© Libro N° 9499. Pepita Jiménez. Valera, Juan. Emancipación. Enero 15 de 2022.
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Miranda
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PEPITA JIMÉNEZ
Juan Valera
Pepita Jiménez
Juan Valera
El señor deán de la catedral de…, muerto pocos años ha, dejó entre sus
papeles un legajo, que, rodando de unas manos en otras, ha venido a dar en las
mías, sin que, por extraña fortuna, se haya perdido uno solo de los documentos
de que constaba. El rótulo del legajo es la sentencia latina que me sirve de
epígrafe, sin el nombre de mujer que yo le doy por título ahora; y tal vez este
rótulo haya contribuido a que los papeles se conserven, pues creyéndolos cosa
de sermón o de teología, nadie se movió antes que yo a desatar el balduque ni a
leer una sola página.
Contiene el legajo tres partes. La primera dice: Cartas de mi
Sobrino; la segunda, Paralipómenos; y la tercera, Epílogo. Cartas
de mi hermano.
Todo ello está escrito de una misma letra, que se puede inferir fuese la
del señor deán. Y como el conjunto forma algo a modo de novela, si bien con
poco o ningún enredo, yo imaginé en un principio que tal vez el señor deán
quiso ejercitar su ingenio componiéndola en algunos ratos de ocio; pero, mirado
el asunto con más detención y, notando la natural sencillez del estilo, me
inclino a creer ahora que no hay tal novela, sino que las cartas son copia de
verdaderas cartas, que el señor deán rasgó, quemó o devolvió a sus dueños, y
que la parte narrativa, designada con el título bíblico de Paralipómenos,
es la sola obra del señor deán, a fin de completar el cuadro con sucesos que
las cartas no refieren.
De cualquier modo que sea, confieso que no me ha cansado, antes bien me
ha interesado casi la lectura de estos papeles; y como en el día se publica
todo, he decidido publicarlos también, sin más averiguaciones, mudando sólo los
nombres propios, para que, si viven los que con ellos se designan, no se vean
en novela sin quererlo ni permitirlo.
Las cartas que la primera parte contiene parecen escritas por un joven
de pocos años, con algún conocimiento teórico, pero con ninguna práctica de las
cosas del mundo, educado al lado del señor deán, su tío, y en el Seminario, y
con gran fervor religioso y empeño decidido de ser sacerdote.
A este joven llamaremos D. Luis de Vargas.
El mencionado manuscrito, fielmente trasladado a la estampa,
es como sigue.
-I-
Cartas de mi sobrino
22 de Marzo.
Querido tío y venerado maestro: Hace cuatro días que llegué con toda
felicidad a este lugar de mi nacimiento, donde he hallado bien de salud a mi
padre, al señor vicario y a los amigos y parientes. El contento de verlos y de
hablar con ellos, después de tantos años de ausencia, me ha embargado el ánimo
y me ha robado el tiempo, de suerte que hasta ahora no he podido escribir a Vd.
Vd. me lo perdonará.
Como salí de aquí tan niño y he vuelto hecho un hombre, es singular la
impresión que me causan todos estos objetos que guardaba en la memoria. Todo me
parece más chico, mucho más chico; pero también más bonito que el recuerdo que
tenía. La casa de mi padre, que en mi imaginación era inmensa, es sin duda una
gran casa de un rico labrador; pero más pequeña que el Seminario. Lo que ahora
comprendo y estimo mejor es el campo de por aquí. Las huertas, sobre todo, son
deliciosas. ¡Qué sendas tan lindas hay entre ellas! A un lado, y tal vez a
ambos, corre el agua cristalina con grato murmullo. Las orillas de las acequias
están cubiertas de yerbas olorosas y de flores de mil clases. En un instante
puede uno coger un gran ramo de violetas. Dan sombra a estas sendas pomposos y
gigantescos nogales, higueras y otros árboles, y forman los vallados la
zarzamora, el rosal, el granado y la madreselva.
Es portentosa la multitud de pajarillos que alegran estos campos y
alamedas.
Yo estoy encantado con las huertas, y todas las tardes me paseo por
ellas un par de horas.
Mi padre quiere llevarme a ver sus olivares, sus viñas, sus cortijos;
pero nada de esto hemos visto aún. No he salido del lugar y de las amenas
huertas que le circundan.
Es verdad que no me dejan parar con tanta visita.
Hasta cinco mujeres han venido a verme que todas han sido mis amas y me
han abrazado y besado.
Todos me llaman Luisito o el niño de D. Pedro, aunque tengo ya veintidós
años cumplidos. Todos preguntan a mi padre por el niño, cuando no estoy
presente.
Se me figura que son inútiles los libros que he traído para leer, pues
ni un instante me dejan solo.
La dignidad de cacique, que yo creía cosa de broma, es cosa harto seria.
Mi padre es el cacique del lugar.
Apenas hay aquí quien acierte a comprender lo que llaman mi manía de
hacerme clérigo, y esta buena gente me dice con un candor selvático que debo
ahorcar los hábitos, que el ser clérigo está bien para los pobretones; pero que
yo, soy un rico heredero, debo casarme y consolar la vejez de mi padre, dándole
media docena de hermosos y robustos nietos.
Para adularme y adular a mi padre, dicen hombres y mujeres que soy un
real mozo, muy salado, que tengo mucho ángel, que mis ojos son muy pícaros, y
otras sandeces que me afligen, disgustan y avergüenzan, a pesar de que no soy
tímido y conozco las miserias y locuras de esta vida, para no escandalizarme ni
asustarme de nada.
El único defecto que hallan en mí es el de que estoy muy delgadito, a
fuerza de estudiar. Para que engorde se proponen no dejarme estudiar ni leer un
papel mientras aquí permanezca, y además hacerme comer cuantos primores de
cocina y de repostería se confeccionan en el lugar. Está visto: quieren
cebarme. No hay familia conocida que no me haya enviado algún obsequio. Ya me
envían una torta de bizcocho, ya un cuajado, ya una pirámide de piñonate, ya un
tarro de almíbar.
Los obsequios que me hacen no son sólo estos presentes enviados a casa,
sino que también me han convidado a comer tres o cuatro personas de las más
importantes del lugar.
Mañana como en casa de la famosa Pepita Jiménez, de quien Vd. habrá oído
hablar sin duda alguna. Nadie ignora aquí que mi padre la pretende.
Mi padre, a pesar de sus cincuenta y cinco años, está tan bien que puede
poner envidia a los más gallardos mozos del lugar. Tiene además el atractivo
poderoso, irresistible para algunas mujeres, de sus pasadas conquistas, de su
celebridad, de haber sido una especie de D. Juan Tenorio.
No conozco aún a Pepita Jiménez. Todos dicen que es muy linda. Yo
sospecho que será una beldad lugareña y algo rústica. Por lo que de ella se
cuenta, no acierto a decidir si es buena o mala moralmente; pero sí que es de
gran despejo natural. Pepita tendrá veinte años; es viuda; sólo tres años
estuvo casada. Era hija de doña Francisca Gálvez, viuda, como Vd. sabe, de un
capitán retirado
Que le dejó a su muerte
Sólo su honrosa espada por herencia,
según dice el poeta. Hasta la edad de diez y seis años vivió Pepita con
su madre en la mayor estrechez, casi en la miseria.
Tenía un tío llamado D. Gumersindo, poseedor de un mezquinísimo
mayorazgo, de aquellos que en tiempos antiguos una vanidad absurda fundaba.
Cualquier persona regular hubiera vivido con las rentas de este mayorazgo en
continuos apuros, llena tal vez de trampas y sin acertar a darse el lustre y
decoro propios de su clase; pero D. Gumersindo era un ser extraordinario: el
genio de la economía. No se podía decir que crease riqueza; pero tenía una
extraordinaria facultad de absorción con respecto a la de los otros, y en punto
a consumirla, será difícil hallar sobre la tierra persona alguna en cuyo
mantenimiento, conservación y bienestar hayan tenido menos que afanarse la
madre naturaleza y la industria humana. No se sabe cómo vivió; pero el caso es
que vivió hasta la edad de ochenta años, ahorrando sus rentas íntegras y
haciendo crecer su capital por medio de préstamos muy sobre seguro. Nadie por
aquí le critica de usurero, antes bien le califican de caritativo, porque
siendo moderado en todo, hasta en la usura lo era, y no solía llevar más de un
10 por 100 al año, mientras que en toda esta comarca llevan un 20 y hasta un 30
por 100, y aún parece poco.
Con este arreglo, con esta industria, y con el ánimo consagrado siempre
a aumentar y a no disminuir sus bienes, sin permitirse el lujo de casarse, ni
de tener hijos, ni de fumar siquiera, llegó D. Gumersindo a la edad que he
dicho, siendo poseedor de un capital, importante sin duda en cualquier punto, y
aquí considerado enorme, merced a la pobreza de estos lugareños y a la natural
exageración andaluza.
D. Gumersindo, muy aseado y cuidadoso de su persona, era un viejo que no
inspiraba repugnancia. Las prendas de su sencillo vestuario estaban algo
raídas, pero sin una mancha y saltando de limpias, aunque de tiempo inmemorial
se le conocía la misma capa, el mismo chaquetón y los mismos pantalones y
chaleco. A veces se interrogaban en balde las gentes unas a otras a ver si
alguien le había visto estrenar una prenda.
Con todos estos defectos, que aquí y en otras partes muchos consideran
virtudes, aunque virtudes exageradas, D. Gumersindo tenía excelentes
cualidades: era afable, servicial, compasivo, y se desvivía por complacer y ser
útil a todo el mundo aunque le costase trabajo, desvelos y fatiga, con tal de
que no le costase un real. Alegre y amigo de chanzas y de burlas, se hallaba en
todas las reuniones y fiestas, cuando no eran a escote, y las regocijaba con la
amenidad de su trato y con su discreta aunque poco ática conversación. Nunca
había tenido inclinación alguna amorosa a una mujer determinada; pero
inocentemente, sin malicia, gustaba de todas y era el viejo más amigo de
requebrar a las muchachas y que más las hiciese reír que había en diez leguas a
la redonda.
Ya he dicho que era tío de la Pepita. Cuando frisaba en los ochenta
años, iba ella a cumplir los diez y seis. Él era poderoso; ella pobre y
desvalida.
La madre de ella era una mujer vulgar, de cortas luces y de instintos
groseros. Adoraba a su hija, pero continuamente y con honda amargura se
lamentaba de los sacrificios que por ella hacía, de las privaciones que sufría
y de la desconsolada vejez y triste muerte que iba a tener en medio de tanta
pobreza. Tenía además un hijo mayor que Pepita, que había sido gran calavera en
el lugar, jugador y pendenciero, a quien después de muchos disgustos, había
logrado colocar en la Habana en un empleíllo de mala muerte, viéndose así libre
de él y con el charco de por medio. Sin embargo, a los pocos años de estar en
la Habana el muchacho, su mala conducta hizo que le dejaran cesante, y asaetaba
a cartas a su madre pidiéndole dinero. La madre, que apenas tenía para sí y
para Pepita, se desesperaba, rabiaba, maldecía de sí y de su destino con
paciencia poco evangélica, y cifraba toda su esperanza en una buena colocación
para su hija que la sacase de apuros.
En tan angustiosa situación, empezó D. Gumersindo a frecuentar la casa
de Pepita y de su madre y a requebrar a Pepita con más ahínco y persistencia
que solía requebrar a otras. Era, con todo, tan inverosímil y tan desatinado el
suponer que un hombre, que había pasado ochenta años sin querer casarse,
pensase en tal locura cuando ya tenía un pie en el sepulcro, que ni la madre de
Pepita, ni Pepita mucho menos, sospecharon jamás los en verdad atrevidos
pensamientos de D. Gumersindo. Así es que un día ambas se quedaron atónitas y
pasmadas cuando, después de varios requiebros, entre burlas y veras, D.
Gumersindo soltó con la mayor formalidad y a boca de jarro la siguiente
categórica pregunta:
—Muchacha, ¿quieres casarte conmigo?
Pepita, aunque la pregunta venía después de mucha broma, y pudiera
tomarse por broma, y aunque inexperta de las cosas del mundo, por cierto
instinto adivinatorio que hay en las mujeres y sobre todo en las mozas, por
cándidas que sean, conoció que aquello iba por lo serio, se puso colorada como
una guinda, y no contestó nada. La madre contestó por ella:
—Niña, no seas mal criada; contesta a tu tío lo que debes contestar:
Tío, con mucho gusto; cuando Vd. quiera.
Este Tío, con mucho gusto; cuando
Vd. quiera, entonces, y varias veces después, dicen que salió casi
mecánicamente de entre los trémulos labios de Pepita, cediendo a las
amonestaciones, a los discursos, a las quejas y hasta al mandato imperioso de
su madre.
Veo que me extiendo demasiado en hablar a Vd. de esta Pepita Jiménez y
de su historia; pero me interesa y supongo que debe interesarle, pues si es
cierto lo que aquí aseguran, va a ser cuñada de Vd. y madrastra mía. Procuraré,
sin embargo, no detenerme en pormenores y referir en resumen cosas que acaso
Vd. ya sepa, aunque hace tiempo que falta de aquí.
Pepita Jiménez se casó con D. Gumersindo. La envidia se desencadenó
contra ella en los días que precedieron a la boda y algunos meses después.
En efecto, el valor moral de este matrimonio es harto discutible; mas
para la muchacha, si se atiende a los ruegos de su madre, a sus quejas, hasta a
su mandato; si se atiende a que ella creía por este medio proporcionar a su
madre una vejez descansada y libertar a su hermano de la deshonra y de la
infamia, siendo su ángel tutelar y su Providencia, fuerza es confesar que
merece atenuación la censura. Por otra parte, ¿cómo penetrar en lo íntimo del
corazón, en el secreto escondido de la mente juvenil de una doncella, criada
tal vez con recogimiento exquisito e ignorante de todo, y saber qué idea podía
ella formarse del matrimonio? Tal vez entendió que casarse con aquel viejo era
consagrar su vida a cuidarle, a ser su enfermera, a dulcificar los últimos años
de su vida, a no dejarle en soledad y abandono, cercado sólo de achaques y
asistido por manos mercenarias, y a iluminar y dorar, por último, sus
postrimerías con el rayo esplendente y suave de su hermosura y de su juventud,
como ángel que toma forma humana. Si algo de esto o todo esto pensó la
muchacha, y en su inocencia no penetró en otros misterios, salva queda la
bondad de lo que hizo.
Como quiera que sea, dejando a un lado estas investigaciones
psicológicas que no tengo derecho a hacer, pues no conozco a Pepita Jiménez, es
lo cierto que ella vivió en santa paz con el viejo durante tres años; que el
viejo parecía más feliz que nunca; que ella le cuidaba y regalaba con un esmero
admirable, y que en su última y penosa enfermedad le atendió y veló con
infatigable y tierno afecto, hasta que el viejo murió en sus brazos dejándola
heredera de una gran fortuna.
Aunque hace más de dos años que perdió a su madre, y más de año y medio
que enviudó, Pepita lleva aún luto de viuda. Su compostura, su vivir retirado y
su melancolía son tales, que cualquiera pensaría que llora la muerte del marido
como si hubiera sido un hermoso mancebo. Tal vez alguien presume o sospecha que
la soberbia de Pepita y el conocimiento cierto que tiene hoy de los poco
poéticos medios con que se ha hecho rica, traen su conciencia alterada y más
que escrupulosa; y que, avergonzada a sus propios ojos y a los de los hombres,
busca en la austeridad y en el retiro el consuelo y reparo a la herida de su
corazón.
Aquí, como en todas partes, la gente es muy aficionada al dinero. Y digo
mal como en todas partes: en las ciudades populosas, en los grandes
centros de civilización, hay otras distinciones que se ambicionan tanto o más
que el dinero, porque abren camino y dan crédito y consideración en el mundo;
pero en los pueblos pequeños, donde ni la gloria literaria o científica, ni tal
vez la distinción en los modales, ni la elegancia, ni la discreción y amenidad
en el trato, suelen estimarse ni comprenderse, no hay otros grados que marquen
la jerarquía social sino el tener más o menos dinero o cosa que lo valga.
Pepita, pues, con dinero y siendo además hermosa, y haciendo, como dicen todos,
buen uso de su riqueza, se ve en el día considerada y respetada extraordinariamente.
De este pueblo y de todos los de las cercanías han acudido a pretenderla los
más brillantes partidos, los mozos mejor acomodados. Pero, a lo que parece,
ella los desdeña a todos con extremada dulzura, procurando no hacerse ningún
enemigo, y se supone que tiene llena el alma de la más ardiente devoción y que
su constante pensamiento es consagrar su vida a ejercicios de caridad y de
piedad religiosa.
Mi padre no está más adelantado ni ha salido mejor librado, según dicen,
que los demás pretendientes; pero Pepita, para cumplir el refrán de que no
quita lo cortés a lo valiente, se esmera en mostrarle la amistad más franca,
afectuosa y desinteresada. Se deshace con él en obsequios y atenciones; y,
siempre que mi padre trata de hablarle de amor, le pone a raya echándole un
sermón dulcísimo, trayéndole a la memoria sus pasadas culpas y tratando de
desengañarle del mundo y de sus pompas vanas.
Confieso a Vd. que empiezo a tener curiosidad de conocer a esta mujer;
tanto oigo hablar de ella. No creo que mi curiosidad carezca de fundamento,
tenga nada de vano ni de pecaminoso; yo mismo siento lo que dice Pepita; yo
mismo deseo que mi padre, en su edad provecta, venga a mejor vida, olvide y no
renueve las agitaciones y pasiones de su mocedad, y llegue a una vejez
tranquila, dichosa y honrada. Sólo difiero del sentir de Pepita en una cosa; en
creer que mi padre, mejor que quedándose soltero, conseguiría esto casándose
con una mujer digna, buena y que le quisiese. Por esto mismo deseo conocer a
Pepita y ver si ella puede ser esta mujer, pesándome ya algo, y tal vez entre
en esto cierto orgullo de familia, que si es malo quisiera desechar, los
desdenes, aunque melifluos y afectuosos, de la mencionada joven viuda.
Si tuviera yo otra condición, preferiría que mi padre se quedase
soltero. Hijo único entonces, heredaría todas sus riquezas, y, como si
dijéramos, nada menos que el cacicato de este lugar; pero Vd. sabe bien lo
firme de mi resolución.
Aunque indigno y humilde, me siento llamado al sacerdocio, y los bienes
de la tierra hacen poca mella en mi ánimo. Si hay algo en mí del ardor de la
juventud y de la vehemencia de las pasiones propias de dicha edad, todo habrá
de emplearse en dar pábulo a una caridad activa y fecunda. Hasta los muchos
libros que Vd. me ha dado a leer y mi conocimiento de la historia de las
antiguas civilizaciones de los pueblos del Asia unen en mí la curiosidad
científica al deseo de propagar la fe, y me convidan y excitan a irme de
misionero al remoto Oriente. Yo creo que, no bien salga de este lugar, donde
Vd. mismo me envía a pasar algún tiempo con mi padre, y no bien me vea elevado
a la dignidad del sacerdocio, y aunque ignorante y pecador como soy, me sienta
revestido por don sobrenatural y gratuito, merced a la soberana bondad del
Altísimo, de la facultad de perdonar los pecados y de la misión de enseñar a
las gentes, y reciba el perpetuo y milagroso favor de traer a mis manos impuras
al mismo Dios humanado, dejaré a España y me iré a tierras distantes a predicar
el Evangelio.
No me mueve vanidad alguna; no quiero creerme superior a ningún otro
hombre. El poder de mi fe, la constancia de que me siento capaz, todo, después
del favor y de la gracia de Dios, se lo debo a la atinada educación, a la santa
enseñanza y al buen ejemplo de Vd., mi querido tío.
Casi no me atrevo a confesarme a mí mismo una cosa; pero contra mi
voluntad esta cosa, este pensamiento, esta cavilación, acude a mi mente con
frecuencia, y ya que acude a mi mente, quiero, debo confesársela a Vd.; no me
es lícito ocultarle ni mis más recónditos e involuntarios pensamientos. Vd. me
ha enseñado a analizar lo que el alma siente, a buscar su origen bueno o malo,
a escudriñar los más hondos senos del corazón, a hacer, en suma, un escrupuloso
examen de conciencia.
He pensado muchas veces sobre dos métodos opuestos de educación: el de
aquéllos que procuran conservar la inocencia, confundiendo la inocencia con la
ignorancia y creyendo que el mal no conocido se evita mejor que el conocido, y
el de aquéllos que, valerosamente y no bien llegado el discípulo a la edad de
la razón, y salva la delicadeza del pudor, le muestran el mal en toda su
fealdad horrible y en toda su espantosa desnudez, a fin de que le aborrezca y
le evite. Yo entiendo que el mal debe conocerse para estimar mejor la infinita
bondad divina, término ideal e inasequible de todo bien nacido deseo. Yo
agradezco a Vd. que me haya hecho conocer, como dice la Escritura, con la miel
y la manteca de su enseñanza, todo lo malo y todo lo bueno, a fin de reprobar
lo uno y aspirar a lo otro, con discreto ahínco y con pleno conocimiento de
causa. Me alegro de no ser cándido, y de ir derecho a la virtud, y en cuanto
cabe en lo humano, a la perfección, sabedor de todas las tribulaciones, de
todas las asperezas que hay en la peregrinación que debemos hacer por este
valle de lágrimas, y no ignorando tampoco lo llano, lo fácil, lo dulce, lo
sembrado de flores que está, en apariencia, el camino que conduce a la
perdición y a la muerte eterna.
Otra cosa que me considero obligado a agradecer a Vd., es la
indulgencia, la tolerancia, aunque no complaciente y relajada, sino severa y
grave, que ha sabido Vd. inspirarme para con las faltas y pecados del prójimo.
Digo todo esto porque quiero hablar a Vd. de un asunto tan delicado, tan
vidrioso, que apenas hallo términos con que expresarle. En resolución, yo me
pregunto a veces: este propósito mío ¿tendrá por fundamento, en parte al menos,
el carácter de mis relaciones con mi padre? En el fondo de mi corazón, ¿he
sabido perdonarle su conducta con mi pobre madre, víctima de sus liviandades?
Lo examino detenidamente y no hallo un átomo de rencor en mi pecho. Muy
al contrario: la gratitud le llena todo. Mi padre me ha criado con amor; ha
procurado honrar en mí la memoria de mi madre, y se diría que al criarme, al
cuidarme, al mimarme, al esmerarse conmigo cuando pequeño, trataba de aplacar
su irritada sombra, si la sombra, si el espíritu de ella, que era un ángel de
bondad y de mansedumbre, hubiera sido capaz de ira. Repito, pues, que estoy
lleno de gratitud hacia mi padre; él me ha reconocido, y además, a la edad de
diez años me envió con Vd., a quien debo cuanto soy.
Si hay en mi corazón algún germen de virtud, si hay en mi mente algún
principio de ciencia; si hay en mi voluntad algún honrado y buen propósito, a
Vd. lo debo.
El cariño de mi padre hacia mí es extraordinario, es grande; la
estimación en que me tiene, inmensamente superior a mis merecimientos. Acaso
influya en esto la vanidad. En el amor paterno hay algo de egoísta; es como una
prolongación del egoísmo. Todo mi valer, si yo le tuviese, mi padre le
consideraría como creación suya, como si yo fuera emanación de su personalidad,
así en el cuerpo como en el espíritu. Pero de todos modos, creo que él me
quiere y que hay en este cariño algo de independiente y de superior a todo ese
disculpable egoísmo de que he hablado.
Siento un gran consuelo, una gran tranquilidad en mi conciencia, y doy
por ello las más fervientes gracias a Dios, cuando advierto y noto que la
fuerza de la sangre, el vínculo de la naturaleza, ese misterioso lazo que nos
une, me lleva, sin ninguna consideración del deber, a amar a mi padre y a
reverenciarle. Sería horrible, no amarle así y esforzarse por amarle para
cumplir con un mandamiento divino. Sin embargo, y aquí vuelve mi escrúpulo: mi
propósito de ser clérigo o fraile, de no aceptar o de aceptar sólo una pequeña
parte de los cuantiosos bienes que han de tocarme por herencia y de los cuales
puedo disfrutar ya en vida de mi padre, ¿proviene sólo de mi menosprecio de las
cosas del mundo, de una verdadera vocación a la vida religiosa, o proviene también
de orgullo, de rencor escondido, de queja, de algo que hay en mí que no perdona
lo que mi madre perdonó con generosidad sublime? Esta duda me asalta y me
atormenta a veces; pero casi siempre la resuelvo en mi favor, y creo que no soy
orgulloso con mi padre; creo que yo aceptaría todo cuanto tiene si lo
necesitara; y me complazco en ser tan agradecido con él por lo poco como por lo
mucho.
Adiós tío: en adelante escribiré a Vd. a menudo y tan por extenso como
me tiene encargado, si bien no tanto como hoy, para no pecar de prolijo.
28 de Marzo.
Me voy cansando de mi residencia en este lugar, y cada día siento más
deseo de volverme con Vd. y de recibir las órdenes; pero mi padre quiere
acompañarme, quiere estar presente en esa gran solemnidad y exige de mí que
permanezca aquí con él dos meses por lo menos. Está tan afable, tan cariñoso
conmigo, que sería imposible no darle gusto en todo. Permaneceré, pues, aquí el
tiempo que él quiera. Para complacerle, me violento y procuro aparentar que me
gustan las diversiones de aquí, las giras campestres y hasta la caza, a todo lo
cual le acompaño. Procuro mostrarme más alegre y bullicioso de lo que
naturalmente soy. Como en el pueblo, medio de burla, medio en son de elogio, me
llaman el santo, yo por modestia trato de disimular estas apariencias de
santidad o de suavizarlas y humanarlas con la virtud de la eutropelia,
ostentando una alegría serena y decente, la cual nunca estuvo reñida ni con la
santidad ni con los santos. Confieso, con todo, que las bromas y fiestas de
aquí, que los chistes groseros y que el regocijo estruendoso me cansan. No
quisiera incurrir en murmuración ni ser maldiciente, aunque sea con todo sigilo
y de mí para Vd.; pero a menudo me doy a pensar que tal vez sería más difícil
empresa el moralizar y evangelizar un poco a estas gentes, y más lógica y
meritoria, que el irse a la India, a la Persia o la China, dejándose atrás a
tanto compatriota, si no perdido, algo pervertido. ¡Quién sabe! Dicen algunos
que las ideas modernas, que el materialismo y la incredulidad tienen la culpa
de todo; pero si la tienen, pero si obran tan malos efectos, ha de ser de un
modo extraño, mágico, diabólico, y no por medios naturales, pues es lo cierto
que nadie lee aquí libro alguno ni bueno ni malo, por donde no atino a
comprender cómo puedan pervertirse con las malas doctrinas que privan ahora.
¿Estarán en el aire las malas doctrinas, a modo de miasmas de una epidemia?
Acaso (y siento tener este mal pensamiento, que a Vd. sólo declaro), acaso
tenga la culpa el mismo clero. ¿Está en España a la altura de su misión? ¿Va a
enseñar y a moralizar en los pueblos? ¿En todos sus individuos es capaz de
esto? ¿Hay verdadera vocación en los que se consagran a la vida religiosa y a
la cura de almas, o es sólo un modo de vivir como otro cualquiera, con la
diferencia de que hoy no se dedican a él sino los más menesterosos, los más sin
esperanzas y sin medios, por lo mismo que esta carrera ofrece
menos porvenir que cualquiera otra? Sea como sea, la escasez de sacerdotes
instruidos y virtuosos excita más en mí el deseo de ser sacerdote. No quisiera
yo que el amor propio me engañase; reconozco todos mis defectos; pero siento en
mí una verdadera vocación y muchos de ellos podrán enmendarse con el auxilio
divino.
Hace tres días tuvimos el convite, del que hablé a Vd., en casa de
Pepita Jiménez. Como esta mujer vive tan retirada, no la conocí hasta el día
del convite: me pareció, en efecto, tan bonita como dice la fama, y advertí que
tiene con mi padre una afabilidad tan grande que le da alguna esperanza, al
menos miradas las cosas someramente, de que al cabo ceda y acepte su mano.
Como es posible que sea mi madrastra, la he mirado con detención y me
parece una mujer singular, cuyas condiciones morales no atino a determinar con
certidumbre. Hay en ella un sosiego, una paz exterior, que puede provenir de
frialdad de espíritu y de corazón, de estar muy sobre sí y de calcularlo todo,
sintiendo poco o nada, y pudiera provenir también de otras prendas que hubiera
en su alma; de la tranquilidad de su conciencia, de la pureza de sus
aspiraciones y del pensamiento de cumplir en esta vida con los deberes que la
sociedad impone, fijando la mente, como término, en esperanzas más altas. Ello
es lo cierto, que o bien porque en esta mujer todo es cálculo, sin elevarse su
mente a superiores esferas, o bien porque enlaza la prosa del vivir y la poesía
de sus ensueños en una perfecta armonía, no hay en ella nada que desentone del
cuadro general en que está colocada, y sin embargo, posee una distinción
natural que la levanta y separa de cuanto la rodea. No afecta vestir traje
aldeano, ni se viste tampoco según la moda de las ciudades; mezcla ambos
estilos en su vestir, de modo que parece una señora, pero una señora de lugar.
Disimula mucho, a lo que yo presumo, el cuidado que tiene de su persona; no se
advierten en ella ni cosméticos ni afeites; pero la blancura de sus manos, las
uñas tan bien cuidadas y acicaladas, y todo el aseo y pulcritud con que está
vestida, denotan que cuida de estas cosas más de lo que se pudiera creerse en
una persona que vive en un pueblo y que además dicen que desdeña las vanidades
del mundo y sólo piensa en las cosas del cielo.
Tiene la casa limpísima y todo en un orden perfecto. Los muebles no son
artísticos ni elegantes; pero tampoco se advierte en ellos nada pretencioso y
de mal gusto. Para poetizar su estancia, tanto en el patio como en las salas y
galerías, hay multitud de flores y plantas. No tiene, en verdad, ninguna planta
rara ni ninguna flor exótica; pero sus plantas y sus flores, de lo más común
que hay por aquí, están cuidadas con extraordinario mimo.
Varios canarios en jaulas doradas animan con sus trinos toda la casa. Se
conoce que el dueño de ella necesita seres vivos en quien poner algún cariño;
y, a más de algunas criadas, que se diría que ha elegido con empeño, pues no
puede ser mera casualidad el que sean todas bonitas, tiene, como las viejas
solteronas, varios animales que le hacen compañía: un loro, una perrita de
lanas muy lavada y dos o tres gatos, tan mansos y sociables, que se le ponen a
uno encima.
En un extremo de la sala principal hay algo como oratorio, donde
resplandece un niño Jesús de talla, blanco y rubio, con ojos azules y bastante
guapo. Su vestido es de raso blanco, con manto azul, lleno de estrellitas de
oro, y todo él está cubierto de dijes y de joyas. El altarito en que está el
niño Jesús se ve adornado de flores, y alrededor macetas de brusco y laureola,
y en el altar mismo, que tiene gradas o escaloncitos, mucha cera ardiendo.
Al ver todo esto, no sé qué pensar; pero más a menudo me inclino a creer
que la viuda se ama a sí misma sobre todo, y que para recreo y para efusión de
este amor tiene los gatos, los canarios, las flores y al propio niño Jesús, que
en el fondo de su alma tal vez no esté muy por encima de los canarios y de los
gatos.
No se puede negar que la Pepita Jiménez es discreta: ninguna broma
tonta, ninguna pregunta impertinente sobre mi vocación y sobre las órdenes que
voy a recibir dentro de poco, han salido de sus labios. Habló conmigo de las
cosas del lugar, de la labranza, de la última cosecha de vino y de aceite y del
modo de mejorar la elaboración del vino; todo ello con modestia y naturalidad,
sin mostrar deseo de pasar por muy entendida.
Mi padre estuvo finísimo; parecía remozado, y sus extremos cuidadosos
hacia la dama de sus pensamientos eran recibidos, si no con amor, con gratitud.
Asistieron al convite el médico, el escribano y el señor vicario, grande
amigo de la casa y padre espiritual de Pepita.
El señor vicario debe de tener un alto concepto de ella, porque varias
veces me habló aparte de su caridad, de las muchas limosnas que hacía, de lo
compasiva y buena que era para todo el mundo; en suma, me dijo que era una
santa.
Oído el señor vicario y fiándome en su juicio, yo no puedo menos de
desear que mi padre se case con la Pepita. Como mi padre no es a propósito para
hacer vida penitente, éste sería el único modo de que cambiase su vida, tan
agitada y tempestuosa hasta aquí, y de que viniese a parar a un término, si no
ejemplar, ordenado y pacífico.
Cuando nos retiramos de casa de Pepita Jiménez y volvimos a la nuestra,
mi padre me habló resueltamente de su proyecto: me dijo que él había sido un
gran calavera, que había llevado una vida muy mala y que no veía medio de
enmendarse, a pesar de sus años, si aquella mujer, que era su salvación, no le
quería y se casaba con él. Dando ya por supuesto que iba a quererle y a
casarse, mi padre me habló de intereses; me dijo que era muy rico y que me
dejaría mejorado, aunque tuviese varios hijos más. Yo le respondí que para los
planes y fines de mi vida necesitaba harto poco dinero, y que mi mayor contento
sería verle dichoso con mujer e hijos, olvidado de sus antiguos devaneos. Me
habló luego mi padre de sus esperanzas amorosas, con un candor y con una
vivacidad tales, que se diría que yo era el padre y el viejo, y él un chico de
mi edad o más joven. Para ponderarme el mérito de la novia, y la dificultad del
triunfo, me refirió las condiciones y excelencias de los quince o veinte novios
que Pepita había tenido, y que todos habían llevado calabazas. En cuanto a él,
según me explicó, hasta cierto punto las había también llevado; pero se
lisonjeaba de que no fuesen definitivas, porque Pepita le distinguía tanto, y
le mostraba tan grande afecto, que, si aquello no era amor, pudiera fácilmente
convertirse en amor con el largo trato y con la persistente adoración que él le
consagraba. Además, la causa del desvío de Pepita tenía para mi padre un no sé
qué de fantástico y de sofístico que al cabo debía desvanecerse. Pepita no
quería retirarse a un convento ni se inclinaba a la vida penitente: a pesar de
su recogimiento y de su devoción religiosa, harto se dejaba ver que se
complacía en agradar. El aseo y el esmero de su persona poco tenían de
cenobíticos. La culpa de los desvíos de Pepita, decía mi padre, es sin duda su
orgullo, orgullo en gran parte fundado: ella es naturalmente elegante,
distinguida; es un ser superior por la voluntad y por la inteligencia, por más
que con modestia lo disimule; ¿cómo, pues, ha de entregar su corazón a los
palurdos que la han pretendido hasta ahora? Ella imagina que su alma está llena
de un místico amor de Dios, y que sólo con Dios se satisface, porque no ha
salido a su paso todavía un mortal bastante discreto y agradable que le haga
olvidar hasta a su niño Jesús. Aunque sea inmodestia, añadía mi padre, yo me
lisonjeo aún de ser ese mortal dichoso.
Tales son, querido tío, las preocupaciones y ocupaciones de mi padre en
este pueblo, y las cosas tan extrañas para mí y tan ajenas a mis propósitos y
pensamientos de que me habla con frecuencia, y sobre las cuales quiere que dé
mi voto.
No parece sino que la excesiva indulgencia de usted para conmigo ha
hecho cundir aquí mi fama de hombre de consejo: paso por un pozo de ciencia;
todos me refieren sus cuitas y me piden que les muestre el camino que deben
seguir. Hasta el bueno del señor vicario, aun exponiéndose a revelar algo como
secretos de confesión, ha venido ya a consultarme sobre vanos casos de
conciencia que se le han presentado en el confesionario. Mucho me ha llamado la
atención uno de estos casos que me ha sido referido por el vicario, como todos,
con profundo misterio y sin decirme el nombre de la persona interesada.
Cuenta el señor vicario, que una hija suya de confesión tiene grandes
escrúpulos, porque se siente llevada con irresistible impulso hacia la vida
solitaria y contemplativa, pero teme a veces que este fervor de devoción no
venga acompañado de una verdadera humildad, sino que en parte le promueva y
excite el mismo demonio del orgullo.
Amar a Dios sobre todas las cosas, buscarle en el centro del alma donde
está, purificarse de todas las pasiones y afecciones terrenales, para unirse a
él, son ciertamente anhelos piadosos y determinaciones buenas; pero el
escrúpulo está en saber, en calcular si nacerán o no de un amor propio
exagerado. ¿Nacerán acaso, parece que piensa la penitente, de que yo, aunque
indigna y pecadora, presumo que vale más mi alma que las almas de mis
semejantes; que la hermosura interior de mi mente y de mi voluntad se turbaría
y se empañaría con el afecto de los seres humanos que conozco y que creo que no
me merecen? ¿Amo a Dios, no sobre todas las cosas, de un modo infinito, sino
sobre lo poco conocido que desdeño, que desestimo, que no puede llenar mi
corazón? Si mi devoción tiene este fundamento, hay en ella dos grandes faltas:
la primera, que no está cimentada en un puro amor de Dios, lleno de humildad y
de caridad, sino en el orgullo; y la segunda, que esa devoción no es firme y
valedera, sino que está en el aire, porque ¿quién asegura que no pueda el alma
olvidarse del amor a su Creador, cuando no le ama de un modo infinito, sino
porque no hay criatura a quien juzgue digna de que el amor en ella se emplee?
Sobre este caso de conciencia, harto alambicado y sutil para que así
preocupe a una lugareña, ha venido a consultarme el padre vicario. Yo he
querido excusarme de decir nada, fundándome en mi inexperiencia y pocos años;
pero el señor vicario se ha obstinado de tal suerte, que no he podido menos de
discurrir sobre el caso. He dicho, y mucho me alegraría de que Vd. aprobase mi
parecer, que lo que importa a esta hija de confesión atribulada, es mirar con
mayor benevolencia a los hombres que la rodean, y en vez de analizar y
desentrañar sus faltas con el escalpelo de la crítica, tratar de cubrirlas con
el manto de la caridad, haciendo resaltar todas las buenas cualidades de ellos
y ponderándolas mucho, a fin de amarlos y estimarlos; que debe esforzarse por
ver en cada ser humano un objeto digno de amor, un verdadero prójimo, un igual
suyo, un alma en cuyo fondo hay un tesoro de excelentes prendas y virtudes, un
ser hecho, en suma, a imagen y semejanza de Dios. Realzado así cuanto nos
rodea, amando y estimando a las criaturas por lo que son y por más de lo que
son, procurando no tenerse por superior a ellas en nada, antes bien,
profundizando con valor en el fondo de nuestra conciencia para descubrir todas
nuestras faltas y pecados, y adquiriendo la santa humildad y el menosprecio de
uno mismo, el corazón se sentirá lleno de afectos humanos, y no despreciará,
sino valuará en mucho el mérito de las cosas y de las personas; de modo que, si
sobre este fundamento descuella luego, y se levanta el amor divino con invencible
pujanza, no hay ya miedo de que pueda nacer este amor de una exagerada
estimación propia, del orgullo o de un desdén injusto del prójimo, sino que
nacerá de la pura y santa consideración de la hermosura y de la bondad
infinitas.
Si, como sospecho, es Pepita Jiménez la que ha consultado al señor
vicario sobre estas dudas y tribulaciones, me parece que mi padre no puede
lisonjearse todavía de ser muy querido; pero si el vicario acierta a darla mi
consejo, y ella le acepta y pone en práctica, o vendrá a hacerse una María de
Ágreda o cosa por el estilo, o lo que es más probable, dejará a un lado
misticismos y desvíos, y se conformará y contentará con aceptar la mano y el
corazón de mi padre, que en nada es inferior a ella.
4 de Abril.
La monotonía de mi vida en este lugar empieza a fastidiarme bastante, y
no porque la vida mía en otras partes haya sido más activa físicamente; antes
al contrario, aquí me paseo mucho, a pie y a caballo, voy al campo, y por
complacer a mi padre concurro a casinos y reuniones; en fin, vivo como fuera de
mi centro y de mi modo de ser; pero mi vida intelectual es nula; no leo un
libro ni apenas me dejan un momento para pensar y meditar sosegadamente: y como
el encanto de mi vida estribaba en estos pensamientos y meditaciones, me parece
monótona la que hago ahora. Gracias a la paciencia, que usted me ha recomendado
para todas las ocasiones, puedo sufrirla.
Otra causa de que mi espíritu no esté completamente tranquilo es el
anhelo que cada día siento más vivo de tomar el estado a que resueltamente me
inclino desde hace años. Me parece que en estos momentos, cuando se halla tan
cercana la realización del constante sueño de mi vida, es como una profanación
distraer la mente hacia otros objetos. Tanto me atormenta esta idea y tanto
cavilo sobre ella, que mi admiración por la belleza de las cosas creadas; por
el cielo tan lleno de estrellas en estas serenas noches de primavera, y en esta
región de Andalucía; por estos alegres campos, cubiertos ahora de verdes
sembrados, y por estas frescas y amenas huertas con tan lindas y sombrías
alamedas, con tantos mansos arroyos y acequias, con tanto lugar apartado y
esquivo, con tanto pájaro que le da música y con tantas flores y yerbas
olorosas; esta admiración y entusiasmo mío, repito, que en otro tiempo me
parecían avenirse por completo con el sentimiento religioso que llenaba mi
alma, excitándole y sublimándole en vez de debilitarle, hoy casi me parece
pecaminosa distracción e imperdonable olvido de lo eterno por lo temporal, de
lo increado y suprasensible por lo sensible y creado. Aunque con poco
aprovechamiento en la virtud, aunque nunca libre mi espíritu de los fantasmas
de la imaginación, aunque no exento en mí el hombre interior de las impresiones
exteriores y del fatigoso método discursivo, aunque incapaz de reconcentrarme
por un esfuerzo de amor en el centro mismo de la simple inteligencia, en el
ápice de la mente, para ver allí la verdad y la bondad, desnudas de imágenes y
de formas, aseguro a Vd. que tengo miedo del modo de orar imaginario, propio de
un hombre corporal y tan poco aprovechado como yo soy. La misma meditación
racional me infunde recelo. No quisiera yo hacer discursos para conocer a Dios,
ni traer razones de amor para amarle. Quisiera alzarme de un vuelo a la
contemplación esencial e íntima. ¿Quién me diese alas, como de paloma, para
volar al seno del que ama mi alma? Pero, ¿cuáles son, dónde están mis méritos?
¿Dónde las mortificaciones, la larga oración y el ayuno? ¿Qué he hecho yo, Dios
mío, para que tú me favorezcas?
Harto sé que los impíos del día presente acusan, con falta completa de
fundamento, a nuestra santa religión de mover las almas a aborrecer todas las
cosas del mundo, a despreciar o a desdeñar la naturaleza, tal vez a temerla
casi, como si hubiera en ella algo de diabólico, encerrando todo su amor y todo
su afecto en el que llaman monstruoso egoísmo del amor divino, porque creen que
el alma se ama a sí propia amando a Dios. Harto sé que no es así, que no es
ésta la verdadera doctrina; que el amor divino es la caridad, y que amar a Dios
es amarlo todo, porque todo está en Dios y Dios está en todo por inefable y
alta manera. Harto sé que no peco amando las cosas por el amor de Dios, lo cual
es amarlas por ellas con rectitud; porque ¿qué son ellas más que la manifestación,
la obra del amor de Dios? Y, sin embargo, no sé qué extraño temor, qué singular
escrúpulo, qué apenas perceptible e indeterminado remordimiento me atormenta
ahora, cuando tengo, como antes, como en otros días de mi juventud, como en la
misma niñez, alguna efusión de ternura, algún rapto de entusiasmo, al penetrar
en una enramada frondosa, al oír el canto del ruiseñor en el silencio de la
noche, al escuchar el pío de las golondrinas, al sentir el arrullo enamorado de
la tórtola, al ver las flores o al mirar las estrellas. Se me figura a veces
que hay en todo esto algo de delectación sensual, algo que me hace olvidar, por
un momento al menos, más altas aspiraciones. No quiero yo que en mí el espíritu
peque contra la carne; pero no quiero tampoco que la hermosura de la materia,
que sus deleites, aun los más delicados, sutiles y aéreos, aun los que más bien
por el espíritu que por el cuerpo se perciben, como el silbo delgado del aire
fresco, cargado de aromas campesinos, como el canto de las aves, como el
majestuoso y reposado silencio de las horas nocturnas, en estos jardines y
huertas, me distraigan de la contemplación de la superior hermosura, y entibien
ni por un momento mi amor hacia quien ha creado esta armoniosa fábrica del
mundo.
No se me oculta que todas estas cosas materiales son como las letras de
un libro, son como los signos y caracteres donde el alma, atenta a su lectura,
puede penetrar un hondo sentido y leer y descubrir la hermosura de Dios, que,
si bien imperfectamente, está en ellas como trasunto o más bien como cifra,
porque no la pintan, sino que la representan. En esta distinción me fundo a
veces para dar fuerza a mis escrúpulos y mortificarme. Porque yo me digo: si
amo la hermosura de las cosas terrenales tales como ellas son, y si la amo con
exceso, es idolatría; debo amarla como signo, como representación de una
hermosura oculta y divina, que vale mil veces más, que es incomparablemente
superior en todo.
Hace pocos días cumplí veintidós años. Tal ha sido hasta ahora mi fervor
religioso, que no he sentido más amor que el inmaculado amor de Dios mismo y de
su santa religión, que quisiera difundir y ver triunfante en todas las regiones
de la tierra. Confieso que algún sentimiento profano se ha mezclado con esta
pureza de afecto. Vd. lo sabe, se lo he dicho mil veces; y Vd., mirándome con
su acostumbrada indulgencia, me ha contestado que el hombre no es un ángel y
que sólo pretender tanta perfección es orgullo; que debo moderar esos
sentimientos y no empeñarme en ahogarlos del todo. El amor a la ciencia, el
amor a la propia gloria, adquirida por la ciencia misma, hasta el formar uno de
sí propio no desventajoso concepto; todo ello, sentido con moderación, velado y
mitigado por la humildad cristiana y encaminado a buen fin, tiene sin duda algo
de egoísta; pero puede servir de estímulo y apoyo a las más firmes y nobles
resoluciones. No es, pues, el escrúpulo que me asalta hoy el de mi orgullo, el
de tener sobrada confianza en mí mismo, el de ansiar gloria mundana, o el de
ser sobrado curioso de ciencia; no es nada de esto; nada que tenga relación con
el egoísmo, sino en cierto modo lo contrario. Siento una dejadez, un quebranto,
un abandono de la voluntad, una facilidad tan grande para las lágrimas; lloro
tan fácilmente de ternura al ver una florecilla bonita o al contemplar el rayo
misterioso, tenue y ligerísimo de una remota estrella, que casi tengo miedo.
Dígame Vd. qué piensa de estas cosas; si hay algo de enfermizo en esta
disposición de mi ánimo.
8 de Abril.
Siguen las diversiones campestres, en que tengo que intervenir muy a
pesar mío.
He acompañado a mi padre a ver casi todas sus fincas, y mi padre y sus
amigos se pasman de que yo no sea completamente ignorante en las cosas del
campo. No parece sino que para ellos el estudio de la teología, a que me he
dedicado, es contrario del todo al conocimiento de las cosas naturales. ¡Cuánto
han admirado mi erudición al verme distinguir en las viñas, donde apenas
empiezan a brotar los pámpanos, la cepa Pedro-Jiménez de la baladí y de la
Don-Bueno! ¡Cuánto han admirado también que en los verdes sembrados sepa yo
distinguir la cebada del trigo y el anís de las habas; que conozca muchos
árboles frutales y de sombra; y que, aun de las yerbas que nacen
espontáneamente en el campo, acierte yo con varios nombres y refiera bastantes
condiciones y virtudes!
Pepita Jiménez, que ha sabido por mi padre lo mucho que me gustan las
huertas de por aquí, nos ha convidado a ver una que posee a corta distancia del
lugar, y a comer las fresas tempranas que en ella se crían. Este antojo de
Pepita de obsequiar tanto a mi padre, quien la pretende y a quien desdeña, me
parece a menudo que tiene su poco de coquetería, digna de reprobación; pero
cuando veo a Pepita después, y la hallo tan natural, tan franca y tan sencilla,
se me pasa el mal pensamiento e imagino que todo lo hace candorosamente y que
no la lleva otro fin que el de conservar la buena amistad que con mi familia la
liga.
Sea como sea, anteayer tarde fuimos a la huerta de Pepita. Es hermoso
sitio, de lo más ameno y pintoresco que puede imaginarse. El riachuelo que
riega casi todas estas huertas, sangrado por mil acequias, pasa al lado de la
que visitamos: se forma allí una presa, y cuando se suelta el agua sobrante del
riego, cae en un hondo barranco poblado en ambas márgenes de álamos blancos y
negros, mimbrones, adelfas floridas y otros árboles frondosos. La cascada, de
agua limpia y transparente, se derrama en el fondo, formando espuma, y luego
sigue su curso tortuoso por un cauce que la naturaleza misma ha abierto,
esmaltando sus orillas de mil yerbas y flores, y cubriéndolas ahora con
multitud de violetas. Las laderas que hay a un extremo de la huerta están
llenas de nogales, higueras, avellanos y otros árboles de fruta. Y en la parte
llana hay cuadros de hortaliza, de fresas, de tomates, patatas, judías y
pimientos, y su poco de jardín, con grande abundancia de flores, de las que por
aquí más comúnmente se crían. Los rosales, sobre todo, abundan, y los hay de
mil diferentes especies. La casilla del hortelano es más bonita y limpia de lo
que en esta tierra se suele ver, y al lado de la casilla hay otro pequeño
edificio reservado para el dueño de la finca, y donde nos agasajó Pepita con
una espléndida merienda, a la cual dio pretexto el comer las fresas, que era el
principal objeto que allí nos llevaba. La cantidad de fresas fue asombrosa para
lo temprano de la estación, y nos fueron servidas con leche de algunas cabras que
Pepita también posee.
Asistimos a esta gira el médico, el escribano, mi tía doña Casilda, mi
padre y yo; sin faltar el indispensable señor vicario, padre espiritual, y más
que padre espiritual, admirador y encomiador perpetuo de Pepita.
Por un refinamiento algo sibarítico, no fue el hortelano, ni su mujer,
ni el chiquillo del hortelano, ni ningún otro campesino quien nos sirvió la
merienda, sino dos lindas muchachas, criadas y como confidentas de Pepita,
vestidas a lo rústico, si bien con suma pulcritud y elegancia. Llevaban trajes
de percal de vistosos colores, cortos y ceñidos al cuerpo, pañuelos de seda
cubriendo las espaldas, y descubierta la cabeza, donde lucían abundantes y
lustrosos cabellos negros, trenzados y atados luego formando un moño en figura
de martillo, y por delante rizos sujetos con sendas horquillas, por acá
llamados caracoles. Sobre el moño o castaña ostentaban cada una de estas
doncellas un ramo de frescas rosas.
Salvo la superior riqueza de la tela y su color negro, no era más
cortesano el traje de Pepita. Su vestido de merino tenía la misma forma que el
de las criadas, y, sin ser muy corto, no arrastraba ni recogía suciamente el
polvo del camino. Un modesto pañolito de seda negra cubría también, al uso del
lugar, su espalda y su pecho, y en la cabeza no ostentaba tocado, ni flor, ni
joya, ni más adorno que el de sus propios cabellos rubios. En la única cosa que
note por parte de Pepita cierto esmero, en que se apartaba de los usos
aldeanos, era en llevar guantes. Se conoce que cuida mucho sus manos y que tal
vez pone alguna vanidad en tenerlas muy blancas y bonitas, con unas uñas
lustrosas y sonrosadas, pero si tiene esta vanidad, es disculpable en la
flaqueza humana, y al fin, si yo no estoy trascordado, creo que Santa Teresa
tuvo la misma vanidad cuando era joven, lo cual no le impidió ser una santa tan
grande.
En efecto, yo me explico, aunque no disculpo, esta pícara vanidad. ¡Es
tan distinguido, tan aristocrático, tener una linda mano! Hasta se me figura a
veces que tiene algo de simbólico. La mano es el instrumento de nuestras obras,
el signo de nuestra nobleza, el medio por donde la inteligencia reviste de
forma sus pensamientos artísticos, y da ser a las creaciones de la voluntad, y
ejerce el imperio que Dios concedió al hombre sobre todas las criaturas. Una
mano ruda, nerviosa, fuerte, tal vez callosa, de un trabajador, de un obrero,
demuestra noblemente ese imperio; pero en lo que tiene de más violento y
mecánico. En cambio, las manos de esta Pepita, que parecen casi diáfanas como
el alabastro, si bien con leves tintas rosadas, donde cree uno ver circular la
sangre pura y sutil, que da a sus venas un ligero viso azul; estas manos, digo,
de dedos afilados y de sin par corrección de dibujo, parecen el símbolo del
imperio mágico, del dominio misterioso que tiene y ejerce el espíritu humano,
sin fuerza material, sobre todas las cosas visibles que han sido inmediatamente
creadas por Dios y que por medio del hombre Dios completa y mejora. Imposible
parece que quien tiene manos como Pepita tenga pensamiento impuro, ni idea
grosera, ni proyecto ruin que esté en discordancia con las limpias manos que
deben ejecutarle.
No hay que decir que mi padre se mostró tan embelesado como siempre de
Pepita, y ella tan fina y cariñosa con él, si bien con un cariño más filial de
lo que mi padre quisiera. Es lo cierto que mi padre, a pesar de la reputación
que tiene de ser por lo común poco respetuoso y bastante profano con las
mujeres, trata a ésta con un respeto y unos miramientos tales, que ni Amadís
los usó mayores con la señora Oriana en el período más humilde de sus
pretensiones y galanteos: ni una palabra que disuene, ni un requiebro brusco e
inoportuno, ni un chiste algo amoroso de estos que con tanta frecuencia suelen
permitirse los andaluces. Apenas si se atreve a decir a Pepita «buenos ojos
tienes»; y en verdad que si lo dijese no mentiría, porque los tiene grandes,
verdes como los de Circe, hermosos y rasgados; y lo que más mérito y valor les
da, es que no parece sino que ella no lo sabe, pues no se descubre en ella la
menor intención de agradar a nadie ni de atraer a nadie con lo dulce de sus
miradas. Se diría que cree que los ojos sirven para ver y nada más que para
ver. Lo contrario de lo que yo, según he oído decir, presumo que creen la mayor
parte de las mujeres jóvenes y bonitas, que hacen de los ojos un arma de
combate y como un aparato eléctrico o fulmíneo para rendir corazones y
cautivarlos. No son así, por cierto, los ojos de Pepita, donde hay una
serenidad y una paz como del cielo. Ni por eso se puede decir que miren con
fría indiferencia. Sus ojos están llenos de caridad y de dulzura. Se posan con
afecto en un rayo de luz, en una flor, hasta en cualquier objeto inanimado;
pero con más afecto aún, con muestras de sentir más blando, humano y benigno,
se posan en el prójimo, sin que el prójimo, por joven, gallardo y presumido que
sea, se atreva a suponer nada más que caridad y amor al prójimo, y, cuando más,
predilección amistosa, en aquella serena y tranquila mirada.
Yo me paro a pensar si todo esto será estudiado; si esta Pepita será una
gran comedianta; pero sería tan perfecto el fingimiento y tan oculta la
comedia, que me parece imposible. La misma naturaleza, pues, es la que guía y
sirve de norma a esta mirada y a estos ojos. Pepita, sin duda, amó a su madre
primero, y luego las circunstancias la llevaron a amar a D. Gumersindo por
deber, como al compañero de su vida; y luego, sin duda, se extinguió en ella
toda pasión que pudiera inspirar ningún objeto terreno, y amó a Dios, y amó las
cosas todas por amor de Dios, y se encontró quizás en una situación de espíritu
apacible y hasta envidiable, en la cual, si tal vez hubiese algo que censurar,
sería un egoísmo del que ella misma no se da cuenta. Es muy cómodo amar de este
modo suave, sin atormentarse con el amor; no tener pasión que combatir; hacer
del amor y del afecto a los demás un aditamento y como un complemento del amor
propio.
A veces me pregunto a mí mismo, si al censurar en mi interior esta
condición de Pepita, no soy yo quien me censuro. ¿Qué sé yo lo que pasa en el
alma de esa mujer, para censurarla? ¿Acaso, al creer que veo su alma, no es la
mía la que veo? Yo no he tenido ni tengo pasión alguna que vencer: todas mis
inclinaciones bien dirigidas, todos mis instintos buenos y malos, merced a la
sabia enseñanza de usted, van sin obstáculos ni tropiezos encaminados al mismo
propósito; cumpliéndolo se satisfarían no sólo mis nobles y desinteresados
deseos, sino también mis deseos egoístas, mi amor a la gloria, mi afán de
saber, mi curiosidad de ver tierras distantes, mi anhelo de ganar nombre y
fama. Todo esto se cifra en llegar al término de la carrera que he emprendido.
Por este lado, se me antoja a veces que soy más censurable que Pepita, aun
suponiéndola merecedora de censura.
Yo he recibido ya las órdenes menores; he desechado de mi alma las
vanidades del mundo; estoy tonsurado; me he consagrado al altar, y sin embargo,
un porvenir de ambición se presenta a mis ojos y veo con gusto que puedo
alcanzarle y me complazco en dar por ciertas y valederas las condiciones que
tengo para ello, por más que a veces llame a la modestia en mi auxilio a fin de
no confiar demasiado. En cambio esta mujer ¿a qué aspira ni qué quiere? Yo la
censuro de que se cuida las manos; de que mira tal vez con complacencia su
belleza; casi la censuro de su pulcritud, del esmero que pone en vestirse, de
yo no sé qué coquetería que hay en la misma modestia y sencillez con que se
viste. ¡Pues qué! ¿La virtud ha de ser desaliñada? ¿Ha de ser sucia la
santidad? Un alma pura y limpia, ¿no puede complacerse en que el cuerpo también
lo sea? Es extraña esta malevolencia con que miro el primor y el aseo de
Pepita. ¿Será tal vez porque va a ser mi madrastra? ¡Pero si no quiere ser mi
madrastra! ¡Si no quiere a mi padre! Verdad es que las mujeres son raras: quién
sabe si en el fondo de su alma no se siente inclinada ya a querer a mi padre y
a casarse con él, si bien, atendiendo a aquello de que lo que mucho vale mucho
cuesta, se propone, páseme Vd. la palabra, molerle antes con sus desdenes,
tenerle sujeto a su servidumbre, poner a prueba la constancia de su afecto y
acabar por darle el plácido sí. ¡Allá veremos!
Ello es que la fiesta en la huerta fue apaciblemente divertida: se habló
de flores, de frutos, de injertos, de plantaciones y de otras mil cosas
relativas a la labranza, luciendo Pepita sus conocimientos agrónomos en
competencia con mi padre, conmigo y con el señor vicario, que se queda con la
boca abierta cada vez que habla Pepita, y jura que en los setenta y pico de
años que tiene de edad, y en sus largas peregrinaciones, que le han hecho
recorrer casi toda la Andalucía, no ha conocido mujer más discreta ni más
atinada en cuanto piensa y dice.
Cuando volvemos a casa de cualquiera de estas expediciones, vuelvo a
insistir con mi padre en mi ida con Vd. a fin de que llegue el suspirado
momento de que yo me vea elevado al sacerdocio; pero mi padre está tan contento
de tenerme a su lado y se siente tan a gusto en el lugar, cuidando de sus
fincas, ejerciendo mero y mixto imperio como cacique, y adorando a Pepita y
consultándoselo todo como a su ninfa Egeria, que halla siempre y hallará aún,
tal vez durante algunos meses, fundado pretexto para retenerme aquí. Ya tiene
que clarificar el vino de yo no sé cuántas pipas de la candiotera; ya tiene que
trasegar otro; ya es menester binar los majuelos; ya es preciso arar los
olivares, y cavar los pies a los olivos: en suma, me retiene aquí contra mi
gusto; aunque no debiera yo decir «contra mi gusto», porque le tengo muy grande
en vivir con un padre que es para mí tan bueno.
Lo malo es que con esta vida temo materializarme demasiado: me parece
sentir alguna sequedad de espíritu durante la oración; mi fervor religioso
disminuye; la vida vulgar va penetrando y se va infiltrando en mi naturaleza.
Cuando rezo, padezco distracciones; no pongo en lo que digo a mis solas, cuando
el alma debe elevarse a Dios, aquella atención profunda que antes ponía. En
cambio, la ternura de mi corazón, que no se fija en objeto condigno, que no se
emplea y consume en lo que debiera, brota y como que rebosa en ocasiones por
objetos y circunstancias que tienen mucho de pueriles, que me parecen
ridículos, y de los cuales me avergüenzo. Si me despierto en el silencio de la
alta noche y oigo que algún campesino enamorado canta, al son de su guitarra
mal rasgueada, una copla de fandango o de rondeñas, ni muy discreta, ni muy
poética, ni muy delicada, suelo enternecerme como si oyera la más celestial
melodía. Una compasión loca, insana, me aqueja a veces. El otro día cogieron
los hijos del aperador de mi padre un nido de gorriones, y al ver yo los
pajarillos sin plumas aún y violentamente separados de la madre cariñosa, sentí
suma angustia, y, lo confieso, se me saltaron las lágrimas. Pocos días antes,
trajo del campo un rústico una ternerita que se había perniquebrado; iba a
llevarla al matadero y venía a decir a mi padre qué quería de ella para su
mesa: mi padre pidió unas cuantas libras de carne, la cabeza y las patas; yo me
conmoví al ver la ternerita y estuve a punto, aunque la vergüenza lo impidió,
de comprársela al hombre, a ver si yo la curaba y conservaba viva. En fin,
querido tío, menester es tener la gran confianza que tengo yo con Vd. para
contarle estas muestras de sentimiento extraviado y vago, y hacerle ver con
ellas que necesito volver a mi antigua vida, a mis estudios, a mis altas
especulaciones, y acabar por ser sacerdote para dar al fuego que devora mi alma
el alimento sano y bueno que debe tener.
14 de Abril.
Sigo haciendo la misma vida de siempre y detenido aquí a ruegos de mi
padre.
El mayor placer de que disfruto, después del de vivir con él, es el
trato y conversación del señor vicario, con quien suelo dar a solas largos
paseos. Imposible parece que un hombre de su edad, que debe de tener cerca de
los ochenta años, sea tan fuerte, ágil y andador. Antes me canso yo que él, y
no queda vericueto, ni lugar agreste, ni cima de cerro escarpado en estas
cercanías, a donde no lleguemos.
El señor vicario me va reconciliando mucho con el clero español, a quien
algunas veces he tildado yo, hablando con Vd., de poco ilustrado. ¡Cuánto más
vale, me digo a menudo, este hombre, lleno de candor y de buen deseo, tan
afectuoso e inocente, que cualquiera que haya leído muchos libros y en cuya
alma no arda con tal viveza como en la suya el fuego de la caridad unido a la
fe más sincera y más pura! No crea Vd. que es vulgar el entendimiento del señor
vicario: es un espíritu inculto; pero despejado y claro. A veces imagino que
pueda provenir la buena opinión que de él tengo, de la atención con que me
escucha; pero, si no es así, me parece que todo lo entiende con notable
perspicacia y que sabe unir al amor entrañable de nuestra santa religión el
aprecio de todas las cosas buenas que la civilización moderna nos ha traído. Me
encantan, sobre todo, la sencillez, la sobriedad en hiperbólicas
manifestaciones de sentimentalismo, la naturalidad, en suma, con que el señor
vicario ejerce las más penosas obras de caridad. No hay desgracia que no
remedie, ni infortunio que no consuele, ni humillación que no procure
restaurar, ni pobreza a que no acuda solícito con un socorro.
Para todo esto, fuerza es confesarlo, tiene un poderoso auxiliar en
Pepita Jiménez, cuya devoción y natural compasivo siempre está él poniendo por
las nubes.
El carácter de esta especie de culto que el vicario rinde a Pepita, va
sellado, casi se confunde con el ejercicio de mil buenas obras; con las
limosnas, el rezo, el culto público y el cuidado de los menesterosos. Pepita no
da sólo para los pobres, sino también para novenas, sermones y otras fiestas de
iglesia. Si los altares de la parroquia brillan a veces adornados de bellísimas
flores, estas flores se deben a la munificencia de Pepita, que las ha hecho
traer de sus huertas. Si en lugar del antiguo manto, viejo y raído que tenía la
Virgen de los Dolores, luce hoy un flamante y magnífico manto de terciopelo
negro, bordado de plata, Pepita es quien lo ha costeado. Estos y otros tales
beneficios el vicario está siempre decantándolos y ensalzándolos. Así es que
cuando no hablo yo de mis miras, de mi vocación, de mis estudios, lo cual
embelesa en extremo al señor vicario y le trae suspenso de mis labios, cuando
es él quien habla y yo quien escucho, la conversación, después de mil vueltas y
rodeos, viene a parar siempre en hablar de Pepita Jiménez. Y al cabo, ¿de quién
me ha de hablar el señor vicario? Su trato con el médico, con el boticario, con
los ricos labradores de aquí, apenas da motivo para tres palabras de
conversación. Como el señor vicario posee la rarísima cualidad en un lugareño,
de no ser amigo de contar vidas ajenas ni lances escandalosos, de nadie tiene
que hablar sino de la mencionada mujer, a quien visita con frecuencia y con
quien, según se desprende de lo que dice, tiene los más íntimos coloquios.
No sé qué libros habrá leído Pepita Jiménez, ni que instrucción tendrá;
pero de lo que cuenta el señor vicario se colige que está dotada de un espíritu
inquieto e investigador, donde se ofrecen infinitas cuestiones y problemas que
anhela dilucidar y resolver, presentándolos para ello al señor vicario, a quien
deja agradablemente confuso. Este hombre, educado a la rústica, clérigo de misa
y olla, como vulgarmente suele decirse, tiene el entendimiento abierto a toda
luz de verdad, aunque carece de iniciativa, y, por lo visto, los problemas y
cuestiones que Pepita le presenta, le abren nuevos horizontes y nuevos caminos,
aunque nebulosos y mal determinados, que él no presumía siquiera, que no
acierta a trazar con exactitud; pero cuya vaguedad, novedad y misterio le
encantan.
No desconoce el padre vicario que esto tiene mucho de peligroso, y que
él y Pepita se exponen a dar sin saberlo, en alguna herejía; pero se
tranquiliza porque, distando mucho de ser un gran teólogo, sabe su catecismo al
dedillo, tiene confianza en Dios, que le iluminará, y espera no extraviarse, y
da por cierto que Pepita seguirá sus consejos y no se extraviará nunca.
Así imaginan ambos mil poesías, aunque informes, bellas, sobre todos los
misterios de nuestra religión y artículos de nuestra fe. Inmensa es la devoción
que tienen a María Santísima, Señora nuestra, y yo me quedo absorto de ver cómo
saben enlazar la idea o el concepto popular de la Virgen con algunos de los más
remontados pensamientos teológicos.
Por lo que relata el padre vicario entreveo que en el alma de Pepita
Jiménez, en medio de la serenidad y calma que aparenta, hay clavado un agudo
dardo de dolor; hay un amor de pureza contrariado por su vida pasada. Pepita
amó a D. Gumersindo, como a su compañero, como a su bienhechor, como al hombre
a quien todo se lo debe; pero la atormenta, la avergüenza el recuerdo de que D.
Gumersindo fue su marido.
En su devoción a la Virgen se descubre un sentimiento de humillación
dolorosa, un torcedor, una melancolía que influye en su mente el recuerdo de su
matrimonio indigno y estéril.
Hasta en su adoración al niño Dios, representado en la preciosa imagen
de talla que tiene en su casa, interviene el amor maternal sin objeto, el amor
maternal que busca ese objeto en un ser no nacido de pecado y de impureza.
El padre vicario dice que Pepita adora al niño Jesús como a su Dios,
pero que le ama con las entrañas maternales con que amaría a un hijo, si le
tuviese, y si en su concepción no hubiera habido cosa de que tuviera ella que
avergonzarse. El padre vicario nota que Pepita sueña con la madre ideal y con
el hijo ideal, inmaculados ambos, al rezar a la Virgen Santísima, y al cuidar a
su lindo niño Jesús de talla.
Aseguro a Vd. que no sé qué pensar de todas estas extrañezas. ¡Conozco
tan poco lo que son las mujeres! Lo que de Pepita me cuenta el padre vicario me
sorprende, y si bien más a menudo entiendo que Pepita es buena y no mala, a
veces me infunde cierto terror por mi padre. Con los cincuenta y cinco años que
tiene, creo que está enamorado, y Pepita, aunque buena por reflexión, puede,
sin premeditarlo ni calcularlo, ser un instrumento del espíritu del mal; puede
tener una coquetería irreflexiva e instintiva, más invencible, eficaz y funesta
aún que la que procede de premeditación, cálculo y discurso.
¿Quién sabe, me digo yo a veces, si a pesar de las buenas obras de
Pepita, de sus rezos, de su vida devota y recogida, de sus limosnas y de sus
donativos para las iglesias, en todo lo cual se puede fundar el afecto que el
padre vicario la profesa, no hay también un hechizo mundano, no hay algo de
magia diabólica en este prestigio de que se rodea y con el cual emboba a este
cándido padre vicario, y le lleva y le trae y le hace que no piense ni hable
sino de ella a todo momento?
El mismo imperio que ejerce Pepita sobre un hombre tan descreído como mi
padre, sobre una naturaleza tan varonil y poco sentimental, tiene en verdad
mucho de raro.
No explican tampoco las buenas obras de Pepita el respeto y afecto que
infunde por lo general en estos rústicos. Los niños pequeñuelos acuden a verla
las pocas veces que sale a la calle y quieren besarla la mano; las mozuelas le
sonríen y la saludan con amor; los hombres todos se quitan el sombrero a su
paso y se inclinan con la más espontánea reverencia y con la más sencilla y
natural simpatía.
Pepita Jiménez, a quien muchos han visto nacer, a quien vieron todos en
la miseria, viviendo con su madre, a quien han visto después casada con el
decrépito y avaro D. Gumersindo, hace olvidar todo esto, y aparece como un ser
peregrino, venido de alguna tierra lejana, de alguna esfera superior, pura y
radiante, y obliga y mueve al acatamiento afectuoso, a algo como admiración
amantísima a todos sus compatricios.
Veo que distraídamente voy cayendo en el mismo defecto que en el padre
vicario censuro, y que no hablo a Vd. sino de Pepita Jiménez. Pero esto es
natural. Aquí no se habla de otra cosa. Se diría que todo el lugar está lleno
del espíritu, del pensamiento, de la imagen de esta singular mujer, que yo no
acierto aún a determinar si es un ángel o una refinada coqueta llena de astucia
instintiva, aunque los términos parezcan contradictorios. Porque lo que es
con plena conciencia estoy convencido de que esta mujer no es coqueta ni sueña
en ganarse voluntades para satisfacer su vanagloria.
Hay sinceridad y candor en Pepita Jiménez. No hay más que verla para
creerlo así. Su andar airoso y reposado, su esbelta estatura, lo terso y
despejado de su frente, la suave y pura luz de sus miradas, todo se concierta
en un ritmo adecuado, todo se une en perfecta armonía, donde no se descubre
nota que disuene.
¡Cuánto me pesa de haber venido por aquí y de permanecer aquí tan largo
tiempo! Había pasado la vida en su casa de Vd. y en el Seminario, no había
visto ni tratado más que a mis compañeros y maestros; nada conocía del mundo
sino por especulación y teoría; y de pronto, aunque sea en un lugar, me veo
lanzado en medio del mundo, y distraído de mis estudios, meditaciones y
oraciones por mil objetos profanos.
20 de Abril.
Las últimas cartas de Vd., queridísimo tío, han sido de grata
consolación para mi alma. Benévolo como siempre, me amonesta Vd. y me ilumina
con advertencias útiles y discretas.
Es verdad: mi vehemencia es digna de vituperio. Quiero alcanzar el fin
sin poner los medios; quiero llegar al término de la jornada sin andar antes
paso a paso el áspero camino.
Me quejo de sequedad de espíritu en la oración, de distraído, de disipar
mi ternura en objetos pueriles; ansío volar al trato íntimo con Dios, a la
contemplación esencial, y desdeño la oración imaginaria y la meditación
racional y discursiva. ¿Cómo sin obtener la pureza, cómo sin ver la luz he de
lograr el goce del amor?
Hay mucha soberbia en mí, y yo he de procurar humillarme a mis propios
ojos, a fin de que el espíritu del mal no me humille, permitiéndolo Dios, en
castigo de mi presunción y de mi orgullo.
No creo, a pesar de todo, como Vd. me advierte, que es tan fácil para mí
una fea y no pensada caída. No confío en mí: confío en la misericordia de Dios
y en su gracia, y espero que no sea.
Con todo, razón tiene Vd. que le sobra en aconsejarme que no me ligue
mucho en amistad con Pepita Jiménez; pero yo disto bastante de estar ligado con
ella.
No ignoro que los varones religiosos y los santos, que deben servirnos
de ejemplo y dechado, cuando tuvieron gran familiaridad y amor con mujeres, fue
en la ancianidad, o estando ya muy probados y quebrantados por la penitencia, o
existiendo una notable desproporción de edad entre ellos y las piadosas amigas
que elegían; como se cuenta de San Jerónimo y Santa Paulina, y de San Juan de
la Cruz y Santa Teresa. Y aun así, y aun siendo el amor de todo punto
espiritual, sé que puede pecar por demasía. Porque Dios, no más, debe ocupar
nuestra alma, como su dueño y esposo, y cualquiera otro ser que en ella more,
ha de ser sólo a título de amigo o siervo o hechura del esposo, y en quien el
esposo se complace.
No crea Vd., pues, que yo me jacte de invencible, y desdeñe los peligros
y los desafíe y los busque. En ellos perece quien los ama. Y cuando el rey
profeta, con ser tan conforme al corazón del Señor y tan su valido, y cuando
Salomón, a pesar de su sobrenatural e infusa sabiduría, fueron conturbados y
pecaron, porque Dios quitó su faz de ellos, ¿qué no debo temer yo, mísero
pecador, tan joven, tan inexperto de las astucias del demonio, y tan poco firme
y adiestrado en las peleas de la virtud?
Lleno de un provechoso temor de Dios, y con la debida desconfianza de mi
flaqueza, no olvidaré los consejos y prudentes amonestaciones de usted, rezando
con fervor mis oraciones y meditando en las cosas divinas para aborrecer las
mundanas en lo que tienen de aborrecibles; pero aseguro a Vd. que hasta ahora,
por más que ahondo en mi conciencia y registro con suspicacia sus más
escondidos senos, nada descubro que me haga temer lo que Vd. teme.
Si de mis cartas anteriores resultan encomios para el alma de Pepita
Jiménez, culpa es de mi padre y del señor vicario y no mía; porque al
principio, lejos de ser favorable a esta mujer, estaba yo prevenido contra ella
con prevención injusta.
En cuanto a la belleza y donaire corporal de Pepita, crea Vd. que lo he
considerado todo con entera limpieza de pensamiento. Y aunque me sea costoso el
decirlo, y aunque a Vd. le duela un poco, le confesaré que si alguna leve
mancha ha venido a empañar el sereno y pulido espejo de mi alma en que Pepita
se reflejaba, ha sido la ruda sospecha de usted, que casi me ha llevado por un
instante a que yo mismo sospeche.
Pero no: ¿qué he pensado yo, qué he mirado, qué he celebrado en Pepita,
por donde nadie pueda colegir que propendo a sentir por ella algo que no sea
amistad y aquella inocente y limpia admiración que inspira una obra de arte, y
más si la obra es del Artífice soberano y nada menos que su templo?
Por otra parte, querido tío, yo tengo que vivir en el mundo, tengo que
tratar a las gentes, tengo que verlas, y no he de arrancarme los ojos. Usted me
ha dicho mil veces que me quiere en la vida activa, predicando la ley divina,
difundiéndola por el mundo, y no entregado a la vida contemplativa en la
soledad y el aislamiento. Ahora bien; si esto es así, como lo es, ¿de qué
suerte me había yo de gobernar para no reparar en Pepita Jiménez? A no ponerme
en ridículo, cerrando en su presencia los ojos, fuerza es que yo vea y note la
hermosura de los suyos, lo blanco, sonrosado y limpio de su tez; la igualdad y
el nacarado esmalte de los dientes que descubre a menudo cuando sonríe, la
fresca púrpura de sus labios, la serenidad y tersura de su frente, y otros mil
atractivos que Dios ha puesto en ella. Claro está que para el que lleva en su
alma el germen de los pensamientos livianos, la levadura del vicio, cada una de
las impresiones que Pepita produce puede ser como el golpe del eslabón que
hiere el pedernal y que hace brotar la chispa que todo lo incendia y devora;
pero, yendo prevenido contra este peligro, y reparándome y cubriéndome bien con
el escudo de la prudencia cristiana, no encuentro que tenga yo nada que
recelar. Además que, si bien es temerario buscar el peligro, es cobardía no
saber arrostrarle y huir de él cuando se presenta.
No lo dude Vd.: yo veo en Pepita Jiménez una hermosa criatura de Dios, y
por Dios la amo, como a hermana. Si alguna predilección siento por ella es por
las alabanzas que de ella oigo a mi padre, al señor vicario y a casi todos los
de este lugar.
Por amor a mi padre desearía yo que Pepita desistiese de sus ideas y
planes de vida retirada y se casase con él; pero prescindiendo de esto, y si yo
viese que mi padre sólo tenía un capricho y no una verdadera pasión, me
alegraría de que Pepita permaneciese firme en su casta viudez, y cuando yo
estuviese muy lejos de aquí, allá en la India o en el Japón, o en algunas
misiones más peligrosas, tendría un consuelo en escribirle algo sobre mis
peregrinaciones y trabajos. Cuando, ya viejo, volviese yo por este lugar,
también gozaría mucho en intimar con ella, que estaría ya vieja, y en tener con
ella coloquios espirituales y pláticas por el estilo de las que tiene ahora el
padre vicario. Hoy, sin embargo, como soy mozo, me acerco poco a Pepita; apenas
la hablo. Prefiero pasar por encogido, por tonto, por mal criado y arisco, a
dar la menor ocasión, no ya a la realidad de sentir por ella lo que no debo,
pero ni a la sospecha ni a la maledicencia.
En cuanto a Pepita, ni remotamente convengo en lo que Vd. deja entrever
como vago recelo. ¿Qué plan ha de formar respecto a un hombre que va a ser
clérigo dentro de dos o tres meses? Ella, que ha desairado a tantos, ¿por qué
había de prendarse de mí? Harto me conozco, y sé que no puedo, por fortuna,
inspirar pasiones. Dicen que no soy feo, pero soy desmañado, torpe, corto de
genio, poco ameno; tengo trazas de lo que soy; de un estudiante humilde. ¿Qué
valgo yo al lado de los gallardos mozos, aunque algo rústicos, que han
pretendido a Pepita; ágiles jinetes, discretos y regocijados en la
conversación, cazadores como Nembrot, diestros en todos los ejercicios de
cuerpo, cantadores finos y celebrados en todas las ferias de Andalucía, y
bailarines apuestos, elegantes y primorosos? Si Pepita ha desairado todo esto,
¿cómo ha de fijarse ahora en mí y ha de concebir el diabólico deseo y más
diabólico proyecto de turbar la paz de mi alma, de hacerme abandonar mi
vocación, tal vez de perderme? No, no es posible. Yo creo buena a Pepita, y a
mí, lo digo sin mentida modestia, me creo insignificante. Ya se entiende que me
creo insignificante para enamorarla, no para ser su amigo; no para que ella me
estime y llegue a tener un día cierta predilección por mí, cuando yo acierte a
hacerme digno de esta predilección con una santa y laboriosa vida.
Perdóneme Vd. si me defiendo con sobrado calor de ciertas reticencias de
la carta de Vd. que suenan a acusaciones y a fatídicos pronósticos.
Yo no me quejo de esas reticencias; Vd. me da avisos prudentes, gran
parte de los cuales acepto y pienso seguir. Si va Vd. más allá de lo justo en
el recelar consiste sin duda en el interés que por mí se toma y que yo de todo
corazón le agradezco.
4 de Mayo.
Extraño es que en tantos días, yo no haya tenido tiempo para escribir a
Vd.; pero tal es la verdad. Mi padre no me deja parar y las visitas me asedian.
En las grandes ciudades es fácil no recibir, aislarse, crearse una
soledad, una Tebaida en medio del bullicio: en un lugar de Andalucía, y sobre
todo teniendo la honra de ser hijo del cacique, es menester vivir en público.
No ya sólo hasta al cuarto donde escribo, sino hasta a mi alcoba penetran, sin
que nadie se atreva a oponerse, el señor vicario, el escribano, mi primo
Currito, hijo de doña Casilda, y otros mil que me despiertan si estoy dormido y
me llevan donde quieren.
El casino no es aquí mera diversión nocturna sino de todas las horas del
día. Desde las once de la mañana está lleno de gente que charla, que lee por
cima algún periódico para saber las noticias, y que juega al tresillo. Personas
hay que se pasan diez o doce horas al día jugando a dicho juego. En fin, hay
aquí una holganza tan encantadora que más no puede ser. Las diversiones son
muchas, a fin de entretener dicha holganza. Además del tresillo se arma la
timbirimba con frecuencia; y se juega al monte. Las damas, el ajedrez y el
dominó no se descuidan. Y por último, hay una pasión decidida por las riñas de
gallos.
Todo esto, con el visiteo, el ir al campo a inspeccionar las labores, el
ajustar todas las noches las cuentas con el aperador, el visitar las bodegas y
candioteras, y el clarificar, trasegar y perfeccionar los vinos, y el tratar
con gitanos y chalanes para compra, venta o cambalache de los caballos, mulas y
borricos, o con gente de Jerez que viene a comprar nuestro vino para trocarle
en jerezano, ocupa aquí de diario a los hidalgos, señoritos o como quieran
llamarse. En ocasiones extraordinarias, hay otras faenas y diversiones que dan
a todo más animación, como en tiempo de la siega, de la vendimia y de la
recolección de la aceituna; o bien cuando hay feria y toros aquí o en otro
pueblo cercano, o bien cuando hay romería al santuario de alguna milagrosa imagen
de María Santísima, a donde, si acuden no pocos por curiosidad y para
divertirse y feriar a sus amigas cupidos y escapularios, más son los que acuden
por devoción y en cumplimiento de voto o promesa. Hay santuario de estos que
está en la cumbre de una elevadísima sierra, y con todo, no faltan aún mujeres
delicadas que suben allí con los pies descalzos, hiriéndoselos con abrojos,
espinas y piedras, por el pendiente y mal trazado sendero.
La vida de aquí tiene cierto encanto. Para quien no sueña con la gloria,
para quien nada ambiciona, comprendo que sea muy descansada y dulce vida. Hasta
la soledad puede lograrse aquí haciendo un esfuerzo. Como yo estoy aquí por una
temporada, no puedo ni debo hacerlo; pero, si yo estuviese de asiento, no
hallaría dificultad, sin ofender a nadie, en encerrarme y retraerme durante
muchas horas o durante todo el día, a fin de entregarme a mis estudios y
meditaciones.
Su nueva y más reciente carta de Vd. me ha afligido un poco. Veo que
insiste Vd. en sus sospechas, y no sé qué contestar para justificarme sino lo
que ya he contestado.
Dice Vd. que la gran victoria en cierto género de batallas consiste en
la fuga: que huir es vencer. ¿Cómo he de negar yo lo que el Apóstol y tantos
Santos Padres y Doctores han dicho? Con todo, de sobra sabe Vd. que el huir no
depende de mi voluntad. Mi padre no quiere que me vaya; mi padre me retiene a
pesar mío; tengo que obedecerle. Necesito, pues, vencer por otros medios y no
por el de la fuga.
Para que Vd. se tranquilice, repetiré que la lucha apenas está empeñada;
que Vd. ve las cosas más adelantadas de lo que están.
No hay el menor indicio de que Pepita Jiménez me quiera. Y aunque me
quisiese, sería de otro modo que como querían las mujeres que Vd. cita para mi
ejemplar escarmiento. Una señora, bien educada y honesta, en nuestros días, no
es tan inflamable y desaforada como esas matronas de que están llenas las
historias antiguas.
El pasaje que aduce Vd. de San Juan Crisóstomo es digno del mayor
respeto; pero no es del todo apropiado a las circunstancias. La gran dama, que
en Of, Tebas o Dióspolis Magna, se enamoró del hijo predilecto de Jacob, debió
ser hermosísima; sólo así se concibe que asegure el Santo ser mayor prodigio el
que Josef no ardiera, que el que los tres mancebos, que hizo poner
Nabucodonosor en el horno candente, no se redujesen a cenizas.
Confieso con ingenuidad que lo que es en punto a hermosura, no atino a
representarme que supere a Pepita Jiménez la mujer de aquel príncipe egipcio,
mayordomo mayor o cosa por el estilo del palacio de los Faraones; pero ni yo
soy, como Josef, agraciado con tantos dones y excelencias, ni Pepita es una
mujer sin religión y sin decoro. Y aunque fuera así, aun suponiendo todos estos
horrores, no me explico la ponderación de San Juan Crisóstomo sino porque vivía
en la capital corrompida, y semi—gentílica aún, del Bajo Imperio; en aquella
corte, cuyos vicios tan crudamente censuró, y donde la propia emperatriz
Eudoxia daba ejemplo de corrupción y de escándalo. Pero hoy que la moral
evangélica ha penetrado más profundamente en el seno de la sociedad cristiana,
me parece exagerado creer más milagroso el casto desdén del hijo de Jacob que
la incombustibilidad material de los tres mancebos de Babilonia.
Otro punto toca Vd. en su carta que me anima y lisonjea en extremo.
Condena Vd. como debe el sentimentalismo exagerado y la propensión a
enternecerme y a llorar por motivos pueriles de que le dije padecía a veces;
pero esta afeminada pasión de ánimo, ya que existe en mí, importando
desecharla, celebra Vd. que no se mezcle con la oración y la meditación y las
contamine. Vd. reconoce y aplaude en mí la energía verdaderamente varonil, que
debe haber en el afecto y en la mente que anhelan elevarse a Dios. La inteligencia
que pugna por comprenderle ha de ser briosa; la voluntad que se le somete por
completo es porque triunfa antes de sí misma, riñendo bravas batallas con todos
los apetitos y derrotando y poniendo en fuga todas las tentaciones; el mismo
afecto acendrado y ardiente, que, aun en criaturas simples y cuitadas, puede
encumbrarse hasta Dios por un rapto de amor, logrando conocerle por iluminación
sobrenatural, es hijo, a más de la gracia divina, de un carácter firme y
entero. Esa languidez, ese quebranto de la voluntad, esa ternura enfermiza,
nada tienen que hacer con la caridad, con la devoción y con el amor divino.
Aquello es atributo de menos que mujeres: éstas son pasiones, si pasiones
pueden llamarse, de más que hombres, de ángeles. Sí; tiene Vd. razón de confiar
en mí, y de esperar que no he de perderme porque una piedad relajada y muelle
abra las puertas de mi corazón a los vicios transigiendo con ellos. Dios me
salvará y yo combatiré por salvarme con su auxilio; pero, si me pierdo, los
enemigos del alma y los pecados mortales no han de entrar disfrazados ni por
capitulación en la fortaleza de mi conciencia, sino con banderas desplegadas,
llevándolo todo a sangre y fuego y después de acérrimo combate.
En estos últimos días he tenido ocasión de ejercitar mi paciencia en
grande y de mortificar mi amor propio del modo más cruel.
Mi padre quiso pagar a Pepita el obsequio de la huerta y la convidó a
visitar su quinta del Pozo de la Solana. La expedición fue el 22 de Abril. No
se me olvidará esta fecha.
El Pozo de la Solana dista más de dos leguas de este lugar y no hay
hasta allí sino camino de herradura. Tuvimos todos que ir a caballo. Yo, como
jamás he aprendido a montar, he acompañado a mi padre en todas las anteriores
excursiones en una mulita de paso, muy mansa, y que, según la expresión de
Dientes, el mulero, es más noble que el oro y más serena que un coche. En el
viaje al Pozo de la Solana fui en la misma cabalgadura.
Mi padre, el escribano, el boticario y mi primo Currito, iban en buenos
caballos. Mi tía doña Casilda, que pesa más de diez arrobas, en una enorme y
poderosa burra con sus jamugas. El señor vicario en una mula mansa y serena
como la mía.
En cuanto a Pepita Jiménez, que imaginaba yo que vendría también en
burra con jamugas, pues ignoraba que montase, me sorprendió, apareciendo en un
caballo tordo muy vivo y fogoso, vestida de amazona y manejando el caballo con
destreza y primor notables.
Me alegré de ver a Pepita tan gallarda a caballo; pero desde luego
presentí y empezó a mortificarme el desairado papel que me tocaba hacer al lado
de la robusta tía doña Casilda y del padre vicario, yendo nosotros a
retaguardia, pacíficos y serenos como en coche, mientras que la lucida
cabalgata caracolearía, correría, trotaría y haría mil evoluciones y escarceos.
Al punto se me antojó que Pepita me miraba compasiva, al ver la facha
lastimosa que sobre la mula debía yo de tener. Mi primo Currito me miró con
sonrisa burlona, y empezó enseguida a embromarme y atormentarme.
Aplauda Vd. mi resignación y mi valerosa paciencia. A todo me sometí de
buen talante, y pronto, hasta las bromas de Currito acabaron, al notar cuán
invulnerable yo era. Pero ¡cuánto sufrí por dentro! Ellos corrieron, galoparon,
se nos adelantaron a la ida y a la vuelta. El vicario y yo permanecimos
siempre serenos, como las mulas, sin salir del paso y llevando a
doña Casilda en medio.
Ni siquiera tuve el consuelo de hablar con el padre vicario, cuya
conversación me es tan grata, ni de encerrarme dentro de mí mismo y fantasear y
soñar, ni de admirar a mis solas la belleza del terreno que recorríamos. Doña
Casilda es de una locuacidad abominable, y tuvimos que oírla. Nos dijo cuanto
hay que saber de chismes del pueblo, y nos habló de todas sus habilidades, y
nos explicó el modo de hacer salchichas, morcillas de sesos, hojaldres y otros
mil guisos y regalos. Nadie la vence en negocios de cocina y de matanza de
cerdos, según ella, sino Antoñona, la nodriza de Pepita Jiménez, y hoy su ama
de llaves y directora de su casa. Yo conozco ya a la tal Antoñona, pues va y
viene a casa con recados, y en efecto es muy lista: tan parlanchina como la tía
Casilda, pero cien mil veces más discreta.
El camino hasta el Pozo de la Solana es delicioso; pero yo iba tan
contrariado, que no acerté a gozar de él. Cuando llegamos a la casería y nos
apeamos, se me quitó de encima un gran peso, como si fuese yo quien hubiese
llevado a la mula, y no la mula a mí.
Ya a pie, recorrimos la posesión, que es magnífica, variada y extensa.
Hay allí más de ciento veinte fanegas de viña vieja y majuelo, todo bajo una
linde: otro tanto o más de olivar, y por último un bosque de encinas de las más
corpulentas que aún quedan en pie en toda Andalucía. El agua del Pozo de la
Solana forma un arroyo claro y abundante, donde vienen a beber todos los
pajarillos de las cercanías, y donde se cazan a centenares por medio de
espartos con liga, o con red, en cuyo centro se colocan el cimbel y el reclamo.
Allí recordé mis diversiones de la niñez, y cuantas veces había ido yo a cazar
pajarillos de la manera expresada.
Siguiendo el curso del arroyo, y sobre todo en las hondonadas, hay
muchos álamos y otros árboles altos, que con las matas y yerbas, crean un
intrincado laberinto y una sombría espesura. Mil plantas silvestres y olorosas
crecen allí de un modo espontáneo, y por cierto que es difícil imaginar nada
más esquivo, agreste y verdaderamente solitario, apacible y silencioso que
aquellos lugares. Se concibe allí en el fervor del medio día, cuando el sol
vierte a torrentes la luz desde un cielo sin nubes, en las calurosas y
reposadas siestas, el mismo terror misterioso de las horas nocturnas. Se
concibe allí la vida de los antiguos patriarcas y de los primitivos héroes y
pastores, y las apariciones y visiones que tenían, las ninfas, de deidades y de
ángeles, en medio de la claridad meridiana.
Andando por aquella espesura, hubo un momento en el cual, no acierto a
decir cómo, Pepita y yo nos encontramos solos: yo al lado de ella. Los demás se
habían quedado atrás.
Entonces sentí por todo mi cuerpo un estremecimiento. Era la primera vez
que me veía a solas con aquella mujer, y en sitio tan apartado, y cuando yo
pensaba en las apariciones meridianas, ya siniestras, ya dulces, y siempre
sobrenaturales, de los hombres de las edades remotas.
Pepita había dejado en la casería la larga falda de montar, y caminaba
con un vestido corto que no estorbaba la graciosa ligereza de sus movimientos.
Sobre la cabeza llevaba un sombrerillo andaluz, colocado con gracia. En la mano
el látigo, que se me antojó como varita de virtudes, con que pudiera hechizarme
aquella maga.
No temo repetir aquí los elogios de su belleza. En aquellos sitios
agrestes se me apareció más hermosa. La cautela, que recomiendan los ascetas,
de pensar en ella afeada por los años y por las enfermedades; de figurármela
muerta, llena de hedor y podredumbre y cubierta de gusanos, vino, a pesar mío,
a mi imaginación; y digo a pesar mío, porque no entiendo que tan
terrible cautela fuese indispensable. Ninguna idea mala en lo material, ninguna
sugestión del espíritu maligno turbó entonces mi razón, ni logró inficionar mi
voluntad y mis sentidos.
Lo que sí se me ocurrió fue un argumento para invalidar, al menos en mí,
la virtud de esa cautela. La hermosura, obra de un arte soberano y divino,
puede ser caduca, efímera, desaparecer en el instante; pero su idea es eterna,
y en la mente del hombre vive vida inmortal, una vez percibida. La belleza de
esta mujer, tal como hoy se me manifiesta, desaparecerá dentro de breves años:
ese cuerpo elegante, esas formas esbeltas, esa noble cabeza, tan gentilmente
erguida sobre los hombros, todo será pasto de gusanos inmundos; pero si la
materia ha de transformarse, la forma, el pensamiento artístico, la hermosura
misma, ¿quién la destruirá? ¿No está en la mente divina? Percibida y conocida
por mí, ¿no vivirá en mi alma, vencedora de la vejez y aun de la muerte?
Así meditaba yo, cuando Pepita y yo nos acercamos. Así serenaba yo mi
espíritu y mitigaba los recelos que Vd. ha sabido infundirme. Yo deseaba y no
deseaba a la vez que llegasen los otros. Me complacía y me afligía al mismo
tiempo de estar solo con aquella mujer.
La voz argentina de Pepita rompió el silencio, y, sacándome de mis
meditaciones, dijo:
—¡Qué callado y qué triste está Vd., señor D. Luis! Me apesadumbra el
pensar que tal vez por culpa mía, en parte al menos, da a Vd. hoy un mal rato
su padre trayéndole a estas soledades, y sacándole de otras más apartadas,
donde no tendrá Vd. nada que le distraiga de sus oraciones y piadosas lecturas.
Yo no sé lo que contesté a esto. Hube de contestar alguna sandez, porque
estaba turbado; y ni quería hacer un cumplimiento a Pepita, diciendo
galanterías profanas, ni quería tampoco contestar de un modo grosero.
Ella prosiguió:
—Vd. me ha de perdonar si soy maliciosa, pero se me figura que, además
del disgusto de verse Vd. separado hoy de sus ocupaciones favoritas, hay algo
más que contribuye poderosamente a su mal humor.
—¿Qué es ese algo más?—dije yo—, pues Vd. lo descubre todo o cree
descubrirlo.
—Ese algo más-replicó Pepita—no es sentimiento propio de quien va a ser
sacerdote tan pronto, pero sí lo es de un joven de veintidós años.
Al oír esto, sentí que la sangre me subía al rostro y que el rostro me
ardía. Imaginé mil extravagancias, me creí presa de una obsesión. Me juzgué
provocado por Pepita que iba a darme a entender que conocía que yo gustaba de
ella. Entonces, mi timidez se trocó en atrevida soberbia, y la miré de hito en
hito. Algo de ridículo hubo de haber en mi mirada, pero, o Pepita no lo
advirtió o lo disimuló con benévola prudencia, exclamando del modo más
sencillo:
—No se ofenda Vd. porque yo le descubra alguna falta. Esta que he notado
me parece leve. Vd. está lastimado de las bromas de Currito, y de hacer
(hablando profanamente) un papel poco airoso, montado en una mula mansa como el
señor vicario, con sus ochenta años, y no en un brioso caballo, como debiera un
joven de su edad y circunstancias. La culpa es del señor deán, que no ha
pensado en que Vd. aprenda a montar. La equitación no se opone a la vida que
Vd. piensa seguir, y yo creo que su padre de Vd., ya que está Vd. aquí, debiera
en pocos días enseñarle. Si Vd. va a Persia, o a China, allí no hay
ferro-carriles aún, y hará Vd. una triste figura cabalgando mal. Tal vez se
desacredite el misionero entre aquellos bárbaros, merced a esta torpeza, y
luego sea más difícil de lograr el fruto de las predicaciones.
Estos y otros razonamientos más adujo Pepita para que yo aprendiese a
montar a caballo, y quedé tan convencido de lo útil que es la equitación para
un misionero, que le prometí aprender enseguida, tomando a mi padre por
maestro.
—En la primera nueva expedición que hagamos—le dije—, he de ir en el
caballo más fogoso de mi padre, y no en la mulita de paso en que voy ahora.
—Mucho me alegraré—replicó Pepita con una sonrisa de indecible suavidad.
En esto llegaron todos al sitio en que estábamos, y yo me alegré en mis
adentros, no por otra cosa, sino por temor de no acertar a sostener la
conversación, y de salir con doscientas mil simplicidades por mi poca o ninguna
práctica de hablar con mujeres.
Después del paseo, sobre la fresca yerba y en el más lindo sitio junto
al arroyo, nos sirvieron los criados de mi padre una rústica y abundante
merienda. La conversación fue muy animada, y Pepita mostró mucho ingenio y
discreción. Mi primo Currito volvió a embromarme sobre mi manera de cabalgar y
sobre la mansedumbre de mi mula: me llamó teólogo, y me dijo que
sobre aquella mula parecía que iba yo repartiendo bendiciones. Esta vez, ya con
el firme propósito de hacerme jinete, contesté a las bromas con desenfado
picante. Me callé, con todo, el compromiso contraído de aprender la equitación.
Pepita, aunque en nada habíamos convenido, pensó sin duda como yo que importaba
el sigilo para sorprender luego cabalgando bien, y nada dijo de nuestra
conversación. De aquí provino, natural y sencillamente, que existiera un
secreto entre ambos; lo cual produjo en mi ánimo extraño efecto.
Nada más ocurrió aquel día que merezca contarse.
Por la tarde volvimos al lugar, como habíamos venido. Yo, sin embargo,
en mi mula mansa y al lado de la tía Casilda, no me aburrí ni entristecí a la
vuelta como a la ida. Durante todo el viaje oí a la tía sin cansancio referir
sus historias, y por momentos me distraje en vagas imaginaciones.
Nada de lo que en mi alma pasa debe ser un misterio para Vd. Declaro que
la figura de Pepita era como el centro, o mejor dicho, como el núcleo y el foco
de estas imaginaciones vagas.
Su meridiana aparición, en lo más intrincado, umbrío y silencioso de la
verde enramada, me trajo a la memoria todas las apariciones, buenas o malas, de
seres portentosos y de condición superior a la nuestra, que había yo leído en
los autores sagrados y los clásicos profanos. Pepita, pues, se me mostraba en
los ojos y en el teatro interior de mi fantasía, no como iba a caballo delante
de nosotros, sino de un modo ideal y etéreo, en el retiro nemoroso, como a
Eneas su madre, como a Calímaco Palas, como al pastor bohemio Kroco la sílfide
que luego concibió a Libusa, como Diana al hijo de Aristeo, como al Patriarca
los ángeles en el valle de Mambré, como a San Antonio el hipocentauro en la
soledad del yermo.
Encuentro tan natural como el de Pepita se trastrocaba en mi mente en
algo de prodigio. Por un momento, al notar la consistencia de esta imaginación,
me creí obseso; me figuré, como era evidente, que en los pocos minutos que
había estado a solas con Pepita junto al arroyo de la Solana, nada había
ocurrido que no fuese natural y vulgar; pero que después, conforme iba yo
caminando tranquilo en mi mula, algún demonio se agitaba invisible en torno
mío, sugiriéndome mil disparates.
Aquella noche dije a mi padre mi deseo de aprender a montar. No quise
ocultarle que Pepita me había excitado a ello. Mi padre tuvo una alegría
extraordinaria. Me abrazó, me besó, me dijo que ya no era Vd. solo mi maestro,
que él también iba a tener el gusto de enseñarme algo. Me aseguró, por último,
que en dos o tres semanas haría de mí el mejor caballista de toda Andalucía;
capaz de ir a Gibraltar por contrabando y de volver de allí, burlando al
resguardo, con una coracha de tabaco y con un buen alijo de algodones: apto, en
suma, para pasmar a todos los jinetes que se lucen en las ferias de Sevilla y
de Mairena, y para oprimir los lomos de Babieca, de Bucéfalo, y aun de los
propios caballos del Sol, si por acaso bajaban a la tierra y podía yo asirlos
de la brida.
Ignoro qué pensará Vd. de este arte de la equitación que estoy
aprendiendo; pero presumo que no lo tendrá por malo.
¡Si viera Vd. qué gozoso está mi padre y cómo se deleita enseñándome!
Desde el día siguiente al de la expedición que he referido, doy dos lecciones
diarias. Día hay, durante el cual, la lección es perpetua, porque nos le
pasamos a caballo. La primera semana fueron las lecciones en el corralón de
casa, que está desempedrado y sirvió de picadero.
Ya salimos al campo, pero procurando que nadie nos vea. Mi padre no
quiere que me muestre en público hasta que pasme por lo bien plantado, según él
dice. Si su vanidad de padre no le engaña, esto será muy pronto porque tengo
una disposición maravillosa para ser buen jinete.
—¡Bien se ve que eres mi hijo!—exclama mi padre con júbilo al contemplar
mis adelantos.
Es tan bueno mi padre, que espero que Vd. le perdonará su lenguaje
profano y sus chistes irreverentes. Yo me aflijo en lo interior de mi alma,
pero lo sufro todo.
Con las continuadas y largas lecciones estoy que da lástima de agujetas.
Mi padre me recomienda que escriba a Vd. que me abro las carnes a
disciplinazos.
Como dentro de poco sostiene que me dará por enseñado, y no desea
jubilarse de maestro, me propone otros estudios extravagantes y harto impropios
de un futuro sacerdote. Unas veces quiere enseñarme a derribar, para llevarme
luego a Sevilla, donde dejaré bizcos a los ternes y gente del bronce, con la
garrocha en la mano, en los llanos de Tablada. Otras veces se acuerda de sus
mocedades y de cuando fue guardia de corps, y dice que va a buscar sus
floretes, guantes y caretas y a enseñarme la esgrima. Y por último, presumiendo
también mi padre de manejar como nadie una navaja, ha llegado a ofrecerme que
me comunicará esta habilidad.
Ya se hará Vd. cargo de lo que yo contesto a tamañas locuras. Mi padre
replica que en los buenos tiempos antiguos, no ya los clérigos, sino hasta los
obispos andaban a caballo acuchillando infieles. Yo observo que eso podía
suceder en las edades bárbaras, pero que ahora no deben los ministros del
Altísimo saber esgrimir más armas que las de la persuasión.—Y cuando la
persuasión no basta—añade mi padre—, ¿no viene bien corroborar un poco los
argumentos a linternazos?—El misionero completo, según entiende mi padre, debe
en ocasiones apelar a estos medios heroicos; y como mi padre ha leído muchos
romances e histonas, cita ejemplos en apoyo de su opinión. Cita en primer lugar
a Santiago, quien sin dejar de ser apóstol más acuchilla a los moros, que les
predica y persuade en su caballo blanco; cita a un señor de la Vera, que fue
con una embajada de los Reyes Católicos para Boabdil, y que en el patio de los
Leones se enredó con los moros en disputas teológicas, y, apurado ya de
razones, sacó la espada y arremetió contra ellos para acabar de convertirlos; y
cita, por último, al hidalgo vizcaíno D. Íñigo de Loyola, el cual, en una
controversia que tuvo con un moro sobre la pureza de María Santísima, harto ya
de las impías y horrorosas blasfemias con que el moro le contradecía, se fue
sobre él, espada en mano, y si el moro no se salva por pies, le infunde el
convencimiento en el alma por estilo tremendo. Sobre el lance de San Ignacio,
contesto yo a mi padre, que fue antes de que el santo se hiciera sacerdote, y
sobre los otros ejemplos digo que no hay paridad.
En suma, yo me defiendo como puedo de las bromas de mi padre y me limito
a ser buen jinete, sin estudiar esas otras artes, tan impropias de los
clérigos, aunque mi padre asegura que no pocos clérigos españoles las saben y
las ejercen a menudo en España, aun en el día de hoy, a fin de que la fe
triunfe y se conserve o restaure la unidad católica.
Me pesa en el alma de que mi padre sea así; de que hable con
irreverencia y burla de las cosas más serias; pero no incumbe a un hijo
respetuoso el ir más allá de lo que voy en reprimir sus desahogos un tanto
volterianos. Los llamo un tanto volterianos, porque no acierto a calificarlos
bien. En el fondo, mi padre es buen católico y esto me consuela.
Ayer fue día de la Cruz y estuvo el lugar muy animado. En cada calle
hubo seis o siete cruces de Mayo llenas de flores, si bien ninguna tan bella
como la que puso Pepita en la puerta de su casa. Era un mar de flores el que
engalanaba la cruz.
Por la noche tuvimos fiesta en casa de Pepita. La cruz, que había estado
en la calle, se colocó en una gran sala baja, donde hay piano, y nos dio Pepita
un espectáculo sencillo y poético que yo había visto cuando niño, aunque no lo
recordaba.
De la cabeza de la cruz pendían siete listones o cintas anchas, dos
blancas, dos verdes y tres encarnadas, que son los colores simbólicos de las
virtudes teologales. Ocho niños de cinco o seis años, representando los Siete
Sacramentos, asidos de las siete cintas que pendían de la cruz, bailaron a modo
de una contradanza muy bien ensayada. El bautismo era un niño vestido de
catecúmeno con su túnica blanca; el orden otro niño de sacerdote; la
confirmación, un obispito; la extremaunción, un peregrino con bordón y
esclavina llena de conchas; el matrimonio, un novio y una novia, y un Nazareno
con cruz y corona de espinas, la penitencia.
El baile, más que baile, fue una serie de reverencias, pasos,
evoluciones, y genuflexiones al compás de una música no mala, de algo como
marcha, que el organista tocó en el piano con bastante destreza.
Los niños, hijos de criados y familiares de la casa de Pepita, después
de hacer su papel, se fueron a dormir muy regalados y agasajados.
La tertulia continuó hasta las doce, y hubo refresco; esto es, tacillas
de almíbar, y, por último, chocolate con torta de bizcocho y agua con
azucarillos.
El retiro y la soledad de Pepita van olvidándose desde que volvió la
primavera, de lo cual mi padre está muy contento. De aquí en adelante, Pepita
recibirá todas las noches, y mi padre quiere que yo sea de la tertulia.
Pepita ha dejado el luto, y está ahora más galana y vistosa, con trajes
ligeros y casi de verano, aunque siempre muy modestos.
Tengo la esperanza de que lo más que mi padre me retendrá ya por aquí
será todo este mes. En Junio nos iremos juntos a esa ciudad; y ya Vd. verá cómo
libre de Pepita, que no piensa en mí, ni se acordará de mí para malo ni para
bueno, tendré el gusto de abrazar a Vd. y de lograr la dicha de ser sacerdote.
7 de Mayo.
Todas las noches, de nueve a doce, tenemos, como ya indiqué a Vd.,
tertulia en casa de Pepita. Van cuatro o cinco señoras y otras tantas señoritas
del lugar, contando con la tía Casilda, y van también seis o siete
caballeritos, que suelen jugar a juegos de prendas con las niñas. Como es
natural, hay tres o cuatro noviazgos.
La gente formal de la tertulia es la de siempre. Se compone, como si
dijéramos, de los altos funcionarios: de mi padre, que es el cacique, del
boticario, del médico, del escribano y del señor vicario.
Pepita juega al tresillo con mi padre, con el señor vicario y con algún
otro.
Yo no sé de qué lado ponerme. Si me voy con la gente joven estorbo con
mi gravedad en sus juegos y enamoramientos. Si me voy con el estado mayor,
tengo que hacer el papel de mirón en una cosa que no entiendo. Yo no sé más
juegos de naipes que el burro ciego, el burro con vista, y un poco de tute o
brisca cruzada.
Lo mejor sería que yo no fuese a la tertulia: pero mi padre se empeña en
que vaya. Con no ir, según él, me pondría en ridículo.
Muchos extremos de admiración hace mi padre al notar mi ignorancia de
ciertas cosas. Esto de que yo no sepa jugar al tresillo, siquiera al tresillo,
le tiene maravillado.
—Tu tío te ha criado—me dice—debajo de un fanal, haciéndote tragar
teología y más teología, y dejándote a obscuras de lo demás que hay que saber.
Por lo mismo que vas a ser clérigo y que no podrás bailar ni enamorar en las
reuniones, necesitas jugar al tresillo. Si no, ¿qué vas a hacer, desdichado?
A estos y otros discursos por el estilo he tenido que rendirme, y mi
padre me está enseñando en casa a jugar al tresillo, para que, no bien lo sepa,
lo juegue en la tertulia de Pepita. También, como ya le dije a Vd., ha querido
enseñarme la esgrima, y después a fumar y a tirar la pistola y a la barra; pero
en nada de esto he consentido yo.
—¡Qué diferencia—exclama mi padre—, entre tu mocedad y la mía!
Y luego añade riéndose:
—En sustancia, todo es lo mismo. Yo también tenía mis horas canónicas en
el cuartel de guardias de Corps: el cigarro era el incensario, la baraja el
libro de coro, y nunca me faltaban otras devociones y ejercicios más o menos
espirituales.
Aunque Vd. me tenía prevenido acerca de estas genialidades de mi padre,
y de que por ellas había estado yo con Vd. doce años, desde los diez a los
veintidós, todavía me aturden y desazonan los dichos de mi padre, sobrado
libres a veces. Pero ¿qué le hemos de hacer? Aunque no puedo censurárselos,
tampoco se los aplaudo ni se los río.
Lo singular y plausible es que mi padre es otro hombre cuando está en
casa de Pepita. Ni por casualidad se le escapa una sola frase, un solo chiste
de estos que prodiga tanto en otros lugares. En casa de Pepita es mi padre el
propio comedimiento. Cada día parece además más prendado de ella y con mayores
esperanzas del triunfo.
Sigue mi padre contentísimo de mí como discípulo de equitación. Dentro
de cuatro o cinco días asegura que podré ya montar en Lucero, caballo negro,
hijo de un caballo árabe y de una yegua de la casta de Guadalcázar, saltador,
corredor, lleno de fuego y adiestrado en todo linaje de corvetas.
—Quien eche a Lucero los calzones encima—dice mi padre—, ya puede
apostarse a montar con los propios centauros; y tú le echarás calzones encima
dentro de poco.
Aunque me paso todo el día en el campo a caballo, en el casino y en la
tertulia, robo algunas horas al sueño, ya voluntariamente, ya porque me
desvelo, y medito en mi posición y hago examen de conciencia. La imagen de
Pepita está siempre presente en mi alma. ¿Será esto amor?, me pregunto.
Mi compromiso moral, mi promesa de consagrarme a los altares, aunque no
confirmada, es para mí valedera y perfecta. Si algo que se oponga al
cumplimiento de esa promesa ha penetrado en mi alma, es necesario combatirlo.
Desde luego noto, y no me acuse Vd. de soberbia porque le digo lo que
noto, que el imperio de mi voluntad, que Vd. me ha enseñado a ejercer, es
omnímodo sobre todos mis sentidos. Mientras Moisés en la cumbre del Sinaí
conversaba con Dios, la baja plebe en la llanura adoraba rebelde el becerro. A
pesar de mis pocos años, no teme mi espíritu rebeldías semejantes. Bien pudiera
conversar con Dios con plena seguridad, si el enemigo no viniese a pelear
contra mí en el mismo santuario. La imagen de Pepita se me presenta en el alma.
Es un espíritu quien hace guerra a mi espíritu; es la idea de su hermosura en
toda su inmaterial pureza la que se me ofrece en el camino que guía al abismo
profundo del alma donde Dios asiste, y me impide llegar a él.
No me obceco, con todo. Veo claro, distingo, no me alucino. Por cima de
esta inclinación espiritual que me arrastra hacia Pepita está el amor de lo
infinito y de lo eterno. Aunque yo me represente a Pepita como una idea, como
una poesía, no deja de ser la idea, la poesía de algo finito, limitado,
concreto, mientras que el amor de Dios y el concepto de Dios todo lo abarcan.
Pero por más esfuerzos que hago, no acierto a revestir de una forma imaginaria
ese concepto supremo, objeto de un afecto superiorísimo, para que luche con la
imagen, con el recuerdo de la beldad caduca y efímera que de continuo me
atosiga. Fervorosamente pido al cielo que se despierte en mí la fuerza
imaginativa y cree una semejanza, un símbolo de ese concepto que todo lo
comprende, a fin de que absorba y ahogue la imagen, el recuerdo de esta mujer.
Es vago, es oscuro, es indescriptible, es como tiniebla profunda el más alto
concepto, blanco de mi amor; mientras que ella se me representa con
determinados contornos, clara, evidente, luminosa con la luz velada que
resisten los ojos del espíritu, no luminosa con la otra luz intensísima que
para los ojos del espíritu es como tinieblas.
Toda otra consideración, toda otra forma, no destruye la imagen de esta
mujer. Entre el Crucifijo y yo se interpone; entre la imagen devotísima de la
Virgen y yo se interpone; sobre la página del libro espiritual que leo viene
también a interponerse.
No creo, sin embargo, que estoy haciendo de lo que llaman amor en el
siglo. Y aunque lo estuviera, yo lucharía y vencería.
La vista diaria de esa mujer y el oír cantar sus alabanzas de continuo,
hasta al padre vicario, me tienen preocupado; divierten mi espíritu hacia lo
profano y le alejan de su debido recogimiento; pero no, yo no amo a Pepita
todavía. Me iré y la olvidaré.
Mientras aquí permanezca, combatiré con valor. Combatiré con Dios para
vencerle por el amor y el rendimiento. Mis clamores llegarán a él como
inflamadas saetas y derribarán el escudo con que se defiende y oculta a los
ojos de mi alma. Yo pelearé como Israel en el silencio de la noche, y Dios me
llagará en el muslo y me quebrantará en ese combate, para que yo sea vencedor
siendo vencido.
12 de Mayo.
Antes de lo que yo pensaba, querido tío, me decidió mi padre a que
montase en Lucero. Ayer, a las seis de la mañana, cabalgué en esta hermosa
fiera, como le llama mi padre, y me fui con mi padre al campo. Mi padre iba
caballero en una jaca alazana.
Lo hice tan bien, fui tan seguro y apuesto en aquel soberbio animal, que
mi padre no pudo resistir a la tentación de lucir a su discípulo, y después de
reposarnos en un cortijo que tiene a media legua de aquí, y a eso de las once,
me hizo volver al lugar y entrar por lo más concurrido y céntrico, metiendo
mucha bulla y desempedrando las calles. No hay que afirmar que pasamos por la
de Pepita, quien de algún tiempo a esta parte se va haciendo algo ventanera y
estaba a la reja, en una ventana baja, detrás de la verde celosía.
No bien sintió Pepita el ruido y alzó los ojos y nos vio, se levantó,
dejó la costura que traía entre manos y se puso a miramos. Lucero, que, según
he sabido después, tiene ya la costumbre de hacer piernas cuando pasa por
delante de la casa de Pepita, empezó a retozar y a levantarse un poco de manos.
Yo quise calmarle, pero como extrañase las mías, y también extrañase al jinete,
despreciándole tal vez, se alborotó más y más y empezó a dar resoplidos, a
hacer corvetas y aun a dar algunos botes; pero yo me tuve firme y sereno,
mostrándole que era su amo, castigándole con la espuela, tocándole con el
látigo en el pecho y reteniéndole por la brida. Lucero, que casi se había
puesto de pie sobre los cuartos traseros, se humilló entonces hasta doblar
mansamente las rodillas haciendo una reverencia.
La turba de curiosos, que se había agrupado alrededor, rompió en
estrepitosos aplausos. Mi padre dijo:
—¡Bien por los mozos crudos y de arrestos!
Y notando después que Currito, que no tiene otro oficio que el de
paseante, se hallaba entre el concurso, se dirigió a él con estas palabras:
—Mira, arrastrado; mira al teólogo ahora, y, en vez de
burlarte, quédate patitieso de asombro.
En efecto, Currito estaba con la boca abierta, inmóvil, verdaderamente
asombrado.
Mi triunfo fue grande y solemne, aunque impropio de mi carácter. La
inconveniencia de este triunfo me infundió vergüenza. El rubor coloró mis
mejillas. Debí ponerme encendido como la grana, y más aún cuando advertí que
Pepita me aplaudía y me saludaba cariñosa, sonriendo y agitando sus lindas
manos.
En fin, he ganado la patente de hombre recio y de jinete de primera
calidad.
Mi padre no puede estar más satisfecho y orondo; asegura que está
completando mi educación; que usted le ha enviado en mí un libro muy sabio,
pero en borrador y desencuadernado, y que él está poniéndome en limpio y
encuadernándome.
El tresillo, si es parte de la encuadernación y de la limpieza, también
está ya aprendido.
Dos noches he jugado con Pepita.
La noche que siguió a mi hazaña ecuestre, Pepita me recibió
entusiasmada, e hizo lo que nunca había querido ni se había atrevido a hacer
conmigo: me alargó la mano.
No crea Vd. que no recordé lo que recomiendan tantos y tantos moralistas
y ascetas; pero, allá en mi mente, pensé que exageraban el peligro. Aquello del
Espíritu Santo de que el que echa mano a una mujer se expone como si cogiera un
escorpión, me pareció dicho en otro sentido. Sin duda que en los libros
devotos, con la más sana intención, se interpretan harto duramente ciertas
frases y sentencias de la Escritura. ¿Cómo entender, si no, que la hermosura de
la mujer, obra tan perfecta de Dios, es causa de perdición siempre? ¿Cómo
entender tampoco, en sentido general y constante, que la mujer es más amarga
que la muerte? ¿Cómo entender que el que toca a una mujer, en toda ocasión y
con cualquier pensamiento que sea, no saldrá sin mancha?
En fin, yo respondí rápidamente dentro de mi alma a estos y otros
avisos, y tomé la mano que Pepita cariñosamente me alargaba y la estreché en la
mía. La suavidad de aquella mano me hizo comprender mejor su delicadeza y
primor, que hasta entonces no conocía sino por los ojos.
Según los usos del siglo, dada ya la mano una vez, la debe uno dar
siempre, cuando llega y cuando se despide. Espero que en esta ceremonia, en
esta prueba de amistad, en esta manifestación de afecto, si se procede con
pureza y sin el menor átomo de livianidad, no verá Vd. nada malo ni peligroso.
Como mi padre tiene que estar muchas noches con el aperador y con otra
gente de campo, y hasta las diez y media o las once suele no verse libre yo le
sustituyo en la mesa del tresillo al lado de Pepita. El señor vicario y el
escribano son casi siempre los otros tercios. Jugamos a décimo de real, de modo
que un duro o dos es lo más que se atraviesa en la partida.
Mediando, como media, tan poco interés en el juego, lo interrumpimos
continuamente con agradables conversaciones y hasta con discusiones sobre
puntos extraños al mismo juego, en todo lo cual demuestra siempre Pepita una
lucidez de entendimiento, una viveza de imaginación y una tan extraordinaria
gracia en el decir, que no pueden menos de maravillarme.
No hallo motivo suficiente para variar de opinión respecto a lo que ya
he dicho a Vd. contestando a sus recelos de que Pepita puede sentir cierta
inclinación hacia mí. Me trata con el afecto natural que debe tener al hijo de
su pretendiente D. Pedro de Vargas, y con la timidez y encogimiento que inspira
un hombre en mis circunstancias; que no es sacerdote aún, pero que pronto va a
serlo.
Quiero y debo, no obstante, decir a Vd., ya que le escribo siempre como
si estuviese de rodillas delante de Vd. a los pies del confesionario, una
rápida impresión que he sentido dos o tres veces; algo que tal vez sea una
alucinación o un delirio, pero que he notado.
Ya he dicho a Vd. en otras cartas que los ojos de Pepita, verdes como
los de Circe, tienen un mirar tranquilo y honestísimo. Se diría que ella ignora
el poder de sus ojos y no sabe que sirven más que para ver. Cuando fija en
alguien la vista, es tan clara, franca y pura la dulce luz de su mirada, que,
en vez de hacer nacer ninguna mala idea, parece que crea pensamientos limpios;
que deja en reposo grato a las almas inocentes y castas, y mata y destruye todo
incentivo en las almas que no lo son. Nada de pasión ardiente, nada de fuego
hay en los ojos de Pepita. Como la tibia luz de la luna es el rayo de su
mirada.
Pues bien, a pesar de esto, yo he creído notar dos o tres veces un
resplandor instantáneo, un relámpago, una llama fugaz devoradora en aquellos
ojos que se posaban en mí. ¿Será vanidad ridícula sugerida por el mismo
demonio?
Me parece que sí: quiero creer y creo que sí.
Lo rápido, lo fugitivo de la impresión, me induce a conjeturar que no ha
tenido nunca realidad extrínseca; que ha sido ensueño mío.
La calma del cielo, el frío de la indiferencia amorosa, si bien templado
por la dulzura de la amistad y de la caridad, es lo que descubro siempre en los
ojos de Pepita.
Me atormenta, no obstante, este ensueño, esta alucinación de la mirada
extraña y ardiente.
Mi padre dice que no son los hombres sino las mujeres las que toman la
iniciativa, y que la toman sin responsabilidad, y pudiendo negar y volverse
atrás cuando quieren. Según mi padre, la mujer es quien se declara por medio de
miradas fugaces, que ella misma niega más tarde a su propia conciencia si es
menester, y de las cuales, más que leer, logra el hombre a quien van dirigidas
adivinar el significado. De esta suerte, casi por medio de una conmoción
eléctrica, casi por medio de una sutilísima e inexplicable intuición se percata
el que es amado de que es amado, y luego, cuando se resuelve a hablar, va ya
sobre seguro y con plena confianza de la correspondencia.
¿Quién sabe si estas teorías de mi padre, oídas por mí, porque no puedo
menos de oírlas, son las que me han calentado la cabeza y me han hecho imaginar
lo que no hay?
De todos modos, me digo a veces, ¿sería tan absurdo, tan imposible que
lo hubiera? Y si lo hubiera, si yo agradase a Pepita de otro modo que como
amigo, si la mujer a quien mi padre pretende se prendase de mí, ¿no sería
espantosa mi situación?
Desechemos estos temores fraguados sin duda por la vanidad. No hagamos
de Pepita una Fedra y de mí un Hipólito.
Lo que sí empieza a sorprenderme es el descuido y plena seguridad de mi
padre. Perdone usted, pídale a Dios que perdone mi orgullo; de vez en cuando me
pica y enoja la tal seguridad. Pues qué, me digo, ¿soy tan adefesio para que mi
padre no tema que, a pesar de mi supuesta santidad, o por mi misma supuesta
santidad, no pueda yo enamorar, sin querer, a Pepita?
Hay un curioso raciocinio, que yo me hago, y por donde me explico, sin
lastimar mi amor propio, el descuido paterno en este asunto importante. Mi
padre, aunque sin fundamento, se va considerando ya como marido de Pepita, y
empieza a participar de aquella ceguedad funesta que Asmodeo u otro demonio más
torpe infunde a los maridos. Las historias profanas y eclesiásticas están
llenas de esta ceguedad, que Dios permite, sin duda para fines providenciales.
El ejemplo más egregio quizás es el del emperador Marco Aurelio, que tuvo mujer
tan liviana y viciosa como Faustina, y, siendo varón tan sabio y tan agudo
filósofo, nunca advirtió lo que de todas las gentes que formaban el imperio
romano era sabido; por donde, en las meditaciones o memorias que sobre sí mismo
compuso, da infinitas gracias a los dioses inmortales porque le habían
concedido mujer tan fiel y tan buena, y provoca la risa de sus contemporáneos y
de las futuras generaciones. Desde entonces, no se ve otra cosa todos los días,
sino magnates y hombres principales que hacen sus secretarios y dan todo su
valimiento a los que le tienen con su mujer. De esta suerte me explico que mi
padre se descuide, y no recele que, hasta a pesar mío, pudiera tener un rival
en mí.
Sería una falta de respeto, pecaría yo de presumido e insolente, si
advirtiese a mi padre del peligro que no ve. No hay medio de que yo le diga
nada. Además, ¿qué había yo de decirle? ¿Que se me figura que una o dos veces
Pepita me ha mirado de otra manera que como suele mirar? ¿No puede ser esto
ilusión mía? No; no tengo la menor prueba de que Pepita desee siquiera
coquetear conmigo.
¿Qué es, pues, lo que entonces podría yo decir a mi padre? ¿Había de
decirle que yo soy quien está enamorado de Pepita, que yo codicio el tesoro que
ya él tiene por suyo? Esto no es verdad; y sobre todo, ¿cómo declarar esto a mi
padre, aunque fuera verdad, por mi desgracia y por mi culpa?
Lo mejor es callarme; combatir en silencio, si la tentación llega a
asaltarme de veras; y tratar de abandonar cuanto antes este pueblo y de
volverme con Vd.
19 de Mayo.
Gracias a Dios y a Vd. por las nuevas cartas y nuevos consejos que me
envía. Hoy los necesito más que nunca.
Razón tiene la mística doctora Santa Teresa cuando pondera los grandes
trabajos de las almas tímidas que se dejan turbar por la tentación: pero es mil
veces más trabajoso el desengaño para quienes han sido, como yo, confiados y
soberbios.
Templos del Espíritu Santo son nuestros cuerpos, mas si se arrima fuego
a sus paredes, aunque no ardan, se tiznan.
La primera sugestión es la cabeza de la serpiente. Si no la hollamos con
planta valerosa y segura, el ponzoñoso reptil sube a esconderse en nuestro
seno.
El licor de los deleites mundanos, por inocentes que sean, suele ser
dulce al paladar, y luego se trueca en hiel de dragones y veneno de áspides.
Es cierto: ya no puedo negárselo a Vd. Yo no debí poner los ojos con
tanta complacencia en esta mujer peligrosísima.
No me juzgo perdido; pero me siento conturbado.
Como el corzo sediento desea y busca el manantial de las aguas, así mi
alma busca a Dios todavía. A Dios se vuelve para que le dé reposo, y anhela
beber en el torrente de sus delicias, cuyo ímpetu alegra el Paraíso, y cuyas
ondas claras ponen más blanco que la nieve; pero un abismo llama a otro abismo,
y mis pies se han clavado en el cieno que está en el fondo.
Sin embargo, aún me quedan voz y aliento para clamar con el Salmista:
¡Levántate, gloria mía! Si te pones de mi lado, ¿quién prevalecerá contra mí?
Yo digo a mi alma pecadora, llena de quiméricas imaginaciones y de vagos
deseos, que son sus hijos bastardos: ¡Oh, hija miserable de Babilonia;
bienaventurado el que te dará tu galardón: bienaventurado el que deshará contra
las piedras a tus pequeñuelos!
Las mortificaciones, el ayuno, la oración, la penitencia serán las armas
de que me revista para combatir y vencer con el auxilio divino.
No era sueño, no era locura; era realidad. Ella me mira a veces con la
ardiente mirada de que ya he hablado a Vd. Sus ojos están dotados de una
atracción magnética inexplicable. Me atrae, me seduce, y se fijan en ella los
míos. Mis ojos deben arder entonces, como los suyos, con una llama funesta;
como los de Amón cuando se fijaban en Tamar; como los del príncipe de Siquén
cuando se fijaban en Dina.
Al mirarnos así, hasta de Dios me olvido. La imagen de ella se levanta
en el fondo de mi espíritu, vencedora de todo. Su hermosura resplandece sobre
toda hermosura; los deleites del cielo me parecen inferiores a su cariño; una
eternidad de penas creo que no paga la bienaventuranza infinita que vierte
sobre mí en un momento con una de estas miradas, que pasan cual relámpago.
Cuando vuelvo a casa, cuando me quedo solo en mi cuarto, en el silencio
de la noche, reconozco todo el horror de mi situación, y formo buenos
propósitos, que luego se quebrantan.
Me prometo a mí mismo fingirme enfermo, buscar cualquier otro pretexto
para no ir a la noche siguiente en casa de Pepita, y sin embargo voy.
Mi padre, confiado hasta lo sumo, sin sospechar lo que pasa en mi alma,
me dice cuando llega la hora:
—Vete a la tertulia. Yo iré más tarde, luego que despache al aperador.
Yo no atino con la excusa, no hallo el pretexto, y en vez de
contestar;—no puedo ir—, tomo el sombrero y voy a la tertulia.
Al entrar, Pepita y yo nos damos la mano, y al dárnosla me hechiza. Todo
mi ser se muda. Penetra hasta mi corazón un fuego devorante, y ya no pienso más
que en ella. Tal vez soy yo mismo quien provoca las miradas si tardan en
llegar. La miro con insano ahínco, por un estímulo irresistible, y a cada
instante creo descubrir en ella nuevas perfecciones. Ya los hoyuelos de sus
mejillas cuando sonríe, ya la blancura sonrosada de la tez, ya la forma recta
de la nariz, ya la pequeñez de la oreja, ya la suavidad de contornos y
admirable modelado de la garganta.
Entro en su casa, a pesar mío, como evocado por un conjuro; y, no bien
entro en su casa, caigo bajo el poder de su encanto; veo claramente que estoy
dominado por una maga, cuya fascinación es ineluctable.
No es ella grata a mis ojos solamente, sino que sus palabras suenan en
mis oídos como la música de las esferas, revelándome toda la armonía del
universo y hasta imagino percibir una sutilísima fragancia, que su limpio
cuerpo despide, y que supera al olor de los mastranzos que crecen a orillas de
los arroyos y al aroma silvestre del tomillo que en los montes se cría.
Excitado de esta suerte, no sé cómo juego al tresillo, ni hablo, ni
discurro con juicio, porque estoy todo en ella.
Cada vez que se encuentran nuestras miradas, se lanzan en ellas nuestras
almas, y en los rayos que se cruzan, se me figura que se unen y compenetran.
Allí se descubren mil inefables misterios de amor, allí se comunican
sentimientos que por otro medio no llegarían a saberse, y se recitan poesías
que no caben en lengua humana, y se cantan canciones que no hay voz que exprese
ni acordada cítara que module.
Desde el día en que vi a Pepita en el Pozo de la Solana, no he vuelto a
verla a solas. Nada le he dicho ni me ha dicho, y sin embargo nos lo hemos
dicho todo.
Cuando me sustraigo a la fascinación, cuando estoy solo por la noche en
mi aposento, quiero mirar con frialdad el estado en que me hallo, y veo abierto
a mis pies el precipicio en que voy a sumirme, y siento que me resbalo y que me
hundo.
Me recomienda Vd. que piense en la muerte; no en la de esta mujer, sino
en la mía. Me recomienda Vd. que piense en lo inestable, en lo inseguro de
nuestra existencia, y en lo que hay más allá. Pero esta consideración y esta
meditación ni me atemorizan ni me arredran. ¿Cómo he de temer la muerte cuando
deseo morir? El amor y la muerte son hermanos. Un sentimiento de abnegación se
alza de las profundidades de mi ser, y me llama a sí, y me dice que todo mi ser
debe darse y perderse por el objeto amado. Ansío confundirme en una de sus
miradas; diluir y evaporar toda mi esencia en el rayo de luz que sale de sus
ojos; quedarme muerto mirándola, aunque me condene.
Lo que es aún eficaz en mí contra el amor, no es el temor, sino el amor
mismo. Sobre este amor determinado, que ya veo con evidencia que Pepita me
inspira, se levanta en mi espíritu el amor divino, en consurrección poderosa.
Entonces todo se cambia en mí, y aun me promete la victoria. El objeto de mi
amor superior se ofrece a los ojos de mi mente como el sol que todo lo enciende
y alumbra llenando de luz los espacios; y el objeto de mi amor más bajo, como
átomo de polvo que vaga en el ambiente y que el sol dora. Toda su beldad, todo
su resplandor, todo su atractivo, no es más que el reflejo de ese sol increado,
no es más que la chispa brillante, transitoria, inconsistente, de aquella
infinita y perenne hoguera.
Mi alma, abrasada de amor, pugna por criar alas, y tender el vuelo, y
subir a esa hoguera, y consumir allí cuanto hay en ella de impuro.
Mi vida, desde hace algunos días, es una lucha constante. No sé cómo el
mal que padezco no me sale a la cara. Apenas me alimento; apenas duermo. Si el
sueño cierra mis párpados, suelo despertar azorado, como si me hallase peleando
en una batalla de ángeles rebeldes y de ángeles buenos. En esta batalla de la
luz contra las tinieblas, yo combato por la luz; pero tal vez imagino que me
paso al enemigo, que soy un desertor infame; y oigo la voz del águila de Patmos
que dice: «Y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz»; y entonces me
lleno de terror y me juzgo perdido.
No me queda más recurso que huir. Si en lo que falta para terminar el
mes, mi padre no me da su venia y no viene conmigo, me escapo como un ladrón;
me fugo sin decir nada.
23 de Mayo.
Soy un vil gusano y no un hombre: soy el oprobio y la abyección de la
humanidad; soy un hipócrita.
Me han circundado dolores de muerte, y torrentes de iniquidad me han
conturbado.
Vergüenza tengo de escribir a Vd., y no obstante le escribo. Quiero
confesárselo todo.
No logro enmendarme. Lejos de dejar de ir a casa de Pepita, voy más
temprano todas las noches. Se diría que los demonios me agarran de los pies y
me llevan allá sin que yo quiera.
Por dicha, no hallo sola nunca a Pepita. No quisiera hallarla sola. Casi
siempre se me adelanta el excelente padre vicario, que atribuye nuestra amistad
a la semejanza de gustos piadosos, y la funda en la devoción, como la amistad
inocentísima que él le profesa.
El progreso de mi mal es rápido. Como piedra que se desprende de lo alto
del templo y va aumentando su velocidad en la caída, así va mi espíritu ahora.
Cuando Pepita y yo nos damos la mano, no es ya como al principio. Ambos
hacemos un esfuerzo de voluntad, y nos transmitimos, por nuestras diestras
enlazadas, todas las palpitaciones del corazón. Se diría que, por arte
diabólico, obramos una transfusión y mezcla de lo más sutil de nuestra sangre.
Ella debe de sentir circular mi vida por sus venas, como yo siento en las mías
la suya.
Si estoy cerca de ella, la amo; si estoy lejos, la odio. A su vista, en
su presencia, me enamora, me atrae, me rinde con suavidad, me pone un yugo
dulcísimo.
Su recuerdo me mata. Soñando con ella, sueño que me divide la garganta
como Judith al capitán de los asirios, que me atraviesa las sienes con un
clavo, como Jael a Sisara; pero a su lado, me parece la esposa del Cantar
de los Cantares, y la llamo con voz interior, y la bendigo, y la juzgo
fuente sellada, huerto cerrado, flor del valle, lirio de los campos, paloma mía
y hermana.
Quiero libertarme de esta mujer y no puedo. La aborrezco y casi la
adoro. Su espíritu se infunde en mí al punto que la veo, y me posee, y me
domina, y me humilla.
Todas las noches salgo de su casa diciendo: esta será la última noche
que vuelva aquí; y vuelvo a la noche siguiente.
Cuando habla, y estoy a su lado, mi alma queda como colgada de su boca;
cuando sonríe, se me antoja que un rayo de luz inmaterial se me entra en el
corazón y le alegra.
A veces, jugando al tresillo, se han tocado por acaso nuestras rodillas,
y he sentido un indescriptible sacudimiento.
Sáqueme Vd. de aquí. Escriba Vd. a mi padre que me dé licencia para
irme. Si es menester, dígaselo todo. Socórrame Vd. ¡Sea Vd. mi amparo!
30 de Mayo.
Dios me ha dado fuerzas ara resistir y he resistido.
Hace días que no pongo los pies en casa de Pepita; que no la veo.
Casi no tengo que pretextar una enfermedad porque realmente estoy
enfermo. Estoy pálido y ojeroso; y mi padre, lleno de afectuoso cuidado, me
pregunta qué padezco y me muestra el interés más vivo.
El reino de los cielos cede a la violencia, y yo quiero conquistarle.
Con violencia llamo a sus puertas para que se me abran.
Con ajenjo me alimenta Dios para probarme, y en balde le pido que aparte
de mí ese cáliz de amargura: pero he pasado y paso en vela muchas noches,
entregado a la oración, y ha venido a endulzar lo amargo del cáliz una
inspiración amorosa del espíritu consolador y soberano.
He visto con los ojos del alma la nueva patria, y en lo más íntimo de mi
corazón ha resonado el cántico nuevo de la Jerusalén celeste.
Si al cabo logro vencer, será gloriosa la victoria; pero se la deberé a
la Reina de los Ángeles, a quien me encomiendo. Ella es mi refugio y mi
defensa; torre y alcázar de David, de que penden mil escudos y armaduras de
valerosos campeones; cedro del Líbano que pone en fuga a las serpientes.
En cambio, a la mujer que me enamora de un modo mundanal, procuro
menospreciarla y abatirla en mi pensamiento, recordando las palabras del Sabio
y aplicándoselas.
Eres lazo de cazadores, la digo; tu corazón es red engañosa y tus manos
redes que atan: quien ama a Dios huirá de ti, y el pecador será por ti
aprisionado.
Meditando sobre el amor, hallo mil motivos para amar a Dios y no amarla.
Siento en el fondo de mi corazón una inefable energía que me convence de
que yo lo despreciaría todo por el amor de Dios: la fama, la honra, el poder y
el imperio. Me hallo capaz de imitar a Cristo; y si el enemigo tentador me
llevase a la cumbre de la montaña y me ofreciese todos los reinos de la tierra,
porque doblase ante él la rodilla, yo no la doblaría: pero cuando me ofrece a
esta mujer, vacilo aún y no le rechazo. ¿Vale más esta mujer a mis ojos que
todos los reinos de la tierra; más que la fama, la honra, el poder y el
imperio?
¿La virtud del amor, me pregunto a veces, es la misma siempre, aunque
aplicada a diversos objetos, o bien hay dos linajes y condiciones de amores?
Amar a Dios me parece la negación del egoísmo y del exclusivismo. Amándole,
puedo y quiero amarlo todo por él, y no me enojo ni tengo celos de que él lo
ame todo. No estoy celoso ni envidioso de los santos, de los mártires, de los
bienaventurados, ni de los mismos serafines. Mientras mayor me represento el
amor de Dios a las criaturas y los favores y regalos que les hace, menos celoso
estoy y más le amo, y más cercano a mí le juzgo, y más amoroso y fino me parece
que está conmigo. Mi hermandad, mi más que hermandad con todos los seres,
resalta entonces de un modo dulcísimo. Me parece que soy uno con todo, y que todo
está enlazado con lazada de amor por Dios y en Dios.
Muy al contrario, cuando pienso en esta mujer y en el amor que me
inspira. Es un amor de odio, que me aparta de todo, menos de mí. La quiero para
mí; toda para mí y yo todo para ella. Hasta la devoción y el sacrificio por
ella son egoístas. Morir por ella sería por desesperación de no lograrla de
otra suerte, o por esperanza de no gozar de su amor por completo, sino muriendo
y confundiéndome con ella en un eterno abrazo.
Con todas estas consideraciones procuro hacer aborrecible el amor de
esta mujer; pongo en este amor mucho de infernal y de horriblemente ominoso;
pero como si tuviese yo dos almas, dos entendimientos, dos voluntades y dos
imaginaciones, pronto surge dentro de mí la idea contraria; pronto me niego lo
que acabo de afirmar, y procuro conciliar locamente los dos amores. ¿Por qué no
huir de ella y seguir amándola sin dejar de consagrarme fervorosamente al
servicio de Dios? Así como el amor de Dios no excluye el amor de la patria, el
amor de la humanidad, el amor de la ciencia, el amor de la hermosura en la
naturaleza y en el arte, tampoco debe excluir este amor, si es espiritual e
inmaculado. Yo haré de ella, me digo, un símbolo, una alegoría, una imagen de
todo lo bueno y hermoso. Será para mí, como Beatriz para Dante, figura y
representación de mi patria, del saber y de la belleza.
Esto me hace caer en una horrible imaginación, en un monstruoso
pensamiento. Para hacer de Pepita ese símbolo, esa vaporosa y etérea imagen,
esa cifra y resumen de cuanto puedo amar por bajo de Dios, en Dios y
subordinándolo a Dios, me la finjo muerta, como Beatriz estaba muerta cuando
Dante la cantaba.
Si la dejo entre los vivos, no acierto a convertirla en idea pura, y
para convertirla en idea pura, la asesino en mi mente.
Luego la lloro, luego me horrorizo de mi crimen, y me acerco a ella en
espíritu, y con el calor de mi corazón le vuelvo la vida, y la veo, no
vagarosa, diáfana, casi esfumada entre nubes de color de rosa y flores
celestiales, como vio el feroz Gibelino a su amada en la cima del Purgatorio,
sino consistente, sólida, bien delineada en el ambiente sereno y claro, como
las obras más perfectas del cincel helénico, como Galatea, animada ya por el
afecto de Pigmalión, y bajando llena de vida, respirando amor, lozana de
juventud y de hermosura, de su pedestal de mármol.
Entonces exclamo desde el fondo de mi conturbado corazón: Mi virtud
desfallece; Dios mío, no me abandones. Apresúrate a venir en mi auxilio.
Muéstrame tu cara y seré salvo.
Así recobro las fuerzas para resistir a la tentación. Así renace en mí
la esperanza de que volveré al antiguo reposo no bien me aparte de estos
sitios.
El demonio anhela con furia tragarse las aguas puras del Jordán, que son
las personas consagradas a Dios. Contra ellas se conjura el infierno y
desencadena todos sus monstruos. San Buenaventura lo ha dicho: «No debemos
admirarnos de que estas personas pecaron, sino de que no pecaron». Yo, con
todo, sabré resistir y no pecar. Dios me protege.
6 de Junio.
La nodriza de Pepita, hoy su ama de llaves, es, como dice mi padre, una
buena pieza de arrugadillo: picotera, alegre y hábil como pocas. Se casó con el
hijo del Maestro Cencias, y ha heredado del padre lo que el hijo no heredó: una
portentosa facilidad para las artes y los oficios. La diferencia está en que el
Maestro Cencias componía un husillo de lagar, arreglaba las ruedas de una
carreta o hacía un arado, y esta nuera suya hace dulces, arropes y otras
golosinas. El suegro ejercía las artes de utilidad: la nuera las del deleite,
aunque deleite inocente o lícito al menos.
Antoñona, que así se llama, tiene o se toma la mayor confianza con todo
el señorío. En todas las casas entra y sale como en la suya. A todos los
señoritos y señoritas de la edad de Pepita, o de cuatro o cinco años más, los
tutea, los llama niños y niñas, y los trata como si los hubiera criado a sus
pechos.
A mí me habla de mira, como a los otros. Viene a verme, entra en mi
cuarto, y ya me ha dicho varias veces que soy un ingrato, y que hago mal en no
ir a ver a su señora.
Mi padre, sin advertir nada, me acusa de extravagante; me llama búho, y
se empeña también en que vuelva a la tertulia. Anoche no pude ya resistirme a
sus repetidas instancias, y fui muy temprano, cuando mi padre iba a hacer las
cuentas con el aperador.
¡Ojalá no hubiera ido!
Pepita estaba sola. Al vernos, al saludarnos, nos pusimos los dos
colorados. Nos dimos la mano con timidez, sin decirnos palabra.
Yo no estreché la suya: ella no estrechó la mía; pero las conservamos
unidas un breve rato.
En la mirada que Pepita me dirigió nada había de amor, sino de amistad,
de simpatía, de honda tristeza.
Había adivinado toda mi lucha interior: presumía que el amor divino
había triunfado en mi alma; que mi resolución de no amarla era firme e
invencible.
No se atrevía a quejarse de mí; no tenía derecho a quejarse de mí;
conocía que la razón estaba de mi parte. Un suspiro, apenas perceptible, que se
escapó de sus frescos labios entreabiertos, manifestó cuánto lo deploraba.
Nuestras manos seguían unidas aún. Ambos mudos. ¿Cómo decirle que yo no
era para ella, ni ella para mí?; ¡Qué importaba separamos para siempre!
Sin embargo, aunque no se lo dije con palabras, se lo dije con los ojos.
Mi severa mirada confirmó sus temores: la persuadió de la irrevocable
sentencia.
De pronto se nublaron sus ojos; todo su rostro hermoso, pálido ya de una
palidez traslúcida, se contrajo con una bellísima expresión de melancolía.
Parecía la madre de los dolores. Dos lágrimas brotaron lentamente de sus ojos y
empezaron a deslizarse por sus mejillas.
No sé lo que pasó en mí. ¿Ni cómo describirlo, aunque lo supiera?
Acerqué mis labios a su cara para enjugar el llanto, y se unieron
nuestras bocas en un beso.
Inefable embriaguez, desmayo fecundo en peligros invadió todo mi ser y
el ser de ella. Su cuerpo desfallecía y la sostuve entre mis brazos.
Quiso el cielo que oyésemos los pasos y la tos del padre vicario que
llegaba, y nos separamos al punto.
Volviendo en mí, y reconcentrando todas las fuerzas de mi voluntad, pude
entonces llenar con estas palabras, que pronuncié en voz baja e intensa,
aquella terrible escena silenciosa:
—¡El primero y el último!
Yo aludía al beso profano; mas, como si hubieran sido mis palabras una
evocación, se ofreció en mi mente la visión apocalíptica en toda su terrible
majestad. Vi al que es por cierto el primero y el último, y con la espada de
dos filos que salía de su boca me hería en el alma, llena de maldades, de
vicios y de pecados.
Toda aquella noche la pasé en un frenesí, en un delirio interior, que no
sé cómo disimulaba.
Me retiré de casa de Pepita muy temprano.
En la soledad fue mayor mi amargura.
Al recordarme de aquel beso y de aquellas palabras de despedida, me
comparaba yo con el traidor Judas, que vendía besando, y con el sanguinario y
alevoso asesino Joab, cuando al besar a Amasá, le hundió el hierro agudo en las
entrañas.
Había incurrido en dos traiciones y en dos falsías. Había faltado a Dios
y a ella.
Soy un ser abominable.
11 de Junio.
Aún es tiempo de remediarlo todo. Pepita sanará de su amor y olvidará la
flaqueza que ambos tuvimos.
Desde aquella noche no he vuelto a su casa.
Antoñona no parece por la mía.
A fuerza de súplicas he logrado de mi padre la promesa formal de que
partiremos de aquí el 25, pasado el día de San Juan, que aquí se celebra con
fiestas lucidas, y en cuya víspera hay una famosa velada.
Lejos de Pepita, me voy serenando, y creyendo que tal vez ha sido una
prueba este comienzo de amores.
En todas estas noches he rezado, he velado, me he mortificado mucho.
La persistencia de mis plegarias, la honda contrición de mi pecho han
hallado gracia delante del Señor, quien ha mostrado su gran misericordia.
El Señor, como dice el Profeta, ha enviado fuego a lo más robusto de mi
espíritu, ha alumbrado mi inteligencia, ha encendido lo más alto de mi
voluntad, y me ha enseñado.
La actividad del amor divino, que está en la voluntad suprema, ha podido
en ocasiones, sin yo merecerlo, llevarme hasta la oración de quietud afectiva.
He desnudado las potencias inferiores de mi alma de toda imagen, hasta de la
imagen de esa mujer; y he creído, si el orgullo no me alucina, que he conocido
y gozado en paz, con la inteligencia y con el afecto, del bien supremo que está
en el centro y abismo del alma.
Ante este bien todo es miseria; ante esta hermosura es fealdad todo;
ante esta felicidad, todo es infortunio; ante esta altura todo es bajeza.
¿Quién no olvidará y despreciará por el amor de Dios todos los demás amores?
Sí: la imagen profana de esa mujer saldrá definitivamente y para siempre
de mi alma. Yo haré un azote durísimo de mis oraciones y penitencias, y con él
la arrojaré de allí, como Cristo arrojó del templo a los condenados mercaderes.
18 de Junio.
Ésta será la última carta que yo escriba a Vd.
El veinticinco saldré de aquí sin falta. Pronto tendré el gusto de dar a
Vd. un abrazo.
Cerca de Vd. estaré mejor. Vd. me infundirá ánimo y me prestará la
energía de que carezco.
Una tempestad de encontradas afecciones combate ahora mi corazón.
El desorden de mis ideas se conocerá en el desorden de lo que estoy
escribiendo.
Dos veces he vuelto a casa de Pepita. He estado frío, severo, como debía
estar: pero ¡cuánto me ha costado!
Ayer me dijo mi padre que Pepita está indispuesta y que no recibe.
En seguida me asaltó el pensamiento de que su amor mal pagado podría ser
la causa de la enfermedad.
¿Por qué la he mirado con las mismas miradas de fuego con que ella me
miraba? ¿Por qué la he engañado vilmente? ¿Por qué la he hecho creer que la
quería? ¿Por qué mi boca infame buscó la suya y se abrasó y la abrasó con las
llamas del infierno?
Pero no: mi pecado no ha de traer como indefectible consecuencia otro
pecado.
Lo que ya fue no puede dejar de haber sido, pero puede y debe
remediarse.
El 25, repito, partiré sin falta.
La desenvuelta Antoñona acaba de entrar a verme.
Escondí esta carta, como si fuera una maldad escribir a Vd.
Solo un minuto ha estado aquí Antoñona.
Yo me levanté de la silla para hablar con ella de pie y que la visita
fuera corta.
En tan corta visita, me ha dicho mil locuras que me afligen
profundamente.
Por último, ha exclamado, al despedirse, en su jerga medio gitana:
¡Anda, fullero de amor, indinote; maldecido seas; malos
chuqueles te tagelen el drupro, que has puesto enferma a la niña, y con tus
retrecherías la estás matando!
Dicho esto, la endiablada mujer me aplicó de una manera indecorosa y
plebeya, por bajo de las espaldas, seis o siete feroces pellizcos, como si
quisiera sacarme a túrdigas el pellejo. Después se largó echando chispas.
No me quejo: merezco esta broma brutal, dado que sea broma. Merezco que
me atenacen los demonios con tenazas hechas ascuas.
¡Dios mío, haz que Pepita me olvide: haz, si es menester, que ame a otro
y sea con él dichosa!
¿Puedo pedirte más, Dios mío?
Mi padre no sabe nada; no sospecha nada. Más vale así.
Adiós. Hasta dentro de pocos días, que nos veremos y abrazaremos.
¡Qué mudado va Vd. a encontrarme! ¡Qué lleno de amargura mi corazón!
¡Cuán perdida la inocencia! ¡Qué herida y qué lastimada mi alma!
-II-
Paralipómenos
No hay más cartas de D. Luis de Vargas que las que hemos transcrito. Nos
quedaríamos, pues, sin averiguar el término que tuvieron estos amores, y esta
sencilla y apasionada historia no acabaría, si un sujeto, perfectamente
enterado de todo, no hubiese compuesto la relación que sigue.
Nadie extrañó en el lugar la indisposición de Pepita, ni menos pensó en
buscarle una causa que sólo nosotros, ella, D. Luis, el señor deán y la
discreta Antoñona, sabemos hasta lo presente.
Más bien hubieran podido extrañarse la vida alegre, las tertulias
diarias y hasta los paseos campestres de Pepita, durante algún tiempo. El que
volviese Pepita a su retiro habitual era naturalísimo.
Su amor por D. Luis, tan silencioso y tan reconcentrado, se ocultó a las
miradas investigadoras de doña Casilda, de Currito y de todos los personajes
del lugar que en las cartas de don Luis se nombran. Menos podía saberlo el
vulgo. A nadie le cabía en la cabeza, a nadie le pasaba por la imaginación, que
el teólogo, el santo, como llamaban a D. Luis,
rivalizase con su padre, y hubiera conseguido lo que no había conseguido el
terrible y poderoso D. Pedro de Vargas: enamorar a la linda, elegante, esquiva
y zahareña viudita.
A pesar de la familiaridad que las señoras de lugar tienen con sus
criadas, Pepita nada había dejado traslucir a ninguna de las suyas. Sólo
Antoñona, que era un lince para todo, y más aún para las cosas de su niña,
había penetrado el misterio.
Antoñona no calló a Pepita su descubrimiento, y Pepita no acertó a negar
la verdad a aquella mujer que la había criado, que la idolatraba, y que, si
bien se complacía en descubrir y referir cuanto pasa en el pueblo, siendo
modelo de maldicientes, era sigilosa y leal como pocas para lo que importaba a
su dueño.
De esta suerte se hizo Antoñona la confidenta de Pepita, la cual hallaba
gran consuelo en desahogar su corazón con quien, si era vulgar o grosera en la
expresión o en el lenguaje, no lo era en los sentimientos y en las ideas que
expresaba y formulaba.
Por lo dicho se explican las visitas de Antoñona a D. Luis, sus
palabras, y hasta los feroces, poco respetuosos y mal colocados pellizcos, con
que maceró sus carnes y atormentó su dignidad la última vez que estuvo a verle.
Pepita, no sólo no había excitado a Antoñona a que fuese a D. Luis con
embajadas, pero ni sabía siquiera que hubiese ido.
Antoñona había tomado la iniciativa y había hecho papel en este asunto,
porque así lo quiso.
Como ya se dijo, se había enterado de todo con perspicacia maravillosa.
Cuando la misma Pepita apenas se había dado cuenta de que amaba a D.
Luis, ya Antoñona lo sabía. Apenas empezó Pepita a lanzar sobre él aquellas
ardientes, furtivas e involuntarias miradas que tanto destrozo hicieron,
miradas que nadie sorprendió de los que estaban presentes, Antoñona, que no lo
estaba, habló a Pepita de las miradas. Y no bien las miradas recibieron dulce
pago, también lo supo Antoñona.
Poco tuvo, pues, la señora que confiar a una criada tan penetrante y tan
zahorí de cuanto pasaba en lo más escondido de su pecho.
A los cinco días de la fecha de la última carta que hemos leído, empieza
nuestra narración.
Eran las once de la mañana. Pepita estaba en una sala alta al lado de su
alcoba y de su tocador, donde nadie, salvo Antoñona, entraba jamás sin que
llamase ella.
Los muebles de aquella sala eran de poco valor, pero cómodos y aseados.
Las cortinas y el forro de los sillones, sofás y butacas, eran de tela de
algodón pintada de flores; sobre una mesita de caoba había recado de escribir y
papeles; y en un armario, de caoba también, bastantes libros de devoción y de
historia. Las paredes se veían adornadas con cuadros, que eran estampas de
asuntos religiosos; pero con el buen gusto, inaudito, raro, casi inverosímil en
un lugar de Andalucía, de que dichas estampas no fuesen malas litografías
francesas, sino grabados de nuestra Calcografía, como el Pasmo de Sicilia de
Rafael, el San Ildefonso y la Virgen, la Concepción, el San Bernardo y los dos
medios puntos de Murillo.
Sobre una antigua mesa de roble, sostenida por columnas salomónicas, se
veía un contadorcillo o papelera con embutidos de concha, nácar, marfil y
bronce, y muchos cajoncitos, donde guardaba Pepita cuentas y otros documentos.
Sobre la misma mesa había dos vasos de porcelana con muchas flores. Colgadas en
la pared había por último, algunas macetas de loza de la Cartuja sevillana, con
geranio-hiedra y otras plantas, y tres jaulas doradas con canarios y jilgueros.
Aquella sala era el retiro de Pepita, donde no entraban de día sino el
médico y el padre vicario, y donde a prima noche entraba sólo el aperador a dar
sus cuentas. Aquella sala era y se llamaba el despacho.
Pepita estaba sentada, casi recostada en un sofá, delante del cual había
un velador pequeño con varios libros.
Se acababa de levantar, y vestía una ligera bata de verano. Su cabello
rubio, mal peinado aún, parecía más hermoso en su mismo desorden. Su cara, algo
pálida y con ojeras, si bien llena de juventud, lozanía y frescura, parecía más
bella con el mal que le robaba colores.
Pepita mostraba impaciencia; aguardaba a alguien.
Al fin llegó y entró sin anunciarse la persona que aguardaba, que era el
padre vicario.
Después de los saludos de costumbre, y arrellanado el padre vicario en
una butaca al lado de Pepita, se entabló la conversación.
—Me alegro, hija mía, de que me hayas llamado; pero sin que te hubieras
molestado en llamarme, ya iba yo a venir a verte. ¡Qué pálida estás! ¿Qué
padeces? ¿Tienes algo importante que decirme?
A esta serie de preguntas cariñosas, empezó a contestar Pepita con un
hondo suspiro. Después dijo:
—¿No adivina Vd. mi enfermedad? ¿No descubre Vd. la causa de mi
padecimiento?
El vicario se encogió de hombros y miró a Pepita con cierto susto,
porque nada sabía, y le llamaba la atención la vehemencia con que ella se
expresaba.
Pepita prosiguió:
—Padre mío, yo no debí llamar a Vd., sino ir a la iglesia y hablar con
Vd. en el confesonario, y allí confesar mis pecados. Por desgracia no estoy
arrepentida; mi corazón se ha endurecido en la maldad, y no he tenido valor ni
me he hallado dispuesta para hablar con el confesor, sino con el amigo.
—¿Qué dices de pecados, ni de dureza de corazón? ¿Estás loca? ¿Qué
pecados han de ser los tuyos, si eres tan buena?
—No, padre, yo soy mala. He estado engañando a Vd., engañándome a mí
misma, queriendo engañar a Dios.
—Vamos, cálmate, serénate; habla con orden y con juicio para no decir
disparates.
—¿Y cómo no decirlos, cuando el espíritu del mal me posee?
—¡Ave María Purísima! Muchacha, no desatines. Mira, hija mía: tres son
los demonios más temibles que se apoderan de las almas, y ninguno de ellos,
estoy seguro, se puede haber atrevido a llegar hasta la tuya. El uno es
Leviatán, o el espíritu de la soberbia; el otro Mamón, o el espíritu de la
avaricia; el otro Asmodeo, o el espíritu de los amores impuros.
—Pues de los tres soy víctima: los tres me dominan.
—¡Qué horror!… Repito que te calmes. De lo que tú eres víctima es de un
delirio.
—¡Pluguiese a Dios que así fuera! Es por mi culpa lo contrario. Soy
avarienta, porque poseo cuantiosos bienes y no hago las obras de caridad que
debiera hacer; soy soberbia, porque he despreciado a muchos hombres, no por
virtud, no por honestidad, sino porque no los hallaba acreedores a mi cariño.
Dios me ha castigado; Dios ha permitido que ese tercer enemigo, de que Vd.
habla, se apodere de mí.
—¿Cómo es eso, muchacha? ¿Qué diablura se te ocurre? ¿Estás enamorada
quizás? Y si lo estás, ¿qué mal hay en ello? ¿No eres libre? Cásate, pues, y
déjate de tonterías. Seguro estoy de que mi amigo D. Pedro de Vargas ha hecho
el milagro. ¡El demonio es el tal D. Pedro! Te declaro que me asombra. No
juzgaba yo el asunto tan mollar y tan maduro como estaba.
—Pero si no es D. Pedro de Vargas de quien estoy enamorada.
—¿Pues de quién entonces?
Pepita se levantó de su asiento; fue hacia la puerta; la abrió; miró
para ver si alguien escuchaba desde fuera; la volvió a cerrar; se acercó luego
al padre vicario, y toda acongojada, con voz trémula, con lágrimas en los ojos,
dijo casi al oído del buen anciano:
—Estoy perdidamente enamorada de su hijo.
—¿De qué hijo?—interrumpió el padre vicario, que aún no quería creerlo.
—¿De qué hijo ha de ser? Estoy perdida, frenéticamente enamorada de D.
Luis.
La consternación, la sorpresa más dolorosa se pintó en el rostro del
cándido y afectuoso sacerdote.
Hubo un momento de pausa. Después dijo el vicario:
—Pero ese es un amor sin esperanza: un amor imposible. D. Luis no te
querrá.
Por entre las lágrimas que nublaban los hermosos ojos de Pepita, brilló
un alegre rayo de luz; su linda y fresca boca, contraída por la tristeza, se
abrió con suavidad, dejando ver las perlas de sus dientes y formando una
sonrisa.
—Me quiere—dijo Pepita con un ligero y mal disimulado acento de
satisfacción y de triunfo, que se alzaba por cima de su dolor y de sus
escrúpulos.
Aquí subieron de punto la consternación y el asombro del padre vicario.
Si el santo de su mayor devoción hubiera sido arrojado del altar y hubiera
caído a sus pies, y se hubiera hecho cien mil pedazos, no se hubiera el vicario
consternado tanto. Todavía miró a Pepita con incredulidad, como dudando de que
aquello fuese cierto y no una alucinación de la vanidad mujeril. Tan de firme
creía en la santidad de D. Luis y en su misticismo.
—¡Me quiere!—dijo otra vez Pepita, contestando a aquella incrédula
mirada.
—¡Las mujeres son peores que pateta!—dijo el vicario—. Echáis la
zancadilla al mismísimo mengue.
—¿No se lo decía yo a Vd.? ¡Yo soy muy mala!
—¡Sea todo por Dios! Vamos, sosiégate. La misericordia de Dios es
infinita. Cuéntame lo que ha pasado.
—¡Qué ha de haber pasado! Que le quiero, que le amo, que le adoro; que
él me quiere también, aunque lucha por sofocar su amor y tal vez lo consiga; y
que Vd., sin saberlo, tiene mucha culpa de todo.
—¡Pues no faltaba más! ¿Cómo es eso de que tengo yo mucha culpa?
—Con la extremada bondad que le es propia, no ha hecho Vd. más que
alabarme a D. Luis, y tengo por cierto que a D. Luis le habrá Vd. hecho de mí
mayores elogios aún, si bien harto menos merecidos. ¿Qué había de suceder? ¿Soy
yo de bronce? ¿Tengo más de veinte años?
—Tienes razón que te sobra. Soy un mentecato. He contribuido
poderosamente a esta obra de Lucifer.
El padre vicario era tan bueno y tan humilde que, al decir las
anteriores frases, estaba confuso y contrito, como si él fuese el reo y Pepita
el juez.
Conoció Pepita el egoísmo rudo con que había hecho cómplice y punto
menos que autor principal de su falta al padre vicario, y le habló de esta
suerte:
—No se aflija Vd., padre mío; no se aflija usted, por amor de Dios.
¡Mire Vd. si soy perversa! ¡Cometo pecados gravísimos y quiero hacer
responsable de ellos al mejor y más virtuoso de los hombres! No han sido las
alabanzas que Vd. me ha hecho de D. Luis sino mis ojos y mi poco recato los que
me han perdido. Aunque Vd. no me hubiera hablado jamás de las prendas de D.
Luis, de su saber, de su talento y de su entusiasta corazón, yo lo hubiera
descubierto todo oyéndole hablar, pues al cabo no soy tan tonta ni tan rústica.
Me he fijado además en la gallardía de su persona, en la natural distinción y
no aprendida elegancia de sus modales, en sus ojos llenos de fuego y de
inteligencia, en todo él, en suma, que me parece amable y deseable. Los elogios
de Vd. han venido sólo a lisonjear mi gusto, pero no a despertarle. Me han
encantado porque coincidían con mi parecer y eran como el eco adulador, harto
amortiguado y debilísimo, de lo que yo pensaba. El más elocuente encomio que me
ha hecho Vd. de D. Luis no ha llegado, ni con mucho, al encomio que sin
palabras me hacía yo de él a cada minuto, a cada segundo, dentro del alma.
—¡No te exaltes, hija mía!—interrumpió el padre vicario.
Pepita continuó con mayor exaltación:
—¡Pero qué diferencia entre los encomios de usted y mis pensamientos!
Vd. veía y trazaba en don Luis el modelo ejemplar del sacerdote, del misionero,
del varón apostólico; ya predicando el Evangelio en apartadas regiones y
convirtiendo infieles, ya trabajando en España para realzar la cristiandad, tan
perdida hoy por la impiedad de los unos y la carencia de virtud, de caridad y
de ciencia de los otros. Yo, en cambio, me le representaba galán, enamorado,
olvidando a Dios por mí, consagrándome su vida, dándome su alma, siendo mi
apoyo, mi sostén, mi dulce compañero. Yo anhelaba cometer un robo sacrílego.
Soñaba con robársele a Dios y a su templo, como el ladrón, enemigo del cielo,
que roba la joya más rica de la venerada Custodia. Para cometer este robo he desechado
los lutos de la viudez y de la orfandad y me he vestido galas profanas; he
abandonado mi retiro y he buscado y llamado a mí a las gentes; he procurado
estar hermosa; he cuidado con infernal esmero de todo este cuerpo miserable,
que ha de hundirse en la sepultura y ha de convertirse en polvo vil; y he
mirado, por último, a D. Luis con miradas provocantes, y al estrechar su mano
he querido transmitir de mis venas a las suyas este fuego inextinguible en que
me abraso.
—¡Ay, niña, niña! ¡Qué pena me da lo que te oigo! ¡Quién lo hubiera
podido imaginar siquiera!
—Pues hay más todavía—añadió Pepita—. Logré que D. Luis me amase. Me lo
declaraba con los ojos. Sí; su amor era tan profundo, tan ardiente como el mío.
Su virtud, su aspiración a los bienes eternos, su esfuerzo varonil trataban de
vencer esta pasión insana. Yo he procurado impedirlo. Una vez, después de
muchos días que faltaba de esta casa, vino a verme y me halló sola. Al darme la
mano lloré; sin hablar me inspiró el infierno una maldita elocuencia muda, y le
di a entender mi dolor porque me desdeñaba, porque no me quería, porque
prefería a mi amor otro amor sin mancilla. Entonces no supo él resistir a la
tentación y acerco su boca a mi rostro para secar mis lágrimas. Nuestras bocas
se unieron. Si Dios no hubiera dispuesto que llegase Vd. en aquel instante,
¿qué hubiera sido de mí?
—¡Qué vergüenza, hija mía! ¡Qué vergüenza!—dijo el padre vicario.
Pepita se cubrió el rostro con entrambas manos y empezó a sollozar como
una Magdalena. Las manos eran, en efecto, tan bellas, más bellas que lo que D.
Luis había dicho en sus cartas. Su blancura, su transparencia nítida, lo
afilado de los dedos, lo sonrosado, pulido y brillante de las uñas de nácar,
todo era para volver loco a cualquier hombre.
El virtuoso vicario comprendió, a pesar de sus ochenta años, la caída o
tropiezo de D. Luis.
—¡Muchacha—exclamó—, no seas extremosa! ¡No me partas el corazón!
Tranquilízate. D. Luis se ha arrepentido, sin duda, de su pecado. Arrepiéntete
tú también, y se acabó. Dios os perdonará y os hará unos santos. Cuando D. Luis
se va pasado mañana, clara señal es de que la virtud ha triunfado en él, huye
de ti, como debe, para hacer penitencia de su pecado, cumplir su promesa y
acudir a su vocación.
—Bueno está eso—replicó Pepita—; cumplir su promesa… acudir a su
vocación… ¡y matarme a mí antes! ¿Por qué me ha querido, por qué me ha
engreído, por qué me ha engañado? Su beso fue marca, fue hierro candente con
que me señaló y selló como a su esclava. Ahora, que estoy marcada y
esclavizada, me abandona, y me vende, y me asesina. ¡Feliz principio quiere dar
a sus misiones, predicaciones y triunfos evangélicos! ¡No será! ¡Vive Dios que
no será!
Este arranque de ira y de amoroso despecho aturdió al padre vicario.
Pepita se había puesto de pie. Su ademán, su gesto tenían una animación
trágica. Fulguraban sus ojos como dos puñales; relucían como dos soles. El
vicario callaba y la miraba casi con terror. Ella recorrió la sala a grandes
pasos. No parecía ya tímida gacela, sino iracunda leona.
—Pues qué—dijo encarándose de nuevo con el padre vicario—, ¿no hay más
que burlarse de mí, destrozarme el corazón, humillármele, pisoteármele después
de habérmelo robado por engaño? ¡Se acordará de mí! ¡Me la pagará! Si es tan
santo, si es tan virtuoso, ¿por qué me miro prometiéndomelo todo con su mirada?
Si ama tanto a Dios, ¿por qué hace mal a una pobre criatura de Dios? ¿Es esto
caridad? ¿Es religión esto? No; es egoísmo sin entrañas.
La cólera de Pepita no podía durar mucho. Dichas las últimas palabras,
se trocó en desfallecimiento. Pepita se dejó caer en una butaca, llorando más
que antes, con una verdadera congoja.
El vicario sintió la más tierna compasión; pero recobró su brío al ver
que el enemigo se rendía.
—Pepita, niña—dijo—, vuelve en ti: no te atormentes de ese modo.
Considera que él habrá luchado mucho para vencerse; que no te ha engañado; que
te quiere con toda el alma, pero que Dios y su obligación están antes. Esta
vida es muy breve y pronto se pasa. En el cielo os reuniréis y os amaréis como
se aman los ángeles. Dios aceptará vuestro sacrificio y os premiará y
recompensará con usura. Hasta tu amor propio debe estar satisfecho. ¡Qué no
valdrás tú cuando has hecho vacilar y aun pecar a un hombre como D. Luis! ¡Cuán
honda herida no habrás logrado hacer en su corazón! Bástete con esto. ¡Sé
generosa; sé valiente! Compite con él en firmeza. Déjale partir; lanza de tu
pecho el fuego del amor impuro; ámale como a tu prójimo, por el amor de Dios.
Guarda su imagen en tu mente, pero como la criatura predilecta, reservando al
Creador la más noble parte del alma. No sé lo que te digo, hija mía, porque
estoy muy turbado; pero tú tienes mucho talento y mucha discreción, y me
comprendes por medias palabras. Hay además motivos mundanos poderosos que se
opondrían a estos absurdos amores, aunque la vocación y promesa de D. Luis no
se opusieran. Su padre te pretende; aspira a tu mano, por más que tú no le
ames. ¿Estará bien visto que salgamos ahora con que el hijo es rival del padre?
¿No se enojará el padre contra el hijo por amor tuyo? Mira cuán horrible es
todo esto, y domínate por Jesús Crucificado y por su bendita Madre María
Santísima.
—¡Qué fácil es dar consejos!—contestó Pepita sosegándose un poco—. ¡Qué
difícil me es seguirlos, cuando hay como una fiera y desencadenada tempestad en
mi cabeza! ¡Si me da miedo de volverme loca!
—Los consejos que te doy son por tu bien. Deja que D. Luis se vaya. La
ausencia es gran remedio para el mal de amores. Él sanará de su pasión
entregándose a sus estudios y consagrándose al altar. Tú, así que esté lejos D.
Luis, irás poco a poco serenándote, y conservarás de él un grato y melancólico
recuerdo, que no te hará daño. Será como una hermosa poesía que dorará con su
luz tu existencia. Si todos tus deseos pudieran cumplirse… ¿quién sabe?… Los
amores terrenales son poco consistentes. El deleite que la fantasía entrevé,
con gozarlos y apurarlos hasta las heces, nada vale comparado con los amargos
dejos. ¡Cuánto mejor es que vuestro amor, apenas contaminado y apenas
impurificado, se pierda y se evapore ahora, subiendo al cielo como nube de
incienso, que no el que muera, una vez satisfecho, a manos del hastío! Ten
valor para apartar la copa de tus labios, cuando apenas has gustado el licor
que contiene. Haz con ese licor una libación y una ofrenda al Redentor divino.
En cambio, te dará él de aquella bebida que ofreció a la Samaritana; bebida que
no cansa, que satisface la sed y que produce vida eterna.
—¡Padre mío! ¡Padre mío! ¡Qué bueno es usted! Sus santas palabras me
prestan valor. Yo me dominaré; yo me venceré. Sería bochornoso, ¿no es verdad
que sería bochornoso que D. Luis supiera dominarse y vencerse, y yo fuera
liviana y no me venciera? Que se vaya. Se va pasado mañana. Vaya bendito de
Dios. Mire Vd. su tarjeta. Ayer estuvo a despedirse con su padre y no le he
recibido. Ya no le veré más. No quiero conservar ni el recuerdo poético de que
Vd. habla. Estos amores han sido una pesadilla. Yo la arrojaré lejos de mí.
—¡Bien, muy bien! Así te quiero yo, enérgica, valiente.
—¡Ay, padre mío! Dios ha derribado mi soberbia con este golpe; mi
engreimiento era insolentísimo, y han sido indispensables los desdenes de ese
hombre para que sea yo todo lo humilde que debo. ¿Puedo estar más postrada ni
más resignada? Tiene razón D. Luis: yo no le merezco. ¿Cómo, por más esfuerzos
que hiciera, habría yo de elevarme hasta él, y comprenderle, y poner en
perfecta comunicación mi espíritu con el suyo? Yo soy zafia aldeana, inculta,
necia; él no hay ciencia que no comprenda, ni arcano que ignore, ni esfera
encumbrada del mundo intelectual a donde no suba. Allá se remonta en alas de su
genio, y a mí, pobre y vulgar mujer, me deja por acá, en este bajo suelo,
incapaz de seguirle ni siquiera con una levísima esperanza y con mis
desconsolados suspiros.
—Pero Pepita, por los clavos de Cristo, no digas eso ni lo pienses. ¡Si
D. Luis no te desdeña por zafia, ni porque es muy sabio y tú no le entiendes,
ni por esas majaderías que ahí estás ensartando! Él se va porque tiene que
cumplir con Dios; y tú debes alegrarte de que se vaya, porque sanarás del amor,
y Dios te dará el premio de tan grande sacrificio.
Pepita, que ya no lloraba y que se había enjugado las lágrimas con el
pañuelo, contestó tranquila:
—Está bien, padre; yo me alegraré; casi me alegro ya de que se vaya.
Deseando estoy que pase el día de mañana, y que, pasado, venga Antoñona a
decirme cuando yo despierte: «Ya se fue D. Luis». Vd. verá cómo renacen
entonces la calma y la serenidad antigua en mi corazón.
—Así sea—dijo el padre vicario, y convencido de que había hecho un
prodigio y de que había curado casi el mal de Pepita, se despidió de ella, y se
fue a su casa, sin poder resistir ciertos estímulos de vanidad al considerar la
influencia que ejercía sobre el noble espíritu de aquella preciosa muchacha.
Pepita, que se había levantado para despedir al padre vicario, no bien
volvió a cerrar la puerta y quedó sola, de pie, en medio de la estancia,
permaneció un rato inmóvil, con la mirada fija, aunque sin fijarla en ningún
objeto, y con los ojos sin lágrimas. Hubiera recordado a un poeta o a un
artista la figura de Ariadna, como la describe Catulo, cuando Teseo la abandonó
en la isla de Naxos. De repente, como si lograse desatar un nudo que le
apretaba la garganta, como si quebrase un cordel que la ahogaba, rompió Pepita
en lastimeros gemidos, vertió un raudal de llanto, y dio con su cuerpo, tan
lindo y delicado, sobre las losas frías del pavimento. Allí, cubierta la cara
con las manos, desatada ya la trenza de sus cabellos, y en desorden la
vestidura, continuó en sus sollozos y en sus gemidos.
Así hubiera seguido largo tiempo, si no llega Antoñona. Antoñona la oyó
gemir, antes de entrar y verla, y se precipitó en la sala. Cuando la vio
tendida en el suelo, hizo Antoñona mil extremos de furor.
—¡Vea Vd.—dijo—, ese zángano, pelgar, vejete, tonto, que maña se da para
consolar a sus amigas! Habrá largado alguna barbaridad, algún buen par de coces
a esta criaturita de mi alma, y me la ha dejado aquí medio muerta, y él se ha
vuelto a la iglesia, a preparar lo conveniente para cantarla el gorigori, y
rociarla con el hisopo y enterrármela sin más ni más.
Antoñona tendría cuarenta años, y era dura en el trabajo, briosa y más
forzuda que muchos cavadores. Con frecuencia levantaba poco menos que a pulso
una corambre con tres arrobas y media de aceite o de vino y la plantaba sobre
el lomo de un mulo, o bien cargaba con un costal de trigo y lo subía al alto
desván, donde estaba el granero. Aunque Pepita no fuese una paja, Antoñona la
alzó del suelo en sus brazos, como si lo fuera, y la puso con mucho tiento
sobre el sofá, como quien coloca la alhaja más frágil y primorosa para que no
se quiebre.
—¿Qué soponcio es éste?—preguntó Antoñona—. Apuesto cualquier cosa a que
este zanguango de vicario te ha echado un sermón de acíbar y te ha destrozado
el alma a pesadumbres.
Pepita seguía llorando y sollozando sin contestar.
—¡Ea! Déjate de llanto y dime lo que tienes. ¿Qué te ha dicho el
vicario?
—Nada ha dicho que pueda ofenderme—contestó al fin Pepita.
Viendo luego que Antoñona aguardaba con interés a que ella hablase, y
deseando desahogarse con quien simpatizaba mejor con ella y más humanamente la
comprendía, Pepita habló de esta manera:
—El padre vicario me amonesta con dulzura para que me arrepienta de mis
pecados; para que deje partir en paz a don Luis; para que me alegre de su
partida; para que le olvide. Yo he dicho que sí a todo. He prometido alegrarme
de que D. Luis se vaya. He querido olvidarle y hasta aborrecerle. Pero mira,
Antoñona, no puedo; es un empeño superior a mis fuerzas. Cuando el vicario
estaba aquí juzgué que tenía yo bríos para todo, y no bien se fue, como si Dios
me dejara de su mano, perdí los bríos, y me caí en el suelo desolada. Yo había
soñado una vida venturosa al lado de este hombre que me enamora; yo me veía ya
elevada hasta él por obra milagrosa del amor; mi pobre inteligencia en comunión
perfectísima con su inteligencia sublime; mi voluntad siendo una con la suya;
con el mismo pensamiento ambos; latiendo nuestros corazones acordes. ¡Dios me
lo quita y se le lleva, y yo me quedo sola, sin esperanza ni consuelo! ¿No es
verdad que es espantoso? Las razones del padre vicario son justas, discretas…
Al pronto me convencieron. Pero se fue y todo el valor de aquellas razones me
parece nulo; vano juego de palabras, mentiras, enredos y argucias. Yo amo a D.
Luis, y esta razón es más poderosa que todas las razones. Y si él me ama, ¿por
qué no lo deja todo, y me busca, y se viene a mí, y quebranta promesas y anula
compromisos? No sabía yo lo que era amor. Ahora lo sé: no hay nada más fuerte
en la tierra y en el cielo. ¿Qué no haría yo por D. Luis? Y él por mí nada
hace. Acaso no me ama. No, D. Luis no me ama. Yo me engañé: la vanidad me cegó.
Si D. Luis me amase, me sacrificaría sus propósitos, sus votos, su fama, sus
aspiraciones a ser un santo y a ser una lumbrera de la Iglesia; todo me lo
sacrificaría. Dios me lo perdone… es horrible lo que voy a decir, pero lo
siento aquí en el centro del pecho, me arde aquí, en la frente calenturienta;
yo por él daría hasta la salvación de mi alma.
—¡Jesús, María y José!—interrumpió Antoñona.
—¡Es cierto; Virgen santa de los Dolores, perdonadme, perdonadme… estoy
loca… no sé lo que digo y blasfemo!
—Sí, hija mía: ¡estás algo empecatada! ¡Válgame Dios y cómo te ha
trastornado el juicio ese teólogo pisaverde! Pues si yo fuera que tú no lo
tomaría contra el cielo, que no tiene la culpa; sino contra el mequetrefe del
colegial, y me las pagaría o me borraría el nombre que tengo. Ganas me dan de
ir a buscarle y traértele aquí de una oreja y obligarle a que te pida perdón y
a que te bese los pies de rodillas.
—No, Antoñona. Veo que mi locura es contagiosa y que tú deliras también.
En resolución, no hay más recurso que hacer lo que me aconseja el padre
vicario. Lo haré aunque me cueste la vida. Si muero por él, él me amará, él
guardará mi imagen en su memoria, mi amor en su corazón; y Dios, que es tan
bueno, hará que yo vuelva a verle en el cielo, con los ojos del alma, y que
allí nuestros espíritus se amen y se confundan.
Antoñona, aunque era recia de veras y nada sentimental, sintió al oír
esto que se le saltaban las lágrimas.
—Caramba, niña—dijo Antoñona—, vas a conseguir que suelte yo el trapo a
llorar y que berree como una vaca. Cálmate, y no pienses en morirte, ni de
chanza. Veo que tienes muy excitados los nervios. ¿Quieres que traiga una taza
de tila?
—No, gracias. Déjame… ya ves como estoy sosegada.
—Te cerraré las ventanas, a ver si duermes. Si no duermes hace días,
¿cómo has de estar? ¡Mal haya el tal D. Luis y su manía de meterse cura!
¡Buenos supiripandos te cuesta!
Pepita había cerrado los ojos; estaba en calma y en silencio, harta ya
de coloquio con Antoñona.
Esta, creyéndola dormida, o deseando que durmiera, se inclinó hacia
Pepita, puso con lentitud y suavidad un beso sobre su blanca frente, le arregló
y plegó el vestido sobre el cuerpo, entornó las ventanas para dejar el cuarto a
media luz y se salió de puntillas, cerrando la puerta sin hacer el menor ruido.
Mientras que ocurrían estas cosas en casa de Pepita, no estaba más
alegre y sosegado en la suya el señor D. Luis de Vargas.
Su padre, que no dejaba casi ningún día de salir al campo a caballo,
había querido llevarle en su compañía; pero D. Luis se había excusado con que
le dolía la cabeza, y D. Pedro se fue sin él. D. Luis había pasado solo toda la
mañana, entregado a sus melancólicos pensamientos y más firme que roca en su
resolución de borrar de su alma la imagen de Pepita y de consagrarse a Dios por
completo.
No se crea, con todo, que no amaba a la joven viuda. Ya hemos visto por
las cartas la vehemencia de su pasión; pero él seguía enfrenándola con los
mismos afectos piadosos y consideraciones elevadas de que en las cartas da
larga muestra y que podemos omitir aquí para no pecar de prolijos.
Tal vez, si profundizamos con severidad en este negocio, notaremos que
contra el amor de Pepita no luchaban sólo en el alma de D. Luis el voto hecho
ya en su interior, aunque no confirmado, el amor de Dios, el respeto a su padre
de quien no quería ser rival, y la vocación, en suma, que sentía por el
sacerdocio. Había otros motivos de menos depurados quilates y de más baja ley.
D. Luis era pertinaz, era terco: tenía aquella condición que bien
dirigida constituye lo que se llama firmeza de carácter, y nada había que le
rebajase más a sus propios ojos que el variar de opinión y de conducta. El
propósito de toda su vida, lo que había sostenido y declarado ante cuantas
personas le trataban, su figura moral, en una palabra, que era ya la de un
aspirante a santo, la de un hombre consagrado a Dios, la de un sujeto imbuido
en las más sublimes filosofías religiosas, todo esto no podía caer por tierra
sin gran mengua de D. Luis, como caería, si se dejase llevar del amor de Pepita
Jiménez. Aunque el precio era sin comparación mucho más subido, a D. Luis se le
figuraba, que si cedía iba a remedar a Esaú y a vender su primogenitura, y a
deslustrar su gloria.
Por lo general, los hombres solemos ser juguete de las circunstancias;
nos dejamos llevar de la corriente y no nos dirigimos sin vacilar a un punto.
No elegimos papel, sino tomamos y hacemos el que nos toca; el que la ciega
fortuna nos depara. La profesión, el partido político, la vida entera de muchos
hombres pende de casos fortuitos, de lo eventual, de lo caprichoso y no
esperado de la suerte.
Contra esto se rebelaba el orgullo de don Luis con titánica pujanza.
¿Qué se diría de él, y sobre todo qué pensaría él de sí mismo, si el ideal de
su vida, el hombre nuevo que había creado en su alma, si todos sus planes de
virtud, de honra y hasta de santa ambición, se desvaneciesen en un instante, se
derritiesen al calor de una mirada, por la llama fugitiva de unos lindos ojos,
como la escarcha se derrite con el rayo débil aún del sol matutino?
Estas y otras razones de un orden egoísta militaban también contra la
viuda, a par de las razones legítimas y de sustancia; pero todas las razones se
revestían del mismo hábito religioso, de manera que el propio D. Luis no
acertaba a reconocerlas y distinguirlas, creyendo amor de Dios, no sólo lo que
era amor de Dios, sino asimismo el amor propio. Recordaba, por ejemplo, las
vidas de muchos santos, que habían resistido tentaciones mayores que las suyas,
y no quería ser menos que ellos. Y recordaba, sobre todo, aquella entereza de
san Juan Crisóstomo, que supo desestimar los halagos de una madre amorosa y
buena, y su llanto y sus quejas dulcísimas y todas las elocuentes y sentidas
palabras que le dijo para que no la abandonase y se hiciese sacerdote, llevándole
para ello a su propia alcoba y haciéndole sentar junto a la cama en que le
había parido. Y después de fijar en esto la consideración, D. Luis no se sufría
a sí propio en no menospreciar las súplicas de una mujer extraña, a quien hacía
tan poco tiempo que conocía, y el vacilar aún entre su deber y el atractivo de
una joven, tal vez más que enamorada, coqueta.
Pensaba luego D. Luis en la alteza soberana de la dignidad del
sacerdocio a que estaba llamado, y la veía por cima de todas las instituciones
y de las míseras coronas de la tierra: porque no ha sido hombre mortal, ni
capricho del voluble y servil populacho, ni irrupción o avenida de gente
bárbara; ni violencia de amotinadas huestes movidas de la codicia, ni ángel, ni
arcángel, ni potestad criada, sino el mismo Paráclito quien la ha fundado.
¿Cómo por el liviano incentivo de una mozuela, por una lagrimilla quizás
mentida, despreciar esa dignidad augusta, esa potestad que Dios no concedió ni
a los arcángeles que están más cerca de su trono? ¿Cómo bajar a confundirse
entre la obscura plebe, y ser uno del rebaño, cuando ya soñaba ser pastor,
atando y desatando en la tierra para que Dios ate y desate en el cielo, y
perdonando los pecados, regenerando a las gentes por el agua y por el espíritu,
adoctrinándolas en nombre de una autoridad infalible, dictando sentencias que
el Señor de las Alturas ratifica luego y confirma, siendo iniciador y agente de
tremendos misterios, inasequibles a la razón humana, y haciendo descender del
cielo no como Elías, la llama que consume la víctima, sino al Espíritu Santo,
al Verbo hecho carne y el torrente de la gracia que purifica los corazones y
los deja limpios como el oro?
Cuando D. Luis reflexionaba sobre todo esto, se elevaba su espíritu, se
encumbraba por cima de las nubes en la región empírea, y la pobre Pepita
Jiménez quedaba allá muy lejos, y apenas si él la veía.
Pero pronto se abatía el vuelo de su imaginación y el alma de D. Luis
tocaba a la tierra y volvía a ver a Pepita, tan graciosa, tan joven, tan
candorosa y tan enamorada, y Pepita combatía dentro de su corazón contra sus
más fuertes y arraigados propósitos, y D. Luis temía que diese al traste con
ellos.
Así se atormentaba D. Luis con encontrados pensamientos que se daban
guerra, cuando entró Currito en su cuarto, sin decir oxte ni moxte.
Currito, que no estimaba gran cosa a su primo, mientras no fue más que
teólogo, le veneraba, le admiraba y formaba de él un concepto sobrehumano desde
que le había visto montar tan bien en Lucero.
Saber teología y no saber montar desacreditaba a D. Luis a los ojos de
Currito; pero cuando Currito advirtió que sobre la ciencia y sobre todo aquello
que él no entendía, si bien presumía difícil y enmarañado, era D. Luis capaz de
sostenerse tan bizarramente en las espaldas de una fiera, ya su veneración y su
cariño a D. Luis no tuvieron límites. Currito era un holgazán, un perdido, un
verdadero mueble, pero tenía un corazón afectuoso y leal. A D. Luis, que era el
ídolo de Currito, le sucedía como a todas las naturalezas superiores con los
seres inferiores que se les aficionan. D. Luis se dejaba querer; esto es, era
dominado despóticamente por Currito en los negocios de poca importancia. Y como
para hombres como D. Luis casi no hay negocios que la tengan en la vida vulgar
y diaria, resultaba que Currito llevaba y traía a D. Luis como un zarandillo.
—Vengo a buscarte—le dijo—, para que me acompañes al casino, que está
animadísimo hoy y lleno de gente. ¿Qué haces aquí solo, tonteando y hecho un
papamoscas?
D. Luis, casi sin replicar, y como si fuera mandato, tomó su sombrero y
su bastón, y diciendo «Vámonos donde quieras» siguió a Currito que se
adelantaba, tan satisfecho de aquel dominio que ejercía.
El casino, en efecto, estaba de bote en bote, gracias a la solemnidad
del día siguiente, que era el día de San Juan. A más de los señores del lugar,
había muchos forasteros, que habían venido de los lugares inmediatos para
concurrir a la feria y velada de aquella noche.
El centro de la concurrencia era el patio, enlosado de mármol, con
fuente y surtidor en medio y muchas macetas de don-pedros, gala-de-Francia,
rosas, claveles y albahaca. Un toldo de lona doble cubría el patio,
preservándole del sol. Un corredor o galería, sostenida por columnas de mármol,
le circundaba; y así en la galería, como en varias salas a que la galería daba
paso, había mesas de tresillo, otras con periódicos, otras para tomar café o
refrescos; y, por último, sillas, banquillos y algunas butacas. Las paredes
estaban blancas como la nieve del frecuente enjalbiego, y no faltaban cuadros
que las adornasen. Eran litografías francesas iluminadas, con circunstanciada
explicación bilingüe escrita por bajo. Unas representaban la vida de Napoleón
I, desde Toulon a Santa Elena; otras, las aventuras de Matilde y Malec-Adel;
otras, los lances de amor y de guerra del Templario, Rebeca, Lady Rowena e
Ivanhoe; y otras, los galanteos, travesuras, caídas y arrepentimientos de Luis
XIV y la señorita de la Valière.
Currito llevó a D. Luis y D. Luis se dejó llevar a la sala donde estaba
la flor y nata de los elegantes, dandies y cocodés del lugar y
de toda la comarca. Entre ellos descollaba el conde de Genazahar, de la vecina
ciudad de… Era un personaje ilustre y respetado. Había pasado en Madrid y en
Sevilla largas temporadas, y se vestía con los mejores sastres, así de majo
como de señorito. Había sido diputado dos veces y había hecho una interpelación
al gobierno sobre un atropello de un alcalde-corregidor.
Tendría el conde de Genazahar treinta y tantos años; era buen mozo y lo
sabía, y se jactaba además de tremendo en paz y en lides, en desafíos y en
amores. El conde, no obstante, y a pesar de haber sido uno de los más
obstinados pretendientes de Pepita, había recibido las enconfitadas calabazas
que ella solía propinar a quienes la requebraban y aspiraban a su mano.
La herida que aquel duro y amargo confite había abierto en su endiosado
corazón, no estaba cicatrizada todavía. El amor se había vuelto odio, y el
conde se desahogaba a menudo, poniendo a Pepita como chupa de dómine.
En este ameno ejercicio se hallaba el conde, cuando quiso la mala
ventura que D. Luis y Currito llegasen y se metiesen en el corro, que se abrió
para recibirlos, de los que oían el extraño sermón de honras. D. Luis, como si
el mismo diablo lo hubiera dispuesto, se encontró cara a cara con el conde, que
decía de este modo:
—No es mala pécora la tal Pepita Jiménez. Con más fantasía y más humos
que la infanta Micomicona, quiere hacernos olvidar que nació y vivió en la
miseria, hasta que se casó con aquel pelele, con aquel vejestorio, con aquel
maldito usurero, y le cogió los ochavos. La única cosa buena que ha hecho en su
vida la tal viuda es concertarse con Satanás para enviar pronto al infierno a
su galopín de marido y librar la tierra de tanta infección y de tanta peste.
Ahora le ha dado a Pepita por la virtud y por la castidad. ¡Bueno estará todo
ello! Sabe Dios si estará enredada de ocultis con algún gañán, y burlándose del
mundo como si fuese la reina Artemisa.
A las personas recogidas, que no asisten a reuniones de hombres solos,
escandalizará sin duda este lenguaje; les parecerá desbocado y brutal hasta la
inverosimilitud; pero los que conocen el mundo confesarán que este lenguaje es
muy usado en él, y que las damas más bonitas, las más agradables mujeres, las
más honradas matronas, suelen ser blanco de tiros no menos infames y soeces, si
tienen un enemigo, y aun sin tenerle, porque a menudo se murmura, o mejor
dicho, se injuria y se deshonra a voces para mostrar chiste y desenfado.
Don Luis, que desde niño había estado acostumbrado a que nadie se
descompusiese en su presencia, ni le dijese cosas que pudieran enojarle, porque
durante su niñez le rodeaban criados, familiares y gente de la clientela de su
padre que atendían sólo a su gusto, y después en el Seminario, así por sobrino
del deán, como por lo mucho que él merecía, jamás había sido contrariado, sino
considerado y adulado, sintió un aturdimiento singular, se quedó como herido
por un rayo cuando vio al insolente conde arrastrar por el suelo, mancillar y
cubrir de inmundo lodo la honra de la mujer que amaba.
¿Cómo defenderla, no obstante? No se le ocultaba que, si bien no era
marido, ni hermano, ni pariente de Pepita, podía sacar la cara por ella como
caballero; pero veía el escándalo que esto causaría, cuando no había allí
ningún profano que defendiese a Pepita, antes bien todos reían al conde la
gracia. Él, casi ministro ya de un Dios de paz, no podía dar un mentís y
exponerse a una riña con aquel desvergonzado.
Don Luis estuvo por enmudecer e irse; pero no lo consintió su corazón, y
pugnando por revestirse de una autoridad que ni sus años juveniles, ni su
rostro, donde había más bozo que barbas, ni su presencia en aquel lugar
consentían, se puso a hablar con verdadera elocuencia contra los maldicientes y
a echar en rostro al conde, con libertad cristiana y con acento severo, la
fealdad de su ruin acción.
Fue predicar en desierto o peor que predicar en desierto. El conde
contestó con pullas y burletas a la homilía: la gente, entre la que había no
pocos forasteros, se puso de lado del burlón, a pesar de ser D. Luis el hijo
del cacique; el propio Currito, que no valía para nada y era un blandengue,
aunque no se rió, no defendió a su amigo; y éste tuvo que retirarse, vejado y
humillado bajo el peso de la chacota.
—¡Esta flor le falta al ramo!—murmuró entre dientes el pobre D. Luis
cuando llegó a su casa y volvió a meterse en su cuarto, mohíno y maltratado por
la rechifla, que él se exageraba y se figuraba insufrible. Se echó de golpe en
un sillón, abatido y descorazonado, y mil ideas contrarias asaltaron su mente.
La sangre de su padre, que hervía en sus venas, le despertaba la cólera
y le excitaba a ahorcar los hábitos, como al principio le aconsejaban en el
lugar, y dar luego su merecido al señor conde; pero todo el porvenir que se
había creado se deshacía al punto, y veía al deán, que renegaba de él; y hasta
el Papa, que había enviado ya la dispensa pontificia para que se ordenase antes
de la edad, y el prelado diocesano, que había apoyado la solicitud de la
dispensa en su probada virtud, ciencia sólida y firmeza de vocación, se le
aparecían para reconvenirle.
Pensaba luego en la teoría chistosa de su padre sobre el complemento de
la persuasión de que se valían el apóstol Santiago, los obispos de la Edad
Media, D. Íñigo de Loyola y otros personajes, y no le parecía tan descabellada
la teoría, arrepintiéndose casi de no haberla practicado.
Recordaba entonces la costumbre de un doctor ortodoxo, insigne filósofo
persa contemporáneo, mencionada en un libro reciente escrito sobre aquel país;
costumbre que consistía en castigar con duras palabras a los discípulos y
oyentes cuando se reían de las lecciones o no las entendían; y, si esto no
bastaba, descender de la cátedra sable en mano y dar a todos una paliza. Este
método era eficaz principalmente en la controversia, si bien dicho filósofo
había encontrado una vez a otro contrincante del mismo orden que le había hecho
un chirlo descomunal en la cara.
Don Luis, en medio de su mortificación y mal humor, se reía de lo cómico
del recuerdo; hallaba que no faltarían en España filósofos que adoptarían de
buena gana el método persiano; y si él no le adoptaba también, no era a la
verdad por miedo del chirlo, sino por consideraciones de mayor valor y nobleza.
Acudían, por último, mejores pensamientos a su alma y le consolaban un
poco.
—Yo he hecho muy mal—se decía—, en predicar allí; debí haberme callado.
Nuestro Señor Jesucristo lo ha dicho: «No deis a los perros las cosas santas,
ni arrojéis vuestras margaritas a los cerdos, porque los cerdos se revolverán
contra vosotros y os hollarán con sus asquerosas pezuñas». Pero no; ¿por qué me
he de quejar? ¿Por qué he de volver injuria por injuria? ¿Por qué me he de
dejar vencer de la ira? Muchos santos padres lo han dicho: «La ira es peor aún
que la lascivia en los sacerdotes». La ira de los sacerdotes ha hecho verter
muchas lágrimas y ha causado males horribles. Esta ira, consejera tremenda, tal
vez los ha persuadido de que era menester que los pueblos sudaran sangre bajo
la presión divina, y ha traído a sus encarnizados ojos la visión de Isaías; y
han visto y han hecho ver a sus secuaces fanáticos al manso Cordero convertido
en vengador inexorable, descendiendo de la cumbre de Edón, soberbio con la
muchedumbre de su fuerza, pisoteando a las naciones como el pisador pisa las
uvas en el lagar, y con la vestimenta levantada, y cubierto de sangre hasta los
muslos. ¡Ah no, Dios mío! Voy a ser tu ministro; tú eres un Dios de paz, y mi
primera virtud debe ser la mansedumbre. Lo que enseñó tu hijo en el sermón de
la Montaña tiene que ser mi norma. No ojo por ojo, ni diente por diente, sino
amar a nuestros enemigos. Tú amaneces sobre justos y pecadores, y derramas
sobre todos la lluvia fecunda de tus inexhaustas bondades. Tú eres nuestro
Padre, que estás en el cielo y debemos ser perfectos como tú, perdonando a
quienes nos ofendan, y pidiéndote que los perdones porque no saben lo que se
hacen. Yo debo recordar las bienaventuranzas. Bienaventurados cuando os
ultrajaren y persiguieren y dijeren todo mal de vosotros. El sacerdote, el que
va a ser sacerdote, ha de ser humilde, pacífico, manso de corazón. No como la
encina, que se levanta orgullosa hasta que el rayo la hiere, sino como las
yerbecillas fragantes de las selvas y las modestas flores de los prados, que
dan más suave y grato aroma cuando el villano las pisa.
En éstas y otras meditaciones por el estilo transcurrieron las horas
hasta que dieron las tres, y D. Pedro, que acababa de volver del campo, entró
en el cuarto de su hijo para llamarle a comer. La alegre cordialidad del padre,
sus chistes, sus muestras de afecto, no pudieron sacar a D. Luis de la
melancolía ni abrirle el apetito. Apenas comió, apenas habló en la mesa.
Si bien disgustadísimo con la silenciosa tristeza de su hijo, cuya
salud, aunque robusta, pudiera resentirse, como D. Pedro era hombre que se
levantaba al amanecer y bregaba mucho durante el día, luego que acabó de fumar
un buen cigarro habano de sobremesa, acompañándole con su taza de café y su
copita de aguardiente de anís doble, se sintió fatigado y, según costumbre, se
fue a dormir sus dos o tres horas de siesta.
Don Luis tuvo buen cuidado de no poner en noticia de su padre la ofensa
que le había hecho el conde de Genazahar. Su padre, que no iba a cantar misa y
que tenía una índole poco sufrida, se hubiera lanzado al instante a tomar la
venganza que él no tomó.
Solo ya D. Luis, dejó el comedor para no ver a nadie, y volvió al retiro
de su estancia para abismarse más profundamente en sus ideas.
Abismado en ellas estaba hacía largo rato, sentado junto al bufete, los
codos sobre él y en la derecha mano apoyada la mejilla, cuando sintió cerca
ruido. Alzó los ojos y vio a su lado a la entrometida Antoñona, que había
penetrado como una sombra, aunque tan maciza, y que le miraba con atención y
con cierta mezcla de piedad y de rabia.
Antoñona se había deslizado hasta allí sin que nadie lo advirtiese,
aprovechando la hora en que comían los criados y D. Pedro dormía, y había
abierto la puerta del cuarto y la había vuelto a cerrar tras sí con tal
suavidad, que D. Luis, aunque no hubiera estado tan absorto, no hubiera podido
sentirla.
Antoñona venía resuelta a tener una conferencia muy seria con D. Luis;
pero no sabía a punto fijo lo que iba a decirle. Sin embargo había pedido, no
se sabe si al cielo o al infierno, que desatase su lengua y que le diese habla,
y habla no chabacana y grotesca como la que usaba por lo común, sino culta,
elegante e idónea para las nobles reflexiones y bellas cosas que ella imaginaba
que le convenía expresar.
Cuando D. Luis vio a Antoñona arrugó el entrecejo, mostró bien en el
gesto lo que le contrariaba aquella visita y dijo con tono brusco:
—¿A qué vienes aquí? Vete.
—Vengo a pedirte cuenta de mi niña—contestó Antoñona sin turbarse—, y no
me he de ir hasta que me la des.
Enseguida acercó una silla a la mesa y se sentó en frente de D. Luis con
aplomo y descaro.
Viendo D. Luis que no había remedio, mitigó el enojo, se armó de
paciencia y, ya con acento menos cruel, exclamó:
—Di lo que tengas que decir.
—Tengo que decir—prosiguió Antoñona—, que lo que estás maquinando contra
mi niña es una maldad. Te estás portando como un tuno. La has hechizado; le has
dado un bebedizo maligno. Aquel angelito se va a morir. No come, ni duerme, ni
sosiega por culpa tuya. Hoy ha tenido dos o tres soponcios sólo de pensar en
que te vas. Buena hacienda dejas hecha antes de ser clérigo. Dime, condenado,
¿por qué viniste por aquí y no te quedaste por allá con tu tío? Ella, tan
libre, tan señora de su voluntad, avasallando la de todos y no dejándose
cautivar de ninguno, ha venido a caer en tus traidoras redes. Esta santidad
mentida fue, sin duda, el señuelo de que te valiste. Con tus teologías y
tiquis-miquis celestiales, has sido como el pícaro y desalmado cazador que
atrae con el silbato a los zorzales bobalicones para que se ahorquen en la
percha.
—Antoñona—contestó D. Luis—, déjame en paz. Por Dios, no me atormentes.
Yo soy un malvado: lo confieso. No debí mirar a tu ama. No debí darle a
entender que la amaba; pero yo la amaba y la amo aún con todo mi corazón, y no
le he dado bebedizo, ni filtro, sino el mismo amor que la tengo. Es menester,
sin embargo, desechar, olvidar este amor. Dios me lo manda. ¿Te imaginas que no
es, que no está siendo, que no será inmenso el sacrificio que hago? Pepita debe
revestirse de fortaleza y hacer el mismo sacrificio.
—Ni siquiera das ese consuelo a la infeliz—replicó Antoñona—. Tú
sacrificas voluntariamente en el altar a esa mujer que te ama, que es ya tuya;
a tu víctima: pero ella, ¿dónde te tiene a ti para sacrificarte? ¿Qué joya tira
por la ventana, qué lindo primor echa en la hoguera, sino un amor mal pagado?
¿Cómo ha de dar a Dios lo que no tiene? ¿Va a engañar a Dios y a decirle: «Dios
mío, puesto que él no me quiere, ahí te lo sacrifico; no le querré yo tampoco?»
Dios no se ríe: si Dios se riera, se reiría de tal presente.
Don Luis, aturdido, no sabía qué objetar a estos raciocinios de
Antoñona, más atroces que sus pellizcos pasados. Además, le repugnaba entrar en
metafísicas de amor con aquella sirvienta.
—Dejemos a un lado—dijo—, esos vanos discursos. Yo no puedo remediar el
mal de tu dueño. ¿Qué he de hacer?
—¿Qué has de hacer?—interrumpió Antoñona, ya más blanda y afectuosa y
con voz insinuante—. Yo te diré lo que has de hacer. Si no remediares el mal de
mi niña, le aliviarás al menos. ¿No eres tan santo? Pues los santos son
compasivos y además valerosos. No huyas como un cobardón grosero, sin
despedirte. Ven a ver a mi niña, que está enferma. Haz esta obra de
misericordia.
—¿Y qué conseguiré con esa visita? Agravar el mal en vez de sanarle.
—No será así: no estás en el busilis. Tú irás allí, y, con esa cháchara
que gastas y esa labia que Dios te ha dado, le infundirás en los cascos la
resignación, y la dejarás consolada, y, si le dices que la quieres y que por
Dios sólo la dejas, al menos su vanidad de mujer no quedará ajada.
—Lo que me propones es tentar a Dios; es peligroso para mí y para ella.
—¿Y por qué ha de ser tentar a Dios? Pues si Dios ve la rectitud y la
pureza de tus intenciones, ¿no te dará su favor y su gracia para que no te
pierdas en esta ocasión en que te pongo con sobrado motivo? ¿No debes volar a
librar a mi niña de la desesperación y traerla al buen camino? Si se muriera de
pena por verse así desdeñada, o si rabiosa agarrase un cordel y se colgase de
una viga, créeme, tus remordimientos serían peores que las llamas de pez y
azufre de las calderas de Lucifer.
—¡Qué horror! No quiero que se desespere. Me revestiré de todo mi valor:
iré a verla.
—¡Bendito seas! Si me lo decía el corazón. ¡Si eres bueno!
—¿Cuándo quieres que vaya?
—Esta noche a las diez en punto. Yo estaré en la puerta de la calle
aguardándote y te llevaré donde está.
—¿Sabe ella que has venido a verme?
—No lo sabe. Ha sido todo ocurrencia mía; pero yo la prepararé con buen
arte, a fin de que tu visita, la sorpresa, el inesperado gozo, no la hagan caer
en un desmayo. ¿Me prometes que irás?
—Iré.
—Adiós. No faltes. A las diez de la noche en punto. Estaré a la puerta.
Y Antoñona echó a correr, bajó la escalera de dos en dos escalones y se
plantó en la calle.
No se puede negar que Antoñona estuvo discretísima en esta ocasión, y
hasta su lenguaje fue tan digno y urbano, que no faltaría quien le calificase
de apócrifo, si no se supiese con la mayor evidencia todo esto que aquí se
refiere, y si no constasen además los prodigios de que es capaz el ingénito
despejo de una mujer, cuando le sirve de estímulo un interés o una pasión
grande.
Grande era, sin duda, el afecto de Antoñona por su niña, y viéndola tan
enamorada y tan desesperada, no pudo menos de buscar remedio a sus males. La
cita, a que acababa de comprometer a D. Luis, fue un triunfo inesperado. Así es
que Antoñona, a fin de sacar provecho del triunfo, tuvo que disponerlo todo de
improviso, con profunda ciencia mundana.
Señaló Antoñona para la cita la hora de las diez de la noche, porque
ésta era la hora de la antigua y ya suprimida o suspendida tertulia en que D.
Luis y Pepita solían verse. La señaló además para evitar murmuraciones y
escándalo, porque ella había oído decir a un predicador que, según el
Evangelio, no hay nada tan malo como el escándalo, y que a los escandalosos es
menester arrojarlos al mar con una piedra de molino atada al pescuezo.
Volvió, pues, Antoñona a casa de su dueño, muy satisfecha de sí misma y
muy resuelta a disponer las cosas con tino para que el remedio que había
buscado no fuese inútil, o no agravase el mal de Pepita en vez de sanarle.
A Pepita no pensó ni determinó prevenirla sino a lo último, diciéndole
que D. Luis espontáneamente le había pedido hora para hacerle una visita de
despedida y que ella había señalado las diez.
A fin de que no se originasen habladurías, si en la casa veían entrar a
D. Luis, pensó en que no le viesen entrar, y para ello era también muy propicia
la hora, y la disposición de la casa. A las diez estaría llena de gente la
calle con la velada, y por lo mismo repararían menos en D. Luis cuando pasase
por ella. Penetrar en el zaguán sería obra de un segundo; y ella, que estaría
allí aguardando, llevaría a D. Luis hasta el despacho, sin que nadie le viese.
Todas o la mayor parte de las casas de los ricachos lugareños de
Andalucía son como dos casas en vez de una, y así era la casa de Pepita. Cada
casa tiene su puerta. Por la principal se pasa al patio enlosado y con
columnas, a las salas y demás habitaciones señoriles; por la otra, a los
corrales, caballeriza y cochera, cocinas, molino, lagar, graneros, trojes donde
se conserva la aceituna hasta que se muele; bodegas donde se guarda el aceite,
el mosto, el vino de quema, el aguardiente y el vinagre en grandes tinajas; y
candioteras o bodegas, donde está en pipas y toneles el vino bueno y ya hecho o
rancio. Esta segunda casa o parte de casa, aunque esté en el centro de una
población de veinte o veinticinco mil almas, se llama casa de campo. El
aperador, los capataces, el mulero, los trabajadores principales y más
constantes en el servicio del amo, se juntan allí por la noche, en invierno, en
torno de una enorme chimenea de una gran cocina, y en verano al aire libre o en
algún cuarto muy ventilado y fresco, y están holgando y de tertulia hasta que
los señores se recogen.
Antoñona imaginó que el coloquio y la explicación, que ella deseaba que
tuviesen su niña y don Luis, requerían sosiego y que no viniesen a
interrumpirlos, y así determinó que aquella noche, por ser la velada de San
Juan, las chicas que servían a Pepita vacasen en todos sus quehaceres y
oficios, y se fuesen a solazar a la casa de campo, armando con los rústicos
trabajadores un jaleo probe de fandango, lindas coplas, repiqueteo de
castañuelas, brincos y mudanzas.
De esta suerte la casa señoril quedaría casi desierta y silenciosa, sin
más habitantes que ella y Pepita, y muy a proposito para la solemnidad,
transcendencia y no turbado sosiego que eran necesarios en la entrevista que
ella tenía preparada, y de la que dependía quizás, o de seguro, el destino de
dos personas de tanto valer.
Mientras Antoñona iba rumiando y concertando en su mente todas estas
cosas, D. Luis, no bien se quedó solo, se arrepintió de haber procedido tan de
ligero y de haber sido tan débil en conceder la cita que Antoñona le había
pedido.
Don Luis se paró a considerar la condición de Antoñona, y le pareció más
aviesa que la de Enone y la de Celestina. Vio delante de sí todo el peligro a
que voluntariamente se aventuraba, y no vio ventaja alguna en hacer
recatadamente y a hurto de todos una visita a la linda viuda.
Ir a verla para ceder y caer en sus redes, burlándose de sus votos,
dejando mal al obispo, que había recomendado su solicitud de dispensa, y hasta
al Sumo Pontífice, que la había concedido, y desistiendo de ser clérigo, le
parecía un desdoro muy enorme. Era además una traición contra su padre, que
amaba a Pepita y deseaba casarse con ella. Ir a verla para desengañarla más
aún, se le antojaba mayor refinamiento de crueldad que partir sin decirle nada.
Impulsado por tales razones, lo primero que pensó D. Luis fue faltar a
la cita sin dar excusa ni aviso, y que Antoñona le aguardase en balde en el
zaguán; pero Antoñona anunciaría a su señora la visita, y él faltaría, no sólo
a Antoñona, sino a Pepita, dejando de ir, con una grosería incalificable.
Discurrió entonces escribir a Pepita una carta muy afectuosa y discreta,
excusándose de ir, justificando su conducta, consolándola, manifestando sus
tiernos sentimientos por ella, si bien haciendo ver que la obligación y el
cielo eran antes que todo, y procurando dar ánimo a Pepita para que hiciese el
mismo sacrificio que él hacía.
Cuatro o cinco veces se puso a escribir esta carta. Emborronó mucho
papel; le rasgó enseguida; y la carta no salía jamás a su gusto. Ya era seca,
fría, pedantesca, como un mal sermón o como la plática de un dómine: ya se
deducía de su contenido un miedo pueril y ridículo, como si Pepita fuese un
monstruo pronto a devorarle; ya tenía el escrito otros defectos y lunares no
menos lastimosos. En suma, la carta no se escribió, después de haberse
consumido en las tentativas unos cuantos pliegos.
—No hay más recurso—dijo para sí D. Luis—, la suerte está echada. Valor
y vamos allá.
Don Luis confortó su espíritu con la esperanza de que iba a tener mucha
serenidad y de que Dios iba a poner en sus labios un raudal de elocuencia, por
donde persuadiría a Pepita, que era tan buena, de que ella misma le impulsase a
cumplir con su vocación, sacrificando el amor mundanal y haciéndose semejante a
las santas mujeres que ha habido, las cuales, no ya han desistido de unirse con
un novio o con un amante, sino hasta de unirse con el esposo, viviendo con él
como con un hermano, según se refiere, por ejemplo, en la vida de San Eduardo,
rey de Inglaterra. Y después de pensar en esto, se sentía D. Luis más consolado
y animado, y ya se figuraba que él iba a ser como otro san Eduardo, y que
Pepita era como la reina Edita, su mujer; y bajo la forma y condición de la tal
reina, virgen a par de esposa, le parecía Pepita, si cabe, mucho más gentil,
elegante y poética.
No estaba, sin embargo, D. Luis todo lo seguro y tranquilo que debiera
estar, después de haberse resuelto a imitar a San Eduardo. Hallaba aún cierto
no sé qué de criminal en aquella visita que iba a hacer, sin que su padre lo
supiese, y estaba por ir a despertarle de su siesta y descubrírselo todo. Dos o
tres veces se levantó de su silla y empezó a andar en busca de su padre; pero
luego se detenía y creía aquella revelación indigna, la creía una vergonzosa
chiquillada. Él podía revelar sus secretos; pero revelar los de Pepita para
ponerse bien con su padre era bastante feo. La fealdad y lo cómico y miserable
de la acción se aumentaban notando que el temor de no ser bastante fuerte para
resistir era lo que a hacerla le movía. D. Luis se calló, pues, y no reveló
nada a su padre.
Es más: ni siquiera se sentía con la desenvoltura y la seguridad
convenientes para presentarse a su padre habiendo de por medio aquella cita
misteriosa. Estaba asimismo tan alborotado y fuera de sí por culpa de las
encontradas pasiones que se disputaban el dominio de su alma, que no cabía en
el cuarto, y como si brincase o volase, le andaba y recorría todo en tres o
cuatro pasos, aunque era grande, por lo cual temía darse de calabazadas contra
las paredes. Por último, si bien tenía abierto el balcón, por ser verano, le
parecía que iba a ahogarse allí por falta de aire, y que el techo le pesaba
sobre la cabeza, y que para respirar necesitaba de toda la atmósfera y para
andar de todo el espacio sin límites, y para alzar la frente y exhalar sus
suspiros y encumbrar sus pensamientos, de no tener sobre sí sino la inmensa
bóveda del cielo.
Aguijoneado de esta necesidad, tomó su sombrero y su bastón y se fue a
la calle. Ya en la calle, huyendo de toda persona conocida y buscando la
soledad, se salió al campo y se internó por lo más frondoso y esquivo de las
alamedas, huertas y sendas que rodean la población y hacen un paraíso de sus
alrededores en un radio de más de media legua.
Poco hemos dicho hasta ahora de la figura de D. Luis. Sépase, pues, que
era un buen mozo en toda la extensión de la palabra: alto, ligero, bien
formado, cabello negro, ojos negros también y llenos de fuego y de dulzura. La
color trigueña, la dentadura blanca, los labios finos, aunque relevados, lo
cual le daba un aspecto desdeñoso; y algo de atrevido y varonil en todo el
ademán, a pesar del recogimiento y de la mansedumbre clericales. Había, por
último, en el porte y continente de D. Luis aquel indescriptible sello de
distinción y de hidalguía que parece, aunque no lo sea siempre, privativa
calidad y exclusivo privilegio de las familias aristocráticas.
Al ver a D. Luis, era menester confesar que Pepita Jiménez sabía de
estética por instinto.
Corría, que no andaba, D. Luis por aquellas sendas, saltando arroyos y
fijándose apenas en los objetos, casi como toro picado del tábano. Los rústicos
con quienes se encontró, los hortelanos que le vieron pasar, tal vez le
tuvieron por loco.
Cansado ya de caminar sin propósito, se sentó al pie de una cruz de
piedra, junto a las ruinas de un antiguo convento de San Francisco de Paula,
que dista más de tres kilómetros del lugar, y allí se hundió en nuevas
meditaciones, pero tan confusas, que ni él mismo se daba cuenta de lo que
pensaba.
El tañido de las campanas que, atravesando el aire, llegó a aquellas
soledades, llamando a la oración a los fieles, y recordándoles la salutación
del arcángel a la sacratísima Virgen, hizo que D. Luis volviera de su éxtasis,
y se hallase de nuevo en el mundo real.
El sol acababa de ocultarse detrás de los picos gigantescos de las
sierras cercanas, haciendo que las pirámides, agujas y rotos obeliscos de la
cumbre se destacasen sobre un fondo de púrpura y topacio, que tal parecía el
cielo, dorado por el sol poniente. Las sombras empezaban a extenderse sobre la
vega, y en los montes opuestos a los montes por donde el sol se ocultaba,
relucían las peñas más erguidas como si fueran de oro o de cristal hecho ascua.
Los vidrios de las ventanas y los blancos muros del remoto santuario de
la Virgen; patrona del lugar, que está en lo más alto de un cerro, así como
otro pequeño templo o ermita que hay en otro cerro más cercano, que llaman el
Calvario, resplandecían aún como dos faros salvadores, heridos por los
postreros rayos oblicuos del sol moribundo.
Una poesía melancólica inspiraba a la naturaleza, y con la música
callada, que sólo el espíritu acierta a oír, se diría que todo entonaba un
himno al Creador. El lento son de las campanas, amortiguado y semi-perdido por
la distancia, apenas turbaba el reposo de la tierra y convidaba a la oración
sin distraer los sentidos con rumores. D. Luis se quitó su sombrero, se hincó
de rodillas al pie de la cruz, cuyo pedestal le había servido de asiento, y
rezó con profunda devoción el Angelus Domini.
Las sombras nocturnas fueron pronto ganando terreno; pero la noche, al
desplegar su manto y cobijar con él aquellas regiones, se complace en adornarle
de más luminosas estrellas y de una luna más clara. La bóveda azul no trocó en
negro su color azulado: conservó su azul, aunque le hizo más oscuro. El aire
era tan diáfano y tan sutil, que se veían millares y millares de estrellas,
fulgurando en el éter sin término. La luna plateaba las copas de los árboles y
se reflejaba en la corriente de los arroyos, que parecían de un líquido
luminoso y transparente, donde se formaban iris y cambiantes como en el ópalo.
Entre la espesura de la arboleda cantaban los ruiseñores. Las yerbas y flores
vertían más generoso perfume. Por las orillas de las acequias, entre la yerba
menuda y las flores silvestres, relucían como diamantes o carbunclos los
gusanillos de luz en multitud innumerable. No hay por allí luciérnagas aladas
ni cocuyos, pero estos gusanillos de luz abundan y dan un resplandor bellísimo.
Muchos árboles frutales, en flor todavía, muchas acacias y rosales, sin cuento,
embalsamaban el ambiente impregnándole de suave fragancia.
Don Luis se sintió dominado, seducido, vencido por aquella voluptuosa
naturaleza, y dudó de sí. Era menester, no obstante, cumplir la palabra dada y
acudir a la cita.
Aunque dando un largo rodeo, aunque recorriendo otras sendas, aunque
vacilando a veces en irse a la fuente del río, donde al pie de la sierra brota
de una peña viva todo el caudal cristalino que riega las huertas, y es sitio
delicioso, D. Luis, a paso lento y pausado, se dirigió hacia la población.
Conforme se iba acercando, se aumentaba el terror que le infundía lo que
se determinaba a hacer. Penetraba por lo más sombrío de las enramadas,
anhelando ver algún prodigio espantable, algún signo, algún aviso que le
retrajese. Se acordaba a menudo del estudiante Lisardo, y ansiaba ver su propio
entierro. Pero el cielo sonreía con sus mil luces y excitaba a amar; las
estrellas se miraban con amor unas a otras; los ruiseñores cantaban enamorados;
hasta los grillos agitaban amorosamente sus elictras sonoras, como trovadores
el plectro cuando dan una serenata; la tierra toda parecía entregada al amor en
aquella tranquila y hermosa noche. Nada de aviso; nada de signo; nada de pompa
fúnebre; todo vida, paz y deleite. ¿Dónde estaba el ángel de la Guarda? ¿Había dejado
a D. Luis como cosa perdida, o calculando que no corría peligro alguno, no se
cuidaba de apartarle de su propósito? ¿Quién sabe? Tal vez de aquel peligro
resultaría un triunfo. San Eduardo y la reina Edita se ofrecían de nuevo a la
imaginación de D. Luis y corroboraban su voluntad.
Embelesado en estos discursos, retardaba don Luis su vuelta, y aún se
hallaba a alguna distancia del pueblo, cuando sonaron las diez, hora de la
cita, en el reloj de la parroquia. Las diez campanadas fueron como diez golpes
que le hirieron en el corazón. Allí le dolieron materialmente, si bien con un
dolor y con un sobresalto mixtos de traidora inquietud y de regalada dulzura.
Don Luis apresuró el paso a fin de no llegar muy tarde, y pronto se
encontró en la población.
El lugar estaba animadísimo. Las mozas solteras venían a la fuente del
ejido a lavarse la cara, para que fuese fiel el novio a la que le tenía, y para
que a la que no le tenía le saltase novio. Mujeres y chiquillos, por acá y por
allá, volvían de coger verbena, ramos de romero u otras plantas, para hacer
sahumerios mágicos. Las guitarras sonaban por varias partes. Los coloquios de
amor y las parejas dichosas y apasionadas se oían y se veían a cada momento. La
noche y la mañanita de San Juan, aunque fiesta católica, conservan no sé qué
resabios del paganismo y naturalismo antiguos. Tal vez sea por la coincidencia
aproximada de esta fiesta con el solsticio de verano. Ello es que todo era
profano y no religioso. Todo era amor y galanteo. En nuestros viejos romances y
leyendas, siempre roba el moro a la linda infantina cristiana, y siempre el
caballero cristiano logra su anhelo con la princesa mora, en la noche o en la
mañanita de San Juan; y en el pueblo se diría que conservaban la tradición de
los viejos romances.
Las calles estaban llenas de gente. Todo el pueblo estaba en las calles
y además los forasteros. Hacían asimismo muy difícil el tránsito la multitud de
mesillas de turrón, arropía y tostones, los puestos de fruta, las tiendas de
muñecos y juguetes, y las buñolerías, donde gitanas jóvenes y viejas, ya freían
la masa, infestando el aire con el olor del aceite, ya pesaban y servían los
buñuelos, ya respondían con donaire a los piropos de los galanes que pasaban,
ya decían la buena ventura.
Don Luis procuraba no encontrar a los amigos y, si los veía de lejos
echaba por otro lado. Así fue llegando poco a poco, sin que le hablasen ni
detuviesen, hasta cerca del zaguán de casa de Pepita. El corazón empezó a
latirle con violencia, y se paró un instante para serenarse. Miró el reloj:
eran cerca de las diez y media.
—¡Válgame Dios!—dijo—, hará cerca de media hora que me estará
aguardando.
Entonces se precipitó y penetró en el zaguán. El farol, que lo alumbraba
de diario, daba poquísima luz aquella noche.
No bien entró D. Luis en el zaguán, una mano, mejor diremos una garra,
le asió por el brazo derecho. Era Antoñona, que dijo en voz baja:
—¡Diantre de colegial, ingrato, desaborido, mostrenco! Ya imaginaba yo
que no venías. ¿Dónde has estado, peal? ¡Cómo te atreves a tardar,
haciéndote de pencas, cuando toda la sal de la tierra se está derritiendo por
ti y el sol de la hermosura te aguarda!
Mientras Antoñona expresaba estas quejas, no estaba parada, sino que iba
andando y llevando en pos de sí, asido siempre del brazo, al colegial
atortolado y silencioso. Salvaron la cancela, y Antoñona la cerró con tiento y
sin ruido; atravesaron el patio, subieron por la escalera, pasaron luego por
unos corredores y por dos salas, y llegaron a la puerta del despacho, que
estaba cerrada.
En toda la casa remaba maravilloso silencio. El despacho estaba en lo
interior y no llegaban a él los rumores de la calle. Sólo llegaban, aunque
confusos y vagos, el resonar de las castañuelas y el son de la guitarra, y un
leve murmullo, causado todo por los criados de Pepita, que tenían su jaleo
probe en la casa de campo.
Antoñona abrió la puerta del despacho; empujó a D. Luis para que
entrase, y al mismo tiempo le anunció diciendo:
—Niña, aquí tienes al señor D. Luis, que viene a despedirse de ti.
Hecho el anuncio con la formalidad debida, la discreta Antoñona se
retiró de la sala, dejando a sus anchas al visitante y a la niña, y volviendo a
cerrar la puerta.
Al llegar a este punto no podemos menos de hacer notar el carácter de
autenticidad que tiene la presente historia, admirándonos de la escrupulosa
exactitud de la persona que la compuso. Porque, si algo de fingido, como en una
novela, hubiera en estos Paralipómenos, no cabe duda en que una
entrevista tan importante y transcendente como la de Pepita y D. Luis se
hubiera dispuesto por medios menos vulgares que los aquí empleados. Tal vez
nuestros héroes, yendo a una nueva expedición campestre, hubieran sido sorprendidos
por deshecha y pavorosa tempestad, teniendo que refugiarse en las ruinas de
algún antiguo castillo o torre moruna, donde por fuerza había de ser fama que
aparecían espectros o cosas por el estilo. Tal vez nuestros héroes hubieran
caído en poder de alguna partida de bandoleros, de la cual hubieran escapado
merced a la serenidad y valentía de D. Luis, albergándose luego durante la
noche, sin que se pudiese evitar, y solitos los dos, en una caverna o gruta. Y
tal vez, por último, el autor hubiera arreglado el negocio de manera que Pepita
y su vacilante admirador hubieran tenido que hacer un viaje por mar, y aunque
ahora no hay piratas o corsarios argelinos, no es difícil inventar un buen
naufragio, en el cual don Luis hubiera salvado a Pepita, arribando a una isla
desierta o a otro lugar poético y apartado. Cualquiera de estos recursos
hubiera preparado con más arte el coloquio apasionado de los dos jóvenes y
hubiera justificado mejor a D. Luis. Creemos, sin embargo, que en vez de
censurar al autor porque no apela a tales enredos, conviene darle gracias por
la mucha conciencia que tiene, sacrificando a la fidelidad del relato el
portentoso efecto que haría si se atreviese a exornarle y bordarle con lances y
episodios sacados de su fantasía.
Si no hubo más que la oficiosidad y destreza de Antoñona y la debilidad
con que D. Luis se comprometió a acudir a la cita, ¿para qué forjar embustes y
traer a los dos amantes como arrastrados por la fatalidad a que se vean y
hablen a solas con gravísimo peligro de la virtud y entereza de ambos? Nada de
eso. Si D. Luis se conduce bien o mal en venir a la cita, y si Pepita Jiménez,
a quien Antoñona había ya dicho que D. Luis espontáneamente venía a verla, hace
mal o bien en alegrarse de aquella visita algo misteriosa y fuera de tiempo, no
echemos la culpa al acaso, sino a los mismos personajes que en esta historia
figuran y a las pasiones que sienten.
Mucho queremos nosotros a Pepita; pero la verdad es antes que todo, y la
hemos de decir, aunque perjudique a nuestra heroína. A las ocho le dijo
Antoñona que D. Luis iba a venir; y Pepita, que hablaba de morirse, que tenía
los ojos encendidos y los párpados un poquito inflamados de llorar y que estaba
bastante despeinada, no pensó desde entonces sino en componerse y arreglarse
para recibir a D. Luis. Se lavó la cara con agua tibia para que el estrago del
llanto desapareciese hasta el punto preciso de no afear, mas no para que no
quedasen huellas de que había llorado; se compuso el pelo de suerte que no
denunciaba estudio cuidadoso, sino que mostraba cierto artístico y gentil
descuido, sin rayar en desorden, lo cual hubiera sido poco decoroso; se pulió
las uñas; y como no era propio recibir de bata a D. Luis, se vistió un traje
sencillo de casa. En suma, miró instintivamente a que todos los pormenores de
tocador concurriesen a hacerla parecer más bonita y aseada, sin que se
trasluciera el menor indicio del arte, del trabajo y del tiempo gastados en
aquellos perfiles, sino que todo ello resplandeciera como obra natural y don
gratuito; como algo que persistía en ella, a pesar del olvido de sí misma,
causado por la vehemencia de los afectos.
Según hemos llegado a averiguar, Pepita empleó más de una hora en estas
faenas de tocador, que habían de sentirse sólo por los efectos. Después se dio
el postrer retoque y vistazo al espejo con satisfacción mal disimulada. Y por
último, a eso de las nueve y media, tomando una palmatoria, bajó a la sala
donde estaba el Niño Jesús. Encendió primero las velas del altarito, que
estaban apagadas; vio con cierta pena que las flores yacían marchitas; pidió
perdón a la devota imagen por haberla tenido desatendida mucho tiempo; y,
postrándose de hinojos, y a solas, oró con todo su corazón, y con aquella
confianza y franqueza que inspira quien está de huésped en casa desde hace
muchos años. A un Jesús Nazareno, con la cruz a cuestas y la corona de espinas;
a un Ecce-Homo, ultrajado y azotado, con la caña por irrisorio cetro y la
áspera soga por ligadura de las manos, o a un Cristo crucificado, sangriento y
moribundo, Pepita no se hubiera atrevido a pedir lo que pidió a Jesús,
pequeñuelo todavía, risueño, lindo, sano y con buenos colores. Pepita le pidió
que le dejase a D. Luis; que no se le llevase; porque él, tan rico y tan
abastado de todo, podía sin gran sacrificio desprenderse de aquel servidor y
cedérsele a ella.
Terminados estos preparativos, que nos será lícito clasificar y dividir
en cosméticos, indumentarios y religiosos, Pepita se instaló en el
despacho, aguardando la venida de don Luis con febril impaciencia.
Atinada anduvo Antoñona en no decirle que iba a venir, sino hasta poco
antes de la hora. Aun así, gracias a la tardanza del galán, la pobre Pepita
estuvo deshaciéndose, llena de ansiedad y de angustia, desde que terminó sus
oraciones y súplicas con el niño Jesús hasta que vio dentro del despacho al
otro niño.
La visita empezó del modo más grave y ceremonioso. Los saludos de
fórmula se pronunciaron maquinalmente de una parte y de otra; y D. Luis,
invitado a ello, tomó asiento en una butaca, sin dejar el sombrero ni el
bastón, y a no corta distancia de Pepita. Pepita estaba sentada en el sofá. El
velador se veía al lado de ella, con libros y con la palmatoria, cuya luz
iluminaba su rostro. Una lámpara ardía además sobre el bufete. Ambas luces, con
todo, siendo grande el cuarto, como lo era, dejaban la mayor parte de él en la
penumbra. Una gran ventana, que daba a un jardincillo interior, estaba abierta
por el calor, y si bien sus hierros eran como la trama de un tejido de
rosas-enredaderas y jazmines, todavía por entre la verdura y las flores se
abrían camino los claros rayos de la luna, penetraban en la estancia y querían
luchar con la luz de la lámpara y de la palmatoria. Penetraban además por la
ventana-vergel el lejano y confuso rumor del jaleo de la casa de campo, que
estaba al otro extremo, el murmullo monótono de una fuente que había en el
jardincillo, y el aroma de los jazmines y de las rosas que tapizaban la
ventana, mezclado con el de los don-pedros, albahacas y otras plantas, que
adornaban los arriates al pie de ella.
Hubo una larga pausa, un silencio tan difícil de sostener como de
romper. Ninguno de los dos interlocutores se atrevía a hablar. Era, en verdad,
la situación muy embarazosa. Tanto para ellos el expresarse entonces, como para
nosotros el reproducir ahora lo que expresaron, es empresa ardua; pero no hay
más remedio que acometerla. Dejemos que ellos mismos se expliquen y copiemos al
pie de la letra sus palabras.
—Al fin se dignó Vd. venir a despedirse de mí antes de su partida—dijo
Pepita—. Yo había perdido ya la esperanza.
El papel que hacía D. Luis era de mucho empeño y por otra parte, los
hombres, no ya novicios, sino hasta experimentados y curtidos en estos
diálogos, suelen incurrir en tonterías al empezar. No se condene, pues, a D.
Luis porque empezase contestando tonterías.
—Su queja de Vd. es injusta—dijo—. He estado aquí a despedirme de Vd.
con mi padre, y, como no tuvimos el gusto de que Vd. nos recibiese, dejamos
tarjetas. Nos dijeron que estaba Vd. algo delicada de salud, y todos los días
hemos enviado recado para saber de Vd. Grande ha sido nuestra satisfacción al
saber que estaba Vd. aliviada. ¿Y ahora, se encuentra Vd. mejor?
—Casi estoy por decir a Vd. que no me encuentro mejor—replicó Pepita—;
pero como veo que viene Vd. de embajador de su padre, y no quiero afligir a un
amigo tan excelente, justo será que diga a Vd., y que Vd. repita a su padre,
que siento bastante alivio. Singular es que haya venido Vd. solo. Mucho tendrá
que hacer D. Pedro cuando no le ha acompañado.
—Mi padre no me ha acompañado, señora, porque no sabe que he venido a
ver a Vd. Yo he venido solo, porque mi despedida ha de ser solemne, grave, para
siempre quizás; y la suya es de índole harto diversa. Mi padre volverá por aquí
dentro de unas semanas; yo es posible que no vuelva nunca, y si vuelvo, volveré
muy otro del que soy ahora.
Pepita no pudo contenerse. El porvenir de felicidad con que había soñado
se desvanecía como una sombra. Su resolución inquebrantable de vencer a toda
costa a aquel hombre, único que había amado en la vida, único que se sentía
capaz de amar, era una resolución inútil. D. Luis se iba. La juventud, la
gracia, la belleza, el amor de Pepita no valían para nada. Estaba condenada,
con veinte años de edad y tanta hermosura, a la viudez perpetua, a la soledad,
a amar a quien no la amaba. Todo otro amor era imposible para ella. El carácter
de Pepita, en quien los obstáculos recrudecían y avivaban más los anhelos, en
quien una determinación, una vez tomada, lo arrollaba todo hasta verse
cumplida, se mostró entonces con notable violencia y rompiendo todo freno. Era
menester morir o vencer en la demanda. Los respetos sociales, la inveterada
costumbre de disimular y de velar los sentimientos, que se adquieren en el gran
mundo y que pone dique a los arrebatos de la pasión, y envuelve en gasas y
cendales y disuelve en perífrasis y frases ambiguas la más enérgica explosión
de los mal reprimidos afectos, nada podían con Pepita, que tenía poco trato de
gentes, y que no conocía término medio; que no había sabido sino obedecer a
ciegas a su madre y a su primer marido, y mandar después despóticamente a todos
los demás seres humanos. Así es que Pepita habló en aquella ocasión y se mostró
tal como era. Su alma, con cuanto había en ella de apasionado, tomó forma
sensible en sus palabras, y sus palabras no sirvieron para envolver su pensar y
su sentir sino para darle cuerpo. No habló como hubiera hablado una dama de
nuestros salones, con ciertas pleguerías y atenuaciones en la expresión, sino
con la desnudez idílica con que Cloe hablaba a Dafnis y con la humildad y el
abandono completo con que se ofreció a Booz la nuera de Noemi.
Pepita dijo:
—¿Persiste Vd., pues, en su propósito? ¿Está usted seguro de su
vocación? ¿No teme Vd. ser un mal clérigo? Sr. D. Luis, voy a hacer un
esfuerzo; voy a olvidar por un instante que soy una ruda muchacha; voy a
prescindir de todo sentimiento, y voy a discurrir con frialdad, como si se
tratase del asunto que me fuese más extraño. Aquí hay hechos que se pueden
comentar de dos modos. Con ambos comentarios queda Vd. mal. Expondré mi
pensamiento. Si la mujer que con sus coqueterías, no por cierto muy desenvueltas,
casi sin hablar a Vd. palabra, a los pocos días de verle y tratarle, ha
conseguido provocar a Vd., moverle a que la mire con miradas que auguraban amor
profano, y hasta ha logrado que le dé Vd. una muestra de cariño, que es una
falta, un pecado en cualquiera y más en un sacerdote; si esta mujer, es, como
lo es en realidad, una lugareña ordinaria, sin instrucción, sin talento y sin
elegancia, ¿qué no se debe temer de Vd. cuando trate y vea y visite en las
grandes ciudades a otras mujeres mil veces más peligrosas? Usted se volverá
loco cuando vea y trate a las grandes damas que habitan palacios, que huellan
mullidas alfombras, que deslumbran con diamantes y perlas, que visten sedas y
encajes y no percal y muselina, que desnudan la cándida y bien formada garganta
y no la cubren con un plebeyo y modesto pañolito, que son más diestras en mirar
y herir, que por el mismo boato, séquito y pompa de que se rodean son más
deseables por ser en apariencia inasequibles, que disertan de política, de
filosofía, de religión y de literatura, que cantan como canarios, y que están
como envueltas en nubes de aroma, adoraciones y rendimientos, sobre un pedestal
de triunfos y victorias, endiosadas por el prestigio de un nombre ilustre,
encumbradas en áureos salones o retiradas en voluptuosos gabinetes, donde
entran sólo los felices de la tierra; tituladas acaso, y llamándose únicamente
para los íntimos Pepita, Antoñita o Angelita, y para los demás la Excma. Señora
Duquesa o la Excma. Señora Marquesa. Si Vd. ha cedido a una zafia aldeana,
hallándose en vísperas de la ordenación, con todo el entusiasmo que debe
suponerse, y, si ha cedido impulsado por capricho fugaz, ¿no tengo razón en
prever que va Vd. a ser un clérigo detestable, impuro, mundanal y funesto, y
que cederá a cada paso? En esta suposición, créame usted, Sr. D. Luis y no se
me ofenda, ni siquiera vale Vd. para marido de una mujer honrada. Si usted ha
estrechado las manos, con el ahínco y la ternura del más frenético amante, si
Vd. ha mirado con miradas que prometían un cielo, una eternidad de amor, y si
Vd. ha… besado a una mujer que nada le inspiraba sino algo que para mí no tiene
nombre, vaya Vd. con Dios, y no se case Vd. con esa mujer. Si ella es buena, no
le querrá a Vd. para marido, ni siquiera para amante; pero, por amor de Dios,
no sea Vd. clérigo tampoco. La Iglesia ha menester de otros hombres más serios
y más capaces de virtud para ministros del Altísimo. Por el contrario, si Vd.
ha sentido una gran pasión por esta mujer de que hablamos, aunque ella sea poco
digna, ¿por qué abandonarla y engañarla con tanta crueldad? Por indigna que
sea, si es que ha inspirado esa gran pasión, ¿no cree Vd. que la compartirá y
que será víctima de ella? Pues qué, cuando el amor es grande, elevado y
violento, ¿deja nunca de imponerse? ¿No tiraniza y subyuga al objeto amado de
un modo irresistible? Por los grados y quilates de su amor debe usted medir el
de su amada. ¿Y cómo no temer por ella si Vd. la abandona? ¿Tiene ella la
energía varonil, la constancia que infunde la sabiduría que los libros
encierran, el aliciente de la gloria, la multitud de grandiosos proyectos, y
todo aquello que hay en su cultivado y sublime espíritu de Vd. para distraerle
y apartarle, sin desgarradora violencia, de todo otro terrenal afecto? ¿No
comprende Vd. que ella morirá de dolor, y que Vd., destinado a hacer incruentos
sacrificios, empezará por sacrificar despiadadamente a quien más le ama?
—Señora—contestó D. Luis haciendo un esfuerzo para disimular su emoción
y para que no se conociese lo turbado que estaba en lo trémulo y balbuciente de
la voz—. Señora, yo también tengo que dominarme mucho para contestar a Vd. con
la frialdad de quien opone argumentos a argumentos como en una controversia;
pero la acusación de Vd. viene tan razonada (y Vd. perdone que se lo diga), es
tan hábilmente sofística, que me fuerza a desvanecerla con razones. No pensaba
yo tener que disertar aquí y que aguzar mi corto ingenio; pero Vd. me condena a
ello, si no quiero pasar por un monstruo. Voy a contestar a los extremos del
cruel dilema que ha forjado Vd. en mi daño. Aunque me he criado al lado de mi
tío y en el Seminario, donde no he visto mujeres, no me crea Vd. tan ignorante
ni tan pobre de imaginación que no acertase a representármelas en la mente todo
lo bellas, todo lo seductoras que pueden ser. Mi imaginación, por el contrario,
sobrepujaba a la realidad en todo eso. Excitada por la lectura de los cantores
bíblicos y de los poetas profanos, se fingía mujeres más elegantes, más
graciosas, más discretas, que las que por lo común se hallan en el mundo real.
Yo conocía, pues, el precio del sacrificio que hacía, y hasta lo exageraba,
cuando renuncié al amor de esas mujeres, pensando elevarme a la dignidad del
sacerdocio. Harto conocía yo lo que puede y debe añadir de encanto a una mujer
hermosa el vestirla de ricas telas y joyas esplendentes, y el circundarla de
todos los primores de la más refinada cultura y de todas las riquezas que crean
la mano y el ingenio infatigable del hombre. Harto conocía yo también lo que
acrecientan el natural despejo, lo que pulen, realzan y abrillantan la
inteligencia de una mujer el trato de los hombres más notables por la ciencia,
la lectura de buenos libros, el aspecto mismo de las florecientes ciudades con
los monumentos y grandezas que contienen. Todo esto me lo figuraba yo con tal
viveza y lo veía con tal hermosura, que, no lo dude Vd., si yo llego a ver y a
tratar a esas mujeres de que Vd. me habla, lejos de caer en la adoración y en
la locura que Vd. predice, tal vez sea un desengaño lo que reciba, al ver
cuánta distancia media de lo soñado a lo real y de lo vivo a lo pintado.
—¡Estos de Vd. sí que son sofismas!—interrumpió Pepita—. ¿Cómo negar a
Vd. que lo que usted se pinta en la imaginación es más hermoso que lo que
existe realmente; pero cómo negar tampoco que lo real tiene más eficacia
seductora que lo imaginado y soñado? Lo vago y aéreo de un fantasma, por bello
que sea, no compite con lo que mueve materialmente los sentidos. Contra los
ensueños mundanos comprendo que venciesen en su alma de usted las imágenes
devotas; pero temo que las imágenes devotas no habían de vencer a las mundanas
realidades.
—Pues no lo tema Vd., señora—replicó don Luis—. Mi fantasía es más
eficaz en lo que crea que todo el universo, menos Vd., en lo que por los
sentidos transmite.
—Y ¿por qué menos yo? Esto me hace caer en otro recelo. ¿Será quizás la
idea que Vd. tiene de mí, la idea que ama, creación de esa fantasía tan eficaz,
ilusión en nada conforme conmigo?
—No: no lo es; tengo fe de que esta idea es en todo conforme con Vd.;
pero tal vez es ingénita en mi alma; tal vez está en ella desde que fue creada
por Dios; tal vez es parte de su esencia; tal vez es lo más puro y rico de su
ser, como el perfume en las flores.
—¡Bien me lo temía yo! Vd. lo confiesa ahora. Usted no me ama. Eso que
ama Vd. es la esencia, el aroma, lo más puro de su alma, que ha tomado una
forma parecida a la mía.
—No, Pepita: no se divierta Vd. en atormentarme. Esto que yo amo es Vd.,
y Vd. tal cual es; pero es tan bello, tan limpio, tan delicado esto que yo amo,
que no me explico que pase todo por los sentidos, de un modo grosero, y llegue
así hasta mi mente. Supongo, pues, y creo, y tengo por cierto, que estaba antes
en mí. Es como la idea de Dios, que estaba en mí, que ha venido a magnificarse
y desenvolverse en mí, y que sin embargo tiene su objeto real, superior,
infinitamente superior a la idea. Como creo que Dios existe, creo que existe
usted y que vale Vd. mil veces más que la idea que de Vd. tengo formada.
—Aún me queda una duda. ¿No pudiera ser la mujer en general, y no yo
singular y exclusivamente, quien ha despertado esa idea?
—No, Pepita; la magia, el hechizo de una mujer, bella de alma y de
gentil presencia, habían, antes de ver a Vd., penetrado en mi fantasía. No hay
duquesa, ni marquesa en Madrid, ni emperatriz en el mundo, ni reina ni princesa
en todo el orbe, que valgan lo que valen las ideales y fantásticas criaturas
con quienes yo he vivido, porque se aparecían en los alcázares y camarines,
estupendos de lujo, buen gusto y exquisito ornato, que yo edificaba en mis
espacios imaginarios, desde que llegué a la adolescencia, y que daba luego por
morada a mis Lauras, Beatrices, Julietas, Margaritas y Eleonoras, o a mis
Cintias, Glíceras y Lesbias. Yo las coronaba en mi mente con diademas y mitras
orientales, y las envolvía en mantos de púrpura y de oro, y las rodeaba de
pompa regia, como a Ester y a Vasti: yo les prestaba la sencillez bucólica de
la edad patriarcal como a Rebeca y a la Sulamita; yo les daba la dulce humildad
y la devoción de Ruth; yo las oía discurrir como Aspasia o Hipatia, maestras de
elocuencia; yo las encumbraba en estrados riquísimos y ponía en ellas reflejos
gloriosos de clara sangre y de ilustre prosapia, como si fuesen las matronas
patricias más orgullosas y nobles de la antigua Roma; yo las veía ligeras,
coquetas, alegres, llenas de aristocrática desenvoltura, como las damas del
tiempo de Luis XV en Versalles; y yo las adornaba, ya con púdicas estolas, que
infundían veneración y respeto, ya con túnicas y peplos sutiles, por entre
cuyos pliegues airosos se dibujaba toda la perfección plástica de las gallardas
formas; ya con la coa transparente de las bellas cortesanas de
Atenas y Corinto, para que reluciese, bajo la nebulosa velatura, lo blanco y
sonrosado del bien torneado cuerpo. Pero ¿qué valen los deleites del sentido,
ni qué valen las glorias todas y las magnificencias del mundo, cuando un alma
arde y se consume en el amor divino, como yo entendía, tal vez con sobrada
soberbia, que la mía estaba ardiendo y consumiéndose? Ingentes peñascos,
montañas enteras, si sirven de obstáculo a que se dilate el fuego que de
repente arde en el seno de la tierra, vuelan deshechos por el aire, dando lugar
y abriendo paso a la amontonada pólvora de la mina o a las inflamadas materias
del volcán en erupción atronadora. Así, o con mayor fuerza, lanzaba de sí mi
espíritu todo el peso del universo y de la hermosura creada, que se le ponía
encima y le aprisionaba impidiéndole volar a Dios, como a su centro. No; no he
dejado yo por ignorancia ningún regalo, ninguna dulzura, ninguna gloria: todo
lo conocía y lo estimaba en más de lo que vale cuando lo desprecié por otro
regalo, por otra gloria, por otras dulzuras mayores. El amor profano de la
mujer, no sólo ha venido a mi fantasía con cuantos halagos tiene en sí, sino
con aquellos hechizos soberanos y casi irresistibles de la más peligrosa de las
tentaciones: de la que llaman los moralistas tentación virgínea, cuando la
mente, aún no desengañada por la experiencia y el pecado, se finge en el abrazo
amoroso un subidísimo deleite, inmensamente superior, sin duda, a toda realidad
y a toda verdad. Desde que vivo, desde que soy hombre, y ya hace años, pues no
es tan grande mi mocedad, he despreciado todas esas sombras y reflejos de
deleites y de hermosuras, enamorado de una hermosura arquetipo y ansioso de un
deleite supremo. He procurado morir en mí para vivir en el objeto amado;
desnudar, no ya sólo los sentidos, sino hasta las potencias de mi alma, de
afectos del mundo y de figuras y de imágenes, para poder decir con razón que no
soy yo el que vivo, sino que Cristo vive en mí. Tal vez, de seguro, he pecado
de arrogante y de confiado, y Dios ha querido castigarme. Usted entonces se ha
interpuesto en mi camino y me ha sacado de él y me ha extraviado. Ahora me
zahiere, me burla, me acusa de liviano y de fácil: y al zaherirme y burlarme se
ofende a sí propia, suponiendo que mi falta me la hubiera hecho cometer otra
mujer cualquiera. No quiero, cuando debo ser humilde, pecar de orgulloso
defendiéndome. Si Dios, en castigo de mi soberbia, me ha dejado de su gracia,
harto posible es que el más ruin motivo me haya hecho vacilar y caer. Con todo,
diré a Vd. que mi mente, quizás alucinada, lo entiende de muy diversa manera.
Será efecto de mi no domada soberbia; pero repito que lo entiendo de otra
manera. No acierto a persuadirme de que haya ruindad ni bajeza en el motivo de
mi caída. Sobre todos los ensueños de mi juvenil imaginación ha venido a
sobreponerse y entronizarse la realidad que en Vd. he visto: sobre todas mis
ninfas, reinas y diosas, Vd. ha descollado; por cima de mis ideales creaciones,
derribadas, rotas, deshechas por el amor divino, se levantó en mi alma la
imagen fiel, la copia exactísima de la viva hermosura que adorna, que es la
esencia de ese cuerpo y de esa alma. Hasta algo de misterioso, de sobrenatural,
puede haber intervenido en esto, porque amé a Vd. desde que la vi, casi antes
de que la viera. Mucho antes de tener conciencia de que la amaba a Vd., ya la
amaba. Se diría que hubo en esto algo de fatídico; que estaba escrito; que era
una predestinación.
—Y si es una predestinación, si estaba escrito—interrumpió Pepita—, ¿por
qué no someterse, por qué resistirse todavía? Sacrifique Vd. sus propósitos a
nuestro amor. ¿Acaso no he sacrificado yo mucho? Ahora mismo, al rogar, al
esforzarme por vencer los desdenes de Vd., ¿no sacrifico mi orgullo, mi decoro
y mi recato? Yo también creo que amaba a usted antes de verle. Ahora amo a Vd.
con todo mi corazón, y sin Vd. no hay felicidad para mí. Cierto es que en mi
humilde inteligencia no puede usted hallar rivales tan poderosos como yo tengo
en la de usted. Ni con la mente, ni con la voluntad, ni con el afecto, atino a
elevarme a Dios inmediatamente. Ni por naturaleza, ni por gracia, subo ni me
atrevo a querer subir a tan encumbradas esferas. Llena está mi alma, sin
embargo, de piedad religiosa, y conozco y amo y adoro a Dios, pero sólo veo su
omnipotencia y admiro su bondad en las obras que han salido de sus manos. Ni
con la imaginación acierto tampoco a forjarme esos ensueños que usted me
refiere. Con alguien, no obstante, más bello, entendido, poético y amoroso, que
los hombres que me han pretendido hasta ahora, con un amante más distinguido y
cabal que todos mis adoradores de este lugar y de los lugares vecinos, soñaba
yo para que me amara y para que yo le amase y le rindiese mi albedrío. Ese
alguien era Vd. Lo presentí cuando me dijeron que Vd. había llegado al lugar:
lo reconocí cuando vi a Vd. por vez primera. Pero como mi imaginación es tan
estéril, el retrato que yo de Vd. me había trazado no valía, ni con mucho, lo
que Vd. vale. Yo también he leído algunas historias y poesías, pero de todos
los elementos que de ellas guardaba mi memoria no logré nunca componer una
pintura que no fuese muy inferior en mérito a lo que veo en Vd. y comprendo en
Vd. desde que le conozco. Así es que estoy rendida y vencida y aniquilada desde
el primer día. Si amor es lo que usted dice, si es morir en sí para vivir en el
amado, verdadero y legítimo amor es el mío, porque he muerto en mí y sólo vivo
en Vd. y para Vd. He deseado desechar de mí este amor, creyéndole mal pagado, y
no me ha sido posible. He pedido a Dios, con mucho fervor, que me quite el amor
o me mate, y Dios no ha querido oírme. He rezado a María Santísima para que
borre del alma la imagen de usted y el rezo ha sido inútil. He hecho promesas
al santo de mi nombre para no pensar en Vd. sino como él pensaba en su bendita
esposa, y el santo no me ha socorrido. Viendo esto, he tenido la audacia de
pedir al cielo que Vd. se deje vencer, que usted deje de querer ser clérigo, que
nazca en su corazón de Vd. un amor tan profundo como el que hay en mi corazón.
D. Luis, dígamelo Vd. con franqueza, ¿ha sido también sordo el cielo a esta
última súplica? ¿O es acaso que para avasallar y rendir un alma pequeña,
cuitada y débil como la mía, basta un pequeño amor, y para avasallar la de Vd.,
cuando tan altos y fuertes pensamientos la velan y custodian, se necesita de
amor más poderoso, que yo no soy digna de inspirar, ni capaz de compartir, ni
hábil para comprender siquiera?
—Pepita—contestó D. Luis—, no es que su alma de Vd. sea más pequeña que
la mía, sino que está libre de compromisos, y la mía no lo está. El amor que
Vd. me ha inspirado es inmenso; pero luchan contra él mi obligación, mis votos,
los propósitos de toda mi vida, próximos a realizarse. ¿Por qué no he de
decirlo, sin temor de ofender a Vd.? Si usted logra en mí su amor, Vd. no se
humilla. Si yo cedo a su amor de Vd., me humillo y me rebajo. Dejo al Creador
por la criatura, destruyo la obra de mi constante voluntad, rompo la imagen de
Cristo que estaba en mi pecho, y el hombre nuevo, que a tanta costa había yo
formado en mí, desaparece para que el hombre antiguo renazca. ¿Por qué, en vez
de bajar yo hasta el suelo, hasta el siglo, hasta la impureza del mundo, que
antes he menospreciado, no se eleva Vd. hasta mí por virtud de ese mismo amor
que me tiene, limpiándole de toda escoria? ¿Por qué no nos amamos entonces sin
vergüenza y sin pecado y sin mancha? Dios, con el fuego purísimo y refulgente
de su amor, penetra las almas santas y las llena por tal arte, que así como un
metal que sale de la fragua, sin dejar de ser metal reluce y deslumbra, y es
todo fuego, así las almas se hinchen de Dios, y en todo son Dios, penetradas
por donde quiera de Dios, en gracia del amor divino. Estas almas se aman y se
gozan entonces, como si amaran y gozaran a Dios: amándole y gozándole, porque
Dios son ellas. Subamos, juntos en espíritu, esta mística y difícil escala:
asciendan a la par nuestras almas a esta bienaventuranza, que aun en la vida
mortal es posible; mas para ello es fuerza que nuestros cuerpos se separen; que
yo vaya a donde me llama mi deber, mi promesa y la voz del Altísimo, que
dispone de su siervo y le destina al culto de sus altares.
—¡Ay, Sr. D. Luis!—replicó Pepita toda desolada y compungida—. Ahora
conozco cuán vil es el metal del que estoy forjada y cuán indigno de que le
penetre y mude el fuego divino. Lo declararé todo, desechando hasta la
vergüenza. Soy una pecadora infernal. Mi espíritu grosero e inculto no alcanza
esas sutilezas, esas distinciones, esos refinamientos de amor. Mi voluntad
rebelde se niega a lo que Vd. propone. Yo ni siquiera concibo a Vd. sin Vd.
Para mí es Vd. su boca, sus ojos, sus negros cabellos, que deseo acariciar con
mis manos, su dulce voz y el regalado acento de sus palabras que hieren y
encantan materialmente mis oídos, toda su forma corporal, en suma, que me
enamora y seduce, y al través de la cual, y sólo al través de la cual se me
muestra el espíritu invisible, vago y lleno de misterios. Mi alma, reacia e
incapaz de esos raptos misteriosos, no acertará a seguir a Vd. nunca a las
regiones donde quiere llevarla. Si Vd. se eleva hasta ellas, yo me quedaré
sola, abandonada, sumida en la mayor aflicción. Prefiero morirme. Merezco la
muerte: la deseo. Tal vez al morir, desatando o rompiendo mi alma estas infames
cadenas que la detienen, se haga hábil para ese amor con que Vd. desea que nos
amemos. Máteme Vd. antes, para que nos amemos así; máteme Vd. antes, y, ya
libre mi espíritu, le seguirá por todas las regiones y peregrinará invisible al
lado de usted velando su sueño, contemplándole con arrobo, penetrando sus
pensamientos más ocultos, viendo en realidad su alma, sin el intermedio de los
sentidos. Pero viva, no puede ser. Yo amo en Vd., no ya sólo el alma, sino el
cuerpo, y la sombra del cuerpo, y el reflejo del cuerpo en los espejos y en el
agua, y el nombre, y el apellido, y la sangre, y todo aquello que le determina
como tal D. Luis de Vargas; el metal de la voz, el gesto, el modo de andar y no
sé qué más diga. Repito que es menester matarme. Máteme Vd. sin compasión. No:
yo no soy cristiana, sino idólatra materialista.
Aquí hizo Pepita una larga pausa. D. Luis no sabía qué decir y callaba.
El llanto bañaba las mejillas de Pepita, la cual prosiguió sollozando:
—Lo conozco: Vd. me desprecia y hace bien en despreciarme. Con ese justo
desprecio me matará usted mejor que con un puñal, sin que se manche de sangre
ni su mano ni su conciencia. Adiós. Voy a libertar a Vd. de mi presencia
odiosa. Adiós para siempre.
Dicho esto, Pepita se levantó de su asiento, y sin volver la cara
inundada de lágrimas, fuera de sí, con precipitados pasos se lanzó hacia la
puerta que daba a las habitaciones interiores. D. Luis sintió una invencible
ternura, una piedad funesta. Tuvo miedo de que Pepita muriese. La siguió para
detenerla, pero no llegó a tiempo, Pepita pasó la puerta. Su figura se perdió
en la oscuridad. Arrastrado D. Luis como por un poder sobrehumano, impulsado
como por una mano invisible, penetró en pos de Pepita en la estancia sombría.
El despacho quedó solo.
El baile de los criados debía de haber concluido, pues no se oía el más
leve rumor. Sólo sonaba el agua de la fuente del jardincillo.
Ni un leve soplo de viento interrumpía el sosiego de la noche y la
serenidad del ambiente. Penetraban por la ventana el perfume de las flores y el
resplandor de la luna.
Al cabo de un largo rato, D. Luis apareció de nuevo, saliendo de la
oscuridad. En su rostro se veía pintado el terror; algo de la desesperación de
Judas.
Se dejó caer en una silla: puso ambos puños cerrados en su cara y en sus
rodillas ambos codos, y así permaneció más de media hora sumido sin duda en un
mar de reflexiones amargas.
Cualquiera, si le hubiera visto, hubiera sospechado que acababa de
asesinar a Pepita.
Pepita, sin embargo, apareció después. Con paso lento, con actitud de
profunda melancolía, con el rostro y la mirada inclinados al suelo, llegó hasta
cerca de donde estaba D. Luis, y dijo de este modo:
—Ahora, aunque tarde, conozco toda la vileza de mi corazón y toda la
iniquidad de mi conducta. Nada tengo que decir en mi abono; mas no quiero que
me creas más perversa de lo que soy. Mira, no pienses que ha habido en mí
artificio, ni cálculo, ni plan para perderte. Sí, ha sido una maldad atroz,
pero instintiva; una maldad inspirada quizá por el espíritu del infierno que me
posee. No te desesperes ni te aflijas, por amor de Dios. De nada eres
responsable. Ha sido un delirio: la enajenación mental se apoderó de tu noble
alma. No es en ti el pecado sino muy leve. En mí es grave, horrible,
vergonzoso. Ahora te merezco menos que nunca. Vete: yo soy ahora quien te pide
que te vayas. Vete: haz penitencia. Dios te perdonará. Vete: que un sacerdote
te absuelva. Limpio de nuevo de culpa, cumple tu voluntad y sé ministro del
Altísimo. Con tu vida trabajosa y santa, no sólo borrarás hasta las últimas
señales de esta caída sino que después de perdonarme el mal que te he hecho,
conseguirás del cielo mi perdón. No hay lazo alguno que conmigo te ligue; y si
lo hay, yo le desato o le rompo. Eres libre. Básteme el haber hecho caer por
sorpresa al lucero de la mañana; no quiero, ni debo, ni puedo retenerle
cautivo. Lo adivino, lo infiero de tu ademán, lo veo con evidencia; ahora me
desprecias más que antes, y tienes razón en despreciarme. No hay honra, ni
virtud, ni vergüenza en mí.
Al decir esto, Pepita hincó en tierra ambas rodillas y se inclinó luego
hasta tocar con la frente el suelo del despacho. D. Luis siguió en la misma
postura que antes tenía. Así estuvieron los dos algunos minutos en desesperado
silencio.
Con voz ahogada, sin levantar la faz de la tierra, prosiguió al cabo
Pepita:
—Vete ya, D. Luis, y no por una piedad afrentosa permanezcas más tiempo
al lado de esta mujer miserable. Yo tendré valor para sufrir tu desvío, tu
olvido y hasta tu desprecio, que tengo tan merecido. Seré siempre tu esclava,
pero lejos de ti, muy lejos de ti, para no traerte a la memoria la infamia de
esta noche.
Los gemidos sofocaron la voz de Pepita, al terminar estas palabras.
D. Luis no pudo más. Se puso en pie, llegó donde estaba Pepita y la
levantó entre sus brazos, estrechándola contra su corazón, apartando
blandamente de su cara los rubios rizos que en desorden caían sobre ella, y
cubriéndola de apasionados besos.
—Alma mía—dijo por último don Luis—, vida de mi alma, prenda querida de
mi corazón, luz de mis ojos, levanta la abatida frente y no te prosternes más
delante de mí. El pecador, el flaco de voluntad, el miserable, el sandio y el
ridículo soy yo que no tú. Los ángeles y los demonios deben reírse igualmente
de mí y no tomarme por lo serio. He sido un santo postizo, que no he sabido
resistir y desengañarte desde el principio, como hubiera sido justo; y ahora no
acierto tampoco a ser un caballero, un galán, un amante fino, que sabe
agradecer en cuanto valen los favores de su dama. No comprendo qué viste en mí
para prendarte de ese modo. Jamás hubo en mí virtud sólida, sino hojarasca y
pedantería de colegial, que había leído los libros devotos como quien lee novelas,
y con ellos se había forjado su novela necia de misiones y contemplaciones. Si
hubiera habido virtud sólida en mí, con tiempo te hubiera desengañado y no
hubiéramos pecado ni tú ni yo. La verdadera virtud no cae tan fácilmente. A
pesar de toda tu hermosura, a pesar de tu talento, a pesar de tu amor hacia mí,
no, yo no hubiera caído, si en realidad hubiera sido virtuoso, si hubiera
tenido una vocación verdadera. Dios, que todo lo puede, me hubiera dado su
gracia. Un milagro, sin duda, algo de sobrenatural se requería para resistir a
tu amor; pero Dios hubiera hecho el milagro si yo hubiera sido digno objeto y
bastante razón para que le hiciera. Haces mal en aconsejarme que sea sacerdote.
Reconozco mi indignidad. No era más que orgullo lo que me movía. Era una
ambición mundana como otra cualquiera. ¡Qué digo como otra cualquiera! Era
peor: era una ambición hipócrita, sacrílega, simoniaca.
—No te juzgues con tal dureza—replicó Pepita, ya más serena y sonriendo
a través de las lágrimas—. No deseo que te juzgues así, ni para que no me
halles tan indigna de ser tu compañera; pero quiero que me elijas por amor,
libremente, no para reparar una falta, no porque has caído en un lazo que
pérfidamente puedes sospechar que te he tendido. Vete, si no me amas, si
sospechas de mí, si no me estimas. No exhalarán mis labios una queja, si para
siempre me abandonas y no vuelves a acordarte de mí…
La contestación de D. Luis no cabía ya en el estrecho y mezquino tejido
del lenguaje humano. Don Luis rompió el hilo del discurso de Pepita, sellando
los labios de ella con los suyos y abrazándola de nuevo.
Bastante más tarde, con previas toses y resonar de pies, entró Antoñona
en el despacho diciendo:
—¡Vaya una plática larga! Este sermón que ha predicado el colegial no ha
sido el de las siete palabras, sino que ha estado a punto de ser el de las
cuarenta horas. Tiempo es ya de que te vayas, don Luis. Son cerca de las dos de
la mañana.
—Bien está—dijo Pepita—, se irá al momento.
Antoñona volvió a salir del despacho, y aguardó fuera.
Pepita estaba transformada. Las alegrías que no había tenido en su
niñez, el gozo y el contento de que no había gustado en los primeros años de su
juventud, la bulliciosa actividad y travesura que una madre adusta y un marido
viejo habían contenido y como represado en ella hasta entonces, se diría que
brotaron de repente en su alma, como retoñan las hojas verdes de los árboles,
cuando las nieves y los hielos de un invierno rigoroso y dilatado han retardado
su germinación.
Una señora de ciudad, que conoce lo que llamamos conveniencias
sociales, hallará extraño y hasta censurable lo que voy a decir de Pepita;
pero Pepita, aunque elegante de suyo, era una criatura muy a lo natural, y en
quien no cabían la compostura disimulada y toda la circunspección que en el
gran mundo se estilan. Así es que, vencidos los obstáculos que se oponían a su
dicha, viendo ya rendido a D. Luis, teniendo su promesa espontánea de que la
tomaría por mujer legítima, y creyéndose con razón amada, adorada, de aquél a
quien amaba y adoraba tanto, brincaba y reía y daba otras muestras de júbilo,
que, en medio de todo, tenían mucho de infantil y de inocente.
Era menester que D. Luis partiera. Pepita fue por un peine y le alisó
con amor los cabellos, besándoselos después.
Pepita le hizo mejor el lazo de la corbata.
—Adiós, dueño amado—le dijo—. Adiós, dulce rey de mi alma. Yo se lo diré
todo a tu padre, si tú no quieres atreverte. Él es bueno y nos perdonará.
Al cabo los dos amantes se separaron.
Cuando Pepita se vio sola, su bulliciosa alegría se disipó, y su rostro
tomó una expresión grave y pensativa.
Pepita pensó dos cosas igualmente serias: una de interés mundano, otra
de más elevado interés. Lo primero en que pensó fue en que su conducta de
aquella noche, pasada la embriaguez del amor, pudiera perjudicarle en el
concepto de D. Luis. Pero hizo severo examen de conciencia, y, reconociendo que
ella no había puesto ni malicia, ni premeditación en nada, y que cuanto hizo
nació de un amor irresistible y de nobles impulsos, consideró que don Luis no
podía menospreciarla nunca, y se tranquilizó por este lado. No obstante, aunque
su confesión candorosa de que no entendía el mero amor de los espíritus y
aunque su fuga a lo interior de la alcoba sombría había sido obra del instinto
más inocente, sin prever los resultados, Pepita no se negaba que había pecado
después contra Dios, y en este punto no hallaba disculpa. Encomendose, pues, de
todo corazón a la Virgen para que la perdonase: hizo promesa a la imagen de la
Soledad, que había en el convento de monjas, de comprar siete lindas espadas de
oro, de sutil y prolija labor, con que adornar su pecho; y determinó ir a
confesarse al día siguiente con el vicario y someterse a la más dura penitencia
que le impusiera para merecer la absolución de aquellos pecados, merced a los
cuales venció la terquedad de D. Luis, quien de lo contrario hubiera llegado a
ser cura, sin remedio.
Mientras Pepita discurría así allá en su mente, y resolvía con tanto
tino sus negocios del alma, don Luis bajó hasta el zaguán, acompañado por
Antoñona.
Antes de despedirse dijo D. Luis sin preparación ni rodeos:
—Antoñona, tú que lo sabes todo, dime, quién es el conde de Genazahar y
qué clase de relaciones ha tenido con tu ama.
—Temprano empiezas a mostrarte celoso.
—No son celos; es curiosidad solamente.
—Mejor es así. Nada más fastidioso que los celos. Voy a satisfacer tu
curiosidad. Ese conde está bastante tronado. Es un perdido, jugador y mala
cabeza; pero tiene más vanidad que D. Rodrigo en la horca. Se empeñó en que mi
niña le quisiera y se casase con él, y como la niña le ha dado mil veces
calabazas, está que trina. Esto no impide que se guarde por allá más de mil
duros, que hace años le prestó don Gumersindo, sin más hipoteca que un
papelucho, por culpa y a ruegos de Pepita, que es mejor que el pan. El tonto
del conde creyó sin duda que Pepita, que fue tan buena de casada que hizo que
le diesen dinero, había de ser de viuda tan rebuena para él que le había de
tomar por marido. Vino después el desengaño con la furia consiguiente.
—Adiós, Antoñona—dijo D. Luis y se salió a la calle, silenciosa ya y
sombría.
Las luces de las tiendas y puestos de la feria se habían apagado y la
gente se retiraba a dormir, salvo los amos de las tiendas de juguetes y otros
pobres buhoneros, que dormían al sereno al lado de sus mercancías.
En algunas rejas, seguían aún varios embozados, pertinaces e
incansables, pelando la pava con sus novias. La mayoría había desaparecido ya.
En la calle, lejos de la vista de Antoñona, don Luis dio rienda suelta a
sus pensamientos. Su resolución estaba tomada, y todo acudía a su mente a
confirmar su resolución. La sinceridad y el ardor de la pasión que había
inspirado a Pepita, su hermosura, la gracia juvenil de su cuerpo y la lozanía
primaveral de su alma, se le presentaban en la imaginación y le hacían dichoso.
Con cierta mortificación de la vanidad reflexionaba, no obstante, D.
Luis en el cambio que en él se había obrado. ¿Qué pensaría el deán? ¿Qué
espanto no sería el del obispo? Y sobre todo, ¿qué motivo tan grave de queja no
había dado D. Luis a su padre? Su disgusto, su cólera cuando supiese el
compromiso que ligaba a Luis con Pepita, se ofrecían al ánimo de D. Luis y le
inquietaban sobre manera.
En cuanto a lo que él llamaba su caída antes de caer, fuerza es confesar
que le parecía poco honda y poco espantosa después de haber caído. Su
misticismo, bien estudiado, con la nueva luz que acababa de adquirir, se le
antojó que no había tenido ser ni consistencia; que había sido un producto
artificial y vano de sus lecturas, de su petulancia de muchacho y de sus
ternuras sin objeto de colegial inocente. Cuando recordaba que a veces había
creído recibir favores y regalos sobrenaturales, y había oído susurros místicos
y había estado en conversación interior, y casi había empezado a caminar por la
vía unitiva, llegando a la oración de quietud, penetrando en el abismo del alma
y subiendo al ápice de la mente, D. Luis se sonreía y sospechaba que no había
estado por completo en su juicio. Todo había sido presunción suya. Ni él había
hecho penitencia, ni él había vivido largos años en contemplación, ni él tenía
ni había tenido merecimientos bastantes para que Dios le favoreciese con
distinciones tan altas. La mayor prueba que se daba a sí propio de todo esto,
la mayor seguridad de que los regalos sobrenaturales de que había gozado eran
sofísticos, eran simples recuerdos de los autores que leía, nacía de que nada
de eso había deleitado tanto su alma como un te amo de Pepita,
como el toque delicadísimo de una mano de Pepita jugando con los negros rizos
de su cabeza.
Don Luis apelaba a otro género de humildad cristiana para justificar a
sus ojos lo que ya no quería llamar caída, sino cambio. Se confesaba indigno de
ser sacerdote, y se allanaba a ser lego, casado, vulgar, un buen lugareño
cualquiera, cuidando de las viñas y los olivos, criando a sus hijos, pues ya
los deseaba, y siendo modelo de maridos al lado de su Pepita.
Aquí vuelvo yo, como responsable que soy de la publicación y divulgación
de esta historia, a creerme en la necesidad de interpolar varias reflexiones y
aclaraciones de mi cosecha.
Dije al empezar que me inclinaba a creer que esta parte narrativa
o Paralipómenos era obra del señor deán, a fin de completar el
cuadro y acabar de relatar los sucesos que las cartas no relatan; pero entonces
aún no había yo leído con detención el manuscrito. Ahora, al notar la libertad
con que se tratan ciertas materias y la manga ancha que tiene el autor para
algunos deslices, dudo de que el señor deán, cuya rigidez sé de buena tinta,
haya gastado la de su tintero en escribir lo que el lector habrá leído. Sin
embargo, no hay bastante razón para negar que sea el señor deán el autor de
los Paralipómenos.
La duda queda en pie porque, en el fondo, nada hay en ellos que se
oponga a la verdad católica ni a la moral cristiana. Por el contrario, si bien
se examina, se verá que sale de todo una lección contra los orgullosos y
soberbios, con ejemplar escarmiento en la persona de D. Luis. Esta historia
pudiera servir sin dificultad de apéndice a los Desengaños místicos del
Padre Arbiol.
En cuanto a lo que sostienen dos o tres amigos míos discretos, de que el
señor deán, a ser el autor, hubiera referido los sucesos de otro modo,
diciendo mi sobrino al hablar de D. Luis, y poniendo sus
consideraciones morales de vez en cuando, no creo que es argumento de gran
valer. El señor deán se propuso contar lo ocurrido y no probar ninguna tesis, y
anduvo atinado en no meterse en dibujos y en no sacar moralejas. Tampoco hizo
mal, en mi sentir, en ocultar su personalidad y en no mentar su yo, lo cual no
sólo demuestra su humildad y modestia, sino buen gusto literario, porque los
poetas épicos y los historiadores, que deben servir de modelo, no dicen yo,
aunque hablen de ellos mismos y ellos mismos sean héroes y actores de los casos
que cuentan. Jenofonte Ateniense, pongo por caso, no dice yo en su Anábasis,
sino se nombra en tercera persona cuando es menester, como si fuera uno el que
escribió y otro el que ejecutó aquellas hazañas. Y aun así, pasan no pocos
capítulos de la obra sin que aparezca Jenofonte. Sólo poco antes de darse la
famosa batalla en que murió el joven Ciro, revistando este príncipe a los
griegos y bárbaros que formaban su ejército, y estando ya cerca el de su
hermano Artajerjes, que había sido visto desde muy lejos en la extensa llanura
sin árboles, primero como nubecilla blanca, luego como mancha negra, y por
último, con claridad y distinción, oyéndose el relinchar de los caballos, el
rechinar de los carros de guerra, armados de truculentas hoces, el gruñir de
los elefantes y el son de los instrumentos bélicos, y viéndose el resplandor del
bronce y del oro de las armas iluminadas por el sol; sólo en aquel instante,
digo, y no de antemano, se muestra Jenofonte y habla con Ciro, saliendo de las
filas y explicándole el murmullo que corría entre los griegos, el cual no era
otro que lo que llamamos santo y seña en el día, y que fue en
aquella ocasión Júpiter salvador y Victoria. El señor deán, que era
un hombre de gusto y muy versado en los clásicos, no había de incurrir en el
error de ingerirse y entreverarse en la historia a título de tío y ayo del
héroe, y de moler al lector saliendo a cada paso un tanto difícil y resbaladizo
con un párate ahí, con un ¿qué haces? ¡mira no te caigas, desventurado!
o con otras advertencias por el estilo. No chistar tampoco, ni oponerse en
alguna manera, hallándose presente, al menos en espíritu, sentaba mal en
algunos de los lances que van referidos. Por todo lo cual, a no dudarlo, el
señor deán, con la mucha discreción que le era propia, pudo escribir
estos Paralipómenos, sin dar la cara, como si dijéramos.
Lo que sí hizo fue poner glosas y comentarios de provechosa edificación,
cuando tal o cual pasaje lo requería; pero yo los suprimo aquí, porque no están
en moda las novelas anotadas o glosadas, y porque sería voluminosa esta
obrilla, si se imprimiese con los mencionados requisitos.
Pondré, no obstante, en este lugar, como única excepción e incluyéndola
en el texto, la nota del señor deán, sobre la rápida transformación de D. Luis
de místico en no místico. Es curiosa la nota, y derrama mucha luz sobre todo.
—Esta mudanza de mi sobrino—dice—, no me ha dado chasco. Yo la preveía
desde que me escribió las primeras cartas. Luisito me alucinó al principio.
Pensé que tenía una verdadera vocación, pero luego caí en la cuenta de que era
un vano espíritu poético; el misticismo fue la máquina de sus poemas, hasta que
se presentó otra máquina más adecuada.
¡Alabado sea Dios, que ha querido que el desengaño de Luisito llegue a
tiempo! ¡Mal clérigo hubiera sido si no acude tan en sazón Pepita Jiménez!
Hasta su impaciencia de alcanzar la perfección de un brinco hubiera debido
darme mala espina, si el cariño de tío no me hubiera cegado. Pues qué, ¿los
favores del cielo se consiguen enseguida? ¿No hay más que llegar y triunfar?
Contaba un amigo mío, marino, que cuando estuvo en ciertas ciudades de América,
era muy mozo, y pretendía a las damas con sobrada precipitación, y que ellas le
decían con un tonillo lánguido americano:—¡Apenas llega y ya quiere!… ¡Haga
méritos si puede!—. Si esto pudieron decir aquellas señoras, ¿qué no dirá el
cielo a los audaces que pretenden escalarle sin méritos y en un abrir y cerrar de
ojos? Mucho hay que afanarse, mucha purificación se necesita, mucha penitencia
se requiere, para empezar a estar bien con Dios y a gozar de sus regalos. Hasta
en las vanas y falsas filosofías, que tienen algo de místico, no hay don ni
favor sobrenatural, sin poderoso esfuerzo y costoso sacrificio. Jámblico no
tuvo poder para evocar a los genios del amor y hacerlos salir de la fuente de
Edgadara, sin haberse antes quemado las cejas a fuerza de estudio y sin haberse
maltratado el cuerpo con privaciones y abstinencias. Apolonio de Tiana se
supone que se maceró de lo lindo antes de hacer sus falsos milagros. Y en
nuestros días, los krausistas, que ven a Dios, según aseguran, con vista real,
tienen que leerse y aprenderse antes muy bien toda la Analítica de
Sanz del Río, lo cual es más dificultoso y prueba más paciencia y sufrimiento
que abrirse las carnes a azotes y ponérselas como una breva madura. Mi sobrino
quiso de bóbilis-bóbilis ser un varón perfecto, y… ¡vean ustedes en lo que ha
venido a parar! Lo que importa ahora es que sea un buen casado, y que, ya que
no sirve para grandes cosas, sirva para lo pequeño y doméstico, haciendo feliz
a esa muchacha que al fin no tiene otra culpa que la de haberse enamorado de él
como una loca, con un candor y un ímpetu selváticos.
Hasta aquí la nota del señor deán, escrita con desenfado íntimo, como
para él solo, pues bien ajeno estaba el pobre de que yo había de jugarle la
mala pasada de darla al público.
Sigamos ahora la narración.
Don Luis, en medio de la calle, a las dos de la noche, iba discurriendo,
como ya hemos dicho, en que su vida, que hasta allí había él soñado con que
fuese digna de la Leyenda áurea se convirtiese en un suavísimo
y perpetuo idilio. No había sabido resistir las asechanzas del amor terrenal;
no había sido como un sinnúmero de santos, y entre ellos San Vicente Ferrer con
cierta lasciva señora valenciana; pero tampoco era igual el caso; y si el salir
huyendo de aquella daifa endemoniada fue en San Vicente un acto de virtud
heroica, en él hubiera sido el salir huyendo del rendimiento, del candor y de
la mansedumbre de Pepita, algo de tan monstruoso y sin entrañas, como si cuando
Ruth se acostó a los pies de Booz, diciéndole Soy tu esclava; extiende
tu capa sobre tu sierva, Booz le hubiera dado un puntapié y la hubiera
mandado a paseo. D. Luis, cuando Pepita se le rendía, tuvo pues que imitar a
Booz y exclamar: Hija, bendita seas del Señor, que
has excedido tu primera bondad con ésta de ahora. Así se disculpaba D. Luis
de no haber imitado a San Vicente y a otros santos no menos ariscos. En cuanto
al mal éxito que tuvo la proyectada imitación de San Eduardo, también trataba
de cohonestarle y disculparle. San Eduardo se casó por razón de Estado, porque
los grandes del reino lo exigían, y sin inclinación hacia la reina Edita; pero
en él y en Pepita Jiménez no había razón de Estado, ni grandes ni pequeños,
sino amor finísimo de ambas partes.
De todos modos no se negaba D. Luis, y esto prestaba a su contento un
leve tinte de melancolía, que había destruido su ideal; que había sido vencido.
Los que jamás tienen ni tuvieron ideal alguno no se apuran por esto; pero D.
Luis se apuraba. D. Luis pensó desde luego en sustituir el antiguo y encumbrado
ideal con otro más humilde y fácil. Y si bien recordó a D. Quijote, cuando
vencido por el caballero de la Blanca Luna decidió hacerse pastor, maldito el
efecto que le hizo la burla, sino que pensó en renovar con Pepita Jiménez, en
nuestra edad prosaica y descreída, la edad venturosa y el piadosísimo ejemplo
de Filemón y de Baucis, tejiendo un dechado de vida patriarcal en aquellos
campos amenos; fundando en el lugar que le vio nacer un hogar doméstico lleno
de religión, que fuese a la vez asilo de menesterosos, centro de cultura y de
amistosa convivencia, y limpio espejo donde pudieran mirarse las familias; y
uniendo por último el amor conyugal con el amor de Dios, para que Dios
santificase y visitase la morada de ellos, haciéndola como templo, donde los
dos fuesen ministros y sacerdotes, hasta que dispusiese el cielo llevárselos
juntos a mejor vida.
Al logro de todo ello se oponían dos dificultades que era menester
allanar antes, y D. Luis se preparaba a allanarlas.
Era una el disgusto, quizás el enojo de su padre, a quien había
defraudado en sus más caras esperanzas. Era la otra dificultad de muy diversa
índole y en cierto modo más grave.
Don Luis, cuando iba a ser clérigo, estuvo en su papel no defendiendo a
Pepita de los groseros insultos del conde de Genazahar, sino con discursos
morales, y no tomando venganza de la mofa y desprecio con que tales discursos
fueron oídos. Pero, ahorcados ya los hábitos, y teniendo que declarar en
seguida que Pepita era su novia y que iba a casarse con ella, D. Luis, a pesar
de su carácter pacífico, de sus ensueños de humana ternura, y de las creencias
religiosas que en su alma quedaban íntegras, y que repugnaban todo medio
violento, no acertaba a compaginar con su dignidad el abstenerse de romper la
crisma al conde desvergonzado. De sobra sabía que el duelo es usanza bárbara;
que Pepita no necesitaba de la sangre del conde para quedar limpia de todas las
manchas de la calumnia, y hasta que el mismo conde, por mal criado y por bruto,
y no porque lo creyese, ni quizás por un rencor desmedido, había dicho tanto
denuesto. Sin embargo, a pesar de todas estas reflexiones, D. Luis conocía que
no se sufriría a sí propio durante toda su vida, y que por consiguiente no
llegaría a hacer nunca a gusto el papel de Filemón, si no empezaba por hacer el
de Fierabrás, dando al conde su merecido, si bien pidiendo a Dios que no le
volviese a poner en otra ocasión semejante.
Decidido, pues, al lance, resolvió llevarle a cabo enseguida. Y
pareciéndole feo y ridículo enviar padrinos, y hacer que trajesen en boca el
honor de Pepita, halló lo más razonable buscar camorra con cualquier otro
pretexto.
Supuso además que el conde, forastero y vicioso jugador, sería muy
posible que estuviese aún en el casino hecho un tahúr, a pesar de lo avanzado
de la noche, y D. Luis se fue derecho al casino.
El casino permanecía abierto, pero las luces del patio y de los salones
estaban casi todas apagadas. Sólo en un salón había luz. Allí se dirigió don
Luis, y desde la puerta vio al conde de Genazahar, que jugaba al monte,
haciendo de banquero. Cinco personas nada más apuntaban; dos eran forasteros
como el conde; las otras tres eran el capitán de caballería encargado de la
remonta, Currito y el médico. No podían disponerse las cosas más al intento de
D. Luis. Sin ser visto, por lo afanados que estaban en el juego, D. Luis los
vio, y apenas los vio, volvió a salir del casino, y se fue rápidamente a su
casa. Abrió un criado la puerta; preguntó D. Luis por su padre, y sabiendo que
dormía, para que no le sintiera ni se despertara, subió D. Luis de puntillas a
su cuarto con una luz, recogió unos tres mil reales que tenía de su peculio, en
oro, y se los guardó en el bolsillo. Dijo después al criado que le volviese a
abrir, y se fue al casino otra vez.
Entonces entró D. Luis en el salón donde jugaban, dando taconazos
recios, con estruendo y con aire de taco, como suele decirse. Los jugadores se
quedaron pasmados al verle.
—¡Tú por aquí a estas horas!—dijo Currito.
—¿De dónde sale Vd., curita?—dijo el médico.
—¿Viene Vd. a echarme otro sermón?—exclamó el conde.
—Nada de sermones—contestó D. Luis con mucha calma—. El mal efecto que
surtió el último que prediqué me ha probado con evidencia que Dios no me llama
por ese camino, y ya he elegido otro. Vd., señor conde, ha hecho mi conversión.
He ahorcado los hábitos; quiero divertirme, estoy en la flor de la mocedad y
quiero gozar de ella.
—Vamos, me alegro—interrumpió el conde—; pero cuidado, niño, que si la
flor es delicada, puede marchitarse y deshojarse temprano.
—Ya de eso cuidaré yo—replicó D. Luis—. Veo que se juega. Me siento
inspirado. Vd. talla. ¿Sabe Vd., señor conde, que tendría chiste que yo le
desbancase?
—Tendría chiste, ¿eh? ¡Vd. ha cenado fuerte!
—He cenado lo que me ha dado la gana.
—Respondonzuelo se va haciendo el mocito.
—Me hago lo que quiero.
—Voto va…—dijo el conde, y ya se sentía venir la tempestad, cuando el
capitán se interpuso y la paz se restableció por completo.
—Ea—dijo el conde, sosegado y afable—, desembaúle Vd. los dinerillos y
pruebe fortuna.
Don Luis se sentó a la mesa y sacó del bolsillo todo su oro. Su vista
acabó de serenar al conde, porque casi excedía aquella suma a la que tenía él
de banca, y ya imaginaba que iba a ganársela al novato.
—No hay que calentarse mucho la cabeza en este juego—dijo D. Luis—. Ya
me parece que le entiendo. Pongo dinero a una carta, y si sale la carta, gano,
y si sale la contraria, gana Vd.
—Así es, amiguito; tiene Vd. un entendimiento macho.
—Pues lo mejor es que no tengo sólo macho el entendimiento, sino también
la voluntad; y con todo, en el conjunto, disto bastante de ser un macho, como
hay tantos por ahí.
—¡Vaya si viene Vd. parlanchín y si saca alicantinas!
Don Luis se calló: jugó unas cuantas veces, y tuvo tan buena fortuna,
que ganó casi siempre.
El conde comenzó a cargarse.
—¿Si me desplumará el niño?—dijo—, Dios protege la inocencia.
Mientras que el conde se amostazaba, D. Luis sintió cansancio y fastidio
y quiso acabar de una vez.
—El fin de todo esto—dijo—es ver si yo me llevo esos dineros o si Vd. se
lleva los míos. ¿No es verdad, señor conde?
—Es verdad.
—Pues ¿para qué hemos de estar aquí en vela toda la noche? Ya va siendo
tarde, y siguiendo su consejo de Vd. debo recogerme para que la flor de mi
mocedad no se marchite.
—¿Qué es eso? ¿Se quiere Vd. largar? ¿Quiere Vd. tomar el olivo?
—Yo no quiero tomar olivo ninguno. Al contrario. Curro, dime tú: aquí,
en este montón de dinero, ¿no hay más que en la banca?
Currito miró, y contestó:
—Es indudable.
—¿Cómo explicaré—preguntó D. Luis—, que juego en un golpe cuanto hay en
la banca contra otro tanto?
—Eso se explica—respondió Currito—, diciendo: ¡copo!
—Pues, copo—dijo D. Luis dirigiéndose al conde—; va el copo y la red en
este rey de espadas, cuyo compañero hará de seguro su epifanía antes que su
enemigo el tres.
El conde que tenía todo su capital mueble en la banca, se asustó al
verle comprometido de aquella suerte; pero no tuvo más que aceptar.
Es sentencia del vulgo que los afortunados en amores son desgraciados al
juego: pero más cierta parece la contraria afirmación. Cuando acude la buena
dicha, acude para todo, y lo mismo cuando la desdicha acude.
El conde fue tirando cartas, y no salía ningún tres. Su emoción era
grande, por más que lo disimulaba. Por último, descubrió por la pinta el rey de
copas, y se detuvo.
—Tire Vd.—dijo el capitán.
—No hay para qué. El rey de copas. ¡Maldito sea! El curita me ha
desplumado. Recoja Vd. el dinero.
El conde echó con rabia la baraja sobre la mesa.
D. Luis recogió todo el dinero con indiferencia y reposo.
Después de un corto silencio, habló el conde:
—Curita es menester que me dé Vd. el desquite.
—No veo la necesidad.
—¡Me parece que entre caballeros!…
—Por esa regla el juego no tiene término—observó D. Luis—. Por esa
regla, lo mejor sería ahorrarse el trabajo de jugar.
—Déme Vd. el desquite—replicó el conde, sin atender a razones.
—Sea—dijo D. Luis—. Quiero ser generoso.
El conde volvió a tomar la baraja y se dispuso a echar nueva talla.
—Alto ahí—dijo D. Luis—; entendámonos antes. ¿Dónde está el dinero de la
nueva banca de Vd.?
El conde se quedó turbado y confuso.
—Aquí no tengo dinero—contestó—, pero me parece que sobra con mi
palabra.
D. Luis entonces, con acento grave y reposado, dijo:
—Señor conde, yo no tendría inconveniente en fiarme de la palabra de un
caballero y en llegar a ser su acreedor, si no temiese perder su amistad que
casi voy ya conquistando; pero, desde que vi esta mañana la crueldad con que
trató Vd. a ciertos amigos míos, que son sus acreedores, no quiero hacerme
culpado para con Vd. del mismo delito. No faltaba más sino que yo
voluntariamente incurriese en el enojo de Vd., prestándole dinero, que no me
pagaría, como no ha pagado, sino con injurias, el que debe a Pepita Jiménez.
Por lo mismo que el hecho era cierto, la ofensa fue mayor. El conde se
puso lívido de cólera, y ya de pie, pronto a venir a las manos con el colegial,
dijo con voz alterada:
—¡Mientes, deslenguado! ¡Voy a deshacerte entre mis manos, hijo de la
grandísima…!
Esta última injuria, que recordaba a D. Luis la falta de su nacimiento y
caía sobre el honor de la persona cuya memoria le era más querida y respetada,
no acabó de formularse, no acabó de llegar a sus oídos.
D. Luis, por encima de la mesa, que estaba entre él y el conde, con
agilidad asombrosa y con tino y fuerza, tendió el brazo derecho, armado de un
junco o bastoncillo flexible y cimbreante, y cruzó la cara de su enemigo,
levantándole al punto un verdugón amoratado.
No hubo ni grito, ni denuesto, ni alboroto posterior. Cuando empiezan
las manos, suelen callar las lenguas. El conde iba a lanzarse sobre D. Luis
para destrozarle si podía; pero la opinión había dado una gran vuelta desde
aquella mañana, y entonces estaba en favor de D. Luis. El capitán, el médico y
hasta Currito, ya con más ánimo, contuvieron al conde, que pugnaba y forcejeaba
ferozmente por desasirse.
—Dejadme libre; dejadme que le mate—decía.
—Yo no trato de evitar un duelo—dijo el capitán—. El duelo es
inevitable. Trato sólo de que no luchéis aquí como dos ganapanes. Faltaría a mi
decoro si presenciase tal lucha.
—Que vengan armas—dijo el conde—. No quiero retardar el lance ni un
minuto… En el acto… aquí.
—¿Queréis reñir al sable?—dijo el capitán.
—Bien está—respondió D. Luis.
—Vengan los sables—dijo el conde.
Todos hablaban en voz baja para que no se oyese nada en la calle. Los
mismos criados del casino, que dormían en sillas, en la cocina y en el patio,
no llegaron a despertarse.
D. Luis eligió para testigos al capitán y a Currito. El conde, a los dos
forasteros. El médico quedó para hacer su oficio, y enarboló la bandera de la
Cruz Roja.
Era todavía de noche. Se convino en hacer campo de batalla de aquel
salón, cerrando antes la puerta.
El capitán fue a su casa por los sables y los trajo al momento, debajo
de la capa que para ocultarlos se puso.
Ya sabemos que D. Luis no había empuñado en su vida un arma. Por
fortuna, el conde no era mucho más diestro en la esgrima, aunque nunca había
estudiado teología ni pensado en ser clérigo.
Las condiciones del duelo se redujeron a que, una vez el sable en la
mano, cada uno de los dos combatientes hiciese lo que Dios le diera a entender.
Se cerró la puerta de la sala.
Las mesas y las sillas se apartaron en un rincón para despejar el
terreno. Las luces se colocaron de un modo conveniente. D. Luis y el conde se
quitaron levitas y chalecos, quedaron en mangas de camisa y tomaron las armas.
Se hicieron a un lado los testigos. A una señal del capitán, empezó el combate.
Entre dos personas que no sabían parar ni defenderse la lucha debía ser
brevísima, y lo fue.
La furia del conde, retenida por algunos minutos, estalló y le cegó. Era
robusto, tenía unos puños de hierro, y sacudía con el sable una lluvia de tajos
sin orden ni concierto. Cuatro veces tocó a D. Luis, por fortuna siempre de
plano. Lastimó sus hombros, pero no le hirió. Menester fue de todo el vigor del
joven teólogo para no caer derribado a los tremendos golpes y con el dolor de
las contusiones. Todavía tocó el conde por quinta vez a D. Luis, y le dio en el
brazo izquierdo. Aquí la herida fue de filo, aunque de soslayo. La sangre de D.
Luis empezó a correr en abundancia. Lejos de contenerse un poco, el conde
arremetió con más ira, para herir de nuevo: casi se metió bajo el sable de D.
Luis. Éste, en vez de prepararse a parar, dejó caer el sable con brío y acertó
con una cuchillada en la cabeza del conde. La sangre salió con ímpetu y se
extendió por la frente y corrió sobre los ojos. Aturdido por el golpe, dio el
conde con su cuerpo en el suelo.
Toda la batalla fue negocio de algunos segundos.
D. Luis había estado sereno, como un filósofo estoico, a quien la dura
ley de la necesidad obliga a ponerse en semejante conflicto, tan contrario a
sus costumbres y modo de pensar; pero, no bien miró a su contrario por tierra,
bañado en sangre, y como muerto, D. Luis sintió una angustia grandísima y temió
que le diese una congoja. Él, que no se creía capaz de matar un gorrión, acaso
acababa de matar a un hombre. Él, que aún estaba resuelto a ser sacerdote, a
ser misionero, a ser ministro y nuncio del Evangelio, hacía cinco o seis horas,
había cometido o se acusaba de haber cometido en nada de tiempo todos los
delitos y de haber infringido todos los mandamientos de la ley de Dios. No
había quedado pecado mortal de que no se contaminase. Sus propósitos de santidad
heroica y perfecta se habían desvanecido primero. Sus propósitos de una
santidad más fácil, cómoda y burguesa, se desvanecían después. El
diablo desbarataba sus planes. Se le antojaba que ni siquiera podía ya ser un
Filemón cristiano, pues no era buen principio para el idilio perpetuo el de
rasgar la cabeza al prójimo de un sablazo.
El estado de D. Luis, después de las agitaciones de todo aquel día, era
el de un hombre que tiene fiebre cerebral.
Currito y el capitán, cada uno de un lado, le agarraron y llevaron a su
casa.
D. Pedro de Vargas se levantó sobresaltado cuando le dijeron que venía
su hijo herido. Acudió a verle, examinó las contusiones y la herida del brazo,
y vio que no eran de cuidado, pero puso el grito en el cielo diciendo que iba a
tomar venganza de aquella ofensa, y no se tranquilizó hasta que supo el lance,
y que D. Luis había sabido tomar venganza por sí, a pesar de su teología.
El médico vino poco después a curar a D. Luis, y pronosticó que en tres
o cuatro días estaría don Luis para salir a la calle, como si tal cosa. El
conde, en cambio, tenía para meses. Su vida, sin embargo, no corría peligro.
Había vuelto de su desmayo, y había pedido que le llevasen a su pueblo, que no
dista más que una legua del lugar en que pasaron estos sucesos. Habían buscado
un carricoche de alquiler y le habían llevado, yendo en su compañía su criado y
los dos forasteros que le sirvieron de testigos.
A los cuatro días del lance, se cumplieron en efecto los pronósticos del
doctor, y D. Luis, aunque magullado de los golpes y con la herida abierta aún,
estuvo en estado de salir, y prometiendo un restablecimiento completo en plazo
muy breve.
El primer deber que D. Luis creyó que necesitaba cumplir, no bien le
dieron de alta, fue confesar a su padre sus amores con Pepita y declararle su
intención de casarse con ella.
D. Pedro no había ido al campo ni se había empleado sino en cuidar a su
hijo durante la enfermedad. Casi siempre estaba a su lado acompañándole y
mimándole con singular cariño.
En la mañana del día 27 de Junio, después de irse el médico, D. Pedro
quedó solo con su hijo; y entonces la tan difícil confesión para D. Luis tuvo
lugar del modo siguiente.
—Padre mío—dijo D. Luis—, yo no debo seguir engañando a Vd. por más
tiempo. Hoy voy a confesar a Vd. mis faltas y a desechar la hipocresía.
—Muchacho, si es confesión lo que vas a hacer, mejor será que llames al
padre vicario. Yo tengo muy holgachón el criterio, y te absolveré de todo, sin
que mi absolución te valga para nada. Pero si quieres confiarme algún hondo
secreto como a tu mejor amigo, empieza, que te escucho.
—Lo que tengo que confiar a Vd. es una gravísima falta mía, y me da
vergüenza…
—Pues no tengas vergüenza con tu padre y di sin rebozo.
Aquí D. Luis, poniéndose muy colorado, y con visible turbación, dijo:
—Mi secreto es que estoy enamorado de… Pepita Jiménez, y que ella…
D. Pedro interrumpió a su hijo con una carcajada y continuó la frase:
—Y que ella está enamorada de ti, y que la noche de la velada de San
Juan estuviste con ella en dulces coloquios hasta las dos de la mañana, y que
por ella buscaste un lance con el conde de Genazahar a quien has roto la
cabeza. Pues, hijo, bravo secreto me confías. No hay perro ni gato en el lugar
que no esté ya al corriente de todo. Lo único que parecía posible ocultar era
la duración del coloquio hasta las dos de la mañana, pero unas gitanas
buñoleras te vieron salir de la casa y no pararon hasta contárselo a todo bicho
viviente. Pepita, además, no disimula cosa mayor; y hace bien, porque sería el
disimulo de Antequera… Desde que estás enfermo viene aquí Pepita dos veces al
día, y otras dos o tres veces envía a Antoñona a saber de tu salud, y si no han
entrado a verte, es porque yo me he opuesto para que no te alborotes.
La turbación y el apuro de D. Luis subieron de punto cuando oyó contar a
su padre toda la historia en lacónico compendio.
—¡Qué sorpresa!—dijo—, ¡qué asombro habrá sido el de Vd.!
—Nada de sorpresa, ni de asombro, muchacho. En el lugar sólo se saben
las cosas hace cuatro días, y la verdad sea dicha, ha pasmado tu
transformación. ¡Miren el cógelas a tientas y mátalas callando, miren el
santurrón y el gatito muerto, exclaman las gentes, con lo que ha venido a
descolgarse! El padre vicario, sobre todo, se ha quedado turulato. Todavía está
haciéndose cruces, al considerar cuánto trabajaste en la viña del Señor en la
noche del 23 al 24, y cuán variados y diversos fueron tus trabajos. Pero a mí
no me cogieron las noticias de susto, salvo tu herida. Los viejos sentimos
crecer la yerba. No es fácil que los pollos engañen a los recoveros.
—Es verdad: he querido engañar a Vd. ¡He sido un hipócrita!
—No seas tonto: no lo digo por motejarte. Lo digo para darme tono de
perspicaz. Pero hablemos con franqueza: mi jactancia es inmotivada. Yo sé punto
por punto el progreso de tus amores con Pepita, desde hace más de dos meses;
pero lo sé porque tu tío el deán, a quien escribías tus impresiones, me lo ha
participado todo. Oye la carta acusadora de tu tío, y oye la contestación que
le di, documento importantísimo de que he guardado minuta.
D. Pedro sacó del bolsillo unos papeles y leyó lo que sigue:
Carta del deán.—«Mi querido hermano: Siento en el alma tener que
darte una mala noticia; pero confío en Dios que habrá de concederte paciencia y
sufrimiento bastantes para que no te enoje y acibare demasiado. Luisito me
escribe, hace días, extrañas cartas, donde descubro, al través de su exaltación
mística, una inclinación harto terrenal y pecaminosa hacia cierta viudita,
guapa, traviesa y coquetísima, que hay en ese lugar. Yo me había engañado hasta
aquí, creyendo firme la vocación de Luisito, y me lisonjeaba de dar en él a la
Iglesia de Dios un sacerdote sabio, virtuoso y ejemplar; pero las cartas
referidas han venido a destruir mis ilusiones. Luisito se muestra en ellas más
poeta que verdadero varón piadoso, y la viuda, que ha de ser de la piel de
Barrabás, le rendirá con poco que haga. Aunque yo escribo a Luisito
amonestándole para que huya de la tentación, doy ya por seguro que caerá en
ella. No debiera esto pesarme, porque si ha de faltar y ser galanteador y
cortejante, mejor es que su mala condición se descubra con tiempo y no llegue a
ser clérigo. No vería yo, por lo tanto, grave inconveniente en que Luisito
siguiera ahí, y fuese ensayado y analizado en la piedra de toque y crisol de
tales amores, a fin de que la viudita fuese el reactivo por medio del cual se
descubriera el oro puro de sus virtudes clericales o la baja liga con que el
oro está mezclado; pero tropezamos con el escollo de que la dicha viuda, que
habíamos de convertir en fiel contraste, es tu pretendida y no sé si tu
enamorada. Pasaría, pues, de castaño oscuro el que resultase tu hijo rival
tuyo. Esto sería un escándalo monstruoso, y, para evitarle con tiempo, te
escribo hoy, a fin de que, pretextando cualquiera cosa, envíes o traigas a
Luisito por aquí, cuanto antes mejor».
Don Luis escuchaba en silencio y con los ojos bajos. Su padre continuó:
—A esta carta del deán contesté lo que sigue:
Contestación.—«Hermano querido y venerable padre espiritual:
mil gracias te doy por las noticias que me envías y por tus avisos y consejos.
Aunque me precio de listo, confieso mi torpeza en esta ocasión. La vanidad me
cegaba. Pepita Jiménez, desde que vino mi hijo, se me mostraba tan afable y
cariñosa que yo me las prometía felices. Ha sido menester tu carta para hacerme
caer en la cuenta. Ahora comprendo que, al haberse humanizado, al hacerme
tantas fiestas y al bailarme el agua delante, no miraba en mí la pícara de Pepita
sino al papá del teólogo barbilampiño. No te lo negaré: me mortificó y afligió
un poco este desengaño en el primer momento; pero después lo reflexioné todo
con la madurez debida, y mi mortificación y mi aflicción se convirtieron en
gozo. El chico es excelente. Yo le he tomado mucho más afecto desde que está
conmigo. Me separé de él y te le entregué para que le educases, porque mi vida
no era muy ejemplar, y en este pueblo, por lo dicho y por otras razones, se
hubiera criado como un salvaje. Tú fuiste más allá de mis esperanzas y aun de
mis deseos, y por poco no sacas de Luisito un Padre de la Iglesia. Tener un
hijo santo hubiera lisonjeado mi vanidad; pero hubiera sentido yo quedarme sin
un heredero de mi casa y nombre, que me diese lindos nietos, y que después de
mi muerte disfrutase de mis bienes, que son mi gloria, porque los he adquirido
con ingenio y trabajo, y no haciendo fullerías y chanchullos. Tal vez la
persuasión en que estaba yo de que no había remedio, de que Luis iba a
catequizar a los chinos, a los indios y a los negritos de Monicongo, me decidió
a casarme para dilatar mi sucesión. Naturalmente puse mis ojos en Pepita
Jiménez, que no es de la piel de Barrabás como imaginas, sino una criatura
remonísima, más bendita que los cielos y más apasionada que coqueta. Tengo tan
buena opinión de Pepita que si volviese ella a tener diez y seis años y una
madre imperiosa que la violentara, y yo tuviese ochenta años como D.
Gumersindo, esto es, si viera ya la muerte en puertas, tomaría a Pepita por mujer
para que me sonriese al morir como si fuera el ángel de mi guarda que había
revestido cuerpo humano, y para dejarle mi posición, mi caudal y mi nombre.
Pero ni Pepita tiene ya diez y seis años, sino veinte, ni está sometida al
culebrón de su madre, ni yo tengo ochenta años, sino cincuenta y cinco. Estoy
en la peor edad, porque empiezo a sentirme harto averiado, con un poquito de
asma, mucha tos, bastantes dolores reumáticos y otros alifafes, y sin embargo,
maldita la gana que tengo de morirme. Creo que ni en veinte años me moriré, y
como le llevo veinticinco a Pepita, calcula el desastroso porvenir que le
aguardaba con este viejo perdurable. Al cabo de los pocos años de casada
conmigo hubiera tenido que aborrecerme, a pesar de lo buena que es. Porque es buena
y discreta no ha querido, sin duda, aceptarme por marido, a pesar de la
insistencia y de la obstinación con que se lo he propuesto. ¡Cuánto se lo
agradezco ahora! La misma puntita de vanidad lastimada por sus desdenes se
embota ya al considerar que, si no me ama, ama mi sangre; se prenda del hijo
mío. Si no quiere esta fresca y lozana yedra enlazarse al viejo tronco,
carcomido ya, trepe por él, me digo, para subir al renuevo tierno y al verde y
florido pimpollo. Dios los bendiga a ambos y prospere estos amores. Lejos de
llevarte al chico otra vez, le retendré aquí, hasta por fuerza, si es
necesario. Me decido a conspirar contra su vocación. Sueño ya con verle casado.
Me voy a remozar contemplando a la gentil pareja, unida por el amor. ¿Y cuando
me den unos cuantos chiquillos? En vez de ir de misionero y de traerme de
Australia o de Madagascar o de la India varios neófitos, con jetas de a palmo,
negros como la tizna, o amarillos como el estezado y con ojos de mochuelo, ¿no
será mejor que Luisito predique en casa, y me saque en abundancia una serie de
catecumenillos rubios, sonrosados, con ojos como los de Pepita, y que parezcan
querubines sin alas? Los catecúmenos que me trajese de por allá, sería menester
que estuvieran a respetable distancia para que no me inficionasen, y éstos de
por acá me olerían a rosas del paraíso, y vendrían a ponerse sobre mis
rodillas, y jugarían conmigo, y me besarían, y me llamarían abuelito, y me
darían palmaditas en la calva, que ya voy teniendo. ¿Qué quieres? Cuando estaba
yo en todo mi vigor, no pensaba en las delicias domésticas; mas ahora, que
estoy tan próximo a la vejez, si ya no estoy en ella, como no me he de hacer
cenobita, me complazco en esperar que haré el papel de patriarca. Y no
entiendas que voy a limitarme a esperar que cuaje el naciente noviazgo, sino
que he de trabajar para que cuaje. Siguiendo tu comparación, pues que
transformas a Pepita en crisol, y a Luis en metal, yo buscaré o tengo buscado
ya un fuelle o soplete utilísimo, que contribuya a avivar el fuego para que el
metal se derrita pronto. Este soplete es Antoñona, nodriza de Pepita, muy
lagarta, muy sigilosa y muy afecta a su dueño. Antoñona se entiende ya conmigo,
y por ella sé que Pepita está muerta de amores. Hemos convenido en que yo siga
haciendo la vista gorda y no dándome por entendido de nada. El padre vicario,
que es un alma de Dios, siempre en Babia, me sirve tanto o más que Antoñona,
sin advertirlo él: porque todo se le vuelve a hablar de Luis con Pepita, y de
Pepita con Luis; de suerte que este excelente señor, con medio siglo en cada
pata, se ha convertido ¡oh milagro del amor y de la inocencia! en palomito
mensajero, con quien los dos amantes se envían sus requiebros y finezas,
ignorándolo también ambos. Tan poderosa combinación de medios naturales y
artificiales debe dar un resultado infalible. Ya te le diré al darte parte de
la boda, para que vengas a hacerla, o envíes a los novios tu bendición y un
buen regalo».
Así acabó D. Pedro de leer su carta, y al volver a mirar a D. Luis, vio
que D. Luis había estado escuchando con los ojos llenos de lágrimas.
El padre y el hijo se dieron un abrazo muy apretado y muy prolongado.
Al mes justo de esta conversación y de esta lectura, se celebraron las
bodas de D. Luis de Vargas y de Pepita Jiménez.
Temeroso el señor deán de que su hermano le embromase demasiado con que
el misticismo de Luisito había salido huero, y conociendo además que su papel
iba a ser poco airoso en el lugar, donde todos dirían que tenía mala mano para
sacar santos, dio por pretexto sus ocupaciones y no quiso venir, aunque envió
su bendición y unos magníficos zarcillos, como presente para Pepita.
El padre vicario tuvo, pues, el gusto de casarla con D. Luis.
La novia, muy bien engalanada, pareció hermosísima a todos, y digna de
trocarse por el cilicio y las disciplinas.
Aquella noche dio D. Pedro un baile estupendo en el patio de su casa y
salones contiguos. Criados y señores, hidalgos y jornaleros, las señoras y
señoritas y las mozas del lugar, asistieron y se mezclaron en él, como en la
soñada primera edad del mundo, que no sé por qué llaman de oro. Cuatro
diestros, o si no diestros, infatigables guitarristas, tocaron el fandango. Un
gitano y una gitana, famosos cantadores, entonaron las coplas más amorosas y
alusivas a las circunstancias. Y el maestro de escuela leyó un epitalamio, en
verso heroico.
Hubo hojuelas, pestiños, gajorros, rosquillas, mostachones, bizcotelas y
mucho vino para la gente menuda. El señorío se regaló con almíbares, chocolate,
miel de azahar y miel de prima, y varios rosolis y mistelas aromáticas y
refinadísimas.
D. Pedro estuvo hecho un cadete: bullicioso, bromista y galante. Parecía
que era falso lo que declaraba en su carta al deán, del reúma y demás alifafes.
Bailó el fandango con Pepita, con sus más graciosas criadas y con otras seis o
siete mozuelas. A cada una, al volverla a su asiento, cansada ya, le dio con
efusión el correspondiente y prescrito abrazo, y a las menos serias, algunos
pellizcos, aunque esto no forma parte del ceremonial. D. Pedro llevó su
galantería hasta el extremo de sacar a bailar a doña Casilda, que no pudo
negarse, y que, con sus diez arrobas de humanidad y los calores de Julio,
vertía un chorro de sudor por cada poro. Por último, don Pedro atracó de tal
suerte a Currito, y le hizo brindar tantas veces por la felicidad de los nuevos
esposos, que el mulero Dientes tuvo que llevarle a su casa a dormir la mona,
terciado en una borrica como un pellejo de vino.
El baile duró hasta las tres de la madrugada; pero los novios se
eclipsaron discretamente antes de las once y se fueron a casa de Pepita. D.
Luis volvió a entrar con luz, con pompa y majestad, y como dueño legítimo y
señor adorado, en aquella limpia alcoba, donde poco más de un mes antes había
entrado a oscuras, lleno de turbación y zozobra.
Aunque en el lugar es uso y costumbre, jamás interrumpida, dar una
terrible cencerrada a todo viudo o viuda que contrae segundas nupcias, no
dejándolos tranquilos con el resonar de los cencerros en la primera noche del
consorcio, Pepita era tan simpática y don Pedro tan venerado y D. Luis tan
querido, que no hubo cencerros ni el menor conato de que resonasen aquella
noche: caso raro que se registra como tal en los anales del pueblo.
-III-
Epílogo. Cartas de mi hermano
La historia de Pepita y Luisito debiera terminar aquí. Este epílogo está
de sobra; pero el señor deán le tenía en el legajo, y ya que no le publiquemos
por completo, publicaremos parte: daremos una muestra siquiera.
A nadie debe quedar la menor duda en que don Luis y Pepita, enlazados
por un amor irresistible, casi de la misma edad, hermosa ella, él gallardo y
agraciado, y discretos y llenos de bondad los dos, vivieron largos años,
gozando de cuanta felicidad y paz caben en la tierra; pero esto, que para la
generalidad de las gentes es una consecuencia dialéctica bien deducida, se
convierte en certidumbre para quien lee el epílogo.
El epílogo, además, da algunas noticias sobre los personajes secundarios
que en la narración aparecen y cuyo destino puede acaso haber interesado a los
lectores.
Se reduce el epílogo a una colección de cartas, dirigidas por D. Pedro
de Vargas a su hermano el señor deán, desde el día de la boda de su hijo hasta
cuatro años después.
Sin poner las fechas, aunque siguiendo el orden cronológico,
trasladaremos aquí pocos y breves fragmentos de dichas cartas, y punto
concluido.
Luis muestra la más viva gratitud a Antoñona, sin cuyos servicios no
poseería a Pepita; pero esta mujer, cómplice de la única falta que él y Pepita
han cometido, y tan íntima en la casa y tan enterada de todo, no podía menos de
estorbar. Para librarse de ella, favoreciéndola, Luis ha logrado que vuelva a
reunirse con su marido, cuyas borracheras diarias no quería ella sufrir. El
hijo del maestro Cencias ha prometido no volver a emborracharse casi nunca;
pero no se ha atrevido a dar un nunca absoluto y redondo. Fiada, sin embargo,
en esta semi-promesa, Antoñona ha consentido en volver bajo el techo conyugal.
Una vez reunidos estos esposos, Luis ha creído eficaz el método homeopático
para curar de raíz al hijo del maestro Cencias, pues habiendo oído afirmar que
los confiteros aborrecen el dulce, ha inferido que los taberneros deben
aborrecer el vino y el aguardiente, y ha enviado a Antoñona y a su marido a la
capital de esta provincia, donde les ha puesto de su bolsillo una magnífica
taberna. Ambos viven allí contentos, se han proporcionado muchos marchantes, y
probablemente se harán ricos. Él se emborracha aún algunas veces; pero
Antoñona, que es más forzuda, le suele sacudir para que acabe de corregirse.
Currito, deseoso de imitar a su primo, a quien cada día admira más, y
notando y envidiando la felicidad doméstica de Pepita y de Luis, ha buscado
novia a toda prisa, y se ha casado con la hija de un rico labrador de aquí,
sana, frescota, colorada como las amapolas, y que promete adquirir en breve un
volumen y una densidad superiores a los de su suegra doña Casilda.
El conde de Genahazar; a los cinco meses de cama, está ya curado de su
herida, y según dicen, muy enmendado de sus pasadas insolencias. Ha pagado a
Pepita, hace poco, más de la mitad de la deuda; y pide espera para pagar lo
restante.
Hemos tenido un disgusto grandísimo, aunque harto le preveíamos. El
padre vicario, cediendo al peso de la edad, ha pasado a mejor vida. Pepita ha
estado a la cabecera de su cama hasta el último instante, y le ha cerrado los
ojos y la entreabierta boca con sus hermosas manos. El padre vicario ha tenido
la muerte de un bendito siervo de Dios. Más que muerte parecía tránsito dichoso
a más serenas regiones. Pepita, no obstante, y todos nosotros también, le hemos
llorado de veras. No ha dejado más que cinco o seis duros y sus muebles, porque
todo lo repartía de limosna. Con su muerte habrían quedado aquí huérfanos los
pobres, si Pepita no viviese.
Mucho lamentan todos en el lugar la muerte del padre vicario; y no
faltan personas que le dan por santo verdadero y merecedor de estar en los
altares, atribuyéndole milagros. Yo no sé de esto; pero sé que era un varón
excelente, y debe haber ido derechito a los cielos, donde tendremos en él un
intercesor. Con todo, su humildad y su modestia y su temor de Dios eran tales,
que hablaba de sus pecados en la hora de la muerte, como si los tuviese, y nos
rogaba que pidiésemos su perdón y que rezásemos por él al Señor y a María
Santísima.
En el ánimo de Luis han hecho honda impresión esta vida y esta muerte
ejemplares de un hombre, menester es confesarlo, simple y de cortas luces, pero
de una voluntad sana, de una fe profunda y de una caridad fervorosa. Luis se
compara con el vicario, y dice que se siente humillado. Esto ha traído cierta
amarga melancolía a su corazón; pero Pepita, que sabe mucho, la disipa con
sonrisas y cariño.
Todo prospera en casa. Luis y yo tenemos unas candioteras que no las hay
mejores en España, si prescindimos de Jerez. La cosecha de aceite ha sido este
año soberbia. Podemos permitirnos todo género de lujos, y yo aconsejo a Luis y
a Pepita que den un buen paseo por Alemania, Francia e Italia, no bien salga
Pepita de su cuidado y se restablezca. Los chicos pueden, sin imprevisión ni
locura, derrochar unos cuantos miles de duros en la expedición y traer muchos
primores de libros, muebles y objetos de arte para adornar su vivienda.
Hemos aguardado dos semanas, para que sea el bautizo el día mismo del
primer aniversario de la boda. El niño es un sol de bonito y muy robusto. Yo he
sido el padrino, y le hemos dado mi nombre. Yo estoy soñando con que Periquito
hable y diga gracias.
Para que todo les salga bien a estos enamorados esposos, resulta ahora,
según cartas de la Habana, que el hermano de Pepita, cuyas tunanterías
recelábamos que afrentasen a la familia, casi o sin casi va a honrarla y a
encumbrarla haciéndose personaje. En tanto tiempo como hacía que no sabíamos de
él, ha aprovechado bien las coyunturas, y le ha soplado la suerte. Ha tenido
nuevo empleo en las aduanas, ha comerciado luego en negros, ha quebrado
después, que viene a ser para ciertos hombres de negocios como una buena poda
para los árboles, la cual hace que retoñen con más brío, y hoy está tan
boyante, que tiene resuelto ingresar en la primera aristocracia, titulando de
marqués o de duque. Pepita se asusta y se escandaliza de esta improvisada
fortuna, pero yo le digo que no sea tonta: si su hermano es y había de ser de
todos modos un pillete, ¿no es mejor que lo sea con buena estrella?
Así pudiéramos seguir extractando si no temiésemos fatigar a los
lectores. Concluiremos, pues, copiando un poco de una de las últimas cartas.
Mis hijos han vuelto de su viaje bien de salud y con Periquito muy
travieso y precioso.
Luis y Pepita vienen resueltos a no volver a salir del lugar, aunque les
dure más la vida que a Filemón y a Baucis. Están enamorados como nunca el uno
del otro.
Traen lindos muebles, muchos libros, algunos cuadros y no sé cuántas
otras baratijas elegantes, que han comprado por esos mundos, y principalmente
en París, Roma, Florencia y Viena.
Así como el afecto que se tienen, y la ternura y cordialidad con que se
tratan y tratan a todo el mundo, ejercen aquí benéfica influencia en las
costumbres, así la elegancia y el buen gusto, con que acabarán ahora de ordenar
su casa, servirán de mucho para que la cultura exterior cunda y se extienda.
La gente de Madrid suele decir que en los lugares somos gansos y soeces,
pero se quedan por allá y nunca se toman el trabajo de venir a pulirnos; antes
al contrario, no bien hay alguien en los lugares, que sabe o vale, o cree saber
y valer, no para hasta que se larga, si puede, y deja los campos y los pueblos
de provincias abandonados.
Pepita y Luis siguen el opuesto parecer y yo los aplaudo con toda el
alma.
Todo lo van mejorando y hermoseando para hacer de este retiro su edén.
No imagines, sin embargo, que la afición de Luis y Pepita al bienestar
material haya entibiado en ellos en lo más mínimo el sentimiento religioso. La
piedad de ambos es más profunda cada día, y en cada contento o satisfacción de
que gozan o que pueden proporcionar a sus semejantes, ven un nuevo beneficio
del cielo, por el cual se reconocen más obligados a demostrar su gratitud. Es
más: esa satisfacción y ese contento no lo serían, no tendrían precio, ni
valor, ni sustancia para ellos, si la consideración y la firme creencia en las
cosas divinas no se lo prestasen.
Luis no olvida nunca, en medio de su dicha presente, el rebajamiento del
ideal con que había soñado. Hay ocasiones en que su vida de ahora le parece
vulgar, egoísta y prosaica, comparada con la vida de sacrificio, con la
existencia espiritual a que se creyó llamado en los primeros años de su
juventud; pero Pepita acude solícita a disipar estas melancolías, y entonces
comprende y afirma Luis que el hombre puede servir a Dios en todos los estados
y condiciones, y concierta la viva fe y el amor de Dios que llenan su alma, con
este amor lícito de lo terrenal y caduco. Pero en todo ello pone Luis como un
fundamento divino, sin el cual, ni en los astros que pueblan el éter, ni en las
flores y frutos que hermosean el campo, ni en los ojos de Pepita, ni en la inocencia
y belleza de Periquito, vería nada de amable. El mundo mayor, toda esa fábrica
grandiosa del Universo, dice él que sin su Dios providente le parecería
sublime, pero sin orden, ni belleza ni propósito. Y en cuanto al mundo menor,
como suele llamar al hombre, tampoco le amaría, si por Dios no fuera. Y esto,
no porque Dios le mande amarle, sino porque la dignidad del hombre y el merecer
ser amado estriban en Dios mismo, quien no sólo hizo el alma humana a su
imagen, sino que ennobleció el cuerpo humano, haciéndole templo vivo del
Espíritu, comunicando con él por medio del Sacramento, sublimándole hasta el
extremo de unir con él su Verbo increado. Por estas razones, y por otras que yo
no acierto a explicarte aquí, Luis se consuela y se conforma con no haber sido
un varón místico, extático y apostólico, y desecha la especie de envidia
generosa que le inspiró el padre vicario el día de su muerte; pero tanto él
como Pepita siguen con gran devoción cristiana dando gracias a Dios por el bien
de que gozan, y no viendo base, ni razón, ni motivo de este bien sino en el
mismo Dios.
En la casa de mis hijos hay, pues, algunas salas que parecen preciosas
capillitas católicas o devotos oratorios; pero he de confesar que tienen ambos
también su poquito de paganismo, como poesía rústica amoroso-pastoril, la cual
ha ido a refugiarse extramuros.
La huerta de Pepita ha dejado de ser huerta y es un jardín amenísimo con
sus araucarias, con sus higueras de la India, que crecen aquí al aire libre, y
con su bien dispuesta, aunque pequeña estufa, llena de plantas raras.
El merendero o cenador, donde comimos las fresas aquella tarde, que fue
la segunda vez que Pepita y Luis se vieron y se hablaron, se ha transformado en
un airoso templete, con pórtico y columnas de mármol blanco. Dentro hay una
espaciosa sala con muy cómodos muebles. Dos bellas pinturas la adornan; una
representa a Psiquis, descubriendo y contemplando extasiada, a la luz de su
lámpara, al Amor, dormido en su lecho; otra representa a Cloe, cuando la
cigarra fugitiva se le mete en el pecho, donde creyéndose segura, y a tan grata
sombra, se pone a cantar, mientras que Dafnis procura sacarla de allí.
Una copia, hecha con bastante esmero, en mármol de Carrara, de la Venus
de Médicis, ocupa el preferente lugar, y como que preside en la sala. En el
pedestal tiene grabados, en letras de oro, estos versos de Lucrecio:
Nec sine te quidquam dias in luminis oras
Exoritur, neque fit laetum, neque amabile quidquam.
FIN
1874


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