© Libro N° 8904. Terror. Volumen 1. Autores Varios. Emancipación. Julio 31 de 2021.
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Terror. Volumen 1. Autores Varios
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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VOLUMEN 1
Autores Varios
Terror Volumen 1
Autores
Varios
TERROR (RECOPILACION) :
LOS OTROS DIOSES (H. P. Lovecraft)
-LOS AMADOS MUERTOS (H. P. LOVECRAFT)
-LA SOMBRA DEL CHAPITEL (R.BLOCH)-LA CATACUMBA (P.SHILSTON)
-CANTAR DE TUS ALABANZAS (D.KNIGHT)
-AIRE FRIO (H.P.L)
-LA CATACUMBA (P.SHILSTON)
-LA CASA CROGLIN (GRANGE)
-LA CASA DE CTHULHU (B.LUMLEY)
-EL HORROR DE SALEM (H.KUTTER)
-Bethmoora (L.DUNSANY)
-CONFESIONES DE UN HORCADO (J.HAIGH)
-EL CAMION DE TIO OTTO (S.KING)
-LA HIJA DEL VENTRÍLOCUO (J.BRATINGHAM)
-NAUFRAGIO EN BERMUDAS (R.BONILLA)
-MAURICE Y MOG (HERBERT)
-EL CASO VALDEMAR (E.POE)-LOS OJOS DE LA MOMIA (R.BLOCH)
-EL VAMPIRO ESTELAR (R.BLOCH)
-EL USURPADOR DE CADAVERES (R.STEVENSON)
-LA SOMBRA DE LA MUERTE (R.HOWARD)
-EL DEMONIO DE LA ANTARTIDA (C.SIDONCHA)
-LAGRIMAS VERDES DE LENG (C.SIDONCHA)
-PANICO EN EL OBSERVATORIO (C.SIDONCHA)
LOS OTROS DIOSES (H. P. Lovecraft)
En la cima del pico más alto del mundo habitan los dioses de la tierra,
y no soportan que ningún hombre se jacte de haberlos visto. En otro tiempo
poblaron los picos inferiores; pero los hombres de las llanuras se empeñaron
siempre en escalar las laderas de roca y de nieve, empujando a los dioses hacia
montañas cada vez más elevadas, hasta hoy, en que sólo les queda la última. Al
abandonar sus cumbres anteriores se llevaron sus propios signos, salvo una vez
que, según se dice, dejaron una imagen esculpida en la cara del monte llamado
Ngranek.
Pero ahora se han retirado a la desconocida Kadath del desierto frío, en
donde los hombres no entran jamás, y se han vuelto severos; y si en otro tiempo
soportaron que los hombres les desplazaran, ahora les han prohibido que se
acerquen; pero si lo hacen, les impiden marcharse. Conviene que los hombres no
sepan dónde esta Kadath; de lo contrario, tratarían de escalarla en su
imprudencia.
A veces, en la quietud de la noche, cuando los dioses de la tierra
sienten añoranza, visitan los picos donde moraron una vez, y lloran en silencio
al tratar de jugar en silencio en las recordadas laderas. Los hombres han
sentido las lágrimas de los dioses sobre el nevado Thurai, aunque creyeron que
era lluvia; y han oído sus suspiros en los quejumbrosos vientos matinales de
Lerion. Los dioses suelen viajar en las naves de nubes, y los sabios campesinos
tienen leyendas que les disuaden de acercarse a ciertos picos elevados por la
noche cuando el cielo se nubla, porque los dioses no son tan indulgentes como
antaño.
En Ulthar, más allá del río Skai, vivía una vez un anciano que deseaba
contemplar a los dioses de la tierra; este hombre conocía profundamente los
siete libros crípticos de la Tierra y estaba familiarizado con los Manuscritos
Pnakóticos de la distante y helada Lomar. Se llamaba Barzai el Sabio, y los
lugareños cuentan cómo escaló una montaña, la noche del extraño eclipse.
Barzai sabía tantas cosas sobre los dioses que podía contar sus idas y
venidas; y adivinaba tantos secretos que se tenía a si mismo por un semidiós.
Fue él quien aconsejó prudentemente a los diputados de Ulthar cuando aprobaron
la famosa ley que prohibía matar gatos, y quien dijo al joven sacerdote Atal
adonde se habían ido los gatos negros, en la medianoche de la víspera de san
Juan. Barzai estaba profundamente versado en la ciencia de los dioses de la
tierra, y le habían entrado deseos de ver sus rostros. Creía que su hondo y
secreto conocimiento de los dioses le protegería de la ira de estos, y decidió
escalar la cima del elevado y rocoso Hatheg-Kla una noche en que sabía que los
dioses estarían allí.
El Hatheg-Kla está en el desierto pedregoso que se extiende más allá de
Hatheg, del cual recibe el nombre, y se alza como una estatua de roca en un
templo silencioso. Las
brumas juegan lúgubremente alrededor de su cima; porque las brumas son
los recuerdos de los dioses, y los dioses amaban el Hatheg-Kla cuando habitaban
en él, en otro tiempo. Frecuentemente visitan los dioses de la tierra el
Hatheg-Kla, en sus naves de nube, y derraman pálidos vapores sobre las laderas
cuando danzan añorantes en la cima, bajo una luna clara. Los aldeanos de Hatheg
dicen que no conviene escalar el Hatheg-Kla en ningún momento, y que es fatal
hacerlo de noche, cuando los pálidos vapores ocultan la cima y la luna; sin
embargo, no les escuchó Barzai cuando llegó de la vecina Ulthar con el joven
sacerdote Atal, su discípulo. Atal sólo era hijo de posadero, y a veces tenía
miedo; pero el padre de Barzai había sido un landgrave que vivió en un antiguo
castillo, por lo que no había supersticiones vulgares en sus venas, y se reía
de los atemorizados aldeanos.
Barzai y Atal salieron de Hatheg hacia el pedregoso desierto, a pesar de
los ruegos de los campesinos, y charlaron sobre los dioses de la tierra junto a
su fogata, por las noches. Viajaron durante muchos días, hasta que divisaron a
lo lejos al altísimo Hatheg-Kla con su halo de lúgubre bruma. El decimotercer
día llegaron al pie de la solitaria montaña, y Atal confesó sus temores. Pero
Barzai era viejo, sabio, y no conocía el miedo, así que marchó delante
osadamente por la ladera que ningún hombre había escalado desde los tiempos de
Sansu, de quien hablan con temor los mohosos Manuscritos Pnakóticos.
El camino era rocoso y peligroso a causa de los precipicios, acantilados
y aludes. Después se volvió frío y nevado; y Barzai y Atal resbalaban a menudo,
y se caían, mientras se abrían camino con bastones y hachas. Finalmente el aire
se enrareció, el cielo cambió de color, y los escaladores encontraron que era
difícil respirar; pero siguieron subiendo más y más, maravillados ante lo
extraño del paisaje, y emocionados pensando en lo que sucedería en la cima,
cuando saliera la luna y se extendieran los pálidos vapores. Durante tres días
estuvieron subiendo más y más, hacia el techo del mundo; luego acamparon, en
espera de que se nublara la luna.
Durante cuatro noches esperaron en vano las nubes, mientras la luna
derramaba su frío resplandor a través de las tenues y lúgubres brumas que
envolvían el mudo pináculo. Y la quinta noche, en que salió la luna llena,
Barzai vio unos nubarrones densos a lo lejos, por el norte, y ni él ni Atal se
acostaron, observando cómo se acercaban. Espesos y majestuosos, navegaban lenta
y deliberadamente; y rodearon el pico muy por encima de los observadores, y
ocultaron la luna y la cima. Durante una hora larga estuvieron observando los
dos, mientras los vapores se arremolinaban y la pantalla de nubes se espesaba y
se hacía más inquieta. Barzai era versado en la ciencia de los dioses de la
tierra, y escuchaba atento los ruidos; pero Atal, que sentía el frío de los
vapores y el miedo de la noche, estaba aterrado. Y aunque Barzai siguió
subiendo más y más, y le hacía señas ansiosamente para que fuera también, Atal
tardó mucho en decidirse a seguirle.
Tan densos eran los vapores que la marcha resultaba muy penosa; y aunque
Atal le siguió al fin, apenas podía ver la figura gris de Barzai en la borrosa
ladera, arriba, a la luz nublada de la luna. Barzai marchaba muy delante; y a
pesar de su edad, parecía escalar con más soltura y facilidad que Atal, sin
miedo a la pendiente que empezaba a ser demasiado pronunciada y peligrosa,
salvo para un hombre fuerte y temerario, y sin detenerse ante los grandes y
negros precipicios que Atal apenas podía saltar. Y de este modo escalaron
intensamente rocas y precipicios, resbalando y tropezando, sobrecogidos a veces
ante el impresionante silencio de los fríos y desolados pináculos y mudas
pendientes de granito.
Súbitamente, Barzai desapareció de la vista de Atal, y salvó una
tremenda cornisa que parecía sobresalir y cortar el camino a todo escalador que
no estuviese inspirado por los
dioses de la tierra. Atal estaba muy abajo, pensando qué haría cuando
llegara a dicho punto, cuando observó curiosamente que la luna había aumentado,
como si el despejado pico y lugar de reunión de los dioses estuviese muy cerca.
Y mientras gateaba hacia la cornisa saliente y hacia el cielo iluminado, sintió
los más grandes terrores de su vida. Y entonces, a través de las brumas de
arriba, oyó la voz de Barzai que gritaba locamente, de gozo:
-¡He oído a los dioses. He oído a los dioses de la tierra cantar
dichosos en el Hatheg-Kla! ¡Barzai el profeta conoce las voces de los dioses de
la tierra! Las brumas son tenues y la luna brillante; hoy veré a los dioses
danzar frenéticos en el Hatheg-Kla, que tanto amaron en su juventud. La
sabiduría hace a Barzai más grande aún que los dioses de la tierra, y los
encantos y barreras de todos ellos no pueden nada contra su voluntad; Barzai
contemplará a los dioses de la tierra, aunque ellos detesten ser contemplados
por los hombres.
Atal no podía oír las voces que Barzai oía, pero ahora estaban cerca de
la cornisa, y buscaba un paso. Y entonces, oyó crecer la voz de Barzai de forma
más sonora y estridente:
-La niebla es muy tenue, y la luna arroja sombras sobre las laderas; las
voces de los dioses de la tierra son violentas y airadas; temen la llegada de
Barzai el Sabio, porque es más grande que ellos... La luz de la luna fluctúa, y
los dioses de la tierra danzan frente a ella; veré danzar sus formas, saltando
y aullando a la luz de la luna... La luz se debilita; los dioses tienen
miedo...
Mientras Barzai gritaba estas cosas, Atal notó un cambio espectral en
todo el aire, como si las leyes de la tierra cedieran ante otras leyes
superiores; porque aunque el sendero era más pronunciado que nunca, el asenso
se había vuelto espantosamente fácil, y la cornisa apenas fue un obstáculo
cuando llegó a ella y trepó peligrosamente por su cara convexa. El resplandor
de la luna se había apagado extrañamente; y mientras Atal se adelantaba en las
brumas, monte arriba, oyó a Barzai el Sabio gritar entre las sombras: -La luna
es oscura, y los dioses danzan en la noche; hay terror en la noche; hay terror
en el cielo, pues la luna ha sufrido un eclipse que ni los libros humanos ni
los dioses de la tierra han sido capaces de predecir... Hay una magia
desconocida en el Hatheg-Kla, pues los gritos de los dioses asustados se han
convertido en risas, y las laderas de hielo ascienden interminablemente hacia
los cielos tenebrosos, en los que ahora me sumerjo...
¡Eh! ¡Eh! ¡Al fin! ¡En la débil luz, he percibido a los dioses de la
tierra!
Y entonces Atal, deslizándose monte arriba con vertiginosa rapidez por
inconcebibles pendientes, oyó en la oscuridad una risa repugnante, mezclada con
gritos que ningún hombre puede haber oído salvo en el Fleguetonte de
inenarrables pesadillas; un grito en el que vibró el horror y la angustia de
una vida tormentosa comprimida en un instante atroz:
-¡Los otros dioses! ¡Los otros dioses! ¡Los dioses de los infiernos
exteriores que custodian a los débiles dioses de la tierra!... ¡Aparta la
mirada!... ¡Retrocede!... ¡No mires! ¡No mires! La venganza de los abismos
infinitos... Ese maldito, ese condenado precipicio... ¡Misericordiosos dioses
de la tierra, estoy cayendo al cielo!
Y mientras Atal cerraba los ojos, se taponaba los oídos, y trataba de
descender luchando contra la espantosa fuerza que le atraía hacia desconocidas
alturas, siguió resonando en el Hatheg-Kla el estallido terrible de los truenos
que despertaron a los pacíficos aldeanos de las llanuras y a los honrados
ciudadanos de Hatheg, de Nir y de Ulthar, haciéndoles detenerse a observar, a
través de las nubes, aquel extraño eclipse que ningún libro había predicho
jamás. Y cuando al fin salió la luna, Atal estaba a salvo en las nieves
inferiores de la montaña, fuera de la vista de los dioses de la tierra y de los
otros dioses.
Ahora se dice en los mohosos Manuscritos Pnakóticos que Sansu no
descubrió otra cosa que rocas mudas y hielo, la vez que escaló el Hatheg-Kla en
la juventud del mundo. Sin embargo, cuando los hombres de Ulthar y de Nir y de
Hatheg, reprimieron sus temores y escalaron ese día esa cumbre encantada en
busca de Barzai el Sabio, encontraron grabado en la roca desnuda de la cima un
símbolo extraño y ciclópeo de cincuenta codos de ancho, como si la roca hubiese
sido hendida por un titánico cincel. Y el símbolo era semejante al que los
sabios descubrieron en esas partes espantosas de los Manuscritos Pnakóticos tan
antiguas que no se pueden leer. Eso encontraron.
Jamás llegaron a encontrar a Barzai el Sabio, ni lograron convencer al
santo sacerdote Atal para que rezase por el descanso de su alma. Y todavía hoy,
las gentes de Ulthar y de Nir y de Hatheg tienen miedo de los eclipses, y rezan
por la noche, cuando los pálidos vapores ocultan la cumbre de la montaña y la
luna. Y por encima de las brumas de Hatheg-Kla, los dioses de la tierra danzan
a veces con nostalgia; porque saben que no corren peligro, y les encanta venir
a la desconocida Kadath en sus naves de nube a jugar como antaño, como hacían
cuando la tierra era nueva y los hombres no escalaban las regiones
inaccesibles.
F I N
LOS AMADOS MUERTOS (H. P. LOVECRAFT & C. M. EDDY )
Es media noche. Antes del alba darán conmigo y me encerrarán en una
celda negra, donde languideceré interminablemente, mientras insaciables deseos
roen mis entrañas y consumen mi corazón, hasta ser al fin uno con los muertos
que amo. Mi asiento es la fétida fosa de una vetusta tumba; mi pupitre, el
envés de una lápida caída y desgastada por los siglos implacables; mi única luz
es la de las estrellas y la de una angosta media luna, aunque puedo ver tan
claramente como si fuera mediodía. A mi alrededor, como sepulcrales centinelas
guardando descuidadas tumbas, las inclinadas y decrépitas lápidas yacen medio
ocultas por masas de nauseabunda maleza en descomposición. Y sobre todo,
perfilándose contra el enfurecido cielo, un solemne monumento alza su austero
chapitel ahusado, semejando el espectral caudillo de una horda fantasmal. El
aire está enrarecido por el nocivo olor de los hongos y el hedor de la húmeda
tierra mohosa, pero para mí es el aroma del Elíseo. Todo es quietud -
terrorífica quietud -, con un silencio cuya intensidad promete lo solemne y lo
espantoso. De haber podido elegir mi morada, lo hubiera hecho en alguna ciudad
de carne en descomposición y huesos que se deshacen, pues su proximidad brinda
a mi alma escalofríos de éxtasis, acelerando la estancada sangre en mis venas y
forzando a latir mi lánguido corazón con júbilo delirante... ¡Porque la
presencia de la muerte es vida para mí ! Mi temprana infancia fue de una larga,
prosaica y monótona apatía. Sumamente ascético, descolorido, pálido, enclenque
y sujeto a prolongados raptos de mórbido ensimismamiento, fui relegado por los
muchachos saludables y normales de mi propia edad. Me tildaban de aguafiestas y
"vieja" porque no me interesaban los rudos juegos infantiles que
ellos practicaban, o porque no poseía el suficiente vigor para participar en
ellos, de haberlo deseado. Como todas las poblaciones rurales, Fenham tenía su
cupo de chismosos de lengua venenosa. Sus imaginaciones maledicentes achacaban
mi temperamento letárgico a alguna anormalidad aborrecible; me comparaban con
mis padres agitando la cabeza con ominosa duda en vista de la gran diferencia.
Algunos de los más supersticiosos me señalaban abiertamente como un niño
cambiado por otro, mientras que otros, que sabían
algo sobre mis antepasados, llamaban la atención sobre rumores difusos y
misteriosos acerca de un tataratío que había sido quemado en la hoguera por
nigromante. De haber vivido en una ciudad más grande, con mayores oportunidades
para encontrar amistades, quizás hubiera superado esta temprana tendencia al
aislamiento. Cuando llegué a la adolescencia, me torné aún más sombrío, morboso
y apático. Mi vida carecía de alicientes. Me parecía ser preso de algo que
ofuscaba mis sentidos, trababa mi desarrollo, entorpecía mis actividades y me
sumía en una inexplicable insatisfacción. Tenía dieciséis años cuando acudí a
mi primer funeral. Un sepelio en Fenham era un suceso de primer orden social,
ya que nuestra ciudad era señalada por la longevidad de sus habitantes. Cuando,
además, el funeral era el de un personaje tan conocido como el de mi abuelo,
podía asegurarse que el pueblo entero acudiría en masa para rendir el debido
homenaje a su memoria. Pero yo no contemplaba la próxima ceremonia con interés
ni siquiera latente. Cualquier asunto que tendiera a arrancarme de mi inercia
habitual sólo representaba para mí una promesa de inquietudes físicas y
mentales. Cediendo ante las presiones de mis padres, y tratando de hurtarme a
sus cáusticas condenas sobre mi actitud poco filial, convine en acompañarles.
No hubo nada fuera de lo normal en el funeral de mi abuelo salvo la voluminosa
colección de ofrendas florales; pero esto, recuerdo, fue mi iniciación en los
solemnes ritos de tales ocasiones. Algo en la estancia oscurecida, el ovalado
ataúd con sus sombrías colgaduras, los apiñados montones de fragantes
ramilletes, las demostraciones de dolor por parte de los ciudadanos
congregados, me arrancó de mi normal apatía captando mi atención. Saliendo de
mi momentáneo ensueño merced a un codazo de mi madre, la seguí por la estancia
hasta el féretro donde yacía el cuerpo de mi abuelo. Por primera vez, estaba
cara a cara con la Muerte. Observé el rostro sosegado y surcado por infinidad
de arrugas, y no vi nada que causara demasiado pesar. Al contrario, me pareció
que el abuelo estaba inmensamente contento, plácidamente satisfecho. Me sentí
sacudido por algún extraño y discordante sentido de regocijo. Tan suave, tan
furtivamente me envolvió que apenas puedo determinar su llegada. Mientras
rememoro lentamente ese instante portentoso, me parece que debe haberse
originado con mi primer vistazo a la escena del funeral, estrechando
silenciosamente su cerco con sutil insidia. Una funesta y maligna influencia
que parecía provenir del cadáver mismo me aferraba con magnética fascinación.
Mi mismo ser parecía cargado de electricidad estática y sentí mi cuerpo
tensarse involuntariamente. Mis ojos intentaban traspasar los párpados cerrados
del difunto y leer el secreto mensaje que ocultaban. Mi corazón dio un
repentino salto de júbilo impío batiendo contra mis costillas con fuerza
demoníaca, como tratando de librarse de las acotadas paredes de mi caja
torácica. Una salvaje y desenfrenada sensualidad complaciente me envolvió. Una
vez más, el vigoroso codazo maternal me devolvió a la actividad. Había llegado
con pies de plomo hasta el ataúd tapizado de negro, me alejé de él con
vitalidad recién descubierta. Acompañé al cortejo hasta el cementerio con mi
ser físico inundado de místicas influencias vivificantes. Era como si hubiera
bebido grandes sorbos de algún exótico elixir... alguna abominable poción
preparada con las blasfemas fórmulas de los archivos de Belial. La población
estaba tan volcada en la ceremonia que el radical cambio de mi conducta pasó desapercibido
para todos, excepto para mi padre y mi madre; pero en la quincena siguiente,
los chismosos locales encontraron nuevo material para sus corrosivas lenguas en
mi alterado comportamiento. Al final de la quincena, no obstante, la potencia
del estímulo comenzó a perder efectividad. En uno o dos días había vuelto por
completo a mi languidez anterior, aunque no era total y devoradora insipidez
del pasado. Antes, había una total ausencia del deseo de superar la
inactividad; ahora, vagos e indefinidos desasosiegos me turbaban. De puertas
afuera, había vuelto a ser el de siempre, y los maledicentes
buscaron algún otro sujeto más propicio. Ellos, de haber siquiera soñado
la verdadera causa de mi reanimación, me hubieran rehuido como a un ser leproso
y obsceno. Yo, de haber adivinado el execrable poder oculto tras mi corto
periodo de alegría, me habría aislado para siempre del resto del mundo, pasando
mis restantes años en penitente soledad. Las tragedias vienen a menudo de tres
en tres, de ahí que, a pesar de la proverbial longevidad de mis conciudadanos,
los siguientes cinco años me trajeron la muerte de mis padres. Mi madre fue la
primera, en un accidente de la naturaleza mas inesperada, y tan genuino fue mi
pesar que me sentí sinceramente sorprendido de verlo burlado y contrarrestado
por ese casi perdido sentimiento de supremo y diabólico éxtasis. De nuevo mi
corazón brincó salvajemente, otra vez latió con velocidad galopante enviando la
sangre caliente a recorrer mis venas con meteórico fervor. Sacudí de mis
hombros el fatigoso manto de inacción, sólo para reemplazarlo por la carga,
infinitamente más horrible, del deseo repugnante y profano. Busqué la cámara
mortuoria donde yacía el cuerpo de mi madre, con el alma sedienta de ese
diabólico néctar que parecía saturar el aire de la estancia oscurecida. Cada
inspiración me vivificaba, lanzándome a increíbles cotas de seráfica
satisfacción. Ahora sabía que era como el delirio provocado por las drogas y
que pronto pasaría, dejándome igualmente ávido de su poder maligno; pero no
podía controlar mis anhelos más de lo que podía deshacer los nudos gordianos
que ya enmarañaban la madeja de mi destino. Demasiado bien sabía que, a través
de alguna extraña maldición satánica, la muerte era la fuerza motora de mi
vida, que había una singularidad en mi constitución que sólo respondía a la
espantosa presencia de algún cuerpo sin vida. Pocos días más tarde, frenético
por la bestial intoxicación de la que la totalidad de mi existencia dependía,
me entrevisté con el único enterrador de Fenham y le pedí que me admitiera como
aprendiz. El golpe causado por la muerte de mi madre había afectado
visiblemente a mi padre. Creo que de haber sacado a relucir una idea tan
trasnochada como la de mi empleo en otra ocasión, la hubiera rechazado
enérgicamente. En cambio, agitó la cabeza aprobadoramente, tras un momento de
sobria reflexión. ¡ Qué lejos estaba de imaginar que sería el objeto de mi
primera lección práctica!. También el murió bruscamente, por culpa de alguna
afección cardiaca insospechada hasta el momento. Mi octogenario patrón trató
por todos los medios de disuadirme de realizar la inconcebible tarea de
embalsamar su cuerpo, sin detectar el fulgor entusiasta de mis ojos cuando
finalmente logré que aceptara mi condenable punto de vista. No creo ser capaz
de expresar los reprensibles, los desquiciados pensamientos que barrieron en
tumultuosas olas de pasión mi desbocado corazón mientras trabajaba sobre aquel
cuerpo sin vida.
Amor sin par era la nota clave de esos conceptos, un amor más grande -
con mucho - que el que más hubiera sentido hacia él cuando estaba vivo. Mi
padre no era un hombre rico, pero había poseído bastantes bienes mundanos como
para ser lo suficientemente independiente. Como su único heredero, me encontré
en una especie de paradójica situación. Mi temprana juventud había sido un
fracaso total en cuento a prepararme para el contacto con el mundo moderno;
pero la sencilla vida de Fenham, con su cómodo aislamiento, había perdido sabor
para mí. Por otra parte, la longevidad de sus habitantes anulaba el único
motivo que me había hecho buscar empleo.
La venta de los bienes me proveyó de un medio fácil de asegurarme la
salida y me trasladé a Bayboro, una ciudad a unos 50 kilómetros. Aquí, mi año
de aprendizaje me resultó sumamente útil. No tuve problemas para lograr una
buena colocación como asistente de la Gresham Corporation, una empresa que
mantenía las mayores pompas fúnebres de la ciudad. Incluso logré que me
permitieran dormir en los establecimientos... porque ya la proximidad de la
muerte estaba convirtiéndose en una obsesión. Me aplique a mi tarea con celo
inusitado. Nada era demasiado horripilante
para mi impía sensibilidad, y pronto me convertí en un maestro en mi
oficio electo. Cada cadáver nuevo traído al establecimiento significaba una
promesa cumplida de impío regocijo, de irreverentes gratificaciones, una vuelta
al arrebatador tumulto de las arterias que transformaba mi hosco trabajo en
devota dedicación... aunque cada satisfacción carnal tiene su precio. Llegué a
odiar los días que no traían muertos en los que refocilarme, y rogaba a todos
los dioses obscenos de los abismos inferiores para que dieran rápida y segura
muerte a los residentes de la ciudad. Llegaron entonces las noches en que una
sigilosa figura se deslizaba subrepticiamente por las tenebrosas calles de los
suburbios; noches negras como boca de lobo, cuando la luna de la medianoche se
oculta tras pesadas nubes bajas. Era una furtiva figura que se camuflaba con
los árboles y lanzaba esquivas miradas sobre su espalda; una silueta empeñada
en alguna misión maligna. Tras una de esas noches de merodeo, los periódicos
matutinos pudieron vocear a su clientela ávida de sensación los detalles de un
crimen de pesadilla; columna tras columna de ansioso morbo sobre abominables
atrocidades; párrafo tras párrafo de soluciones imposibles, y sospechas
contrapuestas y extravagantes. Con todo, yo sentía una suprema sensación de
seguridad, pues ¿quién, por un momento, recelaría que un empleado de pompas
fúnebres - donde la Muerte presumiblemente ocupa los asuntos cotidianos -
abandonaría sus indescriptibles deberes para arrancar a sangre fría la vida de
sus semejantes? Planeaba cada crimen con astucia demoníaca, variando el método
de mis asesinatos para que nadie los supusiera obra de un solo par de manos
ensangrentadas. El resultado de cada incursión nocturna era una extática hora
de placer, pura y perniciosa; un placer siempre aumentado por la posibilidad de
que su deliciosa fuente fuera más tarde asignada a mis deleitados cuidados en
el curso de mi actividad habitual. De cuando en cuando, ese doble t postrer
placer tenía lugar...¡Oh, recuerdo escaso y delicioso! Durante las largas
noches en que buscaba el refugio de mi santuario, era incitado por aquel
silencio de mausoleo a idear nuevas e indecibles formas de prodigar mis afectos
a los muertos que amaba...¡los muertos que me daban vida! Una mañana, Mr.
Gresham acudió mucho más temprano de lo habitual... llegó para encontrarme
tendido sobre una fría losa, hundido en un sueño monstruoso, ¡con los brazos
alrededor del cuerpo rígido, tieso y desnudo de un fétido cadáver! Con los ojos
llenos de entremezcla de repugnancia y compasión, me arrancó de mis salaces
sueños. Educada pero firmemente, me indicó que debía irme, que mis nervios
estaban alterados, que necesitaba un largo descanso de las repelentes tareas
que mi oficio exige, que mi impresionable juventud estaba demasiado
profundamente afectada por la funesta atmósfera del lugar. ¡Cuán poco sabía de
los demoníacos deseos que espoleaban mi detestable anormalidad! Fui
suficientemente juicioso como para ver que el responder sólo le reafirmaría en
su creencia de mi potencial locura...resultaba mucho mejor marcharse que
invitarle a descubrir los motivos ocultos tras mis actos. Tras eso, no me
atreví a permanecer mucho tiempo en un lugar por miedo a que algún acto abierto
descubriera mi secreto a un mundo hostil. Vagué de ciudad en ciudad, de pueblo
en pueblo. Trabajé en depósitos de cadáveres, rondé cementerios, hasta un
crematorio... cualquier sitio que me brindara la oportunidad de estar cerca de
la muerte que tanto
anhelaba. Entonces llegó la Guerra Mundial. Fui uno de los primeros en
alistarme y uno
de los últimos en volver, cuatro años de infernal osario
ensangrentado... nauseabundo
légamo de trincheras anegadas de lluvia...mortales explosiones de
histéricas
granadas...el monótono silbido de balas sardónicas...humeantes frenesíes
de las fuentes
del Flegeton (1)... letales humaredas de gases venenosos... grotescos
restos de cuerpos
aplastados y destrozados... cuatro años de trascendente satisfacción.
(1)un río de fuego, uno de los cinco que existen en el Hades
En cada vagabundo hay una latente necesidad de volver a los lugares de
su infancia. Unos pocos meses más tarde, me encontré recorriendo los familiares
y apartados caminos de Fenhman. Deshabitadas y ruinosas granjas se alineaban
junto a las cunetas, mientras que los años habían deparado un retroceso igual
en la propia ciudad. Apenas había un puñado de casas ocupadas, aunque entre
ellas estaba la que una vez yo considerara mi hogar. El sendero descuidado e
invadido por malas hierbas, las persianas rotas, los incultos terrenos de
detrás, todo era una muda confirmación de las historias que había obtenido con
ciertas indagaciones: que ahora cobijaba a un borracho disoluto que arrastraba
una mísera existencia con las faenas que le encomendaban algunos vecinos, por
simpatía hacia la maltratada esposa y el mal nutrido hijo que compartían su
suerte. Con todo esto, el encanto que envolvía los ambientes de mi juventud
había desaparecido totalmente; así, acuciado por algún temerario impulso
errante, volví mis pasos a Bayboro. Aquí, también los años habían traído
cambios, aunque en sentido inverso. La pequeña ciudad de mis recuerdos casi
había duplicado su tamaño a pesar de su despoblamiento en tiempo de guerra.
Instintivamente busqué mi primitivo lugar de trabajo, descubriendo que aún
existía, pero con nombre desconocido y un "Sucesor de" sobre la
puerta, puesto que la epidemia de gripe había hecho presa de Mr. Gresham,
mientras que los muchachos estaban en ultramar. Alguna fatídica disposición me
hizo pedir trabajo. Comenté mi aprendizaje bajo Mr. Gresham con cierto recelo,
pero se había llevado a al tumba el secreto de mi poco ética conducta. Una
oportuna vacante me aseguró la inmediata recolocación. Entonces volvieron
erráticos recuerdos sobre noches escarlatas de impíos peregrinajes y un
incontrolable deseo de reanudar aquellos ilícitos placeres. Hice a un lado la
precaución, lanzándome a otra serie de condenables desmanes. Una vez más, la
prensa amarilla dio la bienvenida a los diabólicos detalles de mis crímenes, comparándolos
con las rojas semanas de horror que habían pasmado ala ciudad años atrás. Una
vez más la policía lanzó sus redes, sacando entre sus enmarañados
pliegues...¡nada! Mi sed del nocivo néctar de la muerte creció hasta ser un
fuego devastador, y comencé a acortar los períodos entre mis odiosas
explosiones. Comprendí que pisaba suelo resbaladizo, pero el demoníaco deseo me
aferraba con torturantes tentáculos y me obligaba a proseguir. Durante todo
este tiempo, mi mente estaba volviéndose progresivamente insensible a cualquier
otra influencia que no fuera la satisfacción de mis enloquecidos anhelos. Dejé
deslizar, en alguna de esas maléficas escapadas, pequeños detalles de vital
importancia para identificarme. De cierta forma, en algún lugar, dejé una pequeña
pista, un rastro fugitivo, detrás... no lo bastante como para ordenar mi
arresto, pero sí lo suficiente como para volver la marea de sospechas en mi
dirección. Sentía el espionaje, pero aun así era incapaz de contener la
imperiosa demanda de más muerte para acelerar mi enervado espíritu. Enseguida
llegó la noche en que el estridente silbato de la policía me arrancó de mi
demoníaco solaz sobre el cuerpo de mi postrer víctima, con una ensangrentada
navaja todavía firmemente asida. Con un ágil movimiento, cerré la hoja y la
guardé en el bolsillo de mi chaqueta. Las porras de la policía abrieron grandes
brechas en la puerta. Rompí la ventana con una silla, agradeciendo al destino
haber elegido uno de los distritos más pobres como morada. Me descolgué hasta
un callejón mientras las figuras vestidas de azul irrumpían por la destrozada
puerta. Huí saltando inseguras vallas, a través de mugrientos patios traseros,
cruzando míseras casas destartaladas, por estrechas calles mal iluminadas.
Inmediatamente, pensé en los boscosos pantanos que se alzaban más allá de la
ciudad, extendiéndose unos 60 kilómetros hasta alcanzar loa arrabales de
Fenham. Si pudiera llegar a esta meta, estaría temporalmente a salvo. Antes del
alba me había lanzado de cabeza por el ansiado despoblado, tropezando con los
podridos troncos de árboles moribundos cuyas ramas desnudas se extendían como
brazos grotescos tratando de
estorbarme con su burlón abrazo. Los diablos de las funestas deidades a
quienes había ofrecido mis idólatras plegarias debían haber guiado mis pasos
hacia aquella amenazadora ciénaga. Una semana más tarde, macilento, empapado y
demacrado, rondaba por los bosques a kilómetro y medio de Fenham. Había eludido
por fin a mis perseguidores, pero no osaba mostrarme, a sabiendas de que la
alarma debía haber sido radiada. Tenía remota la esperanza de haberlos hecho
perder el rastro. Tras la primera y frenética noche, no había oído sonido de
voces extrañas ni los crujidos de pesados cuerpos entre la maleza. Quizás
habían decidido que mi cuerpo yacía oculto en alguna charca o se había
desvanecido para siempre entre los tenaces cenagales. El hambre ría mis tripas
con agudas punzadas, y la sed había dejado mi garganta agotada y reseca. Pero,
con mucho, lo peor era el insoportable hambre de mi famélico espíritu, hambre
del estímulo que sólo encontraba en la proximidad de los muertos. Las ventanas
de mi nariz temblaban con dulces recuerdos. No podía engañarme demasiado con el
pensamiento de que tal deseo era un simple capricho de la imaginación. Sabía
que era parte integral de la vida misma, que sin ella me apagaría como una
lámpara vacía. Reuní todas mis restantes energías para aplicarme en la tarea de
satisfacer mi inicuo apetito. A pesar del peligro que implicaban mis
movimientos, me adelanté a explorar contorneando las protectoras sombras como
un fantasma obsceno. Una vez más sentí la extraña sensación de ser guiado por algún
invisible acólito de Satanás. Y aun mi alma endurecida por el pecado se agitó
durante un instante al encontrarme ante mi domicilio natal, el lugar de mi
retiro de juventud. Luego, esos inquietantes recuerdos pasaron. En su lugar
llegó el ávido y abrumador deseo. Tras las podridas cercas de esa vieja casa
aguardaba mi presa. Un momento más tarde había alzado una de las destrozadas
ventanas y me había deslizado por el alféizar. Escuché durante un instante, con
los sentidos alerta y los músculos listos para la acción. El silencio me
recibió. Con pasos felinos recorrí las familiares estancias, hasta que unos
ronquidos estentóreos indicaron el lugar donde encontraría remedio a mis
sufrimientos. Me permití un vistazo de éxtasis anticipado mientras franqueaba
la puerta de la alcoba. Como una pantera, me acerqué a la tendida forma sumida
en el estupor de la embriaguez. La mujer y el niño - ¿dónde estarían? -, bueno,
podían esperar. Mis engarfiados dedos se deslizaron hacia su garganta... Horas
más tarde volvía a ser el fugitivo, pero una renovada fortaleza robada era mía.
Tres silenciosos cuerpos dormían para no despertar. No fue hasta que la
brillante luz del día invadió mi escondrijo que visualicé las inevitables
consecuencias de la temeraria obtención alivio. En ese tiempo los cuerpos
debían haber sido descubiertos. Aun el más obtuso de los policías rurales
seguramente relacionaría la tragedia con mi huida de la ciudad vecina. Además,
por primera vez había sido lo bastante descuidado como para dejar alguna prueba
tangible de identidad... Las huellas dactilares en las gargantas de mis
recientes víctimas. Durante todo el día temblé preso de aprensión nerviosa. El
simple chasquido de una ramita seca bajo mis pies conjuraba inquietantes
imágenes mentales. Esa noche, al amparo de la oscuridad protectora, bordeé
Fenham y me interné en los bosques de más allá. Antes del alba tuve el primer
indicio definido de la renovada persecución... el distante ladrido de los
sabuesos. Me apresuré a través de la larga noche, pero durante la mañana pude
sentir cómo mi artificial fortaleza menguaba. El mediodía trajo, una vez más,
la persistente llamada de la perturbadora maldición y supe que me derrumbaría
de no volver a experimentar la exótica intoxicación que sólo llegaba en la proximidad
de mis adorados muertos. Había viajado en un amplio semicírculo. Si me
esforzaba en línea recta, la medianoche me encontraría en el cementerio donde
había enterrado a mis padres años atrás. Mi única esperanza, lo sabía, residía
en alcanzar esta meta antes de ser capturado. Con un silencioso ruego a los
demonios que dominaban mi destino, me volví encaminando mis pasos en la
dirección
de mi último baluarte.
¡Dios! ¿Pueden haber pasado escasas doce horas desde que partí hacia mi
espectral santuario? He vivido una eternidad en cada pesada hora. Pero he
alcanzado una espléndida recompensa ¡El nocivo aroma de este descuidado paraje
es como incienso para mi doliente alma! Los primeros reflejos del alba clarean
en el horizonte. ¡Vienen! ¡Mis agudos oídos captan el todavía lejano aullido de
los perros! Es cuestión de minutos que me encuentren y me aparten para siempre
del resto del mundo, ¡para perder mis días en anhelos desesperados, hasta que
al final sea uno con los muertos que amo!
¡No me cogerán! ¡Hay una puerta de escape abierta! Una elección de
cobarde, quizás, pero mejor - mucho mejor - que los interminables meses de
indescriptible miseria. Dejaré esta relación tras de mí para que algún alma
pueda quizás entender por qué hice lo que hice. ¡La navaja de afeitar!
Aguardaba olvidada en mi bolsillo desde mi huida de Bayboro. Su hoja
ensangrentada reluce extrañamente en la menguante luz de la angosta luna. Un
rápido tajo en mi muñeca izquierda y la liberación está asegurada... cálida, la
sangre fresca traza grotescos dibujos sobre las carcomidas y decrépitas
lápidas... hordas fantasmales se apiñan sobre las tumbas en descomposición...
dedos espectrales me llaman por señas... etéreos fragmentos de melodías no
escritas en celestial crescendo...
distantes estrellas danzan embriagadoramente en demoníaco
acompañamiento... un millar de diminutos martillos baten espantosas disonancias
sobre yunques en el interior de mi caótico cerebro... fantasmas grises de
asesinados espíritus desfilan ante mí en silenciosa burla... abrasadoras
lenguas de invisible llama estampan la marca del Infierno en mi alma enferma...
no puedo... escribir... más...
LA SOMBRA DEL CHAPITEL (R.BLOCH)
Robert Bloch
William Hurley era irlandés de nacimiento y taxista de profesión. Sería,
pues, redundante calificarle de charlatán. En el mismísimo instante en que,
cierto cálido atardecer veraniego, tomó a un pasajero en el centro de
Providence, se puso a charlar. El pasajero era alto y delgado, de treinta y
pocos años, y llevaba una cartera. Se sentó en el asiento posterior y rogó al
conductor que le llevase a determinado número de Benefit Street. Hurley puso en
marcha vehículo y lengua a toda velocidad. Inició la conversación -que sería
estrictamente unilateral- comentando diversos resultados de béisbol. El más
sorprendente era, a su juicio, la derrota sufrida por los Gigantes. Indiferente
al silencio de su pasajero, formuló luego algunas observaciones sobre el
tiempo, detallando las condiciones atmosféricas pasadas, presentes y previstas
para el futuro. Al no obtener tampoco contestación, el taxista procedió a
analizar cierto suceso local del que informaba la prensa vespertina, a saber:
la huida, aquella misma mañana, de dos panteras negras del Langer Brothers
Circus, que solía instalarse de cuando en cuando en la ciudad. Por último,
preguntó directamente al pasajero si no habría visto por casualidad un par de
panteras negras vagando por los alrededores. El pasajero se limitó a mover la
cabeza negativamente. El conductor entonces hizo varios comentarios poco
halagüeños sobre la competencia de la policía local. No le extrañaba que no
capturasen a esas dos fieras. Según afirmó, los policías de la ciudad no eran
capaces de coger ni un constipado, aunque se pasasen un año entero en un
frigorífico. Este evidente rasgo de ingenio no pareció divertir al pasajero y,
antes de que Hurley reanudase su monólogo, llegaron al número indicado de
Benefit Street. Ochenta y nueve centavos
cambiaron de bolsillo, pasajero y cartera se apearon y el taxi emprendió
de nuevo la marcha. En aquellos momentos, William Hurley ignoraba que pronto se
iba a convertir oficialmente en la última persona que había visto con vida a su
callado pasajero.
Lo demás son conjeturas (afortunadamente, tal vez). Cierto, sin embargo,
que de lo que sucedió aquella noche en el viejo caserón de Benefit Street es
fácil sacar ciertas conclusiones. Lo difícil es aceptarlas con ánimo leve. Uno
de los detalles más fáciles de esclarecer es el extraño silencio y la distante
altivez del pasajero de Hurley. Este pasajero -Edmund Fiske, de Chicago
(Illinois)- se dedicó, durante todo el trayecto, a meditar sobre la culminación
de quince años de búsquedas e investigaciones. En efecto, aquel recorrido en
taxi representaba para él la última etapa de su largo camino y, durante ella,
pasó revista a las vicisitudes sufridas en el curso de su aventura. Las
investigaciones de Edmund Fiske habían comenzado el 8 de agosto de 1935, con motivo
del fallecimiento de su íntimo amigo Robert Harrison Blake, de Milwaukee.
Durante su adolescencia, Blake, movido -como el propio Fiske- por su precoz y
entusiasta interés hacia la literatura fantástica, había formado parte del
«Círculo de Lovecraft», de ese grupo de escritores que mantenían
correspondencia entre sí y con Howard Phillips Lovecraft, de Providence, ya
fallecido. Fiske y Blake se habían conocido precisamente a través de dicha
correspondencia. Luego intercambiaron visitas: el uno fue a Milwaukee y después
el otro a Chicago. Y en torno a su común interés por la literatura terrorífica
y el arte fantástico fue cristalizando una sólida amistad que se truncó por el
inesperado e inexplicable fallecimiento de Blake. La mayor parte de las
circunstancias que concurrieron en la muerte de éste y algunas de las
conjeturas que entonces se hicieron fueron recogidas por Lovecraft en su relato
«El Morador de las Tinieblas», que se publicó año y pico después de haber
muerto el joven Blake. Lovecraft se hallaba en una situación inmejorable para
conocer lo sucedido. El había sido precisamente quien, a principios de 1935,
aconsejó a Blake que se trasladase a Providence, y él también quien le encontró
alojamiento en College Street. Así, pues, los hechos singulares que culminaron
con la muerte del joven Robert Harrison Blake fueron relatados por el maduro y
fantástico escritor en su doble calidad de amigo y vecino. En dicho relato,
Lovecraft nos cuenta que Blake quería escribir una novela sobre ciertos ritos
brujeriles que habían sobrevivido en Nueva Inglaterra, pero, con su
característica modestia, omite que él le ayudó considerablemente,
proporcionándole material. Según parece, Blake empezó a escribir su novela y
acabó mezclado en un horror que superaba con mucho los de su propia
imaginación.
En efecto, Blake se sintió atraído por una iglesia abandonada, negra,
casi en ruinas, que se alzaba en Federal Hill y que antaño había sido escenario
de cultos esotéricos. En los primeros días de la primavera, visitó el edificio
-que, por cierto, todo el mundo evitaba-, e hizo en él determinados
descubrimientos que (a juicio de Lovecraft) lo condenaban irremisiblemente a
morir. Lo sucedido fue, en pocas palabras, lo siguiente: Blake entró en la
iglesia, cuyas puertas además estaban condenadas, y se encontró con el
esqueleto de un tal Edwin M. Lillibridge, que había sido redactor del
Providence Telegram y que, a juzgar por las apariencias, había emprendido en
1893 una investigación análoga a la de Blake. El hecho de que su muerte hubiera
quedado sin explicar ya resultaba de por sí bastante alarmante, pero mucho más
lo era el de que nadie se hubiera atrevido a entrar en la iglesia desde aquel
remoto año, ya que, en tal caso, su cadáver no seguiría allí. En la chaqueta
del desventurado periodista, Blake encontró un cuaderno de notas que permitía
adivinar en parte lo sucedido. Un tal profesor Bowen, de Providence, había
viajado mucho por Egipto y en 1843, durante unas excavaciones que dirigió en el
sepulcro de Nefrén-Ka, había efectuado un descubrimiento insólito. Nefrén-Ka es
«el faraón olvidado», cuyo nombre fue maldito por los sacerdotes y
borrado de todas las crónicas dinásticas. Por entonces, el joven
escritor estaban familiarizado con el nombre de Nefrén-Ka porque otro escritor
de Milwaukee acababa de publicar una narración titulada «El Santuario del
Faraón Negro»* que trataba justamente de este gobernante casi legendario. Pero
el descubrimiento que hizo Bowen en su sepulcro fue completamente inesperado.
En el cuaderno del periodista no se precisaba la índole de dicho
descubrimiento, pero en cambio se enumeraban, con gran exactitud y en orden
cronológico, ciertos hechos ocurridos a continuación. Inmediatamente después de
hacer el descubrimiento, el profesor Bowen había abandonado las excavaciones y
regresado a Providence. En 1844 adquirió en esta ciudad el edificio de la
Iglesia del Libre Albedrío, que convirtió en sede de una secta religiosa
llamada «Sabiduría de las Estrellas».
Los miembros de dicha secta, que evidentemente habían sido reclutados
por el propio Bowen, eran adoradores de una entidad a la que llamaban «El
Morador de las Tinieblas». Hundiendo la mirada en cierto cristal sagrado,
conseguían evocar a dicha entidad, a la que rendían culto mediante sacrificios
de sangre.
Al menos, éste es el fantástico bulo que había circulado en Providence
por aquellos tiempos y a consecuencia del cual la iglesia en cuestión se había
convertido en un lugar maldito que la gente procuraba evitar. Tales temores
supersticiosos fomentaron la inquietud del vecindario, que pronto se tradujo en
acción directa. En mayo de 1877 las autoridades, coaccionadas por el público,
disolvieron la secta, muchos de cuyos miembros abandonaron súbitamente la
ciudad. La propia iglesia fue cerrada y sellada. Aunque parezca imposible, la
curiosidad de las gentes no pudo vencer el temor supersticioso que inspiraba el
edificio, de modo que nadie se atrevió a entrar en él hasta que, en 1893, el
periodista Lillibridge decidió emprender su desdichada investigación. En esencia,
tales eran los hechos recogidos en el cuaderno encontrado junto a los restos
del periodista. Blake lo leyó, pero no por ello abandonó su proyecto, y siguió
registrando la iglesia. Por último, dio con el misterioso objeto encontrado por
Bowen en el sepulcro egipcio, objeto que servía de centro y eje a los rituales
mágicos de la antigua secta. Se trataba de un estuche metálico, asimétrico,
cuya tapa -dotada de extraños goznes- llevaba muchísimos años sin cerrar. En su
interior, suspendido por siete soportes, había un cristal poliédrico de diez
centímetros de longitud y de color negro rojizo. Pero Blake no sólo lo vio,
sino que lo miró; y no sólo lo miró sino que hundió su mirada en él,
precisamente como la hundían los adoradores del «Morador» y con idénticos
resultados. Pronto fue asaltado por extraños fenómenos psíquicos y por
«visiones de otras tierras y de los espacios transestelares», que han pasado
luego a formar parte de la superstición popular. Y entonces Blake cometió su
gran, su enorme equivocación: cerró la caja. Según las creencias recogidas por
Lillibridge, el modo de invocar a la propia entidad extraterrestre, al Morador
de las Tinieblas en persona, era precisamente cerrar la caja. Era una criatura
de las tinieblas y no podía soportar la luz. Y por la noche, en la negrura de
aquella iglesia ruinosa de ventanas condenadas, respondió a la invocación Blake
huyó aterrado de la iglesia, pero el daño ya estaba hecho. A mediados de julio,
en el curso de una tormenta, se produjo un apagón que dejó Providence a oscuras
durante una hora y la colonia italiana vecina a la iglesia abandonada oyó
ruidos sordos y torpes en el interior de sus muros envueltos en sombras.
A pesar de la lluvia, estos vecinos salieron en masa a la calle con
velas y linternas encendidas para evitar, mediante una barrera luminosa, la
aparición de la temida criatura que allí moraba. Esta reacción pública ponía de
manifiesto que la vieja leyenda seguía gozando de crédito en el vecindario. A
raíz de esta tormenta, la prensa se interesó en el asunto y el día 17 de julio
penetraron en la vieja iglesia dos periodistas acompañados de
un policía. No descubrieron nada de particular, excepto ciertas manchas
pringosas e inexplicables que ensuciaban las escaleras y los bancos. Al cabo de
un mes escaso - exactamente el 8 de agosto a las 2,35 de la madrugada-, durante
una tormenta acompañada de gran aparato eléctrico, Robert Blake falleció
mientras se hallaba sentado ante la ventana de su apartamento de College
Street. En el curso de dicha tormenta, durante los minutos que precedieron su
muerte, Blake garrapateó en su diario frenéticas anotaciones que reflejaban sus
obsesiones y terrores más íntimos en relación con el Morador de las. Tinieblas.
Blake estaba persuadido de que, al haber mirado el extraño cristal contenido en
la caja, había establecido algún tipo de vínculo con aquella criatura extraterrestre.
Creía además -y con toda firmeza- que, al cerrar la caja, dicha criatura había
resultado invocada y obligada a morar en las tinieblas del chapitel. Tampoco
dudaba de que su propio destino estaba ligado irrevocablemente al del monstruo.
Todo esto es lo que revelan sus últimos mensajes, anotados
apresuradamente mientras, desde su ventana, contemplaba los progresos de la
tormenta. Mientras tanto, en Federal Hill, en torno a la iglesia, se había
congregado una multitud de italianos aterrados que, como anteriormente,
rodearon el edificio de una barrera luminosa. Es innegable que se oyeron ruidos
alarmantes procedentes del interior de la iglesia condenada. De ello dan fe,
por lo menos, dos testigos que la merecen plenamente: el padre Meruzzo, de la
iglesia del Espíritu Santo, que se hallaba presente para tranquilizar a su
grey, y el agente (hoy sargento) William J. Monahan, de la Comisaría Central,
que se esforzaba por mantener el orden y evitar el pánico colectivo. Este
último aseguró haber visto personalmente una «mancha borrosa», como una
humareda, que, a su juicio, salió del chapitel del antiguo campanario del
edificio en el mismo momento en que estallaba el postrer relámpago de la
tormenta. Este último relámpago, rayo, bola de fuego o como se le quiera
llamar, inundó toda la ciudad de una luz cegadora, quizá en el mismo instante
en que Robert Harrison Blake, situado en la otra punta de la población,
garrapateaba estas palabras: «¿Acaso no es un avatar de Nyarlathotep, que ya en
la antigua y sombría Khem había tomado apariencia de hombre?» Pocos momentos
después, murió. A pesar de que la ventana se hallaba intacta, el médico forense
dictaminó que la causa de la muerte había sido «una descarga eléctrica». Este
diagnóstico no convenció, según Lovecraft, a otro médico amigo suyo, quien, al
día siguiente, intervino en el asunto. Pese a carecer de autorización judicial,
entró en la iglesia y subió al chapitel sin ventanas, en cuyo interior encontró
la rara caja asimétrica -¿acaso de oro?- y la sorprendente piedra cristalina
que contenía. Al parecer, lo primero que hizo a continuación fue levantar la
tapa de la caja y exponer su contenido a la luz del sol. Y lo segundo, que se
sepa, fue alquilar una embarcación y arrojar caja y piedra al canal más profundo
de la Bahía de Narragansett. Aquí termina el relato de la muerte de Blake, que
-como pura ficción literaria- escribió y publicó Lovecraft. Y aquí empiezan las
investigaciones de Edmund Fiske, que duraron quince años.
Naturalmente, Fiske había estado al corriente de algunos de los hechos
recogidos en el supuesto cuento de Lovecraft. Cuando, aquella primavera, Blake
marchó a Providence, Fiske le había prometido hacer todo lo posible por
visitarle al otoño siguiente. Al principio, ambos amigos habían mantenido una
correspondencia regular, pero, al empezar el verano, Blake dejó de contestarle.
Por entonces, como es lógico, Fiske ignoraba la exploración que había efectuado
su amigo en la iglesia en ruinas. Como no le pareció justificado el silencio de
Blake, escribió a Lovecraft por si éste podía darle alguna explicación. Poco
fue de lo que Lovecraft le pudo informar. Según le refirió, el joven Blake le
había visitado a menudo durante sus primeras semanas de estancia en Providence,
le había consultado algunos detalles relativos a la novela que quería escribir
y juntos habían dado algunos paseos nocturnos por la ciudad.
Pero durante el verano Blake había dejado de ir a su casa o de llamarle.
Lovecraft era un hombre tímido y retraído y no entraba en sus costumbres
imponer su presencia a los demás ni mezclarse en vidas ajenas. Por lo tanto,
dejó transcurrir varias semanas sin buscar a Blake. Cuando, por fin, fue a
visitarlo, lo halló excitadísimo y supo por él de sus aventuras en la terrible
y solitaria iglesia de Federal Hill. Lovecraft tuvo con el adolescente palabras
de advertencia y consejo, pero ya era demasiado tarde. A la semana de su visita
ocurrió el terrible desenlace. Fiske se enteró de él, por Lovecraft, al día
siguiente, y tuvo que enfrentarse con la dura tarea de comunicárselo a los
padres de Blake. Estuvo tentado por acudir inmediatamente a Providence, pero la
falta de dinero y la urgencia de sus propios asuntos domésticos le obligaron a
abandonar esta idea. Cuando llegaron los restos mortales de su amigo, Fiske
asistió a la breve ceremonia de cremación. Por entonces fue cuando Lovecraft
inició sus propias pesquisas, que dieron como resultado su conocida narración.
Y aquí debía haberse puesto el punto final al asunto.
Pero Fiske no se quedó satisfecho. Su mejor amigo había muerto en
circunstancias que aún los más escépticos tendrían que calificar de misteriosa.
Las autoridades locales habían explicado los hechos de modo fatuo e inadecuado
y dado un carpetazo demasiado rápido al asunto.
Fiske decidió averiguar la verdad. No hay que olvidar un hecho muy
notable: tanto Lovecraft y Blake como Fiske eran escritores profesionales muy
interesados en lo sobrenatural o supranormal. Los tres tenían acceso a un
abundante material bibliográfico referente a leyendas y supersticiones
antiguas. Resulta un tanto irónico que de tan extensos conocimientos sólo se
limitasen a hacer uso en sus vagabundeos por la llamada «literatura
fantástica», pero cabe afirmar que sus propias experiencias impedían a los tres
tomar a broma, como sus lectores, los mitos de que trataban sus obras. En
efecto, como escribió Fiske a Lovecraft, «sabemos que la palabra mito
no es más que un cortés eufemismo. La muerte de Blake no es un mito sino
una espantosa realidad. Le ruego que investigue a fondo y estudie el problema
en su totalidad, ya que si el diario de Blake contiene algo de verdad, por muy
remota y desfigurada que sea, no hay ni que decir el peligro que acecha al
mundo».
Lovecraft prometió su ayuda, descubrió el destino de la caja metálica y
su contenido y se esforzó en vano por concertar una entrevista con el Dr.
Ambrose Dexter, domiciliado en Benefit Street. Al parecer, el Dr. Dexter había
abandonado la ciudad inmediatamente después de hurtar el «Trapezoedro
Resplandeciente» -como lo llamaba Lovecraft- y de deshacerse de él. Lovecraft
entonces se entrevistó con el padre Meruzzo y con el agente Monahan, estudió
sistemáticamente los periódicos atrasados en la hemeroteca y procuró
reconstruir la historia de la secta «Sabiduría de las Estrellas» y la del ser a
que ésta rendía culto. Naturalmente, descubrió muchas más cosas que las que se
atrevió a poner en su presunto cuento, que iba destinado a una revista popular.
En las cartas que dirigió a Fiske desde finales de otoño hasta principios de la
primavera de 1936, hay alusiones y referencias a ciertas «amenazas procedentes
del Exterior». Sin embargo, procuró tranquilizar a Fiske, haciéndole ver que,
cualesquiera que fuesen tales amenazas, y aun si su índole era más real que
sobrenatural, el peligro había quedado conjurado desde el momento en que el Dr.
Dexter eliminó el Trapezoedro Resplandeciente, sin el cual no era posible
invocar a la entidad ultraterrena.
Tal fue, en esencia, el resultado de las investigaciones de Lovecraft.
Durante algún tiempo, las cosas siguieron así. A principios de 1937, Fiske
arregló sus asuntos para trasladarse a Providence y visitar a Lovecraft. Tenía
la intención de profundizar por su cuenta las investigaciones efectuadas en
torno a la causa de muerte de su amigo. Pero una vez más las circunstancias
desbarataron sus planes, pues, en marzo de aquel año,
murió Lovecraft. Su inesperado fallecimiento sumió a Fiske en un largo
período de desesperación del que tardó en recobrarse. Hasta casi un año después
no se halló en condiciones de trasladarse a Providence. Y fue entonces cuando,
por primera vez, visitó personalmente el escenario de los trágicos sucesos que
habían culminado con la muerte de Blake. Aún persistían en la ciudad algunas
oscuras sospechas no expresadas abiertamente. El médico forense se había
mostrado voluble y precipitado, Lovecraft había extremado su tacto y su
prudencia, la prensa y el público en general habían aceptado las explicaciones
dadas; pero Blake estaba muerto y, en las tinieblas de aquella noche ya lejana,
algo terrible había surgido del chapitel. Fiske creía que, si pudiera visitar
la iglesia maldita, hablar con el Dr. Dexter, descubrir por qué motivos había
intervenido éste en el asunto y encontrar alguna pista, tal vez consiguiera
hallar la verdad o, al menos, limpiar el nombre de su amigo muerto de toda
sospecha de desequilibrio mental.
Por tanto, lo primero que hizo al llegar a Providence, tras inscribirse
en un hotel, fue encaminar sus pasos hacia la ruinosa iglesia de Federal Hill.
De esta primera gestión sólo obtuvo un chasco inmediato e inevitable. La
iglesia en cuestión ya no existía. El otoño anterior, el Municipio había tomado
posesión del edificio y lo había mandado derruir. El negro y siniestro chapitel
ya no arrojaba su sombra ominosa sobre la colina. Inmediatamente Fiske decidió
visitar al padre Meruzzo, en la cercana iglesia del Espíritu Santo. Pero allí
se enteró de que aquel excelente sacerdote había fallecido en 1936, unos meses
después que el joven Blake.
Sin dejarse vencer por el creciente desánimo, Fiske intentó localizar al
.Dr. Dexter, pero su viejo caserón de Benefit Street estaba cerrado y vacío.
Llamó entonces al Servicio de Información Sanitaria, donde se le hizo saber
escuetamente que Ambrose Dexter, doctor en Medicina, había abandonado la ciudad
por tiempo indefinido. De su visita a la redacción del Bulletin local tampoco
obtuvo resultados positivos. Se le permitió -eso sí-curiosear en los archivos
del periódico y tuvo así oportunidad de leer la reseña - asépticamente objetiva
e insultantemente breve- de la muerte de Blake. Pero los dos redactores que
firmaban el reportaje, que eran los mismos que habían visitado personalmente la
iglesia de Federal Hill, ya no trabajaban en el periódico porque les habían
ofrecido un empleo mejor en otra ciudad. Naturalmente, no eran éstas las únicas
pistas. Había otras varias que Fiske siguió durante la semana siguiente. Pero
todas resultaron infructuosas. Examinó un ejemplar del «Quién es quién» que no
añadió ningún detalle significativo a la imagen que se había formado del Dr.
Dexter: había nacido en Providence, donde residía; tenía cuarenta años de edad;
era soltero; ejercía la medicina general y pertenecía a varias asociaciones
profesionales. Esto era todo. No figuraba la menor indicación sobre aficiones
insólitas o intereses inusitados que permitieran esclarecer los motivos que le
habían impulsado a intervenir en el asunto. Por fin Fiske logró dar con el
paradero del sargento William J. Monahan, de la Comisaría Central, y hablar así
por primera vez con una persona directamente relacionada con los hechos que a
él le interesaban. Monahan se mostró cortés pero un tanto receloso. A pesar de
que Fiske le contó detalladamente sus temores y pesquisas, el policía mantuvo
una prudente reserva.
-De veras que no tengo nada que contarle -aseguró-. Es cierto, como dijo
el señor Lovecraft, que yo estuve esa noche en la iglesia. Pero es que se había
reunido mucho personal y no quiera usted saber la que se podía haber organizado
si se desmandan unos cuantos. En ese barrio hay tipos de cuidado. Es cierto que
la iglesia tenía mala fama, pero yo no sé nada. El que sí le podía haber dado
más informes era Sheeley. -¿Sheeley? -exclamó Fiske.
-Sí, Bert Sheeley. Era su zona, ¿sabe? Yo estaba allí sólo para
sustituirle porque él
estaba de baja con pulmonía. Yo me creía que iba a ser sólo un par de
semanas, pero como se murió...
Fiske lanzó un amargo suspiro. ¡Otra fuente de información que
desaparecía! Blake
estaba muerto; Lovecraft, muerto; el padre Meruzzo, muerto; y ahora
resultaba que el
tal Bert Sheeley también había muerto. Los periodistas se habían ido y
el doctor Dexter
había desaparecido misteriosamente. Fiske movió la cabeza tristemente,
pero insistió: -
Por favor, fíjese bien. Aquella noche, cuando vio usted la mancha en el
cielo, ¿no vio
usted nada más? ¿Oyó algún ruido especial? ¿Alguno de los vecinos dijo
algo que le
llamara la atención? Haga un esfuerzo, por favor. Cualquier detalle que
usted recuerde
puede ser de gran importancia para mí.
Monahan negó con la cabeza.
-Lo que es ruidos, ya lo creo que los había -contestó-. Pero con todos
los truenos y todo el escándalo, ¡sabe Dios si venían de dentro de la iglesia,
como decía el señor Lovecraft! Y tocante al personal, figúrese usted el
panorama: las mujeres chillando, los hombres rezando, y los truenos y el
viento... Y yo, que guardaran el orden, que es mi obligación; pero no me oía ni
mi propia voz. Conque figúrese Si. me fijaría en lo que decía el personal...
-¿Y la mancha? -insistió Fiske.
-Sí, la mancha. Pues nada, eso: una mancha. Nada más. Una humareda o una
nube. ¿Qué sé yo? A lo mejor era una sombra de algo. Pero al momento vino un
relámpago. O sea, que ya no vi ni diablos ni mostros ni seres imborrecibles de
esos que saca el señor Lovecraft en sus novelas, que parecen cosa de locos.
Lleno de autosuficiencia, el sargento Monahan se encogió de hombros y
descolgó el teléfono para contestar una llamada. Era evidente que daba por
terminada la entrevista. Tales fueron de momento los resultados obtenidos por
Fiske. Se pasó el día siguiente en el hotel, telefoneando a todos los Dexter
del listín por si localizaba a algún pariente del médico desaparecido. Pero no
le sirvió de nada. Se pasó otro día entero en una barca, en la bahía de
Narragansett, tratando laboriosamente de familiarizarse con la situación de su
«canal más profundo» mencionado por Lovecraft en su narración. Después de
perder toda una semana en Providence, Fiske tuvo que confesarse derrotado y
regresó a Chicago, a su trabajo y sus quehaceres habituales. Poco a poco, el
caso de Blake fue pasando a un segundo plano de sus intereses, pero nunca lo
olvidó del todo ni abandonó su proyecto de desentrañar finalmente el misterio,
si es que misterio había. En 1941, durante un permiso que le concedieron en el
campamento de instrucción, el soldado de primera Edmund Fiske pasó por
Providence, camino de Nueva York, y aprovechó la oportunidad para intentar
localizar de nuevo -y otra vez sin éxito- al Dr. Ambrose Dexter. En los años
1942 y 1943, desde su destino en ultramar, el sargento Edmund Fiske escribió
varias cartas dirigidas al Dr. Ambrose Dexter, Cuartel de Intendencia,
Providence (Rhode Island). Tales cartas jamás fueron contestadas y aun se duda
si recibidas. En 1945, en un salón de lectura de las fuerzas norteamericanas
acuarteladas en Honolulú, cayó en manos de Fiske cierta revista de astrofísica
donde se mencionaba una reunión científica celebrada hacía poco en la
Universidad de Princeton. Para su sorpresa, el principal orador había sido el
Dr. Ambrose Dexter, que había pronunciado una conferencia sobre «Aplicaciones
prácticas de la astrofísica a la técnica militar». Fiske no regresó a los
Estados Unidos hasta finales de 1946. Durante el año siguiente se dedicó, como
es natural, a reorganizar su vida. En 1948 volvió a tropezar por casualidad con
el nombre del Dr. Dexter, que figuraba esta vez en una lista de «investigadores
de física nuclear» publicada por un gran semanario de ámbito nacional. Escribió
a la redacción de dicho semanario, solicitando más datos sobre Dexter, pero no
recibió contestación. Envió otra carta a Providence, con idéntico resultado. En
1949, a últimos
de año, el nombre de Dexter llamó una vez más la atención de Fiske desde
las columnas de los periódicos. En esta ocasión se le mencionaba con motivo de
ciertos debates relacionados con la secretísima Bomba H. Fiske dio de lado sus
sospechas, sus temores, sus fantásticas conjeturas, y decidió actuar. Escribió
entonces a un tal Ogden Purvis, que ejercía como detective privado de
Providence, y le encargó que localizase al Dr. Ambrose Dexter. Lo único que
deseaba es que le pusiera en contacto con él. Estaba dispuesto a pagar un
elevado anticipo. Purvis cerró el trato. Los primeros informes que el detective
envió a Fiske, a Chicago, resultaron desalentadores. El domicilio de Dexter
seguía deshabitado y el propio Dexter, según datos obtenidos de fuentes
oficiales, se hallaba en misión especial. De ello deducía el detective, al
parecer, que se trataba de una persona irreprochable consagrada a actividades
muy secretas relacionadas con la defensa del país.
La primera reacción de Fiske fue de pánico. Elevó los honorarios
ofrecidos a Purvis e insistió en que éste redoblase sus esfuerzos por encontrar
al escurridizo Dr. Dexter. En el invierno de 1950, Fiske recibió otro informe
del detective, comunicándole que había seguido todas los pistas indicadas por
él y que una de ellas le había conducido por último a Tom Jonas.
Tom Jonas era propietario de la barca alquilada, en aquella lejana noche
veraniega de 1935, por el Dr. Dexter. Y era él en persona quien había manejado
los remos y conducido la pequeña embarcación hasta «el canal más profundo de la
bahía de Narragansett». Una vez allí, mientras Tom Jonas descansaba, Dexter
había arrojado al agua una caja asimétrica de metal mate, cuya tapa abierta
permitía ver en su interior el Trapezoedro Resplandeciente.
El viejo pescador había hablado al detective con toda libertad y
franqueza. El informe confidencial de éste recogía textualmente sus palabras.
-Cosa rara. Muy rara -decía Jonas-. Me dijo que me daba veinte billetes si le
llevaba en barca en mitad de medianoche para largar a la mar aquel ojebto con
caja y todo. Decía que no había mal en ello y que no hacía daño a nadien y que
era un recuerdo de no sé qué y que se lo quería quitar de encima. Pero se pasó
todo el rato mirando una cosa como una piedra preciosa que había en la caja y
no paró de hablar para sus adentros. Y era un idioma de extranjeros. No era
francés ni alemán ni italiano. Polaco, a lo mejor sí. Pero da igual porque no
me recuerdo de las palabras que decía. A mí me parecía que iba como bebido. O
sea, que no es que yo quiera hablar mal de él, a ver si me comprende, que el
señor dotor es de muy buena familia, aunque hace tiempo que no se le ve por
aquí, que yo sepa. Pero a mí me se hace que iba un poquitín colocado, a ver si
me comprende. Si no, ¿de qué me iba a pagar veinte machacantes por ese trabajo?
El monólogo del viejo pescador, tomado textualmente, era bastante largo, pero
no contenía ninguna explicación del extraño asunto. Terminaba así:
-Y pa mí que se alegró de quitárselo de encima, si mal no me equivoco. A
la vuelta me dijo, dice: «De esto, ni palabra a nadien». Pero, lo que yo me
digo, con los años que han pasado, no hay mal ya en decirlo. Y además a las
autoridades hay que contárselo todo. No cabía duda de que, para hacer hablar a
Jonas, el detective había recurrido a un truco muy poco decente: a hacerse
pasar por un policía de verdad. Pero esto no preocupó a Fiske en lo más mínimo.
¡No era poco haber conseguido, al menos, un testimonio de primera mano! Tan
satisfecho se sintió, que envió a Purvis un nuevo giro, junto con la indicación
de que prosiguiera sus pesquisas. Transcurrieron varios meses de espera. Por
fin, ya casi en el verano, llegó la noticia que tanto había anhelado Fiske. El
Dr. Dexter había regresado, instalándose de nuevo en su domicilio de Benefit
Street. Puertas y ventanas se habían vuelto a abrir, varios camiones de
mudanzas habían devuelto a la casa su mobiliario y hasta había hecho su
aparición un criado encargado de abrir la
puerta y recoger los recados telefónicos. El Dr. Dexter no estaba en
casa para nadie (incluido el detective privado). Al parecer, se hallaba
convaleciente de una grave enfermedad contraída durante sus años de servicio
oficial. Purvis le dejó una tarjeta y el doctor prometió darle contestación.
Pero ésta no llegó, pese a las repetidas llamadas telefónicas del detective. A
pesar de espiar largamente la casa y de interrogar concienzudamente a los
vecinos, tampoco consiguió Purvis echar la vista encima al médico en persona ni
hablar con nadie que lo hubiera visto en la calle.
Las tiendas recibían regularmente sus pedidos, en su buzón de correos
aparecían cartas y las luces brillaban durante toda la noche en el caserón de
Benefit Street. En realidad, éste fue el único detalle que pudo aducir Purvis
en apoyo de cualquier posible rareza del Dr. Dexter. Al parecer, mantenía todas
las luces encendidas durante las veinticuatro horas del día.
Inmediatamente, Fiske escribió una carta al Dr. Dexter y, a los pocos
días, otra. Pero siguió sin recibir respuesta. Y después de leer varios
informes más de Purvis, todos ellos igualmente faltos de interés, se lió la
manta a la cabeza y decidió trasladarse a Providence para hablar con Dexter
como fuera. Admitía la posibilidad de que sus sospechas fuesen completamente
falsas. Acaso también fuese errónea su suposición de que Dexter se hallaba en
condiciones de rehabilitar el nombre de su amigo muerto. Tal vez incluso se
equivocaba al imaginar la existencia de un vínculo cualquiera entre ambos. Pero
llevaba quince años de angustiosa meditación y ya era hora de poner fin a su
propio conflicto interior.
Así, pues, a finales de verano, Fiske telegrafió a Purvis para
comunicarle sus intenciones y para citarle, a su llegada, en el hotel donde se
alojaría. Y así fue cómo Edmund Fiske se presentó en Providence por última vez.
El día de su llegada, el equipo de los Gigantes había perdido, del Langer
Brothers Circus se habían escapado dos panteras y el taxista William Hurley
tenía más ganas de cháchara que de costumbre. Al llegar al hotel, vio que
Purvis no había llegado aún, y era tal su impaciencia que decidió actuar por su
cuenta. Al atardecer, como hemos visto, tomó un taxi que le llevó a Benefit
Street.
Al abandonar el taxi, Fiske se halló ante la morada de Dexter y
contempló su lujosa puerta y las luces que se derramaban desde las ventanas del
piso superior. Junto a la puerta habla una pequeña placa de bronce en la que, a
la luz de las ventanas, podía leerse una breve inscripción: «Ambrose Dexter.
Médico».
Estos detalles, pese a su trivialidad, contribuyeron a tranquilizar a
Fiske. Aunque no se dejase ver, era evidente que el doctor no trataba de
ocultar su presencia en su domicilio. Las luces resplandecientes y la placa de
bronce eran signos de buen augurio. Fiske se encogió de hombros y tocó el
timbre.
Al momento se abrió la puerta y apareció un hombrecito de piel muy
morena que le hizo una ligera reverencia.
-¿El doctor Dexter, por favor?
-El doctor no recibe visitas. Está enfermo.
-¿Querría usted darle un recado, por favor?
-No faltaría más, señor -sonrió el moreno servidor.
-Dígale que desea verle Edmund Fiske durante unos momentos sólo y cuando
a él le venga bien. He venido de Chicago sólo para hablar con él, pero lo que
tengo que decirle apenas le robará tiempo.
-Espere un momento, por favor.
La puerta se cerró. Fiske permaneció en las crecientes tinieblas,
pasándose la cartera de una a otra mano.
De pronto la puerta se volvió a abrir. El criado le miró fijamente.
-Señor Fiske, ¿es usted el señor que le escribió la cartas?
-¿Las cartas? ¡Ah, sí! yo soy, en efecto. No sabía que el doctor las
había recibido.
El criado volvió a inclinar la cabeza.
-Eso no lo Sé. El doctor me ha dicho que, si usted era el que le había
escrito las cartas, le dejase entrar.
Fiske se permitió exhalar un suspiro de alivio perfectamente audible y
cruzó el umbral de la puerta. Le había costado quince años dar este paso.
-Es en el primer piso, por esta escalera. El doctor le espera en el
despacho. Es la puerta central del descansillo.
Edmund Fiske subió la escalera, cruzó un pequeño descansillo y entró en
una habitación donde la luz era tan intensa que casi resultaba tangible.
Y allí, junto a la chimenea, levantándose para saludarle, se hallaba el
Dr. Ambrose Dexter. Era un hombre alto, delgado, impecablemente vestido, que
debería tener cincuenta años, pero que apenas representaba treinta y cinco. Sus
movimientos eran naturales, elegantes y donosos. En él sólo había un detalle
incongruente: el intenso color bronceado de su tez.
-¿De modo que usted es Edmund Fiske?
Su voz era educada, bien modulada, y poseía el acento inequívoco de
Nueva Inglaterra. Su apretón de manos fue firme y cálido, y su sonrisa, franca
y cordial. Sus dientes resplandecían sobre el fondo de sus facciones tostadas
por el sol.
-¿Quiere usted sentarse, por favor? -invitó el médico. Le indicó una
silla, con una leve inclinación. Fiske no podía evitar mirarle fijamente. En el
aspecto o en la conducta de su anfitrión no se percibía el menor signo de
ninguna enfermedad actual o reciente. El Dr. Dexter sentóse de nuevo en su
butaca, junto a la chimenea, y Fiske trasladó su silla para sentarse a su lado.
Al hacerlo, pasó ante unas estanterías ocupadas por ciertos libros cuyo tamaño
y forma insólitos atrajeron inmediatamente su atención hasta el punto de que,
en vez de sentarse, se puso a leer sus títulos grabados en el lomo. Por primera
vez en su vida, Edmund Fiske se halló frente al casi legendario De Vermis
Mysteriis, al Liber Ivonis y a la fabulosa versión latina del Necronomicon, que
muchos creen inexistente. Sin pedir permiso al dueño de la casa, tomó este
último volumen y hojeó sus páginas amarillentas. Era la edición impresa en
España en 1622. Entonces, perdida ya toda compostura, se volvió hacia el doctor
Dexter.
-Luego fue usted el que encontró estos libros en la iglesia. En la
sacristía que había detrás del altar, en el ábside, ¿verdad? Lovecraft los
menciona en su relato y yo siempre me había preguntado qué había sido de ellos.
El Dr. Dexter afirmó gravemente.
-En efecto, yo los cogí. No me pareció prudente dejar que cayeran en
manos de las autoridades. Usted conoce el contenido de esos libros y las
consecuencias que podrían acarrear su difusión y, sobre todo, su empleo
inescrupuloso. Fiske, de mala gana, volvió a colocar el libro en su sitio y se
sentó frente al médico, junto a la chimenea. Se colocó la cartera sobre las
rodillas y manoseó nerviosamente el cierre.
-Tranquilícese -dijo el Dr. Dexter, sonriendo amistosamente-. Y hablemos
sin rodeos. Usted ha venido para descubrir qué papel he desempeñado yo en los
hechos relacionados con la muerte de su amigo, ¿no es así? -Sí. Deseaba hacerle
varias preguntas.
-Perdone que le interrumpa -dijo el médico, levantando su mano morena y
delgada-. No
me encuentro bien de salud y sólo puedo concederle unos pocos minutos.
Permítame,
pues, que me adelante a sus preguntas y le refiera lo poco que sé de
este asunto.
-Como desee -Fiske contempló al bronceado caballero que tenía ante sí y
se preguntó
qué habría detrás de su perfecta compostura.
-Personalmente sólo vi una vez a su amigo Robert Harrison Blake -dijo el
Dr. Dexter-.
Fue una tarde, a últimos de julio del treinta y seis. Vino a verme como
enfermo.
Fiske se inclinó hacia adelante, con ávido interés.
-¡Eso no lo sabía yo! -exclamó.
-No tenía por qué saberlo ni usted ni nadie -repuso el médico-. Vino a
consultarme como un enfermo más porque, según dijo, padecía insomnio. Yo le
exploré y prescribí un sedante; pero, por si acaso, le pregunté si no había
sufrido recientemente ninguna impresión fuerte. Y entonces me refirió su
aventura de la iglesia de
Federal Hill y lo que allí había encontrado. Debo advertir a usted que
tuve entonces la prudencia de no rechazar su relato como si fuera simplemente
el producto de una mente sobreexcitada. Pertenezco a una de las familias más
antiguas de esta ciudad y ya había oído hablar anteriormente de la secta
«Sabiduría de las Estrellas» y del llamado Morador de las Tinieblas. »El joven
Blake me confió algunos de sus temores relacionados con el Trapezoedro
Resplandeciente y me dio a entender que dicha piedra era un foco de Mal
primordial. Asimismo me confesó que temía hallarse vinculado de algún modo a la
monstruosa entidad que moraba en la iglesia.
»Naturalmente, este último temor me pareció plenamente irracional e
intenté tranquilizar al pobre muchacho. Le aconsejé que abandonara Providence y
que olvidara todo el asunto. Y le aseguro a usted que entonces actué con
absoluta buena fe. Poco después, en agosto, me enteré del fallecimiento de
Blake.»
-Y fue usted a la iglesia, ¿verdad? -dijo Fiske.
-¿Y usted no habría hecho lo mismo? -preguntó a su vez el médico-. Si
Blake hubiera acudido a usted y le hubiera confiado sus temores, ¿su muerte no
le habría movido a actuar? Le aseguro a usted que mis actos fueron dictados por
mi conciencia más estricta. En vez de provocar un escándalo, en vez de
desencadenar una oleada de pánico innecesario, en vez de tolerar la más mínima
posibilidad de peligro real, preferí ir yo mismo a la iglesia. Cogí los libros
y el Trapezoedro Resplandeciente ante las mismísimas narices de la policía. Y
luego alquilé una barca y arrojé ese maldito objeto a la bahía de Narragansett,
donde ya no puede causar daño alguno a la humanidad. Lo arrojé con el estuche
bien abierto, pues, como usted sabe, sólo se puede invocar al Morador mediante
la oscuridad. Y ahora la piedra está expuesta a la luz para siempre. -Pero esto
es todo lo que le puedo decir -prosiguió el doctor-. Lamento que mis
actividades le hayan impedido verme o comunicar conmigo en estos últimos años.
Comprendo su interés en el asunto y confío en que mis palabras contribuyan,
aunque sea en grado muy leve, a calmar sus inquietudes. Con respecto al joven
Blake y en mi calidad de médico que lo asistió, tendré sumo gusto en
proporcionarle un certificado donde haré constar que, a mi juicio, no padecía
trastorno mental alguno en los días que precedieron a su defunción. Mañana lo
tendré redactado y se lo enviaré a su hotel, si tiene usted la bondad de darme
sus señas. ¿De acuerdo? El médico se levantó, dando evidentemente por terminada
la entrevista. Pero Fiske siguió sentado, manoseando su cartera.
-Y ahora, dispénseme... -empezó el médico.
-Un momento, por favor. Querría hacerle aún una o dos preguntas más. Es
sólo un instante.
-Muy bien, muy bien -si el doctor estaba irritado, no lo dejó traslucir.
-¿Vio usted por casualidad a Lovecraft antes o durante su enfermedad?
-No. Yo no lo asistí nunca. En realidad, no llegué a conocerlo
personalmente, aunque desde luego había oído hablar de él y conocía su obra.
-¿Por qué se marchó usted de Providence tan de repente, inmediatamente
después de morir Blake?
-Mi interés por la física superó el que sentía por la medicina. Acaso no
ignore usted que
llevo más de diez años consagrado por completo a investigar la energía
atómica y la fisión nuclear. Precisamente mañana mismo abandono de nuevo
Providence para dictar una serie de conferencias en varias universidades del
Este y en ciertos círculos oficiales. -Eso me interesa mucho, doctor -dijo
Fiske-. y, a propósito, ¿conoció usted personalmente a Einstein?
-Efectivamente, hace años. Trabajé con él en... Pero esto no viene al
caso. Le ruego ahora que me disculpe. Tal vez en otro momento podamos continuar
esta conversación. Ahora no cabía duda de que el Dr. Dexter comenzaba a
impacientarse. Fiske se puso en pie. En una mano llevaba su cartera. Con la
otra apagó el portátil que había sobre la mesa.
El Dr. Dexter intervino velozmente y lo volvió a encender.
-¿Por qué tiene miedo a la oscuridad, doctor? -preguntó Fiske
suavemente.
-¡Yo no tengo por qué tener.... -por primera vez, el médico parecía a
punto de perder la
compostura-. ¿Qué le hace a usted pensar eso?
-Es por el Trapezoedro Resplandeciente, ¿verdad? -siguió Fiske-. No
debió tirarlo al mar. Se apresuró usted demasiado. No se dio usted cuenta
entonces de que, por muy abierto que estuviera el estuche, la piedra quedaría
en la más absoluta oscuridad, allí en el fondo de la bahía. Tal vez el propio
Morador le hizo olvidar ese detalle. Porque usted miró el interior de la
piedra, como Blake, y estableció el mismo vínculo espiritual que él. Y, al
arrojar la piedra, la entregó para siempre a las tinieblas, donde el Morador
aumentaría su poder.
»Por eso se fue usted de Providence, porque tenía miedo de que el
Morador viniese a usted como había ido a Blake. Porque usted sabía que el
Morador había quedado libre para siempre. El Dr. Dexter se aproximó a la
puerta.
-Debo rogarle que abandone usted mi casa. Si lo que pretende usted dar a
entender es
que mantengo las luces encendidas por miedo a que el Morador venga por
mí, debo
asegurarle que se halla usted en un error.
Fiske sonrió de medio lado.
-No me refiero o eso -contestó-. En absoluto. Sé perfectamente que eso
no le preocupa a usted. Ya es demasiado tarde. El Morador tuvo que acudir a
usted hace mucho tiempo, quizá un par de días después de que usted le
devolviese su energía al sumir el Trapezoedro en las tinieblas del fondo del
mar. Vino por usted, sí, pero, a diferencia de lo que sucedió con Blake, a
usted no le mató.
»Le utilizó, en cambio. Por eso teme usted la oscuridad. La teme porque
el propio Morador teme ser descubierto. Creo que, en la oscuridad, debe usted
de tener un aspecto distinto, más parecido a su antigua forma. Porque el
Morador, en vez de matarle, se fundió con usted. ¡Usted es el Morador de las
Tinieblas!
-Verdaderamente, señor Fiske...
-Ya no existe el doctor Dexter. Hace muchas años que esta persona ha
dejado de existir. Sólo queda su envoltura externa, poseída por una fuerza más
vieja que el mundo, por una fuerza que actúa rápida e inteligentemente y cuya
finalidad es destruir por completo a la humanidad. Fue usted el que se hizo
«científico» para introducirse en los círculos adecuados y, una vez allí,
sugerir, insinuar secretos ancestrales y ayudar a hombres necios a «descubrir»
de pronto la fisión nuclear. ¡Cómo debe usted haberse reído cuando estalló la
primera bomba atómica! Y ahora les ha facilitado usted el secreto de la de
hidrógeno, y luego les seguirá enseñando nuevos métodos de destruirse a sí
mismos. »Tardé muchos años de meditación en descubrir indicios, en interpretar
las claves de los llamados «mitos fantásticos de Lovecraft». Porque Lovecraft
escribió en forma de parábolas y alegorías, pero dijo la verdad. En sus relatos
está profetizado su retorno, para el que lo sepa leer. Al final, el propio
Blake se dio cuenta y dio al Morador su
verdadero nombre.
-¿Ycuál es ese nombre? -interrumpió el doctor.
-¡Nyarlathotep! En el rostro bronceado aparecieron arruguitas de risa.
-Me temo que es usted víctima de las mismas proyecciones fantásticas que
tanto hicieron sufrir al pobre Blake y a su amigo Lovecraft. Nadie ignora que
Nyarlathotep es un ente de ficción, puramente imaginario, que forma parte de
los Mitos de Cthulhu. -Eso creía yo hasta que descubrí la clave en un poema de
Lovecraft. Entonces me di cuenta de que todo encajaba la perfección: el Morador
de las Tinieblas, su huida, su repentino interés por la investigación
científica... A la luz de esta interpretación, las palabras de Lovecraft tienen
un sentido muy distinto. Escuche: «Y al fin, del remoto corazón de Egipto vino
»El Oscuro Desconocido,
»Ante el Cual se inclinan los fellahs...»
Fiske siguió entonando los versos, sin apartar la vista del rostro
atezado del médico.
-¡Qué tontería! -saltó éste-. Si se refiere usted a este trastorno
dermatológico que sufro, sepa usted que obedece a una prolongada exposición a
las radiaciones, allá en Los Alamos.
Fiske no le prestó atención- Seguía recitando el poema de Lovecraft:
-«...que las bestias salvajes le seguían y lamían sus manos.
»Pronto los océanos dieron a luz en parto monstruoso. »Tierras olvidadas
brotaron, y cúpulas de oro »Cubiertas de algas de la mar.
»La tierra se hendió y auroras de locura iluminaron
»Las ciudadelas del hombre: escombro y terremoto.
»Y entonces, rompiendo el juguete por azar creado,
»El Caos Idiota, de un soplido,
»Arrojó al vacío la mota de polvo que es la Tierra»* . El Dr. Dexter
movió tristemente la cabeza.
-Es absurdo por completo -afirmó-. Aún en su... ¡ejem!... en el estado
en que usted se encuentra, comprenderá que es una pura insensatez. Ese poema no
tiene ningún sentido literal. ¿Acaso las bestias salvajes me lamen las manos?
¿Ha visto usted alguna vez un parto del océano? ¡Y terremotos y «auroras de
locura»? ¡Figuraciones todo! Padece usted lo que nosotros llamamos «neurosis
atómica»; ahora me doy cuenta. Está usted angustiado (y no es usted el único
enfermo, créame) por la infundada obsesión de que nuestras investigaciones
nucleares van a originar la destrucción del planeta. Pero se trata simplemente
de una racionalización, de un producto de su fantasía.
Fiske mantuvo la cartera firmemente sujeta.
-Le digo a usted que esta profecía está escrita en forma de parábola.
Sabe Dios lo que sabía o lo que temía Lovecraft. Pero, en todo caso, fue
suficiente para decidirle a ocultar el significado de su mensaje. Y aún así es
muy probable que fueran ellos quienes se lo llevaron.
-¿Quiénes?
-Los del Exterior. Aquellos a Cuyo servicio está usted. Usted es su
Mensajero, Nyarlathotep. Vinculado al Trapezoedro Resplandeciente, vino usted
del remoto corazón de Egipto, como dice el poema. Y los fellahs, o sea, los
obreros de Providence que se convirtieron a la «Sabiduría de las Estrellas», se
inclinaron ante el «Oscuro Desconocido», al que adoraban con el nombre de
Morador de las Tinieblas.
»El Trapezoedro fue arrojado al mar y
pronto los océanos dieron a luz en parto monstruoso a usted, encarnado de nuevo. esta vez en el
cuerpo del doctor Dexter. Y usted enseñó a los hombres nuevos métodos de
destrucción. Sí, mediante las bombas
atómicas, la tierra se hendió y
auroras de locura iluminaron las ciudadelas del hombre: escombro y
terremoto Lovecraft sabía lo que se
decía, y Blake también le reconoció a usted. Y ambos murieron. Me figuro que
usted también intentará matarme a mí para seguir adelante con sus conferencias,
para apremiar a los científicos, para sugerirles nuevos medios de destrucción.
Y por último, de un soplido, lanzará usted
al vacío la mota de polvo que es la Tierra .
-Por favor -el Dr. Dexter extendió las manos-. Domínese. Permítame que
le dé un tranquilizante. ¿No se da usted cuenta de que todo eso es absurdo?
Fiske avanzó hacia él, manipulando el cierre de su cartera. Una vez abierto,
metió dentro la mano y la sacó. En ella había un revólver que apuntaba
directamente al pecho del Dr. Dexter.
-Claro que es absurdo -murmuró Fiske-. Nadie creyó jamas en la
«Sabiduría de las Estrellas» excepto unos pocos fanáticos y algunos inmigrantes
analfabetos. Nadie dio nunca crédito a las narraciones de Blake, de Lovecraft o
mías. ¡Las tomaban por una especie de entretenimiento morboso! Por la misma
razón, nadie creerá nada malo de usted ni de la llamada investigación
científica de la energía atómica ni de los demás horrores que usted decida
desencadenar para destruir al mundo. Y por eso le voy a matar ahora mismo.
-¡Deje esa pistola!
De pronto, Fiske empezó a temblar. Todo el cuerpo se le contrajo en un
espasmo irreprimible y espectacular. Al observarlo, Dexter dio un paso
adelante. Los ojos de Fiske se salieron de las órbitas y el médico dio otro
paso hacia él.
-¡Atrás! -aulló Fiske con voz alterada por las convulsiones de su
mandíbula-. ¡Esto es lo que quería saber! Estás en un cuerpo humano y las armas
corrientes te pueden destruir. ¡Te voy a destruir, Nyarlathotep!
Movió la mano. También la movió el Dr. Dexter, velozmente, hacia el
interruptor general de las luces, que estaba en la pared, tras él. Se oyó un
chasquido y la habitación quedó sumergida en la oscuridad total.
Pero no era la oscuridad total. Había un resplandor.
La cara y las manos del Dr. Ambrose Dexter resplandecían con un fulgor
blanco en la oscuridad Es de suponer que existan tipos de contaminación
radiactiva capaces de producir fosforescencias, y tal habría sido, sin ninguna
duda, la explicación que Dexter hubiera dado del extraño fenómeno de haber
tenido ocasión de hacerlo. Pero no la tuvo. Fiske oyó el chasquido, vio el
fantástico rostro llameante y se derrumbó. Tranquilamente, el Dr. Dexter
encendió las luces de nuevo y se arrodilló junto al caído cuerpo del joven.
Buscó su pulso en vano.
Edmund Fiske había muerto.
El doctor suspiró, se levantó y salió del despacho. Bajó al vestíbulo de
la planta baja y llamó a su criado.
-Acaba de ocurrir un penoso accidente -dijo- El joven que había venido a
verme era un enfermo mental y ha sufrido un ataque cardíaco. Llame usted
inmediatamente a la policía, por favor. Y luego siga haciendo los preparativos
del viaje Nos vamos mañana a pesar de todo; mis conferencias no pueden esperar.
-Pero a lo mejor le detiene la policía.
-No creo -el Dr. Dexter movió negativamente la cabeza-. Es un caso que
no admite duda. Puedo explicar perfectamente lo sucedido. Cuando llegue la
policía, hágamelo saber. Estaré en el jardín. El doctor atravesó el vestíbulo y
salió por la puerta trasera al jardín oculto tras el edificio que daba a
Benefit Street. El jardín resplandecía bajo la luna cegadora.
El luminoso espectáculo se hallaba circundado por elevados muros que lo
aislaban del mundo. Nadie había allí, salvo el doctor, cuyo halo
resplandeciente se mezcló con la luz plateada de la luna. En ese momento
saltaron por encima del muro dos sombras sedosas
y negras. En el frescor del jardín se agazaparon, pero pronto avanzaron,
suaves y jadeantes, hacia el Dr. Dexter.
A la luz de la luna vio éste que eran dos panteras negras.
Inmóvil contempló cómo se le acercaban, aterciopeladas y terribles, con
los ojos relucientes y abiertas quijadas babeantes. El Dr. Dexter volvió hacia
la luna su rostro burlón cuando las bestias se acurrucaron ante él y lamieron
sus manos.
CANTAR DE TUS ALABANZAS (D.KNIGHT)
¿Cantará el polvo tus alabanzas?
Damon Knight
Y el Día de la Cólera llegó. El cielo resonó con trompetas,
angustiantes, ominosas. Por todas partes las secas rocas se alzaron, gimiendo,
y cayeron desmoronadas. Luego en cielo se hendió, y en resplandor apareció un
trono de fuego blanco, en un arco iris que ardía verde. Los relámpagos
zigzagueaban desde todos los horizontes. Alrededor del trono flotaban siete
majestuosas figuras vestidas de blanco, con cintas doradas cruzando sus pechos;
y cada una llevaba en su gigantesca mano una redoma que humeaba hacia el cielo.
Desde el resplandor del trono llegó una voz: - Seguid vuestros caminos, y
verted vuestras redomas de la cólera de Dios sobre la tierra. Y el primer ángel
descendió, y vació su redoma en un torrente de oscuridad que humeó por encima
de toda la tierra desierta. Y se hizo el silencio. Luego el segundo ángel voló
bajando a la tierra, y planeó de un lado a otro, sin vaciar su redoma: y
finalmente regresó junto al trono, diciendo: - Señor, debo vaciar la mía en el
mar. ¿Pero dónde está el mar? Y de nuevo se hizo el silencio. Porque las
resecas y polvorientas rocas de la tierra se extendían ilimitadamente bajo el
cielo; y allá donde habían estado los océanos había tan sólo cavernas abiertas
en las rocas, tan resecas y vacías como el resto. El tercer ángel exclamó: -
Señor, la mía es para los ríos y fuentes de agua. Y luego el cuarto ángel dijo:
- Señor, déjame vaciar la mía. Y vertió el contenido de su redoma hacia el sol;
y en un instante ardió con una terrible radiación: y planeó de un lado para otro
dejando caer su luz sobre la tierra. Tras un cierto tiempo vaciló y regresó
junto al trono. Y de nuevo se hizo el silencio. Entonces del trono brotó una
voz diciendo: - Ya basta. Bajo el amplio domo de los cielos, no volaba ningún
pájaro. Ninguna criatura reptaba o se arrastraba sobre la superficie de la
tierra; no había ningún árbol, ninguna brizna de hierba. La voz dijo: - Este es
el día señalado. Descendamos. Entonces Dios anduvo sobre la tierra, como en los
viejos tiempos. Su forma era como una moviente columna de humo. Y tras Él
avanzaban los siete ángeles con sus redomas, murmurando. Estaban solos bajo el
ciclo gris amarillento. - Aquellos que están muertos han escapado de nuestra
cólera - - dijo el Señor Dios Jehová -. Pero no escaparán al juicio. El reseco
valle en el que se encontraban era el Jardín del Edén, donde el primer hombre y
la primera mujer habían recibido un fruto que no debían comer. Al este se
hallaba el paso por el que la pareja condenada había sido arrojada al desierto.
A una poca distancia hacia el oeste se divisaban las dentadas formas del monte
Ararat, donde se había posado el Arca tras el Diluvio purificador. Y Dios dijo
con una gran voz: - Abramos el libro de la vida; y que los muertos surjan de
sus tumbas, y de las profundidades del mar, Su voz resonó bajo el tenebroso
cielo. Y de nuevo las resecas rocas se alzaron y cayeron; pero los muertos no
aparecieron. Sólo el polvo se retorció, como si sólo eso quedara de los
miles de millones de habitantes de la tierra, vivos y muertos. El primer ángel
sujetaba en los brazos un gran libro abierto. Cuando el silencio se hubo
establecido durante un cierto tiempo, cerró el libro, y en su rostro hubo
miedo; y el libro se desvaneció de entre sus manos. Los otros ángeles
murmuraban entre sí y suspiraban. Uno dijo: - Señor, terrible es el sonido del
silencio, cuando nuestros oídos deberían estar llenos de lamentaciones. Y Dios
dijo: - Este es el día señalado. Sin embargo, un día en el cielo son mil años
en la tierra. Gabriel, dime, según como cuentan los hombres el tiempo, ¿Cuántos
días han transcurrido desde el Día? El primer ángel abrió un libro y dijo: -
Señor, tal como los hombres cuentan el tiempo, ha pasado un día desde el Día. Y
volviéndose a ellos, Dios dijo: - Sólo un día: un instante. Y sin embargo no se
alzan. El quinto ángel se humedeció los labios y dijo: - Señor, ¿No eres Tu
acaso Dios? ¿Qué secretos pueden haber para el Hacedor de todas las cosas? -
Paz – Dijo Jehová, y los truenos resonaron hacia el sombrío horizonte -. A su
debido tiempo, haré que estas piedras se levanten y hablen. Seguidme, vamos un
poco más lejos. Vagaron por las resecas montañas y por entre los vacíos cañones
del mar. Y Dios dijo: - Miguel, tú estabas encargado de velar sobre esa gente.
¿Cómo fueron sus últimos días? Hicieron una pausa cerca del fisurado del
Vesubio, que en una época de distracción celeste había entrado en erupción dos
veces, enterrando vivas a miles de personas. El segundo ángel respondió: -
Señor, cuando los vi por última vez, estaban preparando una gran guerra. - Sus
iniquidades rebasan todo entendimiento – dijo Jehová -. ¿Cuáles eran las
naciones que estaban preparando la guerra? El segundo ángel respondió: - Señor,
eran llamadas Inglaterra y Rusia y China y América. - Vayamos entonces a
Inglaterra. Al otro lado del reseco valle que había sido el Canal, la isla era
una meseta de piedras, en ruinas y desolada. Por todas partes las rocas estaban
cuarteadas y sin vigor. Y Dios se encolerizó más, y gritó fuerte: - ¡Que las
piedras hablen! Entonces las grises rocas se desmoronaron en polvo,
descubriendo cavernas y túneles, como las cámaras de un hormiguero vacío. Y en
algunos lugares resplandeció el brillante metal, dispuesto en capas graciosas
pero sin ningún diseño, como si el metal se hubiera fundido y hubiera corrido
como agua. Los ángeles murmuraron; pero Dios dijo: - Esperad. Esto no es todo.
Y ordenó de nuevo: - ¡Hablad! Y las piedras se alzaron una vez más, para dejar
al descubierto una cámara mucho más profunda. Y en silencio, Dios y los ángeles
se inmovilizaron en un círculo en torno al pozo, y se inclinaron hacia delante
para ver las formas que se movían allí. En la pared de aquella profunda cámara,
alguien había grabado una hilera de letras. Y cuando la máquina de aquella
cámara había sido destruida, el metal incandescente había brotado y había
llenado las letras en la pared, de tal modo que ahora brillaban como plata en
la oscuridad. Y Dios leyó las palabras. NOSOTROS ESTÁBAMOS AQUÍ.
¿DÓNDE ESTABAS TÚ?
FIN
AIRE FRIO (H.P.L)
Howard Phillips Lovecraft
Me pides que explique por qué siento miedo de la corriente de aire frío;
por qué tiemblo más que otros cuando entro en un cuarto frío, y parezco
asqueado y repelido cuando el escalofrío del atardecer avanza a través de un
suave día otoñal. Están aquellos que dicen que reacciono al frío como otros lo
hacen al mal olor, y soy el último en negar esta
impresión. Lo que haré está relacionado con el más horrible hecho con
que nunca me encontré, y dejo a tu juicio si ésta es o no una explicación
congruente de mi peculiaridad. Es un error imaginar que ese horror está
inseparablemente asociado a la oscuridad, el silencio, y la soledad. Me
encontré en el resplandor de media tarde, en el estrépito de la metrópolis, y
en medio de un destartalado y vulgar albergue con una patrona prosaica y dos
hombres fornidos a mi lado. En la primavera de 1923 había adquirido un almacén
de trabajo lúgubre e desaprovechado en la ciudad de Nueva York; y siendo
incapaz de pagar un alquiler nada considerable, comencé a caminar a la deriva
desde una pensión barata a otra en busca de una habitación que me permitiera
combinar las cualidades de una higiene decente, mobiliario tolerable, y un muy
razonable precio. Pronto entendí que sólo tenía una elección entre varias, pero
después de un tiempo encontré una casa en la Calle Decimocuarta Oeste que me
asqueaba mucho menos que las demás que había probado. El sitio era una
histórica mansión de piedra arenisca, aparentemente fechada a finales de los
cuarenta, y acondicionada con carpintería y mármol que manchaba y mancillaba el
esplendor descendiendo de altos niveles de opulento buen gusto. En las
habitaciones, grandes y altas, y decoradas con un papel imposible y
ridículamente adornadas con cornisas de escayola, se consumía un deprimente
moho y un asomo de oscuro arte culinario; pero los suelos estaban limpios, la
lencería tolerablemente bien, y el agua caliente no demasiado frecuentemente
fría o desconectada, así que llegué a considerarlo, al menos, un sitio
soportable para hibernar hasta que uno pudiera realmente vivir de nuevo. La
casera, una desaliñada, casi barbuda mujer española llamada Herrero, no me
molestaba con chismes o con críticas de la última lámpara eléctrica
achicharrada en mi habitación del tercer piso frente al vestíbulo; y mis
compañeros inquilinos eran tan silenciosos y poco comunicativos como uno
pudiera desear, siendo mayoritariamente hispanos de grado tosco y crudo.
Solamente el estrépito de los coches en la calle de debajo resultaban una seria
molestia. Llevaba allí cerca de tres semanas cuando ocurrió el primer incidente
extraño. Un anochecer, sobre las ocho, oí una salpicadura sobre el suelo y me
alertó de que había estado sintiendo el olor acre del amoniaco durante algún
tiempo. Mirando alrededor, vi que el techo estaba húmedo y goteante;
aparentemente la mojadura procedía de una esquina sobre el lado de la calle. Ansioso
por detener el asunto en su origen, corrí al sótano a decírselo a la casera; y
me aseguró que el problema sería rápidamente solucionado. El Doctor Muñoz,
lloriqueó mientras se apresuraba escaleras arriba delante de mí, tiene arriba
sus productos químicos. Está demasiado enfermo para medicarse - cada vez está
más enfermo - pero no quiere ayuda de nadie. Es muy extraña su enfermedad -
todo el día toma baños apestosos, y no puede reanimarse o entrar en calor. Se
hace sus propias faenas - su pequeña habitación está llena de botellas y
máquinas, y no ejerce como médico. Pero una vez fue bueno - mi padre en
Barcelona oyó hablar de él - y tan sólo le curó el brazo al fontanero que se
hizo daño hace poco. Nunca sale, solamente al tejado, y mi hijo Esteban le trae
comida y ropa limpia, y medicinas y productos químicos. ¡Dios mío, el amoniaco
que usa para mantenerse frío! La Sra. Herrero desapareció escaleras arriba
hacia el cuarto piso, y volví a mi habitación. El amoniaco cesó de gotear, y
mientras limpiaba lo que se había manchado y abría la ventana para airear, oí
los pesados pasos de la casera sobre mí. Nunca había oído al Dr. Muñoz, excepto
por ciertos sonidos como de un mecanismo a gasolina; puesto que sus pasos eran
silenciosos y suaves. Me pregunté por un momento cuál podría ser la extraña
aflicción de este hombre, y si su obstinado rechazo a una ayuda externa no era
el resultado de una excentricidad más bien infundada. Hay, reflexioné
trivialmente, un infinito patetismo en la situación de una persona eminente
venida a menos en este mundo. Nunca hubiera conocido al Dr. Muñoz de no haber
sido por el infarto que
súbitamente me dio una mañana que estaba sentado en mi habitación
escribiendo. Lo médicos me habían avisado del peligro de esos ataques, y sabía
que no había tiempo que perder; así, recordando que la casera me había dicho
sobre la ayuda del operario lesionado, me arrastré escaleras arriba y llamé
débilmente a la puerta encima de la mía. Mi golpe fue contestado en un inglés
correcto por una voz inquisitiva a cierta distancia, preguntando mi nombre y
profesión; y cuando dichas cosas fueron contestadas, vino y abrió la puerta
contigua a la que yo había llamado. Una ráfaga de aire frío me saludó; y sin
embargo el día era uno de los más calurosos del presente Junio, temblé mientras
atravesaba el umbral entrando en un gran aposento el cual me sorprendió por la
decoración de buen gusto en este nido de mugre y de aspecto raído. Un sofá cama
ahora cumpliendo su función diurna de sofá, y los muebles de caoba, fastuosas
colgaduras, antiguos cuadros, y librerías repletas revelaban el estudio de un
gentilhombre más que un dormitorio de pensión. Ahora vi que el vestíbulo de la
habitación sobre la mía - la "pequeña habitación" de botellas y
máquinas que la Sra. Herrero había mencionado - era simplemente el laboratorio
del doctor; y de esta manera, su dormitorio permanecía en la espaciosa
habitación contigua, cuya cómoda alcoba y gran baño adyacente le permitían
camuflar el tocador y los evidentemente útiles aparatos. El
Dr. Muñoz, sin duda alguna, era un hombre de edad, cultura y distinción.
La figura frente a mí era pequeña pero exquisitamente proporcionada, y vestía
un atavío formal de corte y hechura perfecto. Una cara larga avezada, aunque
sin expresión altiva, estaba adornada por una pequeña barba gris, y unos
anticuados espejuelos protegían su ojos oscuros y penetrantes, una nariz
aquilina que daba un toque árabe a una fisonomía por otra parte Celta. Un
abundante y bien cortado cabello, que anunciaba puntuales visitas al peluquero,
estaba airosamente dividido encima de la alta frente; y el retrato completo
denotaba un golpe de inteligencia y linaje y crianza superior. A pesar de todo,
tan pronto como vi al Dr. Muñoz en esa ráfaga de aire frío, sentí una
repugnancia que no se podía justificar con su aspecto. Únicamente su pálido
semblante y frialdad de trato podían haber ofrecido una base física para este
sentimiento, incluso estas cosas habrían sido excusables considerando la
conocida invalidez del hombre. Podría, también, haber sido el frío singular que
me alienaba; de tal modo el frío era anormal en un día tan caluroso, y lo
anormal siempre despierta la aversión, desconfianza y miedo. Pero la
repugnancia pronto se convirtió en admiración, a causa de la insólita habilidad
del médico que de inmediato se manifestó, a pesar del frío y el estado
tembloroso de sus manos pálidas. Entendió claramente mis necesidades de una
mirada, y las atendió con destreza magistral; al mismo tiempo que me
reconfortaba con una voz de fina modulación, si bien curiosamente cavernosa y
hueca que era el más amargo enemigo del alma, y había hundido su fortuna y
perdido todos sus amigos en una vida consagrada a extravagantes experimentos
para su desconcierto y extirpación. Algo de fanático benevolente parecía
residir en él, y divagaba apenas mientras sondeaba mi pecho y mezclaba un trago
de drogas adecuadas que traía del pequeño laboratorio. Evidentemente me
encontraba en compañía de un hombre de buena cuna, una novedad excepcional en
este ambiente sórdido, y se animaba en un inusual discurso como si recuerdos de
días mejores surgieran de él. Su voz, siendo extraña, era, al menos,
apaciguadora; y no podía entender como respiraba a través de las enrolladas
frases locuaces. Buscaba distraer mis pensamientos de mi ataque hablando de sus
teorías y experimentos; y recuerdo su consuelo cuidadoso sobre mi corazón débil
insistiendo en que la voluntad y la sabiduría hacen fuerte a un órgano para
vivir, podía a través de una mejora científica de esas cualidades, una clase de
brío nervioso a pesar de los daños más graves, defectos, incluso la falta de
energía en órganos específicos. Podía algún día, dijo medio en broma, enseñarme
a vivir - o al menos a poseer algún tipo de existencia
consciente - ¡sin tener corazón en absoluto!. Por su parte, estaba
afligido con unas enfermedades complicadas que requerían una muy acertada
conducta que incluía un frío constante. Cualquier subida de la temperatura
señalada podría, si se prolongaba, afectarle fatalmente; y la frialdad de su
habitación - alrededor de 55 ó 56 grados Fahrenheit - era mantenida por un
sistema de absorción de amoníaco frío, y el motor de gasolina de esa bomba, que
yo había oído a menudo en mi habitación. Aliviado de mi ataque en un tiempo
asombrosamente corto, abandoné el frío lugar como discípulo y devoto del
superdotado recluso. Después de eso le pagaba con frecuentes visitas;
escuchando mientras me contaba investigaciones secretas y los más o menos
terribles resultados, y temblaba un poco cuando examinaba los singulares y
curiosamente antiguos volúmenes de sus estantes. Finalmente fui, puedo añadir,
curado del todo de mi afección por sus hábiles servicios. Parecía no desdeñar
los conjuros de los medievalistas, dado que creía que esas fórmulas enigmáticas
contenían raros estímulos psicológicos que, concebiblemente, podían tener
efectos sobre la esencia de un sistema nervioso del cuál partían los pulsos
orgánicos. Había conocido por su influencia al anciano Dr. Torres de Valencia,
quién había compartido sus primeros experimentos y le había orientado a través
de las grandes afecciones de dieciocho años atrás, de dónde procedían sus
desarreglos presentes. No hacía mucho el venerable practicante había salvado a
su colega de sucumbir al hosco enemigo contra el que había luchado. Quizás la
tensión había sido demasiado grande; el Dr. Muñoz lo hacía susurrando claro,
aunque no con detalle - que los métodos de curación habían sido de lo más
extraordinarios, aunque envolvía escenas y procesos no bienvenidos por los
galenos ancianos y conservadores. Según pasaban las semanas, observé con pena
que mi nuevo amigo iba, lenta pero inequívocamente, perdiendo el control, como
la Sra. Herrero había insinuado. El aspecto lívido de su semblante era intenso,
su voz a menudo era hueca y poco clara, su movimiento muscular tenía menos
coordinación, y su mente y determinación menos elástica y ambiciosa. A pesar de
este triste cambio no parecía ignorante, y poco a poco su expresión y
conversación emplearon una ironía atroz que me restituyó algo de la sutil
repulsión que originalmente había sentido. Desarrolló extraños caprichos,
adquiriendo una afición por las especias exóticas y el incienso Egipcio hasta
que su habitación olía como la cámara de un faraón sepultado en el Valle de los
Reyes. Al mismo tiempo incrementó su demanda de aire frío, y con mi ayuda
amplió la conducción de amoníaco de su habitación y modificó la bomba y la
alimentación de su máquina refrigerante hasta poder mantener la temperatura por
debajo de 34 ó 40 grados, y finalmente incluso en 28 grados; el baño y el
laboratorio, por supuesto, eran los menos fríos, a fin de que el agua no se
congelase, y ese proceso químico no lo podría impedir. El vecino de al lado se
quejaba del aire gélido de la puerta contigua, así que le ayudé a acondicionar
unas pesadas cortinas para obviar el problema. Una especie de creciente temor,
de forma estrafalaria y mórbida, parecía poseerle. Hablaba incesantemente de la
muerte, pero reía huecamente cuando cosas tales como entierro o funeral eran
sugeridas gentilmente. Con todo, llegaba a ser un compañero desconcertante e
incluso atroz; a pesar de eso, en mi agradecimiento por su curación no podía
abandonarle a los extraños que le rodeaban, y me aseguraba de quitar el polvo a
su habitación y atender sus necesidades diarias, embutido en un abrigo amplio
que me compré especialmente para tal fin. Asimismo hice muchas de sus compras,
y me quedé boquiabierto de confusión ante algunos de los productos químicos que
pidió de farmacéuticos y casas suministradoras de laboratorios. Una creciente e
inexplicable atmósfera de pánico parecía elevarse alrededor de su apartamento.
La casa entera, como había dicho, tenía un olor rancio; pero el aroma en su
habitación era peor - a pesar de las especias y el incienso, y los acres
productos químicos de los baños, ahora incesantes, que él insistía en tomar sin
ayuda. Percibí que
debía estar relacionado con su dolencia, y me estremecía cuando
reflexioné sobre que dolencia podía ser. La Sra. Herrero se apartaba cuando se
encontraba con él, y me lo dejaba sin reservas a mí; incluso no autorizaba a su
hijo Esteban a continuar haciendo los recados para él. Cuándo sugería otros
médicos, el paciente se encolerizaba de tal manera que parecía no atreverse a
alcanzar. Evidentemente temía los efectos físicos de una emoción violenta, aún
cuando su determinación y fuerza motriz aumentaban más que decrecía, y rehusaba
ser confinado en su cama. La dejadez de los primeros días de su enfermedad dio
paso a un brioso retorno a su objetivo, así que parecía arrojar un reto al
demonio de la muerte como si le agarrase un antiguo enemigo. El hábito del almuerzo,
curiosamente siempre de etiqueta, lo abandonó virtualmente; y sólo un poder
mental parecía preservarlo de un derrumbamiento total. Adquirió el hábito de
escribir largos documentos de determinada naturaleza, los cuáles sellaba y
rellenaba cuidadosamente con requerimientos que, después de su muerte,
transmitió a ciertas personas que nombró - en su mayor parte de las Indias
Orientales, incluyendo a un celebrado médico francés que en estos momentos
supongo muerto, y sobre el cuál se había murmurado las cosas más inconcebibles.
Por casualidad, quemé todos esos escritos sin entregar y cerrados. Su aspecto y
voz llegaron a ser absolutamente aterradores, y su presencia apenas soportable.
Un día de septiembre con un solo vistazo, indujo un ataque epiléptico a un
hombre que había venido a reparar su lámpara eléctrica del escritorio; un
ataque para el cuál recetó eficazmente mientras se mantenía oculto a la vista.
Ese hombre, por extraño que parezca, había pasado por los horrores de la Gran
Guerra sin haber sufrido ningún temor. Después, a mediados de octubre, el
horror de los horrores llegó con pasmosa brusquedad. Una noche sobre las once
la bomba de la máquina refrigeradora se rompió, de esta forma durante tres
horas fue imposible la aplicación refrigerante de amoníaco. El Dr. Muñoz me
avisó aporreando el suelo, y trabajé desesperadamente para reparar el daño
mientras mi patrón maldecía en tono inánime, rechinando cavernosamente más allá
de cualquier descripción. Mis esfuerzos aficionados, no obstante, confirmaron
el daño; y cuando hube traído un mecánico de un garaje nocturno cercano, nos
enteramos de que nada se podría hacer hasta la mañana siguiente, cuando se
obtuviese un nuevo pistón. El moribundo ermitaño estaba furioso y alarmado,
hinchado hasta proporciones grotescas, parecía que se iba a hacer pedazos lo
que quedaba de su endeble constitución, y de vez en cuando un espasmo le
causaba chasquidos de las manos a los ojos y corría al baño. Buscaba a tientas
el camino con la cara vendada ajustadamente, y nunca vi sus ojos de nuevo. La
frialdad del aposento era ahora sensiblemente menor, y sobre las 5 de la mañana
el doctor se retiró al baño, ordenándome mantenerle surtido de todo el hielo
que pudiese obtener de las tiendas nocturnas y cafeterías. Cuando volvía de mis
viajes, a veces desalentadores, y situaba mi botín ante la puerta cerrada del
baño, dentro podía oír un chapoteo inquieto, y una espesa voz croaba la orden
de "¡Más, más!". Lentamente rompió un caluroso día, y las tiendas
abrieron una a una. Pedí a Esteban que me ayudase a traer el hielo mientras yo
conseguía el pistón de la bomba, o conseguía el pistón mientras yo continuaba
con el hielo; pero aleccionado por su madre, se negó totalmente. Finalmente,
contraté a un desaseado vagabundo que encontré en la esquina de la Octava
Avenida para cuidar al enfermo abasteciéndolo de hielo de una pequeña tienda
donde le presenté, y me empleé diligentemente en la tarea de encontrar un
pistón de bomba y contratar a un operario competente para instalarlo. La tarea parecía
interminable, y me enfurecía tanto o más violentamente que el ermitaño cuando
vi pasar las horas en un suspiro, dando vueltas a vanas llamadas telefónicas, y
en búsquedas frenéticas de sitio en sitio, aquí y allá en metro y en coche.
Sobre el mediodía encontré una casa de suministros adecuada en el centro, y a
la 1:30, aproximadamente, llegué a mi albergue con la parafernalia necesaria
y dos mecánicos robustos e inteligentes. Había hecho todo lo que había
podido, y esperaba llegar a tiempo. Un terror negro, sin embargo, me había
precedido. La casa estaba en una agitación completa, y por encima de una
cháchara de voces aterrorizadas oí a un hombre rezar en tono intenso. Había
algo diabólico en el aire, y los inquilinos juraban sobre las cuentas de sus
rosarios como percibieron el olor de debajo de la puerta cerrada del doctor. El
vago que había contratado, parece, había escapado chillando y enloquecido no
mucho después de su segunda entrega de hielo; quizás como resultado de una
excesiva curiosidad. No podía, naturalmente, haber cerrado la puerta tras de
sí; a pesar de eso, ahora estaba cerrada, probablemente desde dentro. No había
ruido dentro a excepción de algún tipo de innombrable, lento y abundante goteo.
En pocas palabras me asesoré con la Sra. Herrero y el trabajador a pesar de que
un temor corroía mi alma, aconsejé romper la puerta; pero la casera encontró
una forma de dar la vuelta a la llave desde fuera con algún trozo de alambre.
Previamente habíamos abierto las puertas de todas las habitaciones de ese
pasillo, y abrimos todas las ventanas al máximo. Ahora, con las narices
protegidas por pañuelos, invadimos temerosamente la odiada habitación del sur
que resplandecía con el caluroso sol de primera hora de la tarde. Una especie
de oscuro, rastro baboso se dirigía desde la abierta puerta del baño a la
puerta del pasillo, y de allí al escritorio, donde se había acumulado un
terrorífico charquito. Algo había garabateado allí a lápiz con mano terrible y
cegata, sobre un trozo de papel embadurnado como si fuera con garras que
hubieran trazado las últimas palabras apresuradas. Luego el rastro se dirigía
al sofá y desaparecía. Lo que estaba, o había estado, sobre el sofá era algo
que no me atrevo decir. Pero lo que temblorosamente me desconcertó estaba sobre
el papel pegajoso y manchado antes de sacar una cerilla y reducirlo a cenizas;
lo que me produjo tanto terror, a mí, a la patrona y a los dos mecánicos que
huyeron frenéticamente de ese lugar infernal a la comisaría de policía más
cercana. Las palabras nauseabundas parecían casi increíbles en ese soleado día,
con el traqueteo de coches y camiones ascendiendo clamorosamente por la
abarrotada Calle Decimocuarta, no obstante confieso que en ese momento las
creía. Tanto las creo que, honestamente, ahora no lo sé. Hay cosas acerca de
las cuáles es mejor no especular, y todo lo que puedo decir es que odio el olor
del amoníaco, y que aumenta mi desfallecimiento frente a una extraordinaria
corriente de aire frío. El final, decía el repugnante garabato, ya está aquí.
No hay más hielo - el hombre echó un vistazo y salió corriendo. Más calor cada
minuto, y los tejidos no pueden durar. Imagino que sabes - lo que dije sobre la
voluntad y los nervios y lo de conservar el cuerpo después de que los órganos
dejasen de funcionar. Era una buena teoría, pero no podría mantenerla
indefinidamente. Había un deterioro gradual que no había previsto. El Dr.
Torres lo sabía, pero la conmoción lo mató. No pudo soportar lo que tenía que
hacer - tenía que meterme en un lugar extraño y oscuro, cuando prestase
atención a mi carta y consiguió mantenerme vivo. Pero los órganos no volvieron
a funcionar de nuevo. Tenía que haberse hecho a mi manera - conservación - pues
como se puede ver, fallecí hace dieciocho años.
LA CATACUMBA (P.SHILSTON)
Peter Shilston
Hasta la fecha, Rosemary Pardoe ha publicado dos excelentes libritos de
cuentos dedicados a M. R. James, conteniendo artículos relativos a la obra del
famoso escritor
inglés junto con relatos originales escritos al estilo de este maestro
de las historias de fantasmas. Peter Shilston ha visto dos de sus narraciones
incluidas en ellos, así como algunas otras en distintas publicaciones
especializadas. Aunque la reimpresión aquí de La catacumba puede que sea su
primera aparición como profesional en el campo de los relatos de ficción,
Shilston lleva publicados más de setenta artículos sobre el tema de la gimnasia
femenina, en cuyo deporte trabaja como entrenador y como corresponsal para
diversas revistas británicas y norteamericanas.
Nacido en 1946, Shilston, que vive en Stoke-on-Trent, se graduó en
historia en Cambridge y se gana la vida como profesor de historia. Empezó a
interesarse por lo fantástico a la edad de once años, cuando comenzó a leer a
J. R. R. Tolkien, seguido por M. R. James y Jorge Luis Borges. «La catacumba
-explica Shilston- está basada en realidad en una visita que efectué a Sicilia
hace dos años. La ciudad y la catedral representan Cefalú (el emplazamiento,
casualmente, de la famosa «abadía» de Aleister Crowley); la propia catacumba es
el cementerio capuchino de Palermo». De todos modos, creo que yo no debería
consultar mis guías de viaje en busca de esa catedral.
Estoy relatando esta historia tal como me fue contada. Imaginen si
pueden un autocar efectuando la visita de la isla de Sicilia a mediados de
agosto, transportando un par de docenas de turistas ingleses de vacaciones,
ansiosos de inspeccionar los lugares habituales de interés... Palermo en dos
días, Agrigento en otros dos, Siracusa mereciendo sólo uno, un viaje en
telesilla hasta la cima del Etna, y luego de vuelta a casa. El tipo de gente
que uno encuentra en tales viajes es invariablemente el mismo: cierto número de
maestros de escuela, serias parejas de jubilados, padres que han traído
equivocadamente a sus hijos y están empezando a preguntarse por qué no se han
ahorrado problemas yendo simplemente a la playa, y un puñado de personas solas
sin ningún lazo aparente. Además, su comportamiento es siempre el mismo:
algunos pasan todo el tiempo gruñendo sobre la calidad de los hoteles y la
comida, los jóvenes se preguntan por qué no hay chicas jóvenes y atractivas
disponibles en el viaje, los niños se aburren, y los maestros de escuela cargan
por todos lados con sus mapas y sus guías y toman muchas fotos. Otros no
parecen mostrar el menor interés por los lugares históricos y pasan todo su
tiempo sentados en el café más próximo o comprando los recuerdos más horribles
y variados.
Ese autocar en particular era uno de los típicos, creo. Entre sus
miembros había un tal señor Pearsall, un tranquilo y solitario hombre de
mediana edad de apariencia vagamente erudita. Había gozado del viaje turístico
y se había mostrado convenientemente impresionado por los templos griegos de
Agrigento y los mosaicos de la gran catedral de Monreale, pero no había
conseguido hacer amistad con ninguno de los demás pasajeros, y como las
vacaciones estaban a un par de días de su término empezaba a considerar el
regreso a casa. En consecuencia, se mostró ligeramente irritado cuando la vieja
señora Tavistock, en la parte de atrás del autocar, empezó a quejarse de
dolores en el estómago. No había dejado de quejarse en todo el viaje, pero
ahora parecía realmente enferma, lo que dio como resultado que Giuliano, el
guía, pidiera al conductor que se detuviera en el primer pueblo a fin de buscar
un doctor.
El primer pueblo resultó ser un conjunto de casas que ni siquiera estaba
señalizado en los mapas, apiñadas debajo de un enorme farallón, sin ningún
rasgo característico que permitiera distinguirlo de cualquiera de los otros
cincuenta pequeños pueblos por los que habían cruzado a lo largo de su camino.
Allí Giuliano fue en busca de un médico, dejando a sus turistas medio
adormilados, leyendo ociosamente sus libros o charlando de cosas inconcretas.
Era la media tarde, y el sol caía con fuerza. Todos los sicilianos
sensatos estaban dentro de sus casas durmiendo la siesta. Todos los
postigos de las ventanas estaban cerrados, y no se veía ni un alma en la calle.
Al cabo de un rato regresó Giuliano, lamentando informarles que iban a
tener que esperar al menos una hora antes de que la señora Tavistock pudiera
recibir atención y ellos pudieran continuar. Mientras tanto, podían salir y
estirar las piernas, aunque era difícil que hallaran algo abierto. El autocar
haría sonar el claxon para llamarles de vuelta cuando llegara el momento. En
este punto se enzarzó en una animada conversación en italiano con Umberto, el
conductor, que hizo varios gestos enfáticos, resultado de los cuales fue una
información no demasiado alentadora. La gente del lugar, dijo Giuliano, no era
muy sociable precisamente, de modo que los turistas no iban a encontrar muchas
facilidades. Los autocares normalmente no se paraban nunca allí, y no tenía el
menor objeto visitar el pueblo; realmente, no tema nada que ofrecer. Expresó de
nuevo su consternación y habló unas cuantas palabras más con Umberto. El
conocimiento del italiano del señor Pearsall no era demasiado grande, pero
creyó captar que «no es probable que surjan complicaciones si van todos
juntos».
Sin embargo, el señor Pearsall no tenía la menor intención de permanecer
con los demás mientras se quedaban parados sin saber qué hacer. Había
vislumbrado una iglesia en la parte de debajo de una calle lateral cuando
penetraban en el pueblo, le pareció antigua y sorprendentemente grande para un
lugar tan insignificante, y pensó que quizá valdría la pena efectuar una visita
de exploración. Las «complicaciones» que Giuliano había mencionado (suponiendo
que lo hubiera comprendido bien) podían interpretarse como ladrones. Les había
advertido que tuvieran cuidado con los tirones de bolsos en las grandes
ciudades, pero era muy poco probable que bandas de asaltantes se molestaran en
patrullar un pueblo donde los turistas no se paraban nunca. Las calles
aparecían absolutamente desiertas. Además, el señor Pearsall aún estaba en
buena forma, e imaginaba que podía defender sus pertenencias contra cualquier
tipo de ratero; o, en el peor de los casos, echar a correr lo suficientemente
rápido como para librarse de él. Así pues, agarrando su cámara, comunicó su
pretendido destino a otro pasajero (que no demostró ni la más pequeña
inclinación a acompañarle) y partió decidido.
Las calles laterales del pueblo eran muy estrechas y ascendían en
pronunciada pendiente la colina hacia el imponente farallón que lo dominaba
desde arriba. Algunas de ellas tenían gradas. El señor Pearsall se preguntó si
no sería claustrofóbico vivir bajo aquella gran sombra negra, y también
especuló acerca de si el pueblo no habría sufrido nunca daños por la caída de
rocas. Tras un par de vueltas por calles sin salida, desembocó en una pequeña
placita pavimentada con guijarros, y tan desprovista de gente como el resto del
pueblo, que daba paso a la iglesia. Una mirada al sol le indicó que estaba
acercándose a ella por su lado oeste: la esquina meridional casi tocaba la base
del farallón. Debido a que tenía exactamente el mismo color y textura que
aquella imponente masa, la iglesia daba la inquietante impresión de haber sido
tallada, por la mano de un gigante, de un solo bloque de la enorme roca.
Su primera sensación, nos dijo el señor Pearsall, fue de gran vejez y
ruina general. La iglesia parecía mucho más vieja que los templos dóricos de
Agrigento que habían admirado aquella misma semana, aunque su intelecto le
decía que aquél no podía ser el caso. Supuso que debía tratarse de un edificio
normando, aunque posiblemente erigido sobre unos cimientos aún más viejos:
árabes o incluso romanos. El estilo era sin embargo lo suficientemente típico,
aunque más bien fuera de proporciones. Dos achaparradas y pesadas torres, con
muy pocas ventanas (y además muy pequeñas), flanqueaban un pórtico de tres
amplios arcos puntiagudos. La escasa decoración que pudo existir en algún
momento allí, apenas era ahora discernible. Parecía como si en su época hubiese
habido frescos en el interior del pórtico, pero ahora el enlucido estaba
terriblemente cuarteado, y en algunos lugares había caído por completo.
Sólo unas pocas e imprecisas siluetas de figuras humanas -presumiblemente
santos- podían descubrirse aún. Había una gran puerta de madera, deteriorada y
carcomida, con paneles tallados en lo que en su tiempo habían sido recargados
esquemas abstractos. Influencia morisca, se dijo a sí mismo el señor Pearsall,
y empujó la puerta. Estaba cerrada. Aquello era predecible bajo cualquier
circunstancia, pero aun así irritante. El señor Pearsall retrocedió hasta la
plaza para tomar una foto, y luego miró su reloj. Apenas habían pasado quince
minutos desde que abandonara el autocar y aún quedaba mucho tiempo que matar.
El día era más caluroso que nunca, y si había algunas tiendas en aquella plaza
olvidada de Dios, todas estaban resueltamente cerradas. Decidió dar la vuelta a
la iglesia, a falta de otra cosa que hacer. Además, durante parte del recorrido
estaría en la sombra, donde haría más fresco. Sin gran entusiasmo, inició el
camino. Era un hombre de temperamento tranquilo, pero si había algo que le
irritaba era encontrarse de pronto sin nada que hacer cuando había confiado en
estar ocupado.
A lo largo del lado sur, las cerradas casas estaban situadas tan cerca
de la iglesia que la calle más bien parecía un túnel. No había avanzado gran
cosa cuando observó una pequeña puerta lateral. No debe sorprendemos que
intentara abrirla. Para su gran alegría, descubrió que no estaba cerrada con
llave. Sorprendido ante su buena suerte, y felicitándose por su persistencia,
penetró en el interior.
Al principio no vio nada, tan oscuro estaba después del fuerte
resplandor del sol de la tarde allá afuera. Muy pronto, los ojos del señor
Pearsall se acostumbraron a la penumbra y fue capaz de mirar a su alrededor.
Inmediatamente supo que su paseo había sido provechoso. Con su metódica
costumbre, empezó a clasificar cuanto podía ver. Una larga y alta nave, con
pequeñas naves laterales a ambos lados. Claramente, otra iglesia normanda, con
los puntiagudos arcos aprendidos de los árabes. Pero, a diferencia de algunas
de las otras que había visto en sus visitas, aquella no había sido reformada
durante el período barroco. No se veía ninguna pilastra corintia. Los capiteles
de las columnas parecían una masa de grotesca talla, aunque estaban tan sucios
de un espeso tizne que no podían distinguirse claramente. Por supuesto, todo el
interior estaba muy sucio; los bancos llenos de polvo y las velas tan
descoloridas que parecía como si no hubieran sido encendidas en años. Sin lugar
a dudas, no esperaban visitantes, puesto que no había guía alguno para la
visita ni postales visibles por ningún lado.
Entonces el señor Pearsall vio los mosaicos. Había sido iniciado ya en
las maravillas que los normandos habían legado a Sicilia al respecto, con
muestras tan asombrosas como las de la catedral de Monreale y la Capilla
Palatina en Palermo, pero, pese a ello, los ejemplos de aquel arte desplegados
en aquel lugar apartado le hicieron perder el aliento. Allí, algún anónimo
artesano del siglo XII había tomado el estilo bizantino y lo había interpretado
con un vigor y un álito propios. Una verdadera biblia popular de sorprendente
fuerza cubría las paredes. El señor Pearsall olvidó por completo el paso del
tiempo mientras seguía aquellos tesoros. Allí estaba la creación del mundo en
una secuencia de siete cuadros, y allí estaban Adán y Eva tentados por la
serpiente y expulsados del Paraíso. Seguían más escenas: Caín asesinando a
Abel, la construcción del Arca, la embriaguez de Noé, la Torre de Babel,
Abraham y la destrucción de las Ciudades de la Llanura, el sacrificio de Isaac;
y así muchas más, cada una más sorprendente que la anterior.
Resultaba extraño, pensó el señor Pearsall mientras avanzaba de escena
en escena lleno de maravilla y admiración, que los habitantes de aquel pueblo
desanimaran a los turistas. Allí tenían algunos de los mosaicos más excelentes
de la isla, si no de toda Italia, y sin embargo dejaban que fueran
deteriorándose lejos de la vista, en una sucia iglesia cerrada. Solamente con
un poco de iniciativa y energía por parte de las
autoridades del pueblo, era seguro que los visitantes acudirían en
tromba para ver tales maravillas. ¿Qué tenían en contra de los turistas? Seguro
que en el lugar había suficientes propietarios de cafés en perspectiva y
vendedores de recuerdos como para insistir en que se hiciera algo. ¿Por qué la
iglesia no se mencionaba en ninguna de las guías turísticas que tan asiduamente
había leído antes de iniciar el viaje? Tales eran los pensamientos que cruzaron
la mente del señor Pearsall, pero al cabo de un rato empezó a sufrir otras
dudas.
Se le hizo evidente que, aunque el artista poseía un gran vigor natural,
era la plasmación del mal lo que más atraía lo mejor de su arte. La serpiente
en el Jardín del Edén, por ejemplo, poseía un rostro humano que exhibía una
siniestra y seductora mirada de soslayo. En la historia de Caín y Abel, no
había la menor duda de que era Caín quien representaba al héroe: Abel, mientras
yacía impotente en el suelo, era un simple y desventurado bobalicón, mientras
que su asesino, de pie sobre él con una espada alzada para hendirle el cráneo,
estaba lleno de potencia salvaje. En Babel, los soldados del rey Nimrod
parecían meros autómatas sin voluntad. Por su parte, el cuadro de Saúl y la
bruja de Endor estaba situado en el extremo más oscuro de la iglesia, quizá deliberadamente,
cubierto de telarañas. Tras examinarlo de cerca, el señor Pearsall casi se
alegró de ello, porque dentro de la cueva de la bruja había algunas
desagradables formas no humanas que quizá hubiera sido mejor no exponerlas a la
vista.
«Quizás el artista era un maniqueo -se dijo el señor Pearsall-, un
cátaro o un albigense. (¿O son todos lo mismo? ¿He tomado bien las fechas?),
más convencido de la existencia del mal que de la del bien. Quizá sus mosaicos
fueron condenados por heréticos. Pero, en ese caso, ¿por qué no fueron
destruidos, en vez de mantener cerrada la iglesia? Me pregunto qué habrá hecho
con el Nuevo Testamento...»
Aquellos mosaicos aún le resultaron más turbadores. El señor Pearsall no
pudo descubrir una Anunciación, ni siquiera una Natividad, pero había una
horriblemente realista Matanza de los Inocentes, en la cual se representaba un
amplio número de ingeniosos y repugnantes medios para asesinar niños, mientras
el rey Heredes permanecía sentado en su trono, contemplando la carnicería y
riendo. El retrato de Judas recibiendo sus treinta monedas de plata por parte
de Caifas hubiera sido considerado una obra maestra de todos los tiempos, de no
haber sido tan absolutamente desagradable. Y así seguía... a través de varios
detestables retratos de gente poseída por los demonios, a través de las
historias de Simón Mago y Ananías, los cuales eran de nuevo la más viva caracterización
de sus respectivas escenas, hasta el aterrador cuadro de los Cuatro Jinetes del
Apocalipsis.
En ese momento, el señor Pearsall no sólo estaba claramente trastornado
por los mosaicos, sino que empezaba a sentirse francamente mal. Al principio la
iglesia estaba en completo silencio, pero ahora parecía llena de pequeños
ruidos incapaces de localizar. Sus pasos resonaban una y otra vez en un largo
decrescendo, pero parecía como si les respondiesen extraños roces y crujidos.
Sin duda eran los sonidos normales de la vida roedora, o de una madera
envejecida al inicio de su penosa muerte, pero cuando, como el señor Pearsall,
uno se encuentra solo en una antigua iglesia en medio de un pueblo extraño,
donde ni siquiera un solo habitante ha mostrado aún su rostro y donde además
uno está rodeado por las más inquietantes ilustraciones del mal bíblico, tales
explicaciones racionales pierden inevitablemente fuerza. Una o dos veces
contuvo el aliento y permaneció completamente inmóvil para ver si los ruidos
continuaban. No sólo por eso, sino que además tema la creciente sensación de
que estaba siendo observado. Probablemente sólo eran los rostros de los
mosaicos los que le provocaban aquello, pero en más de una ocasión pensó que
había visto un movimiento exactamente en su ángulo de visión. Alarmado, dio
media vuelta sólo para descubrir que no había
nada.
Finalmente llegó ante una Virgen María que no sólo estaba desprovista de
la habitual serenidad, sino que además poseía la voluptuosidad de un vampiro.
Tan sorprendente era su expresión, que por un momento pensó que debía tratarse
de una representación de la Prostituta Escarlata de Babilonia, pero no, tenía
la postura y las ropas habituales de la Virgen. Además, en sus brazos estaba el
niño Jesús, un horrible pequeño con una untuosa y mojigata sonrisa que hizo
pensar al señor Pearsall en el saciado apetito hacia algo perverso. Se
estremeció y sintió una sensación de tan agudo desagrado que por un momento
olvidó completamente los ruidos.
Durante todo aquel tiempo había evitado mirar hacia el lado este,
procurando reservar para el final la visión de lo que siempre era la gloria de
las iglesias sicilianas: la gran figura de Cristo en el ábside encima del
altar. Incapaz de contenerse por más tiempo, volvió su mirada en aquella
dirección.
Por supuesto, era una obra maestra, pese a la suciedad y a las telarañas
que lo envolvían. Como es costumbre, la imagen representaba la cabeza y los
hombros de Cristo, vestido de rojo y azul, el brazo derecho levantado para dar
la bendición, el izquierdo sosteniendo un libro abierto escrito en griego. El
tratamiento dado por el desconocido artista era maravilloso, pero la expresión
en el rostro de Cristo únicamente podía calificarse de horrible: una maligna
sonrisa de desprecio, la mirada muy penetrante. El señor Pearsall no sabía
griego, pero sospechó que las palabras escritas en la página abierta del libro
no eran ningún texto normal de las escrituras. Y la mano derecha... ¿Era el
gesto habitual de bendición? ¿O el primero y último dedos estaban erguidos
con... el conocido gesto de los cuernos del diablo?
«Ésta es una iglesia blasfema -se dijo el señor Pearsall a sí mismo-.
Los mosaicos pueden ser excelentes, pero también son terribles. Algún obispo,
quizá incluso el Papa, los condenó e hizo que la iglesia fuera cerrada. Ni
siquiera la gente del pueblo querrá hablar de ellos porque sigue siendo gente
muy religiosa, ni dejará que los turistas entren en ella. En realidad, esos
cuadros son capaces de provocar pesadillas a cualquiera. Bien, me alegro de
haberlos visto, pero éste no es un lugar agradable para visitar solo.» Miró a
su reloj, y casi se sintió aliviado al descubrir que su hora había
prácticamente expirado. Eso le dio una excusa para marcharse sin explorar el
resto de la iglesia. Con paso rápido, que cualquier observador imparcial
hubiera dicho que estaba peligrosamente cerca de una carrera motivada por el
pánico, volvió a la puerta del lado sur por donde había entrado.
Estaba cerrada.
Durante un rato, el señor Pearsall luchó con la puerta de forma más bien
fútil, sacudiéndola, girando a un lado y a otro la manija metálica, intentando
averiguar si se había quedado trabada con algo, pero enteramente incapaz de
conseguir algún resultado. Golpeó la puerta con la palma de las manos y le dio
patadas, con lo que un gran estruendo resonó formando múltiples ecos por toda
la iglesia, parecidos a una salva de cañonazos, y hasta el día de hoy jura que
desde algún lugar le llegó como respuesta una especie de siniestra risita.
Con un considerable esfuerzo, logró tranquilizarse.
«Eso es estúpido -se dijo a sí mismo-. Probablemente se trata de algún
vigilante que olvidó cerrar la iglesia antes de la siesta, y sólo se dio cuenta
de su error cuando despertó. Debe de ser un hombre muy estúpido o descuidado,
de lo contrario hubiese mirado para comprobar si había alguien dentro.»
De todos modos, no deseaba volver a golpear de nuevo la puerta y obtener
aquel horrible eco, así que decidió buscar otra puerta que pudiera estar
abierta. La lógica le sugería que debía haber una en el lado norte, quizá
abriéndose a un claustro o algo
parecido. Cruzó la nave con una cierta ansiedad nerviosa (y evitando
cuidadosamente mirar la blasfema figura del Cristo, aunque podía sentir la
cruel mirada clavada en él con una fuerza casi tangible) y fue en su busca.
Por supuesto, existía una puerta en el ángulo de la nave lateral norte,
y no estaba cerrada, aunque daba la sensación de que hacía mucho tiempo que no
había sido abierta. Necesitó desarrollar una gran fuerza para hacerla girar.
Chirrió horriblemente mientras se abría hacia dentro, dejando escapar una
lluvia de polvo, y un peculiar olor a moho se expandió por el aire. El señor
Pearsall se encontró ante un tramo de gastados peldaños de piedra que
descendían hacia la oscuridad.
Aquello no parecía en absoluto una salida. De hecho, el olor sugería que
la cámara inferior, fuera lo que fuese, estaba completamente aislada del aire
exterior, y así había estado durante mucho tiempo. Era un camino nada
prometedor para alguien que deseaba abandonar el edificio, e incluso hoy el
señor Pearsall no ha sido nunca capaz de proporcionar una explicación
satisfactoria del porqué decidió descender aquellos peldaños. Ya era tarde, y
después del turbador efecto de los mosaicos, la mayor parte de su celo
explorador se había evaporado. Sin embargo, no conseguía resistir la atracción
de aquel umbral. Más tarde se preguntó si realmente había poseído un completo
control de sus movimientos. Todo aquel lugar tenía un aire claramente
siniestro; pese a todo, empujó la puerta hasta abrirla por completo y dio sus
primeros pasos tentativos hacia la descendente oscuridad.
La escalera era larga y curiosamente húmeda pese a la sequedad del
clima. Muy pronto, todo rastro de luz procedente del cuerpo principal de la
iglesia (que le había parecido tan tenebrosa cuando entró) desapareció,
viéndose obligado a sacar el encendedor de su bolsillo y avanzar a la luz de la
oscilante llama. Giró un recodo bajo un amenazante arco de piedra sin
desbastar, descendió una rampa, y se quedó con la boca abierta ante la visión.
Era una catacumba. Un largo corredor se abría ante él, con pasadizos
laterales a ambos lados. Quizá cubría toda el área bajo la nave. Y estaba
habitada. Una larga hilera doble de formas humanas se alineaba en cada
pasadizo. Todas las clases y edades tenían sus representantes allí: hombres,
mujeres y niños, monjes y guerreros, eruditos y damas encopetadas. Todos
vestidos con ropas que en su tiempo debieron de ser las mejores; pieles, sedas
y trajes recamados, ahora lamentablemente rotos y deteriorados, pero conservando
aún un destello de su pasada gloria. Y todos tenían rostro, puesto que
evidentemente se había gastado mucho ingenio para conservar los cuerpos, aunque
con distintos grados de éxito. Había una muchachita cuyas ropas parecían tener
al menos doscientos años de antigüedad, pero que por su piel y su pelo
cualquiera hubiera dicho que estaba dormida. Sin embargo, más allá, un hombre
con ropas de clérigo había perdido su nariz y sus mejillas, y sus ojos se
habían degradado hasta convertirse en unos glóbulos lechosos. Y algo más
apartado, un soldado con coraza de acero repujado, que quizá fuera un
mercenario del período del Renacimiento, había perdido enteramente su carne,
sonriendo impávido desde su calavera desnuda.
¡Pobre señor Pearsall! El efecto habría sido ya bastante desagradable
bajo una potente luz eléctrica y rodeado por sus compañeros de viaje, pero
allí, completamente solo, encerrado, y tras la alarma y el trastorno de
aquellos horribles mosaicos, y sólo con una tenue llama para protegerle de la
oscuridad, la impresión fue abrumadora. Jamás ha conseguido explicar por qué no
dio media vuelta y salió huyendo. Se refugia diciendo que «sintió como una
llamada» que le atraía hacia allí. Realmente es irrefutable que caminó
adentrándose en aquel pasillo, por entre aquellas espeluznantes hileras de
muertos, el horror apoderándose de él, entrando en él, pero totalmente incapaz
de retroceder.
Todos aquellos cuerpos llevaban allí mucho tiempo. El conocimiento que
el señor Pearsall tenía de la historia de la indumentaria no era muy grande,
pero estaba completamente seguro de que ninguno de aquellos deteriorados
atuendos se había colocado más allá de mediado el siglo XVIII, y sin embargo la
mayoría parecían medievales. Lo que le quedaba de su mente racional le dijo que
catacumbas similares eran algo común en todas partes, pero tal pieza de
información parecía extraordinariamente inútil. A medida que penetraba en la
catacumba, le parecía retroceder en el tiempo hasta los inicios de la Edad
Media. Muy pocos de los rostros conservaban carne ya en ellos; algunos casi
estaban desnudos, con las ropas reducidas a pobres andrajos, y otras
simplemente caídas en el suelo. Pero siguió adelante, hasta llegar al final.
Por entonces ya había perdido todo sentido de la orientación, pero
sospechaba que estaba avanzando bajo el altar, bajo el Cristo de los cuernos
del diablo bendiciendo y su malevolente mirada. Y allí estaba el centro de
aquel laberinto de muerte: un gran trono de madera dorada, en buena parte
podrida, donde había un cuerpo sentado, con las espléndidas ropas y la mitra de
un obispo. Todo esto, el señor Pearsall lo vio a distancia, pero a medida que
se iba acercando no miraba directamente a la figura. Intentó forzar la vista
para mirar solamente las zapatillas, pues estaba convencido de que perdería la
razón si miraba más arriba. Pero fue incapaz de luchar cuando una fuerza más
fuerte que su propia mente le hizo levantar gradualmente la cabeza más y más
arriba: la capa consistorial bordada en oro, las esqueléticas manos con el
anillo episcopal rodeando holgadamente el hueso de un dedo, el báculo sujeto
verticalmente en la otra mano, los huesos del rostro desnudos de toda carne,
los risueños dientes amarillos, los ojos... ¡Los ojos! ¡No habían desaparecido!
¡Seguían vivos, penetrantes, mirando fijamente! ¡Dios mío! ¡Los mismos ojos del
Cristo en el mosaico!
El encendedor cayó de la inerte mano del señor Pearsall, que se vio
sumido en la oscuridad. Era un encendedor de forma cilíndrica, y pudo oír cómo
rodaba fuera de su alcance. Por unos breves segundos tanteó inútilmente el
suelo en su busca, luego se dio cuenta de que la búsqueda era inútil. Tendría
que encontrar su camino de salida en una total oscuridad. ¿Cuan lejos estaba?
¿Cuántas vueltas había dado? Agitó sus brazos hacia delante y a ambos lados,
caminó unos pocos pasos, tocó piedra, se volvió, anduvo un poco más hasta que
encontró otro obstáculo, giró de nuevo... Fue en ese instante cuando empezó de
nuevo a oír ruidos, un roce seco, horrible, que hubiese querido pensar que se
trataba de una rata. Iba detrás de él. Avanzó más de prisa y chocó con uno de
los cuerpos. Su rostro se enterró en la podrida tela y sintió cómo los brazos
sin vida rodeaban sus hombros. Perdiendo completamente los nervios, gritó: un
sonido ahogado que se extinguió rápidamente. Corrió a la ventura, golpeó contra
otro cuerpo, volvió a correr y chocó de nuevo. Los cadáveres se estaban
derrumbando a todo su alrededor, y sin embargo aún se oía un roce como si se
arrastraran y un seco y sepulcral crujido detrás de él, también moviéndose. No
rápidamente, pero pronto le alcanzaría si no conseguía hallar las escaleras.
Cayó, se cortó en las manos y gritó de nuevo, pero no de dolor. Perdió la
cuenta de cuántas veces tropezó con obstáculos, hasta que, lleno de arañazos y
sangrante, no pudo ir más allá y se cubrió las espaldas apoyándolas contra el
muro de piedra. El sonido susurrante estaba muy cerca ahora. Luz. ¡Necesitaba
luz! Había perdido su encendedor y no tenía cerillas. Frenéticamente, sus manos
rebuscaron en sus bolsillos esperando un milagro. ¡Por supuesto! ¡Los cubos de
flash para su cámara! Con dedos temblorosos, extrajo uno y tanteó durante lo
que le pareció una eternidad hasta conseguir encajarlo en su lugar. Pulsó el
disparador y nada. ¡Un fracaso! Le dio un cuarto de vuelta y probó otra vez.
Nada tampoco. El sonido susurrante estaba ahora tan sólo a unos pocos
centímetros. ¡Piensa hombre, piensa! ¡Claro! Había
olvidado correr la película, así que el flash no podía funcionar. Haz
pasar la película a inténtalo de nuevo... justo a tiempo...
En el cegador instante pudo verle a no más de un metro de su rostro: las
ropas doradas, la mitra, el cráneo, y los ojos, los terribles ojos...
Debió de perder el conocimiento. Cuando despertó, estaba rodeado por la
brillante luz del día, tendido en el asiento trasero del autocar, y Giuliano se
inclinaba sobre él. El otro turista le había dicho dónde se había dirigido el
señor Pearsall, y cuando vieron que no regresaba a tiempo, Giuliano y Umberto
se habían dirigido a la iglesia en su busca. Al entrar por la puerta sur
(negaron categóricamente que estuviese cerrada) oyeron sus gritos desde la
cripta y vieron el flash. Lo encontraron sin dificultad: estaba a pocos metros
de las escaleras.
Giuliano se sentía más aliviado que irritado, pero reprendió al señor
Pearsall por desordenar los cuerpos de la catacumba. Chocar contra ellos en la
oscuridad podía considerarse una falta de cuidado y poco respeto, pero
arrastrar deliberadamente un cuerpo desde su lugar de reposo... y además el
cuerpo de un obispo...
El señor Pearsall no tuvo fuerzas para discutir.
LA CASA CROGLIN (GRANGE)
El Capitán Fisher también nos contó esta extraordinaria historia,
conectada con su propia familia.
"Fisher," dijo el capitán, " puede sonar un nombre muy
plebeyo, pero su familia es de muy antigua estirpe, y por varios cientos de
años poseyeron un muy curioso lugar en Cumberland, que tenía el extraño nombre
de "casa Croglin". La gran característica de la casa era que nunca,
en ningún período de su larga existencia ha habido más que un alto, aunque
siempre tuvo una terraza desde la cuál grandes terrenos se extendían hacia
donde había una iglesia, y desde donde se tenía una gran vista.
"Cuando, a lo largo de los años, los Fisher acrecentaron en la Casa
Croglin su fortuna y familia, no quisieron cambiar las características del
lugar añadiendo otra torre a la casa, y se marcharon hacia el sur, para residir
en Thorncombe, cerca de Guildford, dejando la Casa Croglin.
"Los Fisher fueron extremadamente afortunados con sus inquilinos,
dos hermanos y una hermana. Ellos escucharon sus encomiables palabras acerca de
todos los cuartos. Sus inquilinos vecinos eran todos buenos y gentiles, les
dieron una gran bienvenida. Por su parte los nuevos inquilinos se vieron muy a
gusto en la nueva residencia. Era como que la Casa Croglin había sido hecha
para ellos.
"El invierno pasó felizmente para los nuevos habitantes de Croglin,
quienes compartían con todoso los pequeños placeres sociales del distrito, y se
hacían de esto modo, muy populares. Al siguiente verano, hubo un día, muy
particular, que hizo un calor terrible, insoportable. Los hermanos estaban
echados bajo un árbol, con sus libros, ya que hacía demasiado calor para llevar
a cabo cualquier tarea física. Ellos habían cenado temprano, y luego de la cena
se sentaron en el porche, disfrutando del aire fresco que trajo la noche, y
mientras miraban la puesta del sol, y la salida de la luna sobre las copas de
los árboles que separaban los campos del cementerio de la iglesia, con unas
nubes bañadas de plata como fondo
"Cuando se separaron por la noche, cada uno se retiró a su
habitación en la planta baja (ya que como dije, no había escaleras en esa
casa), la hermana sintió que el calor era tan intenso que no podía dormir y
habiendo trabado su ventana, no había cerrado los
postigos - ya que en tal tranquilo lugar no era necesario - y, apoyada
en sus almohadones, aún se quedó mirando la maravillosa y espléndida belleza de
esa noche de verano. Gradualmente se percató de dos luces, dos luces que
parpadeaban, en la zona de los árboles que separaban el jardín de los campos de
la iglesia; y, a medida que su vista se prendó de ellas, las vio emerger, y
componerse en una sustancia oscura, algo horrible, que parecía a cada momento
acercarse más y más, aumentando en tamaño y sustancia a medida que se
aproximaba. Durante algunos momentos se perdía entre las sombras que se
extendían por el jardín, desde los árboles, y luego volvía a emerger, más
grande que antes, y aún avanzando. Mientras observaba, el más incontrolable
horror se apoderó de ella. Intentó salir de ahí, pero la puerta estaba cerrada
y la ventana también, y aún la cosa se acercaba a ella. Trató de gritar, pero
su voz estaba como paralizada, su lengua pegada al paladar.
"Repentinamente, ella nunca pudo explicarlo porque, el terrible
objeto pareció volverse sobre un lado, como si fuera a rodear la casa, y
después de todo, no viniera por ella. Inmediatamente ella saltó de la cama y
acometió contra la puerta; y mientras trataba de destrabarla comenzó a escuchar
scratch, scratch, scratch, contra la ventana, y vio un horrible rostro marrón
con ojos ardientes que la miraba. Aterrorizada, regresó a la cama, pero la
criatura continuaba rascando la ventana, scratch, scratch, scratch. Sintió una
especie de alivio cuando se convenció que la ventana estaba bien cerrada desde
el interior. Súbitamente el rasqueteo cesó, y se escuchó una especie de sonido
como de picotazo. Luego, en su agonía, ¡se dio cuenta que la criatura estaba
picando la unión de los vidrios! El ruido continuó, y un panel de vidrio cayó
dentro de la habitación. Luego el largo y huesudo dedo de la criatura ingresó y
giró la manija de la ventana. La misma se abrió, y la criatura entró en la
habitación, y el terror de la chica fue tan intenso que no pudo gritar, y la
criatura entrelazó sus largos dedos en el cabello de ella, y comenzó a
arrastrarla por la cama. En esta situación violenta se hirió la garganta.
"Cuando pasó esto, su voz se liberó, y pegó un grito, un alarido
con todas sus fuerzas. Sus hermanos se despertaron y salieron de inmediato de
sus cuartos, pero la puerta estaba cerrada por dentro. Fueron a buscar un
atizador y rompieron la cerradura y entraron. Entonces la criatura ya había
escapado por la ventana, y la chica estaba sangrando por una herida que se
había hecho en la garganta, y yacía inconciente a un lado de la cama. Un
hermano persiguió a la criatura, que corría con grandes zancadas bajo la luz de
la luna, hasta que desapareció sobre la pared de los límites del camposanto de
la iglesia. El hermano regresó al lado de su hermana que estaba siendo atendida
por el otro hermano. Ella estaba malherida, y estuvo por morir; pero era de
disposición fuerte, no se dejaba llevar por el romance o la superstición, y
cuando volvió en sí, dijo: 'Lo que pasó fue muy extraordinario, y estoy muy
herida. Me parece inexplicable, pero por supuesto habrá una explicación, y
tenemos que encontrarla. Debe ser que algún lunático ha escapado de un asilo y
ha venido hasta aquí.' La herida se curó, y ella se recompuso, pero el doctor
que fue a atenderla no podía creer que se hubiese recuperado de tan terrible
shock tan fácilmente, e insistió que ella tenía que cambiar de paisaje; así que
su hermano la llevó a Suiza.
"Siendo una chica sensible, cuando fue al extranjero, se interesó
por las novedades del país en que estaba, secó plantas, hizo dibujos, escaló
montañas, y, cuando llegó el otoño, fue quien urgió a sus hermanos de regresar
a Croglin. 'La tenemos desde hace siete años,' dijo, 'y solo hemos estado allí
uno; y siempre hemos tenido dificultades para encontrar casas con solamente un
alto, así que será mejor que regresemos. Los lunáticos no se escapan todos los
días.' Y como ella los urgió, sus hermanos no quisieron nada mejor, y la
familia regresó a Cumberland. Ya que no había escaleras en la casa, les fue
difícil hacer grandes cambios en su disposición. La hermana ocupó la misma
habitación,
aunque jamás volvió a dejar abierto los postigos. Los hermanos tomaron
la habitación opuesta a la de su hermana, y siempre tenían pistolas cargadas
consigo.
-El invierno pasó de lo más pacífica y felizmente. En el mes de marzo la
hermana se despertó una noche por un sonido que le recordó el scratch, scratch,
scratch, sobre el vidrio de la ventana. Y mirando a la ventana, pudo ver
claramente, en el panel superior, el mismo rostro marrón, horripilante y
arrugado, con ojos brillantes, mirándola fijamente. Esta vez gritó tan fuerte
como pudo. Sus hermanos salieron del cuarto, con sus armas en la mano, por la
puerta principal y vieron que la criatura estaba huyendo por el jardín. Uno de
los hermanos hizo fuego y le dio en una pierna, pero la cosa siguió corriendo,
hacia la pared de la iglesia, donde desapareció dentro de una bóveda que
perteneció a una familia que habíase extinto hacía mucho tiempo.
"Al siguiente día los hermanos llamaron a todos los inquilinos de
Croglin, y fueron a abrir la bóveda. Una horrible escena se reveló. La bóveda
estaba repleta de cajones; todos estaban rotos, y sus contenidos horriblemente
despedazados y desfigurados, esparcidos en todo el piso del lugar. Un ataúd
solo permanecía intacto. Ellos levantaron la tapa del mismo, y ahí estaba,
marrón, reseco, arrugado, momificado, pero aún entero, la misma horripilante
figuar que se veía por la ventana de Croglin, con la marca de un reciente
disparo en la pierna; y ellos hicieron, lo único que podía hacerse para
destruír a un vampiro: lo quemaron.
LA CASA DE CTHULHU (B.LUMLEY)
BRIAN LUMLEY
Donde en extraños ángulos se yerguen las murallas,
enjutos centinelas de relucientes sombras
velan la tumba de la inferna1 bestia no muerta...
Y dioses y mortales temen el hollar
allá donde el portal a prohibidas esferas
y tiempos está cerrado; mas monstruosos horrores
aguardan al pasajero de extranos años...
Cuandlo despierte aquella que no está muerta... «Arlyeh», fragmento de
Leyendas de los Viejos Misterios de Teh Atht.
Traducido por Thelred Gustau de los Manuscritos de Theem'hdra.
Ocurrió pues en otro tiempo que Zar-thule el Conquistador, que es
llamado Saqueador de Saqueadores, Buscador de Tesoros y Expoliador de Ciudades,
navegó hacia el este con sus naves dragón; sí, orgulloso bajo las restallantes
velas de sus naves dragón. El viento le era ahora favorable, y los remeros se
apoyaban languidamente sobre sus asegurados remos, mientras los soñolientos
timoneles mantenían el rumbo. Entonces Zar-thule divisó en el mar la isla
Arlyeh, sobre la cual se alzaban altas y retorcidas torres de piedra negra,
cuyas tortuosas estructuras se contorsionaban en ángulos desconocidos y
alejados por completo del conocimiento del hombre. Sí, y aquella isla estaba
rojizamente iluminada por el sol, que se ocultaba en sus imponentes riscos y
llameaba tras las asimétricas espiras y torres de vigía construidas por manos
distintas de las humanas. Y aunque Zar-thule sentía una gran voracidad y
empezaba a notarse cansado de las grandes extensiones de mar abiertas tras la
prominente cola de su nave Fuego Rojo, y aunque miró con enrojecidos y rapaces
ojos hacia la negra isla, dominó a
sus saqueadores, ordenándoles que anclaran muy mar adentro hasta que el
sol estuvo profundamente sumergido y desapareció en el Reino de Cthon; tragado
por Chton, que permanece sentado en silencio para burlarse del sol, atrapado en
su red mas allá del Borde del Mundo. Por supuesto, ésa era la norma que seguían
siempre los incursores de Zar-thule, los cuales realizaban mejor sus acciones
de noche, puesto que entonces Gleeth, el ciego Dios de la Luna, no les veía, ni
oía en su celestial sordera los horribles gritos que siempre acompañaban a sus
incursiones. Porque, no obstante su crueldad, que estaba más allá de toda
palabra, Zar-thule no era un estúpido. Sabía que sus lobos debían descansar
antes de emprender una acción, que si los tesoros de la Casa de Cthulhu eran
ciertos, como imaginaba en el ojo de su mente..., entonces era probable que
estuvieran muy bien guardados por guerreros que no iban a entregarlos
fácilmente. Y sus saqueadores estaban tan cansados como el propio Zar-thule, de
modo que les hizo descansar a todos bajo los pintados escudos que se alineaban
a lo largo de las cubiertas y recoger las grandes velas de piel de dragón
teñida, y montó una guardia que en mitad de la noche debería despertar a los
hombres de sus veinte naves para lanzarse al saqueo de la isla de Arlyeh. Lejos
estaba el momento en que los saqueadores de Zar-thule habían remado, antes de
que los vientos les fueran lavorables; sí, lejos el tiempo del saqueo de
Yaht-Haal, la Ciudad de Plata al borde de las tierras heladas. Sus provisiones
estaban casi agotadas, sus espadas herrumbrosas por la sal del océano; mas
ahora comieron todo lo que les quedaba y bebieron todos los licores de que
disponían, y limpiaron y afilaron sus terribles hojas antes de entregarse en
brazos de Shoosh, Diosa de los Durmientes. Sabían muy bien que pronto entrarían
en incursión, cada cual por su cuenta, y el botín estaría de acuerdo con lo
mucho que sus espadas fueran esgrimidas y lo profundo y ávido que bebieran. Y
Zar-thule les había prometido grandes tesoros, sí, inmensos tesoros de la Casa
de Cthulhu, porque allí en la saqueada y destruida ciudad al borde de las
tierras heladas, había oído de los crispados y burbujeantes labios de Voth Vehm
el nombre de la prohibida isla de Arlyeh. Voth Vehm, en la agonía de terribles
torturas, había gritado el nombre de su hermano-sacerdote, Hath Vehm, que
guardaba la Casa de Cthulhu en Arlyeh. Y Voth Vehm había respondido incluso en
la hora de su muerte a las torturas adicionales de Zar-thule; gritando que
Arlyeh era una isla prohibida esclavizada por el Durmiente pero todavía
tenebroso y terrible dios Cthulhu, la puerta de cuya casa guardaba su
hermano-sacerdote. Entonces había razonado Zar-thule que Adyeh debía de
contener inmensas riquezas, porque sabía que los hermanos-sacerdotes no se
traicionaban los unos a los otros; y, sí, sin duda Voth Vehm había hablado tan
terriblemente de su tenebroso y terrible dios Cthulhu a fin de alejar la
avaricia de Zar-thule del santuario en medio del océano de su
hermano-sacerdote, Hath Vehm. Así pensó Zar-thule, cavilando sobre las palabras
del muerto y desfigurado hierofante, hasta que decidió abandonar la saqueada
ciudad. Entonces, con las llamas ascendiendo brillantes en el cielo y
reflejándose en su rojiza estela, Zar-thule puso a sus naves dragón rumbo a mar
abierto; sí, las puso rumbo a mar abierto, cargadas con el botín de plata, en
busca de Arlyeh y los tesoros e la Casa de Cthulhu. Y así había llegado hasta
aquel lugar. Poco antes de la hora de la medianoche, la guardia arrancó a Zar-thule,
y todos los descansados hombres de las naves dragón, de los brazos de Shoosh; y
entonces, bajo el moteado rostro de plata de Gleeth, el ciego Dios de la Luna,
viendo que el viento había decaído, sacaron sus remos y los hundieron
profundamente en el agua, y así se acercaron a la orilla. A una docena de
brazas de la playa, Zar-thule lanzó su grito de saqueo, y sus tambores
empezaron a batir fuerte y rítmicamente, indicando a los entrenadlos pero
todavía indómitos saqueadores que podían avanzar al asalto. La quilla rozó la
arena, y de la proa de dragón saltó Zar-thule a las lóbregas y someras aguas, y
todos sus capitanes y hombres, para vadear hasta la orilla y cruzar la
franja negra de noche de la playa agitando sus espadas... ¡Y todo ello
para nada! Porque la isla siguió tranquila y silenciosa, y aparentemente
desierta... Sólo entonces se dio cuenta el Expoliador de Ciudades del
verdaderamente pavoroso aspecto de la isla. Negros montones de mampostería
derrumbada, festoneados con algas arrastradas por la marea, se erguían de la
oscura y húmeda arena, y de aquellas desoladas e inmemoriales reliquias parecía
emerger un presagio de que no sólo eran un recuerdo de tiempos pasados; grandes
cangrejos se movían por entre las arcaicas ruinas, y miraban con pedunculados
ojos color rubí a los intrusos; incluso las pequenas olas rompían con un
fantasmal hush, hush, hush contra la arena, los guijarros y los despojos
primordiales de desmoronadas pero aparentemente sensitivas torres y
tabernáculos. Los tambores tartamudearon y se detuvieron, y el silencio reinó.
Entonces muchos de aquellos saqueadores reconocieron extraños dioses y
recordaron extrañas supersticiones, y Zar-thule se dio cuenta de ello y no le
gustó su silencio. ¡Era un silencio que podía conducir al amotinamiento! –¡Ja!
–exclamó, él que no adoraba ni a dios ni a demonio, ni prestaba oídos a las
sombras de la noche–. Ved..., los guardianes han sabido de nuestra llegada y
han huido al extremo más alejado de la isla... O quizá han cerrado filas en la
Casa de Cthulhu.
Y diciendo esto formó a sus hombres en un cuerpo compacto y avanzó hacia
el interior de la isla. Mientras avanzaban pasaron junto a aglomeraciones de
construcciones paleolíticas no abatidas aún por el océano, recorriendo
silenciosas calles cuyas fantásticas fachadas les devolvían el batir de los
tambores con una estraña monotonía apagada.
Momificados rostros de contemporanea antigüedad parecían espiarles desde
las vacías y extrañamente inclinadas torres y escarpadas espiras; huidizos
fantasmas que revoloteaban de sombra en sombra al compas de los hombres que
avanzaban, hasta que algunos de ellos sintieron crecer su temor y suplicaron a
Zar-thule:
–Amo, permítenos marcharnos de aquí, porque parece que no hay ningún
tesoro, y este lugar no es parecido a ningún otro; hiede a muerte, y parece
como si los muertos estuvieran caminando por entre las sombras.
Pero Zar-thule agarró a uno de los que estaban cerca de él murmurando
así, y gritó:
-¡Cobarde! ¡No mereces vivir!
Y alzando su espada, la dejó caer sobre el tembloroso hombre,
partiéndolo en dos partes, de tal modo que el hendido cuerpo lanzó un solo y
breve grito antes de caer con dos golpes sordos sobre la negra tierra. Pero
entonces Zar-thule se dio cuenta de que eran muchos los que estaban
terriblemente asustados, de modo que hizo encender antorchas y las hizo
distribuir, y siguieron su camino isla adentro Mas allá, pasadas unas bajas y
oscuras colinas, llegaron a un gran conjunto de extrañamente labrados y monolíticos
edificios, todos ellos con el mismo diseño, comprendiendo confusos ángulos y
superficies, y todos con el hedor de un profundo pozo, sí, el hedor de un
profundo pozo a su alrededor. Y en el centro de aquellos pestilentes megalitos
se erguía la mayor torre de todas ellas, un enormie menhir que se alzaba som
ventanas hasta gran altura y en cuya base cuatro rechoncos pedestales ofrecían
el aspecto de monstruos tentaculares de aterrador aspecto, lúgubremente
tallados.
–¡Ja! -exclamó Zar-thule–. Seguro que ésta es la Casa de Cthulhu; ¡y ved
que todos sus guardianes y sacerdotes han huido antes de nuestra llegada para
escapar al pillaje! Pero una trémula voz, vieja y aturdidora, respondió desde
las sombras de la base de uno de los grandes pedestales, diciendo:
–Nadie ha huido, oh, saqueador, porque no hay nadie para huir aquí,
excepto yo... Y yo no puedo huir porque guardo la puerta contra aquellos que
puedan pronunciar Las Palabras.
Al sonido de su vieja voz en la quietud, todos los saqueadores se
sobresaltaron, y miraron nerviosamente hacia las agitantes sombras más allá de
las antorchas; pero un intrépido capitán avanzó unos pasos para extraer de la
oscuridad a un viejo, viejo hombre... , y, oh, todos retrocedieron de inmediato
apenas vieron el aspecto de aquel mago. Porque sobre su rostro y manos, sí, y
sobre todas las partes visibles de su cuerpo, una especie de liquen gris y
velludo parecía arrastrarse sobre su piel, mientras permanecía allí de pie,
encorvado y temblando a causa de su increíble edad.
–¿Quién eres tú? -preguntó Zar-thule, horrorizado ante la visión de un
espectáculo tan terrible de espantosa enfermedad; sí, incluso é1 horrorizado...
–Soy Hath Vehm, hermano-sacerdote de Veth Vehm, que sirve a los dioses
en los templos de Yaht-Haal, la Ciudad da Plata. Soy Hath Vehm, mantenedor de
la Puerta en la Casa de Cthulhu, y te advierto que está prohibido tocarme.
Miró con húmedos ojos al capitán que lo sujetaba,hastaque el saqueador
retiró sus manos.
–Y yo soy Zar-thule el Conquistador –exclamó Zar-thule, menos
sorprendido ahora–. Saqueador da Saqueadores, Buscador de Tesoros y Expoliador
de Ciudades. He saqueado Yaht-Haal, sí, he saqueado la Ciudad de Plata, y la he
incendiadohastadejarla arrasada. Y he torturado a Veth Vehm hasta la muerte.
Pero al morir gritó un nombre, sí, pese a los carbones ardientes que horadaban
su vientre. Y era tu nombre el que gritó. Y era realmente un hermano tuyo, Hath
Vehm, puesto que me advirtió acerca del terrible dios Cthulhu y de su
«prohibida» isla Arlyeh. Pero yo sabía que no decía la verdad, que lo único que
estaba haciendo era proteger un gran y sagrado tesoro, y a su
hermano-sacerdote, que guarda ese tesoro, ¡indudablemente en medio de extrañas
ruinas, para alejar a los asustadizos y supersticiciosos saqueadores! Pero
Zar-thule no es ni un miedoso ni un crédulo, viejo. Aquí estoy, ¡y te digo por
tu vida que sabré la forma de entrar en esta casa del tesoro antes de una hora!
Entonces los capitanes y hombres de Zar-thule se envalentonaron. Oyendo a su
jefe hablarle así al anciano sacerdote de la isla, y notando la temblorosa
enfermedad y la horrible desfiguración del viejo, fueron avanzando poco a poco
hasta la imponente torre de oscuros ángulos, hasta que uno de ellos encontró
una puerta. Era una puerta grande, alta, sólida, ancha, y en ninguna forma
escondida a quien la buscara; y sin embargo, a veces parecía estrecha en su
parte superior e indistinta en sus bordes. Se alzaba en mitad da la pared de la
Casa de CthuIhu, y no obstante parecía como si estuviera inclinada hacia un
lado... ¡y entonces, al momento siguiente, parecía inclinarse hacia el otro! Su
superficie estaba tallada con rostros inhumanos que miraban de soslayo,
mezclados con hórridos jeroglíficos, y aquellos caracteres desconocidos
parecían contorsionarse en torno a los esperpénticos rostros, y sí, también
esos rostros se movían y hacían muecas a la luz de las vacilantes llamas de las
antorchas. El anciano Hath Vehm vino hacia ellos mientras se apiñaban maravillados
junto a la gran puerta y los dijo:
–Sí, ésa es la puerta da la Casa de Cthulhu; yo soy su guardián.
–Bien –dijo Zar–thule, que también había acudido hasta allí–, y ¿hay
alguna llave para esta puerta? No parece haber ningún medio de entrar.
–Sí, hay una llave, pero no es una que tú puedas imaginar fácilmente;
¡porque no es de metal, sino de palabras!
–¿Magia? –preguntó Zar-thule sin intimidarse, puesto que había oído
hablar muchas veces de tales taumaturgias.
–¡Sí, magia! -admitió el Guardián de la Puerta.
Zar-thule apoyó la punta de su espada en la garganta del viejo,
observando mientras lo hacía que la velluda excrecencia gris ascendía hacia el
rostro del viejo y su huesudo cuello, y dijo:
–¡Entonces pronuncia esas palabras ahora y deja que hagamos nuestro
trabajo!
–No, no puedo decir Las Palabras... He jurado guardar la puerta y que
Las Palabras no
sean pronunciadas munca, ni por mi mismo ni por ningún otro que quiera
abrir la Casa
de Cthulhu con fines estúpidos o impropios. Puedes matarme, sí, puedes
arrancarme la
vida con esa hoja que apoyas ahora en mi garganta, pero no pronunciaré
Las Palabras...
–¡Y yo digo que lo harás... finalmente! –exclamó Zar-thule con voz
absolutamente fría..., más fría aún que el agua nieve del norte.
Tras lo cual bajó su espada y ordenó a dos de sus hombres que avanzaran,
tomaran al anciano y lo ataran con correas en estacas clavadas con rapidez en
el suelo, una estaca para cada brazo y una para cada pierna, de modo que
quedara tendido de espaldas contra el suelo, brazos y piernas abiertos, no
lejos de la enorme y extrañamente tallada puerta en la pared de la Casa de
Cthulhu. Entonces fue encendido un fuego con los diseminados matojos de las
bajas colinas y maderos tomados de la orilla, y otros de los saqueadores de
Zar-thule salieron a atrapar a unos cuantos grandes pájaros nocturnos que no
conocían el poder de volar; y mientras, otros encontraron un manantial de
salina agua y llenaron con ella sus pellejos. Pronto una insípida pero
satisfactoria comida giraba en los espetones sobre el fuego, y en el mismo
fuego las puntas de unas espadas brillaron rojas, luego blancas; hasta que
Zar-thule y los capitanes y hombres hubieron llenado sus estómagos, tras lo
cual el Saqueador de Saqueadores hizo un gesto a sus torturadores indicándoles
que podían empezar con su tarea. Y los torturadores avanzaron para recobrar sus
espadas; sí, porque naturalmente aquellas espadas con sus puntas en el fuego
eran las de ellos. Zar-thule había adiestrado personalmente a aquellos
torturadores, de tal modo que eran virtuososen las artes de las tenazas y los
hierros candentes. Pero entonces se produjo una distraccion. Durante algún
tiempo uno de los capitanes –su nombre era Cush-had; era el que primero había
encontrado al viejo sacerdote entre las sombras del gran pedestal y lo había
arrastrado hacia delante– había permanecido contemplándose las manos de una
forma extraña a la luz del luego y frotándoselas contra la piel de su chaqueta.
De pronto lanzó una maldición y saltó en pie, derramando a su alrededor todos
los restos de su comida. Empezó a dar saltos como si estuviera aterrado,
golpeando locamente con sus manos las piedras planas que había a su alrededor.
Luego de repente se detuvo y lanzó penetrantes miradas a sus desnudos antebrazos.
En el mismo momento los ojos parecieron salírsele de las órbitas y gritó como
si hubiera sido atravesado una y otra vez con una hoja puntiaguda; corrió hacia
el fuego y metió las manos en él, hasta los codos. Luego volvió a extraer los
brazos de las llamas, vacilando y gimiendo y apelando a algunos de sus dioses,
y se alejó tambaleándose hacia la noche, sus brazos humeando y chorreando un
liquido burbujeante sobre el suelo. Desconcertado, Zar-thule envió a un hombre
tras él con una antorcha, el cual pronto regresó temblando y con un rostro muy
pálido a la luz del fuego para explicar cómo el loco había caído –o saltado– en
una profunda grieta, donde yacía ahora muerto, pero que antes de saltar había
podido ver muy claramente sobre su rostro ¡algo gris y velludo arrastrándose! Y
mientras caía, sí, mientras se estrellaba abajo, matándose, había gritado:
«¡Inmundo, inmundo, inmundo!».
Entonces, mientras estaban escuchando aquello, todos recordaron las
palabras de advertencia del viejo sacerdote cuando Cush-had lo había sacado de
su escondite, y la forma en que sus llameantes ojos habían mirado al
infortunado capitán, y todos contemplaron al anciano allí donde yacía
fuertemente atado al suelo. Los dos saqueadores cuya tarea había sido atarlo
allí se miraron el uno al otro con ojos muy abiertos, sus rostros palideciendo
perceptiblemente a la luz de las llamas, e iniciaron un pausado y secreto
examen de sus personas; sí, un examen minucioso... Zar-thule notó que el miedo
soplaba en los corazones de sus saqueadores como el viento del este
cuando sopla rápido y salvaje en el desierto de Sheb. Escupió al suelo y
alzó la espada, gritando:
–¡Escuchadme! Todos sois unos cobardes supersticiosos, todos vosotros,
con vuestros temores y supersticiones de viejas comadres. ¿Qué tenéis aquí para
asustaros? ¡Un hombre viejo, solo, en una negra roca en medio del mar!
–Pero yo vi aquello que reptaba por el rostro de Cush-had... –empezó a
decir el hombre que había seguido al enloquecido capitán.
–Sólo creíste ver algo –le interrumpió secamente Zar-thule–. Únicamente
el vacilante resplandor de la llama de tu antorcha, y nada mas. ¡Cush-had era
un loco! –Pero...
–¡Cush-had era un loco! –dijo Zar-thule de nuevo, y su voz se volvió muy
fría–. ¿Estáis también locos todos vosotros? ¡Queda sitio para todos en el
fondo de aquella grieta!
El hombre retrocedió, encogiéndose, y no dijo nada más, y de nuevo llamó
Zar-thule a sus torturadores y les dijo que tenían que empezar con su trabajo.
Las horas pasaron. Por viejo y fríamente sordo que fuera Gleeth, el Dios
de la Luna, es probable que captara algo de los agónicos gritos y el hedor de
carne humana quemándose que ascendieron de Arlyeh aquella noche, porque pareció
sumergirse en el cielo muy rápidamente. Ahora, sin embargo, la destrozada y
ennegrecida figura tendida sobre el suelo ante la puerta en la pared de la Casa
de Cthulhu ya no tenía fuerzas suficientes para gritar; y Zar-thule
desesperaba, porque se había dado cuenta de que pronto el sacerdote de la isla
se sumiría en el último y más largo de los sueños; y sin embargo Las Palabras
no eran pronunciadas. El rey de los saqueadores estaba perplejo también por la
terca negativa del anciano a admitir que la puerta en el impresionante menhir
ocultaba un tesoro; pero al final atribuyó todo aquello a los votos que sin
duda debía de haber formulado Hath Vehm en su iniciación al sacerdocio.
Los torturadores no habían realizado bien su trabajo. Habían temido
tocar al anciano con nada que no fueran sus espadas al rojo; no habían puesto
–ni siquiera cuando fueron amenazados de la más terrible de las maneras– sus
manos sobre él ni se habían acercado más de lo absolutamente necesario para la
aplicación de su agónico arte. Los dos saqueadores responsables de atar al
anciano estaban ahora muertos, asesinados por antiguos camaradas sobre los
cuales habían puesto inadvertidamente sus manos de forma amistosa; y aquellos
que habían sido tocados, sus asesinos, eran evitados ahora por sus compañeros y
permanecían sentados completamente aparte de los demás saqueadores. Cuando la
primera luz del alba empezó a asomar detrás del mar oriental, Zar-thule perdió
finalmente la paciencia y se volvió hacia el agonizante sacerdote con auténtica
furia. Tomó su espada, alzándola sobre su cabeza con las dos manos..., y
entonces Hath Vehm habló:
–Espera –susurró, su voz convertida en un torturado y apenas audible
graznido–.
Espera, oh, saqueador...; te dire Las Palabras.
–¿Qué? –gritó Zar-thule, bajando la hoja–. ¿Abrirás la puerta?
–Sí –le llegó el graznante susurro–. Abriré la Puerta... Pero primero
dime: ¿saqueaste realmente Yaht-Haal, la Ciudad da Plata, y la arrasaste con el
fuego, y torturaste a mi hermano-sacerdote hasta la muerte?
–Todo eso hice –asintió insensiblemente Zar-thule.
–Entonces acércate. –La voz de Hath Vehm se hizo apenas audible–. Más
cerca, oh, rey de los saqueadores, para que puedas oírme en mi hora final.
Ansiosamente, el Buscador de Tesoros inclinó el oído hacia los labios
del anciano, arrodillándose a su lado allí donde yacía... ¡y de inmediato Hath
Vehm alzó la cabeza del suelo y escupió sobre Zar-thule!
Entonces, antes de que el Expoliador de Ciudades pudiera pensar o hacer
nigún movimiento para secar el legamoso escupitajo de su frente, Hath Vehm dijo
Las Palabras; en una voz clara y fuerte las dijo... Palabras de una terrible
resonancia y una extraña cadencia que solamente un adepto podría repetir... E
inmediatamente la puerta emitió un gran retumbar en la prominente pared de
extraños ángulos.
Olvidando por un momento el contaminado insulto del anciano sacerdote,
Zar-thule se volvió para ver la enorme y perversamente grabada puerta temblar y
osciar y luego, movida por alguna fuerza desconocida, moverse o deslizarse
hasta que de ella sólo quedo un enorme agujero abierto a las tinieblas.
Entonces, a la primera luz del alba, la horda de saqueadores se abalanzó para
buscar el tesoro con sus propios ojos; sí, para buscar el tesoro al otro lado
de la abierta puerta. Y Zar-thule entró también en la Casa de Cthulhu, pero de
nuevo el agonizante hierofante le gritó:
–¡Espera! ¡Hay más palabras, oh, rey de los saqueadores!
–¿Más palabras?
Zar-thule se volvió, y el sacerdote, cuya vida se le escapaba con
rapidez, sonrió melancólicamente a la vista de la velluda mancha gris que
empezaba a reptar por la frente del bárbaro encima de su ojo izquierdo.
–¡Si, más palabras! Escucha: hace mucho, mucho tiempo, cuando el mundo
era muy joven, antes de que Arlyeh y la Casa de Cthulhu se hundieran por
primera vez en el mar, viejos y sabios dioses establecieron un conjuro según el
cual, cuando la Casa de Cthulhu emergiera de las aguas y fuera asaltada por
hombres estúpidos, pudiera ser cerrada de nuevo..., sí, e incluso la propia
Arlyeh se sumergiera de nuevo bajo el salado elemento. ¡Ahora yo pronunciaré
esas otras Palabras! Rápidamente, el rey de los saqueadores se abalanzó hacia
é1, con la espada alzada, pero antes de que su hoja pudiera caer, Hath Vehm
gritó muy alto aquellas otras extrañas y terribles Palabras; y entonces, toda
la isla se sacudió, vitima de un gran terremoto. Movida por una terrible rabia
y un terrible miedo, la espada de Zar-thule cayó, y separó de un solo tajo la
retorcientee y espumeante cabeza del anciano de su furioso cuerpo; pero
mientras la cabeza rodaba libre de su atadura, la isla sufrió un nuevo
estremecimiento, y el suelo retumbó y empezó a henderse. De la abierta puerta
de la Casa de Cthulhu, por la que se había precipitado la horda de ansiosos
saqueadores en busca del tesoro, empezaron a surgir agudos y singularmente
horribles gritos de miedo y tormento..., y un repentino y aún más horrible
hedor. Y entonces supo Zar-thule, con una absoluta seguridad, que no había
ningún tesoro. Grandes nubes negras se acumularon rápidamente, y lívidos
relámpagos arañaron el cielo; los vientos azotaron el largo pelo negro de
Zar-thule sobre su rostro, mientras se agachaba presa de horror ante la abierta
puerta de la Casa de Cthulhu. Más y más se desorbitaron sus ojos mientras
intentaba mirar más allá de la fétida oscuridad de aquella inconmensurablemente
antigua abertura... Pero un momento más tarde dejó caer su gran espada al suelo
y gritó; sí, incluso el Saqueador de Saqueadores gritó. Porque dos de sus locos
habían surgido de la oscuridad, en una forma que recordaba más a unos cachorros
azotados que a auténticos lobos, chillando, balbuceando y trastabillando
frenéticamente bajo los extraños ángulos del orificio de aquella boca... ¡Pero
habían salido tan sólo para ser atrapados de nuevo y estrujados como uvas
maduras por titánicos tentáculos que aparecieron flagelantes desde las oscuras
profundidades de más allá! Aquellos apéndices gomosos arrastraron de nuevo los
aplastados cuerpos hacia la intensa oscuridad, de la cual brotaron
instantáneamente los más monstruosos y nauseabundos babeos y sorbidos, antes de
que los despedazados miembros fueran arrojados de nuevo a la luz del amanecer.
Esta vez cayeron al borde de la abertura, y tras ellos apareció... ¡un rostro!
Zar-thule contempló cara a cara el enormemente hinchado rostro Cthulhu, y gritó
de
nuevo cuando los horribles ojos de aquel Ser lo descubrieron allí donde
permanecía acuclillado... ¡Lo descubrieron y se iluminaron con una espantosa
luz! El rey de los saqueadores hizo una pausa, inmovilizado por el pavor, pero
tan sólo por un momento – y sin embargo lo bastante largo como para que el
definitivo horror de la cosa enmarcada en el titánico umbral penetrara en
cerebro–, antes de que sus piernas recobraran las fuerzas. Entonces se dio la
vuelta y huyó; corriendo por las bajas y negras colinas hacia la orilla y hacia
la nave, que sin saber cómo, él solo y en su frenético terror, consiguió alejar
de allí. Mas en el ojo de su mente quedó grabada indeleblemente a fuego aquella
horripilante visión, el terrible Rostro y Cuerpo del Señor Cthulhu.
Primero habían sido los tentáculos, brotando de una verde y pulposa
cabeza de la que asomaban como mortíferos pétalos en el corazón de una
obscenamente híbrida orquídea; después un escamoso y amorfamente elástico
cuerpo de inmensas proporciones, con garrudas patas delante y detrás largas y
estrechas alas que reunían en ellas todo el horror de la patente incapacidad de
unas alas de alzar jamás aquella fantástica masa..., ¡y luego 1os ojos! ¡Nunca
antes había visto Zar-thule el diabólico desenfreno expresado en la definitiva
y astuta malignidad de los ojos de Cthulhu! Cthulhu no había terminado todavía
con Zar-thule, puesto que mientras el rey de los saqueadores forcejeaba
alocadamente con su vela, el monstruo avanzó cruzando las bajas colinas a la
luz del amanecer, babeando y descendiendo hasta el mismo borde del agua.
Entorces, cuando Zar-thule vio recortada contra la mañana la montana que era
Ctnulhu, enloqueció durante un tiempo; lanzándose de lado a lado de la nave
hasta el punto de caer casi al mar, echando espuma por la boca y balbuceando
horriblemente lastimeras plegarias... Sí, incluso Zar-thule, cuyos labios jamás
habían pronunciado plegarias antes, rogaba ahora a algunos dioses benevolentes
de los que había oído hablar. ¡Y pareció como si esos compasivos dioses, si es
que existen, le hubieran oído! Con un retumbar y un estallido mayores que
cualquiera que hubiera visto antes, llegó el despedazamiento final, que salvó
la mente, el cuerpo y el alma de Zar-thule; toda la isla se escindió como fruta
madura; la enorme masa de Arlyeh se partió en varios pedazos, que se hundieron
en el mar. Con un penetrante grito de frustrada rabia y deseo –un grito que
Zar-thule oyó dentro de su mente tanto como de sus oídos–, el monstruo Cthulhu
se hundió también con la isla y su casa, desapareciendo en las agitadas olas.
Entonces se produjo una gran tormenta que pareció precursora del Fin del Mundo;
vientos fantasmales aullaron, y olas demoniacas se estrellaron encima y contra
la nave dragón de Zar-thule, quien durante dos días farfulló y gimió doblado
sobre sí mismo, en los estremecidos restos de lo que habla sido su nave Fuego
Rojo, antes de que la gigantesca tormenta claudicara.
Finalmente, casi muerto de hambre, el otrora Saqueador de Saqueadores
fue descubierto a la deriva en medio de una calma chicha, no lejos de las
regiones fronterizas de Teem'hdra; y entonces, en las bodegas de la nave de un
rico comerciante, fue llevado hasta los muelles de la ciudad de Klühn, la
capital de Teem'hdra. Fue llevado a tierra empujado al extremo de largos remos,
tambaleante, débil y lloriqueante, y horrorizado de seguir viviendo... ¡porque
había visto a Cthulhu! La utilización de los remos tuvo mucho que ver con su
apariencia, porque ahora Zar-thule había cambiado, se había convertido en algo
que en en menos tolerantes partes del mundo no hubiera merecido otra cosa que
ser quemado. Pero los habitantes de Klühn eran gente compasiva; no lo quemaron,
sino que lo bajaron en una cesta a una profunda celda subterránea, con
antorchas para iluminar el lugar, y pan y agua diarios, que lo mantuvieran con
vida hasta que su vida se agotara por sí misma. Cuando hubo recuperado
parcialmente la salud y la cordura, hombres sabios y médicos acudieron a hablar
con él desde arriba y preguntarle por su extraña aflicción, que mantenía
asombrados a todos. Yo, Ten Atht,
fui uno de los que acudía a él, y así llegué a conocer su relato. Y sé
que es cierto porque a menudo a lo largo de los años he vuelto a oír historias
acerca de ese repulsivo Señor Cthulhu que cayó de las estrellas cuando el mundo
era un niño incipiente. Hay leyendas y leyendas, sí, y una de ellas es que
cuando pasado el tiempo correspondiente y las estrellas tengan la configuración
correcta, Cthulhu se arrastrará babeante fuera de Su Casa en Arlyeh, y el mundo
temblará ante Su pisada, y estallará en locura ante Su contacto. Dejo este
testimonio para los hombres aún no nacidos, un testimonio y una advertencia:
dejadlo solo por completo, porque no esta muerto quien duerme profundamente, y
mientras quizá las mareas submarinas han extirpado para siempre la alienigena
contaminación que alcanzó a Arlyeh –ese síntoma delía de Cthulhu que creció
espantosamente sobre Hath Vehm y se transfirió a algunos de los saqueadores de
Zar-thule–, el propio Cthulhu vive todavía, y aguarda a aquellos que puedan
liberarlo. Lo sé. En sueños... ¡yo mismo he oído su llamada!
Y cuando sueños como ése aparecen en mitad de la noche para amargar el
dulce abrazo de Shoosh, me despierto temblando, y camino arriba y abajo por los
suelos pavimentados de cristal de mis estancias sobre la bahía de Klühn, hasta
que Cthon suelta el sol de su red para que se alce de nuevo. Y una y otra vez
recuerdo el aspecto de Zar-thule la última vez que lo vi a la vacilante luz de
las antorchas en su profunda celda subterránea; una vacilante masa gris de
aspecto mucilaginoso, que se movía no por voluntad propia sino por razón del
parásito que no deja de crecer, y que vive sobre él y dentro de él...
Tr: Domingo Santos
T.O.: The House of Cthulhu
Primera publicación: «Whispers» nº 1, 1973.
EL HORROR DE SALEM (H.KUTTER)
Henry Kuttner
(Título original: The Salem Horror)
La primera vez que Carson reparó en los ruidos de su sótano, los
atribuyó a las ratas. Más tarde, empezó a oír historias que circulaban entre
los supersticiosos polacos que trabajaban en el molino de Derby Street acerca
de la primera persona que ocupó la antigua casa, Abigail Prinn. Ya no vivía
nadie que recordara a la diabólica bruja, pero las morbosas leyendas que
proliferaban por el «distrito de las brujas» de Salem como hierbas en una
tumba, daban inquietantes detalles sobre sus actividades, y eran desagradablemente
explícitas respecto de los detestables sacrificios que se sabía había realizado
a una imagen carcomida y cornuda de dudoso origen. Los más ancianos aún
hablaban en voz baja de Abbie Prinn y de sus monstruosos alardes sobre que era
la gran sacerdotisa del poderoso dios que moraba en la profundidad de los
montes. En efecto, fueron estos alardeos de la vieja bruja los que acarrearon
su súbita y misteriosa muerte en 1692, época de los famosos ahorcamientos de
Gallows Hill. A nadie le gustaba hablar de esto, aunque a veces alguna vieja
desdentada se atrevía a comentar medrosamente que las llamas no podían
quemarla, porque todo el cuerpo había asumido
la peculiar anestesia de su condición de bruja.
Abbie Prinn y su anómala estatua habían desaparecido hacía muchísimo
tiempo, pero aún resultaba difícil encontrar inquilinos para su casa decrépita,
de fachada en gabletes, con un segundo piso sobresaliente, y curiosas ventanas
con cristales en rombos. La fama de malignidad de la casa se había extendido
por todo Salem. En realidad, no había sucedido nada allí, en los recientes
años, que pudiese dar origen a historias inexplicables; pero quienes llegaban a
alquilar la casa solían mudarse a toda prisa, generalmente con vagas y poco
satisfactorias explicaciones relacionadas con las ratas. Y fue una rata la que
llevó a Carson a la Habitación de la Bruja. Los apagados chillidos y golpeteos
en el interior de las podridas paredes habían alarmado a Carson más de una vez
durante las noches de su primera semana en la casa, que había alquilado para
conseguir la soledad que necesitaba para terminar una novela que le habían
estado pidiendo sus editores... otra novela de amor que añadir a la larga lista
de éxitos populares. Pero hasta algún tiempo después, no empezó a abrigar
ciertas sospechas disparatadamente fantásticas acerca de la inteligencia de la
rata que una noche se escabulló de debajo de sus pies, en dirección al oscuro
vestíbulo.
La casa tenía instalación eléctrica, pero la bombilla del vestíbulo era
floja y daba una luz muy pobre. La rata era una sombra negra, deforme, cuando
saltó a pocos metros de él y se detuvo, al parecer, para observarle.
En otra ocasión, Carson pudo echar al animal con un gesto amenazador, y
reanudar su trabajo. Pero el tráfico de Derby Street era desusadamente ruidoso,
y le resultaba difícil concentrarse en su novela. Sus nervios, sin razón
aparente, estaban tensos; por otra parte, la rata, vigilándole fuera de su
alcance, le contemplaba con burlona diversión. Sonriéndose de su propia
presunción, dio unos pasos hacia la rata, ésta echó a correr hacia la puerta
del sótano, y entonces vio él con sorpresa que estaba entornada. Pensó que
debía de habérsele olvidado cerrarla la última vez que estuvo allí, aunque
generalmente tenía cuidado de dejar todas las puertas cerradas, pues la vieja
casa tenía corrientes de aire. La rata aguardó en la puerta.
Irracionalmente molesto, Carson se fue hacia ella a toda prisa, poniendo
en fuga a la rata escaleras abajo. Encendió la luz del sótano y la vio en un
rincón. La rata le observó atentamente con sus ojillos relucientes.
Al descender las escaleras no había podido evitar la sensación de que se
estaba comportando como un idiota. Pero su trabajo había sido agotador, y
subconscientemente aceptaba con agrado cualquier interrupción. Cruzó el sótano
en dirección a la rata, viendo con asombro que la bestezuela permanecía
inmóvil, vigilándole. «La rata se comporta de manera anormal», pensó; y la
mirada fija de sus ojos como botones resultaba un tanto inquietante.
Luego se rió de sí mismo, pues la rata dio un brinco repentino y
desapareció por un agujero de la pared del sótano. Desmañadamente, rascó una
cruz con la punta del pie en la suciedad que había delante de la madriguera,
decidiendo poner allí mismo un cepo por la mañana.
El hocico de la rata y sus desiguales bigotes aparecieron
cautelosamente. Avanzó y luego vaciló y retrocedió. Después, el animal empezó a
conducirse de un modo singular e inexplicable, casi como si estuviese bailando,
pensó Carson. Avanzaba como a tientas, y luego se retiraba otra vez. Daba un
saltito hacia adelante, y se paraba en seco, luego saltaba hacia atrás
apresuradamente, como si -el símil le vino a Carson de pronto a la cabeza-
hubiese una serpiente enroscada ante la madriguera, alerta para evitar la huida
de la rata. Pero no había nada, salvo la cruz que Carson había trazado en el
polvo. Indudablemente era el propio Carson quien impedía la fuga de la rata,
pues estaba a poca distancia de la madriguera. Así que dio un paso adelante, y
el animal desapareció
apresuradamente por el agujero.
Picado en su curiosidad, Carson buscó un palo y hurgó en el agujero,
tanteando. Al hacerlo, sus ojos, próximos a la pared, descubrieron algo extraño
en la losa de piedra que había encima de la madriguera de la rata. Una rápida
ojeada en torno a su borde confirmó sus sospechas. La losa debía de ser
movible.
Carson la inspeccionó minuciosamente, y notó una depresión en su borde a
modo de asidero. Sus dedos se acoplaron cómodamente a la muesca, y probó a
tirar. La piedra se movió un poco y se paró. Tiró con más fuerza y, con una
rociada de tierra seca, la losa se separó del muro girando como si tuviese
goznes.
Un rectángulo negro, hasta la altura del hombro, quedó abierto en la
pared. De sus profundidades emanó un hedor mohoso, desagradable, de aire
estancado, y Carson, involuntariamente, retrocedió un paso. Súbitamente,
recordó las monstruosas historias sobre Abbie Prinn y los espantosos secretos
que se suponía guardaba en su casa. ¿Había tropezado él con alguna cámara
secreta de la bruja, tanto tiempo desaparecida?
Antes de entrar en la negra abertura tomó la precaución de coger una
linterna de arriba. Luego, cautelosamente, agachó la cabeza y se deslizó por el
estrecho y maloliente pasadizo, dirigiendo el haz de luz ante sí para explorar
el terreno.
Estaba en un estrecho túnel, escasamente más alto que su cabeza, con
pavimento y paredes de losas. Seguía recto quizá unos cinco metros, y luego se
ensanchaba formando una cámara espaciosa. Al llegar Carson a la habitación del
subsuelo - indudablemente escondite de Abbie Prinn, cuarto secreto, pensó, que
sin embargo, no pudo salvarla el día en que el populacho enloquecido de pavor
invadió furioso Derby Street- aspiró con una boqueada de asombro. La habitación
era fantástica, asombrosa. Fue el suelo lo que atrajo la mirada de Carson. El
oscuro gris de la pared circular cedía sitio aquí a un mosaico de piedra
multicolor en el que predominaban los azules y los verdes y los púrpuras: en
efecto, no había colores más cálidos. Debía haber miles de trocitos de piedras
de colores componiendo el dibujo, pues ninguno era mayor que el tamaño de una
nuez. El mosaico parecía seguir algún trazado concreto, desconocido para
Carson; había curvas de color púrpura y violeta combinadas con líneas angulosas
verdes y azules, entremezcladas en fantásticos arabescos. Había círculos,
triángulos, un pentáculo, y otras figuras menos familiares. La mayoría de las
líneas y figuras irradiaban de un punto concreto: el centro de la cámara, donde
había un disco circular de piedra completamente negra de alrededor de medio
metro de diámetro.
Era muy silenciosa. No se oían los ruidos de los coches que de cuando en
cuando pasaban por Derby Street. En una alcoba poco profunda excavada en el
muro, Carson descubrió unas marcas sobre las paredes, y se dirigió lentamente
hacia allí, recorriéndolas de arriba abajo con la luz de su linterna.
Las marcas, fueran lo que fuesen, habían sido pintadas en la piedra
hacía tiempo, pues lo que quedaba de los misteriosos símbolos era
indescifrable. Carson vio varios jeroglíficos parcialmente borrados que le
recordaban el estilo árabe, aunque no estaba seguro. En el suelo de la alcoba
había un disco de metal corroído de unos dos metros y medio de diámetro, y
Carson tuvo la clara sensación de que era movible. Aunque no hubo modo de
levantarlo.
Se dio cuenta de que se hallaba de pie exactamente en el centro de la
cámara, en el círculo de piedra negra donde convergía el singular trazado.
Nuevamente se le hizo patente el completo silencio. Movido por un impulso,
apagó la luz de su linterna.
Instantáneamente reinó la oscuridad más absoluta.
En ese momento, una singular idea se deslizó en su mente. Se imaginó a
sí mismo en el fondo de un pozo, y que de arriba descendía un flujo que se
derramaba por el eje de la cámara para tragárselo. Tan fuerte fue su impresión
que realmente le pareció oír un
tronar apagado, como el rugido de una catarata. Singularmente alarmado,
encendió la luz y miró rápidamente en torno suyo. El percutir que sentía era,
naturalmente, el pulso de su sangre, que se hacía audible en el completo
silencio: fenómeno bastante familiar. Pero si este lugar era tan silencioso...
La idea le asaltó como una súbita punzada en su conciencia. Este era un
sitio ideal para trabajar. Podía instalar la luz eléctrica, bajar una mesa y
una silla, utilizar un ventilador si era necesario..., aunque el olor a moho
que había notado al principio parecía haber desaparecido por completo. Se
dirigió hacia la entrada del pasadizo, y al salir de la habitación experimentó
un inexplicable relajamiento de sus músculos, aunque no se había dado cuenta de
que los había tenido contraídos. Lo atribuyó al nerviosismo, y subió a
prepararse un café y a escribir al dueño de la casa, que vivía en Boston,
contándole el descubrimiento que había hecho.
El visitante miró con curiosidad hacia el vestíbulo, una vez que hubo
abierto Carson la puerta, y asintió para sí como con satisfacción. Era un
hombre de figura flaca y alta, con espesas cejas de color gris acero que
sobresalían por encima de unos penetrantes ojos grises. Su rostro, aunque
fuertemente marcado y flaco, carecía de arrugas.
-¿Viene por la Habitación de la Bruja? -preguntó Carson con sequedad. El
dueño de la casa se había ido de la lengua, y durante la última semana había
estado atendiendo de mala gana a anticuarios y ocultistas deseosos de echar una
ojeada a la cámara secreta en la que Abbie Prinn había murmurado sus ensalmos.
El mal humor de Carson había ido en aumento, y hasta pensó en la posibilidad de
mudarse a un lugar más tranquilo; pero su innata obstinación le había hecho
quedarse, decidido a terminar su novela, pese a todas las interrupciones.
Ahora, mirando a su visitante fríamente, dijo-: Lo siento, pero no se puede
visitar ya más.
El otro le miró sobresaltado, pero casi inmediatamente brilló en sus
ojos un destello de comprensión. Extrajo una tarjeta y se la ofreció a Carson.
-Michael Leigh... ocultista, ¿eh? -repitió Carson. Aspiró profundamente.
Los ocultistas, había descubierto, eran los peores, con sus oscuras alusiones a
cosas innominadas y su profundo interés en el trazado del mosaico del suelo de
la Habitación de la Bruja-. Lo siento, señor Leigh, pero... de veras; estoy muy
ocupado. Discúlpeme.
Y secamente, dio media vuelta hacia la puerta.
-Un momento -dijo Leigh con rapidez.
Antes de que Carson pudiese protestar, había cogido al escritor por el
hombro, y le miraba fijamente a los ojos. Sobresaltado, Carson retrocedió, pero
no antes de ver aparecer una extraordinaria expresión, mezcla de aprensión y
satisfacción, en el flaco rostro de Leigh. Era como si el ocultista hubiese
visto algo desagradable... aunque no inesperado.
-¿Qué es esto? -preguntó Carson con aspereza-. No estoy acostumbrado...
-Lo siento muchísimo -dijo Leigh. Su voz era profunda, agradable-. Debo
disculparme. Pensaba... bien, discúlpeme otra vez. Me temo que estoy algo
excitado. Mire, he venido de San Francisco para ver la Habitación de la Bruja.
¿De veras no me permite verla? Le pagaría lo que fuese.
-No -dijo; empezaba a sentir una perversa simpatía por este hombre, con
su voz agradable y modulada, su rostro poderoso y su atractiva personalidad-.
No, sencillamente deseo un poco de paz; no tiene usted idea de lo que me han
molestado - prosiguió, vagamente sorprendido al darse cuenta de que hablaba en
tono de disculpa-. Es una molestia espantosa. Casi desearía no haber
descubierto esa habitación. Leigh se acercó con ansiedad.
-¿Puedo verla? Representa muchísimo para mí; estoy inmensamente
interesado en esas cosas. Le prometo no robarle más de diez minutos de su
tiempo.
Carson vaciló, y luego asintió. Mientras conducía a su visitante al
sótano, se puso a contarle las circunstancias del descubrimiento de la
Habitación de la Bruja. Leigh escuchaba atentamente, interrumpiéndole de cuando
en cuando con alguna pregunta. -Y la rata, ¿sabe usted qué ha sido de ella?
-preguntó. Carson se quedó sorprendido.
-Pues no. Supongo que se ocultaría en su madriguera. ¿Por qué?
-Nunca se sabe -dijo Leigh enigmáticamente, cuando entraban en la
Habitación de la Bruja.
Carson encendió la luz. Había instalado la electricidad, y había unas
cuantas sillas y una mesa; por lo demás, la habitación estaba intacta. Carson
observó el rostro del ocultista, y vio con sorpresa que se había puesto ceñudo,
casi enfadado.
Leigh se encaminó al centro de la habitación, mirando la silla colocada
sobre el círculo de piedra negra.
-¿Trabaja usted aquí? -preguntó lentamente.
-Sí. Es un sitio tranquilo... He visto que no hay manera de trabajar
arriba. Hay demasiado ruido. Pero este sitio es ideal; me resulta muy fácil
escribir aquí. Mi pensamiento se siente... -dudó- libre; o sea, desvinculado de
las demás cosas. Es una sensación de lo más extraordinaria.
Leigh asintió como si las palabras de Carson confirmasen alguna idea
suya. Se volvió hacia la alcoba del disco metálico en el suelo. Carson le
siguió. El ocultista se acercó a la pared, repasó los borrosos símbolos con el
dedo índice. Murmuró algo en voz baja, unas palabras que a Carson le sonaron
como una especie de galimatías: -Nyogtha... k'yarnak...
Se volvió, con el rostro serio y pálido.
-Ya he visto bastante -dijo suavemente-. ¿Nos vamos? Sorprendido, Carson
asintió, y le condujo de nuevo al sótano.
Una vez arriba, Leigh vaciló, como si le resultase difícil abordar el
tema. Por último, preguntó:
-Señor Carson, ¿le importaría decirme si ha tenido usted algún sueño
extraño últimamente?
Carson se quedó mirándole, con la burla bailándole en los ojos.
-¿Sueños? -repitió-. ¡Oh!, comprendo. Bueno, señor Leigh, puedo decirle
que no me va a asustar. Sus colegas, los otros ocultistas que han venido a
visitar la casa, lo han intentado también.
Leigh alzó sus cejas espesas.
-¿Sí? ¿Le preguntaron si había tenido sueños?
-Varios..., sí.
-¿Y qué les contestó?
-Que no. -Luego, mientras Leigh se echaba hacia atrás en su silla, con
una expresión confundida en el rostro, Carson prosiguió lentamente-: Aunque en
realidad no estoy muy seguro.
-¿Qué quiere decir?
-Creo... tengo la vaga impresión... de que he soñado últimamente. Pero
no estoy seguro. No puedo recordar nada del sueño. Y... ¡bueno, lo más probable
es que sus colegas ocultistas me hayan metido la idea en la cabeza!
-Quizá -dijo Leigh circunstancialmente, mientras se levantaba. Vaciló-.
Señor Carson, voy a hacerle una pregunta más bien impertinente. ¿Le es
necesario vivir en esta casa? Carson suspiró con resignación.
-Cuando me hicieron la primera vez esta pregunta, expliqué que quería un
lugar tranquilo para trabajar en una novela, y que cualquier lugar tranquilo
podría servirme. Pero no es fácil encontrarlo. Ahora que tengo esta Habitación
de la Bruja, y me está saliendo el libro con tanta facilidad, no veo por qué
razón me tengo que mudar y alterar quizá mi programa. Dejaré esta casa cuando
haya terminado la novela; entonces podrán ocuparla ustedes los ocultistas y
convertirla en museo o hacer con ella lo que quieran. Me tiene sin cuidado.
Pero hasta que no haya terminado la novela, pienso permanecer aquí.
Leigh se frotó la barbilla.
-Desde luego. Entiendo su punto de vista. Pero ¿no hay otro lugar en la
casa donde pueda usted trabajar?
Miró a Carson en el rostro un instante, y luego continuó rápidamente:
-No espero que me crea. Usted es materialista. La mayoría de la gente lo
es. Pero algunos de nosotros sabemos que por encima y más allá de lo que los
hombres llaman ciencia, hay un saber que se funda en leyes y principios que a
los hombres corrientes les resultarían incomprensibles. Si ha leído a Machen,
recordará que habla del abismo que existe entre el mundo de la conciencia y el
de la materia. Es posible tender un puente sobre este abismo. ¡La Habitación de
la Bruja es ese puente! ¿Sabe qué es una sala de los secretos?
-¿Eh? -exclamó Carson, mirando con asombro-. Pero no hay...
-Es una analogía... solamente una analogía. Un hombre puede susurrar una
palabra en una galería o cueva, y si usted se sitúa en un punto concreto, a
unos treinta metros, oye ese susurro, aunque no lo oiga alguien que se
encuentre a sólo tres metros. Es un simple truco de acústica: consiste en la
proyección del sonido en un punto focal. Ahora bien, este principio es
aplicable a otras cosas, además del sonido. A cualquier onda de impulsos...
¡incluso al pensamiento!
Carson trató de interrumpirle, pero Leigh prosiguió :
-Esa piedra negra del centro de su Habitación de la Bruja es uno de esos
puntos focales. El dibujo del suelo, cuando usted se sienta en el círculo
negro, se vuelve anormalmente sensible a ciertas vibraciones, a ciertos
mandatos mentales... ¡peligrosamente sensible! ¿Le parece que tiene la cabeza
muy clara cuando trabaja allí? Es una ilusión, una falsa sensación de
lucidez... en realidad, usted es un mero instrumento, un micrófono, sintonizado
para captar determinadas vibraciones malignas cuya naturaleza no podría
comprender.
El rostro de Carson era un estudio de asombro e incredulidad.
-Pero no querrá decirme que cree usted realmente...
Leigh retrocedió, desapareció la intensidad de sus ojos, que se
volvieron ceñudos y fríos.
-Muy bien. Pero he estudiado la historia de Abigail Prinn. Ella conocía
también esa ciencia superior de que le hablo. La utilizó para fines maléficos:
artes negras, como suelen llamarse. He leído que, en sus últimos días, maldijo
a la ciudad de Salem... y la maldición de una bruja puede ser algo pavoroso.
¿Quiere usted... -se levantó, mordiéndose el labio-, quiere usted, al menos,
permitirme que pase a verle mañana? Casi involuntariamente, Carson asintió.
-Pero me temo que desperdiciará su tiempo. No creo... es decir, no
tengo... -tartamudeó, sin saber qué decir.
-Sólo es para cerciorarme de que usted... ¡Ah!, otra cosa. Si sueña esta
noche, ¿querría tratar de recordar el sueño? Si intenta evocarlo inmediatamente
después de despertar, es posible recordarlo.
-De acuerdo. Si sueño...
Esa noche, Carson soñó. Se despertó poco antes de amanecer con el
corazón latiéndole furiosamente, y con una extraña sensación de desasosiego.
Dentro de las paredes, y procedentes de abajo, podía oír las furtivas carreras
de las ratas. Saltó de la cama apresuradamente, temblando en la fría claridad
de la madrugada. Una luna desmayada brillaba aún débilmente en un cielo pálido.
Entonces recordó las palabras de Leigh. Había soñado; de eso no cabía la
menor duda. Pero cuál era el contenido de dicho sueño, era otra cuestión. Por
mucho que lo intentó, no pudo recordarlo en absoluto, aunque tenía la vaga
sensación de que corría frenéticamente en la oscuridad.
Se vistió rápidamente, y como la quietud de la casa en la madrugada le
ponía nervioso, salió a comprar el periódico. Era demasiado temprano para que
las tiendas estuviesen abiertas, sin embargo, y se dirigió hacia el oeste en
busca de un vendedor de periódicos, torciendo por la primera esquina. Mientras
caminaba, una extraña sensación empezó a apoderarse de él: una sensación de...
¡familiaridad! Había andado por aquí antes, y notaba una oscura y turbadora
familiaridad en las formas de las casas, en las siluetas de los tejados. Pero
-y esto era lo fantástico-, que él supiera, jamás había estado antes en esta
calle. Se entretenía poco paseando por esa parte de Salem, pues era de
naturaleza indolente; sin embargo, tenía una extraordinaria impresión de
recuerdo, y se le hacía más vivida a medida que avanzaba.
Llegó a una esquina, torció maquinalmente a la izquierda. La singular
sensación iba en aumento. Siguió andando despacio, reflexionando.
Indudablemente, había pasado por aquí antes, y muy probablemente lo
había hecho abstraído, de suerte que no había tenido conciencia de su trayecto.
Sin duda, era ésta la explicación. Sin embargo, al desembocar en Charter
Street, Carson sintió en su interior una rara intranquilidad. Salem despertaba;
con la claridad del día, los impasibles trabajadores polacos comenzaban a
cruzarse con él, presurosos, en dirección a los molinos. De cuando en cuando,
pasaba un automóvil.
A cierta distancia, vio que se había congregado una multitud en la
acera. Apretó el paso, con la sensación de una inminente calamidad. Con
extraordinario estupor, vio que se encontraba en el cementerio de Charter
Street, la antigua y mal afamada «Necrópolis». Se abrió paso entre la multitud.
A sus oídos llegaron comentarios en voz baja, y vio ante sí una espalda
voluminosa en uniforme azul. Miró por encima del hombro del policía y aspiró
aire, horrorizado. Había un hombre inclinado sobre la verja de hierro que
cercaba el cementerio. Llevaba un traje barato, llamativo, y se agarraba a las
herrumbrosas barras con una fuerza tal que los tendones le sobresalían como
cuerdas en el dorso peludo de sus manos. Estaba muerto, y en su cara vuelta
hacia el cielo en un gesto dislocado, se había congelado una expresión de
abismal y espantoso horror. Sus ojos, totalmente en blanco, sobresalían de
manera horrible; su boca era una mueca contraída y amarga.
El hombre que estaba junto a Carson volvió su pálido rostro hacia él.
-Parece como si hubiese muerto de miedo -dijo roncamente-. Me
horrorizaría ver lo que ha debido presenciar este hombre. ¡Uf, mire esa cara!
Carson se alejó maquinalmente de allí, sintiendo el hálito helado de
algo desconocido que le produjo un escalofrío. Se restregó los ojos, pero aquel
rostro contorsionado y muerto flotaba ante su vista. Comenzó a desandar su
camino, inquieto y algo tembloroso. Involuntariamente, miró hacia un lado, sus
ojos se posaron en las tumbas y monumentos que punteaban el viejo cementerio.
Hacía un siglo que no enterraban a nadie allí, y las lápidas manchadas de
liqúenes, con sus cráneos alados, sus ángeles mofletudos y sus urnas
funerarias, parecían exhalar un miasma indefinible de antigüedad. ¿Qué habría
asustado al hombre hasta el punto de causarle la muerte?
Carson aspiró profundamente. Desde luego, el cadáver había sido un
espectáculo horrible, pero no debía permitir que esto alterara sus nervios. No
podía consentirlo; esto perjudicaría su novela. Además, razonó consigo mismo,
el caso estaba lo suficientemente claro. El muerto era con toda seguridad un
polaco, del grupo de inmigrantes que vivían en el puerto de Salem. Al pasar
junto al cementerio por la noche, lugar en torno al cual habían surgido
numerosas y horribles leyendas durante casi tres siglos, los ojos embriagados
de aquel desdichado debieron de dar realidad a los brumosos fantasmas de su
mente supersticiosa. Estos polacos eran de emociones inestables, propensos a la
histeria colectiva y a figuraciones insensatas. El gran Pánico de los
Inmigrantes de 1853, en el que ardieron tres casas de brujas, se debió a la
confusa e histérica declaración de una vieja de que había visto a un misterioso
forastero vestido de blanco que se «había quitado la cara». ¿Qué podía
esperarse de semejante gente?, pensó Carson.
Sin embargo, seguía nervioso, y no regresó a casa hasta casi mediodía.
Cuando, a su llegada, encontró a Leigh, el ocultista, esperándole, se alegró de
verle y le invitó a pasar con cordialidad.
Leigh estaba muy serio.
-¿Ha sabido alguna cosa sobre su amiga Abigail Prinn? -preguntó sin
preámbulos, y Carson se le quedó mirando, detenido en el acto de ir a llenar un
vaso con un sifón. Tras un prologado intervalo, presionó la palanca, soltando
el chorro de líquido y espuma en el whisky. Tendió a Leigh la bebida, y sirvió
otro vaso para sí -whisky solo-, antes de contestar.
-No sé de qué me habla. Ha... ¿Qué pasa con ella? -preguntó, con un aire
de forzada despreocupación.
-He estado revisando los informes -dijo Leigh-, y he averiguado que
Abigail Prinn fue enterrada el 14 de diciembre de 1690 en el cementerio de
Charter Street, con una estaca en el corazón. ¿Qué ocurre?
-Nada -dijo Carson con voz neutra-. ¿Y bien?
-Pues... resulta que han abierto su tumba, y han robado su cadáver; eso
es todo. Han encontrado la estaca arrancada, y hay huellas de pisadas por todo
alrededor de la tumba. Huellas de zapatos. ¿Soñó usted anoche, Carson? -Leigh
soltó la pregunta como un latigazo, y sus ojos se endurecieron.
-No lo sé -contestó Carson confundido, frotándose la frente-. No puedo
recordarlo. He estado en el cementerio de Charter Street esta madrugada.
-¡Ah! Entonces debe de haber oído algo sobre el hombre que...
-Le he visto -interrumpió Carson, con un estremecimiento-. Me ha dejado
trastornado.
Apuró el whisky de un trago. Leigh le miró atentamente.
-Bien -dijo luego-, ¿aún está decidido a permanecer en esta casa?
Carson dejó el vaso y se levantó.
-¿Por qué no? -replicó con sequedad-. ¿Hay alguna razón por la que deba
irme?
-Después de lo que sucedió anoche...
-¿Qué sucedió? Han robado una tumba. Un polaco supersticioso vio a los
ladrones y se murió del susto. ¿Y qué?
-Está tratando de convencerse a sí mismo -dijo Leigh serenamente-. En su
corazón sabe, debe saber, la verdad. Usted se ha convertido en un instrumento
en manos de unas fuerzas poderosas y terribles, Carson. Abbie Prinn ha estado
en su tumba durante tres siglos... no-muerta, esperando a que alguien cayese en
la trampa: la Habitación de la Bruja. Quizá preveía ella lo que iba a suceder
cuando la construyó; previó que algún día, alguien cometería el error de
introducirse en esa cámara infernal y sería atrapado en ese diagrama de
mosaico. Ha caído usted, Carson: y ha permitido que ese horror no-
muerto cruzase el abismo que se abre entre la conciencia y la materia,
para ponerse en rapport con usted. El hipnotismo es un juego de niños para un
ser con los sobrecogedores poderes de Abigail Prinn. ¡Ella podía obligarle
fácilmente a ir a su tumba y arrancarle la estaca que la tenía aprisionada, y
luego borrar de su mente el recuerdo de esa acción, de forma que no pudiese
siquiera saber si fue un sueño! Carson estaba de pie, y en sus ojos ardía una
luz extraña: -¡En nombre de Dios! ¿Sabe usted lo que está diciendo?
Leigh se echó a reír agriamente:
-¡En nombre de Dios! Diga más bien en nombre del diablo; del diablo que
amenaza a Salem en este momento; porque Salem está en peligro, en un terrible
peligro. Los hombres, mujeres y niños del pueblo que Abbie Prinn maldijo cuando
la ataron al palo...
¡y descubrieron que no la podían quemar! He examinado unos archivos
secretos esta mañana, y he venido a rogarle por última vez que abandone esta
casa.
-¿Ha terminado? -preguntó Carson fríamente-. Muy bien. Me quedaré aquí.
Usted estará chiflado o bebido, pero no me va a impresionar con sus
insensateces.
-¿Se marcharía si le ofreciese mil dólares? -preguntó Leigh-. ¿O más,
quizá... diez mil? Dispongo de una suma considerable.
-¡No, maldita sea! -espetó Carson en un arrebato de cólera-. Todo lo que
quiero es que me dejen solo para terminar mi novela. No puedo trabajar en
ninguna otra parte...
además; no quiero, yo no...
-Me lo esperaba -dijo Leigh, con voz súbitamente tranquila, y con una
extraña nota de simpatía-. ¡Señor, usted no puede marcharse! Usted está
atrapado, y es demasiado tarde para sustraerse a los controles cerebrales de
Abbie Prinn, a través de la Habitación de la Bruja. Y lo peor es que ella sólo
puede manifestarse con su ayuda: le extrae sus fuerzas vitales, Carson, se
alimenta de usted como un vampiro. -Está usted loco -farfulló Carson
torpemente.
-Tengo miedo. Ese disco de hierro de la Habitación de la Bruja... me da
miedo; y lo que hay debajo. Abbie Prinn rendía culto a extraños dioses, Carson;
y he leído algo en la pared de esa alcoba que me ha hecho pensar. ¿Ha oído
hablar alguna vez de Nyogtha? Carson negó impacientemente con la cabeza. Leigh
se hurgó en el bolsillo y sacó un trozo de papel.
-He copiado esto de un libro de la Biblioteca Kester -dijo-; el libro se
titula Necronomicón, y fue escrito por una persona que sondeó tan profundamente
los secretos prohibidos que los hombres le tacharon de loco. Léalo.
Las cejas de Carson se juntaban a medida que iba leyendo la cita:
«Los hombres conocen con el nombre de Morador de la Oscuridad al hermano
de los Primordiales llamado Nyogtha, la Entidad que no debiera existir. Puede
ser traído a la superficie de la Tierra a través de ciertas cavernas y fisuras
secretas, y los hechiceros le han visto en Siria, y bajo la torre negra de
Leng; ha ido al Thang Grotto de Tartaria para sembrar el terror y la
destrucción entre los pabellones del gran Khan. Sólo por la cruz ansada, por el
conjuro de Vach-Viraj y por el elixir Tikkoun, puede ser devuelto a las
tenebrosas cavernas de oculta impureza donde mora.»
Leigh sostuvo la confundida mirada de Carson.
-¿Comprende ahora?
-¡Conjuros y elixires! -exclamó Carson, devolviéndole el papel-.
¡Estupideces!
-Ni mucho menos. Los ocultistas y adeptos conocen ese conjuro y ese
elixir desde hace miles de años. Yo he tenido ocasión de utilizarlos en otro
tiempo en determinadas... ocasiones. Y si estoy en lo cierto... -se volvió
hacia la puerta, con los labios apretados
en una línea descolorida-, esas manifestaciones han sido vencidas
anteriormente, pero la dificultad está en conseguir el elixir; es más difícil
obtenerlo. Pero espero... Volveré. ¿Puede abstenerse de entrar en la Habitación
de la Bruja hasta que yo vuelva?
-No le prometo nada -respondió Carson. Tenía un tremendo dolor de cabeza
que le había aumentado hasta imponerse a su conciencia, y ahora sentía una vaga
náusea-. Adiós.
Vio a Leigh dirigirse a la puerta, y aguardó en la escalera de la
entrada, con una extraña renuencia a entrar en la casa. Mientras miraba
alejarse la figura del ocultista, salió una mujer de la casa adyacente. Al
verle, sus enormes pechos se agitaron. Estalló en una chillona y furiosa
diatriba.
Carson se volvió y se quedó mirándola con ojos desconcertados. La cabeza
le latía dolorosamente. La mujer se acercaba agitando un puño gordo y
amenazador.
-¿Por qué asusta usted a mi Sarah? -gritó, con su cara morena
congestionada-. Porque la asusta con sus trucos estúpidos, ¿eh?
Carson se humedeció los labios.
-Lo siento -dijo lentamente-. Lo siento muchísimo. Yo no he asustado a
su Sarah. No he estado en casa en todo el día. ¿Qué es lo que la ha asustado?
-Ese bicho oscuro... dice Sarah que se metió en su casa...
La mujer se calló de pronto, con la mandíbula colgando de asombro. Sus
ojos se agrandaron. Hizo un signo extraño con la mano derecha, señalando con
sus dedos índice y meñique a Carson, mientras cruzaba el pulgar sobre los otros
dedos. -¡La vieja bruja!
Se retiró apresuradamente, murmurando palabras en polaco con voz
asustada. Carson dio media vuelta y entró en la casa. Se sirvió un poco de
whisky en un vaso, reflexionó, y luego lo apartó sin haberlo probado. Empezó a
pasear arriba y abajo, frotándose de cuando en cuando la frente con dedos que
sentía secos y ardientes. Vagos, confusos pensamientos se agolpaban en su
mente. Tenía la cabeza febril y le latía con violencia.
Por último, bajó a la Habitación de la Bruja. Se quedó allí, aunque no
trabajó; su dolor de cabeza no era tan opresivo en la mortal quietud de la
cámara del subsuelo. Al cabo de un rato se durmió.
No sabía cuánto había dormido. Soñó con Salem, y con un ser confusamente
definido, negro y gelatinoso, que recorría las calles a sobrecogedora
velocidad, un ser como una ameba increíblemente grande, negro como el azabache,
que perseguía y se tragaba a los hombres y mujeres que gritaban y huían en
vano. Soñó con un rostro de calavera que escudriñaba en su interior, un
semblante reseco y contraído en el que sólo los ojos parecían vivos y brillaban
con una luz infernal y perversa.
Despertó finalmente, y se incorporó con un sobresalto. Tenía mucho frío.
Reinaba el más completo silencio. A la luz de la bombilla eléctrica, el
mosaico verde y púrpura parecía retorcerse y contraerse hacia él, ilusión que
se disipó al aclararse sus ojos enturbiados por el sueño. Consultó el reloj.
Eran las dos. Había dormido toda la tarde y la mayor parte de la noche.
Se sentía débil, y el cansancio le tenía inmovilizado en su silla. Le
daba la sensación de que le habían extraído las fuerzas del cuerpo. El
penetrante frío parecía traspasarle el cerebro, pero se le había ido el dolor
de cabeza. Tenía la mente muy despejada, expectante, como si esperase que
sucediera algo. Un movimiento, no lejos de él, atrajo su mirada.
Se estaba moviendo una losa de la pared. Oyó un suave ruido chirriante,
y lentamente, se ensanchó la negra cavidad, convirtiéndose la ranura en un
cuadrado. Algo se movió en la sombra. Un tenso y ciego horror traspasó a Carson
al ver avanzar a rastras hacia la
luz a aquella monstruosidad.
Parecía una momia. Durante un segundo que fue eterno, insoportable, el
pensamiento golpeó espantosamente en el cerebro de Carson: ¡Parecía una momia!
Era un cadáver de una delgadez descarnada, con la piel ennegrecida y el aspecto
de un esqueleto con el pellejo de un enorme lagarto extendido sobre sus huesos.
Se agitó, avanzó, y sus largas uñas arañaron audiblemente en la piedra. Salió a
la Habitación de la Bruja, su rostro impasible se reveló cruelmente bajo la luz
cruda, y sus ojos centellearon con una vida sepulcral. Pudo ver la línea
dentada de su espalda negruzca y encogida...
Carson se quedó paralizado. Un horror abismal le había privado de la
capacidad de moverse. Parecía estar atrapado en los grillos de la parálisis del
sueño, en que el cerebro, espectador distante, es incapaz o reacio a transmitir
los impulsos nerviosos a los músculos. Se dijo frenéticamente que estaba
soñando, que dentro de un momento despertaría.
El seco horror se incorporó. Se puso en pie, descarnadamente flaco, y se
dirigió a la alcoba en cuyo suelo estaba encajado el disco de hierro. Se detuvo
de espaldas a Carson, y un susurro reseco crepitó en la quietud mortal. Al
oírlo, Carson quiso gritar, pero no pudo. El espantoso murmullo continuó en un
lenguaje que a Carson se le antojó extraterreno, y como en respuesta, un casi
imperceptible estremecimiento sacudió el disco de hierro.
Se estremeció y comenzó a levantarse, muy lentamente; y como en un gesto
de triunfo, el encogido horror alzó sus delgadísimos brazos. El disco tenía más
de veinte centímetros de espesor; y a medida que se separaba del suelo,
comenzaba a penetrar en la habitación un hedor insidioso. Era vagamente un olor
a reptil, almizclado y nauseabundo. El disco se elevó inexorablemente, y un
dedo de negrura surgió de debajo del borde. Súbitamente, Carson recordó el
sueño que había tenido, de una criatura negra y gelatinosa que recorría veloz
las calles de Salem. Trató en vano de romper los grillos de la parálisis que le
tenían inmovilizado. La cámara estaba quedándose a oscuras, y un vértigo
tenebroso aumentaba progresivamente para tragárselo a él. La habitación parecía
vacilar.
El disco siguió elevándose; siguió el arrugado horror con sus brazos
esqueléticos levantados; y siguió fluyendo la negrura en un movimiento
ameboide.
Se oyó un ruido por encima del seco susurro de la momia, un vivo resonar
de pasos presurosos. Por el rabillo del ojo, Carson vio que alguien entraba
corriendo en la Habitación de la Bruja. Era el ocultista, Leigh, con los ojos
llameantes en su rostro mortalmente pálido. Pasó por delante de Carson y se
dirigió a la alcoba donde estaba emergiendo la negra abominación.
Aquel ser arrugado se volvió con horrible lentitud. Carson vio que Leigh
traía una especie de herramienta en su mano izquierda, una crux ansata de oro y
marfil. Y llevaba la mano derecha pegada a un costado. Su voz retumbó entonces
sonora y autoritaria. Su blanco rostro estaba cubierto de pequeñas gotas de
sudor:
-Ya na kadishtu nilgh'ri... stell'bsna kn'aa Nyogtha... k'yarnak
phlegethor... Tronaron las fantásticas y aterradoras palabras, y retumbaron en
las paredes de la bóveda. Leigh avanzó lentamente, sosteniendo en alto la crux
ansata. ¡Y entretanto, la negra abominación seguía manando de debajo del disco!
Cayó el disco a un lado, y una gran oleada de iridiscente negrura, ni
sólida ni líquida, una espantosa masa gelatinosa, se derramó en dirección a
Leigh. Sin detenerse, éste hizo un gesto rápido con su mano derecha, y lanzó un
pequeño tubo de cristal a aquella cosa negra, en la que se hundió.
La informe abominación se detuvo. Vaciló con un espantoso
estremecimiento de indecisión, y luego se retiró rápidamente. Un hedor
asfixiante de ardiente corrupción
empezó a invadir el aire, y Carson vio cómo la negra monstruosidad se
descomponía en grandes pedazos, arrugándose como bajo el efecto de un ácido
corrosivo. Se contrajo en un vivo movimiento licuescente, goteando su espantosa
carne negra a medida que se consumía.
Un seudópodo de negrura se alargó desde la masa central y atrapó como un
tentáculo gigantesco al ser cadavérico, arrastrándolo al pozo por encima del
borde. Otro tentáculo cogió el disco de hierro, lo arrastró sin esfuerzo por el
suelo, y cuando la abominación desapareció de la vista, el disco cayó en su
sitio con un estampido atronador.
La habitación osciló en amplios círculos en torno a Carson, y una náusea
espantosa se apoderó de él. Hizo un tremendo esfuerzo para tenerse de pie, y
luego la luz se desvaneció rápidamente y se apagó. La oscuridad se había
apoderado de él.
Carson no llegó a terminar la novela. La quemó, pero siguió escribiendo,
aunque
ninguno de sus libros posteriores han sido publicados. Sus editores
hicieron un gesto
negativo, y se preguntaron por qué un escritor de literatura popular tan
brillante se había
convertido de repente en un aburrido partidario de lo horripilante y lo
espectral.
-Resulta convincente -dijo un hombre a Carson, al devolverle su novela,
El dios negro
de la locura-. Es buena en su género, pero la encuentro morbosa y
horrible. Nadie la
leería. Carson, ¿por qué no escribe usted el tipo de novelas que solía
escribir, del género
que le hizo famoso?
Fue entonces cuando Carson rompió su promesa de no hablar sobre la
Habitación de la Bruja, y le contó toda la historia con la esperanza de que le
comprendiera y creyera. Pero al terminar, su corazón desfalleció al verle al
otro la cara de simpatía y escepticismo.
-Lo ha soñado, ¿verdad? -preguntó el hombre, y Carson sonrió
amargamente.
-Sí, lo he soñado.
-Debe de haberle producido una impresión terriblemente vívida en su
espíritu. Algunos sueños la producen. Pero lo olvidará con el tiempo -predijo,
y Carson asintió.
Y porque sabía que sólo despertaría sospechas acerca de su cordura, no
mencionó lo que bullía permanentemente en su cerebro, el horror que había visto
en la Habitación de la Bruja al despertar de su desvanecimiento. Antes de huir,
él y Leigh, pálidos y temblorosos, de la cámara, Carson había lanzado una fugaz
mirada hacia atrás. Los pedazos arrugados y corroídos que había visto
desprenderse de aquel ser de loca blasfemia habían desaparecido
inexplicablemente, aunque habían dejado negras manchas en las piedras. Abbie
Prinn, quizá, había regresado al infierno que había adorado, y su dios inhumano
se había retirado a los secretos abismos más allá de la comprensión del hombre,
derrotado por las fuerzas poderosas de una magia anterior que el ocultista
había manejado. Pero la bruja había dejado un recuerdo, una cosa espantosa, que
Carson, en esa última mirada hacia atrás, había visto emerger del borde del
disco de hierro, como alzándose en irónico saludo: ¡una mano arrugada en forma
de garra!
Bethmoora (L.DUNSANY)
Lord Dunsany
Hay una suave frescura en las noches de Londres, como si una brisa
extraviada hubiera perdido a sus compañeros de parranda en las tierras altas de
Kent y hubiera entrado
furtivamente al pueblo. Las aceras están un poco humedas y brillantes.
En nuestros oídos, que a esta hora tardía se tornan muy agudos, golpea el
sonido de alguna pisada lejana. El sonido de los pasos se vuelve más y más
fuerte, llenando toda la noche. Y una figura enfundada de negro pasa de largo,
dirigiendo sus pisadas hacia la oscuridad. Uno que viene de bailar se dirige a
casa. En algun lugar, un baile ha cerrado sus puertas y ha terminado. Sus luces
amarillentas se han apagado, sus músicos callan, sus bailarines se han ido con
el aire de la noche, y el Tiempo ha dicho al respecto "Que sea pasado y
cerrado, y puesto entre las cosas que he guardado". Las sombras comienzan
a apartarse de sus numerosos lugares de reunión. Los gatos furtivos, no menos
silenciosamente que aquellas sombras flacas y muertas, regresan a casa. De esta
forma, incluso en Londres tenemos nuestros tenues presagios de la llegada del
amanecer, ante los cuales las aves y las bestias y las estrellas claman hacia
los campos ilimitados. En qué momento, no lo sé, percibo que la noche ha sido
irremediablemente destronada. Repentinamente, la cansina palidez de las
lámparas me revela que las calles están silenciosas y nocturnamente tranquilas,
no porque haya alguna fuerza particular en la noche, sino porque los hombres no
se han levantado aún del sueño para desafiarla. Del mismo modo, he visto
guardias abatidos y desaliñados en portales palaciegos, quienes aún portan
armaduras antiguas aunque los reinos de la monarquía que guardan se hayan encogido
a una sola provincia, que ningún enemigo se ha preocupado de invadir. Y ya se
manifiesta, por el aspecto de las luces de la calle, vergonzosamente
dependientes de la noche, que los picos de las montañas inglesas ya han visto
el amanecer, que las cimas de Dover se yerguen blancas en la mañana y que la
niebla marina se ha levantado y se derrama tierra adentro. Y ahora han llegado
varios hombres con un caballo y están mojando las calles. ¡Mirad!, la noche ha
muerto. ¡Qué recuerdos, qué fantasías llenan nuestra mente! Una noche más ya ha
sido recogida por las hostiles manos del Tiempo. Un millón de cosas
artificiales cubiertas, durante un momento, en el misterio; como mendigos
vestidos de púrpura sentados sobre tronos terribles. Cuatro millones de
personas dormidas, soñando posiblemente. ¿A qué mundos habrán penetrado? ¿Con
quién se habrán encontrado? Sin embargo, mis pensamientos están lejos de aquí,
con Bethmoora en su soledad, cuyas puertas se baten abiertas. Hacia delante y
atrás oscilan y crujen, crujen con el viento, pero nadie las oye. Son de cobre
verde, muy hermosas, pero nadie las contempla ahora. El viento del desieto
deposita arena en sus bisagras y ningún vigilante viene a aliviarlas. Ningún
guardia merodea por las almenas de Bethmoora, ningún enemigo las ataca. No hay
luces en sus casas, ni pisadas en sus calles. Se alza allí, muerta y solitaria,
al otro lado de las Colinas de Hap. Me gustaría contemplar Bethmoora una vez
más, pero no me atrevo. Hace muchos años, según me contaron, que Bethmoora fue
desolada. Su devastación es comentada en las tavernas donde se reunen los
marineros, y algunos viajeros me han hablado de ella. Yo tenía la esperanza de
contemplar Bethmoora otra vez. Hace muchos años -dicen- que la cosecha fue
recogida de los viñedos que conocí, donde ahora todo es desierto. Era un día
radiante y la gente de la ciudad danzaba por los viñedos, mientras que aquí y
allá alguien tocaba el kalipac. Los arbustos púrpuras estaban en flor, y la
nieve brillaba sobre las Colinas de Hap. Fuera de las puertas de cobre, las
uvas se aplastaban en tinas para hacer el syrabub. Había sido una buena
cosecha. En los pequeños jardines al borde del desierto los hombres golpeaban
el tambang y el tittibuk, y tocaban melodiosamente el zootibar. Allí todo era
regocijo, canciones y baile, porque la cosecha se había recogido y, por lo
tanto, habría suficiente syrabub para los meses de invierno, y mucho más
sobrante para intercambiar por turquesas y esmeraldas con los comerciantes que
bajaban de Oxuhahn. De este modo, celebraron todo el día la cosecha de la
estrecha franja de tierra cultivable que se ecuentra entre Bethmoora y el
desierto, el que se junta con el cielo en el Sur.Y cuando
el calor del día comenzó a disminuir y el sol se acercó a las nieves de
las Colinas de Hap, aún se alzaba clara la nota del zootibar desde los
jardines, y los brillantes vestidos de los bailarines aún se enroscaban entre
las flores. Durante todo el día, tres hombres en mulas habían sido vistos
cruzando la cara de las Colinas de Hap. Hacia delante y hacia atrás se movían
mientras la huella serpenteaba hacia abajo, y más abajo. Tres manchitas negras
contra la nieve. Fueron vistos por primera vez muy temprano en la mañana,
arriba, cerca del hombro de Peol Jagganoth y parecían venir saliendo de Utnar
Vehi. Todo el día vinieron. Y en el ocaso, justo antes que las luces salgan y
los colores cambien, aparecieron frente a las puertas de cobre de Bethmoora.
Llevaban estacas, como las que portan los mensajeros en esas tierras y
parecieron sombríamente ataviados cuando los danzantes, con sus vestidos verde
y lila, los rodearon. Aquellos europeos que estuvieron presentes y oyeron el
mensaje entregado no conocían el lenguaje, y solamente captaron el nombre Uthar
Vehi. Pero el mensaje fue breve, y pasó rápidamente de boca en boca, y casi al
instante, la gente incendió sus viñedos y comenzó a huír de Bethmoora,
dirigiéndose la mayoría hacia el norte, aunque algunos fueron al Este. Se
precipitaron fuera de sus hermosas casas blancas y salieron a torrentes por las
puertas de cobre. La vibración de tambang y del tittibuk súbitamente cesó así
como la nota del zootibar, y el tintineante kalica se detuvo un momento
después. Los tres extraños viajeros regresaron, inmediatamente al ser entregado
su mensaje, por el mismo camino que habían venido. Era la hora en que una luz
ya habría aparecido en alguna elevada torre y, ventana tras ventana, habría
derramado en el crepúsculo su luz, que atemoriza a los leones, y las puertas de
cobre se habrían cerrado. Pero ninguna luz asomaba de las ventanas aquella
noche, ni lo ha hecho desde entonces, y aquellas puertas de cobre fueron
dejadas abiertas y nunca se han cerrado. El sonido crepitante del rojo fuego se
elevaba desde los viñedos y el sonido de pies escapando suavemente. No hubo
gritos, ni ningún otro sonido, sólo el rápido y determinado escape. Huyeron tan
veloz y tranquilamente como un rebaño de ganado que escapa al ver
repentinamente a un hombre. Era como si algo temido por generaciones hubiese
sobrevenido, de lo que sólo podía escaparse a través de una huída inmediata,
que no dejaba tiempo para indecisiones. El miedo también tomó a los Europeos,
que igualmente huyeron. Y cuál era el mensaje; nunca lo he sabido. Muchos creen
que era un mensaje de Thuba Mlee, el misterioso emperador de aquellas tierras,
jamás visto por hombre alguno, informando que Bethmoorta debía ser desalojada.
Otros dicen que el mensaje era una advertencia de los dioses, mas si se trataba
de dioses amigables o de dioses adeversos, no lo saben. Y otros sostienen que
la Plaga había asolado una línea de ciudades en Uthar Vehi, siguiendo el curso
del viento suroeste que por muchas semanas había estado soplando entre ellas,
hacia Bethmoora. Algunos dicen que la terrible enfermedad gnousar afectaba a
los tres viajeros y que incluso sus mismas mulas se encontraban empapadas de
ella, y suponen que el hambre los había conducido a la ciudad. Sin embargo, no
sugieren alguna mejor razón para un crímen tan terrible. Mas la mayoría cree
que fue un mensaje del desiertos mismo, quien es dueño de toda la Tierra hacia
el sur, dictado con su peculiar bramido a aquellos tres hombres que conocían su
voz, hombres que han estado en las desoladas arenas sin tiendas durantre la
noche, que han estado día tras día sin agua, hombres que han estado allí donde
el desierto murmura, y han llegado a conocer sus necesidades y su malevolencia.
Dicen que el desierto tenía necesidad de Bethmoora, que deseaba entrar en sus
hermosas calles y enviar a sus templos y a sus casas sus vientos de tormenta
cargados de arena. Porque él odia, con su antiguo y maligno corazón, el sonido
y la visión del hombre, y deseaba tener a Bethmoora silenciosa e imperturbable,
guardada para el extraño amor que le susurra ante sus puertas. Si supiera cuál
fue el mensaje que los tres hombres en mulas llevaron y
entregaron en la entrada de cobre, creo que iría y contemplaría
Bethmoora una vez más. Pues aquí en Londres me sobreviene un gran anhelo de ver
una vez más aquella blanca y hermosa ciudad. Sin embargo, no me atrevo pues no
sé qué peligro tendré que enfrentar. Si acaso deberé arriesgarme a la furia de
los terribles y desconocidos dioses, o a alguna enfermedad lenta e innombrable,
o a la maldición del desierto, o la tortura en alguna pequeña habitación
privada del Emperador Thuba Mleen, o a algo que los viajeros no han revelado,
quizá más temible aún.
CONFESIONES DE UN HORCADO (J.HAIGH)
Confesiones Antes de Ser Ahorcado
John Haigh
El caso de John Haigh fue publicitado mundialmente cuando en 1949 fue
ejecutado por sus crímenes. De niño fue monaguillo de una Iglesia, y habiéndose
convertido en un adulto problematizado y atormentado por atroces pesadillas,
rentó en 1944 un sótano para utilizar como taller. Ese mismo año asesinó ahí
mismo a su primer víctima, drenándole toda la sangre para posteriormente
bebérsela y disolviendo el cuerpo con ácido. Luego de varios años, y siete
víctimas más, la policía investigó y descubrió las evidencias del cadáver de una
anciana, arrestando a Haigh quien explicó su caso a través de un famoso cuento.
La prensa lo bautizó "El Vampiro del Baño de Ácido" (Acid Bath
Vampire). * * * * * *
Mañana seré ahorcado. Pasaré, por primera y última vez por esa puerta de
mi celda (hay dos en ella) que nunca he visto abrirse. La otra sirve a los
guardianes cuando vienen a visitarme. Pero sé que por la segunda puerta, esa
siempre cerrada, es arrastrado el hombre destinado a la ejecución. En verdad,
es el umbral del más allá.
Atravesaré ese umbral sin miedo ni remordimiento. Los hombres me han
condenado porque me temían. Amenazaba su miserable sociedad, su orden
constituido. Pero estoy muy por encima, participo de una vida superior, y todo
eso que he hecho, lo que ellos llaman "delitos", lo he realizado
porque me guiaba una fuerza divina. He aquí por qué me es completamente
indiferente que se me trate de malvado o loco: de igual modo me es indiferente
que comadres tontas soliciten verme. En efecto, parece, al menos a estar a lo que
me ha dicho un guardián, que llegan a la prisión muchas cartas dirigidas a mí
de
parte de ese frívolo sexo. Me pregunto si existe alguien sobre la * *
* * * Tierra capaz de
comprenderme. A decir verdad, algunas veces me cuesta a mí mismo, y ahora,
mientras refiero mi experiencia, desespero de encontrar ni siquiera un solo
lector que esté a mi altura. La primera persona que he matado fue William
Donald McSwan. A continuación maté a su padre y a su madre. La manera como
conocí a Swan no tiene en sí nada de misteriosa. El era propietario de una sala
de juego en Tooting, en los alrededores de Londres. Una tarde de otoño de 1944
encontré a Swan en un café de Kensington. Estaba preocupado. Temía que lo
llamaran a las armas, y me confió su intención de esconderse para evitar la
conscripción militar. Desde aquella vez lo volví a ver con frecuencia. Me
llevó, además, a casa de los suyos. Una noche, le propuse visitar mi
departamento y, en el sótano, mi laboratorio, en Gloucester Road número 79. El
joven Swan accedió. Entró junto conmigo... No puedo referir lo que hice
entonces sin contar previamente algunos hechos que se remontan a mi infancia.
Es necesario que hable de los sueños que tenía en aquel tiempo. El primer sueño
del
cual me acuerdo con precisión se remonta a la época en que formaba parte
del coro de la catedral de Wakefield. De noche, en la cama, cerraba los ojos y
volvía a ver el Cristo torturado sobre la cruz. Miraba el crucifijo en la
iglesia, y a veces veía la cabeza coronada de espinas, a veces el cuerpo entero
de Cristo, de cuyas heridas brotaba copiosamente la sangre. Me sentía
horrorizado.
En otro sueño me construía una inmensa escalera telescópica, por medio
de la cuál llegaba a la Luna. Desde allí miraba la Tierra a mis pies, no más
grande que una pelota. ¿Qué significado tenía este sueño? Pensaba que quería
decir que haría en mi vida alguna cosa grande, que sería el mejor de todos. La
mayor parte de las veces la sangre era el asunto de mis sueños. Estos sueños
tenían un papel fascinante y terrible en mi existencia. Y todavía no conocía el
sabor de la sangre. Una pura casualidad me la hizo gustar, y desde entonces ya
no pude olvidármelo. Tendría diez años. Me había herido en la mano con un
cepillo para cabello, de pelos metálicos. Lamí la sangre que brotaba, y algo se
me mezcló en todo mi ser. Esa cosa viscosa, cálida y salada que sorbía a flor
de piel era la vida misma. Fue una revelación que me obsesionó por muchos años.
En cierta oportunidad empecé a tajearme adrede los dedos y las manos, sólo para
poder posar los labios sobre la herida fresca y volver a sentir aquella
sensación inefable. La casualidad, pues, me había hecho volver, a través de los
siglos de civilización, a los tiempos fabulosos en que los seres sacaban fuerza
de la sangre humana. Descubrí que pertenecía a la raza de los vampiros. ¿Por
qué? ¿Por qué justamente yo? No sabría explicarlo. Sólo puedo contar lo que
experimentaba. ¿Comprenden ahora lo que pudo sucederle al joven Swan, cuando se
encontró a solas conmigo, en aquella tarde de otoño? Lo desmayé con la pata de
una mesa, o con un pedazo de caño, ya no lo recuerdo exactamente. Y después le
corté la garganta con un cortapluma. Procuré beber su sangre, pero no era nada
fácil. Aún no sabía bien qué sistema usar. Le tuve sobre el lavamanos, y traté
de recoger de algún modo el líquido rojo. Al fin, me parece que resolví sorberlo
directamente de la herida, con un sentimiento de profunda satisfacción. Cuando
me aparté, sentí espanto ante la presencia de aquel cadáver. No tenía
remordimientos. Sólo me preguntaba como podía hacer para desembarazarme de él.
De súbito se me ocurrió un buen método. Tenía ya en mi laboratorio una gran
cantidad de ácidos, sulfúrico y clorhídrico, que me servían para atacar los
metales. Sabía bastante de química para estar enterado de que el cuerpo humano
está compuesto en su mayor parte, de agua. Y el ácido sulfúrico es muy ávido de
agua. Por desgracia, no tenía nada preparado. Sólo al sexto o séptimo caso,
comencé a preocuparme de preparar anticipadamente el medio más adecuado para
hacer desaparecer los cuerpos. Debí buscar un recipiente para meter el cadáver.
Encontré en un cementerio una especie de barril de metal. Para transportarlo
hasta mi sótano, pedí prestado a un maestro albañil una carretilla. Acomodé al
señor Swan en el barril.
Ahora no me quedaba más que verter el ácido en el barril. Debía servirme
de un cubo. No había previsto el humo que se desprendió, y sentí tal náusea que
hube de salir un poco al aire para retomar aliento. Luego volví a la tarea y,
finalmente abandoné el sótano, cerrando la puerta tras de mí. Cuando más tarde
regresé allí, pude comprobar que la operación había salido bien. El cuerpo
estaba disuelto. Levanté una trampa que comunicaba con las cloacas y vertí por
el hueco la mezcla. Si queda aún algo de míster Swan, se lo encontrará en el
mar, ahí donde se descargan las cloacas de Londres. Dos meses después, hice
otra víctima: esta vez se trató de una mujer. Tendría cerca de treinta y cinco
años. Era morena, de mediana estatura. Nunca la había visto antes.
Nos encontramos en la calle, en el distrito de Hammersmith. La abordé
sobre un puente. Comprendí en seguida que debía morir. Era durante un ciclo de
sueños y tenía necesidad de beber en la copa. Ella aceptó venir a mi casa. Le
di un golpe en la cabeza y
bebí su sangre. Tampoco esta vez había hecho planes para desembarazarme
del cadáver; pero aún tenía un poco de ácido y mi barrilejo. Arreglé en él a la
muchacha, pensando entonces que sería cómodo tener una bomba para verter el
ácido. Salí a comprarme una. Sólo después del segundo McSwan, el padre de
William, se me ocurrió usar una especie de máscara para evitar la náusea por
los vapores del ácido. Y en seguida me procuré un mandil, botas y guantes de
goma. Así equipado, y armado de un palo revolvía la "mezcla".
A los viejos McSwan los maté juntos el mismo día. Durante el proceso se
me ha preguntado con cuál cortapluma acostumbraba a cortar la garganta de mis
víctimas. En verdad no sabría decirlo; tenía tres de ellos. Debo decir, a este
propósito, que no acierto a recordar ningún detalle de lo que sucedía en esos
momentos. Cuando estaba bajo la influencia de mis sueños, casi no veía otra
cosa que la copa, esa copa tendida ante mí, mientras yo aullaba de deseo, y que
se rehusaba a mi garganta sedienta, hasta que no me decidía a arrastrar un ser
humano a mi sótano, y entonces, por un instante, podía al fin chupar la vida de
su garganta abierta, con inefable alivio. Mi quinta víctima fue un jovencito
desconocido, un tal Max. Pero prefiero hablar de los números seis y siete, la
joven pareja Henderson. Archibald Henderson era un médico londinense. Tenía una
mujer joven, hermosísima: Rose... desaparecieron en febrero de 1948. La policía
no habría resuelto nunca este misterio si no la hubiera ayudado revelándole
haber sido yo quien mató a los Henderson. Los conocí del modo más sencillo.
Habían publicado un aviso para vender una casa en Ladbroke Square. Contesté.
Era un buen método para entrar en contacto con nuevas personas. Lo he empleado
varias veces. El señor Henderson era el segundo marido de Rose, y Rose era su
segunda mujer. El era viudo. Ella, divorciada. Había estado casada con un
ingeniero alemán, Rudolf Erren. Durante la Segunda Guerra Mundial Erren había
formado parte del famoso grupo de pilotos apodado "Circo Richtofen",
capitaneado por Goering. Después de la guerra se había establecido en
Inglaterra. Ahora ha vuelto a vivir en Alemania. Cuando sé que una persona
puede convertirse en una víctima mía, es extraño, pero no logro experimentar
amistad por ella. Rose me confió que, bajo aquella apariencia acomodada, ella y
su marido tenían dificultades financieras. No es entonces por interés que los
he matado. Archie tenía deudas, y a menudo discutía con su mujer por cuestiones
de dinero.
Los Henderson partieron en 1948 para una breve estancia en Brighton, en
el hotel Metropole. El ciclo de mis sueños estaba entonces en el ápice. Me
sentía mal. Archie se quejaba de mi desatención: le parecía que no escuchaba lo
que me decía. En efecto, estaba completamente preso de mi horrible necesidad.
Veía de nuevo bosques de crucifijos que se transformaban en árboles que
goteaban sangre. Me despertaba con ese atroz deseo imperioso. Necesitaba que
Archie fuera mi próxima víctima. Con un pretexto cualquiera, le hice venir
desde Brighton a Crawley, a mi laboratorio de Leopold Road, y le disparé una
bala en la cabeza con el revólver de su propiedad, que le robara durante una
noche pasada en su casa. Volví a Brighton y le dije a Rose:
- Archie se ha sentido mal en mi
casa. Nada grave, pero quisiera que usted fuera a buscarle. Venga conmigo.
Me siguió enseguida, sin ninguna sospecha. Apenas entró en el
laboratorio la maté. Cómo, no lo recuerdo. Chupé una buena parte de la sangre
de Archie y de Rose. Me sentía protegido por una mano invisible. Estaba tan
seguro de mí, que dejé los cadáveres al descubierto en el laboratorio minetras
iba a comprar una máscara de gas y un segundo recipiente para el ácido. La
máscara, como ya he explicado, debía servir para evitarme la náusea por las
emanaciones de ácido sulfúrico que se elevaban de mi "mezcla". El nuevo
recipiente era para la mujer. Dejé a Archie y Rose en perfecto reposo. Disolví
al
primero el viernes por la tarde. Y el sábado por la tarde el bello
cuerpo que en vida había constituido la fascinación de Rose Henderson, se
fundió en el ácido como una muñeca de cera al calor. Su forma y su color
desaparecieron lentamente, gigantescos pedazos de azúcar que yo revolvía con un
bastón, continua, paciente y serenamente...
Mary fue mi víctima número ocho. Encontré a esa muchacha en Eastbourne,
donde estaba de vacaciones o por trabajo, ya no lo recuerdo bien. En todo caso,
no era del lugar. De ella sólo conozco su nombre, Mary. Charlamos largamente, y
le pedí que viniera a comer conmigo a Hastings. Fuimos a un café cerca del mar.
Estábamos a fines de verano o en los comienzos del otoño, en todo caso en los
últimos días cálidos. El sol poniente transformó por un instante el mar en
sangre. Me estremecí. Miré a Mary y le dije estúpidamente:
- Es hermoso, ¿verdad? Parece exactamente una tarjeta postal en colores.
Pero yo, distante de aquellos pensamientos vulgares, me sentía dominado
por mi sacro deseo. Me llevé sin esfuerzo a Mary a Crawley. Entramos en mi
laboratorio de Leopold Road. Sin esperar, tomé un utensilio por el mango y la
golpeé salvajemente en la cabeza. Después, le abrí la garganta y me arrojé
ávidamente sobre la herida.
Durante la noche, tuve el acostumbrado sueño satisfecho que me venía
siempre después de cada crimen. La aparición me tendió la copa de sangre y me
dejó beber a largos sorbos. Mary tenía el acento de Gales. Recuerdo su
vestidito blanco y azul y sus zapatos blancos escotados. No había casi nada en
su bolso, fuera de un frasquito de perfume. Nunca logré descubrir su nombre. La
policía tampoco.
Hablaré ahora de la novena persona que fue "muerta" por mí.
Esta es la expresión que deseo usar. No me agrada llamarlo que la había
"asesinado", porque esta palabra da la impresión de crueldad y
sufrimiento. "Matar" en cambio, era el resultado inevitable de la
voluntad de un Espíritu de gran poder que me guiaba, ordenándome tomar la
sangre de los hombres. El hombre es solo un peón en manos del Ser Supremo. La
misma fuerza ha decidido ahora que ha llegado para mí el tiempo de morir y yo
acepto su divino juicio. Por otra parte, también estoy cansado. Mis ojos no
pueden más. He leído y escrito mucho, y tengo prisa de concluir estas memorias.
Para poder continuar escribiendo, me veo obligado a ponerme los anteojos con
montura de oro del doctor Henderson, mi sexta víctima. Pero vayamos, pues, a la
señora Olive Durand-Deacon, la última persona de esta tierra de quien he bebido
un vaso de sangre. Cuando la encontré, era una de esas mujeres "en el
tramonto de su vida", para usar las palabras del Ministerio Público en mi
proceso. Debo admitirlo, con ella he sido muy descuidado. No es de mi
naturaleza. Usualmente, me gusta repetir que prefiero una injusticia a un
desorden. Pero me sentía de tal modo protegido por la fuerza superior que me
dirigía, que olvidé tomar las precauciones más elementales. La señora
Durand-Deacon vivía en la misma pensión familiar en que yo me alojaba, en
Kensington. Es así como la he conocido. Le agradaba a la anciana señora porque
le hablaba de música, de arte, de literatura. Teníamos también conversaciones
filosóficas y religiosas. Ella había escrito un libro titulado "Así Habla
Dios". Yo había dado alguna conferencia en congregaciones religiosas.
Recuerdo que conmovía a las oyentes hasta las lágrimas. También había escrito
algunos artículos en diversas revistas de teología. Todo lo cual me granjeó las
simpatías de la señora Durand-Deacon, quien veía en mí, a pesar de mis cuarenta
años, "un joven verdaderamente ventajoso". Durante mi proceso, el
público ha sido informado del ridículo motivo que la indujo a venirme a ver a
mi laboratorio. La anciana señora sufría por haber perdido las uñas, y yo le
había dicho que, tal vez, lografía fabricarle otras con material plástico.
Y fue así como ella partió para su último viaje, el 18 de febrero de
1949. La maté de un balazo en la nuca. Después le practiqué una incisión en la
garganta y bebí un vaso de
sangre. Llevaba una cadenita con una pequeña cruz alrededor del cuello.
Experimenté un goce extraordinario al estrujarla. El sistema para
desembarazarme del cadáver se había hecho ahora automático. Además, para la
señora Durand-Deacon había preparado con anticipación el barrilejo de ácido. He
dicho ya que aquella vez hice todas estas operaciones con descuido. Había
comprado el ácido dando mi verdadero nombre. Quemé sólo parcialmente el bolso
de la señora Durand-Deacon, y los polizontes encontraron fragmentos. No disolví
completamente el cuerpo, desde el momento en que fueron encontrados restos
suficientes para justificar la acusación de asesinato. En realidad, para mí no
había sido todo fácil con la señora Durand-Deacon. Debí hacer entrar aquel
cadáver de noventa kilos en un pequeño barril. Pero esto no basta para explicar
mi negligencia. Quizás, estaba sencillamente cansado de matar, y no veía la
hora de concluir con aquella misión que la divinidad superior me había
confiado, y tenía necesidad de descansar, así fuera en el inmundo pedazo de
tierra reservado a los ajusticiados. Extenuado por el manipuleo del pesado
cadáver de la vieja, salí a tomar una taza de té. Cuando regresé, ¡recordé
haber dejado la puerta abierta! Cualquier hubiera podido entrar y ver el
cadáver.
Maté a la señora Durand-Deacon un viernes. El domingo siguiente estaba
en casa de amigos. Una muchacha me dijo de pronto:
- ¡No me mire así!
Aparté la mirada pero continué tratando de verla mentalmente Ella
manifestó entonces.
- Siento que él sigue mirándome. Y
de repente me gritó:
- ¡Asesino!
Aquel poder de adivinación (aún cuando yo no esté de acuerdo, como lo he
explicado, acerca de la palabra "asesino") me pareció incomprensible.
Bien pronto los polizontes, que indagaban sobre la desaparición de la
señora Durand-Deacon, descubrieron en mi sótano los vestigios de su cuerpo y
sus vestidos. Mi destino se cumplía.
Ahora que todo ha concluido y que he llegado al término de mi relato
quiero agregar aún algo. Será una pequeña vanidad (que bien puede perdonársele
a un hombre a punto de morir) pero quisiera que el traje que llevaba durante el
proceso se entregue al Museo de Cera de Madame Tussaud, para vestir mi muñeco.
Quisiera que se envíen allí mis medias verdes y mi corbata a cuadritos rojos y
verdes. Espero que mi retrato de cera sea parecido. Deseo que el conservador
del Museo Toussaud cuide de que mis pantalones conserven siempre una raya
impecable. He engordado en la prisión: es desagradable. Espero que en mi
retrato se me conserve una línea más esbelta. Mi proceso me ha aburrido mucho.
Tenía la impresión de ver un film por segunda vez. Pero, sin embargo, me ha divertido
la manera con que ciertos testigos agregaban detalles picantes a mi historia.
Sé que desde la puerta de mi celda son menester apenas quince pasos para llegar
al patíbulo. Son pocos para alcanzar la eternidad. Veo a la lluvia bañar la
cima de los álamos más allá del muro de la prisión. Me inspira el mismo deseo
que a veces sentía bajo la fronda de un magnífico bosque cuando, solitario,
buscaba una meta que tal vez no existe. Pienso en las palabras escritas por un
gran hombre de la antigüedad, no sé ya quién exactamente. Me parece oportuno
citarle ahora:
"No antes que los telares se hayan detenido y las lanzaderas
terminado de deslizarse, Dios desenvolverá el tapiz y revelará su motivo."
Nací el 24 de julio de 1909, en Stanford, en el Lincolnshire. Mi familia
estaba por aquel tiempo en la miseria. Mi padre tenía treinta y ocho años, mi
madre cuarenta. Mi padre era cabo electricista, pero sin trabajo. Mis
progenitores no tenían con qué comprar la
canastilla para el niño que debía nacer. Mi madre está convencida de que
los meses de sufrimiento y preocupación que precedieron a mi nacimiento han
sido la causa de lo que ella llama mi enfermedad mental.
- Es culpa mía - dijo ella -
porque no he comparecido ante el juez junto con George. Soy responsable por lo
que le toca.
La situación de mis progenitores no mejoró sino muchos meses después.
Ambos eran muy piadosos. Mi padre gobernaba una comunidad religiosa. Me criaron
en una atmósfera inhumana, peor que en un monasterio. No conocí ninguna de las
alegrías que habitualmente tienen los niños. Sobre la frente de mi padre hay
una cicatriz azulada, una especie de cruz deformada. El me explicó que aquello
era la marca de Satanás. Había pecado y el Diablo le castigó.
- Si cometes un pecado - decía -,
Satanás te castigará del mismo modo.
Durante años miré las frentes de las personas para ver si estaban
marcadas con una señal azul. Como nadie la tenía, deduje que mi padre era el
único pecador, y que todo el resto del mundo era inocente. Cada noche hacía mi
examen de conciencia. Si tenía algo que reprocharme, con extremado temor me
acercaba al espejo para ver si me había aparecido la marca en la frente. Fui a
la escuela hasta los diecisiete años. Formé parte del coro de la Catedral. El
domingo me levantaba a las cinco para asistir al primer servicio. Permanecía en
la iglesia el día entero, hasta las ceremonias de la noche. Al volver a casa,
encontraba a mis progenitores orando y me unía a ellos. A causa de lo extraño
de esta vida, los niños de mi edad no me quería.
Sin embargo, yo estaba siempre dispuesto a ayudar a mi prójimo. Adoraba
los animales. debo mi sustento a perros vagabundos. Amaba también a los conejos
y los pájaros. En 1927, a los dieciocho años, sentí irresistiblemente la
necesidad de expresar el misticismo religioso que me colmaba: envié a una
revista un artículo, "La Degradación del Hombre", que fue publicado.
Creía tener una gran misión que cumplir entre los hombres. Me puse a hablar en
las congregaciones religiosas. La primera vez que lo hice descubrí esta cosa
extraordinaria: tenía el don de saber hablar. La multitud de fieles me
escuchaba palpitante, y corrían lágrimas sobre sus rostros. Mis progenitores
estaban muy orgullosos de ello. En el mes de julio de 1934 desposé una graciosa
muchacha de 21 años, Beatrice Hamer. Pero mi dicha conyugal fue de breve
duración. Mi mujer decidió no volver a verme nunca más. Le nació una hija que
después fue adoptada por desconocidos. Existe hoy en alguna parte una muchacha
de catorce años que ignora que su padre soy yo, John Haigh, el hombre que
llaman "el Vampiro de Londres".
Gran Bretaña estaba en guerra. Encontré empleo en la Defensa Pasiva.
Fueron los horrores de los grandes bombardeos sobre Inglaterra lo que me hizo
abandonar la idea de un Dios justo y amoroso. Estaba un día en un puesto de
guardia con una enfermera de la Cruz Roja, cuando las sirenas se pusieron a
aullar. Aún no habían concluído, y ya las bombas caían. La enfermera y yo
salimos corriendo para alcanzar el refugio. De súbito un silbido terrible, me
arrojé bajo un portón. Cuando me levanté, herido, una cabeza rodó a mis pies.
Era la de mi compañera que, un momento antes, estaba tan alegre y hermosa.
¿Cómo Dios había podido consentir este horror? Ahora no creo más en Dios, sino
en una fuerza superior que nos impulsa a obrar y dirige misteriosamente nuestro
destino, ignorante del bien y del mal. Ya he referido cómo esta fuerza me movió
a degollar seres humanos, después de haberme hecho tener terribles sueños que
me dejaban sediento de sangre. Justamente a mí, que amo y adoro las más
pequeñas y débiles criaturas, me ha sido ordenado cometer estos crímenes y
beber sangre humana. No es posible, mis nueve delitos deben tener explicación
en algún lugar fuera de nuestro mundo terreno. No es posible que sean
absurdamente sólo el sueño de un demente lleno
de sonido y furia, como dice Shakespeare.
¿Hay entonces una vida eterna? Pronto lo sabré. Esperándolo, adiós...
EL CAMION DE TIO OTTO (S.KING)
Para mí representa un gran esfuerzo, y al mismo tiempo un desahogo, el
poder transcribir todo esto.
Desde que encontré a mi tío Otto muerto no he podido dormir, e incluso
ha habido días en que creí que me había vuelto loco. Y por otro lado, todo
sería más agradable de no haber tenido este objeto aquí, en mi estudio, donde
puedo observarlo, cogerlo o estrujarlo, si así lo deseo. No, no quiero hacerlo;
no quiero tocarlo. Pero a veces uno actúa en contra de su deseo.
Si no lo hubiese sacado de aquella casita de una sola habitación al huir
de allí, podría convencerme de que todo había sido una alucinación, el reflejo
de un cerebro agotado y sobreexcitado. Pero está aquí. Interfiere la luz. Tiene
peso. Puede ser sostenido en la mano.
Todo sucedió de verdad, ¿sabéis?
La mayoría de los que leéis estas memorias no os las creeréis, a no ser
que os suceda algo parecido.
Todo cuento de intriga debe tener un origen ignoto, o un secreto. Éste
tiene ambos. Permitidme, ante todo, que empiece relatándoos cómo mi tío Otto,
que había sido distinguido con la insignia Castle County, llegó a pasar los
últimos veinte años de su vida en una casita de una sola pieza, sin agua
corriente, a las afueras de un pueblo pequeño.
Otto nació en el año 1905, y era el mayor de cinco hermanos. Mi padre
era el más joven de los hijos de los Schenk, y había nacido en 1920; por eso mi
tío Otto siempre me pareció muy viejo, especialmente porque yo era el más joven
de los cuatro hijos de mis padres; nací en 1955.
Al igual que muchos otros industriales alemanes, mis abuelos llegaron a
los Estados Unidos con algún dinero. A mi abuelo, que se estableció en Derry a
causa de la industria maderera, de la cual entendía algo, le fue muy bien, y
sus hijos nacieron en circunstancias favorables.
Mi abuelo murió en 1925. El tío Otto, que entonces tenía veinte años,
fue el único heredero. Se mudó a Castle Rock y empezó a especular a lo grande.
En los cinco años siguientes hizo una gran fortuna, negociando con las tierras
y con la madera. Se compró una gran casa en Castle Hill, tenía criados, y
gozaba de la envidiable situación de ser un joven relativamente atractivo (el
calificativo de «relativamente» era a causa de sus gafas) y además el soltero
más solicitado del pueblo. Se conservó soltero toda su vida. La quiebra del
mercado maderero en 1929 le afectó muy seriamente. Conservó la casa en Castle
Hill hasta 1933, y luego la vendió; una gran extensión de terreno boscoso había
salido a la venta y él quería comprarla a toda costa. El terreno pertenecía a
la New England Paper Company.
La compañía New England Paper todavía existe en la actualidad, y si
deseaseis adquirir acciones de esta empresa os diría: «¡Adelante!». Pero en
1933 la compañía ofrecía grandes extensiones de terreno a precios de
liquidación por incendio, en un último intento para permanecer a flote.
¿Cuánto terreno quería mi tío? El acuerdo original, el hecho fabuloso,
se ha perdido, y las cuentas difieren, pero en todos los documentos se habla de
más de dieciséis millones de metros cuadrados, la mayoría de los cuales se
hallaban en Castle Road, pero en su totalidad se extendían desde Waterford
hasta Sweden. Cuando el trato fue roto, la New England Paper ofrecía el terreno
a seis dólares los mil metros cuadrados si —y aquí estaba el truco— el
comprador lo adquiría todo.
Eso suponía un total de casi cien mil dólares. El tío Otto no los tenía,
y aceptó un socio, un yanqui llamado George McCutcheon. Hoy en día los
apellidos Schenk y McCutcheon son bien conocidos en las ciudades de Nueva
Inglaterra, y la compañía Schenk and McCutcheon extiende sus dominios desde
Central Falls hasta Derry. McCutcheon era un hombre fornido, con una gran barba
negra, y como mi tío, también llevaba gafas. Su padre y mi abuelo habían sido
grandes amigos; el tío Otto había conocido a McCutcheon como resultado de esa
amistad. Y al igual que mi tío, su socio había heredado una gran fortuna. Debió
de ser una respetable cantidad, puesto que él y el tío Otto pudieron realizar
juntos la compra de los dieciséis millones de metros cuadrados, sin ningún problema.
Su asociación duró veintidós años —hasta el año en que yo nací—, y durante ese
período todo lo que el negocio les deparó fue prosperidad. Sin embargo, todo
empezó con la compra de los dieciséis millones de metros cuadrados, que se
extendían a lo largo de tres municipios al oeste de Maine. Ambos se dedicaron a
explorar esa inmensidad en el camión de McCutcheon. Cruzaban las pistas
forestales y los senderos para los camiones madereros, avanzando en primera la
mayor parte del tiempo, superando vaguadas y remontando obstáculos. Ambos se
turnaban al volante. Dos hombres jóvenes se habían convertido en
terratenientes, en las oscuras simas de la gran depresión.
No estoy seguro de dónde había conseguido McCutcheon su camión; tampoco
importa demasiado. Era un Cresswell, una marca que ya no existe. Tema una
espaciosa cabina pintada de un rojo chillón, anchos estribos y arranque
eléctrico. Si fallaba el arranque eléctrico se podía utilizar la manivela,
aunque era muy fácil romperse un hombro al intentarlo, si no se tenía mucho
cuidado, pues la palanca solía retroceder bruscamente. La plataforma del
vehículo tenía ocho metros de largo, y llevaba barras a ambos lados. Pero lo
que recuerdo con mayor intensidad de aquel camión era su morro, que al igual
que la cabina era rojo como la sangre. Para acceder al motor había que extraer
dos paneles metálicos, uno a cada lado. El radiador era tan grande como el
pecho de un hombre vigoroso. Ciertamente, se trataba de un objeto monstruoso y
desagradable.
El camión de McCutcheon se estropeaba, y era reparado; se averiaba de
nuevo, y volvía a ser reparado. Pero cuando el Cresswell se estropeó
definitivamente, lo hizo de manera espectacular. Sucumbió como aquella
maravillosa calesa tirada por un caballo del poema de Holmes, de golpe.
McCutcheon ascendía, junto con el tío Otto, la carretera del Black Henry
un día del año 1953. Según admitió después mi tío, ambos estaban «absolutamente
borrachos». El tío Otto, que en aquel momento iba al volante, se dirigió hacia
las colinas Trinity. Ebrio como estaba, se olvidó de reducir la velocidad al
descender por el lado abrupto de la ladera. El viejo motor del Cresswell se
sobrecalentó. Ni el tío Otto ni McCutcheon vieron la aguja roja superar la zona
amarilla a la derecha del marcador. En la base de la colina hubo una explosión
tal que elevó los rojizos flancos del motor cual alas de dragón. El tapón del
radiador voló en el cielo estival. El vapor se elevaba en un potente chorro. El
aceite bullía empapando las juntas. Mi tío pisó el pedal del freno, pero el
Cresswell había desarrollado en el último año la mala costumbre de ir perdiendo
líquido de frenos, y el pedal se hundió hasta el suelo. No podía ver por dónde
iban, y se salió de la carretera. Al principio cayeron en una zanja, y después
fuera de ella. De haber
estallado el Cresswell, todo habría estado bien. Pero el motor siguió en
marcha; primero explotó un pistón, y luego dos más, igual que petardos el día
de san Juan. Uno de ellos, según comentaba el tío Otto, perforó la puerta de su
lado, que se había abierto, dejando un agujero por el que fácilmente podía
pasar un puño. Acabaron en un campo de heno.
De no haber estado el parabrisas completamente cubierto de aceite,
habrían disfrutado de una espléndida vista de las White Mountains. Así acabó el
Cresswell; nunca más salió de aquel campo, por supuesto propiedad del tío Otto
y de George McCutcheon. Los dos hombres, considerablemente sobrios tras la
experiencia, salieron para examinar los desperfectos. Ninguno de ellos era
mecánico, pero no había necesidad de serlo para comprobar que la herida era
mortal. El tío Otto estaba consternado —o así se lo dijo a mi padre—, y se
ofreció a pagar el camión. George McCutcheon le contestó que no dijese
tonterías. De hecho, McCutcheon estaba en éxtasis. Había echado una mirada en
torno, al campo y a las montañas, y había decidido que aquél era el lugar
apropiado para construir su casa cuando se retirase. Así se lo contó al tío
Otto, en un tono normalmente reservado para las conversaciones religiosas.
Regresaron juntos a la carretera y de allí a Castle Rock en el camión de la
panadería Cushman, que pasó por allí casualmente. McCutcheon le dijo a mi padre
que había sido la voluntad de Dios; había estado buscando un lugar apropiado
donde asentarse definitivamente, y allí había estado todo el tiempo, en la
pradera que cruzaban tres o cuatro veces por semana, sin echarle siquiera una
ojeada. La voluntad divina, repitió, ignorando que él mismo iba a morir en ese
campo dos años más tarde, chafado bajo el morro de su propio camión, que pasó a
ser del tío Otto cuando George murió.
McCutcheon pidió a Billy Dodd que le ayudara con su camión grúa para
mover el Cresswell y ponerlo de cara a la carretera. Así podría verlo, decía,
cada vez que pasase por allí. Y cuando fuese definitivamente retirado, haría
que el constructor excavase en el lugar que había ocupado el camión la bodega
de su futura casa. McCutcheon era algo sentimental, pero no era un hombre que
dejase que los sentimientos se interpusieran en el camino del dinero. Cuando un
especulador llamado Baker vino un año más tarde y le ofreció la compra de las
llantas y los neumáticos del Cresswell, aduciendo que teman la medida correcta
para reparar su vehículo, McCutcheon tomó sus 20 dólares como un rayo. Y eso
que, según recuerdo, tenía por aquellos tiempos una fortuna cercana al millón
de dólares. También le pidió a Baker que antes de llevarse las ruedas
construyera una plataforma elevada para el Cresswell. Decía que no le agradaba
la idea de pasar por allí y ver el camión en el suelo, hundido y rodeado de
heno, cual una ruina cualquiera. Baker así lo hizo.
Un año más tarde, el Cresswell se liberó de sus soportes y cayó,
aplastando a McCutcheon. Los viejos narradores cuentan la historia con cierto
retintín. Siempre la concluyen añadiendo que confían en que George McCutcheon
disfrutase los 20 dólares que recibió por aquellas ruedas.
Yo crecí en Castle Rock. Cuando nací, mi padre trabajaba para Schenk and
McCutcheon. El camión que había sido de George McCutcheon y acabó siendo de mi
tío Otto (al igual que el resto de sus pertenencias) suponía un hito en mi
vida. Mi madre era cliente de Warris, en Bridgton, y la carretera de Black
Henry era el camino para ir allí. Por lo tanto, cada vez que íbamos, allí
estaba el camión, con las White Mountains al fondo. Ya no se elevaba sobre una
plataforma —el tío Otto había dicho que con un accidente había suficiente—,
pero el simple recuerdo de lo acontecido bastaba para que un chico como yo, de
pantalones cortos, sintiese un escalofrío.
El camión permanecía siempre allí. En verano; en otoño, cuando los
robles y los olmos llameaban en los límites de los sembrados cual antorchas; en
invierno, cuando ráfagas de viento helado soplaban por la carretera y nubes de
polvo lo envolvían, y con sus
faros como ojos saltones parecía un mastodonte forcejeando en arenas
movedizas; y en primavera, cuando los campos se empapaban con las lluvias de
marzo, y yo me preguntaba cómo no se hundía en el lodazal. De no haber sido por
la sólida base de roca que lo sustentaba, seguramente habría desaparecido. Sin
embargo, a lo largo de todas las estaciones del año, allí permanecía.
Una vez, incluso llegué a subirme a él. Un día, mi padre se paró en el
arcén, cuando íbamos a la feria de Fryeburg, me tomó de la mano y me dejó en el
campo junto al camión, sin saber el mucho miedo que yo le tema. Yo había leído
las historias que contaban de cómo se había deslizado hacia delante cual una
silenciosa y peligrosa bestia y había aplastado al socio de mi tío. Había oído
esos cuentos sentado allí, en la barbería, callado como un ratón detrás de un
ejemplar de Life; había oído a los hombres narrar cómo había sido aplastado, y
decir que confiaban en que el viejo George hubiese disfrutado de aquellos 20
dólares que recibió por las ruedas. Uno de ellos —debió de ser Billy Dodd, el
viejo loco padre de Frank— dijo que McCutcheon había quedado «como una calabaza
chafada por una rueda de tractor». Esta imagen frecuentó mis sueños durante
meses. Pero mi padre, por supuesto, no tenía ni idea de ello. El pensaba que me
gustaría entrar en la cabina de aquel viejo camión; había notado la manera en
que yo lo observaba cada vez que pasábamos por el lugar, y confundió, supongo,
mi temor con una admiración que yo estaba lejos de sentir.
Recuerdo los dorados tallos del heno, su brillo pajizo al ser mecidos
por las brisas del mes de octubre. Recuerdo el sabor grisáceo del aire, un poco
amargo, algo áspero; y el tono plateado de la yerba muerta. Recuerdo el suisst
suisst de nuestros pasos. Pero lo que más recuerdo es su silueta creciendo y
creciendo, el radiador rugiendo feroz al mostrar los dientes, el color rojo
sangre de la pintura, la turbia mirada del parabrisas. También recuerdo aquel
pánico hasta entonces desconocido por mí, bañándome como una ola todavía más
fría y gris que el mismo aire, cuando mi padre, tomándome por las axilas, me
introdujo en la cabina, diciendo: «¡Condúcelo hasta Portland, Quentin!
¡Llévatelo!». Recuerdo el aire golpeándome en la cara mientras subía cada vez
más arriba; y entonces, el nítido sabor fue reemplazado por el olor del aceite
requemado, del cuero viejo y —lo juro— de la sangre. Recuerdo que trataba de no
llorar mientras mi padre permanecía allí, observándome, con una amplia sonrisa
cubriéndole el rostro, convencido de que me estaba proporcionando un infierno
de emoción (y así era, mas no como él pensaba). Tuve la certeza de que si mi
padre se alejaba, o simplemente me daba la espalda, aquel camión me tragaría.
¡Me comería vivo! Y sólo quedaría de mí una masa masticada y despedazada...,
algo así como una calabaza chafada por una rueda de tractor.
Empecé a llorar, y mi padre, que era el mejor de los hombres, me bajó,
me calmó, y me llevó de regreso al coche. Me encaramó sobre sus hombros, y
desde allí observé al disminuido camión, rojo como la sangre, quieto, en el
campo; la enorme silueta del radiador; el oscuro agujero redondo donde el
cigüeñal parecía observarlo todo como un horripilante cuenco hueco, y quise
decirle a mi padre que había olido a sangre, que ésa era la razón de que
hubiese llorado. No encontré la manera de hacerlo. Supongo que, de todas
formas, él no me hubiese creído.
Como un niño de cinco años que todavía creía en Santa Claus, también
creí que la sensación de pánico que me había poseído cuando mi padre me
introdujo en la cabina del camión provenía del vehículo. Me llevó veinte años
darme cuenta de que el Cresswell no fue quien asesinó a George McCutcheon; mi
tío Otto lo hizo.
El Cresswell fue un hito en mi vida, pero no sólo en la mía. Estaba en
la mente de todo el mundo. Si explicabas a alguien cómo ir desde Bridgton hasta
Castle Rock, añadías
que sabrían que iban por el camino apropiado si veían un enorme y viejo
camión rojo fuera de la carretera, en un campo de heno, a la izquierda, a unos
cuatro kilómetros más o menos después de dejar la nacional 302. Muy a menudo,
se veían turistas aparcados en los blandos arcenes (a veces, sus vehículos
quedaban atrapados; era una buena ocasión para reírse), tomando fotografías de
las White Mountains, con el camión del tío Otto en primer plano, como un
detalle pintoresco. Durante mucho tiempo mi padre llamó al lugar «La Colina del
Camión Turístico», pero luego dejó de hacerlo. Para entonces, la obsesión del
tío Otto por el lugar se había convertido en algo demasiado importante como
para ser divertido.
¿Qué le había sucedido al tío Otto?
Hay muchas maneras de responder a esa pregunta. Todas ellas son
razonables; ninguna probable. Lo mejor será, pienso, que lo cuente todo: lo que
sospecho y lo que intuyo. Que él mató a McCutcheon es algo de lo cual estoy
absolutamente seguro. «Lo aplastó como a una calabaza», habían dicho los
enterados de la barbería. Uno de ellos había añadido: «Apuesto a que estaba
allí, a los pies del camión, rezando, como uno de esos moros gordinflones que
adoran a Alá. Me lo imagino muy bien. Estaban majaras, los dos. Fijaros cómo ha
acabado Otto Schenk, si no me creéis. Al otro lado de la carretera, en aquella
cabaña que él creía que la ciudad iba a usar como escuela, tan loco como una
rata chiflada».
Sus comentarios fueron unánimemente aceptados con cabeceos afirmativos y
miradas de reojo, pero ni uno de los enterados de la barbería consideró que esa
imagen — McCutcheon arrodillado «como uno de esos moros gordinflones» a los
pies del camión que se elevaba sobre unos soportes podridos— era tan sospechosa
como excéntrica. Los chismorreos son siempre objetos candentes en una población
pequeña; cualquiera puede ser acusado de ladrón, adúltero, cazador furtivo, o
timador, con la más débil de las evidencias y las más salvajes deducciones.
Creo que lo que salva a este comportamiento de ser algo asqueroso es que los
comentarios en las barberías y los cuchicheos en los comercios suelen ser
obviamente ingenuos. Es como si la gente desease creer en hechos sin importancia
o faltos de entidad —los llegan a inventar si no existen— para que la
conciencia del mal quede más allá de sus vidas, aunque ésta flote delante de
ellos, bajo sus propias narices, como una maligna y mágica alfombra sacada de
uno de los bellos cuentos de esos moros gordinflones.
¿Cómo sé que él lo hizo? ¿Porque estaba con McCutcheon aquel día? No, lo
sé por el camión, por el Cresswell. Cuando su obsesión empezó a superarlo, el
tío Otto se fue a vivir allí cerca, en aquella casita, aunque en los últimos
años de su vida estuviese mortalmente asustado por la creencia de que el camión
cruzaría un día la carretera. Supongo que el tío Otto se llevó a McCutcheon al
campo donde el Cresswell estaba encaramado sobre sus soportes, con la excusa de
hablar sobre los planes para la nueva casa. McCutcheon siempre estaba dispuesto
a hablar de la casa y de su próximo retiro. Una compañía muy importante —no
menciono su nombre, pues de hacerlo la podríais reconocer— había hecho a los
socios la oferta del siglo, y McCutcheon estaba muy interesado en aceptarla.
Pero el tío Otto no tenía el más mínimo interés. Se sabía que habían estado
discutiendo continuamente acerca de ello desde la primavera. Y pienso que este
desacuerdo fue la motivación primordial que impulsó al tío Otto a deshacerse de
su socio.
Creo que el plan de mi tío consistió en dos cosas: primero, debilitó la
base de los soportes que sostenían al camión; y segundo, depositó algo en el
suelo, justo delante del vehículo, de manera que McCutcheon pudiese verlo.
¿Qué clase de objeto? No lo sé. Algo brillante. ¿Un diamante? ¿Nada más
que un trozo
de cristal roto? No importa. Brillaba y relucía con el sol. McCutcheon
debió de verlo. Si
no, seguro que el tío Otto se lo señaló.
—¿Qué es eso? —preguntó, señalándolo.
—¡Cáspita! —dijo McCutcheon, y se acercó a mirar.
McCutcheon se dejó caer sobre las rodillas delante del Cresswell, «como
uno de esos moros gordinflones que adoran a Alá», intentando coger el objeto,
mientras mi tío se deslizaba de manera casual hacia la trasera del vehículo. Un
buen empujón, y éste se vino abajo, dejando a McCutcheon plano. Aplastado como
una calabaza.
Sospecho que debía de haber demasiado de pirata dentro de él para morir
inmediatamente. En mi imaginación, puedo verlo en el suelo, aprisionado bajo el
morro del Cresswell. Hilos de sangre le salen por la nariz, la boca y las
orejas; su cara está blanca como el papel; sus ojos negros le suplican a mi tío
que le ayude, que le ayude con urgencia. Lo imagino pidiéndole, suplicándole
ayuda y, finalmente, acusando a mi tío, prometiéndole que lo atraparía, que lo
mataría, que acabaría con él... Y mi tío permaneció allí, observando, hasta que
todo terminó.
Pienso que el temor y la angustia se apoderaron del tío Otto, un temor y
una angustia que fueron minando su salud.
Poco después de la muerte de McCutcheon mi tío empezó a hacer cosas que
en un principio fueron descritas, por los enterados de la barbería, como poco
comunes, luego como ridículas y, más tarde, como «lamentablemente peculiares».
Lo que por fin hizo que fuese descrito, en el hiriente argot de la barbería,
como «tan loco como una rata chiflada» quedó sumido en el olvido. No obstante,
entre los posibles motivos destaca, por supuesto, el que construyese una casita
frente al Cresswell, al otro lado de la carretera, y después se fuese a vivir a
ella. Sin embargo, nadie dudaba que sus peculiaridades empezaron justo en la
época en que George McCutcheon murió.
En el año 1965 el tío Otto construyó una casita de una sola habitación,
frente al camión, al otro lado de la carretera. En el pueblo se hablaba
constantemente de los motivos que el viejo Otto Schenk podía tener para querer
asentarse allí, en el Black Henry, pero la sorpresa fue total cuando el tío
Otto remató su obra haciendo que Chuckie Barger le diese una capa de brillante
pintura roja y anunciando luego que el edificio era una donación que él hacía
al pueblo, «una bella y nueva escuela», dijo, y añadió que sólo pedía que le
pusiesen el nombre de su antiguo socio.
Las altas esferas de Castle Rock se quedaron estupefactas, al igual que
el resto del pueblo. La mayoría de ellos había ido a una escuela de ese tipo,
de una sola habitación (o pensaban que así había sido, lo que viene a ser lo
mismo). Pero en 1965 todas las escuelas de una sola habitación habían
desaparecido de Castle Rock. La última de ellas, la escuela Castle Ridge, había
sido cerrada el año anterior. La comunidad tenía ahora una escuela primaria de
vidrio y cemento en las afueras del pueblo y una bonita escuela superior en la
calle Carbine. Como resultado de su excéntrica oferta, el tío Otto pasó de ser
«un individuo singular» a ser «lamentablemente peculiar» de la noche a la
mañana. Las altas esferas le hicieron llegar una carta (nadie se atrevía a visitarle
en persona) agradeciéndole amablemente el detalle, y deseando que tuviese
presente al pueblo en el futuro, pero declinaron el uso de la pequeña escuela,
aduciendo que las necesidades escolares de los niños del pueblo ya estaban
suficientemente cubiertas.
El tío Otto tuvo un ataque de ira. ¿Recordar al pueblo en el futuro? Los
recordaría —le comentó a mi padre—, claro que sí, pero no tal como ellos
creían. Él no se había caído de la cuna el día anterior. Él era duro de pelar.
Y si en el pueblo querían estar a malas con él, iban a aprender que sabía mear
como una mofeta que se hubiese bebido un barril de cerveza.
—¿Qué vas a hacer? —le preguntó mi padre.
Mi madre se había ido con sus lanas a seguir haciendo punto en el piso
de arriba. Solía decir que no le gustaba el tío Otto; decía que olía como un
hombre que no se daba un baño en meses, aunque le hiciese buena falta, «y él,
¡un hombre rico!», solía añadir arrugando la nariz. Creo que su olor no la
ofendía en realidad, sino que le tenía miedo. Por entonces el tío Otto había
llegado a tener un aspecto lamentablemente peculiar, al igual que su
comportamiento. Llevaba unos pantalones de trabajo color verde, con tirantes,
una camiseta afelpada, y unas enormes botas de trabajo amarillas. Sus ojos
giraban en extrañas direcciones mientras hablaba.
—Te preguntaba qué ibas a hacer con la casita, ahora —le repitió mi
padre.
—Vivir en la jodida casa —le espetó.
Y así lo hizo.
La historia de sus últimos años no necesita de muchas aclaraciones.
Sufrió esa oscura clase de locura que a menudo comentan las páginas de sucesos
en los periódicos sensacionalistas: «Millonario muerto de desnutrición en un
apartamento de los suburbios». «La mendiga poseía una fortuna, según revela su
cuenta bancaria.» «Viejo terrateniente muere recluido en su mansión.»
Se mudó a la casita roja —en los últimos años se tornó pardusca, de un
rosa aguado— a la semana siguiente. Nada de lo que mi padre le dijo pudo
hacerle cambiar de parecer. Un año más tarde liquidó el negocio que, según
creo, le había llevado a cometer un homicidio para conservarlo. Sus
excentricidades se habían multiplicado, pero su sentido de los negocios no le
había abandonado, y realizó la operación con muy buenas — «sustanciosas» sería
de hecho una expresión más adecuada— ganancias.
Así era mi tío Otto, con una fortuna de unos siete millones de dólares y
viviendo en aquella casita en la carretera del Black Henry. Su casa en el
pueblo fue cerrada. Por entonces había progresado de «lamentablemente peculiar»
a «tan loco como una rata chiflada». Su próximo avance le llevó a una
descripción más larga, menos colorista pero mucho más ominosa: «quizá
peligroso», que normalmente iba seguida de sospechas.
A su manera, el tío Otto se convirtió también en una referencia, como el
camión al otro lado de la carretera. Aunque dudo que ningún turista se parase a
tomarle una fotografía. Le había crecido una barba más amarilla que blanca,
teñida por la nicotina y el humo de los cigarrillos. Había engordado. Sus
mejillas cedieron en forma de colgajos de piel arrugada con grietas llenas de
suciedad. Los campesinos solían verlo de pie, en la puerta de su peculiar
casita, quieto, sin noción del tiempo, mirando a la carretera y al otro lado de
ésta. Mirando a su camión. Cuando el tío Otto dejó de ir al pueblo, mi padre
fue el único que se preocupó de que no se muriese de hambre. Le llevaba
alimentos cada semana, y los pagaba de su propio bolsillo, puesto que el tío
Otto nunca le reembolsaba los gastos; ni siquiera se le ocurrió, imagino. Papá
murió dos años antes que el tío Otto, cuyo dinero fue a parar a la universidad
del Departamento Forestal de Maine. Tengo entendido que quedaron encantados.
Teniendo en cuenta la cantidad, debieron de estarlo.
A partir de 1972, cuando obtuve mi carnet de conducir, solía ser yo
quien le llevase los alimentos. Al principio el tío Otto desconfiaba, y me
observaba detenidamente, pero con el tiempo llegó a tomarme confianza. Fue tres
años más tarde, en 1975, cuando me comentó por primera vez que el camión se
estaba arrastrando hacia la casa.
Por entonces yo iba a la universidad de Maine, pero pasaba el verano en
casa, y volví a adquirir el viejo hábito de llevarle los alimentos al tío Otto
cada semana. Él se sentaba ante su mesa, fumando, y me observaba sin perder
detalle mientras yo colocaba los alimentos en su sitio. Pensé que debía de
haber olvidado quién era yo; a veces así me lo
parecía... o así lo aparentaba él. Un día, incluso, me heló la sangre al
gritar por la ventana: «¿Eres tú, George?» cuando yo me acercaba a la casa.
Aquel día en particular, era el mes de junio de 1975, me interrumpió en
mitad de una conversación sin sentido y trivial, que yo estaba provocando, para
preguntarme abruptamente:
—¿Qué tienes que ver con el camión, Quentin?
Su actitud provocó una respuesta honesta por mi parte.
—Me mojé los pantalones dentro de la cabina cuando tenía cinco años —le
dije—. Creo que, de subirme de nuevo, volvería a mojármelos.
El tío Otto se rió con fuerza durante largo rato. Me volví y lo miré con
curiosidad. Era la primera vez que lo oía reír. Acabó atragantándose, y
tosiendo de tal manera que las mejillas se le enrojecieron vivamente.
Luego me miró con intensidad. Sus ojos relucían.
—Se está acercando, Quent —dijo.
—¿Cómo, tío Otto? —le pregunté.
Creí que se trataba de uno de sus incongruentes cambios de conversación,
de un tema a otro. Quizá se refería a que la Navidad estaba próxima; o el fin
del milenio; o el retomo de Cristo.
—Ese espantoso camión —dijo, mirándome con fijeza y de una manera
confidencial que no me agradaba en absoluto—. Más cerca cada año.
—¿De veras? —pregunté cautelosamente, pensando que una nueva y
desagradable idea le rondaba por la cabeza.
Eché una mirada al Cresswell, allí al otro lado de la carretera, rodeado
de heno y con las White Mountains detrás de él, a lo lejos, y por un instante
de auténtica locura me pareció que estaba más cerca. Entonces pestañeé y la
ilusión se esfumó. El camión, por supuesto, estaba donde siempre había estado.
—¡Sí, sí! —exclamó—. Se acerca un poco más cada año.
—Ya. Quizá necesites otras gafas, tío. Yo no noto ninguna diferencia.
—¡Por supuesto que no! —siseó—. Tampoco puedes ver la manecilla horaria
de tu reloj moviéndose. ¿O sí puedes? Hay cosas que se desplazan demasiado
despacio para que podamos apreciar su movimiento, a no ser que se las observe
detenidamente todo el tiempo. Tal como yo observo a ese camión.
Me guiñó un ojo y yo temblé.
—¿Por qué habría de moverse? —pregunté.
—Viene a por mí, ésa es la razón —dijo—. Me tiene entre ceja y ceja.
Algún día se presentará aquí mismo, y será el fin. Me chafará como hizo con
George, y será el fin. Sus últimas palabras me atemorizaron; lo razonable de su
tono fue lo que más me impresionó. Y la forma más habitual de responder ante el
terror, entre la gente joven, es tomárselo a la ligera.
—Tienes que mudarte a tu casa del pueblo si eso te preocupa, tío Otto
—le aconsejé, y nadie habría dicho por el tono descuidado de mi voz que
incesantes escalofríos me recorrían la espalda.
Me miró. Observó el camión al otro lado de la carretera.
—No puedo, Quentin —me dijo—. A veces un hombre debe permanecer de una
pieza, y aguardar que venga hacia él.
—¿Que venga qué, tío Otto? —le pregunté, aunque sospechaba que debía de
referirse al camión.
—El destino —dijo, guiñándome de nuevo el ojo.
Pero esta vez parecía asustado.
Mi padre cayó enfermo de los riñones en 1979. La misma enfermedad que
pocos días antes parecía que estaba remitiendo acabó con él.
Entre visita y visita, de las muchas que acudieron al hospital en el
otoño de aquel año, mi padre y yo hablamos del tío Otto. Papá me dijo que tenía
ciertas sospechas acerca de lo que realmente había ocurrido en 1955, sospechas
leves, pero que fueron la base de mis sospechas posteriores, bastante más
serias.
Mi padre no tema idea de lo intensa y profunda que había llegado a ser
la obsesión del tío Otto por el camión. Yo sí. Se pasaba todo el día allí,
observándolo. Observándolo como lo haría un hombre que mirase su reloj,
esperando ver moverse la manecilla horaria. Creía que se le estaba acercando.
¿Acaso estos detalles no constituían una prueba de su sentimiento de
culpabilidad?
En 1981 el tío Otto había perdido lo poco que le quedaba de buenas
maneras. Un hombre más pobre habría sido desalojado tiempo atrás, pero los
millones en el banco pueden hacer olvidar muchas extravagancias en un pueblo
pequeño, sobre todo si la suficiente gente piensa que en el testamento del
individuo chiflado puede haber algo de provecho para el municipio. Aún así, en
1981 la gente empezó a comentar insistentemente la posibilidad de sacar al tío
Otto de sus pertenencias. La escueta frase «quizá peligroso» había ya
desbancado definitivamente a la anterior: «tan loco como una rata chiflada».
Había tomado por costumbre el ir a orinar al otro lado de la carretera,
en lugar de dar la vuelta a la casa e ir a la parte de atrás, donde tenía el
excusado. Algunas veces sacudía el puño ante el Cresswell mientras meaba, y en
más de una ocasión, algunas personas que pasaban en coche por la carretera
pensaron que lo sacudía ante ellas. El camión con las White Mountains al fondo
era una cosa; el tío Otto meando en el arcén, con los tirantes caídos hasta las
rodillas, era algo completamente diferente. Eso no era una atracción turística.
Dado que por aquel entonces yo ya no iba a la universidad, seguía
llevándole los alimentos cada semana. Intenté convencerle para que dejase de
hacer sus necesidades en la carretera, al menos en el verano, cuando las gentes
de Michigan, Missouri o Florida que pasaban casualmente por allí podían verlo.
Nunca lo conseguí. Él no podía prestar atención a cosas tan banales,
cuando tema la preocupación que el camión le causaba. Su relación con el
Cresswell era ya obsesiva. Había llegado a proclamar que se hallaba en su lado
de la carretera, en su mismo terreno, de hecho.
—Me levanté la pasada noche alrededor de las tres y allí estaba, justo
detrás de la ventana —me dijo—. Lo vi, ahí mismo. La luna relucía sobre su
parabrisas, a menos de tres metros de donde yo me hallaba. Casi se me para el
corazón. Casi se me para, Quentin.
Salí con él al exterior y le señalé el Cresswell, diciéndole que seguía
estando donde siempre había estado, al otro lado de la carretera, donde
McCutcheon tenía pensado edificar.
No me hizo caso.
—Así es como tú lo ves, chico —dijo con salvaje e infinito desprecio, el
cigarrillo temblándole entre los dedos y sus ojos girando desbocados—. Así es
como tú lo ves. —Tío Otto —le dije—, uno ve lo que quiere ver.
Como si no me hubiese oído, añadió siseante:
—Casi me atrapa.
Sentí un escalofrío. No parecía estar loco. Tenía un aspecto miserable,
y aterrado también. Pero no loco. Por un momento recordé a mi padre alzándome
al interior de la
cabina, el olor del aceite, del cuero... y de la sangre.
—Casi me atrapa —repitió.
Murió tres semanas más tarde. Yo fui quien lo encontró. Era un miércoles
por la noche, y yo había salido con dos bolsas llenas de alimentos en el
asiento trasero, tal como hacía cada miércoles al anochecer.
Era una noche caliente y espesa. De vez en cuando se oía un trueno en la
lejanía. Recuerdo que me sentía muy nervioso mientras me deslizaba por la
carretera de Black Henry al volante de mi Pontiac. Una extraña sensación de que
algo iba a ocurrir me oprimía el pecho, y yo me empeñaba en convencerme de que
todo se debía a la baja presión atmosférica.
Giré el último recodo del camino y, por un momento, justo cuando la
casita del tío Otto apareció ante mi vista, creí ver al maldito camión parado
allí, ante la puerta de la casa, enorme y desafiante con su pintura roja y sus
carcomidos barrotes laterales. Traté de frenar, pero antes de que hubiese
puesto el pie sobre el pedal del freno pestañeé, y la visión desapareció. Sin
embargo, de alguna manera, supe que el tío Otto había muerto. Me detuve ante la
puerta de la casa y corrí hacia ella, olvidándome de los alimentos. —¡Tío Otto!
—grité—. ¿Estás bien?
La puerta estaba abierta; él no la cerraba nunca. Una vez le había
preguntado el motivo de que no lo hiciese, y me respondió, con el mismo tono
paciente que se usa para explicar a un simple un detalle obvio, que el tener la
puerta cerrada no iba a mantener alejado al Cresswell.
Estaba tumbado en su cama, vestido con sus pantalones verdes y su
camiseta afelpada. Sus ojos denotaban calma. No creo que llevase muerto más de
dos horas. No había moscas ni olores, aunque había sido un día brutalmente
caluroso. —¿Tío Otto?
Esta vez hablé más calmado. Ya no esperaba una respuesta. Uno no se
queda quieto en
la cama, boca arriba, con los ojos abiertos, por el mero placer de
despertar sospechas. Si
sentí algo, fue paz. Ya había acabado todo.
—¿Tío Otto? —Me acerqué a él—. ¿Tío?
Me callé, observando por primera vez cuan extrañamente desfigurada
estaba la parte inferior de su rostro, cuan hinchada y retorcida. También por
primera vez me di cuenta de cómo sus ojos miraban con ira desde sus cuencas.
Pero no miraban al techo o a la muerte, sino que estaban vueltos hacia la
pequeña ventana que había sobre la cama. «Me levanté la pasada noche alrededor
de las tres, y allí estaba, justo detrás de la ventana, Quentin. Casi me
atrapa.»
«Aplastado como una calabaza», había oído decir a uno de los enterados
de la barbería, mientras me refugiaba detrás de un ejemplar de Life, simulando
leer, y oliendo, mezclado con las voces, el aroma de las cremas y lociones.
«Casi me alcanza, Quentin.»
—¿Tío Otto? —susurré.
Y al acercarme lentamente a la cama donde yacía, tuve la impresión de
estar empequeñeciendo, no sólo en tamaño, sino también en edad... Tenía de
nuevo veinte años, quince, diez, ocho, seis y..., finalmente, cinco. Vi más que
noté mi manita temblorosa acercándose a su cara. Al tocarlo, levanté la vista y
la ventana se llenó con el destellante parabrisas del Cresswell. Aunque sólo
duró un instante, juraría con la mano sobre la Biblia que no fue una
alucinación. El Cresswell estaba allí, en la ventana, a menos de dos metros de
donde yo me hallaba.
Había cogido con la mano las mejillas del tío Otto, supongo que tratando
de examinar su extraña hinchazón. Cuando vi el camión en la ventana, mi mano
trató de cerrarse en
un puño, olvidando que con ella sujetaba la parte inferior del rostro
del cadáver.
En ese preciso instante, el camión desapareció de la ventana como el
humo, o como el espíritu que supongo que era. Entonces oí un terrible sonido
silbante. Un líquido caliente me bañó la mano. Miré hacia abajo, a mi mano,
pues no sentía en ella precisamente el tacto de la carne húmeda, sino que
notaba algo duro y anguloso. Miré hacia abajo, y lo vi. Entonces empecé a
gritar. De la boca y la nariz de mi tío Otto manaba aceite, al igual que de sus
ojos, de donde fluía como lágrimas. Pero no era simplemente aceite; había algo
más brotando de su boca.
Seguía gritando, pero por unos instantes fui incapaz de moverme, incapaz
de apartar mi mano, llena de aceite, de su rostro; incapaz de apartar mis ojos
de aquella cosa enorme que estaba brotando de su boca, deformando de tal manera
el contorno de su rostro.
Por fin, mi agarrotamiento cedió y salí volando de la casita, todavía
gritando. Corrí hasta el Pontiac, me lancé a su interior, y me largué de allí.
Las bolsas de alimentos cayeron del asiento al suelo. Se rompieron los huevos.
No entiendo cómo no me maté en los primeros kilómetros; miré el
cuentakilómetros y
vi que iba a más de cien. Aflojé la
marcha y realicé unas cuantas inspiraciones profundas, para poder recuperar
algo el control. Empecé a darme cuenta de que no podía dejar al tío Otto tal
como lo había encontrado; eso habría suscitado demasiadas preguntas. ¡Debía
regresar!
Y también, tengo que admitirlo, me había dominado una cierta curiosidad,
algo malsana. Ahora desearía que no hubiese sido así. Pienso que debería haber
superado esa curiosidad demoníaca; pero no lo hice. Ojalá los hubiese dejado
solucionar sus propios problemas. Seguramente habrían creído que el grotesco
final del tío Otto había sido un triste suicidio. Pero regresé, y me entretuve
unos cinco minutos en el marco de la puerta. Me quedé en el mismo sitio y en la
misma posición en que él había pasado tanto tiempo en los últimos años de su
vida, mirando al camión. Permanecí allí y llegué a la conclusión de que el
camión, aunque de manera casi imperceptible, había modificado su posición.
Entonces entré.
Había, ahora sí, un ligero tufillo en la habitación, y las primeras
moscas giraban y zumbaban sobre su negruzco y oleoso rostro. Miré nerviosamente
hacia la ventana donde había visto aparecer al Cresswell y entonces avancé y
abrí la boca del tío Otto. Lo que había estado vomitando era un pistón...,
sucio, grasiento y muy, muy viejo. Me lo llevé conmigo. Ahora desearía no
haberlo hecho pero, lamentablemente, estaba bajo los efectos de un shock. Todo
podía haber sido mucho más agradable si no tuviese ese objeto aquí, en mi
estudio, donde puedo mirarlo, tocarlo y sopesarlo si así lo deseo. El pistón
que saqué de su boca.
Si no lo hubiese sacado de aquella pequeña habitación en la que entré
por segunda vez, podría intentar convencerme de que todo lo sucedido —no sólo
el hecho de haber visto al Cresswell pegado a la ventana como un gran mastín
rojo, sino todo— había sido una alucinación. Pero está aquí. Intercepta la luz.
Es real. Tiene peso.
«El camión se está acercando cada año», decía mi tío, y al parecer tenía
razón. Pero ni siquiera tenía idea de cuánto podía llegar a aproximarse.
El veredicto del pueblo fue que el tío Otto se había suicidado tragando
aceite. Fue la comidilla de Castle Rock durante nueve días.
Carl Durkin, el enterrador, y no precisamente el más discreto de los
vecinos, comentó que cuando los forenses lo abrieron para hacerle la autopsia
encontraron más de tres cuartos de litro, pero no en su estómago, no; estaban
repartidos por todo su organismo. Sin embargo, lo que más intrigó a los
ciudadanos fue el hecho de que no se pudo hallar ninguna lata. Ninguna. Ni
botes, ni botellas, ningún recipiente. Nada.
Tal como dije al principio, la mayoría de vosotros no os creeréis esta
historia..., al menos hasta que os suceda algo parecido.
Pero el camión sigue todavía allí, en su sitio... Y además es cierto:
todo sucedió.
LA HIJA DEL VENTRÍLOCUO (J.BRATINGHAM)
Juleen Brantingham
La hija del ventrílocuo sale del vehículo con dificultad, a cada
movimiento sus huesos protestan de dolor. Pronto pasará, se dice a sí misma.
Todo su desatino psicosomático desaparecerá ahora que el viejo bastardo se está
muriendo. Este es mi día más feliz, da un respingo al elevar la cabeza para
observar las polvorientas ventanas del piso superior. Por un instante las
lágrimas la ciegan.
El taxista no ha hablado desde que la recogió en la terminal de
autobuses. Si hubiese
adivinado de quién se trataba, si la gente del lugar recordase todavía
quién solía vivir
allí, él no tenía ni idea de ello. Pero cuando ella le hubo pagado, miró
a la casa y le dijo
con el ceño fruncido:
—Señorita, ¿desea que la espere?
El no se atrevió a decir que probablemente no habría ningún teléfono por
allí. No era necesario. La abandonada imagen de la casa demostraba pobreza y
negligencia.
Ella negó con la cabeza y se alejó, esperando que él se apercibiese de
la insinuación y se fuera. Era un momento para la intimidad, y deseaba saborear
cada instante. No le importaba el hecho de que cuando hubiese finalizado lo que
había ido a hacer allí, ella tendría un largo paseo por delante. Por alguna
razón no podía verse haciendo ese camino, no podía imaginar ningún «después».
Había estado tramando su revancha durante años. A veces esa había sido la única
razón que la mantuvo viva, y había llegado a pensar en «después» como pensaba
en el cielo —una agradable hipótesis, pero sólo una hipótesis, no teniendo
absolutamente ninguna idea en relación con la vida, como la que tenía que ser
vivida.
Esperó, mirando a la casa, hasta que el sonido del vehículo se esfumó y
se fundió con el zumbido de los insectos en el atardecer veraniego. Luego,
dejando la maleta que había traído en el polvo del camino, anduvo el sendero y
subió los peldaños de la entrada. Su mano tanteó en busca del pomo de la
puerta, finalmente lo encontró un pie más bajo de donde su memoria lo tenía
emplazado. Era duro ver la casa como estaba ahora, cuando lo que fue había sido
mucho más real e importante.
El interior lucía algo mejor que el exterior. Él debía de haber pagado a
alguien para que entrase y limpiase la casa de vez en cuando. Quizás había
estado planeando regresar para una visita, antes de que esa última enfermedad
le hubiese hecho imposible el pensamiento de desplazarse más allá de unas pocas
manzanas.
Se paró en el recibidor, mirando a través del arco a la sala de estar.
No había pensado que esa parte de su idea iba a resultar tan difícil. Cuando
partieron, hacía 25 años, no se había llevado nada que no se pudiese llevar en
las maletas. De poder ignorar el dolor y que era algo más alta, todo estaría
igual a cuando solía correr a casa desde el autobús escolar para hallarlo a él
aguardándola, allí en aquel gran sillón a la sombra. —¡Papi, estás en casa!
—Hola, Sookie. ¿Cómo fue hoy la escuela?
La escuela había sido terrible, como siempre, primero porque los había
separado y
segundo porque los profesores y los otros niños eran extraños y
escandalosos, y a menudo hostiles. La gentil dulzura de su padre no la había
preparado para nada de eso. Se le mofaban de sus diferencias. Peor, ellos
decían cosas crueles acerca de él porque no trabajaba como otros padres y
permanecía en casa para cuidarla, viviendo de la herencia de la madre.
—Papi, hoy se han reído de mí.
Casi había tenido miedo de decírselo, temerosa de que se riese él
también. Pero entonces extendió sus brazos para auparla sobre sus rodillas y
ella supo que en ese lugar estaban a salvo de burlas, protegida por su amor.
—Ahora, ¿quién se reirá de mi Sookie?
—Estábamos estudiando el Middle East y la señorita Fredericks me dijo
que leyese parte de la lección. Tú sabes esas cosas, ¿ellos provocaban
incendios?
El pensó unos instantes.
—Braziers.
—Sí, eso es. Bien.
La mujer sacudió la cabeza y abrió los ojos, alejando los recuerdos.
El no está aquí ahora. Está en el hospital y se está muriendo, Esto es
lo más divertido. El áspero sonido de su propia voz la asustó.
Se giró para cerrar la puerta de la calle y mientras lo hacía captó un
reflejo de aquel odiado rostro en el espejo. Rayos de sol relucían en el
cabello rubio platino de ella. Había dejado de teñírselo años atrás. De todas
formas no habría atraído a nadie.
¿Por qué? ¿No eres tú Sookie Nichols? Vi a tu padre en la televisión la
otra noche. No había reído tanto en años. ¡Ese hombre es un genio!
Este lugar no tiene buenos recuerdos para ella ahora. Él lo había
arruinado todo. Ella deseaba realizar lo que había ido a hacer allí, entonces
podría irse adonde no tuviese que verlo nunca más.
Moviéndose con lentitud para no agravar el dolor, se fue hacia el
interior, pasó por el recibidor y a través de la cocina. En el soportal que
comunicaba la casa con el taller donde nunca se le había permitido entrar,
encontró algunos troncos y el hacha que su padre usaba para partirlos. Hizo dos
viajes, no sólo porque el doctor le había prevenido contra los esfuerzos. Lo
había planeado todo durante mucho tiempo. No iba a permitir que se le
precipitasen los momentos finales.
Cuando volvió a por el hacha, vaciló unos instantes ante la puerta del
taller. El lugar le había fascinado de niña. Deliciosas sorpresas habían salido
de allí —muñecas que golpeaban tambores de madera, un scooter, una flota de
botes, una casa de muñecas con un mobiliario que podía haber sido confeccionado
por duendes. Ella solía fastidiarlo o adularlo para que le dejase echar una
ojeada dentro; seguro que había algún tipo de magia dentro de aquellas paredes.
Abandonó sin esfuerzo el marco de la puerta, despectiva ante los
deslucidos secretos del taller. Prendió un fuego en la enorme chimenea de la
sala. La madera estaba tan seca que prendió a la primera. Mientras lo hacía,
fue invadida por una sensación de premura. Él estaba muy lejos, en un hospital,
casi en estado de coma, pero podía recuperarse y preguntar por Sookie. Y de
hacerlo averiguaría lo que estaba haciendo, enviaría a alguien tras ella para
detenerla. Corrió afuera en busca de la maleta y para asegurarse de que no
había nadie subiendo por la carretera desde la ciudad. Por el momento la
carretera estaba vacía. Mas ¿por cuánto tiempo continuaría así? ¿Por cuánto
tiempo debería ella hacer lo que tenía que hacer?
El corazón le golpeaba intranquilo en el pecho. Siempre le sucedía en
momentos como ése. El especialista decía que no era un problema orgánico, pero
¿cómo lo sabía? ¿Cómo podía nadie saber eso sin ninguna posibilidad de error?
Hubo tiempos —cuando su marido la abandonase, cuando su hijo fue
arrestado—, tiempos en los que se había preguntado si era ella, también, un
producto del taller mágico de su padre, si tenía un corazón o no. Se sentía
irreal, manipulada por fuerzas externas pero que no la afectaban profundamente.
De alguna manera agradecía la intranquilidad, como una prueba.
Dejó la maleta en la sala, se arrodilló a su lado para abrir los
seguros. Le temblaban las manos. Tenía que detenerse un momento para serenarse.
Esa era la parte más ardua. Pensó en lanzarla al fuego sin abrir, pero de
hacerlo nunca podría estar segura de que Sookie no regresaría para
obsesionarla.
No, tenía que hacerlo de la forma correcta. Tenía que ser fuerte. Tenía
que ignorar el leve dolor que palpitaba en su pecho.
El cambio había empezado con Alfred. Dumb Alfred con la nariz gruesa,
sonrisa necia y el cabello pintado. La magia de papi había estado en sus manos
—sólo en sus manos, entonces— y con Alfred siempre había podido ver sus labios
moverse. Había hecho a Alfred como una sorpresa de cumpleaños, aprendiendo
ventriloquismo por sí mismo en los libros. Había estado encantado con su propio
regalo. Pero entonces era ya lo bastante mayor como para sentirse protectora de
ese gentil niño-hombre. Nunca se lo había dicho.
Quizá debería haberlo hecho. A lo mejor todo habría acabado allí.
Ella recordaba un día de febrero en el que había llegado a casa ansiosa
por hablarle de las fiestas y de los adornos; una tarjeta anónima, de
enamorado, había sido depositada sobre su escritorio. Al principio —¿había sido
la primera o simplemente se lo parecía?—, él no prestó atención, estaba
demasiado impaciente por subirla a su regazo. Se hallaba excitado por algún
secreto propio.
—He hecho una hermana para Alfred. He trabajado en ella durante meses
para conseguir hacerla. No puedo aguardar más para mostrártela. Siéntate aquí.
La empujó al pie de la silla, y corrió a través del recibidor hacia el taller.
Era molesto pero no dañino —no demasiado—. Estaba siempre excitado
cuando tenía una nueva sorpresa para mostrarle. Pero entonces la trajo, a ella,
a la otra.
Fue un shock el verse su propia cara tallada en un trozo de madera, los
mismos ojos azules con lo que él definió como un toque élfico, la nariz breve,
e incluso con un mechón de pelo auténtico, rubio platino como el suyo propio.
Luego se sentó y puso la muñeca sobre sus rodillas —en su sitio—, le giró la
cabeza y la observó.
—Hola. Me llamo Sookie.
Sus labios se movieron.
No era su nombre, no el auténtico, únicamente era uno de los apodos
cariñosos con los que él la llamaba. Esto lo empeoró, el que no pudiera
descartar un nombre cariñoso. Su cara. Su sitio próximo a él.
Intentó llorar, pero no pudo pues tenía un peso en el pecho que le
impedía respirar. Él vio sus lágrimas a punto de desbordarse de sus ojos y
apartó la muñeca, la tomó y le dijo:
—Encanto, ¿por qué estás tan disgustada? Mira. La hice porque te quiero
mucho. Anonadada por la enormidad de su traición, no pudo hablar. Intentó con
esfuerzo creerse lo que le estaba diciendo. Ella quería creerle puesto que no
creerlo significaría que lo más importante de su vida había sido una mentira.
—Las niñas pequeñas tienen que crecer, y así puedo conservar una parte
de tí, siendo pequeña, para siempre; acércate.
Una insinuación de risa jocosa en su voz. ¿Siempre había permanecido
allí? ¿Fue tan sencillo la primera vez que lo oyó?
Intentó creérselo, pretendiéndolo, forzó una sonrisa y notó como se
congestionaba su
rostro cuando él tomó de nuevo la muñeca y reanudó su estúpido
jueguecito. Algo le había sido robado y algo muy distinto había tomado su
lugar. Dolor.
Aflojó los cordeles y sacó a Sookie de la caja. Sus labios se crisparon
con disgusto. La muñeca no parecía viva sin la magia de su papi para animarla.
Le colgaban los labios y las juntas crujían. Ahora se parecía más a un trasgo
que a un ser humano, pero parte de la culpa la podía tener la edad. Veinticinco
años era mucho tiempo para algo hecho de madera, para algo que había sido
llevado alrededor del mundo y tratado tan duramente.
Él había encontrado un nuevo oficio con Sookie. O sería más acertado
decir que él había encontrado un oficio, porque nadie excepto una niña podría
pensar que ser simplemente padre podía ser una ocupación para un hombre. Al
principio fue algo que él hizo para sorprenderla —o más bien a él mismo, ya que
ella se lo tomó muy mal. Así debía de ser un hobby, un entretenimiento para los
picnics en la iglesia y para las actividades navideñas de la escuela. Más tarde
descubrió que la gente quería pagarle para que trabajase en teatros, y luego en
la televisión.
En aquel entonces ella difícilmente se preocupaba por ello. Finalmente
le había visto ante audiencias y sus sentimientos para con él no pudieron ser
ya los mismos. Era un giro curioso. Sookie lo había manipulado, haciéndole
mostrar cuáles eran sus sentimientos con la hija de su propia carne y de su
misma sangre.
¿Carne y sangre? ¿De verdad? Debía ser cierto. ¿Podía un trozo de madera
sentir ese tipo de dolor?
Alcanzó el hacha, liberando su furia, sintiéndola crecer desde el
oprimido nudo que había conservado todos esos años en su interior. El se estaba
muriendo, sin ninguna ayuda. Esta vez no podría detenerla.
Al primer golpe, el primer hueso se astilló al golpear la odiada carne,
y ella estaba de nuevo allí en el teatro, la primera vez que ella había podido
contener sus nervios para poder verlo ante los espectadores. Le crecieron alas.
El dolor le hacía encogerse cada vez que levantaba los brazos, pero no
podía contenerse. Lo vio sentado, poniendo a Sookie sobre sus rodillas, y
alisándole el vestido. Descendió el telón. La audiencia aplaudió. Papi sonreía
y Sookie sonreía —por supuesto, ella sonreía. Su expresión era permanente,
pintada. ¿Cómo podía decir la gente que parecía una niña de verdad?
Un fragmento azul rodó por el suelo.
—¡Hola, papi!
—Hola, Sookie. ¿Cómo fue hoy la escuela?
Trozos de cabello rubio volaron como plumas. Ella vislumbró la maldad en
esa sonrisa, la insinuación de una sonrisa reprimida. Él hizo hablar al mudo.
Sonó incluso como una niña de verdad, con su risa cantarina. Pero le hada decir
cosas estúpidas.
El dolor, el agudo dolor rojo en el pecho.
Provocan incendios...
Pareció que él pensaba por un instante.
—Tú quieres decir braziers.
—Creo que sí —dijo el mudo—. Pero creía que hablabas de sostenes.
Las risas fueron simplemente una ola posterior. No fue una explosión,
una aguda explosión roja. Cómo se había reído...
«Reído.»
Cómo se debía de haber reído él a cuenta de ella; secretamente, cuando
se sentaba sobre sus rodillas y le contaba sus problemas infantiles. Cómo la
debía de haber odiado, censurándole que lo requiriese cuando él deseaba salir.
Cómo mintió él más tarde. —Cariño. Juro que no lo recuerdo. Simplemente fue
algo que ideé para hacer reír a la gente.
Sollozando, reunió los fragmentos y empezó a tirarlos al fuego. Astillas
y pedazos, un dedo, una rodilla, un zapato. El pelo era lo peor. Partes de él
por el suelo y por su boca. Tanto pelo. ¿De dónde habría sacado el pelo para la
peluca? ¿Dónde habría encontrado el tono exacto de su propio pelo?
—Nunca me reí de ti. Te quiero. Cuando hice a Sookie, puse algo de ese
amor dentro de ella, así podía tener una parte de mi propia niña cerca de mí.
Ésa es la razón por la que la gente lo disfruta tanto, por el amor. Las niñas
tienen que crecer.
Las llamas lamían los fragmentos cual lenguas, saboreándolos y
ennegreciéndolos. El dolor en su pecho se había tornado en llamas que se
extendían, lamiéndole los brazos, sus piernas, su cabeza. Había un rugido en
sus oídos. Las niñas tienen que crecer.
—Pero papi, no puedo crecer. Tú también me quitaste eso cuando hiciste a
Sookie. Le diste mi cara y mi nombre. Le diste mi alma. Ésa es la razón por la
que he hecho tal barbaridad. Nadie se preocupa de mí, nada hay en mi vida, sólo
me quedaba esto. Agudo, rojo, dolor ardiente.
Unos ojos muy viejos, unos ojos muy sabios y azules la miraban a través
de la cortina de llamas.
—¡Papi! ¡Papi!
Sookie no estaba segura de cuál de ellos había gritado. Ella sólo sabía
que ambos se estaban muriendo.
UN NAUFRAGIO EN EL TRIÁNGULO DE LAS BERMUDAS
Raúl Bonilla
Una tal Debra Drewes flotaba a la deriva a bordo de un bote salvavidas
en medio de la mar. Se veía fláccida, apagada, sin ganas de vivir. Era uno de
los sobrevivientes del naufragio que hubo a unos quinientos kilómetros de aquí,
el jueves en la noche. Se trataba de un crucero turístico que Debra se había
ganado en un concurso. El boleto era para dos personas, pero ella abordó sola
sin despedirse de nadie. No participó de las actividades del crucero ni
disfrutó de la claridad del sol o el cielo celeste. Se mantuvo al margen de
todo, amargada y deprimida. Poco antes del viaje había terminado una relación
de años con un novio celoso e inseguro, y al parecer le estaba dando tiempo al
tiempo para sanar sus heridas. Si esto era cierto, debo decir que el tiempo lo
estaba tomando con pereza. Al cuarto día de viaje el clima se puso borrascoso y
el capitán informó que cambiaría el curso para evadir una tromba que se
aproximaba.Debió ser una señora tromba: el barco giró noventa grados y se
internó a toda máquina en aguas desconocidas. La tromba se esfumó
repentinamente, tal como había aparecido, y el capitán avisó que retornarían al
curso normal y que en cuestión de un día o dos llegarían a la isla Bermuda.
Debra, cansada sin saber por qué, se fue a dormir temprano mientras hacían este
anuncio. Notó un quiebre en la voz del capitán y tuvo la impresión que a pesar
de las cartas de navegación y los adelantos con que debía contar la nave,
nadie, ni el capitán ni el resto de la tripulación, sabían dónde estaban. Tomó
esto a la ligera y se tiró en la litera con la ropa puesta.
Como una hora después, una serie de golpeteos contra la puerta de su
camarote, más un griterío inintengible que parecía provenir de todos lados, la
despertó. Medio dormida, salió a ver qué ocurría y se encontró con que la gente
se había vuelto loca; iba de un lado a otro, unos gritando, otros halandose los
cabellos, otros más elevando
plegarias, y algunos lamentándose. Había ropa y maletas abiertas tiradas
en el suelo. Las puertas de los camarotes estaban abiertas y dentro todo estaba
revuelto. En los altoparlantes se escuchaba una voz hablando con miedo sobre la
muerte. Debra, abrazada, pisoteada, confundida, fue llevada a empujones por la
multitud afuera. Un miembro de la tripulación la agarró por la cintura, de
espalda, y la depositó en un bote salvavidas. Antes de que pudiera articular
palabra, la echó al mar.
Por casi se vuelca al dar con el agua, pues un extraño burbujeó que se
levantaba alrededor de la nave repelió el bote como si le hubiese dado un
manotazo. Debra comprendió entonces que habían encallado. Lo raro era que no
veía con qué. Las máquinas seguían funcionando y no había nada que se
interpusiera al barco, pero no avanzaban. Lo único que había en el agua era el
burbujeó, que crecía y agitaba al barco como si fuera de juguete.
Un hombre saltó al agua y Debra se acercó a ayudarlo. Extendió un remo y
le dijo que se sujetara. Pero al salir a flote, el hombre estaba muerto. En ese
momento Debra miró a su alrededor y se dio cuenta que el agua estaba llena de
cadáveres. Y esa pila provenía del burbujeó, donde se revolvían una cantidad
increíble de personas, todas pálidas y tiesas, como si debajo del barco se
accionaran un gigantesco par de aspas. Otras personas se arrojaron al agua,
agotados los botes salvavidas, y todas salían a flote muertas. Ancianas, niños,
mujeres. Desde arriba, el miembro de la tripulación le hizo señas a Debra,
instándole a que se pusiera a salvo. Ella se alejó tan rápido como pudo,
abriéndose paso entre los muertos.
Cuando estuvo a cierta distancia hubo una explosión y las llamas
devoraron la nave. Luego el crucero se partió en dos y se hundió. Entonces
fueron tres días de delirio, luchando a brazo partido contra el mar bravío,
acosada por el cansancio, la desesperanza, sin tener idea de dónde iría a parar
o si moriría. Tras tres días de lucha, de dientes destemplados y cabello sobre
la frente, una isla se asomó en el horizonte.
Sacando fuerzas de flaqueza, remó durante tres horas hasta tocar tierra.
Aún tuvo aliento para arrastrar el bote playa dentro, para que la marea no se
lo llevase. Quiso desfallecer, pero decidió que lo mejor era mantenerse
despierta y se internó en la isla, que era pura selva. Sus primeros pasos la
condujeron a un hombre que se había colgado de un árbol. Era un náufrago como
ella, que empezaba a descomponerse. Un millar de gusanos poblaba su vientre y
otro tanto caía y se apilaba en la tierra, retorciéndose. Moscas verdes y
azules tanteaban su rostro mientras el cuerpo hinchado se mecía sacándole la
lengua al viento. Parecía que de un momento a otro estallaría y todas las
inmundicias del mundo saldrían disparadas por doquier. Debra lo contempló a
cierta distancia, tapándose la nariz, y tomó otro camino. Por allá encontró a
otro ahorcado. Cambió de rumbo, pero donde fuera que se aventurara había un
muerto colgando de un árbol. Era como si toda la isla estuviera llena de ellos.
De entre tantos, había una mujer que colgaba junto a una niña no mayor de diez
años. En el tronco había inscrito lo siguiente: "No nos sepulte. La tierra
está maldita".
Debra llegó a un cabañal en un claro. Las chozas se levantaban sobre
pilastras que las separaban del suelo, como una aldea lacustre, y algunas
estaban construidas en la copa de los árboles. Debra entró a la más cercana,
pero no quisieron escucharla y la echaron. Los habitantes de la choza no eran
negros, sino indios, y no hablaban inglés. Hablaban español. Estas personas
—una señora, dos adolescentes, y una anciana— no se sorprendieron cuando
aquella mujer irrumpió como loca, haciendo gestos y hablando en una lengua
extraña. El menor de los adolescentes la señaló con el dedo sin estirar el
brazo.Dijo:
—Otro náufrago.
La anciana, que se sacaba las liendres en la cama que compartían los
cuatro, le
habló al mayor de los adolescentes sin levantar la vista:
—Sácala, Paco.
El muchacho se levantó del rincón donde se agazapaba y la llevó por la
fuerza a la puerta.
—¡Ayuda!¡Por favor! —imploró.
El muchacho, titubante, volteo a ver a su abuela. La anciana aplastó una
liendre con las uñas y repitió la orden:
—Sácala, Paco.
Debra echó una vistazo al otro muchacho, que era casi un niño, y a la
señora, que no le decía nada con la mirada, y fue echada.
—De todas formas no hubiéramos podido hacer nada por ella —dijo la
anciana mientras el muchacho cerraba puerta y ventanas—. Déjenla que se ahorque
como hicieron los otros. Tarde o temprano todos terminaremos haciendo lo mismo.
El resto de los lugareños se asomaron con el barullo y apenas la vieron
se
encerraron en sus cabañas. Sólo en una al final del claro, bastante
apartada de las otras, que no se levantaba sobre pilastras ni tenía puerta en
la entrada, fue donde la recibieron. La habitaba un viejo gordo de cabello
largo y cara marcada, un ojo virado, labios gruesos y dientes grandes. Estaba
sentado en una mesa construida por él mismo, leyendo algo así como un pergamino
a la luz de una vela. Aunque le daba la espalda a la entrada y no volteo a ver
cuando Debra se asomó adentro, la invitó a pasar con un inglés que, teñido por
su acento, no sonaba como inglés y no parecía español.
Ella pasó con recelo, mirando a los lados y arriba, pues aparte del
viejo, la mesa y la vela, no se veía nada, y la oscuridad creaba la ilusión de
que la cabaña era más grande por dentro que por fuera. A lo poco divisó una
cesta de frutas en un mueble. Estiró la mano para coger una, pero se interpuso
una araña de patas largas, más grande que su mano, y ella retrocedió.
—No toques nada —le dijo el viejo, aún sin voltear—. El nos prohibió
ayudar a alguno de ustedes, so pena de recibir peor castigo del que ya
sufrimos.
Debra guardó silencio. El viejo se explicó:
—Me refiero a aquel al que todos tememos sin saber qué es o de dónde
vino. Nos habló del naufragio y nos advirtió lo que has oído. Lo único que me
permite decirte es que si quieres seguir con vida, deberás derramar sangre
inocente. Esa es su condición. El es el dueño de esta isla perdida y las aguas
malditas que la rodean. Hace sufrir indefinidamente a quienes la habitamos, y
aterroriza y mata a quienes llegan a ella. Ahora que sabes que existe, ten
cuidado, porque sabe que le puedes temer. Si deseas ahorcarte como los que
llegaron antes que tú, me tiene sin cuidado. Para mí tú ya estás muerta.
Debra dio la vuelta y se marchó. No tenía ganas de seguir en ese lugar.
Avanzaba entre los árboles, intentando llegar al otro lado de la isla, cuando
la tierra se abrió y la quiso tragar. Fue cuestión de segundos. El suelo
selvático, húmedo y lodoso, adquirió la consistencia de la arena movediza y
empezó a girar sobre si mismo, como si estuviera vivo, creando un remolino que
lo arrastró todo: plantas, rocas, animales, árboles. Debra hubiera muerto a no
ser porque cuatro náufragos que estaban en un árbol cercano le arrojaron una
liana y la sacaron halando entre todos. El remolino desapareció tan pronto como
los pies de Debra dejaron de estar en contacto con el suelo y la maleza cubrió
todo rastro del suceso.
Los cuatro náufragos eran los sobrevivientes de un grupo de doce
personas que habían llegado a la isla el día anterior. La tierra se tragó a un
par junto con el bote apenas llegaron, y otras dos murieron de la misma forma
antes que buscaran refugio en los árboles. El viejo de la cabaña se les
presentó y les dijo más o menos lo que le había
dicho a Debra. La esposa de uno de los sobrevivientes se ahorcó en un
arranque de locura, tras habérsela pasado llorando todo el día, en un momento
que la descuidaron. Su viudo y otros dos hombres fueron a buscar al viejo para
matarlo, pero la tierra se tragó a los tres y dejó ileso al viejo. Los que
quedaron con vida fueron de rama en rama hasta que encontraron un árbol alto
con tronco grueso que les pareció que no podía ser tragado por la tierra, y
pernoctaron en él, amarrados a las ramas para no caer durante el sueño. Habían
pasado todo el día buscando la manera de salir de ese predicamento,
desesperados, cuando escucharon el temido retumbo y rescataron a Debra del
remolino.
—La tierra no se tragó mi bote —dijo Debra después de haberlos
escuchado—.
Aún tiene que estar en la playa —y decidieron ir a buscarlo.
El viaje les tomó hasta la tarde. Llegar a la playa fue sencillo, no más
que, andando por las ramas, avanzaron con lentitud. Lo arduo fue encontrar el
bote. Lo buscaron más de tres horas, yendo siempre al norte, según especulación
de Debra, antes de dar con él. El sol se ocultaba para entonces y la marea
empezaba a subir.
Uno de los náufragos, Chuck, aconsejó esperar a que el sol se ocultara
del todo para abordar el bote, porque a lo mejor la fuerza maligna que habitaba
la isla estaría dormida. Otro, Drew, dijo que de ser así, toda esa gente que
colgaba de los árboles hubiera esperado a que anocheciera para escapar, en vez
de ahorcarse como lo hicieron. "Lo que debemos hacer —propuso— es
confundir a lo que sea que esté bajo la tierra, corriendo cada uno en una
dirección distinta. Uno de nosotros empuja el bote al mar y los otros se echan
al agua y nadan a él".
Todos estuvieron de acuerdo en hacerlo así. A nadie se le ocurrió algo
mejor. Por si acaso, esperaron a la noche antes de hacerlo, pero todas formas
fracasaron: la tierra, lejos de confundirse, se tragó primero a Drew, que fue
al que le tocó empujar el bote, y luego fue por Dick, otro de los náufragos,
que iba a ser el primero en llegar al agua. Debra, Chuck, y otra mujer, Nancy,
volvieron a los árboles. Nancy y Chuck treparon a un mismo árbol mientras que
Debra lo hizo a otro.
Estos dos, tras compartir una mirada de incertidumbre, se entregaron al
deseo carnal, seguros que iban a morir. Debra no supo qué hacer, consciente de
su soledad. Finalmente se durmió sin darse cuenta. Nancy y Chuck terminaron
rápidamente y se acordaron de Debra. Nancy, de espaldas a la rama, debajo de
Chuck, descubrió, al mirar sobre su hombro, la silueta del brazo de Debra,
colgando inmóvil de la fronda, cinco metros más allá. La llamaron sin obtener
respuesta. Chuck, recordando lo demacrada que estaba, dedujo que se había
desmayado. Se pusieron a charlar, embargados nuevamente por los nervios, y
terminaron hablando sobre lo que les había dicho el viejo; eso de derramar
sangre inocente si querían seguir con vida.
Agotada como estaba, Debra, ya sea por la gran tensión, ya sea por miedo
a caer al suelo, abrió los ojos al rato y vio a Chuck en una rama cercana,
sosteniendo una navaja de hoja brillante. Chuck se le lanzó encima al mismo
tiempo que ella saltó a otra rama. A ambos le falló el tino y cayeron. Debra,
aunque adolorida, se levantó al instante, y en una reacción que ya era natural,
buscó un árbol. Chuck se interpuso, lanzando un navajazo y abriéndole de tajo
la mejilla. El estaba de espaldas a la selva. Ella de espaldas al mar. Chuck le
lanzó otro navajazo, esta vez al cuello. Debra lo evadió dando la vuelta y
echando a correr. Vio una enorme roca en la arena a la que podía subirse y se
dirigió allá. Chuck le pisaba los talones, lanzándole navajazos que teñían su
espalda de rojo, como su cara.
—¡Dale! ¡Dale! —se le escuchaba a gritar a Nancy desde los árboles—
¡Mátala!
Debra brincó para subirse a la roca. Chuck la emuló, lanzando un
navajazo. La
hoja dio contra la roca, cerca de la pierna de Debra, partiéndose. Ella
le pateo el rostro y lo derribó. La tierra se lo tragó. Nancy lloró amargamente
al amante perdido. Llamaba a
Debra y le decía cosas como:
—¡Vas a pagar por esto, maldita!¡ Te va a costar muy caro! —y así pasó
una
hora.
La marea alcanzó su punto más alto. Llegó al bote y lo arrastró. Se
trataba de un momento decisivo. Nancy había descubierto un árbol de tronco
chueco cuya rama más larga se prolongaba a la roca, faltándole metros para
tocarla, y trepaba por ahí ágilmente. Era ahora o nunca, y Debra lo sabía.
"Pero a lo mejor la marea atrae el bote lo suficiente para que salte y lo
alcance. A Nancy le falta un buen trecho para llegar acá. Aún tengo tiempo...
¡Ahí está el bote! No, no. Está muy lejos. Ya se fue. En la próxima será".
Nancy aterrizó sobre su espalda, quedando Debra boca abajo contra la
roca y Nancy sentada sobre ella. La jaló por los cabellos y estrelló su cara
contra la piedra, y la volvió a jalar por los cabellos y estrelló su cara otra
vez. Hizo esto varias veces. En la tercera ocasión, a Debra se le rompió la
nariz. En la quinta, se le abrió una brecha en la frente. Nancy la levantó, sin
soltarla de los cabellos, y le conectó sendos rodillazos en el vientre.
Seguidamente, cogió aire para echarla a la arena y que se la tragara la tierra.
Debra se zafó de un tirón y le propinó un puñetazo a Nancy. Ella cayó al otro
lado de la roca, sosteniendo en la mano un mechón de cabellos rojos. Debra
corrió al bote, que abandonaba la costa y se adentraba en la mar, seguida por
Nancy, que intentaba detenerla.
La primera en subir fue Debra. Lo primero que hizo fue tomar uno de los
remos y atacar a Nancy, que no más tenía medio cuerpo dentro y le pedía que la
ayudara. Nancy no se bajó hasta que Debra le pegó de canto en la cabeza, y
entre el cabello y la sangre se asomó el cráneo. La tierra se la tragó en el
momento que la marea se retiró. Cuando esta volvió a bañar la costa, el
remolino aumentó y Debra, junto con el bote, se precipitaron adentro.
En su interior, entre la roca y la arena, esqueletos y cuerpos medio
descompuestos, medio carcomidos, giraban sin cesar, surgiendo a la vista, y
luego eran vueltos a tragar por el remolino, siempre yendo hacia abajo, al
agujero negro que se distinguía al final, donde, por un momento, Debra creyó
advertir la forma de un ojo.
El agua, que iba delante, inundó el remolino, disolviéndolo. Debra salió
a flote junto con los muertos, que se contaban por cientos, y tras un breve
rodeo por la costa, el bote volvió al mar. Debra recuperó uno de los remos, el
cual flotaba cerca del bote. El otro lo había aferrado contra su pecho todo ese
tiempo. Tomó uno en cada mano y se alejó de la isla. Remo como loca toda la
noche, y cuando volvió en sí, estaba amaneciendo. Soltó los remos, se echó
sobre la cubierta del bote, y se rió, intercalando las carcajadas con sollozos.
Se había salvado. No podía creerlo. Jamás le había pasado nada bueno en
toda su vida y ahora había salido sana y salva de aquel infierno. Se sintió
bendita, en paz. Sintió que la vida le había dado una segunda oportunidad.
De pronto, el bote se detuvo sin razón aparente. Debra se reincorporó y
miró a todos lados: el mar seguía en su vaivén, pero el bote estaba varado, y
por más que Debra remo y remo, no se movió. Debra sintió un estremecimiento y
el extraño burbujeó que había visto cuatro días atrás surgió debajo del bote y
lo rodeó, zarandeando a este y a su tripulante a medida que crecía. Debra pegó
un grito al tiempo que el bote se partió en dos y vio, a sus pies, al agua
abrirse como un par de fauces para tragarla. No hubo sangre ni cuerpo que
saliera a flote para advertir del peligro a los marinos. Sólo unas cuantas
tablas se salvaron de la voracidad del mar, y las olas las diseminaron una vez
que cesó el burbujeó. El crepúsculo le dio paso al sol y sus rayos dieron luz
al mundo, dormido hasta ese momento. Una brisa suave llevó el olor salino a
través de los
kilómetros a la isla perdida, acariciando con dedos translúcidos los
cuerpos descompuestos que colgaban de los árboles y los indios asustados que
salían de sus chozas a vivir otro día con incertidumbre. Y todo volvió a ser
como era antes.
MAURICE Y MOG (HERBERT) :
Se habían reído de él, pero ¿quién reía mejor ahora? ¿Quién había
logrado sobrevivir, quién había vivido cómodamente, por confinada que fuera esa
vida, mientras los demás habían perecido en la agonía? ¿Quién había previsto el
holocausto años antes de que la situación en Oriente Medio hubiera alcanzado el
punto de ebullición para convertir-se en un conflicto mundial? Pues Maurice
Joseph Kelp.
Maurice J. Kelp, el agente de seguros (¿quién sabía más sobre ries-gos
futuros?).
Maurice Kelp, divorciado (sin nadie más por quien preocuparse).
Maurice, el solitario (no había compañía más placentera que la suya
propia).
Cinco años antes, había cavado el agujero en el jardín trasero de su
casa de Peckham, y sus vecinos se habían burlado de él (pero, quién reía ahora,
¿eh? ¿Eh?). Era un agujero con la amplitud necesaria para alber-gar un refugio
de tamaño grande (con un espacio que bastaba para cua-tro personas pero ¿para
qué quería que otros le contaminaran su aire? No, gracias, ni hablar). En
aquellos cinco años, había ahorrado para comprar e instalar ciertos
perfeccionamientos, y el refugio en sí mis-mo, en piezas desmontables, le había
costado casi tres mil libras. Los accesorios, como el equipo de filtrado, de
funcionamiento manual y por batería (trescientas cincuenta, precio de segunda
mano), y el me-didor personal de radiaciones (ciento cuarenta y cinco, más el
IVA) habían disparado los costos; además, la instalación de dispositivos
ex-tra, como el lavabo plegable y el retrete autolimpiable, no había sido
ba-rata. Aunque valió la pena; todos aquellos peniques invertidos merecie-ron
la pena.
Le había resultado fácil unir las planchas prefabricadas en acero; así
como el relleno de hormigón, una vez hubo leído con sumo cuidado el libro de
instrucciones. Tampoco le resultó demasiado difícil instalar los equipos de
filtrado y extracción una vez comprendió con seguridad lo que debía hacer; las
conexiones de los tubos del refugio no habían presentado problema alguno.
Incluso compró una bomba de sentina barata, pero, por fortuna, no había tenido
necesidad de utilizarla. En el interior, puso una litera con un colchón de
espuma, una mesa (usaba la cama como silla), un calentador y una cocina
Grillogaz, gas butano y lámparas de batería, estanterías repletas de comida en
latas y botes, alimentos secos, leche en polvo, sal, azúcar; en total, había
comida suficiente para dos meses. Tenía una radio con pilas de recambio (aunque
una vez estuvo dentro, sólo logró recibir el ruido de las des-cargas
estáticas), un botiquín, utensilios de limpieza, una amplia va-riedad de libros
y revistas (nada de chicas desnudas, él no estaba de acuerdo con esas cosas),
lápices y papel (incluido un buen surtido de papel higiénico), potentes
desinfectantes, cubiertos, vajilla, abrela-tas, abrebotellas, sartenes, velas,
ropas, sábanas y mantas, dos relojes (durante los primeros días, el tictac
había estado a punto de volverlo loco, ya ni lo notaba), un calendario, un
depósito de agua de cuarenta y cinco litros (el agua que no utilizaba para
lavar platos, cubiertos y que no bebía nunca sin las pastillas esterilizadoras.
Simpla de Milton and Maw).
Y..., ah, sí, y una de las adquisiciones más recientes: un gato muerto.
No tenía ni idea de cómo había logrado aquel desgraciado animal meterse
en su refugio perfectamente estanco (el gato no hablaba), pero supuso que debió
de haberse colado
unos días antes de que las bombas comenzaran a caer. La creciente
tensión de la situación mundial había bastado para impulsar a Maurice a poner
en marcha la fase de ÚLTIMOS PREPARATIVOS (desde que tenía el refugio se habían
producido cuatro o cinco crisis parecidas), y la entrometida criatura debió de
haberse cola-do cuando él, Maurice, iba y venía de la casa al refugio, dejando
abierta la compuerta de la torrecilla (la estructura tenía forma de submarino,
con la torrecilla de entrada ubicada en un extremo en lugar de en el cen-tro).
No había descubierto al gato hasta la mañana siguiente al holo-causto.
Maurice recordaba con nitidez el día del juicio final, la pesadilla le
había quedado grabada en el fondo del cerebro como un mural detalla-do con toda
fidelidad. ¡Dios santo, cuánto miedo había pasado! Pero, después, qué
satisfacción.
Los meses que se pasó cavando, ensamblando piezas y equipos -¡aguantando
las provocaciones de sus vecinos!- merecieron la pena. «El arca de Maurice»,
habían denominado burlonamente a su refugio, y ahora comprendía lo adecuada de
aquella descripción. Aunque, claro está, él no lo había construido para unos
jodidos animales. Se sentó bien erguido en la litera, asqueado por el hedor,
pero, al mismo tiempo, desesperado por respirar el escaso aire. A la luz de la
lámpara de gas, su rostro aparecía blanco.
¿Cuántos habrían sobrevivido allá arriba? ¿Cuántos de sus vecinos
habrían muerto sin reírse? Solitario por naturaleza, ¿se encontraría aho-ra
verdaderamente solo? Por sorprendente que pudiera parecer, espe-raba que no.
Maurice pudo haberles permitido a algunos de ellos compartir su
re-fugio, quizá a uno o a dos, pero le resultó difícil resistirse al placer de
ce-rrarle la compuerta en sus aterrados rostros. Con el sonido metálico del
mecanismo giratorio de cierre y la compuerta completamente encajada en la junta
de la pestaña exterior de la torrecilla, las sirenas se habían convertido en un
lamento apenas audible, y el ruido de los golpes ases-tados por sus vecinos
sobre la tapa de entrada había pasado a ser apenas como el golpear de unos
insectos. Los estampidos y los temblores de la tierra acabaron pronto con
aquello. Maurice había caído al suelo aferrado a las mantas que había llevado
consigo, seguro de que la tormentosa presión abriría en dos la cáscara
metálica. Perdió la cuenta de las veces que la tierra se había estremecido y,
aunque no lograba acordarse del todo, tuvo la impresión de que tal vez se había
desmayado. Las horas parecieron perderse en alguna parte, porque lo único que
recordaba era haberse despertado en la litera, es-pantado por un tremendo peso
en el pecho y un cálido y fétido aliento sobre su rostro.
Había gritado y el peso se había retirado de repente, aunque le dejó un
dolor agudo en un hombro. Transcurrieron unos largos y desorienta-dos minutos
en los que intentó encontrar una linterna; la oscuridad completa caía sobre él
como pesadas cortinas, y su imaginación ilumina-ba el interior del refugio
llenándolo de demonios de afiladas garras. El haz luminoso de la linterna buscó
y buscó sin encontrar nada, pero la luz saturante descubrió, al cabo de unos
momentos, un demonio único. El gato rojizo lo había espiado desde debajo de la
cama con sus recelosos ojos amarillos.
En tiempos mejores, a Maurice nunca le habían gustado los felinos y, en
verdad, éstos no habían sentido demasiado afecto por él. Tal vez ahora, en la
peor de las épocas (para los de allá arriba, al menos) debe-ría aprender a
convivir con ellos.
-Ven aquí, lentorro -llamó al felino con indiferencia-. No tienes nada
que temer, bonito.
O bonita.
Al cabo de unos días descubrió que era «bonita».
La gata se negó a moverse. No le había gustado cómo temblaba y se
sacudía aquel cuarto, y tampoco le agradaba el olor de aquel humano. Bufó una
advertencia, y la cabeza inclinada del hombre desapareció de su vista. Horas
después, sólo el olor de la
comida logró sacarla de su escondite.
-Vaya, lo típico -exclamó Maurice con tono reprobador-. Los gatos y los
perros se presentan siempre que huelen comida.
La gata, que había permanecido encerrada en la cámara subterránea
durante tres días, sin comer ni beber, y sin siquiera contar con un ratón para
mordisquear, se vio en la obligación de darle la razón. No obstan-te, se
mantuvo a prudente distancia del hombre. Absorto más por aquella situación que
por la de arriba, Maurice le lanzó a la gata un pedazo de carne de lata
guisada, y el animalito esperó un momento, asustado, antes de abalanzarse sobre
el alimento y engu-llirlo.
-El estómago ha podido más que el miedo, ¿eh? -Maurice sacudió la cabeza
y sonrió burlón-. Phyllis me hacía lo mismo, aunque con el dinero -comentó a la
gata comilona y poco desinteresada, refiriéndose a su ex esposa, que lo había
abandonado quince años antes, al cabo de año y medio de matrimonio-. En cuanto
aparecían los billetes de una libra, fresquitos, ella venga zumbar a su
alrededor como las moscas so-bre la mierda. Y te aseguro que nunca se quedaba
mucho tiempo una vez que las arcas estaban vacías. Me sacó hasta el último
penique, la muy zorra. ¡Que disfrute de sus desiertos, igual que los demás!
Su risa sonó forzada, porque todavía ignoraba hasta dónde llegaba su
propia seguridad.
Maurice echó la mitad de la carne en una sartén que había sobre el fogón
de gas.
-Dejaré el resto para esta noche -dijo, sin estar seguro si hablaba con
la gata o consigo
mismo. Acto seguido, abrió una latita de judías verdes y las mezcló con
la carne-. Es
gracioso de qué modo te abre el apetito un holocausto. -Su risa siguió
sonando algo
nerviosa y la gata lo miró, intrigada-. Está bien, supongo que tendré
que darte de co-
mer. Está clarísimo que no puedo echarte.
Maurice sonrió ante sus comentarios humorísticos. Por el momento, se
tomaba bastante bien la aniquilación de la raza humana.
-Veamos, tendré que buscarte un plato para que comas. Y algo donde
puedas hacer tus necesidades, claro. Puedo eliminarlas con mu-cha facilidad,
con tal de que las hagas siempre en el mismo sitio. ¿No te he visto ya en
alguna parte? Me parece que tu dueña no te buscará más. Todo esto es bastante
agradable, ¿no te parece? Ya que estamos pues-tos, podría llamarte Mog*. ¿no?
Parece que vamos a tener que aguan-tarnos mutuamente durante una temporada...
Y así fue como Maurice J. Kelp y Mog se unieron a esperar que el
holocausto pasara. Al concluir la primera semana, el bicho había dejado de
pasearse sin cesar por el refugio.
Al concluir la segunda semana, Maurice le había tomado bastante cariño a
la gata.
* Maurice juega con el nombre de
la gata. Ya que ésta se mueve despacio, la lla-ma Mog (moverse lentamente). (N.
de la T.)
Sin embargo, al concluir la tercera semana, la tensión comenzó a
no-tarse. Igual que le había ocurrido a Phyllis, a Mog le resultaba un poco
duro convivir con Maurice. Tal vez fueran sus chistes, tontos pero enfermizos.
O sus continuas regañinas. Pudo haber sido su mal aliento in-cluso. Fuera cual
fuese el motivo, la gata se pasaba mucho tiempo con-templando a Maurice y gran
parte del resto esquivando sus sofocantes abrazos.
Maurice no tardó en sentirse agraviado por el rechazo, incapaz de
comprender la ingratitud de la gata. ¡La había alimentado, le había dado un
hogar! ¡Le había salvado la vida! Y a pesar de ello, se paseaba por el refugio
como una cautiva, se escondía debajo de la litera, y lo mi-raba con aquellos
ojos funestos y desconfiados como si.... como si...,
como si estuviera volviéndose loco, eso era. Aquella mirada le resultaba
en cierto modo familiar, y le recordaba como.... como solía mirarlo Phyllis. Y
no sólo era eso, la gata se
estaba volviendo furtiva. Más de una vez, Maurice se había despertado en
plena noche al oír el ruido que el animal hacía al merodear entre los
suministros de alimentos para ro-barle comida; le mordía los paquetes de comida
deshidratada, le araña-ba la película plástica que cubría las latas medio
llenas de alimentos.
La última vez, Maurice había estado a punto de pifiarla, de perder el
control. Dio una patada a la gata y ésta se defendió, dejándole un zarpa-zo de
cuatro surcos en la espinilla. De haber gozado de otro humor, Maurice hasta
podría haber admirado la forma diestra en que Mog es-quivó los misiles que a
continuación dirigió contra ella (una sartén, latas de fruta, hasta el retrete
autolimpiador).
Después de aquel suceso, la gata no volvió a ser la misma. Se
acurru-caba en los rincones, bufaba cada vez que él se le acercaba, se
escabullía tras el escaso mobiliario o se emboscaba debajo de la litera; nunca
utili-zaba la bandeja de plástico que Maurice se había preocupado de
prepa-rarle para que hiciera sus necesidades, como si hubiese sido atrapada en
aquel rincón para ser muerta a palos. O algo peor.
Poco tiempo después, mientras Maurice estaba dormido, Mog pasó a la
ofensiva. A diferencia de lo sucedido la primera vez, cuando Maurice desper-tó,
con la gata acurrucada sobre el pecho, en esta ocasión se encontró con las
afiladas garras clavadas en el rostro y con Mog escupiéndole sali-va y bufando
de la manera más aterradora. Maurice lanzó un chillido y echó al enfurecido
animal lejos de sí, pero Mog volvió al ataque de in-mediato, con el lomo
arqueado y el cuerpo hinchado por la pelambre electrizada.
Una de sus garras estuvo a punto de vaciarle un ojo, y un mordisco del
felino se le llevó parte de una oreja antes de que lograra quitarse al bicho de
encima.
Se habían mirado desde los extremos opuestos de la cama, Mauri-ce,
encogido en el suelo, con los dedos sobre la frente y la mejilla, sur-cadas de
profundas heridas (aún no se había percatado de que le falta-ba el trozo de
oreja); la gata, encaramada a las mantas, gruñía y arqueaba el lomo y los ojos
le brillaban con un desagradable fulgor amarillento.
Volvió a abalanzarse sobre Maurice, convertida en una borrosa mancha
rojiza, en una erizada pelambrera enfurecida, toda colmillos y uñas afiladas.
El logró levantar las mantas en su provecho; por desgra-cia, su radio de huida
era limitado. Subió por la pequeña escalera que llevaba a la torrecilla y se
acurrucó en lo alto (desde el suelo hasta la compuerta no habría más de dos
metros y medio), con las piernas enco-gidas y la cabeza apoyada en la tapa
metálica.
Mog subió tras él y le clavó las uñas en las nalgas. Maurice aulló y se
precipitó al suelo, no por el dolor, sino porque, allá arriba, algo había caído
con estrépito provocando una vibración de proporciones sísmicas que sacudió los
paneles de acero del refugio. Al caer Maurice, la gata, que seguía agarrada a
su trasero, cayó con él. Lanzó un breve chillido al partírsele el espinazo.
Maurice, convencido de que el animal, que no había cesado de
retor-cerse, continuaba su ataque, se levantó de inmediato, y. tambaleándo-se,
fue hasta el otro extremo del refugio, con una respiración de asmáti-co. Cogió
la sartén del Grillogaz para defenderse y, boquiabierto, vio a la gata
retorciéndose. Con un alarido de júbilo, Maurice agarró las man-tas y corrió
hacia la criatura indefensa. Cubrió a Mog con ellas y luego le pegó con la
sartén hasta que el animal dejó de moverse y dejaron de oír-se sus pequeños
quejidos debajo de las mantas. Acto seguido, Maurice tomó un cilindro de gas
butano de base plana y. usando las dos manos para levantarlo, lo dejó caer
sobre un bulto donde imaginó que se en-contraría la cabeza de Mog.
Finalmente, se sentó en la cama, con el pecho palpitante, y, mientras la
sangre le manaba de las heridas, se echó a reír con aire triunfante.
Después, tuvo que vivir otra semana más con el cadáver en
descom-posición.
Ni siquiera una triple capa de bolsas de polietileno, bien cerradas, y
con el interior profusamente rociado de desinfectante, pudo contener el hedor,
como tampoco los productos químicos del interior del retrete Porta Potti
lograron corroer el cuerpo. Al cabo de tres días, el hedor era insoportable;
Mog había encontrado la forma de vengarse. Además, al aire del interior del
refugio le estaba ocurriendo algo. Cada vez le resultaba más difícil respirar,
y no era sólo por el horrendo olor a putrefacto que la gata desprendía. El aire
comenzaba a escasear día a día y. últimamente, hora a hora. Maurice había
planeado permanecer en el interior del refugio du-rante seis semanas por lo
menos, quizá ocho, si lograba aguantarlo, hu-biera oído o no las sirenas
indicadoras de que todo estaba en calma; pero ahora, apenas transcurridas
cuatro semanas, supo que tendría que arriesgarse a salir. Algo había taponado
el sistema de ventilación. Por más que se pasara horas dándole vueltas a la
manivela del equipo Microflow Survivaire, o mantuviera el motor en marcha con
la batería de coche de doce voltios, el aire no se renovaba. Al inspirar, la
garganta emitió un leve silbido, y el hedor le llenó las fosas nasales como si
se encontrara sumergido en la cloaca más profunda y hedionda. Tenía que obtener
aire limpio, estuviera o no cargado de radiación; de lo contra-rio, moriría
poco a poco, aunque por distintos motivos que los de allá arriba. Morir
asfixiado, rodeado de la pestilencia burlona del cadáver de la gata, no era
forma de acabar. Además, en algunos folletos se ad-vertía que catorce días
bastaban para que la precipitación radiactiva concluyera.
Maurice se levantó de la cama y. presa de un mareo, se aferró a la
mesita. El vivo resplandor blanco de la lámpara de butano le encandiló los
ojos, ribeteados de rojo. Con miedo a respirar, y con más miedo aún de no
hacerlo, avanzó a trompicones hacia la torrecilla. Tuvo que em-plear todas sus
fuerzas para subir los pocos peldaños de la escalera y se detuvo a descansar
justo debajo de la compuerta: la cabeza le daba vuel-tas y sus pulmones, apenas
hinchados, protestaron. Pasaron unos minu-tos antes de que pudiera levantar un
brazo y girar el mecanismo de aper-tura.
«Gracias a Dios -pensó-. Gracias a Dios que voy a salir, que voy a
alejarme de esa endiablada gata rojiza. No importa cómo esté todo ahí fuera, no
importa quién o qué haya podido sobrevivir.» Sería un bendi-to alivio el poder
salir de aquella jodida pocilga nauseabunda.
Dejó que la compuerta cayera sobre su gozne. Una nube de polvo le cubrió
la cabeza y los hombros, y después de mucho pestañear, cuando se hubo quitado
los pequeños granillos de polvo de los ojos, lanzó un dé-bil grito de
consternación. Entonces comprendió el motivo del estrépito de una semana antes;
los restos de un edificio cercano, su propia casa sin duda, se habían
desmoronado, tapando, los escombros, el suelo que era el techo del refugio,
obstruyéndole el suministro de aire, y la vía de es-cape.
Con los dedos trató de excavar en la losa de hormigón; pero apenas logró
mellar la superficie. Empujó y empujó, mas no logró levantar nada. Maurice
estuvo a punto de precipitarse escalera abajo, incapaz de mantener los pies
firmes. Lanzó un grito lastimero mientras se paseaba por el refugio en busca de
alguna herramienta con la cual cortar el sólido muro de arriba, pero aquel
grito sonó débil y ronco. Utilizó cuchillos, tenedores, cualquier cosa afilada
que le sirviese para martillear el hor-migón, pero nada le sirvió, porque el
hormigón era demasiado duro y sus esfuerzos demasiado débiles. Por último,
asestó una serie de atolondrados puñetazos a la losa con la mano ensangrentada.
Cayó en el interior de lo que se había convertido en un hoyo para él y
aulló embargado por la frustración. Aunque el aullido se parecía más a una
especie de bufido, como el que lanzaría un gato al ahogarse.
El envoltorio cubierto de plástico del extremo opuesto del refugio no se
movió, pero Maurice, cuyas lágrimas fueron formándole surcos en el polvo que le
cubría el rostro, tuvo la certeza de haber oído un débil maullido burlón.
-Nunca me gustaron los gatos -jadeó-. Nunca.
Se chupó los nudillos, saboreando su propia sangre, y esperó en la tumba
particular que él mismo se había construido. No tuvo que esperar mucho tiempo
hasta que las sombras se precipitaron sobre su visión y los pulmones le
quedaron vacíos e inmóviles, pero a Maurice le pareció una eternidad. Una
solitaria eternidad, aunque Mog estuviera allí para ha-cerle compañía.
LA VERDAD SOBRE EL CASO DEL SEÑOR VALDEMAR
EDGAR ALLAN POE
Traducción de Julio Cortázar
De ninguna manera me parece sorprendente que el extraordinario caso del
señor Valdemar haya provocado tantas discusiones. Hubiera sido un milagro que
ocurriera lo contrario, especialmente en tales circunstancias. Aunque todos los
participantes deseábamos mantener el asunto alejado del público —al menos por
el momento, o hasta que se nos ofrecieran nuevas oportunidades de
investigación—, a pesar de nuestros esfuerzos no tardó en difundirse una
versión tan espuria como exagerada, que se convirtió en fuente de muchas
desagradables tergiversaciones y, como es natural, de profunda incredulidad.
El momento ha llegado de que yo dé a conocer los hechos —en la medida en
que me es posible comprenderlos—. Helos aquí sucintamente:
Durante los últimos años el estudio del hipnotismo había atraído
repetidamente mi atención. Hace unos nueve meses, se me ocurrió súbitamente que
en la serie de experimentos efectuados hasta ahora existía una omisión tan
curiosa como inexplicable: jamás se había hipnotizado a nadie in articulo
mortis. Quedaba por verse si, en primer lugar, un paciente en esas condiciones
sería susceptible de influencia magnética; segundo, en caso de que lo fuera, si
su estado aumentaría o disminuiría dicha susceptibilidad, y tercero, hasta qué
punto, o por cuánto tiempo, el proceso hipnótico sería capaz de detener la
intrusión de la muerte. Quedaban por aclarar otros puntos, pero éstos eran los
que más excitaban mi curiosidad, sobre todo el último, dada la inmensa
importancia que podían tener sus consecuencias.
Pensando si entre mis relaciones habría algún sujeto que me permitiera
verificar esos puntos, me acordé de mi amigo Ernest Valdemar, renombrado
compilador de la Bibliotheca Forensica y autor (bajo el nom de plume de
Issachar Marx) de las versiones polacas de Wallenstein y Gargantúa. El señor
Valdemar, residente desde 1839 en Harlem, Nueva York, es (o era) especialmente
notable por su extraordinaria delgadez,
tanto que sus extremidades inferiores se parecían mucho a las de John
Randolph, y también por la blancura de sus patillas, en violento contrasté con
sus cabellos negros, lo cual llevaba a suponer con frecuencia que usaba peluca.
Tenía un temperamento muy nervioso, que le convertía en buen sujeto para
experiencias hipnóticas. Dos o tres veces le había adormecido sin gran trabajo,
pero me decepcionó no alcanzar otros resultados que su especial constitución me
había hecho prever. Su voluntad no quedaba nunca bajo mi entero dominio, y, por
lo que respecta a la clarividencia, no se podía confiar en nada de lo que había
conseguido con él. Atribuía yo aquellos fracasos al mal estado de salud de mi
amigo. Unos meses antes de trabar relación con él, los médicos le habían
declarado tuberculoso. El señor Valdemar acostumbraba referirse con toda calma
a su próximo fin, como algo que no cabe ni evitar ni lamentar.
Cuando las ideas a que he aludido se me ocurrieron por primera vez, lo
más natural fue que acudiese a Valdemar. Demasiado bien conocía la serena
filosofía de mi amigo para temer algún escrúpulo de su parte; por lo demás, no
tenía parientes en América que pudieran intervenir para oponerse. Le hablé
francamente del asunto y, para mi sorpresa, noté que se interesaba vivamente.
Digo para mi sorpresa, pues si bien hasta entonces se había prestado libremente
a mis experimentos, jamás demostró el menor interés por lo que yo hacía. Su
enfermedad era de las que permiten un cálculo preciso sobre el momento en que
sobrevendrá la muerte. Convinimos, pues, en que me mandaría llamar veinticuatro
horas antes del momento fijado por sus médicos para su fallecimiento.
Hace más de siete meses que recibí la siguiente nota, de puño y letra de
Valdemar:
Estimado P ... :
Ya puede usted venir. D... y F... coinciden en que no pasaré de mañana a
medianoche, y me parece que han calculado el tiempo con mucha exactitud.
Valdemar
Recibí el billete media hora después de escrito, y quince minutos más
tarde estaba en el dormitorio del moribundo. No le había visto en los últimos
diez días y me aterró la espantosa alteración que se había producido en tan
breve intervalo. Su rostro tenía un color plomizo, no había el menor brillo en
los ojos y, tan terrible era su delgadez, que la piel se había abierto en los
pómulos. Expectoraba continuamente y el pulso era casi imperceptible.
Conservaba no obstante una notable claridad mental, y cierta fuerza. Me habló
con toda claridad, tomó algunos calmantes sin ayuda ajena y, en el momento de
entrar en su habitación, le encontré escribiendo unas notas en una libreta. Se
mantenía sentado en el lecho con ayuda de varias almohadas, y estaban a su lado
los doctores D... y F...
Luego de estrechar la mano de Valdemar, llevé aparte a los médicos y les
pedí que me explicaran detalladamente el estado del enfermo. Desde hacía
dieciocho meses, el pulmón izquierdo se hallaba en un estado semióseo o
cartilaginoso, y, como es natural, no funcionaba en absoluto, En su porción
superior el pulmón derecho aparecía parcialmente osificado, mientras la
inferior era tan sólo una masa de tubérculos purulentos que se confundían unos
con otros. Existían varias dilatadas perforaciones y
en un punto se había producido una adherencia permanente a las
costillas, Todos estos fenómenos del lóbulo derecho eran de fecha reciente; la
osificación se había operado con insólita rapidez, ya que un mes antes no
existían señales de la misma y la adherencia sólo había sido comprobable en los
últimos tres días. Aparte de la tuberculosis los médicos sospechaban un
aneurisma de la aorta, pero los síntomas de osificación volvían sumamente
difícil un diagnóstico. Ambos facultativos opinaban que Valdemar moriría hacia
la medianoche del día siguiente (un domingo). Eran ahora las siete de la tarde
del sábado.
Al abandonar la cabecera del moribundo para conversar conmigo, los
doctores D... y F... se habían despedido definitivamente de él. No era su
intención volver a verle, pero, a mi pedido, convinieron en examinar al
paciente a las diez de la noche del día siguiente.
Una vez que se fueron, hablé francamente con Valdemar sobre su próximo
fin, y me referí en detalle al experimento que le había propuesto. Nuevamente
se mostró dispuesto, e incluso ansioso por llevarlo a cabo, y me pidió que
comenzara de inmediato. Dos enfermeros, un hombre y una mujer, atendían al
paciente, pero no me sentí autorizado a llevar a cabo una intervención de tal
naturaleza frente a testigos de tan poca responsabilidad en caso de algún
accidente repentino. Aplacé, por tanto, el experimento hasta las ocho de la
noche del día siguiente, cuando la llegada de un estudiante de medicina de mi
conocimiento (el señor Theodore L...l) me libró de toda preocupación. Mi
intención inicial había sido la de esperar a los médicos, pero me vi obligado a
proceder, primeramente por los urgentes pedidos de Valdemar y luego por mi
propia, convicción de que no había un minuto que perder, ya que con toda
evidencia el fin se acercaba rápidamente.
El señor L...l tuvo la amabilidad de acceder a mi pedido, así como de
tomar nota de todo lo que ocurriera. Lo que voy a relatar ahora procede de sus
apuntes, ya sea en forma condensada o verbatim.
Faltaban cinco minutos para las ocho cuando, después de tomar la mano de
Valdemar, le pedí que manifestara con toda la claridad posible, en presencia de
L...l, que estaba dispuesto a que yo le hipnotizara en el estado en que se
encontraba.
Débil, pero distintamente, el enfermo respondió: «Sí, quiero ser
hipnotizado»,
agregando de inmediato: «Me temo que sea demasiado tarde.»
Mientras así decía, empecé a efectuar los pases que en las ocasiones
anteriores habían sido más efectivos con él. Sentía indudablemente la
influencia del primer movimiento lateral de mi mano por su frente, pero, aunque
empleé todos mis poderes, me fue imposible lograr otros efectos hasta algunos
minutos después de las diez, cuando llegaron los doctores D... y F..., tal como
lo habían prometido. En pocas palabras les expliqué cuál era mi intención, y,
como no opusieron inconveniente, considerando que el enfermo se hallaba ya en
agonía, continué sin vacilar, cambiando, sin embargo, los pases laterales por
otros verticales y concentrando mi mirada en el ojo derecho del sujeto.
A esta altura su pulso era imperceptible y respiraba entre estertores, a
intervalos de
medio minuto.
Esta situación se mantuvo sin variantes durante un cuarto de hora. Al
expirar este período, sin embargo, un suspiro perfectamente natural, aunque muy
profundo, escapó del pecho del moribundo, mientras cesaba la respiración
estertorosa o, mejor dicho, dejaban de percibirse los estertores; en cuanto a
los intervalos de la respiración, siguieron siendo los mismos. Las extremidades
del paciente estaban heladas.
A las once menos cinco, advertí inequívocas señales de influencia
hipnótica. La vidriosa mirada de los ojos fue reemplazada por esa expresión de
intranquilo examen interior que jamás se ve sino en casos de hipnotismo, y
sobre la cual no cabe engañarse. Mediante unos rápidos pases laterales hice
palpitar los párpados, como al acercarse el sueño, y con unos. pocos más los
cerré por completo. No bastaba esto para satisfacerme, sin embargo, sino que
continué vigorosamente mis manipulaciones, poniendo en ellas toda mi voluntad,
hasta que hube logrado la completa rigidez de los miembros del durmiente, a
quien previamente había colocado en la posición que me pareció más cómoda. Las
piernas estaban completamente estiradas; los brazos reposaban en el lecho, a
corta distancia de los flancos. La cabeza había sido ligeramente levantada.
Al dar esto por terminado era ya medianoche y pedí a los presentes que
examinaran el estado de Valdemar. Luego de unas pocas verificaciones,
admitieron que se encontraba en un estado insólitamente perfecto de trance
hipnótico. La curiosidad de ambos médicos se había despertado en sumo grado. El
doctor D... decidió pasar toda la noche a la cabecera del paciente, mientras el
doctor F... se marchaba, con promesa de volver por la mañana temprano. L...l y
los enfermeros se quedaron.
Dejamos a Valdemar en completa tranquilidad hasta las tres de la
madrugada, hora en que me acerqué y vi que seguía en el mismo estado que al
marcharse el doctor F...; vale decir, yacía en la misma posición y su pulso era
imperceptible. Respiraba sin esfuerzo, aunque casi no se advertía su aliento,
salvo que se aplicara un espejo a los labios. Los ojos estaban cerrados con
naturalidad y las piernas tan rígidas y frías como si fueran de mármol. No
obstante ello, la apariencia general distaba mucho de la de la muerte.
Al acercarme intenté un ligero esfuerzo para influir sobre el brazo
derecho, a fin de que siguiera los movimientos del mío, que movía suavemente
sobre su cuerpo. En esta clase de experimento jamás había logrado buen
resultado con Valdemar, pero ahora, para mi estupefacción, vi que su brazo,
débil pero seguro, seguía todas las direcciones que le señalaba el mío. Me
decidí entonces a intentar un breve diálogo.
—Valdemar..., ¿duerme usted? —pregunté.
No me contestó, pero noté que le temblaban los labios, por lo cual
repetí varias veces la pregunta. A la tercera vez, todo su cuerpo se agitó con
un ligero temblor; los párpados se levantaron lo bastante para mostrar una
línea del blanco del ojo; moviéronse lentamente los labios, mientras en un
susurro apenas audible brotaban de ellos estas palabras:
—Sí… ahora duermo. ¡No me despierte! ¡Déjeme morir así!
Palpé los miembros, encontrándolos tan rígidos como antes. Volví a
interrogar al
hipnotizado:
—¿Sigue sintiendo dolor en el pecho, Valdemar? La respuesta tardó un
momento y fue aún menos audible que la anterior:
—No sufro... Me estoy muriendo.
No me pareció aconsejable molestarle más por el momento, y no volví a
hablarle hasta la llegada del doctor F..., que arribó poco antes de la salida
del sol y se quedó absolutamente estupefacto al encontrar que el paciente se
hallaba todavía vivo. Luego de tomarle el pulso y acercar un espejo a sus
labios, me pidió que le hablara otra vez, a lo cual accedí.
—Valdemar —dije—. ¿Sigue usted durmiendo?
Como la primera vez, pasaron unos minutos antes de lograr respuesta, y
durante el intervalo el moribundo dio la impresión de estar juntando fuerzas
para hablar. A la cuarta repetición de la pregunta, y con voz que la debilidad
volvía casi inaudible, murmuró:
—Sí... Dormido... Muriéndome.
La opinión o, mejor, el deseo de los médicos era que no se arrancase a
Valdemar de su actual estado de aparente tranquilidad hasta que la muerte
sobreviniera, cosa que, según consenso general, sólo podía tardar algunos
minutos. Decidí, sin embargo, hablarle una vez más, limitándome a repetir mi
pregunta anterior.
Mientras lo hacía, un notable cambio se produjo en las facciones del
hipnotizado. Los ojos se abrieron lentamente, aunque las pupilas habían girado
hacia arriba; la piel adquirió una tonalidad cadavérica, más semejante al papel
blanco que al pergamino, y los círculos hécticos, que hasta ese momento se
destacaban fuertemente en el centro de cada mejilla, se apagaron bruscamente.
Empleo estas palabras porque lo instantáneo de su desaparición trajo a mi
memoria la imagen de una bujía que se apaga de un soplo. Al mismo tiempo el
labio superior se replegó, dejando al descubierto los dientes que antes cubría
completamente, mientras la mandíbula inferior caía con un sacudimiento que
todos oímos, dejando la boca abierta de par en par y revelando una lengua
hinchada y ennegrecida. Supongo que todos los presentes estaban acostumbrados a
los horrores de un lecho de muerte, pero la apariencia de Valdemar era tan
espantosa en aquel instante, que se produjo un movimiento general de retroceso.
Comprendo que he llegado ahora a un punto de mi relato en el que el
lector se sentirá movido a una absoluta incredulidad. Me veo, sin embargo,
obligado a continuarlo.
El más imperceptible signo de vitalidad había cesado en Valdemar;
seguros de que estaba muerto lo confiábamos ya a los enfermeros, cuando nos fue
dado observar un fuerte movimiento vibratorio de la lengua. La vibración se
mantuvo aproximadamente durante un minuto. Al cesar, de aquellas abiertas e
inmóviles mandíbulas brotó una voz que sería insensato pretender describir. Es
verdad que existen dos o tres epítetos que cabría aplicarle parcialmente: puedo
decir, por ejemplo, que su sonido era áspero y quebrado, así como hueco. Pero
el todo es indescriptible, por la sencilla razón de que
jamás un oído humano ha percibido resonancias semejantes. Dos
características, sin embargo —según lo pensé en el momento y lo sigo pensando—,
pueden ser señaladas como propias de aquel sonido y dar alguna idea de su
calidad extraterrena. En primer término, la voz parecía llegar a nuestros oídos
(por lo menos a los míos) desde larga distancia, o desde una caverna en la
profundidad de la tierra. Segundo, me produjo la misma sensación (temo que me
resultará imposible hacerme entender) que las materias gelatinosas y viscosas
producen en el sentido del tacto.
He hablado al mismo tiempo de «sonido» y de «voz». Quiero decir que el
sonido consistía en un silabeo clarísimo, de una claridad incluso asombrosa y
aterradora. El señor Valdemar hablaba, y era evidente que estaba contestando a
la interrogación formulada por mí unos minutos antes. Como se recordará, le
había preguntado si seguía durmiendo. Y ahora escuché:
—Sí..., No... Estuve durmiendo... y ahora... ahora... estoy muerto.
Ninguno de los presentes pretendió siquiera negar ni reprimir el
inexpresable, estremecedor espanto que aquellas pocas palabras, así
pronunciadas, tenían que producir. L...l, el estudiante, cayó desvanecido. Los
enfermeros escaparon del aposento y fue imposible convencerlos de que
volvieran. Por mi parte, no trataré de comunicar mis propias impresiones al
lector. Durante una hora, silenciosos, sin pronunciar una palabra, nos
esforzamos por reanimar a L...l. Cuando volvió en sí, pudimos dedicarnos a examinar
el estado de Valdemar.
Seguía, en todo sentido, como lo he descrito antes, salvo que el espejo
no proporcionaba ya pruebas de su respiración. Fue inútil que tratáramos de
sangrarlo en el brazo. Debo agregar que éste no obedecía ya a mi voluntad. En
vano me esforcé por hacerle seguir la dirección de mi mano. La única señal de
la influencia hipnótica la constituía ahora el movimiento vibratorio de la
lengua cada vez que volvía a hacer una pregunta a Valdemar. Se diría que
trataba de contestar, pero que carecía ya de voluntad suficiente. Permanecía
insensible a toda pregunta que le formulara cualquiera que no fuese yo, aunque
me esforcé por poner a cada uno de los presentes en relación hipnótica con el
paciente. Creo que con esto he señalado todo lo necesario para que se comprenda
cuál era la condición del hipnotizado en ese momento. Se llamó a nuevos
enfermeros, y a las diez de la mañana abandoné la morada en compañía de ambos
médicos y de L...l.
Volvimos por la tarde a ver al paciente. Su estado seguía siendo el
mismo. Discutimos un rato sobre la conveniencia y posibilidad de despertarlo,
pero poco nos costó llegar a la conclusión de que nada bueno se conseguiría con
eso. Resultaba evidente que hasta ahora, la muerte (o eso que de costumbre se
denomina muerte) había sido detenida por el proceso hipnótico. Parecía claro
que, si despertábamos a Valdemar, lo único que lograríamos sería su inmediato
o, por lo menos, su rápido fallecimiento.
Desde este momento hasta fines de la semana pasada —vale decir, casi
siete meses— continuamos acudiendo diariamente a casa de Valdemar, acompañados
una y otra vez por médicos y otros amigos. Durante todo este tiempo el
hipnotizado se mantuvo exactamente como lo he descrito. Los enfermeros le
atendían continuamente.
Por fin, el viernes pasado resolvimos hacer el experimento de
despertarlo, o tratar de despertarlo probablemente el lamentable resultado del
mismo es el que ha dado lugar a tanta discusión en los círculos privados y a
una opinión pública que no puedo dejar de considerar como injustificada.
A efectos de librar del trance hipnótico al paciente, acudí a los pases
habituales. De entrada resultaron infructuosos. La primera indicación de un
retorno a la vida lo proporcionó el descenso parcial del iris. Como detalle
notable se observó que este descenso de la pupila iba acompañado de un
abundante flujo de icor amarillento, procedente de debajo de los párpados, que
despedía un olor penetrante y fétido.
Alguien me sugirió que tratara de influir sobre el brazo del paciente,
como al comienzo. Lo intenté, sin resultado. Entonces el doctor F... expresó su
deseo de que interrogara al paciente. Así lo hice, con las siguientes palabras:
—Señor Valdemar... ¿puede explicarnos lo que siente y lo que desea?
Instantáneamente reaparecieron los círculos hécticos en las mejillas; la
lengua tembló, o, mejor dicho, rodó violentamente en la boca (aunque las
mandíbulas y los labios siguieron rígidos como antes), y entonces resonó
aquella horrenda voz que he tratado ya de describir:
—¡Por amor de Dios... pronto... pronto... hágame dormir... o
despiérteme... pronto... despiérteme! ¡Le digo que estoy muerto!
Perdí por completo la serenidad y, durante un momento, me quedé sin
saber qué hacer. Por fin, intenté calmar otra vez al paciente, pero al
fracasar, debido a la total suspensión de la voluntad, cambié el procedimiento
y luché con todas mis fuerzas para despertarlo. Pronto me di cuenta de que lo
lograría, o, por lo menos, así me lo imaginé; y estoy seguro de que todos los
asistentes se hallaban preparados para ver despertar al paciente.
Pero lo que realmente ocurrió fue algo para lo cual ningún ser humano
podía estar preparado.
Mientras ejecutaba rápidamente los pases hipnóticos, entre los clamores
de: «¡Muerto! ¡Muerto!», que literalmente explotaban desde la lengua y no desde
los labios del sufriente, bruscamente todo su cuerpo, en el espacio de un
minuto, o aún menos, se encogió, se deshizo… se pudrió entre mis manos. Sobre
el lecho, ante todos los presentes, no quedó más que una masa casi líquida de
repugnante, de abominable putrefacción.
LOS OJOS DE LA MOMIA (R.BLOCH)
ROBERT BLOCH
Egipto me ha fascinado siempre; Egipto, tierra de antiguos y misteriosos
secretos. Había leído historias de pirámides y reyes; había soñado en vastos
imperios, tan muertos ahora
como los ojos vacíos de la esfinge. Durante los últimos años había
escrito acerca de Egipto, ya que sus fantásticas creencias y cultos lo
convertían para mí en el paraíso de todas las extravagancias. Y no es que yo
creyera en las grotescas leyendas de las épocas antiguas; no concedía el menor
crédito a la fe en dioses antropomorfos, con las cabezas y los atributos de
animales. Sin embargo, detrás de los mitos de Bast, Anubis, Set y Thot, captaba
las implicaciones alegóricas de verdades olvidadas. Las leyendas de
hombres-animales son conocidas en el mundo entero, en la erudición racial de
todos los climas. La leyenda del hombre-lobo, por ejemplo, es universal y no ha
cambiado desde las tímidas sugerencias de la época de Plinio. En consecuencia,
y dado mi interés por lo sobrenatural, Egipto me proporcionaba una clave para
el conocimiento de la antigüedad. Pero en realidad no creía en la existencia de
tales seres o animales en la época de esplendor de Egipto. Lo único que
admitía, a lo sumo, era que tal vez las leyendas de aquella época procedían de
otras épocas mucho más remotas, cuando la primitiva tierra podía albergar tales
monstruosidades, producidas por las mutaciones de la evolución. Luego, una
noche de carnaval en Nueva Orleans, descubrí una espantosa comprobación de mis
teorías. Participé, en el hogar del excéntrico Henricus Vanning, en un extraña
ceremonia sobre el cadáver de un sacerdote de Sebek, el dios con cabeza de
cocodrilo. Weildan, el arqueólogo, había traído la momia desde Egipto, y la
examinamos, a pesar de las advertencias que nos habían hecho. Confieso que
aquel día había bebido un poco más de la cuenta, y aún ahora no estoy
completamente seguro de lo que ocurrió, exactamente. Los acontecimientos se
precipitaron como en una pesadilla. La momia llevaba una máscara de cocodrilo.
Cuando salí corriendo de la casa, Vanning habla muerto a manos del
sacerdote..., o a garras del sacerdote, unas garras adheridas a la máscara (si
es que era una máscara). No puedo garantizar la autenticidad de los hechos;
mejor dicho, no me atrevo. Conté la historia, y luego decidí abandonar para
siempre el escribir acerca de Egipto y de sus antiguas tradiciones. Me he
atenido escrupulosamente a aquella decisión, hasta que esta noche una terrible
experiencia me ha inducido a revelar lo que creo que debe de ser contado.
Ése es el motivo de este relato. Los hechos preliminares son simples;
pero todos ellos parecen señalar que estoy unido a alguna espantosa cadena de
experiencias relacionadas entre sí, elaboradas por un monstruoso dios egipcio
del Destino. Como si los antiguos estuvieran enojados conmigo por mi curiosidad
acerca de ellos, y quisieran castigarla empujándome inexorablemente hacia un
horrible final.
Así lo creo, ya que después de mi experiencia de Nueva Orleans, después
de mi regreso a casa decidido a abandonar para siempre las investigaciones en
torno a la mitología egipcia, me vi atrapado de nuevo.
El profesor Weildan vino a visitarme. Weildan había pasado de
contrabando la momia del sacerdote de Sebek que yo había visto en Nueva
Orleans; le había conocido aquella increíble noche en que un dios enojado, o su
emisario, había descendido aparentemente a la tierra, para vengarse. El
profesor estaba enterado de mi curiosidad, y me había hablado muy seriamente de
los peligros que le acechan al que se dedica a escarbar en el pasado.
Era un hombre bajito, barbudo, con aspecto de gnomo. Confieso que su
visita me desagradó, ya que su presencia me traía recuerdos de cosas que me
había propuesto olvidar de un modo definitivo. Pero no podía negarme a
recibirle. A pesar de mis tentativas por conducir la conversación a un terreno
más amplio, insistió en hablar de nuestro primer encuentro. Me contó que a
consecuencia de la muerte del recluso Vanning resultó disuelto el pequeño grupo
de ocultistas que aquella noche había conocido alrededor de la momia.
Pero él, Weildan, no había renunciado a sus investigaciones acerca de la
leyenda de
Sebek. Éste, me informo, era el motivo de su visita. Ninguno de sus
antiguos asociados le ayudaría en el proyecto que tenía entre manos. Tal vez yo
estuviera interesado. Me negué en redondo a hacer algo que tuviera relación con
la egiptología.
Weildan se echó a reír. Comprendía perfectamente mi actitud, dijo, pero
tenía que permitirle que se explicara. Su actual proyecto no tenía nada que ver
con la brujería ni con las artes mánticas. Se trataba, sencillamente, de una
oportunidad para ajustar cuentas con los Poderes de las Tinieblas, si es que yo
era tan ingenuo como para aplicarles ese nombre. Se explicó. En resumen, quería
que le acompañara a Egipto, a una expedición particular. No tenía que
preocuparme por los gastos; necesitaba a un hombre joven como ayudante, y no
podía confiar en ningún arqueólogo profesional, por motivos especiales. En los
últimos años, sus estudios se habían concentrado exclusivamente en las leyendas
del Culto del Cocodrilo, y había dedicado todos sus esfuerzos a descubrir las
tumbas secretas de los sacerdotes de Sebek. Ahora, por fuentes dignas de
crédito, conocía el emplazamiento de una tumba subterránea en la cual reposaba
la momia de un adorador de Sebek. No iba a malgastar palabras dándome más
detalles; lo esencial del asunto era que la momia podía ser extraída fácilmente
de la tumba, sin necesidad de efectuar trabajos de excavación, y que no existía
el menor peligro de maldiciones o de venganzas. Por lo tanto podíamos ir hasta
allí solos, en el mayor secreto. Y nuestra visita sería provechosa. No sólo se
apoderaría de la momia sin ninguna intervención oficial, sino que, además, su
fuente de información -la cual podía garantizar con su reputación personal- le
había revelado que la momia estaba enterrada con un montón de joyas sagradas.
Lo que me ofrecía, pues, era una oportunidad única, segura y secreta para
hacerme rico. Tengo que admitir que la perspectiva no me desagradó. A pesar de
mis anteriores experiencias, estaba dispuesto a correr un riesgo a cambio de
una adecuada compensación. Y, además, aunque estaba decidido a evitar toda
relación con el misticismo, el asunto tenía un aspecto de aventura que me
atraía. Weildan explotó hábilmente mis sentimientos; ahora me doy cuenta. Habló
conmigo por espacio de varias horas, y volvió al día siguiente, hasta que
obtuvo mi asentimiento. Embarcamos en el mes de marzo, y llegamos a El Cairo
tres semanas más tarde, después de una breve escala en Londres. La excitación
del viaje nubla los recuerdos de mis contactos personales con el profesor; sé
que se mostró muy obsequioso y tranquilizador en todo momento, insistiendo en
que nuestra pequeña expedición era completamente inofensiva. Disipó por
completo mis escrúpulos acerca de la inmoralidad que representaba el saquear
una tumba; cuidó de nuestros visados, e inventó no sé qué historia para que nos
permitieran viajar al interior. Desde El Cairo fuimos en tren hasta Karthum.
Allí era donde el profesor Weildan proyectaba reunirse con su «fuente de
información»: un guía nativo, que no era más que un espía al servicio del
arqueólogo. La revelación no me afectó tanto como podía haberme afectado en
parajes más vulgares. La atmósfera del desierto parecía un fondo adecuado para
la intriga y la conspiración, y por primera vez comprendí la psicología del
vagabundo y del aventurero. Resultó muy emocionante vagar por las retorcidas
callejas del barrio árabe la noche en que visitarnos la choza del espía.
Weildan y yo entramos en un patio oscuro y silencioso, y fuimos introducidos en
una lóbrega habitación por un beduino alto, de nariz de halcón. El hombre
acogió calurosamente al profesor. Unos billetes cambiaron de dueño. Luego, el
árabe y mi compañero se retiraron a una habitación interior. Oí el leve susurro
de sus voces: la excitada de Weildan, en tono interrogante, mezclándose con el
gutural inglés del indígena. Permanecí sentado en la oscuridad, esperando. Las
voces subieron de tono, como si discutieran. Parecía como si Weildan tratara de
aplacar o tranquilizar, en tanto que la voz del guía tenía una nota de
advertencia y de temor. Luego oí pasos. La puerta de la habitación interior se
abrió, y
apareció el indígena en el umbral. Su rostro tenía una expresión
suplicante cuando me miró, y de sus labios brotó un torrente de palabras
incomprensibles, como si en sus excitados esfuerzos para advertirme hubiera
recurrido inconscientemente a su idioma natal. Ya que me estaba advirtiendo
contra algo, indudablemente. La cosa duró unos segundos; luego, la mano de
Weildan cayó sobre su hombro, obligándole a girar en redondo. La puerta volvió
a cerrarse, y se oyó de nuevo la voz del árabe, subiendo de tono, hasta
convertirse en un grito. Weildan gruñó algo ininteligible; a continuación se
oyó el rumor de una pelea, un ahogado estampido, luego silencio. Transcurrieron
varios minutos antes de que la puerta se abriera y apareciera Weildan,
secándose la frente. Sus ojos evitaron los míos.
-Ese tipo ha armado una trifulca por la recompensa -explicó, mirando al
suelo-. Pero tengo la información. Quería más dinero. Y ha salido a pedírselo a
usted. Me he visto obligado a disparar un tiro para asustarle; estos indígenas
son muy excitables.
Cuando nos marchamos de allí no dije nada, ni hice ningún comentario
ante la actitud apresurada y furtiva de Weildan mientras regresábamos a nuestro
hotel a través de las oscuras callejas. Asimismo, fingí estar distraído cuando
mi compañero se secó las manos con su pañuelo y volvió a meterse éste
apresuradamente en el bolsillo.
Pensé que podía resultarle embarazoso explicar la presencia de aquellas
manchas rojas...
Debí sospechar entonces, debí abandonar el proyecto inmediatamente. Pero
no podía saber, cuando a la mañana siguiente Weildan propuso que diéramos un
paseo a caballo a través del desierto, que nuestro punto de destino era la
tumba.
Los preparativos fueron de lo más inocente. Dos caballos, con un ligero
almuerzo en las alforjas; una pequeña tienda «contra el calor del mediodía»,
dijo Weildan; y emprendimos la marcha, solos. Como si saliéramos de merienda al
campo. Weildan no liquidó la cuenta del hotel ni dijo una palabra a nadie.
Salimos de la ciudad y cabalgamos por la llanura arenosa que se extendía bajo
un cielo intensamente azul. Cabalgamos por espacio de una hora. Weildan parecía
estar preocupado; no cesaba de escrutar el monótono horizonte, como si buscara
algo; pero ni por un instante sospeché sus verdaderos propósitos. Casi
tropezamos con las piedras antes de que yo las viera; un gran montón de rocas
blancas surgiendo del centro de una pequeña duna. Su forma parecía indicar que
las rocas visibles formaban un fragmento infinitesimal de las piedras ocultas
debajo de la arena; aunque ni en su tamaño ni en su forma había nada anormal.
Surgían de la duna, semejantes a una docena de otros montones de rocas que
habíamos visto antes. Weildan sugirió que desmontáramos, plantáramos la pequeña
tienda y almorzáramos. Clavamos las estacas en el suelo arenoso, arrastramos
unas cuantas piedras planas al interior de la tienda para que nos sirvieran de
mesa y de asientos, y nos dispusimos a almorzar. Entonces, mientras comíamos,
Weildan hizo estallar la bomba. Las rocas situadas delante de nuestra tienda,
dijo, ocultaban la entrada a la tumba. La arena, el viento y el polvo del
desierto habían realizado su tarea a la perfección, ocultando el santuario a
los intrusos. Su cómplice indígena, guiado por suposiciones y rumores, había
descubierto el lugar de un modo que no había querido explicar. Pero la tumba
estaba allí. Ciertos manuscritos y pergaminos atestiguaban el hecho de que no
estaba sujeta a vigilancia. Lo único que temamos que hacer era apartar las
piedras que bloqueaban la entrada y descender. Weildan volvió a subrayar el
hecho de que yo no corría el menor peligro.
Me había cansado de representar el papel de tonto. Interrogué a Weildan
estrechamente ¿Por qué había de estar enterrado en un lugar tan solitario un
sacerdote de Sebek? Porque, afirmó Weildan, él y los suyos huían probablemente
hacia el sur en el momento de producirse su muerte. Quizás había sido expulsado
de su templo por un nuevo faraón; en aquella época, además, los sacerdotes eran
también magos y brujos, y a
menudo se veían perseguidos o cxpulsados de las ciudades por los
enfurecidos ciudadanos. Al huír, había muerto y le habían enterrado allí. Éste,
explicó Weildan, era el motivo de la escasez de tales momias. Habitualmente, el
corrompido culto de Sebek enterraba a sus sacerdotes bajo las bóvedas secretas
de sus propios templos ciudadanos. Aquellos santuarios habían sido destruidos
hacía muchísimo tiempo. Por lo tanto, sólo en circunstancias especiales como
ésta, un sacerdote expulsado era enterrado secretamente en un lugar donde su
momia difícilmente podía ser localizada. -Pero, ¿y las joyas? -insistí.
Los sacerdotes eran ricos. Un brujo fugitivo llevaría encima sus
riquezas. Y al morir era enterrado con ellas, naturalmente. Era una
peculiaridad de ciertos sacerdotes renegados la de ser momificados con los
órganos vitales intactos, debido a que tenían alguna superstición acerca de la
resurrección terrenal. Ese era el motivo de que sus momias resultaran tan
difíciles de descubrir. Probablemente, la cámara mortuoria no era más que un
agujero del tamaño de la caja que contenía la momia excavado en la pared de
piedra. Podíamos entrar con toda tranquilidad. En el séquito de tales
sacerdotes había siempre varios expertos artífices capaces de embalsamar
adecuadamente el cadáver; hacer un buen trabajo sin extraer los órganos vitales
exigía mucha habilidad, y los principios religiosos hacían indispensable
aquella operación final. Por lo tanto, no teníamos por qué preocuparnos:
encontraríamos a la momia en buenas condiciones. Weildan se mostró muy locuaz.
Demasiado locuaz. Me explicó la facilidad con que pasaríamos subrepticiamente
la caja con la momia envuelta en la tela de nuestra tienda de campaña; cómo se
las arreglaría para sacar la momia y las joyas del país, con la ayuda de una
empresa de exportación indígena.
Redujo a polvo cada una de las objeciones que formulé; y sabiendo que,
al margen de su carácter personal como hombre, era un reputado arqueólogo, me
vi obligado a admitir su autoridad en la materia. Había un solo punto que me
preocupaba vagamente: su accidental referencia a alguna superstición relativa a
la resurrección terrenal. El entierro de una momia con los órganos intactos
parecía una extravagancia. Sabiendo lo que sabía acerca de las actividades de
los sacerdotes en relación con los ritos de nigromancia y brujería, quería
evitar la más leve de las posibilidades de atraer la desgracia sobre mi cabeza.
Sin embargo, Weildan acabó por convencerme, y después de almorzar
abandonamos la tienda. Las rocas que ocultaban la entrada de la tumba no nos
causaron grandes dificultades. Habían sido colocadas hábilmente, de modo que
parecía que formaban un solo cuerpo con las rocas del terreno, pero nosotros
descubrimos las intersecciones. Tuvimos que apirtar cuatro grandes piedras que
formaban un bloque delante de una negra abertura que descendía hacia las
entrañas de la tierra.
¡Habíamos encontrado la tumba! A la vista de aquel oscuro agujero,
recordé todo lo que sabía acerca del corrompido culto de Sebek, con su
mescolanza de mito, fábula y espantosa realidad.
Pensé en los ritos subterráneos bajo templos que ahora se habían
convertido en polvo; en la espantosa adoración de grandes ídolos de oro: ídolos
con cuerpo de hombre y cabeza de cocodrilo. Recordé las historias sobre
adoraciones paralelas, con una relación entre sí equivalente a la del satanismo
respecto al cristianismo; sacerdotes que invocaban a dioses con cabeza de
animal que más parecían demonios que deidades benéficas. Sebek era un dios
dual, y sus sacerdotes le habían dado a beber sangre. En algunos templos había
criptas, y en aquellas criptas se encontraban ídolos del dios en forma de
cocodrilo de oro. El animal tenía unas mandíbulas provistas de colmillos, y en
sus fauces eran introducidas muchachas vírgenes. A continuación las mandíbulas
eran cerradas, y los colmillos de marfil llevaban a cabo el sacrificio, de modo
que la sangre
se deslizara por la garganta de oro y el dios quedara apaciguado. No era
extraño que aquellos sacerdotes hubieran sido expulsados de sus templos y que
aquellos santuarios del pecado hubieran sido destruidos. Uno de aquellos
sacerdotes había huido hasta aquí y había muerto. Ahora reposaba en su tumba,
debajo de mis pies, protegido por la cólera de su antigua divinidad. La idea no
resultaba tranquilizadora, ni mucho menos. Tampoco resultaban tranquilizadoras
las emanaciones que ahora surgían de la abertura en la roca. No era el vaho de
la descomposición, sino el casi palpable olor de una increíble antigüedad.
Weildan se cubrió la nariz y la boca con un pañuelo, y yo le imité.
A continuación encendió su lámpara de bolsillo y penetró en la tumba. Su
tranquilizadora sonrisa se desvaneció en la oscuridad a medida que descendía
por el suelo de piedra que conducía al pasadizo interior.
Le seguí, dejando que abriera el camino. Si habla alguna trampa, algún
artificio para castigar a los intrusos, era justo que se cebara en Weildan, y
no en mí. Además, de este modo podía mirar hacia atrás y ver el tranquilizador
espacio de cielo azul recortado por la abertura rocosa. Pero no por mucho
tiempo. El pasadizo formaba una curva a medida que descendía. No tardamos en
vernos rodeados de profundas sombras que se espesaban alrededor de la débil
claridad proyectada por la linterna.
Weildan había acertado en su suposición; el lugar era simplemente una
larga caverna rocosa que conducía a una cámara interior apresuradamente
excavada. Allí encontramos las losas que cubrían el féretro. El rostro de
Weildan tenía una expresión de triunfo cuando se volvió hacia mí gesticulando
excitadamente.
Había sido fácil..., demasiado fácil, ahora me doy cuenta. Pero en aquel
momento no sospechamos nada. Incluso yo estaba empezando a desechar mis recelos
iniciales. Después de todo, el asunto resultaba de lo más vulgar; el único
elemento enervante era la oscuridad..., pero en una galería excavada en la roca
no cabía esperar otra cosa. Finalmente, perdí todo temor. Weildan y yo
apartamos las losas y contemplamos el bello féretro que había debajo. Lo
sacamos y lo colocamos de pie contra la pared. El profesor se inclinó para
examinar la abertura en la roca que había contenido el sarcófago. Estaba vacía.
-¡Qué raro! -murmuró-. ¡No hay ninguna joya! Deben de estar en el ataúd.
Colocamos la pesada caja de madera en el suelo. El profesor empezó a
trabajar. Operaba lenta, cuidadosamente, rompiendo los sellos y el encerado
exterior. El dibujo que adornaba el féretro era muy complicado, y estaba
realizado a base de láminas de oro y plata. Había numerosas inscripciones y
jeroglíficos, que el arqueólogo no se entretuvo en descifrar.
-Esto puede esperar -dijo-. Veamos primero lo que hay dentro.
Transcurrió algún tiempo antes de que consiguiera levantar la primera
tapadera. Weildan trabajaba delicada y cuidadosamente. La linterna empezaba a
perder su potencia: la pila se estaba consumiendo.
La segunda tapadera era un duplicado más pequeño de la primera, pero el
rostro que aparecía dibujado en ella era más detallado. Parecía un intento de
reproducir más concienzudamente los verdaderos rasgos del sacerdote momificado.
-La hicieron en el templo -explicó Weildan-. Se la llevaron en la huída.
Nos inclinamos sobre la tapadera, examinando aquel rostro a la mortecina
claridad de la linterna. Bruscamente, y casi al mismo tiempo, hicimos un
extraño descubrimiento. ¡El rostro carecía de ojos!
-Era ciego -comenté.
Weildan asintió, luego miró el rostro más de cerca.
-No -dijo-. El sacerdote no era ciego, si este retrato es exacto. ¡Le
arrancaron los ojos!
Examiné las cuencas, que estaban vacías, confirmando aquella espantosa
verdad. Weildan señaló excitadamente una hilera de figuras jeroglíficas que
adornaban los lados del féretro. Mostraban al sacerdote en los estertores de la
muerte. Dos esclavos armados con unas pinzas estaban inclinados sobre él.
Una segunda escena mostraba a los esclavos arrancando los ojos del
muerto. En una tercera, los esclavos insertaban unos objetos brillantes en las
cuencas ahora vacías. El resto de la serie eran escenas de las ceremonias
fúnebres, con una espantosa figura con cabeza de cocodrilo en último término:
el dios Sebek.
-Extraordinario -fue el comentario de Weildan-. ¿Comprende el
significado de esos dibujos? Fueron hechos antes de la muerte del sacerdote.
Demuestran que había decidido que le arrancaran los ojos antes de morir, y que
en su lugar colocaran esos objetos brillantes. ¿Por qué se sometió
voluntariamente a semejante tortura? ¿Qué son esas cosas brillantes?
-La respuesta debe de estar dentro -contesté.
Sin hacer más comentarios, Weildan reanudó su trabajo. Sacó la segunda
tapadera. La linterna se estaba apagando. En una oscuridad casi absoluta, el
profesor se enfrentó con la tercera tapadera. Finalmente, consiguió levantarla.
El féretro quedó abierto. A la mortecina claridad de la linterna, vimos
la momia.
Una ola de vapor surgió del ataúd: un horrible olor a especias y a gases
que traspasó los pañuelos anudados alrededor de la nariz y garganta. El poder
de conservación de aquellas emanaciones gaseosas era evidentemente enorme, ya
que la momia no estaba vendada ni amortajada. Ante nuestros ojos apareció un
cadáver desnudo y moreno, en un sorprendente estado de conservación.
Inmediatamente, concentramos nuestra atención en sus ojos..., o en el lugar
donde habían estado.
Dos grandes discos amarillos ardían hacia nosotros a través de la
oscuridad. No eran diamantes, ni zafiros, ni ópalos, ni ninguna piedra
conocida; su enorme tamaño descartaba toda posibilidad de incluirlas en una
categoría corriente. No estaban cortadas ni talladas, y sin embargo cegaban con
su brillo: un centelleo que hería nuestras retinas como fuego. Aquéllas eran
las joyas que habíamos venido a buscar..., y valía la pena haberlo hecho. Me
disponía a arrancarlas, pero la voz de Weildan me contuvo. -No lo haga -me
advirtió--. Las sacaremos más tarde, sin dañar la momia.
Oí su voz como si llegara de muy lejos. No tuve conciencia de volver a
incorporarme. En realidad, permanecí inclinado sobre aquellas centelleantes
piedras. Contemplándolas fijamente. Parecían estar creciendo hasta convertirse
en dos lunas amarillas. El contemplarlas me fascinaba: todos mis sentidos
parecían concentrados en su belleza. Y ellas, a su vez, concentraban su fuego
sobre mí, bañando mi cerebro en un calor que me aturdía y me debilitaba
insensiblemente. Mí cabeza ardía.
No podía apartar la mirada, aunque tampoco deseaba hacerlo. Aquellas
gemas eran fascinantes.
Hasta mis oídos llegó débilmente la voz de Weildan. Me pareció notar que
palmeaba mi hombro.
-¡No mire! -Su voz sonaba absurdamente excitada-. No son..., piedras
naturales. Son un presente de los dioses..., por eso el sacerdote quiso que
sustituyeran a sus ojos cuando muriera. Son hipnóticas..., aquella teoría de la
resurrección...
Apenas me di cuenta de que rechazaba bruscamente al profesor. Pero
aquellas piedras dominaban mis sentidos, obligándome a rendirme. ¿Hipnóticas?
Desde luego que lo eran; podía sentir el cálido fuego amarillo inundando mi
sangre, latiendo en mis sienes, deslizándose hacia mi cerebro. La linterna se
había apagado definitivamente, lo sabía, y sin embargo la cámara estaba bañada
en la radiante claridad amarilla que despedían aquellos deslumbrantes ojos.
¿Amarilla? No..., ahora era roja; una brillante luminosidad
escarlata, en la cual leí un mensaje. ¡Las piedras estaban pensando!
Poseían una mente, o, mejor dicho, una voluntad. Una voluntad que anulaba mis
sentidos. Una voluntad que me hacía olvidar mi cuerpo y mi cerebro, en un
esfuerzo para perderme a mí mismo en el éxtasis rojo de su ardiente belleza.
Deseaba ahogarme en el fuego; en el fuego que me estaba conduciendo fuera de mí
mismo, hasta el punto que experimenté la sensación de precipitarme hacia las
piedras..., de penetrar en ellas..., en otro cuerpo...
Y luego quedé libre. Libre, y ciego en la oscuridad. Con un repentino
sobresalto, me di cuenta de que debía de haberme desmayado. Por lo menos me
había caído, ya que ahora estaba tendido de espaldas contra el suelo de piedra
de la caverna. ¿Contra el suelo de piedra? No..., contra un suelo de madera.
Era muy raro. Podía notar la madera al tacto. La momia reposaba sobre
madera. No podía ver. La momia estaba ciega.
Noté el contacto de mi piel seca, escamosa, leprosamente desconchada.
Mi boca se abrió. Una voz -una voz que era la mía pero que no era la
mía- gritó:
-¡Dios mio! ¡Estoy dentro del cuerpo de la momia!
Oí una exclamación y el ruido de un cuerpo chocando contra el suelo.
Weildan.
Pero, ¿qué era aquel otro sonido crujiente? ¿Quién tenía mi forma?
Aquel maldito sacerdote, soportando la tortura para que sus cuencas
pudieran contener las piedras hipnóticas, presentes de los dioses como prenda
de resurrección eterna..., enterrado con fácil acceso a la tumba... Las piedras
me habían hipnotizado, habíamos cambiado de formas, y ahora él andaba.
El supremo éxtasis de horror fue lo único que me salvó. Me incorporé a
ciegas sobre
unos miembros marchitos, y unos brazos en descomposición ascendieron
hasta mi
frente, buscando lo que yo sabía que tenía que haber allí. Mis dedos
muertos arrancaron
las piedras de mis ojos.
Luego me desmayé.
El despertar fue espantoso, ya que yo ignoraba lo que iba a encontrar.
Temía adquirir conciencia de mí mismo..., de mi cuerpo. Pero mi alma se
albergaba de nuevo en carne cálida, y mis ojos podían ver a través de la
amarillenta oscuridad. La momia estaba tendida en su féretro, y resultaba
espantoso contemplar las cuencas vacías; la cambiada posición de sus miembros
era una horrible confirmación de lo sucedido.
Weildan estaba en el mismo lugar en que había caído, con el rostro
amoratado por la muerte. La impresión habla sido demasiado fuerte.
Junto a él estaban las fuentes de la luminosidad amarilla: la diabólica
llama de las
piedras gemelas. Aquello fue lo que me salvó: el arrancar aquellos
monstruosos instrumentos de transferencia de mis sienes. Sin la voluntad de la
momia detrás de ellos, era evidente que no conservaban su permanente poder. Me
estremecí al pensar en semejante transferencia al aire libre, donde el cuerpo
de la momia se hubiera descompuesto rápidamente, sin ser capaz de arrancar las
piedras. Entonces, el alma del sacerdote de Sebek, metida en mi cuerpo, hubiera
regresado a la tierra, realizándose así la resurrección. Era una idea horrible.
Recogí apresuradamente las gemas y las envolví en mi pañuelo. Luego me
marché de allí, dejando a Weildan y a la momia tal como estaban, y regresando a
la superficie con la ayuda de la claridad proporcionada por unas cerillas.
Fue muy agradable contemplar el cielo nocturno dc Egipto, ya que por
entonces había oscurecido. Cuando vi aquella limpia oscuridad, la pesadilla de
mi reciente experiencia en la diabólica negrura de la tumba me sacudió de
nuevo, y eché a correr como un loco a través de la arena hacia la pequeña
tienda.
En las alforjas había whisky; me serví una dosis generosa y di gracias
al cielo por la lámpara de petróleo que acababa de encontrar. Luego colgué un
espejo de la pared de la
tienda y permaneqí más de tres minutos contemplándome a mí mismo,
asegurándome de mi propia identidad. Después saqué la máquina de escribir
portátil y la coloqué sobre la mesa de piedra.
Sólo entonces me di cuenta de mi subconsciente propósito de manifestar
la verdad por escrito. Durante algún tiempo luché conmigo mismo..., pero
aquella noche no podía pensar en dormir, ni en regresar a través del desierto.
Al final, recobré la serenidad. Escribí el presente relato.
Ahora, ya he contado la historia. Mañana abandonaré Egipto para
siempre..., abandonaré aquella tumba, después de cubrir la entrada de modo que
nadie pueda penetrar nunca en aquella subterránea cámara de horror.
Mientras escribo, me siento agradecido a la luz que borra el recuerdo de
la silenciosa oscuridad y del sonido sombrío. Agradecido, también, a la
tranquilizadora imagen del espejo que desvanece la idea de aquellos terribles
instantes en que las gemas que el sacerdote de Sebek tenía por ojos me
contemplaron fijamente y yo cambié. ¡A Dios gracias, las arranqué a tiempo!
Tengo una teoría acerca de aquellas gemas: eran una trampa. Resultaba espantoso
creer en la capacidad de hipnosis de un cerebro muerto hace tres mil años. Pero
no cabe otra explicación. Cuando al sacerdote moribundo le arrancaban los ojos,
para colocar en su lugar las piedras preciosas, su mente estaba concentrada en
una sola idea: vivir, usurpar de nuevo la carne. Aquella idea, transmitida a las
gemas, fue conservada por ellas a través de los siglos hasta que los ojos de un
descubridor se posaran en su hipnótico brillo. Entonces, el sacerdote muerto
asumió la forma del hombre, y la conciencia del hombre penetró en el cuerpo de
la momia. ¡Y pensar que el hombre en cuestión era yo! Las gemas están en mi
poder; tengo que examinarlas. Quizá las autoridades arqueológicas de El Cairo
puedan clasificarlas; en cualquiera de los casos, son bastante valiosas. Pero,
Weildan está muerto; no debo hablar de la tumba... ¿Cómo puedo explicar el
asunto? Las dos gemas son tan raras, que van a despertar la natural curiosidad.
Hay algo extraordinario en ellas, aunque la suposición del pobre Weildan en el
sentido de que eran un presente del dios Sebek es completamente absurda. Sin
embargo, el cambio de color que se produce en ellas no es normal; como tampoco
es normal el brillo hipnótico que poseen...
¡Acabo de efectuar un sorprendente descubrimiento! He sacado las gemas
de mi pañuelo y las he mirado. ¡Parecen estar aún vivas!
Su brillo no ha cambiado..., su luminosidad es tan intensa aquí como lo
era en la oscuridad de tumba; como lo era en las cuencas vacías de la momia.
Son amarillas, y al mirarlas percibo aquella misma presciencia de vida
interior...
¿Amarillas? No..., ahora están enrojeciendo..., enrojeciendo. No debo
mirarlas; me recuerdan demasiado aquella otra vez. Pero son, tienen que ser,
hipnóticas.
Ahora, el rojo es vivísimo, y arde furiosamente. Al contemplarlas, me
siento bañado en un fuego que no quema tanto como acaricia. Ahora ya no me
importa; es una sensación agradable. No tengo por qué apartar la mirada. No
tengo por qué apartarla..., a menos que...
¿Conservarán las gemas su poder incluso sin estar en las cuencas de los
ojos de la momia?
Vuelvo a sentirlo..., deben de conservarlo... No quiero volver al cuerpo
de la momia..., ahora no podría arrancar las piedras y volver a adquirir mi
propia forma..., al arrancarlas aprisioné la idea en las gemas.
Tengo que apartar la mirada. Puedo escribir, puedo pensar..., pero esos
ojos delante de mí..., crecen y crecen hasta convertirse en lunas amarillas...,
apartar la mirada.
¡No puedo! Más rojas..., más rojas..., tengo que luchar contra ellas,
evitar que me dominen. Mi cabeza está ardiendo..., no experimento ninguna
sensación..., tengo que
luchar..., tengo que luchar...
Ahora puedo apartar la mirada. He vencido a las gemas. Me encuentro
perfectamente. Puedo apartar la mirada... pero no puedo ver. ¡Estoy ciego!
Ciego..., las gemas no están ya en las cuencas..., la momia está ciega.
¿Qué es lo que me ha sucedido? Estoy sentado en la oscuridad,
escribiendo a máquina a ciegas. ¡Ciego, como la momia! Tengo la sensación de
que ha sucedido algo; una sensación muy rara. Mi cuerpo parece más ligero.
Ahora lo sé.
Estoy en el cuerpo de la momia. Lo sé. Las gemas..., la idea que
conservaban..., y ahora, algo está saliendo de aquella tumba abierta.
Está andando hacia el mundo de los hombres. Lleva mi cuerpo, y buscará
presas y sangre para ofrecerlas en acción de gracias por la resurrección.
Y yo estoy ciego. ¡Ciego... y desmenuzándome!
El aire..., ésta es la causa de la desintegración. Los órganos vitales
intactos, dijo Weildan, pero yo no puedo respirar. No puedo ver. Tengo que
escribir..., avisar. Quienquiera que vea esto debe enterarse de la verdad.
Avisar. El cuerpo se desintegra rápidamente. Ahora no puedo levantarme. Maldita
magia egipcia ¡Aquellas gemas! Alguien tiene que matar a la cosa que salió de
la tumba.
Los dedos..., apenas puedo golpear las teclas. Se niegan a funcionar. Se
están desmenuzando. Despacio. Tengo que avisar. No puedo hacer retroceder el
carro... ahora no puedo pulsar la tecla de las mayúsculas. los dedos se van
desintegrando. desmenuzándose a causa del aire. los dedos tengo que avisar
contra la magia de sebek los dedos apenas puedo escribir con los nudillos
maldito sebek sebek sebek sebek sebe seb seb seb se s s sssssss s s s
EL VAMPIRO ESTELAR (R.BLOCH)
ROBERT BLOCH
Confieso que sólo soy un simple escritor de relatos fantásticos. Desde
mi más temprana infancia me he sentido subyugado por la secreta fascinación de
lo desconocido y lo insólito. Los temores innominables, los sueños grotescos,
las fantasías más extrañas que obsesionan nuestra mente, han tenido siempre un
poderoso e inexplicable
atractivo para mí. En literatura, he caminado con Poe por senderos
ocultos; me he arrastrado entre las sombras con Machen; he cruzado con
Baudelaire las regiones de las hórridas estrellas, o me he sumergido en las
profundidades de la tierra, guiado por los relatos de la antigua ciencia. Mi
escaso talento para el dibujo me obligó a intentar describir con torpes
palabras los seres fantásticos que moran en mis sueños tenebrosos. Esta misma
inclinación por lo sinientro se manifestaba también en mis preferencias
musicales. Mis composiciones favoritas eran la Suite de los Planetas y otras
del mismo género. Mi vida interior se convirtió muy pronto en un perpetuo
festín de horrores fantásticos, refinadamente crueles. En cambio, mi vida
exterior era insulsa. Con el transcurso del tiempo, me fuí haciendo cada vez
más insociable, hasta que acabé por llevar una vida tranquila y filosófica en
un mundo de libros y sueños.
El hombre debe trabajar para vivir. Incapaz, por naturaleza, de todo
trabajo manual, me sentí desconcertado en mi adolescencia ante la necesidad de
elegir una profesión. Mi
tendencia a la depresión vino a complicar las cosas, y durante algún
tiempo estuve bordeando el desastre económico más completo. Entonces fue cuando
me decidí a escribir.
Adquirí una vieja máquina de escribir, un montón de papel barato y unas
hojas de carbón. Nunca me preocupó la búsqueda de un tema. ¿Qué mejor venero
que las ilimitadas regiones de mi viva imaginación? Escribiría sobre temas de
horror y oscuridad y sobre el enigma de la Muerte. Al menos, en mi
inexperiencia y candidez, éste era mi propósito.
Mis primeros intentos fueron un fracaso rotundo. Mis resultados quedaron
lastimosamente lejos de mis soñados proyectos. En el papel, mis fantasías más
brillantes se convirtieron en un revoltijo insensato de pesados adjetivos, y no
encontré palabras de uso corriente con que expresar el terror portentoso de lo
desconocido. Mis primeros manuscritos resultaron mediocres, vulgares; las pocas
revistas especializadas de este género los rechazaron con significativa
unanimidad. Tenía que vivir. Lentamente, pero de manera segura, comencé a
ajustar mi estilo a mis ideas. Trabajé laboriosamente las palabras, las frases
y las estructuras de las oraciones. Trabajé, trabajé duramente en ello. Pronto
aprendí lo que era sudar. Y por fin, uno de mis relatos fue aceptado; después
un segundo, y un tercero, y un cuarto. En seguida comencéa dominar los trucos
más elementales del oficio, y comencé finalmente a vislumbrar mi porvenir con
cierta claridad.Retorné con el ánimo más ligero a mi vida de ensueños y a mis
queridos libros. Mis relatos me proporcionaban medios un tanto escasos para
subsistir, y durante cierto tiempo no pedí más a la vida. Pero esto duró poco.
La ambición, siempre engañosa, fue la causa de mi ruina.
Quería escribir un relato real; no uno de esos cuentos efímeros y
estereotipados que producía para las revistas, sino una verdadera obra de arte.
La creación de semejante obra maestra llegó a convertirse en mi ideal. Yo no
era un buen escritor, pero ello no se debía enteramente a mis errores de
estilo. Presentía que mi defecto fundamental radicaba en el asunto escogido Los
vampiros, hombres-lobos, los profanadores de cadáveres, los monstruos
mitológicos, constituían un material de escaso mérito. Los temas e imagenes
vulgares, el empleo rutinario de adjetivos, y un punto de vista prosaicamente
antropocéntrico, eran los principales obstáculos para producir un cuento
fantástico realmente bueno. Debía elegir un tema nuevo, una intriga
verdaderamente extraordinaria. ¡Si pudiera concebir algo realmente
teratológico, algo monstruosamente increíble!
Estaba ansioso por aprender las canciones que cantaban los demonios al
precipitarse más allá de las regiones estelares, por oír las voces de los
dioses antiguos susurrando sus secretos al vacío preñado de resonancias.
Deseaba vivamente conocer los terrores de la tumba, el roce de las larvas en mi
lengua, la dulce caricia de una podrida mortaja sobre mi cuerpo. Anhelaba hacer
mías las vivencias que yacen latentes en el fondo de los ojos vacíos de las
momias, y ardía en deseos de aprender la sabiduría que sólo el gusano conoce.
Entonces podría escribir la verdad, y mis esperanzas se realizarían cabalmente.
Busqué el modo de conseguirlo. Serenamente, comencé a escribirme con pensadores
y soñadores solitarios de todo el país. Mantuve correspondencia con un eremita
de los montes occidentales, con un sabio de la región desolada del norte, y con
un místico de Nueva Inglaterra. Por medio de éste, tuve conocimiento de algunos
libros antiguos que eran tesoro y reliquia de una ciencia extraña. Primero me
citó con mucha reserva, algunos pasajes del legendario Necronomicón, luego se
refirió a cierto Libro de Eibon, que tenía fama de superar a los demás por su
carácter demencial y blasfemo. Él mismo había estudiado aquellos volúmenes que
recogían el terror de los Tiempos Originales, pero me prohibió que ahondara
demasiado en mis indagaciones. Me dijo
que, como hijo de la embrujada ciudad de Arkham, donde aún palpitan y
acechan sombras de otros tiempos, había oído cosas muy extrañas, por lo que
decidió apartarse prudentemente de las ciencias negras y prohibidas.
Finalmente, después de mucho insistirle, consintió de mala gana en
proporcionarme los nombres de ciertas personas que a su juicio podrían ayudarme
en mis investigaciones. Mi corresponsal era un escritor de notable brillantez;
gozaba de una sólida reputación en los círculos intelectuales más exquisitos, y
yo sabía que estaba tremendamente interesado en conocer el resultado de mi
iniciativa. Tan pronto como su preciosa lista estuvo en mis manos, comencé una
masiva campaña postal con el fin de conseguir libros deseados. Dirigí mis
cartas a varias universidades, a bibliotecas privadas, a astrólogos afamados y
a dirigentes de ciertos cultos secretos de nombres oscuros y sonoros. Pero
aquella labor estaba destinada al fracaso. Sus respuestas fueron
manifiestamente hostíles. Estaba claro que quienes poseían semejante ciencia se
enfurecían ante la idea de que sus secretos fuesen develados por un intruso.
Posteriormente, recibí varias cartas anónimas llenasde amenazas, e incluso una
llamda telefónica verdadramente alarmante. Pero lo que más me molestó, fue el
darme cuenta de que mis esfuerzos habían resultado fallidos. Negativas,
evasivas, desaires, amenazas.... ¡aquello no me servía de nada! Debía buscar
por otra parte. ¡Las librerías! Quizá descubriese lo que buscaba en
algún estante olvidado y polvoriento. Entonces comencé una cruzada
interminable. Aprendí a soportar mis numerosos desengaños con impasible
tranquilidad. En ninguna de las librerías que visité habían oído hablar del
espantoso Necronomicón, del maligno Libro de Eibon, ni del inquietante Cultes
des Goules. La perseverancia acaba por triunfar. En una vieja tienda de South
Dearborn Street, en unas estanterías arrinconadas, acabé por encontrar lo que
estaba buscando. Allí, encajado entre dos ediciones centenarias de Shakespeare,
descubrí un gran libro negro con tapas de hierro. En ellas, grabado a mano, se
leía el título, De Vermis Mysteriis , "Misterios del Gusano". El
propietario no supo decirme de dónde procedía el libro aquél. Quizá lo había
adquirido hace un par de años en algún lote de libros de segunda mano. Era
evidente que desconocía su naturaleza, ya que me lo vendió por un dólar.
Encantado por su inesperada venta, me envolvió el pesado mamotreto, y me
despidió con amable satisfacción.
Yo me marché apresudaramente con mi precioso botín debajo del brazo. ¡Lo
que había encontrado! Ya tenía referencias del libro. Su autor era Ludvig
Prinn, y había perecido en la hoguera inquisitorial, en Bruselas, cuando los
juicios por brujería estaban en su apogeo. Había sido un personaje extraño,
alquimista, nigromante y mago de gran reputación; alardeaba de haber alcanzado
una edad milagrosa, cuando finalmente fue inmolado por el fiero poder secular.
De él se decía que se proclamaba el único superviviente de la novena cruzada, y
exhibía como prueba ciertos documentos mohosos que parecían atestiguarlo. Lo
cierto es que, en los viejos cronicones, el nombre de Ludvig Prinn figuraba
entre los caballeros servidores de Monserrat, pero los incrédulos lo seguían
coniderando como un chiflado y un impostor, a lo sumo descendiente de aquel
famoso caballero. Ludvig atribuía sus conocimientos de hechicería a los años en
que había estado cautivo entre los brujos y encantadores de Siria, y hablaba a
menudo de sus encuentros con los djinns y los efreets de los antiguos mitos
orientales. Se sabe que pasó algún tiempo en Egipto, y entre los santones
libios circulan ciertas leyendas que aluden a las hazañas del viejo adivino en
Alejandría. En todo caso, pasó sus postreros días en las llanuras de Flandes,
su tierra natal, habitando - lugar muy adecuado- las ruinas de un sepulcro
prerromano que se alzaba en un bosque cercano a Bruselas. Se decía que allí
moraba en las sombras, rodeado de demonios familiares y terribles sortilegios.
Aún se conservan manuscritos que dicen , en forma un tanto evasiva, que era
asistido por "compañeros invisibles" y "servidores enviados de
las
estrellas". Los campesinos evitaban pasar la noche por el bosque
donde habitaba, no le gustaban cierton ruidos que resonaban cuando había luna
llena, y preferían ignorar qué clase de seres se prosternaban ante los viejos
altares paganos que se alzaban, medio desmoronados, en lo más oscuro del
bosque. Sea como fuere, después de ser apresado Prinn por los esbirros de la
Inquisición , nadie vio las criaturas que había tenido a su servicio. Antes de
destruir el sepulcro donde había morado, los soldados lo registraron a fondo, y
no encontraron nada. Seres sobrenaturales, instrumentos extraños, pócimas....
todo había desaparecido de la manera más misteriosa. Hicieron un
minuciosos reconocimiento del bosque prohibido, pero sin resultado. Sin
embargo, antes de que terminara el proceso de Prinn, saltó sangre fresca en los
altares, y también en el potro de tormento. Pero ni con las más atroces
torturas lograron romper su silencio. Por último, cansados de interrogar,
arrojaron al viejo hechicero a una mazmorra. Y fue durante su prisión, mientras
aguardaba la sentencia, cuando escribió ese texto morboso y horrible, De Vermis
Mysteriis, conocido hoy por los Misterios del Gusano. Nadie se explica como
pudo lograrlo sin que los guardianes lo sorprendieran; pero un año después de
su muerte, el texto fue impreso en Colonia. Inmediatamente después de su
aparición, el libro fue prohibido. Pero ya se habían distribuido algunos
ejemplares, de los que se sacaron copias en secreto. Más adelante, se hizo una
nueva edición, censurada y expurgada, de suerte que únicamente se considera
auténtico el texto original latino. A lo largo de los siglos, han sido muy
pocos los que han tenido acceso a la sabiduría que encierra este libro. Los
secretos del viejo mago sólo son conocidos hoy por algunos iniciados, quienes,
por razones muy concretas, se oponen a todo intento de propagarlos. Esto era,
en resumen, lo que sabía del libro que había venido a parar a mis manos. Aun
como mero coleccionista, el libro representaba un hallazgo fenomenal; pero,
desgraciadamente, no podía juzgar su contenido, porque estaba en latín. Como
sólo conozco unas cuantas palabras sueltas de esa lengua, al abrir sus páginas
mohosas me tropecé con un obstáculo insuperable. Era exasperante poseer aquel
tesoro de saber oculto, y no tener la clave para desentrañarlo.
Por un momento, me sentí desesperado. No me seducía la idea de poner un
texto de semejante naturaleza en manos de un latinista de la localidad. Más
tarde tuve una inspiración. ¿Por qué no coger el libro y visitar a mi amigo
para solicitar ayuda? Él era un erudito, leía en su idioma a los clásicos, y
probablemente las espantosas revelaciones de Prinn le impresionarían menos que
a otros. Sin pensarlo más le escribí apresudaramente y muy poco después recibí
su contestación. Estaba encantado en ayudarme. Por encima de todo, debía ir
inmediatamente.
Providence es un pueblo agradable. La casa de mi amigo era antigua, de
un estilo georgiano bastante caro. La plantabaja era una maravilla de ambiente
colonial. El piso alto, sombreado por las dos vertientes del tejado e iluminado
por una amplia ventana, servía de estudio a mi anfitrión. Allí reflexionamos
durante la espantosa y memorable noche del pasado abril, junto a la gran
ventana abierta a la mar azulada. Era una noche sin luna, una noche lívida en
que la niebla llenaba la vacía oscuridad de sombras aladas. Todavía puedo
imaginar con nitidez la escena: la pequeña habitación iluminada por la luz de
la lámpara, la mesa grande, las sillas de alto respaldo... Los libros tapizaban
las paredes, los manuscritos se apilaban aparte, en archivadores especiales. Mi
amigo y yo estábamos sentados junto a la mesa, ante el misterioso volumen. El
delgado perfil de mi amigo proyectaba una sombra inquieta en la pared, y su
semblante de cera adoptaba, a la luz mortecina una apariencia furtiva. En el
ambiente flotaba como el presagio de una portentosa revelación. Yo sentía la
presencia de unos secretos que acaso no tardarían en revelarse. Mi compañero
era sensible también a esta atmósfera expectante. Los largos años de soledad
habían agudizado su intuición hasta un extremo inconcebible. No era el
frío lo que le hacía temblar en su butaca, ni era la fiebre la que hacía
llamear sus ojos con un fulgor de piedras preciosas. Aun antes de abrir aquel
libro maldito, sabía que encerraba una maldición. El olor a moho que
desprendían sus páginas antiguas traía consigo un vaho que parecía brotar de la
tumba. Sus hojas descoloridas estaban carcomidas por los bordes. Su
encuadernación de cuero estaba roída por las ratas, acaso por unas ratas cuyo
alimento habitual fuera singularmente horrible. Aquella noche había contado a
mi amigo la historia del libro, y lo había desempaquetado en su presencia. Al
principio parecía deseoso, ansioso diría yo, por empezar enseguida su
traducción. Ahora, en cambio, vacilaba. Insistía en que no era prudente leerlo.
Era un libro de ciencia maligna. ¿Quién sabe qué conocimientos demoníacos se
ocultaban en sus páginas, o qué males podían sobrevenir al intruso que se
atreviese a profanar sus secretos? No era conveniente saber demasiado. Muchos
hombres habían muerto por practicar la ciencia corrompida que contenían esas
páginas. Me rogó que abandonara mi investigación, ahora que no lo había leído
aún, y que tratara de inspirarme en fuentes más saludables. Fui un necio.
Rechacé precipitadamente sus objeciones con palabras vanas y sin sentido. Yo no
tenía miedo. Podríamos echar al menos una mirada al contenido de nuestro
tesoro. Comencé a pasar hojas. El resultado fue decepcionante. Su aspecto era
el de un libro antiguo y corriente de hojas amarillentas y medio deshechas,
impreso en gruesos caracteres latinos... y nada más, ninguna ilustración,
ningún grabado alarmante. Mi amigo no pudo resistir la tentación de saborear
semejante rareza bibliográfica. Al cabo de un momento, se levantó para echar
una ojeada al texto por encima de mi hombro; luego, con creciente interés,
enpezó a leer en voz baja algunas frases en latín. Por último, vencido ya por
el entusiasmo, me arrebató el precioso volumen, se sentó junto a la ventana y
se puso a leer pasajes al azar. De cuando en cuando, los traducía al inglés.
Sus ojos relampagueaban con un brillo salvaje. Su perfil cadavérico
expresaba una concentración total en los viejos caracteres que cubrían las
páginas del libro. Cuando traducía en voz alta, las frases retumbaban como una
letanía del diablo; luego, su voz se debilitaba hasta convertirse en un siseo
de víbora. Yo tan sólo comprendía algunas frases sueltas porque, en su
ensimismamiento, parecía haberse olvidado de mí. Estaba leyendo algo referente
a hechizos y encantamientos. Recuerdo que el texto aludía a ciertos dioses de
la adivinación, tales como el Padre Yig, Han el Oscuro y Byatis, cuya barba
estaba formada de serpientes. Yo temblaba, ya conocía esos nombres terribles.
Pero más habría temblado, si hubiera llegado a saber lo que estaba a punto de
ocurrir. Y no tardó en suceder. De repente, mi amigo se volvió hacia mí, preso
de una gran agitación. Con voz chillona y exitada me preguntó si recordaba las
leyendas sobre las hechicerías de Prinn, y los relatos sobre servidores
invisibles que había hecho venir desde las estrellas. Dije que sí, pero sin
comprender la causa de su repentino frenesí. Entonces me explicó el motivo de
su agitación. En el libro, en un capítulo que trataba de los demonios
familiares,había encontrado una especie de plegaria o conjuro que tal vez fuera
el que Prinn había empleado para traer a sus invisibles servidores desde los
espacios ultraterrestres. Ahora iba a escuchar, él me lo leería. Yo permanecí
sentado como un tonto, ignorante de lo que iba a pasar. ¿Por qué no gritaría
entonces, por qué no trataría de escapar o de arrancarle de las manos aquel
códice monstruoso? Pero yo no sabía nada, y me quedé sentado adonde estaba,
mientras mi amigo, con voz quebrada por la violenta excitación, leía una larga
y sonora invocación:
"Tibi, Magnum Innominandum, signa stellarum nigrarum et
bufaniformis Sadoquae sigillum"...
El ritual siguió adelante; las palabras se alzaron como aves nocturnas
de terror y muerte; temblaron como llamas en el aire tenebroso y contagiaron su
fuego letal a mi cerebro.
Los acentos atronadores de mi amigo producían un eco infinito, más allá
de las estrellas más remotas. Era como si su voz, a través de enormes puertas
primordiales, alcanzara regiones exteriores a toda dimensión en busca de su
oyente, y lo llamara a la tierra. ¿Era todo una ilusión? No me paré a
reflexionar. Y aquella llamada, proferida de manera casual, obtuvo respuesta.
Apenas se había apagado la voz de mi amigo en nuestra habitación, cuando
sobrevino el terror. El cuarto se tornó frío. Por la ventana entró aullando un
viento repentino que no era de este mundo. En él cabalgaba como un plañido,
como una nota perversa y lejana; al oírla, el semblante de mi amigo se
convirtió en una pálida máscara de terror. Luego, las paredes crujieron y las
hojas de la ventana se combaron ante mis ojos atónitos. Desde la nada que se
abría más allá de la ventana, llegó un súbito estallido de lúbrica brisa, unas
carcajadas histéricas, que parecían producto de la más completa locura.
Aquellas carcajadas que no profería boca alguna alcanzaron la última
quintaescencia del horror.
Lo demás ocurrió a una velocidad pasmosa. Mi amigo se lanzó hacia la
ventana y comenzó a gritar, manoteando como si quisiera zafarse del vacío. A la
luz de la lámpara
vi sus rasgos contraídos en una
mueca de loca agonía. Un momento después, su cuerpo se levantó del suelo y
comenzó a doblarse hacia atrás, en el aire, hasta un grado imposible.
Inmediatamente, sus huesos se rompieron con un chasquido horrible y su figura
quedó colgando en el vacío. Tenía los ojos vidriosos, y sus manos se crispaban
compulsivamente como si quisiera agarrar algo que yo no veía. Una vez más, se
oyó aquella risa vesánica, ¡pero ahora provenía de dentro de la habitación!
Las estrellas oscilaban en roja angustia, el viento frío silbaba
estridente en mis oídos. Me encogí en mi silla, con los ojos clavados en
aquella escena aterradora que se desarrollaba ante mí. Mi amigo empezó a
gritar. Sus alaridos se mezclaban con aquella risa perversa que surgía del
aire. Su cuerpo combado, suspendido en el espacio, se dobló nuevamente hacia
atrás, mientras la sangre brotaba de su cuello desgarrado como agua roja de un
surtidor.
Aquella sangre no llegó a tocar el suelo. Se detuvo en el aire, y cesó
la risa, que se convirtió en un gorgoteo nauseabundo. Dominado por en vértigo
del horror, lo comprendí todo. ¡La sangre estaba alimentando a un ser invisible
del más allá! ¿Qué entidad del espacio había sido invocada tan repentina e
inconscientemente? ¿Qué era aquél monstruoso vampiro que yo no podía ver?
Después, aún tuvo lugar una espantosa metamorfosis. El cuerpo de mi
compañero se encogió, marchito ya y sin vida. Por último, cayó en el suelo y
quedó horriblemente inmóvil. Pero en el aire de la estancia sucedió algo
pavoroso. Junto a la ventana, en el rincón, se hizo visible un resplandor
rojizo.... sangriento. Muy despacio, pero en forma contínua, la silueta de la
Presencia fue perfilándose cada vez más, a medida que la sangre iba llenando la
trama de la invisible entidad de las estrellas. Era una inmensidad de gelatina
palpitante, húmeda y roja, una burbuja escarlata con miles de apéndices, unas
bocas que se abrían y cerraban con horrible codicia... Era una cosa hinchada y
obscena, un bulto sin cabeza, sin rostro, sin ojos, una especie de buche ávido,
dotado de garras, que había brotado del cielo estelar. La sangre humana con la
que se había nutrido revelaba ahora los contornos del comensal. No era
espectáculo para presenciarlo un humano.
Afortunadamente para mi equilibrio mental, aquella criatura no se demoró
ante mis ojos. Con un desprecio total por el cadáver fláccido que yacía en el
suelo, asió el espantoso libro con un tentáculo viscoso y retorcido, y se
dirigió a la ventana con rapidez. Allí, comprimió su tembloroso cuerpo de
gelatina a través de la abertura. Desapareció, y oí su risa burlesca y lejana,
arrastrada por las ráfagas del viento, mientras regresaba a los abismos de
donde había venido.
Eso fue todo. Me quedé solo en la habitación, ante el cuerpo roto y sin
vida de mi amigo. El libro había desaparecido. En la pared había huellas de
sangre y abundantes salpicaduras en el suelo. El rostro de mi amigo era una
calavera ensagrentada vuelta hacia las estrellas.
Permanecí largo rato sentado en silencio, antes de prenderle fuego a la
habitación. Después, me marché. Me reí, porque sabía que las llamas destruirían
toda huella de lo ocurrido. Yo había llegado aquella misma tarde. Nadie me
conocía ni me había visto llegar. Tampoco me vio nadie partir, ya que huí antes
de que las llamas empezaran a propagarse. Anduve horas y horas, sin rumbo, por
las torcillas calles, sacudido por una risa idiota, cada vez que divisaba las
estrellas inflamadas, cruelmente jubilosas, que me miraban furtivamente a
través de los desgarrones de la niebla fantasmal.
Al cabo de varias horas, me sentí lo bastante calmado para tomar el
tren. Durante el largo viaje de regreso, estuve tranquilo, y lo he estado
igualmente ahora, mientras escribía esta relación de los hechos. Tampoco me
alteré cuando leí en la prensa la noticia de que mi amigo había fallecido en un
incendio que destruyó su vivienda. Solamente a veces, por la noche, cuando
brillan las estrellas, los sueños vuelven a conducirme hacia un gigantesco
laberinto de horror y locura. Entonces tomo drogas, en un vano intento por
disipar los recuerdos que me asaltan mientras duermo. Pero esto tampoco me
preocupa demasiado, porque sé que no permaneceré mucho tiempo aquí. Tengo la
certeza de que veré, una vez más, aquella temblorosa entidad de las estrellas.
Estoy convencido de que pronto volverá para llevarme a esa negrura que es hoy
morada de mi amigo. A veces deseo vivamente que llegue ese día, porque entonces
aprenderé yo también, de una vez para siempre, los Misterios del Gusano.
MORADOR DE LAS TINIEBLAS (A.DERLETH)
El morador de las Tinieblas
August Derleth
1
Hasta hace muy poco tiempo, si un viajero que recorriera la parte norte
de Wisconsin tomara por el camino de la izquierda en la bifurcación del Brule
River y el Chequamegon, en dirección hacia Pashepaho, se encontraría en una
región tan primitiva que le parecería hallarse por entero divorciado de todo
contacto humano. De seguir marchando por el poco transitado sendero, llegaría
con el tiempo a pasar frente a algunas cabañas semiderruídas y ya casi
cubiertas por la vegetación. No es una región desolada, sino más bien un area
muy boscosa, y sobre toda ella parece cernirse un aura intangible y siniestra,
una especie de ominosa opresión del espíritu que se manifiesta aun al
observador mas casual, pues el camino que ha tomado se torna cada vez más
difícil, y se borra finalmente a escasos metros de una desierta cabaña
construída sobre el borde de un lago de aguas claras, alrededor del cual se
elevan árboles milenarios. Esa selva que rodea la cabaña abandonada del lago
Rick tenía ya una reputación curiosa mucho antes de que yo la conociera. Se
corrían extraños rumores acerca de algo que residía en lo más profundo de la
oscuridad selvática, algo medio animal, medio hombre, mencionado con temor por
los nativos que habitan en los linderos de esa región. Los bosques tenían una
reputación maligna, y ya, antes de comenzar el siglo veinte, eran
representativos de peligros que ni los más intrépidos aventureros se atrevían a
enfrentar.
Las primeras insinuaciones se encontraron en los escritos de un
misionero que cruzó los bosques para ir en ayuda de una tribu de indios que
moría de inanición en el puesto de la Bahía Chequamegon. Este misionero, un tal
padre Piregard, desapareció; pero los indios entregaron a las autoridades sus
efectos personales: una sandalia, su rosario y un libro de plegarias en el que
escribiera ciertas palabras curiosas que se conservaron cuidadosamente:
"Tengo la convicción de que una criatura me sigue. Al principio creí que
era un oso; pero ahora me parece que se trata de algo mucho más monstruoso que
cualquier bestia terrestre. Ya cae la oscuridad y creo que estoy un poco
afiebrado, pues oigo una música extraña y otros curiosos sonidos que no pueden
proceder de orígenes naturales. Me asalta también la impresión de oír fuertes
pasos que hacen temblar la tierra y he visto a veces una enorme huella que
cambia de forma constantemente..." La segunda noticia que se tiene
respecto a lo extraño de esa región es el relato de un empresario maderero que
envió a sus hombres para que cortaran alguro de los árboles del bosque. Sus
obreros no retornaron más a su punto de partida; pero sus cadáveres fueron
encontrados varios días más tarde en diversos puntos de los bosques adyacentes.
Desde esa época, ninguna mano tocó los árboles, excepto uno o dos individuos
que edificaron sus casas allí y se mudaron a la región. Todos ellos volvieron a
salir al poco tiempo, diciendo poco, pero insinuando mucho. Empero, la
naturaleza de sus insinuaciones era tal que muy pronto se vieron obligados a no
dar explicaciones. Sólo uno de ellos desapareció sin que se volvieran a
encontrar rastros de él. Los otros regresaron de la selva y, con el transcurso
del tiempo, se perdieron entre los habitantes de los Estados Unidos.., todos
menos un mestizo conocido con el nombre de Viejo Peter, quien estaba
obsesionado por la idea de que había depósitos minerales en las cercanías del
bosque, y ocasionalmente acampaba en sus linderos, cuidándose mucho de no aventurarse
en sus profundidades. Era inevitable que las leyendas del lago Rick llegaran
finalmente a oídos del profesor Upton Gardner de la Universidad del Estado,
quien se ocupaba de estudiar las leyendas de todas las regiones. Posiblemente
el profesor no hubiera hecho más que tomar nota de ellas de no haber sido por
los informes curiosos que se publicaran al respecto en aquella época. Los dos
informes aparecieron en los diarios de Wisconsin con una diferencia de una
semana entre sí. El primero era la noticia de que un aviador había visto a un
ser extraño y enorme que salió del lago Rick durante la noche y se internó en
el bosque. El piloto estaba volando bajo en esos momentos y lo vio claramente a
la luz de la luna, aunque después fue incapaz de dar detalles respecto a su
descubrimiento. La segunda historia era el fantástico relato del descubrimiento
del cadáver del padre Piregard, bien conservado, dentro del tronco hueco de un
árbol que se elevaba cerca del Brule River. Al principio se creyó que era un
miembro de la expedición Marquette-Joliet, pero muy pronto se le identificó por
su verdadera identidad. Se agregaba un comunicado muy frío del presidente de la
Sociedad Histórica del Estado, en el cual tachaba de falso a ese
descubrimiento. El Profesor Gardner supo entonces que un viejo amigo suyo era
el dueño de una cabaña abandonada y de gran parte de las costas del lago Rick.
La secuela de acontecimientos fue entonces inevitable. El profesor relacionó de
inmediato las dos noticias de los diarios con las leyendas del lago. Tal vez no
le hubiera convencido esto de no haber sido por algo aun más extraordinario que
le hizo pedir permiso de inmediato al dueño de la cabaña para habitar en ella
por algún tiempo. Lo que le obligó a actuar en forma tan apresurada, fue un llamado
que recibió del director del museo del estado a fin de que fuera a visitarle
una noche y observara un nuevo ejemplar que acababa de recibir. El profesor fue
allí en compañía de Laird Dorgan, y fue Laird quien me vino a ver. Pero eso
ocurrió después de la desaparición del profesor Gardner. Laird fue a mi cuarto
del club una noche de octubre; sus ojos azules estaban nublados, sus labios
apretados y su ceño fruncido. Le
preocupaba la desaparición del profesor, de quien no recibía noticias
desde hacía un mes. Me lo explicó en pocas palabras, agregando: -Jack, tengo
que ir allí y ver qué se puede hacer. -Hombre, si el sheriff y su gente no
descubrieron nada, ¿qué puedes hacer tú? -pregunté. -En primer lugar, yo sé más
que ellos. -Si es así, ¿por qué no se lo dijiste? -Porque se trata de algo que
no creerian. -¿Leyendas? -No. Me miraba pensativamente, como preguntándose si
podría confiar en mí. -Si voy allí -agregó-; ¿crees que podrías acompañarme?
-Supongo que se podría arreglar. -Bien. Tomo asiento y se cubrió el rostro con
las manos, estremeciéndose. Por un momento me alarmó su actitud; pero casi en
seguida pareció recobrarse; se echó hacia atrás y encendió un cigarrillo.
-¿Conoces las leyendas respecto al Lago Rick, Jack? -me preguntó. Le contesté
que conocía todo lo que se había publicado al respecto. -¿Y esas noticias de
los diarios que yo te mencioné? También las recordaba. -La que se refería al
Padre Piregard -comenzó, deteniéndose de pronto. Pero luego, lanzando un
suspiro, continuó-: Te diré una cosa: Gardner y yo fuimos al museo una noche de
la primavera pasada. -Sí, yo estaba en el este en aquellos días. -Es claro.
Bien, fuimos allí. El director tenía algo para mostrarnos. ¿Qué crees que
podría ser? -No tengo la menor idea. ¿Qué era? -¡Ese cadáver encontrado en el
árbol! - ¡No! -Nos dió una sorpresa monumental. Allí estaba, con el tronco de
árbol y todo, tal como lo hallaran. Lo embarcaron para que lo exhibiera el museo.
Pero nunca se exhibió, claro está, y por una razón de peso. Cuando Gardner lo
vio, creyó que estaba modelado en cera; pero no fué así. -¿Quieres decir que se
trataba del verdadero cadáver? Laird asintió. -Ya sé que resulta increíble. -No
es posible. -Bien, sí, supongo que es imposible; pero allí lo teníamos ante
nuestros ojos. Por eso es que no se exhibió nunca. Lo sacaron del árbol y lo
enterraron. -No comprendo. -Te explicaré. Cuando llegó tenía todo el aspecto de
estar completamente bien conservado, como por medio de algún proceso de
embalsamamiento. No era así; estaba helado, y comenzó a calentarse esa noche.
Notamos en él ciertas cosas que indicaban que el Padre Piregard no murió hace
tres siglos, como lo dice la historia. El cuerpo empezó a descomponerse, aunque
no se convirtió en polvo, como era de esperar. Gardner calculó que habría
muerto cinco años atrás. ¿Dónde estuvo todo ese tiempo? Guardé silencio. No
sabía qué decir. -No me crees -exclamó él. -No he dicho tal cosa. -Lo
presiento. -No. Es difícil de aceptar. Digamos que creo en tu sinceridad. -Con
eso eres bastante justo -manifestó muy serio-. ¿Crees en mí lo suficiente como
para acompañarme a esa cabaña y averiguar lo que ocurrió allí? -Sí. -Pero me
parece conveniente que primero leas estos fragmentos de las cartas de Gardner.
Las colocó sobre mi escritorio. Las había copiado en una sola hoja de papel; y
cuando la tomé, me explicó que eran las cartas que le escribiera Gardner desde
la cabaña. Comencé a leer. Imposible negar que se cierne un aura maligna sobre
la cabaña, el lago y el bosque. Tal vez sea algo más, Laird; pero no puedo
explicarlo, pues mi fuerte es la arqueología y no la ficción. Creo que se
necesitaría tener mucha imaginación para hacer justicia a esto que siento...
Sí, hay momentos en que tengo la clara impresión de alguien o algo me observa
desde la selva o el lago, cosa que me inquieta sobremanera. El otro día
conseguí hablar con el viejo Peter, el mestizo. Estaba algo ebrio; pero cuando
le mencioné la cabaña y la selva, se encerró en sí mismo como si fuese una
ostra. Pero algo dijo: afirmó que lo que me vigilaba era el Wendigo. Usted ya
conoce esa leyenda, que pertenece a la región francocanadiense. Ésa era la
primera carta, escrita una semana después de que Gardner llegara a la cabaña
abandonada del lago Rick. La segunda había sido enviada por correo especial.
Hágame el favor de averiguar en la Miskatonic University de Arkham, en
Massachusetts, si tiene alguna copia fotostática del libro conocido como el
Necronomicon, escrito por un autor árabe que se firma Abdul Alhazred. Pregunte
también por los Manuscritos Pnakóticos y el Libro de Eibon, y vea si es posible
adquirir en alguna de las librerías locales un
ejemplar de El Extraño y Otros, por H. P. Lovecraft, publicado por
Arkham House el año pasado. Creo que esos libros pueden ayudarme a determinar
qué es lo que habita en este lugar. Pues hay algo; no cometa un error; estoy,
convencido, y le aseguro que ha vivido aquí no durante años, sino durante
siglos...; quizá desde antes de que apareciera el hombre sobre la tierra. Ya se
imaginará usted entonces que tal vez estemos a punto de hacer importantes
descubrimientos. Por sorprendente que fuera esta carta, la tercera y última
resultaba aun más extraordinaria. La separaba de las otras un intervalo de una
quincena, y era aparente que algo amenazaba la calma del profesor Gardner, pues
en su tercera misiva se adivinaba una gran turbación. Todo es maligno aquí...
No sé si se trata de la Cabra Negra con los Mil Hijos, o del Ser Sin Cara, o
algo más que marcha sobre el viento. Por amor de Dios..., ¡esos malditos
fragmentos! ¡Algo en el lago también, y durante la noche los sonidos! Tranquilo
un instante, y de pronto resuenan esas espantosas flautas, ese ulular
fantástico. No es un pájaro ni otro animal; sólo se oyen esos horribles
sonidos, ¡y las voces!... ¿O sera solo un sueño? ¿Es mi propia voz la que oigo
en la oscuridad?... Me sentí extraordinariamente inquieto al leer las cartas.
Comprendí por ellas que estábamos en el comienzo de una peligrosa aventura, y
que tal vez no regresáramos a contarla. -¿Qué dices? -preguntó Laird con
impaciencia. -Te acompaño. -¡Espléndido! Todo está listo. Hasta he comprado un
dictáfono y las baterías necesarias para hacerlo funcionar. He convenido con el
sheriff del condado de Pashepaho para que coloque las notas de Gardner en la
cabaña y deje todo como estaba. -Un dictáfono! -exclamé-. ¿Para qué? -Para esos
sonidos de que habla él. Eso se puede determinar de una vez por todas. Si en
realidad existen, el dictáfono los recogerá; si no son más que producto de la
imaginación, no. -Hizo una pausa, mirándome gravemente-. ¿Sabes, que tal vez no
salgamos con vida de la aventura? -Lo sé. No lo dije, porque comprendí que
también Laird sabía que íbamos como un par de enanos a enfrentarnos con un
adversario gigantesco, invisible y desconocido; el que no tenía nombre y estaba
envuelto en las nieblas de las leyendas y el temor; un habitante no sÓlo de la
oscuridad de la selva, sino de aquella otra oscuridad más profunda que la mente
del hombre ha tratado de explorar desde el amanecer de la raza humana. 2 El
sheriff Cowan se hallaba en la cabaña cuando llegamos. Le acompañaba el viejo
Peter. El sheriff era un individuo alto y saturnino, que hablaba con marcado
acento del oeste. El mestizo era un hombre de piel morena y bastante astroso;
hablaba poco, y de tanto en tanto reía como si le hubieran dicho una broma.
-Traje el expreso que llegó para el profesor hace mucho -dijo el sheriff-.
También hay un paquete. No creía que valía la pena devolverlos. De modo que los
traje junto con las llaves. No creo que ustedes consigan nada. Mi gente y yo
recorrimos todo el bosque sin ver nada en absoluto. -No le dices todo -intervino
el mestizo, sonriendo. -No hay más que decir. -¿Y esa inscripción? El sheriff
se encogió de hombros. -¡Maldición, Peter; eso no tiene nada que ver con la
desaparición del profesor! -Él lo copió en un papel, ¿no es cierto? Así
acorralado, el sheriff nos confió que dos de sus hombres encontraron una enorme
losa de roca en el centro del bosque; estaba cubierta de musgo y vegetación,
pero se veía en ella un extraño dibujo, tan viejo como la selva, y
probablemente obra de los indios primitivos que habitaron en otro tiempo el
norte de Wisconsin. El viejo Petar le interrumpió con disgusto: -No era un
dibujo indio. El sheriff prosiguió sin prestarle atención. El dibujo
representaba a una especie de criatura rara, pero no se podía adivinar qué era;
no era un hombre, pero, por otro lado, no parecía tampoco ser un bestia.
Además, el desconocido artista había olvidado dibujarle el rostro. -Y al lado
tenía dos cosas -dijo el mestizo. -No le presten atención -gruñó el sheriff.
-¿Qué dos cosas? -preguntó Laird. -Cosas -replicó el mestizo, riendo-. No hay
otra forma de expresarlo; no eran humanas ni animales, sólo cosas. Cowan se
mostró irritado, tomándose algo brusco. Ordenó al mestizo que callara y dijo
luego que si le necesitábamos estaría en su oficina de Pashepaho. No
explicó cómo podríamos comunicarnos con él, ya que no existía línea telefónica
en la cabaña. Antes de retirarse, se volvió y nos dijo: -Aunque no doy ninguna
importancia a los rumores estúpidos que se corren, les advierto que el clima no
ha sido saludable para los que han venido por aquí. -El mestizo sabe o sospecha
algo -dijo Laird, cuando estuvimos solos-. Tendremos que comunicarnos con él
cuando el sheriff no esté cerca. -¿No escribió Gardner que era hombre de pocas
palabras cuando se le exigían detalles? -Sí; pero indicó la forma de hacerlo
hablar: la bebida. De inmediato arreglamos todo para pasar unos días en la
cabaña, almacenando las provisiones e instalando el dictáfono. Laird había
llevado dos docenas de cilindros para el aparato, de manera que nos bastaban
para todo el tiempo, ya que no pensábamos usarlo más que cuando durmiéramos, y
esto no sería muy a menudo, pues teníamos convenido montar la guardia por
turnos. Recién cuando terminamos de instalarnos, prestamos atención a lo que
nos dijera el sheriff, y, mientras tanto, tuvimos oportunidad de notar la
extraña atmósfera de los alrededores. Pues no era imaginación que existía un
aura extraña en la cabaña y las cercanías. No se trataba solamente de la
quietud casi siniestra, ni de los altos pinos que nos rodeaban por todas
partes, sino de algo más que eso: un aire de expectación casi amenazador, como
si algo acechara en los alrededores. Al fin nos dedicamos a examinar lo que dejara
el profesor Gardner sobre el escritorio. Los paquetes expresos contenían, tal
como lo esperábamos, un ejemplar de El Extraño y Otros, por H.P. Lovecraft, y
los otros textos que mandara pedfr. Pero no fueron estos volúmenes (que en su
mayor parte nos resultaron casi ininteligibles) los que llamaron de inmediato
nuestra atención, sino las notas fragmentarias dejadas por Gardner. Estaba bien
claro que no tuvo tiempo más que para ir anotando las preguntas y pensamientos
que se le ocurrieron. Los detallo a continuación: "¿Es la losa: a) sólo
una ruina antigua; b) una marca similar a una tumba; c) el punto focal para Él?
Si lo último, ¿desde el exterior? ¿O de las profundidades? (N.B.: Nada muestra
que el ser haya sido molestado.) "Cthulhu o Kthulhut. ¿En el lago Rick?
(N.B.: A excepción del relato del aviador, nada demuestra que el ser tenga algo
que ver con el agua.) "Hastur. Pero las manifestaciones no parecen ser de
los elementales del aire. "Yog-Sothoth. De la tierra por cierto; pero no
es el "morador de las Tinieblas". (N. B.: El ser, sea lo que sea,
debe pertenecer a las deidades de la tierra, aunque viaje en el tiempo y el
espacio. Tal vez sea más de uno, del cual sólo es visible el ser de la tierra.
¿Ithaqua tal vez?) ""Morador de las Tinieblas". ¿Será el mismo
que el Ciego, el Sin Cara? Realmente se puede decir que vive en la oscuridad.
¿Nyarlathotep? ¿O Shub-Niggurath? "¿Y del fuego? También debe haber una
deidad. Pero no hay mención. (N. B.: Probablemente, si los Seres de la Tierra y
el Agua se oponen a los del Aire, entonces deben oponerse también al del Fuego.
Sin embargo, se ven pruebas de que hay una lucha constante entre los seres del
Aire y Agua y los de la Tierra y el Aire. Abdul Alhazred es muy oscuro en
algunas partes. No existe indicio de la identidad de Cthugha en esa terrible
nota.) "Partier dice que estoy sobre una pista falsa. No me convence. Sea
quien sea el que ejecuta esa música, es un maestro de la cadencia y el ritmo
infernal. Y, sí, de la cacofonía." Eso era todo. -¡Qué jeroglífico increíble!
-exclamé. Y, sin embargo, comprendí de inmediato que todo ello tenía su
significación. Cosas extrañas habían sucedido allí; cosas que pedían una
explicación que, por cierto, no podía ser terrenal, y ante la vista teníamos
las pruebas de que Gardner llegó a ella. Aunque no lo parezca, el profesor
escribió todo muy en serio, y aparentemente para su propio uso, ya que sólo
había en sus notas un bosquejo inconcluso. Sus notas tuvieron un efecto
extraordinario sobre Laird; estaba completamente pálido y miraba las páginas
escritas como si no creyera en el testimonio de sus ojos. -Jack..., ¡se
comunicó con Partier! -me dijo. Recordé entonces que el
profesor Partier habla sido exonerado de su cargo en la Universidad de
Wisconsin, debido a algunas conferencias sobre temas prohibidos y extraños. El
profesor se dedicaba al estudio de las leyendas y los escritos antiguos sobre
religiones y antropología. -El viejo vive ahora en Wausau -agregó Laird.
-¿Crees que él podría interpretar todo esto? -pregunté. -Está casi a un día de
distancia de aquí -replicó-. Copiaremos estas notas, y si nada ocurre, si no
podemos descubrir nada, iremos a verle. ¡Si nada ocurría! Esa noche, mientras
leíamos las copias fotostáticas de los libros enviados por la Miskatonic
University, se produjeron dos manifestaciones que nos llenaron de alarma. La
primera fue que comenzamos a oír el rugir del viento, y, aunque al principio no
le prestamos atención, al notar que aumentaba en intensidad hasta parecer un
huracán, salimos a la galería de la cabaña y allí comprobamos que ni una sola
hoja de los pinos se movía. No corría el más leve soplo de brisa, y durante
media hora permanecimos en el exterior, tratando de determinar el origen del
sonido...; y entonces, con la misma brusquedad con que comenzara, dejó de
oírse. Se acercaba ya la medianoche y Laird se acostó, quedando yo de guardia.
Comencé a leer El Extraño y Otros, y ya avanzado en su lectura, comencé a
pensar en la similitud de las notas de Gardner con algunas de las cosas
extraordinarias descritas en el libro. Interrumpí de pronto mis meditaciones al
notar que llegaba a mis oídos el son de una curiosa melodía que comenzaba en
forma armoniosa, para tornarse de pronto en una serie de sonidos cacofónicos e
infernales, y que parecía provenir desde gran distancia. Hasta ese momento no
había habido manifestaciones realmente alarmantes. Es decir, no había nada,
sino la sugestión casi imperceptible de algo amenazador. Tal vez existía alguna
explicación natural para esa música y el sonido del viento. Pero de pronto
ocurrió algo tan terrible, algo tan espantoso, que una vez más se apoderó de mí
el miedo de lo sobrenatural. Llegó a nús oídos un espantoso ulular que no podía
ser emitido por una garganta humana ni animal. Se elevaba en un crescendo
horrible, para luego ir disminuyendo y acallarse. Comenzaba con un llamado,
repetido dos voces, y un sonido que parecía ser: "¡Ygnaih! ¡Ygnaih!",
y se convertía luego en un alarido triunfal que salía de la selva:
"En-ya-ya-ya-yahaaahaaahaaahaaa-ah-ah-ah-ngh'aaaa-ngh'aaa-ya-ya-yaa..."
Durante un minuto permanecí inmóvil en la galería. No podría haber emitido un
solo sonido ni aunque de ello dependiera ml vida. La voz había callado, pero
los árboles parecían repetir el eco espantoso de sus sílabas. Oí que Laird
saltaba de su cama y descendía desde el piso alto de la cabaña, llamándome por
mi nombre, pero no pude responder. Salió a la galería y me tomó del brazo.
-¡Dios mío! ¿Qué fué eso? -¿Lo oíste? -¡Ya lo creo! Nos quedamos esperando que
sonara de nuevo; pero no se repitió, como tampoco volvimos a oír la música.
Regresamos al cuarto principal de la cabaña y allí permanecimos, a incapaces de
dormir. Pero no se produjo ninguna otra manifestación durante el resto de esa
noche. 3 Lo ocurrido esa primera noche nos hizo decidir la conducta que
debíamos seguir. Pues, al darnos cuenta de que no estábamos preparados para
hacer frente o entender lo que sucedía, Laird conectó el dictáfono para la
segunda noche y nos dirigimos a Wausau a fin de ver al profesor Partier.
Proyectamos regresar al día siguiente. Laird llevó consigo las notas del
profesor Gardner. Partier nos recibió de muy mal grado, nos hizo sentar y pidió
que fuéramos breves en explicar el motivo de nuestra visita. Ya sabía que Laird
era el secretario de Gardner. -¿Qué sabe usted de Cthulhu? -le espetó Lalrd,
sin preámbulo alguno. El profesor reaccionó de inmediato. Relucieron sus ojos,
y se inclinó hacia adelante para contestar. -¿De modo que viene usted a mí?
-dijo. Dejó escapar entonces una risa cascada-. Viene usted a mí para
preguntarme sobre Cthulhu. ¿Por qué? Laird explicó concisamente que estábamos
investigando lo ocurrido al profesor Gardner. El profesor Partier cerró los
ojos y le escuchó con atención. Cuando Laird hubo finalizado, el anciano abrió
lentamente los
ojos y nos miró con una expresión en la que se mezclaba la pena y el
dolor. -De modo que me mencionó, ¿eh? Pero yo no me comuniqué con él más que
una sola vez, y por teléfono. -Frunció los labios-. Me habló más de una antigua
discusión que tuvimos que de lo ocurrido en el Lago Rick. Permítanme que les dé
un consejo. -Para eso vinimos. - Váyanse de ese lugar y no vuelvan más. Laird
sacudió la cabeza con determinación. -No se trata de fuerzas con las `que el
hombre común shaya luchado nunca -dijo entonces el anciano-. No estamos
equipados para hacerlo. De inmediato comenzó a hablar de cosas completamente
extrañas. Afirmó que no era Cthulhu ni sus servidores los que habitaban en la
región del lago Rick, sino otro; la existencia de la losa y lo que había tallado
en ella indicaba claramente la naturaleza del ser que vivía allí. El profesor
Gardner había llegado a la pista correcta, a pesar de creer que Partier no
creía en ello. ¿Quién sino Nyarlathotep podía ser el Ciego, el Sin Cara?
Ciertamente que no se trataba de Shub-Niggurath, la Cabra Negra de los Mil
Hijos. En ese punto le Interrumpió Laird para pedir detalles más comprensibles;
y entonces, al comprender que no sabíamos nada, el profesor comenzó a darnos
una explicación sobre las mitologías de la vida prehumana, no sólo de la tierra
sino también de todo el universo. -No sabemos nada -repetía de tanto en tanto-.
No sabemos nada en absoluto. Pero hay ciertas señales y algunos sitios
prohibidos. El lago Rick es uno de ellos. Habló entonces de seres cuyos solos nombres
causaban terror; de los dioses antiguos que viven en Betelguese, alejados del
tiempo y el espacio, dirigidos por Azathoth y Yog-Sothoth, y entre los cuales
se contaban el anfibio Cthulhu, los vampiros que seguían a Hastur el
Inmencionable; de Lloigor, Zar, e Ithaqua, el Caminante de los Vientos;
mencionó a los seres de la tierra: Nyarlathotep y Shub-Niggurath, los seres
malignos que buscaban nuevamente triunfar sobre los dioses antiguos, quienes
les encerraron o aprisionaron. Habló de la constante lucha entre los
elementales, diciendo que cada vez que se libraba en la tierra, dejaba marcas
indelebles en la memoria del hombre, aunque siempre se trató de eliminar las
pruebas y hacer callar a los sobrevivientes. -¿Qué pasó en Innsmouth, por
ejemplo? -preguntó-. ¿Qué ocurrió en Dunwich? ¿En los bosques de Vermont? ¿En
la vieja casa de Tuttle situada en el camino de barrera de Aylesbury? ¿Qué me
dicen del misterioso culto de Cthulhu, y del extraño viaje de exploración a las
Montañas de la Locura? ¿Qué seres vivieron en la oculta meseta de Leng?
¡Lovecraft lo sabía! Gardner y muchos otros han tratado de descubrir esos
secretos; pero los dioses antiguos no desean que el hombre se entere de mucho.
Tengan cuidado. Tomó las notas de Gardner y las estudió, calándose un par de
anteojos de armazón de oro que le hacían parecer aun más viejo. Mientras tanto
seguía repitiendo que nada se sabía; aunque admitió que existían algunas
pruebas, como la asquerosa plaqueta que representaba a un monstruo infernal
caminando sobre los vientos por encima de la tierra, la que se halló en la mano
de Josiah Alwyn cuando se encontró su cuerpo en una pequeña isla del Pacífico,
varios meses después de su increíble desaparición de su casa en Wisconsin.
También consideró como prueba el dibujo hecho por el profesor Gardner, y la
curiosa losa de piedras talladas que estaba en los bosques del lago Rick.
-Cthulhu - murmuró entonces-. No he leído esa nota a que se refiere él aquí. Y
en el libro de Lovecraft no hay nada. -Sacudió la cabeza-. No, no sé - dijo,
levantando la vista-. ¿No pueden sonsacarle nada a ese mestizo? -Ya habíamos
pensado hacerlo - repuso Laird. -Bien, les aconsejo que lo prueben. Parece que
ese hombre sabe algo; conviene comprobarlo. El profesor no nos quiso decir más;
pero, relacionando sus palabras con las notas de Gardner, ya teníamos una
indicación de lo que nos esperaba, y esto acrecentó la determinación de Laird
de llegar al fondo del misterio. Al día siguiente regresamos a Pashepaho, y,
por suerte, nos encontramos con el viejo Peter en el camino del pueblo a la
cabaña. Laird aminoró la marcha y se asomó a la ventanilla del auto. -¿Quiere
que lo llevemos? -Bueno. El viejo Peter ascendió al
coche y se sentó a nuestro lado. Laird no perdió tiempo en sacar de su
bolsillo una botella de aguardiente y ofrecérsela. Los ojos del viejo se
iluminaron y comenzó a beber. Conversamos de cosas sin importancia durante
largo rato, hasta que mi amigo creyó llegado el momento de interrogar en serio
al mestizo. Éste no estaba del todo bebido; pero el aguardiente producía ya su
efecto en él, y no puso reparos cuando tomamos el camino del lago sin
detenernos a dejarle en su cabaña. Al ver nuestra cabaña, dijo que debía
regresar a su casa antes de caer la oscuridad. Hubiera emprendido la marcha de
inmediato; pero Laird le convenció de que pasara a beber otra copa. Así lo
hizo, y Peter siguió bebiendo. Pero cuando Laird le interrogó respecto a lo que
sabía del misterio de Gardner el mestizo cerró la boca por completo. Laird
insistió. Él había visto la losa tallada, ¿verdad? -Sí -contestó el mestizo de
mala gana. -¿Nos conduciría a ella? Peter sacudió violentamente la cabeza.
-Ahora no. Ya faltaba poco para que cayera la noche, y no podríamos regresar
antes de que la oscuridad lo rodeara todo. Pero Laird no se dejó convencer; y,
finalmente, persuadido el mestizo de que regresaríamos a la cabaña, y aún a
Pashepaho, antes de la noche, consintió en conducirnos a la losa. Entonces, a
pesar de la inseguridad de su andar, nos condujo por un sendero semiborrado
hasta una milla de distancia, y se detuvo detrás de un árbol como si temiera
ser visto, señalando, con dedo tembloroso, hacia un claro rodeado a cierta
distancia por los altos pinos. -Allí está -dijo. La losa era visible sólo en
parte, pues la cubría la vegetación y el musgo. Laird notó que el mestizo
estaba aterrorizado y deseaba escapar. -¿Le gustaría pasar la noche aquí,
Peter? -preguntó. -¿Yo? ¡Dios mío, no! -repuso el mestizo, mirándole con temor.
-A menos que nos diga lo que vio aquí, tendrá que pasar la noche en este sitio
-dijo Laird con firmeza. -¡No me lo haga decir! - rogó el viejo Peter con voz
trémula-. No se debe contar. No se lo dije a nadie...; ni siquiera al profesor.
-Queremos saberlo, Peter -manifestó Laird. Peter fió la vista en la losa y
comenzó a temblar. -No puedo, no puedo -murmuró, y luego, con un esfuerzo, miró
a Laird una vez más-. No sé qué era. ¡Dios míio, era algo espantoso! Una cosa;
no tenía cara, y aulló hasta que creía que me rompería los tímpanos...; y esas
cosas quUe estaban con él. ¡Dios! -tembló, apartándose del árbol-. Le juro que
lo vi allí una noche. Vino como del aire y coreenzó a cantar y gemir, y esas
cosas tocaban la música. Me parece que estuve loco por un rato antes de irme.
-Se quebró su voz y gritó súbitamente-
: ¡Vayámonos de aquí! Comenzó a
correr por el sendero que serpenteaba entre los árboles. Laird y yo corrimos
tras él, alcanzándolo con facilidad, y Laird le aseguró que le sacaríamos del
bosque antes de que cayera la oscuridad. Estaba convencido de que el mestizo
nos había dicho toda la verdad. Después de acompañar al viejo Peter al camino
real, emprendimos el regreso hacia la cabaña sin cambiar una sola palabra.
-¿Qué te parece? -me preguntó, cuando llegamos a nuestro alojamiento. Sacudí la
cabeza. -Esos gritos de anoche -manifestó Laird-. Los sonidos que oyó el
profesor, y ahora esto... -se volvió hacia mí y me miró fijamente-. Jack, ¿te
atreves a visitar esa losa esta noshe? - ¡Claro que sí! -Lo haremos. Recién
cuando entramos en la cabaña recordamos el dictáfono, y Laird lo conectó para
oír lo que estuviera grabado en el cilindro. Allí tendríamos algo que no podría
ser producto de la imaginación; pero nunca sospechamos las revelaciones
extraordinarias que estábamos a punto de oír. El cilindro comenzó a girar y
oímos los gritos de algunas aves nocturnas, seguidos por un período de
silencio. Luego nos llegó una vez más el familiar sonido del viento en los árboles,
y de inmediato los sones desacordes de las flautas. Después seguía una serie de
sonidos, que transcribo aquí tal como los oímos esa noche inolvidable.
¡Ignaiih! ¡Ignaiih!
¡EEE-ya-ya-yayajaajaaajaaa-ah-ah-ah-ngh'aaa-ngh-'aaa-ya-ya-yaaa! (En voz que no
era humana ni bestial, pero tenía algo de ambas). (Se aceleraba el ritmo de la
música, tomándose más salvaje y demoníaca). "Poderoso mensajero:
Nyarlathotep... del mundo de los Siete
Soles a este lugar terreno, el Bosque de N'gai, adonde puede venir el
Sin Nombre... Habrá abundancia de aquellos de la Cabra Negra de los Bosques, la
Cabra de los Mil Hijos..." (En una voz que resultaba curiosamente humana).
(Una sucesión de extraños sonidos, como si respondiera el público: el zumbar
del viento al pasar por entre los hilos del telégrafo.) ¡Ia! ¡Ia!
¡Shub-Niggurath! ¡Ygnaiih! ¡Ygnaiih! ¡EEE-yaa-yaa-jaa-jaaa-jaaaa! (En la voz
original que no era humana ni bestial, sino que tenía algo de ambas.)
"Ithaqua te servirá, Padre del millón de favorecidos; y Zar será llamado
desde Arcturus, por orden de 'Umr At-Tawil, Guardián de la Puerta... Te unirás
en las loas de Azathoth, del Gran Cthulhu, de Tsathoggua..." (La voz
humana nuevamente.) "Sal en tu forma o en cualquier forma que elijas a la
manera del hombre, y destruye aquello que pueda conducir a los humanos hacia
nosotros..." (Una vez más la voz semihumana y semibestial.) (Un intervalo
de música furiosa, acompañado esta vez por un sonido como el de batir de alas
enormes.) "¡Ygnaiih! ¡Y'bthnk... k'ehye-nEgrkdl'lh!... ¡Ia! ¡Ia! ¡Ia!
(Como un coro.) Todo esto sonaba a intervalos, como si los seres que emitieran
los sonidos se movieran dentro o alrededor de la cabaña, y el último coro se
fue desvaneciendo en el aire, como si las criaturas se alejaran. En verdad,
siguió un intervalo de silencio tan largo que Laird se disponía a desconectar
el dictáfono, cuando de nuevo se oyó uno voz grabada en el cilindro. Y fue esa
voz la que culminó todos los horrores que se fueran acumulando hasta el
momento. ¡Dorgan! ¡Laird Dorgan! ¿Me oye usted? Un murmullo ronco que llamaba a
mi compañero, quien clavaba la vista en el instrumento con una intensidad
terrible. Nuestros ojos se encontraron. No era el tono de ruego lo que nos
asombró, sino la identidad de la voz, ¡pues era la voz del profesor Upton
Gardner! Mas no tuvimos tiempo casi para cambiar comentarios, pues el cilindro
seguía girando. "¡Escúcheme! Salga de este sitio. Olvide; pero antes de
irse, llame a Cthugha. Durante siglos enteros éste ha sido el punto de reunión
donde tocan la tierra los seres malignos del cosmos exterior. Yo lo sé. Les
pertenezco. Se apoderaron de mí, tal como se apoderaron de Piregard y de muchos
otros... de todos los incautos que vinieron a este bosque y a los que no
destruyeron de inmediato. Es de ellos, el Bosque de N'gai, la mansión terrestre
del Ciego, el Sin Cara, el Aullador de la Noche, el Habitante de la Oscuridad,
Nyarlathotep, que sólo teme a Cthugha. Con él estuve en los espacios interestelares.
Estuve sobre la prohibida Meseta de Leng; en Kadath en el Desierto Helado; más
allá de Las Puertas de la Llave de Plata; aun en Kythamil cerca de Arcturus y
Mnar; en N'kai y el Lago de Hali; en K'n-yan y la fabulosa Carcosa; en Yadddith
y Y'ha-nthlei, cerca de Innsmouth; en Yoth y Yoggoth, y desde lo lejos he
mirado sobre Zothique, con el ojo de Algol. Cuando Fomalhaut haya brillado por
sobre los árboles, llame a Cthugha con estas palabras, repetidas tres veces:
Ph'nglui mglw'nafh Cthugha Fomalhaut n'gha-ghaa naf'l thagn. ¡Ia! ¡Cthugha!
Cuando él haya venido, váyase de inmediato, si no será destruido usted también.
Pues este maldito lugar debe ser aniquilado para que Nyarlathotep no venga más
desde los espacios interestelares. ¿Me oye usted, Dorgan? ¿Me oye usted?
¡Dorgan! ¡Laird Dorgan!" Oyóse luego una protesta, seguida por ruido de
golpes y de una tela que se rasgaba, como si se llevaran a Gardner por la
fuerza, y luego siguió un silencio absoluto. Por unos momentos más, Laird dejó
seguir girando el cilindro; pero no se oyó más nada, y finalmente lo puso en
marcha otra vez, diciendo: -Me parece conveniente que copiemos esto lo mejor
posible. Tú puedes tomar todo lo que se habló, y los dos copiaremos la fórmula
para llamar a Cthugha. -¿Era...? -Conocería su voz en cualquier parte -me
replicó. -¿Está vivo entonces? Me miró con los párpados entornados. -Eso no lo
sabemos. -¡Pero su voz! Sacudió la cabeza, pues una vez mas se oían los
sonidos, y ambos tuvimos que comenzar la tarea de copiarlos. No tuvimos tanta
dificultad como temiéramos, pues había intervalos de silencio que nos
facilitaban la tarea. El llamado a Cthugha fue algo
más difícil; pero, haciendo funcionar varias veces el dictáfono,
logramos poner por escrito el equivalente aproximado de los sonidos. Cuando
finalizamos, Laird desconectó el aparato y me miró con expresión incierta.
-Fomalhaut se eleva casi con el crepúsculo... un poco antes quizá -musitó. Como
yo, había aceptado lo que oyera sin reparo alguno-. Debería estar sobre los
árboles alrededor de unos veinte o treinta grados por sobre el horizonte, pues
en esta latitud no se acerca tanto al cenit como para sobrepasar las copas de
los pinos. Me figuro que eso será más o menos una hora después de la caída de
la oscuridad... alrededor de las nueve y treinta. -¿No pensarás ponerlo a
prueba esta noche? -pregunté-. Al fin y al cabo, ¿qué quiere decir? ¿Quién o
qué es Cthugha? -No sé más que tú. Y no lo pondré a prueba esta noche. Has
olvidado la losa. ¿Te animas a ir conmigo... después de esto? Asentí en
silencio. Laird consultó su reloj y me miró luego. En sus ojos ardía la llama
de la decisión. Me puse en pie y salí con él de la cabaña. 4 Llegamos al
cinturón de árboles que rodeaba la losa mientras brillaban los rayos del sol en
el cielo occidental, y con ayuda de la linterna que llevaba Laird, examinamos
la curiosa piedra tallada. Se veía en ella a una enorme criatura amorfa,
dibujada por un artista que evidentemente carecía de imaginación suficiente
como para dibujar su cara, pues no la tenía, y su cabeza era de forma cónica.
La criatura tenía apéndices parecidos a tentáculos y manos, o crecimientos
parecidos a manos, no sólo dos, sino varios; de manera que parecía a la vez
humana y sohrenatural en su estructura. A su lado se veían dos figuras
deformes, de una parte de las cuales - posiblemente las cabezas, Aunque el
contorno no era definido- se proyectaba lo que debían ser intrumentos de alguna
clase, pues los repugnantes objetos parecían estar arrancándoles notas. Nuestro
examen fue muy rápido, pues no deseábamos arriesgarnos a ser sorprendidos allí
por cualquier cosa que se acercara, y es posible que, en las circunstancias,
nuestras imaginaciones exageraran un tanto las cosas. Pero, aunque el tiempo
nos lo hubiera permitido, es muy dudoso que hubiéramos mirado más a esa losa
repugnante. Nos alejamos hacia un sitio relativamente cercano al camino que
debíamos seguir para retornar a la cabaña, y, sin embargo, no muy alejado del
claro donde se hallaba la losa, de manera de poder ver claramente y estar
ocultos en un lugar que nos permitiera retirarnos si había necesidad de
hacerlo. Allí nos quedamos esperando, mientras una negrura insondable nos
rodeaba. Según el reloj de Laird, esperamos exactamente una hora y diez mlnutos
antes de que comenzara el aullar del viento, y de inmediato se produjo una
manifestación extraordinaria, pues en cuanto comenzó el bramido del viento, la
losa comenzó a brillar con resplandores que tomaban incremento rápidamente,
hasta que despidió reflejos tales que una verdadera columna luminosa se
extendió recta hacia el cielo. La luz seguía los contornos de la losa, y
emergía hacia lo alto; no se difundía ni dispersaba alrededor del claro ni
hacia el bosque, sino que brillaba hacia el cielo como si fuera un rayo
dirigido por un reflector. Simultáneamente, el aire que nos rodeaba pareció
cargarse de maldad; nos agobió un aura de horrores que rápidamente se tornó
imposible de soportar. Era aparente que el sonido del viento que llenaba ya la
atmósfera, no sólo se relacionaba al amplio rayo de luz que fluía hacia lo
alto, sino que era causado por él. Más aún, mientras observábamos, la
intensidad y el color de la luz variaba constantemente, cambiando de un blanco
cegador a un verde claro, y de verde a lila; siendo a veces tan intensos sus
fulgores que nos vimos obligados a apartar la vista; mas casi la mayor parte
del tiempo podíamos mirarlo sin que nos dañara los ojos. Tan súbitamente como
comenzara, el sonido del viento se acalló, la luz se hizo más difusa y débil, y
casi de inmediato llegó a nuestros oídos el son de música de flautas. No venía
de nuestro alrededor, sino desde arriba, y de común acuerdo, elevamos la vista
hacia el cielo. Lo que ocurrió entonces frente a nuestros ojos no lo puedo
explicar. ¿Fue que algo bajó velozmente hacia la losa o era todo el producto de
una alucinación colectiva? Vimos grandes cosas negras que bajaban por el
sendero de luz, y dirigimos entonces la vista hacia la losa. Lo que vimos allí
nos hizo salir huyendo enloquecidos de ese lugar infernal. Pues, donde un
momento antes no había nada, vimos ahora a una gigantesca masa protoplasmática,
un ser colosal que se elevaba hacia las estrellas, y cuya estructura estaba en
constante cambio, y a cada lado había dos seres menores, igualmente amorfos,
sosteniendo caramillos o flautas y produciendo esa música demoníaca que
repercutía en toda la selva. Pero la cosa que estaba sobre la losa, el
Habitante de la Oscuridad, era el peor de los horrores; pues de su masa de
carne amorfa crecían a voluntad tentáculos, garras y manos que volvían de nuevo
a perderse en su cuerpo; la masa misma se henchía y disminuía sin esfuerzo
aparente, y donde estaba su cabeza y debían estar sus facciones, sólo había un
espacio en blanco, mucho más horrible aún porque de esa masa ciega emergió la
voz semihumana y semibestial que ya conocíamos por la grabación del dictáfono.
Huimos, como dije, tan aterrorizados que por pura casualidad dimos con el
sendero que nos llevaría a nuestra cabaña. Y detrás de nosotros se elevó la voz
espantosa de Nyarlathotep, el Ciego, el Sin Cara, el Poderoso Mensajero, el ser
de los espacios siderales, cuya voz despertaba los ecos de la selva con su
tremebundo ulular que no se borraría nunca de mi memoria. ¡Ygnaiih! ¡Ygnaiih!
EEE-yayayayayaaa-jaaajaaajaaajaaa-ngh'aaa-ngh'aaa-ya-ya-yaaa! Luego se hizo el
silencio. Y, sin embargo, por increíble que parezca, nos esperaba el terror
final. Pues no habíamos cubierto aún la mitad del camino cuando notamos que
algo nos seguía; a nuestras espaldas se elevó un horrible sonido como de algo
que se arrastra, como si la entidad amorfa hubiera abandonado la losa que
erigieron sus adoradores en tiempos remotos, y nos persiguiera. Obsesionados
por un espanto irresistible, corrimos desesperadamente, y estábamos ya casi en
la cabaña cuando notamos que el sonido horrible -el retemblar de la tierra como
si se arrastrara un ser gigantesco sobre ella-había cesado, y en cambio nos
llegó a los oídos el ruido calmo y pausado de pasos humanos. ¡Pero no eran
nuestros pasos! Y después de lo que acabábamos de experimentar, sólo sirvieron
para aumentar nuestros terrores. Llegamos a la cabaña, encendimos la lámpara y
nos dejamos caer en dos sillas, para esperar lo que se acercaba tan
tranquilamente, ascendía los escalones de la galería, colocaba la mano sobre el
picaporte, abría la puerta... ¡Era el profesor Gardner el que se presentó en el
umbral! Por un momento lo miramos boquiabiertos, como si fuera un hombre que
retornara de la tumba. Luego, Laird dio un salto, exclamando: -¡Profesor
Gardner! El profesor sonrió gravemente y elevó una mano para protegerse los
ojos de la luz. -Si no les molesta, quisiera que bajaran un poco la luz de la
lámpara. He estado tanto tiempo en la oscuridad... Laird se volvió para
obedecerlo, y el profesor penetró en la habitación, marchando con la serenidad
del que está seguro de sí mismo, como si no hubiera desaparecido de la faz de
la tierra más de tres meses antes, como si no nos hubiera hecho ese ruego
desesperado la noche anterior, como... Observé a Laird; su mano se apoyaba
todavía en la lámpara; pero sus dedos ya no hacían girar la llave de la mecha,
mientras que tenía la vista clavada en el suelo. Miró al profesor Gardner;
estaba sentado con la cabeza vuelta en dirección contraria a la luz, los ojos
cerrados y una ligera sonrisa en los labios; tal como le viera tantas veces en
el Club Universitario de Madison, y me pareció entonces que todo lo ocurrido en
la cabaña no era más que un sueño. ¡Mas no era un sueño! -¿No estuvieron aquí
anoche? - preguntó el profesor. -No; pero teníamos conectado el dictáfono.
-¡Ah! ¿Oyeron algo entonces? -¿Querría usted escuchar el cilindro, señor? -Sí,
es claro. Laird conectó la máquina y nos sentamos en silencio, escuchando todo
lo que ya habíamos oído hasta que terminó de funcionar el aparato. Luego el
profesor volvió lentamente la cabeza. -¿Qué piensa usted de eso? - preguntó a
Dorgan. -No sé qué pensar -repuso Laird-. Las frases son muy inconexas...
excepto las suyas. Allí parece haber alguna coherencia. Súbitamente, sin
advertencia alguna, la habitación se cargó de una atmósfera de amenaza; fue una
impresión momentánea; pero Laird la sintió tan agudamente como yo, pues dio un
respingo. Estaba sacando el cilindro del aparato cuando el profesor habló de
nuevo. -¿No se les ocurre pensar que tal vez son víctimas de un engaño? -No.
-¿Y si les dijera que me fue posible hacer todos esos sonidos registrados en
ese cilindro? Laird le miró largo rato en silencio antes de replicar en voz
baja que, por supuesto, el profesor Gardner había investigado los fenómenos del
Lago Rick mucho más tiempo que nosotros, y que si él lo afirmaba... El profesor
dejó escapar una risa ronca. -¡Fenómenos enteramente naturales, muchacho!
Existe un depósito de minerales debajo de esa grotesca losa del bosque; produce
luz y también un miasma especial que provoca alucinaciones. Eso es todo. En
cuanto a las varias desapariciones... flaquezas humanas, nada más, pero que
resultan una coincidencia en este caso. Vine aquí con grandes esperanzas de
verificar algunas de las tonterías que el viejo Partier dijo hace mucho tiempo,
pero... -sonrió desdeñosamente, sacudió la cabeza y extendió la mano-. Deme
usted ese cilindro, Laird. Sin decir palabra, Laird entregó el disco al
profesor. Éste lo tomó, y lo elevaba hacia sus ojos cuando golpeó con el codo
en la mesa y, dejando escapar una exclamación de dolor, lo dejó caer. El
cilindro se rompió en varios pedazos al dar contra el piso. -¡Oh! -exclamó el
profesor-. Lo siento mucho. –Se volvió hacia Laird-. Pero... ya que puedo
publicar en cualquier momento lo que he sabido respecto a las leyendas de este
lugar... -Se encogió de hombros. -No tiene importancia -dijo Laird serenamente.
-¿Quiere usted decir que todo lo grabado en ese cilindro no fue más que
imaginación suya, profesor? –intervine yo-. ¿Aun ese cántico para llamar a
Cthugha? El profesor se volvió hacia mí con una sonrisa sardónica en los
labios. -¿Cthugha? Eso no es más que producto de una imaginación afiebrada.
Además, hay que usar la cabeza, muchacho. Se cree que Cthugha habita en
Fomalhaut, la que está a veintisiete años de luz de la tierra, y que, si se
repite ese cántico tres veces cuando Fomalhaut se eleva, Cthugha aparecerá para
hacer inhabitable este lugar, tanto para el hombre como para una entidad
extraña. ¿Cómo cree usted que se puede lograr tal cosa? -Pues, por algo
parecido a la transmisión del pensamiento -replicó Laird obstinadamente-.
Supongo que no es irrazonable creer que si dirigimos nuestros pensamientos
hacia Fomalhaut, algo podría recibirlos allí... suponiendo que exista vida en
esa estrella. El pensamiento es instantáneo. Es posible también que estén ellos
tan desarrollados mental y científicamente como para hacer la materialización
tan rápida como el pensamiento. - Muchacho... ¿habla usted en serio? -preguntó
el profesor en tono desdeñoso. -Usted preguntó. -Bien, entonces, como respuesta
hipotética a una teoria, puedo pasar eso por alto. -Francamente -dije yo, sin
hacer caso de la señal negativa que me hacía Laird- no creo que lo que vimos
esta noche en la selva sea una alucinación causada por un miasma que salga de
la tierra. El efecto de mis palabras fue extraordinario. Se notó que el
profesor hacía esfuerzos sobrehumanos para contener su ira. Al cabo de un
momento logró dominarse, y dijo simplemente: -Han estado allí entonces. Supongo
que ya es demasiado tarde para hacerles creer otra cosa... -Siempre he estado
dispuesto a comprobar todo, señor, y me inclino hacia los métodos científicos
-dijo Laird. El profesor Gardner se llevó la mano a los ojos y replicó: -Estoy
cansado. Anoche, cuando estuve aquí, noté que estaba usted en la que era mi
habitación, Laird, de modo que ocuparé la vecina, frente a la de Jack. Ascendió
la escalera como si nada hubiera ocurrido entre la última vez que ocupara la
cabaña y la noche de su regreso. 5 El resto de la historia -y la culminación de
esa noche apocalíptica- se relatan muy pronto. No había dormido más de una hora
-era ya la una de la madrugada- cuando me despertó Laird. Estaba al lado de mi
cama completamente vestido, y en voz baja me ordenó
levantarme y vestirme, meter en una maleta lo más necesario y prepararme
para cualquier cosa. A todas mis preguntas contestó que esperara. No me
permitió encender la luz, aunque él tenía una linterna pequeña y la usó con
gran prudencia. Cuando hube finalizado, salió de mi cuarto y susurró: -Ven.
Fuimos directamente al cuarto en el que entrara el profesor. A la luz de su
linterna vi que la cama no había sido tocada; es más, sobre la delgada película
de polvo que cubría el piso, se notaba que Gardner cruzó la habitación y salió
por la ventana. -Ya ves que no tocó la cama -murmuró Laird. -¿Pero por qué?
Laird me apretó el brazo. -¿Recuerdas lo que nos insinuó Partier, lo que vimos
en el bosque; esa cosa protoplasmática y amorfa? ¿Y lo que decía el cilindro? -Pero
Gardner nos dijo... -protesté. Sin una palabra más, se volvió. Le seguí
escaleras abajo, donde se detuvo frente a la mesa en la que trabajáramos.
Iluminó su superficie con la linterna. La sorpresa me hizo lanzar una
exclamación que Laird me hizo callar de inmediato. Pues en la mesa no había
nada, excepto el ejemplar de El Extraño y Otros y tres ejemplares de una
revista llamada Narraciones Fantásticas que contenía cuentos suplementarios a
los del libro escrito por Lovecraft. Todas las notas de Gardner, nuestras
anotaciones, los fotostatos de la Miskatonic University... todo, en fin, había
desaparecido. -Él se las llevó -dijo Laird-. Ningún otro pudo haberlo hecho.
-¿Adónde fue? -De regreso al sitio de donde vino. -Se volvió hacia mí con ojos
relucientes-. ¿Entiendes lo que eso significa, Jack? Sacudí la cabeza. -Ellos
saben que hemos estado allá, ellos saben que hemos visto demasiado... -¿Pero
cómo? -Tú se lo dijiste. -¿Yo? ¡Cielos, hombre!, ¿estás loco? ¿Cómo pude
haberlo dicho? -Aquí, en esta cabaña, esta noche... tú mismo te traicionaste, y
no quiero ni pensar en lo que va a ocurrir ahora. Tenemos que huir. Por un
momento todo lo acontecido en los últimos días pareció convertirse en una masa
ininteligible; la desesperación de Laird estaba muy clara, y, sin embargo, lo
que acababa de sugerir era tan completamente increíble que el pensarlo
confundió todas mis ideas. Laird hablaba ahora rápidamente. -¿No te parece
extraño la forma como volvió? ¿Cómo salió del bosque después de que viéramos
esa cosa infernal... no antes? Y las preguntas que formuló..., el sentido de
esas preguntas. Y cómo logró romper el cilindro: nuestra única prueba
científica de todo. Y ahora, la desaparición de las notas... de todo lo que
pudiera substanciar las "tonterías" de Partier, como él las llamó.
-¿Pero si debemos creer lo que nos dijo...? Me interrumpió antes de que pudiera
terminar. -Una cosa era cierta. La voz que me llamaba en el cilindro... o el
hombre que estuvo aquí esta noche. -¿El hombre...? Pero lo que estaba por decir
lo interrumpió Laird bruscamente. -¡Escucha! Desde las profundidades del
bosque, morada del Habitante de la Oscuridad, llegaba una vez más la música de
las flautas acompañada por el ulular ya conocido, y por el batir de grandes
alas. -Sí, ya oigo -susurré. -¡Escucha con atención! En el momento mismo en que
lo dijo, comprendí. Había algo más: los sonidos de la selva no sólo se elevaban
y disminuían en intensidad... ¡se estaban acercando! -¿Ahora me crees?
-preguntó Laird-. ¡Vienen a buscarnos! -Se volvió hacia mí-. ¡El cántico! -¿Qué
cántico? -pregunté estúpidamente. -El cántico para llamar a Cthugha... ¿lo
recuerdas? -Lo anoté. Aquí lo tengo. Por un instante temí que también nos
hubieran robado esa nota, pero no fue así; estaba en mi bolsillo, donde la dejara
yo. Con mano temblorosas, Laird me arrebató el papel de la mano. -¡Ph'nglui
mglw'nafh Cthugha Fomalhaut n'gha-ghaa naf'l thagn! ¡Ia! ¡Cthugha! -exclamó,
corriendo hacia la galería, mientras yo le seguía de cerca. Desde los bosques
nos llegó la voz bestial del habitante de la oscuridad: ¡Ee-ya-ya-jaa-jaajaaa!
¡Ygnaiih! ¡Ygnaiih! -¡Ph'nglui mglw'nafh Cthugha Fomalhaut n'gha-ghaa naf'l
thagn! ¡Ia!¡Cthugha! -gritó Laird por segunda vez. La mezcla de sonidos
bestiales del bosque se acercaba cada vez más. Y, entonces, por tercera vez,
pronunció Laird las palabras primitivas del cántico. En el momento de emitir
sus labios los últimos sonidos guturales, comenzó una serie de
acontecimientos que no estaba destinada a los ojos humanos. Súbitamente
desapareció la oscuridad, siendo reemplazada por un terrible resplandor
amarillento; al mismo tiempo cesó la música y se elevaron aullidos de ira y de
terror. Luego aparecieron millares de diminutos puntos de luz, no sólo sobre y
entre los árboles, sino en la tierra misma, sobre la cabaña y el auto
estacionado frente a ella. Por un instante más nos quedamos clavados en nuestro
sitio, y entonces comprendimos que los millares de puntos de luz eran vivientes
entidades de llama, pues dondequiera que tocaran, se encendía el fuego. Al ver
esto, Laird entró corriendo a la cabaña en busca de las maletas y volvió a
salir al cabo de un momento, exclamando que no había tiempo para llevar nada
más. Juntos corrimos hacia el auto, protegiendo nuestros ojos de las luces
cegadoras que nos rodeaban. Mas, a pesar de colocarnos las manos frente a los
ojos, era imposible no ver las masas amorfas que se elevaban hacia lo alto
desde ese lugar maldito, como así también el inmenso ser que se cernía como una
nube de fuego viviente por sobre los árboles. Todo eso vimos antes de que la
huída del bosque en llamas nos obligara a olvidar los otros detalles de esa
noche espantosa. Horribles como fueron las cosas que pasaron en la oscuridad de
la selva del lago Rick, hay algo aun más espantoso; algo tan extraterreno, que
tiemblo al recordarlo Pues en esa breve carrera hacia el automóvil vi algo que
explicó las dudas de Laird; vi lo que le hizo dar más crédito a la voz del
cilindro, que a esa cosa que fue a visitarnos en la forma del profesor Gardner.
La clave existía de antes; pero yo no la comprendí; aun Laird no lo creyó en
seguida. Sin embargo, Partier nos lo había dicho: "Los dioses antiguos no
desean que el hombre sepa demasiado". Y la terrible voz del cilindro
insinuó con más claridad aún: Sal en su forma o en cualquier forma que elijas a
la manera del hombre, destruye aquello que pueda conducir a los humanos hasta
nosotros... ¡Destruye aquello que pueda conducir a los humanos hacia nosotros!
Nuestras notas, el cilindro, los fotostatos de la Miskatonic University, sí, y
aun Laird y yo mismo! Y el ser salió, pues era Nyarlathotep, el Poderoso
Mensajero, el Habitante de la Oscuridad el que salió y retornó luego a la selva
para enviar a sus servidores contra nosotros. Fue él quien llegó desde los
espacios interestelares tal como Cthugha, el ser de fuego, viniera desde
Fomalhaut al oír la orden que le despertó de su sueño de milenios en aquella
estrella ambarina, la orden que Gardner, el vivo-muerto cautivo del terrible
Nyarlatnotep había descubierto en sus fantásticos viajes por el espacio y el
tiempo. ¡Y fue él quien regresó al sitio de donde saliera, destruido ya su
refugio terrenal por los servidores de Cthugha! Laird y yo lo sabemos. Nunca
hablamos de ello. Si nos hubiera quedado la menor duda, a pesar de todo lo
ocurrido antes, no habríamos podido olvidar ese último descubrimiento
espantoso, eso que vimos al protegernos la vista del resplandor ígneo de los
servidores de Cthugha: la línea de huellas que se alejaba de la cabaña en
dirección a la maldita losa perdida en lo profundo del bosque, ¡las huellas que
comenzaban en la tierra blanda, más allá de la galería, y tenían la forma de
los pies de un hombre, cambiando luego con cada paso para convertirse en esas
horribles huellas impresas por una criatura de inereible forma y tamaño, con
variaciones de contorno y largura tan grotescas, que habrían resultado
incomprensibles para cualquiera que no hubiese visto el ser de la losa..., y a
los costados, rasgadas y hechas pedazos, como por una tremenda fuerza de
expansión, las ropas que pertenecieran al profesor Gardner, dejadas, trozo a
trozo, a lo largo del sendero que se adentraba en los bosques, ese caminillo
tomado por el monstruo infernal que saliera de la noche; el Morador de las
Tinieblas que nos visitó en la forma del profesor Gardner!
EL USURPADOR DE CADAVERES (R.STEVENSON)
ROBERT LOUIS STEVENSON
Todas las noches del año nos sentábamos los cuatro en el pequeño
reservado de la posada George en Debenham: el empresario de pompas fúnebres, el
dueño, Fettes y yo. A veces había más gente; pero tanto si hacía viento como si
no, tanto si llovía como si nevaba o caía una helada, los cuatro, llegado el
momento, nos instalábamos en nuestros respectivos sillones. Fettes era un viejo
escocés muy dado a la bebida; culto, sin duda, y también acomodado, porque
vivía sin hacer nada. Había llegado a Debenham años atrás, todavía joven, y por
la simple permanencia se había convertido en hijo adoptivo del pueblo. Su capa
azul de camelote era una antigüedad, igual que la torre de la iglesia. Su sitio
fijo en el reservado de la posada, su conspicua ausencia de la iglesia, y sus
vicios vergonzosos eran cosas de todos sabidas en Debenham. Mantenía algunas
opiniones vagamente radicales y cierto pasajero escepticismo religioso que
sacaba a relucir periódicamente, dando énfasis a sus palabras con imprecisos
manotazos sobre la mesa. Bebía ron: cinco vasos todas las veladas; y durante la
mayor parte de su diaria visita a la posada permanecía en un estado de
melancólico estupor alcohólico, siempre con el vaso de ron en la mano derecha.
Le llamábamos el doctor, porque se le atribuían ciertos conocimientos de
medicina y en casos de emergencia había sido capaz de entablillar una fractura
o reducir una luxación, pero, al margen de estos pocos detalles, carecíamos de
información sobre su personalidad y antecedentes.
Una oscura noche de invierno—habían dado las nueve algo antes de que el
dueño se reuniera con nosotros— fuimos informados de que un gran terrateniente
de los alrededores se había puesto enfermo en la posada, atacado de apoplejía,
cuando iba de camino hacia Londres y el Parlamento; y por telégrafo se había
solicitado la presencia, a la cabecera del gran hombre, de su médico de la
capital, personaje todavía más famoso. Era la primera vez que pasaba una cosa
así en Debenham (hacía muy poco tiempo que se había inaugurado el ferrocarril)
y todos estábamos convenientemente impresionados.
—Ya ha llegado—dijo el dueño, después de llenar y de encender la pipa.
—¿Quién? -dije yo—. ¿No querrá usted decir el médico?
—Precisamente—contestó nuestro posadero.
—¿Cómo se llama?
—Doctor Macfarlane —dijo el dueño.
Fettes estaba acabando su tercer vaso, sumido ya en el estupor de la
borrachera, unas veces asintiendo con la cabeza, otras con la mirada perdida en
el vacío; pero con el sonido de las últimas palabras pareció despertarse y
repitió dos veces el apellido «Macfarlane»: la primera con entonación
tranquila, pero con repentina emoción la segunda.
—Sí dijo el dueño—, así se llama: doctor Wolfe Macfarlane.
Fettes se serenó inmediatamente; sus ojos se aclararon, su voz se hizo
más firme y sus palabras más vigorosas. Todos nos quedamos muy sorprendidos
ante aquella transformación, porque era como si un hombre hubiera resucitado de
entre los muertos.
—Les ruego que me disculpen—dijo—; mucho me temo que no prestaba
atención a sus palabras. ¿Quién es ese tal Wolfe Macfarlane?
Y añadió, después de oír las explicaciones del dueño:
—No puede ser, claro que no; y, sin embargo, me gustaría ver a ese
hombre cara a cara.
—¿Le conoce usted, doctor?—preguntó boquiabierto el empresario de pompas
fúnebres.
—¡Dios no lo quiera! —fue la respuesta—. Y, sin embargo, el nombre no es
nada corriente, sería demasiado imaginar que hubiera dos. Dígame, posadero, ¿se
trata de un hombre viejo?
—No es un hombre joven, desde luego, y tiene el pelo blanco; pero sí
parece más joven que usted.
—Es mayor que yo, sin embargo; varios años mayor. Pero—dando un manotazo
sobre la mesa—, es el ron lo que ve usted en mi cara; el ron y mis pecados.
Este hombre quizá tenga una conciencia más fácil de contentar y haga bien las
digestiones. ¡Conciencia! ¡De qué cosas me atrevo a hablar! Se imaginarán
ustedes que he sido un buen cristiano, ¿no es cierto? Pues no, yo no; nunca me
ha dado por la hipocresía. Quizá Voltaire habría cambiado si se hubiera visto
en mi caso; pero, aunque mi cerebro—y procedió a darse un manotazo sobre la
calva cabeza—, aunque mi cerebro funcionaba perfectamente, no saqué ninguna
conclusión de las cosas que vi.
—Si este doctor es la persona que usted conoce—me aventuré a apuntar,
después de una pausa bastante penosa—, ¿debemos deducir que no comparte la
buena opinión del posadero?
Fettes no me hizo el menor caso.
—Sí—dijo, con repentina firmeza—, tengo que verlo cara a cara.
Se produjo otra pausa; luego una puerta se cerró con cierta violencia en
el primer piso y se oyeron pasos en la escalera.
—Es el doctor—exclamó el dueño—. Si se da prisa podrá alcanzarle.
No había más que dos pasos desde el pequeño reservado a la puerta de la
vieja posada George; la ancha escalera de roble terminaba casi en la calle;
entre el umbral y el último peldaño no había sitio más que para una alfombra
turca; pero este espacio tan reducido quedaba brillantemente iluminado todas
las noches, no sólo gracias a la luz de la escalera y al gran farol debajo del
nombre de la posada, sino también debido al cálido resplandor que salía por la
ventana de la cantina. La posada llamaba así
convenientemente la atención de los que cruzaban por la calle en las
frías noches de invierno. Fettes se llegó sin vacilaciones hasta el diminuto
vestíbulo y los demás, quedándonos un tanto retrasados, nos dispusimos a
presenciar el encuentro entre aquellos dos hombres, encuentro que uno de ellos
había definido como «cara a cara». El doctor Macfarlane era un hombre despierto
y vigoroso. Sus cabellos blancos servían para resaltar la calma y la palidez de
su rostro, nada desprovisto de energía por otra parte. Iba elegantemente
vestido con el mejor velarte y la más fina holanda, y lucía una gruesa cadena
de oro para el reloj y gemelos y anteojos del mismo metal precioso. La corbata,
ancha y con muchos pliegues, era blanca con lunares de color lila, y llevaba al
brazo un abrigo de pieles para defenderse del frío durante el viaje. No hay
duda de que lograba dar dignidad a sus años envuelto en aquella atmósfera de
riqueza y respetabilidad; y no dejaba de ser todo un contraste sorprendente ver
a nuestro borrachín—calvo, sucio, lleno de granos y arropado en su vieja capa
azul de camelote— enfrentarse con él al pie de la escalera.
—¡Macfarlane! —dijo con voz resonante, más propia de un heraldo que de
un amigo.
El gran doctor se detuvo bruscamente en el cuarto escalón, como si la
familiaridad de aquel saludo sorprendiera y en cierto modo ofendiera su
dignidad.
—¡Toddy Macfarlane!—repitió Fettes.
El londinense casi se tambaleó. Lanzó una mirada rapidísima al hombre
que tenía delante, volvió hacia atrás unos ojos atemorizados y luego susurró
con voz llena de sorpresa:
—¡Fettes! ¡Tú!
—¡Yo, sí! —dijo el otro—. ¿Creías que también yo estaba muerto? No
resulta tan fácil dar por terminada nuestra relación.
—¡Calla, por favor! —exclamó el ilustre médico—. ¡Calla! Este encuentro
es tan inesperado... Ya veo que te has ofendido. Confieso que al principio casi
no te había conocido; pero me alegro mucho... me alegro mucho de tener esta
oportunidad. Hoy sólo vamos a poder decirnos hola y hasta la vista; me espera
el calesín y tengo que coger el tren; pero debes... veamos, sí... debes darme
tu dirección y te aseguro que tendrás muy pronto noticias mías. Hemos de hacer
algo por ti, Fettes. Mucho me temo que estás algo apurado; pero ya nos
ocuparemos de eso «en recuerdo de los viejos tiempos», como solíamos cantar
durante nuestras cenas.
—¡Dinero! —exclamó Fettes— ¡Dinero tuyo! El dinero que me diste estará
todavía donde lo arrojé aquella noche de lluvia.
Hablando, el doctor Macfarlane había conseguido recobrar un cierto grado
de superioridad y confianza en sí mismo, pero la desacostumbrada energía de
aquella negativa lo sumió de nuevo en su primitiva confusión.
Una horrible expresión atravesó por un momento sus facciones casi
venerables.
—Mi querido amigo —dijo—, haz como gustes; nada más lejos de mi
intención que
ofenderte. No quisiera entrometerme. Pero sí que te dejaré mi
dirección...
—No me la des... No deseo saber cuál es el techo que te cobija—le
interrumpió el otro—. Oí tu nombre; temí que fueras tú; quería saber si,
después de todo, existe un Dios; ahora ya sé que no. ¡Sal de aquí!
Pero Fettes seguía en el centro de la alfombra, entre la escalera y la
puerta; y para escapar, el gran médico londinense iba a verse obligado a dar un
rodeo. Estaban claras sus vacilaciones ante lo que a todas luces consideraba
una humillación. A pesar de su palidez, había un brillo amenazador en sus
anteojos; pero, mientras seguía sin decidirse, se dio cuenta de que el cochero
de su calesín contemplaba con interés desde la calle aquella escena tan poco
común y advirtió también cómo le mirábamos nosotros, los del pequeño grupo del
reservado, apelotonados en el rincón más próximo a la cantina. La presencia de
tantos testigos le decidió a emprender la huida. Pasó pegado a la pared y luego
se dirigió hacia la puerta con la velocidad de una serpiente. Pero sus
dificultades no habían terminado aún, porque antes de salir Fettes le agarró
del brazo y, de sus labios, aunque en un susurro, salieron con toda claridad
estas palabras:
—¿Has vuelto a verlo?
El famoso doctor londinense dejó escapar un grito ahogado, dio un
empujón al que así le interrogaba y con las manos sobre la cabeza huyó como un
ladrón cogido in fraganti. Antes de que a ninguno de nosotros se nos ocurriera
hacer el menor movimiento, el calesín traqueteaba ya camino de la estación La
escena había terminado como podría hacerlo un sueño; pero aquel sueño había
dejado pruebas y rastros de su paso. Al día siguiente la criada encontró los
anteojos de oro en el umbral, rotos, y aquella noche todos permanecimos en pie,
sin aliento, junto a la ventana de la cantina, con Fettes a nuestro lado,
sereno, pálido y con aire decidido.
—¡Que Dios nos tenga de su mano, Mr. Fettes! —dijo el posadero, al ser
el primero en recobrar el normal uso de sus sentidos—. ¿A qué obedece todo
esto? Son cosas bien extrañas las que usted ha dicho...
Fettes se volvió hacia nosotros; nos fue mirando a la cara
sucesivamente.
—Procuren tener la lengua quieta—dijo—. Es arriesgado enfrentarse con el
tal Macfarlane; los que lo han hecho se han arrepentido demasiado tarde.
Después, sin terminarse el tercer vaso, ni mucho menos quedarse para
consumir los otros dos, nos dijo adiós y se perdió en la oscuridad de la noche
después de pasar bajo la lámpara de la posada.
Nosotros tres regresamos a los sillones del reservado, con un buen fuego
y cuatro velas recién empezadas; y, a medida que recapitulábamos lo sucedido,
el primer escalofrío de nuestra sorpresa se convirtió muy pronto en hormiguillo
de curiosidad. Nos quedamos allí hasta muy tarde; no recuerdo ninguna otra
noche en la que se prolongara tanto la tertulia. Antes de separarnos, cada uno
tenía una teoría que se había comprometido a probar, y no había para nosotros
asunto más urgente en este mundo que rastrear el pasado de nuestro misterioso
contertulio y descubrir el secreto que compartía con el famoso doctor
londinense. No es un gran motivo de vanagloria, pero creo que me di
mejor maña que mis compañeros para desvelar la historia; y quizá no haya
en estos momentos otro ser vivo que pueda narrarles a ustedes aquellos
monstruosos y abominables sucesos.
De joven, Fettes había estudiado medicina en Edimburgo. Tenía un cierto
tipo de talento que le permitía retener gran parte de lo que oía y asimilarlo
en seguida, haciéndolo suyo. Trabajaba poco en casa; pero era cortés, atento e
inteligente en presencia de sus maestros. Pronto se fijaron en él por su
capacidad de atención y su buena memoria; y, aunque a mí me pareció bien
extraño cuando lo oí por primera vez, Fettes era en aquellos días bien parecido
y cuidaba mucho de su aspecto exterior. Existía por entonces fuera de la
universidad un cierto profesor de anatomía al que designaré aquí mediante la
letra K. Su nombre llegó más adelante a ser tristemente célebre. El hombre que
lo llevaba se escabulló disfrazado por las calles de Edimburgo, mientras el
gentío, que aplaudía la ejecución de Burke, pedía a gritos la sangre de su
patrón. Pero Mr. K estaba entonces en la cima de su popularidad; disfrutaba de
la fama debido en parte a su propio talento y habilidad, y en parte a la
incompetencia de su rival, el profesor universitario. Los estudiantes, al
menos, tenían absoluta fe en él y el mismo Fettes creía, e hizo creer a otros,
que había puesto los cimientos de su éxito al lograr el favor de este hombre
meteóricamente famoso. Mr. K era un bon vivant además de un excelente profesor;
y apreciaba tanto una hábil ilusión como una preparación cuidadosa. En ambos
campos Fettes disfrutaba de su merecida consideración, y durante el segundo año
de sus estudios recibió el encargo semioficial de segundo profesor de prácticas
o sub-asistente en su clase.
Debido a este empleo, el cuidado del anfiteatro y del aula recaía de
manera particular sobre los hombros de Fettes. Era responsable de la limpieza
de los locales y del comportamiento de los otros estudiantes y también
constituía parte de su deber proporcionar, recibir y dividir los diferentes
cadáveres. Con vistas a esta última ocupación—en aquella época asunto muy
delicado—, Mr. K hizo que se alojase primero en el mismo callejón y más
adelante en el mismo edificio donde estaban instaladas las salas de disección.
Allí, después de una noche de turbulentos placeres, con la mano todavía
temblorosa y la vista nublada, tenía que abandonar la cama en la oscuridad de
las horas que preceden a los amaneceres invernales, para entenderse con los
sucios y desesperados traficantes que abastecían las mesas. Tenía que abrir la
puerta a aquellos hombres que después han alcanzado tan terrible reputación en
todo el país. Tenía que recoger su trágico cargamento, pagarles el sórdido
precio convenido y quedarse solo, al marcharse los otros, con aquellos
desagradables despojos de humanidad. Terminada tal escena, Fettes volvía a
adormilarse por espacio de una o dos horas para reparar así los abusos de la
noche y refrescarse un tanto para los trabajos del día siguiente.
Pocos muchachos podrían haberse mostrado más insensibles a las
impresiones de una vida pasada de esta manera bajo los emblemas de la
moralidad. Su mente estaba impermeabilizada contra cualquier consideración de
carácter general. Era incapaz de sentir interés por el destino y los reveses de
fortuna de cualquier otra persona, esclavo total de sus propios deseos y
rastreras ambiciones. Frío, superficial y egoísta en última instancia, no
carecía de ese mínimo de prudencia, a la que se da equivocadamente el nombre de
moralidad, que mantiene a un hombre alejado de borracheras inconvenientes o
latrocinios castigables. Como Fettes deseaba además que sus maestros y
condiscípulos tuvieran de él una buena opinión, se esforzaba en guardar las
apariencias. Decidió también destacar en sus estudios y día tras día servía a
su patrón impecablemente en las
cosas más visibles y que más podían reforzar su reputación de buen
estudiante. Para indemnizarse de sus días de trabajo, se entregaba por las
noches a placeres ruidosos y desvergonzados; y cuando los dos platillos se
equilibraban, el órgano al que Fettes llamaba su conciencia se declaraba
satisfecho.
La obtención de cadáveres era continua causa de dificultades tanto para
él como para su patrón. En aquella clase con tantos alumnos y en la que se
trabajaba mucho, la materia prima de las disecciones estaba siempre a punto de
acabarse; y las transacciones que esta situación hacía necesarias no sólo eran
desagradables en sí mismas, sino que podían tener consecuencias muy peligrosas
para todos los implicados. La norma de Mr. K era no hacer preguntas en el trato
con los de la profesión. «Ellos consiguen el cuerpo y nosotros pagamos el
precio», solía decir, recalcando la aliteración; «quid pro quo». Y de nuevo, y
con cierto cinismo, les repetía a sus asistentes que «No hicieran preguntas por
razones de conciencia.»
No es que se diera por sentado implícitamente que los cadáveres se
conseguían mediante el asesinato. Si tal idea se le hubiera formulado mediante
palabras, Mr. K se habría horrorizado; pero su frívola manera de hablar
tratándose de un problema tan serio era, en sí misma, una ofensa contra las
normas más elementales de la responsabilidad social y una tentación ofrecida a
los hombres con los que negociaba. Fettes, por ejemplo no había dejado de
advertir que, con frecuencia, los cuerpos que le llevaban habían perdido la
vida muy pocas horas antes. También le sorprendía una y otra vez el aspecto
abominable y los movimientos solapados de los rufianes que llamaban a su puerta
antes del alba; y, atando cabos para sus adentros, quizá atribuía un
significado demasiado inmoral y demasiado categórico a las imprudentes
advertencias de su maestro. En resumen: Fettes entendía que su deber constaba
de tres apartados: aceptar lo que le traían, pagar el precio y pasar por alto
cualquier indicio de un posible crimen.
Una mañana de noviembre esta consigna de silencio se vio duramente
puesta a prueba. Fettes, después de pasar la noche en blanco debido a un atroz
dolor de muelas— paseándose por su cuarto como una fiera enjaulada o
arrojándose desesperado sobre la cama—, y caer ya de madrugada en ese sueño
profundo e intranquilo que con tanta frecuencia es la consecuencia de una noche
de dolor, se vio despertado por la tercera o cuarta impaciente repetición de la
señal convenida. La luna, aunque en cuarto menguante, derramaba abundante luz;
hacía mucho frío y la noche estaba ventosa, la ciudad dormía aún, pero una
indefinible agitación preludiaba ya el ruido y el tráfago del día. Los
profanadores habían llegado más tarde de lo acostumbrado y parecían tener aún
más prisa por marcharse que otras veces. Fettes, muerto de sueño, les fue
alumbrando escaleras arriba. Oía sus roncas voces, con fuerte acento irlandés,
como formando parte de un sueño; y mientras aquellos hombres vaciaban el
lúgubre contenido de su saco, él dormitaba, con un hombro apoyado contra la
pared; tuvo que hacer luego verdaderos esfuerzos para encontrar el dinero con
que pagar a aquellos hombres. Al ponerse en movimiento sus ojos tropezaron con
el rostro del cadáver. No pudo disimular su sobresalto; dio dos pasos hacia
adelante, con la vela en alto.
—¡Santo cielo!—exclamó—. ¡Si es Jane Galbraith!
Los hombres no respondieron nada pero se movieron imperceptiblemente en
dirección a la puerta.
—La conozco, se lo aseguro —continuó Fettes—. Ayer estaba viva y muy
contenta. Es imposible que haya muerto; es imposible que hayan conseguido este
cuerpo de forma correcta.
—Está usted completamente equivocado, señor—dijo uno de los hombres.
Pero el otro lanzó a Fettes una mirada amenazadora y pidió que se les
diera el dinero inmediatamente.
Era imposible malinterpretar su expresión o exagerar el peligro que
implicaba. Al muchacho le faltó valor. Tartamudeó una excusa, contó la suma
convenida y acompañó a sus odiosos visitantes hasta la puerta. Tan pronto como
desaparecieron, Fettes se apresuró a confirmar sus sospechas. Mediante una
docena de marcas que no dejaban lugar a dudas identificó a la muchacha con la
que había bromeado el día anterior. Vio, con horror, señales sobre aquel cuerpo
que podían muy bien ser pruebas de una muerte violenta. Se sintió dominado por
el pánico y buscó refugio en su habitación. Una vez allí reflexionó con calma
sobre el descubrimiento que había hecho; consideró fríamente la importancia de
las instrucciones de Mr. K y el peligro para su persona que podía derivarse de
su intromisión en un asunto de tanta importancia; finalmente, lleno de
angustiosas dudas, determinó esperar y pedir consejo a su inmediato superior,
el primer asistente.
Era éste un médico joven, Tolfe Macfarlane, gran favorito de los
estudiantes temerarios, hombre inteligente, disipado y absolutamente falto de
escrúpulos. Había viajado y estudiado en el extranjero. Sus modales eran
agradables y un poquito atrevidos. Se le consideraba una autoridad en
cuestiones teatrales y no había nadie más hábil para patinar sobre el hielo ni
que manejara con más destreza los palos de golf; vestía con elegante audacia y,
como toque final de distinción, era propietario de un calesín y de un robusto
trotón. Su relación con Fettes había llegado a ser muy íntima; de hecho sus
cargos respectivos hacían necesaria una cierta comunidad de vida; y cuando
escaseaban los cadáveres, los dos se adentraban por las zonas rurales en el
calesín de Macfarlane, para visitar y profanar algún cementerio poco
frecuentado y, antes del alba, presentarse con su botín en la puerta de la sala
de disección.
Aquella mañana Macfarlane apareció un poco antes de lo que solía. Fettes
le oyó, salió a recibirle a la escalera, le contó su historia y terminó
mostrándole la causa de su alarma. Macfarlane examinó las señales que
presentaba el cadáver.
—Sí—dijo con una inclinación de cabeza—; parece sospechoso.
—¿Qué te parece que debo hacer?—preguntó Fettes.
—¿Hacer?—repitió el otro—. ¿Es que quieres hacer algo? Cuanto menos se
diga, antes se arreglará, diría yo.
—Quizá la reconozca alguna otra persona —objetó Fettes—. Era tan
conocida como el Castle Rock.
—Esperemos que no —dijo Macfarlane—, y si alguien lo hace... bien, tú no
la reconociste, ¿comprendes?, y no hay más que hablar. Lo cierto es que esto
lleva ya
demasiado tiempo sucediendo. Remueve el cieno y colocarás a K en una
situación desesperada; tampoco tú saldrías muy bien librado. Ni yo, si vamos a
eso. Me gustaría saber cómo quedaríamos, o qué demonios podríamos decir si nos
llamaran como testigos ante cualquier tribunal. Porque, para mí, ¿sabes?, hay
una cosa cierta: prácticamente hablando, todo nuestro «material» han sido
personas asesinadas.
—¡Macfarlane!—exclamó Fettes.
—¡Vamos, vamos!—se burló el otro—. ¡Como si tú no lo hubieras
sospechado!
—Sospechar es una cosa...
—Y probar otra. Ya lo sé; y siento tanto como tú que esto haya llegado
hasta aquí— dando unos golpes en el cadáver con su bastón—. Pero colocados en
esta situación, lo mejor que puedo hacer es no reconocerla; y—añadió con gran
frialdad—así es: no la reconozco. Tú puedes, si es ése tu deseo. No voy a
decirte lo que tienes que hacer, pero creo que un hombre de mundo haría lo
mismo que yo; y me atrevería a añadir que eso es lo que K esperaría de
nosotros. La cuestión es ¿por qué nos eligió a nosotros como asistentes? Y yo
respondo: porque no quería viejas chismosas.
Aquella manera de hablar era la que más efecto podía tener en la mente
de un muchacho como Fettes. Accedió a imitar a Macfarlane. El cuerpo de la
desgraciada joven pasó a la mesa de disección como era costumbre y nadie hizo
el menor comentario ni pareció reconocerla.
Una tarde, después de haber terminado su trabajo de aquel día, Fettes
entró en una taberna muy concurrida y encontró allí a Macfarlane sentado en
compañía de un extraño. Era un hombre pequeño, muy pálido y de cabellos muy
oscuros, y ojos negros como carbones. El corte de su cara parecía prometer una
inteligencia y un refinamiento que sus modales se encargaban de desmentir,
porque nada más empezar a tratarle, se ponía de manifiesto su vulgaridad, su
tosquedad y su estupidez. Aquel hombre ejercía, sin embargo, un extraordinario
control sobre Macfarlane; le daba órdenes como si fuera el Gran Bajá; se
indignaba ante el menor inconveniente o retraso, y hacía groseros comentarios
sobre el servilismo con que era obedecido. Esta persona tan desagradable
manifestó una inmediata simpatía hacia Fettes, trató de ganárselo invitándolo a
beber y le honró con extraordinarias confidencias sobre su pasado. Si una
décima parte de lo que confesó era verdad, se trataba de un bribón de lo más
odioso; y la vanidad del muchacho se sintió halagada por el interés de un
hombre de tanta experiencia.
—Yo no soy precisamente un ángel—hizo notar el desconocido—, pero
Macfarlane me da ciento y raya... Toddy Macfarlane le llamo yo. Toddy, pide
otra copa para tu amigo.
O bien:
—Toddy, levántate y cierra la puerta.
—Toddy me odia—dijo después—. Sí, Toddy, ¡claro que me odias!
—No me gusta ese maldito nombre, y usted lo sabe —gruñó Macfarlane.
—¡Escúchalo! ¿Has visto a los muchachos tirar al blanco con sus
cuchillos? A él le gustaría hacer eso por todo mi cuerpo—explicó el desconocido
—Nosotros, la gente de medicina, tenemos un sistema mejor—dijo Fettes—. Cuando
no nos gusta un amigo muerto, lo llevamos a la mesa de disección Macfarlane le
miró enojado, como si aquella broma fuera muy poco de su agrado.
Fue pasando la tarde. Gray, porque tal era el nombre del desconocido,
invitó a Fettes a cenar con ellos, encargando un festín tan suntuoso que la
taberna entera tuvo que movilizarse, y cuando terminó le mandó a Macfarlane que
pagara la cuenta. Se separaron ya de madrugada; el tal Gray estaba
completamente borracho. Macfarlane, sereno sobre todo a causa de la indignación
reflexionaba sobre el dinero que se había visto obligado a malgastar y las
humillaciones que había tenido que soportar. Fettes, con diferentes licores
cantándole dentro de la cabeza, volvió a su casa con pasos inciertos y la mente
totalmente en blanco. Al día siguiente Macfarlane faltó a clase y Fettes sonrió
para sus adentros al imaginárselo todavía acompañando al insoportable Gray de
taberna en taberna. Tan pronto como quedó libre de sus obligaciones, se puso a
buscar por todas partes a sus compañeros de la noche anterior. Pero no
consiguió encontrarlos en ningún sitio; de manera que volvió pronto a su
habitación, se acostó en seguida, y durmió el sueño de los justos.
A las cuatro de la mañana le despertó la señal acostumbrada. Al bajar a
abrir la puerta, grande fue su asombro cuando descubrió a Macfarlane con su
calesín y dentro del vehículo uno de aquellos horrendos bultos alargados que
tan bien conocía.
—¡Cómo! —exclamó—. ¿Has salido tú solo? ¿Cómo te las has apañado?
Pero Macfarlane le hizo callar bruscamente, pidiéndole que se ocupara
del asunto que tenían entre manos. Después de subir el cuerpo y de depositarlo
sobre la mesa, Macfarlane hizo primero un gesto como de marcharse. Después se
detuvo y pareció dudar.
—Será mejor que le veas la cara—dijo después lentamente, como si le
costara cierto trabajo hablar—. Será mejor—repitió, al ver que Fettes se le
quedaba mirando, lleno de asombro.
—Pero ¿dónde, cómo y cuándo ha llegado a tus manos?—exclamó el otro.
—Mírale la cara—fue la única respuesta.
Fettes titubeó; le asaltaron extrañas dudas. Contempló al joven médico y
después el cuerpo; luego volvió otra vez la vista hacia Macfarlane. Finalmente,
dando un respingo, hizo lo que se le pedía. Casi estaba esperando el
espectáculo que se tropezaron sus ojos pero de todas formas el impacto fue
violento. Ver, inmovilizado por la rigidez de la muerte y desnudo sobre el
basto tejido de arpillera, al hombre del que se había separado dejándolo bien
vestido y con el estómago satisfecho en el umbral de una taberna, despertó,
hasta en el atolondrado Fettes, algunos de los terrores de la conciencia. El
que dos personas que había conocido hubieran terminado sobre las heladas mesas
de disección era un cras tibi que iba repitiéndose por su alma en ecos
sucesivos. Con todo, aquellas eran sólo preocupaciones secundarias. Lo que más
le importaba era Wolfe.
Falto de preparación para enfrentarse con un desafío de tanta
importancia, Fettes no sabía cómo mirar a la cara a su compañero. No se atrevía
a cruzar la vista con él y le faltaban tanto las palabras como la voz con que
pronunciarlas.
Fue Macfarlane mismo quien dio el primer paso. Se acercó tranquilamente
por detrás y puso una mano, con suavidad pero con firmeza, sobre el hombro del
otro.
—Richardson—dijo—puede quedarse con la cabeza.
Richardson era un estudiante que desde tiempo atrás se venía mostrando
muy deseoso de disponer de esa porción del cuerpo humano para sus prácticas de
disección. No recibió ninguna respuesta, y el asesino continuó:
—Hablando de negocios, debes pagarme; tus cuentas tienen que cuadrar,
como es lógico.
Fettes encontró una voz que no era más que una sombra de la suya:
—¡Pagarte! —exclamó—. ¿Pagarte por eso?
—Naturalmente; no tienes más remedio que hacerlo. Desde cualquier punto
de vista que lo consideres—insistió el otro—. Yo no me atrevería a darlo
gratis; ni tú a aceptarlo sin pagar, nos comprometería a los dos. Este es otro
caso como el de Jane Galbraith.
Cuantos más cabos sueltos, más razones para actuar como si todo
estuviera en perfecto orden. ¿Dónde guarda su dinero el viejo K?
—Allí—contestó Fettes con voz ronca, señalando al armario del rincón.
—Entonces, dame la llave—dijo el otro calmosamente, extendiendo la mano.
Después de un momento de vacilación, la suerte quedó decidida.
Macfarlane no pudo suprimir un estremecimiento nervioso, manifestación
insignificante de un inmenso alivio, al sentir la llave entre los dedos. Abrió
el armario, sacó pluma, tinta y el libro diario que descansaban sobre una de
las baldas, y del dinero que había en un cajón tomó la suma adecuada para el
caso.
—Ahora, mira—dijo Macfarlane—; ya se ha hecho el pago, primera prueba de
tu buena fe, primer escalón hacia la seguridad. Pero todavía tienes que
asegurarlo con un segundo paso. Anota el pago en el diario y estarás ya en
condiciones de hacer frente al mismo demonio.
Durante los pocos segundos que siguieron la mente de Fettes fue un
torbellino de ideas; pero al contrastar sus terrores, terminó triunfando el más
inmediato. Cualquier dificultad le pareció casi insignificante comparada con
una confrontación con Macfarlane en aquel momento. Dejó la vela que había
sostenido todo aquel tiempo y con mano segura anotó la fecha, la naturaleza y
el importe de la transacción.
—Y ahora —dijo Macfarlane—, es de justicia que te quedes con el dinero.
Yo he cobrado ya mi parte. Por cierto, cuando un hombre de mundo tiene suerte y
se encuentra en el bolsillo con unos cuantos chelines extra, me da vergüenza
hablar de ello, pero hay
una regla de conducta para esos casos. No hay que dedicarse a invitar,
ni a comprar libros caros para las clases, ni a pagar viejas deudas; hay que
pedir prestado en lugar de prestar.
—Macfarlane —empezó Fettes, con voz todavía un poco ronca—, me he puesto
el nudo alrededor del cuello por complacerte.
—¿Por complacerme? —exclamó Wolfe—. ¡Vamos, vamos! Por lo que a mí se me
alcanza no has hecho más que lo que estabas obligado a hacer en defensa propia.
Supongamos que yo tuviera dificultades, ¿qué sería de tí? Este segundo
accidente sin importancia procede sin duda alguna del primero. Mr. Gray es la
continuación de Miss Galbraith. No es posible empezar y pararse luego. Si
empiezas, tienes que seguir adelante; ésa es la verdad. Los malvados nunca
encuentran descanso.
Una horrible sensación de oscuridad y una clara conciencia de la
perfidia del destino se apoderaron del alma del infeliz estudiante.
—¡Dios mío!—exclamó—. ¿Qué es lo que he hecho? y ¿cuándo puede decirse
que haya empezado todo esto? ¿Qué hay de malo en que a uno lo nombren
asistente? Service quería ese puesto; Service podía haberlo conseguido. ¿Se
encontraría él en la situación en la que yo me encuentro ahora?
—Mi querido amigo —dijo Macfarlane—, ¡qué ingenuidad la tuya! ¿Es que
acaso te ha pasado algo malo? ¿Es que puede pasarte algo malo si tienes la
lengua quieta? ¿Es que todavía no te has enterado de lo que es la vida? Hay dos
categorías de personas: los leones y los corderos. Si eres un cordero
terminarás sobre una de esas mesas como Gray o Jane Galbraith; si eres un león,
seguirás vivo y tendrás un caballo como tengo yo, como lo tiene K; como todas
las personas con inteligencia o con valor. Al principio se titubea. Pero ¡mira
a K! Mi querido amigo, eres inteligente, tienes valor. Yo te aprecio y K
también te aprecia. Has nacido para ir a la cabeza, dirigiendo la cacería; y yo
te aseguro, por mi honor y mi experiencia de la vida, que dentro de tres días
te reirás de estos espantapájaros tanto como un colegial que presencia una
farsa.
Y con esto Macfarlane se despidió y abandonó el callejón con su calesín
para ir a recogerse antes del alba. Fettes se quedó solo con los
remordimientos. Vio los peligros que le amenazaban. Vio, con indecible horror,
el pozo sin fondo de su debilidad, y cómo, de concesión en concesión, había
descendido de árbitro del destino de Macfarlane a cómplice indefenso y a
sueldo. Hubiera dado el mundo entero por haberse mostrado un poco más valiente
en el momento oportuno, pero no se le ocurrió que la valentía estuviera aún a
su alcance. El secreto de Jane Galbraith y la maldita entrada en el libro
diario habían cerrado su boca definitivamente.
Pasaron las horas; los alumnos empezaron a llegar; se fue haciendo
entrega de los miembros del infeliz Gray a unos y otros, y los estudiantes los
recibieron sin hacer el menor comentario. Richardson manifestó su satisfacción
al dársele la cabeza; y, antes de que sonara la hora de la libertad, Fettes
temblaba, exultante, al darse cuenta de lo mucho que había avanzado en el
camino hacia la seguridad. Durante dos días siguió observando, con creciente
alegría, el terrible proceso de enmascaramiento.
Al tercer día Macfarlane reapareció. Había estado enfermo, dijo; pero
compensó el
tiempo perdido con la energía que desplegó dirigiendo a los estudiantes.
Consagró su ayuda y sus consejos a Richardson de manera especial, y el alumno,
animado por los elogios del asistente, trabajó muy deprisa, lleno de
esperanzas, viéndose dueño ya de la medalla a la aplicación.
Antes de que terminara la semana se había cumplido la profecía de
Macfarlane. Fettes había sobrevivido a sus terrores y olvidado su bajeza.
Empezó a adornarse con las plumas de su valor y logró reconstruir la historia
de tal manera que podía rememorar aquellos sucesos con malsano orgullo. A su
cómplice lo veía poco. Se encontraban en las clases, por supuesto; también
recibían juntos las órdenes de Mr. K. A veces, intercambiaban una o dos
palabras en privado y Macfarlane se mostraba de principio a fin particularmente
amable y jovial. Pero estaba claro que evitaba cualquier referencia a su común
secreto; e incluso cuando Fettes susurraba que había decidido unir su suerte a
la de los leones y rechazar la de los corderos, se limitaba a indicarle con una
sonrisa que guardara silencio.
Finalmente se presentó una ocasión para que los dos trabajaran juntos de
nuevo. En la clase de Mr. K volvían a escasear los cadáveres; los alumnos se
mostraban impacientes y una de las aspiraciones del maestro era estar siempre
bien provisto. Al mismo tiempo llegó la noticia de que iba a efectuarse un
entierro en el rústico cementerio de Glencorse. El paso del tiempo ha
modificado muy poco el sitio en cuestión. Estaba situado entonces, como ahora,
en un cruce de caminos, lejos de toda humana habitación y escondido bajo el
follaje de seis cedros. Los balidos de las ovejas en las colinas de los
alrededores; los riachuelos a ambos lados: uno cantando con fuerza entre las
piedras y el otro goteando furtivamente entre remanso y remanso; el rumor del
viento en los viejos castaños florecidos y, una vez a la semana, la voz de la
campana y las viejas melodías del chantre, eran los únicos sonidos que turbaban
el silencio de la iglesia rural. El Resurreccionista—por usar un sinónimo de la
época—no se sentía coartado por ninguno de los aspectos de la piedad
tradicional. Parte integrante de su trabajo era despreciar y profanar los
pergaminos y las trompetas de las antiguas tumbas, los caminos trillados por
pies devotos y afligidos, y las ofrendas e inscripciones que testimonian el
afecto de los que aún siguen vivos. En las zonas rústicas, donde el amor es más
tenaz de lo corriente y donde lazos de sangre o camaradería unen a toda la
sociedad de una parroquia, el ladrón de cadáveres, en lugar de sentirse
repelido por natural respeto agradece la facilidad y ausencia de riesgo con que
puede llevar a cabo su tarea. A cuerpos que habían sido entregados a la tierra,
en gozosa expectación de un despertar bien diferente, les llegaba esa
resurrección apresurada, llena de terrores, a la luz de la linterna, de la pala
y el azadón. Forzado el ataúd y rasgada la mortaja, los melancólicos
restos, vestidos de arpillera, después de dar tumbos durante horas por
caminos apartados, privados incluso de la luz de la luna, eran finalmente
expuestos a las mayores indignidades ante una clase de muchachos boquiabiertos.
De manera semejante a como dos buitres pueden caer en picado sobre un cordero
agonizante, Fettes y Macfarlane iban a abatirse sobre una tumba en aquel
tranquilo lugar de descanso, lleno de verdura. La esposa de un granjero, una
mujer que había vivido sesenta años y había sido conocida por su excelente
mantequilla y bondadosa conversación, había de ser arrancada de su tumba a
medianoche y transportada, desnuda y sin vida, a la lejana ciudad que ella
siempre había honrado poniéndose, para visitarla, sus mejores galas
dominicales; el lugar que le correspondía junto a su familia habría de quedar
vacío hasta el día del Juicio Final; sus miembros inocentes y siempre
venerables habrían de ser
expuestos a la fría curiosidad del disector.
A última hora de la tarde los viajeros se pusieron en camino, bien
envueltos en sus capas y provistos con una botella de formidables dimensiones.
Llovía sin descanso: una lluvia densa y fría que se desplomaba sobre el suelo
con inusitada violencia. De vez en cuando soplaba una ráfaga de viento, pero la
cortina de lluvia acababa con ella. A pesar de la botella, el trayecto hasta
Panicuik, donde pasarían la velada, resultó triste y silencioso. Se detuvieron
antes en un espeso bosquecillo no lejos del cementerio para esconder sus
herramientas; y volvieron a pararse en la posada Fisher's Tryst, para brindar
delante del fuego e intercalar una jarra de cerveza entre los tragos de whisky.
Cuando llegaron al final de su viaje, el calesín fue puesto a cubierto, se dio
de comer al caballo y los jóvenes doctores se acomodaron en un reservado para
disfrutar de la mejor cena y del mejor vino que la casa podía ofrecerles. Las
luces, el fuego, el golpear de la lluvia contra la ventana, el frío y absurdo
trabajo que les esperaba, todo contribuía a hacer más placentera la comida. Con
cada vaso que bebían su cordialidad aumentaba. Muy pronto Macfarlane entregó a
su compañero un montoncito de monedas de oro.
—Un pequeño obsequio—dijo—. Entre amigos estos favores tendrían que
hacerse con tanta facilidad como pasa de mano en mano uno de esos fósforos
largos para encender la pipa.
Fettes se guardó el dinero y aplaudió con gran vigor el sentir de su
colega.
—Eres un verdadero filósofo —exclamó—. Yo no era más que un ignorante
hasta que te conocí. Tú y K... ¡Por Belcebú que entre los dos haréis de mí un
hombre!
—Por supuesto que sí—asintió Macfarlane—. Aunque si he de serte franco,
se necesitaba un hombre para respaldarme el otro día. Hay algunos cobardes de
cuarenta años, muy corpulentos y pendencieros, que se hubieran puesto enfermos
al ver el cadáver; pero tú no.... tú no perdiste la cabeza. Te estuve
observando.
—¿Y por qué tenía que haberla perdido?—presumió Fettes—. No era asunto
mío. Hablar no me hubiera producido más que molestias, mientras que si callaba
podía contar con tu gratitud, ¿no es cierto?—y golpeó el bolsillo con la mano,
haciendo sonar las monedas de oro.
Macfarlane sintió una punzada de alarma ante aquellas desagradables
palabras. Puede que lamentara la eficacia de sus enseñanzas en el
comportamiento de su joven colaborador, pero no tuvo tiempo de intervenir
porque el otro continuó en la misma línea jactanciosa.
—Lo importante es no asustarse. Confieso, aquí, entre nosotros, que no
quiero que me cuelguen, y eso no es más que sentido práctico; pero la
mojigatería, Macfarlane, nací ya despreciándola. El infierno, Dios, el demonio,
el bien y el mal, el pecado, el crimen, y toda esa vieja galería de
curiosidades... quizá sirvan para asustar a los chiquillos, pero los hombres de
mundo como tú y como yo desprecian esas cosas. ¡Brindemos por la memoria de
Gray!
Para entonces se estaba haciendo ya algo tarde. Pidieron que les
trajeran el calesín delante de la puerta con los dos faroles encendidos y una
vez cumplimentada su orden,
pagaron la cuenta y emprendieron la marcha. Explicaron, que iban camino
de Peebles y tomaron aquella dirección hasta perder de vista las últimas casas
del pueblo; luego, apagando los faroles, dieron la vuelta y siguieron un atajo
que les devolvía a Glencorse. No había otro ruido que el de su carruaje y el
incesante y estridente caer de la lluvia. Estaba oscuro como boca de lobo aquí
y allí un portillo blanco o una piedra del mismo color en algún muro les guiaba
por unos momentos; pero casi siempre tenían que avanzar al paso y casi a
tientas mientras atravesaban aquella ruidosa oscuridad en dirección hacia su
solemne y aislado punto de destino. En la zona de bosques tupidos que rodea el
cementerio la oscuridad se hizo total y no tuvieron más solución que volver a
encender uno de los faroles del calesín. De esta manera, bajo los árboles
goteantes y rodeados de grandes sombras que se movían continuamente, llegaron
al escenario de sus impíos trabajos.
Los dos eran expertos en aquel asunto y muy eficaces con la pala; y
cuando apenas llevaban veinte minutos de tarea se vieron recompensados con el
sordo retumbar de sus herramientas sobre la tapa del ataúd. Al mismo tiempo,
Macfarlane, al hacerse daño en la mano con una piedra, la tiró hacia atrás por
encima de su cabeza sin mirar. La tumba, en la que, cavando, habían llegado a
hundirse ya casi hasta los hombros, estaba situada muy cerca del borde del
camposanto; y para que iluminara mejor sus trabajos habían apoyado el farol del
calesín contra un árbol casi en el límite del empinado terraplén que descendía
hasta el arroyo. La casualidad dirigió certeramente aquella piedra. Se oyó en
el acto un estrépito de vidrios rotos; la oscuridad les envolvió; ruidos alternativamente
secos y vibrantes sirvieron para anunciarles la trayectoria del farol terraplén
abajo, y las veces que chocaba con árboles encontrados en su camino. Una piedra
o dos, desplazadas por el farol en su caída, le siguieron dando tumbos hasta el
fondo del vallecillo; y luego el silencio, como la oscuridad, se apoderó de
todo; y por mucho que aguzaron el oído no se oía más que la lluvia, que tan
pronto llevaba el compás del viento como caía sin altibajos sobre millas y
millas de campo abierto.
Como casi estaban terminando ya su aborrecible tarea, juzgaron más
prudente acabarla a oscuras. Desenterraron el ataúd y rompieron la tapa;
introdujeron el cuerpo en el saco, que estaba completamente mojado, y entre los
dos lo transportaron hasta el calesín; uno se montó para sujetar el cadáver y
el otro, llevando al caballo por el bocado fue a tientas junto al muro y entre
los árboles hasta llegar a un camino más ancho cerca de la posada Fisher's
Tryst. Celebraron el débil y difuso resplandor que allí había como si de la luz
del sol se tratara; con su ayuda consiguieron poner el caballo a buen paso y
empezaron a traquetear alegremente camino de la ciudad.
Los dos se habían mojado hasta los huesos durante sus operaciones y
ahora, al saltar el calesín entre los profundos surcos de la senda, el objeto
que sujetaban entre los dos caía con todo su peso primero sobre uno y luego
sobre el otro. A cada repetición del horrible contacto ambos rechazaban
instintivamente el cadáver con más violencia; y aunque los tumbos del vehículo
bastaban para explicar aquellos contactos, su repetición terminó por afectar a
los dos compañeros. Macfarlane hizo un chiste de mal gusto sobre la mujer del
granjero que brotó ya sin fuerza de sus labios y que Fettes dejó pasar en
silencio. Pero su extraña carga seguía chocando a un lado y a otro; tan pronto
la cabeza se recostaba confianzudamente sobre un hombro como un trozo de
empapada arpillera aleteaba gélidamente delante de sus rostros. Fettes empezó a
sentir frío en el alma. Al contemplar el bulto tenía la impresión de que
hubiera aumentado de tamaño. Por todas partes, cerca del camino y también a lo
lejos, los perros de las granjas acompañaban su
paso con trágicos aullidos; y el muchacho se fue convenciendo más y más
de que algún inconcebible milagro había tenido lugar; que en aquel cuerpo
muerto se había producido algún cambio misterioso y que los perros aullaban
debido al miedo que les inspiraba su terrible carga.
—Por el amor de Dios —dijo, haciendo un gran esfuerzo para conseguir
hablar—, por el amor de Dios, ¡encendamos una luz!
Macfarlane, al parecer, se veía afectado por los acontecimientos de
manera muy similar y, aunque no dio respuesta alguna, detuvo al caballo,
entregó las riendas a su compañero, se apeó y procedió a encender el farol que
les quedaba. No habían llegado para entonces más allá del cruce de caminos que
conduce a Auchenclinny. La lluvia seguía cayendo como si fuera a repetirse el
diluvio universal, y no era nada fácil encender fuego en aquel mundo de
oscuridad y de agua. Cuando por fin la vacilante llama azul fue traspasada a la
mecha y empezó a ensancharse y hacerse más luminosa, creando un amplio círculo
de imprecisa claridad alrededor del calesín, los dos jóvenes fueron capaces de
verse el uno al otro y también el objeto que acarreaban. La lluvia había ido amoldando
la arpillera al contorno del cuerpo que cubría, de manera que la cabeza se
distinguía perfectamente del tronco, y los hombros se recortaban con toda
claridad; algo a la vez espectral y humano les obligaba a mantener los ojos
fijos en aquel horrible compañero de viaje.
Durante algún tiempo Macfarlane permaneció inmóvil, sujetando el farol.
Un horror inexpresable envolvía el cuerpo de Fettes como una sábana humedecida,
crispando al mismo tiempo sus lívidas facciones, un miedo que no tenía sentido,
un horror a lo que no podía ser se iba apoderando de su cerebro. Un segundo más
y hubiera hablado. Pero su compañero se le adelantó.
—Esto no es una mujer—dijo Macfarlane con voz que no era más que un
susurro.
—Era una mujer cuando la subimos al calesín—respondió Fettes.
—Sostén el farol—dijo el otro—. Tengo que verle la cara.
Y mientras Fettes mantenía en alto el farol, su compañero desató el saco
y dejó la cabeza al descubierto. La luz iluminó con toda claridad las bien
moldeadas facciones y afeitadas mejillas de un rostro demasiado familiar, que
ambos jóvenes habían contemplado con frecuencia en sus sueños. Un violento
alarido rasgó la noche; ambos a una saltaron del coche; el farol cayó y se
rompió, apagándose; y el caballo, aterrado por toda aquella agitación tan fuera
de lo corriente, se encabritó y salió disparado hacia Edimburgo a todo galope,
llevando consigo, como único ocupante del calesín, el cuerpo de aquel Gray con
el que los estudiantes de anatomía hicieran prácticas de disección meses atrás.
LA SOMBRA DE LA MUERTE (R.HOWARD)
Robert E. Howard
Hace unos diez años, iba yo subiendo por una calle de San Antonio con un
casual amigo mío, John Harker. Ambos éramos jóvenes trabajadores de muy
limitados medios y nos habíamos conocido debido al hecho de que ambos
compartíamos la misma pensión barata.
Era tarde, cerca de la medianoche. Paseábamos hablando, cuando
repentinamente John se detuvo y vi su cara palidecer. Tenía la mirada fija en
una casa al otro lado del calle. Estuvimos un instante examinando el vecindario
y la casa tenía un paseo, dos pisos, y era evidentemente una casa de huéspedes.
Bajo las escaleras una solitaria luz ardía en el vestíbulo pero en lo alto de
las escaleras todo era oscuridad. Evidentemente los inquilinos se habían
retirado ya. Pero John estaba de píe mirando fijamente con horror pintado en su
cara.
–¡Dios mío, Steve! –gritó él– ¡Estoy viendo un espantoso crimen!
–¿Qué? –exclamé.
–¡Te lo estoy diciendo, sí! –gritó– Esa ventana de ahí. Había una luz en
ella cuando volví la cabeza, y en cuanto la volví a girar se apagó. ¡Pero en
ese instante vi una terrible escena! ¡La silueta de un hombre encogido sobre la
cama, totalmente ensangrentado... y sin cabeza!
Grité de horror.
–¡Llama a la policía! –gritó y salió corriendo a través de la calle
hasta el portal de la casa, mientras yo corría por la calle buscando un
policía. Encontré uno al doblar la esquina y lo lleve de vuelta a la carrera.
Hallé a mi amigo empeñado en una acalorada discusión con la dormida casera,
quien intentaba conducirnos de vuelta afuera, pero ante la visión de un policía
desistió.
–¡Te lo estoy diciendo! –gritó John– ¡Un terrible asesinato ha sido
cometido en esa casa! ¡El asesino todavía está en el edificio!
Rápidamente narró lo que había visto y la casera se puso pálida.
–Vamos, miremos en la habitación –dijo el policía y subimos las
escaleras.
John se detuvo frente a la puerta, y dijo:
–Estoy seguro de que esta es la habitación.
–Pero esta habitación no ha sido ocupada desde hace dos meses –dijo la
patrona.
–No importa –dijo el policía–. Abra la puerta.
La casera sacó una llave y abrió la puerta. El policía había
desenfundado la pistola, y todos nos preparamos para alguna terrible visión,
pero la habitación estaba vacía. Allí no había nada, vivo o muerto. Ninguna
mancha se veía en la cama o el suelo. Miramos a John Harker curiosamente.
Estaba completamente perplejo y parecía confundido.
–¡Te lo estoy diciendo! –gritó– ¡Lo he visto tan claramente como os
estoy viendo a vosotros ahora! La ropa de cama estaba plegada como si el hombre
fuese a meterse en la cama. Él estaba sentado en un lado de la cama, su cuerpo
encogido sobre sus rodilas y sus brazos colgando débilmente, exactamente como
si se estuviese sentando en la cama preparándose para desvestirse cuando le
llegó la muerte. Y lo que te estoy diciendo. Su cabeza había sido cortada.
– Está viendo visiones, joven –dijo el policía–. Demasiado licor.
Delirium Tremens. ¡Váyase de aquí o lo encierro!
No había nada que hacer por lo que nos fuimos, seguidos por la ácida
mirada de la disgustada casera. En la calle, John maldecía desconcertado:
–¡Debo estar volviendome loco! ¡Lo he visto tan claramente como el día!
Se había quitado la chaqueta, porque estaba en mangas de camisa. Yo diría que
llevaba una camisa a rayas y unos pantalones azules. El más horrible
sentimiento acudió a mí conforme lo miraba. Oh, bien, creo que fue solo una
alucinación.
Poco después de esto, Harker dejó la pensión donde yo estaba y perdí su
pista. Algunos meses más tarde me encontré con él accidentalmente y bromeamos
sobre su «asesinato» otra vez.
–A propósito –dijo él–. Estoy hospedado en esa casa ahora, en la misma
habitación donde vi o creí ver aquella visión.
Conforme lo decía un repentino y espantoso estremecimiento me golpeó,
pero no dije nada.
Entonces el extraño suceso ocurrió. Me encontré a mi mismo caminando a
lo largo de aquella misma calle una noche, y conforme llegaba repentinamente
recordé que en una noche idéntica, exactamente hace un año, Harker y yo
habíamos tenido aquella misma experiencia. Eché un vistazo a mi reloj y vi que
la hora era la misma, casi al minuto. Yo estaba junto a la casa y miré
involuntariamente a través de la calle. Me detuve bruscamente. Había una luz en
una ventana pero conforme miré se apagó. Pero tuve la deslumbrante impresión de
una silueta amontonada extrañamente al borde de la cama, y me pareció que era
horriblemente roja.
Yo dudé. ¿Era una alucinación? ¿Debía ir? Di un solo paso y tomé una
decisión. Corrí por la calle y llamé a la puerta. La misma somnolienta y
disgustada casera contestó a mi llamada y me pregunto por mis motivos. Le dije
que simplemente deseaba ver a mi amigo, John Harker, y me llevó escaleras
arriba, de mala gana, para mostrarme su habitación.
Llamé, con un temor helado en mi corazón, pero no hubo respuesta. Empujé
la puerta abierta y encendí la luz. La casera gritó y se desmayó. Yo caí contra
la pared y la habitación flotó ante mis ojos. La ropa de cama sobre el lecho
solitario estaba vuelta del revés, y allí boca abajo con su pecho caído sobre
sus rodillas estaba sentado, o más bien yacía, el cuerpo de John Harker.
Aturdido vi la camisa a rayas y los pantalones azules horriblemente empapados
de sangre y el lívido rojo muñón de su cuello. En medio del
piso yacía la cabeza de John Harker, los muertos ojos con la mirada
fija, los muertos labios torcidos en una espantosa mueca de agonía. Una ventana
abierta en la azotea mostraba como el asesino había entrado y salido.
Y el asesino no llegó muy lejos. Pronto fue capturado un maníaco que
había escapado del gran sanatorio que había en la ciudad. Cuando le capturaron
contó en sus delirios como había entrado por la azotea y visto a su víctima
sentarse en el borde de la cama, preparándose para desvestirse. Contó como se
había deslizado a través de la ventana abierta y había decapitado al joven con
un único golpe de un gran cuchillo de carne que había obtenido de alguna
manera. La muerte había llegado tan repentinamente que la víctima no había
tenido tiempo de revolverse. Su cabeza voló de sus hombros, su cuerpo se
desplomó sobre sus rodillas y los brazos le colgaban inertes. En ese momento yo
había mirado casualmente a la ventana iluminada justo un instante después de
que el maníaco apagase la luz y huyese.
Bien, como dice el refrán «Los acontecimientos futuros proyectan sus
sombras en el pasado» el pobre Harker no pensó que cuando vio aquella escena un
año antes, estaba viendo la sombra de su propia muerte.
Fue una espantosa experiencia y algo que me siento incapaz de explicar.
Pero incluso ahora la visión de una iluminada ventana tarde en la noche me hace
estremecer y no me atrevo a mirar, por temor a lo que pudiese ver.
EL DEMONIO DE LA ANTARTIDA (C.SIDONCHA)
Carlos Sáiz Cidoncha
En Biblioteca Universal de Misterio y Terror 28, Ediciones UVE S. A.,
1981.
Desde los tiempos más remotos, desde mucho antes de comenzar a
escribirse la historia, el hombre temió a los hielos.
Los hielos que, una y otra vez en el transcurso de las eras, se alzaron
desde sus refugios boreal y austral para lanzarse a la conquista del mundo,
arrasando con cuanta vida orgánica hallaron a su paso, sin exceptuar la del
mismo hombre, el titulado rey de la creación. Fueron los períodos glaciales,
las grandes catástrofes heladas.
Aún hoy se dice que nuestra técnica y nuestra ciencia, que han comenzado
a dominar el espacio sideral, se verían impotentes ante una nueva arremetida de
los hielos, que frente a la amenaza polar aún seríamos semejantes a los pobres
hombres de las cavernas, perseguidos y casi exterminados por el desastre
blanco.
¿Cómo comenzaron aquellas fabulosas mareas de hielo, y cómo podrían
volver a comenzar? Los científicos sostienen varias teorías, en ocasiones
contrapuestas, pero siempre coincidentes en señalar orígenes naturales del
fenómeno. Manchas solares, irrupción de nuestro planeta en zonas nebulares de
la Galaxia, agotamiento del anhídrido carbónico en la atmósfera...
Pero quizá pueda buscarse en una nueva dirección. Quizá pueda rastrearse
un origen artificial a los movimientos de los hielos. Pues no toda la vida es
como nosotros la conocemos, y la catástrofe que borre del mundo una clase de
ella, bien podría dar nacimiento a otra distinta... a otra cuyo germen exista
ya en algún lugar de las tundras
polares.
No diré que esa es mi teoría, puesto que incluso sabiendo lo que hoy sé,
de ningún modo puedo estar seguro, o quizá tema estarlo. Pero sí puedo decir
que los hielos eternos conservan horrores de los que nuestra ciencia no puede
tener ni idea, y que quizás un nuevo avance de los hielos pueda ser provocado
por una voluntad fuera de nuestra comprensión, dando la Tierra en herencia a
estirpes totalmente ajenas a la nuestra. Rezo por que así no sea.
Comenzó todo durante la Quinta Expedición Internacional de la Antártida,
de la que yo formé parte por el Instituto Superior de Geología de Atlanta.
Teníamos grandes esperanzas de hallar yacimientos de minerales útiles en las
estribaciones orientales de las Montañas de la Reina Maud, e incluso bolsas de
petróleo marino en las heladas costas antárticas, que podrían paliar o aún
saciar el hambre de energía que sufre nuestro mundo tecnológico. Quien haya
seguido nuestros avatares en la prensa sabrá ya que no encontramos nada de lo
que buscábamos, y que sufrimos además algunas bajas debido a lo que se denominó
fenómenos naturales. Esto último no fue exactamente así.
No sé como se me ocurrió entrar en amistad con el profesor Gerard
Bernstein. Éramos, desde luego, compatriotas y también colegas, puesto que
representaba a la Universidad del Medio Oeste, donde tenía las cátedras de
geología y arqueología, pero desde el primer momento el profesor había
destacado por su carácter aparentemente huraño, y los primeros días de
navegación se mantuvo casi aislado.
Quizá me atrajo de él su aspecto de nobleza, incluso de bondad, que
podía advertirse tras su superficial retraimiento. Me pregunté si el
aislamiento que parecía buscar se debería más bien a timidez que a otra cosa, y
procuré acercarme a él. Me recibió bien, tal como había imaginado, y pronto
entablamos amistad. Nuestras conversaciones versaban en gran parte,
naturalmente, sobre lo que esperábamos hallar en las montañas antárticas,
dentro de nuestro campo, y los conocimientos en geología de mi interlocutor llegaron
a asombrarme. Por mi medio el profesor Bernstein llegó a romper su inicial
aislamiento, y aún a mezclarse en las tertulias que organizábamos los
componentes anglófonos de la expedición. Sin embargo nunca fue demasiado locuaz
en tales reuniones, limitándose en general a escuchar.
Estábamos ya relativamente cercanos a nuestro objetivo cuando, mientras
varios de nosotros contemplábamos desde cubierta un soberbio iceberg flotante,
el sismólogo escocés MacCullock me informó de algo que yo no sabía sobre la
personalidad de mi amigo.
–Conozco desde hace tiempo al rector de su universidad –dijo– y puedo
decirte que allí están todos un poco asustados con él. Se trata de una
verdadera eminencia en geología, desde luego, de otra forma no estaría aquí con
nosotros. Pero tiene algunas ideas raras. –¿Ideas raras? –inquirí.
–Parece ser que se dedica a una extraña forma de ocultismo, y que
sostiene teorías especialmente chocantes sobre temas como el del origen del
hombre y el desarrollo de la vida en el mundo. En cierta ocasión hubieron de
llamarle previamente la atención en lo referente a su cátedra de arqueología,
por estar difundiendo entre los estudiantes algunas de esas teorías
excéntricas.
–¿Excéntricas en qué sentido? –pregunté de nuevo.
–Lo ignoro. El caso es que prometió enmendarse, y ciertamente cumplió su
promesa.
Pero privadamente no hay duda que mantiene las mismas convicciones.
La conversación se desvió luego por otros derroteros, pero aquel me dejó
intrigado. En mi vida profesional había tenido acceso a toda clase de teorías
arqueológicas, algunas de ellas totalmente absurdas y, aunque ello se saliera
algo de mi propio campo, había disfrutado estudiándolas, comparándolas y
estimando lo que en ellas pudiera haber de
verdad.
Juzgué que mi amistad con Bernstein justificaba entrar con él en materia
sobre el particular, de modo que en mi siguiente conversación con él procuré
irle llevando hacia el tema.
Como toda persona que tiene una afición o forma de pensar oculta, pero
querida, no desaprovechó la ocasión de exponerla. Así pues, a una ligera
insinuación de mi parte, entró de lleno y por propia voluntad en el campo que
me interesaba.
–Te diré, Anthony –confesó con los ojos ligeramente más brillantes que
de costumbre–. Podremos encontrar muchas cosas interesantes en el ámbito
geológico, allá donde vamos. Pero mi personal interés, lo que verdaderamente me
ha traído a esta expedición, entra más en el campo de la arqueología.
Me esperaba algo semejante, pero fingí un ligero asombro.
–¿Arqueología? ¿En la Antártida?
–Precisamente –respondió–. ¿No oíste hablar del informe de la expedición
Daley, en 1930?
Sí, había oído hablar del informe, y lo había estudiado personalmente,
pero no me había convencido demasiado.
–Tengo entendido que hablaban de unas antiguas ruinas, en los picos
montañosos al sur de la tierra de la Reina Mary. Pero quienes dijeron haberlas
visto regresaron en un estado psicológico lamentable, casi enloquecidos por la
serie de desastres que casi aniquilaron la expedición. Su testimonio no merece
mucho crédito.
–Esas ruinas debían estar situadas muy cerca de los lugares que
visitaremos –dijo Bernstein–. Lamentablemente los terremotos que siguieron a la
erupción del Erebus en 1942 borraron toda muestra de lo que pudiera haber allí
bajo toneladas de rocas e hielo. –Pero de todas formas es muy probable que
tales ruinas existieran en realidad. Los expedicionarios supervivientes hablan
de una verdadera ciudad subterránea, y no tenemos noticia de ninguna gran
civilización humana en las cercanías.
Bernstein se me quedó mirando fijamente, como estudiando si debía
hablarme o no.
–No humana –dijo por fin.
Guardé silencio. Comprendí que mi amigo había juzgado que podía hacerme
aquellas revelaciones que a otros ocultaba. Fijé mi vista en sus ojos, y él me
devolvió la mirada, mientras sonreía lentamente.
–No se publicó todo lo que los expedicionarios de 1930 revelaron
–continuó el profesor–. Quizá se pensó que resultaba demasiado fantástico para
incluirlo en un informe oficial. Pero todos ellos estaban de acuerdo en que la
raza que edificó aquellas estructuras no era humana.
Tragué saliva.
–¿Quieres decir...? –empecé–. ¿Quieres decir... algo procedente del
espacio? –Posiblemente –respondió él–. La fantasía humana ha pensado siempre de
modo antropocéntrico. Hemos creído que si alguna forma de vida habitaba otros
mundos, debería ser semejante a la nuestra. Hemos pensado en naves
interplanetarias, en ejércitos de seres extraños provistos de armas mortíferas,
en reinos o imperios tiránicos...
Se inclinó hacia mí, excitado.
–Pero puede que lo que more más allá de nuestra atmósfera sea totalmente
extraño e incomprensible, absurdo para nuestra forma de pensar. Entidades
ajenas a nuestra materia y a nuestra energía, seres semejantes a dioses o a
fantasmas diabólicos. Existe un libro...
Se interrumpió, como si temiera haber dicho demasiado. Pero aquellas
palabras habían despertado una luz en mi mente.
–¿Hablas del Necronomicón? –le pregunté.
Retrocedió él ante el temido nombre, mientras que su rostro indicaba la
sorpresa.
–¿Lo conoces? ¿Es posible que lo conozcas? –casi gritó–. Creía que tan
sólo unas
cuantas personas en el mundo...
Sonreí ante su reacción.
–Pues tienes ante ti a una de esas personas –dije–. Pude consultar en
cierta ocasión los fragmentos que se conservan en la Biblioteca Harrison, de
Boston, y me interesaron tanto que viajé a Providence para intentar estudiar el
ejemplar completo que tienen en el Museo, junto con la traducción parcial de
Barnabás Percival. Me costó trabajo, pero conseguí tener acceso a ellos.
–¿Sí? –preguntó Bernstein–. ¿Y qué impresión sacaste de ese volumen?
Vacilé. No pude decidirme a expresar la sensación de desolado horror que
me atenazó al internarme en aquellas páginas prohibidas.
–Me considero un científico –dije–. Lo que pude entender del libro me
pareció increíble, pero estoy dispuesto a aceptarlo si alguien me aporta
pruebas de su veracidad. Los ojos del profesor brillaron.
–¡Pruebas! –casi gritó–. Quizá dentro de muy poco pueda proporcionarte
las pruebas que pides. Anthony, en esta expedición podemos hacer
descubrimientos que harán olvidar cualquier posible hallazgo geológico, aun en
el caso que encontráramos minas de metales preciosos o yacimientos petrolíferos
capaces de enriquecer a todas las naciones de la Tierra. Pero deberemos hacer
acopio de valor... de mucho valor...
Hizo una pausa y luego su voz descendió hasta convertirse en algo apenas
por encima de un susurro.
–Yo también pensé que el Necronomicón era un mero ciclo legendario, sin
relación ninguna con la realidad. Pero dudé y, como tú acabas de decir, también
intenté buscar pruebas.
»Viajé a Egipto, y practiqué excavaciones en los alrededores de la vieja
Menfis. Buceé en el pasado de aquel país milenario, buscando los orígenes de su
cultura, el comienzo de la más vieja de las civilizaciones humanas. Más allá de
los primeros faraones, más allá del mítico Menes, que unificara el Alto y el
Bajo Egipto, fundando la primera de las dinastías...
»Y llegué hasta una sombra de terror total. Algo innombrable,
terrorífico, el principio de todos los horrores del Libro de los Muertos, el
progenitor de los panteones monstruosos de dioses semejantes a bestias...
Nyarlathothep, el Caos Reptante.
–Nyarlathothep –repetí el nombre temible–. El Mensajero Sin Rostro que
menciona el Necronomicón...
–Tuve miedo por unos días, temor a que mis trabajos de investigación
pudieran llegar a resultados que mi razón fuera incapaz de soportar. La sombra
estaba allí, había estado allí en tiempos remotos, conviviendo con los hombres
del período predinástico. Y luego se había desvanecido de alguna forma, había
sido apartado, encadenado quizá, muerto hasta el punto que esas entidades
pueden morir.
»Y entonces alguien entró en contacto conmigo. Un viejo egipcio que se
decía descendiente puro de la Antigua Raza, la que construyó las pirámides.
Alguien que sabía cosas, y que investigaba en el mismo campo que a mí me
interesaba. Me habló de las cuevas del desierto del Sinaí, y de lo que se podía
encontrar en ellas.
»La zona estaba en manos de Israel por aquel entonces, y me costó mucho
trabajo lograr permiso para explorarla. El egipcio no pudo acompañarme por esa
circunstancia, aunque me proporcionó la situación, contra la promesa de
compartir con él el conocimiento que hallara.
»Desenterré una colección entera de tablillas de piedra grabadas. Se
trataba de la
edición más antigua del Necronomicón, mejor dicho de una copia del
genuino Al Azif de Abdul Alhazred, grabado por una secta de eremitas adoradores
del diablo mucho antes que Philetas lo tradujera al griego y le diera el nombre
por el que hoy es conocido y temido.
»No pude extraerlo completo, pues un mes después de hacer los primeros
hallazgos estallaba la guerra del Yom Kippur entre Egipto e Israel, y la región
se convirtió en un Infierno del que debí huir a toda prisa. Pero había
conseguido, entre otros fragmentos, ese capítulo entero que en la traducción
griega se denomina Libro de las Invocaciones. Y al cotejarlo con la versión que
ya poseía, encontré algo extraño.
Rápidamente, casi con movimientos espasmódicos, Bernstein buscó en una
de sus maletas, situada en el fondo del armario de su camarote. Extrajo una
serie de papeles que puso ante mí.
–Escucha esto, Anthony. Es un fragmento que está ausente de todas las
traducciones posteriores, como si algo o alguien lo hubiera borrado de allí:
»Iä, Yikkanthrog, Fuego Helado del Sur, el Mutador de Cuerpos y
Cambiador de Almas. Tú que moras en los Círculos Últimos de Mediodía, y te
reflejas en los Hielos Eternos. Padre de la Luz, Patriarca del Espanto,
responde a nuestra invocación, muéstrate para terror de los hombres, Tú, el
Inmutable. »¡Asss-shaggai-thuss-asshaggai! ¡Shattaggai-rrmmm-shaggai!
»¡Iä, Yikkanthrog!
»¡Aaarh! ¡Asjtonei –ssizz– asshaggai!
»¡Iä, Yikkanthrog!
Me estremecí violentamente. Las últimas palabras, gritadas por mi amigo,
habían retumbado en el estrecho camarote con una fuerza que parecía totalmente
independiente de la voz que las pronunciara. Hubiera jurado que aquellos
sonidos incomprensibles no habían podido tener su origen en una garganta
humana.
–Me enseñaron a pronunciar la invocación final –rió el profesor, con una
inquietante risa sin alegría–. Y conseguí aprender otras cosas también... sobre
Yikkanthrog. –Yikkanthrog... –modulé con cuidado–. Esa divinidad no figura en
el Necronomicón, al menos en las versiones que conozco. ¿No es posible que sea
un añadido, una aportación de los que grabaron esas tablillas?
–¡No! –desechó Bernstein, seguro de sí mismo–. No se trata de una
aportación, sino de una ocultación. Philetas no se atrevió a traducir lo
referente a esta entidad. Quizás el mismo Abdul Alhazred censuró su obra,
aunque después que los eremitas del Sinaí la grabaran en su versión íntegra.
–¿Pero por qué esa censura? –inquirí–. Todas las entidades divinas del
Necronomicón son terroríficas, incluso más allá de la comprensión humana. ¿Por
qué ocultar esa, y no las otras?
Bernstein fijó sus ojos en los míos, y casi me espantó con su mirada.
Presentí que se acercaba una nueva revelación.
–Creo saberlo –me dijo–. Recuerda lo que dice el libro de Alhazred sobre
el Gran Combate. Como los Dioses Arquetípicos, los incomprensibles soberanos
del Universo, abatieron el orgullo y la maldad de los Primordiales, de los
Grandes Antiguos que infestaban la Tierra antes del nacimiento de la raza
humana. Todos fueron vencidos, y aprisionados en distintas mazmorras cósmicas,
Azathoth, el principal de todos ellos, hundido en el Caos Central, quizás en el
núcleo de nuestra Galaxia. Hastur, el Inefable, proscripto a los mundos
irracionales de las Híades. Shub-Niggurath, la Cabra Negra de los Bosques,
sepultada en el corazón de la luna montaña, allá en la tierra de Leng. Cthulhu,
dormido en las profundidades de los océanos. Nyarlathothep... Nyarlathothep...
Hizo una pausa atemorizado.
–Nyarlathothep fue el que más tiempo sobrevivió en libertad, hasta el
punto de convivir con la humanidad, y aterrorizar a nuestros ancestros. Pero
finalmente fue también sometido, y mil mitos narran su derrota. No me atrevía a
seguir sus huellas hasta el fin, pero temo que si alguien excavara
profundamente en los cimientos de la pirámide escalonada de Sakkara saldrían a
la luz... cosas que mejor estarían ocultas.
»Todos los Grandes Antiguos están encadenados. Sus servidores aún
mantienen poderes emanantes de su esencia, algunos de sus principales acólitos
pueden ser invocados en determinadas épocas señaladas por ciertas
configuraciones astrales, incluso se dice que los propios dioses pueden hacerse
presentes, en persona o emanación, aunque por muy escaso tiempo. Pero están
encadenados, en espera del lejano día en que su reino vuelva sobre nuestro
mundo, si es que tal fecha llega. Todos están encadenados... Hizo una pausa y
su voz descendió, temerosa.
–... excepto Yikkanthrog.
Sentí un escalofrío recorrerme toda la espina dorsal.
–¡Eso, eso es lo que espantó al propio Alhazred, el Azul, el árabe loco
del Yemen! Yikkanthrog sobrevivió al acoso de los Arquetípicos, y vive sobre
nuestro mundo con todo su poder intacto. Vive, permanece... y yo sé donde
encontrarlo.
Retrocedí inconteniblemente. Una extraña luz parecía emanar del rostro
de mi amigo. –Estudié a fondo los informes de la expedición Daley –continuó–.
En especial lo que decían acerca de los bajorrelieves de aquella ciudad
antártica sin nombre. De cómo sus habitantes prehumanos temían a algo situado
en las grandes montañas del Sur de donde se hallaban, de cómo ni siquiera se
atrevían a expresar en dibujos aquella amenaza y sus efectos.... ¡ellos, que
habían combatido victoriosamente con la misma progenie de Cthulhu!
»Está allí. En algún lugar en las estribaciones de la Cordillera de la
Reina Maud, precisamente hacia donde nos dirigimos. Quizás hiberna, como una
criatura polar, pero permanece alerta, libre, inconcebiblemente poderoso. ¡Los
mismos Arquetípicos fueron impotentes contra él! Y yo puedo hallarle, puedo
enfrentarme con un dios... –¡Enfrentarte con... con eso! –protesté.
En aquel momento creía por entero todas las revelaciones del profesor, y
ello me espantaba más allá de lo imaginable.
–Es la oportunidad suprema –murmuró–. Ver una criatura de naturaleza
divina, descubrir los secretos de las épocas primigenias... el origen del
Universo, quizá. Conozco métodos para rastrearle, para descubrir su guarida o
su mansión helada. Y creo saber cómo comunicarme con el Ser. Es la culminación
de toda una vida de investigaciones... el éxito de mis teorías.
De nuevo clavó sus ojos en mí, y una vez más la intensidad de su mirada
me aterró. –¿Te unirás a mí? –preguntó suavemente–. ¿Serás mi compañero en esta
gran aventura? Toda su anterior reserva temerosa parecía haber desaparecido.
Ahora aparecía ávido, excitado.
Y parte de su avidez y excitación parecieron transmitirse a mi mente,
luchando con el terror que su invitación me causaba. ¡Era cierto! ¡Podía, si
las teorías de mi amigo eran ciertas, y los antiguos libros terribles no
mentían, lograr el sueño de generaciones de hombres, enfrentarme con un dios!
¡Cruzar el umbral prohibido y atisbar en los espacios abiertos más allá!
–No lo sé... –vacilé aún–. No lo sé... Quizá...
Dos días después avizoramos las heladas costas de la Tierra del Rey
Eduardo. Los científicos de la base permanente de Pequeña América enviaron un
helicóptero para darnos la bienvenida, y el ajetreo del desembarco dominó todas
nuestras actividades. Fueron días de trabajo, de compañerismo y de alegría.
Casi llegué a olvidar las
lucubraciones del profesor Bernstein, e incluso a dudar de su veracidad,
cosa que en el momento había distado mucho de hacer. Pues las máquinas rugían,
las sirenas aullaban, y los helicópteros surcaban el cielo antártico, dominando
los hielos. Todo pensamiento de entidades sobrenaturales y de misterios ocultos
semejaba muy lejano, e incluso absurdo.
Pensé sin embargo, por unos momentos en la expedición Daley de 1930,
pero fue para compararla con la nuestra. ¡Cuánto se había progresado desde
entonces! Ya no eran precisos los trineos tirados por perros, de tan bella
estampa. Gigantescos helicópteros Kamov fueron desembarcados y dispuestos, y en
el día siguiente nos llevaron sobre las heladas extensiones iluminadas por el
Sol semestral hasta aterrizar con nosotros en la que habría de ser nuestra base
permanente. Los desplazamientos menores se harían en tractores oruga
climatizados, o en rápidos trineos de hélice.
Pude ver los titánicos contrafuertes de la Cordillera de la Reina Maud,
la cadena montañosa que Bernstein me describiera como morada de horrores más
antiguos que la humanidad. Nada parecía indicarlo, las laderas cubiertas de
carámbanos centelleaban cuando los rayos solares rompían las capas de nubes, y
el formidable Pico Nansen, de cuatro mil metros de altura, parecía un gigante
benévolo entre las blancas formaciones nubosas.
No tardaron en retumbar las laderas con el trueno de los explosivos, al
iniciarse nuestra búsqueda de minerales. Provocábamos avalanchas artificiales
de roca e hielo, y estudiábamos en nuestros sismógrafos hasta el menor de los
latidos de la naturaleza golpeada. Escalábamos los abruptos peñascales
cubiertos de nieve perpetua para perforar su estructura con nuestros taladros.
Trabajábamos e investigábamos sin pausa ni descanso.
El mismo profesor Gerard Bernstein parecía enteramente dedicado a la
labor geológica. No volvió a hablarme en aquellos días activos de sus otras
investigaciones cuyo relato tanto me había impresionado allá en su camarote,
cuando aún navegábamos en pleno Mar de Ross. Sin embargo, de vez en cuando
nuestras miradas se encontraban, y podía notar un atisbo de la anterior
energía, un leve choque que recordaba la existencia de un secreto entre
nosotros. Pero nada más.
Creo que llegué a pensar que Bernstein había renunciado a su fantástica
idea y ello llegó incluso a producirme un vago sentimiento de decepción.
Pero un día, casi por sorpresa, Bernstein se aproximó a mí con una rara
sonrisa en los labios. Al instante tuve la premonición de lo que iba a decirme,
incluso antes que sus labios se abrieran.
–Todo está dispuesto –su acento era triunfal–. ¿Vienes conmigo? Tomamos
uno de los veloces trineos de hélice, justificando el viaje como de exploración
geológica de unas formaciones que dijimos haber descubierto hacia el Sur. De
todas formas llevábamos muchos días de trabajo y los reglamentos se habían
relajado un tanto.
Nos deslizamos a tremenda velocidad sobre la helada llanura. Obscuras
nubes comenzaban a cubrir el cielo, y el Sol antártico estaba ya bajo, cercano
al horizonte, preludiando la larga noche polar que caería un mes después.
Bernstein se negó a anticiparme nada. Tan sólo sonreía, y consultaba en
ocasiones el compás giroscópico (en aquellas regiones la brújula magnética es
inoperante) y un tosco mapa hecho por él mismo.
Contorneamos a mucha distancia el Pico Nansen, para internarnos luego en
territorios no explorados por nuestra expedición, y posiblemente tampoco por
otra alguna. Dormimos una noche, noche desde luego con inmutable luz solar, en
el cálido interior del vehículo. Al segundo día alcanzamos nuestro objetivo.
Allí, algo separado del resto de la cordillera, se alzaba una montaña de
geometría extrañamente regular. Un coloso cubierto de hielo, que al instante me
inspiró un incomprensible aborrecimiento. Creí ver una leve corona luminosa en
torno a su cima, como si la electricidad estática anidara allí, quizá presta a
descargarse súbitamente contra quien se atreviera a hollar el monte.
Bernstein había detenido el motor del trineo y cuando salimos de él un
fabuloso silencio nos acogió. Me pareció hallarme a millones de kilómetros de
toda presencia humana, en un mundo hostil tal como debió ser en los primeros
días de la creación, cuando la vida aún no existía.
¿O cuando existía una vida diferente?
–Aquí está –habló quedamente mi amigo–. Debe de haber una ruta de acceso
por esta parte.
Avanzamos hasta la ladera más próxima. Cada paso me costaba un gran
esfuerzo, como si algo dentro de mí se opusiera a aquella aproximación, como si
algún sentido oculto luchara por advertirme que marchaba hacia la perdición.
Pero el profesor no parecía ser afectado por ningún fenómeno similar.
Por el contrario, creí advertir en su paso y en la misma forma de su cuerpo una
terrible avidez, un ansia como la del drogadicto que se acerca a un depósito de
su estupefaciente, o quizá la del amante que ronda a su amada. Aquella idea
aumentó mi intranquilidad.
–¡Mira! –exclamó–. ¡Estaba seguro!
Pude ver allí, en los comienzos de la ladera, algo que me asombró
profundamente. Lo que parecía ser la boca de una caverna había sido cubierta
por una capa de hielo transparente, casi como un cristal cubriendo una ventana.
A través de aquel vidrio helado podía verse perfectamente la negrura de la
roca, y los comienzos de aquel conducto semejante a un túnel, que parecía
hundirse en las profundidades de la Tierra. Bernstein había traído consigo uno
de nuestros poderosos taladros neumáticos. Lo puso en funcionamiento contra la
capa de hielo, y el atroz golpeteo atronó como una blasfemia en el majestuoso
silencio polar. El hielo saltó en mil menudos fragmentos, haciendo nacer por un
instante todos los colores del arco iris a nuestro alrededor. ¿Qué fue lo que brotó
de aquella aborrecible abertura? Ciertamente nada tangible, ni visible, ni
detectable para cualquiera de nuestros sentidos normales. Pero de pronto me
encontré de rodillas sobre el hielo y la nieve, presa del más espantoso de los
horrores, temblando como una criatura, con los ojos herméticamente cerrados.
Fue un espantoso instante, tan sólo. Luego me rehice hasta el punto de
abrir los ojos e incluso fijarlos en la negra boca que se abría ante nosotros.
Pero comprendí que de ninguna forma podría entrar allí.
Bernstein también debía haber sentido aquella sensación antinatural,
aunque no cayó a
tierra, más fuerte sin duda que yo. Simplemente vi sus labios apretados,
y sus manos
que oprimían con furia el taladro, bajo sus gruesos guantes contra el
frío. Me miró con
una extraña expresión.
–¿Y bien? –preguntó.
Meneé lentamente la cabeza.
–Yo no entraré –dije.
Bernstein me tocó el hombro con su mano derecha.
–¿Te vas a echar atrás ahora?
–Sí.
No me insultó, ni se burló de mí. También él había sufrido el choque, y
era capaz de comprenderme, bien que su propia ansia superaba en su caso todo
temor o prevención. Pero él también debió luchar contra el aviso de sus
instintos. Vi cómo sus dientes se ponían al descubierto en una mueca de
ferocidad, como un animal salvaje que responde
a un desafío.
–Muy bien –murmuró–. Entraré yo sólo. Espérame aquí.
No penetró inmediatamente en la caverna, sino que fue hasta el trineo y
regresó con una poderosa lámpara autónoma, que ciertamente le haría falta en
aquellas profundidades en las que pretendía entrar. Me dirigió una última
mirada interrogativa, sin palabras, y yo sentí el primer embate de la
vergüenza, pero no pude decidirme a seguirle. Se encogió de hombros y penetró
en el obscuro túnel. Durante unos instantes pude ver aún la luz de su lámpara,
haciéndose más y más lejana y tenue. Luego la caverna fue de nuevo negra.
También fuera de ella la luz iba decreciendo, al amontonarse las formaciones
nubosas. ¿Se avecinaba una tormenta? Quise desechar la idea que la tempestad
que amenazaba tuviera alguna relación con lo que nosotros estábamos haciendo.
Absurdo, naturalmente, aunque... ¿no había mi amigo hablado de un dios?
No puedo recordar ahora lo que ocurrió dentro de mí. De pronto me vi
sumergido en un nuevo temor, no por mí en esta ocasión, sino por mi compañero y
amigo, a quien por cobardía había dejado internarse solo en aquellas
profundidades desconocidas y amenazadoras. La caverna aún me inspiraba miedo,
pero comprendí que no podía abstenerme de desafiarla, que no podría llamarme a
mí mismo hombre si no me reunía con el profesor, para encarar los dos juntos
cualquier cosa que allí dentro hubiera. Así pues, tomada la decisión, me hice
con una linterna eléctrica de gran tamaño y, sin pararme a pensarlo, me
introduje en el maligno orificio de la montaña.
El túnel se hundía bajo tierra en una suave pendiente. La luz de la
linterna iluminaba sus lisas paredes que tenían un aspecto artificial
siniestramente revelador. No quise pensar en los seres que, en tiempos remotos,
pudieran haber construido aquel acceso al interior de la montaña. Pues en una
de nuestras conversaciones, Bernstein me había dicho que las entidades
sobrenaturales llegadas del espacio solían tener servidores, y no era posible
imaginar la forma y esencia que dichos sirvientes presentarían a los ojos de
los hombres.
Avanzaba lo más rápidamente que podía, intentando alcanzar a mi amigo.
En un par de ocasiones me atreví a apagar la linterna, buscando ver el fulgor
de su lámpara en la lejanía, pero no me atreví a seguir aquella práctica, pues
me resultaba insoportable el pensamiento que quizá no lograra luego encenderla
de nuevo, y quedaría perdido en la obscuridad.
Finalmente, aún con la linterna encendida, veía allí adelante y abajo,
un leve brillo que me pareció procedente de la lámpara que había llevado mi
amigo. Apreté aún más el paso, y cuando llegué lo suficientemente cerca,
incluso abrí la boca para llamarle.
Pero la llamada se quedó helada en mis labios, pues en aquel mismo
momento le oí a él. Salmodiaba las mismas palabras ininteligibles que le había
oído en el camarote del buque, la invocación al Dios Helado, y si en aquella
ocasión sus sonidos me habían ya sobresaltado, no puedo describir la impresión
que ahora me causó, encerrado en aquel estrecho túnel dotado de por sí de un
perverso efluvio que erizaba todos los nervios de mi cuerpo. Las palabras
arcaicas e incomprensibles y, más aún, la resonancia de las mismas en mil ecos
blasfemos, tuvieron la virtud de dejarme mudo e inmóvil, paralizado en medio
del túnel, con la linterna desesperadamente apretada en mi mano como en
protección contra algún inimaginable asalto.
«¡Asss-shaggai-thuss-asshaggai! ¡Shattaggai-rrmmm-shaggai!
»¡Iä, Yikkanthrog!
»¡Aaarh! ¡Asjtonei-ssizz-asshaggai!
»¡Iä, Yikkanthrog!»
Hubo una leve pausa... y luego mi amigo gritó. No fue ningún alarido
terrorífico, ni de dolor. Simplemente un leve gañido, como de sorpresa, que se
cortó bruscamente.
Después no volvió a oírse sonido alguno.
Esperé un tiempo indeterminado, sintiendo entrechocar mis dientes, y no
de frío. Pero todo seguía igual, el túnel obscuro, la luz de la lámpara allá en
el fondo... Quise gritar el nombre de mi amigo, pero no logré encontrar la voz.
Debía avanzar, debía hallar el lugar donde Bernstein había llegado,
donde había pronunciado la invocación... Debía avanzar, y finalmente lo hice,
lenta, muy lentamente, casi arrastrándome. Pero finalmente llegué a mi destino.
Me encontré en una amplísima sala, con las paredes formadas de hielo,
que cubría la roca en todo su contorno. La luz de la lámpara iluminaba la
estancia tan sólo en parte, no llegando al elevado techo, ni tampoco a los
remotos extremos.
En el centro de la sala había un pozo de gran anchura, con un bajo
brocal de piedra verdosa. Leves vapores azulados brotaban de sus profundidades,
difundiéndose perezosamente en el aire.
No vi a mi amigo por ninguna parte. La lámpara había sido colocada
cuidadosamente en el suelo, no lejos del brocal. Un profundo silencio reinaba,
y las paredes de hielo semejaban espejos que reflejaban mi imagen distorsionada
una y otra vez, como creando una colección de monstruos humanoides, más
deformes cuanto más lejanos. ¿Habría caído mi amigo al pozo? Me asomé a él y la
luz de mi linterna se perdió en sus fantásticas profundidades, sin alcanzar su
fondo. Me pareció que allí abajo era más espeso el vapor azul, moviéndose aquí
y allá y ocultando en ocasiones las lisas paredes de roca.
¡Cielos! ¿Tendría que descender allí abajo?
Pero no fue necesario. Al levantar los ojos del pozo y mover la
linterna, vi de pronto el objeto. Por un instante no reconocí su verdadera
naturaleza, pero luego la comprensión llegó a mi mente, y casi la destruyó.
Grité, grité y grité, hasta despertar todos los ecos de la montaña
maldita. Y luego guardé silencio y me aproximé paso a paso a aquella cosa
espantable que se erguía entre el pozo y la pared de la gran caverna, en tanto
los ecos de mis anteriores aullidos continuaban sonando más y más apagados,
trocados al fin en una especie de risa burlona.
Quizás estuve seguro entonces que el horror no podía alcanzar mayores
cimas. Si fue así, me equivoqué por completo.
Pues mis ojos creyeron captar un leve movimiento más allá de aquello que
me espantaba, y entonces pude ver en la pared de hielo el reflejo de lo que
había quedado a mis espaldas.
Algo estaba saliendo del pozo.
Tan sólo pude ver la imagen deforme de lo que llegaba, y eso fue mi
fortuna. Aun así, la cosa estuvo a punto de causar mi muerte. Me tambaleé y
grité de nuevo, luchando con el salvaje impulso de volver la cabeza y
contemplar directamente la entidad. Pero supe desde el primer instante que
aquel gesto hubiera sido mi fin. No recuerdo cómo rompí la parálisis y me puse
en marcha. Presiento que el cuerpo humano guarda insospechados recursos de
energía, utilizables sólo en casos de extremo peligro. Me encontré de pronto
corriendo por el túnel, con todas mis fuerzas, iluminando el camino con la
linterna, que por suerte no había dejado caer cuando vi lo que vi. Un espantoso
ruido me acompañaba en la carrera, pero pasó algún tiempo antes que lo
reconociera como proveniente de mi misma garganta.
Aún me persigue el recuerdo de aquella huida en mis pesadillas
nocturnas. Correr, correr sin cesar, con la mente a un paso de la locura, en un
túnel siniestro que a veces me parecía el interior de un gigantesco tubo
digestivo que intentara devorarme y asimilarme. Correr pensando en que quizá
fuera perseguido, que quizá fuera alcanzado
en el interior de la Tierra... Pero no ocurrió nada de eso, y salí fuera
del túnel como un proyectil disparado por un cañón.
Algo me golpeó con mil manos, y un terrible trueno estalló en mis oídos.
Había estallado la tormenta, y la naturaleza antártica estaba desencadenada
como jamás nunca sospechara la ciencia para aquella época del año. La
obscuridad era absoluta, como si la noche polar se hubiera adelantado, y el
terrorífico ventarrón lanzaba turbiones de nieve e hielo pulverizado contra mi
cuerpo, casi derribándome.
Pero hubiera hecho falta algo más violento que una tormenta para
detenerme. Empujé contra el impulso del viento, y aullé contra el aullido del
huracán. Llegué al trineo, que se movía de un lado a otro y estaba en peligro
de volcar, y de un modo u otro lo puse en marcha.
Lancé una última mirada a la montaña prohibida, y lo que vi o creí ver
me hizo gritar de nuevo y acelerar el vehículo cuanto pude. Pues me pareció
que, bajo el fulgor de los relámpagos, la montaña misma se animaba, y cobraba
una forma antinatural, cuyo esbozo deformado yo había conocido demasiado bien.
Luego todo quedó atrás, oculto entre el infernal revoloteo de los cristales de
nieve aventados por el vendaval.
Fue un viaje diabólico, pues la tormenta crecía y crecía con el paso del
tiempo. No dormí en absoluto en toda la fuga, pensando sólo en llegar al
campamento y, más aún, de alejarme como fuera de aquello que dejaba a mis
espaldas.
Finalmente pude ver las instalaciones del campamento, veladas por la
tempestad. Pero justamente entonces, como si alguna voluntad malévola me
hubiera dejado alcanzar casi mi meta antes de descargar el definitivo golpe, la
tormenta aumentó súbitamente, semejante a una fiera que se desencadenara. Pude
ver cómo aquellos mismos elementos tecnológicos de los que llegara a sentirme
orgulloso, los grandes helicópteros, los trineos, los tractores, las tiendas
climatizadas... cómo todo ello volaba por los aires o era desgarrado y
destrozado. Oí algunos gritos y vi algunas figuras, y luego mi propio trineo
volcó, y giró una y otra vez como una hoja llevada por el huracán, hasta
inmovilizarse en un tremendo golpe que me privó del conocimiento.
Sobreviví a la catástrofe, aún no puedo decir cómo, y fui recogido por
la expedición de socorro que partió desde Pequeña América en nuestra busca.
Otros no tuvieron tanta suerte, y sus cuerpos destrozados quedaron perdidos
para siempre entre los desgajados hielos de la gran cordillera. El profesor
Gerard Bernstein fue contado oficialmente entre estos desaparecidos.
Pero yo sé que la muerte de mi amigo no fue debida a la tormenta. Puedo
decir que los antiguos mitos son ciertos, y que el dios Yikkanthrog existe
verdaderamente, que ha existido desde siempre, y que, único de la abominable
estirpe de los Grandes Antiguos, conserva su poder y su esencia, habiendo
sobrevivido ileso al ataque de los Dioses Primordiales que habitan o habitaron
en la constelación de Orión.
Puedo decir también que la humanidad conoció su poder en otros tiempos,
y que el recuerdo deformado del horror ha sobrevivido en mil leyendas. Los
antiguos griegos oyeron hablar del espanto, y lo relataron de boca en boca,
hasta desfigurar la esencia de aquella cosa inmencionable, de la entidad que
tan sólo podía verse a través de un espejo, medusa o gorgona de cabellos en
forma de... ¿serpiente o llamas?
Yo lo vi, vislumbré la abominación de otros astros, de estrellas
diabólicas perdidas en otras dimensiones distintas a la nuestra, ajena a
nuestra materia pero capaz de actuar sobre ella. Lo vi, y tan sólo por hacerlo
en reflejo pude salvarme. Pero mi amigo Bernstein...
Puedo recordar aquella horrible cosa a la que me aproximé en el momento
antes que el pozo mostrara su contenido. Era algo materialmente bello, una
perfecta estatua de hielo transparente, azul y cristalina, con los brazos
alzados enfrentándose al pozo.
Y sus facciones, marcadas por el asombro y quizá por la comprensión
final, eran las del profesor Gerard Bernstein, catedrático de geología y
arqueología en la Universidad del Medio Oeste de los Estados Unidos.
LAGRIMAS VERDES DE LENG (C.SIDONCHA)
Carlos Sáiz Cidoncha
En Biblioteca Universal de Misterio y Terror 23, Ediciones UVE S. A.,
1981.
Ciertamente ni yo mismo puedo comprender por qué escri¬bo estas líneas,
líneas atroces que, de ser leídas y creídas, no servirán sino quizá para
desencadenar una ola de páni¬co en el seno de esta pobre e ignorante humanidad
a la que pertenezco. Ni siquiera podrían tener la utilidad de un aviso, pues la
cosa a que se refieren está más allá del poder humano, y la humanidad pudiera
muy bien contemplarla como el condena¬do a muerte mira la guillotina, sabiendo
que su fin vendrá de aquel instrumento, pero sin poder hacer nada por evitarlo.
¿Pero acaso sería creído lo que relato? No es probable, pues el género
humano pocas veces cree en lo que le espanta. Acaso ni yo mismo me atreva a
creerlo, quizá piense al fin y al cabo que se trata tan sólo de las
elucubraciones de un anciano maniático, mi tío Archibald, hoy hace un mes
desaparecido para siempre. Eso y unos documentos de dudosa autenticidad, unidos
a lo que todo el mundo sabe, lo que publicaron todos los periódicos, pero que
quizá sea tan sólo una terrible coincidencia. Más el testimonio de un hombre
enloquecido por lo que sufrió allá en la lejana Asia.
En lo que a mí respecta, la historia empezó en la pri¬mavera de 1976,
cuando sir Archibald Nobescue, tío paterno mío, me dio la sorpresa, de llamarme
a su lado.
Digo sorpresa porque, como sabe todo el que lo cono¬ció, sir Archibald
no se distinguía por su sociabilidad. Anticuario y coleccionista de fama
mundial, su mundo estaba en sus colec¬ciones, que su inmensa fortuna le
permitía buscar y agrandar sin límite. Viajero infatigable por toda la
geografía mundial, cuando tomaba al gran caserón que era su morada inglesa,
siempre traía consigo nuevos especímenes que almacenar en él.
Me parece verlo todavía, corpulento y fuerte, pese a su edad, que tan
sólo se manifestaba en lo plateado de su pelo. Pausado y solemne,
contemplándome mientras fumaba en su eterna pipa.
–Hay momentos en la vida, mi querido Roger –me di¬go en aquella
ocasión–, que debemos compartir obligatoriamente con los demás. Y siendo tú la
última familia que me resta, te he elegido para compartir las primicias de mi
descubrimiento, un descubrimiento que muy bien pudiera crear un hito en la
historia de la moderna arqueología.
Expresé convincentemente mi interés. No he de ocul¬tar aquí que
precisamente el hecho de ser el último pariente con vida de sir Archibald había
alimentado la esperanza de que su cuantiosa fortuna pasara un día a estas mis
pecadoras manos. No me convenía, por tanto, echar a perder aquella primera
muestra de confianza que mi tío se dignaba dirigirme.
Sir Archibald abandonó un instante la mesa en la que ambos estábamos
sentados y regreso con una pequeña arqueta de madera negra, visiblemente
antigua.
–La compré durante mi último viaje a Italia, a un anti¬cuario veneciano
–dijo–. A un buen precio, pues el hombre creía, como yo entonces, que nada
había en su interior. Pero más tarde, al examinarla con tranquilidad aquí en
casa... ¡mira!
Abrió la arqueta que, en efecto, parecía estar vacía. Pe¬ro luego rozó
brevemente con la mano el borde superior, y un doble fondo quedó al
descubierto. No pude evitar el parpadear brevemente, como quien asiste a un
truco de prestidigitación.
–Voila –rió mi tío, al notarlo–. Puedes contemplar ahora lo que yo mismo
vi al descubrir por casualidad el resorte oculto. De haber sabido el anticuario
lo que este objeto ocultaba, ni por mil veces el precio que le pagué se hubiera
separado de él.
Con todo cuidado extrajo de la cavidad descubierta lo que parecía ser un
trozo de cristal verde, medio envuelto en un pergamino amarillento muy dañado
por el paso de los años.
–¿Sabes lo que es esto? –preguntó sir Archibald, po¬niendo el cristal
verde ante mis ojos.
Ahora sí que parpadeé, y creo que fui sacudido por un brusco respingo.
De sobra sabía lo que era aquello que mi tío sostenía frente a mi rostro, pero
no me atrevía a manifestarlo.
–Parece... parece... –logré balbucir.
–¡Es! –rugió triunfalmente mi tío–. ¡No parece, es la mayor esmeralda
que ojos humanos hayan contemplado! Algo que ningún joyero ha llegado a soñar.
Una joya de valor incalcu¬lable.
Diciendo esto, dejó caer el maravilloso objeto sobre la mesa, como si lo
que acababa de decir careciera de importancia.
–Pero quizá más valioso que la propia joya es el per¬gamino que la
envuelve. Creo que sabes leer italiano, de modo que saca tú mismo las
conclusiones.
A duras penas logré separar la vista de la gran piedra verde que
centelleaba sobre la mesa para fijarla en el nuevo objeto que mi tío me
presentaba. No me resultó fácil leer el texto que en él aparecía, medio borrado
por la acción del tiempo y, en todo caso, escrito en un italiano antiguo,
posiblemente de la época renacentista. Afortunadamente, no era demasiado
extenso.
"Contempla la piedra, si gustas de ello. Mas no preten¬das jamás
hablarla como lo harías con un hijo de Adán, ni mucho menos adorar al que en su
interior mora. Pues el Enemigo se halla presente en todo el Orbe, y también
aquí puede atender a quien imprudentemente le llame".
Alcé mis ojos hacia los de mi tío, sin comprender. Na¬da en aquel
enigmático mensaje denotaba el valor que sir Archi¬bald parecía otorgarle.
Personalmente jamás hubiera pensado en dirigir la palabra a una piedra
preciosa, ni mucho menos adorarla, como parecía temer el ignorado firmante.
–Te comprendo, Roger –¬dijo mi tío–. Tampoco yo otorgué mucha
importancia al mensaje, por lo menos al principio. Pero luego reconocí "la
letra" como algo que había visto antes, en algún lugar. Sabes que poseo
una memoria fotográfica, y que mis conocimientos caligráficos no son
desdeñables. Medité y cavilé bastante tiempo, pero al fin lo encontré. ¿Quieres
acompañarme?
Le seguí por los largos pasillos del caserón, de cuyas paredes colgaban
los más diversos adornos, cuadros, fetiches y viejas armas traídos desde todos
los rincones de la Tierra. Pero sólo al llegar frente a la puerta de metal de
la que tanto había oído hablar comprendí que mi tosco pariente estaba a punto
de introducirme en su "sancta sanctorum", la biblioteca privada donde
podían encontrarse, según se decía, volúmenes únicos de incalculable valor.
Se abrió la puerta y ante mi vista apareció una habita¬ción inmensa, con
las paredes cubiertas de estanterías, donde se amontonaban libros de las más
diversas apariencias y
tamaños, encuadernados de multitud de formas, sin más punto en común que
su evidente antigüedad y quizá, a ojos de un bibliófilo, un valor monetario que
hubiera colocado a la mayoría fuera del alcance de personas menos acaudaladas
que quien ahora me guiaba entre ellos.
Por dos veces las manos de mi tío acariciaron, y digo bien
"acariciaron", las estanterías, sacando de ellas primero un libro de
tapas amarillentas, visiblemente restaurado, y luego un gran volumen negro, a
todas luces mucho más antiguo que el anterior. La visión de este último, sin
que pudiera averiguar la causa, me causó un extraño repeluzno interior, como si
de él emanara una fuerza maléfica inidentificable, pero no por ello menos real.
Pero mi tío dirigió su atención primeramente al otro, al libro amarillo, que
resultó ser un manuscrito en lengua italia¬na. Lo puso sobre una mesa y
encendió un poderoso foco sobre él, de modo que hasta la última línea de lo
allí escrito resaltara ante nuestros ojos. No soy un perito, pero creí
reconocer rasgos similares al del pergamino hallado en el arca de la esmeralda.
–La misma mano escribió los dos textos –me confirmó sir Archibald–. No
hay la menor duda sobre ello.
Cerró el libro amarillo, contemplando pensativo las ta¬pas.
–Este volumen estaría en un museo, a no ser por el he¬cho de que
oficialmente se le ha tenido por apócrifo –dijo– se trata de la "Historia
de mi estancia en Cambalú", comúnmente conocido como "Segundo Libro
de Marco Polo". –¿Marco Polo? –me asombré–. ¿El famoso explorador
veneciano que...
–Que viajó a China en los tiempos del emperador Ku¬blai Khan, y que por
primera vez trajo a Europa noticias fidedignas sobre el Celeste Imperio
–terminó mi tío–. Ahora más que nunca tengo la seguridad de que el manuscrito
es auténtico, que procede de la pluma del propio viajero veneciano, y de que
fue también éste quien escribió la advertencia contenida en la arque¬ta.
–¿Crees que la gran esmeralda fue traída de China por Marco Polo?
–pregunté. –Dejemos que sea éste mismo quien nos responda ¬dijo mi tío. Y abrió
el libro, buscando una determinada parte del texto. No sin cierto esfuerzo pude
leer lo siguiente:
"En el primer día del año, nuevamente el Gran Khan reclamó mi
presencia en su palacio, recibiéndome con su acostumbrada magnificencia. Me
habló con amor y confianza, como haría un padre con su hijo, preguntándome
acerca de los últimos acontecimientos de mi estancia en la capital".
"A continuación, a una señal suya, un esclavo puso ante mí la más
maravillosa joya que ojos humanos hayan contemplado en éste o en el otro
extremo del mundo. El Gran Khan me indicó que se trataba de un regalo a mi
persona, rogándome que lo conservara conmigo y que, cuando regresara a mi
patria, lo llevara igual¬mente hasta allí".
"A mis preguntas, el emperador respondió de forma vaga que la joya
estaba de alguna manera relacionada con un bárbaro culto a la fertilidad, cuyos
miembros, por sus crímenes y excesos, habían sido exterminados por voluntad del
Khan. Me dijo que no lejos de Cambalú existían muchas joyas iguales a la que
ponía en mis manos, pero que por algún motivo no deseaba extraerlas de donde
estaban, ni devolver junto a ellas a la que poseía. Y esa fue la única vez en
que creí notar en el rostro del Gran Khan, señor de todos los pueblos del Asia,
una expresión parecida al temor".
Sir Archibald tras asegurarse que había terminado de leer la parte que
le interesaba, hizo correr las hojas, indicándome luego un nuevo párrafo:
"El jefe de la escolta que protegía la caravana era un veterano
oficial tártaro de la
Guardia del Gran Khan, llamado Ogotai. Observé que todo el costado
siniestro de su rostro se hallaba quemado como por una antorcha".
"Impulsado por la curiosidad, cuando habíamos ya tra¬bado amistad,
le pregunté por el origen de su herida, tras lo cual me miró con ojos de loco,
dando muestras de gran espanto".
"Finalmente que contó que había formado parte de la expedición de
que antes el Gran Khan me hablara, dirigida contra los magos o brujos que
adoraban al diablo junto a una montaña situada a unas cien leguas a oriente de
Cambalú. Si¬guiendo las órdenes del emperador, allí exterminaron a todos los
brujos, sin que ni uno sólo quedara con vida. Me habló también de la joya que,
sin él saberlo, yo llevaba conmigo, y me dijo haberla cogido su jefe como
regalo para el Gran Khan. Pero cayó sobre ellos un gran desastre del que muy
pocos se salvaron, y sobre el que nada quiso relatar. Tan sólo me dijo,
temblando, que había visto al diablo al que los brujos adoraban, y por como lo
describía, pensé ser el mismo Satán que Dios arrojó de su Paraíso antes de la
creación del mundo".
"Me confirmó también en la idea de que en la montaña que los brujos
llamaban Meng-¬Leng, quedaban aún miles de aquellas joyas, que ellos decían ser
las lágrimas del dios de la fertilidad al que adoraban, y que estaba presente
en cada una de ellas. Al hablarle yo de si se podría ir a recogerlas, tembló de
nuevo como si fuera una criatura en vez de un valiente veterano de la Guardia
Imperial, y en lo sucesivo se negó a hablar más sobre el particular".
Mi tío, apenas hube terminado mi lectura, separó el libro amarillo de la
mesa substituyéndolo por el otro, el gran libro arcaico de tapas negras que tan
extraña impresión me cau¬sara antes. Y no en vano, pues entonces pude reconocer
nada menos que el aborrecible "Necronomicón", la obra del árabe loco
Abdul AIhazred, tantas veces prohibida por iglesias y go¬biernos y tantas
furtivamente copiada y traducida en las profun¬didades de antros dedicados a
cultos satánicos. Me eché súbita e inconteniblemente hacia atrás, como si mi
tío hubiera colocado ante mí una culebra venenosa.
Mi tío debió advertir esta reacción, pero no dijo nada. Se limitó a
abrir el libro, con todo el cuidado que pudiera em¬plear un arqueólogo ante un
papiro egipcio recién descubierto en una olvidad tumba.
–Esta es la primera edición griega –explicó–. La de Philetas, que lo
tradujo directamente del original árabe en el 950 de nuestra era, cuando el
emperador bizantino Constantino Porfirogeneta reinaba en Constantinopla. Es sin
duda un ejem¬plar único, a la vez el más antiguo y el más completo de cuantos
existen.
Encontró una página determinada y retiró una hoja de papel apretadamente
escrita a mano, que había estado en el interior del libro.
–He traducido personalmente al inglés la parte que me interesaba, la
referente a esa joya que marco Polo trajo del anti¬guo Cathai. Puedes leerla.
–La letra de mi tío no me resultó al principio más fá¬cilmente legible
que el italiano arcaico de Marco el aventurero, pero poco me costó
acostumbrarme a ella, y leer la traducción inglesa de una parte del más temido
libro de la historia de la literatura humana.
"¡Y Ellos dominaron la Tierra! Y fueron Señores de las Aguas y de
los Aires, de los Reinos Superiores e Inferiores, y del Fuego y las
Profundidades. ¡Iä! ¡Iä! ¡Su Mano se extendió hacia las estrellas! ¡Su Mano se
extendió hacia las estrellas!"
"Como el verano mata las nieves de la montaña, y como el aire veloz
dispersa las hojas
secas del otoño, así fueron Ellos muertos y así fueron Ellos dispersos
por Al Janzah, el Gigante de los Cielos, y por Aquellos Que En Sus Mundos
Moran. Su Poder desapareció sobre la Tierra, y Ellos fueron muertos y
dispersos, pues habían extendido Su Mano hacia las estrellas".
"Mas la nieve vuelve a renacer, y las hojas del otoño re¬tornan a
volar en los cielos. Y pasado el tiempo del Gigante Celeste, Ellos regresarán
para dominar la Tierra".
"¡lä! ¡Shubb-Niggurath! ¡Iä! ¡La Cabra Negra de los Bosques de un
Millar de Descendientes!"
"De Ella procede la humanidad, y los leones del desier¬to, y los
camellos que cruzan sobre las arenas, y los pájaros, los peces y todas las
bestias. ¡lä! ¡Shubb-Niggurath! ¡Ella duerme y llora en el seno de Ngar, la
montaña que es centro de la perdida Leng de los hielos! ¡Llora, y cada una de
sus lágrimas lleva Su Imagen a los ojos de los hombres! ¡La Cabra Negra de los
Bosques! ¡Iä! ¡La Cabra que ha de renacer cuando los tiempos lleguen, para
extender Su Mano de nuevo contra Al Janzah!".
Apreté los labios, una vez acabada aquella incongruente lectura. ¿Acaso
había alguna relación con el relato del vene¬ciano? No podía hallar a primera
vista ninguna.
–No veo que quiera decir nada –me atrevía a manifes¬tar.
–¿Nada? –casi gritó mi tío–. Recuerda lo que Marco Polo cuenta referente
al oficial tártaro. ¡Meng-Leng, es decir, "el centro de Leng", la
montaña que en sus tiempos fue llamada Ngar! ¡Las lágrimas del dios, cada una
de ellas con su propia y aborrecible imagen! ¿Qué más relación puedes desear?
Colocó de nuevo los volúmenes en sus estanterías y me llevó otra vez
hacia el salón donde antes habíamos hablado.
–Hubo una civilización perdida antes del comienzo de nuestra historia
–dijo mientras volvíamos a recorrer los largos pasillos de su mansión–. Una
cultura olvidada, con sus propios dioses, de los que habla el
"Necronomicón" y otros muchos libros. Cthulhu, el Dios tentacular de
las aguas; Ithaqqua, El Que Camina Sobre el Viento, Shubb-Niggurath, la Diosa
de la Fertilidad... Y también se menciona a la perdida tierra de Leng, la
meseta helada donde esos dioses eran adorados por seres infrahumanos. Llegados
al salón, sir Archibald, me hizo gesto de que me sentara, en tanto que él
trasteaba en un armario, del que extrajo una especie de microscopio.
–Ahora estoy seguro –continuó– que la mítica Leng es¬tuvo situada en el
Nordeste del continente asiático, abarcando los páramos manchurianos y todo el
Norte de la propia China, en los tiempos de la primera de las glaciaciones. Y
su centro, la montaña de Ngar, capital de su civilización y santuario de su
principal dios... a cien leguas al Este de la Cambalú de Marco Polo, "Khan
Balig", la Ciudad del Khan, entonces como ahora capital de China, hoy
conocida con el nombre de Pekín.
Colocó el microscopio sobre la mesa, y de nuevo extra¬jo la maravillosa
esmeralda de la arqueta.
–Pero eso no quiere decir nada –me atreví a insistir–. Son tan sólo
leyendas sin fundamento. ¡No existe la más mínima prueba...!
Pensé que se iba a enfurecer, pero no lo hizo. Por el contrario lanzó
una risita mientras colocaba cuidadosamente la esmeralda en el objetivo del
microscopio y encendía un peque¬ño foco lateral para iluminarla.
–¿Pruebas? ¡Mira por ese microscopio y las descubrirás!
Obedecí. Mi mirada pareció sumergirse en un océano verde y luminoso, al
hundirse en el seno de la prodigiosa joya. Y allí, como aprisionado por el
mágico cristal...
Grité y me aparté bruscamente, casi cayendo al suelo, incapaz de
sostener la vista sobre aquello que anidaba en el inter¬ior de la esmeralda.
Pues había posado los ojos en algo
realmente espantoso, un ser blasfemo, una monstruosidad semejante a una
cabra deforme... el más puro horror que imagen material alguna pudiera
contener.
–¡Allí la tienes! –gritó mi tío, triunfante–. ¡Shubb¬-Niggurath! Las
lágrimas de la diosa, cada una de ellas con su imagen grabada, para espanto de
los hombres.
Me volví hacia mi tío, intentando dominar el temblor que sacudía mi
mandíbula.
–Pero... pero ¿cómo? ¬–balcuceé–. ¿Cómo es posible?
–¡No es posible! –rugió sir Archibald–. Ese trabajo efectuado en el
interior de una esmeralda no está al alcance de nuestra técnica. Quizá con un
modelo perfeccionado de láser sería posible lograr algo parecido. Pero
recuerda... esa esmeralda fue traída a Europa hace seis siglos, y nadie puede
saber "cuántos miles años" antes de eso permaneció reposando en el
corazón de Ngar. Con un gesto me indicó de nuevo el microscopio.
–¡Mírala de nuevo! ¬–invitó–. Contempla el producto de un arte, de una
ciencia, incomprensibles para nosotros, el fruto de una civilización que reinó
en nuestro planeta antes de que el hombre adquiriera el don de la inteligencia.
Instintivamente me eché atrás. Nada ni nadie podría obligarme a poner de
nuevo la vista en aquella abominación que descansaba en el objetivo del
microscopio. Mi tío notó el gesto y rió con ironía.
–Shubb-Niggurath –dijo, y su voz sonó como una ple¬garia–. No es
propiamente una cabra, ni tampoco la imagen que se tiene del diablo, pero se
parece más a la primera. El dios, o la diosa (pues está desprovisto de sexo,
pese a ser símbolo de la fertilidad) combatió en el alba de los tiempos junto
con sus her¬manos Primordiales... en contra de los Dioses Arquetípicos, que
moran en la constelación de Orión. Fueron vencidos y dispersos, y de la derrota
de Shubb-Niggurath nació, deformado, el viejo Mito de la Caída. De allí surgió
la imagen del Diablo, el Ángel Caído, el dios cornudo de los bosques... un
Shubb-Nigguraht humanizado, aunque también solía representarse, más fielmente,
bajo la forma del Macho Cabrío.
Me estremecí cuando mi tío aplicó el ojo al ocular del microscopio.
–Esa es la leyenda –afirmó, como hablando para sí mismo–. Pero el mito
oculta la realidad, y la realidad son los restos de una civilización
insospechada, allá en el interior de Ngar... algo que el hombre moderno no ha
podido ni soñar...
Súbitamente separó la vista del microscopio para fijarla en mí y por un
instante pude llegar a pensar que la monstruosa imagen de la joya había anidado
en sus ojos, tan extraña fue la mirada que me dirigió
–¿Quieres venir conmigo, Roger? –preguntó de sopetón–. ¿Quieres
acompañarme a Ngar, para descifrar los misterios de esa vieja civilización?
Pienso que, de no haber visto el interior de la esmeralda, mi respuesta
hubiera sido afirmativa. Y aún entonces dudé algunos instantes. Pero fui
finalmente cobarde y me negué, balbuceando unas excusas. Pues en mi mente se
hallaba presente la horrible imagen de lo que mi tío llamaba Shubb-Niggurath, y
pensé que aquella montaña prohibida, además de los secretos de una antigua
civilización, quizá contuviera algo más. No me gustaban en absoluto las
referencias de aquel oficial del Khan acerca del desastre que se abatió sobre
sus tropas ni sobre el hecho de "haber visto al diablo al que los brujos
adoraban".
Fui cobarde, y con ello me salvé de la muerte o quizá de algo
infinitamente peor.
En los meses que siguieron, vuelto a mis obligaciones en Londres, apenas
si tuve noticias de mi tío. Supe, de forma fragmentaria, que se había puesto en
contacto con ciertos elementos del exilio chino residentes en Inglaterra,
man¬teniendo una breve correspondencia con otros radicados en Singapur y Hong¬
Kong, mientras preparaba
paralelamente la lista de visados y permisos necesarios para viajar a la
República Popular China. Y finalmente, iniciado el verano, me llegó la noticia
de su marcha, junto con el ruego de hacerme temporalmente responsable de sus
asuntos y depositario de sus bienes.
Como exponente de la actividad posterior de sir Archibald, poseo las dos
cartas que me llegaron desde el antiguo Imperio Celeste. La segunda de ellas,
desde luego, es posterior al horror con el que todo terminó, y me fue traída
por el espantado francés al que luego me referiré, pero para mayor comprensión
del relato mencionaré su contenido antes de narrar los acontecimientos que con
anterioridad a su llegada sucedieron.
La primera misiva debió ser escrita en Pekín, inmedia¬tamente después de
la llegada de sir Archibald a la vieja capital. Tras narrar algunas anécdotas
sin interés relacionadas con el viaje, pasaba a asuntos de mayor importancia.
"Si lo que me escribió Mr. Peng, de Hong Kong, es cierto, mi labor
quedará grandemente facilitada. Se refirió a un templo adosado a la montaña,
abandonado debido a ciertos sucesos ocurridos en los últimos años de la
dinastía Ching. Un familiar del propio señor Peng edificó su vivienda sobre las
ruinas, tras tapiar ciertos orificios existentes en el sótano, y la familia se
ha mantenido allí, habitando la casa, cuya posesión les fue reconocida por la
revolución maoista. Poseo varias cartas de recomendación y espero que la
familia Peng no tenga inconve¬niente en dejarme excavar en el sótano. De otra
forma el trabajo que me espera será ciertamente mucho más complicado..."
La segunda carta, llegada como digo después del desas¬tre, estaba
fechada en la ciudad de Tangshan, y en ella mi tío se mostraba jubiloso.
"Mi querido Roger:
Apenas puedo dominar la impaciencia que me consu¬me. Hoy he visto la
montaña de Ngar por primera vez y pienso que su aspecto no sería demasiado
impresionante para quien no conociera lo que yo sé. Se ha edificado en sus
alrededores, y hoy es el centro de un importante núcleo de población. En su
cima alguien ha construido un pequeño quiosco rojo en forma de pagoda, y por
sus laderas ascienden escaleras de piedra por don¬de suben y bajan
constantemente numerosas personas. Sin poderlo remediar he pensado en la imagen
de un dragón dormido en torno al cual juegan los chiquillos sin conocer su
naturaleza ni temer su posible despertar".
"He hablado con el patriarca de la familia Peng, y ha accedido con
facilidad a mis propósitos, máxime habiéndole enseñado las cartas de su
pariente exilado y la requisitoria guber¬namental pidiendo para mí toda la
ayuda posible".
"Está de paso por la ciudad un pequeño grupo de fran¬ceses, en su
mayoría miembros de la Sociedad de Amistad Franco-¬China. Entre ellos he tenido
la alegría de reconocer a mi viejo amigo M., interesado como yo en asuntos de
arqueología. Le he hablado por encima de mis propósitos y creo que puedo contar
con alguna ayuda por su parte, si bien me he guardado bien de mencionar la
verdadera esencia de mis trabajos. Creo que esta misma tarde podremos
comenzar".
"Puede que esta carta te llegue no por correo normal sino en manos
del amigo antes mencionado, que viajará a Lon¬dres via París dentro de unos
días. Tengo cierto temor a una posible censura gubernamental, pues ya sabes que
el gobierno chino impide la salida de antigüedades de más de ochenta años, y lo
que yo busco es evidentemente muy anterior a todo eso...".
Pero ya he dicho que el horror se desencadenó antes de que tal misiva
llegara a mis manos.
Recuerdo perfectamente que el golpe me alcanzó en la tarde del 27 de
julio, mientras charlaba despreocupadamente con algunos amigos en mi habitual
club londinense. Luego me dije¬ron que de improviso palidecí mortalmente y caí
al suelo sin conocimiento, pero personalmente no recuerdo nada de eso.
Simplemente, para mí la escena cambió en un instante, borrán¬dose de golpe el
interior del club y las personas que me rodeaban para ser substituidas por un
escenario muy diferente.
Me encontré corriendo desesperadamente por unas negras galerías, apenas
alumbradas por una linterna que yo mis¬mo empuñaba. Y pronto me di cuenta que
el movimiento de mis piernas era ajeno a mi voluntad, así como el dominio de
cual¬quier elemento de mi nuevo cuerpo, limitándome a contemplar por sus ojos,
como inactivo espectador, lo que en torno al mismo sucedía.
Tenía, eso sí, la nebulosa consciencia de un terror in¬imaginable, de un
espanto tal como nunca había soñado que pudiera existir. En un relámpago de
comprensión supe que el cuerpo en que corría no era otro que el de mi tío, sir
Archibald Nobescue, a la sazón en el otro extremo del mundo. Un sir Archibald
desconocido, aterrorizado hasta la locura por algo que felizmente se hallaba
fuera del alcance de mi conocimiento. Contemplé pasar, como en una pesadilla,
las pulidas paredes de aquellas catacumbas, cubiertas de mosaicos y graba¬dos
inconcebiblemente antiguos, reproduciendo escenas de locura, paisajes de otros
tiempos poblados de formas horrendas de las que apenas podía tener, por fortuna
para mi mente, algo más que un momentáneo atisbo. Y de pronto oí los ruidos,
por encima de los pasos atropellados de sir Archibald, y del extraño gañido que
brotaba de su garganta que ahora era también la mía.
Algo nos perseguía en la obscuridad. Pude oír allá en las misteriosas
profundidades que quedaban a nuestra espalda un rumor creciente, nada
identificable con pasos humanos, pero que parecía corresponder a cierto tipo de
persecución. Muy lejano, se oía también un nebuloso coro de sonidos chillones
como de flautas o gaitas, mezclado con el trueno de unos distantes tambo¬res, y
de pronto la galería entera comenzó a vibrar.
No pude identificar el sonido que me llegó entones, pero sí darme cuenta
que nada tenía en común con los escu¬chados anteriormente. Era un bramido de
bajos tonos, pero cuya potencia hacía retemblar los subterráneos. Pensé en el
hálito de algo gigantesco que despertaba, y por un instante compartí el loco
espanto de mi tío. Y este oyó también el formidable clamor, y tuve la
devastadora impresión de que él sí que conocía el origen del mismo. Pues lanzó
un alarido, un grito que no parecía producido por garganta humana, y pretendió
redoblar la velocidad de su huida. Pero en el mismo instante todo pareció
estallar en torno al cuerpo que ambos compartíamos. La negra galería se
retorció como un ser vivo, un insoportable trueno estalló todo a lo largo de
ella y la lámpara que alumbraba el camino se rompió contra el suelo, apagando
definitivamente su luz.
Percibí una explosiva sensación de terror supremo, de fugaz comprensión
total, algo que una mente cuerda estaba muy lejos de poder soportar. Pero por
fortuna todo fue instantá¬neo, pues de pronto me encontré en mi propio cuerpo,
contem¬plando los ansiosos rostros de mis amigos, que me habían colo¬cado en un
butacón. La experiencia apenas había durado unos minutos.
Nada quise decir acerca de ella, deseando que hubiera sido tan solo un
desmayo, una pesadilla ajena a toda realidad. Mas pronto supe que no había sido
así y que mi mente no había sido la única afectada por el acontecimiento. A la
misma hora de mi desmayo, correspondiente a la madrugada del 28 en el lugar
donde se encontraba mi tío, diversos sucesos ocurrieron en Inglaterra, y
también en el resto del mundo. Un famoso medium
enloqueció en medio de una sesión de espiritismo, aullando palabras en
lenguaje desconocido. Hubo pesadillas, ataques histéricos, visiones... Todos
los sismógrafos del mundo saltaron bruscamente, indicando que un espantoso
cataclismo se había producido en algún lugar del Asia Oriental. Miles de seres
hu¬manos habían compartido la muerte y la destrucción con quien verdaderamente
había sido culpable involuntario de su desenca¬denamiento.
Y luego fue la carta que antes mencioné, y el balbuceo horrorizado del
viajero francés que me la trajo, y que no había podido borrar de su mente los
horrores presenciados. Hablaba aquel infortunado de mi tío, de cómo había ido
junto con él hasta la casa de los Peng, de cómo habían logra¬do abrir de nuevo
los viejos pasadizos que debían conducir al interior de la montaña y del hálito
de amenaza que parecía surgir de los orificios nuevamente descubiertos. De cómo
sir Archibald penetró solo en las profundidades de la Tierra, tras rechazar su
no muy insistente oferta de acompañarle. De cómo esperó hasta bien entrada la
madrugada, hora en la que decidió regresar al hotel en busca de algún auxilio.
Y como antes de llegar allí, mientras caminaba por las semidesiertas calles, el
espanto co¬menzó.
Al llegar a este punto las frases de mi interlocutor se hacían casi
incoherentes, siendo difícil adivinar lo que dentro de su relato se refería a
experiencias reales y lo que debía tenerse como visiones o extravíos de su
mente alterada por la magnitud de la gran catástrofe. En vano le ofrecí mi
hospitalidad, ya que prefirió regresar a su país inmediatamente, manifestando
que su viaje a Londres se debía tan sólo a la promesa que había hecho a sir
Archibald en el sentido de entregarme la carta, así como la obligación moral en
que se creía de dar cuenta de la desaparición de su amigo.
Y así he permanecido a partir de entonces, dueño por herencia de la
apreciable fortuna de mi desaparecido pariente, rico e independiente al fin,
pero también inquieto, con la mente periódicamente asaltada por las oleadas del
espanto y de la duda. He conservado la gran esmeralda, aunque nunca he podido
decidirme a contemplar de nuevo el horror en ella encerrado.
También conservo las dos cartas de mi tío, junto con numerosos recortes
de periódicos relativos a la gran catástrofe china, y que he leído y releído
infinidad de veces, buscando un indicio que nunca logró hallar.
Una catástrofe como pocas veces ha caído sobre las ca¬bezas de los
humanos, la ciega venganza de la Naturaleza contra la costra civilizada
artificialmente sobrepuesta a la Tierra primi¬genia. ¿Ciega quizá? No puedo
menos que dar vueltas en mi cabeza a los datos que se dieron a conocer sobre lo
sucedido. Un terremoto que no fue anticipado por la red de predicción de la
China Popular, la mejor del mundo en su clase. Un terremoto sobre el que pronto
se hizo el silencio, rechazándose toda oferta de auxilio exterior,
incomunicándose la zona y censurándose las noticias procedentes de la misma.
¿Por qué? Tal vez porque el orgulloso pueblo chino quiso encajar el
golpe como sólo los gigantes pueden hacerlo, solitario y confiado en sus solas
fuerzas. O tal vez...
Tal vez porque el mundo moderno no podría resistir el impacto de la
verdad, la revelación de lo ocurrido en tomo a la antigua Ngar que en tiempos
dominara las extensiones heladas de Leng. El último horror que el viajero
francés creyó vislum¬brar en la noche cataclísmica de muerte y destrucción.
Aquella monstruosa forma astada que se recortó fugazmente sobre el cielo cuando
la montaña prohibida se abrió y la destrucción descendió irresistible sobre la
infortunada ciudad de Tangshan y las gentes que la poblaban.
PANICO EN EL OBSERVATORIO (C.SIDONCHA)
Carlos Sáiz Cidoncha
En Biblioteca Universal de Misterio y Terror 26, Ediciones UVE S. A.,
1981.
¿Se trataba de una señal de muerte? ¿Era un aullido de amenaza? ¿De una
expresión de triunfo? No lo sabían... Desde luego, lo que parecía claro es que
ninguna criatura viviente hubiera podido lanzar un grito semejante, ni aún en
la peor de las agonías.
Es muy probable que el relato que sigue no sea creído por nadie. En
primer lugar por su propia extrañeza, y luego por el lugar donde el hecho
sucedió, un lugar que para el vulgo parece constituir la antítesis de cualquier
escenario siniestro o sobrenatural.
Los meteorólogos estamos comúnmente considerados como personas
inofensivas que toman el pulso a la atmósfera, emiten sus predicciones sobre el
tiempo, las más de las veces acertadas, las menos erradas (pese a lo que di¬gan
los detractores), y no se me¬ten en peores dificultades, ni muchísimo menos en
cuestiones de magia negra o misterios arcai¬cos. Un observatorio meteoroló¬gico
suele ser una comunidad tranquila, donde si a veces se discute es simplemente
para pa¬sar el rato entre mapa y mapa.
Precisamente nuestro observatorio, al mismo tiempo central, se halla
situado en un lugar muy apa¬cible, sobre una colina rodeada de pinares, no
lejos de los edificios universitarios, un hermoso enclave natural donde los
domingos de verano no es raro ver a familias que vienen para celebrar en las
inmediacio¬nes una comida campestre. A nadie se le ocurrió nunca pensar que en
algún tiempo pasado dicha co¬lina hubiera sido utilizada para otra clase de
fines.
Comenzaron los acontecimientos poco después de acabar una temporada de
lluvias especialmente fuer¬tes («intensas precipitaciones», decimos nosotros).
La rotonda de asfalto que rodeaba el edificio del obser¬vatorio se hallaba
encharcada, el pinar aparecía como recién lavado, y en algunos lugares de la
colina se habían producido corrimientos de tierras. Hacía un fresco agradable,
y corría un suave vientecillo.
El observador de Meteorología William Peel y yo mismo, aprovechando una
pausa en nuestro trabajo, habíamos acompañado a nuestra compañera Phillys St.
George hasta su coche, y al marcharse ella rumbo a su habitual charla
meteorológica en la televisión, paseamos unos minutos por entre los pinos más
cer¬canos, todavía empapados con el agua de lluvia, que refrescaba nuestros
rostros al rozarles.
No recuerdo ahora el tema de nuestra conversa¬ción, pero sí que fue
interrumpido por el hallazgo que hicimos, y que fue lo que puso en marcha todo
el proceso posterior. Fue William quien lo advirtió.
–¡Oye! –me dijo, quitándose de la boca su eterna pipa–. ¿Has visto eso?
Nos acercamos. Ante nosotros la tierra mojada se había deslizado colina
abajo, dejando al descubierto una oquedad. Dentro de ella podía verse un objeto
demasiado regular para ser una roca o una piedra, aunque, naturalmente, el
barro que lo cubría ocultaba su verdadera naturaleza.
Nos picó la curiosidad y llegamos a chapotear en el fango para alcanzar
aquella cosa que nos intrigaba.
–Parece una caja –dijo William, cuando la tuvo en la mano–. Una caja de
hierro, o de otro metal...
–Una caja enterrada –bromeé–. ¿No podría contener un tesoro?
Le quitamos el barro frotándola con un manojo de hierbas. Era
efectivamente una caja, más bien un co¬fre de metal oxidado. En lo que debía
ser su tapa aparecían grabadas
unas letras que me parecieron griegas.
–Pues un tesoro no parece –respondió William a mi broma–. Pero sí podría
ser un hallazgo arqueoló¬gico. Puede ser que haya cosas enterradas aquí abajo
de las que hasta ahora no hayamos tenido idea.
No sabía entonces lo terriblemente acertada que era aquella frase tan
anodina. Ni yo podía tampoco saberlo, por lo que transferí mi atención al modo
de abrir la caja. No nos fue fácil hacerlo, pues el metal se hallaba, como
digo, muy oxidado, y los goznes del cofrecillo estaban deteriorados. Hubimos de
emplear un grueso palitroque a guisa de palanca, y hacer severos esfuer¬zos.
Finalmente logramos nuestro objetivo. El contenido del cofre nos sorprendió por
igual a los dos. –¡Una flauta!
Se trataba de un curioso instrumento de barro co¬cido, compuesto por
siete tubos de diferentes tama¬ños. El artefacto parecía muy antiguo, pero se
había conservado limpio y cuidado en el interior de su caja.
–¡Qué raro! –meditó William, sopesando el ins¬trumento–. Creo que a ésto
se le llama un caramillo. ¿Qué antigüedad puede tener?
–No lo sé –repuse–. ¿Sonará todavía?
William limpió cuidadosamente la múltiple embo¬cadura con el revés de su
mano, y luego se la llevó a los labios. Una nota semejante a un quejido se
elevó del supuesto caramillo al soplar él en el primero de los tubos.
–¡Funciona! –triunfó–. Cada tubo debe repre¬sentar una nota. Hasta
podría...
Se llevó de nuevo el instrumento a los labios y empezó a improvisar, o
al menos eso me pareció al principio. Surgió una melodía, vacilante al
principio, para afirmarse luego y continuar decididamente. Una música extraña,
densa e insinuante, como nunca había oído yo antes, alzándose y descendiendo en
súbitos altibajos, quejándose ahora lastimeramente para luego amenazar en tono
grave, o imprecar en la nota más baja para después volver a empezar el motivo,
siempre cambiante pero con un atisbo de repetición, de insistencia, de llamada.
Contemplé con cierto asombro a William. Parecía éste absorto en la
música que estaba produciendo, ajeno incluso a mi presencia. Entre sus dedos el
ins¬trumento parecía temblar, como dotado de vida pro¬pia. Una rara sensación
se apoderó de mí. Me pareció oír murmullos y roces extraños entre los árboles,
y todo el familiar pinar adquirió de pronto un aire de irrealidad.
–¡William! –grité.
No me hizo caso, enfrascado en su música. Verda¬deramente asustado, le
sacudí con fuerza, mientras volvía a llamarle. Finalmente logré apartarle de
aquel éxtasis musical en el que se hallaba.
–¿Qué pasa? –gruñó, sobresaltado de pronto–. ¿Qué haces?
–Esa música que estabas tocando. ¿Qué era? ¿Dónde la has aprendido?
Parpadeó, como despertado de un mal sueño.
–¿Música? Simplemente estaba probando la flauta, recorriendo la escala.
Pero algo debía preocuparle, pues se quedó con¬templando el instrumento
con cierta perplejidad.
Miré el pinar en torno a nosotros. Todo parecía haber vuelto a la calma.
La extraña sensación de irrea¬lidad había desaparecido. ¿Habría sufrido una
simple sugestión, provocada quizá por el sonido de aquel instrumento arcaico?
–Vamos –dije– tenemos trabajo en la sala de análisis.
Caminábamos hacia la entrada del edificio, cuando algo nos llamó la
atención. Junto al caminillo secun¬dario que bajaba la colina, advertimos una
gran man¬cha en el terreno. No pudimos evitar acercarnos, y vimos lo que
parecía ser la boca medio obstruida de un
orificio en la tierra.
–Otro corrimiento de tierras por la lluvia –co¬menté–. Esta colina debe
estar hecha una criba.
Pero William evaluaba la excavación con curiosi¬dad.
–La tierra ha saltado en todas direcciones –dijo–. Se diría... cómo si
algo la hubiera empujado desde dentro.
Me forcé a reír con incredulidad, quizá para acabar de expulsar las
sensaciones del momento precedente.
–Quizás haya salido algún monstruo subterráneo, algo así como un morlock
de Wells – me burlé–. Vamos, que se nos hace tarde.
Más tarde recordaría aquellas palabras, dichas en tono de chiste.
Resultarían también inconsciente¬mente reales, aunque no en el sentido que les
di.
Habíamos penetrado ya en el vestíbulo, y nos dis¬poníamos a subir la
escalera, cuando el sonido nos llegó. Allá afuera, en algún lugar de la colina,
estalló un espantoso grito, un alarido terrorífico como nunca antes habíamos
escuchado en ningún tiempo y lugar. Los dos quedamos paralizados en el sitio
que ocupá¬bamos, como si toda fuerza hubiera abandonado nuestros músculos. Y
así estuvimos un largo minuto después de apagarse los últimos ecos de aquel
cla¬mor, sin siquiera atrevernos a volver la cara hacia la puerta, mientras un
silencio espeso parecía envolver todo el edificio y sus alrededores.
Luego, poco a poco, logramos reaccionar. Nos vol¬vimos muy lentamente,
con el temor de advertir a nuestra espalda alguna cosa inimaginable, capaz de
producir aquel sonido aterrorizador.
–¿Qué... qué diablos ha sido eso? –murmuró Wi¬lliam.
No encontré palabras para responderle. Aquí y allá se escucharon voces,
se abrieron puertas y ventanas, y algunos rostros asustados asomaron a nuestra
vista. –¿Habéis oído?
–¿Qué ha sido ese grito?
–¿Qué ha pasado?
–Ha sido ahí fuera.
No había muchas personas trabajando en el edifi¬cio a aquella hora de la
tarde, pero todas ellas habían sido conmocionadas por el fantástico alarido. No
tardó en reunirse un grupo junto a la puerta, avizo¬rando temerosamente el
impasible pinar.
–Parece como si hubieran matado a alguien –apuntó el portero, tan
nervioso como cualquiera de los demás.
Pensé que había sido algo más que eso. Ninguna criatura viviente hubiera
podido lanzar un grito se¬mejante, ni aún en la peor de las agonías. Por otra
parte, tal como podía analizarlo, no se trataba de una señal de muerte. Más
bien de amenaza, o quizá de triunfo.
Pero no pudimos ver nada extraordinario, pese a que osamos aventurarnos
entre los árboles. Poco a poco nos fuimos tranquilizando, y aún tratamos de
encontrar alguna explicación natural al hecho que nos atemorizaba.
–Quizás haya sido algún estudiante –el observa¬dor Navarre, autor de la
idea, señaló a los lejanos edificios de la ciudad universitaria, bajo
nosotros–. Puede que se trate de una broma, de una gambe¬rrada... utilizando
alguna clase de megáfono.
–Pues espero que no vuelvan a repetirlo –gruñó otro de los
observadores–. Confieso que me han dado un susto de muerte.
Ya caía la noche, y regresamos al interior del edifi¬cio. Se acercaba la
hora del relevo nocturno, y sentí que todos se alegraban de volver a sus casas
dentro de unas horas, dejando tras ellos el recuerdo de aquel sonido
indescriptible. Pero no era tal mi caso,
pues el servicio de la noche me correspondía a mí también, y ello no
dejó de inquietarme, aunque no podía tener idea de los fenómenos de los que iba
a ser testigo en las horas nocturnas.
A punto de iniciarse el relevo, hablé con William sobre la flauta que
habíamos encontrado. Sin saber por qué, vislumbraba una vaga relación entre
aquel hallazgo y la cosa que después había ocurrido.
–Ese objeto puede ser de mucho valor –dije–. Conozco a un especialista
en arqueología griega y romana. ¿Quieres que le enseñe la flauta y la caja?
Seguro que él puede descifrar la inscripción de la tapa.
Vaciló un instante, mientras contemplaba en espe¬cial el instrumento,
que por algún motivo parecía fas¬cinarle.
–Bueno, si quieres quédate la caja con la inscrip¬ción –dijo al fin–,
pero creo que esta noche me llevaré conmigo el caramillo. Me gustaría practicar
algo en él. Tiene algo que me atrae.
Estuve a punto de contarle la impresión que me había causado la música
de la flauta, pero luego re¬nuncié a ello. ¿Qué hubiera podido decirle? Me
quedé, pues, con la caja metálica, mientras él guar¬daba con cuidado el
instrumento dentro de su car¬tera. Poco tiempo después se efectuó el relevo, y
vi cómo subía a su coche y se alejaba hacia la ciudad. Nuevos compañeros
iniciaron el servicio, y no sé si alguien entre los que salían comentó con los
entran¬tes el asunto del grito en el pinar. Por mi parte me abstuve de hacerlo.
El servicio nocturno comenzó de forma rutinaria, sin que ocurriera nada
inusitado. Dediqué unos mi¬nutos a tomar la frugal cena que había traído al
efecto de mi casa, y luego inicié mi propia tarea, di¬señando el mapa previsto
del Atlántico Sur correspondiente a la primera hora de la noche.
No había nadie sino yo en la oficina de Predicción Aeronáutica, aunque a
través de la puerta abierta me llegaban las banales conversaciones de los
compañe¬ros que trabajaban en la sala principal. No existía ningún elemento
extraño en el ambiente, y las in¬quietudes de la tarde parecieron haberse
marchado junto con William y su flauta desenterrada.
Estaba a la mitad de mi tarea cuando atisbé con el rabillo del ojo una
sombra confusa en la ventana, al otro lado del vidrio. Pero quizá no le presté
ninguna atención consciente hasta que me pareció que la cosa se movía.
Dirigí la mirada a la ventana en el momento en que la sombra
desaparecía. Fue una visión instantánea y poco fiable, pero creí haber visto,
para mi sobresalto, algo así como una gran cara deforme, con unos ojos que me
miraban. Pero no pude jurar que realmente aquello fuera real y no fruto de una
imaginación exal¬tada por los últimos acontecimientos.
Permanecí dudando unos instantes, tal vez con más temor que indecisión,
pero al fin me decidí a levan¬tarme de mi silla frente al copiador luminoso y
aso¬marme a la ventana. Nada extraordinario se veía afuera. Quedé contemplando
durante un rato las obscuras fachadas de los bloques adyacentes, con sus
ventanas apagadas, y el vapor que brotaba del zum¬bante aparato refrigerador
del patio. Nada se movía allá abajo, y era imposible que nada ni nadie hubiera
podido encaramarse hasta la ventana, sin un roce y sin un ruido.
Pero alguna inquietud debió quedar reflejada en mi expresión, pues
cuando me separaba de la ventana para volver a mi mesa de trabajo, entró en la
oficina el ayudante aeronáutico Frank Barry, y me preguntó que si me sucedía
algo. Le respondí negativamente, y ambos nos pusimos a la tarea, hasta terminar
el pri¬mer bloque de información de la noche. Ningún fe¬nómeno nos interrumpió,
ni volvió a aparecer en la
ventana presencia alguna real o imaginaria, bien que no pude evitar
llevar la mirada de vez en cuando ha¬cia allí.
Disponíamos ahora de un breve lapso de tiempo antes de que nos llegara
nueva información y, llevado por un vago impulso, abandoné la oficina y crucé
los desiertos pasillos del observatorio para descender hasta el vestíbulo.
Un rumor de voces atrajo mi atención. Allí estaba el meteorólogo
predictor principal de servicio, que aquella noche era el doctor Sir James
Castle-John, uno de los más veteranos del cuerpo. Sin duda había salido afuera
para dar un paseo a su inseparable pas¬tor inglés, que ostentaba el
aristocrático nombre de Lord Byron, y ahora conversaba a media voz con el
sereno. Me aproximé a ellos.
–¿Ganado? –preguntaba Sir James con extrañeza–. ¿Ganado suelto por aquí
a estas horas de la noche? No tengo idea de dónde haya podido venir. ¿Usted
está seguro de haberlo visto?
–He visto un gran animal que pasaba entre los pi¬nos –insistió el
sereno–. Puede que fuera una vaca, o algo por el estilo. Pero por estos
alrededores no hay ninguna granja. –¿No sería alguna parejita perdida? –sonrió
con picardía Sir James–. Muchas noches vienen en co¬ches para arrullarse por
aquí, en la obscuridad.
–¿Con la lluvia y con todo lleno de barro? –pre¬guntó el otro,
incrédulo–. Y además lo que he visto allá afuera no era ninguna persona. Era
mucho más grande.
–Bueno –terminó el meteorólogo–. Si vuelve a ver algo que le parezca
extraño, llámeme a la sala de análisis. Buenas noches. ¡Vamos Byron!
Observé entonces algo que me llamó la atención. Lord Byron era un perro
alegre y juguetón, y en las actuales circunstancias hubiera debido estar
pug¬nando por arrastrar a su dueño hacia fuera del edifi¬cio. Pero, por el
contrario, su impulso parecía en aquel momento desarrollarse en dirección
contraria, como si algo dentro del observatorio le atrajera. O como si algo de
allá fuera le asustara o repeliera de algún modo.
Saludé a Sir James y le acompañé de nuevo hacia arriba, renunciando a la
ojeada que había pensado echar por el exterior. En la conversación me referí al
comportamiento del perro.
–Pues tienes razón –convino– Byron no es un perro miedoso, ni mucho
menos. Pero esta noche le pasaba algo raro. Estuvo todo el tiempo intentando
entrar en el edificio. ¿Qué te pasa, Byron?
El can se limitó a gemir suavemente. Sir James se encogió de hombros y,
tras encerrar a su compañero irracional en su pequeño despacho personal, se
diri¬gió a su propia mesa de trabajo.
Continuó transcurriendo la noche, lenta y cansa¬damente, con el habitual
proceso, tantas veces repe¬tido, de la llegada de la información, la confección
de mapas, la redacción de partes y de rutas, y vuelta a empezar. Era ya
avanzada la madrugada, en «la hora de mayor obscuridad que precede al alba»,
cuando se produjo el más extraordinario de los acontecimientos misteriosos que
se habían iniciado la tarde anterior.
Quizá me hallaba yo mismo algo adormilado, en la espera del siguiente
ciclo de trabajo, cuando me des¬pabiló fulminantemente una babel de gritos y
portazos procedentes de la sala de análisis. Crucé la puerta, mientras de todas
partes acudía el resto del personal, sobresaltado.
Thery, la más joven de las observadoras, estaba sentada en uno de los
sillones de la sala, visiblemente muy asustada, mientras su compañera Eleanor y
algu¬nos otros componentes del turno intentaban tranqui¬lizarla y que explicara
lo que le había sucedido. El ambiente era de gran confusión, y todos se
pregunta¬ban unos a otros por lo ocurrido, sin que nadie su¬piera dar razón.
Por fin, de las frases entrecortadas y confusas de la muchacha fue
emergiendo un vago relato. Había des¬cendido Thery, como le correspondía
aquella noche, para hacer la lectura de la caseta de instrumentos si¬tuada en
el exterior del edificio, justo junto a la gran escalera de piedra que, por
entre los árboles, bajaba hasta la carretera general. Todo aquel escenario
es¬taba obscuro y solitario a aquella hora, pero la opera¬ción se había
efectuado anteriormente centenares de veces y no había en ella nada de alarmante.
Según relató la chica, justamente cuando entraba en el pequeño claro donde se
alzaba la caseta, había sentido que algo la tocaba en el hombro. Pensando que
sería alguna rama de un árbol medio desprendida por el viento, intentó
sacudírsela mientras desviaba los ojos maquinalmente hacia ella.
Lo fantástico del relato comenzaba entonces. De acuerdo con las palabras
de Thery, ella había visto entonces que lo que la sujetaba por el hombro era
una mano gigantesca de piel rugosa y uñas negras y pun¬tiagudas.
Gritó ella con todas sus fuerzas y logró soltarse con una brusca
sacudida, tras de lo cual corrió a buscar refugio en el edificio. Tan sólo al
llegar a la puerta se atrevió a mirar atrás, y entonces le pareció ver una
figura enorme de ojos fosforescentes, que dijo ser en todo semejante al diablo.
No quiso enterarse de más detalles, y corrió escaleras arriba hasta entrar en
la sala de análisis y alarmar a sus ocupantes.
Terminado aquel confuso relato, todos quedamos en silencio,
contemplándonos unos a otros. Luego, tras cambiar apenas algunas breves frases,
cada cual cogió el primer instrumento pesado o cortante que encontró a mano, y
formamos un grupo de explora¬ción que descendió en busca de quien quiera que
fuese el autor del susto de Thery.
Pero no encontramos nada anormal. En cambio sí pudimos escuchar,
procedente de la lejanía, un grito emparentado con el que yo oyera la tarde
anterior, si bien con un tono inequívocamente burlón. Pese a ser débil y
remoto, logró helar la sangre en nuestras ve¬nas; tal era su naturaleza.
Renunciamos a la expedi¬ción y volvimos a entrar en el edificio, cerrando y
atrancando la puerta tras nosotros.
–Hay algo raro allá afuera –dijo uno de los ob¬servadores, inquieto–. No
seré yo quién baje mien¬tras sea de noche.
–Señores –intervino el doctor Castle-John deci¬didamente– como autoridad
superior en el centro, voy a llamar a la policía. Hasta que llegue nadie
abandonará el edificio. Fueron horas de espera temerosa, pero nada ocu¬rrió.
Cuando llegó el coche patrullero de la policía, ya el pinar estaba iluminado
por las primeras luces del alba. Escudriñaron por todas partes, pasando el
pinar a peine fino, pero tampoco encontraron nada de interés. Les habíamos
dicho que probablemente se trataba de un delincuente sexual, y ya antes de
iniciar la búsqueda manifestaron que el tal debía haberse marchado mucho antes
del amanecer. El único ha¬llazgo insólito pareció confirmar las palabras del
se¬reno dichas a Sir James al empezar de noche, pues se descubrieron en el
barro unas huellas de lo que pare¬cían ser pezuñas.
Cuando llegó el relevo de la mañana, ya la luz del Sol había animado
algo a nuestro grupo, y la mayoría se había obligado a pensar que debía
tratarse efectivamente de un asaltante sexual, quizá disfrazado de alguna
forma. Pero en tal conformismo existían dos excepciones; la de Thery, que
seguía sosteniendo que aquello que la atacó no tenía nada de humano, y la mía
personal, pues yo había comenzado a establecer relaciones en¬tre todo lo
ocurrido, y no las tenía todas conmigo. Cuando subí al autobús para abandonar
el observato¬rio, no olvidé llevarme la caja metálica cuyo descu¬brimiento
iniciara aquella absurda cadena de sucesos.
Mi amigo Héctor contempló fijamente las inscrip¬ciones, acercando la
caja de metal a
sus ojos.
–Es griego, desde luego –dijo–. Griego alejan¬drino. ¿Dónde dices que la
encontrasteis?
–En la colina junto al observatorio –le res¬pondí–. No sabía que los
griegos hubieran llegado nunca hasta aquí.
–Los griegos propiamente dichos no, pero sí los romanos, desde luego. En
los tiempos de la decaden¬cia romana, el griego alejandrino era muy utilizado
en los ritos de brujería y magia negra.
–¿Has dicho magia negra? –me alarmé.
Mi amigo asintió.
–Esta caja puede ser muy bien un objeto mágico, una especie de talismán.
¿Contenía algo?
Le describí la flauta de barro cocido, aunque sin hablarle del efecto
que su música me había causado. Asintió él de nuevo, gravemente.
–Todo concuerda. Se trata de la siringa, la flauta de siete tubos propia
del dios Pan.
Aunque corrien¬temente suelen ser de caña, y no de barro ni de arci¬lla.
Mira.
Recorrió con el dedo los caracteres grabados en la tapa de la caja.
–«Oh, gran Pan de patas de cabra, dios del terror, señor de los mundos
obscuros, donador del espanto, regidor de los placeres tenebrosos. Sabio
debelador de lo desconocido, poderoso músico de extrañas me¬lodías, nosotros te
invocamos».
–¡El dios Pan! –exclamé–. Pero yo le tenía por una deidad amistosa, que
tocaba la flauta por los bos¬ques y perseguía a las ninfas, con sus amigos los
sáti¬ros, los faunos...
–...y los egipanes –terminó mi amigo, son¬riendo–. Pero todo ello es una
interpretación poste¬rior. El dios Pan es una divinidad muy antigua, ante¬rior
a las mitologías griega y romana. Los griegos le identificaron con ese ser
alegre y danzarín, quizás en¬gañados por la flauta que era su principal
atributo. Incluso le inventaron diversas genealogías, una de ellas haciéndole
fruto nada menos que de los amores culpables de la fiel Penélope con alguno de
sus pre¬tendientes. Luego, cuando los romanos unificaron la mitología griega
con la propia, se le identificó con divinidades campestres italianas como Fauno
y Sil¬vano.
«Pero no. Pan es muy anterior a todo eso. Quizá procede de Egipto, e
incluso de alguna civilización perdida anterior a la del Nilo. Su mismo nombre
en griego primitivo es inquietante: Pan, la totalidad. Se le tenía en un
principio por un dios extraño y tene¬broso, muy alejado del luminoso panteón
olímpico. De su nombre, no sé si lo sabrás, deriva el término pánico, en el
sentido de terror absoluto e incontrolable. Se decía que Pan era capaz de poner
en fuga ejércitos enteros tan sólo con la voz, emitiendo gritos terroríficos.
Salté en la silla, sobresaltado.
–¿Cómo has dicho? –pregunté.
Mi amigo me miró con extrañeza.
–Que el dios Pan podía lanzar gritos tan terribles que ponían en fuga a
los mas valientes guerreros. Los griegos narraban que en cierta ocasión hizo
huir a los mismos Titanes, soplando en un caracol o, según otra versión, con su
propia voz.
«Muchas sectas mágicas actuales tienen a Pan por un ser diabólico, que
puede ser conjurado para otor¬gar poderes tenebrosos a sus invocantes. ¿Has
leído The great god Pan, de Arthur Machen?
Negué.
–Pues en este libro se expresa la maldición que puede caer sobre una
persona y su descendencia merced al sólo contacto con el dios Pan. En realidad
la idea viene de muy antiguo. Ya has visto las frases invocadoras que alguien
grabó en esta misma caja, hace
millar y medio de años. Se le tiene por soberano de un mundo de maldad,
violencia y tinieblas, coexistente con el nuestro, un mundo donde todo es
bes¬tial, instintivo, perverso. Incluso se cree que el ame¬ricano Lovecraft se
inspiró en su culto para idear los monstruosos panteones de los mitos de
Cthulhu.
Se interrumpió para sonreír, como rechazando al reino de la fantasía
todas aquellas elucubraciones.
–En resumen, un dios poco simpático ¿no te pa¬rece?
Apenas si pude responderle, pues mil locos pen¬samientos se agitaban en
mi mente. Balbuceé una apresurada despedida y abandoné la casa de mi amigo
Héctor, con la caja de metal bajo el brazo.
La flauta, pensé mientras caminaba al azar por las calles de la ciudad.
Con la flauta había empezado todo. Aquella música demente que William Peel
ha¬bía negado producir por su propia voluntad... ¿sería posible que hubiera
despertado... algo? ¿Algo capaz de rondar por las noches entre los pinos, y de
lanzar gritos terroríficos? ¿Algo procedente de las eras más arcaicas de
nuestro mundo, quizá de mucho antes del nacimiento de nuestra humanidad?
Pugnaba por no creerlo, por pensar que debía ha¬ber otra explicación
natural. Pero las palabras de Héctor seguían sonando en mis oídos. El gran dios
Pan, señor de los mundos obscuros. La siringa, el sím¬bolo de la terrible
divinidad, quizá la fuente de su poder y de su misma existencia.
Puede que no me hubiera arriesgado a hacer lo que hice de no estar mi
mente abotargada por aquella no¬che en vela y llena de emociones. Por la tarde
intenté tranquilizarme y dormir, diciéndome a mí mismo una y cien veces que
todo aquello no podía ser sino una acumulación de coincidencias, que cosas así
no po¬dían pasar en nuestro mundo real y racional. Pero no podía cerrar los
ojos sin que espantosas visiones sur¬gieran en mi mente.
Anochecía ya cuando recordé algo que me llevó al colmo de la inquietud.
Aquella misma noche entraría de servicio William Peel, y quizá llevara
consigo... Aquella sombra inquietante que vagaba por los pina¬res parecía
buscar algo concreto, algo que le había despertado de un sueño milenario, y que
quizá nece¬sitara de nuevo para desarrollar su poder. ¿Qué podía ocurrir
aquella noche en el observatorio? ¿Y qué su¬cedería al amanecer, allí y en el
resto del mundo, si la flauta de los siete tubos caía en manos de su legítimo
poseedor?
El sueño huyó de mí, y me encontré en pie, pen¬sando en lo que había de
hacer. ¿Podría un hombre solo enfrentarse con una divinidad?
Al menos debía intentarlo. Recordé el sonido de la flauta, y los gritos
terroríficos. Quizás aquello fuera simple locura, pero me procuré algo para
contra¬rrestar aquellos efectos. Iría en persona al observato¬rio, pues una
llamada telefónica sería inútil. ¿Cómo explicar por teléfono lo que ocurría, lo
que podría ocurrir con la caída de la noche?
La obscuridad ya era casi completa cuando el autobús me dejó frente a
los últimos edificios universita¬rios. No había nadie a la vista, y me
estremecía al pensar en el caminillo que debía ahora recorrer a pie, subiendo
por la colina y rodeado de pinares susurran¬tes... entre los cuales podía
ocultarse aquello que yo buscaba. Pero ahora no podía echarme atrás. Quizá con
un arma... Busqué a mi alrededor, pero sólo pude ver una gran piedra junto al
camino. A falta de cosa mejor la cogí, pobre arma frente a un dios.
Fue temerosa la subida por el sendero, con el ful¬gor intermitente de la
Luna, oculta a veces por negros nubarrones. Pero el susurro de la brisa en los
pinares no se veía interrumpido por ningún rumor amena¬zante, por ningún grito
extrahumano...
Fue otro sonido el que llegó a mis oídos cuando llegaba a la mitad del
camino, un sonido que me de¬tuvo en seco, dejándome paralizado donde me
ha¬llaba. La siringa. La flauta de Pan.
Procedía, desde luego, del edificio. Quizá William la estaba tocando de
nuevo, inconsciente del mal que la música podía atraer. Aunque, por lo que
podía re¬cordar, quizá la flauta producía su propia melodía, y utilizaba al
ejecutante como un simple servidor. De todas formas, pese a la distancia a la
que sonaba, la música me producía un efecto superior y distinto a la primera
vez. Podía llegar a dominarme.
Pero precisamente había venido preparado, o al menos eso esperaba,
contra aquel efecto. Saqué del bolsillo los tapones de cera y, cómo hiciera
Ulises frente al embrujo de las sirenas me obturé con ellos los oídos. El
sonido de la flauta cesó para mí.
No hallé a nadie en torno al edificio ni tampoco en el vestíbulo, cuando
empujé la puerta semiabierta. Avancé por los pasillos desiertos, cruzando junto
a las puertas cerradas de los despachos. No podía escu¬char la melodía de la
siringa, pero notaba una rara ondulación inmaterial que hacía vibrar mis
nervios. La música estaba allí, aunque no pudiera dominarme.
Finalmente llegué ante la puerta de la sala de análisis. Quizás estaban
allí todos reunidos, subyugados por el so¬nido de la flauta tocada por William.
Necesitaba interrumpir como fuera aquel horrible concierto antes de que
sucediera lo que yo temía. Empujé la puerta y entré de golpe.
Sí, estaban todos allí, extrañamente arrodillados, de espaldas a mí,
encarando la flauta y aquel que la tocaba. Pero éste no era William.
Retrocedí con un grito ante la vista de aquella monstruosidad que se
hallaba acurrucada al fondo de la sala, dobladas las patas caprinas bajo sí,
con la si¬ringa en las poderosas manos de uñas puntiagudas y del color del
ébano. Ante mí, viviente, estaba el dios Pan.
Pude verlo a plena luz, con todo detalle. Su frente astada casi rozaba
el techo, pese a estar el dios acu¬rrucado. Vi sus rasgos anormales, sus orejas
termina¬das en punta, su severa barbilla, sus ojos crueles... éstos se fijaron
en los míos, mientras la flauta conti¬nuaba adherida a su boca de demonio.
Con un sólo movimiento, todos quienes estaban en la sala se volvieron
poniéndose en pie. Eran mis compañeros, mis amigos, pero ahora en sus ojos se
reflejaba la misma crueldad de los de su amo. Me miraron y avanzaron hacia mí.
En un instante de locura pensé que aquellos hom¬bres y mujeres a quienes
tan bien conocía no perte¬necían ya a la raza humana. Eran la gente de Pan, los
primeros de las grandes multitudes mundiales que pronto se transformarían en
bestias, iniciándose en el culto salvaje al nuevo dios. Me harían pedazos.
Tuve el pensamiento de la huida, bien que dema¬siado sabía yo que no
había refugio, que dondequiera que me ocultara más pronto o más tarde sería
alcan¬zado por aquello que había nacido de la colina. Y al mismo tiempo sentí
una terrible furia contra el ser que de tal forma pretendía adueñarse del mundo
al que yo pertenecía.
En un gesto que entonces me pareció fútil, alcé la mano y arrojé con
todas mis fuerzas la piedra que había recogido junto el camino, a través de la
sala, hacia la divinidad que la señoreaba. Aún sabiendo que ningún choque
podría conmoverle, ni ningún arma mortal causarle el menor daño.
Y lo imposible aconteció. Puede que, si Pan vivía, alguna otra divinidad
pudiera actuar en su contra, que una mano inmaterial y más que humana auxiliara
la mía en el loco acto ofensivo, y guiara el proyectil en su camino por el
aire. Pues la piedra alcanzó de lleno la maléfica siringa de barro cocido,
haciéndola pedazos en las mismas manos del monstruo.
Siguió una onda erizante que torturó mis músculos y mis huesos, y luego
fue la conmoción. En una vi¬sión instantánea advertí cómo todos mis compañeros
poseídos saltaban en el aire como alcanzados por una fuerte corriente
eléctrica. Y luego la cosa me alcanzó, ignoro de qué forma. Un relámpago cegó
mis ojos, me sentí alzado en el aire como por un huracán, y después fueron las
tinieblas y la inconsciencia total.
Mis recuerdos embarullados fueron todo cuanto quedó de los
acontecimientos ocurridos en aquella noche memorable, pues todos los demás
asistentes quedaron privados de unas horas de memoria. No podían recordar lo
que les había sucedido después de que iniciaran el servicio rutinario, y se
asombraron cuando recobraron el conocimiento casi al amanecer, dispersos y
tirados por el suelo como yo mismo, molidos y doloridos, pero de nuevo humanos.
El propio William encontraba difícil recordar todo lo referente a la
flauta de siete tubos, e incluso los asistentes a los fenómenos precursores de
la primera noche tenían extrañamente emborronados los re¬cuerdos sobre
aquellos.
Pero una prueba había quedado. Allá, en el fondo de la sala, el objeto
inexplicable, que desafiaba a toda teoría. La gigantesca estatua de mármol,
tallada en un sólo bloque, con inhumana maestría, según declararon los
expertos. Una figura en forma de sátiro o de demonio de los bosques, con las
manos junto al ros¬tro en actitud de tocar una flauta que no existía ya, fuera
de algunos cascotes que se hallaron a sus pies. Una escultura cuya presencia
constituía un enigma insoluble, pues para sacarla hubo que derribar parte de un
tabique.
Hoy se la puede contemplar en el museo de nues¬tra ciudad. Y la
expresión de maldad que hay plas¬mada en su rostro llega a asustar a algunos de
los visitantes.


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