© Libro N° 9500. Cartas Filosóficas. Voltaire. Emancipación. Enero 15 de 2022.
Título original: © Cartas Filosóficas. Voltaire
Versión
Original: © Cartas Filosóficas. Voltaire
Circulación conocimiento libre,
Diseño y edición digital de Versión original de textos:
https://ciudadseva.com/texto/cartas-filosoficas/
Licencia Creative
Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el
nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo
con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o
reconstruir este texto.
Fondo:
https://i.pinimg.com/originals/80/27/d0/8027d02bba4da607401e06dbc41849b4.png
Portada E.O. de Imagen original:
https://contentv2.tap-commerce.com/getcover.ashx?ISBN=LER0000004442&size=3&type=1
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
CARTAS FILOSÓFICAS
Voltaire
Cartas Filosóficas
Voltaire
CONTENIDO:
Primera
carta: Sobre los cuáqueros
Segunda
carta: Sobre los cuáqueros
Tercera
carta: Sobre los cuáqueros
Cuarta carta:
Sobre los cuáqueros
Quinta carta:
Sobre la religión anglicana
Sexta carta:
Sobre los presbiterianos
Séptima
carta: Sobre los socinianos o arrianos o antitrinitarios
Octava carta:
Sobre el Parlamento
Novena carta:
Sobre el gobierno
Décima carta:
Sobre el comercio
Undécima
carta: Sobre la inoculación de la vacuna
Duodécima
carta: Sobre el canciller Bacon
Decimotercera
carta: Sobre Locke
Primera carta: Sobre los cuáqueros
Voltaire
Pensé que la doctrina y la historia de un pueblo tan extraordinario
merecían despertar la curiosidad de un hombre razonable. Para instruirme me fui
a ver a uno de los cuáqueros más célebres de Inglaterra, el cual, tras estar
dedicado treinta años al comercio, había sabido poner un límite a su fortuna y
a sus deseos, retirándose al campo en las cercanías de Londres.
Lo encontré en su retiro; una casa pequeña pero bien construida, limpia
y sin adornos inútiles. El cuáquero era un hermoso anciano, que nunca había
estado enfermo, porque no sabía lo que eran las pasiones ni la intemperancia;
jamás he conocido a nadie con aspecto más noble y simpático que el suyo. Al
igual que sus demás compañeros de religión, utilizaba un traje sin pliegues a
los costados, ni botones en los bolsillos o en las mangas, y llevaba sobre su
cabeza un sombrero grande con las alas vueltas hacia arriba, semejante a los
usados por nuestros eclesiásticos.
Me recibió sin quitarse el sombrero, adelantándose hacia mí sin hacer ni
la más leve inclinación hacia el suelo; sin embargo, la expresión abierta y
humana de su semblante denotaba más cortesía que la costumbre de echar un pie
hacia atrás y coger con la mano lo que está hecho para cubrir la cabeza.
-Amigo -me dijo-, observo que eres extranjero. Si puedo serte útil no
tienes más que hablar.
-Señor -le respondí haciendo una reverencia y echando un pie hacia
atrás, según nuestra costumbre-, espero que mi justificada curiosidad no os
causará molestia y querréis hacerme el honor de instruirme en vuestra religión.
-Las gentes de tu país -me contestó- hacen demasiadas reverencias y
cumplidos, pero nunca encontré a ningún compatriota tuyo que se interesara en
lo mismo que tú. Entra y comencemos por comer juntos.
Le hice algunos cumplidos, pues no es fácil olvidar de pronto nuestros
hábitos y, tras una comida sana y frugal que empezó y terminó con una oración a
Dios, me puse a interrogar a mi hombre.
-Mi querido señor -le dije–, ¿estáis bautizado?
-No -me contestó el cuáquero-, y mis compañeros de religión tampoco lo
están.
-¿Cómo? Voto al cielo -repliqué yo-. ¿Entonces no sois cristianos?
-Hijo mío -repuso en tono suave-, no jures. Nosotros somos cristianos y
nos esforzamos en ser buenos cristianos, pero no creemos que el cristianismo
consista en echar un poco de agua con sal sobre la cabeza.
-Eh. Diablos -dije, ofendido por semejantes impiedades–. ¿Es que acaso
habéis olvidado que Jesucristo fue bautizado por Juan?
-Amigo, deja de jurar de una vez -dijo el piadoso cuáquero-.
Efectivamente, Juan bautizó a Cristo, pero éste no bautizó a nadie. Nosotros
somos discípulos de Cristo, no de Juan.
– ¡Ay !-exclamé-, si hubiera Inquisición en este país, qué pronto os
quemarían, pobre hombre. Ruego a Dios que pueda yo bautizaros y convertiros en
un verdadero cristiano.
-Si ello fuera preciso para condescender con tus debilidades, lo
haríamos con gusto -agregó en tono grave-. No condenamos a nadie porque
practique la ceremonia del bautismo, pero pensamos que los que profesan una
religión verdaderamente sana y espiritual deben abstenerse, en lo que les sea
posible, de realizar prácticas judaicas.
-Es lo que me faltaba por escuchar. ¿Qué ceremonias judaicas? -exclamé.
-Sí, hijo mío -continuó diciendo-, y tan judaicas que muchos judíos
todavía hoy en día practican en ocasiones el bautismo de Juan. Consulta la
historia antigua y verás que en ella se dice que Juan no hizo más que renovar
una costumbre que mucho tiempo antes de que él naciera era practicada por los
judíos, de la misma forma que la peregrinación a La Meca lo era por los
ismaelitas. Pero circuncisión y ablución son abolidas por el bautismo de
Cristo, ese bautismo espiritual, esa ablución del alma que salva a los hombres.
Ya lo decía Juan, el precursor: «Yo os bautizo en verdad con agua, pero otro
vendrá después de mí, más poderoso que yo, del que no soy digno de descalzarle
las sandalias. Él os bautizará con el fuego y con el Espíritu Santo». Y el gran
apóstol de los gentiles, Pablo, escribió a los corintios: «Cristo no me ha
enviado para bautizar, sino para predicar el Evangelio». Pablo bautizó con el
agua a tan sólo dos personas y muy a su pesar circuncidó a su discípulo
Timoteo. Los demás apóstoles también circuncidaron a todos aquellos que lo
deseaban. ¿Tú estás circuncidado?
Le respondí que no tenía ese honor .
-Y bien, amigo mío; de este modo tú eres cristiano sin estar
circuncidado y yo lo soy sin haber sido bautizado.
De esta manera aquel buen hombre aprovechaba astutamente tres o cuatro
pasajes de las Sagradas Escrituras que parecían dar la razón a su secta; pero
con la mejor fe del mundo se olvidaba de un centenar de pasajes que se la
quitaban. No me tomé el trabajo de rebatir sus argumentos. Nada se puede hacer
con los entusiastas. Jamás hay que hablarle a un hombre de los defectos de su
amante, ni a uno que litiga los defectos de su causa, ni dar razones a un
iluminado. De manera que me puse a hablar de otras cuestiones.
-En lo que se refiere a la comunión -le pregunté-, ¿de qué modo la
practicáis? -No la practicamos -dijo él. -¿Qué? ¿No comulgáis?
-No, tan sólo practicamos la comunión de los corazones. Volvió a citarme
las escrituras. Me colocó un hermoso sermón contra la comunión y, en tono
inspirado, me habló para probarme que todos los sacramentos eran invenciones
humanas y que la palabra sacramento no figuraba en ningún lugar del Evangelio.
-Perdona –dijo– que en mi ignorancia no haya podido darte ni la
centésima parte de las pruebas de mi religión, pero de todas formas puedes
encontrarlas en la exposición que de nuestra fe hace Robert Barclay; es uno de
los mejores libros que hayan sido escritos por el hombre. Nuestros enemigos
dicen de él que es muy peligroso, lo cual prueba que es verdadero.
Le prometí leer el libro, con lo cual el cuáquero creyó que me había
convertido.
Luego, con unas pocas palabras, me explicó la razón de algunas
singularidades de su secta, que la exponen al desprecio ajeno.
-Confiesa -me dijo- que tuviste que hacer un gran esfuerzo para no
echarte a reír cuando respondí a tus cumplidos con el sombrero puesto y
tuteándote. Sin embargo, creo que eres lo bastante instruido Como para saber
que en los tiempos de Cristo ningún pueblo cometía la ridiculez de reemplazar
el singular por el plural. A César Augusto se le decía; te amo, te ruego, te
agradezco. Ni siquiera toleraba que se le dijese señor, dominus. Sólo después
de mucho tiempo los hombres se hicieron llamar vos en lugar de tú, como si
fueran dobles, y usurparon los impertinentes títulos de Grandeza, Eminencia,
Santidad, que son los mismos títulos que los gusanos de tierra dan a otros
gusanos de tierra, asegurándoles, con profundo respeto e insigne falsedad, que
son sus más humildes y obedientes servido- res. Para ponernos en guardia contra
ese indigno comercio de adulaciones y mentiras tuteamos tanto a los reyes como
a los zapateros remendones y no saludamos a nadie, sin- tiendo por los hombres
caridad, y respeto tan sólo por las leyes.
Usamos un traje diferente al del resto de los hombres para que ello nos
recuerde continuamente que no debemos parecernos a ellos. Los demás llevan las
insignias de sus dignidades; nosotros, las de la humildad cristiana. Huimos de
las fiestas mundanas, de los espectáculos, del juego, por- que creemos que
seríamos dignos de lástima si llenáramos con trivialidades semejantes unos
corazones que están reservados a Dios. No juramos nunca, ni siquiera delante de
la justicia. Pensamos que el nombre del Altísimo no debe prostituirse
mezclándolo con las miserables querellas de los hombres. Cuando debemos
comparecer ante los magistrados por asuntos que conciernen a otros (pues
nosotros nunca nos metemos en procesos), decimos la verdad únicamente, un sí o
un no, mientras que muchos cristianos cometen perjurio sobre los Evangelios. No
vamos nunca a la guerra, no porque temamos a la muerte, ya que, al contrario,
bendecimos el momento que nos une al Señor de los seres, sino porque no somos
ni lobos, ni tigres, ni dogos, sino hombres cristianos. Nuestro Dios, que nos
ha ordenado amar a nuestros enemigos y sufrir en silencio, no quiere que
crucemos los mares para estrangular a nuestros hermanos tan sólo porque unos
verdugos vestidos de rojo, con gorros de dos pies de altura, enrolan a los
ciudadanos haciendo ruido con dos palitos que golpean una piel de asno tirante.
Cuando tras una victoria de las armas Londres entera resplandece iluminada;
cuando, el cielo brilla con los fuegos de artificio; cuando los aires resuenan
con el ruido de las acciones de gracias, de las campanas, de los órganos, de
los cañones, nosotros nos lamentamos en silencio por esas muertes que causan el
público regocijo.
FIN
Segunda carta: Sobre los cuáqueros
Voltaire
Esta fue, más o menos, la conversación que sostuve con aquel hombre
singular. Pero mi sorpresa fue mayor al domingo siguiente, cuando me llevó a la
iglesia de los cuáqueros. Estos poseen varias capillas en Londres; la que yo
visité se encuentra cerca del famoso pilar llamado «El Monumento». Cuando
entré, conducido por mi amigo, estaban ya todos reunidos. En la iglesia habría
alrededor de cuatrocientos hombres y trescientas mujeres; éstas ocultaban sus
semblantes detrás de sus abanicos; los hombres cubrían sus cabezas con grandes
sombreros; todo el mundo estaba sentado y guardaba un profundo silencio. Pasé
entre los fieles y ninguno levantó su vista hacia mí. El silencio se prolongó
durante un cuarto de hora. Por fin uno de ellos se levantó, se quitó el sombrero,
y después de algunas muecas acompañadas de suspiros recitó, medio con la boca,
medio con la nariz, un galimatías que creía extraído del Evangelio, pero que ni
él ni nadie entendía. Después que el contorsionista hubo terminado su monólogo
y la Asamblea se hubo dispersado, edificada y entontecida, pregunté a mi buen
hombre por qué los más sabios de entre ellos tenían que aguantar semejantes
estupideces, a lo cual me contestó:
-Tenemos que tolerarlas porque cuando un hombre se pone en pie para
hablar no podemos saber si es la inteligencia o la locura lo que le mueve; en
la duda, escuchamos pacientemente y hasta permitimos hablar a las mujeres. A
veces, dos o tres de nuestras devotas se sienten inspiradas al mismo tiempo y
entonces sí que la casa del Señor se llena de ruido.
-¿No tenéis sacerdotes? -le pregunté.
-No, amigo mío -replicó el cuáquero–, y nos encontramos muy contentos de
ello. No quiera Dios que nos atrevamos a ordenar que alguien reciba al Espíritu
Santo los domingos, excluyendo a los demás fieles. Gracias a Dios somos los
únicos en el mundo que no tenemos sacerdotes. ¿Querrías tú quitarnos distinción
tan honrosa? ¿Por qué razón deberíamos entregar nuestro hijo a una nodriza
mercenaria cuando tenemos leche suficiente para alimentarlo? Esas mercenarias
dominarían enseguida la casa, sometiendo a madre e hijo. Dios dijo: «Habéis
recibido gratuitamente, dad también gratuitamente». Después de una declaración
así, ¿podríamos comerciar con el Evangelio, vender el Espíritu Santo y
transformar una asamblea de cristianos en una tienda de mercaderes? Nosotros no
damos dinero a unos hombres vestidos de negro para que asistan a nuestros
pobres, entierren a nuestros muertos y prediquen a los fieles; estos oficios
santos nos son demasiado queridos como para dejar que otros los realicen.
-¿Pero cómo podéis saber si es realmente el espíritu de Dios el que
inspira vuestros discursos? -insistí.
-Quienquiera que ruegue a Dios para que lo ilumine, quienquiera que
anuncie las verdades evangélicas como él las siente, puede estar seguro que es
Dios quien lo inspira.
Dicho esto, me abrumó con citas de las Escrituras que demostraban, en su
opinión, que no puede haber cristianismo sin revelación inmediata, y añadió
estas notables palabras:
-¿Cuando mueves uno de tus miembros es tu propia fuerza quien lo
impulsa? No, sin duda, pues a menudo ese miembro tiene movimientos
involuntarios. El que creó tu cuerpo es el que anima ese cuerpo de barro. y las
ideas que recibe tu alma, ¿eres tú quien las forma? Todavía menos, pues ellas
nacen a tu pesar. El creador de tu alma es quien te da tus ideas, pero como le
ha dado libertad a tu corazón, da a tu espíritu las ideas que aquél merece. Tú
vives en Dios, actúas y piensas en Dios. No tienes más que abrir los ojos a
esta luz que ilumina a los hombres; entonces verás la verdad y la harás conocer
.
-¡Ah! -exclamé-, esto parece dicho por el padre Malebranche.
-Conozco a tu Malebranche -dijo–. Era un poco cuáquero, pero no lo
bastante.
Estas son las cosas más importantes que aprendí sobre la doctrina de los
cuáqueros. En la primera carta encontraréis su historia, que seguramente os
parecerá todavía más singular que su doctrina.
FIN
Tercera carta: Sobre los cuáqueros
Voltaire
Habéis visto ya que los cuáqueros se remontan al tiempo de Jesucristo,
que según ellos fue el primer cuáquero. Según ellos, la religión fue corrompida
después de su muerte y quedó en esa corrupción alrededor de mil seiscientos
años; pero hubo siempre algunos cuáqueros escondidos por el mundo que tenían a
su cuidado conservar el fuego sagrado, apagado en el resto de la tierra, hasta
que finalmente esa luz se propagó en Inglaterra en el año 1642.
En la época en que Gran Bretaña se desgarraba por las guerras civiles
emprendidas por tres o cuatro sectas en nombre de Dios, un hombre llamado
Georges Fox, del condado de Leicester, hijo de un obrero sedero, emprendió su
predicación de verdadero apóstol tal como él la entendía, es decir , sin saber
leer ni escribir. Era un joven de veinticinco años, de costumbres
irreprochables y santamente loco. Vestía de cuero de pies a cabeza e iba de
pueblo en pueblo vociferan- do contra las guerras y contra tos clérigos. Si
hubiera predicado solamente contra las gentes de armas no hubiera tenido nada
que temer; pero atacaba a las gentes de iglesia y lo metieron enseguida en la
cárcel. Lo llevaron al juzgado de paz de Derby. Fox se presentó ante el juez
con su gorro de cuero puesto. Un sargento le dio un golpe, diciéndole:
-Bribón, ¿no sabes que tienes que descubrirte delante del juez?
Fox, presentándole la otra mejilla, le rogó que le diera otra bofetada.
Antes de interrogarlo, el juez quiso que prestara juramento.
-Amigo mío -dijo Fox-, has de saber que nunca tomo el nombre de Dios en
vano.
El juez, al verse tutear por aquel hombre, ordenó que fuera llevado al
hospicio de Derby y que se le azotara.
Georges Fox se dirigió al hospicio entonando alabanzas a Dios y allí fue
cumplida rigurosamente la sentencia del juez. Los encargados de cumplir la
sentencia se quedaron muy sorprendidos cuando Fox les rogó que, por el bien de
sus almas, le propinaran algunos azotes más. Aquellos caballeros no se hicieron
rogar y Fox recibió doble ración, de lo cual quedó muy agradecido. Luego les
predicó. Al principio se rieron de él, luego le escucharon, y como el
entusiasmo es contagioso muchos se convencieron y los que le habían azotado
fueron sus primeros discípulos.
Cuando salió de la cárcel recorrió los campos acompañado de una docena
de prosélitos, predicando siempre contra el clero y siendo azotado de cuando en
cuando. Un día, cuando estaba en la picota, arengó al pueblo con tal entusiasmo
que convirtió a una cincuentena, mientras que los demás se interesaron por él,
por lo cual, mediante un gran tumulto, lo sacaron del lugar donde estaba,
fueron en busca del pastor anglicano responsable de la condena y lo pusieron en
la picota.
Su temeridad llegó a tal punto que convirtió a varios soldados de
Cromwell, que dejaron las armas y se negaron a prestar juramento. Cromwell no
quería ni oír hablar de una secta enemiga de la guerra, de la misma manera que
Sixto Quinto opinaba mal de una secta «dove non se chiavava». Cromwell utilizó
su poder para perseguir a los recién llegados, con los cuales llenó las
prisiones. Pero las persecuciones sólo sirven para aumentar el número de
prosélitos; salían de la cárcel con sus creencias robustecidas y seguidos por
sus guardianes, a los que habían convertido.
Pero he aquí lo que contribuyó más a ampliar la secta. Fox se creía
inspirado. Por lo tanto, se sintió obligado a hablar de una manera distinta que
los otros hombres y comenzó a temblar, a contorsionárse ya hacer muecas;
retenía el aliento y lo expelía luego violentamente. Ni la sacerdotisa de
Delfos lo hubiera hecho mejor. Poco tiempo tardó en acostumbrarse a la
inspiración y enseguida se le hizo imposible hablar de otra manera. Fue ése el
primer don que comunicó a sus discípulos, los cuales imitaron de buena fe todas
las muecas del maestro; cuando estaban inspirados temblaban con todas sus
fuerzas. De ahí les viene el hombre de «quakers» (cuáqueros), que quiere decir
temblorosos. La gente baja se divertía imitándolos. Temblaban, hablaban
nasalmente, se convulsionaban y se creían inspirados por el Espíritu Santo.
Como les hacía falta algunos milagros, los hicieron.
El patriarca Fox dijo a un juez de paz, delante de una gran asamblea:
-Amigo, ten cuidado. Dios te castigará muy pronto por perseguir a los
santos.
Aquel juez era un borracho que bebía diariamente una cantidad excesiva
de mala cerveza y de aguardiente. Dos días después murió de apoplejía,
justamente tras haber firma- do la orden de prisión de algunos cuáqueros. Esta
muerte repentina no fue atribuida a la intemperancia del juez, sino que todo el
mundo vio en ella el resultado de las predicciones del santo varón. Este hecho
hizo más cuáqueros de los que hubieren podido obtener mil sermones y otras
tantas convulsiones. Cromwell, viendo aumentar su número día a día, trató de
atraerlos a su partido; hizo ofrecerles dinero, pero se mostraron
incorruptibles. Por cierto que Cromwell dijo en una ocasión que era la primera
religión a la que no había podido convencer por dinero.
Fueron varias veces perseguidos durante el reinado de Carlos II, no por
su religión, sino por negarse a pagar sus diezmos al clero, por tratar de tú a
los magistrados y no querer prestar el juramento exigido por las leyes.
Por último, Robert Barclay, escocés, presentó al rey su Apología de los
cuáqueros, obra tan buena como podía serlo. La epístola de dedicatoria a Carlos
II no contiene bajas adulaciones, sino audaces verdades y justos consejos.
«Has gustado -le dice a Carlos al final de la epístola- de la dulzura y
de la amargura, de la prosperidad y de las mayores desgracias; has sido
expulsado de los países donde habías reinado; has sentido sobre ti el peso de
la opresión y sabes cuán despreciable es el opresor ante Dios y ante los
hombres. Si después de tantas pruebas y bendiciones tu corazón se endureciera y
olvidara al Dios que te recordó en tus desgracias, tu crimen sería mayor y más
dura tu condena. Por tanto, en vez de oír a los aduladores de tu corte, escucha
la voz de tu conciencia, que jamás te adulará. Tu fiel amigo y súbdito.-
Barclay.»
Lo curioso es que esta carta, escrita a un rey por un oscuro
desconocido, dio resultado y la persecución cesó.
FIN
Cuarta carta: Sobre los cuáqueros
Voltaire
Por ese tiempo hizo su aparición el ilustre William Penn, que hizo
posible el poderío de los cuáqueros en América y que los hubiera podido hacer
respetables en Europa, si los hombres se mostraran propicios a respetar la
virtud bajo apariencias tan ridículas. Era el hijo único del caballero Penn,
vicealmirante de Inglaterra y favorito del duque de York desde la época de
Jacobo II.
William Penn, a la edad de quince años, conoció a un cuáquero en Oxford,
donde cursaba sus estudios. Este lo convirtió, y el muchacho, lleno de vida,
dotado de natural elocuencia, noble en el gesto y en la fisonomía, atrajo
enseguida a un grupo de camaradas a su alrededor. Insensiblemente, estableció
una sociedad de jóvenes cuáqueros que se reunían en su casa; de esta manera, a
los dieciséis años era jefe de una secta.
Al volver a casa de su padre cuando dejó los estudios, en vez de ponerse
ante él de rodillas y pedirle su bendición, según la costumbre de los ingleses,
lo abordó con el sombrero puesto, diciéndole:
-Estoy encantado, amigo mío, de encontrarte con tan buena salud.
El vicealmirante creyó al principio que su hijo se había vuelto loco,
pero enseguida se percató de que era cuáquero. Entonces puso en práctica todos
los medios de que dispone la humana prudencia para tratar de convencerlo que
viviera como todo el mundo. Pero el joven respondía a su padre exhortándole a
que él se hiciera también cuáquero.
Por último, el padre se resignó a pedirle solamente que fuera a ver al
rey y al duque de York, pero con el sombrero en la mano y sin tutearlos.
William le contestó que su conciencia le impedía hacer semejante cosa, por lo
cual el padre, indignado y desesperado, lo echó de la casa. El joven Penn
agradeció profundamente a Dios los sufrimientos que le deparaba y se fue a
predicar a la ciudad, donde hizo muchos prosélitos.
Las prédicas de los ministros eran cada vez menos frecuentes, y como
Penn era joven y guapo, las mujeres de la corte y de la ciudad acudían
devotamente a escucharlo. El patriarca Georges Fox, atraído por la reputación
dcl joven, acudió a Londres desde el más remoto rincón de Inglaterra, para
escucharlo. Los dos resolvieron realizar misiones en los países extranjeros. Se
embarcaron para Holanda, después de haber dejado un buen número de operarios
encargados de la viña de Londres. Sus trabajos tuvieron éxito en Amsterdam,
pero lo que más les honró ya la vez puso en peligro su modestia fue el
recibimiento que les hizo la princesa palatina Isabel, tía de Jorge I de
Inglaterra, mujer famosa por su ingenio y sabiduría, a la que Descartes había
dedicado su obra de filosofía.
La princesa, que vivía entonces retirada en La Haya, se entrevistó con
los «amigos», nombre que se daba en aquella época a los cuáqueros en Holanda.
Tuvieron varias entrevistas y los dos predicaron varias veces en su casa, y
aunque no lograron convertirla en una cuáquera perfecta, declararon que por lo
menos la princesa estaba bastante cerca del reino de los cielos.
Los amigos predicaron también en Alemania, pero con escasa fortuna. La
costumbre de tutear a la gente no sentó bien en un país donde todo el mundo
tiene constantemente en los labios palabras como Alteza y Excelencia. Penn
volvió pronto a Inglaterra debido a las noticias de la enfermedad de su padre.
El vicealmirante se reconcilió con él y, a pesar . de pertenecer a otra
religión, lo abrazó con ternura; William le exhortó vanamente a que no
recibiera los sacramentos y muriera como un cuáquero; el buen anciano, por su
parte, exhortó también vanamente a su hijo a que usara botones en las mangas y
cordones en el sombrero.
William heredó grandes bienes, entre los que se contaba el dinero que la
corona debía al vicealmirante por préstamos que éste le había hecho en las
expediciones marítimas. Nada era menos seguro, en aquella época, que el dinero
adeudado por el rey; Penn se vio obligado a ir y tutear varias veces al rey y a
sus ministros para que le pagaran la deuda. El gobierno, en 1680, en lugar de
pagarle con dinero le entregó la propiedad y soberanía de una provincia de
América, al sur de Maryland; de esta manera un cuáquero se vio convertido en
soberano. Partió hacia sus nuevos estados con dos navíos llenos de cuáqueros
que le siguieron. Desde entonces se llamó a aquella región Pennsylvania, que
procede del apellido Penn. Fundó la ciudad de Filadelfia, hoy muy floreciente.
Comenzó por formar una liga con los americanos, sus vecinos. Es el único
tratado entre esos pueblos y los cristianos que no contiene ningún juramento,
pero que no ha sido quebrantado. El nuevo soberano fue también el legislador de
Pennsylvania; dio leyes muy sabias, que desde entonces no han sufrido ninguna
modificación. La primera de ellas ordena no maltratar a ninguna persona por sus
creencias religiosas y que todos los que creen en un Dios sean mirados como
hermanos.
Apenas Penn hubo establecido su gobierno, los comerciantes americanos
vinieron a poblar la colonia. Los nativos del país, en lugar de esconderse en
los bosques se acostumbraron insensiblemente a los pacíficos cuáqueros; del
mismo modo que detestaban a los conquistadores cristianos, amaron a los recién
llegados. Al poco tiempo, una gran cantidad de aquellos supuestos salvajes,
atraídos por las tranquilas costumbres de sus vecinos, fueron a pedir a William
Penn que los recibiera como sus vasallos.
Resultaba un espectáculo desusado ver a un soberano al que se podía
tutear y hablar con el sombrero puesto; un gobierno sin sacerdotes; un pueblo
sin armas; ciudadanos iguales ante las leyes, y vecinos sin envidias.
William Penn podía vanagloriarse de haber dado a conocer al mundo la
edad de oro de la que tanto se habla y que seguramente existió únicamente en
Pennsylvania. Penn regresó a Inglaterra por cuestiones que afectaban a su nuevo
país, después de la muerte de Carlos II. El rey Jacobo, que había querido a su
padre, sintió por el hijo un afecto semejante y no lo consideró como el oscuro
miembro de una secta, sino como un gran hombre. El rey seguía una política
conforme a sus deseos: su intención era ganarse a los cuáqueros aboliendo las
leyes dictadas contra los no-conformistas, con el fin de poder, al amparo de
esa libertad, introducir la religión católica. Todas las sectas de Inglaterra
se dieron cuenta de la trampa y no se dejaron engañar; ellas se unen siempre
contra el catolicismo, su enemigo común. Pero Penn no se creyó en el deber de
renunciar a sus principios para favorecer a los protestantes, que lo odiaban, e
ir contra el rey, que lo amaba. Había establecido la libertad de conciencia en
América; no quería que se le viera destruyéndola en Europa. Por tanto, siguió
siendo fiel a Jacobo II, lo cual hizo que con frecuencia se le acusara de ser
jesuita. Semejante calumnia lo afectó grandemente, sintiéndose obligado a
justificarse mediante escritos públicos. Sin embargo, el infortunado Jacobo, en
el cual, como en casi todos los Estuardo, se confundían grandeza y debilidad, y
que como todos ellos hizo demasiado y demasiado poco, perdió su reino, sin que
se pueda decir cómo.
Todas las sectas anglicanas aceptaron de Guillermo III y de su
Parlamento la misma libertad que habían rechazado de Jacobo II. Fue entonces
cuando los cuáqueros comenzaron a gozar, mediante las leyes, de todos los
privilegios que aún poseen. Penn, viendo que su secta era admitida sin
discusión en su país de origen, volvió a Pennsylvania. Los suyos y los
americanos lo recibieron con lágrimas en los ojos, como se recibe a un padre
que vuelve con sus hijos. Durante su ausencia, sus leyes habían sido observadas
religiosamente, lo cual no había sucedido antes con ningún legislador.
Permaneció varios años en Filadelfia y luego, muy a su pesar, regresó
nuevamente a Londres, con objeto de obtener privilegios para el comercio de los
habitantes de Pennsylvania. Vivió en Londres hasta una edad muy avanzada,
considerado como el jefe de un pueblo y de una religión. Allí murió en 1718.
La propiedad y el gobierno de Pennsylvania pasaron a manos de sus
descendientes, los cuales vendieron al rey el gobierno por doce mil monedas. El
estado de las cuentas reales no le permitieron pagar más que mil. Un lector
francés puede creer que el Estado pagó el resto en promesas y de todos modos se
apoderó del gobierno; nada de eso: al no poder la corona satisfacer los pagos
en los plazos previstos, el contrato fue declarado nulo y la familia de Penn
volvió a la posesión de sus derechos.
No sé cuál será la suerte de la religión de los cuáqueros en América,
pero en Londres se puede observar que va disminuyendo día a día. En todos los
países del mundo la religión preponderante, si no persigue a las otras, termina
aniquilándolas. Los cuáqueros no pueden ser miembros del Parlamento ni ejercer
ningún oficio, puesto que para ello sería necesario que prestaran un juramento
que se niegan a prestar. Se ven reducidos a la necesidad de ganar dinero
mediante el comercio; sus hijos, enriquecidos por el trabajo de sus padres,
quieren gozar, recibir honores, llevan botones en las mangas; se avergüenzan de
que los llamen cuáqueros y se hacen protestantes para seguir la moda.
FIN
Quinta carta: Sobre la religión anglicana
Voltaire
Este es el país de las sectas. Un inglés, como hombre libre, va al cielo
por el camino que más le gusta.
Sin embargo, pese a que cada cual puede servir a Dios a su manera, la
verdadera religión, aquella en la que uno puede hacer fortuna, es la secta de
los episcopalianos, llamada Iglesia Anglicana, o Iglesia por excelencia. En
Inglaterra o en Irlanda no es posible conseguir un empleo sin ser un fiel
anglicano. Esta razón, que es muy convincente, ha con- vertido a tantos
no-conformistas, que hoy tan sólo la vigésima parte de la población no
pertenece a la Iglesia dominante.
El clero anglicano ha mantenido muchas ceremonias católicas, y en
especial la de cobrar diezmos con cuidado muy escrupuloso. Los sacerdotes
anglicanos poseen la piadosa ambición de ser los amos.
Además, fomentan entre sus ovejas un santo celo contra los
no-conformistas. Este celo fue particularmente vivo durante el gobierno de los
«tories», en los últimos años de la reina Ana; pero sus efectos no iban más
allá de, en ocasiones, romper los cristales de las capillas heréticas. Las
guerras civiles han terminado en Inglaterra con la furia de las sectas y en el
reinado de la reina Ana se escuchaban sólo los sordos ruidos de un mar todavía
agitado mucho tiempo después de la tormenta. Cuando los «whigs» y los «tories»
desgarraron su país, como anteriormente güelfos y gibelinos habían desgarrado
Italia, fue necesario que la religión entrara en los partidos. Los «tories»
eran partidarios del episcopado; los «whigs» querían abolirlo, pero cuando
fueron los dueños de la situación se contentaron con quitarle importancia.
Cuando el conde Harles, de Oxford, y Lord Bolingbrobe bebían a la salud
de los «tories», la iglesia anglicana los veía como los defensores de sus
santos privilegios. La asamblea del bajo clero, que es una especie de Cámara de
los Comunes formada por eclesiásticos, gozaba entonces de cierto prestigio;
tenía, por tanto, libertad para reunirse y ordenar que- mar de vez en cuando
algunos libros impíos, es decir, los escritos en contra suya. El gobierno, que
actualmente es «whig», ni siquiera permite a esos caballeros tener sus
asambleas; están reducidos en la oscuridad de sus parroquias a la triste
función de rezar por el gobierno, al cual si pudieran ocasionarían gustosamente
problemas. En cuanto a los obispos, veintiséis en total, continúan teniendo
asiento en la Cámara alta a pesar de los «whigs», pues todavía persiste el
viejo abuso de considerarlos barones, pero no tienen en ella más poder que los
duques y pares en el Parlamento de París. Hay una cláusula en el juramento que
se presta al Estado que pone a prueba la cristiana paciencia de estos
caballeros.
Se promete pertenecer a la Iglesia, tal como la establece la ley. No hay
un solo obispo, deán o arzobispo que no crea serlo por derecho divino; por
tanto, es una gran mortificación para ellos encontrarse en la obligación de
confesar que es una miserable ley hecha por profanos laicos la que les otorga
el poder que poseen. Un religioso (el padre Courayer) ha escrito hace poco un
libro para probar la validez y la sucesión de las ordenaciones anglicanas. Esta
obra ha sido prohibida en Francia; pero ¿creéis acaso que ha gustado al
gobierno de Inglaterra? De ninguna manera. A estos malditos «whigs» les
preocupa muy poco haber interrumpido o no la sucesión episcopal y que el obispo
Parker haya sido consagrado en una taberna, según se dice, o en una iglesia.
Ellos prefieren que los obispos deban su autoridad al Parlamento y no a los
apóstoles. Lord B. dice que esa idea del derecho divino servirá solamente para
formar tiranos de esclavina y roquete, mientras que la ley hace ciudadanos.
En cuanto a las costumbres, el clero anglicano es más morigerado que el
de Francia, y he aquí la causa: todos los eclesiásticos se ordenan en las
universidades de Oxford o Cambridge, lejos dela corrupción de la capital; son
llamados a las dignidades de la Iglesia a edad avanzada, cuando los hombres no
tienen más pasión que la avaricia, cuando su ambición carece de alimento, Los
empleos son aquí la recompensa de grandes servicios prestados a la Iglesia o al
ejército. Aquí no se ven obispos jóvenes ni coroneles recién salidos de los
colegios. Además, casi todos los sacerdotes están casados; la poca gracia
adquirida en la universidad y el escaso trato con las mujeres hacen que
generalmente un obispo deba conformarse con su propia mujer. Los sacerdotes van
a veces a la taberna y si se emborrachan lo hacen seriamente, sin escándalos.
Ese ser indefinible, que no es eclesiástico ni seglar, en una palabra, lo que
llamamos abate, es una especie desconocida en Inglaterra; aquí casi todos los
eclesiásticos son reservados y casi todos pedantes. Cuando se enteran que en
Francia jóvenes conocidos por su liviandad y elevados a la prelacía por
intrigas de mujeres hacen públicamente el amor, se dedican a componer canciones
galantes, ofrecen diariamente cenas largas y delicadas, y después van a
implorar las luces del Espíritu Santo, y con todo tienen el valor de llamarse
sucesores de los apóstoles, dan gracias a Dios de ser protestantes. Pero se
trata de villanos heréticos, dignos de ser quemados en los infiernos, como dice
el señor François Rabelais, motivo por el cual no me mezclaré en sus asuntos.
FIN
Sexta carta: Sobre los presbiterianos
Voltaire
La religión anglicana se practica sólo en Inglaterra e Irlanda. El
presbiterianismo es la religión dominante en Escocia. Este presbiterianismo no
es otra cosa que el calvinismo puro, tal como fuera establecido en Francia y
tal como subsiste en Ginebra. Como los sacerdotes de esta secta reciben de sus
iglesias sueldos muy mediocres, no pueden vivir con tanto lujo como los
obispos, por lo cual han tomado partido de predicar contra los honores que no
pueden alcanzar. Figuraos al orgulloso Diógenes pisoteando el orgullo de
Platón; los presbiterianos de Escocia se parecen a ese altanero y miserable
razonador. Trataron a Carlos II con menos miramientos que Diógenes había
tratado a Alejandro. Cuando tomaron las armas a favor de él, contra Cromwell,
que les había engañado, hicieron escuchar a aquel pobre rey cuatro sermones
diarios, le prohibieron el juego y le impusieron penitencias; Carlos se cansó
enseguida de ser rey de aquellos pedantes y se les escapó de las manos como un
escolar se escapa del colegio.
Frente a un joven y vivaz bachiller francés, que vocifera por las
mañanas en las escuelas de teología y por las noches canta en compañía de
damas, un teólogo anglicano es un Catón; pero ese Catón parece un cortesano
comparado con un presbiteriano de Escocia. Este adopta maneras circunspectas y
severo talante, porta un gran sombrero, un largo sobre- todo sobre una chaqueta
corta, predica nasal mente y llama «Prostituta de Babilonia» a todas las
iglesias cuyos eclesiásticos reciben cincuenta mil libras de renta y cuyos
fieles son tan excelentes que los llaman Monseñor, Vuestra Grandeza, Vuestra
Eminencia.
Estos caballeros, que también tienen algunas iglesias en Inglaterra, han
puesto de moda en el país los aires graves y severos. A ellos se debe la
santificación del domingo en los tres reinos; ese día está prohibido trabajar y
divertirse, lo que es mucho más severo que lo que ordena la Iglesia Católica;
nada de ópera, nada de comedia, nada de conciertos en Londres ese día; el juego
de cartas también está expresamente prohibido, de manera que sólo las personas
respetables y las llamadas personas honradas juegan ese día; el resto del
pueblo se va a escuchar sermones, a la taberna ya las casas de las mujeres
alegres.
A pesar de que las sectas episcopal y presbiteriana son las
predominantes en Inglaterra, todas las otras son bien recibidas y viven en
bastante buena armonía, mientras que la mayoría de los respectivos predicadores
se detestan recíprocamente, casi tan cordialmente como un jansenista condena a
un jesuita.
Entrad en la Bolsa de Londres, ese lugar más respetable que otros sitios
donde se recitan cursos; veréis allí reunidos, para bien de los hombres, a
representantes de todas las naciones. Allí el judío, el mahometano y el
cristiano se tratan como si pertenecieran a la misma religión, y no dan el
nombre de infieles más que a los que quiebran; allí un presbiteriano confía en
un anabaptista, y un anglicano confía en la palabra de un cuáquero. Al salir de
esas pacíficas y libres asambleas unos van a la sinagoga, otros a beber; uno le
hace cortar el prepucio a su hijo mientras se musitan palabras en hebreo que él
no entiende; aquellos se van a su iglesia a esperar, con el sombrero puesto, la
inspiración divina, y todos están tan contentos.
Si en Inglaterra no hubiera más que una religión, se podría temer el
despotismo; si hubiera dos, las gentes se degollarían mutuamente, pero hay
treinta y todos viven en paz y dichosos.
FIN
Séptima carta: Sobre los socinianos o arrianos o antitrinitarios
Voltaire
Existe una pequeña secta formada por eclesiásticos y por algunos
seglares muy sabios que no son ni arrianos, ni socinianos, pero que no están de
acuerdo con San Atanasio en el capítulo sobre la Trinidad y sostienen netamente
que el Padre es superior al Hijo.
¿Os acordáis de aquel obispo ortodoxo que para convencer al emperador de
la consubstancialidad tomó al hijo de éste por la barbilla y le tiró de la
nariz en presencia de su majestad? El emperador estaba a punto de enfadarse
cuando el obispo le dijo estas convincentes palabras:
-Si vuestra majestad se irrita por esta falta de respeto hacia vuestro
hijo, ¿cómo creéis que Dios Padre tratará a aquellos que se niegan a dar a
Jesucristo los títulos que se le deben?
Las gentes de las que os hablo opinan que el santo obispo fue muy
imprudente, que su argumento no era válido y que el emperador debía haberle
respondido:
-Sabed que hay dos maneras de faltarme al respeto: la primera no
rindiendo los honores debidos a mi hijo; la segunda, rindiéndole tantos como a
mí.
Sea como sea, el partido de Arrio comienza a resucitar en Inglaterra al
igual que en Holanda y en Polonia. El gran Newton honraba a esta teoría con su
preferencia; el filósofo pensaba que los unitarios razonan más geométricamente
que nosotros. Pero el más firme patrón de la doctrina arriana es el ilustre
doctor Clarke. Este hombre es de una virtud rígida y de dulce carácter, más
amante de sus opiniones que apasionado por hacer proselitismo, únicamente
ocupado de cálculos y demostraciones, una verdadera máquina de razonar .
Es autor de un libro bastante poco comprendido pero apreciado sobre la
existencia de Dios, y de otro bastante más comprensible pero menos preciado
sobre la verdad de la religión cristiana.
No quiso meterse en hermosas discusiones escolásticas, llamadas
venerables cuentos de viejas por nuestro amigo…; se contentó con reunir en un
libro todo los testimonios de los primeros siglos a favor y en contra de los
unitarios, dejando al lector el trabajo de contar los votos y de juzgar . El
libro le valió muchos partidarios, pero le impidió llegar a arzobispo de
Canterbury. Yo creo que el doctor falló en sus cálculos y que más le hubiera
valido ser Primado de Inglaterra que sacerdote arriano.
Como podéis ver, en las opiniones hay tantas revoluciones como en los
imperios. El partido de Árrio, después de haber conocido el triunfo durante
trescientos años y el olvido durante doce siglos, vuelve a resurgir de sus
cenizas; pero ha elegido mal momento para reaparecer; todo el mundo está harto
de disputas y de sectas. El arrianismo es una secta demasiado pequeña para
tener derecho a realizar asambleas públicas; lo conseguirá sin duda si aumenta
el número de sus adeptos; pero en la actualidad los sentimientos religiosos
están debilitados y con dificultad una religión nueva o renovadora puede lograr
éxitos. No deja de ser gracioso pensar que Lutero, Calvino y Zwinglio,
escritores ilegibles, hayan fundado sectas que dividen a Europa; que el
ignorante Mahoma haya dado una religión a Asia y África; y que, sin embargo,
Newton, Clarke, Locke, Le Clerc, etc. , los más grandes filósofos y las mejores
plumas de su tiempo, apenas hayan conseguido reunir pequeños grupos de
prosélitos, que disminuyen diariamente.
De ahí lo importante que es llegar al mundo en el momento oportuno. Si
el cardenal de Retz reapareciera hoy, no reuniría a su alrededor ni a diez
mujeres de todo París.
Si Cromwell renaciera, él, que hizo cortar la cabeza a su rey para
coronarse soberano, sería un simple mercader de Londres.
FIN
Octava carta: Sobre el Parlamento
Voltaire
A los miembros del Parlamento de Inglaterra les gusta, en lo posible,
compararse con los antiguos romanos.
No hace mucho tiempo que Mr. Shipping, en la Cámara de los Comunes,
inició un discurso, con las siguientes palabras: «La majestad del pueblo inglés
se sentiría herida, etc.» La singularidad de la expresión provocó una gran
carcajada, pero él, sin inmutarse, la repitió con tono decidido, y las risas se
apagaron. Confieso que no encuentro semejanza entre la majestad del pueblo
inglés y la del pueblo romano; menos parecido existe entre sus gobiernos. En
Londres existe un Senado cuyos miembros son a veces acusados, segura- mente con
injusticia, de vender sus votos, como sucedía en Roma: hasta ahí la semejanza.
Por otra parte, creo que las dos naciones son completamente distintas, tanto en
lo bueno como en lo malo. Los romanos no conocieron nunca la horrible locura de
las guerras religiosas; semejante abominación estaba reservada a los devotos
predicadores de la humildad y de la paciencia. Mario y Sila, Pompeyo y César,
Antonio y Augusto, no se batían para decidir si el «F1amen» debía llevar la
camisa sobre el traje o el traje sobre la camisa, y si los pollos sagrados
debían comer y beber, o solamente comer, para formular sus augurios. Los
ingleses se han degollado mutuamente y se han destruido en grandes batallas por
querellas de esa especie. La secta de los episcopalianos y la de los
presbiterianos han hecho serias a esas cabezas. Imagino que estupideces como
aquéllas no volverán a suceder, pues me parece que se están volviendo juiciosos
y no desean matarse por unos silogismos.
Pero hay otra diferencia más notable aún entre Roma e Inglaterra,
diferencia que honra a esta última: el resultado de las guerras civiles en Roma
fue la esclavitud, y el de las luchas en Inglaterra, la libertad. La nación
inglesa es la única en el mundo que, ofreciendo resistencia sus reyes,
consiguió reglamentar el poder de los mismos y que mediante esfuerzo tras
esfuerzo pudo establecer ese sabio gobierno en que el príncipe es todopoderoso
para realizar el bien, pero tiene atadas las manos para hacer el mal; ese
gobierno en que los señores son grandes sin insolencias y sin tener vasallos, y
en el que el pueblo participa en el gobierno sin confusión.
La Cámara de los Pares y la de los Comunes son los árbitros de la
nación; el reyes el súper árbitro. Los romanos carecían de un equilibrio
semejante; en Roma los señores y el pueblo se encontraban siempre frente a
frente, sin que existiera un poder intermedio que los conciliara. El Senado de
Roma, que tenía el injusto y castigable orgullo de no querer compartir nada con
los plebeyos, no encontraba mejor solución, para alejarlos del gobierno, que
enviarlos a luchar a países extranjeros. Miraban al pueblo como a una bestia
feroz que convenía lanzar sobre los vecinos antes de que devorara a sus propios
amos; así fue cómo el mayor defecto del gobierno de los romanos hizo de ellos
grandes conquista- dores. Eran desdichados en su tierra y por ese motivo se
hicieron dueños del mundo, hasta que las divisiones surgidas entre ellos los
transformaron en esclavos.
El gobierno de Inglaterra no ha sido hecho para alcanzar tanto brillo ni
para tener un fin tan desgraciado; su fin no es conquistar, sino evitar que sus
vecinos lo hagan. Este pueblo es tan celoso de su libertad como de la de los
otros. Los ingleses detestaban a Luis XIV porque lo tenían por un ambicioso. Le
hicieron la guerra seguramente sin interés alguno, tan sólo por bondad cordial.
A Inglaterra le costó mucho, indudablemente, conseguir su libertad; el
ídolo del poder despótico fue ahogado en mares de sangre, pero los ingleses no
creen haber pagado demasiado caras sus buenas leyes.
Otras naciones soportaron las mismas luchas y derramaron una cantidad
igual de sangre, pero la sangre derramada no hizo más que cimentar la
esclavitud.
Lo que en Inglaterra es una revolución no es más que una sedición en
otros países. Cuando una ciudad toma las armas para defender sus privilegios,
sea en España, en Berería o en Turquía, inmediatamente los mercenarios la
dominan, verdugos la castigan y la nación entera tiene que besar sus cadenas.
Los franceses piensan, con razón, que el gobierno de esta isla es más
tormentoso que el mar que la rodea, pero es que el rey desencadena la tormenta
cuando quiere adueñarse del barco, del cual es solo el primer piloto. Las
guerras civiles de Francia han sido más largas, más crueles y más plagadas de
crímenes que las de Inglaterra, pero con ninguna de ellas se ha logrado
establecer una prudente libertad.
En los tiempos detestables de Carlos IX y de Enrique II, se trataba
solamente de saber si se terminaría siendo esclavo de los Guisas. La última
guerra de París no merece más que silbidos; me parece ver a escolares
amotinados contra el prefecto de un Colegio y que terminan por ser azotados. El
cardenal de Retz, con mucho espíritu y coraje mal emplea- dos, rebelde sin
objeto, sedicioso sin planes, jefe de partido sin ejército, conspiraba por
conspirar y parecía organizar las guerras civiles solamente por darse el gusto.
El Parlamento no sabía qué quería ni qué no quería; reunía tropas y las
licenciaba, amenazaba y pedía perdón, ponía a precio la cabeza del cardenal
Mazarino y luego iba a homenajearlo. Nuestras guerras en la época de Carlos VI
habían sido crueles, las de Liga fueron abominables, las de Fronda, ridículas.
Lo que más se reprocha a los ingleses es el suplicio que infligieron a
Carlos I, que fue tratado por sus vencedores como él los hubiera tratado si
hubiera vencido.
A fin de cuentas, mirad a Carlos I, por una parte, vencido en lucha
encarnizada, prisionero, juzgado, condenado en Westminster, y por otra, mirad a
Enrique VII, envenenado por su capellán mientras comulgaba; a Enrique III,
asesinado por un monje, legado del odio de todo un partido; pensad en los
treinta asesinatos planeados contra Enrique IV, varios intentados y el último
que privó a Francia de un gran rey. Reflexionad sobre esos atentados y después
juzgad.
FIN
Novena carta: Sobre el gobierno
Voltaire
Esta combinación afortunada en el gobierno de Inglaterra, ese concierto
entre los Comunes, los lores y el rey, no ha existido siempre. Durante largo
tiempo, Inglaterra ha sido esclava; lo ha sido de los romanos, los sajones, los
daneses, los franceses. Guillermo el Conquistador, en especial, dispuso de los
bienes y de la vida de sus nuevos súbditos como un monarca oriental,
gobernándola con puño de hierro. Prohibió a los ingleses, bajo pena de muerte,
mantener encendido el fuego o la luz en sus casas después de las ocho de la
noche; no se sabe si quería evitar las reuniones nocturnas o bien saber,
mediante prohibición tan absurda, hasta dónde puede llegar el poder de un
hombre sobre los demás.
Es cierto que antes y después de Guillermo el Conquistador hubo
Parlamento en Inglaterra; los ingleses se vanaglorian de ello, como si esas
reuniones, que entonces se llamaban parlamentos, compuestas por eclesiásticos
tiránicos y bandidos llamados barones, hubieran sido guardianes de la libertad
y de la felicidad popular .
Fueron los bárbaros, que desde las riberas del Báltico se expandieron
por toda Europa, quienes impusieron la costumbre de esos estados o parlamentos,
de los que tanto se habla pero son tan desconocidos. Es verdad que los reyes en
esa época no eran déspotas, pero a pesar de ello los pueblos debían soportar un
servilismo miserable. Los capitanes de los salvajes que asolaron Francia,
Italia, España, Inglaterra, se transformaron en monarcas; sus lugartenientes se
repartieron las tierras de los vencidos, dando así origen a los margraves, los
«lairds», los barones, tiranuelos que disputaban a sus soberanos los despojos
de los pueblos, aves de rapiña que luchaban con un águila para robarle la
sangre a las palomas; cada pueblo tuvo cien tiranos en lugar de un amo.
Enseguida intervinieron los sacerdotes. Los galos, los isleños de Inglaterra,
habían sido gobernados por los druidas siempre y por los jefes de las ciudades,
una clase antigua de barones, menos tiránica que sus sucesores. Los druidas
decían ser los intermediarios entre la divinidad y los hombres; dictaban leyes,
excomulgaban y condenaban a muerte. Poco a poco, los obispos, durante el
dominio de los godos y los vándalos, se adueñaron del poder temporal, y
sirviéndose de ellos, los papas, con breves apostólicos, bulas y monjes,
hicieron temblar a los reyes, les arrebataron el poder, les hicieron asesinar y
se apoderaron de todo el dinero que pudieron en Europa. El imbécil de Inas, uno
de los tiranos de la heptarquía de Inglaterra, fue el primero que durante una
peregrinación a Roma aceptó pagar el dinero de San Pedro (alrededor de un
escudo de nuestra moneda) por cada casa de su territorio. Pronto toda la isla
imitó el ejemplo y, poco a poco, Inglaterra se transformó en una provincia del
Papa, el cual enviaba de cuando en cuando a sus legados para cobrar los
exorbitantes impuestos.
Juan Sin Tierra, que había sido excomulgado por Su Santidad, concluyó
por cederle el reino. Los barones, disgustados por semejante medida,
destronaron al miserable rey y pusieron en su lugar a Luis VIII, padre de San
Luis, rey de Francia. Pero enseguida se cansaron del recién llegado y lo
obligaron a atravesar de nuevo el mar .
Mientras que los barones, los obispos, los papas desgarraban así a
Inglaterra, donde todos querían mandar, la más numerosa, la más virtuosa y por
consecuencia la más respetable parte de los hombres, compuesta por los que
estudian las leyes y las ciencias, los artesanos, los negociantes, en suma
todos los que no eran tiranos, el pueblo era mirado como un animal por debajo
del hombre. Era necesario que las comunas tuvieran parte en el gobierno: eran
plebeyos; su trabajo, su sangre, pertenecía a sus amos, los nobles. La mayoría
de los hombres en Europa era considerada entonces lo que aún lo sigue siendo en
muchos lugares de su parte septentrional: siervos de un señor, como un ganado
que se compra y se vende con la tierra. Han debido de pasar muchos siglos para
que se hiciera justicia a la humanidad, para que se comprobara que es terrible
que la mayoría de los hombres siembre para que un reducido grupo de ellos
recoja los frutos.
¿No es una felicidad para el género humano que esos pequeños bribones
hayan visto extinguida su autoridad por el poder legítimo de nuestros reyes en
Francia y por el poder legítimo de los reyes y el pueblo en Inglaterra?
Felizmente, las querellas entre reyes y señores feudales conmovieron a
los imperios y aflojaron las cadenas que atenazaban a las naciones; la libertad
nació en Inglaterra de las disputas entre los tiranos. Los barones obligaron a
Juan Sin Tierra ya Enrique III a otorgar la famosa Carta, cuyo principal objeto
era, en realidad, situar a los reyes bajo la dependencia de los lores, pero que
favoreció al resto de la nación para que ésta, en caso de necesidad, se pusiera
de parte de sus pretendidos protectores. Esta Carta Magna, considerada como el
sagrado origen de las libertades inglesas, nos de- muestra que la libertad era
entonces poco conocida. Su solo título demuestra que el rey se creía monarca
absoluto por derecho y cedió este pretendido derecho tan sólo cuando fue
obligado por los barones y el clero, más ‘poderosos que él.
He aquí cómo empieza la Carta Magna: “Nos acordamos por nuestra propia
voluntad, los privilegios siguientes a los arzobispos, obispos, abates, priores
y barones de nuestro reino, etc.»
En los artículos de esa Carta no se menciona para nada a la Cámara de
los Comunes, lo cual es prueba de que no existía aún o de que no tenía poder
alguno. Se especifica a los hombres libres de Inglaterra: triste demostración
de que había muchos que no lo eran. En el artículo 32 de la Carta se establece
que los pretendidos hombres libres debían prestar servicios a su señor. Una
libertad semejante se parece mucho a la esclavitud.
El rey dispone en el artículo 21 que sus oficiales no podrán apoderarse
en adelante de los caballos y los carros de los hombres libres por la fuerza,
sino que deberán pagarles su valor. El pueblo consideró que ese reglamento les
dotaba de libertad únicamente porque les libraba de una tiranía mayor.
Enrique VIl, feliz usurpador y gran político, que aparentaba estimar a
los barones cuando en realidad los detestaba y temía, consiguió la enajenación
de sus tierras. De ese modo los plebeyos que más tarde adquirieron bienes con
su trabajo, pudieron adquirir los castillos de los pares arruinados por sus
locuras. Poco a poco todas las tierras cambiaron de dueño.
La Cámara de los Comunes se hizo cada vez más poderosa; con el tiempo
desaparecieron las familias de los antiguos pares; y como en Inglaterra los
únicos nobles son en realidad, según dice la ley, los pares, pronto hubiera
desaparecido la nobleza en ese país si de cuando en cuando los reyes no
hubieran creado nuevos barones y no conservaran la orden de los pares, antes
tan temida, para ponerla enfrente a la de los Comunes, cuyo poder les inspiraba
temores.
Todos esos pares que forman la Cámara alta reciben del rey un titulado y
nada más; casi ninguno de ellos posee la tierra que lleva su nombre. El uno es
duque de Dorset y no tiene una pulgada de tierra en Dorsetshire; el otro es
conde de una ciudad de la que apenas sabe dónde está situada; tienen poder en
el Parlamento, pero en ningún sitio más.
Aquí no se oye hablar de alta, media y baja justicia, ni del derecho a
cazar en las tierras de un ciudadano, el cual ni siquiera es dueño de disparar
un tiro de fusil en su propio campo.
Un hombre, por el hecho de ser noble o sacerdote, no está eximido del
pago de determinadas contribuciones; todos los impuestos están reglamentados
por la Cámara de los Comunes que, aun siendo la segunda por su rango, es la
primera en importancia.
Los señores y los obispos pueden rechazar un proyecto de ley sobre
impuestos presentado por los Comunes, pero no pueden modificarlo; tienen que
recibirlo o rechazarlo sin modificaciones. Cuando los lores aceptan el proyecto
y el rey lo aprueba, todo el mundo tiene que pagar. Cada cual paga no según su
rango (lo cual es absurdo), sino según su renta; no existen ni tributos ni
contribuciones arbitrarias, sino un verdadero impuesto sobre las tierras, que
fueron evaluadas durante el reinado del famoso Guillermo III por debajo de su
precio.
Las rentas de la tierra han aumentado, pero los impuestos siguen siendo
los mismos; de este modo nadie se siente perjudicado ni se queja. El campesino
no tiene los pies doloridos por el uso de los zuecos, come pan blanco, viste
bien, aumenta su ganadería y cubre con tejas el techo de su casa, sin temor a
que le aumenten los impuestos el año siguiente.
Muchos campesinos, a pesar de tener doscientos mil francos de renta,
continúan cultivando la tierra que los ha enriquecido y en la que viven en
libertad.
FIN
Décima carta: Sobre el comercio
Voltaire
El comercio ha enriquecido a los ciudadanos de Inglaterra y ha
contribuido a desarrollar su libertad, y esta libertad, a su vez, ha extendido
el comercio, que ha sido el origen de la grandeza del Estado.
Por el comercio se creó, poco a poco, la fuerza naval de Inglaterra, que
ha hecho de los ingleses reyes de los mares. En el presente tienen alrededor de
doscientos barcos de guerra. La posteridad se asombrará de que una pequeña isla
que sólo posee un poco de plomo, estaño, greda y lana de mediocre calidad haya
llegado a ser, mediante su comercio, tan poderosa, que en 1723 pudo enviar tres
flotas simultáneamente a tres extremos diferentes del planeta: una a Gibraltar
, ciudad que conquistó y mantiene por la fuerza de las armas; otra a
Porto-Bello, para arrebatarle al rey de España los tesoros de las Indias, y la
tercera al mar Báltico, para evitar el enfrentamiento entre las potencias del
Norte.
Cuando Luis XIV hacía temblar a Italia, cuando sus ejércitos, dueños ya
de Saboya y de Piamonte, se preparaban a tomar Turín, el príncipe Eugenio, en
el último rincón de Alemania, debía acudir en ayuda del duque de Saboya, pero
no tenía dinero y sin él no se pueden tomar ni defender las ciudades; se vio
obligado a recurrir a los comerciantes ingleses, quienes en media hora le
prestaron cinco millones; liberó Turín, venció .a los franceses y escribió
estas líneas a los que le habían prestado el dinero: «Señores, he recibido
vuestro dinero y me enorgullezco de haberlo utilizado a vuestra entera
satisfacción».
Todas estas cosas enorgullecen con justicia a un comercian- te inglés y
le hace compararse, con alguna razón, con un ciudadano romano. Por eso el
hermano menor de un par del reino no tiene a desdoro ser negociante. Milord
Towsend, ministro de estado, tiene un hermano que se contenta con ser mercader
en la «City». Cuando Lord Oxford gobernaba Inglaterra, su hermano menor era
empleado de comercio en Alepo, donde permaneció hasta su muerte.
Esta costumbre, que por desgracia parece empezar a perderse, resulta
monstruosa a los alemanes empecinados en sus cuartos y que no entienden cómo un
hijo de un par de Inglaterra no sea más que un rico y poderoso burgués, y no
como en Alemania, donde todos son príncipes; se han contado hasta treinta
altezas del mismo nombre y poseyendo como únicos bienes su orgullo y sus
escudos de armas.
En Francia puede ser marqués quien lo desee; cualquiera puede llegar a
París desde una distante provincia, con suficiente dinero para gastar y un
nombre terminado en «ac» o en «ille», y permitirse decir: «Un hombre como yo,
un hombre de mi categoría…», y despreciar soberanamente a un negociante. El
comerciante es tan tonto que al oír hablar con frecuencia despectivamente de su
profesión, termina por avergonzarse de ella. Sin embargo, no sé quién es más
útil a un Estado, si un noble todo empolvado, que sabe exactamente a qué hora
se acuesta y se levanta el rey, que se pavonea como un gran señor mientras
representa el papel de esclavo en las antecámaras de un ministro, o un
comerciante que enriquece a su país, que desde su escritorio da órdenes a
Surata y El Cairo, y contribuye a la felicidad del mundo.
FIN
Undécima carta: Sobre la inoculación de la vacuna
Voltaire
En voz baja se dice por toda Europa que los ingleses son locos y
fanáticos; locos porque inoculan a sus hijos la viruela para evitar que
contraigan esta enfermedad; fanáticos porque, para prevenir un mal incierto,
provocan, tranquila- mente, una enfermedad segura y terrible. Los ingleses, por
su parte, dicen: «Los otros europeos son cobardes y desnaturalizados; cobardes,
porque temen hacer sufrir un poco a sus hijos; desnaturalizados, porque los
exponen a que mueran un día de viruela». Para juzgar las razones de esa disputa
narraré la historia de esa famosa inoculación, de la que con tanto temor se
habla fuera de Europa.
Las mujeres de Circasia tienen la costumbre, desde tiempo inmemorial, de
provocar la viruela a sus hijos, a partir de los seis meses de edad,
haciéndoles una incisión en el brazo e inoculando en ella una póstula que ha
sido previamente extraída con cuidado del cuerpo de otro niño. Esta póstula
produce en el brazo donde se inocula el mismo efecto que la levadura en un
trozo de masa: fermenta y extiende por toda la sangre las cualidades que posee.
Los granos de los niños que sufren esa viruela artificial sirven para provocar
la enfermedad en otros. Este proceso se renueva constantemente en Circasia;
cuando no hay viruela en el país hay tanta preocupación como en otros lugares
la habría por un mal año.
Lo que ha introducido esta costumbre en Circasia, que parece tan extraña
en otros pueblos, tiene, sin embargo, una causa común a todos los pueblos: la
ternura materna y el interés.
Los circasianos son pobres y sus hijas hermosas; por ello es natural que
comercien con ellas. Abastecen de bellezas los harenes del Gran Señor, del sofí
de Persia y de los que son lo suficientemente ricos como para mantener una
mercancía tan preciosa. Educan a sus hijas con gran esmero para el placer de
los hombres; les enseñan danzas lánguidas y lascivas y los más voluptuosos
artificios para despertar el deseo de los desdeñosos amos a que las destinan.
Las pobres criaturas repiten todos los días su lección con su madre,
como nuestros niños repiten su catecismo, sin comprender nada.
Con frecuencia, después de tantos desvelos en la educación de sus hijas,
los circasianos veían disiparse sus esperanzas. La viruela invadía una familia
y una hija moría, otra perdía un ojo, una tercera quedaba con la nariz
deformada; las pobres gentes aquellas quedaban arruinadas sin remisión. Cuando
la viruela se convertía en epidémica, el comercio quedaba interrumpido por
varios años, lo que suponía una disminución notable de los harenes de Persia y
Turquía.
Una nación dedicada al comercio está siempre alerta por sus intereses y
no descuida conocimiento alguno que pueda ser útil para su negocio. Los
circasianos comprobaron que una persona entre mil era atacada dos veces por la
viruela, que las personas podían ser atacadas tres o cuatro veces por una
pequeña viruela, pero sólo una vez por una que sea decididamente peligrosa. En
una palabra, que se trataba de una enfermedad que atacaba sólo una vez en la
vida. Descubrieron también que cuando la viruela es benigna y la piel del
paciente fina y delicada, la erupción no deja marcas en el rostro. De estas
observaciones naturales concluyeron que si una criatura de seis meses o un año
tenía una viruela benigna, no moría, no le quedaban marcas en el rostro y no
correría el riesgo de contraer la enfermedad en el resto de los días.
Por tanto, para preservar la vida y la belleza de los niños había que
provocar la enfermedad en edad muy temprana; eso fue lo que hicieron,
inoculando en el cuerpo de las criaturas una pústula extraída del cuerpo de una
persona atacada por una viruela claramente declarada, pero benigna. La
experiencia fue un éxito. Los turcos, gente cuerda, adoptaron enseguida esta
costumbre, y hoy no hay ningún bajá en Constantinopla que no le provoque la
viruela a sus hijos en la más tierna infancia.
Según algunos, los circasianos adoptaron esta costumbre de los árabes.
Dejemos para algún sabio benedictino la dilucidación de ese punto histórico;
seguramente escribirá varios volúmenes en infolio con las pruebas. Lo que yo
puedo decir sobre el asunto es que en los principios del reinado de Jorge I la
señora Worley-Montagu, una de las damas más espirituales de Inglaterra, cuando
estuvo con su marido en la Embajada de Constantinopla, no tuvo el menor
inconveniente en hacer inocular a su hijo, nacido en ese país, la viruela.
Aunque su capellán trató de convencerla de lo contrario, diciéndole que el
experimento no era cristiano y sólo podía dar resultado con infieles, el niño
de la señora Wortley no sufrió ninguna molestia. Cuando regresó a Londres
comunicó a la princesa de Gales, actualmente reina, su experiencia. Hay que
confesar que la princesa, dejando aparte sus títulos y coronas, ha nacido para
proteger a todas las artes y para hacer el bien a los hombres; es como un
amable filósofo coronado; nunca ha perdido ocasión de aprender y de mostrar su
generosidad. Cuando oyó decir que una hija de Milton vivía todavía y se
encontraba en la mayor miseria, le envió inmediatamente un importante regalo.
Es ella quien ha protegido al pobre padre Corayer y quien hizo de intermediaria
entre el doctor Clarke y Leibnitz. Nada más oír hablar de la inoculación de la
viruela ordenó que se hiciera una prueba con cuatro condenados a muerte, a los
cuales salvó la vida doblemente, por un lado librándoles del cadalso, y por otro,
gracias a la viruela artificial, salvándoles del peligro de contraer alguna vez
la verdadera.
La princesa, asegurada del éxito de la prueba, hizo inocular a sus
hijos. Todo Inglaterra siguió su ejemplo y desde entonces, por lo menos diez
mil niños deben la vida y otras tantas niñas la belleza, a la reina ya la
señora Wortley-Montagu.
En el mundo, sesenta personas sobre cien contraen la viruela; de esas
sesenta, diez mueren en lo mejor de la vida y otras diez quedan terriblemente
marcadas. Por tanto, una quinta parte de los seres humanos mueren o quedan
marcados por esta enfermedad. De los que han sido inoculados, tanto en Turquía
como en Inglaterra, ninguno muere, a menos que sea enfermizo o esté condenado a
muerte. Si la inoculación se hace debidamente, nadie queda con marcas ni nadie
es atacado por segunda vez por la enfermedad. Si alguna embajadora francesa
hubiera traído de Constantinopla ese secreto a París, hubiera hecho un gran
servicio a la nación; el duque de Villequier, padre del actual duque de Aumont,
el hombre con más salud y con mejor constitución de Francia, no hubiera muerto
en la flor de la edad; el príncipe de Soubise, que tenía una espléndida salud,
no hubiera fallecido a los veinticinco años; Monseñor, el abuelo de Luis XV, no
hubiera sido enterrado a los cincuenta; veinte mil personas muertas en París en
una epidemia de 1723 vivirían aún. ¿ y entonces? ¿Es que, acaso, los franceses
no aman la vida? ¿Es que las mujeres no se preocupan por su belleza? En verdad
somos una gente extraña. Probablemente dentro de diez años, si curas y médicos
no se oponen a ello, adoptaremos las costumbres inglesas; o bien, dentro de
tres meses se empezará a inocular por capricho, cuando los ingleses hayan
dejado de hacerlo por inconstancia.
He sabido que desde hace cien años los chinos practican esta costumbre;
es gran prejuicio el ejemplo dado por una nación que pasa por ser la más
sensata y la dotada con mejor policía del mundo. Ciertamente, los chinos
proceden de una manera distinta; no se hacen una incisión, sino que se inoculan
la viruela por la nariz, como si fuera tabaco en polvo. Es un modo más
agradable, pero igual a fin de cuentas, y de la misma manera demuestra que si
la inoculación se hubiera practicado en Francia, se habrían salvado millares de
vidas.
FIN
Duodécima carta: Sobre el canciller Bacon
Voltaire
No hace mucho que se hablaba, en una amable reunión, sobre el tema
gastado y frívolo de saber quién era el más grande hombre: César, Tamerlán,
Alejandro, Cromwell, etc.
Alguien respondió que, sin lugar a dudas, era Newton. Ese hombre tenía
razón, pues si la grandeza verdadera radica en recibir del cielo el don de una
gran inteligencia y haberse servido de ella para instruirse a sí mismo ya los
demás, un hombre como Newton, de los que nace uno cada diez siglos, es en
verdad el gran hombre. Los políticos y los conquistadores, que no han faltado
en ninguna época, suelen ser ilustres malvados. El respeto se debe a los que
dominan los espíritus por la fuerza de la verdad, no a los que los convierten
en esclavos mediante la violencia; a los que comprenden el universo, no a los
que la desfiguran.
Puesto que me pedís que hable de los hombres célebres de Inglaterra,
empezaré por los Bacon, Locke, Newton, etc. Generales y ministros vendrán más
tarde.
Debo empezar por Bacon de Verulam, conocido en Europa por Bacon, su
apellido. Era hijo de un guardasellos y durante el reinado de Jacobo I fue
durante mucho tiempo canciller. Sin embargo, en medio de las intrigas
cortesanas y de las preocupaciones de su cargo, que requerían todos sus
esfuerzos, tuvo tiempo para ser un gran filósofo, un buen historiador y un
elegante escritor, cualidades tanto más sorprendentes cuando pensamos que vivió
en un siglo en que se desconocía el arte de escribir y, todavía más, el de la
buena filosofía. Como suele ocurrir, fue más apreciado después de muerto que
mientras vivía. Sus enemigos estaban en la corte de Londres y sus admiradores
en Europa entera.
Cuando el marqués de Effiat fue a Inglaterra acompañando a la princesa
María, hija de Enrique el Grande, que iba a contraer matrimonio con el príncipe
de Gales. fue a visitar a Bacon. Este se encontraba enfermo y lo recibió con
las cortinas de su lecho echadas. «Os parecéis a los ángeles -le dijo Effiat-.
Escuchamos hablar continuamente de ellos. creemos que son superiores a los
hombres, pero nunca tenemos el consuelo de verlos.»
Vos sabéis. señor. que Bacon fue acusado de un crimen que no es el de un
filósofo: haberse dejado corromper por dinero. Sabéis cómo fue condenado por la
Cámara de los Pares a pagar una multa de cuatrocientas mil libras ya perder su
dignidad de canciller y de par .
Hoy en día los ingleses veneran de tal manera su memoria, que no quieren
admitir su culpabilidad. Si me preguntarais mi opinión os contestaría
repitiendo una frase que escuché a Lord Bolingbroke. Se estaba hablando en su
presencia de la avaricia del duque de Marlborough. Se citaban varios ejemplos
apelando al testimonio de Lord Bolingbroke, el cual. como había sido su enemigo
declarado. podía decir tranquila- mente su opinión.
«Era tan gran hombre -respondió-. que me he olvidado de sus vicios.»
Me limitaré. pues. a hablaros de las cualidades que hicieron a Bacon
admirado en toda Europa.
La más singular y la mejor de sus obras es la que oyes la menos conocida
y la más inútil: hablo del Novum scientiarium organum. En el andamiaje sobre el
que se construyó la nueva filosofía y cuando el edificio estuvo concluido. por
lo menos en parte. el andamiaje quedó en desuso.
El canciller Bacon no conocía aún la naturaleza. pero sabía e indicaba
los caminos que conducen a ella. Tempranamente comenzó a despreciar todo lo que
las universidades llaman filosofía e hizo cuanto estuvo en su mano para que
esas instituciones. creadas para el perfeccionamiento de la razón humana. no
continuaran corrompiéndola con sus «quid». su «horror al vacío». sus «formas
sustanciales» y todas las impertinentes palabras que la ignorancia hacía
respetables y que su extraña mixtura con la religión hacía casi sagradas.
Es el padre de la filosofía experimental. Es verdad que antes de él se
habían realizado descubrimientos sorprendentes: se había inventado la brújula.
la imprenta. el grabado de estampas, la pintura al óleo. los espejos. el arte
de devolver parcialmente la vista a los ancianos mediante cristales que se
llaman lentes, la pólvora de cañón, etc. Se había buscado, encontrado y
conquistado un nuevo mundo.
¿Quién puede dudar que descubrimientos semejantes los realizaron los más
grandes filósofos y en tiempos más esclarecidos que los nuestros? Empero, esos
grandes cambios se realizaron en la Tierra en época de la estúpida barbarie.
Casi todos esos inventos son obra del azar y casi es evidente que el
descubrimiento de América también se debió al azar. Al menos, siempre se ha
creído que Cristóbal Colón emprendió su viaje fiado en la palabra de un capitán
de navío al que la tempestad había arrojado a la altura de las islas Caribes.
Sea como sea, los hombres sabían llegar hasta el fin del mundo, sabían
destruir ciudades con un rayo artificial más mortífero que el rayo natural,
pero desconocían la circulación de la sangre, la densidad del aire, las leyes
del movimiento, la luz, el número de planetas, etc. Cualquiera que sostuviera
una tesis sobre las categorías de Aristóteles, sobre lo universal a parte rei o
sobre cualquier tontería era considerado un prodigio.
Las invenciones más sorprendentes y más útiles no son las que más honran
al espíritu humano.
Todas las artes tienen su origen en un instinto mecánico común a los
hombres, pero no a la sana filosofía.
El descubrimiento del fuego, el arte de la panadería, de fundir y
preparar los metales, de construir casas, el invento de la lanzadera, que son
cosas más necesarias que la imprenta y la brújula, se deben a hombres todavía
salvajes.
¿No hicieron griegos y romanos un uso maravilloso de la mecánica? Y, sin
embargo, en aquellos tiempos se creía que había cielos de cristal, que las
estrellas eran lamparitas que en ocasiones caían al mar; uno de los grandes
filósofos de la época, después de muchas investigaciones, afirmó que los astros
eran guijarros que se habían desprendido de la Tierra.
En una palabra, nadie antes que Bacon conoció la filosofía experimental
y casi todos los experimentos físicos realizados posteriormente están descritos
en su libro. El mismo realizó muchas experiencias: construyó máquinas
neumáticas mediante las que intuyó la elasticidad del aire; anduvo cerca de
descubrir la presión atmosférica, que descubrió más tarde Torricelli. En casi
toda Europa empezó a practicarse la física experimental, poco tiempo después;
Bacon había sospechado la existencia de ese tesoro oculto y todos los
filósofos, anima- dos por su promesa, intentaron descubrirlo.
Lo que más me sorprendió fue comprobar cómo en su libro habla en
términos exactos de esa nueva atracción, cuyo descubrimiento se atribuye a
Newton.
«Hay que buscar -dice Bacon- si no habrá una fuerza magnética entre la
Tierra y los objetos pesados, entre la Luna y el océano, entre los planetas,
etc.»
En otro lugar, dice: «O bien los cuerpos pesados son atraídos hacia el
centro de la Tierra, o bien se atraen mutuamente; en este último caso es
evidente que cuanto más se acerquen a la Tierra los cuerpos al caer, mayor será
su atracción. Hay que continuar investigando para saber si un reloj de pesas
irá más ligero sobre la cumbre de una montaña o en el fondo de una mina; si la
fuerza de las pesas disminuye en lo alto de la montaña y aumenta en la mina, es
evidente que la Tierra ejerce una verdadera atracción».
Este precursor de la filosofía fue a la vez un elegante escritor,
historiador y un espíritu selecto:
Sus Ensayos de moral son muy apreciados, pero han sido escritos con el
fin de enseñar, no para agradar; no siendo una sátira de la naturaleza humana
como las Máximas, de La Rochefoucauld, ni una escuela de escepticismo como las
obras de Montaigne, son menos leídas que esas dos obras llenas de ingenio.
Su Historia de Enrique VII es considerada como una obra maestra, pero no
creo que se pueda comparar a la de nuestro ilustre De Thou. He aquí cómo habla
el canciller Bacon del impostor Perkins, judío de nacimiento, que instigado por
la duquesa de Borgoña tuvo la osadía de tomar el nombre de Ricardo IV, rey de
Inglaterra, y disputó la corona a Enrique VII.
«En esa época la duquesa de Borgoña, por arte de magia, evocó de los
infiernos la sombra de Eduardo IV para atormentar al rey Enrique, el cual se
obsesionó por los espíritus malignos. Cuando la duquesa de Borgoña hubo
aleccionado a Perkins, se puso a estudiar por qué región del cielo haría
aparecer el cometa, y decidió que éste debía aparecer primeramente en el
horizonte de Irlanda.»
Creo que nuestro sabio De Thou no emplea este estilo pomposo, que antes
fuera considerado sublime, pero que actualmente es juzgado, justamente, como un
galimatías.
FIN
Decimotercera carta: Sobre Locke
Voltaire
Con seguridad, nunca ha habido un espíritu más juicioso, más metódico,
ni un lógico más exacto que Locke; sin embargo, no era un gran matemático.
Nunca pudo someterse a la fatiga de los cálculos ni a la aridez de las verdades
matemáticas, incapaces de dar nada sensible al espíritu; nadie como él ha
demostrado que se puede tener un espíritu geométrico sin geometría. Antes de
él, los grandes filósofos habían dado definiciones del alma humana, pero como
lo ignoraban todo sobre el tema, es natural que sus opiniones fueran diversas.
En Grecia, cuna de las artes y de los errores, donde tan lejos llegaron
la grandeza y la estupidez humanas, se razonaba sobre el alma como en nuestros
tiempos.
El divino Anaxágoras, al que le fue elevado un altar por enseñar a los
hombres que el Sol era mayor que el Peloponeso, que la nieve era negra y que
los cielos eran de piedra, afirmaba que el alma era un espíritu aéreo, pero,
sin embargo, inmortal.
Diógenes, otro que se hizo cínico después de haber sido monedero falso,
aseguraba que el alma era una porción de la sustancia misma de Dios; esta idea
era, por lo menos, brillante.
Epicuro creía que se componía de partes, como el cuerpo. Aristóteles,
que ha sido explicado de mil maneras distintas, porque es ininteligible, creía,
si creemos a algunos de sus discípulos, que el entendimiento de todos los
hombres estaba formado por una única y misma sustancia.
El divino Platón, maestro del divino Aristóteles, y el divino Sócrates,
maestro del divino Platón, creían que el alma era corporal y eterna. Sin duda
el demonio de Sócrates le había enseñado la realidad. Hay gentes que creen que
un hombre que se vanagloria de tener un genio familiar era, sin duda, un loco o
un bribón, pero es que esas gentes son demasiado exigentes.
En cuanto a los Padres de la Iglesia, creyeron que el alma humana, los
ángeles y Dios eran corporales.
El mundo se refina constantemente. San Bernardo, según la confesión del
padre Mabilon, enseñó que después de la muerte el alma no veía a Dios en el
cielo, sino que únicamente conversaba con la humanidad de Cristo. Sus palabras
no fueron muy creídas porque la aventura de las Cruzadas había desacreditado
sus oráculos. Más tarde, muchos escolásticos como el doctor irrefutable, el
doctor sutil, el doctor angelical, el doctor seráfico, el doctor querúbico,
estaban plenamente convencidos de que conocían el alma, pero hablaban de ella
como si quisieran que nadie les entendiera.
Nuestro Descartes, nacido para descubrir los errores de la antigüedad y
reemplazarlos por los suyos, animado por ese espíritu sistemático que ciega a
los más grandes hombres, creyó haber demostrado que el alma era lo mismo que el
pensamiento, como la materia era, en su opinión, lo mismo que la extensión;
aseguró que el hombre piensa constantemente; que el alma llega al cuerpo
poseyendo todas las nociones metafísicas, conociendo a Dios, el espacio, el
infinito, teniendo todas las ideas abstractas y los más hermosos conocimientos,
pero que desgraciadamente olvida todo al salir del vientre de la madre.
Malebranche, del Oratorio, con sus sublimes ilusiones no solamente
admitió las ideas innatas, sino que creía que vivimos íntegramente en Dios y
que Dios, por decirlo de alguna manera, era nuestra alma. Todos estos
razonadores escribieron la novela del alma, hasta que llegó un sabio y modesta-
mente escribió su historia. Locke ha desarrollado en el hombre la razón humana
como un excelente anatomista explica los resortes del cuerpo humano. Se ayuda
siempre con la antorcha de la física; algunas veces se anima a hablar
definitivamente, otras también, a dudar. En vez de definir de repente lo que no
conocemos, examina por gradaciones lo que queremos conocer. Toma a un niño en
el momento de su nacimiento, sigue paso a paso los progresos de su
entendimiento; ve lo que tiene de común con las bestias y lo que está por
encima de ellas; consulta sobre todo su propio testimonio, la conciencia de su
pensamiento.
«Yo dejo que los que saben más que yo -nos dice- discutan sobre si el
alma existía antes o después del cuerpo. Confieso que en el reparto me tocó un
alma grosera que no piensa continuamente y, por desgracia, creo que no es
necesario que el alma piense continuamente, como no es necesario que el cuerpo
esté continuamente en movimiento.»
Personalmente me honro en pensar que en este punto soy tan estúpido como
Locke. Nadie será capaz de hacerme creer que pienso continuamente, y me resulta
imposible imaginar que algunas semanas antes de ser concebido tenía un alma
sabia, que sabía millares de cosas que he olvidado al nacer, que en el útero
tenía conocimientos que se me han olvidado y que no he podido recordar jamás.
Después de haber descartado el concepto de ideas innatas y de haber
renunciado a la vanidad de creer que el alma piensa constantemente, Locke
estableció que nuestras ideas se originan en nuestros sentidos; examina
nuestras ideas simples y compuestas; sigue al espíritu humano en todas sus
operaciones; demuestra la imperfección de las lenguas habladas por los hombres
y el abuso constante que se hace de las palabras.
Considera por último el alcance, o mejor, la nada de los conocimientos
humanos. En este capítulo se atreve a decir modestamente estas palabras: «Tal
vez nunca podamos saber si un ser puramente material piensa o no».
En estas sensatas palabras más de un teólogo vio la escandalosa
declaración de que el alma es material y mortal.
Algunos ingleses, devotos a su manera, dieron la alarma. Los
supersticiosos son en la sociedad lo que los holgazanes en el ejército: tienen
y contagian terrores pánicos. Se acusó a Locke de querer modificar la religión
y, sin embargo, no se trataba de religión, era una cuestión puramente
filosófica, independiente de la fe y de la revelación. Había que pensar con
tranquilidad si no es contradictorio decir: la materia puede pensar y Dios
puede comunicar pensamientos a la materia. Los teólogos empiezan demasiado
pronto a decir que Dios ha sido ultrajado cuando no se piensa como ellos. Se
parecen mucho a los malos poetas que dicen que Despreaux habla mal del rey
porque se burla de ellos.
El doctor Stinlingfleet se ha hecho con una reputación de teólogo
moderado por no haber injuriado positivamente a Locke. Luchó contra él, pero
fue vencido, porque él razonaba como un doctor y Locke como un filósofo
conocedor de la fuerza y debilidad del espíritu humano, y que conocía el temple
de las armas que empleaba.
Si yo me atreviera a hablar de asunto tan delicado en el estilo de
Locke, diría: hace mucho tiempo que los hombres discuten sobre la naturaleza y
la inmortalidad del alma humana. Es imposible demostrar la inmortalidad del
alma, pues aún discutimos sobre la naturaleza y hay que conocer a fondo un ser
creado para decir si es o no inmortal. Prueba de que la razón humana es incapaz
de saber si el alma es inmortal es que ésta ha debido sernos revelada a través
de la religión. Para el bien común, la fe nos ordena creer en la inmortalidad
del alma; es todo lo que hace falta y la cuestión está decidida. No ocurre lo
mismo con respecto a su esencia; a la religión le importa poco saber la
sustancia de que está formada el alma con tal que sea virtuosa. Se nos ha dado
un reloj, pero el relojero no nos ha dicho de qué clase de material está hecho
el resorte. Yo soy cuerpo y pienso, es todo cuanto sé. ¿Por qué querer atribuir
a una causa desconocida algo que tan fácilmente se puede atribuir a la única
causa segunda que conozco? Todos los filósofos de la escuela argumentan: «En el
cuerpo no hay más que extensión y solidez y no puede tener más que movimiento y
figura. Ahora bien, movimiento y figura, extensión y solidez no pueden originar
un pensamiento, por lo tanto el alma no puede ser materia».
Todo ese gran razonamiento, tantas veces repetido, se reduce solamente a
lo siguiente: «No conozco la materia, in tuyo imperfectamente algunas de sus
propiedades; no sé si dichas propiedades pueden unirse al pensamiento;
entonces, como no sé nada, afirmo positivamente que la materia no puede
pensar». Así razona la escuela. Locke diría sencillamente a estos señores:
«Confesad por lo menos que sois tan ignorantes como yo; ni vuestra imaginación
ni la mía pueden concebir cómo un cuerpo tiene ideas. ¿Acaso comprendéis mejor
cómo una sustancia, sea como sea, puede tenerla? Si no podéis concebir ni la
materia ni el espíritu, ¿cómo podéis afirmar algo?»
A su vez, el supersticioso llega y dice que, para el bien de las almas,
es necesario quemar a todos los que creen que es posible pensar únicamente con
la ayuda del cuerpo. Pero ¿qué opinaría si fuera él el reo de irreligiosidad?
En efecto, ¿podemos asegurar, sin caer en una absurda Impiedad, que el Creador
no puede darle a la materia pensamientos y sentimientos? Pensad lo y veréis en
qué apuro os metéis los que limitáis así el poder del Creador. Los animales
poseen los mismos órganos que nosotros, los mismos sentimientos y las mismas
percepciones. Tienen memoria y combinan algunas ideas. Si Dios no puede animar
a la materia y dotarla de sentimientos, es necesario admitir que, o bien los
animales no son más que máquinas, o bien tienen un alma espiritual.
Creo que es innecesario demostrar que los animales no son simples
máquinas. En efecto, Dios les ha dado los mismos órganos del sentimiento que a
nosotros; luego si son incapaces de sentir, Dios ha hecho un trabajo inútil.
Según vosotros decís, Dios no hace nada vanamente, por tanto, no puede haber
fabricado tantos órganos del sentimiento si éste no debiera existir. De lo cual
se deduce que los animales no son puramente máquinas.
Los animales, según vosotros, no pueden tener un alma espiritual; luego,
aunque os pese, tenéis que reconocer que Dios ha dado a los órganos de los
animales, que son materia, esa facultad de sentir que vosotros llamáis
instinto. ¿Quién podría impedir que Dios hubiera dado a nuestros órganos más
sensibles la facultad de sentir, de percibir, de pensar, que llamáis razón
humana? Sea cual sea el lado a donde os volváis, debéis confesar vuestra
ignorancia y el inmenso poder de Dios. No sigáis, por lo tanto, oponiéndoos a
la sabia y modesta filosofía de Locke; en vez de ir en contra de la religión,
si ésta lo necesitara podría servirle de ayuda. ¿Existe una filosofía más
religiosa que la que afirma Única- mente lo que ve con claridad y, tras
confesar su debilidad, nos dice que estamos obligados a recurrir a Dios cuando
nos ponemos a examinar los primeros principios?
Por otra parte, nunca hay que temer que un sentimiento filosófico pueda
dañar a la religión de un país. Los misterios, aunque son contrarios a las
demostraciones, serán siempre respetados por los filósofos cristianos que saben
que los objetivos de la razón y de la fe son diferentes. Los filósofos nunca
formarán una secta religiosa. ¿Por qué? Porque no escriben para el pueblo y
porque carecen de entusiasmo.
Dividid al género humano en veinte partes; diecinueve estarán formadas
por trabajadores que no sabrán nunca que existió Locke. De los restantes,
¿cuántos hombres se dedican a la lectura? Y entre los que leen, veinte leen
novelas y uno sólo estudia filosofía. El número de los que piensa es muy
reducido y, además, no se preocupan de turbar al mundo.
No fueron ni Montaigne, ni Locke, ni Bayle, ni Spinoza, ni Hobbes, ni
lord Shaftesbury, ni Collins, ni Toland, etcétera, los que levantaron el
estandarte de la discordia en su patria. La mayor parte de las veces fueron los
teólogos que, deseando ser jefes de sectas, terminaron en jefes de partido.
¿Qué digo? Todos los libros de los filósofos modernos no han hecho tanto ruido
como el que hicieron antes los franciscanos con su disputa sobre la forma de
sus mangas y de su capucha.
FIN


Publicar un comentario