y le hace descender de
Nuthan.
He aquí cómo el sabihondo benedictino Calmet resuelve una dificultad
semejante ocupándose de Melquisedec. Los orientales y los griegos, fecundos
para idear fábulas, le forjaron una genealogía refiriendo los nombres de sus
abuelos, pero como la mentira se descubre por sí misma —añade el juicioso
Calmet— unos cuentan su genealogía de una manera y otros de diferente modo;
unos sostienen que descendía de una raza oscura y vergonzosa, y no faltan
quienes opinan que era hijo ilegítimo.
Todo esto se refiere naturalmente a Jesús, de quien Melquisedec figuraba
ser el símbolo, según opinión del apóstol. En efecto, el evangelio de Nicodemo
dice terminantemente que los hebreos, en presencia de Pilato, reprocharon a
Jesús haber nacido de la fornicación. Y el sabio Fabricius, hablando de ello,
nota que no nos asegura ningún testimonio digno de fe que los judíos hayan
hecho tal aserción de Jesús durante la vida de éste, ni a los apóstoles; que
eso sólo fue una calumnia que divulgaron. Sin embargo, los Hechos de los
Apóstoles dan fe de que los judíos de Antioquía se opusieron, blasfemando, a lo
que san Pablo les decía de Jesús, y Orígenes sostiene estas palabras, citadas
del Evangelio de Juan, que dicen: «No hemos nacido de fornicación, ni hemos servido
nunca a nadie». Por parte de los judíos era un reproche indirecto que hacían a
Jesús por la impureza de su nacimiento y su estado de servidor, pues suponían,
como dice el mencionado padre, que Jesús nació en una aldea de Judea y tuvo por
madre a una pobre campesina que vivía de su trabajo, de quien se demostró que
había cometido adulterio con un soldado llamado Panther; éste expulsó de la
casa al prometido, de oficio carpintero, y después de haber recibido esta
afrenta, cuando vagaban errantes de un lugar a otro, la campesina dio a luz
secretamente a Jesús el cual, más tarde, viéndose en la mayor necesidad, se vio
obligado a ponerse a servir en Egipto, donde aprendió algunos secretos que los
egipcios hacen pagar muy caros. A continuación, volvió a su país, y envanecido
por los milagros que sabía hacer se proclamó Dios a sí mismo.
Siguiendo una antiquísima tradición, el nombre de Panther, que fue la
causa del desprecio de los judíos, era el sobrenombre del padre de José, como
asegura san Epifanio, o quizás el nombre del abuelo de María, como afirma san
Juan Damasceno. Tocante al estado de servidor que le reprocharon, Jesús declara
que no vino al mundo para ser servido, sino para servir. Según refieren los
árabes, Zoroastro fue también servidor de Esdras, y Epicteto nació esclavo. San
Cirilo de Jerusalén tiene razón cuando dice que la esclavitud no deshonra a
nadie.
En cuanto a los milagros, Plinio dice que los egipcios sabían el secreto
de teñir telas de diferentes colores sumergiéndolas en el mismo recipiente,
siendo éste uno de los milagros que atribuye a Jesús el Evangelio de la
infancia. Ahora bien, san Juan Crisóstomo asegura que Jesús no hizo ningún
milagro antes de recibir el bautismo, y los que le atribuyen son puras
invenciones. La razón en que se fundamenta dicho santo para creerlo así es que
la sabiduría del Señor no le permitía hacer milagros durante su infancia,
porque los hubieran tildado de prestidigitaciones.
En vano san Epifanio se empeña en que negar los milagros atribuidos a
Jesús durante la infancia es dar a los herejes un pretexto para que digan que
sólo se convirtió en hijo de Dios por la infusión del Espíritu Santo que
descendió sobre él en el bautismo, y no debemos negarlos porque ahora estamos
combatiendo a los judíos y no a los herejes.
Wagenseil tradujo al latín una obra de los judíos, titulada Toldos
Jeschu, que refiere que estando Jeschu en Belén, su pueblo natal, exclamó en
voz alta: «¿Quiénes son esos hombres perversos que se atreven a decir que soy
bastardo y de origen impuro? Ellos sí que son bastardos e impuros. Nací de una
madre virgen y entré en ella por la parte alta de la cabeza». Este testimonio
pareció tan irrebatible al sabio teólogo Bergier que no vaciló en aprovecharse
de él, sin citar de donde lo había tomado. De la página 23 de su libro
Certidumbre de las pruebas del cristianismo, transcribo lo siguiente: «Jesús
nació de una virgen por obra del Espíritu Santo; el mismo Jesús lo asegura
muchas veces por propia boca y así lo refieren los apóstoles». Pero lo cierto
es que esas palabras de Jesús sólo se encuentran en el Toldos Jeschu y que la
certidumbre de la prueba de Bergier subsiste, aunque san Mateo aplica a Jesús
este pasaje de Isaías: «No disputará nunca, no gritará y nadie oirá su voz en
las calles».
Según dice san Jerónimo, entre los gimnosofistas de la India existe la
antiquísima tradición de que Buda, autor de su dogma, nació de una virgen que
le dio a luz por el costado. Julio César, Escipión el Africano Manlio, Eduardo
VI de Inglaterra, y otros, también nacieron por medio de una operación que los
cirujanos denominan cesárea. Simón el Mago y Manes también pretendieron haber
nacido de una virgen, pero sólo significa que sus madres eran vírgenes cuando
los concibieron. Para convencerse de lo inciertos que son los signos de la
virginidad, basta leer la glosa del célebre obispo Pompignan sobre uno de los
pasajes de los Proverbios: «Tres cosas encuentro dificultad en comprender y la
cuarta me es desconocida: el camino que lleva el águila en el aire, la serpiente
en las rocas, el barco en el mar y el hombre en su juventud». Más adelante
confirma la curiosa interpretación que da a la Biblia, con la analogía que
tiene dicho versículo con el siguiente: «Tal es el camino que sigue la mujer
fornicadora, que después de haber comido se enjuaga la boca y dice: «No hice
ningún mal».
Lo indudable es que la virginidad de María no se reconocía en los
inicios del siglo III San Clemente de Alejandría dice que eran muchos los que
participaron de la opinión, que mantienen todavía, según la cual María acabó de
dar a luz un hijo sin que el parto produjera cambio alguno en su persona, y
algunos aseguran que una partera que la visitó después encontró en ella todos
los signos de la virginidad. Se comprende que dicho santo hable de ese modo
refiriéndose al Evangelio de la Natividad de María, en que el arcángel Gabriel
le dijo: «Sin obra de varón, virgen concebirás, virgen parirás y virgen
morirás», y al protoevangelio de Jacobo, en el que la mencionada partera
exclama: « ¡Inaudita maravilla! María acaba de dar a luz un hijo, y sin embargo
conserva la virginidad». Con los años, se declararon apócrifos estos dos
evangelios, si bien en este punto estaban conformes con la creencia que adoptó
la Iglesia, pero quitaron los andamios en cuanto estuvo alto el edificio.
La declaración de Jesús respecto a que entró en su madre por la parte
alta de la cabeza, es lo mismo que opina la Iglesia. El breviario de los
maronitas dice que el verbo del padre entró por el oído de la mujer bendita.
San Agustín y el papa Félix dicen categóricamente que la Virgen quedó encinta
por la oreja, san Efrén dice lo mismo en un himno, y Agobar refiere que la
Iglesia cantaba en su época: «El verbo entró por el oído a la Virgen, y salió
por la puerta dorada».
Es sabido que el jesuita Sánchez promovió seriamente la cuestión de si
la Virgen María recibió o no el semen de la encarnación de Cristo, y que
después de oír la opinión de otros teólogos se decidió por la afirmativa, pero
esos extravíos de la imaginación concupiscente deben situarse al nivel de la
opinión de Aretino, que hizo intervenir en aquel acto al Espíritu Santo, bajo
la forma de palomo, así como la fábula ideó que Júpiter, para poseer a Leda, se
valió de la añagaza de metamorfosearse en cisne, como creyeron los primeros
padres de la Iglesia, san Justino, Atenágoras, Tertuliano, Clemente de
Alejandría, san Cipriano, Lactancio, san Ambrosio y otros, tomándolo de los
escritores judíos Filón y Flavio Josefo, que los ángeles cohabitaron con las
mujeres y engendraron hijos de ellas. San Agustín dice que los maniqueos
mostraban hermosas doncellas y gallardos mocetones en cueros a los príncipes de
las tinieblas, que son los ángeles malos, y que de sus miembros, enervados por
la concupiscencia, brotaba la sustancia vital que dicho padre llama la
naturaleza de Dios. Evodo allanó la dificultad que presentan estos casos
diciendo que la Majestad divina escapó por los testículos de los demonios.
Los mencionados padres creían que los ángeles eran corporales, y cuando
las obras de Platón les dieron la idea de lo que era la espiritualidad,
explicaron la antigua opinión del apareamiento de los ángeles con las mujeres,
diciendo que el ángel que transformado en mujer había recibido el semen del
hombre, lo aprovechaba para engendrar con una mujer, a cuyo lado adquiriría la
figura de un hombre. Los teólogos designan con los vocablos íncubo y súbcubo
los diferentes papeles que desempeñan los ángeles.
Ninguna genealogía es tan notable como la de Mahoma, hijo de Abdallah.
Mahoma fue en su primera juventud palafrenero de la viuda Cadisha, luego su
factótum y después su marido; más tarde, profeta de Dios, luego sentenciado a
la horca, después conquistador y rey de Arabia, y al fin murió, harto de gloria
y de mujeres.
Los hombres de la nobleza alemana sólo remontan su origen hasta Witikind
y los de Francia no pueden enseñar títulos más allá de Carlomagno, pero la raza
de Mahoma, que subsiste todavía, alardea de presentar un árbol genealógico cuyo
tronco es Adán y cuyas ramas se extienden desde Ismael hasta los gentilhombres
que ostentan hoy el título de primos de Mahoma. Esta genealogía aparece exenta
de dificultades y no provocó disputas entre los sabios, en ella brillan por su
ausencia los cálculos falsos que rectificar, las contradicciones flagrantes y
las imposibilidades que se pretenda hacer posibles.
Sin embargo, vuestro orgullo niega que sean auténticos esos títulos. Me
decís que descendemos de Adán al igual que el gran profeta, si Adán es el padre
común de todos los hombres, pero como a Adán no le conocía nadie, ni aun los
antiguos árabes, y su nombre se cita por primera vez en los libros hebreos, por
lo tanto son falsos los títulos de la nobleza de Mahoma. Añadís que, en todo
caso, si ha existido un primer hombre, fuera cual fuese su nombre, descendemos
de él, como el ilustre palafrenero de Cadisha, y que si no ha existido un
primer hombre, porque el género humano existió siempre, como opinan algunos
sabios, sois gentilhombre de toda una eternidad, si los pergaminos de vuestra
casa no prueban lo contrario. A esta objeción responderéis que todos los hombres
somos iguales, que una raza no puede ser más antigua que otra, que los
pergaminos refrendados por un sello de cera son de nueva invención y que no hay
ninguna razón que os obligue a creeros inferiores a la familia de Mahoma, a la
de Confucio ni a la de los emperadores del Japón. No puedo refutar vuestra
opinión con pruebas al canto, físicas, metafísicas o morales. Os creéis igual
al emperador del Japón y en esto soy de vuestro parecer; únicamente aconsejo
que si llega el caso de luchar con él procuréis ser el más fuerte.
GENERACIÓN. Explicaré el proceso de la generación cuando
sepa cómo Dios concibió la creación. Me decís que en la Antigüedad los
filósofos y cosmólogos también lo ignoraron, porque hacer algo de la nada
pareció siempre una contradicción a los pensadores antiguos. El axioma nada no
produce nada fue el fundamento de toda la filosofía. Pero nosotros preguntamos:
¿cómo una cosa puede producir otra? Yo os contesto que es tan imposible
entender cómo un ser proviene de otro, como comprender cómo nace de la nada. Observo
que una planta o un animal engendran a su semejante; pero es tal el sino humano
que sabemos perfectamente cómo se mata a un hombre e ignoramos cómo se le hace
nacer. Ni el animal ni el vegetal pueden formarse sin germen; de no ser así,
una carpa podía nacer debajo un árbol, y un conejo en el fondo de un río. Tomad
una bellota, echadla en la tierra y llegará a convertirse en una encina, pero,
¿comprendéis lo que se necesita saber para averiguar cómo ese germen se
desarrolla y se convierte en árbol? Para saberlo es preciso ser Dios.
Tratáis de desvelar el misterio de la generación del hombre. Explicadme
sólo, si podéis, el misterio que le hace tener pelo y uñas, decidme por qué
mueve el dedo meñique cuando quiere. Atacáis mi sistema diciendo que es el
sistema de los ignorantes, convengo en ello, pero os contestaré repitiendo las
palabras del obispo Montmorin a algunos prelados. Dicho obispo, que estuvo
casado antes de recibir las primeras órdenes, presentó sus dos hijos a sus
compañeros, que sonrieron al verlos. A la sonrisa irónica de los prelados el
obispo contestó: «Señores, la única diferencia entre nosotros es que yo declaro
los hijos que son míos».
GÉNESIS. Como los tratadistas de Historia sagrada están
conformes con las ideas admitidas y no se despegan de ellas, porque sin su
condescendencia no las hubieran entendido, sólo haremos algunas observaciones
referentes a la física de los tiempos remotos, porque tocante a su teología la
respetamos, creemos en ella y no nos atrevemos a discutirla.
«En el principio creó Dios el cielo y la tierra.» De este modo nos han
traducido el comienzo del Génesis, pero esa traducción no es exacta. Los
hombres instruidos saben que el texto dice: «En el principio los dioses
hicieron el cielo y la tierra». Esta idea concuerda con la creencia antigua de
los fenicios, que supusieron que Dios empleó dioses inferiores para
desembrollar el caos. Los fenicios constituían hacía ya bastante tiempo un
pueblo poderoso con su propia teogonía antes de que los hebreos se apoderaran
de algunas localidades de su país. Es lógico suponer que cuando los hebreos se
afincaron en algunos puntos de Fenicia comenzaron a aprender la lengua de esa
nación, y que entonces sus escritores adoptaron la antigua teología de sus
señores, porque ésta es la dirección normal del espíritu humano.
En la época en que se sitúa a Moisés, los filósofos fenicios sabían ya
lo bastante para considerar que la Tierra era un pequeño punto comparada con la
multitud infinita de globos que Dios puso en la inmensidad del espacio llamado
cielo. La idea tan antigua como falsa de que el cielo fue creado para la Tierra
ha prevalecido casi siempre entre el pueblo ignorante. Esta idea equivale a
decir que Dios creó las montañas y un grano de arena y que las montañas las
hizo para ese grano. Es posible que los fenicios, excelentes navegantes,
tuvieran también buenos astrónomos, pero ancestrales prejuicios prevalecieron y
el autor del Génesis los utilizó para enseñar el camino que conduce a Dios y no
para enseñarnos la física.
«La tierra estaba informe y vacía, y las tinieblas cubrían la superficie
del abismo, y el espíritu de Dios se movía sobre las aguas.» La tierra no
estaba tan formada como ahora; la materia existía, pero aún no la había
organizado el poder divino; el espíritu de Dios significa el soplo, el viento
que agitaba las aguas. Esta idea está expresada en los fragmentos del autor
fenicio Sanchoniaton. Los fenicios creían, como los demás pueblos, que la
materia es eterna, y no hay un solo autor de la Antigüedad que diga que se ha
sacado algo de la nada. Tampoco se encuentra en toda la Biblia ningún pasaje
que asegure que de la nada se hizo la materia; los hombres siempre fueron de
encontrados pareceres sobre la cuestión de la eternidad del mundo, pero
estuvieron unánimes en creer en la eternidad de la materia. Ex nihilo nihil, in
nihilum nihil posse reverti. Esta fue la opinión de la Antigüedad.
«Y dijo Dios: Sea hecha la luz. Y la luz quedó hecha. Y vio Dios que la
luz era buena: y dividió la luz de las tinieblas. A la luz llamó día y a las
tinieblas noche; y de la tarde y de la mañana resultó el primer día. Dijo
asimismo Dios: Haya un firmamento en medio de las aguas: que separe unas aguas
de otras. Hizo Dios el firmamento, y separó las aguas que estaban debajo del
firmamento. Y Dios llamó al firmamento cielo; y fue la tarde y la mañana del
segundo día.»
Empecemos por examinar si el obispo Avranches, Huet, Leclerc y otros
tienen razón contradiciendo a los que pretenden encontrar en los versículos
anteriores rasgos de elocuencia sublime. La elocuencia no es afectada en
ninguna historia escrita por los judíos. El estilo de los versículos citados es
el más sencillo, como todo el resto del Antiguo Testamento. Si un orador, para
dar a conocer el poder de Dios, empleara únicamente esta expresión: «El dijo
que la luz fuera, y la luz fue», esa frase sería entonces sublime, como la del
pasaje del Salmo: Dixit, et facta sunt. Es un rasgo que, siendo único en esta
parte, y empleado para sugerir una gran imagen, hiere la imaginación y la
eleva, pero en el Génesis la narración es más sencilla y el autor judío sólo
habla de la luz como de cualquier otro objeto de la creación, diciendo siempre
al fin de cada versículo: y Dios vio que era bueno. Es innegable que todo es
sublime en la creación, pero la sublimidad de la luz es superior a la de la
hierba de los campos; lo sublime se eleva sobre lo demás, y el mismo estilo
campea en todo el capítulo.
También era una opinión muy antigua que la luz no provenía del sol. La
veían difundirse en los aires antes de salir y ponerse ese astro, y se
figuraban que el sol sólo servía para darle mayor intensidad. Por eso el autor
del Génesis participa de ese error popular cuando dice que fueron creados el
sol y la luna cuatro días después que la luz. Era imposible que hubiera mañana
y tarde antes de existir el sol. El autor inspirado se dignó rebajar hasta los
prejuicios vagos y toscos de la nación. Dios no pretendió enseñar filosofía a
los judíos; pudo elevar su espíritu hasta la verdad, pero prefirió descender
hasta ellos.
La separación de la luz y las tinieblas incide también en una física
errónea; diríase que la noche y el día estuvieron mezclados como granos de
diferentes especies que fácilmente se separan unos de otros. Todos saben que
las tinieblas no son sino carencia de luz y que la luz sólo existe mientras
nuestros ojos reciben esa sensación, pero entonces estaban muy lejos de conocer
esas verdades.
La idea del firmamento arranca de la más remota Antigüedad. Se creyó que
los cielos eran sólidos, porque veían en ellos siempre los mismos fenómenos.
Los cielos rodaban sobre nuestras cabezas, por tanto estaban formados de una
materia compacta y dura. ¿Qué medio tenían para calcular cómo las exhalaciones
de la tierra y los mares podían aportar agua a las nubes? No existía entonces
ningún Halley que pudiera hacer ese cálculo. Creyeron que había depósitos de
agua en el cielo. Esos depósitos sólo podían llevarse por una inmensa bóveda,
que se veía por ser transparente, y por tanto de cristal. Para que las aguas
superiores cayeran desde esa bóveda a la tierra, era necesario que hubiera allí
puertas o esclusas que se abriesen y se cerrasen. Tal era la astronomía de
entonces y como escribían para los judíos los escritores tenían que adoptar los
toscos conocimientos de otros pueblos algo menos toscos que ellos.
«E hizo Dios dos grandes lumbreras: la lumbrera mayor para que
presidiera el día, y la lumbrera menor para presidir la noche y las estrellas.»
De nuevo vemos el mismo desconocimiento de la naturaleza. Los judíos no
sabían que la luz que da la luna es reflejada. El autor minimiza la importancia
de las estrellas porque desconoce que son otros tantos soles a cuyo alrededor
ruedan otros mundos. El Espíritu Santo se rebajó hasta ponerse al nivel del
espíritu de aquella época.
«Y dijo Dios: Hagamos al hombre a imagen y semejanza nuestra, y domine a
los peces, etc.»
¿Qué entendían los judíos por hagamos al hombre a imagen y semejanza
nuestra? Lo que toda la Antigüedad entendía: Finxit in effigiem moderantum
cuncta deorum (Sólo de los cuerpos se hacen imágenes). Ninguna nación imaginó
un dios que no fuera corporal porque es imposible representarlo de otra forma.
Puede decirse que Dios no es nada de lo que conocemos, pero no podemos tener
ninguna idea de lo que es. Los judíos creyeron continuamente que Dios tenía
cuerpo, al igual que creían los demás pueblos. Los primeros padres de la
Iglesia creyeron también que Dios era corporal hasta que adoptaron las ideas de
Platón.
«El los creó varón y hembra.»
Si Dios o los dioses secundarios crearon al hombre varón y hembra a su
imagen, de esto parece que se infiere que los judíos creían que Dios y los
dioses secundarios eran varones y hembras. Por otra parte, no se sabe si el
autor quiso decir que el hombre tuvo al principio los dos sexos, o que Dios
creó el mismo día a Adán y a Eva. El sentido más natural de esa expresión es
que Dios formó a Adán y a Eva al mismo tiempo, pero ese sentido contradice
absolutamente la creación de la mujer, que fue formada de la costilla del
hombre bastante tiempo después de los siete días de la creación.
«Y descansó el séptimo día.»
Los fenicios, caldeos e hindúes, dicen que Dios formó el mundo en seis
tiempos, que el antiguo Zoroastro llama los seis gahambars que tan célebres son
en Persia. Es incuestionable que los pueblos citados poseían una teología antes
que los judíos habitaran los desiertos de Horeb y Sinaí, y antes que pudieran
tener escritores; hay sabios que creen verosímil que la alegoría de los seis
días sea una imitación de los seis tiempos.
«De este lugar de delicias salía un río para regar el paraíso, río que
desde allí se dividía en cuatro brazos. Uno se llama Fison, y es el que circula
por todo el país de Hevilat, en donde se halla el oro… El segundo se llama
Geon, que rodea la tierra de Etiopía… El tercero es el Tigris, y el cuarto es
el Éufrates.»
Según esta versión, el paraíso terrenal debía abarcar casi la tercera
parte de Asia y Africa. El Éufrates y el Tigris nacen a más de sesenta leguas
uno de otro y entre montañas horribles que distan mucho de ser un jardín. El
río que rodea Etiopía, que no puede ser más que el Nilo, nace a más de mil
leguas de los manantiales del Tigris y del Éufrates y si el Fison es el Fase,
debe sorprendernos que el autor haya puesto en el mismo sitio el nacimiento de
un río de Escitia y el de otro de Africa. Es menester, pues, dar a los
anteriores versículos otra explicación y buscar otros ríos.
Cada comentarista sitúa en lugar distinto el paraíso terrenal (1). Hay
quienes dicen que el jardín del Edén es una copia de los jardines de Edén en
Saana, en la Arabia Feliz, famosa en la Antigüedad; que los hebreos, que
constituían un pueblo relativamente reciente, pudieron ser muy bien hordas
árabes y jactarse de la exuberante fertilidad que tenían en el mejor cantón de
la Arabia, y que siempre adoptaron las antiguas tradiciones de las naciones más
adelantadas, en medio de las cuales se hallaban afincados.
«Tomó, pues, el Señor al hombre y le puso en el jardín de delicias, para
que lo cultivase y guardase.»
Nada que oponer a que cultivase su jardín, sólo que es difícil que Adán
pudiera cultivar un jardín de unas ochocientas leguas de extensión
probablemente contaría con ayudas.
(1) Unos comentaristas afirman que el río Gehión era el Oxus; otros, que
el Fisón era el Ganges, y algunos que los cuatro ríos eran el Iravari, el
Ganges, el Indo y el Chatt‑el‑Arab, etc. Pero en general están de acuerdo en
que el país de Hevilath o de Havila designa a la India, que en todas las épocas
fue rica en oro y piedras preciosas.
«No comas del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal.»
Es difícil concebir que haya existido un árbol que enseñara el bien y el
mal, como existieron y existen perales y albaricoqueros Además, no se comprende
por qué Dios no ha de querer que el hombre no conozca el bien y el mal.
¿Dárselo a conocer no sería más digno de Dios y mucho más necesario para el
hombre? A mi corto entender, Dios debía haber mandado que comiéramos mucha
fruta de ese árbol, pero someto mi pobre razón a sus designios.
«En cuanto comas del fruto de ese árbol, infaliblemente morirás.»
Sin embargo, Adán lo comió y no murió; sabido es que vivió todavía
novecientos treinta años. Varios padres de la Iglesia consideran todo esto como
alegoría. En efecto, podemos decir que los demás animales no saben que han de
morir, pero que al hombre se lo enseña la razón, y su razón es el árbol de la
ciencia que le hace prever su fin. Esto parece la explicacion mas razonable.
«Dijo asimismo el Señor: No es bueno que el hombre esté solo; hagámosle
ayuda semejante a él.»
Esperamos que Yahvé le va a dar una mujer, pero antes le presenta todos
los animales. Tal vez se deba a alguna transposición del copista.
«Y el nombre que Adán dio a cada uno de los animales fue su propio
nombre.»
Lo que debía entenderse por propio nombre de un animal debía ser el que
especificara las propiedades de su especie, al menos las principales, pero no
ocurre esto en ninguna lengua. Además, si Adán conocía las propiedades de los
animales es porque había comido el fruto de la ciencia y por ende Dios no tenía
necesidad de prohibírselo, porque sabía ya más que la Real Sociedad de Londres
y la Academia de Ciencias.
Es de advertir que el Génesis nombra por primera vez a Adán en ese
versículo. El primer hombre en el pueblo de los antiguos brahmanes, que es
anterior a los judíos, se llamaba Adimo —hijo de la tierra— y su mujer se
llamaba Procriti —vida—; así lo dice el Veidam, que quizás es el libro más
antiguo del mundo. Adán y Eva significaban lo mismo en lengua fenicia, y esto
es otra prueba de que el Espíritu Santo se conformaba con las ideas admitidas.
«El Señor Dios hizo caer sobre Adán un profundo sueño, y mientras estaba
dormido le quitó una de sus costillas y llenó de carne aquel vacío Y de la
costilla aquella que había sacado a Adán, formó el Señor Dios una mujer, la
cual puso delante de Adán.»
El Señor, en el capítulo anterior, había creado ya al varón y a la
hembra. ¿Por qué, pues, quitar una costilla del hombre para formar una mujer
que existía ya? Contestan a ello que el autor enuncia en una parte lo que
explica en otra, y también que por medio de esta alegoría somete la mujer al
marido y expresa su íntima unión. Hay quienes han creído basándose en ese
versículo, que los hombres tienen una costilla menos que las mujeres, pero es
una suposición gratuita porque la anatomía nos prueba que la mujer no tiene más
costillas que el hombre.
«Era empero la serpiente el animal más astuto de todos cuantos animales
había hecho el Señor Dios sobre la tierra. Y dijo a la mujer…»
En todo este capítulo (III) no se menciona al diablo. Todas las naciones
orientales consideraban a la serpiente como el más astuto de los animales y
creían que era inmortal. Los caldeos idearon una fábula en la que disputaban
Dios y la serpiente, y esta fábula la conservó Ferecidas. Orígenes la cita en
su Contra Celsum, lib. VI, p. 33. Llevaban una serpiente en las fiestas de
Baco. Los egipcios atribuían una especie de divinidad a la serpiente, según
dice Eusebio en su Preparación evangélica, libro I, cap. X. En Arabia, India y
China, la serpiente simbolizaba la vida; de esto provino que los emperadores de
China anteriores a Moisés llevaran siempre sobre el pecho la imagen de una
serpiente. Eva no se asombra de que la serpiente le hable. Los animales hablaban
en todas las historias antiguas.
Esa aventura está tan despojada de alegorías y es tal su rigor físico,
que nos explica por qué, desde entonces, la serpiente se arrastra, por qué
queremos aplastarla siempre y por qué ella trata de modernos. La misma
credibilidad merecen las antiguas metamorfosis que explican por qué el cuervo,
que fue antiguamente blanco, es negro hoy, por qué el búho sólo sale de su
agujero de noche, por qué el lobo prefiere comer carne, etc.
«Multiplicaré tus dolores en tus preñeces: con dolor parirás los hijos y
estarás bajo el dominio de tu marido, y él te dominará.»
No se concibe que la multiplicación de las preñeces sea un castigo
cuando los judíos la consideran una bendición. Los dolores del parto afectan
más a las mujeres delicadas que a las acostumbradas al trabajo. A veces, las
bestias sufren mucho en el parto, y algunas mueren en él. En cuanto al dominio
o superioridad del hombre sobre la mujer se debe a la consecuencia natural de
la mayor fortaleza del cuerpo y de la inteligencia del varón. Por regla
general, los hombres son más capaces de atención continua y están mejor dotados
para los trabajos mentales y manuales, pero cuando la mujer tiene más arrestos
y más inteligencia que su marido es ella la que manda y el marido se somete.
Todo esto es verdad, pero pudo muy bien ser que antes del pecado original la
mujer no conociera la sujeción ni los dolores.
«Hizo también el Señor Dios a Adán y a su mujer unas túnicas de pieles,
y los vistió.»
Este versículo prueba también que los judíos creían que Dios era
corporal puesto que le hacen ejercer el oficio de sastre. El rabino Eliezer
dice que Dios cubrió a Adán y a Eva con la piel de la misma serpiente que les
tentó, y Orígenes afirma que esa túnica de piel fue una nueva carne, un nuevo
cuerpo que Dios dio al hombre. Vale más atenerse respetuosamente al texto que
interpretarlo de ese modo.
«Y dijo: Ved ahí a Adán que se ha hecho como uno de nosotros, conocedor
del bien y del mal…»
Parece que los judíos admitieron la existencia de varios dioses. Es muy
difícil saber qué entendían por el nombre de Eloim. Algunos comentaristas
aseguran que la frase uno de nosotros significa la Trinidad, pero ésta no se
menciona en el Antiguo Testamento. La Trinidad es un compuesto de varios
dioses, es el mismo Dios trino, y los judíos no oyeron hablar de un dios
dividido en tres personas. La expresión uno de nosotros es verosímil que los
judíos la aplicaran a los ángeles, Eloim, y por eso dicho libro no se escribió
hasta después que los judíos adoptaron la creencia de esos dioses inferiores.
«Y echóle el Señor Dios del paraíso del deleite, para que labrase la
tierra de que fue formado.»
Pero el señor le puso en el jardín del deleite con el fin de que
cultivara ese jardín, y si de jardinero pasó a ser labrador, debemos confesar
que Adán no empeoró su estado, porque un buen labrador equivale a un buen
jardinero.
Esa historia proviene de la idea que tuvieron los hombres, que conservan
todavía, de que todo tiempo pasado fue mejor que el presente. Siempre nos
quejamos del presente y ensalzamos el pasado. Como el trabajo abruma a los
hombres, creen que la felicidad estriba en la ociosidad, sin pensar que el peor
de los estados es el del hombre que nada tiene que hacer. Con frecuencia nos
sentimos desgraciados y nos forjamos la idea de que existió un tiempo en que
todo el mundo era feliz, que equivale a decir: hubo una época en que no moría
ningún árbol, ni ningún animal enfermaba, ni era devorado por otro. De aquí
provino la idea de la existencia de un siglo de oro de la serpiente que robó al
asno el filtro para gozar de vida dichosa e inmortal, que el hombre había puesto
en la albarda del jumento, del combate de Tifón y Osiris, de la famosa caja de
Pandora y de muchas otras fábulas antiquísimas, de las que algunas son
divertidas, pero ninguna instructiva.
«Y desterrado Adán, Dios colocó delante del paraíso de delicias un
querubín con espada de fuego para guardar el camino que conducía al árbol de la
vida.»
La palabra kerub significa buey. Hay que reconocer que debía resultar un
tanto grotesco un buey con una espada de fuego custodiando la entrada del
paraíso. Más tarde, los judíos representaron a los ángeles en forma de bueyes y
gavilanes, pese a que tenían prohibida toda clase de representación de figuras.
Esos bueyes y gavilanes los copiaron de los egipcios, de quienes tantas cosas
imitaron. Los egipcios veneraban al buey como símbolo de la agricultura, y al
gavilán como símbolo de los vientos, pero nunca hicieron portero a ningún buey.
Eso es probablemente una alegoría, porque la palabra kerub significaba para los
judíos la naturaleza, cuyo símbolo se componía del cuerpo humano con una cabeza
de hombre y otra de buey, cuyo cuerpo tenía alas de gavilán.
«Y puso el Señor en Caín una señal para que ninguno que le encontrase le
matara.»
¡Vaya un Señor!, exclaman los incrédulos. Acepta la ofrenda de Abel y
rechaza la que ofrece Caín, que era el primogénito, sin dar la menor razón de
ello. Y desde entonces es causa de la enemistad de los dos hermanos.
Verdaderamente, es una lección de moral, tomada de las antiguas fábulas, que en
los albores del género humano un hermano asesine a otro. Pero lo que a los
sensatos les parece contrario a cualquier moral del mundo, a toda justicia y a
todos los principios del sentido común, es que Dios haya condenado por toda una
eternidad al género humano, haciendo morir inútilmente a su hijo por una
manzana y que perdone a un fratricida. ¿Qué digo perdonar? Hizo más: tomó al
culpable bajo su protección, declaró que quien vengara el asesinato de Abel
sería castigado siete veces y puso en Caín una señal que le sirviera de
salvaguardia. Los impíos dicen que eso es una fábula tan execrable como
absurda, el delirio de algún infeliz hebreo que escribió esas infamias imitando
las fábulas que los pueblos inmediatos propalaban en Siria. Ese judío insensato
atribuyó esas majaderías a Moisés en una época en que no había casi ningún
libro. La fatalidad, que dispone de todo, hizo que llegara hasta nosotros ese
desdichado libro; los pícaros lo exaltaron y los imbéciles lo creyeron. De ese
modo hablan multitud de teístas que adoran a Dios, pero condenan al Dios de
Israel y juzgan la conducta del Ser Eterno adaptándola a las reglas de nuestra
moral imperfecta y nuestra justicia errónea. Acepta a Dios para someterlo a
nuestras leyes. Nos guardaremos bien de ser tan osados y seguiremos respetando,
una vez más, lo que no alcanzamos a comprender.
«Yo haré llover sobre la tierra cuarenta días con sus cuarenta noches y
exterminaré de la tierra todas las criaturas animadas que hice.»
De este versículo sólo haré notar que san Agustín, en su libro Ciudad de
Dios, dice: Maximum illud diluvium graeca nec latina novit historia (Ni la
historia griega, ni la latina, conocieron ese gran diluvio). En efecto,
antiguamente no se conocieron más diluvios que el de Deucalión y el de Ogiges,
en Grecia, diluvios que se consideran universales en las fábulas que recogió
Ovidio, pero fueron desconocidos en el Asia oriental y san Agustín está en lo
cierto cuando dice que la historia no habla de ellos.
«Y dijo Dios a Noé: Sabed que voy a establecer mi pacto con vosotros y
con vuestra descendencia después de vosotros. Y con todo animal viviente que
está con vosotros, tanto de aves como de animales domésticos y campestres de la
tierra, que han salido del arca, y con todas las bestias de la tierra.»
Pactar Dios con las bestias ¡vaya un pacto!, exclaman los incrédulos.
Pero si se alía con el hombre ¿por qué no ha de aliarse con la bestia? Los
animales están dotados de sentimiento y hay algo tan divino en el sentimiento
como en el pensamiento más metafísico. Además, algunos animales tienen mejores
sentimientos que los hombres que no raciocinan. Sin duda, en virtud de ese
pacto, Francisco de Asís, fundador de la orden seráfica, decía a las cigarras y
las liebres: «Canta, hermana cigarra; rumia, hermano lebrato». Mas, ¿cuáles
fueron las condiciones del pacto? Que los animales se comerían unos a otros, se
alimentarían de nuestra carne y nosotros de la suya, y después de comérnoslos,
nosotros, los hombres, nos exterminaríamos unos a otros. Si se hizo semejante
pacto era digno del demonio. Probablemente, todo ese pasaje no quiere decir
sino que Dios es el Señor absoluto de cuanto alienta en la tierra. Ese pacto no
puede ser más que una orden, y por tanto no debemos tomar la voz alianza al pie
de la letra, sino remontarnos a la época en que se escribió ese libro, que
constituye piedra de escándalo para los débiles y motivo de edificación para
los fuertes.
«Pondré mi arco en las nubes y será señal de la alianza entre mí y entre
la tierra.»
Nótese que el autor no dice: He puesto mi arco en las nubes, sino lo
pondré, lo que supone evidentemente que era opinión general de que el arco iris
no había existido siempre. Este fenómeno lo produce necesariamente la lluvia, y
el autor lo presenta como un signo sobrenatural que anuncia que la tierra ya no
será inundada. Es extraño que eligiera el signo de la lluvia para anunciar que
ya no llovería. Pero a esto se puede responder que cuando haya peligro de
inundación, el arco iris asegurará que no nos ahogaremos.
«Y descendió el Señor a ver la ciudad y la torre que edificaban los
hijos de Adán, y dijo: He aquí que el pueblo es uno solo, y todos tienen un
mismo lenguaje. Han empezado esta fábrica y no desistirán de sus ideas hasta
llevarlas a cabo. Ea, pues, descendamos y confundamos allí mismo su lengua, de
manera que el uno no entienda el habla del otro.»
Observemos únicamente en este pasaje que el autor sagrado continúa
conformándose siempre con las opiniones populares. Habla siempre de Dios, como
si fuera un hombre que quisiera enterarse de cuanto acontece y ver por sus ojos
lo que pasa en sus dominios, que reúne a sus consejeros para decidirse a oír la
opinión de éstos.
«Y Abrahán escogió de entre los criados de su casa, trescientos
dieciocho armados a la ligera… y se lanzó sobre los cinco reyes, los desbarató
y los fue persiguiendo hasta Hoba, a la izquierda de Damasco.»
Desde la ribera meridional del lago de Sodoma hasta Damasco median
ochenta leguas, siendo preciso salvar el Líbano y el Antilíbano. Los incrédulos
no pueden por menos que sonreír triunfalmente al leer esa exageración, pero
puesto que el Señor estaba de parte de Abrahán, todo le fue posible a éste.
«Entretanto, los dos ángeles llegaron al caer la tarde a Sodoma, etc.»
La historia de los dos ángeles que los sodomitas trataban de violar es
quizá la más extraordinaria que haya inventado la Antigüedad. Mas hay que tener
presente que en casi toda Asia se creía a pies juntillas en la existencia de
demonios íncubos y súcubos; además que esos dos ángeles eran criaturas más
perfectas que los hombres y, siendo más hermosos que éstos, debían encender más
los deseos en un pueblo tan corrompido. Puede ser también que ese rasgo de la
historia sólo sea una figura retórica que expresara el horrible desenfreno de
Sodoma y Gomorra. Nos atrevemos a proponer esta solución a los sabios, pero
desconfiando de nosotros mismos.
¿Qué vamos a decir respecto a Lot, que propone a los sodomitas que en
vez de los dos ángeles violen a sus dos hijas, y respecto a la mujer de Lot,
que se convierte en estatua de sal, y respecto a todo el resto de esta
historia? La antigua fábula árabe de Cinira y de Mirra tiene algún parecido con
el incesto de Lot y sus hijas, y la aventura de Filemón y de Baucis se parece a
la de los dos ángeles que se aparecieron a Lot y su mujer. En cuanto a la
estatua de sal, ¿no tiene algún punto de semejanza con la historia de Orfeo y
de Eurídice?
Muchos sabios opinan, como el gran Newton y el doctor Le Clerc que
Samuel escribió el Pentateuco cuando los judíos llegaron a aprender a leer y
escribir, y que todas esas historias son imitaciones de las fábulas de Siria,
pero basta que se encuentren en la Biblia para que las reverenciemos, pensando
sólo que ese libro fue inspirado por el Espíritu Santo. Recordemos que aquellos
tiempos eran diferentes de los nuestros, y repitamos que el Antiguo Testamento
es una historia verdadera; lo fabuloso es todo lo que inventó el resto del
universo.
Algunos sabios sostienen que se debieran eliminar de los libros
canónicos todas esas cosas increíbles que escandalizan a los débiles, pero les
han tachado de corazones corrompidos y hombres dignos de arder en la hoguera, y
que es imposible que sea honrado quien no crea que los sodomitas quisieron
violar a dos ángeles. Así razonan una especie de monstruos que tratan de
dominar a los espíritus pusilánimes.
Algunos célebres padres de la Iglesia tuvieron la prudencia de ver en
esas historias ciertas alegorías, siguiendo el ejemplo de los judíos, sobre
todo de Filón. Y papas más prudentes trataron de impedir que se tradujeran esos
libros a las lenguas modernas, por miedo a poner al alcance de los hombres el
juzgar lo que proponen sea adorado.
Los sabios, demasiado engreídos de su saber, sostienen que es imposible
que Moisés haya escrito el Génesis. Una de las principales razones en que se
apoyan es que en la historia de Abrahán se dice que este patriarca pagó el
terreno para enterrar a su esposa en moneda corriente y que el rey de Gerara
dio mil piezas de plata a Sara cuando la poseyó después de que por su hermosura
la raptó, a la edad de setenta y cinco años. Ellos dicen que han consultado
todos los autores antiguos y han comprobado que no se conocía la moneda en
aquellos tiempos pero esto son sutilezas, puesto que la Iglesia cree firmemente
que Moisés fue el autor del Pentateuco. Los sabios se atreven a contradecir
cada línea de dicho libro y las almas puras reverencian cada tilde. No caigamos
en la desgracia de creer en lo que nos dicta la razón; seamos sumisos de
espíritu y de corazón.
«Y Abrahán dijo que Sara era su hermana; y tomóla el rey de Gerara.»
Hay que advertir, como se dijo en el artículo Abrahán, que Sara tenía
entonces noventa años; que bastante tiempo antes se enamoró de ella un rey de
Egipto, y que otro rey del mismo desierto de Gerara también se enamoró después
de la mujer de Isaac. hijo de Abrahán. También allí hablamos de la criada Agar,
de la que Abrahán tuvo un hijo, y de la manera como dicho patriarca despidió a
ambos. Sabido es la ironía demoledora con que los incrédulos combaten esas
historias y el desdén con que las tratan; asimismo, consideran inferior a Las
mil y una noches la historia de Abimelec, enamorado de Sara, que Abrahán hizo
pasar por hermana suya, y la historia de otro Abimelec, enamorado de Rebeca,
que Isaac hizo pasar por hermana. Nunca insistiremos bastante que el gran
defecto de esos sabios críticos consiste en sujetar esas historias a los
principios de nuestra débil razón y en juzgar a los antiguos árabes como juzgan
a las cortes de Francia e Inglaterra.
«Siquén, hijo de Hemor Heveo, príncipe de aquella tierra, se enamoró de
Dina, hija de Jacob, y la robó y la desfloró violentamente. Mas su corazón
quedó extremadamente apasionado por esta joven y, viéndola triste, procuró
ganarla con caricias. Y acudió a Hemor, su padre, y le dijo: Cásame con esta
jovencita.»
Este pasaje subleva a los sabios, que se indignan de que el hijo de un
rey haga el honor a un vagabundo de casarse con la hija de éste, como
efectivamente se casó, colmando de regalos a Jacob el padre y a Dina la hija.
El rey Hemor se dignó recibir en su capital a aquellos ladrones errantes que se
llamaron patriarcas y extremó su amabilidad hasta el punto incomprensible,
increíble, de dejar que circuncidaran, no sólo a él, sino también a su hijo, su
corte y su pueblo, aceptando la superstición de aquella horda que no poseía ni
media legua de territorio. En pago de tan asombrosa bondad, los sagrados
patriarcas Simeón y Leví esperaron el día en que la llaga de la circuncisión
produce ordinariamente calentura, recorrieron la ciudad con el puñal en la mano
y asesinaron al rey, a su hijo y a todos los habitantes. Pero, tranquilícese el
lector; esta especie de noche de San Bartolomé es un cuento abominable,
ridículo e inverosímil. Es imposible que dos hombres pueden degollar todo un
pueblo. Pero hay en esa historia otra imposibilidad más flagrante. Computando
exactamente los tiempos, Dina, la hija de Jacob, no podía tener entonces más de
tres anos, y forzando mucho la cronología, podrá concedérsele que tenía cinco,
y esto indigna a los sabios, que exclaman: ¿por qué el libro de la historia de
un pueblo réprobo, libro que fue desconocido mucho tiempo en el mundo, libro en
el que se ultraja la razón y las costumbres en cada página, tratan de
presentárnoslo como irrefutable, como santo, como dictado por el propio Dios? ¿No
es una impiedad creer en él? ¿No están poseídos del furor de los antropófagos
quienes persiguen a los hombres sensatos y modestos que no lo creen? A estas
objeciones sólo podemos contestar que la Iglesia cree en ese libro y que muy
bien pudieron los copistas mezclar absurdos indignantes con historias
respetables. Sólo a la santa Iglesia corresponde juzgarlas, y a los profanos
acatar su criterio.
«He aquí los reyes que reinaron en el país de Edom, antes que los hijos
de Israel tuvieran rey.»
Este es el famoso pasaje, una de las mayores piedras de escándalo, que
indujo al gran Newton, al sabio Samuel Clarke, al profundo filósofo
Bolingbroke, al docto Le Clerc y a otros a propugnar que es imposible que
Moisés sea el autor del Génesis. Es indudable que esas palabras sólo pudieron
ser escritas en tiempos que los judíos tenían ya reyes. El mencionado versículo
fue principalmente el que decidió a Astruc a argumentar demoledoramente contra
todo el Génesis y a suponer las fuentes de donde lo tomó el autor. Su trabajo
es ingenioso y exacto, pero temerario. Ningún concilio se hubiera atrevido a
emprenderlo y sólo sirvió para hacer más densas las tinieblas que quería
disipar. Ese es el fruto del árbol de la ciencia, que todos queremos comer.
¿Por qué los frutos del árbol de la ignorancia son más nutritivos y fáciles de
digerir?
Pero, a fin de cuentas, ¿qué nos importa que ese versículo o todo el
Génesis lo hayan escrito Moisés, Samuel, el sacrificador que fue a Samaria,
Esdras u otro cualquiera? ¿Acaso nuestro gobierno, nuestras leyes, nuestra
moral y nuestro bienestar, guardan alguna relación con los jefes desconocidos
de un infeliz país bárbaro, llámese Edom o Idumea, en el que siempre habitaron
ladrones? Esos pobres árabes, que no tienen ni camisa, nunca se enteraron de si
existíamos nosotros; saquean las caravanas y comen pan de cebada, y nosotros
nos atormentamos por saber si hubo reyes en ese cantón de la Arabia Pétrea
antes que en otro inmediato, situado a occidente del lago de Sodoma.
GENIOS. La creencia en los genios, en la astrología y
la magia, gozaba de gran predicamento en todo el mundo antiguo. Si os remontáis
hasta el antiguo Zoroastro, veréis que entonces ya se conocían los genios. En
toda la Antigüedad predominan los astrólogos y los magos. Nos burlamos hoy de
aquellos pueblos en los que prevalecían semejantes ideas; si nos pudiéramos
poner a su nivel, si comenzáramos a cultivar las ciencias, haríamos lo que
ellos hicieron. Suponed que somos hombres de ingenio que empezamos a meditar
acerca de nuestro ser y a estudiar los astros, que creemos a pie juntillas que
la tierra está inmóvil en el centro del mundo que el sol y los planetas giran
para ella, que las estrellas se formaron para nosotros y que el hombre es el
único objeto de toda la naturaleza. ¿Cómo tendríamos que considerar todos esos
globos destinados para nuestro uso y la inmensidad del cielo? Era muy verosímil
que el espacio y los globos estuvieran poblados de sustancias, y que siendo
nosotros los predilectos de la naturaleza, situados en el centro del mundo,
esas sustancias estuvieran destinadas a velar por el hombre.
El primero que creyó que eso era posible, debió encontrar pronto
discípulos que se convencieran de que existía todo eso. Empezarían por decir
que probablemente existían genios y nadie demostraría lo contrario, porque no
es imposible que los aires y los planetas estén poblados. Supondrían en seguida
que existían genios y que nadie podría probar que no existían. Después, algunos
sabios vieron esos genios y los demás no creyeron tener el derecho de
replicarles que no los habían visto, porque esos genios se habían aparecido a
personas dignas de fe. Una de ellas vio el genio del imperio o de su ciudad;
otra, el de Marte y el de Saturno: los genios de los cuatro elementos se
aparecieron a muchos filósofos. Y no faltarían los que se ufanaran de haber
visto su propio genio, soñando, por descontado, pero los sueños eran signos de
la verdad.
De cuanto les rodeaba dedujeron la naturaleza de los genios. Para llegar
a nuestro planeta necesitaban tener alas, por tanto ellos las tenían. Todo lo
que existe es corporal, luego los genios tenían cuerpo, pero más hermoso que
los nuestros y más rápido porque venían de muy lejos. Los sabios que gozaban
del privilegio de conversar con los genios inspiraban a los demás la esperanza
de disfrutar esa felicidad. Si algún incrédulo se hubiera atrevido a decirles
que nunca había visto genios y por tanto no existen, le habrían contestado:
Discurrís muy mal. Porque no conozcáis una cosa no podéis deducir que no
existe; no hay contradicción en la doctrina que enseña la naturaleza de esos
poderes aéreos, ni es imposible que nos visiten. Si se han aparecido a nuestros
sabios y vos no los habéis visto es porque no sois digno de verlos.
Así como existen en el mundo el bien y el mal, también deben existir
indudablemente genios buenos y malos. Los persas tuvieron las peris y las
divas; los griegos, los daimons y cacodaimons; los latinos, bonos y malos
genios. El genio bueno debía ser blanco y el malo negro, excepto en los pueblos
negros, que ocurría lo contrario. Platón admitió la existencia de un genio
bueno y un genio malo para cada mortal. El genio malo de Bruto se le apareció a
éste para anunciarle su muerte antes de la batalla de Filipos; así lo dice,
entre otros, Plutarco.
Se conocieron genios machos y genios hembras. Los romanos llamaron a los
genios de las damas pequeños junos. En esta nación gozaban viendo cómo crecía y
cómo adelantaba en edad el genio protector de cada uno; para el niño era un
Cupido con alas, y cuando el hombre a quien protegía llegaba a la vejez llevaba
luenga barba. Otras veces era una serpiente. En Roma un bajorrelieve que
representa una serpiente debajo de una palmera de ia que cuelgan dos coronas,
se lee esta inscripción: «Al genio de los Augustos». Era el emblema de la
inmortalidad.
¿Qué prueba convincente podemos presentar de que los genios, en los que
creyeron tantas naciones ilustradas, sólo son fantasmagorías de la imaginación?
Cuanto podemos decir sobre esta materia se reduce a esto: nunca he visto ningún
genio, ni lo ha visto nadie de los mortales que conozco. Bruto no ha dejado
escrito que su genio se le apareció antes de la batalla; ni Newton, Locke,
Descartes, ni ningún rey, ni ministro de Estado, hablaron nunca con su genio;
no puedo creer, pues, una cosa de la que no tengo la menor prueba. Confieso que
ese tal ser es posible, pero ia posibilidad no prueba su existencia. Es posible
que hayan existido los sátiros, con sus colas cortas y retorcidas y con pies de
cabra; sin embargo, esperaré haber visto algunos para creer que hayan existido,
porque si viera sólo uno tampoco lo creería.
GLORIA. Podemos perdonar a Cicerón que amara la
gloria después de haber sofocado la rebelión de Catilina, que el rey de Prusia,
Federico el Grande, legislador, historiador, poeta y filósofo, anhelara
apasionadamente la gloria después de Rosboch y de Lisa y fuera capaz de
mostrarse modesto, por lo que merece le glorifiquemos más todavía, que la
emperatriz Catalina II se hubiera visto forzada, por la brutal insolencia de un
sultán turco, a enviar desde el fondo del Norte cuatro escuadras que aterraron
los Dardanelos y Asia Menor, y que en 1770 subyugara cuatro provincias
pertenecientes a los turcos que hacían temblar a Europa, nos parece también
bien y por ello que disfrute su gloria y la admiremos cuando habla de sus
éxitos con aire de modesta superioridad, que nos hace reconocer que los merece.
En una palabra, la gloria conviene a los genios de esa especie, aunque son de
una raza mortal muy débil.
Pero si, en el extremo de Occidente, un personajillo que habita en París
cree tener derecho a la gloria cuando le encomia el rector de la Universidad y
le dice: «Monseñor, la gloria que habéis adquirido en el ejercicio de vuestro
cargo y por vuestros trabajos ilustres que el universo entero elogia…», yo me
pregunto si hay en el universo bastantes silbidos para celebrar la gloria de
ese fatuo y la elocuencia del pedante que fue a rebuznar semejante perorata en
la morada de Monseñor. El hombre es tan necio que se cree glorioso como Dios.
Ben‑al‑Betif, digno jefe de los derviches, les dijo a éstos un día:
«Hermanos míos, debéis servíos de esta fórmula sagrada de nuestro Corán: En el
nombre de Dios misericordioso, porque Dios es misericordia y vosotros la
aprenderéis repitiendo muchas veces las palabras que recomiendan la práctica de
esta virtud, sin la cual pocos hombres quedarían en la tierra. Pero guardaos
bien de imitar a los temerarios que se jactan de obrar por la gloria de Dios.
Si un joven imbécil sostiene una tesis sobre las categorías, tesis mostrenca y
vacua, no deja de escribir en el encabezamiento de su tesis: Ek Allah abron
doxa (ad majoren Dei gloriam). Si un buen musulmán hace blanquear su salón,
escribe esta tontería en la puerta: un pintor ha pintado este salón para la
mayor gloria de Dios. Es ésta una costumbre impía que se practica piadosamente.
¿Qué diríais de un fámulo que, al vaciar el orinal de nuestro sultán,
exclamara: A la mayor gloria de nuestro invencible monarca? Verdad es que media
más distancia entre el sultán y Dios que entre el sultán v el fámulo. ¿Qué
tenéis en común, miserables gusanos de tierra llamados hombres, con la gloria
del Ser infinito? ¿Puede amar la gloria Dios?, ¿puede El recibirla de vosotros?
Hasta cuándo, animales de dos pies, implumes, seguiréis haciendo a Dios a
vuestra imagen? Que porque sois vanos y amáis la gloria ¿queréis que Dios la
ame también? Si hubiera muchos dioses, quizá cada uno querría ser superior a
los demás; eso sería la gloria de un solo dios. Si se puede comparar la grandeza
infinita con la más extrema bajeza, ese dios sería como el rey Alejandro, que
sólo quería combatir con reyes. Pero vosotros, miserables hombres, ¿qué gloria
podéis dar a Dios? Cesad de profanar su sagrado nombre. El emperador Octavio
Augusto prohibió que se le adorara en las escuelas de Roma por miedo de que se
envileciera su nombre. Pero vosotros no podéis envilecer al Ser Supremo, ni
honrarle. Sed humildes, adoradle y sellad vuestra boca».
Así habló Ben‑al‑Betif. Y los derviches exclamaron: « ¡Gloria a Dios!
Ben‑al‑Betif ha hablado bien».
GOBERNAR. Algunos de mis lectores sabrán que en España,
cerca de las costas de Málaga, descubrieron en la época de Felipe II una
reducida población, hasta entonces desconocida, escondida en la fragosidad de
las montañas de las Alpujarras. Esta cordillera inaccesible está entrecortada
por valles deliciosos, y lo que quizás ignoran mis lectores es que, en la
actualidad, todavía cultivan esos valles los descendientes de los moros que
obligaron a la fuerza a ser cristianos o aparentar que lo eran.
La referida población habitaba un valle al que sólo se podía llegar
atravesando cavernas, y que estaba situado entre Pitos y Portugos. Sus
habitantes eran casi desconocidos por los moros y hablaban una lengua que no
era española ni árabe, que creyeron derivada del antiguo cartaginés. Esa
población apenas se multiplicaba. Hay quienes dicen que eso era debido a que
los árabes de su vecindad, y antes que éstos los africanos, raptaban las
jóvenes de ese poblado.
Ese pueblo miserable, pero feliz, nunca oyó hablar de la religión
cristiana ni de la hebrea; conocía algo de la de Mahoma, pero no hacía ningún
caso de ello. Desde tiempo inmemorial venía ofreciendo leche y frutas a una
estatua de Hércules: en esto consistía toda su religión. Esos hombres
desconocidos no eran muy laboriosos y vivían en estado de inocencia, pero llegó
un día en que los descubrió un familiar de la Inquisición. El gran inquisidor
ordenó que los quemaran a todos en las hogueras y éste fue el único suceso de
su historia. Las razones poderosas que tuvo el gran inquisidor para dictar tan
inhumana sentencia fueron que esos infelices no habían pagado nunca el
impuesto, que por otra parte nadie les había pedido que pagaran, y además
desconocían la moneda, ninguno tenía la Biblia y nadie los había bautizado.
Declarados brujos y herejes, sufrieron el castigo que a éstos se imponía. Este
es el peor modo de gobernar a los hombres.
GRACIA (DE LA). Este vocablo lo emplean los teólogos en el
sentido de favor o privilegio. Llaman gracia a la acción de Dios sobre los
mortales que influye para que sean justos y dichosos. Unos admiten la gracia
universal que Dios otorga a todos los hombres, aunque el género humano en su
opinión, debe ser condenado a las llamas eternas con raras excepciones; otros
no reconocen la gracia más que a los cristianos de su credo y hay autores que
sólo la aceptan para los elegidos de este credo.
Es obvio que la gracia general, que sin embargo deja al orbe sumido en
el vicio, en el error y en la desgracia eterna, no es una verdadera gracia, ni
un favor, ni un privilegio, porque implica contradicción en los propios
términos.
La gracia particular, según los teólogos, es suficiente, eficaz y
obligante. La gracia suficiente puede resistirse, y en este caso no basta; se
parece al perdón que concede el rey a un criminal, aunque no por ello deja de
sufrir el suplicio. Gracia eficaz es la que no se resiste, de hecho aunque se
la pueda absolutamente resistir; en este caso, los justos se parecen a los
invitados hambrientos, a quienes se les presentan platos exquisitos que
seguramente comerían, aunque en general se suponga que no pueden comerlos.
Gracia necesitante es aquella de la que no podemos sustraernos, que no es otra
cosa que el concatenamiento de los decretos del Eterno y de los
acontecimientos.
Nos guardaremos muy mucho de ocuparnos de esa ingente y debatida
multitud de sutilidades y de sofismas con los que han embrollado estas
cuestiones, pues este libro no tiene por objeto ser eco vano de tantas
disputas.
Para santo Tomás, la gracia es una forma sustancial, y para el jesuita
Bouhours es un no sé qué; ésta es quizá la mejor definición que se ha dado de
la gracia.
Si los teólogos se hubieran propuesto poner en ridículo a la
Providencia, no habrían hecho más de lo que hacen movidos por su buena fe: por
una parte, los tomistas aseguran que el hombre, al recibir la gracia eficaz, no
es libre en el sentido compuesto (in sensu composito), pero sí lo es en el
sentido dividido (in sensu diviso); por otra parte, los molinistas se sacaron
de la manga la ciencia intermedia de Dios y del congruismo, ideando gracias
excitantes, prevenientes, concomitantes y cooperantes.
Dejemos de lado todas esas simplezas que los teólogos afirman con toda
seriedad. Que ellos se ocupen de esos libros y cada quisque se rija por el
sentido común, que nos hará ver que los teólogos se han engañado con sagacidad,
porque todos ellos establecen sus argumentos arrancando de un principio
evidentemente falso. Han supuesto que Dios obra secretamente y que sus
designios son inescrutables, y un Dios eterno que no obre rigiéndose por leyes
generales, inmutables y eternas, sólo es un espectro, un dios mítico.
¿Por qué se han visto obligados los teólogos de todas las religiones
reveladas a admitir esa gracia que no comprenden? Porque se empeñaron en que
sólo se había de salvar su secta, y además quisieron que de la salvación de su
secta sólo participaran los sometidos a ellos. Los teólogos musulmanes tienen
la misma opinión e iguales disputas, porque tienen el mismo interés, pero el
teólogo universal, que es el verdadero filósofo, comprende que es
contradictorio que la naturaleza no obre por las vías más sencillas, y ridículo
que Dios se ocupe en obligar al hombre a que le obedezca en Europa y deje que
sean indóciles los asiáticos. La gracia, contemplada desde su verdadero punto
de vista, es un absurdo. El cúmulo de libros que se han escrito sobre esta
materia manifiestan a menudo los esfuerzos que hizo el ingenio, pero
avergüenzan siempre a la razón humana.
Toda la naturaleza, todo lo que existe, es una gracia de Dios. El otorgó
a todos los animales la gracia de crearlos y alimentarlos. Concedió al abeto la
gracia de ser un árbol que creciera setenta pies y rehusó esta gracia al rosal.
Dio al hombre la gracia de pensar, el don de la palabra y la facultad de
conocerle, pero no le confirió la gracia de entender una palabra de lo que
Tourneli, Molina, Soto y demás escribieron sobre la gracia.
El primero que habló de la gracia eficaz y gratuita fue indudablemente
Homero. Esto podrá sorprender a los bachilleres en teología que no conocen más
que a san Agustín. Que lean el tercer canto de la Ilíada y verán que Paris dice
a su hermano Héctor: «No me eches en cara los amables dones de la rubia
Afrodita, pues hay que despreciar los eximios presentes de los dioses y nadie
puede escogerlos a su gusto». Este pasaje es muy explícito. Es de advertir,
además, que Júpiter, según su voluntad, concede la victoria unas veces a los
griegos y otras a los troyanos, lo que constituye otra prueba de que todo
sucede por la gracia que proviene de las alturas. Sarpedón y luego Patroclo son
dos bravos a los que falta la gracia, sucesivamente.
Hubo filósofos que no fueron de la opinión de Homero. Sostenían que la
Providencia general no intervenía directamente en los asuntos particulares, que
lo gobernaba todo por medio de leyes universales, que Tersites y Aquiles eran
iguales ante ella, y que ni Calcas ni Taltibio gozaron nunca de la gracia
versátil o congrua.
Según esos filósofos, la grama y la encina, el insecto y el elefante el
hombre, los elementos y los astros, obedecen a leyes invariables que Dios,
inmutable como ellas, estableció para toda una eternidad. Esos filósofos no
hubieran admitido la gracia de santo Tomás, ni la gracia medicinal de Cajetán,
ni hubieran podido explicarse la gracia exterior, la interior, la cooperante,
la suficiente, la congrua, ni la preveniente. No habrían sido de la opinión de
quienes sostienen que el Señor absoluto de los hombres dé peculio a un esclavo
y rehuse el alimento a otro; mande que un manco amase la harina, a un mudo que
lea y a un impedido que le sirva de correo. Opinan que el eterno Demiurgo, que
dictó leyes a millones de mundos que gravitan unos sobre otros y se prestan
mutuamente la luz que de ellos emana, los tiene todos bajo el dominio de sus
leyes generales, y que no va a crear nuevos vientos para que levanten briznas
de paja en un rincón de este mundo. Añaden que si un lobo encuentra por el
camino un chivo y se lo come, y otro lobo se muere de hambre Dios no se ocupa
de conceder esa gracia particular al primer lobo.
Nosotros no aceptamos la opinión de esos filósofos, ni la de Homero ni
la de los jansenistas, ni la de los molinistas. Felicitamos a los que creen que
existen gracias prevenientes y compadecemos de corazón a quienes se lamentan de
que no las haya más que versátiles, y en tocante al congruismo, no entendemos
una palabra.
Si un habitante de Bérgamo recibe el sábado una gracia preveniente que
le agrada hasta el extremo de obligarle a pagar una misa en los Carmelitas,
reciba nuestra enhorabuena. Si el domingo se mete en la taberna porque le
abandona la gracia, zurra a su mujer y roba en un camino real, que le ahorquen.
Sólo deseamos que Dios nos conceda la gracia de no desagradar en nuestras
controversias a los bachilleres de la Universidad de Salamanca, a los de la
Sorbona, ni a los de Bourges, que piensan de distinta manera sobre estas
materias arduas y sobre otras. Sólo queremos que Dios nos otorgue la gracia de
que no nos condenen esos bachilleres y, sobre todo, de no leer nunca sus
libros.
Si un acólito de Lucifer viniera del infierno a decirnos: «Señores, os
advierto que nuestro soberano señor ha tomado a todo el género humano,
exceptuando el reducido número de personas que viven en el Vaticano y sus
dependencias», rogaríamos todos a ese acólito que nos inscribiera en la lista
de los privilegiados, y le preguntaríamos qué hay que hacer para conseguir esta
gracia. El emisario nos respondería: «No podéis merecerla. Mi señor tiene
formada la lista de todos los tiempos y no escucha más voz que la de su antojo;
tiene como ocupación continua hacer infinidad de orinales y algunas docenas de
vasijas de oro. Si os tocó ser orinales, tanto peor para vosotros». Al oír esta
contestación, despediríamos a baquetazo limpio al emisario para que en seguida fuera
a dar cuenta de su embajada al diablo.
Eso es lo que nos atrevemos a imputar a Dios, al Ser eterno que es
infinitamente bueno. Siempre se ha reprochado a los hombres hacer a Dios a su
imagen. Se ha criticado a Homero porque transportó todos los vicios y los
ridículos desde la tierra al cielo. Platón, que le echa esto en cara, no dudó
en llamarle blasfemo, y nosotros, que somos cien veces más inconsecuentes, más
temerarios y más blasfemos que ese griego, acusamos devotamente a Dios de lo
que no hemos acusado nunca al último de los hombres.
El rey de Marruecos Muley‑Ismael tuvo —así se dice— quinientos hijos.
Qué diríais si un morabito del monte Atlas os contara que el sabio y honrado
Muley‑Ismael, sentado a la mesa con toda su familia, habló de este modo al fin
de la comida: «Yo soy Muley‑Ismael, el que os engendró para mi gloria, porque
soy muy glorioso. Os profeso tierno cariño y os cuido como una gallina cuida a
sus polluelos. He resuelto que uno de mis hijos, el segundón, sea dueño del
reino de Tafilet y que otro reine en Marruecos para siempre. Así, ordeno que
los demás cuatrocientos noventa y ocho hijos queridos, mueran la mitad en el
suplicio de la rueda y la otra mitad quemados. Porque yo soy el señor Muley‑Ismael».
Al morabito que os contara esto lo tomaríais por el loco mayor que hubiera
producido Africa, pero si tres o cuatro mil morabitos que vivieran a vuestras
expensas os repitieran el mismo cuento, ¿qué haríais entonces? ¿No sentiríais
la tentación de hacerlos ayunar a pan y agua hasta que volvieran a recobrar el
sentido común?
Me concederéis que está dentro de la razón que me indignen los necios
que creen que el rey de Marruecos tuvo quinientos hijos para su gloria y pensó
hacerlos enrodar y morir en la hoguera a todos, excepto los dos que destinaba
para reinar; pero decís que me equivoco respecto a esos necios, porque
confiesan que la primera intención de Muley‑Ismael no fue la de hacer perecer
en el suplicio a sus hijos, pero habiendo previsto que sus hijos no servirían
para nada creyó como buen padre de familia que debía deshacerse de ellos.
Necios gratuitos, suficientes, eficaces, jansenistas, molinistas, sed por fin
hombres y no perturbéis al mundo con tonterías tan absurdas como abominables.
GUERRA. Todos los animales están en perpetua guerra.
Algunas especies han nacido para devorar a las otras, incluso los corderos y
las palomas se tragan cantidades prodigiosas de animales imperceptibles. Los
machos de la misma especie combaten por las hembras, como Menelao y Paris. El
aire, la tierra y el agua son campos de destrucción.
Parece que habiendo dotado Dios al hombre de razón, debía ésta inducirle
a no envilecerse imitando a los animales, y con mayor motivo no dotándoles la
naturaleza de armas para matar a sus semejantes, ni del instinto de beber su
sangre.
Sin embargo, tiende tanto el hombre a la guerra mortífera que,
exceptuando dos o tres naciones, las demás en sus historias antiguas guerrean
unas contra otras. En el Canadá, hombre y guerrero son sinónimos, y ya vimos
que en nuestro hemisferio ladrón y soldado significaban lo mismo. He aquí la
justificación de los maniqueos.
El hambre, la peste y la guerra son los más terribles azotes de la
humanidad. Los dos primeros nos vienen de la Providencia, pero la guerra nos
viene de la imaginación de trescientas o cuatrocientas personas esparcidas por
toda la faz de la tierra bajo el nombre de príncipes o ministros; quizá por
esta razón en muchas dedicatorias se les llama imágenes vivas de la Divinidad.
Pero el más conspicuo de esos aduladores convendrá en que la guerra arrastra
siempre en su séquito la peste y el hambre, por poco que haya visto los
hospitales de los ejércitos de Alemania y por fugaz que haya sido su visita a
las poblaciones en estado de guerra.
Sin duda es un hermoso arte el que desola los campos, destruye las casas
y hace morir, unos años con otros, de cada cien mil hombres, cuarenta mil. Al
principio recurrieron a esta invención las naciones reunidas para procurarse el
bien común; por ejemplo, el areópago de los griegos declaró al areópago de
Frigia y pueblos vecinos que iría con mil barcos de pescadores con la intención
de exterminarlos.
El Senado romano decidió que le interesaba ir a batirse antes de la
cosecha con los veies y los volscos, y unos anos después, encolerizados los
romanos contra los cartagineses, se hicieron la guerra durante mucho tiempo por
tierra y por mar. Lo mismo sucede hoy.
Un genealogista prueba a un príncipe que desciende en línea recta de un
conde cuyos padres establecieron un pacto de familia hace trescientos o
cuatrocientos años con una Casa de la que ni siquiera existe el recuerdo. Esta
Casa tenía vagas pretensiones sobre una provincia, cuyo último poseedor murió
de apoplejía: el príncipe y su consejo ven con evidencia que tiene derecho a
ella. Esta provincia, situada a unos centenares de leguas de la residencia del
príncipe, protesta baldíamente de que no le reconocen, ni desean que la
gobiernen. Le expone que para dictar leyes a súbditos es preciso que éstos lo
consientan, pero el príncipe hace caso omiso de tales protestas porque cree su
derecho incuestionable. Reúne enseguida multitud de hombre que nada tienen que
perder, los viste de grueso paño azul, les instruye y se dirige con ellos a la
gloria. Otros príncipes que oyen hablar de ese gran número de hombres puestos
en armas toman también parte en su empresa, cada uno de ellos según su poder, y
llenan una extensión del territorio de asesinos mercenarios, más numerosos que
los que arrastraron en su séquito Gengis Kan, Tamerlán y Bayaceto.
Pueblos lejanos se enteran de que va a promoverse una guerra y pagarán
un sueldo a los que tomen parte en ella, en seguida se dividen en dos bandos,
como los segadores, y van a vender sus servicios al que quiera utilizarlos.
Esas multitudes se encarnizan unas contra otras, no sólo sin tener interés
alguno en la guerra, sino sin conocer sus motivos. Se encuentran a la vez cinco
o seis potencias beligerantes, unas veces tres contra tres, otras dos contra
cuatro, y algunas una contra cinco, detestándose por igual unas a otras,
uniéndose y atacándose sucesivamente, aunque estando de acuerdo sólo en una
cosa: ocasionar todo el daño posible.
Lo maravilloso de esta empresa infernal es que cada jefe de los asesinos
hace bendecir sus banderas e invoca a Dios solemnemente antes de ir a
exterminar a su prójimo. Cuando un jefe sólo tiene la suerte de degollar a dos
o tres mil hombres, no da gracias a Dios, pero cuando consigue despachar diez
mil y destruir alguna ciudad, entonces manda entonar un canto de acción de
gracias, compuesto en lengua desconocida para todos los que pelearon y lleno de
barbarismos. El mismo canto sirve para celebrar los matrimonios, los
nacimientos y los homicidios.
La religión natural impidió muchas veces que los ciudadanos cometieran
crímenes. El alma bien nacida carece de voluntad, el alma tierna se asusta, y
la conciencia hace representar a Dios justo y vengador, pero la religión
revelada excita a cometer todas las crueldades que se perpetran entre muchos,
conjuraciones, emboscadas, sorpresa de ciudades, saqueos y matanzas. Cada uno
va alegremente al crimen bajo la bandera de su santo.
En todas partes pagan a unos hombres que pronuncian discursos celebrando
esas acciones cruentas, que entusiasman a la multitud. Esos hombres claman el
resto del año contra los vicios, prueban en tres puntos y por antítesis que las
damas que se colorean las mejillas con un poco de carmín serán objeto de la
venganza eterna del Eterno, que Polyeucto y Atalia son obras inspiradas por el
demonio. ¡Miserables médicos de almas, filósofos moralistas, quemad vuestros
libros! Mientras el capricho de algunos hombres haga que se degüellen lealmente
millares de hermanos nuestros, la parte del género humano que se consagre al
heroísmo será la más horrible de toda la naturaleza.
Qué pueden importarme la humanidad, la beneficiencia, la temperancia, la
modestia, la sabiduría y la piedad, si media libra de plomo disparada a
seiscientos pasos me mata a la edad de veinte anos en medio de terribles
sufrimientos, entre cinco mil moribundos, mientras por última vez mis ojos se
abren y ven la ciudad donde nací destruida por el hierro y el fuego, y que los
últimos sonidos que oigo son los gritos de mujeres y niños expirando bajo
ruinas. Y todo por los intereses de un hombre al que no conocemos.
Lo más grave es que la guerra es una calamidad inevitable. Todos los
hombres han adorado al dios Marte; Sabaot significa para los judíos el dios de
los ejércitos, pero Minerva, en la Ilíada, dice que Marte es un dios furioso,
insensato e infernal.
El célebre Montesquieu, que goza fama de ser humano, dice que es justo
entrar a hierro y fuego en los pueblos circunvecinos por temor de que nos
perjudiquen los buenos negocios que realizan. Si éste es el espíritu de las
leyes, éste es también el de los Borgias y de Maquiavelo. Si por desgracia dice
la verdad, debemos combatirla aunque la prueben los hechos. He aquí lo que dice
Montesquieu:
«Entre las sociedades, el derecho de defensa natural entraña a veces la
necesidad del ataque cuando un pueblo ve que una paz larga pondría a otro
pueblo en estado de destruirlo, y cuando comprende que el ataque es en aquel
momento el único medio de impedir su destrucción.»
¿Cómo el ataque en plena paz puede ser el único medio de evitar esa
destrucción? Para ello sería preciso estar seguro de que el pueblo vecino os
destruiría si llegara a ser poderoso. Para estar seguro, debíais ver que ya
tenía a punto los preparativos de vuestra destrucción, y en este caso es él
quien empieza la guerra: vuestra suposición es falsa y contradictoria. Es una
guerra evidentemente injusta la que proponéis, porque es matar a vuestro
prójimo por temor de que éste llegue a estar en situación de atacaros; es
decir, que debéis aventuraros a arruinar vuestro país con la esperanza de
arruinar sin motivo el país de otro, y este proceder no es honrado ni útil,
porque sabéis bien que nunca se está seguro del éxito.
Si vuestro vecino llega a ser demasiado poderoso durante la paz, ¿quién
os impide serlo tanto como él? Si él contrajo alianzas, vosotros podéis
contraerlas también. Si tiene pocos religiosos, en cambio tiene muchos
manufactureros y soldados. Imitad su buen ejemplo. Si instruye mejor a sus
marinos, instruid mejor a los vuestros; todo esto es muy justo. Pero exponer al
pueblo a la más horrible miseria con la idea, tan quimérica a menudo, de
destruir a vuestro querido hermano el serenísimo príncipe vecino vuestro,
semejante consejo no es digno del presidente honorario de una compañía
pacífica.
GUSTO. Ese sentido, ese don de discernir los sabores
de los alimentos, ha originado en todas las lenguas conocidas la metáfora que
expresa con el mismo vocablo, gusto, el conocimiento de las bellezas
artísticas. Es un discernimiento rápido como el paladar, y al igual que éste
proviene de la reflexión. Es, como aquél, sensible y voluptuoso respecto a lo
bueno, y como él rechaza lo malo. Muchas veces un gusto y otro están indecisos,
y al no saber con exactitud lo que se les presenta que debe agradarles, necesita
a veces para comprenderlo acostumbrarse a ello. No se satisface el gusto con
ver y comprender la belleza de una obra; necesita sentirla y que le agrade.
Tampoco debe escapar a la rapidez del discernimiento, y éste es otro parecido
que tiene el gusto intelectual con el gusto sensual. El gourmet aprecia y
reconoce en seguida la mezcla de dos licores; el hombre de buen gusto literario
comprende al primer golpe de vista la mezcla de dos estilos. Así como el mal
gusto físico consiste en agradar con condumios demasiado picantes, el mal gusto
en las artes consiste en que entusiasmen los adornos recargados y en no
comprender el mérito de lo natural.
El gusto depravado en los alimentos estriba en preferir aquellos que
disgustan a los demás hombres, y es una especie de enfermedad. El gusto
depravado en las artes reside en enamorarse de asuntos que rechazan las
personas ilustradas, en preferir lo grotesco a lo noble, lo afectado a lo
sencillo y natural, y es una enfermedad del espíritu. El buen gusto en las
artes puede reformarse mucho mejor que el gusto sensual, pero el gusto
intelectual exige más tiempo para formarse. El joven que, aun siendo sensible, carezca
de conocimientos, no podrá distinguir las partes de un gran coro de música, ni
verá en un cuadro las gradaciones, el claroscuro la perspectiva, la armonía de
los colores, ni la corrección del dibujo. Pero poco a poco, sus oídos aprenden
a oír y sus ojos a ver, y llegará a conmoverse cuando presencie la
representación de una hermosa tragedia, mas no alcanzará a comprender el mérito
de las unidades, ni el arte delicado con que algún personaje no entra ni sale
en escena sin motivo, ni otras muchas dificultades que se han de vencer para
triunfar en el teatro. Sólo la costumbre de ver y reflexionar acerca de lo que
ve conseguirá que con el paso del tiempo llegue a comprender todo lo que
acabamos de enunciar. El gusto se forma insensiblemente en una nación que
carecía de él porque poco a poco va comprendiendo el espíritu de los buenos
artistas. Francia se acostumbró a ver los cuadros con los ojos de Le Brun, de
Poussin, de Le Sueur…
Dícese que cada uno tiene su gusto, y es cierto cuando se trata del
gusto sensual, de la preferencia que damos a ciertos alimentos que a los demás
causan repugnancia, lo cual es incontrovertible porque no se puede corregir un
defecto de los órganos. Pero no sucede lo mismo cuando se trata del gusto en
las artes; como éstas contienen bellezas reales, hay un buen gusto que las
comprende y un mal gusto que las desconoce. Este defecto del espíritu suele
corregirse. Existen también hombres fríos y negados incapaces de conmoverse, ni
de desentumecer su inteligencia. Con ellos no debemos discutir en materia de
gusto, porque carecen de él.
El gusto perspicaz consiste generalmente en la percepción rápida de una
belleza entre muchos defectos, y de un defecto entre muchas bellezas. El
verdadero gourmet discierne en seguida el vino que se compone de dos mezclas y
conoce el ingrediente que domina en un plato, al paso que los demás invitados
apenas si se dan cuenta de nada.
No nos equivocamos cuando decimos que es una verdadera desgracia estar
dotados de gusto exquisito, porque a quienes esto ocurre les contrarían
demasiado los defectos y son casi insensibles a las bellezas. Existen, por el
contrario, muchos placeres para las personas de buen gusto, porque ven, oyen y
sienten las bellezas que escapan a los hombres constituidos menos sensiblemente
o menos receptivos. El melómano, el aficionado a la pintura, a la arquitectura,
a la poesía, a la numismática, etc., experimenta sensaciones que el común de
los mortales ni siquiera sospecha; incluso el placer de descubrir una falta le
halaga y le hace sentir con más intensidad las bellezas. El hombre de buen
gusto tiene ojos, oídos y tacto diferentes que el hombre zafio. Le desagradan
los cuadros mezquinos de Rafael, pero admira la excelsitud de su dibujo;
descubre con satisfacción que los hijos de Laocoonte son desproporcionados
comparándolos con la estatua del padre, pero el conjunto del grupo escultórico
le hace estremecer, mientras otros espectadores lo contemplan tan tranquilos.
H
HÁBIL, HABILIDAD. Hábil es un adjetivo que, como todos, tiene
varias acepciones según su uso. Deriva de la voz latina habilis, y no como
asevera Pezron del vocablo celta hábil. Pero de las palabras importa más saber
la significación que su origen.
En general, hábil significa más que capaz, más que instruido, ya se
refiera a un artista, un jefe militar, un sabio o un magistrado. Puede un
hombre haber leído todo lo escrito sobre la guerra y hasta haberla presenciado,
sin que por ello sea hábil para dirigirla. Puede ser capaz de dirigirla, mas
para merecer el calificativo de general hábil, es preciso haber mandado muchas
veces con éxito.
Un magistrado puede conocer todas las leyes y no ser hábil para
aplicarlas, y un sabio puede no ser hábil para escribir ni para enseñar. El
hombre hábil es el que hace brillante uso de lo que sabe; el capaz puede, tiene
capacidad, y el hábil ejecuta, realiza. Este adjetivo se aplicaría
impropiamente a las artes, fruto del genio; por eso se dice un hábil poeta un
hábil orador, y si algunas veces se aplica al orador, es cuando logra salir
airoso de un asunto espinoso; por ejemplo, Bossuet, en la oración fúnebre al
gran Condé refiriéndose a las guerras civiles, dice que hay en ellas una
penitencia tan gloriosa como la inocencia misma. Trata ese punto hábilmente, y
en el resto del discurso habla con grandeza.
Es hábil el historiador que ha extraído los datos de buenas fuentes, que
coteja los relatos, que juzga con criterio exacto, en fin, que ha trabajado
mucho para escribir la historia. Si por añadidura tiene el don de narrar con la
elocuencia conveniente, es más que hábil, es un gran historiador, como Tito
Livio.
La palabra hábil encaja perfectamente en las artes en que intervienen la
mano y el ingenio, como la pintura y la escultura. Se puede decir es un pintor
hábil es un escultor hábil, porque esas dos artes suponen un largo aprendizaje,
mientras que el hombre nace poeta, como Virgilio y Ovidio, y es orador habiendo
estudiado poco, como muchos predicadores. ¿Por qué, sin embargo, se dice de un
predicador que es hábil? Porque en este caso prestamos más atención al arte que
a la elocuencia, y calificándole así no le ofrecemos un gran elogio. No se le
dice hábil al sublime Bossuet; el músico ejecutante puede ser hábil, pero el
compositor debe ser más que hábil, necesita tener genio.
Para que un hombre de negocios sea hábil necesita ser instruido,
prudente y activo, si carece de esas tres cosas, no es hábil. Decir que un
cortesano es hábil parece que sea censurarle más que elogiarle, porque a menudo
queremos decir que es un gran adulador. También puede significar un hombre
listo que no es bajo ni perverso. El zorro a quien el león pregunta si hiede su
guarida y contesta que está estreñido, es un cortesano hábil. El zorro que por
vengarse de una calumnia del lobo aconseja a un león viejo que para calentarse
se abrigue con la piel de un lobo recién despellejado, no es un cortesano
hábil, es un hábil tunante.
Hábil en jurisprudencia significa el reconocimiento de su capacidad en
leyes, y capaz, en este caso, equivale a decir que tiene derecho o puede
tenerlo.
El adjetivo habilidad se aplica a la capacidad, así como hábil indica
capaz; por eso decimos tal hombre tiene habilidad en una ciencia, en un arte o
en su proceder. Expresa una cualidad adquirida cuando decimos: ese joven tiene
habilidad. Expresa un acto cuando decimos: ese joven dirigió este negocio con
habilidad. Hábilmente tiene también las mismas acepciones. Ese joven trabaja,
juega y enseña hábilmente. No vale la pena seguir cuando se trata de asuntos
tan insignificantes.
HEREJÍA. Es un vocablo griego que significa creencia,
opinión escogida. No hace ningún honor a la razón humana que los hombres se
hayan odiado unos a otros, se hayan perseguido y se hayan asesinado por
mantener opiniones distintas, y mucho menos honra a la razón que esa manía sea
peculiar de ella, como la lepra lo fue de los judíos y la viruela de los
caraibos.
Todo el mundo sabe, hablando teológicamente, que la herejía se convierte
en crimen, y la palabra que lo designa, en injuria. Y esto porque como sólo la
Iglesia tiene razón, le asiste el derecho de reprobar a los que mantienen
opinión distinta de la suya. Lo grave es que la Iglesia griega también tuvo el
mismo derecho; por eso reprobó a los romanos cuando admitieron un credo
distinto al de los griegos respecto a la concesión del Espíritu Santo, al comer
carne en Cuaresma, a la autoridad del Papa…
Pero, ¿en qué se fundaron para llegar a quemar vivos a los hombres, los
que fueron más fuertes, cuando los más débiles profesaron creencias contrarias
a las de aquéllos? Sin duda, los abrasados fueron criminales ante Dios por
estar tercamente obcecados, y deben arder durante una eternidad en el infierno.
Pero, ¿por qué quemarles en este mundo a fuego lento? Además de que
despachándoles de ese modo se adelantaban a la justicia de Dios, ese suplicio
era tan cruel como inútil, porque una hora de sufrimiento añadida a la
eternidad es nada, o casi nada.
Los hombres devotos, o mejor fanáticos, replican a estos reproches que
era justo poner sobre las llamas a quienes opinan lo contrario que ]a Iglesia
latina, porque es conformarse con los designios de Dios quemar a los que Él
hará quemar más tarde, y ya que el suplicio de la hoguera, que dura una hora o
dos, es nada comparado con la eternidad, importa poquísimo que se quemen los
herejes de cinco o de seis provincias.
Tal vez haya quien pregunte hoy en día en qué país de caníbales se
suscitaron semejantes cuestiones y se resolvieron matando a fuego lento a
ingente número de hombres, y con vergüenza tenemos que contestar que eso
acaeció en nuestro país, en las mismas ciudades que hoy se entregan a los
placeres de la ópera, la comedia, los bailes, las modas y el amor.
Desgraciadamente, fue un tirano el que introdujo la novedad de condenar
a muerte a los herejes, y no fue uno de esos tiranos equívocos que considera
santo un credo y monstruo el credo contrario. Se llamaba Máximo, que competía
en crueldad con Teodosio I, reconocido como verdadero tirano por el imperio,
tomando este vocablo en todo su rigor. Hizo morir en Tréveris, por mano de los
verdugos, al español Prisciliano y sus adeptos, cuyas opiniones juzgaron
erróneas algunos obispos de España (1). Esos prelados, tras obtener de Máximo
el suplicio de los priscilianos, llegaron a exigirle que ordenara decapitar a
san Martín por hereje, pero éste tuvo la suerte de escapar de Tréveris y
regresar a Tours.
Sólo se necesita un caso para establecer una costumbre. Al primer escita
que cortó la cabeza a su enemigo y transformó su cráneo en copa siguieron
imitándole los más ilustres hombres de Escitia. De la misma manera, pues, el
suplicio de Prisciliano consagró la costumbre de emplear los verdugos para
ajusticiar a los herejes.
En las religiones antiguas no se encuentran herejías porque sólo
conocieron la moral y el culto. En cuanto la metafísica se introdujo en el
cristianismo, empezaron las disputas y de éstas nacieron diferentes tendencias,
lo mismo que en las escuelas de filosofía. Era imposible que la metafísica no
contaminara sus incertidumbres a la fe en Jesucristo, quien nada escribió y
cuya encarnación constituía un problema que los paleocristianos, no inspirados
por el mismo Dios, resolvían de diferentes formas. Cada uno aceptaba un credo,
dice terminantemente san Pablo.
Durante mucho tiempo llamaron nazarenos a los cristianos, e incluso los
mismos gentiles no les daban otro nombre en los dos primeros siglos, pero luego
se estableció una escuela de nazarenos que creían en un evangelio distinto de
los otros cuatro canónicos. Se ha supuesto que difería muy poco del de san
Mateo y era anterior. San Epifanio y san Jerónimo sitúan a los nazarenos en los
albores del cristianismo.
Los que se creían más sabios se denominaban gnósticos, o sea
conocedores, y ese atributo fue durante mucho tiempo tan honroso que san
Clemente de Alejandría, en sus Estromata, llama siempre buenos cristianos a los
verdaderos gnósticos. «Dichosos aquellos —dice— que consiguieron la santidad
gnóstica, porque quien merece ese nombre puede resistir las seducciones y da a
quien le pide.» El quinto y sexto libros de las Estromata sólo versan sobre la
perfección del gnóstico.
(1) Historia de la Iglesia, siglo IV.
No hay duda de que los ebionitas existieron en tiempo de los apóstoles;
este vocablo, que significa pobre, les hacía amar la pobreza, en la que nació
Jesús (1).
(1) Parece poco verosímil que los demás cristianos les llamaran
ebionitas para dar a entender que eran pobres de entendimiento. Se asegura que
creían que Jesús era hijo de José.
Algunos atribuyen el Apocalipsis de san Juan a Cerinto, que era también
de la misma época, y se cree que él y san Pablo tuvieron acaloradas disputas
(2).
(2) Cerinto y los suyos decían que Jesús sólo llegó a ser Cristo después
de su bautismo. Cerinto fue el primer autor de la doctrina del reinado de mil
años, que adoptaron muchos padres de la Iglesia.
No llegamos a comprender por qué los primeros discípulos no hicieron una
declaración solemne, una profesión de fe completa e inalterable, que pusiera
punto final a todas las cuestiones pasadas y evitara las discusiones futuras,
pero Dios no lo permitió. El símbolo llamado de los apóstoles es conciso, y en
él no se encuentra la consustancialidad, la trinidad, ni los siete sacramentos,
y no apareció hasta los tiempos de san Jerónimo, san Agustín y Rufino, célebre
sacerdote de Aquilea, de quien se dice que lo redactó.
Las herejías tuvieron tiempo para multiplicarse, y en el siglo V llegó a
haber mas de cincuenta.
Sin pretender escrutar los designios de la Providencia, que son
impenetrables para nosotros, y consultando hasta donde nos sea permitido el
criterio de nuestra débil razón, se diría que entre tantas opiniones sobre
muchos artículos de fe, tuvo que haber alguno que debía prevalecer, y esta
opinión era la ortodoxa; las demás, aunque también ortodoxas, como eran más
débiles las llamaron heréticas.
Cuando con el paso de los años la Iglesia cristiana oriental, madre de
la Iglesia de Occidente, rompió para siempre con su hija, cada una de ellas
quedó soberana en los países donde imperaba y cada una tuvo sus particulares
herejías desgajadas de la opinión dominante.
Los bárbaros del Norte, que eran cristianos nuevos, no podían tener las
mismas opiniones que las regiones meridionales, dado que no pudieron adoptar
los mismos usos. Por ejemplo, no adoraron en mucho tiempo imágenes porque no
tenían pintores ni escultores, y era peligroso en invierno bautizar a un niño
en el Danubio, el Veser o el Elba.
Era muy difícil que los habitantes de las orillas del mar Báltico
conocieran las opiniones de los habitantes del Milanesado y de la Marca de
Ancona. Los pueblos del mediodía y del norte de Europa tuvieron, pues,
creencias distintas unos de otros. Creo que por este motivo Claudio, obispo de
Turín, conservó en el siglo Ix todos los usos y dogmas adoptados en los siglos
VII y VIII, desde el país de los Alóbroges hasta el Elba y el Danubio.
Esos dogmas y costumbres se perpetuaron en los valles, montañas y
riberas del Ródano, en pueblos desconocidos que la depredación general dejó en
paz en su retiro y su pobreza, hasta que al fin aparecieron en el siglo XII
llamándose albigenses. Sabida es la manera cómo trataron sus creencias, que se
predicaron cruzadas contra ellos que produjeron horribles matanzas, y se sabe
también que desde entonces y hasta mediados del siglo XVIII no hubo un solo año
de tranquilidad y tolerancia en Europa.
Grave cosa es la herejía. Pero ¿acaso es un bien empeñarse en que
defiendan la ortodoxia las bayonetas y los verdugos? ¿No sería preferible que
cada uno comiera el pan tranquilamente sentado a la sombra de su higuera? La
verdad es que tiemblo al hacer esta proposición.
Es una pena que se perdiera el relato que Strategius compuso sobre las
herejías, por orden del emperador Constantino. Ammiens Marcellin nos dice que
dicho soberano, queriendo conocer con exactitud las opiniones de las sectas y
no encontrando a nadie que las diera con detalle, encargó este trabajo al
mencionado Strategius, que fue prefecto en Oriente y tan sabio y elocuente como
moderado y veraz, según dice monsieur De Valois. La elección de un laico, que
hizo Constantino, prueba que en aquella época ningún eclesiástico reunía las
cualidades necesarias para llevar a cabo tan delicada labor. En efecto, san
Agustín refiere que Philastrius, obispo de Bressa, cuya obra se halla en la
Biblioteca de los Santos Padres, después de reunir hasta las herejías que aparecieron
en el pueblo hebreo antes de la época de Jesucristo, cuenta veintiocho de
aquéllas y ciento veintiocho desde los tiempos de Jesús. En tanto que Epifanio
entre unas y otras, sólo encuentra ochenta. San Agustín explica esta diferencia
diciendo que lo que parece herejía a uno no lo es para. el otro. Por eso
Agustín dice a los maniqueos: «Nos guardaremos muy bien de tratarnos con rigor.
Dejaremos ese proceder a quienes no conocen el trabajo que cuesta encontrar la
verdad y lo difícil que es preservarse de los errores, y a los que ignoran los
suspiros y gemidos que cuesta adquirir un leve conocimiento de la naturaleza
divina. Debo toleraros, como lo hicieron conmigo en otro tiempo, usando con vos
la misma tolerancia que a mí me aplicaron; yo también estuve extraviado. (1)»
(1) San Agustín, Carta contestación a Manes, cap. II y III.
Nunca la tolerancia fue virtud característica del clero. Hemos visto en
el artículo Concilio las sediciones que promovieron los eclesiásticos con el
arrianismo. Eusebio nos cuenta que hubo localidades en que derribaron las
estatuas de Constantino sólo porque deseaba que respetasen a los arrianos. Y
Sozomeno refiere que cuando falleció Eusebio Nicomedia y el arriano Macedonius
disputaban la silla episcopal de Constantinopla al católico Pablo. El desorden
y la turbulencia llegaron a tal grado en la Iglesia que se querían expulsar
recíprocamente, que los soldados, creyendo que el pueblo se sublevaba,
arremetieron contra éste, y más de tres mil personas murieron a sablazos o
asfixiadas. Macedonius ocupó la silla episcopal, se apoderó en seguida de todas
las iglesias y persiguió cruelmente a los novacianos y católicos. Por vengarse
de estos últimos negó la divinidad del Espíritu Santo y reconoció la divinidad
del Verbo, que a su vez negaban los arrianos, por oponerse a su protector
Constantino, que en tiempos pasados le había depuesto.
El mismo historiador añade que a la muerte de Atanasio, los arrianos,
protegidos por Valens, detuvieron e hicieron morir a los que permanecían fieles
a Pedro, que Atanasio había designado como sucesor suyo. Los arrianos se
apoderaron en poco tiempo de todas las iglesias y concedieron al obispo que
nombraron la facultad de desterrar de Egipto a los que permanecieran fieles a
lo acordado en el Concilio de Nicea.
Tras el fallecimiento de Lisinio, la Iglesia de Constantinopla se
dividió en dos fracciones para elegir sucesor y Teodosio el Joven colocó en la
silla patriarcal al impetuoso Nestorio, que en su primera homilía dijo al
emperador: «Limpiadme el mundo de herejes y os daré el cielo; apoyadme para
exterminarlos y os prometo ayuda eficaz para derrotar a los persas».
Seguidamente, expulsó a los arrianos de la capital, armó al pueblo contra
ellos, destruyó sus iglesias y obtuvo del emperador que dictara edictos tiránicos
para acabar de exterminarlos. Valiéndose de su influencia, encarceló y mandó
que azotaran a las personas más destacadas que habían interrumpido un sermón en
el que exponía la misma doctrina que muy pronto condenó el Concilio de Éfeso.
Focio refiere que al llegar el sacerdote al altar era costumbre en la
Iglesia de Constantinopla que el pueblo dijera cantando: Dios Santo, Dios
fuerte, Dios inmortal, a cuyas palabras Paul le Foulon añadió: por nosotros
crucificado, tened piedad de nosotros. Los católicos creyeron que esa adición
contenía el error de los eustatianos; sin embargo, siguieron cantando el
trisagio con la citada añadidura por no molestar al emperador Atanasio, que
acababa de deponer a Otto Macedonius y colocar en su sitio a Timoteo, por orden
del cual se cantaba esa adición. Pero, un día, varios frailes entraron en la
iglesia y en vez de aquellas palabras cantaron un versículo de Salmo y el
pueblo exclamó complacido: «Los ortodoxos han llegado oportunamente». Los
partidarios del Concilio de Calcedonia cantaron, acompañando a los frailes, el
versículo del Salmo, los eustatianos se opusieron en voz alta y con violencia,
y quedó interrumpido el santo oficio. Se organizó en la iglesia una riña, salió
el pueblo en busca de armas y causó en la ciudad una espantosa carnicería, no
aplacándose su furor hasta después de matar diez mil hombres (1).
(1) Evagro, Vida de Teodosio, libro III, cap. 33 y 34.
Finalmente, el poder imperial logró que en Egipto se reconociera la
autoridad del Concilio de Calcedonia, pero como en diferentes ocasiones costó
la muerte a más de cien mil egipcios reconocer ese Concilio, sentían éstos un
odio implacable contra los emperadores. Parte de los enemigos de este Concilio
se refugió en el Alto Egipto y otra parte salieron del imperio y se dirigieron
a Africa para vivir entre los árabes, que toleraban todas las religiones (2).
(2) Historia de los Patriarcas de Alejandría, pág. 174.
Ya hemos dicho que durante el reinado de Irene se restableció el culto a
las imágenes, culto que confirmó el segundo Concilio de Nicea. León el Armenio
Miguel el Tartamudo y Teófilo, hicieron cuanto pudieron por abolirlo j ello
siguió causando perturbaciones en el imperio de Constantinopla hasta el reinado
de Teodora, quien consiguió que en el segundo Concilio de Nicea tuviera fuerza
de ley; extinguió el partido de los iconoclastas y persiguió a los maniqueos,
dictando órdenes en todo el imperio para que persiguieran y mataran a los que
no querían convertirse. Perecieron más de cien mil con diferentes géneros de
muerte, y cuatro mil que lograron escapar buscaron su salvación entre los
sarracenos, uniéndose a ellos para destruir parte del imperio y edificar plazas
fuertes, en las que se refugiaron los maniqueos constituyendo un poder
formidable, no sólo por su número, sino por el odio que tenían a los
emperadores y a los católicos. Muchas veces saquearon localidades del imperio y
derrotaron a sus ejércitos.
Para abreviar los pormenores de esas matanzas religiosas citaremos las
de Irlanda, donde en cuatro años exterminaron a ciento cincuenta mil herejes;
las de los valles del Piamonte, que describiremos en el artículo Inquisición, y
las de la noche de San Bartolomé
Respecto a los sectarios de una de las primeras herejías, el digno
sacerdote de Marsella conocido por el Maestro de los Obispos, que deploró con
tanto dolor los trastornos de su época que le llamaron el Jeremías del siglo v,
se expresa en los siguientes términos:
«Los arrianos son herejes, pero no lo saben; son herejes para nosotros,
pero no para ellos, puesto que se creen tan católicos que piensan que los
herejes somos nosotros. Estamos convencidos de que es injuriosa su creencia de
que el Hijo es inferior al Padre; en cambio creen que nosotros tenemos una
opinión injuriosa para el Padre, porque creemos que el Padre y el Hijo son
iguales. La verdad está de nuestra parte, pero creen tenerla en la suya.
Tributamos a Dios el honor que le debemos, pero ellos pretenden también
tributárselo pensando de la manera que piensan. No cumplen con su deber, pero
en lo que lo incumplen es precisamente en creer que consiste el mayor deber de
la religión. Son impíos, pero siéndolo creen tener la verdadera devoción. Se
equivocan, pero es por un principio del amor hacia Dios, y aun desconociendo la
verdadera fe consideran la fe que profesan como el más perfecto amor hacia
Dios. Nadie sabe cómo los castigará por su error el día del juicio el Juez
soberano del universo, que los tolera con paciencia porque sabe que su error
dimana de la devoción.»
HISTORIA. Es la relación de hechos que se consideran
verdaderos. La fábula, en cambio, es la relación de hechos que se tienen por
falsos.
La historia de las opiniones es el recuento de los errores humanos. La
historia de las artes puede ser la más útil cuando al conocimiento de 13
invención y del progreso de las artes une la descripción de su mecanismo. La
historia natural, llamada impropiamente historia, es una parte esencial de la
física. La historia de los acontecimientos se divide en sagrada y profana: la
sagrada es la serie de operaciones divinas y milagrosas mediante las cuales
plugo a Dios dirigir a los pueblos antiguos de la nación hebrea y poner a
prueba nuestra fe. Los primeros cimientos de toda historia profana son los
relatos que los padres hacen a sus hijos, que se transmiten de una a otra
generación. En su origen son probables cuando no se oponen al sentido común, y
pierden un grado de probabilidad a cada generación que pasa. En el correr del
tiempo, la fábula se hiperboliza y la verdad se pierde, por eso los orígenes de
todos los pueblos son absurdos. Nadie cree que los griegos fueran gobernados
por los dioses durante siglos, después por los semidioses y luego tuvieran
reyes durante mil trescientos cuarenta años, y el sol en este espacio de tiempo
cambiara cuatro veces de Oriente a Occidente.
Los fenicios del tiempo de Alejandro propugnaban que estaban afincados
en su país desde hacía treinta mil años, y todos esos estaban tan llenos de
prodigios como la cronología egipcia. Confieso que físicamente es posible que
Fenicia existiera no sólo treinta mil años, sino treinta millones de siglos, y
que haya experimentado, al igual que el resto del planeta, treinta millones de
revoluciones, pero no sabemos nada de todo esto.
Pero sí sabemos el ridículo maravilloso que impera en la historia
legendaria de los griegos. Los romanos, pese a su seriedad, también envolvieron
en la fábula la historia de sus primeros siglos. Esa nación, tan reciente si la
comparamos con las naciones asiáticas, ha pasado quinientos años sin historia;
por eso no debe extrañarnos que Rómulo sea hijo de Marte, que tuviera por
nodriza una loba, que con mil hombres que sacó de Roma peleara contra veinte
mil guerreros sabinos, que a continuación se convirtiera en dios, que Tarquinio
el Viejo cortara un peñasco con un cuchillo, ni que una vestal sacara un navío
del mar con su cinturón.
Los primitivos anales de las naciones modernas no son menos fabulosos.
Los hechos prodigiosos e improbables deben referirse a veces, pero sólo como
pruebas de la credulidad humana, porque pertenecen a la historia de las
opiniones y las tonterías, cuyo terreno es demasiado extenso.
De los monumentos. Para conocer
con alguna certeza algo de la historia antigua es menester averiguar si nos
quedan de ella algunos monumentos incuestionables. Tres de ellos los
conservamos escritos. El primero es la colección de las observaciones
astronómicas efectuadas en Babilonia durante mil novecientos anos seguidos, que
Alejandro envió a Grecia. Esta colección, que se remonta a dos mil doscientos
treinta y cuatro años anteriores a nuestra era, es una prueba concluyente de
que los babilonios constituían un pueblo muchos siglos antes, porque las artes
son obra del tiempo, y la pereza, que es natural en los hombres, los dejó
durante millones de años sin saber más que alimentarse, protegerse de la
intemperie y degollarse unos a otros. Prueba de ello son los germanos y los ingleses
de la época de César, los tártaros actuales, los dos tercios de Africa, los
pueblos que encontramos en América, salvo en algunas cosas, los reinos del Perú
y México y la república de Tlascala. Recordemos que en el Nuevo Mundo nadie
sabía leer ni escribir.
El segundo monumento es el eclipse central del sol que calcularon en
China dos mil ciento cincuenta y cinco años antes de nuestra era, que
reconocieron era exacto nuestros astrónomos. De los chinos debemos decir lo
mismo que de los pueblos de Babilonia: que formaban ya entonces un vasto y
civilizado imperio. La supremacía de los chinos sobre las demás naciones del
mundo es que ni sus leyes, sus costumbres, ni la lengua que hablan los hombres
de letras han cambiado desde hace cuatro mil años. Sin embargo, esta nación y
la India, que son las más antiguas naciones que subsisten, las que poseen un
territorio más hermoso y vasto y las que inventaron casi todas las artes antes
que nosotros conociéramos algunas, han quedado omitidas hasta el siglo XVIII en
las historias universales.
El tercer monumento, muy inferior a los otros dos, subsiste en los
mármoles de Arundel, donde está grabada la crónica de Atenas de doscientos
sesenta y tres años de nuestra era, pero sólo se remonta hasta Cecrops, mil
trescientos diecinueve años más allá del tiempo que se grabó. Tales son las
únicas épocas que podemos conocer con seguridad en toda la Antigüedad.
Es de advertir que en dichos mármoles, que trajo de Grecia lord Arundel,
la crónica comienza mil quinientos ochenta años antes de nuestra era, que
supone hoy, en 1771, una antigüedad de 3353 años, y no se encuentra en dicha
crónica un solo hecho contrario a la naturaleza, ni milagroso. Lo mismo sucede
con las Olimpíadas, que no se les puede aplicar al Graecia mendax (la mentirosa
Grecia) porque los griegos distinguían perfectamente la historia de la fábula y
los hechos reales de las historietas de Herodoto; por eso en los asuntos serios
sus oradores no empleaban los argumentos de los sofistas, ni las imágenes de
los poetas.
La fecha de la toma de Troya figura en dichos mármoles, pero nada se
dice de las flechas de Apolo, ni del sacrificio de Ifigenia, ni de los
ridículos combates entre dioses. La fecha de las invenciones de Triptólemo y de
Ceres no se encuentra en ellos, ni llaman diosa a Ceres. Hacen mención de un
poema referente al rapto de Proserpina, pero no dicen que sea hija de Júpiter y
una diosa, ni que ella sea diosa de los infiernos. Cuentan que Hércules fue
iniciado en los misterios de Eleusis, pero no hablan de sus doce trabajos, de
su viaje al Africa dentro de una taza, de su divinidad, ni del pez que lo tragó
y le retuvo en su vientre tres días y tres noches, según Licofrón.
Censuramos estas fábulas de la mitología y no tenemos en cuenta que en
nuestra religión encontramos cosas no menos pasmosas, como por ejemplo el
estandarte que bajó del cielo llevado por un ángel y lo presentó a los monjes
de Saint‑Denis, la paloma que llevó una botella de óleo santo a una iglesia de
Reims, los dos ejércitos de serpientes que tuvieron una batalla campal en
Alemania, el arzobispo de Maguncia que fue sitiado y devorado por los ratones…
El abate Lenglet relata esas y otras majaderías que repiten muchos libros, de
este modo se ha instruido a la juventud y todas esas tonterías han formado
parte de la educación de los príncipes.
La verdadera historia es reciente y no debe extrañarnos carecer de
historia antigua profana más allá de unos cuatro mil años. Las transformaciones
del planeta y la larga y universal ignorancia del arte que transmite los hechos
por la escritura, son la causa de que esto ocurra, y aun este arte sólo fue
conocido en un reducido número de naciones civilizadas, y en éstas por pocas
personas. En Francia, hasta 1454, reinando Carlos VII, empezaron a conservar
por escrito algunas costumbres de la nación. El arte de escribir era aún más
raro entre los españoles y por esto su historia es muy incierta hasta los
tiempos de los Reyes Católicos. Puede comprenderse que era fácil que se
impusiera el reducido número de personas que sabían escribir, haciendo creer
los mayores absurdos.
Hubo naciones que subyugaron gran parte del mundo sin conocer la
escritura. Gengis Kan conquistó gran parte de Asia a comienzos del siglo XIII,
pero esto no lo hemos sabido por él ni por los tártaros. Los chinos escribieron
su historia, que tradujo el padre Gaubil, en la que aseguran que los tártaros
no sabían escribir. Tampoco debió saber el escita Oguskan, a quien llaman
Madias los persas y los griegos, que conquistó parte de Europa y Asia muchos
anos antes del reinado de Ciro.
Subsisten monumentos de otra clase que sólo sirven para atestiguar la
remota antigüedad de determinados pueblos anteriores a las épocas conocidas y a
los libros; estos monumentos son prodigios arquitectónicos, como las pirámides
y los templos de Egipto, que resisten el paso de los siglos. Herodoto, que
vivía hace dos mil doscientos años y vio esos monumentos, no pudo conseguir que
los sacerdotes egipcios le dijeran en qué época fueron construidos porque lo
ignoraban.
La más antigua de las pirámides se calcula que cuenta cuatro mil años de
existencia. Pero, además, es de advertir que esos esfuerzos, producto de la
ostentación de los faraones, no pudieron iniciarse hasta mucho después de la
fundación de las ciudades. Para construir ciudades en un país que se inunda
todos los años, volvemos a decir que antes son necesarios costosísimos trabajos
para hacer los terrenos inaccesibles a las inundaciones, y antes de acometer
empresa tan necesaria fue indispensable que los pueblos construyeran cobijos
retirados y seguros, durante la crecida del Nilo, entre los enormes peñascos
que forman las dos cadenas a derecha e izquierda del río. Fue preciso también
que esos pueblos, reunidos, poseyeran instrumentos idóneos para el trabajo,
conocieran la arquitectura, tuvieran leyes y estuvieran dotados de cierta
cultura. Todo ello exige muchísimos anos. Por lo costosas y largas que son las
empresas que acometemos y lo difícil que es hoy hacer grandes cosas, podemos
comprender que los antiguos, no sólo debieron estar dotados de infatigable
perseverancia, sino que debieron transcurrir muchas generaciones igualmente
fuertes para edificar semejantes monumentos.
Ahora bien, sean Menes, Tant, Cleops o Ramsés, los que culminaron una o
dos de esas ingentes obras, no por eso conoceremos mejor la historia del Egipto
antiguo, porque su lengua se ha perdido. Sólo podemos saber que antes de los
más antiguos historiadores había material en Egipto para escribir una historia
más remota.
No sólo cada pueblo inventó su origen, sino también el origen del
planeta. Según opinión de Sanchoniathon, el mundo comenzó con un aire espeso
que el viento enrareció; el deseo y el amor nacieron entonces y su unión
produjo los animales. Los astros aparecieron en seguida, pero sólo para adornar
el cielo y alegrar la vista de los animales que estaban en la tierra. Los
dioses de los egipcios, su Osiris y su Isis, no son menos ingeniosos ni
ridículos. Los griegos embellecieron esas leyendas, y Ovidio las recogió
adornándolas con los encantos de la más hermosa poesía
Desde el sublime momento de la formación del hombre hasta los tiempos de
las Olimpíadas, todo está sumergido en densa oscuridad. Herodoto acude a los
juegos olímpicos y refiere cuentos a los griegos congregados allí, como los
refiere una vieja a los niños. Les dice que los fenicios navegaron desde el mar
Rojo hasta el Mediterráneo, lo que supone que doblaron el cabo de Buena
Esperanza y dieron la vuelta a Africa. Luego cuenta el rapto de Io, la leyenda
de Giges y de Candando, interesantes historias de ladrones, y la de la hija del
faraón Cleops, que exigiendo una piedra sillar a cada pretendiente de su hija
tuvo material suficiente para construir una de las más hermosas pirámides.
Añadid a historietas de esa especie los oráculos, prodigios y servicios de los
sacerdotes y tendréis la historia antigua del género humano.
Los tiempos primitivos de la Iglesia romana parecen escritos por otros
Herodotos; los que luego nos vencieron y gobernaron sólo sabían contar los años
poniendo clavos en las paredes, que clavaba su sumo pontífice. El gran Rómulo,
rey de una aldea, es hijo del dios Marte y una moza de partido. Tiene por padre
a un dios, una ramera por madre y una loba por nodriza. Un escudo cae del cielo
expresamente para Numa. Aparecen como por encanto los hermosos libros de las
Sibilas. Los galos ultramontanos saquean Roma; unos dicen que los gansos los
expulsaron de allí y otros que se llevaron mucho oro y gran cantidad de plata,
pero es probable que en aquellos tiempos hubiera en Italia menos metales
preciosos que gansos. Los franceses hemos imitado a los primitivos historiadores
romanos en su afición a las fábulas: tenemos el estandarte que nos trajo un
ángel y el santo óleo que nos dejó una paloma.
Hay quien supone que la leyenda del sacrificio de Ifigenia está tomada
de la historia de Jefté, que el diluvio de Deucalión es una imitación del
diluvio de Noé, y que la aventura de Filemón y Baucis está tomada de la de Lot
y su mujer. Los judíos confiesan que no tenían trato alguno con los extranjeros
y que los griegos no conocieron sus libros hasta que fueron traducidos por
encargo de un Tolomeo, pero los judíos fueron mucho tiempo antes negociantes y
usureros entre los griegos de Alejandría. Estos nunca fueron a Jerusalén a
vender ropa vieja, ni ningún pueblo imitó a los judíos; por el contrario, éstos
tomaron mucho de los babilonios, egipcios y griegos.
Todo el Antiguo Testamento es sagrado para nosotros, a pesar del odio y
desprecio que nos inspira el pueblo hebreo; nuestra razón recalcitra en su
contra, pero la fe nos somete a él. Existen unos ochenta sistemas respecto a la
cronología del pueblo judío y muchas maneras de explicar los hechos de su
historia, pero no sabemos cuál es el verdadero y les reservamos nuestra fe para
cuando llegue a descubrirse.
Son tantas las cosas que debemos creer de ese pueblo que ha agotado
nuestra creencia y no nos queda ya para creer en los prodigios de la historia
de otras naciones.
Lo que nos admira a los compiladores modernos es el aplomo y buena fe
con que prueban que cuanto aconteció antiguamente en los mayores imperios del
mundo, sólo ocurrió para enseñar a los habitantes de Palestina. Si en sus
conquistas los reyes de Babilonia invaden el pueblo hebreo es únicamente para
corregir sus pecados a ese pueblo. Si el rey de Ciro se apodera de Babilonia es
para dar a algunos judíos el permiso para regresar a su patria. Si Alejandro
vence a Darío, lo hace para que se establezcan mercachifles judíos en
Alejandría. Cuando los romanos anexionan Siria a sus vastos dominios y engloban
en ella el pequeño país de la Judea, lo hacen también para enseñar a los
judíos; los árabes y turcos sólo irrumpen para corregir a ese pueblo
predilecto, que debemos confesar tuvo excelente educación y ningún pueblo
presenta tantos preceptos como él. No cabe duda que la historia es instructiva.
Pero es más instructiva todavía la exacta justicia que hicieron siempre
los clérigos a los príncipes que no les tenían contentos. Con inefable
imparcialidad, san Gregorio Nacianceno juzga al emperador Juliano el Filósofo y
afirma que este príncipe, que no creía en el diablo, tenía con él secreto trato
y un día que se le aparecieron los demonios los hizo huir haciendo
inadvertidamente el signo de la cruz. Le llama furioso y miserable y asegura
que inmolaba por las noches, dentro de unas cuevas, a varios jóvenes de ambos
sexos. De esta manera habla un santo del más clemente de los hombres, que jamás
se vengó de las invectivas que durante su reinado profirió contra él el mismo
Gregorio.
El método más hábil de justificar las calumnias contra el inocente
consiste en hacer la apología del calumniado; de esta manera todo queda
compensado y es el sistema que adoptó san Gregorio. El emperador Constancio,
tío y antecesor de Juliano, al subir al trono asesinó a Julio, hermano de su
madre, y sus dos hijos, los tres declarados augustos; este proceder lo heredó
de su abuelo Constantino. Acto seguido mandó asesinar 8 Galo, hermano de
Juliano. Tan cruel como con su familia fue con el imperio pero era devoto y en
la batalla decisiva que emprendió contra Majencio estuvo rezando a Dios en una
iglesia todo el tiempo que duró el combate de los dos ejércitos. Pues bien, de
ese hombre hace el panegírico san Gregorio. Si los santos no respetan la
verdad, ¿qué debemos esperar de los profanos, si además de profanos son
ignorantes, apasionados y supersticiosos?
Método, estilo y manera de escribir la historia. Se ha escrito tan
prolijamente acerca de esta materia, que queda poco por decir. Todos sabemos
que el método y estilo de Tito Livio, su ponderación y discreta elocuencia,
encajan en la majestad de la república romana, que Tácito describe con gran
precisión a los tiranos, que Polibio lo es para dar lecciones de guerra, y
Dionisio de Halicarnaso para descubrir las antigüedades. Pero aun tomando por
modelos a esos grandes maestros, hoy tenemos que aguantar carga más pesada que
sostuvieron ellos. A los historiadores modernos se les exige más precisos
detalles, hechos comprobados, fechas exactas, mayor estudio de los usos,
costumbres y leyes, del comercio, de la hacienda, de la agricultura y de la
población. Sucede con la historia lo que con las matemáticas y la física: su
progreso se ha acrecentado prodigiosamente.
Daniel creyó ser historiador porque transcribió fechas y relaciones de
batallas, que nada significan, en vez de ocuparse de los derechos de la nación
y sus principales corporaciones, leyes, usos y costumbres, haciéndonos ver cómo
han cambiado. La nación francesa tiene derecho a decirle que escriba su
historia en vez de la de Luis el Gordo o de Luis el Terco. Sacáis de una
antiquísima crónica que Luis VIII, al verse aquejado de una enfermedad mortal,
quedó tan extenuado que los médicos le ordenaron se acostara con una joven
hermosa para recobrar el vigor y la salud perdidos, y que el santo rey rechazó
indignado semejante villanía. Sin duda no conocíais el refrán italiano: donna
ignuda manda l’uomo sotto la terra. Debíais saber más historia política y más
historia natural, porque podemos exigir que la historia de un país extranjero
no se haga en el mismo molde que la historia de vuestra patria. Si escribís la
historia de Francia, no estáis obligados a describir el curso del Sena ni del
Loira; pero si escribís para el público las conquistas de los portugueses en
Asia, es lícito que tengáis que describir detalladamente la topografía de los
países descubiertos. Debéis guiar a vuestros lectores llevándoles de la mano
por toda Africa y las costas de Persia y la India, y se os puede exigir que
deis noticias de los usos, costumbres y leyes de esas naciones que son nuevas
para Europa.
Tenemos varias historias relativas a la instalación de los portugueses
en las Indias, pero ninguna nos da a conocer los diferentes gobiernos de aquel
país, sus religiones, sus antigüedades, los brahmanes, los discípulos de san
Juan, los guebros, ni los bonianos. Únicamente conservamos las cartas que
escribieron san Francisco Javier y sus sucesores, y se han publicado historias
de las Indias escritas en París, fundadas en los datos que aportaron los
misioneros que no conocían el idioma de los brahmanes. Nos han referido hasta
la saciedad, en múltiples escritos, que los hindúes adoraban al diablo. Los
capellanes de una compañía de comerciantes acuden a aquel país con este
prejuicio y en cuanto ven figuras simbólicas en las costas de Coromandel se
apresuran a escribir que son retratos del demonio, que han llegado a su imperio
y que se aprestan a luchar contra él. Ni siquiera sospechan que nosotros somos
los que adoramos al diablo y vamos a consagrarle nuestros votos a seis mil
leguas de nuestra patria para ganar dinero.
En cuanto a los escritores que en París se ponen a sueldo de un librero
y éste les encarga la historia del Japón, del Canadá o de las islas Canarias,
extractadas de las Memorias de algunos capuchinos, no tengo nada que decirles.
Basta con saber que el método conveniente que debe adoptarse para escribir la
historia de cada país no es idóneo para describir los descubrimientos del Nuevo
Mundo, que no debe escribirse de una pequeña ciudad como de un vasto imperio;
ni la historia privada de un príncipe como la de Francia o Inglaterra.
Estas reglas son bastante conocidas, pero en el arte de escribir
historia será siempre muy raro. Todos sabemos que para poseerlo se necesita
tener estilo grave, llano y variado. En la historia, al igual que en las bellas
artes, se pueden establecer muchos preceptos, pero siempre habrá pocos artistas
eminentes.
Historia de los reyes judíos y de los Paralipómenos. Todos los pueblos escribieron su historia cuando supieron escribir, y
eso sucedió a los judíos. Antes de que tuvieran reyes se regían por una
teocracia y se ha supuesto que los gobernaba el mismo Dios. Y cuando quisieron
tener un rey, como los demás pueblos circunvecinos, el profeta Samuel les
declaró, de parte de Dios, que era al mismo Dios a quien ellos rechazaban: así,
la teocracia terminó para los judíos cuando empezó la monarquía.
Puede decirse, sin incurrir en blasfemia, que la historia de los reyes
judíos se escribió como la de los demás pueblos, y que Dios no se tomó el
trabajo de dictar la historia de un pueblo que ya no gobernaba. Sólo aventuro
esta opinión con extrema desconfianza, si bien parece confirmada en los
Paralipómenos, que contradicen a menudo el libro de los Reyes en la cronología
y en los hechos, así como los historiadores profanos se contradicen algunas
veces. Además, si Dios escribió siempre la historia de los hebreos, debemos
creer que la escribe todavía, porque los judíos fueron siempre su pueblo
predilecto. Deben convertirse un día y parece que entonces tendrán derecho a
considerar la historia de su dispersión como sagrada, así como también tienen
derecho para decir que Dios escribió la historia de sus reyes.
Podemos también hacer la siguiente reflexión: habiendo sido Dios su
único rey durante mucho tiempo, amén de su historiador, los judíos deben
inspirarnos el más profundo respeto. No debe haber ropavejero judío que no esté
muy por encima de César y Alejandro. ¿Cómo no hemos de prosternarnos ante un
miserable ropavejero que nos prueba que escribió la misma Divinidad la historia
de su pueblo, cuando la historia griega y la historia romana nos la han
transmitido escritores profanos?
Aunque el estilo de la historia de los Reyes y de los Paralipómenos es
divino, puede que los hechos referidos en esas historias no sean tan divinos.
David asesina a Urías, Isboset y Mifisboset mueren asesinados, Absalón asesina
a Amón, Joab asesina a Absalón, Salomón asesina a su hermano Adonías, Baasa
asesina a Nadab, Zambri asesina a Ela, Amri asesinaa Zambri, Achab asesina a
Nabat, Jehú sesina a Achab y a Joram, el vecindario de Jerusalén asesina a
Amasías, Sellum asesina a Zacarías, Manahem asesina a Sellum, Faceo, hijo de
Romeli, asesina a Faceía, hija de Manahem, Oseo, hijo de Ela, asesina a Faceo,
hijo de Romeli, y omito otros muchos asesinatos insignificantes. Preciso es
confesar que si el Espíritu Santo escribió esa historia no eligió un tema muy edificante.
HOMBRE. La raza humana vive por término medio
veintidós años, incluyendo los que mueren en la cuna y los que arrastran hasta
cien años los restos de una vida imbécil y miserable.
Es una hermosa moraleja la de la antigua fábula del primer hombre que
estuvo destinado al principio a vivir tan sólo veinte años. El hombre estaba
desesperado; a su lado tenía una oruga, una mariposa, un pavo real, un caballo,
una zorra y un mono. Dirigiéndose a Júpiter le dijo: «Prolonga mi vida. Valgo
más que todos estos animales y es justo que mis hijos y yo vivamos muchos años
para mandar a todas las bestias». «Con mucho gusto —le contestó Júpiter—, pero
sólo tengo un número determinado de días para repartir entre todos los seres a
los que concedí la vida. Sólo puedo darte más años quitándoselos a los demás.
No creas que porque soy Júpiter soy infinito y omnipotente; para todo tengo
medida. Puedo concederte unos años más quitándoselos a esos seis animales que
envidias a condición de que tendrás una tras otra sus maneras de ser. El hombre
será oruga y como ella se arrastrará en su primera infancia; hasta los quince
años tendrá la ligereza de la mariposa, y en su juventud la vanidad del pavo
real. En la edad viril sufrirá tanto trabajo como el caballo; a los cincuenta
años tendrá la astucia de la zorra, y en su vejez será feo y ridículo como un
mono. Este es de ordinario el destino del hombre.»
Nótese que a pesar de las bondades de Júpiter, después de haber
compensado a ese primer hombre concediéndole veintidós o veintitrés anos de
vida, por regla general hay que restarle la tercera parte de esa cantidad por
el tiempo que pasa durmiendo, tiempo en que permanece como muerto. Sólo le
quedan, pues, quince anos. De esos quince años hay que restar al menos otros
ocho, los de su infancia, vestíbulo de la vida. Le quedan, pues, siete años, de
los que la mitad transcurren en dolores de toda clase. Si calculamos tres años
y medio que emplea en trabajar y en fastidiarse, ¿qué tiempo le queda para
vivir?
Desgraciadamente, en tal fábula Dios se olvidó de vestir al hombre como
lo hizo con el mono, la zorra, el caballo, el pavo real y la oruga. La especie
humana apareció con la piel lisa y expuesta continuamente al sol, la lluvia y
el frío, llegó a verla agrietada, curtida y manchada. El varón, en nuestro
continente, se vio desfigurado por los pelos que le cubrían el cuerpo y que sin
cubrirle le hicieron repugnante; su cara quedó escondida entre la pelambre, su
barba se convirtió en terreno escabroso en el que brotó un bosque de menudos
tallos cuyas raíces se dirigían hacia arriba y las ramas hacia abajo. En ese
estado y con semejante facha, ese animal se atrevió a pintar a Dios, cuando
aprendió a pintar.
La hembra, al ser más débil, llegó a ser más repugnante y asquerosa en
su vejez, pues no hay ser que iguale en fealdad a una decrépita. En suma, sin
sastres ni costureras, los seres humanos nunca hubieran osado presentarse unos
ante otros, pero antes de conocer las vestiduras, antes de saber hablar,
tuvieron que transcurrir muchos siglos. Esto está probado, pero hay que
repetirlo hasta la saciedad.
Es incomprensible que hayan incordiado y perseguido a un filósofo
coetáneo, al bueno de Helvetius, por haber dicho que si los hombres carecieran
de manos no hubieran podido tejer tapices ni edificar casas. Diríase que
quienes se han rebelado contra este aserto poseen el secreto de tallar piedra y
trabajar con los pies. Helvetius, autor del excelente libro L’Esprit, valía más
que todos sus enemigos juntos, pero nunca he aprobado los errores que contiene
su libro, ni las verdades triviales que proclama con énfasis. Si le defiendo
públicamente es porque veo que hombres absurdos le condenan por proclamar esas
mismas verdades.
El Ser Supremo ha concedido al hombre el don de la razón, manos
industriosas, cerebro capaz de generalizar las ideas y palabra expedita para
expresarlas, dones que no ha concedido a los demás animales.
El varón, en general, vive menos tiempo que la hembra y siempre es más
grande proporcionalmente. El hombre de mayor estatura tiene de ordinario dos o
tres pulgadas de altura más que la mujer más alta, su fuerza casi siempre es
superior, es más ágil y más capaz de mantener atención constante. Las artes las
inventó él, no la mujer; el origen de la invención de las artes, la pólvora, la
imprenta, la relojería, etc., no se debe al fuego de la imaginación, sino a la
meditación perseverante y la combinación de las ideas.
La especie humana es la única que sabe que ha de morir y sólo se lo
enseña la experiencia. El niño que se educara solo y lo trasladaran a una isla
desierta no lo sabría, al igual que las plantas y los animales.
Maspertius, que era un hombre singular, dijo que el cuerpo humano es un
fruto que está verde hasta la vejez y lo madura la muerte. ¡Extraña madurez la
de la podredumbre y el polvo! La mente de este filósofo sí que no está madura.
El prurito de decir cosas nuevas hace decir verdaderas extravagancias.
Diferentes razas de hombres. Tenemos constancia de que en el planeta habitan diferentes razas de
hombres, y hemos dicho que el primer negro y el primer blanco que se
encontraron debieron asombrarse el uno del otro. También es bastante verosímil
que se hayan extinguido algunas especies de hombres y de animales por ser
demasiado débiles. Por eso, sin duda, hoy no se encuentran múrices, cuya
especie la habrán devorado probablemente otros animales que aparecerían siglos
después en las riberas donde se criaban esos pequeños moluscos.
En su Historia de los Padres del desierto, san Jerónimo refiere que san
Antonio Abad tuvo una conversación con un centauro y luego con un fauno. Y san
Agustín, en su homilía 33, cuenta cosas tan extraordinarias como san Jerónimo.
«Siendo obispo de Hipona fui a Etiopía con algunos servidores de Cristo para
predicar el Evangelio. Vimos en aquel país muchos hombres y mujeres sin cabeza
y dos grandes ojos en el pecho y en regiones más meridionales encontramos un
pueblo cuyos habitantes tenían un solo ojo en la frente, etc.»
Al parecer, san Agustín y san Jerónimo se expresaron de ese modo porque,
al exagerar las obras de la creación para ensalzar a Dios, se proponían
asombrar a los hombres contándoles fábulas con la idea de que estuvieran más
sumisos al yugo de la fe.
Podemos ser buenos cristianos sin creer en centauros hombres sin cabeza
y con un solo ojo, pero no podemos dudar de que ia constitución interna de un
negro es diferente de la de un blanco, dado que la red mucosa o grasosa es
blanca en unos y negra en los otros.
Los albinos y los dariens, aquéllos originarios de Africa y éstos de
América, son tan diferentes de nosotros como los negros. Existen razas
amarillas, rojas y grises. Ya hemos dicho en otra parte que los americanos son
imberbes y no tienen pelos en el cuerpo, sólo en las cejas y en la cabeza.
Todos son igualmente hombres, como el abeto, la encina y el manzano son
igualmente árboles, pero el manzano no nace del abeto, ni el abeto de la
encina.
¿Por qué en medio del océano Pacífico, en la isla de Tahití, los hombres
son barbudos? Hacer esta interrogación equivale a preguntar por qué nosotros
tenemos barba y los peruanos, mexicanos y canadienses no la tienen, o por qué
los monos tienen cola y a nosotros la naturaleza nos rehusó ese apéndice.
Las inclinaciones y caracteres de los hombres son tan diferentes como
sus climas y sus gobiernos. No pudo formarse nunca un regimiento de lapones ni
de samoyedos, y los habitantes de Siberia que viven cerca de aquéllos son
intrépidos soldados. Nunca conseguiréis que sean buenos guerreros un darién ni
un albino, y esto no consiste en que tengan ojos de perdiz, ni cabellos y cejas
albinas, sino en que su cuerpo, y por ende su valor, tiene extraordinaria
debilidad. Sólo un ciego, pero ciego obcecado, puede negar la existencia de las
diferentes especies.
Las razas humanas siempre han vivido en sociedad. Todos los hombres que se han descubierto en los países más incultos y
salvajes viven en sociedad, como los castores, hormigas, abejas y otras muchas
especies de animales.
No se ha encontrado ningún país en que vivan separados, en que el varón
se ajunte con la hembra sólo por casualidad y la abandone después por disgusto,
en que la madre desconozca a sus hijos después de haberlos criado y en que viva
sin familia y sin ninguna especie de sociedad. Algunos inconscientes, abusando
de su ingenio, han aventurado la sorprendente paradoja de que el hombre fue
creado para vivir solo como un lobo estepario y que la sociedad depravó la
naturaleza. Esto equivaldría a decir que los arenques fueron creados para nadar
aisladamente en el mar y por exceso de corrupción vienen en bandadas desde el
mar Glacial hasta nuestras costas, y que antiguamente las grullas volaban en el
aire aisladas y por violación del derecho natural adoptaron la resolución de
volar juntas.
Cada animal tiene un instinto propio, y el instinto del hombre, que
robustece la razón, le impulsa a vivir en sociedad como le empuja a comer y a
beber. La sociedad no ha degradado al hombre; el alejamiento de ella es lo que
le degrada. Quien viviera absolutamente solo perdería pronto la facultad de
pensar y expresarse, y llegaría a convertirse en animal. El orgullo desmesurado
e imponente, que se subleva ante el orgullo de los demás, puede arrastrar al
alma melancólica a huir de los hombres; en este caso la depravada es ella, y se
castiga a sí misma. Su orgullo le reporta su suplicio, la roe en la soledad el
despecho recóndito de verse despreciada y olvidada y se condena a la más
horrible esclavitud para ser libre.
Es preciso llegar a los límites del desquiciamiento para atreverse a
decir que ano es natural que el hombre se ligue a la mujer durante los nueve
meses de su embarazo. Una vez satisfecho su apetito —dice el autor de estas
paradojas—, el hombre no necesita a esa mujer, ni la mujer a ese hombre; éste
no tiene el menor cuidado, ni quizá la más remota idea, de las consecuencias de
su acto. El se va por una parte y ella por otra, y al cabo de nueve meses no
conservan el recuerdo de haberse conocido ¿Por qué ha de ayudarla cuando dé a
luz, por qué ha de contribuir a educar un hijo que no sabe si le pertenece?
(1)»
Esas ideas son execrables, pero por fortuna falsas. Si esa monstruosa
indiferencia fuera un verdadero instinto de la especie humana, lo habría
manifestado siempre porque el instinto es inmutable. El padre abandonaría
siempre a la madre y ésta abandonaría al hijo y habría menos hombres en el
mundo que animales carnívoros, y esto porque las fieras, mejor provistas y
armadas, poseen un instinto más rápido, medios más seguros, y también más
asegurado el alimento que la especie humana.
La naturaleza del hombre es diferente de como la pinta ese filósofo
energúmeno. Salvo algunos bárbaros embrutecidos, los hombres más rudos aman por
incoercible instinto al ser que no ha nacido todavía, al vientre que lo gesta y
a la madre, la cual redobla el cariño hacia el hombre de quien recibió en su
seno el germen de una criatura semejante a ella.
El instinto de los carboneros de la Selva Negra está tan arraigado y les
induce tanto a querer a sus hijos, como el instinto de los palomos y los
ruiseñores les obliga a criar a sus pequeñuelos. Pierde el tiempo quien escribe
esas necedades abominables.
(1) Juan Jacobo Rousseau, Discurso sobre el origen y los fundamentos de
la desigualdad entre los hombres.
El gran defecto de esos libros llenos de absurdas paradojas consiste en
suponer a la naturaleza humana diferente de como es. El mismo autor tan enemigo
de la sociedad como la zorra que no tenía cola y quería que todas sus
compañeras se la cortasen, se expresa de similar manera en estilo magistral:
«El primero que después de cercar un terreno se atrevió a decir esto es
mío y encontró personas lo bastante cándidas para creerle, fue el verdadero
fundador de la sociedad civil. Y hubiera ahorrado crímenes, guerras,
asesinatos, miserias y horrores al género humano aquel que derribando la cerca
hubiera dicho a sus semejantes: «No creáis a ese impostor. Os perderéis para
siempre si olvidáis que los frutos son para todos y la tierra no pertenece a
nadie. (1)»
(1) J. J. Rousseau, Discurso sobre el origen y los fundamentos de la
desigualdad entre los hombres.
De manera que, según ese filósofo, un ladrón, un destructor, hubiera
sido el salvador del género humano, y se debía castigar al hombre honrado que
dijera a sus hijos: Imitemos a nuestro vecino que ha cercado su campo y así no
podrán destruirlo los animales nocivos, consiguiendo además hacerle fértil;
trabajemos nuestro campo como él trabaja el suyo, nos ayudará y le ayudaremos.
Cultivando cada familia su campo nos alimentaremos mejor, tendremos más salud y
seremos menos desgraciados. Trataremos de implantar una justicia distributiva
para vivir tranquilos y valdremos más que las zorras y garduñas, a las que ese
filósofo extravagante quiere que nos asemejemos.
¿Esas palabras no serían más sensatas y honradas que las del loco
salvaje que deseaba que hubieran destruido el campo cultivado del hombre? ¿Qué
clase de filosofía es esa que propugna ideas que el sentido común rechaza desde
China al Canadá? ¿No será la filosofía de un pordiosero que desea que los
pobres roben a los ricos, con la idea de estrechar más la unión fraternal entre
los hombres?
Es innegable que si todos los valles, los bosques y las llanuras
estuvieran pletóricas de frutos sabrosos y nutritivos sería injusto, ridículo e
imposible custodiarlos. Si existen islas en que la naturaleza produzca sin
esfuerzo los alimentos y todo lo necesario, vámonos a vivir en ellas lejos del
fárrago de nuestras leyes, pero una vez las hayamos poblado será preciso
ocuparnos otra vez de lo tuyo y lo mío y de esas leyes que, siendo a veces
malas, no podemos vivir sin ellas.
¿El hombre nació malo? Creo que está
bastante demostrado que el hombre no nació perverso, por la obvia razón de que
si esa fuera su naturaleza cometería maldades y actos bárbaros en cuanto
aprendiera a andar, y cogería el primer cuchillo que encontrara a mano para
herir al primero que le desagradara; sería como los lobeznos y los raposillos,
que muerden en cuanto pueden. El hombre, por el contrario, cuando es niño tiene
en todo el mundo la mansedumbre del cordero. ¿Por qué y cómo, pues, se
convierte con frecuencia en lobo y en zorra? ¿Habrá que achacar esto a que no
naciendo bueno ni malo, la educación, el ejemplo, las circunstancias y la
ocasión le inducen a la virtud o al vicio?
Tal vez la naturaleza humana no pueda ser de otra manera. Quizás el
hombre no pueda tener siempre pensamientos falsos y pensamientos verdaderos,
afectos siempre tiernos, ni siempre crueles. Al parecer, se ha demostrado que
la mujer es mejor que el hombre: encontraréis cien hermanos que sean enemigos
por cada Clitemnestra.
Determinadas profesiones convierten en implacable al hombre que las
ejerce; por ejemplo, las de soldado, matarife, arquero, carcelero y demás
oficios relacionados con la desgracia ajena. El arquero, el corchete y el
carcelero solo son felices haciendo desgraciados a los demás. Son necesarios
para perseguir a los malhechores y desde este punto de vista son útiles a la
sociedad. Es curioso oírles hablar de las proezas contra sus víctimas y las
astucias que emplean para apoderarse de ellas, las crueldades físicas y morales
que les infligen y el dinero que les extorsionan.
Todo aquel que se entera de las triquiñuelas del foro, que oye hablar a
los togados campechanamente y regocijarse de las miserias de sus clientes,
puede formar pésima opinión de la naturaleza humana.
Existen profesiones más repugnantes que, sin embargo, son tan
solicitadas como una canonjía. Existen profesiones que tornan en bribón al
hombre honrado, que le acostumbran a mentir contra su voluntad, a engañar, sin
advertir apenas de que engaña; a hacer la vista gorda, a abusar por el interés
y la vanidad de su estado y a sumir sin remordimiento alguno la especie humana
en una ceguedad estúpida.
Las mujeres, ocupadas continuamente en criar a sus hijos y sujetas a los
cuidados domésticos, están excluidas de esas profesiones que pervierten la
naturaleza humana y la hacen perversa: en todas partes son menos bárbaras que
los hombres. Su parte física se suma a su parte moral para alejarlas de los
grandes crímenes, su temperamento es más dulce; en general, le repugnan los
licores fuertes, que inspiran la ferocidad. Buena prueba de ello es que entre
mil víctimas de la justicia, entre mil asesinos ejecutados, apenas se
encuentran cuatro mujeres, como veremos en el artículo Mujer.
Hay autores que creen que nuestros usos y costumbres han hecho perversa
a la especie masculina; si eso fuera regla general y sin excepción, esa especie
sería más horrible que la de las arañas, los lobos y las garduñas, pero por
suerte son raras las profesiones que endurecen el corazón y le llenan de
pasiones odiosas. Téngase en cuenta que en una nación de veinte millones de
almas hay todo lo más doscientos mil soldados, uno por cada cien individuos;
los doscientos mil soldados los contiene el freno de la disciplina más severa y
entre ellos hay gentes muy honradas que regresan a sus pueblos y terminan la
vida siendo buenos padres y buenos maridos. Los demás oficios peligrosos para
las costumbres son escasos en número. Los labradores, artesanos y artistas están
demasiado ocupados para entregarse al crimen con frecuencia. En el mundo
existirán siempre perversos detestables. Los libros exageran siempre su número,
que aun siendo excesivo es menor de lo que dicen.
El hombre en estado de pura naturaleza. ¿Qué sería el hombre si viviera en el estado que se ha dado en llamar de
pura naturaleza? Un animal muy inferior a los primeros iroqueses que
encontramos en Norteamérica; inferior porque éstos sabían encender el fuego y
construir flechas y ha sido preciso que pasaran siglos para hacer esas dos
cosas.
El hombre abandonado a la naturaleza no tendría más idioma que algunos
sonidos mal articulados, y su especie quedaría reducida a un exiguo número por
la dificultad en alimentarse y la carencia de ayuda, al menos en nuestros
tristes climas. Ignoraría el conocimiento de Dios y del alma, al igual que
desconocería las matemáticas, y no tendría más preocupación que buscar cómo
alimentarse: sería inferior a la especie de los castores.
En ese estado, el hombre sólo sería un niño talludo, y todavía se
encuentran seres humanos que casi no han pasado de ese estado primitivo. Los
lapones, samoyedos, cafres y hotentotes son, respecto al hombre en estado de
pura naturaleza, lo que antiguamente eran las cortes de Ciro y de Semíramis
comparadas con los hotentotes de nuestros días, superiores al hombre salvaje;
son animales que viven seis meses al año en cavernas comiendo gusanos que más
tarde se los comerán a su vez. Hablando en general, la especie humana sólo
tiene dos o tres grados más de civilización que los hotentotes. La ingente
cantidad de brutos que se llaman hombres, comparada con el escaso número de los
que piensan está en la proporción de ciento por uno en muchos países. Es cosa
curiosa contemplar, por un lado, al padre Malebranche entretenido en conversar
llanamente con el Verbo, y por otro ver millones de bípedos semejantes a él que
nunca han oído hablar del Verbo y no conocen ni una idea metafísica. Entre los
hombres puramente instintivos y los hombres de genio campea un número inmenso
que tan sólo se ocupa de subsistir.
La subsistencia exige trabajos tan arduos que con frecuencia es
necesario que, en Norteamérica, el hombre, imagen de Dios, ande cinco o seis
leguas para comer, y en nuestras latitudes es preciso que todo el año riegue la
tierra con sus sudores para conseguir tener pan. Añadid al pan o su
equivalente, una casucha y un mal vestido, y tendréis lo que es el hombre en
general desde un extremo a otro del orbe, y para eso han tenido que transcurrir
muchísimos siglos.
Con el fluir de los siglos, la civilización llegó al estado en que la
encontramos. En nuestro país se representa una tragedia con música, en otro, se
entabla un combate naval en el que se disparan cañones de bronce. La ópera y
las fragatas de guerra asombran siempre mi imaginación, y dudo que pueda irse
más allá en ninguno de los globos esparcidos en el universo. No obstante, más
de la mitad del planeta está poblado de animales bípedos que viven en estado
próximo al de pura naturaleza, no saben más que comer y vestirse, apenas gozan
del don de la palabra, ignoran que son desgraciados, y viven y mueren sin
saberlo.
I
IDEA. Es la imagen que aparece en nuestro cerebro, y por
tanto todos nuestros pensamientos son imágenes porque incluso las ideas más
abstractas son reflejo de los objetos que percibimos. Pronuncio la palabra ser
hablando en general, porque he conocido seres particulares. Pronuncio la
palabra infinito porque he visto los límites y los restrinjo lo que puedo en mi
entendimiento; concibo ideas porque tengo imágenes en el cerebro.
¿Quién es el pintor de esas imágenes? Yo no, que soy un pésimo
dibujante; el que me creó es quien me dio las ideas. ¿Cómo sabemos que nosotros
no nos proporcionamos las ideas? Porque las ideas las concebimos a menudo
contra nuestra voluntad en tiempo de vigilia, y siempre en contra de nuestra
voluntad cuando soñamos durmiendo. ¿Estáis convencidos de que las ideas no nos
pertenecen, como tampoco nos pertenece el pelo que crece, se encanece y cae sin
intervención nuestra? Es evidente que con el pelo lo que podemos hacer es
rizarlo, cortarlo, empolvarlo, pero no podemos hacer que nazca, lo mismo que
las ideas.
Entonces, ¿seréis de la opinión de Malebranche, que decía que lo vemos
todo en Dios? Estoy seguro de que, si no vemos todas las cosas en el mismo
Dios, las vemos mediante su acción omnipotente y omnipresente. No me preguntéis
cómo se realiza esta acción, porque os he dicho múltiples veces que no lo sé y
Dios no comunicó este secreto a nadie. Ignoro qué hace latir mi corazón,
circular la sangre por las venas; ignoro cuál es el principio de todos mis
movimientos, y tampoco puedo deciros por qué siento y por qué pienso.
Tampoco sé si la facultad de tener ideas es inherente a la extensión.
Tatien, en el discurso que dirigió a los griegos, dice que el alma se compone
de cuerpo. Ireneo, en el capítulo 62 del segundo libro, dice que d Señor nos ha
enseñado que nuestras almas tienen la figura de nuestro cuerpo para conservar
la memoria. Tertuliano asegura, en su segundo libro del Alma, que ella es
corporal, y Arnobio, Lactancio, Hilario, Gregorio de Nicea y Ambrosio, son de
la misma opinión. Otros padres de la Iglesia aseguran que el alma carece de
extensión, y en esto son del parecer de Platón. Yo no me decido por ninguna de
esas opiniones; para mí son incomprensibles uno y otro sistema, y después de
estudiar esta materia toda mi vida estoy tan in albis como el primer día. Por
lo que no valía la pena haberla estudiado. No cabe duda de que quien goza sabe
más que aquel que reflexiona y por lo menos es más feliz, pero no ha dependido
de mí admitir o rechazar en el cerebro todas las ideas que se presentan y
combaten unas con otras y han tomado mis células medulares por campo de
Agramante. Después de su combate, sólo he recogido por despojos la
incertidumbre.
Es penoso tener muchas ideas y no conocer su naturaleza, pero es más
penoso y necio todavía creer saber lo que no sabemos.
Si es cierto que concebimos las ideas por medio de los sentidos, ¿por
qué la Sorbona, que siguió durante mucho tiempo esta doctrina de Aristóteles,
la condena con tanta virulencia en Helvetius? Por la sencilla razón de que la
Sorbona se compone de teólogos.
ÍDOLO, IDÓLATRA, IDOLATRÍA. Estos
vocablos, derivados del griego, significan representación de una figura,
servir, reverenciar, adorar. La voz adorar es de origen latino y tiene
acepciones diferentes: llevar la mano a la boca cuando nos santiguamos, hacer
reverencias, ponerse de rodillas, rendir un culto supremo… Siempre los
equívocos.
Es de advertir que el Diccionario de Trévoux inicia el artículo de este
título diciendo que todos los paganos eran idólatras y los hindúes lo son
todavía. Ahora bien en primer lugar, a nadie se llamó pagano antes de la época
de Teodosio el Joven, y así llamaron entonces a los habitantes de las
localidades o aldeas de Italia que conservaron su antigua religión. En segundo
lugar, el Indostán es mahometano y los mahometanos son enemigos implacables de
las imágenes y de la idolatría. En tercer lugar, tampoco se puede llamar
idólatras a muchos pueblos de la India que pertenecen a la antigua religión de
los parsis, ni a determinadas castas que no reverencian ningún ídolo.
Acerca de si hubo alguna vez un gobierno idólatra, debemos objetar que
ningún pueblo del mundo tomó el nombre de idólatra porque ese adjetivo es
injurioso, como el remoquete de gabacho que los españoles aplicaron antaño a
los franceses y el de marranos que éstos aplicaron a aquéllos. Si hubieran
preguntado al Senado de Roma, al Areópago de Atenas, o a la corte de los reyes
de Persia: «¿Sois idólatras?», no hubieran entendido la pregunta y nadie
hubiera contestado: «Adoramos imágenes, adoramos ídolos». Las palabras idólatra
e idolatría no se encuentran en Homero, Hesíodo, Herodoto, ni en ningún autor
de la religión pagana. Nunca se promulgó ningún edicto, ninguna ley, que
ordenara que se adorase a los ídolos, les sirvieran y les considerasen como
dioses.
Cuando los caudillos romanos y cartagineses celebraban tratados ponían
por testigos a sus dioses y decían que en presencia de ellos juraban la paz.
Pero las estatuas de los dioses, cuya enumeración sería muy larga, no estaban
en las tiendas de los caudillos. Estos simulaban que los dioses presenciaban
los actos de los hombres como testigos y jueces, pero no es el simulacro lo que
constituía la divinidad.
¿Cómo consideraban, pues, en los templos las estatuas de sus falsos
dioses? Las consideraban, si se nos permite expresarlo así, como los católicos
consideran las imágenes que veneran. El error de los paganos no consistió en
adorar una talla de madera o de mármol, sino en adorar la falsa divinidad
representada por esas imágenes. La diferencia entre ellos y nosotros no
consiste en que ellos tuvieran imágenes y los católicos no las tuvieran en
determinada época; la diferencia radica en que sus imágenes representan seres
fantásticos de una religión falsa y las imágenes nuestras simbolizan seres
reales de la verdadera religión. Los griegos erigieron una estatua a Hércules y
nosotros la hemos erigido a san Cristóbal; ellos tuvieron a Esculapio y su
cabra y nosotros a san Roque y su perro; ellos reconocieron a Marte con su
lanza, y nosotros a san Antonio de Padua y a Santiago de Compostela.
Cuando el cónsul Plinio dirige sus súplicas a los dioses inmortales en
el exordio del Panegírico de Trajano, no las dirige a las imágenes porque éstas
no eran inmortales.
Ni en los últimos tiempos del paganismo, ni en los primeros, se
encuentra un solo hecho del que podamos colegir que adoraron ídolos. Homero
sólo habla de los dioses que moraban en la cumbre del Olimpo. El palladium, que
descendió del cielo, sólo fue una garantía sagrada de la protección que les
otorgaba Palas Atenea, y en el palladium veneraban a dicha diosa.
Los romanos y los griegos se prosternaban ante sus estatuas, les ceñían
coronas, las perfumaban con incienso y con flores y las paseaban
procesionalmente por las plazas públicas; nosotros hemos santificado esas
costumbres y no por eso somos idólatras. Las mujeres, en época de sequía,
llevaban las estatuas de los dioses tras haber ayunado, caminaban descalzas y
desmelenadas, y en seguida llovía a cántaros, statim urceatim pluebat, como
dice Petronio. ¿No hemos consagrado esa costumbre, tildada de ilegítima entre
los gentiles y considerada legítima entre nosotros? ¿No hemos visto en muchas
ciudades llevar procesionalmente con los pies descalzos reliquias de santos,
para obtener por intercesión de éstos las bendiciones del cielo? Si un turco o
un hombre de letras chino presenciaran semejantes ceremonias, podrían por
ignorancia acusarnos de tener fe en los simulacros que paseamos en las
procesiones.
Examen de la idolatría antigua. En la época de Carlos 1, declararon en Inglaterra que era idólatra la
religión católica. Los presbiterianos están convencidos de que los católicos
adoran un pan que comen y figuras que son obra de los escultores y pintores. Lo
que parte de Europa reprocha a los católicos, éstos lo censuran a los paganos.
Sorprende el ingente número de acusaciones que en todos los tiempos han
fulminado contra la idolatría de los griegos y romanos, y esta sorpresa crece
de punto cuando nos convencemos de que no fueron idólatras.
Tenían unos templos más privilegiados que otros: la Diana de Éfeso
gozaba de mayor reputación que cualquier Diana de aldea. En el templo de
Esculapio se obraban más milagros en Epidauro que en ningún otro de los templos
de éste. La estatua de Zeus Olímpico atraía más ofrendas que la de Zeus de
Paflagonia (Asia Menor). Mas como estamos obligados aquí a oponer las
costumbres de la religión verdadera a las de una religión falsa, ¿por qué
después de transcurrir tantos siglos tenemos más devoción a unos altares que a
otros? ¿No llevamos más ofrendas a Nuestra Señora de Loreto que a Nuestra
Señora de las Nieves? La multiplicidad de imágenes de la misma persona prueba
que no son esas imágenes lo que adoramos, sino que rendimos culto a la persona
que representan, pues no es posible que cada imagen represente un ser distinto.
Existen infinidad de imágenes de san Francisco que no se le parecen, ni se
parecen unas a otras, y todas ellas simbolizan a un solo san Francisco, al que
invocan en el día de su fiesta los devotos del santo.
Los griegos idearon una Diana, un Apolo y un Esculapio, y no tantos
Apolos, Dianas y Esculapios como tenían en estatuas y en templos. Está
demostrado cuanto permite demostrar un punto de historia, que los antiguos no
creían que una estatua fuera una divinidad y que el culto no se tributaba a la
estatua, ni al ídolo; por consiguiente, los antiguos no eran idólatras. No
basta ese pretexto para que nos acusen de idolatría.
El populacho garbancero y supersticioso que no sabía razonar, dudar,
negar, ni creer, que acudía al templo por estar ocioso y porque en él son
pariguales los humildes y los grandes, que presentaba ofrendas por costumbre,
que hablaba continuamente de milagros sin examinar ninguno, ese populacho,
digo, pudo muy bien ante la Diana de Éfeso o el Júpiter tonante, sobrecogido de
temor religioso, adorar esas estatuas. Tal ocurre a veces en nuestras iglesias
a los incultos aldeanos, a pesar de haberles enseñado que deben pedir su
intercesión a los bienaventurados y los santos, no a las estatuas de madera o
de piedra.
Los griegos y romanos aumentaron el número de sus dioses por medio de
las apoteosis. Los griegos divinizaron a los conquistadores, como por ejemplo a
Baco, Hércules y Perseo. Roma erigió altares a sus emperadores. Nuestras
apoteosis son de distinta clase: tenemos más santos que ellos dioses
secundarios. Pero no han pasado al santoral por su alta posición, ni por sus
conquistas, y elevamos a los altares a hombres sencillamente virtuosos que
desconocería el mundo si no ocuparan un sitio en el cielo. La adulación servía
de pase para las apoteosis de los antiguos; las nuestras se fundamentan en la
virtud.
Cicerón, en sus obras de filosofía, ni siquiera deja vislumbrar que los
romanos confundieran las estatuas de los dioses con los dioses mismos sus
interlocutores atacan la religión establecida, pero ninguno de ellos acusa a
los romanos de creer que el mármol y el bronce son divinidades. Lucrecio no
reprocha a nadie esa paparrucha y le place atacar a los supersticiosos. Esos
dos autores prueban que los antiguos no fueron idólatras.
Horacio hace decir a una estatua de Príapo: «En otro tiempo fui un
tronco de higuera, y un carpintero, dudando si hacer de mí un dios o un banco,
se decidió por fin hacerme dios» (Sátira VIII del libro I). ¿Qué debemos
deducir de esta chirigota? Que Príapo era una divinidad secundaria, objeto de
burla por los guasones; es más, esa chirigota prueba que no reverenciaban la
figura de Príapo, que ponían en las huertas como espantapájaros.
Dacier, ingenioso comentarista, refiere que Baruc predijo esa aventura
cuando dijo que el destino de los dioses «será el que los artesanos quieran que
sea», pero podía haber observado también que lo mismo se puede decir de todas
las imágenes divinizadas. ¿Tuvo Baruc una premonición de las sátiras de
Horacio? De un bloque de mármol lo mismo se puede hacer una pila bautismal que
una estatua de Alejandro o de Júpiter. La materia de que estaban formados los
querubines del Santo de los santos hubiera podido servir también para las
funciones más viles. ¿Se reverencia menos el trono y el altar porque el
artesano hubiera podido hacer con esa madera una mesa de cocina?
Dacier, en vez de afirmar que los romanos adoraban la estatua de Príapo,
que Baruc predijo, debía haber dicho que los romanos se burlaban de ella.
Consultad todos los autores que hablan de las estatuas de sus dioses y veréis
que ninguno habla de idolatría, sino en sentido contrario. Marcial dice: «Los
dioses no los hacen los artesanos, sino quienes les rezan». Ovidio afirma: «En
la imagen de Dios, sólo a Dios se adora». Estacio escribe: «Los dioses no están
encerrados en ningún arca, habitan en nuestros corazones». Lucano comenta: «El
universo es la morada y el imperio de Dios». Podríamos añadir una larga serie
de citas de autores romanos que declaran que las imágenes sólo se consideraban
como lo que eran: imágenes.
Sólo en los casos que las estatuas pronunciaban oráculos pudo creerse
que encerraban algo de divino, pero la opinión dominante entonces era que los
dioses habían elegido determinados altares, ciertos simulacros para residir en
ellos algunas veces, dar audiencia a los mortales y contestarles. Sólo se
encuentran en Homero y en los coros de la tragedia griega plegarias dirigidas a
Apolo, que pronuncia sus oráculos en las montañas en tal templo o en tal
ciudad, pero no hay en toda la Antigüedad el menor indicio de un rezo dirigido
a una estatua. Es posible que creyeran que la divinidad prefiriera algunos
templos y algunas imágenes, igual que se creyó que sentía predilección por
algunos hombres; también tenemos nosotros muchas imágenes milagrosas. Y si
nosotros no somos idólatras ¿qué derecho tenemos para decir que los antiguos lo
fueran?
Los que profesaban la magia, creyendo que era una ciencia o fingiendo
que lo creían, alardeaban de poseer el secreto para hacer descender a los
dioses del cielo y meterse dentro de las estatuas, pero no a los dioses
mayores, sino a los dioses secundarios y a los genios. Esto es lo que Mercurio
Trismegista llamaba hacer dioses, y lo que san Agustín refuta en su Ciudad de
Dios. Pero esto nos demuestra que los simulacros no tenían nada de divino
porque necesitaban que un mago les diera vida, y me parece que ocurriría raras
veces que el mago fuera lo bastante hábil como para insuflar alma a una estatua
y hacerla hablar.
En suma, las imágenes de los dioses no eran dioses. Júpiter, no su
imagen, lanzaba el rayo, la estatua de Neptuno no agitaba los mares, ni la de
Apolo concedía la luz. Los griegos y romanos eran gentiles y politeístas, pero
no idólatras. Les lanzábamos esta injuria cuando no teníamos estatuas ni
templos, y hemos continuado injuriándoles cuando nos hemos servido de la
pintura y la escultura para honrar nuestras verdades, como ellos se sirvieron
de los artistas de la pintura y de los escultores para honrar sus errores.
Los persas, sabeos, egipcios, tártaros y turcos no han sido idólatras.
Origen de los simulacros denominados ídolos. Historia de su culto. Yerran quienes llaman idólatras a los pueblos que rindieron culto al sol
y a las estrellas. Esas naciones carecieron mucho tiempo de simulacros y de
templos, y sólo se equivocaron en tributar a los astros el culto que debían al
que los creó. Además, el dogma de Zoroastro, recogido en el Sadder, enseña que
existe un Ser Supremo vengador y remunerador, y esta enseñanza está muy lejos
de la idolatría. China no conoció nunca los ídolos y profesó siempre el culto
sencillo del señor del cielo Kingtien. Entre los tártaros, Gengis Kan no era
idólatra, ni tenía ningún simulacro. Los musulmanes afincados en Grecia, Asia
Menor, Siria, Persia, India y Africa, llaman a los cristianos idólatras,
giarus, porque creen que rinden culto a las imágenes; por eso destrozaron
muchas estatuas que encontraron en Constantinopla, en las iglesias de Santa
Sofía, de los Santos Apóstoles y en otras, que convirtieron en mezquitas. Les
engañó la apariencia que ofusca con frecuencia a los hombres haciéndoles creer
que las iglesias dedicadas a santos que fueron hombres, las imágenes de esos
santos que adoraban de rodillas y los milagros que obraban en esos templos eran
pruebas fehacientes de idolatría; sin embargo, no lo son. Los cristianos adoran
un Dios único y reverencian en los bienaventurados la virtud de Dios, que obra
por medio de los santos. Los iconoclastas y los protestantes también acusan de
idolatría a la Iglesia católica y siempre se les da igual contestación.
Como el hombre rara vez tiene ideas exactas y tampoco las expresa con
exactitud, llamamos idólatras a los gentiles, sobre todo politeístas. Muchos
volúmenes se han escrito para sostener opiniones diferentes respecto al origen
del culto tributado a Dios o a muchos dioses antropomórficos, multitud de
libros y opiniones que sólo prueban que lo ignoramos. ¡No sabemos quién inventó
el traje y el calzado y queremos saber quién inventó los ídolos! Nada nos
revela un pasaje de Sanchoniathon, que vivía antes de la guerra de Troya, nada
nos enseña cuando dice que el caos, el espíritu, el soplo, enamorado de sus
principios, sacó de ellos el limo, hizo el aire luminoso, y el viento Colp y su
esposa Bau engendraron a Eón, y Eón engendró a Genos, y que Cronos, descendiente
de éste, tenía dos ojos detrás y dos delante, se convirtió en dios y dio el
Egipto a su hijo Thaut. He aquí uno de los más respetables monumentos de la
Antigüedad.
Orfeo sólo nos enseña en su Teogonía lo que Damascio nos ha conservado.
Orfeo representa el principio del mundo bajo la figura de un dragón bicéfalo;
una cabeza de toro y otra de león con el rostro en medio de ellas y alas
doradas en la espalda. De esas fantasías tan extravagantes podemos colegir dos
grandes verdades: que las imágenes sensibles y los jeroglíficos se conocen
desde la más remota Antigüedad, y que los antiguos filósofos reconocieron un
primer principio.
Tocante al politeísmo, el sentido común nos hace comprender que desde
que existieron hombres, o sea animales débiles, capaces de raciocinio y de
locura, sujetos a muchos accidentes, a las enfermedades y a la muerte,
conocieron su debilidad y su dependencia, y reconocieron fácilmente que hay
algo más poderoso que ellos; barruntaron que existe una fuerza en la tierra que
produce los alimentos, una fuerza en el aire que con frecuencia los destruye,
una fuerza en el fuego que consume, y una fuerza en el agua que anega. ¿No es
natural en hombres ignorantes imaginar que existen seres que presiden los
elementos? ¿No es natural que reverenciaran la fuerza invisible que hacía
brillar a sus ojos el sol y las estrellas? Cuando trataron de formarse una idea
de esas potencias superiores al hombre, ¿no era natural que las representaran
de manera sensible?, ¿podían hacerlo de otra forma? La religión hebraica, que
precedió a la nuestra e inspiró el mismo Dios, estaba cuajada de esas imágenes
que la simbolizan. Yahvé se digna hablar dentro de una zarza el lenguaje humano
y aparece sobre una montaña: los espíritus celestes que El envía descienden
también en forma humana, y el santuario está lleno de querubines, con cuerpo de
hombre, alas y cabeza de animal. Esto dio lugar al error de Plutarco, Tácito y
otros, de reprochar a los judíos que adorasen una cabeza de asno. Dios, pese a
haber prohibido pintar y esculpir su imagen, se dignó ponerse a nivel de la
debilidad humana, que deseaba hablaran a sus sentidos por medio de imágenes.
Isaías, en el capítulo VI, ve al Señor sentado en un trono y la parte
baja de su manto llena el templo. El Señor extiende la mano y toca la boca de
Jeremías, en el capítulo I de ese profeta. Ezequiel ve aparecérsele en un trono
de zafiro, en el que Yahvé está sentado como un hombre. Estas imágenes no
alteran la pureza de la religión hebraica, que no empleó nunca estatuas,
cuadros ni ídolos para representar a Dios a los ojos del pueblo.
Los hombres de letras de China, los parsis y los antiguos egipcios no
tuvieron ídolos, pero simbolizaron muy pronto a Isis y a Osiris; en Babilonia,
Bel no tardó en ser un gran coloso, y Brahma un monstruo caprichoso en la
península de la India. Los griegos multiplicaron los nombres de los dioses, las
estatuas y los templos, pero siempre atribuyeron el poder supremo a Zeus, que
los latinos llaman Júpiter, señor de los dioses en el cielo, sin saber qué
entendían por cielo (1).
(1) Véase Cielo de los antiguos.
Los romanos tuvieron doce dioses superiores, seis varones y seis
hembras, que llamaban Dii majores gentium: Júpiter, Neptuno, Apolo, Vulcano,
Marte, Mercurio, Juno, Vesta, Minerva, Ceres, Venus y Diana. Se olvidaron
entonces de Plutón y Vesta ocupó su sitio. Tenían luego dioses inferiores,
minores gentium, semidioses y héroes como Baco, Hércules y Esculapio, dioses
infernales como Plutón y Proserpina, dioses del mar como Tetis, Anfitrite, las
Nereidas y Glaucus; además, tenían las Dríadas, las Náyades, los dioses de los
jardines y de los pastores; tenían dioses para cada profesión, cada función de
la vida, para los niños, las jóvenes núbiles, las casadas, las parturientas,
incluso tuvieron el dios Pedo. Divinizaron a los emperadores, pero ni éstos, ni
el dios Pedo, ni la diosa Pertunda, ni Príapo, ni Rumilia, que era la diosa de
las mamas, ni Estercutio, que era el dios de la guardarropa, eran considerados
como señores del cielo y de la tierra. Algunas veces erigieron templos a los
emperadores, pero nunca a los dioses penates; sin embargo, unos y otros
tuvieron su representación en estatuas o ídolos.
Había los dioses lares que servían de solaz a las viejas y niños y no
estaban autorizados para recibir culto público. Dejaban en libertad a cada
individuo para tener la superstición que quisiera. Todavía se han encontrado
algunos de esos dioses lares en las ruinas de las ciudades antiguas.
Aunque no sabemos con exactitud cuándo empezaron a conocerse 108 ídolos,
sabemos que datan de la más remota Antigüedad. Taré, padre de Abrahán,
construía ídolos en Ur (Caldea). Raquel robó y se llevó los ídolos de su suegro
Labán. Es cuanto sabemos de más antiguo respecto a este punto.
¿Qué noción tenían las antiguas naciones de esos simulacros, qué virtud
y qué poder les atribuían? ¿Creían que los dioses descendían del cielo para
meterse en las estatuas y comunicarles una parte del espíritu divino, o que no
se la comunicaban? Acerca de esta cuestión se ha escrito mucho, pero en vano,
porque cada hombre la juzga según el grado de su razón, su credulidad o su
fanatismo. Lo indudable es que los sacerdotes atribuían el mayor grado de
divinidad posible a las estatuas para atraerse más ofrendas. Todos sabemos que
los filósofos reprobaban esas supersticiones, que los mílites se burlaban de
ellas, que los magistrados las toleraban y que el pueblo no sabía qué pensar.
Esta es, en suma, la historia de todas las naciones a las que Dios no se dignó
darse a conocer.
Igual podemos decir de la idea del culto que en todo Egipto se rendía a
un buey, que muchas ciudades tributaban a un perro, un mono, un gato o a las
cebollas. Hay motivos para creer que al principio esos objetos fueron emblemas,
y que luego adoraran al buey Apis y al perro Anubis: comían siempre buey y
cebollas. Pero es difícil averiguar qué idea tuvieron las ancianas de Egipto de
las cebollas sagradas y de los bueyes.
Algunas veces, los ídolos hablaban. En Roma, el día de la fiesta de
Cibeles cuando la trasladaron desde el palacio del rey Atala, dicha estatua
dijo: «Quise que me trasladaran sin pérdida de tiempo. Roma merece que todos
los dioses se establezcan en dicha capital». La estatua de la diosa Fortuna
también habló. Los Escipiones, Cicerón y César no lo creían, pero la vieja a la
que Eucolpe dio un sestercio para que comprara dioses y gansos (1), pudo muy
bien creerlo. Los ídolos pronunciaban también oráculos, y los sacerdotes,
escondidos en el hueco de las estatuas, hablaban en nombre de la divinidad.
(1) Petronio, cap. CXXXVII.
¿Cómo es que las naciones antiguas, que tenían muchos dioses, teogonías
distintas y cultos particulares, jamás promovieron guerras religiosas? La paz
que gozaron fue un bien que nació de un mal, de un error porque cada nación,
como reconocía muchos dioses inferiores, le parecía bien que los demás pueblos
tuvieran los suyos. A excepción de Cambises que mató al buey Apis no
encontramos en la historia profana ningún conquistador que ofendiera a los
dioses de los pueblos vencidos. Los gentiles no reconocieron religión exclusiva
y los sacerdotes sólo pensaban en acrecentar las ofrendas y los sacrificios.
Las primeras ofrendas consistieron en frutos, pero pronto fue preciso
sacrificar animales para que los comieran los sacerdotes, y ellos mismos los
degollaban haciendo de carniceros; finalmente, introdujeron la inhumana
costumbre de inmolar personas, sobre todo niños y doncellas. Nunca los chinos,
ni los parsis, ni los hindúes, cometieron semejantes atrocidades, pero en
Hierópolis (Egipto), según Porfiro, sacrificaban hombres.
En la Táurida inmolaban a los extranjeros; por fortuna, los sacerdotes
de Táurida rara vez podían realizar esos sacrificios. Los primitivos griegos,
los fenicios, tirios y cartaginenses participaron de esta abominable
superstición. Incluso los romanos perpetraron ese crimen de religión. Plutarco
refiere que inmolaron dos griegos y dos galos para expiar los devaneos de tres
vestales. Procopio, que fue coetáneo de Teodoberto, rey de los francos, dice
que éstos inmolaron varios hombres cuando irrumpieron en Italia con dicho
príncipe. Los galos y los germanos realizaban también tan horribles
sacrificios. No se puede leer la historia sin sentir horror hacia el género
humano.
Entre los judíos, Jefté sacrificó a su hija, y Saúl se preparaba para
inmolar 8 SU hijo. Cierto es que a quienes condenaba el Señor por anatema no
podían rescatarse y era indispensable que perecieran. En otra parte nos
ocuparemos de las víctimas humanas que sacrificaban todas las religiones (2).
(2) Véase el artículo Jefté.
Para consolar al género humano de los horrores que acabamos de esbozar
diremos que en casi todas las naciones llamadas idólatras existieron la
teología sagrada y el error popular, el culto secreto y las ceremonias
públicas, la religión de los sabios y la del vulgo. Enseñaban la existencia de
un solo dios a los iniciados en los misterios; para convencerse, basta leer el
himno atribuido al antiguo Orfeo, que se cantaba en los misterios de Ceres
Eleusina, célebre en Europa y Asia, que reza así: «Contempla la naturaleza
divina, ilumina tu espíritu, dirige tu corazón, anda por el camino de la
justicia, que el dios del cielo y de la tierra esté siempre delante de tus
ojos: es único, existe por sí mismo, todos los seres reciben de él la
existencia, los sostiene a todos, jamás le vieron los mortales, y él lo ve
todo».
Léase, además, este pasaje del filósofo Máximo de Madaura: a¿Qué hombre
es bastante ignorante y estúpido para dudar que existe un Dios Supremo, eterno,
infinito, que no engendró nada semejante a El, y que es el padre común de
todo?» Hay otros muchos testimonios de que los sabios, no sólo aborrecen la
idolatría, sino también el politeísmo.
Epicteto, modelo de resignación y paciencia, hombre superior nacido en
humildísima cuna, habla siempre de un solo Dios: «Dios me creó Dios está dentro
de mí y lo llevo a todas partes. ¿Debo mancharlo con pensamientos obscenos, con
actos injustos, con infames deseos? Mi deber consiste en dar gracias a Dios por
todo, en alabarle por todo y en no dejar de bendecirle hasta que cese de
vivir». ¿Puede llamarse idólatra a Epicteto?
Marco Aurelio, que acaso fue tan grande sentado en el trono del Imperio
romano, como Epicteto sumido en la esclavitud, si bien habla con frecuencia de
los dioses —ya para conformarse con el lenguaje admitido ya para expresar los
seres intermediarios entre Ser Supremo y los hombres—, en muchas partes nos da
a entender que reconoce la existencia de un Dios eterno e infinito. «Nuestra
alma —dice— es una emanación de la Divinidad; mis hijos, mi cuerpo y mi
espíritu, provienen de Dios.»
Los estoicos y los platónicos admitían una naturaleza divina y
universal; los epicúreos la negaban. Los pontífices hablaban de un Dios único
en los misterios. ¿Quiénes eran, pues, idólatras?
El Diccionario de Morelli incurre en el error de decir que desde el
tiempo de Teodosio el Joven sólo quedaron idólatras en los países más atrasados
de Asia y Africa. Quedaron en Italia muchos pueblos que permanecieron siendo
gentiles hasta el siglo VII. El norte de Alemania, desde el Veser, no era
cristiano desde los tiempos de Carlomagno. Polonia y todo el Septentrión
continuaron mucho tiempo después del mencionado emperador profesando lo que se
llama idolatría. La mitad de Africa, todos los países de más allá del Ganges,
Japón, el populacho de China y muchas hordas de tártaros, han conservado su
antiguo culto. En Europa sólo algunos lapones, samoyedos y tártaros, han
perseverado en la religión de sus antepasados.
En la época que conocemos por la Edad Media llamábamos al país de los
mahometanos la Paganía, y tildábamos de idólatras, adoradores de imágenes, a un
pueblo que tenía horror a éstas. Confesemos también que tienen motivo los
turcos para creer que somos idólatras cuando contemplan nuestros altares
cargados de imágenes y estatuas.
Un gentilhombre del príncipe Ragotski me contó bajo palabra de honor
que, en un café de Constantinopla, la dueña del establecimiento mandó que no le
sirvieran porque creyó que era idólatra. Pero como era afecto al credo
protestante, juró y perjuró que no adoraba la hostia ni las imágenes. «Si eso
es cierto —contestó la dueña—, venid al café todos los días y mandaré que os
sirvan gratis.»
IGLESIA. Compendio de la historia de la Iglesia cristiana. No pretendemos sondear las profundidades de la teología, guárdenos Dios
de ello. Nos satisface tener humilde fe y nos limitaremos solamente a referir.
En los primeros años que siguieron a la muerte de Cristo, Dios y hombre,
el pueblo hebreo contaba con nueve escuelas o, lo que es igual, nueve
comunidades religiosas. Componían estas comunidades los fariseos, saduceos,
esenios, judaítas, terapeutas, herodianos, recabitas, los discípulos de Juan y
los discípulos de Jesús, que se llamaban los hermanos, galileos o fieles, que
en Antioquía tomaron el nombre de cristianos el año 60 de nuestra era, y que
Dios guiaba secretamente por caminos desconocidos para los hombres.
Los fariseos creían en la metempsicosis y los saduceos negaban la
inmortalidad del alma y la existencia de los espíritus; sin embargo,
permanecían fieles al Pentateuco. Plinio el naturalista llama a los esenios
gens aeterna in qua nemo nascitur (familia eterna en la que nadie nace, por
cuanto los esenios se casaban rara vez). Esta definición se aplicó más tarde a
los cenobitas.
Es difícil averiguar si Flavio Josefo se refiere a los esenios o a los
judaítas, cuando dice: «No hacen caso de las desgracias del mundo; con su
constancia triunfan del tormento, y prefieren la muerte a la vida cuando
reciben aquélla por un motivo honroso. Resisten al hierro y al fuego, y
consienten que les quiebren los huesos antes que proferir la menor palabra
contra su legislador y que comer alimentos prohibidos». Al parecer, ese retrato
debe ser de los judaítas, no de los esenios, si nos fijamos en estas palabras
de Josefo: «Judas fue el fundador de una nueva secta, distinta de los saduceos,
fariseos y esenios. Los que pertenecen a ella son judíos de nación, viven
juntos y consideran como un vicio la voluptuosidad». El sentido lógico de esta
frase hace creer que el autor se refiere a los judaítas. Sea como fuere, éstos
fueron antes que los discípulos de Cristo empezaran a formar una comunidad
considerable en el mundo. Hay quienes los creen herejes y que adoraban a Judas
Iscariote.
Los terapeutas constituían una secta diferente de los esenios y de los
judaítas, y se asemejaban a los gimnosofistas de las Indias y a los brahmanes.
«Se extasían —dice Filón— en arrebatos de amor celeste que les proporciona el
entusiasmo de las bacantes y coribantes y los sume en el estado de
contemplación que desean. Esta secta nació en Alejandría, donde pululaban los
judíos, y se extendió mucho por Egipto.»
Los recabitas todavía subsisten (1). Se abstenían de beber vino y puede
que de esta secta se aprovechara Mahoma para prohibir el vino a los musulmanes.
(1) Los recabitas datan de muy antiguo. Descienden de Jonadab, hijo de
Rechab y amigo de Jehu, y hacían voto de vivir en tiendas como los nómadas.
Cuando la invasión de Nabucodonosor se refugiaron en Jerusalén.
Los herodianos creían que Herodes, primero de este nombre, era un
mesías, un enviado de Dios, porque reedificó el templo, y consta que los
hebreos celebraban su fiesta en Roma en la época de Nerón. Los discípulos de
Juan Bautista se extendieron por Egipto, pero mucho más por Siria, Arabia y el
golfo Pérsico. Actualmente les llaman cristianos de san Juan, y los hubo en el
Asia Menor. Los Hechos de los Apóstoles refieren que Pablo, encontrando muchos
de esos cristianos en Éfeso, les preguntó: «¿Habéis recibido el Espíritu
Santo?» Y le respondieron: «Ni siquiera hemos oído que exista un Espíritu
Santo». Pablo les replicó: «¿Qué bautismo habéis recibido, pues?» Y le
contestaron: «El bautismo de Juan».
Con todo, los cristianos, como todo el mundo sabe, pusieron los
cimientos de la única religión verdadera. Quien más contribuyó a consolidar
esta comunidad naciente fue el mismo Pablo que con el mayor encono la había
perseguido. Pablo, natural de Tarsis, fue educado por el famoso doctor fariseo
Gamaliel, discípulo de Hillel. Los judíos aseguran que riñó con Gamaliel porque
éste se negó a que enmaridara con su hija. Se traslucen indicios de esta
anécdota en los Hechos de Santa Tecla, en cuyo texto se dice que tenía la
frente ancha, la cabeza calva, las cejas juntas, la nariz aguileña, la talla
corta y gruesa y las piernas torcidas. Luciano, en su Diálogo de Filopatris,
hace un retrato parecido. Se ha puesto en duda que fuera ciudadano romano, dado
que en aquella época no se concedía ese título a los judíos, que Tiberio
expulsó de Roma, y Tarsis no fue colonia romana como hace constar Celario en su
Geografía, libro III, y Grotio en su Comentario de los Hechos.
Dios, que descendió al mundo para presentar el ejemplo de la humildad y
la pobreza, dio a su Iglesia los más débiles principios y la dirigió en el
estado de humillación en que El se dignó nacer. Todos los paleocristianos eran
hombres desconocidos que se ganaban la vida con el trabajo de sus manos. Pablo
se dedicaba a hacer tiendas de campaña. La asamblea de los fieles se reunía en
Joppe, en casa de un curtidor llamado Simón, según consta en el capítulo IX de
los Hechos de los Apóstoles.
Los fieles se esparcieron secretamente por Grecia y de allí algunos
fueron a Roma, a vivir entre los judíos, a quienes los romanos permitieron
tener una sinagoga. Al principio no se separaron de los judíos y al igual que
éstos siguieron la práctica de la circuncisión. Los quince primerísimos obispos
secretos que hubo en Jerusalén fueron circuncidados o por lo menos,
pertenecieron a la nación judía.
Cuando Pablo se llevó a Timoteo, hijo de padre gentil, le circuncidó él
mismo en Listre. Tito, que era otro discípulo de Pablo, no quiso someterse a la
circuncisión. Los hermanos discípulos de Jesús permanecieron unidos a los
judíos hasta la época en que Pablo fue perseguido en Jerusalén por introducir
extranjeros en el templo. Los judíos le acusaron de querer destruir la ley
mosaica que dictó Jesucristo. Para invalidar esta acusación, el apóstol
Santiago le propuso que se hiciera rapar la cabeza y fuera a purificarse en el
templo con cuatro judíos que habían hecho voto de raparse. «Buscadlos —dice
Santiago en los Hechos de los Apóstoles—, purificaos con ellos y que todo el
mundo sepa la falsedad que os atribuyen y que continuáis observando la ley de
Moisés.» De este modo, Pablo, siendo ya cristiano, se judaiza para que el mundo
sepa que le calumnian al decir que no observa la ley mosaica. También le
acusaron de impiedad y herejía, y el proceso criminal incoado contra él duró
mucho tiempo, pero se ve con claridad, hasta en las acusaciones, que fue a
Jerusalén para observar los ritos judaicos. Dice a Festas estas palabras: «No
he pecado contra la ley judía, ni contra el templo».
Los apóstoles anunciaban a Jesucristo como un hombre justo indignamente
perseguido, como un profeta, como un hijo de Dios enviado a los judíos para
reformar sus costumbres. «La circuncisión es útil —dice Pablo en su epístola a
los romanos— si observáis la ley, pero si la infringís vuestra circuncisión se
convierte en prepucio. Si un incircunciso cumple la ley se debe considerar
circuncidado. El verdadero judío lo es interiormente.»
Cuando Pablo habla de Jesucristo en sus Epístolas no revela el misterio
inefable de su consustancialidad con Dios: «Nos libró de la ira de Dios. El don
de Dios se ha infundido entre nosotros por la gracia concedida a un solo
hombre, Jesucristo. La muerte reina por el pecado de un 8010 hombre, y los
justos reinarán en la vida por un solo hombre, que es Jesucristo. Nosotros
somos los herederos de Dios y los coherederos de Cristo. Todo está sujeto,
salvo Dios, que ha sujetado todas las cosas».
La sabiduría de los apóstoles fundó la Iglesia naciente, pero no
consiguió destruir la acalorada disputa que tuvieron los apóstoles Pedro,
Santiago y Juan con Pablo, en Antioquía. Pedro comía con los gentiles
convertidos sin observar con ellos las ceremonias de la ley y sin distinguir de
carnes; comía con Bernabé y otros discípulos lo mismo carne de cerdo que carnes
ahumadas, que animales; pero cuando llegaron allí muchos judíos cristianos
Pedro se abstuvo ante ellos de comer alimentos prohibidos y practicó las
ceremonias de la ley mosaica. Su conducta fue muy prudente al no escandalizar a
sus compañeros, los judíos cristianos, pero Pablo le amonestó con rudeza: «Le
reprendí —dice— porque su proceder fue vituperable».
La severidad de Pablo no parece tener disculpa, pues siendo al principio
perseguidor de los cristianos debía ser más transigente; cuando fue a
sacrificar en el templo de Jerusalén, había circuncidado a su discípulo Timoteo
y observado los ritos judíos, que entonces reprochaba a Pedro. San Jerónimo
opina que la disputa que medió entre Pablo y Pedro fue fingida. En su primera
Homilía, dice que ambos apóstoles obraron como dos abogados que se acaloran y
se combaten en el foro para adquirir más autoridad ante sus clientes; que
dedicándose Pedro a predicar a los judíos y Pablo a los gentiles, fingieron
dicha disputa, Pablo para atraerse a los gentiles y Pedro para atraerse a los
judíos. San Agustín discrepa de esta opinión. Esta disputa entre Agustín y
Jerónimo no debe menguar la veneración que les tenemos, ni menos la devoción
que nos inspiran los apóstoles Pedro y Pablo.
Por lo demás, si Pedro se dedicaba a los judíos judaizantes y Pablo a
los extranjeros, parece probable que Pedro no fuera a Roma. Los Hechos de los
Apóstoles no mencionan el viaje de Pedro a Italia.
Allá por el año 60 de nuestra era, los cristianos empezaron a separarse
de la comunidad judía, separación que les acarreó muchos disgustos y
persecuciones de las sinagogas establecidas en Roma, Grecia, Egipto y Asia. Sus
hermanos judíos les acusaron de impiedad y ateísmo y les excomulgaron en sus
sinagogas tres veces todos los sábados, pero Dios los sostuvo siempre que
fueron perseguidos.
Poco a poco llegaron a formarse muchas iglesias y los judíos y
cristianos se separaron del todo antes de terminar el siglo r. Ni el Senado de
Roma, ni los emperadores, se inmiscuyeron en las cuestiones del reducido rebaño
que hasta entonces en la oscuridad había dirigido Dios.
Una vez establecido el cristianismo en Grecia y Alejandría, los
cristianos tuvieron que combatir con una nueva secta de judíos que se
convirtieron en filósofos por el frecuente trato que tenían con los griegos:
los gnósticos. Las sectas enumeradas gozaban entonces de total libertad para
dogmatizar, hablar y escribir, cuando los adeptos judíos que estaban
establecidos en Grecia y Alejandría no los acusaban los magistrados. Pero en la
época de Domiciano la religión cristiana empezó a proyectar alguna sombra de
gobierno.
El celo de algunos cristianos, aunque contrariaba a la ciencia, no
impidió que la Iglesia hiciera los progresos que Dios le tenía marcados. Al
principio, los cristianos celebraban sus misterios en casas retiradas y en
cuevas durante la noche; de esto provino que les llamaran lucifugaces, como
dice Minuncio Félix. En los cuatro primeros siglos, los gentiles les llamaban
galileos y nazarenos, pero el nombre de cristiano fue el que prevaleció.
Pero ni la jerarquía, ni los usos, se establecieron de repente, y los
tiempos apostólicos fueron muy diferentes de los tiempos sucesivos. La misa,
que se celebra por la mañana, era el ágape que tenía lugar por la tarde, y los
usos cambiaron a medida que la Iglesia fue consolidándose. Cuando llegó a ser
una comunidad más extensa necesitó también más reglamentos y la prudencia de
los pastores se adecuó a los tiempos y lugares.
San Jerónimo y Eusebio refieren que cuando las iglesias adquirieron
forma fueron distinguiéndose en ellas cinco órdenes diferentes: los vigilantes,
episcopoi, de donde provinieron los obispos; los antiguos de la comunidad,
presbiteroi, o sea los sacerdotes; diáconi, o sea los diáconos; pistoi, o sea
los iniciados, que eran los bautizados que tomaban parte en los ágapes; los
catecúmenos, que esperaban el bautismo, y los energúmenos, que esperaban que
los librasen del demonio. Ninguna de las cinco órdenes se diferenciaba en sus
vestiduras, ni ninguna estaba obligada a ser célibe, prueba de ello es el libro
que Tertuliano dedicó a su esposa, así como los testimonios de los apóstoles.
Durante los primeros siglos, en sus asambleas no tuvieron símbolos ni imágenes
en pintura y escultura, ni altares, cirios, incienso, ni agua lustral. Los
cristianos ocultaban celosamente sus libros a los gentiles, sólo los daban a
leer a sus iniciados y no se permitía a los catecúmenos ni recitar la oración
dominical.
Del poder de expulsar los demonios concedido a la Iglesia. Lo que distinguía a los cristianos, distinción que ha subsistido casi
hasta nuestros días era el poder de expulsar los demonios haciendo el signo de
la cruz. Orígenes, en su tratado contra Celso, nos dice que Antínoo, al que
divinizó el emperador Adriano, obraba milagros en Egipto por medio de
encantamientos y sortilegios, y añade que los demonios salen del cuerpo de los
poseídos cuando se pronuncia el nombre de Jesús.
Tertuliano, desde el fondo del Asia donde se encontraba, asegura en su
Apologética que «si vuestros dioses no confiesan que son diablos en presencia
de un verdadero cristiano, facultamos para que derraméis la sangre de ese
cristiano». ¿Puede darse demostración más clara?
No cabe la menor duda que Jesucristo envió sus apóstoles para expulsar a
los demonios. Los judíos también tuvieron en su época el don de expulsarlos,
pues cuando Jesús libró a los posesos y envió los diablos a que se metieran en
los cuerpos de un rebaño de dos mil cerdos y obró otras curaciones, los
fariseos dijeron: «Expulsa los demonios por el poder de Belcebú». «Si yo los
expulso por Belcebú —respondió Jesús—, ¿por qué poder los expulsan vuestros
hijos?» Es indudable que los judíos se jactaban de ese poder; tenían exorcistas
y exorcismos y metían hierbas consagradas en la nariz de los poseídos. El poder
de expulsar los demonios, que los judíos perdieron, fue transmitido a los
cristianos, quienes desde algún tiempo acá parece que también lo han perdido.
En el poder de expulsar los demonios estaba comprendido el de destruir
las operaciones de magia, pues la magia estuvo en vigor en todas las naciones
antiguas. Así lo atestiguan los padres de la Iglesia. San Justino nos dice que
con frecuencia se evocan las almas de los muertos y de ello saca un argumento
para defender la inmortalidad del alma. Lactancio dice que «aquel que se
atreviere a negar la existencia de las almas después de la muerte de los
cuerpos le convencería de ello el mago haciéndolas aparecer». Ireneo, Clemente,
Tertuliano y el obispo Cipriano, afirman lo mismo. Y si bien es verdad que en
la actualidad todo ha cambiado no es menos cierto que Dios es muy dueño de
avisar a los hombres por medio de prodigios en determinados tiempos y hacerlos
cesar en otros.
De los mártires de la Iglesia. Cuando las comunidades cristianas llegaron a ser numerosas y combatieron
el culto del Imperio romano, los magistrados procedieron contra ellas y los
pueblos las persiguieron. No persiguieron a los judíos, que gozaban de
privilegios y se encerraron en sus sinagogas permitiéndoles el ejercicio de su
religión, como acontece en nuestros días en Roma. Los cristianos, al declararse
enemigos de todos los cultos, sobre todo del culto al imperio, se vieron
expuestos con frecuencia a sufrir crueles pruebas.
Uno de los primeros y más célebres mártires fue Ignacio, obispo de
Antioquía, a quien sentenció el emperador Trajano estando aquél en Asia y le
hizo venir a Roma para arrojarle a las fieras, en una época en que no mataban
en Roma a los cristianos. No se sabe exactamente de qué le acusaron ante dicho
emperador, que gozaba fama de ser clemente, sin dudasan Ignacio tendría
enemigos implacables. Sea como fuere, la historia de su martirio refiere que le
encontraron el nombre de Jesucristo grabado sobre su corazón con letras de oro;
por esto los cristianos adoptaron en algunas partes el nombre de Teóforos, que
Ignacio se daba a sí mismo. Conservamos una carta (1) rogando a los obispos y a
los cristianos que no se opongan a su martirio, bien porque entonces los cristianos
fueron bastante poderosos para impedirlo, bien porque algunos de ellos tuvieran
influencia para conseguir su perdón. Es de advertir que consintieron que los
cristianos de Roma salieran a recibirle cuando lo llevaron a esta ciudad, lo
que prueba que castigaban a la persona y no a la secta.
(1) Dupin, en su Bibliotcca eclesiástica, demuestra que esta carta es
auténtica.
Las persecuciones no fueron continuas. Orígenes, en su libro tercero
contra Celso, dice: «Pueden contarse fácilmente los cristianos que murieron por
la religión, porque fueron pocos, de tiempo en tiempo y a intervalos».
Dios veló tanto por su Iglesia que ésta, pese a sus enemigos, pudo
celebrar cinco concilios en el siglo I, dieciséis en el II y treinta en el III;
es decir, en asambleas secretas, pero toleradas. Sólo se prohibieron cuando la
falsa prudencia de los magistrados temió que provocaran tumultos. Subsisten
pocos procesos de procónsules y pretores que condenaran a muerte a los
cristianos, y que serían los únicos documentos que pudieran demostrar los
motivos de las acusaciones a los cristianos y sus suplicios.
Conservamos un fragmento de Dionisio de Alejandría transcribiendo el
extracto de un sumario que obraba en el archivo de un procónsul en Egipto, de
la época del emperador Valeriano, que dice:
«Recibidos en audiencia Dionisio, Fausto, Máximo, Marcelo y Queremón, el
prefecto Emiliano les dijo: «Pudisteis convenceros por las conversaciones
tenidas y por cuanto os he escrito de las bondades que con vosotros han tenido
nuestros príncipes; quiero volver a repetiros que vuestra salvación depende de
vosotros mismos. Sólo os piden una cosa que debe exigirse de toda persona
razonable: que adoréis a los dioses protectores del imperio y abandonéis un
culto que es opuesto a la naturaleza y al buen sentido.» Dionisio respondió:
«Se rinde culto a diferentes dioses y cada uno adora al que cree que es el
único verdadero». El prefecto Emiliano replicó: «Sois unos ingratos que abusáis
de la bondad del emperador; por lo tanto, no continuaréis viviendo en esta ciudad
y conforme a la orden recibida de los emperadores os destierro a Cefro, que
está situado en el centro de Libia, y advierto que no os permito que celebréis
allí ninguna reunión ni recéis en los sitios que llamáis cementerios; está
absolutamente prohibido y os aseguro que no lo consentiré a nadie».
Ese proceso, que presenta todos los caracteres de la verdad, nos da a
conocer que hacía tiempo estaban prohibidas las asambleas de los cristianos. De
igual modo se prohibió en Francia reunirse a los calvinistas y algunas veces
torturaron y ahorcaron a ministros de ese credo que predicaban en sus asambleas
infringiendo la ley. Asimismo, en Inglaterra y en Irlanda se prohíben las
reuniones a los católicos romanos y algunas veces los infractores son
condenados a muerte.
A pesar de esas prohibiciones de las leyes romanas, Dios inspiró
indulgencia para los cristianos a muchos emperadores. El mismo Diocleciano que
los ignorantes creen perseguidor sañudo, fue durante más de ocho años el
protector del cristianismo, prueba de ello es que varios cristianos obtuvieron
cargos principales en su palacio, amén de que casó con una cristiana y
consintió que en Nicomedia, lugar de su residencia, se edificara una hermosa
iglesia ante su palacio. Y si luego mandó que destruyeran esa iglesia fue
presionado por el césar Galerio, que aborrecía a los cristianos. Un cristiano
más entusiasta que prudente hizo pedazos el edicto del emperador y de este
hecho nació la famosa persecución en la que perdieron la vida más de doscientas
personas en el Imperio romano, sin contar las que el furor del populacho, que
siempre es fanático, mató sin observar las formas jurídicas.
En diversas épocas hubo tan gran número de mártires que casi es
imposible conocer la cifra exacta, dado que en la historia aparecen mezcladas
las fábulas y los martirios. El benedictino dom Ruinart, por ejemplo, tan
instruido como apasionado por su causa, hubiera podido escoger con más
discreción sus Actas sinceras. No basta que un manuscrito existente en la
abadía de san Benito o en el convento de celestinos de París concuerde con un
manuscrito de los fuldenses para que esa acta sea auténtica; se necesita para
esto que el acta sea antigua, esté escrita por coetáneos y ofrezca todas las
garantías de veracidad.
Nuestro benedictino pudo muy bien omitir la aventura portagonizada por
el joven Romanus, en el año 303. Romanus obtuvo el perdón de Diocleciano en
Antioquía y, sin embargo, el mentado monje dice que el juez Asclepiade le
sentenció a morir en la hoguera. Los judíos que presenciaron ese espectáculo se
burlaron del joven san Romanus y reprocharon a los cristianos que Dios
consintiera que se quemase, cuando libró del fuego a Sidrac, Misac y Abdenago,
que en seguida, estando el tiempo sereno, movió una tempestad que apagó el
fuego; que entonces el juez mandó cortar la lengua del joven Romanus; que el
primer médico del emperador, que estaba presente, desempeñó oficiosamente la
función de verdugo y le cortó la lengua hasta la raíz; que entonces el joven,
que era tartamudo, habló con naturalidad; que el emperador se sorprendió de que
pudiera hablar tan bien sin lengua, y que el médico, para repetir el
experimento, cortó la lengua a un transeúnte y éste murió en el acto. Eusebio,
de quien el benedictino copió la referida historieta, debía respetar más los
milagros que se obran en el Antiguo y el Nuevo Testamento, de los que nadie
duda, y no aumentarlos con cuentos tan inverosímiles que pueden escandalizar a
los hombres de escasa fe.
La mencionada persecución no se extendió por todo el imperio. Por aquel
entonces existían en Inglaterra algunos partidarios del cristianismo que se
eclipsaron pronto, para reaparecer en la época de los reyes sajones.
En las Galias meridionales y en España pululaban los cristianos. El
césar Constancio los protegió en todas sus provincias y tuvo una concubina
cristiana que fue la madre de Constantino, más conocida por santa Elena. No se
ha comprobado que se casara con ella y la repudió en 292, cuando contrajo
matrimonio con la hija de Maximino Hércules, pero siempre tuvo gran ascendiente
sobre él y consiguió inspirarle afecto hacia nuestra santa religión.
Del establecimiento de la Iglesia en la época de Constantino. Constantino Cloro falleció en 306 en York, cuando los hijos que tuvo de
la hija de un césar eran pequeños y no podían pretender el imperio. Constantino
consiguió que le eligieran emperador en York unos seis mil soldados alemanes,
galos e ingleses. Era inverosímil que pudiera prevalecer esa elección, pues se
hizo sin el consentimiento de Roma, del Senado, ni de los ejércitos, pero Dios
le hizo vencer a Majencio, que era el emperador elegido en Roma, y consintió
que se librara de todos los pretendientes, porque como ya sabemos hizo morir a
sus próximos parientes, incluso a su esposa e hijo.
No cabe dudar de lo que sobre esto dice Zósimo. Refiere que Constantino,
atormentado por los remordimientos que le produjeron sus crímenes preguntó a
los pontífices del imperio si podría expiarlos y le respondieron que no. Cierto
que tampoco había expiación posible para Nerón, que no se atrevió a asistir a
los sagrados misterios en Grecia. Pese a todo, estaban en uso los tauróbolos
(1) y es difícil creer que un emperador casi omnipotente no encontrara un
sacerdote que le permitiera hacer sacrificios expiatorios. Pero puede que sea
menos creíble todavía que Constantino, preocupado por la guerra, sus ambiciones
y sus proyectos, y rodeado de aduladores, tuviera tiempo para sentir
remordimientos. Zósimo añade que un sacerdote egipcio que vino de España y
tenía entrada en palacio le prometió la expiación de sus delitos si se
consagraba a la religión cristiana. Se presume que ese sacerdote fue Osio,
obispo de Córdoba. Lo único cierto es que Dios eligió a Constantino para que
fuera el protector de su Iglesia.
(1) Tauróbolo era el sacrificio de un toro a Cibeles.
Constantino fundó la ciudad de Constantinopla, que convirtió en el
centro del imperio y de la religión cristiana. La Iglesia adquirió entonces
forma augusta y es de creer que, purificado por el bautismo y haciendo acto de
contrición a la hora de su muerte, obtendría la misericordia divina, pese a que
murió siendo arriano; sería demasiado duro que todos los seguidores de los dos
obispos Eusebio se hubieran condenado.
Desde el año 314, antes de que Constantino residiera en su nueva ciudad,
los que habían perseguido sañudamente a los cristianos fueron castigados por
éstos. Los fieles seguidores de Cristo arrojaron a la esposa de Maximino en el
Oronte, degollaron a sus parientes y mataron en Egipto y Palestina a los
magistrados que eran contrarios al cristianismo. Reconocieron a la viuda e hija
de Diocleciano que se hallaban escondidas en Salónica y las arrojaron al mar.
Hubiera sido más digno que los cristianos no se dejaran llevar por el espíritu
de venganza, pero Dios, que castiga según su justicia, permitió que manos
cristianas se mancharan con la sangre de sus perseguidores en cuanto aquéllos
pudieron obrar con libertad.
Constantino celebró en Nicea el primer Concilio ecuménico presidido por
Osio y se decidió la gran cuestión que tenía alborotada a la Iglesia, acerca de
la divinidad de Jesucristo (1). Sabido es que la Iglesia, tras combatir durante
trescientos años los ritos del Imperio romano luchó luego consigo misma y fue
siempre militante y triunfante.
(1) Véanse los artículos Arrianismo, Cristianismo y Concilios.
Con los años, la Iglesia griega, casi en su totalidad, y la Iglesia de
Africa, llegaron a ser esclavas primero de los árabes y después de los turcos,
que fundaron la religión mahometana sobre las ruinas del cristianismo. La
Iglesia romana subsistió, pero manchada de sangre por los seiscientos años de
discordia entre el imperio de Occidente y el sacerdocio. Las mismas discordias
le hicieron poderosa. Los obispos y abades en Alemania se convirtieron en
príncipes, y los papas conquistaron paulatinamente el dominio absoluto en Roma
y un territorio considerable. Dios puso a prueba su Iglesia con humillaciones,
perturbaciones, delitos y esplendor.
La Iglesia latina perdió en el siglo XVI la mitad de Alemania,
Dinamarca, Suecia, Inglaterra, Escocia, Irlanda, la mejor parte de Suiza y
Holanda; en cambio, ganó territorios en América con las conquistas de los
españoles, pero menos vasallos.
A lo que parece, la Providencia divina ha destinado el Japón, Siam,
India y China a someterse a la obediencia del Papa para recompensarle de haber
perdido Asia Menor, Siria, Grecia, Egipto, Africa, Rusia y otros estados. San
Francisco Javier, que introdujo el Evangelio en las Indias orientales y el
Japón cuando los portugueses fueron allí a comerciar, obró gran número de
milagros que prueban los padres jesuitas, entre otros el de resucitar nueve
muertos, aunque el padre Rivadeneira, en Flos sanctorum, se concreta a decir
que sólo resucitó cuatro. Plugo a la Providencia que en menos de cien años se
reunieran millares de católicos en las islas del Japón, pero el demonio sembró
la cizaña entre el buen grano. Se asegura que los jesuitas fraguaron una
conjuración a la que siguió una guerra civil que exterminó a los cristianos, el
año 1628. Entonces, la nación cerró sus puertas a todos los extranjeros menos a
los holandeses, que consideraron como comerciantes y no como cristianos. La
religión católica, apostólica y romana se proscribió en China no hace mucho
tiempo, pero con menor crueldad. Los jesuitas no habían resucitado muertos en
la corte de Pekín, como lo hicieron en el Japón, limitándose allí a enseñar
astronomía y a ser mandarines. Las disputas y cuestiones que tuvieron con los
dominicos y otros misioneros escandalizaron tanto al emperador Yong Ching que,
aun siendo justo y bondadoso, fue lo bastante obcecado para no permitir que se
enseñara la santa religión en su imperio, ya que los misioneros no lograban entenderse;
finalmente, los expulsó con bondad paternal proporcionándoles subsistencias y
carruajes hasta los límites de su imperio.
Toda Asia y Africa, la mitad de Europa, todos los países que pertenecen
a los ingleses y holandeses en América, todas las hordas americanas insumisas y
todas las tierras australes, que ocupan una quinta parte del planeta, están
bajo el poder del demonio, sin duda para comprobar estas santas palabras:
«Muchos son los llamados y pocos los escogidos».
Qué significa la palabra Iglesia. La voz iglesia es de origen griego y significa asamblea del pueblo.
Cuando tradujeron del griego los libros hebreos pusieron sinagoga por iglesia,
y utilizaron la misma palabra para expresar la sociedad judía, la congregación
política, la asamblea judía y el pueblo judío. Por eso se dice en el libro de
los Números: «¿Por qué habéis llevado la Iglesia al desierto?», y en el
Deuteronomio: «El eunuco, el moabita y el amonita, no entrarán en la Iglesia, y
los idumeos y egipcios no entrarán en la Iglesia hasta la tercera generación».
Jesucristo dice en el Evangelio de san Mateo: «Si vuestro hermano peca
contra vos, o lo que es igual, os ofende, reprenderle en secreto, presentaos
ante él con dos testigos para que todo se ponga en claro ante ellos, y si él no
les hace caso quejaos ante la asamblea del pueblo, ante la Iglesia, y si no
hace caso de la Iglesia, considéresele como gentil o como recaudador de
tributos. Os digo en verdad que todo lo que hayáis atado en la tierra, será
atado en el cielo, y lo que hayáis desatado en la tierra, en el cielo será
desatado».
Se trata en este caso de un hombre que ha ofendido a otro y persiste en
ofenderlo. No podían hacerle comparecer ante la asamblea, es decir, ante la
Iglesia cristiana, porque entonces aún no existía; ni podían juzgar a ese
hombre, cuyo compañero se quejaba de él, ni el obispo ni los sacerdotes, que
tampoco existían; es más, ni los sacerdotes judíos ni los sacerdotes cristianos
fueron nunca jueces en las cuestiones que mediaban entre los particulares, que
eran asuntos de política. Los obispos no llegaron a ser jueces hasta la época
de Valentiniano III. Los comentaristas han deducido que san Mateo hace hablar
en este caso a nuestro Señor por anticipación; que es una alegoría, una
predicción de lo que ha de acontecer cuando la Iglesia cristiana tome forma y
se establezca.
Selden hace una observación pertinente respecto a ese pasaje: dice que
entre los judíos no excomulgaban a los publicanos, ni a los recaudadores de
tributos. El populacho podía detestarlos, pero eran empleados que nombraba el
príncipe y a nadie se le ocurrió nunca la idea de separarlos de la asamblea.
Los judíos estaban entonces bajo la jurisdicción del procónsul de Siria, que se
extendía hasta los confines de Galilea y la isla de Chipre, en donde tenía
viceprocónsules, y hubiera sido muy imprudente rebajar públicamente a los
empleados legales del procónsul. Y además de imprudente hubiera sido injusto,
porque los patricios romanos, arrendadores de los dominios públicos,
recaudadores del dinero del César, desempeñaban su cargo autorizados por las
leyes.
San Agustín, en su homilía 81, puede aportar algún dato para la
inteligencia del pasaje en cuestión. Hablando de quienes persisten en el rencor
y no perdonan, dice: «Considerar a vuestro hermano como un publicano es atarle
en el mundo, y antes de hacerlo debéis reflexionar si le atas justamente porque
la justicia rompe las ataduras injustas, pero si corregís a vuestro hermano, si
estáis de acuerdo con él, le habréis desatado en el mundo».
Comprendo que san Agustín quiere decir que si el ofendido hizo
encarcelar al ofensor, debe entenderse que está atado en el mundo, y también lo
estará con las ligaduras celestes, pero que si el ofendido es inexorable él es
quien se ata a sí mismo. No se trata de la Iglesia en esta explicación de san
Agustín, sino de perdonar o no perdonar una injuria. San Agustín no se ocupa
del derecho sacerdotal de perdonar los pecados de parte de Dios; este derecho
está reconocido en otras partes y es un derecho que deriva del sacramento de la
confesión. El obispo de Hipona, a pesar de ser profundo en los tipos y en las
alegorías, no considera que el susodicho pasaje sea una alusión a la absolución
que dan o niegan los ministros de la Iglesia católica romana en el sacramento
de la penitencia.
Del número de iglesias en las comunidades cristianas. Las comunidades cristianas reconocen cuatro iglesias: la griega, la
romana, la luterana y la reformada o calvinista. En Alemania, los primitivos
cuáqueros, los anabaptistas, socinianos, menonitas, pietistas, moravos, judíos
y otras sectas, no forman iglesia. La religión hebraica ha conservado el título
de sinagoga. Las sectas cristianas se toleran y no pueden tener más que
asambleas secretas, conventículos, e igual ocurre en Londres. La Iglesia
católica no goza de reconocimiento en Suecia, Dinamarca, partes septentrionales
de Alemania, en las tres cuartas partes de Suiza, ni en los tres reinos de la
Gran Bretaña.
De la primitiva Iglesia y quienes han creído restablecerla. Como los pueblos de Siria, los judíos se dividieron en muchas y pequeñas
congregaciones religiosas, encaminadas todas a la perfección mística. Un rayo
más luminoso de la verdad guió a los discípulos del Bautista, que subsisten
todavía en Mosul, y luego vino al mundo el Hijo de Dios predicho por san Juan.
Los discípulos de Jesús fueron iguales entre ellos, pues su maestro les dijo
terminantemente: «No habrá entre vosotros primero, ni último. Vine al mundo
para servir, no para ser servido. Aquel que pretenda ser señor de los demás,
será su criado».
La prueba de la igualdad, que fue fundamento del cristianismo, la
tenemos en el hecho de que al principio los cristianos se llamaban hermanos. Se
reunían y esperaban el espíritu, y profetizaban cuando estaban inspirados. San
Pablo, en su primera carta a los corintios, les dice: «Si cuando os congregáis,
uno de vosotros se halla inspirado de Dios para hacer un himno, otro para
instruir, éste para revelar alguna cosa de Dios, aquél para hablar lenguas,
debéis aprovecharlos para mayor edificación. Si han de hablar que lo hagan sólo
dos y por turno, y el otro explique lo que dice. Y si no hubiere intérprete,
callen en la iglesia los que tienen ese don… De los profetas hablen dos o tres
y los demás disciernan. Y si a otro de los asistentes… le fuere revelado algo,
calle el primero. Así podéis profetizar todos, unos después de otros, a fin de
que todos aprendan y se aprovechen. Pues los espíritus o dones proféticos están
sujetos a los profetas. Porque Dios no es autor de desorden, sino de paz, y
esto es lo que enseño en todas las iglesias de los santos».
En la misma carta, san Pablo consiente que las mujeres profeticen,
aunque les prohíbe en el capítulo XIV hablar en las asambleas. En este pasaje y
en otros se ve que los primitivos cristianos eran todos iguales porque eran
hermanos en Jesucristo. El espíritu se comunicaba con ellos, hablaban varias
lenguas y poseían el don de profetizar todos ellos, sin distinción de
categoría, edad, ni sexo. Los apóstoles, que enseñaban a los neófitos, tenían
sobre éstos la preeminencia natural que el preceptor consigue sobre sus
discípulos, pero jurisdicción, poder temporal, honores, distinción en las
vestiduras y muestras de superioridad, no tenían ninguna, ni los que les
sucedieron. Sólo gozaban de una grandeza muy peculiar: la persuasión.
Los hermanos ponían el dinero en común, como consta en los Hechos de los
Apóstoles, capítulo VI, y elegían siete para que se encargaran de la despensa y
proveyesen las necesidades comunes. Para desempeñar esas funciones eligieron en
Jerusalén a Esteban, Filipo, Procoro, Nicanor, Timón, Parmenás y Nicolás. Hay
que anotar que entre los siete que eligió la comunidad judía había seis
griegos. Después de los apóstoles, no se encuentra el ejemplo de ningún
cristiano que haya tenido sobre sus hermanos otro poder que el de enseñar,
exhortar, expulsar los demonios del cuerpo de los energúmenos y hacer milagros.
Entre ellos todo era espiritual y nada se traslucía de las pompas del mundo,
pero en el siglo m empezaron los fieles a manifestar en todas partes orgullo, vanidad
e interés. Los ágapes se convirtieron en grandes festines, de los que
reprochaban los exquisitos platos y el inconveniente lujo. Tertuliano lo
confiesa: «Comemos muy bien —dice—, pero, ¿los misterios de Atenas y Egipto no
se celebraban con suculentas comidas? Aunque gastemos mucho, nuestros gastos
son útiles porque aprovechan a los pobres».
Por aquel entonces, algunas comunidades cristianas que se creían más
perfectas que las demás, por ejemplo los montanos, que se jactaban de profesar
una moral austera, consideraban adulterio las segundas nupcias, sentían
públicamente convulsiones sagradas y éxtasis, y creían hablar con Dios cara a
cara, quedaron convictos —según se asegura— de mezclar la sangre de niños de un
año con el pan eucarístico, consiguiendo que esa cruel acusación se extendiera
hasta los verdaderos cristianos y motivara las persecuciones. He aquí lo que
hacían, según cuenta san Agustín: clavaban alfileres en todo el cuerpo del niño
y con la sangre que salía amasaban la harina, convirtiéndola en pan; si el niño
moría le tributaban honores de mártir (1).
(1) San Agustín, De Haeresibus, haeres, cap. XXVI.
Tan corrompidas estaban entonces las costumbres que los santos padres se
lamentaban sin cesar de lo que acontecía. He aquí lo que decía san Cipriano en
su De los caídos: «Todos los sacerdotes corren en pos de bienes y honores con
insaciable furor. Los obispos están faltos de religión, y de pudor las mujeres;
reina la bribonería, juran y perjuran, la discordia divide a los cristianos,
los obispos dejan el púlpito para ir a las ferias y enriquecerse haciendo
negocios; en resumen, sólo piensan en complacerse a sí mismos y en disgustar a
todo el mundo (2).»
(2) Véanse Obras de san Cipriano e Historia eclesiástica, de Fleury,
tomo II, edición de 1725.
Antes de esos escándalos, el sacerdote Novatien dio uno muy funesto a
los fieles de Roma, pues fue el primer antipapa. El episcopado de Roma, aunque
secreto y expuesto a la persecución, era muy ambicionado porque sacaba pingües
contribuciones a los cristianos y tenía autoridad suprema sobre ellos.
No repetiremos lo que consta en tantos archivos y dicen todos los días
personas instruidas, acerca del considerable número de cismas y guerras que se
sucedieron; ni nos vamos a ocupar de los seiscientos años de discordias
sangrientas entre el imperio y el sacerdocio, ni del dinero de los países que
iba a parar, por muchos conductos, unas veces a Roma y otras a Aviñón, cuando
los papas fijaron en esta última ciudad su residencia durante setenta y dos
años; ni tampoco de la sangre que corrió por Europa en defensa de una tiara que
Jesucristo no conoció, o por otras cuestiones ininteligibles de las que El
tampoco se ocupó. Nuestra religión no deja de ser verdadera, sagrada y divina
por haber estado manchada mucho tiempo con el crimen y la carnicería.
Cuando el frenesí de dominar, cuando esa terrible pasión del corazón
humano llegó a su último exceso, cuando el monje Hildebrando, elegido
ilegalmente obispo de Roma, quitó esa ciudad a los emperadores y prohibió a los
obispos de Occidente que usaran el título de papa para usarlo él solo, cuando
siguiendo su ejemplo los obispos de Alemania se proclamaron soberanos, y los de
Francia e Inglaterra trataban también de proclamarse, desde esa época de
desórdenes hasta nuestros días se formaron comunidades cristianas que, bajo
nombres diferentes, se propusieron restablecer la igualdad primera que tuvo el
cristianismo.
Pero esta igualdad, posible en una comunidad reducida y oculta a las
miradas del mundo, no lo es en los grandes reinos. La Iglesia militante y
triunfante no podía ya ser la Iglesia desconocida y humilde. Los obispos y las
grandes comunidades monásticas, ricas ya y poderosas se reunieron bajo las
banderas del pontífice de la nueva Roma y combatieron pro aris et pro focis
(por sus altares y hogares). Para sostener o humillar la nueva administración
eclesial recurrieron a cruzadas, ejércitos, sitios, batallas, rapiñas,
torturas, asesinatos en manos de verdugos o de sacerdotes de los dos partidos,
venenos y devastaciones mediante el hierro y el fuego. Las olas de sangre y los
huesos de los muertos escondieron la cuna de la primitiva Iglesia de tal modo
que apenas se ha podido encontrar.
Escisión entre las Iglesias griega y latina en Asia y Europa. Los hombres de bien lamentan, hace catorce siglos, que las Iglesias
griega y latina hayan sido siempre rivales y la túnica inconsútil de Jesucristo
haya sido siempre destrozada. Esta división es, sin embargo, muy lógica. Roma y
Constantinopla se odiaban, y cuando los señores se aborrecen sus vasallos se
detestan. Las dos confesiones religiosas se han disputado siempre la
superioridad de la lengua, la antigüedad de la alta sede, la ciencia, la elocuencia
y el poder.
En esta cuestión, los griegos llevaron durante mucho tiempo la ventaja;
alardeaban de ser maestros de los latinos y haberles enseñado lo que sabían.
Los Evangelios se escribieron en griego, y no hay un dogma, un rito, un
misterio y un uso que no sea griego; desde el vocablo bautismo hasta la voz
eucaristía, todo es griego en ellos. Sólo hubo padres de la Iglesia en Grecia
hasta san Jerónimo, que tampoco era romano, pues era de Dalmacia. San Agustín,
que siguió en el orden cronológico a san Jerónimo, era africano. Los siete
grandes concilios tuvieron lugar en ciudades griegas, y los obispos de Roma no
asistieron a ellos porque sólo sabían latín, y éste corrompido.
La escisión entre Roma y Constantinopla estalló en 452, en el Concilio
de Calcedonia, convocado para decidir si Jesucristo tuvo dos naturalezas y una
persona, o dos personas y una naturaleza. En el mismo Concilio se decidió que
la Iglesia de Constantinopla era igual en todo a la de Roma respecto a honores,
y el patriarca de una igual al patriarca de la otra. El papa san León fue
partidario de que Jesucristo tuvo dos naturalezas, pero ni él ni sus sucesores
concedieron la igualdad a las dos Iglesias. Parece indiscutible que en esta
disputa sobre la categoría y la preeminencia obraron directamente contra las
palabras de Jesucristo que constan en el Evangelio: «No habrá entre vosotros ni
primero, ni último». Los santos siempre son santos, pero no se libran del
orgullo y el mismo espíritu que hizo echar espumarajos de ira al hijo de un
albañil que llegó a ser obispo porque no le llamaban monseñor (1), hizo pelear
al universo cristiano.
(1) Biord, obispo de Annecy.
Los romanos fueron siempre menos polemistas y sutiles que los griegos,
pero mucho más políticos. Los obispos de Oriente, que argumentaban sin cesar,
acabaron siendo vasallos, y el obispo de Roma, sin recurrir a tantos
argumentos, supo fundar su poder sobre las ruinas del imperio de Occidente.
El odio pasó a ser escisión en la época de Focio, papa o vigilante de la
Iglesia bizantina, y de Nicolás I, papa o vigilante de la Iglesia romana. Como
por desgracia nunca hubo ninguna disputa eclesial que no tuviera su parte
ridícula, ocurrió que la lucha empezó por dos patriarcas que eran eunucos,
Ignacio y Focio, que disputaban la sede de Constantinopla, estaban castrados, y
esa mutilación les prohibía obtener la verdadera paternidad; no podían ser más
que padres de la Iglesia.
Dícese que los castrados son marrulleros, malignos e intrigantes:
Ignacio y Focio perturbaron Grecia. El papa latino Nicolás I siguió el partido
de Ignacio y Focio le declaró hereje porque no admitía la procedencia del soplo
de Dios, del Espíritu Santo por medio del Padre y del Hijo, contra la decisión
unánime de la Iglesia, que sólo lo hacía proceder del padre. Además de esa
procedencia herética, Nicolás comía y permitía comer huevos y queso en
Cuaresma, y para completar sus faltas, el papa romano se hacía afeitar la
barba, lo cual era una apostasía para los patriarcas griegos, porque a Moisés,
los patriarcas y Jesucristo los pintan siempre barbudos los pintores griegos y
latinos.
Cuando en el año 789 ocupó su sede el patriarca Focio por el octavo
Concilio ecuménico griego, al que asistieron cuatrocientos obispos, de los que
trescientos le habían condenado en el Concilio ecuménico anterior el papa Juan
VIII le recomendó por hermano. Dos legados que dicho papa envió al mencionado
Concilio unieron su voto al de la Iglesia griega y declararon que aquel que
dijera que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo sería un Judas, pero
como los romanos persistieron en la costumbre de rasurarse la barba y de comer
huevos en Cuaresma, las dos iglesias quedaron separadas para siempre.
El cisma se consumó del todo durante los años 1053 y 1054, cuando Miguel
Cerulario, patriarca de Constantinopla, condenó públicamente al obispo de Roma,
León IX, y a todos los latinos, añadiendo a los reproches de Focio, que
empleaban pan ázimo en la eucaristía, las prácticas de los apóstoles,
acusándoles de perpetrar el delito de comer morcilla y retorcer el pescuezo a
los palomos, en vez de cortárselo, antes de guisarlos. En fin, cerraron todas
las iglesias latinas en el imperio griego y prohibieron cualquier trato con los
que comieran morcilla.
El papa León IX negoció seriamente el asunto con el emperador
Constantino Monómaco y consiguió apaciguarle. El emperador griego favoreció al
papa en lo que pudo, mas no consiguió que se reconciliaran los griegos y
latinos. Los griegos creían que sus adversarios eran bárbaros porque no sabían
una palabra de la lengua griega.
La irrupción de las cruzadas, que tuvo por pretexto liberar los Santos
Lugares y por objeto apoderarse de Constantinopla, terminó de hacer odiosos a
los romanos ante los griegos.
Con todo, el poder de la Iglesia latina fue cada día en aumento y poco a
poco los turcos fueron conquistando a los griegos. Los papas fueron desde hace
mucho tiempo soberanos poderosos y ricos, y toda la Iglesia griega quedó
esclavizada desde Mahomed II, salvo Rusia, que entonces era un país bárbaro y
de cuya Iglesia no se hacía caso. Quienes conocen la historia del Cercano
Oriente, saben que el sultán confiere el patriarcado de Grecia por medio del
báculo y el anillo, sin temor a ser excomulgados, como los papas excomulgaron a
los emperadores alemanes por practicar esta ceremonia.
La Iglesia de Estambul conservó en apariencia la libertad de nombrarse
arzobispos, pero en realidad elige al que indica la Puerta. Esa titularidad
cuesta actualmente ochenta mil francos, que quien la asume tiene que sacar a
los griegos. Si aparece algún canónigo de fama que ofrece más dinero al gran
visir, deponen al nombrado o dan la titularidad al último postor, igual que
Marocia y Teodora dieron la Santa Sede de Roma en el siglo x. Si el patriarca
nombrado se niega a renunciar a su título le dan cincuenta palos en las plantas
de los pies y le destierran. Algunas veces le cortan la cabeza, como le ocurrió
al patriarca Lucas Cirilo en 1638.
El Gran Turco concede los otros obispados mediante fianza, en la época
de Mahomed II, la suma tasada para cada obispado constaba siempre en la
patente, pero lo pagado de más no constaba, por lo que no puede saberse con
exactitud la cantidad que al sacerdote griego le cuesta comprar el obispado.
Son divertidas esas patentes. He aquí una muestra de ellas: «Concedo a
Fulano de Tal, sacerdote cristiano, el presente mandamiento para perfección de
felicidad. Le mando que resida en la ciudad aquí nombrada como obispo de los
infieles cristianos, según su antiguo uso y sus vanas y extravagantes
ceremonias, queriendo y mandando que todos los cristianos de este distrito le
reconozcan y ningún sacerdote ni monje pueda casarse sin su permiso» o sea, sin
pagar.
La esclavitud de esta Iglesia es igual a su ignorancia, pero los griegos
tienen lo que merecen; estaban ocupados seriamente en discutir sobre la luz del
Thabor y en disputar sobre su ombligo cuando los turcos tomaron Constantinopla.
IGNACIO DE LOYOLA. Para conquistar gran fama y ser fundador os
aconsejo que seáis orates, pero que vuestra locura sea oportuna en la época que
vivís. En vuestra locura debe haber un fondo de cordura que dirija vuestras
excentricidades y os haga ser desmesuradamente terco. Puede que os ahorquen,
pero si no, podéis abrigar la esperanza de que os erijan altares.
¿Podéis decirme en conciencia si hubo jamás en el mundo otro hombre más
digno de ser encerrado en un manicomio que san Ignacio, o sea Íñigo el de
Vizcaya, que era su verdadero nombre de pila? Le trastorna el juicio la lectura
de la Leyenda Aurea, igual que más tarde trastornan a Don Quijote los libros de
caballería. El bueno de Íñigo empieza por ser el caballero de la Virgen y vela
sus armas en honor de su dama. Se le aparece la Santa Virgen y le acepta sus
servicios, luego se le aparece otras veces llevando consigo a su Hijo. Lucifer,
que está en acecho y prevé todo el mal que los jesuitas le causarán un día,
arma un zafarrancho mayúsculo dentro de la casa, rompiendo todos los cristales.
Pero el paladín de la Virgen lo expulsa haciéndole el signo de la cruz; Lucifer
huye a través de las paredes dejando en ellas una gran abertura, que cincuenta
años después del hecho se enseña a los curiosos.
Su familia, al ver el trastorno de sus facultades mentales, piensa en
encerrarle y ponerle a dieta, pero él hace fú a su familia igual que al diablo
y huye de ella sin saber a dónde. Encuentra a un moro y discute sobre la
Inmaculada Concepción; el moro, que comprende su estado, le deja lo más pronto
que puede. Íñigo no sabe qué hacer, si matar al moro o rezar a Dios por él;
deja que decida esta cuestión su caballo, más cuerdo que él, y toma el camino
de la cuadra.
Ignacio, después de esta aventura, resuelve ir en peregrinación a Belén,
mendigando. Su locura aumenta en el camino, los dominicos del convento de
Manresa se apiadan de él y lo retienen varios días, hasta que le dejan viendo
que no conseguían curarle. Embarca en Barcelona y arriba a Venecia, de donde le
expulsan; vuelve a Barcelona, siempre mendigando, siempre teniendo éxtasis y
viendo con frecuencia a la Santa Virgen y a Jesucristo.
Al fin le hacen comprender que, para ir a Tierra Santa a convertir
turcos, cristianos de la Iglesia griega, armenios y judíos, necesitaba estudiar
algo de teología. Ignacio no deseaba otra cosa, mas para ser teólogo es
indispensable saber gramática y conocer latín, pero esto no le arredra. Va a la
escuela a la edad de treinta y tres años a estudiar esas materias y allí se
burlan de él y no aprende nada.
Desesperado de no poder ir a convertir infieles, le tiene lástima el
diablo, se le aparece y jura bajo la fe de cristiano que si accede a entregarse
a él lo convertirá en el hombre más sabio de la Iglesia de Dios. Ignacio no
tiene inconveniente en someterse a la disciplina de semejante maestro y vuelve
a asistir a clase, donde le dan de latigazos algunas veces, pero no por eso
llega a ser más sabio.
Es expulsado del colegio de Barcelona. Perseguido por el diablo, que le
castiga por haberse arrepentido de aceptar tal proposición, y abandonado por la
Virgen, que no se cuida de proteger a su caballero, no por eso desiste de sus
propósitos. Empieza a recorrer el país con los peregrinos de Santiago y a
predicar en las calles de ciudad en ciudad. Le encierran en los calabozos de la
Inquisición, y cuando sale de éstos en la cárcel de Alcalá, de donde se fuga y
va a Salamanca, encarcelándole de nuevo. Conociendo por fin que no puede ser
profeta en su patria, resuelve ir a estudiar a París y emprende el viaje a pie,
precedido de un jumento que lleva su equipaje, sus libros y sus escritos. Al
menos, Don Quijote llevaba un caballo y un escudero.
En París encuentra las mismas vejaciones que en España: le bajan los
calzones en el colegio de Santa Bárbara con el fin de zurrarle
ceremoniosamente. Su vocación le hace, al fin, ir a Roma.
¿Cómo es posible que un hombre tan extravagante obtuviera tanta
consideración en Roma, lograra tener discípulos y llegara a ser el fundador de
una Orden poderosa en la que ingresaron personas tan dignas de estimación?
Tozudo y entusiasta, encontró otros entusiastas como él y formó una asociación.
Estos, dotados de más razón que él, restablecieron un tanto la suya y llegó a
ser más cuerdo al final de su vida, e incluso tener más habilidad para
conducirse.
Puede que Mahoma empezara por ser tan loco como Ignacio en las primeras
conversaciones que tuvo con el arcángel Gabriel. Quizá Ignacio colocado en la
situación de Mahoma, habría llevado a cabo las mismas hazañas que el profeta
porque era tan ignorante, tan visionario y tan esforzado como él.
IGNORANCIA. Confesión te un papagayo. Ignoro cómo fui formado y nací. Ignoré absolutamente durante la cuarta
parte de mi vida las razones de todo lo que vi, oí y sentí; sólo he sido un
papagayo entre otros papagayos.
Cuando he observado a mi alrededor y dentro de mí mismo he conocido que
hay algo que existe por toda la eternidad, y puesto que hay seres que viven
actualmente, he deducido que debe haber aquí un Ser necesario y necesariamente
eterno. Y así, el primer paso que he dado para salir de mi ignorancia me ha
hecho traspasar los límites de todos los siglos.
Pero cuando he querido emprender esa carrera infinita, abierta ante mí,
no pude encontrar un solo sendero, ni descubrir tan sólo un objeto y el salto
que di para contemplar la eternidad me hizo volver a caer en el abismo de mi
ignorancia.
Estudié lo que llamamos materia, desde la estrella Sirio y las estrellas
que se llaman vía láctea, que están tan lejos de Sirio como ése lo está de
nosotros, hasta el más insignificante átomo que sólo podemos percibir a través
del microscopio, y sigo ignorando qué es.
Desconozco la luz que me hace ver todos los seres, puedo, con ayuda del
prisma, anatomizar la luz y dividirla en siete haces de rayos, pero no puedo
dividir esos haces, ni sé de qué se componen. La luz tiene algo de materia
porque está dotada de movimiento y hiere los objetos, pero no tiende hacia el
centro común como los demás cuerpos, sino que, por el contrario, huye
invenciblemente del centro, en tanto que toda la materia es impenetrable. La
luz, ¿es materia o no lo es? ¿Cuáles son sus innumerables propiedades? Lo
ignoro.
Esa sustancia tan brillante, veloz y desconocida, y esas otras
sustancias que nadan en la inmensidad del espacio, ¿son eternas, como parecen
ser infinitas? No lo sé. El Ser necesario, soberanamente inteligente, ¿las creó
de la nada o las organizó? ¿Estableció el orden de la Naturaleza al crear el
tiempo o antes? ¿Y qué es el tiempo de que estoy hablando? No puedo definirlo.
¿Quién eres tú, animal bípedo, que te arrastras como yo por el planeta?
Al igual que yo sacas algunos frutos de la tierra, que es nuestra nodriza
común. ¡Vas al retrete y piensas! Estás sujeto a las enfermedades más
repugnantes y tienes ideas metafísicas. Veo que Natura te diodos especies de
nalgas por la parte de delante, que se negó a darme; que te hizo en el bajo
vientre un feo agujero que por lo mismo te has inclinado a esconder, y a veces
los orines y otras unos bichejos salen por ese agujero tras haber nadado nueve
meses en un líquido repulsivo, entre ese albañal y otra cloaca, cuyas
inmundicias acumuladas serían capaces de infectar el mundo entero; no obstante,
esos dos agujeros son causa de 106 mayores eventos. Troya quedó destruida por
uno de ellos, y Alejandro y Adriano erigieron altares al otro. El alma inmortal
tiene, pues, su cuna entre esas dos cloacas. Quizás alguna lectora encuentre
que esta descripción dista mucho de los estilos de Tíbulo y Quinault; en esto
estamos de acuerdo porque no tengo humor para escribir galanterías. Las ratas y
los topos también tienen esos dos agujeros por los que nunca han hecho
semejantes extravagancias. ¿Qué le importa al Ser necesario que existan
animales como nosotros y como las ratas, en este Globo que gira en el espacio
con infinidad de otros innumerables globos? ¿Por qué hemos nacido y por qué hay
en el mundo seres?
¿Y qué es el conocimiento y cómo lo he recibido? ¿Qué relación existe
entre el aire que hiere mi oído y el conocimiento de su sonido, entre ese
cuerpo y el conocimiento de los colores? No lo sé y nunca lo sabré. ¿Qué es el
pensamiento, dónde reside, cómo se forma, quién me da los pensamientos mientras
duermo? ¿Pienso en virtud de mi voluntad? Durante el sueño, y con frecuencia
mientras estoy en vela, siempre tengo ideas contra mi voluntad. Estas ideas,
mucho tiempo olvidadas en el, desván de mi cerebro, salen de allí sin que las
haga salir y se presentan espontáneamente a mi memoria, que hace baldíos
esfuerzos para rechazarlas. Los objetos exteriores no pueden formar en mí las
ideas, pues nadie da lo que no tiene; conozco que no soy yo quien las da,
puesto que nacen sin orden mía. ¿Quién, pues, me las da, de dónde vienen y a
dónde van? Espectros fugaces, ¿qué mano invisible os produce y hace
desaparecer?
¿Por qué el hombre es el único animal que siente la airada pasión de
dominar a sus semejantes? Por qué y cómo acontece que entre cien millones de
hombres inmolen esta pasión noventa y nueve millones de seres humanos?
¿Cómo es posible que siendo la razón el don precioso que no quisiéramos
perder por nada del mundo, debemos a esta misma razón ser casi siempre más
desgraciados que los demás seres? ¿En qué consiste que amando apasionadamente
la verdad nos arrastran siempre las imposturas? ¿De dónde nace el mal y por qué
existe?
Átomos efímeros, compañeros míos en la infinita pequeñez, nacidos como
yo para sufrir e ignorarlo todo, ¿es posible que haya entre vosotros algunos
tan desquiciados que quieran saber todo eso que ignoro? No, no los hay. En el
fondo de vuestro pecho sois conscientes de vuestra nada, como soy consciente de
la mía, pero como sois soberbios movéis guerra para que los hombres adopten
vuestros vastos sistemas, y no pudiendo tiranizar sus cuerpos pretendéis
tiranizar sus espíritus.
IGUALDAD. ¿Qué le debe un perro a otro perro, un
caballo a otro caballo? Nada. Ningún animal depende de su semejante, pero
habiendo recibido el hombre el destello de la Divinidad que se llama razón,
¿cuál es el fruto? El de ser esclavo en casi toda la tierra.
Si esta tierra fuese la que parece debería ser, es decir, si el hombre
hallase por doquier una subsistencia fácil y garantizada y un clima adecuado a
su naturaleza, es evidente que hubiera sido imposible que un hombre esclavizara
a otro. Si el planeta estuviese cubierto de frutos saludables, si el aire que
debe contribuir a nuestra vida no nos provocase las enfermedades y la muerte,
si el hombre no necesitase más alojamiento ni más lecho que aquel del cual se
sirven los gamos y los corzos, entonces los Gengis‑Khan y los Tamerlán no
tendrían más servidores que sus hijos, que serían lo bastante buenas gentes
para ayudarles en su ancianidad.
En este estado tan natural que disfrutan los cuadrúpedos, las aves y los
reptiles, el ser humano sería tan feliz como ellos, la dominación sería
entonces una quimera, un absurdo en el que nadie pensaría, pues ¿para qué
buscar servidores cuando no se necesita ningún servicio?
Si a cualquier individuo de cabeza tiránica y brazo inquieto se le
pasara por la mente esclavizar a un vecino menos fuerte que él, la cosa sería
imposible: el oprimido estaría ya a cien leguas antes que el opresor hubiera
adoptado sus medidas.
Así, pues, todos los hombres serían forzosamente iguales si carecieran
de necesidades. La miseria que encadena nuestra especie subordina un hombre a
otro y esto no es desigualdad, que es un mal, sino la dependencia o
subordinación. Importa poco que tal hombre se titule Su Alteza o Su Santidad;
tan dura es la servidumbre que se padece a las órdenes de uno como de otro.
Una familia numerosa cultiva un espléndido terreno y dos pequeñas
familias vecinas poseen campos ingratos y hostiles; es preciso que las dos
pobres familias sirvan a la familia opulenta o bien que la degüellen, esto es
evidente. Una de las dos familias indigentes va a ofrecer sus brazos a la rica
para obtener pan; la otra emprende una guerra contra ella y es vencida. La
familia sirviente es el origen de los criados y obreros; la familia vencida, el
origen de los esclavos.
Resulta imposible, en nuestro desgraciado planeta, que los hombres que
viven en sociedad no estén divididos en dos clases: una de ellas la de los
opresores y la otra la de los oprimidos; ambas se subdividen en otras mil y
estas mil presentan aún matices distintos.
Todos los oprimidos no son igualmente desgraciados. La mayor parte han
nacido en este estado y el continuo trabajo les impide sentir demasiado su
situación, pero cuando tienen conciencia de ella entonces surgen guerras como
la del partido plebeyo contra el partido senatorial, en Roma, o la de los
campesinos en Alemania, Inglaterra y Francia. Todas estas guerras acabaron
tarde o temprano esclavizando más al pueblo, porque los poderosos tienen dinero
y el dinero es el dueño de todo en un estado. Decimos de un estado porque no
puede aplicarse lo mismo de nación a nación, pues la nación que sepa manejar
mejor el hierro subyugará siempre a la que posea más oro y menos coraje.
Todos los hombres nacen con una tendencia demasiado violenta a la
dominación, la riqueza, los placeres y, con bastante afición, la pereza; en
consecuencia, todos quisieran tener dinero y las mujeres o hijas de los demás,
ser su dueño, sujetarlas a sus caprichos y no hacer nada, o por lo menos hacer
solamente cosas agradables. Podréis comprobar que con tan lindas disposiciones
es asimismo imposible que los seres humanos sean iguales y también imposible
que dos predicadores o dos profesores de teología no estén celosos uno del
otro.
El género humano, tal como es, no puede subsistir a menos que exista una
infinidad de hombres útiles que no posean nada, pues es evidente que un hombre
no abandonará voluntariamente su tierra para acudir a trabajar la vuestra, y si
tenéis necesidad de un par de zapatos no será un relator del Consejo de Estado
quien los haga. De modo que la igualdad es, a la vez, la cosa más natural y la
más quimérica.
Como los hombres son excesivos en todo cuanto emprenden y han exagerado
esta desigualdad, han implantado en varios países la prohibición a cualquier
ciudadano de salir de la comarca que les ha visto nacer. Pero el sentido de
esta ley es evidente: «este país es tan malo y está tan mal gobernado que
prohibimos a todos los individuos marcharse de él, temiendo que todo el mundo
se vaya». Sin embargo, hay algo mejor que hacer: proporcionar a todos los
súbditos el deseo de permanecer en el país y a los extranjeros el de
trasladarse al mismo.
Cada ser humano, en el fondo de su alma, tiene derecho de creerse igual
a los demás, pero de ello no se deduce que el cocinero de un cardenal ordene a
éste que le haga la comida; no obstante, el cocinero puede decir: «Soy un
hombre igual que mi amo: he nacido llorando como él, y él morirá, como yo, con
iguales angustias y las mismas ceremonias fúnebres. Los dos llevamos a cabo
idénticas funciones animales. Si los turcos se apoderan de Roma y entonces soy
cardenal y mi amo es cocinero, lo tomaré a mi servicio». Todo este discurso es
razonable y justo, pero mientras esperamos que el Gran Turco se apodere de Roma
el cocinero debe cumplir su deber o toda la sociedad quedará pervertida.
Desde el punto de vista de un hombre que no es cocinero, ni cardenal, ni
se halla investido de cargo alguno en el Estado, como desde el punto de vista
de un particular que nada ambiciona pero que está indignado de ser recibido en
todas partes con aires de protección o de desprecio, que comprueba con
evidencia que muchos monsignors no tienen más ciencia, ni más sensibilidad, ni
más virtud que él, y que le molesta esperar muchas veces en su antecámara, ¿qué
partido debe adoptar? El de marcharse.
IMPOTENCIA. Inicio este artículo condoliéndome de los
pobres impotentes frigidi et maleficiati, como los denominan las Decretales.
¿Se podrá encontrar un médico experto que se atreva a asegurar que el hombre
joven y bien conformado que no tuvo hijos de su esposa, no los tendrá más
tarde? La Naturaleza lo sabe, pero los hombres lo ignoran. Siendo, pues,
imposible saber si el matrimonio será o no consumado, ¿por qué no lo disuelven?
Los romanos esperaban dos años para disolver el matrimonio. Justiniano ordena
que esperen tres, pero, ¿si se conceden tres años a la naturaleza para curarse,
por qué no concederle cuatro, diez o veinte?
Se han conocido mujeres que durante diez años recibieron las caricias de
sus esposos con la mayor insensibilidad y luego sintieron los más violentos
estímulos; los hombres pueden encontrarse en este caso, y de éstos hay algunos
ejemplos. La naturaleza, en ninguna de sus operaciones, es tan caprichosa como
en la cópula de la especie humana; procede con más regularidad que en la de
otros animales. Sólo en el hombre la parte física la dirige y la corrompe la
parte moral, siendo prodigiosa la variedad y singularidad de sus apetitos y
repugnancias. Se sabe de un hombre que caía al suelo desvanecido al ver lo que
produce deseos en todos los demás y todavía viven en París personas que
presenciaron ese fenómeno.
Un príncipe, heredero de una gran monarquía, se enamoraba locamente de
los pies. Dícese que en España esa afición es bastante común. Las mujeres,
tratando de ocultarlos, trastornaban la imaginación de muchos varones. La
imaginación pasiva dio pie a singularidades cuyos detalles apenas son
comprensibles. Con frecuencia la mujer, por ser excesivamente pasiva, impide
que el marido goce y desconcierta la naturaleza; y el hombre que sería un
Hércules facilitándole la satisfacción de sus deseos, se torna en eunuco porque
le rechaza su mujer. Únicamente en este caso la mujer tiene la culpa, pero
carece de derecho para acusar al marido de la impotencia que ella le causa. Su
marido puede echárselo en cara diciendo: «Si me amaras me concederías las
caricias que necesito para perpetuar mi raza; si no me amas, ¿por qué te has
casado conmigo?»
En la Antigüedad consideraban hechizados a los llamados maleficiers.
Esos encantamientos eran antiquísimos y los había para privar a los hombres de
la virilidad y para devolvérsela. En Pretonio vemos que Chrysis creía que
Polyenos no pudo gozar a Circe porque le quitaron la virilidad los
encantamientos de los magos, y una vieja trata de restituírsela por medio de
otros sortilegios; exorcizaban en vez de desencantar, y cuando el exorcismo no
producía efecto desencantaban a los interesados.
El derecho canónico trató esta cuestión de los maleficiados. El hombre
al que los sortilegios impedían consumar el primer matrimonio con su mujer
enmaridaba con otra, que lo hacía padre: ¿podía, perdiendo a la segunda mujer,
volver a casarse con la primera? Se decidieron por la negativa los grandes
canonistas Alejandro de Nevo, Andrés Alberic, Turrecremata, Soto, Richard,
Henríquez, Rosella y otros.
Debemos admirar la sagacidad de los canonistas, y sobre todo de los
religiosos de costumbres reprochables, para sondear los misterios del goce, en
los que no hay ninguna singularidad que no hayan adivinado. Han debatido todos
los casos en que el hombre puede ser impotente en determinadas circunstancias y
puede no serlo en otras. Han arbitrado todo lo que la imaginación puede
inventar para favorecer a la naturaleza, y con la intención de aclarar lo
permitido y lo que no, han revelado de buena fe lo que debiera ser secreto.
Sánchez recogió y publicó todos los casos de conciencia que la mujer más
descocada sólo confesaría, ruborizándose, a la matrona más reservada.
Cuestiones de esa índole no se han tratado en ninguna parte del mundo como han
hecho nuestros teólogos. Las causas de impotencia empezaron a alegarse en la
época de Teodosio, y sólo en los tribunales eclesiásticos salieron a relucir
las secretas cuestiones que han mediado entre mujeres atrevidas y maridos
avergonzados.
En el Evangelio sólo se habla del divorcio por motivos de adulterio. La
ley hebraica permitía al marido repudiar a aquella de sus mujeres que le
desagradaba, sin especificar la causa (1). «Basta para esto que la mujer no
encuentre gracia ante los ojos del marido». Esta es la ley del más fuerte,
aludiendo al género humano en su pura y bárbara naturaleza. Las leyes hebraicas
nunca tratan de la impotencia; parece, dice un canonista, que Dios no podía
permitir que hubiera impotentes en el pueblo sagrado, que debía multiplicarse
como las arenas del mar, a quien Dios prometió por medio del juramento
entregarle la región inmensa que media entre el Nilo y el Éufrates, y a quien
dieron la esperanza sus profetas de que un día dominaría todo el mundo. Para
cumplir las promesas divinas era necesario que todos los judíos se ocuparan sin
descanso en la gran obra de la propagación. No cabe la menor duda de que la
impotencia es una maldición, y todavía no habían llegado los tiempos en que los
hombres se castraban para conquistar el reino de los cielos.
(1) DeuTeronomio, cap. 24, 1.
Andando el tiempo, al elevarse el matrimonio a la dignidad de misterio y
sacramento, los eclesiásticos se convirtieron paulatinamente en jueces de todo
lo que acontecía entre marido y mujer, e incluso de lo que no acaecía.
Las mujeres tuvieron libertad de presentar memoriales para estar
embarazadas y estas causas se incoaban en latín. Los clérigos pleiteaban por
ellas y los sacerdotes servían de jueces. Mas ¿de qué juzgaban? De cosas que
debían ignorar, y las mujeres se querellaban de lo que debían tener siempre
secreto. Estos procesos dirimían siempre acerca de estos dos asuntos: sobre
hechiceros que impedían al hombre que consumara su matrimonio y sobre mujeres
que querían volverse a casar.
Lo extraordinario en estas cuestiones es que todos los canonistas
convienen en que el marido víctima de un sortilegio que le hizo impotente no
puede, en conciencia, destruir ese sortilegio, ni suplicar al mago que lo
destruya (2). En la época de los hechiceros era indispensable exorcizar. Era
preciso que los clérigos fueran unos cirujanos que gozaban el privilegio
exclusivo de poneros emplastos y aseguraros que os mataría la herida si os
curaba la mano que os hirió. Valía más haberse asegurado antes de obrar, si un
hechicero puede quitar y restituir la virilidad al hombre. Y como había muchas
personas débiles que temían más a los hechiceros, preferían ponerse en manos de
los exorcistas. El hechicero les quitaba la virilidad, pero —¡ay!— el agua
bendita no se la restituía. El diablo podía más que el exorcismo.
(2) Véase Pontas en Impedimento de la impotencia.
En los casos de impotencia que no intervenía el diablo, los jueces
eclesiásticos no sabían a qué atenerse para sentenciar. En las Decretales
figura el famoso título de frigidis et maleficiatis, muy curioso, pero que nada
aclara. El primer caso que discutió Brocardie no ofrece ninguna dificultad, las
dos partes convinieron en que hubo impotencia, y autorizose el divorcio.
El papa Alejandro III dirimió una cuestión más delicada (1): el de una
mujer enferma. Instrumentum ejus impedimentum. Su enfermedad es natural y los
médicos no pueden curarla. «Concedemos a su marido la libertad de tomar otra
mujer». Esta decretal parece dictada por el juez que piensa más en la necesidad
de aumentar la población que en la indisolubilidad del sacramento. ¿Cómo es tan
poco conocida esta ley papal? ¿Cómo es que todos los maridos no la saben de
memoria?
(1) DecretaLes, lib. IV, tít. XV.
La decretal de Inocencio III ordena que la comadrona reconozca a la
mujer cuyo marido declaró ante la justicia ser demasiado estrecha para la
cópula. Esta ley no debía estar en vigor porque los maridos no acostumbraban a
hacer semejantes declaraciones.
Honorio III dispone que la mujer no alegue la impotencia de su marido
para disolver el matrimonio habiendo vivido con él ocho años. No anduvieron con
tantas contemplaciones para declarar impotente al rey de Castilla, Enrique IV,
cuando estaba rodeado de amantes y tuvo de su mujer una hija, heredera del
reino. Pero fue el arzobispo de Toledo quien dictó esa sentencia y el papa no
se inmiscuyó en esa cuestión. Tampoco anduvieron con más remilgos con el rey
Alfonso de Portugal, a mediados del siglo XVII. Este príncipe se dio a conocer
por su crueldad, sus liviandades y su fuerza muscular, y su exceso de vesanía
sublevó a la nación contra él. Su esposa, que deseaba destronarlo para casarse
con su cuñado el infante don Pedro, comprendió que sería dificilísimo casarse
con los dos hermanos, uno después de otro, habiendo sido esposa del
primogénito. El ejemplo de Enrique IV de Inglaterra la intimidaba y resolvió
que el capítulo de la catedral de Lisboa declarara a su esposo impotente, que
así lo hizo en 1667. De este modo, la reina casó con su cuñado antes de obtener
la dispensa del papa.
En Francia, a los acusados de impotencia les hacían pasar, en el siglo
XIV, por la prueba del congreso, la cual consistía en que ejercieran las
funciones matrimoniales marido y mujer por orden de la justicia civil y de la
justicia eclesiástica ante cirujanos y matronas, con el fin de disolver el
matrimonio cuando la mujer acusaba al marido de ser impotente.
Si el marido salía vencedor en el combate, demostraba su virilidad; si
salía vencido, su derrota nada demostraba la primera vez, porque podía ganar en
un segundo embite, o en el tercero, etc.
Es famoso el proceso que en 1659 promovieron el marqués de Langeais y su
esposa Marie de Saint‑Simon, en el que aquél pidió la prueba del congreso. Los
desabridos desdenes de su mujer le hicieron sucumbir. Solicitó una segunda
prueba, pero los jueces, cansados de las murmuraciones de los supersticiosos y
de los sarcasmos y críticas de los burlones, se la denegaron. La Cámara declaró
impotente al marqués, anuló el matrimonio y le prohibió casarse otra vez, pero
permitiendo a su mujer que escogiera otro esposo.
¿Podía impedir la Cámara que el hombre que una mujer desdeñosa no pudo
excitar al goce, lo excitara otra mujer que le profesara verdadero cariño? A
pesar de la sentencia, el marqués contrajo matrimonio con Diana de Novailles,
de la que tuvo siete hijos. Cuando falleció la primera mujer del marqués, éste
apeló a la Gran Cámara contra la sentencia que le declaró impotente y le
condenó a pagar las costas. Conociendo la Gran Cámara la ridiculez del proceso
y la sentencia dictada en 1659, confirmó el matrimonio que el marqués contrajo
con Diana de Novailles, a pesar de la sentencia del tribunal, le declaró
potente y le perdonó las costas, pero abolió la prueba del congreso (2).
(2) El congreso se instituyó a mediados del siglo XIV y fue derogado en
febrero de 1667.
Así, pues, para fallar sobre la impotencia de los maridos no quedó otro
medio que la práctica antigua del reconocimiento de los peritos, prueba siempre
falaz, por cuanto la mujer puede ser desflorada sin que lo parezca y conservar
la virginidad aun manifestando señales falsas de desfloración. Los
jurisconsultos han juzgado durante catorce años de la doncellez como han
juzgado de los sortilegios, sin conocimiento de causa.
INCESTO. En el Espíritu de las Leyes (libro 26,
capítulo 14), Montesquieu dice de los tártaros que pueden casarse con sus
hijas, pero jamás se casan con sus madres.
No sabemos de qué tártaros habla el autor, que tiene por costumbre hacer
citas falsas. En la actualidad no conocemos ningún pueblo, desde Crimea hasta
las fronteras de China, en que sea uso o costumbre que los habitantes se casen
con sus hijas. Si era permitido a la hija casarse con el padre, no había razón
para no permitir que el hijo se casara con la madre.
Montesquieu cita a un autor llamado Priscus (Priscus Panetes), un
sofista que vivía en la época de Atila, el cual dice que Atila se casó con su
hija Esca siguiendo el uso de los escitas. Priscus no ha sido impreso nunca, y
su manuscrito se pudre en la biblioteca del Vaticano. Sólo Fernández lo
menciona. No puede establecerse la legislación de los pueblos basándola en
semejantes autoridades. Ningún autor cita a Esca, ni oyó hablar nunca de que se
casara con su padre Atila.
Confieso que la ley que prohíbe esa clase de matrimonios es una ley
decorosa, y por eso jamás he creído que los persas casaran con sus hijas. En
tiempos de los Césares algunos romanos los acusaban de esto para hacerles
odiosos. Puede que algún príncipe de Persia cometiera un incesto e imputaran a
la nación entera la obscenidad de uno solo. Es posible que se permitiera a los
antiguos persas casarse con sus hermanas igual que los atenienses, egipcios,
sirios e incluso judíos, y de ello dedujeran que era común casarse con su padre
y su madre, pero lo cierto es que el casamiento entre primos está prohibido
entre los guebros actualmente, y se asegura que éstos conservan la doctrina de
sus antepasados tan escrupulosamente como los judíos.
Se me objetará que el mundo está lleno de contradicciones y que la ley
hebráica prohibía casarse con dos hermanas por estimarse demasiado indecente.
Sin embargo, Jacob se casó con Raquel viviendo la hermana mayor de ésta y
Raquel es un símbolo de la Iglesia católica. Esto es verdad, pero si un quidam
cualquiera se acuesta en Europa con dos hermanas caen sobre él las más acerbas
censuras. En cambio, los hombres poderosos constituidos en dignidad pueden
unirse con todas las hermanas de sus mujeres que quieran para hacer la
felicidad de sus estados, e incluso con las hermanas de su padre y de su madre
según se tercie. Era mucho peor acostarse con la madrina de uno, un crimen
irremisible según las Capitulares de Carlomagno, que llamaban incesto
espiritual.
Andovera, que se llamó reina de Francia por ser esposa de Childerico
régulo de Soissons, fue recriminada por la justicia eclesiástica, que la
degradó y divorció por haber sostenido a su hijo en la pila bautismal por lo
que se convirtió en comadre de su marido. Cometió pecado mortal un sacrilegio y
un incesto espiritual, que le hizo perder el tálamo y la corona.
Respecto al incesto carnal, leed lo que dice el abogado Vougland (1).
Opina que deben morir en la hoguera el primo y la prima que hayan tenido un
momento de debilidad. Muy riguroso es el abogado Vougland.
ÍNCUBOS Y SÚCUBOS. ¿Han existido alguna vez los íncubos y los
súcubos? Los sabios jurisconsultos de monografías admiten la existencia de unos
y otros. Afirman que el diablo, siempre al acecho, inspiraba sueños lascivos a
los jóvenes de ambos sexos, recogía el producto de los sueños masculinos y,
caliente todavía, lo inseminaba en el recinto femenino que naturalmente tiene
ese destino. Idéntica operación es la que producía muchos héroes y semidioses
en la Antigüedad. El diablo se tomaba un trabajo superfluo; le bastaba con haber
dejado juntos a los jóvenes de ambos sexos y sin su ayuda hubieran traído
igualmente héroes al mundo.
(1) Pierre‑François Muyard de Vougland, que falleció en marzo de 1793 y
fue el autor de Refutación de Beccaria.
Sabemos lo que eran íncubos por la explicación que dan Del Río, Boguet y
otros sabios en hechicería, pero esa explicación no nos da idea de los súcubos.
Una moza puede hacer creer que la gozó un genio, un dios, y que de éste tuvo un
hijo. Según dice Del Río, el diablo inseminó en ella la sustancia que hace
nacer al niño, recogida durante el sueño de un mozo, la joven queda encinta y
da a luz sin que nadie pueda afearle nada; el diablo fue su íncubo. Ahora bien,
cuando el diablo se convierte en súcubo, es otra cosa distinta; para ello es
preciso que sea diabla y la esperma del hombre penetre en ella, en cuyo caso el
hombre la hechiza y tiene de ella un hijo.
Los dioses y diosas de la Antigüedad clásica obraban de manera más
limpia y noble. Júpiter en persona fue el íncubo de Alcmena y Semele. Tetis en
persona la súcubo de Peleo, y Venus la súcubo de Anquises, sin necesidad de
recurrir a subterfugios de la diablería.
Sabemos además que los dioses con frecuencia se transformaban, para
conseguir a las hijas de los hombres, en águilas, palomos o cisnes, caballos o
en lluvia de oro, pero las diosas obraban a cuerpo limpio: no tenían más que
presentarse para agradar. Yo sostengo que si los dioses se metamorfosearon para
entrar sin producir escándalo en las casas de sus elegidas, adquirían su forma
natural en cuanto entraban en las estancias. Júpiter no podía gozar de los
favores de Danae convertido en lluvia de oro, e igual hubiera ocurrido con Leda
si hubiera sido cisne, pero volvió a ser dios, esto es, un joven hermoso, y
pudo gozarla.
En cuanto a la nueva manera de preñar a las jóvenes por ministerio del
diablo no podemos dudar que ha existido, puesto que la Sorbona lo decidió así
en 1318. «Es un error creer que esas artes mágicas y esas invocaciones de los
diablos no producen efecto.» La Sorbona no revocó ese decreto; luego debemos
creer que han existido íncubos y súcubos, ya que nuestros maestros lo creyeron.
Es más, lo han creído otros maestros. En el libro que escribió sobre los
hechiceros, dedicado a Christophe du Thou primer presidente del Parlamento de
París, Roding refiere que Jeanne Hervilior, natural de Berbería, fue condenada
por dicho parlamento a ser quemada viva por prostituir su hijo al diablo, que
era un hombre alto y negro, y cuyo semen estaba helado. Esta circunstancia
parece opuesta a la naturaleza del diablo, pero nuestra jurisprudencia opinó
siempre que la esperma del diablo es fría y el ingente número de hechiceras que
hizo quemar durante mucho tiempo es prueba de esa verdad.
El célebre Pico de la Mirandola, que era príncipe y no mentía, dice (2)
que conoció a un anciano de ochenta anos que se acostó la mitad de su vida con
una diabla, y a otro de setenta que hizo lo mismo; los dos fueron quemados en
Roma. No nos dice qué hicieron sus hijos. He aquí demostrada la existencia de
los íncubos y súcubos. Por lo menos es imposible probar que no han existido, y
ello porque si es punto de fe que hay en el mundo diablos que entran en
nuestros cuerpos, ¿quién puede impedirles que actúen de mujeres o que entren en
los cuerpos de las jóvenes? Si hay diablos, es probable que existan diablas.
Por tanto, para ser consecuentes, debemos creer que los diablos tienen hijos de
nuestras jóvenes y nosotros los tenemos de las diablas. Nunca hubo imperio tan
universal como el del diablo; sin embargo, lo destronó la razón.
(2) En el libro titulado De promotione.
INFIERNO. Inferum significaba subterráneo, que era donde los
pueblos de la Antigüedad enterraban a los muertos, quedando así el alma con
ellos. Tal fue la primitiva física y metafísica de los egipcios y griegos.
Los hindúes, que son más antiguos e idearon el dogma ingenioso de la
metempsicosis, nunca creyeron que las almas de los muertos estuvieran en el
subterráneo. Los japoneses, coreanos, chinos y los pueblos que ocupaban
Tartaria oriental y occidental, tampoco creyeron semejante cosa.
Con el paso del tiempo los griegos convirtieron el subterráneo en un
vasto reino que entregaron liberalmente a Plutón y a su esposa Proserpina. Le
asignaron tres consejeros de Estado, tres amas de llaves que llamaron las
Furias y tres Parcas para hilar, devanar y cortar el hilo de la vida del
hombre, y como en la Antigüedad cada héroe tenía un perro para que vigilara la
puerta de su casa, concedieron a Plutón un perrazo de tres cabezas llamado
Cancerbero. En ese reino todo se contaba por tres. Los consejeros de Estado
eran Minos, Eaco y Radamanto; uno juzgaba Grecia, otro Asia Menor y el tercero
Europa.
Los primeros que se burlaron del infierno fueron los poetas. Virgilio
tan pronto se ocupa de él seriamente en la Eneida —porque el tono serio era a
propósito para su asunto—, como se burla en las Geórgicas. Igual hicieron
Lucrecio y Horacio, Cicerón y Séneca. El emperador Marco Aurelio lo toma más
filosóficamente que los mentados escritores y dice: «Quien teme la muerte lo
que teme es verse privado de sus sentidos o experimentar otras sensaciones,
pero el que pierde los sentidos no sufre ninguna pena ni miseria, y el que
tiene sentidos de otra clase se convierte en otra criatura». Nada podía objetar
a este argumento la filosofía profana. Sin embargo, como la contradicción es
inherente a la especie humana y al parecer sirve de base a nuestra naturaleza,
al mismo tiempo Cicerón decía públicamente: «No hay ninguna vieja que crea esas
tonterías». Lucrecio aseguraba que esas ideas causaban gran impresión en la
imaginación del pueblo y se proponía destruirlas. Lo cierto es que en las
últimas capas sociales, unos se reían del infierno y a otros les hacía temblar;
unos tildaban de fábulas ridículas al Cancerbero, las Furias y Plutón, y otros
ofrecían continuamente ofrendas a los dioses infernales. Ocurría entonces lo
mismo que ahora.
Algunos filósofos que no creían en la fábula del infierno deseaban que
esa creencia refrenara al populacho. Entre esos filósofos había Timeo de Locres
y el político e historiador Polibio, que decía: «El infierno es inútil para los
sabios, pero necesario para la plebe insensata».
Sabemos que la ley del Pentateuco no anuncia en ninguna parte la
existencia del infierno. Los hombres estaban inmersos en un caos de
contradicciones e incertidumbres cuando Jesucristo apareció en el mundo:
confirmó la doctrina antigua del infierno, pero no la doctrina de los poetas
paganos, ni la de los sacerdotes egipcios, sino la que adoptó el cristianismo.
Jesucristo anunció un reinado que debía venir y un infierno que no tendría fin.
Dice categóricamente en Cafarnaún: «Todo el que llame a su hermano raca será
condenado por el sanedrín, pero el que le llame loco será condenado a la
gehenet eimon, gehena (1) del fuego».
(1) Gehena es el nombre que da la Sagrada Escritura al infierno.
Esto prueba dos cosas: que Jesucristo no quería que se injuriara a
nadie, porque sólo le incumbía a él, como Señor, llamar a los fariseos
prevaricadores y raza de víboras, y que quienes injurian al prójimo merecen el
infierno, porque la gehena del fuego situada en el valle de Ennom era donde
quemaban a las víctimas que sacrificaban a Moloc, y esa gehena simboliza el
fuego del infierno.
Jesucristo dice en el Evangelio de Marcos: «Si alguno sirve de piedra de
escándalo para los débiles que no creen en mí, sería mejor para él que le
ataran al cuello una muela de molino y le arrojaran al mar».
«Si tu mano te sirve de piedra de escándalo, córtatela, es preferible
estar manco en la vida, a ir a la gehena del fuego inextinguible, donde el
gusano no muere y el fuego no se extingue.»
«Y si el pie te sirve de piedra de escándalo, córtate el pie; es
preferible entrar cojo en la vida eterna a que te arrojen con dos pies en la
gehena inextinguible, donde», etc.
«Si el ojo te sirve de piedra de escándalo, arráncate el ojo; vale más
ser tuerto en el reino de Dios, que abrasarte con los dos ojos en la gehena del
fuego», etc.
En el Evangelio de san Lucas, dice Jesucristo, mientras caminaba hacia
Jerusalén: «Cuando el padre de familia haya entrado en casa y cierre la puerta,
os quedaréis fuera y llamaréis, diciendo: Señor, abridnos. Y desde dentro una
voz os contestará: No os conozco. Entonces diréis: Hemos comido y bebido
contigo, y tú nos has enseñado las encrucijadas. La voz os replicará: No os
conozco. ¿De dónde sois, obreros de iniquidades? Y lloraréis y rechinaréis los
dientes cuando veáis dentro de la casa a Abrahán, a Isaac, a Jacob y a todos
los profetas, y vosotros seáis expulsados de ella».
Pese a estas y otras declaraciones del Salvador del género humano, que
aseguran la condenación eterna a todo el que no pertenezca a nuestra Iglesia,
Orígenes y otros autores no creen en la eternidad de las penas. Los socinianos
también rechazan esta doctrina, pero están fuera del gremio de la Iglesia. Los
luteranos y los calvinistas, que también lo están, admiten, sin embargo, la
eternidad del infierno.
Tan pronto como los hombres vivieron en sociedad debieron apercibirse de
que muchos culpables burlaban la severidad de las leyes: castigaron los
crímenes públicos y necesitaron establecer un freno que impidiera perpetuar
crímenes secretos; creyeron, pues, que solamente la religión podría ser este
freno. Los persas, caldeos, egipcios y griegos imaginaron que debía haber
castigos después de la vida, y de los pueblos antiguos que conocemos sólo los
hebreos admitieron que hubiera castigos temporales, como hemos dicho en otros
artículos. Es ridículo creer o aparentar que se cree apoyándose en pasajes
incomprensibles, que admitían el infierno las antiguas leyes hebraicas en el
Levítico y en el Decálogo, cuando el autor de las mencionadas leyes no dijo
palabra que tuviera la mínima relación con los castigos de la vida futura. De
ser así tendríamos derecho a reconvenir al que redactó el Pentateuco,
diciéndole: Sois un inconsecuente, carecéis de probidad y sois indigno del
nombre de legislador que os arrogáis. ¿Conocéis un dogma capaz de reprimir tan
necesario para el pueblo como es el dogma del infierno y no lo proclamáis sin
ambages? Mientras lo admiten en todas las naciones que os rodean, os dais por
satisfecho con que puedan adivinar ese dogma algunos comentaristas que nacerán
cuatro mil años después que vos y distorsionarán algunas de vuestras palabras
para encontrar en ellas lo que no habéis dicho. Pues bien, o sois un ignorante
que no sabéis que existe esa creación universal en Egipto, Caldea y Persia, o
un hombre poco agudo si conociendo dicho dogma no habéis hecho de él la base de
vuestra religión.
A este ataque, los autores de las leyes hebraicas únicamente podían
contestar: Confesamos que somos excesivamente ignorantes, que hemos aprendido a
escribir demasiado tarde y que nuestro pueblo era una horda salvaje y bárbara
que vagó errante cerca de medio siglo por el desierto inhóspito, hasta que al
fin se apoderó de un país pequeño por el saqueo y reprobables crueldades. Y
como no teníamos trato con las naciones civilizadas, ¿cómo pretendéis, pues,
que nosotros fuéramos capaces de idear un sistema tan espiritual? Sólo
empleábamos la palabra alma para significar vida y no conocimos a Dios ni a sus
ministros y ángeles más que como seres corporales: la distinción entre el alma
y el cuerpo, la idea de otra vida después de la muerte, pueden ser el fruto de larga
meditación y de sutil filosofía. Preguntad a los hotentotes y a los negros, que
pueblan un territorio cien veces más extenso que el nuestro, si tienen idea de
la vida futura. Creímos hacer bastante convenciendo a nuestro pueblo que Dios
castiga a los criminales hasta la cuarta generación, ya aquejándolos de lepra,
ya dándoles muertes repentinas, ya ocasionándoles la pérdida de los bienes que
podían poseer.
Podemos replicar a esta justificación: Habéis inventado un sistema muy
ridículo, y el criminal que gozara de buena salud y cuya familia disfrutara de
prosperidades tendría motivos para burlarse de vosotros. El apologista de la
ley hebraica no diría entonces: Estáis equivocado por la sencilla razón de que
por cada criminal que razona hay ciento que no saben. Quien después de cometer
un crimen no recibiera castigo en su cuerpo, ni en el de su hijo, temería que
su nieto lo recibiera. Siempre ocurren desgracias en todas las familias, y
fácilmente haríamos creer que la mano divina las enviaba. Sería fácil contestar
a esta respuesta, diciendo: Vuestro argumento es falso, pues vemos todos los
días que hombres muy honrados pierden la salud y su fortuna, y aunque no haya
familia que no tenga desgracias, si éstas son castigos de Dios, todas deben ser
familias de truhanes.
Los hebreos, fariseos y esenios admitieron la creencia de un infierno a
su manera. Este dogma lo habían transmitido los griegos a los romanos y lo
adoptaron los cristianos.
Varios padres de la Iglesia no creyeron en la eternidad de las penas y
les pareció absurdo que un pobre hombre estuviera quemándose toda la eternidad
por haber robado una cabra. No hace mucho tiempo, un teólogo calvinista
conocido por Petit‑Pierre predicaba y escribió que los condenados obtendrían un
día la divina gracia. Los demás ministros de su credo se opusieron a tal
proposición. Discutieron acerca de ello acaloradamente, y se supone que el rey,
su soberano, les dijo que ya que preferían condenarse eternamente le parecía
bien, pero debían darse las manos y dejarse de discusiones. Los condenados de
la Iglesia de Neufchatel depusieron al pobre Petit‑Pierre por haber equivocado
el infierno con el purgatorio.
El Pedagogo cristiano es un excelente libro debido al padre Felipe
Outreman, de la Compañía de Jesús, del que se han hecho cincuenta y una
ediciones, pero en el cual no hay una página que tenga sentido común. Pues
bien, ese reverendo padre dice que un ministro de la reina Isabel, el barón de
Honsden (que nunca existió), predijo a Cecil, secretario de Estado, y a seis
consejeros que se condenarían, lo cual ocurrió porque así les va a todos los
herejes. Es probable que Cecil y los consejeros no creyeran al barón de
Honsden, pero si éste lo hubiera vaticinado a seis fanáticos ignorantes
indudablemente lo hubieran creído. Hoy día, que ningún habitante de Londres
cree que exista el infierno, ¿qué debemos hacer? ¿Qué freno podremos ponernos?
El del honor, el de las leyes y el de la Divinidad, que desea que seamos
justos, exista o no el infierno.
INFIERNOS. El colega que escribió en la Enciclopedia el
artículo Infierno no habla del descendimiento de Cristo a los infiernos, que es
artículo de fe importantísimo y está expresamente especificado en el Credo,
como hemos dicho. Algunos se preguntan de dónde han sacado este artículo de fe
que no se encuentra en los cuatro evangelistas, y el símbolo titulado de los
apóstoles no data, como hemos dejado constancia, más que desde los tiempos de
los sabios sacerdotes Jerónimo, Agustín y Rufino. Créese que el descendimiento
de Cristo a los infiernos se tomó del evangelio de Nicodemo, que es uno de los
más antiguos.
En dicho Evangelio, el príncipe del Tártaro y Satán, después de
conversar largamente con Adán, Enoc, Elías y David, «oyen una voz de trueno y
de tempestad. David dice al príncipe del Tártaro: “Villano y sucio príncipe del
infierno, abre inmediatamente tus puertas para que el rey de la gloria entre”.
Pronunciadas estas palabras, el Señor aparece en forma de hombre, ilumina las
tinieblas eternas y rompe los lazos indisolubles, y por medio de su virtud
invencible fue a visitar a los que estaban sentados en las profundas tinieblas
de los crímenes y en la sombra de la muerte de los pecados» (1).
(1) Véase el párrafo XXI del Evangelio de Nicodemo.
Jesucristo apareció con el arcángel Miguel y venció a la muerte; tomó a
Adán de la mano y el buen ladrón le seguía llevando su cruz. Todo esto
aconteció en el infierno en presencia de Carinus y Lentius, que resucitaron con
el fin de servir de testimonio a los pontífices Anás y Caifás y al doctor
Gamaliel, que entonces era maestro de san Pablo.
El Evangelio de Nicodemo hace muchísimo tiempo que carece de autoridad,
pero encontramos la confirmación del descendimiento de Cristo a los infiernos
en la primera carta de san Pedro, que hacia el final del capítulo III dice:
«Porque también Cristo murió una vez por nuestros pecados, el justo por los
injustos, a fin de reconciliarnos con Dios, habiendo sido a la verdad muerto
según la carne, pero vivificado por el Espíritu de Dios, en el cual fue también
a predicar a los espíritus encarcelados». Los padres de la Iglesia interpretan
de diferente modo este pasaje, pero en el fondo todos convienen en que Cristo
bajó a los infiernos después de su muerte. Para creerlo así sólo hay una
liviana dificultad. Clavado en la cruz, Jesús dijo al buen ladrón: «Hoy estarás
conmigo en el Paraíso». No le hizo, pues, honor a la palabra yéndose al
infierno, pero esta objeción se destruye con facilidad diciendo que primero le
llevó al infierno y luego al Paraíso.
Eusebio de Cesárea dice (2) que «Jesús abandonó su cuerpo sin esperar
que la muerte fuese a apoderarse de él; por el contrario, cogió a la muerte,
que temblaba, le besaba los pies y trataba de huir. El la detuvo, rompió las
puertas de los calabozos que encerraban las almas de los santos los sacó de
allí y los resucitó; se resucitó a sí mismo, llevándoselos en triunfo a la
Jerusalén celeste, que descendía del cielo todas las noches y san Justino lo
presenció».
(2) Evangelio, cap. II.
No tardó en suscitarse una disputa cuando trataron de averiguar si esos
santos resucitados murieron otra vez antes de subir al cielo. Santo Tomás, en
la Summa, asegura que volvieron a morir, opinión que comparte dom Calmet.
«Sostenemos —dice— que los santos que resucitaron después de la muerte del
Salvador murieron otra vez para resucitar un día.»
Antes de esa época plugo a Dios que los paganos se anticiparan a
realizar esas verdades sagradas. Sus dioses resucitaron a Pélope, Orfeo sacó a
Eurídice de los infiernos, al menos unos instantes, Hércules sacó de él a
Alcestes, Esculapio resucitó a Hipólita, y un largo etcétera. No obstante,
debemos distinguir entre la fábula y la verdad y someter a ésta nuestra
inteligencia en todo lo que la asombra, lo mismo que en aquello que comprende.
INFINITO. ¿Puedo tener alguna idea correcta sobre el
infinito? Confieso que sólo lo comprendo confusamente. ¿Se debe a que soy
excesivamente finito?, ¿quién se explica lo que es andar siempre sin avanzar
nunca, contar siempre sin llegar a una cuenta, dividir sin encontrar jamás la
última parte? Para mí que la noción de infinito está en el fondo del tonel de
las Danaides .
Con todo, es imposible que no exista el infinito. Está demostrado que ha
transcurrido una duración infinita. Empezar a ser es absurdo, porque la nada no
puede empezar algo. En cuanto vemos que un átomo existe, debemos deducir que
hay algún Ser que goza de la eternidad. He aquí, pues, un infinito de duración
rigurosamente demostrado. Ahora bien, ¿qué es el infinito que pasó, el infinito
que fijo en mi mente cuando quiero? Puedo decir: he aquí una eternidad
transcurrida, pasemos a la otra. Distingo dos eternidades, la pasada y la
futura.
Cuando recapacito lo que acabo de decir me parece ridículo. Me doy
cuenta de que he dicho una tontería al pronunciar «una eternidad pasó y entro
en una nueva eternidad». En el momento que lo estaba diciendo la eternidad
duraba, el tiempo fluía y no podía creerla pasada, por cuanto la duración nunca
se interrumpe. El infinito de la duración está, pues, atado con una cadena no
interrumpida, y ese infinito se perpetúa hasta el instante mismo que digo que
ha pasado. El tiempo comienza y concluye para mí, pero la duración es infinita.
He ahí, pues, un infinito confusamente definido, pero sin podernos
formar de él una noción clara.
También suponemos un infinito de espacio; mas ¿qué entendemos por
espacio?, ¿es un ser o no es nada? Si es un ser, ¿a qué especie pertenece? Si
no es nada, la nada no tiene ninguna propiedad, y decirnos que es penetrable,
que es inmensa. Soy tan ignorante que no me atrevo a llamarle nada, ni sé decir
lo que es, pero los hombres somos curiosos y sabemos que existe el espacio.
Nuestra inteligencia no alcanza a comprender la naturaleza del espacio, ni su
fin: le llamamos inmenso porque no podemos medirlo.
¿El universo es limitado? ¿Su extensión es inmensa? ¿Son innumerables
los soles y planetas? ¿Qué privilegio tiene el espacio que contiene una
cantidad de soles y planetas, respecto a la parte de ese espacio que no los
contenga? Que el espacio sea un ser o no sea nada, ¿qué dignidad alcanzó el
espacio donde estamos para ser preferido a otros espacios? Si el universo
material no es infinito, no es más que un punto en la extensión; si es
infinito, ¿qué significa el infinito actual al que mi pensamiento puede siempre
añadir?
Así como no podemos formarnos ninguna idea positiva del infinito de
duración, ni del de extensión, tampoco podemos formarnos la del infinito en
poder físico, ni siquiera en poder moral. Concebimos fácilmente que un Ser
omnipotente organizara la materia, hiciera circular los mundos en el espacio y
diera vida a los animales, a los vegetales y a los metales. Llegamos a sacar
esta conclusión porque estamos convencidos de que todos esos seres son
incapaces de haberse organizado a sí mismos, y convenimos en que ese gran Ser
existe eternamente por sí mismo, porque no puede haber salido de la nada, mas
no podemos descubrir su infinito en extensión, en poder, ni en atributos
morales.
¿Cómo es posible concebir que tenga extensión infinita un ser que debe
ser simple? Y si es simple, ¿cómo hemos de comprender su naturaleza? Sólo
conocemos a Dios por sus efectos, pues por su naturaleza no podemos conocerle.
Si no podemos tener idea de su naturaleza, claro está que no podemos conocer
sus atributos; cuando decimos que es infinito en poder, no tenemos más idea que
la de su poder omnipotente. Nada puede limitar el poder del Ser Supremo, que
existe necesariamente por sí mismo. Esta verdad no puede tener antagonistas que
la invaliden, pero ¿cómo probaréis que no está circunscrito su poder por la
propia naturaleza?
Respecto a sus atributos morales sólo podemos conocerlos incompletamente
tomando los nuestros por modelo, de otra forma es imposible conocerlos. Pero,
¿acaso son iguales o semejantes nuestras cualidades inciertas y variables, a
las cualidades del Ser Supremo? La idea que tenemos de la justicia puede
decirse que es el interés ajeno que nuestro interés respeta. El pan que la
mujer amasa con la harina, cuyo marido sembró el trigo, le pertenece. Un pobre
hambriento se apodera de ese pan y se lo lleva la mujer dice que ese hombre ha
cometido una injusticia enorme, pero éste contesta, tan campante, que obra con
justicia porque no han de morir de hambre él y su familia. No podemos, pues,
admitir que la justicia infinita de Dios sea semejante a la justicia contradictoria
de esa mujer y ese hombre.
Tan confusa es nuestra noción de los atributos del Ser Supremo, que
ciertas escuelas afirman que posee el don de la presencia, es decir, la
previsión infinita que excluye todos los acontecimientos contingentes y otras
escuelas afirman que esa previsión de Dios no excluye la contingencia. Desde
que la Sorbona declaró que Dios puede hacer que un palo no tenga dos extremos,
que una cosa pueda ser y no ser al mismo tiempo, ya no sabemos qué decir por
temor a cometer alguna herejía. Lo único que cabe afirmar, sin temor de ninguna
clase, es que Dios es infinito y que la razón del hombre es muy limitada.
Historia del infinito. Los primeros
geómetras se percataron desde la undécima o duodécima proposición que, aunque
iban bien encaminados, andaban por los bordes de un abismo, y que las
insignificantes verdades irrebatibles que iban encontrando las rodeaba el
infinito. Lo vislumbraban desde que averiguaron que, por un lado, del cuadrado
no se puede medir la diagonal, y que las circunferencias de círculos diferentes
pasan siempre entre un círculo y su tangente. Quien tan sólo deseaba averiguar
la raíz del número seis comprendía que era un número entre dos y tres pero por
más divisiones que hacía, aunque siempre se aproximaba a la raíz, nunca
conseguía encontrarla. Si suponían una línea recta cortando otra línea recta
perpendicularmente, imaginaban ver que se cortaban en un punto indivisible,
pero de cortarse oblicuamente se veían obligados a suponer un punto más grande
que otro, o a no comprender la naturaleza de los puntos, ni el principio de
toda magnitud.
El análisis de un cono les maravillaba porque su base, que es un
círculo, contiene un número infinito de líneas, y su vértice difiere
infinitamente de la línea. Si cortaban dicho cono paralelamente a su eje,
presentaba una figura que se aproximaba cada vez más a los lados del triángulo
que formaba el cono sin ser el triángulo realmente. El infinito se encontraba
en todas partes. ¿Cómo conocer el área de un círculo, ni el área de una curva
cualquiera?
Antes de la época de Apolonio, el círculo sólo se estudiaba como medida
de los ángulos y para adquirir determinados medios proporcionales, lo que
prueba que los egipcios, que enseñaron la segunda geometría a los griegos,
fueron medianos geómetras pese a que eran astrónomos bastante buenos. Apolonio
estudió detalladamente las secciones cónicas. Arquímedes consideró el círculo
como una figura de infinidad de lados y relacionó el diámetro con la
circunferencia, como la inteligencia humana puede imaginarlo. Cuadró la
parábola. Hipócrates de Chio cuadró las lúsculas del círculo.
Los antiguos buscaron baldíamente la duplicación del cubo, la trisección
del ángulo, que son inabordables para la geometría ordinaria, y la cuadratura
del círculo, que es imposible para toda clase de geometría. Desvelaron algunos
secretos en el camino que recorrieron, como ocurrió a los que iban buscando la
piedra filosofal; como por ejemplo, la cisoide de Diocles, la concoide de
Nicomedes y la espiral de Arquímedes. Todo ello se logró sin saber álgebra, sin
ese cálculo que tanto ayuda a la inteligencia y la dirige sin esclarecerla.
Digo sin esclarecerla porque suponiendo que dos matemáticos tengan que
hacer un cálculo, el primero lo haga de memoria teniendo presente todos los
números y el otro lo haga sobre el papel siguiendo una regla de rutina, pero
segura, que sólo le hace conocer la verdad que busca cuando llega al resultado,
ésta es poco más o menos la parca diferencia que media entre el geómetra sin
cálculo, que examina las figuras y ve sus relaciones, y el algebrista que busca
sus relaciones efectuando operaciones que no hablan a su inteligencia.
Harriot, Viete y, sobre todo, el famoso Descartes, emplearon los signos
y las letras. Descartes sometió las curvas al álgebra reduciéndolo todo a
ecuaciones algebraicas.
En la época de Descartes, Caballero publicó en 1635 la Geometría de los
invisibles, geometría nueva en la que los planos se componen de infinidad de
líneas y los sólidos de infinidad de planos, pero no se atrevió a emplear el
vocablo infinito en matemáticas, como Descartes no se atrevió a mencionarlo en
física. Ambos empleaban para designarlo la voz indefinido. Al mismo tiempo que
Robesval tenía idénticas ideas en Francia, un jesuita de Brujas avanzaba a
pasos de gigante en esa misma dirección por diferente camino. Gregorio de san
Vicente, el jesuita en cuestión,tomando por punto de partida un error y
creyendo encontrar la cuadratura del círculo, encontró realmente cosas
admirables. Redujo el infinito a relaciones finitas y lo conoció en pequeño y
en grande, pero sus descubrimientos se ahogaron en tres tomazos que carecen de
método, y el error flagrante con que terminó su obra perjudicó a las verdades
que contiene.
Se continuaba siempre cuadrar las curvas. Descartes se valió de las
tangentes, Fennat empleó su regla de maximis et minimis, y Wallis en 1655
publicó valientemente Aritmética de los infinitos y de las series infinitas en
número. Brounker se sirvió de esta obra para cuadrar una hipérbole. Mercator de
Holstein tuvo gran parte en esta invención, pero se trataba de hacer con las
curvas lo que Brounker intentó con éxito. En aquel entonces trataban de
encontrar un método general que sujetara el infinito al álgebra, igual que
Descartes sujetó a ésta lo infinito, y ese método lo encontró Newton a la edad
de veintitrés años.
El método de Newton tiene dos partes, que se denominan cálculo
diferencial y cálculo integral. El diferencial consiste en encontrar una
cantidad más pequeña que ninguna asignable, la que tomada una infinidad de
veces sea igual a la cantidad dada. El cálculo integral consiste en tomar la
suma total de las cantidades diferenciales.
El célebre filósofo Leibnitz y el profundo matemático Bernouille han
reivindicado cada uno el cálculo diferencial, pero sólo cuando se es capaz de
inventar cosas tan sublimes se puede tener la audacia de atribuirse tal honor.
¿Tres grandes matemáticos que buscan la verdad no es posible que la hayan
encontrado? ¿Torricelli, La Loubere, Descartes, Roberval y Pascal, no han
demostrado, cada uno a su manera, las propiedades de la cicloide? ¿No hemos
visto muchas veces varios oradores tratando de idéntico asunto, utilizar los
mismos pensamientos, pero exponerlos de diferente modo? Pues bien, los signos
que usaron Newton y Leibnitz eran diferentes, pero sus pensamientos eran los
mismos.
Desde entonces, el infinito empezó a tratarse mediante el cálculo y se
acostumbraron insensiblemente a admitir unos infinitos mayores que otros. Este
edificio tan atrevido asustó a uno de los artífices que lo construyeron:
Leibnitz llamó entonces incomparables a esos infinitos, y Fontenelle, en su
obra Geometría del infinito, establece, sin pararse en contemplaciones,
diferentes órdenes de infinitos y debe estar muy seguro de lo que imagina para
atreverse a tanto.
INICIACIÓN. (Antiguos misterios.) ¿No debemos creer que los antiguos misterios tienen su origen en la
debilidad humana, que más tarde hizo establecer las cofradías y las
congregacions que dirigen los jesuitas? ¿No fue la necesidad de asociarse lo
que constituyó varias asambleas secretas de artesanos, de las que sólo queda la
de los francmasones? La inclinación natural a asociarse para distinguirse de
los demás y preservarse de ellos, fue la causa probable de la institución de
las banderías y de todas las iniciaciones misteriosas que tanto revuelo
levantaron, pero que al fin cayeron en el olvido, donde todo cae con el fluir
del tiempo.
Que los dioses Cabiros, que los hierofantes de Samotracia, que Isis,
Orfeo y Ceres Eleusina me perdonen si sospecho que sus secretos sagrados no
merecían realmente suscitar más nuestra curiosidad que el interior de los
conventos de los carmelitas y capuchinos.
Como esos misterios eran sagrados, a no tardar lo fueron quienes de
ellos participaban. Mientras fueron pocos gozaron de respeto, hasta que su
número aumentó considerablemente y entonces no tuvieron más consideración que
los barones alemanes cuando el mundo se llenó de barones.
Cada uno pagaba su iniciación, mas no por ello les era permitido
desvelar los misterios. En todas las épocas fue un delito revelar el secreto de
los símbolos religiosos. Ese secreto, sin duda, no merece la pena de ser
conocido, porque aquellas comunidades no eran sociedades de filósofos, sino de
ignorantes, que dirigía un hierofante. Juraban no hablar de lo que en ellas
pasaba, y el juramento siempre fue una atadura sagrada. Incluso en nuestros
días juran los francmasones no revelar sus misterios, que son bastante
ridículos, mas no por esto son perjuros los miembros de esa asociación.
Los atenienses proscribieron a Diágoras por haber revelado en una
conversación el himno secreto de Orfeo. Aristóteles nos dice que Esquilo se vio
en peligro de que le matara el pueblo por haber dado en una de sus obras una
idea de los misterios, en los que casi todo el mundo estaba iniciado.
Parece que Alejandro no hacía caso de esas paparruchas consagradas y las
reveló en secreto a su madre Olimpias, pero recomendándole que no las contara a
nadie.
«En la ciudad de Busiris —según palabras de Herodoto— golpeaban a los
hombres y mujeres después del sacrificio, pero no era permitido decir dónde les
golpeaban.»
Creo ver una descripción de los misterios de Ceres Eleusina en el poema
de Claudien, titulado El rapto de Proserpina, mucho mejor que en el canto sexto
de la Eneida. Virgilio vivía en el reinado de un príncipe que era malvado y
quería que le tuvieran por devoto, que probablemente estaría iniciado para
imponer al pueblo y no hubiera consentido esta supuesta profanación. Horacio,
que era su predilecto, considera como nefanda la revelación de los misterios:
«Me guardaré bien —dice— de elogiar en mi casa a quien haga traición a los
misterios de Ceres».
Por otro lado, la sibila de Cumas, el descenso a los infiernos, copiada
de Homero, y la predicción de los destinos de los césares y del Imperio romano,
no tienen ninguna relación con los mitos de Ceres, de Proserpina y de
Triptólemo. Por eso es verosímil que el canto sexto de la Eneida no sea una
descripción de los mencionados misterios. Si lo dije me arrepiento, y hoy estoy
plenamente convencido de que Claudien es el único que los ha revelado. Escribió
en una época en que se permitía divulgar los misterios de Eleusis y todos los
misterios del mundo, concretamente en el reinado de Honorio, durante la
decadencia total de la antigua religión griega y romana, a la que Teodosio I
había asestado ya golpes demoledores. Claudien, por ser poeta, era afecto a la
antigua religión, que tanto se presta a la poesía, y describe las ceremonias de
los misterios de Ceres como todavía se practicaron en Grecia hasta la época de
Teodosio 11. Esos misterios eran una especie de ópera paródica, como algunas
que hemos visto muy divertidas, en la que se representaban todas las diablerías
del doctor Fausto, el nacimiento del mundo y el de Arlequín, saliendo los dos
de un huevo grande iluminado por los rayos del sol. De manera similar
representaban los mistagogas (1) toda la historia de Ceres y Proserpina. El
espectáculo era agradable y debía costar caro; no es extraño pues, que los
iniciados pagaran a los cómicos, que tenían que vivir de su oficio. He aquí,
traducidos en prosa libre, los versos enfáticos de Claudien, que a este respecto
se encuentran en El rapto de Proserpina:
«Veo que los negros corceles del terrible dios de los infiernos recorren
la Tierra y hacen mugir los aires. He aquí tu lecho fatal, ¡oh triste
Proserpina! Se estremecen mis sentidos de furor divino: el templo se conmueve
hasta sus cimientos, el infierno responde con alaridos, Ceres blande sus
amenazadoras antorchas y la claridad renaciente de un nuevo día anuncia a
nuestras miradas la llegada de Proserpina, que llega seguida de Triptólemo.
Obedientes dragones, arrastrad por el horizonte su carro, que es muy útil para
el mundo; huye, Hécate, de la noche oscurísima de los infiernos; brilla, reina
de los tiempos, y tú, divino Baco, que eres el bienhechor adorado de los
pueblos vencidos, con tu soberbio tirso tráenos la alegría.»
(1) Mistagogas eran los sacerdotes griegos que iniciaban en los
misterios de la religión.
Cada misterio tenía su ceremonia particular, pero todos admitían veladas
y vigilias en las que mozos y mozas no perdían el tiempo; esto fue en parte, lo
que desacreditó esas ceremonias en Grecia, en la época de la guerra del
Peloponeso, y en Roma durante la juventud de Cicerón, ocho años antes de que
fuera cónsul. Esas ceremonias nocturnas llegaron a ser tan peligrosas que, en
la Aulularia de Plauto, Niconidas dice a Euclión: «Os confieso que en una de
las vigilias de Ceres tuve yo un hijo de vuestra hija».
Nuestra religión, que purificó muchas instituciones paganas al
adoptarlas, santificó a los iniciados, las fiestas nocturnas y las vigilias que
estuvieron en uso mucho tiempo, pero que al fin se vio obligada a prohibir
cuando hubo buena administración en el gobierno de la Iglesia, la cual estuvo
mucho tiempo abandonada al celo y a la piedad de quienes pertenecían a su
gremio.
La fórmula principal de todos los misterios consistía en decir: Salid
profanos. Los cristianos la adoptaron en los primeros siglos, y el diácono
decía: «Salid, catecúmenos, poseídos y todos los que estéis iniciados».
Refiriéndose al bautismo de los muertos, san Crisóstomo dice: «Quisiera
explicarme con mayor claridad, pero no puedo hacerlo más que con los iniciados.
Nos vemos en grave aprieto porque nos obligan a ser ininteligibles o a publicar
secretos que debemos guardar». No puede ponerse más en evidencia la ley del
secreto de la iniciación. Con el paso del tiempo cambian tanto las cosas que si
hoy habláis de iniciación a la mayoría de los sacerdotes y feligreses de la
parroquia puede que ninguno de ellos sepa lo que fue la iniciación, exceptuando
a los que por casualidad lean este artículo.
Minucio Félix nos cuenta las imputaciones abominables que los paganos
atribuían a los misterios cristianos. Reprochaban a los iniciados que sólo se
trataban de hermanos y hermanas para profanar ese nombre sagrado. Besaban las
partes genitales de sus sacerdotes, como todavía se hace con los santones de
Africa, y se manchaban con todas las liviandades con que más tarde
desacreditaron a los templarios. Acusaron a aquéllos y a éstos de adorar una
cabeza de asno.
En otros artículos hemos dejado constancia de que las primitivas
comunidades cristianas se reprocharon recíprocamente las infamias más
inconcebibles. El pretexto de calumniarse fue el secreto inviolable con que
guardaba cada secta sus misterios. Por eso en Minucio Félix, Cecilio, acusador
de los cristianos, exclama: «¿Por qué ocultan con tanto celo lo que hacen y lo
que adoran? La honradez desea obrar a la luz del día, pero el crimen busca las
tinieblas».
Parece innegable que la difusión de estas acusaciones haya atraído a los
cristianos más de una persecución. Cuando una sociedad, de cualquier clase que
sea, llega a verse acusada por la voz pública, en vano prueba que la calumnian
porque sus enemigos creen conseguir un mérito persiguiendo a los acusados.
¿Cómo no causar horror a los primitivos cristianos cuando el mismo san
Epifanio lanzaba sobre ellos las más execrables acusaciones? Nos dice que los
cristianos fibionistas ofrecían a trescientos sesenta y cinco ángeles el semen
que derramaban sobre los jóvenes de ambos sexos (1), y que después de practicar
esa obscenidad setecientas treinta veces, exclamaban: «Yo soy el Cristo». Según
ese mismo santo, los cristianos fibionistas, los gnósticos y los tratiotas,
hombres y mujeres, derramaban el semen unos en manos de otros y se lo ofrecían
a Dios en sus misterios, diciéndole: «Os ofrecemos el cuerpo de Jesucristo». Se
lo tragaban acto seguido y volvían a decir: «Este es el cuerpo de Cristo, esta
es la pascua». Y las mujeres que tenían la menstruación se llenaban las manos
de ella y exclamaban: «Esta es la sangre de Cristo».
(1) San Epifanio, edición de París (1754), pág. 40.
Los carpocracianos, según refiere el mentado santo, cometían el pecado
de sodomía en sus reuniones, abusaban de todas las partes del cuerpo de las
mujeres y después practicaban operaciones mágicas.
Los cerintianos no se entregaban a esas abominaciones, pero estaban
convencidos de que Jesucristo era hijo de José.
Los ebionitas, en su Evangelio, sostienen que san Pablo quiso casarse
con la hija de Gamaliel, y no pudiendo conseguirlo se encolerizó tanto que se
hizo cristiano y, por vengarse, estableció el cristianismo.
Todas estas acusaciones no llegaron al principio a oídos del gobierno
porque los romanos hacían poco caso de las cuestiones y reproches mutuos de
esas reducidas comunidades de judíos, griegos y egipcios que ocultaba el
populacho, lo mismo que en la actualidad, en Londres, el Parlamento no se
preocupa de lo que hacen y dicen los menonitas, pietistas anabaptistas,
milenarios, moravos y metodistas. Sólo se ocupa de asuntos de importancia y
otros apremiantes, y únicamente le llaman la atención las acusaciones secretas
cuando cree que pueden ser peligrosas al alcanzar gran publicidad.
Más tarde, tales acusaciones llegaron a oídos del Senado, bien porque se
las hicieron saber los judíos, que eran implacables enemigos de los cristianos,
bien porque los mismos cristianos se las comunicaron, y de ello resultó que
imputaron a todas las comunidades cristianas las abominaciones que sólo cometía
alguna. Las iniciaciones también fueron objeto de calumnias durante mucho
tiempo y por esto empezaron a perseguirlos. Las persecuciones les obligaron a
ser circunspectos, viviendo más unidos y enseñando la doctrina de sus libros
sólo a sus iniciados. Su celo en esto fue tan riguroso que ni los magistrados
romanos ni los emperadores tuvieron nunca la menor idea de dichos libros. La
Providencia aumentó durante tres siglos el número de cristianos y su riqueza,
hasta que al fin Constancio los protegió y su hijo Constantino abrazó la
religión.
INOCENTES (De la matanza de los inocentes). Cuando se habla de la matanza de los inocentes nadie comprende que se
alude a las Vísperas Sicilianas, a la noche de San Bartolomé, a los aborígenes
del Nuevo Mundo que fueron degollados porque no eran cristianos, ni a los autos
de fe en España y Portugal. Todo el mundo comprende que se alude a los niños
que mataron en el distrito de Belén por orden de Herodes el Grande. Según
estimación de la Iglesia griega, fueron catorce mil los niños asesinados.
Las dificultades que encuentran los críticos en ese punto de la historia
las resuelven los sabios comentaristas.
Se han manifestado dudas sobre la estrella que guió a los magos desde el
fondo del Oriente hasta Jerusalén. Se ha dicho que siendo el viaje tan largo la
estrella debió aparecer en el horizonte durante mucho tiempo y no obstante,
ningún historiador, aparte san Mateo, habló nunca de esa estrella
extraordinaria. Si lució mucho tiempo en el cielo, Herodes, su corte y todo
Jerusalén, debían haberla visto, al igual que los tres reyes o los tres magos,
y por tanto Herodes no debió enterarse diligentemente por esos reyes del tiempo
en que habían visto la estrella; que si tales reyes hicieron presentes de oro,
mirra e incienso al niño recién nacido, sus padres debieron ser muy ricos; que
Herodes no pudo creer que el niño que nació en un pesebre fuera rey de los judíos
porque ese reino pertenecía a los romanos, al que lo entregó César, y que si
tres reyes de la India vinieran hoy a Francia guiados por una estrella y se
hospedaran en casa de una mujer en las afueras no harían creer al rey reinante
que el hijo de esa mujer campesina era el rey de Francia.
Pues bien, todas estas dificultades, que son los preliminares de la
matanza de los inocentes, han quedado tajantemente resueltas haciendo ver que
lo que es imposible para los mortales no lo es para Dios. En cuanto a la
matanza de niños, sean los muertos más o menos de catorce mil, han demostrado
que ese horror espantoso y único en el mundo no era incompatible con el
carácter de Herodes, que aunque Augusto le confirmó en el reino de Judea y no
podía inspirar temor el niño nacido de padres oscuros y pobres en un villorrio,
si padecía entonces la enfermedad que le llevó a la tumba, podía habérsele
corrompido de tal modo la sangre que le hiciera perder el juicio y todo
sentimiento humanitario; en resumen, defienden esa medida diciendo que esos
eventos incomprensibles, que preparaban misterios más incomprensibles aún, los
dirigió la Providencia, que es impenetrable.
A esta defensa replican los críticos que Flavio Josefo, que fue casi
contemporáneo y refiere todas las crueldades que cometió Herodes, no dice una
sola palabra de la matanza de los inocentes, ni de la estrella de los tres
reyes; tampoco mencionan esto Filón, ni ningún escritor judío ni romano, y que
ni siquiera tres de los evangelistas se ocupan de asuntos tan importantes. A
esto responden que san Mateo los anuncia y el testimonio de un santo varón
inspirado puede más que el silencio de todo el mundo. Y como no se dan por
vencidos, los defensores se atreven a reprender al mismo san Mateo porque dice
que asesinaron esos niños «a fin de que se cumplieran las palabras de Jeremías.
Se oyó una voz que se extendió por Roma y unos lloros y gemidos, y a Raquel llorando
por sus hijos sin poder consolarse porque éstos ya no existían».
Esas palabras históricas —objetan los críticos— se habían cumplido al
pie de la letra en la tribu de Benjamín, descendiente de Raquel, cuando
Cabuzardán hizo morir parte de esa tribu en la localidad de Rama. Eso no era
una profecía, como tampoco estas palabras: «Le llamarán Nazareno. Por eso fue a
vivir a una aldea llamada Nazaret, realizando así lo que predijeran los
profetas. Le llamarán Nazareno». En esto tienen razón los críticos, por cuanto
las mencionadas palabras no se encuentran en ninguno de los profetas, igual que
tienen razón para decir que Raquel, llorando en Rama por los benjamitas, no
tiene ninguna relación con la matanza de inocentes en el reinado de Herodes.
Esto permite a los críticos afirmar que esas dos alusiones falsas son prueba
flagrante de que es falsa su historia, y que por tanto no existió la matanza de
los inocentes, ni la estrella nueva, ni el viaje de los tres reyes. Más aún.
Dicen que hay una contradicción tan flagrante entre el relato de san Mateo y el
de san Lucas, como entre las dos genealogías que insertan de Jesucristo, como
ya dejé constancia en otra ocasión. Mateo dice que José y María se llevaron a
Jesús a Egipto para salvarle de la matanza. Lucas, por el contrario, dice que,
después de cumplir todas las ceremonias de la ley, José y María regresaron a
Nazaret, donde residían, e iban todos los años a Jerusalén para celebrar la
pascua.
Debían pasar treinta días del alumbramiento para que la mujer parida se
purificara y practicara las ceremonias que prescribía la ley, y María y José
hubieran expuesto, durante esos treinta días, el niño a morir en la matanza
general. Si sus padres fueron a Jerusalén a practicar las referidas ceremonias,
no pudieron ir a Egipto.
Tales son las principales objeciones que hacen los incrédulos y refuta
la creencia de las Iglesias griega y latina. Si fuera preciso disipar las dudas
de cuantos leen la Santa Biblia, tendríamos que pasar toda la vida disputando
sobre cada uno de sus pasajes. Vale más que nos sometamos a la creencia de los
maestros de la Universidad de Salamanca cuando estemos en España, de Coimbra si
estamos en Portugal, de la Sorbona si vivimos en Francia, y de la Congregación
si somos ciudadanos de Roma.
INQUISICIÓN. El tribunal de la Santa Inquisición es una
jurisdicción eclesiástica que estableció la Santa Sede en Italia, España,
Portugal y las Indias para perseguir y extirpar los infieles, judíos y herejes.
Con el fin de que nadie pueda sospechar que nos apoyamos en mentiras
para hacer odioso dicho tribunal, vamos a ceñirnos al extracto de una obra
latina sobre el origen y progreso del oficio de la Santa Inquisición, que Luis
de Páramo, inquisidor del reino de Sicilia, publicó en 1598 en la imprenta real
de Madrid.
No nos remontaremos al origen de la Inquisición, que Páramo cree
encontrar en la consabida forma que Dios procedió contra Adán y Eva; nos
limitaremos a referir la ley nueva de la que Jesucristo, según dice Páramo, fue
el primer inquisidor. Empezó a ejercer tales funciones desde el trigésimo día
de su nacimiento haciendo que los tres reyes magos anunciaran a la ciudad de
Jerusalén que él había venido al mundo, y luego haciendo que Herodes muriera
roído por los gusanos, arrojando a los mercaderes del templo y entregando
finalmente Judea a los tiranos, que la saquearon en castigo de su infidelidad.
Después de Jesucristo, san Pedro, san Pablo y los demás apóstoles
desempeñaron el oficio de inquisidores, que transmitieron a los papas y obispos
sucesores de éstos. Santo Domingo fue a Francia con el obispo de Osma, del que
era archidiácono, se alzó en armas contra los albigenses y se granjeó el afecto
de Simón, conde de Monforte. El papa le nombró inquisidor del Languedoc, donde
fundó su orden que el papa Honorio III aprobó en 1216 y, bajo los auspicios de
santa Magdalena, el conde de Monforte tomó por asalto la localidad de Beziers y
pasó a cuchillo a todos sus habitantes; en Laval quemaron en una ocasión
cuatrocientos albigenses. En todas las historias de la Inquisición leídas —dice
Páramo— no he encontrado ningún auto de fe tan célebre ni espectáculo tan
solemne. En el burgo de Cazeras quemaron sesenta albigenses y en otra localidad
ciento ochenta.
El conde de Tolosa adoptó en el año 1229 la Inquisición y el papa
Gregorio IX la confió a los dominicos en 1233. Inocencio IV la estableció en
toda Italia, excepto Nápoles, en 1251.
Al principio, en el Milanesado, los herejes no eran condenados a la pena
de muerte, de la que tan dignos son, porque los papas eran poco respetados por
el emperador Federico, que poseía ese estado, pero poco después quemaron a los
herejes en Milán al igual que en las demás partes de Italia. Páramo observa que
en 1315, habiéndose esparcido algunos millares de herejes por el Cremasque,
pequeño territorio sito en el Milanesado, los dominicos hicieron quemar a gran
parte de ellos, conteniendo con el fuego los estragos que producía aquella
peste.
Como el primer canon del Concilio de Tolosa mandaba a los obispos que
eligieran en cada parroquia un sacerdote y dos o tres seglares de buena
reputación, que bajo juramento se comprometieran a la busca y captura de los
herejes en sus casas o cuevas donde pudieran ocultarse, avisando en seguida al
obispo, el señor del lugar o su bailío tomaban todas las precauciones para que
los herejes descubiertos no pudieran huir. Los inquisidores obraban en aquella
época de común acuerdo con los obispos. Las cárceles del obispo y de la
Inquisición casi siempre eran las mismas y aun cuando durante el proceso el
inquisidor obraba en nombre propio sin la intervención del obispo no podía
aplicar el tormento, pronunciar la sentencia definitiva, ni condenar a prisión
perpetua. Las disputas que con frecuencia mediaban entre los obispos e
inquisidores respecto a los límites de la autoridad de ambos, a los bienes de
los sentenciados y a otros puntos, obligaron al papa Sixto IV, en 1473, a
independizar el tribunal de la Inquisición de los tribunales de los obispos.
Nombró para España un inquisidor general con amplios poderes para nombrar
inquisidores particulares, y Fernando V (1), en 1478, fundó y dotó las
inquisiciones.
(1) Fernando V rey de Castilla, era Fernando II como soberano de Aragón.
A petición de Torquemada, gran inquisidor de España, el mismo Fernando
V, llamado el Católico, desterró del reino a todos los judíos, concediéndoles
tres meses para salir, contados desde la publicación del edicto, y transcurrido
ese plazo les prohibió, bajo pena capital, que pisaran territorio español. Sólo
les permitió salir con los efectos personales y las mercaderías que hubieran
comprado, pero les prohibió llevarse monedas de oro y plata. Torquemada apoyó
este edicto en la diócesis de Toledo prohibiendo a todos los cristianos, bajo
pena de excomunión, dar nada a los judíos, ni aun lo necesario para subsistir.
Después de la publicación de esta ley, salieron de Cataluña, del reino
de Aragón y de Valencia y de las demás provincias sujetas a la dominación de
Fernando, cerca de un millón de judíos, la mayor parte de los cuales murieron
miserablemente. Esta expulsión de judíos produjo a los demás reyes católicos
una gran alegría.
Algunos teólogos censuraron esta medida del rey de España diciendo que
no debe obligarse a los infieles adoptar la fe de Jesucristo y que tales
violencias deshonran nuestra religión, «pero esos argumentos son muy débiles
—dice Páramo— y sostengo que ese edicto es justo y digno de alabanza; la
violencia con que se exige a los judíos que se conviertan no es absoluta sino
condicional, porque podían sustraerse a ella abandonando su patria. Además,
podían corromper a los judíos recién convertidos y a los mismos cristianos.
Tocante a la confiscación de sus bienes, también puedo decir que fue una medida
justa, porque los habían adquirido siendo usureros de los cristianos y éstos no
hacían más que recuperar lo suyo. Además, por la muerte de Nuestro Señor, los
judíos quedaron convertidos en esclavos, y todo lo que pertenece a los esclavos
pertenece a sus señores».
En Sevilla, tratando de dar un ejemplo de severidad con los judíos,
Dios, que saca el bien del mal, permitió que un mozo que estaba esperando a una
mujer con la que tenía una cita, sorprendiera, mirando por las grietas de una
pared, una reunión de judíos y los denunció. Apresaron a gran número de esos
desgraciados y recibieron el castigo que merecían. En virtud de diversos
edictos de los reyes de España y de los inquisidores generales y particulares
establecidos en dicho reino, quemaron en Sevilla, en el espacio de poco tiempo,
cerca de dos mil herejes, y más de cuatro mil desde el año 1482 hasta 1520.
Otros muchos fueron condenados a cadena perpetua o sometidos a penitencias de
diferentes clases. Hubo allí tan grande emigración que quedaron abandonadas quinientas
casas y tres mil en toda la diócesis, componiendo un total de más de cien mil
herejes sentenciados a muerte, castigados de otras maneras o que se expatriaron
para evitar el castigo. Así fue cómo esos padres devotos hicieron esa gran
carnicería de herejes.
El establecimiento de la Inquisición en Toledo fue un manantial de
bienes para la Iglesia católica. En el corto espacio de dos años quemó
cincuenta y dos herejes obstinados y sentenció por reincidencia a otros
doscientos veinte; de esto puede inferirse la utilidad que prestó la
Inquisición desde que quedó establecida.
Desde inicios del siglo xv, el papa Bonifacio IX intentó en vano
instalar la Inquisición en el reino de Portugal, en donde nombró inquisidor
general al provincial de los dominicos, Vicente de Lisboa. Como algunos años
después Inocencio VII nombrara inquisidor de dicho país al mínimo Didacus de
Silva, el rey Juan I escribió a dicho papa para decirle que el establecimiento
de la Inquisición en su reino se oponía al bienestar de sus súbditos, a sus
intereses y acaso también al interés de la religión. El papa, atendiendo las
súplicas de un príncipe demasiado fácil, revocó los poderes concedidos a los
inquisidores y autorizó a Marc, obispo de Sinigaglia, para absolver a los
acusados. Repusieron en sus cargos y dignidades a los que estaban privados de
ellos y muchas personas se vieron libres del temor que les confiscaran los
bienes.
Pero son admirables los medios que utiliza el Señor para que se cumplan
sus designios —continúa diciendo Páramo—, y lo que los soberanos pontífices no
pudieron conseguir a pesar de su empeño lo consiguió el rey Juan III por medio
de un granuja hábil que Dios utilizó para llevar a cabo una buena obra. Y es
que, algunas veces, los perversos sirven de instrumento útil para realizar los
designios de Dios, que no reprueba los beneficios que proporcionan. Por eso san
Juan dijo a Jesús: «Señor, hemos visto a un hombre que no es discípulo vuestro
que expulsaba los demonios del cuerpo en vuestro nombre y hemos impedido que lo
hiciera». Jesús le respondió: «No lo impidáis, porque el que hace milagros en
mi nombre no dirá mal de mí, y el que no está contra nosotros con vosotros
esta».
A continuación refiere Páramo que vio en la biblioteca de San Lorenzo de
El Escorial un manuscrito del mencionado pícaro, apellidado Saavedra, en el que
explica detalladamente que, después de falsificar una bula, entró en Sevilla
como legado del papa con un séquito de ciento veintiséis criados; extorsionó
trece mil ducados a los herederos de un rico prohombre del país durante los
veinte días que permaneció en él, en el palacio del arzobispo, falsificando una
obligación de igual suma que el señor fallecido reconoció haber tomado prestada
al legado, durante su estancia en Roma, y que cuando llegó a Badajoz el rey
Juan 111, al que presentó la falsa credencial del papa, le permitió establecer
los tribunales de ia Inquisición en las principales ciudades del reino.
Estos tribunales empezaron inmediatamente a ejercer jurisdicción y
publicaron gran número de sentencias y condenas de herejes contumaces y de
absoluciones de herejes penitentes. Seis meses pasaron hasta que se reconoció
la verdad de esta máxima del Evangelio: «No hay nada oculto que no se
descubra». El marqués de Villanueva de Barcarrota, prócer español, auxiliado
por el gobernador, le echó el guante al bergante Saavedra y lo condujo a
Madrid. Le hicieron comparecer ante Juan de Tavera arzobispo de Toledo. Este
prelado, asombrado de la audacia increíble del falso legado, lo encausó y envió
el proceso al papa Paulo III, así como las actas de las inquisiciones que
Saavedra había establecido, en las que constaba el gran número de herejes que
había juzgado y las tretas de que se valió para apoderarse de más de
trescientos mil ducados.
El papa no pudo dejar de reconocer en la historia sucia de ese truhán Ia
mano de Dios y un milagro de su Providencia, de modo que habiendo establecido
Saavedra el año 1545 la congregación de ese tribunal, dándole el nombre de
Santo Oficio, Sixto V la confirmó en 1588.
Todos los autores concuerdan con Páramo sobre este modo de establecer la
Inquisición en Portugal, excepto Antonio de Souza, que en sus Aforismos de los
inquisidores no cree en esa historia de Saavedra, so pretexto de que pudo
acusarse a sí mismo sin ser culpable por la gloria que esto podría reportarle,
viviendo de ese modo en la memoria de los hombres. Pero Souza, en su relato
para contradecir a Páramo, se nos hace sospechoso de malintencionado al citar
dos bulas de Paulo III y otras dos del mismo papa dirigidas al cardenal
Enrique, hermano del rey, bulas que Souza no inserta en su obra y no están en
ninguna colección de bulas apostólicas; estas dos razones son decisivas para no
aceptar su opinión y dar crédito a la opinión de Páramo, y a la de Illescas, Salazar,
Mendoza, Fernández y Placentibus.
Cuando los españoles se establecieron en América importaron allí la
Inquisición y los portugueses la introdujeron en las Indias una vez autorizada
en Lisboa, lo que hace decir a Luis de Páramo, en el prefacio, que ese árbol
floreciente y verde extendió sus raíces y sus ramas por el mundo entero y
produjo los más sabrosos frutos.
En la actualidad, para tener alguna idea de la jurisprudencia de la
Inquisición y la forma de su procedimiento, desconocida entre los tribunales
civiles, extractaremos el Directorio de los inquisidores, obra que Nicolás
Eymeric, gran inquisidor del reino de Aragón, escribió en latín a mediados del
siglo xv y dirigió a los inquisidores, sus colegas, en virtud de la autoridad
de su cargo.
Poco después de la invención de la imprenta, el año 1503, publicaron en
Barcelona una edición de dicha obra con anotaciones y comentarios de Francisco
Peña, doctor en Teología y canonista.
He aquí el elogio que hace en ella el editor en la dedicatoria al papa
Gregorio XIII: «Al mismo tiempo que los príncipes cristianos se ocupan en todas
partes de combatir por medio de las armas a los enemigos de la religión
católica y prodigan la sangre de sus soldados para sostener la dignidad de la
Iglesia y la autoridad de la sede apostólica, se ocupan también escritores
celosos, que trabajan en la oscuridad, en refutar las opiniones de los
innovadores y en dar armas y dirigir el poder de la ley contra dichas personas
con el fin de que la severidad de las penas y la magnitud de los suplicios las
contenga en los límites del deber y consigan de ellas lo que no pudo conseguir
el amor a la virtud.
»Aunque yo ocupe el último sitio entre los defensores de la religión
estoy animado del mismo celo que todos ellos para reprimir la osadía impía de
los innovadores y su horrible perversidad. El trabajo que acompaña a esta
dedicatoria es una prueba de lo que estoy diciendo. El Directorio de los
inquisidores, de Nicolás Eymeric, obra respetable por su antigüedad, contiene
un compendio de los principales dogmas de la fe y la instrucción metódica que
deben seguir los tribunales de la Santa Inquisición, amén de los medios a
emplear para contener y extirpar a los herejes. Por todo ello he creído un
deber dedicarla a Vuestra Santidad, que sois el jefe de la república
cristiana.»
En otra parte expone el porqué la reimprime; esto es, para que sirva de
instrucción a los inquisidores. Sin embargo, asevera que existen otras muchas
prácticas útiles que están en uso y enseñan más que las lecciones, tanto más
cuanto hay cosas de cierta índole que es muy importante no se divulguen y
conocen los inquisidores. Cita infinidad de escritores que han seguido la
doctrina del Directorio y se lamenta que hayan sabido aprovecharse de las
instrucciones de Eymeric, sin decir que las copiaban de éste. Para huir de
semejante acusación indicaremos lo copiado del autor y lo tomado del editor.
Eymeric dice en la página 58: «Tener conmiseración hacia los hijos del
culpable que quedan reducidos a la mendicidad no debe disminuir la severidad,
ya que según las leyes divinas y las leyes humanas los hijos son castigados por
las culpas de sus padres».
Página 291: «Es menester que el inquisidor oponga su astucia a la de los
herejes, para que un clavo saque otro clavo y decir con el Apóstol: Como fui
astuto, os cogí con la astucia».
Página 296: «Podrá leerse el sumario al acusado suprimiendo en la
lectura los nombres de los denunciadores, y entonces el acusado podrá
conjeturar quiénes han presentado contra él tales o cuales acusaciones,
recusarlos o invalidar sus testimonios: éste es el método que se observa
comúnmente. No es conveniente que los acusados crean que ha de admitirse con
facilidad la recusación de los testigos en materia de herejía, porque no
importa que los testigos sean hombres honrados o sean infames cómplices del mismo
crimen, excomulgados, herejes o culpables de cualquier delito o perjuros, etc.
Así debe determinarse para defender la fe».
Página 302: «La apelación que un acusado hace de un inquisidor no
impedirá que éste continúe juzgando otras acusaciones contra él».
Página 313: «Aunque se suponga en la fórmula de sentencia de tortura que
haya disparidad en las respuestas del acusado, y por otro lado se encuentren
indicios suficientes para aplicarle el tormento, no es necesario que esas dos
condiciones se junten: basta que haya una u otra».
Peña nos dice en la anotación 118 del libro III que los inquisidores no
aplican ordinariamente más que cinco clases de tormento en el potro, aunque
Marcilius menciona catorce.
Eymeric continúa diciendo, en la página 319: «Es preciso tener sumo
cuidado para no insertar en la fórmula de la absolución que el acusado es
inocente; en ella debe decirse nada más que no hay bastantes pruebas contra él.
Precaución que debe adoptarse con la idea de que, si con el tiempo el acusado
absuelto diera lugar a la formación de otra causa, la absolución que recibió no
pueda servir de defensa».
Página 324: «Algunas veces se prescriben al mismo tiempo la abjuración y
la punición canónica. Esto se hace cuando a la mala reputación de un hombre en
materia de doctrina se suman indicios considerables, que si fueran algo más
fuertes tenderían a convencerle de haber efectivamente dicho o hecho algo
contra la fe. El acusado que se encuentra en este caso está obligado a abjurar
de toda clase de herejías, y obrando de este modo si luego incurre en
cualquiera de ellas se le castiga como relapso y lo entregan al brazo secular».
Página 331: «Los relapsos, cuando se prueba su reincidencia, deben ser
entregados a la justicia secular aunque protesten que se corregirán desde
entonces y aunque se manifiesten arrepentidos. El inquisidor dará parte a la
justicia secular de que tal día, tal hora y en tal sitio le entregará un
hereje, y hará anunciar al pueblo que debe asistir a la ceremonia en que el
inquisidor predicará un sermón sobre la fe y que los asistentes que le oigan
ganarán las indulgencias de costumbre».
Esas indulgencias se anuncian después de la fórmula de la sentencia
publicada contra el hereje penitente en los siguientes términos: «El inquisidor
concederá cuarenta días de indulgencia a todos los asistentes, tres años a
quienes hayan contribuido a la captura, abjuración o condenación del hereje, y
tres años también de parte del Santo! Padre a los que denuncien cualquier otro
hereje».
Página 332: «Entregado el culpable a la justicia secular, ésta
pronunciará la sentencia y el criminal será conducido al lugar del suplicio; le
acompañarán personas piadosas que lo asociarán a sus rezos, rezarán con él y no
se apartarán de su lado hasta que haya rendido el alma al Creador. Pero esas
personas se guardarán bien de decir o hacer algo que pueda apresurar el momento
de la muerte del culpable, por miedo de incurrir en irregularidad. Así que no
deben exhortar al criminal a que suba al cadalso, ni a que se presente al
verdugo, ni advertir a éste que prepare los instrumentos del suplicio de manera
que cause la muerte rápida del reo también por miedo de incurrir en
irregularidad».
Página 335: «Si aconteciere que el hereje, al atarle en la estaca para
ser quemado, hiciera signos de convertirse, se podría quizá librarle del
suplicio por gracia singular y encerrarle entre cuatro paredes como a los
herejes penitentes, aunque no debe darse mucho crédito a semejante conversión y
no autoriza a esa indulgencia ninguna disposición del derecho por cuanto es muy
peligrosa. Yo presencié en Barcelona un caso que lo prueba. Un sacerdote,
sentenciado con otros dos herejes impenitentes, al encontrarse en medio de las
llamas dijo gritando que le sacaran de allí que quería convertirse; le sacaron
de la hoguera quemado ya en parte y no diré si hicieron bien o si hicieron mal,
pero sí diré que al cabo de catorce años se apercibieron de que todavía dogmatizaba,
había corrompido a muchas personas y le entregaron otra vez a la justicia, que
lo quemó».
En la anotación 47, dice Peña que nadie pone en duda que deben matarse
los herejes, pero puede discutirse la clase de suplicio a emplear con ellos.
Alfonso de Castro, en el libro II del Justo castigo de los herejes, nos dice
que es indiferente que los mate la espada, el fuego o mueran de cualquier otro
modo, pero Ostiensis, Godofredo, Covarrubias, Simancas, Rojas y otros sostienen
que es absolutamente preciso quemarlos. Como dice Ostiensis, el suplicio del
fuego es el que corresponde a la herejía. El Evangelio de Juan dice en el
capítulo XV: «Si alguno no mora dentro de mí, será arrojado fuera como un
sarmiento, se secará y lo recogerán para lanzarlo al fuego y quemarlo».
Añadamos a esas palabras —continúa diciendo Peña— que la costumbre universal de
la república cristiana apoya esa opinión. Simancas y Rojas sostienen que se les
debe quemar vivos, pero que al quemarlos se debe tomar la precaución de
arrancarles la lengua o cerrarles la boca para que sus impiedades no
escandalicen al público.
En la página 369, Eymeric recomienda que en materia de herejía se
proceda con rapidez, sin dar lugar a las argucias de los abogados, ni a las
solemnidades que intervienen en los demás juicios; haciendo el proceso lo más
breve posible, sin dilaciones inútiles y trabajando en él incluso los días que
son feriados para los demás jueces, rechazando toda clase de apelaciones, que
sólo sirven para dilatar la sentencia, y no admitiendo la rémora inútil de
múltiples testigos.
INSTINTO. Del vocablo instinctus deriva la voz impulso,
impulsión; mas, ¿qué poder nos impulsa? El instinto, o sea la conformidad
secreta de nuestros órganos con los objetos. Por instinto hacemos múltiples
movimientos involuntarios, por instinto somos curiosos, corremos en pos de la
novedad, nos asustan las amenazas, nos encoleriza el desprecio, nos sosiega la
humildad y nos conmueve el llanto.
El instinto gobierna a los hombres, lo mismo que a los gatos y a las
cabras, y es una semejanza más que tenemos con los animales, semejanza tan
innegable como la de la sangre, las necesidades y las funciones de nuestro
cuerpo.
Nuestro instinto no es tan industrioso como el de los animales, ni
siquiera se acerca a él. Nada más nacer, el becerro y el cordero toman la teta
de su madre y el niño moriría si su madre no se la diera tomándole en brazos.
Ninguna mujer encinta se siente impulsada tan incoerciblemente por la
naturaleza a preparar con sus manos una cuna de mimbres para su hijo como la
construye la cucurruca con el pico y las patas, pero el don de reflexionar,
unido a las manos industriosas que debemos a la naturaleza, nos eleva hasta el
instinto de los animales y nos pone andando los años sobre ellos.
Nuestro instinto nos impulsa a pegar a nuestro hermano si, al
contrariarnos, nos encendemos de cólera y comprendemos que somos más fuertes
que él. Es más, nuestra razón sublime nos hace inventar las flechas, la espada,
la pica y el fusil, con los que matamos a nuestro prójimo. Únicamente el
instinto nos impulsa también al apareamiento carnal.
¿Qué es, pues, ese instinto que gobierna todo el reino animal, que en
los hombres fortifica la razón o reprime el hábito? ¿Es la divina partícula
áurea de Horacio? No cabe duda que es algo divino, como casi todo lo que hay en
la Naturaleza. Todo en ella es efecto incomprensible de una incomprensible
causa.
INTOLERANCIA. Leed el artículo Intolerancia que figura en
la Enciclopedia, y luego el tratado de la Tolerancia que se escribió con motivo
de la horrible ejecución de Jean Calas, ciudadano de Tolosa, y si después de
leerlos admitís la persecución religiosa podéis compararos con Ravaillac. Ya
sabéis que Ravaillac fue el tipo de la intolerancia.
He aquí, en sustancia, la manera de razonar de los intolerantes y el
modo que tienen de increpar a quienes no lo son: «Monstruo que arderás
eternamente en el otro mundo, y que yo te quemaría en éste si pudiera, has
tenido la insolencia de leer a De Thou y a Bayle, autores que están en el
Índice de Roma. Cuando estaba predicando de parte de Dios que Sansón mató mil
filisteos con una quijada de asno, tu cabeza, que es más dura que el arsenal de
donde Sansón sacó sus armas, me hizo conocer por su ligero movimiento de
izquierda a derecha que tú no lo creías. Cuando dije que el demonio Asmodeo,
que retorció el cuello por celos a los siete pretendientes de Sara, fue
encadenado en el Alto Egipto, la contracción que noté en tus labios me indicó
que no creías tal historia. Vosotros todos en fin, que no creéis una palabra de
lo que he enseñado en mis escritos de teología, Newton, Federico el Grande,
Locke, Catalina II, Milton, Shakespeare, Leibnitz, declaro que os considero a
todos como paganos. Sois malvados empedernidos que iréis a parar a la gehena,
en donde los gusanos no mueren nunca, ni el fuego se extingue; porque yo tengo
razón y vosotros no, porque yo gozo de la gracia y vosotros no la podéis gozar.
Confieso a tres devotas en mi parroquia y vosotros no confesáis a ninguna; he
escrito mandamientos para los obispos y vosotros no; he proferido injurias
groseras contra los filósofos y vosotros los habéis protegido o imitado; he
escrito religiosos libelos difamatorios, llenos de calumnias infames, y
vosotros nunca los habéis leído. He dicho la santa misa en latín por doce
sueldos y vosotros no la habéis oído; en consecuencia, merecéis que os corten
la mano, os arranquen la lengua, os pongan en el potro y os quemen a fuego
lento, porque Dios es misericordioso».
Tales son, poco más o menos, las máximas que proclaman los intolerantes
y el compendio de todos los libros que han escrito. Confesemos que debe ser una
delicia vivir con semejantes monstruos.
INUNDACIÓN. Se afirma que hubo una época en que el Globo quedó
inundado de manera total, pero esto es físicamente imposible.
Puede haber ocurrido que el mar cubriera sucesivamente todos los
terrenos, unos tras otros, pero esto sólo pudo ocurrir por una gradación lenta,
durante una multitud fabulosa de siglos. El mar, en quinientos años se retiró
de Aguas Muertas, Fréjus y Rávena, que eran grandes puertos, dejando cerca de
dos leguas de terreno seco. A tenor de esta progresión, es evidente que
necesitaría dos millones doscientos cincuenta mil años para dar la vuelta al
mundo. Es de advertir que este período es casi igual al que necesita el eje de
la Tierra para elevarse y coincidir con el ecuador: movimiento muy verosímil
que hace cincuenta años empieza a sospecharse ha de suceder, y sólo puede
efectuarse en el espacio de dos millones trescientos mil años.
Los lechos, las capas de conchas, que se han descubierto a unas leguas
de distancia del mar, son la prueba irrebatible de que éste ha ido depositando
poco a poco sus productos marítimos en terrenos que eran antiguamente playas
del Océano, pero que el agua haya cubierto totalmente el Globo al mismo tiempo
es una quimera absurda en física cuya imposibilidad demuestran las leyes de la
gravitación, las leyes de los fluidos y la insuficiencia de la cantidad de
agua. No decimos esto para atacar la verdad del diluvio universal, que consta
en el Pentateuco; al contrario, fue un milagro que debemos creer porque no pudo
realizarse obedeciendo a las leyes físicas.
Todo es milagroso en la historia del diluvio. Milagro que cuarenta días
de lluvia inundaran las cuatro partes del mundo y el agua se elevara a la
altura de quince codos por encima de las montañas más altas, milagro que
hubiera entonces cataratas, puertas y aberturas en el cielo, y milagro que se
reunieran en el arca los animales de todas partes del mundo. Milagro fue que
Noé pudiera darles alimento durante diez meses, que no murieran allí la mayoría
de ellos y que encontraran alimento al salir del arca. Y milagro fue también,
aunque de otra clase, que un hombre apellidado Le Pelletier haya creído
explicar cómo todos los animales pudieron convivir y alimentarse naturalmente
dentro del arca de Noé.
Siendo, pues, la historia del diluvio la más milagrosa de todas las
historias, sería insensato quererla explicar; es uno de esos misterios que la
fe nos hace creer, y la fe consiste en creer lo que la razón no cree, lo cual
es también otro milagro.
La historia del diluvio universal es como la de la torre de Babel, la
del jumento de Balaán, la caída de Jericó al son de las trompetas, la del paso
del mar Rojo y como la de todos los prodigios que Dios se dignó obrar en favor
de su pueblo predilecto. Esas historias son profundidades que la inteligencia
humana no puede sondear.
J
JAPÓN. No me propongo averiguar si el archipiélago japonés
es mayor que Inglaterra, Escocia, Irlanda y las Orcadas juntas, si el emperador
del Japón es más poderoso que el de Alemania, ni si los bonzos japoneses son
más ricos que los frailes españoles.
Confesaré sin titubear que a pesar de estar relegados a los extremos de
Occidente estamos dotados de más genio que ellos, que se ven favorecidos por el
sol de Levante. Nuestras tragedias y nuestras comedias son mejores y hemos
adelantado más que ellos en astronomía, matemáticas, pintura, escultura y en
música. Además, carecen de vinos que equivalgan al borgoña y champaña.
¿Por qué hemos solicitado durante tanto tiempo permiso para visitar ese
país y ningún japonés deseó nunca emprender viaje a los nuestros? Hemos
visitado Meaco, la tierra de Yeso y California, e incluso iríamos a visitar la
luna con Astolfo si pudiéramos disponer de un hipogrifo. Ello, ¿es en nosotros
curiosidad o inquietud? ¿Es una necesidad real?
Desde que los navegantes europeos doblaron el cabo de Buena Esperanza,
la propaganda de los países cristianos se jactó de subyugar todos los pueblos
vecinos de los mares orientales y de convertirlos. Desde entonces sólo se hizo
el comercio en Asia con la espada en la mano y cada nación de Occidente envió
allí, sucesivamente, comerciantes, soldados y sacerdotes.
Deberían grabarse en las puertas de nuestros conventos las memorables
palabras que pronunció el emperador Yong Thing, cuando expulsó de su imperio a
los misioneros jesuitas: «¿Qué diríais de nosotros si pretextando ejercer el
comercio en vuestras regiones predicáramos a vuestros pueblos que su religión
era falsa y debían abrazar la nuestra?» Esto es, sin embargo, lo que la Iglesia
católica hizo en todo el mundo y esa manera de proceder le costó muy caro en el
Japón, pues faltó muy poco para quedar enterrada en las olas de la propia
sangre. Había en las islas del Japón doce religiones distintas que vivían
juntas tranquilamente. Los misioneros que arribaron de Portugal solicitaron
fundar la religión decimotercera y se lo concedieron, diciéndoles que nada les
importaba tener una religión más. No tardaron en establecerse en dicho país
frailes que usaron el título de obispos. Una vez admitida la religión de éstos,
se empeñaron en que fuera la única del país.
Uno de esos obispos se encontró, en un camino, un consejero de Estado
que le disputó el paso: aquél sostuvo que perteneciendo al primer orden del
Estado y el consejero al segundo, éste debía darle preferencia. Esa cuestión
levantó mucho revuelo. Como los japoneses son más orgullosos que indulgentes,
expulsaron de su país al fraile obispo y a otros cristianos en 1586. Poco
después, proscribieron la religión cristiana. Los misioneros, humillándose,
pidieron perdón; los perdonaron y ellos siguieron abusando.
En 1637, los holandeses se apoderaron de un barco español que navegaba
desde el Japón a Lisboa y encontraron a bordo varias cartas de Moro, cónsul de
España en Nagasaki. Estas cartas contenían el plan de una conspiración que
fraguaban los cristianos del Japón para apoderarse del país, indicando en ellas
el número de barcos que debían ir de Europa y Asia a auxiliar la conspiración.
Los holandeses entregaron estas cartas al gobierno japonés, prendieron a Moro,
le obligaron a que reconociera su letra y lo sentenciaron jurídicamente a ser
quemado. Todos los neófitos jesuitas y dominicos empuñaron las armas en número
de treinta mil y hubo una guerra civil espantosa en la que murieron todos los
cristianos.
Los holandeses, en recompensa del servicio prestado al país fueron los
únicos que obtuvieron la libertad de comerciar con el Japón, a condición de no
practicar ningún culto cristiano; así lo prometieron y han cumplido su palabra.
Séame permitido preguntar a los misioneros qué ganancia les proporcionó
el fanatismo que, después de exterminar a muchos pueblos de América, les
impulsó a hacer lo mismo en la extremidad de Oriente, para la mayor gloria de
Dios. De ser posible que desencadenaran las furias del infierno para venir a
producir estragos en el mundo, ¿obrarían de otro modo? ¿Es así como se
manifiesta la caridad cristiana? ¿Es este el camino que conduce a la vida
eterna? Lectores, añadid este suceso a otros muchos: meditadlos y juzgad.
JEFTÉ o LOS SACRIFICIOS DE SANGRE HUMANA. Según el texto del Libro de los Jueces, es evidente que Jefté prometió
sacrificar a la primera persona que saldría de su casa para felicitarle por
haber conseguido la victoria contra los amonitas. Su hija única acudió la
primera de todas y él desgarró de dolor sus vestidos, pero la inmoló después de
permitirle ir a llorar a las montañas la desdicha de morir virgen. Las
muchachas judías conmemoraron durante mucho tiempo esta aventura, llorando en
memoria de la hija de Jefté por espacio de cuatro días.
Sea cual fuere la época en que fue escrita esta historia, que esté o no
imitada de las historias griegas de Agamenón y de Idomeneo o sea su modelo, y
tanto si es anterior o posterior a la de semejantes relatos asirios, todo ello
no es cuestión que examine, sino que me atengo al texto: Jefté entregó su hija
en holocausto y cumplió su voto.
Estaba expresamente ordenado por la ley judía inmolar a los seres
humanos consagrados por voto al Señor: «Todo hombre consagrado no será en modo
alguno perdonado, sino condenado a muerte sin remisión». La Vulgata nos lo
reitera de este modo: Non redimetur, sed morte morietur (Levítico, XXVII, 29).
En virtud de esta ley Samuel cortó en pedazos al rey Agag, a quien Saúl
había perdonado, y precisamente por haber perdonado a Agag, fue reprobado por
el Señor y perdió su reino.
He aquí, pues, claramente establecidos los sacrificios de sangre humana;
no hay ningún punto de la historia mejor comprobado. Se puede formular juicio
sobre una nación gracias a sus archivos y por lo que ella refiere de Si misma.
JENOFONTE (La retirada de los diez mil). Aunque Jenofonte no tuviera otro mérito que haber sido amigo del mártir
Sócrates, merecería nuestra atención. Pero fue guerrero, filósofo, poeta,
historiador y agricultor, y de trato amable en sociedad. Ahora bien, ¿por qué
este hombre libre acaudilló un ejército griego a sueldo del joven Cosrou, al
que los griegos llaman Ciro? Este era hermano segundo y vasallo del emperador
de Persia, Artajerjes, de quien se dice que nunca olvidaba las injurias. Ciro
intentó asesinar a su hermano en el templo donde celebraba la ceremonia de su
consagración (los reyes de Persia fueron los primeros que se consagraron), pero
Artajerjes no sólo perdonó a su infame hermano, sino que tuvo la flaqueza de
dejarle el gobierno absoluto de gran parte de Asia Menor, heredada de su padre
y del que merecía que Artajerjes le hubiera despojado.
En agradecimiento a tan extraordinaria clemencia, Ciro, desde el país
que gobernaba, se alzó contra su hermano añadiendo un segundo crimen al
primero. Proclamó en su manifiesto «que era más digno del trono de Persia que
su hermano por ser mago y beber más vino que él».
Entonces, tomó a sueldo trece mil griegos entre los que se encontraba el
joven Jenofonte, que a la sazón era un aventurero más. Cada soldado tuvo al
principio una dórica cada mes, equivalente a una guinea o un luis de oro de los
tiempos modernos, como acertadamente dice Jancourt, y no a diez francos, como
asegura Rollin.
Cuando Ciro les propuso emprender la marcha con los demás soldados. para
batir a su hermano que estaba cerca del Éufrates, le exigieron que les pagara
dórica y media y así lo hizo. Cobraron, pues, treinta y seis libras cada mes y
fue la mayor paga que se dio en aquellos tiempos. Los soldados de César y
Pompeyo sólo cobraban veinte sueldos cada día, durante la guerra civil. Además
de ese sueldo exorbitante, se hacían pagar cuatro meses por anticipado. Ciro
les suministraba cuatrocientos carros cargados de harina y vino.
Los griegos eran entonces lo que hoy son los helvecios, que alquilan sus
servicios y su valor a los soberanos de las cercanías, pero por una paga
inferior a la que recibían los griegos. Dígase lo que se quiera, es evidente
que no entraba en sus cálculos averiguar si era o no justa la guerra por la que
combatían; se daban por satisfechos con que Ciro les pagara bien. Los
lacedemonios constituían el grueso de las tropas de dicho caudillo, que de este
modo violaban los solemnes tratados concertados con el rey de Persia. ¿Qué se
hizo de la antigua aversión con que los espartanos miraron el oro y la plata?
¿Dónde está el antiguo respeto a los tratados? Un espartano, Clearco, era quien
mandaba el cuerpo principal de aquellos bravos mercenarios.
Son incomprensibles, para mí, las operaciones de guerra de Artajerjes y
Ciro. No entiendo por qué el primero, que se presenta ante el enemigo con
doscientos mil combatientes, empieza por establecer un frente de doce leguas
entre Ciro y él; tampoco comprendo el orden de batalla, ni menos todavía cómo
Ciro, al frente sólo de seiscientos jinetes, atacara durante el combate a los
seis mil soldados de a caballo del emperador, a los que protegía un ingente
ejército. Pero al fin murió a manos de su hermano Artajerjes, que sin duda
había bebido menos vivo que el ingrato rebelde y se batió con más serenidad que
éste. Sabido es que se alzó con la victoria a pesar del valor y la resistencia
que le opusieron trece mil griegos, a los que Artajerjes intimó que se rindieran
y le contestaron que sólo lo harían si él, como emperador, los tomaba a su
servicio. Les era indiferente defender una causa u otra con tal de que
cobraran. Eran, pues, mercenarios a sueldo.
Mercenarios de este jaez, además de Suiza, los hay en algunas provincias
de Alemania. Si pagan, les importa una higa a esos buenos cristianos matar
ingleses, franceses u holandeses, o morir a manos de éstos o aquéllos.
Artajerjes creía a pies juntillas que los susodichos griegos eran
cómplices de la sublevación de su hermano y estaba en la verdad. Le hicieron
traición y él los engañó, al decir de Jenofonte: después que uno de los
capitanes del emperador les prometió en su nombre dejarles libre la retirada y
suministrarles víveres, después que Clearco y otros cinco jefes griegos se
pusieron en sus manos para organizar la marcha, mandó que los decapitaran e
hizo degollar a los griegos que les acompañaron a la entrevista. Este suceso
verídico prueba que el maquiavelismo no es nuevo en el mundo. Ahora bien, ¿es
cierto que Artajerjes prometió perdonar a los jefes mercenarios que se
vendieron a su hermano? ¿No era lícito castigar a los que creyó culpables?
Y aquí empieza la famosa retirada de los diez mil. La retirada me es tan
incomprensible como la batalla. El emperador, antes de que decapitaran a los
seis generales griegos y a su acompañamiento, juró permitir que regresara a
Grecia el ejército mercenario, reducido a diez mil hombres. La batalla se libró
en el camino del Éufrates; por tanto, era necesario que regresaran por la
Mesopotamia occidental, Siria, Asia Menor y Jonia. Pero no lo hicieron así; les
obligaron a pasar por Oriente, vadeando el Tigris con barcas que les
proporcionaron y remontando a continuación el camino de Armenia. Si alguien
comprende esta marcha, en que daban las espaldas a Grecia, me hará un señalado
favor explicándomela.
No podemos soslayar este dilema: o los griegos eligieron el camino que
habían de seguir, y en este caso no sabían dónde iban ni qué querían, o
Artajerjes les hizo emprender esa ruta contra su voluntad (que es lo más
probable) y en este caso, ¿por qué no los exterminó? Sólo cabe explicarnos esta
dificultad conjeturando que el emperador persa sólo se vengó de ellos a medias,
dándose por satisfecho con castigar a los principales jefes mercenarios que
habían vendido a Ciro sus tropas griegas; que habiendo dado su palabra de honor
a los soldados fugitivos le pareció vergonzoso violarla, que estando seguro que
los griegos restantes morirían una tercera parte en el camino abandonaba a su
mala suerte a aquellos desdichados. No veo otro medio de esclarecer un poco las
oscuridades que envuelven la famosa retirada.
Si nos sorprende la retirada de los diez mil, más debe sorprendernos que
Artajerjes, vencedor al frente de doscientos mil hombres, dejara marchar por el
norte de sus vastos estados a diez mil fugitivos, que podía aniquilar en
cualquier localidad, al pasar un río o un desfiladero o dejar que murieran de
hambre y miseria. Sin embargo, proporcionó siete barcazas para que vadearan el
Tigris, como si tuviera la intención de conducirlos a la India. Desde allí les
concede una escolta que los lleva hacia el Norte durante días, al desierto que
hoy se llama Bagdad. Luego pasan el río Zabate y allí reciben la orden del
emperador de castigar a los jefes. Claro es que pudieron exterminar a los diez
mil, al igual que castigaron a sus jefes; luego, es verosímil suponer que no
quisieron. Por lo tanto, debemos creer que los griegos se vieron allí como
viajeros perdidos, a quienes la bondad del emperador permite terminar el viaje
como les sea posible.
Hemos de hacer un reparo que parece poco honroso para el gobierno persa.
Era imposible que los griegos no chocaran continuamente, a causa de los
víveres, con los pueblos por donde pasaban. Muertes, saqueos y devastaciones
suelen ser la consecuencia inevitable de semejantes choques, y prueba de ello
es que en un camino de seiscientas leguas, por el que los griegos iban a la
ventura, sin escolta ni ser perseguidos, perdieron cuatro mil hombres, que
mataron los campesinos o las enfermedades. ¿Por qué Artajerjes no les dio
escolta después de pasar el río Zabate, como les dio desde el campo de batalla
hasta dicho río? ¿Cómo es que un monarca tan bondadoso y prudente cometió tan
garrafal falta? Puede que dictara esa orden o que Jenofonte, que es algo
grandilocuente, omita decirlo para no disminuir la importancia de la
maravillosa retirada de los diez mil puede que la escolta se viera obligada a
caminar lejos de la tropa griega por la dificultad de procurarse víveres. Sea
como sea, Artajerjes fue extremadamente indulgente y los griegos le debieron la
vida, que entregaron en sus manos.
La Enciclopedia, en el artículo Retirada, afirma que ésta se realizó al
mando de Jenofonte, pero se equivoca; éste nunca obtuvo el mando supremo y
únicamente al fin de la marcha se puso al frente de una división de mil
cuatrocientos hombres. Estos héroes, tras muchas fatigas, cuando llegaron a las
orillas del Ponto Euxino se apoderaron a la fuerza de amigos y enemigos para
rehacer sus filas. Jenofonte embarcó su división en Heraclea y fue a venderse
con sus soldados a un rey de Tracia que no conocía, en vez de correr en auxilio
de su patria que estaban asolando entonces los espartanos. Se vendió a un
tiranuelo extranjero y es sabido que éste le pagó más, pero ello es otra razón
para deducir que hubiera sido mejor para él socorrer a su patria.
De lo dicho resulta que el ateniense Jenofonte, siendo soldado
voluntario, se alistó a las órdenes de un capitán lacedemonio, uno de los
tiranos de Atenas, y se puso al servicio de un bárbaro. Lo peor del hecho es
que no le obligó a hacerlo la necesidad. El propio Jenofonte confesó que había
dejado en depósito, en el templo de la famosa Diana de Éfeso, gran parte del
oro ganado al servicio de Ciro. Digamos de paso que se exponía a sufrir la pena
capital si, recibiendo la paga de un rey extranjero, caía en desgracia. Es lo
que sucedió al general Doxat, que se vendió al emperador Carlos XI y éste mandó
que le decapitaran por entregar a los turcos una plaza que le era imposible
defender.
El historiador Rollin, comentando la retirada de los diez mil, dice:
«Esa feliz hazaña consiguió que los pueblos de Grecia menospreciaran a
Artajerjes y creyeran que su riqueza, su boato y su numeroso harén constituían
todo el mérito del gran rey». Rollin no para mientes en que los griegos no
podían mirar con desprecio al soberano que con aplastante victoria ganó una
batalla, que perdonó como hermano y venció como héroe, que pudiendo disponer a
capricho de la vida de diez mil griegos les dejó vivir y regresar a su patria,
y que pudiendo tenerlos a sueldo no se dignó servirse de ellos. Añadir a estas
razones que luego venció a los lacedemonios y sus aliados y que impuso leyes
humillantes; amén que en la guerra que sostuvo contra los escitas, cerca del
mar Caspio, soportó como un soldado raso todas las fatigas y peligros y vivió y
murió gloriosamente.
Si me atreviera a atacar los prejuicios de la opinión pública, diría que
es preferible la retirada del mariscal Belle‑Isle a la de los diez mil. Aquél
se vio cercado en Praga por sesenta mil hombres no teniendo a su mando más que
trece mil y dictó órdenes tan acertadas que salió de Praga con su ejército, sus
bagajes y treinta cañones, pero sin víveres en aquel crudo invierno. Los
sitiadores no supieron que había salido de la ciudad e hicieron dos marchas
antes de darse cuenta. Le persigue sin tregua un ejército de treinta mil
hombres durante treinta leguas, les resiste en retirada y, a pesar de estar
enfermo, lucha con el frío, el hambre y sus enemigos perdiendo tan sólo los
soldados que no pudieron resistir los rigores de la estación.
JESUITAS U ORGULLO. Se ha hablado tanto de los jesuitas que, tras
haber ocupado la atención de Europa durante dos siglos, han acabado por
hartarla, bien por ser ellos los que escriben, bien porque se ha escrito tanto
en pro o contra de esta comunidad singular, en la que justo es reconocer que
han descollado y descuellan aún hombres de relevante mérito.
Se les ha reprochado en ingente cantidad de volúmenes la relajación de
su moral, no más relajada que la de los capuchinos, y su doctrina relativa a la
seguridad de la persona de los reyes, doctrina que, después de todo, está poco
distante del puñal de Jacobo Clemente y de la hostia envenenada de que se
sirvió el hermano Abel de Montepulciano para despachar al emperador Enrique
VII.
No perdió a los jesuitas la gracia versátil, ni la quiebra fraudulenta
del reverendo padre La Valette, prefecto de las misiones apostólicas. No se
expulsa una orden de Francia, España y las Dos Sicilias porque haya en ella un
individuo deshonesto. No perdieron a los jesuitas los desatinos mostrencos de
Guyot‑Desfontaines, Freron y el padre Marsy, ni las imitaciones griegas y
latinas de Anacreonte y Horacio. ¿Qué les perdió, pues? El orgullo.
¿Tenían más orgullo los jesuitas que los demás religiosos? Sí.
Estuvieron a punto de mandar una orden reservada de prisión contra un clérigo
porque se atrevió a llamarles frailes. El hermano Broust, el más energúmeno de
la Compañía, casi agredió en mi presencia al hijo de Guyot porque le dijo que
iría a visitarle en el convento. Es increíble el desprecio con que miraban las
universidades donde no estaban ellos, los libros que no escribían y a los
sacerdotes que no eran hombres notables, y esto lo he presenciado muchas veces.
En su libelo Es hora de hablar se expresan de esta manera: «¿Qué hemos de decir
a un magistrado que opina que los jesuitas son orgullosos y es preciso
humillarlos?» Eran tan orgullosos que no querían consentir que reprobaran su
orgullo.
El origen del pecado de su soberbia data del ahorcamiento del hermano
Guignard. Esto es verdad al pie de la letra. Es de advertir que después de la
ejecución de dicho jesuita, en la época de Enrique IV y después de ser
desterrados del reino, se les levantó el destierro a condición de que habría
siempre en la corte un jesuita que fuera responsable de la conducta de los
demás hermanos de su Orden. Coton sirvió de garantía en la corte de Enrique IV,
y este buen rey, que no carecía de astucia, creyó ganar la voluntad del papa
tomando en rehenes a su confesor.
Desde entonces, cada uno de los hermanos jesuitas se creyó ser
solidariamente confesor del rey. Esta función del primer médico del alma de un
monarca se tornó en un ministerio en el reinado de Luis XIII, y sobre todo en
el de Luis XIV. El hermano Vadble, ayuda de cámara del padre La Chaise,
concedía su protección a los obispos de Francia, y el padre Le Tellier
gobernaba con mano de hierro a los que se dejaban gobernar. Era imposible que
la mayoría de los jesuitas no se hinchasen del viento de esos dos hombres y no
fueran tan insolentes como los lacayos del marqués de Louvois. Hubo entre ellos
sabios, hombres elocuentes y genios que eran modestos; pero los mediocres, que
constituían la gran masa, se contaminaron del orgullo inherente a la
mediocridad y al espíritu de clase.
Desde la época del padre Garasse, casi todos sus libros de polémica
rezumaban una altivez tan repelente que sublevó contra ellos a toda Europa. Esa
altivez descendía con frecuencia hasta la bajeza del más enorme ridículo, y de
esta manera encontraron el secreto de ser a la vez objeto de envidia y
desprecio. Al ocuparse del célebre Pasquier, abogado general del Tribunal de
Cuentas, se expresaban así:
«Pasquier es un estúpido, un pícaro de París, un galante bufón, vendedor
de historietas, un bergante, un zafio que erupta y se pede, sospechoso de
herejía o hereje, y lo que es peor, un rijoso y villano sátiro, un zoquete en
sumo grado.» Más tarde, los jesuitas pulieron su estilo, pero su orgullo, no
por menos grosero, fue menos irritante, y todo se perdona menos el orgullo. Por
eso los parlamentos del reino, muchos de cuyos miembros habían sido discípulos
suyos, aprovecharon la primera ocasión que se les presentó para hundirlos y
todo el mundo se regocijó de su caída.
El espíritu del orgullo estaba tan arraigado en ellos que afloraba con
ira descarada hasta cuando sabían que la justicia iba a dictar la sentencia de
su expulsión. Para convencerse basta leer la citada obra Ya es hora de hablar,
publicada en 1762 en Aviñón y que se supone impresa en Amberes. En ella
maltratan al ilustre Monclar, fiscal general, que era el oráculo del Parlamento
de Provenza y le hablan como el cátedro puede hacerlo a un estudiante perezoso
e ignorante, llevando su audacia hasta el extremo de decir que Montclar
blasfemó al dar cuenta del instituto de los jesuitas y con todavía más osadía
en el Parlamento de Metz, usando un estilo grosero.
Conservan todavía la misma arrogancia después de la humillación que les
hicieron sufrir Francia y España al expulsarles. La serpiente cortada a pedazos
levantaba todavía cabeza desde el fondo de la ceniza que la cubría. Apareció un
miserable apellidado Nonotte que se erigió en crítico de los maestros, y ese
hombre nacido para predicar a la chusma hablaba a tontilocas de materias de las
que no tenía la mínima noción. Otro insolente de la misma cuerda, apellidado
Patouillet, insultaba en los mandamientos de los obispos a la ciudadanía y a
los empleados de la casa real, cuyos lacayos no hubieran consentido que un
jesuita como ése les hablara.
Una de sus principales vanidades consistía en ingeniárselas para
introducirse en las casas de los grandes, cuando éstos estaban ya con un pie en
la tumba, como embajadores de Dios que se presentaban para abrirles las puertas
del cielo sin pasar por el purgatorio. En el reinado de Luis XIV era de mal
tono morirse sin que en este último acto interviniera un jesuita, y el
miserable iba en seguida a vanagloriarse entre sus congéneres de haber
convertido a un linajudo que sin su protección se hubiera condenado. El
moribundo podía decirle: «¿Con qué derecho, excremento de Compañía, te
presentas en mi casa cuando me estoy muriendo? ¿Acaso te visité alguna vez en
tu celda cuando tuviste la fístula o la gangrena? ¿Acaso Dios te concedió algún
derecho sobre mí? ¿He de tener un preceptor a los setenta años? ¿Llevas quizás
en tu cinto las llaves del paraíso? Puesto que te atreves a decir que eres
embajador de Dios, enséñame tu credencial, y si no la tienes, déjame morir en
paz. Ningún benedictino, ningún cartujo, viene a fastidiarme en mis últimos
momentos y no erigen un trofeo a su orgullo en el lecho de ningún agonizante;
se quedan en su celda. Quédate tú en la tuya, ¿qué tienes que ver conmigo?»
El jesuita inglés Routh sufrió un chasco morrocotudo al intentar
apoderarse de los últimos instantes del célebre Montesquieu. Se presentó en
casa de éste, según dijo, para restituir a la religión un alma virtuosa como si
Montesquieu no conociera la religión mejor que Routh y no pensara con mayor
elevación que éste. Le arrojaron del dormitorio del moribundo y a continuación
propaló por todo París: «He convertido a ese hombre ilustre, he conseguido que
arrojara al fuego sus Cartas persas y el Espíritu de las leyes». Más tarde,
imprimió detalladamente la conversión de Montesquieu conseguida por el
reverendo padre Routh, en el libro titulado Antifilosófico.
Otra vanidad de los jesuitas consistía en ir de misioneros a las
ciudades, como si se tratara de la India o el Japón. Conseguían que,
acompañándoles, les siguiera por las calles toda la magistratura. Llevaban una
cruz delante de ellos, la plantaban en la plaza pública, desposeían al cura y
acababan siendo los dueños de la ciudad. Un jesuita apellidado Aubert fue en
misión a Colmar y obligó al fiscal general del consejo soberano a quemar ante
él un ejemplar de la obra de Bayle, que le había costado cincuenta escudos;
antes que quemar esa obra hubiera preferido quemar al hermano Aubert. Podéis
comprender cómo se ensoberbecería ese jesuita, cómo se vanagloriaría luego ante
sus compañeros y cómo escribiría al general de su Orden.
JOB. Buenos días, amigo Job. Tú eres uno de los
hombres más antiguos y singulares que mencionan los libros; tú no eres judío y
sabemos que el libro que lleva tu nombre es más antiguo que el Pentateuco. Si
los hebreos, que lo tradujeron del árabe, han usado el vocablo Jehová para
designar a Dios, copiaron esa palabra de los fenicios y los egipcios, de lo
cual están convencidos los sabios. La palabra Satán tampoco es caldea.
Estabas afincado en los confines de Caldea. Comentaristas dignos de
serlo sostienen que creías en la resurrección porque estando acostado en el
estercolero dices, en el capítulo 19 de tu libro, que te levantarás del suelo
un día. El enfermo que espera curarse no por eso espera en la resurrección,
pero yo deseo hablarte de otras cosas.
Confiesa que eres un parlanchín, pero tus amigos lo eran mucho más.
Dícese que poseías siete mil corderos, tres mil camellos, mil bueyes y
quinientos asnos. Voy a sacar la cuenta de todo ello.
— Siete mil corderos, a tres libras y
diez sueldos cada uno, suman…………22 500 libras.
— Tres mil camellos, a cincuenta
escudos…………………………..450 000 »
— Mil bueyes, unos con otros,
valen al menos……………………..80 000 »
— Quinientos asnos, a veinte francos….10 000 »
— El total asciende a………………562 500 libras.
Sin contar tus muebles, sortijas y joyas.
Yo era mucho más rico que tú, y pese haber perdido gran parte de mis
bienes y estar enfermo como tú, no he murmurado contra Dios como los amigos te
echan en cara muchas veces. No estuvo muy acertado Satán cuando, por inducirte
a pecar y conseguir que te olvidaras de Dios, pidió permiso para privarte de
tus bienes y darte la sarna. En ese estado es cuando los hombres recurren
siempre a la Divinidad; los hombres que son felices lo olvidan. Satán no
conocía bastante el mundo, después le conoció mucho más, y cuando quiere que
alguno no se le escape le facilita el cargo de Intendente general u otro empleo
mejor, si es posible. Esto es lo que nuestro amigo Pope nos mostró claramente
en la historia de Balaán.
Tu esposa era una impertinente, pero tus falaces amigos Elifás, Baldad y
Sofar, eran más insoportables que ella. Te exhortaban a armarte de paciencia de
una manera capaz de impacientar al hombre más pastueño y te endilgaban
fastidiosos sermones.
Ciertamente, no sabes lo que dices cuando escribes: « ¡Dios mío! ¿soy el
mar o soy una ballena para que me hayáis encerrado como en una prisión?» Pero
tus amigos no sabían más que tú cuando te contestaron «que el junco no podía
reverdecer sin tener humedad, ni la hierba de los prados puede crecer sin
agua». Nada hay tan consolador como este axioma.
Sofar te reprocha que eres un parlanchín, pero ninguno de tus buenos
amigos te presta un escudo. Yo no te hubiera tratado de ese modo. Abundan las
personas que dan consejos, pero muy pocas que socorran. No vale la pena tener
tres amigos para que no nos den una gota de caldo cuando estamos enfermos.
Imagino que cuando Dios te devolvió la salud y la riqueza, esos tres personajes
no se atrevieron a presentarse ante ti; por eso los amigos de Job han pasado a
ser proverbio.
Dios estaba muy descontento de ellos y les dijo, en el capítulo 42, que
son fastidiosos e imprudentes. Les condenó a una multa de siete toros y siete
carneros por haber dicho tantas necedades; yo los hubiera condenado por no
haber socorrido a su amigo.
Te ruego me digas si es verdad que viviste ciento cuarenta años después
de tus aflicciones. Me gusta saber que los hombres honrados viven mucho tiempo;
sin duda, los hombres de hoy son unos grandes bergantes porque tienen la vida
muy corta.
Con todo, el libro de Job es uno de los más valiosos de la Antigüedad.
Es evidente que lo escribió un árabe que vivió antes de la época en que
situamos a Moisés dícese en él que Elifás era natural de Theman (antigua ciudad
de Arabia;, Baldad era de Suez, y Sofar de Naamath, región de Arabia mucho más
oriental.
Pero lo que debe notarse, lo que demuestra que esa fábula no la escribió
un hebreo, es que se habla de las tres constelaciones que hoy denominamos Osa,
Orión e Híades. Los hebreos no tuvieron la menor idea de astronomía, ni
siquiera tenían vocablo para expresar esa ciencia; todo lo referente a las
artes del espíritu les era desconocido, incluso la palabra geometría. Los
árabes, por el contrario, habitaban en tiendas de campaña y se ocupaban
continuamente de estudiar los astros, siendo quizás los primeros que regularon
sus años observando el cielo.
Es de advertir que en este libro sólo se habla de un Dios único. Es un
error creer que sólo los judíos reconocieron la existencia de un solo Dios,
porque así lo creía casi todo el Oriente y los judíos plagiaron esta creencia
como lo plagiaron todo.
Dios, en el capítulo 38, habla a Job en medio de un torbellino, que más
tarde copió el Génesis. Nunca insistiremos bastante en que los libros judíos no
son tan antiguos como se supone. La ignorancia y el fanatismo dicen que el
Pentateuco es el libro más antiguo del mundo, pero es innegable que los de
Sanchoniathon, los de Thaut, los del primer Zerdust, el Shasta, el Veidam de
los hindúes, los cinco Kings de los chinos y el libro de Job, son de más remota
antigüedad que ningún libro judío. Está demostrado que ese reducido pueblo no
pudo tener anales hasta que constituyó un gobierno estable, lo que no aconteció
hasta la época de sus reyes, y que su lengua se fue formando, con el fluir del
tiempo de una mezcla de fenicio y árabe. Existen pruebas irrebatibles de que
los fenicios cultivaron las letras mucho antes que ellos, que no tenían otras
profesiones que el bandolerismo y el corretaje, y sólo fueron escritores por
casualidad. Se han perdido los libros de los egipcios, fenicios, chinos,
brahmanes y guebros, pero los judíos han conservado los suyos. Esas obras son
curiosas, pero son obras de la imaginación humana en las que no puede
aprenderse ni una sola verdad física, ni histórica. Cualquier libro elemental
de física contemporáneo, es más útil que todos los libros de la Antigüedad.
El bueno de Calmet o dom Calmet (porque los benedictinos quieren que les
demos ese título), ingenuo compilador de tantas fantasías e imbecilidades, ese
hombre cuya simplicidad ha dado pie a que nos riamos de las paparruchas
antiguas, relata fielmente las opiniones de quienes pretenden adivinar la
enfermedad que padeció Job, como si hubiera sido un personaje real. No titubea
en decir que contrajo la sífilis y amontona pasaje sobre pasaje, como tiene por
costumbre, para probar lo que no existió. Es de presumir que no leyó la
historia de la sífilis que escribió Astruc porque no era padre de la Iglesia,
ni doctor en Salamanca, sino médico y sabio, y el bueno de Calmet ni siquiera
supo que existía. Los frailes compiladores son unos pobres hombres.
JOSÉ. La historia de José, considerándola sólo como
cosa curiosa y fabulación literaria, es una de las más preciosas narraciones de
la Antigüedad que han llegado hasta nosotros. Parece que es el modelo de los
escritores orientales y resulta más conmovedora que la Odisea de Homero, porque
un héroe que perdona es más atrayente que el héroe vengativo.
Por lo que sabemos, los árabes fueron los primeros autores de esas
ingeniosas ficciones que se han transmitido a todas las lenguas, pero no he
hallado en ellos ninguna aventura comparable con la de José. Casi todo es
maravilloso y su desenlace puede arrancar lágrimas de ternura. José es un joven
de dieciséis años al que sus hermanos envidian y lo venden a una caravana de
mercaderes ismaelitas, que lo llevan a Egipto, en donde lo compra el eunuco del
rey. Este eunuco era casado, lo cual no debe extrañarnos; el Kizlar Aga, eunuco
perfecto, tiene hoy un serrallo en Constantinopla: le dejaron los ojos y las
manos, y la Naturaleza no por eso perdió sus derechos en su corazón. Otros
eunucos, a los que sólo les extirpan los dos acompañamientos del órgano de la
generación, todavía pueden emplear ese órgano. Putifar, que compró a José, pudo
muy bien pertenecer a esa clase de eunucos.
La esposa de Putifar se prendó sensualmente del joven José y éste
queriendo ser leal a su señor y bienhechor, rechazó los envites de la mujer
apasionada, quien, despechada, le acusó ante su esposo de haberla querido
seducir. La historia de la mujer de Putifar es la historia de Hipólito y Fedra,
de Belerofonte y Estenobea, de Hebrus y Damasipa, y tantas y tantas otras que
todos sabemos.
Es difícil averiguar qué historia de esas es la original, pero en la
aventura de José y la esposa de Putifar hay un rasgo de suma ingeniosidad. El
autor supone que Putifar, indeciso entre creer a su mujer o a José, no
consideraba la túnica de éste, que su esposa había desgarrado, como prueba del
atentado atribuido al joven. En el dormitorio de la mujer había un niño en la
cuna y José dijo que ella le quitó y rompió la túnica en presencia de aquél.
Putifar lo preguntó al crío, cuya razón se había anticipado a su edad, y
contestó: «Mira si la túnica está rota por delante o detrás. Si está rota por
delante es prueba de que José quiso forzar a tu esposa, que se defendía del
ataque; si está rota por detrás, es prueba de que tu mujer corría tras de él».
Putifar, gracias a la agudeza del niño, reconoció la inocencia de su esclavo.
Así nos cuenta esta aventura el Corán, según un antiguo autor árabe. Ese libro
omite enterarnos de quién era el niño que tan agudamente intervino; si era hijo
de la esposa de Putifar, José no sería el primero de quien se encaprichó dicha
mujer.
Sea como fuere, según dice el Génesis, metieron en la cárcel a José
donde encontró la compañía del copero y del panadero del rey de Egipto. Esos
dos prisioneros de Estado soñaron aquella noche. José les explica los sueños y
les predice que dentro de tres días el copero recobrará la gracia perdida y el
panadero será ahorcado. Y se realizó su predicción.
Dos años después sueña también el rey de Egipto y su copero le dice que
en la prisión hay un judío que es el primer hombre del mundo en interpretar
sueños; el rey le ordena comparecer a su presencia y José le vaticina que
llegarán para Egipto siete años de abundancia y siete de esterilidad.
Interrumpamos por un momento el hilo de esta historia para fijarnos en
la prodigiosa antigüedad que cuenta la interpretación de los sueños. Jacob
había visto en sueños una escalera misteriosa en cuyo travesaño final estaba
sentado el mismo Dios: un sueño le enseñó el método de multiplicar los ganados,
método que sólo a él le salió bien. El mismo José supo por un sueño que
llegaría un día a ser más poderoso que sus hermanos. Y Abimelec, mucho antes,
supo por un sueño que Sara era la esposa de Abrahán.
Volvamos a la historia de José. En cuanto explicó el sueño del faraón,
fue nombrado en el acto primer ministro. No es posible encontrar en nuestros
días un rey, ni aun en Asia, que concediera semejante cargo a ningún hombre por
explicarle un sueño. El faraón dio a José por esposa una hija de Putifar.
Dícese que ese Putifar era un sumo sacerdote de Heliópolis; no era, pues, su
antiguo dueño el eunuco, o si lo era debía dársele otro título que el de sumo
sacerdote y su mujer debía haber sido madre más de una vez.
Mientras tanto, llegó el hambre como predijo José, y éste, para seguir
mereciendo el favor del rey, obligó a todo el pueblo a que vendiera sus tierras
al faraón y la nación quedó esclava por no carecer de trigo; tal es al parecer
el origen del poder despótico. Hay que confesar que el rey nunca compró tan
barato, pero también cabe sospechar que el pueblo no bendeciría al primer
ministro.
El padre y los hermanos de José también necesitaron comprar trigo porque
«el hambre asolaba entonces toda la tierra». Huelga referir la manera magnánima
con que José recibió a sus hermanos, a quienes además de perdonar, enriqueció.
Esta historia contiene todos los ingredientes de un poema épico interesante:
exposición, enredo, reconocimiento, peripecia y maravilla. Ninguna otra está
tan marcada por el genio oriental.
Lo que el bueno de Jacob, padre de José, respondió al faraón debe de
chocar. «¿Qué edad tenéis?», le preguntó el rey. «Ciento treinta años, y no he
gozado de un día feliz en mi corta peregrinación.»
JUDEA. Nunca he estado en Judea, gracias a Dios, ni
iré nunca. Conozco gentes que han venido de allí y todas me dicen lo horrible
de la situación de Jerusalén. Todo el territorio circunvecino es pedregoso, sus
montañas están peladas, que el famoso río Jordán no tiene más de cuarenta y
cinco pies de anchura, que no hay otro cantón bueno más que el de Jericó; en
fin, cuantos lo han visto aseguran lo mismo que san Jerónimo, que permaneció
mucho tiempo en Belén y pinta esa región como el desecho de la Naturaleza. Dice
que en verano ni siquiera se encuentra agua para beber. Con todo, ese país
debía parecer a los judíos delicioso si lo comparaban con los desiertos de que
eran originarios. Los miserables que dejaran la región de las Landas para ir a
establecerse en algunas montañas del Ampurdán elogiarían su nueva morada, y si
abrigaban la esperanza de afincarse en el hermoso territorio de Languedoc, lo
estimarían como su tierra prometida. Esta es justamente la historia de los
judíos. Jericó y Jerusalén son Tolosa y Montpellier, y el desierto de Sinaí es
el país que media entre Burdeos y Bayona.
Ahora bien, si Dios, que dirigía a los judíos, deseaba darles un buen
territorio, si esos desgraciados habitaron efectivamente en Egipto, ¿por qué no
los dejó allí? A esta objeción sólo pueden contestar aduciendo frases
teológicas. Judea —dicen— era la tierra prometida. Dios dijo a Abrahán: «Os
entregaré todo el terreno que hay desde el río de Egipto hasta el Éufrates»
(1).
(1) Génesis, cap. 15, 18.
¡Ay, amigos míos, nunca habéis visitado las riberas fértiles del
Éufrates y del Nilo y se han burlado de vosotros! Los dueños del Nilo y del
Éufrates fueron sucesivamente vuestros señores porque habéis sido casi siempre
esclavos. Prometer y cumplir lo prometido son dos cosas diferentes, mis
queridos judíos. Tuvisteis un anciano rabino que al leer las profecías que os
prometen una tierra de miel y leche dijo que se os había prometido más manteca
que pan.
Federico II, al ver aquel detestable país, dijo públicamente que Moisés
estuvo mal aconsejado cuando fue allí con su compañía de leprosos: «¿Por qué no
iban a establecerse a Nápoles?», exclama Federico. Adiós, mis queridos judíos,
siento de veras que vuestra tierra prometida sea una tierra detestable.
JUDÍOS. Me comprometí a hacer una descripción imparcial del
carácter de los judíos y su historia, deseando, sin tratar de sondear los
designios de la Providencia, conocer las costumbres de ese pueblo con el fin de
estudiar el origen de los eventos que preparó esa misma Providencia.
La nación judía fue la más singular que hubo en el mundo, y aunque sea
despreciable para el hombre político es digna de consideración, bajo muchos
aspectos, para el estudioso.
Los guebros, los banianos y los judíos son los únicos pueblos que viven
dispersos y que, sin tener alianza con ninguna nación, se perpetúan entre
extranjeros y constituyen un pueblo aparte del resto del mundo. Los guebros
fueron antiguamente más importantes que los judíos, ya que eran los restos de
los antiguos persas que dominaron a los judíos, pero en la actualidad sólo
están diseminados por una parte de Oriente. Los banianos, que descendían de los
remotos pueblos de los que Pitágoras sacó su filosofía, sólo existen en las
Indias y Persia, pero los judíos están esparcidos por todo el orbe y, si se
reunieran, constituirían una nación mucho más poderosa de lo que fue en el
corto espacio de tiempo que dominaron en Palestina.
Casi todos los pueblos que escribieron la historia del origen de esta
nación la han referido por medio de prodigios; todo es fabuloso en ella. Sus
profetas siempre les predecían conquistas, y los que efectivamente llegaron a
ser conquistadores creyeron a pie juntillas a los profetas que los eventos
justificaban. Lo que distingue a los hebreos de otros pueblos es que sus
profetas son los únicos verdaderos, de los que no es lícito dudar. Esos
profetas, que interpretaban en su sentido literal, les predijeron muchas veces
que llegarían a ser dueños del mundo y, sin embargo, nunca poseyeron más que un
pequeño rincón de la tierra durante algunos años, y hoy no tienen un villorrio
propio. Deben creer y creen, efectivamente, que llegará un día en que sus
predicciones se realicen y posean el imperio del mundo.
Son los últimos entre los pueblos musulmanes y cristianos y se creen ser
los primeros. Su orgullo, contra viento y marea, lo justifican con la razón
irrebatible de que son realmente los padres de los cristianos y musulmanes. La
religión cristiana y la musulmana reconocen por madres a la judía, y por
singular contradicción sienten al mismo tiempo, por su madre, respeto y horror.
No nos proponemos aquí repetir el rosario de prodigios que asombran la
imaginación y ponen a prueba la fe; sólo vamos a tratar de los hechos puramente
históricos, despojados del auxilio celeste y de los milagros que Dios se dignó
obrar durante mucho tiempo en favor de dicho pueblo.
En Egipto encontramos en un principio una familia compuesta de sesenta
personas que produce, en el transcurso de doscientos quince años, una nación
que reúne seiscientos mil guerreros, cuyo número, sumado con el de mujeres,
ancianos y niños, compone un total de dos millones de almas. No hay ejemplo en
el mundo de aumento demográfico tan prodigioso: esa multitud salió de Egipto y
permaneció cuarenta años en los desiertos de la Arabia Pétrea, y la población
disminuyó mucho en ese país horrible.
Los supervivientes de esa nación avanzaron hacia el Norte de los
mencionados desiertos. Al parecer, seguían los mismos principios que guiaban
después a los pueblos de la Arabia Pétrea y la Arabia Desierta, cuyos
principios consistían en la inmisericorde exterminación de los habitantes de
las pequeñas localidades cuando se consideraban más fuertes que éstos,
reservándose únicamente a las mujeres jóvenes. El afán de aumentar la población
fue siempre el objetivo principal de unos y otros. Igual sucedió cuando los
árabes conquistaron España; impusieron a todas las provincias tributos de
doncellas y todavía en la actualidad los árabes del desierto celebran tratados
estipulando que se les han de entregar algunas doncellas y regalos.
Los judíos llegaron a un territorio arenisco, erizado de montañas, en el
que encontraron algunos burgos cuyos pobladores se llamaban madianitas. Se
apoderaron de seiscientos sesenta y cinco mil corderos, sesenta y dos mil
bueyes, sesenta y un mil asnos y de treinta y dos mil doncellas de los
habitantes de esos burgos. Asesinaron a todos los hombres, mujeres y niños, y
las jóvenes y el botín se los repartieron el pueblo y los sacrificadores.
Poco después, en el mismo territorio, tomaron la ciudad de Jericó, pero
como el vecindario de la ciudad estaba anatematizado los asesinaron a todos,
sin perdonar a las doncellas; sólo escapó de la matanza general una ramera
llamada Rohab porque les había ayudado a sorprender la ciudad.
Algunos sabios han puesto en duda si los judíos sacrificaron hombres a
la Divinidad, pero esto no es más que una cuestión de nombre; aquellos que el
pueblo condenaba al anatema no los degollaban en el altar con acompañamiento de
rito religioso, pero los inmolaban, sin perdonar a uno solo. El Levítico
prohíbe terminantemente en el versículo 27 del capítulo 29, indultar a los
anatematizados diciendo: es indispensable que mueran. En virtud de esa ley,
Jefté sacrificó a su hija, Saúl intentó matar a su hijo y Samuel despedazó al
rey Agag. Es indudable que Dios es dueño de la vida de los hombres y no nos
compete examinar sus leyes; creamos, pues, esos hechos y respetemos callando
los designios de Dios, que los permitió. Hay quienes se preguntan también qué
derecho tenían unos extranjeros, como eran los judíos en el país de Canaán, y
contestan que el derecho que Dios les había dado.
Cuando se apoderaron de Jericó y Lais hubo entre los judíos una guerra
civil durante la cual la tribu de Benjamín quedó casi exterminada, quedaron
sólo seiscientas almas, pero el pueblo, afligido por la pérdida de población de
una de sus tribus, para reparar el mal decidió entrar a sangre y fuego en una
localidad de la tribu de Manasé y matar a los hombres, ancianos, niños, mujeres
casadas y viudas, dejando con vida a seiscientas doncellas que entregaron a los
seiscientos supervivientes de la tribu de Benjamín para repoblarla, con el fin
de que estuviera completo el número de las doce tribus.
Mientras tanto, los fenicios, nación poderosa que poblaba aquellas
costas desde remotísimo tiempo, justamente alarmados por los desmanes y
crueldades que cometían los recién llegados los castigaban con frecuencia, y
los príncipes que estaban en la vecindad de los judíos se coaligaron para
luchar contra éstos, que quedaron reducidos a la servidumbre siete veces en el
período de doscientos años.
Al fin resolvieron que los gobernara un rey y le eligieron por suerte,
pero ese rey debía ser poco poderoso porque en la primera batalla que a sus
órdenes entablaron los judíos contra los filisteos, que eran sus señores, su
ejército sólo contaba con una espada y una lanza, y carecía de instrumentos de
hierro. David, que fue su segundo rey, realizó grandes conquistas. Se apoderó
de la ciudad de Salem, que luego fue célebre y se llamó Jerusalén, y a
continuación los judíos empezaron a adquirir importancia en los alrededores de
Siria. Su gobierno y su religión revistieron forma más augusta. Hasta entonces
no consiguieron tener un templo y todas las naciones circunvecinas lo tenían.
Salomón edificó un templo magnífico y reinó cerca de cuarenta años.
La época de Salomón fue la más floreciente del pueblo judío, y todos los
reyes del mundo juntos no podían ostentar un tesoro igual al que poseía
Salomón. Su padre David, cuyo antecesor sólo tenía una espada y una lanza, dejó
a Salomón veinticinco mil millones en dinero contante y sonante. Sus flotas,
que iban a Ofir, le traían todos los años sesenta y ocho millones de oro puro,
sin contar la plata y piedras preciosas. Tenía cuarenta mil caballerizas y
otras tantas cocheras para sus carros, doce mil cuadras para su caballería,
setecientas mujeres y trescientas concubinas. Sin embargo, carecía de madera y
de trabajadores para edificar su palacio y su templo y los contrató a Hirán,
rey de Tiro, que hasta le suministraba el oro. Salomón, para pagar a los operarios,
entregó a Hirán veinte ciudades. Los comentaristas confiesan que esos hechos
necesitan explicación y sospechan que los copistas deben haberse equivocado al
transcribir las cantidades.
A la muerte de Salomón, las doce tribus que componían la nación se
dividieron y el reino quedó desgajado en dos pequeñas provincias: Judá e
Israel. Esta constaba de nueve tribus y media y aquélla quedó constituida sólo
con las dos y media restantes. Hubo entonces entre ambas provincias un odio
recíproco e implacable porque siendo parientes y vecinas profesaban religión
diferente, pues en Sichem, que pertenecía a Samaria, adoraban a Baal, mientras
que en Jerusalén adoraban a Adonai. En Sichem consagraban dos becerros y en
Jerusalén dos querubines, que eran dos animales con alas y dos cabezas que
tenían expuestos en el santuario; cada uno de esos dos credos tenía sus reyes,
su dios, su culto y sus profetas, y se hacían una guerra cruel.
Mientras se enzarzaban en guerra, los reyes de Asiria, que habían
conquistado la mayor parte de Asia, se lanzaron sobre los judíos como águila
que se arroja sobre dos lagartos que están peleando. Las nueve tribus y media
de Samaria y de Sichem fueron desalojadas de allí y quedaron dispersadas para
siempre, sin que hayamos podido averiguar en qué lugar estuvieron esclavas.
Veinte leguas separas Samaria de Jerusalén, aunque sus territorios
estaban juntos, por lo que aplastada una de esas dos ciudades por la fuerza de
los conquistadores la otra tenía que sucumbir en seguida. Por eso Jerusalén fue
muchas veces saqueada, tributaria de los reyes Hazael y Razin, esclava de
Teglatfael‑asser, tres veces tomada por Nabucodonosor y, al fin, destruida.
Sedecías, que la gobernaba, cayó en poder de dicho conquistador y lo llevó
cautivo a Babilonia, así como a todo el pueblo que regía, de modo que de judíos
sólo quedaron en Palestina algunas familias de esclavos campesinos para que
cultivaran las tierras. En cuanto a la región de Samaria y de Sichem como era
más fértil que la de Jerusalén, la repoblaron colonias extranjeras que enviaron
allí los reyes asirios y tomaron el nombre de samaritanos.
Los dos tribus y media que estuvieron esclavas en Babilonia y en las
ciudades inmediatas durante setenta años tuvieron tiempo suficiente para
aprender los usos y costumbres de sus dueños y enriquecieron su lengua tomando
muchas palabras de los caldeos. Desde entonces, los judíos sólo conocieron el
alfabeto y los caracteres de la lengua caldea y olvidaron el dialecto hebreo,
esto es indudable. El historiador Josefo dice que empezó a escribir en caldeo,
que es la lengua de su país. Los judíos casi nada aprendieron de la ciencia de
los magos, porque se dedicaron casi exclusivamente a comisionistas, cambistas y
ropavejeros; de este modo, se hicieron necesarios y consiguieron enriquecerse.
Los capitales amasados les facilitaron conseguir durante el reinado de
Ciro permiso para reedificar Jerusalén, mas para ello era preciso regresar a su
patria y quienes se habían enriquecido en Babilonia no quisieron dejar tan
hermoso país para habitar en la misérrima Palestina ni perder de vista las
riberas fértiles del Éufrates y del Tigris para afincarse en las del torrente
de Cedrón. Sólo volvió a su patria con Zorobabel la parte más vil de la nación.
Los judíos que quedaron en Babilonia contribuyeron con sus limosnas a
reedificar la ciudad y el templo, y aun así la colecta no ascendió a gran
cantidad. Esdras refiere que sólo pudieron reunir setenta mil escudos para
reedificar el templo, que había de ser el primer templo del universo.
Los judíos continuaron siendo vasallos de los persas; también lo fueron
de Alejandro, y cuando este gran hombre empezó en los primeros años de sus
victorias a proteger Alejandría y convertirla en el centro del comercio del
mundo, multitud de judíos fueron allí para dedicarse al oficio de corredores y
sus rabinos para aprender algunas nociones de las ciencias de los griegos. La
lengua griega fue necesaria desde entonces para los judíos que se dedicaban al
comercio.
A la muerte de Alejandro, los judíos quedaron sometidos a los reyes de
Siria, en Jerusalén, y a los reyes de Egipto, en Alejandría, y cuando esos
reyes combatían ese pueblo sufría la misma suerte de todos los vasallos y
quedaba bajo el dominio de los vencedores.
Desde su cautividad en Babilonia, ya no tuvo Jerusalén gobernadores que
ostentaran el título de reyes. Los pontífices desempeñaban la administración
interior y eran nombrados por sus señores, algunas veces compraban muy cara esa
dignidad, igual que el patriarca griego de Constantinopla compra la suya.
En la época de Antíoco Epifanio, los judíos se sublevaron y vieron su
ciudad saqueada otra vez y las murallas demolidas. Tras una serie de desastres
similares a éste, unos cien años antes de nuestra era, consiguieron por primera
vez permiso para acuñar moneda: Antíoco Sidetes les concedió este privilegio.
Por aquel entonces tuvieron jefes que adoptaron el nombre de reyes y que
incluso ciñeron corona. Antígono fue el primero que usó ese atributo, que nada
significa careciendo de poder.
Mientras tanto, los romanos empezaron a hacerse temibles para los reyes
de Siria, señores de los judíos, y éstos se las ingeniaron para poner de su
parte al Senado de Roma prestándole sumisión y colmándolo de presentes. Las
guerras que promovieron los romanos en Asia Menor parecían motivadas para que
dejaran respirar a ese desgraciado pueblo, pero apenas Jerusalén vislumbró
cierta libertad la postraron y desgarraron las guerras civiles durante el
gobierno de aquellos fantasmas de reyes, y fue más digna de compasión que
cuando gemía en su larga serie de esclavitudes. En sus desavenencias y luchas
intestinas eligieron por jueces a los romanos.
La mayoría de los reinos de Asia Menor, Africa septentrional y de las
tres cuartas partes de Europa, reconocían ya a los romanos como árbitros y
señores. Pompeyo fue a Siria a juzgar las naciones y deponer a muchos déspotas.
Engañado por Aristóbulo, que disputaba la corona de Jerusalén, se vengó de él y
su partido tomando la ciudad, haciendo crucificar a muchos sediciosos, tanto
sacerdotes como fariseos, y después sentenció a Aristóbulo, rey de los judíos,
a la pena capital.
Los judíos, siempre desventurados y esclavos, pero sublevándose siempre,
atrajeron contra ellos los ejércitos romanos. Craso y Casio los castigaron, y
Metelo Scipión mandó crucificar a un hijo del rey Aristóbulo, llamado
Alejandro, instigador de varias rebeliones.
En la época del gran César permanecieron sometidos y tranquilos.
Herodes, famoso entre ellos y nosotros, que durante mucho tiempo asumió el
cargo de tetrarca, consiguió que Marco Antonio le ciñera la corona de Judea,
que pagó espléndidamente. Pero Jerusalén se negó a reconocer al nuevo rey
porque descendía de Esaú, no de Jacob, y era idumeo, pero precisamente por ser
extranjero le nombraron los romanos para el cargo y así sujetar mejor la brida
de ese pueblo. Los romanos ayudaron a Herodes enviándole un ejército, y
Jerusalén fue tomada otra vez por asalto y saqueada.
Protegido luego por Augusto, Herodes llegó a ser el más poderoso
príncipe entre los reyezuelos de Arabia. Restauró Jerusalén y reedificó la
fortaleza que rodeaba el templo que idolatraban los judíos, cuyo templo empezó
a reconstruir pero no terminó porque le faltaron trabajadores y dinero. Ello
prueba que Herodes no era rico y que los judíos, aun idolatrando tanto a su
templo, preferían su dinero contante.
La denominación de rey sólo era un título honorífico que otorgaban los
romanos, no era un título de sucesión. A la muerte de Herodes gobernó Judea
como provincia romana subalterna el procónsul de Siria, aunque a veces los
romanos concedían el título de rey a un judío o a un extranjero previo el pago
de una gran suma, como se concedió al judío Agripa en tiempos del emperador
Claudio.
Agripa tuvo una hija llamada Berenice, célebre porque la amó uno de los
mayores emperadores que dominaron Roma. Ofendida Berenice por las injusticias
que le hicieron sus compatriotas, atrajo sobre Jerusalén la venganza de los
romanos. Pidió que le hicieran justicia y las facciones de la ciudad se
negaron. El espíritu sedicioso de ese pueblo le indujo a cometer nuevos
excesos: su carácter fue cruel en todas las épocas, y su sino fue siempre el
ser castigado.
Vespasiano y Tito pusieron memorable sitio a Jerusalén que terminó con
su destrucción. El hiperbólico Flavio Josefo refiere que en tan corta guerra
mataron a más de un millón de judíos. No debe extrañarnos que un autor que
afirma que había quince mil hombres en cada aldea, mate en una guerra un
millón. Los judíos supervivientes fueron expuestos en los mercados públicos y
cada uno vendido, poco más o menos, por el mismo precio que el animal inmundo
que ese pueblo tiene prohibido comer.
A pesar de esta última dispersión esperaban todavía encontrar un
libertador, y durante el reinado de Adriano, que maldecían en sus rezos,
apareció Barcochebas, que alardeaba de ser un nuevo Moisés, un Cristo.
Consiguió alistar a muchísimos infortunados en sus banderas, que consideraban
sagradas, pero en la lucha murieron él y todos sus secuaces.
Fue el último golpe que recibió dicha nación, que quedó anonadada. Los
judíos han considerado siempre los niños y el dinero como sus dos grandes
deberes.
De esta compendiada historia se desprende que los hebreos vagaron casi
siempre errantes y fueron bandidos, esclavos o sediciosos; hoy todavía viven
vagabundos por la tierra, profesan horror a los hombres y aseguran que éstos,
el cielo y la tierra, fueron creados para ellos solos.
Por el estudio de la situación de Judea y el genio de ese pueblo se
comprende que debía ser siempre subyugado. Le rodeaban naciones tan poderosas
como belicosas, a las que tenía aversión, por lo que ni éstas podían
protegerlo, ni él podía aliarse con ellas. Era imposible que le protegiera la
marina porque perdió muy pronto el puerto que poseyó en el mar Rojo en la época
de Salomón, y hasta el mismo Salomón recabó la ayuda de los tirios tanto para
construir sus barcos como para edificar su palacio y el templo. Nunca tuvieron
cuerpos de ejército permanentes, como los asirios, medas, persas, sirios y
romanos. Los artesanos y labradores tomaban las armas cuando era necesario y,
en consecuencia, no podían ser soldados aguerridos. Sus montañas, o mejor
dicho, sus peñascos, no tenían suficiente altura, ni estaban bastante cercanos
para defender la entrada de su territorio. La parte más numerosa de la nación,
trasladada a Babilonia, Persia y la India, o establecida en Alejandría, estaba
demasiado ocupada en el comercio y el corretaje para pensar en la guerra. Su
gobierno civil, fuese republicano, pontifical o monárquico, sumido con
frecuencia en la anarquía, no era mejor que su disciplina militar.
Si me preguntáis cuál era la filosofía de los hebreos os responderé con
muy pocas palabras: no conocían la filosofía. Incluso su mismo legislador no
habla en ninguna parte de la inmortalidad del alma ni de las recompensas de la
otra vida. Flavio Josefo y Filón afirman que las almas son materiales; sus
doctores creen que los ángeles son corpóreos y durante su permanencia en
Babilonia les dieron los nombres que tenían en Caldea: Miguel, Gabriel, Rafael
y Urías. El vocablo catán es babilónico y designa el Arimanes de Zoroastro. El
nombre de Asmodeo también es caldeo, y Tobías, que vivía en Nínive, fue el
primero en usarlo. El dogma de la inmortalidad del alma sólo cobró cuerpo entre
los fariseos con el transcurso del tiempo. Los saduceos le negaron siempre la
espiritualidad e inmortalidad y negaron también la existencia de los ángeles.
No obstante, los saduceos trataron siempre con los fariseos y hasta tuvieron
soberanos pontífices de su secta. Es más, la gran diferencia de opiniones de
ambos partidos no causó la menor perturbación. Los judíos se atenían
escrupulosamente, en los últimos tiempos de su estancia en Jerusalén, a sus
ceremonias legales. El que comía morcilla o conejos era apedreado, pero quien
negaba la inmortalidad del alma podía ser sumo sacerdote.
Es creencia general que el horror que sentían los judíos hacia las otras
naciones provenía del horror que les inspiraba la idolatría, pero es más
verosímil suponer que la manera con que al principio exterminaron algunas
poblaciones de Canaán y el odio de las naciones vecinas fueron el motivo de la
aversión que les tenían. Como no conocían más que a ]os pueblos inmediatos,
aborreciéndolos, se figuraban que aborrecían a todos los habitantes del mundo y
se acostumbraron así a ser enemigos de los hombres.
Buena prueba de que la idolatría de las naciones no fue la causa de su
odio es que en la historia de los judíos encontramos que fueron idólatras con
frecuencia. El mismo Salomón hacía sacrificios a los dioses foráneos. Después
de su reinado, no hay casi ningún rey de la provincia de Judá que no permita el
culto a los dioses extranjeros y no les ofrezca incienso. La provincia de
Israel conservó sus dos becerros y sus bosques sagrados para adorar otras
divinidades.
Además, no está comprobada aún la idolatría que se atribuye a varias
naciones, y puede que no sea difícil lavar esa mancha de la teología antigua.
Todas las naciones cultas conocieron la idea de un Dios Supremo, señor de los
dioses subalternos y de los hombres. Los egipcios reconocieron un primer
principio, que llamaron Knef, al que se subordinaba todo lo demás. Los antiguos
persas adoraban el principio del bien, que llamaron Oromase, y no hacían
sacrificios al principio del mal, llamado Arimane, que consideraban poco más o
menos como nosotros consideramos al demonio. Los guebros conservan todavía el
don más sagrado de la unicidad de Dios. Los antiguos brahmanes reconocían un
solo Ser Supremo, y los chinos no asociaban ningún ser subalterno a la
Divinidad ni tuvieron ídolos hasta que el culto a Fo y las supersticiones de
los bonzos sedujeron al populacho. Los griegos y romanos, a pesar de rendir
culto a múltiples dioses, reconocían a Zeus o Júpiter como soberano absoluto
del cielo y la tierra. Homero, extraviado en las más absurdas ficciones de la
poesía, reconoce también esta verdad y siempre representa a Júpiter como el
único dios omnipotente que envía el bien y el mal al mundo, quien con un
movimiento de cejas hace temblar a los hombres y a los dioses. Y si bien
erigían altares y hacían sacrificios a los dioses subalternos, no hay un solo
monumento de la Antigüedad en que la denominación de soberano del cielo se
aplique a un dios secundario, sea Mercurio, Apolo o Marte. El rayo fue siempre
el atributo del Dios Supremo.
La idea de un Ser Soberano, de su Providencia y de sus decretos eternos
se encuentra en todos los filósofos y poetas. Tal vez sea tan injusto creer que
los antiguos igualasen a los héroes, genios y dioses inferiores con el llamado
padre y señor de los dioses, como ridículo creer que nosotros igualamos a Dios
con los santos y los ángeles.
Me preguntáis también si los antiguos filósofos y los legisladores
copiaron a los judíos, o viceversa. Acerca de esto debemos atenernos a lo que
dice Filón. Confiesa que antes de la traducción de los Setenta, los extranjeros
no conocían los libros de su país. Además, las grandes naciones no pueden sacar
sus conocimientos y leyes de un pueblo ignorante, oscuro y esclavo. Los hebreos
carecían aún de libros en la época de Osías, y durante su reinado se halló
casualmente el único ejemplar de la ley que existía. Ese pueblo, desde que
estuvo cautivo en Babilonia, no conoció más alfabeto que el caldeo, ni se
distinguió en ningún arte, ni en ninguna clase de artesanía, y hasta la época
de Salomón se vio obligado a pagar a elevado precio trabajadores foráneos. Decir
que los egipcios, persas y griegos aprendieron de los indios, equivale a decir
que los romanos aprendieron las artes de los incivilizados bretones. Los judíos
no fueron nunca físicos, geómetras, ni astrónomos, ni tenían escuelas públicas
para instruir a la juventud. Los pueblos del Perú y México regulaban mejor que
ellos los años. Su larga permanencia en Babilonia y Alejandría, durante la que
pudieron instruirse, no hizo aprender al pueblo más que el arte de la usura.
Nunca supieron acuñar moneda y apenas pudieron aprovecharse de este privilegio
durante unos cinco años, a pesar de que todavía algunos afirmen que su moneda
se acuñó en Samaria. Por eso las medallas judías son tan raras y. casi todas
falsas. En resumen, estudiando a los judíos os convenceréis de que sólo
pudieron constituir un pueblo ignorante y bárbaro, proclive a la más sórdida
avaricia, a la más detestable superstición y al más irrefrenable odio hacia los
demás pueblos que los toleraban y enriquecían.
Sobre la ley de los judíos. Dicha ley debe parecer a las naciones civilizadas tan inconcebible como
su conducta, y si no fuera divina cabría considerarla como dictada para
salvajes que empiezan a agruparse para constituir un pueblo. Pero siendo divina
no alcanzamos a comprender por qué no ha subsistido siempre, lo mismo para
ellos que para todos los hombres.
Siempre nos ha dejado perplejos que esa ley titulada Levítico y
Deuteronomio ni siquiera insinúe el dogma de la inmortalidad del alma.
La ley judía prohíbe comer anguilas porque no tienen escamas, y liebres
porque rumían y no tienen el pie hendido. Es innegable que los judíos tendrían
liebres que serían distintas de las nuestras, porque las nuestras tienen el pie
hendido y no rumían. Para ellos, el grifo es inmundo y las aves de cuatro pies
también, pero estos animales son fabulosos. Quien tocaba un ratón o un topo era
impuro. La ley judía prohíbe que las mujeres se apareen con caballos y asnos
por tanto, para imponer esa prohibición era preciso que las mujeres judías se
hubieran dedicado a semejantes tejemanejes. Se prohíbe a los hombres ofrecer el
esperma a Moloch, y para que no crean que es una metáfora, la ley repite que se
refiere al semen del varón. El texto llama a esta ofrenda fornicación. Respecto
a este punto es curioso el libro sagrado: al parecer, en los desiertos de
Arabia era costumbre ofrecer a los dioses ese singular presente, como en
Conchín y otras regiones de la India lo es, según nos aseguran, que las
doncellas entreguen su virginidad a un Príapo de hierro en el templo. Esas
costumbres prueban que el género humano es capaz de todo. Los cafres que se
extirpan un testículo ofrecen un ejemplo todavía más ridículo del fanatismo de
la superstición.
Y más extravagante es la ley judía que trata de la prueba del adulterio.
La mujer que acusa al marido de tal delito comparece ante los jueces y le dan a
beber el agua de los celos mezclada con absintio y polvo: si es inocente, esa
agua la hace más hermosa y fecunda; si es culpable, los ojos le saltan de las
órbitas, se le hincha el vientre y revienta en presencia del Señor.
Por lo demás, es muy difícil averiguar en qué época se redactaron esas
leyes llegadas hasta nosotros, pero basta saber que son antiquísimas para
conocer que las costumbres de entonces eran groseras y feroces.
De la dispersión de los judíos. Hay quienes suponen que se profetizó su dispersión como castigo al
negarse a reconocer que Jesucristo era el Mesías, olvidando que los judíos
estaban ya dispersos por todo el mundo conocido mucho antes de la encarnación
de Jesucristo. Los libros que nos quedan de ese pueblo singular no mencionan el
regreso de las diez tribus que Toglathalasar y Salmanasar condujeron más allá
del Éufrates hasta cerca de seis siglos después. Ciro hizo volver a Jerusalén
las tribus de Judá y de Benjamín que Nabucodonosor había diseminado por las
provincias de su imperio. Los Hechos de los Apóstoles dicen que cincuenta y
tres días después de la muerte de Jesucristo se reunieron allí judíos de todas
las naciones para celebrar en Jerusalén la fiesta de la Pascua de Pentecostés. Santiago
escribió a las doce tribus dispersas, y Flavio Josefo, lo mismo que Filón,
dicen que existían gran número de judíos en todo Oriente.
Cuando se reflexiona en la matanza de judíos que se produjo durante el
reinado de algunos emperadores romanos y en la carnicería que hicieron de ellos
todas las naciones cristianas, nos admira no sólo que ese pueblo subsista
todavía, sino que sea más numeroso que en sus tiempos más remotos. Su aumento
lo atribuyen algunos a que está exento del servicio militar, su ardoroso deseo
por el matrimonio, su ley de divorcio, su género de vida sobria y comedida, sus
abstinencias, su trabajo y a SUS ejercicios.
Es digna de notarse la sumisión constante que los judíos otorgan a la
ley mosaica, sobre todo si recordamos sus frecuentes apostasías, cuando les
gobernaban reyes o jueces. El judaísmo es ahora la religión del mundo que
cuenta menos apóstatas, y acaso se deba a las persecuciones que sufrió. Sus
fieles, que son mártires perpetuos de su creencia, creen ciegamente profesar la
verdadera doctrina, y nos consideran a nosotros como judíos rebeldes que han
modificado la ley de Dios y castigamos a quienes la han recibido de sus manos.
Mientras Jerusalén y su templo subsistieron, los judíos fueron
expulsados de su patria varias veces, pero lo fueron con más frecuencia por el
fanatismo ciego de todos los países donde residieron en cuanto se extendió el
cristianismo y el mahometanismo. Por eso comparan su religión a una madre que
tiene dos hijas, una cristiana y otra mahometana, que le han dado muchas
aflicciones, pero que aunque le hayan maltratado tiene siempre un verdadero
placer en recordar que las dio a luz. Se sirve de una y otra para abarcar el
universo y en su vejez venerable consigue abarcar todos los tiempos.
No alcanzo a comprender que los cristianos crean realizar las profecías
persiguiendo a los judíos que las transmitieron. Ya hemos visto que la
Inquisición hizo desterrar a los judíos de España. Reducidos a recorrer muchas
tierras y mares para ganarse la vida y prohibiéndoles en todas partes poseer
bienes raíces y obtener empleos, se vieron obligados a dispersarse por muchos
sitios y no poder afincarse en ninguna región, faltos de apoyo y poder para
conseguirlo. Tuvieron que dedicarse al comercio, profesión que desdeñaban casi
todos los pueblos de Europa, como único recurso en los tiempos bárbaros, y como
necesariamente el comercio tenía que enriquecerles, los trataron de infames
usureros. Los reyes, no pudiendo sacar dinero de las bolsas ya vacías de sus súbditos,
para apoderarse del de los judíos les hicieron sufrir en el potro porque no los
consideraban como ciudadanos. Lo ocurrido en Inglaterra puede dar una idea de
las vejaciones que sufrirían en los demás países. El rey Juan, necesitando
fondos, encarceló a los judíos ricos de su reino, y uno de ellos, a quien
arrancaron siete dientes, uno tras otro, para que aflojara la bolsa, entregó
mil marcos de plata cuando le arrancaron el octavo. Enrique III sacó a Aarón,
judío establecido en York, catorce mil marcos de plata para él y diez mil para
la reina.
En Francia, que encarcelaban a los judíos, les robaban, los vendían, los
acusaban de ejercer la magia, de sacrificar niños y de envenenar las fuentes,
les expulsaban del reino y luego los dejaban volver pagando, y hasta en las
épocas que les toleraban residir les obligaban a llevar distintivos infamantes
para diferenciarlos de los demás habitantes. Y mientras en otros países los
quemaban en la hoguera para hacerles abrazar el cristianismo, en Francia
confiscaban los bienes de los judíos que se hacían cristianos. Carlos VI, por
medio de un edicto que publicó en Rasville el 4 de abril de 1392, derogó esta
costumbre tiránica que, según el benedictino Mabillón, se introdujo por estas
dos razones: a) para probar el cristianismo de los recién convertidos, ya que
era común entre los judíos fingir que se sometían al Evangelio por algún
interés temporal sin cambiar realmente al credo, y b) porque como la mayor
parte de sus bienes provenían de la usura, la pureza de la moral cristiana
exigía que hicieran general restitución, lo que se conseguía confiscándoles los
bienes.
Pero la verdadera razón de este uso es la que explica el autor de El
Espíritu de las leyes; era una especie de derecho de amortización en favor del
soberano o los señores, las tasas que imponían a los judíos, considerándolos
como siervos de manos muertas a los que éstos sucedían, y los soberanos y
señores se privaban de este beneficio cuando los judíos se convertían a la
religión cristiana.
Proscritos de todos los países, finalmente encontraron un medio
ingenioso de salvar sus fortunas y afincarse definitivamente. Expulsados de
Francia en la época de Felipe el Largo en 1318, se refugiaron en Lombardía y
allí dieron letras a los negociantes dirigidas a quienes habían confiado su
capital al partir, letras que se pagaron en seguida. La invención admirable de
las letras de cambio debió su origen a la desesperación de los judíos, y sólo a
partir de entonces el comercio pudo evitar los ataques y sostenerse en todo el
mundo.
JULIANO. Supongamos por un momento que Juliano
abjurara del culto de los dioses falsos para abrazar la religión cristiana y
que estudiáramos en su persona el hombre, el filósofo y el emperador; veríamos
entonces que no habría príncipe en el mundo que pudiera parangonarse con él. Si
hubiera vivido diez años más es probable que hubiera dado otra forma a Europa,
distinta de la que hoy tiene.
La religión cristiana dependió de su vida y los esfuerzos que hizo para
destruirla consiguieron que execraran su nombre los pueblos que se convirtieron
a dicha religión. Los sacerdotes cristianos, coetáneos suyos le acusaron de
haber cometido casi todos los crímenes porque cometió el mayor para ellos, el
de humillarlos. Hasta hace poco se le venía llamando Juliano el Apóstata, pero
en la actualidad gracias al esfuerzo que hizo la razón, ya no le designan con
ese epíteto injurioso. Los estudios y la experiencia han hecho a los sabios más
tolerantes. En el Mercurio, que se publicaba en París el año 1741, no recuerdo
en qué número, el autor reprende a un escritor diciéndole que faltaba al decoro
público llamando apóstata al emperador Juliano. Si cien años atrás alguien se
hubiera atrevido a no apellidarle así le hubieran llamado ateo.
Es indudable que, dejando de lado las controversias en que se enconaron
paganos y cristianos, en las que Juliano se decidió por un partido, si en vez
de estudiar a dicho emperador en las iglesias cristianas y en los templos
idólatras, lo hiciéramos en su casa, campamentos, batallas, costumbres,
conducta y escritos, nos convenceríamos de que fue un emperador que puede
ponerse al nivel de Marco Aurelio. Juliano, que nos han pintado como un ser
abominable, si no ocupa el primer lugar entre los hombres notables de la
humanidad, debe ocupar el segundo. Siempre sobrio, temperante, sin aventuras
galantes, acostándose sobre una piel de oso y en tal yacija concediendo con
pesadumbre unas horas al sueño repartiendo el tiempo entre el estudio y los
asuntos públicos, generoso rindiendo culto a la amistad y enemigo del fausto,
se habría granjeado la admiración pública si se hubiera consagrado a la vida
privada.
Estudiado como héroe le veremos siempre al frente de sus legiones
restableciendo la disciplina sin valerse del rigor, querido de sus soldados y
refrenándoles; conduciendo casi siempre a sus huestes a pie dándoles el ejemplo
de resistir todas las fatigas; siempre victorioso en todas sus expediciones
hasta el postrer momento de su vida, que hizo huir a los persas. Su muerte fue
la de un héroe y sus últimas palabras las de un filósofo. «Me someto —dijo— con
alegría a los decretos eternos del cielo convencido de que quien se encariña
con la vida cuando es preciso que muera es más cobarde que el que desea morir
cuando es necesario que viva». Pasó sus últimas horas ocupándose de la
inmortalidad del alma sin aflicción ni debilidad, sometido a la Providencia.
Teniendo en cuenta que quien muere de ese modo es un emperador de treinta y dos
años, véase si es lícito insultar su memoria.
Si le estudiamos como emperador, veremos rehusar el título de dominus
tan querido de Constantino, aliviar a los pueblos, disminuir los impuestos,
proteger las artes, hacer observar las leyes, refrenar a sus funcionarios y
ministros y evitar toda clase de corrupción.
Diez soldados cristianos que se proponen asesinarle son descubiertos y
Juliano los perdona. El pueblo de Antioquía, insolente y voluptuoso, le insulta
y sólo se venga como hombre de talento; pudiendo aplastarle con el peso de su
poder imperial, sólo le hace conocer la superioridad de su genio. Comparad su
proceder con el de Teodosio que mandó degollar a todos los ciudadanos de
Tesalónica por un motivo semejante y juzgad la conducta de esos dos hombres.
Algunos escritores que llamamos padres de la Iglesia, Gregorio de
Nacianceno y Theodoret, creyeron que debían calumniarle porque abjuró la
religión cristiana. No pensaron que el triunfo de la religión hubiera sido
atraerse a ese sabio, ese gran hombre, después de haber resistido los tiranos.
Un escritor dice que inundó de sangre Antioquía tomando bárbara venganza. Si
ese suceso fuera verdad lo hubieran referido los demás historiadores, pero no
se ocupan de él por la obvia razón de que no se derramó en Antioquía más sangre
que la de las víctimas. Otro escritor se atreve a decir que, estando en la
agonía, mirando al cielo, exclamó: Venciste, galileo. ¿Cómo pudo adquirir
crédito esa paparrucha? ¿Acaso peleó él contra los cristianos?, ¿eran palabras
propias de su carácter?
Hombres estudiosos más sensatos que los detractores de Juliano pueden
preguntar cómo es posible que un hombre de Estado, de ingenio y filósofo, como
dicho emperador, abjurara el cristianismo, en cuyo credo se había educado, y
adoptara el paganismo, cuyas ridiculeces y absurdos debía conocer. Si la razón
de Juliano se rebeló contra la creencia en los misterios de la religión
cristiana, debió hacerlo más contra las fábulas de los paganos. Tal vez
estudiando el curso de su vida y observando su carácter pueda comprenderse qué
le inspiró su aversión al cristianismo. El emperador Constantino, hermano de su
abuelo, que estableció la religión cristiana desde el trono, se manchó con los
asesinatos de su esposa, su hijo, su cuñado, su sobrino y su suegro; los tres hijos
de Constantino iniciaron su funesto reinado degollando a su tío y sus primos.
Estos delitos fueron el prólogo de las guerras civiles y de los asesinatos que
ensangrentaron aquellas regiones. El padre, el hermano mayor de Juliano, sus
parientes y él mismo siendo niño, se vieron condenados a morir por su tío
Constancio, aunque él pudo escapar de la matanza general. Pasó su primera
infancia en el destierro y por fin, debió la salvación de la vida su fortuna y
el título de césar a ia emperatriz Eusebia, esposa de su tío Constancio, quien,
después de usar la crueldad de proscribirle en su niñez, tuvo la imprudencia de
hacerle césar, y luego, la imprudencia todavía mayor de perseguirle. Juliano
fue testigo de la insolencia con que Leontius, obispo de Trípoli, trató a su
bienhechora Eusebia. Envió a decir a la emperatriz que no la visitaría si no le
recibía de la manera debida a su condición episcopal; ella salió a recibirle
hasta la puerta, obtuvo su bendición inclinándose y permaneció de pie ante el
prelado hasta que le permitió sentarse. Los pontífices paganos no se portaban
así con las emperatrices, y esa vanidad brutal debió producir penosa impresión
en el espíritu del joven, que era ya un enamorado de la filosofía y la
sencillez.
Es cierto que Juliano vivía en el seno de una familia cristiana, aunque
famosa por sus parricidios, y que por su trato con los obispos de la corte
conocía lo audaces e intrigantes que eran y que se anatematizaban unos a otros;
además, veía con repulsión que los seguidores de Arrio y de Atanasio
perturbaban el imperio y hacían derramar ríos de sangre. Comparándolos con los
paganos, no podía por menos de pensar que éstos nunca tuvieron guerras de
religión. Por ello, era natural que Juliano, educado por filósofos paganos,
fuera de día en día afirmando en su corazón la aversión que debía inspirarle la
religión cristiana. No es más extraño que Juliano deje el cristianismo para
consagrarse a los dioses falsos, ni que Constantino abandone los dioses falsos
para abrazar el cristianismo, lo más verosímil es que ambos cambiaran de
religión por interés del Estado, interés que se confundió en el espíritu de
Juliano con la dignidad indócil de su alma estoica.
Los sacerdotes paganos carecían de dogmas y no obligaban a los hombres a
creer en lo increíble; sólo exigían sacrificios y sin amenaza de penas
rigurosas. No creían constituir la primera clase del Estado, ni pretendían que
hubiera un Estado dentro de otro y tampoco participaban en el gobierno. Estos
motivos eran suficientes para impulsar a un hombre del carácter de Juliano a
decidirse por el credo de los que así opinaban. Necesitaba ser jefe de un
partido, y si hubiera optado por declararse estoico le hubieran combatido los
sacerdotes de ambas religiones y los fanáticos de una y otra. Tampoco el pueblo
hubiera soportado que su jefe se satisficiera con la adoración de un ser puro y
la observancia de la justicia; necesitó, pues, optar por uno de los partidos
que se combatían. Es, pues, creíble que Juliano se sometiera a las ceremonias
paganas como van a las iglesias la mayoría de los príncipes y grandes,
arrastrados por el pueblo, aparentando con frecuencia lo que no son y
ostentando creer lo que no creen. El sultán de los turcos debe bendecir a Omar,
el sofí de Persia debe bendecir a Alí, y hasta Marco Aurelio se prestó a que le
iniciaran en los misterios de Eleusis.
No es de extrañar, pues, que Juliano envileciera su razón descendiendo a
observar prácticas supersticiosas, pero aún debe indignarnos más Theodoret, por
ser el único historiador que refiere que dicho emperador sacrificó una mujer en
el templo de la Luna. Esa calumnia infame merece tanto crédito como el cuento
de Ammien, que dice que el genio del imperio se apareció a Juliano momentos
antes de su muerte, y del cuento no menos ridículo que nos dice que cuando
Juliano quiso reedificar el templo de Jerusalén salieron de la tierra globos de
fuego cuyas llamas incendiaron la obra. Tanto los cristianos como los paganos
inventaron historietas referentes a Juliano, pero las de los cristianos fueron
todas calumniosas. Nadie creerá que un filósofo sea capaz de sacrificar a la
luna una mujer y desgarrar sus entrañas con las propias manos. No puede obrar
así un estoico rígido. Juliano no condenó a muerte ningún cristiano; no
concedía favores a sus enemigos, pero tampoco los perseguía: era un emperador
justo que les permitía gozar de sus bienes, aunque escribía contra el
cristianismo como filósofo. Les toleraba el ejercicio de su religión, pero
impedía que perturbaran el Estado con sus controversias sangrientas. Lo único
que podían reprocharle es haberlos abandonado y no pertenecer a su partido; sin
embargo, encontraron el medio de hacer odioso a la posteridad un príncipe que
hubiera sido aplaudido por todo el orbe si no hubiera cambiado de religión.
JUSTO E INJUSTO. ¿Quién nos dotó de la idea de lo justo y lo
injusto? Dios, que nos otorgó cerebro y corazón. ¿Cuándo nos enseña la razón de
que existan el vicio y la virtud? Cuando nos enseña que dos y dos hacen cuatro.
No existen ideas innatas por igual razón que no hay ningún árbol que brote de
la tierra con hojas y fruto. No hay nada que pueda llamarse innato, es decir
desarrollado, e insisto, Dios nos dotó de órganos que, conforme se desarrollan,
nos hacen conocer lo que debe hacer nuestra especie para conservarse.
¿Cómo se realiza ese misterio continuo? Decídmelo, amarillentos
habitantes de las islas de Sonda, negros africanos, imberbes lapones del
Canadá, y vosotros, egregios Platón, Cicerón, Epicteteto……Todos comprendéis
igualmente que vale más dar lo superfluo de vuestro pan, vuestro arroz o
vuestra yuca al menesteroso que humildemente lo pide, que matarle o sacarle los
ojos. Todo el mundo sabe que socorrer es más honroso que ultrajar y que la
dulzura es preferible a la ira.
Sólo debemos, pues, valernos de la razón para discernir la diferencia
que hay entre la honradez y la deshonra. El bien y el mal están tan cercanos
que con frecuencia los confundimos: ¿quién nos los hará distinguir? Nosotros
mismos, cuando estamos tranquilos. Cualquiera que haya escrito respecto a
nuestros deberes escribió bien en todos los países del mundo, porque escribió
guiado tan sólo por su razón y por eso todos han dicho siempre lo mismo.
Sócrates y Epicuro, Confucio y Cicerón, Marco Antonino y Amurat II tuvieron la
misma moral. Repitamos sin cesar a todos los hombres que la moral siempre es
unívoca porque proviene de Dios; los dogmas son diferentes porque provienen de
los hombres.
Jesús no enseñó ningún dogma metafísico, ni escribió libros teológicos,
ni dijo nunca «Soy consubstancial. Tengo dos voluntades y dos naturalezas en
una misma persona.» Dejó a los franciscanos y a los dominicos la tarea de
argumentar para inquirir si su madre fue concebida con el pecado original, no
dijo que el matrimonio es el signo visible de una cosa invisible, ni habló de
la gracia concomitante, ni estableció nunca las instituciones de los monjes ni
de los inquisidores, y no mandó nada de lo que vemos establecido.
Dios dotó a los hombres del conocimiento de lo justo y lo injusto en
todos los tiempos que precedieron al cristianismo. Dios no cambió ni puede
cambiar: el fondo de nuestra alma, nuestra razón y nuestra moral serán
eternamente lo mismo. ¿De qué sirve la virtud, las distinciones teológicas, los
dogmas que se fundan en esas distinciones, las persecuciones fundadas en esos
dogmas? La Razón, aterrorizada y sublevada al ver esas invenciones bárbaras,
grita a todos los hombres: sed justos y no seáis sofistas perseguidores.
Leed el Sadder, que es el compendio de las leyes de Zoroastro, y
encontraréis esta sabia máxima: «Cuando dudes de si el acto que te propones es
justo o injusto, abstente de realizarlo». Nadie dio nunca regla tan admirable;
ningún legislador habló mejor. Esa máxima es muy diferente del sistema de las
opiniones probables que inventaron individuos que se llamaban la Compañía de
Jesús.
K
KALENDAS. La fiesta de la Circuncisión que la Iglesia
celebra el 1º de enero ha sustituido a otra que se llamaba fiesta de las
kalendas, de los asnos, de los locos y de los inocentes, según los diversos
lugares y días en que se celebraba. Lo más frecuente era celebrarlas los días
de Navidad, Circuncisión o Epifanía.
En la catedral de Ruán tenía lugar el día de Navidad una procesión en la
que los clérigos elegidos representaban a los profetas del Antiguo Testamento
que vaticinaron el nacimiento del Mesías, y quizá diera nombre a esa fiesta el
que apareciera en ella Balaán montado en una borrica, pero como el poema de
Lactancio y el libro de las Promesas que se atribuye a san Próspero dicen que
el buey y el asno reconocieron a Jesús en el establo, según un pasaje de Isaías
(1), es más verosímil que de ese pasaje tomara el nombre de fiesta del asno.
(1) Isaías, cap. I, 3.
El jesuita Raynauld asevera que el día de San Esteban cantaban el himno
latino del asno, conocido también por el himno de los locos, y que por San Juan
cantaban otro que llamaban el himno del buey. En la biblioteca del Capítulo de
Sems hay un manuscrito en pergamino en el que están representadas las
ceremonias de la fiesta de los locos; el texto contiene la descripción y en él
se encuentra el himno del asno, que lo cantaban con coros que imitaban de
tiempo en tiempo, y a modo de estribillo, el rebuzno del asno. He aquí el
extracto de la descripción de dicha fiesta.
En las iglesias catedrales fingían nombrar el arzobispo u obispo de los
locos y esta elección se confirmaba haciendo toda clase de bufonerías, que
servían para consagrarle. El elegido oficiaba pontificalmente y bendecía al
pueblo, ante el que se presentaba con mitra y báculo. En las iglesias que
dependían directamente de la Santa Sede elegían el papa de los locos, que
oficiaba con todos los ornamentos del papado. Todo el clero asistía a oír la
misa, unos curas vestidos de mujer, otros de bufones y algunos enmascarados de
manera grotesca y ridícula. No sólo cantaban en el coro canciones licenciosas,
sino que comían y jugaban a los dados en el altar, al lado del celebrante.
Concluida la misa, corrían, saltaban y bailaban en la iglesia, cantando y
profiriendo frases obscenas y haciendo posturas indecentes hasta quedarse en
cueros; luego, hacían que los pasearan por las calles en carretas llenas de
inmundicias que arrojaban al populacho que se arracimaba a su paso. Los laicos
más libertinos se confundían con el clero y representaban algún personaje loco,
ataviado con vestidura eclesiástica.
Esta fiesta se celebraba también en los cenobios de frailes y monjas,
según atestigua Naude en la queja que dirigió a Gassendi en 1645; decía que en
Antibes, en el convento de los franciscanos, ni el prior ni los religiosos iban
al coro el día de los Inocentes. En ese día los hermanos legos ocupaban sus
sitios y oficiaban revestidos con los ornamentos sacerdotales puestos del
revés. También ponían del revés los libros y fingían leer, poniéndose
antiparras que hacían con cortezas de naranja, murmurando palabras
incoherentes, lanzando gritos y haciendo contorsiones extravagantes.
En los registros de San Esteban de Dijon, del año 1521, consta que los
vicarios corrieron por las calles tocando pífanos, tambores y otros
instrumentos, y llevando linternas precedían al primer chantre de los locos,
que era el héroe de la fiesta. El Parlamento de dicha ciudad, por decreto del
19 de enero de 1552, prohibió la celebración de esta fiesta que ya habían
condenado algunos Concilios, y sobre todo una carta circular del 12 de marzo de
1444 que la Universidad de París envió a todo el clero del reino. Dicha carta,
inserta a continuación de Pierre Deblols, dice que esta fiesta pareció al clero
tan bien pensada y cristiana que consideraba como excomulgados a quienes
intentaban suprimirla, y el doctor de la Sorbona, Jean Deslyons, en su discurso
contra el paganismo, refiere que un doctor en Teología sostuvo públicamente en
Auxerre, a fines del siglo xv, que «la fiesta de los locos estaba tan
autorizada por Dios como la fiesta de la Inmaculada Concepción de la Virgen, y
que además era más antigua en la Iglesia».
L
LÁGRIMAS. Son el lenguaje mudo del dolor. Mas, ¿qué
relación puede haber entre una idea triste y ese líquido salado que filtra por
una pequeña glándula en el extremo externo del ojo, humedeciendo la conjuntiva
y los pequeños puntos lagrimales, desde donde desciende hasta la nariz y la
boca por el receptáculo que denominamos saco lagrimal y por sus conductos?
¿Por qué en los niños y mujeres, cuyos órganos tienen un tejido débil y
delicado, el dolor excita con más facilidad las lágrimas que en los hombres,
cuyo tejido es más fuerte?
Quizá la naturaleza quiso excitar en nosotros la compasión cuando vemos
derramar lágrimas que nos enternecen, y movernos a prestar consuelo a los que
las vierten. La mujer salvaje se apresura a auxiliar al niño que llora con
tanta diligencia como la dama de corte, acaso con más cariño, porque está menos
distraída y siente menos pasiones.
Es indudable que todo tiene su finalidad en el cuerpo humano. Los ojos,
sobre todo, tienen relaciones matemáticas admirables y demostradas con los
rayos de la luz; esta mecánica es tan divina que estoy tentado a creer que es
un desvarío de la razón negar las causas finales de la estructura de nuestros
ojos. El objetivo de las lágrimas no parece que tenga un fin tan determinado,
pero es de loar que la naturaleza las haga fluir para movernos a compasión.
Atribuyen a algunas mujeres la facilidad de llorar cuando quieren, y no
me sorprende que tengan ese don. La imaginación viva, sensible y tierna puede
fijarse en alguna idea o recuerdo triste, y representárselo con colores tan
intensos que consigan arrancarle lágrimas. Esto les sucede a muchos actores y
principalmente a las actrices, en el teatro. Las mujeres que los imitan en su
hogar unen a ese talento el fraude de aparentar que lloran por sus maridos
cuando en realidad algunas lloran por sus amantes; entonces, sus lágrimas son
sinceras, pero el motivo es falso.
Pero si es imposible llorar sin objeto, la risa se puede fingir. Es
menester afectarse sensiblemente para obligar a la glándula lagrimal a que se
comprima y esparza su líquido por la órbita del ojo; en cambio, basta que
queramos para que aparezca la risa en nosotros.
Hay quienes se preguntan en qué consiste que el hombre que ve con ojos
secos los hechos más atroces y que quizás haya cometido crímenes a sangre fría,
llore en el teatro al presenciar la representación de esos hechos y esos
crímenes. Consiste en no verlos con los mismos ojos, sino por los ojos del
actor o autor; no es ya el mismo hombre. Era bárbaro, le agitaban pasiones
furiosas cuando vio matar a una mujer, cuando se manchó con la sangre de un
amigo, y vuelve a ser hombre presenciando el espectáculo. Ayer, pasiones
tempestuosas agitaron su pecho; hoy está tranquilo y la naturaleza recobra en
él sus derechos y le hace derramar lágrimas virtuosas. Este es el verdadero
mérito y la acción saludable que producen las buenas obras en el teatro, bien
saludable que nunca pueden proporcionar los deliquios retóricos del orador,
pagado para que fastidie al auditorio durante una hora.
Así lo creía también Pope, cuando en el prólogo de la tragedia de
Adisson, titulada Catón, dice:
Tyrants no more their savage nature kept;
And foes to virtue wonderet how they wept (1).
(1) Los perversos se asombraron de ver que se enternecían, el crimen
despertó el remordimiento y los tiranos lloraron.
LAMPARONES O ESCRÓFULAS. También
denominados tumores fríos, pese a que sean muy cáusticos, constituyen una de
las enfermedades casi incurables que desfiguran la naturaleza humana por los
dolores e infección que originan y que llevan a la muerte prematura.
Antiguamente supusieron que esa enfermedad era un castigo del cielo porque no
había poder humano que la curase (2). Quizás algunos frailes creyeron que los
reyes, por serlo por la gracia de Dios, tenían poder para curar a los
escrufulosos tocándolos con sus manos ungidas. ¿Por qué, pues, no atribuyeron
ese poder a los emperadores, que gozan de una divinidad superior a los reyes?
¿Por qué no se lo concedieron a los papas, que se creían superiores a los
emperadores? Hay motivo para sospechar que algún páter visionario de Normandía,
con el fin de hacer respetable la usurpación de Guillermo el Bastardo, le
concedió de parte de Dios el privilegio de curar las escrófulas con la yema del
dedo.
(2) Véase el articulo Demoníacos.
Después de la época de Guillermo quedó establecida esa práctica. No
podían conceder a los reyes de Inglaterra esa facultad milagrosa y negársela a
los reyes de Francia, que eran sus soberanos feudales, y esto porque hubiera
sido faltar al respeto debido a esas antiquísimas leyes. Por eso arranca ese
derecho desde san Eduardo en Inglaterra y desde Clovis en Francia.
El único testimonio digno de fe que conservamos de la antigüedad de ese
uso se encuentra en los escritos que en favor de la casa de Lancaster compuso
el caballero John Fortescue en tiempos de Enrique VI, que en la cuna
reconocieron rey de Francia en París; más tarde quedó reconocido rey de
Inglaterra y luego perdió los dos reinos. John Fortescue, gran canciller de
Inglaterra, asegura que desde tiempo inmemorial los reyes de Inglaterra estaban
facultados para tocar a las gentes del pueblo aquejadas de escrófulas. No se
ve, sin embargo, que esta prerrogativa hiciera más sagradas sus personas en las
guerras de la Rosa roja y la Rosa blanca. Las reinas consortes no podían curar
las escrófulas porque no ungían sus manos como los reyes; en cambio, Isabel,
que reinaba por derecho propio y estaba ungida, las curaba sin dificultad.
Cuando el rey Jacobo II de Inglaterra fue acompañado por segunda vez
desde Rochester Whitehall, le propusieron que hiciera uno de esos actos
peculiares a la monarquía, concretamente tocar las escrófulas, pero nadie se
presentó a curarse. Entonces fue a ejercer esa prerrogativa en Francia y en
Saint Germain tocó a algunos irlandeses. Su hija María, el rey Guillermo, la
reina Ana y los reyes de la casa de Brunswick, no curaron a nadie. Esa
mojiganga sagrada pasó en cuanto cundió la ilustración en el mundo.
LENGUAS. Dícese que los hindúes empiezan casi todos sus
libros con estas palabras: Bendito sea el inventor de la escritura. También
nosotros podríamos empezar este artículo bendiciendo al autor del lenguaje.
Al ocuparnos del alfabeto dijimos que nunca ha existido ninguna lengua
primitiva de la que deriven todas las demás. La voz Al o El, que significaba
Dios en los pueblos orientales, no tiene ninguna relación con el vocablo Gott,
que quiere decir Dios en Alemania. Housse y huis son palabras que no pueden
derivar de la griega damos, que significa casa.
Nuestras madres, y las lenguas que denominamos madres, se parecen mucho.
Unas y otras tienen hijos que se casan en los países inmediatos sin que alteren
el lenguaje ni las costumbres. Esas madres tienen otras madres, de las que los
genealogistas no pueden desentrañar el origen. El mundo está lleno de familias
que se disputan el abolengo de su linaje sin saber de dónde provienen.
Es sabido que los niños nacen con el espíritu de imitación, si no les
dijéramos nada nunca hablarían, no harían más que gritar. En casi todos los
países conocidos empezamos por enseñarles las palabras mamá, papá u otras
similares, fáciles de pronunciar, y ellos las repiten. Los que quieran saber la
palabra equivalente a nuestro papá en japonés, tártaro, en el lenguaje
autóctono del Kamchatka y en el de la bahía de Hudson, que viajen por esos
países y después nos la enseñen.
Un misionero llamado Sagart Theodad, que estuvo predicando durante
treinta años a los iroqueses, algonquines y hurones, publicó un pequeño
diccionario hurón editado en París en 1632. Esa obra será poco útil para
Francia después que nos hemos descargado del peso del Canadá. Dice el
mencionado autor que, en hurón, padre se llama aystan y en canadiense notoui;
hay bastante diferencia entre ambas palabras y pater o papá. No debe hacerse
caso de sistemas.
Genio de las lenguas. Se llama
genio de una lengua a su aptitud para decir del modo más conciso y armonioso lo
que las demás lenguas no pueden expresar tan bien.
El latín, pongo por caso, es más idóneo para escribir en las lápidas que
las lenguas modernas, por sus verbos irregulares que alargan una inscripción y
la enervan. El griego, por su mezcla melodiosa de vocales y consonantes, es más
a propósito para la música que el alemán y el holandés. El italiano, por tener
muchas vocales dobles, sirve mejor para la música delicada. El latín y el
griego, por su riqueza y las características apuntadas, son más a propósito
para la poesía que las demás lenguas del mundo. El francés, por la marcha
natural de sus construcciones y su prosodia, es más a propósito que ningún otro
para la conversación. Los extranjeros entienden con más facilidad los libros
franceses que los libros de las demás naciones, y hallan en las obras filosóficas
francesas una claridad de estilo que no encuentran en obras de otros pueblos.
Esto es lo que dio preferencia al francés sobre el italiano, que por las obras
inmortales que produjo en el siglo xv estuvo en situación de dominar en Europa.
Con todo, no existe ninguna lengua completa, ninguna que exprese todas
nuestras ideas y sensaciones, toda vez que los matices de unas y de otras son
imperceptibles y numerosos. Nadie es capaz de dar a conocer con exactitud el
grado de sentimiento que representa; por ejemplo, nos vemos obligados a
designar con la voz general de amor y de odio mil amores y mil odios diferentes
unos de otros, e igual nos sucede si tratamos de manifestar nuestros dolores y
alegrías. Por eso todas las lenguas son imperfectas como nosotros. Y por lo
mismo se fueron formando sucesivamente y por grados, conforme a las exigencias
de nuestras necesidades. El instinto común a todos los hombres es el que hizo
las primeras gramáticas sin apercibirnos de ello. Los lapones y los negros, igual
que los griegos, necesitaron expresar el pasado, el presente y el futuro, y lo
hicieron, pero como nunca reunieron una asamblea de lógicos para formar una
lengua, ninguna consiguió adecuarse a un plan regular.
En todos los idiomas, las palabras son necesariamente la imagen de las
sensaciones. Los hombres nunca han podido expresar más de lo que sentían. Por
lo tanto, todo se ha convertido en metáfora, y en todas partes donde el alma se
ilumina, el corazón arde y el espíritu ve, el hombre compone, une, divide, se
equivoca, se corrige y se extravía.
Todas las naciones están de acuerdo en llamar soplo, espíritu, alma al
entendimiento humano, del que conocen los efectos sin verlo, después de haber
llamado viento, soplo y espíritu a la agilidad del aire, que tampoco han visto.
En todos los pueblos, el infinito fue la negación de lo finito y la inmensidad
la negación de la medida.
Es evidente que nuestros cinco sentidos son los que han producido todos
los idiomas, al igual que han producido nuestras ideas. Las lenguas menos
imperfectas pueden parangonarse con las leyes, en que las que tienen menos de
arbitrario son las mejores. Las lenguas más completas son las de los pueblos
que más se han dedicado a las artes y a la sociedad. Por eso la lengua hebrea
debió ser una de las lenguas más pobres como el pueblo que la habló. ¿Cómo
podían tener los hebreos en su idioma términos marítimos, si antes de la época
de Salomón carecían de barcos? ¿Cómo podían tener terminología filosófica si
vivían en la más profunda ignorancia hasta que empezaron a aprender algo en su
cautividad en Babilonia? La lengua de los fenicios, de la que los hebreos sacaron
su jerga, debió ser muy superior porque fue el idioma de un pueblo industrioso,
comercial y próspero, esparcido por todo el mundo.
La lengua más antigua de las conocidas debe ser la de la nación que
primeramente constituyó sociedad, la del pueblo menos sojuzgado o que,
habiéndolo sido, ilustró a sus conquistadores. Ateniéndonos a esta regla,
podemos inferir que el chino y el árabe fueron las lenguas más antiguas de las
que se hablan actualmente.
No ha habido ninguna lengua madre. Las naciones limítrofes se han
prestado sus palabras unas a otras, aunque hemos convenido en llamar lengua
madre a aquellas de las que han derivado algunos idiomas. Por ejemplo, el latín
es lengua madre del italiano, español y francés, pero ella tiene su origen en
el toscano, y éste deriva del celta y griego.
El más hermoso de los idiomas debe ser el que, a la vez, es más
completo, más sonoro, más variado en sus giros y más regular en su cadencia, el
que tiene más palabras compuestas, el que con su prosodia expresa mejor los
movimientos lentos o impetuosos del alma y el más parecido a la música.
El griego reúne todas esas características: carece de la rudeza del
latín, en cuya lengua abundan las palabras que terminan en um, ur y us, tiene
el empaque del español y toda la dulzura del italiano, aventaja a todas las
lenguas vivas del orbe en la expresión musical, que le dan las sílabas largas y
breves y el número y variedad de sus acentos. Desfigurado y todo, como hoy se
habla en Grecia, puede estimarse todavía como el más hermoso lenguaje del
mundo.
Ahora bien, el mejor idioma no puede extenderse por todas partes cuando
el pueblo que lo habla vive sojuzgado, es poco numeroso, no comercia con otras
naciones y los países cultivan sus propias lenguas; por eso el idioma griego
está menos extendido que el árabe y el turco.
Insisto en que el francés debe ser el idioma más generalizado de Europa
porque es el más idóneo para la conversación: tomó su carácter del pueblo que
lo habla. Los franceses, desde hace unos ciento cincuenta años forman la nación
que mejor conoció la sociedad y donde las mujeres fueron libres y hasta
soberanas cuando aún eran esclavas en todas partes. La sintaxis de esta lengua,
que siempre es uniforme y no admite inversiones, le confiere una facilidad que
no se encuentra en otras lenguas: es una moneda de más curso que las demás,
aunque tenga menos peso. La ingente cantidad de libros agradables y frívolos
que produjo es asimismo otra razón del favor que su lengua conquista en todas
las naciones. Los libros sesudos no consiguen extender las lenguas; se traducirán
y se aprenderá la filosofía de Newton, pero nadie estudiará inglés para
entenderle.
Lo que más contribuyó a la extensión del idioma francés fue la
perfección que alcanzó en el teatro. El favor que goza lo debe a Cinna, a Fedra
y al Misántropo, no a las conquistas de Luis XIV.
La lengua francesa no es tan abundante como el italiano, ni tan
majestuosa como el español, ni tan enérgica como el inglés; sin embargo, se ha
extendido más que ellos porque tuvo más comunicación, amén de que ha producido
libros más agradables que los tres juntos: conquistó tanto éxito, como los
cocineros de Francia, porque supo halagar al gusto general.
El mismo espíritu que impulsó a las naciones a imitar a Francia en
decorar las casas, en amueblarlas, en imitar sus jardines, sus bailes y todo
aquello que requiere gracia, las llevó también a imitar su lengua. El arte de
los buenos escritores franceses lo deben justamente a las mujeres de su país,
que visten mejor que las demás mujeres de Europa y, sin ser más hermosas,
parece que lo sean por el arte que despliegan en sus tocados y adornos.
La civilización contribuyó decisivamente a que de la lengua francesa
desaparecieran las huellas de su antigua barbarie; cuando se suavizaron las
costumbres se suavizó también la lengua, que era ruda como los franceses
antiguos, antes que Francisco I reuniera a las mujeres en su corte. El hablar
francés de los tiempos de Carlos VIII y Luis XII equivalía al antiguo celta; el
idioma alemán no era tan duro. Para conseguir la buena estructura que hoy tiene
la lengua francesa fue preciso que transcurrieran siglos, y las imperfecciones
que todavía le quedan serían intolerables sin el cuidado que ponemos
continuamente para evitarlas, al igual que el hábil jinete evita los pedruscos
que obstaculizan su camino.
Todo concurre a desfigurar las lenguas bastante extendidas: los autores
que estropean el estilo con la afectación, los que escriben en otros países y
mezclan casi siempre frases extranjeras en su lengua nativa, y los negociantes
que introducen en las conversaciones su jerga de mostrador. De que las lenguas
sean imperfectas no cabe deducir que deban corregirse. Es preciso atenerse al
modo de hablar y escribir de los buenos autores, y una vez se cuente con
cantidad suficiente de autores que puedan tomarse por modelo queda fijada la
lengua. Por eso, nada puede cambiar de los idiomas italiano, inglés y francés
sin corromperlos, pues es obvio que si se cambiaran dichos idiomas resultarían
ininteligibles los libros que sirven de instrucción y solaz a todas las naciones.
LEPRA Y SÍFILIS. Vamos a ocuparnos ahora de estas dos calamitosas y
graves enfermedades, una antigua y otra moderna, que han reinado en nuestro
hemisferio. Dom Calmet, gran erudito o, lo que es igual, gran compilador de lo
que se dijo antiguamente y lo que se repite en nuestros días, confundió la
sífilis y la lepra. Sostiene que el santo varón Job estaba aquejado de sífilis,
y supone, tomándolo de un comentarista apellidado Pineda, que la sífilis y la
lepra son una misma cosa. Mas no vaya a creerse que Calmet sea médico, ni que
razone, sino que cita, y sabido es que en su oficio de comentarista las citas
siempre ocupan el lugar de las razones. Refiriéndose al poeta gascón Ausonio
que fue cónsul y preceptor del infortunado emperador Graciano, y hablando de la
enfermedad de Job, invita a los lectores a leer el siguiente epigrama que
dirigió Ausonio a una dama romana llamada Crispa: «Crispa fue siempre
placentera con sus amantes, y para que gozaran les ofrecía su lengua y su boca,
y les brindaba todos los agujeros de su cuerpo. Celebremos, amigos míos, sus
extremadas complacencias». No alcanzamos a comprender qué tenga que ver ese
epigrama con lo que se imputa a Job, que por otra parte ya hemos demostrado que
no existió nunca y es un personaje alegórico de una leyenda árabe.
Cuando Astruc, en su Historia de la sífilis, aduce lo dicho por varios
historiadores para probar que la sífilis es originaria de la isla de Santo
Domingo y los españoles la trajeron de América, sus citas son más convincentes.
Dos cosas prueban —a mi modo de ver— que adquirimos de América la
sífilis: la primera es la multitud de autores, médicos y cirujanos del siglo
XVI que lo atestiguan, y la segunda, el silencio que guardan respecto a ella
los médicos y poetas de la Antigüedad, que nunca conocieron esa dolencia, ni
siquiera de nombre. Los médicos, empezando por Hipócrates si la hubieran
conocido la habrían descrito caracterizándola, le hubieran puesto nombre y
habrían recetado remedios. Los poetas, que son malignos, se hubieran ocupado en
sus sátiras de la blenorragia, chancro, bubones y lo que produce esa horrible
afección, y no se encuentra en ningún epigrama de Horacio, Cátulo, Marcial y
Juvenal nada que toque ni remotamente a la sífilis cuando se complacen en
describir detalladamente todos los efectos de la crápula.
No cabe, pues, la menor duda que los romanos no conocieron la viruela
hasta el siglo VI, la sífilis americana no pasó a Europa hasta fines del xv y
la lepra es tan distinta de esas dos enfermedades como la parálisis del baile
de San Vito.
La lepra es como una sarna de especie horrible. Los judíos se vieron
afectos de esa enfermedad contagiosa más que ningún pueblo de los países
cálidos porque no tenían prendas de lienzo, ni baños domésticos. Era un pueblo
tan desaseado que sus legisladores tuvieron que publicar una ley para conseguir
que se lavaran las manos.
Lo único que ganamos al finalizar las guerras de las cruzadas fue la
sarna. y de cuanto ganamos fue lo único que perdura. Tuvimos necesidad de
edificar en todas partes asilos para los leprosos y encerrar en ellos a los que
padecían de sarna pestilencial o incurable.
La lepra, el fanatismo y la usura, fueron los tres caracteres
distintivos de los hebreos. Como esos desgraciados carecían de médicos, los
sacerdotes se arrogaron el cuidado de regir a los leprosos, como si ello fuera
incumbencia de la religión Los sacerdotes no curaban la lepra, sino que se
concretaban a separar de la sociedad a los que la padecían y de esta manera
adquirieron prodigioso poder. Encarcelaban a los leprosos como si fueran
delincuentes; así, la mujer que deseaba deshacerse de su marido podía conseguirlo
sobornando a un sacerdote, el cual encerraba despóticamente al marido. Los
hebros y quienes les gobernaban eran tan ignorantes que tomaron las polillas
que roen la ropa por lepra, al igual que la mugre que aparece en las grietas de
las paredes, y por ello el infeliz pueblo judío quedó bajo el dominio
sacerdotal.
Cuando empezó a conocerse la sífilis internaron a algunos enfermos en
los asilos de leprosos, pero éstos los recibieron con indignación y elevaron
una solicitud pidiendo que los separaran, como los encarcelados por deudas o
asuntos de honor, porque no querían ser confundidos con la hez de los
criminales.
En una de nuestras novelas dejamos ya constancia de que el Parlamento de
París publicó el 6 de marzo de 1469 un decreto disponiendo que todos los
sifilíticos que no fueran vecinos de París salieran de la ciudad en el término
de veinticuatro horas bajo la pena de ser ahorcados. Esa sentencia no es
sensata, cristiana, ni justa, pero prueba que consideraban la sífilis como una
nueva calamidad que no tenía nada de común con la lepra, toda vez que no
ahorcaban a los leprosos por dormir en París y sí a los sifilíticos.
Los hombres muy desaseados pueden contraer la lepra, pero no la sífilis
porque la proporciona la naturaleza, cuyo regalo debemos a América. Hemos
reprochado otras veces a la naturaleza, que es tan buena y tan mala, el haber
obrado contra el fin que se propuso envenenando el manantial de la vida, y
continuaremos lamentándonos todavía de no haber hallado solución a este
terrible azote.
LETRADOS (hombres de letras). El vocablo letrado corresponde a la expresión francesa gens de lettres,
como ésta corresponde a la palabra gramáticos que usaban los griegos y romanos.
Ellos incluían bajo esta denominación, no sólo a los entendidos en gramática,
base de todos los conocimientos, sino a quienes estaban versados en geometría,
filosofía, historia, poesía y elocuencia. No merece este calificativo el que
teniendo escasos conocimientos se dedica a un solo género, el que no habiendo
leído más que novelas sólo novelas escribe, el que sin conocer bien la
literatura haya escrito por casualidad una novela o un drama y quien, huérfano
de ciencia, haya pronunciado algunos sermones.
Este título es bastante más extenso en nuestros días que lo era la
palabra gramático entre los griegos y latinos. Los griegos se contentaban con
saber su lengua y los romanos no aprendían más que el griego, pero el literato
actual ha de estar más preparado y necesita saber tres o cuatro idiomas. El
estudio de la historia es más extenso que lo era para los antiguos, y el de la
historia natural ha crecido a medida que han ido aumentando los pueblos. No se
exige al letrado que profundice en todas estas disciplinas, porque la ciencia
universal no está al alcance del hombre, pero los verdaderos letrados poseen
varios terrenos aunque no puedan cultivarlos todos.En el siglo XVI y casi hasta
la mitad del XVII, los letrados consumían gran parte de su tiempo ocupándose en
la crítica gramatical de los autores griegos y latinos, y a sus trabajos
debemos los diccionarios, las ediciones correctas y los comentarios de las
obras magistrales de la Antigüedad. Hoy, esta crítica es menos necesaria y
prevalece el espíritu filosófico, que parece constituir el carácter de los
letrados.
Nuestro siglo aventaja a los pasados en que hay bastantes hombres
instruidos que pueden pasar desde la aridez de las matemáticas hasta las flores
de la poesía, y son capaces de juzgar acertadamente un libro de metafísica que
una obra de teatro. El espíritu del siglo XVIII hace que la mayor parte de
ellos descuellen tanto en el trato social como escribiendo en su gabinete, y en
esto son superiores a los letrados de los siglos precedentes.
Los letrados, por lo general, son más independientes que los demás
hombres, y los que nacieron en cuna humilde encuentran con facilidad, en las
fundaciones que dejó Luis XIV, los medios para asegurar su independencia. Y ya
no escriben, como antiguamente, las largas dedicatorias que el interés y la
bajeza ofrecían a la vanidad.
Hay muchos letrados que no son autores y probablemente serán los más
felices porque están libres de los disgustos que la profesión ocasiona algunas
veces, de las cuestiones y rencillas que la rivalidad promueve, de las
animosidades de partido y de ser mal juzgados.
LEYES. En tiempos de Vespasiano y de Tito, mientras los
romanos despanzurraban a los judíos, un ricacho israelita que no quiso morir de
esa manera huyó con el oro que había ganado ejerciendo la usura y se llevó de
Eziongaber a toda su familia, que consistía en su anciana esposa, un hijo y una
hija; además, llevó consigo a dos eunucos, uno que le servía de cocinero y el
otro que era labrador y viticultor. Un buen esenio, que sabía de memoria el
Pentateuco, era su capellán. Todas estas personas embarcaron en el puerto de
Eziongaber y atravesando el mar Rojo entraron en el golfo Pérsico con el fin de
llegar hasta la tierra de Ofir, cuya situación ignoraban. Pero les sobrevino
una horrible tempestad que les llevó hacia las costas de la India y el barco
naufragó en una de las islas Maldivas, que hoy se llama Padrabranca y entonces
estaba desierta.
El viejo ricachón y su esposa se ahogaron, pero las demás personas se
salvaron y, como pudieron, sacaron algunas provisiones del barco, edificaron
pequeñas cabañas en la isla y vivieron con bastante comodidad. Es sabido que la
isla de Padrabranca está a cinco grados de la línea y que allí se encuentran
los cocos más grandes y las mejores piñas del mundo. Les debió ser agradable
vivir allí en la época en que estaban degollando en otra parte al resto de la
nación querida. Pero el esenio lloraba reflexionando que acaso ya no quedarían
en el mundo más judíos que ellos y que la descendencia de Abrahán iba a
extinguirse.
— Podéis hacer que no se extinga —dijo el joven judío al capellán—.
Casaos con mi hermana.
— Quisiera complaceros —le replicó aquél—, pero la ley me lo impide. Soy
esenio e hice voto de castidad. La ley manda que se cumplan los votos y, aunque
perezca toda la raza judía, no desposaré a vuestra hermana, a pesar de ser tan
hermosa.
— Lo grave es que mis eunucos no pueden tener hijos —le replicó el
judío—; si os parece bien, los tendrá míos y bendeciréis nuestro matrimonio.
— Preferiría que me degollaran cien veces los soldados romanos a
ayudaros a cometer un incesto. Si fuera hermana de padre todavía podría pasar,
pues la ley lo permite, pero es hermana de madre y esto sería abominable.
— Comprendo que casándome con ella en Jerusalén cometería un crimen,
porque allí podría encontrar otras mujeres. Pero en esta isla en la que sólo se
encuentran cocos, piñas y ostras, creo que este casamiento debe ser lícito.
El joven enmaridó con su hermana a pesar de las protestas del esenio y
nació una hija única del matrimonio que uno creía legítimo y el otro
abominable. Al cabo de catorce años murió la madre y el padre preguntó al
esenio:
— ¿Os habéis desembarazado de vuestros antiguos prejuicios? ¿Queréis
casaros con mi hija?
— Líbreme Dios —contestó el esenio.
— Pues entonces, me casaré yo. Suceda lo que suceda, no quiero que se
extinga la descendencia de Abrahán (1).
(1) Cubierta con un velo, Thamar se acostó en un camino con su suegro
Judá, que no la reconoció. Quedó embarazada y Judá la condenó a ser quemada. Si
esta cruel sentencia se hubiera cumplido, nuestro Salvador, que desciende en
línea directa de Judá y de Thamar, no hubiese nacido a no ser que los
posteriores sucesos del mundo hubieran ocurrido de otra manera.
Aterrado el esenio al oír ese horrible propósito, no quiso seguir
viviendo con el hombre que tan flagrantemente faltaba a la ley y huyó. En vano
el recién casado le dijo muchas veces: «No me abandonéis, amigo mío. Permaneced
aquí, que yo cumplo la ley natural y de esa manera sirvo a mi patria».
El esenio, aferrado a la ley, se fue nadando a la isla inmediata. Era la
gran isla de Attol, muy poblada y civilizada, y cuando arribó le apresaron y lo
hicieron esclavo. Así que aprendió a balbucear la lengua que hablaban en Attole
se quejó amargamente de la manera inhospitalaria de recibirle y le dijeron que
habían procedido en cumplimiento de su ley pues desde que la isla estuvo a
punto de ser sorprendida por los habitantes de Ada decidieron precavidamente
reducir a la esclavitud a todos los extranjeros que arribaran. Esa disposición
no podía ser una verdadera ley, replicó el esenio, porque no constaba en el
Pentateuco. Le contestaron que ellos se regían por las leyes de su país y
continuó siendo esclavo; afortunadamente, cayó en manos de un amo muy rico que
le trató bien y al cual se encariñó.
Un día se presentaron dos asesinos con el propósito de matar a su amo y
robarle el tesoro, preguntando a los esclavos si estaba en la casa y si tenía
mucho dinero. «Os juramos —le respondieron los esclavos— que no tiene dinero,
ni está en casa.» Pero el esenio dijo: «La ley no me permite mentir y os juro
que el señor está en casa y tiene mucho dinero». Los asesinos mataron y robaron
al señor. Los esclavos denunciaron el esenio a los jueces, a quienes dijo que
él no quería mentir y por nada del mundo mentiría. Y lo ahorcaron.
Me contaron esa historia y otras parecidas en el último viaje que hice
desde las Indias a Francia. Cuando llegué a mi patria fui a Versalles donde
tenía algunos asuntos que solventar y vi pasar a una hermosa dama seguida de
otras también hermosas. «¿Quién es esa dama?», pregunté al abogado que venía
conmigo, por tener un proceso en el Parlamento de París a causa de los trajes
que me hice confeccionar en las Indias. «Es la hija del rey —me contestó—, muy
hermosa y caritativa. Es una lástima que no pueda llegar a ser reina de
Francia.» a ¡Cómo! —exclamé—. ¿Si tuviéramos la desgracia de que murieran todos
los príncipes de sangre real no podría heredar el reino de su padre?» «No
—contestó el abogado—. La ley sálica se opone terminantemente.» «¿Quién redactó
la ley sálica?» «No sé, pero suponen que era un antiquísimo pueblo cuyos
habitantes se llamaban saliens y no sabían leer ni escribir. Sin embargo,
tenían una ley escrita que disponía que en el territorio sálico las hijas no
podían heredar ni un bancal y esta ley se ha adoptado en países que no son
sálicos.» «Pues yo la anulo —le respondí—. Me aseguráis que esa princesa es
bienhechora; luego ella debe tener un derecho irrefutable a la corona de no
haber herederos de sangre real. Mi madre fue heredera de mi padre y encuentro
justo que esa princesa herede al suyo.»
Al día siguiente se falló sentencia en mi proceso en una de las Salas
del Parlamento y lo perdí por un voto; el abogado me dijo que en otra Sala lo
hubiera ganado por un voto. «Pues eso tiene su miga —le repliqué—. De modo que
cada Sala tiene una ley diferente.» «En efecto, tenemos veinticinco comentarios
al derecho consuetudinario de París, es decir, que hemos probado veinticinco
veces que ese derecho es equívoco y si hubiera en París veinticinco tribunales
de jueces habría también veinticinco jurisprudencias diferentes. Tenemos a
quince leguas de París una provincia, Normandía, en donde os hubieran juzgado
de otra manera que lo han hecho aquí.»
Estas palabras me movieron a visitar Normandía y hacia allí me dirigí
con uno de mis hermanos. Al llegar a la primera posada nos encontramos a un
joven que estaba desesperado, y al preguntarle la causa de su desesperación me
contestó que tener hermano primogénito. «No comprendo que eso sea una desgracia
—le repliqué—. Yo lo tengo y vivimos en muy buena armonía.» «En este país la
ley entrega los bienes a los primogénitos y reduce a la pobreza a los demás
hijos.» «Entonces tenéis razón para estar descontentos; en nuestra región los
hermanos heredan por partes iguales.»
Estos hechos me hicieron reflexionar sobre las leyes y comprender que
son como los trajes: hay que adaptarse a la vestimenta de cada país.
Si todas las leyes humanas son convencionales es lícito que aprendamos a
obrar en consecuencia. Los burgueses de Delhi y de Agra dicen que hicieron un
mal negocio con Tamerlán, y los burgueses de Londres se felicitan de haber
hecho un buen negocio con el rey Guillermo de Orange. Un ciudadano de Londres
me decía en una ocasión: «La necesidad dicta las leyes, y la fuerza las hace
observar». Le objeté que a veces también la fuerza dictaba las leyes, de lo que
se valió Guillermo el Conquistador. «Sí —me contestó—, los ingleses de entonces
éramos bueyes, Guillermo nos unció al yugo y nos hizo andar a aguijonazo
limpio; después, nos convertimos en hombres, pero nos quedaron los cuernos y
damos cornadas a quienes se empeñan que trabajemos para ellos y no para nosotros.»
Inmerso en estas reflexiones, me complacía en creer que existe una ley
natural independiente de las convenciones humanas, una ley que dispone que el
producto de mi trabajo debe ser para mí, que debo honrar a mis padres, que no
tengo ningún derecho sobre la vida del prójimo que él no lo tiene sobre la mía,
etc. Pero cuando medité que desde Chodorlahomor (1) hasta Mentzel (2), coronel
de húsares, cada individuo roba y mata a su prójimo llevando una orden superior
en su bolsillo, quedé sumido en la aflicción.
(1) Chodorlahomor, rey de los elamitas, fue coetáneo de Abrahán (véase
el cap. XVI del Génesis).
(2) Mentzel fue el jefe del partido de los austriacos en la guerra de
1741, y al frente de cinco mil hombres logró que Munich capitulara el 13 de
febrero de 1742.
Me dicen que los ladrones tienen sus leyes y que también las tiene la
guerra, y yo me pregunto qué leyes de guerra son esas. «Consisten —me
contestan— en ahorcar a un valeroso oficial que se ha mantenido firme en una
posición desacertada y sin cañones contra el ejército enemigo; en ahorcar a un
prisionero si el enemigo ha ahorcado a uno de los vuestros; en entrar a sangre
y fuego en las poblaciones que no hayan entregado las vituallas el día señalado
en las órdenes del príncipe vencedor…» «Vaya —contesté—. Eso mismo dice El
espíritu de las leyes.»
Por lo que supe después, descubrí que existen leyes tan sabias que
condenan a un pastor a la pena de nueve años de galeras por haber dado a sus
corderos un puñado de sal extranjera, y que arruinaron a mi vecino en el
proceso que le formaron por cortar en el bosque de su propiedad dos encinas que
le pertenecían y no haber cumplido con una formalidad que no conocía; a causa
de ello, su mujer murió en la miseria y su hijo arrastra una existencia
desgraciada. Confieso que esas leyes son justas aun cuando sea cruel su
ejecución, pero me sublevan las leyes que autorizan a cien mil hombres a
degollar legalmente a cien mil vecinos. Creo que la mayoría de los hombres
recibió de la naturaleza bastante sentido común para redactar leyes, pero creo
también que hay pocos hombres que sean lo bastante justos para establecer
buenas leyes.
Reunid de un extremo del mundo al otro a los sencillos y tranquilos
agricultores y todos convendrán que se les debe permitir que vendan a sus
vecinos el excedente de su trigo, y que la ley que se opone a ello es inhumana
y absurda; que no debe alterarse el valor de las monedas que representan los
productos, como tampoco alterar los productos de la tierra; que el padre de
familia debe ser dueño de su casa; que la religión debe congregar a los hombres
para unirlos y no para convertirlos en fanáticos y perseguidores; que los que
trabajan no deben privarse del fruto de su trabajo para alimentar la
superstición y la ociosidad… Esos sencillos y tranquilos agricultores serán
capaces de dictar en una hora treinta leyes de esta clase, todas útiles para el
género humano.
Pero si Tamerlán invade y subyuga la India, entonces no veréis más que
leyes arbitrarias. Una de ellas arruinará una provincia para enriquecer a un
publicano de Tamerlán, otra considerará crimen de lesa majestad haber murmurado
de la amante del primer mayordomo de un rajá, otra ley arrebatará al agricultor
la mitad de la cosecha y le discutirá la otra mitad, otra dispondrá que un
testaferro tártaro se presente en una casa y se apodere de los hijos para que
el más robusto sea soldado y el más débil eunuco, dejando a los padres sumidos
en la mayor desesperación. Qué será preferible, ¿ser perro de Tamerlán o su
vasallo? Su perro está, a no dudarlo, en superior situación.
Los corderos viven en sociedad tranquilamente y su mansedumbre es
proverbial porque no vemos la prodigiosa cantidad de animales que devoran, si
bien es creíble que se los comen inocentemente y sin saberlo, como nosotros
comemos el queso de Sassenage. La república de los corderos es la imagen fiel
de la edad de oro.
El gallinero es a todas luces el remedo del estado monárquico más
perfecto. No hay rey que pueda compararse con el gallo; si camina altanero por
entre su grey, no anda así por vanidad. Cuando el enemigo se le aproxima, no
manda a sus vasallos que vayan a matarse por él en virtud de su caudillaje y
poder, sino que él mismo se presenta en primera fila, coloca a las gallinas
detrás y pelea hasta morir. Si sale vencedor, él mismo canta el Te Deum. En la
vida civil nadie es tan galante, tan honrado y tan desinteresado; él reúne
todas las virtudes. Cuando tiene en su pico real un grano de trigo o un gusano,
lo da a la primera de sus vasallas que se le presenta. Ni Salomón en su
serrallo puede compararse con un gallo en su corral.
Si es verdad que una reina gobierna las abejas y todos sus vasallos
copulan con ella, estos animales simbolizan un gobierno más perfecto todavía.
Las hormigas se rigen por una excelente democracia, sistema superior al
de los demás estados, porque en ella todos sus individuos son iguales y cada
uno trabaja para proporcionar la felicidad a todos. La república de los
castores es todavía superior a la de las hormigas, al menos examinándola en sus
construcciones.
Los monos se parecen más a los titiriteros que a un pueblo civilizado y
no parece que estén reunidos obedeciendo a leyes fijas y fundamentales, como
las especies precedentes. Nos asemejamos más a los monos que a los demás
animales en el don de la imitación, en la ligereza de nuestras ideas y en
nuestra inconstancia, que nunca nos permitió tener leyes uniformes y durables.
La Naturaleza formó nuestra especie y nos dotó de algunos instintos. El
amor propio para nuestra propia conservación, la benevolencia para la
conservación de los demás, el amor que es común a todas las especies y el don
inexplicable de combinar más ideas que todos los animales jun tos. Después de
dotarnos de todo ello, nos dijo: Haced lo que podáis.
No existe un buen código en ningún país, y la razón de ello es evidente:
las leyes se hicieron según los tiempos, los lugares y las necesidades. Cuando
cambian las necesidades, las leyes que continúan vigentes llegan a ser
ridículas. Así, la ley que prohibía comer cerdo y beber vino era razonable en
Arabia, donde el cerdo y el vino son nocivos, pero es absurda en
Constantinopla. La ley que concede todo el feudo al hijo primogénito era muy
buena en una época de anarquía y pillaje, porque entonces el primogénito era el
señor de un castillo que los bandidos asaltarían tarde o temprano, los hijos
menores serían sus primeros oficiales y los labriegos sus soldados. Sólo es de
temer en este caso que el hijo segundo asesine o envenene a su hermano mayor
para sucederle, pero estos casos son raros porque la naturaleza combinó de tal
modo nuestros instintos y pasiones que nos causa más horror la idea de asesinar
a nuestro hermano primogénito que placer la idea de ocupar su sitio. Esta ley,
que es conveniente para los que poseían castillos en los tiempos de Chilperico,
es detestable si se trata de repartir las herencias en las ciudades.
Para vergüenza de los hombres, sabemos que solamente las leyes del juego
en todas partes son justas, claras, inviolables y se cumplen. ¿En qué consiste
que las reglas del juego de ajedrez, dictadas por los hindúes, sean obedecidas
voluntariamente en todo el mundo y las decretales de los papas se desprecien y
no se cumplan? En que el inventor del ajedrez combinó con justicia todos los
lances del juego para que tuvieran interés los jugadores, y los papas en sus
decretales no miraron más que el propio provecho. El hindú quiso estimular la
inteligencia de los hombres para que les aportara solaz esparcimiento, y los
papas se propusieron fomentar el entontecimiento. Por eso el juego de ajedrez
no ha sufrido alteraciones desde hace cinco mil años y lo conocen todos los
habitantes del planeta y las decretales sólo las reconocen en Spoletto, Orvieto
y Loreto, en donde el más insignificante jurisconsulto las desprecia en su
fuero interno.
Es difícil que exista una nación que se gobierne por buenas leyes. Y no
es precisamente por ser obra de los hombres, pues éstos han hecho cosas
excelentes, pero los que inventaron y perfeccionaron las artes podían haber
creado un cuerpo de jurisprudencia tolerable. Ahora bien, en casi todos los
estados las leyes se han establecido casi siempre por el interés del
legislador, las necesidades del momento, la ignorancia o la superstición. En
cierta medida, han confeccionado las leyes al azar, irregularmente, como se han
fundado las ciudades. En París, determinados barrios del casco urbano
contrastan con el Louvre y las Tullerías; ésta es la imagen de nuestras leyes.
Londres no llegó a ser capital digna de habitarse hasta quedar reducida
a cenizas. Después, ensancharon y alinearon las calles; así, la antigua Londres
pasó a ser ciudad gracias al incendio. Si queréis tener buenas leyes, quemad
las antiguas y redactarlas de nuevo.
Los romanos pasaron trescientos años sin tener leyes fijas y se vieron
obligados a adoptar las que tenían los atenienses, pero éstas eran tan malas
que tuvieron que derogarlas muy pronto casi todas.
El derecho consuetudinario de París lo interpretan diferentemente
veinticuatro comentarios; por tanto, prueban evidentemente veinticuatro veces
que estuvo mal concebido. Contradice otros ciento cuarenta derechos
consuetudinarios que tienen fuerza de ley en la misma nación y todos se
contradicen unos a otros. Existen, pues, en una sola provincia de Europa,
situada entre los Alpes y los Pirineos, más de ciento cuarenta localidades que
se llaman compatriotas y que en realidad son tan extranjeras unas respecto a
otras como el Tonkin es extranjero para la Conchinchina. Igual ocurre en todas
las provincias de España y mucho peor en Germania; allí nadie sabe qué derechos
tiene el jefe y los miembros. Los habitantes de las orillas del Elba no se
relacionan con los de Suavia más que por hablar casi la misma lengua, que es
bastante ruda.
La Gran Bretaña tiene más uniformidad. Pero como salió de la barbarie y
la esclavitud a intervalos y mediante sacudidas, y al recobrar la libertad
conservó múltiples leyes que promulgaron antes los grandes tiranos que se
disputaban el pueblo, o los tiranuelos que invadieron las prelaturas, formó un
cuerpo de jurisprudencia bastante robusto pero en el que todavía se ven muchas
heridas tapadas con emplastos.
El espíritu de Europa hizo mayores progresos desde hace cien años que el
mundo entero hizo hasta esa época, desde los tiempos de Brahma, Zoroastro y
Thaut. ¿Por qué el espíritu de la legislación progresó tan poco?
Fuimos todos salvajes desde el siglo V. Estas fueron las revoluciones
del Globo: bandidos que saqueaban y labriegos saqueados. De ésos se componía el
género humano, desde el confín del mar Báltico hasta el estrecho de Gibraltar,
y cuando los árabes se presentaron en el Mediodía fue universal la desolación
que produjo esa conmoción.
En nuestro rincón de Europa, un escaso número de sus habitantes lo
componían ignorantes audaces, vencedores que iban armados desde la cabeza hasta
los pies; la mayoría de los habitantes eran esclavos ignorantes y desarmados,
casi ninguno sabía leer ni escribir, ni el mismo Carlomagno, y el resultado
lógico fue que la Iglesia romana, con su pluma y sus ceremonias, gobernó a los
que pasaban la vida a caballo, lanza en ristre y con casco en la cabeza.
Los descendientes de los sicambros, borgoñones, ostrogodos, visigodos y
lombardos, se percataron de la necesidad de tener algo que se pareciera a leyes
y fueron a buscarlas donde las había. Los obispos de Roma sabían escribir en
latín y los bárbaros las aceptaron con sumo respeto porque no las entendían.
Las decretales de los papas, unas auténticas y otras falsas, pasaron a ser el
código de los nuevos señores merovingios que se habían repartido las tierras.
Fueron lobos que se dejaron encadenar por zorros; conservaron su ferocidad,
pero la credulidad la subyugó, y el temor que ésta produce. Poco a poco, toda
Europa, salvo Grecia y lo que pertenece todavía al imperio de Oriente, se vio
sometida al imperio romano: Romanos rerum dominos gentemque togatam (Virgilio,
Aen, I, 281).
Casi todas las convenciones iban acompañadas del signo de la cruz y de
un juramento prestado sobre las reliquias, todo quedó bajo la jurisdicción de
la Iglesia. Roma, como metrópoli, fue el juez supremo de los procesos del
Quersoneso Címbrico y de Gascuña. La multitud de señores feudales agregó a sus
usos el derecho canónico y de ello resultó una jurisprudencia monstruosa de la
que aún quedan muchos vestigios.
Qué sería preferible, ¿carecer de leyes o tener leyes semejantes?
Hubiera sido ventajoso para un imperio más vasto que el romano estar sumido más
tiempo en el caos porque estando todo por hacer habría sido más fácil construir
un edificio nuevo que reparar otro cuyas ruinas infunden respeto.
Catalina II de Rusia reunió en 1767 a los diputados de sus provincias.
Había en esa asamblea paganos, mahometanos de Alí, mahometanos de Omar y
cristianos de doce credos diferentes. Cada ley se proponía a ese nuevo sínodo,
y la que parecía conveniente al interés de todas las provincias recibía en el
acto la sanción de la soberana y la nación.
La primera ley puesta a debate se refería a la tolerancia, con el fin de
que el sacerdote griego nunca olvidara que el sacerdote latino es hombre, para
que el musulmán soportara a su hermano que fuera pagano, y para que el romano
no intentara sacrificar al presbiteriano. La soberana escribió de su puño y
letra, en ese gran consejo de legislación: «Entre tantas creencias diferentes,
la falta más nociva es la intolerancia». Se convino unánimemente que en la
nación no habría más que un poder, que era preciso distinguir siempre entre el
poder civil y la disciplina eclesiástica, y que la alegoría de las dos espadas
es el dogma de la discordia.
Catalina empezó por liberar a los siervos que tenía en su heredad
particular y a los que pertenecían al dominio eclesiástico. Prelados y monjes
recibieron su paga a cargo del Tesoro público. Las sentencias eran
proporcionales a los delitos y las penas fueron útiles, porque la mayoría de
los culpables fueron condenados a trabajos públicos, toda vez que los muertos
no sirven de nada. Además, abolió la tortura porque es castigar al presunto
culpable y es absurdo atormentar sin conocimiento de causa.
Los romanos sólo torturaban a los esclavos porque la tortura es el medio
de salvar al culpable y perder al inocente.
Aquí llegaba el consejo cuando Mustafá III, hijo de Mahmud, obligó a la
emperatriz a interrumpir la redacción de su código para ir a batirse con él.
LEYES CIVILES Y ECLESIÁSTICAS. Entre los papeles de un jurisconsulto han sido halladas unas notas que
acaso merezcan ser examinadas:
Que jamás tenga vigencia ninguna ley eclesiástica que no haya recibido
sanción expresa del gobierno. Por este motivo nunca estallaron discordias
religiosas en Grecia ni en Roma, discordias que son patrimonio de las naciones
bárbaras o que han degenerado en la barbarie.
Que únicamente el magistrado pueda permitir o prohibir el trabajo
durante los días de fiesta, porque a los sacerdotes no les incumbe prohibir a
los hombres que cultiven sus campos.
Que todo cuanto concierna al matrimonio dependa exclusivamente del
magistrado y los sacerdotes se limiten a la augusta función de bendecirlo.
Que el préstamo a interés sea puramente objeto de la ley civil, porque
esta sola preside el comercio.
Que todos los eclesiásticos estén sometidos en cualquier caso al
gobierno porque son súbditos del Estado.
Que jamás se dé el caso vergonzoso y ridículo de pagar a un sacerdote
extranjero la primera anualidad de la renta de una tierra que los ciudadanos
hayan otorgado a un sacerdote conciudadano.
Que ningún sacerdote pueda nunca privar a un ciudadano de la menor
prerrogativa bajo pretexto de que es pecador, porque el sacerdote, que también
lo es, debe rogar por los pecadores y no juzgarles.
Que los magistrados, los trabajadores y los sacerdotes, paguen
igualmente las cargas estatales, porque todos pertenecen igualmente al Estado.
Que no exista más que un peso, una medida y un derecho consuetudinario.
Que los suplicios de los criminales sean útiles. Un hombre ahorcado no
sirve para nada; en cambio, un hombre condenado a trabajos públicos es todavía
útil a la patria y ofrece una lección viva.
Que todas las leyes sean claras, uniformes y precisas; interpretarlas
equivale casi siempre a corromperlas.
Que nada sea considerado infame, a no ser el vicio.
Que los impuestos sean siempre proporcionales.
Que la ley jamás esté en contradicción con la costumbre, pues si la
costumbre es buena la ley no sirve para nada.
LIBELO. Denomínanse libelos los folletos que se
publican con 18 intención de injuriar. Como los autores no tienen razones que
aducir, ni escriben con objeto de instruir al público al ser leídos, procuran
ser breves. Los libelos rara vez están firmados porque los calumniadores temen
que se les procese y les encuentren el cuerpo del delito.
Hay libelos políticos, teológicos y literarios. En las épocas de la Liga
y la Fronda abundaron los libelos políticos, y cada controversia de Inglaterra
los produjo a centenares. Escribieron tantos contra Luis XIV que podría
formarse una ingente biblioteca. El orbe católico conoce libelos teológicos
desde cerca de mil seiscientos años; libelos que son los peores porque están
plagados de injurias sagradas. En prueba de lo dicho leed a san Jerónimo y
veréis cómo trata a Rufino y a Vigilantius, pero los polemistas que han escrito
después de él se han excedido aún más en los vituperios. En los últimos
tiempos, escandalizaron los libelos que escribieron los molinistas contra los
jansenistas, que pueden contarse por millares. De la indignidad de todo ese
fárrago sólo se salva uno sólo: Cartas Provinciales, de Pascal.
Los autores que han escrito folletos pueden disputar su número con el de
los teólogos. Boileau y Fontenelle, que se atacaron uno al otro escribiéndose
epigramas, decían que los libelos que habían escrito contra ellos no cabían en
la habitación de cada uno. Pero todo esto cae como las hojas en otoño.
Ha habido quienes consideraban libelos todas las injurias que se han
escrito o dirigido contra el prójimo. Según ellos, las palabras mordaces que
los profetas dirigieron a veces a los reyes de Israel eran libelos infamatorios
para que los pueblos se sublevaran contra ellos, pero como el populacho nunca
leyó en ningún país del mundo, es de presumir que dichas mordacidades no
causaran el menor daño. Hablando al pueblo congregado, se le incita más a
sublevarse que escribiendo folletos. Por eso el primer acto de la reina Isabel
de Inglaterra, jefe de la Iglesia anglicana y defensora de la fe, fue mandar
que durante seis meses nadie pudiera predicar sin que ella les otorgara
permiso.
Libelo era el Anti‑Catón, de César, pero éste hizo más daño a Catón con
la batalla de Farsalia y la de Tapsa que con sus diatribas. Las Filípicas, de
Cicerón, son libelos, pero las prescripciones de los triunviros fueron libelos
más terribles. San Cirilo y san Gregorio Nacianceno escribieron libelos contra
el emperador Juliano, pero tuvieron la generosidad de no publicarlos hasta
después de morir el emperador.
Algunas manifestaciones de los soberanos se asemejan a los libelos. Los
secretarios del gabinete de Mustafá, emperador de los Osmanlis, hicieron un
libelo de su declaración de guerra contra Rusia, pero Dios castigó a ellos y a
sus comitentes. El mismo espíritu que animó a César. Cicerón y a los
secretarios de Mustafá, domina en todos los bellacos que han escrito libelos en
sus zahurdas. ¿Quién es capaz de creer que las almas de Garasse, Nonotte,
Paulian y Freron, sean a este respecto del mismo temple que las almas de César,
Cicerón, san Cirilo y el secretario del emperador de los Osmanlis? Cuesta
trabajo creerlo, pero es así.
LIBERTAD (Sobre la).
1.
He aquí una batería de artillería que dispara junto a nuestro oído.
¿Tenéis libertad de oírla o no?
1.
Sin duda, no puedo evitar el oírla.
1.
¿Desea que este cañón se lleve vuestra cabeza y las de vuestra mujer y
vuestra hija, que están paseando con usted?
1.
Pero, ¿qué pregunta está haciendo? Yo no puedo desear semejante cosa
mientras tenga sano juicio, es totalmente imposible.
1.
Bien. Usted oye forzosamente este cañón y no desea morir, ni que muera
su familia, de un cañonazo mientras pasean. Usted no tiene el poder de no oír,
ni puede desear permanecer aquí.
1.
Ello es evidente (1).
(1) Un pobre de espíritu, en un breve escrito honesto y pulido. y sobre
todo bien razonado, objeta que si un príncipe ordena a B que permanezca
expuesto a los cañones él permanecerá allí. Ello es indudable, si es lo
bastante valiente, o mejor dicho, si teme más la vergüenza que siente amor por
la vida, como ocurre a menudo. En primer lugar, aquí se trata de un caso
distinto, en segundo lugar, cuando el instinto del temor a la vergüenza supera
al instinto de conservación, el hombre siente tanta necesidad de permanecer
expuesto al cañón como de huir cuando no siente vergüenza de la fuga. El pobre
de espíritu tenía necesidad de formular objeciones ridículas y proferir
injurias, y los filósofos sienten necesidad de burlarse un poco de él y
perdonarle. (Nota de Voltaire, añadida en 1765; ed. Varberg).
1.
En consecuencia, usted ha avanzado unos treinta pasos para quedar libre
del cañón. ¿Ha tenido usted poder para andar conmigo estos pasos?
1.
Esto todavía es más claro.
1.
Pero si usted estuviese paralítico y no hubiera podido evitar esta
batería, no hubiera podido tener el poder de estar donde se halla. ¿Hubiese
entonces forzosamente oído y recibido el cañonazo, y hubiese muerto?
1.
Nada más cierto.
1.
Así, pues, ¿en qué consiste vuestra libertad si no existe el poder de
realizar lo que vuestra voluntad exige con necesidad absoluta?
1.
Usted me confunde… Entonces, ¿la libertad no es otra cosa que hacer lo
que yo quiera?
1.
Reflexione y considere si la libertad puede ser entendida de otro modo.
1.
En este caso, mi perro de caza es tan libre como yo, pues posee
necesariamente la voluntad de correr cuando descubre una liebre y el poder de
correr si no le duelen las piernas. No disfruto de nada superior a mi perro.
Usted me reduce al estado de las bestias.
1.
Estos son los pobres sofismas de los pobres sofistas que le han educado.
Ya se siente usted enfermo de verse libre lo mismo que su perro. Veamos, ¿no se
parece usted a su perro en mil cosas? El hambre, la sed, estar despierto,
dormir… ¿los cinco sentidos no son comunes a él? ¿Querría usted tener olfato en
otro lugar distinto a la nariz? Y ¿por qué desea tener una libertad distinta?
1.
Es que yo tengo un alma que razona y mi perro apenas razona.
El no tiene más que unas pocas ideas sencillas y yo tengo mil ideas
metafísicas.
1.
Bien, usted es mil veces más libre que él, es decir, posee mil veces más
poder de pensar que él, pero no es libre de otra manera que él es.
1.
Cómo, ¿yo no soy libre de desear lo que quiero?
1.
¿Qué pretende usted decir con esto?
1.
Lo que entiende todo el mundo. ¿No se nos dice cada día que «la voluntad
es libre»?
1.
Un proverbio no es una razón. Explíquese mejor.
1.
Entiendo que soy libre de querer como me plazca.
1.
Con vuestra venia, esto no tiene ningún sentido. ¿No ve que es ridículo
decir: «Yo quiero querer»? Usted quiere forzosamente y en consecuencia de ideas
que le han sido presentadas. ¿Quiere usted casarse, sí o no?
1.
¿Y si le dijera que no quiero una cosa ni otra?
1.
Pues respondería como aquel que decía: «Unos creen al cardenal Mazarino
muerto, otros le creen vivo, y yo no creo una cosa ni otra»
2.
Pues bien, quiero casarme.
1.
¡Ah, esto es responder conforme! ¿Y por qué quiere casarse?
1.
Porque estoy enamorado de una muchacha hermosa, bien educada bastante
rica, que canta muy bien y cuyos padres son gente muy honrada. Me lisonjeo de
ser amado por ella y bien recibido por su familia.
1.
Esto es una razón. Observad que no se puede querer sin tener alguna
razón. Declaro que usted es libre de casarse; es decir, que tiene el poder de
firmar el contrato.
1.
Cómo, ¿no puedo querer sin razón alguna? ¡Vaya! Entonces, ¿en qué queda
aquel proverbio que dice Sit pro ratione voluntas: mi voluntad es mi razón, yo
quiero porque quiero?
1.
Esto es absurdo, querido amigo. Existiría en usted un efecto sin causa.
1.
¡Y qué! Cuando juego a pares o nones, ¿tengo razón alguna en escoger par
con preferencia a impar?
1.
Sí, sin duda.
1.
Por favor, ¿quiere decirme cuál es la razón?
1.
Pues que la idea del número par se presenta en vuestra alma mejor que la
idea opuesta. Sería divertido que se dieran casos en que quisiera usted por
existir causa de querer, y otros casos en que quisiera sin causa. Cuando usted
quiere casarse es evidente que siente la razón dominante; en cambio, no la
siente usted cuando juega a pares o nones. Sin embargo, es absolutamente
preciso que haya alguna.
1.
Así, en definitiva, ¿yo no soy libre?
1.
Vuestra voluntad no es libre; en cambio, vuestras acciones lo son. Usted
es libre de obrar cuando tiene el poder de obrar.
1.
Así, todos los libros que he leído sobre la libertad indiferente…
1.
Son tonterías. La libertad indiferente no existe, sólo es una frase sin
sentido inventada por gentes que apenas lo tenían.
LIBERTAD DE IMPRENTA. ¿Qué daño
puede causar a Rusia la profecía de Jean Jacques Rousseau? Ninguno, siendo
lícito explicarla en un sentido místico típico y alegórico (1). En Holanda se
imprimieron unos seis mil folletos contra Luis XIV y ninguno de ellos
contribuyó a que perdiera las batallas de Blenheim, Turín y Ramillies.
Aunque es de derecho natural utilizar la pluma, como también lo es
utilizar la lengua, este derecho conlleva sus peligros, sus riesgos y sus
éxitos. Conozco muchos libros que incomodan a los lectores, pero no sé de
ninguno que haya producido un perjuicio real. Algunos teólogos y políticos
exclaman en tono jeremíaco: «Destruís la religión y derribáis al gobierno si
osáis imprimir ciertas verdades y paradojas. No os atreváis nunca a pensar por
escrito sin haber pedido antes permiso a un clérigo o un representante de la
sociedad civil. Perturba el buen orden que el hombre piense por sí mismo. De
Homero, Platón, Cicerón, Virgilio, Plinio y Horacio, no se publicó nada sin
haber obtenido antes la aprobación de los doctores de la Sorbona y de la Santa
Inquisición. Tened presente que la libertad de prensa fue la causante de la
decadencia de Inglaterra y de Holanda. Cierto que ambas naciones comercian con
el mundo entero y que Inglaterra vence siempre por mar y tierra, pero caminan a
grandes pasos hacia su ruina. El pueblo ilustrado no puede subsistir».
Argumentáis bien, amigos míos, pero examinemos, si os parece, qué libro
consiguió perder a un estado. El libro más peligroso de los que conozco es el
de Spinoza. Como judío ataca al Nuevo Testamento y como estudioso asesta golpes
demoledores al Antiguo Testamento. El sistema de su ateísmo tiene mejor método
y está más razonado que los sistemas de Estrabón y Epicuro. Se necesita
profunda sagacidad para invalidar los argumentos que aduce para probar que una
sustancia no puede formar otra. Como vosotros, detesto su libro, que acaso
comprendo mejor que vosotros y no lo sabéis rebatir; pero decidme, ¿cambió ese
libro la faz del mundo? ¿Acaso algún predicador perdió algún florín de su paga
después de publicadas las obras de Spinoza? ¿Acaso algún obispo vio disminuir
sus rentas? Al contrario, se han doblado desde entonces y todo el daño que
produjo ese libro se redujo a que unos pocos lectores examinaran tranquilamente
los argumentos de Spinoza y escribieran en pro o en contra obras poco
conocidas.
Vosotros mismos fuisteis poco consecuentes haciendo imprimir la obra de
Lucrecio ad usum Delphini, que expone el ateísmo de su autor y no produjo
perturbación ni escándalo; por eso dejaron vivir tranquilamente a Spinoza en
Holanda, como antiguamente permitieron que viviera en paz Lucrecio en Roma.
(1) J. J. Rousseau anunció una inmediata destrucción del imperio de
Rusia fundándose en que Pedro I difundía las artes y las ciencias en sus
estados. Para desventura del «profeta», las artes y ciencias sólo prosperaron
en la nueva capital por estar cultivadas casi exclusivamente por extranjeros,
pero aunque la ilustración sólo estaba concentrada en }a capital contribuyó a
aumentar el poderío de Rusia, que nunca estuvo menos expuesta a los trastornos
que pueden destruir un imperio desde que Rousseau pronosticó su destrucción.
Pero en cuanto aparece en vuestro país cualquier libro nuevo cuyas ideas
difieren de las vuestras, y cuyo autor pertenezca al partido contrario al
vuestro, os ponéis en guardia originando una conmoción general en el rincón del
mundo en que habitáis. Proferís a voz en grito que ha aparecido un hombre
abominable que se atrevió a escribir la blasfemia de que si no tuviéramos manos
no podríamos hacer medias ni calzado (1). Los devotos se asustan, los doctores
se reúnen, cunde la alarma, el ejército empuña las armas, y todo, ¿por qué? Por
unas cuantas páginas que se olvidan al cabo de tres meses. Si el libro os
incomoda, refutadle; si os aburre, no lo leáis.
(1) Helvetius en Del espíritu, discurso primero. cap. 1.
Me objetan que los escritos de Lutero y Calvino destruyeron la unidad de
la religión romana en la mitad de Europa; ¿por qué no me decís también que los
libros del patriarca Focio destruyeron esa misma religión en Asia, Africa,
Grecia y Rusia? Incurrís en una flagrante equivocación al creer que los libros
han producido ese resultado. El imperio de Rusia abarca dos mil leguas de
extensión y no hay hombres que hayan tratado los puntos de controversia entre
las Iglesias griega y latina. Si el fraile Lutero, el canónigo Calvino y el
cura Zuinglio no hubieran hecho más que escribir, Roma dominaría aún todos los
estados que perdió, pero esos reformadores y sus seguidores fueron propagando
sus doctrinas de ciudad en ciudad, de casa en casa, apoyados por las mujeres y
sostenidos por los príncipes. Habéis de saber que el capuchino entusiasta,
faccioso y vehemente que es emisario de algún ambicioso que predica,
confesando, comulgando e intrigando, conseguirá más pronto perturbar una
provincia que escribiendo conseguirán ilustrarla cien autores. No fue el Corán
el que obtuvo que Mahoma lograra lo que se propuso; fue Mahoma el que consiguió
el éxito del Corán.
Resulta claro que los libros no vencieron a Roma; fue vencida porque
indignó a Europa con sus rapiñas, porque vendió públicamente las indulgencias,
porque insultaba a los hombres queriéndolos dirigir como animales domésticos y
porque abusó tan excesivamente del poder que sorprende que domine todavía un
solo burgo. Ese resultado no se debe a los libros, sino a Enrique VIII, a
Isabel, al duque de Sajonia, al landgrave de Hesse, a los príncipes de Orange,
a Condé y a Coligny. Las trompetas nunca han ganado batallas, ni han hecho caer
más murallas que las de Jericó.
LIBERTAD DE PENSAMIENTO. En el año
1707, cuando los ingleses ganaron la batalla de Zaragoza, protegieron a
Portugal y dieron durante cierto tiempo un rey a España, milord Bolmind, que
tras resultar herido se encontraba en el balneario de Bareges. En dicho
establecimiento encontró al conde Medroso, que habiendo caído del caballo a
retaguardia del campo de batalla fue también al mismo balneario. Era familiar
de la Inquisición. Milord Boldmind no era familiar más que en la conversación.
y un día que estaban juntos entablaron el siguiente diálogo:
BOLDMIND. ¿De manera que sois brazo armado de los dominicos? A fe mía
que desempeñáis un oficio muy bajo.
MEDROSO. Es verdad, pero es preferible ser su criado a ser su víctima, y
prefiero tener la desgracia de quemar a mi prójimo a que me abrasen en una
hoguera.
BOLDMIND. ¡Horrible alternativa! Erais cien veces más dichosos bajo el
yugo de los moros, que os dejaban tener todas las supersticiones que queríais
y, a pesar de ser los vencedores, no se arrogaban el derecho de aherrojar el
pensamiento.
MEDROSO. NOS vemos obligados a someternos. NO se nos permite escribir,
hablar, ni pensar siquiera. Si hablamos interpretan nuestras palabras a su
antojo, igual que hacen con nuestros escritos. Como no pueden condenarnos a
morir en un auto de fe por nuestros pensamientos íntimos, nos amenazan con que
arderemos eternamente por orden de Dios, si no pensamos como los dominicos.
Convencieron al gobierno que si pensáramos libremente todo el Estado ardería
prontamente y nuestra nación sería la más desgraciada del mundo.
BOLDMIND. ¿OS parece que somos desgraciados los ingleses que llenamos
los mares de barcos y venimos a ganaros batallas al extremo de Europa? ¿Creéis
que los holandeses, que os arrebataron casi todo lo que descubristeis en las
Indias y hoy son vuestros protectores, están malditos de Dios por haber
concedido total libertad a la prensa y practicar el comercio del pensamiento de
los hombres? ¿Fue el imperio romano menos poderoso porque Cicerón escribiera
con libertad?
MEDROSO. ¿Quién es ese Cicerón? Nunca oí pronunciar ese nombre a la
Santa Hermandad.
BOLDMIND. Era un bachiller de la Universidad de Roma que escribió todo
lo que pensaba, lo mismo que Julio César, Marco Aurelio, Tito Lucrecio, Plinio,
Séneca y otros doctores.
MEDROSO. No los conozco, pero me han asegurado que la religión católica
y romana se pierde si nos dejan pensar.
BOLDMIND. No debéis creer semejante disparate, pues tened la seguridad
de que vuestra religión es divina y las puertas del infierno no prevalecerán
contra ella. Si esto es verdad, nada es capaz de destruirla.
MEDROSO. No, pero puede reducirse a la mínima expresión y así lo
aseguraron por creer que Suecia, Dinamarca, Inglaterra y la mitad de Alemania,
han incurrido en la desgracia de no querer ser ya vasallas del papa. Incluso
aseguran que si los hombres se dejan llevar por la engañosa luz de la razón se
limitarán muy pronto a adorar sencillamente a Dios y a la virtud. Si las
puertas del infierno prevalecieran hasta ese punto ¿para qué serviría el Santo
Oficio?
BOLDMIND. Si los primitivos cristianos no hubieran tenido la libertad de
pensar, ¿creéis acaso que existiría el cristianismo?
MEDROSO. ¿Qué queréis decir? No os comprendo.
BOLDMIND. Quiero decir que si Tiberio y los demás emperadores romanos se
hubieran valido de los dominicos para impedir que los primitivos cristianos
tuviesen plumas y tinta, si no hubiera estado permitido en el imperio pensar
libremente, habría sido imposible que los cristianos establecieran sus dogmas.
Dado que el cristianismo se expandió gracias a la libertad de pensamiento, ¿no
es una contradicción y una injusticia querer suprimir hoy esa libertad sobre la
que él se fundó? Cuando os proponen algún asunto de interés, ¿no lo examináis
mucho antes de aceptarlo? ¿Hay acaso en el mundo asunto de más interés que el
de nuestra felicidad o de nuestra desgracia eterna? Hay multiplicidad de
religiones en el mundo y todas os condenan si creéis en vuestros dogmas, que
los consideran absurdos e impíos: examinad, pues, estos dogmas.
MEDROSO. YO no puedo examinarlos porque no soy dominico.
BOLDMIND. Sois hombre, y esto basta.
MEDROSO. Por desgracia, comprendo que sois más hombre que yo.
BOLDMIND. De vos depende aprender a pensar. Pese a que nacisteis con
inteligencia sois como el pájaro. Os tiene preso en su jaula la Inquisición y
el Santo Oficio os ha cortado las alas, pero éstas pueden crecer. El que no
sabe geometría puede aprenderla; todos los hombres pueden instruirse. Atreveos
a pensar que es vergonzoso poner vuestra alma en manos de aquellos a quienes no
confiaríais el dinero.
MEDROSO. Dícese que si todo el mundo pensara por sí mismo habría
confusión en el planeta.
BOLDMIND. Ocurriría lo contrario. Cuando asistimos a un espectáculo,
cada espectador manifiesta con libertad su opinión sobre la obra que se
representa y no por eso se perturba la tranquilidad pública, pero si el
protector insolente de un mal poeta quisiera obligar a los espectadores
entendidos a que les parezca bueno lo que encuentran malo, en este caso el
teatro se llenaría de silbidos y los dos partidos se liarían a mamporros, como
en una ocasión sucedió en Londres. Los tiranos del pensamiento son los que han
causado gran parte de las desgracias del mundo. En Inglaterra no fuimos felices
hasta que cada habitante disfrutó con libertad del derecho a exponer su
opinión.
MEDROSO. También nosotros vivimos tranquilos en Lisboa, donde nadie goza
de la libertad de decir lo que piensa.
BOLDMIND. Vivís tranquilos, pero no dichosos. Vuestra tranquilidad es la
de los galeotos, que mueven los remos cadenciosamente y en silencio.
MEDROSO. ¿Creéis, pues, que mi alma está condenada a galeras?
BOLDMIND. Sí, y deseo librarla de ellas.
MEDROSO. ¿Y si me encuentro bien en las galeras?
BOLDMIND. En ese caso, las merecéis.
LIBROS. Desdeñan los libros quienes sumergen su vida en las
vanidades de la ambición, los que corren únicamente en pos de los placeres y
quienes viven sumidos en la ociosidad, sin preocuparse de que los libros
gobiernan a todo el orbe conocido, menos a las naciones salvajes. Africa
entera, hasta Etiopía y Nigeria, obedecen al Corán después de haberse sometido
al libro del Evangelio. China se gobierna por el libro moral de Confucio y gran
parte de la India por el libro de los Vedas. Persia se rigió durante unos siglos
por los libros de uno de los Zoroastros
Si caéis en las mallas de un proceso, vuestros bienes, vuestro honor y,
tal vez, vuestra vida, dependen de la interpretación de un libro que nunca
leéis.
Quienes dirigen al género humano en las naciones civilizadas son los que
saben leer y escribir, pero casi ninguno de los habitantes de esas naciones
conoce a Hipócrates, Boerhaave, ni Syndenham, pero dejan que curen sus
enfermedades los que han leído esos autores. Entregan el alma a los que reciben
paga por leer la Biblia, aunque entre ellos no haya cincuenta que la hayan
leído de cabo a rabo y meditando.
De tal modo los libros dirigen el mundo que la Curia que manda hoy en la
ciudad de los Catones y Escipiones se empeñó en que fueran sólo para el clero
los libros de la fe, que constituyeron su cetro, y arbitraron que constituyera
un crimen de lesa majestad para sus vasallos tocar esos libros sin permiso. En
otros países se ha prohibido pensar por escrito sin previa licencia.
En algunas naciones se tienen los pensamientos como objeto de comercio y
en ellas las operaciones del entendimiento humano están tasadas a dos sueldos
la hoja. Cuando el librero solicita un privilegio para su mercancía, sea para
vender las obras de Rabelais o las de los Padres de la Iglesia, el magistrado
le concede el privilegio pero no se hace responsable del contenido del libro.
En otras naciones, la libertad de pensamiento en los libros es una de las más
inviolables prerrogativas; en ellas puede imprimirse lo que se quiera, bajo
pena de aburrir a los lectores o de castigar a quien abuse del ejercicio de su
derecho natural.
Antes de la estupenda invención de la imprenta, los libros eran más
raros y caros que las piedras preciosas. Las naciones bárbaras casi carecieron
de libros hasta Carlomagno, y después de él hasta Carlos V, y desde Carlos V
hasta Francisco I, también había muy pocos. Sólo los árabes tuvieron libros
desde el siglo VIII de nuestra era hasta el XIII.
En China abundaban los libros cuando las naciones europeas aún no sabían
leer ni escribir. Los copistas estuvieron muy ocupados durante el Imperio
romano, desde la época de los Escipiones hasta la invasión de los bárbaros. Los
copistas griegos se ocupaban mucho de transcribir en los tiempos de Amyntas,
Filipo y Alejandro, y continuaron ejerciendo ese oficio en Alejandría. La
profesión era bastante ingrata. Los comerciantes de libros siempre pagaron muy
mal a los autores y copistas. El copista necesitaba dos años de trabajo asiduo
para transcribir bien la Biblia, en pergamino. ¡Cuánto tiempo y cuánto trabajo
no se necesitaría para copiar correctamente en griego y latín las obras de
Orígenes, Clemente de Alejandría y los autores que denominamos padres de la Iglesia!
San Jerónimo, en una de las cartas satíricas que escribió contra Rufino,
dice que se arruino comprando las obras de Orígenes, contra el que luego
escribió con amargura y cólera. «Sí —dice—, he leído a Orígenes. Si esto es un
crimen confieso que soy culpable y agoté mi bolsa comprando sus obras en
Alejandría.»
Las comunidades cristianas conocieron en los tres primeros siglos de la
Iglesia cincuenta y cuatro Evangelios, de los que sólo dos o tres copias
llegaron a los romanos de la antigua religión hasta los tiempos de Diocleciano.
Hemos dejado constancia de que era un crimen irremisible para los cristianos
enseñar los Evangelios a los gentiles y ni siquiera los prestaban a los
catecúmenos.
Cuando Luciano nos cuenta que una pandilla de bergantes le hizo subir a
un cuarto piso para oír cómo invocaban al Padre por medio del Hijo, y cómo
predecían desastres al emperador y al imperio, no dice que le enseñaran un solo
libro. Ningún autor romano habla de los Evangelios.
Cuando un cristiano desenfadado e indigno de la santa religión destrozó
y pisoteó públicamente un edicto del emperador Diocleciano, atrayendo al
cristianismo la persecución que sucedió a la mayor tolerancia, los cristianos
se vieron obligados a entregar sus Evangelios y demás escritos a los
magistrados, lo que no habían hecho hasta entonces. Quienes entregaron sus
libros por temor a ser encarcelados o muertos fueron tachados por los demás
cristianos de apóstatas sacrílegos y les llamaron traditores, de donde viene
nuestro vocablo traidor, y algunos obispos aseveraron que era necesario
rebautizarlos, idea que produjo un cisma espantoso.
Los poemas de Homero fueron tan poco conocidos durante mucho tiempo que
Pisístrato fue el primero que los puso en orden y los hizo copiar en Atenas,
unos quinientos años antes de nuestra era. Tal vez no existan hoy una docena de
copias del Vaidam y del Zend‑Avesta en todo el Oriente.
En la actualidad nos quejamos de tener exceso de libros, pero los
lectores no deben quejarse porque nadie les obliga a leer. A pesar de la
cantidad enorme de libros que se publican es muy reducido el número de personas
que leen, pues si leyeran con fruto, ¿se dirían las deplorables sandeces que
llenan la cabeza del vulgo? Lo que multiplica los libros es la facilidad que
hay para escribirlos sacándolos de otros ya publicados. En muchas obras
impresas se puede elaborar una nueva historia de Francia o España sin añadirles
nada nuevo. Todos los diccionarios se escriben sobre otros y casi todos los
manuales nuevos de geografía son copiados de otros que tratan de esta materia.
La Summa de Santo Tomás ha producido dos mil volúmenes amazacotados de
teología, y las mismas especies de gusanos que royeron a la madre roen también
a los hijos.
LIMITES DEL ESPÍRITU HUMANO. Se hallan en todas partes, mi pobre doctor. ¿Quieres saber cómo tu brazo
y tu pie obedecen a tu voluntad y, en cambio, cómo tu fe no la obedece?
¿Investigas cómo el pensamiento se forma en tu mezquino entendimiento y cómo se
forma el niño en el útero de esta mujer? Te concedo todo el tiempo que
necesites para responder ¿Qué es la materia? Tus colegas han escrito diez mil
volúmenes acerca del tema y han hallado algunas cualidades de esta sustancia,
pero conocen los niños como tú. Ahora bien, esta sustancia, ¿qué es en el
fondo? ¿Qué es eso que has denominado espíritu, vocablo latino que significa
soplo, sin hacer nada mejor porque de él no tienes la menor idea?
Observa este grano de trigo que siembro en la tierra y explícame cómo se
yergue y forma un tallo cargado con una espiga. Enséñame de qué modo la misma
tierra produce una manzana en lo alto de este árbol y una castaña en el árbol
vecino. Yo podría presentarte un enorme libro de preguntas a las cuales no
podrías responder sino con tres palabras: «No lo sé».
Y sin embargo, te has graduado, te has atiborrado hasta el birrete y te
llaman «maestro». Y aquel otro impertinente que ha comprado un cargo cree haber
comprado también el derecho de juzgar y condenar aquello de lo que no entiende
ni una palabra.
Si la divisa de Montaigne era «¿Qué sé yo?», la tuya es «¿Qué es lo que
no sé yo».
LITERATURA. El vocablo literatura es uno de esos términos vagos
que pululan en todos los idiomas, como la palabra filosofía, que designa por
igual las especulaciones del metafísico, las demostraciones del geómetra o la
sabiduría del hombre escéptico, o la palabra espíritu, que se prodiga
indiferentemente y necesita una explicación que limite su sentido, como sucede
con todas las voces generales cuya expresión exacta no determina en ninguna
lengua los objetos a que se aplica.
La literatura es exactamente lo que la gramática entre los griegos y
romanos. Como las letras del alfabeto son el fundamento de todos los
conocimientos, esas dos naciones, con el paso del tiempo, llamaron gramáticos,
no sólo a los que enseñaron sus idiomas, sino a quienes se dedicaban al estudio
de la filología, la poesía, la retórica y los hechos históricos. Por ejemplo,
dieron el nombre de gramático a Ateneo, que vivía en la época de Marco Aurelio,
por ser el autor de Banquete de los filósofos, a la sazón conjunto agradable de
citas y hechos verdaderos o falsos. Aulo Gelio, que vivía en la época de
Adriano, también fue llamado gramático por haber escrito Noches áticas, en
donde encontramos gran variedad de críticas e investigaciones Las Saturnales de
Macrobio, escritas en el siglo Iv, constituyen una obra de erudición
instructiva y agradable y las llamaron también obra de un buen gramático.
La literatura merecedora de este nombre denota en toda Europa tener
conocimiento de las obras de buen gusto que se han escrito y un tinte de
historia, poesía, elocuencia y crítica. Es hombre instruido el que conoce los
autores antiguos, puede comparar sus traducciones y sus comentarios y posee más
literatura que aquel que con mejor gusto se ha limitado a conocer los autores
de su país, que pueden ser conocidos con más facilidad.
La literatura no es un arte particular, es el ligero conocimiento que se
adquiere de las bellas artes. Homero era un genio, Zoilo un literato, y el
periodista que reseña y juzga las obras magistrales es un hombre que se dedica
a la literatura. No pueden distinguirse las obras de un poeta, las de un
historiador, ni las oraciones de un orador designándolas con la vaga palabra
literatura, aunque sus autores logren manifestar variados conocimientos.
Racine, Boileau, Bossuet y Fenelón, que sabían más literatura que sus críticos,
no pueden con propiedad llamarse literatos, como no daríamos todo lo que
merecen a Newton y a Locke si nos limitáramos a llamarles hombres de talento.
Para ser literato no es indispensable ser sabio. Los que han leído con
fruto los principales autores latinos en su lengua materna saben literatura,
mas para llegar a ser sabios necesitan hacer estudios más extensos y profundos.
No es suficiente decir que el Diccionario de Bayle es una compilación
literaria, ni tampoco basta decir que es una obra muy ilustrada, pues lo que la
distingue es precisamente su profunda dialéctica, y si sólo fuera un
diccionario, con más raciocinios que hechos y observaciones, no gozaría de la
reputación tan justamente conquistada, que ha de conservar siempre. Es un
diccionario que puede formar literatos y es superior a ellos.
Se denomina bella literatura la que tiene por objeto producir la belleza
esto es, poesía, elocuencia e historia. La crítica literaria, las
interpretaciones de autores, las opiniones de los antiguos filósofos y la
cronología, no pertenecen a la bella literatura porque no tienen por objeto la
belleza. Los hombres han convenido en llamar bellos los asuntos que inspiren
sin esfuerzo, sentimientos agradables; los que sólo son exactos, áridos y
útiles, no pueden empeñarse en ser bellos. Por eso no podemos decir que es
bella una interpretación, una crítica o una discusión, y sí que es bello un
fragmento de Virgilio, Horacio, Cicerón, Bossuet y Racine. La disertación bien
escrita que sea tan elegante como exacta, que cubra de brillantes metáforas un
asunto árido, puede también llamarse un bello fragmento de literatura, aunque
en categoría inferior a las obras de genio.
Entre las artes liberales que se llaman bellas artes por la misma razón
que casi dejan de ser arte cuando carecen de belleza, hay algunas que no
pertenecen a la literatura: son la pintura, la arquitectura, la música, etc.
Estas artes per se no tienen ninguna relación con las bellas letras y por eso
la denominación de obra de literatura no puede aplicarse a los libros que
enseñan arquitectura, pintura o música. Esos libros se llaman obras técnicas.
LOCKE. Ningún filósofo sufrió, como John Locke,
tantos ultrajes, ni calumnias. Por cada hombre capaz de contestar a sus
adversarios exponiendo razones, hay cientos que sólo saben responder con
injurias y cada uno paga con la moneda que tiene. Todos los días están sonando
en mis oídos estas palabras: «Locke niega la inmortalidad del alma. Locke
destruye la moral», y lo que me choca de esas frases es que entre los que se
erigen en jueces de la moral de Locke hay pocos que le hayan leído, menos que
le hayan entendido y ninguno a quien no debamos desear que posea las virtudes
que atesoró el filósofo, que tan digno es de llamarle sabio y justo.
Malebranche es muy leído en París y se han hecho muchas ediciones de su
elucubración metafísica, pero he observado que sólo se leen los capítulos que
tratan de los errores de los sentidos y de la imaginación. Pocos lectores
examinan las ideas abstractas de ese libro. Quienes conocen la nación francesa
me creen fácilmente cuando aseguro que si Malebranche hubiera supuesto los
errores de los sentidos y de la imaginación —errores conocidos de los
filósofos—, y hubiera entrado de repente en materia, no habría hecho ningún
adepto y apenas encontrado lectores. Asombró el raciocinio de los lectores que
se enamoraron de su estilo. A pies juntillas le creyeron cuando desarrollaba
ideas que los lectores no comprendían porque empezó por tener razón, aduciendo
las ideas que estaban al alcance del que lo leía. Sedujo porque era agradable,
como Descartes por ser atrevido.
Locke era un sabio y por eso necesitó que pasaran veinte años para
agotar en París la primera edición, impresa en Holanda, de su libro Ensayo
sobre la inteligencia humana. Ningún hombre, hasta hoy, fue entre nosotros
menos leído y más calumniado que Locke. Los ecos de la calumnia y la ignorancia
repiten todos los días: «Locke no creía en la inmortalidad del alma, por tanto
no era un hombre probo». Dejo a otros la noble tarea de confundir a los autores
de esa mentira limitándome a demostrar la impertinencia del aserto.
El dogma de la inmortalidad del alma fue desconocido en el mundo durante
mucho tiempo. Los primitivos judíos lo ignoraban: ¿tal vez por eso no habría
ningún hombre honrado entre ellos? La ley hebraica, que nada enseñó respecto a
la naturaleza e inmortalidad del alma, ¿no enseñaba acaso a practicar la
virtud? Aunque hoy no nos asegurara la fe que somos inmortales, aun cuando
estuviera demostrado que el alma perece con el cuerpo, no por eso debíamos
dejar de adorar al Dios que nos creó, ni de seguir los consejos de la razón con
que nos ha dotado. Aunque nuestra existencia no debiera durar más que un día,
debemos comprender que para pasar ese día dichosamente se necesita ser
virtuoso, y en todos los pueblos y en todos los tiempos ser virtuoso ha
consistido y consistirá en portarnos con los demás como queremos se porten con
nosotros. Tal es la virtud verdadera, hija de la razón y no del temor, la que
guió a muchos sabios a la inmortalidad, y la que en tiempos modernos dirigió la
vida de Descartes, precursor de la física; de Newton, intérprete de la
Naturaleza; de Locke, el único que enseñó a la inteligencia humana a conocerse
bien. y de Bayle, juez ilustrado e imparcial. Y es preciso confesar, en honor
de las letras, que la filosofía da rectitud al corazón, como la geometría hace
al cerebro justo. Locke no sólo era virtuoso, no sólo creyó que el alma era
inmortal, sino que nunca afirmó que la materia piensa; sólo dijo que la materia
puede pensar si Dios quiere, y que es un absurdo temerario negar que Dios tenga
ese poder.
Es más, suponiendo que dijo y otros repitieron que Dios concedió a la
materia la facultad de pensar, ¿hemos de inferir por eso que el alma sea
mortal? El espíritu de escuela afirma que un compuesto conserva la naturaleza
de las partes de que se compone, que la materia es perecedera y divisible, y
que por ende el alma será perecedera y divisible como ella. Esos raciocinios
son falsos.
Es falso que si Dios quisiera que la materia pensara el pensamiento
fuera un concepto de la materia, porque el pensamiento sería un don de Dios
añadido al ser desconocido que llamamos materia, como Dios le añadió la
atracción de las fuerzas centrípetas y el movimiento, que son atributos
independientes de la divisibilidad. Es falso que la materia sea divisible hasta
el infinito. Es cierto que suponemos la divisibilidad hasta el infinito en
geometría, pero esta ciencia no tiene más objetivo que nuestras ideas, y
suponiendo línea sin anchura y puntos sin extensión, suponemos también una
infinidad de círculos que pasen entre una tangente y un círculo dado. Ahora
bien, cuando examinamos la Naturaleza tal cual es se esfuma la divisibilidad
hasta el infinito. Es innegable que la materia permanece siempre siendo
divisible para el pensamiento, pero es necesariamente indivisible, y la misma
geometría, que me demuestra que mi pensamiento dividirá eternamente la materia,
me demuestra también que existen en la materia partes individidas perfectamente
sólidas. He aquí la demostración:
Puesto que debemos suponer que cada uno de los órganos elementales en
que imaginamos dividida la materia hasta el infinito tiene poros, lo que reste
de materia sólida lo expresará una serie infinita de términos más pequeños cada
uno que el otro; luego, semejante producto es necesariamente igual a cero. Si
la materia fuera físicamente divisible hasta el infinito, al concluir esa
operación ya no quedaría materia.
¿Qué prueba esto? Que existen partes de materias imperecederas e
indivisibles y que Dios, que es omnipotente, cuando le plazca podrá dotar de
pensamiento a una de esas partes y conservarlo siempre. No digo que la razón me
demuestre que Dios haya operado de esa manera, únicamente afirmo que la razón
me enseña que puede obrar así, y repito con el sabio Locke que no corresponde a
nosotros, que somos criaturas de ayer, atrevernos a medir los límites del poder
del Creador, del Ser infinito, del único Ser necesario e inmutable.
Locke dice también que es imposible que la razón pruebe la
espiritualidad del alma, y yo añado que en el mundo no hay nadie que no esté
convencido de esa verdad. Es indudable que si el hombre estuviera convencido de
ser más libre y dichoso saliendo de su casa, la abandonaría en seguida; por
tanto, no se puede creer que el alma es espiritual sin creerla encarcelada en
el cuerpo, en donde por lo general, si no es desgraciada, vive inquieta. Debe,
pues, desear salir de su cárcel; pero ¿qué hombre desea morir por ese motivo?
Debemos procurar saber, no lo que los hombres han dicho sobre esta materia,
sino lo que nuestra razón puede descubrirnos independientemente de las
opiniones humanas.
LOCURA. ¿En qué consiste la locura? En tener ideas
incoherentes y obrar con incoherencia. ¿Desea conocer la locura el más sabio de
los hombres? Pues reflexione en la ilación de las ideas durante sus sueños. Si
hace laboriosamente la digestión por la noche, un tropel de ideas incoherentes
le agitan; diríase que la naturaleza nos castiga por haber comido demasiado o
por haber elegido mal los alimentos, haciendo velar nuestros pensamientos,
porque cuando dormimos sólo pensamos cuando hicimos una mala digestión. Los
sueños que nos inquietan son realmente una locura pasajera.
En este artículo no se trata de renovar el libro de Erasmo, que hoy sólo
sería un lugar común bastante insustancial.
Llamamos locura a la enfermedad de los órganos del cerebro que impide al
hombre pensar y obrar como los demás hombres. Al no poder administrar sus
bienes, la ley le prohíbe hacerlo y no pudiendo tener ideas convenientes a la
sociedad, lo excluye de ella. Si es peligroso lo encierran; si está furioso, lo
atan. Algunas veces, el tratamiento médico consiste en hacerle tomar baños,
otras le sangran.
Es importante observar que el hombre aquejado de esa enfermedad no está
privado de tener ideas, las tiene como los demás hombres cuando está despierto
y, con frecuencia, cuando duerme. Podrá preguntarse en qué consiste que su alma
espiritual e inmortal, alojada en el cerebro, reciba las ideas distintas y
claras y, sin embargo, no tiene el criterio sano. Ve los objetos como el alma
de Aristóteles, Platón, Locke y Newton los veían, oye los mismos sonidos, tiene
el mismo sentido del tacto. ¿En qué consiste, pues, que recibiendo las mismas
percepciones que los hombres más sabios aquéllas formen una extravagante
confusión sin poderlo remediar?
Si su sustancia sencilla y eterna tiene, para realizar todos sus actos
los mismos instrumentos que las almas de cerebros más sabios, ésta debe razonar
como ellos. ¿Quién podría impedírselo? Concibo perfectamente que si el loco
viera rojo lo que los sabios ven azul, que si el loco oyera el rebuzno de un
asno cuando los sabios oyen música, que si cuando aquéllos oyen un sermón el
loco oyera una comedia, su alma debiera pensar al revés que las otras. Pero el
loco tiene las mismas percepciones que ellos y al parecer no hay razón alguna
para que su alma, recibiendo por medio de sus sentidos todos los útiles, no
pueda usarlos. Su alma es pura dicen; no está sujeta por sí misma a ninguna
enfermedad y está provista de todos los auxilios necesarios suceda lo que le
suceda al cuerpo, nada puede cambiar su esencia y, sin embargo, la llevan
dentro de su estuche al manicomio.
Esta reflexión nos hace sospechar que la facultad de pensar, que Dios
concedió al hombre, está sujeta a trastornos como los demás sentidos. El loco
es un enfermo cuyo cerebro padece, como el reumático es un enfermo que sufre de
los pies y manos; pensaba con el cerebro como andaba con los pies, sin conocer
siquiera que estaba dotado del poder incomprensible de andar y del poder no
menos incomprensible de pensar. Puede padecerse reumatismo en el cerebro como
en los pies. Después de mucho meditar sobre esta materia, tal vez sólo la fe
sea capaz de convencernos de que una sustancia simple e inmaterial pueda estar
enferma.
Los doctos y doctores dirán al loco: «Amigo mío, aunque hayas perdido el
sentido común tu alma es tan espiritual, tan pura y tan inmortal como la
nuestra, pero la nuestra está bien alojada y la tuya mal; tiene tapadas las
ventanas de la casa, le falta el aire y se ahoga». El loco, en sus momentos
lúcidos, les contestará: «Amigos míos, dais por descontado lo que es
cuestionable. Mis ventanas están tan abiertas como las vuestras, puesto que veo
los mismos objetos y oigo las mismas palabras que vosotros: por tanto, es
indispensable que mi alma haga mal uso de mis sentidos o que ella sea un
sentido viciado, una cualidad depravada; en una palabra, mi alma está loca o no
tengo alma». Uno de los doctores podía replicar: «Amigo mío, tal vez Dios creó
almas locas, como creó almas sabias». El loco le objetaría diciendo: «Si
creyera lo que decís, estaría más loco de lo que estoy. Os suplico, pues, vos
que tanto sabéis, me digáis por qué estoy loco».
Si los doctores están dotados de buen sentido le contestarán que no lo
saben. Ignoran por qué un cerebro concibe ideas incoherentes, como también
ignoran por qué otro cerebro concibe ideas regulares y continuadas. Si se creen
sabios serán tan desquiciados como el loco.
El loco, en uno de sus momentos lúcidos, les dirá: «Pobres mortales que
no sabéis la causa de mi enfermedad, ni curarla; temblad que llegue el día en
que os quedéis como yo, o peor. No sois de mejor cuna que el rey de Francia,
Carlos VI, el rey de Inglaterra, Enrique VI, y el emperador Wenceslao, que se
les trastornó el juicio en el mismo siglo. No tenéis más talento que Blaise
Pascal, Jacques Abbadie y Jonathan Swift, que murieron locos. Este último fundó
un hospital para los dementes: ¿queréis que vaya allí y os reserve un sitio?»
LUJO. En el país donde todos iban descalzos, ¿gastó
lujo el primero que utilizó un par de zapatos? ¿No fue, más bien, un hombre
sensato e industrioso? ¿No lo fue también el que vistió la primera camisa? En
cuanto al primero que la hizo blanquear y planchar, le creo un genio con
grandes recursos y capaz de gobernar un estado. Sin embargo, los que no estaban
acostumbrados a llevar camisas blancas le tomaron por un rico afeminado que
corrompía la nación.
«Preservaos del lujo —decía Catón a los romanos—. Habéis subyugado la
provincia de Phase, pero no comáis nunca faisanes. Habéis conquistado el país
donde crece el algodón, pero acostaos en el duro suelo. Habéis robado a mano
armada el oro, la plata y las piedras preciosas de muchas naciones, pero no
seáis tan necios que derrochéis todo eso. Careced de todo después de haberlo
tomado todo. Es preciso que los ladrones de caminos reales se resignen a ser
virtuosos y libres.» Lúculo le respondió: «Amigo mío, lo que debes desear es
que Craso, Pompeyo, César y yo, gastemos lo que tengamos en lujo. Es necesario
que los grandes ladrones se batan por el reparto de los despojos. Roma debe ser
esclavizada, pero lo será más pronto y con más seguridad por uno de nosotros si
hiciéramos lo que dices que si gastamos en placeres y en superfluidades. Debes
desear que Pompeyo y César se empobrezcan lo bastante para no mantener
ejércitos».
No hace mucho tiempo, un noruego reprochaba a un holandés su inclinación
al lujo: «¿Qué se hicieron —le decía— de aquellos felices tiempos en que el
negociante, cuando salía de Amsterdam para ir a las Indias dejaba los cuartos
traseros de un buey ahumado en su cocina y los encontraba a la vuelta? ¿Qué se
han hecho de vuestras cucharas de palo y vuestros tenedores de hierro? ¿No es
vergonzoso que un sabio holandés se acueste en una cama de damasco?» «Vete a
Batavia —le respondió el holandés—, gana diez tonnas de oro (1) y verás si
tienes ganas de no ir bien vestido, no comer bien y no vivir en un palacio.»
Después de haberse desarrollado esta conversación se han escrito muchos
volúmenes sobre el lujo, pero todos los libros ni lo han disminuido ni lo han
aumentado.
Se está clamando contra el lujo hace más de dos mil años en verso y en
prosa, y los hombres le siguen teniendo afición.
¿Qué no se ha dicho de los primitivos romanos? Cuando esos bandidos
pillaban y asolaban las cosechas de sus vecinos, cuando para hacer progresar su
pobre villorrio destruyeron los pobres burgos de los volscos y de los samnitas,
eran hombres desinteresados y virtuosos; no habían podido robar aún oro, plata
ni piedras preciosas, porque nada había de eso en las localidades que
saquearon. En sus bosques y en sus pantanos no se criaban perdices ni faisanes
y por eso elogiaron su temperancia.
Cuando robaron y saquearon todo lo que encontraron al paso, desde el
fondo del golfo Adriático al Éufrates, y pudieron disfrutar el producto de sus
rapiñas durante siglos, cuando cultivaron las artes, gozaron de los placeres y
los hicieron gozar a los vencidos, se dice que desde entonces dejaron de ser
prudentes y hombres de bien.
Todas estas elucubraciones intentan probar que el ladrón no debe
alimentarse nunca con la comida que hurtó, ni vestir el traje que quitó, ni
lucir el anillo que robó. Los que claman contra los primitivos romanos dicen
que debieron echar todo lo robado al río para vivir con honradez, pero valía
más que hubieran dicho que no debían haber robado. Censurad a los bandidos
cuando roban, pero no los tratéis de insensatos si disfrutan de su rapiña.
Decidme de buena fe si cuando muchos marinos ingleses se enriquecieron con la
toma de Pondichery y La Habana, hicieron mal en gozar en seguida de todos los
placeres en Londres como recompensa a las penalidades y estrecheces que
sufrieron en Asia y América.
(1) Tonna de oro, en Holanda, es una cantidad equivalente a 100.000
florines.
Esos declamadores quisieran que enterraran sus riquezas quienes las
acumulan por la suerte de las armas, la agricultura el comercio y la industria.
En prueba de sus asertos, citan a Lacedemonia, pero, ¿por qué no citan también
la república de San Marino? ¿Qué beneficios aportó Esparta a Grecia? ¿Tuvo
Esparta hombres como Demóstenes, Sófocles Apeles y Fidias? El lujo de Atenas
produjo grandes hombres de todas clases, Esparta sólo tuvo capitanes, pero en
menor número que las demás ciudades de Grecia. Enhorabuena que una pequeña
república como la de Lacedemonia conservara su pobreza, después de todo, lo
mismo morimos careciendo de todo que gozando de todos los placeres de la vida.
El salvaje del Canadá vive y llega a la vejez lo mismo que el ciudadano de Inglaterra
que tiene cincuenta guineas de renta. Pero, ¿quién puede comparar nunca el país
de los iroqueses con Inglaterra?
Si la república de Ragusa y el cantón de Zug publican leyes suntuarias,
hacen muy bien; es preciso que el pobre no gaste más de lo que pueda, pero he
leído en alguna parte que «el lujo enriquece a un gran estado y pierde al
estado pequeño» (1).
(1) Las leyes suntuarias son, por su naturaleza, una violación del
derecho de propiedad. En un estado pequeño sin grandes desigualdades de fortuna
no habrá lujo, y si aquellas existen, el lujo las remedia. Por sus leyes
suntuarias perdió Ginebra su libertad.
Si por lujo entendemos el exceso, es sabido que el exceso es pernicioso
en todo, lo mismo en la abstinencia que en la glotonería, en la economía como
en la liberalidad. No comprenden que en ciertas localidades donde la tierra es
ingrata, los impuestos pesados y la prohibición de exportar el trigo
intolerable, no haya, sin embargo, un colono que carezca de un buen traje de
paño, no calce bien y no esté bien alimentado. Si ese colono trabajara sus
tierras vistiendo el traje dominguero, con el pelo rizado y empolvado, gastaría
extraordinario e impertinente lujo pero si un ciudadano de París o Londres se
presentara en los teatros vestidos como un labriego, daría muestras de grosera
y ridícula mezquindad.
Cuando se inventaron las tijeras, que por cierto no son muy antiguas,
¿cuánto no se habló contra los primeros que se cortaban las uñas y parte del
pelo que les caía hasta la nariz? Indudablemente, los tendrían por lechuguinos
y pródigos porque compraban a subido precio un instrumento de vanidad para
estropear una obra del Creador. ¡Como si se ultrajase a Dios al recortar los
pedacitos de materia córnea que El nos puso en el extremo de los dedos! Todavía
incordiaron más cuando se inventaron las camisas y los escarpines. Sabido es lo
mucho que se encolerizaban los consejeros ancianos, que nunca los habían
llevado, contra los jóvenes magistrados que gastaban ese lujo funesto.
Si entendemos por lujo gastar más de lo necesario, el lujo es la
consecuencia natural de los progresos de la especie humana, y razonando
lógicamente los enemigos del lujo deben creer lo que dijo Rousseau: «Que el
estado de felicidad y virtud para el hombre no es el estado salvaje, sino el
del orangután». Mas toda persona sensata comprende que sería absurdo considerar
como un mal las comodidades que todos los hombres quisieran disfrutar: por eso,
generalmente hablando, sólo se da el nombre de lujo a las superfluidades que un
reducido número de individuos pueden gozar. Entendido el lujo en este sentido,
es una consecuencia necesaria de la prosperidad, sin la cual ninguna sociedad
puede subsistir y es consecuencia de la desigualdad de las fortunas, que deriva,
no del derecho de propiedad, sino de las malas leyes. Estas son las que
propician el lujo, pero las buenas leyes lo pueden suprimir. Los moralistas
deben dedicar sus sermones a los legisladores y no a los particulares, porque
está en el orden de las cosas posibles que el hombre virtuoso e ilustrado tenga
el poder de redactar leyes razonables y es contrario a la naturaleza humana que
todos los ricos de una nación renuncien por virtud a proporcionarse, a expensas
del dinero, los deleites del placer o de la vanidad.
M
MACHO CABRIO (Bestialidad, hechicería). Los diversos honores que la Antigüedad rindió a los machos cabríos
serían asombrosos si hubiera alguna costumbre que pudiera sorprender a quienes
el estudio ha familiarizado con el mundo antiguo y el moderno.
Los egipcios y judíos designaron con frecuencia a los reyes y jefes del
pueblo con el vocablo cabrón. Zacarías, en el capítulo 10, versículo 3 dice:
«Contra los pastores se ha encendido mi indignación y castigaré a los machos de
cabrío: porque el Señor de los ejércitos tendrá cuidado de su grey, es decir,
de la casa de Judá, y la hará briosa como si fuera su caballo de regalo en la
guerra». Jeremías, en el capítulo 50, versículo 8 habla así a los caudillos del
pueblo: «Salid de Babilonia y sed como los cabrones que van al frente del
rebaño». Isaías usó ese mismo vocablo en los capítulos 10 y 11, pero lo
tradujeron por la voz príncipe.
Los egipcios no sólo llamaron cabrones a los reyes, sino que consagraron
un macho cabrío en Mendes y lo adoraron. Es probable que el pueblo tomara
efectivamente un símbolo por una divinidad, porque esto sucedió algunas veces.
No es verosímil que los sacerdotes de Egipto sacrificaran y adoraran al
mismo tiempo a los machos cabríos. Es sabido, lo dijimos en otra parte, que
tenían el chivo Hazazel, que arrojaban al precipicio adornado y coronado de
flores para que expiara las culpas del pueblo, y los judíos copiaron esta
ceremonia e incluso el nombre de Hazazel, de la misma forma que adoptaron otros
ritos de Egipto.
Pero los chivos recibieron en la Antigüedad un honor más singular.
Varios autores creen que en Egipto muchísimas mujeres hicieron con los moruecos
lo que Pasifae hizo con su toro. Herodoto refiere que, estando en Egipto, una
mujer cohabitaba públicamente con cabrones en una provincia de Mendes. Añade
que quedó asombrado, pero no dice que castigaran a esa mujer. Todavía es más
extraño que Plutarco y Píndaro, que vivieron en siglos diferentes, coincidan en
decir que presentaban mujeres al cabrón consagrado. Sólo concebir esta idea nos
hace estremecer.
Los judíos imitaron semejantes abominaciones. Jeroboán instituyó
sacerdotes para que sirvieran a sus becerros y cabrones. El texto hebreo usa
esta misma palabra (1). Pero el mayor ultraje que recibió la naturaleza humana
fue el repelente extravío de algunas hebreas que se enamoraron de los cabrones,
y el de los hebreos que cohabitaron con cabras. Hubo necesidad de publicar una
ley tajante para prohibir tan horrible aberración. Esta ley consta en el
Levítico y la repite varias veces. Al principio se prohibió sacrificar los
animales velludos con los que habían fornicado; luego prohibieron a las mujeres
que se aparearan con bestias y a los hombres que cometieran el mismo extravío
y, finalmente, ordenaron que el culpable de semejante bestialismo perdiera la
vida así como el animal de quien abusara. Consideraron a esa bestia tan
criminal como al hombre y la mujer y decían que su sangre caería sobre todos.
(1) Libro II de Paralipómenos. cap. 11. 15.
Principalmente, en dichas leyes se trata de machos cabríos y cabras, que
por desgracia fueron necesarios para el pueblo hebreo. Esa aberración era común
en muchos países cálidos. Los judíos vagaban entonces por un desierto en donde
no podían alimentar más que cabras y cabrones. Esas mismas depravaciones las
cometían los pastores de Calabria y otras regiones de Italia.
No satisfechos con las mencionadas abominaciones, establecieron el culto
del macho cabrío en Egipto y en los desiertos de una parte de Palestina.
Creyeron realizar encantamientos por medio de los cabrones y otras bestias, y
la magia y hechicería pasaron muy pronto desde Oriente a Occidente,
extendiéndose por todo el mundo. Los romanos dieron el nombre de sabbatum a la
hechicería que aprendieron de los judíos, confundiendo de esta manera el día
sagrado de éstos con sus misterios infames. De aquí proviene que ser brujo y
acudir al aquelarre sabatino fuese la misma cosa entre las naciones modernas.
Miserables mujeres del pueblo, engañadas por pícaros y, más que por
éstos, por la debilidad de la propia imaginación, creyeron que en cuanto
pronunciaran la palabra amuleto y se embadurnaran con ungüento compuesto de
boñiga de vaca y pelo de cabra irían al aquelarre sabatino montadas en un palo
de escoba, mientras estaban durmiendo, y adorarían a un macho cabrío que
gozaría con ellas.
Esta era la opinión universal. Los doctores opinaban que el diablo se
metamorfoseaba en cabrón. Esta idea la expone Del Río en sus Disquisiciones y
también otros autores. El teólogo Grillandus, uno de los promotores de la
Inquisición que cita Del Río, dice que los brujos le llamaron el cabrón
Martinet y asegura que una mujer que se prostituyó a Martinet montada en sus
hombros fue transportada por los aires a un lugar llamado la Nuez de Benevent.
Existieron libros que describían los misterios de los brujos. Yo he
leído uno al frente del cual dibujaron bastante mal un cabrón y una mujer
arrodillada detrás de él. Estos libros se llamaban grimoires en Francia y
Alfabetos del diablo en otras partes. El que vi sólo constaba de cuatro hojas y
contenía caracteres casi indescifrables.
Propagar las luces de la razón educando mejor a los pueblos hubiera
bastado para extirpar de Europa tan ridícula extravagancia. Si los supuestos
brujos tenían su Alfabeto del diablo, los jueces tuvieron un código para
castigar a los brujos. El jesuita Del Río, doctor por Lovaina, imprimió sus
Disquisiciones mágicas el año 1599, asegurando que todos los herejes son magos
y recomendando con frecuencia que los pongan en el potro. No duda que el diablo
se metamorfosea en cabrón y que no concede sus favores a todas las mujeres que
se le presentan. Varios jurisconsultos especializados en demonografía afirman
que Lutero era hijo de un macho cabrío y una mujer. Uno de ellos sostiene que,
en 1595, una mujer parió en Bruselas un niño que tuvo del diablo transformado
en cabrón y la castigaron, pero no se dice con qué clase de castigo.
Boguet, juez supremo de la jurisdicción de la abadía de Saint Claude, en
el Franco Condado, extremó el rigor de la jurisprudencia sobre la hechicería.
Da razón detallada de todos los suplicios a que condenó a los brujos y brujas,
que suman una cantidad considerable; a casi todas las brujas las condenó por
suponer que habían fornicado con los cabrones.
Ya hemos dejado constancia en otros artículos que ascienden a más de
cien mil hechiceros los que fueron condenados a muerte en toda Europa.
Únicamente la filosofía curó a los hombres de tan abominable quimera y enseñó a
los jueces que no debían condenar a morir abrasados a los imbéciles.
MAGIA. Es una ciencia más digna de aplauso que la
astrología y la doctrina de los genios. Desde que empezó a vislumbrar que todo
hombre poseía un ser completamente distinto del cuerpo, y que tal ser subsistía
después de la destrucción de la materia, le otorgaron forma ligera, sutil y
aérea, pero semejante a la del cuerpo en que se aloja. Esta opinión se
generalizó en virtud de dos razones: la primera, que en todos los idiomas el
alma se llamaba espíritu, soplo, viento, y era algo imperceptible, algo ligero
y algo sutil; la segunda, que si el alma del hombre no conservaba una forma
parecida a la que poseyó durante su vida, después de la muerte no se podría
distinguir el alma de un hombre de la de otro. Esta alma, esta sombra, que
subsistía separada de su cuerpo, podía muy bien, si no manifestarse en algunas
ocasiones, volver a ver los lugares que había habitado, visitar a sus padres y
amigos, hablarles y darles instrucciones, pues lo que existe puede aparecerse.
Las almas podían también enseñar a quienes se les aparecían la manera de
evocarlas, y ellas no dejarían de presentarse. El vocablo amuleto, pronunciado
en ciertas ceremonias, hacía que se aparecieran las almas con las que deseaba
hablar. Supongo que un egipcio hubiera dicho a un filósofo: «Desciendo en línea
recta de los magos de Faraón, que convirtieron las varas en serpientes y el
agua del Nilo en sangre. Uno de mis antepasados contrajo matrimonio con la
pitonisa de Endor, que evocó la sombra de Samuel con la plegaria del rey Saúl y
comunicó sus secretos al marido, el cual también le enteró de los suyos. Poseo
esta herencia de mis padres y mi genealogía está demostrada; mando a las
sombras y los elementos». El filósofo no hubiera podido hacer otra cosa que
pedirle protección, porque si hubiera querido negar y disputar el mago le
hubiera cerrado la boca diciéndole: «No puedes negar los hechos. Mis
antepasados fueron grandes magos y tú no puedes dudarlo. No tienes ninguna
razón para creer que sea de peor condición que ellos, máxime cuando te doy
palabra de honor de que soy hechicero». El filósofo hubiera podido objetarle:
«Ten, pues, la amabilidad de evocar una sombra, de que hable con un alma, de
convertir este agua en sangre y esta vara en serpiente». El mago podía
replicarle: «No quiero ocuparme en trabajar para los filósofos. Hice que se
aparecieran espectros a damas muy respetables y a gentes sencillas que no
disputan conmigo. Comprenderás que es posible que posea esos secretos, pues os
habéis visto obligado a confesar que mis antecesores los poseían, y lo que se
hizo en tiempos antiguos también puede hacerse hoy. Creéis en la magia sin que
por ello esté obligado a practicar contigo ese arte».
Estas razones eran tan válidas por aquel entonces que en todos los
pueblos hubo hechiceros. El Estado pagaba a los más relevantes para que leyeran
el porvenir en el corazón y el hígado de un buey. ¿Por qué, pues, durante mucho
tiempo castigaron a los hechiceros inferiores con la pena de muerte? Obrando
prodigios, en vez de castigarlos debían habérseles tributado honores, sobre
todo debieron temer el poder de que disponían. Nada tan ridículo como
sentenciar al verdadero mago o morir en la hoguera, porque debían pensar que
podía apagar el fuego de la pira y retorcer el cuello a sus jueces. Debieron
haberse concretado a decirles: «Amigo mío, no te queremos achicharrar como a un
verdadero mago, sino como a un hechicero falaz, porque te jactas de un arte
admirable que no posees. Te tratamos como moneda falsa. Nos consta que hubo
antiguamente venerables magos, pero creemos que no lo eres porque te dejarás
quemar como un tonto».
Cierto que el cuitado mago pudiera replicar: «Mi ciencia no llega hasta
el punto de apagar una hoguera sin agua, ni hasta el extremo de matar a mis
jueces sólo con palabras; solamente puedo evocar almas, leer en el porvenir y
convertir unas materias en otras. Mi poder es limitado, mas no por esto debéis
quemarme a fuego lento, pues esto equivale a hacer ahorcar a un médico que os
hubiera curado de unas fiebres tercianas y no pudiera curaros una parálisis».
Pero los jueces podrían replicarle también: «Pues bien, demuéstranos que posees
algún secreto de la magia o consiente en que te quememos».
MAHOMETANOS. Vuelvo a repetir, ignorantes mentecatos, que otros
ignorantes os han hecho creer que la religión mahometana es sensual y
voluptuosa. Pero no es verdad, y os han engañado en esto como en otras cosas.
Canónigos, frailes, curas, decidme con la mano en el pecho si os
atrevéis a llamar sensual a la religión que prescribe no comer ni beber desde
las cuatro horas de la madrugada hasta las diez de la noche durante el mes de
julio, cuando el ayuno llega en esa época; la religión que prohíbe los juegos
de azar y beber vino, bajo pena de condenación eterna, la religión que manda ir
peregrinando por desiertos ardientes y obliga a dar a los pobres el dos por
ciento al menos de la renta de cada rico; Ia religión que consiguió que los
musulmanes, acostumbrados a holgarse con dieciocho mujeres, se quedaran de
repente con cuatro.
Los católicos obtuvieron muchas ventajas sobre los musulmanes, no en
materia de guerra, sino en materia de doctrina. A los cristianos griegos los
han derrotado tantas veces desde 1769 hasta 1773 que no vale la pena calumniar
injustamente al islamismo. Procurad reconquistar todos los territorios que os
tomaron los mahometanos, pues de sobra sé que eso es más difícil que
calumniarles. Odio tanto la calumnia que hasta me subleva que se imputen
tonterías a los turcos, pese a que les detesto porque son tiranos de las
mujeres y enemigos de las artes.
MALVADO. Se nos reprocha que la naturaleza humana es
esencialmente perversa, que el hombre ha nacido hijo del diablo y malvado. Nada
peor orientado que esto, amigo mío, pues si me predicas que todo el mundo ha
nacido perverso me estás advirtiendo que también has nacido así y debo
desconfiar de ti como de un zorro o un cocodrilo. «¡Oh, no! —me replicas—.
Estoy regenerado, no soy herético, ni infiel, y soy digno de confianza.» Pero
el resto del género humano, que es herético o eso que llamas infiel, no será otra
cosa que un amontonamiento de monstruos y cada vez que hables a un luterano o a
un turco debes estar persuadido de que va a robarte y asesinarte, por ser hijos
del diablo y malvados: el uno por no haber sido regenerado y el otro por haber
degenerado.
Creo que sería más razonable y mucho mejor decir a los hombres: «Todos
habéis nacido buenos y considerad qué espantoso sería corromper la pureza de
vuestro ser». Es preciso dirigirse al género humano con la misma actitud que
con los hombres en particular. Un canónigo llevaba una vida escandalosa y se le
dijo: «¿Es posible que deshonre la dignidad de canónigo?» Si se le recuerda a
un hombre de toga que goza del honor de ser consejero del rey y debe dar
ejemplo y se dice a un soldado para darle valor: «Acuérdate de que eres del
regimiento de Champagne», habría que decir a todos y a cada uno de nosotros:
«Acuérdate de tu dignidad de hombre».
En efecto, a pesar de todo se vuelve a lo mismo, y así, ¿qué significa
esa frase empleada con tanta frecuencia en todos los países: «reflexione
íntimamente»? Si usted ha nacido hijo del diablo, si su origen es criminal si
su sangre está compuesta por un licor infernal, la frase «reflexionad
íntimamente» significará: tenedlo en cuenta, seguid vuestra naturaleza
diabólica, sea impostor, ladrón, asesino, siga la ley de su padre.
Pero el hombre no ha nacido malvado, sino que se convierte así como
puede caer enfermo. Se presentan unos médicos y le dicen: «Usted ha nacido ya
enfermo». A buen seguro que estos médicos, digan lo que digan y hagan lo que
hagan, no le curarán jamás si su dolencia es inherente a su naturaleza, y estos
razonadores están muy enfermos ellos mismos.
Examinad todos los niños del universo y no observaréis en ellos más que
inocencia, dulzura y temor; de haber nacido malvados, malhechores y crueles, lo
demostrarían en cualquier señal, como las serpientes pequeñas tienden a morder
y los pequeños tigres a desgarrar. Pero no habiendo otorgado la naturaleza al
hombre más armas ofensivas que a las palomas y a los conejos, tampoco ha podido
adjudicarles un instinto que les arrastre a destruir.
Así, pues, el hombre no ha nacido malo. Entonces, ¿por qué muchos están
infectados por esa peste de la maldad? Porque quienes están en la cumbre, al
contraer la dolencia, la transmiten al resto de los mortales, al igual que una
mujer afectada de la enfermedad que Cristóbal Colón nos trajo de América
esparció este veneno de un extremo a otro de Europa. El primer ambicioso
corrompió la tierra.
Me replicaréis que este primer monstruo desarrolló el germen de orgullo,
de rapiña, de fraude y de crueldad, que subyace en todos los hombres. Reconozco
que, en general, la mayor parte de nuestros hermanos pueden adquirir tales
cualidades, pero, ¿es que todo el mundo tiene la fiebre pútrida o el mal de
piedra sólo porque todos estamos expuestos a ello?
Existen naciones enteras que de ningún modo son malvadas: los
filadelfianos y los indios banianos jamás han dado muerte a nadie; los chinos
los pueblos de Tonquín, Lao, Siam y del Japón, desde hace cien años no conocen
la guerra. Apenas se produce cada diez años cualquiera de esos enormes crímenes
que asustan a la naturaleza humana en las ciudades de Roma, Venecia París,
Londres y Amsterdam, ciudades en donde precisamente la codicia, madre de todos
los crímenes, es extremada.
Si los hombres fuesen malvados por esencia, si naciesen sometidos a un
ser malhechor y desgraciado que, para vengarse de su dolor, les inspirase todos
sus furores, todas las mañanas veríamos a los maridos asesinados por sus
mujeres y los padres por sus hijos, como se ven al amanecer las gallinas
degolladas por una garduña que vino a succionarles la sangre.
Si hay mil millones de seres humanos sobre la tierra, y son muchos,
pueden calcularse aproximadamente unos quinientos millones de mujeres que
cosen, hilan, amamantan a sus pequeños, tienen limpia su casa o su cabaña y
quizá murmuran algo de sus vecinas. Y no veo qué grandes males causan esas
pobres inocentes en la tierra. Entre ese número de habitantes del planeta,
habrá unos doscientos millones de niños, al menos, que ciertamente no matan ni
roban, y otros tantos ancianos y enfermos, aproximadamente, que tampoco pueden
hacerlo. Todo lo más, quedarán cien millones de gente joven, robustos y capaces
de cometer crímenes. De esos cien millones, unos noventa están ocupados de
continuo en labrar la tierra y, mediante un trabajo prodigioso, proporcionarse
alimento y vestido: esos apenas tienen tiempo de cometer mal alguno.
En los diez millones restantes quedan comprendidos las gentes ociosas,
pero de buena compañía, que quieren disfrutar apaciblemente; los hombres de
talento, ocupados en sus profesiones, y los magistrados y los sacerdotes,
visiblemente interesados en mantener una vida pura, al menos en apariencia.
Sólo quedan, pues, como verdaderos malvados, algunos políticos, sean seculares
o regulares, que siempre pretenden turbar el mundo y algunos millares de
vagabundos que alquilan sus servicios a tales políticos. Pero nunca hay al
mismo tiempo un millón de esas bestias feroces y en tal cifra tengo en cuenta
los bandoleros que asaltan en los caminos. Así, pues, tenemos en la tierra y en
los más tempestuosos tiempos, todo lo más, un hombre entre mil al que se pueda
calificar de malvado, e incluso no siempre es así.
Existen, pues, infinitamente menos males en la tierra de lo que se dice
y se cree. Aunque todavía hay demasiada maldad, sin duda, puesto que se
presencian desgracias y crímenes horribles; pero la afición a lamentarse y a
exagerar es tan grande que, al menor rasguño, gritamos que el mundo está
inundado de sangre. Si alguien os ha engañado, entonces todos los hombres son
unos estafadores. Un alma melancólica que ha sufrido una injusticia ve el
universo lleno de desgraciados, de la misma manera que un joven voluptuoso que
cena con su dama, a la salida de la Opera, no puede imaginar que existan seres
desdichados en el mundo.
MARÍA MAGDALENA. Confieso que no sé de dónde el barón de
Holbach, autor de la Historia crítica de Jesucristo, tomó que santa María
Magdalena tuvo complacencias pecaminosas con el Salvador del mundo. Dice en la
página 130, línea 11 de la nota, que eso es una opinión de los albigenses, pero
yo nunca he leído esa horrible blasfemia en la historia de los albigenses, ni
en sus profesiones de fe. Esta es una de las muchas cosas que ignoro. Sé que
los albigenses tuvieron la desgracia de no ser católicos romanos, pero me
parece que respetan profundamente la persona de Jesús.
El autor recomienda a sus lectores que lean Cristiada, que es un poema
en prosa, dando por sentado que haya poemas en prosa. Y ni corto ni perezoso
consulté la página de Cristiada, de donde está tomada dicha acusación, y la
encontré en el libro IV, página 335, nota 1ª, pero Holbach no cita a nadie. En
un poema épico pueden excusarse las citas, pero en un libro en prosa hacen
falta citas muy autorizadas cuando se trata de un aserto tan grave que eriza
los pelos de todos los cristianos.
Hayan dicho o no los albigenses semejante impiedad, el autor de la
Cristiada se apodera de ella y la convierte en novela. Introduce en escena a
María Magdalena, hermana de Marta y Lázaro, luciendo todos los encantos de la
juventud y la hermosura, ardiendo en todos los deseos y entregada a todas las
voluptuosidades. Según el autor es una dama de corte y sus riquezas igualan a
su nacimiento, su hermano Lázaro era conde de Betania y ella marquesa de
Magdala. Marta poseía una gran heredad, pero no nos dice dónde radicaban sus
tierras. «Tenía —dice el autor de Cristiada— cien criados y numerosos amantes,
y hubiera atentado contra la libertad de todo el universo. La riqueza, las
dignidades y la ambición, no fueron nunca tan queridos para Magdalena como el
halagüeño error que hizo que la pusieran el sobrenombre de pecadora. Tal era la
hermosura que dominaba en aquella capital cuando llegó allí el joven y divino
héroe que venía desde el extremo de Galilea. Todas las pasiones de Magdalena
cedieron entonces a la ambición de subyugar al héroe de quien tanto oyó hablar»
Entonces el autor de dicho poema, La Baume‑Desdossat, imita a Virgilio.
La marquesa de Magdala habla a su hermana para que la ayude a llevar a cabo la
conquista del joven héroe, como Dido emplea a su hermana Ana para que caiga en
sus redes el púdico Eneas. Va al templo a oír el sermón que predicaba Jesús,
aunque allí no predicó nunca. «Su corazón la impulsa a ponerse delante del
héroe que adora. Sólo espera que le dirija una mirada cariñosa para vencerle y
sujetarle al hechizo de sus atractivos». Luego va a buscarle en casa de Simón
el leproso, que le daba una gran cena, aunque las mujeres nunca entraban en los
ágapes y menos en los de los fariseos. Magdalena le derrama un tarro de perfume
sobre las piernas y después de enjugárselas con su larga cabellera blonda las
besa.
No me detendré en analizar si la pintura que hace el autor de los santos
arrebatos de Magdalena es más mundana que devota, si los besos que da están o
no expresados con demasiada libertad, ni si la hermosa cabellera blonda, con la
que seca las piernas del Salvador, tiene alguna semejanza con lo que hacía
Trimalción, que al ir a comer se enjugaba las manos con el pelo de un esclavo
joven y hermoso. Es posible que el autor en cuestión presintiera que sus
descripciones eran demasiado lascivas, porque se adelanta en la crítica
copiando algunos fragmentos del sermón que Masillon pronunció sobre Magdalena.
He aquí uno de esos fragmentos:
«Magdalena había sacrificado su reputación al mundo. Su pudor y su
nacimiento la defendieron al principio de las primeras acechanzas de su pasión,
y es creíble que cuando la hirieron los primeros rayos opusiera el escudo de su
pudor y su dignidad, pero así que dio oídos a la serpiente y consultó su íntimo
deseo abrió el pecho a las asechanzas de la pasión. Magdalena amaba todos los
placeres y todo lo sacrificó a dicho amor. Ni la dignidad que adquirió en la
cuna, ni el pudor que es el mejor ornato de su sexo, salieron vivos de su
sacrificio no hubo para ella ningún freno, ni las burlas del mundo, ni las
infidelidades de esos amantes insensatos a quienes quería agradar, pero de los
que nunca consiguió el aprecio porque sólo la virtud puede apreciarse. Nada pudo
avergonzarla, y como la mujer prostituta del Apocalipsis llevaba impresa en la
frente la palabra misterio, lo que quiere decir que se había quitado el velo y
sólo se la conocía por la marca de su loca pasión.»
Inútilmente he buscado este pasaje en los sermones de Masillon porque no
existe en la edición que tengo y he leído; más aún, ese estilo no es el del
gran orador cristiano. El susodicho autor debía habernos dicho de dónde copió
esa rapsodia de Masillon, como debía enseñarnos dónde ha leído que los
albigenses se atrevieran a imputar a Jesús ese devaneo indigno con Magdalena.
Por lo demás, ya no vuelve a hablar de la marquesa en el resto de la obra y
suprime el viaje que emprendió a Marsella con Lázaro y todas las demás
aventuras.
¿Qué pudo inducir a un hombre sabio y a veces elocuente, como el autor
de Cristiada, a componer semejante poema? Se propuso seguir el ejemplo de
Milton, como él afirma en el prólogo, pero sabido es lo engañosas que son las
imitaciones. Milton, por otro lado, no incluyó historieta tan monstruosa en un
poema en prosa; Milton, que alternó preciosos versos libres en su Paraíso
perdido con una infinidad de versos duros que lo llenan, sólo podía complacer a
los wighs fanáticos, como dice el abate Frecourt: «Cantando al universo,
perdido por una manzana, y a Dios, creando el primer hombre para condenarle».
Milton complació asimismo a los presbiterianos haciendo que el pecado se
acostara con la muerte, disparando desde el cielo cañones de grueso calibre,
haciendo que se pelearan lo seco y lo húmedo, el frío y el calor, partiendo por
medio a los ángeles, edificando un puente sobre el caos, representando al
Mesías que saca de un armario del cielo un gran compás para circunscribir el
mundo, etc. Virgilio y Horacio hubieran encontrado extravagantes estas ideas,
pero consiguieron un buen éxito en Inglaterra, descritas en hermosos versos. El
autor de Cristiada se equivocó al creer que pudiera tener éxito su historieta
sin la ayuda de hermosos versos, que indudablemente son difíciles de escribir.
El abate en cuestión, al decir de Jerónimo Vida, obispo de Alba,
escribió en otros tiempos, en versos latinos, una importante Cristiada imitando
muchos versos de Virgilio. Pues bien, amigo mío, ¿por qué escribiste la tuya en
prosa francesa y no imitaste también a Virgilio? Milton escribió también su
fabulación del Nuevo Testamento, su Paraíso reconquistado, en versos libres que
se asemejan con frecuencia a la prosa mala. Dejar en paz a Milton y que se
ocupe a su antojo de Satanás y de Jesús, pues sólo a él le es lícito conducir,
en buenos versos, a Galilea una piara de dos mil cerdos llevados por un tropel
de diablos que los ahogan en un lago. Sólo Milton puede decir que el diablo
propone a Dios celebrar juntos una buena cena. El diablo sólo en Milton puede
llenar fácilmente la mesa de hortalizas, perdices y lenguados, y de que Hebe y
Ganimedes escancien la bebida a Jesucristo. El diablo puede llevar a Dios a una
montaña, desde cuya cima le enseña el Capitolio, las islas Molucas y la ciudad
de las Indias donde nació la hermosa Angélica, que trastornó la cabeza a
Rolando. Pero Milton puede decir todo eso y conseguir que se burlen de él, como
lo hacen de ti, y no tienes más remedio que aguantar con paciencia.
MÁRTIRES. En los primitivos tiempos del cristianismo, el
vocablo mártir significaba testigo, pues derivaba de la voz martyrion, que
quería decir testimonio. Por eso llamaban mártires a quienes anunciaban a los
hombres las nuevas verdades, a quienes servían de testimonio de Jesús, como se
dio el nombre de santos a los presbíteros, a los vigilantes de la congregación
y a las mujeres, sus bienhechoras. Por eso san Jerónimo llama con frecuencia en
sus cartas a santa Paula, hija adoptiva. Los primitivos obispos se llamaban
santos. Con el paso del tiempo la palabra mártir sólo se aplicó a los
cristianos que padecían tormentos o los mataban torturándolos. Las pequeñas
capillas que se les erigieron luego recibieron el nombre de martiriones.
Muchas han sido las discusiones encaminadas a averiguar por qué el
Imperio romano consintió admitir en sus dominios a la secta judía,
autorizándola a vivir en ellos hasta después de las dos guerras horribles de
Tito y Adriano, y por qué persiguió con frecuencia al cristianismo. Está fuera
de duda que los judíos, que pagaban muy caro el tener sinagogas, denunciaban a
los cristianos, sus mortales enemigos, y sublevaban al populacho contra ellos.
Es indudable también que los judíos, que llevaban mucho tiempo desempeñando los
oficios de comisionistas y usureros, no predicaban contra la religión del
imperio, y que los cristianos vivían entregados a la controversia, hablaban
contra el culto público con intención de destruirlo, quemaban a veces los
templos y destrozaban las estatuas consagradas, como hicieron san Teodoro en
Amasea y Polyuto en Mitilene.
Los cristianos ortodoxos estaban seguros de que su religión era la única
verdadera y no querían tolerar ningún otro culto. Por eso no hubo tolerancia
para ellos. Las autoridades romanas empezaron por quitar la vida a algunos que
morían por la fe que profesaban y éstos fueron los primeros mártires.
El nombre de mártir es tan digno de respeto que no debe prodigarse, No
es lícito tomar el apellido y el escudo de armas de una familia a la que no se
pertenece. Hubo un tiempo que se imponían penas muy severas a quienes se
atrevieran a condecorarse con las cruces de Malta o de San Luis sin ser
caballeros de esas Ordenes. El erudito Dodwell? el estudioso Midleton, el
ponderado Blondel, el exacto Tillemont, el entendido Launoy y otros, celosos
por la gloria de los verdaderos mártires, borraron del santoral a multitud de
desconocidos que no merecían esa denominación. Hemos observado que esos sabios
hicieron suya la confesión de Orígenes, que en su Refutación de Celso dice que
hubo pocos mártires, y éstos de tarde en tarde, siendo muy fácil contarlos. Sin
embargo, el benedictino Ruinard se opone a la opinión de esos sabios y con el
mayor candor nos refiere muchas historias de mártires del todo sospechosas para
los críticos; además, muchos estudiosos ponen en duda algunas anécdotas
relativas a las leyendas que narra.
Han querido hacernos creer que hubo un número fabuloso de mártires. Nos
han pintado a Tito, Trajano y Marco Aurelio, por otra parte modelos de virtud,
como monstruos de crueldad. Fleury desacreditó su historia eclesiástica
insertando en ella cuentos que una vieja con sentido común no narraría a los
niños.
¿Puede creerse que los romanos condenaron a siete vírgenes de setenta
años de edad a que las desfloraran los mozos de la ciudad de Ancuyra, cuando
condenaban a muerte a las vestales por el menor devaneo? Diríase que han
escrito, para halagar a los taberneros, que Theodoto suplicó a Dios que matara
a esas siete vírgenes antes que consentir que perdieran su virginidad. Los
martirologios están plagados de esa clase de cuentos. Los autores que de esa
manera creyeron hacer odiosos a los romanos sólo consiguieron ponerse en
ridículo. ¿Queréis encontrar barbaries indudables, matanzas, ríos de sangre,
padres, madres, mujeres, hombres, niños de pecho realmente degollados y
amontonados unos sobre otros? Pues bien, esas maldades sólo se hallan en
vuestros anales, monstruos perseguidores. Se encuentran en las cruzadas contra
los albigenses en las matanzas de Merindol y de Cabrieres, en la espantosa
noche de San Bartolomé, en las matanzas de Irlanda, en los valles de la Vendée…
No sois los más cualificados, siendo bárbaros, para imputar al mejor de los
emperadores crueldades extravagantes, vosotros que habéis inundado de sangre
Europa y la habéis cubierto de cadáveres sólo para probar que el mismo cuerpo
puede estar en muchas partes a la vez y el papa puede vender indulgencias.
Dejad de calumniar a los romanos, que fueron vuestros legisladores, y pedid a
Dios que perdone los desafueros que vuestros antepasados cometieron.
Decís que lo que hace al mártir no es el suplicio, sino la causa que
defiende. Pues bien, os concedo que vuestras víctimas merezcan esa
calificación, que significa testigo, pero, ¿qué calificativo daremos a vuestros
verdugos? Los falaris y los busiris fueron hombres generosos comparados con
vosotros. La Inquisición, que subsiste todavía, ¿no hace estremecer la razón,
la naturaleza y la misma religión?
MATERIA (Diálogo entre un energúmeno y un filósofo).
EL ENERGÚMENO. Eres enemigo de Dios y de los hombres, y crees que Dios
es omnipotente y puede dar el don del pensamiento a los seres que quiera. Por
ello te voy a denunciar al inquisidor y arderás vivo. Ándate con cuidado porque
es la última vez que te aviso.
EL FILÓSOFO. ¿Esos son tus argumentos? ¿De esa manera enseñas a los
hombres? Admiro tu carácter apacible.
EL ENERGÚMENO. Tendré calma para esperar las gavillas de tu hoguera.
Contéstame, ¿qué es el espíritu?
EL FILÓSOFO. No lo sé.
EL ENERGÚMENO. ¿Qué es la materia?
EL FILÓSOFO. MUY bien no lo sé. Creo que es extensa, sólida, resistente,
gravitante, divisible y móvil, pero creo que Dios aún puede concederle otras
cualidades.
EL ENERGÚMENO. ¡Otras cualidades, traidor! Sé dónde vas a parar, a
decirme que Dios puede amar la materia, que concedió instinto a los animales y
que es dueño de todo.
EL FILÓSOFO. Pudiera muy bien haber sucedido que concediera a la materia
propiedades que tú no alcanzas a comprender.
EL ENERGÚMENO. ¡Que yo no puedo comprender, malvado!
EL FILÓSOFO. Sí, su poder va más lejos que nuestro entendimiento.
EL ENERGÚMENO, Esa es opinión de ateos.
EL FILÓSOFO. Sin embargo, eso mismo propugnan muchos padres santos.
EL ENERGÚMENO. Pues ni ellos, ni Dios, impedirán que ardas vivo, porque
ese es el castigo que merecen los parricidas y los filósofos que no opinan como
nosotros.
EL FILÓSOFO. ¿Eres tú o el diablo quien ha inventado esa manera de
argumentar?
EL ENERGÚMENO. ¡Infame poseído! ¡Te atreves a ponerme al nivel del
diablo! (El energúmeno da una bofetada al filósofo y éste se la devuelve.)
EL FILÓSOFO. ¡A mí los filósofos!
EL ENERGÚMENO. ¡A mí la Santa Hermandad!
Por un lado acuden media docena de filósofos y por el otro se presentan
cien dominicos, cien familiares de la Inquisición y cien corchetes. Ocioso
decir qué facción ganará la partida.
Cuando se pregunta a los sabios qué es el alma responden que no lo saben
y si les interrogan sobre la materia dan la misma respuesta. En cambio, los
profesores, y sobre todo los estudiantes, lo saben perfectamente; diciendo que
la materia es extensa y divisible creen haberlo dicho todo. Pero cuando se les
pregunta qué es extensión, se ven en un aprieto para explicarla. «Se compone de
partes», contestan. ¿Y esas partes, a su vez, de qué están compuestas? ¿Los
elementos de esas partes son divisibles? Ante estas preguntas permanecen mudos
o se pierden en digresiones, de lo que se infiere que no lo saben. ¿Ese ser
casi desconocido que llamamos materia, es eterno? Toda la Antigüedad lo creyó
así. ¿Tiene por sí misma fuerza activa? Así lo han creído varios filósofos. Los
que lo niegan, ¿lo hacen con razón? No conciben que la materia pueda tener nada
por sí misma. Ahora bien, ¿cómo pueden asegurar que no esté dotada de las
propiedades que le son precisas? Ignoráis cuál es su naturaleza y le negáis los
modos que la constituyen, pues desde el momento que existe ha de existir de
alguna forma, ha de tener figura y, teniéndola, es posible que posea otros
modos inherentes a su configuración. La materia existe y sólo la conocéis por
vuestras sensaciones. ¿De qué sirven, pues, todas las sutilidades del ingenio
si luego quedan invalidadas por la razón? La geometría nos ha enseñado muchas
verdades, pero la metafísica nos ha desvelado muy pocas. Pesamos la materia, la
medimos y la descomponemos, pero más allá de estas operaciones rutinarias, si
queremos avanzar un paso vemos que se abre ante nosotros un abismo.
Perdonad al universo entero que se haya equivocado al creer que la
materia existe por sí misma. ¿Podría pensar otra cosa? ¿Cómo había de imaginar
que lo que tiene sucesión no existió nunca? Si no era necesaria la existencia
de la materia, ¿por qué existe? Y si fue necesaria, ¿por qué no ha de haber
existido siempre? Ningún axioma fue tan universalmente admitido como este: Nada
se hace sin nada. En efecto, lo contrario es incomprensible. En todos los
pueblos el caos precedió a la organización que otorgó la mano divina al mundo
entero. La eternidad de la materia no perjudicó en ningún pueblo al culto de la
Divinidad. La religión nunca se asustó de que se reconociera al Dios eterno,
creador de una materia eterna. Fuimos bastante afortunados para que hoy nos enseñara
la fe que Dios sacó la materia de la nada, pero ninguna nación conoció este
dogma incluso lo ignoraron los judíos. El primer versículo del Génesis dice que
los dioses, Eloim y lo Eloí, crearon el cielo y la tierra, pero no dice que el
cielo y la tierra fueron creados de la nada.
Filón, que escribió en la única época que los judíos tuvieron alguna
erudición, dice en el capítulo sobre la creación: «Dios, siendo bueno por
naturaleza, no pudo envidiar la sustancia, la materia, que por sí misma no
tenía nada de buena, que por su naturaleza sólo está dotada de inercia,
confusión y desorden, y de mala que era se dignó convertirla en buena».
La idea del caos clasificado por un Dios se encuentra en todas las
teogonías. Hesíodo repitió las creencias de Oriente cuando decía en su
Teogonía: «Lo que existió primero fue el caos». Ovidio fue el intérprete de
todo el Imperio romano cuando dijo: Sic ubi dispositam, quisquis fuit ille
deorum / Congeriem secuit…
Se creía que la materia estaba en manos de Dios como la arcilla en el
torno del alfarero, si nos está permitido aducir comparaciones tan triviales
para expresar el poder divino. Al ser la materia eterna debía tener propiedades
eternas, como la configuración la fuerza de inercia, el movimiento y la
divisibilidad. Pero la divisibilidad sólo es la consecuencia del movimiento,
porque sin movimiento nada se divide, se separa ni se organiza. Se consideró,
pues, el movimiento como esencial a la materia. El caos fue un movimiento
confuso, y la organización del universo fue el movimiento regular que imprimió
a todos los cuerpos el creador del mundo. Mas, ¿cómo la materia por sí misma
puede tener movimiento? Como tiene, según opinión de los antiguos, extensión e
impenetrabilidad. Y aunque no podemos concebirla sin extensión, sí podemos
concebirla sin movimiento. A esto respondían los antiguos: «Es imposible que la
materia no sea permeable, y siéndolo, es preciso que algo pase continuamente
por sus poros. Y ¿por qué no tendría poros si algo no pasara por ellos?»
En sucesivas réplicas haríamos interminable esta cuestión, toda vez que
el sistema de la materia eterna se presta a muchas interpretaciones como todos
los sistemas. El de la materia creada de la nada no es menos incomprensible;
debemos admitirlo sin que nuestra razón pueda demostrarlo, porque la filosofía
no da razón de todo. Nos vemos obligados a admitir muchas cosas
incomprensibles, incluso en la geometría. ¿Podemos pongo por caso, concebir dos
líneas que se vayan acercando siempre y nunca lleguen a encontrarse?
Cierto que los geómetras pueden contestarnos: «Os hemos demostrado las
propiedades de las asíntotas y no podéis dejar de admitirlas, pero la creación
no lo es: ¿por qué la admitís? ¿Qué os impide creer como toda la Antigüedad que
la materia es eterna?» Por otra parte, los teólogos os argumentarán diciéndoos:
«Si creéis que la materia es eterna reconocéis, pues, que existen dos
principios, Dios y la materia, y caéis en el mismo error que Zoroastro y
Manes». Nada hay que responder a los geómetras porque ellos no conocen más que
líneas, superficies y cuerpos sólidos, pero sí podemos replicar a los teólogos:
«¿Por qué soy maniqueo? Veo bloques de piedra que no ha hecho ningún arquitecto
y con ellas se construye un gran edificio, pero no admito que haya dos arquitectos.
Las piedras son obra del poder y el genio».
Afortunadamente, cualquier sistema que se adopte no perjudica a la
moral, pues nada importa que la materia haya sido creada u organizada porque de
ambas formas Dios es nuestro dueño absoluto. Debemos ser igualmente virtuosos,
tanto si desembrolló el caos como si lo creó de la nada. Casi ninguna de estas
cuestiones metafísicas influye en la conducta que seguimos en la vida y con
esas disputas sucede lo mismo que con lo que hablamos en la mesa: cada uno de
nosotros, después de comer olvida lo dicho y se va donde su interés o su deseo
le impelen.
MATRIMONIO. Un discutidor empedernido, gran amigo mío,
decía: «Si fuera rey, haría que mis vasallos se casaran lo más pronto posible.
Cuantos más hombres casados haya, menos crímenes se cometerán. Consultad los
registros de los jueces de lo criminal y veréis que por cada padre de familia
ahorcado o enrodado hay cien solteros.
»El estado de casado hace al hombre más virtuoso y prudente. Cuando un
padre de familia se propone cometer un crimen, su esposa evita muchas veces que
lo cometa, porque es más humana, compasiva, temerosa y tiene más arraigada la
religión. Además, el padre de familia procura no hacer nada que pueda
avergonzar a sus hijos y teme dejarles el oprobio por herencia.
»Casad a los soldados y habrá menos desertores: estando ligados a su
familia también lo estarán a la patria. El soldado soltero suele ser con
frecuencia un desarraigado, que le es igual servir al rey de Nápoles que al de
Marruecos.
»Los mílites romanos eran casados y combatían por sus mujeres y sus
hijos; por eso hicieron esclavos a los hijos y mujeres de otras naciones.»
Un gran político italiano, muy entendido en lenguas orientales, siendo
yo bastante joven, recuerdo que me dijo: «Caro figlio, acuérdate siempre de que
los judíos sólo tuvieron una institución buena, la de considerar con horror la
virginidad. Si ese insignificante pueblo de comisionistas supersticiosos no
hubiera considerado el matrimonio como la primera ley del hombre y hubiese
tenido conventos de monjas, hubiera desaparecido».
Según el derecho de gentes, el matrimonio es un contrato que los
católicos romanos convirtieron en sacramento, pero el sacramento y el contrato
son dos cosas diferentes: éste produce efectos civiles, y aquél, efectos
eclesiásticos. Así, cuando el contrato está conforme con el derecho de gentes,
produce todos los efectos civiles en tanto que la falta de sacramento sólo
priva de las gracias espirituales.
Esa fue la jurisprudencia de todos los siglos y todas las naciones,
exceptuada Francia. Esa fue la opinión de los más acreditados padres de la
Iglesia.
Consultad los códigos de Teodosio y de Justiniano y no encontraréis en
ellos ninguna ley que proscriba el matrimonio con personas de otra religión, ni
aún con católicos. Cierto que Constantino, hijo de Constancio y tan cruel como
su padre, prohibió a los judíos bajo pena de muerte casarse con mujeres
cristianas, y que Valentiniano, Teodosio y Arcadio promulgaron la misma
prohibición, castigando con igual pena a las mujeres hebreas, pero esas leyes
ya no se observaban en la época del emperador Marciano, y Justiniano las
suprimió de su código porque sólo se redactaron contra los judíos y no las
aplicaban a los matrimonios que contraían los paganos o los heréticos con
afectos a la religión dominante. Leed a san Agustín y veréis cómo os dice que
en su época no se consideraban ilícitos los matrimonios de fieles con infieles,
pues ningún texto del Evangelio los condenaba.
Agustín dice también que esos matrimonios consiguen muchas veces la
conversión del cónyuge infiel y cita el ejemplo de su padre, que abrazó el
cristianismo porque Mónica, su esposa, era cristiana. Clotilde, convertida por
Clovis, y Teodolinda, por el rey de los lombardos Agilufo, fueron más útiles a
la Iglesia que si se hubieran casado con príncipes ortodoxos.
La pragmática del papa Benedicto XIV, del 4 de noviembre de 1641, es
bastante benigna en esta materia y por sorprendente contraste las leyes
francesas son, a este respecto, más severas que las de la Iglesia. La primera
ley que extremó el rigor en Francia fue el edicto de Luis XIV, publicado en
noviembre de 1680. Hélo aquí:
«Habiendo condenado los cánones de los concilios los matrimonios de
católicos con herejes, por ser motivo de escándalo público y de profanación del
sacramento, creemos que es necesario prohibirlos de hoy en adelante, por estar
convencidos de que la tolerancia de semejantes matrimonios expone a los
católicos a la tentación continua de perderse. Por esto y otras causas nos
place ordenar que nuestros súbditos, afectos a la religión católica, apostólica
y romana, no pueden bajo ningún pretexto contraer matrimonio con quienes
profesen el credo reformado, y declaramos sin validez dichos matrimonios e
ilegítimos los hijos que les nazcan».
No deja de extrañar que un rey de Francia se apoyara en las leyes de la
Iglesia para anular el matrimonio que la Iglesia no anuló jamás. En dicho
edicto se confunde el matrimonio con el contrato civil y de esta confusión
provienen las leyes de Francia que se dictaron respecto al matrimonio.
San Agustín aprobaba los matrimonios de ortodoxos con herejes en la
esperanza de que el cónyuge fiel convirtiera al otro, y Luis XIV lo reprobaba
por temor a que el cónyuge ortodoxo pervirtiera al católico.
Existe en el Franco Condado una ley más cruel, un edicto del archiduque
Alberto y de su esposa Isabel, de 20 de diciembre de 1599, que prohíbe a los
católicos contraer matrimonio con herejes bajo la pena de confiscación de
cuerpo y bienes. El mismo edicto impone igual castigo a los convictos y
confesos de haber comido carne los viernes o sábados. ¡Qué leyes y qué
legisladores!
Si las leyes francesas reprueban los matrimonios de católicos con
personas de diferente credo, ¿conceden al menos que tengan efectos civiles los
matrimonios de franceses protestantes con individuos de la misma confesión? A
pesar de existir en dicho reino un millón de protestantes, la validez de sus
matrimonios es todavía problemática ante los tribunales.
He aquí un caso en que la jurisprudencia francesa contradice las
decisiones de la Iglesia y se contradice a sí misma. En la mencionada
pragmática de Benedicto XIV se dice que los matrimonios contraídos entre
protestantes y celebrados según sus ritos son tan válidos como los celebrados
con las ceremonias que estableció el Concilio de Trento, y que el esposo que se
convierte al catolicismo no puede romper ese vínculo para desposar a otra
persona de su nueva religión.
Barac Leví, judío de origen y natural de Haguenau, se casó en dicha
localidad con Mendel Cerf, de la misma religión. El había llegado a París el
año 1752 y allí hizo que le bautizaran. El 13 de mayo de 1754 instó por escrito
a su mujer que fuera a París a reunirse con él. Por otro requerimiento
consintió que su mujer, haciendo con él vida marital, continuara adicta a la
religión judía.
A esos dos requerimientos contestó la esposa que no quería vivir con él
y le remitiera un documento de divorcio, ajustado a las fórmulas del judaísmo,
para casarse con otro judío.
Tal respuesta no satisfizo a Leví, que no remitió el citado documento,
pero sí hizo citar judicialmente a su esposa ante el provisor de Estrasburgo, y
éste, por sentencia publicada el 7 de noviembre de 1754, le declaró libre para
casarse ante la faz de la Iglesia con una mujer católica. Provisto de esta
sentencia, el judío cristianizado fue a la diócesis de Loissons y contrajo
promesa de matrimonio con una soltera de Villeneuve. El cura se negó a publicar
las amonestaciones. Leví le presentó los requerimientos que hizo a su mujer, la
sentencia del provisor de Estrasburgo y el certificado del secretario del
obispo de dicha ciudad, que demostraba que en todas las épocas se permitió en
la diócesis que los judíos bautizados se pudieran volver a casar con mujeres
católicas, y reconoció constantemente esa práctica el Consejo soberano de
Colmar.
Estos documentos no parecieron suficientes al cura de Villeneuve, y Leví
le hizo citar judicialmente para que compareciera ante el provisor de Loissons;
pero este provisor no pensaba como el de Estrasburgo, sino que creía que el
casamiento de Leví con Mendel era nulo e indisoluble y por sentencia de 5 de
febrero de 1756 declaró que la demanda del judío no era admisible. El judío
apeló ante el Parlamento de París, y aunque allí no hubo más opositor que el
fiscal dicho tribunal confirmó la sentencia del inferior en un decreto
publicado el 2 de febrero de 1758, en el que prohibía por segunda vez a Leví
contraer matrimonio mientras viviera Mendel Cerf.
He aquí, pues, un matrimonio contraído entre dos franceses judíos, según
los ritos de su confesión, declarado válido por el primer tribunal del reino.
Unos años después, esa misma cuestión la juzgó de manera diferente otro
Parlamento, con motivo de un matrimonio contraído entre dos protestantes
casados por un ministro de su credo en presencia de los padres de los
contrayentes. El marido protestante había cambiado de religión como el esposo
judío, y después de contraer segundas nupcias con una mujer católica el
Parlamento de Grenoble confirmó el segundo matrimonio y declaró nulo el
primero.
Si tras habernos ocupado de la jurisprudencia contemplamos la
legislación, veremos que es tan oscura en materia tan importante como lo es en
otras.
Por decreto del Consejo de 15 de septiembre de 1685 se dispone que los
protestantes pueden casarse a condición de que se efectúe en presencia del
principal ministro de justicia, y de que las amonestaciones que deben preceder
a los matrimonios se publiquen en la dependencia real más próxima al lugar de
residencia de cada uno de los contrayentes que traten de casarse, y sólo en la
audiencia.
Dicha sentencia no la revocó el edicto que, tres semanas después,
suprimió el edicto de Nantes, pero después de la declaración de 14 de mayo de
1724, que redactó el cardenal Fleury, los jueces se negaron a presidir los
matrimonios de protestantes y permitir que publiquen en sus audiencias las
amonestaciones. El artículo 15 de la mencionada ley dispone que las fórmulas
que prescriben los cánones se observen en los matrimonios así en los de recién
convertidos, como en todos los demás súbditos del rey. Se pensó que en la frase
todos los demás súbditos estaban comprendidos tanto los católicos como los
protestantes, y dándole esta interpretación anularon los matrimonios entre
protestantes que no habían observado las fórmulas canónicas. Parece lógico, sin
embargo, que habiendo autorizado antiguamente una ley expresa los matrimonios
entre protestantes, fuera preciso para anularlos otra ley expresa que impusiera
dicha pena. Por otro lado, la expresión recién convertidos, que figura en la
declaración, parece indicar que la palabra que sigue sólo se refiere a los
católicos. Cuando una ley civil es oscura o equívoca, ¿no deben sentenciar los
jueces ajustándose al derecho natural y al derecho de gentes?
¿No se infiere de todo lo dicho que con frecuencia las leyes deben
corregirse y los príncipes consultar a un consejo en verdad instruido, no tener
ningún ministro sacerdote y no fiarse de los cortesanos de sotana que nombraron
como confesores suyos?
MÉDICOS. Está fuera de toda duda que observar un régimen
adecuado es mejor que una medicina. Ni es menos cierto que durante mucho tiempo
de cada cien médicos hubo noventa y ocho charlatanes. Todo el mundo sabe que
Moliere tuvo mucha razón para burlarse de ellos. No deja de ser ridículo que
muchas mujeres y varones, después de comer, beber y gozar con exceso, por un
ligero dolor de cabeza llamen al médico, le invoquen como su Dios, le pidan que
obre el milagro de que puedan coexistir la intemperancia y la salud, y para
conseguirlo den una moneda de oro a ese dios, que se ríe de su necia
credulidad.
Pero también es verdad que el buen médico puede salvarnos la vida en
muchas ocasiones y devolver el movimiento a nuestros miembros. La persona que
sufre un ataque de apoplejía no la pueden curar un capitán ni un consejero. Si
en mis ojos se forman cataratas mi vecina no me las quitará. Y en estas
comparaciones no distingo al médico del cirujano pues ambas profesiones fueron
por mucho tiempo inseparables. Si existieran hombres que se ocuparan de
restituir la salud a los enfermos por los únicos principios de humanidad y
solidaridad, serían superiores a todos los grandes del mundo, tendrían algo de
la divinidad.
El pueblo romano pasó más de quinientos años sin tener médicos. Ese
pueblo sólo se ocupaba entonces de matar y conservar la vida. ¿Qué hacían,
pues, en Roma cuando padecían una fiebre puerperal, cuando tenían una fístula
en el ano o una fluxión en el pecho? Se morían. El reducido número de médicos
griegos que se introdujeron en Roma eran todos esclavos. Pero llegó una época
en que tener un médico fue para los patricios romanos un objeto de lujo, como
tener cocinero. Todos los ricachones tenían en su casa perfumistas, masajistas,
boticarios y médicos. El célebre Musa, médico de Augusto, era un esclavo que
después manumitió e hizo patricio romano. Desde entonces, los médicos se
convirtieron en personajes importantes.
Cuando el cristianismo quedó establecido y gozamos la dicha de tener
frailes, varios concilios les prohibieron ejercer la medicina, precisamente lo
contrario de lo que debían hacer si deseaban ser útiles al género humano.
¡Cuánto hubieran agradecido los hombres que se obligara a los frailes a
estudiar medicina y curaran las enfermedades por amor de Dios! No pudiendo así
más que ganar el cielo, no hubieran sido nunca charlatanes y recíprocamente se
hubieran enseñado unos a otros a conocer las enfermedades y sus remedios. Se
nos objetará que hubieran podido envenenar a los impíos, pero esto hubiera
redundado en beneficio de la Iglesia. Admitida esta hipótesis, Lutero no
hubiera birlado la mitad de la Europa católica al Padre Santo, porque en cuanto
el célebre agustino se viera afectado de una fiebre terciana un fraile dominico
le habría podido administrar una píldora emponzoñada. Me objetaréis que no la
hubiera tomado, pero con habilidad y mala intención es fácil que hubiera caído
en la trampa. Y basta de digresión y continuemos.
Allá por el año 1517 apareció un hombre llamado Juan, dotado de
caritativo celo. No me estoy refiriendo a Juan Calvino, sino a otro Juan que
tenía el sobrenombre «de Dios» y fundó la comunidad de los hermanos de la
caridad. Estos y los religiosos de la redención de cautivos son los únicos
frailes útiles. Por eso no están incluidos en ninguna orden. Los dominicos,
franciscanos y benedictinos no reconocen a los hermanos de la caridad. Ni
siquiera se habla de ellos en la continuación de la Historia eclesiástica de
Fleury. Os diré por qué: porque hicieron curaciones, no milagros, sirvieron a
Dios y no intrigaron, y curaron a mujeres pobres sin que las gobernaran ni
sedujesen. En resumen, como los instituyó la caridad, era natural que los demás
frailes les despreciaran.
Como la medicina ha sido y es una profesión necesaria en el mundo está
sujeta a singulares abusos. Pero, ¿puede haber hombre más estimado en el mundo
que el médico bueno, que en su juventud estudió la naturaleza, conoció
detalladamente el cuerpo humano, los males que le atormentan, los remedios que
pueden aliviarlo, y ejerce su ciencia desconfiando de sí mismo, cuidando por
igual a pobres y a ricos, que recibe sus honorarios con verdadero pesar y los
emplea en socorrer al menesteroso? Un hombre tal ¿no es superior al general de
los capuchinos, por respetable que éste sea?
MESÍAS. Esta palabra proviene del hebreo y es sinónimo del
vocablo griego Cristo. Uno y otro los consagró la religión y sólo se aplican al
ungido por excelencia, al soberano libertador que el antiguo pueblo judío
esperaba cuya venida aún espera, y que fue para los cristianos Jesús, hijo de
María, que consideraron como al ungido del Señor, el Mesías prometido a la
humanidad. Los griegos usan también la palabra Eleimmenos, que significa lo
mismo que Cristo.
Vemos en el Antiguo Testamento que el nombre de Mesías, en vez de
aplicarse al libertador, cuya venida esperaba el pueblo de Israel, se aplicó
también con frecuencia a los reyes y príncipes idólatras que por voluntad del
Eterno eran ministros de sus venganzas o instrumentos para ejecutar los
designios de su sabiduría. Por eso el autor de Eclesiastés dice de Elíseo qui
ungis reges ad poenitenciam, o como han traducido de los Setenta ad vindictam
(Que unges los reyes para la penitencia y para la venganza del Señor). Por eso
envió un profeta para ungir a Jehú, el rey de Israel. Anunció la unción sagrada
a Hazael, rey de Damasco y de Siria, esos dos príncipes fueron los Mesías del
Altísimo para vengar los crímenes y las abominaciones de la casa de Achab.
En el capítulo 45 de Isaías se llama expresamente Mesías a Ciro. «De
este modo, el Eterno dijo a Ciro su ungido y su Mesías…» Ezequiel, en el
capítulo 28 de sus profecías, da el nombre de Mesías al rey de Tiro, al que
llama también querubín, y habla de él y su gloria ditirámbicamente.
Además, el nombre de Mesías, que en griego significa Cristo, como hemos
dicho, se aplicaba a los reyes, a los profetas y a los sumos sacerdotes
hebreos. «El Señor y su Mesías son testigos» (Libro I de los Reyes, capítulo
12). Lo que quiere decir: El Señor y el rey que El ha establecido. David,
animado por el espíritu de Dios, da repetidas veces a Saúl su suegro, el
atributo de Mesías del Señor. «Dios me libre —dice con frecuencia— de perseguir
al ungido del Señor, al Mesías de Dios.»
Si se designó así a reyes idólatras y a príncipes crueles y tiranos,
también se hizo lo mismo en los antiguos oráculos para designar al verdadero
ungido del Señor, al Mesías por antonomasia, cuya venida al mundo esperaban
todos los fieles de Israel. Por eso Ana, madre de Samuel, concluye su
impetración con estas palabras que no pueden aplicarse a ningún rey, porque
entonces los hebreos no lo tenían: «El Señor juzgará los extremos del mundo,
dará el imperio a su rey y levantará el altar de su Cristo, de su Mesías». Esa
misma palabra se encuentra en muchos oráculos.
Si se comparan esos diferentes oráculos y los que hacen referencia al
Mesías, de la comparación resultarán contrastes hasta cierto punto
inconciliables y que justifican la obstinación del pueblo, su destinatario.
Porque, ¿cómo podemos concebir, antes que los hechos hubieran
justificado en la persona de Jesús que estuviera dotado de inteligencia divina
y humana a la par, un ser grande y abatido que triunfa del diablo y que éste, a
pesar de ello, lo tienta, lo arrastra y le hace viajar contra su voluntad, un
ser que es señor y siervo, rey y vasallo, sacrificador y víctima al mismo
tiempo, mortal y vencedor de la muerte, rico y pobre; conquistador glorioso
cuyo reinado eterno será también eterno, que debe someter el mundo por sus
prodigios y, sin embargo, es un hombre que recorre toda la escala del dolor,
privado de toda clase de comodidades, carente en absoluto de lo necesario para
la vida, que se llama rey y viene al mundo a colmarle de gloria y honores y, no
obstante, pasa la vida inocente y desgraciado, se ve perseguido y muere en un
suplicio vergonzoso y cruel, encontrando en esa humillación y en ese
envilecimiento el origen de una sublimación única que le lleva al punto más
elevado y culminante de la gloria, del poder y de la felicidad, colocándole en
el abolengo de la primera de las criaturas?
Todos los cristianos saben de esos caracteres que parecen incompatibles
en la persona de Jesús de Nazaret y sus seguidores le dan este título, no
porque fuera ungido de manera ostensible, inmaterial, como lo eran antiguamente
algunos reyes, profetas y sumos sacerdotes, sino porque el espíritu divino le
había designado para llevar a cabo sublimes destinos y recibió la unción
espiritual que es indispensable para realizarlos.
Acabábamos de escribir esto sobre punto tan trascendente, cuando un
exégeta holandés, más célebre por el descubrimiento que nos comunicó que por
sus mediocres papeles, nos hizo saber que Jesús era el Cristo, el Mesías de
Dios, ungido en las tres épocas más notables de su vida con la sola finalidad
de que fuera nuestro rey, nuestro profeta y nuestro Sumo Sacerdote.
Cuando recibió el bautismo de manos de Juan, la voz de Yavéh le declaró
su hijo único y bien amado y, por lo mismo, su representante. Transfigurado en
el monte Thabor, asociándose a Moisés y a Elías, la misma voz sobrenatural lo
anunció a la humanidad como hijo del que anima y envía a los profetas y a quien
debe obedecerse con preferencia a éstos. En el huerto de Getsemaní descendió un
ángel del cielo para confortarle en las congojas que le causaba la proximidad
de su suplicio. Le infundio valor para soportar una muerte cruel que le era
imposible evitar, porque debía prestarse al sacrificio como víctima pura e
inocente.
El habihondo exégeta holandés encuentra el óleo sacramental de estas
unciones celestes en los signos visibles que el poder de Dios hizo aparecer
sobre su ungido: en su bautismo, la paloma que simboliza al Espíritu Santo que
descendió sobre él y en el Thabor la nube milagrosa que cubrió su cuerpo.
Tras saber esto es necesario ser muy incrédulos para no reconocer por
esos signos al ungido del Señor por antonomasia, al Mesías prometido, y nunca
deploraríamos bastante la ceguedad inconcebible del pueblo hebreo si su
proceder no se hubiera ajustado al plan de la infinita sabiduría de Dios y no
hubiera sido preciso para la culminación de su obra y la salvación de la
humanidad.
Pero debemos también reconocer que en el estado de opresión en que se
hallaba el pueblo hebreo, después de las gloriosas promesas que el Eterno le
hizo repetidas veces, debía seguir suspirando por la venida del Mesías
prometido que le había de emancipar, y que hasta cierto punto es injustificable
que no reconociera a su libertador en la persona de Jesús tanto más cuando es
natural que el hombre piense más en el cuerpo que en el espíritu, o lo que es
igual, sea más sensible a las necesidades del momento que a los beneficios del
porvenir, que siempre son inciertos.
Por otra parte, debe creerse que Abrahán, y después de él algunos
patriarcas y profetas, pudieron formarse la idea de cómo debía ser el reinado
espiritual del Mesías, pero esa idea debió quedar encerrada en el pequeño
círculo de los iniciados. Por eso no debe sorprendernos que desconociéndola la
mayoría del pueblo, la noción de esa idea se haya alterado hasta el punto de
que cuando el Salvador apareció en Judea, el pueblo y sus doctores, con sus
príncipes incluidos, esperaban la venida de un monarca, de un conquistador, que
con la rapidez de sus gestas gloriosas debía sojuzgar al mundo entero. ¿Cómo,
pues, podían conciliar la idea halagadora que tenían del Mesías en el estado
abyecto, en apariencia milagrosa, en que se les apareció Jesucristo? Por eso se
escandalizaron al oír que se anunciaba como el Mesías y le persiguieron, le
atormentaron y le sentenciaron a padecer la muerte de los criminales. Desde
entonces, al no ver ningún suceso que indicara iban a cumplirse sus profecías y
resistiéndose a su incumplimiento, los judíos se entregaron a toda clase de
ideas utópicas.
Así, al presenciar los triunfos de la religión cristiana y comprender
que podían explicarse espiritualmente y aplicar a Jesucristo la mayoría de sus
antiguas profecías, convinieron, contra la opinión de sus antepasados, en negar
los pasajes que creemos aluden al Mesías, interpretando torcidamente el Antiguo
Testamento y procurándose su perdición.
Algunos judíos dicen que han sido mal interpretadas sus profecías y que
en vano suspiran por la venida del Mesías, porque ya vino y lo personificó
Ezequías. Esto sostiene el famoso Hillel. Otros, contemporizando con los
tiempos y las circunstancias, opinan que la creencia de la venida de un Mesías
no es artículo fundamental de fe y que negando esa doctrina no se conculca la
ley, sino que se le hace una simple variación. El judío Albo, al sostener esta
variación, decía al papa que negar la venida del Mesías no era más que cortar
una rama del árbol sin tocar sus raíces.
El famoso rabino Jarchi o Raschi —que vivía a principios del siglo XII—
dice que los antiguos hebreos creían que el Mesías había nacido el día que las
legiones romanas destruyeron Jerusalén. A esto, vulgarmente se dice «después de
muerto el burro, cebada al rabo».
El rabino Kimchi, contemporáneo del anterior, anunció que el Mesías,
cuya venida creía muy próxima, expulsaría de Judea a los cristianos que le
perseguían. Cierto que los cristianos perdieron Tierra Santa, pero fue porque
los venció Saladino, y por poco que ese conquistador hubiera protegido a los
judíos poniéndose de su parte tal vez, teniendo en cuenta su entusiasmo,
hubieran creído que Saladino era su Mesías.
Los autores de las Escrituras y el mismo Jesús comparan con frecuencia
el reinado del Mesías y la eterna felicidad a los días de bodas y festines,
pero los talmudistas abusaron de esas parábolas y creen que el Mesías dará a su
pueblo reunido en la tierra de Canaán un banquete en el que se servirá el mismo
vino que hizo Adán en el paraíso terrenal y se conserva en vastas bodegas
subterráneas que los ángeles socavaron en el centro de la Tierra. En ese
banquete se servirá también el famoso pez llamado el gran Leviatán, que se
traga de un bocado un pez más pequeño y tiene treinta brazas de longitud. Al
principio, Dios creó un macho y una hembra de esa especie, pero por miedo de
que trastornaran el mundo y lo llenasen de descendientes, mató a la hembra y la
saló reservándola para el banquete del Mesías.
Los rabinos añaden que para dicho banquete matarán al toro Behemoth, tan
grande que todos los días se come el heno de mil montañas. También mataron a la
hembra de dicho toro al principio del mundo, para que una especie tan
prodigiosa no se multiplicara, pero afirman que el Eterno no la saló porque la
vaca salada no es tan buena como la de Leviatán. Los judíos tienen tanta fe en
estos desvaríos rabínicos que con frecuencia juran por la parte que les toca
del toro de Behemoth, como algunos cristianos desquiciados juran por su parte
de paraíso.
Después de exponer estas ideas tan poco cuerdas respecto a la venida del
Mesías y su reinado, ¿debe extrañarnos que los hebreos antiguos y modernos, y
muchos primitivos cristianos, imbuidos por desgracia de esos desvaríos, no
hayan tenido la elevada idea que merece la naturaleza divina del ungido del
Señor y no hayan atribuido al Mesías la cualidad de Dios? Véase cómo se
expresan los judíos sobre este punto en la obra Judae Lusitani Questiones ad
Cristianos. «Reconocer un hombre‑dios es abusar de nosotros mismos, es
inventarse un monstruo, un centauro, la extraña amalgama de dos naturalezas que
no pueden conciliarse.» Y añaden que los profetas no dijeron «que el Mesías
fuera un hombre‑Dios, que sabían distinguir entre Dios y David, que declararon
al primero Señor, y su servidor al segundo, etc…»
Cuando apareció el Salvador, aunque las profecías eran claras, las
oscurecieron por desgracia los prejuicios. El mismo Jesucristo, por
contemporizar o por no escandalizar los espíritus se manifiesta muy reservado
en lo tocante a su divinidad. «Quería —dice san Crisóstomo— acostumbrar
insensiblemente a sus oyentes a creer un misterio que excede a la razón
humana». Cuando habla con la autoridad de un Dios perdonando los pecados
subleva a quienes lo presencian, y sus milagros más evidentes no pueden convencer
de su divinidad a aquellos por quienes los efectúa. Cuando ante el tribunal del
sumo sacerdote confiesa con modestia que es hijo de Dios, aquél se desgarra el
manto e indignado le dice que es un blasfemo. Antes de la venida del Espíritu
Santo, los apóstoles no tuvieron idea de la divinidad de su querido maestro;
les pregunta qué piensa el pueblo de él y sus discípulos le contestan que unos
creen que es Elías, y otros Jeremías o cualquier otro profeta.
San Pedro necesitó de una revelación para saber que Jesús era Cristo, el
hijo de Dios vivo.
Indignados los judíos contra la divinidad de Jesucristo, recurrieron a
toda clase de subterfugios para destruir ese gran misterio, subvirtieron el
sentido de sus profecías o no las aplicaban al Mesías; sostenían que el
apelativo de Dios no era exclusivo de la Divinidad y que los autores sagrados
lo aplicaban a los jueces, magistrados y a los que estaban revestidos de
autoridad. Y citan un gran número de pasajes del Antiguo Testamento que
justifican esta observación, pero que no destruyen las palabras terminantes de
las antiguas profecías referentes al Mesías.
Sostienen, además, que si el Salvador, y después de él los apóstoles,
los evangelistas y los primitivos cristianos, llaman a Jesús hijo de Dios, ese
atributo augusto sólo significaba en los tiempos evangélicos una contraposición
al hijo de Belial, o sea que quería decir únicamente hombre de bien, servidor
de Dios, como contrapuesto a hombre perverso que no temía a Dios.
Los judíos no sólo negaron que Jesucristo era el Mesías y su divinidad,
sino que hicieron lo posible por hacerle aparecer despreciable, arrojando sobre
su nacimiento, su vida y su muerte todo el ridículo y oprobio que pudo inventar
su criminal encarnizamiento.
De todas las obras que produjo la animadversión de los judíos, ninguna
tan odiosa y cerril como el antiguo libro Sepher Toldus Jeschut, descubierto
por Vagenseii e insertado en el segundo tomo de su obra Tela ignea Satanae.
En dicha obra se cuenta una historia monstruosa del Salvador, inventada
con toda la mala fe y odio posibles. Se refiere que un individuo llamado Pander
o Pandera, avecindado en Belén, estaba locamente enamorado de una joven, esposa
de Jokannán. De estas relaciones nació un hijo adulterino al que pusieron por
nombre Jesua o Jesu. El padre de ese niño se vio obligado a huir y se refugió
en Babilonia. Al joven Jesu le enviaron a la escuela, pero, añade el autor,
tuvo la insolencia de mirar con desenfado a los sacerdotes y permanecer
cubierto ante ellos en vez de presentarse con la cabeza baja y el rostro
cubierto, como era costumbre entonces. Este atrevimiento fue reprendido y dio
pie a que averiguaran su nacimiento espúreo y lo expusieran a la ignominia. El detestable
libro Sepher Toldos Jeschut es conocido desde el siglo II. Celso lo cita de
buena fe y Orígenes le refuta en el capítulo IX.
Otro libro también titulado Toldos leschut, que sacó a la luz Huldric el
año 1705, apenas se aparta de la doctrina del Evangelio de la infancia e
incurre con frecuencia en los más burdos anacronismos: hacer nacer y morir a
Jesucristo durante el reinado de Herodes el Grande y supone que a este príncipe
denunciaron el adulterio de Pander y de María, Madre de Jesús. El autor, que
toma el nombre de Jonatham, dice ser contemporáneo de Jesucristo y que vivía en
Jerusalén, refiere que Herodes consultó sobre el supuesto adulterio con el
sanedrín de una ciudad situada en Cesárea, pero no entra en nuestro ánimo
ocuparnos de un autor tan absurdo.
Sin embargo, hay que confesar que esas calumnias mantenían en los judíos
el odio implacable que sentían por los cristianos y el Evangelio, y por eso
hicieron lo posible por alterar la cronología del Antiguo Testamento e
introducir la duda respecto a la época de la venida al mundo del Salvador.
Ahmed‑ben‑Cassum‑la‑Andacousi, moro de Granada que vivió a fines del
siglo XVI, cita un viejo manuscrito árabe hallado con dieciséis láminas de
plomo, grabadas con caracteres árabes, en una cueva de Granada. Don Pedro de
Quiñones, arzobispo de dicha ciudad, atestigua ese hallazgo. Las láminas de
plomo las llevaron a Roma y después de examinarlas con suma atención fueron
declaradas apócrifas durante el pontificado de Alejandro VII; sólo contienen
historias fabulosas referentes a la vida de María y de su Hijo.
El nombre de Mesías, acompañado del epíteto de falso, se aplica todavía
a los impostores que en diferentes épocas trataron de engañar a los hebreos.
Hubo falsos Mesías ya antes de la venida del verdadero ungido de Dios. El sabio
Gamaliel cita a uno llamado Teodas, cuya historia se halla en los papeles de
Flavio Josefo, que se jactaba de pasar el Jordán a pie y consiguió atraerse
muchos adeptos. Pero los romanos les persiguieron, cortaron la cabeza a su
desventurado jefe y la expusieron en Jerusalén.
Gamaliel cita asimismo a Judas el Galileo, que sin duda es el que Josefo
menciona en el capítulo XII del II libro de la guerra de los judíos. Dice que
ese falso profeta llegó a reunir unos treinta mil hombres, pero la hipérbole es
rasgo distintivo de dicho historiador.
En los tiempos apostólicos apareció Simón el Mago, que consiguió
convencer a los habitantes de Samaria que él era la virtud de Dios. En el siglo
siguiente, años 178 y 179 de nuestra era, durante el imperio de Adriano, hizo
su aparición el falso Mesías Barchochebas al frente de un ejército. El
emperador envió a Julio Severo para que lo derrotara y tras varios combates
encerró a los sublevados en la ciudad de Bither, que aguantó un empeñado cerco
y al fin fue tomada. Apresaron a Barchochebas y lo sentenciaron a la pena
capital. Adriano creyó que el mejor medio de poner fin a las continuas
rebeliones de los judíos era prohibirles, por medio de un edicto, que entraran
en Jerusalén y puso guardias en las puertas de dicha ciudad para impedirlo.
Sócrotes, historiador eclesiástico, refiere que en 434 apareció en la
isla de Candía un falso Mesías que se llamaba Moisés con el título de
libertador de los hebreos y que decía haber resucitado para libertarlos de
nuevo.
Un siglo después, en 530, se presentó en Palestina un falso Mesías
llamado Juliano. Se anunciaba como un gran conquistador que al frente de su
nación había de destruir por las armas a todos los pueblos cristianos. Los
judíos, seducidos por estas promesas, mataron a muchos cristianos.
El emperador Justiniano envió sus legiones contra él, entablaron
batalla, lo apresaron y lo mataron.
A comienzos del siglo VII, Serenus, un judío español, apareció como un
Mesías. Predicó, tuvo discípulos y murió como ellos en la miseria. En el siglo
XII aparecieron otros varios Mesías, uno de ellos en Francia durante el reinado
de Luis el Joven. Lo ahorcaron, así como a sus partidarios, sin que se pudiera
averiguar el nombre del maestro ni el de los discípulos. En el siglo XIII
proliferaron los falsos Mesías; aparecieron siete u ocho en Arabia, Persia,
España y Moravia. Uno de ellos, llamado David del Rey, tuvo fama de gran mago,
entusiasmó a los judíos, y acaudilló un partido considerable, pero fue
asesinado.
Jaedro Zieglerne, de Moravia, que vivía hacia mediados del siglo XVI,
anunció la venida del Mesías dentro de catorce años, afirmando que lo había
visto en Estrasburgo y guardaba con el mayor cuidado una espada y un cetro para
ponerlos en sus manos. En 1624, otro Zieglerne confirmó la predicción del
primero, y en 1666, Lebatei Leví, natural de Alepo, fingió ser el Mesías que
predijeron los dos Zieglerne. Empezó predicando en los caminos reales y en los
campos. Los turcos se burlaban de él, pero sus discípulos le admiraban. Al
parecer, no atrajo a hombres relevantes de la nación judía porque los jefes de
la sinagoga de Esmirna dictaron su sentencia de muerte, aunque la conmutaron
por la pena de destierro.
Estuvo a punto de casarse tres veces, pero aseguran que desistió porque
decía que tal acto era indigno de él. Se asoció con un tal Natán Leví, que
representaba al personaje Elías que debía preceder al Mesías. En Jerusalén,
Natán anunció que Labatei Leví era el libertador de las naciones. El populacho
judío se sintió atraído por ellos, pero quienes tenían algo que perder los
anatematizaron.
Leví, huyendo de la quema, se retiró a Constantinopla y de allí pasó a
Esmirna. Natá Leví le envió cuatro embajadores que le reconocieron por el
Mesías y le saludaron respetuosamente; esta embajada se impuso al pueblo y a
algunos doctores, que declararon que Labatei Leví era el Mesías y el rey de los
hebreos. Pero la sinagoga de Esmirna sentenció a su rey a ser empalado.
Labatei consiguió la protección del cadí de Esmirna y el entusiasmo de
todo el pueblo judío, que se puso de su parte. Hizo levantar dos tronos, para
él y para su esposa, tomó el nombre de rey de los judíos y dio a su hermano
José Leví la denominación de rey de Judá. Prometió a los judíos que
conquistaría el imperio otomano y llevó su jactancia hasta el extremo de
cambiar de la liturgia judía el nombre del emperador por el suyo.
Lo encarcelaron en los Dardanelos y los judíos propalaron que los turcos
le perdonaban la vida porque sabían que era inmortal. El gobernador de los
Dardanelos se enriqueció con los regalos que los judíos le prodigaban para que
les permitiera visitar a su rey, al Mesías prisionero que conservaba su
dignidad y consentía que le besaran los pies.
Mientras tanto, el sultán, que tenía la corte en Andrianópolis, decidió
acabar con aquella farsa: hizo que le trajeran a Leví y le dijo que si era el
Mesías debía ser invulnerable. Leví convino en ello. El sultán dispuso entonces
convertirlo en blanco de las flechas de su guardia. En este punto el Mesías no
tuvo más remedio que confesar su vulnerabilidad aduciendo que sólo le enviaba
Dios como testimonio de la santa religión musulmana. Y es que al verse
continuamente azotado por los ejecutores de la ley se hizo mahometano, y vivió
y murió tan despreciado de los judíos como de los musulmanes. Su conducta
desacreditó de tal modo la profesión de falso Mesías que después de Leví no ha
aparecido ningún otro.
METAMORFOSIS, METEMPSICOSIS. ¿No es
perfectamente natural que todas las metamorfosis de las cuales está llena la
tierra hayan hecho imaginar en Oriente, donde todo se imagina, que nuestras
almas pasaban de un cuerpo a otro? Un punto casi imperceptible se convierte en
gusano y este gusano se convierte en mariposa, una bellota se convierte en
encina, un huevo en un pájaro, el agua se convierte en nube y en trueno y la
madera se transforma en fuego y ceniza; en fin, todo parece metamorfoseado en
la naturaleza. Pronto se consideró las alas como unas formas ligeras a las que
se atribuyó lo que se percibía sensiblemente en los cuerpos más groseros. Acaso
la idea de la metempsicosis sea el más antiguo dogma conocido en el mundo e
impera todavía en gran parte de la India y China.
Incluso resulta natural que las metamorfosis de que somos testigos hayan
producido esas antiguas fábulas que Ovidio recogió en su admirable obra. Los
propios judíos han tenido sus metamorfosis. Si Niobe fue transformada en
mármol, Edith, mujer de Lot, fue trocada en estatua de sal; si Eurídice se
quedó en los infiernos por haber curioseado tras ella, por esta misma
indiscreción la mujer de Lot también quedó desposeída de la naturaleza humana.
La población donde residían Baucis y Filemón, en Frigia, quedó transformada en
lago y lo mismo ocurrió en Sodoma. Las hijas de Anius convertían el agua en
aceite, y tenemos en la Escritura una metamorfosis muy parecida, aunque más
verosímil y más sagrada. Cadmo fue transformado en serpiente, y la vara de
Aarón, también.
Los dioses se metamorfoseaban a menudo en seres humanos. Los judíos no
vieron a los ángeles más que en forma de hombres; unos ángeles comieron en casa
de Abrahán. En su Epístola a los corintios, Pablo escribe que el ángel de Satán
le daba soplos: Ángelos Satana me colaphiset.
MILAGROS. En el sentido lato, milagro significa una
cosa admirable, pero en este mundo todo es admirable. El orden prodigioso de la
naturaleza, la rotación de millones de esferas alrededor de millones de soles,
la actividad de la luz y la vida de los animales, son milagros perpetuos.
Ahora bien, según las ideas recibidas, llamamos milagro a la ruptura de
las leyes divinas y eternas. Si acaeciera un eclipse de sol durante la luna
nueva o un muerto anduviera dos leguas de camino llevando en las manos su
cabeza, calificaríamos esas dos cosas de milagro.
Muchos físicos defienden que no puede haber milagros. He aquí los
argumentos en que se basan. El milagro es la violación de las leyes matemáticas
divinas, inmutables y eternas. Por este sencillo postulado se comprende que el
milagro indica contradicción en sus términos, porque una ley no puede ser al
mismo tiempo inmutable y violada. A esto les contestan que las leyes que Dios
estableció, El puede suspenderlas. Los físicos en cuestión tienen la audacia de
negarlo diciendo que es imposible que el Ser infinitamente sabio establezca
leyes para violarlas. No podría, añaden, descomponer su máquina más que para
hacerla funcionar mejor; luego, resulta claro que siendo Dios el autor de esta
grandiosa máquina la construyó lo mejor que pudo, y si vio que tenía alguna
imperfección que dimanaba de la naturaleza de la materia la enderezó desde el
principio; por tanto, ya no compondrá nunca la máquina. Además, Dios no hace
nada sin motivo. ¿Qué razón puede existir para que trastorne por unos instantes
su obra? Lo hace en beneficio de los hombres, les contestan. Pero ellos
replican que eso se comprendería si redundara en beneficio de todos, porque no
se puede concebir que la naturaleza divina interrumpa sus leyes para favorecer
a unos y no para beneficiar a todo el género humano, y todavía el género humano
es una cosa insignificante, menos que un hormiguero, comparándolo con todos los
seres que llenan la inmensidad. Así, ¿no es acaso la más absurda de las locuras
imaginar que el Ser infinito interrumpa en beneficio de tres o cuatrocientas
hormigas el juego eterno de los inmensos resortes que ponen en movimiento al
universo?
Y aun suponiendo que Dios quiso distinguir a un escaso número de
hombres, ¿tiene por eso que cambiar lo que estableció para todos los tiempos y
los lugares? Ciertamente, no hay necesidad de ese cambio, ni de esa
inconstancia, para que resulten favorecidas sus criaturas, pues esos favores
los obtienen de las leyes eternas. Dios lo ha previsto todo y todo lo organizó;
todas ellas obedecen irrevocablemente a la fuerza que El imprimió para siempre
a la naturaleza.
¿Para qué había de hacer Dios milagros? ¿Acaso para conseguir el
cumplimiento de algún designio respecto de algunos seres vivientes? En tal
caso, Dios tendría que decir: «No pude conseguir con la creación del Universo,
ni con sus leyes eternas, la realización de cierto designio; voy, pues, a
cambiar mis leyes inmutables para realizar lo que con ellas no puedo alcanzar».
Lo que equivaldría a confesar su debilidad y el poco valor de su poder, amén de
que sería la más inconcebible contradicción. Así, pues, suponer que Dios hace
milagros es insultarle, si es que los hombres pueden insultar a Dios. Es tanto
como decir: sois un ser débil e inconsecuente. Por tanto, es absurdo creer en
los milagros, es deshonrar en cierto modo a la Divinidad.
La beatería vuelve a la carga contra los filósofos y dice: En vano os
empeñáis en exaltar la inmortalidad del Ser Supremo, la eternidad de sus leyes
y la regularidad de los infinitos mundos, porque a pesar de ser cierto el
pequeño montón de barro que es nuestro mundo está lleno de milagros, y las
historias dan fe de tantos prodigios como de hechos naturales. Las hijas del
sumo sacerdote Anio convertían los objetos que querían en trigo, en aceite o en
vino; Atalida, hija de Mercurio, resucitó varias veces; Esculapio resucitó a
Hipólita; Hércules arrancó a Alcestes de la muerte; Hares volvió al mundo
después de haber pasado quince días en los infiernos; Rómulo y Remo fueron
hijos de un dios y una vestal; el palladium cayó desde el cielo en la ciudad de
Trova; la cabellera de Berenice se convirtió en una constelación de estrellas;
la cabaña de Baucis y Filemón se transformó en magnífico templo; la cabeza de
Orfeo pronunciaba oráculos después de muerto, las murallas de Tebas se
construyeron a sí mismas al son de una flauta, en presencia de los griegos; las
curas que se hicieron en el templo de Esculapio fueron innumerables y todavía
conservamos monumentos en los que están inscritos los nombres de los testigos
oculares que presenciaron los milagros que obró Esculapio. Os emplazamos a que
encontréis un solo pueblo donde no se hayan obrado prodigios increíbles, sobre
todo en los tiempos en que casi nadie sabía leer ni escribir.
Los filósofos sólo contestan a estas objeciones con una sonrisa
socarrona y encogiéndose de hombros, en tanto que los filósofos cristianos
replican: Creemos en los milagros de nuestra santa religión porque así nos lo
manda la fe y sin dar oídos a nuestra razón, que nos guardaremos bien de
escuchar, porque cuando la fe habla, la razón debe callar. Creemos firmemente
en los milagros de Jesucristo y los apóstoles, pero permitidnos que dudemos de
otros muchos y suspendamos nuestro fallo respecto a lo que cuenta un hombre
sencillo a quien llaman grande y que asegura que un fraile estaba tan
acostumbrado a efectuar milagros que el prior se lo prohibió; el frailecico le
obedeció, pero un día, viendo que un pobre albañil caía desde lo alto del
andamio estuvo dudando entre el deseo de salvarle la vida y el de no
desobedecer al prior. Para quedar bien, hizo que el albañil quedara suspendido
en el aire y corriendo fue a referir al prior lo que pasaba. El prior le
absolvió del pecado cometido al hacer un milagro sin su permiso y permitió que
lo terminara, a condición de que no volviera a hacer ningún otro. Razón tienen
los filósofos para decir que no debemos creer esa historia.
¿Os atreveríais a negar, les objetan, que san Gervasio y san Protasio se
aparecieron en sueños a san Ambrosio y le indicaron el sitio donde se
encontraban sus reliquias, que san Ambrosio desenterró y con ellas curó a un
ciego? San Agustín estaba entonces en Milán y refiere el milagro en Ciudad de
Dios, libro XXII. Se trata, pues, de uno de los milagros mejor comprobados. Los
filósofos contestan que ellos no creen nada, que Gervasio y Protasio no se
aparecieron a nadie, que poco importa al género humano que se averigüe dónde
existen los restos de sus esqueletos, que tienen tan poca fe en el ciego de san
Ambrosio como en el de Vespasiano, que ése es un milagro inútil que Dios no
tenía por qué hacer y que se afirman en sus principios. El respeto que tengo a
san Gervasio y a san Protasio no me permite participar en la opinión de esos
filósofos, por lo que me limito a dar cuenta de su incredulidad Dan mucha
importancia al pasaje de Luciano que refiere la muerte de Pelegrinus y dice así
«Cuando un fullero se convierte al cristianismo puede estar seguro de que hará
fortuna». Pero como Luciano es un autor profano no debe tener autoridad para
nosotros.
Esos filósofos no pueden decidirse a creer en los milagros que tuvieron
lugar en el siglo II. Es inútil que testigos oculares refieran que cuando san
Policarpo, obispo de Esmirna, fue condenado a morir en la hoguera oyeron una
voz que desde el cielo gritaba: «Valor, Policarpo, sé valiente. demuestra que
eres hombre». Y las llamas respetaron su cuerpo formando un anillo de fuego
alrededor de su cabeza, del centro de la hoguera salió un paloma y que para
matar a Policarpo tuvieron que cortarle la cabeza. ¿Para qué sirve ese
milagro?, dicen los incrédulos. ¿Por qué ]as llamas perdieron su naturaleza y
el hacha del ejecutor no perdió la suya? ¿Por qué muchos mártires salían sanos
y salvos del aceite hirviendo y no podían resistir el filo de la espada? A esto
contestan que fue la voluntad de Dios, pero los filósofos quisieran verlo para
creerlo.
Quienes tratan de apoyar sus argumentos en la ciencia os dirán que los
padres de la Iglesia confiesan a menudo que en sus tiempos ya no se hacían
milagros. San Crisóstomo dice: «Los dones extraordinarios del espíritu se
concedieron hasta a las personas más indignas, porque entonces la Iglesia
necesitaba hacer milagros, pero en la actualidad no se conceden esos dones ni a
las personas más dignas porque la Iglesia no los necesita». Luego confiesa que
no hay nadie que pueda resucitar muertos, ni curar a los enfermos.
El mismo san Agustín, pese a haber contado el milagro de Gervasio y
Protasio, dice en Ciudad de Dios: «¿Por qué los milagros que se hacían ayer,
hoy ya no se hacen?» Y da la misma razón que san Crisóstomo. Objetan a los
filósofos que san Agustín, a pesar de esa confesión, cuenta que un zapatero
remendón de Hipona que perdió su anillo fue a rezar en la capilla de los veinte
mártires para que apareciera y al volver encontró al pez que tenía en su cuerpo
un anillo de oro. El cocinero que frió el pescado dijo al zapatero: «He aquí lo
que los veinte mártires te dan». Al oír esta historia, los incrédulos replican
que nada hay en ella que contradiga las leyes de la naturaleza, ni se falta a
las leyes de la física, porque un pez se trague un anillo de oro, y que no
tiene nada de particular que el cocinero entregue el anillo al zapatero
remendón; en fin, que eso no es un milagro.
Si se recuerda a esos incrédulos lo que dice san Jerónimo del ermitaño
Pablo, que tuvo varias conversaciones con sátiros y faunos, que un cuervo le
trajo todos los días durante treinta años medio pan, y un pan entero el día que
san Antonio fue a visitarle, podrán contestarles también que esto en nada es
contrario a la física, que los sátiros y los faunos pueden haber existido, y
que en cualquier caso ese cuento es una puerilidad que no tiene nada en común
con los verdaderos milagros del Salvador y sus apóstoles.
Muchos buenos cristianos han rebatido la historia de san Simeón
Estilita, que refiere Teodoreto. Muchos milagros que tiene por auténticos la
Iglesia griega los han puesto en duda muchos autores de la Iglesia latina, y
viceversa. Los protestantes, a su vez, han puesto en duda los milagros de ambas
Iglesias.
Un sabio gaseado que predicó mucho tiempo en las Indias se dolía de que
él y sus compañeros nunca pudieran hacer ningún milagro. San Javier se lamenta
también en alguna de sus cartas de no poseer el don de saber lenguas; dice que
se encuentra en el Japón como una estatua muda, y sin embargo los jesuitas han
escrito que resucitó ocho muertos. Mucho es, pero no debemos olvidar que los
resucitaba a seis mil leguas de Europa. Algún tiempo después hubo algunos
individuos que dijeron que la expulsión de los jesuitas de Francia fue un
milagro mayor que los de Javier e Ignacio.
Los cristianos reconocen que los milagros de Jesucristo y los apóstoles
son indudables, pero que podemos dudar de algunos acaecidos en los últimos
tiempos y cuya autenticidad no está bien probada. Desearíamos, por ejemplo,
para probar un milagro, que se efectuara ante la Academia de Ciencias de París
o de la Sociedad Real de Londres, o de la Facultad de Medicina, auxiliadas por
un regimiento que impidiera a la muchedumbre arracimarse y obstaculizara la
verificación del milagro.
Un día preguntaban a un filósofo qué diría si viera que el sol se
paraba, o sea si cesara el movimiento de la Tierra alrededor de dicho astro, si
los muertos resucitaran y si los montes se derrumbaran al mar, para demostrar
una verdad importante, como por ejemplo la gracia versátil. «¿Qué diría?
—respondió el filósofo— Me haría maniqueo y contestaría que existía un
principio que deshace lo que hace otro principio».
El gobierno teocrático sólo puede fundamentarse en los milagros porque
en él todo debe ser divino. El gran soberano sólo habla a los hombres por medio
de prodigios. Estos son sus ministros y sus credenciales. Sus órdenes las
cumplimenta el Océano, que cubre el mundo para ahogar a las naciones o abre el
fondo de un mar para darles paso.
Por eso en la historia judía no hay más que milagros, desde la creación
de Adán y la formación de Eva de una costilla de aquél, hasta el reyezuelo
Saúl. en cuya época todavía la teocracia se divide el poder con la monarquía y,
por lo mismo, sólo de tarde en tarde se realiza algún milagro. Pero ya no vemos
la brillante serie de prodigios que antes asombraba a la naturaleza. Ya no se
reproducen las diez plagas de Egipto, ni el sol y la luna se detienen en pleno
medio día para dar tiempo a un caudillo que extermine unos fugitivos aplastados
antes por una lluvia de guijarros caída desde el cielo. Sansón ya no mata a mil
filisteos con una quijada de asno, las burras ya no hablan, las murallas no
caen al son de las trompetas, las ciudades no se sumergen en un lago castigadas
por el fuego del cielo, ni el diluvio vuelve a destruir al género humano. Pero
la mano de Dios se manifiesta todavía; la sombra de Saúl se aparece a una
hechicera y el mismo Dios promete a David que derrotará a los filisteos en
Baalfarasin.
Dios reúne su ejército celeste en la época de Acab y pregunta a esos
espíritus: «¿Quién engañará a Acab, y quién le hará ir a la guerra a luchar con
Ramot en Galgala?» Uno de los espíritus, avanzando ante el Señor, contesta: «Le
engañaré yo» (Reyes, III cap. XXII). Pero únicamente el profeta Miqueas fue
testigo de esta conversación y por haber anunciado el prodigio le abofeteó otro
profeta, Sedequías.
Milagros que se obren ante la faz de la nación y trastornen las leyes de
la naturaleza no se vuelven a ver hasta la época de Elías, a quien el Señor
envió un carro y dos caballos de fuego que desde las orillas del Jordán lo
transportaron al cielo. Desde el principio de los tiempos históricos, o sea
desde las conquistas de Alejandro, ya no se ven milagros en el pueblo hebreo.
No se produce ningún milagro cuando Pompeyo se apodera de Jerusalén, cuando
Craso saquea el templo, cuando Marco Antonio entrega Judea a Herodes, cuando
Tito toma por asalto Jerusalén, ni cuando la destruye Adriano. Así sucede en
todas las naciones del mundo: empiezan por la teocracia y terminan con
gobiernos puramente humanos. Cuanto más van perfeccionándose las sociedades,
menos prodigios hay en ellas.
Reconocemos que la teocracia de los hebreos fue la única verdadera y las
de los demás pueblos eran falsas, pero a éstos les ocurrió lo que a los judíos.
En Egipto, en la época de Vulcano y en la de Isis y Osiris, cuanto acontecía
estaba fuera de las leyes de la naturaleza, pero volvió a sujetarse a ellas en
época de los Tolomeos.
En los siglos de Fos, de Crisos y de Efesto, los dioses hablaban
familiarmente con los hombres en Caldea. Un dios avisó al rey Xisutre que
habría un diluvio en Armenia y era preciso construir rápidamente una nave de
cinco estadios de longitud y dos de profundidad. Cosas semejantes no sucedieron
a Darío ni a Alejandro.
Antiguamente, el pez Oannes salía todos los días del Éufrates y
predicaba en las orillas; ahora no hay ningún pez que predique. Verdad es que
san Antonio de Padua les predicó, pero es un hecho aislado del que no puede
sacarse ninguna consecuencia.
Numa tenía prolijas conversaciones con la ninfa Egeria, pero no se vio
que César hablara con Venus, pese a que descendía de ella por línea directa. El
mundo, como suele decirse, va refinándose día a día, pero tras salir de un
cenagal pasa un tiempo y se sumerge en otro; a siglos civilizados suceden
siglos bárbaros. Erradican la barbarie, pero luego reaparecees la continua
alternancia del día y de la noche.
Los que niegan la realidad de los milagros de Jesucristo. En la época moderna, Thomas Woolston, doctor de Cambridge, fue el
primero que se atrevió a no admitir en los Evangelios más que un sentido
alegórico y espiritual, propugnando con desenfado que ninguno de los milagros
de Jesús se realizó. Escribía sin método, sin arte, con estilo confuso y tosco
pero no sin vigor. Las seis disertaciones que compuso contra los milagros de
Jesucristo se vendían públicamente en Londres y en su domicilio. Desde 1727
hasta 1729, hizo tres ediciones de veinte mil ejemplares cada una, siendo
difícil encontrar uno solo en las librerías.
Ningún cristiano atacó con tanta osadía al cristianismo pocos escritores
respetaron menos al público y ningún sacerdote se declaró sin tapujos tan
enemigo de los demás sacerdotes.
Si creemos lo que se dice en el tomo I, pág. 38, expulsar Jesucristo a
los demonios para que se metieran en el cuerpo de dos mil cerdos es hacer un
robo a su propietario. Si se dijera eso mismo de Mahoma, le hubieran calificado
de hechicero perverso. Si el dueño de los cerdos y los comerciantes que vendían
en el primer recinto del templo animales para los sacrificios, que Jesús arrojó
de allí a latigazos, hubieran pedido justicia contra él cuando fue detenido,
seguro que le habrían condenado y ningún jurado de Inglaterra creería que no
era culpable.
Decir la buenaventura a la Samaritana como un gitano era suficiente para
ser expulsado de Samaria, como Tiberio expulsaba a los adivinos. Añade Woolston
que le sorprende que los gitanos actuales no se llamen discípulos de Jesús,
dedicándose como él al mismo oficio, y se resiste a creer que no sacara dinero
a la Samaritana, como hacen los sacerdotes modernos que cobran grandes
cantidades por sus adivinaciones.
En esta relación sigo las páginas de las disertaciones de Woolston.
Desde ese pasaje salta el autor a la entrada de Jesucristo en Jerusalén. No se
sabe, dice, si entró en la ciudad montado en una burra, un burro o un asnillo.
Compara a Jesús tentado por el diablo con san Dustan, que agarró al demonio por
la nariz, y da la preferencia al santo.
En cuanto al milagro de la higuera que secó por no haber dado fruto
fuera de época, dice que Jesús era un vagabundo, un pordiosero, un hermano
mendicante, y que antes de dedicarse a predicar en los caminos fue un miserable
aprendiz de carpintero, y se sorprende de que la Curia romana no conserve entre
sus reliquias alguna obra de sus manos, como un escabel o una mesa. Es difícil
llevar más lejos la blasfemia. Se divierte ocupándose de la alberca de
Betsaida, a la que un ángel iba todos los días a enturbiar el agua. Pregunta
cómo es que si Flavio Josefo ni Filón hablan de dicho ángel, por qué San Juan
es el único que refiere ese milagro anual y por qué ningún romano vio nunca tal
ángel, ni oyó hablar de él.
El agua convertida en vino en las bodas de Canaán, siempre según
Woolston, excita la risa y el desprecio de los hombres que no están
embrutecidos por la superstición, y como quiera que Juan dice terminantemente
que los convidados estaban ebrios, el Dios descendido a la tierra hace su
primer milagro para que se emborracharan todavía más.
Dios encarnado empieza su misión asistiendo a unas bodas campesinas, y
aunque ciertamente Jesús y su madre no estaban borrachos como los demás
invitados, la familiaridad de María con un soldado hace presumir que le gustaba
el mosto y su hijo parece que estaba un tanto achispado, porque le contestó con
desabrida insolencia: «Mujer, ¿qué hay de común entre tú y yo?». Por estas
palabras, diríase que María no era virgen, y que Jesús no era hijo suyo, de lo
contrario éste no habría insultado a sus padres y quebrantado uno de los más
sagrados mandamientos de la ley. Sin embargo, Jesús hace lo que le pide su
madre: llena de agua dieciocho cántaros y la convierte en ponche. Tales son las
palabras de Woolston, que provocan la indignación de las almas cristianas.
Refiero dichos pasajes con sentimiento y temblor, pero hay sesenta mil
ejemplares del libro en cuestión que llevan el nombre del autor, que se han
vendido públicamente y nadie puede echarme en cara que le calumnio.
Se ensaña, sobre todo, con los muertos que Jesucristo resucitó. Afirma
que un muerto resucitado hubiera llamado la atención y habría asombrado al
universo; que toda la magistratura judía, sobre todo Pilato. hubieran dejado
constancia del suceso, porque Tiberio mandaba a los procónsules, pretores y
autoridades de las provincias que le informaran puntualmente de todo, y que
hubieran interrogado a Lázaro, que pasó cuatro días muerto, para averiguar qué
hacía su alma durante ese tiempo. Tres muertos devueltos a la vida hubieran
sido tres testimonios de la divinidad de Jesús que habrían convertido todo el
mundo al cristianismo. Pero sucedió lo contrario y el mundo entero estuvo
ignorando durante dos siglos esas pruebas convincentes. Al cabo de cien años,
hombres desconocidos se adoctrinaron unos a otros, en el mayor secreto, con los
escritos que referían esos milagros. No los mencionan el historiador judío
Flavio Josefo, ni el sabio Filón, ni ningún historiador griego ni romano.
Woolston no tiene empacho en decir que la historia de Lázaro está tan llena de
absurdos que san Juan cometió un desatino al escribirla. Blasfema de la
encarnación, de la resurrección y de la ascensión de Jesucristo,
considerándolas bajo su punto de vista, y dice que tales milagros son la impostura
más descarada y más grande que el mundo ha conocido.
Lo más chocante de Woolston fue dedicar cada uno de sus discursos a un
obispo. Ahora bien, sus dedicatorias no son a la francesa, no sólo no los adula
ni elogia, sino que les afea su orgullo, su avaricia, su ambición y sus
intrigas, y se burla de ellos porque se han sometido a las leyes de la nación
como cada hijo de vecino.
Un día, los obispos, hartos de ver que un miembro de la universidad de
Cambridge los ultrajaba, le denunciaron escudándose en las leyes a que estaba
sujeto. El tribunal de justicia de Inglaterra lo procesó y en 1725 encarcelaron
preventivamente a Woolston, le sentenciaron a pagar una multa y a prestar
fianza por valor de ciento cincuenta libras esterlinas. Sus amigos pagaron la
fianza y no murió en la cárcel, como dice algún diccionario. Murió en su casa
de Londres después de pronunciar estas palabras: «Este es un paso que todo
hombre debe dar». Poco antes de su óbito, una devota que le encontró en la
calle escupió en su cara él se enjugó el salivazo y la saludó. Sus costumbres
eran sencillas y morigeradas, pese a que se obstinó en el sentido místico del Evangelio
y blasfemó de su sentido literal. Pero es de creer que se arrepintió en el
momento de su muerte y Dios se apiadó de él.
Casi al mismo tiempo apareció en Francia el testamento de Jean Meslier,
cura de But y de Etrepigny, en Champagne, del que nos hemos ocupado en el
artículo Contradicciones.
Es sorprendente y triste que dos sacerdotes escribieran al mismo tiempo
contra la religión cristiana. El cura Meslier todavía es más exaltado que
Woolston; dice que son historietas absurdas e injuriosas para la Divinidad que
el demonio lleve a la montaña al Salvador, las bodas de Canaán, el milagro de
los panes y peces y multitud de milagros afrentosos que durante trescientos
años ignoró el Imperio romano y desde el populacho llegaron hasta el palacio de
los emperadores, cuando la política les obligó a adoptar las supersticiones del
pueblo para subyugarle mejor. Las disertaciones del sacerdote inglés son
semejantes a las del cura de Francia, pero Woolston trata a veces con
miramiento los milagros y Meslier nunca; es el hombre a quien han encolerizado
los delitos que presenció y hace responsables de ellos a la religión cristiana,
que los condena y anatematiza. Contempla con desdén y desprecio todos los
milagros, llegando en su inquina hasta el paroxismo de comparar a Jesucristo
con Don Quijote y a san Pedro con Sancho Panza. Y lo más penoso del caso es que
escribía esas blasfemias encontrándose ya en brazos de la muerte, en esos
momentos supremos en que los más falsos no se atreven a mentir y en que los más
intrépidos tiemblan. Se han escrito muchos compendios de la obra que escribió,
pero las autoridades secuestraron todos los que pudieron.
El cura de Bonne‑Nouvelle escribió también sobre ese asunto y con
similar criterio; así, al mismo tiempo que el abate Becheran y los demás
convulsionarios realizan falsos milagros, tres sacerdotes escribían contra los
milagros verdaderos. Pero el libro más demoledor que apareció contra las
profecías y milagros fue el que compuso lord Bolingbroke. Por fortuna consta de
seis volúmenes gruesos, carece de método y su estilo es tan farragoso y
empalagoso que se necesita una paciencia extraordinaria para leerlo.
En el Talmud se dice que muchos cristianos, al comparar los milagros que
contiene el Antiguo Testamento con los del Nuevo, se convirtieron al judaísmo,
creyendo que no era posible que el Señor de la naturaleza realizara tantos
prodigios en pro de una religión que deseaba extinguir. Dicen más, afirman que
su hijo, que es Dios Eterno, al nacer judío adoptó el credo judío durante toda
su vida desempeñando todas las funciones de dicho credo, frecuentando los
templos judíos y no exponiendo nada contrario a sus leyes; asimismo añaden que
todos los discípulos de Jesús fueron judíos y observaron las ceremonias de
éstos. No fue El, pues, quien estableció la religión cristiana, sino los judíos
disidentes que se asociaron con los platónicos. Jesucristo no predicó ni un
solo dogma del cristianismo.
Así opinan hombres audaces, de imaginación capciosa, que se atreven a
juzgar las obras de Dios y sólo admiten los milagros del Antiguo Testamento
para negar los milagros del Nuevo.
A estos descarriados se unió el sacerdote de Pont‑a‑Mousson, en Lorena,
Nicolas Antoine, de apellido desconocido. Recién ordenado en Lorena, el pastor
protestante Fleury, de paso por la referida parroquia, le llenó el alma de
escrúpulos, abrazó el credo protestante y fue ministro del mismo en Ginebra en
1630. Imbuido en la lectura de los rabinos llegó al convencimiento de que si
los protestantes tenían razón contra los papistas, los judíos también la tenían
contra las sectas cristianas. Salió de la localidad de Divonne, de donde era
pastor, y se dirigió a Venecia para convertirse al judaísmo acompañado de un
aprendiz de teología al que había convencido y que luego le abandonó porque no
tenía vocación de mártir.
Al principio, el ministro Nicolás Antoine se abstuvo de pronunciar el
nombre de Jesucristo en sus sermones y rezos, pero muy pronto, entusiasmado por
el ejemplo de los sacerdotes judíos ante los príncipes de Tiro y Babilonia,
marchó descalzo a Ginebra y declaró ante los jueces que sólo había una religión
verdadera en el mundo, como no hay más que un Dios, que esa religión era la
judía, que era indispensable circuncidarse y un crimen horrendo comer carne de
cerdo y morcilla. Exhortó con voz tan patética a los ginebrinos que pronto
dejaron de ser hijos de Calvino y se convirtieron en fervientes judíos, con la
esperanza de alcanzar el reino de los cielos. Lo prendieron y le encarcelaron.
El Consejo de Ginebra, que no tomaba ninguna decisión sin consultar con
el Consejo de predicadores, pidió opinión a éste y los ministros más sensatos
opinaron que debían sangrar a Nicolás Antoine de la vena cefálica, hacerle
tomar baños y buenos potajes, asegurando que esos remedios le acostumbrarían a
pronunciar el nombre de Jesucristo; asimismo añadieron que si las leyes
toleraban la existencia de los judíos, y en Roma vivían ocho mil, puesto que en
Roma los admitían bien podía Ginebra tolerar uno solo. La mayor parte de dichos
ministros se indignaron al oír la palabra tolerancia, y deseando encontrar
pretexto para quemar un hombre, cosa que ocurría ya pocas veces, pensaron que
Nicolás Antoine debía morir en la hoguera.
A los síndicos Serrasin y Godefroi les pareció estupenda la idea del
Consejo de predicadores y sentenciaron a Nicolás Antoine a morir en la hoguera.
La sentencia se ejecutó el 20 de abril de 1632 en un bucólico lugar llamado
Plain‑Palais, en presencia de una inmensa muchedumbre que alababa la nueva ley
y el celo de los referidos síndicos. El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob,
no repitió el milagro del horno de Babilonia para salvar a Nicolás Antoine.
Abauzit, escritor veraz, nos dice en sus notas que Antoine murió fiel a
sus convicciones hasta el final, no se insolentó con sus jueces, ni manifestó
orgullo ni bajeza, y expiró resignado. Ningún mártir consumó su sacrificio con
tanta fe ni ningún filósofo padeció muerte tan horrible con semejante entereza.
Esto prueba que su desvarío era una firme convicción. Roguemos al Dios del
Antiguo y del Nuevo Testamento para que se apiade de él.
Lo mismo digo respecto al jesuita Malagrida, todavía más loco que
Nicolás Antoine, y a los ex jesuitas Patouillet y Paulian, si un día les
alcanzara la desventura de ser condenados a la hoguera. Muchos escritores que
tuvieron la desgracia de ser más filósofos que cristianos fueron tan temerarios
que negaron los milagros de nuestro Salvador, pero huelga hablar de ellos
después de habernos ocupado de cuatro sacerdotes. Compadezcamos a esos cuatro
infortunados, cegados por sus luces engañosas y animados por su melancolía, que
les arrojó a tan funesto abismo.
MISA. La santa misa, hablando en lenguaje ordinario, es
la mayor y más augusta de las ceremonias de la Iglesia. La designan con
diferentes calificativos según los ritos que practican en las diversas
regiones; hay, pues, misa mozárabe o gótica, griega y latina. Durangus y Eckius
llaman seca a la misa que no efectúan la consagración, como la que dicen los
aspirantes al sacerdocio, y el cardenal Bona refiere, copiándolo de Guillermo
de Nangis, que san Luis, durante el viaje que hizo a ultramar, siempre mandaba
que celebraran una misa de esta clase para evitar que el balanceo de la nave
derramara el vino consagrado.
Hasta finales del siglo IV, la palabra misa no empezó a significar la
celebración de la eucaristía. El sabio Beatus Rhenanus, en la notas que puso a
Tertuliano, observa que san Ambrosio consagró este término popular, que tiene
su origen en que hacían salir fuera (mittere) a los catecúmenos después de oír
la lectura del Evangelio.
En las Constituciones apostólicas consta una liturgia que da a entender
que en vez de invocar a los santos en el canon de la misa, la primitiva Iglesia
les rezaba. «Os ofrecemos, Señor —decía el celebrante—, este pan y este cáliz
para todos los santos que merecieron vuestra estimación desde el principio de
los siglos, para los patriarcas, los profetas, los justos, los apóstoles, los
mártires, los confesores, los obispos, los sacerdotes, los diáconos, los
subdiáconos, los lectores, los chantres, las vírgenes, las viudas, los laicos y
para todos los que os sean conocidos.» San Cirilo de Jerusalén, que vivió en el
siglo Iv, añade: «Después de esta invocación conmemorábamos a los que murieron
antes que nosotros, poniendo en primer lugar a los patriarcas, a los apóstoles
y a los mártires, para que Dios atienda nuestras preces por su intercesión».
Esto prueba, como explicaremos en el artículo Reliquias, que el culto de los
santos empezaba entonces a introducirse en la Iglesia.
Noel Alexandre, en los Hechos de san Andrés, pone en boca de este
apóstol (1): «Todos los días inmolo en el altar del único Dios verdadero, no
carne de toro, ni carne de macho cabrío, sino el cordero inmaculado que queda
siempre entero y vivo después del sacrificio, y cuya carne puede comer todo el
pueblo fiel», pero el sabio dominico Noel Alexandre confiesa que dicho escrito
no se conoció hasta el siglo VIII. El primero que lo cita es Etherius, obispo
de Osma, que escribió contra Elipando en el año 788.
(1) Siglo 1. pág. 109,
Abdías nos dice que san Juan, advertido por el Señor de que iba a morir,
se preparó para la muerte y encomendó su iglesia a Dios. Tras lo cual se hizo
traer pan, elevó la mirada al cielo, bendijo el pan, lo cortó y lo distribuyó
entre los que estaban presentes, diciéndoles: «Quiero que mi parte sea como la
vuestra, y la vuestra como la mía». Esta manera de celebrar la eucaristía, que
significa acción de gracias, se ajusta más a la institución de dicha ceremonia.
En efecto, san Lucas nos dice que Jesús, después de distribuir el pan y
el vino entre los apóstoles que cenaban con él, les dijo: «Haced esto en mi
memoria» (Cap. 22, 19). San Mateo y san Marcos dicen, además, que Jesucristo
cantó un himno. San Juan, que no habla en su evangelio de la distribución del
pan y del vino, ni del himno, se extiende sobre esto en el último capítulo de
sus Hechos, cuyo texto cita el segundo Concilio de Nicea:
«Antes que el Señor fuera apresado por los judíos —dice el apóstol amado
de Jesús—, nos reunió a todos y dijo: “Cantemos un himno en honor del Padre y
después cumpliremos el designio tal como nos hemos propuesto”. Nos mandó que
formáramos círculo y nos cogiéramos de las manos, y colocándose en medio del
círculo nos dijo: “Amén, seguidme”. Entonces empezó el himno y dijo: “Gloria al
Padre”; todos respondieron: “Amén”. Jesús continuó cantando: “Gloria al Verbo,
gloria al Espíritu Santo”, y los apóstoles respondían siempre “Amén”. Más
adelante Jesús dijo: “Quiero salvarme y quiero salvar”; Amén. “Quiero ser
desatado y quiero desatar”; Amén. “Quiero comer y quiero ser consumido”; Amén.
“Quiero que me oigan y quiero oír”; Amén. “Quiero que me comprenda el espíritu,
siendo como soy todo espíritu y toda inteligencia”; Amén. “Quiero lavar y
quiero que me laven”, Amén. “La gracia reclama la danza, voy a tocar la flauta;
danzad todos”; Amén. “Voy a cantar aires lúgubres, lamentaos todos”, Amén».
San Agustín, que comenta parte de este himno en su epístola 27, dirigida
a Ceretius, añade además lo siguiente: “Quiero adorar y ser adorado”; “Soy una
lámpara para los que me ven y me conocen”; “Soy la puerta para todos los que
quieran llamar”; “Vosotros, los que visteis lo que he hecho, guardaos bien de
comunicarlo a nadie”.
La danza de Jesús y los apóstoles es indudablemente una copia de la de
los terapeutas de Egipto, que luego de cenar danzaban en sus asambleas, primero
separados en dos coros y luego hombres y mujeres juntos, después de beber vino
celeste en abundancia durante la fiesta de Baco, como nos cuenta Filón.
Por otra parte, el Antiguo Testamento nos dice que después que los
judíos salieron de Egipto y pasaron el mar Rojo, Moisés y su hermana reunieron
dos coros de música, uno de hombres y otro de mujeres, que entonaron un himno
de acción de gracias. Los instrumentos que arbitraron con facilidad, los coros
que se reunieron con prontitud y la destreza con que ejecutaron los cantos y la
danza, hacen suponer que poseían práctica en esos ejercicios desde tiempos
remotos.
Esa práctica se perpetuó en el pueblo israelí. Las hijas de Silo
danzaban, siguiendo la costumbre, en la fiesta solemne del Señor, cuando los
jóvenes de la tribu de Benjamín, a quienes se las negaron por esposas, las
raptaron por consejo de los ancianos de Israel. Todavía hoy, en Palestina, se
reúnen las mozuelas cerca de las tumbas de sus padres y danzan de modo lúgubre
lanzando gritos lastimeros.
También sabemos que los primitivos cristianos se congregaban para
celebrar sus ágapes, o sea comidas de hermandad, como recuerdo de la última
cena de Jesús y sus apóstoles. Los paganos tomaron dichos ágapes como pretexto
para dirigirles las calumnias más odiosas; entonces, para evitar todo asomo de
abuso licencioso, los pastores prohibieron que el ósculo de paz con que
terminaba dicha ceremonia se lo dieran personas de distinto sexo. Otros abusos,
de los que se quejaba san Pablo (1) y que el Concilio de Ganges (2), en 324, se
propuso inútilmente reformar, fueron abolidos, junto con los ágapes, por el
tercer Concilio de Cartago en 397, cuyo canon 41 manda que se celebren los
santos misterios en ayunas.
(1) Epístola a los corintios, cap. 11.
(2) Ciudad de Paphagonia, en el Asia Menor.
Parece indudable que la danza acompañaba a dichos ágapes si nos fijamos
en que Escalígero dice que los obispos se llamaron praesules en la Iglesia
latina, por ser los que abrían el baile. Helyot, en su Historia de las órdenes
monásticas, afirma que durante las persecuciones que sufrieron los antiguos
cristianos se formaron congregaciones de hombres y mujeres que, imitando a los
terapeutas, se retiraron a los desiertos, donde se reunían en chozas los
domingos y días de fiesta para bailar y cantar devotamente los rezos de la
Iglesia.
En Portugal, España y el Rosellón todavía bailan danzas solemnes en
honor de los misterios del cristianismo. Con las vísperas de la fiesta de la
Virgen, las jóvenes se reúnen en la puerta de las iglesias dedicadas al culto
de María y pasan la noche bailando en corro y cantando himnos en su honor. El
cardenal Jiménez restableció en la catedral de Toledo la antigua práctica de
las misas mozárabes, durante las cuales bailaban en el coro y en la nave de la
iglesia con tanto recato como devoción. En Francia, a mediados del siglo XVII,
todavía los sacerdotes y el pueblo de Limoges bailaban formando corro en la
colegiata, mientras cantaban: «San Marcial, reza por nosotros y nosotros
bailaremos por ti».
El jesuita Menestrier, en el prefacio de su Tratado de bailes, que
publicó en 1682, dice haber presenciado el día de Pascua, cómo los canónigos de
algunas iglesias, cogidos de la mano con los acólitos, bailaban en el coro y
cantaban alegres himnos.
MOISÉS. La filosofía, que a veces se extralimita, los
estudios sobre la Antigüedad y el espíritu de polémica y de crítica se han
llevado a tal extremo que muchos sabios han llegado a dudar de la existencia de
Moisés, suponiendo que ese hombre sólo fue un ser mítico, como probablemente lo
son Perseo, Baco, Atlas, Vesta, Rea, Isiris, Odín, Merlín, Roberto el Diablo y
otros muchos héroes de novela cuyas vidas y milagros se han escrito.
No es verosímil, dicen los incrédulos, que haya existido un hombre cuya
vida es un prodigio continuo. No puede aceptarse que hiciera infinidad de
milagros en Egipto, Arabia y Siria, sin que trascendieran a todo el mundo, ni
es siquiera probable que ningún autor egipcio o griego dejara de transmitir
esos milagros a la posteridad. No obstante, lo mencionan los judíos, y
cualquiera que fuera el tiempo en que escribieron su historia ninguna nación la
conoció hasta el siglo II. El primer autor que cita los libros de Moisés es
Longino, ministro de la reina Zenobia, en la época del emperador Aureliano.
Hemos de advertir que el autor de Mercurio Trimegista, que era egipcio,
no menciona a Moisés. Si un autor egipcio hubiera dejado constancia de alguno
de esos milagros Eusebio lo habría referido en su Historia, o en su Preparación
evangélica. Es cierto que reconoce que hay autores que citan el nombre de
Moisés, pero ninguno dice una palabra acerca de sus prodigios. Antes que
Eusebio, los historiadores Josefo y Filón, que tanto elogiaron a su pueblo,
repasaron todos los escritores que citan a Moisés y ninguno menciona los
sucesos maravillosos que se le atribuyen.
Ante el silencio general del mundo entero, he aquí cómo argumentan los
incrédulos con temeridad que se contradice a sí misma.
Los judíos son los únicos que poseían el Pentateuco, que atribuyen a
Moisés. Los mismos libros dicen que el Pentateuco no lo conocieron hasta la
época del rey Josías, o sea treinta y seis años antes de la primera destrucción
de Jerusalén y la cautividad, y sólo se encontró un ejemplar en casa del
pontífice Helfias, que lo descubrió en el fondo de un arca cuando estaba
contando el dinero. El pontífice lo envió al rey por medio de su escriba Safán.
Este hecho, dicen los incrédulos, puede poner en duda la autenticidad del
Pentateuco, porque si los judíos lo hubieran conocido el sabio Salomón,
inspirado por Dios, al edificar el templo por mandato de Yavéh, ¿lo hubiera
adornado con multitud de figuras desobedeciendo así la ley de Moisés? Los
profetas judíos que profetizaron en nombre del Señor desde Moisés hasta el rey
Josías, ¿no hubieran apoyado todas sus predicciones en las leyes de Moisés? ¿No
citarían las palabras de éste y las hubieran comentado? Ningún profeta, sin
embargo, cita a Moisés ni transcribe frases suyas; por el contrario, las
contradicen en algunas partes.
Los estudiosos incrédulos opinan que los libros que se atribuyen a
Moisés los escribió Esdras en Babilonia durante la cautividad de los judíos, o
poco después de dicha época. En efecto, los escritos judíos están plagados de
terminaciones persas y caldeas; por ejemplo Babel, puerta de Dios; Phegorbeel o
Beelphegor, dios del principio; Beel‑cebuth, dios de los insectos; Bethel, casa
de Dios; Daniel, juicio de Dios; Gabriel hombre de Dios; Jahel, afligido de
Dios; Jaiel, vida de Dios; Israel, viendo a Dios; Oziel, fuerza de Dios y Uriel
el fuego de Dios.
De modo que todo es foráneo en la nación judía, como extranjera fue ella
en Palestina, pues ni siquiera provenían de dicha nación la circuncisión, las
ceremonias, los sacrificios el Arca, el querubín, el chivo Hazazel, el bautismo
de justicia, el bautismo sencillo, la adivinación, la interpretación de los
sueños, ni el encantamiento de las serpientes. El pueblo judío no inventó nada.
El célebre lord Bolingbroke no cree que Moisés haya existido: en el
Pentateuco encuentra infinidad de contradicciones y errores de cronología y
geografía que le dejan estupefacto, nombres de muchas localidades que no se
habían edificado todavía, y preceptos transmitidos a los reyes en épocas en
que, no sólo se desconocía la autoridad real, sino que era presumible que nunca
la hubieran conocido porque vivían en desiertos albergándose en tiendas como
los árabes beduinos. Sobre todo, la contradicción más palmaria es la donación a
los levitas de cuarenta y ocho ciudades, con todos sus pueblos, en un
territorio donde no se encontraba una sola aldea, y rebate con desprecio y
dureza al sacerdote Abbadía, que sostiene todo lo que él contradice.
Me tomaré la libertad de decir al vizconde Bolingbroke, y a cuantos
opinan igual que él, que no sólo la nación judía creyó siempre en la existencia
de Moisés y en sus libros, sino que Jesucristo da testimonio de ello. Los
cuatro evangelistas y los Hechos de los apóstoles los reconocen, san Mateo dice
terminantemente que Moisés y Elías vieron a Jesucristo en la cumbre de la
montaña, durante la noche de la transfiguración, y san Lucas asegura lo mismo.
Jesucristo declara por boca de san Mateo que no vino al mundo para
abolir dicha ley, sino para cumplirla, y el Nuevo Testamento alude
continuamente a la ley de Moisés y a los profetas. La Iglesia cree que Moisés
escribió el Pentateuco, y más de quinientas comunidades que se establecieron en
el cristianismo han creído siempre en la existencia de ese gran profeta:
debemos, pues, someternos a decisión tan unánime.
Sé que no convenceré al vizconde y a quienes opinan como él, porque
están seguros de que los libros judíos se escribieron durante la cautividad de
las dos tribus que restaban. Pero me queda el consuelo de comulgar con la
opinión de nuestra Iglesia.
Los sabios que opinan que Moisés no escribió el Pentateuco se apoyan en
la misma Sagrada Escritura, en la que consta que el primer ejemplar fue
descubierto en la época del rey Josías —como hemos dicho— que lo recibió de su
escriba Safán, y entre la existencia de éste y la de Moisés median mil ciento
sesenta y siete años, según el cómputo hebreo. Dios se apareció a Moisés en la
zarza en llamas el año 2213 del mundo, y el escriba Safán entregó el libro de
la ley el año 3380 del mundo. El ejemplar en cuestión fue desconocido hasta que
los judíos regresaron de su cautividad en Babilonia, y asegúrase que Esdras,
inspirado por Dios, publicó las Sagradas Escrituras.
Es del todo indiferente que sea Esdras o cualquier otro el que redactara
dicho libro, toda vez que se admite que está inspirado. No consta en el
Pentateuco que Moisés sea su autor; luego sería lícito atribuirlo a cualquier
hombre a quien el espíritu divino lo hubiera dictado, si la Iglesia no hubiera
decidido que ese libro es de Moisés.
Algunos contradictores añaden que ningún profeta cita los libros del
Pentateuco, que de ellos no hablan los Salmos, ni los libros que se atribuyen a
Salomón, ni Jeremías, ni Isaías, ni ningún libro canónico de los judíos. Es
más, las palabras Génesis, Éxodo, Números, Levítico y Deuteronomio no se hallan
en ninguno de los escritos que ellos tienen por auténticos.
Otros estudiosos más audaces encuentran las siguientes dificultades para
creer que el gran profeta redactó el referido libro:
1.
¿En qué lengua lo compuso Moisés en un desierto salvaje? Sólo podía
hacerlo en lengua egipcia, por cuanto en dicho libro consta que Moisés y su
pueblo nacieron en Egipto, siendo probable que no hablaran otra lengua. Los
egipcios no conocían aún el uso del papiro para escribir y grababan
jeroglíficos en piedra o madera. Dícese también que las tablas de la ley se
grabaron en piedra pulida. Hubiera sido preciso, pues, grabar los cinco libros
en piedras pulidas, lo que exigiría un ingente trabajo y el transcurso de gran
número de años.
2.
¿Es verosímil que en el desierto, donde el pueblo judío carecía de
zapateros y sastres, y donde el Dios del universo necesitaba hacer un milagro
continuo para conservar las ropas y el calzado de los judíos, se encontraran
hombres con suficiente capacidad para grabar los cinco libros del Pentateuco en
madera o piedra? No se nos objete que encontraron operarios que hicieron un
becerro de oro en una noche y que transformaron en seguida el oro en polvo,
porque eso es una operación imposible para la química ordinaria, que no se
había inventado todavía; ni se nos diga que forjaron el tabernáculo, lo
adornaron con treinta y cuatro columnas de bronce cuyos capiteles eran de
plata, y que tejieron y bordaron velos de lino, púrpura y escarlata, porque
todo esto confirma la opinión de los contradictores.
3.
Si Moisés hubiera escrito el primer capítulo del Génesis ¿hubieran
prohibido a los jóvenes que lo leyeran? ¿hubieran faltado el respeto al
legislador divino? Si Moisés hubiera dicho que Dios castiga la iniquidad de los
padres hasta la cuarta generación, ¿se hubiera atrevido Ezequiel a
contradecirle?
4.
Si Moisés hubiera escrito el Levítico, ¿se habría contradecido en el
Deuteronomio? El Levítico prohíbe casarse con la mujer de nuestro hermano, y el
Deuteronomio ordena tal casamiento.
5.
¿Hubiera Moisés hablado de ciudades que no existían en su época?
¿Hubiera dicho que estaban a oriente del Jordán algunas localidades que se
hallan a occidente?
6.
¿Hubiera donado cuarenta y ocho ciudades a los levitas en un territorio
que nunca se encontraron diez, y en la inmensidad de un desierto en que iban
errantes sin encontrar una casa?
7.
¿Hubiera prescrito reglas de conducta a los reyes judíos, siendo así que
ese pueblo no los conoció hasta cerca de quinientos años después de su época, y
no las habría dictado para los jueces y pontífices que le sucedieron? Esta
reflexión induce a creer que el Pentateuco se escribió en la época de los reyes
y que las ceremonias que instituyó Moisés se practicaban por tradición.
8.
¿Se puede creer que dijera a los judíos: «Conseguí que salierais de
Egipto seiscientos mil combatientes, protegidos por vuestro Dios»? Los judíos
le habrían contestado: Debéis ser muy cobarde, porque no os habéis atrevido a
combatir contra el faraón, que sólo puede presentar contra nosotros un ejército
de doscientos mil hombres; le habríamos vencido fácilmente y nos hubiéramos
apoderado de su reino. Dios, que os habla. para complaceros degolló a todos los
primogénitos de Egipto, y si en ese país hay trescientas mil familias mataría
trescientos mil hombres en una noche por vengarse, y vos os negáis a secundar
los planes de vuestro Dios al no entregarnos ese fértil país que no podía
defenderse de nosotros. Nos habéis hecho salir de Egipto como cobardes y ladrones
para hacernos morir en los desiertos, entre precipicios y montañas. Podíais
habernos conducido por el camino recto a la tierra de Canaán, que nos habéis
prometido, y cuya tierra no hemos podido pisar todavía. Era natural y aún fácil
que desde Gessen nos dirigiéramos hasta Tiro y Sidonia, a lo largo del
Mediterráneo, pero nos hicisteis pasar el istmo de Suez casi entero, volver a
entrar en Egipto, remontarnos más allá de Menfis y nos encontramos en
Beelsefon, a orillas del mar Rojo, dando la espalda al territorio de Canaán,
después de andar veinticuatro leguas por Egipto, del que queríamos huir, y
henos aquí ahora a punto de perecer entre el mar y el ejército del faraón. Si
hubierais querido entregarnos a nuestros enemigos no os habríais portado de otra
manera. Decís que Dios nos ha salvado por milagro y que el mar se retiró para
dejarnos pasar, pero después de habernos hecho tan señalado favor, ¿era preciso
condenarnos a morir de hambre y fatiga en los horribles desiertos de Etham, de
Cades‑Barné, de Mara, de Elim, de Horeb y de Sinaí? Nuestros padres murieron en
esas soledades inhóspitas, y al cabo de cuarenta años venís a decirnos que Dios
veló por nuestros padres.
He aquí lo que los judíos murmuradores, hijos desnaturalizados de los
judíos errantes que murieron en los desiertos, hubieran podido contestar a
Moisés si les hubiera leído el Éxodo y el Génesis.
Estas son, poco más o menos, las principales objeciones que los sabios
echan en cara a los que creen que Moisés es el autor del Pentateuco.
Mas no puede ponerse en duda la existencia de Moisés, legislador del
pueblo judío. Analizaremos su historia sujetándola a las leyes de la crítica,
pero no someteremos a examen la parte divina que encierra. Nos concretaremos a
lo probable, porque los hombres no pueden juzgar de otra manera.
Ante todo, es natural y hasta probable que una nación árabe habitara en
los confines de Egipto, por la parte de la Arabia desierta, fuera tributaria o
vasalla de los reyes de Egipto y luego tratara de afincarse en otros lugares.
Pero lo que excede a la razón humana es que dicha nación compuesta de unos
setenta individuos en la época de José, en doscientos quince años, desde José
hasta Moisés, aumentara la población hasta reunir seiscientos mil combatientes,
como consta en el Exodo. Porque seiscientos mil hombres en estado de tomar las
armas suponen una población de dos millones de habitantes, ancianos, mujeres y
niños incluidos. No responde a las leyes de la naturaleza el que un grupo de
setenta personas, varones y hembras, llegue a contar en dos siglos dos millones
de almas. Los cálculos de esa progresión los desmiente la experiencia de todas
las naciones y en todos los tiempos. Por otra parte, es poco probable que
seiscientos mil combatientes, protegidos por el Señor con multitud de milagros,
se hubieran resignado a vagar errantes por los desiertos y no se hubieran
apoderado del fértil Egipto.
Asentadas estas primeras reglas de crítica humana y razonable, debemos
convenir que Moisés sólo sacó de Egipto un número insignificante de hombres.
Los egipcios conservan una antigua tradición, que refiere Plutarco en el
tratado de Isis y Osiris, que supone que Tifón, padre de Jerosalain y de
Indecus, huyó de Egipto montado en un asno. Este pasaje induce a creer que los
antepasados de los judíos que habitaban en Jerusalén salieron fugitivos de
Egipto. Otra tradición tan antigua como la anterior, pero más conocida, supone
que los judíos fueron expulsados de Egipto, bien por ser bandidos
incontrolados, bien por haber contraído la lepra. Esta doble acusación es
verosímil aplicada al territorio de Gessen, que habían habitado: era contiguo
al de los árabes nómadas y la lepra era común. El Antiguo Testamento da a
entender que dicho pueblo salió de Egipto contra su voluntad. El capítulo XVII
del Deuteronomio prohíbe a los reyes que piensen en reunir los judíos en
Egipto.
La concordancia de muchas costumbres egipcias y judías robustece también
la opinión de que ese pueblo era una colonia egipcia, y otro grado de
probabilidad es la fiesta de la Pascua, o sea de la fuga, instituida en memoria
de su evasión. Por sí sola esta fiesta no constituiría una prueba, por cuanto
todos los pueblos establecieron conmemoraciones para celebrar sucesos fabulosos
e increíbles, como acontecían con la mayoría de las fiestas de los griegos y
los romanos, pero la huída de un país a otro es un acontecimiento común y fácil
de creer. La prueba de la fiesta de la Pascua la abona la de los Tabernáculos,
que celebraban en la época en que los judíos vivían en el desierto cuando
salieron de Egipto. Estas probabilidades, sumadas a otras, demuestran que una
colonia que salió de Egipto se afincó durante algún tiempo en Palestina.
Casi todo lo que acaeció al pueblo judío es tan maravilloso que escapa a
la comprensión humana; lo único que cabe inquirir es cuándo ocurrió dicha fuga,
o lo que es lo mismo, en qué época se escribió el Exodo y examinar las
opiniones que prevalecían entonces. De este modo encontraremos la prueba de
ella en ese libro mismo, comparándolo con los antiguos usos de las naciones.
En cuanto a los libros atribuidos a Moisés debemos decir que las reglas
más sencillas de la crítica nos impiden creer que los haya escrito él. Y ello
porque:
1.
No es posible que haya aplicado, a los lugares de que nos habla, nombres
que les pusieron mucho tiempo después. En su libro menciona la localidad de
Jair, y todos convienen en que esta denominación se adoptó mucho tiempo después
de la muerte de Moisés. El libro se ocupa también del territorio de Dan y de su
tribu, que no tuvo ese apelativo hasta más tarde, porque entonces no era dueña
de aquel territorio.
2.
¿Cómo podía, pues, citar el libro de las guerras del Señor cuando esas
guerras y ese libro son posteriores a Moisés?
3.
¿Cómo pudo hablar de la derrota del gigante Ogrey de Basán, que fue
vencido en el desierto el último año que gobernó? ¿Cómo pudo añadir que se
conservaba todavía en Rabbat la cama de dicho gigante, que era de hierro y
tenía nueve codos de altura? La ciudad de Rabbat era la capital de los
ammopitas, y los hebreos no habían penetrado aún en su territorio. Este pasaje
presenta todas las apariencias de ser obra de un autor posterior, que para
probar la derrota de dicho gigante presenta como testimonio la cama que se
conservaba en Rabbat, pero se olvida de que está haciendo hablar a Moisés.
4.
¿Cómo pudo decir que estaban en la parte de allá del Jordán las
localidades que, en la situación que él ocupaba, estaban en la parte de acá?
¿No es prueba irrefutable de que el libro que se le atribuye se escribió mucho
tiempo después que los israelitas pasaron el Jordán, que nunca lo pasaron
guiados por el gran profeta?
5.
¿Es acaso creíble que Moisés dijera a su pueblo que se había apoderado,
en Argob, pequeño territorio estéril y horrible de la Arabia Pétrea, de sesenta
grandes ciudades rodeadas de murallas y fortificadas, sin contar con otras
ciudades abiertas? ¿No es más verosímil que, andando el tiempo, escribiera esas
exageraciones un autor que trataba de halagar a una tosca nación?
6.
Aún es menos verosímil que Moisés refiriera los milagros que llenan su
historia. Se convence fácilmente a un pueblo feliz y victorioso de que Dios
pelea por él, pero es incomprensible para la naturaleza humana que un pueblo
crea que se hacen milagros en beneficio suyo cuando todo le lleva a perecer en
un desierto. Díganlo, si no, algunos milagros que refiere el Exodo.
7.
Diríase contradictorio y hasta injurioso para la esencia divina que
Dios, después de elegir un pueblo para ser el depositario de sus leyes con el
fin de dominar a las demás naciones, envíe a un hombre de dicho pueblo para que
se presente al rey, su opresor, y le pida permiso para hacer sacrificios a Dios
en el desierto, con la idea de que ese pueblo pueda huir de allí con el
pretexto de hacer sacrificios. La inteligencia humana sólo comprende que ese es
un acto de necedad, indigno de la majestad y del poder del Ser Supremo.
Al ver el pueblo escogido, por el que Dios obra tanto milagros, creemos
que indudablemente ha de llegar a ser el dueño del orbe. No podemos leer sin
sorpresa y sin asombro que Moisés, en presencia del faraón, convierta su vara
en serpiente y todas las aguas del reino en sangre, haga nacer tantas ranas que
llenen el mundo, convierta en piojos el polvo, infecte el aire de insectos
venenosos, llene a los hombres y a los animales de terribles úlceras, haga caer
granizo y rayos para arruinar la nación, llene la atmósfera de langostas,
sumerja el país en densas tinieblas durante tres días, que un ángel
exterminador hiera de muerte a los primogénitos de los hombres y de los
animales de Egipto, empezando por los hijos del rey, haga caminar en seco a
través de las olas del mar Rojo, que se apartan y forman montañas de agua a
derecha y a izquierda, y luego se abatan sobre el ejército del faraón y lo
engullan. Ahora bien, el pueblo en cuyo favor se obraron tantos prodigios
consigue por resultado morir de hambre y sed en las ardientes arenas del
desierto, y hombre a hombre, de prodigio en prodigio, todo ese pueblo muere sin
llegar a vislumbrar el pequeño rincón del mundo donde sus descendientes logran
afincarse por determinado número de años. Merece toda clase de disculpas no
creen en esa multitud de milagros que la inteligencia humana se resiste en
comprender.
La razón, por sí sola, no alcanza a convencer que Moisés haya escrito
cosas tan asombrosas. ¿Cómo puede crear una generación tantos milagros inútiles
para ella? ¿Qué papel tan desairado hacen representar a la Divinidad,
dedicándola a conservar la ropa y los zapatos de su pueblo durante cuarenta
años, después de haber puesto toda la naturaleza de su parte?
La lógica, pues, nos induce a pensar que esa historia tan prodigiosa se
escribió después de la muerte de Moisés, al igual que las historietas sobre
Carlomagno se forjaron tres siglos después de su época, y que los orígenes de
las naciones se escribieron en tiempos en que aquellos se habían perdido de
vista y dejaban a la imaginación la facultad de inventar. Cuanto más tosco y
desgraciado es un pueblo, más trata de ennoblecer su historia antigua, y no hay
pueblo en el mundo que haya sido miserable y bárbaro tanto tiempo como el
judío.
Es inverosímil que cuando no tenían con qué hacerse calzado en el
desierto, bajo el gobierno de Moisés, sintieran tentaciones de escribir.
Debemos sospechar que los desventurados que nacieron en el desierto recibirían
escasa formación, y los judíos no empezaron a leer y escribir hasta que
tuvieron trato con los fenicios. Probablemente, en los inicios de la monarquía
los judíos dotados de algún talento escribirían el Pentateuco adaptándolo como
pudieron a sus tradiciones. ¿Hubiera recomendado Moisés a los reyes que leyeran
y escribieran su ley en la época que no se conoció la monarquía? ¿No cabe la
posibilidad que el capítulo XVII del Deuteronomio se redactara para moderar el
poder de los reyes, y lo escribieran unos sacerdotes de la época de Saúl?
Parece más verosímil asignar a dicha época la redacción del Pentateuco. Las
continuas esclavitudes que pasó el pueblo judío no son adecuadas para
establecer la literatura en una nación ni dar a conocer los libros, y cuanto
más raros fueran éstos al principio, más se empeñaron los autores en llenarlos
de prodigios.
Desde luego, el Pentateuco es muy antiguo si se escribió en tiempos de
Saúl y de Samuel, inmediatos a los de la guerra de Troya, y uno de los
testimonios más curiosos del modo de pensar de los hombres de aquella época. Se
sabe que entonces todas las naciones conocidas creían en los prodigios en razón
directa a su estado de ignorancia, y que en Egipto, Frigia, Grecia y Asia todo
ocurría por mediación divina. Los autores del Pentateuco dan a entender que
cada nación tenía sus dioses y éstos disfrutaban de un poder legal.
Si Moisés, en nombre de Dios, convierte su vara en serpiente, los
sacerdotes del faraón también realizan semejante prodigio; si transforma las
aguas de Egipto en sangre, los sacerdotes también lo hacen en seguida sin que
sepamos en qué aguas obraban semejantes metamorfosis, a no ser que los
sacerdotes hubieran creado nuevas aguas para convertirlas en sangre. Los
autores judíos prefieren incurrir en este absurdo antes que alguien dude de que
los dioses de Egipto pueden convertir el agua en sangre, lo mismo que el Dios
de Jacob.
Pero cuando el Dios de Jacob llena de piojos el territorio de Egipto
entonces queda patente su verdadera superioridad; los magos no pueden imitarle
y el Dios de Israel dice: «El faraón sabrá que nadie es semejante a mí». Estas
palabras denotan el Ser que se cree más poderoso que sus rivales y le igualan
en la transformación de una vara en serpiente y en la conversión de las aguas
en sangre, pero gana la partida convirtiendo el polvo en piojos y en otros
prodigios sucesivos.
La idea de que los sacerdotes de todos los países estaban dotados de
poder sobrenatural consta en muchas partes del Antiguo Testamento. Cuando
Balaán, sacerdote del pequeño estado del reyezuelo Balac, se dispone a maldecir
a los judíos en el desierto, Dios se aparece a dicho sacerdote para impedir que
los maldiga. Al parecer, era terrible la maldición de Balaán. Mas para
contenerle no bastó que Dios le hablara, pues envió ante él un ángel espada en
mano, y todavía hizo que hablara su burra. Estas precauciones demuestran que la
maldición de un sacerdote producía efectos funestos .
La creencia de que existía un Dios superior a los demás dioses, que creó
el cielo y la tierra, estaba tan arraigada en aquellos pueblos que Salomón, en
su última plegaria, exclama: «Dios mío, no hay ningún dios semejante a Ti, ni
en la tierra, ni en el cielo». Esta opinión hace creer a los judíos en todos
los sortilegios y encantamientos de las demás naciones. También dio pábulo a la
historia de la pitonisa de Eudor, que poseía el poder de evocar el espectro de
Samuel. Cada pueblo tuvo sus prodigios y oráculos, y no ponía en duda los
milagros y profecías de las demás naciones. Diríase que los sacerdotes, negando
los prodigios de las naciones inmediatas, temían desacreditar los suyos. Esa
especie de teología prevaleció mucho tiempo en todo el mundo.
No creemos oportuno entrar en detalles sobre cuanto se ha escrito sobre
Moisés, pues ya nos ocupamos de sus leyes en otros artículos de esta obra. Nos
concretaremos, pues, a subrayar lo sorprendente que resulta que un legislador a
quien Dios inspira no anuncie a los hombres la vida futura. No se encuentra una
sola palabra en el Levítico que haga alusión a la inmortalidad del alma. A esta
contundente objeción sólo contestan que Dios quiso rebajarse hasta ponerse al
nivel de tosquedad de los judíos. A esa torpe respuesta replicaremos que
correspondía a Dios elevar a los judíos hasta hacerlos adquirir los
conocimientos necesarios y no rebajarse hasta ellos. Si el alma es inmortal, si
hay castigos y recompensas futuras, es preciso que los hombres lo sepan. Si Dios
les habla, debe comunicarles ese dogma fundamental. Repetimos que es
comprensible que la razón humana no encuentre en semejante historia más que la
tosquedad bárbara de los primitivos tiempos de un pueblo salvaje. El hombre no
puede razonar de otra manera, pero si Dios es efectivamente el autor del
Pentateuco debemos someternos a El ciegamente y desoír la voz de la razón.
MORAL. Predicadores charlatanes y casuístas
extravagantes recordad que vuestro Maestro nunca dijo que el sacramento era el
signo visible de una cosa invisible, que no admitió cuatro virtudes cardinales
y tres teologales, que no analizó si su madre vino al mundo maculada o
inmaculada, ni nunca dijo que los niños que murieran sin bautizar serían
condenados. Cesad de atribuirle palabras que nunca pronunció. En cambio,
proclamó esta verdad tan antigua como el mundo: «Amad a Dios y a vuestro
prójimo». Concretaos, pues, a esta máxima, miserables ergotistas; predicad la
moral y nada más. Predicadla, pero observadla al mismo tiempo. Que no resuenen
vuestros procesos en los tribunales, que la garra de un magistrado no arranque
un puñado de harina de la boca de una viuda y del huérfano; no disputéis un
beneficio insignificante con el mismo furor que se disputaron el papado en el
gran cisma de Occidente. Frailes, no impongáis contribución al orbe y entonces
os creeremos.
En una declamación que consta de catorce volúmenes, titulada Historia
del Bajo Imperio, escrita por Le Beau, acabo de leer las siguientes palabras:
«Los cristianos tenían una moral; los paganos no la tenían». ¿Dónde habrá
aprendido semejante disparate el citado autor? ¿Acaso no es moral la de
Sócrates, la de Zeleuco, la de Charondas, la de Cicerón, la de Epicteto y la de
Marco Antonio? Moral sólo hay una, señor Le Beau como no hay más que una
geometría. A esto se me objetará que la mayor parte de los hombres desconocen
la geometría. De acuerdo, pero todos los que se aplican a estudiarla tienen una
opinión unánime sobre ella. Los agricultores, artesanos y artistas no han
estudiado ningún curso de moral ni han leído el De Finibus de Cicerón, ni la
Ética de Aristóteles, pero cuando reflexionan, sin saberlo, son discípulos de
Cicerón. El tintorero hindú, el pastor tártaro y el marinero de Inglaterra,
saben lo que es justo e injusto. Confucio no inventó sus reglas de moral como
se inventa un sistema filosófico, sino que las encontró grabadas en el corazón
de todos los hombres.
Esa moral estaba impresa en el corazón del pretor Festo cuando los
judíos le apremiaban a que sentenciara a muerte, sin formación de causa, a san
Pablo porque había introducido extranjeros en su templo. «Sabed —dijo a los
judíos el pretor— que los romanos no sentencian a nadie sin antes haberle
oído». Si los judíos carecían de moral o faltaban a ésta los romanos la
conocían y la honraban.
La moral no consiste en la superstición ni en las ceremonias, ni tiene
nada en común con los dogmas. Nunca insistiremos bastante en que los dogmas son
diferentes en cada país, y que la moral es la misma para todos los hombres que
usan de la razón. La moral nace de Dios, como la luz, y las supersticiones sólo
son tinieblas.
MUJER. Generalmente hablando, la mujer es menos
fuerte que el varón menos alta y menos capaz de un largo horario de trabajo; su
sangre es más fluida, su carne no es tan prieta, su pelo es más largo, sus
miembros más redondos, sus brazos no tan musculosos, su boca más pequeña, sus
glúteos más prominentes, su cadera más ancha y su vientre más pronunciado.
Estos son los rasgos morfológicos que distinguen a las mujeres en todo el mundo
y en todas las especies, desde Laponia a la costa de Guinea, lo mismo en América
que en China.
Plutarco, en el libro III de Conversaciones de sobremesa, afirma que el
vino no las embriaga con tanta facilidad como a los hombres. He aquí la razón
que aduce para probar lo que no es verdad: «El grado de humedad en las mujeres
es muy elevado y ello hace que sus carnes sean blandas y relucientes y tengan
sus flujos menstruales. Cuando el vino incide en tan gran humedad, pierde su
color y su fuerza, y aquí encajan las palabras de Aristóteles cuando dice que
quienes beben a grandes tragos, sin respirar siquiera, no se embriagan con
tanta facilidad porque el vino permanece poco tiempo dentro del cuerpo, pues
bebiéndolo de un trago pasa pronto por todas partes. Como las mujeres suelen
beber de esa forma, tal vez su cuerpo, a causa de la continua atracción que se
hace de los humores de arriba abajo por efecto de sus flujos menstruales esté
lleno de conductos por los que el vino sale con celeridad y fácilmente, sin
poder tenerse en las partes nobles y principales que, cuando las perturba,
causan la embriaguez». Esta es la física que sabían los antiguos.
Las mujeres son más longevas que los varones, o lo que es lo mismo en
una generación se encuentran más ancianas que viejos. Esta observación la han
hecho los que realizan estadísticas de los nacidos y de los muertos. Es de
creer que ocurra también entre los negros, los amarillos y los cobrizos, igual
que con los blancos. Natura est semper sibi consona.
Ya hemos transcrito en otra parte un extracto del diario de China que
refiere que en 1725, habiendo hecho unos donativos la esposa del emperador Yong‑tching
a las mujeres pobres que tuvieran más de setenta años, sólo en la provincia de
Cantón hubo 98 222 mujeres de setenta años cumplidos, 40 893 de más de ochenta
y 3453 que se acercaban a los cien años. Los hay que creen que la naturaleza
les otorga más larga vida que a los hombres para resarcirlas de los
padecimientos de llevar durante nueve meses los hijos en el vientre, parirlos y
criarlos. No es probable que siendo más dulce la sangre de las mujeres sus
tejidos se endurezcan más tarde. Ningún anatomista, ni físico, ha podido saber
jamás cómo conciben. Los flujos periódicos de sangre que las debilitan durante
ese período, las enfermedades que nacen de la supresión del ménstruo, el tiempo
de embarazo, la necesidad de amamantar a los hijos y cuidarlos y la delicadeza
de sus miembros, las hacen poco aptas para las fatigas de la guerra y el furor
de los combates. Es cierto que han existido en todos los tiempos y en casi
todos los países mujeres a las que la naturaleza dotó de coraje y fuerza
extraordinarias y se han batido con los hombres, pero son casos muy raros.
La parte física dirige siempre la parte moral. Las mujeres son más
débiles de cuerpo que nosotros, pero manejan las manos con más facilidad y
ligereza y no pueden dedicarse a trabajos penosos, estando necesariamente
encargadas de los trabajos menos pesados del hogar y sobre todo del cuidado de
los hijos; así, llevando una vida más sedentaria, deben ser más dulces de
carácter que los varones, y por tanto menos inclinadas a cometer delitos. Esto
es tan cierto que en todos los países civilizados sólo se condena a la pena
capital a una mujer por cada cincuenta hombres (1).
(1) Véase el artículo Hombre.
Montesquieu, en el Espíritu de las leyes, al ocuparse de la condición de
las mujeres en las diversas clases de gobierno, dice que «en Grecia, a las
mujeres no se las consideraba dignas de participar del verdadero amor y que el
amor entre los griegos adoptaba una forma que no nos atrevemos a explicar». En
apoyo de lo dicho, cita a Plutarco. Semejante error sólo debe perdonarse a una
imaginación como la de Montesquieu, que se deja arrastrar por la rapidez de las
ideas, a veces incoherentes. Plutarco, en el capítulo que dedica al amor,
introduce varios interlocutores y él mismo, tomando el nombre de Daphneus,
rebate con energía lo que afirma Protógenes referente a la liviandad de los
efebos. En ese mismo diálogo llega a decir que en el amor de las mujeres hay
algo divino; compara este amor con el sol, que anima a la naturaleza; coloca la
felicidad en el amor conyugal, y concluye el diálogo con un magnífico elogio a
la virtud de Eponina.
La célebre aventura de Eponina ocurrió en presencia de Plutarco, que
vivió algún tiempo en casa de Vespasiano. Dicha heroína, al saber que su marido
Sabino había sido vencido por las tropas del emperador y estaba escondido en
una caverna situada entre el Franco Condado y Champagne, le buscó, se encerró
con él, le sirvió y proporcionó alimentos durante varios años y tuvo hijos. La
apresaron con su marido y la llevaron ante Vespasiano, que se asombró de su
grandeza de alma al decirle: «Viví más feliz debajo de tierra y en la
oscuridad, que tú a la luz del sol y en la cumbre del poder». Plutarco afirma,
pues, lo contrario de lo que dice Montesquieu, y se pronuncia con entusiasmo en
favor de las mujeres.
No debe sorprender que en todas partes el varón haya sido señor de la
mujer, puesto que casi todo en el mundo se basa en la fuerza. Además,
comúnmente el hombre es superior a la mujer en el cuerpo y en espíritu. Y
aunque han existido mujeres sabias, como las han habido guerreras, nunca se
dieron mujeres inventoras. Han nacido para agradar y ser el adorno de la
sociedad, y hasta diríase que han sido creadas para suavizar las costumbres de
los hombres.
En ninguna república las mujeres tuvieron parte en el gobierno, ni han
reinado nunca en los imperios puramente electivos, aunque sí en muchas
monarquías hereditarias de Europa, como España, Nápoles, Inglaterra… La Ley
Sálica las excluyó de la sucesión a la corona en Francia y no fue, como dice
Mezerai, por su incapacidad en gobernar, pues lo han hecho como regentes. Por
otra parte, a Mezerai lo desmienten Isabel la Católica en Castilla, Isabel en
Inglaterra y María Teresa en Hungría.
La ignorancia supuso durante mucho tiempo que las mujeres eran esclavas
de por vida entre los mahometanos y que cuando morían les estaba vedado el
paraíso. Estos son dos crasos errores que con mala intención se han atribuido
al mahometismo. Las esposas no son del todo esclavas. El capítulo IV del Corán
les asigna viudedad y la hija percibe la mitad de los bienes que hereda su
hermano. Si en el matrimonio sólo hay hembras, se reparten los dos tercios de
la sucesión y el resto lo perciben los parientes del difunto; cada una de las
dos líneas hereda la sexta parte, y la madre del muerto también tiene derecho
en la sucesión. No puede decirse, pues, que las esposas son esclavas, pues
tienen además derecho a pedir el divorcio, que se lo conceden cuando juzgan legítimas
sus quejas.
N
NATURALEZA.
EL FILÓSOFO. ¿Qué eres tú. Naturaleza? Vivo en ti y hace cincuenta años
que te busco y no he podido encontrarte todavía.
LA NATURALEZA. Los antiguos egipcios, que según dicen vivían doscientos
años, me reprochaban lo mismo. Me llamaron Isis y me cubrieron la cabeza con un
velo, diciendo que nadie podía levantármelo.
EL FILÓSOFO. Por eso me dirijo a ti. Pude medir algunos de tus astros,
conocer su órbita y asignar las leyes del movimiento, pero no he logrado saber
quién eres. ¿Actúas continuamente? ¿Eres siempre pasiva? ¿Tus elementos se
organizaron por sí mismos, al igual que el agua se pone sobre la arena, el
aceite sobre el agua y el aire sobre el aceite? ¿Dirige tus operaciones un
espíritu, como dirige los Concilios cuando se reúnen, aunque sus miembros sean
algunas veces ignorantes? Te suplico que me proporciones la clave de tu enigma.
LA NATURALEZA. Soy el gran todo, no sé nada más. No soy matemática y en
mí todo está organizado con leyes matemáticas. Adivina, si puedes, cómo se hizo
esto.
EL FILÓSOFO. Pues si eres el gran todo que sabes matemáticas y tus leyes
son estrictamente geométricas, es menester que exista un ser eterno geómetra
que te guíe, esto es una inteligencia suprema que dirija tus operaciones.
LA NATURALEZA. Tienes razón. Soy agua, tierra, fuego, atmósfera, metal,
mineral, piedra, vegetal y animal. Sé que existe en mí una inteligencia; tú
también la tienes y no la ves, como yo tampoco veo la mía. Sé que existe un
poder invisible que no puedo conocer. Por tanto, ¿cómo quieres tú, que sólo
eres una parte insignificante de mí misma, saber lo que no sé?
EL FILÓSOFO. Los hombres somos curiosos. Quisiera saber por qué siendo
como eres tan tosca en las montañas, desiertos y mares, eres, sin embargo, tan
industriosa en tus animales y vegetales.
LA NATURALEZA. ¿Quieres que te diga la verdad? Me han designado con un
nombre impropio: me llaman Naturaleza y soy todo arte.
EL FILÓSOFO. Esa palabra desconcierta mis ideas. ¿La naturaleza es arte?
LA NATURALEZA. Sin duda. ¿Ignoras que se ha plasmado un arte infinito en
esos mares y en esos montes que tan toscos te parecen? ¿Desconoces acaso que
todas las aguas gravitan hacia el centro de la Tierra y sólo se elevan
obedeciendo a leyes inmutables; que esas montañas que coronan el mundo son
inmensos depósitos de nieves eternas y madres de fuentes, lagos y ríos, sin los
cuales el género animal y el reino vegetal morirían? Crees que sólo tengo tres
reinos, el animal, el vegetal y el mineral, pero es menester que sepas que mis
reinos son millones. Si te detienes a analizar la formación de un insecto, de
una espiga de trigo, del oro y del cobre, todo te parecerá en mí maravillas de
arte.
EL FILÓSOFO. Es verdad. Cuanto más reflexiono más comprendo que eres el
resultado del arte de un ser omnipotente que te oculta y te hace aparecer.
Todos los filósofos desde Thales, y acaso muchos anteriores a él, han jugado a
la gallina ciega contigo y han dicho: Ya te he pillado, pero no te tenían.
Todos los hombres nos parecemos a Ixión, que creyó abrazar a Juno y sólo era
una nube.
LA NATURALEZA. Puesto que soy todo lo que es, ¿cómo un ser como tú,
parte exigua de mí misma, ha de poder aprehenderme? Contentaos, hijos míos,
siendo como sois átomos, con ver algunos átomos que os rodean, con beber
algunas gotas de mi leche, con vegetar algunos momentos en mi seno y con morir
sin llegar a conocer a vuestra madre y a vuestra nodriza.
EL FILÓSOFO. Pues bien, madre mía, dime por qué existes y por qué existe
todo lo del mundo.
LA NATURALEZA. Te contestaré lo que respondo desde hace muchísimos
siglos a quienes me preguntan sobre los primeros principios: no lo sé.
EL FILÓSOFO. Sería preferible la nada a la multitud de existencias
creadas para ser continuamente extinguidas, a la infinidad de animales que
nacen y se reproducen para devorar a otros y ser devorados al ingente número de
seres sensibles que padecen esa enormidad de sensaciones dolorosas, al exceso
de inteligencias que rara vez conocen la razón. ¿Para qué todo esto,
Naturaleza?
LA NATURALEZA. No sé contestarte. Pregúntaselo al que lo hizo.
NAVIDAD. Todos sabemos que es la fiesta del nacimiento
de Jesús, la fiesta más antigua que celebró la Iglesia después de la Pascua y
de Pentecostés, fuera del bautismo de Jesucristo. Sólo se conocían esas tres
fiestas cuando san Crisóstomo pronunció su sermón sobre Pentecostés. No
incluimos en ese número las fiestas de los mártires, que pertenecían a un orden
muy inferior. Llamaron fiesta de la Epifanía a la del bautismo de Jesús,
imitando a los griegos que daban dicho nombre a las fiestas que celebraban en
recuerdo de la aparición de los dioses en el mundo porque sólo después que
Jesús recibió el bautismo se empezó a predicar el Evangelio.
Según algunos, esta fiesta se celebraba a fines del siglo IV,
exactamente el día 6 de noviembre, en la isla de Chipre, y san Epifanio afirma
que Jesús fue bautizado ese día.
San Clemente de Alejandría nos dice que los basilidenses (1), secta de
agnósticos, celebraban dicha fiesta el 15 de tybi, mientras que otros autores
afirman que se celebraba el 11 de dicho mes, que era el de enero siendo esta
última opinión la admitida. Respecto al nacimiento de Jesús como no se sabía el
día, mes y año, no se festejaba.
(1) Miembros de una secta de agnósticos que tenía por jefe a Basilide.
Según consta en las notas que se hallan al final de las obras de san
Clemente de Alejandría, los que trataron de averiguar el nacimiento de Jesús
mantuvieron diversas opiniones: unos decían que nació el 25 del mes egipcio
pachón, que en nuestro calendario corresponde al 20 de mayo, y otros aseguraban
que nació el 24 o 25 de pharmuthi, cuyos días corresponden al 19 y 20 de abril.
Lo indudable es que en Oriente y en Egipto celebraban la fiesta de la Navidad
de Jesús el 6 de enero, coincidiendo con el día de su bautismo, sin que podamos
saber con certeza cuándo empezó esta costumbre, ni cuál fue el motivo de
instituirla.
La opinión y práctica de los occidentales fueron diferentes de las de
Oriente. Los exegetas luteranos de Magdeburgo transcriben un pasaje de Teófilo
de Cesárea que hace hablar de este modo a la Iglesia de las Galias. «Así como
se celebra el nacimiento de Jesucristo el día 25 de diciembre, en cualquier día
de la semana que caiga esa fiesta, también debe celebrarse la resurrección de
Jesucristo el día 25 de marzo, porque el Señor resucitó ese día».
Si este aserto responde a la verdad, es preciso confesar que los obispos
de las Galias fueron en extremo prudentes y muy razonables. Pues estando
convencidos, como toda la Antigüedad, de que Jesucristo fue crucificado el 23
de marzo y resucitó el 25, celebraban la Pascua de su muerte el día 23 y el 25
la Resurrección, haciendo caso omiso de si era luna llena, porque esto, en el
fondo, era una ceremonia judaica y sin sujetarse al domingo. Si la Iglesia les
hubiera imitado habría eludido las largas y escandalosas discusiones que
amenazaron dividir a Oriente y Occidente y que al cabo de siglo y medio terminó
el Concilio de Nicea.
Algunos estudiosos opinan que los cristianos romanos eligieron el
solsticio de invierno para situar el nacimiento de Jesús porque en esa época es
cuando el sol empieza a aproximarse a nuestro hemisferio. Desde los tiempos de
Julio César, el solsticio civil político quedó fijado el 25 de diciembre y en
Roma se hacía una fiesta para celebrar el regreso del sol, día que se llamaba
gruma, según refiere Plinio, que lo fija, como Servio, en el 8 de las calendas
de enero. Puede que este hecho tuviera cierta influencia en la elección del
día, pero no fue su origen. Un pasaje de Flavio Josefo que evidentemente es una
interpolación, tres o cuatro errores antiguos y la explicación mística de una
palabra de san Juan Bautista, dieron origen a tal fecha, como José Scaligero va
a demostrarnos.
«Los antiguos —dice este sagaz crítico— suponían en primer lugar que
Zacarías era sumo pontífice cuando Jesús nació, lo cual es falso y no hay
persona ilustrada que lo crea. En segundo lugar, supusieron que Zacarías estaba
en un santuario ofreciendo incienso cuando apareció el ángel que le anunció el
nacimiento de su hijo. En tercer lugar, como el Pontífice sólo entraba en el
santuario una vez al año, el día de las expiaciones, que era el 10 del mes
tisri, que corresponde a nuestro septiembre, supusieron que el día 27, el 23 o
el 24, cuando Zacarías regresó a su casa después de dicha ceremonia, fue cuando
Isabel, su mujer, concibió a Juan Bautista. Ese es el motivo que hizo colocar
la fiesta de la concepción del Bautista en los referidos días. Y como las mujeres
llevan sus hijos en el vientre, por regla general, doscientos setenta y dos o
doscientos setenta y cuatro días, creyeron que debían situar el nacimiento de
dicho santo el 24 de junio. Este es el origen de las fiestas de san Juan y de
Navidad, que depende de aquélla. En cuarto lugar, supusieron que mediaron seis
meses completos entre la concepción de Juan Bautista y la de Jesús, pese a que
el ángel dijo sencillamente a María (1) que entonces era el sexto mes del
embarazo de Isabel. Por este motivo fijaron la concepción de Jesús el 25 de
marzo deduciendo de esas varias suposiciones que Jesús debió nacer el 25 de
diciembre, nueve meses justos después de ser engendrado.»
Salta a la vista que hay mucho de fabuloso en esos arreglos. Una de las
objeciones que se pueden hacer es que los cuatro puntos cardinales del año, o
sea los dos equinoccios y los dos solsticios, como antiguamente los colocaban,
se designen como la época de ambas concepciones y nacimientos. Todavía hay algo
maravilloso digno de ser notado y consiste en que el solsticio en que nació
Jesús fue en la época en que crecen los días y el Bautista vino al mundo en la
época en que aquéllos menguan. Esto es lo que el santo precursor había
insinuado de modo místico al pronunciar estas palabras, hablando de Jesús (2):
«Es preciso que él crezca y yo disminuya».
(1) San Lucas, cap. I, 36.
(2) San Juan, cap. 3, 30.
A eso alude Prudencio en un himno que compuso sobre la Natividad del
Señor. Sin embargo, san León dice que en sus tiempos había gente en Roma que
decían que dicha fiesta era venerable, no tanto por el nacimiento de Jesús
cuanto por el regreso o nuevo nacimiento del sol. San Epifanio afirma que es de
todos sabido que Jesús nació el 6 de enero, pero san Clemente de Alejandría,
que es anterior y más sabio que san Epifanio sitúa el nacimiento de Jesús el 18
de noviembre del año 28 del reinado de Augusto. Ello se infiere de la objeción
que hace a san Epifanio el jesuita Petau, respecto a las palabras de san
Clemente: «Desde el nacimiento de Jesucristo hasta la muerte de Cómodo mediaron
ciento noventa y cuatro años, un mes y trece días». Según Petau, Cómodo murió
en diciembre del año 192 de nuestra era; por lo tanto es preciso, según san
Clemente, que Jesús haya nacido un mes y trece días antes de diciembre, o sea,
en 18 de noviembre del año 28 del reinado de Augusto.
Es de advertir que san Clemente cuenta los años de Augusto desde la
muerte de Marco Antonio y la toma de Alejandría, porque sólo desde entonces
Augusto fue dueño absoluto del imperio. Como acabamos de ver, no estamos
seguros del año, del mes, ni del día, del nacimiento del Salvador. Y si bien
san Lucas declara que está perfectamente enterado de todo eso desde el
principio, prueba que no sabía exactamente la edad de Jesús al afirmar que
tenía cerca de treinta años cuando fue bautizado (1). En efecto, Lucas cree que
Jesús nació el año que hizo el empadronamiento Cirino, gobernador de Siria, y
si hemos de creer a Tertuliano lo hizo Sentio Saturnio. Pero éste había dejado
el gobierno y la provincia el último año del reinado de Herodes y su sucesor
entonces era Quintilo Varo, según asegura Tácito. Publio Sulpicio Quirino, del
que habla Lucas no sucedió a Quintilo Varo hasta diez años después de la muerte
de Herodes, cuando Arqueludo, rey de Judea, fue desterrado por Augusto, como
dice Flavio Josefo en las Antigüedades judaicas.
(1) San Lucas, cap. 1, 36.
Es verdad que Tertuliano, y antes que él san Agustín, enviaban a tomar
datos de los paganos y herejes de su época en los archivos públicos que
conservaban los registros de este supuesto empadronamiento, pero también lo es
que Tertuliano enviaba a los archivos públicos para que encontraran que se hizo
noche en pleno día en la época de la pasión de Jesús, como expusimos en el
artículo Eclipse, en el que hicimos ver la falta de exactitud de ambos padres y
sus congéneres, que citan monumentos públicos a propósito de la inscripción de
una estatua que san Justino decía haber visto en Roma y aseguraba estar
dedicada a san Simón el Mago, cuando en realidad lo estaba a un dios de los
sabinos (2).
(2) Véanse los artículos Adorar y Eclipse.
No deben sorprendernos estas incertidumbres si recordamos que Jesús no
fue conocido de sus discípulos hasta después que le bautizó Juan. Tras el
bautismo es cuando Pedro pretende que el sucesor de Judas dé testimonio de
Jesús, y según los Hechos de los Apóstoles, Pedro oye hablar de todo en el
tiempo que Jesús vivió con ellos.
NECESARIO.
OSMÍN. ¿NO dice usted que todo es necesario?
SELIM. Si así no fuera, de ello se deduciría que Dios había hecho cosas
inútiles.
OSMíN. ¿O sea que era necesario a la naturaleza divina que hiciera
cuanto hizo?
SELIM. Así lo creo, o por lo menos lo supongo. Hay gentes que piensan de
otro modo y no les entiendo, aunque quizá tengan razón. Recelo en discutir de
este asunto.
OSMíN. Hay también otro «necesario» del que quisiera hablar.
SELIM. ¿De cuál? ¿De lo que es necesario a un hombre honrado para vivir?
¿De la desdicha a que se ve reducido cuando le falta lo necesario?
OSMÍN. No, porque lo que es necesario a uno no siempre lo es para otro:
a un indio le es necesario tener arroz y a un inglés comer carne, y a un ruso
le hacen falta las pieles y a un africano una tela de gasa. Hay individuo que
cree le son necesarios doce caballos para una carroza, otros se limitan a
poseer un par de zapatos, y los hay que caminan alegremente con los pies
descalzos. De lo que quiero hablarle es de aquello que es necesario a todos los
hombres.
SELIM. Me parece que Dios ha concedido todo lo necesario a nuestra
especie: dos ojos para ver, dos pies para andar, una boca para comer, un
esófago para tragar, un estómago para digerir, un cerebro para razonar y
órganos para producir seres semejantes.
OSMÍN. Así, pues, ¿cómo es posible que nazcan hombres carentes de parte
de esas cosas necesarias?
SELIM. Es que las leyes generales de la naturaleza pueden padecer
accidentes que hacen nacer monstruos, pero en general el hombre está dotado de
cuanto le hace falta para vivir en sociedad.
OSMÍN. ¿Y existen principios o nociones comunes a todos los hombres que
sirvan para vivir en sociedad?
SELIM. Sí, he viajado con Pablo‑Lucas y en todas partes he observado que
la gente respetaba a su padre y a su madre, creíase obligado a cumplir las
promesas, sentía compasión hacia los inocentes oprimidos, detestaba la
persecución y consideraba la libertad de pensar como un derecho natural y a los
enemigos de esta libertad como enemigos del género humano; en cuanto a los que
estén en contra de todo esto, me parecen criaturas mal organizadas o monstruos
como los que nacen sin ojos y sin manos.
OSMÍN. ¿Y estas cosas necesarias lo son en cualquier tiempo y lugar?
SELIM. Sí. En caso contrario ya no serían necesarias para la especie
humana.
OSMÍN. En consecuencia, una creencia nueva no es absolutamente necesaria
a nuestra especie. Los hombres podían muy bien vivir en sociedad y cumplir sus
deberes con Dios antes de creer que Mahoma mantuvo frecuentes charlas con el
ángel Gabriel.
SELIM. Nada más evidente. Sería ridículo pensar que no se cumplían los
deberes humanos antes de que Mahoma viniera al mundo, ni era absolutamente
necesario para la especie humana creer en el Corán: el mundo vivía, antes de
Mahoma, más o menos como vive hoy. Si el mahometismo hubiera sido necesario
para el mundo habría existido desde el comienzo de los siglos y estaría en
todos los lugares. Dios, que a todos nos ha otorgado un par de ojos para ver su
sol, nos hubiese concedido una inteligencia para ver la verdad de la religión
musulmana. Esta secta es, pues, igual a las leyes positivas, que cambian según
los tiempos y lugares, como las modas y las opiniones de los físicos, que se
suceden unas a otras. Así, pues, la secta musulmana no podía ser esencialmente
necesaria al hombre.
OSMÍN. Entonces, puesto que existe, ¿la permite Dios?
SELIM. Bueno, como también permite que el mundo esté lleno de tonterías,
errores y calamidades. Pero ello no significa que todos los hombres hayan sido
esencialmente creados para ser tontos y desgraciados. Aunque permita que
algunos hombres sean devorados por serpientes, no puede en modo alguno
afirmarse que «Dios ha creado al hombre para que sea devorado por las
serpientes».
OSMÍN. ¿Y qué entiende usted al decir «Dios permite»? ¿No puede suceder
nada sin sus órdenes? Permitir, querer y hacer, ¿no son para El la misma cosa?
SELIM. Permite el crimen, pero no lo comete.
OSMÍN. Cometer un crimen es obrar contra la justicia divina, es
desobedecer a Dios. Siendo así que Dios no puede desobedecerse a sí mismo
tampoco puede cometer crímenes, pero ha creado al ser humano de tal manera que
el hombre comete muchos. ¿Cómo se explica todo esto?
SELIM. Hay gentes que lo saben, pero no yo. Lo que sé muy bien es que el
Corán es ridículo, aunque de vez en cuando contenga algunas cosas buenas. Lo
cierto es que el Corán no era absolutamente necesario al hombre y me mantengo
en ello: veo muy claramente lo que es falso, aunque conozca muy poco lo que es
verdadero.
OSMíN. Yo creía que me instruiríais y usted no me enseña nada.
SELIM. ¿No es bastante conocer a las gentes que le engañan y los errores
groseros y peligrosos que le endosan?
OSMíN. Yo me quejaré siempre del médico que me presente una exposición
de plantas venenosas, pero que no me muestre ninguna que cure.
SELIM. Ni soy médico, ni usted está enfermo, pero me parece que
ofrecería una buena receta si le dijese: «Desconfíe de todas las invenciones de
los charlatanes, adore a Dios, sea un hombre honrado y crea que dos y dos son
cuatro».
NEWTON Y DESCARTES. Newton se hallaba destinado a la carrera
eclesiástica. Tras estudiar teología, cuya disciplina le influyó profundamente,
abrazó el partido de Arrio contra Atanasio y fue más allá que aquél, como todos
los socinianos. En la actualidad hay en Europa muchos sabios de esta escuela,
que no califico de comunión porque no forman corporación, ni hay unidad de
pareceres, pues algunos de ellos reducen su sistema al puro deísmo armonizado
con la moral de Cristo. Newton no pertenecía a estos últimos; sólo difería de
la Iglesia anglicana en el dogma de la consustancialidad, creyendo en todo lo
demás.
Manifiesta su buena fe comentando el Apocalipsis, donde ve con claridad
que el papa es el Anticristo. y por otro lado explica ese libro y todos los que
se relacionan con él. Diríase que con su comentario trataba de hacerse perdonar
por el género humano la superioridad que tenía.
Algunos estudiosos, leyendo la parte metafísica que Newton incluyó al
final de sus Principios matemáticos, encontraron algo tan oscuro como el
Apocalipsis. Y es que los metafísicos y teólogos se parecen en cierto modo a
aquellos gladiadores que hacían combatir con los ojos tapados. Pero cuando
Newton abordó las matemáticas con los ojos abiertos, su vista alcanzó hasta los
límites del mundo.
Inventó el cálculo denominado del infinito, y descubrió y demostró el
principio nuevo que hace mover la naturaleza. La verdadera naturaleza de la luz
no se conoció antes que él la estudiara; sólo se tenían de ella ideas confusas
y falsas. Inventó el telescopio de reflexión, que construyó él mismo, y
demostró por qué no se puede aumentar la potencia y el alcance de los
telescopios ordinarios. Viéndole construir su nuevo telescopio, un jesuita
alemán creyó que era un artesano que se dedicaba a hacer anteojos, cuando era
«un artífice que se llamaba Newton», como él mismo dice en un pequeño libro. La
posteridad le vengó más tarde. En Francia le trataron con la mayor injusticia,
pues le tuvieron durante algún tiempo por un hombre que se dedicaba a hacer
experimentos y se había equivocado y porque Mariote utilizaba prismas malos no
querían reconocer los descubrimientos de Newton.
Sus compatriotas le admiraron cuando empezó a escribir y a investigar.
En Francia sólo le reconocieron todo su valor al cabo de cuarenta años en
cambio, los franceses se entusiasmaban con la materia acanalada y ramosa de
Descartes y los pequeños torbellinos blandos del padre Malebranche.
De todos los que trataron al cardenal Polignac, no hubo nadie que no le
oyera decir que Newton era peripatético y que sus rayos caloríferos y su
atracción se resentían de ateísmo. Dicho cardenal unía a todas las ventajas que
le proporcionó la naturaleza su potentosa elocuencia; componía versos latinos
con asombrosa facilidad, pero no conocía más filosofía que la de Descartes y se
sabía al dedillo sus razonamientos, como sabemos de memoria las fechas.
No consiguió ser geómetra, ni había nacido filósofo; podía juzgar las
Catilinarias y la Eneida, pero no hacer lo mismo con Newton y Locke.
Cuando consideramos que Newton, Locke, Clarke y Leibnitz hubieran sido
perseguidos en Francia, encarcelados en Roma y quemados en Lisboa, ¿qué idea
debemos formarnos de la razón humana? Esta nació en ese siglo en Inglaterra. En
tiempos de la reina María se produjo una tenaz persecución sobre la forma de
pronunciar el griego y los perseguidores se equivocaban, aunque los que
castigaron a Galileo se equivocaron aún más y cualquier inquisidor debió
avergonzarse cada vez que veía una esfera de Copérnico. Si Newton hubiera
nacido en Portugal y un dominico hubiera creído que la razón inversa del
cuadrado de las distancias era una herejía, le habrían puesto un sambenito en
un auto de fe.
Con frecuencia, se pregunta por qué las personas que por su ministerio
debieran ser sabios e indulgentes han sido a menudo ignorantes e implacables.
Fueron ignorantes a pesar de haber estudiado mucho tiempo y crueles porque eran
sabedores de que sus malos estudios los despreciaban los sabios. Ciertamente,
nada tenían que perder los inquisidores que tuvieron la audacia de condenar el
sistema de Copérnico por herético y
absurdo, toda vez que ningún perjuicio les acarreaba el sistema. Si la
Tierra gira alrededor del Sol como los demás planetas, no por ello los
inquisidores iban a perder sus rentas, sus canonjías, ni su dignidad. Hasta el
dogma permanece seguro cuando sólo lo combaten los filósofos y todas las
academias del mundo no conseguirán cambiar las creencias del pueblo. ¿Cuál es,
pues, el motivo de la cólera que consiguió que los Anitus quisieran exterminar
a los Sócrates? No es otro sino que los Anitus comprendieron, en el fondo de su
conciencia, que los Sócrates les despreciaban.
O
OBISPO. Samuel Ornik, natural de Basilea, era un joven
educado que sabía de memoria el Nuevo Testamento en griego y en alemán. Sus
padres, que ya le hicieron viajar a la edad de veinte años, le encargaron que
llevara libros al obispo de París en la época de la Fronda (1). Personado en la
puerta del arzobispado, el guardia suizo le dijo que monseñor no recibía a
nadie. «Camarada —le replicó Ornik—, sois poco amable para vuestros
compatriotas. Los apóstoles dejaban que se les acercase todo el mundo, y
Jesucristo quería que fueran a él todos los niños. No vengo a pedir nada a
vuestro señor, sino a traerle». «Entrad, pues» —le contestó el suizo.
(1) Entonces, el arzobispo de París era el cardenal Rotz.
Estuvo una hora haciendo antesala y como era muy ingenuo trabó
conversación con un doméstico parlanchín que tenía afán por decir lo que sabía
de su señor. «Debe de ser inmensamente rico —murmuró Ornik— para tener tantos
pajes y servidores como veo en esta casa». «Ignoro la renta que tendrá
—respondió el doméstico—, pero me han dicho Joly y el abate Charrier que tiene
dos millones de deudas». «Buena renta ha de tener para pagarlas… pero, ¿quién
es aquella dama que sale de aquel gabinete y se va» «Madame de Pomereu, una de
sus amantes». «Verdaderamente, es muy hermosa… pero no he leído en ninguna
parte que los apóstoles tuvieran semejante compañía por las mañanas en su
dormitorio… Creo que viene monseñor y me va a recibir». «Dadle el tratamiento
de Su Grandeza». «No lo sabía, pero no tengo inconveniente». Ornik saludó a Su
Grandeza, que le acogió con graciosa sonrisa y el joven le entregó los libros
de que era portador. El obispo le dijo cuatro palabras y acto seguido entró en
su carroza, a la que escoltaban cincuenta caballeros. Al subir al carruaje se
le cayó un estuche a monseñor. Ornik quedó sorprendido al oír estas palabras
pronunciadas por el doméstico: «¿No comprendéis que eso es su puñal?
Ordinariamente, todos van con ese puñal al Parlamento». « ¡Extraño modo de
oficiar! » se contestó Ornik, y salió de allí sorprendido.
Recorrió Francia de ciudad en ciudad y cada vez se sentía más piadoso.
Después pasó a Italia. Cuando llegó al territorio del papa encontró uno de esos
obispos con mil escudos de renta que iba a pie. Ornik, que era hombre
compasivo, le invitó a ocupar un puesto en su carruaje. «Venid conmigo,
monseñor, pues sin duda iréis a consolar algún enfermo» «No, iba a casa de mi
señor». « ¡Vuestro señor! Vuestro señor es Jesucristo». «No, el cardenal
Azolín, que soy su limosnero. Me da pocas ganancias pero me ha prometido
colocarme en el palacio de doña Olimpia, que es la cuñada favorita di nostro
signore il Papa». « ¡Vivís a expensas de un cardenal! ¿Sabéis que en tiempos de
Jesucristo y san Juan no había cardenales?» a¿Es posible?» —exclamó el prelado
italiano. «Es cierto. Y vos lo habréis leído en el Evangelio». «Nunca lo he
leído —confesó el obispo—. No sé más que el oficio de Nuestra Señora». «Pues os
repito que en aquella época no había cardenales ni obispos, y cuando fueron
creados eran casi iguales a los demás sacerdotes, tal como san Jerónimo
asegura». « ¡Válgame la Virgen! No sabía nada de eso… ¿Y habían papas?»
«Tampoco». El buen obispo se santiguó, y creyendo que estaba hablando con el
maligno saltó del carruaje y echó a correr.
ONÁN, ONANISMO. Prometimos en el artículo Amor socrático hablar de
Onán y del onanismo, aunque ello nada tenga de común con el amor socrático, que
es un efecto desordenado del amor propio.
El linaje de Onán fue muy singular. El patriarca Judá, su padre, como
sabemos, fornicó con su nuera Thamar la Fenicia a la vera de un camino. Jacob,
padre de Judá, había sido a la vez marido de dos hermanas, hijas de un
idólatra, y engañó a su padre y a su suegro. Lot, hermano del abuelo de Jacob,
se había acostado con sus dos hijas. Salomón, descendiente de Jacob y Judá, se
casó con Rahab la Cananea, una prostituta. Booz, hijo de Salomón y Rahab, se
acostó con Ruth la Madianita y fue bisabuelo de David. David quitó al capitán
Urías su esposa Betsabe, mandando aquél a la muerte para gozar con más libertad
de sus amores. En las dos genealogías de Jesucristo, que difieren en otros
puntos, pero son iguales en éstos, se encuentra que el Salvador es descendiente
de esta multitud de fornicaciones, adulterios e incestos. Estas singularidades
no pueden por menos de acongojar a la razón humana humillar nuestra
inteligencia limitada y convencernos de que los designios de la providencia son
inexcrutables.
El reverendo padre Calmet hizo este comentario respecto al incesto que
cometió Judá con Thamar y del pecado de Onán: «La Biblia nos detalla una
historia que en su sentido literal choca a nuestra inteligencia y parece poco
edificante, pero el sentido oculto y misterioso que encierra es tan elevado
como grosero el literal a los ojos de la carne. Sin tener razones para ello el
Espíritu Santo no hubiera permitido que la historia de Thamar, de Ruth y de
Betsabé se encontraran mezcladas en la genealogía de Jesucristo».
Lamentamos que Calmet no haya explicado tan poderosas razones para
disipar las dudas y escrúpulos de los hombres honrados y timoratos que desean
comprender por qué el Ser Eterno, creador de los mundos nació en una aldea
judía y de una estirpe de ladrones y prostitutas. Este misterio, que es uno de
los más inconcebibles, merecía que algún sabio exégeta lo explicara. Ocupémonos
ahora del onanismo.
Es difícil averiguar cuál fue el pecado de Onán: Judá había casado a su
hijo primogénito Her con Thamar. Her murió por haber sido perverso. Judá quiso
entonces que su segundo hijo Onán contrajera matrimonio con la viuda del
primogénito, obedeciendo la antigua ley de los egipcios y fenicios o lo que
llamaban hacer salir hijos a su hermano. El primer hijo del segundo matrimonio
tenía que llevar el nombre del marido difunto de la mujer y esto Onán no lo
quería. Odiaba a su hermano y por no tener un hijo que llevase tal nombre
dícese que echaba el semen en el suelo.
Falta saber si era en el contacto carnal con su mujer cuando engañaba a
la naturaleza o si con la masturbación eludía los deberes conyugales: el
Génesis no lo dice. Actualmente, se llama pecado de Onán al abuso que hace el
hombre de sí mismo forzando la naturaleza con su mano, vicio bastante común en
los jovenzuelos y mocitas de temperamento ardiente. Se ha notado que sólo los
hombres y los simios incurren en eso que contraría el propósito de la
naturaleza.
En Inglaterra, un médico escribió un pequeño libro titulado Del
onanismo, del que se vendieron veinticinco ediciones en poco tiempo, suponiendo
que eso no fuera una artimaña del librero para atraerse lectores, lo que no
sería una cosa nueva. Tissot, famoso médico de Lausana, también publicó otro
sobre el onanismo, más profundo y metódico que el inglés. Ambas obras ponen de
manifiesto las consecuencias funestas de esa perniciosa práctica, que origina
un debilitamiento de las fuerzas, impotencia, trastornos en el estómago y las
vísceras, temblores, vértigos, el embrutecimiento y, a veces, la muerte
prematura. El doctor Tissot sabe por experiencia que la quinina es el mejor
remedio para curar esas enfermedades, a condición de abandonar ese hábito
vergonzoso y funesto que tan extendido está entre los estudiantes, pajes y
frailes jóvenes, pero se convenció de que era más fácil tomar la quinina que
renunciar a lo que se convierte en una segunda naturaleza. A las consecuencias
del onanismo añadid las de la sífilis y os convenceréis de lo ridícula y
desgraciada que es la especie humana. Para consolarla, el doctor Tissot refiere
tantos ejemplos de enfermos de repleción y humores, como enfermos de emisión de
humores, encontrando unos y otros en varones y mujeres. No puede oponerse
argumento más contundente contra los votos temerarios de castidad. En efecto,
¿en qué ha de convertirse el líquido precioso que nos dio la naturaleza para
propagar el género humano? Si lo prodigamos desmesuradamente, puede matarnos;
si lo retenemos, también nos puede causar la muerte. Se ha observado que las
poluciones nocturnas son frecuentes en las personas célibes, pero lo son más en
los jóvenes religiosos que en las monjas, porque el temperamento del hombre es
más dominante. De ello debemos extraer la consecuencia de que es antinatural
entregarnos a estas prácticas, y que es una especie de sacrilegio en las
personas sanas prostituir ese don que recibieron del Creador y renunciar al
matrimonio que Dios ordena. Así lo creen los protestantes, judíos, musulmanes y
otros pueblos, pero los católicos patrocinan los conventos. Respecto a los
católicos, les aplicaré las palabras que el sabihondo Calmet dice del Espíritu
Santo: «sin duda, tuvieron buenas razones para creerlo así»
OPINIÓN. ¿Qué opinión tienen las naciones de América
del Norte y las que costean el estrecho de la Sonda sobre el mejor de los
gobiernos, la mejor religión, sobre el derecho público eclesiástico, la manera
de escribir historia, del poema épico, sobre las ideas innatas, la gracia
concomide la égloga, del poema épico, sobre las ideas innatas, la gracia
concomitante y los milagros del diácono de París? Ninguno de esos pueblos
profesa opinión alguna sobre asuntos de los que no tiene idea. Poseen, a lo
más, un conocimiento confuso de sus costumbres. Así son todos los pueblos que
habitan las costas del mar glacial en una extensión de quinientas leguas, los
habitantes de las tres cuartas partes de Africa, casi todos los de las islas de
Asia, veinte hordas de tártaros y todos los hombres que se ocupan únicamente
del trabajo agobiante y siempre renovado de proporcionarse la subsistencia.
Cuando una nación empieza a civilizarse comienza a tener algunas
opiniones, pero casi todas falsas: creen en aparecidos, en brujos, en el
encantamiento de las serpientes y la inmortalidad de éstas, en los poseídos del
demonio, en exorcismos y en adivinadores. Creen, además, que los granos han de
pudrirse en la tierra para germinar y que las fases de la luna son causa de los
accesos de fiebre.
El talapuino convence a sus devotos que el dios Sammonocodom estuvo
viviendo algún tiempo en Siam y taló todos los árboles de un bosque porque le
impedían jugar bien al volante, su juego preferido. Esta opinión va arraigando
en todas las mentes de tal forma que, andando los años, si hubiera algún
habitante que osara dudar de tal aventura se arriesgaría a que le lapidaran. Se
necesita que transcurran siglos para destruir una opinión popular.
Llaman a la opinión reina del mundo, y lo es de tal modo que cuando la
razón la rebate para destruirla ésta queda sentenciada a muerte: necesita
renacer múltiples veces de sus cenizas para expulsar con suavidad a la
usurpadora.
ORACIÓN. Quedan pocas fórmulas de las oraciones
públicas de los pueblos antiguos. Sólo conservamos el magnífico himno de
Horacio, compuesto para los juegos seculares de los antiguos romanos, de ritmo
y medida que los romanos más modernos imitaron tiempo después en el himno Ut
queant laxis resonare fibris. El Pervigilium Veneris es un himno de peor gusto
literario y tal vez indigno de la noble sencillez del reinado de Augusto. El
himno a Venus posiblemente se cantaba en las vestas de esta diosa, pero no hay duda
de que el poema de Horacio se cantaba con la mayor solemnidad.
Debemos admitir que el Carmen Saeculare de Horacio es uno de los más
hermosos poemas de la Antigüedad y el himno Ut queant laxis es una de las obras
más triviales que se escribieron en tiempos de la decadencia de la lengua
latina. La Iglesia católica en aquella época cultivaba mal la elocuencia y la
poesía. Sabido es que Dios prefiere los versos malos recitados por un corazón
puro, que los más hermosos del mundo declamados por impíos; de todos modos, los
buenos versos nunca perjudican en igualdad de circunstancias.
Nada se parece del todo entre nosotros a los juegos seculares que
celebraban los romanos cada ciento diez años. Nuestro jubileo sólo es un pálido
remedo de ellos. Erigían tres altares magníficos a orillas del Tíber y Roma
entera permanecía iluminada durante tres noches; quince sacerdotes distribuían
agua lustral y cirios a los romanos de ambos sexos que debían cantar las
preces. Empezaban por hacer sacrificios a Júpiter, señor de los dioses, y luego
los ofrecían a Juno, Apolo, Latona, Diana, Ceres, Plutón, Proserpina y a las
Parcas, consideradas como poderes subalternos. A cada una de esas divinidades
le dirigían un himno y tributaban ceremonias. Se formaban dos coros, uno de
veintisiete efebos y otro de veintisiete doncellas para cada uno de los dioses
y, el último día de los juegos efebos y doncellas, coronados de flores,
cantaban la oda de Horacio.
En honor a la verdad, debo decir que en las casas particulares cantaban,
en la mesa, otras odas a Ligurius, Liscio y otros bribones que no inspiraban la
mayor devoción, pero había tiempo para todo. En cuanto a fórmulas de preces
sólo conservamos un corto fragmento del que se recitaba en los misterios de
Isis. Helo aquí:
«Las potencias celestes te sirven, los infiernos se te someten, tu mano
mueve el universo, tus pies pisan el Tártaro, los astros responden a tu voz,
las estaciones aparecen por orden tuya, los elementos te obedecen.»
Y he aquí también la fórmula que se atribuye al antiguo Orfeo y que nos
parece superior a la de Isis:
«Caminad por el sendero de la justicia y adorad al único señor del
universo: es uno y único por sí mismo. Todos los seres le deben la existencia,
procede en ellos y por ellos lo ve todo y jamás ojos mortales le vieron.»
Es sorprendente que en el Levítico y en el Deuteronomio no se encuentre
ninguna plegaria pública, ni una fórmula. Parece que los levitas sólo se
ocupaban de repartirse la carne de los sacrificios. Los judíos no compusieron
una sola plegaria para recitarla o cantarla en la celebración de sus fiestas de
Pascua, Pentecostés, los Tabernáculos y de la expiación general.
Los sabios están de acuerdo en que los judíos no instituyeron preces
públicas hasta su cautiverio en Babilonia, donde adoptaron algunas de las
costumbres de dicho país y empezaron a instruirse en algunas de las ciencias
que poseía aquel civilizado y poderoso pueblo. Imitaron de los caldeos persas
sus caracteres, sus cifras y hasta su lengua, y mezclando algunas costumbres
nuevas con sus antiguos ritos egipcíacos se convirtieron en un nuevo pueblo,
tanto más supersticioso por cuanto al salir de su larga esclavitud siguieron
dependiendo de los babilonios.
Las diez tribus antes dispersadas se supone que no tuvieron plegarias
públicas, como tampoco las tenían las otras dos, y que la religión que
profesaban no estaba en ellas muy determinada, pues la olvidaron con facilidad
y ni siquiera recordaban su nombre, al revés del escaso número de infortunados
que reedificaron Jerusalén.
A partir de entonces, esas dos tribus, o para ser exactos, esas dos
tribus y media, instituyeron ritos inmutables, los escribieron y tuvieron
preces reglamentarias. Desde entonces conocemos las fórmulas de sus plegarias.
Esdras mandó que se rezara dos veces cada día, añadiendo un tercer rezo para
los sábados. Se dice que escribió dieciocho plegarias para que pudieran elegir,
y la primera empieza así:
«Bendito seas, Señor Dios de nuestros padres, Dios de Abrahán, de Isaac
y de Jacob, el poderoso, el terrible y el supremo que distribuye liberalmente
los bienes que creaste y posees en el mundo, que recuerdas las acciones buenas
y envías un libertador a los descendientes de dichos patriarcas por amor a los
humanos. ¡Bendito seas siempre!»
Se atribuye a Gamaliel, que vivió en la época de Jesucristo y tuvo
varias discusiones con san Pablo, la institución de la plegaria décimo nona que
reza así:
«Concédenos la paz los beneficios, la bendición y la gracia a nosotros y
a tu pueblo de Israel. ¡Bendícenos, Padre nuestro! Bendícenos a todos por la
luz de tu faz, porque por ella nos diste la ley de la vida, el amor, la paz y
la benignidad. Bendito seas, Señor, que bendices a tu pueblo Israel. Amén.»
Es de advertir que en muchas plegarias un pueblo pedía siempre lo
contrario de lo que pedía el pueblo inmediato. Los judíos rogaban a Dios que
exterminara a los sirios, egipcios y babilonios, y estos tres pueblos pedían
que exterminara a los judíos, como realmente fueron exterminadas las diez
tribus, que se confundieron con las demás naciones, siendo siempre
desventurados los judíos por su obstinación en vivir separados de los demás
pueblos y no poder disfrutar de ninguna de las ventajas de la sociedad.
En nuestros días, en las guerras que promovieron los alemanes y
españoles a los franceses, cuando aquéllos eran sus enemigos rogaban a la
Virgen que hiciera derrotar a los welches y gabachos, y los franceses rogaban a
la Santa Virgen que destruyera a los teutones y a los marranos españoles. En
Inglaterra, los partidarios de la Rosa roja suplicaban a san Jorge que les
ayudara a arrojar al fondo del mar a los partidarios de la Rosa blanca, y
viceversa, de modo que el santo debió verse muy apurado, no sabiendo por
quiénes decidirse. Si Enrique VII no hubiera ido a socorrerle, el santo no
hubiera sabido qué hacer.
ORÁCULOS. Cuando la secta de los fariseos del pueblo
hebreo trabó relación con el diablo, algunas personas que discurrían empezaron
a creer que el diablo y sus acólitos inspiraban en los demás pueblos a los
sacerdotes y estatuas que pronunciaban oráculos. En cambio, los saduceos, que
no creían en ángeles ni en demonios, eran más filósofos que los fariseos y por
ende menos a propósito para adquirir fama entre el pueblo.
Para el populacho judío, en la época de Gamaliel, Juan el Bautista,
Santiago Oblia y su hermano Jesús, que fue nuestro salvador Jesucristo, el
demonio intervenía en todo. Por eso vemos que éste se lleva a Jesús al
desierto, tras haberle transportado a lo alto del templo y a la cumbre de una
colina inmediata, desde la que se distinguen todos los reinos del mundo, y
también que el demonio penetra en el cuerpo de los jóvenes, las mocitas y los
animales.
Los cristianos, pese a ser enemigos mortales de los fariseos, aceptaron
todo lo que éstos creían respecto al diablo, lo mismo que antiguamente los
judíos introdujeron en su país las costumbres y ritos de los egipcios. Suele
ser común imitar a nuestros enemigos y emplear sus armas.
Así, los padres de la Iglesia no tardaron en atribuir al diablo las
religiones que aparecieron en el mundo, los supuestos prodigios, los grandes
eventos, los cometas, las pestes, etc. El pobre demonio, del que aseguraban
estaba abrasándose en un agujero debajo de la tierra, quedó estupefacto al
saber que de la noche a la mañana era el señor del mundo. En seguida los
frailes vinieron a aumentar prodigiosamente el poder del Maligno. El santo y
seña de los cenobitas era: Dadme dinero y.os libraré del diablo. Pero tal poder
celestial y terrestre recibió un golpe mortal de la mano de su cofrade Lutero,
quien riñendo con los frailes por el interés de su pobreza descubrió todos los
misterios.
Hondorf, testigo presencial, refiere que los reformistas, tras haber
expulsado a los frailes de un convento de Eisenach, encontraron una imagen de
la Virgen y el Niño Jesús construida con tal arte que cuando les ponían
ofrendas en el altar ambos movían la cabeza en señal de gratitud y volvían la
espalda a quienes se presentaban con las manos vacías. Ocurrió todavía otro
suceso, éste en Inglaterra: cuando por orden de Enrique VIII se hizo la visita
canónica a los conventos, hallaron que la mitad de las monjas estaban
embarazadas, lo que sin duda no era por obra del diablo. El obispo Burnet
refiere que en ciento cuarenta y cuatro conventos los atestados que hicieron
los comisarios del rey prueban que se cometieron abominaciones que nada tenían
que envidiar a las de Sodoma y Gomorra. En efecto, los frailes de Inglaterra
debieron ser más depravados que los sodomitas porque poseían las mejores
tierras del reino y por tanto eran más ricos. Las tierras de Sodoma y Gomorra
eran pobres, ya que no producían trigo, frutas, ni legumbres y carecían de agua
potable; sólo podía ser un horrible desierto donde moraban gentes infelices y
demasiado ocupadas en proporcionarse la subsistencia para pensar en
voluptuosidades.
Finalmente, el Parlamento suprimió esos soberbios asilos de la
holgazanería mandando exponer en la plaza pública los instrumentos de sus
fraudes religiosos: el famoso crucifijo de Boksley, que se movía y andaba como
un polichinela; las ampollas de líquido rojo que simulaban la sangre que
derramaban de vez en cuando las imágenes; los moldes de hojalata en los que
introducían velas encendidas para que el pueblo creyera que era una vela que
nunca se apagaba; las cerbatanas que saliendo de la sacristía iban a parar a la
bóveda de la iglesia, por cuyo canuto hacían oír a veces voces celestes a las
devotas que pagaban por oírlas… En suma, expusieron en la plaza pública todo lo
que la picaresca había inventado para subyugar a la imbecilidad.
Ante tales hechos, algunos sabios de Europa, convencidos hasta la
evidencia de que los frailes, no los diablos, venían usando esas religiosas
artimañas, empezaron a creer que había sucedido igual que en las antiguas
religiones, esto es, que los oráculos y los milagros, tan elogiados en la
Antigüedad, no fueron sino prestidigitaciones de charlatanes, y que los
sacerdotes griegos, romanos, sirios y egipcios fueron todavía más hábiles que
los frailes.
El diablo perdió, pues, casi toda su fama, hasta que al fin el bueno de
Becker, cuyo artículo pueden consultar nuestros lectores, escribió su demoledor
libro contra el diablo y demostró con sobrados argumentos que no existía. El
diablo no le contestó, pero los ministros del Santo Evangelio sí lo hicieron,
como ya sabemos, castigándole por haber divulgado su secreto y quitándole el
curato. Por lo que Becker fue víctima de Satanás.
Holanda estaba llamada a ser cuna de los más encarnizados enemigos del
diablo. El médico Van Dale, filósofo sabio y profundo, ciudadano caritativo y
audaz, aunque fundando su audacia en la virtud, acometió la no pequeña tarea de
ilustrar a los hombres esclavizados por errores antiguos y empeñados en hacer
más tupida la venda que les cubre los ojos hasta que un esclarecedor rayo de
luz les descubre parte de la verdad. El referido autor demostró en un libro
erudito que los diablos nunca pronunciaron ningún oráculo ni obrado ningún
prodigio, ni tenían arte ni parte en nada de esto, y que no existen más
demonios que los pícaros que han engañado a los hombres. Demostró además, con
documentos, no sólo que los oráculos de los paganos fueron fraudes de los
sacerdotes, sino que esos trapicheos consagrados en todo el mundo seguían
haciéndose en la época de san Juan Bautista y de Jesucristo. Lo demostró de
manera tan palpable que actualmente no hay hombre sensato que no lo crea.
Puede que el libro de Van Dale carezca de método apropiado, pero es
quizá el libro más curioso que se ha escrito. Se encuentran en él las sandeces
más supinas del supuesto Histaspo y de las sibilas, la historia apócrifa del
viaje de san Pedro a Roma, los parabienes que le envió Simón el Mago por medio
de su perro, los milagros de san Gregorio Taumaturgo, la carta que este santo
envió al diablo y llegó a su destino, y los milagros que hicieron los
reverendos padres jesuitas y los reverendos padres capuchinos; en resumen, en
este libro se encuentra todo lo antiguo y lo moderno relacionado con esta
materia. Desvela todas las imposturas, que quedan descubiertas para todos los
hombres que saben leer, aunque por desgracia éstos se hallan en minoría
No quedó destruido, sin embargo, el imperio de la impostura en Italia,
en Francia, en España, en los estados austriacos, ni en Polonia, en cuyas
naciones dominaban los jesuitas. Los poseídos del diablo y los milagros falsos
pululaban aún en la mitad embrutecida de Europa. He aquí lo que Van Dale
refiere respecto a un oráculo singular que se pronunció en su época en Terni,
perteneciente a los estados del Papa, el año 1650, y cuya relación se imprimió
en Venecia.
Un tal Pascual, ermitaño, habiendo oído decir que un vecino de Terni, de
nombre Jacovello, era muy avaro y rico, fue a rezar en dicha localidad a la
iglesia que frecuentaba Jacovello. Se hizo amigo de él, alabó la pasión que le
dominaba y le convenció de que era muy grato a Dios que cada mortal sacara lo
que pudiera de su dinero, que así lo recomienda el Evangelio cuando dice que el
servidor negligente que no saca el cinco por ciento del dinero de su señor es
arrojado a las tinieblas del averno.
En el palique que el ermitaño mantenía con Jacovello enhebraba hermosos
discursos sobre crucifijos y santos, y gracias a su elocuencia Jacovello llegó
a convencerse de que a veces las estatuas de los santos dirigían la palabra a
los mortales, añadiendo que se creería predestinado si conseguía que la imagen
de algún santo le hablara. El ermitaño respondió que creía poderle dar esa
satisfacción dentro de poco, pues estaba esperando de Roma una cabeza de
muerto, regalo del papa a un compañero suyo, que hablaba como los árboles de
Dodona y la burra de Balaán. Cuatro días después le enseñó dicha cabeza y pidió
a Jacovello la llave de una pequeña cueva que tenía éste en su casa y la del
cuarto que estaba encima, con objeto de que nadie se enterara de este misterio.
El ermitaño introdujo un tubo en la cabeza y, preparándolo todo para conseguir
el efecto que se proponía, se puso a rezar con su amigo. La cabeza, entonces,
dijo estas palabras: «Jacovello, Dios trata de recompensar tu celo
comunicándote que un tesoro de cien mil escudos está escondido debajo del tejo
de la entrada de tu huerto. Pero morirás repentinamente si buscas ese tesoro
sin haber puesto ante mí una marmita llena de monedas de oro».
Jacovello se apresuró a poner ante el oráculo la marmita llena de
monedas, y el buen ermitaño, que había tenido la precaución de llevar una
marmita igual llena de arena, la cambió en cuanto Jacovello volvió la espalda y
salió de allí dejando al imbécil con una cabeza de muerto y el arca aligerada.
Poco más o menos, de esa forma se hacían los oráculos en la Antigüedad,
empezando por el de Júpiter‑Ammón y concluyendo por el de Trofonio.
Uno de los secretos, tanto de los sacerdotes de la Antigüedad como de
los nuestros, era la confesión en los misterios. En ellos se enteraban de la
historia privada de las familias y adquirían datos para contestar a la mayor
parte de los que iban a preguntarles. A ello se refiere una frase que hizo
célebre Plutarco. Queriendo un sacerdote confesar a un iniciado, éste le
preguntó: «¿A quién he de confesarme, a ti o a Dios?» «A Dios», respondió el
sacerdote. «Pues ya que no eres más que un hombre sal de aquí, y déjame con
Dios.»
Algunas historias increíbles de oráculos que se creía sólo podían
atribuirse a los genios, hicieron afirmar a los cristianos que las habían
referido los demonios y cesaron de contarlas cuando vino Jesucristo al mundo,
con lo que evitaban entrar en la discusión de los hechos, que hubiera sido
larga y difícil, y parecía que confirmaba la religión, que nos enseña que
existen los demonios atribuyéndoles esos hechos.
Con todo, las historias que relatan sobre los oráculos deberán ser
sospechosas. La de Thamus, que Eusebio cree y únicamente Plutarco refiere,
inserta a continuación un cuento tan ridículo que es bastante para
desacreditarla, y mucho más por lo poco razonable. Si Pan era un demonio, ¿cómo
no podían saber los diablos la muerte de aquél comunicándosela unos a otros,
sin encargar esta misión a Thamus? Si Pan era Jesucristo, ¿cómo nadie cayó en
ese error en el paganismo, ni creyó que fuera Jesucristo muerto en Judea,
siendo el mismo Dios el que obligó a los demonios que anunciaran esa muerte a
los paganos?
La historia de Thulis, cuyo oráculo sobre la Trinidad es positivo, sólo
la refiere Suidas. Pero Thulis, rey de Egipto, no era indudablemente un
Tolomeo. ¿Qué crédito debemos dar al oráculo de Serapis cuando hay la certeza
de que Herodoto no habla de ese dios, en tanto que Tácito refiere punto por
punto cómo y por qué uno de los Tolomeos hizo venir del Ponto al dios Serapis,
que por aquel entonces sólo allí era conocido?
Tampoco podemos otorgar crédito al oráculo pronunciado sobre el niño
hebreo, a quien todos los dioses obedecen. Cedreno tomó de Eusebio ese oráculo
y hoy no se encuentra en ninguna parte. Puede que Cedreno pusiera una cita
falsa, o citara alguna obra falsamente atribuida a Eusebio, mas, ¿por qué todos
los primitivos apologistas del cristianismo guardan silencio acerca de un
oráculo tan favorable a la religión? Los oráculos que Eusebio toma de Porfirio,
afín al paganismo, son tan difíciles de creer como los anteriores. Eusebio nos
los presenta aislados de todo cuanto los acompañaba en los escritos de
Porfirio, y por esto no sabemos si éste los refutaba. Debía hacerlo para
defender su credo, y si no lo hizo seguramente tenía alguna intención oculta,
como la de ofrecerlos a los cristianos con la idea de burlarse de su credulidad
si los consideraban verdaderos y fundaban su religión sobre semejantes
cimientos.
Más aún, algunos cristianos primitivos decían a los paganos que sus
sacerdotes se burlaban de ellos. He aquí las palabras de Clemente de
Alejandría: «Elogia cuanto quieras esos oráculos locos e impertinentes, y añade
a ellos los augurios e interpretaciones de sueños y prodigios. Haz que
aparezcan delante de Apolo Pitio esas gentes que adivinan por medio de la
harina o la cebada, y los que merecen tanto aprecio porque hablan por el
vientre. Los secretos de los templos de los egipcios y la nigromancia de los etruscos,
deben permanecer en la oscuridad porque sólo son imposturas extravagantes y
engaños semejantes a los del juego de los dados. Las cabras destinadas a la
adivinación y los cuervos enseñados a pronunciar oráculos sólo son, por decirlo
así, cómplices de los charlatanes que engañan a los hombres».
Eusebio aduce, a su vez, excelentes razones para probar que los oráculos
pudieron ser imposturas, y si se atribuyen a los demonios es por dar crédito a
un lamentable prejuicio y por respetar la opinión general. A los paganos les
tenía sin cuidado averiguar si sus oráculos eran una artimaña de sus
sacerdotes, y por la falsa manera de argumentar creyeron conseguir alguna
ventaja en esta discusión, concediéndoles que si había algo de sobrenatural en
sus oráculos no era por mediación de la Divinidad sino por la de los demonios.
Finalmente, llegó un tiempo en que se descubrieron en todo el mundo las
supercherías de los sacerdotes, lo que aconteció cuando la religión cristiana
derrotó al paganismo en tiempos de los emperadores cristianos. Teodoreto dice
que Teófilo, obispo de Alejandría, expuso a los habitantes de dicha ciudad las
estatuas huecas en las que se escondían los sacerdotes para pronunciar los
oráculos, llegando hasta ellas por caminos subterráneos. Cuando por orden de
Constantino se derribó el templo de Esculapio, en Cilicia, dice Eusebio que
expulsaron de allí, no a un dios o un demonio, sino al bergante que se impuso
mucho tiempo a la credulidad del pueblo.
Desde que hemos reconocido que los demonios no podían tener parte en los
oráculos quedó vencida la mayor dificultad que éstos ofrecían pero desde que
Jesucristo vino al mundo no hay interés en que cese la influencia de los
oráculos. Tanto es así que poseemos pruebas de que los oráculos continuaron al
menos cuatrocientos años después de la venida de Jesucristo, y que sólo
enmudecieron cuando se destruyó por entero el paganismo.
Suetonio, en Vida de Nerón, dice que el oráculo de Delfos aconsejó a
dicho emperador que se guardara de los setenta y tres años. Nerón creyó que no
debía morir hasta esa edad y nunca se le ocurrió que el viejo Galba, que tenía
setenta y tres años, le usurparía el imperio.
Filostrato refiere que Apolonio, en tiempos de Domiciano, visitó los
oráculos de Dodona y Delfos. Plutarco, que vivía en el reinado de Trajano, nos
cuenta que el oráculo de Delfos existía aún, aunque sólo tenía una sacerdotisa,
cuando en épocas anteriores tuvo dos o tres. En tiempos de Adriano, Dion
Crisóstomo dice que consultó el oráculo de Delfos.
En tiempos de los Antoninos, relata Luciano que un sacerdote de Tiana
fue a preguntar al falso profeta Alejandro si los oráculos que se pronunciaban
en Didima, Clarós y Delfos eran en verdad respuestas de Apolo o simples
imposturas. Alejandro tuvo consideración con dichos oráculos de la misma
naturaleza que el suyo, y respondió al sacerdote que eso no era permitido
saberlo. Pero cuando ese hábil sacerdote le preguntó qué le sucedería cuando
muriera, el oráculo le respondió: «Primero será camello, luego caballo, más
tarde filósofo y, finalmente, un profeta tan grande como Alejandro».
A la muerte de los Antoninos, tres emperadores se disputaron el imperio.
Consultado el oráculo de Delfos sobre cuál de los tres sería mejor para el
país, dio esta contestación: «El negro es el mejor, el africano es bueno y el
blanco es el peor». El negro aludía a Pescenio Niger, el africano a Severo
Séptimo, natural de Africa, y el blanco a Claudio Albino.
Dión, que no terminó de escribir su historia hasta el año VIII del
imperio de Alejandro Severo, o sea en 230, refiere que en aquella época
Anfíloco pronunciaba todavía oráculos. También nos dice que en la ciudad de
Apolonia existía un oráculo que predecía el porvenir.
Sozomeno refiere que Lecino, deseando declarar la guerra a Constantino,
consultó el oráculo de Apolo, que le respondió con estas palabras de Homero:
«Desventurado viejo, ya no estás para luchar con jóvenes; te falta fuerza y la
edad te abate». Macrobo, que vivía en tiempos de Arcadio y Honorio, hijos de
Teodosio, se ocupa de un dios de Heliópolis que pertenecía a Siria y de su
oráculo, de manera que no puede dudarse que todavía existían.
Constantino hizo derribar algunos templos so pretexto de que se cometían
crímenes: concretamente, los de Venus y Esculapio, en donde había oráculos.
Además, prohibió la ofrenda de sacrificios a los dioses y ordenó inutilizar los
demás templos paganos. Cuando Juliano ascendió al imperio quedaban todavía
muchos oráculos, restableció algunos y hasta él mismo quiso profetizar. Jobino,
su sucesor, empezó con gran celo la destrucción del paganismo, pero como sólo
reinó siete meses poco pudo hacer. Teodosio, para conseguirlo, mandó cerrar
todos los templos paganos, y más tarde los emperadores Valentiniano y Marciano
prohibieron en 451 la práctica de dicha religión bajo pena de muerte. En su
caída, el paganismo arrastró los oráculos.
Este final no debe sorprender a nadie, pues era consecuencia lógica del
establecimiento del nuevo culto. Los hechos milagrosos disminuyen en una
religión falsa en cuanto ésta se afirma, porque ya no los necesita, o cuando se
extingue porque ya no queda nadie que los crea. El deseo, tan vehemente como
baldío, de conocer el porvenir originó los oráculos, la superchería los
acreditó y el fanatismo puso el sello a su fama. La pobreza de los pueblos, que
ya nada podían dar, la impostura de los sacerdotes que se descubrió en muchos
oráculos y los edictos de los emperadores cristianos, fueron las causas
verdaderas de la extinción de esa clase de farsas.
ORGULLO. En una de sus cartas, Cicerón dice
familiarmente a su amigo: «Envíame a cualquiera a quien desees que le haga
regalar las Galias». En otra epístola se queja de sentirse fatigado de las
cartas de no sabe cuántos príncipes que le agradecen haber erigido sus
provincias en reinos, añadiendo que ni siquiera sabe dónde están situados esos
reinos.
Se comprende que Cicerón, que había visto al pueblo romano, este pueblo
rey, aplaudirle y obedecerle, y a unos reyes que ni siquiera conocía darle las
gracias, experimentase algunos accesos de orgullo y vanidad.
Aunque este sentimiento no sea del todo conveniente a un animal tan
mezquino como el hombre, se le puede perdonar, sin embargo, a un Cicerón, un
César o un Escipión, pero que en lo más remoto de una de nuestras provincias
medio bárbaras cualquier individuo que haya comprado un pequeño cargo y
publique versos mediocres se permita ser orgulloso, eso nos hace reír
muchísimo.
OSEAS. Repasando ayer el Antiguo Testamento me llamó la
atención el pasaje de la profecía de Oseas, que se halla en el capítulo XIV,
versículo 1: «Oh, mal haya Samaria por haber exasperado a su Dios! Perezcan
todos al filo de la espada, sean estrellados contra el suelo sus niños, y
abiertos los vientres de sus mujeres preñadas».
Como estas palabras me parecían muy duras fui a consultar con un teólogo
de la universidad de Praga y me habló así: «No deben sorprendernos. Los
samaritanos eran cismáticos que querían hacer sacrificios en su país, pero no
enviar el dinero a Jerusalén, y merecían padecer los suplicios a que el profeta
Oseas los condenó. La ciudad de Jericó, que fue tratada de igual modo, después
que sus murallas cayeron al son de las trompetas, era menos culpable. Los
treinta y un reyes que Josué mandó ahorcar no eran cismáticos, ni los cuarenta
mil efraimitas que murieron asesinados porque al pronunciar siboleth decían
schiboleth habían caído en el abismo del cisma. Sabed, amigo mío, que nada hay
tan execrable en el mundo como el cisma. Los jesuitas hicieron ahorcar en Thorn,
en 1724, a unos jóvenes estudiantes sólo porque eran cismáticos. No dudéis que
nosotros, que somos católicos, apostólicos, romanos y bohemios, no nos
abstendríamos de pasar a cuchillo a todos los rusos que encontráramos
desarmados, de estrellar a sus niños contra el suelo, de abrir el vientre de
sus mujeres preñadas, ni de sacar de su matriz sangrienta a los fetos. Digo
esto porque los rusos pertenecen a la religión griega, que es cismática, y se
niegan a entregar su dinero a Roma; debemos, por tanto, exterminarlos, pues
está demostrado que los jerosolimitas debían exterminar a los samaritanos».
Me tomé la libertad de contradecir al teólogo de la universidad de Praga
y se enfadó conmigo. La discusión continuó tanto rato que me vi obligado a
cenar con él, y a pesar de que me envenenó tuve la suerte de sobrevivir.
OVIDIO. Los investigadores han escrito varios
volúmenes intentando averiguar el lugar del mundo al que Octavio Augusto
desterró a Ovidio Nasón. Lo único cierto que sabemos es que nació en Sulmona,
se educó en Roma y pasó diez años de su vida en la orilla derecha del Danubio,
en las inmediaciones del mar Negro. Aunque a esa nación la llaman bárbara, no
hay que creer que era salvaje. Allí escribían versos. Cotys, reyezuelo de una
parte de Tracia, componía versos dedicados a Ovidio en la lengua de los dacios.
El poeta latino la aprendió tan perfectamente que versificaba en dicho idioma.
Parece que se debían escribir versos griegos en la antigua patria de Orfeo,
pero entonces poblaban aquellas regiones las naciones del Norte, que es
probable hablasen un dialecto tártaro parecido al antiguo eslavo. Ovidio no
había nacido para escribir versos tártaros. El territorio de los tomitas, donde
le desterraron, pertenecía a Mesia, provincia romana, y estaba situado entre el
monte Hemus y el Danubio, en el grado cuarenta y cuatro, como los más hermosos
climas de Francia, pero las montañas que tiene al Sur y los vientos del Norte y
del Este que recibe del Ponto Euxino, y el frío y humedad que le proporcionan
los bosques y el Danubio, hicieron insoportable esa región para el hombre
nacido en Italia. Por eso Ovidio no vivió allí mucho tiempo, muriendo a la edad
de sesenta años. En sus elegías se queja del clima, pero no de sus habitantes.
Aunque lo coronaron de laureles y le concedieron privilegios, no podía olvidar
que estaba desterrado de Roma.
El destierro de Ovidio es una prueba de la esclavitud en que vivían los
romanos. Tanto Octavio como sus sucesores hacían caso omiso de las leyes. Antes
de aquella época, esto es, durante la república, se necesitaba un plebiscito,
una ley nacional, para privar a un romano de su patria. Aunque una
confabulación desterró a Cicerón, lo fue con arreglo a las leyes.
El delito que cometió Ovidio parece que no fue otro que haber
presenciado algo vergonzoso en casa de Octavio. Los historiadores no han podido
saber a punto fijo si encontró a éste cometiendo deshonestidades con un efebo,
si sorprendió a un escudero en brazos de la emperatriz Livia, con la que
Octavio contrajo matrimonio estando embarazada de otro, si vio al emperador
ocupado con su hija o su nieta, o haciendo algo peor. Lo más probable es que
Ovidio sorprendiese a Octavio en un incesto. Un autor contemporáneo, Miuntiano
Apuleyo, dice Pulsum quoque in exilium quod Augusti incestum vidisset.
Octavio Augusto puso como pretexto para desterrarle el haber publicado
un libro inocente, El arte de amar, escrito con tanta decencia que no se
encuentra una palabra obscena. El motivo es ridículo. ¿Cómo era posible que
Augusto, de quien todavía conservamos versos impúdicos, desterrara a Ovidio por
haber repartido entre sus amigos, años antes, copias de El arte de amar? ¿Cómo
podía reprochar a Ovidio una obra decorosamente escrita al mismo tiempo que
aprobaba versos de Horacio, en los que éste prodiga las frases más infames de
la prostitución? Era evidentemente injusto vituperar a Ovidio y tolerar a
Horacio. Por tanto, no cabe duda que Octavio alega una mala razón, no
atreviéndose a declarar el verdadero motivo. Prueba de que la causa del
destierro de Ovidio fue haber presenciado algún estupro, algún incesto o alguna
deshonestidad en la intocable familia imperial, es que Tiberio, aquel monstruo
hipócrita y lascivo, cuando ascendió al trono no levantó el destierro a Ovidio,
que en vano lo suplicó al autor de las proscripciones, al envenenador de
Germánico, que se mostró sordo a las súplicas del desventurado poeta, quien
continuó viviendo a orillas del Danubio.
Podemos reprochar a Ovidio, casi tan duramente como a Augusto y a
Tiberio, el haber elogiado a ambos emperadores. Las alabanzas que les prodiga
son tan exageradas que moverían a indignación si las hubiera dirigido incluso a
príncipes bienhechores, pero él las dirigió a los tiranos. Puede perdonarse el
elogio excesivo a un príncipe que nos mima, pero no merece disculpa tratar como
un dios a aquel que nos persigue. Habría sido más decoroso para Ovidio
embarcarse en el mar Negro y refugiarse en Persia que componer su libro De los
Tristes. Extrañan todas esas alabanzas de Ovidio, que deseaba en el fondo de su
corazón que otro Bruto librara a Roma de Octavio, mientras públicamente y en
verso deseaba a ese tirano la inmortalidad.
P
PABLO (Cuestiones sobre san Pablo). ¿Fue Pablo ciudadano romano como se jacta de haber sido? Si era natural
de Tarso (Cilicia), esta ciudad no fue colonia romana hasta cien años después
de la muerte del apóstol y en esto están de acuerdo los eruditos. Si nació en
Giscala, como cree san Jerónimo, esa localidad pertenece a Galilea y los
galileos no eran ciudadanos romanos.
¿Es cierto que Pablo ingresó en la naciente comunidad de los cristianos,
que entonces eran semijudíos, porque Gamaliel, que fue su maestro, se negó a
casarlo con su hija? Esta acusación sólo se encuentra en Hechos de los
Apóstoles, que admiten los ebionitas y copia y refuta san Epifanio.
¿Es cierto que santa Tecla fue a buscar a Pablo disfrazada de hombre?
Los hechos de santa Tecla, ¿están autentificados canónicamente? Tertuliano, en
su libro sobre el bautismo, capítulo XVII, cree que escribió esa historia un
sacerdote afecto a Pablo, pero san Jerónimo y san Cipriano, aunque niegan la
fábula del león bautizado por santa Tecla, afirman la veracidad de esos hechos.
En ellos se encuentra este singular retrato de Pablo: «Era grueso, de baja
estatura y ancho de hombros; sus cejas negras se juntaban sobre su nariz
aguileña, tenía las piernas patizambas, la cabeza calva y estaba lleno de la
gracia del Señor». También lo retrata así Luciano, aunque no dice que estaba
lleno de la gracia del Señor porque no le conocía.
¿Puede perdonarse a Pablo que reprendiera a Pedro porque judaizaba,
cuando él mismo estuvo judaizando ocho días en el templo de Jerusalén? Cuando
Pablo fue presentado por los judíos ante el gobernador de Judea por introducir
extranjeros en el templo, ¿obró bien aconsejando al gobernador que le
procesaban por haber resucitado muertos, cuando no se trataba de ninguna
resurrección?
¿Hizo bien Pablo en circuncidar a su discípulo Timoteo, después de haber
escrito a los gálatas: así os dejáis circuncidar, Jesús no servirá de nada»?
¿Hizo bien en escribir a los corintios, capítulo IX: «¿No tenemos acaso derecho
de vivir a vuestras expensas y tener una mujer?» ¿Hizo bien en escribir a los
mismos, en su segunda Epístola, «No perdonaré a nadie que haya pecado, ni a los
otros»? ¿Qué pensaríamos hoy del hombre que quisiera vivir, él y su mujer, a
nuestras expensas, juzgarnos y castigarnos, sin discriminar al inocente del
culpable?
¿Qué quiere decir que Pablo fue arrebatado al tercer cielo? ¿Qué
significa tercer cielo?
Por último, ¿qué es más verosímil, humanamente hablando, que san Pablo
abrazara el cristianismo por haberle derribado del caballo una luz
extraordinaria en pleno día y una voz celeste le preguntara «Saulo, Saulo, por
qué me persigues», o que se hiciera cristiano por odio a los fariseos, por
negarle Gamaliel a casarlo con su hija o cualquier otro motivo?
En otra historia que no fuera sagrada, ¿la negativa de Gamaliel no
parecería más natural que el haber oído una voz celeste, si no estuviéramos
obligados a creer ese milagro? Sólo formulo estas preguntas para instruirme y
exijo de quien desee me hable ajustándose a la razón.
Las Epístolas de san Pablo son tan sublimes que resulta difícil
comprenderlas. Muchos jóvenes bachilleres preguntan por el sentido exacto de
estas palabras: «Todo hombre que reza y profetiza con un dedo sobre su cabeza,
la mancha» (I Epístola a los corintios, cap. 9, 4).
Y el significado de estas otras, «Supe por el Señor que la misma noche
que le prendieron había tomado pan» (II Ep. corintios, cap. 11, 23).
¿Cómo pudo saber eso por Jesucristo, con quien nunca habló y del que fue
encarnizado enemigo sin haberle visto nunca?, ¿fue por inspiración, por el
relato de sus discípulos?, ¿fue cuando la luz celestial le hizo caer del
caballo? No lo dice.
¿Qué quiere decir: «La mujer se salvará si tiene hijos»? (Timoteo,
capítulo II).
Con estas palabras indudablemente trata de aumentar la población, y no
se colige de ello que Pablo propiciara la fundación de conventos de monjas.
Trata de impíos, impostores, diabólicos, de conciencias gangrenosas, a
quienes predican el celibato y la abstinencia de comer carne.
¿Qué decir de los pasajes en que recomienda a los obispos que no tengan
más que una mujer: Unius uxoris virum (Timoteo, cap. III). Esto es positivo,
nunca permitió que un obispo tuviera dos mujeres, cuando los pontífices judíos
podían tener varias.
Dice positivamente que «el juicio final llegará en su época, que Jesús
descenderá de las nubes como anuncia san Lucas, que él, Pablo, se remontará en
los aires para ir delante de Jesús con los habitantes de Tesalónica». ¿Fue eso
una figura alegórica?, ¿creyó efectivamente que haría semejante viaje?,
¿llegaría acaso al tercer cielo?
«Que el Dios Nuestro Señor Jesucristo, el padre de la gloria. os conceda
el espíritu de la sabiduría» (A los Efesios, cap. I). Decir esto, ¿equivale
acaso a reconocer a Jesús como Dios igual al Padre?
«Manifestó el poder que tenía sobre Jesús resucitándolo y colocándole a
su derecha.» ¿Dice esto para demostrar la divinidad de Jesús?
«Hicisteis a Jesús inferior a los ángeles coronándolo de gloria» (A los
Hebreos, cap. II). Si es inferior a los ángeles, ¿cómo es Dios?
«Si por el delito de uno murieron muchos, la gracia y el don de Dios
abundaron por la gracia de un solo hombre, que es Jesucristo» (A los Romanos,
cap. V). ¿Por qué le llama siempre hombre, y nunca Dios, exceptuando un solo
pasaje que rebaten Erasmo, Grotius, Leclerc, etc.?
«Somos hijos de Dios y coherederos de Jesucristo» (Ibid, cap. 8, 17).
¿No es esto considerar a Jesús como uno de nosotros, aunque superior a nosotros
por la gracia de Dios? ¿Cómo hemos de entender esos pasajes al pie de la letra
sin temer ofender a Jesucristo, y cómo hemos de interpretarlos en sentido más
elevado sin temer ofender al Dios Padre? Pablo escribió muchos pasajes que han
hecho trabajar la inteligencia de los sabios, que han enfrentado a los
exégetas, y nosotros no tenemos la pretensión de aclarar la oscuridad que han
dejado. Por tanto, nos sometemos a la decisión de la Iglesia.
También nos ha costado enorme trabajo interpretar esos otros pasajes:
«La circuncisión es beneficiosa si observáis la ley judía, pero si sois
prevaricadores de la ley vuestra circuncisión se convierte en prepucio» (A los
Judíos de Roma, llamados los Romanos, cap. II).
«Sabemos que todo cuanto la ley dijo a los que están en la ley, lo dijo
con el fin de que toda boca quede sellada y todo el mundo se someta a Dios,
porque toda carne sólo se justificará ante El por las obras de la ley, porque
por la ley viene el conocimiento del pecado. Porque un solo Dios justifica la
circuncisión por la fe y el prepucio por la fe. No pluge a Dios que
pulvericemos la ley por la fe» (Ibid, cap. III).
Nos atrevemos a decir que ni aun el ingenioso y sabihondo dom Calmet,
respecto a esos pasajes, nos ha podido proporcionar una luz que disipara esas
tinieblas. Puede que la culpa sea nuestra por no haber comprendido a los
exégetas y carecer de suficiente penetración, que sólo debe haberse concedido a
las almas privilegiadas, pero cuando la explicación provenga de la cátedra de
la verdad lo entenderemos perfectamente.
En cuanto a las Epístolas del apóstol, es mejor leerlas que acabar la
paciencia pretendiendo inútilmente averiguar en qué fecha se escribieron.
También los investigadores buscan en vano el año y día en que Pablo mandó
lapidar a san Esteban y guardó los mantos de los verdugos. Discuten también
sobre el año en que una luz brillante le hizo caer del caballo y la época en
que fue transportado al tercer cielo. No están de acuerdo en que le llevaron
prisionero a Roma, ni en el año que murió. Tampoco se conoce la fecha de
ninguna de sus cartas.
Créese que la carta dirigida a los hebreos no es suya, ni la dirigida a
los laodicenses, si bien ésta es admitida por igual motivo que las otras.
No se sabe por qué cambió el nombre de Saulo por Pablo, ni qué significa
este nombre. San Jerónimo, en sus comentarios a la Epístola a Filemón, dice que
Pablo significaba la embocadura de la flauta.
La correspondencia que intercambiaron Pablo y Séneca fue para la
primitiva Iglesia tan auténtica como los escritos de los demás cristianos. Al
menos lo asegura san Jerónimo, que en su catálogo cita pasajes de dichas
cartas. Y san Agustín también lo afirma en una de las suyas a Macedonio. Se
conservan trece cartas de Pablo y de Séneca, que se dice estuvieron ligados por
estrecha amistad en la corte de Nerón. La séptima carta que Séneca dirigió a
Pablo es curiosísima: cuenta que los judíos y los cristianos, enemigos
irreconciliables, se acusaron recíprocamente de haber incendiado la capital del
Imperio romano, y que el desprecio y horror con que miraban a los judíos y
cristianos los entregaran a la venganza pública.
Hacemos notar que la correspondencia epistolar de Séneca y Pablo está
escrita en latín bárbaro y ridículo, que los temas son tan impertinentes como
el estilo, y que hoy se consideran falsas. Pero cualquiera se atreve a
contradecir los testimonios de san Jerónimo y san Agustín. Si ellos aseguran
que son verdaderas cuando son falsificadas, ¿qué seguridad podemos tener de que
son veraces otros muchos escritores respetables? Esta es la objeción que
presentan algunos sabios. Si nos han engañado indignamente, dicen, queriendo
hacer pasar por verdaderas las cartas de Pablo y Séneca, las constituciones
apostólicas y los hechos de san Pedro ¿por qué no nos han podido engañar
también respecto a los Hechos de los Apóstoles?
No sabemos en qué se fundaba Addías, primer obispo de Babilonia, para
decir, en su Historia de los apóstoles, que Pablo hizo que el pueblo lapidara a
Santiago el Menor, pero antes de que abrazara el cristianismo pudo muy bien
perseguir a Santiago, como persiguió a san Esteban. Pablo era muy violento, y
según consta en los Hechos de los Apóstoles «no respiraba sino amenazas y
muerte contra los discípulos del Señor» (Cap. 9, 1). Abdías tiene cuidado de
observar que «el autor de la sedición, que tan cruelmente maltrató a Santiago,
era el mismo Pablo, que luego Dios designó para ejercer el ministerio del
apostolado» (Historia apostólica, libro VI, del Código de Fabricio).
Ese libro, que se atribuye al obispo Abdías, no lo admiten los cánones;
sin embargo, Julio el Africano, que lo tradujo al latín, lo cree auténtico.
Pero si la Iglesia no lo admite, tampoco nosotros debemos hacerlo. Limitémonos,
pues, a bendecir la Providencia y a desear que todos los perseguidores lleguen
a convertirse en apóstoles indulgentes.
PAPISMO (Sobre el). Diálogo entre
el papista y el tesorero.
EL PAPISTA. En su principado, monseñor, tiene luteranos, calvinistas,
cuáqueros, anabaptistas e incluso judíos; ¡y aún quiere que admitamos
unitarios!
EL TESORERO. Si estos unitarios nos traen industria y dinero, ¿qué mal
nos hacen? Al contrario, pagarán mejor los estipendios que cobramos.
EL PAPISTA. Confieso que si me privaran de ese dinero me resultaría más
doloroso que la admisión de esos señores… Ellos no creen que Jesucristo sea
hijo de Dios.
EL TESORERO. ¿Y eso qué importa mientras le permitan creer en ello y
esté usted bien alimentado, bien vestido y bien alojado? Los judíos también
están muy lejos de creer que sea hijo de Dios y, sin embargo, bien contento
está de encontrar judíos a quienes colocar su dinero al seis por ciento. El
propio san Pablo nunca habló de la divinidad de Jesucristo le llama «un
hombre», simplemente. Así, dice: «La muerte ha reinado por el pecado de un solo
hombre, los justos reinarán gracias a un solo hombre, que es Jesús… Vosotros
sois de Jesús, y Jesús es de Dios…» Todos nuestros primeros Padres de la
Iglesia han pensado como san Pablo y es evidente que durante trescientos años
Jesús se contentó con su humanidad imagínese usted que es un cristiano de los
tres primeros siglos.
EL PAPISTA. Pero es que ellos no creen en la eternidad de las penas.
EL TESORERO. Y yo tampoco. Condénese usted para siempre, si así lo
quiere, pero yo no quiero estarlo. De ningún modo.
EL PAPISTA. ¡Ah, Señor, es bien triste no poder condenar a gusto de uno
todos los herejes de este mundo! Pero esa pasión que tienen los unitarios para
algún día hacer felices a las almas no es la única cosa que me preocupa. Ya
sabe que esos monstruos, lo mismo que los saduceos, no creen en la resurrección
de los muertos y dicen que todos somos antropófagos, que las partículas que
componían su abuelo y su bisabuelo, forzosamente dispersas en la atmósfera, se
han convertido en zanahorias y espárragos, y que es absolutamente imposible que
usted no haya comido algún pedacito de sus antepasados.
EL TESORERO. Bueno, no importa; mis nietos harán lo mismo conmigo. Se
trata sólo de una deuda y lo mismo les ocurrirá a los papistas. Ello no es
razón para que a usted le expulsen de los Estados de monseñor, como tampoco lo
es que echen de ellos a los unitarios. Resucite usted como pueda; a mí me
importa poco que los unitarios resuciten o no, con tal que nos sean útiles
mientras vivan.
EL PAPISTA. ¿Y qué me dice usted, señor mío, del pecado original que
niegan descaradamente? ¿No se siente usted escandalizado cuando aseguran que el
Pentateuco no dice de ello una palabra y que san Agustín, obispo de Hippona,
fue el primero que enseñó positivamente este dogma, aunque fuera evidentemente
indicado por san Pablo?
EL TESORERO. A fe mía que si el Pentateuco no habla de esto no es por mi
culpa. ¿Por qué no añade usted una pequeña frase, alusiva al pecado original,
al Antiguo Testamento, donde según se dice ya habéis añadido tantas otras
cosas? En cuanto a mí, nada entiendo de estas sutilezas. Mi tarea es pagarle
regularmente sus estipendios cuando tengo dinero…
PARAÍSO. Este vocablo es uno de los que mayormente se
ha apartado de su etimología. Todo el mundo sabe que en su origen designaba un
lugar plantado de árboles frutales; luego, se llamó paraíso a los jardines que
poseían árboles frondosos. Así se llamaron en la Antigüedad los jardines de
Sahara situados hacia Edén, en la Arabia Feliz, que fueron conocidos mucho
antes de que las hordas hebreas invadieran parte de Palestina.
La palabra sólo es célebre para los judíos en el Génesis. Algunos
autores judíos hablan de jardines, pero ninguno dijo una palabra del jardín
denominado paraíso terrenal. ¿Por qué los escritores ni los profetas judíos
citaron nunca el paraíso terrenal, del que nosotros nos ocupamos todos los
días? Como ello es casi incomprensible, hizo creer a sabios desenfadados que el
Génesis se escribió mucho más tarde.
Ahora bien, los judíos nunca tomaron ese jardín por el cielo. San Lucas
es el primero que designó el cielo con la palabra paraíso, cuando Jesucristo
dijo al buen ladrón: «Tú estarás conmigo, hoy, en el paraíso». Los antiguos
dieron el nombre de cielo a las nubes, denominación que era impropia dado que
las nubes tocan la tierra mediante los vapores que las forman, y cielo es una
voz vaga que significa el espacio inmenso en el que giran multitud de soles,
planetas y cometas, y que de ningún modo se parece a un jardín.
Santo Tomás dice que hay tres paraísos: el terrenal, el celeste y el
espiritual. No alcanzo a comprender la diferencia que puede haber entre el
espiritual y el celeste. El jardín espiritual, según dicho santo, es la visión
beatífica, pero eso es precisamente lo que constituye el paraíso celeste, el
goce del mismo Dios. Lejos de mi ánimo disputar con el Doctor Angélico, por lo
que me concretaré en decir: ¡Feliz el que puede estar eternamente en uno de los
tres paraísos!
Algunos sabios curiosos creen que el jardín de las Hespérides, que
vigilaba un dragón, era un remedo del jardín del Edén, cuyo guardián era un
buey o un querubín. Otros sabios más temerarios han osado decir que el buey era
una mala imitación del dragón y que los judíos fueron siempre toscos
plagiarios, pero esto es blasfemar, por lo que esa idea no puede defenderse.
¿Por qué se habrá dado el nombre de paraíso al último piso de los
teatros? Tal vez por ser la localidad más barata y donde mejor pueden ir los
pobres, y por creer que en el otro Paraíso hay más pobres que ricos? ¿Por ser
el sitio más alto, como para significar que es el cielo? Sin embargo, hay
inmensa diferencia entre ascender al cielo y subir al paraíso de un teatro.
PATRIA. En este artículo, siguiendo nuestro método, nos
limitaremos a proponer unas cuestiones que no podemos resolver.
El judío, ¿tiene patria? Sí, ha nacido en Coimbra, vive entre una
multitud de ignorantes que presentarán muchos argumentos en su contra y dará
respuestas absurdas si es que se atreve a responder; le vigilarán los
inquisidores, le condenarán a la hoguera si averiguan que no come carne de
cerdo y, después, se apoderarán de sus bienes. ¿Cabe decir que Coimbra es su
patria, que acaso puede amarla? ¿Puede decir, como los Horacios de Corneille:
Albe, mon cher pays et mon premier amour… Mourir pour le pays est un si
digne sort Qu’on briguerait en foule une si belle mort?
Su patria, ¿es Jerusalén? Oyó decir vagamente que en la Antigüedad sus
antepasados habitaron en aquel territorio pedregoso y estéril, rodeado por un
desierto inhóspito, y que los turcos son hoy dueños de aquel país. Jerusalén no
es, hoy, su patria, ni hay en el mundo un pie cuadrado de tierra que les
pertenezca.
El guebro, que es más antiguo y respetable que el judío y hoy vive
esclavo de los turcos, los persas o del Gran Mogol, ¿puede contar como patria
las chozas que eleva en secreto en la cumbre de las montañas? El baniano y el
armenio, que pasan la vida recorriendo el Oriente dedicados a ejercer el oficio
de comisionistas, ¿pueden decir que ésa es su querida patria? No tienen más
patria que su bolsa y su libro de cuentas. Y en las naciones de Europa, todos
esos mercenarios que alquilan sus servicios y venden su sangre al primer rey
que les paga, ¿tienen patria? Menos que el ave de rapiña que vuelve todas las
noches al hueco de la peña donde su madre hizo el nido. ¿Se atreven los frailes
a decir que tienen patria? Dicen que su patria es el cielo; enhorabuena, pero
en el mundo no sé que tengan patria.
La palabra patria, ¿es adecuada y conveniente en boca de un griego
moderno, que ignora que existieron Milcíades y Agesilao, que sólo sabe que es
esclavo de su jenízaro, y éste esclavo de un aga, y éste de un bajá, y éste de
un visir, y éste esclavo del padisha, que los europeos llamamos el Gran Turco?
¿Qué es, pues, la patria? ¿Será acaso un buen campo cuyo dueño, viviendo
cómodamente en una casa provista de todo, pueda decir: este campo que cultivo,
esta casa que he edificado, son míos, y vivo en ellos bajo la protección de las
leyes que ningún tirano puede violar? Cuando los que posean campos y casas,
como yo, se reúnan para tratar de sus intereses comunes, tendré voto en esa
asamblea porque constituyo parte del todo, una parte de la comunidad, una parte
de la soberanía; ésta es mi patria. Y todo lo que no sea esta convivencia de
hombres no suele ser más que una caballeriza gobernada por un palafrenero que
se impone a latigazos. Se tiene una patria bajo un buen rey; no bajo un tirano.
Un joven pastelero que había estudiado en el colegio y recordaba aún
algunas frases de Cicerón, se enorgullecía un día de amar con entusiasmo a la
patria. «¿Qué entiendes tú por patria? —le preguntó un vecino— ¿Es el horno
donde trabajas, la aldea donde naciste y no has vuelto a ver, la calle donde
vivían tus padres, que se arruinaron, obligándote a pasar la vida haciendo
pasteles, la iglesia de Nuestra Señora en la que no conseguiste ser monaguillo,
mientras que un hombre cualquiera llega a ser arzobispo o duque y disfrutar de
veinte mil luises de oro de renta?» El joven no supo qué contestar, y un
filósofo, que estaba oyendo la conversación, sacó por consecuencia que en la
patria se encuentran frecuentemente millones de almas que no tienen patria.
Tú, voluptuoso parisiense, que nunca hiciste más viaje que el de París a
Dieppe para comer pescado fresco, que sólo conoces la suntuosa casa que tienes
en la ciudad y la linda casa de campo, que hablas bastante bien la lengua
francesa porque no sabes hacer otra cosa que parlotear. estás enamorado de todo
eso y de las querindangas que mantienes y del champaña, ¿afirmas que amas a tu
patria?
¿Puede decirse, en conciencia, que el financiero ama acendradamente a su
patria? ¿Que el oficial y el soldado, que devastarían el distrito donde tienen
su acuartelamiento si les mandaran hacerlo, acaso profesan afecto tierno a los
campesinos que arruinarían? ¿Cuál era la patria del duque de Guisa, apodado el
Acuchillado? ¿Era Nancy, París, Madrid o Roma? ¿Qué patria tuvieron los
cardenales La Balue, Duprat, Lorena y Mazarino? ¿Cuál fue la patria de Atila y
demás héroes de este jaez que todo lo recorrieron y no pararon nunca? Quisiera
que me dijeran cuál fue la patria de Abrahán. Creo que fue Eurípides el primero
que dijo que la patria es el sitio donde nos encontramos bien. Pero sin duda lo
diría antes que Eurípides, el primer hombre que salió del lugar de su
nacimiento para buscar el bienestar en otra parte.
Patria es la agrupación de muchas familias, y así como de ordinario
sostenemos a la familia por amor propio, cuando no media un interés contrario,
por ese mismo amor propio sostiene cada individuo la ciudad o el pueblo de su
nacimiento que llamamos su patria. Cuando más grande es la patria menos la
amamos, porque el amor dividido se debilita. Es imposible amar tiernamente a
una familia numerosa que apenas conocemos.
El que siente la ardiente ambición de ser edil, tribuno, pretor, cónsul
o dictador, se esfuerza por pregonar que ama a su patria, pero sólo se ama a sí
mismo. Cada ciudadano desea estar seguro de poderse acostar por la noche en su
casa sin que otro hombre se irrogue el poder de mandarle que se acueste en otra
parte: la ciudadanía quiere estar segura de su fortuna y su vida. Teniendo
todos los ciudadanos los mismos deseos, el interés particular deviene en
interés general; cuando se hacen votos en favor de la república, en realidad
cada cual los hace en beneficio propio.
Es imposible que exista en el mundo ningún estado que al principio no se
haya gobernado por la república, porque ésta es la marcha natural de la
naturaleza del humano linaje. Al principio, algunas familias empezaron a unirse
para defenderse de los osos y lobos; las que sólo tenían cereales los cambiaban
con las que sólo poseían leña. Cuando descubrimos América encontramos sus
poblaciones divididas en repúblicas, sólo había dos monarquías en toda aquella
parte del mundo. Entre mil naciones, únicamente encontramos dos que estuvieran
subyugadas.
Igual ocurría en el mundo antiguo; en Europa, todo eran repúblicas antes
de conocerse los reyezuelos de Etruria y de Roma. Existieron durante muchos
siglos las repúblicas de Asia, de Trípoli, de Túnez y de Argel; hacia la parte
septentrional eran repúblicas de bandidos. Los hotentotes, situados en el
Mediodía, aún viven como en las primeras edades del mundo, libres, todos
iguales, sin amos ni vasallos, sin dinero y casi sin necesidades. La carne de
sus corderos les alimenta, con sus pieles se visten, chozas de madera y barro
son sus viviendas, y apestan más que los demás hombres, pero no se dan cuenta.
Viven y mueren más dulcemente que nosotros.
Quedan en Europa ocho repúblicas, Venecia, Holanda, Suiza, Ginebra,
Lucca, Génova y San Marino, pudiéndose considerar Polonia, Suecia e Inglaterra
como repúblicas gobernadas por un rey.
Preguntamos: ¿qué es preferible, que vuestra patria sea un estado
monárquico o un estado republicano? Hace cuatro mil años que se debate esta
cuestión. Si la han de resolver los ricos dirán que prefieren la aristocracia;
si ha de resolverla el pueblo afirmará que prefiere la democracia. Sólo los
reyes preferirán la monarquía. ¿Cómo es posible, pues, que en casi todo el
mundo gobiernen monarcas? Preguntádselo a los ratones, que cierto día se
propusieron colgar un cascabel al gato y ninguno se atrevió a ponérselo (1).
(1) La Fontaine. fábula 2ª del libro II.
La verdadera razón consiste en que los hombres rara vez son dignos de
gobernarse por sí mismos. Es triste que, con frecuencia, para ser buen patriota
sea preciso ser enemigo del resto de los hombres. Catón, que era un buen
ciudadano, proclamaba en el Senado: «Esta es mi opinión: que Cartago sea
destruida». Ser buen patriota es desear que la ciudad donde hemos nacido se
enriquezca con el comercio y sea poderosa por las armas, pero no está claro que
un país pueda ganar sin que otro país pierda, y que no se pueda vencer sin
causar víctimas. Tal es la condición humana, pues desear la grandeza de nuestro
país es desear la decadencia de otros. Quien deseara que su patria nunca fuera
más grande ni más pequeña, ni más rica ni más pobre, sería el verdadero
ciudadano del mundo.
PECADO ORIGINAL. Veamos aquí el pretendido triunfo de los
socinianos o unitarios. Ellos llaman a este fundamento de la religión cristiana
su «pecado original» y sostienen que es ofender a Dios acusarle de la barbarie
más absurda al atreverse a decir que va creando las generaciones de seres
humanos para atormentarlos con suplicios eternos so pretexto de que su primer
padre comió una fruta en un jardín. Esta sacrílega imputación es tanto más
inexcusable entre los cristianos porque no se encuentra una sola palabra
referente a esta invención del pecado original en el pentateuco, en los
Profetas, ni en los Evangelios, tanto apócrifos como canónicos. ni en ninguno
de los escritores a quienes se denomina los «primeros Padres de la Iglesia».
Ni siquiera está narrado en el Génesis que Dios condenara a Adán a
muerte por haber comido una manzana. Le dijo claramente: «Cierto que tú morirás
el día que la comas», pero el propio Génesis hace vivir a Adán novecientos
treinta años después de este almuerzo criminal. Los animales y las plantas, que
nunca habían comido este fruto, murieron en el tiempo prescrito por la
naturaleza. El hombre ha nacido para morir lo mismo que todo lo demás.
Por último, el castigo de Adán no entraba en manera alguna en la ley
judía. Adán podía ser considerado tan judío como caldeo o persa. Los primeros
capítulos del Génesis, cualquiera que fuese la época en que fueron compuestos,
fueron juzgados por los sabios judíos como una alegoría, incluso como una
fábula muy peligrosa, y se prohibió que fueran leídos antes de cumplir los
veinticinco años.
En resumen, los judíos no conocieron el pecado original como tampoco las
ceremonias chinas, y aunque los teólogos encuentran todo cuanto se les antoja
en las Escrituras, sea totidem verbis o totidem litteris, puede asegurarse que
ningún teólogo razonable encontrará nunca este sorprendente misterio.
Confesamos que san Agustín fue el primero en acreditar esa extraña idea,
digna de la cabeza cálida y novelesca de un africano libertino y arrepentido,
maniqueo y cristiano, indulgente y perseguidor, que se pasó la vida
contradiciéndose a sí mismo.
«¡Qué horror —exclaman los unitarios rígidos— calumniar al autor de la
naturaleza hasta imputarle continuados milagros para condenar eternamente a
hombres que hizo nacer para tan poco tiempo! O él ha creado las almas desde
toda la eternidad y, según ello, siendo infinitamente más antiguas que el
pecado de Adán no mantienen ninguna relación con él o estas almas se van
formando en cada momento que un hombre se acuesta con una mujer y en este caso
Dios está continuamente al acecho de todas las citas del universo a fin de
crear espíritus que hará eternamente desgraciados, o bien Dios es por sí mismo
el alma de todos los seres humanos y, según esto, se condena a sí mismo. ¿Cuál
es la más horrible o más loca de estas tres suposiciones? Todavía hay una
cuarta, pues a la opinión de que Dios espera seis semanas para crear un alma
condenada en un feto se opone a la que afirma que aquélla es creada en el
momento de la copulación, y ¿qué importan seis semanas más o menos?»
Expuesto el sentimiento de los unitarios veo que los hombres han llegado
a tal punto de superstición que tiemblo al exponerlo.
PEDRO. ¿Por qué los sucesores de san Pedro tuvieron tanto
poder en Occidente y ninguno en Oriente? Esto es lo mismo que preguntar por qué
los obispos de Wurtzburgo y de Salzburgo se arrogaron los derechos de regalía
en tiempos de anarquía, en tanto que los obispos griegos permanecieron siendo
vasallos. Las circunstancias, la ocasión, la ambición de unos y la debilidad de
otros, lo hicieron y harán todo en el mundo. A esta anarquía hay que añadir la
opinión pública, y la opinión es la reina de los hombres; no porque ésta sea
determinada en ellos, sino porque su palabrería suele pasar por opinión.
En el Evangelio consta que Jesús dijo a Pedro: «Yo te daré las llaves
del reino de los cielos». Estas palabras dieron pie a los partidarios del
obispo de Roma para sostener, en el siglo XI, que quien da lo más da lo menos,
que como los cielos rodean el mundo y Pedro tenía las llaves del continente,
debía tener también las del contenido. Si se entiende por cielo las estrellas y
planetas, es evidente, según dice Tomasius, que las llaves dadas a Simón
Barjona, de sobrenombre Pedro, eran unas llaves maestras. Si se entiende por
cielos las nubes, la atmósfera y el espacio en que se mueven los planetas,
según dice Meursins, no hay cerrajero capaz de hacer llave para semejantes
puertas.
Las llaves en Palestina eran una simple clavija de madera que ataban con
una correa. Jesús dijo a Pedro: «Lo que tú ates en el mundo, atado estará en el
cielo». De estas palabras, los teólogos del papa infirieron que se había
concedido a los pontífices el derecho de atar y desatar a los pueblos del
juramento de fidelidad prestado a sus reyes y de disponer según su voluntad de
todos los reinos. Esto es coger el rábano por las hojas. Las comunas, en los
Estados Generales celebrados en Francia en 1302, decían en una exposición
dirigida al rey que «Bonifacio VIII era un necio que creía que Dios ataba y
encarcelaba en el cielo todo lo que él ataba en la tierra». El famoso luterano
alemán Melanchton se negaba a admitir que Jesús hubiera dicho a Simón Barjona,
Cefa o Cefas: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Asamblea, mi
Iglesia». No podía concebir que Dios usara de ese juego de palabras, de agudeza
tan extraordinaria, y que el poder del Papa se fundara sobre una chirigota.
Esta idea sólo puede permitírsela un protestante.
Es creencia generalmente admitida que Pedro fue obispo de Roma, pero se
sabe sin lugar a dudas que ni en su época, ni después, hubo allí ningún
obispado privado. La comunidad cristiana no tomó forma hasta bien entrado el
siglo II. Puede ser que Pedro hiciera el viaje a Roma y también que le
crucificaran cabeza abajo, aunque no era esa la costumbre. Lo malo es que no
tenemos ninguna prueba de esto. Conservamos una carta firmada por él diciendo
que está en Babilonia, pero sabihondos canonistas afirman que donde dice
Babilonia debe entenderse Roma. De manera que suponiendo que la firmara en
Roma, habrían también podido deducir que fue escrita en Babilonia.
Durante mucho tiempo se han sacado consecuencias como éstas y así se ha
gobernado el mundo.
Hubo en Roma un santo varón al que hicieron pagar muy caro un beneficio
que denominan simonía. Le preguntaron si creía que Simón Pedro había estado
allí y respondió: «No sé que Pedro haya estado en Roma, pero estoy seguro de
que estuvo Simón».
En cuanto a la persona de Pedro. es preciso confesar que Pablo no fue el
único a quien escandalizó su conducta. sino varios los que le afearon a él y a
sus sucesores. Pablo le reprendió duramente porque comía carnes prohibidas por
la ley de Moisés, y Pedro se defendía diciendo que vio el cielo abierto a la
hora sexta y descendía de sus cuatro ángulos un gran mantel lleno de anguilas,
cuadrúpedos y aves, y que la voz de un ángel le dijo: «Mata y come». Lo que
parece ser la misma voz que dijo a muchos pontífices: «Matad y comeos la
sustancia del pueblo», reproche de Wollaston que se me antoja demasiado fuerte.
Casaubon critica las maneras con que Pedro trató a Ananías y Safira su
esposa. ¿Con qué derecho —dice Casaubon— un judío que era esclavo de los
romanos mandaba que todos los que creyeran en Jesús vendieran sus bienes y
pusieran a sus pies el producto de las ventas? Si en Londres un anabaptista
ordenara que le entregaran todo el dinero de sus hermanos, le prenderían por
extorsionador, por ladrón y lo meterían en la cárcel. ¿No es inhumano hacer
morir a Ananías porque habiendo vendido sus bienes se quedó para él y su esposa
algún dinero para satisfacer sus necesidades? A poco de morir Ananías, se
presentó su mujer y Pedro en vez de decirle caritativamente que su marido
acababa de morir de una apoplejía por haberse guardado unos óbolos, la hizo
caer en las mismas redes. Le pregunta si su marido ha entregado todo el dinero
a los santos, la buena mujer responde sí y muere de repente. Esto también es
muy duro.
Coringio pregunta por qué Pedro, que mataba en el acto a quienes le
hacían limosna, no mató a los doctores que crucificaron a Jesucristo y que
azotaron a él mismo más de una vez. Sin duda, en el país de Coringio no había
inquisición cuando osaba hacer preguntas tan atrevidas.
Erasmo, ocupándose de Pedro, hace una observación singular: dice que el
jefe de la religión cristiana empezó su apostolado renegando de Jesucristo, y
que el primer obispo de los judíos inició su ministerio construyendo un becerro
de oro y adorándolo.
Como quiera que sea, nos describen a Pedro como un pobre que catequizaba
a los pobres, parecido a los fundadores de órdenes que vivieron en la
indigencia, pero cuyos sucesores llegaron a ser grandes señores. El papa,
sucesor de San Pedro, unas veces ha ganado y otras ha perdido, pero todavía le
quedan en el mundo unos cincuenta millones de almas sujetas a las leyes
religiosas, sin contar sus vasallos inmediatos.
Reconocer la autoridad del Soberano Pontífice es sujetarse a un señor
que está a unas cuatrocientas leguas de nosotros, esperar a pensar lo que ese
hombre piense, no atreverse a juzgar en última instancia un problema entre
conciudadanos, sino por medio de comisarios nombrados por ese señor extranjero,
no intentar siquiera tomar posesión de las tierras que nos concede nuestro rey
sin pagar antes una suma considerable a ese señor extranjero, faltar a las
leyes del país que nos prohíben casarnos con nuestra sobrina y casándonos
legítimamente con ella mediante una importante suma a dicho señor extranjero.
Estas son las libertades de la Iglesia romana, según Dumarsais.
Algunos pueblos llevan mucho más lejos su sumisión al papa. En nuestros
días hemos presenciado cómo un soberano pedía permiso al yapa para que su
tribunal real pudiera juzgar a frailes acusados de homicidio y al denegárselo
no se atrevió a juzgarlos (1).
(1) El rey de Portugal. José II.
Sabido es que en tiempos pretéritos eran ilimitados los derechos de los
papas, incluso superiores a los dioses de la Antigüedad. porque los dioses sólo
aparentemente disponían de los imperios y los papas lo hacían realmente.
Sturbinus dice que merecen perdón los que dudan de la divinidad e
infalibilidad del papa, cuando se piensa que:
Cuarenta cismas han profanado la cátedra de san Pedro y veintisiete de
ellos la han ensangrentado.
Esteban VII, hijo de un sacerdote, desenterró el cuerpo de Formoso, su
predecesor, y ordenó que cortasen la cabeza al cadáver.
Sergio III, convicto y confeso de asesinatos, tuvo un hijo de Marozia,
heredero a su vez del papado.
Juan X, amante de Teodora, fue estrangulado en su lecho.
Juan IX, hijo de Sergio III, se distinguió por su vida disoluta.
Juan XII fue asesinado en casa de su amante.
Benedicto IX compró y revendió su pontificado.
Gregorio VII fue el iniciador de quinientos años de guerras civiles que
sostuvieron sus sucesores, y que
Por último, entre tantos papas disolutos, ambiciosos y sanguinarios,
sobresalió Alejandro VII, cuyo nombre causa tanto horror a la humanidad como
los de Nerón y Calígula.
Se aduce como prueba del carácter divino del papado el que haya
subsistido a pesar de tantos crímenes, pero si los califas hubieran procedido
de forma más horrible, según ese raciocinio serían más divinos.
La mejor respuesta a esto se halla en el poder mitigado que los obispos
de Roma ejercen hoy con prudencia, en la larga posesión que los emperadores les
dejan disfrutar, porque ellos no pueden quitársela, y en el sistema de un
equilibrio general que es el espíritu que reina en las cortes.
Hay quienes opinan que sólo dos pueblos pueden invadir Italia y aplastar
Roma: Turquía y Rusia. Pero estos dos pueblos no son enemigos de la Ciudad
Eterna y por tanto no se pueden prever desgracias tan lejanas.
PEDRO EL GRANDE Y J. J. ROUSSEAU. «El zar Pedro no estaba dotado de verdadero genio. de ese genio
que crea y lo consigue todo de nada. Algunas cosas que hizo estaban bien, pero
muchas otras eran extemporáneas. Comprendió que su pueblo era bárbaro, pero no
supo darse cuenta de su inmadurez para educarle y se propuso hacerlo cuando
únicamente debía haberlo endurecido. Quiso que sus súbditos fueran alemanes o
ingleses cuando tenía que haber empezado por hacerlos rusos, e impidió que
fueran ]o que podían ser convenciéndoles de que eran lo que no son. De la misma
forma que el preceptor francés educa a su discípulo para que brille un momento
durante la infancia y más tarde no sea nada. El imperio de Rusia querrá
subyugar Europa y el sojuzgado será él. Los tártaros, sus vecinos o vasallos.
llegarán a ser sus señores y los nuestros: esa revolución me parece infalible.
Todos los reyes de Europa trabajan de común acuerdo para acelerarla».
Las frases anteriores las transcribimos del Contrato social (lib. II,
capítulo VIII) o insocial del poco sociable Jean‑Jacques Rousscau. No debe
sorprendernos que, haciendo milagros en Venecia, haga profecías sobre Moscú;
mas como sabe que ya pasó el tiempo de los milagros y profecías, debe también
convencerse de que sus predicciones sobre Rusia no son tan infalibles como le
parecieron en su primer arrebato. Resulta grato anunciar la caída de los
grandes imperios porque parece que nos consuela de nuestra pequeñez. Será una
gran victoria para la filosofía llegar a ver que los tártaros, con un ejército
de hasta doce mil hombres, subyuguen Rusia, Alemania, Italia y Francia. Aunque
tengo la impresión de que el emperador de China no lo consentirá. Jean‑Jacques,
que sin duda está dotado de verdadero genio, cree que no lo tenía Pedro el
Grande.
Los rusos, dice Rousseau, nunca estarán civilizados, pero yo he tratado
a muchos que lo estaban y eran inteligentes, justos y cultivados, lo que le
parecerá cosa extraordinaria. Como es cortés, no dejará de contestar que se
habrán formado en la corte de la emperatriz Catalina, cuyo ejemplo ha influido.
Pero esto no es óbice para que tenga razón y dicho imperio quede pulverizado
dentro de poco.
El buen hombre nos asegura en una de sus modestas obras que deben
erigirle una estatua, pero no será probablemente en Moscú, ni en San
Petersburgo, donde esculpirán su efigie.
En otro orden de ideas, desearía que quien juzga a las naciones desde el
ventanuco de su tahúrda fuese más honrado y circunspecto al emitir su juicio.
Cualquier pobre diablo puede decir lo que le parezca de los atenienses, los
romanos y los antiguos persas; puede equivocarse impunemente ocupándose de los
tribunos, del sufragio universal y de la dictadura; puede gobernar en su
imaginación un vasto territorio siendo incapaz de gobernar a una criada, y
puede, en una novela, recibir un beso frío de su Julia y aconsejar a un
príncipe que se case con la hija del verdugo. Estas son sandeces de poca monta,
pero hay otras imbecilidades que pueden acarrear consecuencias graves.
Los bufones que tenían los reyes eran unos locos muy avispados: sólo
insultaban a los débiles y respetaban a los poderosos. Los locos de pueblo son
más atrevidos. Se me replicará que toleraban a Diógenes y al Aretino. Estamos
de acuerdo. Una mosca vio un día a una golondrina que en su vuelo arrastraba
una telaraña; quiso hacer lo mismo y la pobre mosca quedo presa en ella.
De esos legisladores que dirigen el universo escribiendo a tanto por
folio y desde su chabola dictan leves a los monarcas, puede decirse lo que
Homero dijo de Calcas: «Conoce el pasado, el presente y el porvenir». Lástima
que el autor del párrafo citado no conociera ninguno de los tres tiempos que
alude Homero.
De Pedro el Grande dice: «No poseía el genio que lo consigue todo de
nada». Creo esto sin gran esfuerzo, porque sólo Dios tiene la prerrogativa de
hacer algo de la nada. «No supo darse cuenta de que su pueblo no estaba maduro
para educarle», en cuyo caso debemos admirar al zar que consiguió madurarlo. Me
parece que es Jean‑Jacques el que no supo que el emperador necesitaba valerse
de alemanes e ingleses para proporcionarse rusos.
«Impidió que sus súbditos fueran lo que podían.» Y sin embargo, los
rusos vencieron a los turcos y tártaros, fueron los conquistadores y
legisladores de Crimea y otros varios pueblos, y su soberano dictó leyes a
naciones que Europa ignoraba que existieran.
En cuanto a la profecía de Jean‑Jacques, puede ser que haya entrado en
trance hasta el punto de serle posible leer el porvenir y tiene cuanto necesita
para ser profeta, pero respecto al pasado y al presente hay que confesar que no
entiende una palabra. En toda la Antigüedad no hay nada que puede compararse al
atrevimiento de enviar cuatro escuadras desde los confines del mar Báltico
hasta los mares de Grecia, de dominar al mismo tiempo el Egeo y el Ponto
Euxino, de aterrorizar la Cólquida y los Dardanelos, de subyugar la Táurida y
obligar al visir Azem a huir desde las riberas del Danubio hasta el puerto de
Andrinópolis.
Si Jean‑Jacques cree que esas hazañas que asombraron el mundo son
insignificantes, debe reconocer al menos que el conde Orlov fue muy generoso,
pues después de apoderarse de un navío que conducía la familia del bajá y sus
tesoros, liberó a aquélla y devolvió los tesoros.
Si los rusos no estaban maduros para la civilización en la época de
Pedro el Grande, convengamos en que lo están hoy para tener grandeza de alma, y
que Jean‑Jacques no está muy maduro para la verdad y el raciocinio.
Por lo que hace al porvenir, podríamos vislumbrarle si tuviéramos algún
Ezequiel, Isaías o Hababuc, pero pasó el tiempo de los profetas y me atrevo a
decir que no es de temer que vuelva.
Confieso que las mentiras que se imprimen y se refieren al presente
siempre me sorprenden. Si quienes las escriben se toman esta libertad en un
siglo en que mil volúmenes, mil gacetas y mil periódicos pueden continuamente
desmentirles, ¿qué crédito pueden merecernos los historiadores de los tiempos
antiguos, que recogían todas las habladurías, no consultaban archivos y
escribían lo que en su infancia oyeron de sus abuelos. con la seguridad de que
ningún crítico revelaría sus errores?
Durante mucho tiempo tuvimos nueve musas, la sana crítica, que es la
décima, apareció muy tarde, pues no existía ni en tiempos de Queops, del primer
Baco, de Sanchoniatón, de Thaut, de Brahma, etc. Entonces se escribía
impunemente lo que se quería; en nuestros días es preciso ser más prudentes.
PERRO. Al parecer, la naturaleza ofreció el perro al
hombre para su defensa y recreo. Es el más fiel de los animales, el mejor amigo
del hombre.
Su especies son muchas y con grandes diferencias. ¿Quién puede sospechar
que el lebrel proviene en su origen del perro de aguas? No tiene el pelo de
éste, ni las patas, la cabeza, las orejas, la voz, el olfato, ni el instinto.
Quien sólo haya visto perros de agua y falderos. cuando vea un lebrel por
primera vez lo tomará más bien por un caballo pequeño que por un can de la raza
de los falderos. Es probable que cada raza haya sido siempre como es, salvo la
mezcla de algunas en número insignificante.
No alcanzo a comprender por qué la ley judía declaró inmundo al perro,
como al ixión, al grifo, la liebre, el cerdo y la anguila; sin duda tuvieron
alguna razón física o moral que nosotros no hemos podido descubrir.
Todo cuanto se diga de la sagacidad, obediencia, amistad y del valor de
los perros, es prodigioso y debe ser creído. Ulloa refiere que en el Perú los
perros españoles reconocen a los hombres de raza india los persiguen y los
despedazan, y que los perros peruanos hacen lo mismo con los españoles (1).
Este hecho prueba que una y otra esperie de perros conservan todavía el odio
que les inspiraron en la época del descubrimiento de América y que cada una de
esas razas pelea por sus dueños con igual fidelidad e idéntico valor que
entonces. ¿Por qué la palabra perro se ha convertido en injuria? Como expresión
de ternura se dice palomita mía, pichoncito mío; en cambio, llamamos perros a
quienes nos incordian. Los turcos, sin estar enfadados, dicen siempre, con cierto
tono despectivo, los perros cristianos, y el populacho inglés, al ver pasar un
hombre que por su facha y aspecto denota haber nacido en las Galias, le llama
comúnmente french dog (perro francés). Este epíteto es poco cortés y hasta
injusto. El delicado Homero hace decir al divino Aquiles, dirigiéndose al
divino Agamenón, que es imprudente como un perro. Esto podía tal vez justificar
al populacho inglés.
(1) Viaje de Ulloa al Perú, libro VI.
Los más entusiastas partidarios del perro reconocen que este animal
tiene fiereza en la mirada, que los hay de malas pulgas y que a veces muerden a
los desconocidos tomándolos por enemigos de sus dueños como los centinelas
hacen fuego a los transeúntes que se acercan demasiado a la muralla.
¿Por qué los egipcios reverenciaron y adoraron al perro? Porque, según
el dicho popular, avisa al hombre. Plutarco dice (2) que cuando Cambises mató
al buey Apis lo hizo asar y se lo comieron sus convidados; ningún animal se
atrevió a comerse los restos del convite porque sentían profundo respeto por el
buey Apis, pero el perro no fue tan escrupuloso y comió carne y huesos del dios
asado. De esto se escandalizaron los egipcios y el perro Anubis perdió entonces
parte de su fama. No obstante el perro continuó teniendo el honor de figurar en
el cielo antiguo con las denominaciones de grande y pequeño perro.
(2) Plutarco, cap. de Isis y de Osiris.
De todos los canes, Cancerbero fue el que gozó de mayor fama y tenía
tres cabezas. Sabida es la predilección de los antiguos por el número tres:
Isis, Osiris y Horus fueron las tres divinidades de Egipto tres fueron los
hermanos dioses del mundo griego: Júpiter, Neptuno y Plutón tres eran las
Parcas, tres las Furias, tres los jueces del Infierno y tres las cabezas del
perro que lo guardaba.
Nos percatamos ahora que hemos omitido escribir un artículo sobre los
gatos, pero nos consuela de tal omisión indicar a nuestros lectores que pueden
leer la historia de éstos compuesta por Moncrif, miembro de la Academia
Francesa. Sólo hacemos notar que en el cielo no hay gatos, como hay cabras,
cangrejos, toros, becerros, águilas, leones, peces, liebres y perros. En
cambio, el gato fue consagrado, reverenciado o adorado con el culto de dulía en
algunas ciudades, y quizá con el culto de latría por algunas mujeres (1).
(1) Culto de dulía es el tributado a los santos en oposición al culto de
latría que se tributa exclusivamente a Dios.
PERSECUCIÓN. No es precisamente Diocleciano a quien llamaría
perseguidor, puesto que durante dieciocho años fue el protector de los
cristianos y si bien es verdad que en los últimos años de su imperio no pudo
salvarles de los resentimientos de Galerio, lo cierto es que sólo fue un
príncipe seducido y arrastrado por la intriga más allá de su carácter, como
tantos otros.
Todavía atribuiría menos el calificativo de perseguidores a los Trajanos
y a los Antoninos; me parecería una blasfemia.
¿Quién es el perseguidor? Cuando el orgullo herido o un furioso
fanatismo azuzan al príncipe o a los magistrados contra los hombres inocentes
que no cometen otro crimen que tener otra opinión: «Desvergonzado, tú adoras un
Dios, predicas la virtud y la practicas; has ayudado a los seres humanos y les
has consolado; has establecido bien al huérfano y has socorrido al pobre; has
transformado los desiertos donde unos esclavos arrastraban una vida miserable
en campiñas fértiles pobladas de familias felices; pero he descubierto que me
desprecias y jamás has leído mi libro de controversias. Tú sabes que soy un
granuja, que he falsificado la escritura de G…, he robado los…; podrías
denunciarme y es preciso que te advierta. Iría entonces al confesor del primer
ministro o al gobernador y le demostraría, inclinando el cuello y torciendo los
labios, que tienes una opinión errónea acerca de las celdas donde se recluyeron
los Setenta, que desde hace diez años hablas de manera poco respetuosa sobre el
perro de Tobías, que afirmas era un perro de aguas cuando yo he demostrado que
era un galgo, y te denunciaré como enemigo de Dios y de los hombres». Tal es el
lenguaje del perseguidor, y si no son precisamente éstas las palabras que salen
de su boca, están grabadas en su corazón con el buril del fanatismo templado en
la hiel de la envidia.
De este modo, el jesuita Le Tellier se atrevió a perseguir al cardenal
De Noailles y de igual manera Jurieu a Bayle.
Cuando empezaron a perseguir a los protestantes en Francia, no fueron
Francisco I, ni Enrique II, ni Francisco II, quienes espiaron a esos
infortunados, se armaron contra ellos con un furor premeditado y les arrojaron
a las llamas para ejercer en ellos sus venganzas. Francisco I estaba demasiado
ocupado con la duquesa de Etampes, Enrique II con su vieja Diana y Francisco II
era demasiado joven. ¿Quiénes empezaron la persecución? Los sacerdotes celosos,
que animaron los prejuicios de los magistrados y la política de los ministros.
Si los reyes no hubieran sido engañados, habrían previsto que la
persecución produciría cincuenta años de guerras civiles y que media nación
sería exterminada por la otra media, y habrían apagado con sus lágrimas las
primeras hogueras que dejaron encender.
¡Dios de misericordia! Si alguien puede parecerse a ese ser malhechor
que se nos describe ocupado en destruir tu obra, ¿no es el perseguidor?
PLAGIO. Etimológicamente, se dice que procede de la
voz latina plaga, que significaba condenar a la pena de azote a quienes habían
vendido hombres libres por esclavos. Esto no tiene nada que ver con el plagio
de los autores, los cuales no venden hombres esclavos ni libres y sólo se
venden a veces a sí mismos por un puñado de monedas.
Cuando un autor vende los pensamientos de otros por suyos, ese hurto se
llama plagio. Cabe, pues, llamar plagiarios a todos los compiladores, todos los
que escriben diccionarios, si no hacen más que repetir las opiniones, errores,
imposturas y verdades que ya estaban impresos en diccionarios precedentes.
Ahora bien, al menos éstos son plagiarios de buena fe que no se atribuyen el
mérito de la invención, ni siquiera pretenden haber exhumado de obras antiguas
los materiales que reúnen, ya que sólo han copiado a los laboriosos
compiladores del siglo XVI. Nos venden en un volumen en cuarto lo que ya
teníamos impreso en un volumen en folio. Pueden llamarse libreros mejor que
autores, y mejor incluirse en la clase de ropavejeros que en la de plagiarios.
El verdadero plagio consiste en publicar como nuestras las obras de
otros, en insertar pasajes largos de un buen libro, cambiando sólo unas
palabras, pero el lector ilustrado, que distingue un trozo de paño de oro entre
muchos de paño burdo, reconoce en seguida al torpe ladrón.
PLATÓN. Los padres de la Iglesia de los cuatro
primeros siglos fueron todos griegos y además platónicos. No hay un solo romano
que escribiera sobre el cristianismo, ni que tuviera la menor idea de
filosofía. Es más, la Iglesia de Roma, que en nada contribuyó al
establecimiento de la religión verdadera, fue la que recogió todas sus
ventajas. Pasó en esa revolución como en todas las que nacen de las guerras
civiles: los primeros que conmocionan el Estado trabajan, sin saberlo, para
otros.
La escuela de Alejandría, que fundó Marc, al que sucedieron Atenágoras,
Clemente y Orígenes, fue el centro de la filosofía cristiana. Dicha escuela
consideraba a Platón como el maestro de la sabiduría, como el intérprete de la
Divinidad. Si los primitivos cristianos no hubieran adoptado los postulados
espiritualistas de Platón, nunca habrían tenido en su comunidad ningún
filósofo, ningún hombre de ingenio. Dejo de lado la inspiración y la gracia,
que están por encima de la filosofía, y sólo me ocupo del desarrollo ordinario
de las cosas humanas. Afirman algunos que en Timeo, de Platón, fue donde se
instruyeron principalmente los padres griegos. Dicha obra parece ser la más
sublime de toda la filosofía antigua, y es casi la única que Dasier no ha
traducido, tal vez porque no la entendía y temía presentar a los lectores
cultos el rostro de esa divinidad griega que adoramos porque está cubierta con
un velo.
Platón, en ese magnífico diálogo, empieza por introducir un sacerdote
egipcio que narra a Solón la historia antigua de la ciudad de Atenas, que se
conservaba fielmente desde nueve mil años antes en los archivos de Egipto.
Según afirma dicho sacerdote, Atenas era entonces la ciudad más
floreciente de Grecia, la más hermosa y célebre del mundo por las artes de la
guerra y la paz; ella sola pudo resistir a los guerreros de la famosa isla
Atlántida, que llegaron en numerosas naves a subyugar gran parte de Europa y
Asia. Atenas conquistó la gloria de liberar a muchos pueblos vencidos y
preservar a Egipto de la esclavitud que la amenazaba. Mas después de tan
ilustre victoria y tan relevante servicio al género humano, un terremoto se
tragó en veinticuatro horas el territorio de Atenas y toda la Atlántida. En la
actualidad, esa isla es un vasto mar al que las ruinas del antiguo mundo y el
limo mezclado con sus aguas lo hacen innavegable.
Esto lo cuenta el sacerdote a Solón. Platón empieza por explicarnos la
formación del alma, las operaciones del Verbo y su Trinidad. No es imposible
que existiera una isla Atlántida desde nueve mil años antes y la destruyera un
terremoto, pero ese sacerdote, al añadir que el mar que baña el monte Atlas es
inaccesible a los navíos, nos hace sospechar de la verdad de esa historia. Pudo
acontecer, aun así, que desde Solón, o sea, desde tres mil años a esta parte,
las olas limpiaran el limo de la antigua Atlántida haciendo el mar navegable.
Pero siempre nos resultará extraño que Platón empiece por ocuparse de esta isla
para hablar del Verbo.
Tal vez Platón, al referir ese cuento de sacerdote o de vieja, sólo
trató de insinuar los avatares que varias veces cambiaron la faz del Globo, o
acaso quiso decir lo que Pitágoras y Timeo de Locres refieren mucho tiempo
antes que él y nuestros ojos ven todos los días: que todo se renueva en la
naturaleza. La historia de Deucalión y de Pirra, la caída de Faetón, son
fábulas, pero las inundaciones y los cambios son verdades.
Platón arranca de su isla imaginaria para exponer ideas que el mejor de
los filósofos modernos no desdeñaría aceptar, por ejemplo que «todo efecto
tiene necesariamente una causa, un autor. Es difícil encontrar el autor de este
mundo, y cuando se le encuentra es peligroso decírselo al pueblo».
Actualmente se reconoce esta verdad. Si un sabio, al pasar por Nuestra
Señora de Loreto, se atreve a decir a otro sabio amigo que dicha Virgen no
gobierna el mundo y una devota mujer oye estas palabras y las refiere a otras
mujeres de Ancona correrá el peligro de ser apedreado como Morfeo. Este es el
caso en que se encontraron los primeros cristianos que hablaban impíamente de
Cibeles y Diana. Esto solo debía afiliarles a la doctrina de Platón, y las
ideas ininteligibles que expone luego no debieron disgustarles.
No reprocho a Platón el haber dicho que el mundo es un animal, porque
sin duda quiso decir que los elementos en movimiento animan el universo, ni que
no clasifique al perro y al hombre, que andan, sienten, comen, duermen y
engendran. Siempre debemos interpretar a un autor en el sentido más favorable,
y sólo cuando se acusa a las gentes de herejes, o cuando denuncian sus libros,
tenemos derecho a interpretar malévolamente todas las palabras y hasta
deformarlas. Pero esto no debe hacerse con Platón.
Encontramos en él una especie de trinidad que es el alma de la materia,
desde luego. He aquí sus palabras: «De la sustancia indivisible, que siempre es
semejante a sí misma, y de la sustancia divisible, compuso una tercera
sustancia que participa de una y otra». A continuación aduce infinidad de
números al estilo pitagórico que dificultan todavía más la comprensión de lo
que trata de explicar, pero que por eso hace respetable lo que no se entiende.
Casi en seguida dice: «Cuando de estas tres sustancias Dios creó el alma
del mundo, ese alma se lanzó desde el centro del universo hasta los extremos
del ser, difundiéndose por todas partes en el exterior y replegándose sobre sí
misma. De esta manera formó en todos los tiempos el origen divino de la
sabiduría eterna y asimismo la naturaleza del animal inmenso, que se llama
mundo, es eterna».
Siguiendo la doctrina de sus predecesores, Platón considera al Ser
Supremo artífice del mundo creándolo antes que el tiempo, de manera que Dios no
podía existir sin el mundo, ni el mundo sin Dios, como el sol no puede existir
sin esparcir su luz en el espacio, ni difundirse la luz en el espacio sin que
exista el sol.
Ahora bien, Platón habla de una segunda trinidad: «El ser engendrado, el
ser que engendra y el ser que se parece al engendrado y al engendrador». A esta
trinidad sigue una teoría muy singular sobre los cuatro elementos. La tierra se
funda en un triángulo equilátero, el agua en un triángulo rectángulo, el aire
en un triángulo escaleno y el fuego en un triángulo isósceles. Tras lo cual
prueba taxativamente que no pueden existir más que cinco mundos, porque no
existen más que cinco cuerpos sólidos regulares y, sin embargo, sólo hay un
mundo que es redondo.
Confieso que no hay filósofo que pueda discurrir mejor en los
manicomios. Tal vez esperan mis lectores que les hable de otra famosa Trinidad
de Platón, que tanto han elogiado sus comentaristas, trinidad que componen el
Ser Supremo eterno, creador perpetuo del mundo, su Verbo, o sea su inteligencia
o su idea, y el bien que de todo esto resulta, pero aseguro a mis lectores que
la he buscado en Timeo y no la he encontrado Acaso esté en el totidem litteris,
pero tampoco está allí totidem verbis o estoy engañado.
Después de leer a Platón vislumbro con pesadumbre alguna sombra de la
trinidad, que le honra, según los comentaristas. La vislumbro en el libro sexto
de su República, cuando dice: «Hablemos del Hijo, producción maravillosa del
bien, y su perfecta imagen», pero por desgracia esta perfecta imagen de Dios es
el sol. Hay, por tanto, que sacar la consecuencia de que el sol, el Verbo y el
Padre, componían la trinidad platónica.
En su Epinomis se encuentran galimatías muy curiosos, de los que voy a
traducir uno de la manera más clara posible para comodidad del lector.
«Sabed que existen en el cielo ocho virtudes; las he observado y es
fácil que lo haga cualquiera. El sol es una de ellas, otra es la luna y las
estrellas constituyen la tercera. Y los cinco planetas, con las tres virtudes
mencionadas, suman ocho. No creáis que esas virtudes, o los que están en ellas
y las animan, anden por sí mismos o los arrastren vehículos; no creáis, repito,
que unos sean dioses y los otros no, que unos sean dignos de adoración y otros
indignos. Todos son hermanos y a todos les debemos los mismos honores y cumplen
las funciones que el Verbo les designó cuando creó el universo visible.»
Habiendo encontrado el Verbo, vamos a ver si damos con las tres personas
que aparecen en la segunda carta que Platón escribió a Dionisio. No podemos
dudar de la autenticidad de estas cartas porque han sido escritas con el mismo
estilo que los Diálogos. Con frecuencia, Platón dice a Dionisio y a Dión cosas
tan difíciles de comprender que parecen escritas en lenguaje cifrado, pero
otras son tan claras que han pasado por verdades muchos años después de su
vida. Valga como muestra la séptima carta, dirigida a Dión:
«Estoy convencido de que gobiernan muy mal los Estados en que no hay
institución buena ni buena administración. Puede decirse que viven al día y
todo lo dirige el capricho del azar y no la sabiduría humana.»
Tras esta corta digresión, que hace referencia a los asuntos temporales,
ocupémonos otra vez de los espirituales, de la trinidad. Platón dice a
Dionisio:
«El rey del universo está rodeado de sus obras y todo en él es efecto de
su gracia. Las cosas más hermosas tienen en él su causa primera; las segundas
en perfección tienen en él una segunda causa, y es también la tercera causa de
las otras que están en tercer lugar.»
Podrá reconocerse en dicha carta la trinidad, no como nosotros la
comprendemos, pero es suficiente garantía de los dogmas de la Iglesia naciente
encontrar esas ideas en un autor griego. Toda la Iglesia griega fue platónica,
como toda la Iglesia latina fue peripatética desde inicios del siglo XIII. Así,
pues, dos griegos casi ininteligibles nos enseñaron a pensar, hasta que los
hombres se han decidido a pensar por sí mismos al cabo de dos mil años.
Cuando Platón repitió a los griegos lo que los filósofos de otras
naciones dijeron antes, que existía una inteligencia suprema que había
organizado el universo, ¿creyó que la inteligencia suprema residía en un sitio
determinado, como los reyes del Oriente en su serrallo, o tal vez que esa
poderosa inteligencia se difundía por todas partes como la luz o un ser más
sutil todavía, más activo y penetrante que la luz? En suma, el Dios de Platón
¿existía en la materia o separado de ella? Vosotros, los que habéis leído
atentamente a Platón, o sea siete u ocho visionarios que vivís desconocidos en
algunas buhardillas de Europa, si llega hasta vosotros esta cuestión os suplico
que la decidáis.
La isla bárbara de Casitérides, la actual Inglaterra, donde los hombres
vivían en los bosques en tiempos de Platón, produjo mucho más tarde filósofos
tan superiores a Platón, como éste lo fue a sus coetáneos, que no razonaban.
Entre estos filósofos puede que Clarke sea el más profundo claro y metódico de
cuantos se han ocupado del Ser Supremo. Cuando publicó su magnífico libro se le
presentó un joven gentilhombre del condado de Gloucester y con el mayor candor
le hizo objeciones tan contundentes como sus demostraciones. Esas objeciones
constan al final del primer volumen de Clarke y no contradicen la existencia
necesaria del Ser Supremo, sino su infinitud y su inmensidad. En efecto, Clarke
no demostró que exista un ser que penetre íntimamente en todo lo que existe, ni
que este ser, del que no podemos concebir las propiedades, goce de la facultad
de extenderse más allá de los límites imaginables.
El gran Newton demostró que en la naturaleza existe el vacío. Pero, ¿qué
filósofo es capaz de demostrarme que Dios está en el vacío y lo llena? ¿Cómo
siendo tan limitados podemos sondear esas profundidades? Debemos concretarnos a
haber probado que existe un Ser Supremo, va que nos es imposible averiguar qué
es, ni cómo es.
Parece que Locke y Clarke fueron dueños de las llaves del mundo
inteligible. Locke abrió todas las estancias donde se puede entrar, pero Clarke
quiso penetrar más allá del edificio. ¿Cómo Spinoza, dotado de tan profunda
inteligencia como Clarke, elevándose hasta ]a metafísica más sublime, no pudo
comprender que una inteligencia suprema creó las obras tan maravillosamente
organizadas? ¿Cómo Newton, el más grande de los hombres, pudo comentar el
Apocalipsis de la manera que he referido (1)?) ¿Cómo Locke, después de
desarrollar muy bien el entendimiento humano, degradó el suyo escribiendo el
libro Cristianismo razonable? Esos grandes hombres me parecen águilas que,
descendiendo de las nubes, van a posarse en un estercolero.
PLEGARIAS. No conocemos ninguna religión que no tenga
sus rezos. Los tuvieron los judíos, pero sólo más tarde, en épocas que
entonaron los cánticos en sus sinagogas.
(1) Véase el artículo Newton y Descartes.
Todos los hombres, desde los tiempos más remotos, según sus deseos o
temores, invocaron la protección de alguna divinidad. Algunos filósofos más
respetuosos con el Ser Supremo y menos condescendientes con la debilidad
humana, no admitieron más plegaria que la resignación. Esta es, pues, la
correlación que al parecer debe existir entre los mortales y el creador, pero
la filosofía no es la ciencia de gobernar el mundo. Es superior al vulgo y
habla un lenguaje que aquél no puede comprender. Creo que entre los filósofos
únicamente Máximo de Tiro se ocupó de esta materia. He aquí, en sustancia, lo
que dice:
«El Eterno tiene sus designios durante toda la eternidad. Si la plegaria
está de acuerdo con su voluntad, es inútil que pidamos lo que está dispuesto a
hacer; es suplicarle que sea blando, ligero o inconstante, es burlarse de él.
Si le pedís algo justo, lo concederá sin que lo pidamos; si le suplicáis una
cosa injusta, le ultrajáis. Sois dignos o indignos de la merced que imploráis;
si sois dignos, lo sabe mejor que vosotros, y si sois indignos hacéis mal
pidiéndole lo que no merecéis. En una palabra, sólo rezamos a Dios porque le
hemos hecho a nuestra imagen, y le tratamos como un bajá o un sultán al que
podemos apaciguar o poner furioso. En todas las naciones rezan a Dios; los
sabios se resignan y le obedecen. Recemos como el pueblo y resignémonos como los
sabios.»
En el artículo Oración hemos dejado constancia de las plegarias de
muchas naciones y de los judíos. Este pueblo tuvo un rezo desde tiempo
inmemorial que traemos a colación por estar en armonía con el que enseñó
Jesucristo. Helo aquí: « ¡Oh Dios, magnificado y santificado sea vuestro
nombre! Haced reinar vuestro reinado, florecer la redención y que el Mesías
aparezca pronto».
Esta plegaria, que recitan en lengua caldea, hace suponer que era tan
antigua como la cautividad de los judíos y que entonces fue cuando empezaron a
esperar un Mesías, que siempre han reclamado desde los tiempos de sus
desastres.
La palabra Mesías, que se encuentra en esa antigua plegaria, dio origen
a muchas discusiones sobre la historia del pueblo hebreo. Si esa plegaria es de
la época de la transmigración a Babilonia, es evidente que los judíos debieron
desear y esperar un libertador. Pero, ¿por qué en tiempos más calamitosos
todavía, después que Tito destruyó Jerusalén, ni Flavio Josefo ni Filón hablan
de que esperaban un Mesías? En la historia de todos los pueblos se encuentran
detalles oscuros, pero la de los judíos es un caso perpetuo. Es de lamentar
para las gentes que desean instruirse que los caldeos y egipcios hayan perdido
sus archivos y sólo los judíos los conservaran.
POETAS. Cuando sale del colegio, cualquier joven se
plantea el dilema de si se dedicará a médico, abogado, teólogo o poeta. De los
abogados y médicos ya nos hemos ocupado; ahora diremos algo de la fortuna
prodigiosa que algunas veces consigue el poeta.
El teólogo que llega a ascender a la dignidad de papa tiene a sus
órdenes, no sólo domésticos teológicos, cocineros, coperos, barrenderos,
médicos, cirujanos, reposteros y predicadores, sino también un poeta. Ignoro
qué loco sería el poeta de León X, como David fue durante algún tiempo el poeta
de Saúl.
De todos los empleos que se pueden tener en una casa principal,
indudablemente éste es el más inútil. Los reyes de Inglaterra, que conservan en
su isla muchos antiguos usos que se han perdido en el continente, tienen su
poeta oficial con la obligación estricta de escribir todos los años una oda en
elogio de santa Cecilia, que antiguamente tocaba tan bien el clavicordio que un
ángel descendió del cielo para oírlo de más cerca.
Moisés es el primer poeta que conocemos, aunque debemos suponer que
mucho antes de su época los egipcios, caldeos, sirios e hindúes, conocían la
poesía, puesto que conocían la música. El hermoso himno que cantó Moisés con su
hermana María cuando salieron del mar Rojo es el primer monumento poético
escrito en versos exámetros que ha llegado hasta nosotros. No opino, como
Newton, Leclerc y otros, que fue escrito unos ochocientos años después del
acontecimiento y aseguran que Moisés no pudo escribir en lengua hebrea porque
ésta no es más que un dialecto sacado del fenicio, que Moisés no podía saber.
Tampoco soy de la opinión del sabio Gnet, quien afirma que Moisés no podía
cantar porque era tartamudo y no pronunciaba bien. Si creemos a los mencionados
autores Moisés es menos antiguo que Orfeo, Museo, Homero y Hesíodo. A primera
vista se comprende que tal opinión es absurda. Tampoco pienso contestar a otros
desenfadados que suponen que Moisés es un personaje imaginario, un remedo de la
fábula del antiguo Baco, que cantaban en las orgías todos los prodigios que
obró Baco, atribuyéndoselos después a Moisés, antes que se supiera que había
judíos en el mundo. Semejante idea se invalida por sí misma.
También hubo un excelente poeta judío que a no dudar fue anterior a
Horacio, el rey David, estando probado que el Miserere es infinitamente
superior al Justum ac tenacem propositi virum.
No deja de sorprendernos que los primitivos poetas fueran legisladores y
reyes cuando en la actualidad se encuentran bastantes personas bondadosas para
querer ser poetas de los reyes. Virgilio no ejercía en verdad este empleo en el
imperio de Augusto, ni Lucano el de poeta de Nerón, pero confieso que
envilecieron algo la profesión considerando dioses al uno y al otro.
Puede preguntarse por qué siendo la poesía tan poco necesaria en el
mundo ocupe tan elevado lugar en las bellas artes. Lo mismo puede decirse de la
música. La poesía es la música del alma, sobre todo la de las almas grandes y
sensibles. Uno de los méritos de la poesía, por todos reconocido, es que dice
más que la prosa y con menos palabras. No me ocuparé de otros encantos de la
poesía porque son conocidos, pero sí diré que no hay verdadera poesía sin gran
sensatez. Pero, ¿cómo puede armonizarse la sensatez con el entusiasmo? Pues
como hacía César, que trazaba el plan de una batalla con gran prudencia y una
vez realizado combatía con furor.
Ha habido poetas locos, cierto, pero precisamente por eso fueron malos.
El hombre que sólo tiene dáctilos y espóndeos en su cabeza rara vez es hombre
de sensibilidad; en cambio, Virgilio estaba dotado de una razón superior.
Lucrecio era un mal físico, y en esto se parecía a toda la Antigüedad. La
física no se aprende con la imaginación; es una ciencia que sólo puede
estudiarse con instrumentos y éstos todavía no se habían inventado. Descartes
no sabía más que Lucrecio cuando sus llaves abrieron el santuario, y hemos
andado cien veces más camino desde Galileo, que fue mejor físico que Descartes,
hasta nuestros días, que desde el primer Hermes hasta Lucrecio y desde Lucrecio
a Galileo.
Toda la física antigua pertenece a una escuela absurda, lo que no ocurre
con la filosofía del alma y del buen sentido, que con ayuda del talento sopesa
con justicia las dudas y verosimilitudes. Este es el gran mérito de Lucrecio,
cuyo tercer canto es una obra maestra del buen pensar: argumenta como Cicerón y
se expresa a veces como Virgilio. Al afirmar que Lucrecio razona como un
metafísico excelente en el tercer canto no quiere decir que tenga razón;
podemos argumentar con un criterio vigoroso y equivocarnos, si no nos ha
instruido la revelación. Lucrecio no era judío, y los judíos eran los únicos en
el mundo que tenían razón en tiempos de Cicerón, Posidonio, César y Catón. Al
poco tiempo, durante la dominación de Tiberio, los judíos dejaron de tener razón
y desde entonces sólo los cristianos tuvieron sentido común. De manera que no
era imposible que consideraran necios a Cicerón, Lucrecio y César,
comparándolos con los judíos y con nosotros, pero es preciso convenir que para
el resto del humano linaje fueron tres grandes hombres.
Confieso que Lucrecio se suicidó, igual que Catón, Casio y Bruto, pero
pudieron muy bien quitarse la vida y haber tenido razón como hombres de talento
durante su existencia.
Es indudable que los herejes fueron quienes empezaron a desencadenarse
contra la más bella de las artes. León X resucitó el teatro trágico y no
necesitaron otro pretexto los protestantes para decir que eso era obra de
Satanás. Ginebra y muchas ciudades de Suiza pasaron ciento cincuenta años sin
consentir que se tocara un violín. Los jansenistas, que hoy bailan alrededor
del sepulcro de san Paris, para edificar al prójimo prohibieron en el siglo
XVII a la princesa Conti que enseñara a bailar a su hijo porque era un acto
profano. Esto pese a que era preciso tener gracia y saber bailar el minué, y
como tampoco querían que tocara el violín, el director espiritual autorizó
finalmente que enseñaran a bailar al príncipe Conti al son de castañuelas.
Algunos católicos algo visigodos de la parte de acá de las montañas
temiendo los reproches de los protestantes, llegaron a escandalizarse más que
éstos y así fue como, poco a poco. se fue estableciendo en Francia la moda de
difamar a César y a Pompeyo y negar ciertas ceremonias a personas que estaban a
sueldo del rey y trabajaban con permiso de los magistrados. Nadie protestó
contra semejante abuso, por no malquistarse con hombres poderosos, por Fedra y
por otros héroes de siglos pasados. En su fuero interno, todos reconocían que
ese rigor era absurdo, pero todo el mundo callaba y acudía al teatro a oír las
representaciones de las buenas obras dramáticas.
Roma, de donde los franceses hemos aprendido nuestro catecismo, no lo
usa como nosotros; siempre supo acomodar las leyes a los tiempos y a las
necesidades. Distinguió bien entre los descarados titiriteros, con motivo
censurados de antiguo, y las obras teatrales de Trissin y varios obispos y
cardenales que contribuyeron a resucitar la tragedia. Actualmente, en Roma se
representan comedias en los conventos a las que asisten las damas sin suscitar
ningún escándalo, y nadie cree que los diálogos que se recitan sean una infamia
diabólica. No hace mucho, unas monjas representaron la obra Jorge Dandín en un
convento de Roma, asistiendo a la función multitud de damas y eclesiásticos.
Los prudentes romanos se guardan muy bien de excomulgar a los jóvenes
que cantan de tiple en las óperas italianas; ya es bastante castigo haberles
castrado en este mundo y no necesitan condenarse en el otro.
En los buenos tiempos de Luis XIV ponían en los espectáculos un banco
que llamaban de los obispos. Se sabe que, durante la minoría de Luis XV, el
cardenal Fleury, por aquel entonces obispo de Frejus, porfió por reinstaurar
esa costumbre. Pero otros tiempos exigen otras costumbres. En apariencia, somos
más cultos que cuando Europa entera acudía a admirar las fiestas francesas,
cuando Richelieu hizo revivir el teatro y León X hizo renacer en Italia el
siglo de Augusto, pero llegarán días en que nuestros nietos, al leer la obra
impertinente del padre Le Brun, exclamarán con sorpresa: ¿Es posible que los
franceses se contradigan de ese modo y que la más absurda barbarie irguiera
orgullosamente la cabeza entre las más bellas producciones del intelecto
humano?
POLIGAMIA. Mahoma redujo a cuatro el número ilimitado de
esposas, pero como es indispensable ser muy rico para mantener cuatro féminas,
sólo los grandes señores pueden disfrutar ese privilegio. De modo que la
pluralidad de esposas no perjudica tanto. como se cree, a los estados
musulmanes, ni los despuebla como se repite en libros escritos por autores mal
enterados.
Los judíos, siguiendo la antigua costumbre establecida en sus libros
desde tiempos patriarcales, gozaban de libertad para tener varias mujeres.
David tuvo dieciocho, y desde esa época los rabinos limitaron a esa cantidad la
poligamia de los reyes, aunque se dice que Salomón tuvo setecientas.
En la actualidad, los mahometanos no permiten públicamente que los
judíos tengan pluralidad de esposas; no los creen dignos de esa ventaja, pero
el dinero, que puede más que las leyes, en Oriente y Africa permite a los
judíos ricos lo que la ley les niega.
Se ha escrito que Lelio Cinna, tribuno de la plebe, publicó después de
la muerte de César que este dictador se proponía promulgar una ley que otorgaba
a las mujeres el derecho a tener los maridos que quisieran. Cualquier hombre
sensato debe comprender que eso es una historieta ridícula inventada para hacer
odioso a César. Tal historieta se parece a otra que refiere que un patricio
romano propuso al Senado autorizar a César el copular con cuantas mujeres le
gustaran. Semejantes tonterías deshonran la historia y hacen formar mala
opinión de quienes las creen. Es lamentable que Montesquieu diera crédito a esa
fábula.
El emperador Valentiniano I, que se las daba de cristiano, se casó con
Justina en vida de su primera mujer Severa, madre del emperador Gratiano, pero
era lo bastante rico para mantener varias mujeres. En el primer linaje de los
reyes francos, Gontrán, Chereberto, Sigeberto y Chilperico tuvieron varias
mujeres al mismo tiempo. Gontrán reconoció como esposas legítimas a Veneranda,
Mercatruga y Ostregila, que vivían en su palacio. Chereberto tuvo tres esposas:
Merofleda, Marcovesa y Teodogila.
Es inconcebible que el ex jesuita Nonotte tuviera la osadía e ignorancia
de negar tales hechos, afirmara que los citados reyes francos no fueran
polígamos y desfigurara en una obra de dos tomos muchas verdades históricas.
El padre Daniel, más sabio y sensato, confiesa sin rubor la poligamia de
los reyes francos: reconoce que Dagoberto I tuvo tres mujeres y dice que
Teodoberto contrajo matrimonio con Deuteria, no obstante tener otra esposa,
Visigalda, y a pesar de que Deuteria era también casada. Añade que en esto
imitó a su tío Clotario, quien casó con la viuda de su hermano Clodomiro,
aunque tenía ya tres esposas. Varios historiadores aseguran lo que estamos
diciendo. En vista de estos testimonios, debe castigarse la imprudencia de ese
ex jesuita ignorante que quiere erigirse en maestro y dice, vomitando tan
enormes sandeces, que habla así para defender la religión, como si alguien la
atacara exponiendo hechos históricos.
El abate Fleury, autor de Historia Eclesiástica, es más respetuoso con
la verdad en lo referente a las leyes y usos de la Iglesia. Confiesa que
Bonifacio, apóstol de la Baja Alemania, rogó en 726 al papa Gregorio II que
decidiera en qué caso un marido podía tener dos esposas. El 22 de noviembre de
aquel año, el papa le contestó: «Cuando la mujer padezca una enfermedad que la
impida cumplir los deberes conyugales, el marido puede casarse con otra, pero
debe prestar a la mujer enferma los recursos que necesite». Esta decisión
concuerda con la razón y la política, y favorece el aumento de población, que
es motivo del matrimonio.
No está en armonía con la razón, la política, ni la naturaleza, la ley
que dispone que la mujer separada de cuerpo y bienes de su marido no pueda
tener otro esposo, ni el marido casarse con otra mujer. Y esto porque además de
perder un linaje respecto a la población, si el matrimonio separado es de
temperamento indomable se ven obligados a cometer continuamente pecados, de los
que deben ser responsables los legisladores.
Las decretales de los papas no siempre han tenido por objeto lo que es
conveniente para el bienestar de los estados y los particulares. Esa misma
decretal del papa Gregorio, que permite la bigamia en algunos casos, priva para
siempre de la sociedad conyugal a los jóvenes de ambos sexos que sus padres
dedican a la Iglesia desde su infancia. Esta ley es tan bárbara como injusta,
porque se propone extinguir las familias, fuerza la voluntad de los hombres
antes de tenerla, hace a los hijos esclavos de un voto que no han pronunciado,
destruye la libertad natural y ofende a Dios y al género humano.
La poligamia de Felipe, langrave de Hesse, seguidor del credo luterano,
es bastante sabida. El padre, uno de los soberanos del imperio de Alemania,
después de casarse con una luterana obtuvo el permiso del papa para casarse con
una católica y convivió con ambas mujeres. Es público en Inglaterra que el
canciller Cowper se casó con dos mujeres que vivieron juntas en su casa en tan
buena armonía que honró el carácter de los tres. Algunos curiosos todavía
conservan el folleto que dicho canciller escribió en defensa de la poligamia.
Debemos desconfiar de los autores que aseguran que en algunos países las
leyes permiten que las mujeres tengan varios maridos. Los hombres, que
promulgan las leyes, tienen demasiado amor propio, son celosos de su autoridad,
en general están dotados de temperamento más ardiente que las mujeres y en
ningún país del mundo han podido sentar semejante jurisprudencia. Lo que no
concuerda con el desenvolvimiento ordinario de la naturaleza rara vez es
verdad, pero sí ha ocurrido muchas veces, sobre todo a los viajeros antiguos,
tomar los abusos por leyes.
Ben Abul Kiba, en su Espejo de los fieles, dice que uno de los visires
de Solimán dirigió estas palabras a un emisario del emperador Carlos V: «Perro
cristiano, ¿puedes acaso reprocharme que tenga cuatro mujeres, como la ley
permite, mientras tú bebes doce cuarterolas de vino cada año y yo no bebo un
solo vaso? ¿Qué bien proporcionas al mundo pasando más horas en la mesa que yo
en la cama? Puedo dar cuatro hijos cada año para que sirvan a mi augusto señor
y tú apenas puedes dar uno, y si lo das ¿para qué sirve el hijo de un borracho?
Nacerá con el cerebro ofuscado por los vapores del vino que bebió su padre. Por
otra parte, ¿qué hacer cuando dos de mis mujeres vayan de parto?, ¿no he de
utilizar las otras dos como la ley manda? Qué papel tan triste representas en
los últimos meses del embarazo de tu única mujer, en su parto y durante sus
enfermedades. Has de permanecer en vergonzosa ociosidad o buscar a otra mujer,
con lo que necesariamente te encuentras entre dos pecados mortales que te harán
caer, después de muerto, hasta lo profundo del infierno.
»Supongo que en las guerras contra los perros cristianos perderemos cien
mil soldados; nos quedarán unas cien mil mujeres que colocar y los ricos se
encargarán de ellas. ¡Ay del musulmán que no aloje en su casa cuatro doncellas
hermosas como esposas legítimas y no las trate como merezcan!
»¿Acaso en tu país el gallo, el carnero y el toro, no tienen un serrallo
cada uno? No sé por qué me afeas que tenga cuatro mujeres, cuando te consta que
nuestro gran profeta tuvo dieciocho, David otras tantas y Salomón setecientas,
además de trescientas concubinas. Debes admitir, pues, que soy modesto. No
reproches la glotonería al hombre sabio que come frugalmente. Te permito que
bebas, permíteme que ame; tú cambias de vino, consiénteme que yo cambie de
mujeres. Que cada uno deje vivir a los demás según las costumbres de su país.
Tu sombrero no se hizo para dictar leyes a mi turbante. Termina de tomar café
conmigo y vete a acariciar a tu santa esposa alemana, ya que te ves reducido a
ella sola.»
Y he aquí lo que contestó el alemán: «Perro musulmán, a quien guardo
profunda veneración, antes de que acabe el café quiero quitarte las ilusiones.
El que ha enmaridado con cuatro mujeres dispone de cuatro arpías, envidiosas,
prestas a calumniarse unas a otras, a perjudicarse y a reñir, y su caso es un
antro de la discordia. Ninguna de las cuatro puede quererte, pues cada una
posee la cuarta parte de tu persona y sólo podrá darte la cuarta parte de su
corazón. Ninguna te hará agradable la vida. Como son prisioneras que nada han
visto, nada tienen que decirte porque únicamente te conocen a ti; por
consiguiente, las fastidiarás y como eres su dueño absoluto te odiarán. Te ves
obligado a que las vigile un eunuco, que las golpea cuando arman demasiado
alboroto. No te atrevas a compararte con el gallo, porque ningún gallo hace que
un capón zurre a sus gallinas. Compárate más bien con los animales y compórtate
como ellos en lo que puedas, que yo prefiero amar como hombre, entregar mi
corazón entero a una mujer y ella me dedique el suyo. Esta noche contaré
nuestra conversación a mi esposa y creo que se pondrá muy contenta».
POLITEÍSMO. Hoy en día se reprocha a los griegos y
romanos su multitud de dioses. Pero quienes esto aseguran que me muestren en la
historia de ambas naciones un hecho, y en sus libros una palabra, por los que
colegir que tenían muchos dioses supremos; si no encuentran ese hecho ni esa
palabra, y por el contrario hallan muchos pasajes que demuestran el
reconocimiento de un Dios soberano, superior a los demás dioses, tendrán que
confesar que juzgaron temerariamente a los antiguos, como con frecuencia se
hace hoy con los coetáneos.
En muchos papeles se afirma que Zeus o Júpiter es el señor de los dioses
y de los hombres. Virgilio dice en la égloga tercera: Jovis omnia plena. San
Pablo rinde a los antiguos este testimonio: «Tenemos en Dios la vida, el
movimiento y el ser, como dijo uno de vuestros poetas». Después de esta
confesión, ¿nos atreveremos a acusar a nuestros maestros de no haber reconocido
un Dios supremo?
No es nuestro propósito examinar si existió un Júpiter que fue rey de
Creta y lo convirtieron en dios, ni se trata de averiguar si los egipcios
reconocían doce grandes dioses u ocho, entre ellos el que los latinos llamaban
Júpiter. El quid de la cuestión estriba únicamente en saber si los griegos y
romanos reconocieron un ser celestial, señor de los demás seres celestes. Y
como así lo dicen taxativamente, debemos creerlo.
Recordad la admirable carta del filósofo Máximo de Madaura dirigida a
san Agustín, que dice: «Existe un Dios que no tuvo principio, que es padre
común de todo y no engendró nada semejante a él. ¿Qué hombre será bastante
necio e ignorante para dudarlo?» Este escritor pagano del siglo IV así lo
declara, representando toda la Antigüedad.
Si me atreviera a desvelar los misterios de Egipto encontraría a Knef,
dios creador de todo que presidía a las demás divinidades; hallaría también a
Mitra en Persia, a Brahma en la India y quizá demostraría que todas las
naciones civilizadas reconocieron un Ser Supremo y divinidades dependientes.
Nada diré de China, cuyo gobierno, más respetable que cualquier otro de la
Antigüedad, reconoció siempre un Dios único desde hace más de cuatro mil años.
Pero volviendo a los griegos y romanos, de quienes tratamos ahora, diré que
indudablemente creían en multitud de supersticiones y adoptaron leyendas
ridículas, pero que en el fondo su mitología era razonable.
Si los griegos hacían subir al cielo a los héroes en recompensa de sus
virtudes, esta creencia era para ellos justa y útil. ¿Qué mejor recompensa
podían darles, ni qué esperanza más halagüeña podía satisfacerles? ¿Debemos
reprocharles ese acto nosotros, que iluminados por la luz de la verdad
consagramos eso que los antiguos inventaron? Los católicos tenemos muchos más
bienaventurados, en cuyo honor hemos erigido más templos, que héroes y
semidioses tuvieron los griegos y romanos; la única diferencia es que ellos
otorgaban tal honor a las hazañas excelsas y nosotros lo concedemos a las
virtudes más modestas. Pero aunque divinizaban a sus héroes, no participaban
éstos del trono de Zeus, del señor eterno: sólo eran admitidos en su corte y
gozaban de sus favores. ¿No es esto razonable? ¿No es incluso más sensato que
nuestra jerarquía celeste?
Se les reprocha también a los griegos y romanos la multitud de dioses
que admitieron para el gobierno del mundo. Dejemos aparte la genealogía de los
dioses, que es tan falsa como las genealogías de los mortales. Hagamos caso
omiso de sus aventuras, dignas de Las mil y una noches. aventuras que nunca
constituyeron el fondo de la religión griega y romana, y decidme de buena fe:
¿Es acaso un disparate que admitieran seres subalternos, con algún poder sobre
nosotros, que somos tal vez de cienmilésimo orden? ¿No tenemos nosotros nueve
coros de ángeles, más antiguos que el hombre y cada uno de ellos con nombre
diferente? ¿No copiaron los judíos la mayor parte de esos nombres de los
persas? ¿Muchos de esos ángeles no tienen designadas sus funciones? Tenían un
ángel exterminador que peleaba para proteger a los judíos; el ángel de los
viajeros que guiaba a Tobías. El arcángel Miguel era privativo de los hebreos
y, según dice Daniel, combate al ángel de los persas y habla con el ángel de
los griegos. Un ángel de orden inferior cuenta a Miguel, en el libro de
Zacarías, el estado en que encontró el mundo. Cada nación tenía su ángel. La
traducción de los Setenta dice en el Deuteronomio que el Señor dividió las
naciones con arreglo al número de ángeles. San Pablo, en Hechos de los
Apóstoles, habla al ángel de Macedonia. A esos espíritus celestes la Biblia los
llama, a veces, dioses Eloím, porque en todos los pueblos la voz que
corresponde a theos, deus, dios no siempre significa señor absoluto del cielo y
la tierra, sino con frecuencia Ser celeste, Ser superior al hombre, pero
subordinado al soberano de la naturaleza, denominación que a veces dan a los
príncipes y jueces.
Si admitimos, pues, que existen espíritus celestes encargados de la
custodia de hombres y naciones, los pueblos que admitieron esta verdad sin
conocer la Revelación son más dignos de estima que de desprecio. La ridiculez
no está en el politeísmo, sino en el abuso que hicieron de él las leyendas
populares y en la multiplicidad de divinidades secundarias que cada cual se
forjó a capricho.
La diosa de los senos, dea Rumilia la diosa del acto matrimonial, dea
Pertunda; el dios del retrete, deus Stercutius, y el dios Pedo, deus Crepitus,
no merecen, sin duda, veneración. Estas puerilidades que servían de regocijo a
los niños y a las viejas de Roma bastan para demostrar que la palabra deus
tenía allí acepciones muy diferentes. Es indudable que el deus Crepitus no
hacía concebir la misma idea que el deus divum et hominum sator, origen de los
dioses y los hombres. La religión romana era en el fondo muy seria y severa.
Los juramentos eran inviolables. No se podía emprender una guerra sin que el
Colegio de los Faciales la hubiera declarado justa, y la vestal que se le
probaba haber infringido el voto de virginidad era sentenciada a muerte. De
ello se infiere que era un pueblo austero, no ridículo.
Me limito a demostrar que el Senado no razonaba neciamente al adoptar el
politeísmo. Se me pregunta por qué el Senado, del que dos o tres miembros nos
legaron las cadenas y las leyes, podía tolerar que el pueblo tuviera tantas
extravagancias y los pontífices inventaran tantas fábulas. No es difícil
contestar a esa pregunta. En todos los tiempos los sabios han utilizado a los
locos. Dejaban que el populacho celebrara sus lupercales y sus saturnales con
tal de que obedeciera, y no consentía que nadie se comiera los pollos sagrados
que predecían la victoria a las legiones. No debe sorprendernos que los
gobiernos más ilustrados permitieran las costumbres y leyendas más insensatas.
pues existían antes de que hubiera un verdadero gobierno y no hay nadie que
destruya una urbe inmensa, pero irregular, para edificarla otra vez con calles
tiradas a escuadra.
¿Cómo se comprende que en aquellos tiempos floreciera, por una parte, la
filosofía y la ciencia, y por otra tanto fanatismo? Sencillamente, porque la
ciencia y la filosofía nacieron poco antes que Cicerón y el fanatismo existe en
el mundo desde hace muchos siglos. Y al comprenderlo así el político, dice a la
filosofía y al fanatismo: Vivamos los tres como podamos.
POSEÍDOS. De quienes se jactan de tener relación con el
diablo, sólo a los poseídos no debemos contradecirles. Cuando un hombre os diga
«Estoy poseído», debéis creerle. Los poseídos no están obligados a hacer cosas
extraordinarias, y cuando las hacen sólo es en el orden físico. ¿Qué podemos
replicar al hombre que mueve las pupilas, tuerce la boca y dice tener el diablo
en el cuerpo? Cada uno siente lo que siente. Antiguamente, el mundo estaba
lleno de poseídos. Al cuitado que se satisface con tener unas convulsiones sin
causar daño a nadie, tampoco tenemos derecho a causárselo. Si disputáis con él,
infaliblemente se saldrá con la suya porque os dirá: «El diablo me entró ayer
en el cuerpo bajo esta o la otra forma, y desde entonces padezco de un cólico
sobrenatural que no puede curar ningún médico». Con semejante hombre no se
puede tomar otra resolución que la de exorcizarle o abandonarle al diablo.
Es curioso que hoy en día no existan poseídos, magos, astrólogos, ni
genios. Apenas podemos concebir ya el gran recurso que suponían todos esos
misterios hace cien años. La nobleza vivía entonces encerrada en sus castillos,
las noches de invierno son muy largas y las gentes se hubieran muerto de tedio
si no hubieran tenido a mano esos nobles entretenimientos. No había castillo en
que no se presentara un hada en días señalados, como hacía la hada Merlusina en
el castillo de Lusignan. El montero mayor, hombre flaco y curtido, cazaba con
una jauría de perros negros en el bosque de Fontainebleau. El diablo retorcía
el cuello al mariscal Fabert. Cada burgo tenía su hechicero o su hechicera,
cada príncipe su astrólogo y todas las damas se hacían decir la buenaventura;
los poseídos corrían por los campos, disputaban quién había visto el diablo y
quién lo veía, todo daba pie a conversaciones inagotables y las almas vivían
con sobresalto. En la actualidad jugamos tontamente a los naipes y puede
decirse que hemos salido perdiendo al despojarnos de las ilusiones.
PREJUICIOS. Prejuicio es admitir una opinión sin haberla
antes juzgado. De esta forma, en todas las partes del mundo inspiramos a los
niños las opiniones que queremos antes que puedan juzgarlas.
Hay prejuicios universales y necesarios que se proponen inculcar la
virtud. En todos los países enseñan a los niños a reconocer la existencia de un
Dios que castiga y premia, a respetar y querer a los padres, a considerar el
robo como un crimen y la honestidad como una virtud, antes que los niños puedan
comprender qué es el vicio y la virtud. Existen, pues prejuicios buenos que el
juicio ratifica cuando el ser humano empieza a razonar.
El sentimiento no es un prejuicio, sino algo muy superior. La madre no
ama a su hijo porque le dicen que debe quererlo; le ama porque le ama. En
cambio, respetamos por prejuicio al hombre revestido de ciertos hábitos que
camina y habla con gravedad. Nuestros padres nos han dicho que debemos
inclinarnos ante él y le respetamos antes de saber si merece nuestro respeto.
Crecemos en edad y en conocimiento, nos percatamos de que ese hombre es un
charlatán, interesado y orgulloso, y entonces despreciamos al que respetábamos
ayer y el prejuicio sucumbe ante nuestro juicio.
Creíamos por prejuicio las leyendas que nos contaron meciéndonos en la
cuna: que los titanes combatieron a los dioses y que Venus se enamoró de
Adonis. A los doce años tomamos esas leyendas por verdades, pero cuando
cumplimos veinte las consideramos como ingeniosas alegorías.
Prejuicios históricos. Damos crédito
a la mayor parte de los historiadores sin juzgar lo que refieren, y esta
creencia es un prejuicio. Fabio Pictor nos dice que muchos siglos antes de su
época, una vestal de la ciudad de Alba, yendo por agua con un cántaro bajo el
brazo, fue violada y parió a Rómulo y Remo, que fueron amamantados por una
loba. El pueblo romano creyó esta leyenda sin parar mientes si en aquella época
había vestales en el Lacio, si era verosímil que la hija de un rey saliera de
su templo y fuera por agua con un cántaro y si era probable que una loba
amamantara dos niños, y el prejuicio quedó establecido.
Un monje escribió que Clovis, encontrándose en peligro en la batalla de
Tolbiac, juró abrazar el cristianismo si salía con vida. Pero, ¿es natural que
en aquel trance pidiera protección a un dios extranjero?, ¿la religión que
profesamos no es la que tiene en nosotros más fuerza?, ¿hay algún cristiano que
luchando con los turcos no invoque preferentemente a la Santa Virgen que a
Mahoma? En esa historieta se añade que una paloma llevó en su pico la ampolla
de óleo santo para ungir a Clovis y un ángel trajo el estandarte para
conducirle a la victoria; el prejuicio cree todas las paparruchas de esta
clase. Quienes conocen la naturaleza humana están convencidos de que los
usurpadores Clovis y Rolón abrazaron el cristianismo para gobernar mejor a los
cristianos, como los usurpadores turcos se convirtieron a la religión musulmana
para gobernar mejor a los musulmanes.
Prejuicios religiosos. Si la nodriza
os cuenta que Ceres proporciona una buena cosecha de trigo, o Visnú y Xaca se
encarnaron varias veces, o Sammonocodom vino al mundo a talar un bosque, o que
Mahoma o cualquier otro hizo algún viaje al cielo, y luego el preceptor viene a
reforzar lo que la nodriza dijo, ya no se os borrará de vuestra imaginación en
toda la vida. Vuestro raciocinio trata de rechazar tales prejuicios, pero si
vuestros conciudadanos, y sobre todo conciudadanas, os dicen a voz en grito que
sois impío, os asustaréis; vuestro derviche. temeroso de que vais a disminuir
sus ganancias, os denunciará ante el cadí; el cadí, si puede, mandará que os
empalen porque desea mandar a tontainas que son los que obedecen mejor, y esta
tragicomedia durará hasta que vuestros conciudadanos, el derviche y el cadí
comprendan que la tontería es una cosa inútil y la persecución algo abominable.
PROFECÍAS. El vocablo, en su acepción estricta,
significa predicción del porvenir. En tal sentido, Jesús decía a sus discípulos
que «es necesario que todo lo que dice de mí la ley de Moisés, los profetas y
los salmos, se realice». Y añade el evangelista: «El les abrió el espíritu para
que pudieran comprender las Sagradas Escrituras».
Es obvio que era indispensable tener el espíritu abierto para comprender
las profecías, habida cuenta de que los judíos, que fueron sus depositarios,
nunca reconocieron que Jesús era el Mesías y hace dieciocho siglos que nuestros
teólogos discuten el sentido de algunas de ellas, que tratan de aplicar a
Jesús. Como ocurre con la profecía de Jacob: «No le quitarán el cetro a Judá y
el jefe de su pierna, hasta que venga el que debe ser enviado» (Génesis, cap.
49). Esta otra, de Moisés: «El Señor vuestro Dios hará salir un profeta como yo
de vuestra nación y entre vuestros hermanos; a él es a quien debéis escuchar»
(Deuteronomio, cap. 18). Esta, de Isaías: «He aquí una virgen que concebirá y
dará a luz un hijo que se llamará Emmanuel» (Deuteronomio, cap. 7). Y esta
otra, de David: «Setenta semanas se han abreviado en favor de nuestro pueblo»
(Deuteronomio, cap. 9). Pero nuestro propósito no es detenernos en detalles
teológicos.
Analicemos únicamente qué dicen los Hechos de los Apóstoles al dar un
sucesor a Judas, y en otras ocasiones qué se proponían expresamente las
profecías. Hasta los mismos apóstoles citaban algunas que no constan en la
Sagrada Escritura de los judíos, como la que refiere san Mateo: «Jesús fue a
vivir en una localidad llamada Nazaret con el fin de que realizara la
predicción de los profetas: por eso le llamaron Nazareno».
San Judas, en su Epístola, cita también una profecía del libro de Enoch,
que es apócrifa, y el autor de la obra que se ocupa de san Mateo hablando de la
estrella que vieron los Magos de Oriente, dice: «Me han referido, tomándolo de
no sé qué escritura, que no es auténtica, pero que fortalece la fe en vez de
destruirla, que existe en las riberas del Océano oriental una nación que posee
el libro que lleva el nombre de Set, que habla de la estrella que debía
aparecerse a los Reyes Magos y de los regalos que irían a ofrecer al hijo de
Dios. Dicha nación, conocedora del referido libro, escogió doce personas de las
más religiosas y les encargó que observaran cuándo aparecería la estrella.
Cuando una de esas doce personas fallecía, la sustituían con uno de sus hijos o
de sus próximos parientes. Estas personas las llamaron magos en su idioma
porque servían a Dios en el silencio y en voz baja».
Los magos iban todos los años, después de la cosecha de trigo. a una
montaña que hay en su país y llaman de la Victoria, muy agradable por los ríos
que allí se forman y la multitud de árboles que crecen. También había una
caverna formada entre los peñascos, y después de lavarse y purificarse en ella
ofrecían sacrificios y rezaban a Dios silenciosamente durante tres días.
No interrumpieron estas prácticas durante muchísimas generaciones hasta
que la deseada estrella descendió cerca de la montaña. Presentaba la forma de
un niño, encima del que campeaba una cruz. La estrella habló a los magos y les
dijo que fueran a Judea. La estrella les guiaba avanzando ante ellos y pasaron
dos años en el camino.
Esta profecía del libro de Set se parece en todo a la de Zoroastro menos
en que en la estrella de éste se veía la figura de una doncella; por eso, sin
duda, Zoroastro no dice que sobre ella campeaba una cruz. Esta profecía, que
cita el Evangelio de la infancia (de Jesús), la refiere también Abulfaraje.
Zoroastro enseñó a los persas la manifestación futura de nuestro Señor
Jesucristo y encargó que le ofrecieran regalos cuando viniera al mundo. Les
enseñó también que en los últimos tiempos una virgen concebiría sin obra de
varón y cuando diera a luz en el mundo a su hijo aparecería una estrella que
brillaría en pleno día y ostentaría la figura de una joven doncella. «Vosotros,
hijos míos–añade Zoroastro–, la percibiréis antes que las demás naciones.
Cuando veáis aparecer esta estrella, id en seguida a donde ella os guíe, adorad
al niño recién nacido y ofrecedle regalos, porque es el Verbo que creó el
Cielo».
El cumplimiento de esta profecía consta en la Historia Natural de Plinio
(lib. II, cap. 25). Ahora bien, además de que la aparición de la estrella debió
preceder unos cuarenta años al nacimiento de Jesús, el pasaje es sospechoso
para los sabios y no es el primero ni el único que han interpolado en el
cristianismo. He aquí el extracto de este pasaje: «Apareció en Roma, durante
siete días, un cometa tan brillante que apenas podía mirársele fijamente; en él
se distinguía la figura de un dios en forma humana. Se creyó que era el alma de
Julio César, que acababa de morir, y le adoraron en un templo».
Assemani, en su Biblioteca oriental, menciona un libro de Salomón,
metropolitano de Basora, titulado l a abeja, con un capítulo entero dedicado a
esta predicción de Zoroastro. Hornius, que lo creía auténtico, afirma que
Zoroastro era Balaán, acaso porque Orígenes, en el libro que escribió contra
Celso, dijo que los magos adoptaron las profecías de Balaán, puesto que se
encuentran las siguientes palabras en el libro de los Números «Una estrella se
levantará de Jacob; de un hombre saldrá Israel». Pero Balaán no era judío, como
tampoco Zoroastro, puesto que él mismo dice que vino de Aram, de las montañas
de Oriente.
Por otro lado, san Pablo habla a Tito de un profeta cretense y san
Clemente de Alejandría reconoce que queriendo Dios salvar a los judíos les
concedió tener profetas, otorgó esta gracia a los más excelsos hombres de
Grecia para que fueran profetas de los griegos. Además, Platón dice: «¿no
predijo en cierto modo la economía saludable cuando en el segundo libro de la
República imitó estas palabras de la Escritura: Deshagámonos del justo, porque
nos incomoda»? Y después escribe: «El justo será apaleado y le atormentarán; le
reventarán los ojos y después de sufrir toda clase de martirios le
crucificarán».
San Clemente hubiera podido replicar que si no reventaron los ojos a
Jesús, para cumplir la profecía de Platón, tampoco le rompieron los huesos,
como dice uno de los salmos: «Mientras me rompen los huesos, los enemigos me
persiguen, me llenan de calumnias y de injurias» (Salmo 42, vers. 11). Por el
contrario, san Juan dice taxativamente que los soldados rompieron las piernas a
los ladrones que crucificaron con el Salvador, pero no a Jesús, para que estas
palabras de la Escritura se cumplieran: «No romperéis ninguno de sus huesos».
La Sagrada Escritura, que cita san Juan se refería en este pasaje al
cordero pascual que debían comer los israelitas, pero Juan, que llamaba a Jesús
el cordero de Dios, se las aplicó a él y afirmó que Confucio había predicho su
muerte. Spizeli cita la Historia de China, de Martini, quien refiere que en el
año 39 del reinado de Kringi unos cazadores mataron un animal raro que los
chinos denominan kilin, cordero de Dios. Al oír esta noticia, Confucio se
golpeó en el pecho, lanzó profundos gemidos y exclamó: «Kilin, ¿quién ha dicho
que habéis venido? Mi doctrina llega a su término y no tendrá ninguna
aplicación cuando vos aparezcáis».
Otra profecía de Confucio, en su segundo libro, que aplican a Jesús
aunque sin llamarle cordero de Dios, es esta: «Cuando el santo que esperan las
naciones llegue, no debe temerse que no rindan a su virtud el homenaje debido.
Sus obras estarán en armonía con las leyes del cielo y de la tierra».
Las profecías contradictorias que figuran en los libros de los judíos
explican las dificultades con que tropiezan nuestros teólogos cuando polemizan
con ellos. Por otra parte, las que hemos mencionado de otros pueblos demuestran
que el autor de los Números, los apóstoles y los santos padres reconocieron que
había profetas en todas las naciones. Lo mismo opinan los árabes, que cuentan
ciento veinticuatro mil profetas desde la creación del mundo hasta Mahoma, y
creen que cada uno fue enviado a una nación.
Nos ocuparemos de las profetisas en el artículo Sibila.
Compete a la Iglesia infalible fijar el verdadero sentido de las
profecías. Los judíos han mantenido siempre con energía que ninguna profecía se
refería a Jesucristo, y los padres de la Iglesia no podían discutir con ellos
porque, excepto san Efrén, Orígenes y san Jerónimo, ninguno hablaba la lengua
hebrea.
Hasta el siglo IX, Rabán el Moro, que fue obispo de Mayenza, fue el
único que estudió el idioma hebreo; le imitaron otros y entonces fue cuando
empezaron a polemizar con los rabinos sobre el sentido de las profecías.
A Rabán le indignaron las blasfemias que proferían los judíos contra
nuestro Salvador, llamándole bastardo, impío, hijo de Panther, afirmando que no
es lícito rezar a Dios y maldecirle.
Estas horribles profanaciones se encuentran en muchas partes, en el
Talmud, en los libros de Nizachón, en la disputa de Rittangel, en los de
Jechiel y de Nachmanides titulados Muralla de la fe, y en la abominable obra de
Toldos Jeschut. Sobre todo, en la Muralla de la fe, atribuida al rabino Isaac,
es donde se interpretan las profecías que anuncian a Jesucristo aplicándolas a
otras personas. En esa obra se afirma que la Trinidad no está en ningún libro
hebreo, en los que no se encuentra el menor asomo de nuestra santa religión; en
cambio, alegan cien textos que en opinión de sus intérpretes aseguran que la
ley mosaica debe regir eternamente.
El pasaje que tal vez confunde a los judíos y da el triunfo a la
religión cristiana, en el decir de los grandes teólogos, es el que consta en
Isaías: «Una virgen quedará embarazada, dará a luz un hijo que se llamará
Emmanuel; comerá mantequilla y miel hasta que sepa rechazar el mal y escoger el
bien; la tierra que tú detestas la abandonarán los dos reyes… El Eterno silbará
a las moscas de los riachuelos de Egipto y a las abejas que están en el país de
Asur… Y ese mismo día el Señor afeitará con una gran navaja al rey de Asur la
cabeza y el pelo de las partes genitales y de la barba… Y el Eterno me dijo:
Toma un gran rollo y escribe con un puntero en letras grandes que saqueen
pronto y traigan los despojos… Traigo conmigo fieles testigos, a saber: Urías
el sacrificador y Zacarías, hijo de Zebrecia… y me acosté con la profetisa, que
concibió y dio a luz un hijo, y el Eterno me dijo: Llama a ese hijo Maher‑salal‑has‑bas.
Antes que el niño pronuncie padre y madre, arrebatarán el poder a Damasco y
presentarán el botín de Samaria ante el rey Asur».
El rabino Isaac afirma, como los demás doctores de su ley, que la voz
hebrea alma significa unas veces virgen, y otras mujer casada; que a Rut le
llaman alma cuando es madre y a la mujer adúltera a veces le llaman también
alma; que aquí se trata de la mujer del profeta Isaías; que su hijo no se llama
Emmanuel, sino Maher‑salal‑has‑bas; que cuando ese hijo coma mantequilla y miel
los dos reyes que tengan sitiada Jerusalén serán arrojados del país, etcétera.
Estos son los argumentos de los ofuscados intérpretes de su religión y
de su lengua contraponen a la Iglesia, afirmando obstinadamente que dicha
profecía no se refiere a Jesucristo. Y aunque su explicación la han refutado
nuestras lenguas modernas y hemos empleado para convencerles la fuerza, el
patíbulo, el potro y la hoguera, los judíos nunca se han rendido.
«Nos trajo las enfermedades y asumió nuestros dolores, y nosotros le
creíamos lleno de llagas, afligido y herido por la mano de Dios».
Aun cuando esta predicción nos parece chocante, los testarudos judíos
sostienen que no se refiere a Jesucristo, sino a los profetas que eran
perseguidos por los pecados del pueblo.
«Y he aquí que mi siervo prosperará, se verá colmado de honores y
elevado a gran altura». Aseguran también que esa profecía nada tiene que ver
con Jesucristo, sino con David, pues es sabido que ese rey prosperó, pero no
así Jesús, a quien desconocieron.
«Y tú Belén de Efrata, que eres pequeña, comparada con lo grande que es
Judá, saldrá para ti un dominador en Israel, y su salida durará una eternidad».
También se atreven a negar que esta profecía se refiere a Jesucristo,
afirmando que es evidente que Miqueo habla de algún caudillo nacido en Belén
que saldrá victorioso en la guerra contra los babilonios, porque más adelante
se ocupa de la historia de Babilonia y de los siete capitanes que eligieron a
Darío. Por mucho que se les demuestre que se trata del Mesías, no quieren
convencerse.
Discutir con ellos es perder el tiempo, y aunque el abad Francisco (1)
escribiera otra obra más voluminosa que la publicada y la añadiera a los cinco
o seis volúmenes que tratan sobre esta materia, no adelantaríamos un paso para
convencer a los judíos.
(1) Autor de una obra titulada Examen de los hechos que sirven de
fundamento a la religión cristiana.
Estamos en un atolladero del que es imposible nos saque la debilidad del
espíritu humano, que necesita como siempre una Iglesia infalible que decida sin
apelación, porque si un chino, un tártaro o un africano, contando sólo con su
buen sentido, leyera todas las profecías, le sería imposible aplicarlas a
Jesucristo, a los judíos, ni a nadie. Se quedaría estupefacto, sumergido en la
incertidumbre, nada comprendería, no tendría una idea clara, ni podría dar un
paso sobre ese abismo sin un guía. Pero a nosotros nos guía la Iglesia, que es
el único medio de caminar seguros. Conducidos por ella se llega, no sólo al
santuario de la verdad, sino hasta obtener buenas canonjías y prebendas,
sustanciosas abadías con báculo y mitra, a cuyo abad le llaman monseñor los frailes
y aldeanos, a obispados que se adornan con el título de príncipes, y a
disfrutar en el mundo con la seguridad de alcanzar el cielo mañana.
PROFETAS. Abuchearon al profeta Jurién, ahorcaron o
enrodaron a los profetas de las Cénedes, pusieron en la picota a los profetas
que fueron a Londres desde Languedoc y el Delfinado, condenaron a diferentes
suplicios a los profetas anabaptistas y quemaron en Florencia al profeta
Savonarola. Si nos es permitido juntar con ellos a los verdaderos profetas
judíos, veremos que no tuvieron un fin menos trágico; al más grande de sus
profetas, san Juan Bautista, le cortaron la cabeza.
Se supone que Zacarías murió asesinado, pero por fortuna no está
demostrado. El profeta Jeddo o Addo, que enviaron a Betel imponiéndole por
condición no deber ni comer, habiendo comido para su desgracia un pedazo de pan
lo devoró un león y encontraron en el camino sus huesos esparcidos. A Jonás se
lo tragó una ballena; cierto que sólo estuvo en su vientre tres días y tres
noches, pero debió pasar setenta y dos horas muy malas.
Habacuc fue asido por los cabellos y transportado por los aires hasta
Babilonia. Debe sufrirse mucho cubriendo una distancia de trescientas millas
suspendido por el pelo. Hubiera preferido hacer ese viaje con un par de alas,
con la burra de Borac o con el hipogrifo.
Micneo vio al Señor sentado en su trono con el ejército del cielo a
derecha e izquierda. Habiendo pedido el Señor que se ofreciera alguien para
engañar al rey Acab, se presentó el diablo para esta misión. Miqueo dio cuenta
de parte del Señor de esta aventura celeste al rey Acab.
Cierto que por recompensa no recibió más que una bofetada del profeta
Sedekia y le encerraron en un calabozo durante unos días, pero siempre resulta
desagradable para un hombre inspirado que le abofeteen y le encierren en una
mazmorra.
Se dice que el rey Amasías ordenó que arrancaran los dientes al profeta
Amós para impedirle que hablara. Ello no quiere decir que sin dientes no se
pueda hablar; todos hemos conocido a viejas desdentadas y muy parlanchinas,
pero las profecías deben pronunciarse con voz clara y un profeta sin dientes
tal vez no inspire respeto.
Baruc sufrió persecuciones; a Ezequiel sus compañeros de esclavitud le
apedrearon; no se sabe si Jeremías fue lapidado o dividido en dos con una
sierra y se cree que a Isaías lo mataron de esa manera por orden de Manasés,
reyezuelo de Judá.
Debemos convenir que el oficio de profeta es muy peligroso. Por cada uno
que, como Elías, se paseó de planeta en planeta llevado en flamígera carroza
tirada por cuatro caballos blancos, hubo cien profetas que iban a pie y se
veían obligados a ir de puerta en puerta para comer de limosna semejándose en
esto a Homero, que según cuentan se vio reducido al extremo de mendigar en las
siete ciudades que más tarde se disputaron el honor de ser su cuna. Sus
comentaristas le han atribuido infinidad de alegorías que jamás imaginó y este
mismo honor han dispensado con frecuencia a los profetas.
Por otra parte, reconozco que hubo personas que procuraban entrever el
porvenir elevando su alma a un alto grado de exaltación. Los judíos la
exaltaron tanto que llegaron a vislumbrar algunos sucesos futuros, aunque es
difícil adivinar si los profetas entendían entonces por Jerusalén la vida
eterna, si Babilonia significaba Londres o París, si cuando hablaban de una
copiosa comida debía interpretarse que querían decir ayuno, si el vino tinto
significaba sangre y si un manto rojo significaba la fe y uno blanco la
caridad. Para entender a los profetas era preciso un gran esfuerzo del espíritu
humano.
Los profetas hebreos también ofrecen otra gran dificultad: que muchos de
ellos eran herejes samaritanos. Oseas pertenecía a la tribu de Issachar que
vivía en territorio samaritano, y Elías también, pero es fácil contestar a esa
objeción. Es de todos conocido que el espíritu sopla donde quiere y que la
gracia lo mismo se nos concede en el terreno más árido que en el más fértil.
PROVIDENCIA. Estaba yo en la celosía del locutorio cuando
la hermana Fessue decía a otra: «Indudablemente, la Providencia vela por mí.
Sabe el cariño entrañable que profeso a mi gorrión, que se hubiera muerto si no
hubiera rezado diez avemarías para que sanase. Dios le ha devuelto la vida;
demos gracias a la Santa Virgen».
Un metafísico que estaba con ellas terció: «Es cosa excelente, hermana,
rezar avemarías, sobre todo cuando una doncella las recita en latín en las
cercanías de París, pero no creo que Dios se ocupe de vuestro gorrión aunque es
muy hermoso. Os ruego penséis que tiene otros asuntos de que ocuparse: en
dirigir continuamente el curso de dieciséis planetas y del anillo de Saturno,
en el centro de los cuales colocó el sol, y además gobernar millones de
millones de otros soles y planetas. Las leyes inmutables y su curso eterno
mueven toda la naturaleza, todo está ligado a su trono por una cadena infinita
de la que ningún eslabón puede estar nunca fuera de su sitio. Si las avemarías
que habéis rezado pudieran hacer vivir un instante a vuestro gorrión habrían
quebrantado todas las leyes establecidas para la eternidad por el Ser Supremo,
desorganizado el universo y hubierais hecho necesario un nuevo mundo, un nuevo
Dios y un nuevo orden de cosas.
HERMANA FESSUE. ¿Creéis que Dios hace tan poco caso de la hermana
Fessue?
EL METAFÍSICO. Siento deciros que sois, como yo, un insignificante e
imperceptible eslabón de la cadena infinita, que vuestros órganos, los del
gorrión y los míos, están destinados a subsistir determinado número de minutos
en este mundo.
HERMANA FESSUE. De ser cierto lo que decís, yo estaba predestinada a
rezar un número determinado de avemarías.
EL METAFÍSICO. Sí, pero las avemarías no han obligado a Dios a prolongar
la vida del gorrión más allá de su término. La constitución del mundo entrañaba
que vos, en este convento y a cierta hora, recitarais como un loro ciertas
palabras en una lengua que no sabíais; que esa avecica, que nació como vos por
la acción irresistible de las leyes generales, estuviera enferma y se aliviara;
que vos creeríais haberla curado rezando y que nosotros tendríamos esta
plática.
HERMANA FESSUE. Siento deciros que esas ideas tienen un tufillo de
herejía y mi confesor, el bendito padre Menón, deduciría de ellas que no creéis
en la Providencia.
EL METAFÍSICO. Creo que existe la Providencia general, de la que emanó
para una eternidad la ley que rige el universo, mas no creo en una providencia
particular que quebrante esa ley en beneficio de vuestro gorrión o vuestro
gato.
HERMANA FESSUE. Sin embargo, ¿qué contestaríais si mi confesor os dijera
lo que a mí, esto es, que Dios cambia todos los días de voluntad para favorecer
a las almas devotas?
EL METAFÍSICO. El confesor me diría la mayor tontería que un confesor de
monjas puede decir al hombre que piensa.
HERMANA FESSUE. Válgame la Virgen Santa, ¿creéis que mi confesor es un
necio?
EL METAFÍSICO. Tergiversáis mis palabras: Lo que dije es que trata de
justificar, con una necedad, los falsos principios que desea inculcaros para
supeditaros y dirigir vuestros actos.
HERMANA FESSUE. ¡Caramba, caramba! Meditaré lo que decís, porque merece
una reflexión.
PRUEBAS. De Asia hemos recibido las ciencias y las artes, pero
también todos los absurdos que envilecen el alma humana. Fue en Asia y en
Egipto donde hicieron depender la vida o la muerte del acusado del juego de los
dados o algo equivalente, del agua fría o caliente, de un hierro candente o un
pedazo de pan de cebada. Según te dice, existe todavía una superstición
semejante en la India, en las costas de Malabar y en el Japón.
Desde Egipto, las supersticiones pasaron a Grecia. En Treceno hubo un
templo muy célebre en donde todos los perjuros morían repentinamente de
apoplejía. Hipólita, en la tragedia Fedra, dice a Aricia, su señora: «En las
puertas de Treceno y entre las tumbas que sirven de sepultura a los antiguos
príncipes de mi raza, existe un templo sagrado que temen los perjuros. Allí,
los mortales no se atreven a jurar en falso porque reciben súbito castigo,
encuentran la muerte inevitable: la mentira no puede tener freno más poderoso».
La república romana no admitió la bárbara locura de las pruebas porque
no puede considerarse como tal la costumbre que tenía el gobierno de hacer
depender el éxito de sus grandes empresas de la manera cómo las palomas
sagradas comían las arvejas. Pero en este artículo sólo nos ocupamos de las
pruebas que se hacían con los hombres. Nunca propusieron a Manglio, Camilo ni
Escipión justificarse metiendo la mano en agua hirviendo y sacarla sin
escaldarse.
Estos absurdos no se practicaban en la época de los emperadores, pero
los tártaros, que formaban parte de los salvajes que destruyeron el imperio de
Roma, esparcieron por Europa tal bestialidad, que heredaron de los persas. En
el imperio de Oriente no se conoció hasta la época de Justiniano, aun cuando ya
imperaban las supersticiones, pero desde entonces se adoptaron las pruebas de
que nos ocupamos. Esta manera de juzgar a los hombres es tan antigua que en
todos los tiempos la practicaban los judíos.
En el desierto, Coré, Datán y Abirón se disputaban el pontificado del
sumo sacerdote Aarón. Moisés les manda traer doscientos cincuenta incensarios y
les dice que Dios elegirá entre los suyos y el de Aarón. Cuando los aspirantes
se presentaron para la prueba se los tragó la tierra y el fuego del cielo mató
a doscientos cincuenta de sus principales partidarios (Números, cap. XVI),
después que el Señor hizo perecer, además, catorce mil setecientos hombres del
partido. Pero no por eso dejó de continuar la disputa entre los jefes de Israel
y Aarón para obtener el cargo de sumo sacerdote. Entonces hicieron la prueba de
las varas y cada aspirante presentó la suya, pero sólo floreció la de Aarón.
Cuando el pueblo de Dios, tras haber derribado las murallas de Jericó al
son de las trompetas, fue vencido en Haí, esta derrota no pareció lógica a
Josué, que consultó con el Señor para saber el motivo. Le respondió que Israel
había pecado y algunos de sus hijos apropiado de parte de lo consagrado al
anatema de Jericó. Y es que el botín debía haberse quemado con los hombres,
mujeres, niños y bestias, y quienes habían salvado o apropiado algo debían ser
exterminados (Josué, cap. 7). Josué, para descubrir al culpable, sometió las
tribus a la prueba de la suerte. Cayó en seguida sobre la tribu de Judá, acto
seguido contra la familia de Zaré, luego sobre la casa que vivía Zabdí y,
últimamente, sobre el nieto de Zabdí, que se llamaba Achán.
La Biblia no explica cómo esas tribus nómadas podían tener casas, ni
cómo se aprovechaban de ellas, pero su texto dice que convicto y confeso de
haberse apropiado de una lámina pequeña de oro, un manto de escarlata y
doscientos siclos de plata, Achán fue quemado con sus hijos, ovejas, bueyes,
asnos y hasta su tienda en el valle de Achor.
También sortearon la tierra prometida, así como los dos machos cabríos
de la expiación para saber cuál sería sacrificado y cuál enviado al desierto
(Levítico, cap. 16).
Cuando tuvieron que elegir por rey a Saúl consultaron a la suerte, que
empezó por designar a la tribu de Benjamín, y de ella a la familia de Metri, y
de ésta a Saúl, hijo de Cis, que pertenecía a dicha familia (Reyes, capítulo
10).
La suerte fue también adversa para Jonatás y le castigaron por haber
comido miel en el extremo de una vara. (Reyes, cap. 14). Los marineros de Joppé
consultaron a la suerte para que Dios les dijera la causa de la tempestad, ella
les dijo que Jonás y éste fue arrojado al mar (Jonás, capítulo 1).
Todas estas pruebas que se hacían por suerte eran supersticiones
profanas en las demás naciones, pero eran designios del mismo Dios en su pueblo
escogido. Esto es tan indudable que eligieron por sorteo al que debía sustituir
al apóstol Judas (Hech. Apóst., cap. 1). Los concurrentes fueron san Matías y
Barsabás, y la Providencia designó al primero.
El papa Honorio III prohibió en una decretal que en adelante utilizaran
este medio para la elección de los obispos. Ese medio era entonces bastante
común y los paganos lo llamaban sortilegium.
Los judíos practicaban otras pruebas en nombre del Señor, como por
ejemplo la de las aguas de los celos (Números, cap. 5). La mujer sospechosa de
adulterio tenía que beber agua mezclada con ceniza y consagrada por el sumo
sacerdote. Si era culpable, se hinchaba en seguida y moría. Fundándose en esta
ley, el Occidente cristiano estableció las pruebas en las acusaciones
jurídicas, sin parar mientes en que lo que ordenó Dios en el Antiguo Testamento
era una superstición en el Nuevo.
Los «juicios de Dios» eran una de tantas pruebas que perduraron hasta el
siglo XVI: quien mataba en desafío a su adversario era el que tenía razón o el
inocente. La más terrible de todas consistía en andar nueve pasos llevando en
la mano una barra de hierro candente sin quemarse. Pero la historia de la Edad
Media, tan fabulosa, no refiere ningún caso de tal prueba. Puede dudarse de las
demás o explicar las artimañas de que se servían los charlatanes para engañar a
los jueces. Por ejemplo era fácil hacer impunemente la prueba del agua
hirviendo presentando una cuba de agua fresca hasta la mitad y llenarla luego
jurídicamente de agua bullente; el acusado sumergía el codo hasta el agua tibia
y tomaba con la mano, del fondo de la cuba, el anillo bendito que allí
arrojaban. O hacer hervir aceite con agua; el aceite empieza a elevarse,
chisporrotear y parece que hierve cuando el agua empieza a levantar el hervor y
el aceite todavía ha adquirido escaso calor. Parece entonces que se mete la
mano en el agua hirviendo y se humedece con el aceite que la preserva.
Pasar entre dos fuegos sin quemarse no es ninguna habilidad cuando hace
con celeridad y previamente se embadurna uno la cara y las manos con pomada. Es
lo que hacía el terrible Pedro Aldobrandín, Petrus igneus (suponiendo que el
cuento sea verdad), cuando en Florencia pasó entre dos hogueras para demostrar,
con la ayuda de Dios, que su arzobispo era un tunantón y disoluto. Otra prueba
consistía en tragarse un pedazo de pan de cebada, que ahogaba al acusado si era
culpable. Prefiero oír la treta de Arlequín, al que el juez interroga sobre el
robo de que le acusa el doctor Baluart. El juez estaba comiendo y bebía un vino
excelente cuando el acusado, cogiendo el vaso del juez y vaciando la botella,
le dijo: «Señor juez, quiera Dios que este vino me sirva de veneno si he
cometido el delito que me atribuyen».
PURGATORIO. Es un hecho singular que las iglesias protestantes
estén todas de acuerdo en que el purgatorio es un invento de los frailes. No
cabe duda de que es un ardid para sacar dinero a los vivos haciéndoles pagar
misas para los muertos. Pero el purgatorio es anterior a los frailes.
Acaso indujo a los doctos en este error el hecho de que el papa Juan
XVII instituyó, según se cree, la fiesta de los difuntos hacia mediados del
siglo X. De esta institución infiero que mucho antes se rezaba por ellos,
porque si desde entonces rezaron por todos debemos creer que antes se hacía por
algunos, lo mismo que se inventó la fiesta de Todos los Santos porque en
tiempos anteriores festejaban a muchísimos bienaventurados. La diferencia entre
la fiesta de Todos los Santos y la de los difuntos consiste en que la primera
invocamos nosotros y en la segunda somos invocados; en la primera recomendamos
a los bienaventurados y en la segunda los desgraciados se encomiendan a
nosotros.
Hay mucha gente que sabe cómo empezó a instituirse esta fiesta en Cluny,
que pertenecía entonces al Imperio germánico, y no es preciso decir que san
Obilón, abad de Cluny, tenía por costumbre sacar muchas almas del purgatorio
diciendo misas y oraciones. Un día, un cruzado o un monje que regresaba de
Tierra Santa fue arrojado por la tempestad a una isla pequeña, en la que
encontró un eremita que le dijo que cerca de allí se veían colosales llamas y
grandes incendios con los que atormentaban las almas de los muertos y con
frecuencia oía que los demonios se quejaban del abad Obilón y sus monjes porque
todos los días libraban algún alma; que era necesario rogar al abad que
continuara tan piadosa tarea para aumentar el número de bienaventurados en el
cielo y el dolor de los diablos en el infierno. Esto lo refiere el hermano
Girard, jesuita, en su obra Flor de los santos, tomándolo del hermano
Ribadeneira. Fleury da otra versión de dicha leyenda, pero conserva lo
esencial.
Dicha revelación movió a san Obilón a instituir en Cluny la fiesta de
los difuntos, que pronto adoptó la Iglesia.
Desde esa época, el purgatorio aportó pingües ganancias a quienes tenían
el poder de abrir las puertas del mismo. En virtud de este poder, el rey de
Inglaterra, Juan Sin Tierra, declarándose vasallo del papa Inocencio III y
entregándole el dominio de su reino obtuvo la liberación del alma de un
pariente, excomulgado promortuo ex communicato pro quo suplicant consanguinei.
La cancillería de la Curia romana estableció una tarifa para la
absolución de los muertos y en Roma existían muchísimos altares privilegiados
en los que cada misa que se decía en ellos, en los siglos XIV y XV, previo pago
de seis liards, sacaba un alma del purgatorio.
En vano los herejes se esforzaban en demostrar que los apóstoles
tuvieron derecho a desatar todo lo atado en la tierra, porque eran
anatematizados como criminales que osaban dudar del poder de las llaves. Y
efectivamente, es de advertir que cuando el papa quería perdonar quinientos o
seiscientos años de purgatorio lo hacía en virtud de su infalible poder: pro
potestate a Deo acepta concedit.
De la antigüedad tel Purgatorio. Hay autores que afirman que el pueblo judío reconoció desde tiempo
inmemorial el Purgatorio, fundándose en el segundo libro de los Macabeos, que
dice taxativamente: «Y encontraron debajo de las ropas de los muertos (en la
batalla de Odollan) algunas ofrendas consagradas a los ídolos que había en
Jamnia, cosas prohibidas por la ley de los judíos, por lo cual conocieron
evidentemente que ello había sido la causa de su muerte. Y habiendo recogido
una colecta que mandó hacer, de doce mil dracmas de plata (1), Judas las envió
a Jerusalén para que ofrecieran un sacrificio por los pecados de estos
difuntos, teniendo como tenía buenos y religiosos sentimientos acerca de la
resurrección.» (Libro II, 40 y 43).
(1) Libro II, cap. XII, vers. 40 y 43.
Como creemos que es obligado exponer las objeciones que hacen los
herejes e incrédulos para que queden refutadas sus erróneas opiniones, vamos a
enumerar las objeciones que presentan para creer que Judas envió esas doce mil
monedas de plata y también en la antigüedad del Purgatorio.
1) Dicen que doce mil monedas de plata era una cantidad excesiva para
que la tuviera Judas, que sostenía una guerra de bandolero contra un gran rey.
2) Que pudo muy bien enviarse un regalo a Jerusalén para que perdonaran
los pecados de los muertos, con el fin de que Dios bendijera a los vivos.
3) Que en aquella época nadie se ocupaba de la resurrección porque de
ello sólo se ocuparon los judíos en tiempos de Gamaliel, poco antes de las
predicaciones de Jesucristo.
4) Que la ley de los judíos, que consta en el Decálogo el Levítico y el
Deuteronomio, al no ocuparse de la inmortalidad del alma, ni de los tormentos
del infierno, era imposible que hubiera anunciado un Purgatorio, y
5) Los herejes e incrédulos hacen cuanto pueden para demostrar a su
manera que los libros de los Macabeos son apócrifos. He aquí las pruebas que
presentan:
Dicen los judíos que si los herejes no reconocieron como canónicos los
libros de los Macabeos, ¿por qué los hemos de reconocer nosotros?
Orígenes declara taxativamente que debe rechazarse la historia de los
Macabeos, y san Jerónimo que no deben creerse esos libros. El Concilio de
Laodicea, celebrado en 367, no los incluye entre los libros canónicos, y
Atanasio, san Cirilo y san Hilario, los rechazan. Las razones para calificar
esos libros de historietas son:
El autor es un ignorante que empieza con una falsedad que comprende todo
el mundo: «Alejandro llamó a su lado a los jóvenes nobles que se habían criado
con él desde la infancia y repartió entre ellos su reino, viviendo todavía».
Esa falsedad tan flagrante no puede decirla un escritor sagrado e inspirado.
Al ocuparse de Antíoco Epifanes, dice: «Antíoco se dirigió a Elimais con
el propósito de apoderarse de ella y saquearla, pero no pudo conseguirlo porque
habiéndolo sabido sus habitantes se sublevaron y lograron derrotarle. Lleno de
tristeza regresó a Babilonia, y cuando estaba todavía en Persia supo que su
ejército había huido de Judá; cayó enfermo y murió en 149». Y en otra parte
dice lo contrario. Refiere que Antíoco Epifanes iba a tomar y saquear
Persépolis y no Elimais, y que cayendo de su carro se produjo una herida
incurable y se lo comieron los gusanos. Que pidió perdón al dios de los judíos,
deseando abrazar su religión.
Más aún, en otra parte el autor hace morir a Antíoco de una tercera
forma, para que el lector elija. Refiere que murió lapidado en tiempos de
Naneo. Los que pretenden justificar este flagrante error dicen que quiso
referirse a Antíoco Eupátor, pero ni uno ni otro fueron apedreados.
También dice que los romanos conquistaron Galacia y ello no sucedió
hasta cien años después. Por tanto, el desafortunado autor debió escribir un
siglo después de la época que suponen lo hizo; igual ocurre con todos los
libros judíos, opinan los incrédulos.
Afirma asimismo que los romanos nombraban todos los años un jefe del
Senado. Al leerlo, los incrédulos exclaman: Era tan ignorante que ni siquiera
sabía que en Roma había dos cónsules. ¿Qué fe podemos tener en esas historietas
pueriles, hacinadas sin orden ni concierto por hombres ignorantes e imbéciles?
Así se expresan autores audaces.
Les contestaremos que algunas equivocaciones, probablemente de los
copistas, no bastan a impedir el fondo de verdad de esos libros, que el
Espíritu Santo inspiró al autor y no a los copistas, que si el Concilio de
Laodicea rechazó el libro de los Macabeos, en cambio lo admitió el Concilio de
Trento, en el que intervinieron hasta los jesuitas, y que admitió esos libros
toda la Iglesia católica.
Origen del Purgatorio. La primitiva
Iglesia consideraba herejes a quienes admitían la existencia del Purgatorio, y
condenaba a los simoníacos que creían que las almas podían purgarse. Más tarde,
san Agustín condenó a los discípulos de Orígenes partidarios de este dogma.
¿Los simoníacos y los seguidores de Orígenes admitieron acaso el
Purgatorio por encontrar algo semejante en Virgilio, en Platón y hasta en
Egipto? Claramente lo anuncia el sexto libro de la Eneida, con la
particularidad de que Virgilio describe almas suspendidas en los aires, almas
que se queman y almas que se ahogan. He aquí lo que dice en tres versos de
dicho libro: «Se ven esos espíritus puros agitarse en los aires a merced del
viento, o ahogados en las aguas, o quemados en las llamas: de esta manera las
almas se limpian y purifican». Y todavía es más singular que el papa Gregorio
el Grande, no sólo adoptase la teoría de Virgilio, sino que en sus diálogos
introdujera muchas almas que venían del Purgatorio después de haber estado
suspendidas en el aire o haberse ahogado.
Platón se ocupa del Purgatorio en su Fedón, y es fácil convencerse
leyendo en el Mercurio Trimegista que Platón tomó de los egipcios lo que no
había copiado de Timeo de Locre.
Todo esto es muy reciente comparado con la antigüedad de los brahmanes,
y debemos confesar que ellos inventaron el Purgatorio, así como la rebelión y
caída de los ángeles. En el Shasta, libro que data de tres mil cien años antes
de nuestra era, encontrarán mis lectores el Purgatorio. Los ángeles rebeldes,
cuya historia copiaron los judíos en la época del rabino Gamaliel, fueron
condenados por el Eterno y su Hijo a mil años de Purgatorio, y al cabo de ese
tiempo Dios los perdonó y los hizo hombres. Ya hemos dicho y repetimos ahora,
que a los brahmanes les parecía duro que los castigos fueran eternos, tal vez
porque lo eterno nunca termina; los brahmanes pensaban, pues, como el abad de
Chanlieu, que dice en una epístola dedicada A la muerte: «Perdóname, Señor, si
cegado por tus bondades no pude concebir que castigaras tan severamente mi
debilidad por los placeres que desaparecen como los sueños; perdóname si no
pude creer que castigaras con crueldad eterna la humana debilidad, que es
victima de quimeras engañosas».
R
RAZÓN. En la época que Francia había perdido el
juicio con el sistema de Law, superintendente de Hacienda, un hombre que
siempre tenía razón se presentó ante una gran asamblea para decirle:
«Sois el mayor loco o el mayor truhán que se ha presentado en Francia;
sé que es mucho decir, pero voy a demostrarlo. Se os ocurrió la idea de
duplicar la riqueza del Estado por medio del papel, pero como ese papel sólo
podía representar el valor ficticio de varias riquezas, como son los productos
de la tierra y de las manufacturas, debíais haber empezado por darnos una
cantidad diez veces mayor de trigo, vino, lienzo y paño. Y aun esto no es
bastante porque además habíamos de estar seguros de despacharlos. Emitís una
cantidad de billetes diez veces mayor que la que nosotros tenemos en moneda y
géneros; por tanto, sois diez veces más arbitrario, inepto o granuja que los
superintendentes que os han precedido. Vais a ver ahora cómo demuestro mi
proposición mayor».
Apenas comenzó a hacerlo, le prendieron y metieron en la cárcel. Cuando
salió, después de estudiar mucho y robustecer su opinión, se dirigió a Roma y
pidió una audiencia pública al papa con la condición de no interrumpirle en su
discurso. Se la concedieron y habló así:
«Santo Padre, vos sois un anticristo y voy a demostrarlo a Vuestra
Santidad. Lamo anticristo al que hace lo contrario de lo que Cristo hizo y dejó
mandado. Cristo fue pobre y vos sois muy rico; pagó el tributo y vos lo exigís
a los demás; se sometió a los poderes y vos sois el poder más alto; iba a pie y
vos vais a Castelgandolfo en un carruaje suntuoso; comía lo que le daban y vos
mandáis que se coma pescado los viernes de Cuaresma cuando vivimos lejos del
mar y de los ríos; prohibió a Simón, llamado después Pedro, que no se sirviera
de la espada y vos tenéis muchas espadas a vuestro servicio. En este sentido,
pues, Vuestra Santidad es un anticristo. Os reverencio mucho en los demás
sentidos y os pido que me concedáis indulgencias in articulo mortis».
Y encerraron al hombre que así hablaba en el castillo de San Ángelo.
Cuando salió se dirigió a Venecia y pidió audiencia para hablar con el dux. Se
la concedieron también.
«Vuestra Serenidad–le dijo–es un gran extravagante que tiene el capricho
de casarse todos los años con el mar. Vuestro casamiento se parece al de
Arlequín, que estaba a medio hacer porque le faltaba el consentimiento de la
futura. Además, ¿quién nos dice que un día otras potencias marítimas no os
puedan declarar impotente para consumar ese matrimonio?»
Cuando hubo pronunciado esas palabras lo encerraron en la torre de San
Marcos. Cuando salió de ella, se fue a Constantinopla y lo recibió en audiencia
el muftí, al que dijo:
«Vuestra religión, aunque tiene cosas excelentes, como la adoración del
Gran Ser y la necesidad de ser justos y caritativos, no es más que el judaísmo
recalentado y una colección tediosa de leyendas de camino. Si el arcángel
Gabriel, descendiendo de algún planeta, hubiera traído y entregado a Mahoma las
hojas del Corán, Arabia entera lo hubiera visto y nadie le vio. Por tanto,
Mahoma fue un audaz impostor que engañó a los tontos».
Ahora le prendieron y lo empalaron. Sin embargo, siempre tenía razón.
RELIGIÓN. Sabemos que los epicúreos no profesaban
ninguna religión y recomendaban el alejamiento de los asuntos públicos, el
estudio y la concordia. Esta secta constituía una comunidad de amigos porque su
principal dogma era la amistad. Ático, Lucrecio, Memius y algunos hombres de
este temple, podían vivir juntos honestamente y ejemplos semejantes se ven en
todos los países. Entre hombres de esta clase se puede filosofar todo lo que se
quiera. Son como los melómanos, que para complacerse a sí mismos se dan un
concierto de música clásica y selecta, pero que se guardan bien de ejecutar ese
concierto ante el vulgo ignorante y brutal, no vaya a ser que les rompan los
instrumentos en la cabeza. El que tenga que gobernar un pueblo necesita que
éste tenga una religión. No es mi propósito ocuparme de la nuestra, ya que es
la única buena, la única necesaria y la única auténtica.
¿Habría sido capaz la inteligencia humana de admitir una religión no
parecida a la nuestra, sino que fuera menos mala que las demás religiones del
orbe juntas? ¿Y cuál sería esa religión? ¿No sería la que predicara la
adoración del Ser Supremo, único, infinito, eterno y creador del universo, la
que nos uniera a ese Ser como recompensa de nuestras virtudes y nos separara de
él como castigo de nuestros crímenes? ¿La que admitiera pocos dogmas que son
motivo eterno de disputa, la que enseñara una moral pura, sobre la que jamás se
disputara? ¿La que no hiciera consistir el fundamento del culto en vanas
ceremonias, como la de escupirnos a la boca, la de cortarnos el prepucio, la de
extirparnos un testículo, puesto que se pueden cumplir todos los deberes
sociales teniendo los testículos y el prepucio enteros y sin que nos escupan en
la boca? ¿La que socorriera a nuestro prójimo por el amor de Dios, en vez de
perseguirle y degollarle en nombre de ese mismo Dios? ¿La que tuviera
ceremonias augustas que emocionaran al pueblo y careciera de misterios que
pueden sublevar a los sabios y enojar a los incrédulos?
¿La que asegura a sus ministros una asignación honrosa para que
subsistieran con decencia y no les dejara usurpar las dignidades y el poder que
puede convertirlos en tiranos?
Buena parte de esta religión está grabada hoy en el corazón de algunos
soberanos y llegará a ser la dominante cuando el articulado que propuso el abad
de San Pedro sobre la paz perpetua sea firmado por todos los príncipes.
Pasé la noche meditando. Absorto en la contemplación de la naturaleza,
admiraba la inmensidad, el curso y las relaciones de esos astros infinitos que
el vulgo no sabe admirar. Pero admirando aún más la inteligencia que los
dirige, me decía: Se necesita ser ciego para que este espectáculo nos deje
indiferentes, es preciso estar locos para no adorarle. ¿Qué tributo de
adoración debemos rendirle? ¿No debe ser siempre el mismo en todo el espacio
por cuanto es el mismo Ser Supremo el que lo rige en su extensión? ¿El ser
dotado de pensamiento que habite en una de las estrellas de la Vía Láctea no le
debe el mismo homenaje que el que piensa en nuestro planeta? Si la luz es
uniforme para el astro Sirio y para nosotros, la moral también debe ser
uniforme. Si el animal que piensa y siente en Sirio nació de padres que
intentan hacerle feliz, les debe corresponder con tanto amor y cuidados como
debemos en el mundo a nuestros padres. Si algún habitante de la Vía Láctea ve a
un indigente lisiado, puede socorrerle y no lo hace, es culpable ante todo el
universo. El corazón tiene en todas partes las mismas obligaciones.
Absorto en estas ideas, vi que uno de los genios que llenan los
intermundos descendió hasta mí. Reconocí al mismo espíritu sutil que se me
apareció otra vez para enseñarme lo diferentes que son los juicios de Dios de
los nuestros, y que una buena acción es preferible a una disputa.
Me llevó a un desierto lleno de cadáveres hacinados, y entre esos
montones de muertos había unas alamedas de árboles siempre verdes; al extremo
de cada alameda, un hombre alto y de soberano aspecto contemplaba con compasión
aquellos restos inanimados.
— Arcángel mío, ¿a dónde me habéis traído?
— Al lugar de la desolación.
— ¿Quiénes son esos venerables patriarcas que veo inmóviles y
conmiserativos al extremo de las alamedas, que parece lloran por los inmortales
muertos?
— Lo sabrás, pobre criatura humana, pero antes es preciso que llores.
Y señalando el primer montón de muertos, me dijo:
— Estos son los veintitrés mil judíos que exterminaron ante el becerro
de oro y los veinticuatro mil que fueron muertos por los jóvenes madianitas. El
número de asesinados por delitos y otras causas asciende a unos trescientos
mil. En las alamedas siguientes están los cementerios de los cristianos que se
degollaron unos a otros por discusiones metafísicas. Están divididos en
montones de cuatro siglos cada uno; si estuvieran en uno solo, llegarían hasta
el cielo.
— ¿De este modo trataron los hermanos a sus hermanos de credo y tuve la
desgracia de pertenecer a esta cofradía?
— He aquí los doce millones de americanos asesinados en su patria por no
estar bautizados.
— ¿Por qué no dejó Dios que se descompusieran esos cadáveres en el
hemisferio donde nacieron sus cuerpos? ¿Por qué ha reunido aquí estos
monumentos de la barbarie y del fanatismo?
— Para instruirte.
— Ya que quieres instruirme, dime si además de los cristianos y judíos
hubo otros pueblos en que el celo y la religión, convertidos en fanatismo,
inspiraron crueldades tan abominables.
— Sí —me contestó—. Los mahometanos cometieron las mismas crueldades,
pero pocas veces; cuando se les ha pedido clemencia y han ofrecido pagarles el
tributo han sabido perdonar. Respecto a las demás naciones, desde que existe el
mundo ninguna ha tenido una guerra puramente religiosa. Ahora, sígueme.
Así lo hice. Un poco más allá de aquellos montones de cadáveres
encontramos otros, pero éstos eran sacos de oro y de plata, cada uno con su
etiqueta: «Sustancia de los herejes asesinados en los siglos XVI, XVII y
XVIII», «Oro y plata de los americanos degollados». Esos montones remataban con
cruces, mitras, báculos y tiaras cubiertas de piedras preciosas.
— ¿Por poseer tales riquezas acumularon tantos muertos? —pregunté al
genio.
— Sí, hijo mío.
No pude contener las lágrimas, y cuando por la aflicción que
experimentaba merecí que me llevara al extremo de las hileras de árboles
verdes, me dijo:
— Contempla los héroes de la humanidad que fueron los bienhechores del
mundo y que se han reunido para desterrar de él, en cuanto les fue posible, la
violencia y la expoliación. Interrógales.
Me acerqué al que estaba más cerca; llevaba una corona en la cabeza y un
pequeño incensario en la mano. Humildemente, le pregunté su nombre.
— Soy Numa Pompilio, fui el sucesor de un bandido y me vi obligado a
gobernar bandidos. Les enseñé la virtud y el culto a Dios y después de mi
muerte olvidaron más de una vez una y otro; prohibí que se practicaran
simulacros en los templos porque la divinidad que rige la naturaleza no podemos
representárnosla. Durante mi reinado, los romanos no tuvieron guerras ni
sediciones, porque mi religión los civilizó. Todos los pueblos acudieron a
honrar mis funerales, lo que a nadie acaeció más que a mí.
Le besé la mano y me dirigí al segundo personaje: era un venerable
anciano de unos noventa años, vestido con un ropaje blanco que tenía colocado
el dedo corazón sobre la boca y con la otra mano arrojaba habas detrás de él.
Le reconocí, era Pitágoras. Me dijo que gobernó a los crotoniatas con tanta
justicia como Numa Pompilio gobernaba a los romanos, era poco más o menos de su
época, y que la justicia era lo más necesario y raro en el mundo. Me aseguró
que los pitagóricos hacían examen de conciencia dos veces al día. Por
complacerle, no repliqué a Pitágoras y pasé a ver a Zoroastro, que se hallaba
ocupado en encontrar el fuego celeste en el hornillo de un espejo cóncavo, en
el centro de un vestíbulo que tenía cien puertas y todas conducían a la
sabiduría. Sobre la principal de esas puertas (1) leí unas palabras que
compendian la moral y zanjan las controversias de los casuistas: «Cuando dudes
de si una acción es buena o mala, abstente de practicarla».
— Seguramente —dije al arcángel—, los bárbaros que inmolaron esas
víctimas, cuyos cadáveres he visto, no leyeron esas hermosas palabras.
(1) Los preceptos de Zoroastro se llaman puertas y son cien.
Luego hablé con Zeleuco, Tales, Anaximandro y todos los sabios que
buscaron la verdad y practicaron la virtud. Cuando llegué a Sócrates, que
reconocí por su nariz chata, le dije:
— Todos los habitantes de Europa, menos los turcos y los tártaros de
Crimea, que son profundamente ignorantes, pronuncian vuestro nombre con respeto
y lo reverencian hasta tal punto que han tratado de averiguar los nombres de
vuestros perseguidores. Por vos conocemos a Melitus y Anitus, de éste solo el
nombre de pila; no sé precisamente qué era ese malvado que os calumnió y llegó
a conseguir que os sentenciaran a beber la cicuta.
— Desde mi fatal aventura, no he vuelto a ocuparme de ese hombre —me
respondió Sócrates—, pero el recordármelo os confieso que me causa lástima. Era
un sacerdote perverso que se dedicaba a comerciar con cueros, profesión
vergonzosa entre nosotros. Envió sus dos hijos a mi escuela y sus condiscípulos
les afearon el oficio del padre, viéndose obligados a abandonar el estudio. Su
padre, encolerizado, sublevó contra mí a los sacerdotes y sofistas, que
lograron convencer al Consejo de los Quinientos que yo era un impío y no creía
que la Luna, Mercurio y Marte fueran dioses. Efectivamente, entonces, como
ahora, creía que no hay más que un Dios, señor de toda la naturaleza. Los
jueces me entregaron al envenenador de la República, que acortó algunos días de
mi vida. Morí tranquilamente a la edad de setenta años y desde entonces vivo
feliz entre estos grandes hombres, de los que soy el más insignificante.
Tras disfrutar de mi entrevista con Sócrates, fuimos avanzando mi guía y
yo hacia un bosquecillo situado encima de aquella floresta, en donde los sabios
de la Antigüedad parecía que gozaran de apacible reposo.
Vi a un hombre de semblante sereno y expresivo que, a mi parecer, apenas
habría cumplido treinta y cinco años. Lanzaba desde lejos miradas compasivas al
montón de esqueletos blanquecinos, a través de los que había pasado para llegar
a la morada de los sabios. Me afligió al ver sus pies hinchados y sangrientos,
al igual que las manos, que estaba herido en un costado y tenía el cuerpo
despellejado de recibir azotes.
— ¿Es posible —exclamé— que un justo, un sabio, pueda encontrarse en ese
estado? Acabo de ver otro que lo trataron cruelmente pero no hay comparación
entre su suplicio y el vuestro. Sacerdotes inicuos y jueces pérfidos le
envenenaron, ¿acaso vos también fuisteis asesinado cruelmente por sacerdotes y
jueces?
— Sí —me contestó con afabilidad.
— ¿Quiénes eran esos monstruos?
— Los hipócritas.
— Ya habéis dicho bastante y ello me hace comprender que os debieron
sentenciar al último suplicio. ¿Les probasteis, acaso, como Sócrates, que la
Luna no es una diosa, ni Mercurio un dios?
— No, no fue por cuestión de planetas. Mis coterráneos no sabían qué es
un planeta. Todos eran ignorantes y tenían otras supersticiones que los
griegos.
— ¿Tratábais de enseñarles una nueva religión?
— Tampoco. Les decía, sencillamente: amad a Dios de todo corazón y a
vuestro prójimo como a vosotros mismos. Seguramente comprendéis que este
precepto es tan antiguo como el universo y que no les enseñaba un nuevo culto.
Les repetía continuamente que había venido, no a abolir la Ley, sino para
hacerla cumplir. Yo observaba todos sus ritos, estaba circuncidado como ellos,
bautizado como ellos, presentaba mi ofrenda en el templo como ellos, y como
ellos celebraba la Pascua, comiendo de pie un cordero asado con lechugas. Mis
amigos y yo íbamos a rezar en el templo y mis amigos lo frecuentaron después de
mi muerte; en una palabra, cumplí sus santas leyes sin exceptuar ninguna.
— Aquellos miserables ni siquiera os podían reprochar haberos separado
de sus leyes.
— No, no podían.
— ¿Por qué, pues, se ensañaron con vos?
— Eran orgullosos e interesados, comprendieron que los conocía bien y
supieron que haría los conocieran los demás compatriotas. Eran más fuertes y me
quitaron la vida; sus semejantes harán siempre lo mismo, si pueden, a todo el
que haga justicia.
— Pero ¿dijisteis o hicisteis algo que pudiera servirles de pretexto?
— Cualquier cosa sirve de pretexto a los perversos.
— ¿No les dijisteis que veníais a traer la guerra y no la paz?
— Eso fue un error del copista. Les dije que traía la paz y no la
guerra. Y como no escribí nada, pudieron trastocar lo que dije sin mala
intención.
— ¿No habréis contribuido, con vuestros discursos mal interpretados, a
formar esos montones de cadáveres que encontré cuando venía a consultaros?
— Siempre me horrorizaron los criminales que asesinan.
— Y esos monumentos de poder y riqueza, de orgullo y avaricia, esos
tesoros, ornamentos, esos signos de grandeza que acabo de ver acumulados,
¿provienen de vos?
— De ninguna manera. Los míos y yo hemos vivido humildes y pobres mi
grandeza la encontré en la virtud.
Varias veces estuve a punto de rogarle que dijese quién era, pero el
guía me aconsejó que no lo preguntara porque mi naturaleza no era la más
apropiada para comprender esos misterios sublimes. Entonces supliqué al
desconocido que me explicara la esencia de la verdadera religión.
— Ya os lo dije: amad a Dios y a vuestro prójimo como a vos mismo.
— ¿Y amando a Dios podré comer carne los viernes de Cuaresma?
— Yo siempre comí lo que me dieron, porque fui pobre y no podía invitar
a comer a nadie.
— Amando a Dios y siendo justo, ¿me será lícito no confesar los secretos
de mi vida a un desconocido?
— Así lo hice yo siempre.
— ¿Obrando bien podré eximirme de ir en peregrinación a Santiago de
Compostela?
— Jamás estuve en ese país.
— ¿Será preciso que me decida por la Iglesia griega o por la Iglesia
latina?
— Cuando estaba en el mundo, para mí no hubo ninguna diferencia entre el
judío y el samaritano.
— Siendo así, os reconozco por mi único señor.
Entonces, el desconocido me hizo una señal con la cabeza que me llenó de
consuelo. La visión desapareció y sólo quedó en mí la conciencia recta.
Cuestiones para la religión. El hombre empezó por conocer un solo Dios y luego inventó la existencia
de pluralidad de dioses. He aquí en qué apoyo mi creencia:
No cabe duda que existieron pequeñas poblaciones antes de edificar
grandes ciudades, y que los seres humanos se subdividieron en pequeñas
repúblicas antes de unirse en grandes imperios. Es natural, pues, que un
pequeño poblado, aterrorizado por los truenos y rayos, apesadumbrado por la
pérdida de las cosechas, al sufrir las depredaciones del poblado inmediato y al
conocer su debilidad, creyera que existía en todas partes un poder invisible e
imaginara un ser superior a nosotros, del que provenía el bien y el mal. Me
parece imposible que pensara en la existencia de dos poderes, porque igual
podía haber pensado que existían muchos. En todas las especulaciones de la
mente se empieza por lo simple, después se llega a lo compuesto y, con
frecuencia, volvemos a lo simple otra vez al tener mayores conocimientos. Esta
es la trayectoria del espíritu humano.
A qué ser podían invocar, ¿al sol, a la luna? No me parece verosímil.
Veamos lo que ocurre en los niños, muy parecidos a los hombres ignorantes. No
les llama la atención la hermosura ni la utilidad del sol, ni lo beneficiosa
que es la luna por la noche, ni las variaciones periódicas de su curso; se
acostumbran a todo eso sin parar mientes en ello. No adoramos, invocamos, ni
deseamos apaciguar más que a lo que tememos, y los niños ven el cielo con
indiferencia. Pero cuando ruge el trueno, tiemblan y se esconden.
Indudablemente, los primitivos hombres obraron como los niños. Sólo pudo haber,
entonces, una especie de filósofos que fijándose en el curso de los astros
lograran que los hombres los admiraran y adorasen, pero los simples labriegos,
del todo ignorantes, no sabían lo suficiente para adoptar esa errónea
adoración.
Por tanto, la población humilde, al principio, se concretaría a pensar:
existe un poder que truena, que graniza, que mata a nuestros hijos;
apacigüémoslo. Pero, ¿cómo hacerlo? Calmamos la ira de los enojados haciéndoles
ofrendas; hagámoslas, pues, a ese poder. Necesitamos también designarlo con un
nombre. Y el primero que les debió ocurrir fue el de jefe, de señor; ese poder
se llamó, pues, mi señor. Probablemente, por esta razón los egipcios llamaron a
su dios Knef; los sirios, Adoni; los pueblos inmediatos, Baal o Bel, Melch o
Moloc, y los escitas Papee, vocablos que significan señor, dueño.
Así, cuando se descubrió América encontraron allí infinidad de
poblaciones pequeñas con su dios protector. Incluso México y Perú, poderosas
naciones, tenían un dios único; los mexicanos adoraban a Vitzliputzli, dios de
la guerra, y los peruanos, a Manco Capack.
No fue la razón superior e intelectiva de los pueblos la que les hizo
reconocer una sola divinidad; si hubieran sido filósofos habrían adorado al
Dios de toda la naturaleza, no al dios de una localidad, y hubieran estudiado
las relaciones infinitas que median entre los seres, que prueban que existe un
Ser creador y conservador. Pero no estudiaron, sólo sintieron. Cada localidad
reconoció que era débil y necesitaba tener la protección de un Ser fuerte,
creyó que ese Ser tutelar y terrible residía en un bosque cercano, en una
montaña o en una nube, creyó que existía un solo Ser superior porque cuando iba
a la guerra no tenía más que un caudillo, y creyó que era corporal porque le
era imposible representárselo de otro modo. Creía asimismo que el pueblo vecino
tenía también su dios, por eso Jepté dijo a los habitantes de Moab: «Poseéis
legítimamente lo que vuestro dios Chamos os hizo conquistar y debéis dejarnos
disfrutar lo que nuestro dios nos consiguió con sus victorias» (Jueces, cap.
11, 24).
Son muy significativas las anteriores palabras, que pronunció un
extranjero ante otros extranjeros. Los judíos y moabitas habían expulsado a los
habitantes del país; ambos sólo contaban con el derecho de la fuerza y el jefe
de unos dijo al de los otros: Tu dios ha protegido tu usurpación; consiente,
pues, que mi dios proteja la mía. Jeremías y Amós preguntan: «¿Qué razón tuvo
el dios Melchom para apoderarse del país de Gad?» Estos textos demuestran que
la Antigüedad creyó que cada país tenía su dios protector. Huellas de esto las
encontramos también en las obras de Homero.
Es asimismo natural que despertada la imaginación de los hombres y
habiendo adquirido conocimientos confusos, multiplicaran sus dioses y tuvieran
por protectores a los elementos, el mar, los bosques, los ríos y los campos.
Cuanto más se dedicaron al estudio de los astros, más se llenaron de
admiración. ¿Y cómo no habían de adorar al sol, cuando adoraban la divinidad de
un riachuelo? Así que dieron el primer paso por este camino el mundo se pobló
de dioses, y desde la adoración de los astros descendieron los hombres hasta la
adoración de los gatos y cebollas.
Con el tiempo, la razón se fue perfeccionando y aparecieron filósofos
que comprendieron que ni las cebollas, los gatos, ni los astros celestes
habrían podido establecer el orden admirable de la naturaleza. Todos los
filósofos, babilonios, persas, egipcios, escitas, griegos y romanos, admitieron
la existencia de un Dios supremo, remunerador y vengador.
Al principio no se atrevían a decirlo a los pueblos, porque el filósofo
que hubiera osado profanar las cebollas y los gatos ante las beatas y
sacerdotes hubiera sido lapidado, y al que hubiera censurado a los egipcios que
comieran sus dioses se lo habrían comido.
¿Qué hicieron, pues? Orfeo y sus seguidores instituyeron los misterios
que los iniciados prometían, con juramentos execrables, no revelar. El
principal de ellos consistía en la adoración de un dios único. Esa gran verdad
llegó a abarcar la mitad del mundo y la cantidad de iniciados alcanzó una cifra
inmensa; la antigua religión seguía subsistiendo, pero como no era contraria al
dogma de la unicidad de Dios la dejaron subsistir. Los romanos reconocían el
Deus optimus maximus, y los griegos llamaban Zeus a su dios supremo. Sus demás
divinidades no eran más que seres intermedios y colocaban a los héroes y a los
emperadores en la categoría de dioses, equivalente a la nuestra de
bienaventurados y no consideraban a Octavio, Claudio, Tiberio ni a Calígula
como creadores del cielo y de la tierra. En una palabra, está demostrado que
desde la época de Augusto todos los que profesaban una religión reconocían un
Dios superior y eterno y varios órdenes de dioses subalternos, cuyo culto se
llamó después idolatría.
Las leyes de los judíos nunca favorecieron la idolatría, y aunque
admitían la existencia de los ángeles no asignaban culto a esas divinidades
secundarias. Cierto que adoraban a los ángeles, esto es, se arrodillaban cuando
los veían, pero como sucedía pocas veces no tenían ceremonias ni culto legal
para ellos. Los querubines del Arca no recibían homenaje. Parece que los
judíos, desde la época de Alejandro, adoraron en público un solo Dios, al igual
que la multitud innumerable de los iniciados lo adoraban secretamente en sus
misterios.
En la época que el culto de un Dios supremo quedó reconocido por todos
los sabios de Asia, Europa y Africa, fue cuando nació la religión cristiana. El
platonismo contribuyó en gran manera a la inteligencia de sus dogmas. El Logos,
que en Platón significa la sabiduría, la razón del Ser Supremo, se convirtió en
nosotros en el Verbo y en la segunda persona de Dios. La metafísica profunda y
superior a la inteligencia humana fue el santuario inaccesible en que se
envolvió la religión.
Por no pecar de reiterativos dejaremos de explicar cómo María fue
declarada Madre de Dios con el transcurso del tiempo, ni cómo se estableció la
consustancialidad del Padre y del Verbo, ni la protección del Pneuma, órgano
divino del Logos, dos naturalezas y dos voluntades resultantes de la
hipóstasis, ni la ingestión superior que nutre al alma y al cuerpo con la
sangre del Hombre‑Dios, adorado y comido bajo la forma del pan. Ya hemos dejado
constancia de todos esos misterios.
Desde el siglo II empezaron a expulsar los demonios del cuerpo en nombre
de Jesús, porque antes los expulsaban en nombre de Jehová. San Mateo refiere
que habiendo dicho los enemigos de Jesús que expulsaba a los demonios en nombre
del príncipe de los diablos, El les contestó: «Si expulso a los demonios en
nombre de Belcebú, ¿en nombre de quién los expulsan vuestros hijos?»
Se ignora la época en que los judíos reconocieron a Belcebú por príncipe
de los demonios, siendo un ser extranjero. Pero Flavio Josefo nos dice que en
Jerusalén había exorcistas nombrados para expulsar los demonios del cuerpo de
los posesos, o sea de los hombres afectos de ciertas enfermedades, que entonces
se creía ocasionadas por los genios maléficos.
Expulsaban, pues, los demonios pronunciando continuamente la palabra
Yahvé, sistema que hoy se ha perdido, al igual que se han olvidado otras
ceremonias. El exorcismo que practicaban pronunciando dicha voz con otros
nombres de Dios todavía estaba en uso en los primeros siglos del cristianismo.
Orígenes, en su obra contra Celso, le dice: «Si al invocar a Dios le llamamos
Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, conseguiremos muchas cosas pronunciando
esos nombres, cuya naturaleza y fuerza son tales que los demonios se someten a
quienes las pronuncian, pero si aplicamos otra denominación, como por ejemplo,
dios del mar alborotado, dios suplantador, estos nombres no tendrán ninguna
virtud. El nombre de Israel, traducido al griego, no tiene ningún poder, pero
pronunciándolo en hebreo, con las palabras necesarias, se logrará el conjuro».
De Orígenes son estas notables palabras: «Existen nombres que poseen
naturalmente virtud, como los que usan los sabios en Egipto, los magos en
Persia y los brahmanes en la India. La llamada magia no es un arte vano y
quimérico, como aseguran estoicos y epicúreos, ni los nombres de Sabaoth y
Adonai se establecieron para seres creados porque pertenecen a una teología
esotérica que hace referencia al Creador. De esto proviene la virtud de tales
nombres, cuando se usan y pronuncian sometiéndose a las reglas».
Con estas palabras, Orígenes no manifiesta su opinión, sino más bien la
opinión universal. Las religiones conocidas entonces admitían la magia
distinguiendo la celeste de la demoníaca, y conocían además la nigromancia y la
teurgia. En ellas todo era prodigio, adivinación y oráculo. Los persas no
negaban los milagros de los egipcios, ni éstos los de aquéllos. Dios permitió
que los primitivos cristianos creyeran en los oráculos atribuidos a las Sibilas
y los dejó vivir en algunos errores de poca entidad que no corrompían el fondo
de la religión.
Sin embargo, es extraño que los cristianos de los dos primeros siglos
tuvieran horror a los templos, altares y simulacros, como refiere Orígenes.
Pero todo cambió cuando quedó establecida la disciplina de la Iglesia y ésta
adquirió una forma constante.
Se dice que la religión de los paganos era absurda en muchas cosas amén
de contradictoria y perniciosa. Me parece, sin embargo, que le atribuyen más
daño del producido y más tonterías de las que predicó. Moliere dice: «No me
parece hermoso que Júpiter sea toro, serpiente, cisne o cualquier otra cosa,
pero no me extraña que lo encuentren bello los demás.» Indudablemente, esas
metamorfosis son impertinentes, pero ruego a quienes lo dicen que me enseñen
dónde existió en la Antigüedad un templo dedicado a Leda yaciendo con un cisne
o un toro. ¿Pueden presentarme algún sermón predicado en Atenas o Roma que
induzca a las doncellas a refocilarse con los cisnes de sus corrales? ¿Acaso
las leyendas que recogió e ilustró Ovidio pueden tomarse como dogmas de la
religión pagana? ¿No son equivalentes a la Leyenda áurea y al Florilegio de los
santos de la religión católica? Si algún brahmán o derviche criticara la
historia de santa María Egipcíaca apoyándose en que no teniendo con qué pagar a
los marineros que la llevaron a Egipto concedió a todos ellos sus favores,
replicaríamos: Reverendos santones, estáis equivocados. Nuestra religión no
está basada en la Leyenda áurea.
Criticamos a los antiguos que creyeron a pies juntillas los prodigios y
oráculos. Pero si volvieran hoy al mundo y supieran los milagros que atribuimos
a Nuestra Señora de Loreto y a Nuestra Señora de Éfeso, ¿no nos criticarían
también a nosotros?
Los sacrificios humanos estaban generalizados en casi todos los pueblos
antiguos, aunque raras veces se practicaban. Sólo sabemos que los judíos
inmolaron a la hija de Jefté y al rey Agag, pero Isaac y Jonatás no llegaron a
ser sacrificados. Entre los griegos no está comprobada la historia del
sacrificio de Ifigenia, y entre los romanos fueron muy raros los sacrificios
humanos; en una palabra, la religión pagana derramó poca sangre y la nuestra la
hizo correr por todo el mundo. Nuestra religión es indudablemente la única
verdadera, pero por ella hemos causado tanto daño que cuando hablamos de las
otras debemos proceder con indulgencia.
El hombre que desee convencer de la verdad de su religión a extranjeros
o a coterráneos, debe dedicarse a esa tarea con moderación y suave insinuación.
Si empieza afirmando que lo que expone está demostrado, encontrará multitud de
incrédulos, y si se atreve a decirles que rechazan su doctrina porque ésta
trata de refrenar las pasiones y la razón de ellos discurre erróneamente, les
sublevará en su contra, les afirmará en sus falsas creencias y no conseguirá
sus propósitos.
Si la religión que enseña es verdadera no conseguirá que lo sea más la
cólera y la insolencia. ¿Hay acaso necesidad de enfurecerse para predicar que
el hombre debe ser clemente, benéfico y justo, y cumplir todas las obligaciones
sociales? No, no hay ninguna necesidad, porque todo el mundo profesa esta
religión. ¿Por qué, pues, habéis de injuriar a nuestro hermano cuando le
predicáis una metafísica esotérica? Sin duda porque su buen sentido excita
vuestro amor propio. Sois tan soberbios que exigís a nuestro hermano que someta
su inteligencia a la vuestra y el orgullo humillado se enciende en cólera; no
da otro resultado. El militar que recibe veinte heridas en una batalla no se
encoleriza, pero el teólogo herido por una opinión contraria se torna furioso
implacable.
RELIQUIAS. Llamamos reliquia a una parte del cuerpo o ropaje
de una persona a quien la Iglesia considera digna de veneración.
Jesús condenó la hipocresía de los judíos cuando les dijo: «¡Ay de
vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que construís los sepulcros para los
profetas y adornáis los monumentos de los justos! » (Mateo, cap. 23, 29). Sin
embargo, los cristianos ortodoxos lo mismo veneran la reliquia que la imagen de
los santos, y cuando un doctor, de nombre Enrique, se atrevió a decir que los
huesos y demás reliquias convertidas en gusanos no deben adorarse, el jesuita
Vázquez decidió que la opinión de Enrique era absurda y vana, porque no importa
de qué manera se opera la corrupción y por tanto lo mismo podemos adorar las
reliquias en forma de gusanos que de cenizas.
Pero cualquiera de ambas opiniones que admitamos, san Cirilo de
Alejandría confiesa, en su libro Contra Juliano, que el origen de las reliquias
es pagano. He aquí la descripción de su culto que hace Teodoreto, que vivía en
los primeros años de nuestra era (Cuestión 51 sobre el Éxodo): Asistían a los
templos de los mártires–nos cuenta ese sabio obispo– para pedir, unos, que les
conservaran la salud, otros, que curaran sus enfermedades, y las mujeres
estériles para lograr ser fecundas. Cuando esas mujeres conseguían tener hijos
pedían también que se los conservaran. Quienes iban a emprender un viaje
suplicaban a los mártires que fueran sus guías y compañeros, y cuando volvían
se presentaban en el templo para manifestarles su gratitud. No les adoraban
como dioses, pero les honraban como hombres divinos pidiéndoles que fueran sus
intercesores.
Los ex votos de los templos son pruebas palpables de que quienes pedían
con fe habían conseguido sus deseos o la curación de sus enfermedades. Colgaban
en los templos ojos, pies y manos de oro y de plata, testimonios que pregonaban
la virtud de los que estaban encerrados en aquellos sepulcros. Teodoreto añade
que cuando destruyeron los templos de los dioses aprovecharon los materiales
para construir los templos de los mártires, porque el Señor–dice aludiendo a
los paganos–, sustituyó sus muertos por vuestros dioses, hizo ver la vanidad de
éstos y transfirió a otros los honores que a éstos les rendían. De ello se
queja amargamente el sofista Garde, deplorando la suerte del templo de Serapis,
en Canope, que derribaron por orden del emperador Teodosio I, en 389.
Gentes que nunca habían participado en ninguna guerra–dice
Ennapins–fueron capaces de arrancar las puertas del templo y, sobre todo, para
llevarse las ricas ofrendas que encerraba. Entregaron los templo a los monjes,
gentes infames e inútiles, que sólo por vestir un hábito pardo y sucio
adquirían tiránica autoridad sobre los pueblos, y en el lugar de los dioses
esos monjes colocaron, para ser adorados, cabezas de bandidos decapitados por
sus crímenes y que salaron para conservarlas.
El pueblo es supersticioso y por la superstición se le encadena. Los
milagros que urdieron con las reliquias fueron el imán que atrajo a las
iglesias la riqueza de todas partes. La granujería y la credulidad llegaron a
tal extremo que en 386 el emperador Teodorico se vio obligado a promulgar una
ley prohibiendo trasladaran los cadáveres enterrados, fragmentaran las
reliquias corporales de cada mártir y traficaran con ellas.
Durante los tres primeros siglos del cristianismo celebraban el día de
la muerte, que llamaban su día natal, reuniéndose en los cementerios donde
descansaban sus cuerpos para rezar por ellos, como queda dicho en el artículo
Misa. No se creía entonces que, más tarde, los cristianos robarían los
cadáveres de los templos, trasladarían sus cenizas y huesos de un sitio a otro,
los mostrarían en los púlpitos y harían con ello un tráfico que la avaricia
excitaría a llenar el mundo de reliquias falsas.
El tercer Concilio de Cartago, celebrado en 397, declaró canónico el
Apocalipsis de San Juan, cuya autenticidad hasta entonces había sido puesta en
duda, y que en el capítulo VI dice: «Vi debajo del altar las almas de los que
fueron muertos por la palabra de Dios» y autorizó poner reliquias de los
mártires en los altares. Esta práctica se consideró tan indispensable que san
Ambrosio no quiso consagrar una iglesia porque no tenía reliquias en los
altares, y en 692 el Concilio de Constantinopla mandó derribar los altares que
no hubiese reliquias. Otro Concilio de Cartago opinó lo contrario, mandando en
401 a los obispos que hicieran derribar los altares erigidos en los campos y
caminos en honor de los mártires para que desenterraban las supuestas
reliquias, valiéndose para esto de los sueños y revelaciones de todo el mundo.
San Agustín, en su Ciudad de Dios (lib. 22, cap. 8), nos cuenta que, en
415, Luciano, párroco de la aldea de Cafarmagata, no lejos de Jerusalén, vio en
sueños hasta tres veces al rabino Gamaliel, quien le reveló que su cuerpo, el
de su hijo, el de San Esteban y el de Nicodemo, estaban enterrados en el lugar
de su parroquia que le indicaría. Le suplicó que no los dejara más tiempo en el
olvidado sepulcro donde yacían desde siglos y fuera a decírselo a Juan, obispo
de Jerusalén, para que los sacara en seguida si quería evitar los desastres que
amenazaban al mundo. Gamaliel agregó que este traslado debía realizarse durante
el episcopado de Juan, que murió un año después. El cielo ordenaba que el
cuerpo de san Esteban fuera trasladado a Jerusalén.
El párroco entendió mal lo que dijo Gamaliel o fue desafortunado pues
por más que cavó no pudo encontrar los cadáveres. Ello obligó a Gamaliel a
aparecerse a un monje sencillo e inocente y darle de nuevo las señas del sitio
donde descansaban las sagradas reliquias. Pero, entretanto, Luciano encontró el
tesoro que buscaba según la revelación que Dios le hizo. En dicho sepulcro
había una losa en la que estaba grabada la palabra cheliel, que en hebreo
significa corona. Cuando abrieron el féretro de Esteban tembló la tierra, fluyó
un aroma delicioso y muchísimos enfermos se curaron. El cuerpo del santo estaba
reducido a cenizas, excepto los huesos, que trasladaron a Jerusalén y
depositaron en la iglesia de Sión.
Avito, sacerdote español que se hallaba entonces de Oriente, tradujo al
latín esta historia que Luciano escribió en griego. Como Avito era amigo de
Luciano, obtuvo de éste un puñado de cenizas del santo y algunos huesos de
tantas virtudes que probaban de modo visible su santidad y de los que emanaba
un perfume más delicioso que los más agradables aromas. Estas reliquias, que
llevó Osorio a la isla de Menorca, convirtieron allí en ocho días a quinientos
cuarenta judíos.
Poco después supieron, por diversas revelaciones, que en Egipto los
monjes tenían reliquias de san Esteban, llevadas allí por gentes desconocidas.
Como los monjes, entonces, no eran sacerdotes ni tenían iglesias propias,
fueron a incautarse de dichas reliquias para trasladarlas a una iglesia cercana
a Usale. Algunas personas vieron encima de dicha iglesia una estrella que, al
parecer, guió el traslado del santo mártir. Las reliquias no permanecieron
mucho tiempo en la citada iglesia, pues el obispo de Usale, deseando enriquecer
la suya, las sacó de allí y se las llevó en un carro, acompañado por gente del
pueblo que cantaba alabanzas a Dios y portaba cirios y luminarias.
Así llevaron las reliquias a la iglesia y las colocaron sobre un trono
bajo dosel; luego, las pusieron en una urna de cristal sobre un blando lecho y
cerraron la urna con llave dejando una ventanilla para que a través de ella
pudieran tocar unos lienzos que tenían la virtud de curar diversas
enfermedades. Un puñado de polvo recogido de la urna que encerraba la reliquia
curó de repente a un paralítico, y varias flores ofrecidas al santo que
aplicaron a los ojos de un ciego le devolvieron la vista. Se hizo también allí
el milagro de resucitar siete u ocho muertos.
San Agustín, en Contra Fausto (lib. 22, cap. 4), trata de justificar ese
culto distinguiéndolo del de la adoración, que sólo debe rendirse a Dios, y se
ve obligado a convenir (De las costumbres de la Iglesia, cap. 39) que conoce a
muchos cristianos que adoran los sepulcros e imágenes. Añade que algunos beben
copiosamente sobre las tumbas y que dando festines a los cadáveres se entierran
sobre los que están enterrados.
En efecto, al extinguirse el paganismo e ilusionados de encontrar en la
Iglesia cristiana, aunque con distintos nombres, hombres divinizados, los
pueblos los honraron tributándoles los mismos honores que a los dioses. Ahora
bien, se equivocará el que quiera deducir las ideas y prácticas del vulgo por
las ideas ilustradas de los obispos y filósofos. Sabido es que los sabios
paganos hacían las mismas distinciones que nuestros sabios obispos. «Debemos
—decía Hierocles en Sobre los versos de Pitágoras— reconocer y servir a los
dioses, pero teniendo gran cuidado de poner sobre ellos al Dios supremo, que es
su autor y padre. No debemos exaltar excesivamente la divinidad de aquéllos, y
el culto que les tributamos debe llegar hasta su único creador, que podemos llamar
propiamente el dios de los dioses, ya que es el más excelente y el Señor de
todo». Y Porfirio en De la abstinencia (lib. II), que como san Pablo califica
al Dios supremo superior a todo, añade que no se le debe sacrificar nada
sensible, nada material, porque siendo espíritu puro todo lo material es impuro
para El. Sólo pueden honrarle dignamente el pensamiento y los sentimientos del
alma, cuando no está manchada por ninguna pasión impura.
En suma, san Agustín, al confesar ingenuamente que no se atreve a hablar
con libertad de algunos abusos similares para no escandalizar a las personas
devotas o provocar confusiones, deja comprender que los obispos se portaban con
los paganos, para convertirlos, con la misma tolerancia que san Gregorio
recomendaba dos siglos después para convertir a Inglaterra. Dicho santo,
contestando a la consulta que hizo el monje Agustín respecto a algunas
ceremonias mitad civiles y mitad paganas, a las que no querían renunciar los
ingleses recién convertidos, respondió: «No se pueden quitar de golpe todos sus
hábitos a los hombres toscos; no se llega a la cima de un peñón escarpando y
saltando, sino arrastrándose paso a paso».
La respuesta que dio el mismo san Gregorio a Constantina, hija del
emperador Tiberio Constantino y esposa de Mauricio, cuando le pidió la cabeza
de san Pablo para colocarla en la iglesia que fundó dedicada al apóstol, no es
menos notable. El papa contesta a la princesa que los cuerpos de los santos
resplandecen con tantos milagros que nadie se atreve a acercarse a sus
sepulcros para rezarles sin experimentar terror pánico; que a su predecesor
Pelagio II, al querer tomar el dinero que había sobre la tumba de san Pedro
para retirarlo a cierta distancia, se le mostraron signos espantosos; que ante
él —el papa Gregorio— cuando trataban de reparar el monumento de san Pablo, era
preciso cavar más hondo, el que cavaba tuvo la audacia de quitar los huesos
para trasladarlos a otra parte y se le aparecieron también signos tan terribles
que murió de repente; que su predecesor, al pretender reparar la tumba de san
Lorenzo, descubrió imprudentemente el féretro que contenía el cuerpo de dicho
mártir y los monjes y obreros que trabajaban murieron todos en el espacio de
diez días; que cuando los romanos dan reliquias, nunca tocan los cuerpos
sagrados, sino que se concretan en depositar en una caja algunos lienzos que
tienen igual virtud que las reliquias y obran los mismos milagros; que cuando
unos griegos dudaron de ese hecho, el papa León hizo que le trajeran unas
tijeras y cortando en su presencia esos lienzos cuando los acercaron a los
cuerpos santos salió sangre de ellos; que en Roma y en todo Occidente es
sacrilegio tocar los restos de los santos, y que si alguien osa hacer tal cosa
puede asegurarle que su crimen no quedará impune.
Por esto no puede creer que los griegos tengan la costumbre de
transportar las reliquias, ni que los orientales afirmen que los cuerpos de san
Pedro y san Pablo les pertenecen. Cuando fueron a Roma para llevárselos a su
país, al llegar a las catacumbas donde yacían sus cuerpos, truenos horrísonos y
relámpagos espantosos los dispersaron aterrorizados, obligándoles a renunciar a
su idea y que quienes sugirieron a Constantina la idea de reclamar la cabeza de
san Pablo no tuvieron otro designio que la de hacerle perder la gracia del
Papa. Y san Gregorio termina con estas palabras: «Confío en Dios en que no os
privará del fruto de vuestra buena voluntad, ni de la virtud de los santos
apóstoles, y si no podéis gozar de su presencia corporal gozaréis siempre de su
protección».
Pese a cuanto dice el citado papa, la Historia eclesiástica atestigua
que los traslados de reliquias eran tan frecuentes en Occidente como en
Oriente. Además, el autor de las notas de la mencionada carta observa que el
mismo san Gregorio, más tarde, cedió varios cuerpos de santo y que otros papas
dieron hasta seis o siete a una misma persona.
Conocido todo esto, ¿debemos sorprendernos del favor que gozaron las
reliquias entre los pueblos y los reyes? Los juramentos más corrientes entre
los antiguos franceses se hacían sobre la reliquia de un santo. Así, los reyes
Gontrán, Sigeberto y Chilperico repartieron los estados de Clotario y
convinieron en disfrutar de París jurando sobre las reliquias de Poliyeto, san
Hilario y san Martín. El catecismo del Concilio de Trento aprobó también la
costumbre de jurar sobre las reliquias.
Es sabido que los reyes de Francia de la primera y segunda estirpes
conservaban en sus palacios gran número de reliquias, entre ellas la capa de
san Martín, que llevaban en su séquito y hasta en sus ejércitos, y desde
palacio enviaban las reliquias a provincias siempre que había de prestarse
juramento de fidelidad al rey o tenían que cerrar algún tratado.
RELOJ (reloj de Acaz). Ya hemos
dicho que todo es prodigioso en la historia de los judíos. El milagro en favor
del rey Ezequías respecto a su reloj, que se llamó el reloj de Acaz, fue uno de
los más asombrosos del mundo. Toda la tierra debió observar que se trastornaba
el curso de los astros y, sobre todo, los momentos de eclipse del sol y la
luna. Este prodigio acaeció entonces por segunda vez. Josué había detenido el
sol al mediodía en Gabaón, y la luna en Agadón, para exterminar a los soldados
amorreos que ya había aplastado la densa lluvia de piedras que cayó del cielo.
El sol, en vez de detenerse ante el rey Ezequías, volvió hacia atrás, lo que
viene a ser poco más o menos lo mismo, pero de otra forma.
Isaías dijo a Ezequías, que estaba enfermo: «Dice el Señor Dios: Prepara
tus cosas porque vas a morir, tu vida va a tener fin» (Reyes lib. IV, cap. 20).
Ezequías lloró y su llanto conmovió al Señor, que ordenó a Isaías le dijera que
viviría aún quince años, y que en tres días sanaría para ir al templo.
Entonces, Isaías hizo traer una masa de higos, la aplicó a la úlcera del rey y
éste se curó.
Ezequías preguntó si alguna señal le indicaría que estaba curado, e
Isaías le dijo: a¿Quieres que la sombra de ese reloj solar adelante diez líneas
o que retroceda otros tantos grados? Ezequías contestó: «Es fácil que la sombra
avance; deseo que retroceda». El profeta Isaías invocó al Señor e hizo
retroceder la sombra de línea en línea por los diez grados que había ya andado
en el reloj de Acaz.
Me pregunto qué era el reloj de Acaz, si lo había construido un relojero
de ese nombre o era un regalo que hicieron al rey Acaz. Porque lo cierto es que
se ha discutido mucho sobre el reloj en cuestión. Los sabios han demostrado que
los judíos no conocieron ningún reloj, ni siquiera el de sol, antes de su
cautiverio en Babilonia, única época que aprendieron algo de los caldeos y
empezaron a saber leer y escribir. Sabemos también que en su idioma no existían
las voces reloj, cuadrante, geometría y astronomía, y que en el texto del Libro
de los Reyes el reloj de Acaz se denomina la hora de la piedra.
Pero la cuestión se complica todavía más cuando el rey Ezequías,
poseedor de ese cuadrante de sol o esa hora de piedra, dice que era fácil hacer
que avanzara el sol diez grados cuando resulta tan difícil hacerle avanzar como
retroceder en su movimiento ordinario.
La propuesta del profeta es tan extraña como el aserto del rey. ¿Quieres
que avance o que retroceda diez horas la sombra del sol? Esto podría decirse en
Laponia, donde el día más largo del año tiene veinte horas, pero es absurdo en
Jerusalén, donde el día más largo no tiene más que catorce horas y media. El
rey y el profeta estaban muy equivocados, lo que no quiere decir que neguemos
el milagro; hablamos de este modo para que quede claro que Ezequías e Isaías no
dijeron lo que debieron decir. A cualquier hora, es imposible que fuese igual
retroceder la sombra hasta las cuatro de la madrugada, y aun en este caso no
podía hacerla avanzar diez horas, porque hubiera llegado a la media noche y a
tal hora nunca hay sombra de sol.
Aunque es difícil averiguar en qué tiempo se escribió esa historia, sólo
pudo hacerse cuando los judíos empezaron a conocer confusamente los relojes de
sol, y sabemos que adquirieron algún conocimiento de las ciencias durante su
cautividad en Babilonia.
Otra dificultad para podernos explicar este texto. es que los judíos no
contaban por horas como nosotros, y en esto no han parado mientes los
comentaristas. El mismo milagro aconteció en Grecia el día que Astrea hizo
servir los hijos de Tieste en la cena de su padre. Y otro idéntico se produjo
cuando Júpiter se acostó con Alcmene: se necesitaba una noche de doble duración
que la ordinaria para crear a Hércules. Estas leyendas son comunes en la
Antigüedad, pero muy raras en nuestros días, en que todo degenera.
RESURRECCIÓN. Se dice que los egipcios construyeron las
pirámides y mastabas para que sirvieran de sepulcros y los cuerpos de los
muertos embalsamados, esperaran que sus almas fueran a reanimarlos al cabo de
mil años. Pero si los cuerpos debían resucitar, ¿por qué la primera operación
que hacían los embalsamadores consistía en horadarles el cráneo y con un gancho
sacar los sesos? La idea de resucitar sin sesos parece que hace sospechar que
los egipcios vivos no tenían. Debemos, sin embargo, tener presente que la mayor
parte de los antiguos creían que el alma estaba en el pecho. ¿Por qué el alma
ha de estar en el pecho y no en otra parte? Es indudable que cuando
experimentamos sensaciones violentas sentimos en la región del corazón una
dilatación o contracción que nos hacen creer que aquí se aloja el alma. El alma
era algo aéreo, un ser sutil que deambulaba por donde podía hasta encontrar su
cuerpo.
La creencia en la resurrección es más antigua que los tiempos
históricos. Atalido, hijo de Mercurio, podía morir y resucitar según su
voluntad Esculapio resucitó a Hipólita, Hércules a Alcestes, Pélope,
despedazado por su padre, fue resucitado por los dioses y Platón dice que Heres
resucitó por quince días.
En Judea, los fariseos adoptaron el dogma de la resurrección mucho
tiempo después que Platón.
En los Hechos de los Apóstoles se refiere un hecho singular. Santiago y
muchos de sus compañeros aconsejaron a san Pablo que fuese al templo de
Jerusalén a practicar las ceremonias de la ley antigua, a pesar de ser
cristiano, «para que todos se enteren de que es falso lo que de vos cuentan y
sepan que continuáis observando la ley de Moisés». Lo que equivale a decir: Id
a mentir al templo y a perjurar, id a renegar públicamente de la religión que
enseñáis.
San Pablo fue, pues, al templo durante siete días y al séptimo le
reconocieron y le acusaron de llevar extranjeros al templo, de haberlo
profanado. He aquí cómo salió del apuro:
«Sabiendo Pablo que algunos de los que estaban allí eran saduceos y
otros fariseos, exclamó ante la asamblea: Hermanos míos, soy fariseo e hijo de
fariseos, y porque abrigo la esperanza de la vida futura y la resurrección de
los muertos, desean condenarme» (Hech. Apóst. 23,6). En todo este asunto no se
trató de la resurrección de los muertos y Pablo sacó a relucir esto sólo para
enfrentar a los fariseos y saduceos.
«Hablando Pablo de esta manera suscitó una discusión entre los fariseos
y saduceos y la asamblea se dividió en dos bandos. Los saduceos sostenían que
no existía la resurrección ni el espíritu, y los fariseos reconocían ambas
cosas».
Aseguran algunos que Job, que es muy antiguo, conocía ya el dogma de la
resurrección, y para demostrarlo citan estas palabras: «Sé que mi redentor está
vivo y un día me llegará su redención; entonces me levantaré del polvo, la piel
me renacerá y veré todavía a Dios en mi carne» (Job, cap. 19, 26).
Varios comentaristas interpretan estas palabras diciendo que Job
abrigaba la esperanza de curar de su enfermedad y no permanecer siempre
acostado en el suelo, como estaba. Los versículos siguientes demuestran que
ésta es la verdadera explicación, cuando momentos después dice a sus falsos
amigos: «¿Por qué, pues, decís persigámosle»; o estas otras palabras: «Porque
vosotros diréis, ¿por qué le hemos perseguido?» Evidentemente, quiere decir que
se arrepentirían de haberle ofendido cuando le vieran otra vez en su primer
estado de salud y opulencia. El enfermo que dice me levantaré, no dice
resucitaré. Tergiversar el sentido de los pasajes claros es el medio más seguro
de no entenderse nunca.
San Jerónimo sitúa la formación de la comunidad de los fariseos poco
antes de venir Jesucristo al mundo. El rabino Hillel parece ser el fundador de
la secta de los fariseos y fue coetáneo de Gamaliel, maestro de san Pablo.
Muchos fariseos creían que sólo habían de resucitar los judíos, pero no los
demás hombres, y otros estaban convencidos que la resurrección tendría lugar en
Palestina y los cuerpos enterrados en otras partes serían llevados secretamente
a Jerusalén para unirse allí a sus almas. Pero san Pablo, en su Primera
Epístola a los tesalonicenses, cap. IV, dice que «el segundo advenimiento de
Jesucristo sería para ellos y para él. Tan pronto como el arcángel dé la señal
y suene la trompeta de Dios el Señor descenderá del cielo y los que hayan muerto
en Jesucristo resucitarán los primeros. Nosotros, que estaremos vivos hasta
entonces, nos veremos arrebatados con ellos hasta las nubes para ir por los
aires hasta la presencia del Señor y vivir eternamente con El».
Este importante pasaje prueba que los primeros cristianos creían ver el
fin del mundo, como predijo san Lucas.
San Agustín mantenía que los niños, incluso los que nacen muertos,
resucitarían en edad madura. Orígenes, Jerónimo, Atanasio y Basilio no creían
que las mujeres debían resucitar con su sexo. En pocas palabras, siempre se ha
discutido sobre lo que fuimos, somos y seremos.
De la resurrección de los antiguos. En opinión de algunos, el dogma de la resurrección era creencia general
en Egipto y hasta yo mismo opinaba antes de ese modo. Unos creían que se
resucitaba al cabo de dos mil años y otros a los tres mil, diferencia de
opiniones teológicas que parece probar que no estaban seguros del hecho. Por
otra parte, no sabemos de nadie que resucitara en la historia de Egipto, pero
sí que hubo resucitados en Grecia. Veamos, pues, si encontramos en los griegos
la invención de resucitar.
Los griegos solían incinerar los cadáveres, mientras que los egipcios
los embalsamaban para que el alma, cuando regresara a su antigua morada, la
encontrara dispuesta para recibirla. Esto se comprendería si el alma volviera a
encontrar los órganos de su cuerpo, pero el embalsamador, como hemos dicho,
empezaba por quitarle el cerebro y vaciarle las entrañas. ¿Cómo es posible que
los hombres resuciten sin intestinos y sin la parte noble que es la que piensa?
¿Cómo ha de adquirir su sangre, su linfa y demás humores?
Se me contestará que todavía es más difícil resucitar en Grecia, cuando
sólo queda de cada cuerpo una libra escasa de cenizas. Esta objeción es
contundente y me obliga a considerar la resurrección como algo muy
extraordinario, aunque esto no impidió que resucitaran los personajes griegos
de que antes hemos hablado.
Algunos socialistas severos encuentran la resurrección y el Purgatorio
en Virgilio. En el libro VI de la Eneida se lee, respecto al Purgatorio: «Los
corazones más perfectos, las almas más puras, ven los ojos de los dioses llenos
de manchas que es necesario borrar. Como ninguno fue inocente deben castigarnos
a todos. Cada alma tiene su demonio, cada vicio su castigo, y diez siglos
apenas son suficientes para conseguir que nuestro corazón sea digno de los
dioses».
He aquí mil años de Purgatorio expresados taxativamente, sin que los
familiares pudieran conseguir de los sacerdotes indulgentes que acortaran el
plazo, previo pago en dinero contante. Los antiguos eran más severos y menos
simoníacos que nosotros a pesar de atribuir a sus dioses muchas tonterías. Pero
esto era inevitable, porque su teología estaba llena de contradicciones, como
los incrédulos dicen que está la nuestra.
Cumplida la pena del Purgatorio las almas iban a beber el agua del
Leteo, tras lo cual pedían penetrar en otros cuerpos y volver a ver la luz del
día. Pero esto no era una verdadera resurrección. Entrar en un cuerpo nuevo no
es volver a recuperar el suyo; eso era una metempsicosis que nada tiene que ver
con la resurrección.
Confieso que las almas antiguas hacían un mal negocio volviendo por
segunda vez al mundo, porque debió ser muy triste reaparecer en la tierra,
pasar en ella unos setenta años y sufrir todo lo sufrible en la vida para
volver a pasar mil años de Purgatorio. No debía haber alma que no se cansara de
los avatares de una vida tan corta y una penitencia tan larga.
De la resurrección de los modernos. Nuestra resurrección es muy diferente Cada hombre recuperará el cuerpo
que tuvo y todos los cuerpos arderán eternamente, salvo uno por cada cien mil.
Lo que es peor que un Purgatorio de diez siglos para revivir en el mundo unos
años.
¿Cuándo llegará el día de la resurrección general? Como no se sabe
positivamente, los doctos son de encontrados pareceres; ni siquiera saben cómo
cada quisque puede encontrar sus miembros porque tropiezan con muchas
dificultades para averiguarlo. He aquí algunas:
1) Nuestro cuerpo experimenta durante su vida un cambio continuo; nada
queda a los cincuenta años del cuerpo que pudo alojar nuestra alma a los
veinte.
2) Un soldado bretón enviado al Canadá se ve en la mayor penuria y la
necesidad le obliga a comerse a un iroqués que mató el día anterior. Este
iroqués estuvo comiendo jesuitas durante dos o tres meses v gran parte de su
cuerpo se había convertido en jesuita. He aquí, pues, el cuerpo de ese soldado
compuesto de iroqués, de jesuita y de lo que comió antes. ¿Cómo cada uno puede
recuperar lo que legítimamente le pertenece?
3) Un niño muere en el vientre de su madre en el momento que acaba de
recibir el alma. ¿Resucitará feto, niño u hombre?
4) Un alma llega a otro feto antes de saberse si será varón o hembra.
¿Resucitará niña, niño o feto?
5) Para resucitar y ser la persona que érais es indispensable tener la
memoria alertada, ya que ésta de la identidad. Y si habéis perdido la memoria,
¿cómo podéis ser el mismo hombre?
6) Sólo cierto número de parcelas terrestres pueden constituir al
animal. La arena, la piedra, el mineral y el metal, no sirven. Tampoco es
adecuada toda la tierra; sólo los terrenos favorables para la vegetación lo son
para el género animal. Cuando después de transcurrir muchos siglos resucite
todo el mundo, ¿dónde se ha de encontrar tierra idónea para tantos cuerpos?
7) Supongamos una isla cuya parte vegetal sólo pueda nutrir a mil
hombres y a cinco o seis mil animales que al cabo de cien mil generaciones
tenga que acoger mil millones de hombres. ¿Habrá materia suficiente para ellos?
8) Después de demostrar, o de creer que hemos demostrado, que es
necesario un prodigio tan grande como el diluvio universal o el de las plagas
de Egipto para efectuar la resurrección del linaje humano en el valle de
Josafat, nos atreveremos a preguntar qué han hecho las almas de todos esos
cuerpos que estaban esperando el momento de meterse en los mismos.
Podrían hacerse muchas más objeciones, pero los teólogos pulverizan
éstas y todas las que podamos presentarles.
RISA. Es innegable que la risa es la expresión de
la alegría, como las lágrimas lo son del dolor. Quienes buscan causas
metafísicas en la risa, no son festivos, y los hombres que saben el porqué la
alegría, que excita a la risa, retira hacia las orejas el músculo, no les hace
reír la alegría, ni tampoco les hace llorar la tristeza. De los ojos del ciervo
rezuma cierto humor cuando los perros de caza le persiguen y están a su
alcance, lo mismo que el perro cuando lo disecan vivo; pero no lloran por sus hembras
queridas ni por sus amigos, como nosotros, ni sueltan la carcajada cuando ven
un lance cómico: el hombre es el único animal que llora y ríe.
Como lloramos por lo que nos aflige y reímos por lo que nos divierte,
algunos investigadores han supuesto que la risa nace del orgullo, o sea que se
juzga superior a aquel de quien se ríe. No cabe duda que el hombre es un animal
tan risible como orgulloso, pero no es el orgullo lo que nos provoca la risa.
El niño que ríe de corazón no lo hace por creerse superior a los que le excitan
la risa; también se ríe cuando le hacen cosquillas y sin duda esto no es
orgullo. Cuando yo tenía once años leí por primera vez El anfitrión, de
Moliere, que me hizo desternillar de risa. ¿Reía por orgullo? Nadie es
orgulloso cuando está solo. El dueño del asno de oro, ¿rió por orgullo cuando
vio que su jumento se le comía la cena? El que ríe, en aquel momento
experimenta un regocijo irreflexivo, sin preocuparse de nada más.
Ahora bien, todas las alegrías no provocan la risa. Los grandes placeres
son muy serios, y los que proporcionan el amor, la ambición y la codicia nunca
hacen reír a nadie.
La risa produce a veces convulsiones e incluso se asegura que algunas
personas han muerto de risa. Me cuesta trabajo creerlo y me parece más fácil
que se pueda morir de pesadumbre.
Las pasiones violentas que excitan unas veces las lágrimas y otras los
amagos de risa, ponen tirantes los músculos de la boca, pero a veces no
producen una risa verdadera, sino una convulsión, un tormento. En ese caso, las
lágrimas pueden ser verdaderas porque el que las derrama sufre; pero la risa no
lo es y tiene otro nombre, se llama risa sardónica.
La risa sarcástica, perfidum ridens, es diferente; es la alegría que nos
causa la humillación de los demás.
S
SACERDOTES. Los sacerdotes deben ser en el Estado poco más o menos
como los preceptores que se contratan en las casas particulares para que
enseñen, recen y den buen ejemplo; no tienen, ni pueden tener, autoridad alguna
sobre los dueños de la casa. De todas las religiones, la que excluye más
taxativamente a los sacerdotes de tener autoridad civil es, sin duda la
religión de Jesucristo, que establece estas máximas: «Dad al César lo que es
del César», «No habrá entre vosotros ni primero ni último», «Mi reinado no es
de este mundo».
Las disputas entre el Imperio y el sacerdocio ensangrentaron Europa
durante más de seis siglos, por parte de los sacerdotes fueron rebeliones
contra Dios y los hombres y un pecado continuo contra el Espíritu Santo.
Desde Calcas, que asesinó a la hija de Agamenón, hasta Gregorio XII y
Sixto V, dos obispos de Roma que quisieron arrebatar el reino de Francia a
Enrique IV, el poder eclesiástico siempre fue nefasto para el mundo.
Rezar no es dominar, ni exhortar es ser déspota. El buen sacerdote debe
ser el médico de las almas. Si Hipócrates hubiera recomendado a sus enfermos
que tomaran un purgante bajo pena de ser ahorcados, habría tenido pocos
pacientes. Cuando el sacerdote dice: Adorad a Dios, sed justos, indulgentes y
caritativos, entonces es un buen médico; pero cuando dice: Creedme, porque si
no os quemaré en una hoguera, entonces es un asesino.
El magistrado debe sostener y refrenar a los sacerdotes, como el padre
de familia debe tener elevadas consideraciones al preceptor de sus hijos y
evitar que abuse. La permisión entre el sacerdocio y el imperio es el más
monstruoso de los sistemas, porque en cuanto se busca este consentimiento se
supone que están divididos, y por lo tanto debe decirse: la protección que el
imperio concede al sacerdocio.
En los países donde el sacerdocio obtuvo el mando, como en Salén, donde
Melquisedec era sacerdote y rey, o el Japón, donde el dairi fue mucho tiempo
emperador, los sucesores de Melquisedec y de los dairis han sido desposeídos.
Los turcos son muy hábiles respecto a este punto: hacen la paregrinación
a La Meca, pero no permiten que su santón excomulgue al sultán; no van a este
Santo Lugar a comprar el permiso para no observar el Ramadán o casarse con sus
primas o sobrinas, no pueden juzgarles los imanes que el santón delegue, ni
pagan a éste el primer año de su renta.
Navarrete, en una carta que dirigió a don Juan de Austria, refiere el
siguiente discurso que el Dalai Lama pronunció ante un consejo privado:
«Venerables hermanos míos: vosotros y yo sabemos muy bien que no soy
inmortal, pero es conveniente que los pueblos lo crean. Los tártaros del grande
y del pequeño Tíbet son gente de pocos alcances y para refrenarlos se necesita
un yugo muy pesado y que crean crasos errores. Convencedlos, pues, de que soy
inmortal y que mi gloria, reflejando en vosotros, os proporciona honores y
riquezas.
»Cuando llegue el tiempo que los bárbaros sean algo ilustrados, entonces
podremos confesarles que los lamas no son inmortales, pero sus predecesores sí
que lo fueron, porque lo que era necesario para la consolidación del edificio
divino ya no lo es cuando el edificio está asentado sobre cimientos
inquebrantables.
»Al principio me repugnaba repartir entre los vasallos de mi imperio el
beneficio de mi trono, limpiamente tapado con cristales y guarnecido de cobre
dorado, pero recibían esos regalos con tanto respeto que me vi obligado a
continuar esa costumbre, que a fin de cuentas no choca con las buenas
costumbres y hace entrar mucho dinero en las arcas de nuestro tesoro.
»Si por desventura algún docto impío llega a convencer al pueblo de que
nuestro trasero no es tan divino como nuestra cabeza y se subleva contra
nuestras tradiciones, me defenderéis con valor hasta donde os sea posible, y si
finalmente os veis obligados a no defender la santidad de nuestro culo, dejad
impresa en la mente de mis vasallos el respeto que se debe a nuestro cerebro.
»Mientras los tártaros del grande y del pequeño Tibet no sepan leer ni
escribir, mientras sean bárbaros y devotos, podréis arrancarles con audacia su
dinero, acostaros con sus mujeres y sus hijas y amenazarlos con la ira del dios
Fo si se atreven a quejarse.
»Cuando alcancen la época de la razón, porque es inevitable que llegue
un día que razonen, entonces debéis proceder de manera diametralmente opuesta y
decir lo contrario de lo que vuestros predecesores dijeron porque debéis
cambiar de riendas a medida que los caballos sean más difíciles de conducir.
Entonces es preciso que vuestro talante sea más grave vuestras intrigas más
misteriosas, vuestros secretos mejor guardados vuestros sofistas más
deslumbradores y que vuestra política sea más ladina. Con todo, os veréis
obligados a ser los pilotos de un barco que hace aguas por todas partes y
necesitaréis tener subalternos que se ocupen continuamente de achicar el agua,
de tapar y calafatear todos los agujeros. Navegaréis con más dificultad, pero
navegaréis, teniendo que arrojar al agua o al fuego, como más convenga, a
cuantos se empeñen en examinar si habéis reparado bien el barco.
»Si los incrédulos fueren el príncipe de los calcas, el príncipe de
Casán, el mandamás de los calmucos, o algún gran señor con ingenio, guardaos de
malquistaros con ellos, respetadles repitiendo incansablemente que esperáis que
al fin entren en el buen camino. Pero a los simples ciudadanos, no los
perdonéis; cuando mejores sean más debéis dedicaros a exterminarlos, porque las
personas rectas son las más peligrosas para vosotros.
»Debéis tener la sencillez de la paloma, la cautela de la serpiente y la
garra del león, según los tiempos y las circunstancias».
Cuando el Dalai Lama concluyó su discurso, la tierra se estremeció los
relámpagos brillaron, rugió el trueno y una voz celestial clamó: Adorad a Dios
y no al gran lama.
Esos pequeños lamas aseguraron que la voz había dicho: «Adorad a Dios y
al gran lama». Los habitantes del Tibet lo creyeron durante mucho tiempo, pero
hoy no.
SALOMÓN. Hubo muchos reyes que escribieron libros. El
rey de Prusia, Federico el Grande, es el último ejemplo de monarca autor. Creo
que es difícil que le imiten porque no es fácil que se encuentren otros
soberanos alemanes que compongan versos franceses y escriban la historia de su
patria. Jacobo I de Inglaterra y Enrique VIII escribieron también, en España,
para encontrar un rey literato es preciso remontarse hasta Alfonso X, llamado
el Sabio, que escribió las Siete partidas. Francia no puede vanagloriarse de
haber tenido un rey de esta clase. El imperio de Alemania no tiene ningún libro
de autor dinástico. En cambio, el Imperio romano lo glorifican los libros de
César, Marco Aurelio y Juliano. Entre los reyes de Asia hay muchos escritores,
y de ellos destaca por ser un gran poeta el emperador de China, Kien‑long. Pero
Salomón sobrepasa en fama a dicho emperador.
El nombre de Salomón siempre tuvo enorme resonancia en Oriente. Las
obras que se le atribuyen, los anales de los judíos y las leyendas de los
árabes, extendieron su reputación hasta la India. Su reinado fue, sin duda, la
gran época de los hebreos. Fue el tercer rey de Palestina. El primer libro de
los Reyes dice que su madre Betsabé logró de David que coronara a su hijo
Salomón en vez de su primogénito Adonías, No debe sorprendernos que la mujer
que fue cómplice de la muerte de su primer esposo tuviera suficiente habilidad
para hacer coronar al fruto de su adulterio y conseguir que quedara desheredado
el hijo legítimo, que además era el primogénito.
Es desconcertante que el profeta Natán, que reprochó a David el
adulterio, el asesinato de Urías y el matrimonio que siguió al asesinato,
ayudara después a Betsabé a colocar en el trono a Salomón. Esta conducta
humanamente hablando, demuestra que el profeta Natán, según los tiempos y
circunstancias, tenía dos pesos y dos medidas. El citado libro no dice que
Natán recibiera una misión especial de Dios para desheredar a Adonías, y si la
tuvo debemos respetarla, pero no podemos admitir más que lo que consta en dicho
libro.
Teológicamente, aún se debate si Salomón tuvo más fama por su riqueza,
por sus mujeres o por sus libros. Me aflige que Salomón iniciara su reinado a
lo turco, esto es, degollando a su hermano.
Adonías pidió a Salomón por toda merced que le permitiera casarse con
Abigail, joven doncella que entregaron a David para recalentar su vejez. La
Escritura no dice que Salomón disputara a Adonías la concubina de su padre,
pero sí afirma que, al oír la petición de Adonías, le hizo asesinar. Sin duda
Dios, aunque le dio el don de la sabiduría, le negó el de la continencia.
En el libro de los Reyes se lee que era dueño de un inmenso reino que se
extendía desde el Éufrates hasta el mar Rojo y el Mediterráneo, pero también
dice que el rey de Egipto había conquistado el país de Gazer en Canaán, y lo
dio en dote a su hija, que suponen se casó con Salomón asegura también el mismo
libro que en Damasco había un rey y que los reinos de Sidón y de Tiro eran
poderosos. Rodeado de estados fuertes, indudablemente dio pruebas de sabiduría
viviendo en paz con ellos. La abundancia que enriqueció su país sólo podía ser
resultado de su profunda sabiduría, porque en la época de Saúl no había un solo
operario que trabajara el hierro en su país. Ya hemos dicho que los incrédulos
no creen posible que David, sucesor de Saúl, a quien vencieron los filisteos,
durante su reinado pudiera fundar tan vasto imperio.
Pero más debe asombrarnos el tesoro que legó a Salomón, que ascendía a
ciento tres mil talentos de oro y a un millón trece mil talentos de plata. El
talento de oro hebreo equivale a seis mil libras esterlinas, según el cálculo
de Arbuthnot, y el talento de plata a unas quinientas. La suma total de lo
legado en metálico, sin contar las piedras preciosas y otros efectos, ni las
rentas que debe producir semejante tesoro, ascendía según el cálculo anterior,
a mil ciento diecinueve millones quinientas mil libras esterlinas, o sea cinco
mil quinientos noventa y siete millones de escudos en Alemania o a veinticinco
mil seiscientos cuarenta y ocho millones de moneda francesa. No había entonces
tanta moneda en circulación en el mundo entero. Otros eruditos han valorado ese
tesoro en una cantidad más baja, pero de todos modos sigue siendo excesiva para
Palestina.
Sabiendo esto no se llega a comprender por qué Salomón enviaba sus
flotas al país de Ofir para que le trajeran oro. Menos se entiende todavía que
un monarca tan poderoso no tuviera en sus vastos estados un hombre que pudiera
trabajar la madera de los árboles del Líbano, y se viera en la necesidad de
pedir a Hieram, rey de Tiro, forjadores y carpinteros. Debemos confesar que
estas contradicciones obligan a los comentaristas a fantasear y a aguzar el
ingenio. Diariamente, en la comida y cena de su palacio se consumían cincuenta
bueyes, cien corderos y aves en cantidad proporcional, pudiendo calcularse que
se comían cada día sesenta mil libras de carne. Añádase que tenía cuarenta mil
cuadras y otros tantos cobertizos para encerrar sus carros de guerra y que sólo
para su caballerín necesitaba doce mil cuadras. Salta a la vista que tal
cantidad de carros era excesiva para un país montañoso, y colosal tal aparato
bélico para un rey cuyo predecesor sólo tenía una mula cuando le coronaron, y
para un territorio donde no se crían más que asnos.
No les pareció lógico que un príncipe que podía disponer de tantos
carros se limitara a tener un número insignificante de mujeres, y dicen que
tenía setecientas que se titulaban reinas; en cambio, es extraño que no
dispusiera más que de trescientas concubinas, al contrario de los demás reyes
que por regla general tienen más amantes que esposas.
Sin duda, mantenía cuatrocientos doce mil caballos para pasear por las
riberas del lago de Genezaret, por Sodoma o hacia el torrente de Cedrón, que
sería uno de los lugares más deliciosos del mundo si no estuviera seco nueve
meses al año y el terreno no fuera pedregoso.
En cuanto al templo que hizo edificar y que los judíos tenían por la
obra más hermosa del universo, si Bramante, Miguel Ángel y Palladio lo hubieran
visto no lo habrían admirado. Era una especie de fortaleza cuadrada que
encerraba un patio, en donde se levantaban un edificio de cuarenta pies de
altura y otro de veinte; de este segundo edificio solamente se dice que era el
templo, oráculo y santuario, tenía veinte codos, tanto de ancho como de largo,
y veinte de altura. Al arquitecto Soufflot no le hubieran satisfecho estas
proporciones y cualquier otro arquitecto de Europa consideraría esa fábrica
como un monumento de bárbaros.
Los libros atribuidos a Salomón han durado más que su templo; el nombre
de su autor los hizo respetables y deberían ser buenos porque los escribió un
rey, un rey que tuvo fama de ser el más sabio de los hombres.
La primera obra que le atribuyen es el libro de los Proverbios,
colección de máximas que a nosotros, que hemos llegado a más refinada
civilización, nos parecen a veces incoherentes, triviales, de mal gusto y sin
objeto. Cuesta convencernos que un rey sabio compusiera una serie de sentencias
sin ninguna que se refiera a la manera de gobernar, a la política, a las
costumbres de los cortesanos, ni a las de la época. Nos extraña encontrar
capítulos enteros en que sólo se habla de rabizas que invitan a los que pasan
por las calles a refocilarse con ellas.
Hay autores que censuran acerbamente sentencias como estas: «Tres cosas
hay insaciables, o más bien cuatro, que jamás dicen basta. El sepulcro, la
matriz de la estéril o la lasciva, la tierra que nunca se sacia de agua, y el
fuego, que nunca dice basta.» (Proverbios, cap. 30, 15‑16).
«Tres cosas me son difíciles de comprender, o más bien cuatro, que
ignoro totalmente: El rastro del águila en la atmósfera, el rastro de la
culebra sobre la peña, el rastro de la nave en alta mar y el rastro del hombre
en una moza» (Proverbios, 30, 18‑19).
«Cuatro cosas hay de las más pequeñas sobre la tierra, las cuales
superan en saber a los sabios: las hormigas, ese pueblo debilísimo que en
tiempo de las mieses se provee de víveres; los conejos, tímidos animales que
excavan su madriguera entre las peñas; las langostas, que sin tener rey se
mueven ordenadamente en escuadrones, y el estelión, que trepa con sus pies y se
aposenta en los palacios de los reyes» (Proverbios cap. 30, 24 al 28
inclusive).
A un gran rey, el más sabio de los hombres —según los referidos
críticos— ¿deben atribuirse semejantes niñerías?
El libro de los Proverbios se ha atribuido a Isaías, Elzia Sobna
Eliacín, Joacae y a otros, pero sea quien fuere el que haya compilado esa
colección de sentencias orientales, no parece que sea un rey el que tomara ese
trabajo, pues no hubiera dicho que «el terror del rey es como el rugido del
león», porque de esa forma sólo habla el vasallo o esclavo al que hace temblar
la cólera de su señor. ¿Hubiera dicho Salomón: «No mires el vino cuando
bermejea, cuando resalta su color en el vidrio…»? (Proverbios, 23, 31).
Dudo que hubiera vasos de vidrio para beber en la época de Salomón,
porque esa invención fue más reciente; los antiguos bebían con tazones de
madera o metal y basta ese solo pasaje para comprender que esa colección de
máximas se escribió en Alejandría, como otros muchos libros hebreos.
El Eclesiastés, que también se atribuye a Salomón, es obra de mayor
enjundia y diferente gusto, y el que habla en dicha obra parece persona
desengañada de las vanidades de la grandeza, cansada de los placeres y
disgustada de la ciencia. El autor debe ser un epicúreo pues repite en todas
las páginas que el justo y el impío están sujetos a los mismos lances que el
hombre no es superior a la bestia, que es preferible no haber nacido a existir,
que no existe la vida futura y que no hay otra cosa buena y razonable que
disfrutar tranquilamente del producto de nuestro trabajo con la mujer que se
ama.
Puede muy bien que Salomón hablara de ese modo ante algunas de sus
mujeres; algunos creen que esas ideas son objeciones que se hace a sí mismo.
Pero esas máximas, de cierto sabor libertino, no parecen ser objeciones y es
querer burlarse de todo el mundo interpretar a un autor para que diga lo
contrario de lo que dice. Opinan otros que el autor es un materialista sensual
y escéptico al mismo tiempo, que trató de poner en el último versículo una
palabra edificante respecto a Dios con el fin de mitigar el escándalo que
semejante libro debía producir. Por otro lado, muchos padres aseguran que
Salomón hizo penitencia, por tanto debemos perdonarle.
A algunos les cuesta convencerse de que ese libro sea de Salomón, Grocio
opina que lo escribió Zorobabel. No es verosímil que Salomón dijera: « ¡Ay del
país que tiene un rey niño! », porque los judíos no habían tenido aún reyes de
esa edad. Tampoco es lógico que dijera: «He contemplado el rostro del rey». Es
más verosímil que el autor quisiera hacer hablar a Salomón y que sufriendo
cierta alienación del juicio, que descubren algunos rabinos olvidara en el
texto que se hacía hablar a un rey.
Los referidos críticos muestran extrañeza que se haya incluido dicho
libro entre los canónicos. Si se hubieran de establecer los libros de la Biblia
—dicen— no incluirían el Eclesiastés, pero se incluyeron en una época en que
los libros eran raros y más respetados que leídos. Todo lo que puede hacerse
hoy es mitigar cuanto sea posible el epicureísmo que reina en dicha obra.
El Cantar de los Cantares también se atribuye a Salomón porque su nombre
se halla en dos o tres partes, porque el amante dice a la amada que es hermosa
como las pieles de Salomón y porque el amante dice que ella es negra, por lo
que han creído que Salomón citaba, con este adjetivo, a su mujer egipcia.
Estas tres razones no han convencido a los críticos, que las rebaten de
este modo:
1) Cuando la amada, hablando a su amante, dice: «El rey me ha llevado a
la cámara del vino», indudablemente no alude al amante; luego el rey no era
tal, sino el rey del festín, el señor de la casa de quien estaba hablando, y
esa hebrea está tan lejos de ser la amante de un monarca que durante toda la
obra no es más que una pastora, una campesina, que va a buscar a su amante en
los campos y por las calles.
2) Soy hermosa como las pieles de Salomón es la frase de una campesina
que quiere decir: soy hermosa como los tapices del rey, y precisamente porque
este rey es Salomón no debe haberla escrito en la obra, porque no hubiera hecho
comparación más ridícula. «Veo al rey Salomón ciñéndose la corona con que su
madre le coronó el día de sus desposorios», dice la amada. ¿Quién no reconoce
en semejantes expresiones la comparación que hacen ordinariamente las hijas del
pueblo cuando hablan de sus amantes? Suelen decir: Es hermoso como un príncipe,
tiene aspecto de rey, etc.
3) La pastora dice que la ha curtido el sol y es morena. Luego, si era
hija del rey de Egipto no podía tener ese color porque las egipcias son
blancas, como era Cleopatra. En una palabra, esa pastora no podía ser al mismo
tiempo campesina y reina.
Cabe que un monarca que tenía mil mujeres dijera a una de ellas: «Quiero
recibir un beso de tu boca, porque tus pechos son mejores que el vino», ya que
tanto un rey como un pastor, cuando se trata de recibir un beso en la boca,
pueden expresarse del mismo modo. Ahora bien, es muy extraño que sostengan los
comentaristas que la joven era la que hablaba elogiando los pechos de su
amante.
También confiesan que un rey galante pudo decir a su amada: «Mi amada es
como un ramillete de mirto que conservaré entre mis dos pechos». Y también: «Tu
ombligo es como una copa en la que siempre hay algo que beber, tu vientre es
como una medida de trigo, tus senos son como dos cervatillos y tu nariz como la
torre del monte Líbano». No puedo menos de declarar que las églogas de Virgilio
están escritas en otro estilo, pero cada uno tiene el suyo y un hebreo no está
obligado a escribir como Virgilio.
Los críticos desaprueban asimismo este rasgo de elocuencia oriental:
«Tenemos una pequeña hermana que no tiene pechos: ¿qué haremos, pues, con ella
el día que debamos hablarle de desposarla?» Y el esposo contesta: «Si es como
un muro, edifiquémosle encima baluartes de plata; si es como una puerta,
reforcémosla con tablas de cedro».
Aunque demos por bueno que Salomón, el más sabio de los hombres hablara
de ese modo estando de broma, hay muchos rabinos que no sólo afirman que
Salomón no escribió esa égloga sensual, sino que ni siquiera es auténtica.
Theodore de Mopsuete compartía esta opinión y el célebre Grocio califica el
Cantar de los Cantares de la obra de un libertino. Con todo, es obra canónica y
se considera como una alegoría perpetua del matrimonio de Jesucristo con la
Iglesia. Debemos confesar que la alegoría es un tanto lasciva y no sabemos cómo
interpretará la Iglesia al autor cuando dice que la pequeña hermana no tiene
pechos.
Con todo, ese poema es un precioso fragmento de la Antigüedad y el único
libro de amor que nos han legado los hebreos, una égloga judía que
continuamente habla del goce. Tiene el mismo estilo que todas las obras de
elocuencia de los hebreos, sin enlace, sin ilación, confuso, lleno de
repeticiones y ridículamente metafórico, pero hay algunos versículos
impregnados de candidez y amor.
El libro de la Sabiduría tiene un talante más serio, pero tampoco es de
Salomón. Algunos lo atribuyen a Jesús, hijo de Sirac, y otros a Pilón de
Biblos. Cualquiera que sea su autor, se cree que en su época no existía aún el
Pentateuco, porque en el capítulo X dice que Abrahán quiso inmolar a Isaac en
tiempos del diluvio y en otra parte habla del patriarca José creyéndole rey de
Egipto. En el mismo capítulo se dice que existía aún en vida de su autor la
estatua de sal en que se convirtió la mujer de Lot. Lo peor que encuentran los
críticos es que este libro resulta un cúmulo tedioso de lugares comunes, pero
deben considerar que tales obras no se escriben siguiendo las reglas vanas de
la elocuencia, sino para moralizar y no para deleitar.
No faltan razones para columbrar que Salomón era rico y sabio con
relación a su tiempo y a su pueblo. Mas la exageración, compañera inseparable
de la ignorancia, le atribuyó riquezas que no pudo poseer y libros que no llegó
a escribir. El respeto que nos inspira la Antigüedad consagró después esos
errores.
Pero, ¿qué puede importarnos que un judío escribiera esos libros? La
religión cristiana es el sincretismo de la judía, pero no está fundada en todos
los libros que los judíos escribieron. ¿Por qué el Cantar de los Cantares, por
ejemplo, ha de ser más sagrado para nosotros que las leyendas del Talmud? Se
nos contesta que por estar incluido en el canon de los hebreos. ¿Y qué es ese
canon? Una colección de obras autentificadas pero, ¿una obra por ser auténtica
es divina? ¿La historia de los reyezuelos de Judá y de Siquén, por ejemplo, es
algo más que una historia? He aquí un extraño prejuicio: despreciamos a los
judíos y pretendemos. sin embargo, que todo lo que escribieron y nosotros hemos
recogido lleve impreso el sello de la divinidad. No hay contradicción mayor.
SECTA. De cualquier credo que sea, es una unión de
individuos extraviados por la duda y el error. Escotistas, tomistas, papistas,
calvinistas, molinistas y jansenistas, no son más que nombres de guerra. No hay
ninguna secta en geometría: cuando la verdad es evidente, es imposible que de
ella nazcan partidos ni facciones. Nadie contradecirá nunca que en el mediodía
brilla el sol. Y cuando se reconoce la parte de la astronomía que determina el
curso de los astros y la llegada de los eclipses los astrónomos ya no discuten
sobre esto.
Nadie dice en Inglaterra que es newtoniano, es lockista, o es
halleyeniano, porque todo el que ha leído no puede negar las verdades que
enseñaron esos tres grandes hombres.
Igual sucede con el pequeño número de verdades fácticas que están
demostradas. Las actas de la torre de Londres fueron auténticamente recogidas
por Rymer y no hay rymeristas porque nadie tiene la osadía de discutir esa
colección. No hay en ella contradicciones, prodigios, ni nada que la razón
pueda rechazar, y consecuentemente, nada que los sectarios puedan empeñarse en
sostener o refutar con argumentaciones absurdas todo el mundo está de acuerdo
en que las Actas de Rymer son dignas de crédito.
Si tú eres mahometano hay otros muchos hombres que no lo son y por tanto
puedes estar equivocado. ¿Qué religión sería la verdadera si no existiera el
cristianismo? La que no tuviera sectas, aquella en que todos los hombres
estuvieran de acuerdo. ¿En qué credos lo están? En el de la adoración de un
Dios único y en el de la rectitud moral. Todos los filósofos del mundo que
profesaron una religión dijeron en todos los tiempos: No hay más que un Dios y
es ineludible que seamos justos. He aquí, pues, la religión universal
establecida en todos los tiempos y entre todos los hombres. El punto que todos
aprueban es, pues, el verdadero, y los sistemas que los diferencian son falsos.
Mi secta es la mejor, me dijo un brahmán. «Amigo mío —le contesté—, si
tu secta es buena debe ser necesaria, y si no es absolutamente necesaria
tendrás que confesarme que es inútil; si es indispensable deben adherirse a
ella todos los hombres, porque ¿cómo es posible que no tengan todo lo
absolutamente necesario? ¿Cómo es que el resto del mundo se ríe de ti y de
Brahma?
Cuando Zoroastro, Hermes, Orfeo, Minos y otros grandes hombres nos
aconsejan que adoremos a Dios y seamos justos, nadie se ríe; en cambio, todo el
mundo se burla del que cree a pie juntillas que sólo se puede complacer a Dios
teniendo en la mano, a la hora de morir, una cola de vaca, al que afirma que es
preciso cortarse un pedazo de prepucio, al que rinde culto a los cocodrilos y a
las cebollas y al que proclama que no puede haber salvación si no se adquiere
en Roma una indulgencia plenaria.
¿Qué origina ese concurso universal de risas y burlas que se oye en
todas partes del orbe? Es indudable que lo que excita la burla del mundo no es
una verdad evidente. ¿Qué puede contestarse al secretario de Seján que dedicó a
Petronio un libro escrito en estilo ampuloso, titulado La verdad de los
oráculos sibilíticos probada por los hechos?
Dicho autor trata de demostrar que era necesario que Dios enviara al
mundo muchas sibilas, una tras otra, porque no tenía otros medios de instruir a
los hombres. Está demostrado que Dios hablaba a las sibilas porque la voz
sibila significa consejo de Dios. Fueron doce, cuyo número es sagrado, y
pronosticaron todos los sucesos del mundo. ¿Qué incrédulo —añade el secretario—
se atreverá a rechazar hechos tan evidentes? ¿Quién podrá negar que se
realizaron sus profecías? Si los primitivos ejemplares de libros sibilíticos,
escritos en tiempos que no sabíamos leer ni escribir, se han perdido, ¿no
tenemos acaso copias auténticas de ellos? La impiedad debe cerrar la boca ante
estas pruebas. Así hablaba Houttevillas a Seján, esperando asumir las funciones
de augur que le hubieran valido cincuenta mil libras de renta, cargo que no
consiguió.
«Lo que mi secta enseña es oscuro, lo confieso —decía un fanático—, por
eso debe creerse que la misma virtud está llena de oscuridades. Mi secta es
extravagante, luego es divina; de lo contrario ¿cómo la hubieran adoptado
muchos pueblos si no tuviera algo de divino? Igual sucede al Corán, del que sus
detractores dicen que tiene una cara de ángel y otra de bestia; no hagáis,
pues, caso del hocico de la bestia y reverenciad el rostro del ángel». Así
hablaba este insensato, pero un fanático de otra secta contestó: Tú eres la
bestia y yo el ángel.
¿Quién debe decidir esa cuestión planteada entre dos energúmenos? El
hombre razonable e imparcial, que hace caso omiso de los prejuicios y es amante
de la verdad y la justicia, el hombre que no es bestia ni se cree ángel.
Secta y error son sinónimos. Tú eres peripatético y yo soy platónico, y
ambos estamos en un error; tú contradices a Platón porque te sublevan sus
deliquios, y yo no creo a Aristóteles porque me parece que no sabe lo que se
dice. Si uno u otro hubieran demostrado la verdad no existirían nuestras dos
sectas. Pronunciarse en favor de la opinión de un hombre que es contraria a la
opinión de otro es militar en un partido como en una guerra civil. El geómetra
que examina la relación entre el cono y la esfera no pertenece a la secta de
Arquímedes, el que prueba en el cuadrado de la hipotenusa de un triángulo
rectángulo es igual al cuadrado de los catetos de los otros dos lados no
pertenece a la secta de Pitágoras. Cuando decimos que la sangre circula, que el
aire pesa, que los rayos del sol son haces de siete rayos, refractables, no
pertenecemos a la secta de Harvey, a la de Torricelli, ni a la de Newton; nos
convencemos de las verdades que demostraron y el mundo entero tendrá la misma
opinión. Tal es el carácter de la verdad para todos los tiempos y todos los
hombres; cuando aparece, la reconocemos.
SENSACIÓN. Se dice que las ostras tienen dos sentidos, los
topos, cuatro, y los demás animales, igual que los hombres, cinco. Algunos
aseguran que tenemos un sexto sentido, pero es evidente que la sensación
voluptuosa, pues a ésta se refieren, se reduce al sentido del tacto y por tanto
sólo estamos dotados de cinco sentidos; además nos es imposible suponer que
haya otro, pues nos basta con los que tenemos.
Es posible que en otros planetas existan seres que posean sentidos de
los que no podemos tener ninguna idea; tal vez el número de los sentidos
aumente de globo en globo y el ser dotado de sentidos innumerables y perfectos
sea el culmen de todos.
Pero, ¿qué poder tenemos sobre nuestros cinco sentidos? Sentimos siempre
a pesar nuestro y nunca según nuestra voluntad; no podemos dejar de sentir la
sensación que nos produce la percepción de cualquier objeto. La sensación está
en nosotros, pero no depende de la voluntad; la recibimos, pero ¿cómo? Sabemos
que no hay ninguna relación entre la música y las palabras que oigo cantar, y
la impresión que estas palabras producen en mi cerebro.
Nos maravilla la facultad de pensar, pero la de sentir no es menos
maravillosa. El poder divino lo mismo ha dotado de sensación al último de los
gusanos que al cerebro de Newton. Y sin embargo, si mil animales mueren ante
vuestros ojos no os preocupa lo que suceda con su facultad de sentir, aunque el
Ser de todos los seres les ha dotado de esa facultad; los miráis como si fueran
máquinas de la naturaleza, nacidos para perecer y dejar sitio a otros animales.
Me diréis por qué ha de subsistir su facultad de sentir, habiendo dejado
de existir esos animales, y qué necesidad tiene el autor de todo lo que existe
de conservar propiedades cuyo sujeto está destruido. Ello equivale a decir que
el poder que tiene la planta llamada sensitiva de retirar sus hojas hacia las
ramas subsiste todavía cuando la planta ya no existe. Sin duda me preguntaréis
que, si la sensación perece con ellos, ¿cómo el pensamiento del hombre no
perecerá? No puedo contestaros a esa cuestión, porque no sé lo bastante para
resolverla. Sólo el autor eterno de la sensación y del pensamiento sabe cómo
los concede y los conserva.
La Antigüedad ha mantenido la opinión de que lo que está en nuestro
entendimiento está también en nuestros sentidos. Descartes, en sus folletines,
asegura que tenemos ideas metafísicas antes de conocer la teta de nuestra
nodriza. Una Facultad de Teología rechazó ese dogma, no porque fuera erróneo,
sino porque era una novedad, pero luego aceptó ese error porque lo había
destruido el filósofo inglés Locke y un inglés necesariamente tenía que estar
equivocado. Finalmente después de haber cambiado varias veces de opinión, dicha
Facultad volvió a proscribir la antigua verdad, esto es que los sentidos nos
abren las puertas del entendimiento. Hizo lo mismo que los gobiernos
endeudados, que tan pronto ponen en circulación ciertos billetes como los
invalidan pero hace ya mucho tiempo que nadie quiere los billetes de esa
Facultad.
Todas las facultades del mundo nunca podrán impedir que los filósofos
comprendan que los hombres empiezan por sentir y que nuestra memoria no es más
que una sensación continuada. El hombre que naciera sin sus cinco sentidos no
tendría ninguna idea, en el supuesto de que pudiera vivir. Las nociones
metafísicas sólo provienen de los sentidos, porque, ¿cómo podemos medir un
círculo o un triángulo si no hemos visto o tocado un círculo o un triángulo?
¿Cómo hacernos una idea del infinito sino haciendo retroceder los límites? y
¿cómo fijar los límites sin haberlos visto o sentido? La sensación envuelve
todas nuestras facultades, dice un gran filósofo (Condillac, Tratado de las
sensaciones, tomo 2, pág. 128). ¿Qué conclusiones se pueden sacar de todo esto?
Que juzguen los que leen y piensan.
Los griegos inventaron la facultad psique para las sensaciones, y la
facultad noûs para los pensamientos. Desgraciadamente, no sabemos qué son esas
dos facultades; las poseemos pero desconocemos su origen, como la ostra, la
ortiga de mar, el pólipo, los gusanos y las plantas desconocen el suyo. ¿Por
qué mecánica, que no podemos concebir, las sensaciones están en nuestro cuerpo
y el pensamiento únicamente en mi cerebro? Si os cortan la cabeza no parece que
podáis resolver un problema de geometría; sin embargo, la glándula pineal y el
cuerpo calloso en que se aloja vuestra alma subsisten mucho tiempo sin
alteración. En cambio, la cabeza cortada está tan llena de espíritus animales
que muchas veces salta después de ser separada del tronco y parece tener en ese
momento ideas muy vivas. Le sucede como a la cabeza de Orfeo, que todavía
entonaba canciones a Eurídice cuando la arrojaron a las aguas del Hebre.
Si al que le han cortado la cabeza ya no piensa, ¿cómo es que el corazón
es sensible después de arrancado del pecho?
Dicen que sentimos porque todos los nervios tienen su origen en el
cerebro; sin embargo, si os queman el cerebro dejáis de sentir. Las gentes que
saben las razones de todo esto son muy hábiles.
SENTENCIAS DE MUERTE. Repasando la
historia y viendo la serie casi ininterrumpida de calamidades que se acumulan
en el globo terráqueo, que algunos llaman el mejor de los mundos posibles, me
chocó sobre todo la enorme cantidad de hombres relevantes en el Estado, en la
Iglesia y en la sociedad que fueron sentenciados a muerte como si se tratara de
salteadores de caminos. Dejando de lado asesinatos y envenenamientos sólo voy a
ocuparme de ejecuciones hechas en forma jurídica, al amparo de las leyes y
ceremoniosamente. Empezando por los reyes y reinos, sólo Inglaterra puede
proporcionarnos una lista bastante larga, pero si me hubiera de ocupar de
cancilleres y caballeros necesitaría escribir más de un volumen. De los que
hizo ejecutar la justicia no creo que haya cuatro en toda Europa que hubieran
muerto en el cadalso si su proceso hubiera durado algún tiempo más, o si sus
enemigos hubieran fallecido de apoplejía durante la instrucción del proceso.
Si la fístula hubiera gangrenado el rectum del cardenal Richelieu unos
meses antes, Thou, Cinq‑Mars y otros habrían quedado en libertad. Si Barnevel
hubiera tenido por jueces tantos arministas como gomaristas, habría muerto en
su lecho. Si el condestable Luynes no hubiera demandado el procesamiento de la
esposa del mariscal Ancre, no la habrían quemado como hechicera. Cuando
encarcelan a un hombre realmente criminal y cuyo crimen está probado, puede
asegurarse que en cualquier tiempo y cualquiera que sea el que juzgue llegará
un día en que será sentenciado, pero no acontece lo mismo con los hombres de
Estado. Sustituid los jueces por otros, esperad que los tiempos cambien o las
pasiones se apacigüen y salvarán la vida.
Si la reina Isabel hubiera fallecido de indigestión la víspera de
sentenciar a María Estuardo, ésta habría continuado en el trono de Escocia
Inglaterra e Irlanda, en vez de ser decapitada. Si Cromwell hubiera sucumbido a
causa de una enfermedad durante el proceso de Carlos I, nadie se hubiera
atrevido a pedir su cabeza. Esos dos asesinatos, revestidos no sé cómo de forma
legal, no cabe incluirlos en la lista de las injusticias ordinarias. Pero de
las sentencias ordinarias que pronuncian magistrados competentes contra
príncipes o grandes personajes no hay una sola que se hubiera ejecutado, ni
siquiera extendido, si hubieran podido escogerse la época y las circunstancias.
Ni uno solo de los sentenciados y ejecutados en la época del cardenal Richelieu
hubiera dejado de alcanzar un puesto influyente si sus procesos hubieran podido
alargarse hasta la regencia de Ana de Austria. Al príncipe de Condé le
encarcelaron reinando Francisco II y el Parlamento le sentenció a muerte, pero
el rey fallece y Condé vuelve a ser un hombre poderoso.
Pueden presentarse muchos ejemplos parecidos en que hay que tener
presente el espíritu de los tiempos. Por una acusación vaga de ateísmo, Vanini
fue quemado en la hoguera; si hoy hubiera alguien bastante pedante y mentecato
que escribiera los libros de Vanini nadie los leería y el hecho no tendría
mayores consecuencias.
Un español pasó por Ginebra a mediados del siglo XVI. Calvino se entera
de que ese español se hospeda en un hostal y recuerda que estuvo discutiendo
con él sobre una cuestión que ni uno ni otro entendían. El teólogo Calvino
manda prender al viajero y faltando a las leyes divinas y humanas consigue que
le encierren en un calabozo y lo quemen a fuego lento con leña verde, para que
el suplicio dure más tiempo. Esta idea diabólica no se le ocurriría hoy a
nadie. Si Miguel Servet hubiera nacido en tiempos posteriores, nadie le hubiera
perseguido.
Lo que se llama justicia es, pues, tan arbitrario como las modas. Los
hombres pasan por épocas de horrores y locura como por épocas de peste, y este
contagio da la vuelta al mundo.
SENTIDO COMÚN. A veces se encuentra en las expresiones vulgares
una imagen de lo que pasa en el fondo del corazón de los hombres. Sensus
communis significaba para los romanos, además de sentido común, humanidad,
sensibilidad. Como nosotros no valemos tanto como los romanos, esa expresión no
significa para nosotros más que la mitad de lo que significaba para ellos. Sólo
significa el buen sentido, razón tosca, razón sin pulir, primera noción de las
cosas ordinarias, fase intermedia entre la estupidez y la inteligencia. Afirmar
que un hombre no tiene sentido común es decirle una injuria muy grosera, pero
decir que tiene sentido común también es una injuria, porque se quiere
significar que no es estúpido del todo, sólo que carece de inteligencia. ¿De
dónde proviene la expresión sentido común si no proviene de los sentidos?
Cuando los hombres inventaron esa expresión estaban convencidos de que todo
penetraba en el alma a través de los sentidos, de no ser así, ¿habrían empleado
la palabra sentidos para designar la razón común?
Suele decirse que el sentido común es muy raro; ¿qué significa esta
frase? Quiere significar que en algunos hombres el desarrollo del raciocinio se
ve detenido por algunos prejuicios, que el hombre que tiene buen juicio en un
asunto no lo tiene en otro. El árabe, que es buen matemático, un químico sabio
o un astrónomo exacto, cree, sin embargo, que Mahoma puso la mitad de la luna
en su manga. ¿Por qué va más allá del sentido común en las tres ciencias que
acabo de citar, y está por debajo del sentido común cuando se trata de la mitad
de la luna? Por la sencilla razón de que en los tres primeros casos ve con sus
ojos y perfeccionó su inteligencia, y en el último caso ve por los ojos de los
demás, cierra los suyos y pervierte el sentido común que posee.
¿Cómo puede producirse tan extraño trastorno del espíritu? ¿Cómo las
ideas, que caminan con paso regular y firme por el cerebro sobre un gran número
de objetos, pueden fallar tan miserablemente sobre un objeto mil veces más
palpable y fácil de comprender? Ese hombre tiene los mismos principios de
inteligencia; es preciso, pues, que tenga un órgano viciado, como sucede a
veces al gastrónomo, que puede tener el gusto estragado respecto a algún
alimento.
¿Por qué le falla la inteligencia a este árabe que ve la media luna en
la manga de Mahoma? Por el miedo. Le imbuyeron la idea de que si no creía en
eso su alma caería en el averno después de su muerte. Le han convencido,
además, de que si duda de ello un derviche le tratará de impío, otro le
demostrará que es un insensato que, poseyendo todos los motivos para creer, no
quiso someter a la evidencia su ensoberbecida razón, y un tercer derviche le
entregará al gobernador de una provincia y le empalarán legalmente.
Todo esto aterroriza al buen árabe, a su mujer y a toda la familia;
tienen buen sentido en todo lo demás, pero en este asunto les falla la
inteligencia, lo mismo que la de Pascal, que continuamente veía un precipicio
ante su sillón. Ahora bien, ¿cree realmente el árabe en el referido prodigio?
Hace esfuerzos para creer en él y se dice: Esto es imposible, pero es verdad y
creo lo que no creo. Acerca de la manga, se forma en su mente un caos de ideas
que teme desembrollar, y precisamente esto es no tener sentido común.
SEÑOR. «¡Qué desgraciado nací! —exclamaba Adrassán
Ougli, joven jenízaro del gran señor de los turcos—. Si al menos sólo
dependiera del gran sultán, pero también estoy sometido al jefe de la división
de los jenízaros y cuando acudo a recibir la paga me he de prosternar ante él y
consentir en que se quede con la mitad. Antes de cumplir los siete años, contra
mi voluntad, me cortaron el extremo del prepucio en pública ceremonia y estuve
enfermo quince días. El derviche que pronunció la plegaria es mi señor; el imán
también es mi señor, y el mollah lo es mucho más. El cadí también me manda y el
muftí mucho más que todos los citados. El secretario del gran visir puede, con
una sola palabra, mandar que me arrojen al canal, y el gran visir puede hacer
que me corten la cabeza cuando se le antoje, sin que nadie se oponga.
»¡Cuántos señores, gran Dios! Más valía que Alá me hubiera hecho nacer
lechuza, porque de ese modo viviría en un agujero, me hartaría de comer ratones
y no tendría señores ni criados. Esta debe ser la vida perfecta del hombre, que
sólo tuvo señores desde que se pervirtió. Ningún hombre nació para servir
continuamente a otro y cada uno ayudaría caritativamente a su prójimo si el
mundo estuviera bien organizado. Los videntes servirían de lazarillo a los
ciegos. El mundo sería el paraíso de Mahoma y no el infierno en que vivimos».
Así hablaba Adrassán Ougli después de recibir veinticinco palos por
orden de sus señores.
Transcurridos unos años, Adrassán Ougli llegó a ser poderoso bajá,
alcanzó fabulosa fortuna y llegó a convencerse de que todos los hombres,
excepto el sultán y el gran visir, habían nacido para servirle y todas las
mujeres para someterse a sus caprichos sensuales.
¿Cómo logró un hombre convertirse en señor de otro y mediante qué magia
incomprensible pudo llegar a ser señor de muchísimos hombres? Sobre este hecho
se han escrito muchos volúmenes, pero prefiero a todos ellos una leyenda hindú
porque es corta y las leyendas suelen tener mucha miga.
Adimo, protopadre de los hindúes, tuvo dos hijos y dos hijas de su
legendaria mujer Pocriti: el mayor era un gigantón, el segundo, pequeño y
jorobado, y las dos hijas eran hermosas. Cuando el gigante tuvo conciencia de
su fuerza se acostó con sus dos hermanas y obligó al jorobado a que le
sirviera. Una de las hermanas fue su cocinera y la otra su hortelana. Cuando el
gigante quería dormir ataba antes al hermano a un árbol, y cuando huía para que
no le atara corría tras él, le alcanzaba en cuatro zancadas y le daba veinte
latigazos.
De este modo, el jorobado quedó sumiso como perfecto vasallo y el
gigante, satisfecho de su comportamiento, le permitió que se acostara con una
de sus hermanas que ya no le gustaba. Los hijos que nacieron de este incesto no
fueron jorobados, pero sí entecos. Los educaron en el temor de Dios y del
gigante. Recibieron excelente educación, enseñándoles que su poderoso tío era
gigante de derecho divino y podía hacer de su familia lo que quisiera, incluso
acostarse con alguna sobrina o sobrina segunda cuando le viniera en gana y sin
que nadie pudiera gozarlas más que con permiso suyo.
Cuando murió el gigante, su hijo, aunque no era tan fuerte ni alto,
creyó que era también gigante de derecho divino como su padre. Se empeñó en que
trabajaran para él todos los hombres y en refocilarse con todas las mujeres,
pero la familia se coaligó contra él y lo mataron a palos. Entonces se
establecieron en república.
Los siameses creen, por el contrario, que la familia empezó siendo
republicana y que el gigante no apareció hasta transcurridos muchos años y hubo
muchas disensiones. Sin embargo, todos los autores de Benarés y Siam coinciden
en que los hombres vivieron infinidad de siglos antes de promulgar ninguna ley,
y en apoyo de ello alegan una razón que no tiene réplica: que hoy, cuando todo
el mundo se cree civilizado, todavía no se ha conseguido redactar veinte leyes
buenas.
En la India todavía se debate la cuestión de saber si las repúblicas se
establecieron antes o después de las monarquías, así como saber si la confusión
pareció a los hombres más calamitosa que el despotismo. Ignoro lo que ha
acaecido en el orden de los tiempos, pero siguiendo el orden de la naturaleza
debemos suponer que, naciendo como nacen iguales todos los hombres, la
violencia y la habilidad constituyeron los primeros señores y las leyes
hicieron los últimos.
SIBILA. La primera mujer que vaticinó el porvenir en
Delfos recibió el nombre de Sibila. Tuvo por padre a Júpiter, según Pausanías,
y por madre a Lamia, hija de Neptuno, viviendo mucho tiempo antes del sitio de
Troya. Tal fue el origen del nombre de sibilas, dado a las mujeres que, sin ser
sacerdotisas ni estar sujetas a un oráculo particular, predecían el porvenir y
decían estar inspiradas. Distintos países y diferentes siglos tuvieron sus
sibilas y conservaron las predicciones que llevan sus nombres, formando colecciones.
La mayor dificultad de los antiguos fue averiguar cómo se las arreglaban
las sibilas para obtener el don de vaticinar el porvenir. Los platónicos lo
explicaban por la unión íntima que la criatura, una vez alcanzado cierto grado
de perfección, podía tener con la divinidad. Otros autores atribuían su virtud
de adivinar a los vapores y exhalaciones de las cavernas que habitaban, y no
faltaron quienes atribuían el espíritu profético de las sibilas a su talante
sombrío y melancólico o a alguna enfermedad singular.
San Jerónimo afirma que recibían ese don en recompensa de su castidad;
sin embargo, existió una muy célebre que se vanagloriaba de haber tenido una
legión de amantes sin ser casada. Hubiera sido más cuerdo para san Jerónimo y
otros padres de la Iglesia negar el espíritu profético de las sibilas y
confesar que a fuerza de hacer vaticinios a diestro y siniestro pudieron
encontrar a veces, ayudadas por un comentario favorable o por casualidad, que
sus palabras se ajustaran a los sucesos que no podían haber previsto.
Lo singular de este asunto es que recogieron sus predicciones después de
los sucesos. La primera colección de versos sibilíticos que llegaron a manos de
Tarquino constaba de tres libros; la segunda se compiló después del incendio
del Capitolio y no se sabe de cuántos libros se componía, y la tercera es la
que conservamos dividida en ocho libros, en la que es indudable que el autor
manipulara muchas de las predicciones. Esta colección fue resultado del fraude
devoto de algunos cristianos platónicos, más celosos que hábiles, que
componiéndola creyeron dar armas a la religión cristiana y poner a quienes la
defendían en situación de combatir al paganismo con mayor ventaja.
Esta compilación de diferentes profecías se imprimió por vez primera el
año 1545, tomándola de manuscritos, y luego se hicieron varias ediciones con
extensos comentarios sobrecargados de erudición trivial y casi siempre ajena al
texto, rara vez puesto en claro por esos comentarios.
Las obras que se publicaron en pro y en contra de la autenticidad de los
libros sibilíticos fueron muchas y algunas muy notables, pero encontramos en
ellas tan poco orden y escasa crítica, están tan huérfanas de filosofía, que es
casi imposible leerlas sin que fatigue y enoje su lectura.
En esta compilación hacen decir a la sibila que el Imperio romano tendrá
quince emperadores y catorce de ellos los designa el valor numeral de la
primera letra de su nombre en el alfabeto griego. Añade que el decimoquinto
emperador será un hombre de cabeza blanca que llevará el nombre de un mar
inmediato a Roma. Este emperador fue Adriano, y el Adriático el mar de donde
tomó el nombre.
De dicho emperador —prosigue la sibila— saldrán otros tres que regirán
el imperio al mismo tiempo, pero al fin lo poseerá uno de ellos. Esos tres son
Antonino, Marco Aurelio y Lucio Vero. La sibila hace alusión a las adopciones y
asociaciones que los unieron. Marco Aurelio fue, efectivamente, dueño absoluto
del imperio cuando murió Lucio Vero, a principios del año 169, y lo rigió hasta
el año 177 en que asoció a su hijo Cómodo. Como no se encuentra nada que haga
referencia al nuevo corregente de Marco Aurelio, es indudable que esa
compilación debe haberse escrito entre los años 167 y 177 de nuestra era.
El historiador Flavio Josefo cita una obra de la sibila en que se habla
de la torre de Babel y la confusión de las lenguas poco más o menos como el
Génesis (1), lo que prueba que los cristianos no fueron los primeros autores de
la suposición de los libros sibilíticos. Josefo sólo transcribe las palabras de
la sibila y nosotros podemos comprobar si lo que se dice de ese suceso en
nuestra colección está sacado de la obra que cita Josefo. Es indudable que
muchos de los versos atribuidos a las sibilas en la exhortación que se halla en
las obras de san Justino, Teófilo de Antioquía, san Clemente de Alejandría y
algunos otros padres, no figuran en nuestra colección, y como la mayor parte de
esos versos no gozan de ninguno de los caracteres del cristianismo pudieran muy
bien ser obra de algún judío platónico.
(1) Antigüedades judaicas, libro XX, 16.
En la época de Celso las sibilas ya gozaban de algún crédito entre los
cristianos, como aparece en dos pasajes de la contestación de Orígenes pero más
tarde los versos sibilíticos parecieron favorables al cristianismo y los
emplearon comúnmente en las obras de controversia con tanta confianza como los
paganos, que reconocieron las sibilas como mujeres inspiradas y hasta llegaron
a decir que los cristianos habían falsificado sus escritos. Cuestión de hecho
que sólo puede decidirse cotejando los diferentes manuscritos, trabajo que
pocos escritores podrán hacer.
De una profecía de la sibila de Cumas sacaron los principales dogmas del
cristianismo. Constantino, en un elocuente discurso que pronunció ante la
asamblea de los Padres, demostró que la cuarta égloga de Virgilio es una
descripción profética del Salvador, y que si éste no fue el asunto inmediato
del poeta lo fue la sibila de quien el poeta copió las ideas, que estando llena
del espíritu de Dios anunció el nacimiento del Redentor.
Creyeron comprender que dicha égloga se refería al milagro del
nacimiento de Jesús de una virgen, a la abolición del pecado por medio de la
predicación del Evangelio y a la salvación por la gracia del Redentor. También
creyeron encontrar en dicha égloga la serpiente aterrada y amortiguado el
veneno mortal con que emponzoñó la naturaleza humana, y además que la gracia
del Señor, a pesar de ser tan poderosa, dejó subsistir en los fieles, de allí
en adelante, los restos y vestigios del pecado. En una palabra, en dicha égloga
vieron anunciada la venida de Jesucristo con el carácter de Hijo de Dios.
Hay en dicha égloga otros rasgos que parecen copiados de los profetas
hebreos y que pueden aplicarse a Jesucristo, tal es la opinión general de la
Iglesia. San Agustín, convencido de ello al igual que otros padres, defiende
que no se pueden aplicar más que a Jesucristo los versos de Virgilio. Los
teólogos modernos, más hábiles, son de la misma opinión que Agustín.
SÍMBOLO O CREDO. La voz símbolo, del griego symboléi, la adoptó la
Iglesia latina, al igual que otras muchas cosas, de la Iglesia griega. Los
teólogos instruidos saben que ese símbolo, que se llama de los apóstoles, no es
todo de ellos.
En Grecia se llamaba símbolo a las palabras y signos con que se
reconocían los iniciados en los misterios de Ceres y de Mitra, y andando los
años los cristianos tuvieron también su símbolo. De haber existido en la época
de los apóstoles, san Lucas habría dejado constancia de él.
Se atribuye a san Agustín la historia del símbolo que consta en su
sermón 115, haciéndole decir que Pedro comenzó el símbolo pronunciando estas
palabras: Creo en Dios padre todopoderoso; Juan continuó diciendo: Creador del
cielo y de la tierra; Santiago añadió: Creo en Jesucristo su hijo nuestro
Señor, y así los demás. En la última edición de san Agustín han suprimido esta
fábula. Me dirijo a los reverendos padres benedictinos para saber si es justo
que se suprima ese fragmento, que es muy curioso.
Lo cierto es que nadie oyó hablar del Credo durante más de cuatrocientos
años. No cabe duda que los apóstoles tuvieron nuestro símbolo en su corazón,
pero no lo dejaron escrito. En la época de san Ireneo inventaron un Credo que
no se parece al que recitamos en nuestros días y que debe ser del siglo V, o
sea posterior al de Nicea. El pasaje que dice que Jesucristo descendió a los
infiernos y el que habla de la comunión de los santos no constan en ninguno de
los símbolos que precedieron al nuestro. Ni los Evangelios, ni los Hechos de
los Apóstoles dicen que Jesucristo descendió a los infiernos, pero era creencia
general en el siglo III que Jesús había descendido al Hades, al Tártaro, cuyos
dos vocablos traducimos nosotros por infierno. El infierno, en este sentido, no
significa lo mismo que la voz hebrea scheol, que quería decir subterráneo,
fosa. Por eso san Atanasio precisó después cómo nuestro Salvador descendió a
los infiernos: «Su humanidad —dice— no estuvo entera en el sepulcro, ni en el
infierno; estuvo en el sepulcro según la carne y en el infierno según el alma».
Santo Tomás afirma que los santos que resucitaron cuando murió
Jesucristo murieron de nuevo para resucitar con él, siendo ésta la opinión más
admitida. Confieso que nuestro símbolo se escribió tarde, pero en cambio la
virtud vive toda la eternidad y debemos ser hombres de bien, aunque no
resucitemos dos veces como esos santos.
Si me es lícito citar autores modernos en asunto tan grave, transcribiré
el Credo del abad de San Pedro, tal como escribió de su puño y letra en un
manuscrito que compuso sobre la pureza de la religión, que no está impreso,
pero cuya transcripción lateral aduzco aquí:
Creo en el único Dios y le amo. Creo que ilumina toda alma que viene al
mundo, como dice san Juan: Comprendo que se ocupa de toda alma que le busca de
buena fe.
»Creo en el Dios único porque sólo puede tener un alma el gran todo, un
solo ser vivificador, un creador único.
»Creo en Dios padre todopoderoso porque es padre común de la naturaleza
y de todos los hombres, que son sus hijos. Creo que los hizo nacer todos
iguales, que organizó los resortes de la vida del mismo modo, que les dio los
mismos principios de moral y no puso más diferencias entre sus hijos que la del
crimen y la virtud.
»Creo que el chino justo y bienhechor es más digno para El que un
teólogo europeo casuísta y arrogante.
»Creo que siendo Dios nuestro padre común debemos considerarnos todos
los hombres como hermanos.
»Creo que el perseguidor es abominable y apenas se diferencia del
envenenador y del parricida.
»Creo que las discusiones teológicas son a la vez la farsa más ridícula
y la calamidad más horrenda del mundo, después de la guerra, la peste y el
hambre.
»Creo que los eclesiásticos deben recibir suficiente paga, como
servidores del público, por ser preceptores de moral y llevar los registros de
nacidos y muertos, pero no debe concedérseles riquezas ni categorías de
príncipes, porque nada es tan provocativo y contraproducente como ver hombres
ricos y ensoberbecidos que predican la humildad y el amor a la pobreza.
»Creo que todos los sacerdotes adscritos a una parroquia deberían ser
casados como los sacerdotes de la Iglesia griega, no sólo para que tengan una
mujer honrada que cuide de su casa, sino para ser mejores ciudadanos, dar
súbditos al Estado y tener hijos bien educados.
»Creo que es indispensable devolver a la sociedad muchos frailes, porque
es servir a la patria y a sí mismo, y puesto que se dice que son hombres que
Circe transformó en cerdos, el prudente Ulises debe devolverles la forma
humana».
Referimos literalmente el símbolo que escribió el abad de San Pedro sin
que transcribirlo quiera decir que merece nuestra aprobación. Lo hemos
insertado como curiosidad singular, pero nos atenemos con fe respetuosa al
verdadero símbolo de la Iglesia.
SÓCRATES. Diríase que el molde que formó a los hombres
que amaron la virtud por si misma está roto, porque no vemos aparecer en el
mundo ni un Confucio, un Pitágoras, un Tales, ni a un Sócrates. En tiempos de
éstos había multitud de devotos en sus pagodas y ante sus divinidades cantidad
de almas que temían al Cerbero y a las Furias, que asistían a las iniciaciones,
peregrinaciones y misterios, que se arruinaban presentando ofrendas de ovejas
negras. Las maceraciones estaban entonces en uso, los sacerdotes de Cibeles se
dejaban castrar para guardar continencia. ¿Por qué entre esos mártires de la
superstición la Antigüedad no cuenta un solo gran hombre, ni un sabio? Porque
del temor no nace nunca la virtud. Los grandes hombres ponían por encima de
todo los valores morales, la sabiduría era su pasión dominante; eran sabios
como Alejandro era guerrero, Homero era poeta y Apeles era pintor, por una
fuerza y naturaleza superior. He aquí, quizá, cómo podamos explicarnos el
demonio de Sócrates.
Un día, dos ciudadanos de Atenas que regresaban del templo de Mercurio
vieron en la plaza pública a Sócrates. Uno de ellos dijo al otro: «¿Es ése el
impío que dice podemos ser virtuosos sin ofrecer todos los días corderos y
ocas?» «Sí —contestó el otro—. Es un sabio que no tiene religión, un ateo que
dice que sólo hay un Dios.» Sócrates se acercó a ellos con su talante sencillo,
con su demonio, con su ironía, y les dijo: «Amigos míos, permitidme que os diga
dos palabras. ¿Cómo clasificaréis al hombre que ruega a la Divinidad, que la
adora, que trata de semejarse a ella hasta donde se lo permita su debilidad
humana, y que hace todo el bien que puede?» «De alma muy religiosa», le
contestaron los dos ciudadanos. «Muy bien, ¿luego puede adorarse al Ser Supremo
y tener religión?» «Estamos de acuerdo», respondieron los dos atenienses. «Pero
¿creéis que cuando el divino arquitecto del mundo organizó todos los globos que
giran sobre nuestras cabezas, cuando dio movimiento y vida a tantos seres
diferentes, utilizó para eso el brazo de Hércules, la lira de Apolo o la flauta
de Pan?» «No es probable.» «Pues si no es verosímil que empleara la ayuda de
otros para construir el mundo, tampoco es creíble que le ayuden otros a
conservarlo. Si Neptuno fuera el dueño absoluto del mar, Juno del aire, Eolo de
los vientos, Ceres de las cosechas y uno de esos dioses quisiera el tiempo
sereno cuando otro deseara ventarrones y lluvia, podéis comprender que no
subsistiría el orden que persiste en la naturaleza, y debéis convenir que es necesario
que todo dependa del que la creó. Creéis en los cuatro caballos blancos del sol
y en los dos caballos negros de la luna; pero, ¿no es preferible a esto que el
día y la noche sean el resultado del movimiento que imprimió a los astros su
creador y no que produzcan el día y la noche seis caballos?»
Los dos ciudadanos se miraron mutuamente y no replicaron. Sócrates acabó
por demostrarles que podían recoger cosechas sin dar dinero a los sacerdotes de
Ceres, ir a cazar sin ofrecer estatuillas de plata al templo de Diana, que
Pomona no concedía frutas, que Neptuno no daba caballos y que debíamos rendir
gracias al soberano que lo creó todo.
Sus ideas eran lógicas. Su discípulo Jenofonte, tirando a Sócrates del
brazo, le dijo: «Tu discurso es admirable y hablaste mejor que un oráculo, pero
va a causar tu ruina. Uno de los ciudadanos es el que vende los corderos y ocas
para los sacrificios, y el otro es un orfebre que consigue grandes ganancias
construyendo pequeños dioses de oro y plata para las mujeres. Te acusarán de
impío porque quieres impedirles que hagan negocio y declararán contra ti ante
Abelitus y Anitus, que son enemigos tuyos y han jurado perderte. Teme la
cicuta. Tu demonio familiar debió haberte aconsejado que no dijeras a un
carnicero ni a un orfebre lo que sólo debías decir a Platón y a Jenofonte.»
Algún tiempo después, los enemigos de Sócrates consiguieron que le
sentenciara el Consejo de los Quinientos, entre los que tuvo doscientos votos
en favor; esto hace presumir que había doscientos veinte filósofos en aquel
tribunal, pero también demuestra que en todas las grandes asambleas se
encuentran en minoría los filósofos.
Sócrates bebió la cicuta por haber defendido la unicidad de Dios y luego
los atenienses le consagraron una capilla. A Sócrates, que había combatido las
capillas que se dedicaban a los seres inferiores.
SONÁMBULOS. Conocí a un sonámbulo que se levantaba, se
vestía, hacía una reverencia y bailaba un minueto; luego, se desvestía, se
volvía a acostar y continuaba durmiendo.
La Enciclopedia nos habla de un Joven seminarista que se levantaba
durmiendo para componer un sermón, lo escribía correctamente, lo leía y lo
corregía; tachaba algunos renglones sustituyéndolos por otros, componía música
y la anotaba exactamente en el papel pautado colocando la letra bajo las notas
sin equivocarse.
Se dice que un arzobispo de Burdeos presenció estas operaciones y otras
no menos sorprendentes. Sería de desear que el prelado hubiera escrito su
declaración y la hubiera firmado, o al menos hacerla firmar al secretario.
Suponiendo que el seminarista hiciera todo lo que le atribuyen, yo le expondría
las mismas cuestiones que a cualquiera que sencillamente soñara. Le diría:
Habéis soñado con más intensidad que otros, pero obedeciendo al mismo
principio: el otro no tuvo más que fiebre y vos habéis tenido un arrebatamiento
en el cerebro, pero los dos habéis recibido ideas y sensaciones que no
esperabais y hecho lo que teníais deseos de hacer.
De dos que duermen, uno no tiene ni una sola idea, y el otro, en cambio
recibe un tropel de ellas; el primero es insensible como el mármol y el segundo
experimenta deseos y goces.
El seminarista nació con el don de la imitación, oyó cien sermones su
cerebro los ha captado, los rememora cuando vela y movido por su talento de
imitación los escribe hasta durmiendo. ¿Cómo es posible que soñando se
convierta en predicador, cuando se acostó sin tener voluntad de predicar?
Recordad, le diría, la primera vez que escribisteis el esbozo de un sermón y en
el que no pensabais un cuarto de hora antes; estabais en vuestra habitación
sumido en la neblina de unas ideas imprecisas y vuestra memoria os recordó, sin
intervenir la voluntad, cierta fiesta; la fiesta os recordó que ese día hubo
sermón, el sermón os recordó un texto y el texto os dio pie a un exordio;
teníais a mano papel y tintero y escribisteis lo que antes no pensabais
escribir. He aquí, precisamente, lo que os sucedió estando sonámbulo. En una y
otra operaciones creísteis hacer lo que queríais, y os dirigió sin que lo
supierais todo lo que precedió a la escritura del referido sermón.
Lo mismo que, cuando al salir de las vísperas, os encerrasteis en
vuestra celda para meditar sin ánimo de ocuparos de vuestra vecina; sin
embargo, su imagen campea en vuestra imaginación cuando no pensabais en ella.
Vuestra imaginación os la pinta con ViVOS colores y ya sabéis lo que sucede
después. Lo mismo experimentáis cuando estáis durmiendo y sonando.
¿Qué parte habéis tenido en esas modificaciones de vuestra persona? La
misma que tenéis en la circulación de la sangre por las arterias y por las
venas, en el riego de vuestros vasos linfáticos y en los movimientos de vuestro
corazón y de vuestro cerebro.
SUEÑOS. Leído el artículo Sueño, en el Diccionario
Enciclopédico, no he comprendido nada, pero cuando busco la causa de mis ideas
y mis actos, cuando duermo y estoy despierto, tampoco lo comprendo. Si un buen
argumentador tratara de demostrarme que cuando estoy despierto, y no estoy
iracundo o borracho entonces soy un animal que actúa, no sabría qué
contestarle, pero le sellaría la boca demostrándole que cuando duerme es una
persona paciente, un puro autómata. Por lo tanto, decidme: ¿cómo hemos de
definir al animal, que es una máquina la mitad de su vida y cambia de
naturaleza dos veces cada veinticuatro horas?
Si durante el sueño todos los sentidos están muertos, ¿a qué se debe que
exista un sentido interno vivo? ¿Por qué cuando nuestros ojos no ven, ni
nuestros oídos oyen, vemos y oímos cuando estamos soñando? El perro caza
soñando, ladra, persigue su presa y se la come. El poeta compone versos
durmiendo, el matemático ve figuras y el metafísico argumenta bien o mal; hay
sorprendentes ejemplos de todo esto.
¿Actúan solo los órganos de la máquina o el alma pura, libre del imperio
de los sentidos, goza de sus derechos con libertad? Si únicamente los órganos
producen los sueños que tenemos de noche, ¿por qué no lo hacen también con las
ideas que tenemos de día? Si el alma pura, sosegada, cuando reposan los
sentidos, obrando por sí misma es la única causa de las ideas que tenemos
durmiendo, ¿a qué se debe que todas estas ideas son casi siempre irregulares,
poco razonables e incoherentes? Lo cierto es que cuando el alma está menos
perturbada es cuando más perturba a la imaginación, y cuando procede con
libertad es cuando está loca. Si el alma naciera con ideas metafísicas, como
pretenden algunos filósofos, sus ideas puras y luminosas sobre el Ser, sobre el
infinito, sobre todos los primeros principios, debían despertarse en ella con
mayor energía cuando su cuerpo duerme, y nadie sería buen filósofo más que
soñando.
Cualquier sistema que adoptéis, cualquier esfuerzo que hagáis para
probar que la memoria excita vuestra mente y ésta excita vuestra alma, habéis
de convenir en que recibís todas las ideas durante el sueño sin intervención
vuestra, al margen de vuestra voluntad. Está claro, pues, que podemos pensar
siete u ocho horas seguidas sin que intervenga nuestra voluntad y hasta sin
estar seguros de que pensamos. Reflexionad lo que estoy diciendo y ved si
podéis adivinar lo que es el hombre.
Los sueños fueron siempre causa de supersticiones, y lo encuentro
natural. El hombre vivamente afectado porque la mujer amada está muy enferma,
sueña que la ve moribunda y, efectivamente, fallece al día siguiente; los
dioses predijeron su muerte. El general de un ejército que sueña ganar una
batalla y la gana al día siguiente, los dioses le han vaticinado que sería el
vencedor. Sólo se conserva la memoria de los sueños que se realizan y se
olvidan los que no se cumplen. Los sueños forman una gran parte de la historia
antigua, al igual que los oráculos.
La Biblia latina traduce así uno de los versículos del Levítico: «No
examinéis los sueños». Es de advertir que la palabra sueño no existe en lengua
hebrea, y que además sería muy extraño que prohibiera su interpretación el
mismo libro que nos explica que José fue el bienhechor de Egipto y de su
familia por haber interpretado tres sueños.
La explicación de los sueños era tan común en la Antigüedad que no
querían limitarse a entenderlos, sino que trataban además de adivinar, a veces,
lo que otro hombre había soñado. Nabucodonosor, habiendo olvidado un sueño que
tuvo, mandó a sus magos que lo adivinaran y los amenazó de muerte si no podían
conseguirlo. Pero el judío Daniel, que pertenecía a la escuela de los magos,
les salvó la vida adivinando el sueño del rey e interpretándolo. Esta historia
y otras muchas sirven para demostrar que la ley de los judíos no prohibía la
nigromancia, o sea la ciencia de los sueños.
SUICIDIO. Hace unos años, un inglés apellidado Morris,
veterano oficial y hombre de ingenio, vino a París a verme. Padecía una
enfermedad crónica que le ocasionaba grandes dolores y de la que no esperaba
curarse. Tras hacerme varias visitas, un día le vi entrar en casa trayendo una
bolsa y dos papeles. «Uno de estos dos papeles —dijo— es mi testamento, el
segundo, mi epitafio, y esta bolsa de dinero es para mi entierro. Estoy
resuelto a esperar quince días para probar si los remedios y la dieta que me
han prescrito hacen soportable la vida, y si sigo como ahora estoy decidido a
matarme. Haréis que me entierren donde mejor os parezca y me pondréis este
epitafio que se reduce a dos palabras de Petronio: Valete curae (Se acabaron
las preocupaciones).
Por suerte para él y para mí, porque le apreciaba mucho, Morris se curó
y estoy seguro que se hubiera quitado la vida de no haber sanado. Supe que
antes de venir a Francia estuvo en Roma en la época que temían aunque
infundadamente, que los ingleses atentaran contra la vida del príncipe Carlos
Eduardo, tan respetable como desgraciado, y llegaron a sospechar que Morris fue
a la Ciudad Eterna con esa aviesa intención. Llevaba en Roma quince días cuando
el gobernador le mandó llamar para decirle que le daba un plazo de veinticuatro
horas para salir de la ciudad. «Me iré en seguida —le contestó el inglés—
porque el aire que se res pira aquí es nocivo para el hombre libre, pero deseo
saber por qué me expulsan». «Me mandan que os haga salir porque se teme que atentéis
a la vida del pretendiente». «Los ingleses luchamos contra los príncipes, les
vencemos y los destronamos —le replicó Morris—, pero no somos asesinos. Y ahora
decidme, señor gobernador, ¿desde cuándo creéis que estoy en Roma?» «Desde hace
quince días». «Pues hace quince días que hubiera matado al pretendiente si
hubiera traído esa misión, y he aquí cómo. Habría levantado un altar a Mucio
Scevola y luego al primer tiro hubiera matado al pretendiente, que en la
ceremonia se hubiera colocado entre vos y el papa, y con el segundo tiro me
hubiera suicidado; pero los ingleses no matamos a nuestros enemigos más que en
las batallas. Adiós, señor gobernador.» Y tras pronunciar estas palabras,
regresó a su domicilio y salió de la Ciudad Eterna. En Roma, a pesar de ser el
país de Mucio Scevola, la conducta del inglés se interpretó como un acto de
ferocidad bárbara, en París como una locura y en Londres como grandeza de alma.
Apenas me ocuparé en este artículo del suicidio, ni examinaré si el
difunto Crech tuvo razón para escribir al margen de un manuscrito: «Nota bene:
cuando termine de escribir mi libro sobre Lucrecio será preciso que me mate»;
ni examinaré si hizo bien en tomar esa resolución. Tampoco indagaré los motivos
que tuvo el anciano prefecto, el padre jesuita Biennasses, para despedirse de
nosotros por la noche y al día siguiente por la mañana, después de decir misa,
arrojarse desde un tercer piso. Pero sí me atrevo a decir que no debemos temer
que la locura de matarse llegue a ser una enfermedad epidémica, porque
contraría los designios de la naturaleza y porque la esperanza y el temor son
dos agentes poderosos que utiliza aquélla para disuadir al desgraciado que trata
de quitarse a vida.
Es inútil que nos digan que en algún país ha existido un consejo para
permitir a los ciudadanos que se mataran cuando tenían razones poderosas,
porque contestaré que eso no es verdad o los magistrados de tal país estaban
muy desocupados.
¿A qué se debe que Catón, Bruto, Casio, Marco Antonio, Othón y otros se
mataran resueltamente, y los jefes de nuestros partidos dejan que los ahorquen
o se resignen a pasar una vida miserable en cualquier prisión? Algunos hombres
enérgicos afirman que los antiguos carecían de verdadero valor y Catón fue un
apocado matándose, ya que hubiera manifestado mayor grandeza de alma
arrastrándose a los pies de César. Esto haría bonito en una oda, o usando una
figura retórica, porque es indudable que no carece de valor el que
tranquilamente se mata, que se necesita gran fuerza de voluntad para
sobreponerse al instinto más poderoso de la naturaleza; en una palabra, el
suicidio es un acto que prueba más ferocidad que flaqueza. Cuando un enfermo
está frenético no puede decir que carece de fuerza; por el contrario, se debe
decir que tiene la fuerza que le da el frenesí.
La religión de los paganos prohibió el suicidio lo mismo que la religión
cristiana, y hasta tenía en el infierno lugares destinados a los suicidas.
SUPERSTICIÓN. A veces oigo decir: Ya no somos
supersticiosos, La Reforma del siglo XVI nos hizo más prudentes y los
protestantes nos han enseñado a vivir.
¿Qué es, sino superstición, creer que la sangre de san Jenaro se licua
todos los años cuando la acercáis a su cabeza? ¿No sería preferible que
obligarais a que se ganaran la vida diez mil indigentes napolitanos,
ocupándolos en trabajos útiles, que hacer hervir la sangre de un santo para
divertirlos? Sería mejor obra que hicierais hervir su marmita.
¿Por qué aún bendecís en Roma los caballos y mulos en Santa María la
Mayor? ¿Por qué esas procesiones de flagelantes en Italia y en España que,
mientras cantan, se dan disciplinazos en presencia de damas? ¿Creen acaso que
el Paraíso se conquista a latigazos?
Esos pedazos de la vera cruz, que si los juntaran se podría construir un
navío de cien cañones, estas tantas reliquias inauténticas y tantos falsos
milagros, ¿constituyen acaso monumentos de una devoción ilustrada?
Francia se enorgullece de ser menos supersticiosa que Santiago de
Compostela y Nuestra Señora de Loreto, y sin embargo os enseñan aún en muchas
sacristías trozos de la túnica de la Virgen, gotas de su leche y mechones de
sus cabellos, y en la iglesia de Puy‑en‑Velai conservan preciosamente el
prepucio de su hijo.
Todos los franceses conocen la execrable farsa que se representa desde
comienzos del siglo XIV en la capilla de San Luis, del palacio de París, en la
noche del jueves al viernes santo. Todos los poseídos del reino se congregan en
dicha capilla y las convulsiones de san Medardo son una bagatela comparadas con
los horribles gestos y los aullidos espantosos que lanzan esos infelices. Y
cuando les dan a besar un fragmento de la vera cruz, montado en un trípode de
oro orlado de piedras preciosas, entonces los poseídos redoblan sus gritos y
convulsiones. Luego, apaciguan al diablo dando unas monedas a los energúmenos,
aunque para contenerlos mejor hay en la iglesia unos cincuenta soldados con la
bayoneta calada en el fusil. Similar farsa execrable se representa en Saint‑Maur
y pudiera citaros otros veinte ejemplos semejantes. Sonrojaos y corregíos.
Hay sabios que propugnan que debe dejarse que el pueblo tenga
supersticiones, como a los críos les dejan andadores, puesto que en todos los
tiempos es aficionado a los prodigios, a gentes que dicen la buenaventura, a
las peregrinaciones y a los charlatanes; que desde la más remota Antigüedad se
celebró la fiesta de Baco, salvado de las aguas, haciendo brotar con un golpe
de vara un manantial de vino de un peñasco, pasando el mar Rojo a pie seco con
todo su pueblo, parando el sol y la luna, etc.; que en Lacedemonia se
conservaban los dos huevos que parió Leda suspendidos de la bóveda de un
templo; que en algunas localidades de Grecia los sacerdotes enseñaban el
cuchillo con que inmolaron a Ifigenia, etcétera. Otros sabios, por el
contrario, afirman que ninguna de esas supersticiones produjo un bien a la
humanidad, sino que causaron grandes daños y por tanto deben prohibirse.
Creo que vale la pena referir in extenso el milagro que tuvo lugar en la
Baja Bretaña en 1771. Es auténtico y está impreso y revestido de todas las
formalidades legales. Helo aquí:
El 6 de enero, día de Reyes, mientras se cantaba la Salve vieron salir
rayos de luz del Sagrario; reconocieron al instante a Nuestro Señor Jesús en su
figura natural, más brillante que el sol, y le vieron durante una media hora,
durante la que apareció un arco iris sobre el remate de la iglesia. Los pies de
Jesús quedaron impresos en el tabernáculo, donde se ven todavía y se verifican
todos los días muchos milagros. A las cuatro de la tarde, cuando desapareció
Jesús de encima del tabernáculo, el cura de la parroquia se acercó al altar y
encontró una carta que Jesús había dejado, pero al tomarla le fue imposible
moverla de su sitio. El cura y el vicario fueron en seguida a dar cuenta a
monseñor el obispo de Tréguier, que mandó se rezaran durante ocho días, en
todas las iglesias de la localidad, las Cuarenta Horas y el pueblo acudiese a
ver la carta santa. Al finalizar la octava, el obispo se dirigió a la iglesia
en procesión acompañado de todo el clero secular y regular de la ciudad, tras
haber ayunado tres días a pan y agua. Cuando la procesión entró en la iglesia,
el obispo se postró de rodillas en las gradas del altar y tras pedir a Dios que
le concediera la gracia de tomar la carta subió al altar y la cogió sin
dificultad. Acto seguido, volviéndose hacia el pueblo, la leyó en alta voz
recomendando a cuantos sabían leer que la leyeran todos los primeros viernes de
mes, y a los que no sabían que rezaran cinco padrenuestros y cinco avemarías en
honor de las cinco llagas de Jesucristo para obtener la gracia prometida a los
que la leyeran devotamente y la conservación de sus bienes en la tierra. Las
embarazadas debían rezar, para su feliz alumbramiento, nueve padrenuestros y
nueve avemarías por las almas del Purgatorio y para que sus hijos alcanzasen la
dicha de recibir el santo sacramento del bautismo.
Todo lo expuesto fue aprobado por monseñor el obispo, el lugarteniente
general de la citada localidad de Tréguier y muchos personajes que presenciaron
el milagro.
Copia de la carta encontrada en el altar cuando se apareció Nuestro
Señor Jesucristo al Santísimo Sacramento:
«Eternidad de vida, eternidad de castigos, eternas delicias; no hay otra
alternativa que escoger un camino: ir a la gloria o ir al suplicio. La cantidad
de años que los hombres pasan en el mundo en toda clase de placeres sensuales y
disoluciones, en el lujo, el hurto, la maledicencia y la impureza, blasfemando
y jurando por mi santo nombre en vano, y otros muchos delitos que cometen, no
me permiten consentir por más tiempo que las criaturas creadas a mi imagen y
semejanza, que rescaté con mi sangre en el árbol de la cruz donde sufrí muerte
y pasión, me ofendan continuamente quebrantando mis mandamientos y no haciendo
caso de mi ley divina; por ello os prevengo que si continuáis entregados al
pecado y no veo en vosotros remordimiento, contrición, ni arrepentimiento, os
haré sentir el peso de mi brazo divino.
»Si no fuera por las súplicas de mi querida madre ya habría destruido el
mundo por los pecados que cometéis unos contra otros. Os di seis días de
trabajo y el séptimo para descansar y santificar mi santo nombre, para que
oyerais misa y emplearais el resto del día en servir a Dios mi padre. Por el
contrario, en los días de fiesta sólo se oyen blasfemias y se ven hombres
borrachos, y el mundo se ha desbordado de tal modo que sólo hay en él vanidad y
mentira. Los cristianos, en vez de tener compasión de los pobres que van a
pedir en la puerta de su casa, prefieren mimar a los perros y otros animales y
dejar que aquéllos se mueran de hambre y de sed, entregándose de este modo a
Satanás por su avaricia, su gula y otros vicios, declarándome así la guerra los
cristianos. Y vosotros, padres y madres inicuos, consintiendo que vuestros
hijos juren y blasfemen en mi santo nombre, en vez de darles buena educación,
con vuestra avaricia estáis amontonando bienes que os arrebatará Satanás. Yo os
digo por boca de Dios, mi padre, por boca de mi madre, de los serafines y
querubines y de san Pedro, jefe de mi Iglesia, que de no corregiros os enviaré
enfermedades tan virulentas que lo matarán todo y os harán conocer la cólera de
Dios mi padre.
»Abrid los ojos y contemplad mi cruz, que dejé para que os sirviera de
arma para vencer al enemigo del género humano y de guía para conduciros a la
gloria eterna; contemplad mi corona de espinas, mis pies y mis manos clavados,
y meditad que derramé hasta la última gota de sangre para redimiros por el amor
paternal que profeso a mis ingratos hijos. Haced obras que os atraigan mi
misericordia, no juréis en vano por mi santo nombre, rezadme devotamente,
ayunad con frecuencia y, sobre todo, dad limosna a los pobres, que es para mí
la más grata de todas las obras buenas. Consolad a la viuda y al huérfano,
restituid lo que no os pertenezca, evitad todas las ocasiones de pecar,
observad celosamente mis mandatos y honrad a María, mi querida madre.
»Los que no cumplan mis mandamientos, ni crean mis palabras atraerán con
su incredulidad mi mano vengadora sobre sus cabezas, padecerán desgracias
interminables, precursoras del mal fin que tendrán en el mundo y los
precipitará a las llamas eternas, donde sufrirán penas interminables como justo
castigo a sus crímenes.
»Por el contrario, los que devotamente sigan los consejos que doy en
esta carta apaciguarán la cólera de Dios y conseguirán, después de haber
confesado sinceramente sus faltas, la remisión de todos sus pecados por graves
que sean.»
Esta carta en honor de Nuestro Señor Jesucristo debe conservarse
cuidadosamente.
Con licencia. En Bourges, 30 de julio de 1771. De Beouvior,
lugarteniente general de policía.
Nota bene. Es de advertir que semejante tontería se imprimió en Bourges,
sin haber allí, ni en Tréguier, ni en Paimpole, el menor pretexto para inventar
semejante impostura. Suponiendo que en los siglos venideros exista algún patán
autentificador de milagros que trate de demostrar algún punto de teología con
la aparición de Jesucristo en el altar de Paimpole ¿no se creerá con derecho a
citar la carta que se imprimió en Bourges con licencia real? ¿No se creerá con
derecho a tratar de impíos a los que duden de su autenticidad? ¿No probará con
hechos que Jesús hacía milagros en todas partes en el siglo XVIII? He aquí un
vasto campo que pueden explotar los Hauttevilles y los Abbadías.
El supersticioso es al bribón lo que el esclavo al tirano. El
supersticioso se deja gobernar por el fanático y acaba por serlo también. La
superstición nació en el paganismo, la adoptó el judaísmo y contaminó a la
Iglesia cristiana desde los tiempos primitivos. Todos los padres de la Iglesia,
sin excepción, creyeron en el poder de la magia. La Iglesia la condenó siempre,
pero creyó en ella, y no excomulgó a los brujos como desquiciados,sino como
hombres que tenían trato con el diablo.
Hoy, la mitad de Europa cree que la otra mitad fue durante mucho tiempo
supersticiosa, y lo es todavía. Los protestantes consideran las reliquias,
indulgencias, flagelaciones, rezar por los muertos, el agua bendita y casi
todos los ritos de la Iglesia católica, como locuras supersticiosas. Según
ellos, la superstición consiste en creer que esas paparruchas son prácticas
necesarias. Entre los católicos, hay muchos más ilustrados que sus antepasados
y que han renunciado a muchas de esas prácticas, que antiguamente eran
sagradas.
Es difícil señalar los límites de la superstición. El francés que viaja
por Italia encuentra que casi todo es superstición y no se equivoca. El
arzobispo de Canterbury opina que el arzobispo de París es supersticioso; los
presbiterianos reprochan lo mismo al de Canterbury y tildan de supersticiosos a
los cuáqueros, que es la comunidad más supersticiosa para los demás cristianos.
Las comunidades cristianas no están, pues, de acuerdo en lo que es
superstición. La comunidad que parece menos afectada por esa enfermedad del
espíritu es la que tiene menos ritos, pero si aun teniendo pocas ceremonias se
aferra a una creencia absurda ésta equivale a todas las prácticas
supersticiosas que se han observado desde Simón el Mago hasta el cura Gauffridi
(1). Es evidente, pues, que el fondo religioso de una secta es lo que toman por
superstición las demás sectas.
(1) Véase en Historias trágicas de nuestro tiempo (1666), que escribió
Rousset, el capítulo «Horrible y espantosa hechicería», de Louis Gauffridi.
Los musulmanes acusan de este desvarío a las comunidades cristianas, y
éstas los acusan a ellos. ¿Quién juzgará ese gran proceso? No será la razón,
porque cada secta pretende tenerla; será la fuerza la que juzgue, hasta el día
en que la razón penetre en suficiente número de cabezas para desarmar la
fuerza.
En la Europa cristiana hubo un tiempo que no se permitía a los recién
casados disfrutar de los derechos del matrimonio sin haber adquirido este
derecho al obispo o al cura. Quien en su testamento no dejaba parte de sus
bienes a la Iglesia se le excomulgaba, lo que equivalía a privarle de sepultura
cristiana, y cuando un cristiano moría ab intestato, la Iglesia le libraba de
la excomunión haciendo testamento por él y otorgándose a sí misma los legados
piadosos que el difunto le hubiera dejado de haber testado. Por eso el papa
Gregorio IX y san Luis dispusieron en 1235 que todo testamento otorgado sin la
presencia de un sacerdote fuera nulo, y el papa decretó que el testador y el
notario serían excomulgados de no atenerse a este requisito.
La tasa de los pecados fue todavía más escandalosa, si cabe. La fuerza
sostenía esas leyes a las que estaba sometida la superstición de los pueblos, y
sólo andando los años la razón hizo derogar esas vergonzosas vejaciones, aunque
dejando subsistir otras.
¿Hasta qué punto la política permite que se erradique la superstición?
La cuestión es muy espinosa y equivale a preguntar hasta qué punto debe
practicarse la punción a un hidrópico, que puede morir en la operación. Depende
de la prudencia del médico.
Preguntar si puede existir un pueblo que esté libre de prejuicios
supersticiosos es igual que preguntar si puede existir un pueblo de filósofos
Se afirma que no hay ninguna superstición en la magistratura de China y es
probable que queden algunas en la magistratura de muchas ciudades de Europa.
Cabe esperar que esos magistrados puedan impedir que la superstición del pueblo
sea peligrosa. Su ejemplo no ilustrará al populacho pero los principales
habitantes del país la contendrán. Quizá no hubo un tumulto, ni un atentado
religioso, del que no participaran los burgueses, porque entonces esa clase era
populacho, pero la razón y el tiempo la hicieron cambiar y, suavizando sus
costumbres, mitigaron también las del más feroz populacho. De ello podemos
presentar ejemplos sorprendentes en más de un país.
En pocas palabras, cuantas menos supersticiones, menos fanatismo, y
cuanto menos fanatismo, menos desgracias.
SUPLICIOS. Volvemos a insistir en que la pena de muerte no
sirve para nada. Probablemente, algún verdugo, tan charlatán como cruel, hizo
creer a los imbéciles de su barrio que la grasa del ahorcado curaba la
epilepsia.
Cuando el cardenal Richelieu fue a Lyon para darse el gusto de ver
ejecutar a Cinq‑Mars y a Thou, supo que el verdugo se había quebrado una pierna
y dijo al canciller Seguier que era una desgracia no disponer de otro verdugo.
Confieso que son deplorables esas palabras y que fueron el florón que faltaba a
su corona. Por fin, encontraron a un viejo que se prestó a desempeñar el oficio
y cortó la cabeza al inocente y sabio Thou después de dar doce sablazos. ¿Qué
necesidad había de causar esa muerte? ¿Qué podía reportar el asesinato jurídico
del mariscal Marillac?
Si el duque Maximiliano de Sully no hubiera comprometido al rey Enrique
IV a ordenar la ejecución del mariscal Birón que recibió muchas heridas a su
servicio, quizás Enrique no habría sido asesinado, quizás perdonándole, después
de sentenciado a muerte, hubiera calmado la indignación de la Liga y ésta no
habría gritado a los oídos del pueblo: «El rey protege a los herejes y maltrata
a los buenos católicos; es un avaro y un viejo lascivo que a los cincuenta y
siete años está enamorado de la joven princesa de Condé, lo que obligó a ésta y
a su marido a huir del reino». Esas llamas del descontento universal no
hubieran encendido el cerebro del fanático Ravaillac.
Preciso es reconocer que no es humano, razonable, ni útil la cruel
costumbre, que se llama justicia, de quitar la vida al hombre por haber robado
un escudo a su señor, de quemarlo como a Simón Morín porque dijo que tuvo
conversaciones con el Espíritu Santo, o como el jesuita Malagrida por haber
impreso las conversaciones que la Virgen María tuvo con su madre santa Ana,
estando todavía en el seno de ésta.
No comprendemos qué provecho puede sacar el Estado de la muerte de un
pobre hombre como Jacques Rinquet, sacerdote que cenando en un convento con los
frailes profirió palabras insensatas; lo ahorcaron, en vez de purgarle y
sangrarle. Tampoco comprendemos que fuera necesario que otro desquiciado, que
estaba con los guardias de corps y se hizo unas leves heridas con un cuchillo,
como algunos charlatanes, para conseguir alguna recompensa, también fuese
ahorcado por decreto del Parlamento. ¿Cometió algún delito? ¿Corría peligro la
sociedad dejando vivir a ese hombre?
¿Era también necesario que cortaran la mano y la lengua al caballero La
Barre, le hicieran sufrir el potro ordinario y extraordinario y lo quemaran
vivo? ¿De qué crimen le acusaban? ¿Asesinó a sus padres? ¿Temían que incendiara
la ciudad? Nada de eso. Le acusaban de haber cometido unas irreverencias, pero
tan secretamente, que ni siquiera constan en la sentencia: haber cantado una
canción antigua que nadie conocía y de ver pasar a lo lejos una procesión de
capuchinos sin quitarse el sombrero.
Ciertos pueblos necesitan el placer de matar a su prójimo con
ceremonias, dice Boileau, y para ellos hacerle sufrir tormentos espantosos es
una diversión agradable. Esos pueblos están situados en el grado cuarenta y
nueve de latitud, que es precisamente la posición que ocupan los iroqueses.
Debemos esperar que un día se civilicen, puesto que en esas naciones bárbaras
siempre hay dos o tres mil personas de mayor raciocinio y sensibilidad que
consiguen civilizar a las demás.
Me atrevería a preguntar a los partidarios de levantar horcas y
cadalsos, de encender hogueras y matar a los hombres disparándoles arcabuces si
creen que están viviendo en tiempos de hambre y matan a sus semejantes por
miedo de que falten alimentos para todo el mundo.
Un día me espeluzné leyendo la lista de desertores que hubo durante ocho
anos, que ascendieron a sesenta mil en Francia. Sesenta mil compatriotas a los
que era preciso fusilar al redoble del tambor y con los que habríamos podido
conquistar una provincia si los hubieran tratado bien y suministrado el
necesario alimento.
Preguntaría también a los partidarios de la pena de muerte si en sus
países no hay que construir caminos, ni existen terrenos incultos que cultivar,
y si los ahorcados y fusilados pueden prestar esos servicios. Y no lo
preguntaré en nombre de la humanidad, sino de la utilidad, pero por desgracia
no suelen atender ni una ni a otra. Cuando Beccaria mereció los aplausos de
Europa por haber demostrado que las penas deben ser proporcionadas a los
delitos, pronto apareció entre los iroqueses un leguleyo que sobornó a un
sacerdote y sostuvo que ahorcar y quemar era siempre lo mejor en todos los
casos.
En Inglaterra, más que en otro país, ha predominado la norma de ejecutar
a los hombres con la supuesta espada de la ley. Aparte del número prodigioso de
señores de sangre real, pares del reino y ciudadanos ilustres que perecieron en
el cadalso de la plaza pública, basta que mencionemos las ejecuciones de las
reinas Ana Bolena, Catalina Howard, Juana Grey, María Estuardo y del rey Carlos
I, para justificar al que dijo que la historia de Inglaterra debía haberla
escrito el verdugo.
Después de la Gran Bretaña, se cree que Francia es el país donde hubo
más suplicios. Dejaré de lado el de la reina Bruchant porque no lo creo, pasaré
por mil cadalsos y me detendré en el del conde Montecuculli, descuartizado en
presencia de Francisco I y toda la corte porque el delfín Francisco había
muerto de pleuresía. Veamos los antecedentes del suceso. Carlos V, vencedor en
todas partes, en Europa y Africa, desolaba Provenza y Picardía. Durante esta
campaña, que empezó ventajosamente, el delfín, que tenía dieciocho años, se
sofocó jugando a la pelota en Tournon, sudado, bebió agua fría y murió de
pleuresía a los cinco días.
La corte y Francia entera dijeron que el emperador Carlos V había hecho
envenenar al delfín. Esta acusación, tan horrible como absurda, ha pasado de
generación en generación hasta nuestros días. El poeta Malherbe la refiere en
una de sus odas, el historiador Daniel se hace eco de la acusación, y Henault
dice en su Compendio: «El delfín Francisco murió envenenado». De ese modo, los
escritores se copian unos a otros. Por fin, Galliard, en su Historia de
Francisco I, se atreve, como yo, a discutirlo.
El conde de Montecuculli, que estaba al servicio del delfín, fue
declarado culpable de haber envenenado al príncipe. Los historiadores dicen que
Montecuculli era su copero, pero los delfines no tenían esta clase de
servidores, y suponiendo que los tuviera, ¿cómo el conde hubiera podido echar,
en aquel momento, un veneno en el vaso de agua fresca? ¿Lo llevaría en su
bolsillo para utilizarlo en el momento que su señor pidiera de beber? Además,
no estaba solo con el delfín cuando salió sudando del juego de pelota. Se cree
que los cirujanos que hicieron la autopsia del cadáver dijeron que el príncipe
había tomado arsénico. Si lo hubiera tomado, al ingerirlo hubiera sentido en la
garganta dolores insoportables, el agua habría adquirido cierto color y no
hubieran tratado su enfermedad como pleuresía. Los cirujanos eran tan
ignorantes que dirían lo que algunos quisieron, como ocurre tantas veces.
¿Qué interés podía tener el conde en envenenar a su señor? ¿De quién
podía esperar conseguir mejor fortuna? Añaden que tenía la intención de
envenenar al rey, pero tampoco es probable, porque, ¿quién debía pagarle este
doble crimen? Contestan que Carlos V, pero esta improbabilidad es aún mayor. Si
el emperador tenía esa idea, ¿por qué había de empezar privando de la vida a un
joven de dieciocho años que, además, tenía dos hermanos? ¿Cómo había de llegar
hasta el rey, cuya mesa no servia Montecuculli? Nada podía ganar Carlos V
matando al delfín, que nunca había sacado la espada y hubiera tenido
vengadores. Era un crimen vergonzoso y gratuito. Si no temía al padre, que era
el caballero más valiente de la corte, ¿podía temer al hijo que acababa de
salir de la infancia?
Dicen algunos que Montecuculli, en un viaje que hizo a Ferrara, su
ciudad natal, fue presentado al emperador y éste le pidió noticias respecto a
la magnificencia de la mesa del rey y al orden que reinaba en su casa pero esto
no prueba que Carlos V comprometiera a Montecuculli a envenenar a la real
familia.
Contestan que personalmente el emperador no le comprometió a realizar
este crimen, sino sus generales Antonio de Leiva y el marqués de Gonzaga. De
Leiva, que tenía ochenta años y era uno de los caballeros más virtuosos de
Europa, ¿hubiera cometido la indiscreción de proponer ese delito de común
acuerdo con el príncipe de Gonzaga? Añaden que Montecuculli así lo declaró a
sus jueces. ¿Vieron acaso las piezas originales de su proceso?
Alegan, además, que el infortunado conde era químico, siendo éstas las
únicas pruebas y la sola razón por la que sufrió el más horrible suplicio. Como
era italiano y químico, y odiaban a Carlos V, se vengaron vergonzosamente de su
gloria. Descuartizaron a un hombre por simples sospechas, alentados por la vana
esperanza de deshonrar a un emperador demasiado poderoso.
Algún tiempo después, siempre por sospechas, se acusó de este
envenenamiento a Catalina de Médicis, esposa del delfín Enrique II, que luego
fue rey de Francia. Se dijo que ella mandó envenenar al primer delfín porque se
interponía entre el trono y su esposo. Quienes esto afirman son unos
impostores, pues ni siquiera tuvieron presente que Catalina de Médicis tenía
entonces diecisiete años.
Para no contradecirse de modo tan flagrante, se atrevieron a inventar
que Carlos V imputó ese envenenamiento a Catalina de Médicis y para probarlo
citan al historiador Vera; pero yerran porque ese historiador no dice semejante
cosa. He aquí sus palabras (1):
«En este año había muerto en París el delfín de Francia con señales de
veneno. Los suyos lo atribuyeron a instigación del marqués del Basto y Antonio
de Leiva y costó la vida al conde de Montecuculli, francés con quien se
correspondían. Indigna sospecha de tan generosos hombres e in útil, puesto que
matando al delfín se granjeaban poco, porque no era nada valeroso, ni sin
hermanos que le sucediesen. A poco, de esta presunción se pasó a otra más
fundada: que le fue dada muerte por orden de su hermano el duque de Orleáns a
instigación de Catalina de Médicis, su esposa, deseosa de llegar a ser reina,
como fue. Y nota bien un autor que la muerte desgraciada que tuvo después este
Enrico, la permitió Dios en castigo de la alevosa que dio (si la dio) al
inocente hermano, costumbre más que medianamente introducida en príncipes
deshacerse a poca costa de quienes por algún camino los embarazan, pero siempre
visiblemente castigados por Dios.»
(1) Página 166, edición de Bruselas, 1656, tomo en cuarto.
Como acabamos de ver, Vera no es un Tácito. Además, cree que
Montecuculli es francés. Dice que el delfín murió en París y fue en Tournon, y
que su muerte se debió al veneno, tomando este dato de la voz pública. Pero no
sólo atribuye a los franceses la acusación contra Catalina de Médicis de haber
cometido el delito, sino que esta acusación es tan injusta y extravagante como
la de Montecuculli.
Resulta de todo ello que esa ligereza, tan peculiar en los franceses
produjo en todos los tiempos arbitrariedades irreparables. Desde el suplicio
injusto de Montecuculli hasta el de los templarios mediaron una serie de
suplicios atroces, fundándose en las más frívolas presunciones. En Francia se
ha derramado copiosamente la sangre porque la nación es casi siempre poco
reflexiva y demasiado rápida para juzgar.
Y ¿qué diremos del necio placer que los hombres, sobre todo los débiles,
sienten secretamente al hablar de suplicios, como lo tienen al hablar de
milagros y sortilegios? En el Diccionario de la Biblia, del reverendo Calmet,
hay muchos grabados de los suplicios con que castigaban los hebreos, grabados
que hacen estremecer a los hombres sensibles. Digamos de paso que ni los
judíos, ni ningún otro pueblo, crucificaron con clavos y que no puede
presentarse ni un ejemplo de esto. Algún pintor tuvo esa ocurrencia, fundada en
una opinión errónea.
Hombres sabios que estáis esparcidos por todo el mundo, propagad con
energía y sin descanso el postulado legal del sabio Beccaria: que las penas
deben ser proporcionadas a los delitos. Si matan a un soldado de veinte años
por haber pasado seis meses al lado de su madre o de su prometida, en vez de
estar en el regimiento, ya no podrá servir a la patria; si ahorcan a una criada
joven por haber robado una docena de servilletas a su señora ya no podrá,
andando los años, dar doce hijos que sirvan al Estado, aparte de que no hay
ninguna proporción entre robar doce servilletas y perder la vida.
Los jueces y los legisladores deberían ser los responsables de todos los
hijos que las jóvenes seducidas abandonan o privan de la vida temiendo
descubrir su falta. Sobre esto voy a referiros lo que recientemente ha sucedido
en la capital de una poderosa república, en Ginebra, que a pesar de ser tan
ilustrada tiene la desgracia de conservar algunas leyes de los tiempos antiguos
y bárbaros que dicen fue la época de las buenas costumbres.
Encontraron en las cercanías de dicha capital a un niño recién nacido y
muerto, y sospechando que su madre era una joven soltera la encerraron en una
mazmorra, la interrogaron y se defendió diciendo que no podía ser la madre de
aquel niño porque aún estaba embarazada. La reconocieron algunas comadronas,
tan ignorantes, que aseguraron no estaba embarazada y que reteniendo el flujo
menstrual había conseguido que se le hinchara el vientre. Amenazaron a la
desdichada con darle tormento y tal amenaza le causó tanto pánico que confesó
haber dado muerte a su supuesto hijo y la sentenciaron a la pena capital. Por
fortuna, dio a luz cuando estaban leyéndole la sentencia y los jueces
aprendieron entonces que no se debe fallar con ligereza ninguna sentencia de
muerte.
Y paso por alto la infinidad de suplicios en los que fanáticos imbéciles
hicieron morir a otros tantísimos imbéciles fanáticos, aunque podría extenderme
mucho en este punto.
T
TABACO. En 1660 se dio este nombre a una planta que
acababan de descubrir en la isla de Tabago. Los indígenas de Florida la
llamaban petun, y en Francia la denominaron nicotina. Tomó esta denominación de
Jean Nicot, que nació en Nimes en 1530 y murió en París el 5 de mayo de 1600, y
que siendo embajador de Francisco II en Portugal envió la semilla del petun a
Catalina de Médicis y cuando regresó de Portugal le llevó una planta. El tabaco
también se llama en Francia hierba de la reina. Hay muchas clases de tabaco y
cada una de ellas toma el nombre del lugar donde crece dicha planta, del sitio
donde se elabora, o del país de donde sale dicha mercancía.
TASA. El papa Pío II, en una carta a Juan Peregal,
confiesa que la Curia romana nada da sin dinero, que hasta la imposición de las
manos y los dones del Espíritu Santo se venden en ella y sólo concede a los
ricos la remisión de sus pecados.
Antes que dicho papa, san Antonino, arzobispo de Florencia, había ya
notado que en la época de Bonifacio IX, muerto en 1404, la Curia romana estaba
tan manchada de simonía que los beneficios los otorgaba menos al mérito que al
dinero. Añade que el susodicho papa llenó el cielo de indulgencias plenarias y
que las iglesias pequeñas, en días de fiesta, las obtenían por un precio
módico.
Teodorito de Mien (1), secretario del citado pontífice, nos dice que
éste envió colectores a varios reinos para que vendieran indulgencias a los que
ofrecieran la cantidad que hubieran tenido que gastar en hacer el viaje a Roma
para conseguirlas, colectores que perdonaban los pecados a quienes los
confesaban, incluso sin hacer penitencia, dispensándoles por dinero de toda
clase de irregularidades y diciéndoles que para ello poseían el poder que
Jesucristo concedió a san Pedro para atar y desatar en la tierra.
Todavía es más singular que se tasara el precio de cada crimen conforme
a una obra latina publicada en Roma por orden de León X, el 18 de noviembre de
1514, titulada Tasas de la sagrada cancillería y de la sagrada penitenciaria
apostólica.
(1) Libro I del Cisma, cap. 68.
Se hicieron varias ediciones de dicho libro, una de ellas en París el
año 1520 con privilegio del rey para tres años. Lleva en el frontispicio las
armas de Francia y las de la casa de Médicis, a la que pertenecía León X. Sin
duda, ello hizo que se equivocara el autor del Cuadro de los papas al atribuir
a León X la invención de esas tasas, que Poliodoro, Virgilio y el cardenal
Ossat afirman se establecieron durante el papado de Juan XXII, en 1320.
La Curia romana, andando el tiempo, se avergonzó de haber publicado
dicho libro, que retiró hasta donde le fue posible e hizo insertar en el índice
expurgatorio del Concilio de Trento, suponiendo falsamente que los herejes lo
habían corrompido.
Ahora bien, Antoine Dupinet imprimió en Lyon en 1564 un extracto del
referido libro con el siguiente título: Tasas de todo lo que se compone la
tienda del Papa, en latín y en francés, con anotaciones tomadas de los
decretos, concilios y cánones antiguos y modernos para comprobar la disciplina
que antiguamente observó la Iglesia. Aunque el citado autor no advirtiera que
su obra era un compendio de la otra, se veía que no sólo no trataba de
corromper el original, sino que intentaba resaltar algunos rasgos odiosos, como
el de la página 23 de la edición de París, en el que puede leerse «Reparad en
que esa clase de gracias y de dispensas no se conceden a los pobres, porque
como carecen de medios no pueden ser consolados)>.
La absolución —dice Dupinet— se tasa en cinco carlinos para el que
conoció carnalmente a su madre, su hermana, a cualquier otro pariente y a su
madrina de bautismo. La tasa para ser absuelto el que desflora a una doncella
es de seis carlinos; para el que revela un secreto de confesión de algún
penitente en siete carlinos; para el que mató a su padre, su madre, su hermano,
su hermana, su mujer o cualquier otro pariente o allegado que sea laico, en
cinco carlinos, y si el muerto fuera eclesiástico el homicida se verá obligado
a visitar los Santos Lugares.
La absolución —continúa diciendo Dupinet— por cualquier acto injurioso
que comete un clérigo, ya con una monja dentro o fuera del claustro, ya con
parientes o allegados, ya con su hija espiritual, ya con cualquier otra mujer,
cuesta seis torneses y tres ducados.
La absolución del sacerdote que mantiene una barragana está tasada en
veintiún torneses, cinco ducados y seis carlinos; de un laico por toda clase de
pecados de la carne se da en el fuero de la conciencia por seis torneses y dos
ducados.
La absolución de un laico por el crimen de adulterio cuesta cuatro
torneses; si comete adulterio e incesto, seis torneses por cabeza. Cuando
además de esos crímenes se pide la absolución por el pecado de bestialidad, se
tienen que pagar noventa torneses, diez ducados y seis carlinos pero si sólo
pide la absolución del crimen de bestialidad no le costará más que treinta y
seis torneses y nueve ducados.
La mujer que tomare un brebaje para abortar, o el padre que se lo haga
tomar, pagará cuatro torneses, un ducado y ocho carlinos, y si es extranjero el
que dé el brebaje, pagará cuatro torneses, un ducado y cinco carlinos.
El padre, madre, o cualquier otro pariente que ahogara a un niño tienen
que pagar cuatro torneses, un ducado y ocho carlinos, y si lo mataran el marido
y la mujer, seis torneses y dos ducados.
La tasa que fija la Dataría para contraer matrimonio fuera de las
amonestaciones permitidas es de veinte carlinos; en las amonestaciones
permitidas, si los contrayentes tienen parentescos de segundo o tercer grado,
deben pagar veinticinco ducados y cuatro por la expedición de las dispensas, y
si son parientes en cuarto grado, pagan siete torneses, un ducado y seis
carlinos.
Dispensar del ayuno a un laico en los días de vigilia que señala la
Iglesia y darle permiso para comer queso, cuesta veinte carlinos. La bula para
comer carne y huevos los días en que se prohíbe está tasada en doce carlinos.
La absolución y rehabilitación de un culpable de sacrilegio, robo,
incendio o perjurio está tasada en treinta y seis torneses y nueve ducados.
Para cambiar las cláusulas de un testamento, la tasa ordinaria es de
doce torneses, tres ducados y seis carlinos.
El permiso para poseer un altar portátil para una persona está tasado y
nueve carlinos, y para cambiar el apellido y la firma, seis torneses y dos
ducados.
El permiso para poseer un altar portátil para una persona está tasado en
diez carlinos, y el de disfrutar de capilla en casa, por estar lejos de la
parroquia, y tener pila bautismal y capellanes, cuesta treinta carlinos.
El permiso para transportar mercancías una o varias veces a un país de
infieles, y traficar y vender las mercancías sin estar obligados a sacar
permiso de los señores temporales, sean éstos reyes o emperadores, está tasado
en veinticuatro torneses y seis ducados.
Este permiso, que suplía al de los señores temporales, es otra prueba de
las pretensiones de los papas, de la que dimos constancia en el artículo Bula.
Por otra parte, sabemos que todas las concesiones de beneficios aún se hacen en
Roma, conforme a la referida tasa, que a fin de cuentas pagan los laicos con
las imposiciones que el clero subalterno exige. Veamos ahora los derechos que
se pagan por los casamientos y las sepulturas.
Un decreto del Parlamento de París de 19 de mayo de 1409, que se publicó
a instancia de los habitantes de Abbeville, permite a todos los maridos
acostarse con sus mujeres inmediatamente después de los desposorios, sin
esperar el permiso del obispo de Amiens y sin pagar el derecho que exigía dicho
prelado para levantar la prohibición de consumar el matrimonio en las primeras
noches de la boda. Los monjes de San Esteban de Nevers fueron también
desposeídos de este derecho por otro decreto del Parlamento de 27 de septiembre
de 1591. Algunos teólogos declaran que el referido derecho se fundaba en el
cuarto Concilio de Cartago, que decretó que era indispensable la bendición
matrimonial, pero como ese Concilio no disponía que pudiera eludirse tal
prohibición previo pago, es más verosímil que dicha tasa fuese continuación de
la infame costumbre que concedía a ciertos feudales el derecho de pernada.
TEÍSMO. Es la creencia en un Dios creador y
conservador difundida en todas las religiones; es un metal que se alía con los
demás y cuyas vetas se extienden bajo tierra por el mundo entero. Esta mina
está descubierta y más trabajada en China; en las demás partes se halla más
escondida y el lugar donde se encuentra sólo lo conocen sus adeptos.
No hay país que tenga más adeptos de esa clase que Inglaterra. En el
siglo XVII hubo allí muchos ateos, lo mismo que en Francia e Italia, que
probaron el aserto del canciller Bacon: que la escasa filosofía hace al hombre
ateo y la mucha filosofía le conduce al conocimiento de un dios.
Cuando se creía en la doctrina de Epicuro, que la casualidad lo hacía
todo, o en la doctrina de Aristóteles y varios teólogos antiguos, que todo
nacía de la corrupción, y que la materia y el movimiento hacían andar el mundo
por sí solo, entonces no podían creer en la Providencia. Pero desde que
vislumbramos la naturaleza que los antiguos no llegaron a ver, desde que nos
percatamos que todo está organizado, que todo tiene su germen, desde que
supimos que desde el guisante hasta la inmensidad de los mundos todo es obra de
una sabiduría infinita, desde entonces todos los que piensan la adoraron. Los
físicos se convirtieron en heraldos del Creador, el catequista anunció la
existencia de Dios a los niños, y Newton se la demostró a los sabios.
Hay muchos que preguntan si el teísmo, considerado en sí mismo
desprovisto de toda ceremonia religiosa, es una religión. Resulta fácil
contestar a esa pregunta: el que sólo reconoce un Dios creador, omnipotente, y
sólo considera a sus criaturas como máquinas admirables, no por eso es más
religioso que el europeo que admira tal vez al emperador en China. En cambio,
el que cree que Dios se dignó establecer una relación entre El y los hombres,
relación que les hace libres, capaces del bien y del mal, y les dotó de buen
sentido, que es el instinto del hombre sobre el que se funda la ley natural,
éste sin duda tiene una religión. Religión mejor que la de todas las sectas que
están fuera de la Iglesia católica porque aquéllas son falsas y la ley natural
es verdadera; la religión revelada no es ni podía ser otra que la ley natural
perfeccionada. Por tanto el teísmo es el buen sentido que no conoce aún la
revelación, y las demás religiones son el buen sentido que pervirtió la
superstición. Las sectas se diferencian unas de otras porque son creaciones de
los hombres, pero la moral es la misma en todas partes porque proviene de Dios.
Ahora bien, ¿por qué entre los centenares de sectas que existen hubo
algunas que hicieron derramar sangre humana, y por qué los teístas que
proliferan en todas partes nunca han ocasionado el menor tumulto? Por‑t que los
teístas son filósofos y éstos pueden errar en sus sistemas especulativos, pero
no son intrigantes. Por eso quienes persiguen a los filósofos so pretexto de
que sus opiniones pueden ser nocivas para el público, son tan absurdos como
serían los que temieran que el estudio del álgebra encareciera el pan nuestro
de cada día. Debe compadecerse al hombre que piensa y se extravía pensando,
pero es insensato y a todas luces injusto perseguirle. Todos somos hermanos, y
porque uno de mis hermanos, lleno de respeto y amor filial, animado de espíritu
caritativo, no cumple con nuestro Padre común las mismas ceremonias preceptivas
que yo, ¿debo degollarle y quemarle vivo?
¿Quién es el verdadero teísta? Todo el que dice a Dios: Os adoro y soy
vuestro siervo; todo aquel que dice a los turcos, chinos, hindúes y rusos: Yo
os amo. Quizá dude de que Mahoma hiciera un viaje a la luna, quizá se oponga a
que cuando él muera su esposa se arroje a la hoguera por devoción, quizá sienta
algunas veces la tentación de no creer en la historia de las once mil vírgenes,
ni en la de san Amable, de quien un rayo de sol llevó su sombrero y sus guantes
de Auvernia hasta Roma. Pero a pesar de todo, es siempre hombre justo. Noé lo
hubiera llevado a su arca; Numa Pompilio habría escuchado sus consejos; se
hubiera subido en el carro de Zoroastro y hubiera filosofado con Platón,
Aristipo, Cicerón y Ático. Pero, ¿hubiera bebido la cicuta con Sócrates?
TEÍSTA. Es un hombre firmemente persuadido de la
existencia de un Ser supremo, bueno y poderoso, que ha creado todos los seres
esparcidos por el mundo que vegetan, sienten y reflexionan, que perpetúa su
especie, que castiga sin crueldad los crímenes y recompensa con bondad las
acciones virtuosas.
El teísta no sabe cómo castiga Dios, cómo favorece y cómo perdona, pues
no es tan temerario como para vanagloriarse de conocer de qué manera actúa
Dios, pero sabe que Dios es hacedor y justo. Sus dificultades ante la
Providencia no quebrantan su fe porque sólo son grandes dificultades y no
pruebas; está sometido a esta Providencia de la que sólo percibe algunos
efectos y apariencias, y juzgando las cosas que no puede ver por las que ve
cree que esta Providencia se extiende a todos los lugares y a todos los siglos.
Relacionando este principio con el resto del universo, no forma parte de
ninguna secta porque todas se contradicen. Su religión es la más antigua y
extendida, pues la simple adoración de un Dios ha precedido a todos los
sistemas del mundo. Habla un lenguaje que todos los pueblos entienden, aunque
no se entiendan entre ellos. Tiene hermanos desde Pekín hasta Cayena y
considera todos los sabios como hermanos. Cree que la religión no consiste en
las opiniones de un metafísico ininteligible, ni en vanas apariencias, sino en
la adoración y en la justicia. Hacer el bien; he aquí su culto. Estar sometido
a Dios; he aquí su doctrina. El mahometano le grita: « ¡Pobre de ti si no
emprendes la peregrinación a La Meca! » El, recoleto, dice: « ¡Desgraciado de
ti si no haces un viaje a Nuestra Señora de Loreto! » Pero se ríe de Loreto y
de La Meca, aunque socorre al indigente y defiende al oprimido.
TEOCRACIA (gobierno ejercido directamente por Dios o por el
sacerdocio). Es fácil que esté equivocado, puesto que errar es
de humanos, pero creo que los pueblos que cultivaron las artes se sometieron
todos a la teocracia. Exceptúo siempre a los chinos, que aparecieron ya sabios
desde que constituyeron una nación y desde entonces carecieron de
supersticiones. Es una lástima que empezando de esa manera se hayan estancado
desde hace muchísimo tiempo en las ciencias. Parece que la naturaleza les dotó
de una gran dosis de buen sentido y escasa cantidad de espíritu industrioso,
pero en cambio su industria se desarrolló antes que la nuestra.
Los japoneses, cuyo origen casi desconocemos, fueron indudablemente
gobernados por la teocracia. Los primeros soberanos que conocemos fueron los
dairis, casta sacerdotal de sus dioses cuya teocracia está comprobada. Esos
sacerdotes reinaron despóticamente cerca de mil ochocientos años. A mediados
del siglo XII, un capitán y un emperador dividió con ellos la autoridad y en el
siglo XVI los capitanes la absorbieron por completo, conservándola hasta
nuestros días. Los dairis continuaron siendo jefes de la religión y si ayer
fueron reyes hoy son santones: dirigen las fiestas y otorgan los títulos
sagrados.
En la India, los brahmanes constituyeron durante mucho tiempo el poder
teocrático, o lo que es lo mismo, alcanzaron el poder soberano en nombre de
Brahma, hijo de dios, y a pesar de la decadencia en que se encuentran creen
tener todavía ese carácter indeleble. Estas son las dos grandes teocracias más
comprobadas.
Los sacerdotes de Egipto eran tan poderosos, tenían tanta participación
en el gobierno, conseguían que el incensario sobrepujara tanto al cetro, que
puede asegurarse que el imperio de esos pueblos se lo repartían la teocracia y
la monarquía.
El gobierno de Numa Pompilio fue visiblemente teocrático. Cuando un rey
dice «Os traigo estas leyes de parte de los dioses y un dios es el que os
habla», entonces dios es el rey y el que habla su representante.
En el país de los celtas, que sólo tenían jefes elegibles, pero no
reyes, los druidas y las hechiceras lo gobernaban todo. Pero no podemos llamar
teocracia a la anarquía de aquellos salvajes.
La pequeña nación hebrea sólo merece que la consideremos políticamente
por la prodigiosa revolución que causó en el mundo. Examinemos pues, la
historia de ese pueblo extraño. Tuvo un caudillo que debió conducirle en nombre
de Dios a Fenicia, que ellos llaman Canaán. El camino conducía directamente
desde Gosen hasta Tiro y no ofrecía ningún peligro a los seiscientos treinta
mil combatientes, a cuyo frente iba un jefe como Moisés, que según dice Flavio
Josefo había vencido ya a un ejército de etíopes y a otro de serpientes (1).
(1) Flavio Josefo, libro II, cap. V.
En vez de tomar ese camino, corto y bueno, Moisés les condujo desde
Rameses a Baal Sefón, que es el camino opuesto y está en medio de Egipto, yendo
directamente hacia el Sur. Cruza el mar y avanza durante cuarenta años por
soledades inhóspitas, donde no se encuentra una fuente, un árbol, ni un campo
cultivado, en las que sólo hay arena y peñascos. Es evidente que sólo Dios, por
un milagro, podía hacer que los judíos tomaran ese camino y sostenerlos en su
largo éxodo con milagros continuos. El gobierno hebreo fue entonces una
verdadera teocracia, a pesar de que Moisés no era pontífice y que Aarón, que lo
era, no fue jefe ni legislador.
Desde entonces, ya no reinó allí ningún pontífice. Josué, Jefté, Sansón
y demás jefes del pueblo, salvo Elías y Samuel, no fueron sacerdotes. La
república hebrea, reducida en distintas ocasiones a la esclavitud, fue más
anárquica que teocrática.
En la época de los reyes de Judá y de Israel dicho país pasó por una
larga serie de asesinatos y guerras civiles; sólo interrumpieron sus
calamidades la extinción de diez de sus tribus, la esclavitud de las dos
restantes y la destrucción de Jerusalén, seguida del hambre y la peste. No cabe
decir que hubo en ella un gobierno divino.
Cuando los judíos cautivos en Babilonia regresaron a Jerusalén quedaron
sometidos al rey de Persia, al conquistador Alejandro y a sus sucesores. Es de
creer que entonces Dios no gobernaba directamente a dicho pueblo; poco después
de la invasión de Alejandro, el pontífice Juan asesinó a su hermano el
sacerdote Jesús en el templo de Jerusalén, como Salomón había asesinado a su
hermano Adonías en el altar.
El gobierno era todavía menos teocrático cuando Antíoco Epifanio, rey de
Siria, se valió de numerosos judíos para castigar a los que consideraba
rebeldes y prohibió que circuncidaran a sus hijos bajo pena de muerte; en
cambio, hizo que sacrificaran cerdos en su templo, quemaran las puertas y
destruyeran el altar. Matatías lo combatió al frente de algunos ciudadanos,
pero no llegó a ser rey. Su hijo Judas Macabeo, que creía ser el Mesías, murió
gloriosamente tras empeñarse por conseguirlo.
A guerras tan sangrientas sucedieron otras civiles. Los jerosolimitas
destruyeron Samaria, que al poco tiempo reedificaron los romanos dándole el
nombre de Sebasta. En medio de aquel caos de revoluciones, Aristóbulo, que
pertenecía a la casta de los Macabeos y era hijo de un gran sacerdote, se
proclamó rey medio siglo después de la destrucción del templo de Jerusalén. Al
igual que algunos sultanes turcos, empezó su reinado degollando a su hermano y
matando a su madre. Sus sucesores le imitaron, hasta que llegó el día en que
los romanos castigaron a aquellos bárbaros. Nada de todo esto es teocrático.
Finalmente, la idea cabal de lo que es teocracia la da el pontificado de
Roma, que se ejerce en nombre de Dios y cuyos siervos viven en paz. Desde hace
mucho tiempo, el Tíbet goza de la misma paz idílica bajo el imperio del Gran
Lama; sin embargo, convengamos que eso es el burdo error que quiere imitar a la
verdad sublime. Los primeros incas creían descender del sol en línea recta,
establecieron una teocracia y todo se hacía en nombre del sol.
La teocracia debía conocerse en todas partes porque todos los hombres,
desde el príncipe hasta el saltimbanqui, debían obedecer las leyes naturales y
eternas que Dios les dictó.
TEOLOGÍA. Es el estudio, no la ciencia, de Dios y las
cosas divinas. Hubo teólogos entre los sacerdotes de la Antigüedad, o sea
filósofos que, dejando al vulgo todas las exterioridades de la religión,
pensaban de manera más sublime respecto a la Divinidad y al origen de las
fiestas y misterios, y guardaban estos secretos para ellos y los iniciados. En
los misterios de Eleusis representaban el caos y la formación del universo y el
hierofante entonaba este himno: «Desterrad los prejuicios que os desvíen del camino
de la vida inmortal a la que aspiráis, elevad vuestros pensamientos hacia la
naturaleza divina y pensad que vais caminando en presencia del Ser único, que
existe por sí mismo». Vemos, pues, que en estos misterios no reconocían más que
a un solo Dios.
En las ceremonias de Egipto todo era misterio, y el pueblo, que se
contentaba con la grandiosa exteriorización del ritual, nunca creyó que le
incumbía levantar el velo que ocultaba lo que para él era venerable. Como esta
costumbre caló en la conciencia de todo el mundo, no pudo dar materia para
alimentar el espíritu de discusión. Los teólogos del paganismo no tuvieron
opiniones que defender ante los fieles, porque las mantenían celosamente
ocultas, y en todas las religiones reinó la paz.
Si los teólogos cristianos hubieran hecho otro tanto habrían sido más
respetados. Al pueblo le importa poco saber si el verbo engendrado es
consustancial con su creador, es una persona que tiene dos naturalezas o una
naturaleza que tiene dos personas, o es una persona y una naturaleza; si
descendió al infierno per effectum y al limbo per essentiam; si nos comemos su
cuerpo con los accidentes del pan o la materia del pan, y si su gracia es
versátil, suficiente, concomitante, necesitante in sensu composito o in sensu
diviso. De cada diez hombres que se ganan el sustento con sus manos, nueve no
pueden entender una palabra de estas discusiones, y los teólogos, que tampoco
las entienden puesto que están discutiendo muchísimos años sin ponerse de
acuerdo, y aún siguen discutiendo, hubieran hecho bien en poner un velo entre
ellos y los profanos.
Si hubieran tenido menos teología y más moral les habrían venerado los
pueblos y los reyes, pero prefirieron hacer públicas sus discusiones para
convertirse en maestros de los pueblos que se proponían guiar y el resultado
fue que sus controversias dividieron a los cristianos y el interés y la
política se inmiscuyeron en ellas. Y como cada Estado tiene su interés
particular, ninguna Iglesia piensa precisamente como la otra y muchas de ellas
son diametralmente opuestas. Así, el teólogo de Estocolmo no piensa como el de
Ginebra, el teólogo anglicano de Oxford difiere de uno y otro, y el que recibe
el doctorado en París no le están permitidas ciertas opiniones que el doctor de
Roma debe sustentar. Las órdenes religiosas se envidiaron unas a otras y se
dividieron. El franciscano debe creer en la Inmaculada Concepción y el dominico
está obligado a negarla y tacha de hereje al franciscano. El espíritu
científico, que se difundió por toda Europa, acabó por demoler críticamente a
la teología. Los verdaderos filósofos llegaron a mirar con el más profundo
desprecio esas cuestiones quiméricas en que nunca se definen los términos y que
se reducen a pura logomaquia como el fondo de las cuestiones. Entre los mismos
doctores los hay que son verdaderamente doctos y se lamentan de su profesión;
se parecen a los augures, de quienes dice Cicerón que nadie podía acercarse a
ellos sin reírse.
TEÓLOGO. El teólogo sabe que siguiendo la doctrina de
santo Tomás de Aquino los ángeles son corporales, que el alma recibe su ser en
el cuerpo, que el hombre tiene alma vegetativa, sensitiva e intelectual, que el
alma está toda en todo y en cada parte, que es la causa eficiente y formal del
cuerpo, que es la última en la nobleza de las formas, que el apetito es una
potencia pasiva, que el bautismo regenera por sí mismo y por accidente, que el
catecismo no es sacramento, sino sacramental, que la certidumbre nace de la
causa y del motivo, que la concupiscencia es el apetito de la delectación
sensitiva, y que la conciencia es un acto, no un poder.
El Doctor Angélico escribió cerca de cuatro mil hermosas páginas por ese
estilo. El joven tonsurado pasa tres años en empollar esos conocimientos
sublimes y después recibe el birrete de doctor en La Sorbona y no en un asilo
de locos. Si es hombre de talento, hijo de padre rico e influyente, o un
intrigante con buena estrella, llega a obispo, arzobispo, cardenal y papa; si
es pobre y sin agarraderas, no pasa de ser el teólogo de esos jefes de la
Iglesia, el que argumenta por ellos, el que lee y vuelve a leer a Santo Tomás y
Escoto para que se luzcan ellos, el que escribe las pastorales y el que por
ellos decide en el Concilio.
El título de teólogo es tan honorífico que los padres del Concilio de
Trento se lo concedieron a sus cocineros, cuoco celeste (gran teólogo). Su
ciencia es la primera de las ciencias, y su condición, la primera de las
condiciones. ¡Tanto poder tiene la verdadera doctrina!
Cuando el teólogo se convierte por la enjundia de sus argumentos en
príncipe del Santo Imperio, arzobispo de Toledo o en uno de los setenta
príncipes que visten de púrpura y son los sucesores de los humildes apóstoles,
entonces viven a sus expensas los sucesores de Galeno y de Hipócrates. Aquéllos
y éstos eran iguales cuando estudiaban en la misma universidad, cuando pasaban
por los mismos exámenes y grados, y cuando recibían el mismo birrete
acreditativo de su saber. Pero la suerte lo cambia todo, y los que han
descubierto la circulación de la sangre, las venas lácteas y el canal torácico
son los servidores de los que aprendieron en la universidad la gracia
concomitante y luego la olvidaron.
Conocí a un verdadero teólogo que dominaba las lenguas orientales y
poseía todas las nociones que se pueden tener de los ritos antiguos. Para él
eran tan familiares los brahmanes, caldeos, sirios y egipcios como los hebreos,
se sabía al dedillo la Biblia y durante treinta años estuvo intentando poner de
acuerdo los Evangelios y las opiniones de los santos padres. Trató de averiguar
la fecha exacta que se redactó el símbolo (Credo) que se atribuye a los
apóstoles y el que se atribuye a Atanasio, y el orden con que se fueron
instituyendo los sacramentos; trató de indagar la diferencia que hay entre la
sinaxa (1) y la misa, el porqué la Iglesia cristiana desde su nacimiento se
dividió en varias comunidades y cómo la comunidad religiosa dominante trató a
las demás comunidades de heréticas sondeó las profundidades de la política, que
siempre se inmiscuyó en las controversias religiosas, y supo distinguir entre
la política y la sabiduría entre el orgullo, que sólo trata de someter a los
demás, y el deseo de ilustrarse cada cual a sí mismo; en pocas palabras,
distinguió entre el celo y el fanatismo.
(1) Synaxa es la congregación de los primeros cristianos para celebrar
la cena.
La dificultad de coordinar en su mente tantas ideas que por su
naturaleza son confusas y de ver claro entre tantas vaguedades, le desanimó
algunas veces. Pero consideraba sus investigaciones como un deber de su estado,
prosiguió en sus estudios a pesar de sus contratiempos y llegó a adquirir
conocimientos que no alcanza casi ninguno de sus colegas. Cuanto más sabía, más
desconfiado era. Durante su vida fue indulgente, y al llegarle la muerte
confesó que había consumido inútilmente la vida.
TIRANÍA. Se denomina tirano al soberano que no conoce más
leyes que su capricho, priva de bienestar a sus súbditos y, acto seguido, los
moviliza para arrebatárselo a los pueblos vecinos. En Europa no existen tiranos
de esta clase.
Suele distinguirse entre la tiranía de uno solo y la de varios. Esta
tiranía de varios sería la de una entidad que atropellaría los derechos de
otras corporaciones y ejercería el despotismo mediante leyes corrompidas por
ella. Tampoco existe esta especie de tiranos en Europa.
¿En cuál de estas tiranías preferiríais vivir? En ninguna, pero si fuera
preciso elegir detestaría menos la tiranía de uno que la de varios. Un déspota
siempre tiene unos buenos momentos; una asamblea de déspotas no los tiene
nunca. Si un tirano me causa una injusticia puedo repararla mediante su amante,
su confesor o su paje; pero una compañía de graves tiranos es inaccesible a
todas las seducciones. Y cuando no es injusta por lo menos es dura y jamás
concede gracia.
Si sólo he de acatar a un déspota me aparto para colocarme junto a la
pared cuando le veo pasar, para prosternarme o para golpear el suelo con la
frente, según la costumbre del país, pero cuando se trata de una agrupación de
cien déspotas me veo expuesto a repetir esta ceremonia cien veces cada día, lo
que a la larga resulta bastante molesto cuando no se tienen las piernas
ligeras. Si poseo una granja en la vecindad de uno de estos señores estoy
aniquilado; si pleiteo contra el pariente de un pariente de cualquiera de tales
señores, estoy arruinado. ¿Qué puede hacerse? Temo que en este mundo quede uno
reducido a ser yunque o martillo… ¡feliz quien escapa a tal alternativa!
TIRANO. Antiguamente, este vocablo designaba al que
supo conquistar la suprema autoridad, como la palabra rey designaba al que
tenía el cargo de informar de los asuntos al Senado. Pero las acepciones de las
palabras, con el transcurso del tiempo, cambian. Hoy se denomina tirano al
usurpador o al rey que comete actos de violencia o injusticia y cuya voluntad
se sobrepone a las leyes.
Cromwell fue un tirano bajo todos esos aspectos. El burgués que usurpa
la autoridad suprema y conculcando las leyes disuelve la Cámara de los Pares
es, indudablemente, un tirano usurpador. El general que hace que decapiten a su
rey, lo tiene prisionero de guerra, viola al mismo tiempo las leyes de la
guerra, las leyes internacionales y las leyes de la humanidad, es un tirano,
asesino y regicida.
Carlos I no fue tirano, aunque el partido que le venció le diera ese
nombre; es opinión general que era obstinado y débil, y estuvo mal aconsejado.
No aseguraré que esto sea verdad porque no le conocí, pero afirmo que fue muy
desgraciado.
Enrique VIII fue tirano en el gobierno, con la familia, se manchó con la
sangre de dos esposas inocentes y la de sus ciudadanos más virtuosos y merece
la execración de la posteridad; sin embargo, no tuvo ningún castigo, mientras
que el desventurado Carlos I murió en un cadalso.
Isabel perpetró un acto de tiranía y su Parlamento una cobardía infame
haciendo asesinar en manos del verdugo a la reina María Estuardo, pero durante
su gobierno no conculcó las leyes, fue hábil y comedianta y dio pruebas de
prudencia y fortaleza.
Ricardo III fue un tirano bárbaro que sufrió el castigo que merecía.
El papa Alejandro VI, que fue un tirano más execrable que los
mencionados, fue sin embargo feliz en todos los desmanes que cometió.
Si enumerara los tiranos turcos, griegos y romanos que encontramos en la
Historia, veríamos que hubo tantos dichosos como desgraciados. Digo dichosos
hablando según el sentido lato de la palabra, según las apariencias, ya que
fueran dichosos realmente o vivieran contentos y tranquilos es cosa que tengo
por imposible.
Constantino el Grande fue indudablemente un tirano por partida doble. En
el norte de Inglaterra usurpó la corona del Imperio romano poniéndose en cabeza
de algunas legiones extranjeras, infringiendo todas las leyes y oponiéndose a
la votación del Senado y del pueblo, que habían elegido legítimamente emperador
a Magencio. Su vida fue una serie ininterrumpida de delitos, concupiscencia,
fraudes e imposturas. No fue castigado y sólo Dios sabe si fue feliz;
únicamente sé que sus vasallos fueron desgraciados.
El emperador Teodosio gobernó como el más odioso de los tiranos, ya que
so pretexto de dar una fiesta mandó degollar en el circo quince mil ciudadanos
romanos con sus mujeres e hijos, añadiendo a esa monstruosidad la farsa de no
ir a misa mayor durante unos meses porque hacía penitencia.
Los tiranos del Bajo Imperio griego fueron casi todos derrocados y
asesinados unos por otros. Esos grandes déspotas fueron sucesivamente los
ejecutores de la venganza divina y la venganza humana. Entre los tiranos turcos
hubo tantos destronados como asesinados en el trono.
De los tiranos subalternos, monstruos testaferros que hicieron recaer en
sus señores la execración pública, de cuya responsabilidad se descargaron,
debemos decir que su número es infinito.
TOLERANCIA. Recorriendo la Historia encontré casos tan
inhumanos de fanatismo, desde la lucha de los partidarios de Atanasio y Arrio
hasta el asesinato de Enrique el Grande, hallé tantas calamidades públicas y
privadas que causaron el odio de partido y el furor del celo, desde la tiranía
del jesuita Le Tellier hasta la demencia de los convulsionarios y las cédulas
de confesión, que a menudo me pregunto: ¿Es que la tolerancia engendra un mal
tan grande como la intolerancia? ¿Es la libertad de conciencia una calamidad
tan bárbara como las hogueras de la Inquisición?
Siento traer a cuento a los judíos porque esta nación es, bajo muchos
aspectos, la más detestable que ha pisado el mundo; sin embargo, la secta de
los saduceos fue tolerante y muy apacible a pesar de que no creyó en la
inmortalidad del alma, como hacían los fariseos.
En Grecia nunca persiguieron a los adeptos de Epicuro. Y en cuanto a la
muerte injusta de Sócrates, nunca he podido encontrar otro motivo que el odio
que le tenían los pedantes. Confiesa él mismo que pasó la vida demostrándoles
que eran gentes absurdas, ofendió su amor propio y se vengaron sentenciándolo a
beber la cicuta. Los atenienses honraron su memoria después de haberle
envenenado y le erigieron una capilla. Este es un hecho único en la historia y,
además, no tiene ninguna relación con la intolerancia.
Cuando los romanos fueron dueños de la parte más floreciente del mundo
sabemos que toleraron todas las religiones, que merced a su tolerancia pudo
establecerse el cristianismo y que casi todos los paleocristianos eran judíos.
También es sabido que los judíos tenían, como en la actualidad, sinagogas en
Roma y en la mayor parte de las urbes comerciales, y que los cristianos se
aprovecharon de la libertad que disfrutaban los judíos.
Ya he dejado constancia de las causas de la persecución que al poco
tiempo sufrieron los cristianos; basta, pues, con recordar que si entre tantas
religiones los romanos hubieran querido prohibir una no la hubieran perseguido,
pero como la Iglesia quiso exterminar las demás religiones se atrajo la
persecución del imperio y la sangre corrió mucho tiempo a causa de las
discusiones teológicas. Únicamente la tolerancia puede restañar esa sangre.
Pero, ¿qué es la tolerancia? Es la panacea de la humanidad. Todos los
hombres estamos llenos de flaquezas y errores y debemos perdonarnos
recíprocamente, pues esta es la primera ley de la naturaleza.
Procuremos que comercien juntos en la lonja de Amsterdam, Londres o
Basora, el guebro, baniano, judío, turco, chino, católico, protestante y el
cuáquero, pues de esta manera no se apuñalarán unos a otros para ganar
prosélitos para su religión. ¿Por qué, si no, nos hemos degollado unos a otros
casi sin interrupción desde el primer Concilio de Nicea?
Constantino, que empezó publicando un edicto que permitía todas las
religiones, acabó por perseguirlas. Antes de su época sólo persiguieron a los
cristianos porque empezaban a formar un partido en el Estado.
Ya hemos dicho que los romanos permitían todos los cultos, hasta el de
los judíos y el de los egipcios, que tanto despreciaban. ¿Por qué Roma toleraba
esos cultos? Porque ni los egipcios ni los judíos pensaron en exterminar la
antigua religión del imperio y por tanto no recorrían la tierra y los mares
haciendo prosélitos, sólo pensaron en ganar dinero; en cambio, los cristianos
trabajaban para que su religión fuera la única. Los judíos no querían que la
estatua de Júpiter estuviera en Jerusalén y los cristianos que no estuviera en
el Capitolio. Tomás de Aquino tiene la buena fe de confesar que los cristianos
no destronaron a los emperadores porque no pudieron. Empeñados en que todo el
orbe debía ser cristiano, fueron enemigos de todo el orbe hasta que éste abrazó
el cristianismo.
Los cristianos eran enemigos unos de otros en todas las cuestiones de su
controversia: los que consideraban que Jesucristo era Dios anatematizaron a
quienes lo negaban, y éstos, a su vez, a los que divinizaban a Jesús. Unos
querían que los bienes fueran comunes, como al parecer sucedía en la época de
los apóstoles, y sus adversarios les llamaron nicolaítas y acusaban de los
delitos más infames. Otros eran proclives a la devoción mística, les llamaron
gnósticos y los combatieron encarnizadamente. Marción discutió sobre la
Trinidad y le tildaron de idólatra. Tertuliano, Práxeas, Orígenes, Novat,
Sabelio y Donato se vieron perseguidos por los cristianos, sus hermanos, antes
de la época de Constantino; después, cuando el gobierno de este emperador
dominó la religión cristiana, se combatieron con furor los partidarios de
Atanasio y de Eusebio y desde entonces a nuestros días la Iglesia cristiana se
inundó de sangre.
Reconozco que el hebreo era un pueblo bárbaro que degolló sin compasión
a todos los habitantes de un pequeño país sobre el que no tenía ningún derecho,
pero también es cierto que cuando Nahamán se curó la lepra sumergiéndose siete
veces en el Jordán, para expresar su gratitud a Elíseo, que le había revelado
cómo curarse, le dice que adorará al Dios de los judíos por gratitud,
reservándose la libertad de adorar también al dios de su rey y le pide permiso,
Elíseo no titubeó en concedérselo. Los judíos adoraban a su Dios, pero no les
extrañaba que cada pueblo adorara al suyo. Les parecía bien que el rey Chamos
concediera cierta región a los moabitas con tal que su Dios otorgara otra a
ellos. Jacob no vaciló en casarse con las hijas de un idólatra: Labán tenía su
Dios y Jacob el suyo. He aquí varios ejemplos de tolerancia del pueblo más
intolerante y cruel de toda la Antigüedad; nosotros le hemos imitado en sus
furores absurdos, pero no en su tolerancia.
Es indudable que quien persigue a un hombre, que es su hermano, porque
profesa distinto credo es un monstruo, pero el gobierno, los magistrados y los
príncipes, ¿cómo deben tratar a los que profesan distinta religión que ellos?
Si son extranjeros poderosos, el príncipe se aliará con ellos. Francisco I,
monarca cristianísimo, no tendrá empacho en aliarse con los musulmanes para
guerrear contra el católico Carlos V, como tampoco lo tuvo en dar dinero a los
luteranos de Alemania para suscitar la rebelión contra dicho emperador, pero en
cambio quemará en la hoguera a los luteranos de su reino. Como medida política
les paga en Sajonia y los quema en París. Contraproducente política porque,
como las persecuciones hacen prosélitos, Francia se llenará pronto de nuevos
protestantes que, al principio, siendo pocos se dejarán ahorcar, pero luego,
cuando sean muchos, serán ellos los que ahorquen. Habrá guerras civiles que
culminarán en la noche de San Bartolomé y esa nación se convertirá en algo peor
que los escritores antiguos y modernos han dicho nunca del infierno.
Los cristianos nunca supieron rendir el culto puro al Dios que los creó,
ni seguir el ejemplo de los hombres letrados de China y de los sabios del
mundo, siendo víctimas de las supersticiones. Ya he dicho y vuelvo a repetir
que en el reino donde haya dos religiones se cortarán la garganta una a otra,
pero donde haya treinta vivirán juntas y en armonía. Valga como ejemplo lo que
sucede en Turquía: el sultán gobierno a los guebros, banianos, cristianos
griegos y católicos. Cuando uno de ellos promueve un tumulto, lo empala y de
ese modo todos viven tranquilos.
Es obvio que de todas las religiones, la cristiana debía ser la más
tolerante; lo malo es que, hasta hoy, quienes han profesado esa religión
superaron en intolerancia a los demás hombres.
Como Jesús se dignó nacer en humilde cuna y en la pobreza como sus
hermanos, no quiso practicar el arte de escribir. Los judíos tenían su ley
escrita detalladamente, pero nosotros no hemos tenido una sola línea escrita
por la mano de Jesús. Los apóstoles diferían respecto a varios puntos. San
Pedro y san Bernabé comían la carne prohibida con los nuevos cristianos que
eran extranjeros y se abstenían de comerla con los cristianos que eran judíos.
San Pablo, que les censuraba esa conducta, hizo sin embargo sacrificios en el
templo de Jerusalén durante la época de su apostolado. El más sobresaliente de
los apóstoles cristianos estuvo practicando durante ocho días ritos por los que
sentencian a la hoguera a quienes los practican en la mayor parte de los
pueblos cristianos.
Theudas y Judas se proclamaron mesías antes del nacimiento de Jesús;
Dositeo, Simón y Menandro hicieron lo mismo después que murió Jesucristo. Desde
el primer siglo de la Iglesia, y antes que se conociera la denominación de
cristianos, hubo unas veinte sectas en Judea. Los gnósticos contemplativos,
dositeos y cerintios existieron antes que los discípulos de Jesús se llamaran
cristianos. En el espacio de poco tiempo aparecieron treinta Evangelios, cada
uno de los cuales pertenecía a diferente secta y desde finales del siglo I está
probado que existían treinta sectas de cristianos en Asia Menor, Siria,
Alejandría y Roma.
Todas ellas, de las que no hacía caso el gobierno romano y permanecían
en la clandestinidad, se perseguían unas a otras en los subterráneos donde se
reunían, injuriándose mutuamente, que es todo lo que podían hacer en el estado
de abyección en que se encontraban, dado que casi todas se componían de la hez
del pueblo.
Cuando algunos cristianos, influenciados por las ideas de Platón,
introdujeron en su religión la filosofía y se separaron de la religión judía,
fueron adquiriendo paulatinamente mayor consideración, pero siguieron divididos
en muchas sectas sin que en ninguna época la Iglesia cristiana pudiera
sintetizarse en un credo único. Nuestra Iglesia nació entre las divisiones de
los judíos, fariseos, samaritanos, saduceos, esenios, judaítas, discípulos del
Bautista y terapeutas, y vivió dividida desde su cuna, estándolo también
durante las persecuciones que sufrió durante el imperio de los primeros
emperadores. Esta sañuda discordia en que vivió durante siglos es una lección
que debemos tener presente para que seamos indulgentes, amén de que nos prueba
que la discordia fue la gran calamidad que sufrió el género humano y la
tolerancia es su único remedio.
Todo el mundo debe convenir en esta verdad, avalada por las enseñanzas
que se desprenden de la historia. ¿Por qué, pues, los mismos hombres que en la
intimidad de su gabinete se deciden por la tolerancia, la caridad y la
justicia, truenan en público contra esas virtudes? Por la sencilla razón de que
el propio interés es su único dios y todo lo sacrifican a ese monstruo que
adoran.
Estoy investido de una divinidad y un poder que he fundado en la
ignorancia y la credulidad humanas, por donde camino los hombres me ceden el
paso y se arrodillan a mis pies, y si se levantan y me miran cara a cara estoy
perdido; es preciso, pues, que permanezcan arrodillados y sumisos arrastrando
cadenas de hierro. De esta forma pensaban los hombres que los siglos fanáticos
hicieron poderosos; temían a otros hombres más poderosos y éstos a otros
todavía superiores, y todos se enriquecían con los despojos de los humildes
riéndose de su estupidez. Odiaban la tolerancia como temen rendir cuentas los
que se enriquecen a expensas del pueblo y como detestan la libertad los
tiranos. Para colmo del oprobio, mantenían a una infinidad de fanáticos que
repetían infatigablemente a los pobres vasallos: Respetad los absurdos de mi
señor, temedle y callaos.
Vivieron así durante mucho tiempo en gran parte del mundo, pero hoy que
tantas sectas se igualan en poder, ¿qué partido hemos de tomar? Como sabemos,
toda secta es un título de error, no existiendo las sectas de geómetras,
algebristas y aritméticos porque todas las proposiciones de geometría, álgebra
y aritmética son verdades. En todas las demás ciencias podemos equivocarnos.
¿Qué teólogo tomista o escotista se atreverá a sostener que está seguro de lo
que afirma?
Si hay alguna secta que recuerde los tiempos de los primitivos
cristianos indudablemente es la de los cuáqueros, que imitan muy bien a los
apóstoles. Estos recibían el espíritu, los cuáqueros también; los apóstoles y
sus discípulos hablaban tres o cuatro al mismo tiempo en sus asambleas y los
cuáqueros hacen lo mismo. Se permitía, al decir de san Pablo a las mujeres que
pudieran predicar; las cuaqueresas también predican. Los apóstoles y sus
discípulos prestaban juramento diciendo sí o no; los cuáqueros lo prestan de la
misma manera; aquéllos no conocieron dignidad alguna ni distintivo diferente,
éstos tampoco. Jesucristo no bautizó a ningún apóstol; los cuáqueros tampoco
reciben el bautismo.
Sería fácil extender más este paralelo y más fácil todavía probar que la
religión cristiana de hoy difiere en mucho de la religión que Jesucristo
predicó. Jesús era judío y nosotros no lo somos. Jesús se abstenía de comer
carne de cerdo, porque este animal está considerado inmundo, y de comer conejo
porque rumia y no tiene el pie hendido; nosotros comemos carne de cerdo, que
para nosotros no es inmundo, y conejo porque tiene el pie hendido y no rumia.
Jesús estaba circuncidado y nosotros conservamos el prepucio. Jesús
comía el cordero pascual con lechugas y celebraba la fiesta de los
tabernáculos; nosotros no hacemos nada de esto. Descansaba el sábado y nosotros
hemos cambiado ese día; sacrificaba y nosotros no hacemos sacrificios.
Jesús ocultó siempre el misterio de su encarnación y su suprema
dignidad; nunca dijo que era igual a Dios. San Pablo dice taxativamente en su
carta a los hebreos que Dios creó a Jesús inferior a los ángeles, y a pesar de
estas palabras del apóstol el Concilio de Nicea reconoció que Jesús era Dios.
Jesús no dio a los papas la marca de Ancona, ni el ducado de Espoletto,
y sin embargo los papas los poseen por derecho divino. Jesús no instituyó como
sacramento el matrimonio ni el diaconado, y para nosotros son sacramentos el
diaconado y el matrimonio.
Si la estudiamos, nos convenceremos de que la religión católica
apostólica y romana, en todas sus ceremonias y dogmas, es opuesta a ia religión
de Jesús. Ahora bien, ¿acaso debemos supeditarnos a la ley judaica porque Jesús
judaizó toda su vida? Si nos fuera lícito razonar lógicamente en materia de
religión, no cabe duda de que todos debiéramos abrazar el credo judío porque
Jesucristo Nuestro Salvador nació judío, vivió judío y murió judío, y dijo
taxativamente que cumplía y practicaba la religión judía. Mas también es
indudable que deberíamos tolerarnos mutuamente unos a otros porque somos
débiles, inconsecuentes, tornadizos y estamos sujetos a errores: ¿la caña que
el viento tumbó en el fango ha de decir a la caña contigua: «Arrástrate como
yo, miserable, o te denunciaré para que te arranquen o te quemen»?
TORTURA. Aunque apenas nos ocupamos de jurisprudencia
en estas modestas reflexiones alfabéticas, creemos conveniente decir unas
palabras respecto a la tortura, que también se llama potro. Es probable que
esta parte de nuestra legislación deba su primer origen al salteador de
caminos. La mayor parte de estos bandidos conservan la costumbre de aserrar los
dedos pulgares, quemar los pies y torturar de varias maneras a quienes se
niegan a decirles dónde guardan el dinero.
Los conquistadores, que fueron los sucesores de tales ladrones,
comprendieron que esa finalidad era útil para su interés y la siguieron usando
cuando sospechaban que fraguaban contra ellos malévolas intenciones, como, por
ejemplo, la de ser libres; deseo que a sus ojos era un crimen de lesa majestad
divina y humana. Además, necesitaban saber quienes eran los cómplices de ese
crimen y para averiguarlo mataban a todos los sospechosos, porque en la
jurisprudencia de los primitivos conquistadores todo aquel en que recaían
sospechas de pensar malévolamente de ellos se hacía acreedor a la pena capital.
Y cuando nos hacemos dignos de la pena de muerte ya poco importa que añadan
tormentos que duren días y hasta semanas, porque ese procedimiento tiene un no
sé qué de la divinidad. La Providencia nos tortura algunas veces con el mal de
piedra, la gota, el escorbuto, la lepra, la sífilis, la epilepsia y otros
verdugos ejecutores de sus venganzas. Y como los primitivos déspotas fueron,
según creían sus cortesanos, imágenes de la divinidad, la imitaron en todo lo
que pudieron.
Es singular que nunca se hable de potros ni tormentos en el Antiguo
Testamento. Es lástima que el pueblo judío, tan benigno, honrado y compasivo,
no conociera este medio de averiguar la verdad. A mi juicio, la razón de esto
consiste en que no la necesitaba, puesto que Dios les hacía conocer siempre la
verdad por ser su pueblo predilecto. Unas veces jugaban la verdad a los dados y
otras se dirigían al sumo sacerdote, quien con su urim (1) consultaba a Dios
inmediatamente. En ocasiones se dirigían al profeta de turno y éste descubría
las cosas más ocultas, lo único que faltó a las costumbres del pueblo sagrado.
(1) Urim es el pectoral del sumo sacerdote de los judíos, que usaban
para consultar a Dios cuantos casos difíciles e importantes interesaban al
país.
Los romanos sólo torturaban a los esclavos, que para ellos no eran
hombres; tampoco lo sería para el consejero del Tribunal de la Tournelle el
hombre que le presentaban pálido, descoyuntado, de mirada mortecina, barba
larga, sucio y lleno de gusanos, que le roían en su mazmorra, porque se
proporcionaba el placer de aplicarle la pena del tormento ante un cirujano que
le tomaba el pulso para suspender la tortura cuando estaba en peligro de
muerte; pasado éste, volvían a atormentarle.
El grave magistrado que adquirió con dinero el derecho a hacer estos
experimentos en sus prójimos se va a comer con su santa esposa y a contarle,
mientras come, lo que ha visto por la mañana. La primera vez que oye ese relato
su sensible esposa se encoleriza; la segunda vez ya desea conocer detalles, por
aquello de que las mujeres son curiosas, y cuando se acostumbra a las nobles
funciones de su marido, al verle entrar en casa pregunta: « ¡Oh, querido! ¿Has
puesto hoy en el potro a alguien?»
Los franceses, que tienen fama, vaya usted a saber por qué, de ser muy
humanos, se sorprenden de que los ingleses, que eran tan inhumanos que les
quitaron el Canadá, renunciaran al placer de dar tormento. Cuando el caballero
de La Barre, militar de singular talento y grandes esperanzas, pero joven y
aturdido, hubo confesado que había cantado canciones impías y pasado ante una
procesión de capuchinos sin quitarse el sombrero, los jueces de Abbeville, que
se comparaban con los senadores romanos, mandaron, no sólo que le arrancaran la
lengua, le cortaran la mano y lo quemaran a fuego lento, sino también que lo
torturaran para averiguar exactamente cuántas canciones cantó y cuántas
procesiones vio pasar sin quitarse el sombrero.
Esa barbaridad no se perpetró en el siglo XIII. ni en el XIV, sino en el
siglo XVIII. Las naciones extranjeras juzgan a Francia por los espectáculos,
sus novelas, sus magníficos versos, sus tiples de costumbres sibaríticas, las
bailarinas de la Opera, que tienen mucha gracia, y por la comedianta Clairon,
que recita los versos de un modo que entusiasma. Y es que las naciones
extranjeras ignoran que no hay, en el fondo, pueblo más cruel que el francés.
Los rusos pasaban por ser bárbaros en 1700, y en nuestros días, esto es
en 1769, su emperatriz Catalina II acaba de dar a sus vastos estados leyes que
hubieran honrado a Minos, Numa y Solón si éstos hubieran tenido talento para
inventarlas. La más humanitaria de esas leyes es la tolerancia universal; la
segunda, la abolición de la tortura.
TRANSUBSTANCIACIÓN. Los protestantes, sobre todo los filósofos
protestantes, consideran la transubstanciación como el colmo de la imprudencia
del clero y de la imbecilidad de los seglares. No tienen ningún miramiento
respecto a esta creencia, que llaman monstruosa, ni creen que haya un solo
hombre de buen sentido que, después de haberla examinado, la adopte seriamente.
Esta creencia es tan absurda, en su opinión, tan opuesta a todas las leyes de
la física y tan contradictoria, que el propio Dios no podría realizar esta
operación porque, en efecto, es anular a Dios suponer que hace cosas
contradictorias. No sólo creen que hay un dios en el pan, sino un dios
materializado en el pan; cien mil migas de pan convertidas en un instante en
otros tantos dioses y que esa multitud de dioses no forma más que un dios;
creen que hay blancura sin un cuerpo blanco; que el vino se convierte en sangre
y, sin embargo, tiene sabor de vino; que el pan se convierte en carne y en
fibras y, sin embargo, tiene sabor de pan. Todo esto inspira tanto desprecio a
los enemigos de la religión católica que algunas veces su desprecio se
convierte en furor.
Furor que aumenta en ellos cuando les dicen que todos los días se ven en
los países católicos sacerdotes y frailes que, saliendo de un lecho adulterino
y sin lavarse las manos manchadas de impurezas, van a hacer dioses por
centenares y se comen y beben a su dios. Cuando reflexionan que esta
superstición, cien veces más absurda y sacrílega que todas las de los egipcios,
valió a un sacerdote italiano de quince a veinte millones de renta y el dominio
de un país de cien millas de extensión, todos los protestantes quisieran tomar
las armas y expulsar al sacerdote que se apoderó del palacio de los Césares. No
sé si me incorporaré a ese viaje porque soy partidario de la paz, pero cuando
los protestantes se establezcan en Roma indudablemente iré a visitarles.
TRIGO. Es preciso ser un exagerado pirrónico para
dudar de que el vocablo pan deriva de la voz latina panis; ahora bien, lo
indudable es que para amasar pan se necesita trigo. Los galos lo tenían en la
época de César, pero, ¿de dónde habían tomado la palabra ble (trigo)? Se supone
que la tomaron de bladum (palabra latina bárbara), que en la Edad Media usó el
canciller Desvignes, pero las palabras latinas de aquellos siglos eran antiguas
palabras célticas o tudescas latinizadas. Bladum derivaba, pues, de blead, y no
blead de bladum. Los italianos dicen biada y los países donde se conserva la
lengua romana dicen aún blia.
Nos gustaría saber dónde los galos y teutones encontraron trigo para
sembrarlo. Cuando hacemos esta pregunta se nos contesta que los tirios lo
llevaron a España, los españoles a Galia y los galos a Germania. Mas, ¿de dónde
sacaban los tirios el trigo? Probablemente, de los griegos. ¿Y quién concedió
este presente a los griegos? Indudablemente, la diosa Ceres. Cuando llegamos a
Ceres ya no podemos seguir adelante. Ceres debió descender del cielo para
darnos el trigo, el centeno y la cebada. Pero como hoy nadie cree en Ceres, que
dio el trigo a los griegos, ni en Isis que concedió igual beneficio a Egipto,
nos es imposible averiguar el origen del trigo.
Sanchoniaton asegura que Dagon o Dagan, nieto de Thaut, tenía en Fenicia
la intendencia del trigo. Esto prueba que este cereal es muy antiguo,
probablemente tan antiguo como la hierba. Quizá Dagon fue el primero que hizo
pan, pero no está demostrado.
No deja de ser extraño que se sepa positivamente que debemos el vino a
Noé y no sepamos a quién debemos el pan, y es más extraño todavía que seamos
tan ingratos con Noé que conservemos más de dos mil canciones dedicadas a Baco
y no tengamos una sola en honor de Noé, que fue nuestro bienhechor.
Un judío me aseguró que el trigo nacía espontáneamente en Mesopotamia,
como se crían las manzanas, peras y castañas en Occidente. Le creo hasta que
esté seguro de lo contrario, porque el trigo debe crecer espontáneamente en
alguna parte cuando se ha convertido en el alimento ordinario e indispensable
de los mejores climas y sobre todo del Norte.
Buffón, gran filósofo, cuyo talento admiramos, pero cuyo sistema no
seguimos, ha supuesto en Historia natural del perro, página 195, que los
hombres han inventado el trigo, que nuestros antepasados, a fuerza de sembrar
cominillo y grama, los han convertido en tal. Como este filósofo no opina como
nosotros respecto a las conchas, me permitirá que no opine como él sobre el
trigo. No creemos que de los jazmines puedan nacer tulipanes. El germen del
cominillo es diferente del que posee el trigo y no creemos en transmutaciones.
En el artículo Árbol del pan vimos que no se come pan en las tres
cuartas partes del mundo y hay quien asegura que los etíopes se burlaban de los
egipcios porque lo comían. Sin embargo, el trigo ha pasado a ser uno de los
mayores objetos del comercio y de la política. Se ha escrito tanto sobre esta
materia, que el labrador que sembrara trigo equivalente en peso a los volúmenes
publicados sobre dicho cereal, podría recoger fabulosa cosecha y ser más rico
que los que viven en palacios dorados.
TRINIDAD. Timeo de Locres fue el primer escritor occidental
que habló de la Trinidad en su obra Alma del mundo. Según Timeo, existió al
principio la idea alma mater de todas las cosas engendradas, es decir el primer
verbo, el verbo interno e inteligible. Seguidamente, existió la materia
informe, o sea el segundo verbo, y después el hijo o el mundo sensible, o el
espíritu del mundo. Estas tres cualidades constituyen el mundo entero, cuyo
mundo es el hijo de Dios, que tiene un alma y una razón.
Es difícil sacar algo en limpio de ese galimatías de Timeo de Locres,
que debió tomarlo de los egipcios o brahmanes. Ignoro si en su época lo
entenderían. Ese sistema lo comparo a las medallas antiguas que roídas de moho
y cardenillo tienen borrado el escrito; en otro tiempo pudieron leerse, pero
hoy debemos limitarnos a adivinar lo que decían.
Sin embargo, creo que ese sublime galimatías debió ser desconocido hasta
la época de Platón, que lo resucitó construyendo su edificio en el aire, pero
según el modelo de Timeo de Locres.
Platón admite tres esencias divinas, el padre, el supremo y el creador:
el padre de los demás dioses es la primera esencia; la segunda es el dios
visible, ministro del Dios invisible, el Verbo, el entendimiento, el daimon y
la tercera esencia es el mundo. Cierto que Platón dice con frecuencia cosas
opuestas y se contradice, pero esto es un privilegio de los filósofos griegos y
Platón usa de él más que ninguno de los escritores antiguos y modernos.
Un viento griego arrastró esas neblinas filosóficas desde Atenas hasta
Alejandría, urbe sumamente preocupada en tener quimeras y poseer dinero. En
dicha ciudad vivían judíos que, después de hacer fortuna, se dedicaron a
filosofar.
La metafísica tiene de bueno que no supone estudios preliminares, que
son muy fastidiosos; en esa disciplina se puede saber todo sin haber estudiado
nada y si se tiene un ingenio agudo y paradójico se puede estar seguro de ir
muy lejos. El filósofo Filón fue de esta clase. Coetáneo de Jesucristo, tuvo la
desgracia de no conocerle, como tampoco le conoció el historiador Flavio
Josefo. Esos dos hombres importantes, ocupados en el caos de los asuntos de
Estado, estuvieron muy lejos de la luz naciente. Filón era metafísico,
alegórico y místico, y fue quien dijo que Dios debió crear el mundo en seis
días, «porque tres es la mitad de seis, y dos es la tercera parte, y este
número es macho y hembra».
Filón, imbuido en las ideas de Platón, dice que Dios y la sabiduría se
casaron, y que ésta dio a luz el primer hijo y que este primer hijo es el
mundo. Llama a los ángeles los verbos de Dios y al mundo el verbo de Dios.
La filosofía platónica caló en la conciencia de los judíos de Alejandría
y hasta en los de Jerusalén, y en poco tiempo la escuela de Alejandría, que era
la única sabia, se hizo platónica, y los cristianos que filosofaban se ocupaban
continuamente del Logos.
Sabemos que en aquellos tiempos hubo controversias, como en otros
posteriores, que adicionaban a un texto mal interpretado otro ininteligible con
el que no tenía la menor relación y suponía un segundo pasaje, y que
falsificaban un tercero. Así escribían libros enteros que atribuían a autores
que el vulgo respetaba. Hemos citado algunos en el artículo Apócrifo.
Rogamos a nuestros lectores que lean el siguiente pasaje de Clemente de
Alejandría, a ver si lo entienden: «Cuando Platón dice que es difícil conocer
el padre del universo, no sólo nos da a entender que el mundo fue engendrado,
sino que fue engendrado como hijo de Dios». ¿Entendéis esas logomaquias, esos
equívocos, y veis el menor rayo de luz en ese caos de palabras oscuras? ¡Oh,
Locke! Venid y definid los términos, porque no creo que entre todos esos
polemistas platónicos hubiera uno que se entendiera.
El libro de las Constituciones apostólicas, antiguo monumento del
fraude, pero también antiguo depósito de los dogmas informes de aquellos
tiempos oscuros, dice textualmente:
«El padre, que es anterior a toda generación y a todo principio,
habiéndolo creado todo para su hijo único, engendró sin intermediarios a ese
hijo por su voluntad y su potencia.»
Orígenes añadió luego que el Espíritu Santo fue creado por el hijo, por
el verbo. Por tanto, Orígenes dice expresamente que el espíritu no es Dios, ni
el hijo. El abogado Lactancio, que vivió en aquella época dijo: «El hijo de
Dios es el verbo, y los demás ángeles el espíritu de Dios. El verbo es un
espíritu proferido por una voz significativa; el espíritu procede de la nariz y
la palabra de la boca. De esto se deduce que hay diferencia entre el hijo de
Dios y los demás ángeles, porque éstos fueron emanados como espíritus tácitos y
mudos. Pero el hijo, siendo espíritu salió de la boca con voz para predicar al
pueblo».
Debemos convenir que el abogado Lactancio defendía su causa de modo
abstruso, razonando a lo Platón.
Por aquel tiempo fue cuando discutiendo acaloradamente sobre la
Trinidad, intercalaron en la primera Epístola de san Juan este famoso
versículo: «Hay tres que lo atestiguan en la tierra: el espíritu o el viento,
el agua y la sangre, y los tres no son más que uno». Los que afirman que ese
versículo es indiscutiblemente de san Juan, se ven más apurados que quienes lo
niegan, porque necesitan explicarlo.
San Agustín asegura que el viento significa el Padre, el agua el
Espíritu Santo y la sangre el Verbo. San Ireneo va mucho más lejos: dice que
Rahab la prostituta de Jericó, cuando escondió en su casa a tres espías del
pueblo de Dios escondió al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, lo que nos deja
estupefactos porque no es precisamente muy decoroso. Por otra parte, el grande,
el sabio Orígenes, nos confunde de otro modo afirmando en uno de sus pasajes:
«El Hijo está por debajo del Padre, como él y el Espíritu Santo están por
encima de las más nobles criaturas».
Después de todas estas citas, ¿cómo no reconocer, aunque con
sentimiento, que nadie se entendía? ¿Cómo no confesar que desde los
paleocristianos ebionitas, que tanto reverenciaron a Jesús, pese a que creían
que era hijo de José hasta la gran controversia de Atanasio, el platonismo de
la Trinidad fue siempre motivo de discrepancias? Era indispensable que las
decidiera un juez inapelable, que encontraron por fin en el Concilio de Nicea y
aún así dicho concilio produjo nuevas facciones y nuevas guerras.
U
UNIVERSIDAD. Boulay, en Historia de la Universidad de París,
acepta las antiguas tradiciones inciertas, por no decir fabulosas, que remontan
su origen hasta la época de Carlomagno. Comparten esta opinión Gagnin y Gilles
de Beauvais, pero además de que los autores contemporáneos Eginhard, Alemon,
Reginon y Sigebert no se ocupan de dicha época, Pasquier y Tillet aseguran
taxativamente que tuvo su origen en el siglo XII, durante los reinados de Luis
el Joven y de Felipe Augusto.
De lo que no cabe duda es que Roberto de Corfeon, legado de la Santa
Sede, fue el que redactó los primeros estatutos de la Universidad en 1215, y la
prueba de que en sus inicios tuvo la misma forma que en la actualidad es una
bula de Gregorio IX, de 1231, que menciona a los maestros en Teología, a los
maestros en Derecho, a los físicos, como entonces se llamaban los médicos, y a
los artistas. La denominación de Universidad proviene de la suposición de que
esos cuatro cuerpos, que se llaman facultades, constituían universidad de
estudio, o lo que es igual, hacían todo lo que podían hacer.
Los papas, por medio de estos centros docentes, cuyas decisiones
juzgaban, se convirtieron en dueños de la instrucción de los pueblos, y el
mismo espíritu que hacía considerar como un favor que los miembros del
Parlamento de París obtuvieran el permiso para que los enterraran con hábitos
de franciscano, dictó los decretos que publicó la Curia romana contra los que
tuvieron la osadía de oponerse a la escolástica ininteligible, que al decir del
abad Trithemo no era más que una ciencia falsa que perjudicaba a la religión.
En efecto, lo que Constantino apenas insinuó respecto a la sibila de Cumas, lo
dijo clara e inequívocamente Aristóteles. El cardenal Pallavicini refiere el
axioma de un fraile llamado Pablo, que decía irónicamente que, a no ser por
Aristóteles, la Iglesia hubiera carecido de algunos artículos de fe.
Por eso el célebre Ramus, autor de dos obras que combatían la doctrina
de Aristóteles que enseñaba la Universidad, habría sido víctima de la ira de
sus rivales ignorantes si Francisco I no hubiera pedido, para fallarlo, el
proceso que estaba siguiéndose en el Parlamento de París entre Ramus y Antonio
Govea. Uno de los principales cargos que hacían a Ramus era la forma en que
enseñaba a pronunciar la Q a sus discípulos.
No fue Ramus el único perseguido por semejantes paparruchas. En 1624, el
Parlamento de París desterró de su jurisdicción a tres hombres que se
atrevieron a sostener públicamente sus tesis contra la doctrina de Aristóteles,
prohibiendo a todo el mundo publicar y vender las proposiciones que sostenían
bajo pena de castigo corporal y prohibiendo, además enseñar máximas contra los
antiguos autores aprobados por la Universidad bajo pena de muerte.
La Sorbona, en favor de cuyas enseñanzas el Parlamento publicó un
decreto contra los químicos en 1629, decidió que no cabía enfrentarse con los
principios de la filosofía de Aristóteles sin chocar con los de la teología
escolástica, admitidos por la Iglesia. Sin embargo, habiendo publicado la
Facultad un decreto en 1566 para prohibir el uso del antimonio, cuyo decreto
ratificó el Parlamento, Paunier de Caen, químico y célebre médico de París, que
no se conformó con el decreto de la facultad, ni con la ratificación del
Parlamento, fue degradado en 1609. Más tarde, cuando se incluyó el antimonio en
el libro de los medicamentos, que escribieron por orden de la Facultad en 1637,
se permitió su uso en 1666, un siglo después de haberlo prohibido, y el
Parlamento lo autorizó con otro decreto. De esta manera, la Universidad siguió
el ejemplo que le dio la Iglesia, que proscribió la doctrina de Arrio bajo pena
de muerte y luego aprobó la palabra consubstancial, que en tiempos anteriores
había condenado, como hemos visto en el artículo Concilio.
Lo que acabamos de decir sobre la Universidad de París puede darnos una
idea de las demás universidades que tomaron aquélla por modelo. En efecto,
ochenta universidades, siguiendo a la de París, adoptaron el decreto que la
Sorbona publicó en el siglo XIV, disponiendo que cuando se entregue el birrete
a los doctores les hagan jurar que defenderán el misterio de la Inmaculada
Concepción de la Virgen, no considerándolo como un artículo de fe, sino como
una opinión religiosa y católica.
V
VAMPIROS. ¿Es posible creer en la existencia de vampiros en
pleno siglo XVIII, después del reinado de Locke, Saftesbury, Trenchard, Collins
y sus sucesores Alembert, Diderot, Saint Labert y Duclos? Por increíble que
parezca, el reverendo benedictino dom Agustín Calmet imprimió y reimprimió la
historia de los vampiros con aprobación de la Sorbona.
Los vampiros eran muertos que salían del cementerio, por la noche, para
chupar la sangre a los vivos, en la garganta o en el vientre, y que después
volvían al camposanto y se encerraban en sus fosas. Los vivos a quienes los
vampiros chupaban la sangre enflaquecían y se iban consumiendo, mientras que
los muertos que la habían chupado engordaban, les salían los colores y estaban
la mar de rozagantes. Polonia, Hungría, Silesia, Moravia, Austria y Lorena,
eran los países donde los muertos se entregaban a este festival de sangre.
Nadie oía hablar de vampiros en Londres, ni en París. Confieso que en esas dos
urbes hubo agiotistas, comerciantes y hombres de negocios que chuparon a la luz
del día la sangre del pueblo, pero no estaban muertos, sino corrompidos. Esos
verdaderos chupópteros no vivían en los cementerios, sino en magníficos
palacios.
¿Quién es capaz de creer que la superstición de los vampiros la
heredamos de Grecia? No de la Grecia de Alejandro, Aristóteles, Platón, Epicuro
y Demóstenes, sino de la Grecia cristiana y por desgracia cismática.
Hace mucho tiempo que los cristianos de la Iglesia griega creían que los
cuerpos de los cristianos de la Iglesia latina, que se enterraban en Grecia, no
se pudrían porque estaban excomulgados. Creían lo contrario que nosotros los
católicos, que los cuerpos incorruptos son claro testimonio de la
bienaventuranza eterna y en cuanto se pagan en Roma cien mil escudos por la
canonización de un santo le tributamos la más piadosa adoración.
Los griegos están convencidos de que sus muertos son hechiceros y les
dan el nombre de broucolacas. Los muertos griegos van a las casas a chupar la
sangre de los niños, a comerse la cena de los progenitores, a beberse el vino y
a romper los muebles. Sólo se les puede destruir quemándolos cuando se atrapan,
pero teniendo la precaución de no ponerlos en el fuego hasta después de
haberles arrancado el corazón, que debe quemarse aparte.
Después de la calumnia, nada se propaga con tanta rapidez como la
superstición, el fanatismo, el sortilegio y los cuentos de aparecidos. Pronto
hubo broucolacas en Valaquia, Moldavia y Polonia, pese a que esta nación
pertenece al rito romano y no le faltaba más que esta superstición, que se
transmitió a toda la parte oriental de Alemania. De 1730 a 1735 se ocuparon
continuamente de los vampiros, los espiaron, les arrancaron el corazón y los
quemaron, pero al igual que los antiguos mártires cuantos más quemaban más
aparecían.
Como hemos dicho, Calmet fue su historiógrafo y se ocupó de los vampiros
como antes se había ocupado del Antiguo y del Nuevo Testamento, refiriendo
fielmente todo lo que sobre esta materia escribieron otros.
Encontramos historias de vampiros hasta en las Cartas judías de Argens,
a quien los jesuitas acusaron de incrédulo y luego aceptaron gozosamente cuando
refirió la historia del vampiro de Hungría dando gracias a Dios y a la Virgen
por la conversión de Argens. He aquí lo que dijeron del citado autor: «El
famoso incrédulo que dudó de la aparición del arcángel a la Virgen, de la
estrella que vieron los Reyes Mayos, de que se curaran los poseídos, de que se
ahogaran dos mil cerdos en un lago del eclipse de sol en luna llena y de los
muertos que se paseaban por Jerusalén, tocado por la divina gracia se iluminó
su espíritu y cree en la existencia de los vampiros».
La gran cuestión que se suscitó entonces fue averiguar si aquellos
vampiros resucitaron por propia virtud, por el poder de Dios o por el poder del
diablo. Los grandes teólogos de Lorena, Moravia y Hungría hicieron públicas sus
opiniones y su ciencia. Recordaron todo cuanto antes san Agustín, san Ambrosio
y otros santos dijeron de más ininteligible respecto a los vivos y los muertos,
adujeron todos los milagros de san Esteban incluidos en el séptimo libro de las
obras de san Agustín y citaron las historias que refiere Sulpicio Severo en la
vida de san Martín.
Discutieron también sobre si se comía el alma o el cuerpo del muerto y
quedó decidido que comían la una y el otro. Los alimentos más delicados, como
los merengues y la crema, se los comía el alma, y las chuletas y el rosbif se
los comía el cuerpo.
Decían que los reyes de Prusia fueron los primeros que después de
muertos se hacían servir alimentos y que los imitaban casi todos los monarcas
de entonces, pero eran los frailes quienes se comían el almuerzo y la cena y
bebían el vino; de manera que, hablando con propiedad, los reyes no eran
vampiros, los verdaderos vampiros son los frailes que comen a expensas de los
reyes y los pueblos.
Todavía se discute la grave cuestión de si puede absolverse al vampiro
que murió excomulgado. No soy teólogo bastante profundo para decidirlo pero yo
lo absolvería porque cuando debe decidirse entre dos partidos dudosos, debe uno
inclinarse por el más benigno.
En resumen, una gran parte de Europa estuvo infestada de vampiros
durante cinco o seis años y hoy ya no existen; hubo convulsionarios en Francia
durante más de veinte años y ya no los hay; resucitaron muertos durante siglos
y hoy ya no los resucitan; tuvimos jesuitas en España, Portugal, Francia y las
Dos Sicilias y hoy ya no los tenemos.
VERDAD. «Le replicó Pilato: ¿Con que tú eres rey? Respondió
Jesús: Así es, soy rey. Para esto nací y vine al mundo, para dar testimonio de
la verdad: todo aquel que pertenece a la verdad escucha mi voz. Pregunta
Pilato: ¿Qué es la verdad? Y dicho esto, salió por segunda vez a los judíos,
etc.» (Juan, 18, 37, 38).
Es una lástima para la humanidad que Pilato se fuera sin esperar la
respuesta de Jesús, porque si hubiera tenido paciencia sabríamos qué es la
verdad. Por lo visto, Pilato no era curioso. El acusado que compareció ante él
dijo que era rey y había nacido para serlo, y Pilato ni siquiera quiso
enterarse de cómo podía ser semejante cosa. Era el juez supremo nombrado por el
César, contaba con la razón contundente de la espada y tenía el deber de
desentrañar el sentido de dichas palabras. Debió contestar al acusado:
Explicadme qué entendéis por ser rey, y por qué habéis nacido para serlo y dar
testimonio de la verdad. Se dice que ésta llega difícilmente a oídos de los
monarcas e incluso yo, que soy juez, tardé mucho en descubrirla. Explícamelo
mientras tus enemigos se desatan contra ti fuera del recinto y me prestarás el
mayor servicio que puede hacerse a un juez. Prefiero conocer la verdad que
ceder a la demanda tumultuosa de los judíos que desean te condene a muerte.
Ni que decir que no nos atrevemos a averiguar lo que el autor de todas
las verdades hubiera dicho a Pilato. Su respuesta quizás hubiera sido: «La
verdad es una palabra abstracta que la mayor parte de los hombres usan con
indiferencia en sus libros y en sus sentencias, por equivocación o por mentir».
Esta definición ha convencido a todos los inventores de sistemas, y así, la
palabra sabiduría se toma con frecuencia por locura y la voz ingenio por
tontería.
Humanamente hablando, y esperando otra definición mejor, definimos la
verdad como lo que se anuncia tal como es.
Suponed que en seis meses hubieran querido enseñar a Pilato las verdades
de la lógica. En ese caso habría propuesto, sin duda, este silogismo tajante:
No se debe privar de la vida al hombre que predica una moral pura, el acusado,
al decir de sus mismos enemigos, predica siempre una moral intachable. Por
tanto, no debemos castigarle con la pena capital.
También hubiera podido concluir con este otro argumento: Es mi deber
evitar los desmanes del pueblo sedicioso para pedir la muerte de un hombre sin
motivo ni forma jurídica, como piden los judíos en esta ocasión; luego debo
disolverlos y enviarlos a las cárceles o a su casa.
Suponemos que Pilato sabía aritmética y por ello no nos ocuparemos de
esta clase de verdades. En cuanto a las verdades matemáticas, creo que debía
haber estudiado al menos tres años para enterarse de la geometría
trascendental. Para conocer las verdades de la física hubiera necesitado al
menos cuatro años. De ordinario empleamos seis en estudiar la teología, y no
creo que Pilato necesitara doce habida cuenta que era pagano y que seis años no
es un tiempo excesivo para que se despegara de sus errores crónicos, y que
necesitara otros seis para llegar a ser apto y ceñirse el birrete de doctor. Si
Pilato hubiera tenido un cerebro bien organizado, en dos años habría podido
aprender las verdades metafísicas y como estas verdades se relacionan
necesariamente con las verdades morales, estoy seguro de que en menos de nueve
años Pilato hubiera llegado a ser un sabio.
Una vez alcanzada la sabiduría, hubiera dicho a Pilato: Las verdades
históricas sólo son probabilidades. Si tomasteis parte en la batalla de Filipos
es para vos una verdad que habéis conocido por propia experiencia mas para
nosotros, que habitamos cerca del desierto de Siria no es más que una cosa
probable, que sabemos porque lo hemos oído decir. ¿Cuántas veces necesitamos
haberlo oído para formarnos una convicción igual a la del hombre que, habiendo
visto la cosa de que trata, puede jactarse de tener la certidumbre de ella? El
que oyó decir lo mismo a doce mil testigos presenciales, no tiene más que doce
mil probabilidades equivalentes a una gran probabilidad, que nunca puede
igualar a la certidumbre.
Si sólo sabéis el asunto por un testigo, tened presente que no sabéis
nada y debéis dudar. Si el testigo murió, debéis dudar más todavía, porque nada
podéis poner en claro. Si todos los testigos murieron os encontráis en el mismo
caso, y de generación en generación la duda aumenta, la probabilidad disminuye
y pronto la probabilidad queda reducida a cero.
De los grados de verdad por los que se juzga a los acusados. Podemos comparecer ante la justicia por hechos o por palabras. Si
comparecemos por hechos es preciso que conste a los magistrados que son tan
verdaderos como la pena a que condenan al culpable, porque si no tienen —pongo
por caso— más que veinte probabilidades contra él, esas probabilidades no
pueden equivaler a la certeza de su muerte; si el juez desea tener todas las
probabilidades que necesita para estar seguro de que no hace derramar sangre inocente,
es imprescindible que aquéllas nazcan del testimonio unánime de los deponentes
a quienes no mueva ningún interés por declarar. Con este concurso de
probabilidades tendrá una opinión decidida que podrá servir de excusa a la
sentencia. Pero como el juez no tendrá nunca la completa certeza, no podrá
enorgullecerse de conocer la verdad y por ende debe inclinarse siempre más a la
clemencia que al rigor. Si sólo se trata de hechos, de los que no resulta
mutilación ni muerte, es obvio que el juez no debe condenar al acusado a ser
mutilado ni a morir.
Si sólo se trata de una cuestión de palabras, es todavía más evidente
que el juez no debe fallar que ahorquen a sus semejantes por lo que dijeron,
porque todas las palabras del mundo se las lleva el viento, menos cuando
incitan a cometer crímenes, y es ridículo sentenciar a un hombre a muerte por
decir esto o aquello. Poned en un platillo de una balanza todas las palabras
odiosas que se han dicho en el mundo y en el otro la sangre de un hombre, y es
seguro que la sangre pesará mucho más.
El que comparece ante el juez acusado de haber proferido unas palabras
que sus enemigos tomaron en cierto sentido, todo lo más que merece es que el
juez le dirija otras palabras, que él también puede tomar en el sentido que
quiera. Condenar a un inocente al suplicio más cruel e ignominioso por palabras
que sus enemigos no comprenden, resulta demasiado bárbaro.
VIAJE DE SAN PEDRO A ROMA. La
famosa controversia acerca de si san Pedro hizo o no el viaje a Roma, ¿no es en
el fondo tan trivial como la mayor parte de las cuestiones? Las rentas de la
abadía de Saint Denis no dependen de que sea verdad si Denis el Areopagita
viajó desde Atenas al centro de las Galias, ni del martirio que sufrió en
Montmartre, llevando la cabeza en las manos hasta la localidad de Saint Denis.
Los cartujos disfrutan de pingües rentas a pesar de ser mentira la historia del
canónigo de París, que después de muerto se levantó del ataúd tres días
consecutivos para que los asistentes supieran que estaba condenado. Pues bien,
del mismo modo pueden subsistir las rentas y los derechos del Pontífice romano
tanto si san Pedro hizo el viaje a Roma como si no.
Los derechos que disfrutan los metropolitanos de Roma y de
Constantinopla los estableció el Concilio de Calcedonia que tuvo lugar en el
ano 451, y en ese Concilio no se habló de que ningún apóstol hiciera viajes a
Bizancio o a Roma.
Los patriarcas de Alejandría y de Constantinopla gozaron de la misma
suerte que sus provincias. La jerarquía eclesiástica de las dos ciudades
imperiales y de la opulenta Egipto debían naturalmente disfrutar de más
privilegios, más autoridad y más riqueza que los obispos de las villas
pequeñas.
Si la residencia de un apóstol en una urbe hubiera sido suficiente para
decidir sobre tantos derechos, el obispo de Jerusalén habría sido, sin duda, el
primer obispo de la cristiandad, hubiera sido indiscutiblemente el sucesor de
Santiago, hermano de Jesucristo, reconocido como fundador de dicha Iglesia y
considerado como el primero de los obispos. Apoyados en la misma razón,
añadiríamos que todos los patriarcas de Jerusalén debían haberse circuncidado
porque los quince obispos primeros de Jerusalén, cuna del cristianismo y
sepulcro de Jesucristo, se circuncidaron.
No cabe la menor duda de que las primeras liberalidades que Constantino
hizo a la Iglesia de Roma no tienen ninguna relación con el viaje de san Pedro.
La primera iglesia que se fundó en Roma fue la de san Juan de Letrán,
que todavía es la verdadera catedral. Es indudable que la hubieran dedicado a
san Pedro si éste hubiera sido el primer obispo, siendo ésta la más verosímil
de todas las presunciones y capaz por sí misma de poner punto final a semejante
discusión. A conjetura tan probable hay que contraponer pruebas, pero
convincentes. Si Pedro hubiera estado en Roma con Pablo, los Hechos de los
Apóstoles lo hubieran referido, pero nada dicen sobre ello.
Si san Pedro hubiera predicado en Roma, san Pablo no habría escrito
estas palabras en su Epístola a los Gálatas: «Cuando vieron que me confiaron el
Evangelio del prepucio y a Pedro el de la circuncisión, nos dieron las manos a
Bernabé y a mí y consintieron que nosotros dos fuéramos a predicar a los
gentiles y Pedro a los circuncidados».
En las cartas que Pablo escribió desde Roma nunca habla de Pedro es
evidente, por tanto, que no estaba allí. En las cartas que el propio Pablo
dirigió a sus hermanos de Roma, tampoco lo menciona; luego Pedro no hizo el
viaje a Roma, ni cuando Pablo estuvo preso en la ciudad, ni cuando estuvo libre
en ella.
Tampoco hay ninguna carta de Pablo fechada en Roma. Algunos, como Pablo
Orosio, español del siglo v, opinan que estuvo en Roma en los primeros años del
reinado de Claudio, en los Hechos de los Apóstoles leemos que estaba entonces
en Jerusalén, y las epístolas de Pablo afirman que estaba en Antioquía.
Sólo pretendo presentar como prueba, humanamente hablando y limitándome
a las reglas de la crítica profana, que Pedro no podía predicar en Roma porque
no conocía la lengua latina ni la griega. Esta última la hablaba, pero bastante
mal. Ahora bien, como se dice que los apóstoles hablaban todas las lenguas, no
quiero insistir y me callo.
El primero que habló del viaje de san Pedro a Roma fue Papías, que vivió
cien años después que Pedro. Papías era frigio, escribía en su país y dijo que
san Pedro fue a Roma y con este motivo en una de sus cartas habla de Babilonia.
En efecto, conservamos una carta que se atribuye a san Pedro, escrita en
aquella época, en la que dice: «La Iglesia, que está en Babilonia, mi mujer y
mi hijo Marcos, os saludan».
Papías, uno de los grandes iluminados de aquellos siglos oscuros, se
empeñó en que Babilonia quería decir Roma. De este modo parecía natural que
Pedro hubiera salido de Antioquía para visitar a sus hermanos de Babilonia.
Siempre ha habido judíos en Babilonia, donde se dedicaban al oficio de
comisionistas y de buhoneros, siendo probable que muchos de sus discípulos se
refugiaran allí y que Pedro fuera a animarles. ¿Por qué tener la idea tan
peregrina de suponer que Pedro escribía una exhortación a sus hermanos en
lenguaje cifrado, como se escribe hoy? ¿Temía por ventura que le abrieran la
carta en el correo? ¿Podía temer que llegaran a conocerse sus cartas judías, a
las que era imposible que prestaran atención los romanos? ¿Quién le obligaba a
mentir de manera tan inútil?
¿Por qué desvarío pudo suponerse que escribiendo Babilonia quería decir
Roma?
De pruebas tan convincentes, el sabihondo dom Calmet deduce que el viaje
de san Pedro a Roma lo prueba el propio apóstol, que dice expresamente que
escribió su carta desde Babilonia, esto es, desde Roma. Los argumentos de dom
Calmet son irrefutables. Sin duda aprendió lógica estudiando los vampiros.
El sabio arzobispo de París, Marca, Dupin, Blondel y Spanheim no son de
esta opinión, pero era la de Papías, que razonaba como dom Calmet, a quien
siguieron numerosos escritores, tan ciegos partidarios de ello que desoyeron a
veces la voz de la sana crítica y de la recta razón.
El máximo error de los partidarios del viaje consiste en decir que los
Hechos de los Apóstoles tienen como tema principal la historia de Pablo y no la
de Pedro, y que si no mencionan la permanencia de éste en Roma es porque los
hechos y gestas de Pablo fueron el único objeto que se propuso el autor de los
Hechos. Pero los Hechos se ocupan extensamente de Simón Barjona, llamado Pedro,
que se propone dar un sucesor d Judas, y refieren que hizo morir de repente a
Ananías y a su esposa, que a pesar de haberle entregado sus bienes por su
desgracia no se los entrega ron íntegros; que resucitó a su costurera Dorcas en
casa del curtidor Simón, y que fue a Lippa, Cesárea y Jerusalén. ¿Por qué no
dicen, pues, que estuvo en Roma?
Es muy difícil que san Pedro fuera a Roma durante los reinados de
Tiberio, Calígula, Claudio o Nerón. El viaje que, dicen, hizo en la época de
Tiberio sólo se funda en los supuestos fastos de Sicilia, que son apócrifos.
Otro escrito apócrifo, Catálogo de obispos, dice que Pedro fue obispo de Roma
inmediatamente después de la muerte de Jesucristo. No sé qué cuento para viejas
le envía a Roma durante el imperio de Calígula. Eusebio, trescientos años
después, en tiempos de Claudio, sin indicar el año, dice que una mano divina
guió a Pedro a Roma. Lactancio, que escribió durante el reinado de Constantino,
afirma que Pedro fue a Roma en la época de Nerón y que allí murió crucificado.
Salta a la vista que si en un proceso una de las partes sólo alegara los
anteriores argumentos, no ganaría su causa. A lo dicho anteriormente añaden que
antes que Eusebio y Lactancio, el fidedigno Papías había referido la aventura
de Pedro y Simón el Mago que tuvo lugar ante Nerón. El grave Marcelo copia esa
aventura auténtica, el serio Hegesipo la repite y otros varios la propalan
después. Mas yo también os repito que nunca ganarán proceso alguno presentando
pruebas como ésas.
No dudo que todavía se conserve la silla episcopal de san Pedro en la
impresionante basílica de Roma, y tampoco tengo la menor duda de que el apóstol
desempeñara el obispado de Roma durante veinticinco años, un mes y nueve días,
como nos aseguran, pero me atrevo a decir que no está demostrado con pruebas
irrefutables y, además, creo que actualmente los obispos romanos están mejor en
Roma que estuvieron los de tiempos idos, que eran tiempos oscuros y difíciles
de desembrollar.
VIDA. En Sistema de la naturaleza (pág. 84) leemos
estas palabras: «Sería preciso de&ir la vida antes de razonar sobre el
alma, pero esto lo creo imposible». Yo, por el contrario, lo creo posible. La
vida es organización con capacidad de sentir. Por eso se dice que todos los
animales tienen vida, palabra que sólo por extensión se aplica a las plantas;
están organizadas y vegetan, pero como son incapaces de sentir, propiamente no
tienen vida.
Puede tenerse vida sin sentimientos en momentos dados, porque nada
sentimos durante una apoplejía, un letargo o un sueño profundo, pero aun así
tenemos el poder de sentir. Algunas personas, como por desgracia sabemos,
fueron enterradas vivas como hacían con las vestales. Esto acontece en los
campos de batalla, sobre todo en los países fríos, donde muchas veces el
soldado queda sin movimiento y sin respirar; si lo socorrieran se salvaría, mas
para terminar cuanto antes lo entierran.
Antiguamente, vida y alma eran una misma cosa y una no era más conocida
que otra. ¿Las conocemos por ventura en la actualidad?
En el Antiguo Testamento el alma es siempre sinónimo de vida. «Y dijo
Dios: Produzcan las aguas reptiles de ánima viviente…»
Es difícil explicarse cómo creó Dios esos reptiles producidos por las
aguas, pero lo dice el texto sagrado y nos sometemos a él.
«Formó, pues, el Señor Dios al hombre… y alentó en su nariz un soplo de
vida y quedó hecho el hombre viviente con alma» (Génesis). En estos versículos,
almas significa, indudablemente, vidas. Encontramos en la Biblia más de
doscientos pasajes en los que el alma se interpreta por la vida de los animales
o los hombres, pero no hallamos ninguno que nos explique lo que es vida y lo
que es alma.
Si el alma es la facultad de la sensación, ¿de dónde nace esta facultad?
A esta pregunta, todos los doctores contestan pergeñando sistemas, pero siempre
se contradicen. ¿Por qué os empeñáis en saber de dónde deriva la sensación? Tan
difícil es concebir la causa que los cuerpos tiendan a un centro común, como la
causa que hace que el animal sea sensible. La tendencia del imán hacia el Polo
Ártico, el camino que llevan los cometas y otros múltiples fenómenos son
también incomprensibles. La materia tiene propiedades evidentes cuyo principio
no conoceremos nunca, y el principio de la sensación, sin la que es imposible
la vida, es y será desconocido para nosotros.
Es obvio que no podemos vivir sin experimentar sensaciones. Suponed un
niño que muere después de pasar unas horas en un letargo desde que nació: el
niño existió, pero no ha vivido. Suponed un imbécil que nunca concibió ideas
complejas, pero estuvo dotado de sentimientos: ese imbécil vivió, pero sin
pensar; no tuvo más que las ideas sencillas de sus sensaciones.
Vemos, pues, que el pensamiento no es necesario para la vida porque el
imbécil que acabamos de citar no pensaba y vivió. Por eso algunos autores creen
que el pensamiento no constituye la esencia del hombre y mantienen esta opinión
aduciendo que hay muchos idiotas que no piensan que son hombres, pero lo son
tan incuestionablemente que tienen hijos. Los doctores que creen lo contrario
replican que esos idiotas tienen ideas que proporcionan sus sensaciones. Los
doctores que no comparten tal opinión responden que el perro de caza, que
aprende bien su oficio, tiene ideas más continuas y es superior a esos idiotas.
Esto originó una gran discusión respecto al alma, de la que no nos ocuparemos
por haberle dedicado mucha extensión en el artículo Alma.
VIENTRES PEREZOSOS. San Pablo, en su Epístola a Tito (1, 12),
refiere que los cretenses son mentirosos, bestias malignas y vientres
perezosos. El médico Hecquet interpreta vientres perezosos suponiendo que eran
estreñidos y por eso la materia fecal, refluyendo a la sangre los ponía de mal
humor y los convertía en malignas bestias. Es indudable que el hombre que va
raras veces al excusado está más sujeto a la cólera que otros; su bilis no
fluye, se recuece y su sangre se retestina.
Cuando tengáis que solicitar, por la mañana, un favor de un ministro o
un alto funcionario del ministerio, informaos antes discretamente si tiene el
vientre libre. Nadie ignora que el carácter y el ingenio dependen casi
absolutamente de una buena defecación. El cardenal Richelieu era sanguinario
porque padecía de hemorroides internas que le molestaban en el intestino recto
y endurecían sus materias fecales. La reina Ana de Austria le llama culo
podrido. Este apelativo hacía más agria su bilis y probablemente costó la vida
al mariscal Marillac y la libertad al mariscal Bassompierre. No comprendo por
qué los afectos de estreñimiento mienten más que quienes no padecen tal
afección, porque no hay relación alguna entre el esfínter del ano y la mentira,
así como la hay entre los intestinos y nuestras pasiones, nuestra forma de
pensar y nuestra conducta.
Creo más bien que san Pablo llamó vientres perezosos a las personas
sensuales, a los priores, canónigos y abades que tenían encomiendas, y a los
prelados ricos, que pasaban la mañana en la cama para reponerse de los excesos
de la noche anterior. Aunque se puede estar toda la mañana en la cama sin ser
mentirosos ni bestias malignas, pues los voluptuosos indolentes casi siempre
son muy amables en sociedad y tienen el mejor trato del mundo.
Sea como fuere, me parece injusto que san Pablo injuriara a toda una
nación y no manifestara en el referido pasaje, humanamente hablando, urbanidad,
discreción, ni verdad. No se hacen prosélitos diciendo a quienes se predica que
son bestias malignas, y es indudable que encontraría en Creta algunos hombres
de mérito. ¿Por qué injurió de ese modo a la patria de Minos, de cuya patria el
arzobispo Fenelón, más educado que san Pablo, hace cabal elogio en Telémaco?
San Pablo era muy quisquilloso, brusco y soberbio; si yo hubiera sido
uno de los apóstoles, o al menos discípulo de ellos, no cabe duda que habría
reñido con él. A mi juicio, era culpable de la riña que tuvo con san Pedro.
Sentía la pasión del dominio, se enorgullecía siempre de ser apóstol, y de ser
mejor que sus compañeros; él, que hizo lapidar a san Esteban, que fue
perseguidor a las órdenes de Gamaliel y que debió llorar sus culpas mucho más
que san Pedro lloró su flaqueza, humanamente hablando.
Se vanagloria de ser ciudadano romano y haber nacido en Tarso, mientras
san Jerónimo afirma que era un pobre judío que nació en la localidad de
Giscala, en Galilea. En las cartas al reducido rebaño de sus fieles, se expresa
siempre como maestro inflexible y les dice: «Iré a buscaros a Corinto, os
juzgaré por medio de dos o tres testigos y no perdonaré a quienes han pecado ni
a los demás».
Muchísimos cristianos defenderían hoy el partido de san Pedro contra san
Pablo si no hubiera en la historia de aquél el innoble episodio de Ananías y su
esposa Safira.
Volviendo al texto de los cretenses mentirosos, bestias malignas y
vientres perezosos, me permito aconsejar a los misioneros que no cumplirán su
misión si empiezan por injuriar a los pueblos que desean convertir. No digo
esto porque crea que los habitantes de Creta son los hombres más justos y
respetables del mundo, como dijo la fabulosa Grecia. Tampoco pretendo armonizar
su supuesta virtud con su supuesto toro, del que se enamoró la hermosa Pasifae,
ni con el arte con que Dédalo construyó un toro de bronce ante el que Pasifae
se colocó con tanta habilidad que su tierno amante le hizo un minotauro y al
que el devoto Minos sacrificaba todos los años siete doncellas y siete jóvenes
de Atenas.
Tampoco creo que existieran en Creta cien grandes urbes; lo más probable
es que fueran cien aldeas misérrimas sobre terrenos peñascosos y dos o tres
ciudades. Siento mucho que Rollin, en elegante compilación de la Historia
Antigua, haya creído tantas y tantas leyendas antiguas respecto a la isla de
Creta y a Minos.
Los pobres griegos y los pobres judíos que habitan actualmente en las
montañas escarpadas de aquella isla, gobernada por un bajá, puede que sean
mentirosos y bestias malignas, e ignoro si tienen el vientre perezoso, pero les
deseo que tengan siempre qué comer.
VIRTUD. La virtud consiste en hacer el bien a nuestro
prójimo. Si soy indigente y tú me socorres, si estoy en peligro y me salvas, si
alguien me engaña y tú me dices la verdad, si estoy afligido y me consuelas, si
soy ignorante y me instruyes, entonces te llamaré virtuoso. Pero, ¿qué sucederá
entonces a las virtudes cardinales y a las teologales? Pues que algunas de
ellas se quedarán en las escuelas.
Me importa poco que seas temperante, porque la templanza en un precepto
de salud que te conviene observar y, observándolo, te mantendrás en buena salud
y ¡enhorabuena por ello! Todavía te felicito más si tienes fe y esperanza,
porque ellas te harán ganar la vida eterna. Las virtudes teologales son dones
del Cielo y las cardinales son cualidades óptimas para que nos conduzcamos
bien, pero ni unas ni otras son virtudes respecto a nuestro prójimo. El hombre
prudente se hace bien a sí mismo; el virtuoso es benefactor de los demás
hombres. Tenía razón san Pablo cuando dijo que la caridad es superior a la fe y
a la esperanza.
No admitiremos, pues, más virtudes que las que benefician a nuestro
prójimo? ¿Y por qué hemos de admitir otras? Los hombres vivimos en sociedad y
en ella no debe haber nada verdaderamente bueno para nosotros sin que lo sea
para toda la sociedad. El solitario sobrio, piadoso, mortificándose con un
cilicio, puede ser tenido por santo, pero yo no le llamaré virtuoso hasta haber
hecho algún acto que beneficie a los demás hombres, porque estando solo no es
bienhechor ni malhechor; no es nada para nosotros. Si san Bruno llevó la paz a
las familias y socorrió a los indigentes, fue virtuoso; si ayunó y rezó en la
soledad, fue un santo. La virtud entre los hombres es un comercio de obras
buenas y el que no tiene parte en este comercio debe ser excluido. Si el citado
santo estuviera en el mundo, indudablemente haría el bien, pero si permaneciera
solitario el mundo tendría razón en no darle el nombre de virtuoso; sería bueno
para él, no para nosotros.
Entonces, me replicaréis, todo hombre solitario que sea glotón, borracho
y licencioso, es un vicioso, y el que reúne las cualidades contrarias es un
virtuoso. Contestaré que el hombre que tenga los defectos de que habláis es
indudablemente un hombre ruín, pero de ningún modo es malvado, ni condenable,
respecto a la sociedad, a la que sus infamias ningún daño hacen. Es presumible
que si dicho hombre entra en la sociedad hará mucho daño y hasta puede que
cometa crímenes; incluso es probable que sea un hombre malvado del mismo modo
que el otro solitario temperante y casto no es seguro que sea un hombre de bien
porque en la sociedad aumentan los defectos y disminuyen las buenas cualidades.
Se me puede hacer otra objeción más fuerte: Nerón, el papa Alejandro VI
y otros monstruos del mismo pelaje, fueron a veces bienhechores. Yo me atrevo a
decir que fueron virtuosos en aquellas ocasiones. Algunos teólogos aseguran que
el divino emperador Antonino no era virtuoso sino un terco estoico que no
satisfecho con mandar a los hombres quería ser estimado por ellos, que se
lucraba del bien que hacía al género humano, que toda su vida fue justo,
laborioso y bienhechor por vanidad, y que no hizo más que engañar a los hombres
con sus fingidas virtudes.
Pero a todo ello, yo contesto: ¡Dios mío, dadnos con frecuencia
semejantes bribones!
Dícese que Marco Bruto, momentos antes de matarse, pronunció estas
palabras: «Virtud, yo creía en ti, pero he visto que eres un vano fantasma».
Bruto tenía razón si fundamentaba la virtud en ser jefe de partido y asesino de
su bienhechor Julio César, pero si la hubiera fundamentado en beneficiar a los
que dependían de él no la hubiera llamado fantasma ni se hubiera suicidado por
desesperación.
«Yo soy muy virtuoso —dice un excremento teológico— porque observo las
cuatro virtudes cardinales y las tres teologales». Un hombre honrado le
pregunta: ¿Qué son virtudes cardinales?» Y aquél le contesta: «La fortaleza, la
prudencia, la templanza y la justicia».
EL HOMBRE HONRADO. Si eres justo lo reúnes todo; la fortaleza, la
prudencia y la templanza sólo son cualidades útiles. Si las tienes, tanto mejor
para ti, pero si eres justo tanto mejor para los demás. No es suficiente ser
justos, es preciso además ser bienhechores. ¿Cuáles son las virtudes
teologales?
EL EXCREMENTO. La fe, la esperanza y la caridad.
EL HOMBRE HONRADO. Creer, ¿es por ventura una virtud? O lo que crees te
parece verdadero y en este caso no hay ningún mérito en creer o te parece falso
y en tal caso es imposible que lo creas. La esperanza no es tampoco virtud,
como no lo es el temor; tememos y esperamos cuando nos prometen o cuando nos
amenazan. ¿Por caridad no entendían los griegos y romanos la humanidad y el
amor al prójimo? Este amor no es nada si no actúa; la beneficencia es, pues, la
única virtud verdadera.
EL EXCREMENTO. Tonto tendría que ser si me desviviera por servir a los
hombres sin esperar recompensa. Todo trabajo requiere su salario. No llevaría a
cabo actos de honradez si no estuviera seguro de alcanzar el Paraíso.
Quis enim virtutem amplectitur ipsam Praemia si tollas?
(Juvenal, sat. X, vers. 141)
EL HOMBRE HONRADO. ¡Ah, maestro! He de entender que si no esperáis ir al
Paraíso ni temierais ir al infierno, no haríais ninguna obra buena. Me habéis
citado versos de Juvenal para demostrarme que sólo tenéis presente vuestro
interés. Voy a recitaros unos de Racine, que podrán haceros ver al menos que
podemos encontrar recompensa en este mundo esperando otra mejor.
Quel plaisir de penser et de dire en vous meme: Partout en ce moment on
me bénit, on m’aime! On ne voit point le peuple á mon nom s’alarmer; Le ciel
dans tous leurs pleurs ne m’entend point nommer; Leur sombre inimité ne fuit
point mon visage, Je vois voler partout les coeurs á mon passage! Tels étaient
vos plaisirs. (Racine, Britannicus, acto IV, esc. II.)
Creedme, maestro, hay dos cosas que merecen que las amemos con
desinterés y por sí mismas: Dios y la virtud.
EL EXCREMENTO. ¡Cómo! ¿Es que sois fenelonista?
EL HOMBRE HONRADO. Sí, maestro.
EL EXCREMENTO. Pues voy a denunciaros al oficial de Meaux.
EL HOMBRE HONRADO. Denunciadme.
VISIÓN. En este artículo no me ocuparé de la forma
admirable como los ojos perciben los objetos, ni cómo todo lo que vemos se
pinta en la retina, pintura divina ejecutada por leyes matemáticas y que al
igual que todo es obra del Creador. Esta clase de visión la han tratado con
agudeza grandes genios, y después de sus cosechas no han dejado ya granos que
recoger. Tampoco voy a ocuparme de la herejía de que acusaron al papa Juan XXII
por haber afirmado que los santos no gozarán de la visión beatífica hasta después
del Juicio Final.
Sí voy a ocuparme de la multitud de visiones que favorecieron o
atormentaron a muchos santos, que numerosos imbéciles creyeron haber visto con
las que infinidad de pícaros y bribonas han hecho caer al mundo en la trampa,
sea para adquirir reputación de beatos, que es gran reputación, sea para sacar
mucho dinero, lo que para los charlatanes es más satisfactorio aún.
Dom Calmet y Lenglet han recogido muchas visiones. La más interesante, a
mi juicio, y la que produjo efectos más nefandos porque introdujo la Reforma en
las tres cuartas partes de Suiza, es la del joven jacobita Yetzer, que vio
muchas veces a la Virgen y a santa Bárbara, quienes le imprimieron los estigmas
de Jesucristo. Al darle la comunión el prior de su convento le hizo tragar una
hostia espolvoreada con arsénico y el obispo de Ausonia le amenazó con quemarle
vivo, porque fue a quejarse de que habían intentado envenenarle. Esas
abominaciones fueron lo que movió a los habitantes de Berna a dejar de ser
católicos, apostólicos y romanos.
Aunque de menor entidad, voy a referir la visión que tuvieron los padres
franciscanos de Orleáns en 1534. El proceso criminal que promovió consta en la
biblioteca del rey de Francia, y tiene el número 1770.
La ilustre casa de Saint‑Mesmin era gran benefactora del convento de los
franciscanos y tenía derecho de sepultura en la iglesia. Cuando murió la esposa
de un miembro de dicha familia que era preboste de Orleáns, creyendo que sus
antepasados se habían empobrecido por la excesiva liberalidad con los
franciscanos, sólo les hizo un regalo que estimaron de poca monta. Los buenos
frailecitos tuvieron entonces la ocurrencia de desenterrar a la difunta para
obligar al esposo a que volviera a enterrar a su mujer y exigirle una mayor
cantidad. El proyecto era insensato porque el señor de Saint‑Mesmin hubiera
podido hacer que la enterraran en otra parte, pero los bribones tienen algo de
desquiciados.
Mas he aquí que la difunta se apareció a dos franciscanos y les dijo:
«Estoy condenada como Judas porque mi marido no dio al convento lo que debía
dar». Los dos frailes que refirieron estas palabras no pararon mientes en que
debían perjudicar más al convento que aprovecharle. El convento se proponía
sacar una buena cantidad al señor de Saint‑Mesmin para que consiguiera el
descanso eterno para el alma de su esposa; ahora bien, si el alma de la difunta
estaba condenada, no la podía salvar todo el dinero del mundo y era inútil dar
ninguna cantidad. Por lo tanto, los franciscanos corrían el riesgo de ver su
gozo en un pozo.
Aunque en general puede decirse que Francia carecía entonces de sano
juicio, porque primero la embruteció la situación de los francos y después la
invasión de la teología escolástica, en Orleáns había personas que razonaban y
por ende supusieron que si el Ser Supremo permitió al alma de la señora de
Saint‑Mesmin que se apareciera a dos frailes franciscanos, no era lógico que su
alma se declarara condenada como Judas. La comparación les pareció insensata.
La citada dama no había vendido a Jesús por treinta dineros, ni tampoco se
ahorcó; luego, no había el menor pretexto para compararla con Judas. Esta
comparación hizo sospechosos a los dos frailes y levantó gran revuelo en
Orleáns; los incrédulos que no comulgaban con ruedas de molino ni admitían
visiones tan absurdas sacaron fatales deducciones. Los franciscanos cambiaron
entonces de táctica y metieron a la dama en el Purgatorio.
Volvió a aparecerse a los frailes declarando que estaba en el Purgatorio
y pidió que la desenterraran. No era costumbre desenterrar a los que estaban en
el Purgatorio, pero creían los franciscanos que Saint‑Mesmin evitaría esta
afrenta dándoles una importante suma. La petición de que la sacaran de la
iglesia aumentó las sospechas de los incrédulos. Creían que las almas se
aparecían con frecuencia, pero que nunca pedían que las desenterraran.
Desde entonces, el alma enmudeció. Pero continuó haciendo el duende en
el convento y en la iglesia y los frailes decidieron exorcizarla. El hermano
Pierre de Arras la conjuró de modo torpe, diciéndole: «Si eres el alma de la
difunta señora de Saint‑Mesmin, da cuatro golpes», y se oyeron cuatro golpes.
«Si estás condenada, da seis golpes», y los seis golpes se oyeron también. «Si
sufres mayores tormentos en el infierno por estar tu cuerpo enterrado en lugar
santo, da otros seis golpes», y también se oyeron. «Si desenterramos tu cuerpo,
si cesamos de rezar a Dios por ti, ¿será más leve tu condenación?, da cinco
golpes si respondes afirmativamente», y el alma respondió con cinco golpes.
Este interrogatorio lo firmaron veintidós franciscanos, siendo el
primero el reverendo padre provincial, que al día siguiente interrogó de igual
modo al alma, recibiendo las mismas respuestas.
Cabe objetar que habiendo declarado el alma que estaba en el Purgatorio,
los franciscanos no debían suponer que estaba en el infierno, pero no tengo la
culpa de que los teólogos se contradigan.
El señor.de Saint‑Mesmin presentó al rey una exposición haciendo a los
franciscanos los cargos que se merecían; éstos, por su parte, contestaron y el
rey nombró jueces especiales para que juzgaran la causa. El fiscal general
pidió que los franciscanos fueran quemados vivos, pero el fallo de los jueces
sólo les condenó a pagar una gran cantidad y ser desterrados del reino. Esta
sentencia está fechada el 18 de febrero de 1534.
Tras las citadas visiones ya es inútil ocuparme de otras, nacidas todas
ellas de la superchería o de la locura. Las visiones de la primera clase deben
caer bajo la jurisdicción de la justicia; las de la segunda clase son visiones
que tienen los locos enfermos y los locos que gozan de buena salud. De las
primeras debe encargarse la medicina y de las segundas los manicomios.
VOTOS. Pronunciar un voto para toda la vida es
esclavizarse para siempre. ¿Cómo pudo establecerse la peor de las esclavitudes
en un país donde está proscrita la esclavitud?
Prometer a Dios mediante juramento que seremos desde la edad de quince
años, hasta morir, franciscanos, jesuitas o dominicos, es afirmar que tendremos
siempre la misma idea y es peregrino prometer para toda la vida lo que no
estamos seguros de cumplir de hoy para mañana.
¿Cómo han sido los gobiernos tan enemigos de sí mismos y tan absurdos
para consentir a los ciudadanos a que enajenen su libertad a una edad en que no
les autorizan a disponer de lo más insignificante de sus bienes? ¿Cómo es que
estando convencidos todos los legisladores de esa solemne tontería no la han
suprimido? ¿No es para alarmarse cuando reflexionamos que existen más frailes
que soldados? ¿No es penoso descubrir los secretos de los claustros, las
liviandades, los tormentos que sometieron a niños desgraciados, que cuando son
hombres detestan su situación de forzados y pugnan con inútil desesperación por
romper las cadenas con que los ató su locura?
Conocí a un joven, cuyos padres le obligaron a ser capuchino a los
quince años, que estaba locamente enamorado de una joven de poco más o menos su
edad. Cuando el desventurado mozalbete hizo sus votos a san Francisco de Asís,
el diablo le recordó los que hizo a su novia y que había firmado la promesa de
matrimonio. Pudo el diablo más que san Francisco y el joven capuchino escapó
del convento y se presentó en casa de su prometida, donde le dijeron que
también había ingresado y profesado en un convento.
El joven se presentó en el convento donde estaba su ex novia diciendo
que deseaba verla, y le contestaron que había muerto de desesperación. Al oír
la noticia perdió el conocimiento y cayó en el suelo exánime. Lo trasladaron a
un convento inmediato de frailes, no para prestarle los socorros que
necesitaba, sino para administrarle la extramaunción antes de morir, que es lo
que infaliblemente salva el alma.
El convento donde llevaron al desventurado joven era un cenobio de
capuchinos, que caritativamente le hicieron esperar tres horas a la puerta
hasta que por fortuna le reconoció uno de los frailes por haberle visto en el
convento de donde escapó. Le llevaron a una celda y le cuidaron con solicitud
con la idea de santificarlo, haciéndole sufrir saludable penitencia.
Cuando se restableció le llevaron maniatado al convento que abandonó y
verán mis lectores cómo le trataron. Le hicieron bajar a una fosa profunda en
la cual había una losa muy grande en la que estaba sujeta una cadena de hierro,
con la que le ataron por un pie. Pusieron cerca de él un pan de centeno y un
cántaro de agua y después cerraron la fosa.
Al cabo de tres días le sacaron para que compareciera ante el tribunal
de los capuchinos, que necesitaba averiguar si tuvo cómplices en su evasión, y
para obligarle a que lo declarara le aplicaron la tortura que acostumbraban en
el convento. Consistía ésta en apretar con varias cuerdas los miembros del
infortunado. Tras sufrir este tormento le sentenciaron a estar en su mazmorra
durante dos años, saliendo de ella tres veces a la semana, desnudo, para
recibir disciplinazos con cadenas de hierro.
Dieciséis meses resistió este suplicio, pero un día, aprovechando una
riña tremenda que tuvieron los capuchinos y mientras se daban de palos,
consiguió evadirse.
Permaneció escondido durante unas horas entre matorrales y al anochecer
se puso en camino, pero estaba tan extenuado por el hambre que apenas podía
sostenerse. Un alma buena que pasaba por su lado se apiadó de él, lo llevó a su
casa y le prestó toda clase de cuidados. El propio desventurado capuchino me
contó lo referido en presencia de su salvador. He aquí lo que ocasionan los
votos.
Sería aleccionador examinar si las atrocidades que se cometen todos los
días en los conventos de frailes mendicantes deben indignarnos más que la
riqueza abusiva que adquieren los demás frailes que reducen a la miseria muchas
familias. Unos y otros han hecho voto de vivir a expensas de la ciudadanía, de
ser una carga para la patria, de perjudicar el aumento de población, de engañar
a sus coetáneos y a la posteridad y, sin embargo, toleramos esa institución.
Z
ZOROASTRO. Si fue quien legó a los hombres este
aforismo: «Cuando dudes si un acto es bueno o malo, abstente de practicarlo»,
Zoroastro fue el primero de los hombres después de Confucio.
Si esta sublime lección de moral se encontró escrita en el Sadder mucho
después de la época de Zoroastro, bendigamos al autor de dicho libro. Pueden
crearse dogmas y observarse ritos muy ridículos profesando excelente moral.
¿Quién era Zoroastro? El nombre parece derivar del griego y se cree que
era medo. Los parsis actuales le llaman Zerdust, Zerdast o Zaradast. Se dice
que no fue el primero de ese nombre, pues se habla de otros dos Zoroastros. Uno
de ellos data de hace nueve mil años, que son muchos para nosotros, aunque sean
pocos para el mundo. Nosotros sólo conocemos al tercer Zoroastro.
Los viajeros franceses Chardin y Tavernier nos han hecho saber algo de
ese gran profeta, del que adquirieron noticias por medio de los guebros o
parsis, todavía esparcidos por la India y Persia y que son excesivamente
ignorantes. En cambio, el doctor Hyde, profesor de árabe en Oxford, nos ha
hecho saber cien veces más de Zoroastro sin haber salido de su casa. Adivinó
desde el oeste de Inglaterra la lengua que hablaban los persas en la época de
Ciro y la cotejó con la lengua moderna de los adoradores del fuego. A él,
especialmente, debemos la traducción del Sadder, en el que constan los
principales preceptos de los devotos ignícolas o adoradores del fuego.
Las interesantes investigaciones de Hyde encendieron en el corazón del
sabio orientalista francés Anquetil el deseo de viajar para aprender los dogmas
de los guebros.
Viajó por la India con el fin de aprender en Surate, entre los parsis
modernos, la lengua de los antiguos persas y leer en dicho idioma los libros
del famoso Zoroastro, suponiendo que hubiera escrito.
Pitágoras, Platón y Apolonio fueron a Oriente en busca de la sabiduría,
que no estaba allí, pero ningún hombre corrió tras esa divinidad oculta pasando
tantas angustias, ni afrontando tantos peligros, como Anquetil, traductor de
los libros atribuidos a Zoroastro. Ni las enfermedades, la guerra, los ingentes
obstáculos que tuvo que vencer, ni la pobreza que es el primero y mayor de
todos ellos, le hicieron desistir de su firme propósito.
Es una gloria para Zoroastro que un inglés escribiera su vida muchos
siglos después de su época, y que luego un francés la volviera a escribir de
forma diferente. Pero lo singular es que contemos entre los biógrafos antiguos
del profeta a dos autores árabes, que cada uno redactara una historia distinta,
y que las cuatro historias se contradigan de tal forma que nadie sea capaz de
conocer la verdad.
El primer historiador árabe, Abu Mohamed Mustafá, refiere que el padre
de Zoroastro se llamaba Espintaman, pero a renglón seguido dice que Espintaman
no era su padre, sino su tatarabuelo. Respecto a su madre, dice que se llamaba
Dogdu, Dodo o Dodu, una hermosa mujer hindú que describe muy bien el doctor
Hyde.
El segundo historiador árabe, Bundari, asegura que Zoroastro era judío y
fue un criado de Jeremías que engañó a su señor, y éste, por vengarse, le hizo
contraer la lepra; el criado, por quitársela de encima, fue a predicar una
nueva religión en Persia, donde consiguió que adoraran al sol en vez de adorar
a las estrellas.
El doctor Hyde nos cuenta que el profeta Zoroastro vino del paraíso a
predicar su religión en los dominios de Gustaf, rey de Persia, y éste le dijo:
«Demuéstrame algo para que te crea». El profeta hizo crecer entonces ante la
puerta del palacio un cedro tan corpulento y tan alto que ninguna cuerda podía
rodearlo ni alcanzar el remate de su copa, y en su cima puso una hermosa
habitación a la que ningún hombre podía subir. Y el rey quedó tan asombrado de
este milagro que creyó en Zoroastro.
Cuatro magos envidiosos y malvados pidieron al portero real la llave de
la habitación del profeta, mientras éste se hallaba ausente, y pusieron entre
los libros de Zoroastro huesecillos de perros y gatos, y uñas y cabellos de
muertos, elementos que, como es sabido, han usado los magos de todos los
tiempos. Acto seguido, se presentaron al rey y acusaron al profeta de ser
hechicero y envenenador. El rey mandó al portero que le abriera la habitación y
encontrando lo dicho sentenció a la horca al enviado del cielo.
Cuando iban a ahorcar a Zoroastro, el caballo más hermoso del rey sufrió
un percance extraño; se le metieron en el cuerpo las cuatro patas de tal modo
que no se veían. Cuando el profeta lo supo prometió solemnemente curar al
caballo a cambio del perdón. Aceptada su propuesta, hizo salir una pata del
vientre del corcel, diciendo: «Señor, no sacaré la segunda pata si no prometéis
abrazar mi religión». «Te lo prometo», contestó el rey. El profeta hizo
aparecer la segunda pata del animal y luego exigió que los hijos del monarca
también se convirtieran. Finalmente, la aparición de las dos patas restantes
consiguió hacer numerosos prosélitos en la corte. Ahorcaron a los cuatro
perversos magos en vez del profeta y toda Persia abrazó la religión de
Zoroastro.
El orientalista Anquetil refiere poco más o menos los mismos milagros,
pero embellecidos y aumentados. Por ejemplo, la infancia de Zoroastro debió ser
milagrosa; según cuentan Plinio y Solín, cuando nació se echó a reír. En
aquellos tiempos había muchos magos, muy poderosos, que vaticinaban que
llegaría un día en que Zoroastro sabría más que ellos y los hundiría. El
príncipe de los magos hizo que llevaran al niño a su casa con la intención de
abrirle en canal, mas al iniciar esta operación se le secó la mano. Lo
arrojaron al fuego para que muriera abrasado y el fuego se transformó para él
en un bario de agua de rosas. Lo dejaron entre una manada de lobos y éstos
fueron a buscar dos ovejas que le amamantaron toda la noche. Finalmente,
comprendiendo que no podían quitarle la vida, lo devolvieron a su madre, la más
excelente de todas las mujeres.
Y así son en todo el mundo las historias de los tiempos más remotos; por
eso hemos dicho algunas veces que la leyenda es la más hermosa primogénita de
la historia.
Quisiera, para solaz e instrucción, que los grandes profetas de la
Antigüedad, Zoroastro, Mercurio, Trimegisto, Abaris y Numa, volvieran al mundo
y discutieran con los filósofos menos sabios de nuestros días porque, sin duda,
harían un papel ridículo. Serían unos mequetrefes charlatanes que no
conseguirían vender sus drogas en la plaza pública, aunque repito que su moral
es buena, porque la moral no es una droga. ¿Cómo pudo Zoroastro mezclar con
tantas tonterías el sublime aforismo de abstenerse de obrar cuando dudemos de
si es en bien o en mal? Por la sencilla razón de que los hombres están llenos
de contradicciones.
FIN DEL DICCIONARIO FILOSÓFICO


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