© Libro N° 8903. Breve Historia De La Ciencia. Fara, Patricia. Emancipación. Julio 31 de 2021.
Título original: ©
Breve Historia De La Ciencia. Patricia Fara
Versión Original: © Breve Historia De La Ciencia. Patricia Fara
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión
original de textos:
http://www.librosmaravillosos.com/brevehistoriadelaciencia/index.html
Licencia
Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza
una licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro
contenido, con la única condición de citar la fuente.
La Biblioteca
Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante
los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus respectivos
autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los Diseños y
edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de textos. El
uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida su
comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se
puede utilizar este trabajo con fines comerciales
No derivados: No se
puede alterar, modificar o reconstruir este texto.
Fondo de Página:
https://image.freepik.com/vector-gratis/fondo-abstracto-color-degradado-blanco-gris_127747-86.jpg
Portada E.O. de Imagen original:
http://www.librosmaravillosos.com/brevehistoriadelaciencia/imagenes/portada.jpg
Patricia
Fara
Breve Historia De La Ciencia
Patricia Fara
Para Clive
Agradecimientos
Hace mucho tiempo que perdí la cuenta de las personas que se pusieron a
reír cuando les hablé de este proyecto. Una de las que se tomó la propuesta
seriamente fue mi antiguo supervisor, Jim Secord, que organizó en 1991 la
conferencia «The Big Picture» en Londres, a la que asistí cuando era estudiante
de doctorado suya. Los debates que pude escuchar aquel día me alentaron a
escribir un nuevo tipo de historia de la ciencia, aunque no tenía ni idea de
que acabaría por editarse como Breve
historia de la ciencia. Así que mi mayor deuda de gratitud es con Jim, por
alentarme constantemente desde que le conocí, hace más de veinte años, y por
ofrecerme numerosas y útiles sugerencias durante la planificación y redacción
de este libro. También quiero dar las gracias a mis amigos y colegas que han
aportado ideas y correcciones, en especial a Jon Agar, Christopher Cullen,
David Edgerton, Michael Fara, Lauren Kassell, Nick Hopwood, Eleanor Robson,
Liba Taub, Clive Wilmer y dos evaluadores anónimos que me ofrecieron valiosos
comentarios en diversos borradores. Y, por supuesto, este libro no habría sido
posible sin la ayuda y colaboración de mis agentes Tracy Bohan y Andrew Wylie,
mi editor en Oxford University Press, Matthew Cotton, y mi corrector, Charles
Lauder, Jr. En la sección de «Fuentes» he enumerado los documentos y libros
específicos que he utilizado en cada capítulo como referencia, tanto de
análisis como de información. Aunque solo he añadido notas para las citas,
espero que esas referencias sirvan como testimonio de lo mucho que debo al
trabajo de otros historiadores. Aunque las opiniones y errores de este libro se
me pueden atribuir por completo, me gusta concebirlo como una empresa conjunta
destinada a llevar los últimos avances académicos a un público más amplio.
Introducción
Quizá la frase «ver para creer» sea cierta, pero eso depende de la forma
de mirar.
Figura 1. Mapa correctivo universal del mundo de McArthur (1979). La ultima
parte del texto dice: «Por fin el Sur está arriba. ¡Propagad la palabra!
¡Propagad el mapa! El Sur es superior. ¡El Sur domina! ¡¡Larga vida a
AUSTRALIA, SOBERANA DEL UNIVERSO!!».
La Figura 1 nos puede parecer instintivamente errónea, aunque no existe
una razón intrínseca por la que el mundo no deba mostrarse así. Poner el norte
en la parte de arriba es un convenio de los antiguos cartógrafos europeos, que
veían el mundo desde su propia posición estratégica y ni siquiera sabían de la
existencia de Australia o de la Antártida. Esta imagen, creada por un
australiano, no es tanto un mapa como una declaración política, y también
ofrece una metáfora para esta Breve historia de la ciencia.
Escribir historia no es solo conocer los hechos y consignar los
acontecimientos en el orden correcto, también implica reinterpretar el pasado
—redibujar el mundo— eligiendo opciones sobre lo que se debe incluir y lo que
se debe dejar fuera. En los libros tradicionales de historia de la ciencia, los
científicos son alabados como genios situados por encima del común de los
mortales. Como corredores olímpicos, se pasan el testigo de la verdad abstracta
de un gran intelecto a otro, ajenos a la corrupción de las preocupaciones
mundanas y dominados por su sed insaciable por el conocimiento absoluto.
Mediante meticulosos experimentos, razonamiento lógico y, ocasionalmente, un
salto de inspiración, desvelan los secretos de la naturaleza para poner la
verdad al descubierto.
Breve historia de la ciencia no habla sobre héroes idealizados, sino sobre personas reales,
hombres (y algunas mujeres) que tenían que ganarse la vida, que cometían
errores, que pisoteaban a sus rivales y que a veces se aburrían y se ponían a
hacer otra cosa. Este libro explora el poder científico, con el argumento de
que a veces no basta con tener razón: para que una idea prevalezca, son las
personas las que tienen que decir que es correcta. Esta nueva versión de la
historia de la ciencia desafía la idea de la superioridad europea mostrando
cómo la ciencia se ha desarrollado a partir de conocimientos y habilidades
desarrollados en otros lugares del mundo. En lugar de prestar atención a
esotéricos experimentos y teorías abstractas, Breve historia de la
ciencia explica la ciencia como parte del mundo real de la guerra, la
política y los negocios.
No es fácil marcar una frontera de la ciencia, a diferencia de lo que
ocurre con las regiones de un mapa. La filosofía griega, la astronomía china y
la anatomía del Renacimiento no solo se parecen poco entre sí, sino que también
están muy lejos de los actuales proyectos de investigación; sin embargo, de
algún modo parecen relacionados. Es difícil definir qué es la ciencia. Una de
las definiciones obvias, aunque irritante, es decir que «ciencia es lo que
hacen los científicos», pero incluso esa definición cojea, ya que la palabra
«científico» no se inventó hasta 1833. Escribir sobre la prolongada historia de
la ciencia significa rastrear el origen de algo que no ha existido hasta hace
relativamente poco tiempo, de modo que implica tener en cuenta a personas que
hacían algo que no se parecía a lo que hacen los científicos actualmente.
Muchos de los personajes de este libro no aparecen porque fuesen científicos,
sino porque desarrollaron una serie de habilidades —navegar a través de las
estrellas, purificar minerales, preparar medicamentos con hierbas, construir
barcos, diseñar cañones— que contribuyeron a la actual empresa científica
global. Al mirar hacia el pasado desde un nuevo ángulo, decidir las preguntas
adecuadas es tan importante como hallar nueva información. En lugar de
preocuparse por saber qué es o qué no es la ciencia, hay cuestiones más
interesantes a las que prestar atención. La religión (de cualquier tipo),
¿inhibe la ciencia o la alienta? La alquimia y la magia, ¿son completamente
independientes de la ciencia? ¿Han sido realmente tan escasas las mujeres en
ciencia, o los historiadores han distorsionado la fotografía al confeccionar
demasiados relatos de hombres intrépidos explorando el femenino mundo de la
naturaleza? ¿Es posible que haya distintos tipos de ciencia y que todos ellos
sean válidos? Y, si había distintos tipos de ciencia en Patna, Persia y Pisa,
¿qué relación tenían entre sí y con la ciencia moderna?
Estas preguntas no tienen una respuesta clara, pero Breve
historia de la ciencia explica por qué son importantes y sugiere
formas de enfrentarse a ellas. Y luego está la pregunta más fundamental: ¿por
qué la ciencia se ha hecho tan importante? Hombres como Kepler, Galileo y
Newton eran brillantes, de eso no cabe duda, pero si ahora son célebres en todo
el mundo es porque la propia ciencia se ha convertido en una disciplina
poderosa. En la actualidad parecen más importantes de lo que lo fueron para sus
propios contemporáneos, que otorgaban una mayor consideración a los expertos
clásicos y bíblicos. Isaac Newton declaró que se alzaba sobre los hombros de
gigantes, pero cuando publicó su libro sobre gravedad en 1687, muy pocas
personas consideraron que valiese la pena leerlo. A principios del siglo XXI,
la ciencia dominaba el mundo y Newton se había convertido en uno de los
personajes más famosos de todos los tiempos. En este libro se examina cómo
llegó a suceder una cosa así, y para ello se analizan los cambios conjuntos de
la ciencia y la sociedad, investigando los intereses financieros, las
ambiciones imperiales y las iniciativas académicas que contribuyeron a hacer de
la ciencia una disciplina global.
En las versiones más maniqueas del mundo, la ciencia se coloca aparte,
como si se tratase de un tipo único de actividad intelectual que genera
verdades irrebatibles. Y sin embargo, lo que se toma por hecho científico no
solo depende del mundo natural, sino también de dónde y cuándo y quién efectúa
la investigación. El conocimiento científico nunca pasa de un entorno a otro de
forma neutral, sino que sufre constantes adaptaciones y absorciones: no solo es
historia, sino también geografía. Estos procesos de transformación perpetua
siguen en marcha, de modo que la trascendencia de la ciencia seguirá sufriendo
alteraciones.
Paradójicamente, a medida que el éxito de la ciencia se incrementa, los
no expertos son cada vez más escépticos. Ahora que los gobiernos empiezan a
preocuparse por el calentamiento global, la manipulación genética y la energía
nuclear, parece claro que los intereses científicos, comerciales y políticos
están interrelacionados. En cierto modo, la historia de la ciencia es la
historia de todo: la ciencia, la tecnología y la medicina modernas están
inextricablemente unidas en una gigantesca telaraña que engloba también a todas
las demás actividades humanas. Breve historia de la ciencia, como
el mapa del mundo australiano, tiene la intención de desafiar las ideas
preconcebidas, que pueden parecer naturales, pero que han sido creadas
artificialmente; su finalidad es provocar reflexión y debate, no solo ofrecer
información. Con su mirada al pasado pretende averiguar cómo hemos llegado
hasta el presente, con la única finalidad de mejorar el futuro.
Orígenes
Contenido:
1. Sietes
2. Babilonia
3. Héroes
4. Cosmos
5. Vida
6. Materia
7. Tecnología
¿Dónde y cuándo se puede situar el inicio de la ciencia? No se trata de
una pregunta trivial, sino que se halla en el núcleo de lo que puede ser la
ciencia. Si miramos hacia atrás, podemos elegir ideas y descubrimientos que más
adelante se incorporaron a una iniciativa científica global. Pero, en su
momento, formaban parte de otros proyectos, como hallar el tiempo más
auspicioso para las festividades religiosas, ganar guerras, confirmar profecías
bíblicas y, sobre todo, sobrevivir. Este libro empieza por las antiguas
civilizaciones mesopotámicas, cuyos abundantes conocimientos prácticos han sido
transmitidos hasta la ciencia moderna. Los consejeros de las cortes de
Babilonia, no desarrollaron su pericia en matemáticas, astronomía o medicina
por su interés en física teórica, sino porque pretendían adivinar el futuro. En
contraste, los filósofos griegos preferían construir imponentes sistemas con el
objetivo de explicar el cosmos. Aunque en la actualidad muchas de sus teorías
nos parecen estrafalarias, sufrieron continuas modificaciones y asimilaciones,
y dominaron en primer lugar el pensamiento en el islam y posteriormente en
Europa hasta bien entrado el siglo XVIII. Los mismos cimientos de la ciencia se
fundamentan en las técnicas y conceptos que ahora solemos menospreciar como
mágicos o pseudocientíficos.
1. Sietes
Te amaba, de modo que tomé en mis manos la marea de los hombres y
escribí mi testamento en el cielo con estrellas para obtener tu Libertad, digna
casa de los siete pilares, y que tus ojos brillasen para mí al llegar.
T. E. Lawrence, Los siete pilares de la sabiduría (1935)
El siete ha sido siempre un número muy especial. El libro sagrado más
antiguo en sánscrito, el Rig Veda, describe siete estrellas, siete
continentes concéntricos y siete ríos de soma, la bebida de los dioses. Según
el Antiguo Testamento judío y cristiano, el mundo se creó en siete días, y la
paloma de Noé regresó siete días después del diluvio. De forma similar, los
egipcios trazaron siete caminos hacia el cielo, Alá creó un cielo y una tierra
islámicos en siete niveles y el Buda recién nacido dio siete pasos. El siete
tiene también algunas propiedades matemáticas singulares. Muchas de ellas
pueden parecer esotéricas para los no iniciados, y entre las más simples está
el que solo se necesiten siete colores para colorear un mapa en un toro (una
rosquilla) sin que dos zonas adyacentes tengan el mismo color.
De ser un número especial a convertirse en un número mágico basta un
paso. Para los numerólogos, el siete simboliza la creación, porque es la suma
del espiritual tres y el material cuatro; para los alquimistas, se pueden
establecer paralelismos claros entre los siete escalones del templo del Rey
Salomón y las siete etapas sucesivas de purificación química y espiritual. Los
gatos persas tienen siete vidas, siete son las deidades de la buena suerte en
Japón y una cura judía tradicional para la fiebre suponía tomar siete espinas
de siete palmeras y siete clavos de siete puertas.
¿Ciencia o superstición? A veces no es fácil diferenciar la una de la
otra. Cuando los astrónomos de la Antigüedad observaban los cielos, veían siete
planetas circundando a la Tierra. El Sol y la Luna eran los más obvios, pero
descubrieron otros cinco: Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno (el
siguiente planeta, Urano, no se identificaría hasta finales del siglo XVIII).
Las habilidades necesarias para buscar planetas y calcular cómo se mueven en el
cielo son importantes en la ciencia moderna. Por otro lado, el objetivo de los
primeros observadores de los cielos no era comprender el funcionamiento del
Universo, sino intentar hallar una relación entre los patrones de movimiento de
las estrellas y los acontecimientos importantes en la tierra, como hambrunas,
inundaciones o la muerte de un rey.
De modo que el nombre «científicos» no parece correcto. Pero ¿es
razonable llamarlos magos o astrólogos? Algunos de sus dictámenes suenan tan
vagos como los de los modernos horóscopos de los periódicos. Veamos estos dos
ejemplos de Asiria: «Si Venus sale temprano, el rey tendrá una larga vida; si
se alza tarde, el rey de nuestra tierra morirá pronto». O este otro: «Si la
Luna está rodeada por un halo y las Pléyades (una constelación de siete
estrellas visible a simple vista) se encuentran sobre él, indica que en ese año
las mujeres darán a luz hijos varones»[1]. Es
fácil reírse de esto, pero no estamos hablando de intérpretes de las hojas de
té ni de místicos observando bolas de cristal: se trataba de astrónomos
expertos que efectuaban detallados cálculos basados en la observación
meticulosa del firmamento. Actualmente, la astrología es ridícula, pero para
numerosas civilizaciones —incluida Europa occidental, hasta el siglo XVII— las
personas formaban parte integral del Universo, de forma que los acontecimientos
singulares en los cielos se relacionaban con sucesos inusuales en la superficie
de la Tierra. De igual modo que una de las metas de la ciencia es hallar
modelos de relaciones, los adivinos de la Antigüedad intentaban encontrar
sentido a sus vidas mediante el examen del mundo que les rodeaba. Creían en un
Universo armónico e interconectado, en el que los dioses, las estrellas y los
seres humanos estaban unidos y actuaban al unísono.
La astronomía moderna reposa sobre los cimientos de datos recogidos por
estos expertos observadores de las estrellas que eran también astrólogos. Sus
observaciones, en general, eran sólidas, a pesar de que sus teorías hayan sido
desechadas. A muchos científicos les cuesta aceptar que sus propios
conocimientos hunden sus raíces en creencias que califican de magia. Para
aquellos cuya fe es el progreso, las supercherías mágicas han quedado
eliminadas por el razonamiento científico; la magia y la ciencia se encuentran
claramente en polos opuestos, y la sola idea de que puedan compartir un origen
común roza el sacrilegio. Pero este tranquilizador punto de vista no siempre
coincide con la realidad histórica.
Pensemos en Pitágoras, el griego que dio su nombre a uno de los más
famosos teoremas de la geometría (aunque no fue él quien lo inventó). Este
célebre matemático estaba influenciado por visiones místicas de la armonía
cósmica y del número siete. Según la tradición, un día Pitágoras pasaba junto a
la forja de un herrero y notó que el martilleo tenía una calidad melódica. Tras
ciertas investigaciones y una gran cantidad de inspiración, se dio cuenta de
que el peso de un martillo influye en la nota que produce en el yunque, y de
aquí dedujo unas relaciones numéricas sospechosamente sencillas e ingeniosas
entre pesos, tonos y longitudes de cuerdas. Pitágoras había sucumbido a la
seducción de los siete intervalos de la escala musical: igual que otros
filósofos griegos, creía que era más importante unificar matemáticamente el
cosmos que efectuar observaciones detalladas. Pitágoras impuso al Universo
patrones regulares dependientes del número siete, y sostenía que las órbitas de
los planetas estaban gobernadas por las mismas reglas aritméticas que los
instrumentos musicales.
El arco iris de Isaac Newton es un ejemplo aún más espectacular de la
relación entre ciencia y magia a través del poder del siete. Más de dos mil
años después de Pitágoras, Newton fue el defensor más acérrimo de la
experimentación precisa. Sin embargo, tenía una creencia tan arraigada en el
universo armónico de los griegos que dividió el arco iris en siete colores para
que se correspondiese con la escala musical. Anteriormente, aunque había cierta
disparidad de opiniones, la mayor parte de artistas mostraba arco iris de
cuatro colores. Resulta, claro está, imposible tomar una decisión objetiva
acerca del número correcto, porque el espectro de la luz visible varía de forma
contínua: no existe un límite exacto entre bandas de colores diferentes, lo que
muestra que la forma de pensar en el arco iris afecta a la forma de verlo. En
la actualidad, los experimentos de Newton con prismas se celebran como la base
de la óptica moderna y el número mágico siete ha pasado a formar parte de la
teoría científica del color. Pero seamos honrados: ¿alguien puede diferenciar
entre azul, añil y violeta?
Como Newton se ha convertido en un paradigma de genio científico,
quedaría extraño decir que lo que practicaba no era ciencia. Por otra parte,
los científicos modernos desprecian muchas de sus actividades calificándolas de
ridículas o incluso de anticientíficas. Aparte de su inquietud por los números
y por la interpretación bíblica, Newton llevó a cabo experimentos químicos
estudiando minuciosamente los textos antiguos y tomando nota de sus propias
reflexiones y descubrimientos. No se trataba de una simple afición: para
Newton, la alquimia era un camino esencial hacia el conocimiento y el
perfeccionamiento personal, e incorporó sus resultados en sus teorías
astronómicas. El ejemplo de Newton ilustra la dificultad de situar con
precisión el comienzo de la ciencia.
Lewis Carroll sabía lo complicado que puede ser decidir cuándo debe
empezar una historia. « ¿Por dónde desea que empiece, Su Majestad?», preguntó
el Conejo Blanco. Alicia esperó la respuesta. «Empieza por el principio», dijo
el Rey con gravedad, «y continúa hasta que llegues al final: entonces te
paras». La ciencia no tiene un principio definido, y los historiadores, como el
Conejo Blanco, deben elegir su propio punto inicial. Pero ninguno parece ser el
ideal.
Una de las posibilidades es decidirse por 1687, cuando Newton publicó su
gran obra sobre mecánica y gravedad. Pero eso significaría dejar fuera a
nombres tan célebres como Galileo Galilei, William Harvey y Johannes Kepler. La
opción de fecha más habitual es 1543, cuando Nicolás Copérnico sugirió que el
Sol, y no la Tierra, ocupa el centro de nuestro sistema planetario. Sin
embargo, se pueden plantear diversas objeciones a esta opción, en particular
que excluye a los griegos, cuyas ideas ejercieron una extraordinaria influencia
hasta bien entrado el siglo XVIII. Entonces, empezar por Grecia sería otra
posibilidad. Se dice que Tales de Mileto, que vivió en la costa de Turquía hace
unos dos mil quinientos años, fue el primer verdadero científico. Fue un experto
geómetra y fue capaz de predecir satisfactoriamente un eclipse; pero, si lo
elegimos, dejaríamos fuera a todos sus importantes predecesores, como los
egipcios y los babilonios.
Todo el mundo tiene predecesores. Cuando los astrónomos griegos
intentaban resolver el problema de establecer un origen, volvieron la vista
atrás un milenio hacia Babilonia y el reino de Nabonassar, que patrocinó
diversos proyectos para efectuar observaciones precisas. De modo que quizá la
mejor solución sería retroceder el máximo posible y examinar la prueba más
antigua que indique una actividad que se pueda calificar de «científica». Por
toda Europa encontramos antiguas ruinas que muestran que pueblos ya desaparecidos
habían seguido los movimientos del sol y las estrellas. Por desgracia, apenas
nos ofrecen información sobre los orígenes de la ciencia.
La más famosa de estas ruinas es Stonehenge, el espectacular círculo de
piedras situado en el sur de Inglaterra en donde los druidas aún se reúnen para
celebrar el alba del solsticio de verano. Muchos arqueólogos han afirmado que
Stonehenge había sido un colosal observatorio astronómico, alineado con
precisión con el paso del Sol por el cielo. Mediante complicadas técnicas
estadísticas, han asignado significado a la posición de los huecos y las rocas,
incluso a aquellas que han sido movidas y alteradas durante los últimos cinco
milenios. Pero, si se pasa el tiempo suficiente estudiando patrones aleatorios,
siempre es posible encontrar algún tipo de orden; en la actualidad, casi todos
los expertos están de acuerdo en que, aunque Stonehenge y otros monumentos
similares hacían una referencia simbólica al cielo, se trataba de una
simbología ritual y no una búsqueda de conocimientos astronómicos precisos.
Descifrar misterios de la Antigüedad puede ser una tarea fascinante, pero no
tiene por qué ayudar a explicar los orígenes de la ciencia.
Otro de los problemas es la supervivencia del saber. Por ejemplo, varias
de las antiguas civilizaciones de Latinoamérica poseían un conocimiento
sofisticado de las estrellas, pero no se transmitió a las generaciones
posteriores. Para trazar una historia de la ciencia continua desde el pasado
hasta el presente, la búsqueda del origen debe centrarse en el norte de África
y en el Mediterráneo oriental. Hace aproximadamente cinco mil años, cerca de un
milenio antes de que el monumento de Stonehenge se convirtiese en un centro de
culto, los faraones egipcios ordenaban la construcción de otras proezas de la
ingeniería igualmente impresionantes: las pirámides. Estos antiguos egipcios
solían orientar sus pirámides hacia el Sol, aunque, igual que los constructores
de Stonehenge, no tenían un interés especial en efectuar observaciones precisas
del firmamento. Para ellos, lo que realmente importaba era comprender el
comportamiento del Nilo, que era esencial para la irrigación de sus cosechas.
En su calendario, el año se medía por las fases de la Luna o el paso del Sol,
pero estaba dividido en tres estaciones según la pauta de inundaciones del
Nilo.
Este libro da comienzo en una época similar, pero más al este, en
Mesopotamia, que en aquella época era una fértil región situada entre dos ríos
en lo que actualmente es Irak. Los babilonios transmitieron a sus sucesores un
legado indeleble para la cultura científica moderna. Y digo indeleble en un
sentido literal: en lugar de escribir sobre el frágil papiro, los babilonios
utilizaban tablillas de arcilla, tan duraderas que en la actualidad aún
sobreviven millares de ellas. Así, aunque los babilonios fueron anteriores a
los filósofos de Grecia, la cantidad de pruebas materiales de los escritos de
aquellos es muy superior.
El pensamiento babilonio acerca del Universo sigue afectándonos en gran
medida en la actualidad. Desarrollaron técnicas matemáticas complejas,
elaboraron registros de las estrellas y efectuaron predicciones. Los
observadores posteriores pudieron heredar el conocimiento de los babilonios
acerca del cielo, que constituye la base de la ciencia astronómica y también la
estructura de la vida cotidiana en la actualidad. Gracias a los babilonios, las
semanas tienen siete días —que se corresponde con el intervalo entre las fases
de la luna—, los minutos tienen sesenta segundos y las horas, sesenta minutos.
Puede que este antiguo método de registrar el paso del tiempo no sea el más
adecuado, pero está firmemente consolidado: durante la Revolución Francesa se
introdujo un sistema más racional de días de diez horas y semanas de diez días,
pero pronto cayó en desuso.
Los calendarios eurocéntricos poseen otra notable característica
irracional: los años dan comienzo con el nacimiento de Cristo, a pesar de que
la historia de la humanidad se extiende mucho más allá de ese convencional año
cero. Imaginemos un viaje hacia atrás en el tiempo, atravesando esa división
artificial hasta una época simétrica a la nuestra, en el siglo XXI antes de
Cristo. Ese es el punto en el que se inicia este libro. Se trata de una
elección personal, está claro; pero es el único tipo de elección posible,
porque —a pesar de lo que le dijese el Rey a Alicia— la ciencia no tiene un
principio definido.
2. Babilonia
La estupidez del mundo es tan superlativa que, cuando nos aquejan las
desgracias, normalmente producto de nuestros excesos, echamos la culpa al sol,
la luna y las estrellas… Mi padre se entendió con mi madre bajo la cola del
Dragón y la Osa Mayor presidió mi nacimiento, de donde resulta que soy duro y
lascivo. ¡Bah! Habría salido el mismo si me hubieran bastardeado mientras lucía
la estrella más virgen de todo el firmamento.
William Shakespeare, El rey Lear (1605-1606)
Hace unos cuatro milenios, en la cuenca mesopotámica tuvo lugar un
cambio en el poder. En lugar de pequeñas ciudades-estado independientes,
emergió un nuevo reino centrado en Babilonia, una ciudad situada en la margen
del río Éufrates, algo más de cien kilómetros al sur del actual Bagdad. Los
babilonios heredaron una invención especialmente valiosa: la escritura
cuneiforme, que ya llevaba en uso durante unos dos mil años. La madera y la
piedra eran bienes escasos, de modo que se fabricaban tablillas de arcilla, el
material habitual de construcción, para almacenar información mediante el
marcado de caracteres en forma de cuña con un punzón o estilo. Estos textos
antiguos representan los orígenes de la matemática moderna.
La deducción de información detallada a partir de tablillas de arcilla
es una tarea extremadamente ardua. Los historiadores deben enfrentarse, no solo
al trabajo de decodificar un idioma que les es ajeno escrito en caracteres
arcanos, sino que deben desenterrar y reconstruir trozos de tablillas dañadas a
partir de montones de escombros. Aunque se han descubierto cientos de miles de
tablillas, muchas más siguen enterradas o se han perdido para siempre, así que
este trabajo es similar al de reconstruir una gran biblioteca a partir de unas
cuantas páginas rasgadas. La situación empeoró a causa de los arqueólogos
europeos que saqueaban las ruinas en busca de trofeos, no de información.
Arrancados del suelo de Mesopotamia que los había conservado durante milenios,
sus hallazgos se enviaron a distantes museos para ser exhibidos en vitrinas.
Por suerte, algunas de las tablillas acabaron almacenadas en sótanos, envueltas
en papeles de periódico cuyas fechas han ayudado a establecer los yacimientos
de los que proceden.
Para los europeos, los orígenes de Babilonia estaban envueltos en un
aura de leyendas. Hasta hace trescientos años, la propia ubicación de la ciudad
era poco clara, e incluso parece que los famosos Jardines Colgantes nunca
existieron (aunque es posible que hubiese otros menores, más hacia el norte).
Las excavaciones sistemáticas no se iniciaron hasta mediados del siglo XIX. En
aquella época, Babilonia aún estaba cubierta por un manto mitológico, hasta el
punto que el compositor Giuseppe Verdi la utilizó como ubicación simbólica
de Nabucco, su ópera política en la que atacaba el domino austríaco
de su Italia natal. Estrenada en Milán en 1842, Nabucco relata
la dramática historia de un novelado rey Nabucodonosor, que se convierte al
judaísmo cuando los reprimidos israelitas derrocan al tirano de Babilonia.
Aunque Verdi y sus contemporáneos no sabían casi nada acerca de la realidad de
Babilonia, la legendaria ciudad evocaba un misterioso telón de fondo para su
moderna alegoría acerca del dominio extranjero sobre Italia. Gradualmente, a
medida que los arqueólogos acababan con parte de la mística a base de descifrar
pruebas concretas, se hicieron evidentes los logros científicos de esta antigua
civilización. Los equipos de diversos países competían por la recuperación de
valiosos objetos, que enviaban a sus países en grandes cantidades para
satisfacer las demandas de ávidos coleccionistas privados o para mostrarlos en
museos (uno de los envíos acabó en el fondo del Tigris). Los expertos en la
escritura cuneiforme recogían, interpretaban y clasificaban innumerables
tablillas que contenían información acerca de pesos, superficies y posiciones
de estrellas. Alrededor de 1950, aunque estos descifradores seguían acumulando
material, parecía que ya no podían ir más allá de copiar más tablas de
multiplicaciones y debatir sobre la mejor forma de traducirlas en ecuaciones
algebraicas modernas.
En la década de 1980, los historiadores decidieron abandonar esta
ingrata labor y empezar a hacerse otro tipo de preguntas. En lugar de buscar
más objetos y más detalles, los expertos comenzaron a interpretar los elementos
antiguos de formas nuevas y a intentar comprender la vida y el pensamiento de
los babilonios. Si se examinan cuidadosamente, las tablillas de arcilla revelan
una información que va mucho más allá de los números y las palabras atrapados
en su superficie. Mediante la recreación de su uso, los especialistas en
Mesopotamia han podido llegar a importantes conclusiones sobre la vida
cotidiana y sobre cómo afectó a la ciencia futura.
Las tablillas de arcilla pueden parecer muy distintas de los legajos,
pero los babilonios sabían lo que era la burocracia. Aparte de la conservación
de registros, sus predecesores habían desarrollado técnicas matemáticas
esenciales para administrar y organizar la sociedad, construir sistemas de
irrigación y dividir parcelas. Las élites de la burocracia, asociadas con los
gobernantes locales, ejercían el control, y estos centros de poder
independientes estaban vinculados entre sí por el mismo sistema de escritura y
la misma matemática. Los estudiantes, no solo debían sobresalir en aritmética,
sino que también debían saber manejar equipos como varas de medida y sondas de
prospección. Para captar la atención de sus discípulos, los profesores
desarrollaron escenarios ficticios para relacionar la matemática abstracta con
el mundo real del comercio, la agricultura y la guerra. Por ejemplo, en un
intercambio imaginario de cartas, un emisario informa a su rey de cómo está
intentando —sin éxito— paliar una hambruna mediante la importación de grano.
Las sumas sospechosamente sencillas evidencian que se trata de un texto para la
enseñanza, no de un caso real:
Con una tasa de intercambio de grano de un shekel de plata por gur [unos
trescientos litros], se han invertido 20 talentos de plata para la compra de
grano. He oído noticias de que los hostiles Martu han invadido tus territorios.
He entrado con 72 000 gur de grano [el autor ha sido tan amable de ofrecernos
la solución de la suma de la primera frase]… A causa de los Martu, me es
imposible entregar este grano para su trilla. Son más fuertes que yo, y me han
condenado a quedarme sentado a la espera.
Casa F es el poco evocador nombre que se ha asignado a un lugar en donde
se llevaron a cabo algunas estimulantes investigaciones. Después de la segunda
guerra mundial, los arqueólogos norteamericanos visitaron de nuevo la antigua
ciudad de Nippur, situada ahora en el sur de Irak, para proseguir con sus
excavaciones, que habían abandonado en el siglo XIX. Al llegar a la Casa F se
dieron cuenta de que habían realizado un hallazgo único: tablillas de escritura
desechadas que se habían reutilizado para efectuar reparaciones y construir
bancos. Debajo de capas de yeso, los suelos y las paredes estaban cubiertos de
inscripciones de textos literarios y cálculos aritméticos. Con una técnica de
operación mucho más sistemática que la de sus predecesores, el equipo tomó nota
cuidadosamente de la ubicación exacta de sus descubrimientos antes de
distribuirlos por museos de Bagdad y por las universidades de las que
procedían. Y muchos de ellos siguieron ahí, apenas catalogados en espera de que
los estudiosos reconstruyesen trabajosamente sus secretos, casi cincuenta años
después de su recuperación.
Alrededor del siglo XVIII a. n. e., la Casa F era una escuela. La
arcilla se acaba deshaciendo con la lluvia, de manera que la casa debía ser
reconstruida aproximadamente cada veinticinco años. Los expertos saben que se
trataba de una escuela porque muchas de las tablillas eran copias de listas y
tablas: los niños aprendían a leer, a escribir y a hacer cálculos aritméticos.
En sus salas, los arqueólogos hallaron cuencos y un horno de pan, pero se
dieron cuenta de que la enseñanza tenía lugar en los patios exteriores, en
donde hallaron recipientes que contenían agua y arcilla fresca para empapar las
tablillas y poderlas reutilizar. Los escribas se fabricaban sus propias
tablillas, y la presencia de tablillas de formas toscas con torpe escritura
revela que también se enseñaba esta técnica a los niños. Al sostener una de
estas tablillas en la mano, uno puede notar los contornos de los dedos y la
palma de la mano de una persona que vivió hace miles de años.
La formación matemática impartida en la Casa F estaba centrada en la
producción de escribas entrenados para resolver disputas legales y financieras.
Igual que los niños victorianos, condenados a pasar apuros con varas y palos
antes de la introducción del sistema métrico decimal, estos alumnos de
Mesopotamia pasaban horas haciendo conversiones de medidas de una unidad a
otra. Para poder enfrentarse a los problemas prácticos del comercio, las leyes
y la agricultura, se veían obligados a memorizar largas tablas de
multiplicaciones y divisiones. Los profesores evaluaban tanto la pericia
práctica como los conocimientos abstractos. « ¡Has escrito una tablilla, pero
eres incapaz de entender su significado!», se lamentaba un profesor en un texto
educativo humorístico pensado para motivar a los alumnos más holgazanes. «Si
vas a parcelar un campo, serás incapaz de sostener correctamente la vara y la
cinta», se quejaba. «Eres incapaz de averiguar qué forma tiene, así que, cuando
dos hombres se peleen por ver quién tiene razón, no podrás traer la paz, sino
el enfrentamiento entre hermanos»[2].
Los escribas en formación aprendían a mezclar la arcilla con agua y
limpiar las ramitas, hojas y otros restos naturales que flotaban en la
superficie. Cortaban juncos del río para fabricar estilos, delgados cilindros
del tamaño de un palillo chino partido longitudinalmente en cuatro, y pisaban
la masa de arcilla para hacerla más maleable y de consistencia más uniforme. En
sus clases moldeaban pegotes de arcilla en forma de óvalos aplanados y
practicaban presionando en ella la punta afilada de su estilo para representar
distintos números mediante marcas verticales y horizontales. Del mismo modo que
la escritura con bolígrafo, estas habilidades tienen que aprenderse: la
impresión definitiva es muy sensible al ángulo en el que se sostiene el estilo,
y la fabricación de tablillas suaves y simétricas es más difícil de lo que
parece. Mientras grababan símbolos en la arcilla blanda, los alumnos rociaban
constantemente la superficie con agua para evitar que se secase con demasiada
rapidez en el cálido sol; de vez en cuando tiraban las tablillas viejas en un
recipiente para reciclarlas y empezaban de nuevo a fabricar una nueva tablilla.
Las materias primas utilizadas en Mesopotamia —la arcilla, los juncos—
condicionaron los sistemas numéricos que desarrollaron: contaban en bloques de
sesenta, algo extraño para las personas que hemos crecido con decenas y
centenas. Sin embargo, al intentar escribir con un estilo (también vale una
pajita de beber refrescos cortada en diagonal), enseguida se da uno cuenta de
que la elección del sesenta es más sensata de lo que podría parecer. Los
babilonios utilizaban dos símbolos básicos: vertical para unidades y diagonal
para decenas. Agrupaban los primeros nueve dígitos en grupos de tres, en Filas
superpuestas, porque el ojo humano puede distinguir de forma inmediata una, dos
o tres marcas verticales adyacentes… pero no cuatro. La lectura de las marcas
cuneiformes horizontales es algo más peliagudo, y los escribas desarrollaron un
método que les permitía reconocer de forma instantánea grupos de hasta cinco
marcas. Así, después de 59 (cinco horizontales y tres grupos de tres
verticales), los escribas pasaban todo un lugar hacia la izquierda y empezaban
de nuevo, de forma similar a como nosotros distinguimos 10 de 100.
El equivalente moderno más parecido es un reloj digital, en el que el
número de horas —grupos de sesenta minutos— aparece en el lado izquierdo de la
pantalla. El funcionamiento de los dispositivos microelectrónicos es muy
distinto del de las tablillas de arcilla, pero han heredado una forma de contar
que se desarrolló hace miles de años en función de los materiales disponibles.
Además, las convenciones numéricas de la geometría moderna, que hablan de 360°
en una circunferencia, no tienen su origen en Euclides y los griegos, sino en
los prospectores de Mesopotamia y en sus administradores, que escribían en
tablillas de arcilla.
El concepto de paso del tiempo adquiere una nueva dimensión al tomar
conciencia de que algunas de estas antiguas tablillas solo pueden datarse con
una precisión de quinientos años. Para un futuro historiador de la cultura
europea, sería equivalente a preguntarse si Copérnico vivió en la actualidad.
Aunque «los babilonios» pueden percibirse ahora como una única civilización,
todo un milenio separa a los niños aprendiendo a contar en la Casa F del
comienzo de las observaciones astronómicas en Babilonia, en el siglo VIII a. n.
e. Durante ese olvidado millar de años, los observadores del firmamento han
venido registrando sucesos en el cielo. La información almacenada en las
tablillas nos ha legado un inmenso depósito de conocimientos astronómicos. Al
tomar nota de sus trabajos sobre arcilla, los eruditos babilonios dejaron
pruebas palpables de su obra y de sus ideas, lo que supuso una influencia no
solo en sus sucesores inmediatos, sino también en personas como usted y yo, que
viven miles de años después.
Mediante el descifrado de estos restos, los arqueólogos han podido
reconstruir gran parte de las creencias de los habitantes de Babilonia. Por
desgracia, las tablillas de arcilla no lo revelan todo. Los expertos aún lo
ignoran prácticamente todo acerca de la vida cotidiana de la mayoría de las
personas que no formaba parte de las élites educadas. Lo que es peor, a pesar
de que los descifradores de las tablillas pueden interpretar los catálogos de
estrellas recopilados por los astrónomos babilonios, no pueden más que suponer
qué instrumentos utilizaban para medir las posiciones de las estrellas. No se
ha descubierto aún ningún dispositivo, pero parece probable que utilizaban
algún tipo de varilla para calcular alineaciones, parecida al gnomon de un
reloj de sol.
Algunos de los escribas firmaban sus trabajos, de modo que los
arqueólogos han podido recopilar sus propias listas, no de estrellas, sino de
los diestros astrónomos que se agrupaban como constelaciones alrededor de los
templos y de los reyes. No tiene sentido calificar los logros científicos de
estos consejeros de la corte, porque los babilonios no distinguían categorías
independientes para la ciencia y la religión, la racionalidad y la
espiritualidad, la astronomía y la astrología. Para los observadores del cielo
de la Antigüedad, las estrellas representaban un texto sagrado celestial que,
si se leía correctamente, podía revelar augurios de prosperidad o de hambruna,
de paz o de guerra. Estas profecías se corroboraban con la observación de otras
pruebas, como los hígados de animales sacrificados, y llevaban a cabo los
rituales adecuados para protegerse de los desastres inminentes. Se trataba de
personas con un gran ascendiente, cuyos pronósticos podían hacer que un rey
renunciase a sus poderes o estableciese una nueva corte en otro punto del país.
Poco a poco, los babilonios pasaron de registrar los eventos de los
cielos a predecir cuándo estos iban a suceder, ya que, durante muchos años, una
limitada dinastía de familias de eruditos acumularon inmensas cantidades de
datos: en concreto fueron alrededor de trescientas mil observaciones entre el
siglo VIII a. n. e. y el siglo I n. e., el período de recopilación de datos más
prolongado de la historia. Examinando esta información, los astrónomos de
Babilonia averiguaron los ciclos de repetición, lo que les permitió predecir
las posiciones futuras del Sol, la Luna y los planetas. Algunos de estos
análisis eran realmente sofisticados. Por ejemplo, al recopilar tablas de
datos, los matemáticos tenían en cuenta las distintas velocidades del Sol
durante su viaje anual por el cielo, y compensaban la variación en los
movimientos de los planetas.
Algunas de las características de esta astronomía arcaica pueden parecer
muy extrañas. En primer lugar, a diferencia de los astrónomos modernos, los
babilonios no utilizaban sus cálculos para hacer mapas de las órbitas de los
planetas, sino para averiguar de qué forma afectaban los cielos a los
individuos; la motivación de sus investigaciones era política, encaminada a la
predicción de los acontecimientos importantes, como la invasión de Babilonia
por parte de Alejandro Magno. Otro ejemplo: la opinión de los babilonios acerca
de dónde acaba la Tierra y empieza el cielo era distinta de la actual; para
ellos, la atmósfera formaba parte de las estrellas, no del globo. Las nubes,
que actualmente se consideran fenómenos meteorológicos, solían meterse en el
mismo saco que los eclipses, los planetas y los meteoros (de ahí el nombre de
la moderna ciencia del tiempo atmosférico). Esta clasificación de los fenómenos
naturales fue legada a los griegos, y formó parte importante del pensamiento
europeo hasta finales del siglo XVII.
Sin embargo, los griegos no veían el Universo desde el punto de vista
matemático de los babilonios. Los filósofos y astrónomos de Grecia pensaban de
forma geométrica, y representaban el Universo con visiones tridimensionales de
estrellas que orbitaban alrededor de la Tierra como si se desplazasen por la
superficie de una imaginaria esfera celeste. En cambio, los matemáticos de
Babilonia pensaban de forma aritmética y algebraica, haciendo gala de su
virtuosismo para llegar a nuevos resultados en lugar de desarrollar técnicas
para la resolución de problemas. Los babilonios recopilaron extensas tablas de
observaciones y de posiciones de estrellas; no obstante, en lugar de trazar
diagramas geométricos tridimensionales, utilizaban complicadas y repetitivas
multiplicaciones y divisiones. Los astrónomos de Babilonia aplicaban a los
cielos las mismas técnicas de cálculo que habían aprendido los niños de la Casa
F para averiguar las áreas de los campos, los perfiles de las acequias de riego
y las estructuras de los embalses.
Aunque estaban muy alejados de los científicos modernos, estos
observadores del firmamento nos dejaron importantes legados. El volumen colosal
de sus observaciones y cálculos fue extremadamente valioso para los astrónomos
geométricos griegos, que conocieron sus trabajos en Egipto: los datos de los
babilonios son los cimientos sobre los que se han construido los modernos
catálogos de estrellas. Otro de los legados importantes que ha llegado hasta
nuestros días es el sistema zodiacal, con sus doce signos. El doce es un número
más versátil que el diez, porque es fácil de dividir por cuatro y por tres.
También se ajusta con facilidad a la base numérica 60 de los babilonios, de
forma que los círculos se pueden dividir cómodamente en 360°, como en la
actualidad. Los babilonios dividieron el cielo en doce secciones iguales, una
por cada mes lunar, y asignaron a cada una el nombre de una constelación
destacada. Estas constelaciones, traducidas al latín, son los actuales signos
del zodíaco que conocemos por los horóscopos de los periódicos, como Aries el
carnero o Tauro el toro. Sin embargo, aunque la elección del doce es racional,
otros aspectos de este sistema no tienen lugar en la ciencia moderna.
Los eruditos de Babilonia establecieron también algunos de los aspectos
de la forma moderna de contar el tiempo. Aparte de dividir el tiempo en
conjuntos de sesenta (e influir así sobre nuestros segundos, minutos y horas) y
siete (días de la semana) instauraron un sofisticado calendario basado en los
movimientos del Sol y de la Luna. Como muchos de los astrónomos que les
sucedieron, los babilonios intentaron con tesón reconciliar el año solar, que
dura algo más de 365 días, con el mes lunar, que dura unos 29 días. En nuestros
días, esta dificultad se ha resuelto mediante meses de distintas duraciones y
con la introducción de los años bisiestos, pero los babilonios desarrollaron
una técnica en la que agregaban un decimotercer mes cada tres años.
El enfoque babilonio de relacionar el tiempo de las personas con la Luna
se convirtió en la base de los calendarios religiosos judío y cristiano.
Figura 2. Les tres riches heures du Duc de Berry: Septiembre. Pintado por
los hermanos Limbourg c. 1412-1416.
En la Figura 2 se puede ver la página correspondiente al mes de
septiembre de un deslumbrante Libro de horas encargado por un acaudalado noble
en el siglo XV, cuyo propósito era mostrar el texto litúrgico apropiado para
cada hora del día. Pintada en papel de vitela en intensos azules, rojos y
dorados, en esta asombrosa escena de otoño aparecen campesinos inclinados,
desperezándose y probando ilícitamente algunos granos de las uvas que recogen
para el Château de Saumur, representado en la pintura con gran detalle
arquitectónico. Para los cristianos devotos, una de las características más
importantes de la imagen era el calendario semicircular de la parte superior,
que les permitía averiguar las fechas de las festividades religiosas de
cualquier año.
Este calendario ilustra la supervivencia de las influencias antiguas,
que se mezclaron y fueron absorbidas por la cultura europea. El anillo exterior
y el interior están escritos en números arábigos (1, 2, 3, etc.), que llegaron
a Europa en el siglo XII y se siguen utilizando. Entre ellos, las dos bandas en
latín muestran una doble herencia romana: los números romanos y los nombres de
meses como noviembre o diciembre (noveno y
décimo en latín). La astronomía babilónica aparece en al arco ancho en el que
aparecen los signos zodiacales de Virgo (la virgen, a la izquierda) y Libra (la
balanza, a la derecha). Las dos bandas centrales del arco interior proceden
directamente del calendario babilónico de diecinueve años. Los símbolos de la
Luna están asociados con diversas letras del alfabeto ordenadas secuencialmente
como un código. Utilizando el número diecinueve para descifrar este mensaje,
los sacerdotes podían averiguar la fecha de la luna nueva en cualquier mes y
año.
Igual que sus distantes precursores, muchos observadores del firmamento
cuyas teorías incorporaban ideas de los babilonios estaban interesados en la
predicción a través de las estrellas, ya fuese por motivos religiosos o para
obtener poder político. Por eso es razonable incluir una imagen piadosa en un
libro acerca de la historia de la ciencia; aunque la astronomía es ahora una
disciplina científica, está construida sobre siglos de asociación con
profecías, ritos y música. No hay caminos directos que vinculen la ciencia
moderna con su pasado mesopotámico. Sin embargo, si los astrónomos griegos en
Egipto no hubiesen heredado y desarrollado la astronomía de Babilonia, nuestros
actuales mapas estelares y tablas de mediciones tendrían un aspecto muy
distinto.
3. Héroes
En ciencia, el mérito se lo lleva el que convence al mundo, no el
primero que ha tenido la idea.
Francis Darwin, Eugenics Review (1914)
La palabra «historia» tiene dos significados distintos: hace referencia
tanto al pasado como a la forma en que este se describe. Por desconcertante que
parezca, los historiadores pueden relatar los mismos acontecimientos o períodos
históricos de formas distintas, porque, a pesar de que deben ceñirse a los
hechos, también utilizan la creatividad para escribir. Con el fin de hacer
comprensible lo que sucede, construyen narraciones con líneas argumentales,
asignan principio y fin a sus historias y prestan especial atención a los
momentos culminantes como la victoria en una batalla, el descubrimiento de una
nueva sustancia o la formulación de una teoría revolucionaria. Del mismo modo
que los novelistas describen un mundo imaginario, los historiadores imponen una
estructura sobre el flujo continuo del pasado histórico. Y, con el fin de
implicar a sus lectores en su versión de los eventos —su historia particular—,
se centran en individuos esenciales, que pueden adquirir el estatus de héroes.
Este enfoque en las personas célebres surge de los griegos, que sabían
del poder de atracción de los héroes, que hace que las historias sean
recordadas. Los griegos inventaron a Aquiles, Eneas y otros campeones
mitológicos cuyas hazañas estaban más allá de las capacidades humanas. Por otra
parte, los griegos tenían en muy alta consideración la habilidad intelectual,
de modo que convirtieron a los filósofos reales en figuras legendarias cuyas
eruditas proezas superaban a las de los simples mortales. Aunque los miembros
de este panteón intelectual variaban, su número era siempre de siete, una cifra
especialmente significativa. Una de las versiones modernas más habituales es
esta:
Los siete científicos griegos más importantes fueron Arquímedes,
Aristóteles, Demócrito, Platón, Ptolomeo, Pitágoras y Tales.
Se pueden hacer varias críticas evidentes a esta relación. En primer
lugar, algunos de estos Siete Sabios ya no son muy conocidos, mientras que hay
algunas ausencias. ¿Qué hay de Hipócrates, el famoso padre de la medicina
occidental? ¿O de Euclides, fundador de la geometría moderna, y uno de los
autores favoritos de Newton? Aun aceptando la selección, el uso de la palabra
«científico» es problemático, porque no había científicos. Aunque muchas de las
ideas que tuvieron su origen en la antigua Grecia se adaptaron a lo largo de
los siglos y acabaron calando en la ciencia, estas personas no compartían ni la
finalidad ni las técnicas experimentales de los investigadores modernos.
Otra posible crítica a este grupo de Siete Superhéroes Griegos es el
orden alfabético. Si lo reordenamos cronológicamente, estos héroes
intelectuales serían Tales, Pitágoras, Demócrito, Platón, Aristóteles,
Arquímedes y Ptolomeo. Sin embargo, más de siete siglos separan al primero del
último: en la Inglaterra moderna, sería equivalente a clasificar juntos a
Stephen Hawking y al monje del siglo XIII Roger Bacon. Como mínimo, Hawking y
Bacon estudiaron en dos de las universidades inglesas más tradicionales: Oxford
y Cambridge. En cambio, estos griegos no solo estaban dispersos en el tiempo,
sino también en el espacio: Tales (de Mileto) vivió en lo que es actualmente la
costa de Turquía; Platón enseñaba en Atenas, y Ptolomeo trabajaba en Egipto.
Vistos desde la perspectiva actual, los griegos que en realidad vivieron
en siglos y regiones distintas se perciben como un grupo homogéneo en el que
sobresalen diversos nombres famosos. Lo más habitual es subdividir la historia
de Grecia en tres períodos históricos: el primero es la era presocrática, que
abarca aproximadamente del 600 al 400 a. n. e.; el segundo es el siglo
posterior, que marca el punto álgido del poder ateniense, cuando Platón, el
alumno de Sócrates, fundó su Academia y tuvo como discípulo a Aristóteles.
Finalmente tenemos el medio milenio entre el 300 a. n. e. y el 200 n. e., el
período helenístico. En esa época, el pupilo más famoso de Aristóteles,
Alejandro Magno, había construido un colosal imperio y la civilización griega
se extendía por la costa norte de África, el Mediterráneo oriental y, por
tierra, hasta India y China. Los héroes de la filosofía griega aparecen en los
tres períodos.
Platón visualizó la búsqueda de la verdad como si fuese una carrera
olímpica del intelecto ejecutada por doctos atletas que se pasaban la antorcha
del genio unos a otros. Generaciones posteriores adoptaron este atractivo
modelo. Aristóteles, alumno de Platón, se promocionaba a sí mismo afirmando que
había heredado la llama del conocimiento de Tales, que dos siglos antes había
inaugurado una nueva forma de concebir el Universo. Dos milenios más tarde, el
propio Aristóteles era venerado por los eruditos europeos como fundador de la
ciencia griega.
La popularidad de esta romántica imagen de una carrera de relevos
académica llegó hasta la época victoriana, y tiene diversas ventajas. Por
encima de todo, estimula a los historiadores para que reflejen la ciencia como
una serie de emocionantes aventuras protagonizadas por intrépidos
descubridores, intercaladas con períodos de descanso en los que no sucede nada
significativo. De hecho, en el caso de los griegos, es difícil contar otro tipo
de relato, a causa de los grandes huecos en el registro histórico. Solo han
sobrevivido documentos originales de unos pocos pensadores griegos, y las
pruebas que han llegado hasta nuestros días suelen proceder de interpretaciones
muy posteriores. Pero, durante los siglos transcurridos, las ideas se habían
distorsionado y la información acerca de las vidas de los antiguos griegos,
incluso los más notables —y, desde luego, todo el resto— había desaparecido.
Con frecuencia resulta difícil separar los mitos de los hechos en estas
narraciones sesgadas e incompletas.
El estilo heroico de Platón al relatar el pasado convierte en genios a
unos cuantos hombres brillantes (y, ocasionalmente, a alguna mujer), pero
relega a muchos otros al olvido. Platón convierte a personas en los
equivalentes intelectuales de los dioses de la mitología: dotados de cerebros
sobrehumanos, sobrevuelan los asuntos terrenales mientras cavilan sus grandes
ideas. Y sin embargo, la ciencia y la filosofía no estaban separadas de la
realidad, y las preocupaciones cotidianas —la política, las finanzas, las
relaciones personales— afectaban al desarrollo de las teorías en la antigua
Grecia en la misma medida en que ejercen su influencia en las actividades
académicas modernas. Platón afirmaba que Tales estaba tan absorto en la
observación de las estrellas y en la predicción de su comportamiento que se
cayó en un pozo, mientras que, según Aristóteles, Tales era un astuto hombre de
negocios que hizo una fortuna pronosticando una cosecha extraordinaria y
comprando luego todos los molinos de aceite. Puede que la anécdota de
Aristóteles sobre su emblemático antepasado sea una exageración, una caricatura
de una conducta humana, pero es más creíble que el genio despistado de Platón.
Durante sus vidas, los héroes científicos aparecían como personas menos
importantes de lo que se las considera en retrospectiva, admirados por iniciar
proféticos caminos hacia un futuro del que sus contemporáneos nada conocían.
Por ejemplo, algunos historiadores señalan a Aristarco como precursor de
Copérnico porque, en el siglo III a. n. e., sostenía que la Tierra giraba
alrededor del Sol. Pero conmemorar a Aristarco por haber tenido esta idea
moderna no parece tener demasiado sentido, ya que su teoría fue rechazada en su
época y no tuvo apenas impacto posterior: los astrónomos siguieron creyendo
durante casi dos mil años que el Sol giraba alrededor de la Tierra.
El asunto de la prioridad hace su aparición una y otra vez en la
historia de la ciencia. Leonardo da Vinci dibujó un objeto parecido a un
helicóptero, pero existe una enorme diferencia entre trazar un boceto y poner
en el aire una máquina tripulada. Por brillante que fuese, Leonardo no fue el
primer ingeniero aeronáutico del mundo. De forma parecida, algunos
especialistas explican que, en el siglo I a. n. e., Herón de Alejandría
construyó una pequeña esfera giratoria impulsada por vapor. Pero, a pesar de estas
afirmaciones, no se puede decir que Herón sea el responsable de la revolución
industrial, que se inició en Gran Bretaña en el siglo XVIII.
Las historias heroicas de ciencia cojean porque, a diferencia de Aquiles
y Eneas, los Siete Sabios de Grecia eran personas reales que vivieron sus vidas
en lugares y épocas concretas. Su pensamiento, su comportamiento y su escritura
no solo dependía de las opiniones de sus mentores y de sus amigos, sino también
de sus propias necesidades materiales y emocionales, como ganar dinero, tener
cuidado de no ofender a sus mecenas, aplacar la ira de los dioses, intentar
obtener ventajas políticas e incluso combatir el aburrimiento o recuperarse de
un desengaño amoroso. También es importante tener presente que sus ideas no
viajaron por el tiempo y el espacio en una especie de vacío intelectual, sino
que sufrieron constantes adaptaciones y modificaciones. En distintos lugares y
siglos diferentes, algunos aspectos de su pensamiento recibieron más atención
que otros; una gran parte se rechazó, o incluso se combinó con el de otros. Al
examinar a los pensadores heroicos dentro de su contexto cultural, resulta
obvio que los genios no nacen, sino que se hacen.
Entonces, ¿por qué incluir a los griegos en una breve historia acerca
del pasado de la ciencia? Aunque su visión del mundo era muy distinta de la que
tienen los investigadores modernos, sus ideas filosóficas, cosmológicas y
teológicas afectaron en gran medida a la ciencia posterior, tanto por su
lectura directa como mediante su transformación y transmisión por parte de
estudiosos cristianos y del islam. Según los estándares modernos, las teorías
que ejercieron su dominio durante siglos son erróneas, mientras que otras que
ahora parecen correctas fueron rechazadas: la ruta del cambio científico no
tiene nada de recta. Al pensar en la influencia de los filósofos griegos en el
futuro, los conceptos que importan son los que adoptaron sus sucesores. Es
irrelevante el hecho de que los científicos modernos juzguen que son correctos
o incorrectos.
Si nos centramos en las ideas clave debemos dejar de lado grandes
fragmentos del pasado, pero podemos adoptar dos puntos de vista para ello. La
estrategia convencional es seleccionar una ruta intelectual que conduce de
forma directa del (supuestamente) ignorante pasado hacia la verdad superior del
presente: si se omiten lo que ahora consideramos como errores, los
historiadores pueden relatar el ascenso triunfal de la ciencia y su victoria
sobre la superstición, la magia y la religión. En contraste, este libro presta
atención a las opiniones de las personas en cada momento: explora —sin
juzgarlas— cómo se transmitieron las creencias de una generación a la
siguiente. Las ideas antiguas pueden actualmente parecer extrañas, pero merecen
un tratamiento serio, porque las mantenían de forma sincera algunos hombres y
mujeres de excepcional inteligencia.
A lo largo de ocho siglos, los eruditos griegos tomaron prestadas
observaciones efectuadas en diversos lugares, acumularon una inmensa masa de
datos y desarrollaron teorías acerca del Universo y sus habitantes. Para
examinar de qué forma sus acciones colectivas afectaron a la ciencia posterior,
las cuatro secciones siguientes se centran en cuatro amplias áreas: la
estructura del cosmos; la vida y la medicina; la naturaleza de la materia y los
conocimientos prácticos. En cada uno de estos aspectos, los griegos dejaron
vastos legados que pueden parecer estrafalarios, pero que fueron copiados,
absorbidos y transformados por las civilizaciones que les sucedieron.
4. Cosmos
Desde el lugar donde yace puede ver la salida de Venus. Adelante. Desde
el lugar donde yace, cuando el cielo está despejado, ve la salida de Venus
seguido por el sol. Entonces clama contra la fuente de toda vida. Adelante. Por
la noche, cuando el cielo está despejado, saborea su venganza de estrella.
Samuel Beckett, Ill Seen Ill Said (1981)
Los científicos llevan a cabo experimentos para comprobar sus teorías —o
al menos, esa es la versión ideal de lo que realmente sucede—. En la práctica,
con frecuencia las ideas preconcebidas sobre cómo debía funcionar el Universo
han anulado las pruebas que ha proporcionado la observación. En Grecia hay
numerosos casos, —Platón, por ejemplo—, de personas que insistían en que el
Universo estaba caracterizado por el orden cósmico y la armonía matemática, a
pesar de que se conocían siete obstáculos para este modelo ideal: los siete
planetas, cuyos movimientos irregulares a través del firmamento contravenían
tanto el sentido común como la filosofía. Hasta la época de Newton, este
problema dominó la cosmología; los astrónomos intentaban «salvar las
apariencias» conciliando el movimiento aparentemente errático de los planetas
con las visiones teóricas de perfección celestial.
Platón compartía este punto de vista cuantitativo heredado de los
pitagóricos, que vivieron en Italia unos dos siglos antes de su tiempo. Aunque
en nuestros días se recuerda a Pitágoras por su teorema acerca de los
triángulos rectángulos, no fue él quien lo inventó; hacía mucho tiempo que los
babilonios conocían las propiedades de la hipotenusa (este es el ejemplo más
sencillo: si las líneas de cada uno de los lados del ángulo recto (de 90°) de
un triángulo miden 3 y 4 unidades de longitud, el lado opuesto, la hipotenusa,
medirá 5 unidades, ya que 32 + 42= 52).
La palabra «geometría» significa «medir la tierra», y los matemáticos griegos
contribuyeron a convertir los problemas de agrimensura práctica en diagramas
abstractos. Utilizando al principio las técnicas ya conocidas por los niños
babilonios de la Casa F, desarrollaron poco a poco un conocimiento matemático
teórico fascinante por sí mismo, aparte de su valor práctico.
Del mismo modo que los científicos modernos, Pitágoras y sus discípulos
creían que la matemática es la clave para la comprensión del Universo. Sin
embargo, también formaban parte de una hermandad secreta que buscaba números en
todas partes y les asignaba significados ocultos. Los triángulos con lados 3, 4
y 5 eran especialmente atractivos a causa de su simplicidad numérica que, según
creían, llevaba implícito el eco de la belleza cósmica. Para los pitagóricos,
este enfoque cuantitativo del Universo formaba parte de su búsqueda espiritual
hacia la superación personal, aunque también es una característica de la
ciencia racional y captó la atención de muchos teóricos famosos como Newton y
Galileo, que veían el cosmos como un gran libro escrito por Dios en un idioma
matemático de triángulos, círculos y otras forma geométricas, una visión que
dejó sentir su influencia. La fe en el poder de la ciencia matemática no impide
tener un sentimiento religioso.
Pitágoras afectó en gran medida a la trayectoria de la ciencia, a pesar
de que sus propias investigaciones se basaban en la música. Al parecer, efectuó
cuidadosas medidas para demostrar la existencia de relaciones numéricas simples
entre los intervalos musicales, de modo que, por ejemplo, una cuerda
determinada de un instrumento musical produce una nota que está una octava por
encima de la que genera una cuerda con el doble de longitud. No obstante, la
teoría y la perfección tenían para él una importancia superior a la de la
realidad cotidiana, y parece improbable que Pitágoras obtuviese muchos de los
resultados experimentales que se atribuía. Con su búsqueda de relaciones
numéricas místicas, los pitagóricos extendieron al Universo la terrenal
matemática de la música, intentando establecer relaciones armónicas para las
distancias entre planetas. Esta asociación griega entre astronomía y
aritmética, entre música y magia, seguía siendo la dominante en Europa en el
siglo XVII.
En lo que se refiere a modelos cosmológicos, los dos autores griegos más
importantes fueron Aristóteles, discípulo de Platón, que vivió durante la
cumbre del poder de Atenas, y Ptolomeo, que trabajó en la Alejandría
helenística (bajo soberanía griega) casi medio milenio más tarde. A diferencia
de otros muchos filósofos griegos, Aristóteles y Ptolomeo dejaron una cantidad
significativa de textos escritos con los que los estudiosos medievales de toda
Europa estaban perfectamente familiarizados. Se conoce muy poco sobre las vidas
de estos dos hombres, pero la influencia de sus visiones cosmológicas fue
tremenda.
Aristóteles carecía de paciencia para los números especiales y la
matemática cósmica de sus predecesores pitagóricos; él era un astrónomo teórico
que creía en el poder del pensamiento, no en la precisión de las observaciones.
En todo caso, Aristóteles no tenía acceso a las medidas exhaustivas de los
babilonios. Rechazando los puntos de vista de unificación matemática de
Pitágoras y Platón, Aristóteles dividió el Universo en dos zonas delimitadas,
con propiedades notablemente distintas: la región celestial y la esfera
terrestre (también llamada sublunar, del griego «debajo de la Luna»). El reino
de los cielos de Aristóteles es estable y ordenado, y se compone de una
misteriosa sustancia etérea a través de la cual los cuerpos celestes giran
eternamente en círculos perfectos, que (de algún modo) se mantienen en
movimiento continuo por obra de un agente inmóvil externo. En contraste, el
globo terráqueo se caracteriza por la corrupción y la mortalidad, los objetos
se mueven de forma natural hacia abajo o hacia arriba (como el humo que
asciende o las piedras caen) a menos que se las fuerce a cambiar de dirección
de forma no natural.
La cosmología aristotélica estaba esparcida en sus libros, no presentada
de forma unitaria y coherente; sin embargo, su distinción entre los reinos
terrestre y celeste dominó las ideas científicas hasta bien entrado el siglo
XVII, mucho después de que Copérnico situase el Sol en el centro del Universo.
La prolongada supervivencia del modelo de Aristóteles sugiere que era razonable
y útil.
Figura 3. Una versión cristianizada del cosmos de Aristóteles. Leonard
Digges, A prognostication everlasting of Right Goode… Rules to judge Weather…
(1556)
En la Figura 3 se muestra una modificación del siglo XVI, en la que la
zona central de la Tierra está rodeada por las órbitas circulares de los siete
planetas, cada uno de ellos identificado por su nombre y su símbolo. Más allá
de las estrellas fijas y el cielo cristalino (una posterior adición teológica),
el anillo más exterior está etiquetado como «The fyrst Mover» («el primero que
mueve»), un término común para referirse a Dios.
Esta versión intuitiva del Universo quedaba empañada por siete
transgresores celestiales: los siete planetas, que se mueven a una velocidad
inconstante por el cielo y cuyo brillo varía, como si lo hiciese su distancia
desde la superficie de la Tierra. Lo que es peor: salvo el Sol y la Luna,
periódicamente parecen detenerse y moverse hacia atrás antes de reanudar su
movimiento normal. Para los astrónomos, este movimiento retrógrado era
desconcertante, ya que estaban convencidos de que el Sol y los planetas giraban
alrededor de la Tierra en círculos perfectos. Si se asume que el Sol se
encuentra en el centro del Universo y que las órbitas son elípticas, es muy
fácil averiguar la razón de estos singulares efectos. Pero lo que ahora parece
evidente solía ser inconcebible. Durante siglos, la sola sugerencia de un
comportamiento parecido se rechazaba, porque se contradecía con el ideal de una
rotación circular perfecta alrededor de una Tierra fija.
La solución de Aristóteles al problema de los planetas era
extraordinariamente farragosa, porque estaba convencido de que los planetas se
desplazaban con velocidad uniforme. Su sistema completo incorporaba cincuenta y
cinco esferas concéntricas invisibles, girando alrededor de la Tierra de
diversas formas. El Agente Inmóvil provoca el movimiento perpetuo de la más
exterior de las esferas, y el movimiento de esta se transmite hacia dentro.
Cada uno de los siete planetas es transportado por una de las esferas, y —con
la excepción de la Luna— está acompañado de otras diversas esferas para
compensar la influencia de las otras. No deja de ser irónico que uno de los
discípulos de Aristóteles contribuyese al abandono de este complejo modelo.
Durante una visita a Macedonia, Aristóteles ejerció de maestro del príncipe que
acabaría convirtiéndose en Alejandro Magno. Con la expansión del imperio de
Alejandro hacia el este, los astrónomos geométricos griegos se tropezaron con
el colosal legado de las observaciones de los babilonios, y no tuvieron más
remedio que reconocer que, por muy sugerente que fuese la idea de las esferas
de Aristóteles, era necesario modificarla. Esta influencia mesopotámica
transformó la cosmología griega, ya que, por primera vez, la elegante geometría
pudo sacar provecho de datos meticulosos para ofrecer esquemas cuantitativos de
notable exactitud.
Sin embargo, el concepto del movimiento circular estaba demasiado
arraigado como para que se pensase en renunciar a él. Lo que hicieron los
matemáticos de la época helenística fue retocar sus esquemas. El siguiente de
los textos clave que sobrevivieron había sido escrito por Ptolomeo, una
enigmática figura de biografía exigua e incierta. Lo más probable es que pasase
casi toda su vida en Alejandría, la ciudad egipcia fundada por Alejandro Magno,
donde murió aproximadamente en 170 n. e. Los artistas medievales suelen
representar a Ptolomeo con una corona, porque lo confundían con los Ptolomeos,
que habían gobernado en Egipto varios siglos antes. Ptolomeo fue un experto
propagandista de sí mismo y, aunque se apoyó sobre sus predecesores, los
presentó como superados y logró forjar su propia identidad como el héroe que
transformó el torpe y pesado modelo de Aristóteles.
Ptolomeo estableció su domino de la astronomía posterior a causa de que
su enorme compendio de conocimientos se transmitió en primer lugar al imperio
islámico, para luego llegar a Europa. El texto, que se suele conocer por su
nombre árabe de Almagesto (La gran colección), contiene un detallado catálogo
de más de un millar de estrellas, así como tablas numéricas y diagramas
geométricos para el cálculo de los movimientos futuros de los siete planetas.
Apoyándose en los siglos de teoría de Grecia y de observaciones de Babilonia,
Ptolomeo construyó modelos geométricos para predecir el comportamiento de los
planetas. Para ello tuvo que sacrificar uno de los principios más preciados de
Aristóteles, el movimiento uniforme: aunque los planetas de Ptolomeo se movían
en círculos, sus velocidades eran variables.
Ptolomeo describía también los instrumentos que utilizaba para la
observación del firmamento, que influyeron en las prácticas posteriores. Estaba
especialmente orgulloso de su esfera armilar, cuya estructura básica se mantuvo
sin variación durante siglos. En la Figura 4 se muestra una versión de mano
europea montada en un soporte de madera. Como hizo con algunas de sus teorías,
Ptolomeo afirmaba ser el inventor de la esfera armilar, pero lo más probable es
que se tratase de una herencia.
Figura 4. Una esfera armilar, probablemente del siglo XIV; el soporte de
madera es posterior.
Los grandes anillos calibrados (o armillae) representan coordenadas
celestes imaginarias que rodean a la Tierra, situada en posición central, de
modo que el instrumento se podía utilizar como modelo del cosmos y como
dispositivo para medirlo (este ejemplo en particular era demasiado pequeño y
tosco para obtener medidas precisas). Según Ptolomeo, su principal ventaja
consistía en que podía medir directamente las coordenadas celestes de una
estrella (es decir, su latitud y longitud celestes) sin necesidad de efectuar
los pesados cálculos. Mucho tiempo después de que todos creyesen ya que el Sol
se hallaba en el centro del sistema planetario, los navegantes seguían
utilizando la astronomía de Ptolomeo, ya que, diga lo que diga la ciencia, para
efectuar cálculos en mitad del océano, es más simple imaginar que el Sol gira
alrededor de la Tierra.
Ptolomeo estaba decidido a ofrecer predicciones fiables que se
correspondiesen con sus mediciones y explicasen por qué algunos planetas
parecen moverse hacia atrás.
Aunque logró conservar los círculos, tuvo que renunciar a la
simplicidad, y los diagramas de su modelo están repletos de complejidades
geométricas.
Su principal innovación fue la de sugerir que cada planeta se mueve en
un pequeño círculo cuyo centro imaginario gira describiendo un círculo mayor
alrededor de la Tierra. Aunque el esquema de Ptolomeo puede parecer algo
abstruso, siguió siendo importante porque trataba de hacer cuadrar las
observaciones reales y los compromisos filosóficos y teológicos con el
movimiento circular. En la Figura 5 se muestra un dispositivo didáctico que
aparece en un famoso texto astronómico del siglo XVI.
Figura 5. Disco móvil que ilustra la teoría de los epiciclos de Ptolomeo
para el planeta Júpiter. Petrus Apianus, Astronomicon Caesareum (1540)
No es un diagrama, sino un modelo de papel en el que se utilizan
cordeles para hacer girar discos de colores que explican el movimiento del
planeta Júpiter. A medida que Júpiter gira siguiendo el pequeño círculo de la
parte superior (denominado epiciclo), produce un movimiento en bucle a medida
que el círculo pequeño se mueve a lo largo del perímetro del círculo mayor
(etiquetado aquí como Deferens Jovis, deferente de Júpiter). Con una visión
adecuada, es posible hacer corresponder el movimiento en bucle con el
movimiento hacia atrás y hacia delante que Júpiter describe en el cielo.
El orden en el que Ptolomeo situó los planetas siguió también vigente
durante muchos siglos, aunque, hasta cierto punto, se trataba de un orden
arbitrario (Figura 3). Más allá de los planetas se hallaban las estrellas
fijas, que teólogos posteriores dividieron en bandas. Junto a ellas situó
Ptolomeo a Saturno, Júpiter y Marte, los tres planetas cuyo comportamiento
parecía más próximo al de las estrellas. Como, de algún modo, Venus, Mercurio y
la Luna parecían vinculados a la Tierra, les asignó las órbitas más interiores.
Para crear un Universo agradablemente simétrico, Ptolomeo situó al Sol (el
único planeta sin epiciclos) entre estos dos grupos: los estudiosos del Medievo
comparaban el Sol con un rey acompañado por tres cortesanos planetarios en cada
lado.
Ptolomeo era una figura compleja que, como el dios Jano, miraba tanto
hacia delante como hacia atrás. Al futuro dejó como legado las influencias
astrológicas y las esferas celestes que había heredado del pasado, pero —del
mismo modo que los astrónomos modernos— hacían hincapié en la precisión de los
cálculos geométricos. Igual que algunos de sus predecesores babilonios y
griegos, Ptolomeo creía en un cosmos holístico, que integraba a los seres
humanos con los cielos. Para los astrónomos, el trazado de los movimientos de
los planetas no era un simple ejercicio intelectual; su intención era descubrir
cómo influían en las personas. Después de todo, es obvio que el cambio de
posición del Sol afecta a la vida en la Tierra; entonces ¿por qué no había de
suceder lo mismo con los otros seis planetas? En la astrología ptolemaica, las
distintas partes del cuerpo están relacionadas con planetas y signos del
zodíaco específicos, y el estudio de las estrellas siguió siendo importante
para los médicos islámicos y europeos. En esta medicina cosmológica, las siete
edades del hombre se corresponden con los siete planetas —o, como explicaba
William Shakespeare en Como gustéis—, la Luna representa «la
criatura hipando y vomitando», mientras que Saturno es «la segunda niñez y el
olvido total».
5. Vida
¡Vasta cadena del ser!, de donde Dios empezó, naturalezas etéreas,
humanas, ángel, hombre, bestia, pájaro, pez, insecto, lo que el ojo no ve,
ningún cristal puede alcanzar, del infinito a ti, de ti a la nada.
Alexander Pope, Essay on Man (1733-1734)
«Juro por Apolo el Médico y Esculapio y por Hygeia y Panacea y por todos
los dioses y diosas…». Aunque han transcurrido más de dos milenios desde su
muerte, Hipócrates sigue siendo célebre por su juramento de buena práctica
médica. Sin embargo, Hipócrates se ha convertido en un héroe tan mitológico
como real. Aunque se sigue citando su nombre en los debates sobre eutanasia y
aborto, muchas de las frases a él atribuidas (incluido su juramento) fueron
escritas por sus discípulos. Hipócrates no estaba solo en la terapéutica
griega; era uno de los numerosos médicos que recomendaban una amplia variedad
de tratamientos; e, igual que otros supuestos fundadores, heredó una serie de
conocimientos.
Hipócrates fundó su escuela médica en la isla griega de Cos, en la misma
época en que Sócrates atraía a los discípulos de su filosofía en Atenas. Los
médicos carecían de cualificación formal alguna, de manera que, para atraer a
alumnos que pagasen por su formación, los hipocráticos utilizaban tácticas de
promoción, afirmando que ellos eran los únicos expertos en medicina y
descalificando a sus predecesores como simples magos. Esta costumbre de ocultar
su deuda con sus antepasados contribuyó a que los sucesores de Hipócrates lo
convirtieran en el simbólico padre de la medicina.
Es justo reconocer a los hipocráticos su fama de exigir detallados
informes de los casos, que les llevó a poseer un colosal depósito de
experiencia práctica que les permitía predecir el curso de una enfermedad,
aunque no comprendiesen las razones. Esta práctica tan razonable hacía que
pareciesen tener el control de todo, cuando, en realidad, apenas podían pasar
de ayudar a que sus pacientes muriesen de la forma más cómoda posible. Sin
embargo, a pesar de que poseían escasas curas eficaces, los hipocráticos insistían
en la importancia de conservar la salud. A diferencia de los médicos actuales,
sus teorías se basaban en las constituciones particulares de las personas, no
en enfermedades universales. Ofrecían consejos personalizados para mantener en
forma el cuerpo y la mente, enseñando a las personas a que mantuviesen sus
fluidos esenciales —sus humores internos— en su estado de equilibrio natural.
Este enfoque en el bienestar personal del paciente seguía siendo
prevalente en la Europa del siglo XVIII. A falta de drogas eficaces, la
medicina hipocrática aliviaba la sensación de desamparo ante la enfermedad
mediante la estrategia de poner a las personas a cargo de su propia salud como
medida preventiva. Los enfermos (y también los hipocondríacos) podían
encargarse de vigilar su propia salud mediante el análisis diario de las
variaciones de sus síntomas y actuando para restablecer su equilibrio normal. Los
pacientes estaban satisfechos de que los tratasen como personas individuales, y
los médicos experimentados podían cobrar tarifas altas a los clientes más
adinerados, que exigían una constante atención personal. El principio central
hipocrático —de forma intrínseca, los cuerpos se curan a sí mismos y buscan el
equilibrio— ofrecía también un atractivo filosófico, ya que sugería que el
Universo había sido diseñado de forma voluntaria en lugar de surgir por azar.
Entre los Siete Sabios de la antigua Grecia, solo uno de ellos tuvo una
influencia significativa en las ciencias de la vida: Aristóteles, que vivió un
siglo más tarde que Hipócrates. Hacia el final de su carrera, Aristóteles se
rebeló contra el punto de vista convencional de que los filósofos no debían
examinar el mundo real. Además del estudio de cuestiones medioambientales como
los modelos meteorológicos y la actividad sísmica, se ensució —literalmente—
las manos con el estudio de plantas y animales. Aunque cometió algunos errores
notables (por ejemplo, no se le daba bien contar dientes o costillas),
Aristóteles llevó a cabo sus propias disecciones e hizo hincapié en la
importancia de que las teorías se ajustasen a los hechos y no al revés. Con
minucioso detalle, Aristóteles recopiló observaciones sobre una inmensa
variedad de seres vivos, incluidos los seres humanos.
A diferencia de los libros de texto actuales, su compendio de
comportamiento animal mezclaba el folklore y la teoría médica con los hechos
puros. Aristóteles aseguraba a sus lectores que las ovejas parirían corderos
negros si bebían del río incorrecto; por otro lado, su informe antiintuitivo de
que el pez cazón o pintarroja posee útero fue finalmente comprobado en 1842.
Como no podía ser de otro modo, las obsesiones teóricas de Aristóteles
afectaban a las observaciones que llevaba a cabo, e intentó unificar la
creación mediante la selección de características comunes en criaturas
aparentemente distintas. Su compromiso ideológico con un universo perfecto y
sin fisuras le condujo a la búsqueda de continuidad en lugar de diferencias. Le
fascinaban las criaturas anfibias como las focas, que parecían constituir un
eslabón entre los animales terrestres y acuáticos, y por los murciélagos, que
vuelan como las aves pese a carecer de plumas. También intentó establecer una
ley general del envejecimiento, que relacionaba el crecimiento del pelo, las
pezuñas y los picos de distintos seres.
El catálogo de la naturaleza elaborado por Aristóteles fue
extremadamente popular en Europa, porque incluía descripciones detalladas de
las actividades sexuales, y versiones apócrifas posteriores como la Obra
Maestra de Aristóteles se convirtió en una de las lecturas
clandestinas más habituales. Su punto de vista sobre la biología sobrevivió
también en un nivel más teórico, a causa de su énfasis en los cambios pequeños,
graduales, entre organismos. En la versión cristianizada del modelo
aristotélico, una cadena continua de cambios se extiende desde el más pequeño
de los organismos hasta la cima de la vida, el ser humano, y más allá, hacia
los ángeles y hasta Dios. A finales del siglo XVII, el filósofo John Locke
ofreció una explicación de este concepto:
Que en todo el Mundo corpóreo y visible no vemos Abismos ni Brechas.
Partiendo de nosotros, el descenso se hace a pasos suaves, y una serie continua
de Cosas, que en cada etapa difieren muy poco una de otra… y los reinos Vegetal
y Animal están tan próximos que, si se toma lo más bajo de uno y lo más alto de
otro, apenas se percibirá diferencia entre ellos[3].
El conocimiento de los médicos griegos sobre el exterior del cuerpo era
mucho mayor que sobre su interior. Sin la anestesia, la cirugía interna era
excesivamente dolorosa, y la disección de cadáveres se consideraba no solo
inmoral, sino escasamente útil: ¿cómo iba a ayudar el examen de un cuerpo
muerto en el tratamiento de uno vivo? Pero había numerosos heridos en combate a
los que tratar, y los ejércitos victoriosos estaban en deuda con sus médicos
hipocráticos, que aprendieron de la experiencia la forma de reparar fracturas,
de vendar heridas y de amputar miembros dañados en un tiempo récord. Durante el
siglo II n. e., uno de estos cirujanos, de nombre Galeno, trataba tanto a los
gladiadores como a los soldados de Roma, y sus ideas acerca de la anatomía dominarían
Europa hasta bien entrado el siglo XVI. Galeno transmitió también a Europa su
propia versión de las teorías hipocráticas que llevaban medio milenio
circulando y sufriendo modificaciones.
Los médicos galénicos aprendían que el cuerpo humano está dominado por
cuatro fluidos o humores especiales: sangre, bilis amarilla, flema y bilis
negra (utilizo la cursiva para distinguirlos de las sustancias reales
con el mismo nombre). Cada humor posee su propia función: la sangre es
la fuente de la vitalidad; la bilis amarilla ayuda en la
digestión; la flema es un refrigerante que aumenta durante las
fiebres, y la bilis negra oscurece la sangre y otras
secreciones. Aparte de afectar a la naturaleza física de las personas, los
humores influyen sobre el comportamiento psicológico, de modo que cada persona
se caracteriza por un temperamento que depende del equilibrio de sus humores
internos. Por ejemplo, una persona delgada y cetrina posee un exceso de bilis
amarilla y una personalidad hosca y mezquina. Por el contrario, las
personas gruesas, pálidas y vagas están afectadas de exceso de flema,
mientras que el melancólico Malvolio de Shakespeare responde a un estereotipo
de bilis negra.
Según Galeno, para comprender la anatomía era necesario estudiar
cuerpos, no libros. Su razonamiento era que los médicos necesitan conocimientos
anatómicos precisos para tratar las heridas y amputaciones de guerra, de modo
que (a pesar de las protestas morales y los problemas prácticos). Galeno
insistía en realizar experimentos para refutar las ideas obsoletas. A veces
lograba sortear los tabúes sociales contra la disección de cadáveres humanos
mediante el examen de los muertos en batalla picoteados por las aves, pero
sobre todo solía trabajar con cerdos y monos. En la actualidad, las
investigaciones de Galeno estarían prohibidas, ya que no tenía reparo alguno en
trabajar con animales vivos atados con cuerdas. Galeno sondeó corazones
palpitantes, ligó uréteres para demostrar el funcionamiento de vejigas y
riñones y cortó médulas espinales para investigar qué partes del cuerpo
quedaban paralizadas. «La hemorragia es el principal estorbo en una operación»[4], observó
antes de ofrecer inestimables consejos sobre la forma de enfrentarse a los
chorros de sangre. Durante casi cuatrocientos años, los filósofos habían
sostenido que las arterias contienen aire; Galeno demostró que estaban
equivocados, ligando una arteria en dos puntos y haciendo un corte entre ellos.
Algo obvio, pero solo si te enfrentas con la sangre a diario y estás decidido a
salvar vidas, no a reflexionar sobre su sentido.
Es irónico que este cirujano, que hizo hincapié en la importancia de la
observación personal, ayudase a perpetuar errores que se mantuvieron durante
siglos, consagrados en forma de doctrina que nadie osaba desafiar. En ausencia
de cadáveres humanos, Galeno eligió la opción más próxima: examinar macacos de
Berbería (monas de Gibraltar). La elección era sensata pero, durante más de mil
años, los médicos creyeron equivocadamente que, en el corazón humano, la sangre
fluía a través de pequeños orificios, como lo hace en el corazón de estos
primates. Otra de las características sorprendentes de la fisiología de Galeno
es la ausencia de sistema circulatorio. Según su modelo, la sangre se fabrica
de forma continua en el hígado y en las venas y se consume en el resto de
órganos y miembros del cuerpo. Galeno llegó a esta conclusión no solo porque el
sentido común le decía que la sangre oscura y la brillante debían fluir en dos
sistemas independientes, sino también por su compromiso conceptual de asociar
el cerebro, el corazón y el hígado con tres aspectos distintos del alma.
Pese a ser un brillante diseccionador que prefería blandir su escalpelo
antes que creer en las opiniones de otros, Galeno, como muchos otros
innovadores, sufría la presión de las ideas anteriores. Este mismo problema
afectó a Andreas Vesalius, el anatomista del Renacimiento que adoptó la
estrategia de Galeno, hacer observaciones de primera mano, y que debe su fama a
sus realistas dibujos del cuerpo. Aunque Vesalius sacó a la luz muchos de los
errores de Galeno, decidió que los orificios en el corazón debían existir, pero
Dios los había hecho demasiado pequeños como para poder verlos.
6. Materia
Ojalá los hombres recobrasen su equilibrio entre los elementos y fuesen
más ardientes, e incapaces de mentir como lo es el fuego.
Quisiera que fuesen fieles a sus propios cambios, como lo es el agua, que pasa
por todas las fases de vapor, corriente y hielo sin perder la cabeza.
D. H. Lawrence, Elemental (1929)
En la Europa del siglo XVII, la antigua Grecia seguía siendo el país de
los héroes. Muchos eruditos consideraban el mundo clásico como la cima de la
civilización, y pensaban que no era posible superar sus logros. Los filósofos
griegos ya habían elaborado las únicas dos visiones posibles de la materia en
aquella época —antes de que la física cuántica lo complicase todo, la materia
debía ser o bien continua o bien constituida por partículas independientes
separadas por espacios—. Por supuesto, existían numerosas variaciones posibles
sobre ambos modelos, pero ninguna de ellas era totalmente satisfactoria. Esto
provocó un enfrentamiento entre ambos bandos, dotado cada uno de ellos de un
campeón clásico principal. En uno de los bandos se alineaban los seguidores de
Aristóteles, que creía en la continuidad y que enseñaba que todo lo que existía
en la Tierra era una mezcla de cuatro elementos básicos. Estos aristotélicos
tardíos, que pronto serían derrotados, perpetuaban creencias académicas que
habían sido dominantes en Europa durante siglos. Sus oponentes, jóvenes
advenedizos como Isaac Newton, no tenían reparo alguno en arremeter contra
estos enfoques tradicionales. Sostenían que la materia está constituida de
átomos discretos, y adoptaron como figura simbólica a Epicuro, uno de los
mayores críticos de Aristóteles.
Aristóteles y Epicuro llegaron a simbolizar dos puntos de vista
esencialmente opuestos acerca de la composición del Universo. Los primeros
griegos apostaban por la continuidad, e imaginaban un Universo formado por unas
cuantas materias primas esenciales, que cambiaban y se combinaban entre sí para
formar las distintas sustancias; igual que las semillas se convierten en
árboles, también se oxida el hierro, el agua se solidifica para convertirse en
hielo y las personas nos pudrimos y nos convertimos en polvo. En este tipo de
cosmos atestado, la luz y el calor pueden concebirse como vibraciones en una
especie de jalea atmosférica invisible o como fluidos extremadamente sutiles
que fluyen como líquidos sin masa. Como señalaban sus críticos, no es fácil
interpretar estos conceptos tan abstractos en el mundo real. Para los
atomistas, en cambio, las unidades básicas son partículas minúsculas e
indivisibles. Estas partículas, rebotan en el espacio vacío (en casi todas las
versiones) sin sufrir cambios, chocando para combinarse de distintos modos y
formar así diferentes materiales. Los corpúsculos del hierro y el agua se
combinan para formar orín de hierro, las partículas de agua se apretujan entre
sí para formar hielo y la luz se parece a una corriente de proyectiles.
Aristóteles abogaba por la continuidad, tanto en el reino físico como en
el de los seres vivos. Su fe en la escalera de la vida, con sus infinitesimales
escalones entre seres similares, se ajustaba a su convicción de que el espacio
vacío no existía en ningún lugar (una de sus frases más conocidas era «La
Naturaleza aborrece el vacío»). Aunque los sistemas atómicos ya habían sido
apuntados por algunos filósofos griegos anteriores a él, Aristóteles los
rechazaba y de forma deliberada regresaba a modelos desarrollados por los
hipocráticos. Su modelo puede parecer críptico, pero fue el que dominó el
pensamiento musulmán y cristiano durante siglos.
Aristóteles creía que el mundo se podía caracterizar mediante cuatro
cualidades imaginarias ideales: caliente, frío, seco y húmedo,
que todas las entidades poseen en distintas proporciones. En ciertas
sustancias, las cualidades aristotélicas están claramente ligadas a sus
propiedades físicas. La leche, por ejemplo, es sobre todo fría y húmeda,
mientras que la llama de una vela es seca y caliente. Otras descripciones son
mucho menos intuitivas. Según el sistema aristotélico, el cuerpo frío y húmedo
de la mujer hace que sea temperamental e incapaz de llevar a cabo los procesos
de pensamiento racionales del cerebro masculino, seco y cálido. En
consecuencia, en el cosmos holístico de correspondencias desarrollado por los
sucesores de Aristóteles, los planetas masculinos (como Marte y el Sol) son
calientes y áridos, mientras que Venus y la Luna, astros femeninos, son fríos y
húmedos.
Para satisfacer su afán de orden, Aristóteles complementaba estas cuatro
cualidades con cuatro elementos terrestres idealizados —tierra, agua, aire y fuego—
que, combinados entre sí, formaban la totalidad de los materiales que se hallan
en la Tierra. Estas cualidades y elementos se ajustan entre sí en un ordenado
esquema que se ilustra de modo esquemático en la Figura 6.
Figura 6. Versión cristianizada de los elementos y cualidades de
Aristóteles.
La simetría domina: los elementos contrarios ocupan posiciones opuestas,
y cada elemento comprende dos cualidades contrastadas. Así, en la parte
superior, el fuego está flanqueado por caliente y seco, y está situado frente
al agua, con sus cualidades de fría y húmeda. A su vez, la tierra es fría y
seca, mientras que el aire es cálido y húmedo.
Aunque los elementos ideales de Aristóteles no existen en forma pura, sí
ofrecían útiles hipótesis para concebir la materia del mundo real. Unos
elementos aristotélicos se pueden transformar en otros modificando sus
cualidades. Si se calienta el agua, fría y húmeda, se ahuyenta el frío para
producir aire, caliente y húmedo; esto parece un modelo razonable de lo que
sucede cuando se calienta agua para producir vapor. De forma parecida, parece
bastante sensato e intuitivo pensar que los metales son bastante terrenales, o
que la madera que se quema está llena de fuego. La constitución elemental de
una sustancia ayuda a describir su comportamiento. El aire y el fuego
aristotélicos tienden de forma inherente a moverse hacia arriba, mientras que
la tierra y el agua fluyen de modo natural hacia abajo. En el cosmos
cristianizado de la Figura 3, estos elementos sublunares están simbolizados por
la tierra y el mar interiores del globo central, rodeado por anillos exteriores
de nubes y llamas.
Mi primer pensamiento al contemplar este diagrama es « ¿Dónde están las
pruebas?». Los eruditos griegos se hacían otro tipo de preguntas. En su
condición de filósofos, no les preocupaba tanto la justificación empírica como
la respuesta a los problemas fundamentales de la creación: « ¿Por qué el
Universo es estable?» o « ¿Cómo surgió este Universo del estado caótico
inicial?». Para Aristóteles, pasar por alto unas cuantas contradicciones no
tenía importancia comparado con establecer las razones básicas de la existencia
de un mundo coherente. Aristóteles insistía sobre todo en que debía haber un
motivo de peso subyacente que explicase por qué el mundo era como era. Para
hallar el significado del Universo y de su propia vida, adoptó un punto de
vista teleológico que se basaba en la fe en que la creación debía tener un
propósito o meta (el telos griego). En los ojos hallamos un
ejemplo simple de ello: si eres teleólogo, entonces crees que los animales
tienen ojos porque necesitan ver; si no lo eres, tu razonamiento es que los
animales ven porque resulta que tienen ojos.
Toda la filosofía de Aristóteles está imbuida de una actitud finalista.
Para él, la naturaleza posee la propiedad intrínseca de desarrollar orden. Es
por eso por lo que sus cuatro elementos se mueven de forma natural hacia sus
posiciones naturales, como parte de una tendencia general para establecer un
cosmos estable y sistemático. Esta determinación del aristotelismo lo hizo
especialmente atractivo a los cristianos, cuyo Dios es responsable de un
universo que también posee una finalidad. La teleología ha seguido siendo un
tema central en los debates científicos, en especial en aquellos sobre
evolución, donde toma la forma del argumento del diseño. Si se presupone un
creador inteligente, uno se halla en una posición muy cómoda para explicar el
Universo en su conjunto como parte de un grandioso plan (aunque la existencia
del sufrimiento es algo problemática). Por otro lado, si se lleva el argumento
demasiado lejos, se corre el riesgo de caer en el fatalismo: el esfuerzo y la
iniciativa personales no parecen tener demasiado sentido si Dios ya lo ha
planificado todo para obtener el mejor resultado.
Epicuro es un anti teleólogo especialmente célebre, que disentía de
Aristóteles en casi todos los aspectos esenciales —aunque sí compartían la
imprecisión sobre la relación entre sus visiones teóricas y la realidad visible
y tangible—. Epicuro, que llegó a Atenas quince años después de la muerte de
Aristóteles, fundó una escuela de pensamiento completamente distinta, que
prosperó alrededor del 300 a. n. e. La seguridad que ofrecía el diseño y la
estabilidad aristotélicos no iban con él: para Epicuro, el azar es la llave del
cosmos. Su razonamiento es que nuestro Universo es solo uno de muchos, y que
surgió de las colisiones aleatorias de átomos que recorrían un colosal vacío y,
ocasionalmente, se desviaban y chocaban entre sí. Estos átomos indivisibles se combinan
de diversos modos para formar trozos de materia con características distintas,
como calor o color.
Igual que otros filósofos griegos, Epicuro trató de eclipsar a sus
predecesores negando su relevancia. Las ideas de Epicuro se basan en las de
Demócrito, que había vivido un siglo antes y al que ahora se conoce como padre
del atomismo. Apenas ha llegado a nuestros días nada de lo que escribió
Demócrito, de forma que debemos deducir sus pensamientos sobre los átomos a
partir de interpretaciones posteriores (Karl Marx eligió este desafío para su
tesis doctoral). Puesto que los comentaristas griegos estaban influenciados por
sus propias prioridades, sus informes no eran en modo algunos imparciales.
Entre ellos se hallaban críticos sesgados como Aristóteles y sus sucesores que,
como Epicuro, querían dejar clara su originalidad. Sin embargo, algunos
fragmentos sí han sobrevivido; estas son palabras del propio Demócrito:
Por convención hay color, hay lo dulce y hay lo amargo, pero, en
realidad, solo hay átomos y espacio.[5]
Demócrito quería decir aquí que el Universo está constituido de un
número infinito de pequeñas partículas indivisibles que se mueven
constantemente a través de un espacio vacío igualmente infinito. Cuando los
átomos de Demócrito colisionan, algunos de ellos rebotan, mientras que otros se
unen entre sí para formar compuestos. Estos átomos nunca cambian, aunque tienen
formas, tamaños y propiedades distintas: por ejemplo, los átomos delgados y
angulosos producen un sabor ácido, mientras que los redondeados producen el
sabor dulce.
Es una bonita teoría… hasta que llega el momento de probarla. Aun en el
caso de ser capaz de aislar un átomo, ¿cómo se puede estar seguro de que es
indivisible? ¿Pueden ser los átomos individuales lo suficientemente grandes
para ser visibles? ¿Y no es arbitrario pensar que los átomos agudos generan un
sabor áspero? Epicuro modificó las antiguas teorías de Demócrito para
enfrentarse a los problemas más obvios, pero pasó por alto otras dificultades
porque estaba más interesado en la ética que en la física. Su credo principal
era que los individuos debían liberarse de la preocupación; al fin y al cabo,
todo depende del azar, así que no tiene mucho sentido esforzarse por alcanzar
la perfección. Con esta perspectiva vital, no es sorprendente que Epicuro no
dedicase demasiado tiempo a refinar una teoría indemostrable.
Los modelos físicos basados en el atomismo y en la continuidad estaban
íntimamente relacionados con posturas morales, así que la elección de uno u
otro no se fundamentaba únicamente en la razón o en las pruebas. Muchos griegos
se sentían intimidados por la cosmología de Epicuro, ya que carece de la visión
tranquilizadora de un mundo diseñado con un propósito subyacente, como el de
albergar a los seres humanos. El epicureismo socavaba también las reflexiones
de Platón y Aristóteles acerca de que el principal objetivo del hombre debía
ser llevar una vida virtuosa. Estas dos objeciones éticas seguían pareciendo de
vital importancia dos mil años más tarde, cuando los protestantes del siglo
XVII decidieron que, aunque el atomismo de Epicuro era razonable, sus implicaciones
suponían un verdadero laberinto moral. Aunque, en la actualidad, el atomismo
pueda parecer obvio, la continuidad de Aristóteles fue la idea dominante
durante siglos, protegida por un envoltorio filosófico que casaba bien con las
creencias cristianas.
7. Tecnología
¿Quién construyó Tebas, la de las siete puertas?
En los libros se mencionan los nombres de los reyes.
¿Acaso los reyes acarrearon las piedras?…
¿A dónde fueron sus constructores la noche que terminaron la Muralla China?
Bertolt Brecht, Preguntas de un obrero que lee (1935)
«¡Eureka!», exclamó Arquímedes mientras saltaba de su bañera y salía
corriendo (¿aún empapado?) por las calles para anunciar que había resuelto el
problema de la cantidad de oro en la corona del rey. Un relato inverosímil,
pero que se ha convertido en un clásico de la inspiración del genio científico.
Arquímedes es también célebre por sus inventos, algunos de los cuales de un
éxito sospechoso, como el espejo gigante con el que supuestamente prendió fuego
a los barcos romanos, o el tornillo que quizá (o quizá no) podría haber
inventado para elevar agua de un nivel a otro.
Entonces, ¿se ha convertido a Arquímedes en un héroe mitológico de la
ciencia o de la tecnología? ¿Y cuál de ellas es más importante? ¿Ocupa el
primer lugar la teoría en el laboratorio o el invento en la fábrica? Una forma
de apreciar las relaciones entre la ciencia y la tecnología es fijarse en las
palabras. Cuando en el siglo XVIII se estaba redactando el primer diccionario
de la lengua inglesa, su compilador, Samuel Johnson, declaraba que su principal
motivación era «embalsamar este idioma y protegerlo de la corrupción y la
desintegración»[6]. Igual
que los actuales puristas europeos que se lamentan de la americanización,
Johnson intentó (sin conseguirlo) petrificar el idioma inglés y conservarlo
para siempre en la forma de la clase alta. Finalmente (otra vez de forma
similar a los modernos conservacionistas del idioma), Johnson no tuvo más
remedio que reconocer que el cambio no es necesariamente malo. En la época en
que dio por concluido su diccionario, Johnson había reconocido que los nuevos
inventos y las nuevas actividades exigen palabras nuevas para describirlos.
En la práctica, el vocabulario importado o inventado es menos confuso
que las palabras antiguas que tienen el mismo aspecto durante siglos y
modifican gradualmente su significado. Uno de los más tramposos de entre estos
resbaladizos términos es «ciencia». Aunque sus raíces se hallan en la cultura
clásica (la palabra latina scientia, que significa conocimiento),
ni Johnson ni, desde luego, los romanos, podían haber utilizado la palabra
«ciencia» en ningún sentido similar al moderno. Incluso la más reciente «tecnología»
presenta problemas. Acuñada en el siglo XIX, su origen es la palabra
griega techne, que se refiere al conocimiento obtenido a través del
trabajo práctico. Pero la palabra techne se originó mucho
antes de la existencia de la industria pesada, de modo que en realidad se
refería a la pericia manual, no a la eficiencia mecánica; en consecuencia, el
concepto «tecnología» solía estar mucho más próximo a las artes de lo que lo está
en la actualidad.
Ambas palabras («ciencia» y «tecnología») han absorbido diversas
distinciones sociales, aparte de las disciplinares. «Ciencia» solía significar
algo más próximo a los conocimientos aprendidos que los eruditos obtienen de
los libros; en la época de Johnson era razonable hablar de la «ciencia del
lenguaje» o de la «ciencia de la ética». Es decir, el conocimiento científico
estaba limitado a las personas —sobre todo hombres— ricas y con formación. Su
condescendiente actitud hacia los trabajadores manuales se extendió hasta la
era victoriana, en la que los científicos miraban por encima del hombro a los
ingenieros que trabajaban con las manos y ganaban dinero con sus inventos. De
forma similar, los privilegiados filósofos griegos daban un sentido peyorativo
a la palabra techne al asociar la destreza manual con la
necesidad de ganarse la vida. Escultores, artistas y artesanos recibían un pago
por sus habilidades físicas y no disfrutaban del estatus que adquirieron mucho
tiempo más tarde, en la Europa del Renacimiento.
Arquímedes no era ni científico ni tecnólogo, ya que ninguno de ellos
existía durante sus días, en la Sicilia del siglo III a. n. e. Arquímedes era
más bien algo parecido a un estereotipo moderno: el filósofo de sofá. El
entorno social y académico de la antigua Grecia era enormemente distinto del
que disfrutamos en la actualidad. En un sentido amplio, dos fueron los sectores
de la sociedad griega que influyeron en lo que más adelante se llamaría
ciencia. Solo se han hecho célebres las personas que pertenecían al más
reducido de los grupos, esto es, el de los filósofos adinerados que
reflexionaban con profundidad acerca del Universo y sus ocupantes, pero que
pensaban que la investigación experimental era irrelevante, aparte de estar por
debajo de su categoría.
En contraste, las numerosísimas personas de órdenes sociales inferiores
han sido, en general, olvidadas, aunque fueron también esenciales para el
desarrollo de la futura ciencia. La ciencia es un asunto práctico tanto como
teórico: aunque los modelos abstractos son importantes, necesitan comprobarse
experimentalmente con observaciones del mundo real. Aunque muchos conceptos
teóricos se derivan de los filósofos griegos, otros aspectos de la ciencia
tienen su origen en los menos privilegiados que utilizan su pericia para
mantenerse con vida: mineros que desarrollaron técnicas de refinamiento de
petróleo, granjeros que se familiarizaron con los patrones climáticos o
trabajadores textiles que empleaban reacciones químicas en su trabajo.
Muchos hombres prácticos fueron hábiles matemáticos. Lo que más adelante
se convertiría en la ciencia de la mecánica surgió de la resolución de
problemas que tenían que ver con que las cosas funcionasen: tender puentes,
construir sistemas de irrigación, idear sistemas eficientes de elevación con
poleas, diseñar armas eficaces, etc. Mientras los filósofos consideraban la
mejor forma de triangular el Universo, los constructores desarrollaron la
trigonometría básica necesaria para que sus muros fuesen verticales. Estos
expertos mecánicos procedían de un cimiento social distinto del de los ociosos
teóricos, pero también sus objetivos diferían. La intención de los filósofos
era explicar el mundo, mientras que los matemáticos prácticos tenían más
interés en describirlo. Si estás construyendo una casa, lo que necesitas es
medir los tablones, no «preguntarte» por qué creció el árbol.
Cuando Arquímedes holgazaneaba en su bañera o en su sofá, lo que ocupaba
su mente no eran los asuntos mundanos de cómo elevar pesos o prensar olivas,
sino que estaba ideando ingeniosos dispositivos para demostrar principios
matemáticos. Sus libros versaban sobre sus innovaciones matemáticas, no sobre
sus inventos técnicos. Para sus elitistas compañeros, provocar asombro era una
actividad con valor propio, que hablaba sobre el virtuosismo de su creador.
Estos hombres impresionaban a sus contemporáneos con recipientes mágicos que se
llenaban constantemente desde un depósito oculto, puertas de templo que se
abrían y se cerraban automáticamente o teatros con marionetas que parecían
serrar madera o clavar clavos con un martillo. Estos dispositivos, aunque extremadamente
ingeniosos, no estaban hechos para tener aplicación práctica alguna.
Quizá el más famoso de ellos sea el llamado motor de vapor de Herón, en
el que el vapor procedente de una caldera se conducía mediante tuberías a una
pequeña bola hueca para hacerla girar. Probablemente, Herón y sus compañeros no
pensaron nunca en convertir este modelo en una máquina funcional pero, aunque
lo hubiesen intentado, les hubiera resultado imposible lograrlo. Los cambios
tecnológicos dependen tanto de la viabilidad práctica, la voluntad política y
el estímulo comercial como del conocimiento científico. Aunque los griegos
heredaron las artes de la orfebrería de los babilonios y los egipcios,
utilizaban principalmente la madera, y poco era lo que sabían acerca de la
producción de hierro. Convertir la esfera de vapor de Herón en un aparato de
proporciones industriales no solo hubiese exigido numerosas capacidades
técnicas —como fundir cilindros de gran tamaño, sellar los pistones contra los
escapes de vapor— sino también la infraestructura organizativa fundamental:
establecer sistemas de fabricación complejos y conservarlos.
Los elitistas filósofos griegos afirmaban ser los fundadores de la
civilización. Encaramados en lo alto de una especie de iceberg histórico,
ocultaban sus cimientos sumergidos, que contenían su herencia del pasado y su
dependencia de los trabajadores que los superaban en número. Aunque Ptolomeo
alardeaba de que su esfera armilar había supuesto la introducción de la
exactitud en la astronomía, no citaba en absoluto a los artesanos que
construyeron físicamente los instrumentos que él manejaba. Del mismo modo que
relegó al olvido a sus predecesores teóricos, Ptolomeo dejó también en el
tintero, no solo la destreza de los artesanos griegos, sino también su
dependencia de las técnicas más antiguas que tenían su origen en Mesopotamia y
Egipto.
En la sombra de cada héroe griego hay una penumbra de informantes y
asociados apenas visibles cuya contribución al origen de la ciencia fue
igualmente vital. De forma singular, Aristóteles llevaba a cabo sus propias
disecciones, pero buena parte de su detallada investigación dependía de
apicultores, granjeros y adiestradores de caballos, personas que necesitan una
información biológica precisa para sobrevivir, y que le proporcionaron lo que
ahora denominaríamos datos científicos. Ocasionalmente, Aristóteles mencionaba
explícitamente a estas personas, aunque no por su nombre; por ejemplo,
explicaba que los pescadores expertos conocían tan en profundidad las
costumbres de apareamiento del mújol que sabían dónde debían colocar como
reclamos al pez macho para atrapar a las hembras, y viceversa. Lo más habitual
es que Aristóteles hiciese aparecer que las observaciones eran suyas propias,
aunque lo más probable fuese que los expertos locales le hubiesen proporcionado
los detalles.
Los héroes filosóficos no deben su celebridad únicamente a su fulgurante
inteligencia; y, del mismo modo, los logros significativos no son en sí mismos
un billete hacia la fama. A lo largo del tiempo han aparecido diversas
estrategias para asegurarse una reputación póstuma favorable. Una de las
tácticas más fiables es tener una muerte espectacular. A Sócrates, que no dejó
nada escrito, se le recuerda por haber bebido la cicuta, mientras que Hypatia
de Alejandría se convirtió en un símbolo del feminismo no por su trabajo en
matemáticas, sino porque (se supone) fue descuartizada por la turbamulta,
aunque no está muy claro qué turbamulta fue esa ni por qué. Arquímedes se ganó
su lugar en la posteridad tras morir como un filósofo romántico, tan
obsesionado (se supone) con acabar su diagrama geométrico en la arena que un
soldado furioso lo atravesó con su espada.
Según la leyenda aceptada, Arquímedes había planificado cómo debía ser
su tumba. Quería que lo recordasen como un inspirado matemático, no como un
pragmático inventor, así que pidió que en su lápida no apareciese ni un
tornillo ni una catapulta, sino una esfera inscrita en un cilindro, junto a las
fórmulas matemáticas en las que se comparan sus volúmenes. Aunque ni los
científicos ni los tecnólogos existían aún, las bases para las distinciones
jerárquicas entre ambos ya se habían establecido.
Interacciones
Contenido:
1. Eurocentrismo
2. China
3. Islam
4. Intelecto
5. Europa
6. Aristóteles
7. Alquimia
No existe una única forma de ciencia; lo que se denomina ciencia depende
del lugar y del momento considerados. La información, las habilidades y los
objetos se mueven constantemente de un lugar a otro, pasan de una generación a
la siguiente y se modifican para adaptarse a los gustos y a las necesidades
locales. Aunque los eruditos del Renacimiento afirmaban que estaban resucitando
la cultura griega, sus conocimientos científicos eran el resultado de muchos
siglos de comunicación e interacciones entre distintos pueblos y lugares.
Mirando hacia atrás desde la posición estratégica de la Gran Bretaña del siglo
XXI, el futuro de la ciencia se asentó principalmente sobre la interconexión de
tres regiones: China, el mundo islámico y la Europa medieval. Muchos de los
inventos más cruciales aparecieron por primera vez en China, que
tecnológicamente fue superior a Europa hasta finales del siglo XVII. Por otro
lado, los estudiosos islámicos desempeñaron un papel vital en la
interpretación, modificación y desarrollo de los conocimientos griegos que
llegaron a Europa en el siglo XII. Los líderes musulmanes no fueron
transmisores neutrales de conceptos abstractos, sino que fomentaron la ciencia
mediante la construcción de colosales bibliotecas, hospitales y observatorios astronómicos.
En Europa, fueron las instituciones religiosas como monasterios y, más
adelante, universidades, las principales impulsoras de las ideas científicas.
Los estudiosos transformaron las versiones islamizadas de las teorías griegas
en una forma cristianizada del aristotelismo que influyó profundamente en las
investigaciones mecánicas, ópticas y astronómicas del Renacimiento.
1. Eurocentrismo
Es necesario tomar en consideración y reflexionar cómo, en nuestra
época, Dios ha transformado Occidente en Oriente. Pues nosotros que somos
occidentales nos hemos ahora convertido en orientales… Palabras de idiomas
distintos se han hecho propiedad común de cada nacionalidad, y la fe mutua une
a aquellos que ignoran su ascendencia.
Fulcher de Chartres, Historia de la expedición a Jerusalén, 1095-1127 (c.
1105-1127)
Todas las civilizaciones han querido que el mapa del mundo girase a su
alrededor. Para los musulmanes árabes, Bagdad era el centro de siete zonas
climáticas, mientras que, para los cristianos medievales, Jerusalén era el
ombligo del mundo. En cambio, cuando los griegos antiguos visualizaban el
mundo, situaban su conocido Mediterráneo (en latín «centro de la Tierra») en el
centro de un masa de tierra gigante dividida en Asia, Libia y Europa, los
nombres de tres hermanastras mitológicas (la princesa Europa fue violada por
Zeus, que tomó la forma de un toro). En el apogeo de la supremacía ateniense,
Aristóteles ubicaba a sus compatriotas griegos entre Europa y Asia,
otorgándoles las características más deseables de ambos, y opinaba que todos
los demás eran defectuosos. Los europeos occidentales no solo heredaron la
filosofía de Aristóteles, sino también su egocéntrica arrogancia.
Si se repite algo con la frecuencia suficiente, la gente acabará por
creerlo. Debido a su potencia política y financiera, los europeos se veían como
el centro de todo, y sus relatos del pasado reflejaban esta supuesta
superioridad. El punto de vista histórico de «Occidente es lo mejor» predominó
en Europa durante siglos, a pesar de las numerosas pruebas en contra. Es lo que
se pretende expresar en el mapa de la Figura 1, y lo que quería transmitir un
primer ministro australiano cuando declaró: «Lo que Gran Bretaña llama el
Lejano Oriente es para nosotros el Cercano Norte»[7].
Hasta hace muy poco, el eurocentrismo ha dominado la historia
angloamericana de la ciencia. En versiones de fantasía del pasado, la ciencia
conduce a la Verdad Absoluta y, además, se inició en Europa. Ahora que todo el
mundo está interconectado de forma electrónica, la ciencia se contempla como el
súmmum del logro humano y el resultado del genio europeo/americano. Esta
actitud autocomplaciente no tiene demasiado en cuenta la posibilidad de que
otras culturas no hubieran elegido otros puntos de vista acerca de la vida
porque sus eruditos fuesen estúpidos, sino porque tenían opiniones distintas
sobre los aspectos importantes de esta. En todo caso, más ciencia no significa
automáticamente mejores respuestas. Después de la segunda guerra mundial, los
optimistas afirmaban que la ciencia iba a unificar el mundo porque —a
diferencia de las religiones— trascendía las fronteras nacionales. Sin embargo,
a pesar de que la iniciativa científica tiene un ámbito global, las
perspectivas más ingenuas han fracasado estrepitosamente, tanto en traer la paz
como en descifrar los secretos más ocultos de la naturaleza.
Durante siglos, no han sido muchos los europeos que han desafiado la
noción de que los occidentales poseen algo intrínsecamente especial que los
distingue del resto de habitantes del mundo. Sin embargo, «Occidente» y
«Europa» son entidades inventadas, sin fronteras definidas. Su aparición fue
lenta, y sigue cambiando. Aparentemente, imponen la uniformidad sobre la
diversidad: en el pasado, las diferencias entre las personas que habitaban las
distintas zonas de la región europea eran mayores. Incluso la definición exacta
de la posición de Europa es imposible de dar, porque sus límites físicos, con
la entrada y salida de países en ella, son borrosos. En todo caso, ser europeo
no solo implica una ubicación geográfica, sino también una serie de afinidades
culturales.
En el siglo IV se dio un paso especialmente importante en la
consolidación de la identidad específica de Europa. Mientras que, en el sector
occidental del continente, Roma perdía el control sobre las tribus rebeldes que
habían estado bajo su dominación, el lado oriental del Mediterráneo se hacía
cada vez más rico y más estable. Para consolidar su propia posición, el
emperador romano Constantino trasladó su capital a la antigua ciudad de
Bizancio, cuyo nombre cambió por el suyo propio, Constantinopla, la actual
Estambul. A medida que el comercio, la agricultura y la civilización seguían
prosperando, el área del Mediterráneo oriental estrechaba lazos con China, la
India y los países árabes y, desde un punto de vista cristianizado, el dominio
del mundo quedó simbólicamente dividido en dos: el Este bizantino y el Oeste
católico romano. Esta división se consolidó definitivamente en el año 800 n.
e., cuando el papa coronó a Carlomagno, un rey franco (es decir, francés
temprano), como emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Aunque Carlomagno
gobernaba una dispar colección de estados enfrentados entre sí, fue aclamado
como el primer gobernante de una Europa unida. Desde aquel momento, los
occidentalistas han hecho un serio hincapié en su relevancia como fundador de
Europa, y el eurocentrismo prevaleció durante la mayor parte de los siglos XIX
y XX.
La noción de los orígenes gloriosos de Europa fue estimulada durante el
Renacimiento, cuando los partidarios del rescate de la cultura clásica ubicaron
en la Atenas de Platón y Aristóteles la cuna de la civilización. Dotando a esta
pequeña y remota ciudad-estado del aura cuasi mítica de una antigua era dorada,
los artistas, los eruditos y los políticos establecieron un lazo directo con la
antigua Grecia y, al mismo tiempo, se disociaron de todo lo que había ocurrido
entre esta época y la suya propia. La baja más importante de esta
interpretación fue la llamada Época Oscura o Edad de las Tinieblas, un período
de imprecisa definición que se inició aproximadamente en la época de
Constantino y en el que, se supone, apenas sucedió nada de interés. Al final de
este estéril vacío histórico se hallaba un período ligeramente menos árido
denominado Edad Media, que allanó el terreno para la creatividad del
Renacimiento, en el siglo XIV. Mediante la ingeniosa erradicación de un
milenio, los historiadores consiguieron dar la impresión de que la antorcha del
conocimiento científico había pasado directamente de la antigua Grecia a la
Europa renacentista.
En estas simplistas divisiones entre Este y Oeste, la ciencia
desempeñaba un papel especial. Los europeos occidentales reconocían el
esplendor intelectual griego, pero hacían hincapié en las ventajas prácticas de
la nueva estrategia experimental introducida durante el siglo VXII. Por
ejemplo, alardeaban de una famosa trilogía de inventos del Renacimiento —la
imprenta, la pólvora y la brújula—, que, según afirmaban, había transformado no
solo el conocimiento acerca del mundo, sino también la vida cotidiana. A pesar
de las sospechas sobre la prioridad de China (minimizada con éxito hasta el
siglo XX), los defensores de la superioridad de Occidente reclamaban este trío
para Europa. Su atractiva visión de la creatividad renacentista reforzó el mito
de la supremacía europea. De aquí surgió un gratificante relato de la historia.
Según esta versión eurocéntrica de los avances humanos, la ciencia se originó
en Grecia, se conservó en el imperio islámico que prosperó durante el declive
de Europa, y luego entró intacta en España durante el siglo XII y se dispersó
en dirección norte.
De forma metafórica, el término «Edad de las Tinieblas» estaba repleto
de significados que sugerían, no solo que la luz del intelecto había quedado
apagada (después de todo, ver es conocer), sino también que una lúgubre nube de
superstición había descendido para sofocar la racionalidad y la originalidad.
Mientras Europa languidecía en su Edad Oscura —o eso sostenía la historia
convencional—, los estudiosos árabes actuaban como conservadores de los
conocimientos griegos. Los musulmanes fueron presentados como transmisores
neutrales de la sabiduría europea, aunque en realidad eran experimentadores y
teóricos por derecho propio que transformaron de forma activa las habilidades y
creencias procedentes de las diversas culturas que habían unido. Así mismo,
China se veía como un lugar remoto y esotérico, y no se reconocía el impacto
que tuvieron en Europa sus éxitos en agricultura e industria.
La reescritura de la historia no es solo un problema de recopilar
hechos: también supone decidir cuáles de ellos son importantes. Si se mira en
la dirección correcta, aquellos siglos olvidados bullían —lo cual no es
sorprendente— de actividad. Los historiadores han situado con frecuencia el
nacimiento de la ciencia moderna en el siglo XVI, cuando Copérnico sugirió que
era el Sol, no la Tierra, el que debía estar en el centro del Universo. Esto
implicaba, sin embargo, pasar por alto cambios cruciales ocurridos en otro
tiempo y lugar. Si bien es cierto que no hubo universidades en Europa hasta
finales del siglo XI, los conocimientos prosperaron en las cortes de los
gobernantes y en los monasterios cristianos. También se debe destacar la
importancia de los desarrollos que tenían lugar fuera de Europa. La economía
china florecía con un potente gobierno que alentaba la innovación en
agricultura e industria, mientras que la región islámica también se expandía y
crecía en riqueza. Los estudiosos musulmanes no solo se apropiaron de los
conocimientos en medicina y matemáticas de los griegos, sino que los
modificaron y ampliaron con sus propias investigaciones. Los inventores y
eruditos de fuera de Europa producían equipos e ideas que se extendían hacia el
oeste y quedaban incorporados en la ciencia y la tecnología.
Igual que otros imperios, el bloque europeo forjado por Carlomagno ganó
fuerza por su apariencia externa de uniformidad. En realidad, los imperios
constan de numerosos grupos más pequeños, minorías internas que hablan idiomas
distintos y que a menudo son menospreciadas. A su vez, los gobernantes pueden
promover una solidaridad chovinista presentando a los foráneos como inferiores.
Este tipo de tácticas de autopromoción mediante diferenciación han sido
práctica habitual a lo largo de los siglos de numerosas potencias imperiales,
como los chinos, los romanos y los británicos. El idioma y la religión han sido
siempre factores clave de distinción; en muchas culturas, la palabra que denota
«bárbaro» significaba en origen «extranjero». Los griegos y los romanos consolidaron
sus propias identidades imperiales comparándose con los vecinos «bárbaros»,
considerados todos dentro de un mismo saco como si no hubiese distinción entre
ellos. En las versiones históricas que pregonaban la superioridad europea, lo
otros grupos quedaban caricaturizados como estereotipos simplistas. Los chinos
aparecían como aislacionistas carentes de sentido práctico, una nación centrada
en su propio ombligo y, circunstancialmente, en sus pinturas de flores,
mientras que los musulmanes no eran presentados como instruidos y dedicados
eruditos, sino como agresores que habían destruido la unidad del imperio
romano.
Vistos en retrospectiva, los imperios pueden parecer bien diferenciados,
pero la realidad es que su definición es borrosa, tanto en el tempo como en el
espacio, y se extendían de forma desordenada a lo largo de muchos siglos y
territorios. Las distancias eran grandes y las comunicaciones lentas, de modo
que el ejercicio del poder se efectuaba tanto de forma regional como
centralizada. Cada gobernante fomentaba actividades específicas en función de
los intereses locales, de modo que los conocimientos y los usos variaban de un
lugar a otro. Eso significaba que no existía un centro definido del que emanase
el conocimiento científico de forma intacta, sino que diferentes versiones de
habilidades y saberes coexistían y se mezclaban, interactuando de forma esporádica
a través de iniciativas personales, no como resultado de ningún plan
coordinado. Amplias redes internacionales de comercio se extendieron por la
Europa continental y Asia, lo que permitió que las mercancías, las personas y
los conocimientos recorriesen gradualmente grandes distancias. Aunque su
movimiento era pausado, acababan llegando.
A medida que las personas viajaban de una región a otra, llevaban
consigo ideas y objetos que cambiaban a medida que se movían. Este principio de
transformación mediante migración no era ninguna novedad. En una narración del
poeta griego Homero, Odiseo toma un remo de su barco y emprende viaje hacia las
tierras del interior hasta que llega a un poblado en el que los lugareños
interpretan que el objeto que lleva es una vara de trillar. En el curso de su
vida cotidiana, muchos viajeros, mercaderes, monjes y estudiosos recorrieron
las tierras euroasiáticas, llevando consigo conocimientos que constantemente se
intercambiaban y adaptaban a las circunstancias locales. Por ejemplo, desde la
perspectiva europea, Venecia parece ser el origen de numerosas innovaciones.
Sin embargo, debido al comercio que ejercía tanto hacia el este como hacia el
oeste, la ciudad importó y modificó técnicas cuyos orígenes se hallaban en
China, la India o la civilización islámica. Estas no incluían únicamente
aspectos prácticos, como mejoras en la navegación, sino también métodos más
eficaces de publicidad y contabilidad. Poco a poco, las tecnologías y las
teorías fueron filtrándose hacia el oeste para estimular la reanimación
intelectual y económica de Europa, en donde los monasterios combinaron la
ciencia griega islamizada con la cristiandad.
El eurocentrismo que distorsionó el pasado está siendo ahora también
relegado al pasado. Los historiadores que están arrojando luz sobre las
supuestas tinieblas de la Edad Oscura están también ayudando a establecer
políticas modernas en las que la diversidad se celebra como un medio de
generación de riqueza cultural en lugar de abominar de ella por atenuar la
excelencia.
2. China
La reputación que otorga el mundo es como el viento, que sopla ora aquí
ora allá, y cuyo nombre cambia según el cuadrante del que sopla.
Dante Alighieri, Divina Comedia (c. 1310-1320)
Al principio del siglo XVIII, los europeos sabían tan poco acerca de
China que un extravagante oportunista francés de nombre George Psalmanazar se
hizo pasar con éxito por un nativo de Formosa. Empleado por el obispo de
Londres para traducir a su supuesta lengua nativa —inventada para la ocasión—.
Psalmanazar publicó también una detallada, aunque ficticia, guía de la cultura
de Formosa, que los caballeros ingleses con la fortuna (y la credulidad)
suficiente para permitirse un gusto por el exotismo le quitaron con entusiasmo
de las manos. Doscientos años más tarde, la ciencia china seguía pareciendo
igual de misteriosa; y entonces apareció un informante tan inverosímil como
Psalmanazar, un célebre pionero de la embriología que, además, era uno de los
mejores bailarines de morris de Gran Bretaña. Se llamaba
Joseph Needham, y no se limitó a revolucionar los estudios sobre China, sino
también la forma en que los historiadores concebían el desarrollo global de la
ciencia.
Needham visitó China por primera vez en 1942 como represéntate oficial
de la Royal Society de Londres. En esa época, Needham era un científico célebre
y un activista político de izquierdas, obsesionado con la historia china, que
estudiaba con una joven científica china con la que finalmente se casó, más de
cincuenta años después de su primer encuentro. En 1950, después de haber
trabajado de forma intermitente en China y de haberla recorrido en sus viajes,
Needham había perfilado un proyecto ambicioso, pero factible: crear una obra en
siete volúmenes titulada Science and Civilisation in China. A
medida que iba creciendo el volumen de investigación también crecía el número
de colaboradores y asistentes; cincuenta años después, la obra se extendía a
veinte volúmenes, con perspectivas de crecer aún más.
En lugar de quedar arrinconadas en recónditos estantes de bibliotecas,
las investigaciones de Needham se convirtieron en tema de una contienda
política. Sus libros fueron inicialmente condenados por sus interpretaciones
marxistas y, tras sus afirmaciones de que las tropas americanas utilizaban
armas biológicas en Corea, se prohibió a Needham la entrada en Estados Unidos.
Una vez que fue obvio que la obra de Needham representaba un inmenso trabajo de
estudio de primera categoría, sus críticos pasaron a acusarle de ingenuidad
política, lo que no deja de ser un juicio singular para este marxista y
predicador de la Iglesia Anglicana que recaudó fondos tanto públicos como
privados para financiar el Needham Research Institute en Cambridge, una
institución independiente. En cambio, Needham se convirtió en un héroe nacional
en China. Tanto los reformistas como los tradicionalistas acogieron
calurosamente el proyecto de recuperar su propia herencia cultural científica y
tecnológica, y la iniciativa de Needham fue imitada en la India y en otros
países que se recuperaban de la subyugación a un imperio.
Uno de los golpes de efecto de Needham fue la reescritura de la escala
temporal de los inventos humanos. Su larga lista de innovaciones chinas
contiene actualmente 250 de ellas, ordenadas alfabéticamente desde el ábaco
hasta el zoótropo (un dispositivo fotográfico victoriano), pasando por los
engranajes, el papel higiénico y el paraguas. La tabla de Needham es famosa por
contener el trío de inventos que habitualmente se reivindican para la Europa
del Renacimiento —la pólvora, la brújula y la imprenta—, situándolos en China
en fechas anteriores. Como él mismo señalaba, la Ruta de la Seda no solo
permitió que viajasen hacia el oeste las mercancías exóticas, sino que también
alentó la migración de los productos agrícolas y tecnológicos. Gracias a
Needham, la prioridad de China ha quedado demostrada en el caso de numerosas
innovaciones cuyo origen se declaraba anteriormente como europeo.
Needham sostenía que era necesario volver a evaluar a China; lejos de
ser un páramo científico empapado de antiguo misticismo, la civilización china
había gozado de una efervescencia tecnológica muy por delante de la de Europa
en la denominada Época Oscura. El estudio de China, que parecía una
peculiaridad esotérica, permitió a Needham preguntarse por la verdadera
naturaleza y orígenes de la ciencia en Europa. En sus escritos, que pretendían
convertir más que convencer, Needham presentaba la idea sacrílega de que la
ciencia moderna no es únicamente occidental, sino más bien «ecuménica»,
compuesta de verdades locales que fluyen hacia ella como los ríos hacia el mar.
En particular, predicaba, los conocimientos chinos tradicionales supusieron una
contribución esencial a la empresa científica de crear un conocimiento
universal.
Los historiadores tradicionales se indignaron ante tal sugerencia, e
inmediatamente ofrecieron explicaciones en contra. Fijémonos, por ejemplo, en
la pólvora. Needham y su equipo descubrieron recetas alquímicas que databan del
siglo IX en las que se mostraba que los explosivos ya se preparaban de forma
fiable trescientos años antes. Los eurocéntricos más obstinados defendían la
prioridad de Occidente afirmando que, en China, este nuevo descubrimiento se
utilizaba únicamente en fuegos artificiales y no en la construcción de armas, a
pesar de que los sinólogos demostraron que China poseyó cañones antes que
Europa. A pesar de las diferencias de interpretación, ambas afirmaciones
resultaron ser ciertas, porque este invento militar chino tuvo un efecto muy
superior en Europa, en donde las armas de fuego condujeron poco después a la
desaparición de los caballeros armados y de los castillos feudales (parece
irónico, pero la existencia de los caballeros se debía a los estribos chinos,
que revolucionaron la guerra en Europa al agregar a las lanzas blandidas por
personas la fuerza de los caballos).
Los historiadores han hallado historias similares en el caso de las
brújulas. Aunque los antiguos griegos las desconocían, los artefactos
magnéticos giratorios los utilizaron por primera vez los adivinos chinos del
siglo I para indicar el sur, la dirección más propicia para que los emperadores
dirigiesen su mirada. Más adelante se desarrollaron brújulas más complejas con
varias esferas concéntricas para ayudar a elegir las ubicaciones más apropiadas
para casas y tumbas. Los artesanos marítimos también fabricaban brújulas, pero
su impacto en China no fue en absoluto tan fundamental como lo fue en Venecia y
en España. Independientemente de la pericia técnica de los navegantes chinos,
pasaron casi cuatrocientos años hasta la llegada a América de Cristóbal Colón
desde el otro lado, inaugurando una nueva era de exploración, comercio y
conquista para Europa.
La imprenta produjo también resultados más revolucionarios en Europa que
en China, aunque allí se elaboraban habitualmente libros cuatro siglos antes de
la Biblia de Gutenberg. Los gobernantes chinos gastaban grandes cantidades de
dinero en la impresión con bloques de madera (que se adecua bien a los
caracteres no alfabéticos), y también se producían publicaciones con tipos
móviles. Sin embargo, en China, los libros se valoraban como medios para
almacenar información, no como catalizadores de cambios, y no existía tradición
de construcción de grandes bibliotecas accesibles, como sucedía en el imperio
islámico.
Las afirmaciones de Needham pueden también evaluarse examinando las
diferencias entre China y Europa. Antes de 1400 aproximadamente, las
actividades científicas y tecnológicas en China, Europa y las regiones
islámicas eran mucho más similares entre sí de lo que son ahora: todas ellas
iban encaminadas a responder preguntas comunes acerca de las relaciones del ser
humano con el mundo físico. Mirando hacia atrás se pueden señalar algunos
aspectos del pensamiento y la actividad académicos que pueden parecer protocientíficos,
pero que en aquel momento solo eran parte de estrategias más amplias para la
resolución de las cuestiones fundamentales de la existencia. Así, a pesar de
que los astrónomos utilizaban instrumentos y técnicas matemáticas que
actualmente se asocian con la ciencia, en muchos sentidos se parecían más a
astrólogos que a científicos modernos. Así mismo, los procesos actualmente
asociados con la química los desarrollaron alquimistas en busca de progreso
espiritual, no científico, y también artesanos cuyas habilidades consistían en
fabricar cristal, refinar metales, etc.
Como en la antigua Grecia, el aprendizaje en libros y la destreza
técnica eran actividades autónomas que practicaban grupos de personas
distintos. Cuando los turistas chinos adinerados se aventuraron hacia
Occidente, hallaron que las ciudades europeas que visitaban estaban
tecnológicamente atrasadas. Sin embargo, la preeminencia técnica de su propio
país no se basaba en los ingeniosos inventos de ociosos eruditos, sino en las
prácticas artesanas transmitidas dentro de las familias. A lo largo del interconectado
continente eurasiático, los artesanos refinaron los dispositivos y técnicas
tradicionales de forma independiente de la élite minoritaria, que siguió sin
poseer formación alguna en las habilidades manuales que se perpetuaban de forma
oral. Muy lentamente, las personas de las regiones orientales y occidentales de
esta masa de tierra empezaron a diferenciarse en su percepción de la destreza
práctica. En China, las jerarquías ya existentes siguieron imperando, y las
barreras sociales a la transmisión del conocimiento permanecieron impermeables.
En cambio, en Europa, el comercio y la guerra estimularon los cambios técnicos.
A diferencia de Europa y sus universidades autónomas, el monolítico
sistema educativo chino fomentaba la estabilidad y coartaba la innovación. El
gobierno impuso rigurosos exámenes a nivel nacional para garantizar que sus
funcionarios no solo procedían de familias ricas, sino que eran además
inteligentes y eficientes. Esta formalidad, aunque efectiva, aplastaba la
innovación, y el restringido plan de estudios permaneció inamovible durante
setecientos años. Los textos y comentarios estaban pensados para ser memorizados,
no criticados, lo que imponía una cerrada uniformidad que se convirtió, a todos
los efectos, en un dogma de estado. Esta rigidez no solo aniquilaba la
originalidad, sino que también hacía que muchos estudiosos se centrasen en
antiguos debates éticos y filosóficos y no en los problemas contemporáneos o en
cuestiones científicas.
El poderoso sistema de administración centralizado, muy distinto de los
pequeños feudos de Europa, sofocaba las iniciativas comerciales y militares
individuales. En Europa occidental, la iniciativa privada estimulaba la
inventiva. Por ejemplo, los comerciantes recibieron con los brazos abiertos las
armas portátiles, que les protegían durante sus viajes, y no les importaba
pagar más por las mejoras. En China, los administradores aprobaban los aparatos
defensivos pesados para proteger contra invasiones, pero condenaban tanto la
violencia personal como el beneficio individual. Pensemos, por ejemplo, en el
destino de Wang Ho, un empresario del siglo XII que, empezando de la nada, creó
una fundición que empleaba a quinientos hombres. Después de que Wang Ho y sus
obreros utilizasen la fuerza para repeler la interferencia de los
administradores locales en su negocio, fue ejecutado. Las autoridades
decidieron tomar medidas drásticas contra la doble transgresión de Wang Ho: uso
no autorizado de la violencia e iniciativa económica. La divergencia se
extendió también a las actitudes filosóficas y religiosas. A diferencia de los
cristianos o los musulmanes, los cosmólogos chinos no suponían que hubiese una
especie de primer motor inmóvil que gobernase el Universo mediante leyes
naturales; según sus creencias, el comportamiento de los cielos estaba
relacionado con el de las sociedades humanas a las que cubrían. Los consejeros
de la corte dividían en dos tipos los fenómenos celestes: los regulares, que
podían incorporarse en un calendario, y los impredecibles, que debían
considerarse presagios. La atención se centraba en el emperador y sus
delegados. Si su actuación no era correcta, esto provocaría inundaciones,
lluvias de meteoros y otros desastres celestiales; en cambio, si su conducta se
ajustaba a la armonía orgánica del mundo, la paz social prevalecería. El
conocimiento completo parecía una tarea imposible, ya que los observadores
humanos únicamente podían vislumbrar los vagos efectos de patrones complejos,
aunque sistemáticos. Como narraba el funcionario del siglo XI Shen Gua:
«Aquellos que hablan sobre las regularidades de los fenómenos… no captan más
que burdos indicios. Pero estas regularidades están dotadas de un aspecto sutil
imposible de conocer para los que confían en la astronomía matemática. Y aun
así, no son más que indicios»[8].
Aunque Shen Gua se hallaba lejos de ser un científico en el sentido
moderno, su trayectoria ilustra los motivos por los que Needham y otros
historiadores enfatizan la importancia de la ciencia china. Shen Gua era un
administrador hábil, que escaló el sistema de exámenes hasta convertirse en un
poderoso consejero económico, militar y político del emperador, y fue director
de la Agencia de astronomía durante varios años. Aunque más tarde fue víctima
de las intrigas cortesanas, Shen Gua volvió a ganarse el favor del emperador
mediante la construcción de un elaborado mapa en relieve, y pasó los últimos
veinte años de su vida produciendo sus Charlas de pincel, que
concibió como conversaciones con su pincel de escritura y su bloque de tinta.
Figura 7. Reloj astronómico construido por Su Sung y sus colaboradores en el
Palacio Imperial de Kaifeng, provincia de Homan, c. 1090.
En retrospectiva, Shen Gua puede parecer un gran astrónomo, muy por
delante de los europeos. Inició un colosal proyecto de recopilación de datos,
inconcebible en Europa, para medir las posiciones de los planetas tres veces
por noche durante cinco años.
Bajo su jurisdicción se construyó una red de observatorios equipados con
una impresionante instrumentación. El que se muestra en la Figura 7incorpora
una gran noria de agua para impulsar sus aparatos. En el tejado de la torre de
dos pisos, a unos once metros del suelo, hay una elaborada esfera armilar
(véase la Figura 4), decorada con dragones y dotada de un mecanismo de
relojería para hacerla girar. Aunque desarrollada de forma independiente a la
descrita por Ptolomeo en su Almagesto, esta esfera tenía un aspecto parecido y
se utilizaba para medir las posiciones de las estrellas y los planetas. En el
primer piso hay un modelo del movimiento de los cielos en forma de globo
giratorio y, bajo él, una pagoda de cinco pisos contiene un elaborado sistema
de marionetas móviles que muestran y anuncian la hora.
Sin embargo, Shen Gua no actuaba con el objetivo científico de deducir
las leyes matemáticas que gobiernan el comportamiento de los planetas, sino que
más bien actuaba como un astrólogo administrativo que reformaba el calendario
con la finalidad de mejorar la toma de decisiones políticas acerca de los
rituales imperiales. También es célebre por promover numerosos avances
tecnológicos, incluido un eficaz sistema de drenaje de agua en cuya
construcción intervinieron 14 000 obreros. Sin embargo, en términos modernos,
Shen Gua es, más que un ingeniero hidráulico, un experto en hacienda pública
que no contemplaba la naturaleza como fuente de pruebas científicas sino de
beneficios para el estado. Para él, la sal no era una sustancia fascinante,
sino «un medio para obtener riqueza, inconmensurables beneficios que emergen
del mar»[9]. Aunque
el mapa de Shen Gua lo presenta como un experto cartógrafo, no lo dibujó para
guiar a los viajeros, sino para satisfacer al emperador mostrándole la cantidad
de territorio chino que estaba bajo su dominio. Y, aunque sus Charlas
de pincel contienen información sobre astronomía, medicina, óptica y
otros temas que ahora se consideran científicos, sus dispares seiscientas notas
contienen también chismorreos de la corte, máximas y recuerdos personales.
A pesar de las meticulosas investigaciones de Needham y otros
estudiosos, la relevancia de China sigue siendo un tema de debate apasionado.
En la década de 1950, Needham planteó lo que se ha dado en denominar «Problema
de Needham». Aunque no llegó a dar una respuesta totalmente satisfactoria, sus
descubrimientos permitieron que otros expertos siguieran estudiándolo o, para
ser más precisos, estudiándolos, porque el problema consta de dos partes. En
primer lugar, Needham se planteó: « ¿Qué sucedió en Europa en el Renacimiento
para que surgiese la ciencia matemática?». Y, por si esta pregunta no fuese ya
bastante compleja, prosiguió: « ¿Por qué no sucedió lo mismo en China?»[10]. Needham
rechazó a priori la respuesta simplista de la superioridad
intrínseca de los europeos, se centró en las explicaciones sociales y —de
acuerdo con sus compromisos políticos— desarrolló un análisis marxista a
medida.
Aunque el clima chino es similar al europeo, razonaba Needham, su
geografía es muy distinta. Mientras que la prolongada y retorcida línea de
costa de Europa invita al tráfico marítimo, la inmensa masa de tierra de China
alienta el cultivo agrícola y la cohesión interna. Según él, la ciencia europea
surgió en los siglos XIV y XV cuando el feudalismo aristocrático y militar
evolucionó hacia el capitalismo. En cambio, China siguió encerrada en una
economía feudal controlada por una burocracia de estado centralizada cuyo
principal interés era la producción, no la defensa. El imperio chino se basaba
en una enorme y fuertemente cohesionada red administrativa que permitía a sus
funcionarios recaudar impuestos y coordinar la producción de alimentos con gran
eficacia, pero que también sofocaba la iniciativa individual y eliminaba
cualquier impulso de acumulación de riqueza personal. Al principio, explica
Needham, esta estructura burocrática estimuló el desarrollo tecnológico, ya que
se emprendieron proyectos de ámbito nacional para el ahorro de agua, la mejora
del transporte y la promoción de la educación. Sin embargo, en ausencia de
incentivos privados, está estable sociedad feudal no pasó nunca a la etapa
siguiente de capitalismo mercantilista.
3. Islam
La razón es la revelación natural, mediante la cual el eterno Padre de
la luz y Fuente de todo conocimiento comunica a la humanidad la porción de
verdad que ha situado al alcance de sus facultades naturales.
John Locke, Ensayo sobre el entendimiento humano (1689)
Para consolidar su propia identidad como europeos, los narradores
occidentales presentaron a los musulmanes como seres ajenos, con estereotipos e
historias de miedo incluidas. En el siglo XI, el papa Urbano II reunió a sus
tropas católicas para atacar a los «enemigos de Dios», inaugurando así una
mentalidad de cruzadas que hacía caso omiso de las raíces judeocristianas del
islam y que aún resuena en la actualidad. Los cristianos estaban indignados con
el asunto de Mahoma, del que creían (erróneamente) que era un dios pagano, no
un profeta humano que había recibido el mensaje divino. Es más, no admitían
que, para los musulmanes, el Qur’an reemplazase al Antiguo y al Nuevo
Testamento. Aunque, en su período de máximo esplendor, la civilización islámica
se extendía por toda la costa africana hasta incluir España, los europeos
solían referirse a los musulmanes asiáticos como «sarracenos» (que viven en
tiendas), y generalmente ignoraban que los unía a los «moros» españoles la
misma fe religiosa.
Incluso los admiradores de la cultura islámica ponían énfasis en la
diferencia y se centraban en los aspectos más peculiares lo que los conducía a
exóticas interpretaciones. Por ejemplo, la única pieza literaria islámica que
ha tenido un impacto significativo en los hablantes de lengua inglesa es
el Rubaiyat de Ornar Khayyam. El Rubaiyat,
compuesto en cuartetos rimados, se hizo célebre por su perspectiva fatalista de
la vida, que apoya el hedonismo de un filósofo borracho que pasa por la vida en
un continuo soliloquio:
Su índice el fallo escribe: si tu piedad impetra,
si tu ingenio excogita, si tu fe intercede
por borrar una línea, tu voz nunca penetra;
ni tus lágrimas juntas lavarán una letra.[11]
Sin embargo, esta versión es una traducción victoriana que se hizo muy
famosa, aunque se trata de una grave distorsión del significado original del
poema. Estos versos son una parodia lírica de la filosofía persa, unidos entre
sí de cualquier manera a partir de diversas fuentes. Omar Khayyam no era en
absoluto un libertino en busca del placer, sino un brillante matemático, un
sabio sufí enfrentado a la hipocresía religiosa. Como muchos otros aspectos de
la cultura islámica, Khayyam ha sufrido una adaptación forzada al punto de
vista occidental.
Desde la perspectiva de Occidente, la ciencia entró por primera vez en
la cultura islámica durante el siglo VIII, cuando los califas que gobernaban
Bagdad empezaron a invertir dinero en becas. El árabe, la lengua sagrada del
Qur’an, se convirtió en un idioma científico internacional que vinculaba un
territorio gigantesco que se extendía desde el extremo occidental de España, a
lo largo de la costa sur del Mediterráneo, hasta China, cruzando fronteras. En
tales condiciones de transmisión, la investigación prosperó y el conocimiento
teórico llegó a un nivel nunca alcanzado anteriormente. Según la historia
aceptada, la civilización islámica fue incapaz de mantener su impulso
intelectual, y la supervivencia de la ciencia se debió únicamente a su
transmisión a Europa occidental a finales del siglo XII. Poniendo un poco más
de espectáculo: en la Gran Carrera hacia la Verdad Científica, los árabes
cayeron al borde del camino y los europeos recogieron la Antorcha del
Conocimiento.
Sin embargo, desde un punto de vista islámico, esta versión de la
historia dista de ser satisfactoria, ya que no tiene en cuenta las actitudes
musulmanas hacia el aprendizaje. Las ideas importadas de otras culturas
raramente quedan intactas, sino que se ven afectadas por las perspectivas
religiosas y filosóficas locales. En Europa, las teorías griegas acerca de la
vida y el cosmos se reinterpretaron desde el punto de vista cristiano (véanse
las Figuras 3 y 6). Así mismo, cuando los estudiosos musulmanes recogieron las
ideas griegas, aplicaron sus propios criterios de relevancia para adaptarlas a
su marco conceptual. Si se asume que la ciencia actual y sus aplicaciones
tecnológicas representan la cúspide del logro humano, los filósofos islámicos
parecen haberse quedado detenidos después de 400 años. Pero para los musulmanes
que opinan que la búsqueda de la perfección espiritual es más importante que el
dominio del mundo material a través de la razón, es la ciencia europea la que
se ha equivocado de camino.
El libro más célebre de la historia de la ciencia en Europa es Principios
matemáticos de la filosofía natural, de Isaac Newton. Este título sugiere
un inicio, un cimiento matemático a partir del cual se construyen el
conocimiento del mundo físico. Por el contrario, uno de los grandes tratados
árabes se denomina el Libro de la curación, y su objetivo es curar
al lector de la enfermedad de la ignorancia. En lugar de ofrecer un punto
inicial a partir del cual progresar, resume y organiza todos los conocimientos
que una persona sabia necesita para buscar la plenitud espiritual. El Libro
de la curación, coetáneo de otros estudios realizados en monasterios
cristianos, fue recopilado en el siglo XI y se enmarca dentro de una importante
tradición de clasificación del conocimiento en colosales enciclopedias. El
Libro de la curación no es un árido tratado científico, sino una
meditación filosófica-poética cuya finalidad es ser comprensible, y no solo
contiene explicaciones detalladas de aristotelismo islámico, sino también una
elaborada cosmología de inteligencias angélicas. Después de la traducción al
latín de algunos de sus capítulos, el Libro de la curación se
convirtió en un texto estándar en las universidades renacentistas a lo largo y
ancho de Europa, en donde su autor, Avicena, fue considerado como un gran
médico. Aunque su fama es ahora menor que la de su discípulo Ornar Khayyam
(autor original del Rubaiyat), Avicena fue uno de los eruditos
musulmanes que se convirtieron en figuras de autoridad en Europa occidental y
dejaron una huella permanente en la ciencia moderna, con palabras tales como
alcohol, azúcar o álcali.
Avicena es la forma latinizada de Abu Alí al-Husain ibn Síná, célebre en
todo el mundo islámico no solo por sus estudios en medicina, sino también en
filosofía teológica. La vida y las ideas de Avicena, como las de Ornar Khayyam
y otros intelectuales, eran muy distintas de las de un científico moderno.
Lejos de ser un estudioso encerrado en su espacio o un limitado especialista,
Avicena era un erudito itinerante que viajó a diversas ciudades persas y
ejerció diversos trabajos, como médico de la corte, soldado y administrador
político, e incluso escribió algunos de sus más de cien libros a lomos de un
caballo, utilizando una alforja especial que él mismo había inventado. Además
de ser un médico experto, Avicena sobresalió en matemáticas y en música,
efectuó investigaciones en astronomía y óptica y fue autor de un importante
tratado sobre los efectos de la música en el alma. Su obra más famosa es
el Canon de medicina. Este compendio clásico, que contiene más de
un millón de palabras, fue uno de los libros más impresos (en su traducción al
latín) en la Europa del siglo XVI. En él, Avicena realizaba una síntesis de sus
propias observaciones (especialmente sobre la meningitis y la tuberculosis) con
los conocimientos médicos anteriores.
La ciencia moderna premia en gran medida la originalidad. En cambio, el
valor otorgado a los escritos de Avicena por sus contemporáneos no tenía que
ver con su novedad, sino con su rigor y su sistemática organización. Igual que
Newton, los sabios islámicos estudiaban el mundo porque querían acercarse a
Dios y, también como en el caso de Newton, gran parte de sus vidas han
desaparecido de los libros de historia para hacer que parezcan
protocientíficos. Avicena predicaba la meta islámica de aspirar a la estabilidad.
Para él, la comprensión de la naturaleza no era un fin en sí mismo, puesto los
mundos físico, divino y espiritual están entrelazados de forma inextricable. La
palabra islam significa tanto sumisión y paz, como ser uno con Dios. El
propósito de Avicena no era descubrir las piezas de la estructura del Universo,
sino buscar la unidad con Dios.
Aunque con frecuencia se dice que la ciencia y la religión están en
guerra, los escritos sagrados islámicos ponen énfasis en que los musulmanes
deben de adquirir conocimientos a lo largo de su vida como parte de su búsqueda
espiritual de la perfección. A causa de esta misión sagrada, la fe islámica
fomenta la educación de forma inherente. Los intelectuales como Avicena
dividían el aprendizaje en dos ramas complementarias. El saber islámico
revelado, con temas como la teología, la jurisprudencia y la interpretación de
las escrituras, cuyo principal origen era el Qur’an, se transmitía de forma
directa de una generación a la siguiente. En cambio, los temas científicos
procedentes de Grecia se trataban de forma intelectual, y se apoyaban tanto en
el aprendizaje como en el pensamiento independiente.
Las escuelas dependían estrechamente de las mezquitas y ponían el acento
en los temas revelados. Poco a poco hicieron su aparición dos nuevos tipos de
institución: los observatorios y los hospitales; estas instituciones también
estaban asociadas a mezquitas, pero su programa de estudios constaba de
temarios más amplios. También contenían grandes bibliotecas, porque los
maestros islámicos concedían una gran importancia al estudio de los textos,
especialmente después de la introducción de material nuevo y barato, el papel,
que rápidamente sustituyó al papiro y al pergamino. Estos centros de educación,
que unían los conocimientos antiguos con los nuevos descubrimientos, se
extendieron por todo el imperio islámico y estimularon la investigación del
mundo natural.
El primer gran centro de conocimiento racional fue la corte del califa
de Bagdad, establecida en el siglo VIII y financiada tanto con fondos del
estado como por mecenas privados. Esta famosa escuela, equipada con una inmensa
biblioteca, atrajo a estudiosos de todo el imperio, que tradujeron al árabe
muchos de los textos helenísticos de la biblioteca. La recopilación y
traducción de libros internacionales supuso la adaptación y adopción de las
ideas griegas a la cultura islámica desde una etapa muy temprana. Los textos
médicos y astrológicos proporcionaban información práctica sobre cirugía,
drogas y predicción; hacia el siglo X, los expertos árabes tenían a su
disposición una considerable variedad de obras. Los califas subvencionaron este
prolongado y oneroso proyecto porque realzaba su imagen de mecenas cultivados,
y daba estabilidad a su gobierno al fomentar la colaboración entre las
personas, en lugar de la formación de subgrupos ideológicos. Aunque no tenían
forma alguna de prever el efecto, sus ambiciones políticas afectaron
profundamente la ciencia posterior al garantizar la supervivencia del
conocimiento de los griegos.
Los observatorios astronómicos desempeñaron un papel crucial en la
formación científica. El más influyente de ellos se hallaba en Maragha (Persia,
el actual Irán), y fue encargado en 1261 por el nieto de Genghis Khan y
financiado con fondos religiosos. Aparte de una espléndida colección de
precisos instrumentos astronómicos, el observatorio de Maragha contenía una
gran biblioteca que atraía a estudiantes de todas las ciencias. El plan
fundamental de combinar escuela, observatorio y biblioteca se extendió por todo
el mundo islámico y más tarde fue imitado por los europeos que visitaron los
lugares más accesibles, como Estambul. Los hospitales de enseñanza fueron otra
de las innovaciones islámicas que afectaron profundamente a Europa. Igual que
los observatorios, muchos de los hospitales fueron construidos por gobernantes
o fundaciones religiosas que ejercían un considerable poder. Aparte de una
escuela médica y una biblioteca, solían incorporar una mezquita y unos baños,
porque la higiene, la salud y el bienestar espiritual son inseparables para los
musulmanes. Para mantener un alto nivel médico en el imperio, los gobernantes
examinaban a los estudiantes antes de concederles permiso para ejercer, y los
hospitales solían estar regidos por médicos eminentes, que los convirtieron en
centros de investigación. El ejemplo más famoso es el hospital de Bagdad,
reconstruido hacia finales del siglo IX según un proyecto de su director, el
persa Muhammad ibn Zakariyyá al-RázI, autor de una inmensa enciclopedia médica
y célebre en Europa con el nombre de Rhazes, el Galeno árabe.
Rhazes se ha convertido en una figura legendaria, pero su reputación es
polémica. Parece haber un acuerdo general en la calidad excepcional de su
práctica clínica, y es célebre por haber logrado distinguir la viruela del
sarampión, por el uso del opio como anestésico y por la combinación del saber
tradicional con sus propias observaciones y remedios. También fue un maestro
excelente, que siguió el estilo islámico de impartir enseñanza personal en
pequeños grupos en lugar de dar clases magistrales frente a un público
numeroso. En Europa, los estudiantes de medicina utilizaban habitualmente los
textos de Rhazes (en su traducción al latín), y los historiadores lo tenían en
una alta consideración por su revisión de Galeno y por elaborar sus propios
criterios. Sin embargo, en los países islámicos, Rhazes era considerado un
filósofo mediocre y un musulmán heterodoxo que había osado desafiar la
autoridad establecida. Las prácticas médicas representaban únicamente una parte
de la vida religiosa e intelectual de un estudioso; más de dos tercios de los
libros de Rhazes estaban dedicados a temas distintos de la medicina. Hasta hace
poco, este aspecto de Rhazes había sido desconocido para los autores
eurocéntricos, que seleccionaban los aspectos de la sociedad islámica que
suponían una contribución a su propia cultura.
Otro ejemplo de reputación múltiple es el de Abu al-Walid Muhammad ibn
Rushd, conocido en Europa con el nombre de Averroes. Los musulmanes opinaban
que sus detallados análisis de Aristóteles eran insignificantes comparados con
el enfoque enciclopédico de Avicena, cuyos intereses abarcaban todos los
aspectos del saber humano y cuyas habilidades médicas tenían una inmensa
trascendencia práctica. Pero en Europa, se veía a Averroes como uno de los
principales comentaristas de Aristóteles, y está representado junto al propio
Aristóteles, Platón, Pitágoras y otros eminentes filósofos griegos en la famosa
pintura del artista del Renacimiento Rafael denominada La escuela de
Atenas. Numerosos musulmanes se oponían a los puntos de vista filosóficos
de Averroes, algunos de los cuales sobreviven en la actualidad únicamente en
sus traducciones latinas y hebreas, pues las copias en árabe fueron quemadas.
Sin embargo, en Europa se le tenía en gran estima por haberse atrevido a atacar
la religión revelada.
Suele afirmarse que, después del siglo XIII, hubo una decadencia de la
ciencia en el imperio islámico, como si los eruditos musulmanes no hubiesen
sido lo bastante inteligentes para ocupar el terreno intelectual que habían
obtenido de los griegos. Después de que los intelectuales islámicos hubiesen
portado con tanto éxito la antorcha griega del progreso, ¿por qué abandonaron
antes de terminar la carrera? Los historiadores de la ciencia árabe se lamentan
de situaciones similares a las identificadas por Needham en el caso de China,
que intentó comprender de qué modo un país tan avanzado desde un punto de vista
científico fue incapaz de mantener su liderazgo. Como Needham, los
historiadores árabes han estado haciéndose las preguntas equivocadas, porque se
equivocan al asumir que la ciencia es un proyecto unificado para alcanzar la
Verdad Absoluta.
Las razones por las que el tipo de investigación científica que se
practicaba en el imperio islámico dejase de prosperar son diversas. Los cambios
políticos tuvieron una importancia crucial. La vida intelectual floreció en el
mundo islámico mientras duró la paz, pero decayó más adelante con el desvío de
fondos hacia la financiación de ejércitos y de cultivos agrícolas.
Especialmente después de la conquista del Nuevo Mundo por Europa, el comercio y
la riqueza se trasladaron hacia el oeste, y los gobernantes islámicos perdieron
su dominio cuasi global. Otro de los factores fue la organización social. Los
sistemas jurídicos y educativos islámicos favorecían la transmisión de los
conocimientos de un erudito a otro en grupos reducidos, una estructura que
fomenta la estabilidad y dificulta los contrastes de pareceres. En cambio, las
universidades de Europa animaban al debate entre intelectuales, que desafiaba e
invalidaba los conocimientos establecidos, actividades que los musulmanes
ortodoxos, que valoraban la sabiduría como fin para lograr el crecimiento
espiritual, consideraban heréticas.
Tanto fuera como dentro de Europa ha sido una actitud habitual acusar a
otros de retrógrados. Si entendemos el pasado de la ciencia según el modelo
progresivo de Búsqueda de la Verdad, al final del siglo XVIII Inglaterra se
quedó atrasada respecto de Francia por no expresar las leyes de la física en
forma de complejas ecuaciones matemáticas. En retrospectiva, podría parecer que
los franceses eligieron un mejor camino hacia el futuro. Sin embargo, si los
hombres de ciencia ingleses rechazaron explícitamente las técnicas matemáticas
no fue porque no fueran capaces de entenderlas, sino porque creían que los
símbolos algebraicos tenían una relación escasa con el mundo real. Sus
argumentos eran que dominar la manipulación matemática y descifrar los
misterios divinos que debían permanecer ocultos era un signo de soberbia
condenado por Dios. Así mismo, numerosos intelectuales islámicos veían con
malos ojos la búsqueda del conocimiento por sí mismo. Después de tomar de los
griegos todo aquello que pudiese resultarles útil, se concentraron en otro tipo
de progreso: lograr la felicidad y la perfección espiritual.
4. Intelecto
El Doctor estaba muy versado en los autores antiguos de la clase médica:
Esculapio, Dioscórides, Rufo, Hall, Galeno, Serapio, Rhazes, Avicena, Averroes,
Damasceno, Constantino, Bernardo, Gaddesden y Gilbert.
Geoffrey Chaucer, Prólogo de los Cuentos de Canterbury (c. 1387-1400)
A mediados del siglo IX, el proyecto de traducción del califa en Bagdad
estaba en pleno apogeo. El objetivo no consistía únicamente en absorber
conocimientos anteriores, sino también en transformarlos para que pudieran
asimilarse en la cultura islámica. Como explicaba uno de los matemáticos del
califa, todo debía hacerse «según los usos de nuestra lengua árabe [y] las
costumbres de nuestra época». Los musulmanes, escribía, estaban embarcados en
una búsqueda continua del conocimiento humano, con dos metas: «registrar en
textos completos todo aquello que los antiguos habían dicho al respecto de cada
tema y completar aquello que no habían expresado en su plenitud»[12].
El término «antiguos» no solo abarcaba a los griegos. La región islámica
iba desde Andalucía hasta Uzbekistán, y en ella no solo había musulmanes, sino
también cristianos y judíos, de modo que sus habitantes heredaron un inmenso
fondo de ideas combinadas de distintas civilizaciones. Aunque el principal
legado intelectual era de origen griego, hizo su entrada en el imperio a través
de Alejandría, por lo que ya entonces era el producto de muchas mentes e
influencias. Junto a los comerciantes y sus mercancías, los intelectuales
recorrían todo el imperio, intercambiando ideas derivadas de numerosas
tradiciones antiguas, tanto griegas como de otros orígenes —indias, persas—, y
la peregrinación anual a La Meca suponía un acicate para esta mezcla de
culturas dispares. No existía un cuerpo uniforme de conocimientos idénticos; el
término «ciencias árabes» resulta útil y significativo, ya que el hecho de
compartir el idioma permitía a los intelectuales viajar y compartir ideas hasta
un punto que no tenía parangón en otras regiones del mundo.
Los eruditos islámicos distinguían dos grupos principales en el
conocimiento científico, ninguno de los cuales se corresponde claramente con
las disciplinas científicas modernas. Una de las estrategias consistía en
seguir a Pitágoras y continuar el orden matemático que se hallaba en el corazón
del Universo mediante el estudio de cuatro disciplinas de carácter
cuantitativo: aritmética, geometría, astronomía y música. Aunque ahora nos
parecen muy distintas, más adelante también se agruparon en los programas académicos
de las universidades europeas. Otros estudiosos optaban por una vía más
aristotélica y descriptiva. Además de observar los animales, las plantas y los
minerales, dedicaban esfuerzo al estudio de temas que actualmente se incluirían
como parte de la física; especialmente, de la óptica. Desde un punto de vista
teológico, estos intelectuales abrazaban la idea de Aristóteles de un cosmos
teleológico, con un objetivo, puesto que se correspondía con la creencia
islámica de que Dios creó el universo expresamente para la raza humana.
Álgebra, algoritmo, cero: tres conocidas palabras matemáticas de origen
árabe. A los musulmanes les atraían las matemáticas de Pitágoras, porque
concordaba con su propio gusto por la armonía y su búsqueda de un orden
universal. El arte y la arquitectura tradicionales en el Islam revelan
claramente esa fascinación por la geometría y la simetría. En la Figura 8, las
tejas y las columnas de un observatorio astronómico están dispuestas según un
patrón repetitivo, de igual modo que los árboles del exterior.
Figura 8. Taqi al-Din y otros astrónomos trabajando en el observatorio de
Muradd III en Estambul en el siglo XVI.
Esta característica estética surge del mismo corazón de la fe islámica,
que implica avanzar por los escalones de una escalera numérica desde el confuso
mundo de la multiplicidad hasta el orden supremo de la Unidad, o Dios. Cuando
los musulmanes conocieron la obra de los matemáticos griegos en su traducción
árabe, pudieron leer acerca de una espiritualidad cuantitativa paralela a la
suya propia.
Los matemáticos islámicos buscaban trascendencia cósmica y numérica en
los cuadrados mágicos, cuyas filas, columnas y diagonales suman el mismo
resultado. También lidiaban con problemas matemáticos que se han convertido en
clásicos, como averiguar cuántos granos de trigo se acumularían si pusiésemos
uno en el primer escaque de un tablero de ajedrez, dos en el segundo, cuatro en
el tercero, etc., duplicando la cantidad hasta la casilla número sesenta y
cuatro, que contendría un volumen de grano tan inmenso que sería inabarcable.
Ese enigma específico fue resuelto en el siglo XI por Abü Raihän al-Bïrünï, una
de las grandes mentes del imperio. En aquella época, la importancia de
al-Bïrünï era similar a la de su colega Ibn Sïnä (Avicena), pero su obra no se
tradujo al latín, por lo que no fue conocido en Europa. Igual que otros
intelectuales islámicos, al-Bïrünï era más un erudito que un científico a la
usanza moderna. Sus libros de texto sobre matemáticas y astronomía se
utilizaron durante siglos, y también alcanzó fama como historiador y por su
exhaustivo estudio de las distintas religiones.
Los objetivos de los astrónomos eran múltiples. Por un lado pretendían
medir el universo con mayor precisión y recopilar catálogos estelares
completos, pero también aspiraban a lograr la pureza religiosa demostrando la
perfección de los cielos. Muchos europeos —incluido Newton— concibieron también
un cosmos matemático, armónico y pitagórico como parte de la creación de Dios.
Los matemáticos musulmanes visualizaban los números como formas geométricas con
un sentido simbólico; por ejemplo, el tres estaba conectado con el triángulo de
la armonía, y el cuatro, con el cuadrado de la estabilidad. Ellos originaron la
idea de introducir medidas en la música, una innovación que revolucionaría el
canto gregoriano cristiano en la Europa del siglo XII, cuando se empezó a
especificar el valor temporal de cada nota en las partituras. Las
representaciones geométricas y las relaciones numéricas estaban vinculadas a
los intervalos entre notas musicales, las implicaciones espirituales y las
proporciones del universo.
La importancia de la astronomía matemática se extendía a sus usos
prácticos, como la elaboración de horóscopos para los gobernantes que tenían
que tomar decisiones transcendentales. La fe islámica imponía condiciones
especiales, y las actividades que ahora se perciben como científicas tenían, en
realidad, una motivación religiosa. Los calendarios debían satisfacer los
requisitos del ayuno ritual, garantizando que todos los musulmanes sufriesen
tal privación en la misma medida y condiciones, viviesen donde viviesen. Los
habitantes de todos los rincones del imperio necesitaban saber las horas de las
oraciones diarias, así como la dirección de La Meca. En las mezquitas de los
observatorios, personas encargadas de la medida del tiempo efectuaron
exhaustivas observaciones astronómicas, y matemáticos como al-Bïrünï midieron
las coordenadas geográficas hasta un grado de exactitud sin precedentes.
Al haber adoptado y adaptado la astronomía griega, los expertos basaban
sus estudios esencialmente en el Almagesto de Ptolomeo, en el
que se hace hincapié en la importancia de la observación. En sus trabajos, los
astrónomos islámicos desarrollaron sofisticados instrumentos, que más tarde
fueron imitados en Europa, para poder efectuar medidas más precisas y recopilar
nuevos catálogos de estrellas. En la Figura 8 se muestra un pequeño
observatorio en Estambul cuyo principal logro fue el seguimiento de un cometa
excepcionalmente brillante en 1577. Por desgracia, el astrónomo interpretó esta
visita como un buen augurio. Tras diversas plagas y muertes, el observatorio
fue destruido como advertencia para abstenerse de husmear en los secretos
sagrados. Sin embargo, su construcción responde a las especificaciones
tradicionales, de modo que ofrece una ilustración adecuada de la astronomía
islámica.
En esta imagen de construcción geométrica, el valor concedido a los
libros queda patente en los estantes de la parte superior derecha. En la imagen
se muestran quince astrónomos divididos en tres equipos, que trabajan con una
gran variedad de instrumentos; todos ellos se convirtieron en objetos de uso
estándar en la Europa del Renacimiento, incluido (a la derecha) un reloj
mecánico, cuyo mecanismo podría tener origen chino. El doble círculo que
aparece justo debajo de los libros es el más famoso y más importante de los
instrumentos islámicos: un astrolabio, un modelo de los cielos compuesto de
elaboradas placas giratorias imbricadas entre sí. Se dice que el primer
astrolabio se inventó en Grecia, cuando a Ptolomeo se le cayó una esfera
armilar y su burro la pisó; un cuento apócrifo pero, desde un punto de vista
matemático, una buena descripción. Esta versión islámica plana del universo
griego se convirtió en uno de los instrumentos preferidos de los astrónomos
renacentistas, y fue el tema de un tratado ilustrado de Chaucer. El uso del
astrolabio se extendió durante un largo período porque se trataba de un
instrumento portátil y susceptible de ser utilizado para diversas funciones: la
medida del tiempo, la elaboración de predicciones astrológicas y la exploración.
Los europeos hurtaron numerosos ejemplares de latón de gran belleza que ahora
se muestran en los museos occidentales.
Aunque los astrónomos islámicos siguieron los pasos de Ptolomeo, también
lo criticaron y, lo que es más importante, mejoraron su trabajo. Mediante la
recopilación exhaustiva de datos de gran precisión, modificaron sus
descripciones acerca de los movimientos aparentes del Sol y de la Luna e
introdujeron métodos trigonométricos más eficaces para el cálculo de
coordenadas estelares. Los lectores modernos no se sorprenderán de que los
eruditos islámicos tuviesen grandes dificultades en conciliar sus observaciones
con el complicado sistema de Ptolomeo, que incluía planetas que aceleraban y
frenaban. Un grupo decidió revisar el modelo de Ptolomeo mediante el desarrollo
de procedimientos geométricos similares a los introducidos por Copérnico;
expertos modernos están revisando la historia eurocéntrica tratando de
demostrar que Copérnico conocía estas ideas islámicas.
La astronomía islámica no era una disciplina única. Tanto los
matemáticos pitagóricos como los filósofos aristotélicos miraban hacia
Ptolomeo, pero lo hacían desde direcciones distintas. Los matemáticos trataban
de describir y cuantificar el comportamiento del mundo, no de explicarlo; en
cambio, los filósofos aristotélicos aspiraban a generar una versión más
realista y sólida del universo de Ptolomeo, que casase en mayor medida con los
conceptos islámicos. Durante años, al-Bïrünï consideró la posibilidad de un
universo heliocéntrico, y parece tentador reconocer que llegó a la respuesta
correcta antes que Copérnico. Sin embargo al-Bïrünï era matemático; para él, su
misión no era preocuparse de si el Sol estaba en el centro del Universo o era,
en cambio, la Tierra. Como él mismo señaló, desde el punto de vista de los
cálculos, no tiene importancia si el Sol gira alrededor de la Tierra, o
viceversa. Finalmente decidió optar por el modelo geocéntrico tradicional y
dejar que fuesen los filósofos los que se preocupasen de los problemas
teológicos.
Uno de los filósofos aristotélicos más influyentes de la época fue Abu
Ali al-Hasan ibn al-Haitham, un experto en óptica del siglo X conocido en
Europa como Alhacén. Tras caer en desgracia por haber sido incapaz de controlar
las inundaciones del Nilo, Alhacén fingió locura y se quedó en Egipto, en donde
prosiguió discretamente con sus propias investigaciones. Alhacén intentó
imponer la realidad física a los modelos cosmológicos introduciendo esferas
concéntricas, tal como había sugerido Aristóteles. Imaginaba un cielo exterior
sin estrellas, dentro del cual gira lentamente una esfera que transporta las
estrellas fijas. Dentro de ella, afirmaba, cada planeta estaba asociado con su
propio conjunto de esferas de lenta rotación.
Las traducciones latinas de Alhacén y otros aristotélicos islámicos
extendieron por Europa la influencia de las esferas rotatorias y variantes de
las mismas durante siglos. Desde el punto de vista estratégico del científico,
estas fusiones islámico-aristotélico-ptolemaicas adolecen de numerosos
inconvenientes. Entre los más obvios se encuentran la dificultad para explicar
de qué modo las esferas evitan chocar entre sí y cómo hacen los cometas para
atravesarlas sin desviarse. Para los musulmanes y para los cristianos, no
obstante, estos modelos satisfacían de forma completa diversas cuestiones de
importancia. Los creyentes imaginaban un universo estable, ordenado y finito,
que situaba a la raza humana en el centro de la creación de Dios de acuerdo con
sus escrituras sagradas.
El legado principal de Alhacén fueron sus duraderos trabajos en óptica.
Incluso durante el Renacimiento, los experimentadores veían los conocimientos
griegos a través de los ojos de Alhacén. Aunque se le suele considerar el más
importante de los físicos musulmanes, la visión del mundo de Alhacén era muy
distinta de la de un científico de nuestros días. Por poner un ejemplo, hacía
caso omiso de los límites entre las diversas disciplinas. En lugar de reservar
el estudio de la vista humana a los anatomistas y los fisiólogos, Alhacén lo
relacionaba con los fenómenos atmosféricos y con los experimentos sobre lentes
y espejos.
Algunas de las teorías modernas sobre reflexión y refracción tienen su
origen en la obra de Alhacén. Alhacén, como Newton, pulía sus propias lentes,
estudiaba la anatomía del ojo humano y reflexionaba acerca del iris. También
como Newton, creía que Dios era la Luz de los cielos y de la Tierra, una imagen
coránica de resonancias bíblicas. Más allá de todo ello, Alhacén creó una nueva
teoría de la visión. Aunque ahora parece algo obvio, Alhacén argumentaba que
las personas podíamos ver por la luz que procedía del objeto que miraban.
Alhacén heredó de Grecia tres opiniones distintas, y las sintetizó en un
estudio unificado. Los matemáticos como Euclides trazaban diagramas geométricos
como si la luz emanase de nuestros ojos; no les interesaba comprender cómo ven
las personas, sino llegar a un modelo geométrico que describiese lo que
sucedía. En cambio, Aristóteles, como filósofo, tenía un pensamiento
cualitativo y buscaba las causas; según su opinión, un objeto afecta al medio
(generalmente, el aire) que lo rodea, y esta alteración es la que se transmite
al ojo. Finalmente, como médico, Galeno examinó las estructuras fisiológicas de
los ojos. Combinando estos tres puntos de vista, Alhacén dedujo las matemáticas
implicadas en el recorrido de la luz desde el exterior hacia el interior del
ojo, en lugar de en sentido contrario.
La óptica formaba parte tanto de la medicina como de la ciencia. Las
enfermedades oculares eran comunes en Egipto debido al polvo del desierto, y
las investigaciones de Alhacén se tradujeron en grandes avances terapéuticos.
Las palabras «droga», «retina» y «catarata» son de origen árabe, y la medicina
islámica mantuvo su posición prevalente en Europa hasta entrado el siglo XVII,
en especial a través de las versiones latinas de los trabajos de Rhazes y
Avicena. Los expertos islámicos adoptaron muchas de las teorías de Galeno e
integraron su versión de la medicina hipocrática con las prácticas persas e
indias tradicionales, generando compendios exhaustivos y sistemáticos que
abarcaban todos los aspectos de la prevención, el diagnóstico y el tratamiento.
Además de mejorar la anatomía y la filosofía médica de los griegos, los
médicos islámicos desarrollaron también nuevas técnicas farmacológicas; además,
sus colosales enciclopedias médicas permitieron que los conocimientos griegos
sobre minerales, animales y plantas llegasen a Europa. El trabajo de
Dioscórides, manuscritos bellamente ilustrados en los que se describían
alrededor de novecientas drogas, fue una de las principales fuentes de
conocimiento empleadas. A mediados del siglo XIII, los investigadores árabes
habían multiplicado por tres esa cifra. Como la mayor parte de medicamentos
procedían de las plantas, la búsqueda de tratamientos más eficaces se traducía
en unos conocimientos botánicos generalmente detallados y exactos. En cambio,
las descripciones de los animales solían transmitirse por boca-oreja, así que
los dibujos tenían más que ver con la mitología que con la realidad.
La condición de médico iba más allá del tratamiento de los síntomas; los
médicos islámicos eran personas virtuosas para quienes las afecciones de sus
pacientes formaban parte de los patrones del cosmos entero. En árabe y en
muchos otros idiomas, las palabras que expresan «respiración» y «alma» están
muy relacionadas, de modo que restablecer la vida del cuerpo implica también
nutrir el alma. De igual forma que los matemáticos islámicos sintieron una
empatía instintiva con el simbolismo numérico de la cosmología pitagórica, los
filósofos médicos hallaron que sus doctrinas teológicas de alentar la armonía y
el equilibrio encajaban bien con la teoría griega de los humores. Estos
eruditos seleccionaron y desarrollaron los aspectos de la filosofía griega que
mejor se adaptaban a la teología islámica, e insistían en que los seres humanos
no solo formaban parte del Universo, sino que eran versiones en miniatura de
él. Para los musulmanes, cada individuo se refleja en el cosmos, y este es a su
vez una imagen especular de la vida. Este modelo de macrocosmos-microcosmos de
la humanidad que ahora nos parece singular tuvo una tremenda resonancia en la
Europa del Renacimiento.
En la época renacentista, los médicos y los filósofos naturales europeos
habían tomado los logros islámicos anteriores y los habían impulsado hacia
nuevas direcciones. Mientras que la economía europea estaba en pleno apogeo, el
poder del imperio otomano estaba en franca decadencia, y se disponía de menos
dinero para invertir en investigación pura sin un beneficio inmediato. En todo
caso, no todos los filósofos musulmanes estaban de acuerdo en que una mayor
comprensión del mundo natural fuese algo a lo que mereciese la pena aspirar.
Al-Bïrünï compartía con Newton la meta de edificar sobre el pasado griego.
Mientras que Newton deseaba subirse sobre los hombros de gigantes para ver más
allá, al-Bïrünï animaba a sus colegas intelectuales a «limitarse a aquello que
ya habían tratado los antiguos y mejorar lo que pudiese mejorarse»[13].
5. Europa
Hasta yo puedo recordar el día en que los historiadores dejaron en
blanco sus páginas por todas aquellas cosas que ignoraban.
Ezra Pound, Draft of XXX Cantos (1930)
Galileo, tratando de convencer a sus lectores de que sus poco
convencionales ideas eran ciertas, creó un oponente de ficción al que llamó
Simplicio, caracterizado como simple de mente, pedante y obstinado. Para
completar la caricatura, Galileo convirtió a Simplicio en un erudito medieval.
La Edad Media se inventó en el Renacimiento; cuando Galileo provocó su
controversia, a principios del siglo XVI, ya había quedado relegada a una
página en blanco de la historia. Igual que Galileo y sus contemporáneos, numerosos
historiadores han desestimado la Edad Media como un lamentable interludio de
arcano escolasticismo, un obstáculo al progreso de la ciencia, que dio comienzo
alrededor del siglo V y que finalmente se esfumó ante el huracán de inspiración
del Renacimiento.
La realidad es que todo depende de cómo y dónde se mire. Durante esos
siglos suprimidos tuvieron lugar transformaciones cruciales, pero no los
estudios de los eruditos, sino en los campos, las forjas, las iglesias y los
monasterios. La ciencia es un asunto práctico, no solo teórico, y en su origen
no solo se hallan ideas, sino también objetos. Los cambios políticos,
científicos y económicos son inseparables. Después de la fundación del Sacro
Imperio Romano en el año 800 por Carlomagno, la economía europea resurgió con
los señores feudales franceses, cuyo control sobre vastas propiedades impuso
estabilidad. Estos señores feudales invirtieron capital en el desarrollo de
inventos que les ayudasen a incrementar su hacienda y su poder. En este nuevo
régimen de comercialización competitiva, las innovaciones técnicas aumentaron
la eficacia de los métodos de cultivo y de fabricación. Con el incremento de
los beneficios se pudo disponer de fondos para dedicarlos al estudio puro; a
finales del siglo XIII, Europa occidental ya no era un territorio rural
empobrecido, sino que se había convertido en una próspera región comercial en
la que la educación florecía en las ciudades independientes. Las invenciones
técnicas que ahora nos parecen humildes tuvieron un impacto revolucionario en
la sociedad, tanto como la máquina de vapor varios siglos más tarde. Por
ejemplo, los nuevos arneses para las caballerías pueden parecemos una
innovación menor, pero contribuyeron a reducir de forma espectacular la mano de
obra esclava que había contribuido al sostén de los imperios griego y romano.
Desarrollos mecánicos básicos como los engranajes permitieron que los molinos
aprovechasen más eficientemente la fuerza del viento y del agua, mientras que
innovaciones en la agricultura como arados, rotación de cosechas, cría animal o
sistemas de irrigación, ayudaron a garantizar la regularidad en el suministro
de alimentos. Al mismo tiempo, los descubrimientos en metalurgia permitían
elaborar armas más eficaces, mientras que los nuevos procesos químicos
permitían crear tratamientos médicos, tintes y utensilios para el hogar. Todas
estas mejoras tecnológicas contribuyeron a estimular la investigación, ya que
liberaban a las personas de trabajos que consumían su tiempo y ayudaban a crear
excedentes de dinero.
Estos cambios tecnológicos no se introdujeron por su aportación al
conocimiento, sino por su utilidad. Pero, de hecho, las mejoras técnicas
prácticas sentaron unos sólidos cimientos para las ciencias del futuro. Los
terratenientes ricos estaban dispuestos a pagar buen dinero por equipos
mejores, lo que estimuló de forma indirecta las investigaciones en mecánica y
química que, en la actualidad, serían consideradas científicas. Los
observadores de estrellas poco interesados en las teorías astronómicas acumularon
los datos y técnicas necesarios para determinar la fecha de la Pascua, calcular
el rumbo de un buque o saber la hora. De forma similar, las habilidades de los
herboristas de aldea y los curanderos de monasterio se filtraron más adelante
en la farmacología, la botánica y la mineralogía, mientras que los campesinos
ya eran expertos en asuntos de meteorología, biología y geología mucho antes de
que estas disciplinas recibiesen un nombre propio y se convirtiesen en
ciencias, en el siglo XIX.
Tanto antes como después de la recuperación económica de Europa, los
monasterios fueron lugares de importancia capital en los que el saber se
valoraba por sí mismo. Los monjes desempeñaron un papel esencial en la historia
científica de Europa por su dedicación a los textos seculares, aparte de los
religiosos. En lugar de rechazar los conocimientos de la Antigüedad como
paganos, los eruditos monásticos decidieron que podían serles útiles en su afán
de acercarse a Dios mediante la interpretación de la Biblia, y debatieron una
gran variedad de ideas filosóficas relacionadas con sus estudios piadosos.
Aunque se suele percibir la actitud de la religión como hostil a la ciencia, el
cristianismo fue el responsable de la conservación del saber académico en
Europa.
En particular, los monjes perpetuaron la práctica romana de recopilar
enciclopedias. Numerosos argumentos teológicos giraban alrededor del modo y la
razón por la que Dios había creado tantas formas de vida; estos argumentos
estimularon observaciones detalladas que más adelante fueron clave para las
ciencias de la vida. Entre los muchos trabajos que los monjes aprovecharon,
destaca como fuente de información la obra de Plinio, un oficial militar romano
del siglo I obsesionado con la acumulación de datos. Su colosal Historia
natural, elaborada a partir de trabajos de un centenar de autores, contiene
unos veinte mil datos (algunos bastante sospechosos, como el hecho de que los
castores se castrasen al percibir la proximidad de un cazador) y representa una
compilación exhaustiva de los conocimientos grecorromanos. Mediante la
adaptación y la incorporación de los clásicos en sus propios textos, los
estudiosos monásticos lograron que escritores como Plinio se siguiesen
considerando autoridades de importancia.
A medida que la riqueza y el poder de Europa occidental aumentaba, los
centros religiosos siguieron siendo lugares esenciales para la ciencia futura.
Un ejemplo excelente lo tenemos en la catedral de Chartres, que fue consagrada
en 1260 después de sufrir una serie de incendios y que representa una bella
expresión del nuevo énfasis en la luz y el orden estético de la arquitectura
gótica. La estructura de este edificio cristiano representa los ideales
platónicos de un cosmos matemáticamente organizado. Para los platónicos, el
mundo material percibido por las personas no es la propia realidad. Los
diseñadores humanos crean formas geométricas imperfectas, mientras que los
perfectos triángulos, cubos y esferas platónicos son inmutables y eternos y, a
pesar de no poder verse directamente, la existencia de estas formas ideales
garantiza la posibilidad de concebirlas de forma matemática. Para explicar
estas ideas tan opuestas a la intuición, Platón utilizó la analogía de unos
prisioneros atados y con anteojeras, a los que solo se permite ver las sombras
oscilantes de los objetos que una gigantesca hoguera genera sobre el muro de
una caverna. Si se libera a un prisionero, este quedará cegado por la luz de
sol procedente de la entrada, de manera que percibirá con mayor claridad el
mundo de sombras, que tan bien conoce, que el mundo real.
La catedral de Chartres ilustra la relación entre la religión, el
comercio y la vida cotidiana durante el desarrollo del punto de vista
científico del mundo. La catedral no era únicamente un lugar de culto, sino un
modelo de la visión medieval del Universo: Dios era el arquitecto divino, y la
armonía geométrica de Chartres representaba su creación. Los arquitectos
humanos pensaban y trabajaban de forma geométrica, y las proporciones de sus
edificios remedaban las armoniosas y divinas relaciones de la música y del
Universo.
La catedral, la economía y el conocimiento especializado crecieron de la
mano. La construcción de Chartres no fue solo una misión religiosa, sino un
proyecto comunitario que supuso trabajo para todos, estimuló la inventiva e
impulsó las empresas locales. Chartres está repleta de innovaciones
tecnológicas inspiradas por las demandas teológicas de un techo elevado y de
una iluminación divina. Para crear un espacio inmenso, pero también estable y
estructurado, los arquitectos de la catedral idearon nuevos conceptos
arquitectónicos, como los arbotantes, y estimularon el interés por la mecánica
matemática. De forma similar, los artesanos del vidrio y del metal
desarrollaron nuevos procesos químicos para la producción de vitrales, de
luminosos colores y formas geométricas. Los comerciantes hicieron donaciones
para proteger sus almas y para expresar gratitud por sus beneficios. Los
vitrales, pagados por los gremios locales, no muestran únicamente escenas
bíblicas, sino que también celebran a los artesanos de la ciudad. Por ejemplo,
en una de las secuencias se muestra la imagen más antigua conocida de un
modesto pero vital invento que permitió emprender esta ambiciosa construcción:
la carretilla. En esta catedral, lo mundano y lo científico se combinan con lo
sagrado. Chartres y otras catedrales medievales no solo dominaron las
actividades de los habitantes locales, sino que afectaron en gran medida el
futuro al modificar la relación de las personas con el tiempo. La ciencia y la
tecnología modernas precisan de la medida del tiempo hasta minúsculas
fracciones de segundo; esta visión cuantitativa de la experiencia cotidiana
surge de los rituales monásticos. Mientras que las oraciones de los musulmanes
y los judíos se basaban en la posición del Sol en el cielo, los cristianos
devotos rezaban a intervalos regulares que estructuraban su rutina diaria. Aun
antes de la invención de los relojes mecánicos, las catedrales anunciaban sus
servicios mediante campanas, cuyo repique convocaba a los fieles siete veces al
día.
La sustitución de los ritmos de la naturaleza por los rituales
religiosos hizo surgir un nuevo concepto del tiempo. La visualización del
tiempo como algo mensurable que transcurre a un ritmo uniforme parece ahora
algo instintivamente obvio. Sin embargo, hace siete siglos, se trataba de un
concepto sorprendente para casi todas las personas, cuyas vidas estaban
gobernadas por luz y oscuridad, verano e invierno, siembra y cosecha. Por
extraño que nos parezca, las horas que registraban los artefactos tradicionales
para medir el tiempo, como los relojes de sol o de agua, eran de longitud
variable, puesto que lo que hacían era medir doce unidades entre la salida del
sol y el ocaso. Así, durante el prolongado período de luz diurna del verano,
estas unidades duraban más que en invierno (y viceversa). Milán entró en la
historia de la medición del tiempo en 1336, cuando el reloj de una de sus
iglesias marcó por primera vez veinticuatro horas iguales.
En lugar de seguir los ritmos diarios y estacionales creados por Dios,
los relojes mecánicos segmentaban artificialmente el tiempo en bloques de
duración uniforme. A finales del siglo XIV, varias catedrales europeas
presumían de prominentes torres con reloj que se alzaban hacia Dios pero, al
mismo tiempo, controlaban la vida en la tierra. Aunque no eran muy precisos
—los mejores perdían quince minutos al día—, estos relojes de iglesia
modificaron de forma irrevocable la participación de los seres humanos en el
mundo. En lugar de responder a los patrones de la luz natural, las personas
empezaron a considerar sus vidas divididas en unidades iguales determinadas de
forma arbitraria y mecánica. La ciencia se basa en la precisión de las medidas
y la coordinación global y, sin embargo, este método de control mediante la
medición del tiempo fue introducido por los monjes cristianos.
Además de dividir el tiempo en bloques iguales, los relojes
contribuyeron a la transferencia del poder de la Iglesia a los gobernantes
seculares; en 1370, el rey de Francia ordenó que los relojes de todas las
parroquias de París se sincronizasen con el suyo. La imposición de un orden en
el tiempo tuvo también consecuencias en la economía. «Recordad: el tiempo es
oro», advertía el austero experto en electricidad Benjamín Franklin a los
comerciantes en el siglo XVIII. Este proverbio, tan famoso en nuestros días,
hubiese horrorizado a los cristianos tradicionales: para ellos, el tiempo
pertenecía a Dios y no se podía vender. Los intereses sobre los préstamos
estaban prohibidos por las autoridades eclesiásticas, que afirmaban que era
inmoral sacar provecho de este regalo divino. Sin embargo, con el florecimiento
económico de Europa, estas mismas autoridades se convencieron poco a poco de
que la resistencia era fútil. Los vitrales de Chartres refrendaban las
prácticas comerciales, ya que mostraban cambistas cambiando y pesando monedas
de oro. Mientras que los musulmanes practicantes siguen teniendo prohibido
tomar una hipoteca, las autoridades cristianas ajustaron sus principios
religiosos para dar cabida a un sistema de crédito capitalista que dominó
Europa y sostuvo sus propias riquezas. Los eruditos cristianos de los tiempos
medievales influyeron también de forma espectacular en la ciencia por venir. La
escuela monástica de Chartres fue uno de los principales centros formativos de
Francia durante dos siglos, y en ella se impartían enseñanzas clásicas junto
con las cristianas. Los estudiantes no se inscribían en escuelas específicas,
sino que se hacían discípulos de maestros individuales, y entre los
distinguidos intelectuales de la catedral se hallaba Bernardo de Chartres, que
dijo en el siglo XII (la cita se suele atribuir a Newton): «Si he visto más
lejos que los otros hombres es porque me he aupado a hombros de gigantes».
Bernardo tenía en mente a dos gigantes: uno de ellos era la Biblia; el otro,
Platón (o la versión distorsionada y condensada que había sobrevivido en sus
traducciones). Esta combinación de herencia clásica y cristiana caracterizaba
el tipo de enseñanzas que recibían los estudiantes. La escuela entró
gradualmente en decadencia, pero no por la cerrazón de su programa, sino porque
Chartres siguió siendo una ciudad pequeña cuya educación estaba dominada por la
catedral. En cambio, el cercano París creció rápidamente hasta convertirse en
una importante ciudad comercial. Como otros centros igualmente prósperos, París
empezó a atraer a destacados eruditos; pequeños grupos empezaron a separarse de
la Iglesia para formar sus propias organizaciones independientes: las
universidades.
Las universidades eran instituciones únicas que diferenciaban el
aprendizaje en Europa de lo que sucedía en el resto del mundo. En 1200, Europa
poseía ya tres: Bolonia (la primera), París y Oxford; durante los tres siglos
posteriores se fundaron alrededor de setenta universidades más, en ciudades
ansiosas de darse publicidad. Las universidades se convirtieron en
instituciones poderosas, que podían negociar tanto con el estado como con la
Iglesia. De un modo similar a los gremios, se gobernaban a sí mismas, pero
también gozaban de privilegios especiales para sus miembros, a los que se
consideraba distinguidos protectores de esotéricos conocimientos. Esta
protección suponía que, aparte de su rol principal como enseñantes, los
intelectuales medievales podían discutir ideas controvertidas de forma
relativamente libre.
Incluso antes, algunos estudiosos monásticos ya habían empezado a
modificar sus visiones de Dios. Los conocimientos clásicos heredados a través
de los enciclopedistas les hicieron apartarse de la visión tradicional de un
Dios que era la causa directa e inmediata de todo lo que sucedía en el
Universo. En vez de eso, los teólogos progresistas sostenían que la naturaleza
era más bien una máquina armoniosa que había sido diseñada por Dios pero
funcionaba de forma independiente (dejando aparte los milagros y portentos
sobrenaturales que demuestran Su ocasional intervención). Este cambio de
orientación teológico hacia un cosmos que se auto regulaba fue fundamental, ya
que alentaba a los intelectuales a no limitar su estudio a la Biblia, sino
también a estudiar el mundo que les rodeaba. Para obtener información sobre el
Universo y su funcionamiento, intentaron recuperar los antiguos conocimientos
de los griegos, que habían perdido peso en la Europa de habla latina, pero
habían sido conservados y modificados en el imperio islámico. Cuando, a finales
del siglo XII, se pudo disponer de traducciones al latín, los estudiosos
universitarios llevaron esta herencia griega y árabe hacia nuevas metas.
Figura 9. Portada de Margarita Philosophica Nova (1503).
No hubo ruptura alguna con el pasado para cambiar a un estilo de
pensamiento científico. En lugar de inventar programas de estudios nuevos para
sus alumnos, los profesores de las universidades modificaron los antiguos
planes de estudios griegos. En Chartres, una escultura de piedra muestra siete
figuras que representan las siete artes liberales, que seguían dominando los
conocimientos impartidos en las universidades.
En la Figura 9, procedente de una conocida enciclopedia de la época
denominada Margarita Philosophica (La perla filosófica),
estas mismas siete figuras aparecen reunidas en la mitad inferior del
ciclo/círculo de la sabiduría. Cada una de ellas se identifica por su nombre en
latín en la corona circular y por el objeto que sostiene, como una lira para la
música, un compás para la geometría o una esfera para la astronomía.
Aristóteles aparece en la esquina inferior izquierda, y su obra dominaba la
enseñanza universitaria: el ángel de tres cabezas representa las tres
divisiones de la filosofía aristotélica: natural, racional y moral.
Las universidades organizaban la enseñanza en una estricta jerarquía que
reflejaba su origen dual griego y cristiano. El escalón más alto lo ocupaba la
teología. En el siguiente nivel se encuentran la lógica (racional) y la
filosofía natural; los estudiantes medievales debían dominar ambas materias
antes de que se les permitiese ingresar en la Facultad de Teología, en la que
—condenadas autoridades eclesiásticas— pasaban años enfrascados en el estudio
de textos en lugar de buscar la santidad. En la base de la pirámide se hallaban
las diversas artes liberales, divididas en dos grupos denominados según las
palabras latinas que significan «cuatro» y «tres»: el quadrivium de
la astronomía, la geometría, la aritmética y la música, y el trivium de
la retórica, la gramática y la lógica (véase la Figura 9). Las materias
del quadrivium sostuvieron el diseño de Chartres, como el
reflejo terrenal de un universo platónico. En las universidades medievales,
el quadrivium se transformó gracias a las nuevas traducciones
disponibles del árabe y del griego y se convirtió en un cuerpo de conocimientos
importante para la ciencia posterior; en cambio, el trivium se
percibía como inferior y, de hecho, la palabra «trivial» tiene aquí su origen.
Estas materias eran simbolizadas por musas y diosas femeninas, a pesar
de que las mujeres tenían prohibido estudiar en las universidades y apenas
tenían acceso a las siete artes liberales, que estaban reservadas a los
hombres; y no a todos, sino a gentilhombres privilegiados que estudiaban de los
libros, desdeñaban el trabajo manual y adquirían conocimientos teóricos, no
prácticos. En latín, liber significa tanto «libre» como
«libro», y la educación estaba destinada a producir ciudadanos cultivados, no
trabajadores capaces de ganarse la vida. En el quadrivium, cada una
de las librescas artes liberales tenía su equivalente mecánico adecuado para
las clases inferiores. Por ejemplo, los constructores utilizaban la geometría
para alzar puentes; los comerciantes efectuaban operaciones aritméticas, los
navegantes empleaban las estrellas para trazar su rumbo y los músicos tocaban
sus instrumentos musicales. La educación era para los ricos, y ganar dinero con
el trabajo físico era visto como degradante, una actitud que se mantendría
durante siglos. Incluso en la Inglaterra victoriana, los ingenieros eran
considerados socialmente inferiores a los científicos, y el trabajo, menos
digno que la especulación científica (no era así en Estados Unidos, donde se
admiraba al prolífico inventor Thomas Edison por declarar que «el genio consta
de 1 por 100 de inspiración y un 99 por 100 de transpiración»).
Paradójicamente, lo que más tarde se denominó ciencia surgió de las
artes liberales y mecánicas. Para entender el sentido moderno de «arte», piense
en las palabras «artesano» y «artificial»; en el caso de «ciencia», piense en
libros. Las asignaturas que ahora se consideran parte de las artes (escultura,
pintura, arquitectura) eran en su origen habilidades manuales que practicaban
las clases sociales bajas; las disciplinas científicas matemáticas, por otra
parte, surgen de la enseñanza académica (en latín, scientia)
pensada para las clases altas. Estos conocimientos no solo incluían teoremas
geométricos y modelos cosmológicos derivados de las siete artes liberales, sino
también música, un tema que, como la ciencia, puede interpretarse con
instrumentos pero también analizarse desde un punto de vista teórico. Las
cientia abarcaba también la teología, de la que se suele afirmar
actualmente que es opuesta a la ciencia. Los estudiosos medievales intentaban
acercarse a Dios, no acumular conocimientos por su propio mérito, y sostenían
que la nueva filosofía natural no supondría contradicción alguna con sus
estudios religiosos sino que, al contrario, les daría un impulso adicional.
Como explicaba Roger Bacon, uno de los principales defensores de este punto de
vista: «Una disciplina es la señora de las otras; me refiero a la teología, de
la que las otras son necesidades integrales y que no puede alcanzar sus fines
sin ellas»[14].
Roger Bacon era un erudito, experimentador y alquimista franciscano que
desarrolló su obra en París y Oxford en la segunda mitad del siglo XIII. Se le
conoce especialmente por sus trabajos en óptica, ya que representa un vínculo
fundamental entre Alhacén, el célebre estudioso islámico, y Johannes Kepler,
que investigó la luz más de trescientos años después de Bacon. Los puntos de
vista de Bacon surgían de sus ideas religiosas acerca de la naturaleza de la
luz. De una forma que tenía sentido en aquel tiempo, pero que ahora parece
contraria a la intuición, Bacon consideraba que la luz era al mismo tiempo
transcendente y física, divina y corpórea. Para los intelectuales del Medievo,
el lugar de un objeto en el mundo dependía de cómo manifestase la presencia de
Dios. La luz estaba en una posición más alta en la jerarquía espiritual que una
piedra, pero la única forma de entenderlas a ambas era mediante la percepción
de su esencia divina. En otras palabras, los vitrales de la catedral de
Chartres mostraban escenas que ofrecían de forma explícita lecciones morales y
bíblicas, pero también actuaban como ventanales translúcidos que dejaban pasar
la luz sagrada para iluminar tanto el intelecto como el alma.
A diferencia de los eruditos monásticos anteriores, Bacon no solo
estudió los textos antiguos, sino que también llevó a cabo sus propias
investigaciones mediante experimentos. En lugar de aceptar las conclusiones de
los griegos sin discusión, Bacon, como Alhacén, pensaba que la luz entra en el
ojo procedente de los objetos. Además, sostenía que la luz radiante interactúa
con los sólidos, cambiando a medida que se mueve y afectando también al medio a
través del que viaja. Como si se hubiese inspirado en los vitrales de las
catedrales, Bacon afirmaba que «cuando un rayo pasa por un medio de vidrio
coloreado con un color intenso… aparece a nosotros en la oscuridad… un color
similar al de ese cuerpo de color intenso»[15]. La
perspectiva de Bacon no era científica, sino cristiana, de modo que visualizaba
la luz como un agente que vinculaba los componentes del Universo en un todo
divino. Aun así, su argumento de que los objetos pueden actuar unos sobre otros
resultaba controvertido desde el punto de vista teológico, porque los más
conservadores de los colegas de Bacon se negaban a admitir que el mundo pudiese
funcionar sin la intervención continua de Dios.
Bacon influyó en la moderna ciencia de la óptica pero, desde su punto de
vista, el estudio de la luz no era tanto una disciplina científica como una
clave para entender el cosmos. Para él, el camino del hombre hacia la salvación
empieza en el mundo visible y tangible de los sentidos, y asciende paso a paso,
desde las idealizaciones y abstracciones de la matemática, a una apreciación
metafísica de la unidad divina. Por ejemplo, la estructura geométrica de
Chartres tendía a la armonía y belleza de la música, mientras que las materias
del quadrivium alentaban a la mente para separarse del mundo
tangible y ascender hacia un mundo celestial. En este recorrido jerárquico de
lo físico a lo espiritual, la óptica geométrica hundía sus raíces en el mundo
prosaico, pero actuaba también como intermediaria para la comunicación con el
reino divino. La comprensión de la interacción de los rayos de luz con los
espejos no era un fin en sí mismo, sino una de las etapas hacia la comprensión
de Dios.
Galileo menospreciaba a sus predecesores, aun cuando el resurgimiento
económico de Europa hubiese estimulado las reformas académicas que hicieron
posible sus propias investigaciones. Asimismo, los científicos modernos
desechan los conceptos teológicos de los eruditos medievales, tildándolos de
irrelevantes para su trabajo. Aunque se suele considerar a Roger Bacon el
primer verdadero científico de Inglaterra, en realidad él creía que la luz
revela los aspectos divinos de la sagrada creación de Dios. Por ajeno que nos
parezca su esquema intelectual, se debe reconocer la enorme influencia de este
sobre los desarrollos científicos posteriores.
6. Aristóteles
—No entiendo muy bien el griego —dijo el gigante.
—Ni yo tampoco —dijo la polilla filósofa.
—Y entonces —replicó el siriano— ¿por qué citáis a ese tal Aristóteles en
griego?
—Porque —replicó el sabio— lo que no se entiende en absoluto hay que citarlo en
la lengua que menos se entiende.
Voltaire, Micromegas (1752)
Aristóteles dominó el saber medieval y renacentista. Los números hablan
por sí mismos: aún se conservan unos dos mil manuscritos en latín de la obra de
Aristóteles, y se considera que otros muchos miles han desaparecido.
Aproximadamente un tercio de ellos fueron traducidos del árabe, no del griego
original; es inevitable que estos resultasen tergiversados, ya que a menudo
intervenía alguna otra lengua intermedia; por no mencionar los errores de
transcripción de los escribas. En las estadísticas de los libros escritos sobre Aristóteles
destaca un autor árabe: Averroes, que desempeñó un papel esencial en la
adopción de las ideas aristotélicas por parte de los intelectuales europeos. Se
deben considerar asimismo las obras apócrifas que empezaron a circular en
distintos idiomas poco después de la muerte de Aristóteles; aún se conservan
centenares de estas recopilaciones, copiadas a mano una y otra vez, con errores
introducidos en cada copia, atribuidas erróneamente a Aristóteles y con títulos
tan atractivos como el Secreto de secretos.
Incluso durante la supuesta Era Oscura, algunos textos griegos se
tradujeron al latín, pero el siglo XII vio un incremento espectacular de estas
traducciones. En esa época, muchos viajeros (comerciantes, embajadores,
cruzados) habían hablado a los estudiosos occidentales de los conocimientos y
técnicas acumulados en distintas partes del imperio islámico. El contacto
intercultural había sido siempre más rico en España, que contaba con una
próspera comunidad cristiana, aun en el tiempo en que formaba parte del imperio
islámico. Una vez que los gobernantes cristianos recuperaron el control a
finales del siglo XI, los obispos locales auspiciaron traducciones de los
libros de las grandes bibliotecas árabes en España. Toledo se convirtió en un
centro de especial importancia, que atraía a traductores de toda Europa
deseosos de adquirir las técnicas islámicas y recuperar obras griegas que se
habían perdido.
Se trataba de un ejercicio internacional de grandes dimensiones, pero
sin coordinación alguna, que implicó a numerosas personas, algunas de las
cuales tuvieron una influencia particularmente notable. Por ejemplo, Gerardo de
Cremona era un erudito italiano que emigró a Toledo en 1144 con la intención de
aprender árabe. Tradujo casi ochenta libros, y sus manuscritos (publicados más
adelante en versión impresa) mantuvieron su importancia durante siglos; sin ir
más lejos, la palabra «seno» en trigonometría es suya. Su traducción más
significativa fue la del Almagesto de Ptolomeo. Fue la única
versión latina disponible durante trescientos años, y en ella se presentaba a
los astrónomos europeos un nivel de virtuosismo técnico desconocido para ellos.
A finales del siglo XII, los intelectuales de habla latina de Europa
tenían ya acceso a una enorme variedad de textos griegos traducidos. La
prioridad de estos traductores era la utilidad, y eligieron para su trabajo
textos prácticos sobre astronomía y astrología, medicina, matemáticas y
meteorología. Estos tratados técnicos no suponían una amenaza para la teología
cristiana, y pronto se utilizaban en la enseñanza versiones simplificadas
del Almagesto de Ptolomeo, junto con la óptica de Alhacén y la
medicina de Avicena. Los textos teóricos llegaron posteriormente y provocaron
mayores problemas. Aristóteles estuvo prohibido en París durante unos cincuenta
años, porque sus ideas suponían un desafío a las doctrinas cristianas acerca de
la existencia y la creación del mundo.
Ideologías que se habían originado en Atenas y Jerusalén chocaron en
Europa occidental. Aristóteles —es decir, Aristóteles tal como lo presentaba el
islámico Averroes— provocaba diversas objeciones. La más importante era que el
Universo de Aristóteles es eterno, mientras que el cristiano tiene una
dirección: la Biblia se inicia con un relato detallado de la creación del mundo
por parte de Dios, mientras que el Día del Juicio Final se cierne
amenazadoramente sobre el futuro. La intervención divina representaba otro
problema: mientras que el cosmos aristotélico es autosuficiente y gobernado por
leyes, el Dios cristiano manifiesta Su presencia mediante milagros y ha dotado
a la humanidad de libre albedrío. Es más, para Aristóteles, la mente y el
cuerpo formaban una unidad, lo que entraba en contradicción con las
convicciones cristianas, que afirmaban que, tras la muerte, las almas existen
de forma independiente y perdurable, bien en el cielo, bien en el infierno.
Estas incompatibilidades se solucionaron de forma gradual durante el
siglo XIII. En aquel tiempo, los debates filosóficos debían parecer eternos,
pero visto en retrospectiva hay tres nombres que destacan. Uno de ellos es el
del franciscano británico Roger Bacon. Al declarar que «la teología es la reina
de las ciencias», Bacon alentaba a los intelectuales universitarios a aceptar
las ideas paganas y absorberlas dentro de las cristianas. Mientras que el
ámbito de Bacon se circunscribía a la óptica y las matemáticas, su rival
Alberto Magno se propuso analizar, explicar y complementar la obra de
Aristóteles de forma exhaustiva. Alberto Magno era un dominico alemán que había
estudiado teología en París. El apelativo Magno se debía a su dominio de todos
los temas: no solo teología, astrología y lógica, sino también botánica,
mineralogía y zoología (esto incluía sus propias observaciones acerca del
apareamiento de las perdices).
El erudito que contribuyó en mayor medida a la aceptación de Aristóteles
fue el pupilo de Alberto, Tomás de Aquino, un aristócrata italiano que se hizo
fraile dominico a pesar de las protestas de su familia (que lo encerró en su
casa durante un año) y al que se conocía en Europa como «Doctor Angelicus». A
pesar de que sus contemporáneos del siglo XII lo consideraban un radical
peligroso, Tomás de Aquino obtuvo posteriormente la santidad y se le sigue
considerando uno de los más grandes teólogos de la historia del catolicismo.
Tomás de Aquino, de excepcional tenacidad, estudió y enseñó en París y en otras
universidades de Europa, actuando al mismo tiempo de consejero del papa y de
uno de sus propios parientes, el rey de Francia. Esto no le impidió construir
además una versión sintética de Aristóteles y el cristianismo (que se suele
llamar tomismo, por su nombre) que dominó el pensamiento europeo durante
trescientos años.
Tomás de Aquino sostenía que Dios había distinguido a las personas del
resto de la creación dándoles la mente y los cinco sentidos; solo los seres
humanos, escribió, gozan de la belleza por sí misma. Eso quería decir que la
intención de Dios era que llegásemos a la verdad, no solo mediante el estudio
de sus escritos —la revelación divina de las Sagradas Escrituras—, sino también
mediante el estudio del mundo natural. Como Dios no podía permitir que las
verdades de la fe y de la razón se contradijesen, los cristianos utilizaban dos
libros para guiarles en su camino espiritual: la Biblia, dictada por Dios, y
Aristóteles (o una versión arreglada de Aristóteles).
El Aristóteles medieval no era el Aristóteles griego. De hecho, ni
siquiera había una única versión de aristotelismo medieval. Como señaló Alberto
Magno en una de sus numerosas obras sobre Aristóteles, su héroe era humano y,
por tanto, falible; así, sus discípulos podían «exponer a este hombre en formas
diversas, según convenga a la intención de cada cual»[16]. Lo
mismo ocurre con todos los «ismos» famosos en ciencia: no existe una única
versión autorizada del cartesianismo, newtonismo o darwinismo, porque los
seguidores seleccionan y desarrollan únicamente aquellas partes que les
interesan y con las que están de acuerdo.
El cosmos ofrece un buen ejemplo de adaptación. El propio Aristóteles
había situado una esfera de estrellas fijas en el exterior de las siete esferas
planetarias; más allá no había nada, ni siquiera vacío. Para los cristianos, se
trataba de algo difícil de aceptar. ¿Y la narración bíblica de la creación, que
no solo especifica un paraíso celestial, sino también un firmamento con agua
por encima y por debajo de él? ¿Y qué sucedería si, estando de pie junto al
mismo borde del cosmos, uno saca el brazo? Uno de los procedimientos habituales
para resolver estos dilemas era introducir, no una, sino tres esferas más allá
de los planetas, tal como se ilustra en la Figura 3. Tras los siete planetas se
halla el firmamento estrellado y el cristalino paraíso de agua transparente,
todo ello rodeado por el Primer Motor de Aristóteles, un papel que se asignó al
Dios cristiano.
En el reino de lo terrenal, el movimiento era un asunto especialmente
espinoso. Aunque los debates medievales sobre el movimiento parecen esotéricos,
son importantes porque afectaron al posterior curso de la física. Dentro de un
esquema aristotélico, los objetos permanecen inmóviles a menos que sean movidos
activamente, lo que se opone a la visión newtoniana, según la cual los objetos
siguen moviéndose hasta que son detenidos. Aristóteles distinguía dos tipos de
movimiento: el natural y el forzado. El movimiento natural tiene lugar cuando
un cuerpo es impulsado internamente hacia su lugar natural: la tierra y el agua
caen, el fuego y el aire flotan. También se puede forzar un objeto para que se
mueva de forma no natural: un buey tira del carro, un arquero dispara una
flecha. Pero ¿qué sucede cuando la flecha sale del arco? Sin embargo, una vez
que la causa del movimiento forzado —el arco— deja de actuar, ¿no debería
entrar en acción el movimiento natural y hacer que la flecha se desplomase
hacia el suelo? Para salvar esta objeción, Aristóteles explicaba que la acción
de disparar transformaba el comportamiento del aire, que pasa a gran velocidad
de la punta de la flecha a la cola y empuja desde atrás. Esta explicación
planteaba varios problemas evidentes. Por ejemplo: si Aristóteles tenía razón,
¿cómo era posible disparar una flecha contra el viento?
Durante la primera mitad del siglo XIV, los intelectuales medievales se
propusieron recuperar la idea aristotélica de movimiento. Como filósofos
aristotélicos, no centraban su atención en lo cuantitativo, sino en lo
cualitativo, y buscaban causas y explicaciones en lugar de tratar de deducir
leyes y fórmulas. En París, el experto era Jean Buridán, al que ahora se conoce
sobre todo por el infortunado burro lógico que se moría de hambre a medio
camino entre dos balas de heno por ser incapaz de hallar una razón para elegir
cuál se comería en primer lugar. Para rescatar a Aristóteles, Buridán sostenía
que era la flecha, no el aire, la que resultaba alterada, e introdujo un nuevo
concepto: el ímpetu, la calidad de impulsar cualquier objeto que lo contenga.
El acto de disparar proporciona ímpetu a la flecha, que continúa sin caerse;
asimismo, un imán proporciona ímpetu a un trozo de hierro, que se siente
internamente impulsado a moverse hacia el imán. El concepto de ímpetu de
Buridán describe de forma eficaz el fenómeno, lo que permitió que dominase la
mecánica hasta que Galileo y Newton lo echaron por tierra.
Los contemporáneos de Buridán en Oxford abordaron el problema desde un
punto de vista más matemático. A estos estudiosos, que trabajaban en Merton
College, se les llamó «calculadores», porque utilizaban las matemáticas para
describir las relaciones entre diversas cualidades. Por ejemplo, sugerían que,
para duplicar la velocidad de una flecha, debía elevarse al cuadrado la
proporción entre la fuerza que la impulsa y la resistencia que se opone a su
avance. Para deducir sus ecuaciones, los calculadores de Merton utilizaban los
recursos mentales del análisis lógico, y se apoyaban únicamente en experimentos
imaginarios. Se consideraban filósofos, no artesanos que trabajan con
instrumentos; de todos modos, los relojes aún eran demasiado imprecisos para
poder utilizarlos para cronometrar el movimiento. Sin embargo, el hecho de que
sus fórmulas pudiesen, en principio, comprobarse ejerció una gran influencia en
los experimentos reales que Galileo efectuó trescientos años más tarde.
Para los eruditos medievales, los instrumentos como los relojes no eran
máquinas utilizadas para medir el cosmos aristotélico, sino modelos de este,
ingenios ideados para anunciar la magnificencia de Dios mediante la
miniaturización del Universo, esa gran máquina interconectada. En toda Europa,
los artesanos construían relojes cada vez más complejos y costosos, que no solo
incorporaban campanas para llamar a las personas a oración, sino también
intrincados engranajes para mostrar la magnificencia del universo de Dios, como
las fases y los eclipses de la luna, las mareas y los movimientos planetarios.
Las grandes ciudades como Estrasburgo y Praga adquirieron espléndidos
mecanismos astronómicos para adornar sus catedrales, exhibiendo así su riqueza
y también incrementándola al atraer a nuevos peregrinos (una función que ahora
cumplen los turoperadores). Con la mejora de la tecnología, el tamaño de los
relojes se redujo, pero siguieron siendo símbolos de estatus de alto precio,
más próximos a ornamentos elaborados que a mecanismos precisos de medición del
tiempo.
Estos relojes astronómicos representaban la materialización de la fusión
entre Aristóteles y el cristianismo. Al indicar la hora, imponían sobre la
población un horario monástico regular. Pero además, y de forma no menos
significativa, estos modelos mecánicos del cosmos ponían de manifiesto de forma
clara que la vida en la Tierra se ve afectada por el funcionamiento ordenado de
los cielos. Las personas estaban convencidas de que los movimientos de las
estrellas y los planetas afectaban a sus personalidades, su salud y sus
oportunidades, y el vocabulario astrológico que utilizaban aún permanece: los
lunáticos notaban el influjo de la luna, los desastres (del latín astra,
estrella) descendían del cielo y las personas joviales eran regidas por
Júpiter.
Para los cristianos aristotélicos, las estrellas eran los intermediarios
de Dios en el gobierno del Universo. Sin embargo, los teólogos tradicionales
planteaban diversas objeciones: si los acontecimientos estaban pre ordenados,
esto minaba el concepto cristiano de libre albedrío individual. Aunque
aceptaban que las estrellas podían afectar a los cuerpos físicos de las
personas, sostenían que el alma y la mente debían poder actuar de forma
independiente. Tomás de Aquino resolvió este conflicto con notable astucia, al
razonar que los hombres sabios (y se refería a los hombres explícitamente)
podían sobreponerse a sus inclinaciones naturales mediante el ejercicio del
autocontrol. Los cuerpos celestes podían afectar a la salud física mediante la
alteración del equilibrio de los humores, pero un cristiano racional jamás
dejaría que las estrellas determinasen por completo su estado emocional —a
diferencia de lo que les pasaba a las mujeres y a los peones, su autodisciplina
le permitía eludir el destino mediante el control de sus propias pasiones—.
La astrología se hizo compatible con el cristianismo al dividirse en dos
ramas. Los miembros de uno de los grupos eran ridiculizados como charlatanes:
aquellos que elaboraban horóscopos personales para pronosticar acontecimientos
específicos en la vida de un individuo. Por otro lado, los que practicaban la
astrología natural efectuaban pronósticos más generales, y se les consideraba
respetados miembros de la élite intelectual. Estos expertos matemáticos se
apoyaban en los mejores trabajos astronómicos disponibles, como la traducción
latina del Almagesto de Ptolomeo efectuada por Gerardo de Cremona, y en tablas
de trayectorias de cuerpos celestes de gran exactitud recopiladas en Toledo.
Los médicos medievales y renacentistas solían estudiar medicina
astrológica. En la Figura 10, tomada de un manual de cirugía del siglo XV, se
muestra el Hombre del zodíaco, que personificaba la correspondencia
macrocosmos-microcosmos de Aristóteles entre el cuerpo humano y el firmamento.
Figura 10. Hombre del zodíaco medieval. Guild Book of the Barber Surgeons of
York (1486).
Cada parte de su cuerpo está asociada con un signo estelar distinto
heredado de los babilonios: Aries el carnero subido sobre su cabeza, el pez de
Piscis nadando entre sus pies y Taurus el toro agazapado tras sus hombros. El
Hombre del zodíaco era tan conocido que, cuando Shakespeare escribió Noche
de Reyes, sabía que a su público le iba a encantar la discusión entre dos
personajes cómicos que asignaban Taurus a partes equivocadas del cuerpo[17]. Los
planetas, asimismo, estaban asociados a humores específicos, —Marte era
colérico, Saturno, melancólico…, y podían influir en la salud de las personas
haciendo que ese humor avanzase o retrocediese en sus cuerpos, como una marea—.
Un tratamiento satisfactorio no solo debía restablecer el equilibrio de los
humores, sino también intervenir en el momento correcto, con los planetas en
posiciones auspiciosas.
La astrología aristotélica cristianizada fue una ciencia de peso en la
época medieval. Cuando la peste negra empezó a asolar Europa en 1347, los
médicos de la Universidad de París ofrecieron una racional y aristotélica
explicación, concluyendo que el origen de la epidemia se hallaba en una
singular conjunción de planetas ocurrida cuatro años antes. El cálido y húmedo
Júpiter había atraído vapores maléficos, que el seco, sobrecalentado y maligno
Marte había inflamado y que se habían visto también afectados por el
melancólico Saturno. Estos conflictos planetarios habían generado vientos
cálidos y húmedos del sur, que corrompieron la atmósfera e indujeron una
enfermedad congruente en los seres humanos. Desde un punto de vista teológico,
Dios había manifestado su descontento a través de poderes astrológicos
naturales. Los matemáticos pusieron manos a la obra y calcularon que la
siguiente conjunción planetaria importante debía llegar el año 1365. En Oxford,
un experto predijo erróneamente que el Dios cristiano elegiría esa fecha para
destruir a los infieles sarracenos; es de suponer que el experto no se daba
cuenta de hasta qué punto debía la mayor parte de sus conocimientos
aristotélicos a los intérpretes islámicos.
Sin embargo, esta devastadora plaga estimuló investigaciones muy
fructíferas. Al acabar con un tercio de la población de Europa en cinco años,
tuvo como efecto inmediato que los esfuerzos de los intelectuales se centraran
en la muerte y en la salvación en lugar de en el mundo actual. Pero,
posteriormente, tuvo lugar un tremendo auge de la economía. Las familias ricas
se hicieron más ricas al heredar las propiedades de sus parientes muertos,
mientras que los trabajadores que habían sobrevivido se hallaron en una
posición de fuerza para negociar mejores emolumentos. El comercio y los viajes
florecieron para cubrir la demanda de artículos de lujo, lo que se tradujo en
mejoras en los instrumentos y mapas de navegación, así como en exploraciones
más osadas. Los orígenes de la efervescencia intelectual del Renacimiento
fueron materiales.
7. Alquimia
Este bastón y las serpientes masculina y femenina unidas en la
proporción de 3, 1, 2, componen el Cerbero de tres cabezas que guarda las
puertas del Infierno. Al fermentar y digerirse juntos producen a diario más
fluido… y adquieren un color verde, y al cabo de 40 días se convierten en un
polvo negro podrido. La materia verde puede utilizarse como fermento. Su
espíritu es la sangre del León verde. El polvo negro es nuestro Plutón, el Dios
de la fortuna.
Isaac Newton, Praxis (c. 1693)
Casi todos los científicos opinan que la alquimia es una estupidez; sin
embargo, en 1936, el físico nuclear Ernest Rutherford dio una charla en la
Universidad de Cambridge en la que se describió a sí mismo como un alquimista
moderno. En lugar de transmutar plomo en oro, presumía Rutherford, había
transformado nitrógeno en oxígeno bombardeándolo con partículas alfa. En su
escudo de armas aparecía el mítico padre fundador de la alquimia, Hermes
Trismegisto («Hermes tres veces poderoso»), una amalgama de diversos sabios del
Egipto de la Antigüedad cuyo nombre aún se conserva en la frase «herméticamente
cerrado». Puede que Rutherford simplemente quisiera permitirse un capricho
científico, pero también trataba de decir algo serio. Algunas de las ambiciones
de los alquimistas parecen actualmente ridículas —hallar la piedra filosofal o
el elixir de la vida, por ejemplo—, pero sus técnicas, instrumentos y prácticas
forman el núcleo de la ciencia experimental.
La historia de la alquimia es prolongada e internacional. Newton y otros
aficionados del siglo XVII basaron sus investigaciones en una tradición
hermética que se remontaba a la antigua Babilonia, se había desarrollado en
Egipto y Grecia, así como en China y la India, y había llegado a Europa
procedente del imperio islámico en el siglo XII. Siendo una disciplina
importada de Oriente, el vocabulario especializado de la alquimia se originaba
en la transliteración de palabras árabes, algunas de las cuales entraron en el
lenguaje ordinario, como la propia «alquimia», «elixir» o «matraz». Los
primeros traductores al latín no estaban familiarizados con la alquimia, pero
se tropezaron con ella en libros que se han hecho famosos como parte de la
herencia científica europea. Cuando Gerardo de Cremona empezó a trabajar en
el Almagesto de Ptolomeo descubrió que no solo trataba de
astronomía, sino que era mucho más rico en contenido de lo que él pensaba. La
información alquímica hacía su aparición en la obra de otros influyentes
escritores, incluidos el propio Aristóteles y célebres eruditos islámicos como
Rhazes y Avicena. El inmensamente popular, aunque apócrifo, Secreto de
secretos de Aristóteles, estaba también repleto de sabiduría médica,
alquímica y mágica.
Los alquimistas se parecían a los científicos en el hecho de que no solo
pretendían comprender el mundo, sino también cambiarlo. A diferencia de los
estudiosos medievales, intentaban transformar su entorno mediante la invención
de nuevas técnicas y la manipulación de fenómenos ya existentes. Aunque la
intención de los alquimistas era ayudar a las personas, también necesitaban
dinero, y protegían sus descubrimientos mediante el uso de signos y simbología
arcana. La esencia de la alquimia implica comprender los cambios, que puede
tomar numerosas formas: el hierro se convierte en orín, las semillas crecen y
se hacen árboles, el agua se congela, la Luna cambia de configuración, el
alcohol se evapora pero también tonifica y los criminales se reforman. Los
alquimistas medievales, influenciados en gran medida por Aristóteles, creían en
un Universo interconectado de elementos, cualidades e influencias de los
astros.
Figura 11. La habitación de un alquimista. Heinrich Khunrath, Amphitheatrum
Sapientice Aeternce (1598).
Fervorosos creyentes, luchaban constantemente por alcanzar la perfección
en su búsqueda de Dios. Su principal meta consistía en hallar la piedra
filosofal. Una vez identificada, se convertiría en la clave universal para la
mejora: un procedimiento seguro para obtener oro mediante la limpieza de las
imperfecciones de los metales básicos, una forma de prolongar la vida liberando
al cuerpo humano de la enfermedad y un camino para lograr la iluminación divina
tras la purificación del alma.
En la Figura 11se reflejan algunas de las características fundamentales
de la alquimia. Aunque la dibujó una persona real (Heinrich Khunrath, un médico
alemán que enseñaba que Dios había revelado las técnicas alquímicas con el
propósito de curar enfermedades), este majestuoso salón y sus proporciones
matemáticas no es una representación realista, sino más bien un retrato
simbólico de los objetivos alquímicos. En el centro se muestra una mesa repleta
de instrumentos musicales, que recuerdan la armonía cósmica y los lazos
pitagóricos entre la música, la astronomía, la geometría y la aritmética,
el quadrivium del programa educativo medieval. Los espacios a
ambos lados de la mesa se corresponden con los dos principales aspectos de la
alquimia. A la derecha, el signo en la pared indica que estamos en un laboratorium,
un lugar de trabajo. Los instrumentos ordenados en el suelo y en los estantes
se utilizan en experimentos prácticos para la extracción de poderes y la
separación de elixires puros de la materia prima bruta de animales, plantas y
minerales. Aparte de intentar lograr estos objetivos de mejora material, los
alquimistas también aspiraban a un crecimiento espiritual. En el lado izquierdo
se encuentra el oratorium, el lugar para rezar, en el que un
pecador intenta perfeccionar su alma para acercarse más a Dios. La alquimia
puede parecer absurda en nuestros días, pero se entendió rápidamente en la
Europa medieval porque parecía ser un sistema racional coherente. Para muchas
personas de aquella época, la alquimia se adaptaba perfectamente a su visión de
un Universo armónico católico gobernado por los principios aristotélicos.
Después de todo, si el pan y el vino podían sufrir una transubstanciación y
convertirse en el cuerpo y la sangre de Cristo, y si las vetas subterráneas de
sucio mineral podían transformarse en brillantes metales, ¿por qué no había de
ser posible curar una enfermedad mortal o convertir el plomo en oro? Los
procesos de transformación eran consustanciales al aristotelismo, la ortodoxia
académica prevalente, que describía tanto el comportamiento humano como las
reacciones químicas mediante la recombinación de cuatro elementos (tierra,
agua, aire y fuego) y cuatro cualidades (caliente, seco, húmedo, frío). Los
detalles eran imprecisos, lo que dejaba gran margen de movimientos para
variaciones sin desviarse de las creencias dominantes.
La más famosa de las metas de los alquimistas, la transmutación del
plomo en oro, tenía una base teórica sólida. Como muchos estudiosos de
Aristóteles, los alquimistas creían que los metales estaban compuestos de
azufre, caliente y seco, y de mercurio, frío y húmedo (principios idealizados,
no los verdaderos azufre y mercurio). En el vientre de la Tierra, estos
elementos se calientan juntos en diversas condiciones y, al cabo de muchos
años, maduran en forma de distintos metales. Para acelerar este proceso natural,
los alquimistas trataban de forma obsesiva de hallar técnicas químicas que
permitiesen abreviar siglos de transformaciones graduales y producir oro
directamente.
Los alquimistas influyeron sobre el curso de la ciencia en diversos
aspectos. El más obvio fue la proyección de sus investigaciones sobre el
desarrollo futuro de la química experimental y de la tecnología industrial. A
lo largo de los siglos, los alquimistas habían desarrollado y probado con
obstinación aparatos para calentar, destilar y cristalizar diferentes
sustancias, y esta tradición de innovación y refinamiento prosiguió durante
mucho tiempo después de que la alquimia llegase a Europa. Por ejemplo, los
practicantes de las artes herméticas inventaron alambiques para destilar
líquidos (como alcohol, en un grado de pureza jamás logrado hasta ese momento),
perfeccionaron diversos tipos de horno —que entraron en el mundo de la química
como baños de arena y baños de agua— y, como se ilustra en la Figura 11,
diseñaron una amplia variedad de recipientes y frascos para usos especiales,
muchos de los cuales eran de uso cotidiano para los químicos del siglo XIX.
Aunque el oro seguía siendo escurridizo, los alquimistas aislaron numerosas
sustancias, entre ellas eficaces drogas de uso médico y el sulfato amónico, un
ingrediente básico en la industria actual de fertilizantes químicos.
Los investigadores herméticos también afectaron a la ciencia futura al
convencer a otras personas —profesores universitarios, mecenas, clientes— de
que sus experimentos podían producir resultados de valor. Aunque muchos
alquimistas eran verdaderos eruditos, en general solían trabajar fuera de las
universidades y ganarse la vida ofreciendo tratamientos médicos o desarrollando
procesos químicos con aplicaciones prácticas. Los manuscritos alquímicos de
recetas secretas intrigaban a los académicos por lo distintos que eran a sus
propios tratados teóricos. Aunque los médicos universitarios siguieron
enseñando y publicando las técnicas tradicionales; algunos de ellos empezaron a
prescribir drogas y terapias recogidas en libros que circulaban de forma
clandestina.
Uno de los académicos que defendió más abiertamente la alquimia fue
Roger Bacon, al que se suele considerar precursor de la moderna ciencia
experimental. Y en cierto modo lo fue; pero su énfasis en la investigación
práctica venía de la alquimia, cuya utilidad, desde su punto de vista, le
concedía un gran valor. ¿Cómo, si no, podían albergarse esperanzas de prolongar
la vida y de curar las enfermedades del cuerpo y del alma? ¿Qué mejor uso para
las matemáticas que hallar las proporciones medicinales correctas? Bacon hizo
una importante inversión en libros y material alquímico, y ayudó a que los
investigadores aceptaran el manejo de objetos, no solo de ideas, como algo
respetable. Pero tuvo que enfrentarse a sus contemporáneos académicos, que no
miraban con buenos ojos la transformación artificial del mundo natural; su
punto de vista era, más bien, el de «la Naturaleza es sabia».
Este conflicto entre los defensores de la naturaleza y los del arte
(«arte» como en las palabras «artífice» o «artificial») se prolongó durante
siglos. Supuso la esencia de los debates sobre el método científico y la
conveniencia de utilizar inventos humanos para mejorar el mundo creado por
Dios. Con la aprobación de la experimentación alquímica, Bacon se situó con
firmeza en el terreno de los partidarios del arte (o artificio). En unas
provocativas declaraciones afirmaba: «Algunos preguntan cuál de estas dos,
Naturaleza o Arte, es de más fuerza y eficacia, a lo que yo doy respuesta y
digo que, aunque la Naturaleza nos asombra con sus portentos y maravillas, el
Arte, que utiliza la Naturaleza como instrumento, es más poderosa que la virtud
natural»[18]. En
lugar de restringirse a la demostración del funcionamiento de la Naturaleza, la
intención de los alquimistas era mejorarla mediante la intervención humana.
Este doble objetivo de comprender y alterar está en el centro de las
aspiraciones científicas.
Sin embargo, las diferencias entre Bacon y los científicos modernos eran
profundas. Como erudito medieval, a Bacon se le pagaba por pensar y escribir,
no por llevar a cabo experimentos; carecía de subvenciones para la adquisición
de equipos, y se quejaba de que su investigación llegó a un punto muerto en el
momento en que se agotó su dinero. En lugar de seguir un plan de investigación
sistemático, Bacon utilizaba sus aparatos para confirmar —no para examinar sus
ideas teóricas, cuyo origen eran sus propias ideas preconcebidas en filosofía y
teología—. Su proceso mental era descendente, de lo divino a lo mundano, de lo
abstracto a lo concreto, un punto de vista muy distinto del ideal científico de
trabajar hacia arriba, de deducir leyes generales a partir de situaciones
particulares. Bacon, como sus contemporáneos académicos, buscaba a Dios, no la
verdad objetiva. A diferencia del árido razonamiento lógico fomentado por los
aristotélicos académicos, la alquimia volvía a traer los milagros al mundo y
afirmaba que la intervención de Dios aún era posible. En las estrictas
universidades medievales, la alquimia resultaba atractiva por su oposición a la
autoridad, porque permitía que los estudiantes confiaran en su propia fe y no
en el dogma teológico.
Bacon compartía con los alquimistas otra característica ajena
(supuestamente) a la ciencia moderna: el secretismo. Según la visión ideológica
de la ciencia, los científicos se comunican los conocimientos libremente entre
sí. A pesar de los numerosos y llamativos contraejemplos (como el proyecto de
la bomba atómica en Los Álamos, la reluctancia de Charles Darwin a publicar su
teoría de la selección natural y las patentes que protegen los descubrimientos
en ingeniería genética), el ethos predominante dicta que el
progreso científico se apoya en la transparencia y en la disposición a recibir
críticas y a cooperar. De forma similar a la protección de derechos de los
actuales inventores, los alquimistas detestaban que sus competidores tuviesen
acceso a sus recetas, y rehusaban compartirlas más allá de restringidos
círculos de devotos.
Para ocultar sus descubrimientos, los herméticos desarrollaban
misteriosos y arcanos códigos simbólicos. Algunos guardaban un cierto parecido
con las abreviaturas químicas y eran fáciles de descifrar; por ejemplo, una
media luna representaba la plata, el metal de la Luna. Otros, en cambio, eran
deliberadamente crípticos y siguen estando ocultos: los iniciados pueden
interpretar las imágenes del sol devorado por un dragón verde como una
instrucción para disolver oro en agua regia, una potente mezcla de ácidos de
color azul verdoso. No obstante, igual que los científicos que aspiran a
obtener fondos para la investigación, los alquimistas debían divulgar algunos
de sus resultados para convencer a sus posibles patrocinadores de sus
habilidades; e, igual que aquellos, probablemente adaptaban a veces sus datos
para que se ajustasen a sus argumentos (la afirmación de que los científicos
manipulan sus lecturas puede parecer sorprendente, pero existen numerosos y
sorprendentes ejemplos de ello, como el caso del astrónomo británico Arthur
Eddington, que afirmaba haber confirmado la teoría de la relatividad general de
Einstein, o el del físico norteamericano Robert Millikan y la medida de la
carga del electrón).
Existía un intenso tráfico de manuscritos no oficiales que prometían
revelar antiguos secretos y que eran adquiridos, no solo por entregados
alquimistas, sino también por monjes y estudiosos de las universidades como el
propio Bacon. A los lectores medievales les fascinaban estos relatos sobre
experimentación, cuyo origen solía ser islámico y que se atribuían falsamente a
celebridades como Aristóteles o Alberto Magno, y que contenían remedios a base
de hierbas y consejos prácticos (las amatistas protegen contra la embriaguez,
los intestinos de liebre favorecen el nacimiento de herederos varones), todos
ellos supuestamente comprobados pero con una justificación teórica casi
inexistente. Las repetidas prohibiciones no lograron aplastar el entusiasmo en
los monasterios; determinado manual, por ejemplo, clasificaba las técnicas
sexuales con el objetivo de ayudar al monje a calcular la penitencia que debía
dispensar en el confesionario. Sin embargo, a pesar de su erotismo y su
esoterismo, estas recopilaciones manuscritas acentuaron la importancia de
ofrecer explicaciones naturales, incluso para los fenómenos que parecían
milagrosos o mágicos. Y, a diferencia de los dogmáticos textos universitarios,
no se limitaban a afirmar repetidamente teorías poco realistas, sino que
exploraban el mundo.
El comportamiento reservado de los alquimistas era, de hecho, paralelo
al de otros grupos especializados, incluido el de los estudiosos de las
universidades. Antes de la invención de la imprenta, la circulación de los
libros se efectuaba mediante copias manuscritas, que solo estaban al alcance de
hombres ilustrados que hablaran latín y que dispusieran de los fondos
suficientes para adquirirlos. Los frailes académicos como Bacon trabajaban en
monasterios y universidades, comunidades cerradas y jerárquicas cuyos
habitantes recombinaban una y otra vez la sabiduría antigua de las Sagradas
Escrituras y de los filósofos griegos. Las similitudes entre la iniciación en
una orden religiosa, la concesión de un puesto de investigación en la
universidad y la admisión en una camarilla de arcanos alquimistas eran
notables. En el mundo estratificado de Bacon, los investigadores académicos
estaban muy por encima de los trabajadores manuales, a los que él mismo
comparaba con cabras. Bacon prevenía contra la revelación de conocimientos
superiores a las personas externas a los círculos privilegiados — ¿por qué dar
lechuga a las cabras, si son felices con cardos?—; su argumento era que solo se
podía depositar en un selecto grupo de elegidos la confianza de que no iban a
sacar provecho de los posibles peligros.
Los laboratorios científicos modernos tienen mucho en común con los
talleres de trabajo de los alquimistas (cuyo diseño básico se transmitió a los
primeros laboratorios de química). Se trata en ambos casos de lugares privados.
El laboratorium de la Figura 11 se halla dentro del salón,
similar a un templo, del alquimista, y está aún más oculto mediante cortinas.
Así mismo, en los siglos subsiguientes, la investigación científica siguió
efectuándose en los domicilios privados de las personas, con frecuencia en
oscuras y frías bodegas. El propio científico de la época victoriana Michael
Faraday llevaba a cabo sus experimentos en el sótano de la Royal Institution,
apartado del ojo público. Los científicos modernos se comunican en arcanos
lenguajes incomprensibles para los no iniciados, protegen sus valiosos equipos
y vigilan cuidadosamente el acceso para excluir a los intrusos (las mujeres
tenían prohibido el acceso al laboratorio de física de Princeton hasta la
década de 1950).
Paradójicamente, se dice que las verdades universales se originan en
lugares particulares e individuos específicos. Los profetas adquieren su
sabiduría para iluminar al mundo meditando en soledad en la naturaleza. En
estudios privados —o bajo un manzano—, privilegiados expertos formulan las
leyes científicas que gobiernan todo el cosmos. Asimismo, los solitarios
alquimistas se encerraban en busca de la piedra filosofal y sus ubicuos poderes
de purificación del espíritu y de la materia. Creían que un estudioso hermético
que pudiese liberarse de las ambiciones mundanas y reconquistar su naturaleza
incorrupta se convertiría en un magus, un mago con un profundo
conocimiento de la naturaleza. A diferencia de los hechiceros y las brujas que
practicaban magia negra mediante la invocación de espíritus sobrenaturales,
los magi (magos altruistas) manipulaban los poderes de la
naturaleza. Con una inspiración frecuentemente matemática, podían mediar entre
las influencias celestiales de arriba y la existencia terrestre de abajo
manipulando la dirección de las fuerzas cósmicas. El magus supremo
era Isaac Newton, que se halla, como la divinidad de varios rostros, Jano,
entre el mundo aristotélico y alquímico de las influencias armónicas y el mundo
moderno de la ciencia matemática y de laboratorio. Puede que los científicos
aborrezcan la alquimia, pero está más próxima a ellos de lo que piensan.
Experimentos
Contenido:
1. Exploración
2. Magia
3. Astronomía
4. Cuerpos
5. Máquinas
6. Instrumentos
7. Gravedad
Durante el Renacimiento en Europa, la investigación intelectual fue
exacerbada por la exploración internacional. El comercio estimuló el
intercambio de habilidades, conocimientos y especímenes biológicos, que
circulaban entre distintas sociedades y cambiaban a medida que viajaban. Los
filósofos naturales adaptaron sus viejos instrumentos e introdujeron otros
nuevos, aunque la estrategia experimental que caracteriza a la ciencia moderna
se desarrolló de forma gradual e intermitente. Galileo alentó a los académicos
a que mirasen la naturaleza como un libro escrito por Dios en el lenguaje de
las matemáticas, pero el otro libro de Dios —la Biblia— siguió siendo una de
las principales fuentes de conocimiento. Muchas innovaciones surgieron de la
reformulación de las prácticas tradicionales, no de visionarias inspiraciones,
de modo que las ideas antiguas coexistían con otras que ahora forman parte de
la ciencia moderna. Por ejemplo, los principios aristotélicos prevalecieron
hasta mucho después de que Copérnico situase el Sol en el centro del cosmos; de
forma recíproca, los magos, que trabajaban sobre la base de experimentos
alquímicos y poderes espirituales, convirtieron las matemáticas en la llave del
Universo. Quizá el más grande de todos los magi fuese Isaac Newton, el filósofo
natural y alquimista religioso que prefirió escribir en el lenguaje griego de
la geometría en lugar de emplear las técnicas matemáticas más recientes.
Los Principia de Newton, publicados en 1687, gozan en la
actualidad del estatus de obra sagrada de la ciencia, pero están tan arraigados
en el pasado como mirando hacia el futuro.
1. Exploración
No abandonaremos la exploración y cuando lleguemos al final de ella será
para arribar al lugar de partida y conocerlo por vez primera.
T. S. Eliot, Cuatro cuartetos (1942)
«Una imagen vale más que mil palabras»; cuando se inventó este eslogan
publicitario en 1927, los libros eran baratos, la alfabetización se había
generalizado y los científicos se jactaban del intercambio libre de información
entre ellos.
Figura 12. Hans Holbein, Los embajadores (1533).
Cuatro siglos antes, cuando Hans Holbein pintó Los embajadores (Figura
12), un complejo comentario visual sobre la comunicación, el libro impreso era
recién nacido, solo los ricos sabían leer y la información sobre nuevos
lugares, productos y procesos se ocultaba celosamente. Los embajadores,
actualmente uno de los cuadros más famosos de Europa, ofrece el único registro
oficial del encuentro de sus dos protagonistas (dos diplomáticos franceses) en
Londres. Mediante el uso de objetos en lugar de palabras, Holbein mostró la
relación íntima entre los viajes, el dinero y el conocimiento.
En la representación de este encuentro clandestino, Holbein reflexionaba
sobre las distintas formas de obtener y transmitir conocimiento durante el
Renacimiento. A los soportes tradicionales (la conversación, el correo, los
manuscritos copiados) se les unía el libro impreso, a pesar de que este podía
propagar tanto la verdad como el error. Cuarenta años antes Cristóbal Colón
había cruzado el Atlántico, y personas de los dos extremos del mundo empezaban
a intercambiar plantas, animales, materias primas y productos manufacturados.
En la pintura de Holbein se ilustra la aparición de las ciencias experimentales
a partir del comercio y la política, no del deseo desinteresado de
conocimiento.
La exploración durante el Renacimiento aumentó de forma colosal la
cantidad de información científica disponible, pero este no era el objetivo
principal, sino más bien un efecto secundario. El interés de los viajeros de
distintos países no era el desarrollo intelectual, sino el beneficio financiero
y el poder territorial. Estos viajeros trajeron plantas y animales singulares
para usos medicinales y agrícolas o como regalos: su clasificación vino
posteriormente. Así mismo, la finalidad de los constructores de instrumentos
era ganarse la vida, no descifrar los secretos de la naturaleza, y los equipos
que ahora se considerarían «científicos» fueron originalmente diseñados para
usos prácticos: medir fronteras, pesar metales, dispensar drogas o producir
tintes. Los navegantes exigían detalles precisos de los movimientos de las
estrellas, lecturas de brújula exactas y modelos de los vientos, no para acabar
con los obsoletos atlas de Ptolomeo, sino para llegar a su destino de forma
segura. Los conocimientos acerca del mundo tenían implicaciones políticas y
comerciales de peso; se trataba de productos valiosos que se podían comprar,
vender e intercambiar, no solo entre comerciantes, sino también entre
embajadores. En este cuadro repleto de simbología oculta, Holbein siguió la
división aristotélica del universo: el estante superior es celestial, mientras
que el inferior es terrenal. Los libros y los instrumentos estaban en aquella
época más relacionados entre sí que ahora, de modo que los agrupó como fuentes
complementarias de conocimiento. En la parte superior se hallan los
instrumentos matemáticos, perfectamente identificables y cuidadosamente
representados, que los navegantes utilizaban para registrar las posiciones de
las estrellas, medir el tiempo y crear mapas más precisos. El estante inferior
contiene un manual de aritmética comercial y un globo terráqueo con información
diplomática sensible que agregó el propio Holbein. La exploración internacional
era una cuestión de beneficios económicos y posesión.
Y sin embargo, en los instrumentos de Holbein se representa también la
incomunicación. El laúd —emblema de armonía, tanto humana como cosmológica—
tiene una cuerda rota, y los instrumentos astronómicos, desalineados de forma
deliberada, crean sombras contradictorias. A ambos lados de estos aparatos se
hallan dos hombres enviados como instrumentos del estado Francés para acceder a
cotilleos internos, pero están en silencio, y sus semblantes inexpresivos no
revelan nada acerca de las intrigas de la corte. Asimismo, la precisión de las
esferas de los relojes de sol y de los astrolabios y la elaborada
encuadernación de cuero de los libros no ofrecen garantía alguna de exactitud.
La fiabilidad de las palabras impresas y de los objetos complicados es tan
escasa como la de los seres humanos. Del mismo modo que las lentes generan
imágenes distorsionadas, la imprenta facilitaba la expansión de las mentiras, e
—igual que los cortesanos que disimulan— las imágenes pueden llevar a engaño.
La imprenta desempeñó un papel crucial en el desarrollo de la ciencia,
aunque la transición a esta nueva tecnología no fue inmediata. Mucho después de
la introducción de los tipos móviles en la década de 1450, los escribas seguían
copiando manuscritos y las ilustraciones seguían siendo dibujadas y coloreadas
a mano. Los comerciantes se dieron cuenta de que los clientes ricos que
compraban las obras filosóficas de Aristóteles o las historias naturales de
Plinio no estaban tan interesados en su mejora intelectual como en la
decoración de sus casas con símbolos de estatus artísticos, y les vendían
ediciones limitadas de libros impresos muy caros, pero muy bellos. El mercado
de libros no se estableció con firmeza hasta el siglo XVI, cuando los editores
habían logrado convencer a los lectores de que los libros impresos eran
asequibles e idénticos; buenos, aproximadamente.
Un factor clave para la creación y expansión del conocimiento era la
ubicación. En Los embajadores, Holbein destacaba con claridad que
el origen de su mapa político era Nüremberg, célebre por su riqueza y su
cultura y centro europeo de creación de libros, láminas e instrumentos durante
el siglo XVI. El artista Albrecht Dürer (Alberto Durero) utilizó Nüremberg como
base de operaciones comercial para el envío de sus imágenes de plantas y
animales. Aunque se burlaba de sí mismo al representar a personas llenando
hornos con ellas a paladas para venderlas en grandes volúmenes como si se
tratase de barras de pan, las láminas baratas ejercieron un efecto espectacular
en la circulación de información científica. Aunque la famosa imagen de un
rinoceronte con armadura de Durero puede parecemos ahora ridícula en un sentido
encantador, se extendió por todas partes y se reprodujo numerosas veces,
convirtiéndose en la realidad del rinoceronte para muchas personas que, como él
mismo, nunca habían visto un espécimen real.
La supremacía científica de Nüremberg se debe sobre todo a un hombre: el
astrónomo Regiomontanus (Johannes Müller). Regiomontanus se trasladó a
Nüremberg en 1471, eligiendo de forma deliberada un lugar en el que no solo se
producían instrumentos astronómicos de calidad, sino que era famoso por «la
facilidad para toda clase de comunicaciones con personas ilustradas que
vivieran en cualquier lugar, pues esta ciudad se veía como el centro de Europa
a causa de los viajes de los comerciantes»[19]. Esta
posición comercial de primer orden contribuyó a convencer a un hombre de
negocios local para que invirtiese en la nueva imprenta de Regiomontanus, que
ayudó a hacer de Nüremberg un punto de intercambio comercial desde el que
transmitir información al mundo entero mediante libros, instrumentos e imágenes
de gran calidad.
El desarrollo de la cultura no solo dependía de autores innovadores,
sino también de editores emprendedores y concienciados. La fama de
Regiomontanus es muy inferior a la de otro astrónomo centroeuropeo, Nicolás
Copérnico, el clérigo erudito que situó el Sol, en lugar de la Tierra, en el
centro del Universo. Y sin embargo, el célebre libro de Copérnico se imprimió
en Nuremberg, y su fama se debió a las redes de edición establecidas por
Regiomontanus y sus contemporáneos. De no ser por sus iniciativas, el impacto
de los revolucionarios descubrimientos del siglo XVI habría sido muy inferior.
Las investigaciones del propio Regiomontanus fueron cruciales para el
futuro de la ciencia, porque sus obras, de gran claridad y precisión, tuvieron
un uso generalizado. Sus ideas llegaron a Copérnico cuando este era estudiante
en Bolonia, y también viajaron al Nuevo Mundo con Cristóbal Colón, que buscaba
la ruta de las especias hacia las Indias Orientales. Aunque Colón sostenía
obstinadamente que había alcanzado su destino original, su viaje comercial a
través del Atlántico modificó de forma drástica la visión europea del mundo y
tuvo como consecuencia una colosal explosión de información.
Regiomontanus inició los cambios en astronomía enfrentándose a Ptolomeo,
que seguía siendo la principal autoridad Aunque por entonces su obra ya contaba
más de mil años. Regiomontanus no solo ofreció una mejor traducción del Almagesto de
Ptolomeo, sino que criticó sus ideas, produjo nuevas mediciones astronómicas y
modificó de forma influyente y significativa los puntos de vista de la época al
insistir en que las teorías debían ajustarse a las observaciones. Para ello,
Regiomontanus efectuó una meticulosa comprobación de sus pruebas. Las tablas
manuscritas de mediciones antiguas estaban plagadas de errores, debidos en
muchos casos a repetidas copias defectuosas, y en otros a datos de baja calidad
o inventados, el equivalente numérico del rinoceronte de Durero. Regiomontanus
hizo posible la reforma de las teorías al proporcionar mediciones astronómicas
libres de error.
Con su contribución a la expansión de las redes de comercio
internacionales, Regiomontanus facilitó la expansión de libros, instrumentos y
conocimientos, que se extendieron por todo el mundo junto con productos como
sedas, cobre o animales exóticos. Una de las primeras consecuencias de este
comercio fue la mejora de los datos geográficos. Del mismo modo que Colón había
empleado los datos astronómicos de Regiomontanus, los comerciantes aprovecharon
los perfeccionamientos en la fabricación de instrumentos y en las técnicas de
impresión para aventurarse a navegar más lejos y con mayor seguridad. El globo
terráqueo de Nüremberg que aparece en la pintura de Holbein —elaborado por uno
de los discípulos de Regiomontanus— incorpora detalles cartográficos sustraídos
de los portugueses, que pretendían proteger esa valiosa información. Armados
con nuevos equipos de medición, los navegantes trazaron mapas más precisos de
los océanos y de las líneas de costa, aunque las masas continentales siguieron
estando mayoritariamente vacías. Con la expansión del comercio internacional,
los comerciantes exigieron (y lograron) datos cada vez más detallados y
fiables, no solo de las dimensiones del mundo, sino también de los patrones de
vientos, las corrientes marinas y las influencias magnéticas.
La información, las materias primas y los productos manufacturados
recorrían el mundo en todas direcciones, cambiándolo para siempre. Las
influencias eran bidireccionales. Los europeos marcaron de forma indeleble los
territorios que colonizaban, pero sus países de origen también sufrieron
cambios permanentes. El Nuevo Mundo trajo a Europa nuevos cultivos como las
patatas, las alubias y los tomates; a su vez, América no solo recibió cebollas,
coles y lechugas de Europa, sino también medicinas, sandías y arroz traídos por
los esclavos africanos. Los mercaderes y misioneros que sobrevivieron en
ultramar fueron los que, prudentemente, adaptaron sus costumbres, aprendiendo
de los guías locales qué alimentos podían comer y qué ropas llevar. Cuando los
viajeros regresaban a casa traían con ellos esta información, de modo que la
botánica, la agricultura y la medicina europeas sacaron provecho de la
experiencia de personas a las que se solía considerar inferiores.
Los asiáticos, los africanos y los americanos se beneficiaron de los
inesperados encuentros con europeos para ampliar sus propias economías mediante
el suministro de comida y productos medicinales, telas y materiales de
construcción. Cuando se dieron cuenta de que el mundo que les era tan familiar
resultaba exótico para sus intrusos visitantes, ofrecieron a estos plantas y
animales cuya principal función era causar asombro; el rinoceronte pintado por
Durero —según él, del natural— había sido un regalo diplomático a Portugal de
un gobernante hindú. Los comerciantes más emprendedores establecieron enseguida
un próspero mercado internacional de curiosidades naturales, y persuadieron a
los aristócratas europeos para que exhibieran estas costosas maravillas de la
naturaleza junto a sus prestigiosas estatuas y pinturas. La moda de coleccionar
animales, plantas y minerales exóticos se inició en las cortes italianas y
luego se extendió por Europa, incluidas las residencias privadas. A mediados
del siglo XVII, el mercado de curiosidades había alcanzado tal magnitud que el
cronista John Evelyn escribió, tras una visita a una tienda de recuerdos de
París llamada El arca de Noé, que la tienda vendía «toda clase de
curiosidades naturales o artificiales, indias o europeas, de lujo o de uso
cotidiano, como vitrinas, conchas, marfil, porcelana, peces, insectos y aves
disecadas, cuadros y un millar de otras exóticas extravagancias»[20].
El comercio mundial estimuló un resurgimiento de la historia natural
cuyo origen no fueron las universidades, sino las cortes, las sociedades
privadas y las colecciones personales. En las cortes, los príncipes y
aristócratas ofrecían su mecenazgo mediante el soporte financiero a los
estudiosos que se relacionaban con los nobles ilustrados y comentaban sus
últimas importaciones. En las ciudades, médicos y profesores exponían sus
propias colecciones en museos privados, que se convirtieron en lugares de visita
obligada para los turistas privilegiados, que luego comentaban sus experiencias
entre grupos de eruditos.
Figura 13. El museo de Ferrante Imperato en Nápoles, 1599. Ferrante
Imperato, Dell’historia naturale (ed. de 1672).
En la Figura 13 aparece Ferrante Imperato, un influyente boticario,
experimentador químico y experto en fósiles napolitano, mostrando sus
espectaculares especímenes a unos visitantes distinguidos. En busca de ocio
intelectual, se habían reunido en ese lugar para contemplar lo que se solía
denominar un teatro de la naturaleza, una metáfora que llevaba
implícita la intervención de Dios como supremo director de escena.
En la escena se ilustra una nueva forma de estudiar: a través de la
conversación, en lugar de en clases magistrales. En las universidades, los
profesores solían impartir conocimientos clásicos de autoridades firmemente
establecidas, y lo que se esperaba de los estudiantes era que absorbieran la
información, no que la desafiaran. Pero en las sociedades y en los museos,
eruditos y aristócratas comentaban las cuestiones entre sí y llegaban a sus
propias conclusiones, aprendiendo unos de otros tanto como de los especímenes
naturales en sí. Los naturalistas recorrían Europa visitando a otros
coleccionistas e incorporando también los datos reunidos por expertos indígenas
en todo el mundo.
A pesar de este cambio de enfoque, al principio la historia natural
clásica experimentó más una expansión que una revolución. La organización de
los especímenes de Imperato es cuidadosa, pero responde a criterios de aspecto
y origen, no a ningún esquema de clasificación abstracto. Si su cocodrilo ocupa
un lugar prominente colgado del techo no es por su significancia científica,
sino porque se trata de un ejemplar grande, singular y costoso. Los
naturalistas del Renacimiento aspiraban a describir y no a explicar, a
recopilar antes que a clasificar, a estudiar lo particular en lugar de basarse
en factores universales. En vez de volver a diseñar los antiguos catálogos de
plantas y animales, que solían tener finalidades médicas, los coleccionistas
agrupaban los nuevos especímenes en las categorías clásicas establecidas por
los griegos.
Aparte de especímenes, la información sobre los lugares distantes del
mundo se ofrecía también en forma de palabras e imágenes. El gabinete de
curiosidades de Imperato contiene lujosos libros, caras y escasas fuentes de
información sobre la naturaleza, pero cuyas ilustraciones suelen ser muy
distintas de las modernas ilustraciones científicas. Con frecuencia esto se
debía a que, igual que Durero, los artistas nunca habían visto los animales o
plantas que intentaban representar. Sin embargo, es significativo hacer notar
que a menudo los ilustradores creaban representaciones simbólicas, no
realistas. Por ejemplo, después de que un marino español trajese de
Centroamérica una receta tradicional para preparar un purgante que implicaba
moler una raíz local, su médico la dibujó en forma de flor para indicar su
importancia. A pesar de que la ilustración era errónea, los boticarios de toda
Europa empezaron a vender esta droga importada como remedio seguro, eficaz y
rentable.
Aunque se puede pensar que el realismo es el único estilo útil para la
historia natural, las imágenes antiguas de plantas suelen estar dibujadas de
forma muy esquemática. El motivo no era que los ilustradores careciesen de las
habilidades necesarias, sino que en realidad estaban representando significados
ocultos, no aspectos superficiales. Las imágenes se percibían como algo
potencialmente engañoso. El enciclopedista Plinio explicaba la historia de
Zeuxis, que representaba las uvas de una forma tan fiel que los pájaros
intentaban comérselas. Sin embargo, su rival Parrasio logró superarlo; al ver
el telón que Parrasio había pintado, Zeuxis solicitó que lo retirasen para ver
el cuadro que había detrás.
Para Aristóteles, Plinio y otros recopiladores clásicos, las imágenes
artificiales no eran adecuadas para revelar los secretos de la naturaleza, de
modo que preferían describir con palabras, no con imágenes. En todo caso los
estudiosos, que trabajaban con la cabeza, apenas tenían contacto social con los
artistas, a los que se consideraba trabajadores manuales. Los textos académicos
no contenían ilustraciones de la historia natural; estas se hallaban en los
manuscritos monásticos iluminados y en las guías prácticas para ayudar a los
médicos y sanadores a identificar plantas medicinales y preparar drogas. Los
coleccionistas seguían confiando en los herbarios preparados originalmente por
los expertos griegos —el de Dioscórides era especialmente bien considerado— y
que habían sido copiados a mano en numerosas ocasiones de una generación a la
siguiente.
El aspecto de los álbumes de historia natural cambió en el siglo XVIII,
cuando los artistas empezaron a crear grabados de gran tamaño en estilo
realista y los naturalistas acentuaron la importancia de la observación
minuciosa. Con el objetivo de superar a sus antepasados clásicos, los
coleccionistas recopilaron exhaustivos y detallados catálogos del mundo natural
de Dios. Empezaron por las plantas, de gran valor en agricultura y medicina, y
más adelante prestaron atención a los animales. La más famosa de las
enciclopedias era la de Conrad Gesner, un médico de Zurich cuya colección
personal atraía a visitantes de toda Europa. Gesner actualizó las obras
clásicas, no solo incorporando ilustraciones realistas de los animales ya
conocidos, sino también datos sobre las criaturas del Nuevo Mundo, como conejos
de Indias o zarigüeyas. Era inevitable que la fiabilidad de estos últimos no
fuera muy grande; los naturalistas afirmaban, por ejemplo, que las aves del
paraíso no podían aterrizar nunca, pero esto se debía a que los cazadores de
especímenes profesionales solían cortarles las patas antes de entregar las
pieles para su inspección.
Gesner era un humanista culto, no un biólogo moderno. Para él,
investigar significaba consultar innumerables libros para recopilar toda la
información que pudiese encontrar, y esto hacía que los detalles que ahora se
considerarían científicos —como dieta, longevidad o hábitat— se mezclasen con
fábulas y folklore. Consideremos, por ejemplo, el caso del zorro. Aparte de dar
a sus lectores información acerca de su aspecto, digestibilidad y usos
medicinales, Gesner ofrece su nombre en numerosos idiomas, además de más de
ochenta datos surtidos que halló en textos diversos, de Aristóteles en
adelante. Casi la mitad del artículo está dedicado al simbolismo del zorro.
Aunque su reputación de bestia astuta sigue estando vigente, Gesner incluye
numerosas y singulares citas y proverbios, como «el zorro no acepta sobornos».
En el apartado más desconcertante para los lectores modernos, Gesner describe a
un zorro que, sosteniendo una máscara entre sus patas, declara: «qué bella
cabeza, pero sin sensatez», un alegórico consejo para dar más valor al buen
juicio que a la belleza.
Chistes y alusiones incomprensibles hacen referencia a creencias
culturales fundamentales en la época y que ya no existen. Durante el
Renacimiento, los mitos y las máscaras estaban indisolublemente unidos a la
condición de zorro. La comprensión de un zorro (o de cualquier otra criatura)
conllevaba el conocimiento de su significado moral y sus atributos
psicológicos, además de su papel físico en el mundo natural. Este simbolismo
era razonable, porque las personas imaginaban que fuerzas ocultas imperceptibles
vinculaban a los animales, las plantas y los seres humanos en un universo
holístico y empático. El zorro parlante de Gesner indica la importancia que sus
contemporáneos atribuían a los emblemas, las imágenes simbólicas adornadas con
máximas y los versos explicativos. Mucho tiempo después de que se generalizaran
las imágenes realistas, este punto de vista simbólico seguía impregnando las
representaciones del mundo natural: las imágenes de nuevo estilo se
incorporaban en los viejos patrones de pensamiento.
Uno siempre puede decir «Si se mira en retrospectiva…», pero esa
perspectiva puede resultar engañosa. En las versiones tradicionales de la
historia de los siglos XV y XVI, Regiomontanus y Gesner se consideran ciencia,
mientras que Holbein y Durero son adscritos al arte. Estas rígidas divisiones
entre disciplinas aún no se habían creado, y estos cuatro hombres compartían la
visión común de hallar nuevas formas de explorar y representar el mundo, tanto
en imágenes como en palabras. Para rastrear la historia de la ciencia es
necesario olvidarse del presente y tratar de comprender el pasado. Para los
anti darwinistas victorianos era difícil aceptar su ascendencia animal; los
científicos modernos deberían admitir que entre sus predecesores no solo se
hallan los intelectuales universitarios, sino también los herboristas, los
navegantes, los brujos sanadores y los constructores de instrumentos.
2. Magia
Con frecuencia he admirado el misticismo de Pitágoras y la magia secreta
de los números.
Sir Thomas Browne, La religión de un médico (1643)
En 1947, el economista John Maynard Keynes asombró al mundo académico al
afirmar que «Newton no fue el primer representante de la era de la razón, sino
el último de los magos»[21]. Los
científicos se escandalizaron; se negaban a creer que el más grande de sus
héroes estuviese contaminado por una posible asociación con la astrología, la
alquimia y otras artes mágicas. Pero actualmente los historiadores están de
acuerdo con el veredicto de Keynes. Newton desarrolló, no rechazó, el trabajo
de los grandes magos que le habían precedido, y las ideas mágicas se hallan en
el mismo núcleo del conocimiento científico moderno.
Los magos del Renacimiento eran personas ilustradas con poco o nada que
ver con las posteriores parodias de hechiceros de negra capa que invocaban
poderes satánicos. Muchos de los magos eran, de hecho, hombres instruidos y
respetados que creían que las matemáticas eran la clave para entender el
universo, y cuya influencia se extendió más allá de la época de Newton. Sus
ideas y actividades condicionaron en gran medida el desarrollo futuro de la
ciencia. Comparados con los intelectuales universitarios dedicados a contemplar
las maravillas de la creación de Dios, los magos se parecían más a los modernos
científicos en su creencia de que, cuanto mejor comprendieran el mundo, mejor
podrían modificarlo y controlarlo.
La magia impregna por completo el arte, la música y la literatura del
siglo XVII. El mago más célebre de la historia en Inglaterra fue John Dee, un
matemático que había estudiado en la universidad y al que la reina Isabel I
seleccionó personalmente como consejero de asuntos navales y estrategia
política, así como para el cálculo de las fechas astrológicamente favorables
para los acontecimientos de la corte. Aunque murió en la pobreza, Dee
representaba un símbolo de poder para sus contemporáneos más jóvenes, como
William Shakespeare, que lo utilizó en La tempestad como
modelo de Próspero, el mago que se inmiscuye en la naturaleza al montar un
naufragio ficticio en una isla invadida por una etérea música.
Gracias a una «auspiciosa estrella» astrológicamente favorable, Próspero
se encuentra en el punto álgido de sus poderes cuando organiza los
acontecimientos en su reino marino, un teatro de la naturaleza en miniatura que
permite al público contemplar el cosmos mágico. Próspero transforma a sus
náufragos cautivos ordenando a Ariel, un espíritu angélico, que actúe de
mediador entre los distintos reinos. Ariel, al ser una inteligencia inmortal,
puede actuar sobre los cuatro elementos aristotélicos —tierra y agua, pero
también aire y fuego—, mientras que los poderes humanos de Próspero son
limitados. En su evocación poética de la transformación, Ariel describe cómo un
ahogado cambia físicamente al estado superior de perlas y coral, mientras que,
al mismo tiempo, su alma se purifica espiritualmente y se acerca a Dios, el
gran Mago del cosmos:
Yace tu padre en el fondo
y sus huesos son coral.
Ahora perlas son sus ojos;
nada en él se deshará,
pues el mar le cambia todo
en un bien maravilloso.
Ninfas por él doblarán.
Coro: Din, don.[22]
El nombre de Ariel ya había aparecido en el texto de magia estándar de
los tiempos isabelinos, Filosofía oculta de Henry Agrippa (publicada en primera
edición en 1533, en latín). La magia de Agrippa no solo aparecía en grandes
obras de la literatura, sino que se incorporaba en los modelos científicos del
Universo. Agrippa fue un mago ambulante y diplomático alemán que estudió por
toda Europa a principios del siglo XVI, y su importancia no se debe a la
originalidad de sus ideas, sino a su síntesis de los primeros desarrollos
efectuados en Europa a partir de la herencia griega y árabe.
La fuente de información más importante para Agrippa fue Hermes
Trismegisto, amalgama ficticia de varios sacerdotes egipcios y supuesto autor
de innumerables y variados manuscritos griegos y árabes (algunos de los cuales
se hallaban entre las lecturas favoritas de Newton). Aunque no fue una persona
real, Hermes Trismegisto no era ningún enigmático charlatán, sino una figura
clave en la cultura del Renacimiento, de quien se suponía que había sido
elegido para recibir la sabiduría de Dios en el principio de la historia
humana. A fines del siglo XV, Hermes Trismegisto había quedado absorbido en la
perspectiva religiosa del Renacimiento. Su retrato se halla de forma prominente
en el suelo de mosaico de la catedral de Siena, con un turbante puntiagudo y
flanqueado por sibilas griegas que profetizan la llegada de Cristo. En la
catedral de Florencia, un canónigo de nombre Marsilio Ficino tradujo sus
supuestos escritos, que un monje que recopilaba manuscritos para los Médicis
había agrupado de forma aleatoria. Ficino, un estudioso y devoto católico,
interpretó la incoherente mezcla de textos herméticos que había heredado como
antiguas revelaciones egipcias que pronosticaban los hechos históricos del
cristianismo. Ficino estudió también las obras de Platón y de los escritores
griegos que acababan de llegar del imperio islámico, y creó una combinación de
estas dispares fuentes para producir su propia versión del neoplatonismo
renacentista —un cóctel filosófico de ideas platónicas, cristianas y mágicas—.
La otra influencia fundamental en la magia de Agrippa fue el cabalismo,
una tradición judía cuyos orígenes, según se contaba, se remontaban al mismo
Moisés, y que Pico della Mirandola, uno de los colegas neoplatónicos de Ficino,
había traído a Florencia desde España. Igual que Ficino, Pico estaba fascinado
por las creencias herméticas, pero para él también el pensamiento judío residía
en el núcleo del ocultismo renacentista. A diferencia de la magia natural de
Ficino, la magia cabalística de Pico aspiraba a sacar provecho de poderes
espirituales superiores y permitía al mago acceder a Dios mediante la
comunicación con Sus ángeles. Pico cristianizó la cábala, imaginando su propia
alma ascendiendo hacia Dios a través de una escalera cósmico-teológica cuyos escalones
vinculaban las esferas aristotélicas con los arcángeles hebraicos.
El hermetismo y el cabalismo pueden parecer extravagantes en la
actualidad, pero recorrieron una larga historia. Se basaban en sólidos
cimientos filosóficos y, reinterpretadas por los intelectuales renacentistas,
contribuyeron a las ideas neoplatónicas, que ejercieron un impacto fundamental
en el desarrollo de la ciencia. Ficino y Pico murieron a finales del siglo XV,
pero el neoplatonismo sobrevivió durante dos siglos más y quedó imbricado en el
pensamiento científico. Por ejemplo, a Copérnico se le considera uno de los
padres fundadores de la ciencia por dos innovaciones fundamentales: situar el
Sol en el centro del Universo y sostener un punto de vista matemático del
cosmos. Ambos conceptos eran ideales neoplatónicos. Igual que Hermes
Trismegisto, Copérnico consideraba que el Sol no era más que Dios hecho
visible, y reintrodujo las cosmologías geométricas de Platón y Pitágoras que
los magos habían resucitado.
Los magos como Agrippa combinaron estas ideas herméticas y cabalísticas
e incorporaron el pensamiento neoplatónico para obtener como resultado un
cosmos aristotélico revisado con asociaciones zodiacales. Explicaron que la
virtud de Dios se transmite desde los ángeles en el reino exterior, pasando por
las estrellas y el cielo hasta llegar al mundo de los elementos inferior.
Mientras que los practicantes de la magia negra trataban con diablos y
controlaban fuerzas malignas y satánicas, los magos serios utilizaban las
influencias benignas naturales y buscaban tanto el crecimiento espiritual como
la prosperidad material. Como decía el propio Ficino, igual que los granjeros
labran sus campos según el tiempo que haga, del mismo modo los magos son
agricultores cósmicos que llegan a sus resultados adaptándose a las fuerzas
superiores. Al distinguir entre la magia natural y la magia negra, Agrippa
calmó las críticas de los católicos, que denunciaban a los magos por aprobar
ritos paganos y confiar en espíritus diabólicos. Sin embargo, seguían acusando
a los magos naturales de pecar de soberbia por atribuirse el papel de Dios, al
aspirar a dominar los poderes ocultos de la Naturaleza y modificar de forma
activa el Universo en lugar de admirar pasivamente Su omnipotencia.
Los magos naturales de la escuela de Agrippa compartían con los
científicos modernos la meta de controlar el Universo mediante la intervención
directa en él. Los principiantes empezaban aprendiendo la forma de alterar el
mundo físico mediante la invocación de afinidades innatas e influencias
planetarias. Para ello debían enfrentarse a un complicado proceso de
aprendizaje. Por ejemplo, Leo es una constelación solar, y los gallos cantan al
amanecer; jerárquicamente, el Sol es superior a ambas bestias, pero los gallos
son más poderosos que los leones porque el aire es un elemento superior a la
tierra. Mediante asociaciones astrales, los magos naturales adivinaban el
futuro y preparaban filtros de amor, conjuros y medicinas, algunas de las
cuales eran muy eficaces; por ello, las personas estaban dispuestas a pagarles
por su ayuda. Cuando los magos recomendaban a sus estudiantes que la protección
contra la depresión consistía en contrarrestar la influencia melancólica de
Saturno con oro del Sol y flores de Venus, estaban en realidad ofreciendo el
sensato consejo de salir a pasear por el campo en un día soleado. Los magos más
avanzados hacían mucho hincapié en las manipulaciones matemáticas; el dominio
del simbolismo numérico les permitía obtener poderes celestiales de las
estrellas y los planetas. En el nivel superior, un mago «con todas las de la
ley» oficiaba ceremonias religiosas para poderse comunicar con los espíritus
angélicos de la esfera intelectual.
La magia estaba dotada de aspectos teóricos y prácticos, lo que la hacía
atractiva tanto para caballeros cultos como para boticarios, herboristas y
artesanos que ya estaban acostumbrados a la manipulación de instrumentos y la
preparación de pociones. Igual que la ciencia moderna, la magia conllevaba la
combinación de destreza intelectual y manual. Los adeptos eruditos como Agrippa
escribían en latín para lectores cultivados, mientras que, en el otro extremo
de la escala social, los artesanos utilizaban el boca-oreja o manuales en
código para trasmitir sus conocimientos. Con la generalización de la edición de
libros y de la alfabetización a principios del siglo XVI, los artesanos y los
académicos empezaron a intercambiar recetas secretas que habían desarrollado a
lo largo de cientos de años. Los conocimientos especializados de los magos
tenían valor comercial, y —principalmente en las cortes alemanas— ricos mecenas
contrataban a consejeros para que les ayudasen a obtener más beneficios de sus
minas o a mejorar sus técnicas de fabricación.
Esta experiencia práctica quedaba excluida de los planes de estudio
convencionales de las universidades, pero algunos intelectuales decidieron
optar por el progreso, dando la espalda a las instituciones tradicionales y
adoptando la magia. En la primera mitad del siglo XVI es necesario destacar a
un revolucionario que ejerció una gran influencia; se trata del contemporáneo
de Agrippa Theophrastus von Hohenheim, qué se hacía llamar Paracelso («contra
Celso», un médico romano) para manifestar su rechazo del pasado clásico.
Este hombre áspero y arrogante parecía buscar la oposición. Paracelso
proclamaba que el conocimiento debía estar disponible para todos, y logró
escandalizar a las autoridades universitarias al llevar un delantal de cuero y
hablar en alemán en su clase inaugural. Como Agrippa, Paracelso recorrió Europa
enseñando y estudiando, pero se jactaba de que, en lugar de hablar con sabios y
eruditos, prefería aprender de vagabundos, ancianas y barberos.
La influencia de Paracelso fue extraordinariamente mayor que la de
muchos de sus convencionales contemporáneos. Sus conferencias públicas fuera de
las universidades, en ciudades pequeñas y pueblos, contribuyeron a la extensión
de sus ideas, que fueron adoptadas por muchos hombres y mujeres con escasa
educación formal, primero en los países germánicos y, más adelante, en otros
países. Paracelso reformó la medicina y la acercó a la química; sostenía que,
mediante sus técnicas mágicas, podía preparar super medicamentos partiendo
de materiales ordinarios. También resucitó la magia hermética, afirmando que
cada ser humano es una versión condensada de todo el Universo, un microcosmos del macrocosmos.
Paracelso, fervoroso cristiano, declaraba que los terapeutas devotos podían
descifrar las correspondencias entre los seres humanos y el cosmos, y era
partidario de la doctrina de las signaturas, según la cual los símbolos de la
naturaleza revelan qué drogas son eficaces para los órganos relacionados, como
flores amarillas para el hígado u orquídeas para los testículos. Cuando
Shakespeare escribió Sueño de una noche de verano, sabía que su
público entendería que una flor «ahora púrpura por la herida del amor» podía
hacer que Titania se obsesionase mágicamente por Canilla.[23]
Esta insistencia en la búsqueda de terapias específicas para enfrentarse
a enfermedades concretas era radicalmente distinta a los intentos aristotélicos
de recuperar el equilibrio de los humores internos del individuo. Se parecía
más bien a las ideas modernas de que los agentes externos —bacterias, virus—
atacan distintas partes del cuerpo. Y sin embargo, a pesar del éxito de las
curas de Paracelso, la élite médica despreciaba a este sujeto grandilocuente
que pretendía acabar con siglos de aprendizaje. Los intereses financieros
tenían también su papel: los médicos podían perder sus pacientes si permitían
que Paracelso minase su prestigio de expertos, y el decano de una universidad
en concreto puso freno a la recomendación de Paracelso de utilizar mercurio para
el tratamiento de la sífilis porque suponía una amenaza para los beneficios
obtenidos de la elaboración de remedios a base de hierbas importadas. Sin
embargo, a pesar de que los médicos ilustrados arrastraron su nombre por el
lodo, Paracelso ejerció una tremenda influencia en los campos del tratamiento y
la formación, ya que los aristócratas ricos —incluida Isabel I de Inglaterra y
Enrique IV de Francia— contrataban a terapeutas de la escuela de Paracelso como
complemento a sus consejeros médicos oficiales. Los médicos reales asimilaron y
adaptaron las ideas de Paracelso, de modo que, a pesar de la pérdida de
credibilidad de sus teorías, sus remedios químicos se incorporaron a la
medicina convencional.
Estas nuevas ideas surgidas en el continente llegaron también a
Inglaterra, donde residía el gran mago John Dee. En la época en que solo era un
estudiante en la Universidad de Cambridge, Dee devoraba los textos acerca de la
magia de Paracelso y de Agrippa. Aunque luego rechazó el sistema universitario,
Dee se convirtió en el matemático más notable de Inglaterra en la época
isabelina, y trabajó en el estudio de las estrellas para una navegación más
segura, para el cálculo de las festividades cristianas y para el pronóstico de
fechas auspiciosas. Dee fue un mago en todos los sentidos, y se jactaba de que
se comunicaba con los ángeles, al tiempo que se lamentaba de ser injustamente
vilipendiado como «compañero de los sabuesos del infierno, invocador y hechicero
de los espíritus maléficos»[24].
Para Dee, las matemáticas y la magia no eran contradictorias, sino
complementarias. Por ejemplo, sostenía que los arquitectos debían construir sus
edificios en armonía cósmica; para ello, debían calcular sus proporciones de
forma que se ajustasen a las dimensiones humanas (de forma similar al famoso
dibujo de Leonardo en el que se representa a un hombre inscrito en un círculo y
un cuadrado). Dee adoptó pronto las ideas de Copérnico, y calculó los
movimientos de la Tierra alrededor del Sol, pero también proclamó su creencia
en un Universo jerárquico y mágico, unido por poderes ocultos. Con el mecenazgo
de la reina y el respeto de toda Europa por sus habilidades matemáticas, Dee se
convirtió en un aspirante a mago que gastaba gran cantidad de dinero en la compra
de instrumentos, contratar ayudantes y —como Próspero— crear una impresionante
biblioteca de varios miles de volúmenes, la mayor de Inglaterra. Puesto que las
universidades seguían empleando el plan de estudios clásico tradicional y
la Royal Society aún no se había fundado, la casa de Dee se
convirtió en el mayor centro de investigación experimental del país.
Lejos de dejarse engullir por un misticismo pasado de moda, Dee fue el
precursor de la ciencia moderna. El impacto inmediato de sus obras era mayor
que el de los debates teóricos de los sedentarios académicos, porque estaba
interesado por los problemas prácticos, como la elevación de pesos, la
prospección y el diseño de instrumentos ópticos. Como neoplatónico, Dee creía
que las matemáticas eran esenciales para la comprensión del cosmos. Para él,
los números y las formas conllevaban, además del significado científico, uno
religioso, y los concebía como entes abstractos que mediaban entre el mundo
físico y material y el reino de los ángeles. Dee, escribiendo en latín para sus
iguales y en inglés para alcanzar a los hombres prácticos, explicó por qué los
números eran esenciales, no solo para el seguimiento de las estrellas, sino
también para actividades más mundanas como la planificación de tácticas
militares, la toma de decisiones legales y la fabricación de poleas, mapas o
relojes.
Dee llevó a cabo su labor fuera de las universidades y combinó la
investigación teórica con el trabajo de laboratorio y el desarrollo de
aplicaciones prácticas, características todas ellas de la ciencia moderna. Fue
también pionero de un nuevo estilo de vida científico para los caballeros, ya
que ganaba dinero trabajando en su propia casa. Los eruditos ingleses de la
época eran mayoritariamente hombres solteros recluidos en monasterios o
universidades, e incluso los magos del continente europeo evitaban casarse para
mantener la pureza de su alma. Dee acabó con todas esas convenciones: vivía en
su casa, estaba casado y ganaba el sustento de su familia con sus
investigaciones científicas. Dee y su esposa Jane Fromond, que había sido dama
de honor de Isabel I, se vieron obligados a negociar una serie de directrices
para este nuevo tipo experimental de asociación. Las líneas de autoridad no
estaban perfectamente delimitadas. Él trabajaba en el territorio doméstico
tradicional de la mujer, mientras que las tareas de ella incluían también
atender a los ayudantes de Dee que vivían en la casa y recibir a sus huéspedes
académicos. Como es lógico, cuando el dinero escaseaba, los dos solían discutir
acerca de la necesidad de comprar tantos costosos libros e instrumentos, por no
hablar de los sueldos de los aprendices que, cada vez en mayor medida,
dominaban la vida familiar. Durante los dos siglos posteriores, este tipo de
colaboración doméstica se hizo más habitual entre los científicos
emprendedores, que convertían sus casas en talleres, escuelas y centros de
investigación. No fue hasta la época victoriana que los científicos empezaron a
trabajar de forma regular en grandes laboratorios colectivos adscritos a
universidades y fábricas. Antes, la ciencia solía ser una actividad casera en
la que se implicaba a menudo toda la familia. La ciencia moderna no surge
únicamente de las universidades, sino también de las actividades cotidianas, la
artesanía y las prácticas mágicas. En el final de La tempestad,
Próspero renuncia a sus poderes especiales, pero no antes de que sus hechizos
hayan transformado a los habitantes de la isla de forma permanente. Asimismo,
aunque John Dee y otros grandes magos fueron denunciados posteriormente como
charlatanes, su influencia se mantuvo. Los magos y los artesanos enseñaron a
los filósofos naturales a utilizar sus manos al mismo tiempo que sus cabezas;
si aspiraban a controlar el mundo, debían abandonar sus aislados estudios y
entrar en contacto con la realidad física.
3. Astronomía
ANDREA: ¡Desventurado el país que carece de héroes!
GALILEO: No: desventurado el país que los necesita.
Bertolt Brecht, Vida de Galileo (1939)
En 1939, el dramaturgo alemán Bertolt Brecht mostró su desaprobación por
la política de los nazis mediante una obra de teatro sobre el heroico
comportamiento de Galileo durante su proceso por la Inquisición católica. Para
construir su paralelismo político, Brecht recurrió al atractivo mito de una
prolongada guerra entre los revolucionarios científicos, —Nicolás Copérnico,
Johannes Kepler, Galileo Galilei—, y los fanáticos religiosos para colocar el
Sol en el centro del Universo. Los científicos de la era victoriana describían
a estos hombres como mártires de la razón que se sacrificaban para mantener
encendida la llama de la verdad, una imagen de confrontación entre ciencia y
religión que sigue teniendo éxito. Sin embargo, al mirar desde su propio punto
de vista, los tres hombres eran profundamente religiosos, y estaban más
preocupados por sus propias vidas que por abrir nuevos caminos hacia el futuro.
Brecht podría haber basado su ficción en otro de estos tres héroes
astronómicos; por ejemplo Copérnico, con el que el público alemán estaba más
familiarizado en aquellos tiempos, pero que también era más polémico, por el
viejo debate entre los chovinistas alemanes y polacos, cada grupo reclamándolo
para sí. Esta rivalidad alcanzó su punto álgido en 1943, el cuatrocientos
aniversario de la publicación de su cosmología Sobre el movimiento de
las esferas celestiales, en la que el Sol se hallaba en el centro.
Figura 14. Un Copérnico polaco. Miniatura coloreada por Arthur Szyk (1942).
Después de que el régimen nazi pusiera en circulación sellos en los que
aparecía Copérnico con un marco de esvásticas, los exiliados polacos en Nueva
York contraatacaron con su propia campaña de propaganda: encargaron al artista
Arthur Szyk que produjera una imagen conmemorativa de Copérnico como su héroe
nacional (Figura 14).
La deslumbrante imagen, cargada de símbolos polacos (los colores
nacionales —blanco y rojo—, el águila real, el escudo de armas de la
Universidad de Cracovia), idolatra a Copérnico, pero distorsiona su relevancia
científica. Aunque tuvo un trabajo oficial en la Iglesia, este Copérnico lleva
una cadena de académico y un gorro ribeteado de piel, y sostiene un compás, que
simboliza de forma convencional a los astrónomos. La linterna implica sus
grandes dotes de observador, cuando en realidad Copérnico era un teórico cuyas
ideas procedían de los textos antiguos, no de las estrellas. Los lemas en latín
y en polaco llevan a creer falsamente que Copérnico triunfó de la noche a la
mañana. La realidad es que, incluso cincuenta años más tarde, el número de
conversos era reducido, y la «revolución copernicana» fue en realidad un
proceso prolongado en el que participaron muchas personas. El diagrama
planetario lleva como cabecera «Copérnico murió, pero nació la ciencia», a
pesar de que —igual que Newton y otros innovadores célebres—, Copérnico había
resucitado la sabiduría antigua para crear nuevos conocimientos.
Copérnico, lejos de ser un erudito prominente, era en realidad un oscuro
administrador eclesiástico al que protegía su acaudalado tío. Después de
estudiar en la Universidad de Cracovia, remota pero famosa en el campo de la
astronomía, Copérnico dio clases en Italia, en donde conoció el legado
neoplatónico de Ficino, así como las precisas observaciones de Regiomontanus y
sus discípulos. Copérnico era principalmente un intelectual de escritorio, con
el corazón anclado en el pasado. Con una sólida formación clásica, utilizaba
técnicas tradicionales de la retórica y escribía a favor (no en contra) de sus
colegas de la Iglesia.
Copérnico buscaba el orden. Como Ficino y Pico, Copérnico creía en un
Universo armonioso y matemáticamente estructurado, y dedicó su neoplatónico
espíritu al problema práctico de mejorar los pronósticos de las estrellas. Los
astrónomos pretendían hallar mejores formas de mantener la precisión de sus
calendarios y de efectuar diagnósticos médicos, pero vieron que el sistema de
Ptolomeo (véase «Cosmos» en el capítulo 1) era complicado y a veces no se
ajustaba a las observaciones. Para Copérnico había también otro problema igual
de serio: los epiciclos de Ptolomeo no le complacían estéticamente. Copérnico
resolvió muchas de estas dificultades situando el Sol cerca del centro de los
planetas que giran (aunque no exactamente en el centro). De esta forma satisfacía
su neoplatonismo ofreciendo al Sol la posición más importante, al tiempo que
conservaba las órbitas perfectamente circulares. Con la eliminación de los
farragosos rodeos que daba Ptolomeo, pudo colocar los planetas en el mismo
orden que el tiempo que tardaban en completar sus órbitas. Y algo que era de
especial importancia para los astrónomos prácticos: Copérnico demostró que su
modelo era tan eficaz como el de Ptolomeo para efectuar predicciones.
Según la propaganda científica, el libro de Ptolomeo fue transcendental,
pero la verdad es que en su época no hubo grandes manifestaciones de protesta.
Aunque el libro estaba dedicado al papa, Su Santidad no hizo demasiado caso de
este complicado libro cuyo autor era un funcionario polaco. El peligro del
universo heliocéntrico no era que contradijese la Biblia —una objeción que
surgiría más adelante—, sino que contravenía el sentido común y la física de
Aristóteles, con su distinción fundamental entre el reino terrestre, caótico y
corrupto, y la perfección inmutable de los cielos.
En aquellos momentos los astrónomos no pusieron demasiadas objeciones al
modelo de Copérnico, porque para ellos era simplemente eso: un modelo de
cálculo de las posiciones de los planetas, no una descripción de cómo era
realmente el Universo. Y sin embargo, Copérnico había logrado introducir de
forma oculta una nueva forma de definir el ámbito del trabajo de los
astrónomos, porque sugería discretamente la posibilidad de que tuviesen en
cuenta no solo la utilidad de sus esquemas cosmológicos, sino también si se
ajustaban a la realidad. Oculto tras un velo retórico de falsa ingenuidad,
Copérnico se disculpaba por el uso de técnicas desarrolladas por matemáticos a
fin de dar respuesta a cuestiones acerca de la realidad que anteriormente
estaban reservadas a sus superiores intelectuales, los filósofos naturales. La
unión de los matemáticos y los filósofos naturales supuso una diferencia
fundamental, que implicó tanto cambios sociales como intelectuales. Pasarían
más de cien años antes de que Newton combinase ambos puntos de vista en su
libro sobre la gravedad, convirtiendo la astronomía en una ciencia matemática
cuya finalidad era tanto describir el cosmos como explicarlo.
Tradicionalmente, los astrónomos trabajaban en dos lugares
independientes. En las universidades, la astronomía —como la aritmética y la
geometría— pertenecía al quadrivium medieval; adoptando un
punto de vista matemático, los profesores se centraban en enseñar a los
estudiantes a calcular predicciones precisas; la búsqueda de la verdad caía
fuera de sus atribuciones. Fuera de los círculos académicos, las ciudades albergaban
una gran variedad de astrónomos astrológicos, así como artesanos que, como
Regiomontanus, se dedicaban a fabricar instrumentos e imprimir tablas. Tras las
innovaciones de Copérnico, una nueva forma de astronomía surgió en un tercer
escenario: las cortes reales. Con el apoyo de adinerados príncipes, nobles
ilustrados construían costosos instrumentos con los que no solo efectuaban
cálculos, sino que descubrían el funcionamiento del Universo. A cambio, sus
mecenas reales obtenían prestigio. Los observatorios de los aristócratas, que
actuaban como complemento a sus museos repletos de curiosidades de alto precio,
servían de escaparate de las riquezas invertidas en actividades intelectuales.
El más importante de estos astrónomos cortesanos de nuevo cuño fue Tycho
Brahe, un noble danés que consiguió irritar a sus padres al empeñarse en
estudiar astronomía, algo destinado a las clases bajas, y luego abandonar por
completo el sistema universitario. Tycho logró finalmente obtener una
subvención del rey para construir un enorme observatorio en la isla de Hven
(que ahora es un centro del patrimonio nacional danés en territorio sueco). Con
el dinero del rey, Tycho logró unir las mediciones y la teoría con el objetivo
de hallar la verdadera estructura del cosmos.
Actuando como el señor feudal de su isleño territorio, ejercía de
gobernador de su séquito de matemáticos, hacía construir instrumentos e incluso
instaló su propia imprenta para distribuir sus resultados.
Figura 15. Cuadrante mural de Tycho Brahe. Tycho Brahe, Astronomicce
instauraticce mechanica (1587).
En la década de 1590, medio siglo después de la muerte de Copérnico,
Tycho había recopilado una impresionante cantidad de datos de gran precisión, y
también había desarrollado sus propias ideas sobre la estructura del Universo.
A diferencia del académico Copérnico, Tycho diseñaba, probaba y
modificaba con frecuencia sus propios instrumentos. En la Figura 15 se muestra
su cuadrante gigante, un cuarto de arco de circunferencia de latón de unos dos
metros de altura empotrado en la pared, que utilizaba para medir la posición
exacta de una estrella en el momento en que pasaba por el pequeño visor de la
parte superior izquierda. Casi toda esta imagen es, en sí, un cuadro: Tycho y
su perro durmiente forman parte de un mural pintado dentro del propio
cuadrante. Detrás de su brazo extendido se pueden ver emblemáticas
ilustraciones de los tres pisos de su observatorio, cada uno de ellos
flanqueado por arcos triunfales: la azotea, para efectuar observaciones
nocturnas, la biblioteca, con su inmenso globo celeste, y el sótano, dedicado a
llevar a cabo experimentos (como las pruebas alquímicas destinadas a hallar la
mejor aleación para sustituir la punta de su nariz, que había sido cercenada en
un duelo). El observador real es visible a la derecha, advirtiendo a sus
asistentes para coordinar las mediciones de tiempo y posición de una estrella
móvil.
Al tiempo que se enfrentaba a los problemas técnicos, Tycho luchaba
también con un dilema teórico. Parecía obvio para él que la Biblia apoya la
suposición aristotélica, de sentido común, de que la Tierra permanece
estacionaria. ¿Cómo era posible conservar la agradable armonía del sistema
copernicano y al mismo tiempo devolver la Tierra al centro del cosmos? Tycho
acabó hallando una retorcida solución. Según él, el Sol y la Luna giran
alrededor de la Tierra, y el resto de planetas giran alrededor del Sol. Por
extraña que pueda parecer esta solución, explicaba muchas observaciones de
forma tan satisfactoria como los sistemas de Copérnico o de Ptolomeo. Desde un
punto de vista funcional, no era fácil optar por uno de ellos; a finales del
siglo XVI, los tres modelos coexistían, y cada uno de ellos tenía su propio y
ruidoso grupo de partidarios.
Tycho y otros beneficiarios de apoyos reales descubrieron que se trataba
de una situación provechosa pero arriesgada. Cuando sus mecenas reales
perdieron interés, Tycho se vio obligado a abandonar Hven, pero encontró un
nuevo patrón: el emperador, en Praga. Tras la muerte de Tycho en 1601 (al
parecer debido a su negativa a vaciar la vejiga durante un banquete imperial),
le sucedió su ayudante Johannes Kepler, un astrólogo y antiguo profesor
universitario venido a menos que, como Copérnico y los neoplatónicos, creía en
un cosmos geométrico con el Sol en el centro. Kepler heredó los precisos datos
de Tycho y pudo beneficiarse de la mayor libertad intelectual de la corte en
comparación con el sistema académico, y esto le permitió acercar la astronomía
y la realidad al demostrar que las observaciones del danés se correspondían con
órbitas planetarias elípticas, no circulares. Esta conclusión aparentemente
científica le vino inspirada de un modo que ahora nos parecería realmente
extraño: Kepler tuvo una visión de un cosmos musical, estructurado según las
formas geométricas perfectas de Dios y cohesionado por poderes magnéticos
ocultos.
En el armonioso esquema de Kepler, Dios había espaciado las esferas
planetarias de modo que entre ellas pudieran situarse los sólidos platónicos.
Figura 16. Esquema de esferas planetarias anidadas y sólidos perfectos de
Kepler. Johannes Kepler, Mysterium cosmographicutn (1596).
En la Figura 16se muestra su dibujo, en una hoja de papel tan grande que
tuvo que plegarla para que cupiese en su libro. La esfera exterior de Saturno
está separada de su vecina (Júpiter) por un cubo; más hacia el interior, una
pirámide se halla entre Júpiter y Marte; otras formas definen las órbitas de la
Tierra, Venus y Mercurio alrededor del Sol. Provocando la ira de los católicos,
Kepler identificó el Sol central con Dios Padre, la esfera estacionaria externa
con Dios Hijo y el espacio entre ambas con Dios Espíritu Santo. También hizo
que su modelo filosófico fuese atractivo desde un punto de vista estético: sus
dimensiones correspondían a las mediciones de distancias de las que disponía y,
cuanto más alejado estuviese un planeta del Sol, más tiempo tardaba en recorrer
su órbita.
Al presentar su nueva visión del Universo, Kepler decidió que su armonía
divina tenía también una influencia física: la del propio Sol, que debía
afectar al movimiento de los planetas. Empezó por abordar el problema del dios
de la guerra en la astrología, Marte. La órbita de este planeta se desviaba
claramente de la perfección del círculo, y esta discrepancia quedaba mucho más
clara con la exactitud de los datos de Tycho. Kepler obtuvo ayuda de un experto
contemporáneo, el médico inglés William Gilbert. En 1600, Gilbert, que se
oponía al modo en que los aristotélicos concebían la Tierra como inferior al
resto del Universo, declaró —citando a Hermes Trismegisto— que todo el Universo
es un ser animado con un alma magnética. Kepler utilizó las ideas de Gilbert
para imaginar el Sol como un gigantesco imán que atrae y repele a los planetas
para controlar sus recorridos por el firmamento. La influencia de esta
cosmología fue tan grande que, cuando Newton empezó a investigar los cometas
setenta años más tarde, pensó que su movimiento se debía al magnetismo.
Después de muchos y tortuosos cálculos y de numerosos callejones sin
salida, Kepler demostró que la órbita de Marte es una elipse, en la que el Sol
no se halla en el centro, sino en una posición asimétrica: uno de los focos.
Sin embargo, lo que ahora nos puede parecer un gran salto científico pasó
décadas sumido en la oscuridad. No contento con haber resuelto el problema de
Marte, Kepler intentó unificar la totalidad del sistema solar demostrando que
Pitágoras tenía razón: las proporciones numéricas del cosmos guardan una
armonía musical. Atribuyendo tonalidades celestiales a cada planeta (grave para
Saturno, aguda para Venus), declaró que «los movimientos celestiales no son más
que una música continua a varias voces, solo comprensible por el intelecto, no
por el oído»[25]. La
estética divina y las influencias astrológicas eran importantes para Kepler, y
—por extraño que nos parezca ahora— fueron estos cálculos musicales los que le
permitieron llegar a la tríada de leyes del movimiento elíptico de los planetas
que Newton incorporó en la astronomía moderna.
Los astrónomos juzgaban las teorías por su capacidad predictiva, y
Kepler pasó años recopilando un nuevo conjunto de cálculos planetarios, al que
denominó diplomáticamente Tablas rodolfinas, en homenaje a su patrocinador de
Praga, el emperador Rodolfo. No fue hasta 1631, cuando Mercurio pasó frente al
Sol según las predicciones, cuando las observaciones confirmaron el modelo
elíptico de Kepler. Para entonces Kepler ya había muerto, pero otro entusiasta
defendía la causa copernicana: Galileo, siete años mayor y mucho mejor
propagandista que Kepler, a pesar de que nunca renunció a su fe en las órbitas
circulares. Las pruebas físicas de Galileo fueron disputadas en numerosas
ocasiones, pero persuadió a muchos astrónomos de que Copérnico tenía razón.
Como Tycho y Kepler, Galileo pasó del entorno universitario a las
cortes, abandonando su puesto de profesor, con una escasa paga, después de
solicitar y obtener el apoyo de los acaudalados príncipes Médicis en Florencia.
Galileo pregonó la importancia de los instrumentos para hallar la verdadera
estructura del Universo pero, en lugar de utilizar enormes aparatos de medida
de ángulos como Tycho, Galileo empleaba un instrumento óptico de reciente
invención: el telescopio. Tras oír hablar de este dispositivo desarrollado en
Holanda, Galileo creó su propia versión, de mayor eficacia, con la que logró
impresionar a la flota veneciana por la distancia a la que podía ver, y
descubrió miríadas de estrellas que habían sido invisibles hasta ese momento.
Sin embargo, a diferencia de lo que afirma la mitología científica, las
imágenes telescópicas de Galileo no lograron convencer inmediatamente a los
críticos del modelo de Copérnico. Una cosa era ser capaz de vislumbrar barcos;
otra muy distinta, efectuar afirmaciones cosmológicas. Las borrosas imágenes
eran ambiguas, y los aristotélicos objetaban que un simple tubo de fabricación
terrestre no era apropiado para la apreciación de la perfección cósmica.
Galileo no fue inmediatamente elogiado por sus resultados, sino que obtuvo un
poder táctico que le permitió pasar hábilmente de matemático a filósofo de la
corte.
En sus maniobras para hacerse con el puesto de astrónomo de la corte de
la familia Médici en Florencia, Galileo adoptó diversas estrategias. La más
obvia fue su uso del telescopio para atacar —pero no refutar— el modelo
tradicional del Universo, con la Tierra en el centro. Razonaba por analogía y
probabilidad, sin lograr generar nunca pruebas incontestables que pudiesen
silenciar a sus detractores. Para socavar la objeción de que un cuerpo
gigantesco como la Tierra no podía estar recorriendo el espacio a toda
velocidad, Galileo afirmaba que sus imprecisas imágenes de la Luna mostraban
una superficie rocosa, nada parecida a la celestial esfera que prometía
Aristóteles. Galileo sostenía que, de hecho, se parecía a Bohemia; y, si su
luna bohemia podía moverse, ¿por qué no la Tierra? Para demostrar que la pareja
Tierra-Luna no es única —uno de los inconvenientes del sistema copernicano—.
Galileo halló satélites que orbitaban alrededor de Júpiter. Su argumento físico
más potente era demostrar que, a veces, Venus parece ser un disco circular como
la Luna llena, algo imposible según el modelo de Ptolomeo. Sin embargo, ni
siquiera este fenómeno convenció a los adversarios de Galileo, porque era
compatible con el esquema geocéntrico de Tycho.
Galileo era una persona astuta. Para ganarse a sus aristocráticos
mecenas, tuvo la ingeniosa idea de llamar a los satélites de Júpiter «estrellas
mediceas» porque, según sostenía, auguraban la prosperidad de la dinastía
familiar. Con el fin de ampliar la expansión de sus ideas, Galileo daba
llamativas charlas en fiestas y escribía persuasivos y polémicos libros. A
diferencia de Copérnico, que vaciló modestamente antes de presentar un
complicado problema matemático ante el papa, Galileo atraía multitudes con su
expresiva propaganda, eliminando las fórmulas y alardeando, con el ingenio de
un hechicero, de «revelar espléndidas y maravillosas visiones… desconocidas
hasta entonces, que el autor observó recientemente por vez primera»[26]. Incluso
después de que el papa lo conminara a guardar silencio, Galileo siguió
intentando atraer apoyos mediante la publicación de su provocativo Diálogo
sobre los dos máximos sistemas del mundo (1632). Este libro representó una
revolución, tanto en estilo como en contenido: Galileo lo escribió en italiano,
no en latín, y presentó sus argumentos a través de una conversación entre tres
personajes de ficción apenas disimulados, en los que el representante
aristotélico medieval era mostrado como un bobo.
Utilizar al crédulo Simplicio para dar voz a las objeciones del mismo
papa fue una maniobra imprudente; el papa decidió tomar medidas drásticas
contra el filósofo que de forma tan flagrante había desobedecido sus órdenes y
lo convocó a Roma para ser procesado. Este mandato fue mucho menos
controvertido en su momento de lo que lo hubiese sido en la actualidad. El
principio de libertad de expresión aún no se había convertido en una cuestión
política, y los rebeldes en cualquier rincón de Europa eran habitualmente
acallados con el fin de mantener la estabilidad. Como es bien sabido, Galileo
fue hallado culpable, aunque hasta cierto punto el caso se utilizó
principalmente como ejemplo. El castigo aplicado fue el más leve posible para
un hombre anciano. En su laxo arresto domiciliario, Galileo siguió con sus
investigaciones en una cómoda villa florentina, y encargó a su hija la incómoda
tarea semanal de recitar los salmos que le habían impuesto como penitencia.
Más que ser una confrontación directa entre ciencia o religión, o entre
Galileo y el papa, este complejo conflicto implicaba a facciones rivales dentro
y fuera de la Iglesia. Una Tierra en movimiento contradice, sin duda, diversos
pasajes de la Biblia, pero no todos los cristianos pensaban que eso tuviese
importancia; de hecho, el propio Galileo era un devoto católico, y parte de sus
apoyos estaban dentro de la propia jerarquía de la Iglesia. La opinión entre la
supuesta «oposición científica» estaba también dividida. Numerosos astrónomos
siguieron defendiendo los modelos cósmicos de Tycho o de Ptolomeo, reiterando
la demostración sencilla pero persuasiva de Aristóteles de que la Tierra se
hallaba estacionaria: una flecha disparada hacia arriba cae en el mismo sitio
desde el que fue disparada. Frente a este desacuerdo entre eruditos, uno podría
pensar que quizá la Iglesia fue sensata al alinearse con la opinión mayoritaria
y optar por la certeza bíblica. En juego se hallaban ambiciones y rivalidades
personales y, si Galileo hubiese sido un poco más diplomático, quizá se las
habría ingeniado para defender su universo heliocéntrico sin ganarse una
condena oficial. No fue hasta el siglo XIX cuando los científicos, en medio de
sus propias luchas por el poder, convirtieron a Galileo en un mártir. Brecht
logró su objetivo retórico mediante la perpetuación de la visión simplificada
de un héroe luchando contra la opresión católica, pero fueron los
propagandistas científicos los que pusieron en marcha la idea de que ciencia y
religión deben estar enfrentadas inevitablemente.
4. Cuerpos
Lo que ves en mí es un cuerpo agotado por los trabajos de la mente. He
hallado en la Dama Naturaleza una amante no cruel, pero sí muy tímida: noches
de vigilia, días de inquietud, frugales comidas y esfuerzo sin fin, es el
premio de aquellos que la persiguen a través de sus laberintos y meandros.
Alexander Pope, Memorias de… Martin Scriblerus (1741)
Mientras Nicolás Copérnico buscaba a Dios entre las estrellas, Andreas
Vesalius estaba convirtiendo el cuerpo humano en el templo de Dios en la
Tierra. Para el astrónomo polaco y el anatomista flamenco, dos hombres del
norte que habían estudiado en Italia, los seres humanos eran versiones
microcósmicas del Universo, vinculadas entre sí como partes complementarias de
la unidad armoniosa de Dios. Sus grandes obras (una sobre cosmología, la otra
sobre anatomía) aparecieron en 1543, y ambos autores son ahora considerados
revolucionarios de la ciencia. Sin embargo, ambos miraban hacia el pasado.
Igual que sus contemporáneos humanistas, que revivían el arte y la literatura
clásicas, el deseo de Copérnico y Vesalius era resucitar la sabiduría de la
Antigüedad.
Vesalius exhortaba a los médicos a que siguieran el ejemplo que Galeno
había establecido más de mil años antes. En lugar de fiarse de los
conocimientos abstractos, recomendaba estudiar por uno mismo el mejor de los
textos disponibles: el propio cuerpo humano. Vesalius, que era hijo de un
boticario, sostenía que los médicos de la élite debían poseer las habilidades
de los cirujanos. Igual que otros reformadores, —Roger Bacon, John Dee, Tycho
Brahe—, ayudó al avance de la ciencia animando a los nobles eruditos que
trabajaban con la cabeza a que reconociesen las habilidades de los artesanos
que trabajaban con sus manos. Cuando Vesalius posó para su retrato lo hizo
sosteniendo un antebrazo humano diseccionado para hacer hincapié en su idea de
que los médicos debían utilizar sus manos, cuya belleza inherente él mismo
había puesto al descubierto con el escalpelo del anatomista.
Vesalius, como nuevo Galeno, gozaba de una importante ventaja sobre el
original: podía diseccionar cadáveres humanos. Siguiendo el consejo del propio
Galeno, que recomendaba observar personalmente, Vesalius descubrió importantes
discrepancias entre la anatomía galénica tradicional —buena parte de la cual
estaba basada en datos de animales, no de personas— y los cadáveres humanos,
que examinó con gran meticulosidad. A partir de los métodos del propio Galeno,
Vesalius corrigió errores fundamentales que se habían transmitido a lo largo de
los siglos; los responsables eran hombres cuyos conocimientos se basaban en los
libros y no en las pruebas reveladas por sus propios escalpelos.
La formación tradicional de los estudiantes de medicina consistía en
mirar y escuchar, no en adquirir experiencia de primera mano. Los estudiantes
se situaban de pie bajo el nivel de la alta cátedra oficial de un profesor que
leía en voz alta textos en latín, mientras un cirujano diseccionaba un cadáver
y un ayudante señalaba los rasgos importantes. El primer trabajo de Vesalius en
Padua después de graduarse en medicina fue el de ayudante de disección, pero no
tardó en revolucionar por completo este formalizado ritual de tres actores.
Vesalius era un extravagante intérprete en el teatro de la anatomía. Tal
como se muestra en su retrato de la Figura 17, la portada de su inmenso volumen
de diagramas anatómicos Sobre la estructura del cuerpo humano,
Vesalius se convirtió en el actor principal y único. Mientras con su mano
derecha aparta la carne de una mujer para mostrar el interior de su abdomen y
con la izquierda señala hacia Dios, Vesalius conmina a los estudiantes a que se
acerquen y aprendan por sí mismos, no solo a identificar los órganos, sino
también a operar sobre ellos. Esta exhibición deliberadamente escandalosa del
cuerpo de una mujer refuerza el compromiso de Vesalius de desvelar la verdad,
mientras que el esqueleto actúa tanto de ayuda para la enseñanza como de memento
mori, un recordatorio de la brevedad de la vida.
Figura 17. Portada de Andreas Vesalius, De Humani Corporis Fabrica (1543).
Según Vesalius, el cadáver era el de una criminal convicta que había
intentado sin éxito posponer la ejecución afirmando que estaba embarazada, y el
lema latino de la parte inferior alude al mítico nacimiento de César. Vesalius
estaba orgulloso de sus orígenes. En la parte superior, el texto recuerda a los
lectores que Vesalius es de Bruselas, y las tres comadrejas de su escudo de
armas hacen referencia a su nombre no latinizado, Andreas van Wesele. En esta
imagen Vesalius alardea también de sus predecesores intelectuales, vinculándose
a sí mismo con el pasado clásico. Las dos figuras de gran tamaño de la parte
frontal son Aristóteles, que mira al perro que espera su turno para ser
diseccionado, y Galeno, que lleva un macuto con medicamentos en el cinto.
Otra de las innovaciones introducidas por Vesalius fue la combinación de
imágenes y palabras. Vesalius ahondaba en el interior de huesos y órganos,
etiquetándolos con pequeñas letras a las que podía luego hacer referencia en el
texto. Dedicaba a sus grabados tanta atención como el propio Durero, lo que
hacía que estudiantes residentes en los lugares más alejados se sintieran como
testigos de excepción, porque la presentación de su libro seguía el mismo orden
que las disecciones reales. Incluía también numerosas y detalladas
ilustraciones de su instrumental, así como de diferentes partes del cuerpo en
diversos grados de exposición. En sus imágenes más famosas aparecen gigantescos
esqueletos atravesando bellos paisajes o lamentándose de la perspectiva de su propia
muerte, pero Vesalius también representó, con una precisión sin precedentes, la
divina estructura de nervios, venas, músculos y arterias. Con el lenguaje de un
arquitecto renacentista, Vesalius describió de qué modo Dios había diseñado los
cimientos y los muros del cuerpo humano; escribiendo como anatomista práctico,
proporcionó instrucciones para el montaje de esqueletos cuyas piezas se habían
separado al hervirlos para quitar la carne.
En sus campañas para la reforma de la medicina, la actitud de Vesalius
fue como la de Martín Lutero, cuya rebelión contra la Iglesia Católica
constituía el telón de fondo sobre el que se había desarrollado la infancia de
Vesalius en el norte de Europa. De igual modo que Lutero se había rebelado
contra la autoridad del papa para regresar a la Biblia original, Vesalius
rechazaba las enseñanzas convencionales y hacía hincapié en la lectura del
verdadero texto del cuerpo humano. Ya fuese en retablos o en diagramas
anatómicos, ambos reformadores ponían especial énfasis en mostrar las
maravillas de Dios en forma de imágenes. Mientras que uno regresaba al
cristianismo primitivo, el otro resucitaba la anatomía clásica. A raíz de las
innovaciones de Vesalius, los protestantes crearon carteles anatómicos y
predicaron que uno podía acercarse a Dios mediante la comprensión de su diseño
del cuerpo humano, el mismo mensaje que Vesalius transmitía en su portada de
una disección idealizada, en la que predicaba las bondades de la anatomía
práctica para buscar la gloria de Dios en los sangrientos y hediondos confines
de un cadáver humano no refrigerado.
Vesalius transformó la medicina de los libros con sus realistas imágenes
y su defensa de que los médicos utilizasen sus manos para estudiar el cuerpo.
Muchos médicos se opusieron a su desafío de la tradición, sosteniendo que el
valor de la autoridad secular de Galeno era superior al de sus recientes
pruebas visuales. El objeto de estos debates del siglo XVI era si la verdad se
encuentra en los libros o en los cuerpos. En contraste, los críticos modernos
acusan a Vesalius de no ser siempre capaz de ver la verdad allá donde se
encuentra, en el propio cuerpo. Vesalius, que pensaba como un fisiólogo
galénico, se equivocaba en algunos detalles. Por ejemplo, sostenía que debía
haber pequeños orificios en la pared que separa ambos lados del corazón, aunque
no pudiese verlos. Como otros héroes científicos, Vesalius no provocó por sí
solo una revolución teórica, sino que —y no es menos importante— cambió la
actitud de las personas y fomentó un estilo de práctica médica más orientado al
cuerpo.
Los sucesores de Vesalius modernizaron la anatomía en toda Europa, pero
Padua siguió siendo la más importante de las escuelas médicas. Los políticos
locales gestionaban la universidad como un negocio, contratando a los mejores
profesores, que a su vez atraían a acaudalados estudiantes extranjeros. A
finales del siglo XVI, Padua poseía un anfiteatro anatómico excepcionalmente
equipado, iluminado por velas y con filas de asientos dispuestos en círculo
alrededor de la mesa de disección en posición central, para que todos pudieran
gozar de una buena visión. Como había hecho Vesalius cincuenta años antes, los
profesores de anatomía exhortaban a sus estudiantes a mirar al pasado. Pero su
héroe ya no era Galeno, sino Aristóteles, que enseñaba que el alma era una función
del cuerpo. Los anatomistas de Padua estudiaban el cuerpo para aprender acerca
del alma humana; para ellos, la disección era un proceso tanto espiritual como
físico.
Este punto de vista aristotélico causó un profundo impacto en un joven
estudiante inglés, William Harvey. Descontento con el bajo nivel de Cambridge,
Harvey se trasladó a Padua durante un par de años, en donde tuvo como profesor
a Girolamo Fabrici (Fabricius); de vuelta a Londres, rápidamente se alzó a la
cúspide de la profesión médica. Con la importación a Inglaterra de los métodos
de Padua, Harvey rechazaba ciertos aspectos del galenismo que Vesalius no había
modificado. En la fisiología galénica hay dos sistemas sanguíneos: el hígado
produce sangre para el suministro de alimento a través de las venas, mientras
que el corazón calienta aire y lo mezcla con la sangre de las arterias. Para
Aristóteles, el corazón era el lugar en el que residía el alma; Harvey
sustituyó el modelo doble de Galeno por un sistema único, y estableció que el
corazón hace circular continuamente la sangre por el cuerpo.
A Harvey le inquietaba la posibilidad de ser atacado por derrocar ideas
que tenían siglos de antigüedad, de modo que experimentó con una amplia
variedad de animales durante casi treinta años antes de publicar De
motu cordis (Un estudio anatómico sobre la moción del corazón y de la
sangre de los animales) en 1628. Aunque su aspecto no parecía demasiado
revolucionario —era un panfleto delgado, escrito en un latín no muy correcto y
con una impresión modesta—, supuso una completa reorganización del cuerpo humano.
El maestro de Harvey, Fabricius, había heredado de Vesalius el énfasis por la
observación minuciosa, y Harvey siguió el mandato del propio Galeno de observar
por sí mismo. Fabricius ya había descubierto válvulas en las venas pero, con su
visión sesgada por la teoría de Galeno, decidió que su misión era controlar el
suministro de la sangre que transportaba alimento y que, partiendo del hígado,
viajaba por las venas. Harvey reinterpretó las válvulas de Fabricius y las
incorporó en su sistema unificado como minúsculas puertas unidireccionales que
garantizaban el retorno de la sangre de las venas al corazón para volver a
salir por las arterias.
Harvey se ha hecho célebre como un revolucionario de la ciencia, pero
era en realidad un aristotélico que veía una unidad subyacente entre los
movimientos circulares de los planetas en los cielos, del aire y la lluvia en
el cielo y de la sangre en el cuerpo. Como él mismo decía, el corazón «merece
ser considerado el punto inicial de la vida y el sol de nuestro microcosmos,
tanto como el Sol merece ser llamado el corazón del mundo»[27]. Aunque
actualmente es un héroe simbólico, la aceptación de las ideas de Harvey fue
lenta y las críticas, numerosas. Los médicos tradicionales condenaron de
inmediato sus modernas concepciones, que desprestigiaban sus expertas técnicas
de sangría, y los pacientes de Harvey abandonaron a su médico pensando que se
había desequilibrado, de modo que Harvey se retiró a investigar.
Harvey heredó de Fabricius otro proyecto aristotélico: la reproducción.
A diferencia de la mayor parte de sus contemporáneos, Harvey rechazaba la idea
de la generación espontánea, razonando que los organismos vivos no podían
surgir de repente a partir de materia ordinaria. Siendo un entusiasta
monárquico, Harvey tenía acceso al parque del rey, habitado por ciervos, en
donde podía observar (e interrumpir) sus actividades sexuales para averiguar
cómo se formaban los individuos. También estudió, literalmente, el problema del
huevo y la gallina, llevando a cabo minuciosos experimentos que le llevaron a
la conclusión de que todo empieza por el huevo. En opinión de Harvey, un poder
de activación presente en el semen de los machos da lugar a que un material
germinal presente en los óvulos empiece a desarrollarse siguiendo un patrón
preestablecido. Sus oponentes, los preformacionistas, sostenían que el nuevo
organismo está ya totalmente formado y existe en su nacimiento en uno de los
padres (en el esperma o en el óvulo), un escenario a modo de muñecas rusas que
implicaba que toda la población del mundo había sido creada previamente por
Dios. A pesar de la sensatez de las conclusiones de Harvey, la generación
espontánea y la preformación siguieron debatiéndose seriamente entre los
científicos hasta finales del siglo XIX.
Aceptando las convenciones de género de sus colegas, Harvey veía a las
mujeres como receptoras pasivas en el proceso de la concepción, y perpetuó las
viejas creencias que atribuían numerosas enfermedades a los vientres de estas,
a las que se atribuía la responsabilidad de afecciones tanto físicas como
mentales (la palabra «histeria» procede del vocablo griego que significa
«matriz»). Según los conceptos aristotélicos dominantes, las mujeres eran
inferiores al hombre como pensadoras, estaban gobernadas por humores fríos y
húmedos y se veían forzadas a librarse del exceso de fluidos mediante la sucia
sangre menstrual. En cambio, los hombres eran seres cálidos, secos y
racionales, cuyas acciones estaban dominadas por su cerebro.
Las actitudes cambiaron de forma muy lenta. Algo que resulta
desconcertante para las feministas modernas, las mujeres también creían que sus
blandos cerebros les impedían ser matemáticas o poetas, y las madres solían
aconsejar a sus hijas que asumieran la superior inteligencia de los hombres. El
cambio de la opinión de los médicos se inició en la década de 1660, cuando un
hábil anatomista llamado Thomas Willis presentó la subversiva noción de que las
mujeres, igual que los hombres, estaban dominadas por sus cerebros. Incluso
utilizó sus disecciones para mostrar que no existían diferencias sustanciales
entre los cerebros masculino y femenino. La discriminación prosiguió, pero ya
no estaba apoyada por argumentos aristotélicos.
Willis era un ferviente admirador del anciano Harvey; a mediados del
siglo XVII ambos vivían en Oxford, ciudad de capital importancia en ciencia
debido a que solía atraer a muchos experimentadores radicales. Las razones de
que se encontraran allí fueron tanto políticas como académicas. Después de que
los rebeldes parlamentarios obligaran a Carlos I a dejar Londres en 1642,
Oxford se convirtió en la principal base de operaciones de los monárquicos
hasta la restauración en el trono de Carlos II en 1660. Para los filósofos
naturales, las lealtades eran tan esenciales como para los diplomáticos, y las
vidas de Willis y de otras figuras célebres están sembradas de períodos oscuros
en los que desaparecían, quizá en otros países, hasta que juzgaban que podían
regresar con seguridad. Con buena visión estratégica, Harvey dedicó su libro en
circulación a Carlos I; en él describía al rey como «el sol de su microcosmos,
el corazón del estado; de él surgen todos los poderes y emana toda la gracia»[28]. —una
influyente imagen del Sol/rey/corazón situado en el centro del
Universo/nación/cuerpo que hizo fortuna durante los doscientos años
siguientes—.
Algunos de los supervivientes de las luchas políticas que trabajaron en
Oxford se convirtieron en célebres pioneros de la ciencia, como el químico
Robert Boyle, el arquitecto Christopher Wren, el reformador naval William Petty
y el asistente de Willis, el inventor Robert Hooke. El propio Willis había
empezado siendo un médico monárquico de extrema pobreza, y empezó a ser
conocido después de salvar a una mujer ahorcada de la mesa del anatomista y
devolverla a la vida. Con la ampliación de los estudios de ciencias en la
universidad, Willis formó parte del círculo de jóvenes y entusiastas
experimentadores, la generación posterior a la de Harvey, que trajo ideas
nuevas a la medicina a través de la exploración práctica en lugar de la
lectura. Aprendían unos de otros, con el intercambio de información acerca de
sus investigaciones sobre una extraordinaria variedad de temas, como la
transfusión de sangre, la transformación alquímica, la predicción del tiempo
atmosférico, la germinación del trigo, la mejora de los microscopios y la
variación magnética.
Con frecuencia se afirma que los miembros de este grupo de Oxford
sentaron las bases de la ciencia moderna. Estos científicos debían mucho a
Harvey, el médico real que situó a la monarquía inglesa en el centro del cuerpo
humano y alentó a sus discípulos a observar con sus propios ojos y experimentar
con sus propias manos. No deja de ser irónico que sus sucesores reformasen la
medicina mediante su apoyo a tendencias generadas en Francia a las que Harvey
se resistía: las teorías atómicas del filósofo francés René Descartes, uno de
los primeros conversos a la idea de la circulación de la sangre. Harvey se ha
hecho famoso como reformador radical, pero en realidad era un tradicionalista
de la vieja escuela que, según el chismoso John Aubrey, «me sugirió que fuese a
los orígenes y leyese a Aristóteles… y llamaba “calzones sucios” a los
neotéricos [filósofos advenedizos]»[29].
5. Máquinas
Una máquina evoluciona haciéndose más eficiente, es decir, más a prueba
de necios; así, el objetivo del progreso mecánico es un mundo a prueba de
necios, lo que puede o no significar un mundo habitado por necios.
George Orwell, El camino de Wigan Pier (1937
Cuando Copérnico y Vesalius se rebelaron contra sus antecesores,
volvieron a los griegos y los romanos. Un siglo más tarde, René Descartes quiso
hacer una limpieza aún más profunda. Su táctica era dudar de todo, destruir la
fortaleza de conocimientos existente para construir de forma sistemática un
paradigma totalmente nuevo a partir de cimientos sólidos y ciertos. En lugar de
establecer analogías orgánicas entre un cuerpo sano y un cosmos perfecto,
Descartes utilizó la terminología mecánica de bolas de billar, torbellinos y
tornillos. Mientras que para Harvey, el corazón humano era el sol del
microcosmos del hombre, para Descartes —que pasó un invierno entero
diseccionando órganos de buey que adquiría al carnicero local— los corazones
eran bombas que impulsaban máquinas vivas, y nuestro Sistema Solar, uno más de
entre un colosal número de universos de relojería.
Descartes creía, como su contemporáneo de más edad Galileo, que el Libro
de la Naturaleza estaba escrito en el lenguaje de las matemáticas, e introdujo
un sistema geométrico que aún lleva su nombre, las coordenadas cartesianas. La
intención de ambos era incorporar las matemáticas prácticas en las teorías
filosóficas sobre el mundo, para unir así las habilidades de los artesanos y de
los intelectuales. Descartes es famoso por ser un pensador solitario, un
erudito que se retiraba a una habitación con exceso de calefacción para soñar
acerca de la realidad de su propia existencia, y que acuñó el lema filosófico
más famoso de la historia: Pienso, luego existo. Sin embargo, como
los científicos modernos, también se enfrentó al mundo real: efectuaba
experimentos y analizaba los fenómenos cotidianos como la luz y el tiempo
atmosférico.
Igual que los científicos del siglo XX comparaban el cerebro con una
centralita telefónica y, más adelante, con un ordenador, Descartes también
hacía referencia a su propia tecnología contemporánea: los muelles. Los relojes
se habían introducido a finales del siglo XIII para señalar los rituales
religiosos, pero su papel se había integrado cada vez más en la vida diaria
hasta llegar a adquirir un rol esencial en la floreciente economía capitalista
(véase «Intelecto» en el capítulo 2). En la época de Descartes, la medida
artificial, no solar, del tiempo se había hecho habitual, y las mejoras
tecnológicas habían incrementado su precisión. El tiempo se había convertido en
dinero: los comerciantes invertían en productos baratos —especias, tela, grano—
que almacenaban para poder manipular el mercado y vender más adelante para
obtener un beneficio. Así mismo, los experimentadores intentaban engañar al
tiempo mediante la conservación de especímenes anatómicos o la recolección de
curiosidades en museos para una demanda futura, como si fuesen artículos
comerciales.
Las imágenes de mecanismos de relojería dominaron el pensamiento
filosófico durante el siglo XVII. En uno de los mitos sobre la fundación de la
ciencia, Galileo, distraído durante un servicio religioso, utilizó su pulso
para cronometrar el vaivén de una lámpara; descubrió así una regularidad que
incorporó, no solo en una ley de la física, sino en su propio diseño de un
reloj de péndulo. Los artesanos creaban elaborados relojes con intrincados
mecanismos para que los clientes ricos pudiesen exhibirlos como costosos
ornamentos. Estos relojes eran modelos del cosmos; con frecuencia disponían de
cuatro esferas para mostrar información astronómica, como los movimientos de
los planetas. Esta metáfora mecánica actuaba en las dos direcciones: se
afirmaba que el propio cosmos era como un reloj, con un mecanismo oculto cuyo
suave funcionamiento producía un movimiento circular. Aunque cada filósofo
natural poseía ideas propias acerca del funcionamiento de este Universo de
relojería, todos ellos estaban de acuerdo en que, igual que una máquina, este
cosmos mecánico debía tener un diseñador: Dios. En la versión de Descartes,
Dios creó primero la materia y luego le imprimió movimiento para después
retirarse y dejar que el Universo funcionase automáticamente por sí solo. Los
cristianos devotos rechazaban este esquema que reducía el papel de Dios en su
propio Universo, y quedaron aún más consternados cuando Descartes afirmó que
incluso las criaturas vivas podían explicarse mecánicamente. Descartes se
justificaba mediante un argumento de analogía, señalando que, aunque los
relojes han sido creados por la mano del hombre, se mueven por sí solos.
Aunque la finalidad de Descartes era reformar la filosofía, sus
publicaciones fueron cautelosas y esporádicas. Consciente de la condena a
Galileo, estaba decidido a evitar controversias y a mantener la soledad y la
tranquilidad a las que tanto valor concedía. Descartes, nacido en Francia,
había sido jesuita y, tras varios años de deambular por el norte de Europa y
alistarse en diversos ejércitos, empezó a investigar poco después de cumplir
los veinte años. Con una herencia que le permitía mantener su frugal estilo de
vida, Descartes pasó mucho tiempo en Holanda, llevando a cabo experimentos,
leyendo, escribiendo y publicando algunas de las conclusiones a las que
llegaba. Finalmente, en 1644, después de más de treinta años dedicados a la
reflexión y de varios proyectos inacabados, Descartes publicó cuatro de las
seis partes que tenía planificadas para sus Principia
Philosophice (Principios de filosofía).
Pensados como recopilación exhaustiva de sus ideas, en los Principia de
Descartes se presentaba la primera versión mecánica del cosmos. ¿Qué es la
materia, se preguntaba Descartes? Sin confiar siquiera en la evidencia de sus
propios sentidos, Descartes llegaba a la conclusión de que el único dato
incontrovertible que se puede decir sobre la materia es que ocupa un lugar en
el espacio (o, más formalmente, que posee extensión): la materia es espacio,
así que todo está lleno de materia. Rechazando el viejo universo de espacios
vacíos, simpatías planetarias y poderes de atracción, Descartes concibió un
cosmos lleno en el que la materia solo podía moverse si se la empujaba o se
tiraba de ella. Dividía la materia en tres tipos. El grosero tercer tipo
o materia tercera es aquello que podemos ver y sentir,
mientras que lo que percibimos como espacio vacío está lleno de suaves e
invisibles partículas de materia segunda, y los espacios entre
estas partículas están llenos de materia superfina del primer tipo o materia
primera.
Por extraño que pueda parecer el cosmos cartesiano, explicaba la
estructura del sistema solar, con sus planetas orbitantes, y sus principios
básicos se convirtieron en ortodoxia científica, especialmente en Francia. Como
se ilustra en la Figura 18, la materia gira en grandes remolinos o vórtices, de
modo que el cosmos está lleno de torbellinos celestiales formados después de
que Dios pusiese el sistema en movimiento. En el núcleo de cada torbellino se
halla un sol de materia primera, condensado mecánicamente y rodeado de materia
segunda en rotación que arrastra grandes fragmentos de materia tercera: los
planetas.
Figura 18. El recorrido de un cometa por los torbellinos celestiales de
Descartes. René Descartes, Principia Philosophice (1644).
La frenética actividad en los soles centrales envía ondas a través de la
materia segunda para producir luz y calor. En este diagrama se muestra también
de qué modo un pequeño pedazo de materia segunda —un cometa— puede evitar ser
arrastrado hacia un vórtice y serpentear, en cambio, de un universo al
siguiente.
En su nuevo diseño del cosmos Descartes redujo la importancia de los
seres humanos, abriendo la posibilidad de la existencia de vida en otros
lugares. El concepto de múltiples universos era singular y nuevo, pero a
mediados del siglo XVIII muchos filósofos naturales creían no solo en su
existencia, sino también en que eran la morada de seres inteligentes. Aunque
Descartes no se definió acerca del aspecto de estos habitantes de otros mundos,
sus partidarios solían suponer que eran iguales a los humanos o bien que
estaban situados en algún lugar superior de una cadena espiritual hacia Dios,
Astrónomos entusiastas construyeron gigantescos telescopios, pero no fueron
capaces de detectar señales concluyentes de vida ni siquiera en la Luna,
nuestro vecino más próximo. A falta de pruebas incontestables, la vida
extraterrestre hizo surgir apasionadas posturas en ambos bandos.
Estas disputas sobre la «pluralidad de mundos» se libraban
principalmente en el terreno teológico. Lejos de estar limitadas a pedantes
intelectuales, el público mostraba un gran interés por ellas y se comentaban en
púlpitos, reuniones festivas y libros populares. El dilema principal siguió
siendo el mismo durante más de cien años. Por un lado, un número infinito de
mundos confirmaría la magnificencia de Dios, y quizá ofrecería un hogar para
los pecadores después de la muerte. La vida extraterrestre haría asimismo que
el cosmos fuese agradablemente uniforme, e incrementaría el número de criaturas
que adoran a Dios. Por otra parte, que nuestra Tierra fuese solo una de muchas
provocarían cuestiones espinosas acerca de la unicidad de Cristo. Era difícil
reconciliar la existencia de muchos mundos habitados con el principio
fundamental del cristianismo, que Dios eligió a la raza humana para dedicarle
su especial atención.
Aparte de rediseñar el cosmos, Descartes cambió también lo que sucede en
la Tierra. Para derrocar las arcanas teorías de misteriosos poderes invisibles,
insistía en su punto de vista mecánico. En el universo de Descartes, los
objetos solo se mueven si se les empuja o se tira de ellos directamente. Como
bolas en una mesa de billar, las partículas obedecen leyes mecánicas simples.
Aunque se las ingenió para ofrecer explicaciones de muchos fenómenos —calor,
luz, tiempo atmosférico—, decidió abordar el magnetismo, un caso
excepcionalmente complicado, ya que implica movimiento sin una causa evidente.
La explicación vigente la había ofrecido en 1600 William Gilbert, que sugirió
que la Tierra era un inmenso imán que se comportaba como un ser vivo con alma.
Para refutar la cosmología magnética de Gilbert, con sus fuerzas ocultas
inexplicadas, Descartes ofreció un elaborado y extravagante esquema mecánico
que, sin embargo, se convirtió en el vehículo de la cosmología cartesiana y
sobrevivió durante más de un siglo.
El magnetismo, afirmaba Descartes, se debe al movimiento de minúsculas
partículas de materia primera que se introducen por estrechos canales dentro de
los materiales magnéticos. Como pequeños tornillos, cada partícula está roscada
en una de dos posibles direcciones, de forma que solo puede entrar en un pasaje
que tenga las ranuras internas correspondientes. Un flujo de estos corpúsculos
se desplaza constantemente del Sol hacia la Tierra, viajando a través de los
caminos apropiados; y, al dar media vuelta para repetir el circuito, se
acumulan en los imanes que se encuentran, ya que les resulta más fácil penetrar
en ellos que en el aire, que carece de poros. Al salir de dos imanes adyacentes
los empujan para separarlos; la atracción parece darse cuando las partículas
empujan los imanes desde atrás para unirlos. Por artificiosa que pueda parecer
esta explicación, funcionaba —en cierta medida—, y pasaría mucho tiempo antes
de que alguien sugiriera algo mejor.
Descartes indignó a los aristotélicos al eliminar el alma magnética del
Universo. Pero lo que más hostilidad provocó fue su separación entre el alma
humana y el cuerpo, su conclusión de que había una especie de Descartes mental
—llámese mente, alma o conciencia— que existía independientemente de su cuerpo.
Descartes presentaba a los seres orgánicos como máquinas vivas en las que las
funciones como la digestión, la respiración y la excitación sexual se presentan
«simplemente por la disposición de los órganos, de forma tan natural como los
movimientos de un reloj o de otro mecanismo siguen la disposición de sus
contrapesos y engranajes»[30]. Aún
mayor fue la controversia suscitada por su opinión de que el sistema nervioso
funciona también mecánicamente, de modo que la memoria y las acciones
deliberadas respondían asimismo a su modelo de relojería. Descartes declaró que
los animales son máquinas sin alma, una afirmación que horrorizó a sus
críticos.
Poco le faltó a Descartes para sugerir que los propios humanos eran
mecanismos puramente automáticos. En un experimento mental con un autómata
imaginario, Descartes exponía que su comportamiento no podía nunca imitar de
forma perfecta el de una persona, que debe ser capaz de enfrentarse a
situaciones imposibles de concebir por adelantado. En su visión de la vida, las
personas se diferencian tanto de las máquinas como de los animales por su
capacidad de hablar, razonar y tomar decisiones relativas a la moral. Para
Descartes, el lenguaje era un rasgo característico único que distinguía a los
seres humanos, y aún lo sigue siendo en nuestros días para los anti
evolucionistas y los filósofos que son incapaces de aceptar las pruebas, cada
vez más abundantes, de comunicación animal.
Al conservar el alma humana, Descartes daba cabida a la creencia
cristiana de que la vida prosigue después de la muerte. Pero para ello tuvo que
hacer frente a colosales objeciones. La más urgente consistía en explicar cómo
una mente inmaterial podía interactuar con un cuerpo compuesto de materia, cómo
es posible escribir un pensamiento cómo, al mirar por la ventana, se genera el
convencimiento de que está lloviendo. Este problema era, como Descartes admitía
sin mucho vigor, «muy difícil», y nunca se le ocurrió una respuesta
satisfactoria[31].
Finalmente acabó por decidir que la glándula pineal, oculta en el interior del
cerebro, era el lugar en el que el alma procesa los datos físicos, como si se
tratase de una persona en miniatura que observa con indiferencia en una
pantalla cómo actúan las sensaciones del cuerpo. En el sistema dual de
Descartes hay una extraña diferencia entre lo que le dictaba la experiencia
—que poseía un cuerpo físico— y lo que afirmaba haber averiguado mediante la
lógica —que su persona, en esencia, era una mente espiritual—. Aunque nunca fue
capaz de relacionar satisfactoriamente estos dos aspectos, la importancia de su
visión maquinista de los cuerpos vivos y sensibles se mantuvo hasta bien
entrado el siglo XIX.
Paradójicamente, el éxito de los modelos matemáticos se debió a que
ofrecían un camino para conservar a Dios en el Universo. Aunque muchos
filósofos naturales recibieron con los brazos abiertos la forma en que
Descartes desterró las fuerzas ocultas y los elementos aristotélicos, sus
opositores se enfrentaron a él por haber hecho posible el razonamiento de que
el Universo está compuesto en su totalidad de materia, lo que eliminaría del
mundo la espiritualidad divina. Ni siquiera el propio Descartes adoptó esta
posición tan extrema, pero sí lo hicieron algunos de sus sucesores. Para
impedir la propagación de herejías ateas, los filósofos cristianos revisaron
las ideas originales de Descartes y concibieron universos de funcionamiento
mecánico pero que, de todos modos, garantizaban la existencia de Dios.
Uno de los más influyentes fue Robert Boyle, un acaudalado aristócrata
que pertenecía al grupo de experimentadores surgido en el siglo XVII en Oxford,
si bien Boyle se trasladó más adelante a Londres. Aunque actualmente su nombre
se asocia a la ley química que describe el comportamiento de los gases, Boyle
era también teólogo y estaba convencido de que lo único que daba sentido a la
práctica de la filosofía natural era la demostración del esplendor y la
sabiduría de Dios. Boyle se inclinaba por las explicaciones sencillas, de modo
que optó por un Universo compuesto de pequeños corpúsculos. Cuando un grupo de
corpúsculos se mueve, explicaba, se obtiene calor; al extraer los corpúsculos
de un frasco, se obtiene vacío; cuando los corpúsculos agudos interfieren, se
obtiene la violenta acción de un ácido.
Lo más importante, razonaba Boyle: es que un cosmos mecánico que
funciona independientemente es una demostración del ingenio de Dios, de modo
que es igualmente posible estudiar al Gran Diseñador en Su Libro de la
Naturaleza como enfrascándose en la lectura de Su Biblia. En palabras de Boyle,
«la sabiduría de Dios se manifiesta en mayor medida en el tejido del universo,
ya que ha creado una máquina de tal magnitud y capaz de efectuar tantas
acciones, como Él designó que así fuera, por el simple artificio de dotar a la
materia bruta de ciertas leyes de movimiento local, y que se mantiene por Su
mera presencia»[32]. Se
trata de uno de los primeros ejemplos de teología natural, y se apoya en el
argumento del diseño. Al contemplar un reloj, se sabe que fue un artesano quien
lo creó. Del mismo modo, el universo mecánico, con sus invisibles mecanismos de
relojería, debe haber sido creado por Dios.
Los teólogos naturales siguieron utilizando argumentos de diseño para
demostrar la existencia de Dios hasta el siglo XIX. Por ejemplo, cuando Charles
Darwin presentó su polémica teoría de la evolución, los teólogos naturales
objetaron que era imposible que órganos tan complejos como el ojo humano fueran
consecuencia de hechos aleatorios, sino que debían haber sido diseñados por
Dios. Igual que sus sucesores, los partidarios del Diseño inteligente, los
teólogos naturales tuvieron grandes dificultades para explicar por qué Dios
permitía entonces la miopía o las cataratas.
6. Instrumentos
La belleza de las ecuaciones es más importante que su ajuste a los
experimentos.
Paul Dirac, Scientific American (1963)
Actualmente, la aviación ha convertido el océano Atlántico en un
estanque, pero en el siglo XVI era como un nuevo y amplificado Mediterráneo, un
transitado mar que unía las tierras que lo rodeaban mediante barcos que
transportaban mercancías y colonos de un extremo a otro. Sin embargo, otro
producto de gran importancia también estaba transportándose en todas
direcciones: conocimientos. Francis Bacon, un abogado y político de renombre,
se convirtió en el principal heraldo del progreso en Europa a través de la
exploración y la experimentación. Los más reaccionarios, que seguían
convencidos de que la Grecia clásica representaba la cúspide de la cultura,
optaron por un cosmos estable como el descrito en la Biblia. Los reformadores,
convencidos de que podían cambiar el mundo para crear un futuro mejor,
adoptaron a Bacon como santo patrón y se embarcaron en una serie de viajes
intelectuales para explorar el Universo.
El principal manifiesto sobre la investigación científica de Bacon fue
su Novum Organum (El nuevo Organon), concebido para
acabar con el Organon de Aristóteles y reemplazar la lógica
pasada de moda por la investigación experimental que Bacon propugnaba.
Figura 19. Portada del libro de Francis Bacon Novum Organum (1620)
En su portada, que se muestra en la Figura 19, dos navíos comerciales,
dos buques del conocimiento, atravesaban las míticas columnas de Hércules que
separan ambas orillas del estrecho de Gibraltar, portal entre el Atlántico y el
Mediterráneo. «Muchos viajarán y crecerá el conocimiento», dice la cita bíblica
que rodea las bases de las columnas. Bacon instaba a los reformadores a dejar
atrás la seguridad del saber clásico del Mediterráneo, proclamando que «sería
una desgracia para los seres humanos… limitar el mapa del intelecto a los
descubrimientos y angostas fronteras de los antiguos»[33]. Del
mismo modo que los comerciantes obtenían beneficios con el transporte de
mercancías, Europa prosperaría recogiendo información sobre la naturaleza para
luego recopilarla, imprimirla y comercializarla en todas las naciones. La
experimentación, aseguraba Bacon, transformaría los descubrimientos en
conocimiento y crearía un utópico Nuevo Mundo.
A Bacon se le suele atribuir la fundación de la ciencia moderna; sin
embargo, a pesar de que estaba al tanto de las actividades de sus colegas, se
le daba mejor efectuar recomendaciones que llevar a cabo sus propias
investigaciones. El anatomista William Harvey comentó mordazmente, quizá para
vengarse de los cáusticos comentarios de Bacon sobre su obra, que tenía los
ojos de una víbora y que escribía filosofía como un ministro. Pero, pensaran lo
que pensasen sus contemporáneos, la realidad es que sus opiniones hicieron
sentir en gran medida su influencia en la investigación científica en toda
Europa. Bacon, que había sido cortesano y lord canciller, acuñó un eslogan
ideal para convertir a los que dudaban: «El conocimiento es poder». Dos siglos
más tarde, esta máxima se seguía esgrimiendo para solicitar subvenciones para
investigación científica al gobierno.
Bacon planteó un programa de experimentación; defendía que la única
forma de desvelar las leyes de la naturaleza era recopilar y organizar grandes
cantidades de datos. A diferencia de Descartes, que planteaba la
experimentación hacia fuera, partiendo de la certidumbre de su mente, Bacon era
partidario de un enfoque inductivo, de abajo arriba: es decir, inferir
explicaciones a partir de observaciones no contaminadas por ideas teóricas
preconcebidas. Esta tarea debía basarse en la cooperación, la comunicación y el
apoyo económico de los estados. Bacon concibió una comunidad insular utópica
dedicada a investigar la forma de dominar los poderes de la naturaleza en
beneficio de la sociedad. Aunque sin entrar en detalles concretos, Bacon
reconocía que las buenas observaciones precisaban instrumentos de calidad, e
imaginaba equipos de investigadores recogiendo información en proyectos
independientes, como refrigeración, metalurgia y agricultura. En su esquema
jerárquico, modestos recolectores de datos acumularían información que sus
líderes —una élite de filósofos naturales— procesarían para convertirlos en
conocimientos científicos.
Los filósofos baconianos adoptaron los instrumentos de los que disponían
y los hicieron más precisos, pero no modificaron su diseño básico. Hasta
principios del siglo XIX, ni siquiera se hablaba de «instrumento científico»
como si fuera una clase de objetos. Los constructores de instrumentos dividían
sus productos en tres grupos: matemáticos, físicos y filosóficos. Los más
antiguos eran los elementos de medida fundamentales para las actividades
cotidianas: pesar alimentos, medir terrenos, navegar según las estrellas,
valorar metales preciosos, saber la hora o preparar remedios con hierbas. Estas
herramientas matemáticas, fabricadas por artesanos, se habían desarrollado para
obtener información práctica. Tradicionalmente, los ópticos se habían centrado
en la elaboración de gafas de lectura y telescopios náuticos pero, en respuesta
a las demandas de los experimentadores, durante el siglo XVII ampliaron su
campo y empezaron a incluir microscopios y telescopios astronómicos.
Figura 20. La familia de John Bacon, de Arthur Devis (c. 1742-1743).
Con su alto grado de ampliación y el cristal de gran calidad, estos
instrumentos revelaron detalles del mundo natural nunca vistos hasta ese
momento. Los últimos instrumentos desarrollados fueron los filosóficos:
barómetros, termómetros, máquinas eléctricas y bombas de vacío, inventados por
los filósofos naturales y que ellos mismos utilizaban.
Estos tres tipos de instrumentos aparecen exhibidos como accesorios de
decoración en un elegante salón londinense, en la Figura 20. A la derecha de la
ventana se muestra un cuadrante de tránsito —utilizado para seguir el recorrido
del Sol e ideado originalmente por navegantes—, así como un telescopio
astronómico adaptado para su uso en tierra, en lugar de en el mar. Sobre la
mesa de la parte posterior se muestra una bomba de vacío, un globo de cristal
que se puede vaciar de aire mediante un dispositivo de bombeo, una nueva y
polémica invención efectuada por los discípulos de Bacon en el siglo XVII. Los
primeros filósofos experimentales consultaban con los artesanos en busca de
orientación. Uno de los más famosos contemporáneos de Bacon era el médico de
Isabel I, William Gilbert, actualmente famoso como uno de los primeros
científicos, y célebre en aquel tiempo por haber mejorado la brújula y, en
consecuencia, la navegación. Cuando empezó a investigar el magnetismo, Gilbert
no buscó la ayuda de sus colegas intelectuales, sino de la comunidad marítima.
Aunque los navegantes isabelinos escribían en inglés, no en el culto latín, sus
libros estaban repletos de instrucciones técnicas, geometría euclídea y
comentarios acerca del comportamiento del magnetismo de la Tierra. Algunas de
las ideas e instrumentos de Gilbert, lejos de ser originales, eran versiones
elaboradas de los que había visto en un libro escrito por un constructor de
brújulas hacía veinte años.
Los artesanos mecánicos proporcionaban a los filósofos mecánicos los
instrumentos y los conocimientos. El ejemplo más significativo es el de Robert
Hooke, un ingenioso experimentador que trabajó en Oxford junto a Christopher
Wren y Robert Boyle antes de trasladarse a Londres, en donde trabajó, entre
otros proyectos, en la reconstrucción de la ciudad tras el gran incendio de
1666. Según Hooke, como el funcionamiento del cosmos es mecánico, las máquinas
son esenciales para desvelar sus mecanismos internos. Hooke adaptó dispositivos
ya existentes que utilizaban los artesanos y produjo una asombrosa variedad de
nuevos aparatos para filósofos naturales: relojes, medidores de profundidad por
sonido, higrómetros, microscopios, bombas de vacío, balanzas, lámparas y
cuadrantes. Para él, la importancia de los instrumentos era doble, ya que no
solo medían el mundo natural, sino que también representaban la única forma en
que las personas podían comprenderlo.
Los precisos instrumentos de Hooke demostraron ser importantes para la
ciencia, pero él les daba una justificación teológica. Como Bacon y muchos de
sus contemporáneos, Hooke consideraba que los seres humanos eran criaturas
falibles y malditas desde la expulsión del Jardín del Edén, con sentidos
imperfectos y mentes cargadas de prejuicios. Para percibir el mundo tal como
es, sostenía, necesitamos ayudas artificiales que nos permitan evitar el
cerebro e impedir las distorsiones de la mente. Su nuevo microscopio iba a
facilitar el trabajo; todo lo que el filósofo imperfecto debía hacer era
«dibujar, examinar y registrar, con mano sincera y ojo fiel, las
cosas tal como aparecen»[34].
En Micrographia, Hooke mostraba los sensacionales resultados que se
podían obtener.
Micrographia es una espléndida colección de minuciosos dibujos en los
que se exponen detalles que nunca antes se habían imaginado de plantas e
insectos —en particular de piojos, esos cuasi invisibles pero perpetuos
compañeros de los caballeros del siglo VXII—. Cuando Samuel Pepys adquirió su
ejemplar se quedó despierto toda la noche, cautivado por las gigantescas
imágenes en páginas desplegables y las elocuentes descripciones de Hooke. Hooke
escribía en inglés, no en latín, e insistía en que sus lectores aprendiesen
acerca de Dios estudiando su Libro de la Naturaleza. Empezaba,
sorprendentemente, por revelar los bordes irregulares de las cuchillas y de los
puntos impresos, elementos creados por el hombre a los que comparaba con la
«fuerza y belleza» de las pulgas creadas por Dios, que están «ornadas en su
totalidad por una curiosamente brillante armadura azabache, de juntas limpias y
dotada de una multitud de afiladas puntas, de forma parecida a las púas de un
puerco espín o a brillantes saetas de ballesta de acero»[35].
Mientras que los instrumentos matemáticos de Hooke servían para medir el
mundo, sus instrumentos ópticos modificaban su aspecto habitual. En cambio, los
instrumentos filosóficos, como las bombas de vacío, modificaban el propio
mundo. Los primeros modelos funcionales de bomba de vacío los construyeron
Hooke y Boyle en la década de 1650 (aunque Boyle se llevó la gloria); un siglo
más tarde se habían convertido en símbolos del poder de la investigación
científica. En la celebérrima imagen de Joseph Wright de Derby que se ha
reproducido sin demasiados escrúpulos en portadas de libros y tarjetas de
felicitación, se representa una habitación oscura, iluminada únicamente por un
recipiente que brilla y que contiene una calavera humana y dominada por un
filósofo natural con aspecto de mago. Su mano descansa sobre la llave de paso
del globo de cristal y sus espectadores, horrorizados y fascinados a un tiempo,
se dan cuenta de que el destino de la rara cacatúa blanca encerrada en su
interior depende de la decisión del filósofo.
Sin embargo, la bomba de vacío no tuvo un éxito inmediato. Por un lado,
las fugas demostraron ser un grave problema técnico, lo que facilitaba que los
críticos acusasen a Hooke y Boyle de no haber producido en absoluto el vacío.
Estaban en juego cuestiones teóricas de naturaleza fundamental. Según la
ortodoxia cartesiana, las partículas siempre debían estar en contacto con otras
partículas, por lo que en principio sería imposible extraer toda la materia
sutil de un globo. Además, los experimentos de vacío provocaban nuevos y
perversos tipos de discusión. ¿Cómo se puede averiguar nada acerca de la
naturaleza estudiando un estado que no es natural? En el interior de los globos
evacuados de aire, de aspecto tan ordinario, los animales morían, las velas
chisporroteaban y los timbres dejaban de oírse. Los filósofos mecánicos
escépticos demandaban pruebas directas de las ruedas y engranajes que movían
las manecillas del mecanismo de relojería del Universo, no inferencias basadas
en la ausencia.
Boyle sostenía que, aunque la bomba de vacío proporcionaba una situación
artificial, inventada por los experimentadores humanos, seguía ofreciendo
información válida acerca del mundo natural de Dios. Según la tradición, los
filósofos naturales basaban su trabajo en el razonamiento, que empleaban para
idear teorías sobre los sucesos naturales. Boyle, Hooke y otros seguidores de
Bacon pretendían invertir la dirección de la lógica, empezando con la
observación de fenómenos para luego pasar a la explicación del funcionamiento
del Universo. En su ethos experimental, los instrumentos
acabarían con el dogmatismo teórico mediante el establecimiento de hechos
fiables. Con el invento de estas nuevas herramientas de investigación habían
creado nuevos conocimientos: los muelles se estiran regularmente (ley de
Hooke), las moscas tienen ojos multifacetados, el sonido necesita un medio
para propagarse. El desarrollo de las explicaciones vendría más adelante.
Igual que los libros, los instrumentos podían transportar información de
un lugar a otro ya que (en principio) el mismo experimento debía generar
siempre los mismos resultados. Los instrumentos servían para mostrar o
demostrar a las personas la existencia de determinados fenómenos naturales.
Pero el sentido de «demostrar» era más amplio: verificar una teoría. Cuando
Isaac Newton utilizó un prisma para crear un arco iris, no estaba intentando
mostrar un efecto novedoso —los aristócratas y sus sirvientes ya sabían lo que
pasaba con la luz de las velas y las arañas de cristal—, sino demostrar la
validez de su propia explicación. Newton compró unos cuantos prismas baratos en
mercadillos y los convirtió en instrumentos ópticos para demostrar que tenía
razón.
Figura 21. Boceto del experimento de Isaac Newton con dos prismas.
Su intención, afirmaba, era llevar a cabo un experimento crucial que
serviría para decidir de forma conclusiva si su teoría era cierta o lo era la
teoría rival de Descartes. Según Descartes, el color de los objetos se debe a
que estos modifican la luz que pasa a través de ellos. Newton pretendía
divulgar su propia idea: que todo el espectro de colores del arco iris se
encuentra ya en la luz del Sol. En su tosco boceto (Figura 21), la luz del Sol
entra por el lado derecho a través de una pequeña rendija en la persiana.
Enfocándola mediante una lente, pasa por el prisma de la mesa de forma que los
rayos de diferentes colores se dispersan y se proyectan sobre una pantalla
perforada. El paso fundamental es el siguiente: un rayo de color pasa por la
pantalla hacia un segundo prisma, pero se proyecta sobre la pared sin cambio
alguno, confirmando de este modo la afirmación de Newton de que el origen de
los colores se halla en la luz, no en el vidrio.
Bacon llamaba a estos cruciales experimentos indicadores que
señalan en la dirección de la verdad. Esta contundente simplicidad es, con
frecuencia, engañosa: aunque «ver es creer», no siempre se debe creer lo que se
ve. Los científicos afirman que, puesto que los experimentos revelan hechos
reales, cualquiera puede repetirlos. Sin embargo, Newton había ocultado tantos
detalles importantes sobre sus prismas que los críticos solo pudieron obtener
resultados ambiguos, y seguían disputando los de Newton setenta años más tarde.
Newton pretendía que sus experimentos fuesen tan incontestables como sus
demostraciones matemáticas, e intentaba construir instrumentos que fuesen tan
convincentes como las fórmulas y los argumentos retóricos. El antagonismo de
sus oponentes y la imposibilidad de llegar a un acuerdo hacían que, a veces,
tuviese ganas de abandonar. «La filosofía», protestaba Newton durante una
injuriosa discusión con Hooke, «es una dama impertinente y litigiosa»[36].
7. Gravedad
Newton está, sin embargo, más en error que en lo cierto, pero yo creo la
PALABRA de DIOS…
Pues el HOMBRE en el VACÍO no es más que una vana, ridícula locura.
Christopher Smart, Jubilate Agno (1758-1763)
Las manzanas son una fruta habitual en la mitología. En Don Juan,
George Byron relacionaba la inspiración de Newton en un huerto de Lincolnshire
con la tentación de Adán en el Jardín del Edén:
Cuando Newton vio caer una manzana, descubrió
en aquel leve sobresalto que le sacó de su contemplación…
una forma de probar la rotación terrena
en un remolino del todo natural, llamado «gravitación»;
y así, desde Adán, ha sido el primer mortal
que salió bien librado de una caída o de una manzana.[37]
Newton dio origen a esta celebérrima anécdota poco antes de su muerte,
mientras tomaba el té con un joven amigo, que relató que
La idea de gravitación… la provocó la caída de una manzana mientras
[Newton] estaba sentado en actitud contemplativa. « ¿Por qué la manzana
desciende siempre de forma perpendicular al suelo?», —se preguntó—. «¿Por qué
no se mueve hacia el lado o hacia arriba, sino constantemente hacia el centro
de la Tierra? Sin duda se debe a que la Tierra la atrae… existe una fuerza,
como la que aquí llamamos gravedad, que se extiende por todo el universo»[38].
Más que cualquier otro mito científico, la caída de la manzana de Newton
fomenta el concepto romántico de que los grandes genios efectúan sus
descubrimientos transcendentales de repente y en soledad. Su libro sobre
mecánica y gravedad, publicado por primera vez en 1687, se ha convertido en el
símbolo del nacimiento de la ciencia matemática. Especialmente a partir de la
segunda guerra mundial, ha sido aclamado como una especie de Biblia intelectual
internacional que supera las diferencias religiosas, el producto de una
gloriosa revolución científica que dio paso a la era moderna. En una visión
simplista de este impacto, Newton fundó la física moderna al introducir la
gravedad e implementar al mismo tiempo dos transformaciones metodológicas
esenciales: la unificación y la matematización. Al tratar de la misma forma una
manzana y la Luna, relacionó un suceso cotidiano de la Tierra con el movimiento
de los planetas por el firmamento, eliminando así la antigua división
aristotélica entre los reinos terrestre y celestial. Aparte de unificar el
cosmos, Newton unió también a los matemáticos y a los filósofos naturales,
eclipsando los Principia de Descartes con su propio libro,
unos principia matemáticos, Los principios matemáticos
de la filosofía natural.
A pesar de que Newton era, indudablemente, una persona brillante, los
elogios a un genio solitario no suelen responder a la realidad. Como cualquier
innovador, Newton se apoyó en los anteriores trabajos de Kepler, Galileo,
Descartes y un sinnúmero de otros, como escribió de forma insidiosa a Hooke,
que era corto de talla: «Si he logrado ver más lejos es porque me he subido
sobre los hombros de gigantes»[39].
Celebrarlo como el creador de la ciencia moderna es también engañoso. Lejos de
ser un físico entregado en el sentido moderno, Newton buscaba a Dios mediante
el estudio de la alquimia y de la Biblia tanto como del mundo natural. Además,
los filósofos naturales no aceptaron inmediatamente sus ideas: el modelo
cósmico newtoniano fue criticado y modificado una y otra vez, y el
newtonianismo actual es muy distinto del sistema propuesto originalmente en
los Principia.
La historia de la manzana era prácticamente desconocida hasta la época
de Byron. El símbolo de Newton era, en cambio, un cometa: Newton había
adquirido celebridad por imponer regularidad en objetos que hasta entonces no
eran más que meteoros flamígeros, advertencias esporádicas enviadas por Dios
para sobrecoger a un mundo pecador. La aparición de varios cometas a principios
de la década de 1680 —entre ellos el que ahora conocemos por el nombre del
astrónomo Edmond Halley— hizo que Newton se obsesionase con su comportamiento:
los observó a través de su telescopio, efectuó innumerables cálculos
matemáticos y se enfrascó en encendidos intercambios epistolares con rivales
como Hooke y el astrónomo real. Newton era reservado y poco dado a la luz
pública, pero Halley le convenció para que publicase, asumiendo los gastos de
edición de una obra fundamental que la Royal Society se declaró incapaz de
costear.
De forma deliberada, Newton redactó sus Principia de
forma inasequible para aquellos poco versados en matemáticas: su deseo,
señalaba, era «evitar el acoso de los matemáticos aficionados»[40].
Escribiendo en latín para llegar a un público de expertos internacionales,
Newton regresó a un lenguaje clásico: el de la geometría. Combinando los
trabajos de Galileo y otros, estableció sus tres leyes del movimiento, que
describen la interacción de objetos como bolas de billar o balas. A
continuación, Newton aplicó estas leyes para describir tanto el movimiento de
los planetas como el de las partículas diminutas, introduciendo el nuevo
concepto de gravedad como fuerza de atracción universal que se extiende por
todo el espacio y afecta de igual forma a cometas, manzanas y átomos. Otro de
los aspectos esenciales es que Newton expresó los efectos de la gravedad
matemáticamente. Según su ley de los cuadrados inversos, cuanto más cercanos
entre sí y más pesados son dos objetos, más intensa es su atracción mutua.
Algunos matemáticos quedaron inmediatamente convencidos, pero el
desconcierto fue la reacción más habitual. Muchos de los que sí comprendieron
sus explicaciones fueron críticos con ellas; en respuesta, Newton produjo otras
dos ediciones de los Principia (en 1713 y en 1726), en las que adjuntó
revisiones matemáticas, así como —algo quizá sorprendente en el libro más
famoso de la historia de la ciencia— explicaciones acerca de Dios y del papel
de los cometas en el mantenimiento de la vida. A diferencia de Descartes,
Newton imaginaba grandes extensiones de espacio vacío, no solo en el cielo,
sino también entre las minúsculas partículas que componen la materia
aparentemente sólida. Los escépticos se preguntaban cómo viajaba la gravedad a
través de esos espacios vacíos. Newton fue acusado de regresar a las antiguas
fuerzas ocultas que los filósofos mecánicos declaraban haber eliminado. Y lo
que es peor, la gravedad parecía ser un desafío al propio Dios. Si la fuerza
gravitatoria fuese de algún modo inherente a la materia, la distinción entre la
materia bruta y el mundo espiritual quedaría desdibujada. Las objeciones más
intensas y duraderas contra Newton se basaban en argumentos religiosos.
Aunque actualmente se le considera el mayor científico de la historia,
Newton era teólogo y alquimista, y Dios y los poderes ocultos están imbricados
en su cosmología. En la filosofía original de Newton, Dios dominaba todo el
Universo y estaba implicado de un modo constante en sus actividades. Newton no
concebía la materia inerte de los cartesianos, sino una serie de partículas
imbuidas de principios activos que mantenían la rotación de los planetas y la
circulación de la sangre para que el sistema del mundo no se detuviera; como él
mismo había señalado anteriormente, la naturaleza es «un obrero en perpetua
circulación». Newton no dedujo estas ideas de su biblioteca de filosofía
natural, sino de su colección mucho más extensa de obras sobre magia natural y
alquimia. Para él, la alquimia no era un simple pasatiempo, sino el camino
esencial para comprender el Universo y crecer en espíritu.
Newton se hizo famoso por ofrecer una explicación matemática al
comportamiento de los cometas. Al ser capaces de predecir su regreso, los
filósofos superaron la posición de los astrólogos, que interpretaban a esos
astros como funestos presagios que auguraban el fin del mundo. Sin embargo,
Newton —como los astrólogos— veía en los cometas a agentes de Dios, enviados
por Él para restablecer el esplendor de la vida terrestre con la materia activa
especial de sus colas. Muchos filósofos naturales se resistían a esta visión de
un Dios que intervenía en el Universo, ya que llevaba implícita su torpeza como
relojero cuya obra original era imperfecta. «Sir Isaac Newton y sus
seguidores defienden también una extraña opinión», protestaba la archinémesis
de Newton, Gottfried Leibniz. «Según su doctrina, Dios tiene que dar cuerda a
su reloj de vez en cuando para impedir que se detenga. Al parecer, careció de
la previsión necesaria para dotarlo de movimiento perpetuo»[41]. Aparte
de describir los movimientos de los planetas, Newton y sus seguidores
intentaron explicar el comportamiento de la materia en la Tierra. Examinaron
una amplia variedad de fenómenos —la reflexión de la luz, el comportamiento de
los gases, las reacciones químicas, la respiración de las plantas, la actividad
eléctrica, la digestión animal— y establecieron modelos matemáticos basados en
la atracción de corto alcance entre partículas diminutas. Sin embargo, pronto
se tropezaron con problemas teóricos: ¿cómo se explicaba, por ejemplo, la
expansión de un gas compuesto de partículas que se atraían mutuamente? Desde
1740 aproximadamente, los filósofos naturales empezaron a prestar atención a la
explicación alternativa de la gravedad ofrecida por Newton. Inspirado por sus
investigaciones alquímicas, Newton había sugerido que unas partículas
especiales, particularmente pequeñas, invadían la totalidad del espacio,
formando un soporte invisible y sin peso capaz de transmitir la gravedad o el
magnetismo, pero lo bastante enrarecido como para no afectar apenas a los
planetas. Este sutil y espiritual éter eliminaba la objeción
de la acción a distancia y hasta principios del siglo XX se recurrió a una u
otra versión del éter para explicar la gravedad, la electricidad y otros
fenómenos.
Los primeros partidarios de Newton decidieron dejar aparte el problema
de la transmisión de la gravedad y se dedicaron a explorar los posibles usos de
la teoría. La mayor parte del trabajo inicial de desarrollo se llevó a cabo en
pequeños grupos especializados, entre los que se hallaba un equipo de
matemáticos escoceses y los colegas más próximos de Newton. Newton no invirtió
demasiado esfuerzo personal en propagar sus propias ideas, pero algunos de sus
seguidores sí empezaron a dar conferencias y a efectuar publicaciones
simplificadas de su obra. En la época de su muerte, en 1727, la newtoniana Gran
Bretaña estaba enfrentada con casi toda la Europa continental, partidaria de
Descartes y Leibniz. Voltaire, uno de los primeros entusiastas de Newton,
utilizó estas diferencias para acusar a los intelectuales franceses de atraso:
«Un francés que llega a Londres encuentra las cosas muy cambiadas… Ha salido de
un mundo lleno y se lo encuentra vacío. En París se concibe un Universo
compuesto de vórtices de materia sutil; lo que ven en Londres es totalmente
distinto»[42]. Sin
embargo, la conversión de Francia no llegó hasta la segunda mitad del siglo
XVIII.
Parece irónico que el autor de uno de los primeros libros que
contribuyeron a la popularidad de Newton fuese un profesor de la Universidad de
Leiden, Willem’s Gravesande, que escribía en latín y, por tanto, podía acceder
a los estudiantes de toda Europa. Gravesande encargó a unos artesanos
holandeses que construyesen instrumentos de madera —torres de bloques, conos
que rodaban pendiente arriba— pensados para demostrar (no para ensayar ni
medir) los principios de la mecánica newtoniana. En Londres, el jefe de los
ayudantes de experimentación de Newton, John Desaguliers, reconoció los
beneficios que se podían obtener si se comercializaban de esta forma las ideas
de Newton, y fundó una escuela privada en su propia casa en la que inventó sus
propios dispositivos de demostración, que utilizaba para enseñar a profesores
que, a su vez, establecían sus propios centros newtonianos.
La promoción de la reputación de Newton se convirtió en una especie de
ejercicio de marketing. Para ganarse la vida, Desaguliers atraía
seguidores, competía con sus rivales y vendía instrumentos, libros y
conferencias. En su conjunto, estas iniciativas publicitarias contribuyeron a
crear un nuevo interés público en la ciencia fuera de las privilegiadas
fronteras de las universidades. Desaguliers fue también un ingeniero con
iniciativa, que diseñó fuentes, bombas para minas y sistemas de ventilación con
los que prometía liberar a Londres de sus «tiznantes vapores, que surgen de los
innumerables fuegos de carbón, así como de la fetidez de los inmundos puestos
de venta y del alcantarillado»[43]. Estos
inventos con utilidad práctica consolidaron el prestigio de Newton, al
persuadir a inversores y políticos de que sus teorías podían generar un
provecho financiero, tanto para ellos como para la nación.
Desaguliers y otros partidarios de Newton estaban especialmente
orgullosos de un instrumento específicamente ideado para demostrar la gravedad:
el planetario, un modelo del sistema solar.
En la imagen idealizada de la Figura 22, una familia de las Midlands se
reúne alrededor de un ejemplar excepcional de este aparato. Los grandes
semicírculos, cuyo origen se halla en las esferas armilares de Ptolomeo (véase
la Figura 4) realzan el dramatismo, pero la parte funcional del dispositivo es
la base horizontal plana.
Figura 22. Joseph Wright, Un filósofo dando una conferencia en el
planetario, con una lámpara colocada en lugar del Sol (1766).
La lámpara de aceite del centro, que representa el Sol, ilumina esta
escena, situada en una biblioteca privada. Cuando la persona que efectúa la
demostración (que lleva unos ropajes de color rojo, la indumentaria informal de
los filósofos) gira la manivela de la máquina, las diminutas esferas giran
alrededor del sol con velocidades proporcionales a las del movimiento de los
verdaderos, planetas en el cielo. Como en otras imágenes de la Ilustración, el
newtonianismo aparece también de forma simbólica. Los patrones de iluminación
de los espectrales rostros hacen referencia a las fases de la Luna y los
planetas, y las diversas atracciones entre los cuerpos celestes se reflejan en
las diversas relaciones humanas: los dos niños están, física y emocionalmente,
próximos entre sí, mientras que los adultos están espaciados en un círculo
dominado por el profesor.
Estas representaciones visuales de los vínculos entre el cosmos
gobernado por las leyes de Newton, el benevolente gobierno de Dios y la estable
jerarquía de la sociedad georgiana se complementaban con expresiones verbales
en la poesía y la filosofía. Cuando Jorge II fue coronado en 1727, el año en
que murió Newton, Desaguliers publicó el equivalente en verso de esta pintura,
en el que se deshacía en adulaciones al monarca inglés, al que comparaba con un
Sol que extendía el poder del amor —la atracción— sobre una nación newtoniana.
Como Voltaire y otros reformistas políticos, Desaguliers imaginaba una sociedad
democrática newtoniana compuesta de ciudadanos libres que se atraían entre sí
pero actuaban de forma independiente:
Pues el Sol, con firmeza, en el Éter reside,
y desde allí ejerce su Virtud de alcance;
y, cual ministros atentos a su afán,
seis Mundos rodean su Trono en Mística Danza…
ATRACCIÓN que todo el Reino abarca
y bendice el reino de JORGE y CAROLINA[44]
Newton había centrado su atención en los planetas y en las partículas,
pero sus sucesores llevaron su punto de vista matemático a todos los aspectos
imaginables de la vida en la Tierra. Uno de los primeros incondicionales fue un
teólogo que, mediante la interpretación de las leyes de Newton, llegó
(seriamente) a la conclusión de que la segunda venida de Cristo tendría lugar
antes del año 3150. Mayor fue la influencia de la aplicación de la física de
Newton a la descripción de los cuerpos vivos. Al principio, los filósofos
concebían los cuerpos como máquinas que funcionaban de manera similar a las
bombas hidráulicas; sin embargo, más adelante desarrollaron modelos de
actividad nerviosa basados en el concepto newtoniano de éter, en los que se
describía el recorrido de las señales desde y hacia el cerebro como una
vibración que se transmitía a través de un sutil fluido contenido en los
nervios. Los naturalistas quisieron emular la unificación del Universo de
Newton; para ello intentaron hallar un poder universal que definiese la vida.
David Hume se auto declaró el Newton de la mente humana, y quiso construir la
psicología sobre una base experimental y matemática; al mismo tiempo, Adam
Smith adoptó una estrategia similar para sus teorías económicas.
A finales del siglo XVIII, el newtonianismo dominaba la vida intelectual
con el poder de una ideología religiosa. Aunque algunas personas atacaron
algunos de los detalles del edificio, la supervivencia profesional dependía de
una lealtad inquebrantable. El newtonianismo se había convertido en la marca de
fábrica de un modo de pensamiento, de un credo científico. Para que las teorías
fuesen tomadas en serio debían llevar la etiqueta de newtonianas, por muy
distintas que resultasen ser entre sí, e incluso de las propias obras de
Newton.
Quizá el impacto más profundo de la gravitación fue el establecimiento
de una fe optimista: la de que el cosmos estaba controlado por leyes simples.
No solo las manzanas y la Luna, los átomos y los planetas, las bolas de billar
y las galaxias: cualquier cosa podía, en principio, reducirse a fórmulas
matemáticas sencillas. Esto incluía la mente humana, el tiempo atmosférico, el
comportamiento de las multitudes, las reacciones químicas, el crecimiento de
las plantas y el flujo del tráfico. La extraordinaria influencia de Newton era
como un presente caído del cielo. «Debemos rendir homenaje a Newton», exhortaba
en 1801 un investigador médico francés, «el primero en descubrir el secreto del
creador, a saber, la reconciliación entre la simplicidad de las causas y la
multiplicidad de los efectos»[45]. Newton
se convirtió en el Dios de la razón durante la Ilustración, y fue elevado a la
categoría de héroe por los herederos de la Revolución Francesa, que soñaban con
utopías futuras modeladas según las directrices gravitatorias.
Instituciones
Contenido:
1. Sociedades
2. Sistemas
3. Carreras
4. Industrias
5. Revoluciones
6. Racionalidad
7. Disciplinas
Para comprender las razones por las que la ciencia se ha convertido en
la columna vertebral del mundo moderno es necesario describir los eventos que
tuvieron lugar tanto dentro como fuera de los laboratorios. La ciencia no es
únicamente un producto final (como un teorema, una sustancia química o un
instrumento), sino una parte integral de la sociedad, interrelacionada con la
industria, el comercio, la guerra, el gobierno y la medicina. Las viejas
historias sobre ciencia se centran, engañosamente, en los descubrimientos y en
los grandes genios, y pasan por alto el siglo XVII, un período en el que,
afirman, no sucedió nada importante. En realidad, para cualquiera que esté
interesado en apreciar de qué modo $e ha forjado el poder de la ciencia, este
es el período más importante, la transición fundamental entre los experimentos
privados de unos cuantos acaudalados caballeros y la aparición de los
laboratorios públicos, el patrocinio del estado y la industrialización de la
era victoriana. Los experimentadores emprendedores empezaron a actuar como
expertos en relaciones públicas. Convencieron a los críticos de que invertir en
ciencia era la actitud más útil y rentable, promovieron las sociedades, las
carreras y las oportunidades de financiación que se han convertido en el rasgo
principal de la ciencia en el mundo, Quizá las instituciones no estén dotadas
del carisma de los heroicos descubridores, pero fueron esenciales para
publicitar los logros de la ciencia y para atraer el soporte financiero. Sin
ellas no existirían los grandes centros de investigación ni los proyectos
científicos mundiales.
1. Sociedades
Los hombres de ciencia discuten con ardor sobre la forma de aplicar los
resultados de sus trabajos en beneficio de la humanidad… Y sin embargo, fuera
de sus departamentos, son de lo más intransigente. Son, en realidad,
socialistas en sus laboratorios y conservadores en el Ateneo.
Ritchie Calder, El nacimiento del futuro (1934)
La inspiración de los genios sirve para crear figuras decorativas pero,
como decía Karl Marx de la filosofía, se trata de cambiar el mundo, no solo de
interpretarlo. Según la tradición, los filósofos naturales observaban con la
finalidad de averiguar por qué sucedían las cosas. En cambio, los nuevos
experimentadores de los siglos XVII y XVIII se unieron para hacer que
sucedieran cosas. Mediante la creación de sociedades científicas lograron el
poder colectivo del que carecían como individuos. Newton, por ejemplo, se hizo
célebre en toda Europa aprovechando una plataforma de promoción que ya existía,
la Royal Society de Londres. Sin el soporte de la Society para dar publicidad a
sus primeros inventos, experimentos y libros, le hubiese resultado difícil encontrar
apoyos fuera de su pequeño círculo en Cambridge. Y, durante el último cuarto de
su vida, la posición de Newton como presidente de esa institución le permitió
ejercer su dominio sobre la investigación en Inglaterra. Sin embargo, aunque
Newton estaba al mando, fue la Society la que llevó la ciencia a la sociedad.
En sus Viajes de Gulliver, Jonathan Swift se mofaba de los
químicos que intentaban fabricar pólvora a partir de hielo, o de los
arquitectos matemáticos que empezaban las casas por el tejado. Pero cuando el
libro fue publicado en 1726, esta actitud desdeñosa y burlona estaba empezando
a desaparecer. Por toda Europa se establecían sociedades científicas con el
objetivo de demostrar que los experimentos podían convertirse en resultados.
Durante el siglo XIX, los gobiernos realizaron cuantiosas inversiones en investigación
científica, y se elogiaba a los inventores por su contribución fundamental al
auge de la economía industrial. Aunque la ciencia seguía estando reservada a
los hombres pudientes, las sociedades científicas habían dado pie a un cambio
espectacular, una explosión generalizada de la ciencia pública cuya importancia
a largo plazo fue infinitamente mayor que las innovaciones individuales de un
puñado de eruditos solitarios.
Hasta mediados del siglo XVII, los escenarios de la actividad
intelectual eran privados, no públicos. Los universitarios vivían en
comunidades apartadas, e incluso los investigadores experimentales menos
convencionales de Oxford se encontraban en sus habitaciones privadas. A
diferencia de lo que sucedía en la era victoriana, no había salones públicos ni
salas de conferencias, así que los debates científicos tenían lugar intramuros,
no solo en los estudios de los intelectuales, sino también en museos de coleccionistas,
laboratorios alquímicos, salones de la corte, talleres de artesanos, comedores
de aristócratas y bibliotecas de magos. De forma muy gradual, la importancia de
esta actividad privada languideció, y aparecieron nuevas instalaciones en las
que las personas podían reunirse en público.
Entre estos lugares se hallaban las casas de té inglesas, espacios
comunes que los caballeros adoptaron como segundas residencias para atender su
correo, leer periódicos y comentar los últimos avances lejos de las
distracciones familiares. Otras instituciones públicas prosperaron también:
salas de lectura, clubes de caballeros, museos, logias masónicas. Unidas al
creciente número de periódicos diarios, revistas y libros, permitieron que las
personas se enzarzasen en debates a nivel nacional, expresasen sus puntos de
vista, obtuviesen información y, además, se entretuviesen. Aunque la
distribución fue desigual, este fenómeno se extendió por toda Europa durante la
Ilustración, una época en la que el conocimiento y el poder empezaron a salir
de las élites más selectas y el concepto de «opinión pública», que ahora nos
resulta tan familiar, empezó a desempeñar un papel vital en la toma de
decisiones. Las fuentes del poder también cambiaron. Los gobiernos empezaron a
arrebatárselo a los monarcas, y las organizaciones públicas desafiaron las
estructuras de dominio intelectual tradicionales.
Las primeras sociedades científicas se crearon como parte de esta
tendencia general a poner el conocimiento a disposición del público. No se
trataba de casos excepcionales, sino de una variedad específica de estas nuevas
instituciones que facilitaban a muchas más personas que antes la participación
en debates organizados. La primera de estas instituciones que tuvo un impacto
profundo fue la Royal Society de Londres, fundada por miembros del grupo
experimental de Oxford (Boyle, Hooke, Wren y sus colegas) después de la
restauración en el trono de Carlos II en 1660. Sus primeras reuniones tuvieron
lugar en Gresham College, un centro de navegación situado junto al Támesis y
célebre por sus enseñanzas en matemáticas. Cuando la comunidad se consolidó
adquirió sus propios locales de reunión cerca del Strand, el núcleo del
floreciente comercio de instrumentos de Londres.
Otros gobernantes europeos reconocieron enseguida el estatus que
proporcionaba una institución intelectual como esa y fomentaron la fundación de
sus propios centros en ciudades importantes como París y Berlín. Aparte de
estas instituciones nacionales, muchas ciudades de provincias establecieron sus
propias sociedades de ámbito más reducido para comentar acerca de literatura,
ciencia y actualidad. A finales del siglo XVIII había más de doscientos de
estos círculos, con diversos grados de formalidad e influencia, dispersos por
toda Europa y Norteamérica. En lugares tan lejanos entre sí como San
Petersburgo y Filadelfia, Suecia y Sicilia, grupos de entusiastas se reunían
con regularidad para debatir acerca de las más recientes ideas y
descubrimientos de la ciencia.
Muchas sociedades tomaron el modelo de la Royal Society inicial. Desde
el principio, sus fundadores no tuvieron dudas sobre cómo debían «apoyar su
propia iniciativa»: debían «hallar todas las formas de revivir el brillo de
lord Bacon»[46]. Bacon
había muerto hacía unos cuarenta años, pero su figura aparece de forma
prominente en el lado derecho de la Figura 23, la portada del manifiesto
experimental de la Royal Society. Como símbolo ideológico de la Society, Bacon
lleva sus ropas oficiales de canciller y señala hacia los instrumentos que
desde ese momento deben convertirse en la fuente del conocimiento. A la
izquierda figura el primer presidente de la Society, William Brouncker,
indicando al rey Carlos II, que está recibiendo una corona de laurel junto a la
diosa de la fama.
Figura 23. Ideología baconiana en los inicios de la Royal Society. Portada
de la History of the Royal Society de Thomas Sprat (1667).
Esta adulación visual era un método convencional usado con la finalidad
(infructuosa) de aumentar la cuantía del patronazgo real. Aunque los estantes
están repletos de libros de los autores científicos más recientes (Harvey,
Copérnico, el propio Bacon), la escena está dominada por los instrumentos. Las
paredes están adornadas con versiones modificadas de dispositivos matemáticos
tradicionales, mientras que el fondo (junto a la oreja derecha del rey)
aparecen dos modernas innovaciones: un gigantesco telescopio óptico y una
filosófica bomba de vacío.
Los miembros de la Society daban suma importancia a estas ambiciones
baconianas. Sus aspiraciones consistían en recopilar observaciones, establecer
leyes científicas y utilizar los conocimientos recién adquiridos para
desarrollar inventos tecnológicos que pudiesen reportar un beneficio para la
nación. En la práctica, sucedió algo distinto. Para empezar, a pesar de que
afirmaban haber creado una institución democrática, la Royal Society era en
realidad una organización elitista dominada por aristócratas instruidos y
terratenientes que formaban una nueva jerarquía científica. Aunque algunos
constructores de instrumentos se convirtieron en miembros de la Society, estos
hombres menos distinguidos no solían alcanzar posiciones de poder; las mujeres
tenían, fundamentalmente, el acceso prohibido a las salas de reuniones hasta el
siglo XX.
Aunque la mayor parte de instituciones metropolitanas siguieron el
ejemplo de Londres y restringieron las posibilidades de ingreso, sí alcanzaron
altas cifras de difusión a través de sus boletines, en los que se detallaban
los experimentos más recientes. No solo era cada ejemplar leído por varias
personas, sino que incluso aquellos que no podían acceder directamente a uno de
ellos podían leer resúmenes en los cada vez más numerosos periódicos
comerciales (en aquella época, el plagio estaba a la orden del día y la
protección de los derechos de autor era inexistente). Mediante este material
escrito, las sociedades convertían a sus miembros indirectos en una suerte de
testigos virtuales, casi como si estuviesen personalmente presentes en las
demostraciones originales. El objetivo principal de estos círculos de extender
el conocimiento a través de la publicación se convirtió en el componente
fundamental de la actividad científica.
El correo postal era también esencial para que los descubrimientos de
las sociedades se hicieran públicos. Tanto hombres como mujeres podían
participar en esta República de las Letras, una comunidad imaginaria que
vinculaba a sus intelectuales ciudadanos en una extensa red de correspondencia.
Los coleccionistas intercambiaban objetos e información: plantas interesantes,
muestras de minerales, nuevos instrumentos o curiosidades naturales. A veces se
publicaban cartas personales para que alcanzasen a un público más amplio. Por
ejemplo, el pastor metodista John Wesley se enteró de las propiedades médicas
de las máquinas eléctricas al leer la colección impresa de cartas de Benjamín
Franklin enviadas de Filadelfia a Londres; a su vez, la fascinación inicial de Franklin
por la electricidad tuvo su origen en la lectura de un artículo de una revista
en el que se hablaba de unos experimentos realizados en Inglaterra.
Además de expandir conocimiento, las sociedades distribuían fondos
monetarios. Tradicionalmente, el mecenazgo privado había actuado como sostén
económico de los filósofos naturales que —como Galileo— carecían de riquezas
propias. Esta influencia económica fue disminuyendo paulatinamente a medida que
el poder de las sociedades aumentaba y estas empezaban a establecer nuevos
tipos de financiación, En Londres, el ámbito de financiación de investigaciones
de la Royal Society era limitado. El económicamente modesto Hooke estaba
empleado como conservador experimentador; sin embargo, debido a la negativa de
los sucesivos reyes a proporcionar dinero, el salario asignado al puesto era
pequeño y salía de las cuotas anuales de los miembros. La Real Sociedad
francesa, en cambio, se aproximaba más a la visión de Bacon de organización
financiada por el estado. Luis XIV, preocupado por aumentar su prestigio,
pagaba los salarios de quince expertos con los que se reunía dos veces por
semana en la biblioteca real, aparte de guiar los experimentos hacia asuntos de
interés nacional. La diferencia entre las estructuras de las sociedades de
París y de Londres supuso una influencia fundamental en el desarrollo
científico en ambas orillas del Canal durante la Ilustración. En Francia, unos
resultados generosos y una sólida base financiera alentaban las investigaciones
teóricas y favorecían que el gobierno mostrase una decidida orientación
científica. En Inglaterra, sin embargo, la investigación estaba más bien
motivada por intereses particulares. Los aristócratas adinerados seguían sus
propias líneas de exploración, mientras que los inventores emprendedores (como
Desaguliers) se centraban en proyectos prácticos con el fin de generar fondos.
Las sociedades idearon gradualmente formas de sacar dinero a la fuerza a
los reacios monarcas. En junio de 1760, los miembros de la Royal Society de
Londres se enteraron de que los tradicionales enemigos de Gran Bretaña, los
franceses, habían organizado diversas expediciones con el fin de registrar el
tránsito de Venus (similar a un eclipse lunar) del año siguiente. Para
justificar su solicitud de 800 libras al gobierno, la Royal Society hizo
hincapié en el honor nacional: «supondría ceder demasiado terreno a los
extranjeros si Inglaterra dejase de enviar observadores a los lugares más
idóneos para ese propósito y súbditos de la Corona de Gran Bretaña»[47]. Aunque
los resultados no fueron concluyentes, afortunadamente debía ocurrir otro
tránsito ocho años más tarde, para el que los miembros solicitaron —y
obtuvieron— cuatro mil libras. A finales de siglo, el presidente Joseph Banks
—un aristocrático autócrata que ejerció su dominio sobre la ciencia británica
durante cuarenta años— estaba situando estratégicamente en los comités de la
Society a influyentes políticos que fueran capaces de obtener financiación del
estado. A su muerte, en 1820, Banks había logrado implicar profundamente a la
Royal Society en la expansión del imperio británico.
Banks tenía poco más de veinte años cuando se dio cuenta de que los
intereses nacionales, las políticas del gobierno y la exploración científica
estaban íntimamente ligados. En la expedición al segundo tránsito de Venus, en
1769, que se suele presentar como el primer ejemplo de colaboración científica,
varias instituciones nacionales decidieron dejar aparcadas las rivalidades
políticas con el fin de medir las dimensiones del Sistema Solar. Sin embargo,
cada sociedad envió a su propio equipo, y los resultados se
intercambiaron a posteriori. Aunque Gran Bretaña y Francia estaban
oficialmente en paz, ambos países aspiraban a controlar la región del Pacífico,
que ofrecía lucrativas rutas comerciales y bases militares de gran importancia
estratégica. El Almirantazgo Británico aprovechó la oportunidad de combinar una
expedición astronómica a Tahití con una misión de exploración a Australasia, y
decidió enviar al capitán James Cook instrucciones secretas para recoger
información, apoderarse de territorios y entregar todos sus cuadernos de
bitácora a su regreso. Banks, que era un pasajero de pago que financiaba su
propia investigación botánica, sabía que el gobierno tenía como objetivo la
expansión de sus posesiones, no de su dominio científico.
Cuando los historiadores juzgan los logros científicos a partir de las
publicaciones, los dos panfletos de Banks acerca de la cría de ovejas hacen que
apenas se le tenga en consideración. Pero para los que consideran que es más
razonable medir el rendimiento a partir de la influencia ejercida, Banks
resultó ser un innovador de vital importancia, que convirtió la ciencia en una
actividad de prestigio que impregnaba tanto la política como el comercio. Banks
fue el introductor de dos nuevos modelos de rol científico. A través de sus
propios viajes y de sus métodos para garantizar financiación consolidó el
estereotipo del explorador heroico, el viajero romántico que, personificado en
el Frankenstein de Mary Shelley, «voluntariamente sufrí frío, hambre, sed y sueño…
dedicaba las noches al estudio de las matemáticas, de la teoría de la medicina
y de aquellas ramas de las ciencias físicas que pensé serían de mayor utilidad
práctica para un aventurero del mar»[48]. Banks
dotó de atractivo y sofisticación a las exploraciones científicas, y las
convirtió en sólidas inversiones comerciales.
Banks personificó también un tipo de científico cuya importancia no
haría más que aumentar durante el siglo XIX: el administrador científico. Banks
era un acaudalado terrateniente y confidente de Jorge III durante sus
intermitentes ataques de locura, y llevó la ciencia hasta el núcleo de la
política británica al convertirse, tanto él como la Royal Society, en piezas
indispensables durante su largo período como presidente de la institución.
Hasta nuestros días han llegado más de veinte mil cartas, testimonio del
control de Banks sobre un imperio científico internacional. Banks, un hábil
negociador, persuadió a la Compañía de las Indias Orientales para que
financiase una expedición cartográfica por el Pacífico, pero también instruyó a
los cartógrafos para que recogiesen información comercial acerca del mercado de
la India. Con sagacidad financiera, sacó provecho de la obsesión del rey por
los Kew Gardens para obtener financiación real para una misión de
reconocimiento que permitiría a la India bajo dominio británico minar el
control chino del mercado del té.
Con Banks al frente, la Royal Society participó en todos los aspectos de
la expansión del imperio, imbricando la ciencia de forma inseparable con la
búsqueda internacional de materias primas y de tecnología extranjera. En los
comités en los que se discutía el desarrollo colonial, los miembros de la Royal
Society se encargaban de que se asignase una prioridad alta a la investigación
científica, así que con frecuencia era imposible distinguir entre espionaje
comercial, actividad diplomática e investigación científica. Al ser uno de los
pocos ingleses que había estado en Australia, Banks desempeñó un papel decisivo
en el establecimiento de las colonias penales en aquel continente. Como
botánico más famoso del mundo, organizó una red internacional de jardines experimentales
con el objetivo de trasplantar cultivos; esto alteró de forma permanente el
paisaje de tierras lejanas, al convertir los terrenos en copias de la Europa
agrícola hechas para la producción de ovejas, vacas, trigo y cebada.
La intención de Banks era mejorar el mundo con las mismas pautas que
utilizaba en sus propios terrenos. Como sus colegas aristócratas, Banks estaba
convencido de su responsabilidad en el mantenimiento de una sociedad estable y
jerárquica y de tener el deber de mejorar el bienestar de los que estaban por
debajo de él a través del incremento de sus propias riquezas. Para Banks, era
un designio divino no solo que los mal pagados braceros de su granja de
Lincolnshire generasen enormes beneficios para que él los gastase, sino que
también los obreros africanos extrajeran minerales preciosos para aumentar la
fortuna de Gran Bretaña. Lo que los críticos modernos llamarían explotación era
para él ayuda recíproca. Desde su punto de vista, la India «gozaba de un sol,
clima y población tan superiores a los de la Madre Patria» que su función
natural era, por supuesto, proporcionar materia prima a las fábricas de Gran
Bretaña y «unirse a la Madre Patria con los lazos humanos más fuertes e
indisolubles, los del interés común y el beneficio mutuo»[49].
Tras la muerte de Banks, sus victorianos sucesores trataron de hacer de
la Royal Society un lugar más democrático por el procedimiento de eliminar el
recuerdo de su autoritario gobierno. En busca de antepasados de prestigio,
decidieron acudir directamente a Newton, Galileo y otros descubridores
solitarios. Para muchos científicos, no obstante, el mayor de los héroes era
Bacon, santo patrón de las sociedades científicas cuya acción colectiva había
sido capital en la creación de la ciencia pública. Con su conocimiento político
de primera mano, Bacon había acuñado el lema perfecto para el ambicioso siglo
XIX: «El conocimiento es poder».
2. Sistemas
El intento de dividir en dos cualquier cosa debe considerarse, a priori,
sospechoso.
C. P. Snow, Las dos culturas (1959)
Francis Bacon comparaba a los experimentadores con hormigas, corriendo
de acá para allá recogiendo observaciones para que las sabias abejas (los
filósofos naturales) las digiriesen. Pero, con la reducción del precio de los
libros y la facilidad para viajar al extranjero, la masa de información
acumulada enseguida se hizo imposible de gestionar. La organización era
esencial. La imposición del orden permitía a los filósofos naturales mantener
controlados a los díscolos datos y convertirlos en conocimiento científico. La
Ilustración se suele denominar también la Era de la Clasificación, el período
en el que la agrupación de los datos, los objetos y el conocimiento en
categorías sistemáticas se convirtió en una obsesión. La construcción de estos
sistemas de archivo intelectual se reveló como una tarea compleja. Tristram
Shandy Senior pasó tres años recopilando su Tristrapaedia, un sistema
organizado de información cuya finalidad era la educación de su hijo, pero su
avance era tan lento que la primera parte ya estaba obsoleta antes de
concluirla. Un pedante de ficción menos conocido, el Dr. Morosophus, malgastó
su vida leyendo versiones resumidas de entradas de la enciclopedia Chambers:
La Chambers abreviada era su afición completa de la fructífera A a la
improductiva Z[50].
La Ephraim Chambers’s Cyclopaedia, que apareció en 1728, fue
la mayor de las innovaciones de la Inglaterra de la Ilustración, el primer
intento de reunir todo el conocimiento de la humanidad en una ordenada serie
alfabética. Sin embargo, a finales del siglo XVIII, cuando el Dr. Morosophus
aburría a sus colegas, la Chambers había sido superada por sus imitadoras:
la Encyclopédie francesa y la escocesa Encyclopaedia
Britannica.
Las enciclopedias posteriores se hicieron cada vez mayores, pero también
—eso afirmaban, como mínimo, sus editores— mejoraron. Cada una eligió un
esquema distinto para la realización de sus mapas del conocimiento (una
metáfora muy popular durante la Ilustración). Chambers, un librero autodidacta
cuyo objetivo era ilustrar a los ciudadanos de la República de las Letras,
admitía que su división en Artes y Ciencias era un tanto arbitraria. Se
presentaba como un explorador del intelecto que guiaría a sus lectores por los
dominios de la sabiduría mejor establecida y les impediría vagar sin rumbo por
el páramo de la ignorancia. Aun así, los viajeros modernos pronto se perderían.
El camino marcado como «Racional» por Chambers conducía a la religión, la
metafísica o la matemática, mientras que la óptica y la astronomía se hallaban
en la misma ruta que la cetrería, la alquimia y la escultura.
Puede que Chambers fuese el primero, pero fueron sus herederos franceses
los que crearon la Biblia de la Razón definitiva de la Ilustración. Como Tristram
Shandy [la novela que acabaría ocupando 9 volúmenes (1759 y 1769)], su
proyecto creció de forma ominosa, pero finalmente lograron llegar al final de
la Z en 1772: el resultado fueron 28 volúmenes en los que estaba comprimido
todo el conocimiento humano. Aunque podían hallarse referencias a artículos
inexistentes, la Encyclopédie se convirtió en el símbolo de la
taxonomía racional en Francia, siguiendo el modelo de un árbol cuyo tronco
central estaba rotulado como «Razón». Los editores buscaron su inspiración en
Bacon, y podaron drásticamente su esquema original para comprimir en un
minúsculo espacio a la teología, mientras que las matemáticas y la filosofía
natural recibían un amplio terreno. A lo largo de las décadas posteriores,
estas fronteras intelectuales se revisaron una y otra vez hasta llegar a la
configuración moderna de las disciplinas académicas.
Embutida entre la cosmología y la mineralogía, el plan de la Encyclopédie incluía
una ciencia relativamente nueva: la botánica. La palabra misma se había
inventado a finales del siglo XVII, cuando los naturalistas descubrieron la
reproducción sexual de las plantas y los coleccionistas estaban abrumados, no
solo por las nuevas especies importadas de ultramar, sino por los recientes
descubrimientos en la propia Europa. Aunque se efectuaron muchos intentos de
acomodar las numerosas plantas en las categorías aristotélicas, las anomalías
eran abundantes: había que tomar decisiones similares a las de clasificar los
murciélagos o los ornitorrincos como mamíferos o como aves. El sistema original
de clasificación de Aristóteles era incapaz de resolver estos conflictos y fue,
finalmente, abandonado.
Aunque los taxonomistas propusieron numerosos esquemas, ninguno de ellos
satisfacía a todos. Como sucede con la clasificación de libros en una
biblioteca, no existía la forma correcta de organizar el mundo natural; ninguno
de los criterios para decidir el sistema de clasificación era mejor que los
demás. Algunos de los debates se resolvieron acudiendo a poderosos mecenas para
que actuasen de árbitros. Un misionero francés intentó acabar con el dominio
del comercio de especias de los holandeses plantando nueces moscadas en un
territorio propiedad de Francia. Sin embargo, un rival lo acusó de importar una
planta distinta, superficialmente parecida a la otra pero de inferior calidad.
¿Era o no nuez moscada? La respuesta dependía del dominio comercial al que perteneciese
cada taxonomista. Un problema similar surgió en Italia, cuando un coleccionista
decidió ofrecer como regalo a su rey un mono hermafrodita. Los expertos de los
museos insistían en que se trataba de una hembra normal; sin embargo, al no
haber demasiados monos con los que comparar, no podían afirmarlo
categóricamente.
Uno de los primeros clasificadores de la Ilustración fue John Ray, un
antiguo profesor de Cambridge que aprovechaba la generosidad de sus amigos para
financiar sus viajes por Europa en busca de especímenes de colección y que
introdujo algunas palabras útiles, como «pétalos» en lugar de «hojas
coloreadas». Ray, que era enfermo crónico y aliviaba sus cólicos medicándose a
base de puré de cochinilla, luchó durante treinta años para publicar su colosal
compendio de plantas, pero al final se vio obligado a reducir costes omitiendo
las ilustraciones. Con la intención de reconciliar opiniones encontradas sobre
los límites de las categorías (¿cuándo pasa un arbusto a ser un árbol?), Ray
afirmaba que debían tomarse en consideración varias características al mismo tiempo,
razonando que era imposible ir más allá de las impresiones que produce la
planta (olor, color, sensación) y discernir su esencia interna.
El destino de Ray fue similar al de Chambers: a pesar de ser un pionero
de la clasificación, es mucho menos conocido que su sucesor, Carl Linneo.
Linneo, que era la versión sueca de Joseph Banks, hizo un par de incursiones
breves en el círculo polar Ártico, pero luego se dedicó a intentar organizar el
mundo de su propio jardín en Uppsala, una pequeña ciudad universitaria. El
objetivo de Linneo, un hábil propagandista de sí mismo, era doble: propagar su
sistema de clasificación de plantas, que se sigue utilizando de forma
generalizada, y revivir la economía nacional mediante la producción doméstica
de productos de lujo. De igual modo que Banks mantenía desde su casa de Londres
correspondencia con botánicos de todo el mundo, Linneo permaneció en Suecia,
pero envió equipos de colaboradores para que le trajesen ejemplares exóticos y
predicasen su evangelio taxonómico.
Para espanto de sus rivales, Linneo decidió simplificar drásticamente el
problema de la clasificación de las plantas mediante la elección de un único
criterio: el número de órganos reproductivos. Su nuevo «Lenguaje de las
flores», se jactaba Linneo, era tan directo que incluso las mujeres eran
capaces de entenderlo. En contraste con sistemas anteriores como el de Ray, que
exigía complejas comparaciones cualitativas, la taxonomía de Linneo afirmaba
ser simple y racional porque se basaba en contar. Linneo organizó las plantas
en veinticuatro clases según el número de estambres masculinos de la flor.
Teniendo en cuenta el número de pistilos femeninos, subdividió cada una de
estas clases en tres órdenes de categoría inferior, organizados numéricamente.
Aunque Linneo estaba formulando un esquema supuestamente científico, su
texto parece más bien la parodia de una novela rosa: «Las hojas de las flores»,
proclamaba, «actúan como lechos nupciales gloriosamente dispuestos por el
Creador, adornados por nobles doseles y perfumados con suaves aromas para que
los novios celebren allí sus esponsales con gran solemnidad»[51]. Aunque
su sistema pueda parecer objetivo, la verdad es que se basaba en los prejuicios
de los moralistas cristianos de la Ilustración. La división fundamental de
Linneo entre masculino y femenino era la misma distinción que tenía lugar entre
la chovinista sociedad de la Europa del siglo XVIII.
Aunque su sistema pueda parecer objetivo, la verdad es que se basaba en
los prejuicios de los moralistas cristianos de la Ilustración. La división
fundamental de Linneo entre masculino y femenino era la misma distinción que
tenía lugar entre la chovinista sociedad de la Europa del siglo XVIII.
Al asignar prioridad a las características masculinas, Linneo impuso
sobre el reino vegetal la misma discriminación sexual prevalente en el mundo de
los seres humanos. Su primer nivel de ordenación depende del número de
estambres masculinos, mientras que los subgrupos vienen determinados por los
pistilos femeninos. Como este método antropomórfico de dividir el reino vegetal
parecía natural, incluso querido por Dios, los naturalistas podían hacer el
razonamiento inverso: como las jerarquías sexuales son prevalentes en la
naturaleza, también la supremacía masculina —según esta torcida lógica— debe
ser apropiada para las personas. Este argumento no tiene en cuenta que este
orden sexual fue, de hecho, tomado originalmente de la sociedad. La
clasificación de Linneo no solo reflejaba los prejuicios sociales, sino que los
reforzaba.
Linneo adquirió fama como taxonomista, pero también era un activista
religioso y un chovinista que planeaba salir al rescate de Suecia utilizando
las leyes de la naturaleza dictadas por Dios para impulsar la maltrecha
economía del país. En su interpretación de la Biblia, que compartían muchos de
sus contemporáneos, los seres humanos poseían una doble misión divina: cuidar
del mundo y explotarlo para su propio provecho. Para muchas personas, la
maximización de los beneficios tenía prioridad sobre la búsqueda del
conocimiento, y la razón que impulsaba a los naturalistas a investigar las
plantas no era únicamente la curiosidad científica, sino hallar la forma de
convertirlas en medicinas, alimentos o materiales de construcción. Mientras
algunos sostenían que Dios había esparcido Sus riquezas por toda la Tierra con
el objeto de impulsar el comercio internacional, Linneo estaba convencido de
que la intención de Dios era que Suecia prosperase cultivando todo lo que
necesitaba dentro de sus propias fronteras.
Si se analiza desde un punto de vista eurocéntrico, Linneo controlaba un
imperio botánico internacional, enviando y recibiendo cartas, personas y
especímenes desde su base central. Pero desde la perspectiva de los
comerciantes asiáticos que vendían café, té y seda, sus emisarios suecos no
eran más que crédulos clientes dispuestos a pagar precios muy altos. Otros
aspectos del desarrollo imperial durante la Ilustración pueden mirarse también
desde perspectivas alternativas. En las ciudades británicas, las cafeterías
surgieron como nuevos centros sociales en los que se desarrollaba la opinión
pública, pero también eran empresas comerciales establecidas por emprendedores
inmigrantes asiáticos o africanos, y su popularidad se incrementó a raíz de la
masiva importación de azúcar procedente de plantaciones en las que trabajaba
mano de obra esclavizada. Se puede interpretar que Gran Bretaña se enriqueció
tomando enérgica posesión de las colonias y explotando sus insospechados
recursos; otra interpretación, sin embargo, es que los comerciantes orientales
que se relacionaban en redes de mercado ya existentes decidieron protegerse
cargando precios superiores a los del mercado a las compañías comerciales
británicas, forzándolas a establecer sus propias plantaciones. El imperio
comercial británico no era exactamente una rueda en la que Londres era el eje,
sino más bien una red internacional de centros locales en la que cada centro
negociaba con aquellos con los que estaba conectado.
El mundo estaba empezando a uniformizarse. A medida que los agricultores
oportunistas empezaron a trasplantar variedades de cultivo a zonas que
proporcionasen mejores cosechas, el mundo empezó a parecerse cada vez más a un
único jardín global. Banks envió el árbol del pan de Tahití al Caribe, los
esclavos africanos llevaron arroz a Carolina, los cultivadores europeos
trasladaron la producción de café de Moca a Java. Mientras los esclavos
americanos y los jefes africanos llevaban ropas de algodón hindú, los hindúes
estaban cultivando guindillas, tomates y otros vegetales de Suramérica
distribuidos por los invasores portugueses y españoles. En Suecia, Linneo
convenció al gobierno para que invirtiese en sus ambiciosos proyectos en los
que prometía arrozales, árboles de canela y plantaciones de té. El éxito
inicial de Linneo al lograr cultivar el primer platanero de Europa le ayudó a
conseguir financiación para sus visionarias ambiciones, en las que Suecia iba a
disfrutar de productos de lujo cosechados en su propio territorio, a diferencia
de Gran Bretaña y Holanda, que tenían que importarlos de sus imperios en el
extranjero. Por desgracia para Suecia, los sueños agrícolas de Linneo
demostraron ser menos duraderos que su taxonomía.
El sistema de Linneo acabó por imponerse, no por ser intrínsecamente
correcto, sino porque, con la colaboración de sus discípulos, Linneo convenció
a los naturalistas de que era el más cómodo. Aunque tuvo poderosos aliados como
Banks, Linneo se enfrentó también a una oposición feroz. A los caballeros
británicos les escandalizaba el vocabulario explícitamente sexual de Linneo,
sobre todo porque se consideraba que la botánica era la única ciencia apropiada
para las mujeres. Aunque a los botánicos franceses no les importaba el sexo, sí
creían que era incorrecto limitar a la naturaleza en categorías artificiales, y
criticaron a Linneo por hacer caso omiso de muchas de las características de
una planta y centrarse exclusivamente en su flor. El portavoz más influyente de
esta opinión fue Georges Buffon, un matemático newtoniano que era además
director de los jardines del rey. La Histoire naturelle (Historia
natural) en 44 volúmenes de Buffon era el equivalente en las ciencias de la
vida a la Encyclopédie, un compendio colosal y magníficamente
ilustrado de información acerca de la Tierra y sus habitantes que se tradujo
rápidamente al inglés y que fue elogiado en toda Europa.
Buffon miraba hacia atrás, hacia Aristóteles y la Gran Cadena del Ser, y
concibió una jerarquía continua que empezaba por la más inferior de las
criaturas, pasaba por los animales complejos y los seres humanos y proseguía
hacia los seres espirituales, hasta llegar a Dios. La más importante de las
contribuciones de Buffon fue poner la «historia» dentro de la «historia
natural». Rechazando el relato literal de la Biblia, amplió el pasado de la
Tierra y dejó paso a la posibilidad de un cierto tipo de cambio o evolución.
Mientras que Linneo buscaba el orden impuesto por Dios durante su breve período
de Creación de seis días, Buffon contemplaba un universo cambiante en el
tiempo. Con argumentos newtonianos, presentaba la Tierra como un globo que se
enfriaba paulatinamente, en el que la vida había aparecido antes en el mar para
luego pasar a la tierra. Rompiendo con la tradición, no clasificó las plantas
según su aspecto actual, sino por sus orígenes.
A pesar de sus diferencias, tanto Buffon como Linneo creían en la
superioridad de Europa. Aunque a Linneo se lo presenta como el fundador de la
moderna taxonomía, la raíz de sus convicciones científicas estaba en su fe
cristiana. Linneo consideraba su jardín botánico como un paraíso en miniatura,
dividido en cuatro partes como el Jardín del Edén y distribuido de forma
ordenada como si él mismo estuviese presentando el propio esquema de
clasificación de Dios. Cuando Linneo amplió su sistema a los seres humanos, los
agrupó en cuatro razas que se correspondían con los cuatro continentes, las
cuatro partes del Paraíso y los cuatro humores que gobiernan la salud de las
personas. Los mejores, según Linneo, eran los ingeniosos y rubicundos europeos;
los otros tres eran los amarillos y melancólicos asiáticos, los negros y
ociosos africanos y los rojizos y despreocupados indios americanos.
La teoría de Linneo recibió un duro golpe con el descubrimiento de un
quinto continente, Australia. Hacia finales del siglo XVIII, los encuentros con
otras sociedades y los debates políticos sobre la esclavitud transformaron las
teorías europeas sobre las razas. Las discusiones más encendidas no eran acerca
del número de razas, sino sobre dos cuestiones relacionadas: ¿Existe un límite
definido, imposible de traspasar, entre los humanos y otros primates? ¿Son los
europeos intrínsecamente mejores que otros pueblos? (y, en tal caso, ¿quién
estaría primero: los hombres negros o las mujeres blancas?). Los abolicionistas
sostenían que todos los seres humanos son creados iguales; para justificar las
diferencias físicas, razonaban que las personas que viven en lugares distintos
se han adaptado gradualmente a las condiciones del clima local. En cambio, los
propietarios de esclavos justificaban la explotación con el argumento de que
los europeos blancos y los africanos negros eran dos especies distintas.
Los naturalistas decidieron dar una solución a estos debates adoptando
un esquema de clasificación completamente nuevo, que no se basaba en el juicio
personal, sino en medidas efectuadas con sumo cuidado. Este enfoque numérico,
alegaban, permitiría estudiar las razas desde un punto de vista científico. A
pesar de sus afirmaciones de objetividad, estos taxonomistas cuantitativos
introdujeron el juicio subjetivo en los debates sobre raza.
Figura 24. «Perfiles de rostros de simios, orangutanes negros y otras clases
de personas, hasta los antiguos», Pieter Camper, The Works of the Late
Professor Camper, on the Connexion between the Science of Anatomy and the Arts
of Drawing, Painting, Statuary… (1794).
Pieter Camper, un célebre anatomista y activista contra la esclavitud
holandés, tenía la intención de confirmar que las diferencias entre los
habitantes de los distintos continentes no eran más que superficiales; sin
embargo, sus diagramas apoyan la tesis de la supremacía europea (Figura 24).
Mediante el examen de los cráneos, Camper midió el ángulo de los rostros. Tras
algunos ajustes geométricos, los clasificó en una línea continua desde los
simios, en el lado izquierdo, pasando por los africanos y los asiáticos, hasta
los actuales europeos, acabando en el extremo derecho con una estatua de Apolo.
Aunque esta escala es aparentemente matemática, una impresión que acentúan las
líneas de la cuadrícula, en realidad se trata de una escala estética, en la que
se clasifica a los humanos en función de su distancia relativa a dos extremos
irreales: el grotesco primate y el perfecto dios griego. Mediante esta
clasificación geométrica arbitraria, Camper otorgó credibilidad científica a la
Gran Cadena del Ser de Aristóteles.
El esquema de clasificación cuantitativa de Camper convirtió los
prejuicios raciales en una idea científicamente respetable. Desde ese momento
se han hecho mediciones de muchas otras características humanas —el tamaño del
cerebro, por ejemplo— para justificar la discriminación entre razas y sexos
sobre la base de diferencias físicas inherentes. La Ilustración se contempla
como la gran Era de la Clasificación, en la que la ciencia fue capaz de
entender el mundo mediante la organización en pulcras categorías. Pero las
prioridades de los clasificadores eran variadas, y nunca se pusieron de acuerdo
sobre cuál era el sistema perfecto. Como en muchos otros aspectos del
conocimiento científico, se llegó al consenso a través de la negociación, y el
voto que podía inclinar la balanza no dependía únicamente de que los argumentos
fuesen los más convincentes, sino también de la potencia de la voz que los
exponía.
3. Carreras
La Princesa construirá en Kew la próxima primavera un invernadero de 120
pies de largo, con vistas a la cría de especies exóticas de los climas más
cálidos, en el que mis conducciones, destinadas a proporcionar un flujo
continuo de airé caliente puro, probablemente sean muy útiles… ¡Qué grandes
perspectivas para la mejora en el cultivo de vegetación en invernaderos!
Stephen Hales, carta a John Ellis (1758)
Los caballeros ingleses mantenían sus distancias con el sórdido asunto
de ganar dinero. «No fue el beneficio», decía un rico aristócrata al
Parlamento, «lo que impulsó a Newton a instruir y deleitar al mundo; no sería
digno de un hombre de su altura tener tratos con un sucio librero»[52]. Estos
altisonantes ideales eran correctos para aquellos que se lo podían permitir,
pero para los que carecían de un generoso mecenas o unos padres adinerados,
practicar ciencia implicaba hallar la forma de obtener un pago por ello.
Durante el siglo XVIII, los emprendedores científicos —conferenciantes,
editores, escritores, constructores de instrumentos— desarrollaron métodos para
sacar provecho de la ciencia. Esto provocó una retroalimentación positiva.
Cuanto más eficaces eran los vendedores en convencer a los posibles clientes de
la utilidad de la ciencia, más crecía el prestigio de esta, así como el número
de clientes. Primero en Inglaterra y luego en toda Europa y América, la ciencia
se expandió hasta convertirse en una operación comercial pública.
Para el futuro de la ciencia a largo plazo, el invento más importante de
la Ilustración no fue ningún instrumento ni teoría determinados, sino el
concepto de carrera científica. En la actualidad, los niños de cualquier
condición social pueden (al menos en principio) seguir una trayectoria bien
definida en la escuela y la universidad para obtener cualificaciones
profesionales en ciencia y disfrutar de las ventajas habituales: ingresos
fijos, laboratorio u oficina institucional, suscripciones a revistas y sociedades,
etc. Estas posibilidades no existían en el siglo XVIII, cuando los filósofos
más inquietos empezaron a experimentar con sus propias vidas y a plantearse la
posibilidad de vivir de la ciencia. Algunas personas se hicieron ricas. Pero,
lo que es más importante, ayudaron a crear una élite intelectual que planteaba
un desafío a la jerarquía aristocrática tradicional. En el resto de ambientes
sociales de la Ilustración tenían lugar también cambios similares: escritores,
artistas y músicos luchaban para lograr posiciones profesionales lucrativas.
Las estructuras existentes cambiaron poco a poco, pero las viejas redes
del poder y de los privilegios sobrevivieron. Para los innovadores científicos,
ser miembro de la Royal Society suponía una enorme ayuda. Gradualmente, la
Royal Society dejó de ser un club de caballeros para pasar a ser una
institución de investigación más seria. Aunque los aristócratas y los nobles
seguían abundando, un número cada vez mayor de socios lograron entrar a través
de sus propios logros: miembros de las nuevas clases medias que gustaban de
verse a sí mismos como caballeros, a pesar de la degradante necesidad de
trabajar. A falta de los salarios que poseían sus homólogos en París, muchos de
estos pioneros de la empresa científica decidieron comercializar sus libros y
sus inventos. Aprovechando el prestigio de las siglas FRS (Fellow of the
Royal Society, miembro de la Royal Society), obtuvieron patrocinios y
contratos comerciales, utilizando la Society para su beneficio monetario
propio. En conjunto, incrementaron la importancia social de la ciencia.
La Royal Society creó uno de los primeros empleos científicos con sueldo
de Gran Bretaña: el de director del Museo Británico. Esta institución
patrocinada por el estado, fundada en 1759, no solo exhibía objetos artísticos
y libros, sino también curiosidades naturales, como conchas, animales
disecados, minerales y plantas. Los miembros de la Society se aseguraron de que
fuese uno de los suyos quien se encargase del trabajo de dirigir esta
institución pública: Gowin Knight, un hábil arribista. Knight, hijo de un
clérigo pobre, era un médico e inventor que ganó una beca para Oxford y que
logró maniobrar hasta alcanzar los escalones más altos de la Royal Society.
Aunque se le criticó como oportunista e interesado, lo cierto es que las
maniobras de Knight para incrementar su estatus social contribuyeron a
promocionar el valor de la innovación. Aunque el propio Knight no fue una
persona significativa por sí misma, representa a muchos otros emprendedores de
la Ilustración cuyas actividades de promoción propia combinadas supusieron un
empujón vital para el futuro de la ciencia.
La vida de Knight ilustra hasta qué punto la innovación práctica puede
ser más significativa que las ideas. Aunque sus teorías eran ampulosas y
enrevesadas, lo realmente importante fueron sus inventos y sus habilidades
publicitarias. Londres era el centro del comercio mundial de instrumentos, y
Knight introdujo los imanes de acero de alta calidad, que vendía con un amplio
margen de beneficio, llevando así la medición de precisión a la investigación
experimental. Convencido de la importancia del comercio y la mejora de la
navegación, Knight logró aumentar aún más su estatus social y su fortuna al
convencer a la Marina Británica para que distribuyese sus precisas y costosas
brújulas. En una típica maniobra de provecho mutuo, este patrocinio de la
marina supuso un beneficio personal, pero también permitió a la Royal Society
alardear del papel vital de la ciencia en el comercio británico. Desde su
puesto de poder en el Museo Británico, Knight moldeó el rostro público de la
ciencia mediante la organización de exposiciones y la adopción de los métodos
de clasificación de Linneo.
A pesar de que cada vez era mayor el interés de las personas por la
ciencia, el paso de la esfera privada a la pública fue muy gradual. Durante
todo el siglo XVII, el acceso a la ciencia seguía siendo limitado. En un
reflejo de los prejuicios de sus colegas, Knight restringió la entrada al Museo
Británico, dificultando el acceso de las mujeres y los obreros a los últimos
descubrimientos. La pertenencia a la Royal Society estaba más controlada que
nunca, y dependía de recomendaciones personales. Aunque algunos constructores
de instrumentos lograron ingresar, los miembros denegaron numerosas solicitudes
de otras personas cuyos conocimientos científicos eran sólidos, pero que
carecían de las habilidades aduladoras de un graduado universitario de noble
crianza.
Un candidato que guardó el rencor de su rechazo durante toda su vida fue
Benjamín Martin, un influyente experimentalista que hizo mucho por la ciencia
inventando instrumentos, escribiendo libros de divulgación y recorriendo el
país para pronunciar conferencias. Los pioneros de la publicidad como Martin
desempeñaron un papel crucial para persuadir a la clase media de que la
ciencia, además de interesante, era importante. Pretenciosos escritores
satíricos los trataban despreciativamente de filósofos autodidactas con
intereses comerciales; sin embargo, a pesar de su falta de educación formal,
estos precursores cambiaron el estatus de la ciencia en Gran Bretaña al
llevarla a la vida cotidiana. La Figura 22 representa cómo los artistas
cautivaban a las familias con planetarios, bombas de vacío y otros aparatos que
estimulaban el interés del público por las novedades científicas; los artesanos
respondieron a la demanda ampliando la gama de instrumentos de demostración a
la venta. El conocimiento científico se puso de moda. El costoso equipo de la
Figura 20 no estaba hecho para utilizarlo (el artista, sarcásticamente, ha
situado el globo terráqueo debajo de la mesa), sino para exhibir buen gusto.
Para hacer hincapié en su sofisticación cultural, este caballero ha decorado la
pared de su casa con retratos de Francis Bacon e Isaac Newton (a la izquierda;
los de la derecha son los poetas John Milton y Alexander Pope).
El compromiso público influía decisivamente en el desarrollo de la
ciencia. Los miembros de la Royal Society se consideraban una élite intelectual
de personas privilegiadas cuyos conocimientos científicos se derramaban sobre
la masa desinformada. En realidad, la situación era de interacción recíproca.
Los clientes científicos querían que los editasen, mientras que los filósofos
naturales necesitaban convencer a sus posibles compradores de que tenían algo
que vender que merecía la pena ser comprado. Esta situación dictaba que la
investigación generase productos susceptibles de ser comercializados, no solo
explicaciones teóricas sobre el funcionamiento del Universo, sino también
objetos prácticos para mejorar la navegación, o espectaculares planetarios que
educasen al público al tiempo que lo entretenían. En lugar de un flujo
unidireccional de información de arriba abajo, los productores y los
consumidores formaban parte de redes de dependencia mutua.
La competencia era terrible. Para cautivar al público y competir con los
magos y los actores de teatro, los conferenciantes científicos se veían
obligados a crear espectáculos atractivos. Pronto se dieron cuenta de que los
efectos escénicos que causaban más efecto eran los producidos por la
electricidad, el triunfo publicitario más significativo de la Ilustración. Tal
como Martin afirmaba con entusiasmo en uno de sus educativos textos, la
electricidad ofrecía «un entretenimiento para los ángeles, más que para los
hombres»[53]. Los
conferenciantes ambulantes hechizaban a su público con chorros de agua
iluminados, insectos electrificados y vasos de licor que se encendían con el
simple toque de una espada. Las familias ricas adquirían sus propios aparatos,
y las damas de la aristocracia excitaban a sus pretendientes con besos
eléctricos. En la corte de Hannover, las demostraciones de electricidad
sustituyeron a los bailes; en Versalles, un despiadado maestro de ceremonias
entretenía al rey haciendo saltar en el aire a una cadena de 180 soldados con
una descarga eléctrica. En Londres, las cenas se animaban con cubiertos
electrificados, mientras que los americanos planeaban festines de pavo asado en
un asador eléctrico.
La historia de la electricidad está repleta de accidentes. Los
experimentadores excesivamente entusiastas sufrían hemorragias nasales e
incluso llegaban a matarse, y los descubrimientos más importantes se llevaban a
cabo de forma involuntaria. Incluso la primera máquina eléctrica fue un
inesperado subproducto de las investigaciones de Newton con vidrio y bombas de
vacío, que ocurrió cuando su ayudante Francis Hauksbee, un pañero convertido en
científico, comprobó para su sorpresa que un globo rotatorio en el que se había
hecho el vacío adquiría una fascinante tonalidad violeta entre sus manos. Años
más tarde, un profesor holandés que manipulaba una botella de agua, un cañón de
una pistola y una versión de la máquina de Hauksbee recibió una tremenda
descarga; sin saberlo había inventado la botella de Leyden, el primer
instrumento para almacenar electricidad estática. A finales del siglo XVIII, un
anatomista de nombre Luigi Galvani notó por casualidad que la pata de una rana
muerta se contraía al ritmo marcado por una máquina eléctrica cercana, un
descubrimiento que —después de mucho trabajo de investigación— conduciría a la
electricidad tal y como la conocemos actualmente.
Aunque la electricidad se inventó en el seno de la Royal Society de
Londres, su importancia la adquirió fuera de ella, con los empresarios que
desarrollaron amenos trucos y aplicaciones prácticas. Después de que Hauksbee
publicase sus experimentos en el boletín de la Royal Society, una copia de este
llegó a las manos de Stephen Gray, un tintorero de provincias que decidió
trasladarse a Londres y hacer de la electricidad su vocación. En la Figura 25
se muestra una versión de su número más espectacular: suspender a un niño
electrificado del techo de su habitación para hacerlo atraer limaduras de latón
con su mano. El experimento casero de Gray se hizo rápidamente famoso.
Figura 25. El chico colgante. William Watson, Suite des experiences et
observations, pour server à l’explication de la nature et des propriétés de
l'électricité (1748).
Al principio el interés se limitaba a los grupos de privilegiados
filósofos naturales vinculados con la Royal Society, pero pronto los libros y
las revistas hicieron llegar las emociones de la electricidad a un público más
amplio en toda Europa y el noreste de América. La imagen ilustra cómo los
proyectos de investigación de la Royal Society se convertían en rentables
espectáculos. A la derecha, un asistente gira la manivela de una máquina
eléctrica, mientras que otro pone su mano sobre el globo que gira. Con su mano
izquierda, el chico colgante atrae eléctricamente plumas o limaduras de latón,
mientras que con la derecha transmite su carga a una segunda persona, protegida
por una base aislante. A veces se utilizaba a chicas, lo que añadía un ligero
matiz de atracción sexual a los experimentos que agradaba a los espectadores.
Otra de las formas de promocionar la ciencia era convertirla en algo
útil. Los más optimistas preveían obtener todo tipo de beneficios de la
electricidad: gallinas más prolíficas, tiempo atmosférico más seco, hortalizas
de mayor tamaño; dos inventos, sin embargo, fueron especialmente importantes:
los pararrayos y la terapia de electrochoque, ambos con el apoyo del editor y
político Benjamín Franklin. La cometa de Franklin se ha convertido en el
equivalente americano de la manzana de Newton, un relato mitológico en el que
se presenta a Franklin como el intrépido investigador que se enfrentó a una
tormenta con una llave de hierro en la mano para atraer un relámpago de las
nubes (a diferencia de algunos de sus menos afortunados imitadores, Franklin
tuvo la precaución de aislar su mano con un paño de seda). Primero en América y
más tarde en Europa, las iglesias, los barcos y otras construcciones altas
empezaron a protegerse (y aún lo están) mediante pararrayos que conducen la
electricidad con seguridad hasta el suelo.
A diferencia de los pararrayos, el uso de la electricidad para el
tratamiento de enfermedades se considera actualmente cruel y erróneo. En
aquella época, sin embargo, Franklin y otros eminentes investigadores
recomendaban el tratamiento de electrochoque para curar afecciones de todo
tipo, desde la gripe y el dolor de muelas hasta la locura y la parálisis. La
ortodoxia médica aún no se había establecido, e incluso los médicos
tradicionales con mejor formación disponían de escasos medios para evitar el dolor
o curar las infecciones. Los profesionales de la medicina competían entre sí
por tratar a los clientes ricos, desesperados por obtener algún tipo de ayuda,
y muchos de ellos firmaron declaraciones juradas en las que afirmaban la
eficacia de los tratamientos eléctricos. El efecto placebo aún no había sido
identificado de forma oficial, pero a finales del siglo XVII, la medicina
eléctrica era un negocio rentable y respetable.
La mayor parte de los médicos que utilizaban la electricidad eran
hombres, y casi todos sus pacientes eran mujeres. Una de las razones para esta
diferencia de géneros era que, según se afirmaba, las mujeres eran más
susceptibles a los efectos eléctricos. Pero más significativamente, las
mujeres, junto con los artesanos, eran ciudadanos de segunda clase, no solo en
los asuntos de la política, sino también en las actividades del intelecto. En
el salón de la Figura 20, el padre y su hijo gemelo mayor se encuentran en el
lado de los científicos, junto con Bacon y Newton, mientras que la madre y las
hijas se hallan en el reino de la poesía junto con el gemelo más joven, y
construyen un frágil castillo de cartas que simboliza que su herencia ha sido
eliminada por el azar. Cuando la ciencia se puso de moda, las mujeres fueron
reducidas al papel de espectadoras capaces de comprender el conocimiento, pero
a las que no se les permitía crearlo. En uno de los libros más difundidos de
Benjamín Martin, un estudiante de Oxbridge se pasa las vacaciones haciendo
demostraciones de experimentos a su hermana, ofreciéndole explicaciones
sencillas con condescendencia mientras ella elogia su brillante inteligencia.
La lectura entre líneas está clara: si hasta nuestras hermanas y nuestras hijas
son capaces de entender la ciencia, sus vecinos de la clase intelectual —los
hombres poco cultivados— también podrán seguir las argumentaciones.
A partir del ejemplo de Martin y otros divulgadores, algunas mujeres
rompieron las convenciones a finales del siglo XVIII y decidieron escribir sus
propios libros y ganar su propio dinero. Dejando atrás al condescendiente
hermano mayor de, Martin, crearon figuras femeninas de autoridad, maternales
institutrices que ofrecían consejos morales a sus jóvenes pupilos y los guiaban
hacia la belleza y el orden del mundo natural. Aunque las mujeres estaban
excluidas de las universidades y los laboratorios, interpretaron un papel
esencial en el desarrollo de la ciencia al poner a disposición de muchas más
personas la información sobre experimentación científica. Algunos de sus libros
se convirtieron en éxitos internacionales e influyeron en sus lectores, algunos
de los cuales acabaron por convertirse en científicos profesionales. Por
ejemplo, Michael Faraday, que se hizo famoso en todo el mundo por la
introducción del campo eléctrico, rindió siempre tributo a Jane Marcet, autora
del libro de química camuflado en forma de conversaciones entre una madre y sus
hijos que fue el que lo convenció para iniciarse en la ciencia.
A Faraday se le considera un héroe de la industria eléctrica, pero su
carrera como científico asalariado no hubiese sido posible sin las iniciativas
empresariales del siglo XVIII. En 1711, el personaje de ficción Mr. Spectator
recomendaba el acceso público a la ciencia, declarando que «tengo la ambición
de que se diga de mí que he sacado la Filosofía de los Armarios y las
Bibliotecas, las Escuelas y las Universidades, para que viva en los Clubes y
las Reuniones, en los Salones de té y en las Cafeterías»[54]. Las
jerarquías tradicionales tardaron en romperse, pero un siglo más tarde su sueño
se había cumplido, al menos en parte. Como hijo de un herrero, Faraday no tenía
ninguna posibilidad de ir a la universidad, pero después de leer el informal
libro de Marcet, se las arregló para llegar a la ciencia como ayudante de
Humphry Davy, célebre químico y presidente de la Royal Institution de Londres,
establecida a finales del siglo XVII para estimular la investigación y la
educación científicas. Tras la muerte de Davy, el propio Faraday se convirtió
en presidente de esta institución, una historia romántica de persona pobre que
hace fortuna que ninguno de los contemporáneos de Mr. Spectator del siglo
anterior podría siquiera haber imaginado.
Faraday fue una excepción; los prejuicios estaban muy arraigados y
acabar con ellos era un proceso lento. A pesar de que Faraday logró escapar de
su mísera infancia y seguir una carrera científica, muchas personas de posición
privilegiada despreciaban y temían la igualdad de oportunidades y la
posibilidad de que las categorías inferiores escalasen posiciones sociales. En
la primera sede de la Royal Institution, construida en 1801, había una discreta
escalera de piedra por la que los obreros podían entrar por separado y sentarse
en la galería lejos de sus patronos. Esta democrática escalera hacia la
educación superior pronto fue demolida. Como se muestra en la caricatura de
James Gillray de la Figura 26, solo podían formar parte del público los
clientes acomodados que pagaban por ello, a los que se ridiculiza aquí tomando
notas con aplicación en una sesión de experimentos químicos, la última moda en
Londres.
Figura 26. ¡Investigaciones científicas! ¡Nuevos descubrimientos en
Neumática! o Una conferencia experimental sobre el poder del aire. Grabado
coloreado a mano de James Gillray (1802).
Por muy sólidos que sean los cimientos actuales de la ciencia, hace
doscientos años su estatus era confuso. El conferenciante con el fuelle en la
mano es Humphry Davy, famoso actualmente por haber descubierto nuevos elementos
y por haber inventado la lámpara de seguridad para mineros, pero al que en
aquella época se solía vilipendiar por haber importado la química de Francia,
lo que amenazaba con desequilibrar los valores de la clase dirigente. En la
escena de Gillray se hace burla de un acontecimiento real que salió mal, en el
que un espectador que hacía de conejillo de Indias disfrutaba hasta tal punto
de los efectos del gas de la risa (óxido nitroso, que más tarde se emplearía
como anestésico) que se negó a dejar de inhalarlo. En otras ocasiones menos accidentadas,
Davy —a quien se le daba bien el espectáculo— demostró que era capaz de
controlar las fuerzas de la naturaleza con sus instrumentos químicos y
eléctricos. Davy, un hábil propagandista de sí mismo, se hacía llamar genio de
la experimentación y acabó siendo presidente de la prestigiosa Royal Society.
Sin embargo, las reservas sobre la ciencia no desaparecieron por
completo, y nadie sabía cómo llamar a los hombres que la practicaban (la
palabra «científico» aún no se había inventado). En una expresión que recuerda
al deseo de Bacon de dominar el mundo mediante el cambio, Davy se jactaba de
que sus experimentos «permitían que el hombre interrogase a la naturaleza con
el poder en la mano, no solo como un erudito pasivo cuyo único objetivo era
comprender su funcionamiento, sino como amo, activo, con sus propios
instrumentos»[55]. Pero
Davy también advertía a su público de que las promesas de los ambiciosos
especuladores científicos podían caer en el exceso.
Fue una mujer, Mary Shelley, la que capturó con mayor habilidad algunas
de estas ambiguas actitudes. Después de sumergirse en las conferencias
publicadas de Davy, Shelley creó a Víctor Frankenstein, un producto de su
imaginación que, como el dios Jano, representaba los diversos rostros de la
ciencia experimental. Haciéndose eco de las advertencias de Davy, Shelley
cautivó a sus lectores al articular sus propias sensaciones ambivalentes acerca
de la investigación científica. En la actualidad se suele interpretar Frankenstein como
un aviso profético de los peligros de la ciencia, en especial de la bomba
atómica. Pero en realidad Shelley estaba poniendo de manifiesto el incierto
estatus de la ciencia en su propia época. Aunque Knight, Martin y otros muchos
filósofos pioneros habían logrado vender la ciencia al público, a principios
del siglo XIX muchos clientes seguían siendo reticentes a comprarla.
4. Industrias
Prometo pagar al Dr. Darwin, de Lichfield, la cantidad de mil libras a
su entrega (antes de dos años desde la fecha actual) de un Instrumento
denominado órgano, capaz de pronunciar el Padrenuestro, el Credo y los Diez
Mandamientos en la Lengua Vulgar, y su cesión en exclusiva a mi persona de
dicho invento y de todos los beneficios que de él se deriven.
Matthew Boulton (3 de septiembre de 1771)
En la década de 1830, el número de famosos súbditos de Gran Bretaña
enterrados en la abadía de Westminster era tal que se estaba acabando el
espacio. Cuando se colocó en su lugar la gigantesca estatua de James Watt, los
críticos protestaron por su estilo inapropiado, pero fueron silenciados por sus
hagiógrafos, que lo proclamaban como el moderno Arquímedes. Mientras que el
momento «¡Eureka!» de Arquímedes había tenido lugar en la bañera, Watt no era
más que un niño cuando vio levantarse la tapa de una tetera con agua hirviendo,
una observación que (supuestamente) le había inspirado para diseñar motores de
vapor con los que impulsar maquinaria pesada. Según sus incondicionales, el
motor de Watt no solo había convertido a Gran Bretaña en la primera nación industrial
del mundo, cuyos productos manufacturados suponían un beneficio para toda la
humanidad, sino que también supuso la victoria ante Francia en las guerras
napoleónicas.
La inscripción del monumento a Watt en la abadía («un genio original que
se inició pronto en la investigación filosófica») representa un compromiso[56]. A los
londinenses más modernos les costaba admitir que la riqueza de la nación se
debiese a los propietarios de fábricas del norte, y miraban con desprecio a los
empresarios cuyo objetivo no era acumular conocimientos, sino dinero. Preferían
pensar que Watt había sido un genio innato, el hijo autodidacta de un
constructor de barcos escocés que había alcanzado su posición gracias a su
inteligencia y su dedicación. A la inversa, a los propietarios de fábricas
amigos de Watt les preocupaba el estatus de inferior categoría de los
ingenieros, de modo que quisieron presentarlo como un pensador científico
serio. Estos defensores de puntos de vista opuestos y procedentes de ambientes
sociales muy distintos acabaron por quedar de acuerdo en una posición intermedia
entre ingeniero inspirado y erudito científico.
Watt se convirtió en el héroe de la industrialización, elogiado por
convertir las máquinas de vapor en máquinas de fabricar dinero. Pero los
inventos de un solo hombre, por importantes que sean, no pueden explicar por sí
mismos por qué el cambio a una sociedad industrial tuvo lugar mucho antes en
Gran Bretaña (a mediados del siglo XVIII) que en el resto de Europa. Parte de
la respuesta se halla en los abundantes recursos naturales del país. Los
emprendedores sacaron provecho del suministro local de hierro, carbón y madera,
materiales esenciales para la automatización de los procesos agrícolas y de
fabricación. Igualmente significativa es la explotación de las posesiones
imperiales británicas; la circulación global de personas, riquezas y productos
era impulsada por el oro que extraía de las minas en África la mano de obra
esclavizada. Para satisfacer la necesidad creciente de mercados en ultramar,
los fabricantes británicos tuvieron que inventar formas mejores de convertir el
algodón y los metales (materiales importados a bajo precio de América y Asia)
en finas telas y lujosos ornamentos para los norteamericanos, que pagaban con
las cosechas de las plantaciones cultivadas por esclavos africanos. El tejido
industrial de Gran Bretaña dependía de la opresión, no solo de su propia clase
obrera, sino también de sus súbditos en colonias repartidas por todo el mundo.
El aspecto de Gran Bretaña cambió de forma permanente durante el siglo
XVIII. A fin de aumentar la eficiencia a gran escala, los terratenientes
abolieron el sistema tradicional de pequeños terrenos personales para
sustituirlos por grandes campos abiertos. Con el fin de traer materias primas y
exportar productos, los propietarios de las fábricas encargaron la construcción
de canales en todo el país e invirtieron en grandes carreteras pavimentadas.
Los obreros desplazados se concentraban allá donde hubiese oportunidades de
trabajo de modo que, por primera vez, los centros industriales del norte se
hicieron mayores que los puertos provinciales y las ciudades con catedral del
sur. Anteriormente la riqueza dependía de la herencia y de la agricultura; a
principios del siglo XIX, los industriales hechos a sí mismos eran más ricos
que la mayor parte de aristócratas.
Los críticos victorianos expresaban su desagrado por las humeantes
chimeneas, ruidosos trenes y destartaladas barriadas, censurando a los
prósperos patronos que hacían caso omiso de la suciedad, la enfermedad y la
pobreza que imponían a sus obreros. Pero los empresarios del siglo XVIII que
introdujeron por primera vez nuevas técnicas de fabricación no eran conscientes
de que sus innovaciones fueran a traer consigo tan nocivos efectos. Aunque su
principal finalidad era aumentar sus beneficios, también creían en el progreso.
Las máquinas, sostenían, no solo mejorarían sus propias posiciones sociales,
sino que también traerían consigo más oportunidades para sus obreros y para la
nación en su conjunto.
Figura 27. William Williams, Vista del puente de hierro (1780).
Los paternalistas terratenientes pronosticaron que la automatización del
vapor supondría una ventaja para sus empleados al aliviar la monotonía del
trabajo manual. Es necesaria nuestra visión en retrospectiva para darse cuenta
de que su confianza era ingenua; en realidad, una excusa para justificar la
explotación.
Durante las primeras fases de la industrialización, muchos escritores y
artistas consideraban que los puentes, los canales y los molinos no echaban a
perder el paisaje natural sino que, de hecho, lo mejoraban. Sus pintorescas
visiones están tipificadas en la Figura 27, en la que aparece el primer puente
de hierro colado del mundo, en Coalbrookdale. Los recursos de carbón y hierro
del valle lo convirtieron en un lugar idóneo para la construcción de
refinerías, cuyos productos podían transportarse fácilmente por el curso del
río Severn hasta el puerto atlántico de Bristol. Esta escena representa un
canto al progreso de las provincias, y en ella se muestra el puente como una
maravilla del mundo moderno y se alaba al hierro como el versátil material del
futuro. La estructura artificial del puente se adapta armoniosamente a su
natural e idílico escenario, con el reflejo del arco exagerado para formar un
círculo, símbolo de la perfección divina. El río serpentea serenamente por la
garganta, sus meandros enmarcados en suaves pendientes boscosas; las únicas
indicaciones de polución son unas pocas trazas de humo.
En contraste con esta escena de tranquilidad, la siderurgia de
Coalbrookdale adquiere también una exótica grandeza a un tiempo atroz y
encantadora. En arte y literatura, las fábricas de las Midlands se presentaban
como formidables maravillas que, como abadías en ruinas, proporcionaban a los
británicos los homólogos artificiales de las escarpadas gargantas alpinas o los
abrasadores volcanes de Italia. La industria del turismo doméstico floreció;
los intrépidos londinenses se aventuraban hacia el norte para admirar la
ambigua fascinación de Coalbrookdale. Un visitante del sur se maravillaba ante
«el ruido de las fraguas, los molinos, etc., con sus inmensas máquinas, los
hornos escupiendo llamas de carbón ardiente y humo del tueste de la piedra
caliza, una sensación sublime que hace buena compañía a los escarpados macizos
rocosos»[57].
La Gran Bretaña de la Ilustración suele denominarse la Era de Newton,
una denominación que solo es razonable si, junto con la abstracta física, se
incluyen también las prácticas máquinas newtonianas. Quizá la racionalidad y la
cortesía dominasen las veladas nocturnas, pero este período se caracteriza
también por la agitación, la suciedad y la inventiva. Durante la segunda mitad
del siglo XVIII, mientras los filósofos naturales mostraban orgullosos sus
planetarios, sus máquinas eléctricas y sus bombas de vacío, los investigadores
industriales anunciaban sus productos, mucho más útiles y rentables, que sus
propios experimentos producían: teteras, jabón, joyas, tintes.
Mientras la Royal Society de Londres se convertía en una pieza clave en
el programa de expansión imperial del gobierno, algunos de sus miembros se
asociaban también a otra selecta hermandad: la Lunar Society. Los
miembros de esta sociedad, que procedían de todos los rincones de las Midlands,
se reunían una vez al mes en la casa de uno de ellos, el lunes de la semana de
luna llena, para que su viaje de vuelta por los caminos sin asfaltar quedase
bien iluminado. Fundado alrededor de 1750, este grupo informal tenía un número
variable de asociados, con un núcleo central de buenos amigos con una amplia
gama de intereses: geología, medicina, educación, motores, electricidad,
química, globos aerostáticos, botánica o platería. No han llegado hasta
nuestros días las actas de sus reuniones, pero sus cartas reflejan un
fructífero intercambio de ideas entre personas con distintas aficiones pero con
un único y primordial objetivo: el progreso.
Los hombres de la Lunar Society no eran excepcionales en este respecto,
pero reflejaban una frecuente actitud optimista convencida de que los
británicos cada vez eran más instruidos y civilizados, más sanos y más ricos.
Los escépticos sostenían que el exceso de lujo acaba conduciendo a la
degeneración (solo había que ver lo sucedido con el imperio romano), pero los
superaban en número los economistas entusiastas que afirmaban que la
industrialización suponía un beneficio tanto para los compradores como para los
productores. Desde su punto de vista, la prosperidad era un proceso que se
reforzaba a sí mismo: a mayor riqueza, más se trabaja para ganar aún más
dinero. Lo mismo, decían, era cierto a escala nacional, de manera que el país
en su conjunto se beneficiaba del trabajo de los fabricantes en busca de
rentabilidad.
Para la Lunar Society, el progreso implicaba también la mejora de la
organización social. Cuando el químico Joseph Priestley declaró que «las
jerarquías inglesas… tienen razón al tener miedo de una bomba de vacío o de una
máquina eléctrica», estaba expresando la amenaza de que las innovaciones
técnicas alterarían para siempre la distribución de la propiedad del dinero y
del poder[58]. Estos
pioneros de la industria, impulsados por un utópico fervor, prometían que una
mayor prosperidad sería beneficiosa para todos, pero no parecía preocuparles si
el trabajo era o no satisfactorio. El economista de Edimburgo Adam Smith
insistía en que era posible incrementar la eficiencia dividiendo la producción
en sucesivas etapas, de modo que cada trabajador tuviese asignada una minúscula
tarea repetitiva, en lugar de hacerlo responsable de la creación de un producto
acabado. Siguiendo el consejo de Smith, Josiah Wedgwood, propietario de un
taller de cerámica, se propuso «construir unas máquinas artificiales que no
puedan equivocarse»[59].
Los miembros de la Lunar Society se reunían como iguales, pero no es así
como se les recuerda. Algunos de ellos se consideran padres fundadores de la
ciencia: el Dr. Erasmus Darwin, abuelo de Charles y que también escribió sobre
la evolución; Joseph Priestley, un clérigo autodidacta que llevó a cabo
experimentos químicos con gases (y que vendió ingenuamente su receta para
fabricar agua de soda a Mr. Schweppes); el Dr. William Withering, que convirtió
el remedio de hierbas de una sabia mujer en una eficaz medicina para el
corazón. Watt, como «un genio original que se inició pronto en la investigación
filosófica», se situaría en la frontera entre la ciencia y la ingeniería. Por
otro lado, a sus colegas que contribuyeron a cambiar el país mediante la
promoción de la industria y el comercio (Josiah Wedgwood, James Keir y Matthew
Boulton) se les considera simples fabricantes, y han quedado relegados a un
lugar inferior en la escala del estatus científico.
Estas divisiones entre ciencia, tecnología y comercio surgen del
anticuado esnobismo de las facciones rivales que debatían sobre la inscripción
del monumento a Watt. A pesar de que se puede describir a Wedgwood, Keir y
Boulton como industriales de provincias, esta clasificación pasa por alto el
hecho de que también eran miembros electos de la Royal Society. Quizá Wedgwood
fuese un oportunista comercial que se publicitaba como «Alfarero del Universo»,
pero también era un experimentador meticuloso que tomaba la delantera a sus
rivales a base de analizar sistemáticamente arcillas, minerales y pigmentos y
registrar sus resultados en sus libretas de laboratorio secretas. Como supo
apreciar la propia Royal Society, aunque la intención original de Wedgwood al
desarrollar su termómetro de alta temperatura era la supervisión de los hornos,
resultó un instrumento valioso en una amplia gama de aplicaciones científicas.
Keir amasó una considerable fortuna con sus fábricas de jabón, pero era un
experto internacional en cristales, y su lucrativa contribución a la salud y la
higiene nacionales se fundamentaba en rigurosas investigaciones químicas.
Unidos por su entusiasmo y por su impulso de progreso, los hombres de la
Lunar Society ejercieron un impacto fundamental en la vida británica. Boulton,
un industrial de Birmingham, compartía los ideales de Bacon que profesaba la
Royal Society, como se aprecia en sus conversaciones con el escritor escocés
James Boswell: «Lo que vendo aquí, caballero, es lo que todo el mundo desea
poseer: poder»[60]. Se
refería a las máquinas impulsadas por vapor de Boulton, que supusieron en sí
mismas un cambio en el poder social. Los miembros de la Lunar Society se dieron
cuenta de que la prosperidad les permitía desafiar las jerarquías tradicionales
mediante el matrimonio con mujeres de la aristocracia, la adquisición de
terrenos y la construcción de lujosas casas para ellos y viviendas de bajo
precio para sus trabajadores. Estos hombres promovieron la implantación de un
sistema educativo democrático en el que la inteligencia, no la cuna, marcase el
camino del éxito. Darwin y algunos otros miembros patrocinaron incluso la
educación para las chicas (aunque asumieron que los hombres, seguirían estando
al mando). En su Diccionario Químico, la intención de Keir era
poner la información libremente a disposición de todos para que sus lectores
pudieran decidir por sí mismos. Quería que «el público de todas las naciones y
de todos los tiempos tomase decisiones con un conocimiento completo de la
cuestión»; la química debía ser del pueblo, no de la élite privilegiada[61].
En apoyo de estas promesas de igualdad, los propietarios de las fábricas
convencieron a sus clientes de que podían comprar productos similares a los que
poseían los socialmente superiores. O, expresando sus tácticas publicitarias en
la jerga actual, prometían «movilidad ascendente a través de la compra de
bienes materiales». Las sociedades de consumo se basan en la suposición de que
los objetos son los que hacen que la vida valga la pena; esta nueva visión de
la felicidad por la propiedad la iniciaron los grandes innovadores de la
publicidad en el siglo XVIII. Wedgwood era un magnífico productor de artículos
de cerámica, pero su golpe maestro consistió en crear deseo, en convencer a sus
clientes de que era razonable sustituir la porcelana funcional por sus últimos
diseños, y actualizarla unos pocos años más tarde. Al reducir sus precios,
Wedgwood hacía crecer constantemente el número de compradores dispuestos a
trabajar más para disponer de dinero y así poder comprar imitaciones baratas de
la porcelana de los aristócratas.
A pesar de sus aspiraciones democráticas, la Lunar Society seguía
creyendo que algunos hombres (ellos mismos, por ejemplo) debían poseer más
privilegios que otros. Así mismo, a pesar de que con frecuencia prestaban
atención a las contribuciones de sus esposas a sus negocios, no consideraban
seriamente la posibilidad de colaborar con las mujeres en pie de igualdad.
Darwin alabó la automatización en un largo y florido poema, con largas notas a
pie de página atiborradas de detalles técnicos en las que elogiaba las
innovaciones de sus colegas de la Lunar Society, pero omitió a los obreros y
las mujeres. He aquí un fragmento del tributo lírico de Darwin a las
innovaciones en la industria del algodón:
Gentilmente, con suaves labios, el carrete va girando,
deshace la madeja, las agujas envuelve.
…
Vuelan las bobinas, relumbran los ejes,
y poco a poco gira la laboriosa rueda[62].
En el himno a la maquinaria de Darwin, las máquinas rotatorias parecen
compararse con los armoniosos movimientos planetarios descritos por Newton.
Pero es la rueda la que trabaja. Los obreros humanos nativos y los esclavos de
las colonias no se mencionan. Darwin se limita a pasar por alto los
devastadores efectos de la mecanización sobre las diestras hilanderas y
tejedoras —tanto mujeres como hombres— que eran sustituidos por un solo
supervisor, siempre hombre, a cargo de una máquina. Los propietarios de fábricas
que prometían una mayor calidad de sus productos solían quejarse de que sus
trabajadores no eran fiables, eran incapaces de colaborar y simplemente no
podían copiar la perfección de los equipos automáticos. Cuando estallaron
revueltas, Watt y Wedgwood hablaban de las maravillas de la modernización, pero
parecían haber olvidado sus propios orígenes pobres. No mostraban consideración
alguna por las causas subyacentes del descontento: hambre, largas jornadas
laborales, desempleo.
Los primeros industriales estaban comprometidos con el progreso, pero a
mediados del siglo XIX, los reformistas reclamaban otro tipo de mejoras.
Mientras que Darwin había olvidado estratégicamente mencionar a las mujeres y a
los obreros, una nueva generación de escritores estaba ahora poniendo de
manifiesto las terribles condiciones en los suburbios de las fábricas. En 1842,
un capataz textil que se aventuró en una barriada de clase baja en Manchester
descubrió que «la atmósfera… está oscurecida y cargada con el humo de una
docena de altas chimeneas de fábrica. Una horda de harapientas mujeres y niños
lo invade todo, tan sucios y míseros como cerdos que se revuelcan en los
montones de basura y en los charcos»[63]. Su
nombre era Friedrich Engels, coautor junto con Karl Marx del Manifiesto
comunista. Mirando hacia atrás, a mediados del siglo XVIII, Engels explicaba
que Gran Bretaña había sufrido una transformación industrial cuyas verdaderas
consecuencias se estaban empezando a comprender. Si hubiese podido mirar hacia
delante, hubiese quedado sorprendido del impacto de su propia obra, que a su
vez los historiadores están empezando ahora a comprender.
5. Revoluciones
El revolucionario más radical se convertirá en conservador el día
después de la revolución.
Hannah Arendt, The New Yorker (1970)
La Revolución Francesa transformó el curso de la historia, y también la
propia forma de entenderla. En el año III de la República Revolucionaria
Francesa (1794), un espía industrial parisino regresaba de una misión secreta
de reconocimiento en las fábricas británicas para informar de que «se estaba
desarrollando, para espanto de toda Europa, una revolución en las artes
mecánicas, la verdadera precursora y causa principal y verdadera de las
revoluciones políticas»[64]. Al
transmitir este vehemente mensaje acerca de la transformación de la industria,
el espía dio a la palabra «revolución» su significado más moderno: en lugar de
referirse al movimiento cíclico de los planetas alrededor de la Tierra, se
refería a un cambio abrupto e irreversible de cualquier tipo. Desde la
Revolución Francesa, muchos historiadores —políticos, económicos y científicos—
han adoptado esta metáfora revolucionaria y construido el pasado a partir de
una serie de rupturas radicales.
En el análisis del pasado de la ciencia, la revolución química suele
presentarse como una de estas transiciones repentinas. Parece aún más especial
al coincidir (aproximadamente) con las revoluciones francesa y americana, y su
principal protagonista, Antoine Lavoisier, proclamaba en su época su condición
de revolucionario. Como si fuese un agitador político, Lavoisier planificaba su
táctica cuidadosamente y anotaba en secreto sus planes para revolucionar la
ciencia. Finalmente, en 1789, el año en que tuvo lugar la Revolución francesa,
publicó un libro en el que anunciaba que había invalidado las viejas teorías
químicas de Joseph Priestley y de sus colegas ingleses. En la Figura 28se
ilustra esta heroica versión de Lavoisier, contemplando aquí a su esposa, Marie
Paulze, como si fuese su musa científica, al tiempo que corrige las galeradas
de su libro, su manifiesto químico, en el que presentó una nueva nomenclatura y
simbología similar a la que se utiliza en la actualidad. Los instrumentos que
ocupan un lugar destacado en la mesa están destinados a producir oxígeno,
mientras que los que brillan a sus pies, pintados con gran meticulosidad,
tienen como finalidad destacar la importancia de la precisión en las medidas y
simbolizan la victoria de Lavoisier sobre su rival inglés.
Figura 28. Marie Paulze y su esposo Antoine Lavoisier, por Jacques-Louis
David (1788).
Los equivalentes escritos de este cuadro son también espectaculares; en
ellos se desprecia a Priestley tratándolo de persona chapucera e ingenua que
creía en una sustancia imaginaria denominada flogisto, y se elogia a Lavoisier
como el genio incisivo y metódico que descubrió el oxígeno y erradicó conceptos
ridículos y pasados de moda. Introducido originalmente en las minas de Alemania
(no es una coincidencia que los nazis destruyesen la estatua de Lavoisier), el
concepto de flogisto se generalizó para explicar la combustión y el refinado de
metales. A pesar de las burlas, la teoría del flogisto funcionaba correctamente
en determinadas circunstancias. Cuando las menas metálicas (óxidos, en
terminología actual) se calientan con carbón vegetal, absorben flogisto y se
convierten en metales; cuando los metales se calientan, liberan su flogisto
(visible en forma de brillo azul en la superficie) y se vuelven a convertir en
menas. Los problemas aparecieron cuando los químicos empezaron a usar balanzas
más precisas, que dificultaban la explicación de por qué los metales ganan peso
cuando se calientan y liberan flogisto; ¿no deberían pesar menos?
La innovación de Lavoisier fue darle la vuelta al proceso, sugiriendo
que los metales absorben oxígeno mientras que las menas metálicas lo liberan.
Después de calentar polvo de mineral (mena) de mercurio concentrando la luz
solar con unas lente, Lavoisier recogió el gas liberado, hizo ensayos con él
para eliminar otras posibilidades y, a continuación, le dio: nombre: oxígeno.
Pero este dramático relato de su victoria sobre Priestley adolece de diversas
objeciones. Para empezar: ambos químicos aislaron el mismo gas, pero —igual que
los historiadores cuando analizan el pasado— lo interpretaron de forma
distinta. Y Priestley llegó antes: a lo que Lavoisier llamó «oxígeno»,
Priestley ya lo había llamado «aire desflogistizado». La principal fuente de
flogisto era el carbón vegetal; Priestley lo asoció con la impureza, y se
enorgullecía de haber producido aire refinado con maravillosas propiedades para
el mantenimiento de la vida (no tenía reparo alguno en cronometrar cuánto
tiempo tardaba en morir asfixiado un ratón en diversos tipos de gases).
Hasta el propio Lavoisier creía que su revolución iba más allá de la
simple identificación del oxígeno. Su meta era reformar toda la ciencia
química. Lavoisier, que era un escrupuloso abogado y recaudador de impuestos,
era partidario acérrimo de la razón y el orden; equilibraba ambos miembros de
las ecuaciones químicas como si tratase de cuadrar sus cuentas y acentuaba la
importancia de la precisión en las medidas. Para acompañar el nuevo lenguaje
matemático del álgebra desarrollado en Francia, Lavoisier introdujo una
nomenclatura química lógica. Tradicionalmente, las sustancias recibían nombres
en lengua vernácula en función de su origen o de sus propiedades; Lavoisier los
sustituyó por etiquetas latinas que (según afirmaba) podían entenderse en todo
el mundo. Por ejemplo, las sales de Epson se hicieron internacionales con el
nombre de sulfato de magnesio.
Los experimentadores británicos se resistían a adaptarse a las
recomendaciones de Lavoisier, no porque fuesen chovinistas reaccionarios, sino
porque preferían otro estilo de investigación. Priestley valoraba las
observaciones imprevistas, y criticaba a Lavoisier por su planificación
sistemática paso a paso, que impedía aprender de los resultados durante la
realización del experimento. Tanto en Francia como en Gran Bretaña, los
detractores de Lavoisier le acusaban de avanzar con demasiada rapidez, de razonar
de forma deductiva a partir de un puñado de observaciones y extraer enseguida
conclusiones generales, y de confiar en exceso en complicados instrumentos que
podían introducir errores en el proceso. Desde el punto de vista de los
críticos, Lavoisier se situaba en la posición de experto privilegiado que
dependía de costosos dispositivos y utilizaba palabras sofisticadas
desconocidas para las personas que trabajaban a diario con sustancias químicas:
boticarios que recetaban sales de Epson como laxante o artesanos que fabricaban
jabón o vidrio a partir de soda común (carbonato sódico, según la nueva
denominación).
En Francia, Lavoisier se convirtió en un símbolo de la química
revolucionaria, no solo porque tenía indiscutiblemente razón, sino porque
convenció de ello a muchas personas influyentes. Junto con su mujer, lanzó una
amplia campaña publicitaria con libros, conferencias, obras de teatro e
ilustraciones con el objetivo de derrotar a la oposición y promover sus propias
ideas. Después de que los jacobinos guillotinasen a Lavoisier por motivos
financieros, sus seguidores, que no habían podido (o querido) salvarlo, se
aseguraron su propio futuro con el razonamiento de que su nueva química era
esencial para colocar a Francia a la cabeza del mundo y loaron a Lavoisier como
héroe revolucionario, llegando al punto de representar un funeral simulado que
atrajo a tres mil afligidos asistentes. Como Galileo, Lavoisier se convirtió en
un mártir mitológico de la ciencia, la figura simbólica representada en la
Figura 28, un químico entregado a su profesión cuya revolucionaria ciencia se
apartaba de consideraciones prácticas.
Pero esa no es la única forma de representar a Lavoisier. Por ejemplo,
la carpeta que se muestra en el lado izquierdo de este doble retrato oculta los
dibujos de su esposa, en los que Lavoisier no se muestra como un genio
solitario, sino como el director de un equipo de personas en un laboratorio en
el que la propia Paulze desempeñó un papel esencial. Desde el punto de vista de
los jacobinos, Lavoisier no era más que un adinerado terrateniente que
explotaba a los pobres, y por eso lo encarcelaron y lo ejecutaron. Sus amigos,
en cambio, veían en Lavoisier a un reformista radical comprometido a mejorar
las condiciones de los granjeros y los trabajadores de las fábricas, hasta el
punto de invertir su propio dinero en la revisión profunda de los métodos de
cultivo y de fabricación. Algunos historiadores ven en Lavoisier a un práctico
innovador que mejoró la iluminación de las calles de París y el suministro de
agua de la ciudad; otros, en cambio, le acusan de ser un teórico dogmático que,
según los criterios actuales, cometió curiosos errores, como llamar elementos
químicos al calor y la luz, o declarar que el oxígeno es un componente esencial
de todos los ácidos (el ácido clorhídrico es la excepción más común).
En los relatos heroicos, Lavoisier creó en solitario toda la química
moderna. Las versiones más realistas lo representan como una de las muchas
personas que convirtieron paulatinamente la alquimia en la disciplina
científica de la química, modificando las técnicas heredadas de sus
predecesores. Estas transiciones se simbolizan en la Figura 29, en la que se
representa un laboratorio en Kingston (cerca de Londres) especialmente pensado
para la investigación química, a mediados del siglo XVIII.
Figura 29. Un laboratorio químico en el Londres de principios del siglo
XVIII. Portada de Commercium philosophico-technicum or the philosophical
commerce of the arts, de William Lewis (1765).
Los dibujos de la pared (las conducciones de agua de la izquierda, el
invernadero de la derecha) acentúan la importancia del aspecto práctico de la
química. El lado izquierdo del grabado está dominado por los hornos,
desarrollados por los alquimistas para el refinamiento de metales (el contexto
de minería que dio origen a la teoría del flogisto). Alineados en el estante
superior y en la mesa de trabajo del centro, con sus cajones para especímenes,
se muestran instrumentos de origen alquímico, predecesores de sus equivalentes
químicos. Entre la mesa y la ventana, el investigador ha dispuesto aparatos
mecánicos, como delicadas balanzas, para probar la pureza de las sustancias.
Estos instrumentos indican hasta qué punto, tanto en Inglaterra como en el
continente, la precisión en las mediciones era esencial para la evaluación del
oro, la prescripción de drogas y otras artes anteriores a la química
científica.
A lo largo del siglo XVIII, la química fue una disciplina práctica, no
teórica. Los químicos se apartaron poco a poco de los alquimistas al rechazar
las especulaciones más arcanas e insistir en la utilidad de su arte (sí, arte y
no ciencia, lo que implicaba una destreza técnica, en contraste con los
conocimientos eruditos). Aprovechando las técnicas y los instrumentos
desarrollados por la alquimia a lo largo de los siglos, los químicos se
centraron en la preparación de productos útiles, como tintes, medicinas,
fertilizantes, blanqueadores, cemento o gas de hulla. En Inglaterra, Keir,
Wedgwood y otros fabricantes utilizaron sus investigaciones químicas para
desarrollar nuevos procesos industriales que aplicaban a sus prósperos
negocios. Al otro lado del canal de la Mancha, la cuantía de los fondos
invertidos por el estado era superior; durante el período revolucionario, la
financiación se dedicó a las necesidades militares del país. Lavoisier estaba a
cargo de la fábrica de pólvora de París, y era responsable de la producción
artificial de los ingredientes básicos que ya no podían importarse debido a la
situación política.
Las nuevas teorías químicas llegaron después de la investigación de
aplicaciones prácticas, no antes. Por ejemplo, hacía tiempo que los alquimistas
conocían el ácido sulfúrico, pero en esa época se empezó a fabricar en grandes
cantidades para su uso industrial, a pesar de que nadie sabía cómo funcionaba
el proceso de fabricación ni por qué era tan eficaz. El descubrimiento del
oxígeno (o aire desflogistizado) en sí no se percibió de inmediato como algo
transcendental, porque era parte de la búsqueda colectiva de gases que tenía
lugar a mediados del siglo XVIII. Incluso la idea de que el aire corriente es
una mezcla de otras sustancias, no un elemento por sí mismo, se originó como
subproducto de la búsqueda de drogas para disolver cálculos renales. El descubrimiento
surgió de forma inesperada durante una investigación al estilo de Priestley,
cuando un estudiante escocés llamado Joseph Black hizo caso omiso de las
instrucciones de sus profesores y decidió investigar unas extrañas
discrepancias que un pesaje minucioso había puesto de manifiesto. Sin tener en
mente un resultado final, Black siguió el camino que le iban trazando los
resultados de sus experimentos y llegó a la conclusión de que el aire
fijo (dióxido de carbono) atrapado en ciertas sales puede liberarse
mediante ácidos o calor.
A finales del siglo XVIII, la química se estaba convirtiendo en una
ciencia independiente. Aunque los químicos seguían utilizando las técnicas
tradicionales desarrolladas por los alquimistas, artesanos y boticarios,
estaban empezando a ganar prestigio y a ser reconocidos por organizaciones
oficiales como la Royal Society. Pero su nueva categoría no les vino dada
gratuitamente: tuvieron que trabajar duro para lograrla. La caricatura de
Gillray de la Figura 26 no solo se burla del propio Davy, sino también de la
impertinencia de los experimentadores químicos. La química, mancillada por sus
orígenes alquímicos, su uso práctico en los procesos industriales y sus
vínculos con la Revolución Francesa, era considerada inferior a la filosofía
natural. Para convertirla en una ciencia respetable a la altura de las demás,
Davy tuvo que despojar a la química de estas asociaciones y elevarse él mismo a
una posición de autoridad.
Para conseguirlo, Davy se apartó del punto de vista democrático hacia la
ciencia apoyado por Priestley y otros químicos de la Lunar Society y se
convirtió en una figura similar a Lavoisier, un experto que utilizaba poderosos
dispositivos. Para lograr esta transformación, Davy se hizo indispensable tanto
en la Royal Society como en la Royal Institution. También empezó a utilizar un
nuevo instrumento que había inventado en Italia Alessandro Volta (cuyo nombre
se conserva en la palabra «voltaje», por ejemplo), una forma primitiva de
batería eléctrica con la que Davy pudo fraccionar el agua y aislar nuevos
elementos, como el sodio y el potasio. Para Davy, la pila de Volta no era
únicamente una fuente de energía milagrosa, sino también «la llave que promete
abrir de par en par algunos de los rincones más ocultos de la naturaleza»[65].
Mediante el control de este impresionante aparato de gran tamaño para producir
espectaculares efectos, Davy convenció al público de que él era la persona
idónea para poseer esa llave. En la química científica del siglo XIX, los
espectadores observaban cómo los especialistas efectuaban los experimentos;
solo ellos poseían la autoridad para crear y dispensar el conocimiento
científico.
Así que, para resumir la revolución química: tuvo lugar en… bueno,
¿cuándo? ¿Fue en 1789, cuando Lavoisier publicó su nueva doctrina química? En
realidad, pasaron muchos años antes de su aceptación generalizada; y, de hecho,
una parte de ella está equivocada. El suceso clave fue… bueno, ¿cuál fue? ¿La
identificación del oxígeno por Lavoisier, el aislamiento de ese mismo gas por
Priestley, el descubrimiento del aire fijo por Black o el análisis del agua por
Davy? Las respuestas a estas preguntas existen, pero no son muy emocionantes:
ninguna persona fue la única responsable, y no hubo un único momento
fundamental; el cambio tuvo lugar de forma gradual. Cuanto más se intenta
delimitar la revolución química, más elusiva es. Cuanta más información se
tiene en consideración, menos significativo parece cualquier episodio concreto.
Cuanto más atención se pone en el examen del héroe, menos excepcional parece su
conducta.
Si hablamos de revoluciones en ciencia, la revolución química no parece
tan significativa como otras tres: la científica, la industrial y la
darwiniana. Estas tres nos resultan tan familiares que nos parecen episodios
reales con un principio y un final, pero —como ilustra la historia de la
química— la definición de las revoluciones científicas es tan difusa que
últimamente los historiadores están negando su existencia. Uno de los problemas
es su duración. La más famosa, la revolución científica, se suele datar desde
1550 —justo después de que Copérnico sitúe el Sol en el centro del Universo—
hasta 1700 —un año redondo, poco después de la publicación de los Principia
de Newton—. Así mismo, aunque Charles Darwin ha dado su nombre a una
revolución, las ideas evolutivas ya eran comunes incluso en la época de su
abuelo, y no fue hasta la década de 1930 cuando se formuló una teoría
darwiniana con todas las de la ley.
Otro problema es que no todos los cambios son simultáneos. Los relatos
de la revolución científica (de la que no se ha hablado en este libro) se
centran en la cosmología, ignoran la continuidad en otros campos como la
química e imaginan que la ciencia (sea lo que sea eso) funciona en una especie
de vacío cultural y no se ve afectada por el comercio, la política o las
transformaciones sociales. En cualquier caso, ¿hasta qué punto tiene que ser
drástico un cambio para que se considere revolucionario? Albert Einstein
afirmaba que había revolucionado la física con su teoría de la relatividad,
pero muchas disciplinas científicas (por no hablar de la vida cotidiana)
siguieron utilizando la mecánica de Newton. Harvey reformó la fisiología al
demostrar la circulación de la sangre, pero también era un aristotélico
convencido y su impacto en las prácticas médicas fue reducido: el tradicional
sangrado siguió utilizándose como remedio estándar.
Dividir la historia en revoluciones tiene sus ventajas. Añaden
espectáculo, y ofrecen cómodos indicadores para situar las principales
tendencias. Y lo más importante, los propagandistas crean las
revoluciones a posteriori para distinguirse del período
anterior y, se supone, inferior. Los economistas victorianos hacían hincapié en
la revolución industrial porque querían establecer una ruptura definitiva entre
su propia y progresista era y los orígenes feudales del país. La revolución
científica no empezó a prevalecer en los relatos de la historia hasta después
de la segunda guerra mundial, cuando los historiadores predecían con optimismo
(y sin mucho acierto) que la ciencia uniría al mundo en una fe secular
universal.
Aparte de su significado histórico, el concepto de cambio revolucionario
tiene implicaciones filosóficas. Muchas personas consideran que el conocimiento
científico es una Verdad Absoluta, y asumen que la ciencia es acumulativa y
progresiva, algo similar a una carrera de relevos o una expedición de escalada
en que los científicos heredan los logros de sus predecesores para avanzar de
forma continua. Por otra parte, en los modelos revolucionarios, la ciencia
cambia de forma esporádica y abrupta, y los conocimientos anteriores no se
incorporan como los escalones que han permitido llegar a la situación actual,
sino que se desechan. Una analogía adecuada sería la de un árbol evolutivo
ramificado en el que las viejas escuelas de pensamiento se echan por la borda
cuando los jóvenes investigadores optan por tomar nuevas direcciones.
El principal defensor de esta teoría fue Thomas Kuhn, un físico y
filósofo americano cuyo libro La estructura de las revoluciones
científicas, publicado en 1962, afectó profundamente a la percepción de la
ciencia. Kuhn quiso abarcar varias disciplinas académicas, lo que facilitó los
ataques de los críticos. A los filósofos les gustaba la parte histórica, pera
hallaban errores en sus teorías; los historiadores le encontraban el defecto
del exceso de simplificación. Las ideas originales de Kuhn se han revisado
hasta tal punto que ya no queda ningún seguidor de sus ideas originales;
incluso el propio Kuhn renunció a algunas de sus opiniones iniciales. Sin
embargo, su nombre simboliza el punto de vista actual de que la ciencia se
desplaza de forma impredecible, sujeta, como otras empresas humanas y, por
tanto, falibles, a influencias locales, intereses personales y presiones
políticas.
La realidad de las revoluciones en ciencia depende de la forma en que
uno decida mirar hacia el pasado. Max Planck, el científico más ilustre de
Alemania a principios del siglo XX, sostenía que los cambios tienen lugar poco
a poco, no como destellos súbitos: «Las innovaciones científicas de importancia
no suelen producirse mediante la conversión lenta y gradual de sus oponentes:
es muy extraño que Saulo se transforme en Pablo. Lo que sucede es que los
opositores se van muriendo, y la generación que los reemplaza está
familiarizada con las ideas desde un principio»[66].
Asimismo, las verdades históricas cambian con cada generación. Las revoluciones
están ahora pasadas de moda en círculos académicos, aunque no es fácil
renunciar a esta forma tan cómoda y conocida de estructurar el pasado.
6. Racionalidad
La Iglesia es partidaria del progreso tecnológico y lo acoge con amor,
pues se trata de un hecho indudable que el progreso tecnológico viene dado por
Dios y, por consiguiente, puede y debe conducir a Él.
Papa Pío XII, mensaje navideño (1953)
Ebenezer Scrooge, Mr. Gradgrind, Mr. Micawber… El novelista Charles
Dickens creó muchos personajes que estaban, como sus contemporáneos,
obsesionados con los balances, los números y la aritmética. Los datos y las
cifras dominaban la vida en la época victoriana; por eso el gobierno británico
siguió invirtiendo dinero en el sueño del ingeniero Charles Babbage, un
profesor de Cambridge famoso en la actualidad por su labor pionera de los
ordenadores. En 1837, Babbage inició con gran optimismo el diseño de una máquina
analítica, un inmenso aparato lleno de engranajes que pudiese hacerse cargo del
tedioso trabajo de los calculadores humanos y generar montañas de tablas
numéricas con una precisión de varias cifras decimales, aunque nunca logró
completar un modelo totalmente operativo.
Babbage había empezado a hacer campaña por la cuantificación siendo un
rebelde estudiante universitario que protestaba por el anticuado plan de
estudios de sus profesores. Babbage y sus amigos se quejaban de que Cambridge
se estaba quedando rezagado respecto de sus competidores del continente, y
tenían la intención de poner al día la física en Gran Bretaña mediante la
adopción de la estrategia matemática de los franceses, basada en el cálculo de
Leibniz. Llevar la ciencia hacia las matemáticas puede parecer un paso evidente
hacia la modernidad, pero a principios del siglo XIX, los hombres de ciencia
británicos rechazaban el álgebra francesa, que trataba con símbolos abstractos
en lugar de objetos tangibles, ligados a observaciones.
El círculo de estudiantes de Babbage instó también a sus profesores a
que dejasen de aceptar los relatos bíblicos como verdades literales. En su
lugar eran partidarios del deísmo, que sostiene (en líneas generales) que el
Universo funciona con independencia de Dios, y por tanto se puede estudiar
desde un punto de vista racional sin apoyarse en Sus revelaciones escritas. El
teórico más célebre de París, Pierre-Simon Laplace, ya había dado un paso más
al eliminar por completo a Dios. Napoleón, que apoyaba la investigación
científica con entusiasmo, le preguntó a Laplace por qué Dios estaba ausente en
su cosmos; supuestamente, la respuesta de Laplace fue «Sire, no tenía necesidad
de tal hipótesis».
A Laplace le gustaba denominarse a sí mismo «el Newton francés», pero el
propio Newton no hubiese reconocido el árido universo de Laplace, gobernado por
las fuerzas, en el que los átomos giran en trayectorias predeterminadas, sin
guía divina alguna. Bajo la influencia de Laplace, la investigación científica
prosperó en Francia a principios del siglo XIX, durante el mandato de Napoleón,
y Babbage y sus colegas victorianos la consideraban una era dorada de la
investigación científica. Aprovechando la financiación del estado y un sistema
educativo orientado hacia la tecnología, Laplace reunió un poderoso grupo de
investigadores para establecer un nuevo estilo de física ligado a las
matemáticas. Modelando el Universo mediante ecuaciones, estos hombres se dedicaron
a cuantificar sistemáticamente la ciencia al convertir las matemáticas y la
medición en algo crucial para la física y la química.
El origen de la racionalización, sin embargo, no está en la escuela de
investigación de Laplace, sino en las demandas de cambio social anteriores a
ella. Antes incluso de la Revolución, con el rey aún en el trono, los filósofos
de la política proclamaban que la razón era la clave del progreso. Su intención
era reformar el gobierno mediante la aplicación a la nación francesa de las
mismas leyes que Dios había desarrollado para el control de la naturaleza.
Igual que el cosmos actuaba de forma ordenada siguiendo la ley de la
gravitación de Newton, también la sociedad avanzaría armoniosamente si podíamos
hallar reglas similares para describir la conducta humana. Los activistas
políticos reconocían, claro está, que las emociones individuales y los
intereses personales podían dificultar en gran medida la deducción de leyes
precisas para las personas, cosa que no sucedía con los planetas. Para
compensar esta inevitable falta de precisión, los reformistas con mentalidad
matemática introdujeron la probabilidad en los procesos de toma de decisiones.
En lugar de confiar en un juez falible o un excéntrico monarca, aspiraban a que
los veredictos y las políticas se determinasen de forma colectiva, e idearon
fórmulas para calcular los riesgos y contingencias que implicaba la aceptación
del juicio de la mayoría en el caso de que no se pudiese alcanzar la
unanimidad. La resolución de tales cuestiones legales y administrativas exigía
el desarrollo de nuevas teorías de la probabilidad, que más tarde se adaptaron
para resolver problemas científicos. Laplace introdujo la probabilidad en la
física para evaluar el distinto grado de verosimilitud que podía asignar a
diferentes hipótesis y para hacer una estimación de los errores asociados a sus
resultados.
Esta campaña nacional por la racionalidad se intensificó en Francia
durante la década de 1790. A medida que los revolucionarios despojaban el país
de la monarquía y sus instituciones aristocráticas, se pusieron en marcha para
reorganizar la vida diaria según principios racionales y democráticos. Los
cambios eran introducidos por comités, lo que se consideraba ideológicamente
superior a la actuación individual, aunque tales comités seguían sujetos a la
actuación de personas clave como el propio Laplace. En los carteles de
propaganda de este período aparecen ciudadanos felices y bien alimentados
midiendo telas, vino o madera con el nuevo sistema métrico, basado en la lógica
decimal. Durante este efímero régimen, el tiempo se racionalizó con la
introducción de semanas de diez días en años de diez meses; hasta nuestros días
han llegado relojes con diez horas en la esfera, de cien minutos cada una. Los
comités decimalizaron también el espacio, acabando con las medidas imperiales
arbitrarias (como los galones, las libras y los acres) y sustituyéndolas por
unidades métricas (litros, gramos, hectáreas) basadas en el dato objetivo del
tamaño de la Tierra. En principio, un metro era la diezmillonésima parte de un
cuadrante de meridiano, del Polo Norte al ecuador, lo que ofrecía la referencia
fundamental para todo el sistema métrico. Las nuevas dimensiones se encargaron
de determinarlas (por desgracia, sin demasiada precisión) dos astrónomos, que
se aventuraron en una arriesgada expedición de siete años para medir una gran
sección de longitud terrestre entre Francia y España. A su vuelta, se construyó
un metro de platino que se guardó en París; era algo más corto de lo que debía
haber sido, pero aun así se trataba de un símbolo político del enfoque racional
del país con respecto a la naturaleza.
Aunque con la unificación Francia se hizo más eficiente, en cierto modo
la Revolución simplemente sustituyó un conjunto de reglas por otro. A pesar de
la retórica revolucionaria sobre la igualdad, el sistema métrico recuperó la
situación de control centralizado por parte de un grupo; la otra cara de la
moneda de la unificación es la uniformidad. Anteriormente, las distintas
regiones del país utilizaban sus propios métodos de medida; sin embargo, cuando
los burócratas parisinos introdujeron su sistema racional, eliminaron las
variaciones locales e impusieron a todo el país un único régimen metropolitano.
El calendario y las unidades de medida únicas de Francia no solo aislaron a la
nación del resto del mundo, sino que enojaron a sus propios habitantes. Los obreros
se quejaban de la mayor longitud de la semana de trabajo impuesta por el nuevo
calendario; los cristianos contemplaron horrorizados la abolición del domingo,
y los compradores acusaron a los comerciantes oportunistas de aumentar sus
beneficios manipulando la conversión de los precios. En el año XIV del nuevo
sistema, Napoleón volvió a instaurar la fecha convencional de 1806 y también
las unidades habituales; no fue hasta finales del siglo XIX cuando Europa se
hizo métrica.
Otras reformas de racionalización también tuvieron efectos secundarios
no deseados. Por ejemplo, la salud de la nación mejoró de forma espectacular
con la construcción de hospitales pagados por el estado que trataban
gratuitamente a los leales ciudadanos. Las salas eran grandes y espaciosas, con
un único paciente por cama, y el uso de desinfectantes químicos contribuyó aún
más a reducir las infecciones. Al tener agrupados a los pacientes, los médicos
podían seguir con más precisión el curso de una enfermedad, registrar los
síntomas y comparar numéricamente los efectos de diversos tratamientos. En
estas clínicas ilustradas, los médicos podían acumular observaciones para
adquirir una pericia que les permitiese ir más allá de los síntomas
superficiales y discernir la realidad subyacente. Por otra parte, la eficacia
de los métodos de diagnóstico y terapia tendía a reducir los cuidados
personalizados que hasta entonces caracterizaban el tratamiento médico; los
pacientes empezaron a convertirse en casos numerados de enfermedades en lugar
de personas individuales con desequilibrios propios en sus humores personales.
Los médicos profesionales recibían una rigurosa formación y evaluación, pero
desplazaron a los sanadores tradicionales, como herboristas y comadronas, de
modo que la formación empezó a quedar restringida a una capa social de
graduados universitarios hombres y adinerados. Cuando se convierte a los
médicos en expertos omniscientes, es muy difícil contradecir sus dictámenes.
Así mismo, el sistema educativo estatal afirmaba ser democrático, pero
en la práctica estaba abierto únicamente a los privilegiados. Desde antes de la
Revolución, las escuelas militares ofrecían unos estudios mucho más orientados
hacia las matemáticas que en Inglaterra. Comprometidos con la mejora
tecnológica, los gobiernos sucesivos asignaron gran cantidad de fondos a las
academias de ingeniería, que daban una sólida educación a hombres (sí, hombres)
que influyeron con su visión racional en numerosos campos: arquitectura,
sistemas de comunicación, investigación científica, maquinaria. Los exámenes se
basaban en las habilidades matemáticas; se consideraba que era la mejor forma
de obtener una medida objetiva (y, por tanto, democrática) de la aptitud. Pero la
adquisición de una formación de buen nivel tenía un alto coste, tanto en tiempo
como en dinero, lo que significaba en la práctica que solo los estudiantes de
familias ricas podían alcanzarla. A principios del siglo XIX, la antigua
aristocracia hereditaria había sido sustituida por una nueva élite basada en la
fortuna y en la inteligencia.
Algunos de los más talentosos de estos ingenieros graduados con
formación matemática se vieron atraídos al grupo de investigación establecido
por Laplace y su buen amigo Claude Berthollet, un médico y químico que vivía
—lo cual era bastante cómodo— en la puerta de al lado, en Arcueil (a las
afueras de París), una localidad que se convirtió en el centro de la ciencia
napoleónica. Aunque su educación fue anterior a la Revolución, ambos hombres
habían impartido clases en escuelas técnicas, ambos habían participado en los
proyectos de reforma de la química impulsados por Lavoisier y ambos creían que
las fuerzas ocultas de la naturaleza se originan en los potentes enlaces entre
partículas diminutas. Estos dos científicos, que disfrutaban de una buena
posición económica, podían influir en los comités y canalizar financiación
hacia sus acólitos preferidos (el mecenazgo seguía teniendo una gran
importancia en el nuevo régimen). Juntos, Laplace y Berthollet reunieron un
equipo de dotados discípulos que pronto extendió y consolidó el enfoque
matemático de Laplace al aplicarlo a otros fenómenos. Pero, al cabo de unos
años, las reservas expresadas por personas externas a esta camarilla se
convirtieron primero en desafíos y luego en refutaciones, y el plan de Laplace
fue abandonado de forma abrupta.
Laplace era un hombre de carácter, en más de un sentido. No solo imponía
sus propias ideas a sus seguidores, sino que creaba sus modelos de la
naturaleza de modo que se ajustasen a sus ideas preconcebidas, y concebía el
mundo en términos de fuerzas de corto alcance. Su genio, comentaba un escéptico
inglés, era como un enorme mazo capaz de aplastar los enigmas matemáticos, pero
«incapaz de dar refinamiento o belleza a los resultados»[67]. Uno de
los primeros logros de Laplace fue perfeccionar el newtonianismo más allá de la
versión original del propio Newton. Este pensaba que, a menos que Dios
interviniese ocasionalmente, las interacciones gravitatorias entre los planetas
acabarían por desestabilizar el sistema entero. Mediante una ingeniosa
aplicación de las matemáticas, Laplace demostró que Newton se equivocaba, lo
que le permitió, para consternación de Napoleón, prescindir de Dios. A partir
de entonces, Laplace adaptaba sus resultados a su propia variedad reformada de
newtonianismo. Su intención era reivindicar su herencia, no iniciar un esquema
original propio.
En el cosmos de Laplace, las fuerzas mandan. Las moléculas se atraen y
repelen entre sí y, si se conocía el estado inicial, siempre era posible
calcular dónde se iba a encontrar cada molécula en el futuro. Era un modelo
determinista, en el que el comportamiento está implacablemente gobernado por
fuerzas abstractas matemáticamente predecibles. Según la versión de Laplace del
newtonianismo, la materia ordinaria (metal, hueso, sal) se mantiene cohesionada
por fuerzas de atracción que actúan a una distancia muy limitada entre
partículas diminutas. Aparte de estas moléculas ordinarias, otras especiales
componen los fluidos invisibles, como la luz, el calor y la electricidad.
Dentro de estas sustancias etéreas, las partículas próximas se repelen entre
sí, aunque se ven atraídas por las partículas ordinarias. A partir de estos
conceptos básicos, Laplace aspiraba a formular una estructura matemática
sofisticada con la finalidad de unir toda la física terrestre.
Laplace trabajó en una impresionante variedad de cuestiones en física y
química, y se aseguró que los mejores empleos los obtuvieran las personas que
justificaban las propias ideas de Laplace. Encontramos un ejemplo muy patente
en el campo de la óptica. Rechazando las objeciones de sus críticos, Newton
sostenía que la luz no es una onda similar al sonido, sino un flujo de
diminutos corpúsculos. Laplace dirigió a uno de sus más brillantes pupilos,
Etienne Malus, hacia el estudio del espato de Islandia, un singular cristal que
crea imágenes dobles al mirar a través de él. Como preveía, Malus logró
confirmar la opinión de Laplace, que coincidía con la de Newton, mediante el
desarrollo de una explicación corpuscular matemática. Y sin embargo, al tiempo
que Malus triunfaba en la confirmación de la gloria de Arcueil, los
experimentadores de otros centros fuera del control directo de Laplace estaban
empezando a rebelarse contra su dominio. A partir de 1815, una visión
alternativa de la luz empezó a imponerse, después de que Augustin Fresnel
utilizase sus experimentos sobre difracción para poner al descubierto los
problemas del trabajo de Malus y demostrar que —contra la opinión de Newton— la
luz es transportada por ondas. Después de que Fresnel ganase adeptos incluso en
la bien avenida comunidad científica parisina, los comités ya no se dejaron
persuadir por Laplace para que aceptaran a sus candidatos. Y, después del
desprestigio de la visión laplaciana de la luz, los ataques se extendieron a
otras áreas: calor, electromagnetismo, química. En 1825, el poder científico de
Francia ya no surgía de Arcueil.
El círculo de Laplace se desintegró, pero su huella en el futuro de la
ciencia ya era indeleble. Avanzado el siglo XIX, el sistema métrico al que
había dado su apoyo resucitó, y se creó en Francia una oficina internacional
con el objetivo de establecer unidades de medida estándar. Sin embargo, los
oponentes de Laplace siguieron dictando el camino de la investigación en
Francia y decidieron desechar su audaz enfoque hipotético para centrarse en la
meticulosidad de las observaciones. Poco a poco, Francia perdió su liderazgo en
el campo de la física teórica. Por otra parte, la campaña planteada por Babbage
y sus compañeros de Cambridge se vio coronada por el éxito; así, aunque los
científicos británicos abandonaron el modelo laplaciano de fuerzas de corto alcance,
sí adoptaron su enfoque matemático. Parece irónico que desarrollaran también
sus trabajos en teoría de probabilidades, que dieron como resultado un nuevo
tipo de física basada en la estadística y en los sucesos aleatorios; las
cuidadas evaluaciones a las que Laplace sometía las pruebas experimentales
acabaron por socavar su propio cosmos totalmente predecible.
El auge y la caída de Pierre-Simon Laplace no solo tuvieron que ver con
sus teorías, sino también con las maniobras de sus aliados y enemigos. Igual
que otras actividades humanas, la práctica científica se ve afectada por la
ambición, la autocomplacencia y el oportunismo. Con el objeto de lograr un
lugar destacado y resultados rápidos, Laplace dominó a sus propios colegas,
manipuló los comités científicos para promocionar a sus discípulos y se
aprovechó de la centralización administrativa de Francia para asegurarse de que
sus doctrinas se vieran perpetuadas en los libros de texto y en los programas
de estudios. Fuera de Arcueil y de su control directo, los críticos de Laplace
utilizaron tácticas similares para consolidar su derrota, editando revistas
influyentes, ejerciendo presión durante elecciones de puestos científicos o
adquiriendo puestos de importancia en la enseñanza. La suerte que corrió esta
persona no tiene tanta importancia como su impacto a largo plazo: su punto de
vista racional y matemático fue adoptado por los físicos británicos y alemanes
durante el siglo XIX y sigue siendo prevalente en la ciencia actual.
7. Disciplinas
¿Por qué Inglaterra es una gran nación? ¿Es acaso por el valor de sus
hijos? No, pues también son valerosos los salvajes de la Polinesia: Si es
grande es porque su valor se ve reforzado por la disciplina, y la disciplina es
el vástago de la Ciencia.
William Grove, Acerca del progreso de las ciencias físicas (1842)
«Cualquier salvaje puede bailar», declaraba el personaje de Mr. Darcy
creado por Jane Austen en Orgullo y prejuicio. La respuesta de su
contrincante nos parecería ahora extraña: «No me cabe duda de que vos sois un
experto en esta ciencia, Mr. Darcy»[68].
«Ciencia» es una de las palabras más escurridizas de la lengua inglesa, porque,
a pesar de que lleva siglos en uso, sus significados cambian constantemente y
son imposibles de precisar. El uso del plural (significados) ha sido
deliberado. A principios del siglo XIX, cuando Austen menciona de manera
informal la ciencia del baile, otros escritores utilizaban también la palabra
«ciencia» para hablar de las materias medievales de la gramática, la lógica o
la retórica. Mucho tiempo después, el significado de «ciencia» seguía abarcando
cualquier disciplina académica, porque la moderna distinción entre artes y
ciencias aún no había cuajado. El crítico de arte victoriano John Ruskin
hablaba de cinco especialidades que debían estudiarse en la universidad: las
ciencias de la Moral, la Historia, la Gramática, la Música y la Pintura,
ninguna de las cuales aparece en los programas de estudios científicos
modernos. Todas ellas, declaraba Ruskin, exigían más del intelecto que la
química, la electricidad o la geología.
Fuera cual fuese la habilidad de Mr. Darcy en la ciencia del baile,
Austen nunca podría haberlo llamado científico. Esta palabra, tan común en la
actualidad, no se inventó siquiera hasta veinte años más tarde, en 1833,
durante la tercera reunión anual de la Asociación Británica para el Avance de
la Ciencia (BAAS, British Association for the Advancement of Science). Los
delegados de la conferencia bromeaban sobre la necesidad de encontrar una
palabra que abarcase sus diversos intereses. El poeta Samuel Taylor Coleridge
rechazaba la palabra «filósofo»; William Whewell, matemático en Cambridge y uno
de los aliados de Babbage, sugirió «científico» en su lugar.
La nueva palabra tardó mucho tiempo en imponerse. Numerosos victorianos
seguían utilizando expresiones antiguas como «hombre de ciencia», «naturalista»
o «filósofo experimental». Incluso los hombres actualmente considerados como
los científicos más eminentes del siglo, —Darwin, Faraday, lord Kelvin—
rechazaron el uso del nuevo término para hablar de sí mismos. ¿Para qué,
decían, inventar una palabra tan fea cuando ya existían expresiones
perfectamente adecuadas? Los críticos se quejaban erróneamente de que la
palabra «científico» había sido importada de América (un neologismo
transatlántico); un célebre geólogo declaró que prefería morir antes que
«brutalizar nuestra lengua con tales barbarismos»[69]. El
debate seguía vivo sesenta años después de que Whewell mencionase su idea por
primera vez, y no fue hasta principios del siglo XX cuando la palabra
«científico» quedó plenamente aceptada.
En América, la nueva palabra se adoptó de inmediato. En Gran Bretaña,
sin embargo, la oposición se prolongó durante décadas. Parece ahora irónico que
parte del problema consistiese en que los experimentadores como Davy habían
tenido un éxito casi excesivo al establecerse como expertos. Aunque conocían en
profundidad sus propias disciplinas, sus dificultades en mantenerse al día en
otras áreas eran cada vez mayores. Whewell pensaba que la condición de experto
implicaba una limitación; le preocupaba que, a medida que los especialistas
profundizaban cada vez más en sus disciplinas perdiesen la visión de la unidad
global de la ciencia y la capacidad de comunicarse entre sí con eficacia. En
una nostálgica reflexión sobre una época pasada en la que los eruditos podían
abarcar todos los campos del conocimiento de la naturaleza, Whewell instaba a
los investigadores a unirse para conservar la integridad de la comunidad
científica. Si se identificaban a sí mismos como científicos, proclamaba,
podían distinguirse de los artistas, escritores y músicos, que luchaban también
para lograr un mayor reconocimiento de su estatus.
El dinero era una cuestión polémica en estos debates. Los partidarios de
la nueva palabras sostenían que, si los individuos se agrupaban como
científicos, aumentarían su capacidad de presión para persuadir a los gobiernos
o a las grandes empresas para que financiasen sus proyectos de investigación,
cada vez más ambiciosos y costosos. Por otra parte, los caballeros bien
relacionados se veían a sí mismos como miembros de un grupo de élite que se
dedicaba a la búsqueda del conocimiento por sí mismo. Incluso aquellos cuya
cuna no era aristocrática ni de fortuna percibían el hecho de ganarse la vida
como un comportamiento sórdido, y miraban con desdén a los emprendedores que
convertían su actividad científica en un negocio.
La virulencia de las discusiones sobre el concepto de «científico» en el
siglo XIX se debía a que no era únicamente una palabra lo que estaba en juego.
La nueva etiqueta indicaba cambios en las clases, el dinero y el estatus,
transformaciones sociales que las castas privilegiadas hallaban difíciles de
aceptar. En cierto sentido, los hombres de ciencia nobles cayeron víctimas del
éxito, porque la responsabilidad de la democratización de la ciencia fue, en
parte, suya. Ansiosos por dar a conocer los beneficios de sus actividades, se
aseguraron de que el conocimiento científico estuviese a disposición de una
parte mucho más grande de la población y dejase de ser el patrimonio de unos
cuantos señores privilegiados. Con la expansión y el crecimiento de la investigación
y la educación surgieron también nuevas oportunidades para obtener empleos
pagados como asistente de laboratorio, conservador de museo o calculador
astronómico. Paulatinamente, la ciencia se convirtió en una profesión
remunerada al alcance de muchos, en lugar de una absorbente ocupación para
ociosos. Finalmente, el calificativo «científico» dejó de murmurarse con desdén
y adquirió respeto.
El término «ciencia» se utilizaba para referirse a disciplinas que
habían tenido desarrollos muy dispares. Algunas de ellas (la astronomía, la
óptica, la mecánica) surgían directamente de los programas de estudios
universitarios medievales: aunque a lo largo de los siglos habían cambiado poco
a poco, no era difícil ver cómo sus raíces abarcaban un amplio período de
tiempo. Por otra parte, aunque la química era una de las nuevas ciencias, sus
orígenes no se hallaban en abstrusos estudios académicos, sino en las prácticas
cotidianas de la alquimia, la medicina y las labores artesanas. Así mismo, la
palabra «biología» no se inventó hasta principios del siglo XIX, pero la nueva
especialidad heredó una enorme cantidad de minuciosos conocimientos de los
herboristas, los comerciantes y los coleccionistas (tanto mujeres como
hombres).
No todas estas nuevas ciencias disfrutaban de linajes tan antiguos. La
geología, por ejemplo, era una disciplina de nuevo cuño, cuyo nacimiento se
sitúa en 1807 con la fundación de la primera sociedad científica especializada.
El deseo de los geólogos de estudiar la estructura de la Tierra por sí misma,
sin intención de obtener un provecho concreto, era relativamente reciente.
Antes, diversos grupos de personas habían acumulado sus propios conocimientos
especializados al respecto: mineros, capaces de detectar e identificar
minerales metálicos; prospectores, que elegían las mejores rutas para tender
carreteras; granjeros, que sabían qué cosechas plantar en los distintos tipos
de suelo; soldados, que elaboraban mapas del terreno de las zonas que tenían
intención de conquistar (la Ordnance Survey, el servicio oficial de
cartografía, se fundó en Escocia, no en Inglaterra, con la finalidad de
facilitar la represión de los rebeldes jacobinos). No fue hasta el siglo XIX
cuando el coleccionismo de especímenes geológicos se puso de moda entre la
clase media, que se divertía golpeando las rocas con sus martillos para obtener
muestras de minerales y fósiles, que con frecuencia habían quedado al
descubierto durante las obras de construcción de canales y vías de ferrocarril.
Pero la geología se convirtió también en una ciencia seria que estimuló la
aparición de las teorías evolutivas por su desafío a la versión bíblica de la
Creación.
El electromagnetismo, la disciplina que dominó la ciencia del siglo XIX,
también era una novedad. Aunque actualmente la electricidad y el magnetismo
forman un todo inseparable, solían tratarse como dos fenómenos totalmente
distintos. Como fuerzas de la naturaleza, su comportamiento era muy dispar: la
electricidad producía chispas y podía causar daño, mientras que el
funcionamiento del magnetismo era invisible y afectaba al hierro, no a las
personas. Además, lo que se sabía de ellos contrastaba de forma muy llamativa.
La electricidad era una emocionante innovación del siglo XVIII, utilizada por
los filósofos experimentales para captar la atención del público con sus
espectaculares representaciones. El magnetismo, en cambio, era uno de los
misterios tradicionales de la naturaleza, un poder otorgado por Dios que los
navegantes sabían aprovechar, pero básicamente relegado por los filósofos
naturales. Aunque algunos de ellos habían intentado comprender los caprichos
del magnetismo, las brújulas y las limaduras de hierro no podían compararse con
la fascinación ejercida por los chispazos y las descargas.
1820 es el año que simboliza el cambio, cuando Hans Oersted, un profesor
de física de Copenhague, ideó una espectacular demostración para impresionar a
sus alumnos: una aguja magnetizada se movía en respuesta al paso de una
corriente eléctrica por una espira. Por toda Europa, los investigadores se
pusieron a analizar este efecto, y Humphry Davy (que en aquel tiempo presidía
la Royal Institution) pidió a su asistente, Michael Faraday, que le informara
de sus progresos. Al cabo de unos meses, Faraday había ideado un pequeño
instrumento engañosamente sencillo que supuso el vínculo definitivo entre
electricidad y magnetismo. Lo que es más: Faraday demostró que se trataba de
fenómenos simétricos: podía mover un imán mediante una corriente, pero también
hacer girar un cable eléctrico alrededor de un imán. La unión de los inventos
eléctricos de los filósofos de la Ilustración y de los ancestrales
conocimientos de los marineros supuso el nacimiento de una nueva disciplina
científica: el electromagnetismo.
«Científico» era un término paraguas, pero no todo el mundo tenía
permiso para resguardarse debajo de él. Ansiosos por adquirir prestigio, los
científicos aspiraban a poseer la autoridad para declarar que sus razones eran
incontrovertibles, que los conocimientos que generaban en sus laboratorios eran
correctos e irrefutables. Se inventaban nuevas especializaciones, pero no todas
se consideraban dignas de ser llamadas «ciencia». La ciencia se dividía en
disciplinas, pero el término «disciplina» se aplica también al control. Como
agentes de policía que protegieran las fronteras de la nación, los científicos
disponían qué temas se hallaban dentro de sus dominios y a cuáles se les debía
proscribir la entrada.
Mirando en retrospectiva, su veredicto parecía bastante sencillo de
dictar, pero en aquel momento las cosas no estaban tan claras. La química se
convirtió en una de las principales disciplinas científicas, pero la caricatura
de Gillray (Figura 26) ilustra el menosprecio inicial hacia los químicos por su
relación con la alquimia, la industria y la Revolución Francesa. A su vez,
prácticas a las que ahora se calificaría de tonterías tuvieron en su momento
muchos seguidores que afirmaban que eran ciencias. En principio, determinar si
estas ciencias eran válidas debía haber sido un proceso racional de evaluación
de su funcionamiento. Pero a menudo este no era el caso: con frecuencia se
mezclaban prejuicios, prestigio y política. Tomemos el ejemplo del mesmerismo,
o magnetismo animal, una terapia de éxito intermitente a lo largo del siglo
XIX, El introductor original del sistema fue Franz Mesmer, que, en la década de
1780, afirmaba poder curar a las personas enfermas mediante la conducción de
fluido magnético a través de sus cuerpos. Aunque sus rivales lo calificaban de
charlatán, Mesmer amasó con rapidez una fortuna después de establecer su
clínica en París. Los aristócratas ricos, muchos de ellos mujeres, acudían en
tropel para recibir tratamiento, no solo porque el mesmerismo estaba de moda,
sino porque parecía funcionar.
Figura 30. Un salón en la clínica magnética de Franz Mesmer. Grabado sin
fecha de H. Thiriat.
En la Figura 30se muestra un grupo de pacientes agrupados alrededor de
una bañera de madera ovalada llena de limaduras de hierro, imanes y otros
ingredientes especiales. Mientras Mesmer dirige la operación desde el lado
derecho con su batuta magnética, el hombre cojo de la izquierda ata su pierna a
un aro de hierro para absorber el fluido magnético de la bañera; la mujer de la
silla ha sufrido una crisis, un polémico efecto secundario inducido por la
proximidad, la intensa mirada y los sugerentes movimientos de manos del propio
Mesmer. Aunque los críticos le acusaban de conducta sexual inapropiada, Mesmer
blandía impresionantes declaraciones juradas de clientes agradecidos que daban
fe del éxito de su terapia.
El magnetismo animal poseía antecedentes respetables. Mesmer, un médico
vienés perfectamente cualificado, obtuvo un doctorado por sus teorías, que
había deducido de la gravedad de Newton. El origen de sus técnicas fue la
costumbre de llevar imanes especiales en contacto con la piel, una terapia
médica que un comité oficial francés había refrendado con entusiasmo. La
circulación del nebuloso fluido magnético de Mesmer por la atmósfera puede
sonar como algo estrafalario, pero no era más extraño en un nivel conceptual
que el éter eléctrico del que hablaban los filósofos naturales más destacados
de Europa. Y lo que es más importante: desde el punto de vista de sus
pacientes, el relajante tratamiento de Mesmer los ayudaba a aliviar sus
síntomas, y este era el motivo que los impulsaba a pagar sus tarifas.
El aparente peligro de Mesmer no tenía que ver con que fuese muy
distinto de los otros médicos, sino precisamente con el hecho de que era lo
bastante similar como para representar una amenaza real. En la actualidad, el
mesmerismo podría calificarse de medicina alternativa, pero la situación hace
doscientos años no era de blanco y negro. Incluso los médicos con mejor
formación no tenían demasiado que ofrecer, y los pacientes desesperados estaban
dispuestos a comprar lo que fuese con tal de aliviar los síntomas de las
enfermedades incurables. Los médicos más famosos, ansiosos por acumular
prestigio, se burlaban de sus competidores con menos formación tratándolos de
embaucadores, a pesar de que ellos mismos comercializaban panaceas inútiles a
precios desorbitados. Las cualificaciones de los médicos variaban de forma
continua entre los dos extremos. Por un lado estaban los doctores de alta
sociedad que habían asistido a la universidad, pertenecían a asociaciones
profesionales y cobraban cuantiosos honorarios, y por otro había hombres y
mujeres sin formación que intentaban ganarse la vida como podían cuidando de la
salud de los pobres. Entre estas dos situaciones había todo tipo de
profesionales para distintas condiciones y presupuestos: cirujanos, boticarios,
herboristas, comadronas. La búsqueda de una autoridad en la ciencia implicaba
la imposición de límites bien definidos entre la medicina oficial y el
curanderismo, entre la ciencia ortodoxa y la pseudociencia. A falta de
criterios abstractos para distinguirlas, las decisiones se basaban con
frecuencia en criterios sociales.
Los competidores de Mesmer empezaban a intranquilizarse. A menudo
incapaces de ofrecer un tratamiento eficaz, observaban mientras Mesmer les
quitaba a sus pacientes más ricos. Enseguida empezaron a surgir prácticas
similares por toda Francia. El mesmerismo podía enseñarse a hombres con una
formación relativamente escasa, y esto hizo que la medicina magnética se
asociase a la política radical y se viese como una amenaza a la posición social
de los médicos tradicionales. Calificar a Mesmer de curandero era una forma de
librarse de él, y se formó un comité real para justificar su exclusión. Tras
una serie de investigaciones, el comité dictó sentencia: se le prohibió
ejercer. Reconocía (lo cual es bastante revelador) que sus tratamientos
funcionaban, pero lo censuraban por ser incapaz de ofrecer justificación
racional alguna. El comité atribuía las curas mesméricas al poder de la
imaginación, un efecto psicosomático que rechazaban porque no podía explicarse
racionalmente.
Junto con la alquimia, la astrología y otras muchas prácticas, el
mesmerismo quedó finalmente desterrado de la ciencia legítima y —a pesar de ser
un médico con formación—, Mesmer fue tildado de curandero. Aun así, las
sociedades mesméricas prosperaron durante todo el siglo XIX, debido en parte a
que se trataba de una terapia democrática que las perdonas normales podían
llevar a cabo. Las implicaciones de esta situación eran revolucionarias: los
magnetizadores ejercían poder sobre sus pacientes; ¿qué podía pasar entonces si
el control se iba de las manos de las clases privilegiadas? Lo que es peor: con
el hecho de que Mesmer afectara a la salud física de sus pacientes influyendo
en su imaginación, la supremacía de la razón quedaba en entredicho. Se trataba de
una terrible perspectiva: la filosofía de la objetividad científica sostenía
que los racionales hombres de ciencia podían utilizar sus mentes para ejercer
disciplina sobre sus cuerpos. Las disciplinas científicas debían basarse en la
razón y el orden, en la lógica y las explicaciones. Se suele denominar al siglo
XVII la Era de la Razón, y los filósofos de la Ilustración legaron esta pasión
por la racionalidad a los científicos que les sucedieron. La meta de los
científicos del siglo XIX, con formación de expertos y organizados en
disciplinas especializadas, era unificar y ordenar el mundo mediante la
búsqueda de leyes simples que describiesen todos los comportamientos, tanto de
personas como de objetos, tanto de mentes como de cuerpos.
Leyes
Contenido:
1. Progreso
2. Globalización
3. Objetividad
4. Dios
5. Evolución
6. Poder
7. Tiempo
Los científicos del siglo XIX, comprometidos con el progreso,
emprendieron la búsqueda de las leyes que gobernaban tanto el mundo físico como
el humano. Su prestigio como expertos aumentó gradualmente, a costa de los
líderes religiosos, para crear la nueva casta sacerdotal de la ciencia. No
obstante, por mucho que los científicos quisieran dar la imagen de acérrimos
defensores de la razón, las actitudes teológicas siguieron dominando los
debates acerca de la vida y el Universo; no hubo cambio súbito alguno de la fe
bíblica a la convicción científica. Los científicos sostenían que la
observación objetiva del mundo podía conducirles a la Verdad Absoluta, pero
este punto de vista fue puesto en entredicho por los filósofos románticos
alemanes, que ponían el énfasis de un cosmos unificado en el que los seres
humanos se hallan integrados en el mundo natural. Aunque su influencia no llegó
al nivel de la de los campeones de la precisión imparcial y las leyes
matemáticas, las actitudes de los ecologistas modernos no dejan de ser un
reflejo de esa postura. Los juicios personales seguían invadiendo
subrepticiamente la ciencia supuestamente neutral. Aunque los instrumentos
estaban pensados para eliminar el error humano, su uso implicaba de forma
inevitable una evaluación subjetiva. Ni siquiera la más famosa de las
innovaciones de la época —la teoría de la evolución mediante selección natural
de Charles Darwin— era un análisis lógico, sino que dependía de la acumulación
de pruebas que la corroborasen, no de la aportación de una demostración
incontrovertible. En lugar de expandirse de forma uniforme por el mundo, la
ciencia estaba sujeta a variaciones geográficas, y su desarrollo se efectuaba a
través de procesos locales de adaptación e intercambio. En principio, la
colaboración científica internacional debía trascender las diferencias
políticas, pero la estandarización del tiempo fue una fuente de conflictos. No
obstante, dio origen a la relatividad, una esotérica teoría enraizada en los
problemas prácticos de la mejora de los sistemas telegráficos.
1. Progreso
Dios hizo al hombre a Su imagen y semejanza, pero al Público lo hicieron
los Periódicos.
Benjamín Disraeli, Coningsby (1844)
Un soleado día de otoño de 1858, un distinguido grupo de dignatarios
científicos, políticos y religiosos encabezaban una procesión por las calles de
Grantham, una pequeña localidad inglesa de provincias. Acompañado por la música
de una banda militar, el octogenario Henry Brougham —barón y eminente juez
escocés— subió a una tarima decorada con los colores del arco iris y se sentó
en un desvencijado sillón que estaba empezando a perder el relleno. Esta
reliquia, que se había dejado sin restaurar de forma deliberada, había
pertenecido a Isaac Newton, héroe local elevado al reconocimiento de toda la
nación. Brougham estaba a punto de descubrir una estatua de Newton forjada a
partir de un cañón ruso capturado durante la guerra de Crimea y donado por la
reina Victoria en persona.
La erección de la estatua de Newton era un acontecimiento transcendental
que se mencionó en la prensa de todo el país; la Figura 31fue reproducida en
diversos periódicos. Aunque las esculturas de monarcas, santos y líderes
militares abundaban en toda Europa, la conmemoración de una figura de la
ciencia era una novedad. La ceremonia organizada en Grantham indica hasta qué
punto se había elevado el estatus de la ciencia en la primera mitad del siglo
XIX, cuando Newton era aclamado como héroe nacional, el homólogo científico de
William Shakespeare. El colosal monumento de Newton, financiado mediante
donaciones procedentes de todo el país, es uno de los primeros ejemplos de la
industria británica del patrimonio, con la que los científicos pretendían
provocar el entusiasmo del público por la ciencia y estimular las oportunidades
de financiación.
Figura 31. Estatua de Isaac Newton en Grantham, esculpida por William Theed
(1858). Illustrated London News, 2 de octubre de 1858.
Esta escultura no solo representa el aspecto con el que se imaginaba a
Newton, sino que también la forma idealizada del comportamiento de los físicos
de la época victoriana. Newton, admirado por su resulta dedicación,
personalizaba al científico metódico, el férreo y lógico buscador de la Verdad
Absoluta. Esta dominante figura, vestida con indumentaria formal de profesor
universitario, señala un diagrama planetario, emblema de las tres leyes del
movimiento y del orden matemático del que había dotado al Universo. « ¡Buscar
las leyes!», resumen de una conferencia pronunciada por Faraday en la Royal
Institution, se convirtió en el leitmotiv de la ciencia del
siglo XIX. El objetivo principal de los físicos victorianos era explicar el
mundo en términos matemáticos, para unir sus ramas aparentemente dispares
(calor, luz, mecánica, electricidad) en un único sistema. Así mismo, los
científicos de otros campos aspiraban a adoptar este enfoque para describir el
comportamiento de las sociedades, el cambio del paisaje terrestre o el
funcionamiento de los organismos vivos. De igual modo que Dios ejerce control a
través de las leyes morales o los gobernantes mantienen la disciplina a través
de la legislación del estado, Newton había impuesto la regularidad en el cosmos
al descifrar las leyes de la naturaleza, un triunfo matemático que los
científicos de la época aspiraban a emular.
De pie ante la estatua de Newton, Brougham formuló su propia ley
científica: la «Ley del progreso gradual». Igual que otros victorianos,
Brougham creía que en el trabajo se hallaba la clave del éxito, y alababa las
virtudes de la acumulación progresiva del conocimiento. La austera figura de
bronce de Newton representaba la recompensa de la dedicación (y también inspiró
a Margaret Thatcher, otra famosa adicta al trabajo de Grantham, en su recorrido
cotidiano hacia el colegio). Para imbuir en sus espectadores la fe en el
potencial de la ciencia, Brougham recorrió con elocuencia la historia del
hombre. Newton, explicaba, había heredado los logros de sus predecesores y,
mediante una tenaz dedicación desde muy joven, había sido capaz de llegar más
lejos, de extender los límites del conocimiento teórico y —no menos importante—
de allanar el camino para la máquina de vapor, motor de la supremacía
industrial de la nación. Construyendo sobre el legado de Newton, declaró
Brougham, los científicos conducirían a Gran Bretaña hacia un espléndido
futuro.
El progreso era la cantinela habitual de la ciencia del siglo XIX. Sus
defensores pronosticaban avances en muchos frentes: se formularían nuevas
leyes, se explorarían y controlarían lugares aún desconocidos del planeta, las
máquinas se harían mejores, mayores y más rápidas, el nivel de educación se
incrementaría… Las promesas eran ubicuas. Parece significativo que, en la
década de 1830, las teorías científicas condensasen la noción de progreso,
contradiciendo el punto de vista tradicional de que Dios había creado el
Universo tal y como es. Los geólogos describían una Tierra que se había
enfriado gradualmente desde su estado fluido original, los astrónomos sugerían
que el Sistema Solar se había condensado a partir de remolinos de materia, y
los primeros evolucionistas tenían el valor de proponer que las actuales
plantas y animales no habían existido siempre.
Brougham era un veterano defensor de la ciencia y también un político
astuto. Durante toda su vida se había dedicado a idear métodos para poner el
conocimiento científico a disposición incluso de los más pobres. Cuando la
Sociedad para la Difusión del Conocimiento Útil (SDUK, Society for the
Diffusion of Useful Knowledge) empezó a publicar libros científicos a bajo
precio, Brougham escribió una entusiasta introducción de la que se vendieron
más de treinta mil copias, una cifra colosal para la época. Pero la meta de
Brougham no era la igualdad de oportunidades. En lugar de animar a los
trabajadores a demandar una educación universitaria, su esperanza era que una
mejor comprensión de sus tareas les llevara a incrementar su productividad.
Puede que la SDUK parezca una organización filantrópica, pero la
actuación de sus organizadores se regía por un plan oculto. Incluso el nombre
elegido revela un sentimiento de superioridad, que implica que una élite de
personas cede a las clases trabajadoras una información intelectualmente poco
estimulante, pero que les facilitará llevar a cabo su trabajo de forma más
eficiente (y así generar más beneficios para sus patrones). Las clases
privilegiadas pretendían convencer a los obreros de que la ciencia conducía al
progreso para reducir el riesgo de protestas políticas causadas por los bajos
salarios o las deplorables condiciones laborales. Como bromeaba un escritor
radical, Brougham quería que todos los ingleses leyeran a Bacon, mientras que
lo que necesitaban era bacon en sus platos.
Muchas personas no solo se oponían a los planes de Brougham para educar
a los trabajadores, sino también a su optimista enfoque acerca del progreso
científico. «Hay que ver lo que mejora este mundo a medida que nos hacemos
viejos», decía la satírica cabecera de una caricatura titulada El
desfile del intelecto, un latiguillo popular de aquella época (Figura 32).
Figura 32. William Heath [Paul Pry], El desfile del intelecto (1829).
En ella se muestran dispositivos que, a pesar de su aspecto absurdo,
hacen referencia a proyectos de ingeniería de la época. La locomotora Rocket de
George Stephenson acababa de ponerte en marcha, y los primeros pasajeros del
tren estaban aterrorizados por la velocidad con la que estos «Caballos de
vapor» (abajo a la derecha) atravesaban la campiña. En la viñeta central se
muestran pasajeros subiendo a bordo de un ingenio volador propulsado por vacío
hacia Bengala; no pasarían ni veinte años para que similares tubos de
propulsión entrasen en servicio en diversas líneas ferroviarias.
La potencia del vapor abarataba los productos manufacturados, pero
también representaba una amenaza para las jerarquías. Con sus fantasías acerca
de cuchillas de afeitar o artilugios voladores de vapor, este artista se
burlaba de los críticos de las clases pudientes que cuestionaban el valor de
las innovaciones tecnológicas, argumentando que la comodidad resultaría en
decadencia moral y deterioro intelectual. Después de todo, si la masa de
trabajadores podía permitirse educación, viajes y artículos de lujo, ¿acaso no
dejarán de lado sus obligaciones? Los aristócratas adinerados tenían miedo de
que el poder, erosionado, pasase a manos de los hombres hechos a sí mismos, los
inversores industriales que estaban amasando grandes fortunas con rapidez; de
ahí el cartel en latín que dice «Dios tiene en cuenta las manos puras, no las
manos llenas» situado encima de la Patente Real de una máquina limpiabotas en
el extremo inferior derecho. En algunas de las escenas aparecen obreros
comportándose de forma inadecuada. El propietario de la máquina limpiabotas
está cómodamente apoyado contra la pared leyendo un periódico francés, mientras
un basurero y su desaliñado compañero se atiborran de platos exóticos,
ignorando escandalosamente a una elegante dama que se refugia bajo la sombrilla
que sostiene su sirviente negro.
Burlas aparte, la energía del vapor tuvo un impacto espectacular en el
progreso científico. El mundo se hizo, a todos los efectos, más pequeño con la
implantación de trenes y barcos rápidos, que hicieron que las personas, los
conocimientos, los especímenes y los instrumentos se movieran más rápido que
nunca. Y otra consecuencia esencial: el vapor revolucionó la industria
editorial. La posibilidad de publicar libros y revistas baratos permitió que
amplios sectores de la población pudiesen leer ciencia por primera vez. A
medida que los procesos de producción se iban mecanizando, los precios del
papel se reducían y la velocidad de impresión aumentaba. En la década de 1830,
los editores se habían dado cuenta de que era comercialmente razonable vender
cantidades grandes a precios bajos, algo que antes no era posible; no fue una
casualidad que al mismo tiempo la SDUK y sus competidoras empezasen a
prosperar.
Con la impresión barata, Brougham sabía que su discurso newtoniano
alabando el progreso científico iba a alcanzar a todo el país. El mismo día ya
se pusieron a la venta folletos conmemorativos, los periódicos imprimieron
resúmenes de su conferencia y los grabados de la dominante estatua de Newton la
llevaron mucho más allá de los confines de Grantham. Estas nuevas oportunidades
publicitarias ampliaron las posibilidades de promoción de los científicos, que
modelaron la opinión pública para favorecer la inversión en sus viajes de
exploración y sus proyectos de investigación. Al mismo tiempo, como se puede
ver en la caricatura de El desfile del intelecto, sus críticos
también se hicieron más visibles. En lugar de quedar restringidos a las figuras
de autoridad, los debates sobre la ciencia y su impacto empezaron a tener lugar
a la luz pública.
Estas posibilidades de difusión sin precedentes transformaron la
ciencia. Una de las organizaciones con mayor influencia era la Asociación
Británica para el Avance de la Ciencia (BAAS, British Association for
the Advancement of Science), que aprovechó las posibilidades de la edición
a bajo precio para hacer publicidad de la ciencia con el objetivo de
incrementar el número de personas dedicadas a ella. Fundada en 1831, la BAAS
estimulaba a los investigadores para que hiciesen públicos sus hallazgos en
reuniones provinciales celebradas una vez al año en distintos lugares del país,
con vistas a favorecer el progreso. La Sociedad apoyaba las ideas de William
Whewell, que reconocía las ventajas de formar una comunidad científica, y
animaba a los experimentadores a unirse como científicos a fin de ejercer un
mayor poder del que era posible desde cada disciplina por separado, además de
ofrecerles la protección necesaria a falta de estructuras profesionales
específicas.
Los hombres que decidían emprender una carrera científica carecían de un
camino específico que seguir, y se veían obligados a forjarse sus propias
carreras. Sin la seguridad laboral asociada con la ciencia profesional moderna,
incluso los científicos célebres se hallaban en continuos problemas económicos.
Thomas Huxley, por ejemplo, famoso en la actualidad como promotor de la teoría
de la evolución de Darwin, se veía en constantes apreturas financieras. Muchos
científicos trabajaban en sus casas. El ejemplo más famoso es el de Darwin,
pero al parecer el físico de Cambridge lord Rayleigh tenía que desmontar cada
día sus aparatos científicos de encima del piano para hacer sitio para las
oraciones familiares. Incluso en las propias universidades, los profesores
tenían que luchar por obtener las mínimas instalaciones; lord Kelvin convirtió
una bodega abandonada en un laboratorio, pero este se veía constantemente
invadido por el polvo de carbón del almacén adyacente. No fue hasta finales de
siglo XIX, tras numerosas penalidades y esfuerzos por parte de muchas personas,
que los recién graduados pudieron aspirar a convertirse en científicos
profesionales asalariados.
Aparte del incentivo práctico de la actuación colectiva, los científicos
del siglo XIX se veían también inspirados a la cooperación de forma teórica.
Estos hombres creían en la interconexión de las ciencias, en que el avance
hacia la Verdad Absoluta debía efectuarse desde varios frentes a la vez, no a
través de hallazgos obviamente limitados en especialidades individuales.
Estaban convencidos de que solo había un modo de hallar las leyes matemáticas
unificadoras que gobernaban la naturaleza: la búsqueda sistemática. Fuera cual
fuese su disciplina, los científicos afirmaban compartir un método común que
caracterizaba su enfoque del mundo y que los distinguía de los no científicos.
Pero el marcar esta distinción les supuso problemas. Por un lado, los
científicos intentaban consolidar su posición dando a conocer sus logros a fin
de diseminar sus ideas, mejorar la educación científica y reclutar nuevos
científicos. Conscientes del nuevo poder que suponía la edición a bajo precio,
produjeron una amplia gama de libros y artículos en revistas para publicitar
sus actividades entre un público cada vez más amplio. Al mismo tiempo, sin
embargo, los líderes de la BAAS eran personas privilegiadas que dudaban de la
idea de que todo el mundo era capaz de comprender la profundidad del
pensamiento científico. ¿Era razonable esperar que los hombres de clase baja
(por no hablar de las mujeres) pudiesen seguir el rigor de las demandas que el
método científico exigía a la mente? Obstinadamente, al insistir en sus
capacidades únicas, los científicos impedían que todo el mundo pudiese
compartir por igual la empresa de la ciencia.
Según este sistema de clases intelectual, los hombres y mujeres obreros
se hallaban en la posición más baja de la jerarquía científica. Incluso en las
supuestamente cordiales reuniones de la BAAS, las hijas y las esposas se veían
limitadas a las charlas vespertinas más ligeras. Los elitistas victorianos se
enorgullecían de su progresismo, pero se resistían a reconocer que para
alcanzar el progreso era necesario el apoyo de las personas excluidas de las
posiciones más altas de la ciencia. Muchos grupos de personas que no
pertenecían a la élite privilegiada efectuaron contribuciones fundamentales,
pero se los relegó a la invisibilidad. Los casos más flagrantes eran los de los
innumerables ayudantes técnicos ocultos entre bambalinas, hombres con una
educación menos refinada pero esenciales para construir aparatos, organizar
laboratorios y ejecutar experimentos una y otra vez. Así mismo, no era habitual
que los científicos más eminentes mencionasen las habilidades de edición,
recolección o dibujo de sus esposas, que con frecuencia eran elegidas por su
potencial de colaboración. Mary Lyell, por ejemplo, era la esposa científica
ideal. Hija de un científico rico y famoso (una esposa perfecta para un yerno
ambicioso), se convirtió en la compañera intelectual no reconocida de su
esposo, el geólogo Charles Lyell. Antes de su matrimonio acordaron que ella
aprendería alemán para ahorrarle a él la molestia. También pasó su luna de miel
en una expedición geológica, editó e ilustró sus libros, organizó su colección
de minerales y se convirtió en una experta en clasificación de conchas; incluso
enseñó a su doncella a matar y limpiar caracolas.
Aunque los científicos se solían presentar como expertos, el
conocimiento no se difundía hacia abajo desde las organizaciones de élite. Los
cambios más bien se originaban en las interacciones entre diversos grupos y en
intercambios de información, no en un flujo unidireccional de información. Por
ejemplo, algunos fósiles de especial transcendencia no fueron desenterrados por
geólogos londinenses especializados, sino por personas locales que se ganaban
la vida vendiendo sus hallazgos. La más famosa de ellas fue Mary Anning de Lyme
Regis, que no era más que una chiquilla cuando descubrió sus primeros
dinosaurios en la costa inglesa. Más adelante pondría en marcha un negocio de
venta de fósiles a científicos ricos, asombrados por estos esqueletos tan
distintos de cualquier especie actual. Muchos de ellos acabaron en museos
(generalmente sin indicar el nombre de Mary Anning) pero, aunque sus
descubrimientos transformaron la geología al ofrecer pruebas irrefutables del
fenómeno de la extinción, Anning nunca publicó nada, de modo que no obtuvo
ningún reconocimiento formal. Más bien se convirtió ella misma en una pieza de
coleccionista, una curiosidad de provincias admirada por los visitantes de
Londres.
Especialistas de otras disciplinas se apoyaban en redes similares, cuyos
diversos miembros aportaban habilidades distintas; los expertos científicos no
siempre eran los mejores expertos. En los alrededores de Manchester, grupos de
tejedores fundaron sociedades botánicas informales que se reunían en pubs.
Aunque a menudo no eran personas cultivadas, los tejedores se tomaban muy en
serio sus estudios; imponían multas a los miembros que se emborrachaban y
comparaban sus especímenes con las ilustraciones de los libros de texto para
aprender sus nombres en latín. Batiendo las campiñas locales, se convirtieron
en grandes conocedores de la distribución de las plantas. Botánicos eminentes
confiaban en estos coleccionistas artesanos, que podían encontrar e identificar
raras flores que los propios botánicos eran incapaces de hallar.
Otra de las variantes de colaboración entre la ciencia y los amateurs de
esta fue la edición en masa, que transformó la participación de las mujeres.
Anteriormente, los autores astutos ya habían intentado incrementar sus ventas
dirigiéndose a las mujeres como posibles compradoras, pero durante el siglo XIX
las mujeres empezaron también a escribir libros. El ejemplo más asombroso es el
de Mary Somerville, una física y matemática de una capacidad tal que, a pesar
de la desventaja de no poder estudiar en la universidad, llevó a cabo
investigaciones lo bastante originales para valer la publicación en las Transacciones
Filosóficas de la Royal Society. Aun así, no se le permitió ingresar en la
Society y fue su marido quien tuvo que leer el trabajo por ella; los miembros,
no obstante, colocaron su busto en el vestíbulo.
Como otras mujeres igualmente dotadas pero excluidas de los laboratorios
científicos y las asociaciones académicas, Somerville ejerció una profunda
influencia en la ciencia a través de sus escritos. Contratada por Brougham para
escribir una versión popular del libro de astronomía de Laplace, creó en su
lugar una obra para expertos en la que explicaba a los científicos británicos
con escasos conocimientos matemáticos los complejos cálculos esenciales para
comprender las innovaciones de Laplace. Aunque su siguiente obra fue menos
especializada, estaba dedicada a un tema clave en la física del siglo XIX: la
relación entre fenómenos aparentemente dispares.
Somerville, que estaba familiarizada con una amplia variedad de autores,
no se limitó a sintetizar, sino que ofreció una interpretación novedosa que
influyó en posteriores debates sobre la luz y el electromagnetismo. La élite
científica quedó impresionada, los lectores no especializados eran capaces de
entender el texto después de consultar algunos diagramas, y On the
Connexion of the Physical Sciences (1834) de Somerville se convirtió
en un clásico científico que contribuyó en gran medida a consolidar la reputación
pública de esta física victoriana. Al optar por la unificación, Somerville
trataba precisamente sobre el tema que inspiró a la BAAS y en especial a
Whewell, cuyo nuevo término «científico» apareció impreso por primera vez en su
entusiasta comentario sobre el libro de Somerville.
2. Globalización
Gracias al sistema de autopistas interestatales, ya es posible viajar de
costa a costa sin ver nada.
Charles Kuralt, On the Road (1980)
Desde que Cristóbal Colón saliese de camino hacia la India para acabar
en las Bahamas, los europeos se vieron obligados a reconocer la existencia de
otra gran masa de tierra. Muy interesados en mantener la separación entre el
Viejo y el Nuevo Mundo, imaginaron una línea de norte a sur por mitad del
océano Atlántico. Trescientos años después, un Colón alemán de nombre Alexander
von Humboldt pasó cinco años explorando Latinoamérica y decidió dividir el
mundo en una dirección distinta: por el ecuador. Humboldt, que afirmaba estar
más interesado en el clima que en la historia, planeaba utilizar las mediciones
sistemáticas para fundar una nueva física de la tierra con el objetivo de
unificar todo el mundo.
En cierto sentido, la ciencia ya era global. Las personas dedicadas a la
historia natural hacía tiempo que aprovechaban las conexiones del comercio
internacional para intercambiar especímenes; así, animales, plantas y minerales
recorrían el mundo en todas direcciones. Las nuevas ciencias de la botánica y
la geología dependían de estos intercambios globales, que se incrementaron
durante el siglo XIX con la expansión de los imperios y de las redes
comerciales. La información también viajaba de un lugar a otro, no solo en
forma de libros sino también en forma de métodos de trabajo: procesos de
fabricación, tratamientos médicos, técnicas agrícolas. Los comerciantes,
emigrantes y colonos integraban sus costumbres propias con las habilidades
locales, de manera que los conocimientos no se adoptaban tal cual, sino que se
transformaban y asimilaban antes de ser a su vez exportados a otros países. Por
ejemplo, los ingenieros europeos que diseñaban sistemas de irrigación
incorporaron métodos desarrollados en el valle del Nilo a lo largo de los
siglos, mientras que los doctores coloniales en los trópicos probaban remedios
tradicionales para formular potentes drogas fáciles de transportar.
También surgió un nuevo tipo de ciencia global. Los científicos
empezaron a percibir el mundo como un ser susceptible de ser analizado por
derecho propio, de manera que el propio globo terráqueo se convirtió en un
laboratorio. Los exploradores europeos empezaron a investigar los fenómenos
naturales en el mismo lugar en el que ocurrían, en lugar de llevarse muestras a
casa para examinarlas más adelante. Humboldt, un pionero del trabajo de campo,
afirmaba ser un físico terrestre que actuaba de forma muy distinta a los
naturalistas. En lugar de limitarse a recopilar y describir, afirmaba, su meta
era analizar: a partir de la acumulación de una inmensa cantidad de medidas de
gran precisión iba a deducir leyes científicas que describiesen el mundo
entero. Uniendo el este y el oeste, Humboldt se imaginaba bandas climáticas que
rodeaban la tierra a ambos lados del ecuador, cada una de ellas con su
vegetación, paisaje y sociedad propios.
Humboldt, un hábil propagandista de sí mismo, aprovechó la pujanza de la
industria editorial para dar a conocer sus viajes. Los sobrios científicos
alemanes relegaron sus idealizadas aventuras a la literatura juvenil, pero en
otros lugares Humboldt era la personalización del aventurero osado que se
enfrenta a montañas, ríos y penurias para trazar el mapa científico del mundo.
Aparte de la promoción del trabajo de campo en las ciencias de la tierra,
Humboldt también dedicó su esfuerzo a actividades que se suelen considerar
ajenas al terreno científico, como el estímulo de las inversiones europeas y el
apoyo a los movimientos de independencia. Para los habitantes de Centro y
Suramérica, Humboldt se convirtió en un héroe, no por su física, sino por
convencer a los europeos de la transcendencia de esos países. A diferencia de
casi todos los científicos modernos, Humboldt poseía un sólido patrimonio
propio y no tenía obligación profesional alguna que cumplir. Al ser un agente
relativamente libre, decidió consumir una enorme cantidad de tiempo y dinero en
reunir mediciones precisas, pero también escuchó lo que los indígenas y los
políticos revolucionarios tenían que decir. Después de enterarse del uso del
guano en los cultivos de Perú, transformó la economía local y alcanzó la fama
al convertir el fertilizante tradicional en un descubrimiento científico del
que los europeos también podían sacar provecho.
Armado con formidables equipos de instrumentos de gran precisión,
Humboldt demostró que la acumulación de mediciones meticulosas podía poner al
descubierto regularidades en los caprichos de la naturaleza e imponer así un
orden matemático en fenómenos variables como la presión del aire, el magnetismo
o la distribución de la vegetación.
Figura 33. Diagrama de líneas isotermas de Alexander von Humboldt, Annales
de chimie et de physique, 5 (1817).
En la Figura 33 se muestra su argumento visual sobre la existencia de
leyes generales para la variación de la temperatura en la superficie de la
Tierra. El gráfico de Humboldt se extiende desde la costa este de América, a la
izquierda, hasta Asia, a la derecha, e ilustra un novedoso enfoque estadístico
de la naturaleza de crucial importancia. En lugar de representar las
temperaturas de días concretos, Humboldt calculó la temperatura media anual en
cada lugar, acumulando así muchos miles de observaciones en unas cuantas curvas
denominadas isotermas. Al eliminar las fluctuaciones mediante el cálculo del
promedio, Humboldt ordenó y mostró la regularidad global.
Humboldt era un innovador visual. Ahora puede parecernos obvio que los
gráficos permiten a los científicos, los publicitarios y los políticos resumir
los hechos y presentarlos de un modo convincente (aunque no siempre imparcial),
pero la Figura 33 es uno de los primeros ejemplos de ello. En la primera mitad
del siglo XIX, los gráficos, los diagramas de barras y otros métodos similares
se estaban empezando a introducir, y su proceso de aceptación fue lento. Los
científicos debían aprender un nuevo lenguaje visual para interpretar los datos
de los diagramas; sin embargo, como sucede con la lectura, el descifrado de
gráficos y mapas se automatiza con la práctica. Incluso las líneas de nivel,
que representan alturas de montañas reales, parecían algo extraño y su uso no
se generalizó hasta el siglo XX. Las isotermas de Humboldt suponían un salto
conceptual aún mayor, ya que se trataba de representaciones idealizadas sin una
verdadera realidad física detrás. Con la representación de medias aritméticas
en forma de líneas, Humboldt convirtió en visibles las regularidades
estadísticas; partiendo de grandes cantidades de lecturas numéricas, inventó un
atajo que permitía presentar las relaciones científicas de un vistazo.
El uso de diagramas para pensar y comprender fue potenciado por las
nuevas técnicas de impresión, que posibilitaron la reproducción barata de
imágenes y su incorporación dentro del texto, en lugar de en páginas
independientes. Poco a poco, técnicas de visualización cada vez más ingeniosas
se hicieron imprescindibles en numerosas disciplinas científicas. Faraday, por
ejemplo, no era muy ducho con las matemáticas, pero era un excepcional
visualizador en tres dimensiones y desarrolló el concepto de campo electromagnético
imaginando líneas de fuerza con una existencia prácticamente real que se
extendían por el espacio. El gran innovador visual de la geología fue Charles
Lyell, amigo de Darwin, que incluyó gran cantidad de diagramas en los sucesivos
volúmenes de su fundamental e influyente obra Principios de geología (1830-1833).
Cuando los geólogos aprendieron a interpretar los cortes transversales
esquemáticos de la corteza terrestre adquirieron poco a poco la habilidad de
traducir automáticamente la escala vertical a una escala temporal que abarcaba
grandes períodos.
En su búsqueda de leyes de unificación, Humboldt integró la sociedad
humana y el mundo natural. En su análisis del globo terrestre en términos
medioambientales dividió el continente americano en dos estereotipos: las
regiones templadas en el norte, similares a Europa, y los trópicos en el sur,
de exuberante naturaleza pero de imposible desarrollo cultural. Con palabras e
imágenes, Humboldt representaba la América ecuatorial como una salvaje y
lujuriosa región en la que los viajeros debían enfrentar todo el poder de los
misterios de la naturaleza. Adornó esta espectacular visión con imparables
torrentes y vegetación ubicua, convirtiendo a los habitantes locales en seres
exóticos de pocas luces, ansiosos por servir a sus civilizados visitantes:
Cuando la cornisa se hizo tan estrecha que ya no podíamos apoyar los
pies en ella descendimos al torrente y lo cruzamos encaramados sobre los
hombros de un esclavo… Los indios hacían incisiones con sus enormes cuchillos
en los troncos de los árboles, y dirigían nuestra atención hacia las hermosas
maderas de color rojo y dorado que algún día serán codiciadas por nuestros
torneros y fabricantes de muebles[70].
La visión personal de Humboldt supuso una influencia fundamental en las
percepciones propia y mutua del Viejo y del Nuevo Mundo.
Estas complejas relaciones se simbolizan en la Figura 34, la portada de
su Atlas de América, en la que se representan las múltiples
relaciones entre la ciencia, el comercio y la política. Los dos europeos, la
diosa de la sabiduría (Atenea) y el dios del comercio (Hermes), se abrazan
mutuamente mientras consuelan al guerrero azteca contra el que han conspirado.
Para poner énfasis en la juventud de las sociedades del Nuevo Mundo, la
estatua tumbada de la esquina inferior izquierda es primitiva a propósito,
mientras que las ruinas dispersas de la cultura mexicana representan
turbulencias políticas y se corresponden con el volcán de fondo, símbolo de las
conmociones naturales.
Figura 34. Portada del Atlas géographique et physique du Nouveau Continent
(1814) de Alexander von Humboldt; grabado de Barthélemy Roger a partir de un
dibujo de Frangois Gérard.
La montaña nevada es el monte Chimborazo, en Ecuador, un lugar
personalmente glorioso para Humboldt: después de casi alcanzar el pico, se
jactó de haber subido más alto que ningún otro hombre. La división horizontal
es otro de los trucos visuales de Humboldt, que indica cómo promedió grandes
masas de datos para condensar el clima y la agricultura de Latinoamérica en
zonas independientes. De igual modo que su física de la tierra ha impuesto
orden en las poderosas fuerzas naturales del joven continente, la civilización
europea terminará por domar a sus belicosas gentes.
Los exploradores no son nunca observadores neutrales. Por muy
concienzuda y precisa que sea su forma de registrar los datos, seleccionan e
interpretan desde una perspectiva personal. En lugar de transmitir la imagen de
un continente primitivo rebosante de naturaleza tropical, pudo haber optado por
destacar la notable organización de sus cultivos agrícolas. Sus percepciones de
América estaban teñidas de la información que tenía acerca de las recientes
expediciones arqueológicas a Egipto; a su vez las narraciones de Humboldt sobre
Suramérica dominaron las actitudes de sus sucesores hacia África y Asia.
Gracias sobre todo a sus campañas de promoción personal, Humboldt se convirtió
en un símbolo romántico que inspiró a Charles Darwin y a muchos otros jóvenes a
arriesgar sus vidas en viajes a los lugares más remotos del globo. Como
Humboldt, los exploradores imperiales atraían a su público con entornos y
personas de vivos colores, y se veían a sí mismos como conquistadores que
habían superado los obstáculos de la naturaleza y civilizado a los indígenas.
Ocultando su dependencia de la ayuda local, se apropiaron de los conocimientos
de sus guías y se presentaron como descubridores científicos solitarios.
Humboldt sostenía con énfasis que para hallar leyes globales era
imprescindible la acumulación obsesiva de datos; pero, sin una coordinación
sistemática, el proceso de elaboración de mapas del mundo se llevaba a cabo de
una forma errática. Aunque ahora nos parece evidente que los países debían
poner sus recursos en común e intercambiar información, era necesario convencer
a los gobiernos de que la ciencia obtenida valía la pena. Era más fácil obtener
financiación para proyectos prácticos que repercutieran en la fama de las
naciones, y —como destacaba Humboldt— la investigación del magnetismo terrestre
prometía ser fundamental para la mejora de la navegación. En la década de 1830,
un grupo de científicos británicos, muchos de ellos miembros de la BAAS, decidieron
reunir mediciones de magnetismo de todo el mundo.
Dos situaciones se hallaban en permanente conflicto: las contradictorias
demandas de la colaboración con científicos extranjeros y la contribución a la
gloria nacional mediante la competencia con sus rivales políticos. Por mucho
entusiasmo que hubiesen puesto en la promoción del progreso científico, fue la
posibilidad de superar a Francia y a América lo que convenció al gobierno
británico para patrocinar una expedición a la Antártida. La financiación de
redes internacionales de puestos de observación suponía una dificultad aún
mayor. Sin embargo, las presiones dieron sus frutos: a mediados del siglo XIX,
lugares tan alejados entre sí como Filadelfia, Pekín y Praga compartían
información sobre mediciones magnéticas. De forma gradual, por todo el mundo se
extendieron redes de laboratorios que supervisaban de forma constante los
patrones de tiempo atmosférico, las mareas y otros fenómenos variables. Su
distribución, sin embargo, era irregular, igual que la destreza del personal
que las atendía, así que las iniciativas individuales siguieron siendo un
factor clave para determinar cómo se efectuaban las mediciones. Para los
inversores, la prioridad no era el establecimiento de leyes científicas
generales.
Las comunicaciones globales parecían un negocio mucho más atractivo. A
partir de la década de 1840, los gobiernos y las empresas privadas volcaron
fondos en sistemas de telégrafo eléctrico, que en Gran Bretaña se utilizaron
por primera vez para enviar mensajes por las líneas ferroviarias: uno de los
primeros mensajes permitió la detención de un asesino en la estación de
Paddington, en Londres. El tendido posterior de cables submarinos permitió
transmitir mensajes de forma prácticamente instantánea de unos países a otros;
al principio, entre Francia e Inglaterra, y luego por todo el mundo. Como
sucede con muchas innovaciones tecnológicas, no existió un único momento eureka,
ni un inventor solitario que transformase las comunicaciones internacionales de
la noche a la mañana. El más famoso de los pioneros es el americano Samuel
Morse, que se hizo famoso por enviar de Washington a Baltimore un simbólico
mensaje sacado de la Biblia («What hath God wrought»: «Lo que Dios ha
creado») mediante su código de rayas y puntos. Las ideas brillantes no
suelen bastar, así que Morse sacó provecho de su habilidad para obtener apoyo
financiero y explotar el sistema de patentes. Innumerables pioneros, cada uno
con su propia y heroica lucha, han quedado relegados al olvido: el inventor
ruso que conectó la residencia de verano y el palacio de invierno del zar, el
americano que se apropió de la ropa interior de seda de su esposa para aislar
los electroimanes, o (un caso desgraciadamente habitual) el electricista
británico que tuvo que huir a Australia obligado por sus competidores al no
poder pagar las tarifas de las patentes.
El sistema telegráfico mundial fue, sobre todo, un producto del imperio
británico. Gran Bretaña tomó una definitiva ventaja a mediados del siglo XIX.
Las naciones rivales eran incapaces de competir con su reserva de expertos en
electricidad, sus colosales inversiones en el tendido de cables submarinos y su
control sobre el suministro de recursos naturales procedentes de sus colonias,
como la gutapercha utilizada para el aislamiento, que procedía de Malasia. Los
ingenieros afirmaban que, para que el sistema telegráfico pudiese abarcar el
mundo entero, todos los países debían utilizar las mismas unidades de medida.
Y, como Gran Bretaña dominaba la telegrafía, las unidades eléctricas británicas
se convirtieron en estándares mundiales.
La ciencia estaba inextricablemente ligada a este complejo —imperial,
tecnológico y comercial—. La nueva disciplina del electromagnetismo había
inspirado los inventos que hicieron posible la telegrafía; de forma recíproca e
igual de significativa, el establecimiento de redes telegráficas globales
estimuló la investigación, y numerosas innovaciones se desarrollaron en centros
de investigación de las colonias, no en la metrópolis. Los científicos que
desarrollaban el telégrafo necesitaban sistemas de control de las señales, de
modo que inventaron instrumentos muy sensibles como bobinas de resistencia y
condensadores, que más adelante se convirtieron en equipos habituales en los
laboratorios. Los entusiastas del imperio victorianos afirmaban que la red
telegráfica era similar a un gigantesco sistema nervioso que conectaba el
cerebro de Londres con las regiones remotas, como las extremidades de una
estrella de mar palpando en busca de comida. Con la expansión del imperio,
estos eléctricos tentáculos de comunicaciones llegaron a abarcar todo el
planeta, enviando órdenes para garantizar el control centralizado, pero también
dependientes de la información esencial generada en ultramar.
La resolución de los problemas prácticos de la transmisión de mensajes a
larga distancia alentó el desarrollo de distintas teorías científicas acerca de
cómo viaja la electricidad. Casi todos los científicos alemanes y británicos se
centraron en la interacción entre las partículas eléctricas y las corrientes.
En cambio, los físicos británicos de la especialidad empezaron a reflexionar
sobre el papel del espacio, la zona que rodea el cable en lugar de su interior.
Extrañados por los singulares efectos que hallaban decidieron volver a Faraday,
que rescató del olvido y desarrolló sus visiones de campos electromagnéticos
recorriendo un Universo aparentemente vacío. Después de Faraday, los modelos de
campos se han convertido en una pieza esencial de la física teórica moderna;
pero el impulso del electromagnetismo de la época victoriana eran los problemas
prácticos de la industria del telégrafo.
Humboldt se consideraba a sí mismo el primer físico de la tierra, pero
la nueva física global del siglo XIX era la electricidad. Gran Bretaña se
convirtió en la nación más rica y poderosa: gobernaba sus colonias a través de
redes telegráficas, imponía sus unidades eléctricas en la ciencia internacional
y dominaba la física teórica con las teorías de campos derivadas de la
telegrafía por cable. El centro neurálgico de la electricidad en Gran Bretaña
era Glasgow, en donde trabajaba William Thomson (posteriormente lord Kelvin),
el físico especializado en telegrafía más importante del mundo, el ingeniero
económico que unió gobierno, industria y ciencia cuando (tras varios intentos
fallidos) logró tender el cable telegráfico transatlántico en 1866. Como
Humboldt, Thomson unió el Nuevo y el Viejo Mundo; y a Humboldt le hubiese
complacido el enfoque cuantitativo de Thomson hacia las teorías abstractas. «Si
puedes medir aquello de lo que estás hablando y expresarlo en términos
numéricos es que sabes algo sobre ello», afirmaba Thomson, «pero si eres
incapaz de medirlo… es que apenas has avanzado, en tu pensamiento, hasta la
fase de ciencia»[71].
3. Objetividad
Según se dice, la mente gobierna el mundo. Pero ¿qué gobierna a la
mente? El cuerpo (préstenme aquí atención) se halla a merced del más
omnipotente de los poderosos: el farmacéutico.
Wilkie Collins, La dama de blanco (1860)
Los científicos victorianos idolatraban a Isaac Newton, o más bien al
dechado de racionalidad que imaginaban que había sido (Figura 31). Eliminando
toda información sobre sus experimentos alquímicos y sus episodios de locura,
lo convirtieron en la descripción del «hombre objetivo» de Nietzsche, un ser
exento de pasiones cuyo único fin es «reflejar» aquello que está ajustado para
percibir[72]. Como si
fuera un instrumento científico, se suponía que Newton se había limitado a
registrar datos con neutralidad para luego analizarlos de forma imparcial.
Llevado al extremo, Newton personalizaba un estereotipo científico dominante,
aunque inalcanzable: el genio desinteresado que mide el Universo como si fuese
un observador externo.
Muchos cuestionaban si tal objetividad era posible, o incluso deseable.
Estas dudas se hicieron especialmente patentes en Alemania, durante la primera
mitad del siglo XIX, cuando los filósofos, escritores y artistas románticos
aspiraban a trascender la distinción entre el mundo físico y el humano, entre
la investigación abstracta y la creatividad inspirada, entre ciencia y
literatura. A los entusiastas más explícitos de este punto de vista idealista
se les denominaba Naturphilosophen (este apelativo alemán se
utiliza en su versión original para distinguirlos de los filósofos naturales en
general). «Natur» indica su creencia en que, como seres humanos, estamos
indisolublemente involucrados en el mundo natural y nos es imposible apartarnos
de él; no podemos impedir que nuestras mentes construyan a priori la
forma en que vamos a analizar e interpretar lo que vemos.
La ciencia, según manifestaban los Naturphilosophen,
avanzaba en la dirección equivocada. Este grupo de elementos dispares sin un
manifiesto colectivo buscaba grandes teorías que unificasen el Universo
incorporando los seres vivos en su desarrollo.
Mientras que Newton, Descartes y los filósofos mecanicistas concebían la
creación como un gigantesco reloj astronómico, los Naturphilosophen la
imaginaban como un organismo cósmico y creían en una naturaleza orgánica y
evolutiva, un cosmos vivo en sí mismo.
Si este intento de resumen resulta vago y confuso es porque refleja la
grandilocuente imprecisión de su propio estilo.
Figura 35. Grabado de Johann Wolfgang von Goethe para acompañar sus Optical
Lectures (1792).
Sin embargo, a pesar de su diversidad y su espíritu esotérico, los Naturphilosophen ejercieron
una tremenda influencia, tanto de forma inmediata, en la ciencia del siglo XIX
(en el electromagnetismo de Faraday o en la física de la tierra de Humboldt,
por ejemplo) como a largo plazo, en temas tan distintos como evolución,
mecánica cuántica y ecologismo.
Si los Naturphilosophen hubiesen buscado un logotipo,
quizá hubiesen elegido la Figura 35, tomada de una baraja de naipes diseñada
por Johann Wolfgang von Goethe para sus conferencias sobre óptica. Así es:
Goethe, actualmente célebre por ser el Shakespeare de Alemania, era un activo
investigador científico, experto en minerales y propietario de una colección de
18.000 muestras de roca, y partícipe también en debates internacionales sobre
biología y óptica, especialmente sobre el color. La aproximación subjetiva de
Goethe hacia la experimentación científica tenía en cuenta de manera deliberada
las reacciones del observador. En la figura, su ojo masónico mira con
agresividad, proyectando rayos de luz para dispersar los nubarrones de la
ignorancia. Para Descartes, Newton y los campeones de la objetividad, un prisma
o una lente se utilizan para generar imágenes que se pueden inspeccionar de
modo imparcial, como si el propio ojo fuese un instrumento. Sin embargo, según
Goethe, los seres humanos están implicados de forma inevitable en las
observaciones que efectúan. Su ojo miraba directamente al prisma, convirtiendo
así su propia retina en la pantalla de proyección. Para Goethe, la ciencia
formaba parte del mundo, no solo de los laboratorios; examinó en sí mismo los
efectos de contemplar las brillantes ropas de una mujer o una ladera cubierta
de nieve, y en su novela Las afinidades electivas comparaba
los intercambios conyugales con las transformaciones moleculares. En vez de
negar su imaginación, Goethe sostenía que, como genio creativo romántico, su
intensidad emocional y su agudizada conciencia le ayudarían en su búsqueda de
un tipo más humano de conocimiento científico.
El arco iris de la imagen simboliza la hostilidad de Goethe hacia la
óptica de Newton. Mientras que Newton declaraba que los colores ya existían
combinados en la luz del sol, Goethe mantenía que surgían de la conjunción de
opuestos polares: basta con mirar, decía, a los flecos coloreados visibles en
un límite brusco entre un cuerpo blanco y otro negro. Para los científicos
británicos estaba en juego el honor nacional, y defendieron a Newton
ridiculizando las ideas de Goethe, utilizando incluso improperios no demasiado
compatibles con el decoro científico. En cambio, los fisiólogos alemanes
incorporaron la visión goethiana del cromatismo orientada a la persona en sus
estudios sobre la percepción. Muchos experimentadores de la época romántica
(como Samuel Taylor Coleridge, un importante introductor de las tesis de
la Naturphilosophie en Gran Bretaña) eran partidarios del
énfasis en la polaridad de Goethe, similar a sus propias investigaciones sobre
la actividad magnética, eléctrica y química: norte y sur, positivo y negativo,
atracción y repulsión. Así como Goethe utilizaba su propio ojo como un
instrumento, estos científicos convirtieron su cuerpo en un componente de los
circuitos eléctricos (y los dolores que soportaron sugieren que ellos, a
diferencia de Galileo, sí merecen llamarse «mártires de la ciencia»).
Los Naturphilosophen han sido apartados de los libros
de historia porque (para decirlo claramente) la ideología de la objetividad
venció la batalla en el siglo XIX. Los científicos afirmaban mostrar el mundo
tal y como es, aunque este objetivo demostró ser prácticamente imposible de
lograr. En primer lugar, para evitar que la descripción del Universo sea tan
grande como el propio Universo es necesario efectuar selecciones y resúmenes,
un lugar de entrada obvio para la subjetividad. Después de elegir una planta,
cristal o imán específicos para examinar, no es posible saber si se trata de un
ejemplar típico, por muy meticulosa que sea la documentación de su aspecto y
comportamiento.
Una de las formas de enfrentarse a este dilema es emplear una versión
idealizada, el mejor de los ejemplos imaginables, una amalgama o destilación
irrealizable de componentes perfectos. Esta fue la solución adoptada durante la
Ilustración, cuando los artistas mejoraban deliberadamente el sujeto que tenían
delante. Los retratos de Joseph Banks y sus contemporáneos científicos no los
representan exactamente tal como eran, pues los pintores seleccionaban las
poses apropiadas y exageraban ciertos rasgos para idealizar sus temas humanos:
exploradores, administradores, cirujanos. Incluso los anatomistas que se
jactaban de la exactitud de su representación convirtieron el Homo
sapiens en Homo perfectus al hacer sus dibujos
conforme a ciertas expectativas. Preferían que los esqueletos masculinos
tuvieran cabezas grandes y piernas largas, mientras que los femeninos parecían
ser exageradamente pequeños, con cajas torácicas estrechas y anchas caderas,
reflejando deformaciones que posiblemente se debieran al uso del corsé.
Asimismo, aunque Pieter Camper efectuaba mediciones precisas de sus cráneos
(Figura 24), las líneas de la cuadrícula se limitan a teñir las imágenes de un
aura de objetividad.
A los científicos victorianos les horrorizaba la idea de que la
subjetividad pudiese anidar en el corazón mismo de la ciencia. Una de las
estrategias que adoptaron fue rechazar el concepto de formas ideales
universales de la Ilustración e insistir en que los naturalistas dibujaban los
especímenes tal como aparecían ante ellos, con todas sus imperfecciones. Se
exhortaba a los científicos a que ejercieran la autodisciplina y se comportaran
como si fuesen instrumentos de medida que generan una visión objetiva. Ejercían
sobre los artistas profesionales a los que empleaban una estrecha supervisión
para impedir que introdujeran adornos personales que hiciesen sus imágenes
estéticamente más agradables, pero que redundasen en perjuicio de su precisión
científica. La siguiente fase lógica era la eliminación total de los
observadores humanos y su sustitución por máquinas, sobre las que se podía
ejercer un mejor control. Los dispositivos de registro de datos, prometían sus
inventores, ofrecían una transcripción directa del mundo sin intervención
humana alguna. Por ejemplo, los médicos podían acceder directamente al cuerpo
humano mediante termómetros y estetoscopios, mientras que la fotografía
resolvería de una vez por todas la cuestión de la vida en la Luna.
Sin embargo, fueran cuales fuesen las medidas tomadas por los
científicos para garantizar la objetividad, las evaluaciones personales seguían
invadiendo subrepticiamente los procesos de experimentación. Incluso los
instrumentos de medición autónomos daban problemas. Por ejemplo, un ingenioso
dispositivo médico controlaba el pulso de un paciente mediante una aguja
sensible que trazaba un gráfico en zig-zag sobre una pieza de vidrio. Pero, a
pesar de su fidelidad, este patrón ondulante carecía de valor en sí mismo, y no
revelaba de inmediato el estado de salud de su propietario. Los médicos se
quejaban de que «los registros están escritos en un lenguaje que apenas
empezamos a comprender… las oscilaciones de la palanca carecen de sentido,
igual que las vibraciones de la aguja telegráfica para una persona que
desconozca el alfabeto correcto»[73]. El
descifrado del gráfico de diagnóstico implicaba aprender a relacionar las
marcas del cristal con las situaciones físicas que las causaron, un proceso de
interpretación que exige destreza, experiencia y juicio personal. A medida que
durante el siglo XX las máquinas de recolección de datos se hacían más
sofisticadas, este problema no hizo más que agudizarse. Los mapas magnéticos,
los rayos X y las fotografías en cámara de niebla están abarrotados de
información detallada, pero únicamente para los expertos que han aprendido a
traducirlas. Y estos expertos son personas, de modo que no siempre llegan a las
mismas conclusiones.
Incluso la cámara, que nunca miente, podía revelar distintas versiones
de la verdad. Faraday fue uno de los primeros conversos. «Ninguna mano humana
ha trazado hasta ahora las líneas que se muestran en estas imágenes», afirmaba
con entusiasmo; «lo que el hombre haga, ahora que ha convertido a la naturaleza
en su dibujante particular, es imposible de predecir»[74]. Sin
embargo, no todo el mundo estaba de acuerdo en que la fotografía ofreciese
acceso directo al mundo natural. Para empezar, era necesario superar problemas
técnicos: los tiempos de exposición prolongados, la fragilidad de las placas,
la dilatación o contracción del papel que impedía efectuar mediciones precisas.
Y además había que tener en cuenta la reputación de la fotografía. Los
espiritualistas mostraban retratos de personas del más allá, mientras que
algunos oportunistas pretendían lucrarse vendiendo vistas estereoscópicas de
mujeres desnudas en la Luna. ¿Cómo iba a ser un entretenimiento como ese una
herramienta científica legítima?
La palabra «fotografía» la inventó en 1839 el astrónomo John Herschel, y
la astronomía se convirtió en la ciencia fotográfica por excelencia. Las
fotografías astronómicas de lejanos planetas y de nebulosas en forma de
remolino cautivaron a los lectores de periódicos de la era victoriana; el
propio Herschel fue fotografiado como un inspirado genio con una desordenada
mata de pelo blanco a modo de halo. Pero el éxito científico de esta técnica no
vino de la noche a la mañana. Para empezar, los innovadores no se ponían de
acuerdo sobre la mejor forma de utilizar la fotografía en astronomía. Los
emprendedores con intereses comerciales se jactaban de que la fotografía era
capaz de poner al descubierto nuevos fenómenos, como las erupciones alrededor
del Sol durante un eclipse, y promocionaban la fotografía como una emocionante
herramienta de exploración que revelaba los secretos ocultos del cosmos. Los
astrónomos profesionales, en cambio, estaban más interesados en la exactitud.
Responsables de la supervisión de equipos de observadores de escasa coherencia,
tenían la esperanza de que la fotografía reemplazase personas por precisión.
En ambos terrenos, la intervención humana resultaba esencial, de modo
que la objetividad siguió siendo difícil de lograr. La impresión de fotografías
implicaba un proceso largo y costoso, de forma que los originales se copiaban a
mano para su reproducción masiva; así, la mayoría de personas veían dibujos, no
transcripciones directas de la naturaleza. En lugar de replicar las fotografías
con minuciosa precisión, los grabadores mejoraban las imágenes para destacar
los aspectos más importantes. Hacia finales del siglo XIX se hizo posible la
exploración continua y automática del cielo; parecía que, por fin, podría
eliminarse la falibilidad humana. Pero surgió un nuevo problema: si se cubría
todo el firmamento se obtendría una montaña de fotografías astronómicas de una
docena de metros de altura, imposible de manejar. El sueño de Faraday de
acceder a la «dama Naturaleza» parecía ser un sueño imposible.
El primer impacto de la fotografía no fue en la ciencia, sino en el arte
del retrato. Los científicos enseguida sacaron provecho del nuevo soporte para
hacerse publicidad, posando severamente en estudios mientras sostenían cráneos
o muestras de minerales. Más adelante empezaron a fotografiar a otras personas.
Aunque se suponía que sus cámaras actuaban como observadores neutrales, las
fotografías una vez terminadas tenían un aspecto tan artificial como el de sus
propios retratos promocionales. La recopilación de datos teóricamente objetivo
se prestaba al control social. Por ejemplo, los médicos en sanatorios mentales
publicaban conmovedoras imágenes de trastornos mentales que justificaban el
encierro de los pacientes. Los científicos empezaron a catalogar distintos
tipos de seres humanos, poniendo el énfasis en la objetividad de su mirada
fotográfica al reducir sus sujetos a especímenes; los habitantes de las
colonias eran obligados por los antropólogos a posar de pie delante de una
cuadrícula y los convictos se redujeron a fotografías de frente y de perfil que
podían compararse cuantitativamente.
Al fotografiar a las personas a las que juzgaban como anormales
(pacientes mentales, otras razas, criminales), los científicos definían los
términos de la normalidad. Utilizaban la fotografía, una herramienta de
clasificación supuestamente objetiva, para respaldar sus evaluaciones
personales acerca de quiénes debían ser plenamente aceptados como miembros de
la sociedad. Esto significaba enfrentarse al problema de representar un grupo
—los locos, los ciudadanos respetables, los africanos— encapsulando de algún
modo las características de los individuos que lo componen. En el siglo XVIII
se había optado por la solución de describir el tipo ideal. En la época
victoriana se adoptó un nuevo punto de vista: el desarrollo de métodos
estadísticos para hallar la media. Para fortalecer la ilusión de imparcialidad,
se dotó a la normalidad de una nueva base numérica.
La vida en el siglo XIX se vio invadida por el pensamiento estadístico.
De ser una esotérica especialidad matemática, la estadística pasó, no solo a
dominar la investigación científica, sino a convertirse en un arma vital para
los reformistas sociales; la enfermera Florence Nightingale fue una de las
primeras activistas, y utilizó sus datos para demostrar que la higiene en los
hospitales no solo reducía los costes, sino también el número de muertes. Los
estadísticos se jactaban de practicar la ciencia más objetiva posible, en la
que solo los hechos importaban y las opiniones estaban prohibidas. «Cuanto más
árido, mejor», declaraba un experto en cólera, «la estadística debe ser la
lectura más árida de todas»[75].
Uno de los especialistas que trataron de dotar a los datos numéricos de
un impacto inmediato fue Francis Galton, el primo de Charles Darwin. Galton era
un coleccionista de datos obsesivo que ideó varios métodos astutos de
representar la información estadística. Aparte de condensar grandes volúmenes
de cifras meteorológicas en mapas del tiempo, Galton inventó también una
máquina fotográfica capaz de realizar lo que él llamaba «estadísticas
pictóricas». En primer lugar, fotografiaba a varios miembros de una determinada
categoría —asesinos, hermanas, hombres con sífilis— y a continuación superponía
las fotografías individuales para obtener una imagen compuesta. En la fila
superior de la Figura 36se ilustran sus intentos de identificar criminales
mediante este proceso de acumulación mecánica, que se delata en este caso por
los perfiles borrosos que rodean los rostros centrales, más nítidos.
Figura 36. Fotografías compuestas de criminales, de Francis Galton (década
de 1880).
Las cuatro imágenes inferiores revelan el esnobismo de Galton al suponer
que la diferencia de clase entre oficiales y soldados rasos estaría impresa en
su aspecto externo.
Las fotografías compuestas de Galton son una visualización de la
distribución normal, la curva en forma de campana que desciende de forma
simétrica a ambos lados del valor central, la media. Suele llamarse
distribución gaussiana, porque fue el matemático alemán Karl Gauss quien la
introdujo para la estimación de errores en astronomía. Gauss demostró que, si
se repite varias veces la misma medición, las lecturas se agrupan en una
estrecha curva alrededor de la media: cuanto más ancha sea la curva, mayor es la
probabilidad de que una lectura en particular sea incorrecta. Al permitir a los
científicos calcular la fiabilidad que podían asignar a sus resultados, las
técnicas de Gauss agregaron seguridad matemática a las afirmaciones de que las
mediciones eran precisas y objetivas y no estaban contaminadas por el error
humano.
Sin embargo, esta concepción numérica de la normalidad dejaba de nuevo
el paso franco a los juicios subjetivos. Era fácil ir de la descripción a la
recomendación, del seguimiento social a la ingeniería social. Galton no era más
que uno de los numerosos científicos victorianos que creían que mediante la
medida de las características físicas se podía obtener información imparcial
sobre las habilidades mentales, las tendencias psicológicas y los orígenes
raciales de las personas. Supuestamente, los criminales, por ejemplo, se
hallaban en los extremos de las distribuciones normales porque, respecto de la
media, tenían barbillas hundidas y brazos largos, lo que sugería que eran seres
degenerados de una categoría inferior a los caballeros de la época. A su vez, se
afirmaba que los genios eran más delgados de lo normal y con la frente
abultada; no es una coincidencia que Sherlock Holmes respondiese a esta
descripción.
En retrospectiva, parece evidente que, igual que el proyecto de Camper,
estos argumentos estaban plagados de presuposiciones y círculos viciosos. En el
nombre de la objetividad, los científicos hacían hincapié en la importancia de
las pruebas fotográficas y de las mediciones precisas, pero estas dos
herramientas discriminatorias también fueron empleadas en el siglo XX en
campañas de determinados partidos políticos para efectuar, según afirmaban, una
purificación de la sociedad. Por ejemplo, en Alemania, los activistas nazis
distribuían panfletos en los que se comparaban los colores de ojos de los
judíos y de los arios, y en Suecia, en donde seguían llevándose a cabo
esterilizaciones forzosas en la década de 1960, los médicos recopilaban
galerías fotográficas de los distintos tipos raciales y psicológicos. Desde
luego, no se puede culpar a Galton del Holocausto, pero quizá los Naturphilosophen tenían
razón al cuestionarse el ideal de la objetividad.
4. Dios
Era el designio divino manifestado en estas bandas de azur, negro y
dorado, de ondulantes contornos, flujo sólido compuesto en su propio armazón:
granate rojo junto a mica, de un blanco de plata; un trozo de ágata, como un
mar interior…
Clive Wilmer, Minerals from the Collection of John Ruskin(1992)
En diciembre de 1871, el príncipe de Gales se encontraba a las puertas
de la muerte, gravemente enfermo de fiebre tifoidea. El arzobispo de Canterbury
y sus aliados entraron en acción y enviaron órdenes a través del sistema
telegráfico para la lectura de oraciones especiales en las iglesias de todo el
reino. El Príncipe pronto se recuperó, pero la nación quedó dividida: ¿había
sido una intervención divina o bien la medicina moderna la responsable de esta
curación aparentemente milagrosa? Un eminente cirujano sugirió que la cuestión
podía resolverse estadísticamente haciendo que las oraciones tuviesen como
destino una sala específica de un hospital durante varios años para ver si
mejoraba la tasa de curaciones. Aunque esta prueba divina nunca se llevó a cabo,
el debate de evaluación de la oración prosiguió durante años: la enfermedad
¿era un castigo por ley divina o era posible prevenirla obedeciendo las leyes
científicas de la salud?
Puede que estas discusiones acerca de la oración parezcan un conflicto
directo entre ciencia y religión, pero el argumento de fondo no era quién tenía
la razón, sino a quién se confiaba la decisión de qué era lo correcto.
Tradicionalmente, la autoridad estaba en manos de la Iglesia Anglicana, pero
durante el siglo XIX los científicos británicos empezaron a reclamar poder para
su nuevo sacerdocio de la racionalidad. Los científicos ambiciosos que luchaban
por consolidar su reputación como expertos de la élite desplazaban a cualquiera
a quien juzgasen inapropiado. Una de sus maniobras fue la de establecerse como
profesionales marginando a aquellos que carecían de credenciales educativas.
Asignándoles el peyorativo epíteto de amateurs, apartaron a un gran
grupo de personas con amplios conocimientos: mujeres, coleccionistas,
astrónomos domésticos.
Otra táctica fue la de establecer por primera vez una distinción clara
entre ciencia y religión. Francis Galton presentó algunas estadísticas
obtenidas de muestras cuidadosamente seleccionadas que evidenciaban una
supuesta escasez de líderes religiosos en las juntas directivas de las
sociedades científicas. Tras unos cuantos pasos lógicos llegaba a la conclusión
de que a los hombres de iglesia no se les daba bien la ciencia; una vocación
teológica, afirmaba, era incompatible con la competencia científica. El más
elocuente de los portavoces de estos ataques a la Iglesia fue Thomas Huxley,
gran defensor de la evolución de Darwin e inventor de la palabra «agnóstico».
El golpe maestro de Huxley tuvo lugar durante un debate público en Oxford, en
donde afirmó que prefería tener por antepasado a un simio que al obispo
fanático que tenía delante. Aunque puede que se trate de un relato apócrifo, sí
es cierto que Huxley condenó con ferocidad a todo aquel que pensaba que era, o
que podía ser, al mismo tiempo «un verdadero hijo de la iglesia y un leal
soldado de la ciencia»[76].
Al parodiar a la oposición religiosa, Huxley hizo que las ideas de
Darwin sonasen mejor. Sin embargo, su agresividad indicaba hasta qué punto las
cuestiones teológicas estaban arraigadas en la investigación científica a
mediados del siglo XIX. En general, los principales debates eran dos. Uno de
ellos estaba específicamente relacionado con la teología bíblica. Las pruebas
derivadas de los fósiles y la formación de rocas sugerían que la Tierra era
extraordinariamente más antigua de lo que sugería la Biblia; y, para avivar aún
más la polémica, las teorías evolutivas contradecían las creencias
tradicionales de que los seres vivos habían permanecido inmutables desde que
Dios los crease. Sin embargo, para muchos victorianos, los relatos de las
Escrituras representaban poderosas metáforas, no realidades literales; así, las
contradicciones con la Biblia no les preocupaban en exceso. El problema
principal de los críticos de la ciencia eran las implicaciones filosóficas de
las ideas modernas. Los cristianos creían en un cosmos teleológico, creado por
un Dios omnisciente, un Gran Diseñador, con una finalidad específica. Este
reconfortante punto de vista se veía amenazado por los nuevos métodos
estadísticos de la física y también por la teoría de la evolución de Darwin,
según la cual el azar puede introducir nuevas características entre una
generación y la siguiente.
Dios había quedado apartado a la fuerza de la astronomía durante la
Revolución Francesa, cuando Pierre-Simon Laplace revisó las ideas de Newton
para crear su cosmos determinista, en el que las leyes de la ciencia gobiernan
cada movimiento de cada planeta, sin necesidad de intervención divina alguna.
Inspirado por este triunfo, el astrónomo belga Alphonse Quetelet decidió que
las sociedades humanas debían también tener unas leyes que las controlaban.
Cada país posee sus propios patrones estadísticos que permanecen constantes de
un año al siguiente —tasas de crímenes y suicidios, por ejemplo—, de modo que
Quetelet sugirió que las características de una nación se pueden condensar en
un «hombre medio». Los políticos, recomendaba Quetelet, debían actuar como físicos
sociales e intentar introducir mejoras en el comportamiento medio, en lugar de
preocuparse por las anomalías extremas. Desde su punto de vista, las
variaciones respecto de la media estadística eran —a semejanza de los bamboleos
de los planetas— imperfecciones que debían pulirse para lograr un progreso
general.
Quetelet introdujo así una forma radicalmente nueva de pensar acerca del
ser humano. Como decía uno de sus admiradores, «el hombre solo es un enigma si
se lo mira como individuo; en la masa se convierte en un problema matemático»[77]. Los
sucesores de Quetelet desarrollaron sus ideas en diversas direcciones. Uno de
los aspectos importantes de su trabajo era su valor político, que dejaba
espacio para diversas interpretaciones. Mientras que los conservadores
afirmaban que no había muchas posibilidades de alterar el sistema actual, los
radicales acusaban al gobierno de obstaculizar la marcha natural del progreso,
y los utópicos, —Karl Marx, por ejemplo— imaginaban armoniosas sociedades
gobernadas por unas leyes naturales que garantizaban su avance. Proliferaron
los proyectos de recolección de datos, y los estadísticos se lanzaron a buscar
leyes que gobernasen todos los aspectos de la vida, desde el tiempo atmosférico
al crecimiento de la civilización, de las fluctuaciones del mercado de valores
a la incidencia de las enfermedades. Muchos científicos tomaban las ideas de
Quetelet, no de abstractos libros de texto, y luego las modificaban con sus
propias inspiraciones. Mientras que, para Quetelet, las desviaciones
individuales de la norma eran errores que debían eliminarse, los científicos
decidieron estudiar cuál era el origen de tales desviaciones.
En física, la aplicación más importante de la estadística fue en el
estudio del comportamiento de los gases, un tema al que se prestaba un gran
interés en la Europa de las máquinas de vapor: el estudio de la termodinámica
—las relaciones entre calor, movimiento y potencia— podían contribuir a
incrementar la eficiencia de las industrias. En 1873, James Clerk Maxwell, un
científico escocés afincado en Cambridge, asombró a su público en la reunión
anual de la BAAS al explicar de qué modo el comportamiento global de los gases,
como el de las poblaciones humanas, puede describirse fijándose en la velocidad
media de las moléculas, cuyo movimiento —según su hipótesis— era aleatorio.
Maxwell sostenía la imposibilidad de establecer un conocimiento exhaustivo
absoluto de los gases y otros sistemas microscópicos; la única certeza posible
era la difusa estadística.
Esta postura no era un simple truco matemático astuto; en realidad
planteaba dudas fundamentales acerca del determinismo. Quetelet había intentado
también describir las sociedades humanas desde un punto de vista estadístico y
había generado encendidos debates. Si se suicida una media de diez personas al
año, ¿está su destino decidido a priori o conservan todos los
individuos su libre albedrío? El punto de vista mayoritario era que el libre
albedrío es esencial para la vida humana; sin embargo, su extrapolación a la
física era un asunto totalmente distinto. Si se asumía que las moléculas eran
capaces de tomar decisiones se eliminaba la distinción entre los seres
espirituales y la materia inerte, lo que introducía una filosofía materialista
totalmente opuesta a la teología cristiana. Otro de los problemas era la
suposición de Maxwell de que las moléculas gaseosas se movían de forma
aleatoria, lo que daba idea de un cosmos que surge del azar, no planificado por
Dios. Las técnicas estadísticas prosperaron en la práctica científica porque
funcionaban, pero insolubles problemas teológicos siguieron acosando tanto a
Maxwell como a sus críticos.
La geología suscitaba cuestiones relacionadas de forma más directa con
el cristianismo. En el libro del Génesis, el primero de la Biblia, se describe
cómo Dios creó el Universo a partir de la nada en seis días. Algunos creyentes
se aferraban tercamente a este relato, a pesar de que no les preocupaba tanto
el ritmo de trabajo de Dios como la noción de que Él había creado las personas,
los animales y las plantas exactamente en su forma actual; en sus visiones no
cabía la posibilidad de la extinción ni de la aparición de nuevas especies. Su
otro gran problema era la edad de la Tierra. En las Biblias suele haber una
nota al margen en la que se explica que el mundo se originó el domingo 23 de
octubre de 4004 a. C., una fecha calculada con minuciosidad y en la que más o
menos están de acuerdo los cronólogos de la iglesia.
Durante el siglo XVIII, los opositores de esta ortodoxia habían actuado
con cautela, evitando en lo posible el enfrentamiento. Por ejemplo, a partir de
los trabajos del naturalista newtoniano Georges Buffon, construyeron historias
de la Tierra ingeniosamente divididas en seis eras, para corresponderse con los
seis días de la creación de los que se habla en las Escrituras. El problema
fundamental con el que se enfrentaban los geólogos era explicar cómo ciertas
rocas que, claramente, estaban constituidas por sedimentos acumulados bajo el
agua se hallaban ahora en tierra firme, una transformación que en la Biblia
queda convenientemente explicada en el Diluvio Universal. Una determinada
escuela de geólogos, los neptunistas, que tomaron su nombre del dios romano de
los mares, creían que un inmenso océano cubría toda la superficie de la Tierra
y que en la actualidad se había secado (no ofrecían explicación alguna acerca
de dónde había ido a parar toda el agua). La fuerza del movimiento neptunista
fue especialmente notable en las academias de minería de Alemania, en donde uno
de los principales temas de trabajo prácticos era la clasificación de rocas. A
sus opositores se los denominó plutonistas, del nombre del dios romano del
averno. Los plutonistas sostenían que violentos terremotos, causados por las
altas temperaturas internas de la Tierra, habían empujado hacia arriba amplias
zonas de terreno seco desde debajo de la superficie del agua.
El más influyente de los plutonistas fue James Hutton, que pertenecía al
círculo intelectual del ingeniero James Watt y del economista Adam Smith en
Edimburgo. Después de aburrirse, primero como químico industrial y luego como
noble granjero, Hutton volvió su atención a la geología, pero siempre evaluando
el paisaje según su potencial agrícola. La geología, según descubrió, no era un
trabajo fácil; con el trasero dolorido durante una salida de campo en Gales, se
quejaba: «Dios mío, apiádate del trasero que está pegado a la cabeza de un
buscador de piedras». Sin embargo, la contribución más importante de Hutton —y,
a finales del XVIII, se trataba de una innovación radical— fue imaginar un
ciclo de cambio continuo y de extraordinaria lentitud: debido a la erosión del
viento y el agua, las partículas de roca se depositan en el fondo marino, en
donde se convierten en un duro sedimento antes de verse impulsadas hacia arriba
para convertirse de nuevo en montañas. Este sistema de estado permanente
precisaba de inimaginables períodos de tiempo. Como decía de forma dramática y
polémica el propio Hutton: «no hallamos vestigios de un principio ni
perspectivas de un fin»[78].
Teológicamente, se hicieron diversas interpretaciones de este modelo.
Aunque al propio Hutton le era indiferente el Génesis, Dios formaba parte
esencial de su cosmos, que imaginaba como una gigantesca máquina de movimiento
perpetuo ideada especialmente para que sus habitantes fuesen felices por toda
la eternidad. Algunos críticos se escandalizaron: Hutton contradecía de forma
patente la cifra de 6000 años de la que se habla en la Biblia; estos críticos
volvieron a incorporar el Diluvio Universal en el esquema. Rechazando el
sistema de cambio gradual de Hutton, centraban su atención en espectaculares
agitaciones y catástrofes como terremotos o inundaciones. En contraste, los
geólogos franceses y alemanes hacían caso omiso de la Biblia, pero tenían otras
razones para preferir los modelos catastrofistas. ¿Cómo se podía explicar si no
la presencia de rocas gigantescas esparcidas por todo el paisaje?
Cuando el anatomista francés Georges Cuvier examinó las rocas de los
alrededores de París halló que ocupaban distintos estratos, cada uno de ellos
con un tipo de fósil característico. Para Cuvier, estaba claro que las eras
estaban separadas entre sí por una serie de convulsiones violentas; muchos
geólogos estaban de acuerdo con él. Los conversos se propusieron reunir pruebas
de eventos catastróficos por todo el mundo. Un académico de Oxford halló un
enlodado cubil de hienas en pleno Yorkshire (un testimonio innegable del
Diluvio, concluyó), Alexander von Humboldt informó de la existencia de volcanes
en Suramérica, y un abogado británico miope, —Charles Lyell—, formó como
ayudante a su esposa, Mary, y se la llevó con él a Italia. Los paisajes de
Italia hicieron que Lyell cambiara de opinión y, con la ayuda de Mary, escribió
sus Principios de geología (1830-1833), tres volúmenes de
influencia transcendental en los que se rechazaba el catastrofismo y se
resucitaba el enfoque de Hutton.
El cambio, declaraba Lyell, tiene lugar de forma lenta y uniforme, a lo
largo de prolongados (muy prolongados) períodos de tiempo, y ocurre al mismo
ritmo ahora que en el pasado. Como suele suceder con las nuevas ideas, la
conversión de los científicos no fue de la noche a la mañana. Como Galton y
Huxley, Lyell estaba decidido a separar la ciencia de la religión, a «liberar a
la geología de Moisés», como solía decir lacónicamente. Con esto no pretendía
decir que solo los no creyentes podían ser científicos (muchos de sus aliados
eran cristianos, de hecho), sino más bien que la ciencia solo podía ganar
prestigio alejándose de los hombres que se aferraban a las viejas corrientes de
pensamiento. Los científicos de la época victoriana que luchaban por la autoridad
social no tenían la intención de erradicar la fe, sino más bien de pulir su
comunidad desde dentro, eliminando a aquellos que basan las hipótesis
científicas en argumentos religiosos.
Lyell estaba extremadamente orgulloso de su portada (Figura 37), grabada
en oro en las ediciones de lujo. El templo de Serapis, cercano a Nápoles, era
un famoso monumento de la civilización clásica, pero para Lyell se trataba
también de un monumento a los acontecimientos geológicos que habían tenido
lugar mucho tiempo antes.
Las bandas oscuras de las columnas se debían a los moluscos marinos, lo
que ponía de manifiesto que el edificio original se hundió primero por debajo
del nivel del mar para volver a elevarse más adelante.
Serapis representa el principio clave de la teoría de Lyell: que los
pequeños cambios a un ritmo lento y sostenido son los responsables incluso de
los rasgos más espectaculares de la superficie terrestre.
Figura 37. El templo de Serapis. Portada de Principies of Geology de Charles
Lyell (1830).
A diferencia de lo que afirma la teología cristiana, este mundo se
encuentra en un estado estacionario, sin patrón establecido de progreso, sin
una inexorable flecha del tiempo que apunte del pasado al futuro.
En la imagen de Lyell, las historias humana y geológica están
interrelacionadas. Un hombre moderno se encuentra de pie junto a las columnas,
mientras que la figura sentada contempla este doble testimonio del pasado. Esta
visión integrada representaba un cambio radical en la percepción que las
personas tenían de sí mismas y de su relación con el cosmos. Según la narración
bíblica, solo hay un tipo de historia: el de las cuestiones humanas de los
últimos seis mil años, desde que se creó la Tierra tal como es ahora. Los
geólogos forzaron a los victorianos a considerar una versión más profunda del
tiempo, un mundo habitado que se extendía de forma inimaginable hacia el
pasado, mucho antes de la existencia de la vida. Huxley lo explicaba con
elocuencia en una conferencia a unos obreros en East Anglia: «Un gran capítulo
de la historia del mundo está escrito en el yeso»[79]. Bastaba
con examinar el yeso bajo sus pies o en el bolsillo de un carpintero,
proclamaba Huxley, para obtener más conocimientos que los que un erudito podía
lograr con la nariz enterrada en sus libros.
Tanto el tiempo como el espacio se alargaron durante el siglo XIX.
Potentes telescopios revelaron inmensos pedazos del espacio que contenían
aparentemente un sinfín de objetos: estrellas, nebulosas y otros sistemas
planetarios. Mirar hacia el cielo implica mirar hacia atrás en el tiempo,
porque, a pesar de que la luz viaja a gran velocidad, no llega de forma
instantánea; cuanto más lejos se mira, más tiempo hace que la luz inició su
viaje. Viajar hacia el interior de la Tierra también implica viajar hacia el
pasado (y por eso Jules Verne, que se mantenía al corriente de las últimas
novedades científicas puso monstruos prehistóricos en el centro de la Tierra).
Aunque los geólogos dudaban sobre el número de ceros que debían añadir a la
edad del Universo, era evidente que incluso los más antiguos de los reinos
humanos habían ocurrido solo unos pocos segundos antes en el reloj geológico.
Esta expansión del tiempo geológico no solo sacudió los cimientos de la
ciencia, sino que supuso también una transformación esencial en el pensamiento
europeo. Igual que el traslado del Sol al centro del Universo en lugar de la
Tierra implicaba una disminución radical de la importancia de la vida humana.
No es una coincidencia que el poema en lengua inglesa más leído del siglo XIX
fuese In Memoriam, una meditación sobre Dios, la naturaleza y la
vida como reacción a la prematura muerte de un joven. En esta famosa elegía,
Alfred Tennyson —que había leído a Lyell y estaba enterado de los últimos
debates científicos— forcejeaba con la angustia de un cosmos incierto, no
teleológico. ¿Cómo podía, decía con inquietud, renunciar a su confianza
cristiana de que «nada camina sin rumbo fijo»? Como muchos de los escritores
del siglo XIX, Tennyson poseía cultura científica, y adaptó la propia
descripción de Lyell del paisaje en permanente cambio para hacer hincapié en el
hecho de que la civilización es una recién llegada en la prolongada historia de
la Tierra:
En aquella hondonada crecía el árbol.
¡Oh, tierra, los cambios que has contemplado!
Donde rugen las agitadas calles
yacía la calma del mar central[80]
5. Evolución
Empieza a percibir un contenido religioso a medida que aumenta su
trascendencia… Sus [de Darwin] quinientas páginas solo merecen una conclusión:
infinitas y hermosas formas de vida, como las que se ven en un simple seto,
incluidos los seres elevados como nosotros mismos, surgieron de las leyes de la
física, de la guerra de la naturaleza, el hambre y la muerte. He ahí el
esplendor, y un tonificante consuelo en el breve período de privilegio de la
conciencia.
Ian McEwan, Sábado (2005)
«La naturaleza, de rojos colmillos y zarpas»; el poema In
Memoriam de Tennyson evoca la competencia cruel que yace en la teoría
de la evolución de Charles Darwin. Sin embargo, aunque fijarse en las fechas
suele ser una forma aburrida de abordar la historia, a veces puede ser
revelador. Tennyson publico su elegía nueve años antes de la aparición de El
origen de las especies de Darwin en 1859. Darwin y la evolución se han
convertido prácticamente en sinónimos; y no obstante, el concepto básico de
cambio evolutivo se barajaba desde la época de su abuelo. El modelo de Darwin
fue rechazado durante décadas y nunca se aceptó del todo; incluso la llamada
síntesis darwiniana del siglo XX era muy distinta de la formulación original.
Darwin compite en la actualidad con Newton como principal genio
científico de Gran Bretaña, pero su vida estuvo rodeada de polémica, una
polémica virulenta y pública —uno de los motivos por los que Darwin pasó tanto
tiempo prácticamente recluido en su casa del campo—. A sus críticos de la época
victoriana les costaba aceptar que los seres humanos no fueron creados de forma
independiente, sino que descendían de otros animales.
Figura 38. Caricatura de Charles Darwin. Revista Fun, 16 de noviembre de
1872.
Aunque en la época en que Darwin publicó su obra ya casi todo el mundo
estaba de acuerdo en la existencia de algún tipo de evolución, innumerables
caricaturas (como la de la Figura 38) lo representaban en forma de mono, el
colmo de los insultos en la Gran Bretaña del XIX. En esta figura se han
exagerado sus espesas cejas para darle un aspecto más simiesco, y su cola
prensil es mucho más larga que su barba de filósofo. Este Darwin con aspecto de
simio hace un gesto de advertencia con su mano izquierda, una parodia de una
bendición papal para burlarse de sus sacrílegas teorías.
Los debates sobre la evolución fueron despiadados, porque lo que estaba
en juego iba mucho más allá de una hipótesis científica. Incluso las agrias
discusiones sobre la Biblia no eran, hasta cierto punto, más que vistosos
telones que cubrían grietas más profundas y dejaban escapar parte del vigor de
pasiones más fundamentales. Las opiniones de las personas acerca de la
evolución reflejan su ser más esencial, la forma en la que se percibían a sí
mismos y su relación con el mundo. A través de la versión cristianizada de
la Gran Cadena del Ser de Aristóteles, los europeos podían
verse cómodamente instalados en la cima de una jerarquía inmutable, con
instrucciones divinas para supervisar el mundo y utilizarlo para su propio
beneficio. Los terratenientes ricos que habían heredado sus propiedades se
aferraban a este tranquilizador punto de vista y se imaginaban a ellos mismos y
a sus descendientes disfrutando de los privilegios que, según su visión, el
propio Dios les había concedido. En contraste, los radicales políticos
recibieron la idea del cambio con los brazos abiertos: si el mundo natural
había evolucionado, la sociedad también podía transformarse para alejarse de la
tradición y redistribuir la riqueza de la nación.
El origen de las ideas evolutivas se halla en la Francia
prerevolucionaria, pero fue el abuelo de Darwin, Erasmus, el primero que las
expresó coherentemente; bueno, siempre que no se examinen los detalles con
demasiada exigencia. Su noción básica era que Dios había diseñado criaturas que
podían mejorarse a lo largo del tiempo, una idea análoga a sus propias
ambiciones como próspero médico de provincias, miembro de una creciente clase
media que obtenía dinero y poder mediante sus propios esfuerzos en una Gran
Bretaña en plena industrialización. Según Erasmus Darwin, se desarrollaban
gradualmente órganos nuevos a medida que los padres transmitían sus propios
pequeños avances a la siguiente generación, del mismo modo que él y su colega
de la Lunar Society, Josiah Wedgwood, propietario de fábrica hecho a sí mismo,
transmitirían más adelante sus riquezas combinadas a sus nietos, Charles y Emma
Darwin. En otras palabras, los caracteres adquiridos durante la vida de un
individuo podían heredarse.
El ejemplo clásico de este tipo de herencia a través de la experiencia
vital es el de las jirafas, cuyos cuellos supuestamente se han estirado cada
vez más a lo largo de muchas generaciones. Sin embargo, el hombre que se hizo
célebre por este enfoque no fue Darwin, sino su joven contemporáneo, un
naturalista francés de nombre Jean Lamarck, que trabajaba en el Museo de
Historia Natural de París. Lamarck adoptó la sugerencia de Georges Buffon de
que, mientras el Universo se enfriaba poco a poco desde su estado de fusión
original, las formas de vida se generaron espontáneamente. Aportando de su
propia cosecha, Lamarck concibió unas formas de vida no fijas, sino en
constante mejora; a pesar de que los organismos se originan en numerosas
creaciones espontáneas distintas, todos ellos progresan avanzando por rutas
predefinidas. Lamarck se hubiese sentido avergonzado al saber que actualmente
se le recuerda por una parte relativamente trivial de su gran teoría. Para él,
el punto crucial no era la herencia de caracteres adquiridos, sino el progreso
continuo de la vida.
Por desgracia para Lamarck, su principal rival también trabajaba en el
Museo de Historia Natural. Georges Cuvier, un experto en el tráfico de favores,
se aseguró de lograr promociones, de que se escuchasen sus opiniones y de que
Lamarck quedase eclipsado. De ideas políticas conservadoras, Cuvier consolidó
su posición defendiendo la estabilidad y rechazando el principio de cambio de
Lamarck. Sin embargo, aunque el propio Cuvier era contrario a la evolución, su
obra supuso una profunda influencia en posteriores teorías evolutivas, ya que
utilizó la anatomía para clasificar los animales en grupos. En lugar de
centrarse en el aspecto externo de un ser vivo, Cuvier estudiaba su estructura
interna. Por ejemplo, los elefantes, los peces y las serpientes pueden ser muy
distintos entre sí en la superficie, pero Cuvier los agrupó como vertebrados,
porque pensaba que las similitudes entre sus esqueletos los distinguían
claramente de otros animales sin espina dorsal.
Una de las innovaciones fundamentales de Cuvier fue la división del
reino animal en cuatro tipos básicos. Se trataba de un paso crucial, porque
eliminó el orden jerárquico. A pesar de que creía que los vertebrados eran
fundamentalmente distintos de los otros tres grupos, que pueden quedar
representados por las ostras, las arañas y las estrellas de mar, no son
intrínsecamente superiores. A muchos naturalistas les costó aceptarlo, pero
Cuvier había establecido al menos la posibilidad de pensar de una forma no
lineal, distinta de una cadena. Ni siquiera se dignó a considerar una
ordenación interna; tanto los peces como los mamíferos, afirmaba, eran
vertebrados, adaptados a la vida en hábitats diversos. Los naturalistas
ingleses agregaron un toque teológico al utilizar el concepto de adaptación de
Cuvier para apoyar su argumento de un Dios diseñador preocupado por su
creación. La inventiva les bastaba para justificar cualquier cosa. Incluso «La
naturaleza, de rojos colmillos y zarpas» de Tennyson podía explicarse: los
depredadores rescataban compasivamente a sus presas de la muerte por inanición.
Cuvier, arribista y oportunista, gustaba de jactarse de que era capaz de
deducir el esqueleto completo de un animal a partir de un único hueso. Aunque
se trataba de una exageración, con la aplicación de sus conocimientos
anatómicos a los fósiles Cuvier logró introducir los argumentos paleontológicos
en los debates sobre evolución. Los fósiles se consideraban desde hacía tiempo
curiosidades de coleccionista, pero no eran fáciles de adaptar al relato
bíblico de una creación inmutable. ¿Por qué los había creado Dios? ¿O se
trataba quizá del resultado de algún poder oculto que actúa en el interior de
las rocas? ¿Y qué eran aquellos gigantescos esqueletos con aspecto de elefante
que habían empezado a desenterrar exploradores en Siberia y en América a
finales del siglo XVIII?
Mediante el examen sistemático de los fósiles, Cuvier demostró
anatómicamente que la Tierra había sido el hogar de especies que en la
actualidad se habían extinguido. Los coleccionistas le enviaron muestras y
dibujos de todo el mundo, y Cuvier demostró más allá de cualquier duda que los
mamuts y mastodontes eran distintos de los elefantes modernos. Cuvier también
llevó a cabo sus propias excavaciones en los alrededores de París. Al
reconstruir vertebrados a partir de huesos fósiles de capas cada vez más profundas
descubrió que, cuanto más antigua era la roca, más extrañas eran las criaturas
que contenía. Siendo conservador acérrimo, Cuvier se negaba a aceptar el
cambio; sostenía por el contrario que una serie de acontecimientos
catastróficos habían eliminado las especies de cada era (aunque nunca explicó
de modo satisfactorio de dónde procedían las siguientes). Sin embargo, a medida
que las pruebas fósiles seguían acumulándose —incluidos algunos espectaculares
dinosaurios—, los partidarios de la evolución se apropiaron de los resultados
de Cuvier para apoyar sus propios puntos de vista.
Las actitudes políticas y religiosas desempeñaban un papel fundamental
en los debates acerca de la evolución. Muchas personas estaban a favor del
concepto lamarquiano de progreso, pero rechazaban la generación espontánea, que
implicaba que la vida podía crearse a partir de materia, un enfoque
materialista que transgredía las creencias cristianas. Para hacer más aceptable
la idea de la evolución progresiva, un emprendedor escocés de nombre Robert
Chambers presentó el cambio como parte del plan divino para todo el Universo.
Chambers, un editor de clase media sin fortuna familiar, tendía políticamente
hacia el progresismo. No solo pretendía ganar dinero para sí mismo, sino
también utilizar sus imprentas de vapor para producir lecturas baratas e
instructivas que sirvieran para el avance de las clases obreras.
Astutamente, Chambers iniciaba su obra Vestiges of the Natural
History of Creation, editado en 1844, con una serie de textos relativamente
inocuos sobre astronomía, para luego pasar rápidamente a la geología progresiva
y la evolución, imaginando un proceso —gobernado por leyes— de avance hacia
formas de vida cada vez más complejas, de modo que a los peces, los reptiles y
las aves les seguían los mamíferos y, finalmente, los seres humanos
(previsiblemente, situaba a los hombres y la raza caucásica en una posición
superior a la de las mujeres y las otras razas). Al principio, los críticos
quedaron encantados con el mensaje democrático y el estilo elocuente del libro.
Tennyson estaba radiante por haber hallado ideas tan similares a las suyas, e
incorporó gran parte de la visión de Chambers en su elegía In Memoriam.
Pero pronto Vestiges empezó a sufrir ataques; los científicos
hallaron puntos débiles, los conservadores detestaban su enfoque materialista
de la vida y la inteligencia y casi todo el mundo estaba horrorizado con la
idea de descender de animales.
Las acérrimas críticas catapultaron las ventas del libro de Chambers,
que causó sensación a nivel internacional. Cuando Charles Darwin editó su obra,
quince años más tarde, casi toda la pasión anti evolucionista se había calmado.
Darwin había leído Vestiges solo unos meses antes de terminar
un grueso borrador de su propio libro, y siguió con atención la controversia.
La meta de Chambers era establecer una ley universal de la vida, y Darwin
descubrió con alivio que Chambers ya se había adelantado a casi todas las
posibles críticas que la propia teoría de Darwin era susceptible de recibir;
empezó a revisar una de las más agrias críticas a Chambers «con miedo y temor,
pero tuve el placer de ver que no había pasado por alto ninguno de los
argumentos, aunque sí es cierto que la solidez con que me los había planteado
dejaba que desear»[81]. No
obstante, Darwin observó y esperó, posponiendo la publicación para evitar el
castigo público y trabajando constantemente en su gran teoría. Meticuloso hasta
un grado obsesivo, se embarcó en un estudio de los percebes que duró dieciocho
años.
Darwin nunca había sido un gran candidato para el honor de ser
considerado un genio. Estudiante mediocre, salió de la universidad con una
pasión por los insectos y la geología, pero pocas ambiciones más allá de huir
de la vida de clérigo que su padre le había preparado. Inspirado por Humboldt,
Darwin navegó alrededor del mundo a bordo del Beagle y, con
los Elementos de geología de Lyell como guía de viaje,
interpretó los fenómenos de los que fue testigo en términos de cambio. Por
ejemplo, llegó a la conclusión de que los arrecifes de coral se habían alzado y
descendido como el templo de Serapis de Lyell, con tiempo de sobras para sufrir
lentas transformaciones. En Suramérica, Darwin descubrió fósiles similares a su
singular fauna viva, y observó a los colonos europeos que habían sobrevivido
adaptándose a su nuevo y ajeno entorno. ¿Acaso los animales se modificaban en
función del ambiente que les rodeaba?
Aunque solía ser un coleccionista cuidadoso, por desgracia Darwin se
perdió algunas claves importantes en las islas Galápagos, en donde se dedicó a
llenar indiscriminadamente sacos de especímenes sin prestar suficiente atención
a los nativos. Ya era demasiado tarde cuando se enteró a través de ellos que
las tortugas de cada isla se podían distinguir por la forma de su caparazón, y
se dio cuenta de que debió haber sido más cuidadoso al etiquetar sus
ejemplares. El lío con los pájaros se resolvió (lo hizo otra persona) una vez
que Darwin ya había regresado a Inglaterra; las diferencias en los picos de los
pinzones de islas vecinas proporcionaron valiosas pruebas en apoyo de su
teoría.
Durante un cuarto de siglo, Darwin observó, leyó y observó un poco más,
y finalmente formuló su teoría de la selección natural. Su lírica prosa revela
la escrupulosidad de su estudio y la emoción de su respuesta. «Hay grandeza»,
escribió en la famosa última frase de su libro sobre la evolución, «en esta
concepción de que la vida, con sus diferentes fuerzas, ha sido alentada por el
Creador en un corto número de formas o en una sola, y que, mientras este
planeta ha ido girando según la constante ley de la gravitación, se han
desarrollado y se están desarrollando, a partir de un principio tan sencillo,
infinidad de formas, las más bellas y portentosas»[82]. De sus
conversaciones con aficionados a la colombofilia y con granjeros, Darwin
averiguó cómo obtenían nuevas variedades, seleccionando características
específicas para modificar las aves y otros animales según las necesidades
humanas. Aparte de estos productos de la selección artificial, Darwin acumuló
innumerables ejemplos de adaptación natural: flores de trébol para distintos
tipos de abejas, semillas de diente de león tan ligeras que el viento las
transporta a grandes distancias, escarabajos de agua con vellosidades en las
patas. A veces se dejaba llevar por sus propios deseos; ¿cómo era posible que
creyese que las ballenas evolucionaron a partir de osos que nadaban con las
bocas completamente abiertas para engullir los insectos acuáticos?
Darwin también reflexionó sobre las sociedades humanas. La obra de
Thomas Malthus, un economista del siglo VXIII, le impresionó profundamente.
Malthus se oponía a la reforma social: si mejoras las condiciones y animas a
las personas a reproducirse, apuntaba, la población superará rápidamente el
suministro de alimentos disponible. En la época de Darwin, parecía que las
funestas predicciones de Malthus se iban a convertir en realidad. Las
poblaciones de las ciudades estaban aumentando y, a pesar de la prosperidad de
la economía, el capitalismo industrial se cobraba un gran número de bajas.
Darwin vivía cómodamente de su herencia, pero la muerte y la lucha por la
supervivencia estaban por todas partes. Obreros en situación de pobreza extrema
emigraban a Australia y África, en donde muchos de ellos morían al tiempo que
diezmaban a la población local, que caía víctima de las enfermedades importadas
de Europa.
La competitividad personal fue la responsable del último empujón que
impulsó a Darwin a publicar su obra. Tras recibir una carta de un coleccionista
desconocido de Malasia, Darwin tomó conciencia de que otras personas pensaban
de forma similar a la suya. Protegido por sus aliados, decidió adelantarse a su
rival y llevó a editar a toda prisa El origen de las especies.
Darwin no solo sostenía la hipótesis del cambio —que en esos momentos ya era
ampliamente aceptada—, sino que también presentaba su original concepto de
selección natural basada en la lucha competitiva por la supervivencia. En un
entorno hostil, afirmaba Darwin, cualquier organismo que cuente con una
ventaja, aunque sea mínima, prosperará mejor; a lo largo de los eones de tiempo
que Lyell había establecido, las características beneficiosas se transmitirán
de una generación a otra, dando finalmente como resultado una especie nueva
mejor adaptada a su entorno.
La primera edición se agotó de inmediato en las librerías, pero la
temida hostilidad no tardó en hacer su aparición. Agrupándose en torno a
Darwin, sus prestigiosos amigos se aseguraron de que la selección natural fuese
tomada en serio; sin su apoyo, es posible que las críticas hubiesen relegado al
libro de Darwin al olvido. Para muchos cristianos, la principal objeción
consistía en la ausencia de Dios. Darwin había sustituido un Universo
teleológico planificado por un diseñador divino por uno gobernado por el azar,
sin guía moral que garantizase el progreso espiritual. En El origen de
las especies apenas se menciona a la raza humana, y en esta etapa
Darwin decidió mantener un prudente silencio acerca de la posibilidad de que
los hombres y los simios fuesen parientes cercanos.
Aunque, al parecer, un clérigo calificó a Darwin de «hombre más
peligroso de Inglaterra», el fundamento de los ataques no era únicamente
religioso. Darwin describió su libro como una prolongada discusión, y tenía
razón. Los escépticos le acusaron de acumular un ejemplo tras otro para apoyar
su teoría, en lugar de ofrecer una prueba definitiva. Darwin se calló
diplomáticamente acerca de las cuestiones más peliagudas, pero los científicos
le plantearon algunas preguntas realmente complicadas. ¿Dónde estaba, inquirían,
la explicación del origen de los cambios? ¿Era acaso posible que un órgano tan
complejo como el ojo humano hubiese podido emerger sin una planificación
previa? ¿Cómo hicieron su aparición las primeras formas de vida? Consciente de
que la generación espontánea era una tesis peligrosa, Darwin evitó enfrentarse
al problema.
Recluido y parcialmente inválido, Darwin dejó que fuesen otros los que
defendiesen su teoría por él; el latiguillo «supervivencia de los más aptos»,
por ejemplo, no fue un invento suyo. Años más tarde, cuando el escándalo ya
había remitido, se atrevió a publicar sus puntos de vista sobre el ser humano.
A pesar de la crueldad de las caricaturas, estas indican hasta qué punto las
personas comunes estaban informadas de las controversias de la ciencia. La
Figura 38 apareció en una revista popular ordinaria; sin embargo, los lectores
necesitaban conocer con cierto detalle los últimos desarrollos para
comprenderla. Las ascidias o chorros marinos (que los coleccionistas de la
época conocían bien) son animales sedentarios que viven pegados a las rocas,
pero que —según el propio Darwin— descienden de vigorosos organismos nadadores.
Esta degeneración representaba la otra cara de la evolución entendida como
progreso. Los victorianos estaban aterrorizados de la posibilidad del regreso a
fases anteriores, es decir, de la decadencia de la civilización. Estos temores
se hallaban en el centro de famosas novelas como Drácula y Dr.
Jekyll y Mr. Hyde, y más adelante espolearon la propaganda de purificación
racial nazi.
En esta caricatura se comenta también la actitud de Darwin hacia las
mujeres. Este emotivo figurín vuelve el rostro para evitar la mirada del mono
porque se está ruborizando, y Darwin está tomándole el pulso para indicar que
la causa de su comportamiento es física e inherente a su naturaleza femenina.
Darwin consideraba inferiores a las mujeres, y afirmaba que los atributos
femeninos tradicionales —intuición, imaginación— eran «característicos de las
razas inferiores y, por consiguiente, de una civilización anterior y menos
avanzada»[83]. A
partir del estudio de aves como los pavos reales, Darwin llegó a la conclusión
de que el plumaje atractivo suponía una ventaja para los machos, porque atraía
a las frívolas hembras que andaban en busca de una pareja adecuada. Los
victorianos hallaban desagradables estos argumentos de selección sexual, no
porque estuviesen en desacuerdo con su veredicto sobre los gustos femeninos,
sino porque Darwin había concedido a las mujeres un papel esencial: que su
elección de compañero marcase el recorrido de la evolución. Como decía con
sorna su crítico más mordaz, John Ruskin: « ¿Qué hubiera sido de la raza humana
si las jóvenes doncellas hubiesen preferido las narices azules, como las de los
babuinos, para elegir a sus hombres?». Igual que Linneo, Darwin sufría de los
prejuicios de su época. Dando por descontado que las mujeres son vanidosas y
frívolas, interpretó sus observaciones para construir una argumentación que
confirmase de forma inevitable sus suposiciones. Como sus dictámenes iban
acompañados del prestigio de la ciencia, podían utilizarse para justificar la
discriminación, ya que permitían a las personas afirmar que las mujeres
simplemente estaban hechas de esa manera y que no tenía sentido enfrentarse a
la naturaleza. De forma similar, los políticos utilizaron la evolución
darwiniana para apoyar el liberalismo económico, razonando que no debía tomarse
medida alguna para aliviar la miseria de los obreros, pues eso sería actuar en
contradicción con la despiadada lucha impuesta por la propia naturaleza. Citando
la ley de selección natural, los industriales americanos amasaron grandes
fortunas aplastando a sus rivales sin escrúpulo alguno, y los darwinistas
alemanes apoyaron campañas políticas para establecer una raza superior y
dominar Europa. Sin embargo, hacia 1900, a pesar de que se había aceptado la
evolución, la explicación de Darwin parecía haber perdido fuerza. Sus
partidarios no habían podido hallar un mecanismo para explicar los cambios, y
proliferaban las teorías rivales. Algunos científicos —incluido el propio
Darwin— rescataron del olvido las opiniones de Lamarck sobre la herencia de
caracteres adquiridos. Psicológicamente, el lamarquismo resulta atractivo
porque se le puede dar un esperanzador giro teleológico: si los padres
transmiten sus ventajas, eligen en cierto sentido la forma de enfrentarse con
su entorno en lugar de dejarlo todo en manos del azar.
Otros oponentes hallaron por casualidad unos experimentos realizados
años antes en un jardín por un desconocido monje austríaco, Gregor Mendel, y
adaptaron sus resultados para desafiar la idea de selección natural. La
genética mendeliana es actualmente un componente esencial del darwinismo
moderno, pero durante veinte años los partidarios de ambas posturas estuvieron
enfrentados. Los científicos victorianos cerraban filas alrededor de la idea de
progreso, pero la historia de la evolución muestra que la ciencia no avanza de
forma inexorable en línea recta. Mendel no escribió nada acerca de genes, y el
darwinismo moderno es muy distinto del original de Darwin.
6. Poder
Cuando el hombre quiso hacer una máquina que caminase inventó la rueda,
que no se parece en absoluto a una pierna.
Guillaume Apollinaire, Les Mamélles de Tirésias (1918)
Cuando el viajero de La máquina del tiempo de H. G.
Wells se desplaza millones de años en el futuro, se encuentra con un planeta
sin vida: «La oscuridad aumentaba rápidamente… Todos los ruidos humanos, el
balido del rebaño, los gritos de los pájaros, el zumbido de los insectos, el
bullicio que forma el fondo de nuestras vidas, todo eso había desaparecido»[84]. Se
trataba de una obra de ficción, pero estaba sólidamente basada en la ciencia
del siglo XIX. Según los físicos británicos, la Tierra estaba llegando a su fin
de forma inexorable e irreversible. Su vida, declaraban, era demasiado breve
para que fuese posible un proceso prolongado como la selección natural de
Darwin.
Las pruebas de esta inevitable muerte del Universo surgían de las
máquinas de vapor. El paso de las calderas a la evolución puede parecemos
extraño, pero el eslabón perdido era la energía, el concepto favorito para
analizar la potencia y la productividad en la época victoriana. Las leyes de la
energía surgieron de la nueva ciencia de la termodinámica, que encaraba los dos
problemas más acuciantes en la Europa de la industrialización: el aumento de la
eficiencia de las máquinas y el de la rentabilidad de las fábricas. La búsqueda
de respuestas para estas cuestiones comerciales incrementó el poder de los
físicos británicos, que se situaron como expertos nacionales cualificados para
emitir su opinión sobre cualquier cuestión científica. El poder estaba íntimamente
ligado a las leyes de la física victorianas.
Esta indisoluble combinación de física e industria tuvo lugar
excepcionalmente pronto en Gran Bretaña. En Francia, Napoleón había invertido
gran cantidad de dinero en la educación técnica, de modo que las matemáticas
entraron en la ciencia mucho antes que en Gran Bretaña. La industria, sin
embargo, estaba estancada, víctima de una rígida centralización y un sistema
educativo tan compartimentado que los institutos de ingeniería avanzada apenas
tenían impacto en los desarrollos prácticos. La investigación teórica
emprendida por los ingenieros franceses fue en cambio adoptada por los físicos
británicos, que exploraron la aplicación de los principios matemáticos de la
termodinámica a los aparatos reales de las fábricas, en lugar de a máquinas
ideales sobre el papel. Una de sus conclusiones se convirtió en la llamada
Segunda Ley de la Termodinámica, y fue esa ley la responsable de la funesta e
irrevocable escena de la novela de Wells.
La Segunda Ley de la Termodinámica ha adquirido reputación de
incomprensible, pero en realidad se basa en dos observaciones de puro sentido
común. En primer lugar, el calor no puede pasar de un cuerpo frío a otro más
caliente sin qué se le fuerce a hacerlo; un frigorífico necesita un motor para
enfriar el aire que contiene. En segundo lugar, por bien ajustada que esté una
máquina, su eficiencia nunca es del 100 por 100: constantemente, pequeñas
cantidades de energía se pierden en forma de fricción o calor. Basándose en
estas realidades cotidianas, los físicos pintaban un panorama desolador: una
vez perdida la energía, no es posible recuperarla, es decir, deja de estar
disponible para llevar a cabo trabajo útil alguno. Finalmente, todo el universo
se enfriará alcanzando la misma temperatura y las moléculas dejarán de moverse.
En el cosmos de la uniformidad, la organización desaparecerá y el flujo de
información se detendrá.
La predicción del fin del mundo puso a la física al mismo nivel que la
Biblia, y concedió a la vida en la Tierra una cualidad ausente en la evolución
por selección natural de Darwin. El mayor defensor de la muerte por pérdida de
calor fue el más célebre de los físicos de la época victoriana, William
Thomson, que logró la, por aquel entonces, novedosa gesta de hacerse rico y
famoso con la ciencia. Este profesor escocés es especialmente conocido por ser
el responsable del tendido del cable telegráfico transatlántico, pero ese no
fue más que uno de los lucrativos proyectos de ingeniería que impulsaron a la
reina Victoria a honrarlo con el título de barón Kelvin de Largs. Kelvin,
defensor acérrimo de los argumentos termodinámicos, impuso a los geólogos la
incorporación de métodos tomados de la física para calcular la edad de la
Tierra. Según su punto de vista, el Sol es la central de energía de la Tierra,
y se oponía a la evolución argumentando que la energía solar no habría bastado
para mantener la Tierra en marcha durante los largos eones necesarios en la
teoría de Darwin. Obstinado hasta el final de su larga vida, Kelvin no admitió
jamás la derrota, y se negó a reconocer que el poder oculto de la
radioactividad proporcionaba una fuente de energía adicional.
Al unir ciencia, ingeniería y economía, Kelvin adquirió una inmensa
fortuna, pero también perpetuó los valores ahorrativos de los industriales del
norte: es necesario ahorrar energía, evitar el derroche, ejercer la
autodisciplina. Kelvin llevó su ética del trabajo cristiana de las fábricas a
los laboratorios, convirtiendo la energía en una herramienta básica de la
física del período victoriano. Anteriormente, los físicos británicos, siguiendo
la guía de Newton, se habían centrado en las fuerzas entre objetos
individuales, pero durante el siglo XIX empezaron a evaluar las posibilidades
de trabajo y movimiento contenidas dentro de un sistema. Por ejemplo, en
electricidad, en lugar de describir cómo se atraen o repelen las partículas
cargadas, Faraday desarrolló su teoría de campos imaginando líneas de nivel de
energía que ocupan todo el espacio, y el flujo de la electricidad de puntos del
campo con alta energía potencial a otros con niveles más bajos.
Los científicos teóricos estaban decididos a demostrar que sabían más
acerca de la eficiencia de los sistemas telegráficos que los ingenieros. Aunque
desde un punto de vista práctico era razonable imaginar la electricidad como
agua circulando por una tubería, Kelvin adoptó el enfoque más conceptual de
Faraday para analizar cómo se propagan de forma invisible los campos
electromagnéticos por los hilos metálicos en el interior de un cable. El más
influyente de los físicos que se dedicaban a la teoría de campos era otro
profesor escocés, James Clerk Maxwell, que viajó hacia el sur para fundar el
laboratorio Cavendish en Cambridge, el cual se convirtió enseguida en un centro
de investigación puntero. Mientras que el práctico Kelvin solo creía en aquello
que podía medir, Maxwell trabajaba en un plano más abstracto para construir
analogías matemáticas imaginarias. Con su enfoque matemático, a Maxwell le
interesaba más desarrollar ecuaciones funcionales que trabajar en su aplicación
a la realidad física.
Figura 39. Modelo físico del éter de James Clerk Maxwell, The Scientific
Papers of James Clerk Maxwell (1890).
Maxwell afirmaba que la totalidad del espacio está llena de un éter electromagnético
invisible, que imaginaba como se muestra en la Figura 39, una sección
transversal en forma de panal con líneas de fuerza en forma de tubos llenos de
un fluido incompresible. Los torbellinos hexagonales de fluido están separados
por engranajes de transmisión que representan diminutas partículas que el flujo
de corriente empuja lateralmente. Las pequeñas flechas indican la rotación del
fluido dentro de los tubos en sentido antihorario; la función de los engranajes
de transmisión es girar en la dirección opuesta para así coordinar el
movimiento del fluido (aunque el dibujo contiene errores debajo de la línea AB,
donde varias flechas señalan en la dirección incorrecta). Las muestras de
incredulidad llevaron a Maxwell a admitir que, aunque el diagrama no
representaba el éter con exactitud, sí ofrecía un inestimable modelo
conceptual; después de todo, señaló, un planetario tampoco es idéntico al
Sistema Solar.
Para Maxwell, la energía electromagnética de su campo era equivalente a
la energía mecánica que impulsaba los equipos industriales. En el extranjero se
criticaba con mordacidad la manía británica por las poleas y las bombas.
«Pensábamos que íbamos a entrar en la ordenada y serena morada de la razón», se
burlaba un físico francés, «y en cambio nos encontramos en una fábrica»[85]. Pero la
intención era, precisamente, esa: un único conjunto de leyes físicas podía
igualmente utilizarse para describir tanto el éter como las máquinas. Al menos,
así era en Gran Bretaña. En principio, durante la segunda mitad del siglo XIX,
los experimentadores de toda Europa tenían amplias oportunidades para conocer
los resultados de los demás; se producían cada vez más revistas, las
comunicaciones mejoraban y no había ninguna gran guerra en marcha. Sin embargo,
los investigadores solían hacer caso omiso de las teorías extranjeras, cuando
no intentaban refutarlas. A pesar de las retóricas afirmaciones acerca de la
libre circulación de conocimientos dentro de la comunidad científica, los
científicos desarrollaron estilos nacionales propios.
Las diferencias más notables se daban entre Alemania y Gran Bretaña, dos
grandes potencias industriales con opiniones muy distintas sobre la forma y el
lugar donde se debía producir la ciencia. Mientras que las investigaciones
sobre energía en Gran Bretaña surgían de los ingenieros económicos, en Alemania
fueron los fisiólogos los que desarrollaron las leyes sobre energía. A mediados
del siglo XIX, los científicos alemanes pretendían desmarcarse de los Naturphilosophen,
y se propusieron eliminar todo rastro de imprecisión de la fisiología mediante
la medición de los cuerpos con la misma exactitud que se medían los aparatos de
las fábricas. Como señaló el homólogo alemán de Kelvin, Hermann Helmholtz: «La
idea de trabajo se traslada a las máquinas mediante la comparación de su
comportamiento con el de los hombres y animales… Aún medimos el trabajo
efectuado por las máquinas de vapor en caballos de vapor»[86].
Helmholtz, como Kelvin, era el científico más notable de su país, pero
ahí se acaba cualquier parecido entre ambos. Educado en la filosofía alemana y
la física matemática francesa, Helmholtz concebía un cosmos ordenado por las
fuerzas newtonianas, no por la vibración de un éter ni por la energía contenida
en un campo. Mientras que Kelvin había llevado la física de la academia a la
industria, la formación original de Helmholtz era médica (financiada por el
ejército) y más adelante se convirtió en un experimentador universitario. Como
fisiólogo cuantitativo, Helmholtz llevó la precisión numérica a su universo
mecánico, insistiendo en el equilibrio entre entradas y salidas, una versión
primitiva de la ley que dice que la energía no se puede crear ni destruir, sino
que se conserva. A partir de la tradición química de Alemania, Helmholtz
analizó el proceso de los alimentos en los motores humanos, considerando a la
naturaleza como un inmenso almacén de energía disponible para impulsar, no solo
los molinos y las máquinas de vapor, sino también a las personas.
Siguiendo el modelo alemán de enseñanza, Helmholtz se rodeó de un grupo
de acólitos admiradores que trabajaban bajo su estricta supervisión. El más
privilegiado de sus estudiantes fue Heinrich Hertz, un ingeniero convertido en
físico que heredó la lealtad teórica de Helmholtz a las fuerzas newtonianas. En
opinión de Hertz, Maxwell estaba totalmente equivocado. Hertz creía que los
efectos eléctricos «saltan» en cierto modo el espacio vacío en lugar de ser
transportados por un éter; sin embargo, al cabo de años de meticulosos
experimentos, su opinión empezó a cambiar. En una espectacular serie de
demostraciones, Hertz mostró que la electricidad se comporta como ondas que
viajan a través de un fluido, que incluso las refleja y las refracta, indicando
así su estrecha similitud con las ondas de luz. Con el entusiasmo de los
conversos, Hertz escribió que no podía caber la menor duda acerca de las
teorías matemáticas de Maxwell, ya que sus experimentos las habían demostrado
de forma incontrovertible.
En Gran Bretaña, los físicos teóricos estaban encantados. Hertz había
confirmado sus hipótesis y —no menos importante— había justificado su
superioridad sobre los ingenieros prácticos. A diferencia de Hertz, que se
consagró a la revisión de las teorías electromagnéticas de Maxwell, los
científicos británicos se afanaron con entusiasmo en explorar las posibilidades
comerciales de las ondas eléctricas. Uno de los colegas de Maxwell señalaba
que, mientras que los rayos de luz quedan bloqueados por los muros y por la
niebla londinense, las ondas de radio (como se las conoce actualmente) pueden
atravesarlos sin problemas. ¿Sería posible establecer un nuevo tipo de
telegrafía que no precisase de costosos cables subterráneos? Siempre interesado
en obtener rentabilidad de la ciencia, el gobierno británico dio su apoyo a un
inventor italiano de nombre Guglielmo Marconi. Y la inversión valió la pena. En
1901, Marconi envió un mensaje por el aire desde Cornualles a Terranova y, por
primera vez, ambas orillas del Atlántico se pusieron en contacto prácticamente
instantáneo. Al inicio del siglo XX, las ondas de radio habían logrado reducir
las distancias.
Otra de las diferencias cruciales entre la ciencia alemana y la
británica era su organización. Gran Bretaña seguía siendo el país del libre
mercado, en el que la ciencia mantenía estrechos lazos con los intereses
comerciales. En Alemania, en cambio, era el estado quien decidía las
inversiones en educación científica. Los reformistas estaban inspirados por
Justus von Liebig, un dinámico químico que durante el segundo cuarto del siglo
XIX convirtió su pequeña escuela para farmacéuticos de provincias en un gran
centro internacional de química orgánica. La gran innovación de Liebig
consistió en combinar investigación y educación. Aparte de enseñar a los
estudiantes a utilizar sus sofisticados instrumentos de medida, también les
asignaba proyectos individuales para complementar las propias investigaciones
de Liebig. Mediante la gestión y educación de esta fuerza de trabajo colectiva,
Liebig se convirtió en el químico más influyente de Europa, y su laboratorio
pasó a ser un eficiente generador de conocimientos químicos. Muchos de sus
graduados transmitieron las ideas de Liebig a los campos de la farmacia, la
industria y la agricultura.
Con la financiación del estado, las universidades alemanas empezaron a
montar laboratorios siguiendo el modelo de Liebig: un severo profesor que
alentaba a los estudiantes a participar en proyectos y seminarios para
perpetuar su propio estilo de investigación. Se fundaron institutos especiales
de física experimental, dedicados a la formación de graduados que impulsasen
las industrias de manufactura de Alemania. Se mejoró también la educación
secundaria con la introducción de un nuevo escalón de escuelas técnicas con un
enfoque práctico: ciencia, tecnología, idiomas modernos. Hacia la década de
1870, los resultados ya eran bien visibles: el nivel general de conocimientos
científicos era mucho más alto en Alemania que en el resto de Europa, y su
industria era floreciente. Los capitalistas alemanes habían transformado la
formación sistemática en un producto, tan esencial para el poder económico como
los aparatos modernos o las grandes fuerzas laborales.
La ciencia es actualmente tan ubicua que, mirando en perspectiva, su
propagación por todo el mundo nos parece inevitable. Sin embargo, aunque muchos
otros países aspiraban a lograr el éxito de Alemania, los caminos que siguieron
para ello fueron extremadamente dispares. En Gran Bretaña, por ejemplo, el
apoyo financiero del gobierno siguió siendo relativamente reducido, y no
existió una formación técnica eficaz hasta bien entrado el siglo XX. Algunos
científicos sí instalaron laboratorios especializados —como el Cavendish de
Maxwell en Cambridge— pero, a falta de una organización estatal, los centros de
investigación dependían de la iniciativa de individuos (en Liverpool, un
profesor estableció un departamento de física en una antigua clínica mental,
aprovechando incluso la celda acolchada).
La influencia de Alemania se dejó sentir de forma más directa en Estados
Unidos. Sin embargo, en lugar de importar íntegramente el sistema alemán, las
universidades lo incorporaron en las instituciones angloamericanas ya
existentes. Crearon así una nueva entidad, la Graduate School o
Escuela de Graduados, en la que los estudiantes recibían formación de un grupo
de expertos, en lugar de agruparse alrededor de una única figura de influencia.
Estas escuelas de graduados norteamericanas ofrecían un enfoque cuidadosamente
estructurado de la educación superior, proporcionando a sus alumnos no solo
habilidades de investigación especializadas, sino también la posibilidad de
ascender de forma sistemática hasta llegar a la cima de su profesión. A finales
del siglo XIX, Estados Unidos se había convertido en una potencia científica
por derecho propio.
La ciencia tecnológica no se expandió de forma uniforme por el mundo,
sino que se adaptó y modificó para ajustarse a las peculiaridades locales. En
Japón, por ejemplo, se produjo en 1868 un espectacular cambio de régimen
político, cuando los emperadores Meiji accedieron al poder e iniciaron la
apertura del país al mundo exterior. De repente, Japón empezó a importar
formación en ciencia y tecnología y transformó por completo su organización
científica. El Ministerio de Educación puso en marcha intensivas campañas para
publicitar los logros europeos y empezó a imprimir libros traducidos y a
distribuir carteles en los que se mostraban momentos legendarios de la
inspiración científica, como Watt y su tetera o Franklin y su cometa. Estos
héroes de la ciencia se utilizaron para promocionar la importancia del trabajo
paciente y dedicado, el significado tradicional de la palabra «industria». Bajo
su secular sistema feudal, los japoneses habían servido con lealtad a los
caudillos locales, y los nuevos científicos profesionales traspasaron esta
fidelidad a la nación. A principios del siglo XX ya estaban llevando a cabo
investigaciones de categoría internacional, aunque esta abrupta transición
partiendo del aislamiento del pasado dejó un duradero legado: hasta más allá de
la segunda guerra mundial se seguía acusando a los ingenieros y científicos
japoneses de apoyarse en exceso en las innovaciones occidentales en lugar de
crear sus propias ideas.
La introducción de la ciencia no fue un proceso uniforme, ni siquiera
dentro de cada país. En China, la astronomía europea había llegado por primera
vez con los misioneros jesuitas, en el siglo XVII. Puesto que la misión
principal de estos misioneros era lograr conversos al catolicismo evitaron
comentar las polémicas teorías de Copérnico y Galileo, pero sí intentaron —a
menudo sin éxito— impresionar a sus anfitriones con sofisticados instrumentos.
Algunos astrónomos chinos prefirieron resucitar las técnicas de sus propios
predecesores. No fue hasta la segunda mitad del siglo XIX, cuando las potencias
imperiales estaban interfiriendo con la política interna de China, que una
nueva oleada de misioneros protestantes impusieron un estilo europeo de
educación en grandes sectores de la población, y el gobierno empezó a
regañadientes a enseñar ciencia moderna.
Así mismo, los habitantes de las colonias británicas no siempre recibían
con los brazos abiertos la llegada de maquinaria pesada y la imposición de
nuevos planes de estudio. En la India del siglo XIX, las personas más
ambiciosas de las clases medias decidieron que les interesaba colaborar con los
colonos británicos para garantizar su parcela de poder, pero otros grupos no
fueron tan receptivos. Los granjeros se oponían a la mecanización, porque
opinaban que sus técnicas tradicionales de arado y siembra eran más eficaces
para las condiciones locales; presionados por ellos, los científicos británicos
revisaron sus propias prácticas e incorporaron los conocimientos indígenas.
Muchos hindúes creían que la medicina importada no funcionaba y preferían
confiar en antiguos remedios antes que contaminar sus cuerpos con sustancias
químicas extranjeras. Al llegar el siglo XX, los nacionalistas hindúes en pos
de la independencia de su país habían convertido la ciencia europea en un
símbolo de la opresión británica.
Desde el punto de vista de los capitalistas europeos, el progreso
científico se tradujo en poder tanto doméstico como exterior, ya que las nuevas
tecnologías como el transporte de vapor o la red telegráfica les permitían
controlar grandes zonas del mundo. Muchos imperialistas creían seriamente que
estaban mejorando las vidas de los conquistados, y les costaba comprender las
respuestas poco entusiastas que recibían. Actualmente los políticos tienen más
en cuenta el potencial dañino de la ciencia. Quizá los científicos debieron
haber prestado más atención a las palabras de Mahatma Gandhi en 1928, cuando
los exhortaba a autocontrolarse. «Que Dios no permita que la India se lance a
una industrialización al estilo occidental», proclamaba. «Si una nación de 300 millones
de personas se dedicase a una explotación económica de ese tipo, el mundo
entero quedaría asolado como por una plaga de langostas»[87].
7. Tiempo
Una mujer que es como un reloj suizo: siempre en el taller, fuera de
tono, nunca a su hora, siendo un reloj, ¡pero siempre a la espera por si
funciona!
William Shakespeare, Trabajos de amor perdidos (1595)
Saber la hora implica control. Cuando se introdujeron a finales del
siglo XIII, los relojes mecánicos impusieron en las actividades tradicionales
de los pueblos y villas la regularidad de los ritos de la Iglesia; seiscientos
años más tarde, relojes mucho más precisos imponían una disciplina aún más
estricta sobre la sociedad. En París, durante la década de 1880, había relojes
repartidos por toda la ciudad coordinados mediante golpes de aire comprimido
que se enviaban a través de tuberías subterráneas desde una sala de máquinas
central. Los ciudadanos que quisieran utilizar este sistema neumático podían
visitar un lujoso salón iluminado por una lámpara en forma de Estatua de la
Libertad inconsciente de las restricciones impuestas por la automatización
centralizada. Estos adinerados clientes habían sido absorbidos por el culto a
la precisión.
Durante el siglo XIX, la precisión de las mediciones se convirtió en
algo obsesivo. Cuando un inventor americano presentó un instrumento óptico
recién fabricado dotado de una asombrosa escala de 43.000 líneas por pulgada,
los científicos alemanes quedaron consternados por haber perdido la carrera de
la alta precisión. A los soldados británicos se les ordenaba contar cuántos
postes telegráficos pasaban a toda velocidad junto a la ventana del tren cada
milla, un solitario meteorólogo efectuaba observaciones cada hora durante doce
años, y el astrónomo John Herschel esperaba habitualmente durante dos horas en
el frío aire nocturno hasta haber alcanzado la misma temperatura que su
telescopio.
Los victorianos valoraban la precisión como un carácter distintivo de la
ciencia moderna. Sin embargo, igual que el tiempo, la precisión no es un ente
abstracto absoluto, sino que requiere llegar a un compromiso. Cuando los
psicólogos americanos introdujeron los test de inteligencia
para vetar a los posibles inmigrantes, las puntuaciones generadas respaldaban
su afirmación de que los europeos eran superiores a los judíos, los italianos y
los negros. Sin embargo, saber que la puntuación de una persona es de 105, 106
o 107 es irrelevante a menos que haya un consenso general sobre lo que
representa esa puntuación. Así mismo, los científicos deben decidir si el valor
que se muestra en la escala de un instrumento es válido, si lo que registra es
útil.
Saber con seguridad que un instrumento está mostrando una lectura
correcta es más complicado de lo que podría parecer. Una de las precauciones
que se pueden tomar es llevar a cabo comprobaciones prácticas: comprobar que el
instrumento no está desgastado, que es capaz de soportar condiciones climáticas
extremas, que el resultado es el mismo para cualquier observador (observador
entrenado, se entiende). Pero hay en juego algunas cuestiones aún más
fundamentales. Ningún aparato ofrece exactamente el mismo valor todas las
veces; pero, si se quiere derribar una teoría antigua con una lectura nueva,
¿basta con estar seguro de su precisión en un 99 por 100 o se necesita un
99.99999 por 100? Y, si dos científicos expertos obtienen resultados
diferentes, ¿cómo se decide cuál se debe elegir? Para resolver estas cuestiones
es necesario el consenso.
Los científicos se vieron forzados a enfrentarse a estos problemas con
el crecimiento de la red telegráfica, que exigía coordinación internacional.
Los ingenieros británicos, que tenían la intención de ejercer el control del
imperio en el nivel eléctrico, tenían que asegurarse de que lo que funcionaba
en la metrópoli podía replicarse perfectamente en la India o en África. Como
explicaba James Clerk Maxwell en la Encyclopaedia Britannica, «las
ecuaciones a las que debemos llegar deben ser tales que una persona de
cualquier nacionalidad pueda sustituir los valores numéricos de las cantidades
medidas en sus propias unidades nacionales y obtener un resultado cierto»[88]. Cuando
los expertos del telégrafo compilaron tablas de conversión comparando los
resultados obtenidos por experimentadores de diversos países descubrieron que,
a pesar de que las lecturas se habían registrado con varias cifras
significativas, los resultados no coincidían.
El establecimiento de estándares universales desencadenó una tremenda
controversia. El orgullo nacional estaba en juego, y los chovinistas británicos
se opusieron a los planes de Francia para resucitar el sistema métrico, que
había sido abandonado pocos años después de su introducción durante la
Revolución Francesa. Algunos arqueólogos británicos sostenían que la medida de
una pirámide egipcia en yardas revelaba la inspiración divina de sus antiguos
constructores para crear proporciones perfectas. El propio astrónomo John
Herschel, un personaje realmente influyente, describía cómo los topógrafos
militares en la India habían demostrado que el metro no es una fracción exacta
de las dimensiones de la Tierra. En todo caso, proseguía, puesto que el imperio
británico domina el mundo, todos los demás deberían adaptarse a nosotros. Quizá
este tipo de argumentos no suenen demasiado científicos, pero demostraron ser
poderosos: Maxwell persuadió al resto del mundo para aceptar los estándares
electromagnéticos establecidos en su laboratorio de Cambridge.
De todas las magnitudes sobre las que se debatía, la más esencial era el
tiempo. Hasta mediados del siglo XIX, cada ciudad utilizaba su propia hora
local, y los residentes ponían en hora sus relojes según las estrellas y el
Sol. Cuando los trenes empezaron a enlazar lugares situados a centenares de
kilómetros de distancia, la coordinación de los relojes en toda la red pasó a
ser una cuestión vital. En Gran Bretaña, las compañías ferroviarias acordaron
utilizar la hora de Londres, medida a diario en Greenwich según la posición de
las estrellas y transmitida por todo el país mediante señales telegráficas
enviadas a través de los raíles. La situación en otros países era más
complicada. En Francia, los trenes circulaban según la hora de Rouen, cinco
minutos retrasada respecto de París, donde los relojes del interior de las
estaciones estaban retrasados cinco minutos con respecto de los del exterior.
Estados Unidos era un país tan inmenso que se decidió establecer varias zonas
horarias internas, un compromiso que más adelante adoptó el resto del mundo.
Con el establecimiento de redes eléctricas internacionales de
comunicación, los países se vieron forzados a colaborar más estrechamente que
nunca y acordar sistemas de medida estándar para que todo el mundo marcase el
mismo ritmo de relojería. Las señales de telégrafo y radio unieron regiones
remotas en un único sistema, logrando de hecho que las distancias se acortasen
y que la información se pudiese distribuir de inmediato en lugar de tardar
semanas o meses. Igual que había sucedido con los trenes, la introducción de
estas nuevas tecnologías no solo supuso nuevas oportunidades de control
centralizado, sino que también hizo surgir nuevas demandas de coordinación, en
esta ocasión a escala mundial.
La colaboración internacional era esencial para la elaboración de mapas,
una tarea que exigía precisión en la medida del tiempo. El problema principal
era que los topógrafos que medían la longitud necesitaban medir la separación
horaria entre dos puntos de la misma latitud para conocer la distancia entre
ambos. Desde principios del siglo XVIII, una época en que no eran raros los
desastres marinos debidos a que los barcos se apartaban de su rumbo sin darse
cuenta, ya se venían ofreciendo premios para quien fuese capaz de desarrollar
una técnica fiable. Muchos inventores plantearon ingeniosas sugerencias para su
consideración; una vez eliminadas las más peregrinas, parecía claro que la
mejor solución consistía en un reloj. Por desgracia, hasta los instrumentos más
robustos no eran lo bastante eficaces para mantener una precisión suficiente
durante la larga y accidentada travesía del Atlántico.
Finalmente, el telégrafo pareció ofrecer una solución. Puesto que las
señales eléctricas viajan de forma prácticamente instantánea, las horas locales
de lugares separados por cientos de kilómetros de distancia podían compararse
casi simultáneamente. Los cartógrafos tuvieron que abandonar el hábito de
situar su propia capital en el centro de sus mapas del mundo y acordaron un
sistema de numeración universal para la longitud. Y de nuevo fue Gran Bretaña
la que imperó: en 1884, un comité internacional decidió trazar la línea cero a
través de Greenwich (aunque los franceses siguieron utilizando París hasta
1911).
Con el incremento de la precisión, las personas empezaron a preocuparse
por errores de precisión cada vez más pequeños. Mientras que antes del siglo
XIX la exactitud de la hora era tan intranscendente (y complicada de lograr)
que muchos relojes carecían de minutero, en la década de 1880, los ciudadanos
que se conectaban a la red neumática subterránea de París se quejaban de que
las inyecciones de aire comprimido tardaban varios segundos en llegar desde el
control central a las diversas zonas de la ciudad. A finales del siglo XIX,
todas las metrópolis importantes estaban instalando redes de relojes conectados
entre sí eléctricamente para garantizar que la hora mostrada en todos ellos
fuese idéntica.
Uno de los aspectos más acuciantes de este problema afectaba a los
topógrafos telegráficos, que debían tomar en consideración los diminutos
períodos (fracciones de segundo) necesarios para que una señal alcanzase su
destino en el otro lado del mundo. Si se exigía una gran precisión, incluso los
errores mínimos en la coordinación de tiempos podían suponer discrepancias
significativas en la medida de distancias. La carrera de la longitud resurgió
en su versión del siglo XX: entusiastas inventores empezaron a diseñar aparatos
para sincronizar relojes de todo el mundo. Con la intención de proteger las
fortunas que tenían previsto cosechar, solicitaron sus patentes en Suiza,
centro mundial de fabricación de relojes. Muchos de sus diseños acabaron en el
escritorio de un filosófico físico más interesado en la termodinámica que en el
tiempo: el oficial de patentes Albert Einstein.
Einstein se ha convertido en un símbolo de la dificultad de comprensión
teórica. Para la mayoría de personas, las ecuaciones de la Figura 40 son
garabatos sin sentido; sin embargo, los visitantes se apiñan para admirar esta
pizarra cuidadosamente conservada en Oxford desde 1931 (su análoga en Cambridge
se tiró a la basura hace años). Cuando Einstein escribió estas ecuaciones, el
público empezó a escabullirse gradualmente de su supuestamente introductoria
conferencia sobre relatividad. «No les culpo», comentaba un científico; «aunque
sus matemáticas sean lo bastante buenas como para seguir a Einstein, seguro que
su alemán no lo es»[89].
Figura 40. Pizarra de la conferencia pronunciada por Albert Einstein en mayo
de 1931 en Oxford.
Estos cálculos en concreto concluyen con la estimación que hizo Einstein
acerca de la edad de la Tierra; le preocupaba que las pruebas más recientes
demostrasen que se equivocaba. En aquella época ya había dejado de trabajar en
la oficina de patentes suiza, y había transformado su experiencia con los
problemas prácticos de medición del tiempo en modelos matemáticos de todo el
cosmos.
«No entiendo por qué», respondió Einstein a un periodista del New York
Times en 1944, «nadie me comprende pero le caigo bien a todo el mundo». Era una
pregunta retórica, la que le formuló el periodista, claro está, pero intrigante
de todos modos. ¿Por qué se hizo famoso en el mundo entero el creador de una
críptica teoría cosmológica? Antes de que Einstein cumpliera los cuarenta años,
nadie había oído hablar de él fuera de un reducido círculo de físicos
matemáticos. Su primera aparición en los titulares internacionales ocurrió en
1919, cuando una expedición británica que fue a investigar un eclipse de Sol
confirmó su teoría de la relatividad general. Pronto, los característicos
cabello revuelto y bigote gacho de Einstein se convirtieron en la identificación
del héroe que se había atrevido a desafiar intelectualmente a Isaac Newton… y
había vencido.
Como muchos héroes científicos, Einstein era un experto propagandista de
sí mismo, un entusiasta conferenciante al que le encantaba contar cómo su
teoría de la relatividad había revolucionado el concepto de tiempo. «Una hora
en compañía de una chica guapa en un banco del parque parece un minuto»,
bromeaba, «pero un minuto sentado sobre una estufa caliente parece una hora».
Einstein no era el único que, estaba fascinado por el tiempo: muchos artistas,
músicos y escritores de vanguardia pretendían también hallar nuevas formas de
representar el mundo, y afirmaban que la física los estimulaba. Para su
indignación, «todo es relativo» se convirtió en un latiguillo popular; la frase
no tenía sentido alguno, pero se vio reforzada por la idea de que Einstein era
una especie de genio sobrenatural que había creado una teoría incomprensible
para los simples mortales.
El primer artículo de Einstein sobre relatividad, publicado en 1905, no
tenía referencias ni notas a pie de página, como si se tratase de una solicitud
de patente enviada por un inventor que afirmara su originalidad. Aunque su
aparición se presenta actualmente como un suceso transcendental, no se produjo
ninguna revolución inmediata. La teoría de la relatividad se desarrolló y se
puso a prueba a lo largo de muchos años, y algunos aspectos no se confirmaron
experimentalmente hasta medio siglo después; de hecho, la famosa ecuación E
= mc2, que relaciona energía, masa y la velocidad de la luz, no
aparecía en el documento inicial de Einstein.
La relatividad acababa con la percepción de sentido común del
tiempo y del espacio establecida por Newton tres siglos antes. Para Newton, el
espacio es fijo y el tiempo fluye hacia delante de forma inexorable a un ritmo
constante. Para Einstein, el tiempo depende de dónde te encuentres y de la
velocidad a la que te muevas, así que solo tiene sentido definir un tiempo
personal con respecto a —relativo a— otra cosa. En el cosmos relativista de
Einstein, solo una cantidad parece ser la misma para todo el mundo: la
velocidad de la luz. Con este postulado básico, Einstein eliminó las conjeturas
acerca del éter de Maxwell. Los científicos habían tratado de averiguar cómo
puede ralentizarse la luz si se mueve en dirección opuesta a un éter que gira
en remolino alrededor de la Tierra (o impulsada a mayor velocidad por un éter
que la empuja desde atrás), pero la relatividad acabó con la necesidad de tales
hipótesis.
Einstein creó dos versiones de su teoría. La Teoría Especial de 1905 es
comparativamente simple desde el punto de vista matemático; sin embargo, diez
años más tarde, Einstein publicó su Teoría General, más completa, que tiene en
cuenta la gravedad y efectúa algunas extrañas predicciones: la luz se curva al
pasar cerca del Sol y los viajeros espaciales serán más jóvenes que los amigos
que dejaron atrás en la Tierra al iniciar su periplo. Los humoristas se cebaron
con estos estrafalarios fenómenos. En una caricatura de la revista Punch
aparecían unos policías atrapando a un caco con antorchas cuyos rayos se
doblaban en las esquinas; un ingenioso poeta compuso el siguiente limerick:
There was a young lady named Bright,
Who travelled much faster than light.
She started one day
In the relative way,
And returned on the previous night.
(Una joven dama de nombre Bright
viajaba más rápido que la luz.
Partió un día
de forma relativa
y regresó la noche anterior).
Estos versos contienen al menos tres distorsiones científicas: Ms.
Bright moriría mucho antes de adquirir la velocidad suficiente como para verse
afectada por la relatividad; no hay nada que pueda viajar más rápido que la
luz; y el orden de los sucesos nunca puede cambiar, solo el intervalo de tiempo
entre ellos.
Pero, por confusas que fuesen las bromas, funcionaban bien, porque el
inventor de la relatividad era famoso; y su efecto no fue el de ridiculizar a
Einstein, sino el de popularizarlo. Sin embargo, al examinar su obra en
detalle, no está tan claro que fuese merecedor de tales honores. Para empezar,
para el desarrollo de sus teorías, Einstein se apoyó en el trabajo de otros
matemáticos. Incluso la confirmación experimental de la Teoría General tiene un
aspecto sospechoso. Einstein se convirtió de pronto en una estrella mediática
en 1919, cuando una expedición británica dirigida por el astrónomo de Cambridge
Arthur Eddington demostró supuestamente que Einstein tenía razón y Newton se
equivocaba. La planificación de esta expedición se inició dos años antes, cuando
Eddington buscaba la forma de que no lo detuviesen por objeción de conciencia
durante la guerra. Para justificar el gasto en un proyecto no militar,
Eddington se comprometió, a priori, a confirmar a Einstein, e hizo
que las pruebas necesarias pareciesen simples.
Según la teoría de Einstein, la luz de una estrella distante es afectada
por la gravedad al pasar cerca del Sol. Eso significa que, para las personas
que miran desde la Tierra, la estrella parecerá estar en un lugar distinto del
que parecería ocupar si su luz viajase en línea recta. Entonces, si se mide la
posición de la estrella durante un eclipse de Sol y se compara con otros
registros tomados cuando la estrella se encuentra en otros lugares del cielo,
se puede comprobar si los resultados concuerdan con las predicciones de
Einstein o con las de Newton. Pero lo que parece una prueba fundamental para
distinguir entre dos teorías en competencia era, en la práctica, mucho más
complicada. Lo más irritante es que no había ninguna estrella adecuada cerca
del Sol durante el período del eclipse, lo cual aumentaba aún más las
exigencias de precisión, de modo que los observadores se enfrentaban a una
tarea similar a la de medir una pequeña moneda a un kilómetro de distancia. Y,
para redondear las numerosas dificultades técnicas, las nubes cubrían el cielo
durante el día del eclipse.
Cuando los resultados demostraron no ser concluyentes, Eddington se puso
a ajustar los datos, descartando sumariamente las fotografías que no
confirmaban sus ideas preconcebidas y eliminando las pruebas contradictorias
reunidas por otros equipos que habían investigado también el eclipse. Muchos
científicos estaban ya convencidos de las ideas de Einstein, y Eddington
recurrió a sus influyentes contactos para convencerlos de que su expedición
demostraba la verdad que ellos querían oír. Sin embargo, algunos expertos
mantuvieron su escepticismo, y pasaron dos décadas antes de que los astrónomos
norteamericanos se convencieran. A Einstein le gustaba imaginarse como sucesor
de Newton en el panteón de los grandes genios, como si una especie de poder
divino inmaterial pudiera transmitirse de un intelecto extraordinario a otro.
Aun así, las raíces de su abstrusa teoría se hallaban en los problemas
prácticos de coordinación de relojes surgidos durante la búsqueda de la
precisión en el siglo XIX. A los iconos científicos se los idolatra como seres
de otro mundo que flotan por encima de las realidades de la vida cotidiana.
Einstein ilustra cómo incluso los pensadores más aparentemente abstractos no se
ajustan a esas idealizadas visiones.
Invisibles
Contenido:
1. Vida
2. Gérmenes
3. Rayos
4. Partículas
5. Genes
6. Sustancias químicas
7. Incertidumbres
Durante los siglos XIX y XX, los científicos desarrollaron instrumentos
cada vez más precisos, aunque continuamente recurrían a entidades indetectables
para explicar los fenómenos naturales. Parecía que, por muy detalladas que
fuesen sus investigaciones, las causas últimas siempre los eludían. Aunque
algunos confiados físicos predijeron que la búsqueda de las leyes de la
naturaleza ya estaba prácticamente resuelta, su complacencia se vio demolida
por la radiactividad, que revelaba un insospechado e inexplorado micro universo
cuyo comportamiento solo podía explicarse mediante las leyes, contrarias a la
intuición, de la mecánica cuántica. La incertidumbre hizo acto de presencia
como parte esencial del Universo, lo que impedía, tanto de forma teórica como
práctica, que los científicos atómicos lo supieran todo sobre todo. En
sucesivas e infructuosas búsquedas de los cimientos materiales de la vida, los
biólogos también intentaban hacer visible lo invisible, apoyándose en potentes
herramientas ópticas y químicas para sondear el interior de las células y
revelar los agentes ocultos que afectan a la existencia humana. Iniciados en
nombre del progreso, algunos programas de investigación que afirmaban hacer
avanzar la ciencia y mejorar la humanidad iban lastrados con implicaciones
políticas y comerciales que suscitaban profundas dudas éticas.
1. Vida
La propaganda es un arma blanda: si la sostienes demasiado tiempo en la
mano, se moverá como una serpiente y atacará en la otra dirección.
Jean Anouilh, The Lark (1953)
«Era una siniestra noche del mes de noviembre», recordaba Victor
Frankenstein. «Coloqué al alcance de mi mano el instrumental que iba a
permitirme encender el brillo de la vida en la forma inerte que yacía a mis
pies… Observé cómo la criatura entreabría sus ojos ambarinos y desvaídos.
Respiró profundamente y sus miembros se movieron convulsivamente»[90].
Frankenstein se ha convertido en una semi mitológica criatura de pesadilla, un
monstruo científico que a menudo se confunde con el ser inocente al que dio
vida mediante la electricidad. Sin embargo, los lectores no estaban alarmados
porque sus hazañas fuesen imposibles, sino porque sus actividades se hallaban
precisamente en el límite de lo factible.
La propia creadora de Frankenstein, Mary Shelley, se había sumergido en
las últimas investigaciones científicas. Puede que su libro sea ficticio, pero
ofrece una crónica certera de la escena científica de 1818, cuando Frankenstein se
publicó. En aquella época, la resurrección de los muertos parecía una
posibilidad real. Se había logrado revivir a personas ahogadas, y los
anatomistas efectuaban experimentos públicos con criminales recién ahorcados,
aplicándolos tremendas corrientes eléctricas hasta que sus miembros se
convulsionaban, sus espaldas se arqueaban y sus ojos se abrían con lascivia.
Las investigaciones prosiguieron y, al cabo de veinte años, los investigadores
comentaban rumores que circulaban acerca de un geólogo que había logrado crear
insectos electrificando una roca.
La biología se estaba convirtiendo en una nueva ciencia (su primera
aparición fue en una recóndita nota a pie de página en alemán en 1800), y sus
pioneros pretendían dar respuesta a la pregunta más difícil de todas: ¿cuál es
la naturaleza de la vida? En Gran Bretaña, las opiniones estaban divididas.
Según el punto de vista tradicional, la vida surge cuando Dios infunde un alma
o espíritu. En el extremo opuesto se hallaban los materialistas, reduccionistas
científicos que sostenían que la vida se halla en la materia misma, que surge
de algún modo de una organización de las unidades fundamentales. Sus ideas
parecían aún más amenazadoras porque se originaban en Francia, un país al que
los chovinistas tenían por una fuente de revolución y ateísmo. Las discusiones
eran mordaces. Con el ánimo de actuar de mediador, un célebre médico de Londres
efectuó la diplomática propuesta de que la vida se transmite a las sustancias
inertes mediante una especie de fuerza vitalizadora, quizá algún tipo de fluido
sutil análogo a la electricidad. Shelley tenía en mente estos debates cuando
retrató a Frankenstein como experimentador fallido, un místico alquimista cuyos
intentos de generar vida eléctricamente resultaron en desastre.
Shelley conocía la polémica opinión del médico de su marido, William
Lawrence, que se burlaba sin piedad de cualquier relación de la vida con la
electricidad. Lo único que sabemos de la vida, según declaraba, es que pasa de
una generación a la siguiente; sus secretos, pues, se hallan obviamente en el
mismo tejido de los cuerpos. Los nuevos biólogos prefirieron aliarse con los
físicos y los químicos y no con los naturalistas, y anunciaron que, en lugar de
limitarse a coleccionar y clasificar organismos vivos, iban a utilizar
meticulosos experimentos para investigar la propia vida. Este tipo de
investigación de laboratorio se expandió rápidamente a partir de la década de
1830, con la introducción de microscopios de gran calidad. Aunque el
microscopio se había inventado hacía dos siglos, las imágenes obtenidas con él
eran demasiado borrosas para poder realizar observaciones de precisión. Tras la
modificación del diseño de los componentes ópticos, los biólogos fueron capaces
de identificar diminutos microorganismos y observar en profundidad las células
de organismos vivos.
Sin embargo, a pesar de la potencia de sus instrumentos, los biólogos no
se ponían de acuerdo, y los debates acerca de la vida prosiguieron durante todo
el siglo XIX con la misma virulencia. Lo que estaba en juego iba más allá de
los simples hechos. Para los cristianos devotos, la sola sugerencia de que el
regalo de la vida no era exclusivo de Dios representaba un sacrilegio, y esta
fue una de las razones por las que Frankenstein fue recibido con terror. Esta
oposición religiosa al materialismo se hizo más directa desde el momento en que
se empezó a tomar en serio la posibilidad de la evolución. Aunque las teorías
(incluida la de Darwin) evitaban abordar la cuestión del inicio de la vida,
parecía asumirse que la generación espontánea (la creación independiente de
vida a partir de materia) había ocurrido al menos una vez en el pasado remoto.
A muchas personas les resultaba difícil asumir esta idea.
La religión y la ciencia no siempre estaban en desacuerdo. Por toda
Europa, los frentes de batalla y las alianzas se establecían en función de las
lealtades políticas locales. En Francia, la Iglesia había unido fuerzas con el
emperador (el sobrino de Napoleón) para mantener un régimen autoritario, y el
principal crítico de la generación espontánea, Louis Pasteur, era un católico
convencido y comprometido con la defensa del papel de Dios en la creación. Las
controversias nacionales se incrementaron aún más con la traducción al francés
del Origen de las especies de Darwin, que incorporaba un
provocativo prólogo en el que se demonizaba al catolicismo como una religión
dañina impuesta por un clero corrupto. Los buenos patriotas debían rechazar la
generación espontánea, algo que Pasteur volvió en su provecho durante sus
maniobras para convertirse en el científico más famoso de Francia.
Pasteur, que era un experto en la fabricación de vino y cerveza, decidió
en la década de 1860 convertirse en un héroe nacional por el procedimiento de
dar respuesta a la cuestión científica más candente del momento: ¿puede surgir
la vida de animales y plantas muertos? Su principal rival fue Félix-Archiméde
Pouchet, ya por entonces un célebre naturalista, que había desarrollado un
elegante aparato que, según parecía, producía microorganismos. La técnica
básica de Pouchet consistía en hervir heno con agua para crear una infusión
estéril, que aislaba del aire mediante un recipiente con mercurio, y esperar a
que apareciesen diminutas señales de vida.
Pasteur no inició su investigación con neutralidad ideológica, sino con
ideas preconcebidas. Su jactanciosa frase «la suerte solo sonríe a las mentes
preparadas» se ha convertido en una de las máximas más famosas de la ciencia,
porque enfocar la naturaleza con una tabula rasa mental no
suele ser muy productivo; a menudo, el éxito depende de reconocer la
importancia de algún efecto minúsculo al que anteriormente no se había hecho
caso. En una interpretación algo menos caritativa, se puede decir que el objetivo
de Pasteur no era averiguar la verdad, sino hallar las pruebas que demostrasen
que él tenía razón. Pasteur era una persona ambiciosa e intolerante, conocida
por su afición a apropiarse de los resultados de sus ayudantes, y sus cuadernos
de notas revelan que, cuando se enfrentó con Pouchet, ya estaba convencido de
las respuestas que iba a obtener.
Silenciando algunos fracasos tempranos, Pasteur acabó desarrollando un
método para poner a prueba la generación espontánea mediante un experimento
crucial, en sus propias palabras. Utilizando frascos de cuello largo y
retorcido con el objetivo de proteger el contenido de cualquier polución
atmosférica, Pasteur comparó lo que sucedía con dos tipos de agua con levadura
azucarada: una hervida y la otra sin hervir. En sus experimentos, solo las
muestras sin hervir se pusieron mohosas; en las soluciones estériles no
apareció, organismo vivo alguno. Según Pasteur, se trataba de una prueba
demoledora y concluyente contra la generación espontánea. A pesar de que
Pouchet y sus aliados pusieron numerosas objeciones, Pasteur se las arregló
para evitarlas todas; por ejemplo, evitó varias situaciones incómodas asumiendo
el riesgo de acusar a Pouchet de utilizar mercurio contaminado. Pasteur realizó
experimentos notables (incluso ascendió con sus frascos a la cima de un glaciar
de montaña en busca de aire puro), pero también ocultó las pruebas que lo
contradecían e ignoró las conclusiones de sus rivales siempre que le convino;
para él eran sus propias convicciones, no los datos, los que le justificaban.
Incluso afirmó, contra la lógica, haber demostrado un enunciado negativo: que
la generación espontánea no puede suceder nunca en ningún lugar.
Pasteur se convirtió en un héroe, su hipótesis inicial se convirtió en
un hecho establecido y Pouchet cayó en el olvido. Los dos científicos habían
quedado atrapados en un dilema experimental, pues utilizaban procedimientos
similares para obtener resultados opuestos. ¿Cómo era posible saber quién de
los dos tenía razón? Este es un problema habitual de la investigación, similar
el dilema eléctrico de resolver las lecturas incompatibles obtenidas por
distintos tipos de instrumentos. Como sucedió con los británicos y el sistema
telegráfico, tales discrepancias pueden derivar en que el equipo más fuerte
dicta cuál es la verdad. Unos años más tarde se vio que los resultados de
Pouchet eran, de hecho, válidos, porque algunos de los microorganismos del heno
son capaces de soportar la ebullición; todos habían asumido que sus infusiones
eran estériles. Si Pasteur hubiese seguido un protocolo científico estricto, no
habría podido acabar de forma tan eficaz con la generación espontánea.
La ciencia y la religión no siempre se aliaban en las controversias
acerca de la vida. Después de que Otto von Bismarck se convirtiese en canciller
en 1871, la recién unificada Alemania se convirtió en la nación más importante
de Europa en ciencia, y muchos científicos apoyaron la campaña gubernamental
contra la Iglesia Católica. Ernst Haeckel, el más notable defensor de Darwin en
Alemania, denunció la religión como si estuviese escribiendo un manifiesto
político en lugar de un texto científico. En la guerra santa contra «la
servidumbre y la falsedad intelectuales», proclamó con extravagancia, «la
embriología es la artillería pesada en la batalla por la verdad»[91]. La
embriología era una ciencia importante en Alemania, y Haeckel tenía la
esperanza de que, al comparar el desarrollo de distintos animales podía
descubrir las fuerzas misteriosas que convierten unas cuantas minúsculas
células en una criatura viva independiente.
La ciencia no solo precisa de teorías, sino también de instrumentos. Sin
los espectaculares avances en la tecnología del microscopio, Pasteur nunca
habría podido examinar con tanto detalle los diminutos organismos que causan
las enfermedades y la fermentación, y la embriología nunca habría sido tan
importante en Alemania. Mientras que los fabricantes ingleses se concentraban
en producir costosos instrumentos para los naturalistas, los alemanes estaban
produciendo excelentes microscopios de bajo precio que incluso un estudiante se
podía permitir. Mediante el uso de estos instrumentos para comparar las
estructuras internas de plantas y animales, los científicos alemanes decidieron
que las células debían ser los bloques de construcción fundamentales de la vida,
a pesar de su tremenda variabilidad.
La teoría celular dominó la investigación en Alemania durante la segunda
mitad del siglo XIX. Tras varias décadas de investigación sistemática, en las
que varias teorías provisionales tuvieron que ser sacrificadas, los biólogos
llegaron a una descripción general que aún hoy sigue vigente: todas las células
tienen un núcleo, que contiene cromosomas, suspendido en una sustancia
gelatinosa: el citoplasma. Sin embargo, a pesar de que era posible ver estos
componentes a través del microscopio, se desconocían sus funciones. Y aunque
los animales se desarrollaban a partir de óvulos y espermatozoides para
convertirse en embriones bien formados, los procesos implicados eran un
misterio. Los científicos se hallaban aún muy lejos de descubrir los secretos
de la vida.
Cuando Haeckel investigaba los embriones, tuvo la ventaja de pertenecer
a esta comunidad de investigadores de la célula y expertos en microscopía.
También heredó el espíritu específicamente alemán según el cual una especie de
fuerza de guía otorga una dirección a la vida. Los Naturphilosophen habían
imaginado que el desarrollo tenía lugar en distintas etapas hacia objetivos
decididos a priori, de forma que la mente emerge de la materia
según una especie de proceso preordenado que nunca especificaron de forma
clara. Para los Naturphilosophen, las mismas leyes fundamentales
del progreso gobiernan el micromundo y el macromundo. Para ilustrar este
paralelismo se fijaron en los embriones, que parecen crecer según directrices
predeterminadas hasta que alcanzan su forma definitiva, casi como si estuviesen
recapitulando toda la ascendencia de la especie dentro del vientre materno.
Estas visiones idealistas se contradecían totalmente con las teorías
materialistas de la evolución. En su forma original, la selección natural no
implicaba necesariamente progreso alguno, aunque algunos de los más acérrimos
partidarios de Darwin en Gran Bretaña —incluido Huxley, célebre por ser su
defensor incondicional— afirmaban más tarde que debía haber una dirección
preestablecida de organismos inferiores a organismos superiores. Haeckel actuó
de forma parecida al combinar la selección natural y el progreso innato, de
manera que se hizo famoso con el apelativo de «el Darwin alemán», a pesar de
expresar puntos de vista distintos a los de Darwin. Haeckel, un experto
publicista, formalizó su propia variante de la evolución al idear una memorable
frase de resumen: «la ontogenia es la recapitulación breve y rápida de la
filogenia».
Figura 41. Comparación de embriones en tres etapas de desarrollo distintas.
Ernst Haeckel, The Evolution of Man: A Popular Exposition of the Principal
Points of Human Ontogeny and Phylogeny (1883).
Este sucinto eslogan es una forma ingeniosa de decir que el desarrollo
de un individuo (ontogenia) representa la recapitulación de las fases
progresivas recorridas durante la evolución de su especie (filogenia), de forma
que los embriones de las especies más recientes pasan por la forma de las
especies más antiguas.
Como se ilustra en la Figura 41, la meta de Haeckel era eliminar el
lenguaje grandilocuente haciendo que la recapitulación de la que hablaba fuese
algo perfectamente obvio. En las ocho columnas del diagrama se compara el
aspecto de ocho animales en tres momentos anteriores a su nacimiento variando
en complejidad desde un pez, en el lado izquierdo, a un ser humano, en el
derecho. En la fila superior, los jóvenes embriones se parecen mucho entre sí,
mientras que los más desarrollados de la fila inferior han divergido. Haeckel
utilizó estas tablas visuales para ilustrar que los vertebrados comparten un
patrón de desarrollo común, y también para explicar de qué modo los embriones
recorren sucesivamente formas situadas en escalones inferiores del árbol
evolutivo. Por ejemplo, el feto humano aún no desarrollado de la esquina
superior derecha tiene algo parecido a agallas y aletas que se corresponden con
la forma más madura de su antepasado pez de la esquina inferior izquierda.
Los expresivos diagramas, la prosa colorista y la retórica
antirreligiosa de Haeckel granjearon a su versión de la recapitulación una
enorme influencia en toda Europa y más allá. Incluso a mediados del siglo XX,
mucho tiempo después de que la teoría de la recapitulación hubiese sido
desacreditada, los asombrosos dibujos de Haeckel seguían reproduciéndose para
apoyar los argumentos darwinianos de que, por distintos que sean los animales
entre sí, comparten un antepasado común. Las imágenes de Haeckel tienen un
aspecto convincente, pero ¿es correcta la historia que narran? Como Pasteur,
Haeckel creía que la ciencia precisa de la persuasión tanto como de la
investigación, y su intención era presentar las pruebas de la forma más
convincente. Sus críticos denunciaron como fraudulentas algunas tácticas que él
consideraba admisibles, como simplificar los originales y recalcar rasgos
específicos. El ala derecha del cristianismo sacó posteriormente partido de
estas acusaciones para apoyar sus propias posturas políticas.
Haeckel no se dedicó a falsificar los datos, pero sí los manipuló para
destacar las similitudes que él creía que existían. Sus rivales, que tenían
otras ideas preconcebidas, examinaron también los embriones y, lo que no es
sorprendente, llegaron a teorías distintas. Como su intención era socavar la
hipótesis de la recapitulación, quitaron importancia a las semejanzas y, en
cambio, destacaron los rasgos distintivos. Para hacer hincapié en la influencia
del entorno más allá de la ascendencia, algunos científicos empezaron a
intervenir en el desarrollo embrionario para aislar las causas físicas y
químicas de determinados cambios. Poco a poco, la atractiva teoría de la
recapitulación de Haeckel perdió prestigio, aunque se le siguió considerando el
pionero de la evolución en Alemania.
Haeckel no era un corrupto, sino una persona desafortunada. Muchos
científicos antes que él habían perseguido sus convicciones con la misma
determinación, incluido Pasteur, que no siguió las reglas estrictas del
procedimiento científico, pero al que se sigue considerando un héroe porque su
rechazo de la generación espontánea se confirmó posteriormente. Por desgracia
para él, Haeckel apoyó una hipótesis que los científicos actuales califican de
falsa. La evolución sigue generando polémica, y los modernos creacionistas
arremeten con acusaciones de fraude al estilo de Haeckel para atacar todo el
edificio de la ciencia darwiniana. Al individualizar este ejemplo específico
para dar fuerza a sus argumentos, actúan de forma similar a Haeckel: utilizan
la exageración de forma interesada, pero con intenciones genuinas.
2. Gérmenes
Pero quisiéramos saber más de lo que vemos, y ahí está la dificultad:
porque si pudiéramos ver, sabríamos, pero vemos casi todos los objetos de forma
distinta a como realmente son; así, los verdaderos filósofos consumen su tiempo
en no creer lo que ven y en conjeturar el verdadero conocimiento de lo que no
ven.
Bernard de la Fontenelle, A Discovery of New Worlds (1686)
Víctor Frankenstein intentó crear vida, mientras que la meta menos
ambiciosa de los médicos es la de prolongarla. Sin embargo, la medicina del
siglo XVIII no era demasiado eficaz. Ni siquiera los médicos con la mejor
formación podían ir mucho más allá de confortar a sus pacientes a la hora de su
muerte, y los altos honorarios y los remedios de dudosa eficacia colocaban a
algunos de ellos peligrosamente cerca de los curanderos sin escrúpulos; cuando
Mary Wortley Montagu trajo de Turquía una inoculación contra la viruela, se las
vio y se las deseó para encontrar un médico «suficientemente virtuoso para
renunciar a esa considerable parte de sus ingresos por el bien de la humanidad»[92].
Los médicos dictaban diagnósticos personalizados a sus pacientes, e
intentaban curarlos equilibrando sus humores y teniendo en cuenta su
constitución propia. Esa era, al menos, la costumbre para los pacientes ricos;
los pobres solían simplemente morirse o consultar con un boticario o una
curandera de pueblo. Tras la Revolución Francesa, la medicina se hizo más
igualitaria y se establecieron hospitales para el cuidado de gran número de
enfermos. Los pacientes con síntomas similares se agrupaban en salas, y los
médicos empezaron a reconocer y tratar las enfermedades en sí, en lugar de
contemplar los síntomas como algo inseparable de los individuos. Los hospitales
eran lugares peligrosos; un célebre cirujano de la época victoriana comentaba
que un paciente que «yace sobre una mesa de operaciones… tiene más
posibilidades de morir que un soldado inglés en el campo de batalla de
Waterloo»[93]. Los
enfermos con una fortuna suficiente preferían contratar a un médico de familia
que les dispensase cuidados individuales en la tranquilidad del propio hogar
del paciente. Aunque en los laboratorios se estaban desarrollando nuevos
medicamentos, los médicos eran renuentes a dejar que la medicina basada en la
ciencia minase su propia autoridad. Para reforzar su posición de expertos con
una mirada omnisciente, introdujeron nuevas técnicas de diagnóstico basadas en
el examen físico detallado y en la medición precisa.
Las enfermedades infecciosas como la viruela acababan de forma regular
con la vida de un gran número de personas, pero nadie tenía demasiado claro
cómo se propagaban. Muchas personas creían que las epidemias eran causadas por
miasmas venenosas, atmósferas de materia tóxica invisibles pero capaces de
penetrar en cualquier lugar. A diferencia de los gérmenes, que causan
enfermedades específicas, se decía que estos miasmas afectaban de forma
diferente a cada víctima, transmitiéndole la gripe, el cólera u otras dolencias
en función de su constitución y de su estado de salud. Cuando Charles Dickens y
otros activistas de clase media protestaba contra los superpoblados barrios
bajos, también estaban interesados en proteger su propia salud liberando a las
ciudades de las virulentas nubes miasmáticas.
Mirando desde nuestros días hacia el siglo XIX, los historiadores pueden
narrar el pasado como una continua sucesión de éxitos. Los médicos introdujeron
las vacunas para prevenir contra enfermedades letales, los microbiólogos
aislaron los gérmenes individuales causantes de enfermedades específicas, los
cirujanos redujeron drásticamente las infecciones hospitalarias mediante
antisépticos y los químicos de laboratorio empezaron a producir poderosos
fármacos. Las tasas de mortalidad descendieron de forma radical (al menos en
Europa y Norteamérica) y los médicos podían por fin ofrecer a los pacientes
esperanzas de curación reales. Por otro lado, no todos los proyectos de
investigación dieron sus frutos, y la causa de muchas enfermedades mortales
(malaria, gripe, beriberi) siguió sin identificarse. El progreso que ahora
vemos con tanta claridad quedó en aquel momento camuflado por la confusión.
Consideremos, por ejemplo, la viruela. Los médicos adoptaron la
inoculación turca recomendada por Montagu, pero se trataba de un procedimiento
doloroso y no exento de riesgos que acabó con la vida de muchos niños sanos. En
la década de 1790, el médico rural Edward Jenner decidió, en una muestra de
sensatez, prestar atención a los granjeros y lecheras locales que afirmaban
que, cuando una persona se había recuperado de la viruela vacuna, raramente
sucumbía a la viruela. Aunque Jenner es uno de los grandes héroes de la
medicina, en la actualidad sus procedimientos de prueba estarían prohibidos.
Después de seleccionar a un niño de ocho años, Jenner le inyectó primero
viruela vacuna y luego trató de infectarlo con la viruela. Por suerte para
ambos, su voluntario-víctima sobrevivió y Jenner fue recompensado por el
gobierno con la suma de 30.000 libras esterlinas por haber inventado la vacuna
contra la viruela.
Como muchas otras innovaciones, en retrospectiva la introducción de la
vacunación parece de una importancia capital, pero en su momento fue muy
disputada.
Figura 42. James Gillray, La viruela vacuna o Los maravillosos efectos de la
nueva inyección (1802).
Entre las denuncias que se publicaron se hallaba una colorista pero bien
documentada caricatura dibujada por James Gillray en la que se satirizaba una
de las clínicas gratuitas instaladas en Londres (Figura 42). Vestido con un
traje formal (probablemente sucio), Jenner está blandiendo las cuchillas de su
instrumento de vacunación, ayudado por un niño de un hospicio que sostiene un
cubo de «VIRUELA VACUNA de la VACA» y un ayudante que distribuye a cucharones
«MIXTURA DE APERTURA». Esta onírica escena representaba unos temores muy
reales. Una mujer en el lado derecho está simultáneamente vomitando y dando a
luz vacas, mientras que a varios pacientes les han brotado excrecencias de
aspecto bovino, una referencia al célebre caso del llamado niño con cara de buey,
cuyos ganglios se hincharon de forma espectacular después de la vacunación. Las
protestas contra la vacunación se prolongaron durante todo el siglo XIX, mucho
tiempo después de que se hubiese demostrado su eficacia.
Los médicos y los pacientes hacían bien en mantener una cierta
prudencia. Los procedimientos eran dolorosos, solían dejar huellas físicas
visibles y se administraban en tales condiciones de falta de higiene que las
infecciones se propagaban con rapidez. A falta de una justificación teórica
sólida, las explicaciones de Jenner acerca de los resultados anómalos carecían
de consistencia y, como simple cirujano, se le solía asociar con los carniceros
y los ladrones de tumbas. Por encima de todo, parecía un sacrilegio contaminar
un cuerpo humano con materia salida del estómago de un animal enfermo situado
en un nivel inferior en la escala de la vida. Aunque la vacunación parecía
realmente funcionar, muchos activistas —incluida Florence Nightingale—
protestaban ante lo que calificaban de una interferencia del estado en las
vidas de las personas al hacer obligatoria la vacunación. Debido a esta
oposición al control del gobierno, los brotes epidémicos de viruela siguieron
apareciendo en Gran Bretaña, incluso durante el siglo XX.
El comercio internacional y los viajes dispersaban las enfermedades por
todo el mundo. La viruela diezmó a las poblaciones indígenas de América, que
carecían de resistencia contra esta dolencia europea; asimismo, los
exploradores británicos y franceses exportaron las enfermedades de transmisión
sexual a las islas del Pacífico que calificaban de paraísos en la Tierra. A
principios del siglo XIX, los gérmenes viajaron en la dirección opuesta. Cuando
el cólera se empezó a propagar fuera de Asia y por toda Europa, los médicos se
sumieron en el pánico al darse cuenta de que no tenían ni la menor idea de los
mecanismos involucrados en su expansión. Llegó en primer lugar a Gran Bretaña
en 1831, generando una sensación de fatalidad y desamparo similar a la de los primeros
años del sida. Los ya abarrotados hospitales quedaron inundados de pacientes
que, inevitablemente, morían en agonía al cabo de pocas horas. Aunque la
epidemia remitió, otras llegaron después, y los reacios departamentos del
gobierno tuvieron que ponerse en acción.
El gobierno intentó tímidamente llevar a cabo una mejora de las
condiciones de vida básicas, aunque muchos ciudadanos se sintieron molestos por
esta intromisión del estado. A los victorianos se les daba muy bien el registro
de cifras y de eventos; así, mediante el análisis estadístico, los médicos
terminaron por averiguar el mecanismo de transmisión del cólera. El héroe
convencional de esta historia se llama John Snow, un cirujano londinense que,
se supone, resolvió el problema él solo por pura deducción lógica. En realidad
pasó años documentándose sobre investigaciones anteriores y llegó a la
conclusión, antes incluso de finalizar sus propias investigaciones, que el
cólera se transportaba mediante microbios a través del agua. Armado con sus
preconcebidas convicciones, Snow se propuso demostrar que tenía razón. Mediante
el procedimiento de elaborar un mapa sistemático de todos los casos de cólera
de su barrio, Snow afirmó que una determinada bomba de agua era el origen de la
infección. En las versiones dramatizadas de este mito, se afirma incluso que se
llevó personalmente la palanca de la bomba para detener el brote, aunque en
realidad fue un comité el que la eliminó cuando el peligro ya había pasado.
Como ocurrió con Pasteur, la figura de Snow fue posteriormente
reivindicada, aunque sus pruebas no eran precisamente a prueba de dudas. Como
señalaron sus opositores, los datos de Snow podrían haberse explicado también
asumiendo que el cólera se transmitía por el aire desde un montón de suciedad
situado junto a la bomba. Y además, agregaban, aunque el cólera viaje por el
agua, no tenía datos para declarar que ninguna enfermedad es causada por
miasmas. En un segundo estudio, Snow mostró que las tasas de infección en una
casa dependían, de la compañía que suministraba el agua. Este resultado ofreció
argumentos poderosos a los que insistían en la necesidad de limpiar Londres,
pero los expertos médicos siguieron sin quedar convencidos; aunque el cólera
aparecía con frecuencia en los órdenes del día de los comités de salubridad
internacionales, las investigaciones de Snow ni siquiera se comentaban. Snow no
era en absoluto un genio solitario, sino una de las muchas personas de talento
que contribuyeron al proyecto colectivo de salvar vidas y reducir el número de
muertes.
Snow tuvo suerte: apoyó la teoría de la transmisión del cólera por el
agua, que es la teoría que ha sobrevivido hasta nuestros días. Otros héroes de
la medicina se las ingeniaron para establecer su reputación póstuma sobre
teorías que más tarde se abandonaron. Uno de los principales ejemplos es el del
cirujano Joseph Lister, famoso en la actualidad por sus campañas para la
eliminación de gérmenes en los hospitales. Lister era apuesto y carismático y
se presentaba a sí mismo como un cirujano salvador cuyo equipo de asistentes de
bata blanca rociaban ritualmente el quirófano con fenol como si balanceasen
incensarios en una iglesia. Los escépticos se mofaban: «Y ahora vamos a rezar».
Lister era un hábil cirujano que contribuyó en gran medida a la mejora
de las condiciones quirúrgicas. Por otra parte, se apropiaba de las técnicas de
sus rivales, se aferraba a ideas pasadas de moda y se dedicó a reescribir toda
su carrera para aparecer como el principal defensor de la teoría de los
gérmenes moderna. En primer lugar, no fue en absoluto el primero en hacer
hincapié en la importancia de la higiene. Con tasas de muerte postoperatoria
cercanas en algunos casos al 65 por 100, los reformistas de la salud pública ya
tomaban medidas como pintar las paredes con cal, separar a los pacientes o
mejorar la ventilación. Aunque estas prácticas estaban destinadas a combatir
las miasmas, eran eficaces, e incluían el uso del fenol. Así, los cirujanos no
hacían demasiado caso cuando Lister insistía en que la inmersión de los
instrumentos y la limpieza de las heridas abiertas con fenol reduciría la
mortalidad, sobre todo porque él seguía llevando ropas empapadas de sangre, no
se lavaba las manos y no le preocupaban las sábanas sucias de sus pacientes
(por no hablar del dolor causado por la aplicación del fenol sobre la carne).
Cuando más adelante Lister repasó su carrera, modificó astutamente sus
opiniones para adecuarlas al pensamiento actual. Al principio consideraba que
los gérmenes eran fuentes de infección genéricas, pero en la década de 1880
sustituyó estos gérmenes multiuso por otros específicos, cambiando su posición
teórica tan hábilmente que sus admiradores le siguen considerando un pionero de
la teoría de gérmenes moderna.
El gran héroe de la teoría de gérmenes es Robert Koch, el bacteriólogo
alemán que saltó a la fama después de identificar el organismo responsable de
más muertes en la Europa industrial: la tuberculosis (que se solía llamar
también consunción o tisis). El éxito de Koch se debió al desarrollo de nuevos
métodos y a su habilidad para publicitar sus descubrimientos. Con su invento de
las cápsulas de Petri (cuyo nombre tomó de uno de sus ayudantes), Koch creó
buenos cultivos en entornos meticulosamente controlados y desarrolló técnicas
para fotografiar imágenes microscópicas. Estas innovaciones le permitían
comparar sus procedimientos cuantitativamente y comunicar sus resultados con
eficacia. Con la definición de un conjunto claro de procedimientos
experimentales (denominados postulados de Koch), Koch estableció la
correlación causa-efecto con una certeza del 100 por 100, demostrando más allá
de toda duda que bacterias específicas causan enfermedades específicas.
Los investigadores de los laboratorios reconocieron que se trataba de un
avance fundamental, haciendo hincapié en el hecho de que, a medida que Koch y
sus sucesores identificaban cada vez más microorganismos, las tasas de
mortalidad por enfermedades infecciosas descendían de forma espectacular. Sin
embargo, no todas las personas implicadas en la sanidad pública quedaron
convencidas. El descenso de mortalidad se debía también a otras causas menos
románticas: la mejora de la alimentación y la salubridad o el incremento de la
financiación pública en hospitales y educación sanitaria. Pero estas
importantes medidas eran más aburridas, y las personas preferían oír que
heroicos médicos luchaban contra las enfermedades enemigas. Según los
propagandistas de los gérmenes, el cuerpo no está gobernado por un equilibrio
de humores que puede desbaratarse en cualquier momento, sino que es un conjunto
de células vulnerable a los ataques de microorganismos invisibles pero letales:
en lugar de estar en armonía con el Universo, los seres humanos son entidades
independientes que tienen que protegerse contra los intrusos microbianos.
A partir de este concepto de invasión enemiga, la medicina adoptó un
vocabulario militar con penetraciones, derrotas y destrucciones. Como otras
metáforas científicas, estas imágenes funcionaban en los dos sentidos, no solo
reflejando la forma de imaginar las enfermedades, sino también la forma de
tratar a los extranjeros. Estas asociaciones se ilustran en la Figura 43,
llamada «Avanzando al ataque», que forma parte de una serie llamada «El
ejército interior».
Figura 43. David Wilson, Going to the attack (1899). Boceto a tinta, basado
en fotografía de bacterias de Elie Metchnikoff.
En los dos dibujos de los recuadros se muestran la batalla interna
revelada por el microscopio, en la que los corpúsculos blancos atraviesan las
paredes de una vena para atacar las bacterias ajenas que se encuentran entre
las planas células rojas de la sangre. Para hacer más claro el mensaje, el
dibujo muestra a unos soldados británicos blancos cruzando un río hostil para
capturar un territorio interior de África o de Asia. En lo alto de la colina,
unos amenazantes demonios negros evocan recuerdos de africanos de las colonias
que amenazan a los exploradores europeos.
Igual que los cuerpos debían protegerse contra los microbios intrusos,
también las naciones ricas debían defenderse contra los infecciosos
inmigrantes. A menudo se culpaba de las enfermedades a los extranjeros, pero la
teoría de gérmenes proporcionó nuevos argumentos para dar una explicación
racional a los viejos temores. Ahora se podía asignar a los prejuicios de raza
y de limpieza una etiqueta científica. Cuando un residente chino de San
Francisco murió por la peste se impuso una cuarentena en todo Chinatown, una
medida discriminatoria justificada como precaución médica. Estados Unidos
atraía a millones de colonos; a principios del siglo XX, el gobierno estableció
un programa de revisiones para evaluar su estado de salud. Aunque se anunció
como una medida de seguridad médica, en realidad los irregulares procedimientos
de veto se traducían en que los europeos ricos podían entrar más fácilmente que
otros solicitantes.
Los investigadores europeos invadieron también los países asiáticos,
tratando de erradicar las masivas epidemias que amenazaban los beneficios del
comercio. A finales del siglo XIX, la India se convirtió de hecho en un inmenso
laboratorio, con la llegada de Koch y otros expertos para estudiar en detalle
la transmisión bacteriana de la peste y los tratamientos más eficaces. Los
hindúes se sintieron muy molestos con esta intrusión, que venía a indicar que
se les consideraba incapaces de cuidar de sí mismos. Las despiadadas
regulaciones higiénicas de los europeos transgredían a menudo las costumbres
locales, mezclando miembros de distintas castas en los mismos hospitales,
impidiendo a los musulmanes peregrinar a La Meca o sometiendo a las mujeres a
exámenes físicos por parte de médicos hombres. El control de las enfermedades
se tradujo en la restricción de las libertades individuales, la misma objeción
que esgrimían los activistas anti vacunación.
A pesar de los avances médicos que reivindicaban, los científicos no
lograron una victoria total sobre el enemigo de la enfermedad. Con frecuencia,
lo que parecía fácil y directo en el laboratorio se revelaba como algo
complicado fuera de él, y esas discrepancias daban argumentos a los críticos de
la teoría de los gérmenes. A pesar de que Koch había demostrado que nadie se
contagia de tuberculosis por exposición al bacilo, no pudo explicar por qué
solo el 10 por 100 de las personas se infectaban; y, lo que es peor, la tasa de
curación era inferior a la que él esperaba. Los estadísticos de la época
victoriana se pusieron a recopilar datos; pero, aunque la enfermedad aparecía
de forma predominante en las zonas industriales pobres, no fueron capaces de
hallar una relación de causalidad simple. El agente enemigo había sido
identificado, pero parecía dejar indemnes a muchas posibles víctimas, lo que
sugería que los enfermos, de algún modo, ya estaban previamente contaminados.
Los estereotipos variaron: a finales del siglo XVIII, la tisis se percibía como
una dolencia romántica que afectaba a los poetas y los artistas de constitución
inherentemente delicada; un siglo más tarde, la tuberculosis pasó a
identificarse como una enfermedad contagiosa que circulaba en sórdidos barrios
bajos de las ciudades, un signo de inferioridad, no de vulnerabilidad estética.
Se aislaba a los pacientes en grandes sanatorios no solo por su propio
bien, sino para la protección de la sociedad. Contraer la tuberculosis se
convirtió en motivo de vergüenza, como si los pacientes fuesen culpables de ser
víctimas de microbios neutrales. La enfermedad, rodeada de temores y misterios,
se convirtió en una cuestión tabú: «al hablar de la tuberculosis», comentaba el
novelista de Praga Franz Kafka dos meses antes de morir a causa de esa
dolencia, «las personas adoptan una postura tímida, evasiva, de frialdad en la
mirada»[94]. Este
era un estigma común a otras enfermedades infecciosas, en especial la sífilis,
de la que se solía culpar a las mujeres. El nombre sífilis proviene
de un poema en el que se describe cómo la perversa seductora Lujuria atrae a
Hércules hacia el pecado, una versión griega del mito de la tentación de Eva a
Adán en el Jardín del Edén. En la mitología médica correspondiente eran las
prostitutas, no sus clientes hombres, los corruptos orígenes de contaminación.
Estas actitudes emocionales siguen vigentes. Hacia finales del siglo XX,
el cáncer se convirtió en la nueva tuberculosis, la enfermedad cuyo nombre no
se podía pronunciar, y el sida transmitido a los hombres homosexuales pasó a
ser la condenación que antes afectaba a las mujeres prostitutas. En su
obra Fantasmas, que explora la culpabilidad irracional inducida por
la herencia de la sífilis, el dramaturgo noruego Henrík Ibsen escribía: «No es
solo lo que hemos heredado de nuestros padres lo que nos persigue. Son todas
esas ideas obsoletas… que se adhieren a nosotros y que somos incapaces de
sacudirnos»[95]. Los
fantasmas del pasado siguen asediándonos el presente, pero quizá podamos
exorcizarlos si comprendemos sus orígenes.
3. Rayos
Las formas de lenguaje vagas e insignificantes y el abuso del idioma,
han pasado a menudo por misterios de la ciencia; y las palabras complejas o mal
aplicadas, con poco o ningún significado, han adquirido el derecho a que se les
de profundidad y altura especulativa, hasta tal punto de que no es fácil
convencer ni a los que las pronuncian ni a los que las escuchan de que no son
más que el camuflaje de la ignorancia y un estorbo para el verdadero
conocimiento.
John Locke, Ensayo sobre el entendimiento humano (1690)
Al fotografiar las bacterias, los biólogos demostraron su existencia. Y,
mediante la transmisión de mensajes de radio, los físicos demostraron que el
éter era real. ¿O no? Ver no siempre equivalía a creer; y a la inversa: cuando
entidades hipotéticas se negaban insistentemente a hacerse visibles, seguían
envueltas en duda.
No siempre era fácil distinguir entre verdad, falsedad y autoengaño. Los
entusiastas mantenían que sus cámaras no mentían nunca, pero a muchos les
costaba aceptar que unas fotografías de rostros borrosos de mujeres con largas
vestiduras correspondían a genuinos visitantes del mundo de los espíritus. Por
otra parte, si las ondas de radio podían vibrar alrededor del mundo a través de
un éter indetectable, quizá la idea de una comunicación supra telegráfica con
los muertos no fuese tan singular. Algunos sujetos especialmente sensibles
podían detectar auras luminosas llameando alrededor de los cuerpos de las
personas, mientras que otros sucumbían de inmediato a las fuerzas mesméricas
generadas por magnetizadores animales. Médiums, séances y
comunicación telepática fueron más tarde denunciados como fraude, pero durante
la segunda mitad del siglo XIX los científicos no estaban tan seguros.
En este ambiente de incertidumbre, los efectos extraños se contemplaban
con prevención, y algunos fenómenos atómicos no parecían ser más reales que las
manifestaciones de espíritus. Cuando el físico británico William Crookes
anunció que había descubierto materia radiante, sus colegas no
quedaron convencidos. Pero Crookes era un experimentador astuto, y desarrolló
demostraciones que señalaban de forma evidente que algo extraño sucedía dentro
de sus tubos de descarga de cristal. Estos instrumentos, similares a pequeñas
luces de neón, contenían un gas a baja presión y eran muy comunes en los
espectáculos eléctricos porque brillaban cuando una corriente pasaba a través
suyo. Crookes personalizó de forma ingeniosa uno de esos tubos insertando en él
una diminuta rueda de paletas montada sobre una guía. Al conectar la
electricidad, la rueda avanzaba hacia un extremo del tubo, impulsada —según
Crookes— por partículas de materia radiante que partían de la placa metálica
(el cátodo) situada en el otro extremo.
La prueba de Crookes era convincente, y más tarde fue vindicado cuando
se demostró la existencia de sus misteriosos rayos catódicos, a pesar de que se
les dio un nuevo nombre: electrones. Sin embargo, Crookes también aplicó sus
indudables habilidades experimentales para la comprobación del espiritismo, un
fenómeno actualmente desacreditado. Como experto en electricidad, Crookes
pensaba que poseía las cualificaciones necesarias sobre comunicación a larga
distancia; después que varios famosos médiums pasaran sus rigurosas pruebas sin
que pudiese demostrar que hacían trampas, muchos victorianos quedaron
convencidos de la posibilidad real de ponerse en contacto con los muertos. Los
escépticos se burlaban de que un físico crédulo hubiese podido ser embaucado por
unos charlatanes (o quizá él mismo fuese uno de ellos), pero Crookes y sus
colegas querían ofrecer una explicación material a estos efectos supuestamente
espirituales. Insinuaron que quizá la radio tuviese una analogía humana, de
forma que las personas con órganos especialmente sensibles podían sintonizar
insospechadas vibraciones etéricas.
Crookes acusó a los otros científicos de traidores a su vocación. Al
negarse a examinar el espiritismo, atacaba, estaban juzgándolo a priori,
lo que es «como razonar en círculo: no vamos a investigar nada mientras no
sepamos que es posible, mientras que no podemos decir qué es imposible,
matemática pura aparte, mientras no lo sepamos todo»[96]. Su
defensa aludía a la misma esencia del ser científico. Si se rechaza
automáticamente aquello con lo que no se está familiarizado y se rehúsa
investigarlo, nunca se descubrirá nada nuevo. Los grandes descubrimientos
implican salir de las barreras, eliminar ideas preconcebidas y desafiar los
conocimientos previos. Aunque sería improductivo comprobar todos los
experimentos anteriores, no es necesariamente excéntrico desafiar el saber
aceptado.
Algunos otros fenómenos extraños que tenían lugar en laboratorios
científicos parecían al principio tan inexplicables como los golpes en las
mesas de las séances. En 1896, un profesor alemán desconocido
llamado Wilhelm Röntgen sorprendió al mundo con una fotografía de rayos X de
los huesos de la mano de su mujer, con su anillo de boda flotando de manera
inquietante alrededor del dedo. Röntgen se había topado accidentalmente con
esta misteriosa radiación mientras efectuaba experimentos con tubos de
descarga. Otros científicos, incluido Crookes, ya habían notado que las placas
fotográficas envueltas en papel negro se velaban, pero Röntgen decidió
descubrir qué era lo que sucedía.
Apartándose de la máxima de Pasteur «la suerte solo sonríe a las mentes
preparadas», Röntgen intentó evitar cualquier suposición teórica previa. Como
él mismo decía, en lugar de pensar, investigó. Al explorar experimentalmente
las propiedades de estos nuevos rayos, Röntgen demostró que eran distintos de
los rayos catódicos que también se producían en los tubos de descarga. Los
rayos X son una radiación neutra y sin peso, como la luz o las ondas de radio,
mientras que los rayos catódicos tienen carga eléctrica (negativa) y peso
(aunque escaso). Pocos años después, las máquinas de rayos X se habían
convertido en un equipo estándar en los hospitales, Röntgen ganó el primer
premio Nobel de física y los rayos X entraron en el repertorio de los
feriantes:
Estoy asombrado
sorprendido y pasmado
de que en estos tiempos
digan que se ve a través de ropas y hasta del corsé
con esos picaros rayos de Roentgen[97].
Solo unos meses más tarde, otro modesto científico efectuó otro
descubrimiento trascendental por casualidad: Henri Becquerel, la primera
persona en detectar la radiactividad. Aunque obtuvo también uno de los primeros
premios Nobel, Becquerel modestamente atribuyó su logro a la tradición de su
distinguida familia en la investigación de la fosforescencia. Durante un
proyecto para el estudio sistemático de los rayos X, Becquerel examinaba
rutinariamente diferentes sustancias fosforescentes cuando decidió ensayar una
sal de uranio (que su padre había producido antes). Becquerel tuvo un golpe de
suerte por no seguir un protocolo científico estricto: aburrido de esperar,
reveló algunas placas fotográficas antes de que pasara el tiempo necesario para
que mostrasen alguna cosa.
En lugar de las débiles imágenes que tenía previsto ver, Becquerel se
encontró con una serie de nítidas siluetas blancas y negras. Quedó
desconcertado; pero, en lugar de pensar que se trataba de un error y tirarlas,
siguió investigando. Pronto descubrió que, incluso sin la luz del sol, los
cristales de uranio de su padre generaban una imagen fotográfica. Finalmente,
tras posteriores experimentos sistemáticos, se dio cuenta de que la
fosforescencia (su punto de partida) era irrelevante. Lo que importaba era el
uranio. Pero ¿por qué? ¿Era el uranio un caso único, o este comportamiento
extraordinario se extendía también a otras sustancias? La causa y el ámbito del
fenómeno siguieron siendo un misterio.
A lo largo de los años posteriores, los perplejos científicos inventaron
nuevas palabras —como la propia radiactividad— para dar nombre a
los inexplicables efectos que seguían apareciendo. Provisionalmente, agregaron
tres tipos de rayos a los misteriosos rayos X y les dieron el nombre de las
tres primeras letras del alfabeto griego: alfa (α), beta (β) y gamma (γ) (algunos
científicos tienen un estrafalario sentido del humor, de ahí el nombre «quark»
[del adjetivo inglés «quirky», estrafalario] en la física subatómica moderna;
cuando Ralph Alpher escribió un artículo con George Gamow, reclutaron a un
tercer autor, Hans Bethe, para que la combinación de sus apellidos sonase como
Alfa, Beta, Gamma). La precisión en la denominación no era algo a lo que se
prestase mucha atención; finalmente resultó que solo los rayos gamma eran
radiación (como la electricidad o los rayos X), mientras que se halló que los
otros dos eran flujos de partículas. Los rayos alfa se componen de núcleos de
helio con carga positiva (dos protones y dos neutrones), mientras que los rayos
beta (también llamados catódicos) son electrones, mucho más ligeros y con carga
negativa.
Sí, es complicado. Y, en aquellos momentos, reinaba la confusión.
Radiactividad, comunicaciones con espíritus, rayos catódicos… Todos estos
curiosos fenómenos no tenían una causa perceptible, y todos ellos parecían
haberse unido para sembrar el caos en el Universo estable y gobernado por leyes
que los físicos del siglo XIX aspiraban a establecer. A principios del siglo XX
era difícil predecir su trascendencia futura. Algunos científicos seguían
comprometidos con el espiritismo, y la radiactividad de Becquerel parecía una
oscura anomalía sin interés… y por eso una anómala y oscura investigadora de
nombre Marie Curie pudo elegirla como tema de investigación. Tuvo que pasar un
tiempo para que los científicos reconocieran hasta qué punto había sido
decisivo el descubrimiento de Becquerel.
Las grandes cuestiones en electricidad, las que investigaban los físicos
que seguían la corriente habitual, eran los rayos catódicos y los rayos X. Los
científicos examinaron primero el tubo de descarga de Crookes, modificándolo
para poder observar los rayos catódicos más de cerca, aún con dudas sobre cuál
podía ser la naturaleza de esa radiación. El más famoso de estos investigadores
fue Joseph John Thomson (un nombre que sus colegas no hubiesen reconocido, ya
que sus amigos le llamaban J-J, pero las costumbres de publicación actuales
dictan que se incluyan los nombres de pila). Jefe del laboratorio Cavendish de
Cambridge, Thomson construyó un tubo de descarga que se comportaba de forma
similar a un televisor, utilizando campos eléctricos y magnéticos para desviar
los rayos catódicos. Esta capacidad de manipular los rayos demostró que eran
distintos de los rayos X, y Thomson declaró que se trataba de chorros de
diminutas partículas a las que llamó electrones.
Visto en perspectiva, la identificación de los electrones por parte de
Thomson se considera un experimento pionero, pero muchos de sus contemporáneos
siguieron sin estar convenció dos por sus pruebas. Los defensores del éter se
negaron a cambiar de opinión, y sus argumentos no eran malos. El más obvio era
que nadie había visto un electrón (a diferencia de los espíritus revelados por
las cámaras). Hasta la medida de la carga del electrón demostró ser una tarea
de increíble dificultad, y los valores posibles cubrían un intervalo amplio.
Esta falta de precisión permitió a los críticos de Thomson utilizar los mismos
resultados para apoyar el punto de vista opuesto: que la electricidad no está
compuesta por partículas discretas, sino que es continua, como las ondas que
viajan por el éter.
Aunque Thomson era tan torpe que su propio ayudante lo mantenía a
distancia del instrumental, sus estudiantes de investigación le adoraban,
afirmando que, cuando le pedían ayuda intelectual y no manual, Thomson
efectuaba un diagnóstico intuitivo de sus problemas y les sugería soluciones.
La palabra «intuitivo» puede sonar a una forma poco realista de enfocar la
investigación, pero la intuición y el instinto fueron fundamentales para
persuadir a unos instrumentos obstinados y poco sofisticados para que proporcionaran
los resultados correctos. Pero ¿qué significa «correctos»? El círculo vicioso
vuelve a hacer acto de presencia. Si se están efectuando mediciones de algo
nuevo, ¿cómo se puede estar seguro de que los aparatos funcionan correctamente?
Los científicos se enfrentan a menudo con el problema de decidir qué hacer con
un resultado que contradice las expectativas. Si se lo toman en serio, como
hizo Crookes con el espiritismo, corren el riesgo de acabar con su reputación o
con sesgar un promedio al incluir un error. Si no le hacen caso, sus resultados
parecerán más coherentes; pero los éxitos de Röntgen y de Becquerel se debieron
precisamente a negarse a rechazar lo inesperado.
No hay una respuesta «correcta» para este dilema. Aunque los científicos
deberían ser imparciales, muchos de los grandes logros de la ciencia surgen de
ser selectivo con los datos, incluido el experimento que proporcionó una medida
definitiva de la carga de un electrón. Este experimento fue ideado por Robert
Millikan, un físico americano opuesto a la idea del éter, que decidió suspender
gotas de aceite cargadas entre dos placas eléctricas. Hallando la fuerza
eléctrica necesaria para mantenerlas inmóviles contra el tirón de su propio
peso, Millikan calculó la carga de las gotas. Ese era, al menos, el principio.
Pero su delicado dispositivo era muy sensible a las perturbaciones, y Millikan,
que estaba convencido de la existencia de los electrones, descartó unos dos
tercios de las lecturas. Según sus cuadernos de laboratorio, sabía exactamente
lo que estaba buscando. «Este valor es casi exacto y el mejor que he logrado
hasta ahora», escribía exultante en diciembre de 1911. En abril de 1912, su
confianza era aún mayor. «Un 1,5 por 100 demasiado alto», anotó junto a un
valor; «Perfecto para publicar» junto a otro[98]. Es
tentador denunciar la conducta arbitraria de Millikan; sin embargo, los
científicos tienen que sacar provecho de su experiencia, además de utilizar una
lógica inexorable. Sensible a las imprecisiones de sus aparatos, Millikan halló
un valor para la carga del electrón realmente próximo al valor aceptado en la
actualidad.
Convencido a priori de la existencia de los electrones,
Millikan se apostó su futuro y ganó un premio Nobel. En cambio, un grupo de
científicos franceses que actuaron de forma parecida acabaron por hacer el
ridículo. Mientras investigaban los rayos X, declararon haber hallado otra
misteriosa forma de radiación que emanaba tanto de los organismos vivos como de
la materia ordinaria y que —como los espíritus— solo podían ver los
observadores extremadamente sensibles. Igual que la luz visible se puede
dividir en un espectro, estos rayos N (así llamados por la
universidad de Nancy, donde se descubrieron) podían supuestamente pasar por un
prisma de aluminio y formar un patrón sobre una pantalla especial. Los rayos N
no fueron un accidente pasajero: aparecieron en más de cien documentos
científicos serios entre 1903 y 1906 y muchos observadores creyeron
sinceramente que podían detectar sus efectos. El escepticismo internacional era
cada vez mayor, pero la comunidad científica francesa cerró filas en torno a
los experimentadores de Nancy, defendiéndolos en especial contra los críticos
alemanes.
Finalmente, un astuto visitante norteamericano demostró que se
equivocaban; para ello retiró a escondidas el fundamental prisma mientras sus
anfitriones seguían, orgullosos con sus lecturas. Ahora parece cosa de risa,
pero al principio los rayos N no eran más inverosímiles que la radiactividad.
Es fácil criticar a los entusiastas de Nancy, pero ¿acaso obraron con menos
ética que Becquerel, que dejó de lado su planificación para revelar unas
cuantas placas antes de tiempo? ¿O que Millikan, que sacrificó la neutralidad y
se libró de las lecturas que no le convenían? Cuando estalló el escándalo,
Francia se hallaba en plena reorganización de su estructura científica, con la
finalidad de resucitar la investigación y recuperar su posición internacional.
¿Es acaso sorprendente, o incluso censurable, que los científicos franceses
cerrasen filas contra los extranjeros hostiles y tratasen de establecer Nancy
como un centro de investigación de primer orden?
En 1903, dos descubrimientos franceses ocupaban los titulares: los rayos
N en Nancy y el radio en París. Parece irónico que el salvador científico del
país no surgiese de la élite privilegiada, sino que fuese una persona
desconocida y doblemente marginada que se casó con alguien que sí era de esa
élite. Se trataba de una mujer polaca de nombre Manya Sklodowska, que más tarde
se haría famosa en todo el mundo como Marie Curie. Sin fondos y sin siquiera un
doctorado, Curie había decidido proseguir con el trabajo de Becquerel sobre las
sales de uranio y averiguar si otras sustancias se comportaban de forma
similar. Recabando la asistencia de su esposo Pierre, pasó seis años
persiguiendo mínimos rastros de radiactividad y manipulando delicados aparatos
con gran habilidad, pero también llevando a cabo el trabajo físico necesario
para procesar grandes cantidades de material para sus experimentos.
Finalmente, Curie logró aislar dos nuevos elementos radiactivos: primero
el polonio (que tomó el nombre de Polonia) y luego el radio. La radiactividad
fue recibida con algo parecido al frenesí. En la Figura 44, tomada de una serie
británica llamada «Los hombres [sic] de nuestro tiempo» se muestra a la
orgullosa pareja mirando extasiados un cristal de radio brillante como una
milagrosa estrella.
La propia Curie murió de leucemia a causa de su trabajo, pero el
entusiasmo universal del principio no quedó empañado por conocimiento alguno
sobre Hiroshima o Chernobyl. Curie, la primera profesora de Francia, estableció
un centro de investigación para el estudio del nuevo fenómeno; durante la
primera guerra mundial demostró el valor práctico del uso de unidades de rayos
X móviles para los soldados heridos.
Figura 44. Caricatura de Marie y Pierre Curie, por Julius Mendes Price
(«Imp»), Vanity Fair (1904).
Curie fue la primera persona en ganar dos premios Nobel, y se ha
convertido en un modelo para las chicas con aspiraciones. En esta caricatura se
muestra hasta qué punto la mitología se puede ver desde dos puntos de vista. A
ella se la presenta aquí como una pequeña figura que mira por detrás del hombro
de su marido mientras él observa triunfalmente el tubo de ensayo que irradia su
exagerada frente con la gloria de los genios. Aunque Marie Curie publicó
documentos teóricos de forma independiente, es él quien sostiene aquí un libro,
mientras que ella —la subordinada auxiliar— se apoya sobre la mesa de
laboratorio, y su sencillo vestido indica que ha renunciado a los intereses
femeninos habituales. El frugal estilo de vida de la pareja alimentó las
idealizadas historias de terror acerca de sus sórdidas condiciones de trabajo;
en muchas versiones, Marie aparece como una bestia de carga que, con gran
dedicación, filtraba toneladas de sucia pechblenda, en una especie de análogo
de laboratorio de las tareas de cocina rutinarias.
El mensaje parece claro: las mujeres científicas están atrapadas en una
categoría especial: no son científicas de primera clase ni tampoco mujeres
normales. Este prejuicio se mantuvo durante décadas (y aún se mantiene, según
muchas mujeres), aunque a principios del siglo XX algunos hombres también
sufrían discriminación. Como Curie, antes de adquirir fama mundial, Ernest
Rutherford fue despreciado como un intruso. Hijo de un granjero y procedente de
una escuela pública de Nueva Zelanda, Rutherford llevaba la ropa incorrecta y
hablaba con un acento inapropiado cuando llegó a la Universidad de Cambridge.
Aun así, finalmente fue el sucesor de J-J Thomson en la jefatura del
laboratorio Cavendish y se convirtió en uno de los pioneros fundamentales de la
física nuclear. Rutherford siguió estando orgulloso de sus orígenes
neozelandeses y, cuando lo hicieron barón, creó un elaborado escudo de armas en
el que aparecían un kiwi, un guerrero maorí y Hermes Trismegisto, el patrón de
la alquimia.
Según Rutherford, el acontecimiento más asombroso de su vida tuvo lugar
en Manchester, en 1909. En aquella época ya llevaba más de diez años trabajando
en radiactividad, y se había hecho célebre por su heterodoxa sugerencia de que
algunos átomos eran inestables y emitían rayos y partículas a medida que se
desintegraban y se convertían en otros elementos. Cierto día, Rutherford tuvo
una corazonada. Durante su trabajo con Hans Geiger (cuyos contadores aún se
utilizan) ya se había dado cuenta de que un haz de partículas alfa no viaja en
línea recta al atravesar una delgada lámina metálica, sino que se dispersa en
varias direcciones. ¿Qué pasará, se preguntó Rutherford, si pongo contadores en
ambos lados de la lámina? El resultado, informó «fue casi tan increíble como
disparar un proyectil de 15 pulgadas contra una hoja de papel de seda y que
rebote y haga impacto en uno mismo»; algunas partículas alfa eran reflejadas
hacia atrás por la extremadamente delgada lámina[99].
Dieciséis meses más tarde, Rutherford estaba listo para hacer pública su
explicación. Sus experimentos mostraban que los metales no están formados por
átomos empaquetados de forma compacta como si fuesen naranjas en una caja, sino
que tienen núcleos pequeños y pesados separados por distancias enormes en
escala subatómica. Si una partícula alfa relativamente ligera golpea por azar
uno de estos núcleos, rebota hacia atrás. Rutherford exploró los átomos y
núcleos durante otras dos décadas, a menudo en colaboración, pero siguió
trabajando solo durante la primera guerra mundial, mientras sus colegas más
jóvenes estaban en el frente (algunos de ellos murieron allí).
Bajo la guía de Rutherford se comprendió la estructura atómica de una
forma más clara, pero no por ello dejó de ser algo extraordinario. Cuando
murió, en 1937, los científicos habían descubierto los protones y los
neutrones, podían dividir núcleos de forma artificial bombardeándolos con
neutrones y se habían construido los primeros aceleradores lineales para
producir haces de partículas de alta velocidad. Sin embargo, mirando hacia
atrás, parece que Rutherford se tomó bastante trabajo en quitar importancia a
las potenciales aplicaciones de sus investigaciones. En una de sus últimas
conferencias públicas, Rutherford advirtió a su público de que «las
perspectivas para obtener energía útil de los átomos mediante procesos
artificiales de transformación no parecen muy prometedoras». La guerra estalló
un par de años más tarde, y sus predicciones no tardaron mucho en tomar un
sorprendente tinte de ingenuidad: las primeras bombas atómicas fueron lanzadas
es 1945[100].
4. Partículas
He hallado en la dama naturaleza una amante no cruel, pero sí muy
tímida: noches de vigilia, días de inquietud, frugales comidas, y esfuerzo sin
fin es el premio de aquellos que la persiguen a través de sus laberintos y
meandros.
Alexander Pope, Memorias de la extraordinaria vida, obra y descubrimientos de
Martin Scriblerus (1741)
Para los químicos que aprecian el orden, la tabla periódica representa
el testimonio supremo del ingenio humano, Calificada de llave para decodificar
el cosmos, esta secuencia lógica condensa la miríada de sustancias que componen
el Universo en un modelo sencillo con aspecto de sudoku químico
gigante. Los elementos están alineados en filas por orden numérico, cada átomo
con un protón más que el anterior. En cambio, si se lee la tabla en vertical,
los elementos de cada columna tienen la característica común de tener el mismo
número de electrones libres. Esta belleza taxonómica no era en absoluto
evidente, y solo se puso de manifiesto tras décadas de investigación. Durante
la creación de la tabla, en la segunda mitad del siglo XIX, los científicos no
sabían nada acerca de la estructura interna de los átomos; creían que se
trataba de partículas indivisibles, los bloques de construcción básicos de la
materia. Las anomalías, espacios en blanco y rarezas velaron los primeros
intentos de ordenar matemáticamente los elementos.
Una mirada cínica a través de los escuetos símbolos de la tabla sugiere
también las decisiones políticas ocultas en su interior. Tradicionalmente, el
nombre de un elemento daba una pista acerca de sus propiedades: argón el
inerte, oxígeno el acidificador (una herencia errónea de Antoine Lavoisier) o
mercurio el rápido, el mensajero griego de los dioses. Los más recientes
reflejaban la gloria de sus descubridores, como el polonio de Marie Curie o el
europio del inglés William Crookes (también famoso por el espiritismo). Después
de la segunda guerra mundial, cuando se creaban sustancias pesadas inestables
dentro de los aceleradores, la ciencia se convirtió en un frente de batalla de
la guerra fría; no es una coincidencia que el americio, el berkelio y el californio
estén en la misma fila y a muy poca distancia entre sí, que el soviético
kurchatovio fuese diplomáticamente rebautizado como rutherfordio y que los
investigadores norteamericanos se negasen a bautizar un elemento con el nombre
del creador de la tabla, el químico ruso Dimitri Mendeleev.
Pero ¿fue realmente Mendeleev el que inventó la tabla periódica? Fuera
de Rusia, algunos historiadores han sido reacios a otorgar este galardón a
Mendeleev. En sus versiones de la historia, Mendeleev es solo uno de los seis
científicos que desarrollaron gradualmente esquemas similares de forma más o
menos coetánea. Pero para los rusos no hay duda: Mendeleev, profesor de química
en San Petersburgo y consejero del gobierno, es el mayor de los héroes
científicos de la nación. Según ellos, después de quince años de meticuloso
estudio, el concepto de periodicidad acudió de repente a la mente de Mendeleev
un día de 1869; sin embargo, a pesar de ser una persona brillante, se vio
obligado a pasar décadas de lucha combatiendo a críticos hostiles e ignorantes.
Durante la era soviética, el estatus de Mendeleev como símbolo nacional creció
aún más, a causa de su compromiso político con la mejora de la producción
industrial y su convencimiento de que la sociedad podía explicarse desde un
punto de vista científico, doctrinas ambas que combinaban bien con la ideología
marxista.
Los debates acerca del estatus de Mendeleev como inspirado genio
discurren por derroteros predecibles. Los prorusos sostienen que el problema es
que los occidentales son incapaces de leer las fuentes originales, mientras que
los escépticos hacen hincapié en la extensa y duradera oposición a las ideas de
Mendeleev. Este tipo de polémicas sobre descubridores heroicos son recurrentes
al analizar la historia de la ciencia, porque ni las teorías ni los inventos
nacen totalmente formados, sino que se desarrollan durante años, con frecuencia
mucho tiempo después de la muerte de la persona que los originó. Sin embargo,
quizá Mendeleev merezca una atención especial por su trabajo excepcionalmente
duro y prolongado en el impulso de su tabla. Como bromeaba Sigmund Freud,
aunque otros científicos conocían la ley periódica, Mendeleev se casó con ella.
Al principio Mendeleev alineó los elementos según sus propiedades
químicas, ordenándolos como naipes en un juego de paciencia científica. Algunas
relaciones nos parecen ahora obvias. Por ejemplo, el cobre, la plata y el oro,
alineados verticalmente, llevaban siglos agrupados; asimismo, los gases
recientemente descubiertos flúor, cloro y yodo se parecen también entre sí. A
continuación Mendeleev pensó que también sería adecuado ordenar los elementos
según sus pesos atómicos; a pesar de que los químicos nunca habían visto un
átomo, sí habían descubierto procedimientos para saber cuál era su peso. Pero
aquí las cosas se empezaron a torcer. Por mucho que mezclase su baraja de
naipes químicos, Mendeleev no conseguía que los elementos obedeciesen sus
simples reglas.
Para salir del punto muerto, Mendeleev tomó una medida osada y polémica:
en lugar de modificar su hipótesis decidió atacar sus datos. Mendeleev decidió
que algunos pesos atómicos se habían medido incorrectamente. También predijo
que en el futuro se descubrirían nuevos elementos que ocuparían los poco
elegantes huecos de su tabla. Incluso en Rusia, los químicos convencionales se
burlaron de su enfoque teórico; en la lejana Europa occidental, sus
estrafalarias sugerencias fueron ignoradas. Pero las pruebas en apoyo de las
ideas de Mendeleev se fueron acumulando; finalmente, Mendeleev obtuvo un
triunfo público a costa de un científico francés que había aislado
recientemente un nuevo elemento. El francés puso a su elemento el patriótico
nombre de galio, pero fue el químico ruso el que predijo correctamente sus
propiedades a partir de su situación en la tabla periódica.
Aunque Mendeleev negó siempre la existencia de los electrones, más
adelante estos resultaron esenciales para la ordenación de los elementos en la
tabla. La posición de un elemento no está determinada por su peso atómico, sino
por su número atómico, es decir, el número de protones, de carga positiva, que
contiene su núcleo, protones que están equilibrados eléctricamente por el mismo
número de electrones negativos. A principios del siglo XX, muchas de las
investigaciones sobre la estructura del átomo se llevaban a cabo en el
laboratorio Cavendish de Cambridge, donde Thomson había identificado los
electrones y los experimentos de dispersión de Rutherford habían mostrado el
minúsculo tamaño del núcleo dentro del átomo. Los científicos de Cambridge
pronto se dieron cuenta de que los núcleos debían de estar constituidos de
partículas aún más pequeñas, y su primera idea fue que cada núcleo contiene
grandes protones positivos y también minúsculos electrones negativos, todo ello
rodeado por una difusa nube de electrones adicionales. Sin embargo, esto
generaba algunos confusos misterios: ¿por qué elementos similares tenían un
número tan distinto de electrones externos?
Igual que Mendeleev y sus contemporáneos, los científicos atómicos
buscaban patrones numéricos. Si uno cree que el Universo está organizado de
forma lógica, entonces es razonable buscar la simplicidad matemática, el tipo
de belleza estética dominada por leyes en la que creía Einstein. Los
investigadores británicos, ante la masa de desconcertantes observaciones,
decidieron dar un paso tranquilizador: modelar lo desconocido según lo
conocido. Visualizaron cada átomo como un sistema planetario en miniatura, con
el Sol-núcleo en el centro y los planetas-electrones girando a su alrededor.
Pero las analogías nunca son perfectas… y aquí es donde intervino el físico
danés Niels Bohr.
Se suele decir que Bohr solo se ve superado por Einstein entre los
físicos del siglo XX, y el grupo del Cavendish le solía llamar «el gran danés»
para reflejar tanto su nacionalidad como su porte taciturno. Fue Bohr quien
impuso orden en los electrones de los átomos. Como expresó uno de sus colegas,
Bohr decidió que los electrones debían comportarse no como autobuses, sino como
tranvías, viajar sobre raíles en lugar de rodar por donde les apeteciese. En el
modelo de Bohr, los electrones están confinados a órbitas específicas, cada una
de las cuales es capaz de alojar un cierto número de electrones; cuando una
órbita está llena, los electrones empiezan a llenar la siguiente capa
disponible hacia fuera. Este modelo ofrecía una explicación aceptable para las similitudes
de comportamiento de los elementos de cada columna de la tabla periódica: todos
ellos tienen el mismo número de electrones en las órbitas más externas.
La explicación de Bohr aclaraba en gran medida la distribución de la
tabla periódica, lo cual era muy gratificante; sin embargo, seguía siendo
difícil comprender qué hace que partículas cargadas puedan mantenerse unidas en
un núcleo diminuto. La respuesta simplificó y complicó a la vez la situación:
en 1932, James Chadwick descubrió una tercera partícula subatómica: el neutrón
(si se me permite especular, como en una de esas situaciones históricas del
tipo «¿Qué hubiera pasado sí…?», quizá Chadwick habría llegado antes a esta
conclusión si no hubiese estado internado en Alemania durante la primera guerra
mundial, aquejado de una enfermedad crónica y obligado a vivir en un establo
atestado). Los experimentos de Chadwick revelaban que los neutrones eran pesados,
como los protones, pero no tenían carga; de ahí su nombre. Los científicos
empezaron a reorganizar sus modelos atómicos, desterrando a los electrones del
núcleo, que pasó a constar únicamente de protones y neutrones. Pero la
respuesta a estos enigmas generó nuevas preguntas.
Figura 45. Primera fotografía de un positrón de Cari Anderson (1932).
Ya había tres partículas subatómicas (electrones, protones y neutrones);
¿cuántas más podía haber? ¿Qué tipo de pegamento mantenía agrupado el núcleo,
impidiendo que la repulsión entre los protones positivos lo destruyese? ¿Podía
ser cierto un «principio de las muñecas rusas»? Es decir: si los átomos
contienen núcleos y el núcleo contiene protones y neutrones, ¿era posible que
hubiese partículas aún más pequeñas esperando ser descubiertas?
Sí, lo era. En 1959 se contaban ya treinta partículas, a pesar de la
ralentización de las investigaciones durante la segunda guerra mundial, cuando
el trabajo de numerosos científicos se vio desviado hacia la esfera militar. El
más importante de los instrumentos que contribuyeron a la revelación de la
existencia de estas partículas fue la cámara de niebla, prototipo de otros
dispositivos modernos y fuente de innumerables imágenes como las de la Figura
45. Los enigmáticos trazos blancos entrecruzados revelan las huellas
permanentes del rápido vuelo y la breve existencia de partículas que, de otro
modo, resultarían invisibles.
Igual que otros aparatos científicos, la finalidad original de las
cámaras de niebla era distinta: en este caso, reproducir el tiempo atmosférico.
Este dispositivo que actualmente pertenece al dominio de la física de altas
energías fue inventado por Charles Wilson, un meteorólogo de la época
victoriana que trabajaba en Cambridge, en los límites de la ciencia. Mientras
que la línea central del laboratorio Cavendish era el análisis y la
experimentación, Wilson aspiraba a comprender los fenómenos naturales mediante
su replicación, y en su laboratorio intentó generar los gloriosos efectos de
las nubes bañadas por el sol de las montañas de su Escocia natal. Al principio
Wilson produjo niebla artificial mediante la condensación de gotas de agua en
motas de polvo flotantes; tras años de investigación, su instrumento se había
convertido en un aparato capaz de fotografiar el rastro de gotas creado por
partículas cargadas, Wilson había cambiado la meteorología mediante la
importación de técnicas de la física, pero también amplió el punto de vista de
los físicos al permitirles visualizar el universo sub microscópico de los rayos
cósmicos y los átomos.
El análisis de los resultados era una tarea que exigía destreza y
paciencia. Para los profanos era complicado distinguir un grupo de manchas y
trazos de otro. Y aunque las cámaras de niebla producían miles de fotografías,
tan solo ocasionalmente aparecía una en la que se hubiese capturado una
colisión o explosión singular que revelara la existencia de otra partícula. El
examen de la gran masa de fotografías representó un mal pagado trabajo para las
amas de casa norteamericanas —esa fuerza de trabajo esencial, aunque apenas
reconocida, de la física atómica—, cuyos ojos y cerebros estaban finamente
adaptados para detectar la más mínima anomalía en los patrones en blanco y
negro.
En 1932, el año en el que Chadwick descubrió los neutrones, la
fotografía de la Figura 45 fue revelada en California. Aunque los científicos
estaban entusiasmados, no lograban ponerse de acuerdo en lo que la fotografía
mostraba. Si hacemos caso omiso de la barra horizontal gruesa —es una placa de
plomo—, el rasgo clave de la imagen es el fino arco que la cruza verticalmente.
Se ofrecieron cuatro explicaciones distintas, pero solo una de ellas sobrevivió
a los debates posteriores: dos partículas se habían creado simultáneamente, un
electrón negativo curvado hacia abajo por un campo magnético y su imagen
especular, una diminuta partícula positiva que se alejaba en la dirección
opuesta. A pesar de las dudas iniciales y de la falta de claridad de la
fotografía para ojos no entrenados, los científicos aceptan actualmente que se
trata de una prueba visible e inequívoca de la existencia de los positrones,
los compañeros positivos de los electrones.
La información visual, que supuestamente revela los secretos de la
naturaleza para que todos puedan verlos, oculta una cierta ironía. Cuando se le
preguntaba a Rutherford acerca de la realidad de las partículas alfa, solía
responder con irritación que él era capaz de verlas con la misma claridad que
la cuchara en su mano. Efectivamente, «ver para creer»… pero solo si uno es un
experto con la formación adecuada. De forma instintiva, se puede pensar que el
uso de máquinas para la recolección de datos aumenta la objetividad al eliminar
a los falibles observadores humanos. En la práctica, los científicos
victorianos se dieron cuenta de que solía suceder lo contrario, porque el
proceso de descifrar los resultados generados por equipos tecnológicos exige
mucha interpretación. Las fotografías de partículas subatómicas ofrecen pruebas
definitivas independientes de cualquier ser humano; sin embargo, igual que
ocurre con las exploraciones por resonancia magnética o con los mapas térmicos,
solo son inteligibles para unos pocos.
Los químicos victorianos impusieron orden en los elementos,
organizándolos en el ordenado casillero de la tabla periódica. Así mismo,
durante la segunda mitad del siglo XX, los físicos organizaron las partículas
subatómicas en una matriz denominada Modelo estándar. El Modelo estándar hacía
que el mundo subatómico pareciese pulcro y ordenado, con las partículas, de
extraños nombres —fermiones y bosones, leptones y gluones—, dispuestas en
sistemáticas filas. Sin embargo, como había sucedido con la tabla periódica,
llegar a esta simplicidad taxonómica no fue tarea fácil. En el cuaderno de
laboratorio de un físico de altas energías podemos leer este relato con
moraleja: «El hombre estaba cansado después de trabajar durante semanas en su
zona del arroyo. Inclinándose sobre su batea, vio dos pequeñas piedras
brillantes. “¡Eureka!”, exclamó, y se puso de pie para examinar con más detalle
el contenido de la batea. Otros se acercaron para ver a qué venía tanto
alboroto y, en la confusión, el contenido de la batea cayó al arroyo. ¿Eran las
piedras de oro o de pirita? De nuevo, el hombre se puso a filtrar el lodo»[101].
Los científicos no solo necesitan experimentos: también necesitan
teorías. Para no dejarse engañar por el oro de los tontos, tienen antes que
investigar cuál es el mejor lugar para buscar. El homólogo de Mendeleev fue
Murray Gell-Mann, un científico norteamericano que —como Mendeleev— tuvo la
suficiente seguridad en sí mismo para dejar un espacio en su Modelo,
prediciendo (correctamente, como se vio más adelante) la existencia de otra
partícula para llenarlo. Gell-Mann imaginó también la existencia de una nueva
familia de partículas aún menores, los diminutos componentes internos de los
protones y los neutrones: los quarks, un nombre que tomó de la obra
de James Joyce Finnegan’s Wake. Los equipos de investigación
emplearon tácticas diversas para confirmar las ideas de Gell-Mann; finalmente,
en 1974, hallaron la demostración que necesitaban para confirmar sus
especulaciones.
Desde entonces se ha predicho la existencia de más quarks, que han sido
hallados y clasificados con «sabores» de nombres caprichosos como charrn (encantado)
o strange (extraño). Pero siguen siendo invisibles: nadie ha
visto nunca un quark. Entonces, ¿cómo podemos estar seguros de que existen? Los
científicos tienen su respuesta: los quarks, declaran, tienen que ser reales
porque explican con gran precisión lo que sucede en los experimentos. Una y
otra vez, en situaciones diversas, los investigadores predijeron resultados
teóricos suponiendo que los quarks existían, para luego hallar que sus
predicciones se adaptaban perfectamente a los resultados experimentales. Esto
sucedía en numerosos laboratorios que utilizaban enfoques distintos, no solo en
un equipo decidido a demostrar sus convicciones específicas. A medida que se
acumulaban las pruebas, cada vez se hacía más difícil imaginar la posibilidad
de una explicación distinta.
Y sin embargo, algunos misterios siguen ahí. Pensemos en la masa, que
parece más fácil de entender intuitivamente que las esotéricas fuerzas y spins
cuánticos. Los científicos han agrupado ordenadamente todas las partículas en
tres familias: ligeras, medias y pesadas. La diferencia entre la más ligera y
la más pesada es similar a la que existe entre un elefante y una minúscula
hormiga; pero ¿por qué hay tanta variación en las masas? Y, en cualquier caso,
¿qué es la masa? Resulta que, aunque existen tres posibles explicaciones, dos
de ellas dependen de la hipotética detección de una nueva partícula conjeturada
—el bosón de Higgs—. Aun en el caso de que se demuestre la existencia de tal
bosón, una pregunta seguiría sin respuesta: ¿por qué el mundo que percibimos
está compuesto únicamente de partículas de una de las familias, incluido el
bosón de Higgs?
Cuando Mendeleev dejó sus descarados espacios en la tabla, los
científicos le acusaron de poner la teoría por encima de las observaciones. La
búsqueda del bosón de Higgs exige la construcción de instrumentos cada vez
mayores, diseñados específicamente para encontrar algo determinado.
Ideológicamente, la investigación científica significa la comprobación de
predicciones. En la práctica, sin embargo, con el aumento de las apuestas tanto
en el nivel teórico como financiero, también puede suponer su confirmación.
5. Genes
¡Ah, amor mío, seamos sinceros el uno con el otro! Porque el mundo, que
parece mostrarse ante nosotros como un lugar de ensueño, tan diverso, tan
bello, tan nuevo, no contiene en realidad felicidad, ni amor, ni luz, ni
certeza, ni paz, ni remedio para el dolor.
Matthew Arnold, Dover Beach (1867)
A Charles Darwin, un padre amante, le atormentaban los remordimientos
por las implicaciones de sus propias teorías, y se culpaba a sí mismo de haber
reducido la aptitud para la supervivencia de sus hijos al haberse casado con su
prima hermana. También le preocupaba la degeneración de la nación entera, y
advertía a sus prósperos lectores victorianos que «los miembros de la sociedad
más insensatos, degradados y, con frecuencia, crueles [se refería, sin
demasiadas sutilezas, a los irlandeses] tienden a reproducirse a un ritmo
superior al de sus miembros más prudentes y, en general, virtuosos [subtexto:
las personas como él]»[102].
Los políticos, que compartían su preocupación, utilizaron las ideas de
Darwin sobre la evolución para justificar científicamente sus intentos de
purificar la raza mediante el control de los nacimientos y la eliminación de
los considerados defectuosos. «Esta estirpe salvaje», tronaba un demagogo del
siglo XX, «debe ser eliminada hasta donde sea posible… mediante selección
artificial inteligente, y la nación que sea capaz de producir la raza más noble
e intelectual será victoriosa a largo plazo». Esta arenga en favor de la mejora
racial no fue pronunciada por Adolf Hitler, sino por uno de los más célebres
doctores británicos en un discurso anti alemán[103]. En la
actualidad, Hitler es la personalización del mal, pero cuando los nazis
empezaron a trabajar en su meta de purificación de la raza, estaban siguiendo
el ejemplo de otros limpiadores sociales en toda Europa y Estados Unidos.
Desde la década de 1880 y hasta bien entrado el siglo XX, los
partidarios de la selección artificial adoptaron dos estrategias
complementarias. Un grupo, los eugenistas positivos, alentaba a las personas
educadas y ricas a tener más hijos. Sin embargo, su influencia fue menor que la
de sus aliados, los eugenistas negativos, que abogaban por la imposición de
draconianas medidas restrictivas, recomendando la esterilización obligatoria de
los pobres y el encarcelamiento de las madres solteras. En Suecia, unas sesenta
mil personas sufrieron la esterilización obligatoria como parte de un programa
de sanidad estatal destinado a liberar fondos mediante la eliminación de los
«genéticamente no aptos» (interpretado en general como aquellos que puntuaban
bajo en los test de inteligencia); este proyecto se extendió
nada menos que hasta 1967. Para los nazis, el modelo de comportamiento más
obvio era Estados Unidos. Al otro lado del Atlántico, acaudalados donantes
contribuían con millones de dólares a investigaciones para la «mejora de la
raza». Diversos estados habían aprobado leyes que permitían la esterilización
de aquellos a quienes se juzgaba como inferiores mental y físicamente, y la
normativa de inmigración excluía de facto a las personas de
origen no nórdico. Hitler llevó el sistema americano hasta el extremo,
simplemente matando a cualquiera a quien considerase indeseable: no solo
judíos, sino también gays, romaníes y minusválidos mentales.
Lejos de ser un desgraciado callejón sin salida, la eugenesia está
firmemente arraigada en las modernas ciencias de la vida. La ciencia
eugenésica, originada en Gran Bretaña, fue fundada por otro de los primos de
Darwin, Francis Galton, y guiada hasta el siglo XX por el hijo de Darwin,
Leonard. Estas relaciones familiares resultan significativas porque Galton
recopiló un influyente estudio sobre las mejores mentes de Gran Bretaña para
apoyar su afirmación de que el genio se pasa de padres a hijos (aunque no
reconoció el posible papel de las madres en el proceso). No todos quedaron
convencidos del papel único de la herencia en la inteligencia. Los debates
sobre el papel de la herencia y el de la educación eran tan vehementes en la
época victoriana como lo son en la actualidad, y los críticos más agudos
señalaban que los hijos de familias ricas se beneficiaban claramente de una
educación mejor. Para rebatir estas objeciones, Galton defendió su programa
eugenésico mediante el desarrollo de nuevas técnicas estadísticas, los mismos
métodos matemáticos cuantitativos que más adelante permitieron fundar el
darwinismo moderno.
A principios del siglo XX, las ideas de Darwin eran ferozmente atacadas
en libros con títulos tan dramáticos como En el lecho de muerte del
darwinismo. Esta virulenta oposición no procedía únicamente de ambientes
religiosos, sino también de diversos sectores científicos. Ya no parecía haber
dudas sobre la realidad de la evolución; el problema consistía en decidir cómo
había sucedido. Los paleontólogos hacían hincapié en los grandes huecos en el
registro fósil, que indicaban que la evolución, en lugar de suceder de forma
uniforme y gradual, había ocurrido en saltos súbitos en distintos lugares del
mundo. Los críticos acusaban también a Darwin de no haber sido capaz de hallar
una explicación convincente sobre el modo en que los organismos podían
modificarse de una generación a la siguiente. Algunos científicos (incluido el
propio Darwin) se hicieron eco de la lamarquiana idea de que los hijos podían
heredar las características adquiridas por sus padres; otros sugirieron que el
desarrollo de un descendiente puede quedar determinado, de algún modo, por la
mezcla del plasma germinal de sus padres; este plasma germinal se definía
vagamente como una sustancia inmutable que contenía conjuntos de instrucciones
en código. Muchos científicos esperaban hallar un modelo evolutivo que no
estuviese basado en una implacable lucha por la supervivencia que encontraban
moralmente repulsiva.
Uno de los principales movimientos anti darwinianos fue el mendelismo,
lo que no deja de ser sorprendente si se tiene en cuenta su actual importancia
en las teorías evolutivas. Echando por tierra cualquier imagen de que el
progreso científico avanza en línea recta, la genética moderna se basa en
experimentos que inicialmente se utilizaron para oponerse a la evolución por
selección natural de Darwin; a diferencia del modelo de cambio gradual y
continuo, la investigación de Gregor Mendel apoyaba la idea de las
transformaciones abruptas. Este monje centroeuropeo ha adquirido un halo
romántico que se ha hecho aún más intenso debido a la escasez de información
sólida. Mendel, un intelectual de escasos recursos, era contemporáneo de
Darwin, pero llevó a cabo su investigación en un remoto monasterio y publicó
sus resultados en un poco conocido periódico local. Pasaron más de tres décadas
antes de que varios biólogos (el número exacto es materia de discusión
académica) redescubrieran de forma independiente los trabajos de Mendel y los
incorporaran en sus propios proyectos.
Darwin + Mendel = Darwinismo moderno; ¡ojalá fuese tan sencillo! Por desgracia para los amantes del modelo
ordenado de la historia, esta sencilla ecuación simplemente no funciona. La
versión revisada de la evolución por selección natural se desarrolló de forma
gradual y esporádica durante la primera mitad del siglo XX, a medida que las
conclusiones de grupos de investigación muy diversos eran refutadas, alteradas
y moldeadas hasta adquirir una forma nueva. El propio Mendel no sabía nada de
genes, un concepto que se introdujo mucho tiempo después de su muerte, y estaba
más interesado en el cultivo de plantas que en las discusiones sobre los
orígenes del ser humano. Mendel creía que podía producir una nueva especie de
planta mediante hibridación (la combinación de dos especies
diferentes, un equivalente vegetal a criar mulas a partir de caballos y asnos),
y se propuso describir matemáticamente el proceso.
Igual que muchos otros científicos, Mendel ya tenía una idea bastante
clara de lo que quería hallar antes de empezar a experimentar. Asimismo, sus
resultados eran sospechosamente precisos. Como sujeto de su investigación
Mendel eligió guisantes de jardín ordinarios. Después de cruzar cepas de
características distintas, Mendel examinó cómo las características de los
padres se transmitían a los hijos. Por ejemplo, cuando mezcló guisantes altos y
bajos, Mendel halló que, en la primera generación, todas las nuevas plantas
eran altas; sin embargo, al cruzar estas entre sí, la generación siguiente
contenía (¡exactamente!) tres plantas altas por cada baja. La talla baja, que
había quedado oculta, reapareció, como si estuviese ligada a algún tipo de
factor recesivo compensado por la dominante talla alta.
Cuando se redescubrió la obra de Mendel en 1900, su enfoque matemático
resultó atractivo para una nueva generación de investigadores que tenían la
intención de establecer la biología como una ciencia moderna basada en pruebas
sólidas. El mayor defensor de Mendel fue William Bateson, un evolucionista de
Cambridge que inventó la palabra «genética» y que estaba convencido de que la
herencia tiene lugar en pequeños pasos discontinuos. Los criadores
profesionales de animales y plantas quedaron encantados de que los experimentos
de Bateson confirmaran las proporciones numéricas de Mendel, ya que la
capacidad de predecir las características de la descendencia con mayor
precisión les permitiría aumentar sus beneficios. En cambio, la conversión de
los científicos fue más lenta. Entre los antagonistas no solo se hallaban los
estadísticos británicos pro darwinianos sucesores de Galton, que afirmaban que
la evolución era continua, sino también Thomas Hunt Morgan, un embriólogo
americano.
Morgan es otro de los héroes anti intuitivos de la evolución darwiniana.
Aunque acabó ganando el premio Nobel por demostrar que el mendelismo funciona,
al principio Morgan se oponía a esta nueva teoría. Los «factores» dominantes y
recesivos de Mendel eran, decía, demasiado vagos para tomárselos en serio y, en
todo caso, lo más probable era que solo afectasen a los guisantes y a otras
cuantas plantas. Sus propias investigaciones le convencieron de lo contrario.
Morgan transformó la ciencia de la genética, al llevarla de los entornos
naturales —jardines, bosques, corrales— a los laboratorios, en donde se podían
efectuar experimentos cuidadosamente controlados. Con un presupuesto misérrimo,
Morgan y su equipo relacionaron los imprecisos «factores» de Mendel con
entidades físicas en el interior de las células vivas.
Es de crucial importancia que Morgan eligiese un organismo especialmente
adecuado: la Drosophila, una mosca de la fruta de rápida
reproducción y cuyas mutaciones eran visibles con claridad.
Figura 46. Diversas mutaciones alares en moscas de la fruta, Drosophila.
Thomas Hunt Morgan, Evolution and Genetics (1925).
En la Figura 46se muestran seis de sus sujetos experimentales, criados
con otros miles en el interior de botellas de leche lavadas y reutilizadas que
se apilaban sobre viejas mesas de madera en la «Sala de moscas» casera de
Morgan. Estos mutantes artificiales tienen diferencias en las alas, a las que
se asignaron prosaicas etiquetas como «cortadas» (arriba a la izquierda) y
«achaparradas» (arriba a la derecha y abajo a la izquierda). Al examinar la
herencia de caracteres, como la forma de las alas y el color de los ojos, el
equipo de Morgan identificó el papel vital de los cromosomas, diminutas hebras
situadas en el interior de los núcleos celulares que eran visibles a través de
sus microscopios. Fueron incluso más allá, puesto que dividieron provisionalmente
los cromosomas en partes separadas llamadas genes, unidades hipotéticas, que en
aquel momento resultaban invisibles, responsables de la transmisión de
caracteres específicos —sexo, ojos albinos, alas con «cuentas»— de una
generación a la siguiente. Morgan hizo convincente el mendelismo al demostrar
que sus leyes numéricas tienen un origen físico en las propias células.
Sin embargo, aunque los genes forman el núcleo del darwinismo moderno,
el origen de la genética de laboratorio fue anti darwiniano: Morgan publicó sus
imágenes de moscas en un libro titulado A critique of the theory of
evolution. Aunque admitía que las pequeñas mutaciones pueden acabar
afectando a la totalidad de una población, Morgan nunca pudo aceptar que la
evolución operase mediante la aniquilación implacable de los débiles. Morgan y
sus seguidores sostenían, en cambio, que una raza mejora gradualmente mediante
la incorporación de pequeños cambios ventajosos. Estos debates prosiguieron
hasta mediados del siglo XX; casi cien años después de que Darwin
publicase El origen de las especies, aún no existía consenso acerca
de la selección natural entre los científicos.
Entre 1920 y 1950 aproximadamente se sintetizó una nueva forma de
darwinismo mediante la combinación de diferentes enfoques procedentes de todo
el mundo en un nuevo modelo teórico. Aparte de las contribuciones de los
experimentadores de laboratorios americanos, otra importante aportación surgió
de un grupo de matemáticos teóricos en Londres. En lugar de fijarse en
organismos individuales, estos matemáticos estudiaron grandes poblaciones con
un enfoque estadístico, trazando curvas suaves que intuían que las características
se heredan de forma continua, no en pasos discretos como sugería el trabajo de
Morgan. Para reconciliar estos puntos de vista, los matemáticos genetistas de
poblaciones efectuaron algunos ingeniosos (y muy complejos) cálculos en los que
se mostraba que, aunque las pequeñas alteraciones individuales pueden ocurrir
de forma abrupta, las grandes transformaciones globales parecen graduales.
Los naturalistas de campo, científicos que estudiaban plantas y animales
silvestres en sus entornos naturales, efectuaron nuevas contribuciones. Aunque
no estaban habituados a las abstrusas fórmulas creadas por los estadísticos,
habían llegado a la misma conclusión: el estudio de poblaciones era
fundamental. Durante la primera parte del siglo XX, este enfoque pro darwiniano
fue especialmente importante en Rusia, donde los biólogos evolucionistas
investigaban lo que les sucedía a las moscas de la fruta locales cuando
introducían algunos de los especímenes criados en el laboratorio de Morgan. En
la explicación de sus resultados asumían que las variaciones ya existían en el
acervo genético de una población y no se utilizaban hasta que no resultaban
necesarias para enfrentarse a un cambio. Por ejemplo, cuando los árboles de las
ciudades industriales se ensuciaban a causa del humo durante el siglo XIX, la
mariposa del abedul se hizo vulnerable a los depredadores al aumentar su
visibilidad contra los troncos oscurecidos, hasta que, en un rápido proceso de
adaptación, la forma gris —anteriormente rara— empezó a predominar. A lo largo
de varias décadas, investigadores de diversas tendencias se pusieron en
contacto entre sí e intercambiaron ideas, construyendo poco a poco la síntesis
que subyace al darwinismo moderno. Como ejemplo de esta fusión, en 1927, un
científico ruso llamado Theodosius Dobzhansky viajó a Estados Unidos para
unirse al equipo de Morgan, llevando consigo su punto de vista nacional sobre
poblaciones. Durante sus investigaciones personales con insectos, Dobzhansky
combinó su experiencia práctica como naturalista con las formulaciones
abstractas de los matemáticos y las estadísticas de laboratorio de los
genetistas. Hacia la segunda mitad del siglo XX, este estilo de investigación
en colaboración se había estandarizado, y los científicos estaban de acuerdo en
que los genes eran el mecanismo secreto de herencia que Darwin no conocía.
O así era en la mayoría de los casos, aunque no en la Rusia de Stalin. A
pesar de la transcendencia de las primeras investigaciones rusas, en el año
1940 los principales genetistas del país habían sido deportados a Siberia y el
poder estaba en manos de un perito agrónomo de Ucrania llamado Trofim Lysenko.
En una nueva vuelta de tuerca a las ideas de Lamarck, Lysenko afirmó que los
efectos permanentes y susceptibles de ser heredados podían ser generados
mediante cambios en el entorno. Como muchos científicos rusos, Lysenko estaba
comprometido con el alivio de la escasez de alimentos, y sus primeras pruebas
de cultivo de trigo sometiendo a las semillas a bajas temperaturas produjeron
el tipo de resultados imprecisos que los políticos deseaban oír. Mediante hábiles
maniobras —como proclamar que Josef Stalin apoyaba sus planes para remodelar la
agricultura soviética y proscribir la genética occidental—. Lysenko trepó en
las jerarquías científica y política hasta alcanzar una posición de poder. Bajo
este régimen agrícola, las cosechas de las granjas se redujeron y la población
pasó hambre hasta la destitución de Lysenko en 1965.
El lysenkoísmo —como el mesmerismo— se suele menospreciar calificándolo
de pseudociencia. Sin embargo, en aquel momento, la situación no estaba tan
clara, y las armas de la batalla eran las palabras, no las ideas. Para derrocar
a Lysenko, sus críticos dentro y fuera de Rusia agitaron la histeria colectiva
calificándolo de charlatán. Por otra parte, los aliados de Lysenko adoptaron
tácticas complementarias, denunciando el mendelismo por sus vínculos con el
fascismo, el imperialismo y la corrupta cultura burguesa. Hace mucho tiempo que
el lysenkoísmo está desacreditado, pero ciertamente sus partidarios
arremetieron contra el punto de vista mayoritario con convincentes críticas.
Las caricaturas de la Figura 47 aparecieron en una popular revista semanal de
noticias soviética, acompañando a un agresivo artículo en el que se denunciaba
a los seguidores de Mendel y Morgan. En el artículo, llamado «Amor a las
moscas, odio a las personas», se vilipendiaba a los angloamericanos por
utilizar la ciencia para justificar ideologías racistas[104].
Figura 47. Caricaturas de Boris Efimov en Ogonek (Pequeña llama, 1949).
Los marxistas creían que la cría de moscas de la fruta representaba una
búsqueda vana de los invisibles genes. Es más, desde su perspectiva, la
genética era inseparable de la política y de las grandes empresas. El autor de
«Amor a las moscas, odio a las personas» no era periodista ni político, sino un
profesor de biología soviético muy bien informado. Centrándose en los
eugenistas norteamericanos y sus recientes insinuaciones sobre esterilización,
evocaba para sus lectores el retorcido rostro de un vigilante del Ku Klux Klan
espiando por encima del hombro de un genetista; en el dibujo de la izquierda,
los tres hombres cogidos del brazo personifican el racismo, la ciencia mortal y
el estado. En la caricatura del centro, un panfleto nazi sobresale del bolsillo
de un microscopista que busca inútilmente entidades inmateriales. En la
derecha, un burdo capitalista norteamericano maneja las riendas de unos
insignificantes científicos que, al tiempo que afirman su independencia, agitan
una «Bandera de ciencia pura» que contiene un gran símbolo de dólar.
A pesar de que la etiqueta «darwinismo» se lleva utilizando desde
mediados del siglo XIX, su significado ha cambiado enormemente. Para las
personas que relacionan ciencia con progreso, la síntesis moderna es sin duda
una gran mejora respecto de la versión original de Darwin, ya que se basa en
complejas estadísticas, sólidas investigaciones de laboratorio e innumerables
confirmaciones experimentales. Sin embargo, ¿es cierto que las matemáticas y
los microscopios conducen inevitablemente a una ciencia mejor? Como señalaban
Lysenko y sus aliados soviéticos, depende de lo que se entienda por «mejor». Es
posible que su ideología agrícola devastase la economía nacional, pero su
desprecio de los vínculos entre genética y eugenesia era razonable, y muchas de
las cuestiones éticas que plantearon siguen enturbiando la investigación en
nuestros días. Los estadísticos galtonianos y los genes mendelianos dieron a
las teorías indemostradas de Darwin una robusta base cuantitativa, pero también
racionalizaron los prejuicios de los reformistas eugenésicos. La ciencia y la
política estaban íntimamente relacionadas en ambos lados del Telón de Acero.
6. Sustancias químicas
What is matter? —Never mind.
What is mind? —No matter.
Thomas Hewitt Key, Punch (1855)
Denigrar a las mujeres ha sido un deporte popular desde que se acusó a
Eva de caer presa de las malas artes de una serpiente en el Jardín del Edén.
Cuando Darwin afirmó que la selección natural había dado como resultado una
superioridad del hombre sobre la mujer, hasta sus críticos estuvieron de
acuerdo con él. Tanto a Darwin como a sus críticos les costaba librarse de sus
convicciones victorianas. Darwin se había criado en el convencimiento de que
los ingleses eran más civilizados que los irlandeses, que los europeos blancos
debían gobernar a los africanos y que los hombres eran más fuertes y más
inteligentes que las mujeres. Al integrar estos prejuicios en su teoría de la
selección natural, Darwin les dio una justificación científica que contribuyó a
su consolidación.
La aprobación de la discriminación mediante la ciencia no era una
actitud exclusiva de Darwin. Los anatomistas de la Ilustración exageraban las
diferencias entre los esqueletos masculinos y femeninos para adecuarse a las
formas corporales ideales, y ordenaban los cráneos de los primates de forma que
confirmasen la supremacía europea (Figura 25). Durante el siglo XX, la máscara
de la racionalidad objetiva seguía ocultando viejos prejuicios. Según las
versiones convencionales del proceso de la concepción, un óvulo femenino yace
en un letargo a modo de Bella Durmiente en espera de su príncipe, el heroico
espermatozoide que supera a sus rivales y que, haciendo frente a los hostiles
flujos vaginales, despierta a su inactivo destino de su sueño. Desde la década de
1980, los científicos pos feministas retorcieron la antropomorfización en la
dirección contraria, visualizando a los óvulos como femmes
fatales que tientan a los espermatozoides errantes con atractivas
sustancias químicas para atraparlos mediante zarcillos similares a dedos.
Incluso los experimentadores de laboratorio más escrupulosos enfocan sus
investigaciones desde ángulos distintos. A mediados del siglo XIX, algunos
fisiólogos alemanes conceptualizaban a las personas como máquinas químicas,
lubricadas por fluidos internos para mantener la mente y el cuerpo funcionando
sin problemas y al unísono. «El cerebro secreta pensamientos», dictaminaba el
polémico científico Karl Vogt, «igual que el estómago secreta jugos gástricos,
el hígado bilis y los riñones orina»[105]. En
principio, según este grupo, si fuese posible averiguar exactamente cómo
funciona el motor humano, se podrían desarrollar remedios químicos para que
funcione perfectamente. Los críticos se resistían a admitir el reduccionismo de
convertir los seres vivos en moléculas complejas. Sin embargo, este enfoque
materialista generó resultados, como medicamentos para luchar contra las
infecciones y para ajustar los delicados mecanismos internos. Mediante la
detección de sutiles diferencias químicas entre hombre y mujeres, o entre
africanos y europeos, también sirvió para proporcionar nuevos argumentos
científicos para la discriminación.
Los fisiólogos sondearon en mayor profundidad los tejidos internos del
cuerpo humano, buscando metódicamente distinciones de género en cerebros,
cabellos y arterias hasta que solo quedó el ojo como estructura unisex.
A principios del siglo XX, la masculinidad y la feminidad se atribuían a las
hormonas, mensajeros químicos transportados por la sangre producidos por las
glándulas para el control del comportamiento y de los aspectos físicos. Al
mismo tiempo, los médicos estaban diagnosticando condiciones desconocidas con
anterioridad y que se calificaban como específicas de razas concretas. El sesgo
de algunos de estos diagnósticos era evidente, como en el caso del síndrome
etíope de insensibilidad al dolor, inventado como práctica vía de escape para
los propietarios de esclavos en plantaciones. Otros se basaban en sólidas
pruebas de laboratorio, pero se utilizaron para confirmar posturas fanáticas ya
existentes. La anemia falciforme, por ejemplo, se asoció a un tipo de células
rojas de la sangre deformadas que en aquel tiempo se hallaban con mayor
frecuencia en africanos (y afroamericanos) negros que en norteamericanos
blancos. La sangre negra quedó ultrajada como «sangre mala», peligrosa
portadora de enfermedades que amenazaban la supervivencia de la raza blanca a
través de los matrimonios mixtos.
La ciencia de laboratorio experimentó un crecimiento espectacular en la
segunda mitad del siglo XIX, afectando para siempre a la medicina. En términos
generales, las enfermedades y sus curas quedaron definidas no por médicos que
examinaban los signos superficiales, sino por investigadores químicos que
ponían de manifiesto entidades invisibles. Potentes instrumentos hicieron
posible la identificación de organismos microscópicos responsables de
enfermedades infecciosas (tuberculosis, cólera, ántrax) y la investigación de
procedimientos para destruirlos. Las técnicas desarrolladas en los laboratorios
se podían probar luego fuera de ellos, de modo que los enfermos quedaban
incorporados en las investigaciones organizadas por los científicos de los
laboratorios.
El diagnóstico se alejó de las camas de los pacientes para recalar en
los laboratorios de los hospitales, en donde era posible identificar las
enfermedades mediante la aplicación de pruebas estándar en muestras procedentes
de los cuerpos de personas individuales, que se convertían en anónimos sujetos
de examen químico. Los médicos de familia tradicionales se quejaban de que,
aunque quizá la medicina se hiciese más eficaz, la atención se centraba ahora
en la enfermedad y no en la persona que la sufría. Algunos médicos estaban tan
resueltos a analizar enfermedades que pasaban por alto su finalidad principal:
evitar el sufrimiento. Esto no solo sucedió en la Alemania nazi, sino también
en Estados Unidos. Por ejemplo, un equipo de investigación dejó deliberadamente
de tratar la sífilis de sus pacientes —un grupo de hombres negros, un dato
significativo— para dedicarse fríamente a observar cómo se desintegraban, para
conocer en detalle el desarrollo de las etapas terminales de la enfermedad.
Los fisiólogos químicos empezaron a percibir a los propios pacientes
como laboratorios en miniatura. Para ellos, las enfermedades eran una especie
de experimento. En la vida real, explicaban, el funcionamiento normal de un
cuerpo enfermo había sido alterado de forma natural e involuntaria; en un
laboratorio, la normalidad quedaba también afectada, solo que de un modo
artificial y deliberado. Algunos experimentadores probaban sus remedios
químicos sobre ellos mismos (como el anciano que declaró sentirse milagrosamente
rejuvenecido después de inyectarse extracto de testículos de perro). Otros
seleccionaban «voluntarios» involuntarios. Después de que un joven fuese
mordido por un perro, Louis Pasteur le inyectó una vacuna antirrábica no
probada, corriendo el riesgo de matarlo, a pesar de que no estaba claro si se
había infectado. A otras personas se las hacía enfermar en condiciones
controladas. Por ejemplo, las sospechas sobre la transmisión de la fiebre
amarilla se confirmaron exponiendo a víctimas sanas a mosquitos y observando
cómo se ponían enfermas; pruebas similares se idearon para explorar los efectos
de determinadas sustancias químicas en el cerebro y el sistema nervioso.
Cuando las enfermedades no podían atribuirse a invasores externos, como
el bacilo de la tuberculosis o un parásito, los investigadores buscaban causas
internas. Para comprender qué era lo que no funcionaba tenían que averiguar qué
sucedía en los cuerpos que funcionaban bien, e inventaron todo tipo de
instrumental para medir numéricamente las funciones normales del cuerpo.
Algunos de estos dispositivos eran mecánicos, pensados para registrar patrones
de ritmo cardíaco, respiración o temperatura; otros eran químicos, y medían
concentraciones de ácido en el estómago o minerales en los huesos. Algunos eran
indoloros —como tomar la presión—, mientras que otros eran más invasivos y
exigían la toma de muestras de sangre e incluso cirugía exploratoria, a menudo
sin anestesia. No es sorprendente que los sujetos de tales experimentaciones
fuesen, en general, pobres, negros o internos de instituciones mentales.
Estar enfermo pasó a significar desviarse de la normalidad; no del
equilibrio de humores habitual del paciente, sino de la normalidad estadística
de toda la población. A partir de principios del siglo XIX (esto sucedía en
París), los pacientes con síntomas similares eran agrupados en grandes salas de
hospital, donde podían recibir un tratamiento colectivo. Contando los éxitos y
fracasos de los tratamientos, las enfermedades podían clasificarse
sistemáticamente, los efectos de nuevos fármacos se podían supervisar con
detalle y se podían conservar registros para comparar las características
físicas de los enfermos y los sanos. A medida que los enfoques estadísticos se
imponían, los médicos se enfrentaban a las enfermedades efectuando mediciones
del cuerpo del paciente con instrumentos científicos —termómetros,
estetoscopios, esfigmomanómetros— y luego describiéndolas en términos
numéricos. La novedad residía en el aspecto cuantitativo de este enfoque. Por
ejemplo, William Harvey había demostrado la acción de bombeo del corazón a
principios del siglo XVII, pero tuvieron que pasar más de doscientos años hasta
que los médicos empezaron a registrar de forma habitual los ritmos cardíacos
con precisión.
Las investigaciones químicas de la normalidad permitieron a los médicos
aliviar afecciones que llevaban milenios amenazando la supervivencia de las
personas. Fijémonos, por ejemplo, en el caso de la diabetes. Desde la
antigüedad, una generación de médicos tras otra había ido refinando su
diagnóstico; a mediados del siglo XIX habían limitado su origen hasta
localizarlo en el páncreas.
Figura 48. Maggi Hambling, Dorothy Hodgkin (1985).
El ritmo de descubrimientos se aceleró con el aislamiento de la insulina
por parte de los primeros investigadores fascinados por las hormonas químicas;
los practicantes de la medicina clínica la probaron posteriormente en los
pacientes de los hospitales. La etapa siguiente de la historia no es agradable,
y está manchada por una odiosa lucha de prioridades. Sin embargo, los
resultados confirmaron de forma impresionante el poder de la investigación
fisiológica y biomédica; tras la espectacular recuperación de algunos de los
primeros sujetos experimentales, la insulina empezó a producirse en masa en la
década de 1920, y la diabetes dejó de ser una enfermedad mortal para pasar a
ser un estado con el que era posible vivir.
Este tipo de progreso acumulativo es un concepto muy gratificante y se
encuentra implícito en muchas versiones de la historia de la ciencia. En la
Figura 48, el modelo de una molécula de insulina se encuentra entre los
desordenados papeles del escritorio de Dorothy Hodgkin, que obtuvo un premio
Nobel por sus investigaciones sobre cristalografía, una disciplina con un
número excepcionalmente alto de mujeres ilustres. La luz de la ventana se
proyecta sobre su modelo molecular de bolas que, como el conocimiento que
representa, perdurará por siempre como prueba de los cada vez mayores avances
de la investigación científica. En contraste, el bocadillo a medio comer está
destinado a desintegrarse, como la propia Hodgkin, en cuya humana fugacidad
hacen hincapié sus nudosas manos, la dolorosa consecuencia de la artritis
reumatoide crónica.
Representada aquí de forma simbólica efectuando múltiples actividades
—escribiendo en un cuaderno, inspeccionando un dibujo, mirando a través de una
lupa doble—. Hodgkin también estuvo en la vida real implicada en varios
proyectos de investigación. Aparte de analizar la insulina, estudió también la
penicilina y la vitamina B12, tres sustancias fundamentales que transformaron
la medicina de distintas formas. Mientras que la insulina fue finalmente
sintetizada para tratar una enfermedad específica, la penicilina fue la droga
milagrosa de la segunda guerra mundial, al eliminar una amplia gama de
infecciones; la vitamina B12, por su parte, es esencial para la curación de la
anemia perniciosa, una dolencia que no había sido identificada anteriormente.
Sus historias sirven para ilustrar los diferentes impactos que los intereses
personales ejercen en la investigación científica. Aun cuando los equipos de
laboratorio revelen fenómenos invisibles, los investigadores médicos no los
interpretan necesariamente con objetividad clínica.
El descubrimiento accidental de la penicilina se ha convertido en uno de
los mitos más eficaces de la medicina moderna. El argumento es como sigue:
«Alexander Fleming, un científico escocés, observó que el moho había destruido
uno de sus cultivos bacterianos; dándose cuenta inmediatamente de la
transcendencia de este hecho casual, Fleming desarrolló la penicilina, una
nueva y poderosa sustancia que revolucionó el tratamiento de las enfermedades».
A los chovinistas británicos les encantaba esta versión de los acontecimientos
y, durante la guerra, la modesta iniciativa de Fleming para atrapar una
oportunidad inesperada vino a simbolizar el coraje de los independientes
isleños. Para los historiadores interesados en la precisión, en cambio, este
relato cojea, ya que pasa por alto numerosos aspectos mucho menos glamorosos de
lo que realmente sucedió: la omisión de Fleming de informar de sus
procedimientos experimentales, un espacio de tiempo de quince años en el que
apenas mencionó la penicilina, las cuidadosas investigaciones de un equipo de
Oxford (sin Fleming) y la abundante inversión financiera procedente de
fabricantes norteamericanos.
El pasado de la vitamina B12 es también complicado. Antes de que la
tecnología se incorporase a la medicina, las mujeres jóvenes con aspecto pálido
y apático solían ser diagnosticadas por sus médicos con una enfermedad
denominada clorosis. Las supuestas causas variaban: virginidad, corsés, exceso
de libertad, defecto de libertad… Porque la clorosis no solo se caracterizaba
por sus síntomas, sino también por la opinión pública sobre el comportamiento
correcto de las mujeres. Las curas solían implicar ajustarse a unas ciertas
expectativas y adoptar un estilo de vida distinto; en otras palabras, lo que
parecían prescripciones médicas eran en realidad mandamientos morales. A las
pacientes de clorosis se las responsabilizaba de haber adquirido esa
enfermedad, de forma similar a las personas que sufren de diabetes de aparición
tardía, a las que, en vez de percibirlas como víctimas indefensas de una
dolencia hereditaria, se las juzga culpables de ingerir los alimentos
inadecuados y ser así los agentes provocadores de su mala salud.
A principios del siglo XX, la clorosis prácticamente desapareció, pero
no porque los síntomas dejasen de existir, sino porque los investigadores de
los laboratorios se habían pasado a la sangre como medio favorito para efectuar
diagnósticos. En primer lugar vino la anemia por deficiencia de hierro,
confirmada en el microscopio pero también identificada como una enfermedad de
mujeres. La anemia, a diferencia de la clorosis, se representaba como una carga
inevitable, una de las diversas «dolencias femeninas» a las que las mujeres con
exceso de trabajo y que luchaban por ganarse la vida y cuidar de la familia
tenían, injustamente, que enfrentarse. Las compañías farmacéuticas recibieron
con los brazos abiertos el enfoque químico a una enfermedad femenina y lanzaron
al mercado un batiburrillo de tónicos y píldoras de hierro dirigidos al público
femenino. Los médicos, en cambio, no estaban en absoluto satisfechos de que
unos técnicos que utilizaban elementos invisibles para diagnosticar una
enfermedad que anteriormente no existía viniesen a usurpar sus funciones. La
contienda se intensificó después de que los expertos de laboratorio
identificasen una nueva enfermedad: la anemia perniciosa, menos común y de
efectos fatales, y que afectaba tanto a hombres como a mujeres. Los
farmacéuticos obtuvieron grandes beneficios de la venta de extracto de hígado,
que parecía funcionar —pero solo a veces—, y los médicos se resistían a
prescribir productos comerciales de eficacia cuestionable para una enfermedad
diagnosticada fuera de su territorio. Aunque se acabó identificando la vitamina
B12 como la sustancia culpable, su descubrimiento estuvo marcado por ideas
preconcebidas de género y enconados conflictos entre grupos médicos con
intereses encontrados. Prejuicios similares, pero de índole étnica, rodearon la
identificación en el laboratorio de la anemia falciforme, que adquirió la
reputación de ser una enfermedad de la «sangre negra».
Durante el siglo XX, el arsenal cada vez mayor de drogas químicas
reflejaba un cambio de actitud hacia la salud. En lugar de contemplar la
posibilidad de padecer enfermedades crónicas, las personas empezaron a esperar
y exigir vidas más largas y sanas. Los médicos adquirieron un papel sin
precedentes: su objetivo era conservar el bienestar de sus pacientes, no
ayudarlos a morir cómodamente. Como parte de esta nueva misión, durante la
década de 1960 se llevó a cabo un masivo ensayo clínico sobre una población
sana al comercializarse las primeras píldoras anticonceptivas sin apenas
pruebas previas. Las mujeres ricas de Europa y Estados Unidos agradecieron esta
innovación, pero se convirtieron sin saberlo en sujetos experimentales de un
programa de ensayo global.
Las hormonas habían supuesto una gran fuente de beneficios desde la
década de 1920, cuando algunas de las empresas farmacéuticas que vendían
insulina empezaron también a comercializar hormonas sexuales. Desde el
principio, el éxito comercial de las hormonas sexuales femeninas fue muy
superior al de las masculinas. Durante siglos, las mujeres habían sido
definidas en términos de sus sistemas reproductivos, y sus problemas, tanto
emocionales como físicos, se habían atribuido a su útero. Al principio de la
era de la medicina de laboratorio, la anemia se apropió de una parte de esta
culpa. Luego, los químicos desarrollaron una explicación aún más ingeniosa para
el comportamiento de las mujeres: sus hormonas, a las que se culpaba de afectar
a todos los aspectos de su mente y cuerpo. En la década de 1930, los
fabricantes de hormonas sexuales alardeaban de poder tratar con éxito
«prácticamente todas las enfermedades que afligen especialmente a las mujeres»[106].
Y sin embargo, aunque la terapia con hormonas sexuales se convirtió en
una especie de panacea cuasi universal, tuvieron que pasar otros veinte años
antes de que se utilizase para la contracepción o, para utilizar los términos
empleados en su primera promoción, para el control reproductivo. Control era
la palabra clave. La financiación e inspiración inicial para la píldora
contraceptiva no procedió del gobierno ni de la industria química, sino de
Margaret Sanger, una feminista americana que pretendía ofrecer a las mujeres la
posibilidad de controlar sus propias vidas. A pesar de la enorme oposición a la
que tuvo que enfrentarse, finalmente su campaña tuvo éxito, cosechando el apoyo
de los partidarios de la eugenesia y de la planificación de la población, que
intentaban mejorar la sociedad y reducir los índices de natalidad.
Aunque en aquel momento se consideró aceptable, el programa de ensayo
estaba lejos de cumplir los estándares modernos y puede incluso parecer
ridículo. Para evitar el antagonismo moral y legal contra la anticoncepción,
los experimentos se llevaban a cabo de forma clandestina, con el pretexto de
problemas ginecológicos. Al principio, los médicos probaron las hormonas
sexuales en mujeres que estaban recibiendo tratamientos por infertilidad, y
luego efectuaron un ensayo infructuoso en un hospital mental, en el que los
sujetos masculinos se quejaron de que el tamaño de sus testículos se estaba
reduciendo. El proyecto se trasladó después a Puerto Rico, que se convirtió a
todos los efectos en una isla laboratorio, hasta que muchas mujeres dejaron el
ensayo, decepcionadas por los frecuentes exámenes físicos y los extenuantes
efectos secundarios. Preocupados por el pequeño tamaño de la muestra, los
investigadores decidieron ser creativos; informando de los resultados por
ciclos menstruales en lugar de por mujeres individuales, incrementaron de forma
espectacular el tamaño aparente de su base de datos.
Aunque, según los estándares actuales, los ensayos pueden parecer poco
rigurosos, en 1957 la píldora se aprobó en los Estados Unidos, aunque camuflada
como tratamiento para desórdenes menstruales. Todo el mundo sabía lo que eso
significaba. Dos años más tarde, medio millón de mujeres norteamericanas
estaban utilizando la píldora como método anticonceptivo, y la demanda se
extendía con rapidez entre aquellas con los recursos suficientes para podérsela
permitir. Al fin, el fármaco se estaba probando a gran escala, si bien los
conejos de Indias eran involuntarios. Para garantizar la efectividad de la
píldora al principio se recetaban dosis masivas, que conllevaron la aparición
de diversos tipos de efectos secundarios. Aunque los investigadores utilizaron
estos hallazgos para cambiar la formulación, algunas de las primeras usuarias
sufrieron efectos graves e incluso llegaron a morir, espoleando las protestas
feministas sobre la manipulación de una jerarquía médica opresiva. Aun así, las
ventajas parecían ser claras y, medio siglo más tarde, más de setenta millones
de mujeres ingerían con gratitud una píldora al día.
Por primera vez, los médicos recetaban medicamentos para los sanos, no
para los enfermos, y en grandes cantidades. Esto diferenciaba esencialmente la
píldora anticonceptiva de los tratamientos hormonales destinados a compensar
los problemas de funcionamiento de los órganos. La insulina, por ejemplo,
remedia la diabetes al compensar la incapacidad del páncreas de un paciente
para producirla de forma natural, mientras que la píldora es más bien una droga
de diseño que se consume por comodidad, no por necesidad. Igual que la insulina
salva vidas, se han desarrollado otros medicamentos hormonales para mejorarla,
como los que aceleran el crecimiento o reducen las manchas.
No es difícil pasar de la terapia médica a la mejora cosmética. Visto de
este modo, el ajuste hormonal representa una tercera forma de eugenesia que no
es positiva ni negativa, sino que promete mejorar la población convirtiendo a
los individuos en ejemplares deseables ajustados a la norma. La posibilidad de
que una persona haga realidad sus sueños mediante el consumo de sustancias
depende de dónde viva y de lo rica que sea. Y también depende del género. Para
la píldora femenina tuvieron que pasar cuarenta años entre la inspiración
inicial y su modesto lanzamiento. En cambio, en la década de 1990, la Viagra
pasó como una exhalación por los comités de examen en unos meses, impulsada por
las empresas farmacéuticas y su agresiva comercialización.
7. Incertidumbres
No es que no sepan ver la solución. Es que no saben ver el problema.
G. K. Chesterton, El escándalo del padre Brown (1935)
A Albert Einstein le encantaba la publicidad: jugaba con los medios de
comunicación negándose ostensiblemente a usar calcetines y acuñando suficientes
citas para llenar un diccionario. En una singular ocasión, cayó en el silencio
cuando, durante una cena, alguien le preguntó si la teoría de la relatividad,
el psicoanálisis de Freud y la Liga de Naciones estaban relacionados entre sí
como productos de una era revolucionaria. Finalmente respondió que sí, que la
física, la psicología y la política estaban interrelacionadas como aspectos
diferentes de las agitaciones intelectuales y sociales contemporáneas.
Desde aquel momento, Freud y Einstein son citados con frecuencia juntos
como los dos científicos más importantes de su época. Ambos manifestaron la
importancia de su identidad judía, y ambos quedaron sumamente afectados por la
incertidumbre del siglo XX, tan distinta de la seguridad política y la
convicción científica que les habían visto nacer. En la década de 1920, cuando
muchos alemanes predecían el colapso económico y la desintegración social, los
físicos desterraron la certidumbre del mundo subatómico, declarando la
imposibilidad de predecir los eventos con un 100 por 100 de fiabilidad. En su
nueva mecánica cuántica solo se podía hablar de posibilidades; el conocimiento
se restringía al reino de la probabilidad.
Einstein nunca aceptó que estas leyes representasen una descripción
definitiva de la realidad en lugar de ser meras herramientas matemáticas
útiles. En su cita más famosa, rechazaba la incertidumbre física al declarar
que «Dios no juega a los dados con el mundo». Einstein era también un pacifista
convencido que buscaba la estabilidad política. En su búsqueda de la paz
mundial, en 1932 Einstein miró hacia otro judío famoso que vivía en la Europa
germánica: Sigmund Freud. El pronóstico de Freud fue sombrío, y lo expresó con
el vocabulario que empleaba para describir las batallas psicológicas que se
libraban en el interior de la cabeza de las personas: «no es en absoluto
probable», escribió, «que podamos suprimir las tendencias agresivas de la
humanidad»[107].
Einstein quedó horrorizado cuando Freud sugirió que quizá se pudiera evitar la
guerra haciendo hincapié en sus terroríficas consecuencias. Y sin embargo, al
cabo de siete años, Einstein había firmado una carta urgiendo al presidente de
Estados Unidos a adelantarse a los alemanes para construir una bomba atómica, y
ambos habían emigrado para evitar la persecución de los nazis.
Para hallar la paz en su propia vida, Freud optó por el matrimonio y los
hijos, abandonando su investigación de laboratorio sobre la estructura y el
funcionamiento del cerebro e iniciando un lucrativo negocio como médico privado
especializado en desórdenes nerviosos. Freud, un hombre de familia tradicional,
gobernaba a su esposa y a sus pacientes, a sus hijos y a sus seguidores, con el
mismo paternalismo y autoridad. La influencia de Freud ha sido inmensa. Sin
embargo, aunque él se consideraba un científico en busca de leyes universales
que regulasen la psicología humana, sus críticos sostienen de forma categórica
que se le debe excluir de cualquier lista de científicos ilustres. Los
sentimientos se crispan en ambos bandos de esta «guerra de Freud», y no es
fácil hallar relatos imparciales de su vida y de su obra.
Freud era un científico médico perfectamente cualificado y destinado a
una carrera convencional, pero dejó de lado la investigación de laboratorio
habitual cuando, en 1886, convirtió su consulta vienesa en un nuevo tipo de
laboratorio dedicado a establecer la primera ciencia de la mente. Renunciando a
sus antiguos métodos de examinar cerebros muertos con escalpelos y sustancias
químicas, Freud empezó a explorar las psiques de personas vivas con
instrumentos mentales inventados por él mismo, como el análisis de los sueños y
la libre asociación de ideas. Estas técnica cuasi anatómicas demostraron ser
eficaces, trazando un mapa del subconsciente mediante la revelación de puntos
de resistencia cuando el paciente —el sujeto experimental— se sentía incómodo;
estas puntas de iceberg psicológicas indicaban los lugares en los que Freud
debía sondear en mayor profundidad.
El siguiente paso fue construir dos tipos de teoría interdependientes,
una metapsicológica y otra terapéutica. Mediante la recopilación de numerosas
observaciones obtenidas de sus pacientes y también de sí mismo, Freud
desarrolló su modelo de psique dinámica impulsada por fuerzas conscientes e
inconscientes; en las mentes freudianas, los instintos primarios del sexo y la
destrucción luchan constantemente contra fuerzas racionales represivas que
intentan imponer orden. Las técnicas psicoanalíticas, concluyó Freud, curan
mediante la exposición de estos conflictos ocultos, lo que alivia las
alteraciones físicas, que son las manifestaciones de este insospechado
conflicto interior.
Freud cambió la forma en que las personas piensan sobre sí mismas. Al
hacer hincapié en la importancia de los deseos y sucesos de la infancia e
incorporarlos en una teoría científica del desarrollo, Freud desafió las
creencias tradicionales que decían que los seres humanos nacen con una
personalidad predeterminada. También acabó con la unidad de la psique del
individuo, estableciendo un modelo basado en la ambivalencia en el que los
recuerdos ocultos, los deseos y los sentimientos de culpa tienen como consecuencia
comportamientos contradictorios y emociones en conflicto. Para los seguidores
de Freud, la sexualidad se ha convertido en un componente fundamental de la
vida, esencial para la configuración psicológica no solo de los adultos, sino
también de los niños.
Aunque Freud es tan famoso como Einstein, el escepticismo sobre sus
ideas no es ahora menos enconado de lo que lo era mientras vivía. Uno de sus
más feroces opositores fue el filósofo Karl Popper, que denunció el
psicoanálisis como una pseudociencia. Aunque era unos cincuenta años más joven,
Popper se parece a Freud en muchos sentidos. Ambos eran intelectuales judíos de
Viena que se vieron forzados a emigrar durante el régimen nazi, y ambos
buscaban leyes universales, uno para definir la ciencia, el otro para describir
la mente. Sin embargo, para Popper, los psicoanalistas estaban tan alejados de
la ciencia como los astrólogos, porque es imposible refutar sus conclusiones.
Los buenos científicos, afirmaba Popper, buscan constantemente poner a prueba
sus teorías, mientras que los pseudocientíficos únicamente intentan
confirmarlas.
Popper fue el filósofo de la ciencia más importante del siglo XX.
Después de oír la conferencia de Einstein sobre relatividad general en 1919,
declaró que se podía trazar una línea clara entre la verdadera ciencia y la no
ciencia. Según Popper, cualquier hipótesis digna de ser llamada científica debe
ser susceptible de refutarse. Einstein pasa la prueba de Popper porque las
medidas de la expedición del eclipse refutaron la teoría de Newton, mientras
que los psicoanalistas no la pasan porque carecen de criterios objetivos para
decidir entre explicaciones alternativas. Freud afirmaba que, cuando un niño
llamado Hans soñaba con un caballo, estaba expresando miedos sexuales acerca de
su padre; sin embargo, ¿por qué es esa explicación más verosímil que esta: Hans
se había asustado de un caballo de verdad en la calle?
Por otra parte, proseguía Popper, no es posible demostrar que una teoría
científica es definitivamente correcta. No hay forma de estar completamente
seguros de que el Sol saldrá mañana; podría existir alguna especie de super ley
desconocida que estableciera que precisamente mañana el Sol parecerá estar
inmóvil. En principio, todas las teorías sobre regularidad cósmica podrían
tirarse por la ventana si un día el Sol no saliese. Y, si algún experimento
futuro no se ajustase a las predicciones de Einstein, la relatividad general
caería también. Podría parecer que Popper estuviera minando el edificio de la
certidumbre científica; sin embargo, él estaba convencido de que el
conocimiento científico es un tipo especial de conocimiento. Aunque los
científicos no siempre agradecen los comentarios de personas ajenas sobre sus
actividades, recibieron con los brazos abiertos la visión de Popper, en la que
los experimentos se utilizaban para distinguir implacablemente entre cierto y
falso.
Entre los opuestos a Freud, las mujeres se han dejado oír con particular
intensidad. Irónicamente, esta persona enérgica y autoritaria aceptaba de buen
grado discípulas femeninas, quizá pensando (erróneamente) que serían más
serviles que sus rebeldes colegas hombres. Al principio, a las feministas les
cautivó el reconocimiento sin precedentes que Freud realizaba de la sexualidad
femenina, pero pronto empezaron a criticar su perspectiva centrada en el macho,
afirmando que dejaba de lado el papel vital de crianza llevado a cabo por las
madres y que se había inventado el concepto de envidia del pene. Freud solía
tratar a sus pacientes como testigos no fiables, y prefería sus propias
interpretaciones a las de las personas a las que trataba. Durante el desarrollo
de sus teorías, pasó por un punto clave cuando decidió rechazar los testimonios
de abusos sexuales infantiles ofrecidos por las mujeres. En una reacción que
sus críticos califican de ofensivamente condescendiente, Freud afirmó que estas
mujeres se engañaban a sí mismas, atrapadas por fantasías de seducción hacia
sus padres.
Para otros críticos, la objeción más seria se deriva de sus afirmaciones
terapéuticas. Sea lo que sea lo que prometa el psicoanálisis, sus practicantes
no pueden proporcionar prueba experimental alguna de que su tratamiento sea más
eficaz que el paso del tiempo, los fármacos u otras terapias; con demasiada
frecuencia, manifiestan los críticos, el mayor beneficiario de la terapia es la
cuenta corriente del analista. En todo caso, aunque Freud tuviese razón acerca
de su propia familia y sus pacientes, ¿es razonable generalizar a partir de un
grupo pequeño, compuesto principalmente por judíos vieneses ricos, a toda la
humanidad?
Freud reunió en su entorno a un grupo de fieles discípulos para propagar
el evangelio del psicoanálisis. Aunque algunos de ellos desertaron y crearon
sus propias sectas, lograron hacer célebre a Freud en Estados Unidos y en
Europa, aunque no en Gran Bretaña, donde el énfasis de Freud en la sexualidad
hacía que sus teorías fuesen completamente inaceptables. Sin embargo, después
del estallido de la primera guerra mundial, los médicos militares británicos
crearon una versión aséptica de las doctrinas de Freud que las hizo admisibles.
Los soldados regresaban del frente con síntomas que nadie sabía explicar.
Aunque sus cuerpos parecían intactos, no funcionaban con normalidad. Después de
inventarse el impreciso diagnóstico de shell shock (choque del
proyectil), los médicos empezaron a buscar causas orgánicas para estos
desconcertantes casos: ceguera, parálisis, pérdida de memoria. Pronto se vio
que este enfoque físico no conducía a ningún lado, por lo que decidieron que
sus pacientes sufrían de histeria. Se trataba de una conclusión polémica,
porque la histeria (cuyo nombre procede de una palabra griega que significa
«útero») siempre se había desdeñado como una enfermedad de mujeres. Para
comprender lo que sucedía, los psiquiatras adaptaron a Freud. Restando importancia
a los aspectos sexuales que tan desagradables hallaban, conservaron sus teorías
de represión para explicar cómo los sentimientos de terror y de asco
experimentados en el campo de batalla eran apartados primero hacia el
subconsciente para, más adelante, emerger en forma de síntomas físicos.
El psicoanálisis recibió un nuevo impulso durante la segunda guerra
mundial, en especial en Estados Unidos. Esta vez, los consejeros médicos ya
estaban preparados y reclutaron a un pequeño ejército de psiquiatras que
espoleaban la moral de los heridos mediante programas de propaganda para poder
enviarlos de nuevo con rapidez al campo de batalla. Desde entonces, la medicina
psiquiátrica se ha convertido en un enfoque estándar, no solo para mejorar la
eficiencia en el sector militar, sino también la productividad industrial y el
bienestar del individuo. Como predicadores de una nueva fe secular, los
psicólogos comercializan programas de auto examen con el objetivo de estimular
la conciencia de uno mismo y la superación interior.
A pesar de todas las críticas lanzadas contra él, la influencia de Freud
ha sido —y sigue siendo— colosal. Sean las que sean las limitaciones de su
modelo mental, Freud hizo posible pensar sobre mentes y cuerpos, familias y
sexualidad, salud y enfermedad, de formas totalmente novedosas; en particular,
sacó a la luz los impulsos inconscientes y la sexualidad infantil. Pero,
incluso aunque sus teorías sean acientíficas, ¿es esto una buena razón para
rechazarlas? Quizá la ciencia no sea el único camino hacia el progreso. Para
alguien cuya prioridad sea la comprensión de las relaciones personales, ya sea
en la realidad o en la literatura, la contribución de Freud a la civilización
es superior a la de Einstein. Quizá su terapia no sea una panacea universal,
pero ha animado a las personas a reflexionar sobre sí mismas y sobre sus vidas,
quizá para hacerlas mejores.
Freud y Einstein se han convertido en símbolos del libre pensamiento
moderno, iconoclastas que derribaron el anticuado sentido común. Nacidos en la
certidumbre, siguieron los pasos de sus predecesores del siglo XIX en busca de
leyes universales que imprimiesen orden en el cosmos. Hasta cierto punto, ambos
se distanciaron de las consecuencias de sus propias innovaciones. Así como
Freud era partidario de un enfoque autoritario y directo y renegó de los
discípulos que desarrollaron sus teorías en nuevas direcciones, también
Einstein se negó a aceptar por completo las incertidumbres de la mecánica
cuántica y se disoció de las conclusiones alcanzadas por físicos que se habían
inspirado en sus trabajos. Freud trataba con mentes humanas y Einstein, con el
cosmos y las partículas subatómicas, pero ambos compartían una preferencia
clásica por leyes deterministas que permitiesen utilizar el pasado para
predecir el futuro.
Aun después de la introducción del cálculo de probabilidades en la
física, durante el siglo XIX, el determinismo se conservó. A pesar de que los
comportamientos promedio se calculaban estadísticamente, seguía vigente el
principio fundamental de que —al menos en teoría, si no en la práctica— era
posible predecir el recorrido de cada partícula. En la década de 1920, un
pequeño grupo de disidentes adoptó la postura radicalmente distinta de que era
imposible, en un nivel esencial, saberlo todo. Aún con los más precisos
instrumentos imaginables, las medidas en el nivel microscópico son
intrínsecamente borrosas, no por imprecisas, sino porque es imposible llevarlas
a cabo. Este perturbador concepto fue expresado por el físico alemán Werner
Heisenberg en su famoso Principio de Incertidumbre. Si se conoce la posición de
una partícula, declaraba Heisenberg, no es posible asegurar con qué rapidez se
mueve; si se mide su velocidad (o, más exactamente, su momento), entonces no
hay forma de precisar su ubicación; la certidumbre se escurre entre los dedos.
En el reino subatómico de la mecánica cuántica, nada se sabe a
priori con certeza; solo existen las probabilidades. Influido por una
escuela de pensamiento filosófico que se remontaba a Goethe y los Naturphilosophen,
Bohr sostenía que los físicos forman parte del sistema que están observando. Es
decir, la observación imparcial es inherentemente imposible, porque cada vez
que los científicos intentan efectuar una medición, su propia presencia la
altera. Al intervenir en una situación, precipitan un resultado determinado
que, a priori, era solo una de entre diversas posibilidades. Cuando
los físicos observan un haz de luz en particular, los instrumentos que utilizan
influyen en lo que ven; la forma en la que registran la luz determina si esta
aparece como ondas o como partículas. En lugar de pensar en la luz como una
onda o como un flujo de partículas, Bohr afirmaba que la luz se comporta de las
dos formas.
Puede dar la impresión de ser un comportamiento antiintuitivo e
increíble (como opinaba Einstein), pero parece que es cierto.
Figura 49. Científicos en la quinta Conferencia Solvay, Bruselas, 23-29 de
octubre de 1927.
La principal confrontación entre Einstein y Bohr tuvo lugar en 1927, en
una gran conferencia celebrada en Bruselas, Como ilustra la Figura 49, a ella
asistieron los físicos más importantes del mundo. Los más identificables son
Marie Curie y Albert Einstein, sentados en la primera fila a poca distancia. A
Heisenberg, situado en la fila posterior, hacia la derecha, no se le reconoce
tan fácilmente. Está de pie junto a su mayor aliado y rival de Einstein: Niels
Bohr, el «Gran Danés» del laboratorio Cavendish, que está sentado junto a su
colega, el alemán Max Born. En aquella época, Bohr había vuelto a Dinamarca,
donde había establecido su propia Escuela de Física de Copenhague, en la que se
unían sus ideas con las de Heisenberg, Born y otros.
Cuando Bohr llegó a la conferencia Solvay, confiaba en que Einstein
aceptaría su última interpretación de la mecánica cuántica, la interpretación
de Copenhague. Se equivocaba. Cada mañana, durante el desayuno, Einstein
planteaba una nueva objeción; a la hora de la cena, Bohr siempre había hallado
la forma de refutarla. En lugar de llevar a cabo experimentos reales, Einstein
creaba experimentos imaginarios que, en su opinión, conducirían a una mayor
seguridad que el modelo de Bohr, con su incertidumbre incorporada. Pero Bohr
localizaba cada vez un pequeño detalle que Einstein había olvidado incluir.
Esta batalla de experimentos mentales se prolongó durante años, hasta que Bohr
acabó derrotando a Einstein al demostrar que este había olvidado tener en
cuenta su propia relatividad general. Sin embargo, Einstein pasó el resto de su
vida buscando infructuosamente leyes de certidumbre que otorgasen belleza
matemática al Universo.
Las inquietantes ideas de la mecánica cuántica se desarrollaron durante
los años de entreguerras, cuando los propios físicos vivían en la incertidumbre
y la ciencia se desarrollaba con propósitos militares. Existen fotografías
parecidas de numerosas conferencias internacionales; no obstante, aunque
ofrecen una prueba tangible de las reuniones, no revelan signo alguno de que
los científicos judíos pronto se verían dispersados a causa del régimen de
Hitler. Einstein emigró a Estados Unidos, Born fue a Cambridge y Bohr huyó a
Suecia en un barco de pesca antes de recalar, como Freud, en Inglaterra. Quizá
algunos de ellos reflexionasen posteriormente sobre este retrato en el que
posaban con cierta formalidad, una isla de certidumbre en un mundo enturbiado
por la confusión y la falsedad.
Heisenberg, que no era judío, permaneció en Alemania, lo que finalmente
resultó no ser una buena idea. La física «judía» de Einstein había sido
prohibida oficialmente en el régimen nazi, y Heisenberg fue atacado por negarse
a condenarla. También fue criticado desde el exterior por aceptar la dirección
del programa alemán de investigación atómica, lo que constituye una nueva
incertidumbre. Heisenberg sostenía que, desde esa posición clave, podía impedir
que Hitler se hiciera con una bomba. No todos le creyeron.
Decisiones
Contenido:
1. Guerra
2. Herencia
3. Cosmología
4. Información
5. Rivalidad
6. Medio ambiente
7. Futuros
Durante el siglo XX, la financiación de los proyectos de investigación
científica cayó cada vez más en las manos de gobiernos y organizaciones
empresariales. Al mismo tiempo, su escala aumentó de forma espectacular y
empezaron a parecerse a instalaciones industriales. La primera de estas
iniciativas de «Gran Ciencia» de estilo fábrica empleaba a físicos, y estaba
centrada en investigación atómica, material bélico y viajes espaciales. Sin
embargo, después de la decodificación de la doble hélice del ADN, las ciencias
de la vida empezaron a recibir gran cantidad de dinero, y la genética se
convirtió en un gran negocio internacional. Estas tremendas inversiones en
ciencia, tecnología y medicina han resultado excepcionalmente rentables. En
comparación con los babilonios del principio de este libro, los científicos
modernos saben muchísimo más, no solo sobre la estructura del Universo, sino
también sobre el funcionamiento de los organismos vivos. Sin embargo, siguen
siendo incapaces de dar respuesta a algunas de las cuestiones básicas acerca de
la existencia humana planteadas hace milenios. Los logros científicos más
célebres tienen, como el dios Jano, varios rostros. La descomposición del
núcleo atómico liberó una energía nunca antes explotada, pero lo hizo tanto en
forma de generadores como de bombas. La introducción de los pesticidas químicos
mejoró la producción de las cosechas y redujo el hambre, pero a cambio diezmó
las cadenas tróficas naturales. Hoy más que nunca, muchas personas llevan vidas
más sanas y cómodas, pero la población mundial se multiplica y el calentamiento
global amenaza el planeta. El aprovechamiento de los descubrimientos
científicos implica la toma de decisiones políticas acerca de su uso.
1. Guerra
Hay que comprender que la tinta es la gran arma en las batallas de los
ilustrados, y que, transportada en una especie de ingenio llamado pluma, se
asaetea al enemigo con un número infinito de estas por parte de los valientes
de cada bando, con igual destreza y violencia, como si se tratase de una
contienda entre puercoespines.
Jonathan Swift, Un relato completo y verdadero de la batalla del viernes pasado
entre los libros antiguos y los modernos en la biblioteca de St. James (1704)
En su campaña para impedir el estallido de la segunda guerra mundial,
Einstein se unió a su amigo, el filósofo matemático británico Bertrand Russell.
Russell, que era un pacifista más beligerante que Einstein, había cumplido un
par de condenas en prisión, organizaba sentadas de protesta y reclutó la ayuda
de Einstein para la organización de un grupo de presión internacional de
científicos dedicado a la paz. Durante la primera mitad del siglo XX, Einstein
y Russell fueron testigos de la fusión entre ciencia, gobierno e industria.
Nacidos ambos en la década de 1870, vivieron la primera guerra mundial —la
guerra de los químicos, por los gases venenosos y los explosivos— y la segunda
—la de los físicos, con el radar, los ordenadores y las bombas—. La ciencia se
afianzó en el núcleo de las decisiones políticas, una relación de simbiosis que
se ilustra en la Figura 50[, en la que aparece el físico
teórico Robert Oppenheimer comentando una explosión experimental con su jefe
militar, el general Leslie Groves, organizador del programa de la bomba atómica
norteamericana.
Figura 50. Robert Oppenheimer y el general Leslie Groves en la Zona Cero
(1945).
Las dos bombas atómicas que devastaron Japón cristalizaron en una
creciente sensación de decepción. Como observaba Russell, «El cambio es una
cosa; el progreso, otra. El cambio es científico; el progreso, ético. El cambio
es indudable; el progreso es controvertido»[108].
Quizá la guerra fuese un paso atrás desde el punto de vista ético, pero
aceleró el crecimiento de la Gran Ciencia que caracterizó al siglo XX. Pensar
en grande no era una novedad fundamental: los astrónomos chinos e islámicos
habían construido observatorios, los cristianos europeos, catedrales, y los
industriales victorianos, fábricas. La Gran Ciencia surgida en la primera mitad
del siglo XX no solo era distinta por su tamaño, sino también por sus estrechas
relaciones con el estado y con las grandes organizaciones comerciales. Los
cinco factores que la impulsaban eran el dinero, los recursos humanos, las
máquinas, el ejército y los medios de comunicación.
La conjunción de estos cinco factores supuso la consolidación de la Gran
Ciencia. A medida que los gobiernos reconocían el valor de la ciencia en las
políticas de defensa, empezaron a invertir grandes sumas de dinero y gran
cantidad de personal en la construcción de máquinas para proyectos militares.
Por ejemplo, durante la primera guerra mundial, Winston Churchill introdujo en
el Almirantazgo Británico a Chaim Weizmann, un bioquímico que había huido de
Rusia en una balsa de troncos. En respuesta a una circular del Ministerio de la
Guerra en la que se solicitaban descubrimientos útiles, Weizmann declaró que
era capaz de producir acetona, un componente vital para la fabricación de
munición. «Bien», dijo Churchill, «necesitamos treinta mil toneladas de acetona.
¿Puede fabricarlas?»[109] En
un laboratorio montado en una fábrica de ginebra, Weizmann amplió sus procesos
químicos de pequeña escala para la producción en masa, hasta llegar a
supervisar seis destilerías reconvertidas y una campaña nacional para la
recogida de castañas para su uso como materia prima.
La colaboración entre científicos y políticos era recíproca. Weizmann,
sionista convencido, negoció con los británicos la promesa de estos de apoyar
el establecimiento de una patria judía en Palestina como pago a sus servicios.
Otros científicos británicos aprovecharon también la ventajosa posición
negociadora que esta demanda sin precedentes les otorgaba para estipular sus
propios requisitos, como implicarse en la planificación y recibir fondos del
estado para investigación. En otros países hubo cambios similares desde
principio de siglo y, en la época de la segunda guerra mundial, los intereses
científicos, políticos, industriales y militares estaban ya inextricablemente
unidos.
El quinto factor —los medios de comunicación— también contribuyó al
crecimiento de la ciencia. Cuando la expedición del eclipse llegó a los
titulares en 1919, Einstein se convirtió en una celebridad internacional de la
noche a la mañana; asimismo, los dramáticos relatos sobre los experimentos
atómicos impulsaron a los físicos de altas energías a las primeras posiciones
en las listas de espera de financiación. Durante la década de 1930, los medios
espolearon una carrera internacional para romper el núcleo atómico y descubrir
su estructura. Al principio, los científicos utilizaban fuentes radiactivas
naturales que emitían rayos X y neutrones. El paso siguiente consistió en
construir grandes aceleradores para impulsar artificialmente haces de
partículas subatómicas hasta que su energía bastase para partir un núcleo.
Los científicos que lograron más dinero para financiar los mayores
aceleradores trabajaban en Estados Unidos. De ellos destaca Ernest Lawrence, de
la Universidad de Berkeley, California. Lawrence construyó los primeros
ciclotrones, máquinas circulares que utilizan campos eléctricos y magnéticos
para acelerar las partículas cargadas —como electrones o protones— en un
recorrido circular en espiral. Lawrence empezó con un pequeño aparato de
sobremesa, pero enseguida empezó a pensar a lo grande y a planificar equipos a
una escala sin precedentes. Sus ambiciones se vieron realizadas porque supo
persuadir a líderes de empresas —en especial de la floreciente industria
eléctrica— de que su financiación resultaría en un provecho mutuo. Con
formación de físico, Lawrence se convirtió en un empresario de la ciencia, ya
que, de hecho, se dedicaba a la gestión de fábricas que producían partículas de
alta energía.
Los experimentos de la Gran Ciencia implicaban a centenares de
científicos, ingenieros y técnicos trabajando en cooperación en un proyecto de
estilo industrial financiado por patrocinadores externos. Entusiasmado por el
éxito, Lawrence empezaba a planificar una máquina nueva y mayor en cuanto el
diseño actual estaba en construcción; sus equipos aparecen en fotografías como
enanos junto a gigantescos electroimanes y colosales tubos curvados. Por toda
Europa y América, los físicos contrataban a expertos que se habían formado con
Lawrence para ayudarles en la construcción de sus propios aceleradores.
Inspirados por su ejemplo, estas personas recababan la ayuda de gobiernos,
empresarios e instituciones médicas para financiar sus propios proyectos de
investigación nuclear.
Durante los agitados años anteriores a la segunda guerra mundial, los
científicos de laboratorios rivales, —Roma, Berlín, Cambridge—, competían por
el primer lugar en la carrera por entender el contenido del núcleo atómico. Una
vez iniciada la guerra, las implicaciones de un desconcertante experimento
sobre el uranio adquirieron una crucial importancia. Esta investigación se
realizó en Munich, aunque uno de los miembros del grupo, la física Lise
Meitner, envió sus contribuciones desde Suecia. Como muchos otros científicos
judíos, había huido de la persecución nazi; estas emigraciones forzosas
afectaron en gran medida a la investigación científica. Meitner rechazó de
plano participar en el proyecto de la bomba atómica de Estados Unidos, sin
embargo, fue ella la que descubrió la física tras la fisión nuclear que,
finalmente, hizo posible la construcción de la bomba. Para explicar los
extraños resultados obtenidos por sus colegas, Meitner concluyó de forma
provisional que, cuando un neutrón impacta en el núcleo de un átomo de uranio,
este núcleo se divide en dos, liberando una inmensa cantidad de energía y, no
menos importante, emitiendo más neutrones. Cuando estos neutrones impactan en
átomos cercanos, el proceso se repite, produciendo cada vez más energía y neutrones;
el proceso se convierte rápidamente en una reacción en cadena imposible de
detener.
En cuanto los científicos se dieron cuenta de la transcendencia del
experimento, la colaboración internacional cesó. En las revistas científicas,
la repentina ausencia de informes sobre investigación nuclear reveló que los
laboratorios de Estados Unidos y Gran Bretaña estaban explorando su potencial
militar. ¿Qué sucedía entre tanto en Alemania? Aunque nadie podía asegurarlo,
un grupo de emigrantes judíos lograron que Einstein los ayudase a convencer al
gobierno norteamericano de que una bomba alemana era una posibilidad muy real.
A medida que avanzaba la guerra, esta amenaza se utilizó como una práctica
justificación para proseguir las investigaciones, a pesar de que no había
pruebas de que Alemania estuviese teniendo éxito. Los físicos británicos
también se involucraron, intercambiando sus avanzadas investigaciones sobre
fisión por los conocimientos de los norteamericanos acerca de los cinco
factores necesarios para sacar adelante un proyecto de Gran Ciencia. Con el
patrocinio del estado, los científicos se pusieron manos a la obra para crear
destrucción.
Durante la segunda guerra mundial, la financiación científica en Estados
Unidos creció de 50 a 500 millones de dólares al año. Una gran parte de estos
fondos se invirtieron en el proyecto Manhattan para construir la bomba atómica
que, después de que el general Groves (Figura 50) tomara el mando en 1942,
funcionó con eficacia militar. El general empezó por establecer una red
nacional de industrias, algunas de las cuales del tamaño de pequeñas ciudades,
cuya construcción se llevó una buena parte del presupuesto. En ellas se
producían elementos radiactivos mediante aceleradores y otros gigantescos
dispositivos, operados por miles de trabajadores que ignoraban por completo que
estaban contribuyendo a construir una bomba. Gracias a la política de
secretismo impuesta por Groves, en 1945 solo unos centenares de personas
comprendían plenamente el ámbito del programa de desarrollo. Las ciudades
atómicas, creadas en áreas deprimidas, constituían tanto experimentos en
planificación social como en física nuclear. Equipadas con centros comerciales,
cines y cocinas con los equipamientos más modernos, sus objetivos militares se
hallaban ocultos bajo una norteamericana normalidad.
El ambiente era totalmente distinto en los centros de experimentación
como Chicago y Los Álamos; en ellos, científicos atómicos trabajan con una
intensidad sin precedentes, sumergidos en un entusiasmo compartido por resolver
problemas.
Figura 51. La primera pila nuclear, Chicago. Pintura de Gary Sheahan (1942).
Muchos de ellos comentaban más tarde que su actividad en tiempo de
guerra había sido el mejor período de su vida, y la pintura de la Figura
51ilustra una idealización de sus experiencias. Con una dramática iluminación,
estos físicos esperan expectantes, vestidos formalmente en la moda de la época,
y radiando una tensión casi palpable mientras esperan para ver si el
descubrimiento de la fisión nuclear efectuado en Munich podía funcionar en una
mayor escala. Nada indica aquí el frío y la suciedad, el trabajo a temperaturas
bajo cero en una atmósfera cargada de grafito debajo de la tribuna de un
estadio de fútbol de Chicago, el dolor de muchos de ellos por los accidentes
ocurridos durante el proceso de construcción no planificado.
El hombre al mando, de pie en el palco de este campo de squash reconvertido
y con una regla de cálculo en la mano, es Enrico Fermi, que logró huir de la
Italia fascista. A la derecha, la estructura escalonada de ladrillo es la pila
nuclear experimental que contiene material radiactivo; tres jóvenes están sentados
sobre ella a modo de escuadrón suicida, listos para rociar la pila con
sustancias químicas en caso de que la reacción se descontrole. En el sótano,
otro científico opera manualmente una barra de cadmio para controlar el ritmo
de la fisión. Tras horas de espera y una imprevista pausa para almorzar, Fermi
finalmente ordena que se retire la barra un poco más. Los clics del contador de
neutrones se convierten en un rugido, los registradores gráficos se salen de
escala y Fermi levanta la mano para detener la prueba y anunciar su éxito.
En esta fecha decisiva, en cierto modo más crucial que Hiroshima, se vio
que la construcción de una bomba era posible. Los observadores declararon
sentirse hundidos después, tras considerar las desconocidas consecuencias de lo
que debía ser supuestamente un triunfo. Enviaron mensajes telefónicos
codificados en los que hablaban de Fermi como de un nuevo Colón, el navegante
italiano que había llegado a un nuevo mundo y había sido acogido con amabilidad
por los nativos. Poco después, Fermi se trasladó a la enclaustrada comunidad de
Los Álamos, una ciudad industrial autosuficiente oculta en el desierto de Nuevo
México, en la que soldados, científicos e ingenieros colaboraban para resolver
un problema práctico pendiente: ¿Cómo podía empaquetarse con seguridad la
fisión nuclear en una bomba transportable?
Para la gestión de Los Álamos Groves fichó a Oppenheimer, un físico
teórico sin experiencia organizativa alguna. Aunque parecían ser una pareja
imposible, el implacable general adicto al trabajo y el nervioso intelectual
con tendencias políticas de izquierdas se convirtieron en excelentes compañeros
de trabajo (Figura 50). A base de audaces decisiones, abandonaron los
protocolos normales que exigían pruebas piloto y gastaron generosamente para
lograr su objetivo. Tras la rendición de Alemania en mayo de 1945, la
afirmación original de que la bomba era necesaria como medio de disuasión en
Europa perdió toda su validez. Pero, para los implicados en el proyecto, era
difícil detenerse tan cerca de la meta. En cualquier caso, los americanos
seguían en guerra con Japón; hasta el hijo de cinco años de Fermi había
aprendido a cantar «We’ll wipe the Japs / Out of the maps»[110].
(«Barreremos a los japos / de todos los mapas»).
Oppenheimer preparó un ensayo general al que denominó en código Trinity,
su personal interpretación del concepto cristiano de que la muerte lleva
consigo la redención. Como en Chicago, los trabajadores soportaban miserables
condiciones de trabajo y sufrían el asfixiante calor del desierto, las afiladas
púas de la yuca, los escorpiones y tarántulas, las duchas frías y la caza de
antílopes para comer. En julio de 1945, más o menos a la misma hora en que una
bomba real se cargaba en un barco de la flota del Pacífico, un dispositivo
experimental fue izado hasta la punta de la torre de hierro de la Zona Cero, de
30 metros de altura y con unos cimientos que se hundían seis metros en la
tierra. Autobuses llenos de visitantes llegaron para observar la detonación, prevista
para las primeras horas de la mañana, pero no estaban preparados para la
dimensión de la devastación. Son conocidas las imágenes, fotográficas y
verbales, de ardientes soles y nubes en forma de seta. Menos conocidas son las
estadísticas: conejos que explotaban a 800 metros, temperaturas de 400 °C a
1500 metros, ceguera temporal a quince kilómetros. Después, el científico y el
soldado contemplaron los vaporizados restos de la torre (Figura 50).
Oppenheimer recordó el grito de Vishnu en las sagradas escrituras del hinduismo
—«Ahora me he convertido en la Muerte, el destructor de mundos»—, pero, según
se cuenta, se paseó ufano por allá con su sombrero de vaquero; Groves comentó
que la guerra solo concluiría después de lanzar dos bombas sobre Japón.
Tanto Groves como Oppenheimer apoyaron los bombardeos de Hiroshima y
Nagasaki el mes siguiente, y sus colegas de Los Álamos no cabían en sí de
júbilo al ver que los años de dedicación habían dado su fruto, que su proyecto
había sido un éxito. Esa fue, al menos, la reacción inicial. Tras la
publicación de las fotografías y las cifras de muertos, y después de la
aparición del envenenamiento por radiación, ya no estaban tan seguros. Como
expresó un emigrante alemán, «parecía macabro celebrar la muerte repentina de
cien mil personas, por muy enemigos que fueran»[111]. Por
cruel que pudiera parecer congratularse de aquella situación, los patriotas
creían (y lo siguen creyendo) que el lanzamiento de las bombas había sido la
decisión correcta.
De pronto, los físicos se habían convertido en héroes nacionales.
Algunos de ellos solicitaron —y lograron— fondos para el desarrollo de armas
nucleares más eficientes, que matasen a las personas sin dañar los edificios.
Muchos acallaron sus conciencias trabajando en proyectos de investigación en
universidades que, aunque financiados por organizaciones militares, no se
dedicaban de forma directa a la guerra. Pero otros no querían tener nunca más
ninguna relación con la muerte y la radiación y decidieron dedicarse al estudio
de la vida.
Su inspiración fue Erwin Schrödinger, un austríaco pionero de la
mecánica cuántica que había huido a Dublín durante la guerra. En la Figura 49,
la fotografía de la conferencia Solvay de 1927, Schrödinger está de pie en la
fila posterior, justo detrás de Einstein (no es una casualidad que el traje de
Schrödinger se distinga del resto: su inveterada costumbre de vestir siempre
ropas deportivas lo apartó a menudo de ocupar puestos oficiales). Como
Einstein, a pesar de ser responsable de importantes ecuaciones matemáticas en
las que se describían ondas y partículas, Schrödinger nunca aceptó que las
probabilidades representasen respuestas definitivas. En 1945, en un pequeño
pero extraordinariamente influyente libro llamado ¿Qué es la vida?,
Schrödinger urgía a los científicos a que buscaran el equivalente biológico de
las leyes cuánticas para formular descripciones físicas del crecimiento, la
herencia y otros fenómenos inexplicables. En un mundo devastado por la guerra,
solo Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia se hallaban en posición de
financiar investigación, y allí fue donde los físicos emigraron: hacia el
dinero y hacia un futuro en biología, la nueva manifestación de la Gran
Ciencia.
2. Herencia
Que las cosas más dulces se agrian por sus actos, y un lirio corrompido
huele cual mala hierba.
William Shakespeare, Soneto 95
Los periódicos de 1953 pudieron relatar varios momentos
transcendentales. En aquel año, los presidentes Tito y Eisenhower llegaron al
poder, pero Josef Stalin lo perdió; se relacionó el cáncer de pulmón con el
tabaco; la Unión Soviética hizo estallar una bomba de hidrógeno; y dos hombres
llegaron a la cima del monte Everest. Cincuenta años después, sin embargo,
estas historias que coparon los titulares ya no parecen tan apasionantes. En
cambio, se celebró el aniversario de un breve informe aparecido originalmente
en las páginas interiores de Nature, una revista académica
británica. Escrito por dos científicos desconocidos de Cambridge, la conclusión
deliberadamente sobria de este artículo fue en aquel momento ignorada por los
periodistas en busca de noticias emocionantes. «No nos ha pasado desapercibido»,
comentaban lacónicamente los dos científicos, «que el emparejamiento específico
que hemos postulado sugiere inmediatamente un posible mecanismo de copia del
material genético»[112].
Traducido del árido lenguaje científico, Francis Crick y James Watson
declaraban que, al haber desentrañado la estructura de las complejas moléculas
que forman los genes, habían revelado los secretos de la herencia. Su discreto
anuncio en Nature simboliza actualmente la nueva era de la
biología molecular.
Desde ese momento, la doble hélice del ácido desoxirribonucleico (ADN)
se ha transformado en un símbolo cultural. Innumerables artistas han estilizado
las torpes estructuras con pinzas y las placas hechas a mano (Figura 52) para
convertirlas en elegantes espirales gemelas que se han reproducido, no solo en
los libros de texto de biología, sino también en esculturas, botellas de
perfume y brazaletes (por desgracia, los picaportes de las puertas de la Royal
Society de Londres en forma de molécula de ADN se instalaron al revés).
Figura 52. Fotografías de James Watson y Francis Crick con un modelo del
ADN, Laboratorio Cavendish, Cambridge (mayo de 1953). Contactos de fotografías
de Antony Barrington-Brown.
Como un caduceo (las dos serpientes entrelazadas que simbolizaban la
medicina en la Antigüedad) de los tiempos modernos, este modelo molecular se ha
abstraído en una doble hélice que representa el progreso científico en su
conjunto: instantáneamente reconocible, aunque no comprendido. Pero también se
ha convertido en un emblema al estilo de Frankenstein, utilizado de forma
visible en la propaganda contra proyectos de investigación polémicos como la
clonación, la modificación genética de cultivos o las armas biológicas.
La conversión del rudimentario modelo de Crick y Watson en un símbolo
universal representó un difícil trabajo de publicidad y de autopromoción. Como
el propio Crick solía destacar, no fue la pareja de científicos la que creó el
modelo, sino el modelo el que los creó a ellos. De los contactos de la Figura
52, Watson seleccionó la segunda foto, que parece capturar al dúo de Cambridge
en su momento de triunfo y que se ha convertido en un icono del descubrimiento
científico. La tosca estructura con aspecto de mecano y el laboratorio desnudo
con su anticuado fregadero indican que esa austeridad de posguerra ha sido
superada por la pujante disciplina de la biología molecular. Agitando su regla
de cálculo y con parches en los codos, Crick asume el papel del héroe
intelectual descuidado, mientras que Watson mira hacia arriba, un joven genio
norteamericano admirado ante su maravillosa molécula. Aunque es obvio que no es
espontánea, esta fotografía ofrece promesas de miradas privilegiadas en el
taller del conocimiento científico.
La cámara nunca miente, pero… la verdad es que el modelo que se presenta
era de demostración, y no se utilizó en el descubrimiento en sí; la regla de
cálculo de Crick no era más que elemento de atrezzo irrelevante
y las fotografías se tomaron meses después (incluso se discute sobre la fecha
exacta). La fotografía 2 se convirtió en un símbolo pasados quince años, cuando
Watson la incluyó en La doble hélice, su thriller científico
acerca de la búsqueda del ADN. En este best seller, que fue muy
criticado, Watson ensalzaba su propio rol al tiempo que minimizaba la
importancia de las aportaciones de un equipo londinense encabezado por Maurice
Wilkins y Rosalind Franklin, que habían publicado sus hallazgos en el mismo
número de Nature.
Figura 53. Fotografía de difracción de rayos X del ADN tomada por Rosalind
Franklin y Ray Gosling (2 de mayo de 1952).
En la Figura 53 se muestra una fotografía de rayos X tomada por Franklin
pero filtrada por Wilkins, que ofreció a Watson la pista fundamental que
necesitaba. En sus propias palabras: «En el mismo momento en que vi la imagen,
mi boca se abrió y mi pulso se aceleró»[113].
Esta, y no la del dúo de Cambridge, es la fotografía que debería haberse
hecho célebre, porque ofrece sólidas pruebas acerca de la estructura del ADN.
Aunque Watson no era un experto, reconoció de inmediato que la forma más
prominente en forma de X revelaba una hélice; más adelante se dio cuenta de que
las barras y los diamantes indicaban una espiral doble, no sencilla, con
patrones atómicos repetidos a lo largo de toda su longitud. El análisis de las
complejidades de esta fotografía implica tomar cuidadosas medidas y efectuar
complejos cálculos. Sin embargo, el preestreno ofrecido a Watson le sirvió de
inspiración para guiarlo en una dirección concreta.
Watson idealizaba la ciencia como una emocionante y despiadada carrera.
Inteligente, aunque impulsivo y vanidoso, se representaba a sí mismo en La
doble hélice como un displicente americano desconcertado por el
pintoresco Cambridge y obsesionado con el sexo y el tenis. Según su propio
relato heroico, Watson desafió las instrucciones de su jefe de concentrarse en
su propio trabajo para dedicarse a celebrar reuniones clandestinas con Crick,
en las que luchaban por resolver el mayor de los enigmas de la ciencia. Aunque
sus antecedentes intelectuales eran distintos, —Crick era físico y Watson,
biólogo—, compartían el interés por la genética y sus habilidades se
complementaban. Para rellenar los huecos, recogían información de artículos e
interrogaban a los prestigiosos visitantes que pasaban por Cambridge.
Según el código de Watson, todos los medios eran válidos para alcanzar
su objetivo de ser el primero en obtener la respuesta correcta, incluso
apropiarse de los resultados de Franklin, a quien menospreciaba calificándola
de mujer con pésimo gusto en el vestir, que se negaba a usar lápiz de labios y
que se había inmiscuido en un mundo de hombres. Como Watson, Franklin se veía a
sí misma como una intrusa, incómoda en la atmósfera de un laboratorio británico
después de disfrutar de un período de investigación en París. A Franklin, a
quien habían hecho creer que encabezaba su propio proyecto, le molestaban las
interferencias externas, y trabajaba sola para protegerse de la discriminación.
A diferencia del enfoque de ensayo y error de Watson, su procedimiento era
metódico, investigando sistemáticamente las moléculas que aislaba. Mientras que
Crick y Watson construían modelos de prueba como herramientas de investigación,
para Franklin cumplían el papel secundario de visualización de estructuras que
ya había deducido de forma analítica.
El azar unió a Crick, un estudiante de doctorado de treinta y tantos
años que llevaba tiempo dando tumbos, con Watson, un investigador de
posdoctorado mucho más joven en busca de un tema de trabajo. Para entonces,
científicos de todo el mundo habían llegado a la conclusión de que la
información genética no se transporta en las proteínas, como se había creído
hasta no hacía mucho, sino en los ácidos nucleicos, intrincadas cadenas de
moléculas enlazadas en estructuras aún más complejas. Atraídos por la emoción
de la caza, Crick y Watson decidieron enfocar sus esfuerzos en uno de esos
ácidos: el ADN. Resultó ser una opción afortunada, porque aún no estaba claro
que el ADN fuese la sustancia clave. A diferencia de lo que ocurre en las
sustancias inertes, las células vivas contienen cadenas de unidades químicas
organizadas en un orden definido. Y lo que es fundamental: este orden está
determinado genéticamente, por lo que en algún lugar debe existir un código, un
conjunto de instrucciones, que determina el orden de las unidades. Visto en
retrospectiva, esta necesidad de un código puede parecer un súbito rapto de
inspiración. En realidad, como muchos de los conceptos de la ciencia, surgió
como resultado de innumerables y meticulosos proyectos de investigación.
Aprovechando los descubrimientos de otros laboratorios, Crick y Watson
combinaron tres puntos de vista distintos ya existentes. Algunos grupos de
investigación se concentraban en explorar la estructura física de las moléculas
complejas, mientras que otros las examinaban desde una perspectiva química.
Además, algunos científicos, inspirados por ¿Qué es la vida? de
Schrödinger, abogaban por un enfoque totalmente distinto al enigma de la vida:
creían que, igual que la mecánica cuántica se había desarrollado para hacer
frente a las incertidumbres del mundo subatómico, era necesario efectuar un
salto de imaginación similar para explicar los misterios de la herencia. Para
ellos, la clave para comprender la herencia era la información: ¿cómo pasan las
células vivas características de una generación a la siguiente?
La elección del organismo adecuado para estudiar es esencial en
biología. A principios del siglo XX, los científicos habían investigado los
genes de las moscas de la fruta (Drosophila, Figura 46), pero la
generación posterior eligió organismos mucho más simples: los fagos,
pequeños virus consistentes en una capa de proteína que rodea a un ácido
nucleico. Fáciles de criar, con un período de reproducción de media hora y
compuestos de solo dos moléculas, los virus fagos demostraron ser sujetos
ideales para decidir si eran las proteínas o los ácidos los responsables de la
herencia. El año después de que Crick y Watson se conociesen en Cambridge, se
enteraron de que un reciente experimento con fagos había inclinado la balanza
de forma definitiva hacia el ADN. Los dos científicos decidieron combinar este
enfoque de la información con investigaciones más tradicionales sobre la
estructura mecánica y el comportamiento químico de las moléculas.
Watson era un genetista al que no se le daban bien los fagos, al que le
aburría la química y con poca experiencia en la exploración de la arquitectura
de las grandes moléculas, un tipo de investigación especialmente importante en
Gran Bretaña. La principal técnica en este sentido era la cristalografía de
rayos X, una especialidad en la que ocupaban posiciones de importancia un
número singularmente alto de mujeres, como la cristalógrafa Dorothy Hodgkin
(Figura 48), jefa del laboratorio de Oxford y galardonada con el premio Nobel.
La técnica, en principio, es simple: se hacen pasar haces de rayos X a través
de un cristal y los investigadores generan patrones de puntos en una pantalla,
a partir de los cuales averiguan la estructura interna de la molécula. La realidad
es muy diferente. Como indica la Figura 53, creada por Franklin, es necesario
poseer una inusual habilidad y paciencia para obtener siquiera una imagen
clara, y no digamos para construir una estructura tridimensional a partir de
una serie de imágenes en dos dimensiones. La fotografía de rayos X exige una
cuidadosa manipulación química, mediciones precisas y una interpretación
experta.
Para la experta Franklin, esta fotografía no era más que una de las
muchas piezas que evaluaba sistemáticamente, tomándose el tiempo necesario para
ello y aprendiendo a dominar las técnicas necesarias, un procedimiento metódico
compartido por Hodgkin. Watson, en cambio, describe cómo daba bandazos de una
hipótesis incorrecta a la siguiente, y acabó en la doble hélice combinando
destellos de intuición y fragmentos de información prestada de especialistas.
Watson y Crick, forcejeando con su puzle tridimensional, recogían solo la
información imprescindible para permitirles encajar sus piezas en una
estructura compatible con todos los datos. Después de muchos callejones sin
salida y felices casualidades, llegaron a un versión que tenía sentido y además
lo tenía todo en cuenta. Durante los años posteriores, un ejército de biólogos
moleculares se dedicó a averiguar los detalles, a explicar cómo las moléculas
de ADN pueden desenredarse en dos hebras separadas antes de combinarse con
nuevos compañeros para formar un patrón único.
Los genetistas moleculares unieron también dos aspectos independientes
de la biología: la actividad electroquímica en el interior de las células y las
teorías darwinianas de evolución por selección natural. Para rastrear las
líneas de herencia evolutiva, los científicos se concentraban antes en el
examen de las características visibles, como los esqueletos de los animales o
los órganos reproductivos de las plantas. Una vez que se puso al descubierto la
estructura interna de los genes, disponían de una nueva herramienta para
establecer relaciones evolutivas, una herramienta que proporcionaba un nuevo
tipo de pruebas para confirmar las conclusiones de Darwin. Aun así, esto no
sirvió para convencer a los que no estaban convencidos, sino más bien al
contrario: a medida que aumentaba el apoyo científico a la evolución por
selección natural en la segunda mitad del siglo XX, la oposición se fortalecía.
Los cristianos fundamentalistas se refugiaron en la seguridad de la Biblia,
mientras que otros entusiastas sustituían al Dios tradicional por un Diseñador
Inteligente, sin dar explicación alguna sobre qué tipo de inteligencia se le
supone a un diseñador que planifica a personas con tendencia a los problemas de
espalda y bebés con la cabeza excesivamente grande.
La decodificación del ADN se festejó como un gran triunfo, pero el
enigma de la vida en sí siguió siendo un misterio. Para resolver el problema,
el reduccionismo volvió a ponerse de moda en la ciencia. En esta versión del
siglo XX, los genes adquirieron una nueva reputación como componentes
fundamentales de la vida y la sociedad, que determinan el aspecto y el
comportamiento de un organismo. Equipos de investigación de todo el mundo se
embarcaron en un ambicioso programa internacional para elaborar un mapa del
genoma humano, para hallar el orden de los subgrupos químicos que componen cada
uno de los genes. Las ciencias de la vida, anteriormente consideradas como una
especialidad «blanda», terreno de mujeres y aficionados, vieron cómo los
gobiernos empezaban a financiar generosamente la investigación genética, el
nuevo rival de la física y de los vuelos espaciales. Igual que aterrizar en la
Luna, la elaboración del mapa del genoma humano proporcionó abundante material
propagandístico no solo para la ciencia, sino también para determinados países.
Los científicos aprovecharon las tensiones políticas para solicitar el apoyo de
los estados; en Francia, por ejemplo, insistían en la importancia de oponerse
al dominio norteamericano, mientras que sus homólogos británicos destacaban los
peligros de la fuga de cerebros al otro lado del Atlántico.
La investigación genética se trasladó también fuera de los laboratorios
para poner un nuevo punto de mira en la sociedad. En la década de 1970 surgió
una nueva disciplina científica: la sociobiología, fundada por
Edward Wilson (al que se suele citar como E. O. Wilson), un investigador
norteamericano especializado en las hormigas que había decidido dar el salto a
una teoría general de los seres humanos. El proceso se efectuó en dos fases. En
primer lugar, los sociobiólogos examinaron su propia sociedad y otras
sociedades para hallar los elementos comunes; a continuación dieron un salto
teórico, afirmando que esas características eran universales porque estaban
codificadas en los genes de las personas. Según ese tipo de lógica, como las
responsabilidades están casi universalmente repartidas entre los sexos, los
hombres están genéticamente programados para trabajar y las mujeres, para
quedarse en casa. Los oponentes acusaron a los sociobiólogos de otorgar validez
científica a la represión política: el cambio es inútil, dice el razonamiento,
porque las personas están dominadas por genes que han sobrevivido a tres mil
millones de años de lucha evolutiva.
En el centro de la evolución se conservaba, sin embargo, una paradoja:
si la vida es una batalla por la supervivencia, ¿por qué las personas son
amables unas con otras? ¿Por qué se comportan con altruismo, sin obtener una
clara ventaja para sí mismos? Uno de los discípulos de Wilson, el zoólogo
británico Richard Dawkins, introdujo un nuevo término en el idioma inglés: «el
gen egoísta», una metáfora que pronto se solidificó en la realidad. Cuando
Darwin planteó su teoría de supervivencia agresiva, incorporó el ethos competitivo
del capitalismo victoriano; en la versión de Dawkins, el interés personal está
codificado en nuestras moléculas. Según Dawkins, el mundo natural es cruel
porque son los genes individuales, no los organismos completos, los que
intentan continuamente eliminar a sus competidores moleculares. Desde su
perspectiva sociobiológica, aunque los actos de generosidad humana pueden
parecer altruistas, ocultan batallas que se llevan a cabo en las profundidades
de nuestras celdas, en donde los genes condicionan de manera egoísta nuestra
conducta para garantizar su propio futuro. Dawkins ofrecía así una popular
explicación de las interacciones químicas, pero en la realidad —como señalaban
sus críticos—, los genes no pueden pensar ni tener motivos, ya sean o no
egoístas. Sin embargo, a pesar de sus limitaciones, este modelo verbal amplió
cada vez más su influencia.
En la década de 1980, las posturas idealistas sobre una investigación
genética cuyo único objetivo era desvelar las verdades de la naturaleza se
habían desvanecido. La biología molecular había sido suplantada por la
biotecnología. Los genes ya no se descubrían, sino que eran artefactos
diseñados en el laboratorio, lo cual se traducía en que podían patentarse. La
ideología de la imparcialidad de la ciencia recibió un nuevo golpe con la
entrada de las empresas en el mercado de los componentes básicos de la vida.
Las universidades empezaron a parecerse a industrias, los investigadores
estaban obligados a respetar reglas de confidencialidad y su objetivo era crear
inventos rentables cuyo propietario era la institución, no el individuo.
Las esperanzas de que los secretos de la vida podrían ponerse al
descubierto por el procedimiento de desenredar hélices demostraron ser falsas.
Las moléculas reales resultaron ser mucho más desorganizadas que los modelos de
laboratorio, y estaban repletas de errores y repeticiones. Lejos de estar
formada por paquetes ordenados de información, una molécula de ADN contiene una
cantidad relativamente pequeña de genes eficaces, dispersos entre gran cantidad
de detritus químico. Y un problema aún mayor: empezaba a estar bastante claro
que los genes no eran los responsables de todo; los seres humanos y los
chimpancés comparten casi un 99 por 100 de su ADN, lo cual no deja demasiado
margen para explicar las diferencias entre ambas especies. El viejo debate
entre nacimiento y crianza reapareció bajo un nuevo aspecto en el que las
influencias ambientales se extendían al entorno químico de los genes dentro de
las células.
Aunque el proyecto del genoma humano prometía mejoras médicas muy
beneficiosas, pocas se han convertido en realidad, porque las interacciones
genéticas pueden ser extraordinariamente complejas. No hay genes individuales
que se correspondan con la enfermedad coronaria o con el cáncer, por no hablar
de la delgadez, la inclinación sexual o la inteligencia. En todo caso, la
situación ha dado lugar a nuevos problemas éticos. Juguetear con células y
transmitir los efectos a las generaciones futuras es una perspectiva alarmante
debido a la posibilidad no muy aventurada de que algo no funcione bien. Y
además, ¿quién decide cuándo una diferencia se convierte en un defecto? Aunque
a muchas personas les gustaría erradicar la enfermedad de Huntington (de
efectos devastadores, progresiva e incurable), otras afecciones hereditarias
pueden parecer menos claras. Arreglar la raza humana para eliminar
características supuestamente indeseables parece algo demasiado próximo a los
planes nazis de purificación. Como la eugenesia, la terapia génica es una
ciencia médica iniciada con la mejor de las intenciones, pero cargada de
potencial político.
3. Cosmología
Dos caminos divergían en un bosque, y yo… Yo tomé el menos transitado, y
eso ha supuesto toda la diferencia.
Robert Frost, The Road Not Taken (1916)
James Watson convirtió su falta de especialización en una ventaja al
describirse a sí mismo como un bricoleur de la ciencia, un
aventurero intelectual que había decodificado los secretos de la herencia
montando fragmentos sustraídos de diversas disciplinas. Pero otros pioneros con
ese mismo desparpajo fueron ridiculizados por aventurarse en áreas fuera de sus
habilidades propias. Cuando Alfred Wegener, un meteorólogo alemán, murió sobre
una placa de hielo en el Ártico en 1930, sabía que su original idea acerca de
la estructura de la Tierra había sido rechazada por los geólogos profesionales.
Pasaron más de treinta años antes de que se convirtiese en héroe póstumo de las
ciencias de la Tierra tras la confirmación de su idea de la deriva continental
en la década de 1960.
Como Crick y Watson, Wegener había decidido enfrentarse a uno de los
grandes desafíos pendientes de la ciencia; como ellos, su actuación consistía
en apoyar sus intuiciones con información tomada de otros especialistas y
convertirlo todo en una solución nueva. La ciencia geológica había consistido
tradicionalmente en fechar rocas e identificar fósiles, pero Wegener estudió la
Tierra como un objeto completo; de un modo similar a un cosmólogo, intentó
comprender el desarrollo de nuestro planeta desde su creación hasta su forma
actual. Por desgracia, a pesar de que el modelo que creó era atractivamente
simple, Wegener no pudo hallar un mecanismo que explicase su funcionamiento.
Los geólogos ortodoxos (en especial los norteamericanos) condenaron las teorías
de este entusiasta alemán, censurándolo por recoger sus conocimientos en los
libros de una biblioteca en lugar de salir y obtener experiencia práctica en el
campo.
Wegener tuvo una primera inspiración en 1910, cuando observó que los
bordes de África y de Suramérica encajaban como piezas de un rompecabezas.
Otras personas ya se habían dado cuenta de esta concordancia, pero Wegener fue
el primero que la convirtió en una teoría completa. Hay que reconocer que no
era muy sólida, a pesar de que intentaba dar respuesta a conflictos históricos
entre distintas tendencias de la geología. Los anticuados discípulos de Charles
Lyell, el geólogo que había influido en Charles Darwin, argüían que la Tierra
se halla en un estado estacionario de cambio gradual, una lenta transformación
a ritmo uniforme que se extendía a lo largo de eones. A los partidarios de
Lyell se oponían los modernos catastrofistas, que sostenían que las perturbaciones
habían sido mucho más violentas en el pasado que en la actualidad; con el apoyo
de los físicos, explicaban que la Tierra se estaba enfriando y encogiéndose,
creando así cordilleras como sucede con la piel arrugada de una manzana vieja.
A principios del siglo XX, esa imagen ya no parecía ser correcta. Los
cálculos mostraban que la contracción por enfriamiento no bastaba para dar
cuenta de los monstruosos pliegues de la superficie terrestre.
Figura 54. Mapas de Alfred Wegener en los que se muestran tres fases del
desarrollo de la Tierra. Alfred Wegener, El origen de los continentes y los
océanos (1924).
Otra complicación era la variada composición de la corteza terrestre;
parecía claro que los continentes no están hechos del mismo material que los
lechos oceánicos, sino que más bien son como balsas ligeras que descansan sobre
una superficie más dura. Para empeorar las cosas, tras el descubrimiento de la
radiactividad, los físicos declararon que la Tierra ha mantenido una
temperatura estable, calentada por la desintegración nuclear dentro de su
núcleo. Enfrentado a diversos grupos, cada uno de ellos con preocupaciones
propias, Wegener intentó hacer coincidir sus discordantes perspectivas
seleccionando los elementos que apoyaban su visión del mundo rompecabezas.
Wegener rescató la idea de que en una época había existido un único
supercontinente, al que denominó Pangea. En el diagrama superior de
la Figura 54muestra una imagen de la Tierra hace unos trescientos millones de
años, con la mayor parte de territorio concentrado en la Pangea. De forma muy
gradual, explicaba Wegener, esta masa única se fragmentó en continentes de
formas reconocibles, que se arrugaron para formar cordilleras. El mapa inferior
muestra sus posiciones hace unos dos millones de años, al principio del actual
período geológico. En apoyo de su tesis, Wegener reunió gran cantidad de
pruebas auxiliares. Como experto en climatología histórica, señaló lo bien que
su teoría explicaba los patrones históricos de glaciación lejos de los polos.
También halló confirmación en el registro fósil y en las formaciones
geológicas, haciendo notar su continuidad en ambos lados del océano como líneas
de un periódico rasgado.
Los oponentes de Wegener no quedaron convencidos. Sí, estaba muy bien
que un intruso aficionado presentase bonitos diagramas, se burlaron, pero
¿dónde estaban las pruebas? De todos los problemas que Wegener decidió dejar de
lado para resolver más adelante, el más grave era el de cómo funcionaba todo
aquello. ¿Por qué derivan los continentes y cómo lo hacen? Ni Wegener ni sus
seguidores pudieron hallar una respuesta razonable. Su idea de la deriva
continental permaneció en cuarentena hasta después de la segunda guerra
mundial, cuando las actitudes hacia el estudio de la Tierra habían cambiado.
En la época de la guerra fría, el reto de descifrar el pasado distante
del mundo ya no pertenecía al dominio exclusivo de los geólogos tradicionales
que examinan fósiles y estratos. La nueva disciplina de las ciencias de la
Tierra abarcaba ahora a los sismólogos, meteorólogos, oceanógrafos…
Especialistas con formación en física matemática que contemplaban la Tierra
como una unidad. Aparte de examinar su superficie, estos científicos
investigaban sus estructuras internas, sus océanos y su atmósfera, así como los
efectos de su entorno cosmológico, como las tormentas magnéticas del Sol. A
diferencia de la geología, las ciencias de la Tierra eran Gran Ciencia y
atraían una inmensa cantidad de fondos, no solo de patrocinadores industriales
en busca de minerales, sino también de países en busca de estatus. Estados
Unidos competía contra la Unión Soviética en la conquista del espacio, pero
también lanzó el Proyecto Mohole, un plan extraordinariamente caro (y que se
abandonó) para enviar sondas a las profundidades de la Tierra.
Algunos de estos científicos, que trabajaban para el ejército, alzando
mapas de los lechos marinos para facilitar el seguimiento de los submarinos
enemigos, obtuvieron resultados sorprendentes. En lugar de ser gruesos,
antiguos y planos, los lechos oceánicos resultaron ser delgados, recientes (en
términos geológicos, claro está) y cruzados por crestas aún más jóvenes que se
extendían bajo las aguas en dirección norte-sur. Lo que aún parecía más
extraño, las rocas en ambos lados de estas cordilleras oceánicas tenían
atrapadas en su anterior bandas magnéticas, registros permanentes del pasado
del planeta. Mientras, en tierra firme, los geofísicos hallaban pruebas de que
el campo magnético terrestre había cambiado varias veces durante la historia.
Y, mientras estos y otros resultados se iban acumulando, en 1962 apareció un
libro que cambió la forma en la que los científicos pensaban sobre su propia
actividad: La estructura de las revoluciones científicas de
Thomas Kuhn.
La decepción del público crecía y crecía, espoleada por las campañas
para el abandono de las armas nucleares, la prohibición de los pesticidas y la
reflexión sobre las prioridades de investigación en una sociedad dominada por
los hombres. Cada vez parecía más claro que ciencia no implicaba necesariamente
progreso. Kuhn era un catastrofista, no un uniformista. Según Kuhn, la historia
de la ciencia está salpicada de revoluciones, cada una de ellas precipitada
cuando las pruebas contra la opinión predominante se acumulan hasta superar un
punto de ruptura. Por ejemplo, antes de Copérnico, los astrónomos ideaban lo
que ahora nos parecen insólitos esquemas para apoyar la idea de un sistema con
la Tierra en el centro, aferrándose a complicados epiciclos aunque sus
predicciones no se correspondiesen con las observaciones. Finalmente; decía
Kuhn, se llega a un punto crítico. El modelo antiguo se abandona por completo y
los esfuerzos de la generación siguiente se dedican a la ciencia normal:
refinar la versión nueva, comprobar si se ajusta a las observaciones y
establecer un nuevo paradigma que guíe la forma en la que las personas conciben
el mundo. Hasta que se empiezan a acumular las discrepancias… y tiene lugar una
nueva revolución.
Inspirados por la gratificante perspectiva de ser celebrados como
revolucionarios, los científicos que se dedicaban a las ciencias de la Tierra
se presentaron conscientemente a sí mismos como modificadores de paradigma
kuhniano. Su momento ¡Eureka!, el equivalente geológico de la caída de la
manzana de Newton o de la tetera de Watt, llegó en 1965, cuando un patrón
hipotético de bandas magnéticas se ajustó perfectamente a las observaciones de
un equipo que efectuaba prospecciones en el océano. Aunque era necesario pulir
muchos detalles, esta concordancia simbolizó el nacimiento de la tectónica de
placas. Fue muy práctico tener ya un héroe disponible: Alfred Wegener, cuyas
ideas se correspondían con algunos aspectos de esta nueva teoría. Wegener había
imaginado los continentes derivando alrededor del mundo, pero ahora se los
concebía montados sobre gigantescas placas en movimiento constante, mientras
las rocas circulaban bajo los océanos, elevándose en las crestas y hundiéndose
de nuevo en las depresiones.
Aquello parecía una revolución kuhniana ideal. De rápida aceptación, la
tectónica de placas invalidó los modelos antiguos y resolvió de forma radical
las tensiones intelectuales surgidas desde principios de siglo. La ciencia de
la Tierra se estabilizó, reconciliando esta visión de lentos cambios perpetuos
con el uniformismo de Lyell. Pronto, sin embargo, una nueva disrupción agitaría
este tranquilo período de consolidación cuando se sugirió que periódicamente la
Tierra recibe el impacto de asteroides, que agitan violentamente la Tierra y
fuerzan el paso de un período geológico a otro. Reflejando los actuales temores
de inviernos nucleares, algunos científicos imaginaban escenas de desastre con
bombardeos de meteoros que producen nubes de detritos que bloquean la luz,
condenando a los dinosaurios y a otras especies a la extinción. El uniformismo
terrestre sufría un nuevo desafío, el del catastrofismo cosmológico.
La geología había sido independiente de la astronomía, pero se
desarrollaron juntas durante el siglo XX. Afectadas de forma similar por las
guerras, la financiación y la matematización, quedaron incluidas en las nuevas
Grandes Ciencias: la ciencia de la Tierra y la cosmología. E incluso esos
límites eran borrosos. Las ciencias de la Tierra tenían en cuenta los entornos
espaciales y los cosmólogos precisaban de conocimientos geológicos para
analizar rocas de otros mundos en busca de rastros de vida. Como ilustra la
teoría de los asteroides, estaban también intentando dar respuesta a la misma
cuestión fundamental: ¿el cambio es gradual o violento? El debate de los
científicos acerca de la deriva continental iba acompañado de argumentos
cosmológicos sobre el Universo en su conjunto: ¿era eternamente estable o se
originó de forma explosiva?
La decisión de un Universo uniforme o variable se veía afectada tanto
por las pruebas sólidas como por las convicciones personales. A pesar de los
enormes instrumentos, la complejidad matemática y los proyectos de escala
industrial de la Gran Ciencia, los científicos no dejaban de ser personas
reales, no autómatas racionales. Por ejemplo, Einstein, en lo que más tarde
llamaría «su mayor metedura de pata», permitió que su convicción personal de
que el Universo es estable contradijese a su propia relatividad general, que
predice su expansión. Aunque se opuso a sus críticos durante años, finalmente
tuvo conocimiento de algunos sorprendentes resultados que mostraban que estaba
equivocado. Decidido a averiguarlo por sí mismo, mientras Wegener viajaba a
Groenlandia al encuentro de su propia muerte, Einstein hacía planes para
visitar California y conocer al astrónomo Edwin Hubble.
Hubble se ha hecho famoso por el telescopio espacial que lleva su
nombre, pero se le solía llamar «El Comandante» por su conducta aristocrática y
las expresiones inglesas que utilizaba. Poco después de servir como oficial en
la primera guerra mundial, Hubble se había visto envuelto en la mayor
controversia astronómica de Estados Unidos. ¿Hay una única, enorme galaxia, o
muchas galaxias pequeñas dispersas por el espacio como universos isla? Aunque
se supone que los científicos toman sus decisiones analizando datos, en este
caso no se ponían de acuerdo sobre el significado de estos. Los partidarios de
ambas tesis afirmaban poseer pruebas convincentes, pero las mismas
observaciones se pueden utilizar para apoyar teorías distintas; ante un mismo
amanecer, Ptolomeo vería salir el Sol, mientras que Galileo vería hundirse la
Tierra. Poco a poco, los partidarios de la galaxia única empezaron a aumentar,
no porque dispusiesen de mejores pruebas, sino porque sus líderes eran mejores
en los debates.
Los astrónomos necesitaban una regla con la que medir el Universo, y
esta regla se la proporcionó una calculadora humana, Henrietta Leavitt, una de
las numerosas mujeres empleadas como bestias de carga científicas durante los
últimos 300 años. Con la inteligencia suficiente para poder calcular, pero lo
bastante desesperadas por trabajar como para soportar largas jornadas y bajos
salarios, entre estas mujeres no solo encontramos a matemáticas que elaboraban
tablas de números antes de la era de la electrónica, sino también a amas de
casa de la década de 1960 contratadas para descifrar los recorridos de las
partículas subatómicas. En Harvard, a principios del siglo XX, la tarea de las
mujeres calculadoras era revisar placas fotográficas midiendo el brillo de cada
estrella en comparación con una paleta estándar. Aunque a Leavitt, una semi
inválida que vivía recluida, le pagaban por trabajar, no por pensar, manipuló a
su jefe para que aceptase las condiciones que ella imponía, y fue capaz de
identificar un tipo especial de estrella de brillo variable. Al elaborar una
gráfica del brillo de cada estrella en función del periodo de variación vio que
seguía una línea recta, lo que Hubble utilizó más tarde para averiguar la
distancia a la que se hallaba una nueva estrella que había descubierto. La
cifra que halló fue tan inmensa que los partidarios de la galaxia única
tuvieron que rendirse y admitir que era más probable que hubiese múltiples
universos. Pero Leavitt ya había muerto, sus detalles personales se habían olvidado
y el director del observatorio se había apropiado de la gloria que le
correspondía a ella.
Hubble trazó su propia gráfica en línea recta, utilizando las estrellas
variables de Leavitt para averiguar las distancias de las galaxias isla y
representarlas en función de la velocidad. Fue este resultado el que hizo que
Einstein se replantease su opinión, ya que Hubble demostró que, cuanto más
alejada se encuentra una galaxia, más rápido se aleja de la Tierra. Como
Einstein explicó cuando regresó a Oxford (véase la pizarra de la Figura 40), el
diagrama de Hubble confirmaba la consecuencia de la teoría de la relatividad
que tanto le había costado aceptar al propio Einstein: el Universo empezó
siendo un pequeño cúmulo de gran densidad y lleva expandiéndose desde entonces.
En palabras del periódico local de la ciudad natal de Hubble: «Joven que
abandonó las montañas Ozark para estudiar las estrellas hace cambiar de opinión
a Einstein»[114].
Aunque Einstein cambió de parecer acerca de la expansión cósmica,
algunos de los científicos posteriores no estaban de acuerdo con ella. Sus
reservas eran tanto teológicas como científicas. A mediados de siglo se estaba
definiendo el frente de batalla, con el simbólico liderazgo de dos astrónomos
de Cambridge, Martin Ryle y Fred Hoyle. Por un lado se hallaban los teóricos
del Big Bang alineados con Ryle, que afirmaban que el Universo se había formado
mediante una explosión a partir de un diminuto pero masivo centro. Para ellos,
esta era la única forma de conciliar la expansión de Hubble con la relatividad
de Einstein. Como factor ventajoso adicional, era compatible con la primera
frase de la Biblia: «En el principio Dios creó los cielos y la tierra». Otros
científicos —sobre todo Fred Hoyle, ateo declarado— aborrecían esta intrusión
de los puntos de vista religiosos en la ciencia. Rechazando la idea bíblica de
que el cosmos de Dios lleva asociada una trayectoria en el tiempo, sostenían
que el Universo se encuentra en un estado estacionario y se expande
gradualmente a medida que se crea materia, pero siempre con el mismo aspecto,
se mire desde donde se mire.
Los partidarios del Big Bang se convencieron de su victoria a principios
de la década de 1960, cuando Ryle obtuvo dos confirmaciones experimentales. Una
de ellas procedía de los laboratorios Bell en Estados Unidos, en donde un grupo
de astrónomos anunció que habían logrado averiguar la causa del ruido que había
estado perturbando las observaciones de sus antenas (incluso habían limpiado
los excrementos de paloma para eliminar cualquier posibilidad). Para ellos
estaba claro que estaban recibiendo una radiación de baja temperatura que
impregnaba todo el espacio, confirmando así una predicción anterior sobre el
enfriamiento del cosmos después de una explosión inicial. El otro
descubrimiento significativo fue un nuevo tipo de estrellas que emitían ondas
de radio, denominadas quásares, que se hallaban a enormes distancias de la
Tierra y que parecían alejarse a grandes velocidades.
En lugar de admitir su derrota, Hoyle y sus partidarios se comportaron
como reaccionarios kuhnianos, apuntalando su teoría cada vez más insostenible
ante la montaña de pruebas en contra. Y sin embargo, a pesar de que la idea del
estado estacionario acabó por desaparecer, Hoyle ejerció una gran influencia
como popularizador de la cosmología. Cuando Hoyle utilizó la radio y las
revistas para defender sus puntos de vista, sus rivales del Big Bang le
acusaron de utilizar una táctica innoble. Sin embargo, al sacar los abstrusos
debates científicos de las oscuras revistas especializadas y ponerlos en los
medios de comunicación de masas, Hoyle captó el interés del público, esencial
para que los gobiernos aumentasen su financiación. Los astrónomos que
ridiculizaban a Hoyle acabaron por sacar provecho de él, porque la
investigación espacial se puso de moda, lo que facilitó la obtención de apoyos
estatales por parte de los grupos de presión científicos.
Aunque Einstein acabó por admitir que el Universo se encuentra en
expansión, nunca aceptó totalmente la validez de la mecánica cuántica, a pesar
de la importancia de sus propios trabajos en el establecimiento de las reglas
de probabilidad subatómicas. Para él se trataba simplemente de herramientas
matemáticas, no de descripciones de la realidad, y pasó décadas buscando en
vano fórmulas que encapsulasen el cosmos en su conjunto. En cambio, en el
segundo tercio del siglo XX, la mayor parte de los físicos teóricos centraron
sus trabajos en el reino cuántico, creando herramientas conceptuales que los
investigadores de laboratorio podían emplear para investigar las diminutas
partículas. El espacio-tiempo curvado de Einstein se convirtió en un páramo
intelectual al que solo prestaba atención un pequeño grupo de solitarios
matemáticos.
Inesperadamente, la relatividad general volvió a la primera plana de la
actualidad en 1960, cuando Einstein ya había muerto. Esta teoría sin
aplicaciones se elevó repentinamente al lugar que le correspondía, porque los
cuerpos celestes que los potentes radiotelescopios estaban revelando eran lo
bastante grandes y lo bastante rápidos como para verse afectados por las
ecuaciones de la relatividad general. Para describir estas maravillas
relativistas se empezaron a acumular los nombres exóticos. Los quásares dieron
paso a los púlsares (que también emiten radiación, pero
parecen hacerlo de forma intermitente), que aparecieron como extrañas señales
en un listado de impresora en Cambridge y fueron detectados por Jocelyn Bell
(que rechazó indignada la idea de su incrédulo supervisor de que se trataba de
una interferencia de la BBC, y desde entonces se ha convertido en una de las
principales defensoras de los derechos de la mujer en la ciencia).
De estos milagros astronómicos, los agujeros negros son los más famosos.
Se trata del inspirado (desde el punto de vista de las relaciones públicas,
como mínimo) nombre que se dio a unos puntos teóricos que Einstein había
considerado curiosidades matemáticas sin importancia. Como la sonrisa del gato
de Cheshire, un agujero negro es el núcleo de una estrella que ha dejado de ser
visible y solo se puede detectar por su atracción gravitatoria. En la década de
1980, a los agujeros negros se les habían unido los agujeros de gusano,
las cuerdas, la materia oscura y las ondas gravitatorias,
convirtiendo la astrofísica de altas energías en una ciencia distinguida entre
personas que no sabían demasiado bien a qué se referían esas palabras. Tenía
incluso su propia estrella mediática: Stephen Hawking, epítome del genio
incorpóreo, cuyo libro Historia del tiempo probablemente sea
el best seller menos leído de la historia.
Esta extraña cosmología deslumbra a sus admiradores; sin embargo, a
pesar de su originalidad, se le pueden plantear algunas viejas objeciones. La
distinción de Einstein entre ecuaciones matemáticas que describen y modelos
filosóficos que explican es fundamental para la ciencia. Aunque Einstein
reconocía que la mecánica cuántica resulta útil para describir fenómenos
singulares, creía que su fundamento probabilístico era provisional, una
solución temporal que ocultaba la ignorancia humana sobre el plan superior de
un Dios que no juega a dados con el Universo. Así mismo, los cosmólogos
reconocen que, aunque los agujeros negros y sus esotéricos compañeros son
conceptos valiosos que funcionan desde un punto de vista matemático, puede que
su existencia física no tenga demasiado sentido.
A finales del siglo XX, los ateos se jactaban con agresividad de que la
ciencia había eliminado la necesidad de la religión. Sin embargo, a pesar de
que los cosmólogos estaban contemplando el borde del Universo y retrocediendo
en el tiempo hasta sus orígenes, no estaban más cerca que antes de refutar la
existencia de Dios. Recorrer la historia del Universo desde el instante
posterior al Big Bang es un logro notable, pero deja sin respuesta la pregunta
fundamental: cómo se inició el Big Bang. Como suele suceder en ciencia, la
interpretación de las pruebas depende de la voluntad de cada uno.
4. Información
¿Dónde está la vida que hemos perdido en vivir?
¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento?
¿Dónde el conocimiento que hemos perdido en información?
T. S. Eliot, La roca (1934)
Irónicamente, la historia del proceso de la información está envuelta en
un sudario de secreto. Google ofrece actualmente acceso instantáneo a más
información de la que cualquiera puede asimilar, pero los ordenadores se
desarrollaron bajo directivas de flujo restringido de información. En sus
inicios, las grandes computadoras electrónicas eran grandes ingenios militares
destinados a descifrar los códigos enemigos o calcular trayectorias de misiles,
y estaban protegidos por estrictas medidas de seguridad para garantizar que no
se filtrase ningún detalle sobre ellos. No fue hasta el año 2000 cuando el
gobierno británico desclasificó la versión oficial (oculta tras el caprichoso
título «Informe general sobre Tunny») de los equipos desarrollados durante la
guerra en Bletchley Park, una base militar camuflada. Puede que la información
electrónica viaje rápida y libremente por Internet, pero también está envuelta
en una telaraña mundial de secretismo.
A medida que la ciencia se militarizó, a mediados del siglo XX, dos
ideologías entraron en conflicto. Los científicos creían (en principio, al
menos) en el libre intercambio de información, con la finalidad de acelerar el
progreso tanto como fuese posible. En cambio, el personal de inteligencia
compartimentaba las actividades en pequeñas celdas con información limitada.
Estos puntos de vista opuestos, que sus partidarios tenían por obvios, chocaron
frontalmente cuando los mandos militares empezaron a apropiarse de los
proyectos de guerra en los que participaban investigadores científicos: bombas
atómicas, computadoras electrónicas, etc. En lugar de compartir sus resultados
en conferencias internacionales, los científicos se veían obligados a respetar
las restricciones impuestas por la seguridad nacional.
Esta cultura del sigilo siguió impregnando las ciencias de la
computación durante la guerra fría, cuando las investigaciones secretas se
dirigían al desarrollo de sistemas de defensa. En su deseo de lograr la
superioridad electrónica sobre los rusos, el gobierno de Estados Unidos
financiaba generosamente, no solo a las fuerzas armadas, sino también a las
universidades y a empresas privadas que producían ordenadores para su uso en
empresas. Como ilustra la caricatura de la Figura 55, los intereses militares,
comerciales y académicos estaban interrelacionados. Este ordenador, el Harvard
Mark III, se construyó en un laboratorio universitario financiado por IBM, y
fue diseñado para la Armada, como muestran la gorra y los galones.
Figura 55. Inteligencia de las máquinas. Portada de la revista Time, 23 de
enero de 1950.
En esta relación simbiótica, parecía que todos obtenían beneficios. Las
empresas comerciales conseguían fondos del estado que les permitían sobrevivir
a los tiempos difíciles y también se beneficiaban de un mercado garantizado y
de gran tamaño; al mismo tiempo, los expertos del ejército tenían acceso
inmediato a los últimos resultados. Pero existía una cara oculta. Para los
científicos que no estaban en la nómina del gobierno era extremadamente difícil
acceder a este tipo de computadoras, y los que aceptaban la financiación ya no
podían ser fieles a su ética de apertura, sino que sus nuevos jefes los
confinaban a una política de restricción de información.
Durante la segunda guerra mundial, inventores militares de tres países,
—Gran Bretaña, Alemania y Estados Unidos—, estaban trabajando en proyectos de
computación. Los civiles no tuvieron noticia alguna de estas investigaciones
hasta 1946, cuando el ejército de Estados Unidos convocó una conferencia de
prensa para presentar su Electronic Numerical Integrator and Calculator (ENIAC,
Integrador y calculador numérico electrónico), construido en un departamento
universitario pero controlado por hombres y mujeres de uniforme (Figura 56).
Para un mayor impacto visual durante su presentación, se habían
construido apresuradamente paneles con bombillas parpadeando detrás de pelotas
de ping-pong cortadas por la mitad. Los gigantescos bancos de
equipos eléctricos ocupaban una sala de gran tamaño, pero no eran ni de lejos
tan rápidos y potentes como los componentes de un ordenador portátil moderno.
Aun así, los artículos de los periódicos hablaban como en éxtasis de
esta máquina artificial, cuyos dispositivos internos operaban centenares de
veces más rápido que las neuronas de nuestro cerebro, una idea que, aunque
excitante, daba miedo.
Figura 56. Electronic Numerical lntegrator and Calculator (ENIAC), 1945.
A pesar de que los medios de comunicación daban la bienvenida a ENIAC
como la primera computadora electrónica del mundo, sufría algunos
inconvenientes, La máquina utilizaba 18.000 válvulas (tubos), dispositivos
electrónicos biestables de aspecto parecido a bombillas, que solían fundirse y
que los operadores humanos tenían que sustituir. Al apagarse y encenderse, las
válvulas generaban una inmensa cantidad de calor; la refrigeración de los
ordenadores primitivos era un problema de primera magnitud. También había que
luchar contra los insectos: las polillas y las moscas podían hacer estragos en
las conexiones internas: el origen del término de programación «to debug» era
literal en las primeras máquinas electrónicas. Y aún más grave, las capacidades
de la máquina sufrían limitaciones inherentes. ENIAC se había diseñado en
principio para generar tablas de trayectorias de proyectiles; si se quería que
hiciese una cosa distinta (por ejemplo, pronosticar el tiempo, o calcular el
movimiento de las ondas sísmicas) era necesario recablearlo de forma manual
durante varios días, un trabajo que solían llevar a cabo mujeres. ENIAC no era
un ordenador primitivo, sino una gigantesca calculadora; era imposible
indicarle que hiciese un tipo de cálculo distinto sin reconstruirlo
físicamente.
En Bletchley Park, un puñado de científicos británicos ya utilizaban
máquinas más versátiles, de nuevo con finalidades militares: penetrar en la red
de inteligencia alemana descifrando sus comunicaciones en clave. El secreto era
de importancia capital, ya que el éxito del proyecto dependía de que los
alemanes no se dieran cuenta de que, a pesar de que alteraban sus claves a
diario, sus mensajes diplomáticos eran leídos y tenidos en cuenta. La velocidad
era también esencial, porque era necesario romper el código antes de que
cambiase para poder impedir el ataque de un submarino o un bombardeo aéreo. A
fin de mantener la seguridad, el personal de Bletchley Park trabajaba en grupos
pequeños que conocían únicamente su tarea más inmediata. Muchos miles de estos
hombres y mujeres murieron sin haber roto sus juramentos de confidencialidad ni
revelado jamás que eran los británicos, no los norteamericanos, los que
merecían el crédito por haber inventado el primer ordenador digital del mundo.
Al final de la guerra, diez máquinas electrónicas Colossus procesaban
los textos interceptados, comparándolos rápidamente con una enorme cantidad de
patrones de letras hasta que surgía una similitud que sugería un camino hacia
el código oculto del día. Esta tarea solo resultaba factible porque el Colossus
era capaz de tomar decisiones. En lugar de recorrer de forma mecánica todas y
cada una de las posibilidades, eliminaba innumerables callejones sin salida de
un plumazo, ya fuese siguiendo instrucciones preestablecidas o con la ayuda de
un operador humano. Aunque mucho menos adaptable que los ordenadores modernos,
la capacidad de toma de decisiones diferenciaba a Colossus de ENIAC. La base
militar funcionaba como una gigantesca máquina de procesamiento de información
que tomaba mensajes incomprensibles y generaba detalles inteligibles de los
planes alemanes. En su interior, sus componentes humanos, mecánicos y
electrónicos interactuaban entre sí siguiendo instrucciones definidas.
Sin que muchas de las personas de Bletchley Park lo supiesen, con ellos
trabajaba el mayor experto matemático del mundo en toma de decisiones, Alan
Turing. En la actualidad Turing es considerado el fundador de nuestra moderna
sociedad de la información, en la que el poder y el dinero surgen del control
de las comunicaciones globales; y sin embargo, su vida y su reputación se
ocultaban tras un velo de silencio. Aparte del secreto en el que se
desarrollaba la mayor parte de su trabajo, Turing encubría también sus
actividades homosexuales, que en aquella época aún eran ilegales. Después de
que lo forzasen a confesar en juicio público, Turing fue sometido a un año de
terapia hormonal experimental, y murió en 1954 tras comerse una manzana
envenenada. Considerado en vida como una persona extraña y excéntrica y un
traidor potencial vulnerable al chantaje, Turing se ha convertido actualmente
en un trágico símbolo de la comunidad gay, un gurú de la información y un
patriota que desbarató la seguridad alemana.
Turing y sus colegas guardaron silencio acerca de sus actividades en
tiempos de guerra, y los primeros ordenadores programables se inventaron sin
tener noticia alguna de sus investigaciones. Sin embargo, la enorme influencia
de Turing no solo se dejó notar en la tecnología que hace funcionar los
ordenadores, sino también en su relevancia. Después de la guerra, las
organizaciones militares y comerciales estaban empeñadas en construir
ordenadores más grandes, más rápidos y más potentes, y sobre todo capaces de
ser programados para poder cambiar con rapidez de una tarea a otra. Turing
planteó cuestiones fundamentales acerca de la inteligencia artificial,
reduciendo distancias entre la mente humana y los circuitos electrónicos. Desde
la muerte de su mejor amigo durante su adolescencia, Turing había dudado de la
noción cristiana del alma, una convicción ética que transportó a su filosofía
de las máquinas. De forma similar a los biólogos deterministas que buscaban la
vida en moléculas complicadas, Turing creía que los ordenadores podían pensar,
por mucho que estuviesen construidos de circuitos electrónicos. Pensar,
observaba, era algo difícil de definir; pero fuera lo que fuese, Turing estaba
convencido de que tanto los ordenadores como las personas eran capaces de
hacerlo.
La postura de Turing significaba el establecimiento de nuevos puntos de
vista sobre los seres humanos y sobre las máquinas. El modelo para los
ordenadores era el cerebro; ¿o quizá era al revés? La Figura 55 pregunta «
¿Puede el hombre construir un superhombre?», y muestra cómo los brazos o los
ojos se podrían sustituir por accesorios electrónicos. Las comparaciones
funcionaban en ambas direcciones. Mientras que, al principio, los científicos
afirmaban que los circuitos eran parecidos a neuronas super rápidas, pronto
pasaron a decir que los sistemas nerviosos vivos funcionaban igual que los
electrónicos. En sus visiones de la psique humana, las personas toman
decisiones después de que las señales hayan recorrido en zig-zag una serie de
intersecciones, que actúan como interruptores electrónicos en los que se elige
uno de dos caminos. Uno de los ejemplos que se solía utilizar era el de la
mecanógrafa: el oído de una secretaria capta las ondas de sonido del dictado de
su jefe, y su cuerpo-cerebro las decodifica para convertirlas en señales
electrónicas simples que activan sus dedos (los más ocurrentes ampliaban el
paralelismo agregando que la secretaria podía acceder a su almacén de memoria
para corregir la gramática).
En los visionarios proyectos de Turing, las experiencias reales y
conceptuales se combinaban. En la década de 1930, antes de que los ordenadores
electrónicos se convirtiesen en una posibilidad física, Turing había ideado una
máquina imaginaria que recibía instrucciones mediante la lectura de una larga
cinta de papel que contenía series de marcas y de espacios en blanco; en
principio, afirmaba Turing, su máquina se comportaba como un ser humano. En
1950, parecía posible que esta inspiración matemática se convirtiese en
realidad (véase la Figura 55), y Turing llevó su analogía un poco más allá. En
un reflejo de su familiaridad con los procesos de romper códigos y de ocultar
sus preferencias sexuales, Turing se preguntó en primer lugar cómo una persona
podía determinar a partir de respuestas impresas si su invisible interlocutor
era hombre o mujer. Luego fue un paso más allá en su universo imaginario: ¿era
posible distinguir mediante preguntas entre un hombre y una máquina?
Los límites entre hombre y máquina siguieron siendo difusos durante toda
la guerra fría, cuando la investigación en inteligencia artificial recibía
financiación de los gobiernos. Al tiempo que los ingenieros intentaban que los
ordenadores se comportasen como personas, los psicólogos describían los
cerebros humanos como si se tratase de circuitos electrónicos. En una extensión
de las tecno-relaciones simbióticas desarrolladas en Bletchley Park, las
estructuras sociales se compatibilizaban con los sistemas de ordenadores, que a
su vez se diseñaban como extensiones interactivas de los seres humanos. Para
ayudar a los militares a dar órdenes a las máquinas electrónicas bajo su mando,
los lenguajes de programación se hicieron cada vez más similares a los humanos;
para mejorar la eficacia del armamento se construyeron ordenadores capaces de
analizar las situaciones mientras estas tenían lugar. A medida que la
tecnología informática avanzaba a un ritmo explosivo, estas aplicaciones
militares se adoptaron para su uso civil: gestión de sistemas de nóminas,
simulación de planificaciones de entregas, reducción de costes de producción.
En la década de 1970, con los microcircuitos reduciéndose cada vez más, los
fabricantes crearon otro lucrativo mercado: entraron en los hogares.
Como muchos adictos a los ordenadores, Turing veía el futuro con un
optimismo entusiasta. «A finales de siglo», predijo, «estaremos acostumbrados a
la idea de que las máquinas pueden pensar». Otros expertos hacían también
precipitadas promesas similares a esta, impulsados por los cambios
extraordinariamente rápidos en la tecnología electrónica, que hacían que los
ordenadores fuesen cada vez más pequeños, más rápidos y más baratos. Sin
embargo, aunque el ordenador Deep Blue fue capaz de derrotar
al campeón del mundo de ajedrez en 1997, la táctica que empleó era muy distinta
de la de cualquier oponente humano. En vez de ser los ordenadores los que se
hiciesen similares a los seres humanos, los humanos se estaban adaptando a los
requisitos de los ordenadores, y la realidad física se hacía cada vez menos
importante. Las actividades bélicas reales —disparar misiles, suministrar
provisiones, ensayar tácticas— se simulaban en colosales sistemas informáticos,
mientras que las personas se entretenían luchando batallas falsas en las
pantallas de sus casas o viendo películas como 2001 y Blade
Runner, relatos de un futuro próximo en el que los ordenadores reinan
supremos o son indistinguibles de los seres humanos. A finales del siglo XX, la
formación militar tenía lugar en el reino virtual, en donde los pilotos se
ponían a los mandos de un bombardero simulado en lugar de arriesgar la vida en
uno real, y los soldados se conectaban para aprender on line las
técnicas del combate cuerpo a cuerpo; a la inversa, los hackers civiles
podían permitirse el placer de la guerra mediante el envío de virus. No es una
sorpresa que la generación de Star Wars parezca estar más
familiarizada con Second Life que con la vida real.
Turing no era el único experto en ordenadores con visiones utópicas.
Durante la década de 1960, treinta años antes de que se inventase la World Wide
Web, un canadiense experto en medios de comunicación llamado Marshall McLuhan
acuñó su ingenioso aforismo que afirmaba que la tecnología electrónica
convertiría el mundo en una aldea global. Mientras los gobiernos desarrollaban
ordenadores como prótesis militares, los gurús de California hacían campaña por
la libre circulación de la información en una comunidad virtual con acceso
igualitario. En su homólogo electrónico del «Haz el amor y no la guerra», los
ordenadores se emplearían al servicio de la democracia y de la educación
universal. Primero apareció la industria de los ordenadores personales, con la
potencia de cálculo alejándose de los sistemas masivos hacia los equipos
individuales. A continuación vino Internet, que no se popularizó a partir de un
plan centralizado, sino precisamente por estar bajo el control de todos y de
nadie en concreto.
Los sueños de Turing y otros utópicos de la información no se han
cumplido. La Web abarca todo el mundo, pero el hecho de necesitar electricidad
para conectarse no ha reducido la separación entre ricos y pobres, sino al
contrario. Puede que la información circule libremente, pero una gran parte de
ella no tiene valor alguno o es peligrosa; el anonimato on line permite
acceder a pornografía infantil y a manuales de terrorismo. Y cuando todo está
codificado electrónicamente, la privacidad desaparece: en la actual versión
computarizada de la aldea global de McLuhan, las cámaras ocultas graban las
actividades diarias de las personas igual que una vecina cotilla oculta tras
unos visillos. El secretismo y la guerra siguen dominando los ordenadores.
5. Rivalidad
El espacio no es en absoluto remoto. Estaría solo a una hora de camino
si tu coche pudiese ir hacia arriba.
Fred Hoyle, Observer (1979)
Después de la segunda guerra mundial, muchos científicos creían que
debía de haber vida en otros planetas; después de todo, solo nuestra galaxia
contiene 100.000 millones de estrellas, así que ¿por qué iba a ser especial
nuestro planeta? Para Enrico Fermi, el físico nuclear italiano que había
colaborado en el desarrollo de la bomba atómica norteamericana, este argumento
contenía un defecto fundamental. ¿Por qué, se preguntaba, no hemos hallado
pruebas de la existencia de ningún ser extraterrestre? La respuesta obvia a la
pregunta de Fermi es que no existen esos alienígenas; sin embargo, después del
desastre de Hiroshima surgió una posibilidad más siniestra: ¿era posible que la
evolución de la inteligencia llevase implícita la tendencia a la
autodestrucción? Durante la guerra fría, con la proliferación de los reactores
nucleares y el crecimiento de las tensiones internacionales, la devastación
global no parecía algo muy lejano. La paradoja de Fermi se convirtió en un
símbolo de la geopolítica terrestre.
Este miedo a la aniquilación global quedaba reforzado por el
enfrentamiento abierto entre las dos superpotencias. En la película La
guerra de las galaxias (1977) se refleja este período como una batalla
entre el bien y el mal, una lucha por la supervivencia entre la luz y la
oscuridad como si el mundo estuviese dividido en dos facciones rivales. Del
mismo modo que los hechos y la imaginación se mezclaban en las visiones
utópicas de la inteligencia artificial, también las versiones cinematográficas
del conflicto cósmico empezaron a interactuar con la realidad terrenal. Cuando
Ronald Reagan, el primer presidente de Estados Unidos que había pasado por
Hollywood, propuso la construcción de un gigantesco escudo antimisiles en el
espacio, se llamó a la iniciativa «La guerra de las galaxias».
Nunca antes la ciencia y la política habían estado mezcladas de forma
tan descarada. Durante la guerra fría, programas de investigación que parecían
puramente científicos estaba también impulsados por las luchas de poder. Por
todo el mundo, los gobiernos competían por su posición, e invertían una parte
significativa de sus presupuestos anuales en dos aspectos clave: el espacio y
la energía nuclear. En particular, Estados Unidos y la URSS utilizaban sus
éxitos en ciencia para hacer aliados y consolidar su influencia. Aunque nunca
llegaron a enfrentarse en un conflicto nuclear, ambos países protagonizaron
grandes guerras de propaganda para explicar las implicaciones de sus proyectos.
Figura 57. «Acorde con los tiempos. ¡África!». Yuri Gagarin saluda a África
desde el espacio. BOCTOK (Vostok) significa «EL ESTE». The Morning of the
Cosmic Era (1961).
Baste con un ejemplo: la caricatura soviética de la Figura 57 ataca a
Estados Unidos, no solo anunciando la supremacía tecnológica de Rusia, sino
también recurriendo a las naciones en desarrollo. En 1961, cuando Yuri Gagarin
se convirtió en el primer hombre en viajar al espacio, su nave llevaba un
poderoso nombre: Vostok, que significa Este. Para
los ciudadanos soviéticos, la nave espacial Este simbolizaba
su continua superioridad sobre Occidente, un mensaje pensado para obtener el
apoyo de África, Asia y Suramérica. La Unión Soviética ya se había anotado una
temprana victoria durante la guerra fría con el lanzamiento del Sputnik, el
primer satélite artificial que orbitó la Tierra. El vuelo de Gagarin parecía
confirmar las aseveraciones de Rusia de que únicamente el comunismo podía
garantizar el progreso necesario para liberar a los países en desarrollo de la
opresión imperial.
El lanzamiento del Sputnik coincidió, irónicamente, con un proyecto
pensado para fortalecer la cooperación científica, el Año Geofísico
Internacional (IGY, International Geophysical Year) de
1957-1958. El IGY era una iniciativa global a una escala sin precedentes. En él
participaron 67 países, y alrededor de sesenta mil científicos gastaron miles
de millones de dólares en una investigación de la Tierra en su conjunto: no
solo sus rasgos superficiales, sino también la atmósfera, los océanos, el
clima, los volcanes y los sudarios de magnetismo solar y radiación cósmica que
la cubren. Para garantizar la colaboración futura, el espacio exterior y la
Antártida fueron declarados laboratorios internacionales. Pensado en principio
como demostración definitiva de que la ciencia es capaz de transcender las
diferencias políticas, el IGY terminó siendo considerado una enorme
contribución al conocimiento humano.
Los gobiernos invirtieron gran cantidad de dinero en el IGY porque se
dieron cuenta de que había otros intereses en juego. La investigación geofísica
no solo significó una mayor comprensión en el nivel científico, sino que tuvo
importantes consecuencias en los niveles comercial y militar. Las mismas redes
internacionales que servían para detectar terremotos podían utilizarse también
para detectar ensayos nucleares subterráneos. La prospección y elaboración de
mapas de grandes depósitos minerales era importante desde el punto de vista de
la ciencia, pero su valor financiero era incalculable. El estudio de los polos
desveló nueva información biológica y geológica; las regiones polares, tanto
norte como sur, son importantes desde el punto de vista de la estrategia de
defensa. Con los barcos de prospección, los oceanógrafos podían crear mapas
submarinos, pero sus equipos de sonar eran vitales para revelar posiciones de
submarinos enemigos. Incluso la predicción del tiempo atmosférico sugería
nuevas formas de armamento: bombardear nubes para destruir cosechas o fomentar
las tormentas para aniquilar ciudades.
El resultado más emocionante fue la posibilidad de aventurarse en el
espacio, una posibilidad real a partir de la investigación en cohetes efectuada
durante la segunda guerra mundial. Mientras los científicos especulaban con
entusiasmo acerca de las posibilidades de explorar la parte superior de la
atmósfera terrestre, los gobiernos se centraban en las oportunidades políticas
abiertas; pero ambos objetivos acabaron por entremezclarse. Los límites entre
las comunidades científica y militar ya eran bastante difusos; durante el IGY
se hizo aún más difícil distinguir entre las actividades de una y las de la
otra. Por ejemplo, los físicos del espacio declararon que sería una idea
excelente investigar los cinturones externos de radiación de la Tierra mediante
la detonación de bombas de hidrógeno a una altura de cientos de millas. Mirado
en retrospectiva, parece de una tremenda ingenuidad pensar que este experimento
global podía desmarcarse del control militar. Con el nombre en código de
«proyecto Argus», su control fue asumido por el ejército de Estados Unidos, que
tomó medidas drásticas contra los debates internacionales acerca de las
extrañas auroras boreales que sus ensayos provocaban sobre el Pacífico. Cuando
los datos generados fueron finalmente desclasificados, los científicos
norteamericanos se desentendieron de sus obligaciones de intercambiar
información, alegando que «Argus no era un programa del IGY, sino un proyecto
del Departamento de Defensa»[115].
El Sputnik y otros satélites de la primera generación se presentaron
como instrumentos científicos, pero eran también inventos creados por la guerra
fría con el potencial de llevar a cabo observaciones militares. Al principio de
la carrera espacial, la antigua ideología de la ciencia pura ya era
insostenible. Los científicos podían engañarse a sí mismos pensando que
aceptaban fondos del gobierno para llevar a cabo sus propias investigaciones,
pero la ciencia se había militarizado, y la política militar se había
convertido en científica. Las decisiones del gobierno eran guiadas por las
posibilidades de la ciencia, y el tipo de conocimiento generado por los
científicos sufría la influencia de los requisitos de los políticos. Esto no
quiere decir que la información producida por la ciencia militarizada sea
errónea, sino que es distinta de la que se hubiese producido en otras
circunstancias. Por ejemplo, la rivalidad internacional provocaba el desvío de
fondos hacia la investigación de técnicas de vigilancia: la situación durante
la guerra fría exigía satélites de reconocimiento y cámaras de precisión.
Durante la década de 1960, la Tierra pudo verse por primera vez desde una
posición estratégica en el exterior; las imágenes del globo terráqueo como una
esfera suspendida en el espacio dejaron notar su influencia en la investigación
geofísica y cambiaron para siempre la forma en que los seres humanos percibían
el planeta que era su hogar.
Mientras se intensificaban las campañas de propaganda, los científicos
soviéticos se anotaron el primer asalto con la puesta en órbita del Sputnik.
Los políticos soviéticos asestaron también un golpe diplomático al anunciar su
éxito en una recepción del IGY en la embajada soviética en Washington. El rival
americano del Sputnik seguía en tierra y, aunque su sofisticación tecnológica
podía servir de consuelo a los científicos, el hecho de ocupar el segundo lugar
afectó a la reputación de la nación. Uno de los mayores impactos del proyecto
Sputnik fue persuadir al gobierno norteamericano de la necesidad de destinar
gran cantidad de fondos a sus propios programas de educación, defensa e
investigación científica, con el objetivo último de llegar a la Luna. Para
ganarse a los opositores que protestaban, no solo por el gasto, sino por la
escalada de hostilidades, los líderes gubernamentales destacaban los beneficios
que podían derivarse de la investigación espacial. Muchos de ellos eran
imposibles de predecir a priori, pero se tradujeron no solo en robots y equipos
microelectrónicos, sino también en procesos de liofilización de comida,
sartenes antiadherentes y gafas de esquí antivaho. La administración
norteamericana se hallaba embarcada en una apretada carrera hacia la Luna que
potenciaría el orgullo nacional, amén de desviar la atención de otras
decisiones políticas menos atractivas, como la guerra de Vietnam.
Para los norteamericanos más chovinistas, el principal objetivo de la
carrera lunar era llegar allí antes que nadie. Desde su punto de vista, la
carrera no empezó con buen pie. Los científicos de la Unión Soviética, bajo las
férreas órdenes del presidente Kruschev, aspiraban a mantener su posición
dominante, y lograron una rápida serie de triunfos: su sonda no tripulada llegó
a la Luna, los perros rusos superaron a los chimpancés norteamericanos en ser
los primeros animales en el espacio y Gagarin, seguido de cerca por una mujer
soviética, entró en órbita. Pero entonces su ritmo disminuyó. Después de varios
lanzamientos que acabaron en desastre, los gobernantes soviéticos empezaron a
mostrarse renuentes a gastar tanto dinero en una competición que era posible
que perdieran. No era fácil convencer a las naciones pobres de que el comunismo
estaba comprometido con la mejora tecnológica si una gran parte de los
limitados recursos disponibles se invertían en los vuelos espaciales.
En Estados Unidos, los críticos estaban horrorizados por el inmenso
coste del programa espacial, que suponía apartar fondos de los programas
sociales, pero sus llamadas de colaboración en lugar de competición fueron
sofocadas. Cuando dos astronautas norteamericanos llegaron a la Luna en 1969,
el gobierno procuró exprimir el hecho al máximo para obtener toda la publicidad
posible. Como el vuelo de Gagarin, el alunizaje representó una esperada
oportunidad de propaganda.
Figura 58. El alunizaje del 20 de julio de 1969: Neil A. Armstrong y Edwin
E. Aldrin.
Fotografías como las de la Figura 58 se recibieron en todo el mundo,
mostrando la pedregosa superficie de la Luna con huellas y sombras de los
astronautas que se paseaban por el exterior de su futurista nave. La primera
frase pronunciada en la Luna fue cuidadosamente planeada con antelación para
presentar aquel logro como un hito de la humanidad, no de Estados Unidos: «Este
es un pequeño paso para el hombre, pero un gigantesco salto para la humanidad».
Sin embargo, la bandera que se muestra aparentemente ondeando en la brisa (se
había fabricado en un material rígido para compensar la falta de atmósfera) es
la de las barras y estrellas, y aunque la placa que los astronautas dejaron en
la superficie proclamaba «Hemos venido en paz en nombre de toda la humanidad»,
estaba redactada únicamente en inglés y surgía de la rivalidad. El proyecto
lunar, llevado a cabo en conflicto directo con la URSS, generó como resultado
secundario dispositivos militares como satélites espía, redes de comunicaciones
y sistemas de defensa.
A pesar de la retórica, la paz mundial no parecía estar más cercana
después de tan simbólico alunizaje. La competición no solo prosiguió, sino que
se hizo mayor; antes del final del siglo, varios países habían puesto en órbita
sus propios satélites y estaban trazando planes para lanzarse a explorar el
Sistema Solar, una zona aún no explotada para la rivalidad global. En estas
luchas por el prestigio internacional, incluso las naciones pequeñas estaban
dispuestas a gastar cantidades extravagantes de dinero para poner de manifiesto
su independencia y su modernidad. Los gobiernos individuales se embarcaron en
sus propios programas nucleares, empujando al mundo cada vez más cerca de su
destrucción. Como dijo el ministro de Defensa francés en 1963, «o eres nuclear
o eres insignificante»[116].
Como Francia, países de todo el mundo empezaron a comprar energía
nuclear para obtener poder político. La devastación causada por las bombas
norteamericanas en Japón había detenido temporalmente la investigación nuclear.
Muchos físicos habían quedado tan horrorizados por el resultado de su trabajo
durante la guerra que se unieron en grupos de presión, decididos a informar de
los peligros de la guerra nuclear y a deshacerse del control militar. Sin
embargo, otros prosiguieron con su trabajo en defensa, fascinados por sus
descubrimientos atómicos y convencidos de que la construcción de bombas mejores
era esencial para el mantenimiento de la paz.
En Estados Unidos, Edward Teller, un judío húngaro que había trabajado
con Fermi durante la segunda guerra mundial, haciendo caso omiso de las
reservas de sus colegas insistía en que el poder explosivo de los fenómenos
nucleares podía aumentar su eficacia si se imitaban los fenómenos que tienen
lugar en el interior del Sol. En las bombas de fisión lanzadas sobre Japón, la
energía liberada procedía de la división de átomos de gran tamaño. Teller
proponía construir un arma más potente mediante la fusión, es decir, forzando a
que átomos muy pequeños se uniesen y liberasen energía. Cuando los sistemas de
espionaje norteamericanos revelaron que Rusia había iniciado un proyecto para
construir su propia bomba, el gobierno dio su visto bueno para la superbomba de
hidrógeno de Teller. Los científicos del ejército de Estados Unidos
convirtieron el Pacífico Sur en un campo de pruebas y detonaron allí
explosiones nucleares cuyos efectos sobre los habitantes de las islas locales y
los pescadores japoneses fueron más horrendos de lo que se había previsto.
Decididos a mantener su ventaja inicial e impedir que otros países construyesen
bombas, Estados Unidos impuso restricciones a la distribución de material
radiactivo, hasta el punto de que los científicos de otros países no podían
llevar a cabo experimentos ni desarrollar terapias médicas. En respuesta a esta
agresiva conducta, otros países empezaron a establecer sus propios programas
nucleares, y la posibilidad de guerra empezó a parecer cada vez más cercana.
Para destacar los riesgos de aniquilación de toda la raza humana, los físicos
norteamericanos inventaron el Reloj del Juicio Final, un simbólico reloj cuya
esfera no tiene cifras, pero que señala una hora próxima a la medianoche. En
respuesta a las crisis políticas, el minutero del reloj se acerca o se aleja de
la posición vertical definitiva. En 1953, después de los ensayos termonucleares
de las superpotencias, se hallaba a solo dos minutos de las doce; se retiró a
doce minutos después de la firma del tratado de Prohibición de Pruebas
Nucleares en 1963, y volvió a situarse a tres minutos en la década de 1980, con
el proyecto de la «Guerra de las galaxias». El margen de seguridad se situó a
la máxima distancia durante la década de 1990, con el final de la guerra fría,
pero volvió a estrecharse a medida que otros países empezaron a hacer ensayos
de sus propias armas.
La destrucción global parecía inminente. Entonces, ¿por qué no tuvo
lugar? Una posible respuesta es que el objetivo principal no era el ataque,
sino la disuasión. Mostrar la capacidad de contraatacar era una medida
necesaria para impedir que alguien lanzase el primer misil; así, en estas
batallas de faroles y contra faroles, las naciones mostraban su poder revelando
la información necesaria para que se supiese que estaban realizando pruebas.
Había otras estrategias diplomáticas en juego. El objetivo de algunas
instalaciones nucleares era más la exhibición que el uso. En la India, por
ejemplo, la función política de los reactores nucleares era similar a la de las
presas hidroeléctricas y las plantas metalúrgicas: instalaciones tecnológicas
esenciales para impresionar a los ciudadanos de la nación y celebrar su
reciente independencia del poder británico. La energía nuclear se promocionaba
también como un agente de paz, no de guerra. Al tiempo que los estadistas
norteamericanos aprobaban los ensayos nucleares sobre Bikini, alardeaban
también de la revolución que los avances en física nuclear supondrían en la
agricultura, la medicina y la industria. La energía atómica, prometían,
impulsaría al mundo.
Y sin embargo, incluso las aplicaciones pacíficas de la energía atómica
estaban impregnadas de maquinaciones políticas y no existía un plan uniforme de
desarrollo. Aunque Estados Unidos relajó sus estrictos controles y empezó a
diseminar productos nucleares, esta política no respondía a altruismo
científico, sino a intereses propios. Al dispensar conocimientos en tecnología
atómica, Estados Unidos no solo se mostraba como una nación generosa, sino que
incrementaba los beneficios de sus propias industrias y lograba aliados para
consolidar su dominio global. Las redes de poder internacionales se agitaron
cuando los países africanos y asiáticos decidieron luchar por sus propios
objetivos políticos, forzando su participación en los debates políticos
internacionales mediante la explotación de su capacidad nuclear y de sus
reservas de uranio. Las naciones europeas seguían agendas diversas. Gran
Bretaña, por ejemplo, empezó a construir centrales nucleares con entusiasmo,
pero una combinación de enredos administrativos y la toma de conciencia de los
peligros a largo plazo la hicieron detenerse. Francia empezó siguiendo el
ejemplo de Gran Bretaña, pero pronto la superó hasta llegar a generar tres
cuartas partes de su electricidad mediante energía atómica.
Las luchas de poder de la guerra fría convirtieron a la propia ciencia
en un instrumento político. En maniobras diplomáticas y negociaciones
comerciales, el conocimiento científico constituía una poderosa arma para las
naciones deseosas de establecer su independencia. Como declaró el primer
ministro hindú Jawaharlal Nehru, la bomba atómica había demostrado que el poder
económico y militar «surge de la ciencia, y si la India aspira a progresar y
convertirse en una nación fuerte, no superada por nadie, debemos hacer avanzar
nuestra ciencia[117]».
Algunas de las regiones más pobres sacaron provecho de su ubicación geográfica
y se convirtieron en fuentes indispensables de datos científicos mediante la
construcción de observatorios en lo alto de montañas libres de contaminación o
en favorables ubicaciones cercanas al ecuador. Las ex colonias más ricas, como
Australia o Canadá, concentraron sus esfuerzos en la construcción de
instalaciones de investigación de alta tecnología que se manejaban desde Gran
Bretaña o Estados Unidos sin injerencia local. Una táctica más tortuosa
consistía en boicotear los proyectos internacionales: los científicos podían
ejercer presión política negándose a colaborar con investigadores de
determinados países. Tras el fin de la guerra fría, la rivalidad manifiesta
entre Estados Unidos y la Unión Soviética languideció, pero la ciencia seguía
siendo el agente generador de la energía que alimentaba la política mundial.
6. Medio ambiente
Gloria sin fin al celo incansable del anónimo hombre que inventó la
rueda; pero ni una palabra para el alma del infeliz que, con precaución,
inventó el freno.
Howard Nemerov, «To the Congress of the United States, Entering Its Third
Century» (1989)
Cuando el explorador francés Louis de Bougainville pasó por Tahití en
1768, escribió con entusiasmo: «Me vi transportado al Jardín del Edén; cruzamos
un terreno cubierto por hermosos árboles y entrecruzado por riachuelos… En
todos los lugares hallamos hospitalidad, gracia, gozo inocente y felicidad en
todos sus aspectos»[118]. Aunque
los visitantes europeos pronto corrompieron este paraíso terrenal con sus
aparatos y sus enfermedades de transmisión sexual, siguieron considerando la
región del Pacífico como una idílica Arcadia. Las actuales inquietudes sobre la
supervivencia del planeta han reavivado esas románticas visiones de una era
dorada ya pasada en la que reinaba la armonía natural, lejos de la amenaza de
los agujeros en la capa de ozono y las especies en extinción.
Sin embargo, la conservación de la pureza del medio ambiente no es tan
simple como puede parecer. Para empezar, una buena parte de la naturaleza no es
natural: escenas que parecen eternas son, en realidad, producto de la mano del
hombre. Gran Bretaña, por ejemplo, estaba originalmente cubierta por un denso
bosque, y no se parecía demasiado a las versiones idealizadas como la que se
muestra en la Figura 59, un póster de la segunda guerra mundial. El paisaje de
aspecto imperecedero de amplios campos abiertos data únicamente del siglo
XVIII, cuando los grandes terratenientes decidieron hacer más rentables sus
granjas eliminando las pequeñas franjas de terreno asignadas a familias
individuales. Estos reformistas agrícolas no solo no eran conservacionistas,
sino que hicieron caso omiso de las protestas que los acusaban de diezmar la
vida rural tradicional para crear los pastos que actualmente caracterizan la
imagen pintoresca de Gran Bretaña.
Figura 59. . «Esta es tu Gran Bretaña… Lucha por ella ahora». Póster de la
segunda guerra mundial, Frank Newbould.
La protección del entorno podría parecer un ideal universal, pero es una
cuestión política adoptada por grupos muy dispares. Mientras esta propaganda de
guerra urgía a los británicos leales a su país a luchar por su soleada e
imaginaria campiña, sus enemigos del otro lado del Canal (que aquí apenas se
aprecian en la distancia) invocaban a la Naturaleza para apoyar la causa nazi.
Adolf Hitler era vegetariano, su régimen reforestaba tierras cultivables,
distribuía medicamentos de hierbas y daba soporte a los programas de
investigación en terapias naturales. Su mano derecha, Hermann Göering, ahora
tristemente célebre por haber fundado la Gestapo y los campos de concentración,
era también un pionero del ecologismo. Después de que los campos polacos
quedasen devastados por la ocupación alemana, Göering repobló sus recién
creados parques con animales que habían sido nativos de la región, incluido un
rebaño de soberbios bisontes (un poderoso emblema teutónico) criados con las
técnicas más modernas de los eugenistas pos darwinianos. A pesar de sus
campañas para el genocidio de seres humanos, Göering manifestaba que este
bosque primigenio era una arboleda sagrada cuyos animales debían permanecer
intactos.
La naturaleza suele ser más bonita cuando es artificial. Por eso el
jardinero Capability Brown creaba apacibles paisajes británicos excavando
lagos, plantando árboles y moviendo pueblos enteros con sus habitantes. El
naturalista John Muir quedó cautivado por las serenas praderas californianas,
pero decidió ignorar la influencia de los ganaderos indios que llevaban siglos
incendiando el bosque original. El artista James Audubon amasó una pequeña
fortuna vendiendo exóticos cuadros de aves, que elaboraba cuidadosamente en su
estudio para simbolizar los valores norteamericanos de fuerza y libertad
mientras se remontaban contra un fondo de lejanas montañas. Y sin embargo,
Audubon no era conservacionista, sino un entusiasta cazador obsesionado con
conseguir las rarezas necesarias para completar su colección y al que no le
importaba el peligro de extinción de las especies amenazadas.
La llamada de la naturaleza salvaje es algo bastante reciente. Durante
milenios fue algo contra lo que las personas luchaban para labrarse una vida
cómoda en un entorno hostil. La supervivencia dependía de la domesticación de
la Naturaleza, y las estériles montañas y los densos bosques solo se
consideraban adecuados para los parias de la sociedad, los pecadores
desterrados del Jardín del Edén. Estos abruptos territorios únicamente
empezaron a ponerse de moda hace doscientos años. A medida que los productos de
la civilización empezaban a parecer menos atractivos, los viajeros románticos
describían sus éxtasis cuasi religiosos derivados de la contemplación de la
belleza sublime de escarpadas gargantas y de sombrías arboledas. Después de
aventurarse por otros continentes, relataban que habían retrocedido en el
tiempo, hallando primitivas sociedades cuyas vidas eran más simples y puras.
Este doble anhelo de lo sublime y lo primitivo se manifestó con especial
intensidad en Estados Unidos. Durante el siglo XIX, los escritores románticos
imaginaban escenas de pioneros haciendo retroceder la línea entre lo salvaje y
lo civilizado en su avance hacia el oeste. Estas visiones triunfales quedaban
manchadas por la nostalgia de la pérdida de contacto de los norteamericanos con
sus orígenes inmigrantes a medida que el progreso borraba las experiencias más
auténticas de los rudos colonos de los primeros tiempos. Para resolver este
sentimental dilema, los naturalistas emprendedores establecieron los parques
nacionales, con una doble finalidad: ofrecer santuario para los refugiados del
capitalismo y servir de monumentos al espíritu pionero de Estados Unidos.
Muir, un granjero nacido en Escocia al que se considera uno de los
fundadores del ecologismo, se hizo famoso cuando decidió convertir Yosemite en
un parque natural hecho por el hombre. Su intención era que el parque nacional
tuviese aspecto primario y salvaje, aunque nunca hubiera existido en la forma
en que él lo diseñó. Ajenos a la ironía de la misión a la que se habían
encomendado, Muir y sus contemporáneos trabajaron con fervor bíblico, no para
simular las lúgubres realidades de la supervivencia en la frontera, sino para
resucitar el Jardín del Edén original. Pero la fabricación de rincones de
armonía deshabitados implicaba el traslado forzoso de los residentes indígenas,
muchos de los cuales fueron masacrados o condenados a la miseria en reservas.
Para garantizar el acceso seguro e impedir a la naturaleza que arruinase las
vistas cuidadosamente creadas, los conservacionistas construyeron caminos
discretamente camuflados y planificaron programas de mantenimiento continuo.
El restablecimiento de un pasado natural imaginario siempre ha sido un
asunto costoso. También lleva consigo injerencia y opresión: la expulsión de
los indios americanos de Yosemite, la destrucción de las granjas familiares
para crear espacios, la reubicación de pueblos… Actualmente, los eco turistas
privilegiados que viven en ciudades hacen campaña para la conservación de las
especies en peligro y para el mantenimiento de amplias extensiones de terreno
natural agreste en las que poderse relajar de las tensiones urbanas. La
preservación de la biodiversidad puede parecer un ideal más valioso y
científico que la apuesta de Muir por un paraíso terrenal. Y sin embargo, igual
que en Yosemite, la creación de zonas de naturaleza virgen deshabitadas ha
llevado consigo la expulsión de los habitantes locales. En el interés de la
conservación, muchas víctimas de la reubicación involuntaria —thai, keniatas,
indios del Amazonas— se han convertido en refugiados del conservacionismo y se
han visto confinados a míseros campos.
La paradoja que implica todo esto es que las personas también forman
parte de la naturaleza. En 1964 se aprobó una ley de conservación en Estados
Unidos que definía la naturaleza agreste como un lugar en el que «el hombre es
un visitante que no permanece»; sin embargo, si se excluye a las personas de la
naturaleza, esta se convierte intrínsecamente en artificial. En la Figura 59,
el hombre se mezcla con la campiña, y forma parte de la herencia natural de
Inglaterra tanto como los árboles o los animales. El solitario pastor, cruzando
la escena de colinas redondeadas, conduce su rebaño de ovejas, una imagen llena
de simbolismo cristiano. En la Biblia, Dios dio a los seres humanos una doble
responsabilidad: ser los guardianes del mundo, y explotarlo para su propio
beneficio. Este confuso mensaje sigue provocando dudas sobre el medio ambiente.
Para expresar este conflicto de un modo científico, el impulso de
conservar se contradice con la lucha competitiva por la supervivencia implícita
en la evolución humana. Esta herencia darwiniana se interpretó de diversas
formas durante la segunda mitad del siglo XIX. Los capitalistas acaudalados
justificaban sus tácticas feroces recurriendo al mantra acuñado por los
discípulos de Darwin: «la supervivencia del más apto». Sin embargo, el propio
éxito de esta cruel frase hizo que sus críticos centrasen su atención en la
otra cara de la moneda: la explotación. En Alemania hizo su aparición un
darwiniano de una índole muy distinta: Ernst Haeckel. Mientras los ecologistas
norteamericanos intentaban resucitar un paraíso aún no corrompido, Haeckel
ponía en marcha un enfoque menos opresivo, más holístico, de la biología, que
ejerció una gran influencia en posteriores movimientos ecologistas.
La ciencia de la ecología fue fundada por Haeckel, que inventó la
palabra en 1866. Aunque actualmente lleva asociado un matiz moral —el
detergente en polvo para la ropa ecológico es más virtuoso, aunque también más
caro—, la ecología empezó siendo simplemente el estudio de las relaciones entre
los seres vivos y su entorno. Como «economía», tiene su origen en la palabra
griega que significa la casa que ocupa una familia, y Haeckel sugirió que todos
los organismos de la Tierra coexistían como una sola unidad integrada,
compitiendo entre sí pero también ofreciéndose ayuda mutua. Según la versión de
Haeckel de la evolución de Darwin, para que el ser humano prospere, deberá
respetar las leyes de este sistema universal en lugar de intentar dominarlo.
Este punto de vista libre de explotación cautivó a los discípulos de Haeckel,
sobre todo en Alemania, en donde sus místicas filosofías intentaban recuperar
la dimensión espiritual del Universo físico.
Los físicos también se interesaban cada vez más por el futuro de la
Tierra. Con el objetivo de aumentar la eficacia de los equipos de las fábricas
(para hacerlas más rentables), formularon las leyes de la termodinámica, que
establecen matemáticamente que, a menos que haya alguna entrada desde el
exterior, la cantidad total de energía disponible para su uso en un sistema
disminuye de forma inevitable. Cuando empezaron a concebir el propio Universo
como una inmensa máquina independiente, los científicos se dieron cuenta
alarmados de que era posible que se detuviese. En el peor de los casos, todo
estaría uniformemente frío, y la información dejaría de fluir; para decirlo de
forma más técnica, el desorden de la entropía habría llegado a su máximo. Para
ralentizar el camino hacia el deterioro final y proteger el futuro, los físicos
hicieron campaña por la reducción de residuos y por la conservación de los
recursos no renovables.
Durante la primera mitad del siglo XX, los ecologistas sintetizaron
estas propuestas biológicas y físicas para crear una nueva visión de la
naturaleza como una gran máquina económica. Tomando prestado el lenguaje de la
industria, inventaron un nuevo vocabulario ecológico: empezaron a hablar de
cadenas tróficas, cuyas raíces se hallaban en los más humildes de los obreros
de la fábrica de la Tierra —bacterias y plantas—, que ascendían por redes de
productores animales hasta llegar a los seres humanos, los consumidores que
ocupaban el nivel más alto. Concebían la energía como un agente de intercambio,
el equivalente natural al dinero que impulsa la economía humana, y sustituyeron
las comunidades colaborativas de organismos por ecosistemas, en los que las
plantas se abastecen de energía solar y la envasan para poder almacenarla y
tenerla disponible más adelante. Estos conceptos, que actualmente se han hecho
habituales en geopolítica, tienen su origen en los microestudios de los
ecologistas en los bosques junto al Támesis y en los campos de maíz de
Illinois.
Después de visualizar el mundo como una máquina, parecía no solo
correcto, sino incluso natural, que el ser humano interviniese para hacerla más
eficiente. Una de las formas era aumentar la productividad natural mediante la
manipulación tecnológica. Los ingenieros construyeron presas y sistemas de
irrigación y los expertos agrícolas pidieron ayuda a la industria química para
producir pesticidas que permitieran a los granjeros incrementar su producción
y, por tanto, sus beneficios. No pasó, no obstante, mucho tiempo antes de que
los científicos con mayor conciencia ecológica empezasen a realizar estudios
que destacaban las repercusiones de la eliminación de los insectos que se
alimentan de las cosechas, o de los riesgos de inundar algunas zonas y dejar
otras privadas de agua. Estos resultados se emplearon para resaltar los
peligros de las políticas de corto plazo que trataban de convertir la
naturaleza en un conjunto de máquinas que trabajaban para lograr el máximo
rendimiento.
Estas primeras protestas aparecieron principalmente en artículos
académicos, pero cuando los objetores hicieron públicas sus opiniones, su
impacto se incrementó. El entorno se convirtió en una cuestión candente, no
solo por la modificación de las actitudes de los científicos, sino por la
ampliación de la influencia de los medios de comunicación, en especial de la
televisión, un nuevo soporte publicitario que se universalizó durante el último
tercio del siglo XX. Los científicos de muchas disciplinas aprovecharon la
oportunidad para promocionarse ante un público abundante y curioso; los temas
más esotéricos —agujeros negros, decodificación genética, teoría del caos— se
hicieron familiares (en un nivel superficial) a través de documentales y
artículos de revistas. La influencia, sin embargo, funcionaba en ambas
direcciones. Esta publicidad aumentó la vulnerabilidad de los científicos a las
críticas, de modo que sus planes y aspiraciones quedaban sujetos a nuevas
restricciones. Los investigadores se dieron cuenta de que, para conseguir
respaldo financiero, no solo era necesario demostrar la validez de un proyecto
científico, sino también demostrar su transcendencia política, comercial o
ética. Poco a poco aprendieron a manipular a los medios de comunicación y garantizar
su financiación mediante rimbombantes anuncios de novedades revolucionarias o
de catástrofes inminentes.
Los primeros debates sobre la gestión del planeta Tierra los desencadenó
Rachel Carson, una bióloga marina que trabajaba para el gobierno
norteamericano. En 1962, Carson publicó Primavera silenciosa, un
título pensado para evocar un posible futuro próximo en el que todas las aves
del mundo hubieran desaparecido víctimas de las sustancias químicas tóxicas.
Carson escribía con una prosa poética, pero sus datos eran rigurosos y sus
argumentos científicos, fáciles de seguir. También explotó el poder de la brusquedad:
«Por primera vez en la historia del mundo», advertía a sus lectores, «todos los
seres humanos están sometidos al contacto con sustancias químicas peligrosas,
desde su concepción hasta su muerte»[119].
Silent Spring supuso
un impacto enorme. Aparte de sus relatos de terror sobre los sprays carcinogénicos,
las reservas de agua envenenadas y la caída en los índices de natalidad, el
libro lanzaba críticas más amplias sobre el poder combinado de la ciencia y el
estado durante la guerra fría. Alineada con otros movimientos de protesta de la
década de 1960, Carson exhortaba a los ciudadanos a ejercer un mayor control
sobre sus propios destinos. Desde su posición de empleada de la administración
norteamericana, escribía con la autoridad de alguien que conoce el problema
desde el interior cuando atacaba el fracaso de los políticos para enfrentarse a
las conclusiones de los científicos que actuaban por interés propio. Como
explicaba Carson, los mismos gobiernos que permitían que se polucionase la
atmósfera con DDT aprobaban programas nucleares que generaban radiación
invisible. Como era de esperar, los líderes políticos y de la industria unieron
sus fuerzas para desprestigiar a esta presuntuosa mujer que había osado
criticar a los poderes establecidos presentando información científica de una
forma que todos podían comprender.
Las campañas para la protección del entorno se unieron a los movimientos
de oposición contra el gobierno convencional. En Alemania, por ejemplo, el
Partido Verde era una poderosa fuerza política en la década de 1970, a pesar de
sus vergonzosas relaciones históricas con el apoyo del partido nazi a los
movimientos de retorno a la naturaleza. De un modo más general, la decepción
provocada por la ciencia estatalizada hizo que los investigadores reconociesen
la importancia de obtener para sus proyectos no solo el respaldo oficial, sino
también el apoyo del público. En la década de 1970, los debates acerca del
medio ambiente tenían lugar en la prensa y en la televisión. Por ejemplo, James
Lovelock, un químico especializado en polución, logró hacerse inmensamente
famoso con su hipótesis de Gaia, a pesar de la desaprobación de los científicos
ortodoxos. En su modelo interactivo, Lovelock concebía la Tierra como un
gigantesco sistema autorregulado, un ser cuasi orgánico capaz de protegerse a
sí mismo de los daños provocados por los seres humanos. Con una evocadora
envoltura espiritual, la alternativa holística de Lovelock a la ciencia
materialista y sus productos tecnológicos obtuvo una inmensa popularidad.
La mayoría de los científicos preferían, en cambio, el punto de vista
mecánico tradicional que tantos éxitos había reportado anteriormente: dividir
el mundo en pequeños componentes susceptibles de ser abordados por separado. La
metodología de fragmentar un problema en partes manejables había funcionado muy
bien en los laboratorios, pero demostró no ser tan eficaz al tratar con
fenómenos globales. Consideremos, por ejemplo, el tiempo atmosférico. Los
meteorólogos se dieron cuenta de que analizar la atmósfera como si se tratase
de pequeñas unidades independientes no era muy útil, ya que la mínima
perturbación podía dar al traste con sus lógicas predicciones. Llegaron así a
la conclusión de que el tiempo estaba dominado por el caos, de forma que —según
el criterio del conocedor del medio ambiente— el aleteo de una mariposa en
Brasil podía causar un tornado en Texas. Para enfrentarse a este ruido no
deseado, los climatólogos aplicaron la fuerza bruta de la potencia de cálculo
de los ordenadores, un recurso que empezó a estar disponible en la década de
1970. Sin embargo, aunque idearon programas de simulación del comportamiento de
la atmósfera cada vez más complejos, eso no significaba necesariamente que
fuesen mejores: los modelos digitales se sobrecargaban de mejoras y
correcciones y, al mismo tiempo, de errores indetectables. Los críticos
señalaban que, al tiempo que su estructura virtual se acercaba a la de la
propia Tierra, los modelos se harían tan voluminosos y torpes como la propia
realidad.
Para los ecologistas, la forma más eficaz de obtener el apoyo del
público y el dinero del gobierno era predecir catástrofes. Un científico de la
NASA explicaba al público de la televisión: «Es más fácil obtener fondos si
puedes mostrar pruebas de desastres climáticos inminentes… A la ciencia le
convienen los argumentos de terror»[120]. Durante
la década de 1970, los expertos en el clima estaban convencidos de que una
nueva era glacial estaba a punto de suceder, e insistían en que los análisis
estadísticos de los datos históricos demostraban que el planeta volvería a
congelarse y a quedarse inactivo. Veinte años más tarde, su visión de un futuro
helado había sido desplazada por la del calentamiento global. Según las últimas
interpretaciones, los efectos generados por dos siglos de industrialización
están anulando las variaciones naturales del clima de la Tierra. A finales del
siglo XX, los debates sobre el calentamiento global eran cada vez más
virulentos, al tiempo que aumentaban las acusaciones de intereses creados. Los
expertos discutían sobre los méritos relativos de distintas técnicas
especializadas; pero, al mismo tiempo, las motivaciones se valoraban en el
mismo nivel que los hechos. Los no científicos querían comportarse como
ciudadanos globales preocupados por el futuro, pero desconfiaban de las
declaraciones de los científicos, cargadas de conclusiones contradictorias y de
agrias denuncias.
Durante los últimos cincuenta años, los científicos con conciencia
medioambiental han averiguado que la mejor forma de atraer la atención del
público y la financiación de los gobiernos es pronosticar un futuro
apocalíptico: devastación nuclear, bombardeo de meteoros, era glacial
inminente, calentamiento global. Los científicos modernos que vaticinan el
futuro parecen cubrir las mismas necesidades psicológicas que los profetas
religiosos que predicaban que el fin del mundo representaba el castigo de Dios
a los pecadores. En ese sentido, el calentamiento global es más satisfactorio
que la era glacial, pues la culpa puede atribuirse a la raza humana. A
diferencia de los desastres naturales, se responsabiliza del efecto invernadero
y de la reducción de la capa de ozono a las actividades industriales que
impulsan el moderno capitalismo basado en la obtención de beneficios. Según
esta retórica, las personas pueden ser las culpables de la destrucción de un
mundo del que ellas mismas dependen, pero los científicos les ofrecen una
posibilidad de redención mediante la modificación de su comportamiento. Al
conseguir la cooperación del público para «pensar en verde», los científicos
dejan de ser agentes de la destrucción para convertirse en una especie de
salvadores seculares.
7. Futuros
Pero a mi espalda puedo oír el carro del tiempo que se apresura: y más
allá de nosotros veo desiertos de vasta eternidad.
Andrew Marvell, To his coy mistress (1681)
La predicción del futuro es un negocio no exento de riesgos. Hacia
finales del siglo XIX, Western Union rechazó el teléfono calificándolo de
inútil, y lord Kelvin afirmaba que era imposible que las máquinas más pesadas
que el aire volasen. Su errónea prudencia fue, sin embargo, superada por el
presidente de IBM, que en 1943 declaró que preveía un mercado mundial para
cinco ordenadores. Los profetas tecnológicos, por otra parte, han sido a menudo
excesivamente optimistas acerca de las posibilidades abiertas por los nuevos
inventos. Cuando el poeta Percy Bysshe Shelley era estudiante en la Universidad
de Oxford, se entusiasmó con la electricidad, pronosticando que serviría para
dar calor a los pobres en invierno, mientras que un ejército de globos se
deslizaría silenciosamente sobre África para elaborar mapas y aniquilar de una
vez por todas el esclavismo. Como muchos otros visionarios utópicos, Shelley no
era aún consciente de que no basta con que algo sea técnicamente factible, sino
que también es esencial la motivación política.
La mejora del futuro ha sido uno de los ideales científicos durante los
últimos trescientos años. El progreso se convirtió en un factor fundamental
durante la Ilustración, cuando los reformistas declaraban que la mejor forma de
avanzar era dando facilidades a la ciencia. Desde aquel momento, los
entusiastas científicos han asegurado una y otra vez que la inversión en
investigación aumentaría la riqueza de los países y ayudaría a sus ciudadanos a
vivir mejor. Y no les faltaba razón; de hecho, quizá incluso subestimaron la
capacidad de la ciencia para transformar la sociedad y dominar el mundo. Aunque
no es posible conocer el futuro, sí es posible pronosticar numerosas mejoras
con cierta fiabilidad: la aparición de nuevos medicamentos, una Internet más
versátil, la mejora de las técnicas genéticas o la reducción aún mayor del
precio de los ordenadores, que serán también más pequeños y más omnipresentes.
Las personas que viven en determinados lugares disfrutan de vidas más largas y
cómodas, y esta tendencia seguirá.
Pero, en algunos lugares del mundo, las condiciones se han deteriorado.
Los futurólogos predicen que el propio impulso de la tecnología la hará
progresar cada vez más. Así mismo, parece que algunas tendencias negativas han
sobrepasado el punto de no retorno. Los recursos naturales serán cada vez más
escasos, las enfermedades infecciosas proliferarán y la superpoblación en los
barrios bajos urbanos crecerá aún más. El resultado neto aparente de la
innovación científica ha sido la ampliación de la división entre ricos y
pobres, no su reducción. En estos tiempos en los que la investigación
científica está tan ligada a los intereses políticos, la forma de enfrentarse a
estas diferencias se ha convertido en una cuestión global en la que participan
los ciudadanos de todo el mundo.
Una y otra vez, los tecnófilos han predicho que alguna nueva invención
cambiaría la conducta humana y revolucionaría la sociedad. Durante los últimos
doscientos años, el mundo se ha reducido cada vez más, a medida que la
aparición de barcos y trenes, luego teléfonos y radios y actualmente Internet,
han facilitado las comunicaciones entre las personas. Y sin embargo, a pesar de
las esperanzas de que un contacto más sencillo supondría una mayor comprensión,
la paz mundial no está más próxima. La ruta tecnológica opuesta hacia la
armonía global —armas cada vez más potentes para obligar a los enemigos a
someterse— ha demostrado igualmente su ineficacia. Otra de las ventajas
sociales que se suelen esgrimir como una de las consecuencias de las
innovaciones técnicas es la igualdad. Según esta argumentación, los nuevos
inventos liberan a los grupos oprimidos. En diversas ocasiones, los optimistas
tecnológicos predijeron que los obreros textiles se beneficiarían de la
automatización de las fábricas, que las mujeres lograrían su emancipación con
las lavadoras y las aspiradoras, y que la discriminación racial desaparecería
en la era de los ordenadores. Siempre en vano.
Una de las formas de predecir el futuro es representar gráficamente el
número de inventos que aparecen cada año y extrapolar en el tiempo. Sin
embargo, centrarse únicamente en las fechas puede ser una forma equívoca de
seguir el progreso tecnológico. Otra posibilidad es considerar cuántas personas
utilizan las distintas tecnologías: la aceptación puede revelar más información
que la novedad. Mirando al pasado, parece claro que ni siquiera los inventos de
más éxito han eliminado a los más antiguos, muchos de los cuales han
permanecido e incluso han ganado en presencia. La población de caballos
norteamericana siguió creciendo mucho tiempo después de la producción en masa
de coches, porque los animales se necesitaban para impulsar los equipos
agrícolas. Aunque las bombas, los gases venenosos y otras destacadas
innovaciones militares del siglo XX se han hecho muy populares, las armas de
fuego personales siguen ocupando la primera posición en cuanto a eficacia —es
decir, número de muertos—. Actualmente, a diferencia de lo que ocurría hace
tres décadas, se fabrican cada año el doble de bicicletas que de automóviles.
Durante el siglo XX, los gobiernos alentaron cada vez más a sus
ciudadanos a que depositaran sus esperanzas en la ciencia y la tecnología.
Pero, cuando esta llegó, el futuro no siempre respondía a las expectativas. El
DDT incrementó en gran medida la producción agrícola, pero destruyó la campiña;
los reactores nucleares ahorraban carbón, pero los accidentes liberaban
radiación; Internet prometía un acceso democrático, pero hizo prosperar la
pornografía. En medicina, el invento más elogiado fue la penicilina, que en la
segunda guerra mundial salvó la vida de numerosos soldados heridos. Cincuenta
años más tarde, los hospitales estaban llenos de bacterias resistentes y, en
Estados Unidos, se fabricaban antibióticos para usar como aditivos para
fomentar el crecimiento del ganado.
Sin embargo, los indudables éxitos de la ciencia la convierten en el
agente más plausible para crear un futuro mejor. Tras la segunda guerra
mundial, cuando las naciones industrializadas se unieron para solucionar el
problema de la pobreza en el mundo, recomendaron la ciencia como cura evidente,
y pusieron en marcha planes de desarrollo para llevar a las zonas más
empobrecidas del mundo un nivel tecnológico similar al suyo propio. Estos
proyectos, aunque en muchos sentidos supusieron un gran éxito, no eran tan
desinteresados como pueda parecer, sino que estaban impregnados de intereses
políticos. Mediante la distribución de sus competencias industriales por todo
el mundo, las naciones ricas consolidaron su poder. La propagación de la
ciencia reforzaba la supremacía, así que los programas de desarrollo
filantrópicos eran también una forma disfrazada de imperialismo.
La política científica se globalizó durante la guerra fría, cuando un
nuevo participante apareció en la escena internacional: el Tercer Mundo, un
término inventado en 1952. Al tiempo que el bloque occidental de Norteamérica y
Europa se enfrentaba contra el Este, dominado por la Unión Soviética, otro
conflicto se desarrollaba entre el «Norte» y el «Sur». Esas comillas indican,
en resumen, que el mundo puede dividirse en dos: las potencias ricas e
industrializadas (originalmente en la Europa noroccidental, pero que ahora
incluyen también Australia) competían por la lealtad de las naciones pobres del
Tercer Mundo, muchas de las cuales (aunque no todas) se hallan en el hemisferio
austral. Como ilustra la Figura 57 (la nave espacial rusa de Gagarin
sobrevolando África), la ayuda tecnológica era uno de los principales bienes
que se podía ofrecer para comprar esa lealtad. En estas asimétricas
interacciones «Norte-Sur», la ayuda científica tenía un precio político. Aunque
no era tan visible durante la guerra fría, las relaciones «Norte-Sur» eran en
muchos sentidos tan transcendentales como las hostilidades Este-Oeste.
La riqueza del «Norte» garantizaba el dominio del estilo científico y
tecnológico de entender el mundo que tanto éxito había tenido en las naciones
industrializadas. Este engañoso ciencia centrismo organiza el
mundo entero a su propia imagen. El problema no es que haga caso omiso de otras
formas de pensar, sino que imposibilita pensar de otra forma. El mapa invertido
australiano que aparece al principio de este libro (Figura 1) está pensado como
protesta contra la estrechez de miras de considerar la perspectiva europea como
la única posible. De forma más general, pone de manifiesto la arrogancia que
subyace no solo en la geografía terrestre, sino también en los puntos de vista
del Norte sobre el conocimiento y las creencias en general.
El mismo concepto de desarrollo implica, no solo que la ciencia y la
tecnología modernas son intrínsecamente superiores, sino también que el «Norte»
tiene la razón. Con estos errores intrínsecos, las estrategias de desarrollo
para mejorar el futuro han sido incapaces de terminar con las desigualdades
científicas. La distribución de aparatos de alta tecnología en países del
Tercer Mundo mejoraba la imagen de los donantes poderosos, pero no era
necesariamente la mejor solución contra la pobreza. La aceptación de estos
regalos llevaba implícita una subordinación política, e imponía la modernidad a
personas que no necesariamente la querían. Por ejemplo, Colombia y Paraguay
acordaron recibir un reactor nuclear norteamericano, no porque lo necesitasen
para generar energía o para detonar una bomba, sino por el deseo de mostrar su
lealtad política. En lugar de desarrollarse, muchas de las naciones pobres
pasaron incluso de la pobreza a la indigencia durante la segunda mitad del
siglo XX.
Los proyectos de desarrollo empujaban a los países del Tercer Mundo a un
estado de dependencia científica en el que se veían obligados a apoyarse en
equipamientos producidos por las naciones industrializadas del «Norte». Se les
negó la posibilidad de llegar a la igualdad científica, porque los únicos
proyectos de investigación que se establecían en los países más pobres se
dedicaban a aplicaciones tecnológicas con beneficios sociales inmediatos. Por
generosas que fuesen las donaciones, se dedicaban a aliviar la pobreza, no a
crear países que pudiesen ser rivales en la investigación. Las investigaciones
abstractas, la punta de lanza de la ciencia, siguieron siendo privilegio de los
países ricos, que se oponían a desviar fondos a instituciones que no fuesen las
suyas propias. Los proyectos educativos animaban a los niños de las naciones
más pobres a estudiar ciencias, pero si pretendían seguir una carrera como
científicos profesionales, se veían forzados a emigrar. La investigación
científica se convirtió en un artículo de lujo que el Tercer Mundo no se podía
permitir.
Los programas de desarrollo científico estaban pensados para ayudar al
Tercer Mundo a ponerse a la altura del «Norte» industrializado. Sin embargo,
las naciones del mundo no se unieron cada vez más, sino que divergieron, como
especies en evolución condenadas a un irrevocable alejamiento. Las naciones más
pobres no eran simples destinatarios pasivos de los métodos y los equipos del
«Norte», sino que adaptaron lo que se les daba para seguir sus propios caminos
tecnológicos hacia el futuro. En lugar de importar coches o motocicletas
modernas, las personas idearon sus propios medios de transporte adaptados a las
condiciones locales: ciclorickshaws en India y Singapur,
barcas impulsadas por bombas de irrigación en Bangladesh. Las inmensas
barriadas de chabolas de África y Asia pueden parecer imposibles de habitar
cuando se miran desde fuera, pero se las arreglan para funcionar gracias a los
inventores locales que producen nuevas versiones de materiales existentes, como
el hierro corrugado, que ya apenas se usa en las naciones del «Norte», y el
cemento de asbestos, prohibido en otros lugares por razones de seguridad.
Las decisiones sobre ciencia y tecnología llevaban implícita una pesada
carga política. En muchos países, los fabricantes conservaron herramientas
hechas a mano que precisaban de mucha mano de obra —máquinas de coser, por
ejemplo— en lugar de construir costosas fábricas dependientes de equipos
automáticos importados. El poder tecnológico y el político van de la mano.
Mahatma Gandhi tenía la esperanza de que la producción por las masas se
impusiese a la producción en masa; en la bandera de la India se puede ver una
rueca de hilar, que simboliza la independencia de la industrializada Gran
Bretaña. Hacia finales del siglo XX, este apoyo de la actividad individual
permitió que los programadores de ordenadores hindúes se impusiesen a sus
homólogos norteamericanos por su menor precio, y esta mano de obra
especializada hizo emerger a la India como fuerza política internacional a la
que se debía tener en cuenta.
El más ambicioso de los proyectos de desarrollo científico fue la
denominada «Revolución Verde». A mediados de la década de 1960, los gobiernos y
las organizaciones internacionales decidieron enfrentarse a la pobreza en el
mundo mediante la transformación de la agricultura global. Con el objetivo de
eliminar el hambre y aumentar la producción de comida en las zonas más
pobladas, empezaron a sustituir los métodos tradicionales por las últimas
técnicas científicas. Estos filántropos económicos prometían que, con la
adopción de una agricultura basada en la ciencia, las naciones del Tercer Mundo
podrían sostenerse a sí mismas o incluso obtener beneficios económicos con la
exportación de frutas y verduras tropicales a los países del «Norte». Aparte de
introducir fertilizantes químicos y sistemas industriales de irrigación, al
cabo de unos años los científicos estaban propagando el uso de semillas
modificadas genéticamente por los nuevos especialistas en biotecnología.
En principio, «ingeniería genética» suena como una contradicción de
términos, porque unía dos disciplinas que anteriormente se habían situado en
extremos opuestos de un espectro que iba de las ciencias duras, masculinas, a
las blandas, femeninas. Los biólogos se asociaron con los ingenieros con la
adopción de términos como cortar y empalmar para describir los métodos que
usaban para la exploración y manipulación de los grupos químicos del ADN. La
modificación genética no era una novedad en sí misma. En los primeros capítulos
del libro sobre evolución de Charles Darwin se describe cómo los granjeros y
los criadores de palomas utilizan la cría selectiva para modificar el ganado y
los pájaros para llevar a cabo tareas concretas. En cambio, los nuevos biotecnólogos
alteran los genes desde el interior. E, igual que los empresarios de las
fábricas, crean compañías para comercializar sus productos derivados del mundo
natural.
Al principio, las soluciones científicas para acabar con la pobreza
parecían funcionar de primera. En 1980, India ya era autosuficiente en trigo y
arroz, mientras que otras regiones del mundo obtenían cosechas récord. La
ciencia parecía responder a su reputación de proporcionar recetas milagrosas
para garantizar la prosperidad. Sin embargo, la Revolución Verde ya estaba
recibiendo serios ataques de críticos decepcionados con ella. Muchos escépticos
advirtieron sobre los destrozos ambientales causados por esta transferencia sin
precedentes de especies vegetales de un lugar del mundo a otro y sus
innumerables e imprevistas consecuencias. Los efectos nocivos de las potentes
sustancias químicas introducidas para mejorar el árido suelo o enfrentarse con
las plagas tropicales se transmitían a lo largo de las cadenas tróficas. Los
proyectos de desviación de recursos hídricos alteraban los sistemas de drenaje
existentes, de modo que, aunque algunas zonas se beneficiaban de grandes
cosechas, otras padecían sequías.
La modificación genética recibió ataques especialmente virulentos. En el
lado positivo, las plantas especialmente creadas para enfrentarse a las
condiciones locales convertían grandes extensiones de tierra yerma en fértiles
campos de alto rendimiento. Sin embargo, sucedió algo que no estaba previsto:
la supervivencia de estas plantas adaptadas artificialmente llevaba asociada la
desaparición de otras especies. Los oponentes destacaban la posibilidad de
escenarios de pesadilla. Si las plantas cultivadas se diseñan a medida para
evitar las plagas, los cruces podrían conducir a la creación de malas hierbas
resistentes, capaces de proliferar sin posibilidad de control. U otra nefasta
posibilidad: si una super planta sustituye a millares de variedades distintas,
se corre el riesgo de que un super depredador aparezca en el futuro y la
aniquile por completo. En Europa (pero no en Estados Unidos), los productos
genéticamente modificados (GM) fueron denunciados como «Frankenfood» («comida
Frankenstein»).
Además, la Revolución Verde tuvo consecuencias sociales negativas,
porque su misma esencia llevaba incorporadas estructuras de poder político. En
lugar de importar comida, las naciones pobres compraban ahora costosas
sustancias químicas, semillas y los servicios de personal especializado
necesarios para mantener su nuevo estilo de agricultura. Mientras que los
beneficios de los grandes propietarios con contactos ricos se dispararon, los
pequeños granjeros quedaron desposeídos de sus negocios y tuvieron que emigrar
a los ya superpoblados barrios bajos de las ciudades. Los organismos GM se
producían en remotos laboratorios de investigación y se enviaban hacia el
«Sur», de los países ricos a los pobres, en particular de Norteamérica a
Suramérica. Los beneficios financieros, en cambio, fluían en la dirección
opuesta: los genes manipulados tenían su origen en plantas locales y eran
transportados hacia el «Norte» para aumentar los beneficios y el prestigio de
las empresas de biotecnología.
El desarrollo implica ayudar a los países pobres a adquirir por la vía
rápida una igualdad financiera y científica con sus privilegiados colaboradores
ricos. Sin embargo, igual que sucedía con la tecnología industrial pesada, la
Revolución Verde tuvo como consecuencia cambios irreversibles que aumentaron
aún más las divergencias. En todo el mundo, la investigación científica se
dedicaba a modernizar las técnicas agrícolas, pero su eficiencia aumentó mucho
más y mucho antes en los países ricos, en los que los gobiernos podían
permitirse el lujo de proteger a sus productores contra las importaciones
baratas. Los más idealistas de entre los reformistas habían imaginado un futuro
de color de rosa en el que los países pobres alimentarían al «Norte»
industrializado, pero en realidad estaba sucediendo lo contrario. Por ejemplo,
Estados Unidos empezó a vender trigo a la Unión Soviética y a exportar algodón
en bruto a China, en donde fábricas recién establecidas lo procesaban para
convertirlo en ropa para los americanos ricos.
Encontrar defectos en la ciencia es relativamente fácil; lo complicado
es decidir cómo mejorar su impacto. Los reaccionarios siempre se han quejado de
la decadencia de los estándares y han hecho hincapié en que el futuro solo
puede empeorar. Los tecnófobos románticos arremeten contra la innovación y
ansían volver a un pasado ideal imaginario, afirmando que la ciencia ha
generado nuevos medios de destrucción, no solo mediante poderosas bombas, sino
también al convertirse en un arma política por derecho propio. Sentados ante
sus procesadores de texto en la comodidad de sus hogares con calefacción
central, utilizan su visión selectiva para hacer caso omiso de las innumerables
formas en las que la investigación científica ha dado como resultado beneficios
imposibles de poner en duda.
El problema no es que la tecnología sea mala en sí, sino que puede
convertirse con demasiada facilidad en una herramienta de dominio y coerción.
Abundan las predicciones acerca de las maravillas tecnológicas que nos esperan
en el siglo XXI, como los nanotranspondedores (implantes cerebrales
miniaturizados diseñados para conectar a los seres humanos a redes electrónicas
mundiales), los genes artificiales y las células de combustible (minúsculas
baterías perpetuas basadas en interacciones químicas). Al mismo tiempo, los
ecologistas lanzan dramáticas advertencias, afirmando que la raza humana se
extinguirá a causa de la polución que genera a menos que se tomen medidas para
impedir un mayor calentamiento global. El estudio del pasado indica claramente
que la elección de un camino hacia el futuro no depende únicamente de que las
ecuaciones científicas sean correctas, sino de que también lo sean las
decisiones políticas.
Epílogo
Las personas siempre han intentado comprender el mundo que las rodeaba.
Sin embargo, al mirar hacia el pasado parece obvio que no hay una única forma
de imponer orden, aunque los esquemas más antiguos puedan parecemos extraños.
Los aristotélicos medievales veían tres colores en el arco iris, mientras que
Newton lo dividió en siete; antes de que los relojeros empezasen a medir el
tiempo en unidades iguales, los días y las noches estaban divididos en horas de
duración variable; y, aunque muchos coleccionistas ordenaban las flores según
los colores o las hojas, Linneo las clasificó numéricamente según el número de
sus órganos reproductivos. El sistema que uno aprende de niño parece obvio, y
los demás parecen intuitivamente erróneos, por racional que haya sido su
construcción.
El escritor argentino Jorge Luis Borges puso de relieve este dilema
taxonómico imaginando una enciclopedia china en la que los animales se
clasificaban de esta forma: (a) pertenecientes al Emperador, (b) embalsamados,
(c) amaestrados, (d) lechones, (e) sirenas, (f) fabulosos, (g) perros sueltos,
(h) incluidos en esta clasificación, (i) que se agitan como locos, (j)
innumerables, (k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, (l)
etcétera, (m) que acaban de romper el jarrón, (n) que de lejos parecen moscas[121].
Aunque parece posible imaginar situaciones de la vida real en la que
alguna de estas categorías individuales podría resultar útil, esta lista
ficticia está plagada de ambigüedades y superposiciones, y se burla de la
universalidad a la que aspiran los clasificadores científicos.
Borges ideó esta parodia para su enigmático relato acerca de John
Wilkins, un erudito del siglo XVII que decidió crear un idioma internacional
para organizar el Universo en cuarenta clases, cada una de ellas subdividida en
conjuntos más pequeños con sus propios símbolos de identificación. Una vez
familiarizados con este método, razonaba Wilkins, los lectores serían capaces,
no solo de comprender el significado de una palabra, sino también de averiguar
qué objeto o idea representaba en el esquema global de las cosas. Suena
bastante bien… hasta que uno se da cuenta de que, desde una perspectiva
moderna, las categorías de Wilkins son tan poco convincentes como las de la
enciclopedia ficticia de Borges. Por ejemplo, hay cuatro tipos de piedra:
ordinaria, preciosa, transparente e insoluble. Entonces, la pizarra ¿sería
ordinaria o insoluble? Los zafiros ¿son transparentes o preciosos? Un sistema
que a Wilkins le parecía universalmente válido sería inútil para los expertos
en mineralogía modernos.
Lejos de ser un tipo raro aislado, Wilkins fue uno de los primeros
líderes de la Royal Society, e incluso presidió la reunión fundacional. Siendo
Wilkins uno de los principales responsables en la formulación del enfoque
experimental de la Royal Society, podría ser considerado uno de los primeros
científicos de Inglaterra. Sin embargo, si se mira en retrospectiva, es
imposible encajarlo en cualquier clasificación moderna. Para empezar, era un
hombre de iglesia que ocupó diversas posiciones antes de ser ordenado obispo de
Chester. Asimismo, además de trabajar en su visionario idioma filosófico,
Wilkins se dedicó a diversos proyectos que actualmente no serían considerados
como verdadera ciencia: movimiento perpetuo, ilusiones mágicas, vocabulario
naval o códigos secretos.
Tal como Borges concluye en su cuento con moraleja, todos los esquemas
humanos son provisionales. Ahora que la ciencia domina el mundo, es difícil
creer que hace únicamente doscientos años ni siquiera se había inventado la
palabra «científico». Durante los últimos milenios, muchas gentes —babilonios y
chinos, granjeros y navegantes, colonizadores y esclavos, mineros y monjes,
musulmanes y cristianos, astrofísicos y bioquímicos— han contribuido a
construir nuestra idea actual del cosmos. Igual que las sociedades humanas, el
conocimiento nunca es fijo de forma definitiva, sino que cambia constantemente
a medida que las categorías antiguas y las nuevas se disuelven y combinan. No
existe garantía alguna de que la ciencia punta de hoy no vaya a representar la
desprestigiada alquimia de mañana. Y sin embargo, una cosa es cierta: la
ciencia ha modificado el Universo y a sus habitantes para siempre.
Créditos de las imágenes
Akg-images: 42; Musée Condé, Chantilly/akg-images: 2; Argonne National
Laboratory, Estados Unidos: 51; (c) S. McArthur/Artarom: 1; The Art Archive: 7,
9, 13, 35; The British Library/The Art Archive: 10; Ironbridge Gorge Museum/The
Art Archive: 27; Cortesía de Warden & Scholars of New College, Oxford/The
Bridgeman Art Library: 21; The Science Museum/The Bridgeman Art Library: 32;
Yale Center for British Art, Paul Mellon Collection, Estados Unidos/The
Bridgeman Art Library: 20; The British Museum: 26; Cambridge University
Library: 24, 33,34,38; Bettmann/Corbis: 50; Derby Museums and Art Gallery: 22;
Mary Evans Picture Library: 31, 36, 43; Cortesía de Roger Gaskell Rare Books:
11,16; Time Life Pictures/Getty Images: 55; Sonia Halliday Photographs: 8;
Oxford Science Archive/Heritage Image Partnership: 54; Nick Hopwood: 41;
Imperial War Museum: 59; Institut International de Physique Solvay, Bruselas:
49; © 1942 The Kosciuszko Foundation: 14; Leiden University Library: 6; The
Metropolitan Museum of Art, adquisición, Mr. y Mrs. Charles Wrightsman Gift, en
honor de Everett Fahy, 1977 (1977.10): 28; Museum of the History of Science,
Oxford: 40; cortesía de NASA: 58; National Portrait Gallery, Londres: 48; The
Royal Observatory, Edinburgh: 5; The Royal Society: 23, 29; The National
Gallery/photo © 2005 Ann Ronan/HIP/Scala, Florencia: 12; Science Photo Library:
53; Cari Anderson/Science Photo Library: 45; Antony Barrington-Brown/Science
Photo Library: 52; George Bernard/Science Photo Library: 44; University College
London Library: 3; US Army Photo: 56; Wellcome Library, Londres: 30; Whipple
Museum of the History of Science, University of Cambridge: 4
Fuentes
Breve historia de la ciencia tiene la finalidad de ofrecer una presentación introductoria del
pasado de la ciencia, así que no he incluido las numerosas notas a pie de
página habituales en los textos académicos, aunque sí he especificado el origen
de todas las citas directas. Estoy en deuda con el trabajo de numerosos
intelectuales, y una lista completa de lecturas sería excesivamente larga. Sin
embargo, quisiera expresar mi gratitud de forma especial a los autores de los
siguientes libros y artículos, en los que me he basado especialmente.
Introducción
Vi por primera vez el mapa del mundo australiano en Jeremy Black, Maps
and Politics, Londres, Reaktion, 1997.
I. Orígenes
1. Sietes
Tomé varios ejemplos de conjuntos de siete especiales de Anne-Marie
Schimmel, The Mystery of Numbers, Nueva York-Oxford, Oxford
University Press, 1993, pp. 127-155.
2. Babilonia
Estoy en deuda con Eleanor Robson por su asesoramiento sobre la antigua
Babilonia, así como por su pionero artículo «More than Metrology: Mathematics
Education in an Oíd Babylonian Scribal School», en John M. Steele y Annette
Imhausen (eds.), Under One Sky: Astronomy and Mathematics in the
Ancient Near East, Munster, Ugarit-Verlag, 2002, pp. 325-365. Mis otras
fuentes especializadas fueron principalmente David Brown, Mesopotamian
Planetary Astronomy-Astrology, Groningen, Styx, 2000, y Francesca
Rochberg, The Heavenly Writing: Divination, Horoscope, and Astronomy in
Mesopotamian Culture, Cambridge, Cambridge University Press, 2004.
3-7. De héroes a tecnología
Mis principales fuentes han sido los dos textos clásicos de Geoffrey E.
R. Lloyd: Early Greek Science: Thales to Aristotle, Londres, Chatto
and Windus, 1970 y Greek Science after Aristotle, Londres, Chatto and Windus,
1973. También he utilizado material de Andrew Gregory, Eureka! The
Birth of Science, Duxford, Icon, 2001, y Serafina Cuomo, Pappus of
Alexandria and the Mathematics of Late Antiquity, Cambridge, Cambridge
University Press, 2000.
II. Interacciones
1. Eurocentrismo
Me he basado en tres fuentes principales: Zachary Lockman, Contending
Visions ofthe Middle East: The History and Politics of Orientalism,
Cambridge, Cambridge University Press, 2004, esp. pp. 8-65; John M.
Hobson, The Eastern Origins of Western Civilisation, Cambridge,
Cambridge University Press, 2004, esp. caps. 1 y 5; y Julia M. H. Smith, Europe
after Rome: A New Cultural History, Oxford, Oxford University Press, 2005,
esp. Introducción y cap. 8.
2. China
Mi resumen de la vida y el impacto de Needham lo he tomado del artículo
correspondiente del Oxford Dictionary of National Biography, de
Gregory Blue, y también de Francesca Bray, «Eloge of Joseph Needham», Isis,
n.º 87 (1996), pp. 312-317. Mi principal guía para la obra de Joseph
Needham Science and Civilisation in China ha sido el volumen
7.2, editado por Kenneth Robinson y que contiene una valiosa introducción de
Mark Elvin. He utilizado también dos resúmenes de Nathan Sivin: «Science in
China’s Past», en Leo A. Orleans (ed.), Science in Contemporary China,
Stanford, Stanford University Press, 1980, pp. 1-29; y «Editor’s Introduction»,
en Joseph Needham (ed.), Science and Civilisation in China, vol. 6.6, Cambridge,
Cambridge University Press, 2000, pp. 1-37 (con un especial énfasis en
medicina). Para un análisis general me he basado en Toby E. Huff, The
Rise of Early Modern Science: Islam, China and the West, Cambridge,
Cambridge University Press, 1993, pp. 237-320; y John M. Hobson, The
Eastern Origins of Western Civilisation, Cambridge, Cambridge University
Press, 2004, cap. 3. La parte sobre Shen Gua se basa principalmente en Nathan
Sivin, «Shen Gua», en Dictionary of Scientific Biography, xii, pp.
369-393, que ofrece también una excelente visión de conjunto sobre la
civilización china alrededor del siglo XI. Supe de la existencia de Wang-Ho en
William H. McNeill, The Pursuit of Power: Technology, Armed Forcé and
Society since AD 1000, Oxford, Basil Blackwell, 1983, p. 41.
3-4. Islam e intelecto
El texto por el que me he guiado para presentar una perspectiva islámica
fue Seyyed Hossein Nasr, Science and Civilisation in Islam,
Cambridge, MA, Harvard University Press, 1968. También he recurrido a Michael
Hoskin (ed.), Astronomy, Cambridge, Cambridge University Press,
1997, y Toby E. Huff, The Rise of Early Modern Science: Islam, China
and the West, Cambridge, Cambridge University Press, 1993. Para el proyecto
de traducción de Bagdad he utilizado Dimitri Gutas, Greek Thought,
Arabic Culture: The Graeco-Arabic Translation Movement in Bagbdad and Early
Ab-basid Society, Londres, Routledge, 1998.
5-6. Europa y Aristóteles
Mis principales fuentes estándar han sido David C. Lindberg, The
Beginnings of Western Science: The European Scientific Tradition in
Philosophical, Religious, and Institutional Context, 600 BC to AD 1450,
Chicago-Londres, University of Chicago Press, 1992, y Edward Grant, The
Foundations of Modern Science in the Middle Ages, Cambridge, Cambridge
University Press, 1996. Mis ejemplos de cambios en la agricultura proceden de
John M. Hobson, The Eastern Origins of Western Civilisation,
Cambridge, Cambridge University Press, 2004, cap. 9. Para los ventanales de los
gremios de Chartres he empleado Jane Welch Williams, Bread, Wine, and
Money: The Windows ofthe Trades at Chartres Cathedral, Chicago-Londres,
University of Chicago Press, 1993. Mis conocimientos de la óptica medieval los
he extraído sobre todo de los caps. 3 y 4 de Dalibor Vesely, Architecture
in the Age of Divided Representaron: The Question of Creativity in the Shadow
of Production, Cambridge, MA, MIT Press, 2004. Mis principales fuentes
sobre tiempo y relojes han sido Jo Ellen Barnett, Time’s Pendulum: The
Quest to Capture Time-From Sundials to Atomic Clocks, Nueva York-Londres,
Plenum, 1998; David S. Landes, Revolution in Time: Clocks and the
Making of the Modern World, Cambridge, MA-Londres, Harvard University
Press, 1983, y Samuel Macey, Clocks and the Cosmos: Time in Western
Life and Thought, Hamden, CT, Archon Books, 1980.
7. Alquimia
Para el análisis me he apoyado sobre todo en dos guías recientes: Bruce
T. Moran, Distilling Knowledge: Alchemy, Chemistry, and the Scientific
Revolution, Cambridge, MA-Londres, Harvard University Press, 2005, y la
breve introducción de Stanton J. Linden, The Alchemy Reader: From
Hermes Trismegistus to Isaac Newton, Cambridge, Cambridge University Press,
2003. También he utilizado William Eamon, Science and the Secrets of
Nature: Books of Secrets in Medieval and Early Modern Culture, Princeton,
Princeton University Press, 1994, esp. pp. 15-90, y W. F. Ryan y Charles B.
Schmitt (eds.),Pseudo-Aristotle, The «Secret of Secrets»: Sources and
Influences, Londres, Warburg Institute, 1982.
III. Experimentos
1. Exploración
Mis principales fuentes sobre impresión, transformación en bienes y
comunicación han sido Lisa Jardine, Worldly Goods: A New History ofthe
Renaissance, Londres, Macmillan, 1996, y Jessica Wolfe, Humanism, Machinery,
and Renaissance Literature, Cambridge, Cambridge University Press, 2004,
esp. pp. 96-103 para Holbein, tratado en detalle en Susan Foister, Ashok Roy y
Martin Wyld, Holbein’s Ambassadors, Londres, National Gallery
Publications, 1997, esp. pp. 30-43. He utilizado intensivamente las siguientes
colecciones, que contienen algunos ensayos maravillosos: Pamela H. Smith y
Paula Findlen (eds.),Merchants and Marvels: Commerce, Science and Art in
Early Modern Europe, Nueva York-Londres, Routledge, 2002, esp. la
introducción de las editoras, cap. I (Larry Silver y Pamela Smith, «The Powers
of Nature and Art in the Age of Dürer»), cap. 2 (Pamela Long, «Objects of
Art/Objects of Nature») y cap. 12 (Paula Findlen, «Inventing Nature» sobre los
gabinetes de curiosidades); N. Jardine, J. A. Secord y E. C. Spary
(eds.), Cultures of Natural History, Cambridge, Cambridge
University Press, 1996, esp. cap. 2 (William Ashworth, «Emblematic Natural
History of the Renaissance», la fuente de mis comentarios sobre el zorro de
Gesner) y cap. 4 (Paula Findlen, «Courting Nature», sobre la historia natural
en la corte); Londa Schiebinger y Claudia Swan (eds), Colonial Botany:
Science, Commerce, and Politics in the Early Modern World, Philadelphia,
University of Pennsylvania Press, 2005, esp. la introducción de las editoras,
cap. 5 (Daniela Bleichmar, «Books, Bodies and Fields» sobre las medicinas del
Nuevo Mundo en Europa) y cap. 12 (Judith Carney, «Out of África» sobre el arroz
y otras exportaciones). También he incorporado reflexiones de Brian W.
Ogilvie, The Science of Describing: Natural History in Renaissance Europe,
Chicago-Londres, University of Chicago Press, 2006.
2. Magia
Para La tempestad he utilizado las notas de Frank
Kermode en la edición de Arden de 1954, así como Francés A. Yates, Theatre
of the World, Londres, Routledge and Kegan Paul, 1987, y Charles
Nicholl, The Chemical Theatre, Londres, Routledge and Kegan Paul,
1980. Aparte de los textos fundamentales sobre la magia de Agrippa: Francés
Yates, Giordano Bruno and the Hermetic Tradition, Londres,
Routledge and Kegan Paul, 1964; y The Occult Philosophy in the
Elizabethan Age, Londres, Routledge and Kegan Paul, 1979; también he
utilizado los ensayos de Brian Copenhaver y William Eamon en David C. Lindberg
y Robert S. Westman, Reappraisals of the Scientific Revolution,
Cambridge, Cambridge University Press, 1990. Para John Dee he recurrido a Peter
J. French, John Dee: The World of an Elizabethan Magus, Londres,
Routledge and Kegan Paul, 1972; y Nicholas H. Clulee, John Dee’s
Natural Philosophy: Between Science and Religión, Londres-Nueva York,
Routledge, 1988; para conocer su experimental estilo de vida me he inspirado en
el espléndido artículo de Deborah E. Harkness, «Managing an Experimental
Household: The Dees of Mortlake and the Practice of Natural Philosophy», Isis,
n.º 88 (1997), pp. 247-262. Para la alquimia y Paracelso he usado sobre todo
Bruce T. Moran, Distilling Knowledge: Alchemy, Chemistry, and the
Scientific Revolution, Cambridge, MA-Londres, Harvard University Press,
2005.
3. Astronomía
Para las estrategias y la influencia de Copérnico he recurrido sobre
todo a Owen Gingerich, «The Copernican Quinquecentennial and its Predecessors:
Historical Insights and National Agendas», Osiris, n.º 14 (1999), pp. 37-60, y
Robert Westman, «Proof, Poetics, and Patronage: Copernicus’s Preface to De
Revolutionibus», en D. C. Lindberg y R. S. Westman (eds.), Reappraisals
ofthe Scientific Revolution, Cambridge, Cambridge University Press, 1990,
pp. 167-205. Para el estado de los inicios de la astronomía moderna he
utilizado Westman, «The Astronomer’s Role in the Sixteenth Century: A
Preliminary Study», History of Science, n. º 18 (1980), pp. 105-147
y Nicholas Jardine, «The Places of Astronomy in Early Modern Culture», Journal
for the History of Astronomy, n.º 29 (1998), pp. 49-62. El mejor comentario
acerca de la iconografía de Tycho Brahe se halla en John Robert
Christianson, On Tycho’s Island: Tycho Brahe and His Assistants,
1570-1601, Cambridge, Cambridge University Press, 2000. Para Galileo me he
valido de Mario Biagioli, Galileo, Courtier: The Practice of Science in
the Culture of Absolutism, Chicago-Londres, Chicago University Press, 1993,
y David Lindberg, «Galileo, the Church, and the Cosmos», en David C. Lindberg y
Ronald L. Numbers, When Science and Christianity Meet,
Chicago-Londres, University of Chicago Press, 1993.
4. Cuerpos
Mi principal fuente para Vesalius y Fabricius ha sido Andrew
Cunningham, The Anatomical Renaissance: The Resurrection of the
Anatomical Projects of the Ancients, Aldershot, Scolar Press, 1997. Para la
imaginería artística de Vesalius he utilizado el ensayo de Pamela Long «Objects
of Art/Objects of Nature», en Pamela H. Smith y Paula Findlen (eds.), Merchants
and Marvels: Commerce, Science and Art in Early Modern Europe, Nueva
York-Londres, Routledge, 2002, y también el cap. 5 de Katharine Park, Secrets
of Wornen: Gender, Generation, and the Origins of Human Dissection, Nueva
York, Zone Books, 2006
5. Máquinas
He tomado comentarios sobre el tiempo de Harold Cook, «Time’s Bodies»,
en Pamela H. Smith y Paula Findlen (eds.), Merchants and Marvels:
Commerce, Science and Art in Early Modern Europe, Nueva York-Londres,
Routledge, 2002, y Rob Iliffe, «The Masculine Birth of Time: Temporal
Frameworks of Early Modern Natural Philosophy», British Journal for the
History of Science, n.º 33 (2000), pp. 427-453. Para los aspectos
científicos del pensamiento de Descartes me he apoyado en Stephen
Gaukroger, Descartes’s System of Natural Pbilosophy, Cambridge,
Cambridge University Press, 2002, y William B. Ashworth, «Christianity and the
Mechanistic Universe», en David C. Lindberg y Ronald L. Numbers (eds.), When
Science and Christianity Meet, Chicago-Londres, University of Chicago
Press, 1993, pp. 61-84.
6. Instrumentos
He basado mi análisis sobre instrumentos en el artículo clásico de Jim
Bennett «The Mechanics: Philosophy and the Mechanical Philosophy», History
of Science, n.º 24 (1986), pp. 1-28. Para Hooke he recurrido especialmente
a Michael Dennis, «Graphic Understanding: Instruments and Interpretation in
Robert Hooke’s Micrographia», Science in Context, n.º 3 (1989), pp.
309-364. Para instrumentos y dispositivos de demostración he utilizado Thomas
L. Hankins y Robert Silverman, Instruments of the Imagination,
Princeton, NJ, Princeton University Press, 1995, y para el experimento del
prisma de Newton, Simón Schaffer, «Glass Works», en David Gooding, Trevor Pinch
y Simón Schaffer (eds.), The Uses of Experiment: Studies in the Natural
Sciences, Cambridge, Cambridge University Press, 1989.
7. Gravedad
Todas mis fuentes se hallan citadas en la bibliografía de mi libro Newton:
The Making of Genius, Londres, Picador, 2002.
IV. Instituciones
1. Sociedades
Para los orígenes de la Royal Society, he recurrido a Michael
Hunter, Science and Society in Restoration England, Cambridge,
Cambridge University Press, 1981; y, para las expediciones del tránsito de
Venus, a J. E. McClellan, Science Reorganised: Scientific Societies in
the Eigbteenth Century, Nueva York, Columbia University Press, 1985. He
basado mi análisis de Banks y el imperialismo en John Gascoigne, Joseph
Banks and the English Enlightenment, Cambridge, Cambridge University Press,
1994; Science in the Service of Empire, Cambridge, Cambridge University Press,
1998; y Richard Drayton, Nature’s Government: Science, Imperial
Britain, and the «Improvement of the World», New Haven, CT-Londres, Yale
University Press, 2000.
2. Sistemas
He tomado mi narración de John Ray de Anna Pavord, The Naming of
Names: The Search for Order in the World of Plants, Londres, Bloomsbury,
2005, pp. 372-394. Mi principal fuente para Linneo ha sido Lisbet
Koerner, Linnaeus: Nature and Nation, Cambridge, MA-Londres,
Harvard University Press, 1999. Para la historia de la globalización, mi mayor
influencia ha sido C. A. Bayly, The Birth of the Modern World
1780-1914: Global Connections and Comparisons, Oxford, Blackwell, 2004,
esp. pp. 1-83. Tomé el debate de la nuez moscada de E. C. Spary, «Of Nutmegs
and Botanists», en Linda Schiebinger y Claudia Swan (eds.), Colonial
Botany: Science, Commerce, and Politics in the Early Modern World,
Philadelphia, University of Pennsylvania Press, 2005, y el caso del mono
hermafrodita de Anna Maerker, «The Tale of the Hermaphrodite Monkey:
Classification, State Interests and Natural Historical Expertise between Museum
and Court, 1791-4», British Journal for the History of Science, n.º
39 (2006), pp. 29-47. Para los argumentos sobre razas he empleado David
Bindman, Ape to Apollo: Aesthetics and the Idea of Race in the
Eighteenth Century, Londres, Reaktion, 2002.
3. Carreras
He tomado el concepto del sistema de clases intelectuales de la ciencia
de Berenice A. Carroll, «The Politics of Originality»: Women and the Class
System of the Intellect, Journal of Women’s History, n.º 2 (1990),
pp. 136-163. Mi análisis de Davy procede de Jan Golinski, Science as
Public Culture: Chemistry and Enlightenment in Britain, 1760-1820,
Cambridge, Cambridge University Press, 1992, y mis ideas sobre Frankenstein y
los nuevos hombres de ciencia se han originado en Ludmilla Jordanova,
«Melancholy Reflection: Constructing an Identity for Unveilers of Nature», en
Stephen Bann (ed.),Frankenstein Creation and Monstrosity, Londres,
Reaktion Books, 1994, pp. 60-76.
4. Industrias
Mis ideas sobre Watt las he tomado de Christine MacLeod, «James Watt,
Heroic Invention and the Idea of the Industrial Revolution», en Maxine Berg y
Kristine Bruland (eds.), Technological Revolutions in Europe:
Historical Perspectives, Cheltenham-Northampton, MA, Edward Elgar, 1998,
pp. 96-111, y de David Philip Miller, «Puffing Jamie: The Commercial and
Ideological Importance of Being a Philosopher in the Case of the Reputation of
James Watt (1736-1819)», History of Science, n.º 38 (2000), pp.
1-24. Mis comentarios sobre la importancia de África se basan en Joseph E.
Inikori, Africans and the Industrial Revolution in England: A Study in
International Trade and Economic Development, Cambridge, Cambridge
University Press, 2002. El mejor libro sobre la Lunar Society es Jenny
Uglow, The Lunar Men: The Friends Who Made the Future, 1730-1810,
Londres, Faber and Faber, 2002. La exclusión de los obreros y las mujeres en la
poesía de Darwin la analiza Maureen McNeil, «The Scientific Muse: The Poetry of
Erasmus Darwin», en Ludmilla Jordanova (ed.), Languages of Nature:
Critical Essays on Science and Literature, Londres, Free Association Books,
1986, pp. 159-203, y Janet Browne, «Botany for Gentlemen: Erasmus Darwin
and The loves of the plants», Isis, n.º 80 (1989), pp.
593-620; también he utilizado Deborah Valenze, The First Industrial
Woman, Nueva York-Oxford, Oxford University Press, 1995.
5. Revoluciones
Para la química industrial me he apoyado principalmente en Colin
Russell, Science and Social Change 1700-1900, Londres, Macmillan,
1983, pp. 96-135, pero la mejor documentación sobre la química británica
durante la Ilustración, incluido Humphry Davy, se encuentra en Jan
Golinski, Science as Public Culture: Chemistry and Enligbtenment in
Britain, 1760-1820,Cambridge, Cambridge University Press, 1992. Como fuente
biográfica para Lavoisier he utilizado Jean-Pierre Poirier, Lavoisier:
Chemist, Biologist, Economist, Philadelphia, University of Pennsylvania
Press, 1993; para su carrera y su iconografía, los mejores análisis son los de
Marco Beretta en su «Chemical Imagery and the Enlightenment of Matter», en
William R. Shea (ed.),Science and the Visual Image in tbe Enlightenment,
Cantón, MA, Science History Publications, 2000, pp. 57-88, e Imaging a
Career in Science: The Iconography of Antoine Laurent Lavoisier, Cantón,
MA, Science History Publications, 2001. Mi versión del laboratorio de William
Lewis (Figura 29) procede sobre todo de E. W. Gibbs, «William Lewis, MB, FRS
(1708-1781)», Annals of Science, n. º 8 (1952), pp. 122-151.
6. Racionalidad
Mi versión de Laplace se basa fundamentalmente en el ensayo de Robert
Fox «Laplacian Physics», en Historical Studies in the Physical Sciences,
n.º 4 (1974), pp. 89-136, reimpreso como cap. 18 de R. C. Olby et al (eds.),Companion
to the History of Modern Science, Londres-Nueva York, Routledge, 1990. El
texto clásico sobre metrología es Kula Witold, Measures and Men,
Princeton, Princeton University Press, y también estoy en deuda con la obra de
Ken Alder, en especial The Measure of All Things: The Seven-Year
Odyssey That Transformed the World, Londres, Little, Brown, 2002, y su
artículo sobre ingeniería en Francia en William Clark et al. (eds.), The
Sciences in Enlightened Europe, Chicago-Londres, University of Chicago
Press, 1999.
7. Disciplinas
Mi introducción inicial a estas ideas ha sido Andrew Cunningham,
«Getting the Game Right: Some Plain Words on the Identity and Invention of
Science», Studies in the History and Philosophy of Science, n.º 19
(1988), pp. 365-389. La controversia sobre el término «científico» la he tomado
de Sydney Ross, «Scientist: The Story of a Word», Annals of Science,
n.º 18 (1962), pp. 65-85, y también de Paul White, Thomas Huxley:
Making the «Man of Science», Cambridge, Cambridge University Press, 2003,
esp. la introducción y la conclusión. Otras dos fuentes fundamentales para este
capítulo han sido James A. Secord, Victorian Sensation: The
Extraordinary Publication, Reception, and Secret Authorship of Vestiges of the
Natural History of Creation, Chicago-Londres, University of Chicago Press,
2000, y Martin Rudwick, The New Science of Geology, Ashgate,
Variorum, 2004.
V. Leyes
1. Progreso
Mi principal fuente sobre edición y ciencia en el siglo XIX ha sido
James A. Secord, Victorian Sensation: The Extraordinary Publication,
Reception, and Secret Authorship of Vestiges ofthe Natural History of Creation,
Chicago-Londres, University of Chicago Press, 2000, esp. pp. 41-56, 515-532.
Mis comentarios sobre la BAAS y el método están basados en Richard Yeo,
«Scientific Method and the Image of Science 1831-1891», en Roy MacLeod y Peter
Collins (eds.), The Parliament of Science: The Britisb Association for
the Advancement of Science 1831-1981, Northwood, Middx, Science Reviews,
1981, pp. 65-88. Mi primer encuentro con el sistema de clases intelectuales fue
en Bernice A. Carroll, «The Politics of Originality: Women and the Class System
of the Intellect», Journal of Women’s History, n.º 2 (1990), pp.
136-163. La cuestión de los tejedores de Manchester se trata de forma excelente
en Anne Secord, «Science in the Pub: Arrisan Botanists in Early
Nineteenth-Century Lancashire», History of Science, n.º 32 (1994),
pp. 269-315; para Mary Anning, véase Hugh Torrens, «Mary Anning (1799-1847) of
Lyme: The Greatest Fossilist the World Ever Knew», British Journal for
the History of Science, n. º 28 (1996), pp. 257-284. La mejor biografía de
Mary Somerville es Kathryn A. Neeley, Mary Somerville: Science,
Illumination, and the Female Mind, Cambridge, Cambridge University Press,
2001; las mejores versiones de su obra se encuentran en Collected Works
of Mary Somerville, 9 vols… ed. e introd. de James A. Secord, Londres,
Thoemmes Continuum, 2004.
2. Globalización
Mis fuentes principales sobre las influyentes visiones del Nuevo Mundo
de Humboldt han sido Mary Louise Pratt, Imperial Eyes: Travel Writing
and Transculturation, Londres-Nueva York, Rouledge, 1992, esp. pp. 105-197,
y Michael Dettelbach, «Humboldtian Science», in N. Jardine, J. A. Secord y E.
C. Spary (eds.),Cultures of Natural History, Cambridge, Cambridge
University Press, 1996, pp. 287-304; también he utilizado Nancy Leys
Stepan, Picturing Tropical Nature, Londres, Reaktion, 2001, pp.
31-56. El innovador y ya clásico estudio sobre lenguajes visuales es Martin
Rudwick, «The Emergence of a Visual Language for Geological Science
1760-1840», History of Science, n.º 14 (1976), pp. 149-195. Una
excelente revisión de la ciencia colonial británica en el siglo XIX, con
completas referencias, es Mark Harrison, «Science and the British
Empire», Isis, n.º 96 (2005), pp. 56-63. El estudio fundamental
sobre los inicios del magnetismo en la época victoriana es John Cawood, «The
Magnetic Crusade: Science and Politics in Early Victorian Britain», Isis,
n.º 70 (1979), pp. 493-518. Para telegrafía desde una perspectiva británica he
usado Iwan Rhys Moras, Frankenstein’s Children: Electricity,
Exhibition, and Experiment in Early-Nineteenth-Century Londres, Princeton,
NJ, Princeton University Press, 1998, pp. 194-230; para sus aspectos
imperiales, la excelente explicación en Bruce Hunt, «Doing Science in a Global
Empire», en Bernard Lightman (ed.), Victorian Science in Context,
Chicago-Londres, Chicago University Press, 1997, pp. 312-333. La mejor fuente
para Thomson y la telegrafía es Crosbie Smith y M. Norton Wise, Energy
and Empire: A Biograpbical Study of Lord Kelvin, Cambridge, Cambridge
University Press, 1989, pp. 445-494, 649-683.
3. Objetividad
El artículo clásico sobre representación objetiva en el siglo XIX es
Lorraine Daston y Peter Galison, «The Image of Objectivity», Representations,
n.º 40 (1992), pp. 81-128. Sobre instrumentos y problemas de descifrado me he
basado en Thomas L. Hankins y Robert Silverman, Instruments of the Imagination,
Princeton, NJ, Princeton University Press, 1995, pp. 113-147, y Peter Galison,
«Judgement Against Objectivity», en C. Jones y P. Galison (eds.), Picturing
Science Producing Art, Londres: Routledge, 1998, pp. 327-359. Mis fuentes
generales más importantes para mis comentarios sobre fotografía han sido John
Tagg, The Burden of Representaron: Essays on Photographies and Histories,
Londres, Palgrave, 1988; Peter Hamilton y Roger Hargreaves, The Beautiful and
the Damned: The Creation of ldentity in Nineteenth Century Photography,
Londres, Lund Humphries, 2001; Jennifer Tucker, Nature Exposed: Photography as
Eyewitness in Victorian Science, Baltimore, Johns Hopkins University Press,
2005; he tomado también numerosas, ideas de Alex Soojung-Kim Pang, «Stars
should henceforth register themselves», British Journal for the History of
Science, n.º 30 (1997), pp. 177-202, y Holly Rothermel, «Images of the Sun:
Warren De la Rué, George Biddell Airy and Celestial Photography»,
BritishJournal for the History of Sciencie, n.º 26 (1993), pp. 137-169.
4. Dios
He basado mi comentario sobre el debate de evaluación de la oración y
las batallas por la autoridad científica en la época victoriana en Frank M.
Turner, Contesting Cultural Authority: Essays in Victorian Intellectual
Life, Cambridge, Cambridge University Press, 1993, pp. 151-200. Para
ciencias sociales y estadísticas he utilizado Theodore Porter, The Rise
of Statistical Thinking, 1820-1900, Princeton, NJ, Princeton University
Press, 1986. El mejor escritor sobre geología en el siglo XIX es Martin
Rudwick: he consultado sus ensayos reunidos en su The New Science of
Geology: Studies in the Earth Sciences in the Age of Revolution, Aldershot,
Ashgate, 2004.
5. Evolución
Para Robert Chambers he consultado James A. Secord, Victorian Sensation:
The Extraordinary Publication, Reception, and Secret Authorship of Vestiges of
the Natural History of Creation, Chicago-Londres, University of Chicago Press,
2000, y la edición facsímil de University of Chicago Press, 1994, que incluye
una excelente introducción de J. A. Secord. Para las caricaturas y la actitud
de Darwin hacia las mujeres he utilizado dos ensayos en Bernard Lightman
(ed.),Victorian Science in Context, Chicago-Londres, University of Chicago
Press, 1987: James Paradis, «Satire and Science in Victorian Culture», pp.
143-175, y Evelyn Richards, «Redrawing the Boundaries: Darwinian Science and
Victorian Women Intellectuals», pp. 119-142.
6. Poder
Para la información básica he consultado Iwan Rhys Morus, When
Physics Became King, Chicago, Chicago University Press, 2005. Mis
comparaciones entre Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos y Alemania proceden
de Terry Shinn, «The Industry, Research, and Education Nexus», en Mary Jo Nye
(ed.), The Cambridge History of Science, vol. 5, Cambridge,
Cambridge University Press, 2003, pp. 133-153, y de Joseph Ben-David, The
Scientist’s Role in Society: A Comparative Study, Englewood Cliffs, NJ,
Prentice-Hall, 1971. Para la modernización global, mi fuente ha sido C. A.
Bayly, The Birth ofthe Modern World 1780-1914, Oxford, Blackwell,
2004, esp. pp. 284-324. Mis otras fuentes principales han sido James R.
Bartholomew, The Formation of Science in Japan: Building a Research
Tradition, New Haven, CT-Londres, Yale University Press, 1989; Nathan
Sivin, «Science in China’s Past», en Leo A. Orleans (ed.), Science in
Contemporary China, Stanford, Stanford University Press, 1980, pp. 1-29;
Zaheer Baber, The Science of Empire: Scientific Knowledge,
Civilisation, and Colonial Rule in India, Albany, State University of Nueva
York Press, 1996, y Satpal Sangwan, «Indian Response to European Science and
Technology 1757-1857», British Journal for the History of Science,
n.º 21 (1988), pp. 211-232.
7. Tiempo
He tomado mi explicación de los relojes neumáticos de París de Peter
Galison, Einstein’s Clocks, Poincaré’s Maps, Londres, Hodder and
Stoughton, 2003, pp. 92-98; este maravilloso libro ha sido también mi fuente
principal sobre Einstein y la relatividad. Sobre telegrafía y precisión he
consultado Simón Schaffer, «Metrology, Metrication, and Victorian Values», en
Bernard Lightman (ed.),Victorian Science in Context, Chicago-Londres,
University of Chicago Press, 1987, pp. 438-474, y Simón Schaffer, «Accurate Measurement
is an English Science», en M. Norton Wise (ed.), The Values of
Precisión, Princeton, NJ, Princeton University Press, 1995, pp. 135-172.
Einstein como héroe germánico aparece en Richard Staley, «On the Histories of
Relativity: The Propagation and Elaboration of Relativity Theory in Participant
Histories in Germany, 1905-11», Isis, n.º 89 (1998), pp. 263-299;
mi versión de Eddington está basada en John Earman y Clark Glymour, «Relativity
and Eclipses: The British Eclipse Expeditions of 1919 and their
Predecessors», Historical Studies in Physical Science, n.º 11
(1980), pp. 49-85.
VI. Invisibles
1. Vida
Mis fuentes básicas de información han sido Peter Bowler, Evolution:
The History of an Idea, Berkeley, University of California Press, 1984; y
William Coleman,Biology in the Nineteenth Century: Problems of Form,
Function, and Transformation, Cambridge, Cambridge University Press, 1997.
He basado mis comentarios sobre la ciencia de Mary Shelley en la introducción
de Marilyn Butler a Mary Shelley, Frankenstein or The Modern
Prometheus: The 1818 Text, Oxford-Nueva York, Oxford University Press,
1993. Las relaciones entre historia natural y biología en el siglo XIX se
comentan en Lynn K. Nyhart, «Natural History and the New Biology», en N.
Jardine, J. A. Secord y E. C. Spary (eds.), Cultures of Natural History,
Cambridge, Cambridge University Press, 1996, pp. 426-443. Para el debate
Pasteur-Pouchet me he basado en Gerald L. Geison, The Private Science
of Louis Pasteur, Princeton, NJ, Princeton University Press, 1995, pp.
110-142, y la versión más breve en John Waller, Fabulous Science: Fact
and Fiction in the History of Scientific Discovery, Oxford, Oxford
University Press, 2002, pp. 15-46. Sobre mi versión de los diagramas de
Haeckel, estoy en deuda con Nick Hopwood, «Pictures of Evolution and Charges of
Fraud: Ernst Haeckel’s Embryological Illustrations», Isis, n.º 97
(2006), pp. 260-301.
2. Gérmenes
Los textos básicos que he consultado son Mark Harrison, Disease and the
Modern World: 1500 to the Present Day, Cambridge, Polity Press, 2004, y William
F. Bynum, Science and the Practice of Medicine in the Nineteenth Century,
Cambridge, Cambridge University Press, 1994. Para mi análisis de Snow y Lister
me he basado principalmente en John Waller, Fabulous Science: Fact and Fiction
in the History of Scientific Discovery, Oxford, Oxford University Press, 2002,
pp. 114-131,160-175. Para imágenes de enfermedad he utilizado Susan Sontag,
Illness as Metaphor, Londres, Alien Lañe, 1979, y Sander L. Gilman, Disease and
Representation: Images of Illness from Madness to AIDS, Ithaca, NY-Londres,
Cornell University Press, 1988, pp. 245-272.
3. Rayos
Como historia estándar de la radiactividad he utilizado G. I.
Brown, Invisible Rays: The History of Radioactivity, Stroud,
Sutton, 2002. Para comentarios sobre espiritismo y fotografía he consultado
Iwan Rhys Morus, When Physics Became King, Chicago, Chicago
University Press, 2005, y Jennifer Tucker, Nature Exposed: Photograpby
as Eyewitness in Victorian Science, Baltimore, Johns Hopkins University
Press, 2005. Mi explicación sobre los rayos N está tomada de Mary Jo Nye, Science
in the Provinces: Scientific Communities and Provincial Leadership in France,
1860-1930, Berkeley-Londres, University of California Press, 1986, pp.
53-77.
4. Partículas
Mi información biográfica sobre Mendeleev procede principalmente del
artículo de B. M. Kedrov en elDictionary of Scientific Biography. Para
las cámaras de niebla me he basado en Peter Galison y Alexi Assmus, «Artificial
Clouds, Real Particles», in David Gooding, Trevor Pinch y Simón Schaffer
(eds.), The Uses of Experiment: Studies in the Natural Sciences,
Cambridge, Cambridge University Press, 1989, pp. 225-274, y Peter
Galison, How Experiments End, Chicago-Londres, University of
Chicago Press, 1987. Para los quarks he recurrido a Michael Riordan, The
Hunting of the Quark: A True Story of Modern Physics, Nueva York, Simón and
Schuster, 1987; y, para la masa, a Gordon Kane, «The Mysteries of Mass», Scientific
American (julio de 2005).
5. Genes
Para la información básica he utilizado Garland Alien, Life
Science in the Twentieth Century, Cambridge, Cambridge University Pres,
1978; y también a dos libros de Peter Bowler, Evolution: The History of
an Idea, Berkeley, University of California Press, 1984 y The
Fontana History of the Environmental Sciences, Londres, Fontana Press,
1992. Los estrechos lazos entre la eugenesia en Estados Unidos y Alemania se
ponen de manifiesto en Stefan Kühl, The Nazi Question: Eugenics,
American Racism, and Germán National Socialism, Nueva York-Oxford, Oxford
University Press, 1994. Los predecesores y la vida de Mendel se examinan en
detalle en Robert Olby, Origins of Mendelism, Londres, Constable,
1966.
6. Sustancias químicas
He tomado información de fondo sobre medicina de Roy Porter, The
Greatest Benefit to Mankind: A Medical History of Humanity frorn Antiquity to
the Present, Londres, Harper Collins, 1997. Para los comentarios sobre las
diversas anemias he consultado Keith Wailoo, Drawing Blood: Technology
and Disease Identity in Twentieth-Century America, Baltimore-Londres, Johns
Hopkins University Press, 1997, y Dying in the City ofthe Blues: Sickle
Cell Anemia and the Politics of Race and Health, Chapel Hill-Londres, University
of North Carolina Press, 2001. Para mi análisis sobre Alexander Fleming me he
basado en Robert Bud, «Penicillin and the New Elizabethans», British
Journal for the History of Science, n.º 31 (1998), pp. 305-333, y John
Waller, Fabulous Science: Fact and Fiction in the History of Scientific
Discovery, Oxford, Oxford University Press, 2002, pp. 246-267 (y para la
insulina, pp. 222-245). Para mis reflexiones sobre las hormonas sexuales y la
píldora he empleado Nelly Oudshoorn, Beyond the Natural Body: An Archaeology
of Sex Hormones, Londres-Nueva York, Routledge, 1994, y Suzanne White Junod
y Lara Marks, «Women’s Triais: The Approval of the First Contraceptive
Pili», Journal of the History of Medicine, n.º 57 (2002), pp.
117-160. Mis comentarios sobre la Viagra están basados en Malcolm Potts, «Two
Pilis, Two Paths: A Tale of Gender Bias», Endeavour, n.º 27 (2003),
pp. 127-130.
7. Incertidumbres
Mi comentario inicial de Einstein y Freud lo he tomado principalmente de
Clark, Einstein: The Life and Times, Londres, Hodder and Stoughton,
1973, pp. 297-355. Mi fuente principal para la fotografía de Freud ha sido J.
C. Spector, The Aesthetics of Freud: A Study in Psychoanalysis and Art,
Westport, CT, Praeger, 1972; para su vida, he recurrido a Peter Gay, Freud:
A Life for our Time, Londres, Dent, 1988, así como la breve pero excelente
introducción a Sigmund Freud de James Strachey Two Short Accounts of Psychoanalysis,
Londres, Penguin, 1991. Para psiquiatría militar he consultado Elaine
Showalter, The Female Malady: Women, Madness, and English Culture,
1830-1980, Londres, Virago, 1987, pp. 167-219, y Hans Pols, «Waking up to
Shell Shock: Psychiatry in the US Military during World War II», Endeavour,
n.º 30 (2006), pp. 144-149.
VII. Decisiones
1. Guerra
Mi referencia básica sobre la ciencia británica y la guerra la he tomado
de un texto clásico, Hilary Rose y Steven Rose, Science and Society,
Harmondsworth, Penguin, 1969. Para la Gran Ciencia y el proyecto Manhattan me
he basado en Jeff Hughes, The Manhattan Project: Big Science and the
Atorn Bomb, Duxford, Icón, 2002, y Richard Rhodes, The Making ofthe
Atomic Bomb, Londres, Penguin, 1986. Para una sólida reevaluación de las
relaciones entre ciencia y tecnología he consultado David Edgerton, The
Shock of the Oíd: Technology and Global History since 1900, Londres,
Profile Books, 2007.
2. Herencia
Para ejemplos de iconografía de la hélice, he empleado Soraya de
Chadarevian y Harmke Kamminga, Representations of the Double Helix,
Cambridge, Whipple Museum, 2002. El relato de la fotografía lo he tomado de
Soraya de Chadarevian, «Portrait of a Discovery: Watson, Crick, and the Double
Helix», Isis, n.º 94 (2003), pp. 90-105. He basado mis comentarios
sobre el ADN no solo en James D. Watson, The Double Helix, Londres,
Penguin, 1997, con introducción de Steve Jones, sino también en Garland
Alien, Life Science in the Twentieth Century, Cambridge, Cambridge
University Press, 1978; Horace Freeland Judson, The Eighth Day of
Creation: Makers of the Revolution in Biology, Londres, Jonathan Cape,
1979, y Brenda Maddox, Rosalind Franklin: The Dark Lady of DNA,
Londres, Harper Collins, 2002. Mis fuentes esenciales sobre las implicaciones
políticas de los genes han sido R. C. Lewontin, Biology as Ideology:
The Doctrine of an Idea, Nueva York, Harper Perennial, 1991 y Jean-Paul
Gaudilliére, «Globalization and Regulation in the Biotech World: The
Transatlantic Debates over Cáncer Genes and Genetically Modified Crops», Osiris,
n.º 21 (2006), pp. 251-272.
3. Cosmología
Mis principales referencias para Wegener y las relaciones entre geología
y las ciencias de la Tierra han sido Robert Muir Wood, The Dark Side of
the Earth, Londres, Allen and Unwin, 1985; David Oldroyd, Thinking
about the Earth: A History of Ideas in Geology, Londres, Athlone, 1996,
caps. 11 a 13, y Peter Bowler, The Environmental Sciences, Londres,
Fontana, 1992, cap. 9. También he sacado provecho de una conferencia de Jon
Agar, que me ayudó a reconsiderar la década de 1960 con una perspectiva nueva.
Mi referencia sobre Leavitt ha sido George Johnson, Miss Leavitt’s
Stars: The Untold Story of the Wornan Who Discovered How to Measure the
Universe, Nueva York, Norton, 2005. Para informarme sobre la variable
fortuna de la relatividad general he consultado Jean Eisenstaedt, The
Curious History of Relativity: How Einstein’s Theory of Gravity Was Lost and
Found Again. Princeton, NJ, Princeton University Press, 2006. Para las
distintas formas de concebir la ciencia me he inspirado en Peter Dear, The
Intelligibility of Nature: How Science Makes Sense of the World, Chicago,
University of Chicago Press, 2006.
4. Información
He utilizado como referencia sobre Alan Turing la biografía de Andrew
Hodges, Alan Turing: The Enigma, Londres, Burnett Books, 1983; para
documentarme sobre su trascendencia me he basado sobre todo en Jon Agar, Turing
and the Universal Machine: The Making of the Modern Computer, Duxford,
Icón, 2001. Mi énfasis sobre el secretismo y la guerra fría me lo ha inspirado
Michael Aaron Dermis, «Secrecy and Science Revisited: From Politics to
Histórica! Practice and Back», en Ronald E. Doel y Thomas Söderqvist (eds.), The
Historiography of Contemporary Science, Technology and Medicine: Writing Recent
Science, Londres-Nueva York, Routledge, 2006, pp. 172-184, y Paul N.
Edwards, The Closed World: Computers and the Politics of Discourse in
Coid War America, Cambridge, MA, MIT Press, 1996. El artículo original que
acompaña la Figura 55, «The Thinking Machine», se encuentra en Time (23
de enero de 1950). (Está disponible en Internet).
5. Rivalidad
Mi principal referencia de información sobre la carrera espacial ha sido
Walter A. McDougall, The Heavens and the Earth: A Political History of
the Space Age, Nueva York, Basic Books, 1985. Para las implicaciones
políticas de la energía nuclear me he basado sobre todo en los ensayos de John
Krige and Kai-Henrik Barth (eds.), Global Power Knowledge: Science and
Technology in International Affairs (Osiris, vol. 21); en
particular, he tomado la conexión de la «Guerra de las galaxias» de Sheila
Jasanoff, «Biotechnology and Empire: The Global Power of Seeds and Science»,
pp. 273-292. He tomado diversas reflexiones sobre la producción de
conocimientos militar-científica de Michael Aaron Dennis, «Earthly Matters: On
the Coid War and the Earth Sciences», Social Studies of Science,
n.º 33 (2003), pp. 809-819.
6. Medio ambiente
Mis comentarios sobre paisaje y naturaleza salvaje se basan en William
Cronon, «The Trouble with Wilderness: Or, Getting Back to the Wrong Nature», en
William Cronon (ed.), Uncommon Ground: Toward Reinventing Nature,
Nueva York-Londres, Norton, 1995, pp. 23-90; Mark Dowie, «Conservation
Refugees», Orion (noviembre-diciembre de 2005), y Simón
Schama, Landscape and Memory, Londres, Harper Collins, 1995. Para
ecología y medio ambiente he consultado Peter J. Bowler, The Fontana
History of the Environmental Sciences, Londres, Fontana Press, 1992, esp.
pp. 503-553, y Donald Worster, Nature’s Economy: A History of
Ecological Ideas, Cambridge, Cambridge University Press, 1977. Para el
impacto de Rachel Carson he utilizado el epílogo de Linda Lear en Silent
Spring, Londres, Penguin, 1999. Mis comentarios sobre modelos
meteorológicos por ordenador están basados en Mott T. Greene, «Looking for a
General for Some Modern Major Models», Endeavour, n.º 30 (2006),
pp. 55-59.
7. Futuros
Mis comentarios sobre la politización de los programas de desarrollo se
basan en Alexis de Grieff y Mauricio Nieto Olarte, «What We Still Do Not Know
about South-North Technoscientific Exchange: North-Centrism, Scientific
Diffusion, and the Social Studies of Science», en Ronald E. Doel y Thomas
Soderqvist (eds.), The Historiography of Contemporary Science,
Technology and Medicine: Writing Recent Science, Londres-Nueva York,
Routledge, 2006, pp. 239-259, y en Sheila Jasanoff, «Biotechnology and Empire:
The Global Power of Seeds and Science», en John Krige y Kai-Henrik Barth
(eds.), Global Power Knowledge: Science and Technology in International
Affairs, Osiris, vol. 21, pp. 273-292. Mi enfoque de la
innovación tecnológica basado en el uso lo he tomado de David Edgerton, The
Shock of the Old: Technology and Global History since 1900, Londres,
Profile Books, 2007.
Notas:
[1] Citado en David
Brown, Mesopotamian Planetary Astronomy-Astrology, Groningen, Styx,
2000, pp. 151,135 (con ligeros cambios)
[2] Citado en Eleanor
Robson, More than Metrology: Mathematics Education in an Old Babylonian
Scribal School, en John M. Steele y Annette Imhausen (eds.), Under
One Sky: Astronomy and Mathematics in the Ancient Near East, Munster,
Ugarit-Verlag, 2002, pp. 325-365, esp. pp. 349-352.
[3] John Locke, An
Essay concerning Human Understanding, Oxford, Clarendon Press, 1975, pp.
446-447 (libro III, cap. 6, sección 12).
[4] Charles Singer, Galen:
On Anatomical Procedures, Londres, Oxford University Press, 1956, p. 190.
[5] Demócrito, Fragmento
125.
[6] Samuel Johnson,
Prefacio, A Dictionary of the English Language, 1755, no paginado.
[7]Sir Robert Gorden Menzies, citado en Sydney Morning Herald, 27 de
abril de 1939.
[8] Citado en Nathan
Sivin, Science in China’s Past, en Leo A. Orleans (ed.), Science
in Contemporary China, Stanford, Stanford University Press, 1980, pp. 1-29,
esp. p. 6.
[9] Citado en Nathan
Sivin, Shen Gua, en Dictionary of Scientific Biography,
ed. Charles C. Gillispie, 16 vols., Nueva York, Scribner and Sons, 1970-1980,
xii, pp. 369-393, esp. p. 390.
[10] Needham, citado en
Toby E. Huff, The Rise of Early Modern Science: Islam, China and the West,
Cambridge, Cambridge University Press, 1993, p. 314.
[11] De The
Rubaiyat of Omar Khayyam, trad. Edward Fitzgerald, 1879.
[12] Abu Yusuf Ya’ qub ibn
Ishaq Al-Kindi, citado en David C. Lindberg, The Beginnings of Western
Science: The European Scientific Tradition in Philosophical, Religious, and
Institutional Context, 600 BC to AD 1450, Chicago-Londres, University of
Chicago Press, 1992, p. 176.
[13] Citado ibid.
[14] Roger Bacon, Opus
Maius, citado en David C. Lindberg, The Beginnings of Western
Science, p. 226.
[15] David C.
Lindberg, Roger Bacon’s Philosophy of Nature, Oxford, Clarendon
Press, 1985, p. 5 (ligeramente modificado de la traducción de Lindberg).
[16] Del comentario de
Alberto sobre Aristóteles De Anima, citado en Edward Grant, The
Foundations of Modern Science in the Middle Ages, Cambridge, Cambridge
University Press, 1996, p. 164.
[17]Sir Andrew Aguecheek y Sir Toby Belch, en William
Shakespeare, Twelfth Night, Liii.
[18] Roger Bacon, Excellent
Discourse of the Admirable Force and Efficacie of Art and Nature, frase
inicial citada en Stanton J. Linden, The Alchemy Reader: From Hermes
Trismegistus to Isaac Newton, Cambridge, Cambridge University Press, 2003,
p. 13.
[19] Carta del 4 de Julio
de 1471, citada en Dictionary of Scientific Biography, ed. Charles
C. Gillispie, 16 vols., Nueva York, Scribner and Sons, 1970-1980, xi, p. 351.
[20] Citado en Paula
Findlen, Inventing Nature: Commerce, and Science in the Early Modern
Cabinet of Curiosities, en Pamela H. Smith y Paula Findlen (eds.), Merchants
and Marvels Commerce, Science and Art in Early Modern Europe, Nueva
York-Londres, Routledge, 2002, pp. 297-325,299 (Paris, 3 de febrero de 1644).
[21] John Maynard
Keynes, Newton, the Man, en The Royal Society Newton
Tercentenary Celebrations, Cambridge, Cambridge University Press, 1947, pp.
27-34, esp. p. 27.
[22] William
Shakespeare, The Tempest, I .ii pp. 399-406
[23] William
Shakespeare, A Midsummer Night’s Dream, II. i, pp166-167.
[24] John Dee, Preface,
en The Elements of Geometrie of the Most Auncient Philosopher Euclide
of Megara, trad Henry Billingsley, Londres, 1570, fragmentos Aj y Aij.
[25] Citado en Michael
Hoskin (ed.), Astronomy, Cambridge, Cambridge University Press,
1997, p. 119.
[26] De la portada
de The Starry Messenger (1610), citado en Mario
Biagioli, Galileo, Courtier: The Practice of Science in the Culture of
Absolutism, Chicago-Londres, Chicago University Press, 1993, p. 103.
[27] William Haryey,
The Circulation of the Blood and Other Writings, trad. Kenneth
Franklin, Londres, Everyman, 1990, p. 46.
[28]Ibíd., p. 3.
[29] John Aubrey, citado
en la introducción de Andrew Weir a ibid, p XXV.
[30] Citado de L’Homme en
Stephen Gaukroger, Descartes’s System of Batural Philosophy,
Cambridge University Press, 2002, p. 180.
[31] Respuesta de
Descartes a Frans Burman, citado en John Cottingaha, Descartes,
Oxford, Basil Blackwell, 1986, pp. 120-121.
[32] Robert Boyle, Notion
of Nature, citado en William B. Ashworth, Christianity and the
Mechanistic Universe, en David C. Lindberg y Ronald L. Numbers
(eds.), When Science and Christianity Meet, Chicago-Londres,
University of Chicago Press, 1993, pp. 61-84, esp, p. 79.
[33] Francis Bacon, The
New Organon, ed. Lisa Jardine y Michael Silverthorne, Cambridge, Cambridge
University Press, 2000, p. 69 (Libro I, Aforismo LXXXIV).
[34] Robert Hooke, Micrographia,
Londres, 1665, p. 4 del Prefacio no paginado.
[35]Ibíd., pp. 210-211.
[36] Isaac Newton a Edmond
Hailey, carta, 20 de junio de 1686, The Correspondence of Isaac Newton,
ed. H. W. Turnbull et al., 7 vols., Cambridge, Cambridge University Press,
1959-1977, ii, p. 437.
[37] George Byron, Don
Juan, Harmondsworth, Penguin, 1973, p. 375 (canto X, estrofas 1-2).
[38] William
Stukeley, Memoirs of Sir Isaac Newton’s Life, being some Account of his
Family and Chiefly of the Junior Part of his Life, ed. A. Hastings White,
Londres, Taylor and Francis, 1936, p. 20.
[39] Isaac Newton a Robert
Hooke, carta, 5 de febrero de 1676, Correspondence, i, p. 416.
[40] Carta a Willian
Derham, citada en Stephen D. Snobelen, On Reading Isaac Newton’s
«Principia» in the 18th Century, Endeavours, 22 (1998), pp.
159-163, esp. p. 159.
[41] Carta a Caroline de
Ansbach, noviembre de 1715, citada en H. G. Alexander, The
Leibniz-Clarke Correspondence, Manchester, Manchester University Press,
1956, II.
[42] Francois-Marie Arouet
Voltaire, Letters on England, trad. L. Tancock, Harmondsworth,
Penguin, 1980, p. 68.
[43] Stephen Hales, Vegetable
Staticks, ed. M. A. Hoskin, Londres, Oldbourne, 1969, p. 147.
[44] John Theophilus
Desaguliers, The Newtonian System of the World, the Best Model of
Government: An Aliegorical Poem, Londres, 1728, pp 22-24.
[45] Xavier Bichat, citado
en Thomas S. Hall, On Biological Analogs of Newtonian Paradigms, Philosophy
of Science, n.º 35 (1968), pp. 6-27, esp. p. 6.
[46] John Beale, citado en
Michael Hunter, Science and Society in Restoration England,
Cambridge, Cambridge University Press, 1981, p. 195.
[47] Citada en J. E.
McClellan, Science Reorganised: Scientific Societies in the Eighteenth
Century, Nueva Columbia University Press, 1985, p. 212.
[48] Robert Walton, en
Mary Shelley, Frankenstein or The Modern Prometheus: The 1818 Text,
Oxford-Nueva York, Oxford University Press, 1993, p. 7.
[49] Citado en Richard
Drayton, Nature’s Government: Science, Imperial Britain, and the
«Improvement of the World», New Haven-Londres, Yale University Press, 2000,
p. 104.
[50] Ambos ejemplos de
Richard Yeo, Encyclopaedic Visions: Scientific Dictionaries and
Enlightenment Culture, Cambridge, Cambridge University Press, 2001, p. 31.
[51] Citado en L.
Schiebinger, Nature’s Body: Gender in the Making of Modern Science,
Boston, Beacon Press, 1993, pp. 22-23.
[52] Lord Camden, citado
en William Cobbett (ed.), The Parliamentary History of England from the
Earliest Period to the Year 1803, vols. 13-36, Londres, Longman, 1812-1920,
xvii, pp. 999-1000 (1774).
[53] Benjamin
Martin, The Young Gentleman and Lady’s Philosophy, 2 vols, Londres,
1759-1763, i, p. 319.
[54] Donald F. Bond, The
Spectator, 5 vols., Oxford, Clarendon Press, 1965, i., p. 44 (12 de marzo
de 1711).
[55] Humphry Davy, The
Collected Works of Sir Humphry Davy, ed. John Davy, 9 vols.,
Londres, Smith, Elder, 1839-1840, ii, p. 319 (conferencia sobre química de
1802).
[56] David Miller, «Puffing
Jamie»; The Commercial and Ideological Importance of Being a «Philosopher» in
the Case of the Reputation of James Watt (1736-1819), History of
Science, n.º 38 (2000), pp. 1-24, esp. p. 2.
[57] Arthur Young, citado
de Annals of Agriculture (1785) en Francis D.
Klingender, Art and the Industrial Revolution, Londres, Paladin,
1968, p. 77.
[58] Joseph
Priestley, Experiments and Observations on Different Kinds of Air,
Londres, J. Johnson, 1774-1777, vol., i, p. xiv.
[59] Carta a Thomas
Bentley, 1769, citada en Neil Mc Kendrick, Josiah Wedgwood and Factory
Discipline, Historical Journal, n.º4 (1961), pp. 30-55, esp. p.
34.
[60] James Boswell, citado
en Jenny Uglow, The Lunar Men; The Friends Who Made the, Future,
1730-1810, Londres, Faber and Faber, 2002, p. xi.
[61] Citado en Jan
Golinski, Science as Public Culture: Chemistry and Enlightenment in
Britain, 1760-1820, Cambridge, Cambridge University Press, 1992, p. 147.
[62] Erasmus Darwin, Loves
of the Plants, Londres, J. Johnson, 1794, canto II, 11., pp. 99-104.
[63] Friedrich Engels,
citado en Francis Wheen, Karl Marx, Londres, Fourth Estate, 1999,
p. 81.
[64] Le Turc, 1794, citado
en Margaret Jacob, Scientific Culture and the Making of the Industrial
West, Nueva York-Oxford, Oxford University Press, 1997, p. 165.
[65] Davy, Collected
Works, viii, p. 282 (conferencia de 1808 sobre ciencia electroquímica).
[66] Citado de Max
Planck, A Scientific Autobiography (1949), en Gerard
Holton, Thematic, Origins of Scientific Thought: Kepler to Einstein,
Cambridge, MA, Harvard University Press, 1973, p. 394.
[67] Probablemente
Augustus de Morgan, citado en Charles Couston Gillispie, Pierre-Simon
Laplace, 1749-1827: A Life in Exact Science, Princeton, Princeton
University Press, 1997, p. 272.
[68] Jane Austen, Pride
and Prejudice (1813, Ware), Wordsworth, 1992, p. 22.
[69] Adam Sedgwick, citado
en James A. Secord, Victorian Sensation: The Extraordinary Publication,
Reception, and Secret Autharship of Vestiges of the Natural History of Creation,
Chicago-Londres, University of Chicago Press, 2000, p. 405.
[70]De Personal Narrative, citado en Mary Louise Pratt, Imperial Eyes: Travel Writing and
Transculturation, Londres-Nueva York, Routledge, 1992, p. 130.
[71] William Thomson
(1883), citado en Crosbie Smith y M. Norton Wise, Energy and Empire: A
Biographical Study of Lord Kelvin, Cambridge, Cambridge University Press,
1989, p. 455
[72]Times Literary Supplement (17 de marzo de 1927), p. 167.
[73] Dos médicos
británicos de 1867, citado en Thomas L. Hankins y Robert Silverman, Instruments
of the Imagination, Princeton, New Jersey, Princeton University Press,
1995, p. 138.
[74] Gertrude M.
Prescott, Faraday: Image of the Man and the Collector, en David
Gooding y Frank James (eds.), Faraday Rediscovered: Essays on the Life
and Work of Michael Faraday, 1791-1867, Nueva York, Macmillan, 1985, pp.
15-32, esp. p. 17.
[75] William Farr, citado
en G. Gigerenzer et al., The Empire of Chance: How Probability Changed
Science and Everyday Life, Cambridge, Cambridge University Press, 1989, p.
38.
[76] Citado en Frank M.
Turner, Contesting Cultural Authority: Essays in Victorian Intellectual
Life, Cambridge, Cambridge University Press, 1993, p. 192.
[77] Robert Chambers,
citado en Theodore Porter, The Rise of Statistical Thinking,
1820-1900, Princeton, NJ, Princeton University Press, 1986, p. 57.
[78] James Hutton, citado
en David Goodman y Colin A. Russell,The Rise of Scientific Europe 1500-1800,
Kent, Hodder and Stoughton, 1991, pp. 291,293.
[79] Thomas Henry
Huxley, On a Piece of Chalk (1868), reproducido en Alan P.
Barr, The Major Prose of Thomas Henry Huxley, Athens,
Georgia-Londres, University of Georgia Press, 1997, pp. 154-173, esp. p. 156.
[80] Alfred Tennyson, In
Memoriam, en Poems, ed. Christopher Ricks, Londres, Longman, 1969, pp. 909,
973; secc. 54,1. 5; secc. 123 II 1-4).
[81] Carta de Charles
Darwin a Charles Lyell, citada en James A. Secord, Victorian Sensation:
The Extraordinary Publication, Reception, and Secret Authorship of Vestiges of
the Natural History of Creation, Chicago-Londres, University of Chicago
Press, 2000, p. 431.
[82] Charles Darwin, On
The Origin of Species, Oxford, Oxford University Press, 1996, p. 396.
[83] De Charles
Darwin, The Descent of Man, 1871, p. 119, citado en Evelyn
Richards, Redrawing the Boundaries: Darwinian Science and Victorian
Women Intellectuals, en Bernard Lightman (ed.), Victorian Science
in Context, Chicago-Londres, University of Chicago Press, 1987, pp.
119-142.
[84] H. G. Wells, The
Time Machine, 1895, Londres, Pan, 1953, p. 94.
[85] Pierre Duhern, citado
en Iwan Rhys Moms, When Physics Became King, Chicago, Chicago
University Press, 2005, p. 85.
[86] Hermann von
Helmholtz, The Interaction of Natural Forces, en Science
and Culture: Popular and Physical Essays, ed. David Cahan, Chicago,
University of Chicago Press, 1990, p. 20.
[87] Citado en Zaheer
Baber, The Science of Empire: Scientific Knowledge, Civilisation, and
Colonial Rule in India, Albany, State University of New York Press, 1996,
p. 254.
[88] Citado en Simon
Schaffer, Accurate Measurement is an English Science en M.
Norton Wise (ed.), The Values of Precision, Princeton, New Jersey,
Princeton University Press, 1995, pp. 135-172, esp. p. 136.
[89] John Scott Haldane,
citado en Ronald Clark, Einstein: The Life and Times, Londres,
Hodder and Stoughton, 1973, p. 412
[90] Mary Shelley, Frankenstein
of The Modern Prometheus: The 1818 Text, ed, Marilyn Butler, Oxford-New
York, Oxford University Press, 1993, pp. 38-39.
[91] Citado de Anthropogenie en
Nick Hopwood, Pictures of Evolution and Charges of fraud: Ernst
Haeckel’s Embryological Illustrations, Isis, n.º 97 (2006), pp. 260-301,
esp. p. 291.
[92] Citado en Fiona
Haslam, From Hogarth to Rowlandson: Medicine in Art in
Eighteenth-Century Britain, Liverpool, Liverpool University Pres, 1996, p.
236.
[93] James Young-Simpson,
citado en John Waller, Fabulous Science: Fact and Fiction in the
History of Scientific Discovery, Oxford, Oxford University Press, 2002, p.
163.
[94] Citado en Susan
Sontag, Illness as Metaphor, Londres, Allen Lane, 1979, p. 7.
[95] Mrs. Alving en Acto
2, en Henrik Ibsen, Ghosts, trad. Christopher Hampton, New York,
Samuel French, 1983, p. 47.
[96] William
Crookes, Spiritualism Viewed by the Light of Modern Science, Quarterly
Journal of Science, n.º 7 (1870), pp. 316-321, reimpreso en Noel G. Coley y
Vance M. D. Hall (eds.), Darwin to Einstein: Primary Sources on Science
and Belief, Harlow, Longman-Open University, 1980, pp. 60-63, esp. p. 61.
[97] Citado en Iwan Rhys
Morus, When Physics Became King, Chicago, Chicago University Press,
2005, p. 186.
[98] Citado en John
Waller, Fabulous Science: Fact and Fiction in the History of Scientific
Discovery, Oxford, Oxford University Press, 2002, p. 43.
[99] Citado en Abraham
Pais, Inward Bound: Of Matter and Forces in the Physical World,
Oxford-Nueva York, Oxford University Press, 1986, p. 189.
[100] Ernest
Rutherford, The Newer Alchemy, Cambridge, Cambridge University
Press, 1937, p. 65.
[101] Diario de Stanford y
Berkeley de 1974, citado en Peter Galison, How Experiments End,
Chicago-Londres, University of Chicago Press, 1987, p. 1
[102] Charles Darwin, The
Descent of Man, citado en Tim Lewens, Darwin, Londres-New York,
Routledge, 2007, p. 216.
[103] James Barr, Some
Eugenic Ideals, en King Albert’s Book: A Tribute to the Belgian
King and People from Representative Men and Women throughouth the World,
citado en Nicholas Humphrey, History and Human Nature, Prospect (septiembre
de 2006), p. 126.
[104] A. N.
Studitskii, Fly-Lovers-Man-Haters, Ogonek (13 de
marzo de 1949), pp. 14-16. Quisiera dar las gracias a Simon Franklin por
traducir este artículo para mí.
[105] Karl Vogt, citado en
Roy Porter, The Greatest Benefit to Mankind: A Medical History of
Humanity from Antiquity to the Present, Londres, HarperCollins, 1997, p.
329.
[106] Afirmación anónima de
1933, citado en Nelly Oudshoorn, Beyond the Natural Body: An
Archaeology of Sex Hormones, Londres-Nueva York, Routledge, 1994, p. 93.
[107] Citado de Why
war? en Ronald Clark, Einstein: The Life and Times,
Londres, Hodder and Stoughton, 1973, p. 348.
[108] Bertrand
Russell, Philosophy and Politics, en Unpopular Essays,
Londres, Allen and Unwin, 1950, pp. 9-34, esp. p. 18
[109] Citado en Richard
Rhodes, The Making of the Atomic Bomb, Londres, Penguin, 1986, p.
89.
[110] Laura Fermi, Atoms
in the Family: My Life with Enrico Fermi, Chicago, Chicago University
Press, 1954, p. 173.
[111] Otto Frisch, citado
en G. I. Brown, Invisible Rays: The History of Radioactivity,
Stroud, Sutton, 2002, p. 125.
[112] J. D. Watson y F. H.
C. Crick, A Structure for Deoxy Ribose Nucleic Acid, Nature, 171
(25 de abril de 1953), pp. 737-738.
[113] James D.
Watson, The Double Helix, Londres, Penguin, 1997, p. 132.
[114] George Johnson, Miss
Leavitt’s Stars: The Untold Story of the Woman Who Discovered How to Measure
the Universe, Nueva York, Norton, 2005, p. 108.
[115] Richard Porter, Introductory
Remarks, Journal of Geophysical Research, n.º 64 (1959),
pp. 865-867.
[116] Citado en la
introduction del editor a John Krige y Kai-Henrik Barth (eds.), Global
Power Knowledge: Science and Technology in International Affairs, Chicago,
Chicago Univesity Press, 2006, p. 5 (Osiris, vol. 21: Historical
Perspectives on Science, Technology, and International Affairs).
[117] Citado en Itty
Abraham, The Ambivalence of Nuclear Histories, en Krige y Barth
(eds.), Global Power Knowledge, pp. 49-65, esp. p. 62.
[118] Louis de
Bougainville, citado en Bernard Smith, European Vision and the South
Pacific, Melbourne, Oxford University Press, 1989, p. 42.
[119] Rachel Carson, Silent
Spring, Londres, Penguin, 1999, p. 311
[120] Roy Spencer, citado
en D. Jones, The Greenhouse Conspiracy, Londres, Channel 4,1990, p.
24.
[121] Jorge Luis
Borges, The Analytical Language of John Wilkins, en Other
Inquisitions 1937-1952, trad. Ruth Simms, Nueva York, Washington Square Press,
1966, p. 108.


Publicar un comentario