© Libro N° 9053. Superviviente. King, Stepthen. Emancipación. Septiembre 18 de 2021.
Título
original: © Superviviente. Stepthen
King
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
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Stepthen King
Superviviente
Stepthen King
Más tarde o más temprano, la pregunta surge siempre en la carrera de un médico:
¿Hasta qué punto puede un paciente soportar un shock traumático? Según las
teorías, hay diferentes respuestas, pero, básicamente, la contestación esencial
es otra pregunta: ¿Hasta qué punto el paciente quiere sobrevivir?
26 de enero
Hace dos días que la tormenta me arrojó a esta playa. Me he estado paseando por
la isla toda la mañana. ¡Qué isla! Mide 190 pasos de ancho por 267 pasos de
punta a punta.
Además, por lo que veo, no hay nada que comer.
Me llamo Richard Pine y éste es mi diario. Si me encuentran (o mejor, cuando me
encuentren), puedo destruirlo fácilmente. No me faltan cerillas. Cerillas y
heroína. De las dos cosas tengo enormes cantidades, aunque ninguna de las dos
valga nada aquí, ja, ja. De modo que escribiré. Al menos, para pasar el tiempo.
Para decir toda la verdad —¿y por qué no?, ¡tengo todo el tiempo del mundo!—
debería empezar por aclarar que, cuando nací, en Little Italy, el barrio
italiano de Nueva York, me llamaron Richard Pinzetti. Mi padre, que era un
desgraciado, procedía del Viejo Mundo. Yo quería ser cirujano. Mi padre se reía
a mandíbula batiente, me llamaba chalado y me mandaba a buscar otro vaso de
vino. Murió de cáncer a los cuarenta y seis años. Me alegró.
Empecé a jugar al fútbol en el instituto. Fui el mejor jugador de la historia
local. Jugaba de defensa. Durante los dos últimos años recorrí todas las
ciudades de los Estados Unidos. Odiaba el fútbol. Pero si eres un chaval pobre,
que vive en una casa barata y quiere ir a la universidad, tu única oportunidad
es el deporte. Así que jugué y conseguí una beca para atletas.
En la Universidad seguí jugando hasta conseguir una beca de estudios completa.
Entonces, lo dejé. Iba a estudiar medicina. Mi padre murió seis semanas antes
de mi graduación. No me importó. ¿Acaso creéis que me hubiera gustado subir a
la tarima para recoger el diploma y ver aquella bola de sebo allí sentada? ¿Les
gusta a las gallinas viajar en metro? Además, ingresé en un club estudiantil.
No uno de los mejores, con un nombre como Pinzetti, pero, después de todo, era
un club.
¿Por qué escribo todo esto? Es bastante divertido. No, me rectifico. Es
extraordinariamente divertido. El gran doctor Pine, sentado en una roca, en
pantalones de pijama y camiseta, en medio de una isla que se puede cruzar con
un salivazo, escribiendo la historia de su vida... ¡Tengo hambre! No importa.
Escribiré la maldita historia de mi vida, si me da la gana. Al menos, así no
pensaré en mi estómago. Espero.
Cambié mi apellido por el de Pine antes de empezar los estudios de medicina. Mi
madre me dijo que le había partido el corazón. ¿De qué corazón estaría
hablando? Al día siguiente al del entierro del viejo, le estaba guiñando el ojo
al judío de la tienda de la esquina. Para tratarse de alguien que adoraba su
nombre de aquella manera, corría como un diablo para cambiarlo por el de
Steinbrunner.
Todo lo que yo anhelaba en la vida era ser cirujano. Desde los días del
colegio. Ya entonces me vendaba las manos antes de empezar un partido y me las
lavaba después con agua y jabón. Si quieres ser cirujano, tienes que tener
cuidado con las manos. Algunos de mis compañeros me tomaban el pelo y me
llamaban mariquita. Nunca llegué a enfrentarme con ninguno de ellos. Ya es
bastante peligroso jugar al fútbol. El que realmente llegó a ponerme los
nervios de punta fue Howie Plotsky, un estúpido gigantón con la cara llena de
cicatrices. Por aquel entonces, yo repartía periódicos y aprovechaba para
vender un poco de lotería, lo cual me permitía conocer gente, establecer
contactos... No te queda más remedio, si quieres sobrevivir. Cualquier imbécil
sabe cómo caerse muerto, pero lo realmente difícil es sobrevivir, ¿comprendéis?
Pues eso fue lo que me decidió a pagar a Ricky Brazzi, que era el tío más
grande del instituto, para que le partiera la boca a Howie Plotsky. Sí, eso es
lo que he dicho: partirle la boca. Le prometí un dólar por cada diente que me
trajera. Rico vino con tres dientes envueltos en papel de periódico. Se dislocó
un par de nudillos en el trabajito. Podéis imaginar en qué lío me hubiese
metido.
En la facultad de medicina, mientras los otros memos se mataban tratando de
ganar un centavo para llenar el puchero con un poco de carne —no con sobras de
quirófano, ¿eh?— trabajando como camareros, vendiendo corbatas o limpiando
suelos, yo me saqué de la manga un sistema de apuestas y, con unos cuantos
trucos que conocía, me ganaba algún dinerillo en las apuestas de caballos, de
billar o de lo que fuera. Además, tenía excelentes relaciones con el vecindario
y cursé mis estudios sin ningún problema.
No me metí en la cuestión de las drogas, hasta que empecé mi residencia en un
hospital, uno de los más grandes de Nueva York. Al principio, sólo fueron
recetas en blanco. Vendí un cuadernillo de cien a un chico del barrio, y él
falsificó las firmas de cuarenta o cincuenta médicos, por cuyos nombres yo
también le cobraba. El muchacho, a su vez, las ofrecía en la calle por diez o
veinte dólares cada una, lo que hacía las delicias de los fanáticos drogotas
que iban cada vez más acelerados, y los partidarios de los sedantes, que se
pasaban el día dando tumbos por las esquinas.
Al poco tiempo de trabajar en el hospital me di cuenta del desbarajuste que
había en la farmacia del mismo. Nadie tenía la menor idea de lo que entraba ni
de lo que salía. Había gente que sacaba de allí píldoras a puñados, cosa que yo
me guardé muy bien de hacer. Siempre he tomado todo tipo de precauciones y
nunca he tenido problemas hasta que me descuidé... y la suerte me volvió la
espalda. Pero sé que caeré de pie; siempre ha sido así.
Me duele la muñeca y el lápiz se ha quedado sin punta. No puedo seguir
escribiendo. No sé por qué me preocupo tanto. Es probable que me encuentren
pronto.
27 de enero
El bote salvavidas se hundió anoche en unos tres metros de agua, al norte de la
isla. ¿Qué importa? De todos modos, después de arrastrarse por todo el
arrecife, el fondo parecía un colador. Además, ya había rescatado todo lo que
valía la pena salvar, a saber, cuatro galones de agua, un cajita de costura
para viajes, un botiquín y este libro en el que estoy escribiendo, que es, en
realidad, un cuaderno de inspección del bote. ¡Qué risa! Por cierto, ¿cómo es
que a nadie se le ocurrió poner comida de reserva en el bote? El último informe
que aparece en el cuaderno lleva fecha 8 de agosto de 1970. Ah, además, he
conseguido salvar dos cuchillos, uno mellado y el otro afilado, y un juego de
cuchara y tenedor que voy a usar esta noche para la cena: asado de piedras. Ja,
ja. Bueno, al menos, le he sacado punta al lápiz.
Cuando salga de esta isla, cubierta de excrementos de pájaros, les voy a sacar
hasta el hígado a los de Paradise Lines Inc. Sólo por eso vale la pena seguir
viviendo. Y pienso seguir viviendo y salir de ésta, no os quepa la menor duda.
Voy a salir de ésta.
(más tarde)
Olvidé una cosa al hacer el inventario: dos kilos de heroína pura, algo así
como 350.000 dólares en las calles de Nueva York, aunque aquí no valga más que
un puñado de cacahuetes. Ja, ja. ¿Verdad que es cómico?
28 de enero
Bueno, he comido..., si es que a eso se le puede llamar comer. Una gaviota vino
a posarse en una de las rocas del centro de la isla, un montículo también
cubierto de excrementos de pájaros. Agarré una piedra que tenía a mano y me
acerqué a ella todo lo posible. No se movía, observándome con sus ojos negros y
brillantes. Me sorprendió que no la asustara el ruido de mis tripas.
Arrojé la piedra con todas mis fuerzas y le di de lleno. La gaviota lanzó un
graznido y trató de volar, pero le había roto el ala derecha. Trepé en su
busca, pero se alejó a saltos. La sangre manchaba sus plumas. Me dio bastante
trabajo. Metí el pie en un agujero entre dos rocas y estuve a punto de partirme
el tobillo. Finalmente, cuando empezaba a cansarme, logré darle alcance al otro
lado de la isla. La gaviota se había metido en el agua y se alejaba. La atrapé
por la cola, pero se volvió y me dio un picotazo. Le agarré una de las patas y,
con la otra mano, le retorcí el cuello. El sonido de las vértebras al romperse
me llenó de satisfacción. La cena está servida, caballero. ¿Os acordáis? ¡Ja!
¡Ja!
Me la traje al «campamento», pero antes de desplumarla y cortarla a trozos, me
limpié la herida con yodo. Los pájaros llevan toda clase de gérmenes y sólo me
faltaría una infección.
La operación de la gaviota fue de perlas, pero, que pena, no había manera de
cocinarla. No hay vegetación en la isla, ni maderas a la deriva y, por si fuera
poco, el bote se ha hundido. Así que me la comí cruda. El estómago quiso
devolverla inmediatamente. Aunque yo estaba de acuerdo con él, no se lo podía
permitir. Así que empecé a contar hasta cien al revés hasta que pasaron las
náuseas. Es un sistema que funciona casi siempre.
¿Os dais cuenta del bicharraco, que casi me rompe el tobillo y después me da un
picotazo en la mano? Si cazo otra gaviota mañana, la torturaré. A ésta la he
dejado escapar sin castigo. Mientras escribo, veo su cabeza cortada en la
arena. Sus ojillos negros, aun velados por la muerte, parecen mirarme.
¿ Tienen cerebro las gaviotas?
¿Son comestibles?
29 de enero
Hoy no hay comida. Una gaviota aterrizó en el macizo, pero voló antes de que me
aproximara lo suficiente para hacerle un «pase». ¡Ja, ja! Me estoy dejando la
barba. Pica como un demonio. Si la gaviota vuelve y consigo darle caza, le
sacaré los ojos antes de matarla.
Creo haber dicho ya que era un cirujano de primera. Me expulsaron. Realmente
ridículo. Todos los médicos hacen lo mismo y luego se ponen tan estirados
cuando le atrapan a uno. ¡Peor para ti! ¡Yo ya tengo mi parte! El Segundo
Juramento de Hipócrates y de Hipócritas.
Había acumulado ya bastante de mis correrías como interno y como residente (se
supone que, de acuerdo con el Juramento de Hipócrates, eres un funcionario y un
caballero, pero nadie cree tal cosa). Tenía lo necesario para abrir mi consulta
privada en Park Avenue. Lo necesitaba. No tenía un papá rico ni un protector
con influencias, como muchos de mis colegas. Cuando me instalé, mi padre
llevaba nueve años criando malvas. Mi madre murió un año antes de que me
revocaran la licencia.
Pasó lo siguiente: yo tenía un trato con media docena de farmacéuticos del East
Side, además de un par de laboratorios y al menos, otros veinte médicos. Los
pacientes iban y venían de uno a otro. Yo operaba y después prescribía los
medicamentos postoperatorios adecuados. No todas las operaciones eran
necesarias, pero nunca actué contra la voluntad del paciente. Y jamás sucedió
que un paciente le echara un vistazo a la receta y me dijera que no quería
aquello. Escuchadme: hay gente a la que se le hizo una histerectomía en 1965 o
una tiroides parcial en 1970 y que seguirían engullendo pastillas si el médico
se lo permitiera. Y era lo que hacía algunas veces. Además, yo no era el único.
Si podían pagarse el vicio, ¿por qué no? Cuando no era un paciente que padecía
de insomnio después de alguna operación, era alguien que quería adelgazar, o
quería Librium. Todo tenía arreglo. ¡Ja! Sí. De no haber sido yo, hubiera sido
cualquier otro.
Hasta que los de Sanidad fueron a ver a Lowenthal, ese gallina. Le asustaron
diciéndole que le iban a echar cinco años y el tipo cantó media docena de
nombres, uno de los cuales era el mío. A mí me estuvieron observando durante
bastante tiempo y, en realidad, cuando me echaron el guante, cinco años eran
pocos para mí. Por ejemplo, no había dejado del todo lo de las recetas en
blanco, algo muy divertido, pero que no necesitaba en absoluto. Lo seguía
haciendo por costumbre; además, a nadie le amarga un dulce.
El caso es que yo conocía a mucha gente. Probé con algunos. Y arrojé un par de
individuos a los leones. Nadie que me gustara, sin embargo. Todos auténticos
cerdos.
Dios, tengo hambre.
30 de enero
Hoy no hay gaviotas, lo que me recuerda los letreros de las tiendas de
comestibles del barrio: HOY NO HAY TOMATES. Me metí en el agua hasta la
cintura, con un cuchillo afilado en la mano. Permanecí inmóvil durante casi
cuatro horas, mientras el sol caía de pleno sobre mis espaldas. Creía
desmayarme un par de veces, pero conté hasta cien al revés hasta que
desapareció la sensación. No vi un solo pez. Ni uno.
31 de enero
Hoy he matado otra gaviota tal como lo hice con la primera. Tenía demasiada
hambre para torturarla como me había prometido a mí mismo. Así que la abrí y me
la comí. Vacié las tripas y me las comí también. Es extraño ver cómo se recobra
la vitalidad. Empezaba a preocuparme. Tendido a la sombra del montículo
central, creí oír voces. Mi padre. Mi madre. Mi esposa, de la que me
divorcié... Y, lo peor de todo, la voz del chino que me vendió la heroína en
Saigón. Ceceaba, probablemente a causa de un paladar hendido.
«Vamos —me decía la voz desde lo alto—. Vamos, esnifa un poco. Te olvidarás del
hambre. Es tan buena…» Pero nunca tomé drogas, ni siquiera para dormir.
Lowenthal se suicidó. El muy gallina. ¿No os lo había dicho? Se colgó en el que
había sido su consultorio. Desde mi punto de vista, hizo un favor al mundo.
Yo quería recuperar mi título. Algunos de los tipos con los que hablé me
dijeron que no era imposible... pero costaba mucho dinero, más del que podía
imaginar. Yo tenía 40.000 dólares en una caja de seguridad y decidí arriesgarme
para doblar o triplicar la cantidad.
Me fui a ver a Ronnie Hanelli, compañero mío de equipo en los años de la
universidad, a cuyo hermano menor había conseguido una residencia en un
hospital cuando resolvió estudiar medicina. Ronnie estudiaba Derecho. ¿Verdad
que es gracioso? En el barrio se le conocía por el apodo de Ronnie el Árbitro,
porque se metía en todos los juegos y, sin que nadie se lo pidiera, empezaba a
pitar faltas a todo el mundo. Si no te gustaba, tenías dos opciones: callarte
la boca o tragarte unos cuantos dientes. Los portorriqueños le llamaban
Ronniewop, o algo así. A él le hacía gracia Ronnie. Ronnie estudió Derecho,
pasó los exámenes sin problemas y abrió un bufete en su propio barrio, justo
encima del bar La Pecera. Aún le veo pasar por allí, cuando cierro los ojos,
con su gran Continental blanco. Era el usurero más grande de toda Nueva York:
un tiburón.
Sabía que Ronnie tendría algo para mí.
—Es peligroso —dijo—. Pero tú sabes cuidarte. Y, si traes la mercancía, te
presentaré un par de individuos. Uno de ellos es funcionario del Estado.
Me dio dos nombres. El de Henry Li-Tsu, el chino, y el de Solom Ngo, un químico
vietnamita. El vietnamita probaba la heroína del chino a cambio de dinero. El
chino era conocido por sus «bromas». Por ejemplo, llenaba las bolsitas de
plástico con talco, o detergente, o almidón. Ronnie decía que un día, una de
aquellas «bromas» le iba a costar la vida.
1 de febrero
He visto un avión. Pasó de largo sobre la isla. Intenté subir al montículo
central para llamar su atención y metí el pie en el mismo agujero del día en
que cacé la primera gaviota. Me rompí el tobillo. Fractura compuesta. Fue como
un disparo. El dolor era insoportable. Grité y perdí el equilibrio. En vano,
agité los brazos como un molino de viento. Caí y me golpeé la cabeza. Todo se
puso negro. Cuando volví en mí, se había puesto el sol. Había perdido un poco
de sangre. El tobillo se me había hinchado como un neumático y tenía una buena
insolación. Creo que, de haber habido una hora más de sol, tendría todo el
cuerpo llagado.
Me arrastré como pude hasta aquí y pasé la noche temblando y llorando de rabia.
Me he desinfectado la herida de la cabeza, situada encima del lóbulo temporal
derecho, y me la he vendado como he podido. Es una herida superficial en el
cuero cabelludo con una pequeña contusión, creo, pero el tobillo, es una mala
fractura, en dos puntos, quizá tres. ¿Cómo voy a cazar las gaviotas ahora?
El avión debía de estar en busca de supervivientes del Callas. En medio de la
oscuridad y la tormenta, el bote salvavidas ha de haber recorrido kilómetros.
No creo que vuelva por aquí.
¡Dios mío, cómo me duele el tobillo!
2 de febrero
He puesto una señal en la playa de guijarros del lado sur de la isla, donde se
hundió el bote. Me llevó todo el día, con algún descanso en la sombra. Aun así,
me desmayé dos veces. Calculo haber perdido unos ocho kilos, en su mayor parte,
por deshidratación. Desde aquí veo las cinco letras que tardé el día entero en
componer; rocas oscuras sobre la arena blanca, dicen AYUDA en letras de metro y
medio. El próximo avión no va a pasar de largo.
El pie palpita constantemente. Todavía está hinchado y se ha puesto
sospechosamente blanco alrededor de la fractura. Cada vez más blanco. Si me lo
vendo con la camisa, apretando mucho, el dolor cede, pero aun así duele tanto
que, más que dormirme, me desmayo.
Empiezo a pensar que tal vez haya que amputar.
3 de febrero
La hinchazón y la pérdida de color son todavía mayores. Esperaré hasta mañana.
Si la operación es imprescindible, creo que podré llevarla a cabo. Tengo
cerillas para esterilizar el cuchillo y aguja e hilo de la cajita de costura.
Como vendaje, la camisa.
Tengo además dos kilos de «analgésico», aunque no precisamente del que
prescribía a mis pacientes. Pero lo hubieran empleado, de haber dispuesto de
él. Podéis apostar. Esas señoras de pelo azul serían capaces de esnifar un
ambientador de pino si les hiciera efecto, creedme.
4 de febrero
He decidido amputar el pie. Hace cuatro días que no como. Si espero más, corro
el riesgo de desvanecerme en medio de la operación por la acción combinada del
shock traumático y el hambre. En ese caso, podría morir desangrado. Y, a pesar
de lo desdichado que soy, aún tengo ganas de seguir viviendo. Recuerdo lo que
Mockridge decía en Anatomía básica, el viejo Mocki, le llamábamos: más tarde o
más temprano, la pregunta surge siempre en la carrera de un médico. ¿Hasta qué
punto puede un paciente soportar un shock traumático? Y entonces, señalaba con
el puntero el dibujo del cuerpo humano, el hígado, los riñones, el bazo, los
intestinos. Básicamente, caballeros, decía, la contestación esencial es otra
pregunta: ¿Hasta qué punto el paciente quiere sobrevivir?
Creo poder hacerlo.
De verdad.
Supongo que estoy escribiendo para aplazar lo inevitable, pero se me ocurre que
no acabé de contar por qué me encuentro aquí. Tal vez deba hacerlo por si la
operación no sale bien. Tardaré sólo unos minutos y estoy seguro de que todavía
habrá claridad para la operación, ya que, según mi reloj, son las nueve de la
mañana. ¡Ja!
Fui a Saigón como turista. ¿Os extraña? No sé por qué. Hay miles de personas
que van allí cada año, a pesar de la guerra de Nixon. También hay gente a la
que le gusta presenciar accidentes o peleas de gallos. Mi amigo chino tenía la
mercancía. Se la llevé a Ngo, quien me ratificó que era de primera clase. Me
contó también que Li-Tsu había gastado una de sus bromas hacía cuatro meses, y
que su mujer había saltado hecha pedazos por los aires al poner la llave de
encendido en su automóvil. Desde entonces no había vuelto a hacer bromas.
Me quedé en Saigón tres semanas. Había reservado pasaje de regreso a San
Francisco en un crucero, el Callas. Primera clase. Subir a bordo con la
mercancía no representó problema alguno. Ngo arregló el asunto, sobornando a
dos oficiales de aduana que se limitaron a saludarme y hacer pasar las maletas.
La heroína iba en una bolsa de viaje que ni siquiera vieron.
—Pasar la aduana en los Estados Unidos será mucho más difícil —me dijo Ngo—,
pero ése es problema únicamente suyo.
No tenía la menor intención de pasar aquello por la aduana. Ronnie había
contratado un buzo que haría el trabajo por tres mil dólares. Tenía que
encontrarme con él (ahora que lo pienso, hace dos días) en una especie de
corral llamado Regis Hotel en San Francisco. El plan consistía en poner la
mercancía en una lata a prueba de agua. Sujetos a la tapa, un reloj y un sobre
de tinte rojo. Antes de atracar, había que tirar la lata al agua, cosa que no
iba a hacer yo mismo, naturalmente.
Estaba todavía buscando un cocinero o un camarero al que no le viniera mal un
dinero extra y que fuera lo bastante listo — o lo bastante idiota—, como para
mantener la boca cerrada, cuando el Callas se hundió.
No tengo ni la menor idea de cómo sucedió, ni de por qué. Se nos había echado
encima un buen vendaval, pero el crucero parecía capaz de capearlo. Pero el día
23, alrededor de las ocho de la noche, hubo una fuerte explosión bajo cubierta.
Yo estaba en el salón en aquel momento y el Callas se escoró casi
inmediatamente. A la izquierda, ¿cómo se llama: babor o estribor?
La gente empezó a gritar y a correr en todas direcciones. Las botellas cayeron
de la estantería del bar y se estrellaron contra el suelo. Un hombre salió de
una de las escaleras, con la camisa quemada y la piel asada. Los altavoces
empezaron a decir a la gente que se dirigiera a los botes salvavidas que se les
habían asignado al principio del viaje, durante un simulacro. Los pasajeros
echaron a correr sin rumbo. Muy pocos se habían molestado en comparecer durante
el simulacro. Yo, no sólo estuve allí, sino que fui más temprano, para estar en
primera fila y ver bien todo, ¿comprendéis? Siempre pongo mucha atención en lo
que se refiere a mi pellejo.
Bajé a mi camarote, saqué las bolsitas de heroína y me puse una en cada
bolsillo. Después, me dirigí al Bote Salvavidas 8. Mientras yo subía las
escaleras, hubo otras dos explosiones y el barco se inclinó aún más
peligrosamente, si cabe.
En cubierta, todo era confusión. Vi una mujer que corría por la cubierta
resbaladiza, gritando y con un niño en brazos. Según se inclinaba el buque,
ella ganaba velocidad. Finalmente, golpeó contra la borda a la altura de los
muslos, saltó por encima de ella, dio dos vueltas de campana y desapareció de
mi vista. Había un hombre de mediana edad, sentado en medio del puente, que se
arrancaba los cabellos con las manos. Otro, con ropas blancas de cocinero, la
cara y las manos horriblemente quemadas, se daba contra las paredes y gritaba:
«¡Socorro! ¡No veo! ¡Socorro! ¡No veo!»
El pánico era total y se había contagiado del pasaje a la tripulación como una
epidemia. Tenéis que tener en cuenta que entre la primera explosión y el
hundimiento del barco, pasaron solamente veinte minutos. Algunos de los botes
iban repletos de gente que aullaba, y otros, totalmente vacíos. El mío, que
estaba en la zona más próxima al agua, estaba casi desierto. Nadie más que yo y
un marinero, con la cara muy pálida y llena de espinillas.
—Echemos al agua enseguida este condenado barreño —dijo, con los ojos
desorbitados—, porque la maldita bañera se va a pique sin remedio.
Maniobrar un bote no es nada difícil, pero, con los nervios, el marinero se
hizo un lío con las maromas de su lado. El bote bajó unos dos metros y quedó
colgado, yo más cerca del agua que él.
Fui hacia su lado para ayudarle cuando empezó a gritar. Había logrado deshacer
el nudo; pero, al mismo tiempo, se había pillado la mano. La soga se deslizó
sobre la palma, dejándosela en carne viva; finalmente, salió despedido de la
embarcación.
Acabé de deshacer el lío y libré el bote, que bajó al agua. Empecé a remar como
un condenado. Remar era algo que siempre había hecho por placer en las casas de
veraneo de mis amigos, pero ahora, por primera vez, lo hacía para salvar mi
vida. Si no me alejaba del Callas antes de que se hundiera, me arrastraría con
él.
Cinco minutos más tarde, se hundió. No escapé del todo a la succión, tuve que
remar desesperadamente sólo para permanecer en el mismo lugar. Se hundió muy de
prisa. Todavía había gente aferrada a la borda, gritando. Parecía una banda de
monos.
La borrasca empeoró. Perdí un remo. Pasé la noche en una especie de pesadilla,
achicando agua del bote, primero, y maniobrando con el único remo que me
quedaba, después, para mantener la proa contra el oleaje.
Antes del amanecer del 24 las olas empezaron a empujarme por la popa. El bote
adquirió una cierta velocidad, lo cual es aterrador, pero, al mismo tiempo,
constituye un alivio. De pronto, los tablones fueron arrancados de debajo de
mis pies, pero el bote no se hundió: había encallado a este montón de piedras
olvidado del mundo. Ni siquiera sé dónde estoy; no tengo la menor idea. La
navegación no es mi punto fuerte. Ja, ja.
Pero sí sé qué tengo que hacer. Éstas pueden ser mis últimas notas, pero algo
me dice que saldrá bien. ¿Acaso no he conseguido siempre lo que me he
propuesto? Además, hoy se hacen maravillas con las prótesis y podré moverme con
un solo pie con toda comodidad.
Ha llegado el momento de ver si soy tan extraordinario como creo. Buena suerte.
5 de febrero
Lo hice.
El dolor era lo que menos me preocupaba, porque puedo soportarlo, pero temía
que la debilidad, el hambre y el dolor combinados me hicieran perder el
conocimiento antes de acabar.
Pero la heroína resolvió el problema maravillosamente.
Abrí una de las bolsitas y aspiré dos generosas dosis sobre una roca plana,
primero la ventanilla derecha, luego, la izquierda. Era una especie de hielo
deslumbradoramente anestésico que invadía mi cerebro íntegro. Aspiré la heroína
al dejar de escribir, ayer, a las 9.45. Cuando volví a mirar la hora, las
sombras se habían movido, dejándome parte del cuerpo al sol, y eran las 12.41.
Me había adormilado. Nunca había imaginado que fuese tan fantástico y no
comprendo por qué le tenía tanta manía. El dolor, el miedo, la infelicidad...
todo desaparece, dejando sólo una calma eufórica.
Operé en esas condiciones.
Como era de esperar, sentí un dolor agudísimo, especialmente en la primera
parte de la operación. Pero el dolor parecía desconectado de mí, como si fuera
de otro. Me molestaba, pero me resultaba extraordinariamente interesante.
¿Podéis entender lo que digo? Si alguna vez habéis empleado un calmante con una
fuerte base de morfina, sabréis de qué hablo. Hace algo más que mitigar el
dolor. Induce un estado mental. Una cierta serenidad. Entiendo por qué la gente
se queda colgada, aunque ésa sea una palabra horrorosamente fuerte y que usa,
en general, la gente que nunca lo ha probado.
A media operación, el dolor empezó a ser algo más personal. Oleadas de
desfallecimiento me acometían. Miré con ansia la bolsita de heroína, pero me
obligué a apartar la vista. Si volvía a adormilarme, moriría desangrado con la
misma seguridad que si me desmayara. Conté hasta cien al revés.
La pérdida de sangre era el factor más crítico. Como cirujano, era vitalmente
consciente de ello. No debía perder una gota más que lo imprescindible. Si un
paciente sufre una hemorragia durante una operación en un hospital, se le puede
suministrar sangre. Yo carecía de esos medios. Todo lo que se había perdido —la
arena debajo de mi pie estaba ya negra— estaba perdido hasta que mi propia
fábrica lo repusiera. No tenía hemostáticos, ni hilo de sutura, ni grapas.
Empecé la operación exactamente a las 12.45. Acabé a la 1.50 e inmediatamente
me atonté con heroína, una dosis mayor que la anterior. Me dormí en un mundo
gris, indoloro, y permanecí así hasta alrededor de las cinco. Cuando me
espabilé, el sol estaba cerca del horizonte occidental, trazando un camino de
oro sobre el azul del Pacífico que llegaba hasta mí. Nunca he visto algo tan
increíble. Tanto, que me compensó del dolor en un segundo. Una hora más tarde
aspiré un poquito más, para seguir disfrutando de la puesta de sol.
Poco después de hacerse de noche, yo...
Yo...
Esperad un segundo. ¿Os he dicho que no he comido absolutamente nada durante
cuatro días? ¿Y que lo único que tenía a mi alcance para recuperar mis energías
agotadas era mi propio cuerpo? Después de todo, ¿no se ha dicho, una y otra
vez, que la supervivencia es una cuestión mental? ¿De una mente superior? No
voy a justificarme diciendo que cualquiera hubiera hecho lo mismo. En primer
lugar, hay que ser cirujano. Y aun conociendo la técnica de la amputación, es
posible hacer una carnicería y desangrarse de todos modos. Y, aun en el caso de
poder sobrevivir a la amputación y al shock traumático, jamás se le ocurriría
algo semejante a alguien convencional. No importa. Nadie tiene por qué
enterarse. Lo último que haré antes de abandonar la isla será destruir este
libro.
Tuve mucho cuidado.
Lo lavé muy bien antes de comérmelo.
7 de febrero
El dolor del muñón es intensísimo —en ocasiones, realmente intolerable—. Pero
creo que el escozor profundo del proceso de cicatrización es todavía mucho
peor. Esta tarde me he acordado de los pacientes que me tenían harto con lo
mucho que les picaba la carne remendada, que era horrible y que no se podían
rascar.
Yo sonreía y les decía que se sentirían mejor al día siguiente, pensando que se
quejaban sin razón, que eran débiles e ingratos. Ahora los comprendo
perfectamente. Varias veces he estado a punto de arrancar la camisa que sirve
de vendaje y rascarme la herida, hundir los dedos en la carne cruda y tierna,
quitarme los puntos, dejar que la sangre corriera en la arena, cualquier cosa,
cualquier cosa con tal de no sentir ese horrible y enloquecedor hormigueo.
Entonces contaba hasta cien al revés y aspiraba heroína.
No tengo idea de cuánta he llegado a tomar, pero sí sé que he estado casi
permanentemente dopado desde la operación. Como sabéis, quita el hambre. Ni
siquiera sé si tengo hambre. Siento algo extraño, fantasmal, en la barriga, eso
es todo. Por otra parte, puedo ignorarla con toda facilidad y, sin embargo, sé
que no debo hacerlo, ya que la heroína no tiene un valor calórico fácilmente
calculable. De manera que me he puesto a prueba para medir mi energía,
arrastrándome de aquí para allá, y es agotador.
Dios mío, espero que no..., pero temo que sea necesaria una nueva operación.
(más tarde)
Pasó otro avión. Demasiado alto. Tanto, que todo lo que podía ver era el alerón
de popa dibujándose contra el cielo azul. Hice señales, por si acaso, y grité
como un energúmeno. Cuando desapareció, me eché a llorar.
Está muy oscuro y es difícil seguir escribiendo. Comida. He estado pensando en
cantidad de platos. La lasaña de mi madre, pan de ajo, caracoles, langosta,
chuletas, melocotones, asado, la gran porción de pastel de mantequilla y el
helado de vainilla hecho en casa que te sirven en Mother Crunch en la Primera
Avenida, pretzels calientes, salmón ahumado, cangrejos ahumados, jamón ahumado
con rodajas de piña, aros de cebolla fritos, salsa de cebolla con patatas chip,
té frío en largos sorbos, patatas fritas, y te relames los labios de gusto...
100, 99, 98, 97, 96, 95, 94
Dios, Dios, Dios.
8 de febrero
Esta mañana ha aterrizado otra gaviota en el montículo, grande, gorda, mientras
yo reposaba a la sombra de mi roca, la que considero mi campamento particular,
con el muñón apuntando al cielo. En cuanto el pájaro se posó, empecé a salivar
igual que los perros de Pavlov. Se me caía la baba como a un bebé. Como a un
bebé.
Busqué una piedra del tamaño de mi mano y empecé a arrastrarme hacia el pájaro.
Queda tan sólo un cuarto, ya hemos escalado tres. Tres y pico. Pinzetti pasa
hacia atrás (Pine, quiero decir Pine). No tenía demasiadas esperanzas. Estaba
seguro de que saldría volando, pero había que intentarlo. Si atrapara un ave
tan gorda y tan insolente como ésa, tal vez pudiese posponer la segunda
operación indefinidamente. Continué, aunque, de vez en cuando, me golpeaba el
muñón contra el canto afilado de una roca y veía las estrellas con todo el
cuerpo, obligándome a reposar hasta que el dolor se calmara.
La gaviota no escapó. Daba saltitos de aquí para allá, con el pecho hinchado,
como un general pasando revista a las tropas. De vez en cuando me miraba con
sus ojos pequeños, negros y malignos, y no me quedaba más remedio que quedarme
inmóvil como una piedra y contar hasta cien a la espera de que volviera a
moverse. Cada vez que agitaba las alas, el hielo me invadía el estómago. más No
dejaba de salivar. Se me caía la baba como a un niño.
No sé cuánto tiempo estuve al acecho. ¿Una hora? ¿Dos? Cuanto más me acercaba,
más fuerte me latía el corazón y más apetecible parecía la gaviota. Daba la
impresión de estar burlándose de mí y empecé a temer que, antes de que la
tuviese a mi alcance, echara a volar. Me temblaban las piernas y los brazos.
Tenía la boca seca. El muñón, por su parte, me daba unas punzadas asesinas.
Ahora pienso que debo haber sentido también dolores de abstinencia. ¿Tan
pronto? No he tomado heroína más que una semana.
No importa. La necesito. Y hay mucha, muchísima. En cuanto llegue a los Estados
Unidos, me someteré a una cura de desintoxicación en la mejor clínica de
California. Pero ahora no se trata de eso, ¿verdad?
Cuando la tuve al alcance, no quise arrojar la piedra. Estaba irracionalmente
seguro de que erraría, probablemente por unos pocos centímetros. Tenía que
acercarme. Así que seguí arrastrándome, con la cabeza alta, el sudor cayendo a
chorros por mi cuerpo maltrecho de espantapájaros. Por cierto, creo que se me
están pudriendo los dientes, ¿lo he dicho ya? Si fuera supersticioso, diría que
es porque comí ...
¡Ja! Pero no debe de ser ésa la razón, ¿verdad?
Me detuve otra vez. Estaba mucho más cerca de esta gaviota que de cualquiera de
las anteriores. No conseguía obligarme a tirar la piedra. La agarré con toda mi
alma, hasta que me dolieron los dedos, pero ni siquiera así pude hacerlo.
Porque sabía perfectamente lo que no dar en el blanco significaba.
No me importa emplear toda la mercancía. Les voy a poner un pleito que se van a
acordar toda la vida. ¡Viviré como un rey durante el resto de mi vida! ¡Mi
larga, larga vida!
Estoy convencido de que hubiera escalado hasta poder tomarla con la mano si
finalmente no hubiera levantado el vuelo. La hubiera estrangulado. Pero
extendió las alas y echó a volar. La insulté, me hinqué de rodillas y le lancé
la piedra con las pocas fuerzas que me quedaban. ¡Y le di!
El pájaro soltó un graznido y cayó al otro lado del montículo. Entre risas y
temblores, sin preocuparme por los golpes en el muñón ni por si se me abría la
herida, llegué a la cima y empecé a descender por la otra vertiente. Perdí el
equilibrio y me di en el suelo con la cabeza. En aquel momento ni siquiera lo
advertí, aunque tengo un magnífico chichón como recuerdo. Sólo podía pensar en
la gaviota y en cómo le había dado, suerte fantástica, aun volando, ¡le había
dado!
La gaviota se arrastró hasta la playa, el ala rota, el cuerpo ensangrentado. Me
arrastré tras ella todo lo rápido que me era posible, pero ella era más veloz.
¡ Una carrera de lisiados! ¡Ja! ¡ Ja! Podría haberla capturado, ya estaba muy
cerca, de no haber sido por mis manos. Tengo que cuidar mis manos. Puedo volver
a necesitarlas. A pesar del cuidado tenía las palmas llenas de tajos cuando por
fin llegamos a la playa. Por si fuera poco, golpeé mi reloj contra una roca y
saltó hecho añicos.
La gaviota entró en el mar cojeando, graznando como una endemoniada. La atrapé,
pero sólo me quedó un puñado de tristes plumas. Entonces me caí y tragué agua,
tosiendo y atragantándome.
Pero seguí arrastrándome y hasta traté de nadar tras ella. La venda del muñón
acabó por caérseme en el agua, empecé a hundirme y no tuve más remedio que
regresar a la arena. No sé cómo, pero salí del agua, temblando, exhausto,
encogido de dolor, llorando, gritando y maldiciendo a la gaviota. Todavía
estaba a la vista, allá lejos, cada vez más lejos. Creo recordar que en un
momento le rogué que volviera. Eso sí, cuando salió al arrecife, juraría que
estaba muerta.
No es justo.
Me llevó casi una hora arrastrarme hasta el campamento. He tomado mucha
heroína, pero aun así, continúo enfadado con la gaviota. Si no iba a dejarse
cazar, ¿a qué burlarse así de mí? ¿Por qué diablos esperó tanto?
9 de febrero
Me he amputado el pie izquierdo y lo he vendado con mis pantalones. Extraño.
Durante toda la operación se me cayó la baba. ¡Se me cayó la baaaaaba! Como
cuando descubrí la gaviota, se me caía la baba sin parar... Pero me obligué a
esperar hasta la noche. Conté hasta cien al revés veinte o treinta veces. ¡Ja!
¡Ja!
Entonces...
Tenía que repetirme: rosbif frío, rosbif frío, rosbif frío.
11 de febrero (?)
Ha llovido durante dos días, con mucho viento. Cambié algunas rocas de lugar,
hice una especie de escondrijo con ellas y me guarecí allí dentro todo el
tiempo. Sorprendí una pequeña araña, la tomé con los dedos antes de que
escapara y me la metí en la boca. Muy buena, muy gustosa. Empecé a temer que
las rocas que tenía encima de la cabeza se vinieran abajo y me sepultaran. No
importaba.
Me pasé toda la tormenta muy dopado. Tal vez haya llovido tres días, y no dos.
O sólo uno. Aunque creo recordar que oscureció en dos ocasiones. Me encanta
dormir, no siento ni el dolor ni el picor. Sé que voy a sobrevivir, no puede
ser que tenga uno que pasar por todo esto para nada.
Había un cura en la Sagrada Familia cuando yo era niño, un enano que adoraba
hablar del infierno y del pecado mortal. Les tenía verdadero cariño. No hay
retorno del pecado mortal, ése era su punto de vista. Me pasé la noche soñando
con él, el Padre Hailley, con su sotana y su nariz de whisky, sacudiéndose el
dedo y diciendo: «Qué vergüenza, Richard Pinzetti..., un pecado mortal...,
condenado al infierno..., condenado al infierno…
Me reí de él. Si esto no es el infierno, ¿qué es? El único pecado mortal es
darse por vencido.
La mitad del tiempo la paso delirando; el resto me pican los muñones; la
humedad hace que me duelan todavía más.
Pero no voy a ceder. No me voy a dar por vencido. No pasaré por todo esto para
nada.
12 de febrero
Hace un día magnífico y el Sol brilla otra vez en todo su esplendor. Espero que
se estén helando en Nueva York.
Es un buen día, en la medida de lo posible. La fiebre parece haber bajado.
Estaba débil y temblaba cuando salí de mi madriguera, pero después de dos o
tres horas al sol, vuelvo a sentirme casi humano otra vez.
Me arrastré hasta el sur de la isla y encontré varios trozos de madera
arrojados por la tormenta, además de varios tablones de mi propio bote. Había
quelpo y algas en uno de los tablones y me lo comí todo. Me dieron ganas de
vomitar. Es como comerse la cortina de plástico del baño, pero me siento mucho
más fuerte esta tarde.
Llevé la madera a la arena para que se secara. Todavía me queda una caja
completa de cerillas a prueba de humedad y podré hacer una fantástica señal de
humo si pasa alguien pronto. Si no, me servirá para cocinar. Voy a aspirar
heroína.
13 de febrero
He encontrado un cangrejo, que maté y cocí en una pequeña hoguera. Esta noche
casi vuelvo a creer en Dios.
14 de feb
Acabo de darme cuenta de que la tormenta se llevó casi todas las piedras de mi
señal de AYUDA. Pero la tormenta terminó... ¿hace más de tres días? ¿He estado
drogado todo ese tiempo? Tengo que tener más cuidado y bajar la dosis, porque
¿qué ocurriría si pasara un barco y yo estuviera durmiendo?
Reconstruí la señal, pero me llevó casi todo el día y estoy exhausto. Busqué un
cangrejo donde encontré el otro, pero nada. Me corté las manos con varias de
las piedras de la señal, pero me desinfecté con yodo, a pesar de mi debilidad.
Debo cuidar mis manos. Por encima de todo.
15 de feb
Hoy se posó otra gaviota en el montículo. Levantó el vuelo antes de que yo me
acercara. La conminé a irse al infierno, a picotear los ojillos rojizos del
Padre Hailley para toda la Eternidad.
¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Ja.
17 de feb (?)
Me he cortado la pierna derecha a la altura de la rodilla, pero he perdido
mucha sangre. El dolor era inenarrable, a pesar de la heroína. Sólo el shock
hubiera matado a un hombre menos hombre que yo. Déjame contestar con una
pregunta: ¿Hasta qué punto el paciente quiere sobrevivir? ¿Hasta qué punto el
paciente quiere sobrevivir?
Me tiemblan las manos. Si me traicionan, estoy perdido. No tienen ningún
derecho a traicionarme. ¡Ningún derecho! Las he cuidado durante todas sus
vidas. Las he mimado. Mejor que no me traicionen. O se van a arrepentir.
Por lo menos, no siento hambre.
Uno de los tablones del bote se partió por la mitad. Una de las partes tenía
una punta bastante afilada, que fue la que usé. Se me caía la baba, pero me
hice esperar pensando en... ¡aquellas barbacoas! Aquella casa que Will
Hammersmith tenía en Long Island, con una barbacoa donde se podía asar un cerdo
entero. Acostumbrábamos a sentarnos al atardecer, con tragos largos en la mano,
hablando de nuevas técnicas quirúrgicas o de golf o de cualquier otra cosa. Y
la brisa nos traía el olor del cerdo asado. Madre mía, el olor del cerdo asado.
Feb ?
Me he cortado la otra pierna a la altura de la rodilla. He estado dando
cabezadas todo el santo día:
«Doctor, ¿la operación era necesaria?». Ja, ja. Me tiemblan las manos como las
de un viejo. Las odio. Tengo sangre debajo de las uñas, costras. ¿ Recuerdas el
modelo de la facultad, con la barriga de vidrio? Pues me siento igual, pero no
quiero mirar. De ninguna de las maneras. Recuerdo que Dom decía eso, se paraba
a charlar contigo en la calle con la chaqueta del Hiway Outlaws Club. Tú le
decías: «Hombre, ¿cómo hiciste para conseguirla?». Y Dom respondía de ninguna
de las maneras. Viejo Dom. Caramba, ojalá me hubiera quedado en el barrio. Esto
tiene tan mala pinta, como decía Dom. Ja ja.
Pero me han dicho, sabes, que con la terapia adecuada y unas prótesis, volvería
a estar como nuevo, podría volver a la isla y decirle a la gente: «Aquí es
donde ocurrió».
¡Ja-ja-ja!
23 de febrero (?)
Encontré un pez muerto, podrido y apestoso. Es igual, me lo comí. Me doblaban
el cuerpo las arcadas, pero no me lo permití. Sobreviviré. Estoy tan bien con
heroína, las puestas de sol.
Febrero
No me atrevo, pero tengo que hacerlo. ¿Pero, cómo haré para ligar la arteria
femoral tan arriba? Es amplia como una maldita autopista a esa altura.
A pesar de todo, tengo que hacerlo. He marcado la parte alta del muslo, la
parte donde todavía hay carne, con lápiz.
Desearía poder dejar de babear.
Fe
Te... mereces... un descanso hoy... también... así que... levántate y vete.., a
McDonald’s... dos hamburguesas... salsa especial... lechuga... pepinillos..,
cebollas... en... un panecillo...
Da... dada... dadada...
Febbe
Hoy me he visto la cara en el agua. Una calavera cubierta de piel. ¿Me he
vuelto loco ya? Debo de estar loco. Ahora soy un monstruo. Un engendro. No me
queda nada bajo las ingles. Un verdadero monstruo. Una cabeza atada a un torso
que se arrastra por los codos en la arena. Un cangrejo. Un cangrejo dopado. Eh,
tú, soy un pobre cangrejo dopado, dame una moneda.
Jajajaja.
Dicen que de lo que se come se cría, así que ¡TODAVÍA SOY EL MISMO! Querido
Dios shock traumático shock traumático shock traumático NO EXISTE NADA QUE SE
PAREZCA A UN SHOCK TRAUMÁTICO.
JA.
40/Fe ?
He soñado con mi padre. Cuando se emborrachaba, olvidaba el inglés. No es que
tuviera nada interesante que decir de todos modos. Condenado cerdo, me alegré
tanto de irme de tu casa, papito, condenado cerdo, chapucero, nada, no vales
para nada, nada, cero. Sabía que lo lograría. Me alejé de ti, ¿verdad? Me fui
andando sobre las manos.
Pero ya no puedo cortar nada más con ellas. Ayer me corté las orejas.
la mano izquierda lava la derecha no dejes que tu mano izquierda sepa lo que
hace la derecha pito pito colorito donde vas tú tan bonito... jajaja...
Qué importa, una mano u otra, buena comida, buena carne, buen Dios comamos...
pies de cerdo saben igual que manos de cerdo.


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