© Libro N° 8878. “La Crisis Del Trabajo Abstracto”. Trenkle, Norbert. Emancipación. Julio 31 de 2021.
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“La Crisis Del Trabajo Abstracto”. Norbert
Trenkle
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“LA CRISIS DEL TRABAJO ABSTRACTO”
Norbert
Trenkle
“La Crisis Del Trabajo Abstracto”
Norbert Trenkle
Ponencia para el coloquio “La crisis del trabajo abstracto”, Buenos
Aires, del 5 al 7 de noviembre 2007
Norbert Trenkle (Grupo krisis)
1. El trabajo abstracto es el principio central de organización y
dominación de la sociedad capitalista. Lo afirmamos no sólo por el hecho de que
la realización del capital depende de la aplicación de la fuerza de trabajo
vivo en el proceso de producción, sino por una razón más fundamental: el
trabajo abstracto constituye y confiere la síntesis de la sociedad capitalista.
Puesto que ésta, en esencia, es una sociedad productora de mercancías y, por lo
tanto, una sociedad en la cual los seres humanos establecen sus relaciones
sociales a través de la forma de mercancías y dinero. Pero dado que una
mercancía, considerada desde su aspecto de valor de cambio, no es otra cosa que
portadora de valor – o sea de “trabajo muerto“- la mediación o transmisión
social conferida a través de mercancías es idéntica a la mediación o
transmisión a través del trabajo abstracto. La expresión más directa y evidente
de esto es la obligatoriedad generalizada de tener que vender la propia fuerza
de trabajo para poder sobrevivir. Por lo tanto uno mismo debe convertirse en
mercancía para, a través de la compra de los bienes de consumo, tener acceso a
la riqueza de la sociedad .
La síntesis o mediación social a través de mercancías y trabajo es, en
esencia, mediación cosificada. Es decir: las relaciones sociales (relaciones
entre seres humanos) se establecen por medio de las cosas (mercancías) y asumen
de esta manera una forma totalmente demencial: En cierta forma, las cosas
comunican sobre cómo deben vivir los seres humanos. O dicho de otro modo: en la
sociedad capitalista, los productos del trabajo humano adquieren vida propia y
se presentan ante las personas como configuración de coacciones aparentemente
ajenas. Para este estado de cosas, Marx acuñó la famosa expresión de fetichismo de
la mercancía. Optó por esta expresión concientemente para remitir, por
analogía, a las sociedades animistas. En estas sociedades, las personas son
dominadas por sus concepciones mágicas, producto de sus propios cerebros. Algo
muy similar ocurre en la sociedad capitalista, aunque sostenga sobre sí misma
haber superado el pensamiento mágico. En ella son los productos materiales los
que se han independizado de las personas, dominándolas como un fetiche en forma
de trabajo y mercancía.
2. La síntesis social a través del trabajo abstracto conforma, en el
capitalismo, el marco referencial general de todas las relaciones sociales y,
determina en el plano de su dinámica básica, su trayectoria histórica. Lo cual
no significa que todo esté determinado por la lógica del trabajo y de las
mercancías en sentido estricto. Pero esa mediación cosificada constituye
básicamente la forma de las relaciones sociales, acuñando las jerarquías y
relaciones de dominación social y definiendo también las demarcaciones del
universo capitalista, o sea aportando los criterios de inclusión y exclusión.
Por esa razón, la actual crisis del trabajo abstracto sacude a toda la
sociedad capitalista hasta sus cimientos mismos. En esencia, esta crisis es el
resultado de una contradicción fundamental, una contradicción que por cierto se
puede interpretar como una entre el trabajo abstracto y el trabajo concreto –
aunque en un sentido muy diferente a lo que plantea John Holloway. La categoría
del trabajo concreto, según mi análisis, no es actividad vital o productiva en
un sentido transhistórico, sino el otro lado del trabajo abstracto, o sea la
forma específica de la actividad productiva bajo el régimen de la producción
capitalista. Esto significa por un lado, que el trabajo concreto refleja en
todos sus rasgos la producción de valor, tanto en su ritmo y sus procesos
organizativos (regidos por el criterio de la “eficiencia empresarial”) como en
sus contenidos (tomemos el ejemplo del trabajo concreto en una fábrica
automotriz). Por el otro lado esto implica, que una gran cantidad de
actividades productivas, vitales y sociales queden excluidas del universo del
trabajo en el capitalismo y marcadas de “inferiores”, como especialmente las
actividades “reproductivas”, hogareñas y las de carácter afectuoso, que dentro
de la sociedad capitalista han sido adjudicadas ” y delegadas principalmente a
las mujeres y calificadas como “femeninas”.
Sin embargo analizar el trabajo concreto de este modo, no significa
negar una contradicción entre trabajp concreto y el trabajo abstracto. Pero
señalamos que esta contradicción es de carácter immanente al
capitalismo – y justamente como tal provoca la crisis del trabajo abstracto.
¿Por qué?. Porque mientras que la terrible dinámica capitalista ha sometido a
todo el mundo al dictado de la producción de mercancías y la valorización de
capital, ocurre simultáneamente que el enorme impulso de productividad basado
en la microelectrónica ha conducido también a que haya una demanda decreciente
de la fuerza de trabajo , para la realización del capital en los sectores
claves altamente tecnificados. En las décadas de los 70 y 80, este desarrollo
indujo a muchos sociólogos de las metrópolis capitalistas a un optimismo tal,
que los llevó a predecir una reducción generalizada del tiempo de trabajo y una
pérdida de su rol como principio organizativo central de la sociedad. En este
sentido en todas partes se hablaba del “fin de la sociedad del trabajo“.
Sin embargo estos pronósticos no han hecho más que ridiculizar a sus
autores. El tiempo de trabajo efectivamente se redujo en las metrópolis hasta
entrados los años 80, pero, desde entonces se ha estado extendiendo de manera
constante y persistente al mismo tiempo que la sociedad se aferraba, en lo
político e ideológico, cada vez más al trabajo. Este desarrollo no desmiente
sin embargo el diagnóstico de la crisis del trabajo abstracto, sino al
contrario: es una de sus consecuencias principales. Mientras que a nivel del
trabajo concreto, el incremento de la productividad significa que en una misma
medida de tiempo se pueden producir más productos, visto desde el aspecto del
trabajo abstracto, esto se traduce en una disminución del valor de cada
mercancía debido al menor tiempo de trabajo abstracto gastado en ella. Y esto,
en la lógica de la producción capitalista, implica “un problema“, puesto que su
objetivo no es la producción de cosas útiles para cubrir las necesidades de la
sociedad, sino la “producción“ de valor o, dicho de otro modo, la producción de
plusvalor para la realización del capital. Por esa razón los incrementos de
productividad no
conducen precisamente a una mejora generalizada de las condiciones de
vida ni a una ampliación del tiempo libre disponible, sino a despidos masivos
de la fuerza de trabajo, a una intensificación de los ritmos de trabajo y a un
incremento de los índices de explotación, para garantizar así una valorización
lucrativa del capital pese a la disminución de de valor por mercancía y al
aumento del capital fijo (maquinaria, equipos técnicos etc.).
Si en el período de auge del capitalismo y, en particular en el período
denominado fordismo, los asalariados en las metrópolis obtenían un provecho
parcial del crecimiento de la productividad (en forma de aumentos salariales,
prestaciones sociales y reducción de la jornada laboral), esto se debía
principalmente a un constante crecimiento en la demanda de fuerza de trabajo de
los principales sectores industriales; lo cual abrió márgenes de maniobra tanto
para las luchas del movimiento obrero organizado como para las de otros
movimientos sociales, que lograron obtener una relativa mejora en las
condiciones de vida e imponer una cierta regulación política en la dinámica
desenfrenada del capitalismo aunque sin poder desactivar sus imperativos
estructurales, por cierto .
3. La revolución en las fuerzas productivas que la microelectrónica
trajo consigo y su consiguiente aporte a la globalización han destruido esos
márgenes casi por completo. El alto nivel del equipamiento
tecnológico-organizativo, en los sectores claves de la producción para el
mercado mundial, ha conducido a que una gran parte de la humanidad sea
“superflua“ o excedente para la valorización capitalista, porque ya no se la
necesita como fuerza de trabajo. Una expresión directa de este desarrollo es la
enorme expansión del sector de trabajo precarizado. Puesto que bajo las
condiciones de producción universalizada de mercancías, la gran mayoría de los
seres humanos no tiene otra opción que venderse de alguna manera y se ven
obligados a hacerlo en condiciones cada vez peores.
En tanto los precarizados y marginalizados sigan estando ligados al
circuito globalizado de la valorización, entran en directa competencia con los
sectores de la tecnología de punta del mercado mundial. Los innumerables
cartoneros de Buenos Aires, por ejemplo, deben competir con los trabajadores de
la industria maderera altamente tecnificada y racionalizada de Suecia y Canadá,
países donde esa industria ha logrado reducir a un mínimo la fuerza de trabajo
y proveer mejor materia prima para la producción de papel. La inmensa brecha de
productividad que existe entre estos sectores, es lo que presiona los ingresos
en el sector precarizado y lleva a una sobreexplotación extrema, en condiciones
de trabajo incluso esclavo. Cabe señalar que esa brecha en la productividad, ya
no se estrecha como en los períodos de ascenso del capitalismo cuando en las
metrópolis, los sectores no capitalistas de la economía (en particular la
agricultura y el artesanado) fueron transformándose en segmentos de producción
fordista. La brecha que actualmente existe entre sectores marginalizados y los
concentrados de la economía mundial ya es en sí un producto de la
generalización de la lógica capitalista que produce estructuralmente exclusión
y marginalización. Por eso continúa ensanchándose.
Este fenómeno ya fue analizado en los años sesenta y setenta en el
contexto de la teoría de la dependencia, tomando como eje los países de la
periferia capitalista (el “desarrollo del subdesarrollo“). No obstante, este
fenómeno ha asumido dimensiones planetarias en las condiciones actuales de
globalización y de la revolución de las fuerzas productivas generada por la
microelectrónica . Y esto implica que: hoy dia todo avance de la productividad
no aumenta los márgenes de acción para un incremento general del nivel de vida
material en el capitalismo, sino que conduce a que cada vez más personas sean
empujadas hacia el sector precarizado y marginalizado. Mientras tanto, sigue
creciendo la diferencia entre las condiciones de producción y trabajo aquí y
los sectores incluídos en las tecnologías de punta. De esta manera se arriba a
una progresiva devaluación de la fuerza de trabajo en el sector precarizado, un
proceso que se potencia aún más por la creciente “sobre oferta” de la misma a
nivel global y la competencia que ésta desencadena. Bajo estas condiciones, el
capitalismo ya sólo funciona como una gigantesca máquina de exclusión y
marginación dejando a la gran mayoría de la población mundial como única
perspectiva, la lucha descarnada por la sobrevivencia en condiciones cada vez
más duras.
Por lo tanto la centralidad del trabajo en la sociedad capitalista de
ninguna manera retrocede por la crisis del trabajo abstracto. Al contrario: a
medida que el proceso avanza, se intensifican las presiones y coacciones que
ejerce . Lo que se modifica es el modo de acción: si en la fase de ascenso del
capitalismo prevalecía la tendencia a la inclusión, ahora el trabajo abstracto
se ha convertido en el momento clave de la dinámica de exclusión masiva
4. Pero, de ningún modo es éste el único efecto de la crisis del trabajo
abstracto. La depreciación generalizada de la fuerza de trabajo, generada por
el impulso de productividad de la microelectrónica, socava al mismo tiempo las
bases de la valorización del capital . Puesto que, si en los sectores centrales
de la producción de mercancías cada vez se hace más superfluo el trabajo
abstracto, esto redunda en una reducción de la masa de valor que allí se
produce.
El desarrollo en el avance de las fuerzas productivas provoca, por lo
tanto, una situación de sobreacumulación estructural, en la cual, grandes
volúmenes de capital no encuentran posibilidades de realización en la esfera
del capital productivo y por eso están tendencialmente amenazados por la
desvalorización.
Esta sobreacumulación no puede solucionarse mediante el inmenso
incremento del trabajo precarizado, tampoco por la explotación extensiva que se
hace de él en países como China. Aunque grandes masas humanas deban sacrificar
todo el tiempo de su vida y su salud, el valor que se les extrae representa
sólo una cantidad muy pequeña del volumen global de valor extraído debido a que
allí la fuerza de trabajo se explota a un nivel de productividad extremadamente
bajo. Es decir: una hora de trabajo en ese nivel representa solamente un
fracción minima del valor de una hora de trabajo en los sectores de tecnología
de punta. Tampoco conquistando nuevos sectores de producción para la
realización del capital, hay una salida de la trampa de sobreacumulación; ya
que las fuerzas productivas postfordistas son fuerzas productivas universales
sustentadas en el acervo del conocimiento de la sociedad en general (el famoso
”general intellect”) . Por eso, todo nuevo ámbito de producción está siendo
organizado y estructurado de antemano según las pautas de una racionalización
global de los procesos de trabajo. Un ejemplo de esto son los nuevos complejos
biotecnológicos. Pero, la tercera revolución industrial ha transformado también
radicalmente los sectores de administración, distribución, transporte y todos
los demás que integran el circuito económico (cabe señalar aquí la
concomitancia de esto con una racionalización del pensamiento, sentimientos e
interrelaciones humanas). En este sentido la actual crisis del trabajo
abstracto reviste una nueva calidad: socava definitivamente la sustancia del
valor – por lo tanto también los fundamentos de la valorización – y, en
consecuencia, a la sociedad que sustenta.
Es decir, no estamos simplemente frente a una de las crisis cíclicas del
capitalismo, sino ante una crisis fundamental que lleva a la sociedad
capitalista indefectiblemente a su límite histórico absoluto y que – como es
sabido – conlleva la destrucción de las bases naturales de la existencia,
víctima del insaciable apetito de valorización del capital, lo cual no
significa que el capitalismo se “derrumbe“ de un día para el otro. Más bien se
trata de un largo proceso que puede prolongarse por varías décadas, con
consecuencias catastróficas para la gran mayoría de la población mundial, a
menos que se logre romper con la lógica de valorización y su dinámica
destructiva .
5. Un indicio evidente de la sobreacumulación estructural que se está
dando desde hace más de dos décadas es el colosal crecimiento del sector
financiero. Si bien el capital allí invertido (un volumen que como es sabido
supera en mucho el del capital invertido en la economía real) arroja inmensa
rentabilidad, sin embargo ésta no es el resultado del plusvalor obtenido en la
producción de mercancías, sino el de la especulación y los créditos que, en
gran parte, no se asientan en la economía real. Se trata de lo que Marx llamó
“capital ficticio” o sea, un capital que se multiplica sólo formalmente sin que
se haya explotado fuerza de trabajo como es el caso en la producción de
mercancías o servicios.
Sin embargo, este capital ficticio que se forma constantemente en
períodos de sobreacumulación, no es únicamente el efecto pasivo de
la crisis del trabajo abstracto, sino que constituye en sí mismo un
momento activo del proceso de esta crisis y determina de
manera fundamental su desarrollo y su dinámica. Por una parte tiene la función
de postergar los efectos de la crisis, porque al capital excedente – ése que no
puede ser invertido en la economía real – le ofrece posibilidades de inversión
en el sector financiero, evitándole una depreciación inmediata. Además, una
parte del dinero de la superestructura financiera retorna a la economía real y
allí estimula la demanda de mercancías y servicios. Así, en todo el mundo, para
una gran parte de los gastos de consumo privados y públicos se toman hoy en día
créditos y, muchas inversiones, en particular las del sector inmobiliario, son
financiadas con los beneficios del mercado financiero, inversiones que a su vez
a menudo son de carácter especulativo puro (un ejemplo actual es la crisis en
el mercado inmobiliario de los Estados Unidos).
Por otra parte, la esfera del capital ficticio actúa sobre la economía
real agudizando la crisis. La alta rentabilidad en el sector financiero se
convierte en la medida de las expectativas para las inversiones reales,
incrementando así la presión de racionalizar aún más la producción. El efecto
de esto es una reducción aún mayor de la demanda de fuerza de trabajo, una
mayor compresión del tiempo de trabajo y una reducción adicional de los
salarios, con lo cual simultáneamente se acelera la crisis de sobreacumulación.
Por lo demás, la enorme flexibilidad y movilidad del capital ficticio potencia
el proceso de la globalización. Y finalmente, devaluaciones periódicas
parciales sumergen a muchos estados en crisis profundas, cuyos resultados son
una acelerada destrucción de las estructuras económicas y sociales con la
consiguiente la marginación social. Aquí, en Argentina huelga extenderme sobre
lo que esto significa en concreto para las condiciones de vida.
Sin embargo, estas crisis periódicas, aún considerando en cada caso la
gravedad de sus efectos, no son más que “muestras“ de la catástrofe que se
avecina cuando el alud del mercado financiero se desprenda a nivel global.
Que esto suceda, es en
último término inevitable, puesto que la burbuja del capital ficticio no puede
inflarse indefinidamente.
Cuándo sucederá,
es incierto, ya que la flexibilización de los mecanismos del mercado financiero
ha generado grandes márgenes de acción para compensar provisoriamente los
desequilibrios y postergar las grandes arremetidas devaluatorias.
Sin embargo, cada postergación incrementa simultáneamente el potencial
de crisis acumulado; así por ejemplo la crisis de la “New Economy“ fue
“resuelta” mediante fuertes bajas de intereses, lo que entre otros efectos
condujo a la especulación en el mercado inmobiliario en Estados Unidos, cuya
crisis a su vez hoy amenaza la economía mundial. Queda abierto el interrogante,
si esta crisis también podrá ser diferida. Lo cierto es que: una devaluación
del capital ficticio a nivel global tendrá consecuencias devastadoras en todo
el mundo, puesto que necesariamente afectará tanto a la economía real como
también a los sistemas sociales y las finanzas estatales – y no sólo en las
regiones de la periferia del mercado mundial sino también en las metrópolis.
Pero no debe cometerse el error de buscar las causas de este impulso de la
crisis en el desenfreno del sector financiero, como lo hacen muchos críticos de
la globalización. Éste es más bien él mismo una consecuencia de la crisis del
trabajo abstracto que no puede ser solucionada mediante controles de los
mercados financieros u otras medidas políticas, porque es la resultante de una
contradicción fundamental de la lógica capitalista misma.
6. Sin embargo, decir que la centralidad del trabajo como principio
organizativo del capitalismo se mantiene a pesar de la crisis, no es del todo
correcto. Hay que precisar un poco más: A medida que el trabajo abstracto se
convierte en un principio de exclusión social, va perdiendo su capacidad de
mediación y síntesis societal. Porque, aunque los sectores marginalizados y
excluidos sigan sometidos a la dominación del trabajo abstracto y de la
producción de mercancías, ésta tiene otro carácter que la de la era fordista,
donde la explotación del trabajo en los sectores industriales formaba el centro
de gravitación. En cierto modo la subsunción a la lógica mercantil hoy día es
incluso más intensa que veinte o treinta años atrás. Esto es muy evidente en
las orientaciones consumistas y las prácticas culturales impregnadas por una
industria cultural globalizada. Pero también en la lucha cotidiana por la
sobrevivencia: la presión de ganar dinero se ha ido acentuado gravemente,
mientras incluso se incrementa cada vez más la monetarización de muchas
prácticas de autoayuda y autoorganización (por ejemplo por subsidios estatales
o por influencia de las ONG). En este sentido la lógica mercantil y del trabajo
abstracto se expande continuamente, pero a la vez comienzan a disolverse los
límites claros entre el universo constituido por ésta lógica y las actividades
anteriormente definidas como “no-trabajo”.
Sin embargo, esta disolución de límites no significa una superación
emancipativa del trabajo abstracto, sino al contrario, la difusión total del
trabajo abstracto en la vida, configurándose así una mezcla caótica de sus
efectos de dominación y exclusión. Uno de ellos es la multiplicación de las
contradicciones y de las fragmentaciones, lo que a su vez provoca reacciones
muy diversas y heterogéneas. Esta heterogenidad y diversidad no es simplemente
positiva, sino que incluye tanto luchas solidarias y reinvicativas, como la
brutalización de la competencia individual, la agudización de la violencia
sexista y racista, la promulgación de las identidades nacionalistas y
etnicistas o la expansión de las sectas religiosas y bandas mafiosas. Son
justamente estas últimas reacciones las que ganan una fuerza alarmante porque
contituyen la prolongación de los efectos dominantes, excluyentes y
destructivos de la lógica capitalista bajo las condicciones de crisis y, como
tales, representan un peligro no menor que la represión estatal, para todo
movimiento emanzipativo.
No son pocos los que, bajo estas circunstancias difíciles, sueñan con
una nueva unidad de clase acorde a los conceptos del marxismo tradicional y el
movimiento obrero. Sin embargo, estos conceptos no sólo ya revelaron su
carácter de dominación en el siglo veinte (contradicción principal vs.
contradicciones secundarias, vanguardia, jerarquías partidarias etc.), sino
además hoy día ni siquiera tienen una base material, base que sin duda
consistía en la función del trabajo abstracto como principio de mediación
societal y en la consiguiente centralidad del conflicto trabajo-capital en la
época del auge capitalista. De ahí se derivó la idea tanto escencialista como
metafísica – enunciada especialmente por Lukacs – de que la clase trabajadora
representa la verdadera totalidad societal y de que debe asumir la conciencia
de esto. Pero pensar la sociedad emancipada como totalidad significa en última
instancia pensarla dentro de las categorías de la sociedad capitalista. Porque
ésta es la única sociedad que jamás ha pretendido establecer una totalidad, por
ser una sociedad dominada y constituida por un único principio universalista:
valor y trabajo abstracto.
La crisis actual del capitalismo consiste – como ya he recalcado – en la
destrucción negativa de esta síntesis totalizadora, porque el trabajo abstracto
ya no es capaz de garantizarla de modo coherente. Pero, más allá de este
proceso de crisis es necesario constatar que, una sociedad de seres humanos
libremente asociados no puede nunca construirse como totalidad, sino como una
configuración social heterogéna, relacionada por una multiplicidad de
mediaciones y de formas organizativas. La tarea actual más importante para los
movimientos emazipativos por lo tanto consiste en crear nuevas formas de
organización y de vinculación que en cierto modo anticipen esta nueva sociedad.
Sólo si logramos esto, habrá una perspectiva más allá del trabajo abstracto, de
la producción de mercancías y del estado.
El autor es miembro de la
redacción de la revista krisis, publicación de teoría crítica
que existe desde 1986. Textos publicados se encuentran también en internet en
diversos idiomas, incluso castellano, en http://www.krisis.org.


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