© Libro N° 8883. La Verdadera Historia De Los Dinosaurios. Charig, Alan. Emancipación. Julio 31 de 2021.
Título original: ©
La Verdadera Historia
De Los Dinosaurios. Alan Charig
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Charig
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Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LA VERDADERA HISTORIA DE LOS DINOSAURIOS
Alan Charig
La Verdadera Historia De Los Dinosaurios
Alan Charig
CONTENIDO
Prefacio
I. ¿Qué fueron los dinosaurios?
II. Nuestro mundo cambiante
III. Cómo se fosilizaron los dinosaurios
IV. Los fósiles y el tiempo
V. El árbol evolutivo
VI. Los primeros descubrimientos
VII. En busca de dinosaurios
VIII. Los dinosaurios, animales vivientes
IX. Principios de clasificación
X. Clasificación de los dinosaurios
Láminas
XI. Origen de los dinosaurios
XII. Dinosaurios terópodos: los bípedos carnívoros
XIII. Dinosaurios sauropodomorfos: el Diplodocus y sus parientes
XIV. Dinosaurios ornitópodos: bípedos herbívoros
XV. Dinosaurios con cuernos, dinosaurios con placas, dinosaurios con
armadura
XVI. Los dinosaurios y la «sangre caliente»
XVII. Los dinosaurios y las aves
XVIII. Distribución geográfica
XIX. La muerte de los dinosaurios
Clasificación general de los dinosaurios (y otros arcosaurios)
Agradecimientos por las ilustraciones
Prefacio
Con toda probabilidad, la mayoría de los lectores
de este libro se interesarán por los dinosaurios, pues es razonable suponer que
muy pocos de los no interesados en ellos se habrían molestado siquiera en
abrirlo. También es probable que muchos de mis lectores sean personas
inteligentes con una amplia gama de intereses y grandes conocimientos de otros
temas. No obstante, he descubierto que a menudo esa clase de personas logran
realizar la notable hazaña de pasar por la vida sin adquirir ni tan sólo un mínimo
de información veraz sobre los dinosaurios, algo similar a lo que me sucede a
mí, que me las he ingeniado para aprender muy poco de cualquier otro tema.
Mucha gente cree que todos los dinosaurios eran parecidos al Diplodocus.
Este dinosaurio medía unos 26 m. de longitud.
Por ello me he puesto a escribir sin ninguna
consideración previa, dando por supuesto que muchos de mis lectores no saben
prácticamente nada de los dinosaurios ni de cuanto se relaciona con ellos; y en
el caso de que sepan algo, lo más probable es que hayan aprendido nociones
erróneas o desfasadas. Una larga experiencia me ha enseñado la clase de
preguntas que se formulan con más frecuencia y las ideas equivocadas más
ampliamente difundidas. Esto significa —si he conseguido mi propósito— que nada
de lo que se dice en esta obra debe rebasar la comprensión de cualquier
persona, y que no debería ser necesario recurrir a otros libros en busca de
explicaciones. Sólo cuando el apetito de conocimiento se haya agudizado, el
lector se verá impulsado a buscar en otro lugar informes más detallados y, en
algunos casos, puntos de vista diferentes. En cuanto al lector mejor informado
que descubra en el libro muchas cosas que ya conocía, le ofrezco mis humildes
excusas. De todos modos, también hallará consuelo, puesto que sin duda estas
páginas contienen algunos detalles y noticias de interés incluso para él.
Deseo expresar mi agradecimiento a John Attridge
(Birbeck College, University of London) y a los doctores William Ball
(paleontólogo del British Museum) y Edwin Colbert (Museum of Northern Arizona)
por su paciente lectura de mi manuscrito y sus valiosos comentarios y críticas.
También deseo expresar mi gratitud a mi esposa, Marianne Charig, por
mecanografiar el manuscrito y ayudarme en todo lo posible.
Alan Charig
Capítulo I
¿Qué fueron los dinosaurios?
Para la mayoría de nosotros, la palabra
«dinosaurios» evoca una imagen bastante confusa de extrañas criaturas
prehistóricas del remoto pasado. Representémonos esta imagen aun cuando, como
descubriremos pronto, en gran parte está lejos de ser exacta. Bestias enormes,
mucho mayores que cualquier elefante, pacían plácidamente hace millones de años
en vaporosas marismas, mientras que otras, menos imponentes pero equipadas con
dientes y garras formidables, acechaban a sus confiadas presas. Carecían de
enemigos, excepto entre ellos mismos, pues, ¿qué animal de menor envergadura se
atrevería a atacar a tales gigantes?
No obstante, según la creencia popular, la vida de
los dinosaurios estaba lejos de ser idílica, pues les asediaban toda clase de
problemas. Se tiende a considerarlos animales de «sangre fría», como los
reptiles actuales y, en consecuencia, no muy enérgicos. Se supone que se movían
poco, y que cuando lo hacían sus movimientos eran lentos y torpes. Tropezaban
con los troncos de los árboles, caían y se rompían las patas. Algunos eran tan
voluminosos que, cuando caían, ya no podían incorporarse. Sus cerebros eran muy
pequeños, por lo que debían ser extremadamente estúpidos. Necesitaban ingentes
cantidades de alimentos para mantener en funcionamiento sus cuerpos
gigantescos, pero su tremendo peso y su torpeza, su lentitud e indolencia y su
estupidez parecían ofrecerles pocas oportunidades de salir adelante. No podían
correr con la suficiente rapidez para capturar animales con los que
alimentarse, y ni siquiera eran lo bastante activos para hallar plantas
suficientes que comer. Pronto se murieron de hambre y acabaron por extinguirse.
Sólo quedan sus huesos. Ahora, montados sus esqueletos en nuestros museos, nos
llenan de asombro por su tamaño fantástico.
Pterodáctilo del género Pterodactylus comiéndose un pez. Envergadura
característica de las alas: 55 cm. No era un dinosaurio.
Esta desgraciada historia de los dinosaurios y su
desaparición —en su mayor parte incorrecta hasta el desatino— ha tenido como
consecuencia el uso de la palabra «dinosaurio» como un término despectivo. Se
emplea para describir algo anticuado, pasado de moda, que tal vez ha crecido
demasiado, lento en exceso y muy engorroso; algo que apenas tiene ya utilidad
en nuestro mundo moderno, como los grandes transatlánticos de la North
Atlantic, el Queen Mary y el Queen Elizabeth.
Sin embargo, la verdadera historia del dinosaurio
difiere mucho de la que acabamos de exponer. Quizás antes de entrar en detalles
debamos aclarar que no todo cuanto se dice en este libro concuerda con lo que
puede leerse en otros libros, revistas o periódicos, o con lo que puede oírse
por la radio o verse por televisión. Existen dos razones para ello. En primer
lugar, muchas de las personas que escriben libros, artículos y guiones para
programas de radio y televisión no son paleontólogos ni expertos en fósiles
(aunque ellos mismos se titulen así) y con frecuencia cometen errores. Lo que
se escribe en un libro o en un guión, generalmente se ha copiado de otro. Así,
si un libro está anticuado o trata de un modo erróneo determinados aspectos, es
muy posible que esos errores se reproduzcan en otros libros. En segundo lugar,
ni siquiera los paleontólogos profesionales saben, en realidad, mucho sobre
estos extraños animales tan antiguos. Todavía están descubriendo nuevos
dinosaurios, realizando más hallazgos acerca de los ya descubiertos y
concibiendo nuevas teorías sobre el modo en que estas criaturas vivían y se
comportaban. Muchas de las ideas que los especialistas tenían por ciertas hace
una veintena de años, hoy se consideran con frecuencia totalmente erróneas. Y,
en determinados aspectos, los expertos están en desacuerdo entre ellos. En
efecto, en los últimos años se han producido animadas controversias sobre temas
relacionados con los dinosaurios, en su mayor parte todavía sin resolver, y
cuyo seguimiento es fascinante, en especial para el lector que esté preparado
para tomar partido.
Pelicosaurio con aleta dorsal: Dimetrodon. Llegaba a alcanzar una longitud
de 3,3 m. No era un dinosaurio.
¿Qué es, pues, un dinosaurio? Muchas personas no
suelen tenerlo, ni mucho menos, claro, y las ideas difieren de manera
considerable. Algunos creen que cualquier animal prehistórico (de preferencia
con un nombre impronunciable) es un dinosaurio. Para ellos, no sólo son
dinosaurios el conocido Diplodocus y los Tyrannosaurus,
Brontosaurus y Stegosaurus, sino también (y en esto
se equivocan por completo) los pelicosaurios, caracterizados por sus aletas
dorsales, los alados pterodáctilos, los grandes reptiles marinos e incluso los
mamuts lanudos. Otros creen —y también están en un error— que el dinosaurio fue
un solo tipo de reptil extinto. La mayoría de estas personas, si se les
pregunta cuál era el aspecto de «el dinosaurio», probablemente dirán que era
una criatura enorme de cuatro patas con el cuello muy largo y la cabeza
pequeña, que vivía en las aguas poco profundas de los grandes lagos.
La verdad radica en algún punto entre estos dos
extremos. Los dinosaurios son un grupo particular de reptiles prehistóricos;
pero dentro de este grupo había centenares de especies diferentes, de la misma
manera que hoy existen muchos mamíferos distintos (puerco espines, leones,
caballos, murciélagos, ballenas, hombres). Algunos eran realmente muy grandes y
llegaban a pesar hasta ochenta toneladas o más —¡tanto como veinte elefantes de
gran tamaño!—, pero otros eran muy pequeños: el dinosaurio más pequeño conocido
no era mayor que un zorzal y debía de pesar unos pocos gramos. Algunos corrían
sobre sus patas traseras, mientras que otros se desplazaban a cuatro patas. Los
había que sólo se alimentaban de plantas, mientras otros comían carne, matando
a otros animales (dinosaurios incluidos). Una importante diferencia entre los
dinosaurios y los mamíferos era que los primeros, en su totalidad, vivían en
tierra, aunque algunos podían aventurarse en pantanos y lagos. Ninguno habitaba
en el mar ni volaba, a menos que consideremos a las aves como descendientes de
dinosaurios, pero éste es otro problema (véase cap. XVII). Sin embargo, a pesar
de su gran variedad, si los dinosaurios formaban un grupo zoológico debían
compartir, al menos, algunos caracteres comunes por los que este grupo podría
definirse. La historia del descubrimiento de los dinosaurios empezó con Gideon
Mantell (1790-1852; véase cap. VI), un doctor de Sussex y geólogo aficionado
que halló dientes y huesos en las canteras de su comarca, allá por la década de
1820. Mantell creyó que el hallazgo correspondía a un grupo totalmente nuevo de
animales, cuya existencia no se había sospechado hasta entonces. Parecían
haberse caracterizado por su enorme tamaño y sus hábitos herbívoros, cualidades
—así se creía en aquel entonces— reunidas sólo en ciertos tipos de mamíferos.
No obstante, en todos los demás aspectos, las criaturas de Mantell parecían
haber sido auténticos reptiles, y Mantell prefería considerarlos como tales.
Sus creencias fueron confirmadas por el gran zoólogo francés barón Georges
Cuvier (1769-1832; véase p. 52), quien, en 1824, admitió generosamente que se
había equivocado en su anterior negativa a aceptar la naturaleza reptiliana de
los descubrimientos de Mantell. La idea que éste y Cuvier se formaron de este
grupo de enormes reptiles herbívoros (un grupo para el que ninguno de los dos
sugirió un nombre) sin duda debió excluir todo carnívoro gigante fósil, de los
que por entonces ya se conocían algunos.
Un reptil marino: Plesiosaurus. Longitud característica: 3 m. No era un
dinosaurio.
Sin embargo, en 1841, gracias a los nuevos
descubrimientos efectuados en 1825, Richard Owen (1804-1892; véase p. 55)
sugirió la existencia de un grupo mayor que no excluía las formas carnívoras.
Owen concibió el nombre de dinosaurios para este grupo más
amplio y definió a sus miembros por las características de sus esqueletos,
algunas de las cuales se parecían a las de otros grupos de reptiles, mientras
que otras eran exclusivas de los dinosaurios; aunque mencionó también su tamaño
gigantesco, «que sobrepasa en mucho al de los mayores reptiles actuales»,
y el hecho importante de que habían vivido en tierra firme. Por otro lado, no
mencionó los hábitos herbívoros que les habían atribuido Mantell y Cuvier. Y
entre las tres formas que citó como los mejores ejemplos de su nuevo grupo de
dinosaurios, incluía una (Megalosaurus) que, por la configuración
de sus dientes, debió de ser con toda evidencia un carnívoro altamente
predatorio. Una consecuencia, desde los tiempos de Owen, ya no se ha
considerado el modo de vida vegetariano como un atributo necesario de los
dinosaurios. Tampoco el gran tamaño puede considerarse actualmente como una
característica esencial de dichos animales, pues en los últimos cien años se
han desenterrado los restos de numerosos dinosaurios muy pequeños. Incluso la
creencia de que los dinosaurios deberían clasificarse como reptiles ya no es
compartida por todo el mundo (véase cap. XVII).
Uno de los mayores dinosaurios conocidos, Brachiosaurus, comparado con uno
de los más pequeños. En realidad, aún existieron dinosaurios de menores
dimensiones.
Así pues, las tres características esenciales sobre
las que Mantell y Cuvier basaban el reconocimiento del grupo han sido
desechadas por los expertos, o al menos, puestas en tela de juicio. Aún se cree
que los dinosaurios habitaron sólo en tierra firme (o, como mucho, fueron
semiacuáticos en aguas dulces); pero incluso esta supuesta característica no
tiene una utilidad particular para definir al grupo, puesto que no existe una
razón lógica por la que algunos dinosaurios no pudieran haber habitado en el mar
y por la que algún día no puedan descubrirse los restos de tales criaturas. En
fecha reciente (1972) se afirmó que un pequeño dinosaurio localizado en el sur
de Francia poseía los miembros delanteros en forma de remo, y que su modo de
vida debió de ser intermedio entre el de la garza y el pingüino; sin embargo,
las pruebas al respecto no son en modo alguno, convincentes.
Un dinosaurio cuadrúpedo: Styracosaurus. Longitud característica: 5,25 m.
¿Qué características nos permiten pues definir a
los dinosaurios? De hecho, desde fines del siglo XIX ha ido ganando aceptación
la teoría de que los llamados dinosaurios formaban dos grupos separados, los
saurisquios (que significa «cadera de lagarto») y los omitisquios («cadera de
ave»). Cada grupo tiene su propia serie de características comunes, que
comentaremos en el capítulo X. No hay duda de que los saurisquios y los
omitisquios se relacionan entre sí, pues ambos son miembros de un conjunto
mayor (los arcosaurios o «reptiles predominantes»). Si pudiéramos retroceder lo
suficiente en el tiempo, descubriríamos sin duda que ambos grupos descendieron
del mismo antepasado, un arcosaurio (véase cuadro p. 95). Pero los saurisquios
y los omitisquios puede que no estén más íntimamente relacionados entre sí de
lo que están con ciertos grupos de arcosaurios a los que no se considera
dinosaurios, tales como los crocodilios y los pterosaurios. Todavía no existen
pruebas de que el arcosaurio antepasado común de los saurisquios y omitisquios
—el antepasado común de todos los dinosaurios— fuera sólo el antepasado de los
dinosaurios y no también de los demás arcosaurios no dinosaurios.
Un dinosaurio carnívoro, Tyrannosaurus, devorando un animal muerto. Longitud
característica: 12 m.
En otras palabras, todavía no se ha demostrado que
los «dinosaurios» formen un grupo natural, y es muy posible que jamás se
demuestre... ¡por la sencilla razón de que el grupo natural en cuestión puede
no haber existido!
La mayor parte de las características que se
encuentran tanto en los esqueletos de los saurisquios como en el de los
omitisquios son, pues, características comunes a los esqueletos de todos los
arcosaurios (y que también se encuentran, por ejemplo, en los crocodilios) o
distribuidas aún más ampliamente (tal vez en todos los
reptiles). Aunque estas características de los arcosaurios son en general de un
tecnicismo excesivo para relacionarlas aquí, podríamos mencionar algunas de las
más importantes. Una de ellas es la presencia de «ventanas» a los lados del
cráneo, lo cual, en casos extremos, forma un cráneo que tiene más de andamiaje
que de estructura sólida y que sin duda explica el extraordinario porcentaje de
fósiles de arcosaurio en los que el cráneo está roto en pequeños fragmentos o
falta por completo. Es característica la existencia de cuatro grandes aberturas
a cada lado. La mayor, la órbita, albergaba el ojo; detrás de la
órbita se encuentran dos aberturas temporales, una encima de
la otra, que permitían a los músculos de la mandíbula aumentar de volumen
cuando se contraían, y probablemente servían también para aligerar el cráneo; y
delante de la órbita hay una abertura anteorbital que podía
haber contenido una glándula, tal vez una glándula excretora de sal. Las dos
aberturas temporales son características de una subdivisión aún más amplia de
los reptiles, la de los diápsidos (véase cap. X); pero cuando en un cráneo se
encuentra además la abertura anteorbital, se sabrá de una manera muy evidente
que el diápsido que la posee es, más específicamente, un arcosaurio. Además,
las barras óseas situadas entre estas aberturas nunca se reducen o pierden en
los reptiles arcosaurios, como sí sucede en algunos diápsidos no arcosaurios
(como los lagartos y las serpientes). Por otro lado, en arcosaurios
posteriores, más avanzados, algunas de estas aberturas (excepto, naturalmente,
la órbita) llegaron a cerrarse secundariamente.
Aparte del cráneo, el resto del esqueleto de los
arcosaurios posee también algunos rasgos distintivos. Las extremidades
delanteras eran casi siempre mucho más cortas y de estructura más ligera que
las posteriores, los pies delanteros eran mucho más pequeños que los traseros y
podían estar adaptados para agarrar objetos, y la cola era grande y pesada. No
hay duda de que muchos arcosaurios podían caminar sólo sobre sus extremidades
posteriores. En efecto, algunos tenían las extremidades delanteras tan pequeñas
o tan bien adaptadas para asir que debieron resultarles inútiles para caminar
y, en consecuencia, el animal debió de verse obligado siempre a andar sobre dos
patas (el Tyrannosaurus es un buen ejemplo; véase lámina 5).
Por este motivo se ha supuesto generalmente que las
extremidades desiguales y la pesada cola de los arcosaurios producía en todos ellos
una fuerte tendencia hacia la postura bípeda, y que incluso aquellos
arcosaurios que eran totalmente cuadrúpedos descendían de antepasados bípedos.
Pero, desde principios de los años 1960, esta idea se ha ido considerando cada
vez con mayor escepticismo, debido sobre todo a que, en la mayoría de los
casos, no existe nada en la estructura de los arcosaurios cuadrúpedos (a excepción
de la longitud de las extremidades y la cola) que sugiera que hayan
evolucionado de antepasados bípedos. Más bien se cree que la disparidad de las
extremidades y la poderosa cola evolucionaron en principio conectadas con
alguna otra función (una de las posibilidades sugeridas es que los arcosaurios
ancestrales eran semiacuáticos), y que esas mismas características facilitaron
a estos animales la marcha bípeda.
Parte de la mandíbula superior del cráneo de un Megalosaurus. Los dientes
son claramente de carnívoro. Longitud del fragmento: 30 cm.
Es cierto, pues, que muchos dinosaurios de ambos
grupos tuvieron dimensiones gigantescas, que muchos fueron herbívoros y, más
aún, que muchos de ellos fueron bípedos. Pero ninguna de estas características
puede utilizarse para definir a un dinosaurio, pues, como ya hemos mencionado,
también es cierto que muchas de estas criaturas fueron de modesto tamaño, que
muchas eran por completo carnívoras y que también muchas fueron cuadrúpedas.
(Por otra parte, ninguna de estas características queda totalmente limitada a
uno de los grupos en que se subdivide a los dinosaurios, si bien sólo se conoce
un omitisquio en apariencia carnívoro, el Troodon, desenterrado en
Montana en fecha tan reciente como 1980.)
Cráneo de un arcosaurio primitivo, Euparkeria. Longitud del cráneo: unos 8
cm. a: abertura nasal; aa: abertura anteorbital; ats: abertura temporal
superior; ati: abertura temporal inferior
En consecuencia, nos preguntamos: ¿podemos
hallar algún rasgo simple absolutamente peculiar de los
dinosaurios, que esté presente en todos ellos —tanto saurisquios como
ornitisquios— pero que falte en todos los demás reptiles?
La respuesta a esta pregunta es afirmativa. Todos
los dinosaurios se caracterizaron por una posición de las extremidades
«mejorada» o «erecta» (parecida a la que se encuentra en los mamíferos
superiores), en la que las extremidades sujetan el cuerpo desde abajo,
manteniéndolo apartado del suelo, y cada una se mueve en un plano más o menos
vertical. Esta postura contrasta con la posición horizontal de las extremidades
de los anfibios y de la mayoría de los demás reptiles, incluidos los primeros
arcosaurios. Todos estos animales descansan con el vientre en el suelo y el
segmento superior de cada extremidad (brazo o muslo) proyectado lateralmente
desde el cuerpo. Se desplazan hacia adelante imprimiendo al tronco y a la cola
ondulaciones en forma de S y girando sobre sus extremidades, prácticamente
«nadando» en tierra. En los dinosaurios, como en los mamíferos, las patas han
cambiado de dirección: en las delanteras el codo se proyecta hacia atrás y no
lateralmente, y en las patas traseras la rodilla apunta hacia adelante. Una
posición intermedia, «semimejorada» o «semierecta», se encuentra en otros
arcosaurios, concretamente en los antecesores inmediatos de los dinosaurios y
los crocodilios. (En general, los cocodrilos actuales «se arrastran» cuando
caminan con lentitud, pero cuando lo hacen con rapidez pueden alcanzar la
postura «semierecta» y avanzar con una especie de trote; algunos incluso
galopan.)
Cráneo de dinosaurio (Compsognathus). Longitud del cráneo: 10 cm.
Esquema del cráneo de Compsognathus.
Cráneo de lagarto (Cyclura). Longitud del cráneo: 6 cm. La barra ósea bajo
la abertura temporal inferior se ha perdido
Esquema del cráneo de Cyclura.
Aunque los dinosaurios se han extinguido por
completo, su posición «mejorada» aparece claramente en una serie de
características de los huesos de las extremidades (en especial las traseras) y
de las cinturas óseas —hombros y caderas— a las que estaban unidas las
extremidades. Como es lógico, sus huesos tenían una forma muy distinta de la de
sus antepasados reptantes. Por mencionar sólo algunas de las diferencias más
importantes, el hueso del muslo de un dinosaurio es bastante recto y tiene una
cabeza dirigida hacia adentro, mientras que el de un reptante presenta una
ligera forma de S y carece de cabeza. La cavidad cotiloidea de la cadera tiene
forma de cuenca en los dinosaurios y los reptantes, pero en los primeros hay un
gran agujero en el fondo de la cuenca y un borde superior muy desarrollado,
mientras que los reptantes no presentan ninguno de estos rasgos. Los
dinosaurios caminaban sobre las puntas de los dedos, pero los reptantes lo
hacían pesadamente sobre las plantas de los pies.
Posición de las extremidades y locomoción de los vertebrados cuadrúpedos: A,
«reptador», como un lagarto; B, animal con extremidades «semierectas», como un
cocodrilo cuando anda de prisa; C, animal con extremidades «erectas», como un
mamífero avanzado o un dinosaurio; D, «reptador» visto desde arriba —un tritón—
mostrando las ondulaciones horizontales en forma de S; E, animal «semierecto»
—un caimán andando de prisa— levantado del suelo; F, animal «erecto» —un oso—
con los pies planos sobre el suelo.
Estas «mejoras» de las extremidades tuvieron una
gran importancia en la evolución de la verdadera posición bípeda. Un verdadero
bípedo apenas toca el suelo con las patas delanteras cuando corre —quizá no lo
haga nunca— y puede caminar lentamente o permanecer inmóvil sólo sobre sus
patas traseras.
(a) Articulación de la cadera
Pero problemas de equilibrio y de tensión muscular
imposibilitan a un reptante correr mucho con tan sólo sus patas traseras. Por
ejemplo, los lagartos actuales se ven en general obligados a limitar su
locomoción bípeda a breves carreras cortas, y nunca se les podría describir
como verdaderos bípedos.
(a) Esqueleto de la pata trasera de un reptil primitivo
de Nueva Zelanda, el tuatara (véase p. 42), que muestra la posición del pie con
la planta plana sobre el suelo.
Cuanto más «mejora» un cuadrúpedo su locomoción
llevando las patas debajo del cuerpo, menos esfuerzo y energía necesita para
levantar su cuerpo del suelo, tanto en marcha como cuando está parado, y con
más facilidad puede alzarse sobre sus patas traseras para convertirse en un
verdadero bípedo. (Los saurisquios parecen haber llevado la tendencia hacia la
posición bípeda más lejos que los ornitisquios: numerosos saurisquios se vieron
obligados a caminar sólo sobre sus patas traseras, mientras que es probable que
la mayoría de los ornitisquios bípedos pudieran avanzar a cuatro patas cuando
lo desearan.)
(b) La misma parte del esqueleto correspondiente
al dinosaurio Ceratosaurus, que muestra cómo los dinosaurios caminaban sobre
los dedos de los pies.
En resumen, parece que los dinosaurios fueron los
únicos arco- saurios —en realidad, los únicos reptiles— que lograron adquirir
una posición y andadura «plenamente mejoradas» y, en consecuencia, sólo entre
los dinosaurios —tanto saurisquios como ornitisquios— podemos hallar a veces
una verdadera posición bípeda, ya sea habitual u obligatoria. Estas tendencias
comunes son de gran importancia porque proporcionan cierta justificación de
nuestro uso del término popular «dinosaurio» para cubrir ambos grupos. Pero al
mismo tiempo, los detalles diferenciados de las modificaciones necesarias en
los esqueletos de los animales sugieren claramente que cada grupo había
desarrollado sus propias modificaciones con independencia del otro. Podemos
imaginar una situación comparable en la que cada uno de dos grandes fabricantes
de automóviles produce versiones de sus diversos modelos estándar con unas
prestaciones muy superiores, modificándolos todos ellos según la especificación
de la patente de la empresa. Es evidente que los dos tipos de modificación, si
bien destinados al mismo fin, diferirán bastante uno de otro y serán
característicos de sus fabricantes respectivos.
Volvamos a la imagen de los dinosaurios que hemos
descrito al principio de este capítulo: los dinosaurios de sangre fría, de la
imaginación popular, lentos, torpes, estúpidos y no especialmente duchos en
mantenerse con vida. En la actualidad algunos científicos creen que los
dinosaurios eran de sangre caliente, es decir, de temperatura constante, como
las aves y los mamíferos. Más adelante, en el capítulo XVI, explicaremos por
qué. Esos mismos científicos también creen que no todos los dinosaurios eran lentos
y torpes, que algunos de ellos podían correr con mucha rapidez y que sus patas
eran apropiadas para una vida muy activa. Tampoco existe ninguna razón para
suponer que fuesen menos inteligentes que los reptiles de hoy; no se trata
tanto de que sus cerebros fuesen muy pequeños, sino de que sus cuerpos eran en
comparación descomunalmente grandes.
La iguana del género Basiliscus, de América Central, corre apoyándose sólo
sobre sus patas traseras.
En cualquier caso, tanto si fueron de sangre fría
como caliente, los dinosaurios vivieron durante un período aproximado de 140
millones de años, siendo la mayor parte de este tiempo, prepotentes en la
tierra, pues ningún otro animal podía competir con ellos. Difícilmente podrían
haber sobrevivido durante tan vasto período si hubiesen sido lentos, torpes y
poco capacitados para procurar por su vida. Después de todo, la especie humana
(tal como la definen los antropólogos) existe sólo desde hace unos dos millones
de años, cuatro millones como máximo. ¿Quiénes somos, pues, para despreciar a
los dinosaurios cuando, como grupo, se han mostrado capaces de durar setenta
veces lo que hasta ahora hemos durado nosotros? La verdad es que el
hombre civilizado se remonta a unos pocos milenios en las
brumas de la antigüedad. Utilizar la palabra «dinosaurio» de una manera
desdeñosa, como hemos descrito antes, es, por lo tanto, injustificable.
Por el contrario, los dinosaurios deben de haber
sido unos animales muy logrados, cada uno bien adaptado para llevar la clase de
vida que había elegido. Como es natural, ninguno de sus diferentes tipos duró
todo el período de los 140 millones de años de historia.
Los dinosaurios, como todos los demás seres vivos,
cambian constantemente, y los que vivieron hace unos 200 millones de años
(cuando empezaron a existir) eran en su mayoría muy diferentes de sus últimos
descendientes, cuyo reinado llegó a un fin súbito e inexplicable hace unos
sesenta y cinco millones de años. (Después de todo, los últimos dinosaurios
estaban más próximos en el tiempo a nosotros que a los miembros más antiguos de
su propio grupo.) Cada período de la Era de los Dinosaurios tuvo su propia «colección»
característica de estos notables animales.
Así pues, hoy los dinosaurios pertenecen al pasado.
No existe nada, salvo sus restos fosilizados, para demostrar que hayan existido
(a menos, como hemos dicho, que aceptemos a las aves como sus descendientes).
Sin embargo, el público general ha tomado un interés insaciable por los
dinosaurios en el curso de los últimos cien años, más o menos. La «Galería de
los Dinosaurios» es siempre la principal atracción de todo museo de historia
natural lo bastante afortunado para disponer de una, y el debatido problema de
la extinción de estas bestias extraordinarias ejerce una fascinación perenne
tanto sobre el profano como sobre el científico profesional. Otra fuente de
interés popular es la historia de su descubrimiento en el siglo XIX, primero en
Inglaterra y luego en Norteamérica. Un interés tan grande es más probable que
se deba al tamaño con frecuencia gigantesco de los dinosaurios y a su aspecto a
menudo extravagante que a su importancia histórica. Pero esta última no puede
subestimarse, pues los dinosaurios sin duda jugaron un papel esencial en la
conformación del mundo natural tal como lo conocemos. Parece cierto que, sin
ellos, todo el curso de la evolución habría sido totalmente diferente y que el
mismo hombre podría no haberse originado jamás.
Capítulo II
Nuestro mundo cambiante
Hoy existen muchas especies diferentes de plantas y
animales, totalmente separadas y distintas entre sí. En general, sus
representantes sólo procrean con otros de la misma especie, produciendo
vástagos que, cuando se desarrollan por completo, tienen un aspecto muy similar
al de sus padres. Una vaca es una vaca, un cerdo es un cerdo, y no es posible
cruzar uno con otro para producir un animal intermedio. Es cierto que
diferentes razas de perro pueden cruzarse entre sí para producir mestizos, pero
de todos modos siguen siendo perros. También es cierto que especies diferentes
pero íntimamente relacionadas a veces pueden cruzarse entre sí para producir lo
que llamamos un híbrido (un asno y una yegua producirán un mulo), pero estos
mismos híbridos no pueden procrear.
Este estado de cosas, con especies separadas,
distintas y en apariencia fijas, parece refutar la observación (efectuada al
final del capítulo anterior) de que en el mundo viviente todo cambia de un modo
constante. Ahora bien, no podemos observar los cambios porque tienen lugar con
mucha lentitud en comparación con los setenta años, más o menos, que por
término medio vive un ser humano. Incluso si observáramos los animales
terrestres de hace, digamos, cinco mil años, no parecerían presentar
diferencias con los de hoy, pero si nos remontáramos a cinco millones de años
no serían los mismos en absoluto. Aún podríamos reconocer, por ejemplo, leones,
caballos, monos y avestruces, pero serían especies de leones, caballos, monos y
avestruces diferentes de las que hoy existen. Si retrocediéramos cincuenta
millones de años descubriríamos que algunos de los animales serían igualmente
reconocibles —aún podríamos ver un caballo, pero ya no sería mayor que un
fox-terrier, con tres o cuatro dedos en cada pie en vez de cascos— y otros
serían tan extraños que no podríamos nombrarlos con una terminología familiar.
Finalmente, retrocedamos cien millones de años. Ahora descubriremos que la
mayoría de los animales son del todo irreconocibles: nos hallamos en la Era de
los Dinosaurios; los únicos animales con columna vertebral existentes hoy en la
tierra son tortugas, lagartos y cocodrilos, e incluso éstos son bastante
diferentes.
Esto también se aplica a las aves voladoras y los
peces, los caracoles y las lombrices, los árboles y las algas marinas. Nada,
absolutamente nada, es inmutable. Todo evoluciona. Las razones por las que los
seres vivos evolucionan y el modo como lo hacen sólo se comprende en parte,
pero, desgraciadamente, un tratamiento a fondo de ese tema, rebasa los límites
de este libro.
Vemos, pues, que a medida que transcurre el tiempo,
cada especie —una población viva cuyos miembros se cruzan entre ellos— sufre un
cambio constante. Pero puede producirse una alteración sólo en algunos miembros
de esa población, un cambio en su estructura anatómica, comportamiento o
composición genética, que de algún modo les impide procrear con otros miembros
de la misma especie que viven en la misma zona. Cuando esto sucede, cuando los
individuos con la característica alterada quedan aislados reproductivamente de
aquéllos que no la tienen, la asociación de todos los caracteres hereditarios
de cada grupo con los del otro cesará y probablemente aumentarán las
diferencias entre ambos grupos. Así el linaje evolutivo se habrá dividido en
dos o más ramas: las especies antiguas, por medio del proceso evolutivo, se
habrán convertido en dos o más nuevas. El aislamiento reproductivo se produce
aún con mayor facilidad como resultado de un aislamiento geográfico.
Un antepasado del caballo, Hyracotherium (conocido también como Eohippus).
Tenía más o menos el tamaño de un fox-terrier.
Entiéndase, desde luego, que no todas las especies
evolucionarán para convertirse en otras nuevas. Algunas persisten sin apenas
cambios durante vastos períodos de tiempo, pero en su mayoría se extinguen por
completo sin dejar ninguna descendencia.
Por ejemplo, una cadena de montañas puede
transformarse, a causa de una elevación del nivel marino, en una cadena de
islas, de modo que los animales que habitan en cada una de ellas (con excepción
de los buenos nadadores y voladores) pierden el contacto con otros de la misma
especie en las islas vecinas.
Entonces, cada grupo en cada isla continuará
cambiando, evolucionando, pero los grupos no cambiarán exactamente en la misma
dirección o a la misma velocidad: sus diferencias aumentarán gradualmente hasta
que las poblaciones de las islas vecinas, si pudieran reanudar el contacto, ya
no serían capaces de procrear entre ellas.
Hemos visto que el mundo de los seres vivos es
cambiante; pero es aún más sorprendente la condición también cambiante del
mundo inanimado. Todo cuanto existe en este planeta se halla en un estado de
flujo. A este respecto debemos pensar, sobre todo, en la geografía y el clima,
que se afectan recíprocamente. Los continentes cambian de forma, se separan, se
reúnen y apartan de nuevo. (Un mapamundi durante la Era de los Dinosaurios es
del todo distinto a un mapa del mundo actual [véanse pp. 187-190]; pero téngase
en cuenta que un movimiento de dos o tres centímetros por año desde que pereció
el último dinosaurio equivaldría ahora nada menos que a 1.600 kilómetros.) Unas
cadenas montañosas se elevan, otras se desgastan, aparecen y desaparecen islas
en el océano. En ciertas épocas del pasado la tierra ha sido en general más
cálida de lo que es hoy, en otras épocas mucho más fría; las diferencias entre
verano e invierno han sido menos marcadas que en el presente, o ausentes por
completo. Las corrientes oceánicas siguen rumbos distintos, y las
precipitaciones lluviosas varían de un modo enorme. A causa de tales cambios
los ríos se secan o varían de cauce, surgen y desaparecen lagos, los glaciares
y los casquetes polares avanzan y retroceden, las tierras fértiles se
convierten en desiertos y viceversa.
Todas estas transformaciones afectan, a su vez, a
las plantas y los animales obligándoles a emigrar a lugares más apropiados de
la superficie terrestre o, mediante evolución, a adaptarse a las condiciones
resultantes del cambio. Si no pueden hacer una u otra cosa, perecen. A la
inversa, la ausencia o presencia de vegetación puede afectar al clima y a la
geografía. Cambios drásticos de esta naturaleza pueden producirse en períodos
de tiempo relativamente cortos, incluso dentro de la duración normal de la vida
del individuo humano.
Sin duda el contenido de este capítulo parecerá
todo lo contrario a lo que dice la Biblia en el primer capítulo del Génesis. Se
nos dice ahí cómo creó Dios la tierra, y luego, en cuatro días, todas las
formas de vida vegetal y animal (incluido el mismo hombre) tal como las
conocemos hoy. Todo ser vivo fue creado «según su especie». No obstante, la
mayoría de la gente ya no cree que el relato bíblico de la Creación sea
literalmente cierto. Lo consideran una parábola, una alegoría (como muchos de
los relatos contados por Jesús en el Nuevo Testamento); en otras palabras, es
un relato ficticio que sirve para ilustrar una enseñanza moral. Hoy, muchos
dirigentes de la Iglesia aceptan que la tierra y los seres vivos que habitan en
ella están en cambio constante. Incluso algunos de ellos han sido pioneros en
la investigación de la historia evolutiva. No existe un verdadero conflicto
entre ciencia y religión.
Capítulo III
Cómo se fosilizaron los dinosaurios
Cuanto sabemos acerca de los dinosaurios lo hemos
aprendido estudiando fósiles. La palabra «fósil», en su sentido más amplio,
significa algo excavado (en latín fossilis, de fode
re, excavar). Pero ahora casi siempre se utiliza en un sentido más
limitado, para denominar a los restos o huellas de un animal o planta
prehistóricos, restos que han permanecido enterrados en las rocas de la corteza
terrestre durante miles o millones de años —incluso centenares de millones de
años— y que se han transformado en piedra.
Los dinosaurios fueron animales vertebrados, como
nosotros mismos; poseían cráneo y mandíbula, columna vertebral, huesos de los
hombros o cuartos delanteros, huesos de las caderas, las extremidades y los
pies. Al contrario que nosotros, a veces tenían una armadura ósea también en el
exterior. Todos ellos vivieron en tierra, algunos aventurándose en aguas dulces
—lagos, pantanos y ríos— de vez en cuando. Más pronto o más tarde morían, de
enfermedad, vejez o quizá matados por otros dinosaurios. El cuerpo solía quedar
tendido en el suelo, donde lo comían rápidamente los animales devoradores de
carne, los cuales aplastaban algunos de los huesos (si no eran demasiado
grandes) y los esparcían a su alrededor. Si el cadáver permanecía sin que lo
devorasen, se descomponía. En raras ocasiones el cuerpo podía salvarse de la
destrucción; esto ocurría si quedaba enterrado casi de inmediato después de la
muerte en dunas de arena en movimiento o cenizas volcánicas, pero en la mayoría
de los casos quedaba abandonado en la superficie y no tardaba mucho en
desaparecer sin dejar rastro... incluso el esqueleto. Si el dinosaurio había
muerto cerca de un río o en un pantano, era mucho mayor la oportunidad de
preservación. Su cuerpo podía hundirse en el barro, en el mismo lugar donde
había fallecido, o las aguas de inundación podían arrastrarlo al río, donde
flotaba corriente abajo y acababa en un banco de arena, el fondo de un lago o
incluso en el mar. La carne se pudría y los huesos eran cubiertos gradualmente
por los sedimentos —barro y arena— que siempre se acumulan en tales lugares.
Impresión de la piel de la cola de un dinosaurio con pico de pato
(Edmontosaurus) encontrada en una roca de Alberta perteneciente al Cretácico
superior.
Estos sedimentos (incluidos los formados en la
tierra seca por la arena de duna o la ceniza volcánica) quedaban enterrados
bajo capas posteriores, y el peso de las capas de encima los comprimía y
convertía en roca: el barro en arcilla, la arena en arenisca, los limos calizos
en piedra caliza o creta. Entretanto el agua se filtraba a través de los
huesos, y las sales minerales disueltas en el agua iban cambiando gradualmente
los huesos en roca, haciéndolos mucho más pesados que antes. En otras palabras,
los huesos quedaban mineralizados o petrificados. Esta mineralización no
alteraba las formas características de los huesos, pero el peso enorme de la
roca que descansaba sobre ellos a menudo los aplastaba un poco y a veces los
deformaba de manera considerable.
Al mismo tiempo se movían las capas de roca en la
corteza terrestre —se alzaban, hundían, plegaban y encorvaban— llevándose
consigo las capas portadoras de fósiles. (Esto también puede haber contribuido
a cambiar la forma de los huesos.) Lo que una vez fue el fondo de un lago o de
un océano se convirtió en tierra seca, una gran llanura o una cadena de
montañas.
Luego el mar desmoronó los acantilados alrededor de
las riberas de la tierra, los ríos cruzaron la llanura, las montañas se
desgastaron hasta desaparecer, y un día, millones de años después del entierro,
los huesos del dinosaurio aparecieron de nuevo en los acantilados marinos, las
paredes del valle o las laderas de la montaña.
Secuencia de acontecimientos que conducen al descubrimiento de un esqueleto
fósil. (a) El animal muerto se hunde hasta el fondo del lago. (b) La carne
empieza a descomponerse, exponiendo gradualmente el esqueleto. Entretanto, los
sedimentos van cubriendo el cadáver. (c) La carne se ha descompuesto. Más capas
de sedimento se acumulan sobre el esqueleto. (d) Los sedimentos acumulados
sobre el esqueleto tienen ahora un enorme espesor. Su peso comprime las capas
más bajas, las cuales forman franjas más estrechas que se transforman en roca.
Entretanto, los huesos se aplanan y mineralizan. (e) Los movimientos internos
de la tierra han elevado las capas y la erosión excava ahora un valle a través
de los estratos. Finalmente, algunos huesos empiezan a salir al exterior y
ruedan por la ladera de la colina. (f) Los paleontólogos han visto los huesos y
han excavado la roca para exponer el fósil completo.
A veces esta reaparición fue apresurada por la obra
del hombre al cavar en sus gredales, canteras y minas, realizar desmontes y
abrir túneles para carreteras y líneas férreas o excavar para echar los
cimientos de sus escuelas y bloques de oficinas.
Molde artificial de la cavidad craneal del dinosaurio Triceratops, mostrando
las raíces de los nervios craneales (indicados con números romanos). Longitud:
15,5 cm. Compárese con la fotografía de un molde endocraneal natural.
Sin embargo, los fósiles de dinosaurio no son
siempre huesos. Otras partes del animal, e incluso cualquier cosa que hiciera
—como deyecciones o huellas de pisadas— también son fósiles. A menudo
encontramos dientes, que son aún más duros que el hueso y se preservan bien.
Normalmente no encontramos piel, pero a veces hay una impresión de su
superficie externa efectuada sobre el barro circundante poco después de la
muerte. En el Museo de Historia Natural de Londres existe una impresión de la
piel escamosa de la cola de un dinosaurio. De la misma manera, no hallamos
cerebros de dinosaurios, pero disponemos de un molde de la cavidad craneana de
algunos de ellos, realizado de manera natural por el barro que rezumó en el
agujero que estuvo ocupado por el cerebro. Ese molde tiene casi el mismo tamaño
y forma que el propio cerebro, por lo que nos da una idea bastante correcta de
las dimensiones y la forma de dicho cerebro; con frecuencia muestra las raíces
de los nervios craneales. Incluso los vasos sanguíneos de la región cefálica y,
lo que es muy poco frecuente, el laberinto membranoso del oído interno con sus
canales semicirculares está a veces preservado de la misma manera. Parece que
el estómago de algunos dinosaurios contuvo grandes piedras pulidas (llamadas gastrolitos),
como sucede en los cocodrilos actuales.
Un coprolito, excremento fosilizado, quizá perteneciente a un dinosaurio.
Longitud: 29 cm.
El cocodrilo, animal principalmente acuático, las
traga ex profeso y las utiliza no sólo para triturar la comida en fragmentos
más pequeños, sino también para equilibrar su flotabilidad en el agua.
Fragmentos de cáscara de huevo del dinosaurio Protoceratops, algo
aumentados, mostrando su superficie externa. El borde inferior recto del
fragmento situado más abajo mide 13 mm.
En un par de dinosaurios se ha preservado el
contenido de su estómago, que ha sido analizado, por lo que sabemos lo que
habían comido los animales poco antes de morir. Hay también esqueletos de
dinosaurios que parecen contener los esqueletos de hijos nonatos dentro de la
madre. A menos, claro está, que tales especímenes correspondan a adultos
caníbales que se hubieran tragado a pequeños de su propia especie. Se han
encontrado fragmentos fosilizados de cáscara de huevo, incluso huevos enteros,
deyecciones y, con mucha frecuencia, huellas y rastros fosilizados.
La dificultad que presentan todos estos hallazgos
es que no podemos tener la certeza absoluta de qué dinosaurio
puso los huevos, produjo las deyecciones o imprimió las huellas, a menos que en
las rocas en cuestión parezca haber sólo una clase de dinosaurio lo bastante
importante para considerarlo responsable. Finalmente, conocemos también huesos
de dinosaurio que muestran signos de lesiones o enfermedad.
Líneas casi paralelas formadas por las huellas de tres dinosaurios bípedos,
probablemente Megalosaurus, en una cantera de Swanage (Dorset).
Como vemos, en conjunto disponemos de una
considerable cantidad de pruebas para estudiarlas, en su mayor parte huesos y
dientes, pero también cierta cantidad de otra clase de pruebas. En el capítulo
VIII veremos cómo se utilizan estas últimas para reconstruir una imagen del
animal cuando vivía: lo que comía y cómo se comportaba. No existe ninguna otra
manera de adquirir este conocimiento... ¡hasta que alguien invente una máquina
del tiempo que nos lleve a la Era de los Dinosaurios! Pero incluso sin una máquina
del tiempo podemos decir —con más o menos exactitud— cuándo vivió cada
dinosaurio. En el capítulo siguiente explicaremos, de manera muy sucinta, un
método para efectuar tales cálculos.
Capítulo IV
Los fósiles y el tiempo
Como hemos visto en el capítulo anterior, cada capa
de sedimentos depositada en el fondo del mar (o de un lago o en tierra) es
probable que contenga los restos de animales o plantas, o incluso ambos, que
vivieron en un tiempo lejano. Fue depositándose capa tras capa de arena, limo y
barro; pero mientras esto sucedía, los animales y las plantas iban cambiando
lentamente. Ahora, millones de años después, todavía son claramente visibles
los resultados de esta lenta evolución.
Acantilados costeros de Hastings, Sussex. Se observan los Estratos Hastings,
que constituyen una parte de la Formación Wealden del Cretácico inferior.
Si examinamos la superficie de un acantilado que
muestra varias capas de sedimento endurecido, cortadas como un pastel,
descubrimos que los animales y plantas fosilizados en cada capa o estrato difieren
de aquéllos que están en los estratos de encima o de debajo.
Cuanto más separados estén los estratos, más
diferentes son los fósiles. De hecho, cada estrato contiene una serie de
fósiles que son característicos de la época en que se formó el estrato. Esto
sucede tanto con los dinosaurios como con cualquiera de los otros organismos
vivientes. Recordemos lo dicho al final del capítulo I: durante la Era de los
Dinosaurios cada período tuvo su «colección» característica de estos notables
animales.
Muchas de las especies fósiles, cuando vivían,
estaban ampliamente distribuidas por el globo, en especial aquéllas que
habitaban en el mar. Otras, al parecer, habitaron sólo en zonas delimitadas,
pero en otras áreas, con la misma clase de entorno ambiental, su lugar estaba
ocupado por sus parientes cercanos, de la misma manera que hoy tenemos al
elefante africano en África y al elefante indio en la India y el sudeste
asiático.
Esta clase de fósiles, que cambian con el tiempo
pero en absoluto (o apenas) con la distancia, son muy útiles para establecer la
llamada dotación relativa. Eso es lo que ocurre, por ejemplo,
con cierto reptil fósil que se ha encontrado en un estrato determinado de
Sudáfrica (R en el diagrama siguiente) y el mismo reptil, u otro muy parecido,
en cierto estrato de la Antártida (A). Es probable que los dos estratos se
originasen al mismo tiempo aproximadamente..., pero no podemos decir cuánto
hace. En efecto, con una sola clase de fósil podríamos equivocarnos; podría
tratarse de una de esas especies raras que sobrevivieron inalteradas durante
muchísimo tiempo. No obstante, la presencia en el estrato sudafricano de tres fósiles
diferentes, cada uno con su contrafigura correspondiente en el depósito
antártico, proporciona una seguridad casi absoluta de que los dos estratos son
más o menos de una misma época.
En este diagrama se muestra cómo pueden correlacionarse los estratos de
distintos continentes del mundo basándose en los fósiles que en ellos se han
encontrado (explicación en el texto).
Podemos observar que inmediatamente por debajo de R
en Sudáfrica, hay otro estado Q —probablemente algo más antiguo que R— el cual
contiene varios fósiles que unen Q de manera similar con un estrato M en Zambia
(África Central). Esto nos dice que el estrato de Zambia también es más antiguo
que el estrato R sudafricano al que nos hemos referido en el párrafo anterior
y, más aún, su antigüedad supera a la del estrato antártico. En Sudáfrica hay
un estrato P todavía más bajo que contiene un fósil muy característico que no
se encuentra en ninguna parte excepto en el estrato B de Brasil; esto nos
muestra que B es de la misma época que P y más antiguo que todos los demás
estratos mencionados. Y de este modo continuamos, trabajando así de un país a
otro, construyendo gradualmente una escala de épocas comparativas para los
estratos. Sin embargo, lo que esto no puede decimos son las
edades absolutas de las rocas y los fósiles, sus edades reales
en millones de años. Sólo podemos decir que el estrato M es de la misma época
que Q, más antiguo que R, más reciente que P, y así sucesivamente. De la misma
manera podríamos decir que Juan tiene la misma edad que Pedro, es algo mayor
que Andrés y un poco más joven que Jorge, ¡sin tener la menor idea de si estas
personas son todas ellas niños pequeños o ancianos jubilados!
Este método también puede usarse (aunque con menos
fiabilidad) cuando no existe una correlación directa entre los fósiles en dos
estratos. Así, la figura nos muestra también un estrato N en la sucesión
zambiana, que se encuentra por encima de M y es probablemente más reciente que
el último; contiene fósiles que, en general, son similares a los hallados en R
y A, pero que no son precisamente idénticos, ni siquiera aproximados. Esto
significa que no podemos decir con seguridad si N es contemporáneo de R y A, un
poco anterior o un poco más reciente. Sin embargo, podemos expresar una opinión
al respecto, que dependerá de si los fósiles de N —considerados en su conjunto—
están igual, más o menos evolucionados que el conjunto fósil hallado en R y A.
Representación gráfica de las eras geológicas y de su subdivisión en
períodos (no se ha señalado el período Cuaternario, que abarca desde el final
del Terciario hasta nuestros días). Se han indicado también las épocas de la
era Cenozoica, a excepción de la Holocena (la más reciente), a causa de su
corta extensión.
Por su propia conveniencia, los geólogos han
agrupado todos los estratos en sistemas, dándoles nombres. El
tiempo durante el que se depositó un sistema se denomina un período y
recibe el mismo nombre. Así los estratos del sistema Silúrico se depositaron en
el llamado período Silúrico.
En este gráfico se muestra la desintegración del carbono radiactivo con el
transcurso del tiempo. Aunque no es posible utilizar el carbono radiactivo como
ayuda para datar a los dinosaurios (su vida media es demasiado corta), la curva
es exactamente la misma para otros tipos de desintegración radiactiva, incluida
la del potasio-argón mencionada en el texto.
El sistema Silúrico está por encima del sistema
Ordovícico y por debajo del Devónico, de la misma manera que el período
Silúrico va después del período Ordovícico y antes del Devónico. Todos estos
nombres aparecen en la columna estratigráfica. Cada sistema puede subdividirse
en porciones inferior, media y superior; cada período puede subdividirse, de
manera correlativa, en temprano, medio y tardío.
Aunque hasta aquí nos hemos referido a la dotación
comparativa, existen métodos para calcular las edades verdaderas de rocas y
fósiles en miles y millones de años. El mejor conocido y el más actual de estos
métodos se basa en la desintegración de los elementos radiactivos, algunos de
los cuales (por lo común en muy pequeña proporción) estaban incluidos en la
roca cuando se formó o en el fósil cuando era un animal o una planta con vida.
La mitad de un elemento radiactivo se disgrega en un tiempo fijo característico
de ese elemento («vida media»), a continuación la mitad de lo que queda en la
misma extensión de tiempo, y así sucesivamente. Por lo tanto, si podemos medir
cuánto ha durado este proceso de desintegración, podremos averiguar cuánto
tiempo ha transcurrido desde que se formó la roca, o el animal o la planta
estuvieron vivos. Un elemento de esta clase es el carbono radiactivo o C14,
el cual forma una pequeña proporción fija del carbono en todos los organismos
vivos; la cantidad presente empieza a disminuir inmediatamente después de la
muerte. Pero el C14 se desintegra con mucha rapidez y tiene una
vida media de 5.730 años. En realidad, no debería usarse para fechas fósiles
que pasen de 40.000 años de edad como máximo, porque después de ese tiempo la
cantidad de C14 restante llega a ser tan pequeña que no puede
medirse con exactitud. De momento no disponemos de un método radiométrico (es
decir, basado en la radiactividad) para la datación absoluta directa de los
dinosaurios. Lo mejor que podemos hacer es medir la edad de los lechos de lava
que se encuentran por encima o por debajo de los estratos que contienen
dinosaurios, usando un método basado en una desintegración radiactiva mucho más
lenta (potasio-argón, con una vida media de 1.310.000.000 años). No obstante,
utilizando nuestra escala temporal comparativa e introduciendo las fechas
absolutas, siempre que podamos, conseguiremos una idea bastante aproximada de
la edad verdadera de la mayor parte de los fósiles.
Un reptil de tipo mamífero, Cynognathus, del Triásico inferior de Sudáfrica.
Longitud característica: 1,8 m.
Volvamos a los dinosaurios. Sus fósiles se han
hallado sólo en las rocas del Triásico superior y, por encima de ellas, en el
conjunto de los sistemas Jurásico y Cretácico (véase cuadro p. 95). En estratos
más recientes ya no aparecen dinosaurios. En consecuencia, los dinosaurios sólo
pueden haber vivido en el Triásico superior. Jurásico y Cretácico (de manera
aproximada, 205-193, 193-136 y 136-65 millones de años atrás, respectivamente).
Desde su desaparición, los grandes animales dominantes sobre la tierra han sido
los mamíferos, como siguen siéndolo. Los únicos reptiles que sobrevivieron a
las misteriosas extinciones en masa al final del Cretácico fueron todos ellos
miembros de los grupos que aún existen hoy, tortugas marinas y terrestres,
lagartos y serpientes, cocodrilos de varias clases y una extraña y pequeña
criatura parecida a un lagarto llamada tuatara y que hoy sólo habita en algunos
islotes ante las costas de Nueva Zelanda. Como sería de esperar, estos últimos
65 millones de años se conocen como la Era de los Mamíferos.
El tuatara (Sphenodon), de Nueva Zelanda. Longitud característica: 60 cm.
Pero los mamíferos no tienen nada que ver con los
dinosaurios. Evolucionaron a partir de un grupo totalmente distinto de reptiles
extinguidos, llamados sinápsidos o reptiles de tipo mamífero, los cuales,
aunque verdaderos reptiles, ya poseían algunos caracteres de mamíferos (véase
cuadro p. 93). El conocido Cynognathus, por ejemplo, era una gran
criatura parecida a un lagarto con una cola gruesa y poderosa pero con la
cabeza más parecida a la de un perro. Podría pensarse con toda razón que este
grupo de reptiles sinápsidos vivieron en una época posterior a la Era de los
Dinosaurios y anterior a la Era de los Mamíferos. Por extraño que parezca, esta
suposición es errónea. Los primeros sinápsidos figuraron entre los primeros
reptiles, y alcanzaron su mayor número e importancia incluso antes de que los
dinosaurios iniciaran su larga historia. Casi se extinguieron cuando los
dinosaurios iniciaron su desarrollo... y hasta podría decirse que los
dinosaurios les sucedieron. Pero algunos de estos reptiles de tipo mamífero
sobrevivieron para convertirse en los primeros mamíferos coetáneos a los
primeros dinosaurios. No eran tan grandes como estos últimos, ni siquiera tanto
como los reptiles de tipo mamífero de los que habían evolucionado, la verdad es
que eran criaturas diminutas, cuyo tamaño no superaba al de las actuales
musarañas, y durante los 140 millones de años en que reinaron los dinosaurios
vivieron apaciblemente en el sotobosque, en las grietas de las rocas y quizás
en madrigueras, tal vez aterrorizados por los dinosaurios carnívoros y
atreviéndose sólo a salir de noche para atrapar los insectos de los que se
alimentaban. Durante la mayor parte del Mesozoico, conservaron su tamaño
pequeño —el mayor de ellos no sobrepasaba el tamaño de un puerco espín—. Sólo cuando
los dinosaurios se extinguieron, al final del Cretácico, los mamíferos pasaron
a dominar la tierra firme, evolucionando con rapidez y produciendo una amplia
variedad de formas diferentes, que en general tuvieron mayor tamaño.
Uno de los mamíferos más antiguos, el Megazostrodon, del Jurásico inferior
de África del Sur. Longitud: unos 10 cm.
A veces se formula la pregunta de si es posible que
los dinosaurios no se hayan extinguido del todo, y si en alguna remota parte
del mundo quedan dinosaurios vivos por descubrir. Es una sugerencia fascinante,
que más de un autor ha utilizado como base de una novela. Supongo que la más
famosa es El mundo perdido, de Conan Doyle. De ser esto cierto,
sería maravilloso, pues nos ayudaría a resolver muchos enigmas todavía sin
respuesta. Por ejemplo: ¿fueron los dinosaurios de sangre fría o caliente, cuál
era su color, qué clase de ruidos hacían? Apena decir que su supervivencia no
puede considerarse ni siquiera como una remota posibilidad, no sólo por el
hecho de que las rocas formadas en los últimos 65 millones de años jamás han
presentado un solo hueso de dinosaurio, sino también por el hecho de que en la
actualidad la superficie de la tierra ha sido explorada tan a fondo que una
población de animales gigantescos difícilmente podría existir sin que la
hubiera visto alguno de los tres o cuatro mil millones de habitantes del
globo... Admitamos que los dinosaurios podrían haber sobrevivido en la
Antártida sin ser vistos, pero los helados desiertos antárticos serían
demasiado fríos para ellos. También podrían haber habitado en las profundidades
de los océanos, pero, por lo que sabemos, ningún dinosaurio habitó jamás las
aguas saladas.
¿Por qué la situación de este chiste no pudo haber ocurrido en realidad?
Por cierto, si el último dinosaurio realmente murió
hace 65 millones de años, y si la especie humana se remonta a tan sólo dos
millones más o menos, ¿a qué vienen todas esas caricaturas, cuentos y películas
que nos muestran a los dinosaurios y al hombre prehistórico viviendo en la
misma época? (A menudo se representa al hombre prehistórico como un individuo
peludo de frente estrecha y mandíbula huidiza, vestido sólo con una piel animal
y armado con un nudoso garrote, que acaba de matar a un Brontosaurus para
la cena.) Pero tales caricaturas y películas no pueden tomarse en serio. Ningún
ser humano pudo probar jamás la carne de Brontosaurus, o huir
presa del pánico ante las mandíbulas de un Tyrannosaurus que
pasaba por su lado.
Capítulo V
El árbol evolutivo
Si aceptamos el hecho de la evolución, hemos de
tener en cuenta que todas las formas de vida, tanto pasadas como presentes,
pueden disponerse en un «árbol genealógico».
Un árbol genealógico adecuado, que muestre las
relaciones dentro de una familia humana, suele presentar la generación más
vieja en la parte superior y la más joven al pie. En un árbol genealógico
convencional del reino animal sucede lo contrario (véase el cuadro de la página
siguiente). En este árbol convencional el tiempo avanza en una escalada
vertical hacia la parte superior. Esto comporta dos ventajas. La primera es que
los animales fósiles se muestran en las mismas posiciones relativas —los más
viejos al pie y los más jóvenes en lo alto— que los estratos geológicos en los
que han sido hallados. En segundo lugar, el «árbol» tiene la misma posición
vertical que un árbol real, con un tronco abajo que se divide hacia arriba en
ramas, si bien es algo insólito por cuanto todas las ramas crecen hacia arriba,
ya sea en línea recta u oblicuamente, y mantienen sus extremos de crecimiento
en el mismo nivel horizontal, el tiempo presente. Estos extremos representan
especies que viven en la actualidad; los extremos de abajo, que han dejado de
crecer en épocas diversas del pasado, representan las especies que se han
extinguido sin dejar ningún descendiente. Pero, como sabemos, no todas las
especies extintas han desaparecido por completo; algunas han sufrido transformaciones
con el paso del tiempo, convirtiéndose en nuevas especies y, aunque ellas
mismas vivieron en otra época y estuvieron situadas en los extremos de
crecimiento de las ramas del árbol evolutivo, esas ramas han crecido hacia
arriba un largo trecho desde entonces y ahora la especie correspondiente puede
hallarse a gran distancia en las ramas inferiores.
Cualquier sección horizontal del árbol mostrará una
lonja de cada rama o ramita que alcanza ese nivel y que representará a todas
las especies que vivían en aquel tiempo, toda la fauna, por ejemplo, o conjunto
de animales entonces existente, pero no mostrará nada más. Nada habrá que ponga
de manifiesto la relación entre las especies (excepto que cuanto más próximas
estén las lonjas entre sí, más probable es que hayan estado muy estrechamente
relacionadas), nada que demuestre la extinción anterior de otras ramas, ni
siquiera nada que sugiera la existencia misma del árbol evolutivo. Sólo
estudiando una serie completa de tales secciones (cada una representando uno o
varios estratos portadores de fósiles de una época determinada) podemos
adquirir cierto conocimiento de estos aspectos; y cuantas más secciones podamos
estudiar, más puntos de referencia tendremos y con mayor exactitud podremos
completar los detalles en las ramificaciones del árbol. Estas ramificaciones
siguen una pauta determinada que no es una idea teórica sino una realidad
objetiva, pues los organismos vivos evolucionaron realmente de un modo
particular. Es de lamentar que nuestro conocimiento de la pauta sea incompleto.
Un árbol genealógico crece hacia arriba a través del tiempo hasta el momento
presente; todas sus ramas tienen una continuidad. En la figura ha sido cortado
horizontalmente en cuatro niveles, cada uno de los cuales representa un momento
de deposición de fósiles en un estrato determinado.
En el capítulo II, al comentar el significado de la
especie nos apoyamos en la idea de que los miembros de una especie sólo suelen
procrear entre sí. Esto no presenta la menor dificultad cuando nos referimos a
especies actuales, o hablamos de alguna época concreta, cuando todas las
especies que conocemos están representadas por las lonjas separadas en una sola
sección horizontal a través del árbol evolutivo.
Si no se dibuja el árbol, los animales —vivientes y fósiles— están
representados tan sólo por puntos separados en las secciones 1-4, muy
diferentes en cada sección y aparentemente sin relación unos con otros.
Pero las cosas no son tan fáciles cuando
consideramos todo el árbol en su verticalidad, en su dimensión
temporal, cuando todo continúa en lo otro o las especies cambian, más o menos
gradualmente, en otras especies. No podemos comprobar las capacidades de cruce
entre animales de distinta especie muertos hace mucho tiempo, los cuales, en
cualquier caso, vivieron unos y otros en diferentes épocas, ni tampoco sabemos
dónde termina una especie y dónde comienza la que sucede. La verdad es que las
soluciones a problemas de esta naturaleza no pueden ser más que conjeturas y
nunca respuestas definitivas. La dificultad aumenta por nuestro completo
desconocimiento de la mayor parte del árbol. Sin embargo, en Paleontología, las
especies se definen no por sus límites sino por lo que pensamos son sus
centros; cada especie, cuando se ha dado a conocer, por primera vez, al
público, ha debido basarse en un espécimen individual como pauta de referencia,
en el «tipo» de esa especie. Esto significa que al menos podemos tratar de
describir todo nuevo espécimen que hallamos con referencia a un tipo existente,
ya sea situándolo positivamente en la misma especie si es muy similar o, cuando
existen ligeras diferencias de forma o cuando una preservación deficiente o
incompleta imposibilita una comparación adecuada, asignándolo a la especie de
una manera más provisional. A veces, sin embargo, descubrimos que los
caracteres de un nuevo espécimen sugieren que es intermedio entre otras dos
formas ampliamente separadas, pero que aun así está demasiado alejado de ambas
para asignarlo, aunque sea de manera provisional, a una u otra.
Alternativamente (y con más frecuencia) podemos
descubrir que el nuevo espécimen parece representar una ramita cuya existencia
era insospechada hasta ahora, y que al parecer diverge de una de las ramas
conocidas del árbol evolutivo. En tales casos creemos justificado proponer y
denominar una nueva especie, tomando nuestro nuevo espécimen como tipo.
Es deseable, desde luego, que los tipos sean
especímenes bien preservados, tan completos como sea posible, situados a
intervalos apropiados en la sucesión evolutiva. No obstante, los tipos
existentes (sobre todo los designados por los científicos de generaciones
anteriores) son con frecuencia muy insatisfactorios y —a menos que rechacemos
por entero la especie— no podemos hacer nada al respecto. Incluso cuando
elegimos nuestros propios tipos para nuevas especies descubrimos con frecuencia
que nuestra elección, como la de Hobson, está limitada por la falta de
material.
Entre paréntesis digamos que, al tratar de encajar
una especie fósil en el árbol evolutivo debemos recordar que su nivel ha de
concordar con su edad relativa, si esta última es conocida. No podemos colocar
un fósil del Triásico en una rama que no se originó hasta el Cretácico
inferior. Cuando desconocemos la edad de la especie, es perfectamente legítimo
invertir el proceso, utilizando los caracteres de la nueva especie para estimar
su posición en el árbol evolutivo y luego utilizar esa posición para determinar,
con la cautela precisa, la edad relativa del fósil y de la roca en la que se
encontró.
Confiamos en que este capítulo haya revelado la
naturaleza de la tarea más importante del paleontólogo, que consiste en
descubrir más y más acerca de la vida en eras pretéritas y, utilizando ese
conocimiento, llegar a una comprensión más amplia de cómo evolucionaron las
plantas y los animales; en otras palabras, aclarar sus árboles genealógicos.
Capítulo VI
Los primeros descubrimientos
Los dinosaurios (o los huesos de estos animales)
han estado presentes en la tierra durante más de 200 millones de años, pero
nadie oyó jamás hablar de ellos hasta 1841. Había una excelente razón para que
esto ocurriera, ya que hasta 1824, poco más de 150 años antes de que se
escribiera este libro, nadie se había percatado de que tales cosas existían, y
pasaron otros diecisiete años antes de que alguien les diera un nombre.
Un «fémur humano» de Oxfordshire, tal como lo representó y describió Plot en
1676. En realidad es el extremo inferior del fémur de un dinosaurio,
probablemente un Megalosaurus.
Naturalmente, antes de 1824 se habían hallado
huesos de extraño aspecto y enorme tamaño enterrados en el suelo, pero nadie
sabía qué eran en realidad. ¡Algunos creían que eran huesos de gigantes! El
primer libro en el que se menciona uno de tales huesos fue publicado por el
reverendo Robert Plot de Oxford, en 1676, y más tarde, en el siglo XVIII, se
encontraron más huesos semejantes. Pero la historia de los dinosaurios empezó
realmente en 1822, el año en que se descubrieron los primeros dientes de Iguanodon. Estos
dientes todavía pueden verse en Londres, en las colecciones paleontológicas del
Museo de Historia Natural.
Gideon Albernon Mantell (1790-1852) y Mary Ann Woodhouse, la esposa de
Mantell.
El primer personaje importante en nuestra historia
es Gideon Mantell (1790-1852), un joven médico rural que vivió y trabajó en la
pequeña población de Lewes, en Sussex. Era también un entusiasta coleccionista
de fósiles, sobre todo de los de South Downs, y escribió libros y artículos
sobre el tema. Un soleado día de primavera de 1822 se desplazó al campo para
visitar a un paciente, y como el día era tan hermoso su esposa Mary decidió
acompañarle.
Una cantera en el bosque de Tilgate, en Sussex. Litografía de la Geología de
Sussex de Mantell (1827).
Mientras el doctor Mantell estaba en la casa con su
paciente, su mujer dio un paseo por el sendero y fue allí donde se hizo un
descubrimiento científico de la mayor importancia, pues en un montón de piedras
de la cantera local, que iban a ser usadas para reparaciones de la carretera,
había algo marrón oscuro y brillante. Un examen más atento reveló que uno de
los fragmentos de arenisca contenía un gran diente fósil del todo distinto a
los que la señora Mantell (ni al parecer nadie más) había visto hasta entonces.
La señora Mantell mostró el diente a su marido, y
éste se inquietó mucho. Logró descubrir de qué cantera procedía la pieza, cerca
de Cuckfield, en Sussex, pero el resto del animal jamás se halló. Sin embargo,
en la cantera y en otras vecinas se encontraron más dientes y huesos largos. Y
he aquí lo que inquietó realmente a Mantell: los dientes eran apropiados para
cortar materia vegetal dura, como los de algunos mamíferos actuales, y
probablemente pertenecieron a un animal gigantesco que comía plantas, pero se
hallaron en rocas del Cretácico, demasiado antiguas (como se creía entonces)
para contener cualquier mamífero. Esto tropezó con la incredulidad de los
famosos científicos de la época, entre ellos el célebre naturalista barón
Georges Cuvier de París (1769-1832), considerado en general como el fundador
del estudio de la anatomía comparada. Todos ellos creyeron que los dientes eran
de mamífero y que Mantell se equivocaba al pensar que procedían de rocas
cretácicas. Argumentaron que debían provenir de rocas superpuestas, depositadas
mucho más tarde.
Pero Mantell sabía que no estaba equivocado.
Descubrió que sus dientes fósiles eran similares a los de un lagarto iguana de
América Central y decidió llamar al animal desconocido del que procedían: Iguanodon, «diente
de iguana».
Publicó una descripción del diente y los huesos
de Iguanodon en 1825. Ahora sabemos que en muchas cosas
Mantell se equivocaba.
Algunos de los dientes originales de Iguanodon hallados por el doctor
Mantell y su esposa. El diente de la derecha mide 5,3 cm de largo.
Describió al animal como un verdadero cuadrúpedo,
que andaba a cuatro patas; pero más de cincuenta años después se encontraron
unos esqueletos mucho mejores (véase abajo), los cuales demostraron que a
menudo caminaba sólo sobre las patas traseras (véase lámina 4). Mantell cometió
además un divertido error al tomar el hueso puntiagudo del pulgar (del que
encontró un solo ejemplar) y colocarlo sobre el hocico, como si la criatura
fuese un rinoceronte. Pero estos errores no importan demasiado. El descubrimiento
fundamental de Mantell, y en el que tenía toda la razón, fue reconocer que en
el remoto pasado, antes de que los mamíferos predominaran en la tierra, habían
existido reptiles gigantescos —mucho mayores que cualquiera de los hoy
conocidos— y algunos de ellos, por lo menos, se alimentaban de plantas. La
creencia de Mantell fue avalada por Cuvier, el cual, informado de las nuevas
pruebas en 1824 (antes de que se publicaran), aceptó muy juiciosamente la
catalogación de reptiliano, efectuada por Mantell, del material encontrado y
admitió que él mismo se había equivocado al creer que procedía de un mamífero.
Modelo de la restauración efectuada por Waterhouse Hawkins del Iguanodon. El
cuerno que Hawkins puso sobre el hocico del animal era en realidad uno de sus
pulgares.
Es interesante señalar que, después de la primera
redacción de este capítulo, hemos descubierto en las colecciones del Museo de
Historia Natural de Londres un hueso de Iguanodon que, según
parece, fue recogido en Cuckfield en 1809, trece años antes del famoso
descubrimiento de la señora Mantell. Lo compró William Smith, «padre de la
geología inglesa», el cual, naturalmente, no tenía la menor idea de lo que
había adquirido. También se ha afirmado que Dean Buckland, de la Universidad de
Oxford, encontró huesos de Iguanodon en la isla de Wight unos
años antes de los descubrimientos de Mantell en Sussex.
Entretanto tenían lugar otros descubrimientos.
Varios huesos de otro reptil enorme, tan grande como el Iguanodon pero
con dientes apropiados para comer carne, habían sido excavados en Stonesfield,
Oxfordshire, incluso antes del descubrimiento de la señora Mantell en 1822,
pues Cuvier lo vio en Oxford ya en 1818. El animal recibió el nombre de Megalosaurus («lagarto
grande»; véase lámina 3) y Buckland publicó una descripción de él en 1824.
(Quizá el Megalosaurus, más que el Iguanodon, merece
realmente el apelativo de primer dinosaurio, pues su esqueleto no sólo fue el
primero que se halló, sino también el primero en recibir un nombre apropiado.
Por desgracia, Buckland, aunque era geólogo profesional, no reconoció su
importancia.) En 1832 Mantell describió otro esqueleto de reptil muy diferente,
procedente de Sussex (Hylacosaurus), y en 1834 encontró todo un conjunto
de huesos de Iguanodon —incluso con dientes— en una cantera de
Maidstone, Kent. (Este último descubrimiento se hizo tan famoso que, en 1949,
se permitió al municipio de Maidstone incorporar un Iguanodon a
su escudo de armas, como tenante.) Durante la década de 1830 se descubrieron
más reptiles gigantes, tanto en Inglaterra como en otros países, y en 1841 se
conocían nueve clases diferentes, algunas, debemos admitirlo, de restos
bastante incoherentes.
Richard —posteriormente Sir Richard— Owen (1804-1892).
Estos monstruos del mundo prehistórico recién
descubiertos pronto llegaron a oídos del público general. En realidad, su
interés fue estimulado a propósito mediante la construcción al sur de Londres,
en los terrenos del Palacio de Cristal, en Sydenham, de varias restauraciones a
tamaño natural de reptiles (incluidos todos los dinosaurios de Owen), anfibios
y mamíferos extintos. Los trabajos, en cemento, piedra, ladrillo, losetas y
hierro, se debieron al escultor Waterhouse Hawkins, que los realizó bajo la dirección
de Owen, y se terminaron en 1854. Un acontecimiento especialmente memorable
tuvo lugar la Nochevieja de 1853, cuando Hawkins y Owen dieron una cena —a la
hora poco común de las cuatro de la tarde—, para veinte invitados distinguidos:
una docena de ellos, aproximadamente, estaba sentada dentro del
modelo de Iguanodon casi terminado. A pesar de que, a la luz
de los conocimientos modernos, todas las restauraciones de dinosaurios son
erróneas por completo (tanto el Iguanodon como el Megalosaurus se
restauraron como cuadrúpedos), la exhibición resultó tremendamente popular; y,
a pesar del incendio del Palacio de Cristal en 1936, los animales de cemento
continúan hoy allí, bajo los buenos cuidados del Greater London
Council.
Los esqueletos de Iguanodon de Bernissart, exhibidos en el Real Instituto de
Ciencias Naturales de Bruselas.
Así fue como nació la idea de los dinosaurios y
empezó a ser conocida más ampliamente. En Gran Bretaña ya no se harían muchos
más descubrimientos de dinosaurios realmente importantes. Norteamérica pasó a
ser el escenario de la mayor parte de los hallazgos durante la segunda mitad
del siglo XIX. Pero antes de cruzar el Atlántico debemos mencionar el notable
descubrimiento efectuado en una mina de carbón, en la localidad belga de
Bernissart, en 1877 y 1878. Más de 300 metros bajo la superficie los mineros
tuvieron que avanzar horadando una masa que resultaron ser esqueletos de Iguanodon. Se
tardó tres años para extraerlos de la mina. En el Real Instituto Nacional de
Ciencias Naturales de Bruselas hay ahora treinta y uno de estos dinosaurios.
Once esqueletos completos están montados en posición erguida, y veinte más,
completos o no, se exhiben tendidos. Estos especímenes fueron los que pusieron
de manifiesto los errores en las reconstrucciones del Iguanodon efectuadas
por Mantell y Owen.
Un técnico trabajando en la superficie del peñasco que forma el Monumento
Nacional del Dinosaurio, Utah.
Por la misma época en que se excavaban los
dinosaurios belgas, en el Oeste norteamericano, principalmente en los estados
de Colorado, Utah, Wyoming, Montana y (más tarde) Nuevo Méjico, se efectuaban
los primeros descubrimientos importantes. Esta parte del mundo todavía se
estaba conquistando, y a menudo los coleccionistas corrían el peligro de que
les atacaran los indios. La zona más famosa se encuentra alrededor de la
pequeña ciudad de Medicine Bow, en Wyoming. Allí, a lo largo de kilómetros, el
terreno estaba literalmente cubierto de huesos de dinosaurios gigantescos, bien
preservados y fáciles de recoger. En aquel lugar había tantos huesos que un
pastor había llegado a construirse con ellos una pequeña cabaña. Fue posible
recoger esqueletos casi completos en enormes cantidades, como muestran las bien
equipadas salas de dinosaurios en muchos de los principales museos
norteamericanos. Un lado divertido de esta historia radica en el odio que se
profesaron dos profesores rivales, Edward Drinker Cope (1840-1897) y Othniel
Charles Marsh (1831-1899); cada uno de ellos trató de recoger y dar nombre a
más dinosaurios que el otro. Cuando empezaron, sólo nueve dinosaurios habían
sido nombrados en toda Norteamérica, pero cuando terminaron entre los dos
habían dado nombre a 136 más.
Se produjeron, a principios del siglo actual,
muchos descubrimientos y con gran rapidez. Otra famosa zona de dinosaurios en
Estados Unidos se halla cerca de la ciudad de Vernal, en Utah.
Dinosaurios en el Sahara: una columna vertebral de Ouranosaurus, expuesta
por la acción del viento, en Nigeria nororiental.
Descubiertos en 1909, los estratos (llenos de
enormes huesos de dinosaurio) han sido inclinados por los movimientos de la
tierra, de modo que ahora están casi verticales, con la superficie superior
formando un acantilado de nueve metros de altura y casi sesenta metros de
largo. Este acantilado se ha incorporado a un edificio especial, un museo
único, donde los visitantes pueden caminar a lo largo de una galería baja y
otra alta, y observar cómo los hábiles técnicos exponen los huesos en la
superficie del acantilado. Toda la zona de alrededor de este lugar se denomina
Monumento Nacional del Dinosaurio. Su sede oficial se encuentra al otro lado de
la frontera estatal, en Colorado, en las afueras de una pequeña localidad que
antes se llamaba Artesia pero que ha sido bautizada de nuevo con el nombre de
Dinosaur. Hasta las calles de esta población tienen nombres como Bulevar
Brontosaurus, Avenida Stegosaurus o Paseo Triceratops.
Otros países donde también se encontraron muchos
dinosaurios antes de la Primera Guerra Mundial fueron Canadá (en el valle del
río Red Deer, Alberta) y África Oriental Alemana, actualmente Tanzania. Después
de la Primera Guerra Mundial se han descubierto nuevos depósitos de
dinosaurios: los más ricos se encuentran en el desierto de Gobi, en Mongolia,
pero otras zonas prometedoras son China, India, el Sahara y Argentina. El único
continente que todavía no ha producido restos de estos grandes reptiles es la Antártida,
y los paleontólogos tienen pocas dudas acerca de que, incluso allí, bajo el
hielo, los huesos de dinosaurio aguardan el descubrimiento... recordatorio del
clima cálido de la Antártida en el remoto pasado.
Capítulo VII
En busca de dinosaurios
A todos nos gustaría encontrar tesoros escondidos
en el jardín, tal vez un montón de monedas romanas de oro y plata, o adornos
medievales con incrustaciones de piedras preciosas. No importa dónde vivamos,
siempre existe la posibilidad, la leve esperanza de que un día nos sonría la
fortuna, pues un tesoro escondido puede descubrirse en cualquier parte. También
sería excitante encontrar un dinosaurio, pero en este caso debemos ser más
precavidos, pues sólo hay escasos lugares donde existe la posibilidad de encontrarlos.
Al igual que todos los fósiles, los dinosaurios
sólo pueden encontrarse en las rocas formadas con los sedimentos en los que
estuvieron enterrados sus restos, como el barro y la arena. En el capítulo III
hemos visto que estos sedimentos se transforman en rocas sedimentarias como la
arcilla y la arenisca. En cambio, las rocas formadas directamente en el
interior fundido de la tierra (rocas ígneas, como el granito y el basalto)
nunca tienen fósiles, excepto, en muy raras ocasiones, impresiones en la superficie
de las corrientes de lava. Recuérdese también que los dinosaurios vivieron sólo
en el Triásico superior, el Jurásico y el Cretácico, es decir, desde hace 205
millones de años hasta hace 65 millones de años; esto significa que no podemos
esperar encontrar sus huesos en ninguna roca sedimentaria por debajo del
Triásico superior, o por encima de la capa más alta del Cretácico. Y los
dinosaurios fueron animales terrestres, por lo que, como regla general, no
podemos esperar descubrir sus restos en sedimentos que se depositaron en el
fondo del mar (como la mayor parte de los sedimentos).
A veces, sin embargo, se encuentran esqueletos de
dinosaurio en depósitos de origen marino, pues sus cadáveres en ocasiones
flotaron río abajo y fueron a parar al océano. Pero esto sucede con tan poca
frecuencia que, en la práctica, es una pérdida de tiempo buscar ex profeso
dinosaurios en estos lugares.
Un miembro de la expedición polaco-mongola al desierto del Gobi trabajando
en el esqueleto de un dinosaurio con pico de pato.
Donde debemos buscar de veras es en los depósitos
originados en agua dulce: pantanos, lagos o ríos, tal vez en deltas; también
podríamos descubrir lo que andamos buscando en depósitos formados en tierra
seca (ceniza volcánica y dunas de arena). La mejor zona para encontrar
dinosaurios en Inglaterra son las rocas del Cretácico inferior de Sussex y la
isla de Wight, depositadas hace unos 120 millones de años en una gran depresión
que se abría al mar intermitentemente (véase ilustración de la p. 36). Pero ahora
incluso allí es muy difícil encontrar buenas «exposiciones», porque las
canteras de Sussex, en las que Mantell encontró sus huesos de Iguanodon en
la primera mitad del siglo XIX, ya no se trabajan. Hace cien o más años
estaban, como están ahora, tan cubiertas de tierra, vegetación y árboles que es
imposible llegar a la roca fresca, no alterada por la intemperie. Los restos de
dinosaurios que se encuentran en la isla de Wight son a veces esqueletos casi
completos, con los huesos todavía colocados unos junto a otros, como lo estaban
en vida del animal, pero los restos de Sussex casi siempre son huesos y dientes
esparcidos, o quizá una hilera de vértebras de la cola.
Parece, pues, que Inglaterra no es un lugar muy
adecuado donde buscar dinosaurios, aunque, para su pequeño tamaño, tiene más
clases diferentes de estos animales que ningún otro país del mundo. Gales,
Escocia e Irlanda carecen por entero de dinosaurios (con excepción de unas
pocas huellas en el sur de Gales). Sin embargo, son especialmente abundantes en
ciertas regiones de Norteamérica, tanto Canadá como Estados Unidos, y también
pueden hallarse en cantidad en otras zonas del globo menos accesibles. Una vez más,
sólo podemos esperar el hallazgo de dinosaurios en tierra o en depósitos de
agua dulce del Triásico superior o el Cretácico superior, y tampoco tiene mucho
sentido buscarlos ex profeso excepto en aquellas zonas donde ya se han
encontrado accidentalmente.
Se nos plantea ahora la cuestión de quién podría
hallar un hueso de dinosaurio por accidente. Tal vez un pastorcillo en la
ladera de una colina; quizás un geólogo o un explorador ordinario que avanza a
pie por una parte del mundo poco conocida, alejada de la civilización (como el
oeste de Estados Unidos hace cien años o el Sahara en la actualidad). O bien
—como vimos en el capítulo III— podría ser un trabajador de una cantera o un
minero, un ingeniero de caminos que construye una nueva carretera o un obrero
que excava los cimientos de un edificio.
Una vez sabemos que los dinosaurios han sido
descubiertos en una zona determinada, podemos estar bastante seguros de que se
descubrirán más. Pero no podemos improvisar su búsqueda. Si queremos cazar
animales vivos, hemos de obtener permiso del propietario del terreno donde
deseamos hacerlo; es posible que necesitemos también una licencia de caza. Y si
el animal no es común —lo que ahora se llama una «especie en peligro»— es
posible que no nos autoricen a cazarlo. Lo mismo sucede con los fósiles. En la
mayoría de los casos necesitamos permiso del terrateniente o la compañía
minera, y en la mayor parte de los países se requiere un permiso gubernamental
para recoger huesos fósiles y llevarlos al extranjero. Ese permiso sólo suele
concederse si la persona que recoge los fósiles accede —una vez terminados sus
estudios científicos de dichos fósiles— a devolverlos, al menos una parte de
ellos, al país de donde proceden.
Otro aspecto a tener en cuenta es que la búsqueda
de dinosaurios —como la caza de leones o elefantes— puede ser peligrosa no,
desde luego, por la misma razón, sino porque los mejores lugares para buscar
fósiles se encuentran en rocas recién expuestas, lo que significa lugares donde
las rocas se desmoronan y caen; y cuando la roca ha caído una vez, siempre
puede caer de nuevo.
Pero finalmente podemos iniciar la búsqueda. Hay
que explorar la zona con mucha paciencia. A veces podemos andar y andar durante
días sin encontrar nada. Hemos de ser muy observadores pues, de la misma manera
que un zorro o un ciervo denuncian su presencia con sus deyecciones o huellas
de pisadas (o para un perro, por su olor), un mero fragmento de hueso en el
terreno puede mostrar la presencia de un esqueleto de dinosaurio. Muchos más
huesos del esqueleto pueden estar enterrados bajo el suelo, o pueden encontrarse
a la intemperie en lo alto de la montaña y caer pieza a pieza por la ladera. La
verdad es que la mayor parte de nuestros hallazgos no consisten más que en
fragmentos de huesos de las extremidades, algunas vértebras, dientes sueltos o
trozos de roca desgastados por la intemperie en cuya superficie aparece el
hueso roto. Sólo un experto puede reconocerlos (y es posible que no pertenezcan
a un dinosaurio y que hayan pertenecido, por ejemplo, a un cocodrilo). Cuando
se encuentran muchas de tales piezas en un solo lugar, es posible que tengamos
dos o más animales amontonados.
Antes de que intentemos recoger nuestro fósil,
primero hemos de tomar nota cuidadosa de su posición exacta, quizá tomando
fotografías o haciendo dibujos. La forma de recogerlo depende en gran parte de
la clase de fósil de que se trate. Si está bastante desprendido de la roca que
le había rodeado y es lo bastante fuerte, no hay más que tomarlo, pintarle el
número, envolverlo y empaquetarlo. Un diente pequeño puede envolverse en papel
de seda y empaquetarse con algodón en rama dentro de una caja de cerillas. Un
gran hueso del muslo, de un metro de longitud, puede envolverse en tela de saco
y embalarse en una caja con paja. Un amasijo de fragmentos rotos puede
guardarse directamente en una bolsa de muestras.
Escayolado de un cráneo en el lugar en que ha sido excavado.
Pero pocas veces resulta tan fácil. El esqueleto
puede estar todavía incrustado en la roca —tal vez arcilla blanda o caliza
dura— y es preciso extraerlo de alguna manera. En este caso es innecesario
apartar toda la roca del hueso, pero como es lógico preferimos llevamos la
menor cantidad posible de roca.
Corte de una cubierta de escayola en un laboratorio paleontológico.
Para esta tarea necesitamos una amplia variedad de
herramientas, que van desde picos y palas hasta taladros neumáticos, pasando
por llanas, viejos cuchillos de cocina, martillos, cinceles, cortaplumas,
agujas montadas y diminutos cepillos. Los fragmentos sueltos se pegan, y las
partes que son demasiado blandas y frágiles se endurecen mediante una solución
resinosa especial con la que se rocían o pintan.
Aplicación de una solución endurecedora sobre los huesos de un
Scelidosaurus, que han quedado previamente al descubierto por la acción del
ácido acético vertido sobre la roca caliza que los incluía. El fragmento de
roca se ha revestido de una envoltura protectora de plástico reforzado con
fibra de vidrio, con el fin de sostenerlo y limitar la acción del ácido a la
capa superior de la roca.
Muy a menudo es necesario encajar todo el fósil en
un bloque de escayola, de la misma manera que los médicos escayolan un miembro
cuando se ha roto por accidente. Pero un método más moderno utiliza espuma de
poliuretano en vez de escayola. El dinosaurio se coloca en estos bloques a fin
de proteger el frágil esqueleto en su largo viaje al laboratorio y para
mantener todos los huesos en las mismas posiciones relativas.
Una vez en el laboratorio, todavía hay mucho que
hacer. Algunos de los fragmentos que se han guardado en la bolsa de muestras,
si se han roto hace poco y no están muy afectados por la intemperie, pueden
encajar para formar piezas mayores e incluso huesos completos.
Montaje de un esqueleto de Hypsilophodon en una estructura metálica.
Tratar de juntarlos es un ejercicio fascinante,
algo parecido a resolver un rompecabezas tridimensional en el que faltan muchas
de las piezas y que quizás tiene algunas pertenecientes a otro rompecabezas.
Además, sin tener ninguna imagen del producto terminado la tarea está lejos de
ser fácil.
Los bloques de escayola o poliuretano han de
abrirse y los especímenes más blandos tienen que endurecerse más. Todos los
especímenes están ahora preparados para su «elaboración», lo cual significa la
extracción de la roca alrededor de los huesos (con frecuencia hay una capa de
roca muy dura inmediatamente después de la superficie del hueso). Esto puede
hacerse de diversas maneras. La más antigua es a mano, utilizando herramientas
que van desde el martillo y el cincel a una aguja montada tan fina que, bajo el
microscopio, un hábil técnico puede arrancar un grano de arena cada vez. Una
técnica más moderna utiliza herramientas accionadas por energía eléctrica, en
su mayor parte como las que usan los dentistas para taladrar agujeros en los
dientes. Un tercer método es una especie de chorro de arena que se lanza con
una máquina especial. El cuarto y último método es el químico. El espécimen se
trata con un ácido débil que disuelve la matriz (es decir, la roca contenedora)
pero que no hace daño alguno al espécimen. Este método químico da los mejores
resultados, pero sólo actúa con ciertas clases de matrices y es bastante lento.
Finalmente seremos los orgullosos poseedores de una
buena colección de huesos limpios y reparados de dinosaurios, todos ellos (así
lo esperamos) del mismo individuo. Pero sin duda faltarán varios huesos e,
incluso aquéllos que poseemos, puede que no estén ni mucho menos completos.
Así, si el espécimen está destinado para su exhibición pública, los huesos y
partes de los huesos que faltan deberán modelarse de la manera más realista
posible. (Hasta hace pocos años tales sustitutos se hacían de yeso, pero ahora
suelen hacerse de fibra de vidrio y resina, mucho más ligeras y menos frágiles,
pero más caras.) La operación final tendrá lugar cuando todos los huesos, tanto
los verdaderos como los artificiales, estén montados en una estructura de metal
o fibra de vidrio, cuya forma sea tal que todo el dinosaurio parezca mantenerse
en la posición que tenía en vida. Un esqueleto mondo, sin carne, puede servir,
como veremos en el siguiente capítulo, para algo más valioso que excitar
nuestra curiosidad y provocar nuestro asombro, respeto y maravilla. Un sencillo
trabajo de detective, un poco de sentido común, a menudo pueden convertir una
simple colección de huesos viejos en un tesoro de información útil sobre el
mundo prehistórico.
Capítulo VIII
Los dinosaurios, animales vivientes
Los esqueletos montados de dinosaurio son unos
objetos muy útiles para llenar galerías de museo, en parte debido a que ocupan
mucho espacio y en parte porque atraen a mucha gente que se maravilla de su
tamaño gigantesco y su extraño aspecto. ¿Pero cuántas de esas personas que
contemplan asombradas un Diplodocus o un Tyrannosaurus
rex se han detenido a preguntarse alguna vez cuál era el aspecto del
animal cuando estaba vivo, de qué se alimentaba, cuál era su comportamiento y
en qué clase de mundo vivía?
A menudo podemos hallar las respuestas a estas
preguntas mediante un estudio minucioso de los huesos de dinosaurio, tal vez
comparándolos con los huesos de animales vivos, pues casi todo rasgo de la
forma de cada hueso y de la estructura de todo el esqueleto tiene algún
significado. Un estudio de fósiles no óseos de dinosaurio (tales como huellas
de pisadas) también puede resultar gratificante. Incluso podemos aprender mucho
de una lista de los otros fósiles, animales y plantas, hallados con los dinosaurios
en los mismos sedimentos, y un examen científico de los mismos sedimentos a
menudo puede informamos sobre las condiciones en que los dinosaurios vivieron o
murieron. La mejor manera de explicar esto es dar algunos ejemplos.
Primero trataremos de reconstruir la forma del
animal vivo, con la carne sobre los huesos. La mayor parte de la «carne» eran
músculos. En general, un músculo va de un hueso a otro, y en cada extremo está
adherido al hueso por medio de un tendón fibroso; el punto de adherencia está
señalado por un abultamiento, una cicatriz o un ligero hueco, todo lo cual con
frecuencia puede verse tan claramente en un hueso fósil como en el hueso de un
animal recién muerto.
Cálculo del volumen de una maqueta de dinosaurio mediante la medición de la
cantidad de agua que desaloja al introducir dicha maqueta en un recipiente
completamente lleno.
Ahora bien, la disposición de los músculos en
animales íntimamente relacionados es, por regla general, muy similar; podemos
decir por los abultamientos, cicatrices y huecos de los huesos de los
dinosaurios que su disposición muscular no fue muy diferente de las halladas en
sus parientes vivos más próximos, los cocodrilos y las aves.
Así pues, si somos capaces de ver la posición y el
tamaño de las adherencias musculares en nuestro esqueleto de dinosaurio, y si
poseemos un buen conocimiento de los músculos de cocodrilos y aves, podremos
suponer de manera fidedigna la posición, forma y tamaño de los músculos de
dinosaurio.
Si también tenemos destreza para modelar y poseemos
un modelo exacto a escala del esqueleto de un dinosaurio, podremos formar sus
músculos con arcilla y realizar una restauración razonable de la forma del
animal vivo.
Semejante modelo restaurado puede utilizarse para
calcular el peso del dinosaurio. Primero debemos averiguar el volumen del
modelo sumergiéndolo en agua, en un recipiente graduado, y anotando cuánto sube
el nivel del agua (el modelo debe ser de un material que no absorba agua). En
segundo lugar, debemos averiguar el volumen del dinosaurio verdadero,
multiplicando el volumen del modelo por el cubo de la escala (por ejemplo, si
el modelo es a escala de un vigésimo debemos multiplicar este volumen por 20 ×
20 × 20, es decir, por 8.000). En tercer lugar, la mayoría de los reptiles
actuales son aproximadamente 0,9 veces tan pesados como su propio volumen de
agua, por lo que debemos multiplicar el volumen del dinosaurio (en mililitros)
por 0,9. Esto dará el peso del dinosaurio en gramos.
Como ya hemos dicho, a veces hallamos impresiones
de piel de dinosaurio; estas impresiones son bastante útiles, pues nos muestran
su textura escamosa y la ausencia de plumas o de pelo.
Izquierda: Fémur de un cocodrilo actual, en el que se aprecian las señales
existentes en los lugares de unión de los músculos con el hueso. Derecha: Fémur
de un dinosaurio con pico de pato, Orthomerus, mostrando señales parecidas.
Longitud: 49 cm.
La única cosa de la que no podemos tener referencia
es del color de la piel; esto sólo podemos suponerlo, pero si hemos de
considerar a los dinosaurios como reptiles, podemos suponer que quizá tuvieran
unos colores tan vivos como algunos de los reptiles de hoy.
Tras haber completado nuestra imagen del dinosaurio
en sí, ahora nos enfrentamos al problema de si vivía en tierra o en el agua.
¡Hemos de elegir el fondo adecuado para nuestra pintura! A veces esto resulta
difícil de decidir, como en el caso de los dinosaurios saurópodos, el Diplodocus y
sus parientes (de los que hablamos con cierto detalle en el capítulo XIII) y el
de los dinosaurios con pico de pato (capítulo XIV).
Mano de un Iguanodon que muestra como algunos de los huesos terminales de
los dedos, a juzgar por su forma, tenían «cascos» córneos más que garras. La
distancia desde la punta del primer dedo hasta la del quinto es de 39 cm.
Una de las cuestiones más importantes con respecto
a todo dinosaurio es la de saber si fue un cuadrúpedo o un bípedo, o si podía
caminar a dos o cuatro patas cuando lo deseaba. Se ha dicho con frecuencia que
el animal debía de ser un bípedo si las extremidades delanteras eran mucho más
cortas que las traseras. Esto es evidente en el caso del Tyrannosaurus,
cuyas extremidades delanteras eran demasiado pequeñas para que tuvieran alguna
utilidad locomotriz. Pero en el caso del Stegosaurus, cuyas
extremidades delanteras son de una longitud inferior a la mitad de las
traseras, es evidente (por otras razones) que el animal caminaba no obstante a
cuatro patas, y que lo hacía continuadamente. Si los pies delanteros están
especializados para asir, el animal no podría haberlos utilizado para caminar y
podía haber sido un bípedo; esto es cierto también si los pies
posteriores pero no los delanteros están especializados para
correr. Por otro lado, la presencia de cascos en las patas delanteras en vez de
garras puntiagudas debe significar que el dinosaurio era cuadrúpedo al menos
durante cierto tiempo. Las huellas de pisadas fósiles pueden ser de gran ayuda,
siempre que sepamos qué animal las produjo. Si hay impresiones de los pies
delanteros tanto como de los traseros, es señal de que el animal caminaba a
cuatro patas; si hay sólo impresiones de los pies traseros, es que andaba en
posición bípeda. (Se conocen unas marcas de huellas sólo con impresiones de los
pies delanteros. ¡No, el dinosaurio no caminaba sobre las manos! Flotaba en el
agua y utilizaba los pies delanteros para avanzar apoyándolos en el fondo.)
Mano asidora de un dinosaurio avestruz, Omithomimus; esta mano no pudo haber
sido utilizada para caminar.
No debería entrañar demasiada dificultad decir si
el dinosaurio era capaz de correr con rapidez. Los animales de complexión
ligera con patas largas y delgadas caminaban con frecuencia de puntillas (como
los modernos mamíferos con pezuñas), y es evidente que podían moverse con más
rapidez que las criaturas muy voluminosas con patas más cortas o gruesas como
columnas. Tampoco parece probable que los dinosaurios que se protegían con
pesadas armaduras (como describiremos en el capítulo XV) fueran capaces de gran
velocidad; en cualquier caso, la velocidad era menos importante para ellos que
para sus primos desprotegidos.
Izquierda. Diente de un carnosaurio (posiblemente Megalosaurus) del Jurásico
superior de Tanzania. Longitud: 16 cm. Derecha. Detalle aumentado de la parte
recuadrada en la fotografía de la izquierda, que muestra la estructura aserrada
del diente.
A continuación entramos en la interesante cuestión
de la dieta del dinosaurio. Como sería de esperar, a este respecto la forma de
los dientes tiene la máxima importancia. Algunos dinosaurios tenían dientes
puntiagudos, ligeramente curvados hacia atrás (véase la figura de la izquierda
en la página anterior); los bordes delantero y trasero tienen unas muescas
regulares, como una sierra o un cuchillo para cortar carne.
Dientes de la mandíbula superior del ornitópodo Heterodontosaurus, del
Jurásico inferior de África meridional. El conjunto de los siete dientes abarca
2,1 cm.
Estos animales eran carnívoros y utilizaban los
dientes solamente para capturar a su presa y, si ésta era demasiado grande,
para cortarla en porciones más fáciles de tragar. Otros dinosaurios tenían
dientes simples, en forma de estaca (véase la ilustración de la página
anterior), lápiz, cuchara u hoja. Probablemente se alimentaban de vegetales
blandos, que cortaban y recogían como con un rastrillo. Había otros que tenían
unos dientes mucho más complicados, en forma de sierra y con estrías en sus
superficies interna y externa, colocados muy próximos en una (véase la
ilustración arriba) o varias (véanse las ilustraciones de la p. 155) hileras, y
desgastados por los dientes de la mandíbula opuesta para producir una
superficie masticadora lisa. Los dientes superiores e inferiores funcionaban
como unas podaderas, cortando la áspera vegetación de la que se alimentaban
estos dinosaurios. Finalmente, otros dinosaurios carecían por entero de
dientes. En general, se cree que se alimentaban de pequeños animales, insectos,
huevos y frutas.
Diente de un saurópodo (posiblemente Cetiosauriscus) del Jurásico superior
de Cambridgeshire. Longitud: 5,5 cm.
Muy pocas veces (como en el caso del dinosaurio con
pico de pato mencionado en el capítulo XIV), podemos descubrir con exactitud lo
que el animal había comido mediante un examen directo del contenido estomacal
fosilizado.
Parte del cráneo de un Iguanodon, seccionado longitudinalmente a la
izquierda de la línea media y con una gran porción del hueso extraída, de
manera que se expone el molde natural de la cavidad del cerebro. El extremo
frontal está a la izquierda. Su longitud es de 41 cm. La parte principal del
cerebro está arriba, a la derecha, el lóbulo olfativo izquierdo es visible en
sección (a la izquierda) y las raíces de los nervios craneales II a VIII del
lado izquierdo han sido igualmente cortadas. Los nervios X y XI del lado
derecho también son visibles, ch: hemisferios cerebrales; cbl: cerebelo; ica:
arteria carótida interna; ol: lóbulo olfatorio; pit: hipófisis; l-XI: nervios
craneales (II es el óptico y VIII el auditivo).
En la actualidad los paleontólogos discuten
acaloradamente si los dinosaurios eran de sangre fría, como los reptiles
modernos, o de sangre caliente, como los mamíferos y las aves. Existen pruebas
de índole muy distinta al respecto, pero por desgracia no todas señalan en la
misma dirección. De este problema nos ocupamos brevemente en el capítulo XVI.
También puede obtenerse información relativa al
animal mediante un molde endocraneal, que puede ser natural o artificial, de la
cavidad que contiene el cerebro. En vida del dinosaurio, el cerebro encajaba
casi exactamente en el cráneo, de modo que un molde de la cavidad proporciona
una copia casi exacta de la forma del cerebro. Los tamaños relativos de las
diversas partes del cerebro nos dicen, entre otras cosas, qué sentidos estaban
mejor desarrollados; así, por ejemplo, los lóbulos ópticos alargados sugieren
que la visión jugó un papel importante en la vida del animal.
Pueden hallarse muchas otras indicaciones de la
forma de vida de los dinosaurios. ¿Cómo producían a sus hijos? Algunos de ellos
desde luego ponían huevos (véanse los caps. XIII y XV); mientras que otros, con
menos certeza, deben de haber parido a sus crías (cap. XII). ¿Cómo crecían?
También en el capítulo XV veremos cómo a veces tenemos la suerte de encontrar
individuos de una especie de dinosaurio en cada estadio de desarrollo, desde el
huevo hasta el adulto. ¿Llevaban una vida solitaria o vivían en manadas? Una
serie de huellas de la misma clase de dinosaurio, al parecer todas ellas
efectuadas al mismo tiempo, nos indica que esa especie en particular vivía de
manera gregaria. ¿Cómo se defendían cuando les atacaban? También esto está muy
claro por la forma de la armadura y de los apéndices (como colas a modo de
mazos o con púas) con los que a veces les dotaba la naturaleza (cap. XV). Sus
esqueletos muestran a veces las cicatrices de las heridas curadas (demostrando
que luchaban entre ellos, dentro de una especie) y signos de enfermedad. La
forma de su muerte también puede proporcionar una información útil.
Hueso de la cadera (isquion) de un Iguanodon, roto en vida y curado.
Longitud: 98 cm.
En cuanto al mundo en el que vivían, podemos
construir todo un panorama a partir de nuestro conocimiento de los demás
animales y plantas con los que compartían ese mundo, o de los sedimentos en los
que todos estaban enterrados y otros fenómenos geológicos. Un geólogo
competente puede estudiar estos sedimentos y decir si se depositaron en un
clima cálido o frío, en condiciones húmedas o secas, y si había o no mucha
diferencia entre las estaciones del año. Un experto zoólogo puede obtener
información sobre los temas que conciernen a los animales, un botánico a las
plantas. Cuanto más se refuerzan entre sí las informaciones procedentes de
diversas fuentes, tanto más podemos confiar en ellas.
Capítulo IX
Principios de clasificación
Nadie sabe cuántas especies animales viven en la
actualidad, pero se calcula que aproximadamente han sido descritas más de un
millón y que es probable que haya muchísimas más esperando todavía ser
descritas. Las especies fósiles —casi todas ellas desconocidas— deben de sumar
innumerables millones. Si consideramos sólo los reptiles, de los que hoy
conocemos una pequeña parte, su número alcanzaría ciertamente varios miles. Y
los dinosaurios deben de contarse por centenares.
Existen varias razones prácticas por las que todas
estas especies, como los soldados en un ejército, los libros en una biblioteca
o los sellos en una colección, tienen que ser catalogadas. Cierto que sería muy
fácil catalogarlas por orden alfabético según sus nombres, o por orden numérico
según las fechas en que esos nombres se propusieron por primera vez. Pero tales
listas —aunque útiles para determinados cometidos— no nos dirían nada sobre
cada especie y sus relaciones con las demás. Dado que estos aspectos son en
extremo importantes (los estudios zoológicos se ocupan con mayor frecuencia de
los grupos de especies que de estas formas consideradas aisladamente) es mucho
más útil clasificar a los animales de acuerdo con sus características comunes.
El sistema empleado es muy parecido al que se utiliza en una biblioteca, donde
los libros están clasificados y almacenados según el tema de que tratan. Por
ejemplo, todos los libros que se ocupan de historia griega, romana, europea,
inglesa, norteamericana, etcétera, se guardarían en grupos separados dentro de
esa sala, y cada estante de cada grupo se reservaría para libros sobre un
período determinado. Así, si deseáramos ver todas las obras sobre Inglaterra en
el siglo XVI, sabríamos exactamente dónde buscarlas. Sin embargo, existen
distintas maneras de disponer los libros en una biblioteca, y no sólo hay una
manera «correcta». La clasificación que elijamos obedecerá a la conveniencia o
a las preferencias personales. Y, lo hagamos como lo hagamos, sin duda surgirán
problemas de vez en cuando; algunos libros podrían colocarse con la misma
propiedad en cualquiera de dos estantes —quizá en más de dos—, o bien podrían
guardarse en diferentes salas.
Un sencillo diagrama que ilustra la diferencia entre las clasificaciones
«horizontal» y «vertical
De modo similar, existen innumerables maneras
distintas de clasificar a las especies animales según los caracteres
compartidos. Sin embargo, la manera más útil es clasificar a la especie según
sus relaciones evolutivas, es decir, según el «árbol genealógico» en el que
pueden situarse todas las especies vivientes y extintas. Por desgracia, la
mayor parte de este árbol nos es totalmente desconocida. Por otro lado, los
zoólogos han de enfrentarse con el problema de tomar un árbol tridimensional,
con una disposición de las ramas irregular, y representarlo mediante una
clasificación jerárquica. (Una clasificación jerárquica es
aquélla en la que los objetos implicados —en este caso especies— están
dispuestos en categorías graduadas de tamaño e importancia crecientes y que se
asemejan a la organización de soldados en secciones, pelotones, compañías,
batallones, regimientos, brigadas, divisiones, etcétera.)
Una clasificación jerárquica de un grupo no sólo
expresa las relaciones evolutivas del mismo, sino que también nos ayuda a recordar ese
grupo (o cualquier parte de éste en la que tengamos un interés particular) y
efectuar predicciones acerca de las especies que contiene.
Existen diversas maneras de representar el árbol
evolutivo como una clasificación jerárquica, y ello ha provocado a menudo
acaloradas controversias acerca de la mejor manera de hacerlo. Por ejemplo,
cuando tenemos un nuevo grupo que se divide en varios grupos vástagos (B, C,
D), podemos decidir la designación de un «grupo tronco» (A) que incorpore todas
las especies descendientes (todas ellas están íntimamente relacionadas entre
sí, por una especie de relación de «primos hermanos» o de antepasados directos);
o bien podemos tratar de prescindir de un grupo tronco y asignar cada una de
las especies a los diversos grupos vástagos. El primer tipo de clasificación se
conoce como «horizontal», y el último como «vertical», y los sistematizadores
nunca dejarán de discutir sobre sus respectivas ventajas y desventajas. Es una
pena que, por limitaciones de espacio, no podamos comentar aquí este fascinante
tema.
Las diferentes categorías que utilizamos en nuestra
clasificación, las categorías taxonómicas, se clasifican en grados. Es evidente
que sería prolijo y poco práctico jugar con excesivos grados, y en general se
ha convenido en establecer cuatro grados obligatorios entre las especies en
el extremo inferior de la escala y el fílum, una de las
principales divisiones del Reino Animal (como los moluscos, artrópodos y
cordados), en el superior. Estos grados obligatorios, en orden de tamaño
creciente, son género, familia, orden y clase. Así,
los reptiles constituyen la clase de ese nombre, dentro de la que existen
dieciséis órdenes. Dos de éstos, los saurisquios y los ornitisquios (a los que
nos referimos colectivamente como dinosaurios) incluyen cada uno de ellos
varias familias, docenas de géneros y centenares de especies. Sin embargo, a
veces es necesario insertar grados adicionales entre los grados obligatorios,
designándolos con nombres tales como subgénero, subfamilia, superfamilia,
infraorden, superclase y así sucesivamente. Términos como «tribu» pueden
también emplearse para este fin.
El siguiente agrupamiento mayor por encima de la
especie es el género. Las especies se agrupan en géneros, pero de nuevo los
límites del género (especialmente en Paleontología) suscitan opiniones
diversas. Cuando nombramos especies utilizamos el sistema de nomenclatura
binómica introducido por Linneo en 1753. El nombre debe consistir en
dos palabras, latinizadas, la primera el nombre del género al que se asigna la
especie (como Diplodocus) y la segunda el nombre particular de
la misma especie (como longus o carnegii). La
nomenclatura zoológica no es tarea sencilla, pues está sujeta a un código
internacional de reglamentaciones casi legales, complicado pero perfectamente
lógico, y está sometida también a la jurisdicción de una comisión internacional
de expertos. Una vez más queda fuera del alcance de este libro profundizar más
en este tema, por interesante que pueda ser.
La clasificación de los vertebrados —animales con
columna vertebral— se realizó, en principio, sobre formas vivientes. Sólo más
tarde se pensó en aplicarla a los fósiles. (Recuérdese que esto sucedió en la
época en que la evolución ni siquiera era una teoría respetable, y no digamos
un hecho aceptado.) Esto mismo se aplica a otros grandes grupos animales. En
efecto, es mucho más fácil clasificar los animales de hoy si se ignoran los
fósiles, los cuales sólo más tarde se introducen en la clasificación. Los problemas
que resuelven son siempre rebasados por los nuevos que crean.
Sea como fuere, los vertebrados se dividen en
clases. Los vertebrados inferiores, los peces, se colocan en clases propias y
no nos interesan aquí. Los vertebrados superiores, que comprenden los animales
de cuatro patas y con pulmones para respirar aire, pueden dividirse claramente
en cuatro clases: anfibios, reptiles, aves y mamíferos. (Es cierto que las aves
y el hombre tienen sólo dos extremidades inferiores y las serpientes ninguna;
pero las aves han modificado sus patas delanteras en alas, el hombre utiliza
los brazos y las serpientes —cuyos antepasados sí que poseían patas— las han
perdido por completo.) Cada clase tiene una serie completa de características
por las que puede reconocerse. Así, un moderno mamífero, por ejemplo, no pone
huevos sino que pare vivos a sus hijos, como adultos en miniatura, a los cuales
la madre alimenta con su leche y a los que luego uno o ambos padres cuidan
durante cierto tiempo. Los mamíferos son animales de «sangre caliente» (es
decir, que la temperatura de los mamíferos más avanzados es siempre la misma,
alrededor de 37°C, al margen de cuál sea la temperatura exterior) mientras que
los reptiles son de «sangre fría» (es decir, que la temperatura de su cuerpo
sube o baja según la temperatura exterior). Un mamífero no cede mucho calor al
aire circundante en tiempo frío porque su cuerpo tiene una cobertura de pelos
(el pelaje); sin embargo, un reptil carece por entero de pelos. El corazón del
mamífero tiene cuatro compartimientos, el animal respira por medio de costillas
y un diafragma muscular, el cerebro es grande, la mandíbula inferior se compone
sólo de un hueso a cada lado (el dentario), algunos de los otros huesos de la
mandíbula se han incorporado al mecanismo conductor del sonido del oído medio,
partes diferentes de la boca tienen distintas clases de dientes, los dientes
son sustituidos por otros una vez o ninguna, sólo hay costillas en la parte
delantera del cuerpo, la cola suele ser muy pequeña y así sucesivamente. En la
mayor parte de estos rasgos el mamífero difiere de casi todos los reptiles.
Lados internos de las mandíbulas inferiores de varios reptiles de tipo
mamífero (pelicosaurio, gorgonopio, cinodonto, ictidosaurio); se observa el
aumento gradual de tamaño del dentario a expensas de los otros huesos. La serie
termina con la mandíbula inferior de un mamífero verdadero, formada sólo por el
dentario.
En consecuencia nos resulta muy fácil saber si
cualquier animal de cuatro patas y con columna vertebral es un anfibio, un
reptil, un ave o un mamífero. Esta feliz situación se debe a que las ramas
principales del árbol evolutivo se separaron entre sí hace mucho tiempo y ahora
son por completo distintas; cada clase representa todas las ramitas adheridas a
una rama principal de ese árbol. En efecto, son muy pocos los vertebrados
vivientes que plantean algún problema. (Uno de tales animales problemáticos es
el ornitorrinco con pico de pato, el cual, aunque es un verdadero mamífero —da
de mamar a sus pequeños y tiene pelo— no pare sino que pone huevos como un
reptil; para complicar aún más las cosas, tiene un pico sin dientes como el de
un ave.)
Pero los vertebrados fósiles son
algo muy diferente. Cuando aparecen en el árbol genealógico cerca del punto
donde una rama se separa de otra, es probable que muestren una mezcla de
características modernas de clase o de condición transicional. Así, por
ejemplo, sabemos que hace unos 200 millones de años cierta línea de reptiles
(los «reptiles de tipo mamífero») evolucionaron convirtiéndose en mamíferos. No
podríamos esperar que las docenas de características que difieren en los
modernos reptiles y mamíferos hayan cambiado de la condición de reptil a la de
mamífero precisamente al mismo tiempo; más bien debemos pensar que han cambiado
en forma gradual durante un largo período, de modo que deberíamos encontrar
animales fósiles con una mezcla de características de reptil y de mamífero. (De
la misma manera el Archaeopteryx, que comentaremos en el
capítulo XVII, muestra una mezcla de características de reptil y de ave.) Esto
significa que, aplicadas a los animales fósiles, las clases no pueden ser tan
distintas como parecen cuando estudiamos sólo las formas vivientes. Aunque
supiéramos mucho más de lo que sabemos acerca de la vida remota en la tierra,
aunque conociéramos todos los detalles del árbol evolutivo, seguiría siendo
difícil decidir dónde debería empezar cada rama principal y, en consecuencia, a
qué clase deberían de pertenecer los miembros anteriores. El mismo hecho de que
no sepamos mucho, a veces nos deja con lagunas en el historial de los fósiles y
nos facilita elegir una posición para el límite entre sucesivas entidades
taxonómicas; lo contrario ocurriría si el historial presentara una continuidad
absoluta.
Por su misma naturaleza los vertebrados fósiles
suelen escasear, por lo que en muchos casos tenemos un solo espécimen y con
mucha frecuencia el único o los pocos especímenes de que disponemos están
incompletos... quizá tenemos un hueso, a su vez incompleto, de todo un
esqueleto. Por ello, desde el punto de vista del paleontólogo, las mejores
características de clase son las óseas, las de esas partes del esqueleto que se
preservan con más frecuencia (como sucede con las mandíbulas y los dientes
excepcionalmente duros de los mamíferos). También es deseable que una
característica de clase sea una característica de «todo o nada», algo que está
presente o ausente, y no un carácter como la «sangre caliente», que puede darse
en una condición intermedia. Así, cuando consideran las formas intermedias
entre reptiles y mamíferos, la mayoría de los paleontólogos convienen en que
deberían llamarse reptiles si la mandíbula inferior tiene más de un hueso a
cada lado y mamíferos si la mandíbula inferior tiene sólo el hueso dentario;
esta característica cumple con todos los requisitos antes mencionados.
El hecho de que los miembros vivientes de cada
clase posean una serie bien definida de características de clase tiene una
consecuencia desafortunada. Tendemos a olvidar que, cuando descendemos en el
árbol familiar, se produce una «difuminación» de las clases. Así, cuando
decidimos (de un modo totalmente arbitrario) que un cierto fósil intermedio
debería ser clasificado, digamos, como un reptil, tendemos a suponer sin pensar
con detenimiento que, cuando estaba vivo, poseía todas las características de
un reptil moderno, incluidos los caracteres «blandos», de los que no tenemos
pruebas directas. Pero tal suposición es del todo injustificada y con
frecuencia errónea. Por ello hemos de precavemos de este enfoque ilógico y poco
científico de los fósiles. Veremos un buen ejemplo en el capítulo XVI.
Entretanto, en el siguiente capítulo nos ocuparemos
brevemente de la clasificación general de los vertebrados terrestres, en
particular de los reptiles; veremos cómo los dinosaurios encajan en la
clasificación de los reptiles y cómo están clasificados ellos mismos. La
clasificación utilizada es bastante convencional, pero consideramos que es la
mejor de las que se dispone actualmente. El capítulo XVII también se ocupa de
una reciente proposición según la cual debería haber cambios importantes en la
disposición de los vertebrados en clases, y se sugiere que los dinosaurios
deberían ser considerados no como reptiles, sino como una clase propia.
Capítulo 10
Clasificación de los dinosaurios
Como hemos señalado antes, en general reconocemos
cuatro clases de tetrápodos (vertebrados de cuatro extremidades): anfibios,
reptiles, aves y mamíferos. Las relaciones entre estas clases son muy simples:
los anfibios evolucionaron de los peces y fueron antepasados de los reptiles,
que a su vez dieron origen en una dirección a las aves y en otra a los
mamíferos. En consecuencia, los reptiles ocupan una posición central en el
árbol genealógico y son de gran importancia para el estudio evolutivo de los vertebrados.
En el cuadro superior de la página 95 vemos un
«árbol genealógico» muy simple de las clases de tetrápodos y de los peces óseos
de los que evolucionaron, mostrando sus interrelaciones. A fin de hacer esas
relaciones un poco más explícitas, se han subdividido en grupos tanto los
«peces de aletas carnosas» (sarcopterigios) como los anfibios y los reptiles.
También hemos mencionado en el capítulo anterior
que, si bien los límites entre las diversas clases son muy claros cuando sólo
se considera a sus miembros vivos, dichas clases tienden a convertirse
gradualmente en otras a través de formas fósiles de naturaleza intermedia. Así,
por ejemplo, la distinción entre peces y anfibios modernos se basa —entre otras
cosas— en que los anfibios poseen extremidades (con cuatro o cinco dedos); y
esta misma distinción se realiza entre los antiguos peces ripidistios y los primitivos
anfibios que evolucionaron de ellos —a causa de la falta de «partes blandas»,
esta característica tiene todavía mayor importancia para distinguir entre sí a
los dos grupos—. Pero se conoce una bóveda craneana fósil, de proporciones
intermedias entre pez y anfibio, que no puede clasificarse como uno u otro
porque desconocemos si el animal que la poseía estaba equipado con aletas o con
extremidades.
Bóvedas craneanas de: A. Eusthenopteron, un pez ripidistio. B. Elpistostege,
una forma poco conocida, aparentemente intermedia en sus proporciones entre A y
C. C. Ichthyostega, un anfibio laberintodonto muy primitivo. Los huesos
correspondientes presentan la misma trama de puntos.
La distinción entre anfibios y reptiles se basa en
su método de reproducción, que se supone es el mismo en los miembros fósiles de
esas clases que en los correspondientes representantes modernos. En general,
los anfibios depositan sus huevos en el agua; de los huevos salen larvas
(«renacuajos») que respiran por medio de branquias y finalmente las larvas se
metamorfosean en adultos terrestres que respiran principalmente por medio de
pulmones.
Cráneo de un laberintodonto del Triásico Inferior, Benthosuchus, mostrando
las estrías correspondientes al sistema de líneas laterales. Longitud del
cráneo: 17 cm.
En cambio, los reptiles —excepto cuando son
vivíparos— ponen unos huevos con cáscara que necesitan aire, por lo que deben
depositarlos en tierra. Los nuevos seres que emergen de ellos son en esencia
réplicas en miniatura de sus padres.
Pero cuando estudiamos a los anfibios avanzados y
sus primeros descendientes reptilianos, la mayor parte de las veces no tenemos
una información directa de cómo se reproducían. En algunos casos, existen
larvas fósiles provistas de branquias, y en otros la forma de la pelvis puede
dar alguna indicación del tamaño que tenían los huevos. Una prueba menos
directa es la presencia de estrías en el cráneo juvenil, que sugiere la
existencia en el animal de un sistema de líneas laterales utilizado para
percibir cambios de presión en el agua. Aunque, por lo general, hay que fijarse
en otros rasgos del esqueleto que se suponen característicos ya sea de los
anfibios o de los reptiles.
Un «árbol genealógico» muy simplificado de los vertebrados terrestres
(tetrápodos) y los peces óseos de los que evolucionaron. Los anfibios y los
peces con aletas carnosas aparecen algo más detallados.
Cuando llegamos a la transición de reptil a ave
consideramos la presencia de plumas como el único rasgo realmente importante
para diagnosticar si el animal es un «amigo emplumado», es decir, un ave. Por
suerte para el sistematizador, el único intermedio, el clásico Archaeopteryx (comentado
con detalle en el capítulo XVII) está rodeado por inequívocas impresiones de
plumas y, en consecuencia, se clasifica sin ningún problema como un ave. En
cuanto a la transición de reptil a mamífero, ya la hemos expuesto en el
capítulo IX.
Hasta aquí lo que a tetrápodos concierne. Dentro ya
de la clase reptiles hay una serie de órdenes (algo variables, según la
autoridad particular a la que se siga, pero en general unos dieciséis), los
cuales se agrupan en cuatro subclases según la disposición de las aberturas
temporales a ambos lados del cráneo, detrás del ojo.
Árbol genealógico de los reptiles.
Como hemos indicado en el capítulo I, estas
aberturas aligeran el cráneo sin debilitarlo y, además, ofrecen espacio para el
abultamiento de los músculos de la mandíbula al contraerse. Los anápsidos no
poseen ninguna abertura. Los diápsidos tienen dos, una
superior y otra inferior, separadas por una barra formada por una prolongación
hacia atrás del hueso postorbital y una prolongación hacia adelante del
escamoso. Los sinápsidos (todos extintos) tenían sólo una
abertura, que debe de haber sido la inferior, porque los dos huesos mencionados
se encontraban por encima de ella. Los euriápsidos también
poseían una sola, pero tenía que ser la superior porque ese mismo par de huesos
se encontraban por debajo de ella. (La pauta básica característica de cada
subclase estaba a menudo algo modificada en sus miembros más evolucionados.) El
árbol genealógico de los diversos grupos de reptiles y de las aves y mamíferos
que descendieron de ellos puede mostrarse mejor mediante un gráfico que
describiéndolo con palabras.
Árbol genealógico de los arcosaurios. Este diagrama es bastante más
conservador que el texto, puesto que los dromeosauridos (como el Deinonychus)
se incluyen entre los celurosaurios en lugar de considerarlos como parte de un
grupo separado, los deinonicosaurios.
En este gráfico se muestra una gran división de los
diápsidos, los arcosaurios («reptiles predominantes») que, de
hecho, constituye un superorden que abarca cinco órdenes separados e incluye a
todos los dinosaurios. El árbol genealógico de este grupo se ilustra con mucho
más detalle en el cuadro de la p. 96. En él se observa con claridad que los
arcosaurios más primitivos están considerados como un «orden-tronco», los
tecodontos, del que evolucionaron cuatro «órdenes vástagos»: los crocodilios
(incluidos los cocodrilos modernos), los pterosaurios (o reptiles alados,
incluidos los pterodáctilos), los saurisquios y los ornitisquios. En este punto
debemos recordar la definición de dinosaurio que dimos en el capítulo I y,
aunque tendemos a pensar en los saurisquios y los omitisquios como
constituyentes de un solo grupo de animales, los paleontólogos los consideran
normalmente como dos órdenes separados que difieren entre sí en varios
aspectos. Todos los dinosaurios conocidos pueden incluirse con precisión en un
orden u otro. (En aparente contradicción con esto, en fecha bastante reciente
—1974— se ha afirmado que los saurisquios y los ornitisquios compartieron un
antepasado común que no lo fue de ningún otro grupo, y que esos dos órdenes
separados deberían, pues, reunirse en el grupo de dinosaurios. Esto podría ser
cierto, desde luego, pero repetimos que todavía ningún paleontólogo ha dado una
prueba convincente en el sentido de que los saurisquios y los omitisquios se
relacionaran más estrechamente entre sí de lo que lo están con cualquiera de
los otros grupos vástagos de los arcosaurios, como los crocodilios o los
pterosaurios. Incluso es posible que los mismos saurisquios se originasen en
los tecodontos como dos o más grupos separados.) Esta breve explicación, junto
con los dos árboles genealógicos, podría mostrar con suficiente claridad cómo
encajan los dinosaurios en la estructura general de la clasificación
reptiliana.
Larva de laberintodonto con branquias externas, «Brachiosaurus», del Pérmico
inferior de Alemania occidental. Longitud característica: 10 cm.
¿Cuál es la diferencia básica entre los dos órdenes
de dinosaurios? En los saurisquios —los dinosaurios con «cadera de lagarto»—,
los huesos de la región de la cadera no son muy distintos de los de muchos
otros reptiles: uno de los dos huesos que forman la región inferior de la
cadera, el pubis, apunta hacia abajo y adelante, mientras que el otro, el
isquion, se prolonga hacia abajo y hacia atrás.
Los cuatro tipos básicos de cráneos de los reptiles: po: postorbital. es:
escamoso.
Sin embargo, en los ornitisquios —los dinosaurios
con «cadera de ave»—, los huesos de la cadera son muy distintos de los de los
otros reptiles y, a primera vista, son más parecidos a los de las aves. El
pubis ya no señala hacia abajo y adelante, sino que ha girado hacia atrás, en
una posición por debajo del isquion, y este último hueso se dirige hacia abajo
y hacia atrás. (En la mayor parte de los ornitisquios el pubis también ha
desarrollado una nueva rama que apunta hacia adelante.) Quien visite la galería
de dinosaurios en un gran museo, no tendrá dificultad para decidir qué
dinosaurios pertenecen a los saurisquios y cuáles a los ornitisquios; basta con
fijarse en los huesos de sus caderas.
Cráneo de Heterodontosaurus, ornitópodo del Triásico superior de África
meridional, que muestra el característico hueso predentario. Longitud del
cráneo: 9 cm.
En cuanto a las otras muchas diferencias entre los
dos órdenes, en casi todos los casos el de los ornitisquios es el que ha
desarrollado características más singulares. Por ejemplo, en todos los
vertebrados —excepto los ornitisquios— el hueso principal de cada lado de la
mandíbula inferior, el dentario, se une por delante con el otro dentario para
formar el mentón. En los omitisquios, en cambio, el mentón está formado por un
solo hueso medio, llamado predentario, situado delante de los dos dentarios. Todos los
omitisquios tienen un predentario, pero ningún otro reptil lo posee. Por otro
lado, en los omitisquios las apófisis espinosas de las vértebras (que forman la
hilera de protuberancias de la columna vertebral que recorre la espalda) están
conectadas entre sí por un entramado óseo. Dicho entramado no se encuentra en
los saurisquios. Un último punto, ya mencionado, es que los omitisquios fueron
todos vegetarianos, mientras que muchos de los saurisquios comían carne, como
sus antepasados tecodontos.
La clasificación de los dinosaurios no se limita a
una simple división en saurisquios y omitisquios (véase cuadro de la p. 95).
Los saurisquios se dividen a su vez en terópodos y sauropodomorfos. Los
terópodos, claramente dinosaurios, caminaban sólo sobre las patas traseras, y
por lo general comían carne. (En cambio, casi todos los demás dinosaurios
comían sólo vegetales.) Los sauropodomorfos incluyen a los familiares Brontosaurus, Diplodocus y
todos sus parientes.
Los terópodos pueden dividirse todavía más. Los
celurosaurios eran terópodos de complexión ligera, con la cabeza pequeña, el
cuello largo y las extremidades delanteras bastante bien desarrolladas; en
general eran pequeños, pero algunos adquirieron dimensiones impresionantes en
el período Cretácico. En cambio, los carnosaurios eran mucho mayores y de
complexión más pesada, con la cabeza relativamente grande, el cuello corto y
las patas delanteras muy reducidas. Pero no todo el mundo está convencido de
que sea correcto efectuar esta sencilla división, pues algunos de los terópodos
de tamaño medio parecen mostrar una mezcla de características de los
celurosaurios y carnosaurios con otras muy distintas de ambos. De hecho, hay
una nueva corriente que favorece el reconocimiento de un tercer grupo de
terópodos, los deinonicosaurios, en los que el cráneo y las extremidades
estaban adaptadas para el movimiento rápido y el ataque violento.
Huesos de la cadera de un dinosaurio saurisquio (Ceratosaurus, arriba a la
izquierda), de un ornitisquio primitivo (Scelidosaurus, arriba) y de un
ornitisquio «típico» evolucionado (Thescelosaurus, a la izquierda). En todos
los diagramas los huesos se muestran desde el lado exterior.
Los sauropodomorfos, por su parte, pueden dividirse
también en dos: los saurópodos y los prosaurópodos. Los primeros eran
gigantescos cuadrúpedos vegetarianos, como el Diplodocus. Tenían
la cabeza pequeña, el cuello largo, la cola muy larga y las patas elefantinas,
e incluyen a los animales de mayor tamaño que jamás han vivido sobre la tierra
firme. Menos importantes son los prosaurópodos, anteriores a los saurópodos y
que en otro tiempo se consideraron como sus antepasados pero que ahora se
consideran como un vástago paralelo y de vida más corta de un tronco común.
Eran más pequeños que los saurópodos, algo similares en su forma general pero
no tan singulares; probablemente, algunos de ellos podían levantarse sobre sus
patas posteriores cuando les apetecía, y es posible que algunos de los primeros
prefiriesen todavía una dieta carnívora a una vegetariana.
En cuanto a los dinosaurios del orden de los
omitisquios, a pesar de su nombre y de la forma de los huesos de sus caderas no
son parientes especialmente cercanos de las aves. De hecho, como veremos más
adelante (capítulo XVII), la mayoría de los expertos creen ahora que las aves
evolucionaron a partir de los dinosaurios saurisquios. Mientras los saurisquios
se subdividen en dos grupos, los omitisquios suelen subdividirse en cuatro. El
grupo más abundante fue el de los ornitópodos, los cuales mostraron una tendencia
hacia la postura bípeda. Algunos de ellos quizás preferían caminar con más
frecuencia sólo sobre dos patas, y otros utilizar las cuatro. En esto diferían
de los terópodos, que nunca utilizaron las patas delanteras
para caminar. Los ornitópodos también diferían de los terópodos carnívoros en
que, como todos los ornitisquios, sólo comían plantas; la única excepción
conocida es el Troodon .
Una rama muy importante y especializada de los
ornitópodos, importante debido a su gran abundancia, era la de los hadrosaurios
o dinosaurios con pico de pato. Mucho menos frecuentes y, en consecuencia, de
importancia mucho menor fueron los paquicefalosaurios o dinosaurios con cabeza
en forma de cúpula.
Los otros tres grupos de dinosaurios ornitisquios
—los ceratopios o dinosaurios cornudos, los estegosaurios o dinosaurios con
placas y los anquilosaurios o dinosaurios con armadura— eran totalmente
cuadrúpedos; al contrario que los ornitópodos, no podían permanecer en pie ni
caminar sólo sobre sus patas traseras. Sin embargo, carecían por entero de
relación entre sí, con la excepción, claro está, de que todos eran dinosaurios
con «cadera de ave» (y en consecuencia vegetarianos). De hecho, los ceratopios
—a menudo llamados erróneamente ceratopsios— estaban casi con seguridad más
relacionados con los ornitópodos parcialmente bípedos de lo que lo estaban con
los dinosaurios con placas o con armadura. Incluso podrían haber descendido de
los ornitópodos a través de alguna forma como los dinosaurios loro (véase cap.
XIV), perdiendo su tendencia a la postura bípeda y regresando por completo a la
cuadrúpeda.
Con nuestro resumen de clasificación hemos trazado
en este capítulo un panorama general de los dinosaurios. En los capítulos que
siguen procederemos a describir una selección representativa de estas notables
criaturas.
Láminas
Lámina 1. Alemania meridional en el Triásico
superior. En primer término, un par de pequeños celurosaurios (Procompsognathus)
se amenazan mutuamente. Detrás de ellos se encuentran dos ejemplares del gran
prosaurópodo Plateosaurus.
Lámina 2. El oeste de EE. UU, durante el Jurásico
superior. En primer término, un carnosaurio (Ceratosaurus) se alimenta con el
cadáver de un saurópodo (Apatosaurus = Brontosaurus). Dos pequeños
celurosaurios (Coelurus) participan en el festín. Más lejos, un saurópodo aún
mayor, el gigantesco Brachiosaurus, avanza hacia la izquierda, mientras un
Stegosaurus anda delante de él en dirección opuesta. Al fondo, a la izquierda,
se encuentran dos ornitópodos (Camptosaurus) y, a la derecha, un Apatosaurus
gira el cuello hacia atrás.
Lámina 3. Inglaterra meridional en el Jurásico inferior. El carnosaurio
Megalosaurusve una posible víctima, el primitivo ornitisquio Scelidosaurus.
Lámina 4. Inglaterra oriental en el Cretácico inferior. Dos pequeños
ornitópodos (Hysilophodon) pacen en primer término, a la derecha; detrás de
ellos camina el anquilosaurio Polacanthus. A la izquierda se encuentran dos
grandes ornitópodos del género Iguanodon. Al fondo puede observarse el
carnosaurio Altispinax, poco conocido.
Lámina 5. Norteamérica occidental durante el Cretácico superior. (Los
dinosaurios que aparecen aquí no vivieron exactamente en el mismo lugar y al
mismo tiempo.) En primer término, un dinosaurio avestruz (Ornithomimus) corre
hacia la izquierda, mientras que el anquilosaurio Evoplocephalus se mueve en la
dirección opuesta. Detrás, el gran carnosaurio Tyrannosaurus adopta una postura
amenazante y se dispone a atacar a uno de los dos grandes dinosaurios
herbívoros de la izquierda, ya sea el Anatosaurus (delante), ya el
Pachycephalosaurus (detrás). Al fondo, un Triceratops trota despreocupadamente.
Lámina 6. El hadrosaurio Corythosaurus (Cretácico superior de Norteamérica
occidental).
Lámina 7. El primitivo dinosaurio Protocerstops (Cretácico superior de
Mongolia).
Lámina 8. Pachyrhinosaurus, un ceratopio sin cuernos (Cretásico superior de
Alberta).
Lámina 9. El dinosaurio ornitópodo Lesothosaurus (Jurásico inferior de
África meridional)
Lámina 10. El carnosaurio Dilophosaurus (Jurásico inferior de Arizona)
Lámina 11. El dinosaurio loro Psittacosaurus (Cretásico inferior de
Mongolia).
Lamina 12. El dinosaurio ornitópodo Heterodontosaurus (Jurásico inferior de
África meridional).
Lámina 13. El deinonicosaurio Oeinonychus {Cretácico inferior de Montana)
Capítulo XI
Origen de los dinosaurios
En el capítulo IV ya establecimos que los
dinosaurios vivieron a finales del Triásico, en el Jurásico y en el Cretácico,
y que los reptiles de tipo mamífero les precedieron como vertebrados dominantes
en tierra firme. En el capítulo X hemos expuesto el esquema general de la
clasificación reptiliana, cómo encajan en ella los arcosaurios y los
dinosaurios, y de qué modo se dividen éstos en grupos más pequeños. Pero lo que
no hemos aclarado todavía es por qué los dinosaurios y otros arcosaurios
superiores surgieron, cuándo lo hicieron y cómo se las arreglaron para
suplantar a los reptiles de tipo mamífero como grupo más importante y con más
éxito entre los grandes vertebrados habitantes de la tierra.
El cuadro siguiente muestra cómo la fortuna
relativa de los dos grandes grupos que comentamos ha sufrido altibajos desde
los tiempos del Carbonífero hasta la era actual. El diagrama está muy
simplificado, desde luego; no se representa en él ninguno de los otros grandes
grupos de vertebrados, como los anfibios o los lagartos, pero la importancia de
tales grupos es relativamente escasa a este respecto. En dicho diagrama se
muestra que los arcosaurios sustituyeron a los reptiles de tipo mamífero
transcurridos unos dos tercios del período Triásico, que los mamíferos tuvieron
poca importancia durante todo el Mesozoico y que sólo pasaron a un primer plano
después de la extinción de los dinosaurios al final del Cretácico.
Intentemos trazar primero a grandes rasgos la
historia de los tetrápodos (es decir, los vertebrados de cuatro extremidades:
anfibios, reptiles, aves y mamíferos), centrando nuestra atención en el período
Triásico. Esta historia nos ayudará a comprender la evolución de los diversos
grupos de tetrápodos durante este importante lapso de tiempo geológico.
Abundancia relativa durante los diversos períodos geológicos de los reptiles
de tipo mamífero y sus descendientes, por un lado, y de los arcosaurios y sus
descendientes por otro.
Empezaremos por observar el árbol genealógico de
los tetrápodos. Examinaremos los tres árboles evolutivos en los cuadros de las
páginas 94 y 95. El cuadro superior de la página 94 representa un árbol
genealógico muy sencillo de todos los tetrápodos, el inferior
muestra con mayor detalle el de los reptiles, y el cuadro de la página 96
representa la evolución del tronco de los arcosaurios en unidades subordinadas
más pequeñas. De particular interés es para nosotros este último árbol, pues
nos muestra el origen de los dinosaurios. En él se indica que el orden básico
(el «tronco») de los arcosaurios fue el de los tecodontos, y que los
dinosaurios surgieron de los tecodontos durante el período Triásico como dos
órdenes vástagos distintos, los saurisquios y los omitisquios.
Al estudiar los cuadros de las páginas 94 y 95
observamos algo realmente notable: todos los grandes grupos de tetrápodos que
vivieron en el Paleozoico —en el Carbonífero superior y el Pérmico—,
prácticamente se extinguieron durante el Triásico. Desaparecieron casi todos
los órdenes de anfibios antiguos (incluidos los grandes laberintodontos, que
vivieron en los bosques del período Carbonífero), una serie de importantes
familias de reptiles primitivos (llamados colectivamente cotilosaurios), y en
particular varios grupos de reptiles de tipo mamífero —sólo un par de grupos se
mantuvieron en el Jurásico, aunque en número insignificante.
Paracyclotosaurus, uno de los últimos laberintodontos, del Triásico superior
de Nueva Gales del Sur. Longitud aproximada: 2,25 m.
También está claro que todos los grupos de
tetrápodos que dominaron los continentes durante el Mesozoico, todos los que
regresaron a los mares mesozoicos y todos los que han sobrevivido hasta el
presente, hicieron su primera aparición en el Triásico o en el Jurásico
inferior.
Bradysaurus, un cotilosaurio del Pérmico superior de Sudáfrica. Longitud
característica: 2,2 m.
Los reptiles de tierra exclusivos del Mesozoico
fueron los dinosaurios saurisquios, los ornitisquios y los pterosaurios; el
registro fósil de todos ellos se inicia en la era recién mencionada. Los
reptiles marinos más abundantes del Mesozoico fueron los plesiosaurios y los
ictiosaurios. Los grupos que aparecieron en el Mesozoico inferior y han
sobrevivido hasta el presente son las ranas, las tortugas (terrestres y
marítimas), los lagartos, los crocodilios —cocodrilos— y, naturalmente, los
mamíferos. Sólo dos grupos modernos de vertebrados terrestres aparecieron más
tarde: las aves durante el Jurásico, y las serpientes durante el Cretácico
inferior (aunque estas últimas pueden considerarse en realidad lagartos
altamente especializados). Así pues, y dejando aparte estas excepciones, desde
el Jurásico inferior —hace casi 200 millones de años— no ha aparecido ningún
nuevo grupo de vertebrados terrestres.
Temnodontosaurus, ictiosaurio del Jurásico inferior de Inglaterra. Longitud:
hasta 9 m o incluso más.
Por lo tanto, los vertebrados terrestres del
Paleozoico (a los que llamaremos «paleotetrápodos») fueron sustituidos casi
enteramente durante el período Triásico por grupos del todo nuevos (a los que
llamaremos en conjunto «neotetrápodos»). Esta sustitución, que fue más evidente
entre los animales de mayor tamaño, se produjo de manera gradual pero con un
ritmo creciente, que culminó en una fase final de cambio muy rápido a fines del
Triásico medio y principios del Triásico superior. Los paleotetrápodos más abundantes
fueron los reptiles de tipo mamífero; los neotetrápodos dominantes durante el
resto de la era Mesozoica fueron, como bien indica su nombre, los arcosaurios o
«reptiles predominantes», sobre todo los dinosaurios; y después del Mesozoico,
los neotetrápodos más importantes fueron los mamíferos y las aves.
Henodus, un placodonto del Triásico superior de Alemania. Longitud
característica: algo más de 1 m.
Naturalmente podríamos esperar que los
neotetrápodos progresaran más por la ruta evolutiva que los paleotetrápodos,
que fueron superiores a éstos en su anatomía y fisiología. Esta expectativa no
sólo se ha cumplido, sino que se ha superado ampliamente, pues los
neotetrápodos no sólo estaban más avanzados que los paleotetrápodos, sino que,
por usar una analogía futbolística, pertenecían a una división superior de la
liga. Los paleotetrápodos, aun cuando dominaron la tierra sin competencia
durante unos 120 millones de años y vivieron compitiendo con los neotetrápodos
durante otros 30 millones, y aun cuando comprendían un número enorme de
especies muy diferentes, fueron en esencia de estructura y hábitos arcaicos y
muy conservadores. Casi todos habitaban en tierra firme y eran cuadrúpedos en
«posición extendida». Las únicas modificaciones realmente importantes
desarrolladas por los reptiles en todo aquel tiempo fueron las relacionadas con
su condición de herbívoros; las modificaciones de las mandíbulas y los dientes
(y presumiblemente también del aparato digestivo) que les permitían comer
vastas cantidades de vegetación, abundante, sin duda, durante el Paleozoico
superior. Así, aunque es cierto que algunos de los últimos y más avanzados
reptiles de tipo mamífero habían empezado a mejorar la postura de sus
extremidades, parece que ninguno de los paleotetrápodos era buen corredor, y lo
cierto es que ninguno llegó a adoptar la posición bípeda; no mostraron
adaptaciones para trepar, ni tampoco los reptiles tempranos perdieron sus
extremidades para amadrigarse. Los paleotetrápodos nunca fueron muy grandes, no
mucho más que una vaca. Ninguno (suponemos) fue de sangre caliente, y sólo los
provistos de aletas dorsales como el Dimetrodon parecen haber
estado equipados con alguna clase de dispositivo para mantener el cuerpo a una
temperatura diferente de la del aire circundante. Ninguno de ellos poseyó más
armas ofensivas o defensivas que los dientes; ninguno tuvo una cubierta protectora
o una armadura de placas, aunque algunos paleotetrápodos desarrollaron cierta
cantidad de placas óseas en la piel. Ningún paleotetrápodo por encima del grado
anfibio regresó jamás a una vida totalmente acuática en agua dulce (uno o dos
fueron semiacuáticos) y, con excepción de una familia de anfibios del Triásico
inferior, ningún paleotetrápodo de clase alguna optó jamás por la vida en el
mar. Tampoco ninguno emprendió el vuelo, con excepción quizá de algunas
pequeñas formas del Pérmico, que extendían las costillas a modo de alas,
desplegándolas gracias a unas membranas deslizantes.
En cambio, todas las diversas tendencias
progresivas en la evolución que los paleotetrápodos no pudieron iniciar fueron
efectuadas por algunos de los recién evolucionados neotetrápodos, durante los
tiempos del Triásico. Los neotetrápodos mejoraron su postura y andadura,
colocando sus miembros en una posición más vertical bajo el cuerpo para
convertirse primero en «semierectos» (por ejemplo, los tecodontos, crocodilios
y mamíferos primitivos) y luego en «totalmente erectos» (como los dinosaurios,
las aves y, más tarde, los mamíferos más avanzados); las formas «totalmente
erectas» eran casi sin variación digitígradas y caminaban siempre sobre las
puntas de los dedos. Tales animales eran capaces de correr bien y a menudo
evolucionaban más para convertirse en verdaderos bípedos (por ejemplo, muchos
dinosaurios, aves). La postura mejorada de las extremidades también permitía a
los animales (así, a algunos dinosaurios) adquirir dimensiones gigantescas que,
de una manera mecánica y dinámica, habría sido imposible para los animales
terrestres en «posición extendida». Algunos neotetrápodos se hicieron
saltadores (el tecodonto Scleromochlus), deslizadores (algunos
lagartos, pterosaurios) y voladores activos (aves; murciélagos más recientes;
quizá también pterosaurios).
Cuadro detallado de los grupos principales de reptiles terrestres poco
antes, durante y poco después del Triásico. No sólo se incluyen los terápsidos
(reptiles avanzados de tipo mamífero) y los arcosaurios, sino también los
rincosaurios.
Las vidas más activas que llevaban estas criaturas
también debieron de requerir una fisiología más avanzada, un sistema capaz de
reproducir más energía y con mayor rapidez; y, aunque no podemos saber tales
cosas con seguridad, podemos suponer que un cierto tipo de control de la
temperatura corporal se desarrolló en algunos neotetrápodos en fecha muy
temprana de su historia. (Esto podría haberse producido por el aislamiento del
cuerpo —plumas, pelaje o grasa bajo la piel— y también por su gran tamaño.) Las
mejoras de los dientes y las mandíbulas, especialmente en los dinosaurios
ornitisquios, a veces igualaban o incluso superaban a las halladas en los
reptiles de tipo mamífero.
Lystrosaurus, un dicinodonto del Triásico inferior de Sudáfrica. Longitud
característica: 1 m.
Muchos neotetrápodos estaban equipados con armas
ofensivas e instrumentos protectores, como cuernos o colas que podían actuar a
modo de látigo, o con púas o con una maza en el extremo (como en diversos
dinosaurios).
Nothosaurus, un notosaurio del Triásico medio y superior. Longitud hasta 3
m.
Algunos de ellos tenían una armadura completa de
placas o caparazones protectores (tortugas, placodontos, aetosaurios,
dinosaurios anquilosáuridos). Otros regresaron a las aguas de donde emergieron
inicialmente sus antepasados anfibios; se hicieron semiacuáticos en agua dulce
(crocodilios, fitosaurios), frecuentaron las orillas del mar y los bajíos
costaneros (nodosáuridos, placodontos) o vivieron en los océanos
(plesiosaurios, ictiosaurios). Los ictiosaurios se adaptaron de una forma tan
completa a la existencia marina que fueron incapaces de regresar a la orilla;
sus miembros, más aletas que patas, apenas les habrían servido para apoyarse en
tierra.
Éste es el punto adecuado para mirar más de cerca
las etapas en las que se produjo la sustitución de la fauna. En el Triásico
inferior los grandes mamíferos terrestres eran todavía —como en el Pérmico
superior precedente— casi exclusivamente reptiles de tipo mamífero. Los más
numerosos de éstos eran los dicinodontos, de muy diferentes clases, que
llegaban a tener el tamaño de un rinoceronte y algunos de ellos tenían sólo un
par de caninos a modo de colmillos, mientras que otros carecían totalmente de
dientes. Esta falta de dientes hace suponer que los dicinodontos desgarraban
las plantas con el pico córneo que sin duda cubrió sus mandíbulas en vida. Su
gran abundancia podría también aducirse como evidencia de hábitos herbívoros,
pues normalmente los animales herbívoros constituyen la mayor parte de toda
población equilibrada. Fueron, en efecto, el primer grupo en la historia de los
vertebrados que hizo uso efectivo de todo el alimento vegetal que crecía en el
suelo y que tuvieron un espectacular éxito como vegetarianos. En otro párrafo
de este libro (p. 42), nos hemos encontrado ya con el principal carnívoro en la
población de reptiles de tipo mamífero, los cinodontos cinognatoideos, que, al
igual que los mamíferos modernos, teman ya dientes diferenciados en incisivos,
caninos y molares, y que debieron alimentarse en gran parte de sus primos
dicinodontos. Aunque no tan numerosos como éstos, los cinodontos eran igual de
variados. Las especies mayores conocidas debieron de tener casi dos metros de
longitud. En la última parte del Triásico inferior apareció un nuevo tipo de
cinodonto, el tritilodontoideo, cuyos dientes eran bastante diferentes y sin
duda más apropiados para cortar materias vegetales que para matar y comer a
otros animales. Las únicas criaturas grandes, además de éstas, en las faunas
del Triásico inferior —las únicas que no eran mamíferos de tipo reptil— fueron
los primeros arcosaurios, tecodontos primitivos que aún se movían con torpeza
en una «posición extendida», pero que eran totalmente carnívoros. Sin embargo,
sus dientes eran por completo diferentes de los dientes de los cinodontos de
tipo mamífero, pues todos eran más o menos iguales, excepto en el tamaño;
colocados en alvéolos, muy puntiagudos, algo curvados hacia atrás y con
frecuencia un poco aplastados, de modo que un reborde separaba las superficies
del lado del labio y del lado de la boca. A menudo el mismo reborde estaba
serrado como un cuchillo de trinchar carne. Algunos de estos tecodontos
llegaron a ser muy grandes; uno de ellos, el Erythrosuchus de
Sudáfrica, tenía el cráneo de casi un metro de largo y es el animal más grande
conocido hasta ahora; su existencia se desarrolló en tierra firme, anterior al
período del Triásico superior. En estos tiempos los arcosaurios más antiguos
eran todavía muy poco numerosos.
Cráneo del cinodonto Cynognathus crateronotus, del Triásico inferior de
Sudáfrica. Es el mayor cráneo de cinodonto que se conoce: mide 40 cm de
longitud.
En esencia, pues, la fauna característica del
Triásico inferior se componía de dicinodontos y cinodontos tritilodontoideos
vegetarianos, que con toda probabilidad comían diferentes clases de plantas, y
que a su vez eran devorados por los cinodontos cinognatoideos y algunos
tecodontos muy primitivos.
La fauna típica del Triásico medio se caracterizó
por un nuevo grupo de grandes reptiles herbívoros, los rincosaurios, que no
eran reptiles de tipo mamífero ni arcosaurios, sino parientes lejanos de los
lagartos.
Chasmatosaurus, un tecodonto muy primitivo del Triásico inferior. Longitud
característica: 1,5 m.
También éstos incluían cuatro puntos como los
anteriormente relacionados cuando se trataba el Triásico inferior, si bien con
ciertos cambios.
Mandasuchus, tecodonto del Triásico medio de Tanzania. Longitud
característica: 2,5 m.
Entre los herbívoros, los cinodontos
tritilodontoideos eran mucho más numerosos que en los tiempos del Triásico
inferior (sus dientes se habían especializado más para una dieta vegetariana) y
los dicinodontos seguían siendo pocos.
Erythrosuchus, un tecodonto primitivo del Triásico inferior de Sudáfrica.
Longitud característica: 4,5 m.
Los cinodontos carnívoros (cinognatoideos) eran
también menos abundantes y al parecer bastante más pequeños.
Stenaulorhynchus, rincosaurio del Triásico medio de Tanzania.
En cuanto a los tecodontos, la postura de sus
extremidades había alcanzado ahora la condición «semimejorada» y, aunque
todavía no eran numerosos como individuos, ya estaban representados por muchas
especies diferentes, en otras palabras, se habían diversificado notablemente.
No obstante, todos eran aún carnívoros, con los típicos dientes tecodontos que
hemos descrito antes. Y algunos eran muy grandes, mucho más que cualquiera de
los demás elementos en el conjunto faunístico.
Fiutiodon, fitosaurio del Triásico superior de Carolina del Norte. Longitud
característica: 3,6 m.
Con todo, las diferencias que acabamos de indicar
entre las faunas del Triásico inferior y medio son importantes si se comparan
con las espectaculares diferencias entre las del Triásico medio y superior.
Desmatosuchus, aetosaurio del Triásico superior de Texas. Longitud
característica: 3 m.
De los cinco grupos principales de la fauna del
Triásico medio, cuatro se habían reducido mucho en el Triásico superior: los
dicinodontos habían desaparecido casi por entero (dejando un solo género
superviviente en el occidente de Norteamérica), las razas carnívora y herbívora
de cinodonto se habían hecho altamente especializadas y muy poco numerosas, y
hasta los rincosaurios ya no eran tan abundantes. Debemos señalar que los
cinodontos carnívoros también dieron origen en el Triásico superior a los primeros
mamíferos diminutos. Pero el triste declive de estos cuatro grupos que otrora
fueron grandes, contrasta intensamente con la suerte de los arcosaurios que, de
repente, evolucionaron de un modo explosivo y constituían ahora la mayor parte
de la fauna. Algunos poseían aún la postura de las extremidades «semimejorada»
y, en consecuencia, todavía podían clasificarse como tecodontos. Pero la
mayoría de ellos se habían vuelto «totalmente mejorados» y, en consecuencia,
debían considerarse como dinosaurios, exclusivamente —o casi exclusivamente—
saurisquios. Algunos de ellos, aunque su aparición hubiese sido en el Triásico
superior, eran ya bípedos habituales. De hecho, los primeros saurisquios
conocidos eran o bien carnívoros bípedos, pequeños y de complexión ligera
(celurosaurios) o más grandes y a veces enormes prosaurópodos que con
frecuencia tendían fuertemente hacia el régimen herbívoro y a veces un poco
hacia la posición bípeda. Por otro lado, además de los tecondontos «típicos» y
los diversos saurisquios, otros cuatro grupos nuevos de arcosaurios se habían
establecido con firmeza en el Triásico superior. Dos de ellos, los fitosaudos y
los aetosaurios, se consideran como subórdenes especializados del orden
tecodontos, que se extinguieron al final del Triásico; los otros dos, los
crocodilios y los pterosaurios, están siempre considerados como órdenes
totalmente independientes de los arcosaurios, persistiendo hasta nuestros días
y el final del Mesozoico, respectivamente. Los fitosaurios (véase la figura de
la página anterior) poseían una fuerte armadura, y, por su aspecto y
probablemente sus hábitos, eran parecidos a los crocodilios; los aetosaurios
(véase la figura de la página anterior) eran similares, incluso tenían una
armadura pesada, pero eran totalmente terrestres y, o bien herbívoros (como los
omitisquios y algunos prosaurópodos) o, al menos, omnívoros en su dieta.
Así pues, y para resumir, la transición de los
tiempos del Triásico medio al superior está marcada por dos fenómenos
concurrentes y relacionados entre sí. Uno es el súbito declive de los
rincosaurios y de todos los diferentes grupos de reptiles de tipo mamífero; el
otro es el aumento y la irradiación casi increíble de los arcosaurios para
llenar todos los huecos disponibles, tanto para herbívoros como para
carnívoros, en el nuevo conjunto de la fauna. Al mismo tiempo, como hemos visto
antes, otros grupos nuevos de vertebrados superiores hicieron su aparición,
tanto en el mar como en tierra y en el aire, grupos como los testudinados
(tortugas terrestres y de mar), los plesiosaurios y —un poco más tarde— los
mamíferos.
Sólo se conoce una fauna que realmente muestre el
cambio que ha tenido lugar. En Ischigualasto, Argentina occidental, existe lo
que parece ser un conjunto del Triásico medio, con reptiles de tipo mamífero
todavía muy abundantes, pero también con dos aetosaurios primitivos, lo que
puede ser uno de los primeros crocodilios, unos pocos dinosaurios saurisquios
y, aunque lo dudamos, un ornitisquio, el único conocido del Triásico, si es que
realmente pertenece a este orden.
Todo esto nos sugiere una interesante pregunta:
¿Qué hay de los omitisquios? El presente capítulo se titula «Origen de los
dinosaurios», pero hasta ahora sólo se ha mencionado a los saurisquios.
Francamente, ignoramos la respuesta. Aparte del enigmático fósil al que
acabamos de aludir, los primitivos omitisquios están en rocas del Jurásico
inferior. Algunos expertos opinan que tuvieron su origen en los tecodontos, de
forma independiente respecto a todos los otros dinosaurios; una minoría de
especialistas sostiene que evolucionaron a partir de los prosaurópodos, pero
hasta la fecha no contamos con pruebas a favor ni en contra de lo que
constituye, a mi entender, una mera conjetura.
Hasta ahora hemos tratado de hechos, o al menos de
hechos revelados por los fósiles. Debemos admitir que los datos aportados por
éstos son muy incompletos y a menudo fechados erróneamente, pero aun así nadie
podría negar que cuatro de los cinco grupos de reptiles que se encuentran con
tanta abundancia en los depósitos del triásico medio son infrecuentes o faltan
por completo en los yacimientos del Triásico superior. De manera similar, no
puede negarse que el quinto grupo, los arcosaurios, son relativamente infrecuentes
en el Triásico medio pero en cambio son muy abundantes en el superior. En
resumen, no podemos negar este cambio drástico y fundamental en la naturaleza
de la fauna de vertebrados terrestres, ni que muchas nuevas adaptaciones o
nuevos estilos de vida aparecieron en la segunda mitad del período Triásico.
Pero, ¿por qué sucedió todo esto, por qué se produjo semejante diversidad y por
qué (en un sentido geológico) fue tan repentina y simultánea?
En este punto terminan los hechos y empieza la
especulación. No obstante, esperamos que la explicación ofrecida sea
inteligente; por lo menos es simple y lógica, y resulta difícil pensar en otra.
Consideremos a las criaturas tecodontianas del Triásico medio con una postura
de las extremidades más mejorada que la de otros reptiles contemporáneos, tal
vez con una fisiología en consonancia y muy activas, totalmente carnívoras, más
variadas entre sí y con una evolución muy rápida; y aún otra cosa, lo más importante
de todo, algunas de estas criaturas (los prestosúquidos) eran las mayores de
todos los otros animales terrestres de la época, probablemente gracias a la
postura mejorada de sus extremidades. Los descendientes de este grupo fueron
los que heredaron la tierra después del cambio. ¿No parece muy probable que
fueran la causa de este cambio?
Los tecodontos, como todas las razas competitivas
de reptiles, desarrollaban continuas mejoras en su estructura y fisiología.
Parece probable que, en los tiempos del Triásico medio, algunos de ellos
alcanzaran un nivel de organización —podrían haber sido los miembros de otro
grupo, pero resultó que fueron los tecodontos los primeros en alcanzarlo— por
el que dominaban a los otros grupos hasta un extremo jamás antes alcanzado.
Otros carnívoros se encontraron compitiendo sin éxito con los grandes tecodontos
por las existencias menguantes de carne, y los herbívoros eran acosados sin
tregua. En efecto, los grandes carnívoros tecodontos eran unos predadores de
tal éxito que finalmente ocasionaron el declive y extinción de los animales que
cazaban y también de los otros carnívoros con los que competían. Entretanto sus
actividades reforzaron los efectos de la selección natural y aumentaron la
«presión selectiva» en todas aquellas otras especies, incluidos muchos de sus
congéneres tecodontos. Fue un caso de «renovarse o morir». Los individuos
«normales» de cada especie afectada tenían unas oportunidades muy reducidas de
supervivencia, mientras que los individuos que poseían variantes ventajosas
estaban en condiciones más favorables. Cuando estas variantes eran heredables,
es decir, cuando podían transmitirse a la siguiente generación, aumentaba la
proporción de individuos que las poseían. Otros grupos dentro de la fauna,
incluso otros tecodontos, empezaron a evolucionar más rápidamente; esto les
permitió, por primera vez, superar las enormes dificultades que implicaba la
adopción de nuevos hábitos y la colonización de nuevos hábitats; allí donde
hasta entonces no habían vivido tetrápodos, podían evolucionar aún más
rápidamente y llenar todos los huecos ecológicos disponibles. En otras
palabras, sufrir una irradiación casi «explosiva».
La mayor parte de los reptiles de tipo mamífero se
extinguieron; otros, diminutos, encontraron una nueva forma de vida, quizá
nocturna o amadrigándose, y se convirtieron en los primeros mamíferos. Otros
grupos, como hemos visto, se libraron del holocausto lanzándose a las aguas o
al aire. Y algunos de los mismos tecodontos (no necesariamente los mismos que
producían la presión selectiva) evolucionaron en diversas direcciones para
llenar las vacantes que los reptiles de tipo mamífero y otros grupos habían dejado
en la fauna de grandes vertebrados terrestres. La enconada competencia por la
carne y la casi desaparición de los otros vegetarianos (dicinodontos,
cinodontos tritilodontoideos, rincosaurios) dio un desarrollo totalmente nuevo
a la evolución de los arcosaurios herbívoros. Estos arcosaurios herbívoros
fueron capaces de sobrevivir a la matanza de sus primos predadores debido a sus
nuevas mutaciones: armadura protectora (aetosaurios), rápida carrera bípeda
(dinosaurios ornitisquios) o gran tamaño (dinosaurios pro- saurópodos). Los
arcosaurios carnívoros se vieron obligados a imitarlos y desarrollar la carrera
bípeda (todos los dinosaurios teratópodos) y el gran tamaño (carnosaurios);
algunos de ellos, además, adquirieron cabezas de tamaño excepcional con dientes
en consonancia y, si eran bípedos, poderosas manos asidoras. Así empezó la
existencia de la primera de las diversas faunas de dinosaurios que iban a
dominar la tierra durante el resto de la era Mesozoica.
Al principio de este capítulo hemos observado que
los arcosaurios fueron simples reptiles y que en consecuencia deberían haber
sido muy inferiores a los mamíferos contemporáneos. Pero no había mamíferos en
el Triásico, sólo reptiles de tipo mamífero, mucho más primitivos que los
mamíferos de hoy. Y, a la inversa, hemos visto que algunos de los arcosaurios
del Triásico, aunque clasificados como reptiles, parecen haber tenido
estructuras esqueléticas mucho más avanzadas de lo que las tienen los reptiles
modernos, y habían evolucionado más, incluso, que los arcosaurios de nuestra
época (representados sólo por los cocodrilos). Quizás también eran más
avanzados en otros aspectos, sobre todo fisiológicos, pero de eso no podemos
tener certeza. (Todo esto aclara que un animal antiguo perteneciente a una
clase que aún vive hoy, no poseyera forzosamente todos los caracteres de clase
de los miembros vivientes.) A la luz de estas circunstancias, ya no debería
parecer extraño que los reptiles arcosaurios lograran el dominio sobre los
reptiles de tipo mamífero de aquel tiempo y lo mantuvieran durante 140 millones
de años.
Capítulo XII
Dinosaurios terópodos: los bípedos carnívoros
Por fin, después de lo que pueden haber parecido
unos preliminares interminables, hemos llegado al punto en que podemos iniciar
la descripción directa de las diferentes clases de dinosaurios. Desde luego, no
describiremos una por una los centenares de especies descubiertas. Incluso una
información somera de cada género sería tan aburrida para los lectores como
para el autor. No obstante, trataremos de ofrecer breves retratos de los
principales tipos, tanto los descubiertos recientemente como los más conocidos.
Los no descritos aquí pueden considerarse con toda certeza como «variaciones
sobre un mismo tema». Empezaremos por los terópodos.
En el capítulo X explicábamos que los dinosaurios
saurisquios se clasifican en dos subórdenes: los terópodos y los
sauropodomorfos. Los terópodos constituyen un grupo muy característico; todos
ellos eran bípedos por hábito e incluso por obligación y, con notables
excepciones, que veremos en seguida, todos eran carnívoros. En general, se
subdividen —de un modo conveniente desde el punto de vista práctico pero
probablemente incorrecto en el aspecto evolutivo— en los celurosaurios,
pequeños y de complexión ligera, y los carnosaurios, mucho más grandes y
pesados. Aquí adoptaremos una clasificación más reciente y distinguiremos un
tercer grupo, el de los deinonicosaurios, con una gama de tamaños intermedios,
de movimientos rápidos y marcadamente predadores.
§. Los celurosaurios
Los primeros celurosaurios figuraron entre los
dinosaurios más antiguos, y vivieron en el Triásico superior. Uno de los más
conocidos es un pequeño animal llamado Coelophysis («forma
hueca»), del que se encontraron muchos esqueletos bien preservados en Ghost
Ranch, en el estado norteamericano de Nuevo Méjico. Los había de todos los
tamaños, desde bebés recién salidos del huevo hasta adultos totalmente
desarrollados. Estos últimos sólo medían unos 2,5 metros de largo y un metro de
altura, y su complexión era tan liviana que probablemente no pesaban más de 20
kilos. La cabeza era larga y puntiaguda; los dientes agudos, con bordes en
forma de finas sierras, como cuchillos de trinchar carne; el cuello, el cuerpo,
la cola y las extremidades posteriores eran largos y delgados. Los pies eran
parecidos a los de las aves, con sólo tres dedos que tocaban el suelo. Los
miembros delanteros eran más cortos, con manos de cuatro dedos que
probablemente podían utilizar para asir.
El Coelophysis parece haber sido
un pequeño predador muy activo dotado de un apetito insaciable; es probable que
cazara cualquier cosa que se moviese, cogiéndola con las manos y desgarrándola
con las mandíbulas.
Coelophysis, celurosaurio del Triásico superior de Nuevo Méjico. Longitud
característica: 2,5 m.
Se han encontrado un par de esqueletos bien
preservados, cada uno con los restos de diminutos esqueletos de Coelophysis en
su interior. Esto podría ser un caso de viviparismo o, algo menos agradable,
podría sugerir canibalismo. Los dinosaurios del tipo de los Coelophysis —algunos
bastante más grandes, otros incluso más pequeños— parece que vivieron durante
todo el Jurásico y el Cretácico.
Un celurosaurio muy pequeño fue el Compsognathus («mandíbula
bonita») del Jurásico superior (véase figura p. 168), hallado en Alemania
meridional. Figuró entre los dinosaurios más pequeños de todos, con una
longitud total de 60 o 70 centímetros, no mayor que un pollo doméstico. Aunque
hay que tener en cuenta que el único espécimen conocido podría tratarse de un
individuo joven y no de un adulto.
Omóplatos y huesos de las extremidades anteriores (no se conoce nada más)
del extraño dinosaurio terópodo Deinocheirus.
Un tipo «especializado» de terópodo que se conoce
desde hace mucho tiempo es el Ornithomimus («imitador de las
aves»; véase lámina 5), llamado también dinosaurio avestruz, hallado en
abundancia en las rocas cretácicas de Norteamérica y Asia. Los ornitomímidos
eran celurosaurios de tamaño muy grande, con una longitud de cuatro metros e
incluso más. El cuello era largo y la cabeza relativamente pequeña, y sus
mandíbulas en forma de pico carecían de dientes. A primera vista las
reconstrucciones de este dinosaurio tienen un aspecto parecido al del avestruz,
pero naturalmente este ave, a diferencia del Ornithomimus, carece
de una cola larga. Las extremidades delanteras de los ornitomímidos eran más
largas que las de otros celurosaurios, y las manos, provistas de tres dedos,
tenían probablemente la finalidad de coger, tirar y arrancar (otra diferencia
con el avestruz, que tiene pequeñas alas plumosas). El Ornithomimus pudo
vivir a base de una dieta de pequeños animales, insectos, huevos y frutas.
§. Los deinonicosaurios
Los deinonicosaurios sólo se han hallado en rocas
del Cretácico, por lo que es de presumir que han evolucionado de antepasados
celurosaurios. El género mejor conocido es Deinonychus (véase
lámina 13), descubierto en 1964 en los terrenos del Cretácico superior de
Montana, Estados Unidos. Era un terópodo de complexión liviana y carrera
rápida, que medía de 2,5 a 3 metros de longitud, con una cabeza bastante grande
y una mano asidora. El Deinonychus poseía dos rasgos notables.
En primer lugar, el segundo dedo de los cuatro de que estaba provisto el pie
trasero no llegaba al suelo; terminaba en una enorme garra en forma de hoz, la
cual, cuando daba una coz, podía ocasionar una temible herida al enemigo (de
aquí el nombre del género, que significa «garra terrible»). En segundo lugar,
la larga cola estaba reforzada por haces de varillas óseas que, al parecer,
debían de haberle conferido una gran rigidez cuando se estiraban. Probablemente
el reptil estiraba la cola hacia atrás en posición horizontal cuando corría, utilizándola
para mantener el equilibrio.
Más excitante que el descubrimiento del Deinonychus,
fue el hallazgo que tuvo lugar en 1965, en las rocas del Cretácico superior del
desierto de Gobi en Mongolia. Todo lo que se halló fueron los omóplatos y los
huesos de las extremidades delanteras de un gran terópodo con una mano asidora
de tres dedos, quizá otro dinosaurio avestruz. Pero lo más notable es el enorme
tamaño: ¡sólo la extremidad delantera medía 2,4 metros de largo! Uno se
estremece al pensar en el tamaño de ese enorme animal, que por razones obvias
ha recibido el nombre de Deinocheirus, «mano terrible». Su
clasificación es incierta.
§. Los carnosaurios
Ahora dirigiremos nuestra atención a los
carnosaurios, los cuales aparecen por primera vez en el registro fósil mucho
más tarde que los celurosaurios. Es posible incluso que hayan evolucionado a
partir de estos últimos. Uno de los primeros carnosaurios fue el Megalosaurus («gran
lagarto»; véase lámina 3), que vivió en Inglaterra y Francia durante todo el
período Jurásico y la primera parte del Cretácico. La mejor descripción que
podría hacerse de él es la de un Coelophysis enorme y muy
pesado, con la cabeza mucho más grande pero con el cuello y las extremidades
delanteras más cortos. El Megalosaurus medía en total más de
seis metros de largo y tres de altura cuando estaba en posición erecta, y
pesaba unas dos toneladas. Para la historia del descubrimiento de los
dinosaurios el Megalosaurus es muy importante, puesto que el
primer hueso de dinosaurio registrado (1676) probablemente perteneció a un
ejemplar de este género (véase figura p. 49); además, como ya hemos mencionado
en un capítulo anterior, fue el primer dinosaurio que recibió un nombre, el
primero que se describió (1824) y uno de los tres que formaban el grupo al que
Owen denominó «dinosaurios» en 1841. Por desgracia la mayoría de los
especímenes de Megalosaurus no están ni mucho menos completos,
pero dichos animales nos han dejado huellas de sus pisadas en las rocas de
Inglaterra meridional (véase ilustración p. 35).
Spinosaurus, un camosaurio con «vela en la espalda» del Cretácico superior
de Egipto.
Los estratos del Jurásico superior de Norteamérica
occidental contienen muchos esqueletos de un pariente cercano del Megalosaurus,
el Allosaurus («lagarto diferente»), que era incluso mayor que
aquél. Este carnosaurio, de diez metros de longitud y casi cuatro metros de
altura, fue el gran cazador de su tiempo y atacaba a los saurópodos gigantescos
(como el Brontosaurus y el Diplodocus) que
describiremos en el capítulo siguiente.
Otros parientes del Megalosaurus tenían
pocas peculiaridades. El Dilophosaurus («lagarto de dos
crestas»; véase lámina 10) del Jurásico inferior de Arizona, hallado por
primera vez en 1954 por un indio navajo, medía más de seis metros de largo y
tenía dos altas crestas encima de la cabeza. Estas crestas, aunque en algunos
lugares eran delgadas como el papel, estaban reforzadas por puntales de hueso.
Allosaurus, un carnosaurio del Triásico superior del Oeste de EE.UU.
Longitud característica: 10 m.
Tal vez sirvieron para diferenciar a los machos de
las hembras. El Ceratosaurus («lagarto cornudo»; véase lámina
2) del Jurásico superior del oeste norteamericano era algo más pequeño que
el Megalosaurus. Sus rasgos especiales eran un pequeño cuerno sobre
el hocico y una protuberancia ósea encima de cada ojo. El gigantesco Spinosaurus del
Cretácico superior de Egipto tenía unas enormes apófisis espinosas en las
vértebras de la espalda, de hasta 1,8 metros de largo; es de suponer que
sujetaban una «vela» que funcionaba como un intercambiador de calor (del mismo
modo que el pelicosaurio Dimetrodon con aleta dorsal
representado en la p. 3). Vértebras aisladas del mismo tipo encontradas en
diversos lugares sugieren que carnosaurios similares vivieron en ellos; por
ejemplo, en Wealden (Inglaterra) se han encontrado vértebras de éstas en rocas
del Cretácico inferior, y se les ha dado el nombre de Altispinax (véase
lámina 4).
En el Cretácico inferior, poco antes del fin de la
Era de los Dinosaurios, los carnosaurios se hicieron aún mayores. El más grande
de todos fue el famoso Tyrannosaurus («lagarto tirano», véase
lámina 5 y p. 14) de Norteamérica occidental y Mongolia, del que se cree en
general que fue «el carnívoro más grande que jamás ha habitado la tierra». Esta
aterradora criatura medía 12 metros de longitud, 5 de altura y pesaba unas 7
toneladas. Sólo la cabeza medía 1,25 metros y los dientes en forma de sierra
alcanzaban una longitud de 15 centímetros. Sin embargo, las extremidades
delanteras eran diminutas, con sólo dos dedos en cada mano; parece por lo tanto
improbable que fueran de alguna utilidad para el animal. El Tyrannosaurus probablemente
cogía y desgarraba a su presa, como lo hacen las aves rapaces, con los grandes
pies provistos de garras de sus enormes y poderosísimas patas traseras. No es
de extrañar que el pequeño dinosaurio vegetariano Triceratops, hallado
en gran número en los mismos depósitos, necesitara cuernos y una gola alrededor
del cuello para defenderse.
Por mucho éxito que tuviera en su época el Tyrannosaurus,
no obstante desapareció sin dejar rastro hace 65 millones de años, al final del
período Cretácico. Su extinción (y la de sus contemporáneos) corrió el telón de
la última escena en la historia de los dinosaurios. El escenario quedó entonces
preparado para la gran irradiación de los mamíferos del Terciario.
Capítulo XIII
Dinosaurios sauropodomorfos: el diplodocus y sus parientes
Los sauropodomorfos eran unos dinosaurios muy
diferentes de los terópodos, aunque ambos grupos se clasificaban en el orden de
los saurisquios. En efecto, como ya hemos mencionado (p. 96), no es imposible
que los sauropodomorfos y los terópodos evolucionaran por separado de los
tecodontos; si así fue, entonces el orden «saurisquios» sería un agrupamiento
artificial.
Las dos subdivisiones de los sauropodomorfos son:
la de los gigantescos saurópodos, cuadrúpedos y herbívoros, y la de los más
pequeños prosaurópodos, algunos de ellos bípedos y algunos carnívoros. Los
prosaurópodos precedieron a los saurópodos en el tiempo; pero los saurópodos
son los más importantes y, en consecuencia, los consideraremos en primer lugar.
§. Los saurópodos
La mayoría de los saurópodos eran muy parecidos.
Poseían un cuerpo enorme que iba estrechándose hacia adelante, formando un
cuello notablemente largo, y hacia atrás, con una cola más larga todavía. El
cuello terminaba en una cabeza de pequeñez ridícula, con las fosas nasales
encima de ella. No parece que las mandíbulas hayan sido muy fuertes; tenían
dientes débiles en forma de estacas o cucharas, apropiados tan sólo para
alimentarse de vegetación blanda. La cola era gruesa en la base, pero delgada y
como un látigo hacia su extremo; es posible que el animal la utilizara para
azotar a sus enemigos, como lo hacen algunos lagartos modernos, pues no tenía
otro medio de autodefensa. Las patas eran largas, rectas como columnas, con
pies dotados de cortos dedos, en conjunto bastante parecidas a las de un
elefante. En la mayoría de los casos, las patas traseras eran mucho más largas
que las delanteras. Estos animales se han encontrado en todo el Jurásico y el
Cretácico, pero todavía se desconoce su presencia en las rocas más antiguas de
la Era de los Dinosaurios (Triásico superior).
Podríamos suponer que los primeros saurópodos
fueron relativamente pequeños y que su tamaño aumentó con el paso del tiempo;
así, las formas del Jurásico superior serían más grandes que las del inferior,
y las del Cretácico todavía serían mayores. Los hechos, sin embargo, se han
revelado diferentes: los saurópodos del Jurásico superior son los más
numerosos, variados y grandes de todos.
Observemos con más atención algunos de éstos. Un
saurópodo típico y bien conocido es el Apatosaurus, el «lagarto
engañoso» (llamado impropiamente Brontosaurus, el «lagarto trueno»;
véase lámina 2). Este dinosaurio del Jurásico superior, hallado en el oeste
norteamericano, medía 20 metros de largo, tenía 4,5 metros de altura en la cruz
y pesaba unas 30 toneladas. En los mismos yacimientos del Apatosaurus se
encuentra el Diplodocus («doble viga», véase figura del
«Prefacio»). Este famoso dinosaurio era similar al Apatosaurus,
pero más largo y delgado —es probable que fuera uno de los dinosaurios más
largos (26 metros)—; su peso era de sólo 10 toneladas.
Un saurópodo de Inglaterra que también posee la
misma forma típica del grupo es el Cetiosauriscus (similar en
algunos aspectos al Cetiosaurus o «lagarto ballena», el primer
saurópodo descubierto). Este dinosaurio se encuentra en los estratos inferiores
del Jurásico superior y fue algo más pequeño, pues no superaba los 15 metros de
largo. Sus restos suelen ser mucho más fragmentarios que los bien preservados
de sus parientes norteamericanos, pero un esqueleto bastante bueno —el mejor
encontrado hasta ahora— se excavó cerca de Stamford (Lincolnshire) en 1968.
Cetiosauriscus, saurópodo del Jurásico superior de Inglaterra. Longitud
característica: 15 m.
Bastante diferente de todos estos fue el Brachiosaurus («lagarto
brazo»; véase lámina 2 y figura p. 12) del Jurásico superior, hallado en el
oeste de Estados Unidos y en Tanzania. A diferencia de casi todos los demás
dinosaurios, en el Brachiosaurus las patas delanteras eran más
largas que las traseras; debido a esto, su espalda ascendía profundamente hacia
el cuello, que se mantenía erguido casi verticalmente.
El mayor esqueleto montado de dinosaurio del mundo. Mide unos 12,6 m de
altura y pertenece a un Brachiosaurus. Se encuentra en el Museo de Ciencias
Naturales de Berlín Oriental.
Hasta hace pocos años se creía que el Brachiosaurus era
el animal terrestre más grande que jamás había vivido. La cabeza estaba a 12,6
metros del suelo (¡lo bastante alta para mirar por encima de un edificio de
cuatro plantas!); sólo el hueso del brazo mide más de 2,1 metros, y se ha
calculado que su peso era de unas 80 toneladas (veinte veces más pesado que el
elefante más grande). Sólo un museo en el mundo tiene un esqueleto montado de
esta enorme bestia: el Museo de Ciencias Naturales de Berlín Oriental.
Pero, en 1972, se encontraron en Colorado algunos
huesos de un nuevo dinosaurio saurópodo, aún mayor que el Brachiosaurus. ¡Una
sola de sus vértebras media cerca de 1,5 metros de largo! Este animal, al que
todavía no se ha dado nombre (el Reader’s Digest lo ha
bautizado de forma extraoficial como «Supersaurus») debió de tener, según se
cree, más de 15 metros de altura y unos 30 de longitud, y debió de pesar mucho
más que las 80 toneladas del Brachiosaurus.
Cráneo de Diplodocus que muestra la posición de las aberturas nasales
externas y los dientes característicos. Longitud del cráneo: 65 cm.
El mayor dinosaurio conocido por el hombre
contrasta profundamente con otro dinosaurio hallado en fecha reciente (1977) en
Argentina, en un yacimiento del Triásico superior o Jurásico inferior.
El esqueleto del dinosaurio más pequeño conocido, el Mussaurus,
perteneciente casi a la frontera entre el Triásico y el Jurásico, encontrado en
Argentina. Longitud del cráneo: 32 mm. El huevo se encontró a pocos centímetros
de distancia; su eje más largo mide 25 mm.
Este nuevo dinosaurio, descrito a partir de varios
especímenes como Mussaurus, es el más pequeño que se conoce y
no era mayor que un tordo; su esqueleto tiene cierto parecido con el de un
prosaurópodo (véase p. 147), pero su diminuto cráneo es notablemente parecido
al de un saurópodo. Las proporciones del cráneo sugieren que podría tratarse de
un individuo joven. Cerca de los esqueletos se encontraron dos pequeños huevos
en excelente estado de conservación.
Excavación en el yacimiento donde se localizó un «Supersaurus», en Colorado.
El gigantesco hueso junto al que está tendido el hombre es un omóplato.
Hasta fecha muy reciente la mayoría de los expertos
en dinosaurios creían que los grandes saurópodos pasaban gran parte de su
tiempo (si no todo) en aguas someras, en pantanos y en las orillas de los
lagos, alimentándose de blandas plantas acuáticas. Así es como los describían
en la mayor parte de los libros sobre el tema, y las ilustraciones de los
mismos lo corroboran. En primer lugar se decía que sus patas no eran lo
bastante fuertes para sostener sus enormes cuerpos en tierra y que necesitaban
la flotabilidad que ofrece el agua para sostenerse. En segundo lugar, se creía
que sus débiles dientes sólo podían triturar hierbas acuáticas blandas.
Finalmente, se pensaba que la posición de las aberturas nasales externas encima
de la cabeza era un rasgo especial que permitía a estos dinosaurios respirar
mientras estaban sumergidos casi por completo (tal vez ocultándose de sus
enemigos, como los Allosaurus). Pero esta creencia ya no la
sostiene todo el mundo. En efecto, hay muchas razones para creer que los saurópodos
eran animales propiamente terrestres. El hecho de que las aberturas nasales
externas estén encima del cráneo no significa necesariamente que tuvieran ahí
las verdaderas ventanas de la nariz y que el animal viviera en el agua.
Existen algunos animales actuales (como los
elefantes o los tapires) en los que las aberturas nasales externas están
situadas encima del cráneo, pero sabemos que, de hecho, las ventanas de la
nariz están en el extremo de una probóscide o trompa, y algunos saurópodos
pueden muy bien haber poseído una estructura similar. Los animales que viven en
el agua (como los cocodrilos) suelen tener una disposición por completo
diferente, con las ventanas de la nariz en el extremo de un largo hocico. Por
otro lado, los dientes de los saurópodos no son tan débiles como solía creerse
y a menudo están muy gastados, lo cual sugiere que el alimento de estos
dinosaurios era algo más coriáceo que las plantas acuáticas.
Hay también otras observaciones que concuerdan con
la idea de una vida terrestre, con sólo excursiones ocasionales en el agua. Por
ejemplo, la forma del cuerpo no es apropiada para una existencia acuática. Los
reptiles y mamíferos que viven en el agua suelen tener cuerpos en forma de
barril con el cuello corto, las colas aplanadas para nadar y patas cortas (a
veces como remos). Como hemos visto, sin embargo, los saurópodos tenían cuerpos
anchos, cuellos largos —quizá para alimentarse de las hojas de árboles altos—,
colas largas y a modo de látigos y patas rectas, largas, elefantinas. El
esqueleto de los saurópodos está constituido de tal manera que lo hace lo más
ligero posible, pero aun así es lo suficientemente fuerte como para soportar
sin problemas el enorme peso de estos animales. Los pies de los saurópodos no
son anchos y extensos, como suele ocurrir en los animales que caminan por el
barro blando o la arena suelta; por el contrario, son pequeños y compactos en
relación con el tamaño del animal, de modo que si éste hubiese entrado en un
pantano se habría quedado irremisiblemente atascado en el lodo. Finalmente, la
naturaleza de los sedimentos en los que los saurópodos suelen estar enterrados
no sugiere un entorno pantanoso, y los demás fósiles encontrados con ellos son
principalmente restos de plantas y animales que vivieron en tierra firme.
El pie delantero del Apatosaurus.
No obstante, el argumento más poderoso contra una
vida acuática de los saurópodos es que si su cuerpo hubiera estado sumergido en
el agua, el peso de ésta presionando sobre su pecho y pulmones casi con toda
seguridad les habría impedido aspirar el aire atmosférico.
Una creencia que parece haberse hecho muy popular
es la de que los dinosaurios, y más concretamente los saurópodos, poseían dos
cerebros, uno en la cabeza y otro en la región de la pelvis. Esta creencia se
basa en el hecho de que los saurópodos poseían un abultamiento de la médula
espinal a la altura de la pelvis, que era mucho mayor que el que poseen los
demás vertebrados terrestres. Pero eso no es razón para suponer que dicho
abultamiento fuera capaz de «pensar». Como en otros animales vertebrados, nosotros
incluidos, ese abultamiento tenía que ver, sobre todo, con el control
automático de las extremidades inferiores. Y, por otro lado, puede no haber
sido tan grande como generalmente se cree, pues la cavidad correspondiente a
las vértebras quizás estuviera ocupada en gran parte por un tejido almacenador
de glucógeno, como ocurre en algunos vertebrados actuales.
Por cierto, los descubrimientos recientes han
demostrado que algunos saurópodos del Cretácico superior poseían unas placas
óseas de protección incrustadas en la piel.
Aunque el tamaño de su cuerpo era gigantesco, los
saurópodos no producían huevos de un tamaño en consonancia. Si hubiera sido
así, la cáscara habría tenido que ser tan gruesa que ni el aire hubiera podido
pasar a través de ella para cubrir las necesidades del embrión, ni éste hubiera
podido romper la cáscara cuando estuviera preparado para nacer. Lo que sabemos
de los huevos de los saurópodos se basa en abundantes hallazgos de cáscaras de
huevos, en ocasiones de huevos enteros y a veces incluso de nidadas completas
(con frecuencia formadas por cinco huevos) en el sur de Francia. Estos huevos
tienen una forma entre oval y redonda, con el eje más largo de unos 25
centímetros de longitud, y una áspera superficie exterior cubierta de pequeñas
protuberancias. El único animal cuyos restos se encuentran en los mismos
estratos y que fue lo bastante grande para haber producido tales huevos es un
saurópodo llamado Hypselosaurus («lagarto alto»).
§. Los prosaurópodos
Finalmente, tras haber dado una ojeada a los
saurópodos, debemos fijarnos muy brevemente en los otros sauropodomorfos, los
prosaurópodos. Estos reptiles vivieron sólo al principio de la Era de los
Dinosaurios, en el Triásico superior y el Jurásico inferior. Su complexión
general recuerda vagamente a los saurópodos, pero eran más pequeños, a veces
mucho más (sólo dos metros de largo). Como hemos mencionado antes, algunos
pudieron haber sido bípedos en ocasiones, y otros carnívoros u omnívoros más
que vegetarianos.
El Plateosaurus («lagarto plano»;
véase la lámina 1) de Alemania meridional es un prosaurópodo bien conocido.
Medía unos seis metros de largo y tenía un aspecto bastante torpe. La pequeña
cabeza, con dientes aplanados, estaba sostenida por un cuello mucho más corto
que el de los saurópodos.
Massospondylus, un prosaurópodo del Jurásico inferior de África meridional.
Longitud característica: 4 m. A pesar de la posición bípeda representada aquí,
este animal probablemente era habitualmente cuadrúpedo.
De dimensiones similares era el Riojasaurus de
Argentina. Prosaurópodos más pequeños se encuentran en Sudáfrica y Basutolandia
(Massospondylus) y en el este de los EE.UU. (Anchisaurus).
Solía creerse que los prosaurópodos del Triásico
superior, como su nombre sugiere, evolucionaron para convertirse en los
saurópodos del Jurásico inferior. Sólo tendrían que haberse hecho más grandes,
volver a caminar a cuatro patas continuadamente y cambiar un
poco sus proporciones. Pero muchos investigadores ya no lo creen así y
prefieren (por diversas razones) considerar a los prosaurópodos como «tíos
abuelos» de los saurópodos más que como «abuelos». En otras palabras, los
prosaurópodos serían una rama lateral del árbol genealógico de los
sauropodomorfos que se extinguió al final del Triásico. Los antepasados
triásicos de las mayores bestias que jamás han pisado la tierra todavía han de
ser descubiertos.
Capítulo XIV
Dinosaurios ornitópodos: bípedos herbívoros
Recordemos que los ornitópodos constituían uno de
los cuatro subórdenes de los omitisquios (los dinosaurios con «cadera de ave»)
y el único de los cuatro cuyos representantes mostraban una tendencia hacia la
posición bípeda.
Los ornitópodos aparecieron al iniciarse la
historia de los dinosaurios, en el Triásico inferior, y sobrevivieron hasta el
final del Cretácico. Hay que remarcar también que, en general, no diferían
mucho unos de los otros (excepto en el tamaño). De ellos evolucionaron tres
grupos bastante especializados. El de los hadrosaurios o dinosaurios con pico
de pato fue muy abundante en el Cretácico superior. Los otros dos, muy escasos,
fueron el de los psittacosáuridos o dinosaurios loro, del Cretácico inferior, y
el de los paquicefalosáuridos o dinosaurios con cabeza en forma de cúpula, del
Cretácico inferior y superior. Actualmente algunos expertos creen que los
dinosaurios con cabeza de cúpula no deberían considerarse ornitópodos, sino que
sería conveniente situarlos en un grupo aparte.
No se han encontrado muchos ornitópodos del
Jurásico inferior; a decir verdad, hasta el inicio de la década de los sesenta
sólo se conocía un dinosaurio ornitisquio (el anquilosaurio Scelidosaurus)
en unos estratos del Jurásico inferior, mientras que los sauisquios abundan ya
en los yacimientos del Triásico superior.
Pero en 1962, en el curso de una expedición que
realicé a Sudáfrica con un grupo de paleontólogos, descubrimos el cráneo de un
pequeño ornitópodo, no mayor que el de un conejo (9 centímetros de largo) en un
yacimiento del Triásico superior. Lo bautizamos con el nombre de Heterodontosaurus, es
decir, «lagarto con dientes diferentes» (véase lámina 12). Como el nombre
sugiere, lo más inusitado del Heterodontosaurus eran sus
dientes (véase figura p. 98). La parte delantera de la mandíbula superior
presentaba unos dientes sencillos y pequeños que se apoyaban en un pico córneo
desdentado en la mandíbula inferior y que seguramente servían para triturar las
hojas de las que se alimentaba. Detrás de las mandíbulas había una hilera de
dientes altos, muy juntos, que se habían desgastado entre sí para formar una
superficie trituradora larga y plana. Las caras interna y externa de estos
dientes poseían estrías y acanaladuras que actuaban como las hojas de unas
tijeras, cortando el alimento cuando pasaba de la boca a los carrillos. Estos,
que eran musculosos, empujaban de nuevo la comida a la boca para que el animal
pudiera tragarla o, si era necesario, volver a pasarla entre dos dientes para
cortarla aún más. Pero la característica más notable de la dentadura era que
entre los dientes delanteros y los traseros de la mandíbula superior, y entre
el pico y los dientes traseros de la inferior, había un diente más grande,
bastante parecido a un canino o «colmillo» de mamífero. No sabemos qué utilidad
tenía esta pieza dental; es posible que los dinosaurios machos la usaran para
luchar entre sí.
Después de que se describiera el cráneo de Heterodontosaurus se
encontró un esqueleto casi completo de este género, gracias al cual se sabe que
este dinosaurio tenía una complexión liviana y era un corredor rápido y bípedo.
También en África meridional, y en el mismo período
que el Heterodontosaurus —tal vez incluso un poco antes— vivió
otro pequeño ornitópodo llamado Lesothosaurus (por el país
donde se descubrió, Lesotho; véase lámina 9). Este dinosaurio, uno de los pocos
ornitópodos del Triásico inferior bien conocidos, era en general similar
al Heterodontosaurus, pero tenía el cráneo y los dientes más
simples y primitivos. El cráneo era más aplanado y carecía de dientes
«caninos»; los dientes posteriores no estaban juntos ni desgastados para formar
una larga superficie trituradora, sino que estaban separados y tenían forma de
hoja con bordes aserrados. Parece también que carecían de carrillos musculosos.
Durante el Jurásico superior y el Cretácico
inferior, los ornitópodos fueron muy numerosos. Uno de los más famosos es el
familiar Iguanodon (véase lámina 4). Ya nos hemos referido a
él en el capítulo VI y también hemos contado la historia de cómo la señora
Mantell halló sus dientes en Sussex, en 1822, de cómo el doctor Mantell lo
reconstruyó equivocadamente como un cuadrúpedo con uno de sus pulgares
puntiagudos encima del hocico como si fuera un cuerno, y de cómo los magníficos
esqueletos hallados en Bélgica en 1877-1878 permitieron conocer cuál era su
aspecto real. El Iguanodon fue además el segundo dinosaurio al
que se dio nombre y describió (1825).
Hypsilophodon, un ornitópodo del Cretácico Inferior procedente de la Isla de
Wight. Longitud característica: 1,5 m.
El Iguanodon vivió durante todo el
Cretácico inferior, entre unos 140 y unos 105 millones de años atrás, y sus
huesos han sido hallados en Alemania, Rumania y el norte de África, así como en
el sur de Inglaterra y Bélgica. También existen huellas de pisadas y caminos
trazados (sobre todo cerca de Swanage en Dorset, Inglaterra) que, según parece,
fueron dejados por este animal. El Iguanodon era notablemente
mayor que el Megalosaurus —carnívoro hallado en los mismos
yacimientos—, pues medía 9 metros de largo y 5 de alto cuando estaba en
posición vertical, y debió de pesar unas cuatro toneladas y media. Aunque, en
general, las huellas de sus pisadas sugieren que caminaba sólo sobre las patas
traseras, también debía de andar en ocasiones como un cuadrúpedo, porque tiene
pezuñas en lugar de garras tanto en las «manos» como en los pies (véase
ilustración p. 74). El dedo pulgar de las manos tiene una gran garra puntiaguda
que sobresale lateralmente; es probable que el animal la utilizara para
defenderse de sus enemigos.
Otro ornitópodo inglés bien conocido es el Hypsilophodon («dientes
de alta cresta»; véase lámina 4), que es parecido al Iguanodon pero
mucho más pequeño y de complexión más liviana. Su longitud nunca sobrepasó el
metro y medio, y la mitad de esta medida correspondía a la cola, mientras que
su peso se mediría en kilos más que en toneladas. Como era tan pequeño y ligero
es probable que se mantuviera erguido y caminara con las dos patas traseras
mucho más de lo que lo hacía su pariente mayor. Se pensaba que vivía en los
árboles, pero ya no se cree tal cosa. El Hypsilophodon también
vivió en el Cretácico inferior, hace unos 115 millones de años. Curiosamente,
todos los especímenes conocidos (alrededor de una veintena) proceden de un
lugar concreto llamado Cowleaze Chine, en la costa sudoeste de la isla de Wight
(Inglaterra). Entre las diferencias más notables con el Iguanodon figura
la presencia de algunos dientes pequeños en la parte delantera de la mandíbula
superior (perdidos en la mayoría de los ornitópodos) y la falta de un pulgar
puntiagudo.
§. Los hadrosaurios o dinosaurios con pico de pato
Un grupo muy importante de ornitópodos, bastante
diferentes de los «ordinarios» como el Iguanodon, es el de los
hadrosaurios o dinosaurios con pico de pato. Un típico hadrosaurio es el Anatosaurus («lagarto
pato»; véase lámina 5) del Cretácico superior hallado en el oeste de los EE.UU.
Este reptil medía unos 9 metros de largo y 4 de alto, y pesaba unas tres
toneladas. En su forma general era muy parecido al Iguanodon, pero
con una cabeza larga y estrecha y un pico parecido al de un pato. Carecía de
dientes en la porción anterior de las mandíbulas, pero en la posterior tenía
muchos centenares de dientes trituradores dispuestos de manera muy complicada y
formando lo que se ha dado en llamar una batería dental; los dientes se
desgastaban continuadamente y siempre crecían otros para sustituirlos, por lo
que es evidente que en la dieta de este dinosaurio figuraban alimentos duros y
ásperos.
Cabezas de hadrosaurios con cresta, pertenecientes al Cretácico superior de
Norteamérica occidental: (a) Kritosaurus; (b) Saurolophus; (c) Parasaurolophus;
(d) Lambeosaurus; (e) Procheneosaurus.
Los hadrosaurios, como el Iguanodon, caminaban
probablemente a cuatro patas la mayor parte del tiempo. Tenían una fuerte cola
aplanada que les debió de resultar muy útil cuando se sumergían en el agua.
Parte de la «batería dental» de un dinosaurio con pico de pato, Trachodon,
del Cretácico superior de Wyoming. Anchura del espécimen: 4,2 cm. Arriba: vista
externa. Abajo: vista interna. La naturaleza compuesta de la batería, con los
dientes superpuestos, es claramente visible a la izquierda.
Entre los dedos de la mano tenían una membrana, lo
que también sugiere que vivían en el agua. De hecho, hasta hace poco la
creencia general era que los dinosaurios con pico de pato vivieron mayormente
en lagos y pantanos (desde luego debió de ser un modo seguro de protegerse de
carnívoros tan terribles como el Tyrannosaurus), pero en los
últimos años han surgido dudas al respecto. Un par de estos dinosaurios con
pico de pato se han encontrado en un estado de momificación, con una clara
impresión de la piel en la roca circundante y con el contenido del estómago
todavía bastante bien preservado para que pudiéramos saber lo que había comido
el animal (grandes cantidades de hojas de pino, junto con las ramitas, semillas
y frutos de otras plantas terrestres).
Hubo muchas clases de hadrosaurios, todos ellos de
constitución básica similar, pero con diferencias en ciertos detalles. La
diferencia más visible radica en las extrañas crestas que algunos tenían encima
de la cabeza, mientras que otros (como el Anatosaurus) carecían
de ellas. Dichas crestas tenían muchas formas diferentes (véanse las figuras de
la página anterior); algunas eran macizas, pero la mayor parte de ellas eran
huecas. Por ejemplo, el Corythosaurus («lagarto con yelmo»,
véase lámina 6), que era bastante mayor que el Anatosaurus y
pesaba casi 4 toneladas, tenía una cresta hueca en forma de casco que le cubría
toda la parte superior del cráneo. La pregunta sobre la finalidad de tales
crestas nunca ha sido respondida con certeza, aunque se han propuesto muchas
soluciones, algunas de ellas bastante improbables. Por ejemplo, se ha supuesto
que podrían constituir un almacén de aire para respirar bajo el agua, a fin de
evitar que el agua o la arena llegaran a los pulmones, que podría ser la base
de una probóscide o que proporcionarían puntos de fijación para los ligamentos
y músculos que sujetaban y movían la pesada cabeza. Son mejores las respuestas
que sugieren que servían para mejorar el sentido del olfato o que estaban
relacionadas con la conducta social, sobre todo con el apareamiento. Esta
última propuesta considera que podían utilizarse para emitir sonidos (tal vez
una especie de trompeteo) o como signos visuales que les servían para
reconocerse entre sí, o distinguir a qué sexo pertenecían o qué posición
ocupaban en la jerarquía social. También es posible que los machos rivales las
emplearan como armas y escudos para luchar entre ellos dándose cabezazos.
Una interesante variación del Iguanodon, descubierta
en 1965, sugiere tendencias evolutivas hacia los hadrosaurios. En un yacimiento
del Sahara meridional, en Nigeria, se localizó un verdadero «cementerio de
dinosaurios», correspondiente a la parte más antigua del Cretácico inferior.
Allí descubrieron los paleontólogos dos esqueletos completos de un esbelto y
totalmente nuevo iguanodóntido al que llamaron Ouranosaurus («valiente
lagarto monitor»). Este dinosaurio se caracterizaba por unas apófisis espinosas
larguísimas en las vértebras del tronco y la cola (que formaban una elevada
cresta a lo largo del lomo y que podrían haber sujetado una «vela»
intercambiadora de calor), y ya poseía varias características del cráneo
propias de los hadrosaurios, entre ellas un hocico como el pico de un pato. Así
pues, los Ouranosaurus probablemente estaban relacionados con
los hadrosaurios primitivos.
Ouranosaurus, un ornitópodo con «vela en la espalda» del Cretácico inferior
de Nigeria. Longitud característica: 7 m.
§. Los psittacosáuridos o dinosaurios loro
Finalmente mencionaremos dos grupos muy exiguos de
ornitópodos, los psittacosáuridos o dinosaurios loro y los paquicefalosáuridos
o dinosaurios con cabeza en forma de cúpula. El Psittacosaurus («lagarto
loro»; véase lámina 11) era uno de los del primer grupo; se encuentra en
terrenos pertenecientes al Cretácico inferior de Mongolia y China, con una
antigüedad de unos 110 millones de años. Este pequeño animal, de sólo 1,5 a 2,5
metros de largo, tenía un cráneo voluminoso que se estrechaba hacia adelante y
un poderoso pico como el de los loros. Era sin duda un bípedo y usaba las manos
para asir. Existen pruebas de que los psittacosáuridos estaban cerca de la
línea evolutiva que va de los ornitópodos a los ceratopios (los dinosaurios
cornudos, que describiremos en el siguiente capítulo), y algunos especialistas
preferirían clasificar a los psittacosáuridos dentro de los ceratopios en lugar
de los ornitópodos. Pero las pruebas en favor de esta inclusión, aunque parecen
razonables, no son concluyentes. Es interesante señalar que, si los dinosaurios
cornudos procedían de algún dinosaurio bípedo estrechamente relacionado con los
psittacosáuridos, debieron regresar secundariamente a una postura cuadrúpeda.
Stegoceras, dinosaurio con cabeza en forma de cúpula del Cretácico superior
de Alberta.
§. Los paquicefalosáuridos
El Pachycephalosaurus («lagarto de
cabeza gruesa»; véase lámina 5), es uno de los más típicos dinosaurios con
cabeza cupuliforme o en forma de cúpula. Se ha encontrado en terrenos
estadounidenses del Cretácico superior, pero existen formas emparentadas con él
en Mongolia y posiblemente en la isla inglesa de Wight, que contiene estratos
del Cretácico inferior. El Pachycephalosaurus era un gran
ornitisquio bípedo, sólo su cráneo medía 60 centímetros de largo. La bóveda
craneana está enormemente engrosada, con una superficie rugosa y llena de
protuberancias. Se ha pensado que también los machos de este grupo luchaban a
cabezazos en la temporada de apareamiento, de forma parecida a como lo hacen
los cameros y machos cabríos en nuestros días. Como hemos dicho al principio de
este capítulo, es posible que los paquicefalosáuridos no sean ornitópodos, sino
que constituyan un suborden independiente de omitisquios bípedos.
Parece razonable considerar que los ornitópodos
ocuparon, hace aproximadamente cien millones de años, el mismo lugar en la
naturaleza que ocupan los mamíferos con pezuñas en nuestro mundo moderno, sobre
todo porque muchos de ellos, al igual que dichos mamíferos, parecen haber
vivido en rebaños. Esta consideración también es aplicable a los omitisquios de
los que nos ocuparemos en el siguiente capítulo.
Capítulo XV
Dinosaurios con cuernos, dinosaurios con placas, dinosaurios con armadura
Los miembros de estos tres grupos de dinosaurios
omitisquios fueron totalmente cuadrúpedos y esta característica común los
distinguía del cuarto grupo, los ornitópodos. Pero esta característica
primitiva —quizás secundaria en los dinosaurios cornudos— no puede utilizarse
como prueba de que la relación entre estos tres grupos fuera más estrecha que
la existente entre cualquiera de ellos y los ornitópodos. Así pues, los
consideramos juntos en este capítulo sólo por razones de conveniencia.
§. Los ceratopios o dinosaurios cornudos
Empezaremos describiendo al más conocido miembro de
este grupo, el familiar Triceratops («rostro con tres
cuernos»; véase lámina 5). Este animal era abundantísimo en Norteamérica
occidental durante el Cretácico superior, hace de 70 a 65 millones de años.
Podemos imaginar grandes rebaños de estos enormes animales parecidos a
rinocerontes, de siete metros de largo y con un peso de ocho a nueve toneladas,
que recorrían las llanuras y se alimentaban de la abundante vegetación. La
cabeza era enorme, pues sólo el cráneo medía más de dos metros de largo. En la
parte delantera de la mandíbula tenía un pico, y tras éste una serie de dientes
cortadores. Sobre el hocico poseía un cuerno corto y grueso y por encima de los
ojos un par de agudos cuernos de un metro de longitud dirigidos hacia adelante.
En la parte posterior del cráneo, una gran gola ósea se prolongaba hacia atrás
por encima del cuello y los hombros. Las patas eran gruesas y fuertes, con
pequeñas pezuñas en vez de garras afiladas, y poseía una cola corta pero
pesada. Todo el cuerpo estaba protegido por una piel correosa. Aunque eran
herbívoros, estos dinosaurios eran muy capaces de defenderse y hasta los
feroces Tyrannosaurus (que vivieron en la misma región y por
la misma época) debían pensárselo dos veces antes de plantar cara a unos
cuernos tan peligrosos. Parece ser que los Triceratops machos
también luchaban entre sí (probablemente en la temporada de apareamiento),
porque las golas de su cuello muestran con frecuencia las señales de heridas
producidas en tales batallas.
Cabezas de dinosaurios cornudos, ambos del Cretácico superior de
Norteamérica occidental: (a) Monoclonius, (b) Pentaceratops.
Otros muchos ceratopios vivieron en Norteamérica
durante el Cretácico superior. Diferían entre sí principalmente por la
disposición de los cuernos y la forma de la gola. El Pentaceratops («rostro
con cinco cuernos») tenía tres cuernos como el Triceratops, y
una prolongación ósea adicional en cada mejilla. El Monoclonius («vástago
único») tenía un cuerno muy largo sobre el hocico, dos pequeños abultamientos
en la frente y una gola corta con un gran orificio en cada lado. El Styracosaurus («lagarto
pincho») también tenía un largo cuerno nasal, pero carecía prácticamente de
cuernos frontales y la gola estaba decorada con seis largas púas que apuntaban
hacia atrás, las dos últimas muy largas (véase figura p. 13). El Chasmosaurus («lagarto
de abismo») tenía un pequeño cuerno nasal, cuernos frontales bastante grandes y
una larga cola con orificios de gran tamaño. Bastante diferente de todos ellos
era el Pachyrhinosaurus («lagarto de nariz gruesa»); este gran
dinosaurio (véase lámina 8) carecía por entero de cuernos pero, en cambio, la
parte superior del cráneo entre la nariz y los ojos estaba cubierta por una
gruesa placa ósea.
Retrocedamos ahora en el tiempo, de 70 a 90
millones de años atrás (todavía en el Cretácico superior). Los dinosaurios
cornudos empezaban entonces su existencia, no sólo en Norteamérica, sino en lo
que es ahora el desierto de Gobi en Mongolia, y eran tan primitivos que en
lugar de cuernos poseían una simple protuberancia encima del hocico. El más
conocido es el Protoceratops («primer rostro cornudo»); medía
tan sólo unos dos metros de largo (véase lámina 7) y no pesaba más de 180
kilos, es decir, que era muy pequeño para ser un dinosaurio ceratopio. El
cráneo era relativamente enorme, y se estrechaba hacia adelante prolongándose
en un pico parecido al de un loro. Al igual que en los ceratopios posteriores,
el cráneo se extendía hacia atrás, formando una especie de gola ósea curvada
que no sólo le protegía el cuello y la cruz, sino que también servía para la
sujeción de los músculos de la poderosa mandíbula y del cuello. El cuerpo era
corto y rechoncho.
El Protoceratops es un dinosaurio
muy conocido; es interesante y al mismo tiempo insólito que se conozcan fósiles
del mismo en diversas etapas de su crecimiento: huevos, recién nacidos,
adolescentes y adultos.
«Nido» con huevos de Protoceratops, del desierto de Gobi, Mongolia. Cada
huevo mide unos 20 cm de largo.
En el desierto de Gobi se han encontrado muchos
huesos fosilizados, algunos de los cuales contienen incluso fragmentos
fosilizados de huesos de embrión. Los huevos son de forma alargada, con una
longitud de unos 20 centímetros, y sus cáscaras son rugosas (véase ilustración
p. 30). Aún más interesante es el hecho de que se hallaran nidos fósiles,
cubiertos por arena, que contenían hasta dieciocho huevos, dispuestos en tres
círculos uno dentro de otro.
Kentrosaurus, dinosaurio con placas del Jurásico superior de Tanzania.
Longitud característica: 5 m.
§. Los estegosaurios o dinosaurios con placas
El estegosaurio más conocido es el Stegosaurus («lagarto
cubierto»; véase lámina 2), que ha dado nombre al grupo. Este dinosaurio vivió
durante el Jurásico (hace 140 millones de años) en Norteamérica occidental, y
se han encontrado formas emparentadas en otras partes —incluso en Inglaterra—
en rocas de la misma época o un poco más antiguas; descubrimientos recientes
sugieren que este estegosaurio sobrevivió —aunque a duras penas— durante la
mayor parte del Cretácico. El Stegosaurus medía seis metros o
más de longitud y habría arrojado en la báscula un peso de casi dos toneladas.
La cabeza, diminuta y estrecha, de sólo 40 centímetros de longitud, poseía
dientes pequeños y débiles y contenía un cerebro no mayor que una nuez. Las
patas delanteras eran muy cortas y las traseras muy largas —más del doble de
las primeras—, de modo que el animal se erguía a gran altura en las caderas.
Pero el rasgo que hace al Stegosaurus instantáneamente
reconocible es la doble hilera de enormes placas óseas que recorrían el lomo y
la cola. Probablemente estaban dispuestas en zigzag y se alzaban casi
verticales, si bien se ha pensado en fecha reciente que en realidad la
disposición podría haber sido muy diferente y que permanecerían planas sobre la
piel. Nadie sabe con exactitud para qué servían, pero de algún modo podrían
haber ayudado al Stegosaurus a defenderse contra los ataques
de carnívoros como el Allosaurus.
Otra sugerencia alternativa es que estas placas —en
el caso de que estuvieran erectas— estaban muy bien regadas por vasos
sanguíneos y actuaban como intercambiadores de calor, absorbiendo el calor del
sol cuando la criatura estaba demasiado fría e irradiando el calor hacia afuera
cuando el animal estaba demasiado caliente. En cualquier caso, al Stegosaurus probablemente
le sería más fácil defenderse agitando su gruesa y fuerte cola como un látigo,
cuyo extremo tenía dos pares de agudas púas, cada una de un metro de largo.
§. Los anquilosaurios o dinosaurios con armadura
A pesar de una aparente expansión en su época —se
han encontrado en diversas partes del mundo muy alejadas entre sí—, los
estegosaurios menguaron considerablemente en el Cretácico. Por el contrario, el
tercer grupo de omitisquios no ornitópodos —los dinosaurios con armadura o
anquilosaurios, de los que sólo encontramos unos pocos vestigios en el
Jurásico—, se hicieron mucho más abundantes. Uno de los primeros anquilosaurios
fue el Polacanthus («muchas espinas»; véase lámina 4), del que
se conoce un solo ejemplar hallado en un yacimiento del Cretácico inferior de
115 millones de años de antigüedad en la isla de Wight. A este espécimen le
falta la cabeza, pero probablemente todo el animal mediría algo más de 4
metros. Su cuerpo era alargado, y sus extremidades robustas. Una doble hilera
de espinas grandes, proyectadas hacia arriba, le recorría el lomo, un macizo
escudo óseo le cubría las caderas, y una doble hilera de placas más pequeñas
parecidas a las de los estegosaurios le protegían la cola.
Scolosaurus, dinosaurio con armadura del Cretácico superior de Alberta.
Longitud: 6 m.
El Hylaeosaurus («lagarto de la
selva»), uno de los tres dinosaurios descritos por Owen, es un anquilosaurio
muy semejante al Polacanthus, único ejemplar de este género
que se conoce, nunca ha sido extraído del bloque de Sussex donde se encontró
hace casi 150 años, y por lo tanto todavía está parcialmente encajado en la
roca. Últimamente, sin embargo, se ha completado ya un programa de extracción
de la matriz de roca, mediante tratamiento con ácido acético, para demostrar o
refutar una reciente opinión de que el Hylaeosaurus y el Polacanthus son,
de hecho, dos especímenes del mismo género; en cualquier caso, son de la misma
época. Si pertenecen en efecto al mismo género, entonces debe utilizarse el
nombre Hylaeosaurus para ambos, ya que es el más antiguo.
Ankylosaurus, dinosaurio con armadura del Cretácico superior de
Norteamérica. Longitud: 4 m.
Un anquilosaurio posterior, y aún más acorazado que
los descritos hasta aquí —un verdadero «tanque reptiliano»—, es el Ankylosaurus («lagarto
rígido») del Cretácico superior, hallado en Norteamérica occidental. Con una
longitud aproximada de 4,5 metros, tenía una cabeza ancha y roma, un cuerpo
macizo, aún más ancho, y piernas cortas y fuertes. Todo su dorso —desde la
cabeza hasta la cola— estaba cubierto por una armadura pesada pero flexible,
formada por gruesas placas ovales de hueso, unidas entre sí por una piel
correosa. El extremo posterior del cráneo se terminaba en dos pares de púas
óseas piramidales, cortas pero afiladas, que se proyectaban a ambos lados de la
cabeza. La cola, gruesa y robusta, terminaba en un gran mazo óseo. Dado que los
dientes del animal eran romos y débiles, sin duda debía de defenderse de sus
enemigos agazapándose y escondiendo las patas debajo del cuerpo. Entonces
dirigía violentamente el mazo de la cola contra su atacante, con un efecto
mortífero. Otras de las zonas donde se han encontrado anquilosaurios son
Mongolia, India, Rumania y —muy recientemente— Queensland.
§. El Scelidosaurus
El último dinosaurio que vamos a describir,
el Scelidosaurus («lagarto con extremidades»; véase lámina 3),
no encaja exactamente en ninguno de los grupos mencionados hasta aquí. A menudo
se le ha considerado como un estegosaurio primitivo, pero podría tratarse de un
anquilosaurio primitivo, o podría no pertenecer a ninguno de estos dos grupos.
Encontrado en Dorset, en estratos del Jurásico inferior (con unos 185 millones
de años de antigüedad), era el dinosaurio ornitisquio más antiguo conocido
hasta que se descubrió el Heterodontosaurus en 1962. El Scelidosaurus era
un cuadrúpedo de complexión pesada, de unos cuatro metros de longitud, con la
cabeza pequeña y mandíbulas débiles. Su rasgo más notable es la armadura de
macizas placas óseas empotradas en la piel, especialmente en la parte central
del cuello, lomo y cola; algunas de las placas tienen una forma muy complicada.
En la actualidad, el espécimen hallado en Dorset —se ha encontrado otro
ejemplar en el Tíbet— se está extrayendo de la roca por medios químicos, y
confiamos en que pronto sabremos mucho más de su anatomía, y por consiguiente
de sus relaciones de parentesco de lo que sabemos hasta ahora. En realidad,
podemos decir que con frecuencia aprendemos más de nuestros viejos especímenes,
estudiados con los métodos modernos, que de los nuevos recién descubiertos.
Capítulo XVI
Los dinosaurios y la «sangre caliente»
En el capítulo IX hemos mencionado el hecho
desafortunado de que, cuando un animal fósil se asigna a una clase particular,
la gente tiende a suponer de modo automático y sin justificación que
tenía todas las características propias de los miembros modernos de esta clase.
Así, tras haber decidido que ciertos fósiles deberían recibir la denominación
de mamíferos debido a las características de sus esqueletos (sobre todo de sus
mandíbulas inferiores), suele darse por sentado que cuando estos animales
vivían poseían todas las demás características de un mamífero moderno, incluida
la temperatura constante (o, como suele decirse vulgarmente, la «sangre
caliente»). De la misma manera se supone también que cualquier animal
clasificado como reptil poseía todas las demás características de un reptil
moderno, incluida la temperatura variable («sangre fría»). Esto se aplica
a todos los reptiles fósiles, tanto si estaban en camino de
transformarse en mamíferos o aves como si no.
No hay duda de que los dinosaurios, a juzgar por
sus esqueletos, fueron reptiles. En consecuencia, se creía (sin ninguna razón,
aunque esto no supone necesariamente que fuese una creencia errónea) que los
dinosaurios debieron tener temperatura variable igual que todos los reptiles de
hoy. Todo el mundo dio esto por sentado y nadie lo puso en tela de juicio. Pero
hace unos treinta años empezó a aparecer un punto de vista diferente: los
dinosaurios podrían haber tenido temperatura constante. Al principio nadie hizo
mucho caso, pero últimamente los científicos publican cada vez más artículos
sobre este problema. Algunos afirman rotundamente que los dinosaurios fueron de
sangre caliente, otros declaran lo contrario con idéntica firmeza, y el asunto
se debate hoy acaloradamente en reuniones y publicaciones científicas. Los
paleontólogos más prudentes se limitan a permanecer al margen y dicen que de
momento no puede darse una respuesta a esta cuestión, pues unas pruebas apuntan
en un sentido y otras en el contrario.
Formulémonos la pregunta: ¿cuál es la ventaja de
poseer temperatura constante? Un vertebrado terrestre no puede mostrarse muy
activo a menos que esté caliente. Cuando decimos que un mamífero es de sangre
caliente, decimos en realidad que lo es constantemente; produce su
propio calor quemando alimentos en sus músculos, y evita que ese calor se
escape por medio de un aislamiento externo de pelaje o quizá con grasa debajo
de la piel. Por otro lado, cuando decimos de un reptil que es de sangre fría,
queremos decir que depende del mundo exterior para calentar su cuerpo. Por
ejemplo, tras una noche fría, un lagarto tiene que pasarse la mañana bajo el
sol hasta que absorbe el calor que le es necesario. En consecuencia, el animal
de temperatura constante puede permanecer activo durante toda la noche en
tiempo frío, incluso durante un largo y frío invierno, y puede vivir en países
que son demasiado fríos para los animales de temperatura variable. También
pueden producir energía con más rapidez que un animal de sangre fría, aunque
este último esté muy caliente, y puede seguir produciéndola durante más tiempo.
Por lo tanto, puede ser más activo durante más tiempo incluso en condiciones
frías, y puede por ello obtener y comer más alimentos. Como contrapartida, este
animal de temperatura constante necesita mucho más alimento en
tiempo frío para producir el calor necesario. Algunos anfibios de «sangre fría»
y reptiles evitan las dificultades de un invierno largo y frío entrando en un
estado de hibernación, tiempo durante el cual usan muy poca energía. Algunos
mamíferos de «sangre caliente» también hibernan si el suministro de alimento es
insuficiente para mantener su temperatura corporal, y pasan, efectivamente, a
tener «sangre fría» mientras dura el invierno.
Echemos ahora un vistazo a algunas de las razones
que se han aducido para sostener la creencia de que los dinosaurios eran de
«sangre caliente». He aquí, a grandes rasgos, el primer argumento en el que se
pensó. Tanto los primeros dinosaurios como los primeros mamíferos aparecieron
más o menos por la misma época (Triásico superior; véase cap. IV); y fueron los
dinosaurios, y no los mamíferos, los que se convirtieron en los predominantes
entre los animales terrestres durante los siguientes 140 millones de años. Los
mamíferos eran de sangre caliente y, sin duda, poseer temperatura constante es
una gran ventaja. Los dinosaurios no podrían haber obtenido la supremacía sobre
los mamíferos a menos que también hubieran tenido temperatura constante.
Una de las características más sorprendentes del
dinosaurio es la forma en que se mantenía erguido o corría, con las patas en un
plano vertical debajo del cuerpo. Es diagnóstico inequívoco de los dinosaurios
esta postura «plenamente mejorada» y la andadura a la que nos hemos referido en
el capítulo I. Ésta no es en absoluto la postura extendida de la mayoría de los
reptiles modernos, con el vientre rozando el suelo y las patas proyectadas a
los lados, especialmente visible cuando el reptil descansa. En realidad, la
postura del dinosaurio debió de ser muy parecida a la del moderno mamífero
corredor, como un perro. Los únicos animales —aves y mamíferos— hoy vivientes
con la postura de las patas «totalmente erecta» son todos de
sangre caliente, a partir de lo cual se puede suponer que los dinosaurios
también debieron ser de sangre caliente.
Además, los dinosaurios tenían largas patas, y no
sería nada útil tenerlas así si no las usaran para la carrera rápida. Para
mantener una elevada velocidad durante una distancia larga, el animal ha de
producir una gran cantidad de energía, y debe seguir produciéndola durante
largo tiempo. Se dice que sólo los animales con temperatura constante pueden
hacer tal cosa; los animales con temperatura variable pueden producir energía
con rapidez y pueden correr muy rápido, pero sólo en cortos tramos.
Secciones vistas al microscopio de tejido óseo de lagarto (arriba),
dinosaurio (centro) y mamífero (abajo). El hueso de lagarto está más aumentado
que los otros dos; los «agujeros» contenían células óseas y corresponden a los
pequeños agujeros negros en las otras. Tanto los dinosaurios como los mamíferos
(pero no los lagartos) poseen dentro del hueso conductos por los que discurren
los vasos sanguíneos.
Existen otras teorías por las que los dinosaurios
parecen más bien mamíferos corredores modernos que reptiles modernos. Por
ejemplo, puede haber cierta similitud en la estructura microscópica de sus
huesos. El hueso del dinosaurio, como el del mamífero, está provisto de más
vasos sanguíneos que, digamos, los de un lagarto o un cocodrilo.
Un nuevo argumento aducido recientemente afirma que
un carnívoro de sangre caliente necesita mucha más carne que un carnívoro de
sangre fría como «combustible» para el mantenimiento de su temperatura y por su
vida más activa.
Esto significa que una cantidad determinada de
carne (por ejemplo, una cantidad concreta de animales de presa muertos por los
carnívoros) no abastecería ni mucho menos a tantos carnívoros de sangre
caliente como lo haría a los de sangre fría. Así pues, podríamos contar todos
los grandes animales fósiles hallados en un estrato determinado, carnívoros y
animales de presa por separado, y calcular a los primeros como un porcentaje
del conjunto; un pequeño porcentaje de carnívoros significaría que debieron de
ser ávidos comedores de carne y, en consecuencia, de temperatura constante,
mientras que un elevado porcentaje significaría que debieron de tener modestos
apetitos y, presumiblemente, temperatura variable. En teoría, ésta es una idea
interesante, pero en la práctica, sencillamente no funciona. La proporción de
carnívoros de presa en una muestra fósil está afectada por tantos otros
factores que no hay manera de que pueda damos una indicación verdadera de la
proporción de carnívoros entre los animales vivos de la época. Por ejemplo,
algún tipo de animal puede haberse fosilizado mucho más fácilmente que otro;
tal vez porque solía morir en los pantanos más que en la tierra firme, quizá
porque su carne tenía un sabor desagradable, de modo que los otros animales evitaban
sus cadáveres, o quizá porque sus huesos eran mucho más recios y más
resistentes a magulladuras y deterioro. Además, la persona que recogió los
fósiles podía haber sido un especialista en una clase determinada y no se
molestó en recoger los especímenes que no le interesaban. Finalmente,
supongamos que la población viva de los predadores permaneció fija en
determinada cantidad. Entonces resulta obvio que cuanto más viviera cada
animal, menos habrían muerto cada año y más pequeño habría sido el número de
esqueletos que podían fosilizarse.
En cualquier caso, hay muchos paleontólogos que no
aceptan la clase de pruebas que acabamos de revisar. No sólo encuentran lagunas
en ellas, sino que presentan pruebas que apuntan en la dirección contraria.
Así, se arguye que un animal voluminoso —como lo fueron la mayoría de los
dinosaurios—, puede mantener la temperatura del cuerpo bastante constante sin
tener que producir su propio calor corporal y sin ningún aislamiento exterior,
en razón simplemente de su mismo tamaño. Desde luego, la temperatura del cuerpo
subirá y bajará según el aire circundante sea más cálido o más frío, pero lo
hará muy lentamente; y si el animal vive en un clima cálido que cambia muy
poco, entonces las variaciones de su temperatura corporal serán tan pequeñas
que apenas se notarán.
Sin embargo, este razonamiento no se puede aplicar
si éstos fueron de «sangre fría», y por el mismo motivo los dinosaurios recién
nacidos no podrían haber mantenido constante la temperatura de su cuerpo pues
eran pequeños, carecían de toda protección externa y, por lo que sabemos, sus
padres no les transmitían el calor necesario.
También se ha dicho que el pequeño tamaño del
cerebro de los dinosaurios comporta una forma de vida bastante perezosa y, por
lo tanto, una temperatura del cuerpo variable.
En conclusión, es interesante señalar que las
mismas pruebas han sido utilizadas por ambos bandos para «demostrar» sus puntos
de vista opuestos. Los dinosaurios saurópodos tenían cuerpos enormes, cabezas
pequeñas y dientes débiles. Se ha afirmado que tales animales no podían haber
comido el alimento suficiente para obtener la energía necesaria que les hubiera
permitido mantener elevada su temperatura corporal. ¡Pero también se ha dicho
que sólo animales de sangre caliente habrían tenido la energía suficiente para
permanecer en pie durante horas recogiendo las enormes cantidades de alimento
que necesitaban!
Capítulo XVII
Los dinosaurios y las aves
La mayoría de la gente cree que los dinosaurios
tienen escaso parecido con las aves. Pero también es cierto que un dinosaurio
avestruz tiene cierta similitud con un avestruz y que un dinosaurio de pico de
pato nadando en un lago podría parecer, a cierta distancia, un pato gigantesco.
Además, tanto las aves como los dinosaurios ponen (o ponían) huevos,
disponiéndolos en nidadas. ¿Pueden significar estas similitudes que existe
alguna relación entre los dos grupos?
Archaeopteryx planeando.
La respuesta a esa pregunta es, desde luego,
negativa. Las similitudes mencionadas son puras coincidencias. Sin embargo,
parece que puede haber una estrecha relación entre dinosaurios y aves, más
cercana de lo que nadie intuyó hasta hace algunos años.
Compsognathus, un celorosaurio del Jurásico superior de Alemania meridional.
Longitud aproximada: 65 m.
En efecto, existe hoy una respetable teoría según
la cual las aves son los descendientes directos de dinosaurios celurosaurios,
los pequeños bípedos de complexión ligera y carrera rápida de los que hemos
hablado en el capítulo XII. Se ha dicho que las aves son dinosaurios
que existen todavía hoy.
Antes de que comentemos esta interesante idea con
más detalle, debemos referimos al Archaeopteryx («ala
antigua»), que es el ave fósil más antigua conocida. Vivió hace mucho tiempo,
en el Jurásico superior, hace de 150 a 145 millones de años. Los dos primeros
especímenes se encontraron en el sur de Alemania en 1861 y 1877, y durante casi
un siglo no se descubrió ninguno más. Pero recientemente han aparecido otros
tres, de modo que ahora tenemos cinco en total.
El Archaeopteryx exhibido en el Museo de Ciencias Naturales de Berlín (RDA).
La distancia entre la punta de los metacarpos izquierdos y el último hueso de
la cola es de 35 cm.
Lo que resulta especialmente interesante del Archaeopteryx es
que parece un reptil que se encuentra en el proceso de evolución hacia un ave,
o, para decirlo al revés, como un ave que no ha completado aún su cambio a
partir de antepasados reptilianos. Más sencillamente, muestra una mezcla de
características reptilianas y semejantes a las de las aves.
Porción Inferior de la plumosa cola del Archaeopteryx del Museo de Historia
Natural de Londres.
Los rasgos de ave más notables del Archaeopteryx son
las plumas y la reunión de las clavículas para formar una especie de horquilla,
dos características que son absolutamente típicas de las aves y que jamás se
han hallado en ningún otro animal. Las plumas están preservadas sólo como
impresiones en la misma piedra caliza de grano fino en la que estaban incluidos
los fósiles.
El pie izquierdo del Archaeopteryx de Londres. Se observa que el primer dedo
es oponible.
Sin embargo, en su disposición y estructura,
incluso al microscopio, son iguales que las plumas de un pájaro moderno. Debido
a estas plumas se clasifica al Archaeopteryx como un ave. La
horquilla o fúrcula formada al unirse las dos clavículas a la altura de la
pechuga es un hueso conocido por todos aquéllos que prestan atención a los
huesos cuando comen pollo. En los demás animales, las dos clavículas permanecen
separadas. En el Archaeopteryx la horquilla no forma un ángulo
tan cerrado como en un pollo, sino que tiene una forma más parecida a un
boomerang. El Archaeopteryx también tiene alas, un pie
apropiado para posarse y el pubis apuntando hacia abajo y hacia atrás (como el
de los dinosaurios con «cadera de ave» a que nos hemos referido en el capítulo
X, pero el parecido es puramente superficial).
Por otro lado, el Archaeopteryx ha
mantenido gran número de las características de reptil que los pájaros de hoy
ya no poseen. La más notable de todas es la larga cola ósea, con grandes plumas
dispuestas a cada lado. (Algunas aves modernas parecen tener largas colas, pero
sólo están formadas por plumas; si se las arrancamos, no queda nada excepto el
obispillo.) Otra diferencia importante es que el Archaeopteryx aún
tiene dientes, mientras que ningún pájaro viviente los tiene, sino que todos
presentan un pico córneo. El miembro delantero o ala tiene tres dedos con
garras en su extremo, que la mayor parte de las aves modernas han perdido casi
por entero. Existen otras diferencias, demasiado numerosas para mencionarlas.
Al mismo tiempo, existe un número igualmente grande
de características de ave que el Archaeopteryx no posee. Una
de ellas es una fuerte quilla en el esternón para sujetar los poderosos
músculos voladores (la carne blanca de la pechuga del pollo constituye los
músculos voladores, mientras que la placa ósea entre esos músculos es la
quilla); pero no todas las aves los tienen. Otra es los espacios aéreos dentro
de los huesos (que ayudan a aligerar el peso del animal) y, por último, un
cerebro agrandado.
Aun así hay pocas dudas de que el Archaeopteryx sea
un ave; pero evidentemente un ave muy primitiva, con muchas características
todavía de reptil y con la ausencia de muchos caracteres de los pájaros
modernos. La pregunta importante es: ¿de qué reptiles en concreto procedían?
No es nueva la idea de que evolucionaron de los
dinosaurios celurosaurios, idea que se planteó hace muchos años, pero en
aquella época la mayoría de los estudiosos estuvo de acuerdo en que no podía
ser correcta porque el Archaeopteryx tenía una horquilla —los
dos huesos de la clavícula soldados entre sí— y se creía que todos los
dinosaurios habían perdido sus clavículas. Un dinosaurio sin ellas difícilmente
podría haber dado origen a un Archaeopteryx que aún poseía
esos elementos, aunque algo modificados para formar una horquilla.
Pero recientemente esta vieja idea ha vuelto a
circular, puesta al día. Ahora se sabe que algunos dinosaurios —celurosaurios—
tienen clavículas, y aunque estos huesos no se han encontrado en los fósiles,
no significa por fuerza que el animal viviente no los poseyera. Es posible que
los tuviera y que hasta la fecha no se haya descubierto ninguno; o tal vez
estas clavículas eran sólo de tejido conectivo blando, no propiamente hueso, y
por ello nunca se fosilizaron. Parecería así que la principal objeción a la
teoría del dinosaurio —la única objeción— ha desaparecido.
También se ha afirmado que el esqueleto de las
extremidades delanteras del Archaeopteryx no se parece en nada
al ala de un ave moderna sino que es misteriosamente, en todos sus detalles,
como los miembros delanteros de un celurosaurio. Sin embargo, no hay duda de
que el Archaeopteryx podía aletear; sus plumas de vuelo eran
asimétricas, como las de las aves voladoras modernas, al contrario de los
simétricos cañones de las no voladoras. Se dice que el pie no es apropiado para
posarse, sino que tiene casi con exactitud la misma estructura que el pie
corredor de los celurosaurios; y el pubis no parece dirigido hacia abajo y
hacia atrás, sino que está casi en línea recta hacia abajo. Las únicas
características de ave importantes que le han quedado al Archaeopteryx son
las plumas y la horquilla.
En conjunto, se asegura que el esqueleto de Archaeopteryx se
parece al de un celurosaurio en veintiuna características específicas. Incluso
se ha dicho que el Archaeopteryx no es más que un celurosaurio
con plumas. Esto parece casi cierto, pues uno de los más recientes especímenes
de Archaeopteryx (hallado en 1951) era, según se creía, un
pequeño esqueleto de celurosaurio hasta que alguien más de veinte años después
observó las impresiones de sus plumas. Algunos especialistas consideran que las
similitudes entre el Archaeopteryx y los celurosaurios son
tantas y tan detalladas que no todas pueden ser coincidencias
y, por lo tanto, creen que el Archaeopteryx y todas las aves
posteriores evolucionaron de dinosaurios celurosaurios.
Esta creencia, sin embargo, no carece de problemas,
y hay una considerable minoría de reputados expertos que la consideran
inaceptable. Una opinión alternativa (la convencional, mantenida casi
universalmente hasta hace muy pocos años) es la de que las aves evolucionaron
directamente de los tecodontos; otra es que el origen de las aves está más
estrechamente conectado con los crocodilios más primitivos que con los
dinosaurios.
Parte delantera de la mandíbula superior del Archaeopteryx de Londres. Se
observan cinco dientes, cada uno de los cuales mide unos 12 mm de longitud.
Resulta bastante paradójico que ya nadie siga
sosteniendo que los parientes más cercanos de las aves pudieran ser los
dinosaurios con «cadera de ave».
Esqueleto de las extremidades delanteras de: (a) un ave moderna (cuervo);
(b) Archaeopteryx, (c) el dinosaurio Deinonychus.
Reconstrucción del Archaeopteryx corriendo.
Otro interrogante no menos importante es: ¿cómo
empezaron a volar las aves? Aquí nos encontramos con dos ideas del todo
diferentes. Una es la de que los antepasados de los pájaros eran capaces de
trepar a los árboles, quizá incluso vivían en las ramas. Pronto aprendieron a
saltar de una rama a otra. Entonces empezaron a usar las extremidades
anteriores extendidas (quizá ya con plumas) como paracaídas para evitar su
caída; el próximo paso fue el planeo y, por fin, descubrieron cómo mover sus
extremidades delanteras arriba y abajo para emprender el vuelo por medio del
aleteo. La idea contraria es que los antepasados de las aves eran bípedos
corredores (lo cual encaja mejor con la creencia de que las aves evolucionaron
de dinosaurios celurosaurios) y que, por una u otra razón, extendieron las
extremidades delanteras para correr, obteniendo finalmente suficiente «impulso
ascensional» para levantarse del suelo. No hace mucho se ha sugerido que los
antepasados del Archaeopteryx empezaron a usar sus
extremidades delanteras provistas de plumas a fin de atrapar los insectos de
los que se alimentaban. Hay muchos argumentos en pro y en contra de la teoría
del «salto entre los árboles» y la de la «carrera por el suelo». Los
científicos todavía las discuten con calor y, para ser sinceros, todavía nadie
ha proporcionado una prueba absolutamente convincente en uno u otro sentido.
Reconstrucción del Archaeopteryx posado en una rama.
No obstante, según otra idea al respecto, las
primeras aves voladoras sólo emprendieron el vuelo a desgana y haciéndolo muy
mal. Corrían en posición bípeda a lo largo de las ramas para escapar de los
predadores que les perseguían, arrojándose torpemente al aire y agitando
erráticamente las extremidades delanteras hasta llegar al sotobosque. La
ventaja de esta clase de comportamiento era que su mismo carácter impredecible
dejaría perplejo al cazador y mejoraría las oportunidades que tenía el ave de
evitar la captura. Tras unos principios tan poco impresionantes, la teoría
sigue afirmando que la selección natural favoreció a los individuos que
pudieran volar más lejos, aterrizar no demasiado cerca del predador y, de esta
manera, el proceso evolutivo podía mejorar mucho la potencia de vuelo.
La teoría recién formulada de que las aves
evolucionaron de dinosaurios celurosaurios ha llevado a algunos de sus
seguidores a proponer ciertos cambios en la clasificación de todos estos
animales. Cada uno ha presentado su propio proyecto, pero la idea general ha
sido la de colocar a las aves y a los dinosaurios (en algunos casos todos los
dinosaurios, mientras que en otros sólo los terópodos) en el mismo grupo. Este
grupo combinado de animales estrechamente relacionados podrían denominarse
«dinosaurios» o «aves», al gusto de cada cual. No obstante, cabe señalar que
esta nueva clasificación requiere la aceptación de dos o tres ideas bastante
insólitas: que los dinosaurios dieron origen a las aves; que al igual que
éstas, eran de sangre caliente y que, si los englobamos a todos,
los dinosaurios sólo forman un grupo único en vez de dos. Dado que ninguna de
estas ideas ha obtenido todavía aceptación general —y es posible que esto no
ocurra nunca— en consecuencia las nuevas clasificaciones sugeridas son
irremediablemente prematuras y no pueden ser tomadas en serio. En cualquier
caso, la mayoría de los investigadores hace caso omiso de ellas. Después de
todo, ¿tiene algún sentido llamar ave al Tyrannosaurus rex o
dinosaurio a un gorrión? Si cuajara la última idea, tal vez tendríamos que
cambiar algunos de nuestros refranes y decir por ejemplo que «más vale
dinosaurio en mano que ciento volando», o «dinosaurio de paso, ¡trancazo!». El
gorjeo de los dinosaurios nos despertaría temprano por la mañana, visitaríamos
la sección de los dinosaurios en el zoo para verlos llenos de actividad
revoloteando de flor en flor, y terminaríamos nuestra excursión almorzando un
dinosaurio a la naranja en el restaurante. Pero la verdad es que no hemos de
temer que prevalezcan tales absurdos. El sentido común y el uso popular
influyen mucho más en el lenguaje que la pedantería científica, sobre todo
cuando ésta carece de base sólida.
Capítulo XVIII
Distribución geográfica
En el capítulo VII ya hemos explicado que los
restos de dinosaurios sólo se encuentran en las rocas sedimentarias formadas
desde el Triásico superior hasta el Cretácico superior, es decir, entre unos
205 millones y 65 millones de años atrás; y también hemos explicado que
generalmente se encuentran en sedimentos formados en agua dulce o en tierra
firme, muy raramente en el mar. Parece que los dinosaurios estuvieron
ampliamente distribuidos en el mundo Mesozoico, pues se han encontrado en todos
los continentes actuales (excepto en la Antártida, donde, como ya hemos
indicado, probablemente yacen bajo el hielo con pocas esperanzas de ser
descubiertos en un futuro próximo). En consecuencia, el mapa de los lugares
donde pueden encontrarse dinosaurios se corresponde con el mapa de las regiones
en que las rocas mesozoicas afloran a la superficie. Las áreas del mundo donde
se encuentran los depósitos más importantes de dinosaurios se mencionan en el
capítulo VI y se indican en el mapa de la página siguiente.
Sin embargo, esto no significa que no existieran
dinosaurios en otras partes del mundo. Rocas mesozoicas con fósiles de
dinosaurios se encuentran debajo de otros estratos de rocas más jóvenes; y
también puede ocurrir que esas rocas estuvieran presentes en otro tiempo encima de
rocas más antiguas ahora situadas en la superficie, pero fueron removidas hace
mucho tiempo por los levantamientos y la erosión. Teniendo en cuenta todos
estos factores, y sin olvidar que los dinosaurios fueron animales terrestres,
casi con toda certeza incapaces de cruzar amplias extensiones de mar, es
evidente que su distribución —no sólo la de los dinosaurios considerados como
un conjunto, sino las diferentes distribuciones de las clases concretas de
dinosaurios— puede darnos algún indicio de la disposición que tenían los
continentes cuando esos animales vivían, y también puede darnos alguna
indicación de los climas de esos continentes en aquel tiempo.
Mapamundi con los lugares más importantes donde se han encontrado restos de
dinosaurios. No hay indicación de abundancia relativa, de modo que algunos
símbolos representan áreas muy ricas en dinosaurios, mientras que otros
representan lugares donde se ha descubierto un solo fragmento óseo.
(La distribución de los dinosaurios, naturalmente,
debe estudiarse en conjunción con la distribución de otros fósiles
contemporáneos, vertebrados e invertebrados, tanto plantas como animales,
marinos, de agua dulce y terrestres.)
E inversamente, nuestro conocimiento de la
geografía y de cualquier época particular —la paleogeografía— debería ayudarnos
a comprender la pauta de distribución de los dinosaurios.
Mapa del mundo como era hace 200 millones de años, durante el Triásico
superior. Las zonas grises alrededor de los bordes de los continentes (en
negro) corresponden a las plataformas continentales.
Para ser sinceros, hemos de admitir que la
distribución de los dinosaurios y sus antepasados inmediatos, los tecodontos,
no es especialmente útil a este respecto (excepto en el Cretácico superior,
como detallamos abajo). Hace veinticinco años parecía que las respectivas
faunas del Triásico de los hemisferios septentrional y meridional eran
características y totalmente distintas entre sí, lo cual sugería que vivían en
dos grandes masas terrestres, «Laurasia» (Norteamérica, Europa y Asia) y
«Gondwana» (Sudamérica, África, Arabia, Madagascar, India, Australia, Nueva
Zelanda y la Antártida), separadas por una barrera geográfica infranqueable:
probablemente un mar que se extendía al este y el oeste (llamado Tethys). Por
ejemplo, tecodontos muy similares del Triásico medio de Brasil y Tanzania
pertenecían a una familia (prestosúquidos) desconocida en el hemisferio
septentrional, mientras que, a la inversa, miembros de otra familia
(estagonolepídidos) se habían hallado con bastante frecuencia en el Triásico
superior de Estados Unidos (sudoeste y este), en Escocia y Alemania, pero no en
el sur del Ecuador. Sin embargo, este estado de cosas no duró. Las pruebas
negativas, la ausencia de prestosúquidos en el hemisferio norte y de
estagonolepídidos en el sur, fueron desautorizadas más tarde por inequívocos
descubrimientos en Suiza y Argentina respectivamente.
Mapa del mundo como era hace 160 millones de años, durante el Jurásico
medio.
Nuevos descubrimientos hicieron cada vez más
evidente que no existe una diferencia esencial entre las faunas del Triásico de
Laurasia y de Gondwana. En consecuencia, podemos suponer que los antepasados de
los dinosaurios en tiempos del Triásico, y en el Triásico superior los mismos
dinosaurios, podían caminar sin obstáculo de un supercontinente al otro. Esto
implica que ambas masas continentales estaban conectadas de algún modo, que ni
el Tethys ni ninguna otra barrera geográfica —como una impenetrable cadena
montañosa— las separaba por completo. (La figura de la pág. anterior es un mapa
del mundo en el Triásico, reconstruido por los paleogeógrafos según las mejores
pruebas disponibles; muestra la conexión entre Laurasia y Gondwana por lo que
ahora es la región del Atlántico norte y central, entre Norteamérica y España a
un lado y Sudamérica y África al otro.) La naturaleza cosmopolita de la fauna
dinosauria muestra también que no hubo barreras climáticas (cinturones de
extremo calor o frío, lluvias o sequías, con la consiguiente falta de alimentos
vegetales apropiados) que igualmente hubieran podido ocasionar la total
separación de los dinosaurios en dos grupos diferentes.
Mapa del mundo como era hace 100 millones de años, durante el Cretácico
medio.
Hasta fecha muy reciente, se aceptaba, en general y
sin ponerlo en tela de juicio, que las faunas dinosaurias del Jurásico y
Cretácico eran, como las del Triásico, más o menos uniformes en todas las
partes del globo. Se habían encontrado restos de dinosaurios en casi todo el
mundo, incluso en lugares como Alaska y Spitzbergen. También se había afirmado
que restos hallados en regiones ahora muy separadas (tales como Colorado y
Tanzania, Argentina y Madagascar, Alberta y Mongolia) pertenecían al mismo género.
Esto implicaba no sólo que todas las principales masas terrestres estaban
interconectadas de algún modo durante todo el Mesozoico, sino también —dado que
casi todo el mundo aceptaba sin duda que los dinosaurios eran de sangre fría—
que el clima era cálido, hasta el final del Cretácico, en todas partes, incluso
en lugares que ahora están dentro del Círculo Polar Ártico. También parecía
probable que hubiera poca diferencia de temperatura entre verano e invierno.
Mapa del mundo como era hace 80 millones de años, durante el Cretácico
superior. Los mares epicontinentales (punteados de blanco) dividían la antigua
Laurasia en Asiamérica y Euramérica.
Por lo que respecta al Jurásico esto puede ser que
fuera cierto. Hay que admitir que un incipiente Atlántico central empezaba
entonces a separar Laurasia de Gondwana y que los dos supercontinentes
empezaban a separarse. Sin embargo, parece que los animales terrestres todavía
podían emigrar entre Norteamérica y África a través de Europa, pues los
dinosaurios del Triásico superior hallados en la Formación Morrison de
Colorado, Dakota del Sur y estados vecinos son notablemente similares a los de
Tendaguru en Tanzania (ambas faunas incluían, según se afirma, a los
gigantescos saurópodos Barosaurus y Brachiosaurus, y
el pequeño ornitópodo Dryosaurus). También parece probable que
existiera una buena ruta terrestre entre Siberia y Alaska.
Pero recientes estudios han mostrado que en el
Cretácico la imagen no es tan sencilla y para concretarla los dinosaurios
contribuyen básicamente a nuestras especulaciones paleogeográficas. Es de poca
utilidad prestar demasiada atención a grupos de dinosaurios que ya estaban
establecidos en todo el mundo en tiempos del Jurásico, los cuales evidentemente
serían capaces de seguir viviendo en todas las partes del mundo durante el
Cretácico, tanto si se mantenían o no las conexiones entre esas partes. Pero, por
otro lado, hay otros grupos de nuevos dinosaurios en el Cretácico que no
aparecen, algunos de ellos, hasta bien entrado ese período; si cualquiera de
éstos apareció primero en masas terrestres que ya habían quedado aisladas,
podría suponerse que no habrían sido capaces de extenderse a otras masas
terrestres. Estas familias son, dentro de los saurisquios, los dromeosáuridos,
ornitomímidos y tiranosáuridos y, dentro de los omitisquios, los hadrosaurios,
psittacosáuridos y paquicefalosáuridos, junto con todas las diversas familias
de dinosaurios cornudos y con armadura. Todas estas familias son bien conocidas
en Laurasia, a menudo gracias a docenas de especímenes bien conservados, pero
los datos de su presencia en Gondwana se basan todos, salvo uno, en fragmentos
insuficientes que no permiten una determinación satisfactoria y que, en
consecuencia, pueden descartarse. La única excepción es el esqueleto de un
dinosaurio primitivo con pico de pato en el Cretácico de Argentina. Semejante
distribución sugiere que ya no había una buena conexión entre los dos
supercontinentes en tiempos del Cretácico, aunque en algún lugar debía haber
existido una ruta migratoria que permitió el paso del dinosaurio con pico de
pato. (Tal vez tuvo que nadar un poco para efectuar esa migración, pues los
hadrosaurios estaban mejor adaptados a una existencia semiacuática que otros
dinosaurios.) Además, la ruta también podría haber estado cerrada mucho antes
del final del Cretácico, pues todavía no hay pruebas de que los hadrosaurios
más avanzados, que evolucionaron más tarde que las formas primitivas,
consiguieran alguna vez llegar a Gondwana.
Un estudio algo más detallado de los dinosaurios de
Laurasia en el Cretácico demuestra el hecho notable de que la fauna de
Norteamérica oriental es como la de Europa, mientras que la fauna de
Norteamérica occidental es más parecida a la de Asia. Esto confirma una
deducción efectuada a partir de otra evidencia, que en tiempos del Cretácico
superior Norteamérica y Eurasia estaban divididas en dos por un somero mar
epicontinental que iba de norte a sur. Estos dos mares, el canal
Medio-Continental y el mar de Turgai respectivamente, crearon dos nuevos
continentes en el hemisferio septentrional, «Asiamérica» (Asia más Norteamérica
occidental) y «Euramérica» (Norteamérica oriental más Europa). Su existencia
concuerda con el hecho de que los datos fiables sobre los dromeosáuridos,
tiranosáuridos, paquicefalosáuridos, protoceratópidos, ceratópidos y
paquirrinosáuridos son sólo de Asiamérica. De las cuatro subfamilias de los
hadrosaurios, sólo la más primitiva, los hadrosáuridos, ha sido hallada en
ambas masas terrestres. Primero apareció en el Cretácico inferior
(presumiblemente antes de que se hubieran formado ambos canales marinos) y así
pudo extenderse por toda Laurasia, pero las otras tres subfamilias
evolucionaron a partir de ella en Asiamérica en el Cretácico superior (es de
suponer que tras la formación de los canales) y así quedaron confinadas a ese
continente. De modo similar, la más primitiva de las dos familias de
anquilosaurios (los nodosáuridos) vivió, como los hadrosáuridos, en Euramérica
y Asiamérica en tiempos del Cretácico inferior; pero la familia más avanzada
(los anquilosáuridos) parece que vivió sólo en el Cretácico superior en
Asiamérica, donde finalmente sustituyó a sus parientes más antiguos. Así, a
fines del Cretácico superior, los anquilosáuridos eran los únicos que
sobrevivían en Asiamérica, y los nodosáuridos quedaron confinados a Euramérica.
Nadie ha explicado todavía el hecho de que los
dinosaurios del Cretácico superior de Asiamérica fuesen tan abundantes y
diversos y que evolucionaran rápidamente para producir una serie de familias
totalmente nuevas, mientras que sus contemporáneos en Euramérica eran tan pocos
y tan conservadores.
Hacia fines del Cretácico superior, los ceratópidos
avanzados como el Triceratops, uno de los últimos dinosaurios,
fueron muy numerosos en Norteamérica occidental. Sin embargo, su ausencia es
completa en Asia, y la sola excepción es un único hueso craneal encontrado en
Mongolia. Esta distribución restringida podría indicar una falta de
exposiciones de yacimientos del Cretácico más superior en Asia, o bien la
presencia de una barrera formada más recientemente entre Siberia y Alaska —tal
vez otro mar epicontinental— que dificultaba la migración hacia el oeste de los
ceratópidos. La distribución de los mamíferos favorece la última explicación.
En cuanto a las faunas dinosaurias del Cretácico
superior de las diversas partes de Gondwana, se ha dicho que son todas muy
similares. No obstante, la mayoría de los dinosaurios comprendidos en ella
pertenecen a grupos que aparecieron por primera vez en el Cretácico inferior o
incluso en el Jurásico y que estaban ya ampliamente distribuidos antes de que
Gondwana se dispersara. Esto significa que las similitudes del Cretácico
superior indican meramente el descenso de un antepasado común y no implican por
fuerza la existencia de conexiones terrestres contemporáneas entre las diversas
partes del supercontinente. En cualquier caso, las similitudes no son tan
grandes como generalmente se cree; también hay diferencias entre las faunas
sudamericana y africana.
A fines del Cretácico, todos los dinosaurios se
extinguieron. El siguiente capítulo, el último del libro, se ocupa del tema
fascinante de su extinción.
Capítulo XIX
La muerte de los dinosaurios
Todo experto en fósiles —especialmente en
dinosaurios— afirmará que hay una pregunta que le formulan con más frecuencia
que cualquier otra: «¿Por qué se extinguieron los dinosaurios?» La extinción de
estos grandes reptiles, hace unos 65 millones de años, parece encerrar más
interés y fascinación que cualquier otro problema del mundo prehistórico. Es
una lástima que pocas personas muestren interés por el origen de
los dinosaurios, cómo evolucionaron y por qué. Estos temas no sólo son más
importantes, sino que, como hemos visto, sobre ellos tenemos pruebas más
evidentes.
Casi todo el mundo divide a los animales y plantas
en dos grupos: vivos y extintos. Suponen que algunos han tenido éxito y ello
les ha permitido sobrevivir hasta el presente, mientras que otros no lo
tuvieron y se extinguieron. Este segundo grupo es el que incluye a los
dinosaurios. Pero ya hemos visto en el capítulo II que todo es cambiante, de
modo que ninguno de los animales y plantas de antaño existe hoy en la misma
forma que tenía en otro tiempo. En ese sentido, todos los
animales y plantas prehistóricos se han extinguido. Sin embargo, no es posible
que ninguno de ellos haya tenido éxito. Los dinosaurios, por ejemplo, son
animales ciertamente extintos, pero eso no quiere decir que fracasaran en la
lucha por su existencia. La descripción que hicimos de ellos en el capítulo I,
tal como se suele imaginar a los dinosaurios —lentos, torpes, estúpidos e
incapaces de encontrar las vastas cantidades de alimentos que necesitaban sus
cuerpos enormes— está muy lejos de la verdad. Y podemos estar seguros de que todos
los animales y plantas que viven en la actualidad se extinguirán a su vez.
Después de todo, si lo miramos desde el futuro, el presente no será más que
otro momento del pasado..., en nada distinto a cualquiera de los demás
momentos.
Reconstrucción de un ammonites dentro de su concha. Sin duda los ammonites
formaron parte importante de la dieta de los grandes reptiles, como los
mosasaurios (se han encontrado conchas con marcas de dientes de estos
reptiles).
Por otro lado, podríamos restringir el uso de la
palabra «extinto» sólo para aquellas especies prehistóricas de animales y
plantas que se extinguieron sin dejar ningún descendiente. En este sentido,
puede argumentarse que los dinosaurios en su conjunto no se
han extinguido, pues, como hemos visto en el capítulo XVII, algunos científicos
creen que los dinosaurios fueron los antepasados de las aves. Sin embargo, de
ser cierto que las aves proceden de los dinosaurios, sería sólo de un grupo
particular de ellos —los celurosaurios— y habrían evolucionado, por cierto, de
unos celurosaurios bastante primitivos. Todos los demás grupos de dinosaurios,
y más tarde también los celurosaurios, se extinguieron rápidamente sin dar
origen a ninguna otra rama evolutiva, de modo que en este caso podemos hablar
de extinción real.
Ya hemos visto que los estratos del Cretácico
superior contienen muchas clases diferentes de dinosaurios, algunos de ellos
—especialmente los que se alimentaban de plantas como los que tenían pico de
pato y los ceratópidos cornudos— en grandes cantidades. Pero si continuamos
ascendiendo en los estratos de las rocas, desaparecen de súbito. No hay un solo
hueso ni el menor rastro de la existencia de los dinosaurios. Lo más notable de
esto es que no fueron sólo los dinosaurios del Cretácico superior los que se
extinguieron a la vez, sino también, al mismo tiempo, muchos otros animales
—entre ellos los pterodáctilos voladores y los grandes reptiles marinos
(ictiosaurios, plesiosaurios y mosasaurios). Los ammonites también
desaparecieron al final del período Cretácico. Éstos constituían un grupo de
animales marinos bastante parecidos a los pulpos y las sepias, pero provistos
de conchas en espiral, a menudo bellamente decoradas, que se encuentran en
grandes cantidades en muchos de los estratos formados en los mares durante la
Era de los Dinosaurios. Ninguno de estos animales dejó ningún descendiente, de
modo que todos están verdaderamente extintos. Naturalmente, diversas especies
de dinosaurios se fueron extinguiendo durante el tiempo en que este grupo
dominó la tierra. Incluso familias enteras se extinguieron mucho antes de que
terminara la historia de los dinosaurios (como los prosaurópodos, en un tiempo
muy abundantes, que desaparecieron misteriosamente al principio del Jurásico).
Y hasta el último momento fueron evolucionando nuevos dinosaurios para
sustituir a las formas primitivas. De hecho, hubo una verdadera explosión de
dinosaurios totalmente nuevos en la segunda mitad del período Cretácico. Pero
incluso si las extinciones al final de aquel período no fueron tan inmediatas y
repentinas como les gusta creer a algunas personas, sí fueron completas. Los
únicos reptiles que sobrevivieron al final del Cretácico fueron los pocos
grupos que todavía viven hoy, las tortugas marinas y terrestre, los lagartos y
serpientes, los cocodrilos y el tuatara (véanse pp. 42-43).
Ahora llega la pregunta importante. ¿Qué causó
todas estas extinciones en un momento particular, aproximadamente hace 65
millones de años? Se han sugerido docenas de razones, algunas serias y
juiciosas, otras del todo disparatadas, y algunas más que no pasan de ser
chistosas. Cada día surgen nuevas teorías sobre este complejo problema. Lo malo
es que si hubiéramos de encontrar una sola razón que sirva
para todos los casos, tendríamos que explicar las muertes, al mismo tiempo, de
animales tanto terrestres como marinos. Pero lo cierto es que no es así, ya que
sólo se extinguieron algunos de estos animales, y muchos de los que vivían en
la tierra o en el mar siguieron viviendo normalmente en el siguiente período.
La verdad es que no existe esa única explicación.
Echemos, sin embargo, un vistazo a algunas de estas
teorías. En 1963, un profesor norteamericano (Glenn Jepsen, de la Universidad
de Princeton) relacionó unas cuarenta y seis teorías, y ha habido muchas más
desde entonces. Tal vez se produjeron cambios importantes en el medio ambiente.
¿Qué ocurría en la geografía mundial a fines del Cretácico debido a la deriva
de los continentes? ¿Fue una época de alzamiento de montañas y la corteza
terrestre sufrió cambios violentos? ¿Qué les sucedía al clima y las estaciones,
a la vegetación y a los animales invertebrados? Es posible que intervinieran
todos estos factores... ¡o ninguno de ellos!
Como hemos visto, el final del Cretácico fue una
época en la que las dos grandes masas terrestres de Laurasia y Gondwana casi
habían terminado de dividirse en los pequeños continentes que conocemos hoy.
Laurasia se estaba fragmentando en Norteamérica, Groenlandia y Europa más la
mayor parte de Asia. Gondwana se dividía en Sudamérica, África más Oriente
Medio, Madagascar, India, Australia y la Antártida. En general, se supone que
durante la Era de los Dinosaurios el clima era bastante cálido, con una diferencia
mucho menor de la que hay ahora entre las temperaturas de los Polos y el
Ecuador y entre las temperaturas de invierno y de verano. Los cambios
geográficos podían haber afectado ciertamente tanto a las temperaturas como a
las lluvias. Ha habido diversas teorías en el sentido de que, a fines del
Cretácico, el mundo se hizo más cálido o más frío, más húmedo o más seco, con
distintas combinaciones entre estas circunstancias, y probablemente es cierto
que hubo un notable aumento de las diferencias latitudinales de temperatura (es
decir, según la distancia del Ecuador) y de temperatura estacional (según el
período del año).
Las razones más juiciosas sugeridas para la
extinción de los dinosaurios incluyen estos cambios de temperatura (el tiempo
se hizo demasiado cálido o demasiado frío, al menos durante parte del año) y de
régimen de lluvias (se hizo demasiado seco, causando la desaparición de los
pantanos y lagos en los que se supone que habían vivido muchos de los
dinosaurios, o demasiado húmedo, ocasionando inundaciones). Los movimientos de
la corteza terrestre podrían haber producido los mismos efectos. La película de
Walt Disney, Fantasía, mostraba a los dinosaurios del Cretácico
(¡incluyendo un Stegosaurus del Jurásico!) arrastrándose hacia
su muerte irremediable por un cálido desierto sin agua.
Es posible también que, hacia fines del Cretácico,
los inviernos se hicieran tan fríos que los dinosaurios —si eran de sangre
caliente— ya no pudieran soportarlo, pues carecían de pelaje o de plumas. Pero,
por otro lado, si hubieran sido de sangre fría habrían tenido que permanecer
quietos o inactivos durante los largos y fríos inviernos. En cualquier caso,
¡eran demasiado grandes para hibernar! Pero una vez más nos encontramos con el
mismo problema: si los fríos inviernos ocasionaron la extinción de los dinosaurios,
¿por qué no resultaron afectados sus parientes los crocodilios? ¿Quizá se debió
su supervivencia al entorno acuático, ya que la temperatura del agua permanecía
relativamente estable?
Otros cambios en el entorno que han sido sugeridos
en distintas épocas como posibles causas de la extinción de los dinosaurios son
los cambios en la posición del eje de rotación de la tierra, la inversión del
cambio magnético terrestre (esto, desde luego, ocurre con frecuencia, el Polo
Norte magnético se convierte en el Polo Sur magnético y viceversa), cambios en
la gravedad, en la presión o composición del aire (especialmente demasiado
oxígeno producido por las plantas) y radiación cósmica.
Quizá los dinosaurios se murieron de hambre. Es
posible que hubiera cambios en la vegetación de la que se alimentaban (aunque,
de hecho, el gran cambio —la proliferación de gran cantidad de plantas con
flores— se produjo a mediados del Cretácico). Una interesante idea formulada en
1962 supone que la aparición de las plantas con flores trajo consigo la
aparición de las mariposas (aunque no se conocen fósiles de las mismas hasta
mucho después). Las orugas de estos insectos se alimentaban casi exclusivamente
de plantas; hoy su número se mantiene reducido gracias a sus principales
enemigos naturales, los pájaros, pero cuando las mariposas aparecieron por
primera vez en el escenario de la vida, los pájaros todavía no estaban allí. En
consecuencia, durante algún tiempo la población de orugas aumentaría sin freno
alguno, comiendo tanto alimento vegetal que no quedó nada para los dinosaurios
herbívoros, de modo que éstos morirían de hambre y, tras ellos, los dinosaurios
carnívoros.
También podría ser que los dinosaurios se quedasen
sin una clase concreta de alimento que les era imprescindible, o de un elemento
como el calcio. Otra posibilidad es que hubiera demasiados dinosaurios
carnívoros, que se comieron a todos los herbívoros y luego ellos mismos
murieron de hambre. Una idea popular es que los pequeños mamíferos del
Cretácico eran muy aficionados a los huevos de dinosaurio y comieron tantos de
ellos que dichos animales se extinguieron.
A veces se ha sugerido un envenenamiento de los
dinosaurios, por medio de venenos en el agua que bebían o las plantas que
comían. Últimamente un científico ha mostrado (mediante experimentos con
tortugas) que los reptiles modernos tienen un sentido del gusto muy deficiente.
Si esto fuese cierto también con respecto a los dinosaurios, es posible que no
hubieran podido percibir los alcaloides amargos y venenosos contenidos en
algunas de las plantas con flores que evolucionaron en tiempos del Cretácico
superior, y que hubieran perecido así.
Ni que decir tiene que hay argumentos en pro y en
contra de estas innumerables teorías. Otras causas podrían ser la existencia de
parásitos, enfermedades, luxaciones de los discos intervertebrales, cerebro
reducido y mayor estupidez, excesiva especialización e incapacidad de cambio,
crecimiento desmesurado o «vejez racial» (sea eso lo que fuere). Pero, por una
razón u otra, es posible objetar a todas estas explicaciones. La idea más
reciente, de 1982, es que el calentamiento gradual de la tierra provocó cataratas
prematuras en los ojos de los dinosaurios; éstos se quedaron ciegos y murieron
antes de llegar a la edad de la reproducción.
Entre las causas aún menos probables para explicar
la muerte de los dinosaurios, figuran gases venenosos, polvo volcánico,
meteoritos, cometas, manchas solares, la voluntad de Dios, suicidio en masa
(¡como los ratones de Noruega o lemmings! [ejemplos cuya veracidad
fue desmentida por recientes estudios]) y guerras.
Una nueva y respetable variante en el tema de los
meteoritos es que un gran asteroide, de entre 6 y 15 km. de diámetro, colisionó
contra la tierra; la enorme nube de polvo eclipsó la luz solar durante años,
destruyendo la mayor parte de la vida vegetal y causando la completa extinción
de los dinosaurios. Totalmente ridícula es la idea de que los dinosaurios
fueron muertos por hombres de las cavernas, pues sabemos que los últimos
dinosaurios murieron más de 60 millones de años antes de que apareciera cualquier
clase de hombre. Las tres últimas causas que mencionaremos son los ataques por
pequeños cazadores verdes que volaban en platillos, la falta de espacio para
los dinosaurios, incluso de pie, en el Arca de Noé y el puro aburrimiento de su
mundo prehistórico. Estas sugerencias nos parecen chistosas, pero quizá quienes
las formularon primero se las tomaban muy en serio.
Un reflexivo ensayo sobre el tema de la extinción
de los dinosaurios, publicado recientemente, sostiene la poco ortodoxa creencia
de que su extinción nada tiene de extraordinario. Según este punto de vista, el
número de especies fue disminuyendo de un modo relativamente lento en los
últimos millones de años del Cretácico, de tal suerte que la desaparición
definitiva de los dinosaurios no difirió, en lo esencial, de la de otros grupos
importantes ahora extinguidos. (Sólo sus a menudo enormes dimensiones, su aspecto
a veces extraño y la irreal imagen que nos hacemos de ellos nos han hecho
pensar en su desaparición como algo muy especial.) Por consiguiente, no es
necesario invocar un acontecimiento desusado para explicar su muerte y, desde
luego, no un acontecimiento extraterrestre.
En conclusión, sólo podemos confesar nuestra
ignorancia completa de las causas verdaderas de la extinción de los dinosaurios
y limitarnos a decir que las desconocemos. Cualquier otra cosa que hiciéramos
al respecto sería poco científica. Tal vez la verdadera respuesta radique en
una combinación de las varias ideas que acabamos de mencionar. Por otro lado,
podría tratarse de algo por completo diferente. En cualquier caso, es posible
que jamás conozcamos la respuesta y que, por muchos más datos que descubramos
sobre los dinosaurios, el problema de su extinción siga siendo para siempre uno
de los grandes misterios sin resolver de la ciencia.
Clasificación general de los dinosaurios (y otros
arcosaurios)
Esta clasificación incluye todos los géneros de
arcosaurios mencionados en el texto y en los pies de las ilustraciones, y
ninguno más. Se agrupan en órdenes, subórdenes e infraórdenes. Sin embargo, en
aras de la simplicidad, generalmente hemos omitido en este libro las
referencias a los grupos más pequeños; sólo algunas familias y una subfamilia
se han mencionado en el texto (sobre todo al comentar la distribución
geográfica). En consecuencia, en esta clasificación sólo relacionamos los
nombres de familia cuya terminación es «idos».
Clase REPTILES
|
Subclase ARCOSAURIOS |
|
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|
Orden TECODONTOS |
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|
Suborden PROTEROSUQUIOS |
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|
Chasmatosaurus |
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Erythrosuchus |
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|
Suborden PSEUDOSUQUIOS |
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|
Euparkeria |
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||||||||||
|
Mandasuchus |
} (Prestosuquidos) |
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|
Ticinosuchus |
|
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|
Scleromochlus |
|
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|
Suborden AETOSAURIOS |
|
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|
Desmatosuchus (Estagonolepídidos) |
|
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|
Suborden FITOSAURIOS |
|
||||||||||
|
Rutiodon |
|
||||||||||
|
Orden CROCODILIOS |
|
||||||||||
|
Metriorhynchus |
|
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|
Orden PTEROSAURIOS |
|
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|
Dimorphodon |
|
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|
Rhamphorhynchus |
|
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|
Pterodactylus |
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|
Pteranodon |
|
||||||||||
|
[A partir de aquí comienzan los
«Dinosaurios»] |
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|
Orden SAURISQUIOS |
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|
Suborden TERÓPODOS |
|
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|
Infraorden CELUROSAURIOS |
|
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|
Procompsognathus |
|
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|
Compsognathus |
|
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|
Coelophysis |
|
||||||||||
|
Coelurus |
|
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|
Ornithomimus (Ornitomímidos) |
|
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|
Infraorden DEINONICOSAURIOS |
|
||||||||||
|
Deinonychus (Dromeosáuridos) |
|
||||||||||
|
Infraorden incierto |
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||||||||||
|
Deinocheirus |
|
||||||||||
|
Infraorden CARNOSAURIOS |
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||||||||||
|
Megalosaurus |
|
||||||||||
|
Allosaurus |
|
||||||||||
|
Dilophosaurus |
|
||||||||||
|
Ceratosaurus |
|
||||||||||
|
Altispinax |
|
||||||||||
|
Spinosaurus |
|
||||||||||
|
Tyrannosaurus |
} (Tiranosáundos) |
|
|||||||||
|
Tarbosaurus |
|
||||||||||
|
Suborden SAUROPODOMORFOS |
|
||||||||||
|
Infraorden PROSAURÓPODOS |
|
||||||||||
|
Anchisaurus |
|
||||||||||
|
Massospondylus |
|
||||||||||
|
Riojasaurus |
|
||||||||||
|
Plateosaurus |
|
||||||||||
|
Infraorden incierto |
|
||||||||||
|
Mussaurus |
|
||||||||||
|
Infraorden SAURÓPODOS |
|
||||||||||
|
Cetiosauriscus |
|
||||||||||
|
Diplodocus |
|
||||||||||
|
Apatosaurus (= Brontosaurus) |
|
||||||||||
|
Hypselosaurus |
|
||||||||||
|
Barosaurus |
|
||||||||||
|
Brachiosaurus |
|
||||||||||
|
Supersaurus |
|
||||||||||
|
Orden ORNITISQUIOS |
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|
Suborden ORNITÓPODOS |
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|
Lesothosaurus |
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|
Heterodontosaurus |
|
||||||||||
|
Dryosaurus |
|
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|
Hypsilophodon |
|
||||||||||
|
Thescelosaurus |
|
||||||||||
|
Troodon |
|
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|
Camptosaurus |
|
||||||||||
|
Iguanodon |
|
||||||||||
|
Ouranosaurus |
|
||||||||||
|
Trachodon |
╗ |
(Hadrosáuridos) |
|
||||||||
|
Anatosaurus |
║ |
|
|||||||||
|
Edmontosaurus |
║ |
|
|||||||||
|
Orthomerus |
║ |
|
|||||||||
|
Corythosaurus |
╟ |
|
|||||||||
|
Kritosaurus |
║ |
|
|||||||||
|
Lambeosaurus |
║ |
|
|||||||||
|
Procheneosaurus |
║ |
|
|||||||||
|
Saurolophus |
║ |
|
|||||||||
|
Parasaurolophus |
╝ |
|
|||||||||
|
Psittacosaurus (Psittacosáuridos) |
|
||||||||||
|
Pachycephalosaurus |
}(Paquicefalosáuridos) |
|
|||||||||
|
Stegoceras |
|
||||||||||
|
Suborden CERATOPIOS |
|
||||||||||
|
Protoceratops (Protoceratópidos) |
|
||||||||||
|
Monoclonius |
╗ |
(Ceratópidos) |
|
||||||||
|
Chasmosaurus |
║ |
|
|||||||||
|
Styracosaurus |
╟ |
|
|||||||||
|
Triceratops |
║ |
|
|||||||||
|
Pentaceratops |
╝ |
|
|||||||||
|
Pachyrhinosaurus (Paquirrinosáuridos) |
|
||||||||||
|
Suborden ESTEGOSAURIOS |
|
||||||||||
|
Stegosaurus |
|
||||||||||
|
Kentrosaurus |
|
||||||||||
|
Suborden ANQUILOSAURIOS |
|
||||||||||
|
Hylacosaurus |
╗ |
(Nodosáuridos) |
|
||||||||
|
(= ¿Polacanthus?) |
╟ |
|
|||||||||
|
Panoplosaurus |
╝ |
|
|||||||||
|
Ankylosaurus |
}(Anquilosáuridos) |
|
|||||||||
|
Euoplocephalus |
|
||||||||||
|
Scolosaurus |
|||||||||||
|
Suborden incierto |
|
||||||||||
|
Scelidosaurus |
|
||||||||||
Agradecimientos por las ilustraciones
Expresamos nuestro sincero agradecimiento a las
siguientes personas e instituciones, por concedernos su autorización para
reproducir las ilustraciones que a continuación exponemos:
·
Fotografía de la pág. 133: Departamento de Paleobiología, Academia
Polaca de la Ciencia, Varsovia.
·
Fotografía de la pág. 22: A. A. Allen.
·
Fotografía de la pág. 35: C. P. Nuttall.
·
Dibujo de la pág. 45: «Express News and Feature Services», Londres.
·
Fotografía de la pág. 59: Monumento Nacional al Dinosaurio, Utah.
·
Fotografía de la pág. 60: Instituto de Paleontología, París.
·
Fotografía de la pág. 66: H. W. Ball.
·
Fotografía superior de la pág. 67: A. J. Charig.
·
Fotografías de las págs. 142 y 176: Museo de la Naturaleza, Berlín.
·
Fotografía de la pág. 143: J. F. Bonaparte.
·
Fotografía de la pág. 144: J. A. Jensen.
·
Fotografía de la pág. 163: Museo Americano de Historia Natural, Nueva
York.
·
Todas las demás fotografías pertenecen al Museo Británico (Historia
Natural).
·
F I N


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