© Libro N° 9052. La Casa Vacia. Hoffmann, E.T.A.. Emancipación. Septiembre 18 de
2021.
Título
original: © La Casa Vacia. E.T.A.
Hoffmann
Versión Original: © La Casa Vacia. E.T.A. Hoffmann
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
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E.T.A. Hoffmann
La Casa Vacia
E.T.A. Hoffmann
Ya sabéis -comenzó a decir Teodoro- que pasé el último verano en ***. Los
numerosos amigos y conocidos que encontré allí, la vida amable y despreocupada,
las numerosas manifestaciones artísticas y científicas, todo me retuvo. Nunca
me sentía tan contento como cuando me entregaba por entero a mi pasión de
vagabundear por las calles, deteniéndome para ver los grabados en cobre que se
exhibían en las puertas, deleitarme con los letreros y observando a las
personas que salían a mi encuentro, con idea de hacerles un horóscopo; pero no
sólo me atraía irresistiblemente la riqueza de las obras de arte y el lujo,
sino la contemplación de los magníficos y suntuosos edificios. La alameda,
ornada de construcciones semejantes, que conduce a la Puerta de *** es el punto
de reunión de un público dispuesto a gozar de la vida, ya que pertenece a la
clase alta o acomodada.
En los pisos bajos de los grandes palacios exhibíanse la mayor parte de las
veces mercancías lujosas, mientras que en los altos habitaba gente de las clases
mencionadas. Las hosterías más elegantes estaban, por lo general, en esta calle
y los representantes extranjeros vivían en ella; así podéis suponer que allí
había una animación especial y mayor movimiento que en otro lugar de la ciudad,
dando la sensación de hallarse más poblada de lo que realmente estaba. El
interés por vivir en aquel sitio hacia que muchos se conformasen con una
pequeña vivienda, menor de lo que les correspondía, de suerte que muchas
familias habitaban en una misma casa, como si ésta fuera una colmena.
Con frecuencia paseaba yo por tal avenida, cuando un día, de pronto, me fijé en
un paraje que difería de los demás de extraña manera. Imaginaos una casita
baja, con cuatro ventanas, en medio de dos bellos y elevados edificios, cuyo
primer piso apenas si se elevaba más que los bajos de las casas vecinas, y cuyo
techo, en mal estado de conservación, así como las ventanas, cubiertas en parte
con papeles, y los muros descoloridos, daban muestra del total abandono en que
la tenía su propietario. Suponed qué aspecto tendría aquella casa entre dos
mansiones suntuosas y adornadas con lujosa profusión. Permanecí delante
contemplándola y observé al aproximarme qué todas las ventanas estaban
cerradas, que delante de la ventana del piso bajo se levantaba un muro y que la
acostumbrada campanilla de la puerta cochera, así como la de la puerta
principal, no existían; ni tan siquiera había un aldabón o llamador. Con el
tiempo llegué al convencimiento de que la casa estaba deshabitada, ya que
nunca, pasase a la hora que fuera, veía la menor huella de un ser humano. ¡Una
casa deshabitada en esa parte de la ciudad! Era algo muy raro, aunque
posiblemente tendría una explicación natural: que su dueño estuviese haciendo
un largo viaje o que viviese en posesiones muy lejanas, sin atreverse a
alquilar o Vender este inmueble, por si lo necesitaba en el caso de volver a
***. Eso pensaba yo, y, sin saber cómo, me encontraba siempre paseando por
delante de la casa vacía, al tiempo que permanecía, no tanto sumergido en extraños
pensamientos, como enredado en ellos.
Bien sabéis todos, queridos compañeros de mi alegre juventud, que siempre me
considerasteis un visionario, y que cuantas veces las extrañas apariencias de
un mundo maravilloso entraban en mi vida, vosotros, con vuestra rígida razón,
lo combatíais. ¡Pues bien! Ahora podéis poner las caras de desconfianza que
queráis, pues he de confesaros que yo también a veces he sufrido engaños, y que
con la casa vacía parecía ir a ocurrir algo semejante, pero... al final vendrá
la moraleja que os dejará aniquilados. ¡Escuchad! i Vamos al asunto!
Un día, y precisamente a la hora en que el buen tono ordena pasear arriba y
abajo por la alameda, estaba yo, como de costumbre, absorto en mis
pensamientos, contemplando la casa vacía. De pronto, noté Sin mirar que alguien
se había colocado a mi lado y me observaba fijamente. Era el conde P., en
muchos puntos tan afín a mí, y no me cabe la menor duda de que también estaba
interesado en la casa misteriosa. Me sorprendió que, al comunicarle la extraña
impresión que me había causado esa casa deshabitada en aquella parte tan
frecuentada de la ciudad, sonriese irónicamente, si bien al punto me aclarase
todo. El conde P. había ido mucho más lejos que yo. Después de múltiples
observaciones y combinaciones, había dado con la explicación de porqué se
encontraba la casa en aquel estado, y precisamente la explicación estaba
relacionada con una extraña historia, que sólo la más viva fantasía del poeta
podía haber imaginado. Voy ahora a referiros la historia del conde, que
recuerdo con entera claridad, y, por lo que respecta a lo que me sucedió luego,
me siento tan excitado todavía, que os lo contaré después.
¡Qué sorpresa fue la del conde al enterarse de que la casa vacía sólo alojaba
los hornos del confitero, cuyos lujosos escaparates atraían al viandante! Por
eso las ventanas del bajo, donde estaban los hornos, permanecían tapiadas y las
habitaciones del primer piso, con las cortinas echadas para evitar el sol y los
insectos, protegiendo así los artículos confitados. Cuando el conde me contó
esto, sentí como si me hubieran arrojado un jarro de agua fría o como si
demonios enemigos hicieran burla de mis sueños poéticos... Pese a aquella
explicación prosaica, siempre que desde entonces pasaba ante ella, no dejaba de
mirar la casa deshabitada, y, siempre que la miraba, sentía ligeros
estremecimientos al imaginar toda clase de escenas extrañas. No me acostumbraba
a la idea de la confitería, de los mazapanes, de los bombones, de las tartas,
de las frutas escarchadas, etcétera. Una extraña combinación de ideas hacía que
todo me sonase a secretos simbolismos y que pareciese decirme: «¡No os
asustéis, amigo mío! Somos dulces criaturas, pero de un momento a otro
estallará un trueno.»
Entonces yo volvía a pensar: «¿No eres acaso un loco, un iluso, que siempre
tratas de convertir lo vulgar en algo maravilloso? ¿Tienen razón acaso tus
amigos cuando te consideran un exaltado visionario?»
La casa, no podía ser de otro modo, permanecía siempre igual. Llegó un momento
en que, al habituarse mi vista a ella y a las ilusorias figuras que parecían
reflejarse en las paredes, éstas poco a poco fueron desapareciendo. Sin
embargo, una casualidad hizo que lo que parecía dormido volviese a despertar.
El hecho de haber quedado todo, a pesar mío, reducido a algo prosaico, como
podéis imaginar, no impedía que yo siguiese mirando la fabulosa casa conforme a
mi manera de pensar, pues soy fiel caballero de lo maravilloso.
Sucedió, pues, que un día en que, como de costumbre, paseaba por la alameda a
las doce, mi mirada se fue a detener en las ventanas cubiertas por cortinas de
la casa vacía. Noté que la cortina de la última ventana, justamente junto a la
tienda de la confitería, comenzaba a moverse. Dejáronse ver una mano y un
brazo. Con mis gemelos de ópera pude observar claramente la bella mano
femenina, de blancura resplandeciente, en cuyo dedo meñique refulgía con
desusado destello un brillante, y desde cuyo brazo redondeado, de belleza
exuberante, lanzaba sus destellos un rico brazalete. La manó colocó un frasco
de cristal de extraña forma en el alféizar de la ventana y desapareció tras la
cortina.
Me quedé inmóvil; una rara y agradable emoción recorrió mi interior, a la
manera de un calor eléctrico. Fijamente permanecí mirando a la ventana fatal y
de mi pecho se escapó un suspiro. Por último, sentí como si fuese a desmayarme,
y poco rato después me encontré rodeado de gentes de todas clases, que me
observaban con semblante de curiosidad. Esto me disgustó, pero enseguida me di
cuenta de que toda aquella muchedumbre no cesaba de comentar admirada que había
caído desde un sexto piso un gorro de dormir sin que se le hubiese desgarrado
ni una sola malla. Me alejé lentamente, mientras el demonio prosaico me
susurraba con toda claridad al oído que la mujer del confitero, alhajada como
en día de fiesta, se había asomado para dejar en la ventana un frasco de agua
de rosa vacío. ¡Qué extraña ocurrencia! Pero, de pronto, tuve un pensamiento
audaz; regresé al instante a contemplar el escaparate de la Confitería
inmediato a la casa vacía y entré.
Mientras soplaba la espuma del hirviente chocolate que había pedido, comencé a
decir:
-En realidad habéis ampliado mucho vuestro establecimiento...
El confitero echó con presteza un par de bombones de colores en el cucurucho de
papel y, dándoselos a la encantadora joven que lo solicitaba, apoyó sus brazos
en el mostrador, mirándome sonriente. Volví a repetirle que había hecho muy
bien en colocar el horno en la casa contigua, aunque resultaba extraña y triste
la casa vacía en medio de la animada fila de edificios.
-¡Eh, señor! -repuso el confitero-. ¿Quién le ha dicho que la casa de ahí al
lado me pertenece? Han sido vanos todos mis intentos de adquirirla, aunque bien
creo que esa casa posiblemente oculte un enigma.
Ya podéis suponeros, amigos míos, en qué estado de excitación me dejó esta
respuesta y qué reiteradamente le supliqué que me dijese algo más de la casa.
-¡Pues, sí, señor mío! -díjome-. En realidad no sé nada raro de la casa;
únicamente puedo aseguraros que pertenece a la condesa de S., que vive en sus
posesiones, y desde hace muchos años no viene a ***. Como entonces no se habían
construido los magníficos edificios que existen ahora, según me han contado, la
casa está en el mismo estado que antaño y nadie sabe nada de la completa
decadencia en que Se encuentra ahora. Sólo dos seres vivientes la habitan: un
ancianísimo administrador muy huraño y un perro gruñón, que a veces, en el
patio de atrás, ladra a la Luna. El rumor popular dice que debe haber fantasmas
en la casa vacía. Realmente mi hermano (el dueño de la tienda) y yo hemos oído
varias veces en el silencio de la noche, sobre todo en Nochebuena, cuando el
negocio nos hace estar al pie del mostrador ruidos extraños que parecen venir a
través de la pared desde la casa vecina. Luego comienzan a oírse unos sonidos
estridentes y un rumor que nos parece horrible. Aún no hace mucho que una noche
se oyeron cánticos, tan raros que apenas si puedo describirlos. Parecía la voz
de una mujer de edad, pero el tono era tan penetrante, las cadencias tan
variadas y los gorgoritos tan agudos, que ni siquiera los he oído en Italia, en
Francia o en Alemania a las muchas cantantes que he conocido. Me pareció como
si cantase con palabras francesas, que, sin embargo, no podía distinguir bien,
aunque llegó un momento en que no pude oír más aquel canto loco y fantasmal que
me ponía los pelos de punta. A veces, cuando el bullicio de la calle cesaba un
poco oíamos detrás del cuarto trastero profundos suspiros y luego un reír
sofocado que parecía venir del suelo; pero, con el oído pegado a la pared,
podía percibirse que era en la casa vecina donde suspiraban y reían. Fíjese
-dijo mientras me conducía a la habitación última y señalaba a través de la
ventana-, fíjese usted en aquel tubo de metal que sale del muro. A menudo humea
tanto, incluso en verano, cuando nadie necesita calefacción, que mi hermano
muchas veces ha regañado con el inquilino por temor a un incendio. Pero éste se
disculpa, diciendo que cocina su comida. Ahora bien, lo que coma, eso sólo Dios
lo sabe, pues con frecuencia se propaga un olor muy especial sobre todo cuando
el tubo humea mucho.
La puerta de cristal de la tienda resonó, y el confitero apresuróse, al tiempo
que me lanzaba una mirada y me hacía una seña indicando a la persona que
entraba, seña que comprendí perfectamente. ¿Quién podía ser aquel extraño
personaje sino el administrador de la casa misteriosa? Imaginaos un hombrecillo
delgado y seco, con semblante de momia, nariz aguda, labios contraídos, ojos
chispeantes y verdes, de gato, sonrisa de loco, el pelo negro rizado a la
antigua moda y empolvado, un tupé altísimo engomado y, colgando, una gran bolsa
de piel llamada «Postilion d'Amour». Usaba un viejo vestido de color café
'desvaído, aunque muy bien cepillado y limpio, y grandes zapatos desgastados,
con hebillas. Imaginaos que esta personilla se dirigió, mejor dicho dirigió su
enorme puño, de dedos largos y robustos, hacia el escaparte y, medio sonriendo
y medio contemplando los dulces preservados por el cristal, dijo con voz
gemebunda y desvaída:
-Un par de naranjas confitadas, un par de almendrados, un par de marrons
glacés.
Decidme y juzgad si no había motivo para pensar algo raro. El confitero sirvió
todo lo que el anciano pedía.
«¡Pesadlo, pesadlo, honorable señor vecino!», parecía susurrar aquel hombre
extraño.
Luego sacó del bolsillo, mientras gemía y suspiraba, una pequeña bolsa de cuero
y buscó trabajosamente el dinero. Noté que las monedas que iba contando sobre
el mostrador estaban ya en desuso. Con voz quejumbrosa murmuró:
-Dulce..., dulce..., dulce debe ser todo... Por parte mía, todo dulce...
Satanás unta el hocico de su novia con miel..., pura miel.
El confitero me miró riéndose, y luego dijo al viejo:
-Se diría que no os encontráis bien; la edad, debe ser la edad; las fuerzas
disminuyen.
Sin alterar su gesto, el viejo exclamó con voz aguda:
-¿Edad? ¿Edad? ¿Que disminuyen las fuerzas? ¿Débil yo, flojo? ¡Ja, ja, ja!
Y tras esto cerró los puños, haciendo crujir sus articulaciones, y dio tal
salto en el aire, tras pisar con fuerza, que toda la tienda se estremeció y los
cristales resonaron temblorosos. Pero en el mismo instante oyóse una algarabía
espantosa: el viejo había pisado al perro negro, que se fue a meter entre sus
piernas.
-¡Maldita bestia! ¡Maldito perro del infierno! -dijo en voz baja, mientras,
abriendo el cucurucho, le ofrecía un almendrado grande. El perro, que se había
puesto a llorar como si fuera una persona, se tranquilizó, sentóse sobre sus
patas traseras y empezó a roer el almendrado como un hueso. Ambos terminaron a
la vez: el perro con su almendrado y el viejo zampándose todo el cucurucho.
--Buenas noches, querido vecino -dijo alargando la mano al confitero y dándole
tal apretón, que éste lanzó un grito de dolor-. El viejo y débil anciano os
desea buenas noches, honorable señor confitero-repitió saliendo de la tienda y
tras él su perro negro, relamiendo los restos del almendrado esparcidos por su
hocico.
Me pareció que ni siquiera había reparado en que estaba yo allí, inmóvil y
asombrado.
-Ahí le tenéis -comenzó a decir el confitero-, ahí le tenéis; así es como obra
este viejo extraño, que aparece por aquí cuando menos dos o tres veces por
semana, pero no hay forma de sacarle nada; sólo que es el mayordomo del conde
de S., que ahora administra esta casa donde vive, y que espera todos los días,
y así lleva muchos años, que la familia condal de S. retorne, y que por ese
motivo no alquila la casa. Mi hermano un día fue a su encuentro y le preguntó
qué era ese ruido tan extraño que hacía a medianoche, pero él. muy tranquilo,
respondió:
-Si la gente dice que hay fantasmas en esta casa, no lo creáis; no es cierto.
A todo esto Sonó la hora en que el buen tono ordena visitar las confiterías. La
puerta se abrió, y una multitud elegante entró, de modo que ya no pude
preguntar más. No cabía la menor duda de que las noticias del conde P., acerca
de la propiedad y el empleo de la casa, eran falsas; que el viejo
administrador, no obstante su negativa, no vivía solo, y que allí se ocultaba
un secreto. ¿Tenía alguna relación el extraño y espantoso cántico con el bello
brazo que se mostró en la ventana? Aquel brazo no correspondía, no podía tener
relación alguna, con el cuerpo de una mujer vieja. El cántico, sin embargo,
conforme a la descripción del confitero, no provenía de la garganta de una
muchacha. Además, recordé la humareda y el extraño olor de que me había
hablado, así como el frasco de cristal visto por mí, y muy pronto se ofreció a
mi mente la imagen de una criatura de bellos ojos, presa de poderes mágicos.
Creí ver en el viejo un brujo fatal, un hechicero, que posiblemente no tenía
relación alguna con la familia condal de S. y que, por cuenta propia,
encontrábase en la casa abandonada haciendo de las suyas. Mi fantasía se puso a
trabajar, y aquella misma noche, no sólo en sueños, sino en el delirio que
precede al dormir, vi claramente la mano con el brillante refulgente en el dedo
y el brazo ceñido por el rico brazalete. Un semblante bellísimo se me apareció
entre la transparente niebla gris, semblante que tenía ojos azules, tristes y
suplicantes, y luego la figura encantadora' de una joven en la plenitud de su
belleza. Muy pronto me di cuenta de que, lo que tomaba por niebla, era la
humareda que se desprendía del frasco de cristal que tenía la figura entre sus
manos, y que subía en rizadas volutas hacia lo alto.
«¡Oh, mágica visión -exclamé extasiado-, oh, mágica visión! ¿Dónde te
encuentras, quién te ha encadenado? ¡Oh, cuánto amor y tristeza hay en tu
mirada! Bien sé que la magia negra te tiene prisionera, que eres la desgraciada
esclava de un demonio malicioso, vestido con ropas marrones que trastea por la
confitería, da saltos capaces de destruir todo y pisa a perros infernales, que
alimenta con almendrados, cuando, a fuerza de aullidos, han consumado sus
evocaciones satánicas... ¡Oh, ya lo sé todo, bella y encantadora criatura! ¡El
diamante es el reflejo de tu brillo interior! ¡Ah!, si no le hubieses dado la
sangre de tu corazón, ¿cómo iba a brillar así, con rayos tan multicolores y con
tonos tan maravillosos que jamás ha podido ver un mortal? Sí, sé muy bien que
el brazalete que ciñe tu brazo es una argolla de la cadena a que hacía
referencia el hombre vestido de marrón, que es un eslabón magnético. ¡No le
hagas caso, hermosa mía! Ya veo cómo se suelta y cae en la encendida retorta,
desprendiendo llamas azuladas. ¡Yo lo he echado y ya estás libre! ¿Acaso no sé
todo, acaso no sé todo, amada mía? Pero escúchame, encantadora, abre tus labios
y dime...»
En el mismo instante un puño poderoso me empujó contra el frasco de cristal,
que se rompió en mil pedazos, esparciéndose por el aire. Con un débil quejido
de dolor, la encantadora figura desapareció en la oscura noche...
|Ah! Veo por vuestra sonrisa que de nuevo me tomáis por un visionario. Pero os
aseguro que todo el sueño, si es que no queréis prescindir de este nombre,
tenía el perfecto carácter de una visión. Como veo que continuáis sonriéndoos y
negándoos a creerme, de un modo prosaico, prefiero no decir nada, sino terminar
de una vez.
Apenas amaneció, corrí muy intranquilo y Heno de deseos hacia la alameda y me
aposté frente a la casa vacía. Además de las cortinas interiores, había rejas.
La calle estaba totalmente vacía. Acerquéme a la ventana del piso bajo y me
puse a escuchar atentamente. Pero no oí nada; todo estaba en un silencio
sepulcral. Ya se hacía de día y comenzaba a animarse el comercio; debía irme de
allí. Os cansaría si os contase cuántos días fui a la casa en momentos
diversos, y todo en vano, sin poder descubrir nada, y cómo todas mis
investigaciones y observaciones no me procuraron ninguna noticia. Así es que,
finalmente, la bella imagen de la visión que había contemplado fue esfumándose.
Mas he aquí que un día que volvía de dar un paseo por la tarde, al pasar por
delante de la casa vacía noté que la puerta estaba medio abierta; entré. El
hombre del traje marrón se asomó. Yo había tomado una resolución. Pregunté al
viejo:
-¿Vive aquí Binder, el consejero de Hacienda?
Al tiempo empujaba la puerta para entrar en un vestíbulo iluminado débilmente
por la luz de una lámpara. El viejo me miró con su sonrisa permanente y dijo
con voz lenta y gangosa:
-No, no vive aquí; nunca ha vivido aquí, nunca vivirá aquí y tampoco vive en
toda la alameda. Pero la gente dice que en esta casa hay fantasmas. Sin
embargo, puedo asegurarle que no es cierto; es una casa muy tranquila, muy
bonita, y mañana vendrá la respetable condesa de S. ¡Buenas noches, mi querido
amigo!
Apenas terminó de decir esto, el viejo se las ingenió para echarme de la casa y
cerrar la puerta tras de mí. Oí cómo resonaban las llaves en su llavero,
mientras subía las escaleras, carraspeando y tosiendo. Aquel escaso tiempo fue
suficiente sin embargo, para que viese qué en el vestíbulo colgaban tapices
antiguos de varios colores y que la sala estaba amueblada con sillones de
damasco rojo, todo lo cual le daba un aspecto extraño, ¡Nuevamente volvieron a
despertarse en mi interior la fantasía y la aventura tras de haber entrado en
la casa misteriosa!
Imaginaos..., imaginaos al día siguiente en qué estado volví a recorrer la
alameda al mediodía. Al dirigir la mirada involuntariamente hacia la casa
vacía, observé que algo brillaba en el piso alto. Al acercarme vi que la
persiana estaba levantada y la cortina medio corrida. iOh, cielos! Apoyado en
su brazo, el bello semblante de aquella visión mía me miraba suplicante. ¿Era
posible permanecer quieto en medio de la muchedumbre? En aquel momento me fijé
en el banco destinado a los viandantes, colocado precisamente ante la casa
vacía, aunque de espaldas a la fachada. Con paso rápido caminé por la alameda
y. apoyándome sobre el respaldo del banco, pude contemplar sin ser molestado la
ventana fatal. ¡Si!, era ella, la encantadora y bella criatura, los mismos
rasgos... Sólo que su mirada incierta... no se dirigía a mí, según me pareció,
sino más bien denotaba algo artificial, como muerto. Daba la engañosa impresión
de pertenecer a un cuadro, impresión que hubiera sido completa de no haberse
movido el brazo y la mano. Totalmente absorto en la contemplación del extraño
ser que estaba asomado a la ventana, y que me causaba tan rara exaltación, no
oí la voz temblona de un vendedor ambulante italiano que inútilmente me ofrecía
su mercancía. Como me tocase el brazo, volvíme con presteza y le reñí furioso.
No me dejaba un instante con sus súplicas pedigüeñas. En todo el día no había
ganado nada; decía que le comprase un par de lápices o un paquete de
mondadientes. Impaciente, para librarme a toda prisa de aquel pesado, metí la
mano en el bolsillo en busca de mi bolsa mientras él me decía:
-Aún tengo cosas más bonitas. Buscó en su caja y sacó un espejito, que estaba
en el fondo con otros cristales, y me lo mostró de lejos. Volví a mirar la casa
vacía, la ventana y los rasgos de aquel encantador y angelical semblante de la
visión que se me había aparecido.
Apresurado compré el espejito, que me permitió, sin necesidad de molestar al
vecino, mirar hacia la ventana. Así es que, contemplando durante largo rato el
rostro misterioso, me sucedió que experimenté un sentimiento rarísimo e
indescriptible, como si estuviera soñando despierto, Tuve la sensación de que
me paralizaba, pero más bien que los movimientos del cuerpo, la mirada, que no
podía apartar del espejo. Confieso con rubor que recordé aquellos cuentos
infantiles que me relataba en mí tierna niñez la criada al acostarme, cuando me
divertía contemplándome en el gran espejo de la habitación de mi padre. Me dijo
entonces que, cuando los niños se miran mucho por la noche al espejo, ven la
cara horrible de un desconocido, y esto hacía que a veces permanecieran mirando
fijamente. Aquello me parecía horroroso, pero aun sobrecogido por el espanto,
no podía dejar de mirar a través del espejo, porque tenía una gran curiosidad de
ver el semblante desconocido. Una vez parecióme ver un par de ojos brillantes,
horribles, que despedían chispas desde el espejo; me puse a gritar y caí
desvanecido. En aquella ocasión se me declaró una larga enfermedad, y todavía
hoy tengo la sensación de que aquellos ojos me están mirando. En una palabra:
todas aquellas beberías de mi infancia pasaron por mi imaginación; sentí que se
me helaban las venas, y quise apartar de mi lado el espejo..., pero no pude.
Los ojos celestiales de la encantadora criatura me contemplaban. Sí, su mirada
penetraba directamente en mi corazón.
Luego, aquel espanto que me sobrecogió repentinamente cesó y dio paso a un
suave dolor y a una dulce nostalgia, semejante al efecto de una sacudida
eléctrica.
-¡Tenéis un espejo envidiable! - dijo una voz junto a mí.
Desperté como de un sueño, y cuál no sería mi desconcierto cuando encontré a mi
lado unos semblantes que sonreían de modo equívoco. Varias personas habíanse
sentado en el mismo banco y era lo más probable que, por mi insistencia en
mirar al espejo y quizá por los extraños gestos que debí de hacer en el estado
de exaltación en que me encontraba, diese un espectáculo muy divertido.
-Tenéis un espejo envidiable -repitió la voz al ver que yo no respondía-. ¿Por
qué miráis con tanta fijeza?
Un hombre ya de edad, vestido muy cuidadosamente, que en el tono de su
conversación y en la mirada tenía algo de bondadoso e inspiraba confianza, era
quien me hablaba. No tuve reparo en decirle que precisamente en el espejo veía
a una joven maravillosa que estaba asomada a la ventana de la casa vacía. Fui
más lejos aún: pregunté al viejo si veía él también aquel maravilloso
semblante.
-¿Allí, en aquella casa vieja..., en la última ventana? - me preguntó asombrado
el viejo.
-Ciertamente, ciertamente -repuse. El viejo se sonrió y comenzó a decir:
-Os habéis engañado de un modo extrañísimo... Doy gracias a que mis viejos
ojos... ¡Dios bendiga mis viejos ojos! ¡Eh, eh, señor mío! En efecto, sí, yo
también he visto con estos ojos bien abiertos el semblante maravilloso asomado
a la ventana. Aunque realmente bien creo que se trata de un retrato al óleo.
Rápidamente me volví hacia la ventana: todo había desaparecido y la persiana se
había bajado.
-Sí -continuó el viejo-; sí, señor mío, no es demasiado tarde para convencerse
de que precisamente ahora el criado que vive ahí solo, como un castellano, en
los cuarteles de la condesa de S., acaba de limpiar el polvo del cuadro, lo ha
quitado de la ventana y bajó la persiana.
-¿Así que era un cuadro? - pregunté totalmente desconcertado.
-Confiad en mis ojos -repuso el viejo-. Al ver en el espejo sólo el reflejo del
cuadro ha sido usted fácilmente engañado por la ilusión óptica. ¿Acaso yo,
cuando tenía vuestra edad, gracias a mi fantasía, no era capaz de evocar la
imagen de una bella joven y de darle vida?
-Pero la mano y el brazo se movían -insistí.
-Sí, sí; se movían, todo se movía -dijo el viejo sonriendo y dándome un
golpecito en el hombro. Luego levantóse y después de hacerme una reverencia se
despidió con estas palabras-: Tened cuidado con esos espejos de bolsillo, que
mienten tan engañosamente. Téngame por su más obediente servidor.
Podéis imaginar cuál sería mi estado de ánimo cuando me vi tratado como si
fuera un ser fantástico, necio y visionario. Quedé convencido de que el viejo
tenía razón, de que toda aquella loca fantasmagoría había tenido lugar en mi
interior, y que todo lo de la casa vacía, para vergüenza mía, sólo era una
mixtificación repelente. De muy mal humor y muy disgustado abandoné el banco,
decidido a librarme de una vez para siempre del misterio de la casa vacía o,
por lo menos, dejar transcurrir unos días sin pasear por la alameda ni por
aquel sitio.
Seguí tal propósito al pie de la letra. Pasaba las horas ocupado en los negocios
de mi bufete, y al atardecer pasaba el rato en un círculo de alegres amigo?, de
tal modo que no volvieron a atormentarme aquellos secretos. Únicamente me
sucedía algunas noches que me despertaba como si alguien me tocase, y entonces
tenía la clara sensación de que, sólo el ser misterioso que se me había
aparecido al mirar la ventana de la casa vacía, era la causa de mis
sobresaltos. Incluso cundo estaba en mi trabajo o en animada conversación con
mis amigos me estremecía con este pensamiento, como si hubiese recibido una
sacudida eléctrica. Pero esto sucedía en momentos fugaces. El pequeño espejo de
bolsillo, que en otro tiempo tan mentirosamente había reflejado la imagen
amable, ahora me servía para menesteres prosaicos: acostumbraba a hacerme el
nudo de la corbata ante él. Pero sucedió un día que lo encontré opaco, y
echándole el aliento lo froté para darle brillo. Se me detuvo el pulso y todo
mi ser se estremeció al experimentar un sentimiento, de terror no exento de
cierto agrado. Sí..., ciertamente tengo que calificar de ese modo la sensación
que me sobrecogió cuando eché el aliento al espejo, pues contemplé, en medio de
una neblina azul, el bello rostro, que me miraba suplicante, con una mirada que
traspasaba el corazón. ¿Os reís? Sí, estáis convencidos de que soy un
visionario sin remedio. Mas decid lo que queráis, pensad lo que queráis; no me
importa. La maravillosa mujer me miraba, en efecto, desde el espejo; pero en
cuanto cesé de echarle aliento al espejo, desapareció su rostro de él... No
quiero fatigaros más. Pues voy a referir todo lo que sucedió después. Sólo os
diré que incansablemente yo repetía la experiencia del espejo y casi siempre
lograba evocar la imagen, aunque algunas veces mis esfuerzos resultaban
infructuosos. Entonces corría como loco hacia la casa vacía y me ponía a
contemplar la ventana; pero ningún ser humano se asomaba... Vivía sólo pensando
en ella; todo lo demás me parecía muerto, sin interés; abandoné mis amigos, mis
estudios.
En estas circunstancias muchas veces sentía un dolor suave y una nostalgia como
soñadora. Parecía a veces como sí la imagen perdiese fuerza y consistencia,
aunque en otras ocasiones se agudizaba de tal modo que recuerdo algunos
momentos con verdadero espanto.
Encontrábame en un estado de ánimo tal, que hubiera estado a punto de ser mi
perdición. Pero aunque os riáis y os burléis de mí, escuchad lo que voy a
contaros. Como ya os dije, cuando aquella imagen palidecía, lo que sucedía muy
a menudo, sentía un malestar muy grande. Entonces la figura hacía su aparición
con una viveza tal, con un brillo tan grande, que me daba la sensación de poder
tocarla. Aunque realmente también tenía la horrible impresión de ser yo mismo
la figura envuelta por la niebla que se reflejaba en el espejo. Aquel estado
penoso terminaba siempre con un agudo dolor en el pecho y luego con una gran
apatía que me dejaba preso de un total agotamiento. En los momentos en que
fracasaba en mi intento del espejo, notaba que me quedaba sin fuerzas; pero
cuando volvía a aparecer la imagen en él, no he de negar que experimentaba un
extraño placer físico. Esta continua tensión ejercía sobre mí un influjo
maligno; con una palidez mortal y totalmente destrozado, andaba vacilante; mis
amigos me consideraban enfermo y sus continuas advertencias me obligaron a
meditar seriamente acerca de mi estado.
Fuera intencionadamente o de forma casual, unos amigos que estudiaban medicina,
en una visita que me hicieron dejaron allí un libro de Reil sobre las
enfermedades mentales. Comencé a leerlo. La obra me atrajo irresistiblemente,
pero ¡cuál no sería mi asombro al ver que todo lo que se decía en tomo a la
locura obsesiva lo experimentaba yo!
El profundo espanto que sentí, al imaginarme cercano al manicomio, me hizo
reflexionar, y tomé una decisión, que ejecuté al momento. Guardé mi espejo de
bolsillo y me dirigí rápidamente al doctor K.. famoso por su tratamiento y
curaciones de dementes, debidas al profundo conocimiento que tenía del
principio psíquico, que a menudo es causa de enfermedades corporales, pero mediante
el cual también pueden curarse. Le referí todo, no oculté ni el menor detalle,
y juré que haría cuanto pudiera para salvarme del monstruoso destino en que
veía una amenaza. Escuchóme atentamente, y luego noté cómo en su mirada se
reflejaba un gran asombro.
-Aún no está el peligro cerca -me dijo-; no está tan cerca como creéis, y os
afirmo con toda certeza que puedo alejarlo. No hay la menor duda de que
padecéis un mal psíquico, pero el mismo reconocimiento del ataque de un
principio maligno os permite tener a mano el arma con que defenderos. Dejadme
el espejo, dedicaos a algún trabajo que ocupe todas vuestras fuerzas, evitad la
alameda, trabajad desde muy temprano todo lo que podáis resistir. Después de un
buen paseo, reunios con vuestros amigos, que hace tanto que no veis. Comed
alimentos saludables, bebed buen vino. Como veis, trato de fortalecer vuestro
cuerpo y de dirigir vuestro espíritu hacia otras cosas, para alejar de vos la
idea fija, es decir, la aparición que os ofusca, ese semblante en la ventana de
la casa vacía que veis reflejada en vuestro espejo. ¡Seguid al pie de la letra
mis prescripciones!
Me resultaba difícil separarme del espejo. El médico, que ya lo había cogido,
pareció notarlo. 'Echó su aliento sobre él y me preguntó mientras lo retenía;
-¿Veis algo?
-Nada, ni la menor cosa -repuse, como realmente sucedía.
-Echad vos el aliento -dijo el médico, mientras me lo devolvía.
Así lo hice, y la imagen maravillosa apareció más claramente que nunca.
-¡Aquí está! -exclamé en voz alta. El médico miró y dijo:
-No veo absolutamente nada, pero no he de ocultaros que, en el mismo instante
en que miré en vuestro espejo, sentí un estremecimiento siniestro, que se me
pasó en seguida. Bien sabéis que soy muy sincero, y por eso merezco vuestra
confianza. Repetid la prueba.
Así lo hice; el médico me rodeó con sus brazos; sentí su mano en mi nuca. La
imagen volvió. El médico, que miraba conmigo en el espejo, palideció; luego,
quitándome el espejo de la mano, miró de nuevo, lo guardó en su pupitre y
volvióse hacia mí, mientras se secaba el sudor de la frente.
-Seguid mi prescripción -comenzó a decir-. Seguid punto por punto mi
prescripción. Tengo que reconocer que aquellos momentos en que vuestro yo
interior siente un dolor físico me resultan muy misteriosos, aunque espero
poder deciros pronto algo acerca de este asunto.
Seguí al pie de la letra los consejos del médico, por muy penoso que me
resultara, y aunque pronto sentí la influencia beneficiosa de la dieta ordenada
y de los diversos trabajos en que se ocupaba mi espíritu, sin embargo no pude
verme totalmente libre de aquellos horribles accesos, que solían manifestarse
al mediodía, y sobre todo a las doce de la noche. Incluso en medio de las más
alegres reuniones, bebiendo y cantando, me sucedía como si atravesasen mi
interior puñales incandescentes, y entonces eran inútiles todos los esfuerzos
que hacía para resistir; tenía que alejarme, pudiendo solamente volver a casa
cuando retornaba de mi desvanecimiento.
Sucedió, pues, que un día, estando en una reunión nocturna en la que se hablaba
de efectos e influencias, se trató también del oscuro y desconocido campo del
magnetismo. Se hacía referencia preferentemente a la posible influencia de un
lejanísimo principio psíquico, y se pusieron muchos ejemplos. Sobre todo, un
joven médico, muy dado al magnetismo, demostró que, tanto él como otros muchos,
mejor dicho, como todos los magnetizadores poderosos, podía obrar desde lejos
mediante su pensamiento y voluntad sobre una sonámbula. Todo lo que habían dicho
Kluge, Schubert, Barteis y otros podía demostrarse con pruebas.
-Me parece que lo más importante -terminó finalmente uno de los presentes, un
conocido médico que estaba allí como atento observador-, lo más importante de
todo es que el magnetismo parece encerrar muchos enigmas, que, por lo general,
no se consideran secretos en la vida diaria, sino simples experiencias. Así,
pues, tenemos que andar con pies de plomo. ¿Cómo es posible que suceda que,
aparentemente, sin motivo alguno externo o interno, y rompiendo la cadena de
los pensamientos, una determinada persona o simplemente la imagen fiel y viva
de algún acontecimiento se apodere dé nosotros de manera que nos quedemos
asombrados? Lo más notable es lo que a menudo experimentamos en sueños. Toda la
imagen del sueno se hunde en un negro abismo, y he aquí que de nuevo,
independientemente de la imagen de aquel sueño, surge otra con poderosa vida,
imagen que nos transporta a lejanas regiones y de pronto nos pone en relación
con personas aparentemente desconocidas, en las que hacía ya mucho años no
pensábamos. Sí, y todavía más, a menudo contémplennos personas desconocidas o
que conocimos hace muchos años. Como cuando decimos algunas veces: «¡Dios mío!
Este hombre, esta mujer me resultan conocidos; me parece haberlos visto ya en
alguna parte, es probable, aunque parezca mentira, que sea el recuerdo oscuro
de un sueño. ¿Cómo podría explicarse esta súbita aparición de imágenes
extráñate en medio de nuestras ideas, que suelen apoderarse de nosotros con una
fuerza especial, si no fuese porque son motivadas por un principio psíquico?
¿Cómo sería posible ejercer influencia en un espíritu extraño en determinadas
circunstancias, y sin preparación alguna, de forma que podamos obrar sobre él
como si estuviera muerto?
-Un paso más -añadió otro riéndose- y estamos en los embrujamientos, la magia,
los espejos y las necias fantasías y supersticiones de los tiempos antiguos.
-¡Eh! - interrumpió el médico al escéptico-. No hay ninguna época anticuada, y
mucho menos puede considerarse necios a los tiempos pasados en que hubo hombres
que pensaron, pues también tendríamos que considerar necia nuestra propia
época. Hay algo, por mucho que nos esforcemos en negarlo, y que más de una vez
se ha demostrado, y es que en el oscuro y misterioso reino, que es la patria de
nuestro espíritu, arde una lamparita, perceptible por nuestra mirada, ya que la
Naturaleza no ha podido negarnos el talento y la inclinación de los topos,
pues, ciegos como somos, buscamos orientarnos a través de caminos de tinieblas.
Y así como los ciegos de la tierra reconocen la proximidad del bosque por el
rumor de las hojas de los árboles, por el murmullo y el sonido de las aguas, y
se cobijan en sus sombras refrescantes, y el arroyo les calma su sed, de forma
que su anhelo alcanza la meta deseada, del mismo modo presentimos nosotros,
gracias al resonante batir de alas y al aliento espiritual de los seres, que
nuestro peregrinaje nos conduce al manantial de la luz, ante la cual se abren
nuestros ojos.
No pude resistir más tiempo, y, volviéndome hacia el médico, le dije:
-Considero, y no quiero entrar en más profundidades, considero posible no sólo
esta influencia, sino también otras, y creo que en el estado magnético pueden
realizarse operaciones gracias al principio psíquico. Asimismo -continué-, creo
que existen fuerzas demoníacas enemigas que pueden ejercer su poder maléfico
sobre nosotros.
-Serán partículas malignas de espíritus caídos -repuso el médico riéndose-. No.
no debemos admitir esto, y sobre todo les suplico que no tomen estas
insinuaciones mías sino como simples sugerencias, a las que voy a añadir que no
creo en un indiscutible dominio de un principio espiritual sobre otro, sino más
bien tengo que admitir que todo sucede a causa de una debilidad de la voluntad,
cambio o dependencia que permite este dominio.
-En fin -comenzó a decir un hombre de edad que había permanecido callado,
aunque escuchando muy atentamente-, en fin, estoy de acuerdo con vuestras
extrañas ideas acerca de los misterios impenetrables con los que tratamos de
familiarizamos. Si existen misteriosas riquezas activas, que se ciernen sobre
nosotros amenazadoramente, tiene que existir alguna anormalidad en nuestro
organismo espiritual que nos robe fuerza y valor para resistir victoriosamente.
En una palabra: sólo la enfermedad del espíritu, los pecados, nos hacen siervos
del principio demoníaco.
Es digno de notarse -prosiguió- que ya, desde los tiempos más remotos, las
fuerzas demoníacas sólo actuaban sobre los hombres que sufrían grave trastorno
espiritual. Me refiero, sobre todo a encantos o hechicerías amorosas de que
están llenas todas las crónicas. En los más disparatados procesos brujeriles
aparecen siempre, e, incluso en los códigos de algunas naciones muy
civilizadas, se habla de filtros amorosos, destinados a obrar psíquicamente,
que no sólo despiertan el deseo amoroso, sino que irresistiblemente obran sobre
una determinada persona. Ya que la conversación trata de estas cosas, recordaré
un suceso trágico que sucedió en mi propia casa hace poco tiempo. Cuando
Bonaparte invadió nuestro país con sus tropas, un coronel de la Guardia Noble
italiana alojóse en mi casa. Era uno de los pocos oficiales de la llamada
Grande Armée, que se había distinguido por su conducta digna y correcta. De
semblante pálido, sus ojos hundidos daban señales de estar enfermo o presa de
una profunda preocupación. Pocos días después de su llegada, estando conmigo,
sucedió algo que manifestó la especie de enfermedad de que se veía atacado.
Encontrábame yo precisamente en su habitación cuando, de pronto, conienzó a
suspirar y se llevó una mano al pecho, o mejor dicho, a la altura del estómago,
como si sintiese dolores mortales. Llegó un momento en que no pudo hablar,
viéndose obligado a tumbarse en el sofá; luego, de pronto, perdió la visión y
quedóse rígido, sin conocimiento, como un palo. Pero después se incorporó como
si despertase de un sueño, aunque era tal su cansancio, que durante mucho
tiempo no pudo moverse. Mi médico, a quien yo envié después de haber probado
diversos métodos, comenzó a tratarle magnéticamente, y esto pareció ejercer
algún efecto. Pero, en cuanto dejaba de magnetizarle, el enfermo experimentaba
un sentimiento insoportable de malestar. Como el médico se había ganado la
confianza del coronel, confesóle éste que en aquellos momentos veía la imagen
de una joven que había conocido en Pisa; tenía entonces la sensación de que su
mirada ardiente penetraba en su interior, y era cuando experimentaba aquellos
dolores insoportables, hasta que caía inconsciente. Aquel estado le causaba tal
dolor de cabeza y una tensión tal como si hubiera vivido un éxtasis amoroso.
Nada dijo de cuáles fueran las relaciones que hubiera tenido con aquella mujer.
Las tropas estaban a punto de emprender la marcha; el coche del coronel
hallábase a la puerta, éste estaba desayunando, y he aquí que, en el mismo
momento de llevarse a los labios un vaso de vino de Madera, se desplomó,
cayendo al suelo, al tiempo que profería un grito. Estaba muerto. Los médicos
diagnosticaron un ataque nervioso fulminante. Unas semanas después, me
entregaron una carta dirigida al coronel. Yo no tenía intención de abrirla,
pues pensaba dársela a algún amigo de sus familiares, al tiempo de comunicarles
la noticia de su repentina muerte. La carta provenía de Pisa, y supe que
contenía las siguientes palabras: «¡Infeliz! Hoy, día 7, a las doce del
mediodía, falleció Antonia, abrazando amorosamente tu imagen traicionera.» Miré
el calendario, en el que había señalado el día de la muerte del coronel, y vi
que el fallecimiento de Antonia había sido a la misma hora que el suyo.
No quise escuchar el resto de la historia que refería aquel hombre, pues
invadióme tal terror al reconocer mi propio estado en el del coronel italiano,
que salí apresurado, rabiando de dolor, poseído por el loco anhelo de ver la
imagen desconocida. Corrí hacia la casa fatal. Desde lejos me pareció ver
brillar luces a través de las persianas bajadas; pero, a medida que me fui
aproximando, se desvaneció el brillo.
Furioso, ebrio de amor, me lancé hacía la puerta, que cedió a mi empuje.
Encontróme en un vestíbulo débilmente iluminado. El corazón me saltaba del
pecho, tal era la angustia y la impaciencia que sentía; oyóse un cántico
caudaloso que parecía provenir de una garganta femenina cuyo tono agudo
resonaba en toda la casa; en fin, no sé cómo sucedió que me encontré de pronto
en una gran sala iluminada con muchas velas, amueblada a la manera antigua, con
muebles dorados y muchos exóticos jarrones japoneses. Una nube de humo se
elevaba, como una neblina azul.
-¡Bienvenido seas, seas bienvenido..., dulce desposado!... ¡Ha llegado la hora
de la boda! -se oyó gritar a una voz de mujer.
Como todavía no sé cómo hice mi aparición en la sala, tampoco puedo decir de
qué modo apareció de improviso resplandeciente, a través de la niebla, una
bella figura juvenil, ataviada con ricos vestidos, que se dirigió hacia mí con
los brazos abiertos mientras repetía: «¡Bienvenido seáis, dulce desposado!», al
mismo tiempo que un semblante horriblemente deformado por la edad y la locura
me miraba con fijeza a los ojos. Mi espanto fue tan grande que vacilé, como si
estuviera fascinado por la mirada penetrante y vivaz de una serpiente de
cascabel; no podía apartar los ojos de aquella vieja horrible ni tampoco podía
dar un paso.
Acercóse a mí, y entonces tuve la sensación de que su espantoso rostro era sólo
la máscara recubierta de un tenue velo, que mostró con apariencia más bella a
través del espejo. Sentía ya el contacto de las manos de aquella mujer cuando,
dando un agudo chillido, se tiró al suelo. Oyóse entonces una voz detrás de mí
que decía:
-¡Vaya, vayal Otra vez el diablo está de broma con Vuestra Excelencia. ¡A la
cama, a la cama! ¡Si no habrá palos muy fuertes!
Volvíme rápidamente y vi al administrador en camisa, agitando un látigo sobre
su cabeza. Trataba de descargar sus golpes sobre la vieja, que se revolcaba en
el suelo dando alaridos. Le agarré el brazo y, tratando de evitarme, exclamó:
-¡Truenos y centellas, señor mío! Satanás hubiera estado a punto de matarla de
no haber aparecido yo a tiempo. ¡Largo, largo de aquí!
Salí de la sala, y en vano traté de encontrar la puerta de la calle en la
oscuridad. Desde allí escuché los latigazos y los gritos y gemidos de la vieja.
Empecé a pedir auxilio a gritos, pero noté que el suelo se hundía bajo mis pies
y caí escaleras abajo, yendo al fin a dar contra una puerta, de tal modo que
ésta se abrió y fui rodando a parar a un cuartito. Cuando vi la cama, en la que
había huellas de haber sido abandonada recientemente, y observé la levita color
marrón que estaba colgada en una silla, reconocí al instante la casaca del
viejo administrador. Pocos instantes después, se oyeron pasos por la escalera,
y éste descendió y vino a ponerse a mis pies.
--¡Por todos los santos -suplicóme con las manos unidas- por todos los santos,
no sé quién sois y cómo la vieja bruja ha podido atraeros! Pero os ruego que
calléis, que no digáis nada de lo que aquí ha sucedido; de lo contrario, me
quedaré sin empleo y sin pan. Su excelencia, la loca, ya ha recibido su castigo
y se encuentra atada a la cama. Dormid bien, honorable señor, con toda
tranquilidad. ¡Sí, que podáis dormir bien! Es una noche de julio muy agradable
y calurosa, y aunque no hay luna, él resplandor de las estrellas os alumbrará...
Así es que, ¡muy buenas noches!
Apenas terminó su discurso, el viejo se levantó y, cogiendo una luz. me empujó
fuera del subterráneo, y, haciéndome cruzar la puerta, la cerró.
Me encaminé hacia mi casa completamente desconcertado y, ya podéis imaginar.
que sin dejar de pensar en el horrible secreto, ni poder de momento establecer
la menor relación entre aquellas cosas y lo sucedido el primer día. Sólo estaba
seguro de algo: de que estaba ya libre del poder maligno que me había retenido
durante tanto tiempo. Todo el doloroso anhelo que había sentido por causa de la
encantadora imagen había desaparecido, pues súbitamente, con aquella visita
había tenido la sensación de entrar en un manicomio. No me cabía la menor duda
de que el administrador era el guardián tiránico de una mujer loca, de noble
cuna, cuyo estado quizá quisiera ocultarse al mundo; pero lo que no se
explicaba era el espejo.,.., aquel semblante encantador... En fin, ¡sigamos,
sigamos!
Pasado algún tiempo asistí a una reunión muy concurrida del conde P., y éste,
llevándome a un rincón, me dijo sonriendo:
-¿Sabéis que ya se empieza a descifrar el secreto de nuestra casa vacía?
Intenté escuchar lo que el conde trataba de referir, pero como en aquel momento
se abrieron las puertas del comedor, nos encaminamos a la mesa. Totalmente
ensimismado, pensando en los secretos que el conde iba a revelarme, ofrecí el
brazo a una joven dama y mecánicamente seguí el rígido ceremonial de la fila.
La conduje al puesto que nos ofrecían y, al contemplarla, vi los mismos rasgos
que la imagen del espejo, y eran tan exactos que no cabía engaño. Ya podéis
imaginaros que me estremecí, pero también puedo asegurar que no hubo entonces
la menor resonancia de aquella loca y fatídica pasión que se apoderaba de mí cada
vez que veía, en el espejo la imagen de aquella mujer.
Mi sorpresa, aún más, mi espanto, debió reflejarse en mis ojos, pues la joven
me miró asombrada, de tal modo que consideré necesario sobreponerme y. con toda
la serenidad de que era capaz, la expliqué que tenía la sensación de haberla
visto en alguna parte. La breve explicación que me dio era que esto no era
posible, pues ayer por primera vez había venido a ***, lo que realmente me
desconcertó. Enmudecí. Sólo la mirada angelical que me lanzaron los bellos ojos
de la joven me reanimó. Bien sabéis cómo en estas ocasiones las antenas
espirituales se tienden y palpan suave, suavemente, hasta que se vuelve a
captar- el tono. Así lo hice y muy pronto hallé que aquella encantadora
criatura tenía cierta sensibilidad enfermiza. Cuando yo salpicaba la
conversación con alguna palabra atrevida y rara, para darle sabor, noté que
sonreía, aunque su sonrisa era dolorosa.
-No estáis alegre, amiga mía; quizá haya sido la visita de esta mañana.
Esto dijo un oficial, no lejos de nosotros, a mi dama; pero en el mismo
instante su vecino le cogió del brazo y le dijo algo al oído, en tanto que una
señora, al otro lado de la mesa, con las mejillas encendidas y la mirada
refulgente, se puso a hablar en voz alta de la magnífica ópera que había visto
representar en París y a compararla con las actuales. A mi vecina se le
saltaron las lágrimas.
-Soy tonta -dijo volviéndose hacia mí.
Como antes habíase quejado de jaqueca, le dije:
-Esto es resultado de su dolor de cabeza y lo mejor para estar alegre es la
espuma que rebosa esta bebida poética.
AI decir estas palabras serví champán en su copa, que rehusó al principio,
aunque luego probó, y con su mirada agradeció la alusión a sus lágrimas, que no
podía ocultar. Pareció alegrarse un poco y todo hubiera ido bien si yo,
inesperadamente, no hubiese tropezado en un vaso inglés, que resonó con un
sonido estridente y agudísimo. Mi vecina palideció mortalmente e incluso a mí
mismo me sobrecogió un espanto repentino, porque el sonido de la copa era igual
a la voz de la vieja loca de la casa vacía.
Cuando nos dirigíamos a tomar café tuve ocasión de acercarme al conde P.; él se
dio cuenta en seguida del motivo.
-¿Sabéis que vuestra vecina es la condesa Edmunda de S.? ¿Sabéis que la hermana
de su madre está encerrada en la casa vacía desde hace varios años como loca
incurable? Hoy por ¡a mañana, ambas, madre e hija, estuvieron a ver a la
desdichada. El viejo administrador, el único que era capaz de dominar los
tremendos ataques de la condesa, y que había tomado sobre sus hombros esta
responsabilidad, ha fallecido, y se dice que la hermana, por fin, ha sido
confiada en secreto al doctor K., que buscará remedios extremos, si no para
curarla totalmente, al menos para librarla de los horribles ataques de locura
furiosa que padece de vez en cuando. No sé más por ahora.
Como algunos se acercaran, interrumpió la conversación. El doctor K. era
precisamente la única persona a la que yo había comunicado mi extraña
situación; así es que podéis suponeros que, en cuanto pude, me apresuré a verle
y a referirle punto por punto todo lo que me había sucedido desde la última vez
que le vi. Le supliqué que. para tranquilidad mía, me contase todo lo que
supiese acerca de la vieja loca y no tardó lo más mínimo, después que le
prometí guardar el secreto, en confiarme lo siguiente:
-Angélica, condesa de Z.-así comenzó el doctor-. no obstante estar bordeando
los treinta años, se encontraba en la plenitud de su singular belleza, cuando
he aquí que el conde de S., más joven que ella, tuvo ocasión de verla en la
corte de *** y quedó prendado de sus encantos. Pretendióla al punto e incluso,
como la condesa aquel verano regresase a las posesiones de su padre, él la
siguió con el fin de comunicarle al viejo marqués sus deseos, al parecer no sin
esperanzas, según se deducía de la conducta de Angélica.
Pero apenas el conde S. llegó y vio a Gabriela, la hermana pequeña de Angélica,
fue como si le hubieran hechizado. Angélica parecía marchita al lado de
Gabriela, cuya belleza y bondad atrajeron irresistiblemente al conde S., de tal
modo que, sin consideración a Angélica, pidió la mano de Gabriela, a lo que muy
gustosamente accedió el viejo conde Z., ya que Gabriela, también demostraba
inclinación decidida por aquél. Angélica no exteriorizó el menor disgusto por
la infidelidad del enamorado. «¡Creerá que me ha dejado! ¡Qué loco! ¡No se ha
dado cuenta de que no era yo su juguete, sino él el mío, y que acabo ahora de
tirarlo!». Así hablaba con orgullosa burla y en realidad todo su ser daba
muestras de que era verdadero el desprecio que mostraba por el infiel. Bien es
verdad que, mientras el lazo entre Gabriela y el conde de S. fue estrechándose,
vióse muy pocas veces con Angélica. Esta no aparecía en la mesa y decíase que
vagaba solitaria por los bosques próximos, que había escogido para sus paseos.
Un extraño suceso vino a interrumpir la monotonía que reinaba en el palacio.
Sucedió que los cazadores del conde de Z., con ayuda de un grupo de campesinos,
habían logrado, por fin, capturar a una banda de gitanos, a los que se culpaba
de todos los incendios y robos que desde hacía poco asolaban la región.
Trajeron a todos los hombres encadenados en una larga cadena y un carro lleno
de mujeres y niños, y los dejaron en el patio del palacio. Algunos, de rostros
obstinados y ojos de mirada salvaje y brillante, como la del tigre apresado,
miraban con atrevimiento y denotaban quiénes eran los ladrones y los
criminales. Sobre todo llamaba la atención una mujer muy delgada, con aspecto
espantoso, cubierta con un chal encarnado de la cabeza a los pies, que, subida
al carro, gritaba con voz de mando que la dejasen bajar, sucediese lo que
sucediese.
El conde de Z. bajó al patio del palacio y ordenó que fuesen encarcelados
individualmente en los calabozos de palacio. Pero he aquí que, mientras decía
esto hizo su aparición la condesa Angélica, desmelenada, con el terror y el
espanto reflejados en su semblante, y poniéndose de rodillas, gritó con voz
estridente:
«¡Deja libres a esta gente..., déjalos libres..., son inocentes, son
inocentes!... Padre, ¡libértales! Si derramáis una sola gota de su sangre me
clavaré este cuchillo en el pecho.» No bien acabó de decir esto, la condesa
blandió un cuchillo en el aire y cayó desmayada. «Muñequita mía, tesoro mío, ya
sabía, yo que no lo permitirías», dijo la vieja vestida de rojo. Luego se
arrodilló junto a la condesa y cubrió su rostro de besos nauseabundos, en tanto
que murmuraba: «¡Hijita linda, hijita linda, despierta, despierta, que viene el
novio! iEh, eh, que viene el lindo novio!».
Al mismo tiempo, la vieja sacó una redoma con un pececillo dorado, que se
agitaba en una especie de alcohol plateado, Colocó la redoma sobre el corazón
de la condesa y al instante ella se despertó; pero apenas vio a la gitana, se
incorporó de un salto y, abrazándola con ardor, apresuróse a entrar en palacio
en su compañía. El conde de Z., Gabriela y su novio, que habían contemplado la
escena, permanecían inmóviles, como si se hubiera apoderado de ellos un
terrible espanto. Los gitanos seguían indiferentes y tranquilos. Fueron
soltados de la cadena y vueltos a encadenar individualmente para ser encerrados
en los calabozos del palacio.
A la mañana siguiente, el conde de Z. reunió al pueblo; trajese a su presencia
a los gitanos y declaró que eran inocentes de todos los robos que habían
acaecido en la comarca, de modo que, después de quitarles las cadenas, con
asombro de todos, bien provistos de pases, fueron dejados en completa libertad.
Se echó de menos a la mujer de rojo. Algunos decían que era la reina de los
gitanos, que se distinguía de los demás por la cadena de oro que les colgaba
del cuello y que el plumero rojo, que llevaba en su chambergo español, había
estado por la noche en la habitación del conde. Poco tiempo después quedó
aclarado que los gitanos no habían tenido la menor participación en los robos y
en los crímenes de la comarca.
Estaba ya próxima la boda de Gabriela. Un día ésta vio con asombro que se
preparaba una mudanza en varios carros que llevaban muebles, baúles con trajes,
ropa; en una palabra, todo lo que denota un traslado. A la mañana siguiente, se
enteró de que Angélica, en compañía del ayuda de cámara del conde S. y de una
mujer vestida de modo semejante a la gitana de rojo, había emprendido viaje
aquella misma noche. El conde Z. descifró el enigma, aclarando que, por
determinados motivos, veíase obligado a ceder a los deseos absurdos de
Angélica, y no solamente la regalaba la casa amueblada en la alameda de ***,
sino que la permitía que llevase allí una vida independiente. Incluso veíase
obligado a admitir que nadie de la familia, ni siquiera él mismo, podría entrar
en la casa sin un permiso especial. El conde de S. añadió que, por deseo
insistente de Angélica, debía cederle su ayuda de cámara, que había emprendido
el viaje a ***. Tuvo lugar la boda. El conde de S. fue con su esposa a *** y
así pasó un año gozando de una alegría no turbada. Pero poco después comenzó a
sentir una extraña enfermedad. Sucedía que un oculto dolor le robaba las
fuerzas vitales y el goce de la vida, y eran vanos los esfuerzos de su esposa
para descubrir el secreto que parecía destrozarle. Como, finalmente. los
frecuentes desvanecimientos hicieran que su estado cada vez fuese más
peligroso, cedió a los consejos de los médicos y encaminóse a Pisa. Gabriela no
pudo acompañarle, ya que esperaba dar a luz en las próximas semanas.
-A partir de aquí -prosiguió el médico- lo que le sucedió a la condesa Gabriela
es tan extraño que basta con que escuchéis lo que viene a continuación. En una
palabra: su hija desapareció de la cuna de forma inexplicable y fueron inútiles
todas sus pesquisas; su desconsuelo convirtióse en desesperación, ya que al
mismo tiempo el conde de Z. le comunicó la horrible noticia de que su yerno, al
que creía camino de Pisa, había sido encontrado muerto de un ataque fulminante
precisamente en casa de Angélica, en ***; que Angélica se había vuelto loca,
todo lo cual le resultaba insoportable al conde de Z.
En cuanto Gabriela de S. se recuperó un poco, se apresuró a dirigirse a las
posesiones de su padre; después de pasar una noche entera insomne, contemplando
la imagen del esposo y de la niña perdidos, creyó oír un ligero rumor en la
puerta de su alcoba; encendió el cirio del candelabro que le servía durante la
noche, y salió. Y ¡santo Dios!, acurrucada en el suelo, envuelta en su chal
rojo, permanecía la gitana, mirándola con ojos fijos e inmóviles y en sus
brazos tenía una criatura que lloraba tan angustiosamente que a la condesa le
dio. un vuelco el corazón. ¡Era su hija!... ¡La hija perdida! Arrancó la niña
de los brazos de la gitana y apenas lo había hecho cuando ésta cayó
retorciéndose y quedó como una muñeca inanimada. A los gritos de espanto de la
condesa todos despertaron y acudieron presurosos, encontrando muerta a la
gitana, qué por medio ninguno pudo ser reanimada, y el conde hizo que la
enterrasen. No pudo hacer otra cosa sino apresurarse a ir hacia la enloquecida
Angélica, donde quizá pudieran descubrir el secreto de la niña. Pero encontró
que todo había cambiado. La furia salvaje de Angélica había alejado a todas las
criadas; sólo el ayuda de cámara permanecía con ella. Luego. Angélica volvió a
tranquilizarse y a recobrar la razón.
Pero cuando el conde le refirió la historia de la niña de Gabriela, juntando
las manos, dijo riéndose a carcajadas: «¿Ya ha venido la muñequita? ¿Ya ha
venido?... ¿Enterrada, enterrada? ¡Jesús! ¡Qué elegante está el faisán dorado!
¿No sabéis nada del león verde con los ojos azules?».
Con gran espanto dióse cuenta el conde del retorno de la locura, mientras
súbitamente el semblante de ella parecía adquirir los rasgos de la gitana.
Decidió entonces llevársela a sus posesiones, aun cuando el ayuda de cámara
aconsejara lo contrario.
En el mismo instante de empezar los preparativos para partir, se apoderó de
nuevo dé Angélica el ataque de rabia y de furor. En una pausa de lucidez,
suplicó a su padre con ardientes lágrimas que la dejase morir en la casa, y
éste, conmovido, accedió, aunque consideró que la confesión que se escapó de
sus labios era sólo una prueba más de la locura que sufría. Angélica confesó
que el conde S. había vuelto a sus brazos y que la niña que la gitana había
llevado a casa del conde de Z. era el fruto de esta unión.
En la ciudad todos creyeron que el conde de Z. había llevado a la infeliz a sus
posesiones, aunque en realidad permanecía oculta en la casa vacía, al cuidado
del ayuda de cámara. El conde Z. murió poco tiempo después y la condesa
Gabriela de S. vino con Edmunda para arreglar los papeles familiares. No renunció
entonces a ver a su infeliz hermana. En esta visita debió de haber sucedido
algo raro, aunque la condesa no me confío nada; sólo habló, en general, de que
se habían visto obligadas a librar a la infeliz loca de la tiranía del viejo
ayuda de cámara. Ya en una ocasión éste trató de, dominar los ataques de
locura. castigándola cruelmente, pero se dejó embaucar al oír las alusiones de
Angélica, que decía saber hacer oro, y junto con ella había emprendido toda
clase de extrañas operaciones, al tiempo que la proporcionaba todo lo necesario
para esta transformación.
-Sería superfluo -me dijo el médico» poniendo así fin a su relato-, sería
superfluo que os dijese precisamente a vos, que os fijaseis bien en la rara
relación que tienen todas estas extrañas cosas. Estoy convencido de que sois
quien desencadenó la catástrofe que debía ocasionar la inmediata curación o la
muerte de la vieja. Por lo demás, no quiero ocultar que me he asustado no poco
cuando entré en relación magnética con usted, lo cual ocurrió al mirar en el
espejo. Sólo usted y yo sabemos que contemplamos la imagen de Edmunda.
Como el médico creyó oportuno no añadir ningún comentario más, yo también
considero innecesario extenderme sobre el asunto y, sobre todo, acerca de las
relaciones posibles entre Angélica, Edmunda, yo y el viejo ayuda de cámara, y
no traté de averiguar nada tampoco sobre las místicas y recíprocas relaciones
que desempeñaron su papel demoníaco. Únicamente añadiré que la impresión
siniestra que estos sucesos me produjeron fueron causa de que tuviera que irme
de la ciudad, y, aunque pasado algún tiempo olvidé todo, creo que en el mismo
instante en que falleció la vieja loca experimenté un sentimiento de bienestar.
Así terminó Teodoro su relato. Mucho hablaron sus amigos de aquella aventura y
todos estuvieron de acuerdo en que en ella se unía lo raro con lo maravilloso
en extraña mezcla.


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