© Libro N° 8635. Eugenio De Santa Cruz Y Espejo. Obra Educativa. Astuto, Philip L. Compilador. Emancipación. Mayo 22
de 2021.
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original: © Eugenio De Santa Cruz Y Espejo. Obra Educativa. Astuto, Philip
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EUGENIO DE SANTA CRUZ Y ESPEJO
OBRA EDUCATIVA
Astuto, Philip L.
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Eugenio De Santa Cruz Y
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EUGENIO DE SANTA CRUZ Y ESPEJO
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OBRA EDUCATIVA
EUGENIO DE SANTA CRUZ Y ESPEJO
OBRA EDUCATIVA
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notas y cronología
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PROLOGO
A mi esposa
NATELLA
Francisco Javier Eugenio de Santa Cruz y Espejo (1747-1795), fue
proto-tipo de la Ilustración —hombre de ciencia y orientador de la opinión
pública. A pesar de su origen étnico, superó obstáculos tanto raciales como
locales, para granjearse el respeto de sus conciudadanos quiteños como hombre
culto e ilustrado médico y escritor.
Maestro en sarcasmo, ironía, burla y, en especial, sátira en pasquines
anónimos, Espejo no fue nunca un gigante literario. Tomó la pluma para enseñar
y reformar, no para deslumhrar. Falto de gracia, elegancia y, a menudo del buen
"gusto" (paradójicamente buscado por él en escritores
contemporáneos), su estilo revelaba sus intenciones didácticas y utilitarias.
La constante obsesión de Espejo y del crítico y reformador del siglo
XVIII era la búsqueda y el anhelo de encontrar la felicidad para sus
seme-jantes en esta tierra. Esto implicaba la necesidad de la educación, pues
era ésta la llave única pero maravillosa que abriría las puertas de ese paraíso
hasta entonces no encontrado. Espejo consecuentemente comenzó por exa-minar
escrupulosamente los sistemas pedagógicos de aquellos días. Si la educación
debería salvar al hombre del siglo XVIII, pensó él, la reforma de la educación
y de sus principios y métodos eran absolutamente necesa-rios. Por esta razón,
entre los años 1779 y 1785 en asombrosa sucesión aparecen El Nuevo Luciano
(1779), Marco Porcio Catón (1780), La cien-cia blancardina (1781), y
Reflexiones acerca de las viruelas (1785); tra-bajos todos que hablan bien a
las claras de la vasta erudición, experiencia y de su casi heroica
determinación de desarraigar la ignorancia, el mayor de los males como él la
consideraba. Todo fue en vano.
De 1786 a 1792, las obras de Espejo —Representación de los curas de
Riobamba, Discurso dirigido a la ... ciudad de Quito, Voto de un minis-tro
togado, Memorias sobre el corte de quinas, y Las Primicias de la Cul-tura de
Quito— reflejan sus carreras sucesivas de abogado, economista, re-formador
social y científico. En general no son legibles solamente sino
agradables e instructivas. Como en las primeras, siempre están presentes
el observador y el polémico culto. El crítico mordaz, implacable, el indivi-duo
maduro, lógico, en conflicto con su ambiente, decía lo que pensaba sobre
ciertos sectores influyentes. Si fue temido, odiado y despreciado an-tes, ahora
fue envilecido, perseguido y denunciado por todos los que cri-ticó o condenó.
Rechazado por la oligarquía que regía a Quito, a causa de su condición
social, sus proyectos de reforma y sus planes de independencia abarcaban no
sólo su amada patira, sino toda Hispanoamérica. Aunque no dio fruto du-rante su
vida, la semilla por él plantada floreció espléndidamente en el mo-vimiento por
la independencia y ha sido siempre una de las fuentes de la inspiración del
idealismo hispanoamericano. Nos parece aún más notable que Espejo no abrigaba
el proyecto de crear una sociedad enteramente nueva. Hubiera sido comprensible
que un hombre sensitivo de sangre mixta, a quien se negaba entrada en los
círculos influyentes, se hubiera propuesto echar abajo los cimientos de la
estructura social y religiosa. Pero sus refor-mas tendían a fortalecer el orden
social y religioso existente. En suma, sus proyectos demuestran su moderación
(pese a ciertas expansiones retóri-cas), y dan testimonio de su grandeza.
OBRA EDUCATIVA DE ESPEJO
Las tres obras, El Nuevo Luciano de Quito, Marco Porcio Catón y La
cien-cia blancardina, tienen por objeto la mejora intelectual de Quito. La
prime-ra ponía en solfa el anticuado sistema educativo patrocinado y perpetuado
por el clero. La segunda era aparentemente una crítica de la anterior y una
firme defensa del statu quo educativo por varias órdenes religiosas y
seudo-intelectuales quiteños. La tercera, sugerida por una reseña hiperbólica
del censor de Quito acerca de una oración fúnebre, volvía a criticar
severamen-te un sistema de enseñanza que producía hombres presuntuosos. Estas
tres obras llegaron a desatar una tormenta.
En 1779, El Nuevo Luciano de Quito o Despertador de los ingenios
quiteños en nueve conversaciones eruditas para el estímulo de la literatura,
circuló en forma manuscrita, con la firma de don Javier de Cía, Apéstegui y
Perochena (seudónimo de Espejo). Con ella pretendía reformar los estu-dios para
el bien de la patria. Imitaba tanto la sátira como la forma de Luciano de
Samostosa (circa 125-cl92?), y empleaba el ya anticuado diá-logo. Siguiendo un
modelo muy en boga, el autor hablaba a través de un hombre de la Ilustración
(Mera) y daba cuenta de la superficialidad de un "médico" y pedante
(Murillo). La obra, dedicada a don José Diguja, a la sazón presidente de Quito
(1767-1778), contenía nueve diálogos.
En esta primera obra, Espejo pretendía mejorar académicamente las
escuelas de Quito sugiriendo la reforma de los planes de estudios. A través
de estos cambios educacionales, esperaba perfeccionar la oratoria
sagrada, su contenido y su recitación. Para llamar la atención del pueblo a la
mala condición académica de Quito, Espejo escogió el sermón más apreciado y
popular, de Sancho Escobar, "Los dolores de la Santísima Virgen",
predi-cado todos los años por Cuaresma en la catedral, como base para criticar
la manera de enseñar latín, retórica, oratoria, y filosofía escolástica. Puesto
que Sancho Escobar había sido jesuita y cursado sus estudios en el colegio de
Quito a cargo de la Compañía, Espejo tenía un sujeto perfecto para cri-ticar:
un predicador popular preparado académicamente por la orden más ilustre de la
Colonia (ya suprimida en 1773).
En el primero de los nueve diálogos, "Motivos y objeto de esta
obra", los dos interlocutores escuchan el sermón de Escobar sobre la
fiesta de los dolores de la Santísima Virgen María en la catedral, y comienzan
cuidado-samente a analizar y comentar sobre el contenido del sermón. Mera
notaba que se necesitaba mucha cultura para ser buen orador; Murillo recordaba
a Mera que Escobar era ex jesuita, dando a entender que su formación te-nía que
ser excelente. Por conducto de Mera, Espejo deseaba que todo Quito supiese que
el ser jesuita no lo transformaba a uno automáticamente en hombre culto, y que
la sotana de por sí no confería la capacidad en le-tras. Esta declaración daba
el tono a la obra.
Mera y Murillo comienzan examinando la enseñanza de la poesía y de la
retórica, del buen gusto en la literatura y de la oratoria cristiana, porque
consideraban estos asuntos esenciales para ser un buen orador. En esto las
ideas de Mera (Espejo) provienen mayormente de Dette riflessioni sopra il buon
gusto (1708) por el anticuario e historiador italiano Ludovico An-tonio
Muratori, de las Entretiens à'Ariste et d'Eugène (1671) por Domi-nique
Bouhours, pero en especial de la obra del jesuita portugués Luis An-tonio
Verney Verdadeiro método de estudar para ser útil a la república (1746), que se
muestra hostil a la educación jesuita.1 Para Mera (citando aproximadamente una
tercera parte de la obra de Bouhours), una persona que verdaderamente tenía
buen "gusto" tendría el juicio recto, el aprendi-zaje de las
ciencias, el amor a la sabiduría y la naturalidad caracterizada en la palabra
escrita o hablada.2 Escobar no manifestaba nada de esto. Para acentuar la total
ignorancia de Murillo y de muchos quiteños sobre el tema del buen
"gusto", Espejo le hacía defender la enseñanza jesuita de la
retó-rica empleando el estilo afectado o artificial que Mera acababa de
denun-ciar: "Despido las auras volátiles del aliento; pierdo las
pulsáticas oscila-ciones de la vida, cuando oigo estas fulgurosas
incomprensibilidades de los retóricos conceptos. ¡Qué deliciosa fruición no es
oír a los cisnes canoros de la oradora concionante palabra, gorgoreando con
gutural sonoridad, tri-nar endechas en sus dulces sílabas! ¡Qué intervalos sápidos
de gloriado con-tento no percibe el alma a los ecos armoniosos de sus fatídicas
descripcio-nes!"3 Mera le contestaba que no le entendía, reconociéndole no
tan sólo imitación perfecta sino superación del estilo afectado de estos
autores.
En otra ocasión, para mostrar el recelo y el odio de los colonos hacia
los franceses, Murillo diagnosticaba también la apreciación que hacía Mera de
su poesía y retórica, como "morbo gálico, y afrancesado en todo el pútido
aliento que respira"; 4 cuando Mera le preguntaba a Morillo si ha-bía
leído algunas obras literarias francesas, éste contestaba: "Alto allí,
señor mío ... Eso sería dar en ateísta, por eso no quiero doctrinarme en ese
mal-dito idioma, que vuelve a todos heresiarcas". 5
En el Diálogo Nueve sobre la oratoria cristiana Mera y Murillo
estu-diaban el sermón de Sancho Escobar para determinar el alcance de su
for-mación intelectual y de su saber. Mera y Murillo concluían que Escobar no
era el orador perfecto que muchos pretendían, ya que sus conocimientos en
latín, retórica, poesía, filosofía, teología y Sagradas Escrituras eran
po-bres. Luego, Mera compara el papel de un orador profano con el de un orador
religioso, diciendo que el objeto de ambos era persuadir, pero con una di-ferencia:
el profano trataba de inculcar la bondad en el hombre, mientras que el
religioso trataba de moldear un verdadero cristiano. El primero se interesaba
en esas facultades que repercutían en la conducta y obligaciones humanas; el
segundo fijaba su atención en esos medios que ayudaban a comprender los deberes
del hombre para con su redentor. Por consiguiente, un orador religioso está
obligado a resolver muchos problemas teológicos para sus feligreses; debe
estudiar y dominar las Escrituras. Ahora bien, pro-seguía Mera, Sancho Escobar
no estudió bien la Biblia aunque muchos con-cilios lo hayan exigido de los
clérigos. Un conocimiento incompleto de la Biblia puede por lo tanto llevar a
falsificar o interpretar mal los textos, ya sea de intento para acomodarlos a
fines personales, ya sea por inadvertencia, hija de la ignorancia. Mera
señalaba que los jesuítas no se servían nunca plenamente de las Escrituras para
la oratoria, sino que más bien se preo-cupaban de lo extenso del sermón:
afectación y pompa. En cuanto a Sancho Escobar, éste no era sino un "Fray
Gerundio", desconocedor de los ele-mentos de la oratoria cristiana y ajeno
al verdadero fin de la predicación. Muchos de sus artificios hacen olvidar a
los fieles el objeto principal del sermón: amar a Dios y odiar el pecado. Para
corroborar sus argumentos, Mera citaba a varios autores como Cicerón,
Quintiliano, Rollín y San Igna-cio de Loyola, defensores unos del estilo
sencillo, consejeros otros de los fines auténticos del sermón. La ignorancia de
estos asuntos en Quito per-petuaba la predicación descuidada de sus sacerdotes,
porque daban éstos equivocadamente en admirar la prédica de estilo complejo,
lleno de des-cripciones floridas.
Los Diálogos Cinco, Seis y Siete trataban de la filosofía escolástica y
sus diversas ramas: lógica, física y metafísica, ética, teología, y teología
moral. En apoyo y autoridad de sus argumentos, se servía ampliamente del
Ver-dadeiro método de estudar (1746) de Luis Antonio Verney, obra rese-ñada
favorablemente en el Diario de los literatos (1752), periódico erudito de la
Ilustración, publicado en Roma. Este jesuita portugués pretendía de-
mostrar que la Compañía enseñaba deficientemente la filosofía. No era él
un sacerdote cualquiera. Mera lo comparaba a Feijoo, llamándolo precursor del
ilustrado monje benedictino español.
Verney, como Mera, sostenía que la lógica había degenerado en ciencia
despreciable, entretenida en discutir sutilezas incomprensibles. Mera no podía
entender por qué los jesuítas consideraban tan importante la sofística con la
ingeniosidad decepcionante de sus raciocinios y argumentos. La físi-ca era poco
comprendida y apreciada en Portugal en tiempos de Verney (1740 y siguientes) y
en el Quito de Espejo (1770 y siguientes). Verney había sugerido que las
matemáticas eran parte necesaria de la física; la ex-periencia obtenida de los
hechos y la argumentación deducida de las mate-máticas evitaban los errores.
Pero, por desgracia, hacía tiempo que los peripatéticos habían dividido ambas
ciencias: la física estaba relegada a un puesto inferior en este "nuevo"
orden de cosas, y las matemáticas le iban en zaga a pesar de haber declarado
Platón y Aristóteles que su conocimien-to era necesario para el estudio de la
filosofía. Mera aprobaba los intentos de Luigi Centurioni (1688-1757), general
de la Compañía desde 1755 hasta 1757, en introducir los nuevos sistemas
filosóficos. Llegó hasta man-dar componer un cuestionario de física para uso de
Quito. Dos sacerdotes jesuítas, Aguirre y Hospital, profesores de filosofía en
Quito durante tres años cada uno (1756 a 1762), profundos conocedores de las
opiniones de cartesianos, gasendistas, newtonianos y otros, enseñaron la física
de acuer-do con estos nuevos sistemas. Quitó recibió de este modo las primeras
no-ciones de física experimental. Cuando estos dos cultos jesuítas se fueron,
volvió a enseñarse la física y la filosofía como anteriormente.
La metafísica, tal como se aprendía en Quito, era inútil. Filósofos
mo-dernos de los siglos XVII y XVIII como Gottfried Wilhelm von Leibnitz (1646
-1716), Samuel Clarke (1675-1729), John Locke (1632-1704) y el barón Christian
von Wolf (1679-1754), le dieron a la metafísica sustancia y razón de ser,
aumentándola sistemáticamente. Según Verney, la metafísica enseñaba a aplicar
los más sólidos preceptos de la lógica o de la razón equi-librada a los
argumentos generales encontrados en las ciencias especulativas y prácticas.
Mera argüía que los jesuítas nunca trataban el tema importante de la
ética "parte tan principal para perfeccionar las costumbres, conociendo
las virtudes y vicios, los límites de la libertad, y la naturaleza de las
leyes". 6 Murillo descubría su ignorancia de la ética cuando se refería a
ella con el nombre equivocado de "héctica". Mera corregía y excusaba
este error de su adversario, notando acremente que no lo culpaba por no haber
estudiado esa asignatura, ya que los jesuítas españoles la ignoraban y eran incapaces
de enseñarla en sus colegios cuando la desconocían tanto en público como en
privado. Por consiguiente la ética no se explicaba sistemáticamente como
ciencia, sino más bien como guía de buenos modales para los alumnos de los
colegios de jesuítas. Para indicar que esta materia era importante y digna
de enseñarse adecuadamente por parte de la Compañía, Mera citaba a
va-rios filósofos destacados que escribieron sobre la ética moral: Francis
Bacon (1561-1626), Hugo Grotius (1583-1645), Thomas Hobbes (1588-1679) y Samuel
von Pufendorf (1632-1694). Mera no sólo citaba sus nombres sino también sus
obras respectivas.
El Diálogo Quinto sobre la filosofía lo dominaba Mera; el Sexto sobre la
escolástica lo monopolizaba Murillo. Este detallaba los temas teológicos
estudiados. 7 El plan de estudios comprendía una serie de preguntas, dis-tintas
en detalle y complejidad, sobre varios tópicos. Murillo creía haber estudiado
la teología más pura posible, a lo que Mera replicó que era la más insustancial
y la más ruinosa.
Sirviéndose del argumento de Verney, observaba que la teología
esco-lástica no sólo era superficial, sino también perjudicial al dogma de la
re-ligión católica. Para él la teología era la ciencia de los misterios
sagrados de esta religión: contenía la doctrina completa de la salvación eterna
del in-dividuo. En la nota marginal sesenta y una a la enseñanza de la teología
en Quito, Espejo declaraba que todas las órdenes religiosas enseñaban teología
pero escasamente el dogma. Dicho de otra manera, al estudiante se le ex-plicaba
minuciosamente la teoría teológica del dogma, pero nada se le decía de los
amplios elementos básicos del dogma católico en que se asen-taba toda
determinación.
El Séptimo Diálogo proponía para Quito un plan mejor de estudios
teológicos. Pretendía que los jóvenes ignoraban la ortografía y eran incapa-ces
de escribir en un estilo sencillo, directo. Murillo apuntaba con sarcasmo que
aprendían poco y les daba igual. Mera intervenía diciendo que tales
es-tudiantes serían detrimento para la sociedad. Murillo afeaba un sistema que
conspiraba tanto en allanar el camino al sacerdocio a los estudiantes
perezo-sos. El resultado era un clérigo con poca comprensión de sus obligaciones
para la sociedad y para Dios, y con ninguna o escasa inclinación para
prose-guir sus estudios. Sin embargo, el canon veinticinco del IV Concilio de
To-ledo declaraba: "La ignorancia, madre de todo error, no debe
encontrarse en los sacerdotes de Dios que han tomado sobre sí la
responsabilidad de en-señar al pueblo". Mera añadía que Quito se
encontraba aún en la fase expe-rimental en cuanto a la enseñanza de los
sacerdotes. Murillo señalaba con sorna que la mayor parte de los párrocos eran
muy orgullosos y vanos, pues muchos insistían en ser llamados "señor
doctor" aunque no tuviesen derecho a tal título. Los sacerdotes deberían
insistir en cultivarse y no en preocuparse por los títulos. A pesar de que el
canon ya citado exhortaba a los clérigos a continuar los estudios, muchos
aprendían teología durante cuatro años y luego la dejaban a un lado. La
escolástica había descendido a bajo nivel; Quito carecía de una cátedra de
Sagrada Escritura esencial para el estudio teológico. Mera y Murillo coincidían
en que un teólogo inteligente y culto debería utilizar cuatro fuentes
importantes: la Biblia, la tradición, las con-clusiones de los concilios y los
escritos de los padres de la Iglesia. De no ha-
cerlo así, las órdenes religiosas contradecían o eludían directrices
específicas de la Iglesia: los cánones veinte y veinticinco del IV Concilio de
Toledo, los cánones del Concilio de Trento y la bula Apostolici Ministerii
promulgada por el Papa Inocencio XIII. 8
El Octavo Diálogo se refería a la conducta moral de los jesuítas y del
clero en general. Mera sostenía que un ignorante estaría mejor pertrechado para
seguir las Leyes de Dios y de la Iglesia que un lector de obras de casuís-tica.
Como ejemplo de tergiversación de reglas por el clero y los seglares, citaba el
abuso de reglamentaciones cuaresmales. Concluía que se había sa-lido de la
Compañía de Jesús por el modo que ésta tenía de razonar equívoca y
especiosamente sobre asuntos religiosos. Murillo observaba lo desacostum-brado
en un ex jesuíta, el no defender opiniones de la Compañía.
El abuso de reglamentaciones eclesiásticas llevó a los dos
interlocutores a discutir la doctrina del probabilismo en la conducta moral y
religiosa. 9 La tendencia al deleite de los apetitos sensuales estaba detrás de
esta creencia popular. La ignorancia, la negligencia de los estudios y el amor
a la libertad dieron a esta doctrina su auge, autoridad y apoyo entre el clero,
llegando Mera a afirmar que el probabilismo lo corrompía todo, incluso a los
jesuítas. Señalaba burlonamente que éstos se las arreglaban siempre para
persistir en una práctica particular que estaba prohibida. Luego pasaba a
hablar de un abuso muy divertido del probabilismo en el que Espejo (Mera)
utilizaba las Lettres provinciales (obra puesta en el Indice el 6 de septiembre
de 1657), como base de su repulsa de la práctica del probabilismo. Espejo sabía
que la obra de Pascal había sido condenada, porque Mera decía haberla leído
siendo probabilista, lo cual era el único modo de evitar la censura.10 Quien
esto escribe sugiere que, teniendo Espejo a mano muchas fuentes dignas y
auto-rizadas de dónde sacar fácilmente sus citas y prefiriendo consultar una
obra en el Indice, lo hacía con la marcada intención de dramatizar la malicia
del probabilismo.11
Marco Porcio Catón (1780) escrito menos de un año después de El Nue-vo
Luciano, era un catálogo de críticas de quiteños y de órdenes religiosas contra
este último libro y su autor anónimo. Como el jesuíta portugués die-ciochesco,
Espejo estudió minuciosamente al autor, sus antecedentes y fami-lia; estudió
sus motivos para escribir esta obra; examinó sus métodos y los encontró
deficientes. Después, analizó las nueve conversaciones o diálogos de El Nuevo
Luciano y en unas secciones apartes defendió a las personas y órdenes
religiosas que habían sido criticadas y difamadas. La semejanza de métodos es
increíble, ya que Verney había utilizado una segunda obra para
"criticarse" a sí mismo y para contestar a los detractores que lo
acusaban. Espejo utilizó el mismo método primero por medio de su crítica contra
la educación colonial (El Nuevo Luciano), segundo, por permitir que sus
de-tractores le criticaran tanto su persona como su obra (Marco Porcio Catón),
y finalmente, al contestar a sus acusadores (La ciencia blancardina).12
Sin estar familiarizado el lector con El Nuevo Luciano, no se podían
comprender enteramente los comentarios populares analizados en sus veinte
capítulos. La obra sin embargo carecía de verdadera contextura; sus
comen-tarios pecaban a menudo de sencillos o manidos, como por ejemplo:
"el úni-co depósito, la única segura guarda, el único centro de la
perfecta latinidad fue la siempre sabia Compañía de Jesús".13 Y en otra
ocasión: "A este hé-roe de nuestra literatura [Sancho Escobar] siempre seguiremos
con nuevo aliento; siempre oiremos con pasmo; siempre aplaudiremos su lengua de
diamantes, y siempre le pediremos que, halagando nuestros oídos, asombre lo más
retirado del alma".14 Muchos de los argumentos contra el autor anó-nimo y
su obra eran tan violentos y parciales que rayaban en lo ridículo: "La de
Perochena la debíamos llamar carnicería; porque en ella no se opera: o estatua,
o lienzo, o artificio, sino que se descuartiza. . . a tanta multitud de
miembros nobilísimos. El Luciano, pues, ha sido uno de esos cuchillos
ex-terminadores, que inundan de sangre las campañas... Es una de aquellas
devorantes espadas de dos filos, que no sólo despedazan cuanto encuentran, sino
que aun dividen por mitad los átomos del mismo aire y de la misma luz".15
Añadía: "Prueba que el principal objeto de la obra del famoso Lu-ciano, ha
sido, hacerse célebre con un baño de mentida gloria, dando a en-tender a gentes
de poca o ninguna lectura que es hombre de muy vasta erudición." 16
Y finalmente, con metáfora algo forzada, un crítico dice: "Se debía
ol-vidar Luciano que salía a hablar a un pueblo entendido, culto y que sabe
pesar el oro fino del buen lenguaje y estimar su valor y sus quilates".17
Con todo, Marco Porcio Catón era importante porque indicaba la aptitud del
autor para remedar, ridiculizar o halagar al pueblo y encontrar el lado
hu-morístico de la situación. Aunque de estilo excéntrico y pesado, llamaba la
atención sobre las deficiencias del sistema pedagógico.
Así, en dos obras escritas año por medio, encontramos acción y reacción
en El Nuevo Luciano (1779) y en Marco Porcio Catón (1780). No se po-día soñar
con tener una muestra más interesante del odio contra una obra y su autor
anónimo. Aunque Espejo haya recogido la reacción a El Nuevo Luciano en Marco
Porcio Catón, no era insensible a esa crítica pues alude a ella constantemente.
El prólogo a La ciencia blancardina fue escrito a causa de la incomprensión en
Quito de El Nuevo Luciano. En el diálogo siete de La ciencia blancardina,
Espejo dio a sus lectores una idea clara de sus am-plias lecturas para
granjearse el reconocimiento de individuo ilustrado y el de ser autor de ambos
libros. Cuando antes había lugar a dudas y a conjetu-ras, se tenía ahora la
declaración por el autor anónimo en persona que suyos eran El Nuevo Luciano,
Marco Porcio Catón y La ciencia blancardina.
La ciencia blancardina, de siete diálogos o conversaciones en vez de los
nueve de El Nuevo Luciano y obra considerada por su autor como segunda parte de
El Nuevo Luciano, se escribió en respuesta a los insultos proferidos por Juan
de Arauz y Mesía, censor de Quito, en la Aprobación de la Oración
fúnebre pronunciada por Ramón Yépez. La publicación de esta oración
fú-nebre dio oportunidad al censor de contestar a este autor anónimo,
adjun-tando una reseña favorable, una defensa tanto de esta clase de prédica
como de la formación educativa del clero.
Para hacer la crítica del Censor de Quito y para analizar la Aprobación
de la oración fúnebre, Espejo usó tres interlocutores, Mera y Murillo, ya
conocidos en esta última obra, y Moisés Blancardo. Este representaba a Juan de
Arauz y Mesía, el Censor de Quito. El nombre "Blancardo," utili-zado
como seudónimo en Marco Porcio Catón, significaba aquí "Gerundio o
gerundiano." Alusión despectiva al tipo de predicación, común en la
Es-paña del XVIII, cuya caricatura es el personaje fray Gerundio, fracasado
intelectual descrito en la Historia del famoso Fray Gerundio de Campazas (1758)
por el jesuíta José Francisco de Isla. Para el satírico Espejo, el subtítulo La
ciencia blancardina aludía, pues, a la técnica, capacidad y al co-nocimiento o
a su ausencia en un Blancardo u orador a lo Gerundio. Ante-riormente, Mera y
Murillo habían estado de punta en muchos asuntos; ahora estaban completamente
de acuerdo. En un aparente cambio de papeles, Mu-rillo se encargaba casi
siempre de hablar y de insultar; donde antes era blanco de las pullas y de los
insultos de Mera, ahora es él quien dispara los dardos verbales. Mera (Espejo)
se mostraba menos moderado en sus de-claraciones y algo brusco al tratar con
Moisés Blancardo (Arauz); el Mu-rillo de La ciencia blancardina era una figura
menos grotesca. En esta obra, Moisés Blancardo carecía de astucia y de
gracejos; se había posesionado del antiguo papel de Murillo. Mera y Murillo
atacaban a Blancardo maliciosa-mente, dándole poca oportunidad para replicar.
Espejo se mostraba un tan-to despiadado en su crítica de Blancardo,
exponiéndolo al ridículo y al es-carnio.
Para comprender La ciencia blancardina hay que repasar brevemente la
Aprobación de Juan de Arauz, impresa en Quito en 1780 en forma de fo-lleto como
parte de la Oración fúnebre. Arauz no podía comprender los ata-ques malignos
contra el clero por parte del autor anónimo de El Nuevo Lu-ciano. Los elogios
excesivos de la Oración fúnebre y los insultos dirigidos al autor de El Nuevo
Luciano provocaron la reacción violenta de Espejo contra Arauz. En su
dedicatoria, Espejo explicaba el objeto y el propósito de los siete diálogos,
cuando decía "que no debe presumir de censor, el que no tuviere mucha y
profunda literatura, y que mucho menos debe arrogarse sin ciencia verdadera, el
derecho de condenar a un autor, que, si no la tiene, la solicita y cultiva con empeño,
no siendo otro su deseo, sino que sus compatriotas la adquieran con
ventaja." 18 Más adelante declaraba que la idea original de su primera
obra, El Nuevo Luciano, había sido y todavía lo era "pretender llevarle [a
su patria] a su estado de perfección," y que La ciencia blancardina era
"la parte apologética de las pasadas conversaciones [El Nuevo
Luciano]." Insistía en que todo lo manifestado ya en sus diálo-
gos era verdadero y exacto, pero desgraciadamente desconocido por la
ma-yoría.
Luego se defendía personalmente. Arauz había insinuado en la Aproba-ción
que el autor de El Nuevo Luciano era hereje, impío o ateo. Espejo obe-decía y
respetaba a la Iglesia y al Estado; no podía permanecer callado mien-tras el
censor lo calumniaba y ridiculizaba como "uno de esos espíritus de este
siglo [XVIII]." Espejo decía con sarcasmo en respuesta al censor: "ha
usado en estos diálogos de una sal, que un tantico se inclina a lo
cáustico." 19 El público no debiera escandalizarse por el empleo de un
seudónimo: de no haber recurrido al anonimato, indicaba Espejo, Arauz lo
tendría ya entre-gado a la Inquisición por "ridiculizar las cosas más
sagradas." No quería ser tildado de hereje por el mero hecho de expresar
una opinión contra al-guien o contra algo. Con el seudónimo, "doctor de
Cía Apéstegui y Pero-chena," podía escuchar a su sabor los comentarios de
la gente contra su obra. Convencido de que un hombre ignorante, incapaz, no
podía presumir de ser censor de una ciudad, Espejo se dispuso a destruir la reseña
favorable que Arauz hizo de la Oración fúnebre. Embistió el ataque desde cinco
pun-tos en sus diálogos: (1) ¿Quién era Juan de Arauz?, (2) ¿Cuáles eran sus
calificaciones educativas?, (3) ¿Cuál era el origen y el verdadero objeto de
una oración fúnebre?, (4) ¿Cuáles eran las características de un buen orador
cristiano?, (5) ¿Por qué se escribieron El Nuevo Luciano y Marco Porcio Catón?
En el Diálogo Dos, Mera y Murillo estudian en Moisés Blancardo sus
méritos académicos y escolares para ser censor. Deciden que no es compe-tente.
En los Diálogos siguientes, los dos interlocutores ponían en duda que el
seminario mercedario en donde Blancardo estudió, tenía cátedra de retórica y de
letras de valor. Acusaron a los profesores de retórica que les enseñaron de ser
"blancardos" o "gerundios" rematados, es decir,
compro-metidos y consagrados a cultivar la oscuridad como estilo oratorio.
Luego, en el Diálogo Tercero, los dos interlocutores comenzaron un estudio de
los méritos de Blancardo como crítico y censor. Valiéndose de la propia
abserva-ción de Moisés Blancardo en la Aprobación, de que Ramón Yépez
sobresa-lía en artes y ciencias, los dos interlocutores preguntaban a Blancardo
qué sabía de leyes y gobierno, de medicina, teología, buen "gusto,"
Sagradas Escrituras, historia eclesiástica, derecho canónico, concepto de la
idea, y la patrística. Para que el estudioso de las obras de Espejo entendiera
la cali-dad de la crítica, este editor escogió dos áreas de competencia —el
buen gusto y la medicina— para reconocer que Espejo estaba capacitado para
examinar el comentario.
Blancardo demostraba ignorar qué era buen "gusto" en discurso
y en libros. Argüía en su defensa que muchos hombres cultos, profesores suyos,
hablaban como él. Mera caracterizaba el buen "gusto" como
"sólido y ver-dadero," mientras que el de Blancardo era
"ilusorio y engañoso." Blancardo había aplicado la segunda definición
al discurso de Ramón Yépez. Por lo
tanto, este censor con deficiente conocimiento del buen
"gusto" ¿podía te-ner la presunción de juzgar la Oración fúnebre de
Ramón Yépez? Mera sostenía que es un arte el saber reconocer una obra bien
escrita. Una lec-tura a fondo, de la obra de Bouhours La maniere de bien penser
dans les ouvrages d'esprit, hubiese ayudado a Blancardo a comprender y
descubrir un estilo sencillo, sin afectación, y saber cómo emplear las palabras
en el desarrollo de una idea. Este conocimiento le hubiese evitado sacar
compa-raciones ridiculas entre la Oración fúnebre pronunciada por Ramón Yépez y
las de otros grandes oradores del pasado. ¡Moisés Blancardo declaraba que no
censuraría jamás obra alguna sin antes haber leído la obra de Bouhours! Espejo
presentaba al censor como individuo fatuo, incompetente, que se creía
invulnerable a las críticas. Por eso, cuando Mera (Espejo) le hizo admitir que
en lo sucesivo sería más prudente en sus juicios mediante la previa adquisición
de conocimientos más sólidos de la materia, Espejo hu-millaba al censor de
Quito poniendo al desnudo su ignorancia a través del interrogatorio acerado y
persistente de Mera y Murillo.
Mera y Murillo regañaban a Blancardo por practicar medicina sin una
seria formación. Espejo quería demostrar que este sacerdote con humos de censor
capacitado y especialista en oraciones fúnebres, alardeaba también de médico.
Sin contar que con la práctica de la medicina infringía el derecho civil y
canónico, su limitado conocimiento de la materia hacía de él una amenaza para
la sociedad. Decía: "en esta ciudad [Quito], basta que alguno meta cuatro
términos exóticos en la conversación, y le dé ganas de matar." 20 Mera
pretendía que los sacerdotes resultaban ser médicos mediocres por tener que
atender a un sinfín de deberes y obligaciones religiosas. Por lo tanto, el
clero de Quito ejercía la medicina en el mundo del siglo XVIII con
conocimientos médicos del siglo X. Mera concluía que Quito había sido
de-fraudado por charlatanes. Perfectamente al tanto de la repercusión que
ten-dría en Quito esta crítica de los sacerdotes-médicos, Espejo informaba a
sus lectores sobre la deficiencia de los conocimientos médicos en Quito y la
evidente e indebida atención profesional. 21
Por fin, Espejo estudió lo que debiera ser la preparación académica del
orador. Empleando la definición dada por Cicerón, decía que un orador lo es
cuando "conmueve, sacude, ataca." Para desempeñarse bien, un buen
orador cristiano tiene que dominar muchos aspectos del saber. De primera
importancia era el estudio de la Biblia ya que la mala interpretación de un
versículo podía conducir a un error grave. Era indispensable el estudio de
cronología, geografía, historia general y lenguas orientales. Aconsejaba com-parar
ambos Testamentos, y la lectura de los eruditos en Escrituras que ayu-den a
poder examinar mejor cada libro sagrado en cuanto a forma, temas tratados y
fecha de composición. Recomendaba el estudio del célebre orien-talista y
teólogo anglicano John Lightfoot ( 1602-1675), Harmonía Quattuor Evangeliorum
inter se et cum Veteri Testamento, la Biblia Magna del filó-sofo y religioso de
los Frailes Menores Jean de La Haye (1593-1661), la
Concordia Librorum Reguum et Paralipomenom y la Demonstatio Evangélica
del teólogo y erudito francés Pierre Daniel Huet (1630-1721) y varios
comentarios del sabio benedictino, exégeta y teólogo francés Augustine Cal-met
(1672 -1757) para conseguir este conocimiento escriturario. 22 En este estudio
no cabía ignorar los escritos de los Padres de la Iglesia. Antes de pretender
esta cultura especializada, Mera insistía en que un orador debía pensar clara y
lógicamente. Esto no se podía adquirir espontáneamente sino aprenderse mediante
la lógica y la razón. Con tal formación básica cobraría mucho valor un estudio
y discusión sobre oratoria, moral, jurisprudencia, las ciencias y la conducta
humana. Finalmente, un buen orador debía tener sen-cillez y elegancia de
elocución. Para poner énfasis en la importancia de un buen predicador, empleaba
la comparación del abate Bellegarde entre el buen predicador y el que era
juguete de improvisaciones. Bellegarde aconsejaba al público que tuviese
respeto por el predicador pero "no por el comediante, que representa en el
público; por el poeta, que sube a él a echar octavas; por el satírico, que va a
descolgar desvergüenzas; por el fatuo, que va a hacer de matemático; por el
ignorante, que quiere comprar en el templo, con moneda falsa de bagatelas,
aplausos de docto predicador." 23 El verdadero predicador es aquél en
cuyos labios Dios mismo puso las palabras de la re-conciliación. Es el que
desempeña una de las más importantes misiones, la de embajador de Cristo; es el
que exhorta a sus oyentes a la acción y, al hacerlo, es Dios quien habla por
él. El buen predicador es el que habla ante Dios mismo por medio de Cristo.
En el Diálogo Séptimo, Espejo se revelaba por primera vez a sus
lec-tores íntima y directamente. Como persona hipersensible, se había sentido
herido por los epítetos "mentiroso" y "envidioso" que le
habían lanzado de paso. Repetidas veces había declarado que el propósito de El
Nuevo Lu-ciano había sido presentar un cuadro veraz del estado literario de
Quito. Nadie envidia lo que ya tiene —decía. ¿Por qué envidiaría a un hombre
inteligente? Entre otras cosas, descubría que él era el autor de Marco Por-cio
Catón y revelaba algunos detalles personales del autor de El Nuevo Lu-ciano. 24
Era deseo de Espejo mejorar intelectualmente a Quito, no calum-niarlo:
mi Luciano nunca habló una sola mentira, nunca forjó a su antojo
de-pravado una calumnia. Pudo sí, con la modestia que le corresponde, y en el
grado que debe, decir que se conformó con el precepto de San Agustín, que dijo:
Sprendentia et vehementia sed rebus veris. El método jesuítico está retratado
con sus verdaderos colores. Los auto-res criticados están representados con su
propio carácter. En fin, todo el papel refiere hechos ciertos y legítimos;
hechos incontestables y notorios. . . que no siempre la caridad obliga a decir
solamente ver-dades; si así fuera, no sería espíritu de caridad. Hay verdades
que de-ben estar ocultas, y su manifestación no carecería de pecado. Así sólo
deben descubrirse con discernimiento y prudencia las que pueden
pro-ducir un fruto saludable a la Patria y al mismo cuyos defectos se
ma-nifiestan, bien que éste se ofenda de que se los saquen al público. . ., y
me parece que la he guardado severamente en las conversaciones de mi Luciano.
25
Los individuos criticados por El Nuevo Luciano merecían esta censura:
unos son jóvenes, que, por su corta edad y la supuesta mala educa-ción
del país, aún no tienen el derecho de llamarse doctos o en su facultad o en el
desempeño de su oficio. Otros son algunos ya co-nocidos de todo el mundo por
rudos, en atención a la porfiada can-sera de su predicación florida, o de su
método de estudiar desvia-do. Y si hay alguno que sea ofendido, no obstante de
tener una fama universal de sabio, débese creer que ha sido descubierto como
igno-rante, por el celo de las almas y por el bien de la Iglesia. Porque la
prudencia pide que se hagan semejantes descubrimientos, no debería el celo de
mis compatriotas irritarse contra mí que los he hecho, sino contra los que
cometen los defectos. 26
Espejo volvía a subrayar el hecho de que era buen católico y de que su
crítica de la gente o de las instituciones jamás llegaba a lo más sagrado: la
Iglesia y su dogma. Sólo un impío ridiculizaría las cosas más santas y
sa-gradas. "Luciano.. . jamás hizo mofa de algún objeto venerable y
sagra-do." 27 Ser acusado de herejía e impiedad "me duele, aflige y
asusta": "¿Y la merece un autor católico, romano, hijo de Dios y de
la Iglesia, que pro-testa creer todos los misterios revelados, que respira en
sus conversaciones piedad, que desea teólogos dogmáticos para la defensa de la
sana doctrina, moralistas doctos para la sana dirección de las conciencias, que
solicita vir-tud cristiana y doctrina sólida, por la necesidad de estos siglos
infelices y calamitosos? ¿Merezco, por ventura, únicamente porque escribí de
anónimo, un tratamiento tan injurioso y falto de caridad, debido sólo a un
Bayle, a un Tomasio, a un Barbeyrac y otros de este jaez?" 28 ¿Debe toda
crítica llamarse impía? "¿Debe ser la ignorancia del clero (manifiesta
para todos) la más respetable y sagrada?". Y criticando de nuevo a Moisés
Blancardo, Mera dijo que era un fanático ex patriota jesuíta. Los jesuítas eran
muy su-yos, pues un ataque contra uno de ellos se consideraba ataque contra
todos y un problema de la Compañía se transformaba en problema de la Iglesia.
Por eso quien insultase a la Compañía de Jesús era hereje o por lo menos
jansenista. Por eso quien molestase a un jesuíta era enemigo de la Iglesia y un
hereje jansenista.
Espejo (Mera) explicaba luego la frase "mi mérito literario"
contenida en El Nuevo Luciano. Declaraba no ser famoso; en realidad el público
no tenía idea de su mérito literario. Puesto que su intención no era exagerar
sino ser siempre sincero, se veía obligado a emplear su "verdadero
nombre y los verdaderos apellidos de mi casa en Xavier, decía Apésteguy y
Pero-chena," 29 no el nombre con que era conocido en Quito, " por no
chocar a los presumidos de doctos y por no hacer que éstos padeciesen las
preten-didas incomodidades de mi orgullo: de un autor anónimo se puede tolerar
el magisterio verdadero o imaginado." 30 Espejo declaraba que al ser
acu-sado de envidia, reaccionaba como Esprit Fléchier —obispo católico francés
de Lavaur (1685) y de Nimes (1687) muy conocido por sus oraciones fú-nebres—
adoptando una ferocidad que lo ponía por encima de todos.
Espejo se esforzaba en convencer a sus lectores de que era culto y capaz
de juicios competentes y seguros, porque daba un "breve esbozo" de sí
mismo, con lo cual demostraba su sensibilidad y su preparación. De esta manera,
trataba de añadir fuerza a sus argumentos y soluciones. Declaraba que de joven
estaba a menudo en compañía de "personas de crédito de la provincia,"
y al escuchar observaciones ridiculas y a menudo sin lógica, se prometió ser
exacto en su manera de pensar, de hablar y en sus citas. Cuan-do escribió El
Nuevo Luciano tenía pocos libros a mano, pero era capaz de citar con exactitud
merced a su formación y disciplina. Al explicar su afi-ción a ciertas obras o
autores, desdeñados por ciertas personas de Quito, Espejo decía que juzgaba una
obra por sus méritos y no por la conducta moral del autor. Así, en un diálogo
resumía su intención al escribir estas tres obras importantes. Que las personas
y autoridades ofendidas lo creyeran era asunto diferente.
OBSERVACIONES ESTILISTICAS
Maestro en sarcasmo, ironía, burla y, en especial, sátira en pasquines
anó-nimos, Espejo no fue nunca un gigante literario. Tomó la pluma para
en-señar y reformar, no para deslumhrar. Falto de gracia, elegancia y, a
me-nudo del buen "gusto" paradójicamente buscado por él en escritores
con-temporáneos, su estilo revelaba sus intenciones didácticas y utilitarias.
El empleo de la forma arcaica del diálogo en El Nuevo Luciano y su
complemento La ciencia blancardina, no tenía atractivo. Estas conversacio-nes
criticaban y menospreciaban la formación cultural de hombres impor-tantes de
Quito, el sistema educativo con sus anticuados planes de estudiar artes, leyes,
medicina y el sistema social de la Presidencia de Quito. Típi-camente estas
conversaciones surgían, pues, de una idea, una nota o una observación sobre la
vida, una proposición por demostrar, desaprobar o al menos examinar. A pesar de
la declaración tranquilizadora de que El Nuevo Luciano ofrecía lectura amena
porque el modo de hablar de Murillo era co-mún en medicina y por lo tanto
estilo especial, los diálogos de los doctores Mera y Murillo no tienen gracia,
soltura, fluidez —requisitos fundamenta-les de toda buena literatura. La
ciencia blancardina, de elocución y pensa-
miento igualmente monótonos y pesados, trataba de defender el honor y la
integridad de Espejo contra Juan de Arauz y sus comentarios infamantes sobre El
Nuevo Luciano. Los interlocutores representaban tipos o actitudes o
convicciones. Toda conversación o diálogo era un choque de opiniones o un
conflicto de conducta. Las abstracciones se tornaban concretas; las
ge-neralizaciones cambiaban a particularismos para encontrar una voz, una
presencia real. Esto no era nuevo, naturalmente; era común en la Edad Media,
pero Espejo, como Luciano y Erasmo antes que él, estaba disgus-tado con la
sociedad y su sistema pedagógico pasado de moda. Por eso, aun-que sirviéndose
de los diálogos satíricos de Luciano como modelo, se quedó muy a la zaga del
maestro griego. 31 El lector empieza estas obras movido por curiosidad,
persevera sólo por obstinación y acoge la última página con expresión de
alivio.
Al presentar dos personas de talentos muy opuestos —Mera, ex jesuíta y
"hombre de instrucción y de letras"; Murillo, médico, "sujeto
estrafalario en el estilo, desatinado en sus pensamientos"—, Espejo fue
criticado por desobedecer la "ley" del diálogo. Si bien el recurso
del fuerte contraste era interesante y humorístico, su continua repetición y su
falta de variedad lo hacían aburrido. El Nuevo Luciano ridiculizaba el lenguaje
exagerado y ar-tificial de los llamados eruditos, mientras que La ciencia
blancardina suge-ría que Murillo podía mejorar bajo la dirección de un buen
maestro. En esta obra, asomaba un Murillo radicalmente mejorado, sin ninguna de
las evidencias de ignorancia y mal "gusto" ostentadas en El Nuevo
Luciano. Pero el cambio era demasiado rápido y por lo tanto increíble. El papel
del pedante y seudointelectual le correspondía a Moisés Blancardo, pantalla de
Arauz, censor de Quito en esos días. Esto requería establecer dos estilos
distintos, uno sencillo, otro complejo. Si Mera era seco, adusto y pedante,
Murillo, y más tarde Moisés Blancardo, era demente y a ratos delirante.
Espejo echó mano con frecuencia de los retruécanos. He aquí algunas
muestras. Refiriéndose al famoso jesuíta portugués Luis Antonio Verney, cuyo
seudónimo era Barbadiño, Murillo equivocó la palabra y aludía a este sabio del
siglo XVIII como " . . . este Barbadillo." Al ridiculizar la obra
religiosa de Nicolás de Lira (ídolo de muchos gerundios), Mera hablaba de ella
como una "de-Lira." En otra ocasión, repitiendo los nombres de Hugo
Grotius, Cumberland y Heineccius, Murillo decía: "Huevo Grueso,"
"Cum-be saltas," y "El Incienso," respectivamente.
Hay muchos casos de sarcasmo y sátira. Por medio de Mera, Espejo
denunciaba la molesta costumbre de algunos individuos que discutían temas sin
capacitación alguna. Denunciaba en particular a los clérigos reducidos al
estado seglar que, recibiéndose de abogados, se creían capaces de hablar de
cualquier cosa. De esta manera, abogados, literatos, médicos,
seudointe-lectuales y aficionados caían bajo sus críticas.
Espejo estaba muy compenetrado con los problemas estudiados en El Nuevo
Luciano y, como el Luciano de otros tiempos, se afanaba por sacudir
a Quito de su letargo intelectual por medio del ridículo, el sarcasmo,
la sátira y el comentario mordaz. En venganza de un viejo insulto proferido por
Arauz, el autor de El Nuevo Luciano lanzaba, en La ciencia blancardina, un
ataque cáustico contra el censor de Quito y su lugar de nacimiento. Para
humillar completamente a Arauz, Murillo indicaba sarcásticamente que: "la
advertidísima Compañía de regulares expatriados no admitía razanos de Latacunga
a su noviciado... si ha habido otros tacungos y no los conocí, prueba mi
intento, porque la obscuridad de su mérito intelectual, me los ha hecho
desconocer." 32
Murillo satirizaba a Moisés Blancardo como censor. Sirviéndose de la
declaración de éste en la Aprobación, "libre de toda censura, y tan
superior a la crítica más escrupulosa" como punto de partida, Murillo
"explicaba" el "verdadero" significado de tal comentario a
Mera. Lo que sigue es un trozo humorístico lleno de sarcasmo y de sátira:
"Yo, Moisés Blancardo, solemne aprobante de la oración fúnebre que el
doctor don Ramón de Yépez hizo y pronunció, y censor por el Ordinario,
ordinariamente en toda forma, hago saber en estas mis letras testimoniales a
todo el mundo que las viere, que siendo que tengo crítica hecha y derecha... he
hallado que esta oración es superior a toda crítica mía, y aun a otra
cualquiera crítica la más escrupulo-sa. Sino es que quiera decir.. . que
habiendo puesto en balanza a toda crítica de todo el linaje humano, es la de
Vm. la crítica más escrupulosa." 33
Las tres obras —El Nuevo Luciano, Marco Porcio Catón, y La ciencia
blancardina— contenían observaciones juiciosas del anticuado sistema
edu-cacional y del clero complaciente, las cuales hacían eco de las ideas de
eru-ditos europeos como Feijoo, el jesuíta Verney y otros. La ocasión de toda
la crítica de Espejo no fue la envidia sino un amor sincero de patria. Por
desgracia, los líderes educacionales y religiosos quiteños no habían enten-dido
bien sus ideas educacionales, y recibieron sus recomendaciones con hostilidad.
NOTAS
Verney, más conocido por su
apodo "El Barbadiño," en una serie de dieciséis cartas (o capítulos)
en cuatro tomos, ataca duramente los métodos rutinarios con que se enseña a los
niños la ortografía, la gramática latina, la retórica y la filosofía, y a los
estudiantes la teología, el derecho y la medicina. En su última carta (XVI),
Verney reúne sus observaciones y traza un verdadero plan de estudios escolares
y universita-rios del cual Espejo se aprovecha. En efecto, la sólida crítica
que Verney lleva a cabo con respecto a la enseñanza secundaria y superior en
Portugal puede aplicarse riguro-samente a la enseñanza española en España y en
las Américas.
Esta obra provocó vivas reacciones y muchos fueron los que escribieron
contra las recomendaciones educacionales de Verney, entre ellos, los jesuítas,
José Francisco Isla en varios capítulos de su Historia de Fray Gerundio, y
Antonio Codorníu en desagravio de los autores y facultades que ofende el
Barbadiño ( 1764).
El libro de Verney fue traducido al español en 1760 por Joseph Maymó y
Ribes, "Doctor en Sagrada Theología y Leyes, Abogado de los Reales
Consejos, etc."
Ver Jean Sarraihl, La España ilustrada de la segunda mitad del siglo
XVIII, trad.
Antonio Alatorre (México, 1957), págs. 199-202, 203 y ss.; Richard Herr, España y
la revolución del siglo XVIII,
trad. Elena Fernández Mei (Madrid,
1964), págs. 3-72;
y también Marcelino Menéndez
Pelayo, Historia de las ideas estéticas en España
(Santander, 1947), III, 484-489, 508 512.
Las Entretiens d'Ariste et
d'Eugène (1671) y la Manière de bien penser dans les ouvrages d'esprit (1687)
contienen las teorías y conceptos más importantes sobre la estética formulados
en esa época. Aunque Bouhours falleció en 1702, su obra Manière de bien penser
fue motivo para hacer de él centro de una gran polémica entre escritores
franceses e italianos del siglo XVIII.
El Nuevo Luciano, p. 125. *
Ibid., p. 134.
Ibid., p. 136.
Ibid., p. 198.
Algunos de los temas
enseñados eran: De Incarnations (Sobre la encamación), De Beatitudine (Sobre la
felicidad), De Justificatione (Sobre la justificación), De Angelis (Sobre los
ángeles), De Attributis (Sobre los atributos) . De Scientia Dei (Sobre el conocimiento
de Dios), De Fide (Sobre la fe), De Moralibus (Sobre la mo-ral). De Matrimonio
(Sobre el matrimonio). Ver El Nuevo Luciano, pp. 113-116.
Ibid., p. 248.
Mera explicaba que Tirso
González, antes de llegar a ser general de la Com-pañía de Jesús, escribió al
papa Inocente XI (1676-1689) condenando el abuso per-
nicioso de la doctrina. Como consecuencia, el papa Inocente XI amonestó
a los fieles sobre los peligros del probabilismo. Mera citaba los escritos de
sacerdotes y carde-nales de la Iglesia Católica y de los jansenistas como
Arnauld y Pascal para mostrar la preocupación de los teólogos sobre el abuso
del probabilismo. Ver El Nuevo Lu-ciano., pp. 292- 298.
Ibid., pp. 263-266. Varios
sistemas morales (tuciorismo, probabiliorismo, equi-probabilismo, laxismo)
habían predominado de vez en cuando, algunos con más rigor que otros. El
primero en defender el probabilismo fue el dominico español Bartolomé de Medina
(1577) que pretendía que el hombre tenía libertad para adoptar una opi-nión
probable como base de acción. (Una cosa era "probable" cuando podía
presentar mayor verosimilitud que las otras alternativas.) Durante la primera
mitad del siglo XVI, este sistema tuvo una aceptación casi universal. Los
argumentos a favor del probabilismo eran que cuando había razones para poner en
tela de juicio la existencia de una ley, esa ley era ipso jacto dudosa.
Pretendía también que las leyes dudosas no obligaban la conciencia. El
probabilismo sólo se preocupaba de lo obligatorio y no de lo más perfecto en
las actuaciones del individuo. Hacia el año 1650 los jansenistas atacaron el
probabilismo como inmoral, sosteniendo que si un individuo estaba en duda, no
actuaría nunca. Los jesuítas atacaron este sistema moral riguroso (tuciorismo).
Los jansenistas, a su vez, se burlaban de la Compañía. En 1657, Pascal, a
pedido de Antoine Arnauld, compuso sus Letrres provinciales en apoyo del
jansenismo. La cari-catura mordaz que hizo Pascal del probabilismo fue un éxito
de controversia de pri-mera magnitud. Puso en descrédito ese sistema por muchas
décadas. El papa Alejan-dro VII condenó el probabilismo el 24 de septiembre de
1665; el papa Inocente XI
condenó sesenta y cinco tesis probabilistas en 1697.
1 1 Federico González Suárez, su biógrafo principal, acusó a Espejo de
citar en este Diálogo Octavo sobre teología moral a individuos que no había
leído. Este autor ecuatoriano afirma que una larga lista de libros que poseía
Espejo no señala los títulos citados frecuentemente por Pascal en sus Lettres
provinciales. González Suárez insinuó esta falla porque Mera había dicho a
Murillo que irían a la biblioteca del primero para verificar las citas. El
biógrafo de Espejo citaba finalmente el Siécle de Louis XIV de Voltaire y el
Port Royal de Sainte Beuve, dos obras hostiles a la Iglesia, para de-mostrar
que había inexactitudes en la obra de Pascal. Ver Escritos del doctor Francisco
Javier Eugenio Santa Cruz
y Espejo, ed. Federico González Suárez. (Quito, 1912), I,
471-472, n. 1.
1 2 Espejo tenía en su poder una
hoja del libro de Verney en la que él se proponía
incluir todos los puntos posibles de la crítica hecha tanto a él por
medio de gente in-telectual y bien intencionada de Quito y por la masa de
ignorantes o altamente pre-juiciados individuos como contra El Nuevo Luciano.
Cuando el jesuita portugués es-cribió su Verdadeiro método de estudar (1746)
criticando el sistema de educación en el Portugal, poco después él escribió su
segunda obra Apología a la obra de Barbadiño intitulado Verdadeiro método de
estudar, etc., y respuestas a ellas dadas, con el objeto de contestar a los
cargos que se le hacían. Estas incluían: "Apología del P. Fr. Arse-nio de
la Piedad, religioso capuchino," "Respuesta a ella,"
"Apología de don Aletofilo Cándido de Lacerda," y "Parecer del
Doctor Apolonio Filomuso Lisboense en res-puesta a ella."
En la "Apología del P. Fr. Arsenio de la Piedad... "tiene unas
quince Reflexiones abarcando varios asuntos, entre ellos: "Juicio que se
debe formar del autor de su obra en general," "Proposiciones...
dignas de grave censura," y reflexiones sobre la orto-grafía, la
gramática, la retórica, la filosofía, la medicina, la teología, etc. En la
"Respues-ta a las Reflexiones ... del P. Fr. Arsenio de la Piedad,"
alrededor de catorce de esas reflexiones contestan los cargos hechos contra las
materias citadas anteriormente.
En el "Retrato de Mortecar, o noticia conjetural del autor de unos
papeles, que aquí andan, mas no corren, con el título de Verdadeiro método de
estudar; y de una carta escrita... en respuesta a las Reflexiones del P. Fray
Arsenio de la Piedad, ex-puesta en otra carta del P. R. Aletofilo Cándido de
Lacerda," Verney aparentemente se dedica a examinar los antecedentes del
autor del Verdadeiro método de estudar: su lugar de nacimiento, su educación y
su afiliación religiosa y prácticas. Y en la sección del final, "Parecer
del Doctor Apolonio Filomuso Lisboense, . . . " , Verney presupone
haber estudiado el propósito y los métodos utilizados por el autor al
escribir el Verda-deiro método de estudar, y finalmente, establece el valor que
tenga la lectura de tal obra.
Marco Porció Catón, p. 433.
Ibid., p. 430.
Ibid., pp. 414-415.
Ibid., p. 4.17.
Ibid., pp. 422-423.
La ciencia blancardina, pp.
501 502.
19 Ibid., p. 509.
Ibid., p. 645.
21 Ibid., pp. 639-650.
Ibid., pp. 611-612.
28 Ibid., pp. 677.
24 Ibid., pp. 887-890.
25 Ibid., pp. 862-863.
26 Ibid., pp. 863-864.
27 Ibid., p. 865.
Ibid., p. 866.
29 Ibid., p. 883.
Loe. cit.
31 El diálogo clásico, resucitado en el siglo XVI por los humanistas,
especialmente Desiderius Erasmus (1467-1536) y sus discípulos, sirvió a Luciano
como modelo. A mediados del siglo XVIII esta forma era raras veces empleada.
Ibid., pp. 568-569.
Ibid., pp. 528-529.
CRITERIO DE ESTA EDICION
PLAN Y PROPOSITOS DEL PROYECTO
El plan y trayectoria de esta edición crítica de las obras de Francisco
Javier Eugenio de Santa Cruz y Espejo fueron concebidos hace más de ocho años,
cuando después de vasta y honda investigación sobre el insigne ecuatoriano
llegué a la conclusión de que era necesario llenar los grandes vacíos y muchas
lagunas que existían en el estudio y en la historia del ilustre quiteño. Le
ocurrió a Espejo lo que le ha ocurrido a tantas insignes figuras del mundo
hispanoamericano, que un velo de misterio y de leyenda, de exageraciones y de
equívocos había envuelto la persona y la obra de este gran luminario de la
Ilustración convirtiéndolo en un mito o en un desconocido en su propio y
específico campo de especialización. Las generalidades expuestas por los bien
intencionados críticos habían ido formando una figura entre sombras cuyas
obras, sin ser leídas de verdad, habían sido alabadas de boca en boca. Una
breve síntesis histórica de las obras publicadas de este ilustre ecuatoriano
servirá para aclarar las múltiples facetas que forman su personalidad y que
ayudarán para el esclarecimiento del estudio de este hombre de letras y de
ciencia, pero sobre todo, en plenitud de conciencia sobre su obra, su sentido
de responsabilidad frente a su misión en la hora en que le tocó vivir y en el
marco de su época en que desarrolló tan ejemplar papel de erudito y de
humanista.
En 1888, el erudito Alberto Muñoz Vernaza, nacido en Cuenca, Ecuador,
fue el
primero en publicar dos obras inéditas de Espejo —Las Primicias de la
Cultura de Quito
y Cartas riobambenses— usando como
material las fuentes primarias de Espejo. Des-
pués, el historiador ecuatoriano Federico González Suárez publicó en
1912 un conjunto
de las obras de Espejo en dos volúmenes titulado: Escritos del doctor
Francisco Javier
Eugenio de Santa Cruz y Espejo; y
en 1923, Jacinto Jijón y Caamaño y Homero Viteri
Lafronte, ambos del Ecuador y pertenecientes a la Academia de la
Historia del Ecuador,
autenticaron dos obras adicionales de Espejo —Marco Porcio Catón y
Representación
de los curas del distrito de Riobamba— y publicaron un tercer volumen
también iné-
dito. La Imprenta Municipal de Quito publicó en 1930 el trabajo de
Espejo sobre la
medicina, titulado: Reflexiones
... acerca ... de las viruelas, utilizando un manuscrito*
recién encontrado y presentado con un prefacio por Gualberto Arcos. En
1943, Aurelio
Espinosa Pólit, utilizando tres manuscritos existentes y ya confirmados
como auténticos
(dos de Quito y uno de Bogotá), publicó un texto anotado de El Nuevo
Luciano con
un prólogo escrito por Isaac J. Barrera. En 1947 y en 1958, el Archivo
Municipal de
Quito publicó una edición inédita del primer periódico de Quito, Las
Primicias de la
Cultura de Quito, que había aparecido primero en 1888 y después en 1912.
Tanto los dos volúmenes de la edición de las obras de Espejo de 1912 y
el volumen adicional de 1923 quedaban inéditos y sin sus debidas anotaciones.
Solamente la edi-ción de 1943 producida por Espinosa Pólit establecía el texto
de El Nuevo Luciano e identificaba algunos de los nombres, lugares y trabajos
mencionados por Espejo.
La mayoría de los manuscritos existentes de las obras de Espejo ni han
sido debi-damente cotejados ni comparados y carecen de las muchas alusiones
hechas por el autor a nombres, lugares y obras, eventos y circunstancias de
gran valor y de gran interés para la debida interpretación de las obras.
El propósito de la presente edición crítica de las obras de Espejo ha
sido precisa-mente dar la vuelta a la página donde los demás eruditos y
estudiosos se detuvieron y comenzar desde el principio a presentar la obra del
insigne quiteño con toda la diligencia y esmero posibles. He utilizado para
ello todos los documentos, manuscritos y manuscritos-copias que se encuentran
en Colombia, el Ecuador y España, pero so-lamente aquéllos cuya autenticidad
queda comprobada y autenticada. Mi labor ha con-sistido en estudiar todas las
variantes, importantes o no, en los diferentes textos y ma-nuscritos. Además de
las variantes, he estudiado cada alusión que el autor hace a otras obras que él
cree importantes para el conocimiento de su pensamiento y de ahí que obras literarias
y movimientos religiosos han sido asimismo estudiados y escrupulosa-mente
explicados a fin de que el lector interesado tenga delante de sí al leer las
obras completas de Eugenio Espejo.
Mi único deseo y aspiración es que el lector encuentre en esta edición
crítica todo el material deseado y necesario, ya que la obra crítica sea el
producto de una labor de tiempo y de diligencia en preparar el material que da
el derecho de acudir a las fuentes primarias de toda obra creadora. Espero que
mi labor no sólo no sea en vano sino que del mito preconcebido alrededor a la
figura de Espejo, el lector pueda ver perfilada su persona y su personalidad,
tan reales como humanas, tanto en su obra como en su espíritu.
LOS MANUSCRITOS USADOS
Hemos encontrado manuscritos copias auténticas de las tres obras
educacionales — El Nuevo Luciano, Marco Porcio Catón, y La ciencia blancardina—
en Colombia y en el Ecuador. En esta edición crítica, cuando hallamos más de un
ms. copia de una obra, cotejamos y comparamos estos mss. línea por línea con
las variantes puestas al pie de la página.
De El Nuevo Luciano, conocemos dos mss. copias y uno copiado a máquina:
un ms. se conserva en la Biblioteca "Aurelio Espinosa Pólit," de los
jesuitas en Cotocallao; otro está en custodia de la Biblioteca del Sr. D.
Carlos Manuel Larrea, y el tercero, copiado a máquina, se halla en la
Biblioteca de Jacinto Jijón y Caamaño.
El ms. de Cotocallao es un documento de ciento cincuenta folios 1 en
buen papel, de calidad fina y escrito con claridad. Contiene, además de cierto
sabor a autenticidad, debido a que contiene las veintisiete correcciones o
adiciones de autor al margen, he-chas por el mismo Espejo en su letra
personalmente. Estas correcciones, a decir verdad, fueron incorporadas en el
ms. de Larrea, esto nos dice que el manuscrito sería copiado después de haber
sido el ms. de Cotocallao.
Las setenta y cinco notas marginales hechas por Espejo o por otros en
las dos co-pias manuscritos, requieren cierta explicación. El ms. Cotocallao
contiene solamente un número en el margen siguiente a la palabra o nombre donde
el comentario del autor debe ser aplicado. El ms., en sí mismo, no contiene
estos comentarios del autor ni al margen o en el calce de la página o al final
del ms. La única excepción es la nota sesenta y cuatro, la cual está
marginalmente colocada con puño y letra del mismo Es-pejo. Por otro lado, el
ms. de Larrea contiene todas las notas marginales (de la V-a la 75?), agrupadas
todas juntas e identificadas por números y línea al final de la Conversación
Octava, "La oratoria cristiana." Espinosa Pólit, en su edición de El
Nuevo Luciano de 1943, restauró las setenta y cinco notas marginales en su más
apro-ximado lugar y luego colocó el material marginal al final de la página,
identificado todo
Este manuscrito no está
enumerado. Espinosa Pólit, en su edición de 1943 de El Nuevo Luciano, declara
que había ciento cincuenta y tres folios en octavo. (Ver págs. XXIV-XXV.)
con números. En esta actual anotada edición, el editor ha restaurado las
setenta y cinco notas marginales a su exacta colocación en el texto y ha
transcrito y colocado el mate-rial del margen al final de la página,
propiamente identificados con asteriscos 2 . Estas anotaciones marginales, en
el ms. Larrea, que aparecían al final de la Conversación Octava, identificadas
como "La oratoria cristiana" parecen ser escritas de puño y letra del
mismo Espejo, precedidas por una frase: "Notas que puso el mismo autor,
cuyos números o citas van puestas en el cuerpo de la obra."
El segundo ms. de doscientos setenta y cinco folios,3 que se conserva en
la Bi-blioteca del Sr. D. Carlos Manuel Larrea fue un verdadero hallazgo. Se
cree que este ms., que perteneció al Sr. D. Miguel Antonio Caro, es el que se
usó para sacar una copia en letra de máquina y de la cual González Suárez se
sirvió para la edición de 1912 de las obras de Espejo. (Ver: Escritos, I,
LXII-LXIII.) Existe todavía alguna duda debido a que el ms. de Larrea incluye
cambios textuales extensos en la Conversación Octava, "Teología moral
jesuítica," que no aparecen en la copia a máquina que Gon-zález Suárez usó
para la edición de las obras de Espejo. El actual editor ha anotado con cuidado
las variantes encontradas, para que el estudioso se dé cuenta de las di-ferencias
entre los dos mss., el de Cotocallao y el de Larrea.
Los primeros siete capítulos o conversaciones de este ms. corresponden,
en su tota-lidad, con aquéllos del ms. Cotocallao; en los últimos dos capítulos
hay cambios sig-nificativos. El ms. Larrea llama a la Conversación Octava,
"La oratoria cristiana" y la Conversación Novena, "De la
teología moral jesuítica," mientras que el ms. Cotocallao cita la
Conversación Octava como "De la teología moral jesuítica" y la
Conversación Novena, "De la oratoria cristiana." En el ms. Larrea, al
principio de la Conversación Octava (la de la oratoria), hay un comentario del
autor, añadido al fondo de la primera página de esta conversación, la cual
refleja la presión que Espejo debió de experimentar al trazar su primer diseño
de la conversación que trataba de la teología moral jesuítica, declara:
"En el original esta conversación es la nona; pero se han tenido algunas
ra-zones para suprimir la que trata de la teología moral jesuítica, que en el
mismo era la octava. Ahora se hallará como nona detrás de las Notas." Una
última observación acerca del ms. Larrea: La Conversación que trata de la
teología moral jesuítica (Con-versación 9? ), parece haber sido escrita en su
totalidad por Espejo, de su mismo puño y letra.
En una carta del 12 de abril de 1975, escrita por el célebre historiador
Sr. D- Carlos Manuel Larrea a este editor, don Carlos Manuel nos dio varios
detalles interesantes de su manuscrito:
El ejemplar manuscrito que poseo es una verdadera obra de arte, por la
pul-critud y detalles de la escritura; la caligrafía es bellísima. Las Notas
son interesan-tísimas, se refieren a muchos personajes de la época.
Este valioso manuscrito de Espejo lo adquirí en Bogotá, de la Biblioteca
del célebre escritor Don Miguel Antonio Caro.
El Dr. Pablo Herrera examinó y estudió este mismo ejemplar de El Nuevo
Luciano, en la misma Biblioteca del Dr. Caro, en Bogotá. Luego pasó a la Bi-
No se puede asignar con
certeza la paternidad literaria de estas setenta y cinco anotaciones marginales
a Espejo, pero este editor cree que todas estas notas margina-les, o por lo
menos, la mayoría de ellas, las compuso Espejo.
En cuanto a la colocación de las notas marginales, este editor tenía dos
alternativas: agruparlas al final de la obra o colocarlas al calce de la
página. Por la conveniencia
del lector, preferimos colocarlas al pie de la página.
La enumeración del ms.
Larrea es caótica. Las primeras diez páginas del ms. no están enumeradas;
comienzan con el Prefacio. Termina la enumeración con el folio doscientos
setenta y cinco o la Conversación Octava, "La oratoria cristiana."
Las notas marginales empiezan en el folio doscientos setenta y cinco y terminan
en el folio dos-cientos noventa y cuatro. Esta última conversación, fuera de
orden y de unos cuarenta y cuatro folios, fue escrita de puño y letra del mismo
Espejo. Esta conversación no está enumerada.
blioteca Nacional de la Capital de Colombia; allí lo copió el príncipe
de nuestros
historiadores mi insigne Maestro el Ilustrísimo Señor Arzobispo Doctor
Don Fe-
derico González Suárez, que lo dio a luz, por primera vez, en Quito, en 1912,
en Escritos de Espejo... "José
El ejemplar que tengo en mi Biblioteca perteneció primeramente a Don
Pérez, Cura de Chillugallo. Año de 1811," según aparece en una
inscripción, al
final de la Dedicatoria al Señor Diguja.
Este Don José Pérez lo menciona I. Toro Ruíz, en su libro Más Procer de la
Independencia como Procer
nacional de la primera época."
El gran historiador Doctor D. Julio Tobar Donoso, en su obra La Iglesia
Mo-deladora de la Nacionalidad, Quito, 1953, p. 274 dice: "El Cura de
Chillogallo Dn. José Pérez acaudilló militarmente a sus fÜigreses para la
defensa de Quito contra el 'Pacificador' Don Toribio Montes."...
Volviendo a tratar sobre el manuscrito precioso que poseo, dudo mucho de
que pueda ser escrito autógrafo de Don Eugenio de Santa Cruz y Espejo. Me
in-clino a creer que es una magnífica copia del original. Hasta la Conversación
9- es la preciosa caligrafía. De allí hasta el final, parece indudable que es
otro el que ha escrito, aunque también con buena letra.
La copia sacada a máquina de El Nuevo Luciano que se conserva en la
Biblioteca de Jacinto Jijón y Caamaño es la copia de la cual Federico González
Suárez se sirvió para la edición de 1912. En su estudio de los mss., González
Suárez declaró que el ms. que perteneció al Sr. D. Miguel Antonio Caro de
Bogotá era "uno de los mejores, o, acaso, el mejor, que de El Nuevo
Luciano se conserva." (Ver: Escritos, I, LXII LXIII.) En 1943, cuando
Aurelio Espinosa Pólit preparaba la edición crítica de El Nuevo Luciano, este
erudito declaró que el ms. bogotano no era de los mejores por-que, según él,
González Suárez tenía dos a la mano que eran mejores, el de los Fran-ciscanos y
el de Manuel María Pólit Laso, ahora llamado el ms. de Cotocallao. (Ver: págs.
XXIII- XXV.)
En esta edición anotada se usará el ms. Cotocallao como el principal,
porque mejor refleja las ideas y sentimientos de Espejo sobre una multitud de
cosas, mientras que el ms. Larrea revela alteraciones que el autor mismo
menciona al calce de la primera página de la Conversación. Cotejamos y
comparamos estos dos mss. con las variantes anotadas.
La copia sacada a máquina no se ha cotejado ni comparado con los dos
mss. de arriba porque no ha sido posible identificar con certeza el ms. usado
por González Suárez.
En la historia de los mss. de Espejo, se ha dicho que se hallarían otros
mss. de El Nuevo Luciano en Quito, Lima y España. Espinosa Pólit, en la edición
de 1943 de El Nuevo Luciano, advirtió que una copia del ms. antedicho pudiera
encontrarse en la Biblioteca del Convento de San Francisco de Quito (Ver: págs.
XXIII-XXIV.) Des-graciadamente, durante mi visita a Quito en 1973 y también en
1975, el Director de este archivo, el R. P. Agustín Moreno, O. F. M., y yo
buscamos cuidadosamente el ms. sin éxito alguno.
González Suárez, en su edición de 1912, notó que la Biblioteca Pública
de Lima tenía un ms. copia de El Nuevo Luciano. (Ver: Escritos, I, XIV.) En
octubre de-1973, me comuniqué con la Biblioteca Nacional del Perú, con la
Biblioteca Pública Municipal "Inca Garcilaso," perteneciente al
Consejo Provincial de Lima, y con la Bi-blioteca Municipal de Lima buscando
este ms. y las tres instituciones respondieron que no contaban con ese ms.
Finalmente, en una carta escrita por Espejo al Presidente de Quito, D.
Juan José de Villalengua, 21 de octubre de 1787, este quiteño ilustrado nos
aseguró que al co-rregir el Luciano, "lo dedicó al Conde de
Campomanes." Creyendo que Espejo habría mandado una copia de su ms. a
España, escribí a la Biblioteca Nacional de Madrid, al Archivo General de
Simancas, y al Archivo General de Indias en Sevilla pidiendo in-forme de este
supuesto ms. Me contestaron estas instituciones que no contaban con este ms.
En la actualidad, este editor conoce y tiene a mano copias microfilmadas
de todos los mss. de El Nuevo Luciano. Esto no quiere decir que no existan
otros mss.', porque no se sabe cuántas copias de El Nuevo Luciano autorizó
copiar Espejo.
Esta edición crítica comparará el ms. de Díaz Cueva con el ms. de
González Suá-rez, que éste utilizó para la edición de 1912. Escogimos el ms. de
González Suárez como el principal porque fue el ms. usado para la edición de
1912 y porque es bien conocido por los estudiosos. Como es casi imposible
determinar cuál de los dos mss. es el más antiguo (a pesar de un examen
minucioso), este editor determinó usar el de González Suárez. Las variantes,
notadas con letras, se pondrán al pie de la página.
De La ciencia blancardina, hemos tenido mucho éxito en conseguir dos
mss.: uno que se conserva en la Biblioteca de Jacinto Jijón y Caamafio, el cual
se utilizó para la edición de 1912, y el otro que pertenece al cuencano el Sr.
Dr. D. Miguel Díaz Cueva. Este ms. del Dr. Díaz Cueva, que está bien claro con
una tinta algo deslavada, tiene un prefacio que difiere en mucho de los
publicados en 1912. Estas diferencias significativas se indicarán con letras
como variantes al pie de la página.
Debe tenerse en cuenta que el ms. copia de La ciencia blancardina, que
está en cus-todia de la Biblioteca de Jacinto Jijón y Caamaño, está
encuadernado con el ms. copia de Reflexiones ... acerca ... de las viruelas en
un códice y están íntegras. Estos mss., que eran de propiedad de González
Suárez, fueron obsequiados por éste a Jacinto Jijón y Caamafio.
En 1923, al preparar el tercer volumen de las obras de Espejo, los dos
editores Ja-cinto Jijón y Caamafio y Homero Viteri Lafronte hicieron la edición
de Marco Porcio Catón según una copia que fue transcrita del ms. que reposa en
la Biblioteca Nacional de Bogotá. Infelizmente, esta edición de 1923 contiene
muchos errores: palabras mal deletreadas, palabras que faltan, palabras mal
entendidas.
En 1973, este editor microfilmó y reveló personalmente el único ms.
copia que se conoce de Marco Porcio Catón, que está en custodia de la
Biblioteca Nacional de Bogo-tá, en la Sección de Raros y Curiosos, Ms. 279. El
ms. está bien conservado, escrito con tinta muy desvaída, pero con letra clara
y buena ortografía. Para que el lector viera la diferencia entre esta edición y
la de 1923, hicimos las alteraciones necesarias en el texto, señalándolas con
asterisco y anotándolas al calce de la página.
La copia pasada a máquina de Marco Porcio Catón, usada para la edición
de 1923, fue donada a González Suárez por el ilustre cuencano Alberto Muñoz
Vernaza; luego, obsequiada por González Suárez a Jacinto Jijón y Caamaño.
ADVERTENCIA PARA EL USO DE ESTA
EDICION CRITICA
I. Obras educacionales.
El Nuevo Luciano de Quito.
El ms. de los jesuítas en
Cotocallao (Cot): se usará este ms. como el principal.
El ms. de Carlos Manuel
Larrea (Lar): este ms. llevará antepuesta la in-dicación Lar., para indicar
variantes en el ms. de Larrea (Lar) que difie-ren del ms. de Cotocallao (Cot).
Las variantes quedan anotadas con letras al pie de la página como se ve
en los ejemplos siguientes:
Lar: lo que mira a los accidentes
Lar: omitido: Desde luego, siguiendo...
y del disprecio. Por eso,
Se refiere aquí al texto de
Larrea (Lar) que varía del ms. de Cotocallao que dice: "Lo que toca a los
accidentes."
Se refiere aquí al texto de
Larrea (Lar) que varía del ms. de Cotocallao. En este caso se indica que se ha
omitido toda la materia notada en el ms. Larrea.
Marco Porcio Catón.
El ms. de la Biblioteca
Nacional de Bogotá:
se usará este ms. como el principal documento y se señalarán las
diferen-cias entre el ms. bogotano y el texto de 1923 con letras y se notarán
al pie de la página, por ejemplo:
dice: admirable que;
a Se refiere aquí al error en el texto de 1923.
La ciencia blancardina.
El ms. que se conserva en la
Biblioteca de Jacinto Jijón y Caamaño: se usará este ms., que perteneció
originalmente a Federico González Suárez, como el documento principal.
2. El ms. de Miguel Díaz Cueva:
se comparará este ms. de Díaz Cueva con el principal.
El ms. de Díaz Cueva llevará antepuesta la indicación (DC).
Se notarán las variantes con letras al pie de la página, como se ve en
el ejemplo siguiente:
DC: que su oración es oración superior
Se refiere aquí a la
variante. El texto de González Suárez dice: "Que es oración
superior"; el texto de Díaz Cueva (DC) dice: "Que su oración es
oración superior." La variante en Díaz Cueva (DC) no se incorpora en el
texto; se considera una variante anotada en el texto con letra y puesta al pie
de la página.
Las notas críticas e históricas de El Nuevo Luciano, de Marco Porcio
Catón y de La ciencia blancardina estarán numeradas y se colocan al final de
cada libro. Estas notas incluirán: (1) traducciones de los textos y palabras
latinas, (2) los datos necesarios para identificar los nombres propios citados,
y (3) algunas aclaraciones o adiciones al texto. Para esta edición hemos
utilizado las oportunas traducciones del latín al español de Federico González
Suárez y de Aurelio Espinosa Pólit, donde creímos que fueran necesarias. Y
cuando éstas no nos parecieron aceptables, el editor dio las suyas propias.
Las setenta y cinco notas marginales de El Nuevo Luciano de Quito,
hechas por Espejo o por otros, fueron puestas al pie de la página, usando
asteriscos. (Véanse las páginas XXX y X X X I para las explicaciones
detalladas.)
La sintaxis en la obra de Espejo y en los documentos se ha presentado en
forma moderna sin sufrir ésta nada de la pureza del original, aunque la
puntuación haya te-nido que ser añadida, a veces, para mayor claridad del
estilo y del pensamiento.
Al preparar la bibliografía y las notas me he servido de la forma
impresa titulada M. L. A. Handbook for Writers of Research Papers, Tbeses, and
Dissertations (New York, 1977), y donde el estilo o la claridad lo requería he
acudido al Manual of Style, 12th edition, completely revised (Chicago, 1969).
AGRADECIMIENTOS
Esta edición crítica, desde sus comienzos hasta hoy que la veo
terminada, fue hecha posible debido a la generosa y desinteresada ayuda y
acogimiento de tantas personas a las que les estoy profundamente agradecido.
En el Ecuador, estoy en deuda eterna al Dr. don Leopoldo Benítez
Vi-nueza, gran erudito y entusiasta estudioso de Espejo. Durante su labor de
Embajador del Ecuador a las Naciones Unidas me ayudó con sus consejos y su
valiosa cooperación de ideas y de estímulo. Al Sr. Ledo, don Hugo Moncayo, ex
Director del Archivo Municipal de Quito, quien me colmó de atenciones durante
mi viaje a Quito con ocasión de haber recibido de parte de la O. E. A. una beca
para ir al Ecuador para "¡el proyecto de investigación y de microfilmar
los manuscritos y documentos que tuvieran directa rela-ción con Espejo. Al Sr.
don J. Manuel Jijón-Caamaño y Flores, quien en 1973 y de nuevo en 1975 me
concedió con toda benevolencia libre acceso a su excelente biblioteca donde
encontré tesoros nunca encontrados tanto en documentos como en manuscritos que
me eran de absoluta necesidad para la edición crítica. Al R. P. Julián Bravo,
S. J., Director de la Biblio-teca Ecuatoriana "Aurelio Espinosa
Pólit" en Cotocallao, quien me ayudó grandemente en la búsqueda y hallazgo
de documentos y manuscritos sobre Espejo que se encuentran en esta magnífica
biblioteca. Al R. P. Agustín Moreno, O. F. M., Director de la Biblioteca del
Convento de San Francisco de Quito, quien me ayudó grandemente en la búsqueda
de manuscritos so-bre Espejo. Al Sr. D. Carlos M. Larrea, Presidente de la
Academia Nacio-nal de Historia del Ecuador, por el insigne privilegio de
permitirme el mi-crofilmar el raro y extraordinario manuscrito copia de El
Nuevo Luciano en su propia casa; al Sr. Dr. D. Miguel Díaz Cueva de Cuenca en
el Ecua-dor, quien fue tan gentil en poner en mi disposición el manuscrito
copia de La ciencia blancardina; al Sr. D. Marco Tello, ex Director del Archivo
Nacional de Historia, Núcleo del Azuay, por haberme ayudado para obtener los
materiales archivados de Alberto Muñoz Vernaza; al Sr. D. Hernán
Yépez Guerrero, Rector del Instituto Nacional Mejía en Quito, quien me
permitió microfilmar un ms. copia de Reflexiones . . . acerca ... de las
vi-ruelas que se custodia allí; al Sr. D. Jorge A. Garcés G. (+), Director del
Archivo Nacional de Historia, Quito, de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, por
su ayuda; y a los innumerables amigos cuyos nombres no aparecen en esta lista
pero cuya participación hizo posible tanto mi obra como mi entu-siasmo por
ella.
En Colombia, debo recordar al R. P. Alberto Lee López, O. F. M.,
Di-rector del Archivo Nacional de Bogotá, por su insigne cooperación y ayuda al
localizar la única copia que se conoce del manuscrito de Marco Porcio Catón y
por permitirme el microfilmarlo. Al Sr. Dr. D. Eduardo Santa, Di-rector de la
Biblioteca Nacional de Bogotá, por su permiso generoso y repe-tido de usar
todas las facilidades que su Biblioteca provee al estudioso.
En los Estados Unidos, estoy en deuda de gratitud para siempre con
aquellos amigos, colegas y consejeros que de cerca y de lejos me inspiraron
confianza en mis mismas investigaciones y me animaron en mi proyecto de esta
Edición. Citaré los más inmediatos: al archivsta renombrado y querido, el R. P.
Lino Gómez Cañedo, O. F. M.; al Sr. Dr. D. Andrés Iduarte, Pro-fesor Emeritus
de la Universidad de Columbia en Nueva York; al Sr. Dr. D. Emilio González
López, Profesor Emeritus de City University en Nueva York; al Sr. Dr. D. José
L. Morales, Profesor de Literatura Española y de Teología Mística de la
Universidad de St. John's en Nueva York, quien me ayudó a establecer la
conexión que existe entre las diversas religiones a que alude el texto de mi
investigación; a la Universidad de St. John's en Nueva York, tanto a la
Administración por su ayuda efectiva desde el co-mienzo de mis labores como a
los demás miembros que cooperaron conmi-go. Al Sr. Dr. D. Germán Arciniegas,
quien fue junto con el Sr. Dr. D. Fe-derico de Onís (+), los primeros en
sugerirme esta labor y nunca los últi-mos en darme todo su apoyo, su ayuda en
inspiración. Y finalmente, a mi esposa Natella, quien con su inquebrantable fe
y su cooperación, mantuvo en mí el vivo deseo de ver esta edición crítica
terminada.
Ph. L. A.
EL NUEVO LUCIANO DE QUITO
(1779)
EL NUEVO LUCIANO1 DE QUITO
O Despertador De Los
Ingenios Quiteños En Nueve
Conversaciones Eruditas Vara El Estímulo
De La Literatura Dedicado
Al Señor Don José Diguja, Villagómez, a Ruiz de Velasco, Vega, Quiñones
y Villena, Caballero de la Real y distinguida Orden Española de Carlos
Ter-cero, Señor de Villacís, de la Villa y Castillo de Magaz, de la Casa de Ve-
lasco nombrada la Velasquita, Patrono del Convento de Jesús María de
Val-verde extramuros de Foncarral, de las Obras Pías de la Villa de Auñón,
Ma-riscal de Campo de los Reales Ejércitos, Presidente, Gobernador y
Coman-dante General que fue de esta Real Audiencia y Provincia de Quito, etc.
Escrito por el Dr. Don Javier de Cía, Apéstegui y Perochena, Procura-dor
y Abogado de Causas desesperadas. Año de 1779, 23 de Junio. b
Videat ergo cui hoc in
sermone meo displicet, utrum dios in
talibus rebus
quaestionibusque versatos
intelligat, cum me non
intelligit. . . Neque enim
omnia quae ab omnibus conscribuntur, in omnium manus veniunt; et fieri
potest ut nonnulli que etiam haec nostra intelligere valent, illos planiores
non inveniant libros et in istos saltern incidant. Ideoque utile est plures a
pluribus fieri diverso stilo, non diversa fide, etiam de quaestionibus eisdem,
ut ad plurimos res ipsa perveniat, ad alios sic,
ad alios autem sic. At si
ille qui se ista non intellexisse conqueritur, nulla unquam de talibus rebus
diligenter et acute disputata intelligere potuit,
secum agat votis et studiis
ut proficiat, non mecum querelis et conviciis ut taceam. 2
Div. August. Lib. Ic de Trinit,
Cap. III. d
a Lar: omitido:
Villagómez, Ruiz de Velasco, . . . y Provincia de Quito, etc.
Lar: omitido: 23 de Junio.
Lar: Lib. 2.
Lar: omitido: Cap.
III.
Et quidem diligentibus ordinem in hac re molestum me fore non timeo;
quin immo gratum procul dubio accepturi sunt, si persequimur quod et ispi
oderunt. Si quibus vero displicuerit, ipsi se manifestant, quia ordinem non
diligunt, cuius utique corruptionem et vitia damnari nolunt. Ipsis itaque illud
Gregorianum respondeo: Melius est ut scandälum oriatur, quam Veritas
relinquatur. 3
Div. Bernard. In Apolog. Ad Guillelm.
Al Señor Don José Diguja, 4 Presidente
que fue de esta Real Audiencia de
Quito, etc., etc.
Muy ilustre Señor:
De propósito y con la mayor advertencia he suprimido los honores y
tí-tulos que corresponden al mérito de V. S., porque haber sido Presidente de
Quito, es para V. S. el colmo de la gloria, y para mí el motivo dé la
con-fianza. Solamente he querido que a la frente de mi dedicatoira se le asigne
con la denominación de un empleo, que vieniendo corto a quien podía go-bernar
un mundo, le descubrió y labró al mismo tiempo su mérito y su elogio.
Bien pudo hacer brillar V. S., en Cumaná y en cuantas partes estuvo, el
fondo de su prudencia gubernativa, porque en todas partes se dejan ver,
aun al través de las sombras, los rayos de un genio resplandeciente. Pero
Quito rasgó los velos de un mal
asegurado conocimiento, y manifestó a
todas luces la vigilante previsión y admirable providencia en el entendi-
miento de V. S.,
la vasta comprensión de asuntos
en su memoria, y el
seno de la beneficencia, virtud, piedad y religión en su bien constituida
voluntad. Quito descubre a la faz de todo el mundo, en la persona de V.
S.,
un verdadero héroe, porque apenas llegó V. S. a pisar los términos de esta
Provincia, cuando cayeron de su altar los simulacros de la rebeldía, y de
su templo los ídolos de la nacionalidad. ¿Qué victoria más gloriosa para
Dios y para el Rey? Tanto mayor, cuanto en la común expectativa, y es-
tando delicadísimas las circunstancias
del gobierno, unos se aseguraban el
apoyo de su partido, porque
contaban con V. S. solamente español, y
olvi-
daban a V. S. entendido, prudente y juez. Otros, que no eran pocos, des-
mayaban en la cruel duda de mejorar su suerte, arrastrados servilmente de
la misma prevención. Y la
conducta sabia, justa y prudente de V. S.
desen-
gaña felizmente a los atrevidos y cobardes, y saca de su pernicioso error
a toda la Provincia. V. S. es quien a los asegurados vuelve contenidos y
aun temerosos sin
desesperarlos, y a los tímidos restituye la esperanza y
hace prudentemente confiados sin volverlos
insolentes. Por eso la lisonja
se asusta al querer articular sus
rendimientos, y la adulación enmudece,
cuando intenta osada poner en movimiento
los hálitos pestíferos de su pe-
cho y de su lengua. Entonces fue que resucitando el aliento de los
desma-yados, ellos y todas las gentes de probidad, hacen votos al cielo por el
acierto de su gobierno, por la prosperidad de sus días, por la prorrogación de
su preciosa vida. Mas ¿qué sucede? Que goza V. S. puros e incontami-nados los
saludables aires del país y se conserva ileso en la salud, que reprime el
orgullo y le destierra, premia la hombría de bien y la establece, abate a los
insolentes y los contiene, anima a los desvalidos y los patrocina, y ve pasar
la felicidad rebosando paz y verdadera alegría sobre sus1 días; que vive
se-guro del contagio pestilente de la venalidad y del placer (dos esforzados
corruptores del corazón y del espíritu), haciendo V. S. su morada propia-mente
el palacio del honor, rodeado gloriosamente de arqueros de integri-dad y de
continencia, y el alcázar de la justicia, defendido por todas partes con
guardias de rectitud, entereza y religión, y adonde se habían levantado
murallas en quienes no podían hacer brechas, no diré las mismas dádivas, pero
ni las secretas osadías del pensamiento. Así fue que Quito debió mo-destamente
complacerse de que fueron bien oídos del Dios de las miseri-
cordias sus votos, viendo tan bien despachadas sus súplicas. Y así fue que
Quito prosiguió siempre haciendo propicio al cielo, y tuvo la gloria de ver
que V. S. cumplía fidelísimamente
las confianzas del soberano, pesando con
la mayor exactitud, lo que se debe a
los intereses del príncipe y a la feli-
cidad del vasallo. Vio finalmente
que V. S. absolvió en el colmo del acierto,
y conducido por la misma mano de la fortuna, la peligrosísima carrera del
gobierno. Quejosos no han faltado de todas condiciones. (¿Cuál fue tan
afortunado que careciera de
ellos?) Han levantado un sordo grito los des-
contentos, esos hombres que son
en las repúblicas y en el Estado su peste, y
en la naturaleza racional su horror y
escándalo; esos hombres serviles, que
al vilísimo precio de la adulación más abatida y delincuente, quisieron lo-
grarle a V. S. accesible, para
tenerle subyugado al interés, a la venalidad,
a la injusticia. Pero de ellos es de quienes hoy día recibe V. S. el mayor
elogio, porque en su perenne silencio, se oye distintamente un eco que dice:
el Señor Diguja, al mismo que le dio las tijeras y ofreció el vellón a que
se lo quitara, lo dejó intacto y
cubierto de su propia
lana. Ellos mismos
abren los ojos para ver la luz
que les rodea, pero es ya cuando van a
perderla. Claman, pues, que V.
S. es su sol benéfico que los vivifica,
y es
cuando este sol se les huye y ausenta a remoto hemisferio. Entonces todos
con sinceras lágrimas lloran lo
que van a perder, que es lo mismo que
estampar con caracteres más finos la merecida alabanza al genio felicísimo
de V. S. Y nadie duda hoy que éste fue siempre conducido por el ánget
de la paz y por aquel ángel que
preside al acierto del gobierno.
Porque siem-
pre advertimos que a vista
de V. S. temblaba el vicioso, y se volvía mo-
destamente intrépido el hombre dé bien.
Así a todos los quiteños (me pa-
rece) posee la persuación de que V. S. ha sido agradable a Dios y estima-
ble al Rey, no pudiendo hacer mayor obsequio al soberano, que asegurar
la fidelidad de los vasallos, dándoles a conocer en su gobierno penetrativo
y justo, que el Rey es el verdadero padre de sus pueblos, y dando el mejor
culto al Todopoderoso con
la manifestación de dos gloriosos atributos, que
son la clemencia y la justicia. Una y otra han obligado a V. S. a que
suspire por Quito y todos
sus moradores. Bien penetró V. S. que todos
ellos son dignos de conmiseración por
la calamidad de los tiempos, y mere-
cedores de un tratamiento muy benigno por su docilidad y su conocimiento
de la mano que los beneficia.
"Por eso llévalos V. S. en el corazón, para
serles siempre benéfico, (expresión ternísima que se le escapó a V. S. del
pecho, en las últimas
despedidas), y lo ha de ser, cuando no recomendando
con las voces la constitución
leal pero infeliz del quiteñismo, a lo menos
manifestando en la igualdad templada
de la estación benignísima de su
go-
bierno, un siempre verde y
floreciente ramo de oliva, que nunca llegaron,
no digo a marchitar, pero ni aun a soplar de lejos los aires populares y los
vientos del último vulgo. ¡Cuán intacta se hallaría aquella oliva
en terreno
de más noble naturaleza! Sí, Señor, V. S. hablará ventajosamente de esta
Provincia y de sus prodigiosos genios, a quienes no falta para ser en las
artes, en las ciencias y en toda
litetarura verdaderos gigantes, sino un cul-
tivo de mayor fondo que el que logran. Represento, por esto, a V. S., como
quiteño, que ya le ejecuta la obligación de serme benéfico aceptando be-
nignamente este breve rasgo, corrido a veloz pluma con el dictado de con-
versaciones. Ni fue por otra razón que dije al principio de esta mi dedi-
catoria, que el haber sido V. S. Presidente de Quito era
para mí el motivo
de la confianza.
Mis conversaciones no
merecen tenerse en las juiciosas tertulias de los
discretos y de los que, como V. S., gozan un espíritu delicado y de un
gusto
muy exquisito. Ante sí, ellas parecerán chocarreras a primera vista y harto
desapacibles. Pero,
Señor, mucho conoce V. S. el carácter de Murillo, para
que viendo en todas sus naturales propiedades (que aquí se procuró repre-
sentar al vivo) el retrato fiel del pedante, del semisabio, del hombre sin
educación, juzgue prudentemente que
la intención del Luciano fue corregir
aquellos originales, cuyas facciones saca y copia
perfectamente Murillo, y
disculpe todos los visos que
tuvieren mis coloquios de una sátira menos
honesta. Bajo esta protesta, me
atrevo, Señor, a ofrecérselos sin
más interés
que el de quedar de todos desconocido, y sin aspirar a otro premio que
el de dedicárselos como índice de la agradecida voz del quiteñismo para con
V. S. Felicísimo yo, si dando a
conocer mi sincero amor por la
patria, pu-
diese lograr con mis conversaciones el divertir algunos momentos a V. S.,
y el manifestar el respeto y
gratitud con que soy
Su muy obediente y humilde servidor.
Dor. De Cía.
PREFACIO
El día veinte de Marzo de este año 1779, la ansia de oír el sermón de
Dolo-res, que predicaba entonces el Doctor Don Sancho de Escobar,5 Cura del
pueblo de Zámbiza, en la Iglesia Catedral de esta ciudad de Quito, junto en
ella innumerable multitud de gentes de todos estados. Asistió a la fiesta un
hombre, en cuya boca se oye frecuentemente la siguiente máxima:
Odi profanum vulgus et arceo. 6
Por lo que, viendo la general admiración con que se aclamaba el
predi-cador y no hallando cosa sobresaliente que la mereciese, pone su juicio
en las conversaciones siguientes, en que desde luego, hace que hable el Dr.
Mera, 7 ex-jesuita, hombre de instrucción y de letras, con el Dr. Murillo, 8
sujeto estrafalario en el estilo, desatinado en sus pensamientos, y envuelto en
una infinidad de especies eruditas, vulgares y colocadas en su cerebro con
infinita confusión.
Ellos, pues, habiéndose saludado y hecho los primeros cumplimientos,
callaron un rato. Pero Murillo rompió primero el silencio, y empezó de esta
manera.
CONVERSACION PRIMERA
Motivos y objeto de esta obra
Dr. Murillo. Déme Vm. un polvo narítico, * Señor Doctor, para emungir
las prominentes ventanas de las narices, pues hoy más que nunca se hace
necesario evacuar el humor pituitoso de la cabeza, y tener a ésta serenamen-te
desarrebolada.
Dr. Mera. He aquí, Señor mío, y tome Vm. cuanto quiera. Pero dígame Vm.,
¿qué necesidad es esa que manifiesta de tener hoy con tanto empeño despejada la
cabeza?
Dr. Murillo. ¡Ah! Señor, pues ¿no sabe que lo que nos ha conducido en
alas de la curiosidad y en brazos favonios del gusto a este sagrado fano, sacra
morada del divino Júpiter, ha sido para abrir las sensitivas ostras del oído, y
que ellas reciban el celestial rocío desperdiciado de la áurea boca de mi Señor
Doctor Don Sancho?
Dr. Mera. Sí, mi querido Dr. Moranillo.
Dr. Murillo. No soy Moranillo, Sr. Dr. Mero, sino Murillo y Loma,
de-coroso servidor de Vm.
Sátira a todos los que
hablan la culta latini-parla, y en especial a los médicos, amicísimos [sic] de
voces exóticas y muy sonoras. Murillo, pues, es de los médicos quiteños.
Dr. Mera. Pues sí, muy Dr. Murillo. Es cierto que hoy predica el Dr. D.
Sancho de Escobar, en la fiesta de los Dolores de la Santísima Virgen Ma-ría, y
esperamos un buen sermón que satisfaga al buen gusto, que edifique al pueblo
cristiano, y que hable dignamente de su objeto.
Dr. Murillo. Y ¡cómo que hablará muy dignamente, y cómo que será hoy el
clarín sonoroso de la palabra de Dios! Pues ¿no sabe Vm. la altísona fama, el
recrecido crédito que tiene? ¿No ve Vm. todo este sagrado pavi-mento cubierto
de prosapia adamítica de todas condiciones? ¿Y las pilastras ya sostenidas, ya
ahogadas en un orbe oceánico de racionales de todos esta-dos, que ha arrastrado
desde los ángulos más recónditos y longincuos su acendrado nombre, su
divinizado mérito en la oratoria?
Dr. Mera. Eso de nombre, vaya; pero eso de mérito, por no decir que
niego, digo que dudo. Mucho se ha menester para ser buen orador, y los estudios
de Don Sancho no han sido para formarle perfecto, como Vm. le pondera. Hablemos
seriamente. Vm. sabe que el vulgo (para hablar con el sabio benedictino, 9 a
quien Vm. aunque le ha leído, no gusta mucho ni poco) "juez inicuo del
mérito de los sujetos, da autoridad contra sí propio a hombres iliteratos, y
constituyéndoles en crédito, hace su engaño pode-roso. Las tinieblas de la
popular rudeza cambian el tenue resplandor de cualquiera pequeña luz en
lucidísima antorcha." He aquí todo el mérito de nuestro espectable orador,
en cuyo examen no ha tenido parte alguna la sana razón, sino solamente el vulgo
de los sentidos de quienes se dice, que:
Fallunt nos oculi, vagique sensus
oppressa ratione mentiuntur.
Sic furris prope quae quadrata surgit, attritis procul angulis
rotatur.10
Dr. Murillo. Blasfemó Vm., y perdonándome la licencia que asumo de
hablarle con ingenuísima apertura de corazón, me ha de oír, que Vm. ma-nifiesta
mucha dosis de humor bilioso, y pateface un colmillazo córneo, ni-gricante de
adusta envidia. ¿No ve Vm., no ha sabido que este Doctor sa-pientísimo lo es
realmente, y por consiguiente orador plusquamperfecto, porque fue de la eximia
sociedad de los sabios, de los doctos, de los lite-ratos, en quienes
únicamente, como en su apacible regácico seno, se recli-naba la señora Domina
Sabiduría? Basta decir que es ex-jesuita, para decir que sabe todo lo que debe,
y debe todo lo que sabe a la doctísima Compa-ñía. Así Vm., Señor Doctor, es un
maldiciente malédico, es un individuo gárrulo, es un atrevido, osático igno.
Dr. Mera. Poco a poco, Dr. Murillo. ¿Qué insultos son ésos? ¡Oh! mas
perdónolos desde luego, por Vm. mismo, y por todo el conjunto de hom-bres que
hablan como Vm. y de quienes es Vm. perfectísimo órgano. Paso por todo, por
pasar un rato de conversación erudita con Vm. de que resulte
promover acá en nuestro particular el estudio de las ciencias y artes y
de una oratoria edificativa al cristianismo. Así debe Vm. tener presente que yo
también he sido alumno, aunque indigno, del mismo cuerpo; por lo que debo decir
que el método jesuítico de enseñar Humanidades y las ciencias mayores, no era
muy bueno y propio para formar un orador, como Vm. lo supone. Yo se lo diré
todo, para que disipada de un solo soplo una fantas-ma quimérica de sabiduría,
entendamos en un mejorado sistema de cono-cimientos. Ni la sotana conciliaba a
la voluntad deseo de saber, ni el cín-gulo daba aquella paz y quietud que
requiere la profesión de las letras, ni el ropón ponía perspicaces los sentidos
para la adquisición de noticias cien-tíficas, ni el gollete del cuello daba al
cerebro mayor robustez para una se-ria aplicación a los libros, ni la becoca
añadía memoria, ni el bonete aumen-taba e ilustraba al entendimiento.
Dr. Murillo. Cierto, cierto; ahora hablaremos. Mire, observe Vm., que ya
viene por entre ese semicírculo de bóveda mi Sr. Dr. D. Sancho y sola su
presencia, retóricamente adornada, me llena de óleo de gusto, y de bál-samo de
asombro y admiración las visceras internas. Viene en la compañía noblemente
generosa de Don Alejo Guerrero.
Dr. Mera. Déjeme Vm. hablar, que venga, que no venga. No me quiera Vm.
poner en susto. El vendrá y se meterá, (como es regular), a la sa-cristía.
Nosotros estamos bien distantes para no ser oídos, y yo, por mise-ricordia de
Dios, soy bien pequeño y no represento bulto. El, por otra parte, es muy corto
de vista, y estoy cierto que no ha de alcanzar a mirarme con todos sus
anteojos.
Dr. Murillo. Y bien, dejemos toda la confabulación para después del
orático sermón. Allá va, entra ya al aparador simbólico de los paramentos
sacros.
Dr. Mera. A la sacristía, dirá Vm., Dr. Murillo.
Dr. Murillo. O yo no me dejo inteligenciar, o Vm. impulsado de su
ca-coético laconismo, quiere que me difunda en locuciones vulgarizadas.
Dr. Mera. No, Señor, lo que yo quería era que Vm. hablase sin rodeos y
dando su propia significación a cada cosa. Mas esto no es posible. . . Pero
dispongámonos a callar que ya sale de pelliz a tomar la bendición al Obispo.
Dr. Murillo. Sí sí. ¡Ea, campeón magnífico del verbum Dominil11 ¡Ea,
esplendoroso adalid de la murmurante facundia oradora! ¡Capitán, de la
elocuencia sacro-profana! Subid a la pulpitable cátedra, y decid todo lo que
vuestra cerúleo-rubra imaginación os dictare, que aquí esperamos de vues-tra
cítara organizada bilingüe cláusulas armónicas de cadentes liras! Atención,
Señor Doctor, y más atención.
CONVERSACION SEGUNDA
En la que acabado el sermón se trata de la
latinidad en la misma Iglesia
Dr. Murillo. ¡Ah! ¡Qué asombro envuelto en mantillas radiantes de
elo-cuencia! Oh! ¡Qué lástima reclinada en manos del dolor al finalizarse esta
oración elevadísima! *
Dr. Mera. Ahora hablaremos, Doctor mío, por partes, todo saldrá a su
tiempo. Vamos ahora sobre lo que rodaba nuestra conversación. Decía, pues, que
la circunstancia exterior de jesuíta, no podía añadir la del verdadero mérito
literario. Mire Vm., el que en la Compañía no tenía más que un me-diano talento
era un hombre tan ignorante como cualquier presbítero secu-lar del clero de
Quito. La razón es porque aunque los maestros y superio-res tuviesen mucho
cuidado y con los estímulos de una ardiente emulación influyesen en sus
escolares.. .
Dr. Murillo. ¡Qué! ¿Los jesuítas tenían tantum, tantum,12 Sanchos
Es-cobares a quienes enseñar?
Dr. Mera. Digo que, aunque en sus escolares inspirasen el deseo de
sa-ber y hacer progresos, pero su método de enseñar era muy malo en esta
Provincia. De suerte que (empezando por la gramática latina), sabidas las
comunes reglas de la sintaxis, todo el fin era la traducción, pero de autores
casi bárbaros y que no tenían el gusto ni tintura de la antigua latinidad.
Dr. Murillo. Doscientos persignaciones santiguáticas me veo obligado a
circunvalar sobre el cordón umbilical, para que no me entren estos sus
fasci-nantes desatinos al occipucio capital. ¡No tener el gusto de la
latinidad! ¡No tener tintura de la antigua latinidad! ¡Método de enseñar era
muy malo! ¡En la Compañía traducir autores casi bárbaros! ¡Ah, ingentísimo
as-pídico dislate! ¡Ah, ponzoñoso tarantulático mordaz barbarismo! ¡No tener,
no tener! Se lo creeré, cuando se vuelva del todo P. Manca.13
Dr. Mera. Sin serlo yo, puede ser, que, si Vm. me apura más, llegue el
tiempo de que esto que no cree se lo persuada. Antes de todo, para que
vol-vamos al propósito sin tedio, oiga lo siguiente. Había en una ciudad,14
dis-tante de mi lugar catorce leguas, un catedrático de Cánones, ** natural de
la Mancha americana chica, y hombre de natural elevación. Este, pues,
des-contento de que, habiendo venido ya adulto y luengo, de luenga tierra a
obtener tan solamente uan triste cátedra y una pedánea superintendencia sobre
ciertos jóvenes llamados los colorados, se quejó en varios actos pú-blicos y
réplicas literarias (que desempeñó con golpes de muy clara luz), de la
injusticia que se le hacía en no atenderle con mayores honras que merecía.
Llegó el clamor a oídos de un sujeto, que concibió tenía razón; por lo que, y
conociéndole de todas maneras, y desde la piel hasta el mis-
Muchas de estas palabras y
expresiones están tomadas del Sermón de Dolores.
Dr. Co. Co. Co. Procurador.
mo corazón, muy recto y muy sencillo, procuróle una bien distinguida
plaza de judicatura, que no es del día el nombrarla. Puesto en ella se le
ofreció poner un proveído garboso, fundado y pro tribunali. Como pare-ció
injusto a la parte, suplicó de la sentencia, diciendo que era ella nula, y, si
alguna, injusta y muy agraviada (ya habrá oído Vm. que éste es co-mún estilo de
Curia), y así que se sirviese Su Señoría revocarla, suplirla y enmendarla por
contrario imperio, declarando, etc. Viendo, pues, el ca-ballero manchego el
pedimento, como había sido criado con leche, mer-meladas y armiños hasta los
veinte años, saltó, llenó de polvo y susto la sala judiciaria, y repetía casi,
casi como Vm. mismo poco ha. La sentencia que yo di injusta y muy agraviada. *
¡Revocarla! ¡Suplirla! ¡Enmendarla por contrario imperio! ¡Yo, declararla nula!
¡Suplirla! Y lo repetía mil veces todo; hasta que después, advertido de la
práctica forense, conoció que el dicho modo o de apelar, o de suplicar era de
estilo. Así le puede suceder, si atiende con más reflexión lo que le parló.
Dr. Murillo. Que sé yo lo que podrá evenirme. Para verlo, enuncie Vm. lo
que premeditaba sublinguar del lacio idioma.
Dr. Mera. Formaría un tomo entero, si hubiese de manifestar a Vm. parte
por parte todo lo. que toca al estudio de la lengua latina y su malí-simo
método de aprenderla. De allí venían esas composiciones o en los certámenes de
Navidad o en las arengas, dedicatorias y prolusiones de los actos literarios,
llenas de hinchazón, pompa y fanfarronada, sin conocimien-to ni uso de la
propiedad de las voces latinas, ni de la naturaleza del estilo.
Dr. Murillo. Infundamental agnición tiene Vm. en las márgenes
sel-vático-dodóneas de la historia. Ya se deja conocer que Vm. aún no rom-pió
los esperezos auróricos del hemisferio pueril, cuando florecieron las virtudes
latínicas de los latinísimos Padres Crespos, ** en grado lírico-he-roico. Estos
gemelos latinizantes desafiaron a batalla campal al Po y al Rhin, a ver cuál
exhalaba más crespos cristalinos penachos de encrespado latín. Quiero decir que
salió el P. Nicolás Crespo a la arena paléstrica con el germano rhínico P. Reen
*** a cual desternillaba más latínicas co-locuciones, y sacó la palma, el
trofeo, el violín, la lira, el mirabel y el lau-rel, el más enrevesado
latinista P. Crespo.
Dr. Mera. Concédole a Vm. de buena gana el triunfo del dicho Padre. Esto
prueba cómo uno u otro de rarísimo talento puede vencer el hielo de la mala
educación y acertar todos los primores de la facultad que es-tudia. Pero
dejando para otra ocasión que los alemanes han sido muy adictos a pueriles
juegos y a vicios de redundancia en punto de latinidad, es del caso que Vm. me
oiga también referir los verídicos casos siguien-tes, vergonzosos y de deshonor
a los jesuítas de esta Provincia.
** Ignorancia
del estilo forense y modo de libelar según nuestros regnícolas.
Dos hermanos, ambos jesuítas
de crédito, y el uno con especialidad en latinidad, naturales de la ciudad de
Cuenca.
El P. Reen, jesuíta, era
alemán.
El alemán Simler15 trató de ignorantes en lengua latina a sus socios, y
fue en público teatro. Un ex-jesuita Vallejo, encargado del Obispo Po-lo 16
para que informe al Sumo Pontífice Benedicto XIV de la extensión de sus
diócesis y del celo con que toda la había corrido en sus visitas, no pudo ni
acertó a escribir la carta; bien que nuestra Compañía el dicho P. Manuel
Vallejo, criollo (para distinguirlo de nuestro erudito granadino Pedro Vallejo)
tuvo créditos de buen estudiante, y quien lo formó fue el extrajero P.
Magnin.17 En mis días, y cuando ya tenía mi sotana que se me iba cayendo de los
hombros, entre tantos jesuítas de nombre que te-níamos, no hubo alguno que, a
solicitud de un hombre pío y devoto, se animase a escribir al Papa Clemente
XIII una carta postulatoria de indul-gencias, para el establecimiento de la
Cofradía de San José en la iglesia de Recoletos de la Merced, y sólo Coleti,18
veneciano, la escribió. ¿Quiere Vm. más?
Dr. Murillo. Me induce en los precordios nimia maestitia esta su
na-rrada historia antiqua. ¡Créame Vm. que no tiene tino mental para ser
his-toriógrafo!
Dr. Mera. Es lo mismo que respondió un religioso español de cierta
Orden, * a otro quiteño, de distinto Instituto. ** Dijo el español aragonés:
gracias a Dios que España no ha producido hereje alguno. Replicó el crio-llo
que sí, nombrando algunos. Pero no me ha de nombrar (repuso el aragonés) que
los haya dado a luz mi católico reino de Aragón. —¡Oh! (dijo el quiteño), y
Miguel de Molinos ¿nacería por ventura en la Apu-lia? Sepa V. P., Padre mío,
(continuó) que Miguel de Molinos 19 nació en la capital de Zaragoza; y diciendo
esto, sacó a su Moreri, 20 para darle por los ojos. Corrido y avergonzado
entonces el español, pero al mismo tiempo respirando auroras, albas y candores
por la boca, dijo con la ma-yor inocencia del mundo: vamos que V. P. no tiene
ni tino, ni vocación para el asunto, y así no lo crió Dios para la Historia.
Dr. Murillo. Ese religioso, al fin, en quien ostender sus cogitaciones
tuvo a las palmas; pero Vm., Señor Doctor, no me patenculizará ni un Morero ni
un Moreti; con lo que me deja en los fúnebres turbiones de mis opacas
mesticias.
Dr. Mera. Satisfago; si en esta pobre Provincia, lo> último del orbe
li-terario, no se sabía con perfección el latín, es menester consolarnos,
sa-biendo el juicio que hacía (verálo Vm. en mi reducida librería) Gaspar
Scioppio21 de la latinidad jesuítica entre las cultas naciones de Europa. Este,
pues, doctísimo escriturario, filólogo y cuanto Vm. quiera, y a quien nuestro
Cardenal Belarmino, 22 con otros muchos de los nuestros, le llama varón
ilustrísimo, y príncipe de los eruditos despreció nuestro método de enseñar
Humanidades, y lo que principalmente nota es que no sabíamos
Fr. Lorenzo Pérez,
dominicano, rector que fue del Real Colegio de San Fer-
nando.
Fr. Francisco de la Grafía,
franciscano, religioso bien erudito.
el lenguaje puro del tiempo de Augusto, ni la fineza que observaba Roma
en sus mejores tiempos.
Dr. Muritto. Parece que Vm. también afecciona afectadamente ser muy
purista, imitador de esos gigantes horrísonos de letras humanas, 23 Melchor
Chopo, Electo Erasmo de la ciudad de Desiderio, 24 Laurencio Valle,25 Don
Platina,26 Angelo Poluciano, 27 Junio Augusto Escaligero, 28 José Cé-sar
Escaligero, Don Carolino Sigonio 29 y otros. * Mas Vm., con todos ellos debía
ser flagelado de los malignantes espíritus, como San Jerónimo lo fue de las
angélicas inteligencias, por ser tan ciceroniano. Por lo que me alegro que este
caballero Sigonio no se saliera con su fraude dólica, y con su dolo
fraudulento, queriéndonos entrometer a Nos, los literatos, que su libro de
Consolatione, que fue hijo legítimo de su piamáter y que lo dio a los ardientes
rayos de Febo, envuelto en las secundinas de sus mentales ra-diaciones, era
parto del Señor Don Marco Tulio Cicerón. Pero algunos sus-picaces nasones le
olieron muy distintos perspirantes hálitos de la antigua Roma, y dieron al
postumo por suplantado, y supuesto al Domine Marco Tulio. Que así hay
comadrones desalmados de partos animásticos, que de-claran a sus protoplastos
verdaderos, cuando éstos, por impedidos y por guardar su virginal reputación,
no los quieren reconocer por hijos; como luego sucederá con un hijuelo que lo
he visto yo orientarse en la mullida cuna de los vegetativos cristales. Conque,
Doctor mío, lo primero no for-mar libros de Desconsolatione en nombre ajeno,
porque prepararán mu-chos fulminantes tormentos bélicos para el disparo, ** y
harán descargas sin blanco, todos los que se precian de blanquísimos tiradores.
Lo segun-do no querer ser tan amigóte de los fandangos gramaticales del tiempo
de Don Augusto, porque le llamarán con iactura de su honor y fama, purista para
abajo, y que sé yo qué más.
Dr. Mera. Estimo los consejos, mi querido. Lo que noto es, que entre los
nuestros faltaba el conocimiento de las palabras latinas, y que, si Gas-par
Scioppio despreciaba en su tiempo la latinidad de los nuestros de Ita-lia,
Francia y Alemania, se reiría justamente con carcajadas desmedidas, si oyese o
viese la de España y de Quito en estos últimos días, que se llaman de claridad,
por ser días del siglo de las luces.
Dr. Murillo. Bien puede Vm. sublevar ojos y manos hacia ese nacarado
violáceo zafir, para agradecer al Trino y Uno el que solamente le oiga yo. ***
Porque, si muchos literatos propincuos consanguíneos (que yo tengo la
Mofa sobre la afectación de los
semieruditos y verdaderos ignorantes, en citar muchos autores, y que habiendo
oído sus nombres, los pronuncian con errores propios de su ignorancia.
El Dr. José Cuero, Provisor
de este obispado juzgándose sumamente injuriado en la nona conversación,
ofreció matar al autor de estos diálogos, luego que le cono-ciese; para lo que
aseguró públicamente que andaría prevenido de un par de pistolas cargadas.
Se describe una de las
objeciones que hicieron los literatos de Quito al autor de estos diálogos; y se
da a entender la multitud de amenazas con que le buscaban para vengarse de su
osadía.
Honra de que por cauces tejidos de intelectuales perlas y corales se
enlacen y emparenten por línea recta con mi cuerpo y mi relumbrona alma) oyeran
a Vm. esto, a la hora, al momento, al minuto, al instante, lo desterraran para
la formosa ciudad de Ebora, que allí dicen está haciendo oraciones de estando
un Padre Belermo Metodista. A un amigo mío que oyeron ha-blar así, ni más ni
menos como Vm., le exiliaron para dicha Débora, y a lo de su marido el Belermo,
diciendo que de sus barbas había formado un cribático cedazo, lo que el mismo
Belermo acervaba como lucidísimo ve-llón. Quiero decir que aseguraban haber el
citado mi piládico y oréstico amigo, dicho mal en sus centones zurcidos, lo que
el metodista escribió bien en Portugalia.
Dr. Mera. Pues no hay que dudar, que todos sus parientes tienen un
esquisito y depurado conocimiento, una fina penetración de los asuntos, y una
no vulgar lectura. Para decir así, y coger en el plagio a ese su amigo,
tuvieron los parientes de Vm. todos los sentidos perspicacísimos, y tan
refinados en su delicada percepción, que se puede dar alguna idea de ellos
comparándolos con la misma diafanidad. Sus ojos (parece que los veo) sin duda
son derretidos, vivaces y de paloma; y las potencias tan alegres, saltarinas, y
tan inocentes, como las niñas de sus ojos. En fin, para cono-cer tan
lindamente, deben tener una prodigiosa habilidad hereditaria, y les basta para
esto ser parientes de Vm. Aunque me oyeran y dijeran lo mismo que al otro, no
había otro remedio que proseguir.
Dr. Murillo. Y entonces ¿querrá Vm. que circunvolitemos para sola la
admética latinidad, por las eras de los Césares, emperadores y Augustos?
Dr. Mera. Querría desde luego que se tuviese conocimiento de la
lati-nidad del Siglo de oro; mas no por esto querré que, afectando una pureza
escrupulosa, se incurriera en el vicio de desterrar las palabras, que habien-do
sido por el uso recibidas y capaces de exprimir hoy bellamente los con-ceptos,
no fueron verdaderamente latinas ayer. Es con razón burlado el Cardenal Bembo
30 por el muy erudito Justo Lipsio, 31 a causa de que en las cartas que
escribió en nombre de León X llamó a la Santísima Virgen Deam, por no decir
Deiparam, al Papa en vez de decirle Vontijicem, le dijo deorum immortalium
vicem gerentem in tenis. 32 A la fe no llamó fidem sino persuasionem. De la
misma manera se burla el Padre Mabillón, citan-do a San Agustín, y reprendiendo
con el Santo Doctor a esos (como nom-bra Vm.) gramáticos puristas, que más bien
querían llamar a Jesucristo Servator, por no incurrir en la nueva voz de
Salvator. 33 Este demasiado escrúpulo hizo que muchos humanistas del Siglo XV
(de los que algunos bastantemente desbautizados, nombró Vm. poco ha) llenos,
como dice Fleury, 33A más de literatura que de religión, pretendiesen persuadir
que ésta se había perdido con la pureza de los idiomas griego y latino. Nada
me-nos que esto, y esos autores de todos modos son reprensibles. Pero es bien
confesar ingenuamente que nuestros jesuítas no sabían en su perfec-ción el
latín.
Dr. Murillo. Basta, basta; satis iam verborum est, para el desengaño con
que Vm. irradia la opacidad intrínseca de mis mercuriales conocimien-tos, por
lo que respecta al lacio idioma.
Dr. Mera. Ya se manifiesta Vm., Doctor mío, algo impaciente, y tiene
razón. Las doce, día de ayuno, y van los sacristanes a cerrar las puertas de
esta santa iglesia. * Adiós.
CONVERSACION TERCERA
La retórica y la poesía
Dr. Murillo. No pude, en las volantes vísperas de la estacionaria
por-ción de la tarde de ayer, lograr el alto honor de repetir su amenosa
con-versación. Lograré tan gustosa complaciente satisfacción en esta mañana
sabatina, si fuere del arbitrario beneplácito agradable a de Vm.
Dr. Mera. Venga, querido mío. ¿Qué deja Vm. de nuevo en la repú-blica?
Dr. Murillo. Nada, Señor. Sólo quise admonitar a Vm. que mañana
oráticamente predicará sermón de Ramos palmares el devoto Provisor. Ha-go de mi
parte, solemne invitatorio a Vm. para que asista a él. Pero a fe que no ha de
asimilitudinarse al teatinazo de ayer, porque éste apren-dió a predicar donde
se enseñaban sus elementos.
Dr. Mera. Así es, amigo. Quiere Vm. decir en la Compañía, adonde se
enseñaba la retórica.
Dr. Murillo. Sí, Señor, Y por lo que mira a esa arte de las artes, a esa
mi arte favorita, de la que, aunque indigno, soy emérito profesor, de esa
coruscante antorcha que ilumina al alma para el bien decir, de esa esplendorosa
azucénica hermosura, que se cognomina retórica, ¿a fe que no ha de decir Vm.
que la estudiasen mal los dichos jesuíticos?
Dr. Mera. ¿Y cómo que he de decir que la estudiaban muy mal? El
preceptor nos hacía estudiar un compendio muy breve latino, en que se trataba
de unas nociones generales obscuras de la invención, disposición, elocución,
tropos y figuras, con unos ejemplos los más de ellos bárbaros y que seguían el
genio de su imaginativa destemplada y de ningún modo formada en el buen gusto.
Allí no explicaban ni las Instituciones de Quin-tiliano, menos los Tratados
dignísimos de Cicerón, y nada, nada de Longi-no, para entender la diversidad de
estilos, especialmente la naturaleza del
Lejos de que se culpe al
autor que es demasiada impropiedad el hacer hablar en el templo sus
interlocutores, se debería agradecer que de este modo insulte a los fieles que,
con la mayor irreverencia, traban largas conversaciones en las iglesias. Este
abuso malo abomina y detesta de corazón.
a Lar:omitido: agradable.
sublime. Todo conspiraba a corromper el seso con conceptos vivos, nuevos
y no conocidos de la sabia antigüedad. Con este método, ¿cree Vm., Doc-tor
Murillo, que saldríamos buenos retóricos, capaces de formar una ora-ción algo
juiciosa?
Dr. Murillo. No entiendo a Vm. esta moderna parola. Vm. dice:
ima-ginación destemplada. ¿Acaso esta imaginación es órgano, u orgánica
vi-huela, a quien se laxitudinan las cuerdas? Buen gusto, ¿acaso toca al tra-mo
del sensorio, ni menos a la lengua palatina examinar las sales dulzainas de la
retórica? Ahora nos engaita Vm. con Constituciones de Quinto Eliano, * que será
algún sibarita: con Tratados de Cicerón, que fue gentil, y apenas escribió unas
epístolas, borricales por las rudísimas muelas que tiene; con Longino
picaronazo, bizco judío, que enristró en el Gólgota la lanza mambrínica, y la
asestó contra el costado del Salvador. 34 ¿Qué más estilo sublime que el
siguiente?
Para susto del cielo se dirige
de Juno por los golfos la membruda
altivez de sus torres, con que a flige
la orilla que a los astros más se anuda,
riscos organizando, tanto erige
la rebelde cerbiz que allá sin duda
se cairelan sus altos homenajes
del Fénix de la luz con los plumajes. 35
O de no, para que a Vm. más le guste lo sublime y azucarado este otro
gran principio de soneto: Sorprendidos de horror los pensamientos, se re-clinan
desmayados discursos en los brazos del susto. Pero Vm. como ex-jesuita entiende
de esto, porque ha estado en medio del científico taller y a ninguno debo
añadir fe sobre este asunto, sino a Vm., Señor Doctor.
Dr. Mera. Cierto es que todo era producir agudezas, hablar al aire
hi-perbólicamente, sin un átomo de persuasiva, de método, de juicio. Vm. nos ha
oído discursos y oraciones llenas de esa galantería poética, y de esa elocución
hinchada, con una multitud de sutilezas metafísicas.
Dr. Murillo. Según eso ¿los ejemplos supra alegados por mí no han sido
del gusto melindroso de Vm?
Dr. Mera. De ninguna suerte, por la afectación, pompa y fausto de que
están vestidos.
En Quito no se ha tenido la
más leve noticia de estos autores entre la juventud dedicada al estudio de la
latinidad, y aun entre los profesores viejos de las ciencias ma-yores. El autor
de estos diálogos, que ha registrado las librerías de casi todos los
par-ticulares de esta ciudad y también casi todas las de las comunidades
religiosas, no ha hallado más que un solo ejemplar de Quintiliano, y de Longino
ninguno, sino dos de la traducción francesa de Boileau, en librerías de fuera
de la ciudad, entre sujetos de buen gusto.
Dr. Murillo. Pues del mío, sí. Despido las auras volátiles del aliento,
pierdo las pulsáticas oscilaciones de la vida, cuando oigo estas fulgurosas
incomprensibilidades de los retóricos conceptos. ¡Qué deliciosa fruición no es
oír a los cisnes canoros de la oradora concionante palabra, gorgorean-do con
gutural sonoridad, trinar endechas en sus dulces sílabas! ¡Qué in-tervalos
sápidos de gloriado contento no percibe el alma a los ecos armo-niosos de sus
fatídicas descripciones!
Dr. Mera. ¡Qué dice Vm. Dr. Murillo! ¡Qué dice Vm.! ¡Yo estoy ad-mirado
de todo este su modo de explicarse! Dígole la verdad, que me oprime la cabeza.
Vm. no solamente imita, sino que hace infinitas ventajas a los autores de sus
dos ejemplos.
Dr. Murillo. Ojalá, carísimo dueño mío. Bien se conoce que es Vm. tierno
pimpollo de ayer, pues no ha prestado sus atentos oídos a la aus-cultación de
la rafagosa pintura de la caída que experimentó de su brutal pegásico bucéfalo
el magno Apóstol San Pablo, figurada por mi Padre Francisco Sanna. * No ha
escuchado Vm. una historia verdaderamente pin-tada, que predicó en una Cuaresma
el Padre Hilario Lanza García. ** Consulte Vm. con nos los antiguos, y verá.
Dr. Mera. Déjeme Vm., que aunque no haya oído esas descripciones, no he
dejado de verlas guardadas como reliquias preciosas de retórica y modelos
acabados de elocuencia. Todo esto nos viciaba el gusto y nos descomponía la
imaginativa, para que formásemos, siempre y por siempre, un estilo redundante,
vestido de metáforas y de figuras, buscadas con de-masiada solicitud. Créame
Vm. que hasta ahora no puedo desprenderme legítimamente de él, porque se me
pegó ese modo de hablar culto, que los nuestros llamaban, con ropaje de flores.
Dr. Murillo. Prospérese Vm., Señor Doctor, con el mismo vetusto
can-tábrico flamígero estilo, que aprendió en la Sociedad del ígnito
Guipuz-cuano; porque si de él se apea, se dirá a voz en con la carga de este su
lenguaje ramplonazo a revolcarse en el cieno de su naturalidad. ***
Dr. Mera. No haré tal; porque ¿qué hombre de mediano talento, que haya
leído algo o de Cicerón, o de Livio, o de Salustio entre los latinos; o entre
los españoles al Solís, al Granada, al Mañero, 36 y a otros así muy poco
maestros de la lengua castellana podrá sufrir estos (como dicen los franceses)
luminosos Febos? De todos estos jesuítas, y de cada uno de ellos, debe decirse
que:
Telephus et Peleus, cum pauper et exul uterque Proiicit ampullas et
sesquipedalia verba. 37
Jesuíta sardo, tinturado en
el pésimo gusto de la elocuencia del tiempo jesuítico.
Otro jesuíta amigo de
descripciones poéticas, según el vicio de los jesuítas de esta Provincia.
Díjose que el autor de estas
conversaciones no podía escribir con aquel estilo florido, y que por esto lo
censuraba.
Dr. Murillo. Todo esto que Vm. verbaliza me parece que son centones y
que lo ha mendigado de algún barbón metodista; y así que, bien va trasmigrando
la fugaz idea por esas agrestes extensiones de la crítica, y no advierte que se
sigue confabular de la poesía.
Dr. Mera. La poesía latina igualmente la cultivábamos con desgreño y
sequedad, si no es que en los pensamientos éramos (dirélo así) furiosos, porque
olvidando la imitación de la hermosa naturaleza, queríamos alcan-zar con las
manos esos luceros, y deseábamos sobrepujar el entusiasmo del mismo Lucano. *
Pero los versos eran insulsos, lánguidos, y, como antes dije, con voces
bárbaras, por falta del conocimiento de las latinas del siglo de oro de la
latinidad. Por eso esa frialdad, indigna del noble fuego y majestad que inspira
el verdadero numen poético. Muchos ejemplos ale-gara a Vm. de mis versos, sin
avergonzarme; pero vaya uno de versos he-chos en tiempo de Navidad por un
acreditado estudiante de los que cer-taban.
Ecce viderunt Puerum cubantem,
O quis ardores detegat Magorum!
Nix tegens visum (súbito)
fit illis
Ignis arundo.
Protinus ponunt diadema, quodque
Est bonos regum capiti coruscus:
Ad pedes blandi positum puelli
Osculat illos.
Ecquid? aiebant, Dominator orbis,
Principum Primceps casa parva vilis
Est tuum limen? Domus ecce nostra
Sint tibi corda.
Nix es aut ignis, Puer o
tenellus?
Nix? Cremas, flagras ánimos
tepentes.
Ignis? Explana paleis propinquis
Quomodo parcis? 38
a este estudiante se le dio el
primer premio, como se manda en el Paradigma. Pero confieso que, sabidos y
conocidos los nombres griegos de los pies dáctilo, espondeo, yambo, trocaico,
etc. se aprendía también la cantidad de las sílabas breves o largas, y se tenía
conocimiento de la medida de los versos, estudiando igualmente por nuestro
Ricciolo. 39 La prosodia.
Dr. Murillo. ¡Ah! ¡Quién hubiera ceñido el aganípico penacho de esos
bonetes! Yo tengo acá en las telas de mi corazón un latido rumoroso, que
Por testimonio de los mismos
ex jesuítas, y en especial del mismo D. Sancho de Escobar, Lucano era a quien
más que ningún otro poeta latino seguían, apreciaban e imitaban los jesuítas de
esta Provincia.
me está avisando el que hubiera sacado yo los primeros premios. ¡Ah!
¡Qué azúcares, qué libros, qué cajas, qué chocolates! Pero, si no estuvo de
Dios que hoy me viera en Rimini o Faenza,40 démosle gracias que en esta
Sociedad morase, en cuerpo y espíritu, la esfera ignicular de la poesía.
Dr. Mera. La lástima fue que ignorábamos verdaderamente el alma de la
poesía, que consiste en la naturalidad, moderación y hermosura de imá-genes
vivas y afectos bien explicados; y, aunque decorábamos a Horacio, Virgilio y
Lucano, este último nos arrebataba con su fuego, con el que verdaderamente era
un horno, dirélo así, nuestra incauta y mal acostum-brada imaginación.
Iam ingenium rapuit mediis in
fluctibus ignis. 41
Algunos de los nuestros más sesudos añadían a nuestro Sidronio
Hos-chio,42 y con esto estaba absuelto el estudio de la poesía latina.
Dr. Murillo. Yo poco o nada comprendo de estos arcanismos; pero si fuera
de la poesía hispánico-castellana, no dejara de meter mis garambainas
tinterales con muchos esdrújulus consonantes. Deme Vm. por vida suya, alguna
encandilada novela o noticia de cómo la estudiaban sus señorías los teatinos.
Pregúntole por curiosidad, porque yo muy bien conozco que el ser poeta depende
y está colgado de tener cierta vena, que está compuesta de cuatro grandulosas
arterias y unos músculos iambos y trocaicos en la cabeza.
Dr. Mera. En efecto, a la latina se agregaba la castellana; y, no
obstante que antes no se había aprendido la gramática vulgar y conocimiento de
las voces naturales, castizas, propias, no era la peor. Se ejercitaba ésta más
por las reglas del arte. Así por ese gusto viciado de querer siempre lo
bri-llante más que lo sólido, lo metafórico más que lo propio, y lo hiperbólico
más que lo natural, eran nuestros favoritos el Verdejo, el Villamediana, el
Candamo,43 y Antonio de las Llagas en sus cantos de Fili y Demofonte. 44
Dr. Murillo. Pues, y ¿qué mejor pasmosos asombros y modelos del arte? D.
Luis Verdejo Ladrón de Guevara, de quien aduje, cuatro mi-nutos secundinos ha,
una octava de su métrico Sacrificio de Ifigenia, as-ciende por el bífido
montuoso escalón del Parnaso hasta el cielo sidéreo de Júpiter Olímpico, y
créame Vm., que sostenido en su músico vuelo de las tres aladas vírgenes Clío,
Calíope y Erato, nunca baja de su safírica nume-rosa órbita. Eso de llorar iras
de amor con dulce anhelo. Eso de abultando en sus cóncavos ribazos, la imagen
de mi voz hecha pedazos. Todo suena a gloria cantada con timbales y clarines en
misas de los Patriarcas, a dirección de algún furibundo entusiasta músico. *
Dr. Mera. Ahora sí, aunque en bárbaro lenguaje, dio Vm. sin querer una
cabal idea de las octavas de su Verdejo. Eso que llama Vm. subir al
La música de Quito toda es
viciosa, sin afectos, sin armonía, sino una música de remiendos de la que
difundió el alemán Coller, jesuíta.
cielo, llamo yo apartarse de la imitación de la naturaleza, huir del
alma de la poesía y elevarse a la esfera del fuego, que para estos poetas, no
dudo, se halla colocado aun más arriba de los espacios imaginarios. Hipér-boles
desmesuradas, distantes de toda verosimilitud, son el hechizo y mé-rito de su
poética. Dice Vm. bien, que ella se parece a esa gloria cantada, porque a la
verdad es canto de bulla y aparato, sin el triunfo de la legí-tima gloria.
Dr. Murillo. No creí que fuese tan punticulosa contusión al Dr. Ver-dejo
la similitud que patefice a Vm. Ni gusto que a red barredera des-membre del
castalio coro a este famoso métrico cantor, y con él a otros muchos españoles
que se le parecen.
Dr. Mera. Digo lo mismo de muchos de ellos; y, si la decencia,
inven-ción, naturalidad, imitación de las acciones humanas a lo verosímil, con
otras cosas más, hacen el carácter del poeta, desde luego, quedan sin una gota
de aganipe los que creyeron haber agotado más sus fuentes.
Dr. Murillo. Peor está que estaba. Ello sin duda está Vm. insultado de
alguna februa malandrína terciana * y yace ahora en el tiempo típico,
pa-roxismado periódico de la accesión.
Dr. Mera. No amigo, que hablo en juicio.
Dr. Murillo. Pues entonces ya veo la cronicidad de su dolencia. Temo
recetarle el específico fármaco, porque todo el mundo ha de saber de su morbosa
heterogéneadolama, y no es bien que un eclesiástico como Vm. padezca de esos
pecantes humores. ** Fuera de esto, soy algo escrupulífero conservador de mi
sana conciencia, y habiendo leído en Busembaum45 y otros moralistas, que se
quita la fama en decir que algunos los padece, no quiero infiernar mi alma con
una mácula letal.
Dr. Mera. Ea, diga Vm. sin escrúpulo, enfermedad y medicamento. Dr.
Murillo. Diré o cognominaré el morbo, si Vm. tiene probabilidad
para darme esta licencia; pero no daré el antidotal específico, porque
en-tonces haría que Vm. desde sus cavernosos meatus eche la última baba.
Dr. Mera. Siendo Vm. médico *** no necesitaba mi licencia para
adver-tirme del mal y avisarme del remedio. Mas éste ya se entiende mi Doctor,
cuál sea. Quiere Vm. decir el uso del mercurio.
Dr. Murillo. Sí, Señor, unas unciones metálico-mercuriales.
Dr. Mera. Mas ¿dónde padezco yo mal francés?
Hacíase al autor un hombre
furioso, y un escritor de locuras producidas en su sola imaginativa.
Se le tuvo al Dr. de Cía por
un plagiario de los libros franceses y apasionado a ellos sin discernimiento
alguno.
Murillo es charlatán, y ya
cuando llegó a los 40 años, se puso a estudiar la medici-na del modo que en
esta ciudad se estudia, per saltum, y sin tener la idea de sus elemen-tos ni un
maestro hábil que dirija a los deseosos de saber esta facultad. Es tal Quito en
este asunto, que un donado Betlemita, sin saber siquiera gramática latina, se
introdujo a ser catedrático de medicina, y ha dado a la ciudad dos profesores
públicos a bene-ficio de su eximio magisterio.
Dr. Muríllo. En todos sus óseos intercostales, en todas sus miológicas
visceras, en toda su rubra quilífera substancia, en todo su maquinal cuerpo y
en todo su inteligencial espíritu. Todo Vm. está amiasmado de morbo gálico, y
afrancesado en todo el putido aliento que respira.
Dr. Mera. También entiendo a Vm. lo que quiere decir. Pero vamos, que es
Vm. hijo legítimo de los más altísonos poetas, y que para decir una cosa usa de
más metáforas y alegorías que todos ellos. Como al presente, para decirme que
soy adicto a los franceses.
Dr. Muríllo. Patas basas. También es Vm. hijo legítimo de los más
le-gislativos franceses, que quieren que sigamos su piocha poética, dejando
nuestro rizado copete y nuestra encastillada cofia; su frigorosa naturalidad,
abandonando nuestra meteórica altísona sublimidad. Así ha dado Vm. en ser
galiquiento. Digo otra vez que necesita babeo. Digo otra vez que es Vm.
mercurio francés.
Dr. Mera. ¡Qué de enigma contienen estas sus proposiciones! a Aquí me da
Vm. en cara con que soy plagiario de los libros franceses. Conque unas veces
centones, otras hurtos manifiestos. Desbarra Vm., pero no se enoje, y oiga lo
que le cuento. A tiempo que un preceptor de retórica es-taba en la clase
explicando a sus discípulos lo que era porsopopeya, y el uso que tenía en las
oraciones, pasaban unos niños bien hechos, vivatachos, y bien que bermejos (que
no es la mejor señal), amigos de aprenderse pala-britas de memoria para
ostentarla de estudiantes aprovechados. Ellos, pues, apenas tomaron de memoria
la palabra prosopopeya, cuando reventaban por arrojarla adonde les pudiese
freajear crédito; y creyendo que se acomodaba a explicar una persona bien
vestida y que anduviese con aire, acertaron a ver un joven de la moda bien
adornado y petimetre; y luego que lo vieron, con grande zambre y grita,
entonaron: Señores, ésta sí que es prosopopeya. Así Vm., mi Dr. Murillo, da a
entender que ha visto y leído esos franceses. Ahora pues, dígame.. .
Dr. Murillo. Alto allí, Señor mío. No quiera el Trino Omnipotente, que
yo vea ni lea a los tales Monsiures. Eso sería dar en ateísta, por eso no
quiero doctrinarme en ese maldito idioma, que vuelve a todos heresiarcas. No
los he de leer. * Pero he oído que ellos, y muy en capite Voltaire, here-jete
más hereje que el mismo Arrio dicen con herética pravedad que eoss poe-tas
ignoraban lo que se poetizaban.
Dr. Mera. Le han dicho a Vm. muy mal. Lo primero que ha de advertir Vm.,
es (óigalo bien, no sea que me ande con que también éste es centón francés) que
en todas las naciones ha habido literatos de buen gusto, que han hablado o
contra la corrupción de la poesía, o contra el abuso de ella.
a Lar: ¿Qué de enigmas...
proposiciones
Preocupación de muchos que
se tienen por literatos en Quito, de que no es bien saber el idioma farncés,
porque es nocivo leer obras francesas (adversas) a la religión o porque las que
(dicen ellos) son mejores si están traducidas a la lengua caste-llana. En lo
que se ve el extremo de su ignorancia.
Advierta Vm., en segundo lugar, que Voltaire en un discurso que antecede
a su poema épico de la Herniada, descarta de poetas heroicos a muchos que han
escrito poemas épicos, por los esenciales defectos que incurren o en el
ar-gumento, o en el estilo, o en la invención, o en la unidad de acción, etc.
El trae a comparecer en su tribunal a Homero, Virgilio, Lucano, Estado, el
Tasso, el Camoens, el Ercilla y otros. Mas en verdad que todos, más o menos,
sacan su multa, o en el ingenio, o en la doctrina, o en el aprecio. Ama la
naturalidad, la fluidez y una pureza de estilo tersa y varonil. Y en todas
estas partes hacen justicia a su mérito todos o casi todos los fran-ceses de su
tiempo, y aun los extraños, que tienen voto en la materia. Lo que abominan y
detestan con razón es su irreligión, su mala fe y su espí-ritu filosófico, de
que el infeliz se jacta con tanta vanidad y presunción. Desgracia ha sido que
dos ingenios tan sobresalientes para la poesía fran-cesa, como el Voltaire y el
Rousseau, * tuviesen el corazón tan apestado y corrompido en la divina ciencia
de la religión.
Dr. Murillo. Siendo de esta manera, parco tibí de la entrada en el
hos-pital nosocómico de las unciones. Vamos adelante sobre nuestros cisnes
mé-tricos, canoros ruiseñores, los poetas españoles.
Dr. Mera. ¿Qué quiere Vm. que le diga? Hay bueno, algunos líricos, otros
heroicos. Concitaría contra mí qué sé yo qué multitud, descartando de legítimas
epopeyas, la Araucana de Don Alonso de Ercilla; el Polifemo de Don Luis de
Góngora, el Sacrificio de Ifigenia de Don Luis Verdejo, la Ña-póles recuperada,
y la Raquel del Príncipe de Esquiladle, el Faetón del Conde de Villamediana,
Fili y Demofonte de Antonio de las Llagas, la Vida de Santa Rosa del Conde de
la Granja.
Dr. Murillo. Entonces ninguno queda con su osamenta entera. Todos salen
quebradas las costillas y las escápulas; porque Vm. los ha arrojado desde la
cima del Pindó al Valle de Cáucaso. Entonces ningún poeta epi-cista les queda a
los españoles.
Dr. Mera. Iba a decirle a Vm. concedo; pero no es negocio de
desespe-rarle. Aquí tiene Vm. por consuelo dos que, a excepción de algunos
defec-tos accidentales, han hecho sus poemas épicos muy sobresalientes. Don
Pe-dro Peralta, americano, y Don Juan de Jáuregui, español. Este último tiene
el defecto de la falta de propiedad en las palabras castellanas, o en la
afec-tación de introducir algunas nuevas, hispanizándolas no por necesidad,
sino por antojo, v. g., palude, flébil, vía. Prescindo del otro esencial defecto,
que consiste en la fábula, porque ésta ha sido asunto de plumas muy sabias en
orden a defender a Lucano, cuya idea y traducción siguió Jáuregui. Ello es
cierto que quienes tenemos por autorizados legisladores de la epopeya han hecho
su parte esencial la fábula. Mas por lo que mira a Don Pedro Peralta, es su
mérito singular en el poema de su Lima fundada. Verdaderamente
Hemos tenido dos autores
sabios con el apellido de Rousseau. El uno fue el poeta Juan Bautista Rousseau,
del siglo pasado y el otro Juan Santiago Rousseau, fi-lósofo, músico y algo
poeta, autor del Emilio o de la Educación, y del Tratado de Música que viene
citado en el Prefacio del Diccionario razonado o la Enciclopedia.
que él sólo debería servir como de original modelo. Su defecto no
consiste en otra cosa, que en el estudio de cerrar cada octava con su
sentencia. Pero este defecto se puede llamar muy bien de su tiempo. Las gentes
de letras y de sobrado talento hacían consistir en este género de nobleza de
pensamien-to el distinguido mérito de su fondo mental. Fuera de eso, la lectura
de Séneca vició (si éste es vicio reprensible, más que envidiable ornato), al
Quevedo, al Gracián, al Saavedra, al Solís mismo, y a otros españoles
in-geniosos de aquel siglo. Pero en lo substancial el doctísimo Peralta se
aven-taja a todos los que se citaron poco tiempo ha.
Dr. Murillo. Paciencia jobina se ha menester con Vm. Todo lo paso,
porque tengo fe humanizada, que también Vm. todo lo sabe por la misma
casualidad de haber sido de los teatinos, de quienes deseara saber si eran
imitadores, como Vm. dijo, de los susodichos Verdejo, etc., ¿qué laya de
pájaros helicónicos y parmésicos había en su tiempo?
Dr. Mera. Ninguno conocí poeta heroico, esto es, que escribiese una
epo-peya, teniendo por argumento una heroica empresa. Mi maestro Aguirre erró
la vocación de epicista (alguna vez imitaré sus términos), cuando pre-tendió
escribir la vida del Santo Padre.
Dr. Murillo. ¡Qué! ¿Emprendió escribir del Agustino divino, o del
ilu-minado Ambrosio, o del querúbico Crisòstomo?
Dr. Mera. No, amigo, nada de eso. Así llamábamos Santo Padre a nues-tro
Santo Fundador Ignacio, para distinguirnos de los otros regulares, que a cada
uno de sus fundadores decían ellos en sus sermones: mi esclarecido Patriarca,
mi seráfico Patriarca, mi sapientísimo Patriarca, mi ardentísimo Patriarca. Del
nuestro, pues, como iba diciendo, escribió un pedazo de poe-ma nuestro Aguirre.
Nada tiene que divierta sino sus latinismos. Oigalos Vm. uno por uno;
argentado, crinitos, faretrado, ominosos, fatídicos. Aho-ra, oiga Vm., para
divertirse, muy por sus cabales, una descripción de Mon-serrate. Va:
Este de rocas promontorio adusto
freno es al aire, y a los cielos susto,
más que de Giges los ribazos fieros
organizado horror de los luceros,
cuya excelsa cimera,
taladrando la esfera,
nevado escollo en su cerviz incauta
del celeste Argonauta
teme encallar fogoso el Buencentoro, que luces sulca en tempestades de
oro. Al erigir su cuello hacia los astros, cubierto erial de nieves y
alabastros, a Apolo en sus reflejos
de marfil congelado ofrece espejos,
reinando con sosiego
monstruos de nieve en la región del fuego.
Comunero de Jove, airado truena,
y de sü cima la nevada almena
crinitos fuegos vibra a la esmeralda
del verde simulacro de su falda;
siendo el frontis inmenso
por lo continuo y denso
del fulgor ominoso que le inunda,
de Ígnitas sierpes Libia más fecunda.
Aunque el vellón de nieve
que a la escarpada cumbre el valle debe, otra al hielo desata
sierpe espumosa de rizada plata,
que la ira y ardor ciego
la mitiga en carámbanos el fuego,
al arroyo cansado
en verde catre dé su grama el prado,
cuando apenas nacido,
ya lo ve encanecido
con las espumas que sediento bebe
por duros riscos resbalando nieve.
Dr. Murillo. Grandemente, y con grandilocuencia guayaquileña. Si así
escribían los demás teatinos, acá teníamos a los mejorados colonos del Pindó
heroico.
Dr. Mera. ¡Qué engañado está Vm.! Pero no es de dudar que para
ver-sificar asuntos ordinarios, como caídas de la naturaleza, el amor del Verbo
en la Encarnación y Nacimiento, el pecado de Adán, algunos apólogos del burro y
buey del portal de Belén, con todo lo concerniente a los que se se-ñalaban
antes de Navidad a los certaministas, lo hacían mis hermanos ra-zonablemente,
so pena que a los malos versos les seguía una mala visión de pegotes, o como
nosotros llamábamos zarcillos satíricos de todos sus conocidos vicios. Ayudaba
el ingenio a no pocos criollos, que sin duda le han tenido vivo y fogoso, v.
g., Vega, mi maestro el P. Aguirre, Moscoso, Viescas, Andrade el quiteño, y
otros muchos, que impuestos bastantemente en las fábulas que estudiábamos en el
Vantheon mythicum de nuestro Po-mey, 46 habían como nacido para este género de
erudición, en la cual se-guíamos el carácter del idioma y el de la nación,
notado de los extranjeros por arrogante, pomposo y adicto siempre a lo
magnífico, elevado y vehe-mente. Con todo eso había algún raro ingenio a quien
acompañaba el juicio.
Dr. Murillo. Pues, ¿qué tarda Vm. en repercutirme con catóptricos
re-flejos alguna presaga luz de poéticos arreboles? Ea, saque Vm. del estuche
de su anacárdica mnemósine algunos héroes teatínico-parnásicos, que hayan
sorbido las perlas serpentinas de la argentada helicona.
Dr. Mera. Verá Vm., naturalmente, representados todos los caracteres de
un buen espíritu en el siguiente soneto, que es del Padre Tomás La-rrain, * y
en el que muestra el tiempo pasado la brevedad del futuro.
No tienes ya del tiempo malogrado
en el prolijo afán de tus pasiones,
más que una sombra envuelta en confusiones, que imprime en tu memoria tu
pecado.
Pasó el deleite; el tiempo arrebatado
aun su imagen borró; las desazones
de tu inquieta conciencia son pensiones, que has de pagar perpetuas al
cuidado. Mas si el tiempo dejó para tu daño
su huella errante y sombras al olvido del que fue gusto, y hoy te
sobresalta, para el futuro estudia el desengaño,
en la imagen del tiempo que has vivido, que ella dirá lo poco que te
falta.
Dr. Murillo. Me ha atingido Vm. en la ósea alba porción de la misma
intrínseca cordal, con esto de la poesía castellana. Me ha erigido a la región
suprema del cráneo un enfogado entusiasmo. Aquí estoy yo, Señor Doctor, con mis
versos azucénicos, con mis sonetos lírico-cacoquímicos, con mis glo-sas
archicómico-trágico-apolíneas. Eso de poesía se quedó para nuestro ge-nio
quítense músico. Y yo he inventado otras solemnes carminosas especies de metro.
** Tengo el Tersicoreo, el Melpoménico, el Vertumnístico, el Pan-doro-siríngico
por las fatalidades de Pandora y las delicias de Siringa. Y con saber poesía,
créame Vm. Señor Doctor, todo se sabe , y no es preciso andarse abollando la
glándula pineal con eso que Vm. llama método; y si los teatinos la sabían, tenían
ellos un método, para mí todo (¡ay! ¡es nada la paronomasia!). Pero gusto mucho
y logro fruición en que Vm. prosiga hablando de las demás artes liberales o
mezquinas, y de las ciencias mayores teatínicas.
Dr. Mera. Si así lo quiere Vm. proseguiré diciendo, que el método
je-suítico provinciano en nada atendía a nuestro plan de aprender y enseñar
ciencias y artes, verdaderamente sublime y dignísimo, que llamábamos el Ratio
studiorum. 47 El nos avisaba que se debía primero ejercitar la memo-ria, para
después formar y ennoblecer la imaginación. Las lenguas griega y latina se
recomendaban para ir perfeccionando la memoria; pero aquí nunca se pensó en tal
griego, y ya he dicho antes cómo se estudiaba el latín. Ojalá
Jesuíta americano, natural de
Chile.
Murillo, hombre de inmensa
mentecatez, había escrito la vida de la B. Mariana de Jesús en verso que él
llamaba azucénico, y quiso tener el mérito de haberle inven-tado y puesto en
uso.
en lugar de estas lenguas sabias se nos hubiesen dado lecciones de los
idio-mas modernos y vulgares, quiero decir del castellano, del francés y del
ita-liano; principalmente del francés, el que siendo el dioma de la gran moda,
y en el que todos los días se dan a luz obras singulares, es lástima y mucha
compasión el no saberle hoy. Yo estoy abochornadísimo, porque no le en-tiendo,
y apenas, mascullando, adivino de él alguna cosa.
Dr. Murillo. Admirabundo estoy de que Vm. enuclee que no sabe más que
mascullar. Lo dirá Vm. por púdica ruborosa modestia, cuando todo el pueblo bajo
hace remarcable consideración al apartamento que Vm. logra, como ventajoso
gentilhombre, en el palacio de la gálica espiritualidad. * Pero siendo así como
Vm. dice, acúsome, Padre, del juicio temerario que he hecho de tenerle por
único traductor francés, por único estanquero de buenos libros franceses, por
único fautor de nuevas ideas, palabras, obras y pensamientos. Pues, ¿qué otras
lenguas se aprendió Vm.?
Dr. Mera. El italiano, mal que mal, al fin nos dábamos modo los
crio-llos, de aprenderle, como una obra de supererogación, con nuestros
jesuítas de Italia; y lo hacíamos para entender sus sermonarios, que hacían la
fuente de nuestra oratoria, y que estaban en el auge de la estimación entre los
más acreditados sujetos de los nuestros. Eran nuestro desempeño y tesoro oculto
los Leonardeli, Tonti, Bagnati, Casini y otros. 48 Así, pues, ignoran-tes de
casi todas las lenguas, y solamente con tal cual latinidad, debiendo, según
nuestro Ratio studiorum, pasar a cultivar la historia, enteramente la habíamos
desatendido. Tales cuales rasgos habíamos oído de la romana; pero de la caldea,
griega, egipcia y las demás antiguas, ni una palabra.
Dr. Murillo. ¡Oh! Vm. parece que está solfáticamente cantando por el B
cuadrado del cuarto tomo de una que se llama Historia antigua de Mon-siur
Rollín. ** 49 Pero ¿qué entiendo yo de esto? Perdón, Señor, por la
in-terpolación, oyéndome esta coplita:
Sorprendido el pensamiento
de unos ecos rubicundos,
desmayado, cayó en brazos
de unos pollones tacungos. ***
Ahora más aplacado prosiga Vm.
Dr. Mera. Seguíase, según el mencionado plan, el estudio de la
geogra-fía; pero de ella no llegamos a conocer por lecciones que se nos diesen,
no digo los imperios, reinos y ciudades, pero ni la noción general de las
cua-tro partes de la tierra. Si nos acordamos de la cronología, no sabíamos de
qué
Sátira a los malos
traductores del francés, que hablan o escriben con innumera-bles galicismos.
Objeción hecha por el P. M. Fr.
Juan de Arauz, mercedario, y tenido en el vulgo quiteño por literato.
Imitación de las voces del
Sermón de Dolores del Dr. D. Sancho.
trataba. Habíamos llegado a vivir en la época del idiotismo y en el
siglo de la ignorancia. Con tales fundamentos, ¿cómo edificaríamos las obras de
la imaginación, que son la retórica y poesía de que he dicho antes a Vm. alguna
cosa?
Dr. Murillo. Lo dicho, dicho. Con saber poesía castellana, ¿para qué se
necesita ser arrogante, verboso, locuaz con tantas lenguas? ¡Qué griega, ni qué
hebrea, ni qué calabaza! Sabiendo hacer versos, cata allí sabidas las nequicias
de los hombres, cata allí los criminosos desbarros de todos los siglos, cata
allí su recalcada carísima historia. Ni pienso que ésta sirva más que una
novela, y mucho mejor si se estudia la de Don Quijote.
Dr. Mera. Es el gracioso pensamiento que propone en sus cartas el
abo-gado italiano Costantini. La razón que da entre muchas, es porque siendo la
historia no para tener de memoria los pasajes, sino para el cultivo del hombre,
con el estudio y conocimiento de las costumbres y corazón de los hombres,
haciendo amables las virtudes, y aborrecibles los vicios, una no-vela, o un
romance, como llaman los franceses, es más a propósito que la historia para
este género de cultivo y educación de un joven; por lo que celebra los famosos
romances de Clelia, Cleopatra, Casandra y Artame-nes,50 que salieron de
fecundísimas plumas francesas.
Dr. Murillo. Luego, punto a favor de mi banda Cartago con mi Signor
Costantini. A ver si me es proficuo auspicio en lo demás, que voy a decir. ¿Qué
más geografía que conglomerar ciento veintiséis décimas infames, in-famantes,
infamísimas, infamatorias allá en frente de la iglesia de la Con-cepción, * en
los días de fiestas de toros de la plaza matriz, entre un muy rubro y un
albísimo, átomos de la misma etérea luz contra el infeliz pau-pérculo Batallas?
¿Qué más geografía que ver recogida en lo adusto de su sátira la Nigricia,
Cafrería, Guinea, Africa, Asia y América? ¿Qué más geo-grafía que soltar a la
pluma en líquidas endechas sus cristalino-zafíricos di-ques, y ver allí
fracasando en zozobras tempestuosas el Támesis, el Elba, el Marañón, el Ganges,
el Eufrates, el Ebro y todos los afluentes rápido-torrentosos ríos del globo
terráqueo? ¿Alude a este caudal alguna molécula áquea o terrestre su
Costantini?
Dr. Mera. ¡Enfasis tiene la pregunta! Nada le favorece a Vm. en esta
parte el Costantini.
Dr. Murillo. Decíalo por si acaso traía Vm. alguna cosa de nuevo. **
porque lo dicho hasta aquí carga corobas en las escápulas, anteojos en los
supercilios, bordones nudosos parentirsos en las manos, y los pies los viene
arrastra que arrastra, trayendo de gota a gota, por ser Vm. rico, en la co-
Se juzgó erradamente que
aquí se insultaba a ciertos clérigos, y no hay tal. Antes es ironía contra la
pésima costumbre de Quito, por la que no dudan versificar para hacer ridículos
a los hombres que dan motivo a la zumba. No son poetas, ni pue-den ser, estos
versificadores; con todo echan a volar sus malísimas coplas, llenas de groseras
invectivas y de infames desvergüenzas.
Reparo
que hizo un abogado de mucho crédito en Quito, y que se lo tiene por docto en
otras facultades distintas de las de su profesión.
mún opinión, de retazotes que tienen los doctos en su almacén. No lo
digo de mi memoria, oílo cantar a un niño, a quien también lo siguiente le
cantaban trovadito como va:
Niño, que cultamente amaneciste cándido en las auroras de tu Oriente y
al vulgo tantas veces le mentiste ser docto y en doctrinas eminente; si dignos
son de tu concepto triste viejos coloquios de mi voz corriente, con candores
remoza mi talento
y verás cuánto escribo a tu contento.
Dr. Mera. Desvíase Vm., frecuentemente, Doctor mío, del propósito, con
estas sus prolijas digresiones.
Dr. Murillo. Ni por evento ni de propósito me desvinso yo, ni quiera
Dios. Era el caso que no quería ya hablar de la cronología, porque me pa-reció
perder tiempo. Un dicho Userio, 51 un llamado Petavio, 52 que Vm. los anda a
traer entre los albos osículos de los dientes, me parecen unos charlatanes
nigrománticos que presumieron longevos andarse por todas las edades. Si ellos
hubieran sabido la poesía castellana, vea Vm. allí que hu-bieran formado
computaciones numerosas desde la creación del mundo hasta este siglo, en solas
cuatro coplillas bien retumbantes con la mayor sime-tría. Una décima, una
cuarteta, una lira azucénica bastarían para cualquiera desempeño.
Dr. Mera. Pero no me ha de negar Vm. que éstas son las primeras lí-neas
por donde se empieza el dibujo a la oratoria, y que ella necesita aún de otros
muchos conocimientos científicos.
Dr. Murillo. Es verdad. Pero es también certidumbre
meteorológico-ma-temática, que todo lo sabían los teatinos, porque, siendo de
un paladar ex-quisito, eran también los árbitros soberanos del buen gusto.
Dr. Mera. Esto de buen gusto es cosa que significa más de lo que suena;
pero, siendo ya tarde, dejémosle para otro día. Adiós.
CONVERSACION CUARTA
Criterio del buen gusto
Dr. Mera. ¿Por qué viene Vm., mi
Doctor Murillo, tan lleno de gozo? Dr. Murillo. Porque he hallado un cendal de
lino triturado y guarnecido, al ver, de primorosos caracteres. Es un papelón de
galanísima letra, con los
rasgos y perfiles a la moda. Lo topeteé en la calle.
Dr. Mera. Ea pues, ábralo Vm. y lea, a ver si hallamos asunto que
di-verta. Mas, si es algún libelo famoso, prevéngase Vm., como buen cristia-no,
a darlo cuanto antes a las llamas. Quito abunda de ésos, que son los más
violentos; y no será bien que una curiosidad (mal pagada con dispa-rates) nos
haga cómplices de una maldad.
Dr. Murillo. Abrole, pues, al momento, persuadido a ser su incendiario,
si hallamos lo que tememos. Mas, ¡qué compasiva desgracia! ¡Ahogóse el gozo en
el pozo!
Dr. Mera. Pues, y ¿qué novedad?
Dr. Murillo. ¿Qué ha de ser, sino que el papel parece bien escrito, pero
tiene algunos intercalares intermedios de muchos renglones borrados con el
atraméntico licor?
Dr. Mera. Ese es ligero motivo y no estorba saber lo que contiene. Ea,
Doctor, lea Vm.
Dr. Murillo. No he menester las cristalinas muletas de mis claudicantes
ojos. Claro está el nigrido sombreado objeto, para la conjugación tunical de
los nervios dióptricos. Empiezo:
Si esta hermosura de espíritu que os imagináis es una cosa muy rara, la
reputación de bello espíritu es demasiado común, pues no hay alabanza que se dé
con mayor facilidad en el mundo. Paréceme aun-que a no hay cualidad que menos
cueste el adquirirla. Cómprase con sólo saber el arte de parlar agradablemente
un cuento, o de glosar bien un verso: una jocosidad dicha con gracia, un
madrigal, una co-plilla burlesca, muy frecuentemente es el mérito por el que se
erige alguno en bello espíritu, y me habéis de confesar, que de estos
de-cidores y de estos burlones que dicen y hacen cosas bonitas es de quienes se
acostumbra decir: aquél es bello espíritu. Con, con con.. .
Dr. Mera. ¿Qué, se detiene Vm. en lo mejor? Prosiga, Dr. Murillo.
Dr. Murillo. No prosigo, porque encontrado aquí la imagen coloreada, de
miniatura y al óleo, de todos mis parientes, * los enunciados, no veo cómo
proseguir, por algunas oscuras líneas entreborradas expungitivamente, que no
acierto a leerlas.
Dr. Mera. Pues pase Vm. adelante, dejando lo que no entiende, y sírvale
esto de aviso hasta acabar todo el papel, porque presumo hallaremos su
continuación en lo que se siguiere de bien escrito.
Dr. Murillo. Obedezco clausis oculis. Dice:
Ellos tienen la reputación de bello espíritu sin tener el mérito ni el
carácter.. .
a Lar: aun, que.
* Háblase aquí de los
impugnadores de estas conversaciones.
El bello espíritu está muy desacreditado desde la profanación que en él
se ha cometido haciéndolo muy común, de suerte, que los más ingeniosos
confiesan no tenerle, y le a ocultan como si el tenerle fue-ra delito. Aquéllos
que se hacen la mayor honra de gozar el bello es-píritu, no son las gentes más
beneméritas del mundo, ni aun son lo que juzgan ser, y nada menos son que
bellos espíritus porque la ver-dadera belleza del epíritu consiste en un
discernimiento justo y deli-cado, que estos presumidos no tienen. Este
discernimiento hace cono-cer las cosas tales como son en sí mismas, sin
acortarse como el pue-blo, que se detiene en la superficie, y menos yendo muy
lejos, como esos espíritus muy refinados, que a fuerza de sutilizar, se
evaporan en imaginaciones vanas y quiméricas... El verdadero bello espíritu es
inseperable del buen juicio, y es engañarse confundirle con no sé qué vivacidad
qué nada tiene de sólido. El seso es como el fondo de la belleza de espíritu, o
por mejor decir, el bello espíritu es de la na-turaleza de esas piedras
preciosas, que no tienen menos de solidez que de esplendor. No hay cosa más
hermosa que un diamante bien pulido y bien claro, él reluce por todos lados y
en todas sus partes: Quanta sodezza, tanto ha splendore. Es éste un cuerpo
sólido que brilla, y es éste un brillante que tiene cuerpo y consistencia. La
unión, la mezcla, la proporción de lo que tiene de resplandeciente y de sólido,
forma todo su agrado y todo su valor.
He aquí el símbolo del bello espíritu, tal como me imagino. El tie-ne de
sólido y de brillante en un grado igual; y para definirle mejor, el buen juicio
es el que brilla. Porque hay una especie de buen juicio mustio y sombrío, que
no es menos opuesto a la belleza de espíritu, que el falso brillante. El buen
juicio, del cual hablo, es de una especie diferente; él es alegre, vivo, lleno
de fuego. . . El procede de una in-teligencia recta y luminosa, de una
imaginación limpia y agradable. Este justo temperamento de la vivacidad y del
buen juicio, hace que, siendo el espíritu sutil, no sea evaporado; que él
brille, pero que no brille demasiado; que conciba prontamente todo, y que de
todo juzgue sanamente.
Cuando se posee esta suerte de espíritu, se piensan bien las cosas y se
explican tan bien como se han pensado. Recógese mucho sentido en pocas
palabras; dícese todo lo que es menester decir, y se dice con precisión. Un
verdadero bello espíritu piensa más en las cosas que en las palabras; con todo,
no desdeña los adornos del lenguaje, pero tam-poco los solicita. La delicadeza
de su estilo no disminuye la fuerza; y se le podría comparar a aquellos
soldados de César, que aunque esta-ban perfumados y atentos a su adorno, no
dejaban de ser valientes y de combatir bien... La belleza del espíritu es una
belleza masculina y generosa, que nada tiene de débil y afeminado. Ella
consiste, pues,
a Lar: lo
en razonar bien, en penetrar los principios de las ciencias, y en
des-cubrir las verdades más ocultas.
Es propio de un espíritu fuerte profundizar los asuntos que trata, y no
dejarse sorprender por las apariencias. Las razones que satisfacen a los
espíritus débiles, no son razones para él; va siempre en derechu-ra al fin en
cualquiera materia que sea, sin desviarse, ni divertirse en el camino. Su
principal carácter es arrastrar a los otros espíritus adon-de quiere, y hacerse
dueño de ellos cuando le place. . . Pero no juz-guéis que un bello espíritu por
tener mucha fuerza, tenga menos deli-cadeza. . . Su solidez y su penetración no
le impiden concebir final-mente las cosas y dar un giro delicado a todo lo que
piensa. Las imá-genes bajo las que exprime sus pensamientos son como aquellas
pintu-ras que tienen todaa la fineza del arte, y un no sé qué aire tierno y
gracioso que hechiza a los inteligentes.
Hay excelentes espíritus que no tienen alguna delicadeza, y que aun se
glorían de no tenerla, como si la delicadeza fuera incompatible con la fuerza.
Su modo de pensar y de decir las cosas, no tiene alguna dulzura ni algún
agrado. Con toda su luz y toda su sutileza, tienen al-guna cosa de sombrío y de
grosero en la imaginación.
Pero estos espíritus, por más buenos que sean, no son tan afortu-dos en
sus obras. . . Las piezas más doctas, y aun las más ingeniosas, no son
estimadas en nuestro siglo, si no son tocadas delicadamente. Fuera de lo que
ellas tienen de sólido y de fuerte, es menester que tengan un no sé qué de
agradable y de florido, para agradar a las gentes de buen gusto, y es lo que
hace el carácter de las cosas bellas. Para entender mi pensamiento, acordaos de
lo que dice Platón, que la her-mosura es como la flor de la bondad. Según la
idea de este filófoso, las cosas buenas que no tienen esta flor son simplemente
buenas, y aquéllas que la tienen son verdaderamente hermosas. Quiero decir que
el bello espíritu, para definirle como platónico, es un buen es-píritu, semejante
a estos árboles, que al mismo tiempo están cargados de frutos y de flores, y en
quienes se ve la sazón del otoño con la belleza de la primavera.
Col fior maturo ha sempre il frutto.
Estas flores y estos frutos denotan también esta feliz fecundidad, que
es tan propia a un bello genio. . .
Mas la fertilidad es de dudar que sea buena señal de la belleza del
espíritu. Parece que los espíritus más fecundos no son siempre los más
razonables, ni más finos. Esta grande fecundidad degenera muy frecuentemente en
una abundancia viciosa, en una profusión de pen-samientos falsos o inútiles, y,
si bien lo notáis, lo que llamáis una pro-
Lar: todas las perfecciones.
piedad del bello espíritu, de ordinario, es el efecto de una imaginación
desarreglada. Sé bien que hay una fertilidad de espíritu igual a la de los
árboles, que, no obstante de estar muy cargados de frutos, tienen muy pocos
buenos. La fecundidad de que yo hablo no es de esta na-turaleza, es una
fecundidad feliz, como la he llamado, la que no sola-mente es un fondo de cosas
buenas, pero es un fondo manejado por el sano juicio.
Un verdadero bello espíritu es como aquellos ricos y prudentes, que son
magníficos en todo, y que no obstante nunca hacen locas pro-digalidades. Un
bello espíritu rico en su mismo fondo, halla en sus propias luces lo que los
espíritus no hallan sino en los libros. El mis-mo se estudia y él mismo se
instruye. . . Sobre todo, no se apropia los pensamientos de otros, no hurta a
los antiguos ni a los extranjeros las obras que da al público. . . Cuando
prohibo a un bello espíritu este hurto, no pretendo impedirle la lectura de los
buenos libros, ni que ella le sea inútil. Quiero que imite a los mejores
modelos de la antigüedad, con tal que trate de aventajarse al imitarlos. Pero
no pue-do sufrir que él haga como esos pintorcillos que se limitan a copiar
originales, y que nada harían de hermoso, si los maestros del arte nada
hubieran hecho antes que ellos. Antes quiero que él se sirva en las ocasiones
de los pensamientos de los buenos autores, con tal que se añadan nuevas
bellezas; y que a ejemplo de las abejas, que convierten en miel lo que ellas
recogen de las flores, no solamente escoja lo que hay de bueno en los libros,
pero aun que haga propio lo que escoge, y que lo vuelva mejor según el uso que
de ello hiciere. Voiture 53 es uno de estos grandes talentos al imitar a los
otros, se ha hecho inimi-table. Sabía admirablemente el arte de perfeccionar y
de hacer que tuviesen valor los pensamientos de los autores. Los rasgos, que
toma prestados algunas veces de Terencio y de Horacio, parecen hechos para su
asunto, y están mucho más hermosos en los pasajes donde los pone, que en
aquéllos de donde los ha tomado; del modo que las pie-dras preciosas están más
bellas en las sortijas en que se engastan, que en los peñascos de donde se
sacan.
Pero no imaginéis que toda la belleza del espíritu se reduce a esto.
Fuera de lo que acabo de decir, pide ella un genio capaz de todos los bellos
conocimientos; una inteligencia elevada y extensa que nada le supere, ni que
nada le coarte. . . Así los genios limitados a una sola cosa, los versejadores
de versos bonitos, que no pueden hacer sino esto, por más agrado y pulimento
que tengan, no son (dígase lo que se quiera), bellos espíritus. Estos no son,
para entenderlo mejor, sino espíritus bonitos; y sería mucho para ellos ser
atendidos con este nombre en el mundo.
En lo demás no basta para tener hermoso el espíritu tenerle sólido,
penetrante, delicado, fértil, justo, universal. Se ha menester también
tener una cierta claridad, que todos los grandes genios no tienen.
Por-que hay quienes son naturalmente obscuros, y que también afectan el serlo.
La mayor parte de sus pensamientos son otros tantos enigmas y misterios; su
lenguaje es una especie de cifra, en que nada se com-prende sino a fuerza de
adivinar. Debe, pues, no haber obscuridad ni embarazo en todo lo que sale de un
bello espíritu. Sus pensamientos, sus expresiones deben ser tan nobles y tan
claras, que los más enten-didos le admiren, y que los más simples le entiendan.
Malherbe, 54 que, sin duda, era un bello genio, trataba sobre todo de dar este
ca-rácter de claridad a todo lo que hacía. . . De suerte que, cuando ha-bía
compuesto una obra, la leía a su criada antes de mostrarla a las gentes de la
Corte, para conocer si había acertado, creyendo que las piezas de espíritu no
tenían su entera perfección, si no estaban llenas de una cierta belleza, que
deja conocer de las personas más grose-ras. Bien se ve que esta belleza ha de
ser simple y pura, sin afeite y sin artificio para obrar su efecto; y de aquí
debéis juzgar de esos espíri-tus que no son naturales, que están siempre
volando, y que nunca quie-ren decir algo que no admire y que no deslumbre. . .
Añadiré a esta pintura del bello espíritu la modestia por última
pincelada. Esta es una cualidad que realza a todas las otras, y que asienta muy
bien tanto en los bellos espíritus, cuanto en los sujetos hermosos. . . Los
verdaderos espíritus bellos son del humor de los verdaderos valerosos, que
nunca hablan de lo que han hecho. Huyen los aplausos populares, y lejos de
manifestarse sin tiempo, se ocultan lo más que pueden. Se ve bien por todo
esto, por qué los verdaderos bellos espíritus son tan raros. Cualidades tan
opuestas como la viva-cidad y el sano juicio, la delicadez y la fuerza, sin
hablar de otras, no se hallan juntas siempre.
Acabóse el papel: ¿qué le parece a Vm.?
Dr. Mera. Ha estado muy excelente. Conozco de dónde le ha tomado quien
ha tenido el buen gusto de traducirle. Es de nuestro amenísimo Padre Domingo
Bouhours, 55 jesuíta francés, y de una de sus Conversaciones de Eugenio y
Aristo sobre el bello espíritu. Le he visto en lengua francesa, y puede ser que
algún genio curioso y amigo de hermosos apuntamientos le haya sacado, y por
desgracia le ha hecho caer de su bolsico.
Dr. Muríllo. Pues a mí me ha parecido frióte, lánguido y rigorista,
sobre ir arrebolando los matices del bello espíritu a su gusto glacial y
escarchado. Pero dejando eso, ¿podrá haber en Quito quien pueda traducir
francés?
Dr. Mera. Mal que mal, creo se hallarán algunos. Y la traducción que Vm.
ha leído, conjeturo que será hecha más bien por algún literato qui-teño, que
por algún europeo.
Dr. Murillo. No, Señor, yo no lo conjeturo así. (Mas veo que se me va
pegando la frialdad de este papelón traducido, y que voy dejando mi natu-
ral elocución). ¿Qué criollo, y mucho menos qué quiteño, que no sabe
co-mer carne, jamón de Rute, cecina del Norte, queso flandino, rábano
vas-cuense, nabo compostelano, remolacha valentina, ni berza gallega, sabrá
eructar el aliento de la sapiencia? ¿Qué quiteño, que es más bárbaro que un
Iroqués, que tiene el entendimiento de oro, la memoria de plata y la vo-luntad
de metal de rosicler, sabrá concebir ni un racional pensamiento? ¿Qué quiteño
que no bebe la ambrosía de Peralta, el néctar de Pedro Ji-ménez, el Laetificat
cor de Rota; el Mentís medicamentum de Fontinan; el Oleum Veneris de Chipre, y
el Corporis et animi calejaciens de Champaña, 56 sabrá este arduo negocio de la
traducción? Sabrá comer papas, de las que en la opinión chapetónica, puede
hacerse ligera colación sin pecar, con una arroba. Sabrá tomar a lo más queso,
al fin criollo, y hecho en Argos con tantos ojos; y después ni el persignarse.
Eso de traducir, eso de gorgorear a la italiana con sus Macarandoni, o de
farfalear a la francesa con sus Ren-devous se quedó para solos los bien
nutridos chapetones, que en todo regüel-dan el bello espíritu, ese espíritu
fuerte, ese fértil espíritu, ese espíritu de los espíritus. En saliendo de
España, Señor mío, no hay cosa buena. * Dí-gole la verdad; porque
. . .Ridentem dicere verum
quid vetat?... 57
Dr. Mera. Dejemos eso que, si no es irónico, deberá Vm. confesar de
buena fe, que el bello espíritu es de todos los países y de todas las naciones.
Verdad es que el de los criollos ha tenido panegiristas extranjeros que lo
celebren, y censores españoles que lo anonaden. También es verdad que en-tre
los viajeros franceses hay en Frezier 58 y otros que nos tratan de
supers-ticiosos en la región, sórdidos en el trato común y familiar, astutos en
la política, bárbaros en el lenguaje. Pero esto es hablar con demasiada
preocu-pación. Es hablar como sentidos de esta expresión de los criollos, al
ver juntos un frascés y un americano: allá va un cristiano y un francés o
eu-ropeo. Y si de nuestros españoles experimentamos un tratamiento poco o nada
ventajoso a nuestro ingenio, es preciso confesar que es de los de la ínfima
clase a en alcance y nacimiento. Hombres ilustres de España, o en conocimiento
o en sangre, hablan muy de otra manera, según esta cláusula del Padre Feijoo:
"El concepto que desde el primer descubrimiento de la América se hizo de
sus habitadores (y aun hoy dura entre la plebe), es que aquella gente no tanto
se gobierna por razón cuanto por instinto. . .".
Dr. Murillo. Laus Deo de que no nos tengan, siquiera por bestias. Pero
mientras tanto el buen gusto por finís terrae, y el papel volaverunt.
Burla
contra los españoles vulgares, que niegan a los criollos doctrina, el que
puedan adquirirla, y aun la nobleza de los talentos.
a Lar:clase no son inferior en
alcance
Dr. Mera. Ni uno ni otro, porque, viniendo a hablar del papel, se habla
inmediatamente sobre el criterio del buen gusto. Y ha importado infinito el que
Vm. le hallase para el asunto de nuestra conversación. Si bien diría me-tía
mejor, que el Padre Domingo Bouhours nos la había ahorrado con la suya del
bello espíritu, que ha acabado Vm. de leer.
Dr. Murillo. Y ¿cómo es este metamorfósico enredo?
Dr. Mera. Como que era necesario suponer primeramente la substancia,
para tratar de lo que se le adhiere. El bello espíritu es el fondo del buen
gusto, o, definido el bello espíritu, está definido el buen gusto, siendo
inse-parables uno y otro, como Vm. lo habrá notado.
Dr. Murillo. Así me parece. Mas no tan breviter ad rem, que tengo que
critiquizar a este su Padre Domingo Burros, porque nos quita del coro
fa-cistólico de los bellos espíritus al muy melifluo Padre Salazar, * al
dulcísimo y muy Señor nuestro, Señor Don Antonio Viteri.
Dr. Mera. Dr. Murillo, amigo, ¿qués es eso de Señor nuestro? Diga Vm.
el Prebendado Citano, y acabóse la urbanidad.
Dr. Murillo. No, Señor mío, que entonces temería que esos huesos
se-ñoriles se levantasen a que yo los tratara de muy señores míos, o que su
espíritu dominical me diera entre sueños una turbia pesadilla pidiéndome la
señoría. Y no digo solamente de este muerto, sino que de todos los Señores
finados de la Catedral temería otro tanto. Pero de los vivos, aun temería más.
¡Ay, que de susto no acierto a hablar! ¡Ay, si lo llegaran alguna vez a saber
este miedo que me causan! Sepa Vm. lo siguiente para su gobierno: un día que
delante de muchos Prebendados dije, por mal de mis pecados, a uno de estos
Señores: Vusté, éste y los demás me lanzaron una miradota fulgurante, que casi
me hizo caer retrógradamente con mi inocente occipu-cio. Y aun, por aturdido
con esta tempestad de rayos visuales, no oí bien lo que murmullaban
rimbombánticamente contra mi audaz atrevimiento, y contra mi osado inverecundo
modo de tratar las Señorías. Desde entonces no llamo a los Señores Calóndrigos
(¡no nos oigan!), Usía, por no darles Señoría con abreviatura, y, si alguna vez
se la doy, no es Usía con V, sino con B, Buesía; y por no errarlo todo, digo
más bien Bue Señoría, con una B bien golpeada, como quien va a decir bueno,
bueno, o burro, burro. **
Dr. Mera. Debe Vm. respetarlos, y si es uso establecido, hace muy bien
de honrarlos con tan digno tratamiento. Volvamos a nuestro buen gusto.
Dr. Murillo. Aguárdese Vm. otro poco, que ésa es la francachela, digo la
franqueza de una conversación, hacer frecuentes digresiones sin incurrir
Religioso franciscano, que
hubiera sido útil a su religión, si se hubiera aplicado a sus estudios
monásticos; pero se tiene y predica por matemático y buen poeta. Es amigo de
hablar con palabras de miel y con ademanes de persona enamorada; por otra parte,
religioso abstraído, y más que abstraído enemigo de la sociedad, y por su
enfermedad de hipocondría, un verdadero misántropo.
El Dr. Viteri usó siempre de un estilo dulce con afectación suave, sin
jugo, meloso y pueril.
Se ríe el autor de la
vanidad de ciertas gentes que se irritan si aun por casua-lidad no se les da el
tratamiento de Señores, aunque por ley no merezcan la Señoría.
en notable defecto. Y de no, ¿cuál es la causa de que tantos hombres
cul-tos, meten una grande historia, diciendo, vaya esto entre parentis, por
decir paréntesis? Formado éste, iba a decir dos cositas, la primera: que sí los
honro, porque se dejan honrar muy lindamente, pues apenas viene la cédu-la,
cuando asoma un grandísimo bien zurcido y engandujado vuelillo desde la muñeca
hasta el codo. El sombrero arriscado a manera de jabeque, la voz hueca y
sonorosa, el ademán grave y desdeñoso, el mirar torvo y de ma-jestad, el paso
mesurado y de huello. * ¿Todo esto no concilia respeto ti-mibundo? Así es,
digan lo que quieran los discretos, y así es que yo conozco desde a legua a un
Señor Prebendado. La segunda cosicosa digo, que es una lástima de las mayores
lástimas, que el supradicho Padre francés descarte de bellos espíritus a los
que también cité poco ha. Pero ellos para mí lo son, y basta esto; porque ambos
hacían cuartetillas, ¡qué bonitas! Decían por cada coyuntura, ¡qué equívocos!
¡qué retruécanos! ¡qué paranomasias! ¡qué pro-sopopeyas! ¡qué agudezas! ¿Para
qué nos cansamos? Estos y otros de este jaez, han sido para mí mi crisólogos,
esto es, palabras de oro, y crisóstomos, que quiere decir bocas de metal ofir.
Estos sí que son íncolas del bello es-píritu, los colonos del buen gusto. No
perder la ocasión de proferir un pi-cante, un mote, un apodo, una sátira, una
gracia, un milagro.
Dr. Mera. ¡Qué sé yo de esos sujetos! . . . Todo va, mi querido, sobre
su palabra; pero es cierto que he conocido entre los nuestros, de esos
espí-ritus prontos y decidores, que no perdonaban la mayor injuria, por darse
la cruel complacencia de decir una agudeza. Estos, según el retrato que Vm. nos
ha dado oportunamente en la lectura de su papel, están descartados de bellos
espíritus, y se conoce que en ellos obra un ingenio destituido ente-ramente de
juicio.
Dr. Murillo. ¡Oh! ¡me las mechas! ¡Con que implicas in terminis: 59
te-ner ingenio, y no tener juicio! Nunca he oído que ingenio o un ingenioso sea
desjuiciado; porque en Quito aumentaría Vm. entonces el número de los
Sandovales, Ponces, Silvestres, Alderetes, etc., etc.
Dr. Mera. Verdaderamente que están muchísimos en el error de tener por
hombre de entendimiento al que tiene una imaginativa alegre, despierta y
calentona. El juicio o verdadero entendimiento discierne bien los objetos que
se le presentan, ve horrorosa la mentira, reconoce ingrato y acerbo un in-sulto
hecho en tono de chanza a nuestros amigos, y aun a los que no lo son. Advierte
vergonzosa y destestable la perfidia; en una palabra, aborrecible to-do vicio
que se opone a los estrechos vínculos con que se enlaza la sociedad y los
rompe. Detesta toda acción que corrompe, y disuelve el amigable trato de todas
las gentes. Por aquí verá Vm., que el buen gusto se difunde a toda literatura,
a toda comunicación y aun a la elección del modo con que se ha de-cultivar la
amistad o benevolencia común. Según esto, hay buen gusto en
Pintura
de la pompa, afectación y gravedad de los canónigos, que ignoran las reglas de
la decencia, de la urbanidad y de la política cristiana.
la lectura de los libros, en el conocimiento de los buenos autores, en
el método de aprender las ciencias, y en el modo de hacer, decir y componer.
Dr. Murillo. ¿Creeráme Vm. que yo también voy entrando en el buen gusto
de hablar como Vm. habla? Y también en el buen gusto de irle oyendo.
Dr. Mera. Por lo que toca a mi modo de hablar, tengo hecho un dicta-men
que nunca podrá lisonjear mi vanidad. He dicho a Vm. otra vez que el estilo
afectado que se me pegó en la Compañía fue para mí un aceite que manchó lo
terso de la pureza castellana, que alguna vez pude adquirir. Dependió del gusto
viciado que reinó entre nosotros. Así, a los nuestros debía aplicarse, por sus
estilos, el mote, que, por los suyos, aplicó Fleury a Inocencio III, 60 Pedro
Blossense 61 y Pedro de las Viñas,62 admirados en su tiempo, como modelos de
elocuencia: pulchra dictamina. Es inevitable desgracia, que acontece
frecuentemente, y voy a describir. En un siglo co-rrompido, o en una comunidad
viciada por lo que mira al buen gusto del lenguaje, alguno que tal vez le tiene
más estragado y estrafalario, se vuelve el árbitro soberano del buen gusto, y
es regularmente el modelo sobre el cual se forman los perezosos o los
incapaces.
Dr. Murillo. En verdad que Vm. dice las Epístolas paulinas, por no
de-cir que profiere el Evangelio. Viéneme ahora a la memoria, lo que ha pa-sado
en tiempo de Vm. (por no acordarme de más añejas historias), que en Santo
Domingo todos querían ser en la prédica y su estilo Castrones; * en San
Francisco, todos, digo muchos, Salazarinos; ** en San Agustín totum de rebultis
como monos de la Teatinicidad. *** En la Merced todos Ala-bastrinos o
Alabastros, como corresponde al albo ropaje, y en la Compañía todos Milaneses
63 con tutti loro smarramenti.
Dr. Mera. Está Vm. bastantemente desnudo de noticias verídicas. Yo sé de
buenos originales que esos Reverendos que Vm. nombra como corrup-tores del
estilo, no han sido universalmente seguidos, sino de muy pocos en sus
respectivas casas religiosas, a excepción de la Merced, que parece se glorió de
querer imitar al famoso literato, el Padre Maestro Alava; **** y bien que éste
siguió el método de conceptuar, tan estimado en su tiempo, y el más sutil, como
algún día puede ser que haga memoria de un sermón que predicó a su Patriarca,
para que Vm. lo admire; pero era justo de que se le tuviera en aquel tiempo
como ejemplar digno de imitación. Ahora, pues, en nuestra Compañía había muy
distintos modelos para imitar, y eran
El
P. M. Ignacio Castro, dominicano, malísimo predicador y de estilo poéti-co, ha
sido el modelo sobre que se han querido formar los predicadores de su religión
en esta Provincia.
ᜀ Ā⨀Ā ᜀ
Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ ̀⨀⨀⨀Ā ᜀ Ā⨀Ā ᜀ
Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ El
vulgo creía que el P. Salazar, de quien poco ha hablamos, era el modelo de los
franciscanos todos; no lo ha sido sino de algunos, y eso en el tono de la voz.
En San Agustín no han tenido
a quien imiten, ni ha habido alguno de esos predicadores, que, hechos célebres,
arrastrasen a la multitud doméstica.
El R. P. M. Fr. José Alava,
aplaudido por religioso docto, fue a quien de-seaban y juzgaban estar muy lejos
de imitar los Padres mercedarios. El P. Arauz logró su magisterio boca a boca,
y le heredó algunos papeles y libritos.
varios los autores de nuestro uso. Cada jesuita era señor, y ninguno
quería parecer siervo de un amo vivo, aunque fuese el mismo Milanesio,
envidiable por otra parte por su afluencia.
Dr. Murillo. ¡Raro gusto de hombres! Pero a la verdad bueno, porque no
se sujetaba al de otros.
Dr. Mera. Yo le diré a Vm.: el criollo que era aficionado a la italiana,
formaba una mezcla, a la verdad, para los inteligentes del todo irrisoria,
porque trayendo en los panegíricos y morales las cansadas descripciones de los
italianos ( hablo de los que ya habían contraído los vicios en la elocuen-cia),
no dejaban por otro lado sus agudezas y conceptos a la española. Y el punto que
se proponía era uno solo, que no se dividía, y había de ser en su tanto nuevo y
que diese golpe. Otros de los más viejos eran Vieiristas 64 refinados, y su
principal esmero consistía en pensamientos sublimes y muy sutiles, todos
estudiosamente sacados de alguno o algunos textos de la Escritura, con los
mases y porqués, que reprendía un aprobante de nuestro Isla, 65 en la Historia
de Fray Gerundio. Otros, a lo puro italiano, hacían sus oraciones cargadas de
fastidiosísimos pleonasmos, tales eran el mismo Padre Milanesio y el Padre
Coleti. Otros, finalmente, escogían su estilo en los poetas castellanos, en las
Empresas sacras de nuestro Padre Núñez 66 y en nuestro Cardenal Cienfuegos. 67
Y podía decir que nada se sabía tanto entre los nuestros, como la vida de San
Francisco de Borja 68 y la gran de-dicatoria de esta vida al Almirante de
Castilla, Cabrera. 69 Este gusto, dirélo así, deslumhrado por el falso
esplendor de estos modelos, fue la culpa irre-misible en que incurrieron los
nuestros en punto de locución.
Dr. Murillo. ¿Luego en este punto también los teatinos eran rematados
Gerundios? —que no sé lo que quiere decir.
Dr. Mera. Sí, Señor, sobre éste y los esenciales de la oratoria
cristiana, en la que desde luego los reformó bastantemetne nuestro
ingeniosísimo Pa-dre Isla; mas, como no hubo modo de reformar los abusos de las
inmundas fuentes donde bebían, conociendo las verdaderas de la sana doctrina de
la oratoria, quedaron aún muchos vicios en nuestro modo de predicar. Algunos
raros genios que tuvimos, vencieron los embarazos de la mala educación, tales
fueron los Padres Tomás Larrain, Pedro Garrido, Francisco Aguilar, Joaquín
Aillón. 70 Pero los nuestros y los extraños los tenían por rancios y lánguidos
en el estilo.
Dr. Murillo. Mucho, mucho me regocijo de ello. Lejos, lejos languideces,
exi joras ranciedades. ¡Fuera de nuestro gremio parténico retórico, Padres
vetustos!
Dr. Mera. ¡Concepto bárbaro y propio de su mal gusto! A estos
venta-josos talentos se les podía aplicar el elogio que dio Jacobo Benigno
Bou-ssuet 71 a Nicolás Cornet, 72 cuando en su Oración fúnebre le llama tesoro
escondido; porque, en efecto, dieron, a pesar de la común corrupción, en el
punto del verdadero buen gusto, el que, a mi juicio, no es más que un ca-rácter
de la razón natural perfeccionada en el estudio.
Dr. Murillo. A ver, muéstreme Vm. esa bondadosa escuela de tanto buen
gusto teatínico. * A fe que no me la muestra, sino que sea en la oficina
vulcànica de los famélicos condimentos.
Dr. Mera. No, sino en nuestro Ratio studiorum, que todo lo prevenía
echando los cimientos para formar la imaginación y despertar al juicio; de
suerte que éste mirase a aquélla como a su sierva, y se portara en todos los
asuntos y composiciones, siempre señor y àrbitro absoluto de la verda-dera
elocuencia. Pero la desgracia ha sido que se olvidó en esta Provincia este
nobilísimo plan de estudios.
Dr. Murillo. Por eso que no sucedería lo mismísimo en España, con los
mismísimos señores teatinos.
Dr. Mera. Lo mismo, más o menos, según se infiere de los españoles, que
acá nos venían, infinitivamente más mal formados en el gusto de la elocuencia,
que nuestros criollos. Era una compasión verlos y oírlos. Con dos M. M. le daré
a entender todo. Más o menos todos los chapetones: Mo-nerris y Mañanes. **
Dr. Murillo. Ergo, disgustados, esto es, sin buen gusto, no solos los
es-pañoles teatinos, pero todos, todos los chapetones, sin tino, quiero decir
no teatinos.
Dr. Mera.a Parece por buena lógica que se debe decir lo mismo res-pecto
del buen gusto de todos los españoles para las ciencias y para la elo-cuencia.
Vea Vm. cuánto se queja el Padre Feijoo de la dificultad que tie-nen los
españoles en abrazar los bellos conocimientos. Note Vm. cuánto deshonró con su
doctrina y pureza de su latinidad, el muy erudito Don Gre-gorio Mayans y Sisear
a los españoles para con los extranjeros. Los Padres Mohedanos, en su plan a la
Historia literaria de España, reflexionan sobre la falta del buen gusto entre
los españoles, y al Padre Feijoo le hacen ca-paz de introducirlo con sus
escritos, no obstante que no escribió una obra metódica, sino un riguroso
Misceláneo.
Dr. Murillo. Potiori iure: ergo, disgustados y avinagrados todos los
cha-petones, menos el Padre Feijoo, que parece bien aficionado a hojaldres,
pas-teles y salsas de gusto.
Dr. Mera. A la verdad, debemos hacerle justicia por lo que toca a la
elegancia en el decir, y a la nobleza de su persuasiva. El, sin duda, tuvo, con
un entendimiento bien claro, una imaginativa hermosa, pero moderada y ajustada
a la regularidad del juicio. Su estilo debería servir de modelo a quien le
quisiere gastar oportuno, natural y enérgico. Y aunque el Obispo de Guadix,
Fray Miguel de San José y el mismo Mayans le critiquizan de que su estilo,
siendo hermoso, está salpicado de voces nuevas o latinizadas; pero en este
mismo defecto, se porta el Padre Feijoo como maestro, y
Esta expresión: buen gusto
por la literatura, se ignora absolutametne lo que quiere decir en Quito. No le
conocen los quiteños.
Jesuítas muy ignorantes,
ambos españoles, llamados según su estilo, Bolonios.
a Lar: Paréceme
lo hubiera sido con toda la plenitud del mérito, si este sabio se
hubiera ver-sado en la lectura de la sabia antigüedad. El suplió esta falta con
la lectura vasta de los modernos, pero se deja traslucir en todas sus obras
este defec-to. Y de aquí es que debe Vm. tomar, Doctor mío, las medidas para el
juicio que se ha menester hacer del gusto español.
Dr. Murillo. Buenos son sus ejemplitos para los tiempos de antaño, do
los ornes no ficieron a guisa su pleito; pero no para lso tiempos de ogaño, do
afincan los españoles con su mucho saber, por estar todos galicados, que juzgo
estarán con todos los huesos podridos de sabiduría.
Dr. Mera. No amigo. Parecía a los principios de este siglo, que entraba
en España el buen gusto, a fuerza de contradicciones. Vencidas éstas, han
pasado los españoles, con tal cual lectura de los franceses (de quienes son
perfectos monos) al extremo opuesto, que es el de una ridicula pedantería.
Todos los que siguen las letras hoy, son eruditos a la violeta.76 Así ni ahora
se ha restablecido en España el buen gusto.
Dr. Murillo. Pero, Señor Doctor, y esos Mallanes, esos Siseados, esos
Medaños, esos Guaditos Miguelones que Vm. ha citado, ¿no son españoles?
Dr. Mera. Sí, y aun hoy sé que hay un Señor Valiente,77 un Señor
Cam-pomanes, un Don Mariano Nifo, un Padre Morzo, un Padre Ceballos, je-rónimo;
pero son como Larrain, Aguilar, Aillón en todo el cuerpo jesuítico de esta
Provincia. Del mismo modo en toda la nación, ha habido algunos que supieron y
saben superar el torrente de la corrupción del siglo, como los citados, y los
Padres Flórez, 78 Sarmiento, 79 Feijoo con otros muy raros.
Dr. Murillo. Ud. cita no más por citar a roso y velloso. ¿Acaso éstos
han escrito de elocuencia, retórica ni buen gusto?
Dr. Mera. Eso es no haber atendido bien a lo que Vm. mismo leyó del
Padre Bouhours. Allí se dice que el bello espíritu (y Rollín lo dice también en
el tratado nombrado Razón del gusto), es un discernimiento fino y ex-quisito,
no solamente para las lenguas, elocuencia y retórica, sino para todo género de
composición y para el conocimiento de todas las ciencias. Así el Maestro Fr.
Enrique Flórez, muestra el buen gusto en la dignidad de su idea y en la natural
hermosura de su estilo; Mayans en su laboriosa aplica-ción a la antigüedad, y
en los mismos tratados que ha escrito sobre la retó-rica. Y así también los
demás.
Dr. Murillo. Luego, cuando se ha perdido misérrimamente el buen gus-to,
habrá sido la fiesta de la ascensión del bello espíritu, porque habrá por sí
volado a los cielos el humano entendimiento. ¿No es, pues, axiomática verdad de
Vm., que en él residen pro tribunali, como Areopagitas, sus dos Señorías bello
espíritu y gusto bueno? Luego, luego. . .
Dr. Mera. Tenga la mano y sepa Vm. como es este misterio. Desde el
si-glo VI de la Iglesia, es verdad que se perdió el buen gusto para las
ciencias y artes todas (note Vm. aquí el origen de toda relajación, entrando la
de las costumbres), y se puede conocer en todos los escritos de aquel tiempo
sin orden, sin elección, sin método. No diremos que desde aquel tiempo hasta
el siglo XVI no haya habido buenos talentos, sino que todos ellos fueron
arrebatados de la corriente del vicio, y envueltos generalmente en la mala
educación de aquellos siglos. Vm. sabe que consuetudo est altera natura, 80
según esa facultad matadora, y que consuetudo facit legem, 81 según la
ver-sátil Jurisprudencia.
Dr. Murillo. Confórmome con la voluntariedad de Vm. Mas añado que ahora
hemos de ser más doctos que antes, y hemos de tener el gusto más refinado,
porque han de estar los libros franceses más baratos, viniendo sin su pasta,
que los hacía más costosos. * Pero me temo mucho que los Mon-sieures o levanten
el precio a sus obras, o no las quieran vender sino en-cuadernadas a su modo.
Aunque el mandato de tomarlos así está, a mi ver, útil, cómodo, ahorrativo a
las letras y al erario.
Dr. Mera. ¿Quién le mete a Vm. en eso? a ¿Puede Vm. acaso pesar con
exactitud y equidad, utilidades ni intereses, que conciernen al bien del
Es-tado y de la Corona? Esto no es para nosotros, que habitamos los bárbaros
países de las Indias.
Dr. Murillo. Doyme por convicto, y confieso que no es esto para
noso-tros, que estamos en las dispensas o trojes de las Indias. Ni qué se me da
de ellas. Diré lo que cierto Secretario, llamado el Señor Pez: 82 más que el
demonio se lleve estas Indias. Pero me duelen estos libros franceses.
Dr. Mera. Si sucediera que no viniesen, sentirían los literatos este
em-barazo a su aplicación, y sería de temer que esto solo bastase a radicar la
ignorancia, que se iba, aunque con lentitud, queriendo desterrar de nuestras
cabezas. Porque ¿quién duda que de Francia nos vienen criticadas y revis-tadas
las obras de los Santos Padres, las colecciones de los Concilios, las Historias
eclesiásticas, las nuevas observaciones sobre todas las partes de las
matemáticas y de la física y todas las buenas obras de buen gusto para las
ciencias y artes todas?
Dr. Murillo. ¡Qué linda cosa! Dicen también que hay libros para coci-nar
ocho mil fricasés y ochenta mil especies de cremas. ¡Este sí que es be-llo
gusto! Dicen más, que se ha hecho sudar a la prensa humor leteo con un libro,
que enseña el método y buen gusto de vestirse y peinarse a la rigurosa.
Dr. Mera. No he visto tales libros, ni creo habrá salido alguno que dé
lecciones para lo que es cubrir con honestidad nuestro cuerpo.
Dr. Murillo. Yo sí lo creo, ** porque así sólo con la auténtica
autoridad de algún autor moderno, se podría uno animar a vestir como hoy se
viste. Lo que me pienso imaginariamente es que veo a un mozo, dije mal, a un
Adonis en una pequeña estufa, con el tocador por delante y un libro de moda,
hacia el un lado, y que, después de haberse mirado, visto y remirado
Publicóse en esta ciudad un
auto, en que se mandaba no se comprasen más libros franceses, sino que fuesen
sin forro de pasta. Parece que el fin era impedir por este lado el que saliese
dinero de las Américas y de España.
a Lar: sto
Sátira a los rigurosos
secuaces de la moda y a la mal educada juventud quiteña.
en el espejo muchas veces, vuelve al libro y lee en él así: "Día
Domingo, día de asistir al baile, de llevar el cortejo en público,
acompañándole a sus visitas, de vestirse gala uniforme a tornasoles, y estar
con la mayor exactitud de ceremonia," Que después de haber leído este gran
título que indica el siguiente tratado, se mira otra vez en el espejo, y,
examinando uno por uno sus gestos para ver si los hace hermosamente feos, o
feamente hermosos, ex-tiende las manos, se las refriega, desarruga, bruñe, remira,
compone, y vuel-ve los lindos luceros de sus ojos hacia el otro espejo escrito
donde se re-presentan todas las esenciales advertencias de la moda. Lee allí:
El zapato, bien ajustado, de tafiletes o paño cardenillo, guarnecido de
cinta blanca, liso, sin tacón y de hebilla muy baja. Hebillas no cuadradas sino
elípticas o parábolicas, según se dice ser la figura de la Tierra, para que se
conozca que tenemos a nuestros pies estas fi-guras; no serán de acero, tumbaga,
ni oro, sino de brillantes, muy tersos. Medias de hoy blancas, entreazuladas de
rejilla. Calzón con charretera de tres dedos, un solo botón, y que sea pequeño
con ojalito de alamar, dos bolsicos en medio, formado de cuatro varas de
melania, para que salga tan bombacho que pueda levantar olajes, alto de talle,
con pretina de siete dedos, y abrochado con seis botoncitos del mismo género;
la relojera que cuelgue muchas campanillas. Casaca volante, sin carteras ni
bolsicos por fuera, graduada por todo el cuerpo, esto es, con sus borlitas
pendientes y coronadas de lentejuelas de oro; co-llarín de lo mismo, pero bien
airoso. Chupa muy ajustada, sin galones o, de tenerlos, anchos de tres dedos.
Espadín, con su escudilla calada, vaina con barniz cardenillo. Pelo, peinado
para atrás sin bucles, bolsa muy grande para que esté el cerebro libre del aire
y se mantenga pe-rennemente el mayor juicio. Sombrero a la prusiana, con su
plumajín blanco en la falda, galón de cuatro dedos en el centro circular de la
copa, y su gran botón de oro en lugar de escarapela.
Y cata allí, salir majo con despejo maravilloso por las calles. Pienso
más, que se vuelve a examinar ópticamente en el espejo, y que haciendo a su
misma imagen una gran mocha de cortesana urbanidad, sale de su aposenti-11o Don
Adonis.
Dr. Mera. Deje Vm. estas reflexiones propias del espíritu de bagatela
Estas menudencias nacen del tal espíritu o genio, y si quiere Vm. saber sus
propiedades, puede leer un diálogo sobre él, que escribió el autor anónimo de
los Diálogos socráticos, que los trae la nueva edición de la Ciencia de Corte
de Monseiur Chevigni, añadida por el médico Massuet, al principio del primer
tomo.
Dr. Murillo. Diga lo que quiera cualquiera. Hágame Vm. el favor de oír
mis consideraciones autómatas. Una de ellas, que el día lunes hace mi
mozalbetillo lo mismo, y que llegándose al tocador, se rocía la cara con un
poco de leche virginal; y después de poner ante el espejo las dos
auroras boreales de sus rutilantes niñas para mirarse, lee el libro que dice:
Día lunes, día de capotillo, que se dice Tomasica; cuello amusetado, que
en todo ha de relucir lo sabio; vuelta de terciopelo corta, ya que el mundo no
la da; galón por museta y cuerpo del capotillo, para que ande guarnecida de los
insultos del aire, y ha de ser de paño de grana a lo príncipe, o de azul
turquesí, dando celos al zafir. Zapato negro. Hebilla de oro o de acero. Media
blanca. Calzón negro bombacho, con dos colgajos de reloj en ambas relojeras,
Casaca y chupa amarillas. Pe-lo suelto, pero encerrado en grande redecilla
blanca, con borlas hasta media espalda.
cata allí empavonado
petimetre a la rigurosa, y salir a buscar tertulias de estrado en estrado, y de
tienda en tienda, porque ninguno lo entienda.
Dr. Mera. Vuelvo a decir que lo deje, porque sola esta narración causa
fastidio y provoca a náusea. La ridicula moda manifiesta, igualmente, la
corrupción de las costumbres, la de la elocuencia y de todo buen gusto.
Sé-neca, el más depravado genio por lo que mira al estilo, y aun por lo que
toca al método de la vida, ha dicho esta memorable sentencia: Talis homi-nibus
fuit oratio qualis vita.83 Si Vm. advierte que perdida la simplicidad, son las
mesas no solamente abundantes, sino exquisitas; que olvidado el pu-dor, son los
vestidos cortados a la última moda y es demasiado el lujo; que abandonada la
vergüenza, son las diversiones más frecuentes y entremez-cladas siempre de
ambos sexos, diga Vm. lo que Séneca:
Quomodo conviviorum luxuria, quomodo vestium, aegrae civitatis indicia
sunt, sic orañones licentia, si modo frequens est, ostendit ánimos quoque a
quibus verba exeunt, procidisse. 84 Mas debe decir, que este vicio, que esta
deplorable enfermedad del verdadero buen gusto y de las sanas costumbres, tiene
su origen en aquel lugar de donde se nos comunican las modas. Debe decir Vm.,
que hoy el corazón y el espíritu van quedando afrentosos, pri-sioneros del
vicio y esclavos vergonzosos de la común corrupción.
Dr. Murillo. Quedo en acorde armonía con los pensamientos de Vm. Tal va
Vm. tirando la tornátil clavija de mi entendimiento, y templando la elástica
vibrante cuerda de mi imaginación, que en el plectro musical de la palabra, y
en el diapéntico concento del buen gusto, pueden quedar nues-tras almas puestas
con afinado punto en unísonus.
Dr. Mera. Este último razonamiento de Vm. me desespera de su
co-rrección, y ya es tarde para la enmienda.
Dr. Murillo. Aún no es el dimidio círculo del día, ¿y ha de ser tarde
para la merienda? De ninguna de las maneras, tenemos cerca de las doce. Adiós.
Dr. Mera. No se vaya, Vm. tomará aquí la sopa y hablaremos del ser-món
del viernes y del de ayer.
Dr. Murillo. ¡Qué sermones, ni qué cuentos tártaros! A comer me voy, y
cierto que no me quedo, porque estará ansiáticamente desperabunda mi Clara. *
Adiós, hasta la tarde.
Dr. Mera. Ea, vaya Vm. que a la tarde iré a eso de las tres a sacarle de
casa para el paseo.
Dr. Murillo. ¿Por dónde le hemos de tomar?
Dr. Mera. Tomarémosle, para hablar con libertad, hacia San Diego.
CONVERSACION QUINTA
De la filosofía
Dr. Murillo. Venga Vm., que me pareció faltaba ya a su benemérita
palabra, y ya inmoraba mucho su apetecida persona para mi irrequieto deseo.
Dr. Mera. Aquí estoy, amigo. Tenemos las tres y media, y he tardado
algo, porque la comida cuaresmal me ha gravado hoy más que nunca el es-tómago y
la cabeza.
Dr. Murillo. Según eso, estas vísperas serán más bien de ejercicio
cor-póreo con rezo de santo simple, que agitación de ánimo con reflexiones
crítico-científicas, porque dum stomachus laborat, mens est inepta ad
philo-sophandum, 85 que dice Dión Casio en sus moralidades.
Dr. Mera. No se filosofará mucho, pero se tratará algo de filosofía.
Dr. Murillo. Digo, pues, entonces, que no podrá negar Vm., Señor
Doc-tor, el que los teatinos estudiaban los naturalísticos milagros de la
sapien-tísima filosofía.
Dr. Mera. Sí, mas debo decir a Vm., que era muy malo el método con que
se enseñaba en nuestra Compañía esta facultad. ¡No me arquee Vm. las cejas,
como que va a pronosticar mal, al ver las orinas de sus enfermos! Lo dicho,
dicho; pero, para abreviar, remito a Vm. a que lea sobre este punto al
Barbadiño,86 y añado de mi parte, que lo que él reprehende estaba usado y
recibido entre los nuestros.
Dr. Murillo. ¡Acabará Vm. de iluminarme! Bien corría por todo el mun-do
que todo Vm. era barbonaso, barbadiñista, y que así se había tomado los mismos
humos de reformador.
Dr. Mera. Si corre por todo el mundo, y todo el mundo lo dijere con
razón, callaré la boca, agradeciéndole la noticia. Hasta aquí me pareció que
habían escrito con más juicio, y mucho antes que el Barbadiño, acerca del
* Es casado Murillo, y su mujer
se llama Clara.
método de estudios, muchos autores muy doctos, y si le he citado a Vm.
el Barbadiño, ha sido porque su obra se ha hecho en nuestros días harto vulgar;
pero mientras volvamos a mi estudio y lo lea, oiga lo siguiente:
Si el mundo, de la razón
hace en su razón desprecio,
hacerse en el mundo necio
es la mayor discreción.
Dr. Murillo. Sea lo que fuere, por cuanto Vm. en el mundo estima,
há-game el gustazo de parar aquí, y decirme, primero, quién es este Barbadillo,
o ese literato mete ruido.
Dr. Mera. Doyle gusto. Este autor hasta ahora ha sido un duende oculto,
que ha tirado muy bien las piedras de la crítica en su método de estudios, sin
que nadie le pueda conocer.
Dr. Murillo. También en esto se le parece a Vm. gran parola, bona
ver-ba, y ninguno da con bola. Vaya adelante.
Dr. Mera. Nuestro Padre Isla, en su Historia de Fray Gerundio, dice que
es un Arcediano de Ebora. Si es así, es, a mi juicio, el mismo Abate Verney que
anuncia la vida del Padre Feijoo, puesta en la nueva edición de las obras de
este Padre, con motivo de numerarle a en la clase de sus impugnadores. Porque
el Señor Don Luis Antonio Verney era, en tiempo que salió la obra del Verdadero
método de estudiar del Barbadiño, Arcedia-no en Ebora. Vm., que tiene muchas
narices para la crítica, sabrá discernir lo que hay en esto, según le que le
voy a decir. Este eruditísimo caballero Verney, es cierto que en la oficina de
los hermanos Pagliarinis, impresores de libros en Roma, hizo imprimir el año de
1751, tres obras, cuyos títulos son los siguientes: Aloisii Antonii Vernei
Equitis Torquati Archidiaconi Eborensis De Re Lógica ad usum Lusitanorum
Adolescentium Libri quinqué. Segunda: De Re Metaphysica ad usum Lusitanorum
Adolescentium libre quator. La otra: Apparatus ad Vhilosophiam et Tbeologiam ad
usum Lusi-tanorum Adolescentium Libre sex. 87 Estas obras están escritas en
buen latín, y el juicio que se hace de ellas por los mismos hermanos
Pagliarinis, * o por sus doctos asociados, es éste:
Ved aquí el extracto del presente aparato. Debemos decir en obsequio de
la verdad, que se hallan pocos libros de esta grandeza, que con-tengan tantas
cosas, tan graves y tan bien explicadas en pocas pala-bras, como éstas. Por
todas partes se manifiesta la vasta erudición del autor, hermanada con una
grande claridad. Se ve el juicio, tanto en aquello que dice, como en lo que
calla. La prudencia se ve, en que, es-
a Lar: numerarse
* Diario de los literatos o Noticias literarias ultramontanas, que se
publicaban pe-riódicamente en Roma.
tando obligado a tocar algunos asuntos odiosos, lo ha hecho con
deli-cadeza, y de antemano se ha reforzado con las autoridades necesarias para
confirmarlos. Su modo de pensar es sólido, y se junta a una suma hombría de
bien. En el juicio que hace de los hombres grandes, vi-tupera modestamente los
defectos, y hace la debida justicia a sus bue-nas cualidades. La piedad se ve,
porque en muchos pasajes hace ver su respeto a la Iglesia, y advierte a sus
jóvenes del mérito de algunos libros nocivos, y les recomienda la perfecta
sumisión a las leyes de la misma Iglesia. Se demuestra aun su pericia en el
modo de disponer las cosas y de conducir al lector insensiblemente al fin
propuesto, sin atediarlo. Es también digno de consideración el estilo pulido y
latino, que causa nueva complacencia al lector de buen gusto.
Este juicio que está en el Diario de los literatos, que daban a luz en
len-gua italiana los hermanos Pagliarinis, y es del año de 52 y del de 53, es
muy diverso del que hace nuestro Padre Isla, del Barbadiño, en el Prólogo y en
el cuerpo de la Historia de Fray Gerundio, como Vm. lo habrá leído. Infiera
ahora de aquí lo que le parezca, porque sería cosa cansada averi-guar si el
mismo Señor Verney, con el nombre de Barbadiño, dio en ese mismo tiempo, en
idioma portugués, a la prensa, su Verdadero método de estudiar con el pegote
para Portugal, o si fue otro autor que siguió la idea del caballero Verney y
formó la celebrada obra del dicho Método. Hay quienes le hacen verdadero
capuchino, sin poder decir su patria, porque le hacen ya portugués, ya italiano
y ya español, que, por contar con la bene-volencia y estima de los extranjeros,
a quienes celebra, y evitar el desprecio y furor de sus nacionales y
compatriotas, ocultó con sagacidad exquisita su persona, su estado, profesión y
patria. Ya está Vm. satisfecho, y le acuerdo que le remito a lo de ese mismo
Barbadiño, para que conozca que nuestro método de estudiar filosofía era tan
malo como él le pinta.
Dr. Murillo. Dios se lo pague a Vm. la caridad de esta pulquérrima
no-ticia, que andaba la curiosidad tras las barbas de este Padre, y ahora tras
del método jesuítico.
Dr. Mera. Voy allá. La lógica verdaderamente era una intrincada
meta-física; y de una exacta indagación de la verdad, se había vuelto una
eterna disputadora de sutilezas despreciables e incomprensibles. De allí tantas
cues-tiones inútiles, en que se evaporaba la delicadeza de los ingenios. Y
empe-zando desde las Súmulas, nuestro término lógico era la piedra de escándalo
en que tropezaban con infinitas novedades vagas y confusas, predecesores y
catedráticos sucesores. Así, por unos dialécticos, comparables con el Fray
Toribio de la Historia de Fray Gerundio, que ha sido proscrita por la
In-quisición, y que yo leí el año de 60, fueron famosísimos los Cobos,88
Espi-nosas, Andrades y otros muchos de nuestros criollos, que gozan por lo
re-gular de una agudeza acomodada al escolasticismo.
Dr. Murillo. Así lo estuve pensando; conque aquí no hay sino decir
di-lín, dilón, ya sale la procesión. Y ¿qué es la lógica, sino el lapis
barbatus barberinus 89 de amolar el acero del ingenio y aguzar el cuchillo
cortante del entendimiento, para que lo empuñe, desde la mano matante, el brazo
protegente del raciocinio?
Dr. Mera. Era como Vm. la define la lógica de nuestros coloquios;
por-que la lógica, que perfecciona el entendimiento, que le dirige a saber
bus-car la verdad, a pensar justamente y con método, era el arte de ejecrer
sola-mente el ingenio en zancadillas imaginarias, de enervar la razón, y de
tener ligado a un vergonzoso ocio al juicio, facultad animástica la más
excelente, la más necesaria y la que hace el mérito del hombre hábil. Créame
Vm., que era una consecuencia legítima, y una serie invariable de la vanísima
tela de las letras humanas, venir a dar en sutilezas aéreas en las ciencias más
dignas.
Dr. Murillo. Con tales sutilezas, apenas habría teatino que no hiciera
lo que Atanasio Kircher,90 volarse, cual Icaro ligero con dos alas logicales,
por toda la región etérea. Serían unos buenos lógicos.
Dr. Mera. No es exageración ni empeño de maldecir, porque en lo que le
hablo nada manifiesto tanto, como el deseo del establecimiento de un colegio o
de una universidad, adonde se siga un metódico plan de estudios. Supuesto esto,
digo que me había olvidado decir a Vm., que los mismos preceptores apenas
mostraban tener una idea de la verdadera lógica; y más los ocupaba la famosa
cuestión de las distinciones entre los predicados me-tafísicos, y ésta haciaa
el campo de batalla entre virtualistas criollos y for-malistas chapetones.
¿Dónde habría con esto alguna explicación acerca del modo de deponer el error,
de desterrar las preocupaciones, de sacudir los malos hábitos? ¿Dónde el
conocimiento de la falacia de los sentidos, la ver-dadera noción de las ideas y
percepciones, la fuente del método, de la crí-tica y el justo discernimiento?
Nada de todo esto; y se reputaba lógico más aprovechado e ingenioso el que
discurría sofismas más embozados. An-tes bien, al sofístico se le tenía por el
talento más sobresaliente; y oí decir a uno, y a fe que era jesuíta de
créditos, que era prueba de buen entendi-miento el saber discurrir sofismas.
Esta es prueba, digo yo, del mal método con que se estudiaba la lógica, y de
que ésta enseñaba a los nuestros a ha-cer aprecio de los paralogismos. Mas,
como el ánimo es persuadirle a Vm. con la verdad, debo añadir que conocí al
juiciosísimo Padre Aguilar, 91 pre-decesor del Padre Aguirre, mi maestro, que
trató con alguna solidez esta primera parte de la filosofía. Luego se siguió mi
Padre Aguirre, y sutilizó más que ninguno había sutilizado hasta entonces.
Ayudábale una imagina-tiva fogosa, un ingenio pronto y sutil, y el genio de
guayaquileño, siempre reñido con el seso, reposo y solidez de entendimiento.
Imitador del ergo-tismo lacónico del Padre Larrain, era un ergotista pungente y
sofístico al mismo tiempo. Mejor, sin comparación, fue el Padre Hospital, 92 y
su jui-cio le hizo tratar razonablemente las materias que tocó.
a Lar: y es hacia el campo
Dr. Murillo. ¡Con licencia de
Vueseñoría, diré, Señor, Ave María!. . .
Porque yo voy tiritando de miedo de sus horrorosas críticas históricas.
Yo me preciaba también de argumentativo dialéctico acuto. Pero, si me oyera mis
figuras silogísticas, ¿qué dijera Vm., que dice tanto bien del genio del Padre
Aguirre?
Dr. Mera. No dude Vm., que influyó muchísimo en el ingenio de este Padre
el temperamento guayaquileño, todo calor y todo evaporación. En Guayaquil no
hay juicio alguno. ¿Dónde ha de saber Vm., que el Padre To-más Larrain, jesuíta
de mucha doctrina, formó aquí una colección de cues-tiones filosóficas, con el
fin de que, abandonando en la mayor parte el aris-totelismo, se siguiesen los
sistemas modernos en sus colegios y universida-des? Vinieron, pues, señaladas
por nuestro Padre General Centurioni las cuestiones, especialmente de física,
que se habían de dictar en esta Provin-cia sobre el plan formado por dicho
Padre Larrain, y ¿qué sucedió? Que mi maestro Aguirre, siempre se fue detrás de
los sistemas más flamantes, y detrás de las opiniones acabadas de nacer, sin
examen de las más verosímiles. El dijo, siempre en contra del otro discreto:
Novitatem non veritatem amo. 93 Como fui su discípulo, bien que no conservo los
cartapacios, repe-tiría a Vm. varias sentencias; pero no es negocio de
manifestar la extensión de mi memoria, porque sería afectar que la tengo
prodigiosa.
Dr. Murillo. Apostaraa que la tiene Vm. tan ingente como el más en-fermo
del Hospital de San Andrés de Lima. Miedo me da de que se acuerde Vm. de tantos
hechos cotúrnicos. Mas, dígame su merced, y quien se siguió a ese Padre
¿volaría más altamente?
Dr. Mera. El Padre Hospital, que se siguió al Padre Aguirre, pesó más
bien los asuntos y examinó mejor de las opiniones cuáles fuesen más
vero-símiles entre tantos átomos y corpúsculos de Cartesianos,94 Gasendistas,
Newtonianos, Maignanistas, etc. Así la física de estos dos jesuítas tratada
según los sistemas modernos, dio en Quito las primeras ideas de la física
experimental. De donde a mi maestro le tuvieron los lectores de filosofía de
las demás escuelas, como a injusto desposeedor del pacífico imperio aris-totélico.
Y alguno desertó la escuela, y aun la ciudad, por no oír blasfemias contra
Aristóteles.
Dr. Murillo. Hizo muy bien. ¡Oh divino Estagirita! ¡Oh abismo de la
sabiduría, y cómo estos Padres se atreven a bambolear el sacro diadema, que
puso sobre tus sienes la universal aclamación de todos los siglos! ¡Ya no habrá
quien te vuelva a colocar sobre el trono regio, que justamente te adquirió tu
formal y accidental merecimiento, y toda tu virtud cualitativa!
Dr. Mera. No hay que hacer muchos lamentos. Aquí tenemos al Padre Múñoz
95 que se siguió a Hospital, (era por cierto cuando ya se había des-prendido de
sobre mi cabeza el bonete jesuítico en Pasto) . El dicho Padre, riobambeño,
lleno de las preocupaciones de sus mayores y vacío de luces intelectuales para
poder disiparlas, trató así la lógica como la física en el
a Lar: apostaré
método del aristotelismo más vulgar y envejecido. Cata allí restituida
la paz a la monarquía peripatética. Siguióse luego el Padre Rodríguez,96
español y jesuíta de penetración, que dando señales de dictar un metódico y
ameno curso filosófico, anticipó con su muerte el preludio de la próxima ruina
jesuítica. Llórola, porque al fin fue mi amada madre. Pero viniendo a tratar
del método que se tuvo en estudiar la física, a los mismos jesuítas, si
estu-viesen aquí, les diría que los antiguos la hicieron obscura caverna de
tram-pantojos aristotélicos, donde se palpaban las tinieblas y la obscuridad.
Di-ría también y digo que los Padres Aguirre y Hospital, divirtieron a las
gentes y aturdieron a los religiosos con sus novedades. Es cierto, que los
pobres regulares, hablando generalmente, no sabían ni adonde hallar, ni cómo
buscar un libro que tratase de estas nuevas filosofías. * Pobre ciudad, en la
que los extraños todo lo ignoraban, y los nuestros no podían más, aun-que
quisieran, porque una física experimental no se hizo para la carrera del
estudio de artes, no para la pobreza de dinero y de instrucción que reina en
esta Provincia! Esto necesita otro fondo y una mano soberana que lo esta-blezca
y sostenga. Debo decir, con todo eso, que los mismos Padres Agui-rre y Hospital
practicaron un método el más regular que se podía esperar en estas partes.
Dr. Murillo. Y ¡como que fue, Señor Doctor, ese método el non plus ultra
que tuvo la ciencia física! Con él llené yo mi Diccionario métrico-po-lémico de
voces sonorosas, de turbillones, émbolos, prismas, Copérnicos, Muskembroek,
Gravesand, Nollet, Ticho Brahe, máquina pneumática, eléc-trica, termómetro,
barómetro, tubo torriceliano, pistón, moléculas lúbricas, glubulosas,
esfeorideas, romboidales, etc., etc., etc. Y viniendo a hablar de techos para
arriba, hice mi compilación portátil de coluros, trópicos, zodia-cos,
equinoccios, solsticios, apogeos, perigeos, satélites, máculas, faces, sig-nos,
parhilios, paraselenes, órbitas, giros diurnos, nocturnos y otras doscien-tas
mil cosas, que acá reservo en este gran receptáculo manúbrico de mi me-moria, y
de las que los santos de todos nuestros predicadores se habían hechizado tanto,
en tanta manera, que no había sermón panegírico.** ni mo-ral, que no trajese, o
el éter, materia globulosa y ramentosa de Descartes, o los infinitamente
pequeños de Newton, o los vértigos de Copérnico y otras mil de éstas, de que
estaban furiosamente enamorados. Mas, así Señor Doc-tor Mera, ya hemos llegado
hasta esta amenosa alfombra, verde vegetativa esmeralda, que lame los tapetes
germinantes a nuestro rotundo Panecillo.
Este es un hecho que lo
confiesan hoy los regulares que fueron catedráticos en aquel tiempo jesuítico,
y aun los que no fueron catedráticos. El Padre Graña es uno de éstos, que por
su veracidad vale por muchos.
Fue gran moda usar en aquel
tiempo de este pedantismo en todos los sermones. Todos los que ignoraban los
nuevos sistemas, eran los que querían dar a entender que los sabían,
introduciendo en medio de la palabra de Dios, los delirios del hombre. Los
jesuítas mismos fueron los que dieron este mal ejemplo. Aguirre y Hospital eran
los corifeos. Y este último en un sermón moral de Cuaresma, se llevó cerca, o
quizá la mitad de él, en describir un edificio de nieve fabricado en
Petersburgo; y cuya noticia viene en uno de los tomos del Diario de los
Literatos, citado arriba.
Sedeamus parumper, y descansemos en abstracto, de lo que
imperceptible-mente hemos trascendido como entes analógicos, equívocos y
unívocos.
Dr. Mera. Está Vm.,a elocuente y
metafísico al mismo tiempo.
Dr. Muritto. Y era así a la verdad, porque Vm. hablará ya de la
metafí-sica, que se estudiaba en la Sociedad Ignaciana.
Dr. Mera. Doyle gusto, y le tomo en decir que la metafísica antigua fue
la más mala, dura y desgreñada que se podía dar. Es verdad que este vicio duró
aún en Europa hasta los principios del otro siglo; Leibnitz,98 Clarke, Locke,
Wolfio y otros la metodizaron y aumentaron considerable-mente, porque la
metafísica de Aristóteles, que no fue sino un adición a la física, no tuvo por
objeto el que hoy tiene nuestra metafísica. Así, los antiguos, igualmente,
trataron en ella lecciones de lógica, que de física, y no de cosas abstractas y
espirituales, y especialmente de la ciencia del ente y todas sus propiedades en
común, como los filósofos de ahora. Más felices en esta parte nuestros jesuítas
Aguirre y Hospital, trataron con bastante método y dignidad la metafísica.
Dr. Muritto. En verdad, Doctor mío, que estaba creyendo que estos
hombronazos se metieron a tratar, de puro ociosos, esta parte que se llama
metafísica, pues yo no veo que sirva de nada a nadie.
Dr. Mera. Así se ha creído vulgarmente, y cuando alguno ha querido decir
que un escritor, o un hombre de letras, ha dicho o escrito ociosidades, dicen
con enfática afectación, que ha dicho o ha escrito metafísicas.
La metafísica, pues, (dice el caballero Verney en la epístola
dedicato-ria al Rey fidelísimo José I), es una ciencia, que enseña a aplicar
los preceptos más hermosos y más sólidos de la lógica o recta razón, a aquellos
argumentos generales, que sirven así en las ciencias especu-lativas como en las
prácticas. En el mundo civil, nada se hace de bue-no sin la dirección de la
buena razón. Así la metafísica que allana el camino a esta razón connatural a
todos, y la sirve de guía, no es una cosa difícil, como piensan algunos, ni
menos inútil, como están publicando muchísimos semidoctos, especialmente
algunos ignoranti-llos jurisconsultos y políticos, que hablan con mucho
desprecio de la filosofía, como de una ciencia del todo contraria a sus
principios; sino que es una ciencia fácil y de un uso casi general.
Hasta aquí dicho caballero Verney.
Dr. Muritto. ¡Oh, muy bien! A este Signor leería el Señor Don Serafín,
Oidor de esta Audiencia, pues a cada rato bostezaba, siempre saliendo del
tribunal, pero siempre puesto en el tribunal, que nuestros abogadillos no
sabían la lógica de la jurisprudencia: y en verdad, Señor Doctor, que con esto
los atolondró, porque ellos no querían creer que hubiese tal lógica, y
a Lar: Está, está Vm.
elocuente
estaban boquiabiertos juzgando que Don Serafín deliraba, o cuando menos
hablaba de memoria. Unos a otros se veían las caras, admirados, desde el más
anciano, * hasta el más barbiponiente, de que tal vez hubiese dicho Señor
encontrado en la Siberia a esta mujer llamada lógica derecha o de la
jurisprudencia. Pero no hallando nuestros bonazos jurisconsultos en todas las
cartas geográficas a tal mujer, ni en sus historias tan rarísimo animal,
trataban de burlarse de mancomún y bajo escritura de compromiso, del di-cho
Señor Seráfico Veyán.
Dr. Mera. No tenían razón, porque debían saber esos licenciados, que los
más famosos legisladores fueron los más famosos filósofos; que los in-ventores
y reformadores del Derecho, en el siglo de Augusto y en los si-guientes,
trataron la jurisprudencia con la ayuda de la filosofía; que los más célebres
jurisconsultos del siglo pasado y del presente, han puesto el Dere-cho natural,
que es la fuente del romano, y de la que se llama política, en su mayor
claridad, exponiéndolo científicamente, como el Grocio,99 el Sel-deno,
Cumberland, Coringio, Heinecio, el ...
Dr. Murillo. Tenga Vm. la mano. A este mismo Incienso era a quien citaba
Don Serafín, diciendo que él trataba de esta lógica jurisperítica. Mas, por
esto, y porque Vm. alguna vez me ha dicho que el Huevo Grueso, el Salcedo, el
Cumbresaltas, el Chorizo y el Incienso son abogados herejes, los aborrezco, y
por otras razones más.
Dr. Mera. Bien se ve la satisfacción que Vm. tiene de mi taciturnidad;
porque, si creyera que yo había de publicar que Vm. hablaba de esta ma-nera,
pudiera creer que le viniera algún trabajo.
Dr. Murillo. ¡Buen trabajo! ¡Como que habían de venir y volver men-sajes
al Imperio de Plutón! O ¡como que Vm. se había de ir al infierno, por sólo
hacerme un chismoso enredo con esos infelices condenados!
Haeretici iurisperiti: ergo damnati iurisperiti!100 ¿Qué tiene hablar
mal de los malos muertos? ¡Trabajo! ¿Qué trabajo? ¿Hay más que si ellos
di-jeran: fallamos, dijera yo sacándome con prontitud la gorra: yo obedezco?
¿Hay más que, si me ahorcaran, me muriera? ¡Trabajo! A mí nada me cues-ta lo
que hablo. Nada encuentro que dé miedo, porque
Dicere de rebus, personis parcere nosco: Sunt sine felle mei, non sine
melle sales.101
Dr. Mera. Burlas aparte, y diga, por qué otras razones no quiere bien a
esos hombres beneméritos de la república literaria y de la pública es-timación?
Ha sido, y es aun hoy, una
paradoja increíble para nuestros abogados de Quito, creer que son requisitos
indispensables para saber la jurisprudencia, la historia romana y la buena
metafísica. Para su práctica forense se han contentado con la Curia Filípica,
después de haber sabido muy mal las Instituciones de Justiniano.
Dr. Muríllo. En una palabra, porque son unos embrolladores de las
cau-sas públicas, unos quisquillosos confundidores de los derechos de las
par-tes, unos cavilosos tramposos de la buena fe, y que andan mudando de
ca-saca conforme se visten de la piel camaleónica de sus pasiones. Diré mejor,
a los abogados no tengo odio, sólo aborrezco a sus admirables vivezas.
Dr. Mera. Puede haber algunos malos; pero ellos son los que promue-ven
la justicia, declarando la naturaleza de las leyes, y haciéndolas ver en toda
su claridad; ellos penetran su espíritu, para que se mantengan en su vigor los
derechos y acciones de las gentes. ¡Ah! pero me meto a hablar de asunto en que
no entiendo una palabra; porque no seguí, cuando dejé la sotana, la carrera de
la jurisprudencia, que suele ser la ordinaria que se-guían los otros que la
dejaban.
Dr. Murillo. ¡Ah! pero ¡qué abogado de los abogados había sabido ser
Vm.! Bien defiende Vm. su parte, y daca allí que no entiende una palabra; to-ma
allí que me vuelvo chorrotico. Vm. sabe lo que le conviene y mucho más, por lo
que creo que no está fuera de su jurisdicción animástica esta Señora
Jurisprudencia. A Vm. le he oído que la historia es su alma, y el ojo de-recho
del derecho.
Dr. Mera. No se puede negar que es indispensable la historia; mas
tie-nen otros requisitos necesarios que voy a señalar. Pero ¡válgate por
memo-ria! De un minuto a otro me olvidaba ya de que era ignorante en esta
fa-cultad, de la cual apenas sé la primera definición con que empieza la
Insti-tuía de Justiniano: 102 lústitia est constants et perpetua voluntas ius
suum caique tribuendi.108
Dr. Murillo. Pues si no sabe otra cosa, cata allí que nada sabe; y ha
lle-nado el sincipucio mental con un principióte de muy mala jurisprudencia.
Dr. Mera. ¿Cómo así, amigo?
Dr. Murillo. Como que allí está el primer perpetuo tropezón escandaloso
de las trampas legales; porque la justicia a mi ver, no es constante y
perpe-tua voluntad de dar a cualquiera lo que es suyo, sino buena voluntad.
An-darse con esas constancias y perpetuidades, se hizo para los amantes que se
ofrecen mutuamente amarse y corresponderse constante, perpetua y eter-namente.
Si bien que la justicia guardada es como la voluntad de los enamo-rados,
constante mientras dura la pasión, y perpetua mientras dura la fa-tuidad de un
fuego fatuo. Señor Doctor, buena voluntad, sana voluntad, de esta voluntad y
cátame que habrá justicia. Déme Vm. un soldadote, aunque no sea brigadier y
sólo sea un triste pito, que la tenga, un aldeano come-frijol que desee
acertar, un alcalde de monterilla bebedor de chacolí que quiera obrar bien, y
verá cómo penetra en qué parte reside la justicia, quién la tiene, quién al
contrario obra con dolo. Pero un letrado, con toda la cres-pa y ensortijada
blonda, con toda su vultúrica golilla de renguillo, con todos sus puños muy
pespuntados con agujas gavilánicas, con todos sus tiros bien tirados de oro y
esmeraldas, y con todas su inmensísimas pandectas hará,
dirá y cometerá mil injusticias; mas todas ellas llenas de FF y ff de
texto y textos y de citaciones autoritativas de sus González, 104 Solórzanos,
Garcías, Avendaños, Barbosas, Gutiérrez y demás tropas de embusteros
desfacedo-res de tuertos.
Dr. Mera. Vamos que está Vm. muy reñido con todos los juristas. No
merecen su enojo, sino su aprecio. Ellos por antonomasia son los letrados, y yo
sé que Vm. es venerador de los que profesan las letras.
Dr. Murillo. Sí, dice Vm. muy bien. Ellos, por antonomasia, son los
le-trados; pero los que yo conozco letrados de escritorio, su mediana
practiqui-11a de la carretilla que se ha de seguir en el foro, v. g., por acá
acuso una rebeldía, por acullá pido un término, por aquí ofrezco una
información, por aquí suplico de una sentencia, etc., mas de allí, ¿dónde está
la historia? ¿dónde la inteligencia del derecho romano? ¿dónde la averiguación
del mo-tivo por que se establecieron y se establecen las leyes, en cuyo
conocimiento consiste saber la precisa intención del legislador, y el espíritu
de las leyes? Nada de esto, y daca que son letrados, toma que son letrados. No
he visto gente más satisfecha de su poquito saber, ni gente más ignorante. *
Gracias a Dios que no me ha de tratar Vm. de embustero, porque Vm. mismo me ve
muy metido con ellos, y por eso sé que cada uno de esos nada más es, que o un
muy flagicioso Bobadilla, que vomita y escupe sangre en cuanto poetiza y
escribe, o un ámente mercurial, noticista salvado, que aturde las cabezas con
sus sandeces y locuras.
Dr. Mera. Ignoro de quiénes habla Vm., con tan acres invectivas. Pero
punto allí, no sea que, por las sanas, llegue yo a entender quiénes son estos
sujetos. A mí me basta conocer a un hombre docto ** en los derechos, para que,
por él y sus grandes talentos, le pida a Vm., perdone a toda la multitud de los
jurisperitos.
Es cosa de admirar que los
catedráticos de Leyes de una Universidad Real, como la de Santo Tomás, tengan
al Kees,1 05 como al mejor y más estimable institutario; y que en esta
suposición hayan hecho entre sí la bárbara convención de examinar
indis-pensablemente por Kees a los escolares legistas. Alguno de los
catedráticos (por cierto y por fortuna, que es el de Instituía) es
supersticioso con las palabras del Kees. Si el
escolar dice, v. g., manumissionem nom officere natalibus,106 y Kees
tiene escrito ma-nunissio nom natalibus officit,107 ya el pobre examinado erró
gravísimamente, es corregi-do y sonrojado. Así éste no tiene libertad para leer
a Heinecio ni a otros institutarios; ni mucho menos sabe si le es necesario el
conocimiento del gobierno vario que experi-mentó Roma y el que fue el
fundamento de su legislación tan sabia.
Si el autor de estas
Conversaciones tiene alguna tenuísima tintura de las ciencias, es sin duda
porque se aplicó a estudiarlas a influjo, sugestión y aun precepto de un hombre
sabio en todo género de literatura, santamente obscurecido en el polvo de la ignorancia
del Instituto Regular, y de la jerga que profesa y viste. El Padre Fr. José de
San Bernardo, Betlemita, es este hombre docto en los derechos citados en este
pa-saje, y de cuyo nombre eximio y digno de esculpirle con caracteres de mayor
lucimien-to, se sacaron alguna vez al margen ciertas letras iniciales. Esto es
el margen de las primeras copias manuscritas de El Nuevo Luciano, que salieron
en Quito, por junio
de 1779.
Dr. Murillo. Juris imperitos, Señor Doctor; yo no puedo quedar tácito ni
obmutescente. He de hablar duro.
bien que Vm. con el dedo
y con ojos rutilantes,
en sus guiñadas parlantes
me dé a entender que hable quedo.
Basta y sobra para esto el que hayan sido los mayores obstaculantes
em-barazos para los progresos propagativos de la religión.
Dr. Mera. ¿Cómo es eso?
Dr. Murillo. Si falseo, por Vm. falseo; si miento, por Vm. miento. Yo no
lo he leído, pero Vm., que lo lee todo, he oído decir que los más furi-bundos
enemigos de los cristianos, en tiempo del Emperador Alejandro, 108 fueron los
juirsconsultos Sabino, Ulpiano, Paulo, Africano, Modestino y otros muchos.
Dr. Mera. Es cierto todo lo que Vm. acaba de decir, y, si quiere leerlo
con sus propios ojos, remítole desde luego a la Historia eclesiástica de
Fleury. Pero ¿a qué vienen los juristas del tiempo de Alejandro, cuando
hablábamos de los juristas de hoy, y en particular de nuestros conterráneos?
Dr. Murillo. ¡Buen a qué vienen! ¡Vm. crea que también aliquando
bo-lonius dormitat Homerus!109 ¡Haga a qué vienen! Sepa Vm. que de casta le
viene al galgo el ser rabilargo, y no digo más sino estas cuatro palabritas:
jurista, luego trampa en tiempo de Numa,110 luego engaño en la edad del
consulado, luego zancadilla en la era de los Césares, luego trampantojo en la
vida de los Emperadores, luego impiedad en los principios del cristianismo,
luego arbitrio y codicia en la época presente. Y de no, ¿qué quieren decir
estas otras dos palabritas, que juzgo que son caldeas, y saco a Vm. a la mesa a
que lueguito me las construya? ¿qué quieren decir contra los juris-tas:
Conflictus legum et rationis? El jurista es de todos los tiempos jurista; luego
los del tiempo de Don Alejandro vienen al caso.
Dr. Mera. Es cierto también que los dichos jurisconsultos faltaron a la
obligación de hacer justicia a los cristianos; pero esa culpa no dependió ni de
la falta de talento, ni de defecto de sabiduría. El hacerla a los cristia-nos
dependía de la gracia, y ellos, bien que sabios, eran sabios del mundo, cuya
prudencia es bobería, según se explica el Apóstol.
Dr. Murillo. Así la prudencia de nuestros juristas, también es bobería,
y muy bobería muy perniciosa y enemiga a los cristianos: vuélvole a de-cir a
Vm.: Iustitia est bona voluntas.111 Y va de historia. Pedro Alexo-vitz,112 Czar
o Emperador de la Rusia, estuvo en muchas cortes de Euro-pa, de incógnito, para
embriagarse en el mar de ciencias y artes ad satieta-tem 113 con esa
ingeniosísima voraz talentosidad, que pródigo el cielo le ha-bía derramado.
Llegó a España, y en una de sus grandes ciudades (quizá sería Sevilla,
Zaragoza, Valladolid, o Huesca, donde existe la memorable
Catédra de Pilatos), vio muchos engolillados estafermos; entonces a los
que le acompañaban y daban a conocer las cosas, preguntó quiénes eran aquéllos.
Estos son, respondiéronle los satélites del sol moscovítico, éstos son unos
sujetos que patrocinan a los litigantes llamados cultamente clientes, y que
amparan sus causas, privilegios y derechos; en una palabra, ésos son unos...
Tened, que ya entiendo, dijo la majestad rusiana: ¿no es verdad que se
lla-man abogados? Sí, Señor, sí, Señor, respondieron unánimemente, y con
pal-madas de contento, todos los ilustrísimos proceres. Pues bien, añadió el
Máximo Pedro, dos de ellos dejé en Moscú, y de que llegue, he de mandar
enhorcar al uno, porque con sólo el otro bastará y sobrará para revolver y
alborotar todo mi imperio.
Dr. Mera. Algún enemigo de esa Facultad comunicó a Vm. este cuento, pues
no he sabido, qüe Pedro el Grande estuviese jamás en España; y siendo el ánimo
de este admirable Monarca instruirse y llenarse de útiles y sabios
conocimientos, registrados los otros cultísimos reinos de Europa, no tenía que
ver ni aprender en el de España. Para el cultivo de las lenguas, huma nidades,
matemáticas y demás ciencias y artes, que hizo florecer en Mos-covia, le bastó
visitar la Inglaterra, la Holanda, la Alemania y la Francia. ¿Qué atractivo
singular le pudo empeñar en la visita de la corte y de la nación española? Haga
Vm. conmigo otra reflexión. La España ha estado siempre desacreditada para con
los extranjeros; si echan los ojos en la po-blación, la ven desierta; si en la
política, baja y doble; si en las letras, bár-bara e ignorante; si en la
policía, inculta y orgullosa; si en la arquitectura, humilde y vulgarísima, y
así en todo lo demás. Pedro el Grande, que, no dudo, estaría en el mismo
concepto, o que, si no estuvo, es verosímil se lo sugiriesen y esforzasen en
los otros reinos florecientes, ¿tendría mucha ni poca gana de ver a España? ¿De
España, de donde salen regularmente a peregrinar por las otras naciones, y a
mendigar de ellas luces, los españo-litos que logran padres de nacimiento y de
alguna comodidad?
Dr. Murillo. ¡A buena hora, Señor Doctor mío! Cuando tenía preparados
dos mil bizcochos de a libra, y algunas cuantas tablillas de chocolate para el
viaje a la santa ciudad de España, ¿me sale Vm. dándome este cruelísimo
desaliento? ¿Conque lo comeré todo en el triste Quito, * sin ir a estudiar en
el nuevo Colegio Salmantiqueño, que se va a fundar por la perspicacísi-ma
piedad de uno que ama a nuestras Indias como a su propio corazón; porque ubi
est thesaurus tuus, ibi est cor tuum? 114 Mal haya iba a decir (no lo diré, que
no soy sacrilego ni blasfemo) la hora en que me puse a conversar con Vm.
El pensamiento extravagante
de alguno fue que de las Américas, especialmente de la Provincia de Quito,
fuesen los jóvenes a estudiar a Salamanca. Los Cabildos infor-maron con la
mayor necedad a favor de este dictamen y de este arbitrio temerario, no reparando
que, si hubiese bastante caudal para instruir a un muchacho en España, su
educación sería aquí de menos gasto y sin comparación más ventajosa. Querríamos
más bien peregrinar a Francia, por el motivo de letras.
Dr. Mera. Cierto que es Vm. capaz de hacer echar fuera los livianos, con
sus graciosísimas ideas y no (no se me enoje) fecundísimos disparates, al mismo
Heráclito115 en el fervor de su llanto. ¿A España, amigo? ¿a Espa-ña? Y ¿para
qué? (seguiréle alguna vez sus especies, que no he de estar siempre de humor
serio). Conque y ¿para qué este viaje a España?
Dr. Murillo. ¡Hay preguntilla más donosa! ¿No le he dicho a Vm. que para
estudiar en el nuevo Colegio? Pero ahora añado que era más necesario este viaje
al dicho mundo viejo, al presente, en esta misma tarde, una vez que ambos nos
hemos despedido de la filosofía teatínica y de los señores juristas.
Dr. Mera. Tiene Vm. razón, volvamos a tomar el hilo. Aquí está, y digo
que debemos tener presente que aquéllos serán buenos juristas, que, tenien-do
un sólido juicio, con una sana voluntad, que regularmente no se separan,
hiciesen buen uso de la verdadera metafísica, de la que nos habíamos des-viado
bien lejos, o un tantico, si acaso se nos perdona.
Dr. Murillo. Pues ¿hay más que acercarse a ella y no estarse tan
distante? Vuelva Vm. a dar un cachete y un moquetón bien dado a los teatinos,
como lo ha de costumbre, y verá Vm. que no está lejos, sino pegando a la
me-tafísica.
Dr. Mera. Había, pues, que decir que los predecedores de Hospital y
Aguirre, como de ella hacían los prolegómenos para la teología escolástica,
dadan sus rasgos de infinitos, transcendencias, universales, posibles,
con-tingentes, futuriciones, predicados, relaciones, etc., a fuerza de un
cansado ergotismo. Aquí se acabó la filosofía jesuítica, y ni una palabra se
dictaba en ella de la ética, parte tan principal para perfeccionar las
costumbres, co-nociendo las virtudes y vicios, los límites de la libertad, y la
naturaleza de las leyes, que no hay otra más útil, ni más necesaria al hombre
que ha de dedicarse a la enseñanza pública.
Dr. Murillo. ¿Qué ha de saber el orador de este intolerable vicio del
cuerpo humano llamado héctica?
Dr. Mera. Hablo de la ética; y ninguna cosa debía saber tanto como esta
nobilísima parte de la filosofía cualquier orador.
Dr. Murillo. No pensaba que estuviese obligado a saber estas nimiedades
fantásticas de héctitas, phtísicas, vicios de los cuatro humores humanos,
lími-tes de la libertad de los miembros y naturaleza de sus legales periódicos
paroxismos.
Dr. Mera. Todo eso, no, Doctor mío. Vm. a la verdad no entiende * qué
cosa es ética; y en esto es disculpable, porque ¿quién le ha enseñado ni dado
noticia de ella en alguna escuela o Universidad de Quito? Los mis-mos jesuítas
de España no la sabían, ni la cultivaban por lecciones públicas o domésticas
que se les diese en sus colegios. Así en España fue obra de mucho mérito, y
nueva en este género, la que escribió el maestro del Padre
Del todo no saben aun los
profesores de filosofía, si hay una parte de ésta, llamada ética, y si es digna
de saberse y enseñarla a la juventud.
Hospital, el Padre Antonio Codorníu,116 con el título de Indice de la
filo-sofía moral cristiano-política. No es que nuestro Ratio studiorum olvidase
materia tan importante; túvola presente, aunque no a que se escribiera y
dictara una ética metódica y bien dispuesta, pero a que se velara en la
edu-cación de la juventud sobre el modo de formarla en las buenas costumbres.
Son de nuestro Instituto y del mismo Ratio studiorum, las siguientes lec-ciones
de moral filosofía: Diligenter curetur ut qui litteras discendi gratia ad
Universítates Societatis se conferunt, simul cum illis bonos ac christianis
dignos mores addiscant. Adolescentes qui in Societatis disciplinam traditi
sunt, sic magister instituât, ut una cum litteris mores etiam christianis
dignos imprimís hauriant.117 Part 4, Constit, cap. 16; et Reg. comm. Prof. num.
1. Hay así otras reglas que son como un índice de la ética cristiana. Todo lo
cual no bastó para que nuestros consocios la pusiesen en práctica dictándola en
nuestras aulas.
Dr. Murillo. Pero si los mismos jesuítas de España no sabían por
lec-ciones que se les diese en los colegios esta purísima materia, ¿cómo quiere
que aquí la dictasen sus consocios?
Dr. Mera. Háceme en realidad alguna fuerza su reconvención, porque si
observamos el reino de España, en éste hay muy pocas escuelas a donde se oyen
lecciones de esta útilísima filosofía. Es ésta la queja de un español, que la
escribió bien dignamente, a saber, el Dr. Andrés Piquer,118 Profesor de
Medicina, y natural de Zaragoza, en su Prefacio a su Filosofía moral. Allí
mismo asegura que será digno de la mayor alabanza, Carlos Manuel, Rey de
Cerdeña, porque instituyó en la Real Universidad de Turin, una cá-tedra para la
enseñanza de la ética. Ahora en los demás reinos de Europa, ¿quién que tuviese
alguna noticia de ellos, ignorará que se la cultiva y en-seña a los escolares
con bastante cuidado y aplicación? El insigne restaura-dor de las ciencias,
Francisco Bacon,119 Conde de Verulamio, fue el primero en Europa que escribió
la filosofía moral, libre de las preocupaciones de la Escuela deducida de las
mismas hermosas luces de la naturaleza, fundada en los mismos íntimos
principios de la honestidad y de las virtudes, que están vinculados a nuestro
propio espíritu, y explicaba con toda la elegan-cia de que ella es capaz.
Dr. Murillo. ¡Guarda, Pablo! ¡Y lo que sabe el hombre! Señor Doctor.
Vm. sí que es el famoso objeto de este mi acróstico:
Milagrosa lira con plectro sonoro,
Esplendor brillante del quítense abril,
Ruiseñor que canta, parlero candil,
Abeja economa en métrico coro.
Vm. Sí que entiende de estas materias! Yo ayuno de ellas.
Dr. Mera. Desde luego está su acróstico para hacer reventar de risa, y
sea como fuere el concepto que hace de mí, atienda. Vm. Sirviendo, pues,
de guía y de luz para este arte el sapientísimo Bacon, no dudó formar un
entero sistema de la filosofía moral (expuesto, si fuese posible, con más claro
método) Hugo Grocio, y este autor celebérrimo intituló su obra: Del derecho de
la paz y de la guerra; 120 la cual fue y es tenida por los literatos por una
obra perfecta y abundante de exquisita erudición. A Grocio se si-guió Tomás
Hobbes,121 incluyendo en su librito Del ciudadano, muchísi-mos capítulos de
enseñanzas morales. Locke122 puede llamarse también fi-lósofo ético por su obra
De la educación de los hijos. Entre éstos se aventajó sobre este asunto Samuel
Puffendorf,123 ya en su librito Del oficio del hom-bre y del ciudadano, y ya en
la excelentísima obra Sobre el derecho de la naturaleza y de las gentes, donde
comprende las más delicadas lecciones de la jurisprudencia moral y de la
política. Ahora escuche Vm. lo siguiente con más atención, porque no se me ande
con terrores pánicos. Barbeyrac 124 ha hecho un prefacio a la obra de
Puffendorf, y trata con sacrilegas expresio-nes a los Santos Padres; y es de
advertir, no sin admiración, que los citados autores habiendo reconocido sus
obras, no reconociesen el mérito de su celestial doctrina, y la lacerasen con
demasiada acrimonia y libertad, des-preciando igualmente la antigua y constante
autoridad de los hombres sabios.
Dr. Murillo. Vuelvo luego a mi consecuente cantinela: ellos son tales,
ergo juristas. Ellos son juristas, luego son tales.
Dr. Mera. Déjese Vm. de cantinelas ofensivas al común de profesores tan
dignos. No las recalcaría Vm. con tanta frecuencia, si hubiera saludado este
singular arte llamado ética, a quien llama Cicerón: arte de bien vivir, arte de
la vida, facultad instituida para dirigir y perfeccionar las costumbres,
ciencia del bien y del mal, esto es ciencia práctica que considera los actos de
la voluntad en cuanto ellos conformados según las leyes de la honestidad, se
dirigen a la eterna felicidad del hombre. Pero si Vm. no ha tenido la di-cha de
instruirse en ella, debía seguir aquellas secretas inspiraciones de la razón,
que incesantemente nos están obligando a todos a tratar con las gentes, y
hablar de ellas y de sus estados y profesiones con suma modera-ción y suavísima
caridad. Porque las semillas y origen de esta filosofía es-tán depositados en
la misma humana naturaleza, y de esta su innata sabi-duría ha hecho memoria
directamente el poeta Horacio:
. . .Fuit haec sapientia quondam, Publica privatis secernere, sacra
profanis, Concubitu prohibere vago, daré tura naritis, Oppida moliri, leges
incidere ligno. 125
Pero vamos que Vm. ha de haber visto y leído sobre esta filosofía al
Conde Manuel Tesauro,126 cuando menos.
Dr. Murillo. A lo que yo entiendo, Vm. blasfema, Señor Doctor, y
blas-fema a cada paso. Por el nombre y apellido juzgo que Vm. habla de Cristo:
Et vocabunt nomen eius Emmanuel.127 Y este Señor Don Manuel, en quien
se cifran los tesoros de la sabiduría y de la ciencia, no es a secas, y
raso capite128 Conde Manuel Tesauro. Es Príncipe gloriosísimo de infinitas
riquezas: Altitudo divitiarum. 129 Es Rey de reyes y Señor de los señores: Rex
regum et Dominus dominantium. 130 Es espíritu purísimo, y no está sujeto como
Vm. piensa a esa asquerosa morbífica febricular calentura, que Vm. tanto
nombra, llamada ética. Ni en virtud de la unión hipostática, ni como hombre
padeció alguna vez cuartanas periódicas; y si no hubiera sido por la fiebre del
amor de los hombres, hubiera quedado sano, robusto y rubicundo nuestro
amantísimo Señor Don Manuel, no Conde de Tesauro, sino Rey de los tesoros
thesaurorum.
Dr. Mera. Amigo, no hallo con Vm. medio de hacerme entender. Des-pués de
que hemos conferido tantas cosas, suponía a Vm., si no mudado en el todo a lo
menos bastantemente corregido. Pero eso de blasfemia, es-píritu purísimo, unión
hipostática, amor de los hombres, con algunos lu-gares sagrados, es dar a
entender algunos conocimientos teológicos.
Dr. Murillo. Y como que los tengo muy particulares, recónditos y
ad-mirables. Y aunque Vm. me hace tan bobo, y lo he sido en este negocio de su
moral filosofía, que no estudié jamás, pero en esto de teología, Vm. verá lo
que soy. Oigame ya mis históricos coloquios teológicos, cuyos arca-nos adquirí
en un pueblo de los Pastos. Allí. . .
Dr. Mera. Aguarde Vm. Levantémonos que ya es tarde, y apuremos el paso,
porque veo venir por el lado de Pichincha una recia tempestad. ¡Je-sús! Ya
llega, y temo que por acompañarle me cause la mojada algún catarro, que es
tiempo de ellos.
Dr. Murillo. Pues echar mano de los pies, Señor Doctor, y adelantarse.
Dr. Mera. Dice Vm. bien, amigo mío. Con su venia, adiós hasta mañana.
CONVERSACION SEXTA
De la Teología escolástica
Dr. Murillo. Dé Dios a Vm. muy lindos brillantes buenos días.
Dr. Mera. Déselos Dios a Vm. iguales, Doctor Murillo. Pues, y ¿qué trae
Vm. de nuevo?
Dr. Murillo. Nada, sino la ingente apetitiva sensación de una jicara de
su óptimo chocolate, por el frigoroso temporal de la mañana, y el sensitivo
de-seo de confabular sobre mis estudios teológicos.
Dr. Mera. Para todo llega Vm. a tiempo, Doctor mío. Tome su choco-late,
y hable lo que tuviese que hablar acerca de su teología.
Dr. Murillo. ¡Excelentísimo chocolate, que parece de Virrey! Será traído
de Sucunusco. Una mala propiedad tiene, que es estar tan claro como el
entendimiento de Vm. Mas vamos a lo que importa. En un pueblo de los
Pastos tuve el horóscopo de la dicha literaria. Allí, en este centro de mis
delicias minérvicas, encontré con un Padre Maestro doctísimo, poco menos que mi
buen amigo, el eminentísimo purpurizado Dr. Don Bernardo de La-go. Tenía este
Padre Maestro a los Santos Padres de la teología, * el Pa-dre Valencia,131 el
Padre Marín, el Padre Campoverde, y sobre todo el Padre de los Padres, Ulloa,
nuevo y flamante, forrado en pasta y acabadito de llegar, porque lo había
traído de España, como reliquia preciosa, ese asombro de la teología y del
candor, el Padre Gutiérrez, quien lo dejó a mi Padre Maestro, en virtud de no
sé qué contrato religioso. El Padre Maestro argüía magistralmente, y el
muchacho sacristán, que era muchacho de na-rices Iongas, respondía negó unas
veces: concedo, otras. Y otras veces decía: Distinguo: requiritur libertas
indifferentiae, servato ordine finis, concedo; nonservado ordine finis, negó.
132 Quedé admirabundo al oír estos cristalinos pozos de ciencia, y pregunté
demisamente a mi Padre Maestro ¿qué era lo que trataba su esendísima con tanta
concéntrica sabiduría? Al momento ins-tantáneo me satisfizo con esta respuesta:
**
Yo, Señor mío, en esta mi doctrina, no tengo otro consuelo que
acor-darme de muchas materias de teología, que estudié en Quito con los
jesuítas, a quienes amo tanto, que si Vm. me ve con este blanco há-bito por
fuera, debe creer que mi corazón tiene por alas una sobre-rropa, por membranas
una sotana, y un bonete por corona. Yo soy, bien que muy blanco en el vestir y
en el pensar, muy negro en el afecto de la escuela y de sus maestros. Ahora
tocaba por semana tra-tar con mi sacristán acerca de la libertad de Cristo;
habíamos ya, en la antecedente, disputado con mucho acierto de la ciencia de
Dios. Si Vm. gusta que le ponga un argumento contra la física
predetermi-nación, lo haré al momento.
¿Cómo he de responder (repliqué yo) a sus argumentos soríticos o
di-lemáticos, si no he estudiado la sacratísima teología? Pues estúdiela Vm.
(dijo el Padre Maestro), que es cosa bien fácil, y más tratándola por estos
libros. Lo cual diciendo, me mostró su biblioteca en forma figurada de
ber-negal. Tomé, oyendo esto, el sinédreco consejo muy a las tetillas, y bebí
esta salutífera elemental poción de aquea doctrina a pechos; y desde luego
empecé con mi Padre Marín, Campoverde y Ulloa. En el uno aprendía la materia de
Incarnatione, en el otro la de Fide, y en el último, ultimátum,
Ha sido demasiado grave la
autoridad que han tenido estos autores en la opi-nión de los escolásticos de
esta Provincia, de suerte que los han puesto en paralelo con los Padres de la
Iglesia.
Represéntase en el afecto de
un P. Maestro mercedario tenido a los ex jesuítas, la vehemente pasión que toda
la Merced de esta Provincia tenía a la escuela suarística y a las opiniones del
jesuitismo, repugnando, como los ex jesuítas, seguir la doctrina de Santo
Tomás.
la de Peccatis.133 Pero como yo tenía esta facultad memorativa que Vm.
ve ahora en mi edad cadente y lánguida, todavía omnibus viribus potente, 134
muy forzuda y refinada en la edad pubértico-juvenil, cogí en el mismo pri-mer
año, otros dos tratados en los Padres Vázquez 135 y Molina.136 En el primero de
Beatitudine, y en el segundo de lustificatione. Tomémelos de corazón, de
memoria, de voluntad, de entendimiento; y sobre cada una de las cuestiones,
¡ah! Señor, ¡qué patadas, qué ergos, qué retorsiones con mi Padre Maestro y con
mi condiscípulo el sacristán, que no había más que pedir! De cada argumento
formábamos una disputa integèrrima. De cada disputa, una materia locupletísima
para un año de catedrático. En la prime-ra, de la Encarnación, tuvimos mucho
que reparar con las siguientes cues-tiones. ¿Si hubiera bajado el Verbo a no
haber delinquido Adán? ¿Si la Encarnación se hizo más tarde o más temprano de
lo que debía? ¿Si la unión se ponga o en la naturaleza o en la persona? ¿Si hay
distinción in-trínseca entre la naturaleza divina del Verbo y su personalidad?
Y ¿si, esta-tuida esta distinción tomó, vistió y calzó la carne humana, en
virtud de la personalidad? ¿Si. . . ?
Dr. Mera. Amigo, ya cansa Vm. con sola la primera materia. Ea, tome Vm.
un polvo, que ya estará fatigada y caliente su cabeza con el rato de lección.
Dr. Murillo. No, Señor, que la tengo nimiamente lactúcea y fresca, co-mo
una siempreviva. Ultra de esto, Vm. debe cumplirme lo estipulado, al exordio
primordial de esta nuestra conversación erudita, y acordarse que me dio
licencia para que hablara cuanto tuviera que hablar de mi teología. Así lo he
de hacer, con perdón de Vm.
Dr. Mera. Déjole, porque al fin me agorra decir lo que me tocaba sobre
el método escolástico-teológico de nuestra Compañía.
Dr. Murillo. Otras veces lo ha hablado parléticamente todo, en tanto que
yo, adherida mi lengua a mi fornificio palatino yacía enmudecido, rasgando en
solos los gesticulosos ademanes los velos del silencio. Así prosigo di-ciendo
que de la misma mismísima manera disputábamos en la materia de Pide, y lo que
en ella más nos sorprendió la atención, fue saber ¿si la fe se distinguía de la
esperanza y de la caridad? ¿si había oposición lunática en-tre la ciencia y la
opinión probable?, y otras cuestiones de esta sacratísima casta, muy lindas,
muy aromáticas, muy científicas. En la de Peccatis, todo fue saber ¿a qué
virtud se oponía tal o tal nequicia? ¿qué grado austral de malicia tenía tal
criminoso acto intrínseco? ¿cuántas familias había de par-vedades de materia?
¿qué diferencia había de letalidades? ¿si Adán come-tió pecadazo mortal o
pecadillo venial en la transgresión del divino precep-to? ¿si formal, si
material? ¿qué diversidad hay del actual al original?, y otras más; de suerte
que cada crepuscular aurora, y cada tenebroso capirote nocturno, y cada
hemisferio-orológico minuto, anochecía y amanecía yo cre-ciendo en esta
divinísima tautología. No quiero repetirle a Vm. las mirahiles disputas de la
materia de Justificación y de la Bienaventuranza, en quienes
encontré monstrua et prodigia. Acabando mi primer año, que fue con
in-signe encomiásticos hipérboles del teologuillo sacristán, pasé por mi
exa-men y prueba de lo que dentro del período astronómico solar había
apro-vechado; y aprobado que fui por mi Padre Maestro, que entonces hizo de
emeritísimo Prefecto de Estudios, se asentó en la matrícula mi acto, y pa-samos
al segundo año. En éste, del mismo modo que en el primero cogí adequate et
simpliciter cinco materias con la de Moral. He de repetirlas para eternal
monumento de mis tareas teosofísicas, en los mismos Santos Padres ya citados.
Primera de Attributis, segunda de Vraedestinatione, tercera de Angelis, cuarta
de Scientia Dei, quinta, moral; de matrimonio, por la cual, Deo dante, me casé
con Clara bella.
Dr. Mera. ¿Acabó Vm., Doctor Murillo?
Dr. Murillo. No, Señor; vengo a empezar, que estoy en la trípode, en el
triángulo obtuso, en el triunvirato, en el cielo de Venus, según el gran
cebollón del sistema tolemaico, y en el empíreo, según el sistema del canó-nigo
Copérnico, en una palabra, quiero decir en el tercer año de mi teología.
Dr. Mera. ¡Alabo su buena memoria! Que si la tuvo feliz para apren-derse
en la juventud tantos tratados, la ha tenido hoy felicísima para leer de
tentativa una hora.
Dr. Murillo. Esto es, mi Doctor y Señor, decirme en buen romance que
lassati sumus in via perditiones,137 y que está Vm. ya fatigoso, teniendo
brumática la aguantadora paciencia.
Dr. Mera. Algo me duele la cabeza.
Dr. Murillo. ¡Ah, ah, ah! Rióme de que su viveza le haya acarreado el
bamboleo de la paciencia al tiempo que debe buscarla nimia y
superabun-dantísima, pues tiene que pacienciar en la educación de ese Adonis
mar-garítico, de ese Benjamín áureo, de ese José, niño bizarro y león en lo
ma-jestuoso de su melena.
Dr. Mera. Convencióme Vm., amigo. Ea, acabe con la trápala de sus
estudios.
Dr. Murillo. Pues vea Vm. allí que me aprendí de memoria otras cinco
materias, que argüí hasta desgañitarme, que inventé nuevas cuestiones y
argumentos, y que, en fin, dando mi tercer examen, me matriculé. En el cuarto
año ya nada escribí de lo que mi Padre Maestro me solía dictar, iba sí a la
sacristía, que servía de universidad, o cuando menos de aula, y en el banco más
elevado arrimaba las dos semi-naranjas de mis prominentes (dirélo con su
licencia) nalgas, oyendo lo que este doctísimo Padre explica-ba. Mas, por otra
parte, iba dándole a otras dos materias y a las pasadas un gentil abrazóte de
repasón para actuar en el pueblo unas conclusiones. ¡Ah! que por las favorables
afluencias de mi destino, y por el influgífero aspecto de mis astros
planetarios y de mis celestes constelaciones, no fueron las primeras, sino que
fueron prodrómicas advertencias y místicos anticipa-dos anuncios de mis
preclarísimos actos posteriores. Vm., Señor Doctor Don Luis, era teólogo de
primer año, cuando en el de 60 defendí de arcanis na-
turae 138 mil preciosidades químico-botánico, filológico-médicas, en la
Uni-versidad de San Fulgencio, para obtener el laureado grado de Doctor en la
siempre palustre, pálida, apolínea Facultad Médica, porque quise ser
esca-pulario avicenístico o médico del Carméleo rebaño. * Dediqué este
paés-trico acto literario a los más famosos dioses y semídíoses médicos, en las
personas de los esentísimos Padres de San Agustín. Hice desde luego Es-culapio
divino al Reverendísimo P. N.; figuré Quirón Centauro a N.; deli-neé Macaón al
P. N.; describí Podalirio medicinal al Reverendo N.; consti-tuí, finalmente,
Apolo a su Paternidad el P. N. El mayor y esplendoroso lucimiento, a fe, que se
debió a ese monstruo panameño, gigante en el in-genio, talento de puerto de
mar, y de un mar tan fecundo en nácares, ma-dres perlas, vecino de Guayaquil y
de sus nectáricos albísimos cocos, di-rélo de una vez, dignísimo ex-jesuita,
Dr. Dn., pero cuido de olvidar su nombre, porque ya murió; que si yo había de
hacer hablar los difuntos que asistieron a mi acto, lo hiciera tan bien como el
Arzobispo de Cambray Fenelón,139 en su Diálogo de los muertos. Pero gracias que
me encuentro con un vivo y doctísimo varón de Pifo, el Reverendísimo Padre N.,
a quien debí el que se me admitiese al grado. Dirá Vm., que va larga la
digresión; pues adpunctum aggredior,140 éntrome ya en casa. El segundo acto aún
más coruscante, más asterisco, más plausífero fue el de las conclusiones de San
Roque. **
Dr. Mera. Por cierto, amigo, ¡buen modo de volver al objeto de nuestra
conversación!
Dr. Murillo. Sí, Señor, y muy lindo modo. Voy a convencerle como
acostumbro. El fin de Vm., en todo lo que habla (por eso se llama de Cía), es
que se establezca un colegio o universidad, en que fuera hecho todo a su molde,
con apellido de metódico plan. Pues el mío es de que en ese mismo colegio se
provoquen los colegiales a sustentar actos tan lúcidos como los míos, o
conclusiones tan eximias, como las que hoy se defienden con tanto honor de San
Fernando. *** ¡Qué! ¿ha de ser todo estudio que estudia sor-damente, y no
manifestar uno su oculta sabiduría? Apuesto que también Vm. las ha de echar, o
las está echando, Sin Regente de Estudios que le diga: basta. Supuesto esto,
digo otra vez, que mi segundo acto fue en San Roque. Aquí sí que se trataron
eximios circunloquios, emblemáticos, asun-
El pobre Murillo hizo ver en
este acto que eran más fatuos y locos los que le hicieron la burla de que
actuara sus conclusiones. A la verdad, con la asistencia de los hombres más
serios de esta Comunidad y en el general donde se tienen los públicos actos
literarios, se representaron estas afrentas de la razón. Tal es Quito de
eminente en aquélla y de ilustrada en ésta.
Tuvo otro acto de
conclusiones burlescas la parroquia de San Roque, también con concurso de gente
estudiantina, y de personas que parecían de bastante gravedad. Fue un desahogo
del humor alegre de unos sujetos que tienen crédito de hábiles en Quito, y una
diversión casi inocente. Pero algún otro genio severo ridiculizó el acto con un
romance satírico, y disolvió esta junta, dispuesta ya para tener actos
semejan-tes, cuando menos cada octavo día.
Se burla irónicamente de las
conclusiones de este Colegio, que parece se tie-nen por no perder la costumbre
de tenerlas. ¡Tan lastimosas son ellas!
tos. Pero parezco haberme olvidado con quién parlaba. Vm., Señor Doctor,
se halló presente, y fue testigo de esos milagros de la naturaleza y el arte.
Dr. Mera. No nos cansemos más, inútilmente. . .
Dr. Murillo. Pues vuelvo a mis primeras conclusiones de mi pueblo. En
efecto, yo las eché de treinta y tantas materias, y en ellas tres centurias de
diversísimas eléctricas cuestiones. Formé varias, cada una de a dos pliegos, y
convidé con ellas al sacristán nuncupativo, al barbero del Padre Maestro, y a
otro buen hombre viejo, a la sazón diezmero de aquel partido. Dediqué-las a San
Simeón Estilita, lo primero, porque en ese desierto era bien dedi-carlas a un
eremítico^ lo otro, porque todo bárbaro, de tantos como hay, había de
concurrir, aunque fuese parado en un solo pie, por no perder la función.
¡Treinta y tantas materias! (decían ellos mascullando) —pues no se halla otra
tanta podre en las mataduras de los pollinos y muías de carga de la carrera.
Pero yo logré infinitas aclamaciones, vivas, parabienes y palmadas de todo el
vecindario. Las conclusiones, en fin, * que eché, a pesar y contradicción de
algunos malandrines ocultos, que no querían mis luci-mientos, me sirvieron de
prueba y examen para cierto grado cuarto de mu-cho honor, que es ser más que
Presentado en la Merced, más que Predica-dor general en Santo Domingo, más que
Bisjubilado en San Francisco, más que Padre Maestro en San Agustín y en todo el
mundo teológico de los re-gulares; el cual, a la verdad, no lo recibí, porque
algunas travesurillas de poco monto me divorciaron de esta Compañía literaria.
Y cata allí, Señor Doctor, finalizado terminative141 mi total curso teológico.
¿Qué le pa-rece a Vm.?
Dr. Mera. ¿Qué me ha de parecer, sino que Vm. se ha andado en nues-tro
Colegio Máximo, que en él ha hecho Vm. sus estudios, o que, cuando menos, ha
bebido Vm. en la Compañía este método de estudiar? Vm. ma-nifiesta hasta ese
tremendo acto de prueba del cuarto año, que teníamos para que se nos pidiese de
Roma la profesión del cuarto voto. Estaba para decir que no le faltaba a Vm.
sino nombrarme quién había sido su instruc-tor, y qué tal lo había pasado en la
Tercera, cuando Vm. estuvo de terce-rón. 142 Pero vamos de serios: este método
que Vm. indica, ha sido el mis-mo que en nuestra Compañía se ha observado poco
más o menos. La di-versidad está en que Vm. tenía un Padre Maestro, que
quisiera me lo nombrase.
Dr. Murillo. No, Señor, no haré tal. Daréle únicamente las señas. Era un
mercedario aportillado, o al menos discípulo de Portillo. Vm. me en-tiende
cuando nombro a este (como Vm. llama), ergotista. **
Dr. Mera. Pues adelante que ya entiendo. Y si Vm. tenía este Padre
Maestro, nosotros teníamos tres: el Preceptor Primario, Vespertino, y de
Siempre se alude a los estudios
del Dr. D. Sancho de Escobar y a su teología escolástica, con la memoria de las
materias que estudió para sus conclusiones.
Al margen de este pasaje había
estos caracteres, As., en El Nuevo Luciano que salió manuscrito; y en ellos
nunca se pensó indicar al R. P. M. Arauz, como se dijo en Quito con temeridad.
Moral. De los que cada uno tenía su hora de dictar, y en cada una de las
tardes bajaba uno de ellos por turno a asistir a la conferencia en el aula.
Había argumento de nuestros hermanos, y otro del colegial. Cada uno de estos
preceptos dictaba su tratado, o como Vm. llama, materia, llena de esas
cuestiones inútiles, vagas, hipotéticas. Alguno de ellos, con la poca vergüenza
de dictar lo ajeno, que andaba en manos de todos; otros, como Imbert,143
Torrejón, Tamáriz en Quito, y Rendón en Popayán, unos folle-tos, dichos entre
los nuestros rollos, llenos de confusión y de tiniebla. Fi-nalmente, todos
jurando a Francisco Suárez,144 para nosotros sobre manera eximio (pues se
solicitó se le declarase por el Pontífice, Doctor de la Igle-sia), y en Gabriel
Vázquez, sin ejemplar agudísimo. *
Dr. Murillo. Y bien, Vm. que de puertas para adentro supo los arcánicos
giros y órbitas celestiales de esos astros luminosos de las ciencias, confiesa
que este mismo, idem per idem,145 era el estudio teológico; luego yo soy un
maestrazo más teólogo que lo que fueron los Enríquez,146 Coroneles y Padillas,
los Semanates y Marbanes, los Sandinos y Chiribogas, los Alavas y Portillos;
luego yo me puedo hombrear muy horizontalmente y muy equi-látero cilindrico con
los suyos, los Cobos, Espinosas, Andrades, Larraines, Manosalvas, etc.
Dr. Mera. Vm. puede ser a de mucho esplendor, supuesta su escolástica
que ha estudiado. Y sería, sin duda, de Regular un Padre Maestro erudito, que
asombrase en cualquier religión de nuestra Provincia. Y si por el mé-rito de
las letras se hubiera de honrar a Vm., sería toda la vida muy dis-tinguido en
cualquiera de ellas.
Dr. Murillo. Sí. Señor. Lo que me creo es, que toda al vida me andaría
de Padre Maestro Provincial en Santo Domingo, San Agustín y la Merced.
Dr. Mera. Quien sabe de eso. Lo que veo es que aquél sale de Provincial,
que con astucia es capaz de recogerse los sufragios de los capitulares. Para
esto no es preciso ser sabio, sino, como decimos, sabido y ambicioso.
Dr. Murillo. Pero doy de barato que me negasen los votos, porque yo
también soy negado de bolsillos. No me habían de negar que he estudiado la más
acendrada teología, y que soy el teólogo más insigne.
Es cosa muy notable que en
la bellísima pieza de Biblioteca de los ex-jesuitas de esta ciudad, no se
hallasen ni seis de los Santos Padres, ni cuatro teólogos dogmáti-cos, ni
alguna buena colección de Concilios; ni una buena edición de San Agustín, San Jerónimo
y algún otro Padre que tenían, ni una buena Políglota, ni un buen expositor,
fuera de los suyos. Aun más admira que debajo del rótulo que dice: Theologi
Dogmatici
Scholastici, no se encontrasen más cjue los Úlloas, los Marines,147 y lo
que es peor, los manuscritos de los jesuítas que en esta Provincia fueron
Catedráticos, muy encua-dernados y muy bien decorados con rótulos de oro. Allí
se ven los Vegas, Tamáriz, Ga-rridos, Milanesios, Folch, Imbert, Salas, Sannas,
etc. Allí no hay más que el Rationarium Temporum de Petavio,148 y ni un átomo
de su obra de Theologicis Dogmatibus. Sola-mente se hallan los tres cuerpos de
la Teología del Padre Tomasino, de la cual nunca se valieron.
a Lar: ser sujeto de
Dr. Mera. Dos partes tiene su proposición. Responderé a ellas
distinta-mente. La primera, de que ha estudiado la más acendrada teología,
tiene por respuesta que no, sino la teología más insustancial y ruinosa.
Dr. Murillo. Poco a poco, mi Señor, que Vm. se transita con las mismas
inverecundas escuálidas palabras del Barbadiño, de ese picarote, despreciador
insultante, atrevido y sospechoso arcedianazoa de Ebora, o Hondísimo abate
Verney.
Dr. Mera. Sosiégúese Vm., y sepa, lo primero, que yo no me caso con
ningún autor, ni me muero de amores por nadie que no esté del bando de la sana
razón. Lo otro, que estoy muy distante del arrojo con que en mu-chas partes
decide magistralmente el Padre Barbadiño. El, sin duda, estuvo en su carta muy
inmoderado, nada consiguiente, y algún tanto capaz de que se le percibiera
algún hedor pestilente en su modo de discurrir y en el método que escribió
sobre la teología. Por lo que no es Vm. el primero que le tira de las barbas;
ya mucho antes, desde el año de 57, se las había repelado con mano airada el
autor del famoso Fray Gerundio. Alguna espe-ciosa razón tenía el Sr. Licenciado
D. Francisco Lobón,149 o como nosotros decíamos en nuestros colegios, el Padre José
Francisco de Isla, porque el Barbadiño dice atrevidamente, entre otras
proposiciones, que la teología escolástica no solamente es superflua, sino
perjudicial a los dogmas de la religión. La cual expresión, sin añadir las
palabras que se le siguen, es to-mada verdadearmente del mismo Lutero y de los
más crueles enemigos de la religión católica, a quienes incomoda muchísimo esta
teología, si está bien y dignamente tratada. Los famosos críticos Elias
Dupin150 y Ricardo Simón 151 no dudan desenfrenarse contra la teología que
escribió Santo To-más. Pero el Ilustrísimo Bossuet152 les descubre su pestífera
hilaza del So-cinianismo,153 en su primero y segundo tomo de las obras
postumas. Y siendo como fue un doctísimo controversista, y que supo
prudentísima y sapientísimamente esgrimir la dogmática y la verdad histórica
contra las he-rejías modernas, hizo, contra los citados Dupin y Simón, una
docta apolo-gía del método de la escolástica de Santo Tomás. Esto solo (aunque
no hu-biese leído otros apologéticos), me bastaría para decidir a favor de la
teolo-gía escolástica. Pero ¿inferirá Vm. de aquí que ésta es la más electa?
No, porque el mismo Santo Doctor, en los prolegómenos a la primera parte de su
Suma, confiesa claramente haberse visto obligado a conformarse con la necesidad
del siglo corrompido en que escribió. ¿Inferirá asimismo que la teología que
estudió sea la más necesaria para el hombre de letras y espe-cialmente para el
eclesiástico? De ninguna suerte. Oiga Vm. algunas refle-xiones. La teología es
la ciencia de los sagrados misterios de nuestra reli-gión. Es una noticia muy
ordenada de lo que creyeron nuestros mayores. Es la doctrina total de nuestra
eterna salud y del modo que la debemos so-licitar. Mas la teología
especulativa, del modo que Vm. la aprendió (que es como la aprenden todavía en
algunas escuelas) no instruye a la razón
a Lar: arcadiano
humana en nada de todo esto, sino en sutilezas vanas y metafísicas,
inven-tadas por ingenios vivos, pero desidiosos y desnudos de la erudición
ecle-siástica y de los lugares teológicos.
Dr. Murillo. Vm. sin escéptica duda, parece que, por burlarse de mis
tareas literarias, me ha hecho que se las repita históricamente; y más se ha
burlado de mí, cuando me ha dicho que yo pudiera ser un honrado Padre Maestro,
porque ahora decrece, deaumenta y disminuye todo el valeroso estimativo precio
de toda mi teología. Hágame Vm. más favor, pues a hom-bres de barba muy
albo-cana he oído que celebran mi sabiduría, y me han aseverado que esta
teología es la más útil y la que más conviene saber.
Dr. Mera. No dudo que se lo hayan dicho; mas esta preocupación es efecto
del escolasticismo, porque mientras que los puros escolásticos tengan
entendimiento, no les ha de faltar el cansado raciocinio, y cata allí en lo que
juzgan consiste la posesión de una ciencia. Pero toda su teología ¿tiene acaso
por fundamento en todas sus cuestiones los lugares que no están ex-puestos a la
tergiversación de los judíos? ¿Está acaso apoyada en la bellísi-ma máxima de
Vicente Lirinense: 154 Quod semper, quod ubique, quod ab ómnibus,155 la cual a
la verdad se debe llamar el criterio de la tradición para el convencimiento de
los herejes? ¿Trae acaso por fidelísimos garantes de sus doctrinas a los Padres
de la Iglesia desde el primero hasta el sexto siglo de ella, para ilustrar la
ceguedad de muchos católicos libertinos?
Dr. Murillo. ¿Qué me quiere Vm. decir con toda esta pedantesca,
trapi-sóndica trápala de Escritura, Tradición, Padres? Pues ¿acaso nosotros
estu-diamos esta teología para hacer viaje a Burdeos, a Ginebra, a
Constantino-pla, ni a la Tartaria?
Dr. Mera. Vea Vm., amigo, en todo lo que ha dicho, otra preocupación de
nuestros escolásticos, que juzgan que se hizo la teología, o para sutilizar
sobre las materias más augustas de nuestra religión, o para inventar
argu-mentos y soluciones in infinitum, por entretenimiento científico de las
aulas cristianas, o para hacer una carrera de estudios a Dios te la depare
buena o mala, con el fin de graduarse de Doctor en la Universidad, y ser Padre
Maestro en la religión, no sabiendo que es la teología el depósito sagrado de
los dogmas revelados.
Dr. Murillo. Eso de dogmas es bonísimo para la teología dogmática, y
nosotros no tratamos, a Dios gracias, con herejes, ni quiera su Majestad que
los conozcamos por acá, porque dicen que espantan con sus grandílocuas narices.
Dr. Mera. Cada vez que Vm. habla, hallo nuevas preocupaciones que
advertirle; y aunque sean tomadas de sus más esclarecidos autores, ellas son
tales que ofenden a los que conocen de alguna manera de fondo de nuestro
asunto. De Vm. no me admiro, porque habiendo viciado el gusto, y dedi-cádole al
pueril escolasticismo, me hace conocer que aborrece todo libro que trate de
otra teología que no sea igual o semejante a la que ha es-tudiado.
Dr. Murillo. ¡Qué bien que dice Vm., Señor mío! Vm. es augúrico
arús-pice de ingente magnitud, y ha sido astrónomo poscatórico de las almas,
porque me ha calado como con telescopio los cóncavos erráticos de mis
co-gitaciones. Nada aborrezco más que eso que viene con el sigilado
sobrees-crito de Teología dogmática, Aparato a la demostración de la religión,
Re-ligión revelada, Demostración evangélica, y otras obras de esta malévola
casta, que fascinan la razón y vuelven a un pobre estudiantón,a como yo, jansenista
rematado o herejote recalcitrado. * Yo, aunque soy adictísimo ex toto corde a
toda erudística leyenda, y traigo debajo de mi capote y entre los faldones de
mi volante casaca, algunos líbriquines curiosos, y muy spe-cialiter mi Tesorito
enciclopédico, que contiene lo más selecto y flosculoso de todas las ciencias
que he estudiado ** pero no me meto ni me entremeto con esos criticones,
propiamente de los tiempos, y de las antiguas edades. Así aborrezco, magno odio
habeo, a esos, ¿cómo te llamas? a esos ¡válgame Dios por memoria!. . . aquí
están: Eusebio Amort,156 Houteville, Pedro Annato, Daniel Huet, y el vetustazo
Eusebio,157 con el modernísimo Baya-naso Concina,158 y el nomino Bayanaso,159
porque lo he oído a teólogos muy doctos; porque yo no lo he leído, no le leeré
en toda mi vida, no sea que me meta en la negra tentación de ser
antiprobabilista. Finalmente, qué dogmática ni qué dogmática, que nos quita la
fruición de discurrir un argu-mento en celarem,160 y de dar la respuesta con un
ut quo o ut quod, que es una ensalada maravillosa. Ultimamente, Vm., Señor
Doctor, no se me ande con esas curiosidades pelantrinas riesgosas. Sea Vm.
católico, aunque sea a lo ramplanazo. Y para que Vm. se convierta, oiga lo que
ha dicho a este propósito, en una de sus eruditas el Sr. Dn. Feijoo: "Pero
aun dado caso que no fuese capaz de tanto, escribiendo en España y para España,
no me metiera a escribir libros de controversia, porque éstos son como los
remedios mayores, que aprovechan tal vez a los enfermos, pero tal vez tam-bién
hacen grave daño a los sanos. En España no hay herejes, que son los enfermos
que necesitan de aquella medicina. Por esta razón siempre he sido de sentir que
no conviene fundar en nuestras universidades catédras de teología
dogmática."
Dr. Mera. Todo esto lo que prueba es que el Padre Maestro Feijoo, no
obstante de treinta y cinco años de Lector de teología en el Colegio y en la
Universidad de Oviedo, o no era teólogo, o estaba prevenido de la misma
preocupación en que incurren los escolásticos, de que es ciencia diversa de la
dogmática la escolástica, y que quien trata de ésta, no tiene por objecto a
aquélla. ¡Qué delirio! Luego ¿no otros que los herejes son los enfermos que
necesitan de aquella medicina dogmática? ¡Qué ignorancia! Luego en
a Lar: estudiante
* Todos los que han estudiado teología en Quito o sea con los
ex-jesuitas o con los regulares, llanamente confiesan haber sido el método de
estudiarla, como aquí se ha descrito, y que no sabían de qué trataba la
dogmática.
** Hace alusión al libriquín que ha formado un liderato de Quito, donde
hay lo más vulgar, lo más ridículo e inútil de lo que ciega y tumultariamente
ha leído.
las universidades las personas que se dedican a las ciencias
eclesiásticas, para ser, por vocación y de propósito, los doctores y
depositarios de la ley y de la ciencia que trata de la fe, aquéllos que han de
ser los atalayas vigilantes, curas, pastores, obispos, aquéllos que deben
avisar la espada que desde lejos viene a despedazar los pueblos que se han
confiado a su celo, custodia, edu-cación y doctrina, ¿han de ignorar esta
ciencia nobilísima? ¿Es posible que la han de ignorar, porque el Padre Feijoo
ha sido de sentir que no convie-ne fundar en las universidades de España
cátedras de teología dogmática? Vuelvo a decir ¡qué delirio! ¡qué ignorancia!
Vamos a verlo, y aquí estará la respuesta más clara a las dos partes de su
última proposición, que la tengo muy de memoria. Los misterios de la Trinidad,
de la Encarnación, de la gracia, del libre albedrío, de la Resurrección, la
institución divina de los Sacramentos, su milagrosa eficacia, todo esto hace el
objeto de la doc-trina que debemos guardar, todo esto lo tiene Dios revelado a
su Iglesia, todo esto hace la materia de nuestra fe. ¿Habría paganos a quién
mani-festársela? a
Dr. Murillo. ¡Vea qué adivinanza! Todo el mundo fue paganote cuando vino
Jesucristo, y el pueblo judío estaba peor, y más peor que el gentilismo.
Dr. Mera. ¡Muy bien! Y ¿habría en el principio del cristianismo quien no
dudase?
Dr. Murillo. Ahora se nos viene Vm. casi con la misma interrogación;
conque interrogaño et responsio. Y ¡como que hubo un orbe inmenso de flacos de
espíritu que todo lo dudaron, y que, promulgada la Ley evangélica, entre los
mismos que la abrazaron, muchos no creyeron algunos misterios, los creyeron a
su modo añadiendo o quitando!
Dr. Mera. ¡Bellamente! Y para todos éstos ¿habría modo y camino de
persuadirles estos misterios?
Dr. Murillo. Vm. me ha de llevar con sus preguntas hasta Amsterdam,
Señor Doctor. Mas respondo: para convencer a esos antiguos francmasones de esos
tiempos, no dudo que había cepos y calabozos donde encerrarlos, y también
habría galeras adonde los exiliasen, para que creyesen bien.
Dr. Mera. Dejemos chanzas, que no las merece el dignísimo asunto de esta
conversación.
Dr. Murillo. ¡Qué chanzas, ni qué eutrapélicas! Creo así sanamente que
éste sería el modo de persuadirles, y yo por mi parte les conglomeraría una
centuria de flagelantes fustigaciones.
Dr. Mera. ¡Ah! Doctor, que bien me ocurre decir ahora, con compasión y
seriedad, que está Vm. falto de historia, y que toda su teología no le ha
enseñado el modo y el motivo con que la trataron los primeros teólogos del
cristianismo, quiero decir los Santos Padres. Vm. ignora (perdóneme esta
claridad amistosa) el origen, la raíz y fundamento en que ella debe estar
apoyada, que es en la palabra escrita, y en esa misma palabra de Dios dicha por
Jesucristo a sus Apóstoles, oída de éstos por sus discípulos, y
a Lar: manifestarla
conservada después por la Iglesia y los Padres. Vm. no sabe que éstos se
va-lieron de ella para persuadir a los infieles y a los herejes la verdad de
nues-tra religión, y confirmar a los cristianos en su fe. Toda su teología no
le ha enseñado que los fundamentos son la Escritura y la Tradición. Pregun-to
ahora, estos Padres ¿sabían de este modo perfectísimamente la teolo-gía o no?
Dr. Murillo. ¡Y como qué, Señor Doctor! Que la supieron en el apogeo de
su hermosura, en el zenit de su perfección, en el solsticio de su honor y de su
gloria, y en el punto céntrico de sus quilates más acendrados.
Dr. Mera. Perdono este estilo metafórico, y pregunto más. Estos Padres
que supieron tan perfectamente los dogmas de la religión (como que ellos fueron
destinados por la sabia Providencia para depositarios fidelísimos de la sana
doctrina), ¿sabían trasmitir a la posteridad, pura e incontaminada esta divina
Teología? o ¿sabían enseñarla purísima a sus discípulos?
Dr. Murillo. No puedo dubitarlo por más que no haya especulado en
ninguna de mis Biblias, quiero decir en ninguno de mis autores teólogos, como
ha sido esta sucesión de maestros y discípulos, y esta englobada ca-dena de
cursos teológicos.
Dr. Mera. Háblole, Doctor mío, con la franqueza que permite nuestra
amistad. Si Vm. hubiera leído alguna cosa de la antigüedad, supiera las canales
por donde se trajeron hasta nosotros las aguas de vida de la doc-trina de los
misterios revelados. Si hubiera Vm. visto la Historia de la Igle-sia, conocería
que no son Santos Padres los Suárez, Vásquez, Lessios,161 Hamelios,162 Molinas
y otros que, en vez de edificar en la Iglesia de Dios, la han escandalizado y
destruido, dándole que hacer con sus formidables opi-niones. El primero, en
materia de penitencia y otras; el segundo, en el tratado de la limosna y casi
toda su moral; Lessio y Hamelio con sus tesis teológicas acerca de la
predestinación y la gracia, con las que turbaron la paz de la Universidad de Lovaina
y dieron que hacer a los prelados ecle-siásticos; Molina puso en discordia el
reino pacífico de los teólogos con su libro de la Concordia de la gracia y el
libre albedrio. En fin, conocería Vm. la diversidad que hay de éstos a un
Policarpo,163 a un Ignacio, a un Ireneo, a un Justino, a un Clemente
Alejandrino, a un Ambrosio, a un Agustino, a un Jerónimo, a un Crisòstomo,
etc., y cuánta diferencia hay de uno que es Padre y Doctor de la Iglesia, a
otro que solamente es Doctor en ella.164
Dr. Murillo. Sí, Señor, ya lo conozco formaliter et adequate. No sólo
esto, sino que como buen romano-hispánico-católico lo creo y confieso ra-tione
sub qua.165
Dr. Mera. ¿Qué quiere decir Vm. con eso?
Dr. Murillo. Que creo por las razones pungentísimo-acres de Vm.
Dr. Mera. Pues debe Vm. creer, no porque se lo diga yo, sino por el peso
de la autoridad y de la razón, que este mismo sagrado objeto envuelve en sí
para la sana percepción de un entendimiento cristiano.
Dr. Muritto. Así pues, mi dilectísimo Doctor, que no porque me ha visto
hacer fuga de un duende dislacerarme algo los maléolos del calcañar con la
lujativa dislocación, y haber dicho yo que al tal duende lo había yo espec-iado
con un galero mayor que por mismo ficticio afecto térro pánico, me ha de hacer
Vm. tan cito credente,166 y que caí en el insidioso garlito de creer tal
duende. * Tengo algo de politicón que me enseñó un sabio antiguo lla-mado
Golosinas. Y así sé hacer reír, sé reír, póngome serio cuando acá den-tro me
río, y rióme finalmente por no llorar ex egestate et penuria. 167 Por lo que
soy Doctor famigeratísimo, que este mi adjetivo para mí se com-pone, y se
deriva de james, jamis, que quiere decir hombre de letras de Quito y de todo el
mundo, y es nombre para mí epiceno, porque sirve pro-miscuamente al sexo
masculino Miguelino y al sexo femenino Clarantino. Rióme también por aquel
adagio que dice: que más sabe el loco en su casa que el cuerdo en la ajena. No
soy tan crédulo, como Vm. cogita. Y más, en este asunto tengo mis tajos y
reveses de crítica y déjome llevar de la autoridad, porque aunque el raciocinio
parece no más que raciocinio, y siendo bien fundamentado en la verdad obliga al
asenso, pero para mí veo que en un silogismo se dirá la mayor universal por
estar dependiente de un principio generalmente recibido y admiso por el común
consentimiento del género humano. Y este general consentimiento es quien en
toda tierra de cristianos y no cristianos, se llama autoridad; ergo, no hay
silogismo sin au-toridad o divina o humana.
Dr. Mera. Hermosa reflexión, Doctor Murillo. No es Vm. el primero que la
haya hecho. Sé dónde está. . .
Dr. Murillo. ¡Válgate por válgate! Bien me decía yo, si te atino, no te
atino. ¿Quería Vm. que todo lo que parlo saliese sólo formado de mi ca-letre?
Pues por amigóte de nuevo, de nuevo vaya de paso una historia. ** El filósofo
Antístenes,169 jefe de la secta cínica, fue preguntado de un jo-ven que de qué
cosas necesitaba para hacerse su discípulo. Antístenes res-pondió (conociéndole
el metal, y que no tenía un átomo de talento): hom-bre, necesitas de un libro
de nueva fábrica, de estilo nuevo y aun de una nueva tablilla. Aplique Vm., y
si no viniere apliqúese Vm. que yo voy a descubrir adonde está la reflexión.
Está en mi Padre Malebranche,170 y es su sentir que leo y sigo (no se me
escandalice, que adonde menos se espera salta la liebre, y yo digo se asoma el
libro; y nadie ha dado a Vm. sólo la facultad de ser el estanquero de la
erudición y de los libros), escrito en su libro de Recherches sur la verité.
Cata allí donde está, y si Vm. por ha-
Fingió Murillo haber visto
un duende, e hizo creer que creía su existencia, fin-giendo igualmente haberse
dislocado un pie: donde al paso de su fatuidad, hace co-nocer que obra por
conveniencia propia, con malicia refinada. Pasó esto en el pueblo de Tumbaco,
Doctrina del Dr. D. Ramón de Yépez.1 68
Se satiriza la ignorante
manía de los pedantes que aseguraban que en estas Conversaciones nada se decía
de nuevo, vendiendo con estas palabras a sus admiradores ciegos, gato por
liebre.
berlo visto, dijere que esto es vulgar, amén de eso; pero siempre le
diré lo que Antístenes al que quiso ser discípulo: Hijo, todo nuevo.
Dr. Mera. Pasemos a de indirectas; y volviendo al propósito digo, que si
Vm. así lo cree, me da muy buenas pruebas de su fe. Veamos ahora qué esperanza
da Vm. de haber mudado de opinión en orden a seguir un mejorado plan de
estudios de teología.
Dr. Murillo. Puede Vm. tenerla muy buena, porque yo sé mudar de
opinables sentenciones de la mismísima manera que ahora mudo de morada,
largándome magistralmente a mi habitación. Adiós.
CONVERSACION SEPTIMA
Reflexiones para un mejorado plan de estudios teológicos
Dr. Murillo. Llego nimiamente congojado, porque, mala noche y parir
hija...
Dr. Mera. Pues ¿qué desgracia ha padecido Vm., mi buen amigo?
Dr. Murillo. La de haberme desvelado en todas las tres nocturnas
vi-gilias, trayendo a la consideración sobre mejorar de estudios algunos
tristes pensamientos. Oiga Vm., si gusta, uno de ellos. ¿Cómo empezaría otra
vez el nuevo curso de teología al cabo de los años mil que tengo?
Dr. Mera. Pueril imaginación ha quitado a Vm. el sueño esta noche. Era
ella capaz de afligirme, porque, habiendo pasado la juventud, me hallo hoy,
Miércoles Santo, 25 de marzo de 1779, con cuarenta y dos años siete me-ses. No
puedo negarlo, porque mi fe de bautismo me está dando en cara con que nací por
septiembre del año de 736. Pero me consuela saber que, si todo hombre ha nacido
para el trabajo, yo he nacido para el laudable y ho-norífico de las letras,
porque siendo como soy, por misericordia de Dios, eclesiástico, aunque indigno,
sé medianamente que toda mi obligación, des-pués de la probidad de vida y la
oración, es cultivar el estudio de las cien-cias eclesiásticas en el modo
posible. Hágolo así diciendo b como Salomón: Ne Accrescant171 ignorantiae meae,
et multiplicentur delicia mea. * Y es verdad que esta sentencia me suena cada
día al corazón para amonestarme de que siempre, y en todos los días, debo
estudiar como si empezara.
Dr. Murillo. Algo razonable parece la solución; pero creo no la tiene la
siguiente dificultad. ¿Dónde encontraría una máquina bibliotecal para un
estudio que a mi juicio ha de ser de toda la vida?
a Lar: Pasémonos
b Lar: diciendo con el Eclesiástico:
* Este texto no es de Salomón, sino del Eclesiástico en el Capítulo 23
vers. 3, que dice: Ne accrescant etc. El libro del Eclesiástico lo compuso
Jesús, hijo de Sirach.
Dr. Mera. Esta segunda imaginación parece aun más especiosa, y también
ésta me afligiera, a vista de mis pocos libritos, si no hubiese visto por
propia experiencia que a quien quiere de veras aplicarse a la lectura, la
Providencia le depara medios para comprarlos, o le hace que contraiga
conocimientos con personas que los tengan y los franqueen. Yo por mí he visto
que el talento me ha faltado, pero nunca he echado menos el libro y la
aplicación.
Dr. Murillo. ¿Resta saber cómo me podré avenir con ir estudiando, co-mo
quien masca paja, sin tener en el discurso de muchas hojas, ni un sed, ni un
atqui, ni un subsumo, ni un obiicies primo ni un nunc sic insto ar-gumentum, y
sobre todo ni un ergo con tamañas letras?
Dr. Mera. El no poderse hallar Vm. sin los resabios de la escolástica,
me causa al mismo tiempo que compasión, risa. La respuesta es que el tiem-po le
hará conocer, como a mí, que se halla mayor complacencia en el es-tudio que
hemos de entablar, que en el árido y descarnado por donde ya hemos ya pasado.
Dr. Murillo. Hoy encuentro a Vm. más paradójico que lo que fue su Padre
Harduíno,172 porque me da a entender que un eclesiástico se ha de pasar toda la
vida estudiando. Si había de ser así, yo no pensaría en orde-narme de Mida,
cuando muera mi hermosa consorte Clara.
Dr. Mera. Pues ¿qué? ¿le parecía que un eclesiástico había de pasar
cebando en el ocio la ignorancia?
Dr. Murillo. Yo me juzgaba que un hombre que había de hacer carrera por
la Iglesia, seguiría un cierto plan de estudios, que acá me tengo en la cabeza.
Dr. Mera. Repítalo Vm., pero ha de ser desde la escuela en que apren-den
los niños a leer.
Dr. Murillo. Nora buena, eso me quería yo. Allá va, a toda carretilla,
porque no nos detengamos, * Leyenda: primeramente la Cartilla; después, para
decorar mejor, algo del Catón Cristiano; de allí los Doce Pares de Fran-cia; y
para la Doctrina Cristiana mal entendida y muy de memoria, el li-brito de
Astete.173 Modo de escribir: primero los que se llaman palotes; después un
renglón de alguna bobería que se le puso en la cabeza a un maes-tro de niños
tontarronazo; después, para perfeccionar la letra, una muestra o de algunas
coplas de amoricones, o de algún centón, o cabeza de proceso, o de carta que
empiece de esta manera: "Muy Señor mío: celebraré que al recibo de ésta se
halle Vm. con la salud que mi fina voluntad le desea, que-dando la mía buena, a
Dios gracias, en junta de mi consorte y demás criados de Vm., mis hijos, para
que la ocupe en su servicio. Por ésta se me ofrece ocurrir al favor de Vm., etc
.... "
Dr. Mera. Mire Vm. que de este modo perdemos tiempo. Pase Vm.
bre-vemente a otra cosa.
Duélese en todo esto que
dice de la malísima educación que se da en todas las escuelas de Quito a los
niños.
Dr. Murillo. Pues envido, no paso que es mi punto muy alto, y digo que
de ortografía no aprende el muchacho ni una regla, ni una palabra, ni un átomo.
Podrá Vm. ver lo que le digo en cierto papelón que le mos-traré, * en el cual
no sé qué picaronazo muy picaro, de lo que no hay ni se da en Ginebra, hombre
perdido de los pies a la cabeza, porque realmente no se le halla, ha tenido el
atrevimiento de estar achapando el día Viernes del Concilio lo que los dos
conversábamos en la Catedral, y cata allí que ha tenido (judío debe de ser,
pues en día tan santo obra estos atentados) la maligna curiosidad de escribirlo
todito, todito con su pelo y su lana; con más que nos pone a Vm. y a mí como
autores de ciertas conversaciones, que para parladas pueden ser medianitas,
pero muy malas, para escritas, y más con tal ortografía, que nos deshonraría,
si nosotros escribiéramos así. Mas ésta, ésta es la única baraja con que se
juega en Quito. Ahora voy al caso...
Dr. Mera. Amigo, no lo diga. Siento que anden nuestros nombres de esa
manera. Excúseme Vm. el sinsabor de ver ese papel, y hágame el gusto de
quemarlo, porque ¡qué polvaredas y tempestades no levantará él, espe-cialmente
entre las personas vulgares, y aquéllas que juzgasen vanamente haber llegado a
adquirirse el nombre y mérito de sabios! Unos le hallarán herético, otros que
es libelo infamatorio, y todos, cuando más benignos, pero llenos de ira y de
enojo contra nosotros, nos acusarán de temeridad en querer saberlo todo, en
corregir a los doctos y en parecer como adversa-rios del nombre jesuístico. **
En fin, Vm. verá que si no quema el papel éste quemará a muchos; y ellos harán
bien de tocar a fuego, donde no pueden tocar a luz. Ahora ya puede Vm. proseguir
hablando, bajo de esta protesta.
Dr. Murillo. Después por aritmética aprende el muchacho la tabla, y
aquél que tiene la mira muy alta de acomodarse con un buen patrón, o entre los
gastos de la plaza, aprende mal que mal las cinco reglas. Llevemos ahora al
muchacho que ha de estudiar a la clase de Gramática latina. (Pero ¡oh Dios!
¡qué estudio, qué gramática, qué clase! si todo se ha perdido, si ya todo es
barbarie, y viven aquí los muchachos como si vivieran en Ma-yans). Aquí con un
malísimo maestro, si por fortuna se encuentra, aprende de memoria hasta
pretéritos. Sabe hacer oraciones de Sum, es, fui, y cuan-do más, primeras de
activa. Toma algunas construcciones del Concilio o del Contemptus mundi,174 y
cata allí gramático pronto y aparejado para entrar en Filosofía.
Se queja por la malísima
ortografía con que fueron escritas las copias manus-critas de El Nuevo Luciano
que hizo correr en Quito, no pudiendo hacerlas ir escritas de su letra, que le
hubieran conocido.
El pronóstico puesto aquí se
verificó puntualmente. Y este papel irritó tanto a muchísimos de tal modo, que
solicitaron su supresión. Hoy que lo leen con un poco de flema apetecen con
ansia el que se publique por medio de la prensa. Menos algu-nos estúpidos e
idiotas.
Dr. Mera. Amigo, qué precipitado está su plan de estudios. Ea, acábelo.
Dr. Murillo. Va a un colegio el muchacho, lleva un Vade 175 debajo del brazo, y en el papel que él
contiene, escribe su Goudin 176 u otra
cosa a re-tazos. * Deja muchos blancos y muchos negros en los borrones y
suciedad. Aquí, el primer párrafo que aprende son las malas compañías. El
segundo, los principios de enamorar. Después, un pedazo de salpicón o
conferencia a fuerza de las instancias de un pobre lector, que no puede tomar a
este muchacho mal criado, cuyo pensamiento no está en hacer un silogismo, sino
en el modo de colgarse de una soga, en bajar bien por una pared, para hacer con
la mayor destreza una ranciada. Mas, cuando todo turbio corre, y le aprieta un
poco el Padre Lector, él se apea lindamente del curso, luego después de haber
acabado las Súmulas o la Lógica. Luego ya el estudiante es mozo de respeto,
porque sabe chupar tabaco, rizarse la coleta, cargar puñal a la cinta, escribir
un papel amatorio, jugar bien una primera, brujulear me-jor en una secansa o
treinta y una, y tirar el dado a las dos mil maravillas.
Dr. Mera. Un muchacho de esta naturaleza para nada servirá, será no sólo
inútil, sino pernicioso a la sociedad. Ni él mismo pensará en tomar jamás algún
destino.
Dr. Murillo. No, Señor, que todo su pensamiento es buscar convenien-cia
por el camino del sacerdocio; a cuyo fin toma debajo del brazo a su Lárraga,177
aprende sus definiciones de memoria, da una vuelta repasada a los Cánones del
Concilio, y cata aquí hecho y derecho un moralistón que se pierde de vista. Mas
si padece tal cual detención en ordenarse, grita hasta el cielo de que no se
atiende al mérito de los estudiantes. En fin, por mangas o por faldas, véale
Vm. tonsurado y que va a hacer su oposición. Le aprue-ban, dánle las órdenes, y
sale con su beneficio, en cuatro paletadas, de cura. Y como el fin no es otro
sino tener beneficio, lo primero que mi cura hace cuando se va a su curato, es
botar hacia un rincón al aborrecible cansadote Lárraga, que nadie puede
aguantarlo por su moral sempiterna.
Dr. Mera. Asómbrame que un cura de este jaez pueda serlo, porque éste no
tiene siquiera la idea de cuál es su obligación.
Dr. Murillo. Pues yo concibo que lo entiendo todo, que no ha de ser más
perspicuo y blanco mi entendimiento, que el del negro de un Señor Pre-bendado
que lo pensó así. Va de cuento. Un día un colegial Fernandino, viendo que en
sede vacante se ardía todo el Cabildo Eclesiástico en disen-siones, y que por
ellas se ofrecían asuntos de algún momento, díjole al ne-gro: Hombre, como tu
amo no estudia de día, porque todo se le va en vi-sitas y en el coro, ¿debe de
estudiar mucho de noche? No, Señor, respondió Manungo (éste era el nombre del
negro), mi amo ni de día ni de noche es-tudia nada, porque todito, todito lo
que hay que saber se lo estudió su Mer-ced en el colegio.
Verdadera pintura, que no la
niegan los mismos que podrían estar interesados en borrarla, así de los que
gobiernan, como de los que obedecen.
Dr. Mera. Si fuese verdad lo que acaba Vm. de decir, confesaría que
nuestros eclesiásticos no han tenido noticia del Canon 25 del cuarto Concilio
Toledano, que dice así: Ignorantia, mater cunctorum errorum, máxime in
sacerdotibus Dei vitanda est, qui docendi officium in populis susceperunt.178 Y
que Quito experimenta, en asunto de letras, la suerte más deplorable, con más
que los que deben atenderlas, cultivarlas y promoverlas, que son los
eclesiásticos, están metidos en el seno de la ignorancia. Pero dígole que ellos
deben ser la luz del mundo con su doctrina.
Dr. Murillo. Antes he visto que cada cura se hace la obscuridad del
mun-do en su doctrina. ¿No le he dicho a Vm. que el clérigo en llegando a ella
lo primera que bota a un rincón es a su Lárraga? Mas lo que me causa gran
complacencia es ver que lo mismo que se enoja el prebendado cuando no le dan
Señoría, se irrita el presbítero cuando no le dicen bien claro Señor Doctor,
Así yo a todos doctroreo, porque creo que, si ellos lo piden, lo merecen.
Dr. Mera. Lo que viene al caso, es lo que se debe apetecer, es ser
docto, y no el llamarse doctor. Yo, por lo menos, me avergonzaría de tomar el
gra-do, y mucho más que se me diese título de doctor sin tenerle, porque
cree-ría que se me burlaba.
Dr. Murillo. Eso será con Vm., pero otros no discurren así; y por lo que
mira a la vida de nuestro cura, tengo en la cabeza un pasaje francés del
via-jero Monsieur Frezier, que a Vm. se lo he oído leer en lengua francesa, y
se me ha quedado en la memoria. Lo repetiré, porque lo juzgo muy ven-tajoso a
nuestros curas: Quel moyen de leur interdire le commerce des femmes, lorsqu'ils
en voient deux ou trois aux cures? D'ailleurs chaqué cure est pour eux_. ..
Dr. Mera. Al momento calle Vm., no prosiga, que aquí habla Frezier
ma-lignamente de los curas de la Provincia de Lima, y no gusto que nosotros le
imitemos en acusar las costumbres de los nuestros. Júzguelos Dios, porque
nuestro juicio no se extiende más que a hablar de los estudios; y ahora de la
obligación que tienen todos los eclesiásticos de ser doctos, y de for-marse
tales en la teología.
Dr. Murillo. Pues, amén de todo. Y dígame Vm. mismo cómo ha de ser eso,
a ver si puedo ser docto teólogo.
Dr. Mera. Mire Vm., juzgar que el estudio de la teología se ciñe o debe
ceñirse al limitadísimo tiempo de cuatro años en que se aprenden algunos pocos
tratados, es un error. Su estudio debe ser aún más prolijo, diré mejor, debe
ser de toda la vida. Esto espanta, bien puede ser. Pero, como advierte el Padre
Mabillon en su Tratado de los estudios monásticos, este estudio es un estudio
serio que se debe tomar como penitencia, y en los regulares es indispensable
obligación, porque el estudio se sustituyó al trabajo de ma-nos, que fue en su
primera institución también indispensable si hemos de dar fe a la historia y
estatutos de la vida claustral y monástica antigua. No es estudio de pura
diversión o para satisfacer una loca curiosidad. Es estu-
dio cuya penetración requiere indefectiblemente la sanidad de
costumbres, y sobre todo el estudio de la oración. Personas divertidas no
entran al tem-plo de esta divina sabiduría.
Dr. Murillo. ¡Ah, Dios! Más valientes paradojas le voy oyendo a Vm. Pero
por lo entonadito que habla, me va gustando. ¿Quiere Vm. saber una cosa?
Dr. Mera. Diga Vm. cuál es.
Dr. Murillo. Velay que yo he conocido pajarotes teólogos, que volaban
hacia el cielo con su ciencia, y no dejaban de correr sus tormentas en la
tierra con sus vicios.
Dr. M.era. No puede ser. De donde infiero bien que habló dignamente
Bossuet, cuando descartó del número de los teólogos al sapientísimo Erasmo de
Rotterdam, y le agregó a al clase de los humanistas o gramáticos. Este juicio
parecería inicuo, si hemos de atender a lo que Erasmo avanzó y supo. El
aprendió las lenguas orientales, y manifiesta haber penetrado su natura-leza y
propiedad. Cultivó la crítica, y manejó diestramente sus reglas en el
discernimiento de las obras que tuvo bajo su lectura y examen. Con esta ventaja
él se versó en la Santa Escritura, reconociendo sus originales. Leyó a los
Padres y tradujo de algunas obras, como las Homilías de San Crisòs-tomo sobre
los Hechos Apostólicos. ¿Qué mejores preliminares para formar un teólogo? Antes
bien, nadie mejor que Erasmo se debería llamar teólogo. Pero a mi pobrísimo
juicio, el parecer de Bossuet debe parecer siempre justo, porque a Erasmo
faltó, sin duda, la sólida piedad, y aquella virtud del santo temor de Dios,
que, siendo el principio de la sabiduría, es igualmente todo su aumento y todo
su perfecto ser.
Dr. Murillo. Mas ¿de adonde le viene a Vm. este sin duda, esta su
cer-tidumbre de la poca piedad de este grande hombre, que para Vm. (según se
explica), es Erasmo solamente Desiderio por su gana de saber, y no Electo por
su fatía de virtud?
Dr. Mera. Satisfago a Vm. Viéneme de la confesión del mismo Erasmo, que
escribió ser imposible poderse enlazar piedad y erudición al mismo tiempo.
Viéneme de sus escritos, mordacísimos unos, como el Elogio de la locura, en que
ridiculiza a las grandes comunidades regulares, otros burlo-nes, y poco
honestos, como sus coloquios latinos para la instrucción de los niños, y otros
muy libres en materias teológicas, y por tales proscriptos por la Inquisición.
Dr. Murillo. Quedo, si no contento, al menos conforme con lo que Vm.
dice, y caigo en cuenta de que sería por eso que yo he conocido un teólogo de
cierta orden, que no lo era sino únicamente de física premoción, y ésa,
embrollada en sus innumerables distinciones y arrogantes farfantonadas.
Dr. Mera. Innumerables debía Vm. conocer, como yo he conocido. Pero, así
como Vm. dice teólogo de un solo tratado, conocí entre muchos, a un
condiscípulo mío, colegial Veintimilla, que no sabía otra cosa que ciencia
media, de que satisfecho desenlazaba el ergo con una soberbia morlaca.
Ya sabe Vm. qué quiere decir tontísima entre nuestras frases provincianas.
Dr. Murillo. ¿Quién duda que, en diciendo morlaco, se dice todo lo que
uno puede ser de estúpido y de majadero? Ni conozco alguno del país de Cuenca,
que no lo sea en cuerpo y alma, por activa y por pasiva. Ni ningu-no que no
esté enconfitado en todo el aborrecible resabio del orgullo.
Dr. Mera. Pues nada como el orgullo embaraza tanto los progresos de la
teología. Es lo que nota el mismo Mabillon, y lo que da mayor autoridad a
nuestra reflexión es lo que advierte San Gregorio Nazianceno en la Ora-ción 27,
este Padre que es el teólogo por antonomasia, y el que primero mereció este
renombre en el mundo cristiano, después de San Juan Evan-gelista.
Dr. Murillo. Pues, ¿qué disposiciones serán buenas para saber la
teo-logía?
Dr. Mera. Todas se reducen a tener bien dispuesto el corazón, y a tener
cierto punto de reserva y moderación en el uso de las cuestiones y dispu-tas
teológicas, de la cual no se puede pasar ni un ápice. Los Padres (dice Fleury)
eran muy moderados sobre las cuestiones de religión. Contentá-banse con
resolver las que eran propuestas, sin proponer nuevas. Reprimían con cuidado la
curiosidad de espíritus ligeros e inquietos, y no permitían a todo el mundo
disputar sobre esta materia. A la verdad, el espíritu de li-bertad en averiguar
sin término los arcanos de los misterios revelados; el de una crítica sin
límites, que extiende la mano para descorrer los velos sagrados de la fe; el de
curiosidad, que quiere penetrarlo todo, como si la religión fuera arte dispuesta
por la sabiduría del siglo, y no ciencia orde-nada por la infinita sabiduría de
Dios; el del filosofismo, que se atreve a sujetar los fundamentos del
catolicismo al examen de la débilísima razón humana (y es el que reina hoy, más
que nunca, en varias regiones del orbe católico), se debe enteramente abolir en
el corazón de un escolar teólogo.
Dr. Murillo. Dice Vm. bien, Señor Doctor, que hoy reina el espíritu del
filosofismo, y también ayer reinó; y si no díganlo los Espinosas 179 y los
Tolandos,180 ayer de mañanita, y más impíos que éstos los Voltaires,181 y los
Rousseaus 182 hoy. Pero nada me inquieta tanto como saber que ese diablaso del
limeño J. P. de Olavide183 se haya metido en camisa de once varas. ¡Oh! mas
allá en España encontró el lienzo de que la cortó; y allá mismo tuvo tela de
qué cortar el desjuiciado bobote del quiteño J . S. O. para salir con su media
mecha del medallón condenado. ¡Rabia me da con el uno y con el otro, y más con
el primero atolondrado, que va a decir que San Agustín fue un mentecato! ¡Miren
al blasfemo camarón!
Dr. Mera. Quien hablare de esta manera nada le quita a este
sapientísi-mo Padre, sino que a sí mismo se hace una gravísima injuria, porque
se niega las luces de un mediano conocimiento para discernir en las obras del
gran Padre San Agustín la solidez, la unión, la dignidad y la profunda
sa-biduría que contienen. Pero, ¡ah, Señor, todo esto nos debe servir de aba-
timiento y confusión! Todo esto nos da motivos de humildad y de
descon-fianza de nosotros mismos. Nadie presuma de sí, porque caerá. La
historia nos hace ver muchísimo de esto en los Tertulianos,184 Orígenes y
Osios; y en e lsiglo XVI en un Miguel Bayo que asistió al Concilio de Trento, y
no obstante ha sido un solemne jefe de las herejías de hoy. Humillémonos y no
atribuyamos a los países los que son efectos puros de la corrupción hu-mana. En
todas las regiones nacen de esos espíritus fuertes, cuyo vigor con-siste en
dudarlo todo, en no creer nada, y en resistirse a las verdades más
establecidas. Pero esta fortaleza de espíritu es de frenesí y de dolencia, como
la llama San Agustín: Fortitudo ista non sanitatis est, sed insaniae: nam
freneticis nihil fortius.185
Dr. Murillo. Sepa Vm. que doy gracias a Dios de ir con su conversación
abriendo los ojos. Hasta mi modo de hablar ya está mudado. Digo ahora una cosa
que importa, y es que eso que Vm. llama espíritu de curiosidad, tam-bién entre
nosotros ha habido.
Dr. Mera. Lo cierto es que nuestros escolásticos, como ya hemos hablado
algunas veces, mas por prurito de parecer ingeniosos, han inventado nuevas
hipótesis, nuevos argumentos y nuevas soluciones. Pero la religión no ha sido
mejor tratada, porque nunca llegaron nuestros escolásticos a conocer
perfectamente la doctrina y método de los antiguos. Estos disputaron, ya se ve,
porque lo que los obligó a tratar los asuntos de la religión fue el combatir
las herejías que nacían de tiempo en tiempo. Mas el modo estuvo lejos del
ergotismo y de esas ridiculas distincioncillas debajo de las cuales, como
debajo de unas nubes misteriosas, han querido encubrir, con pueri-lidad, las
verdades más claras y los axiomas más bien recibidos.
Dr. Murillo. Pero Señor, aclarémonos un poco. Unos dicen que los
he-rejes más doctos adoptan las distinciones, y otros que nos las reprenden a
los católicos, tratándonos de tramposos, y que en las disputas que tenemos con
sus mercedes, por causa de esas distincioncillas metemos la confusión y huimos
explicarnos con claridad. ¿Qué hay en esto?
Dr. Mera. Pregunta muy oportuna me ha hecho Vm. Los herejes en todos
tiempos tuvieron por cimiento de su impiedad e irreligión, la sober-bia y la
protervia, y por cúmulo de ella la mala fe. Así, según y como les ha venido a
cuento, han adoptado o repelido las distinciones. Pero como la mala fe no puede
holgadamente esgrimir sus armas sin la tropa auxiliar de las cavilaciones, las
cuales lucen muchísimo en distinguir y más distin-guir con sutileza, de aquí es
que los herejes han sido los que más han es-timado y usado las distinciones. Yo
no quiero manifestárselo a Vm. siguien-do la serie de las herejías, que sería
nunca acabar, por lo que le remito a que vea esto que he reflexionado en dos
obras fáciles de verse, y son: la Historia de las variaciones de las iglesias
protestantes del Señor Bossuet; y la Falsa filosofía de Fray Fernando de
Cevallos, monje español de la Or-den de San Jerónimo. El primero hace ver esas
cavilosas distinciones del Ecolampadio,186 del Melancton,187 y de otros, pero
principalmente las in-
numerables de Martín Lutero,188 acerca de la Eucaristía, y de él dice
Bossuet, tenía más distinciones que un escotista, (sin duda no vio algún
car-tapacio de alguno de nuestros tomistas españoles y criollos). El segundo
nos demuestra en su VI tomo las distinciones todas insidiosas a las
pre-ciosísimas vidas de los Soberanos, inventadas por Voltaire, Diderot,189
Alembert, Sleida y otro, que con ellas han sido crueles atentadores de unas
vidas, que debemos apetecer con las más vivas ansias de nuestros corazones. Por
lo que debo decir que siempre fue el embozo de una cavilosa distinción el único
asilo de la malicia de todos los heresiarcas.
Dr. Murillo. Ni podía ser de otra manera, porque los malos regularmen-te
son tramposos. Pero esta nota no recae sobre nuestros escolásticos.
Dr. Mera. Ya se ve que no, porque su agudeza, por lo mismo que pueril,
fue siempre inocente, y nacida de no haber observado cómo se portaban los
Padres en sus disputas.
Dr. Murillo. Mas para proceder los Padres a estas disputas, ¿qué cursos
teológicos estudiarían?
Dr. Mera. También es del caso la pregunta. No estudiaron ellos otra cosa
que la Santa Escritura, una y otra vez, hasta tomarla de memoria. Su
inteligencia era tomada de lo que sentía la Iglesia; y de las luces del cielo,
que ellos recogían en la oración y meditación, formaron la guía, que debía
llevarles por la mano al término feliz de su ciencia eclesiástica. Este mis-mo
debía ser el modo con que procurásemos llegar a alcanzar el conoci-miento de la
teología.
Dr. Murillo. Pero Señor, ¿en qué mandamiento de la Ley de Dios está este
precepto para el sacerdote de aprenderse la Santa Escritura?
Dr. Mera. No le hay, es cierto, en el Decálogo. Pero la Iglesia
divina-mente instruida, y viendo el modo con que en los principios del
cristianis-mo se aprendió por sus doctores la religión, manda que los
sacerdotes la aprendan del mismo modo. Vuelvo a mi Canon 25 del Cuarto Concilio
Toledano, que lo dejé trunco. Dice: "Sacerdotes enim legere Sanctas
Scrip-turas admonentur, Paulo dicente ad Timotheum: intende lectioni,
exhorta-tioni, doctrinae, semper permane in his."190
Dr. Murillo. Pues no lo han juzgado así nuestros escolásticos, ni los
mis-mos jesuítas con ser tan doctos como fueron.
Dr. Mera. Ya se ve que no, porque los teólogos desde el siglo XII
die-ron en definir, dividir, y hacer el plan del escolasticismo. Todo lo cual
no requiere sino el uso del raciocinio; y este raciocinio tampoco requiere ni
la lectura, ni el examen de los hechos, sino únicamente la habilidad del
inge-nio. Así, perdido el conocimiento más íntimo de la antigüedad, su
ignoran-cia hacía descuidar la obligación de saber a fondo la fuente de la
verdadera teología, que es la Escritura. Fuera de eso, en nuestras aulas de
teología no tuvimos, ni conocimos catedráticos de Escritura. Es tradición que
en tiempos pasados los tenían, pero que su modo de explicarla era por los
rodeos de las alegorías y de los conceptos pulpitables, sin atender al
sen-tido literal.
Dr. Murillo. ¡Ah! mi Doctor, que este rayo cae sobre muchos finos
es-colásticos de aquellos remotos siglos.
Dr. Mera. Tenga Vm. paciencia, y oiga el modo de quitar esos
escrúpu-los, en estas palabras de Fleury, hablando de los escolásticos:
No dejo de admirar que, en tiempos tan desgraciados y con tan pocos
socorros, nos hayan tan fielmente conservado los Doctores el depósito de la
tradición en cuanto a la doctrina. Les doy gustosa-mente el elogio que merecen;
y subiendo más arriba, bendigo en el modo posible a aquél que, siguiendo su
promesa, nunca ha dejado de sostener su Iglesia. Pido solamente que se
contenten con poner a esos Doctores en su grado, sin elevarlos a otro mayor;
que no se pretenda que han adquirido la perfección, y que nos deben servir de
modelos; en fin, que no se les prefiera a los Padres de los prime-ros siglos.
Los títulos magníficos que se han dado a algunos de estos Doctores han impuesto
a los siglos siguientes. Se ha dicho Alberto el Grande,191 como sí él se
hubiera distinguido otro tanto entre los teólogos, cuanto Alejandro entre los
guerreros. Se han dado a otros los epítetos192 de irrefragable, de iluminado,
de solemne, de uni-versal, de resuelto; pero, sin dejarnos deslumhrar por estos
grandes títulos, veamos que ellos muestran, antes bien, el mal gusto de
aquéllos que los tienen. Juzguemos de esto por sus obras, pues las tenemos a
mano. Por lo que a mí toca, confieso que nada veo de grande en las de Alberto,
sino la corpulencia, y el número de volú-menes. Acordémonos que estos teólogos
vivían en un tiempo en que todos los otros monumentos no nos parecían de alguna
suerte ines-timable, a lo menos por lo que mira a la buena antigüedad.
Habla aquí Fleury de las demás ciencias y artes. Pero yo, en lo que
per-tenece a la teología, hago memoria de que Santo Tomás en el prólogo a la
Primera Parte de su Suma dice que, escribiéndola para los principiantes, le ha
sido preciso quitar muchas cuestiones inútiles. De que se infiere, la multitud
de abusos introducidos en su estudio. Ultimamente, dígole a Vm., con el mismo
Fleury, que la verdadera religión es la obra de Dios, que desde su principio la
dio toda su entera perfección. Los Apóstoles y sus discípulos han sabido toda
la doctrina de la salvación, y el mejor modo de enseñarla.
Dr. Murillo. No tengo qué replicar, y así deseo que Vm. me diga si con
sola la Escritura me podré llamar teólogo.
Dr. Mera. No, querido mío. Es necesario que Vm. se instruya bien en la
Tradición, y que su estudio teológico lo funde sobre este cimiento para hacerlo
sólido y estable. Mas, para esto, debe ser la Tradición universal, re-
conocida en todo el mundo cristiano y recibida en todas las iglesias;
debe ser perpetua, y de todos los tiempos; debe ser atestiguada unánimemente
por aquellos oráculos, que en los inmediatos tiempos a los Apóstoles, pu-dieron
beberles la doctrina, y el modo de explicar las Escrituras. Todo lo cual,
transmitido hasta nuestros tiempos, es puro e indefectible.
Dr. Murillo. Mucho pide este cuerpo, diré mejor, mucho apetece esa su
alma tan voraz, y juntamente melindrosa. Pero ya que es tan gollorienta, que me
diga, ¿dónde está la cátedra de la Tradición?
Dr. Mera. La Tradición se estudia en los símbolos y decisiones de los
Concilios generales y en los Padres de los seis primeros siglos de la Iglesia;
porque la Providencia nos ha dado (empezando desde San Policarpo) de-positarios
fidelísimos de la tradición, de edad en edad y de siglo en siglo. Y vea Vm.
aquí la otra purísima fuente de la teología.
Dr. Murillo. No sé qué le diga a Vm., Señor mío. Estaba por dudarlo, y
aun por no creerle.
Dr. Mera. ¿Por qué, amigo? ¿Tan pocas barbas tengo yo que no se me deba
creer?
Dr. Murillo. No es eso, sino que en todos mis cuatro años de teología no
he oído estas peligrosas novedades. Y llamo novedades en sentido teo-lógico,
porque habiendo leído la Historia de Fray Gerundio (que al fin lle-gué a
leerla), hallé que su autor, dando recio palo al Barbadiño casi sobre este
mismo asunto, cita a un tana sabio servita, Juan María Bertoli, con estas
palabras del caso:
El autor italiano, y sus semejantes, poco versados en este género de
estudios, ingenios, y genios superficiales, amigo de la novedad, que, afectando
hacerse distinguir, se apartan del camino carretero, intro-ducirían en las
Escuelas una extraña confusión, si llegase a abrazarse su proyecto. El estudio
vago y mal arreglado de los Santos Padres, reducido a leer sus obras, sin
haberse instruido antes en los principios necesarios para entenderlas bien y
para formar recto juicio de lo que quieren decir, llenaría el mundo de herejes,
o de sabios de perspectiva, bien cargada su memoria de lugares, de sentencias y
de centones en montón; pero su pobre entendimiento, más oprimido que ilustrado
con todo aquel estudio o embolismo.
Hasta aquí el docto servita.
Dr. Mera. Querido mío, éstas son expresiones propias de unos
es-colásticos preocupados, por no llamarlos ignorantes del todo, de la sabia
an-tigüedad. Va Vm. a verlo. Lo primero, haciendo memoria de lo que poco ha
dijimos del modo con que los primitivos Padres hicieron su estudio de la
teología en la Escritura y la Tradición. Los Padres, pues, con semejante es-
a Lar: un tal sabio
tudio ¿serían o herejes o sabios de perspectiva? Lo segundo, desde el
pri-mer siglo de la Iglesia hasta el duodécimo no ha faltado ni la ciencia
teoló-gica, ni el mejor método de enseñarla en las escuelas cristianas. Esto
consta de la historia eclesiástica. ¿Sería este estudio vago, y mal arreglado
por estar reducido a leer las obras de los Padres? Los que aprenden estas
cien-cias en sus fuentes, y que por lo mismo las conocen y persuaden a los
de-más a que las conozcan, ¿se llamarán poco versados (como lo dicen Ber-toli,
el Padre Beftedicti193 y el Padre Isla que es quien los cita y sigue) en este
género de estudios? Entonces el Padre Mabillon, teólogo de superior nota, que
ha dicho que los fundamentos de la teología son la historia y la tradición;
Fleury, que tanto recomienda el frecuente estudio de la Escritura santa y el
conocimiento de la antigüedad para saber la teología, y otros muchos teólogos
de primer orden que aseguran lo mismo, deben de ser, según estos dos mis
hermanos jesuítas, y el buen siervo de María, ingenios y genios superficiales.
Aún más arriba se extiende este formidable tiro. Hiere, pues, de medio a medio
a los cánones antiguos, de los cuales he ci-tado uno del cuarto Concilio
Toledano. Hiere al santo Concilio de Trento. Hiere a la Bula Apostolici
ministerii de Inocencio XIII. Hiere.. .
Dr. Murillo. Parece que Vm. ha entrado en bochorno o se ha metido en
cólera, porque ya le noto bien erudito. Mas, por vida suya, dígame: ¿hay otros
que digan lo mismo? Pregunto así, porque en verdad que los dos bonetones me
habían ya volteado y llevado consigo a pesar de lo que Vm. me predica.
Dr. Mera. Y como que hay otros muy dignos de nuestro respeto y de
nuestra deferencia. Sácolos al teatro no para hacer ostentación (Vm., mi Doctor
Murillo, aunque repute estas reflexiones por vulgares, y aun dé a entender las
tiene leídas en muchos libros, sabe también lo que me oculto de los rayos del
aplauso y de la gloria), sino para que Vm. observe contra quiénes directamente
se han escrito proposiciones tan llenas de ignorancia y de prejuicio. Vea Vm.
si los que le cito son o pueden llamarse teólogos. San Juan Crisòstomo 194 en
su dignísima obra Del Sacerdocio, libro 4?, capítulo 4° (puntualizado ahora las
citas, para dar testimonio de que en las otras sólo he querido darle a Vm. el
mérito y motivo de que, con la curiosidad de saber de dónde saco lo que le
digo, estudie mucho), produce muchas razones para probar la necesidad del
estudio de la santa Escritura, entre otras las siguientes: la primera, porque
el sacerdote debe ser apto e idó-neo para curar las varias enfermedades de las
almas, lo cual no se puede conseguir sino con el uso y ejercicio de la doctrina
evangélica; la segunda, porque el sacerdote es quien ha de reprimir los
furiosos conatos de los ju-díos, gentiles y herejes, que nos insultan con
innumerables artificios; la tercera, porque el sacerdote debe estar prontísimo
para las pláticas y el desenredo de dificultades que han de ocurrir delante del
pueblo. San Gre-gorio Nacianceno195 en lo que escribió de la Huida Orat.,
exhorta del mismo modo. San Jerónimo,196 en sus Cartas a Nepociano, dice lo
mismo.
San León Magno 197 habla de la misma suerte en la vigésima segunda dé
sus Cartas. San Agustín198 recomienda también la lección y meditación de
las santas Escrituras en la Carta a Voluciano, antes tercera, y ahora,
en la nueva corrección, la 137, como en el Tratado 3° en San Juan, añadiendo
que después de ellas se ha de gastar el tiempo en la lección de los Padres.
Pero finalmente observe Vm. este elogio que da San Jerónimo a Nepocia-no,
escribiendo a Heliodoro,199 y recomendando su erudición acerca de los antiguos.
"Nepociano (dice el Santo), decía "Aquello es de Ter-tuliano, esto de
Cipriano,200 aquesto de Lactancio,201 esotro de Hila-rio; 202 Minucio Félix 203
habló de esta manera, Victoriano 204 de esta suer-te, y Arnobio 206 de
aquella." Hasta San Jerónimo y su grande alabanza hecha a Nepociano.
Dr. Murillo. ¡Qué bonetes ni qué bonetes teatínicos! Estoy con Vm. en
que los verdaderos principios de la verdadera teología son santa Escri-tura,
Tradición, Concilios y Padres. Lo estudiaré desde hoy día todo, que antes no me
animaba, porque aquel sentención de que "el estudio vago y mal arreglado
de los Santos Padres, reducido a leer sus obras, sin haberse instruido antes en
los principios necesarios para entenderlas bien y para formar recto juicio de
lo que quieren decir, llenaría al mundo de herejes o de sabios de
perspectiva" me causó muchísimo terror de volverme hereje o sabio de
perspectiva.
Dr. Mera. Eche Vm. fuera de sí tal miedo, notando el caviloso
igno-rantismo de las proposiciones citadas. Primera: "El estudio vago y
mal arreglado de los Santos Padres". . . Alto aquí. ¿Quién (aunque el
teólo-go italiano, a quien impugnan Bertoli y Benedicto, fuese un mentecato,
fuese un fatuo), quién, digo, persuadiría a los jóvenes escolares, o a los
hombres ya provectos como Vm., el estudio vago y mal arreglado sino el estudio
constante, firme, sólido, metódico y juicioso de los Santos Padres? Así esta cláusula
llámela Vm. terror y coco de niños. Replicará tal vez Vm., con el Padre Isla,
que yo y estos genios que requieren este estudio de los Padres, introduciríamos
en las escuelas una extraña confusión, si llegase a abrazarse este proyecto.
Pregunto ¿por qué? ¿Porque lo dicen únicamente con tanta voluntariedad estos
buenos Padres? ¿Serán tan des-graciadas todas las escuelas, y tan desdichados
todos los países que no se hallen maestros que puedan practicarlo, y jóvenes de
talento que puedan llegar a ponerlo en uso? Y echando la vista hacia el cielo,
pregunto: ¿abandonará Dios en las sombras y noche de una perniciosa ignorancia
a las personas que se dedicasen santamente a seguir este proyecto? Nada menos
que todo esto. Vamos a la segunda: "Reducido a leer sus obras sin haberse
instruido antes en los principios necesarios para entenderlas bien." Es
hablar al aire, o querer que se instruyan de antemano los que han de leer las
obras de los Padres en las ideas de Platón, en los números de Pi-tágoras, en
los átomos de Epicuro, o en las cualidades ocultas de Aristóte-les. ¿Qué nos
querrá el Padre Bertoli dar a entender por principios ne-
cesarios para entenderlas bien? Sin duda pretende que esta previa
ins-trucción sea o de los universales y proemiales de la lógica y metafísica, o
de la misma escolástica descarnada, hipotética y sutil, llena de muy proli-jas
cuestiones de las que dice Cano: 206 Quae nec iuvenes portare possunt, nec
senes ferré 207 (Melch Can. De Loe. Theolog, lib. 9, cap. 7.). Parece que el
Padre Isla, según lo que va escribiendo después, quiere que esos ncesarios
principios sean los tratados especulativos que Vm. refirió haber estudiado en
Pasto, donde se ventilan argumentos no diré tan solamente inútiles, sino del
todo fútiles, y muchos de locura y fatuidad. De suerte que, si hoy viviera
Desiderio Erasmo, insigne mofador de los escolásticos cavilosos, recogería a
centenares esas cuestiones ingeniosas para agregarlas al copioso número de las
que refiere en el capítulo I, sobr la I Epístola de San Pablo a Timoteo.
Recogería, digo, Erasmo, y el mismo diría seria-mente a los Padres Bertoli,
Benedicti, Isla y a todos y cada uno de nues-
tros teólogos escolásticos:
Indecorum est theologum iocari,
208 viendo
las burlas de sus cuestiones y tratados, de cuyo método ha sido el efec-
to más sensible (son
palabras de Fleury) el haber llenado el mundo
de una infinidad de volúmenes, parte impresos y parte aún manuscritos,
que moran en quietud en las grandes bibliotecas, porque estas obras no atraen a
los lectores ni por la utilidad, ni por el agrado. Porque, ¿quién lee hoy día a
Alejandro de Hales, ni a Alberto el Grande? Por lo menos yo así lo pienso que
no los leería, porque rallan la cabeza. Y por lo que toca a querer formar a
estos libros y sus doctores por principios necesarios para la inteligencia de
los Padres, se ha engañado el dicho Padre Bertoli. La razón para mí es porque
me he ido con este genio estudiantón que tengo en los colegios y en todos los
conventos, y he preguntado así a los estu-diantes teólogos como a los Padres
Lectores, que en cuál materia de su teología se trata de los principios
necesarios para entender la Escritura y los Padres; y pardiez, pardiez que
ninguno me la ha podido señalar y les ha cogido muy de nuevo la pregunta. Mas,
me ha sucedido que de las mis-mas materias y cuestiones que habían tratado, v.
gr., en el primer año, no se acordaban los de cuarto año cuáles eran las más
bien tratadas y selectas. Conque vea Vm. si esto se podrá llamar instruirse
antes en los principios necesarios.
Pero demos que éstos sean los principios necesarios que requie-ren estos
graves teólogos escolásticos. Mas el que tomase estos princi-
pios entrará en la lectura de los Padres, tan poseído de sus baratijas
esco-lásticas, que querrá reducir la inteligencia de los Irineos, Clementes,
etc., al ergotismo; y si no tuviese el escolar teólogo un raro entendimiento
capaz de vencer todas las preocupaciones que le introdujeron sus principios,
for-mará un estudio vano, pueril, y tan peligroso como el de los arríanos, que
entre los antiguos herejes fueron los que más sutilizaron, ayudados de una
lógica cavilosa. Así, Señor Doctor Murillo, digamos con el teólogo más in-signe
que: Principiorum itaque theologiae numerus e libris sacris, atque
Apostolorum traditionibus integerrime constituitur 209 (Melch. Cano. De
Loe. Theol. lib. 12, cap. 5). Pero si deseamos otros principios sólidos,
to-mémoslos en los siguientes documentos de Fleury, que dice:
Leamos frecuentemente la Escritura santa, ligándonos al sentido literal,
el más sencillo y el más recto, ora sea por lo que mira a los dogmas, ora sea
por lo que toca a las costumbres. Cortemos todas las cuestiones preliminares de
la teología en general y de cada tratado en particular. Entremos desde luego en
el asunto, veamos cuáles textos de la Escritura nos obligan a creer la
Trinidad, la Encarnación, los otros misterios, y cómo la autoridad de la
Iglesia ha fijado el lenguaje nece-sario para explicar bien los que sobre todo
esto creemos. Contentémo-nos con saber lo que Dios ha hecho, sea que lo
conozcamos por nuestra propia experiencia o por su revelación, sin entrar en
las cuestiones tan peligrosas de si fue posible, o si fue conveniente.
Dr. Murillo. Pues yo estudié muchísimo de este hipotético, lo cual aun
lo defendíamos problemáticamente. Pero desde ahora, actos de contrición y
golpeándome los pechos, decir que me pesa de haber perdido el tiempo en
semejantes principios.
Dr. Mera. Es cierto que ellos no merecen el renombre de tales; y yo
tengo que éstas deben ser aquellas santas disposiciones de las que antes he
manifestado a Vm. algunas, citando al Nacianzeno, quien las inculca y pide tan
solamente para hablar de la teología. Yo llamaría con toda propiedad, más bien
que principios, requisitos necesarios; y Vm. debe tener presente que los que
advierte el Apóstol son sobre manera eximios, y los debe Vm. saber. Reducir el
entendimiento a sujeción y cautiverio en obsequio de la fe; no querer saber más
que lo que conviene saber. ¡Axiomas irrefragables! Porque en la humildad y en
la moderación consiste el hacer progresos en la elevadísima sabiduría de la
religión. Ahora ya se ve que para entender bien las obras de los Padres y formar
recto juicio de lo que quieren decir, es ne-cesario el aditamento de la
historia tanto eclesiástica como profana, porque, siendo que los Padres
tuvieron por objecto de sus disputas y tratados la instrucción del pueblo y la
ruina de las herejías que se suscitaban, debemos decir que los Padres trataban
únicamente de los dogmas y la moral. Para establecer los dogmas fue necesario
que los Padres, respecto de los gentiles y de los herejes, combatiesen los
errores de éstos y ridiculizasen las supers-ticiones e idolatrías de aquéllos.
Y ¿quién ignora que para manejarse de esta manera se necesita el uso y
conocimiento de la erudición profana? Así su inteligencia se hace necesaria
para entrar en la de las obras de los Pa-dres. Y todos estos conocimientos no pueden
volver a los hombres sabios de perspectiva, sino profundamente sabios.
Dr. Murillo. ¿Conque así de balde se nos había querido poner tanto
mie-do con que se llenaría todo el mundo de herejes?
Dr. Mera. Sí, Señor, de balde, y muy de balde; es preciso repetirlo cien
veces. Porque si la Escritura, Tradición y Padres volvieran herejes, crea Vm.
que los primitivos cristianos, todos o muchísimos de ellos, hubieran caído en
la herejía, porque nada otra cosa que esto o se les ponía en la mano o se les
enseñaba de viva voz. Siempre ha habido herejes, es verdad, y el Apóstol los
anuncia en el mismo nacimiento de la Iglesia, para precaver a los fieles de
Tesalónica. Lo mismo advierte cuando escribe a su discípulo Timoteo. Pero no es
razón decir que las fuentes de la verdad y fe cristia-nas, que son Escritura,
Tradición y Padres, hubiesen pervertido la de los herejes. La corrupción humana
produce estos frutos pestilentes, como lo puede Vm. mismo reflexionar haciendo
memoria de Orígenes y Tertuliano. El primero, preceptor del Taumaturgo 210 y de
otros muchos en Alejandría, erró sin término en todo lo que escribió en el
Periarcón o Principios a la teología. En ésta se formó Orígenes con su padre
Leónidas, estudiando la Escritura, pero siempre manifestó su genio curioso, y
con demasiada liber-tad, vivo en adelantar las consecuencias y en sacar de sus
quicios el sentido literal. El segundo, siendo un hombre al mismo tiempo
profundo, pío y muy doctor, se dejó arrastrar de la prevaricación. En cuyos
ejemplos debe-mos acusar, o por decir mejor, debemos lamentar las flaquezas de
nuestra naturaleza.
Dr. Murillo. Concedo consequentiam. Pero, pues no es más que estudiar
así como Vm. dice, manos a la obra, porque ya parece que no tiene que
ad-vertirme.
Dr. Mera. Hay más que advertir, y son otras circunstancias más para
aprender la teología, de las que, en los primeros siglos de la Iglesia, o no
hubo necesidad o fue muy corta la que hubo. Ahora, el transcurso de los tiempos
que hizo carcomer las obras, las irrupciones de los bárbaros que precisaron a
ocultarlas, por consiguiente los siglos de ignorancia y de tinie-blas que todo
lo trastornaron, nos han puesto en la indispensable obliga-ción de acordarnos
de ellas, y solicitar que salgan del olvido en que yacían, ya se ve, porque
eran raros los ejemplares, y porque faltaban los socorros necesarios para
entenderlas. Venimos a saber que estas obras son de Padres griegos y latinos, y
luego salta a los ojos que se hace necesaria la inteligen-cia de las lenguas.
Venimos a ver que ellas, descubiertas ya y desenterradas de entre el olvido y
el polvo, han padecido furiosos insultos de los herejes, y que éstos han
querido abatir su autoridad o se han atrevido a corromper y alterar sus
escritos añadiendo o quitando. Por lo que vea Vm. aquí la necesidad de la
crítica, para el discernimiento exquisito de lenguaje, de es-tilo de
uniformidad. Digo de crítica, pero de una crítica verdaderamente científica, y
ayudada, entre otros requisitos, de las historias de cada nación, del estudio
de la geografía, de la instrucción de la cronología y del penetra-tivo examen
de los estilos.
Dr. Murillo. ¡Ah! ¡ah! ¡ah! ¡Dos mil carcajadas, y muchas más tengo de
echarme, viendo la crítica de mis parientes y paisanos, en esto que Vm.
llama penetrativo examen de los estilos! Va de historia: el picarón,
picaro-nísimo, muy picarote, y superlativamente adornado de las mayores
picar-días (de quien al principio de esta nuestra conversación hice mención, y
dije que había tenido la maligna curiosidad de escucharnos, y la de escribirlo
todo, formando un papelón desaforado), había tenido el más peor, el más pésimo
natural del mundo, porque sin más acá, ni más allá, cata allí que como muchacho
de escuela ha hecho de tal iniquísimo papelón un volador panderote, o lo que
los mismos muchachos llaman cometa, y verdadero co-meta, que como funesta
constelación ha influido pestes y mortandades en nuestra región; y al dicho
cometa lo ha echado a volar a más y mejor. Este, pues por la debilidad del hilo
que se rompió, ha caído en manos de algunos de éstos que se dicen (abrenuncio
Satanás), furibundos críticos. Ellos me-ten la escuadra, el compás, el
astrolabio, el telescopio; forman planos, tiran líneas, apuran figuras, y más
figuras en la observación, forma y paralaje del cometa. Uno dice que gira por
círculo excéntrico; otro clama que es de poca duración en el concéntrico. Aquél
dice este cometa es rubicundo y amenaza guerras; esotro pronostica por el
semblante, que no es maligno; en fin (fuera metáforas, explicaréme). Viniendo
nuestros críticos al examen del papel se dividen en opiniones. Unos han dicho,
por el estilo, es fulano; otros de la misma manera, por el estilo, es citano.
Lo peor es que mutua-mente se culpan, y se hacen autores del dicho escrito, porque
(aseguran), se conocen en el trato, giro de palabras y noticia de autores.
Esto, Señor mío, es lo que ha pasado con los dichos señores críticos. Pregunto
ahora, ¿será bien fiar en esta crítica, aunque sea científica, si estos
hombronazos de Quito, y los mayores, se dan de calabazadas, y andan a tientas
con la suya tan fina, ducha y experta? Nada, nada menos; y cierto que por el
estilo de Vm. nadie me lo ha de conocer, y ha de andar la crítica de todos mis
condiscípulos y parientes, zozobrante y a tente bonete.
Dr. Mera. No es cosa de echar por el atajo, diciendo que sus críticos de
Vm. no saben lo que es crítica, pues discurren tan a bulto sobre débiles y
falibles principios, poseídos de preocupaciones y de particulares intereses,
llenos de las pasiones de querer ser los únicos sabios y depositarios de
le-tras, y de censurar con mordacidad todo lo que no sale de sus plumas. Digo
que no es cosa de echar por el atajo negando a sus parientes el renombre de
críticos, sino que antes bien es menester, disculpándolos, tenerlos por
profesores de crítica. Ellos censuran no por censurar, sino que censuran por
aventajarse en las ciencias, para allanar las dificultades, vencerlas y poner
el camino fácil y trillado a la secuela de los estudios. Esta propiedad es la
de un verdadero crítico; a lo menos yo, de este modo apetezco el serlo. Mas,
ellos mismos, en sus averiguaciones y juicios, hacen uso del argumento
negativo. También esta cualidad es propia de un crítico, que debe refutar las
fábulas y cuentos que forjan los impostores a su antojo para seducirnos. La
lástima ha sido que sus parientes de Vm. apuraron con demasiada indis-
creción este medio, y abusaron de él miserablemente. Esta advertencia es
de suma importancia para Vm. y para cualquiera teólogo que desee entrar en la
lectura de los Padres; y a ella es necesario añadir muy oportunamente que hay
dos suertes de argumentos negativos. Unos son puramente negati-vos, y otros
tienen algo de real y positivo. Argumento del todo negativo es éste: Monsieur
Frezier, que cita el autor de tal obra, no lo tiene sino solamente el Doctor
fulano: luego al Doctor fulano es el verdadero autor de dicha obra. Argumento
mixto de negativo y positivo es éste: ningún in-dividuo en Quito tiene tales y
tales libros que se citan, v. g., en el Desper-tador de los quiteños; y sólo el
Doctor citano los disfruta y tiene aptitud para formar esta tal obra: luego,
ningún otro que él la ha formado. Lo que hay de negativo en este argumento es
que ninguno en esta ciudad tiene los libros citados. Lo positivo es que el
Doctor citano ha dado a conocer a los literatos que teniendo tales libros para
hacer obra, aun tiene sobrado talento y aptitud para formarla. He dicho que el
crítico debe hacer uso del argumento negativo. Pero Vm. por experiencia ve cuán
fácil es engañarse y hacer un falso razonamiento, especialmente con la primera
suerte. Véalo Vm.: a Monsieur ninguno le tiene fuera de Mimócrates. Para no
padecer engaño era preciso habersea andado por todas las bibliotecas, por todos
los estudios, y aun por todos los desvanes de los aficionados a letras en toda
la ciudad. Es necesario aún más, tener seguridad de que, aun no obstante que es
único el ejemplar de Frezier, y que lo posee con cauteloso misterio sólo
Tisfernes, ningún otro ha tenido la oportunidad de leerle siquiera por algu-nos
momentos. Pero aquí entramos en abismo más profundo; porque si se supone que alguno
logró leerle así por pocos instantes, es preciso andar midiendo con un compás
exactísimo de juicio, las capacidades y extensiones de memoria de todos los
quiteños, a lo menos de los literatos. Y ¿habrá quien, haciéndose muchísima
merced a su facultad memorativa, quiera dar a la ajena mayor extensión y
capacidad? Esto es difícil, y éste es un escollo para la verdadera crítica. Vm.
ve que sus críticos se han estrellado infeliz-mente en él, haciendo más caso
del que debieran del argumento puramente negativo. Vamos al mixto. En éste,
también han razonado con increíble desatino los parientes de Vm., porque lo
positivo que parece que hay en él, está fundado sobre sus falibles conjeturas;
v. g., Astiages ha sido siempre aficionado a censurar estos mismos puntos que
se tocan en este papel; él sólo tiene un talento ventajoso e inclinado a la
sátira; a él se le han visto piezas de mérito dictadas con la mayor velocidad y
acierto; él no perdona función alguna literaria; él ha formado muchos
apuntamientos propios para que sirvan de memoria para tratar cualquier asunto.
A éste sólo notamos aplicado enteramente a la lectura, etc. Todo esto es muy
expuesto a en-gaño, no digo en una ciudad bien poblada como Quito, pero en la
aldea más desierta y reducida.
a Lar: haber
Dr. Murillo. Y por lo propio digo yo que no será mucha prudencia, an-tes
será necesidad, fiarse en la señora crítica, que parece muy ingrata, aun con
los que más la quieren y galantean.
Dr. Mera. Oiga Vm. Esta ciencia conjetural, que enseña a juzgar bien de
ciertos hechos, y particularmente de los autores y de sus obras, la cual se
apellida crítica, es muy necesaria para acertar con la verdad y no
confun-dirla, perdiéndola de vista entre el error y la mentira. Así un hecho
tan des-preciable como no acertar con el autor de este papel después de muchas
pesquisas, y después de decir cada uno de los críticos que conocía el estilo
como peculiar de Tisafernes o de Astiages, fue un hecho digno de risa, y su
ridiculez dependió de no haber acertado con las reglas de dicha ciencia
conjetural. Para conocer a un autor por el estilo, es menester que haya dado a
luz algunas obras a su propio nombre. Entonces, haciendo el examen so-bre la
uniformidad, podría conocérsele por el estilo, aunque sacara a luz con nombre
supuesto alguna obrilla. Pero, si aun el conocer a los autores por la
uniformidad o discordancia del estilo no es cosa muy fácil, como piensan
algunos y luego lo veremos, ¡cuán difícil será discernirlos tan sola-mente por
la apariencia de similitud que hay entre lo que habla un indi-viduo a quien se
le atribuye la obra! Por esto también son disculpables los críticos de Vm. en
el engaño de su juicio, al favor del de dos muy célebres y doctísimos críticos,
Erasmo y Monsieur Rigault. 211 El primero asegura que el libro de Tertuliano,
De poenitentia, no era suyo por la variedad de estilo, que le parecía muy
clara. El segundo defiende lo contrario, aseguran-do que cualquiera, por poco
versado que esté en la lectura de este afri-cano, no puede dejar de convercerse
de la uniformidad del estilo de la tal obra con las demás suyas. Vaya otro
ejemplo con otros dos insignes genios, esto es, Orígenes y Julio Africano. 212
Este, acerca de la historia de Susana, ha pretendido que sea supuesta y nada
conforme con el estilo de Daniel en su profecía. Aquél, al contrario, asevera
que no se diversifica en lo más mínimo y que es uniforme con el estilo de la
profecía.
Dr. Murillo. Pues entonces les doy mil lástimas, mil compasiones a mis
pobres parientes críticos. ¿Por qué me he de enojar con ellos, aunque se hayan
atrevido temerariamente a adivinar y a sentenciar ex cathedra? Pero este género
de estudios teológicos va, según mis cuentas, muy a la larga y me da otro
terrible miedo de desmayar en el trabajo con tantos libros. Por eso tuve alguna
tentación (yo lo confieso), de creer al Padre Isla esto que dice, y voy a
repetir: "Bueno es que hasta aquí estábamos todos en la persuasión de que
para equipar a un estudiante teólogo, no era menester más que proveerle de un
Vade, que no pasase de catorce cuartos, de un plu-mero que se arma en un abrir
y cerrar de ojos, con un par de naipes, de una redoma de tinta, de media docena
de plumas, de la cuarta parte de una resma de papel, sus opalandas raídas, y
adiós, amigo."
Dr. Mera. Para seguir de cumplimiento la carrera de la teología, y a ser
en el nombre teólogo, eso basta. Pero para serlo de verdad, falta todo lo que
hemos apuntado. Convengo (diré con Fleury), en que "ésta es una larga y
trabajosa tarea; pero es necesaria para asegurarse de la verdad de los he-chos,
la que nunca se hallará por sólo el razonamiento; y con todo, de estos hechos
depende las más veces la conducta de la vida." En los tiempos an-tiguos no
se hubo menester recurrir a éstas, que con razón podían llamarse humanidades; y
así fue que hizo esta advertencia previa San Agustín a Pro-culeyano, Obispo de
Hipona, aunque hereje donatista, cuando se refirió a Samsucio, Obispo de
Turres, sabio teólogo, pero ignorante en las que se llamaban entonces ciencias
extrañas. Oiga Vm. aquí las palabras de este Padre: "Si es por lo que
pertenece a las letras humanas, ellas nada tienen de común con nuestra disputa.
En fin, tenemos aquí a mi colega Samsucio, que no las ha estudiado, rogaréle
que haga mis veces, y confío que el Señor le ayudará combatiendo por la
verdad."
Dr. Murillo. Chorreando leche está mi corazón al ver que con estos
do-cumentos he de salir teólogo de primera clase. Pues, no lo ha de haber como
yo por muchos años en Quito, apostaré cuanto quiera, ni quién como yo estudié
tan bien el dogma, aunque en Quito no haya herejes.
Dr. Mera. Líbrenos Dios de tenerlos. Pero igualmente pidámosle que nos
libre de la ignorancia, que es fecunda madre de monstruosos errores. Poseamos
la verdadera teología, porque en Quito, ciudad exenta de toda novedad
peligrosa, en una palabra, ciudad piísima por misericordia divina, hay ya
cierto lenguaje libertino sobre ciertos asuntos. Hay cierta carta del General
de los agustinos, el Padre Vázquez, escrita al Padre Mejía213 acer-ca del culto
del Sagrado Corazón de Jesús, y hiede que apesta. Hay cierta patente del pasado
General de la Merced antievangélica. Hay ciertos libri-tos de Voltaire y de
otros impíos, que genios indiscretos o poco religiosos, los han traído de
España. Por lo que, amigo, éste es el tiempo de estudiar las virtudes y la
teología; éste es el tiempo de ser santos y científicos, por-que bondad y
doctrina se oponen a la nimia relajación de costumbres y pensamientos que hoy
reina, y al espíritu de fortaleza y de error filosófico que tenemos.
Dr. Murillo. Unos cerotes me tomo yo en lo que leo, y otros mayores de
espanto me dé Vm. en lo que dice, que no sé dónde meterme de miedo. Lo que me
aflige y siento, es que ahora en nuestro pobre Quito, según lo que se ha dicho,
no hay teología ni teólogo. Y ¡vea Vm. en qué tiempo!
Dr. Mera. Es juicio arriesgado el de Vm. ¡De dónde sabemos los raros
talentos quiteños, que a sus solas se habrán formado en la verdadera teolo-gía,
y sean hoy muy excelentes teólogos? Es de cuenta de Dios el que los haya} y
creeré que en los claustros de las Ordenes regulares no falten. Al-guno conozco
yo en cierta Comunidad, (no quiero decírselo, porque Vm., a título de claro, lo
expondrá a los tiros de la envidia, descubriéndole con
a Lar: omitido: y ser en
el nombre teólogo,
aplausos si yo se lo manifiesto). Vm. sepa que hoy se han tomado algunas
buenas medidas para mejorar el método del estudio teológico y reducirlo a su
antiguo primitivo esplendor. En Europa está ya muy adelantado el proyecto; y
aquí vemos que los dominicos tienen precepto de su General Boxadors 214 de
saber la letra de Santo Tomás y de nadir las lecciones de los Lugares
teológicos del doctísimo Melchor Cano, por un catedrático peculiar. Lo cual es
algo para tomar el gusto de la verdadera teología. Los agustinos han tomado
para estudiar de su doctísimo Juan Lorenzo Berti,215 las Disciplinas
teológicas; y en verdad que el Padre Vázquez, su General, no podía haber
mandado cosa mejor, cuando mandó que se siguiese a un teólogo tan
sobresaliente, donde ven la Escritura, Tradición, Padres y eru-dición sagrada y
profana con una fineza singular de crítica y de sabiduría. El Padre Buzi, su
compendiador, aunque bien docto, por hacer útil y aco-modada a la juventud la
obra de Berti, la ha desfigurado muchísimo, y más con su método y estilo
escolástico.
Dr. Murillo. Pues por lo que mira a los dominicos, por cinco razones no
creo que hayan entrado en el nuevo método. La primera, porque no lo tienen
siquiera en salir a decir misa y en hacer sus funciones. Tocan a misa o repican
a una novena, que son las señales para que se junten los fieles, ya cuando el
celebrante está en el Lavabo o en el Te igitur. 216 La segunda, porque no sé ni
veo catedrático de Melchor Cano; será demasiada pobreza de sujetos, o no
tendrán la obra De locis theologicis. La tercera, porque veo a algunos de
ellos, y aun Padres Lectores, andarse con la cerita, la estola y el manojito
dentro de la manga, echando conjuros contra los hechizos o maleficios, que se
pelan. Débeles de tener alguna cuenta por línea de afini-dad o consanguinidad con
el caballero Don Simón, porque es grande el em-peño con que fomentan la
superstición de los que se dicen hechizados, ha-ciéndoles creer que se han de
sanar precisamente con conjuros de Padre do-minico, y no de otro, aunque sea
belermo. A fe que esto no enseña la sana teología, por más que digan estos
Padres, ya cogidos, que no hacen más que una visita de enfermos, según el
Ritual o Manual. La cuarta, porque me parece no haber un átomo de teología,
cuando se desobedece frescamen-te a una Bula Pontificia. Yo lo he visto: manda
el Papa que en la fiesta de la Concepción todo el mundo de eclesiásticos rece
de la Virgen, según el oficio franciscano; y mis Padres, con la fútil excusa de
que no se acomoda a sus ritos el tal oficio, rezan de la Virgen, pero no en el
misterio de la Con-cepción. ¡Esta es linda teología con sanidad de corazón! La
quinta y última, porque a mí se me ha antojado pensarlo así, y por otras
razones que acá reservo in pectore, para luego que me dé la gana declararlas
Cardenales y abrirlas con toda solemnidad la boca.
Dr. Mera. Agraciadísimas especies se le ocurren a Vm., mi Doctor. Pero
sobre lo que Vm. ha visto y observado, (si acaso no padeció engaño su
observación), ¿qué le puedo decir, sino que es de llorar el infeliz estado de
nuestra literatura, sino que causa dolor?...
Dr. Murillo. Antes de pasar a estos lamentos, dígame Vm. algo de San
Francisco; dígame bajo el pacto que yo le diré muchísimo, en poquitas
pa-labras, del estado de la Merced.
Dr. Mera. Poco o nada sé yo de esto, pero (entrando desde luego en el
convento), debo decir que a los Padres franciscanos no les han faltado jefes de
partido de primera magnitud, quienes han seguido a San Buenaventu-ra, 217
Alejandro de Hales, Escoto, 218 etc. Mas todo esto no es del caso, por-que
habiendo antes repelido con mucha vehemencia a estos escolásticos re-finados,
nos quedaríamos en la misma dificultad. Y no es así, porque hallo aquí la
insigne obra de su Padre Boucat, * teólogo francés eximio, que ha escrito en el
mayor y más claro método su teología. El la intitula escolástico-dogmática.
Véala Vm. aquí prontamente entre estos libros. Propone el tra-tado; luego los
fundamentos tomados en la santa Escritura; luego las prue-bas de la Tradición y
de los Padres antiguos; síguense las razones especu-lativas; luego las herejías
y herejes que dicen lo contrario. Desvanece con solidez sus objeciones; y al
fin del tratado (vea Vm.), cata allí un sucinto compendio de lo que hace de
prueba, y lo que de argumento en contra. Boucat 219 es, sin duda, y sin
comparación, mejor que el alemán Cresencio Krísper, 220 que está metido en su
escolástica, a la verdad bien aguda y sutil. Bien es verdad que a Boucat le
falta, a mi juicio, cierto punto de mejorada crítica en varias opiniones que
adopta. En lo demás es muy excelente y debo juzgar que a éste estudian y siguen
los franciscanos. ¡Vamos, ahora cúmplame Vm. el tratado, diciéndome lo que sabe
de la Merced!
Dr. Murillo. De breve a breve. Allá va. En la Merced andan reventando
con el doble precepto del Rey y del General de que se estudie por sus
es-tudiantes teólogos a Santo Tomás. Durísimo se les ha hecho y hace,
despren-derse de la escuela jesuítica. Por lo que en la Merced permanecen aún
los Peynados,221 Ulloas, Marines, Campoverdes; y más que éstos las materias
manuscritas de los cursos teológicos que escribieron aquí los jesuítas. Esa es
toda su teología, y santas Pascuas.
Dr. Mera. En verdad que ignoro qué autor de crédito tengan los
merce-darios a quien puedan seguir. Un escolástico he visto español, por cierto
que es de Zaragoza, el Maestro Fr. Juan Prudencio, que a excepción de la
novedad escolástica con que discurre en asunto de ciencia media, en lo de-más
es parecido totalmente a Campoverde y otros semejantes teólogos de zancadillas.
Dr. Murillo. ¿No lo digo? Créame a mí y quítese de ruidos. Todo esto
está fatal, y para saberlo mejor y de raíz, me ha ocurrido una fuerte
tenta-ción diabólica, y, pardiez, pardiez, confieso que habiendo dicho,
consiento, quiero ponerlo en práctica.
El Padre Boucat, es mínimo o
de los de San Francisco de Paula y no es fran-
ciscano, como aquí se supone. Lo confiesa y declara a sus lectores el
autor que lo es de Luciano, Dr. de Cía.
Dr. Mera. Comuníquemelo Vm., por vida suya, a ver si le ayudo con tal
cual advertencia a vencerla.
Dr. Murillo. Ya he consentido y no quiero vencerla; pero desde luego se
la comunico a Vm. Mañana de madrugadita me voy de convento en con-vento, y de
colegio en colegio, y me la tomo con cualquiera teólogo, aunque sea de cuarto
año, aunque sea Padre Lector, aunque sea catedrático actual, aunque esté
dictando en este mismo punto o la letra de Santo Tomás, o la de Melchor Cano, y
le digo: Doctorísimo Señor mío, o mi Reverendísimo Padre, esta cuestión que en
la actualidad o estudia, o escribe, o dicta ¿en qué lugares de Escritura se
funda? ¿cuál es la tradición que nos obliga a creerla? ¿qué Padres son los que
la defienden y comprueban? ¿qué ha sen-tado sobre ella la Iglesia en sus
decisiones y Concilios? ¿qué herejías se les han opuesto y combatido? ¿quiénes
han sido, y en qué tiempo? Mañana, mañana, Señor mío, que quiero ver por mis
oídos la ciencia de estos caba-lleros y de estos reverendos.
Dr. Mera. Dejea Vm. de esos pensamientos a la verdad desatinados, y note
que sola la noticia de lo que debemos aprender nos debe abatir el or-gullo y
provocar nuestra confusión. Pero aún debe Vm. tener presente que sería este
hecho una ostentación vana y pueril de lo que todavía estamos por saber. En
fin, sería éste un efecto lamentable de propia estimación y de luciferino
orgullo. Acuérdese Vm., para calmar sus fervores, de este breve rasgo de
historia que le voy a referir. Poco después de haberse convertido Agustino,
quiso retirarse al campo con algunos amigos. Retirado aquí, ha-cía de maestro
con dos jóvenes llamados Licencio y Trigecio, a quienes ha-bía ordenado que
todo lo que se tratase en sus conferencias fuese escrito desde luego. Cada uno
de ellos defendía su opinión y respondía a las difi-cultades que se le
proponía. Trigecio, pues, un día respondió con muy poca exactitud, por lo que
deseó vivamente que no fuese escrita la respuesta. Li-cencio entonces se empeñó
mucho en que se escribiese, siguiendo, a la ver-dad, la costumbre de los
muchachos, o por decir mejor, la de casi todos los hombres, como que entre
ellos fuesen tratadas las cuestiones por el motivo de la vanagloria. Viendo
Agustino la confusión de Trigecio, y por otra parte la venenosa complacencia
que de ella tomaba secretamente Licencio, penetra-do de un profundo
sentimiento, por corregir y reprender a éste, dirigió a ambos sus dolorosas
expresiones de esta suerte. ¿Es así como os portáis vosotros? ¿es por ventura
éste el amor de la verdad con que ambos esta-bais, pocos instantes ha, según yo
me lisonjeaba, mutuamente enlazados? ¿no sentís sobre vosotros el gravamen de
vuestras culpas y de vuestra igno-rancia? . . . ¡Ah! Si llegaseis a ver aunque
fuese con ojos tan débiles, como los míos, cuán insensata es vuestra risa,
presto la convertiríais en llanto.. . Queridos hijos b míos (prosiguió
Agustino), os ruego que no aumentéis mis miserias, que por sí mismas son ya muy
graves. Si juzgáis cuánto os respeto
a Lar: déjese
b Lar: omitido: hijos
y os amo, cuán apreciable me es vuestra salvación; si os persuadís que
nada quiero para mí, que no lo apetezca ventajosamente para vosotros; en fin,
si llamándome como me llamáis vuestro maestro, creéis deberme alguna pa-ga y
correspondencia de amor y de ternura, toda la recompensa que os pido, todo el
reconocimiento que os demando, es que seáis hombres de bien y virtuosos. Boni
estofe. Y al decir esto, llenos sus ojos de lágrimas, las ver-tieron
copiosamente, dejando de esta manera confuso y arrepentido a Li-cencio. Vm.
verá que la verdadera doctrina que esperamos adquirir nos enseñará, igualmente
que a moderar los tumultuarios ímpetus de las pasio-nes, a corregir nuestras
costumbres. Así podemos decir que practicamos la ciencia de la teología moral.
De ella hablaremos otro día, mi querido Doctor Murillo. Hasta mañana, adiós.
CONVERSACION OCTAVAa
Teología moral jesuítica
Dr. Murillo. Llego gustoso a darle a Vm., después de las buenas tardes,
una b buena noticia.
Dr. Mera. Si viene Vm. con novedad útil se le agradecerá, y perdonarác
la culpa de no haber parecido Vm. dos d días enteros.
Dr. Murillo. Pero parae esto hallo muy poderosas disculpas. Jueves
Santo, día de altísimos misterios;f Viernes Santo lo mismo, a que se añadió no
podernos ver ni en la noche, por su famosa procesión. Acabado 9 esto, vengo hoy
sábado de tarde, para que volvamos a nuestros acostumbrados paseos y
conversaciones, Pero h gracias a Dios (y ésta es la apreciable no-ticia que
venía a darle) que salimos de Cuaresma, y mañana comeremos de carne.
Dr. Mera. Noticia desapacible ' por el motivo que Vm. manifiesta en su
alegría. ¿Es posible que ha de dar Vm. gracias a Dios de que se haya
Lar: Al principio de la
Conversación Octava, hay un comentario del autor, añadido al fondo de la
primera página de esta conversación, en que declara: "En el original esta
conversación es la nona; pero se han tenido algunas razones para suprimir la que
trata de la teología moral jesuítica, que en el mismo era la octava. Ahora se
hallará como nona detrás de las Notas."
Lar: una noticia buena
Lar: se le perdonará la culpa
Lar: en dos días
e Lar: para ella hallo poderosas
Lar: misterios; y de la comisión de precepto.
Viernes santo, día de lágrimas,
a que
9 Lar: Acabado todo esto,
Lar: Gracias a Dios (y ésta
es la apreciable noticia) que salimos de Cuaresma, y mañana comeremos de carne
y nos divertiremos,
Lar: despreciable; motivo y fin que Vm.
acabado un tiempo en que la Iglesia designa estos días de salud, para la
penitencia del corazón, maceración de la carne, y memoria de los misterios más
sagrados de nuestra Redención? Todo el tiempo debe ser santo, por-que debemos
siempre santificar los días con nuestra vida; pero éste lo es con especialidad,
porque se destinó para la conversación seria y para el ejercicio de las
virtudes.
Dr. Murillo. No lo decía por tanto, ni para que Vm. me espete hoy un
sermón entero a después que he oído tantos en toda la Cuaresma. Decíalo
únicamente porque el ayuno, aunque sea con el adminículo del chocolate, ya
fatiga, y porque en tiempo pascual podemos asistir a una contradanza sin
escandalizar a nadie.
Dr. Mera. Pues vea Vm. allí que en lo que ha dicho, cuando no me haya
escandalizado, cuanto b es de su parte, me ha dado motivos de escándalo.
Dr. Murillo. No sé por qué; ni Vm. es tan niño que incurra en aquel
escándalo que llaman los moralistas pusillorum. 222
Dr. Mera. Pues sépalo de contado. Es lo primero, porque al salir de
Cuaresma no creí que se llegase a Vm. el tiempo de sacudir el espíritu de
recogimiento, de oración y de perseverancia, sino que permaneciendo en él
aborreciese c Vm. esa mezcla sacrilega que hacen los mundanos de altar y de
estrado, de concurrencias peligrosas y de sacramentos, de vida relajada y
regalona con frecuencia de los divinos misterios. Lo segundo porque me hace ver
que en el tiempo cuaresmal no habiendo ayunado, se queja con demasiada
delicadeza de que fatiga el ayuno.
Dr. Murillo. Niego lo primero y mucho más lo segundo, porque antes he
dicho que el ayunar en la Cuaresma me ha dado fatiga, no obstante que he
ayunado con chocolate.
Dr. Mera. Muy bien, aquí lo tengo cogido. d Vm. ha juzgado que ha
cumplido con el precepto del ayuno después de saciar el vientre con un pasto
nobilísimo y nutrituvo, cual es el chocolate.
Dr. Murillo. Espantado estoy de que hable Vm. así, habiendo sido de la
Compañía jesuítica, a donde se tenía tanta afición e a esta generosa bebida, y
a donde se autorizó por todos sus doctísimos individuos, moralistas los mayores
del mundo entero su uso, con el aditamento de hacerlo lícito toties quoties.
223
Dr. Mera. Eso mismo de haber sido jesuíta me ha dado el conocimiento de
la moral jesuítica, y hoy es saludable desengaño de que fue y es la más
relajada, y por lo mismo peligrosa para la salvación. Huyo de acomodarme con
ella, conociéndola que es acomodaticia.
a
b
c
d
6
Lar: entero ya que había oído
Lar: omitido: cuanto es de su
parte,
Lar: aborreciese esa mezcla que
hacen sacrilega los mundanos
Lar: cogido, porque ha juzgado
Lar: afición al chocolate, y a
donde
Dr. Murillo. Tate, tate, que éste es muy poco lenguaje dentro de la
esfera del idioma de mi moral. Vm.a sí, es el gran secuaz de la última mo-da, y
sin duda es soldado desertor de esta Compañía, pues se ha pasado a alistar bajo
las banderas del capitán Concina.
Dr. Mera. La verdad es que observando las monstruosas opiniones de mis
hermanos, he mudado de casaca.
Dr. Murillo. Confieso que es Vm. el primero a quien veo desamparar la
doctrina que aprendió en su escuela. Todos los demás b a quienes llaman
expulsos de la Compañía, los he conocido férreos en defender sus opiniones
jesuíticas. Vm. debec de ser antes que dócil, muy inconstante.
Dr. Mera. No led merece mi ingenuidad este concepto ni tratamien-to;6
Señor Doctor. El deseo que tengo de asegurar en las doctrinas más sanas mi
salvación no se debe atribuir a inestabilidad.f Y si Vm. hace me-moria de los
tratados morales que estudió en los cuatro años de su teología, no dudo quedará
asombrado del horror de sus opiniones.
Dr. Murillo. En verdad que después de las luces que Vm. me ha
comu-nicado en las anteriores conversaciones, sólo puedo acordarme y discernir
que en esos tratados teníamos muchas de esas cuestiones sutiles y reducidas con
mucha viveza e ingeniosidad a la disputa del aula: v.g., (cosa muy 9 parecida a
lo h que Vm. refería en la narración de la materia de Peccatis), en la materia
de Conscientia empezábamos con la variedad de dictámenes entre los autores, y
disputábamos si la conciencia era alguna cosa que per-tenecía a la voluntad,
que es la opinión de Enríquez; 224 y como Enríquez fue en mi mocedad autor de
fama, examinábamos los diversos pareceres de los Doctores, acerca de la
explicación que daban a la sentencia del' tal Enríquez; porque unos decían que
él entendía por esta pertenencia a la voluntad, la inclinación misma y peso de
la voluntad a un bien particular, según el dictamen de la razón. Dice Escoto. .
.
Dr. Mera. Mi amado Doctor, hágame Vm. el gusto de parar aquí, porque de
lo contrario volveremos a la cansada taravilla de cierta conversación que'
tuvimos. Ya entiendo lo que Vm. quiere decir. Y sin duda éste era el método con
que en nuestra Compañía tratábamos estas materias morales, que se dictaban en
el aula.
Lar: Vm. sin duda es soldado
desertor de esta Compañía, y se ha pasado a alistar bajo las banderas de
Concina.
Lar: demás que llaman
Lar: debe ser
Lar: omitido: le
Lar: ese tratamiento
Lar: instabilidad, e inconstancia,
s Lar: omitido: muy
Lar: lo que a Vm.
Lar: de Enríquez
i Lar: omitido: que tuvimos
Dr. Murillo. Pues si es ése mismo, déjeme que lo repita, o dígame a Vm.
como que lo sabe y observó muy intuitivamente. Porque a b la verdad, no hago
memoria de esas opiniones monstruosas con que Vm. a cada rato me eriza el pelo.
Dr. Mera. Supuesto lo dicho del escolasticismo vano y ridículo de los
tratados del aula,c digo que a éstos los teníamos nosotros mismos por buenos
para la especulativa y disputa, y con este motivo defendíamos los mayores
monstruos del mundo ayudados de la cavilosa distioncioncilla:
Assequibilis sen defensabílis speculative; non vero reduciblis ad praxim
in muñere conffesarii exercendo. 225 Pero para habilitarnos para el
confesio-nario y asistir allá en nuestros d actos interiores a donde era Padre
Maestro, por mejor decir, sustentante el Padre resolutor de casos, ocurríamos,
según el genio y la inclinación, a Busembaum, a Lacroix 226 (éste era el Santo
Pa-dre de la moral), a Tamburino, Azor, al famosísimo Amadeo Guimenio, o
verdadero Padre Moya; y aunque éste estaba prohibido muy rigurosamente por la
Bula de Inocencio X I , e con todo eso le teníamos oculto, y nos va-líamos de
él sin citarle, porque estimábamos en él una bella y apreciable joya de moral.
Dr. Murillo. No me lo diga Vm. que esté prohibido estef Padre a quien
ahora en la expulsión de los Padres jesuítas lo acabe de comprar y me pa-reció
el tener non plus ultra de la teología moral, especialmente sabiendo que el
libro venía de la Compañía, como me lo aseguró el vendedor.
Dr. Mera. Pues entregarlo al Inquisidor cuanto antes. A otro que lo
hacía vender y lo había habido también de la Compañía, le hice esta misma
advertencia, con la amenaza de denunciarle a la Inquisición, si no lo
eje-cutaba.
Dr. Murillo. Pues yo voy a la hora, aunque me duele perder tanta
mul-titud de opiniones en pro y en contra, que es mucho consuelo.
Dr. Mera. ¡Desventurado y pernicioso escepticismo moral por cierto! Es
lo que ha perdido el mundo. Pero del mismo calibre del 9 Padre Moya, más o
menos, son los que le he nombrado, y aun más fino que todos, nues-tro Padre
Escobar, 227 que debió llamarse el héroe de la moral y el benemé-rito de
nuestra Compañía.
Dr. Murillo. ¿Quién es este Escobar? ¿Es acaso el Cura de h Zámbiza, mi
Señor Doctor Don Sancho y nuestro Predicador que nos ha dado mate-ria y motivo
para hablar tanto sin escupir, o es Don Claudio de Escobar, Doctor de Ambato?
a Lar: dígamelo
b Lar: omitido: a la verdad
c Lar: aula, teníamos a éstos nosotros
d Lar: nuestros interiores actos
e Lar: Inocencio XI, le teníamos oculto, y sin
citarle como una bella joya.
f Lar: este Padre que ahora en la expulsión de los jesuítas lo acabé
de comprar,
me parecía el tener non plus ultra de la teología moral, y mucho más
sabiendo s Lar: omitido: del Padre Moya, más o menos,
h Lar: de Zámbiza nuestro Predicador o de Ambato?
Dr. Mera. Ninguno a de éstos. Escobar, autor moralista, es un jesuita
que escribió en el siglo pasado una Teología moral sacada de veinticuatro de
nuestros Padres, y por eso hace en el Prefacio una alegoría de este libro con
el del Apocalipsis, que estaba sellado con siete sellos, b añadiendo que
Je-sucristo le ofrece de esta suerte sellado a los cuatro animales, Suárez,
Váz-quez, Molina y Valencia, 228 en presencia de veinticuatro jesuítas que
re-presentan los veinticuatro ancianos. La alegoría es más prolija para dar a
conocer la excelencia de la obra; y lo que no tiene duda es, que el Padre
Antonio de Escobar en sus seis tomos dec la Teología moral trae (vea Vm. aquí,
mi Doctor Murillo) primeramente las opiniones comunes o ciertas, y después
expone las problemáticas. Es dice, d con los doce ancianos: no es, con los
otros doce, y así en todo lo demás. Vaya Vm. viendo de carrera conforme voy
deshojando. Aquí dice: sufficit et non sufficit. Más allá: potest et non
potest.
Dr. Murillo. Válgame Dios, ¡qué prodigio! Este autor es mucho hombre,
¿qué e digo? es un ángel. Voltee, voltee Vm. más y f más. ¡Ah, buena co-sa!
Excusat et non excusat. Acá, inferí et non inferí.
Dr. Mera. Ya que ha ojeado Vm. su método de resolver en general, vea Vm.
ahora en particular alguna cosa. ¿Qué quiere ver que le acomode?
Dr. Murillo. Quiero ver que no estoy obligado al ayuno, porque me
fatiga.
Dr. Mera. Pues vamos al tratado primero, Ex. 13, núm. 67.
Dr. Murillo. No, 9 Señor, no era para tanto: fue bufonada la mía. h Pues
¿cómo me ha de desobligar del ayuno el Padre Escobar, ni juntos to-dos los
Escobares abogados con todos sus libros?
Dr. Mera. Aguárdese Vm. un poco y dígame: ¿duerme Vm. mal cuando ayuna?
Dr. Murillo. Ya se ve que no paso muy buena noche cuando no ceno.
Dr. Mera. Pues acabósele a Vm. el ayuno. Vea' Vm. la resolución; Dormiré
quis nequit, nisi sumpta vesperi cena; teneturne ieiunare? Mini-me 229 ¿Está
Vm. contento?
Dr. Murillo. No quedo contento,' ni muy satisfecho, porque puedo ayunar
en ese caso, haciendo colación al medio día y cenando por la noche.
Dr. Mera. Dígole a Vm. la verdad, que mejor guarda las k leyes de Dios y
1 de la Iglesia un hombre idiota que no abre libros, que el ignorante
a Lar: Ninguno de ésos. Es un autor de nuestra Compañía que escribió
b Lar: sellos, y dice que
c Lar: de su Teología
d Lar: omitido: dice
e Lar: omitido: ¿qué digo?
f Lar: omitido: y más. ¡Ah!,
9 Lar: omitido: No Señor,
h Lar: omitido: la mía
Lar: Véalo Vm.: Dormiré
Lar: omitido: contento, ni muy
k
I
Lar:
Lar:
la ley
omitido: y de la Iglesia
que lee a los causuistas. A a Vm. le parecía que debía obrar así,
favoreciendo al precepto del ayuno, porque así le dictaba la conciencia; pues
al famoso Escobar no le pareció del mismo modo, y si no, lea Vm. b aquí más
abajo.
Dr. Murillo. Dice: Si sufficit mane collatiunculam sumere et vesperi
coenare, teneturne ad id? 230 Estamos en la pregunta del caso. Veamos la
respuesta. Dice: Non teñetur; quia nemo tenetur pervertere ordinem
refec-tionum. 231 Ita Filiucius. 232 ¡Jesús! ¡Jesús! ¿Qué ángel es éste? Quis
est hic qui etiam peccata dimittit? ¿Quién es éste que hasta los pecados
per-dona?
Dr. Mera. ¿Qué demonio es éste? debía Vm. preguntar: porque éste y sus
semejantes son peores que los mismos demonios, corruptores autoriza-dos de la
moral cristiana, destructores de la Ley y del Evangelio. Los demo-nios
persuaden el mal con bondad aparente; éstos persuadenc el mal ha-ciéndoles
verdadero bien d esto es bien meritorio.
Dr. Murillo. ¡Ea, por Dios, Señor Doctor! ¡Ni tanto, ni tan poco! Vm.
parece que se burla; porque el acto intrínsecamente malo, no puede delante de
Dios, que halla manchas y defectos aun en las mismas obras buenas, ha-cerse
bueno ni meritorio.
Dr. Mera. Pues no lo digo de mi cabeza. Alcance Vm. de ese estante
(perdone e la satisfacción) a Lacroix, y verá luego.
Dr. Murillo. Tómele, aquí está.
Dr. Mera. He aquí en el Libro cuarto, Cuestión quinta, número catorce (y
elf que se sigue. Note Vm. que no lo dice él solo, sino que cita a ese refinado
reflexista, y por lo mismo jefe de los probabilistas más 9 refinados, digo,
obstinados al gran Terilo 233 y alaba a todos los que el mismo Terilo cita en
su favor. La cuestión en suma es ésta. El que miente por error, juz-gando
invenciblemente que la mentira es agradable a Dios; del mismo mo-do el h que
actúa una obra mala, sea la que fuere, creyendo que obra bien, ¿hace una obra
mertitoria o no? Aquí está la respuesta' que afirma que la hace meritoria.
Dr. Murillo. Guárdeme Dios de pensar de esta manera; porque entonces se
debería decir que, apartándose la voluntad humana de la voluntad di-vina era
buena esa' voluntad humana apartada, y que si era buena esta voluntad humana,
de ninguna suerte conforme con la ley eterna o voluntad de Dios, se k deberían
atribuir a Dios los hurtos, las mentiras, los homici-
Lar: A Vm. le parecía así, porque así le dictaba
Lar: omitido: Vm.
Lar: lo persuaden haciéndole
Lar: bien y aún meritorio
Lar: omitido: perdone la
satisfaccióne
f Lar: el que sigue. Note que alabando
a todos
s Lar: más obstinados. Terilo,
Lar: el que ejecuta una obra
' Lar: la respuesta afirmativa.
i Lar: omitido: esa voluntad humana apartada;
Lar: se deberían referir a Dios
dios cometidos con error invencible, y a referirlos a su divina
voluntad. b Porque sólo así pueden ser meritorios, ¡lo cual es un espanto!
Dr. Mera. ¿Lec asombrarán a Vm. estas d cuestiones, y el que se
pu-dieran pensar e inferir tales consecuencias?
Dr. Murillo. Sí, Señor, me llenan de horror y de turbación. No creo que
haya cristiano que lo imagine.
Dr. Mera. Vea Vm. aquí, que ese horror le viene de no ser buen
probabi-lista. Lacroix, que lo fue en grado heroico, quita del corazón estos
miedos con una fácil distincioncilla. Téngala Vm. presente para cuando se le
ofrezca algún examen de sus sínodos: Absurdum est quod voluntas mentiendi
re-vocetur in Deum et a Deo approbetur: per se, concedo; per accidens, ne-gó:
234 libro 10, capítulo 24. Yo saco estas consecuencias: luego la mentira se
atribuye y debe atribuir a Dios en ese caso, esto e es accidentalmente; luego
esa mentira debe ser premiada por Dios, como cualquiera otra obra
intrínsecamentef buena; luego con prodigiosa metamorfosis se convierten las
maldades en virtudes dignas y meritorias de vida eterna. 235
Dr. Murillo. Basta, basta, que Vm. es capaz de sacar las más horrendas
consecuencias, y me parece que sueño cuando oigo opiniones tan extravagan-tes y
fuera de razón; jamás las llegaré a creer.
Dr. Mera. Pero ¡qué! ¿Se resistirá Vm., o se atreverá a resistir a unos
teólogos tan graves como Almaino, 236 Córdova, Lorca, Dival, Maldero,
Pe-sancio, Azor, Vázquez, Sánchez, Salas, Becano, Cárdenas, Terilo, que es
quien los cita, y Lacroix, que es quien todo lo transcribe y sigue?
Dr. Murillo. O que entonces que el susto de no seguirlos me meterá en
una extraña confusión; ¿qué haré yo, Señor mío?
Dr. Mera. ¡Por cierto que 9 es estado lamentable e infeliz el de su
per-plejidad! Yo le aconsejaría que no los creyese ni siguiese.
Dr. Murillo. Peligroso remedio, cuando todos estos teologazos hacen una
opinión más que probable! Yo, si no viera lo arduo del asunto de una obra mala
convertida en meritoria, debería decir, que pues tantos autores la de-fienden,
era ella una opinión tan segura y cierta como el mismo Evangelio.
Dr. Mera. ¿Por qué tanto? o ¿de qué lo infiere?
Dr. Murillo. De esta doctrina, que se puede llamar axioma moral. Que
aquel que sigue opinión de que no resulta pecado, obra con seguridad; es así
que el que sigue la opinión de tan clásicos autores, sigue opinión de que no
resulta pecado; luego el que sigue la tal opinión, obra con seguridad. La mayor
es cierta, certísima en toda tierra de cristianos; la menor es indu-bitable;
pero, por si algún jansenistón la negase, allá va la prueba. El que
a Lar: y atribuirlos a su
b Lar: voluntad; porque...
meritorios: Lo cual... espanto.
c Lar: ¿Lo asombrará a Vm
d Lar: omitido: estas cuestiones, y
e Lar: omitido: esto es accidentalmente;
f Lar: omitido: intrínsecamente
9 Lar: omitido: que es
sigue opinión ciertamente prudente, sigue opinión de que no resulta
pecado; sed sic est que el que sigue la opinión del ínclito Terilo, del famoso
Lacroix, del inaudito Escobar y de otros Doctores así milagrosos, sigue opinión
cier-tamente prudente; ergo, sigue opinión de que no resulta pecado.
Dr. Mera. Terrible argumento ha puesto Vm. ¿De dónde le ha tomado? Dr.
Murillo. Lo oí en cierta conversación donde se trataba de los Aquiles
que tenía a su favor el probabilismo y decían que éste era el mayor.
Dr. Mera. Sí,a el mayor sofisma, el más extraño paralogismo. Yo no
quiero responderle haciendo una escrupulosa análisis de todas sus
proposi-ciones, porque éste es asunto que debía ocupar muchas horas. Se lo
desata-ré por escrito cuando de las estancias de mis vacaciones, que iré a
tener a mi Ambato, en este Agosto, escriba a Vm. mis cartas. Ahora bastará
decir que verdaderamente este modo de raciocinar es fruto del cavilosísimo
pro-babilismo y este argumento es (como aquéllos decían) el Aquiles de los probabilistas,
que se han empeñado en introducirnos, al favor de centenares de actos reflexos,
mil absurdas y laxísimas opiniones. Pero la fuerza de este argumento cae desde
luego en tierra, y debería avergonzar a todos los pro-babilistas que se empeñan
tanto en sostenerle y ampliarle, con sola la con-sideración de que muchísimas
opiniones defendidas porb muchísimos de casi todos nuestros autores, que llegan
a formar centenares, se han conde-nado por los Pontífices Alejandro VII e
Inocencio XI . Véngase Vm. ahora con el cuento frío de que quien sigue la
opinión de tantos autores sigue opinión ciertamente prudente. A la verdad, esas
opiniones condenadas tu-vieron la gloria de ser seguidas de innumerables, de
ser tenidas antes de su condenación por probables, y por consiguiente de
llamarse ciertamente pru-dentes. Pregunto, ¿dónde está hoy su probabilidad, su
certidumbre, su prudencia?
Dr. Murillo. Poco entiendo de esto, porque en mi tiempo poco ruido sec
hacía en este espantajo del probabilismo. Gustaría muchísimo que Vm. me hiciese
el favor de decirme algo de su origen, progresos y aumento.
Dr. Mera. Esa sería obra prolija. Además de que está tratada muy bien
por Concina en su Historia del probabilismo, y por d nuestro Padre Pedro
Vallejo, hoy ex-jesuita, que la escribió en Lima bajo el nombre de Don Juan
Lope del Rodo, con el título de Idea sucinta del probabilismo. Véalas Vm. y
tendrá cumplido gozo sabiendo lo que apetece.
Dr. Murillo. Pero ¿esta tarde se ha de quedar Vm. sin decirme e algo?
Lar: Sin duda, es el mayor
Lar: por muchísimas razones
que hubieron del crédito de doctos y píos, se han condenado
Lar: se hacía con este
Lar: por nuestro Padre Pedro
Vallejo, que con el nombre pseudónimo de Juan Lope del Rodo, dio a luz la Idea
sucinta del probabilismo. Tendrá Vm. cumplido gozo sabiendo lo que apetece.
Lar: decirme nada?
Dr. Mera. Diré alguna cosa,a y tal vez que no la traen ni Concina, ni
Vallejo, ni alguno de los antiprobabilistas. Bien que el primero fija la época
del nacimiento b del probabilismo al año de 1577, y c hace lo mismo el segundo
siguiendo a aquél; pero yo la hallo aún más antigua. Eld decir esto no es para
autorizarlo, como e han pretendido los probabilistas, sino para detestarlo, con
más claro conocimiento def los daños que ha causado en la Iglesia de Dios.
Caramuel, 9 227 finísimo probabilista, con el designio de dar autoridad al
probabilismo, le ha dado cuna en el mismo cielo. Esto h es delirar alegremente;
pero añadiendo las pruebas que trae para establecer este pensamiento, delira
Caramuel con sacrilego frenesí por lo mismo que hace a los demonios los primeros
probabilistas. No es bien ir tan arriba ni tan lejos para encontrar su
nacimiento' pero es preciso buscarlo dentro del hombre mismo y de su corazón.
La concupiscencia, que nos cayó en suerte hereditaria después de la culpa de
Adán, siempre nos indujo a buscar moti-vos de relajación en las costumbres;
siempre estuvo forcejando con las dé-bilísimas fuerzas de la razón, y
oponiéndose a los conatos misericordiosos de la gracia; digo de la gracia, para
descender desde luego (dejando refle-xiones que tocan en más remota antigüedad)
al tiempo de la Ley evangélica Cuando ésta se promulgó (nótelo Vm. bien) lo
mismo era abrazar de co-razón el cristianismo que ser santo, esto es, celoso
observador de su purí-sima moral. Vinieorn las persecuciones, porque Dios quiso
que su Iglesia las padeciera, y que de la sangre de los fieles se hiciese cómo
dice Tertu-liano, la semilla de los cristianos. Luego fue necesario que éstos
viviesen con la mayor santidad, y estuviesen vigilantes ' en observarla ya para
sufrir la persecución, y ya para hacerse dignos del martirio a que ansiosamente
anhelaban con su ardentísima caridad. Mas parece que a ella se le llegó su día
crítico, en que con orden inverso padeciera k en su declinación su mayor herida
el cristianismo. Así fue, porque, dada la paz a la Iglesia por Constan-tino y
estancada la sangre de los mártires, se entibió la caridad, se dio lugar a que
la naturaleza corrompida diese sus pasos a solicitar sus ensanches. Y vea Vm.
aquí que, siendo la moral evangélica para todos los tiempos y condiciones la
misma, las virtudes de los fieles no son tan fervorosas como las de los
primitivos. Pero capaz nuestra naturaleza de todos los excesos, llega el tiempo
de cometerlos, apagado todo el fervor cristiano, cuando des
a Lar: cosa, que tal vez
b Lar: omitido: nacimiento del
c Lar: y que hace
d Lar: No es esto para
e Lar: omitido: como han pretendido los probabilistas,
f Lar: omitido: de los daños que ha causado en la Iglesia de Dios.
9 Lar: Caramuel ha pretendido dar cuna en el mismo cielo al
probabilismo.
h Lar: omitido: Esto es delirar alegremente; pero añadiendo las
pruebas que trae
para establecer este pensamiento, delira Caramuel con sacrilego frenesí
por lo mismo
que hace a los demonios los primeros probabilistas.
' Lar: nacimiento. Pero
i Lar: vigilantísimos
k Lar: padezca
de el siglo IX se añadió a la tibia caridad y a la relajación, la
ignorancia. Aquí todo es tinieblas y abominación. Suéltase de las manos la
santa Escri-tura y el Evangelio, olvídanse las obras de los Padres, descuídase
casi ente-ramente de la Tradición. ¿Cuál será el fruto de tantas desgracias? No
otra cosa que la corrupción universal, la profunda ignorancia, el triunfo del
vicio. ¿Quién no sabe que, en este estado, el juicio humano alterado por las
pa-siones decreta a favor de éstos dictámenes y reflexiones que las lisonjean?
¿Quién no ve que la razón humana destituida de la ciencia, se abandona toda a
su débil y desviado raciocinio? Véanse aquí las fuentes del probabi-lismo, que
siendo que se pudo llamar de todos los tiempos en los malos cristianos, lo fue
más principalmente del duodécimo y decitercio siglos, y por infelicidad nuestra
de los siguientes, especialmentea del XVI. Así, yo doy por b primeros conocidos
probabilistas a Graciano 238 y Pedro Lom-bardo; al primero por un compilador
precipitado y negligente de los cánones antiguos, con que ha ocasionado tantas
disputas; y al segundo por un ligero adoptador de las verdades probables. Sus
comunes expresiones son estas mismas que usan nuestros casuistas de hoy:
videtur; est verisimilis; dici po-test, etc.
Dr. Murillo. Amigo, qué breve se ha limpiado Vm. los bigotes de las
edades, y ha llegado Vm. a la nuestra, barbihecha y bien peinada.
Dr. Mera. No había llegado a ella, porque faltaba que decir que,
reinan-do desde el siglo XIII la teología escolástica, se acomodó a la moral el
mis-mo método y el mismo lenguaje de cavilar, de sutilizar y de inventar
distin-ciones metafísicas; con más, que esta moral se fundó sobre la fútil y
pagana de Aristóteles, que está humeando los abochornados impulsos de la
huma-nidad, como lo advirtió San Gregorio Nazianceno. Llegamos finalmente a
tiempos más inmediatos a nosotros, y desde luego vemos que es muy válido y
estimable este raciocinio: ¡Oh! que Graciano y el Maestro de las Senten-cias
fueron unos hombres eminentes en doctrina; luego es preciso seguir lo que ellos
presumen o idean que se puede decir: Dici potest; videtur.
Dr. Murillo. Mala lógica y peor raciocinio se halla en todo esto, Señor
Doctor.
Dr. Mera. Yo lo confieso; pero ¿qué quiere Vm., cuando para inferir de
esta manera tuvieron los de esos siglos dos esenciales antecedentes de su
perversa lógica? Son éstos la preocupación y el interés de lisonjear los
ape-titos. La prevención tenía por hombres irrefragables, o por mejor decir
in-falibles, a esos Doctores, y decían: pues ellos lo aseguran, bien sabido lo
tendrían.c El interés de lisonjear los apetitos, como fue vicio dominante en
todos tiempos, y mucho más en los siglos de la ignorancia, se inclinaba, sin
examen ulterior de los hechos y de la antigüedad, a fomentar los raciocinios
a
b
c
Lar: omitido: especialmente
del XVI
Lar: para primeros probabilistas
Lar: tienen
más desvalidos y ajenos de aquella prudente severidad de la ley, y de lo
que observó la Iglesia en sus primitivos tiempos.
Dr. Murillo. ¡Oh! que se les vendría entonces el que se oponían al
Evan-gelio, a la Tradición y a los Padres.
Dr. Mera. Pudo ser; pero lo malo fue que, como he dicho, la ignorancia,
la negligencia en el estudio y el amor a la libertad, tuvieron siempre su
as-cendiente y dieron su autoridad a aquellos Doctores en tanta manera, que,
haciendo de ellos un aprecio extraordinario, los comparaban con ese mismo
aprecio a los Santos Padres. Vuelvo a decir, que siendo esta corrupción
es-pecialmente del siglo XIII, no perdonó la pestilencia a los del siglo XVI.
Así vemos que más a las claras y con principios infelices de secta y partido,
fueron los primeros conocidos probabilistas Bartolomé de Medina 239 y Luis
López, dominicanos. El primero estableció con distinción este pernicioso
sistema.
Dr. Murillo. Muy bien, muy bien; a mí se me había dicho que los
in-ventores del probabilismo habían sido solamente los jesuítas.
Dr. Mera. ¡Vana impostura! Pero el jesuíta agudísimo, Gabriel Vázquez,
fue quien lo adoptó primeramente3 en nuestra Compañía, y lo hizo forzo-samente
hereditario. A éste siguió nuestro insigne Tomás Sánchez, y le dio un vuelo
espantosísimo en todos los tratados de Sacramentos de Fe, b de Justicia y
otros. Ya esto acaeció a principios del siglo XVII.
Dr. Murillo. Dueño mío, ya estamos cerca de casa y de nuestra edad; no
deje Vm. de proseguir, porque creo que hallaremos convertido al mundo entero en
probabilista, como algún tiempo lo estuvo casi todoc en arriano.
Dr. Mera. ¡Terrible comparación! Mas, a la verdad, estád bien justo el
paralelo. La e fortuna fue, en tiempo de Arrio, 240 que Jesucristo no desamparó
a su Esposa, y la de hoy es que El mismo no la desamparará ni abandonará jamás;
porque, así como nof faltaron Santos y Doctores que se opusieron al arrianismo
en aquellos infelices 9 días, así tuvimos en éstos quienes se opusiesen
fuertemente al probabilismo, y ojalá en nuestra Com-pañía hubiéramos podido
numerar a solos sus enemigos declarados, los Co-mitolos,241 Rebellos,
Viteleschis, Blancos, Elizaldes, González, Muniesas. Camargos, Belarminos,
Gisbertos, Palavicinos, y casi en nuestros días las Antoines 242 y otros, y no
a sus autores probabilistas, h por quienes se ha perdido la gloria literaria y
evangélica de la Compañía. Pero la lástima fue que, como acostumbra, la
corrupción infestó casi a todos los cuerpos lite-
Lar: omitido: primeramente en nuestra Compañía,
Lar: de Justicia, de Fe
Lar: todo el hecho arriano.
Lar: está justo el paralelo
arriano.cd
Lar: omitido: La fortuna
fue, en tiempo de Arrio, que Jesucristo no desampa-ró a su Esposa, y la de hoy
es que El mismo no la desamparará ni abandonará jamás; porque, así como
f Lar: No faltaron Santos
9 Lar: infelices tiempos,
h Lar: omitido:
probabilistas
rarios, entre los que ninguno contrajo en tanto grado el contagio nia
más, que nuestra Compañía. Sería hacer demasiado prolijo mi razonamiento si
había de enumerar a nuestros probabilistas, y mucho más si hubiese de re-ferir
sus opiniones pestilentes y corruptoras del cristianismo, las más de ellas
fulminadas por los rayos terribles de la Iglesia.
Dr. MuriUo. ¿Es posible b que
sean tan laxas como Vm. pondera?
Dr. Mera. Muchísimas, y muy laxas las condenadas, y muchísimas más las
que son consecuencias dec aquéllas, las cuales hoy duran, y se les da acogida
favorable por los probabilistas como a opiniones inocentes.
Dr. Murillo. ¡Qué! ¿No tienen miedo estos hombres a los rayos de la
Iglesia, d cuando adelantan los consectarios de las proposiciones condenadas?
Dr. Mera. Hablemos clara, pues estamos a solas. Ninguno es e el que
tienen, ni han tenido en fuerza de su acostumbrado modo de sutilizar y de
distinguir.
Dr. Murillo. Quisiera oír algún ejemplo para creerlo.
Dr. Mera. Vea Vm. dos de contado. Primero: "Si el libro es de algún
autor moderno, debef su opinión tenerse por probable, mientras no conste estar
reprobad como improbable por la Sede Apostólica". Es la 27® de las
condenadas por Alejandro VII, y es la de nuestros jesuítas, particularmente de
nuestros veinticuatro, en Escobar. Pero, ¿qué hacen todos los probabi-listas, y
especialmente los nuestros, para dar aún lugar en la provincia de la moral
probabilística a esta proscrita doctrina? Añaden un solo superlativo, y con él
dan esta moneda falsa por usual y corriente a todo el mundo cris-tiano, y
dicen: "Si el libro es de algún autor moderno como quiera, su opinión no
debe tenerse por probable; pero si es de algún autor muy docto, muy grave, que
por sí solo puede hacer opinión, como Suárez y Vázquez, entonces su opinión
debe seguirse por muy probable."
Dr. Murillo. Sólo con este ejemplo quedo contento, y basta para el
es-carmiento, y para que Vm. deje de decir más, porque me horroriza.
Dr. Mera. Pues, amigo lo 9 peor es que ayer de mañana propiamente,
estando yo de estudiante teólogo, oí a mis catedráticos frecuentemente esta
expresión ventajosa y encomiástica a los Padres Vázquez y Suárez. Y eso que mis
maestros sabían bien que esta proposición, con otras, que estaban en sus obras
y en las de los dichos veinticuatro ancianos de Escobar, fue-ron condenadas por
la Sede Apostólica. ¿Habrá mayor desvergüenza? Pero vamos al segundo ejemplito:
propiamente ayer de mañana h esto es el año pasado de 1760, un párroco de
Avisi, en la Diócesis de Trento, dio al pú-
Lar: omitido: ni más
Lar: posible y son tan
Lar: de ellas, que aún
Lar: Iglesia: en adelantar
Lar: omitido: es el que
Lar:debe tenerse su opinióncdefhoylos
Lar: omitido:
lo peor es que
h Lar: mañana se dio en una ciudad de Italia al público
blico una varilla o planilla de a once tesis concernientes al sistema
probabi-lístico. Fue condenado el folio todo b por el Obispo y príncipe de
Trento, y finalmente por la Congregación de la Santa Inquisición de Roma.
Púsose en el Indice de los libros prohibidos. Y ¿qué hacen para dar curso a las
once tesis proscritas los fautores del probabilismo? Añaden esta ridicula
distin-cioncilla, que fueron condenadas c in globo et respective; pero no
separatim et in particulari; y aun se atreven a decir que el folio es el
condenado, pero no cada una de las proposiciones. ¿Si querrán decir con eso,
burlándose de nuestra buena fe, que el pliego de papel así material era el
proscrito, y no todo lo que él formalmente contenía? Tal es la insolente
cavilación con que abusan de la paciencia de los lectores, que este mismo es lo
que dan a en-tender citando la respuesta del Cardenal, que, habiendo asistido a
la Con-gregación, aseguró que el ánimo de ella no había sido condenar las
proposi-ciones que entre los católicos se defienden por una y otra parte, sino
única-mente el pliego que las contenía. Puede verse todo esto al fin de las
diser-taciones que preceden a la obra moral de Ligorio, 243 de la última
edición.
Dr. Murillo. Vaya con Dios, que me parece a mí también que entonces es
bueno este raciocinio: los mandamientos del Decálogo obligan a su obser-vancia
in globo, esto es todos juntos, y eso en el Catecismo donde vienen escritos;
pero cada uno de por sí no obliga in particulari et seorsim. Vaya con Dios que
nuestros probabilistas nos enseñan a ser muy vivos y agudos para defender
nuestra comodidad y aun nuestro capricho.
Dr. Mera. De estas interpretacioncillas hallará Vm. a millares en los
libros de los casuistas, quienes si escribían, no miraban a dirigir la vida
cris-tiana del hombre, sino a descubrir e inventar algunas nuevas opiniones que
se les antojaba y parecía habían de algún día tener su aceptación y ser
se-guidas. Nada me admira tanto como la fría interpretación que dio a un
De-creto de Inocencio XI, hecho el año de 1680, aquel famoso hombre por su
piedad y su elocuencia, nuestro Padre Pablo Señeri.244
Dr. Murillo. Aguarde Vm. un poco. ¡Qué! ¿ese insigne, ese famoso, ese
elocuentísimo Padre Pablo Señeri, d del cual dicen que e fue el que des-cubrió
las sucias herejías de Molinos, que escribió El incrédulo sin excusa, El
cristiano instruido y tantas obras pías, tuvo la osadía libertina de
in-terpretar algún Decreto pontificio, o de adocenarse en la gavilla de los
pro-balistas?
Dr. Mera. Sí, Señor, el mismo, porque el empeño de seguir el
probabilis-mo era de toda la Compañía, y el vicio era de todo el cuerpo.f
Afírmalo
a Lar: de varias tesis
b Lar: todo y cada una de sus proposiciones. Añaden esta ridicula.
c Lar: condenadas in globo; pero no particulariter y seorsim. Y todavía le dan
vuelo como se puede ver en la nueva edición de la obra Moral de
Ligorio. ¿No es
esta preciosa interpretación villa? Parécese a la que dio el Padre
Señeri, al decreto de
Inocencio XI, hecho el año de 1680. Murillo. Aguarde Vm. un poco...
d Lar: Señeri, que dicen
e Lar: omitido: que fue el que
f Lar: cuerpo, de lo que luego trataremos. Vamos ahora
así nuestro Claudio Lacroix con estas palabras: Auctores fere omnes e
So-cietate lesu docent probabilismum. 245 Mas de esto, luego trataremos. Va-mos
ahora a la historia brevemente: nuestro Padre Tirso González, antes de ser
General de la Compañía, y después de haber sido muchos años catedrá-tico de
teología en Salamanca, sea destinó a seguir el ministerio, alb cual, mucho
tiempo había le empeñaba y c urgía su vocación, y era el de predicar misiones,
recorriendo las ciudades de d España. En las más de ellas, reconoció que el
probabilismo había perdido las buenas costumbres de los fieles, y que sus
vicios estaban autorizados por las opiniones de sus e pas-tores probabilistas.
Ocurrióle el medio de promover el exterminio de la doc-trina probabilística
dando aviso de su pestilenciaf difundida generalmente, al Sumo Pontífice
Inocencio XI, para cuyo fin escribió a Su Santidad varias cartas, las que
fueron benignamente recibidas, y favorablemente despachado el asunto de ellas
en este Decreto, que fielmente traduzco del latín:
Mandó, esto es el Pontífice, que el Padre Tirso libre e intrépidamente
predique, enseñe y defienda por escrito la opinión más probable, y que también
vigorosamente impugne la sentencia que afirma que es lícito seguir la opinión
menos probable en concurso de la más pro-bable conocida y juzgada por tal; y
que al mismo Tirso se le haga saber ciertamente que cualquier cosa que hiciere
y escribiere en fa-vor de la opinión más probable, será agradable a Su
Santidad. Mandó igualmente que se debía amonestar al Padre General de la
Compañía de Jesús, de orden de Su Santidad, que de ningún modo permita a los
Padres de la Compañía escribir en favor de la opinión menos pro-bable, e
impugnar la sentencia de los 9 que sostienen que no es lícito seguir la opinión
menos probable en concurso de la más probable, así conocida y juzgada por tal.
Añadió también, que por lo que toca a todas las Universidades de la Compañía,
era la mente de Su Santidad que cualquiera escribiese librementeh y a su
satisfacción en favor de la opinión más probable e impugnase la contraria antes
citada, y que el Padre General mande a los jesuítas que totalmente se sujeten
al precepto de Su Santidad.
Hasta aquí el Decreto. Donde' se debe añadir, que el Padre Tirso había
deseado dar a luz un tratado teológico contra el laxismo de la probabilidad;
que a este fin lo había dedicado a nuestro General el Padrd Oliva; 246 lo cual
no obstante, se le negó la impresión del libro revisto por cinco jesuítas,
a Lar: se dedicó
b Lar: al que
c Lar: omitido: y urgía
d Lar: omitido: de España
e Lar: sus padres casuistas
f Lar: pestilencia general,
al Sumo Pontífice
9 Lar: los que afirman que
Lar: omitido: libremente
i Lar: omitido: Donde se debe añadir, ... de nuestros consocios.
que improbaron la idea, designio y fundamentos del Padre Tirso; y
final-mente que por esta causa tan justa, defendida con tan cristiano y
religioso celo, padeció el Padre Tirso todo linaje de insultos de muchísimos de
nues-tros consocios.
Dr. Muritto.a ¿Todo esto había? Pero el Decreto del Papa está muy claro,
y muy fuerte en contra del probabilismo, lo arruina. Mas creo que subsiste
todavía. ¿Cómo será eso?
Dr. Mera. Por los comentos que dan y daban los jesuítas a las
determi-naciones de b los Sumos Pontífices. Véalo Vm. luego en la
interpretación del Padre Señeri,c que la traduzco de sus Cartas d escritas en
italiano:
Cuando Inocencio XI (dice) e y otros desearon que se diese a luz la
sentencia del Padre Tirso, que afirmaba que cada uno estaba obligado a seguir
la opinión más probable enf concurso de la menos probable juzgaron, sin duda,
que el Padre Tirso hablaba de la opinión más pro-bable en el tribunal universal
de los doctos, pero no en el tribunal pequeñuelo y privado del que obran. De
otra manera, no hay duda que ellos mismos (el Pontífice y los Cardenales que
favorecieron al Padre Tirso, y los jesuítas 9 que eran de su dictamen y
partido) todos en vez de promover la impresión de su libro, ya con las Cartas
del Car-denal Mellini, 247 y ya con los otros escritos h tan honoríficos al
Padre Tirso, y que él mismo ha visto después publicados con tanta ventaja
propia se habrían abstenido, por lo menos, de cualquier acto que pu-diese
añadir valor a la novedad. Los honores fueron fundados, se-gún ' pudo juzgarse,
sobre falso, esto es, fundados en creer sabia-mente que el Padre Tirso defendía
la sentencia severa común a los otros, y no una sentencia que tuviese la
severidad más en el título que en la sustancia. El Pontífice de ninguna suerte
ordenó por medio del Cardenal Cibo, 248 que la Congregación general hiciese el
Decreto en el cual se diese plena libertad a toda la Religión de la Compañía de
poder defender y dar a luz la una o la otra sentencia como le agra-dare a cada
uno.
Hasta aquí la cavilosa interpretación del Padre Señeri. ¿Qué le parece a
Vm.? ¿No está capaz de eludir los Decretos más absolutos y terminantes?
Dr. Muritto. Sí, Señor, y con ella me ha puesto Vm. delante de los ojos
más de lo que me prometió,' porque me ha puesto tres ejemplos.
a Lar: Dr. Muritto. Está fortísima y muy clara
contra del probabilismo, lo arrui-
na; pero yo creo que subsiste todavía. ¿Cómo será eso?
b Lar: de los Papas.
c Lar: interpretación de Señeri,
d Lar: Cartas que están en italiano
e Lar: omitido: dice
f Lar: en comparación de la menos
s Lar: jesuítas que estaban de su parte) todos
Lar: escritos que el Padre
Tirso, con tanto honor suyo y ventaja propia ha visto publicados se habrían,
por lo menos, abstenido de cualquier acto
' Lar: según lo que pudo juzgarse,
Lar: prometió, pues me ha
Dr. Mera. Trescientos le pondría si permitiese el tiempo; mas, como la
tarde está ya adelantada, remítole a Vm., a que lo vea ya en el libro de la
Moral práctica de los jesuítas, 249 escrito en francés, ya en las Cartas a
lla-madas provinciales de Blas Pascal, 250 disfrazado con el nombre de Luis de
Montalto; ya en las aserciones recogidas en los libros de los casuistas por el
Padre Mateo Petitdidier, 251 ya en la obra del Padre Fray Vicente b Mas, 252
intitulada Incommoda probabilismi, y ya finalmente en Concina, que en su obra
dec la Teología cristiana dogmático-moral, teje una larga tela de las opiniones
que ha hallado en los libros de nuestros probabilistas.
Dr. Murillo. Pero ¿será cierto que este Padre Concina ha llevado una
grande zurra de los jesuítas?
Dr. Mera. Es ciertísimo, porque como este autor con d claro método y de
intento nos descubre toda la corrupción de nuestras opiniones y de todo nuestro
probabilismo,e haciéndonos palmarios convencimientos no pudie-ron sufrirle los
nuestros sin irritarse furiosamente contra él. Y aunque Fray Daniel Concina,
como un varón muy virtuoso, y usando de modestia reli-giosa, no nos le quiere
atribuir, con todo, se han empeñado en impugnarle con todo género de armas
prohibidas nuestros Padres Pichler, 253 Zeche, Gagna, Zacaria, Casnedi,
Boscovich, Sanvital y otros muchísimos de la Eu-ropa, entre los que merece serf
numerado mi maestro el9 Padre Juan de Aguirre, que en sus tratados de Justicia
y de Contratos que h nos dictó, y yo le oí, tomó por objeto impugnar con acres
invectivas al Padre Concina. Acuérdome que frecuentemente le llama caviloso: Ne
vos cavilla Patris Con-cinae in errorem abducant, 254 empieza un párrafo. Quid
obstrepis trepidan-tibus labtis, subtilissime Concina? 255 empieza otro; y así
prosigue, bien que en esto que escribió no hizo sino como plagiario ' trasladar
lo que el Pa-dre Zacaria, y mucho más lo que el Padre Francisco Zeche, escribió
acerca del mismo asunto que tomó Aguirre.
Dr. Murillo. Debo ' creer a Vm. en todo esto, porque ha estado dentro de
esta Congregación, y por lo mismo debe decirme de dónde viene la con-tradicción
de estos Padres, en querer al mismo tiempo que no se les atri-buyan k esas
opiniones laxas ni tampoco el probabilismo.
Dr. Mera. Explicóle a Vm. este misterio en dos palabras sintiendo no
poder explicarme bastantemente, porque el asunto histórico es bien largo y
a Lar: Cartas provinciales de Luis de Montalto;
b Lar: Vicente Mas, en su obra Incommoda probabilismi,
c Lar: de su Teología. ..
Lar: omitido: con claro método y de intento
Lar: probabilísimo, con unos
palmarios convencimientos. Y aunque el modes-tamente no nos quiera atribuir; se
han empeñado en impugnarle con todo género de armas prohibidas nuestros P. P.
Pichler,
Lar: ser contado mif
s Lar: omitido: el Padre
h Lar: que en su tratado de Justicia que yo le oí,
' Lar: plagiario escribir lo
que
i Lar: ¿Debo creer a V m . .
. tampoco el probabilismo?
k Lar: atribuyan ni esas opiniones
digno de algunas prolijas conversaciones. Nuestros Padres, conociendo,
pues, que de todas partes caían sobre sus doctrinas,a formidables impugnaciones
que no admitían respuesta, o censuras canónicas, trataron de negar su adop-tado
sistema del probabilismo. b A que se portaran de esta suerte los obli-
Lar: doctrinas, formidables
censuras, trataron de negar su adoptada doctrina del probabilismo. A que se
portaran
b Lar: probabilismo. Este su intento se manifestó principalmente en la
respuesta, que dieron nuestros jesuítas franceses al libro de la Moral práctica
en un libro intitulado Defensa de los nuevos cristianos y misioneros de la
China, o del Japón, y de las Indias, y en las apologías que escribieron muchos
de los maestros como Gabriel Daniel, Esteban de Champs, Domingo Bouhours y
otros contra Blas Pascal, que fue el verdadero autor de las Cartas
provinciales. Pero este ingeniosísimo autor en la carta 11? y siguientes
ri-diculiza con la mayor energía y vivacidad a nuestros P. P. Como he leído
estas cartas me han quedado en la memoria varios pasages, y me ha de oír Vm.
algunos de ellos:
Llegaron a mis manos (dice en la carta citada) las cartas que vosotros
sacáis a luz contra los que yo he escrito a un amigo mío acerca de la doctrina
moral de vuestros autores y he visto que el uno de los puntos principales que
tomáis para vuestra defensa, consiste en decir que no he tratado vuestras
máximas con las veras que debía; y esto repiten vuestros escritos muchas veces
hasta llegar a decir que he hecho mofa y risa de las cosas santas. Esta
acusación, Padres míos, es muy injusta y me coge de sobresalto. ¿Dónde me he
burlado yo de las cosas santas? Vosotros señaláis particularmente el Contrato
Moatra y la Historia de Juan de Alba. Pues ¿que éstas llamáis cosas santas? ¿Os
parece, que se le debe tomar veneración al Contrato Moatra, que sea blasfemia tratarlo
sin que es con mucho respeto? ¿Y las lecciones del P. Baunio que escusan el
hurto, y con dili-gencia a Juan de Alba a valerse de ellas contra vosotros
mismos convocaba tan sagrados, que nadie la podrá reír de ella sin que vosotros
le acuséis de impie-dad? Pues, ¿cómo Padres míos, las imaginaciones
disparatadas de vuestros autores serán tenidas por artículos de fe; y nadie
podrá hacer mofa de los lugares de Escobar, ni de las decisiones fantásticas, y
para cristianos de otros escritores vues-tros, sin ofender la religión? ¿Cómo
habéis osado repetir tantas veces una cosi-ta fuera de razón? ¿Y ¿no receláis
diciendo, que he hecho burla de vuestros des-propósitos, que tome yo nueva
ocasión de reírme de esta acusación, y de hacer que caiga sobre vosotros mismos,
mostrando con evidencia, que no me he reído, sino de las máximas ridiculas, que
hallo en vuestros libros, y que estuve tan ajeno de hacer mofa de las cosas
santas, cuando la doctrina pestífera de vuestros casuistas está alejada de la
doctrina del Santo Evangelio? En verdd, P. P. míos, que hay mucha diferencia
entre burlar de la religión y reír de las que la profanan con sus opiniones
extravagantes. Sería una impiedad el faltar a la veneración que se debía a las
verdades que el espíritu de Dios ha revelado; pero también sería impiedad el no
despreciar las falsedades que el espíritu del hombre ha puestc a ellas.
Porque, P. P. míos, ya que vosotros mismos me obligáis a entrar en este
discurso; como las verdades cristianas son dignas de amor y de veneración, así
los errores que las son opuestas son dignas de odio y de menosprecios porque
hay dos cosas en las verdades de nuestra religión: hay una hermosura Divina que
las hace amables, y una majestad santa que las hace venerables y amables. Hay
dos cosas en los errores: la impiedad que los hace horribles y la
impertinen-cia que los hace ridículos. Y por esto, como los santos tienen
siempre ese amor y temor respetuoso a la verdad, y que su sabiduría está puesta
entre el temor que es principio y el amor que es el fin, también tienen odio y
desprecio al error; y su celo se empeña igualmente en rechazar con vigor y
fuerza la malicia de los impíos, y en confundir con risa sus desconciertos y
locuras.
Así prosigue dicho Pascal cuyas cartas se prohibieran luego que salieron
a luz. Dr. murillo. Pues, ¿cómo entonces Vm. se atrevió a leerlas?
(Los mss. —el de Larrea y el de Cotacallao— vuelven a concordar en la
página 307).
garon principalmente Antonio Arnaldo 256 y Blas Pascal, aquél con sus
to-mitos de la Moral práctica de los jesuítas, y éste con sus Cartas al
provin-cial. Al primero opusieron los nuestros el libro intitulado Defensa de
los nuevos cristianos y misioneros de la China, del Japón y de las Indias. 257
Al segundo salieron combatiendo los Padres Pirot, 258 Bouhours, Nazart, Fabri,
Dechamps, Gabriel Daniel; pero todos negando que sean propias de la Com-pañía
de Jesús las monstruosas opiniones puestas en su natural color en las Cartas
provinciales, y que sea propio de los jesuítas el probabilismo. "Ma-yor,
ni más atroz calumnia (dice el Padre Esteban Dechamps) no pudo in-ventar
Pascal, que atribuir a la Compañía el hallazgo y la propagación del
probabilismo." Hablando de las opiniones añade el mismo Padre: "Si
sean falsas o verdaderas, no lo disputo, solamente averiguo si sean de los
teólo-gos de la Compañía. De poco tiempo ha, es que Montalto y otros escritores
furiosos, tan falsa como importunadamente les zahieren sobre esto." He
aquí negado el probabilismo. No así nuestros Padres Terilo, Lacroix y otros,
que quieren sea característico de la Compañía y de los jesuítas el nuevo
sis-tema de la benignidad probabilística. En todo caso debemos estar a éstos,
quienes no solamente lo dicen, sino que lo prueban hasta la evidencia con cada
una, no diré de sus obras, pero con cada una hasta de sus páginas.
Dr. Murillo. Pero si unos jesuítas arrojan a este niño expósito a puerta
ajena, y otros le acogen reconociéndole por hijo suyo legítimo, y como dicen
las viejas, hijo de sus entrañas, ¿a quién hemos de dar crédito, o qué es lo
que debemos pensar de esta conducta? Quid faciendum?
Dr. Mera. De las siguientes proposiciones y dictámenes, vea Vm. cuál se
acomoda mejor a su modo de pensar. Un autor dice: 259
Has de saber, pues, que el designio de los Padres jesuítas no es de
querer viciar y corromper las buenas costumbres, pero tampoco tienen por único
fin el corregir y reformar las malas. Sería mala política. Este es su
pensamiento de ellos. Tienen de sí mismos la presunción que basta para creer
que es útil y aun necesario al bien de la Religión, que su crédito y estimación
se extienda por todas partes, y que son los que deban regir todas las
conciencias. Y por cuanto las máximas evan-gélicas y severas, son propias para
gobernar cierto género de personas, se valen de ellas en estas ocasiones cuando
les está bien. Mas, como estas mismas reglas no se ajustan al genio de la mayor
parte de los hombres, déjanlas para con éstos, y toman otras que ellos han
forjado para satisfacer y dar gusto a todo el mundo. Por esta razón, habiendo
de tratar como tratan con personas de todo género de estados, y con naciones
tan diferentes, es necesario que tengan casuistas apropiados para tanta
diversidad.
Hasta aquí el autor, oiga ahora las palabras de Concina: Prohahilistae
hona piaque intentione faciliorem reddendi viam salutis collineasse videntur,
ut
legem divinam aptarent hominum mundique appetitionibus, desideriis et
principiis. 260
Dr. Murillo. Es de alabar la modestia de este Padre Concina; y aunque el
dictamen del otro parece muy probable, el de éste es más seguro para pensar
bien de las intenciones de todos nuestros prójimos.
Dr. Mera. Jamás he oído a Vm. también tan moderado y juicioso como esta
Vez. Vm. lo es sin duda, si atendemos al mérito de los días que ha vi-vido, y
de la profesión de literato que ha seguido con tanta ventaja y honor propio.
Dr. Murillo. Pero a Vm. tampoco he visto tan irónicamente burlón como
ahora. ¿Qué ventaja ni qué honor me ha resultado de mis letras? Ya voy
entendiendo que Vm. hace burla de todo; que no trata todos los asuntos con toda
la seriedad necesaria, y que tienen razón los Doctores, que dicen que cuanto
los dos conversamos, es un libelo infamatorio, tomado, como na-rigada de
tabaco, de la caja de Voltaire y de otros así malsines.
Dr. Mera. Sobre que sea libelo infamatorio, ya que nuestra conversación
rueda sobre la teología moral, permítame Vm. que le haga una pregunta: ¿qué es
libelo infamatorio?
Dr. Murillo. Es una manifestación por escrito de delitos ocultos con el
fin de que se hagan públicos,
Dr. Mera. Pues entonces confieso a Vm. que me tiene cogido; porque es
cierto, que mal que mal, hemos publicado las gravísimas culpas de los homicidas
del latín y de los que han sido asesinos de Cicerón, Terencio, Plauto, y aun de
las Instituciones gramaticales de Nebrija; hemos sacado a luz las trampas y
dolos de los perversos lógicos; hemos quitado la fama a los más eximios
teólogos, y no dudaremos poner a las claras las maldades más atroces de la mala
oratoria y de los malos predicadores. Si Nugo dice, Señor, que yo soy más
latino que Numa Pompilio; si Gráculo asegura que es más retórico que Juliano
Apóstata; si Tordo clama que es más poeta que Cornelio Syla; si Nepótulo afirma
que es más cronólogo que Pericles; si Pisón grita que es más geógrafo que el Rey
Suintila; si Misipo hace constar que es más historiador que Filipo de
Macedonia; si Titivilicio manifiesta que tiene bello espíritu y goza de un
gusto muy refinado más que Sardaná-palo, y que con todo eso nosotros nos hemos
atrevido a negárselo y a qui-tarle la posesión y buena fe de su bello nombre,
confieso que hemos come-tido el gran pecado de contumelia; y desde luego,
deseando reparar con es-crito satisfactorio su infamia, mando que queme Vm., mi
Doctor Murillo, todo cuanto hubiese recogido de nuestras conversaciones.861
Dr. Murillo. Iba a jurar que lo cumpliría, porque el filósofo, el
teólogo, el moralista, el orador, y mucho más Pretextato, Filaletes, Flexíbulo,
Gor-gopas, Sycofanta, Lupiano, Grinferantes, Cándido y Filopono, todos deudos
míos, literatos, a quienes Vm. conoce, se han quejado de Vm. amargamente,
diciendo que los baja Vm. del trono de la sabiduría en que los había colo-
cado la común estimación, y que, siendo que ellos se juzgaban dignos de
ella, debían condenar lo que Vm. hablase por famoso o infamatorio.
Dr. Mera. Ea, deje Vm. eso, que se acredita de rigorista, adoptando la
común opinión de sus Doctores y parientes. Pues ¿Vm, concibe seriamente, que
exponer con claridad y de una manera jocosa los defectos notables de una pésima
educación en asunto de letras, es quitar el honor y la buena fama a nadie, ni
incurrir en culpa grave de pasquinista famoso?
Dr. Murillo. No, Señor, porque aun a mí mismo en mis canas, me ha dicho
Vm. con sendas claridades que no sé hacer versos; y eso es que me precio de muy
poeta, y de ser el inventor del azucénico. Yo no me agra-vio, pero sí de que
estoy oliendo que dice las cosas en chanza, y aun estas últimas más en chanza.
Vm. trata estas cosas de moral más seriamente, Se-ñor Doctor, porque ya le
notan mis parientes de muy mofador de las cosas más sagradas, pues toca en lo
vivo a los jesuítas.
Dr. Mera. Amigo, he de satisfacer sobre esta acusación de que me burlo
de cosas tan dignas, he de satisfacer con las mismas palabras, con que
sa-tisfizo a sus acusadores jesuítas Blas Pascal, sindicado del mismo delito.
Llegaron a mis manos (dice en la carta undécima escrita a 18 de Agos-to
de 1656) las cartas que vosotros sacáis a luz contra las que yo he escrito a un
amigo mío, acerca de la doctrina moral de vuestros auto-res; y he visto que el
uno de los puntos principales que tomáis para vuestra defensa consiste en decir
que no he tratado vuestras máximas con las veras que debía; y esto repiten
vuestros escritos muchas veces, hasta llegar a decir que he hecho mofa y risa
de las cosas santas. Esta acusación, Padres míos, es muy injusta, y me coje de
sobresalto. ¿Dón-de me he burlado yo de las cosas santas?. . . Pues ¿cómo?
Padres míos, ¿las imaginaciones disparatadas de vuestros autores serán teni-das
por artículos de fe, y nadie podrá hacer mofa de los lugares de Escobar, ni de
las decisiones fantásticas y poco cristianas de otros es-critores vuestros, sin
ofender la religión? ¿Cómo habéis osado repetir tantas veces una cosa tan fuera
de razón? ¿Y ¿no receláis, diciendo que he hecho burla de vuestros
despropósitos, que tome yo nueva ocasión de reírme de esta acusación y de hacer
que caiga sobre vosotros mismos, mostrando con evidencia que no me he reído,
sino es de las máximas ridiculas que hallo en vuestros libros, y que estuve tan
ajeno de hacer mofa de las cosas santas, cuando la doctrina pestífera de
vuestros casuistas está alejada de la doctrina del santo Evange-lio? . . .
Dejad, pues, Padres míos, de querer persuadir al mundo que es cosa indigna de
un cristiano hacer burla de los errores; pues es fácil dar noticia a los que no
lo saben, que esta práctica es justa y usada de los Padres de la Iglesia que
está autorizada por la Escritura santa, por el ejemplo de los mayores Santos, y
de Dios mismo. ¿No vemos que Dios aborrece y juntamente desprecia los pecadores
en
tanto extremo que a la hora de la muerte, cuando estarán más tristes y
desconsolados, entonces la Sabiduría divina, juntando la mofa y risa con la
venganza y furor, los condenará a suplicios eternos in interitu vestro ridebo
et subsannabo, 262 y que los santos, por consiguiente ha-rán lo mismo; y que,
como dice David, cuando verán el castigo de los pecadores temblarán y se
burlarán de ellos a un mismo tiempo: Vi-debunt iusti et timebunt et super eum
ridebunt; 263 y que Job habla de la misma suerte: Innocens subsannabit eos? 2 6
4 . . . Luego bien veis, Padres míos, que la mofa y risa es tal vez muy propia
para hacer que los hombres abran los ojos, y vuelvan de sus desaciertos; y
entonces es un acto de justicia, porque, como dice Jeremías, las acciones de los
que yerran son dignas de risa por su vanidad, vana sunt opera et risu digna. Y
en tal caso la risa y mofa está muy alejada de la impiedad; antes es un efecto
de la divina Sabiduría, según dice San Agustín. Los sabios se ríen de los
insensatos, porque tienen Sabiduría divina, que se burlará de la muerte de los
malos. . . Aseguro, Padres míos, que bastan estos ejemplos sagrados para
haceros conocer que este modo de mofar de los errores y despropósitos de los
hombres, no es contra-rio a la práctica de los Santos, o sería menester
condenar la que si-guieron los mayores Doctores de la Iglesia. . . Y así no
pienso yo haber errado, habiéndome conformado con ellos. Y como creo haberlo
probado suficientemente, sólo alegaré aquellas excelentes palabras de Tertuliano,
que apoyan mi proceder: Congressionis prolusionem depu-ta, lector, ante pugnam.
Ostendam sed non impriman vulnera. Si et ridebitur alicubi, materiis ipsis
satisfiet. Multa sunt sic digna revinci, ne gravitate adorentur; vanitati
proprie festivitas cedit. Congruit et veritati ridire, quia laeta; de emulis
suis ludere, quia secura est. Cu-randum plañe ne risus eius videatur indignus.
Ceterum, ubicumque ri-sus dignus, officium est. 265
¿Qué os parece, Padres míos, de este lugar de Tertuliano? ¿No viene bien
ajustado a nuestro caso? "Mis cartas (Vm. Doctor Murillo, podrá decir mis
conversaciones) hasta aquí no son más que un ensayo antes de llegar a la
batalla. Es un juego solamente: todavía no he llegado a herir; no hice más de
señalar las heridas que se os pueden dar."
Dr. Murillo. Y cierto que me parece que es así, porque su aposento por
todas partes no es más que sala de armas.
Dr. Mera. Pero ¿qué dice Vm., Doctor mío? ¿ha quedado Vm. satis-fecho?
Dr. Murillo. Ni puedo ser más; menos sobre las narigaditas de Voltaire
que dicen que Vm. sorbe.
Dr. Mera. Guárdeme Dios, por las entrañas de Jesucristo, de que las
tome. Me causaría sumo espanto y dolor esta furiosísima acusación, si tu-viese
siquiera alguna leve sombra de apariencia. Pero háceme reír, porque
sé que viene nacida del seno mismo de la ignorancia. Queriendo dar a
en-tender quien la produjo que era hombre de lectura, y que le ha sido fácil
descubrir las fuentes de donde bebo, ha dado en esta insolente estravagancia.
Que me tratase de plagiario simplemente es digno de risa y de desprecio, como
igualmente de perdonarle; mas el feísimo asunto de hacer mi autor a Voltaire,
es indigno de perdón y de que se le dé crédito alguno. La graciosa especie de
que están conocidos mis autores, no me da cuidado. Acordémonos que Justo Lipsio
con Escalígero y Casaubon 266 compuso el triunvirato de los sabios e ingeniosos
de su siglo; pues Justo Lipsio es notado de los doctos de que casi no hay ápice
ni coma en sus escritos, que no sean sacados al pie de la letra de otros
anteriores. Si este dictamen debe atraerle a Lip-sio desestimación, se le
deberá degradar de sabio y extraerlo afrentosamente del ya dicho triunvirato.
Más, todos conciben el grande mérito de la His-toria eclesiástica de Fleury;
pues, según los que me acusan, no tiene mérito alguno la Historia de Fleury,
porque este sabio abad confiesa los originales de Eusebio, Sócrates, 267
Ireneo, Tertuliano, Sozomeno, 268 etc., de donde sacó su Historia. Lo mismo
digo del mérito de muchísimas obras, y diría de todas las que han logrado la
pública luz.
Dr. Murillo. Todo va bueno. Vm. satisface óptimamente. Pero la
satis-facción que dio con las palabras de ese bendito Nías Cascas me ha llenado
todos los huecos del gusto.
Dr. Mera. Diga Vm. amigo, Blas Pascal. Pero no lo repita ya, porque sus
Cartas provinciales están prohibidas desde que salieron a luz.
Dr. Murillo. Pues, ¿cómo entonces a
Vm. se atrevió a leerlas?
Dr. Mera. Las leí cuando fui probabilista, que sólo así pude libertarme
de la censura en que incurren los que leen libros prohibidos. Y b decía, por lo
que mira a estas cartas, solamente las cuatro primeras se sabe que están
manchadas con el feo borrón del jansenismo, y las otras no hablan sino de la
moral jesuítica; luego las puedo leer una vez que no tratan asunto peli-groso,
sino antes edificativo. Nada de esto digo ahora, y condeno desde luego mi
atrevido raciocinio, bajo cuyo fundamento me puse a leerlas. Pero, sin que Vm.
se me escandalice, digo que puedo c dar gracias a Dios de haberlas leído,
porque a ellas debo el haberd enteramente abandonado el® probabilismo.
Dr. Murillo. Algo me asombraf el que Vm. dé gracias a Dios de haber
leído a un autor condenado; y él no puede menos 9 de ser o un hereje o un
gravísimo impostor.
a Lar: entonces se ha atrevido Vm.
b Lar: omitido: Y decía, por lo que mira... escandalice,
digo que
c Lar: Puedo dar gracias
d Lar: haberlo
Lar: omitido: el
probabilismo. f Lar: asombra de que
s Lar: menos que ser o hereje o gravísimo impostor.
Dr. Mera. Dígole a Vm. con verdad, que Blas Pascal no es impostor,a sino
muy fiel y muy legal en cuanto cita. He cotejado todas las opiniones b que
refiere, con los lugares de donde las ha tomado, y que nuestros Pa-dres traen;
y es así que legalmente corresponden, y vienen ciertamente ex-traídas de
nuestros autores con muchísima fidelidad. Para que Vm. se cer-tifique, iremos
después de este paseo a mi casa, y en mi tal cual librería verá Vm. la verdad
de lo que le digo.
Dr. Murillo. Alégrame Vm. con lo que me ofrece, porque saldré de esas
dudas en que me puso la Carta Pastoral del Arzobispo de París. c 269 Dice este
Prelado que en las obras de los Padres jesuítas no se hallan esas doc-trinas
horribles, d y conforme en Francia e se presentaron a los Obispos por los
magistrados, en una obra intitulada Extracto de las aserciones. Más, dice el
mismo Arzobispo, hablando de esta colección: "Sean las que fuesen las
infidelidades que se notan en las Cartas provinciales, las que se notan en los
colectores son mucho más numerosas y más notables."
Dr. Mera. Puesf saldrá Vm. brevemente desengañado. De donde viene que se
nieguen estos hechos, es 9 de que horroriza a los mismos probabilis-tas, ver h
en cerro y montón el cúmulo de sus opiniones laxas, libres de los afeites que
tienen en la' serie y discurso de cada materia. También viene de que, teniendo'
en Europa la facilidad de hacer nuestros jesuítas repeti-das impresiones de sus
libros, cuando han querido sacar mentirosos a Antonio Arnaldo, autor de la
Moral práctica, a Blas Pascal y a otros, no han hecho sino suprimir,
desfigurar, k arrancar, o volver cristianas y evangélicas las impías y
perniciosas proposiciones. Pero, gracias a Dios que estamos en Quito, para que
las veamos en su propia figura y ser, que las dieron nuestros padres. La razón
es, porque, habiendo venido de Europa los primeros ejem-plares a las Américas,
tenemos a nuestro Laiman, 270 a nuestro Escobar, a nuestro Tamburino, a nuestro
Filiucio, a nuestro Tomás Sánchez, a nuestro Coninck,271 a 1 nuestro Busembaum
y a otros de esta misma prosapia con su pelo y toda m su lana. Finalmente, yo
se lo mostraré todo en breves horas, para que quite los escrúpulos en que le ha
metido esa Instrucción pastoral
Lar: impostor porque habiendo cotejado
Lar: opiniones que él cita y
que nuestros doctores las tratan de infieles, no lo son, sino extraídos de
nuestros autores
c
d
Lar: París, que dice que en
Lar: omitido: horribles, y
Lar: Francia representaron
al Parlamento el año de 62 en un papel intitulado Extracto de las aserciones, y
que hay en muchísima infedelidad en citarlas.
Lar: omitido: Pues saldrá Vm ... estos hechos, es
9 Lar: Esto viene de que horroriza
Lar: ver, en montón, el cúmulo
j Lar: la serie de cada discurso y materia
i Lar: teniendo la facilidad en Europa
k Lar: desfigurar y volver cristianos las impías y anti-evangélicas
proposiciones
Lar: omitido: a nuestro
Busembaum m Lar: omitido: toda
del Arzobispo de París,a la que me ha de decir Vm., cómo la ha visto, si
manuscrita o si impresa.
Dr. Murillo. La he visto manuscrita b y también impresa; y me parece
que, para el caso, el avisármelo no es circunstanciac que mude de especie ni
agravante, para que sea digna de esta confesión que hago a Vm.
Dr. Mera. Decíalo porque en ella viera, si era la impresa, los
caracteres de nuestra imprenta de Quito, y conociera que sobre un ejemplar
manuscrito que nos vino, se hizo aquí la impresión de dicha Pastoral del
Arzobispo de París. Pero esto importa poco. Lo d que viene al caso es que
nuestros je-suítas se preciaban de ser los defensores del probabilismo, como
también lo verá Vm. ahora en Lacroix, en Zacaria y en Ligorio, que aunque éste
no es de nuestra Compañía, y e que en su prefacio altamente protesta prescindir
de la cuestión de si es lícito seguir la probable en concurso de la más
pro-bable, pero al principio de su obra introducef cierto jesuíta (no 9 quiero
decirle el nombre, porque Vm. no sepa tanto como yo, y que si quisiere h
sa-berlo se aplique nuevamente a un serio estudio) una' disertación dividida 1
tres partes del más refinado probabilismo. Mas, si quiere Vm.k ver cuánto
estimaban esta doctrina nuestros Padres,1 puede inferirlo de aquel gravísi-mo
aborrecimiento, con que más que a los dominicanos, miraban a los
anti-probabilistas de nuestra misma Compañía. Nuestro Padre Tirso González, con
haber sido dignísimo General m padeció las más acerbas persecuciones. Elizalde,
Camargo, y los demás que poco ha cité como enemigos del proba-bilismo, han tenido
igual, n si no peor tratamiento. Entre éstos, ñ es bien nombrar a 0 nuestro
Padre Pedro Vallejo, que dejó la sotana en Pasto, a causa de ser
antiprobabilista, y de padecer por esto el celo y rigor de todos nuestros
hermanos. Ya se ve que Vm. dará fe a todo lo que le digo. Pero, para que no le
quede algún recelo o duda de esto, mostrará a p Vm. una carta del Padre Marcos
Vega al Padre Tomás Larrain, que q a la sazón es-
Lar: París, la cual
Lar: omitido:
manuscrita y también
Lar: circunstancia agravante ni que mude de
especie para que
Lar: Lo que es del caso
Lar: omitido: y que en su prefacio... de la más probable,
Lar: introdujo
Lar: no quiero nombrárselo
h¡ Lar: quiere saber quién es se aplique de nuevo
Lar: algunas disertaciones
Lar: omitido: divida en tres
partes k Lar: quiere saber Vm. cuánto
Lar: Padres, sepa que han
aborrecido más que a todos los dominicanos anti-probabilistas a nuestros
hermanos que tanto lo fueron. Nuestro
m Lar: General de nuestra Compañía padeció
Lar: omitido:
igual si no
ñ Lar: ésos
0 Lar: al pobre Padre
P Lar: a Vm. en casa una carta
q Lar: que estaba de Consultor a la sazón el año de 64.
taba de Consultor el año de 64. En a ella recomienda a dicho Padre
Vallejo con estas o semejantes palabras, que, como he dicho, las verá Vm. con
sus propios ojos.
Me parece (dice), b que ya escribí a V. R. por el Padre Vallejo,
reco-mendándoselo, y ahora con especies de que ha poco supe acusaban al Padre,
me precisa el agradecimiento, amor y aun justicia, el informar a V.R. como a
Consultor de Provincia, la verdad con que V.R. aun con gusto, por genio, puedo
defenderle. Sé por experiencia lo fácil que es nuestra Provincia, en perder a c
los sujetos aun buenos, sin advertir el sanguinem autem eius de manu tua
requiram. 272 De las prendas in-telectuales del Padre, ninguno de sus
despreciadores podrá decirme nada en contra, cuando con íntimo conocimiento de
ellas me han ad-mirado de excelentes. Su porte conmigo, cuando lo tuve en
Ibarra, fue harto religioso. .. Mas lo tachan de conciciano, tan falsa e
inju-riosamente (note Vm., Dr. Murillo, que llamar conciniano a Vallejo lo
tiene Vega por injurioso), que otros me dicen resolvió contra Concina a nuestra
Comunidad de Quito, siendo resolutor de casos, cuando no quisieron serlo varios
a quienes incensaron (a dos aun de solo este colegio) para ello, ni los
maestros que suelen serd como V. R. y yo ... De estarse estudiando hasta la
noche tarde, esto aun con ex-ceso, es virtud, etc.
Vm.e la verá toda, y otros muchos monumentos que guardo acerca de este
asunto, para cuando sef ofrezcan.
Dr. Murillo. Vm. me convence en todo; ni necesito leer la carta, lo que
necesito saber es ¿qué tales probabilidades eran sus mercedes los jesuítas de 9
esta Provincia?
Dr. Mera. Vea aquí la respuesta en pocas palabras. Eran mis hermanos
probabilistas prácticos, pero no especulativos, esto es, noh estaban bien
enterados en la materia del probabilismo con todas las sutilezas reflejas de
Terilo y de otros novísimos de los nuestros. Pero para el confesionario y
resolución de consultas, estaban muy versados en todas las opiniones
rela-jadas. Esta ignorancia del estado de la cuestión era mayor en los viejos,
a causa de que esto de seguir una opinión menos probable en' concurso de otra
más probable era lícito, se sabía comúnmente en los pocos parágrafos de
a Lar: En la que recomiendo al dicho
b Lar: Dice: que parece que ya escribí a V. R. porque el Padre
c Lar: aun a sujetos
d Lar: serlo
e Lar: Vm. verá todo, y muchos otros
f Lar: se ofrezca
9 Lar: omitido: de esta Provincia
h Lar: que no estaba bien en la materia
• Lar: en concurso era comúnmente sabido y se giba en los pocos
párrafos
una sección o disputa, que se traía en la materia de Conscientia. Hagaa
Vm. la prueba (y creeráme), con el ex-jesuita, Padre Cecilio Socueba. Después,
b viniendo a ventilarse demasiado y con mucho fervor elc asunto, se empezó a
ver mejor el largo tratado de Lacroix, de d Conscientia, y finalmente e a
alguno de los otros, conforme nos iban viniendo. Para este ruido en Quito tuvo
causa el mismo que lo suscitó en Italia, que fue Concina, porque el Padre
Verberana, dominicano, de vuelta de España, fue quien primero trajo su Moral
dogmática y su Disciplina monástica, e indujo en los nuestrosf el deseo de la
supresión, con el temor de que causaría 9 turbulencia en el im-perio pacífico
de su Moral, como en efecto la causó. h Así los nuestros eran probabilistas de
práctica; pero no capaces de sostener toda la serie disputa-ble del
probabilismo. Y, ' si consultare Vm. a alguno viejo, que hubiese quedado por
acá de los nuestros ex-jesuitas, sobre algunas opiniones y con-secuencias, que,
bien adelantadas según el sistema probabilístico, vienen a ser erróneas,
impías, heréticas y conocidas como tales, se asustará y dirá: esto no defiendo
ni puede defenderse. Pero, si Vm. le apura con que se infiere del probabilismo
y que si es probabilista debe sostenerlas, huirá el cuerpo a la dificultad,'
aunque no dejará de decir que es probabilista. Sepa k Vm. que conmigo ha pasado
mucho de esto. Ahora pues, los motivos de una política refinada eran los
resortes que movían los ánimos de 1 nuestros Pa-dres, los jesuítas de Europa, ya
para proscribir el probabilismo, ya para abra-zarlo con todas veras, m por lo
que ellos sabían muy bien todo su constitu-ción y naturaleza. Al contrario de
los de aquí que ignoraban aun las gene-rales nociones, a excepción de un
Aguirre, de un Vallejo y de otros muy pocos, a quienes atrajo la curiosidad de
saber los tratados n que se ventila-ban en el día en Europa.
Dr. Murillo. Y ¿quiénes eran en nuestra Provincia los antiprobabilistas
más refinados?
Dr. Mera. Debían ser, sin " duda, los dominicos con su Gonet, 273
su Natal Alejandro, su ° Wigant, su Concina, su Cunigliati, y tantos otros
au-tores suyos, que ellos mismos ignoran; siendo aun más ignorantes que cua-
Lar: omitido: Haga Vm. la prueba... Cecilio Socueba
Lar: Pero, después,
c Lar: omitido: el asunto
d Lar: omitido: de
Conscientia
e Lar: a todos los otros,
f Lar: omitido: el deseo de la supresión con
9 Lar: causase revolución en el imperio
h Lar: causó. Con que los miembros eran
¡ Lar: Así consultare
¡ Lar: dificultad. Pero no
k Lar: omitido: Sepa Vm. que conmigo... de esto.
I Lar: de nuestros jesuítas en Europa.
m Lar: veras. Pero ellos sabían bien toda su
constitución
n Lar: tratados del día.
ñ Lar: omitido: sin duda,
. o Lar: omitido: su Wigant,
lesquiera otros dea fuera, del estado de la cuestión. b Es testigo de
esto el estudio de su Moral por Lárraga, tan relajado, aun después dec su
co-rrección y reforma, quizá tanto como el mismo Diana. 274
Dr. Murillo. Entonces ya no hay en Quito probabilistas; y cierto yo me
alegraría.
Dr. Mera. Haylos por nuestros pecados, aunque de nombre,d esto es,
probabilistas que no saben aún la noción del probabilismo; practicones o 6
empíricos probabilistas de confesionario, como son los procuradores, aboga-dos
de práctica en el foro. Haylos, porque la Compañía dio la ley al mundo, hizo
adorables sus más ridículos pensamientos en esta Provincia, arrastró * a su
partido y escuela a todas las demás comunidades, a excepción de Santo Domingo,
en este asunto especialmente moral; por lo que se conservan aún sus horrendos
fanáticos, quienes por lo que mira al probabilismo, le defien-den como los
mahometanos el Alcorán, sin 9 averiguar por ninguna parte la verdad.
Dr. Murillo. Creo desde luego que debían examinar las partes y el
dere-cho de h cada una de ellas para ser buenos jueces.
Dr. Mera. Dice' Vm. bien, porque ya se ve que los que se dicen en Quito
probabilistas debían leer también a los autores antiprobabilistas, exa-minar y
pesar bien sus razones, para después tomar partido. Pero esto es lo que no
quieren; lo primero, porque temen inquietar la paz de su ignorancia supina. Lo
segundo, porque la desidia posee a los que debían emplearse en el estudio de
las ciencias eclesiásticas.
Dr. Murillo. Dice Vm. una purísima verdad, porque, si hubiera menos
ignorancia, me parece que hubiera menos corrupción de costumbres, hubiera más
celo de las almas. Pero lo que veo es que estos buenos teólogos deben de ser
ignorantes, y al mismo tiempo probabilistas, porque dejan hasta morir a las
gentes sin confesión, aun cuando son llamados. Deben de haber hallado doctrina
probable para esto.
Dr. Mera. ¡Qué doctrina ni qué demonio! Permítase algún desahogo a mi
dolor. Esta práctica que Vm. ha reparado con celo cristiano, esta práctica
diabólica nos ha venido por nuestros pecados, y por justo ' castigo que hace
Dios de ellos. Lo peor es que es ciertísima. Son de bronce las puertas de los
regulares y de los eclesiásticos seculares, digo, aunk de los mismos curas,
a Lar: omitido:
de fuera,
b Lar: cuestión. Testigo el estudio de su Moral
c Lar: de su reforma, como el
d Lar: nombre, y que no saben
e Lar: omitido: o empíricos
f Lar: omitido: arrastró a su partido... especialmente moral
g Lar: omitido: sin averiguar por ninguna parte la verdad,
h Lar: omitido: de cada una
' Lar: omitido: Dice Vm. bien, porque
i Lar: omitido: justo
k Lar: omitido: aun de
para abrirlas a los que piden ela santo Sacramento de la Penitencia, y
en las noches lo desean y solicitan para enfermos insultados repentinamente de
algún mal ejecutivo. Mueren muchos con la desgracia de no confesarse, cuando
ocurrió algún mortal insulto por la noche. Los curas y los regulares despachan
a San Francisco a todos los que piden la administración de Sa-cramentos; b y es
verdad que en San Francisco hallan su alivio espiritual los moribundos; por lo
que no debe recaer su queja sobre todos los regu-lares, pues los franciscanos
(a quienes de parte mía, de parte del público, y, si podíac ser de parte de
todo el cristianismo, se les debía dar gracias) socorren las necesidades
espirituales de los fieles, oyendo en las más des-templadas estaciones del año
y de la noche las confesiones de los enfermos.
Dr. Murillo. Esto es cierto, no se puede negar; pero se dice que los
franciscanos y no otros han heredado esta costumbre piadosa de los jesuí-tas; y
que ellos tienen no sé qué otra obligación.
Dr. Mera. ¿Quién se lo ha dicho a Vm.? ¿No me lo declarará por vida
suya?
Dr. Murillo. Sí, Señor, de buena gana, pues en desatar este secreto no
hay pecado. Me lo han dicho muy buenas capillas y bonetes.
Dr. Mera. ¡Vaya Vm., que es de llorar la suma ignorancia de nuestros
eclesiásticos! Ellos, pues, todos, todos están obligados a dar pasto
espiri-tual a los fieles; si no es que mientan los Concilios y Padres y el
Canon XXV del Concilio cuatro Toledano, que de propósito lo dejé trunco en la
conver-sación del miércoles, para decírselo a Vm. algún día. Llegóse el tiempo:
Sciant igitur (dice la última parte de de este Canon) Sacerdotes Scripturas
sanctas et Cánones, ut omne opus eorum in praedicatione et doctrina con-sistat,
atque aedificent cunctos tarn fidei scientia, quam operum disciplina. 275
Dr. Murillo. Esto es querer decir que el eclesiástico ha de ser un
predi-cador y director de las almas al mismo tiempo, pero docto.
Dr. Mera. ¿Quién lo duda? Todo eclesiástico debe decir lo que San
Agus-tín, que como cristiano se debía atender a sí mismo, y como eclesiástico y
pastor, a los otros.
Dr. Murillo. Pues ahora, ni aunque muera mi mujer Clara, he de querer
ser sacerdote, porque conozco que soy molondro, y la cabeza no está ya para ser
docto.
Dr. Mera. Lo cierto es, amigo, que sin ciencia ni caridad, ninguno puede
pretender lícitamente tan alto ministerio. Así a ninguna otra cosa se debe
aplicar tanto quien lo pretende, sino a tener muy en la memoria y el cora-zón
el santo Evangelio, las Cartas de San Pablo, las de San Clemente, los Padres, y
los Cánones antiguos, para entregarse al confesonario.
Lar: los santos Secramentos
y su administración por algunos moribundos que en las noches lo desean y
solicitan. Mueren
b Lar: Sacramentos, quiso decir de la penitencia. Por
c Lar: pudiera
Dr. Murillo. Y entonces ¿qué haremos con nuestros autores
probabilis-tas? Y ¿adonde hallaremos confesores con el género de estudio que a
Vm. manifiesta y quiere que tengan?
Dr. Mera. A esto último digo que Dios proveerá, y hará que el mundo
cristiano abra los ojos para entrar en un saludable y mejorado plan de
es-tudios, que conduzca a solicitar por camino recto la salvación. A lo primero
digo que se debían entregar a las llamas muchos, si no todos, los autores
casuistas. Como no nos falten las santas b Escrituras, los Padres y Cánones
antiguos, más que se perdieran aquellos autores, antes de cuya venida hubo modo
de salvarse, dec lograr el sacramento de la Penitencia, de ejercitar las
virtudes, de dirigir las costumbres, de sacar a los pecadores del vicio, y d de
buscar el reino del cielo, según el espíritu de humildad, e de mortifica-ción,
caridad, que son las doctrinas inmutables y la moral invariable del
cristianismo, cuyo verdadero retrato nos pone delante de los ojos el estudio de
la tradición. Yo f añadiría y aconsejara el estudio de la verdad, porque en
buscarla consiste la meditación de la Ley, y quien la medita la halla y la
observa. En 9 lo cual digo, desde luego, el juiciosísimo
proyecto del Ilus-
trísimo trinitario y h Obispo de
Guadix, Fray Miguel de San José, que'
lo establece admirablemente en su
obra intitulada Estudio de la
verdad.
Debemos, pues, los eclesiásticos buscarla con el mayor empeño,' cuando
ocurren dudas y obscuridades en los asuntos morales; y lejos de llamarnos o
probabilistas o probabilioristas, o tucioristas y antiprobabilistas, darnos el
honroso dictado de veristas, o indagadores de la verdad, con la mayor
aplicación: porque hoy más que en los tiempos antiguos se ha hecho nece-sario
un más prolijo estudio, ya por las tinieblas peligrosas, que introduje-ron en
la Iglesia de Dios los casuistas, y ya porque, respecto del transcurso de los
tiempos, y de la relajación que nuestras inclinaciones k y la autoridad de los
casuistas acarrearon, hay nuevas Constituciones apostólicas, hay nue-vos
Decretos pontificios de los últimos Papas, y hay otras muchas cosas, que
abultan el estudio de la teología moral. Pero lo dicho. Es preciso traba-jar,
sí, porque cualquiera hombre se dice que es natus ad laborem: porque el
eclesiástico, como doctor, maestro, juez y médico, con más estrechos vínculos
está obligado a la tarea de las ciencias eclesiásticas.
Lar: que Vm. manifiesta?
Lar: omitido: santas
Lar: omitido: de lograr el sacramento... pecadores del vicio,
Lar: Y de buscar
e Lar: humildad, y de la verdadera penitencia, cuyo retrato nos pone
Lar: omitido: Yo añadiría... sigo, desde luego
s Lar: Y en éste consiste el
juiciosísimo proyecto
Lar: omitido: y Obispo de Guadix,
Lar: omitido:
que lo establece admirablemente
Lar: empeño y llamarnos
antes que probabilistas, probabilioristas, tucioristas, y veristas o
indagadores de la verdad,
k Lar: inclinaciones, y los casuistas acarrearon,
Dr. Murillo. Señor mío, Vm. no quiere rebajar ni un ápice, ni un punto
de sus dictámenes severos.
Dr. Mera. Sería un traidor a mi estado y profesión, si hablase de otra
manera y lisonjease la depravada inclinación del tiempo. Es preciso decir la
verdad, cueste lo que costare.
Dr. Murillo. Vm. no escarmienta, Señor Doctor, ni por la cárcel que
pa-deció a causa de las claras expresiones del sermón de la Dedicación de la
Iglesia.
Dr. Mera. Siempre haré lo que el poeta Filoxenes; y va de historia para
amenizar la conversación, que del modo que iba, tenía ya visos de plática
espiritual. Asistía, entre otros, a la mesa de Dionisio, 276 tirano de
Siracusa, el poeta Filoxenes, 277 quien, preguntado acerca de las composiciones
métri-cas de Dionisio altamente persuadido de gran poeta, respondió con entera
sinceridad que no eran buenas; y pareciendo al tirano que la sinceridad de
Filoxenes era osadía, enojóse contra él, y mandó le condujesen a las Canteras,
o cárcel pública. Interesóse en la libertad del generoso prisionero toda la
corte, la cual obtenida, volvió el poeta a la afición del príncipe; hizo éste
convite para a celebrar la reconciliación con Filoxenes, pero en él, después de
haber comido y bebido, volvió el tirano a hablar de sus versos; recitó algunos,
que juzgaba más buenos, y preguntó a Filoxenes su parecer. En-tonces b volvióse
éste hacia los guardias, libre de la turbación y el susto, y sin responder al
tirano, pronunció con aliento generoso: "llévenme otra vez a las
Canteras." Yo,c en semejante coyuntura, respondería lo mismo; mas,
caminando a la prisión, me añadiría el consuelo que, a lo filósofo, y como
imitador de Séneca y de Quevedo, se daba el loco de Don Diego de Torres: En los
remedios de cualquier fortuna, y en el título Degollarante, dice Sé-neca: ¿Qué
más importa que muera por el filo que por la punta? Don Fran-cisco de Quevedo
añade, Degollaránte. No hará el cuchillo más en mí que hiciera mi naturaleza.
¡Don Diego de Torres, aquí: Degollaránte. Pues que toquen a degüello!
Dr. Murillo. Si tiene Vm. tan brava resolución, no me admira que
pre-dique tanto estudio a los eclesiásticos. Ello, Vm., los ha de reventar.
Pero ellos en desquite levantarán el grito contra Vm., llamándole qué sé yo
qué.
Dr. Mera. Dirán d muchísimo, que ya no me cogerá de nuevo. Dirán
al-gunos de propio Marte; otros irán como ovejas por el camino que guiaren los
que se llaman las luces y faroles quiteños. Mas digan e lo que quisieren
a
b
Lar: para la reconciliación en el
cual, después
Lar: omitido: Entonces
Lar: Yo añadiría el consuelo
que (a lo filósofo) se daba el loco de Diego de Torres, cuando imitando a
Quevedo sobre Séneca, decir así: morirás; tan feo semblante tiene la muerte a
manos de una fiera como de una enfermedad. ¡Torres, aquí te dego-llarán! ¡Pues
que toquen a degüello!
d
e
Lar: omitido: Dirán muchísimo, . . . faroles quiteños. Mas
Lar: Digan lo que quisieren:
repito y repetiré que es preciso hablar la verdad. Mia favorito Cassini,
emi-nentísimo por su doctrina, por su sólida piedad, y por el esplendor de la
púrpura cardenalicia, y de quien saqué las piadosas reflexiones de mi
des-graciado sermón, es quien nuevamente me dice con su ejemplo que no
lison-jee, sino que haga tronar la verdad; pues ésta para muchos hace las veces
de rayo que consume. El así lo hizo predicando, con apostólica claridad, al
Papa y a todo el Colegio de Cardenales. El mismo es el que estampa estas
cláusulas en el prefacio del primer tomo: "No hay cosa (dice) que más
avergüence a la herejía, que esta libertad evangélica predicada no solamente a
puertas cerradas, sino publicada al mundo por medio de la imprenta; por-que con
esto, los pueblos engañados con los prestigios de los ministros de la impiedad,
leen el propio desengaño y las mentiras de aquéllos que andan esparciendo que
de este pulpito se canta y no se hace tronar, se lisonjea y no se
amonesta."
Dr. Murillo. Pero, Señor, un poco de más espera, porque dirán que es
Vm., por antonomasia el reformador de estos tiempos y de los estudios de
Quito; esto b es reformador
venido de no sé dónde y sin título de letrado.
Dr. Mera. Dios c me defienda de que se me diera tal dictado. Nada me
afligiera tanto como como este renombre. El es equívoco: y la palabra re-forma
sólo tiene lugar en nuestro asunto por lo d que toca a los accidentes del
método, que pueden mejorarse siguiendo las huellas de la sabia y santa
antigüedad, y promoviendo su perfecto y sólido e conocimiento.
Dr. Murillo. Pues por lo mismo es Vm. solemne reformador, porque ha
quitado a muchos de nuestros quiteños las andas de su intolerable, ignoran-te f
elevación. A otros que son de países calientes y tienen las cabezas y lenguas
de cascabel, les ha bajado desde la torre de su presumida sabiduría las
repicantes campanas de su fama. A muchos doctos de Instabis primo 278 y de
ciencia media, ha vendido baratísimos los frontales de su escolasticis-mo. Ha
cogido, en buen oro y moneda de justicia y de imparcialidad, el precio y valor
de aquéllos a quienes, de prestado o de venta, ha dado pa-tentes de doctos,
porque en alguna parte los ha hallado Vm. dignos de que fuesen a tomar por esos
campos de la sabiduría los aires purísimos y vivífi-
Lar: Mi favorito Cassini, de
quien saqué las piadosas reflexiones de mi des-graciado sermón, es quien me
dice con su ejemplo predicando, con apostólica claridad, al Papa y a todo el
Colegio de Cardenales. Ya con sus palabras en el primer prefacio de sus sermones,
que era preciosa darlos a luz en la misma forma que los había pro-nunciado,
para que los herejes no dijesen que cuando los pronunció al Colegio Apostó-lico
a puerta verada había dicho cosas que alagas en las pasiones de los hombres.
Dr. Murillo. Pero, Señor, un poco
b Lar: omitido: esto es reformador venido de no sé dónde y sin título
de letrado.
c Lar: Guárdame Dios de que se me diera
d Lar: lo que mira a los accidentes
e Lar: sólido consentimiento
f Lar: ignorante elevación: les ha bajado desde la torre de su
presumida sabidu-
ría las repicantes campanas de su fama, ha vendió baratísimas los
frontales de su es-colasticismo. Ha cogido, en buen oro y moneda de justicia y
de imparcialidad, por aquéllos a quienes, de prestado o de venta,
eos de la alabanza merecida. A a infinitos ha quitado Vm. las demasiadas
licencias que tenían, y los ha puesto reclusos en los calabozos de la
ignoran-cia que tanto estiman, en la cárcel de la mala educación que no desean
que-brantar, y en los grillos de las malas costumbres que no se atreven a
rom-per. Pregunto ahora, ¿esto no es ser reformador?
Dr. Mera. Si Vm. lo entiende así, se b puede, con bochorno y sin que el
ánimo sea rebajar el mérito a ninguno, tolerar aquel renombre. Con todo, no
quisiera que los regulares entendiesen que se hace contra ellos una dura y
despiadada invectiva. Desde c luego, siguiendo la serie de los siglos y
empezando desde el establecimiento de la Iglesia, haráse conocer que en los
claustros tuvo su domicilio la verdadera sabiduría, aquella sabiduría
dependiente de la santidad y de la meditación de las santas Escrituras. Cuando
menos se repetiría lo que ha dicho el Padre Mabillon, casi en todo el tratado
de sus Estudios monásticos, por lo que mira a la ciencia; y por lo que hace a
la piedad no se dudaría transcribir todo lo que de ella han publicado los
antiguos, empezando desde Juan Casiano 279 . Pero, temo mu-cho que, subiendo a
tan respetable antigüedad que fue' el depósito de la perfección evangélica y el
modelo sobre que se instituyeron las Ordenes mendicantes, haga una pintura que
hiciese poco honor a los que visten hoy el ropaje de la penitencia, de la
humildad, del retiro del mundo, y del desprecio. Por d eso no he de dejar de
advertir a Vm. que todo eclesiástico, y más particularmente el regular, está
obligado a estudiar para pagar en gratitud la obligación que tienen a los
seculares; pues a costa de la piedad de éstos es que tienen sus primitivos
fundos, que subsisten, viven y cons-tituyen sus comunidades venerables,
religiosas y santas en todo el mundo. ¿No quieren los regulares salir a las
confesiones y a otros ministerios espi-rituales? Pues sepan que lo deben hacer
en justicia, y lo harán, sin duda, cuando sepan que por la piedad de los fieles
es que son religiosos.
Dr. Murillo. Esta es nueva y rica mina que me descubre Vm., Señor
Doctor, para mi gobierno. Hasta ahora no había llegado a mi noticia; pero
gracias a Dios que hablo con Vm.
Dr. Mera e. Gracias de que ya llegamos a casa, y de que aquí podré
mostrar a Vm. las citas de los autores probabilistas; haré conocer sus
extra-vagancias, y lograré quizá que Vm. no las vuelva a creer.
Lar: A otros ha quitado Vm.
las demasiadas licencias que tienen, y los ha puesto reclusos en los calabozos
de la ignorancia, de la mala educación y de las malas costumbres. Pregunto
ahora,
Lar: puédese (sin que el ánimo sea rebajar el
mérito a ninguno) con bochorno
tolerar
Lar: omitido: Desde luego, siguiendo... y del disprecio. Por eso
d Lar: Yo estoy lejos de ellos pero no he de.
Lar: Dr. Mera. Pues que ya
hemos llegado a casa, podré mostrar a Vm. las citas de los probabilistas y
sobre este último asunto le mostraré a Mabillon y a otros; pero aquí tenemos
sobre la mesa a Fleury en el cual creo haber visto un bello rasgo que viene al
intento lea Vm. o lo haré yo para que no tenga Vm. el trabajo de sacar sus
anteojos. Habla sobre algunos doctores que han perdido el tiempo en escribir
grue-sos volúmenes de lógica. Dice:
Dr. Murillo. Y como que lo logrará Vm., Señor Doctor, conmigo. Así
logrará Vm. con los demás. Pero juzgo que con estos últimos Señores no logrará
partido.
Dr. Mera. Ninguno me aseguro ni me lisonjeo tener tanto como el suyo.
Hábloles la verdad, y estoy persuadido de que ellos la estiman. Y si no les
digo más de lo que les dice un regular como Mabillon, y aquí a solas, en mi
estudio, adonde nadie nos oye, ¿qué tenemos que confiar o que desesperar de su
voto?
Dr. Murillo. Este que está sobre la mesa será Mabillon, leerélo.
Dr. Mera. No es a la verdad el que desea; pero lo ha cogido Vm.
opor-tunamente. Es Fleury, en quien he visto un bello rasgo que viene al
inten-to. Leeréle para que no se tome Vm. el trabajo de sacar sus anteojos.
Ha-blando sobre los lógicos, que prolijamente habían escrito, saca a Alberto el
Grande, que perdió muchísimo tiempo en escribir gruesos volúmenes de lógica, y
dice:
¿Qué diríais de un curioso que, teniendo tres horas para visitar un
magnífico palacio, pasase una de ellas en el patio, o de un oficial que
teniendo un solo día para trabajar, emplease la tercia parte de él en preparar
y adornar sus instrumentos? Me parece que Alberto el Grande debía decirse a sí
mismo:
¿conviene a un religioso, a un sacerdote, pasar su vida en estudiar a
Aristóteles y a sus comentadores árabes? ¿De qué sirve a un teó-logo este
estudio tan extenso de la física general y particular, del curso de los astros
y de sus influencias, de la estructura del universo, de los meteoros, de los
minerales, de las piedras y de a sus virtudes? Y después de tantas ocupaciones,
¿cuánto tiempo me quedará para la oración y para la predicación, que es lo
esencial de mi instituto? Los fieles que me hacen subsistir con sus limosnas,
¿no suponen que estoy ocupado en estudios muy útiles, que no me dejan tiempo
para trabajar con mis manos?
Dr. Murillo. Basta de b lectura, que ha venido oportunísima. Así ya no
debe haber para Vm. otra cosa que andarse de misionero; mas, ahora que lo digo,
me parece se llega al punto crítico dec volver a mi- Señor Doctor Don Sancho, y
que tratemos de su oratoria.
Lar: y dé sus virtudes? ¿No es otro tanto tiempo
ésta que harto al estudio
de la Escritura Santa, de la historia de la Iglesia y de los cánones? Y
después
Lar: omitido: de lectura,
que ha venido oportunísima. Así c Lar: de volver a nuestro Doctor Don Sancho.
Dr. Mera. A la verdad, es tiempoa de ello; porque hasta aquí me b parece
que he hecho ver a Vm. lo que le dije al principio de nuestras con-versaciones,
que los estudios de Don Sancho no habían sido propios c para formarle perfecto
orador, como Vm. me lo ponderaba; ni que el método jesuítico de enseñar
humanidades y las ciencias mayores había sido muy bueno d y justo para formar
un orador. Pero cansada la cabeza ha quedado "Haud secus, ac clari
subtracta lampade solis hanc terrae faciem horrenti nex contegit umbra, obruit
atque omnes simili nigrore colores". 280
Dr. Murillo. Pues hasta mañana. Adiós. Quee yo tendré mucho cui-dado de
venir a cerrar nuestras conversaciones, porque sin ellas (yo tam-bién diré mi
copla), "Cunda sub incertis latitabunt mersa tenebris". 281
CONVERSACION NOVENA
La oratoria cristiana
Dr. Murillo. Ea, Señor mío, al paseo, que es buena tarde de Pascuas. Dr.
Mera. Salgamos luego, amigo, a lograrla, pero para no perder tiem-
po, ha de decir Vm. al momento lo que se ha de tratar.
Dr. Murillo. Parece que a Vm. se le trasmontan las luces de las
especies. Pues ¿no se estipuló tratar hoy del sermón doloroso de mi Señor
Doctor Don Sancho?
Dr. Mera. Sí, mas hay que hablar muy poco sobre el asunto.
Dr. Murillo. ¿Cómo ha de ser eso? ¿Víspera de mucho y día de nada?
¿Tanto aparato y ruido, para ninguna fiesta? Diré yo entonces: que muy guapo
sacó la espada, pero nada hizo.
Dr. Mera. Eso es manifestar que tuvo poca atención a las conversacio-nes
de toda esta semana, y poca memoria de lo que en ellas hemos tratado. Pues, es
no conocer que en ellas está la cabal idea de nuestro orador. Pero ya que está
costeado el cuento, vamos a la aplicación.
Dr. Murillo. ¡Ah! Ya caigo en cuenta, y aunque yo sea lerdo, ahora no es
menester mucho para entender lo que se me quiere decir. Entiendo, pues, que Vm.
quiere descubrir que ya que mi Señor Don Sancho de nin-guna manera ha entrado
en la buena latinidad, en la verdadera retórica, en
a
b
c
d
Lar: tiempo de cita;
Lar: omitido: me
Lar: omitido: propios
Lar: bueno y propio para
Lar: omitido: Que yo tendré
mucho cuidado de venir .. "Cuneta sub incertis latitabunt mersa
tenebris."
la legítima poesía, en la exacta filosofía, en la teología más metódica,
en la moral más cristiana, en el íntimo conocimiento de la Escritura santa, y
en tantas otras cosas que Vm. ha dicho, no es perfecto orador.
Dr. Mera. No nos andemos por las ramas. Ha sido, sin duda, este mismo el
objeto secundario de mis conversaciones.
Dr. Murillo. Luego ¿ya se ha acabado nuestra conversación? luego ¿van a
buenos aires todos los quiteños oradores?
Dr. Mera. No es este negocio de mi cuenta. Pero si Vm. quiere
gober-narse por lo que dice el príncipe de la oratoria acerca de los requisitos
que debe tener un orador profano, parece que debe confesarlo así. Debe poseer
(dice Cicerón) la sutileza del lógico, la ciencia del filósofo, casi la dicción
del poeta, y hasta los movimientos y las acciones del perfecto actor o
repre-sentante. Y en la ciencia del filósofo se comprenden todas las
facultades, y un fondo de verdadera sabiduría, para dominar en las afectos y la
volun-tad de todo hombre, persuadiendo verdades útiles y saludables, que le
vuel-van contenido en los límites de la razón, y mejorado en el estudio de la
piedad.
Dr. Murillo. Cicerón pediría todo eso, por decir que nada ignoraba; y
aún pediría todo lo que se le antojó.
Dr. Mera. A sí mismo se hace Vm. injuria hablando de esa manera. No hay
literato de cualquiera nación que sea, que no reconozca a Cicerón por hombre
muy versado en las materias que concernían a la oratoria; y no hay alguna
nación culta que no le mire como príncipe de los oradores, y el ábritro
soberano de la más perfecta elocuencia.
Dr. Murillo. Pero ¿qué tiene que ver el orador profano con el sagrado?
Dr. Mera. ¿Qué tiene que ver? Muchísimo; el fin de uno y otro es
persuadir, con esta diferencia, que el profano pretende volver al hombre,
hombre de bien, el sagrado solicita formar el verdadero cristiano. El pro-fano
no tiene más obligación que saber aquellas facultades que dicen rela-ción a las
obligaciones y costumbres humanas, respecto del hombre racio-nal; pero el
orador cristiano debe saber aquellas otras ciencias que tocan en las
obligaciones del hombre como discípulo de Jesucristo y constituido en la
necesidad de practicar las leyes de Dios y la ética purísima del Evangelio.
Dr. Murillo. Bien estaba yo barruntando que ha de venir Vm. a
esto-magarme con que, para la oratoria cristiana era necesaria la santa
Escritura, porque en todo la mete.
Dr. Mera. Ha pensado Vm. admirablemente: la Escritura es su princi-pal
fuente.
Dr. Murillo. No tal, que Vm. se ha engañado, se engaña y se engañará por
los siglos de los siglos, si así lo afirmase.
Dr. Mera. ¿Será engaño para Vm. una verdad establecida en el
cris-tianismo por todas las más claras luces de la Iglesia?
Dr. Murillo. Decíalo, porque a cierta lumbrera de la Iglesia, esto es un
Señor Magistral, le oí decretar magistralmente, que para predicar no era
necesaria la Escritura * 282.
Dr. Mera. Sea quien fuese su Magistral de Vm., él no supo la que se
dijo.
Dr. Murillo. ¡Tómese esa! Chúpate ese huevo! Y qué mal humoradote se ha
levantado Vm. de la siesta, Señor Doctor.
Dr. Mera. ¡Qué! ¿le ha parecido a Vm. muy mal mi ingenua resolución? Dr.
Murillo. Señor mío, muy mal. Parece muy osada y poco ingenua, porque no he de
creer que un Señor Magistral, que carga puños muñecales, que se precia de
empujar bien y con facilidad el verbum Domini, que dice que predica a la
francesa, que se le da Señoría por todos sus compañeros, y que dizque se llama
el maestro teólogo y el maestro predicador en todas partes adonde se han
instituido iglesias catedrales o colegiatas, ignore lo que sólo Vm. quiere
saber, no advirtiendo que, respecto de cualquier ecle-siástico del corro, es
otro cualquiera presbítero solamente un pelón repelado
de letras.
Dr. Mera. Amigo, diga Vm. lo que quisiere, repito que él no supo lo que
se dijo. Para lo que es preciso que Vm. haga memoria de lo que le tengo dicho
acerca de la doctrina que deben tener los sacerdotes y acerca de la obligación
que les corre de poner todos los medios para adquirirla.
Infiéralo Vm. mejor de los Cánones VIII y XI de los Concilios III y IV
Lateranenses, en donde se hace la institución del Magistral y del Teo-logal de
las catedrales y colegiatas. El Magistral en estas partes tiene y debe hacer
las veces del Teologal, antes no obtiene otro empleo que la prebenda teologal,
mandada establecer también por el Concilio de Trento. Por lo que su principal
oficio es, según los lugares que he citado y otros artículos conciliares,
predicar todos los días domingos y en las fiestas solemnes de la Iglesia.
También es su obligación exponer públicamente la sagrada Escritura tres veces a
la semana; y como estas funciones piden estudio y preparación de ánimo,
sucediendo que al mismo Prebendado Magistral o Teologal le toca de derecho
responder a las cuestiones canó-nicas y resolver las dudas teológicas que
ocurrieren, de allí es que el tal Prebendado, aunque falte del coro, se debe
reputar presente para hacer suyas las distribuciones; y las hará lícitamente
suyas, sin cargo de resti-tución, si empleare útilmente el tiempo en este
género de estudio. Vea Vm. por aquí ahora, que su Magistral, ignorante de su
obligación, no supo lo que se dijo.
El magistral citado aquí se
podía juzgar que no fuese el que lo es hoy en el coro de Quito; pero, acusado
de su conciencia avisa que se habla de él en un papel privado escrito a cierto
caballero. No ha parado aquí, sino que ofendido de estas líneas que están aquí
escritas se ha puesto a dar una pepitoria (¿qué diremos?) amurillada, al
público en diez sermones que es lo mismo que decir en diez mil disparatorios.
Que no fuese necesaria la santa Escritura para predicar, lo aseguró este
bonísimo Magistral, delante del autor de estas Conversaciones, al R. P. Maestro
Fray Cristóbal Auz, Reli-gioso mercedario, en su celda de la Recolección.
Dr. Murillo. No tengo qué replicar; pues lo dice el cura, sabido lo
tiene. Pero quizá no sea mi Señor Doctor Don Sancho del mismo pensamiento que
mi Magistral sobre la Escritura.
Dr. Mera. Doctor Murillo, sin quizá; pues ¿qué paralelo ha de haber de
un hombre (no sé quién es este su Magistral), que no sabe el A, B, C de su
obligación, con el Doctor Don Sancho, que supo sin duda desde el juniorado 283
que la Escritura era indispensable para la prédica?
Dr. Murillo. Cuenta, Señor mío, que vaya Vm. a caer en algunas
incon-secuencias, porque ya oigo algunas veces supo, otras veces no supo.
Dr. Mera. Sin vanidad podré decir a Vm. que no temo parecer
inconse-cuente. Va Vm. a oírlo: supo Don Sancho desde niño la necesidad de esta
fuente esencial de la oratoria cristiana; pero, a la verdad, no supo la
Escri-tura ni el uso legítimo que de ella se debía hacer. Ya dije a Vm. en otra
conversación, que no teníamos catedrático de Escritura en nuestras aulas.
no es de notar, no a sé si
diga nuestra necesidad, o nuestra ambición, o nuestra extravagancia, que,
olvidados de nuestro ministerio, que requiere el estudio de las divinas letras,
como olvidados de las prohibiciones que hacen los Decretos de los Concilios de
Reims y de Tours a los regulares, de estudiar y enseñar leyes, teníamos a
nuestros Padres Milanesio, Larrain
y Garrido de catedráticos13 de
ellas: porque en el método que seguían
daban a conocer tener más en la memoria los párrafos de la Instituíac,
que las Decretales ni los Cánones. Mas sobre la Instituía, susd progresos
los limitaban a las averiguaciones especulativas, y eran institutarios
más sutiles y metafísicos que Arnaldo Vinio.284 Las facultades extrañas se
desea-ban tratar de intento, las propias del estado no se dictaban, ni había
cate-dráticos. Pero yoe me he alegrado grandemente, desde que tuve algún
discernimiento, para la elección de estudios y de libros, de no haberlos
teni-do; porque cualquiera maestro nos hubiera invertido el seso con la cansada
Suma del Padre Florencio Santos 285. Era ésta tomar un lugar de la Escri-tura,
y andarse revolviendo en la cabeza, y trasladando al papel mil dificul-tades,
reparos, aplicaciones, sentidos, alegorías, en una palabra, mil locuras ajenas
al sentido del sentido genuino, serio y sagrado de la Escritura. Este Padre,
como todos los demás de aquel obscurísimo tiempo, se andaba a caza de sentidos
misteriosos, sutiles, figurados y alegóricos, haciendo fre-cuentísimos enlaces
y matrimonios de unos lugares con otros, con lo que sacaban de sus juicios la
Escritura. Así, un predicador viejo de nuestra Compañía era capaz de formar un
sermón en un solo cuarto de hora con el texto más inconexo y distante del
objeto de quien se había de predicar. Con sólo hacer algunos raparillos
ingeniosos, a su arbitrio, sobre la auto-ridad de algunos comentadores
voluntariosos, se suele decir: "así la púrpu-
a Lar: no se diga nuestra
b Lar: catedráticos de ellos, digo de ellas, porque
Lar: Instituía, sus progresos que las
Lar: omitido: sus progresos
Lar: yo me alegro
ra de mi sapientísimo Cayetano" 286; o como lo asegura el gran
Silveira 287, con sólo querer averiguar la etimología de las palabras, cata
allí fabricando un gran sermón, y habilitado un excelente predicador. Podría
referir a Vm. muchos ejemplos de éstos de nuestros Padres; pero hoy no estamos
para vagar en todo lo que pensáramos.
Dr. Muritto. A espacio un poquito; ¿cómo no nos hemos de instruir en
esto que se dice bueno? Porque mire Vm., yo he oído usar de la Escri-tura a un
íntimo amigo mío, en el sentido más natural, obvio y primoroso que se puede
pensar. Ello, él es un ángel, y un milagro para aplicar los pasajes. Vm. ha de
confesarme que tengo razón, en oyéndome. Primer ejem-plo propúsose por asunto
en un sermón de Dolores predicar dolores glo-riosos de la Virgen María; y vea
qué hombre tan feliz y tan agudo este mi amigo. A la horita halló el texto
probatorio y lo aplicó: Dolores gloriosae Beatae Virginis Mariae. ¡Qué asombro!
Segundo ejemplo: en la fiesta de la Cruz Santa, que en cierta parte hacían los
mercaderes de Quito, se le ofreció a mi amigo que predicó, alabar al gremio que
le costeaba dicién-dole que era maravilloso; aquí está lueguecito el texto,
vertiendo almíbar: O admirable commercium! ¡Qué pasmo! Tercer ejemplo: en la
fiesta quiso traer la circunstancia de que asistía el Juez de Comercio Don
Martín Lanas; pues aquí viene a entrar la Escritura como a su casa, dijo: Qui
dat nivem sicut lanam, nebulam sicut cinerem spargit 288. Ved, fieles, a Don
Martín Lanas, que tiene esparcidos los cabellos que ya empiezan a encanecar:
ne-bulam sicut cinerem spargit. Cuarto ejemplo: en la misma fiesta pretendió
persuadir que en el Evangelio se había profetizado que esa fiesta había de ser
autorizada con la asistencia de Don Angel Izquierdo, y, pardiez, que lo probó;
he aquí las santas palabras: Unus ad dextram et alter ad sinsi-tram. 289 Angel
Izquierdo: alter ad sinistram. ¡Qué prodigio! No me olvi-daré, no me olvidaré
jamás, de este mi sutilísimo amigo; y es hombre que hace confianza de mí, para
que apruebe sus composiciones latinas. Vamos, que es un poco de sabiduría, y
Vm. no ha de decir lo contrario.
Dr. Mera. Vaya Vm. con sus ejemplos a provocar la risa del mismo
He-ráclito; mas yo, en vez de reír, lloraré siempre este abuso, digo, pueril,
bárbaro, sacrilego y profano de las santas Escrituras. Su amigo de Vm. era el
genio más frenético que ha dado en esta vida.
Dr. Muritto. Según eso, ¿éste y los Padres de la Compañía ignorarían el
uso de la Escritura, como Vm. quisiera?
Dr. Mera. Sí, Señor, los jesuítas lo ignoraron, e ignoró su amigo aun el
modo de registrar un texto por las Concordancias, 290 Esta corrupción ve-nía,
en primer lugar, del siglo tan aficionado a las alegorías, vivezas,
galan-terías de ingenio, y al vago sonido y conformidad de la voz latina. Venía
en segundo lugar, de que aplicándose nuestros Padres a nuestros más fa-mosos
expositores, influían éstos en sus escritos un gusto viciado, muy viciado y
corrompido, que reinó en Maldonado,291 Villalpando, Pineda, Tirino, Alápide,
dedicados al sentido alegórico más que al literal.
Dr. Murillo. Conque el Señor Doctor Don Sancho, sina duda, supo que era
el fundamento de la oratoria la Escritura, pero no supo el verda-dero uso y
manejo de ella.
Dr. Mera. Debía Vm. decir que supo únicamente los abusos de la
Es-critura. Pero ¿qué admira, si en tiempos más cultos de nuestra Compañía, un
famoso predicador como Milanesio, en el sermón del difunto Obispo Polo y otros
que he visto, abusa, por el sonido de la voz, de la Escritura? Dígalo aquello
de Juan, santo que murió de amor, con el texto discipulum quem diligebat Iesus.
Dr. Murillo. Señor, esto es caminar con pasos muy gigantes de crítico
descomunal, y por la amistad que le profeso cordicitus, le puedo asegurar que
no le ha nacido todavía el bozo de la barba para hacer crítica tan dura.
Dr. Mera. En verdad que no tendría razón en decirme que no tengo edad
para ser crítico, si sólo se había de atender al número de los años y no al
mérito del talento, porque ya paso de los cuarenta y dos años.
Dr. Murillo. Aún son pocos, y a mi juicio le queda que llegar, cuando
menos, a mi edad, para tomarse los privilegios de criticar. Acá los viejos, y
más si estudiamos en algún colegio de nombre, como en la Compañía, hendemos y
rajamos con magisterio por donde nos da la gana, alabamos el tiempo de nuestra
juventud, censuramos la conducta de los presentes, y pronosticamos muy mal de
los futuros. ¿Qué importa que Vm. tenga al-guna pobrecita ciencia, y una
andrajosa media capa de capacidad amba-teñá, tal vez parecida a la del paisano
Fray Judas, pero b si le falta expe-riencia, en una palabra, si le falta edad
para ordenarse de crítico?
Dr. Mera. Si yo tuviera capacidad, talento, y los requisitos necesarios
para serlo, le persuadiera a Vm. que era muy ajeno de razón el atenderme la
edad. Viéneme a la memoria que no es Vm. el primero que requiere la serie
prolija de los años. Ya Justo Lipsio había hecho el mismo reparo, pi-diendo que
se prohibiese a toda persona que tuviera menos de veinticinco años, el tener o
pretender el cargo de corrector; de otra suerte, que fuese tenido por intruso,
y que sus correcciones no fuesen registradas en las ac-tas públicas. Mas ¿quién
hará esta Ordenanza? (añade el Padre Mabillon, que es quien cita de Lipsio este
pasaje); y ¿quién será el juez? El país de las letras es un país libre, donde
todo el mundo presume tener derecho de ciudadano. Sobre este pie, debía Vm.
hacerme un poco de favor, tan so-lamente en atención a mis cuarenta y dos años.
Dr. Murillo. Sí, Señor, hágole a Vm. todo el favor que necesita. Es,
pues, Vm. crítico hecho y derecho, crítico de todos los tiempos, crítico de los
críticos y sempiterno crítico. Y, si por falsedades puede haber buen crítico,
también es crítico de esta manera.
a
b
Lar: sin duda alguna, supo
Lar: omitido: pero si le falta
experiencia, en una palabra,
Dr. Mera, ¡Me ha hecho Vm. el mayor insulto! ¡Qué horror! Ser crí-tico
infiel y mentiroso es ser el monstruo más horrible en la república li-teraria.
Es ser la peste más...
Dr. Muritto. No era para tanto, pero, ¡parece que le he herido en lo más
vivo del honor! Perdón, Señor, no se me irrite más, que no ha sido mi ánimo
injuriarlo. Díjelo únicamente porque Vm. profirió germano pec-tore que mi Señor
Doctor Don Sancho supo únicamente los abusos de la Escritura, siendo que en el
sermón de Dolores no le oímos a su merced abuso alguno.
Dr. Mera. Cierto que no le oímos; mas esto dependió de que para los
entendimientos más despiertos ha amanecido el día de la ilustración, por-que en
éstos obró un grandísimo efecto de conversión y de enmienda la célebre Historia
de Fray Gerundio. 292 Antes que ella saliera a luz, más Gerundios eran los
nuestros que todos los religiosos de las demás órde-nes juntas.
Dr. Muritto. ¡Oh maravillosa historia! Leíla, ¿qué es de ella?
Dr. Mera. Como trataba sobre los prejuicios todos, que padecían en
España las letras, a causa de los errores de una mala crianza, lleva al héroe
de su historia desde la escuela de Villaornate hasta cierta comuni-dad
religiosa, donde Gerundio se formó malísimo predicador. Para mos-trarlo tal,
desmenuza y patentiza todos los principios de la mala educación de las órdenes
regulares, como si el autor de dicha historia se hubiera criado en sus
noviciados y claustros. ¡Qué sé yo si en esto tuvo razón o no el Padre Isla!
Mas por lo que toca a la oratoria cristiana, profanada, ajada y llena de
abusos, no se puede negar que habló con verdad, con crítica y mucho juicio. Su
estilo, irónico y chufletero, pudo producir mayor fruto si lograse la obra
llegar a manos de todos libremente; pero ella será prohibida por la
Inquisición. Y la suerte de la sátira, que corrige vicios del siglo, siempre
fue vivir a sombra de tejado, y aun sepultarse en las tinie-blas, por más que
haya sido tratada con el mayor tino y pulso. Nuestro Padre Isla poseyó
ventajosamente toda su sal, y mostró saber usarla en las irónicas fiestas
hechas al Señor Rey Don Carlos, por cierto Reino de España, 293 como después en
la apología de nuestra Compañía, cuyo título es La dama filósofa. *
Dr. Muritto. Pues vea Vm. que ya tenemos autos seguidos para deman-dar
en justicia a mi Señor Doctor Don Sancho con la susodicha historia. Así, según
lo poco que nos acordaremos de ella, convengo en que a su sermón se le ajuste
la corcoba, al predicador la golilla, a ver si le sacamos Gerundio.
El librito intitulado La
Dama filósofa, sin duda, que no lo escribió el Padre Isla, sino un jesuíta
francés (según parece), de más nobles talentos que el jesuíta es-pañol. Ha sido
necesario, que en obsequio de la verdad, haga esta confesión el autor de esta
obrilla.
Dr. Mera. Entro en el pacto de buena gana; ¿por dónde hemos de em-pezar?
Dr. Murillo. Ser por el estilo, porque es de lo que más entiendo.
Dr. Mera. Este fue muy florido, lleno de metáforas, de antítesis y de
alegorías. No se le dio el más mínimo lugar a la naturaleza desde que em-pezó.
Dr. Murillo. Quisiera oír repetidas algunas cláusulas para complacerme
nuevamente.
Dr. Mera. Esperaba de su grande memoria tuviese presente todo el sermón.
Pero allá va una, con que empezó el Doctor Don Sancho su ora-ción. Sorprendidos
de horror los pensamientos, se reclinan desmayados dis-cursos, en los brazos
del susto.
Dr. Murillo. ¡Valiente modo de decir! Aquí, hasta los pensamientos que
debían, alados volar libremente por la región del albedrío, los pensa-mientos
que nunca se subordinan a la sombra del espanto, que vencen los negros insultos
del miedo, y que dominan, señores, las serviles rebeliones del susto, se dejan
sorprender, cobardes, del horror. No quedan en pie, porque, aunque pudieran
sostenerse sobre las trémulas columnas de la re-flexión y del examen, éstas
mismas, a vista del horroroso cadalso, que en vez de altar se erige monumento
de sangre, obligan a que desmayen los pensamientos, embriagados de la lástima,
y caigan exánimes, si no en-vueltos en el propio horror, precipitados en los
brazos del mismo susto.
Dr. Mera. Pues observe Vm. que no hay valentía en este modo de de-cir,
ni en el comento que Vm. le ha dado. Todo es aquí hinchado, redun-dante y
carcomido de afectación. Todo el pensamiento se lo lleva el aire, porque
sencillamente no quiere decir más que la vista del Calvario llena de horror a
toda el alma. Sorprendidos de horror los pensamientos es un pie cabal de
romance endecasílabo con toda la cadencia de tal. Se reclinan desmayados
discursos: es otro pie a quien le falta el aire cadencioso. Esta cláusula,
finalmente, es aborto informe de una imaginación fogosa, y no hijo bien formado
y legítimo del entendimiento, porque, sin duda, éste no tuvo parte alguna en el
concepto. Es formada con demasiado estudio y meditación.
Dr. Murillo. Y ¿acaso será malo, especialmente cuando Vm. nos pre-dica
tanta meditación y tanto estudio?
Dr. Mera. Háblase aquí, Doctor mío, dea una ansiosa aplicación al adorno
de las palabras y a la cadencia de las voces y al entusiasmo del pen-samiento.
Así, un estilo muy estudiado y buscado es la señal de un genio apocado. Un
orador, cuando habla o escribe asuntos serios y graves, ha de atender más bien
a los pensamientos y a su sustancia, que a las pala-bras y su colocación. Fue
éste el carácter con que Bossuet señaló todas sus oraciones, así morales como
fúnebres; atento a proferir nobilísimos pen-samientos, parece que descuidaba a
veces el ornato del lenguaje. Por lo
a Lar: de esa ansiosa
que, cuando Vm. ve u oye una oración trabajada y pulida con semejante
cuidado e inquietud, puede estar cierto que ella nace de una genio me-diocre y
poseído de cosas pequeñas. Un orador que tiene grande el inge-nio y elevado, no
se detiene en tales menudencias. Piensa y habla con más nobleza y majestad, y
en todo lo que dice se ve un cierto aire fácil y natural que hace conocer un
hombre rico. Esta suerte de estilo pomposo se debe comparar (siguiendo el
original de donde le tomo) a los jóvenes muy cui-dadosamente peinados a
presencia de un espejo y espolvoreados delante de su tocador.
Dr. Murillo. Ya caigo en cuenta de dónde ha tomado Vm. toda esta
pinturilla. Es de Séneca, y si quiere Vm. oírme de penitencia, se lo enca-jaré
todo el pasaje entero como lo he visto.
Dr. Mera. Ea, diga Vm. a ver los extremos de su felicísima memoria, y a
ver si me saca infiel en la traducción.
Dr. Murillo. Dice: Nimis anxium esse te circa verba et compasitionem, mi
Lucili, nolo: babeo maiora quae cures. Quaere quid scribas non que-madmodum. .
. cuiuscumque orationem videris solicitam et politam scito animum quoque non
minus esse pusillis occupatum. Magnus ille remissius loquitur et securius;
quaecumque dicit plus habent fiduciae quam curae. Nosti complures iuvenes barba
et coma nítidos, de capsula totos. 294
Dr. Mera. ¡Prodigiosa memoria! pero inconsecuente, pues no se acuerda de
las cláusulas del sermón.
Dr. Murillo. Ya me acuerdo de unas cuantas, y me acordaré de todo él, si
Vm. me apura. ¿Quiere Vm. que se lo diga de principio a fin?
Dr. Mera. No, Doctor mío, que no hay tiempo para tanto. Para hablar
sobre el estilo, bastará con lo dicho hasta aquí, que apunte una u otra que más
breve se le ocurriese; porque al león por la uña se le conoce.
Dr. Murillo. Pues allá van dos. Primero: El Profeta Jeremías, templan-do
las cuerdas de su doliente lira. Segundo, al empezar el sermón: tener el
corazón abierto al golpe de la pena y cerrados los labios para la queja, nueva
y terrible especie de tormento.
Dr. Mera. Pues, amigo, lo dicho, dicho. Es todo el estilo del sermón
demasiadamente afectado, y hecho con un trabajo sin igual, como que ha-bía de
salir a un teatro en donde asistían personajes nuevos, que jamás tuvieron el
motivo de oírle. De allí tanto estudio, que a mi juicio, se hizo el sermón
cláusula por cláusula y de hora en hora.
Dr. Murillo. Ya concibo cómo es eso; explicaréme. Veo un hombre, todo él
agitado, revolviendo especies sobre especies, aprobando unas, re-probando
otras. Véole tomar la pluma allá entre furibundo, descontento y provocando a
lid al entusiasmo. Repítese en el seno de su idea y de su me-moria, eso de la
imagen de mi voz hecha pedazos de Verdejo; o el iba a emprender una osadía del
favorito Cienfuegos. Véole que después de tanta ideal y tumultuaria revuelta,
de tanta rebelión impetuosa de pensamientos,
a Lar: un mediocre genio
escribe sobre el papel un clausulón sonoro, que ocupa todo el oído; y
como la llama es de soplillo porque la encendió un fuego fatuo, cata allí que
queda mi compositor con la imaginación hecha un Chimborazo la plu-ma helada,
pendiente de una mano yerta y pasmada. Ahora, pues, para animar esta
imaginación cada vez, para dar vuelo a esta pluma empara-mada, para dar acción
a esta mano impotente, se me antoja que este com-positor pide una taza de té, y
que sorbiendo bien caliente, conforta de nuevo la cabeza y vuelve de nuevo a la
obra con un fervor desmedido; y que así con esta alternativa sabrosa y
saludable de té y de tintero, de sor-bos y de cláusulas acaba todo el sermón.
Dr. Mera. Está bastante viva su pintura; y de un compositor semejante se
puede decir lo que Monsieur Rollin dice de éstos en cuyas
composiciones se prefiere la reputación de hermoso ingenio a la de buen
ingenio, lo brillante a lo sólido, lo maravilloso a lo natural y verdadero. Se
quiere mejor hablar a la imaginación que al juicio, des-lumhrar la razón antes
que convencerla, sorprender su aprobación más bien que merecerla. Y mientras
que un hombre de este carácter por una especie de prestigio, y por un dulce
encanto se lleva tras sí la admiración y los aplausos de espíritus
superficiales que forman la mul-titud, los otros compositores, seducidos con el
atractivo de la novedad y con la esperanza de un igual acierto, se dejan
insensiblemente llevar del torrente, y con imitarle y seguirle le vuelven más
caudaloso y fuerte. Así este nuevo gusto desquicia sin dificultad el antiguo,
aunque mejor. Luego pasa a hacerse ley y arrastra todo la nación.
Hasta aquí Rollin. Pregunto ahora, ¿no ha sido este mismo el carácter y
vicio jesuítico del estilo del Doctor Don Sancho, y del de toda nuestra
Compañía en esta Provincia?
Dr. Murillo. Sí, Señor, cada día conozco más la verdad de lo que Vm. me
dice. Pero ¿un pobre orador se ha de andar con la lentitud perezosa de la
naturaleza, sin añadir alguna diligencia para hacer agradable de algún modo su
estilo?
Dr. Mera. Sí, ha de haber diligencia; pero del modo o de la forma que
enseña Cicerón en estas palabras: Atque illud primum videamus quale sit quod
máxime desiderat diligentiam, ut fiat quasi structura quaedam, nec id tamen
fiet operose, nam esset cum infinitus, tum puerilis labor. 295
Dr. Murillo. Creo al Señor Don Cicerón, y le prometo que ha de ser mi
diligencia como de las mías naturales, y nada artificiosas.
Dr. Mera. No se ha de contentar Vm. con solo esto. Ha de evitar toda
recomendación de sí mismo, y la más mínima apariencia de que está satisfe-cho
de su modo de decir, por no chocar & los espíritus delicados. Un estilo
pomposo y demasiadamente figurado trae consigo esta secreta recomenda-ción de
su adorno y una tácita jactancia de su mérito. Y si estofen el cuerpo
de la oración irritaría la emulación, a los principios de la salutación,
o lo que se llama el exordio, producirá el odio y el desprecio.
Dr. Murillo. No, sino el amor y el aprecio. Nunca salió más aficionado
el auditorio quiteño a la oratoria de mi Sr. Dr. D. Sancho, que . cuando
em-pezó el cuerpo del sermón de una fiesta de San Pedro, de esta manera: Hay
quien diga que no pecó Pedro; miente el farsante: pecó Pedro. Expresión tan
bizarra no chocó a nadie, que a todo el mundo agradó.
Dr. Mera. Es maravilla que agradase una visible falta de moderación.
Este vicio como el de empujar unos clausulones de pompa y de gala, es muy
contrario a las reglas de la buena retórica, que piden un género de principio
modesto, natural, y aun en cierto modo, humilde para captar la atención y
benevolencia del auditorio. La razón es porque en todos los hombres (como nota
Quintiliano), hay cierto género de nobleza y de ma-jestad en su corazón, que no
permite que el orador, ni ningún otro, hable con satisfacción y energía.
Dr. Murillo. Ni yo gusto de que ninguno hable delante de mí con
sa-tisfacción y herejía.
Dr. Mera. In primis igitur (dice Quintiliano) omnis sui vitiosa iactatio
est eloquentiae contraria, tamen in oratore praecipue vitanda, affertque
au-dientibus non fastidium modo, sed plerumque etiam odium. Habet enim mens
nostra natura sublime quiddam et erectum, et impatiens superioris. Ideoque
abiectos, aut submittentes se libentur allevamus, quia hoc facere tamquam
maores vdemur, etquoties discessit emulatio, succedit huma-nitas. 296
Dr. Murillo. Esto sí, en a hablándome latín, luego quedo enteramente
instruido. Pero válgame Dios, que estos Padres quiteños, ni este mi Sr. Dr. D.
Sancho ¿no habrán tenido, cuando no buenos principios para saber estas reglas
de retórica, siquiera buenos modelos que imitar?
Dr. Mera. Los hemos tenido muy excelentes, así de casa como de fuera.
Los de casa han sido los maestros de la elocuencia cristiana, y algunos de
ellos hemos visto por acá, como a Cheminais, 297 el Bourdaloue, el Señeri, el
Texier y el Neuville. Callo de propósito el ingeniosísimo Vieira, porque me
duele que tan bello genio naciese en donde se le estimuló con la corriente del
gusto, a que, usando de su admirable viveza, hiciese tomar más y más alas a su
imaginación, y no en país donde, reprimido bastantemente aquel vuelo, se le
formase la solidez útilísima del juicio. Sería quizá por ver que un espíritu
como el Padre Vieira erró el método de la oratoria cristiana, que se cuenta que
el Sr. Fléchier 298 asombro de elocuencia, leía frecuente-mente los sermones
italianos y españoles, pero que los llamaba sus bufones, confesando, que lo
ridículo de estas obras había contribuido a purificar y fortificar su gusto en
lo verdadero, sin lo cual no hay ni hermosura, ni fuerza en la elocuencia.
a Lar: hablándome en latín,
Dr. Murillo. ¡Oh, que este Monsieur sin duda alguna no leyó las cinco
tardes de Cuaresma predicadas en Lisboa por el Padre Simón de Gama, 299 de la
esclarecida Compañía! ¡Ah! ¡Qué hombre tan elocuente! Sólo mi Sr. Dr. D. Sancho
podía empezar un sermón con mejorado estilo que el Padre Gama; oiga Vm. un
retazo:
¿Quién en la estación más florida de la primavera, en la mañana más
plateada de un día, no vio romper de la última línea del hemisferio, o de la
última apariencia del océano, aquel globo de oro, aquél que es únicamente fiel
en juzgar a dos cabos, por ser alma circular de dos polos, quiero decir al sol,
el cual, como al parecer sale de las ondas, así trae equivocadas las madejas
con las perlas, que sacudiendo airosamente el dorado pelo, de cada rayo
despide, un aljófar, y de cada aljófar encrespa un rayo? Li-sonjeada o
galanteada la ...
Dr. Mera. Alto allí, Doctor mío. Sin duda que no pudo Vm. traer cosa más
parecida al estilo del Dr. D. Sancho que éste del Padre portugués. Digo que
tenía razón el Señor Fléchier de llamarlos bufones, por la ridiculeza de su
compostura afectada. Pero es lo que Vm. debe detestar; porque viniendo a
nuestros ejemplos domésticos, vea Vm. que no se han portado como nuestro Padre
Gama los maestros de la elocuencia evangélica. Allí están los sermones de San
Francisco Javier, y los de la devoción a la Virgen en Che-minais; mas, ¿dónde
hallará la hinchada y reluciente ampolla de Sorprendi-dos de horror los
pensamientos? Bourlaloue fue nombrado con el epíteto singular y extremamente
honorífico de Crisòstomo de la Francia, como que fue un orador facundo y
admirable; ¿dónde en sus oraciones fúnebres de Enrique de Borbón y Luis de
Borbón, Príncipes de Condé, y que deben ser sus mejores piezas, dónde, ni en
ellas, ni en todos sus sermones leerá Vm. esta expresión metafórica y
afeminada: Se reclinan desmayados discur-sos en los brazos del susto? El Padre
Señeri se llamó con mucha razón el sagrado Demóstenes de la Italia; usa en sus
panegíricos y aun en sus dis-cursos morales de descripciones agradables, de
imágenes vivas y brillantes; pero ¿dónde hallará Vm. el borbotón poético de
Templando Jeremías las cuerdas de su doliente lira? El Padre Texier es un
orador pungente en sus reflexiones, fecundo de hermosos y agudos pensamientos,
y este Padre es-cribió particularmente sermones tocantes a los misterios y
festividades de la Virgen, también de sus dolores; mas en todas sus elocuentes
expresiones, deme Vm. una antítesis que se parezca a ésta. ¿Tener el corazón
abierto al golpe de la pena, y cerrados los labios para la queja? Nuestro
felicísimo Pa-dre Neuville nos ha dado un modelo de oratoria en la oración
fúnebre de Fleury. Su estilo es pliniano, y bien que su oración se puede llamar
con toda propiedad profana, porque al Cardenal de Fleury le alaba por las
vir-tudes políticas y por un hombre hábil en las materias del Estado; mas ella
es una gran pieza de elocuencia formada, como dije, según el estilo de Pli-nio.
Con todo, ¿dónde está ese modo satisfecho de empezar su panegírico, ni esas
cláusulas forjadas en la fragua de sola la ciega imaginación? De donde se debe
inferir que, teniendo el Sr. Dr. D. Sancho modelos acabados que
imitar, o no los vio o no quiso ser elocuente de verdad, sino de
apariencia en su sermón. Quiso solamente parecer que lo era, quiso hacerse
singular dejando el camino real de la sana y majestuosa elocución. Con razón
hubo uno que cerca de nosotros dijese en la Iglesia, que se reirían los
franceses de la tal oración, si la hubieran llegado a oír.
Dr. Murillo. Así fue; de donde juzgo que éste que lo dijo se habrá
ver-sado en la lectura de ellos, y tendrá narices de agudísimo olfato para
percibir el perfumado exquisito hálito de los estilos y de los sermones. No
haré en adelante otra cosa sino creerle. Pero a fe, que ni éste ni todos los
franceses juntos, ni Vm. mismo que es tan pulcro, por no decir delicado,
quedarían descontentos en el asunto; pues, a mi ver, fue sin duda muy juicioso
y con novedad.
Dr. Mera. Entro yo desde luego en el examen de la idea, y digo que
también de ella se reirían los franceses, y todos los que estuviesen instruidos
en las ventajas saludables y condición milagrosa de la elocuencia sagrada. El
orador cristiano debe proponerse una verdad útil para manifestarla al pue-blo
católico, o bien reprendiendo el abandono a los vicios, a vista de los
vencimientos que lograron de sus pasiones los Santos. El objecto de los
sermones de los Padres no fue sino combatir a la relajación de costumbres, y
promover el ejercicio de las buenas obras. ¿Si debería ser otro el fin de todos
nuestros oradores? Más, es cierto que el orador deberá seguir la doc-trina de
nuestro Padre Houdry, 300 que quiere que se expliquen los miste-rios de
Jesucristo y la Virgen, no con las voces facultativas de la teología, sino con
un modo sencillo, capaz de que se comprenda por el auditorio; y dice que este
mismo deseo manifiesta la Iglesia en los oficios peculiares de estas
festividades. Hace esta reflexión Houdry, porque (como vemos en los
predicadores franceses del siglo pasado en el día de cualquiera misterio, se
dio en deducir siempre un asunto moral, que tuviese conexión con él. Sea de
éste o del otro modo, el fin es que aprovechen los fieles, que saquen fru-tos saludables
del sermón, y que se promueva el mejorado plan de vida de un cristiano. Sin
esto, sea cual fuere el método del orador y de la oración, no hay cosa que se
parezca y sea conforme a la santa primitiva institución que tiene la divina
palabra. Supuesto esto, ¿podrá Vm., Doctor mío, repetirme el asunto del sermón,
para que mejor le examinemos?
Dr. Murillo. Con este epígrafe le diré todo: Victoria y triunfo sobre el
dolor.
Dr. Mera. Parece que Vm. se ha olvidado del asunto.
Dr. Murillo. No. Señor, dirélo más claro y perceptible: constancia
triun-fante y paciencia victoriosa en lo acerbo del mayor dolor.
Dr. Mera. Aún no me aquieto, creyendo que Vm. padece equivocación en lo
que dice.
Dr. Murillo. También es quererme hacer muy boto, ¿qué quiere decir la
proposición: Marta acometida por todas partes del dolor, pero no vencida de él?
Dr. Mera. Muy bien, y ¿qué saca el auditorio de que se persuada esta
proposición, especialmente si no se le hace conocer las soberanas fuentes de la
gracia, para lograr constancia en los trabajos, sufrimiento en las
adver-sidades, resignación en todo mal y vencimiento de las tentaciones, que
siem-pre y a todas horas nos cercan? ¿Qué saca, digo, el auditorio de esta idea
especiosa y académica, sino admirar vanamente la viveza del predicador, bien
que ingenioso, pero nada nada sólido?
Dr. Murillo. Por cierto, que a vista de esto no he de ser su hijo de
con-fesión, porque es demasiadamente escrupuloso. A mí me pareció que predi-car
lo imponderable del dolor de la Virgen, haciendo ver que no se rindió a él,
sino que lo superó con maravillosa constancia, era tomar un asunto digno,
cristiano, laudable.
Dr. Mera. Pues si así le pareció, diga ingenuamente ¿qué afectos
piado-sos, qué movimientos de amor y gratitud hacia la Virgen, qué deseos de
imitar su constancia entre las humanas desgracias, qué motivos de aborrecer el
pecado que fue la causa de los tormentos de María, qué medios para guar-darse
de él y vencer sus pasiones, sacó Vm. de ese dolor tan bien exa-gerado?
Dr. Murillo. La verdad, nada, nada de todo esto que Vm. pregunta se me
ha pasado siquiera por la imaginación. Ni que se me había de pasar, cuando
estuve todo yo extático y arrebatado por la elegancia del estilo, por la
anticipada propiedad del gesto y del ademán, y por el rápido borbollón de
tantas expresiones figuradas. ¡Oh! Vm. también quiere gollorías con mi pobre
alma. Conque, mientras mi oído y mi imaginación estaban absortos con lo que les
halagaba, ¿había de estar mi voluntad moviéndose a convertir, o a abrazar
medios para ser santo? Dígame Vm. también ingenuamente, cuando oye un concierto
de flautas y violines, que tocan unas arias, o folias italianas, con el ansia
de oír sus diferencias, o lo que los músicos de Quito llaman transportados,
eleva Vm. el entendimiento a hacer contemplaciones filosóficas?
Dr. Mera. Eso no puede ser, porque en el espíritu en que profundamente
está lisonjeada y absorta la imaginación, no tienen uso el juicio y la razón.
Dr. Murillo. Vm. entenderá de esto; pero sea como fuere, yo estuve
in-capaz de hacer siquiera una mirada a Nuestra Señora, porque no pude apar-tar
ojos ni imaginación del púlpito y del asombroso predicador. Dígole a Vm. la
purísima verdad, que no me acordé ni un átomo de la Virgen, por estar todo
ocupado en el florido y verde primor de mi Sr. Dr. D. Sancho.
Dr. Mera. Luego, bien se puede decir que este Doctor no halló al juicio
ni a la voluntad, sino tan solamente a la imaginativa. Mas óigame Vm. otra
preguntilla. Y después del sermón, ¿qué consideraciones cristianas se
pro-dujeron en su alma?
Dr. Murillo. ¡Alabado sea Dios! ¡Qué hombre tan extravagante, tan
preguntón, y tan impertinente en sus averiguaciones! Viejo es Vm. y más
viejo que yo, según el modo. ¡Qué consideraciones cristianas ni qué
consi-deraciones cristianas! ¿No fue Vm. mismo testigo ocular de que no me
acordé de otra cosa en la iglesia, que de saltar, brincar, menear la cabeza,
fregarme las manos de contento, de gusto, de admiración? ¿No oyó Vm. acaso que
acabadito el sermón fue un elogio altisonoro hecho con tamaña boca, mi primer
hálito, mi precursora respiración?
Dr. Mera. Si no fue otro el fruto que sacó Vm., vea allí perdida la
se-milla de la divina palabra para con su alma.
Dr. Murillo. No fui solo yo en quien se perdió y no se sembró; y así no
espere Vm. cosecha alguna del sermón de Dolores en este año; porque a ninguno
vi que saliese de la iglesia sino derretido y deshecho en los aplausos de mi
Sr. Dr. Dn. Sancho, y todavía embriagado del asombro y de la ad-miración.
Dr. Mera. Duélome de esta desgracia; y es preciso, para convertirle,
re-ferir a Vm. las palabras de mi Cassini, para que este eminentísimo orador le
predique a Vm. Dice así en boca de Jesucristo: "¡Oh, cuánto mejor sería
para mi Iglesia que algunos predicadores nunca hablasen! todo es vano pru-rito
de oír aplausos. Más, en vez de exponer las Escrituras cuentan fábulas, en vez
de excitar compunción mueven a risa, y en lugar de oír, luego que se acabaron
sus sermones, las cristianas conmociones de los arrepentidos, oyen los aplausos
teatrales de los disolutos."
Dr. Murillo. Convertido me ha este Señor Cassini, y confieso con
con-fusión (que es parte de una buena confesión) que cae de redondo la prédica
sobre mi Sr. Dr. Dn. Sancho. Pero si esta censura padece justamente (vuél-volo
a confesar, que he dado en escrupuloso) este sapientísimo orador, ¿cuál será la
que merecen los otros predicadores de rumbo, cuyos asuntos son aún más
distantes de lo común, y afectan de raros y de exquisitos?
Dr. Mera. Merecen la ignominia de ser llamados, en esta parte,
Gerun-dios; porque, no sabiendo los elementos de la oratoria cristiana, aun
ignoran cómo y para qué se ha instituido en la Iglesia de Dios la predicación.
Dr. Murillo. Pero no se me maneje Vm. tan serióte, que parezca
misione-ro. Convencido de lo que me dijo la otra tarde, de que en burlar el
error no hay maldad, dijo que si algunos predicadores son amigos de lo rumboso,
esto es más para reír que para llorar. ¡Ea! Acuérdese Vm. del sermón de San
Pedro Nolasco de un famoso orador. Su asunto es que el amor de este Santo
Patriarca para que venga cabal con aquellas palabras: Maiorem carita-tem nemo
habet ut animan suam ponat quis pro amicis suis, 301 se debía rebajar; porque
habiendo tolerado tanto como toleró, que bastaba para dar a otros muchos la
muerte, con todo Nolasco no puede morir. La ardentísima caridad con su más
crecido padecer le da vida; luego, sólo puede morir cuando no sea tan intensa y
tan ardiente su caridad, o cuando se le dé mu-cho menos que padecer.
Dr. Mera. ¡Gran sutileza de pensamiento! Mas este mismo era el sermón
del R. P. Maestro Alava, que ofrecí manifestar a Vm. como ingenioso. Lo
oiría Vm., yo lo he leído manuscrito. No me quejaré, sino que agradeceré
el que me haya prevenido. A la verdad, más o menos es la idea tal como Vm. la
ha repetido, y es preciso decir que todo su auditorio estaría compuesto de
gentes dadas a la metafísica, que su asunto estuvo muy provechoso al común de
los fieles, y que sacaría del sermón a todos edificados y persuadi-dos al amor
del prójimo o al de Dios. ¡Ea! que a los que tenemos cuarenta y dos años de
edad, nos importa infinito hablar con quien tenga otros veinte más. Vamos con
otro ejemplito de mi Dr. Murillo que me va gustando.
Dr. Murillo. Oiga Vm. otro rumboso, nuevo y flamante que se pierde de
vista. San Norberto, v. g., avasalló la ambición, supo vencer sus tentaciones
(estoy en la salutación, para que Vm. guste mejor), no se dejó llevar del
esplendor de las honras y dignidades (como que hubiera habido santo que lo
fuese sin esta virtud), y todo esto es lo que le canta el mismo Evangelio (y el
predicador cantó en la pintura bajo la solfa del Padre Aguirre.) Pues, ¿qué
gracia elogiar a San Norberto con el elogio del Evangelio? (Es de al-guna
impiedad el Padrecito.) Así San Norberto es San Norberto; asunto dignísimo que
va a probar el Padre predicadero. Dicen que cuando Dios envió a Moisés para que
fuera el Libertador de su pueblo, pidió Moisés al Señor testimonio evidente,
para que le creyesen. Anda, le dice Dios, y bás-tete decir que "el que
es" me envió: Qui est misit. No dirá Moisés me envió el Todopoderoso, el
hacedor de milagros, porque el mayor elogio de Dios mismo está en que diga: Qui
est misit. Y Dios mismo se da su mejor reco-mendación diciendo: Ego sum qüi
sum. ¿No están excelentísimos asunto y prueba?
Dr. Mera. Maravilloso Gerundio fue éste. Lo oiría Vm. sin duda, muchos
años antes que al Reverendo Maestro Alava.
Dr. Murillo. ¡Qué sé yo cuándo sería! Diviértase Vm. que eso es lo que
importa.
Dr. Mera. Decíalo porque creo que, no obstante algunos graves defec-tos
de nuestra oratoria sagrada, está mejorando el púlpito de hoy respecto de los
tiempos anteriores.
Dr. Murillo. No sé qué diga. Si Vm. encuentra Gerundio a mi Sr. Dr. Dn.
Sancho en el estilo, y aun en el asunto, siendo que es el príncipe de la
elocuencia y el Demóstenes quiteño, ¿cómo quiere Vm. que los demás no sean
Gerundios? Aquí viene de perlas un retazo de sermón, que le espetó a Fray
Gerundio un señor Magistral pariente suyo. Repíteselo a Vm. y no es porque no
haya leído esta obra, sino porque ya le veo muy cargado de hipocondría, y
porque se halla en la parte segunda de esta historia, que dizque no está
recogida por la Inquisición, dice:
Supuesto que es tan necesaria la teología, la filosofía o la dialéctica
para la oratoria, tú que no eres dialéctico, filósofo ni teólogo, ¿cómo has de
predicar? Tú que no has visto a los Concilios, a los Padres y a los
Expositores, sino que sea por el forro, y aunque los vieras por aden-
tro, seguramente no los entendieras, ¿cómo has de predicar? Tú que ni de
los misterios, ni de los preceptos del Decálogo, ni de los de la Santa Madre
Iglesia, ni de los vicios, ni de las virtudes sabes más que lo que enseña el
Catecismo, ¿cómo has de predicar? Dirás que leyendo buenos sermones, y ¿cómo
has de saber cuáles son buenos y cuáles son pésimos, cuáles se deben imitar y
cuáles abominar de ellos? ¿Especial-mente cuando entre tanta peste de estos
escritos, como tenemos en España, apenas hay dos o tres autores que puedan
servir de modelo? Responderás que oyendo buenos predicadores. Y ¿adonde has de
ir a buscarlos? ¿Te parece que hay tanta abundancia de ellos en este siglo? No
obstante, ya algunos van abriendo los ojos y procuran también abrírselos a otros;
ya van entrando por camino derecho, y solicitan con glorioso empeño que otros
entren igualmente por él. Ya se oyen en España algunos predicadores (no son
muchos por nuestros peca-dos ) que se oirían sin vergüenza, y acaso con envidia
en Versalles y en París. Pero ¿por dónde has de saber discernirlos tú, ni mucho
menos tomarles el gusto? Tú que en todo le tienes tan perverso, que a guisa de
escarabajo racional te tirás siempre a lo peor, a lo que infiero del
disparatado sermón que acabo de oírte, tanto te has pegado de un mal-dito
Florilegio que anda por ahí, para vergüenza inmortal de nuestra nación, y para
que se rían de ella a carcajada suelta todos los que nos quieren mal.
Hasta aquí Lobón, 302 haga Vm. la
aplicación.
Dr. Mera. Ya se ve que ha traído Vm. oportunamente tan largo pasaje del
Padre Isla, y que no debe haber comparación del Dr. Dn. Sancho con mu-chísimos
que más que indignamente ocupan la cátedra de la verdad. Dn. San-cho, al fin,
mal que mal, con método o sin él, ha hecho legítimamente la común carrera de
sus estudios, y tiene (bien que ofuscado el entendimiento y todavía en
mantillas la razón) una imaginación despierta, luminosa y fe-cunda, de suerte
que, si con ella diera lugar al juicio, haría unas oraciones del mérito de las
de nuestro Padre Segaud, 303 de quien dice un moderno escritor, que hablaba con
toda la facundia de un orador y con toda la sen-cillez de un apóstol. No
diremos por esto, que en su juventud ni juniorado haya manejado las Instituciones
oratorias de Quintiliano, menos los Trata-dos de Oratore, de Claris Oratoribus
de Cicerón, muchísimo menos las ora-ciones de Demóstenes; pero no podemos negar
que trilló, y aun encomendó a la memoria su fragmentillo tejido de tropos y
figuras, y de lo que se lla-maba retórica. Nunca podremos asegurar que conoció
el carácter de la só-lida gloria, la idea del buen gusto, la noción de las
pasiones humanas, el distintivo del verdadero bello espíritu. Pero hemos de
confesar, que nuestro trato jesuítico, que la multitud de gentes hábiles, que
la emulación en los estudios, que el deseo ansioso de parecer y de ser a
nuestro modo sabios, hizo las veces de un fino conocimiento para lo más selecto
y exquisito que
pudimos alcanzar. Jamás persuadiremos que supo las fuentes de una y otra
teología escolástica y moral que estudiábamos; pero afirmaremos juiciosa-mente
que con ellas, y sus treinta y dos materias de conclusiones, podía pre-dicar
sus sermones sin incurrir algunas proposiciones heréticas o escandalo-sas. A la
verdad, no podremos decir lo que Monsieur Fléchier del Señor Montansier, 304
Canciller de Francia, que leyó el Nuevo Testamento ciento trece veces con
aplicación y con respeto. Pero podremos afirmar, sin peli-gro de mentir, que
muchos millares de veces ha oído con bastante inteli-gencia (aquella nacida de
la que tiene, más que muchísimos otros, en la tal cual latinidad nuestra)
muchos lugares del Antiguo y Nuevo Testamento en toda la sagrada serie del Oficio
divino. Después de esto, yo hago justicia al mérito de la elocución del Dr. Dn.
Sancho en los términos que han he-cho los sabios al estilo de Séneca, de quien
han dicho, que dulcibus vitiis abundat.
Dr. Murillo. ¿Y cómo se detiene Vm. solamente en decir que hace
jus-ticia a su elocución, debiendo decir de una vez que hace justicia a su
elo-cuencia?
Dr. Mera. Porque es muy distinta la elocución de la elocuencia. Aquélla
es la certeza, y la elocuencia consiste verdaderamente en colocar las razones
más convincentes y oportunas en aquel lugar del discurso donde produzcan un
efecto más sensible y natural; en disponer, en tiempo y con oportunidad, la
moción de los efectos; en ordenar, con primor y consecuencia, imágenes vivas y
patéticas; y en hacer una oración, que aunque por el estilo llegase a disgustar
al oído, pero que, por el vigor de la persuasiva, obligase al enten-dimiento a
creer lo que se le propusiere. Tal fue, y en esta manera elo-cuentísimo San
Pablo, que, aunque bárbaro en el lenguaje, porque no ha-blaba expeditamente el
griego y en su nativa pureza, pero con su persuasiva era un torrente impetuoso,
que todo lo arrebataba tras sí. Y tales fueron los Padres de la Iglesia.
Dr. Murillo. Siendo así, dígame Vm., ¿qué siente de la elocuencia de mi
Sr. Dn. Sancho?
Dr. Mera. El decírselo viene a parar en hacer una prolija anatomía de
memoria, imaginación, entendimiento y cualidades de alma de este nuestro
orador. Mas si ha de ser así, digo desde luego que su elocuencia no es justa,
ni colocada en la clase de perfecta, ¿qué digo de perfecta?, ni aún en el grado
de mediana.
Dr. Murillo. ¡Oídos que tal oyen! ¡Oh, cuánto meditara mis sermones si
yo fuera sacerdote! ¡Oh, cuánto trabajara para no entrar en los colmilla-zos de
su voraz crítica! Cuando menos, cuando menos yo procurara predicar sin
arreboles ni arremuescos, el menosprecio del mundo con las lecciones del
Kempis.
Dr. Mera. Sí, Señor mío, que de este modo acertaría; y vea Vm. allí, que
con lo que ha exclamado me dio la ocasión de hacerle brevemente un apunte de
historia, aunque sea interrumpiendo lo que iba a decir sobre la
elocuencia del Dr. Dn. Sancho. Vamos a él. Foulques, sacerdote de
cortísi-mo talento, ignorante y falto de letras por otra parte, era Cura de
Neuville sobre el Marne, entre París, y Lagni. Por la corrupción y obscuridad
de su siglo, como por los efectos de su propia ignorancia, fue un eclesiástico
de vida estragada y escandalosa. Pero llamado de la gracia divina fue después
de su conversión un celoso predicador que exhortaba a todos momentos el
desprecio del mundo, que reprendía a los hombres usureros de que abun-daban
aquellas provincias. Como era conocido el carácter de Foulques en ellas,
incurrió antes que su estima, su desprecio y su contradicción por todo el
espacio de dos años. Pero ¡oh maravilloso poder de la divina palabra! ¡oh
eficacia del celo apostólico y de la sinceridad con que se solicita exponer a
los fieles lo verdadero! Después de procurar Foulques instruirse en la
Escritura y la moral, oyendo a los teólogos en las escuelas de París, adonde
iba con este designio, continuó predicando, mas siempre con sencillez y con
verdad, y siempre con un fruto tan admirable, que muchísimos pecadores
convertidos, postrándose a sus pies, tenían el azote a la mano y confesaban
públicamente sus pecados. Las mujeres disolutas, cortándose los cabellos,
abandonaban su vida torpe. En fin, los estudiantes, los doctores, el clero
oyéndole aseguraban que el Espíritu Santo hablaba por la boca de Foulques, y
escribían a los sermones que le oían. Pero a esos mismos, este celoso cura
exhortaba a que hicieran sus lecciones concisas, útiles y agradables, y
per-suadió a muchos a que cortasen muchas vanas sutilezas y cuestiones
super-fluas. Predicó por toda la Francia, Flandes, Borgona y una gran parte de
la Alemania, siendo convidado por los obispos y recibido en todas partes como
un ángel. Vea Vm. ahora por aquí, si no fuera útilísimo, y mejor que
cual-quiera predicación, predicar con el fervor de este celo.
Dr. Murillo. Conociendo estoy que el fin del orador cristiano es sacar
los provechos que sacó Foulques. ¡Ah! ¡buen cura! También estoy conocien-do
cuán distinta es la elocuencia de nuestros predicadores a la de las que quieren
hablar cristianamente, y que parece que Vm. tiene razón en decir que la de mi
Sr. Dr. Dn. Sancho no era justa, perfecta, ni mediana, si he de atender a los
frutos.
Dr. Mera. Pues si quiere Vm. que se lo manifieste, no haga más que
re-petirme las fuentes y lugares de donde tomó el Dr. Dn. Sancho los
funda-mentos de sus pruebas.
Dr. Murillo. Allá voy sobre la marcha. Después de aquella cláusula:
Sorprendidos de horror los pensamientos, registra por su pensamiento san-gre
que corre y se vierte por todas partes en las calles, en las plazas, en el
santuario, en la tierra y en el cielo. Después (digo) de esta amplificación
sanguinolenta, registran sus ojos con asombro, con extrañeza, con horror, un
delincuente, e ignorando en la atención al objeto, abulta con las dudas la
noble idea de sus delicados pensamientos. ¿Si será, dice, algún facineroso,
algún malhechor, reo de todas las maldades, y al mismo paso, blanco de
a Lar: escribiendo
todas las miserias? ¿Si será Adán, ese hombre tan beneficiado, como tan
desagradecido, que pagó con negras ingratitudes las beneficencias de su Dios?
¿Si será esa inteligencia rebelde, que trajo por auxiliar de su rebelión el
infausto bostezo de su soberbia? ¿Aquel ángel tumultuario, que arrastró
consigo, convertido en negro aborto, las claras antorchas de sus insolentes
partidarios? Ninguno de ésos es, sino que el delincuente es Jesucristo.
Luego... *
Dr. Mera. Deténgase Vm. aquí por su vida, Señor Doctor. Yo le había
preguntado los lugares inventados para las pruebas, y no los que tomó para el
plan de salutación y la economía del exordio; mas ya que ha compen-diado Vm.
esta parte de la oración, es preciso decir que le falta todo el artificio de la
verdadera elocuencia, porque no se acomoda al juicioso sen-tir de un auditorio
católico, porque a éste le quiere sorprender con una extrañeza, con la que ha
de estar, ya que no dudosa (que no lo permite la solidez de la piedad que
profesamos) a lo menos suspensa su fe, mientras termina este orador sus falsas
hipótesis, adornadas de la prosopopeya, y porque, en vez de inspirar la
horrorosa malicia del pecado, descubriendo, des-de luego, en el Calvario a todo
un Hombre-Dios crucificado, se quiso más bien tomar un género de disposición
extraordinario y remontado, para vol-ver, cuando menos por algunos momentos,
vacilante la verdad del sagrado objeto que miraban todos los fieles. A la
verdad es querer (como solicitaba Renato Descartes que se dudase de toda
existencia y de todo ser, aun el divino, por un instante, para venir después
por el carácter del propio pensa-miento a inferir su propia subsistencia y ser:
ego cogito, ergo sum) que se suspenda el asenso a las verdades reveladas de la
pasión del Salvador, que murió por redimirnos sobre la cruz. ¿Si será Luzbel,
si será Adán el cruci-ficado? Es una pregunta que sirve de tentación y prueba a
nuestra fe, en tiempo que se celebran los divinos misterios, y cuando sabemos
que el sa-crificio que se interrumpe, es el mismo que se ofreció sobre el
Calvario. La pregunta es semejante a la que se hace a sí misma la Samaritana.
Ella es instruida en todo el secreto de la Ley nueva por el mismo Jesucristo.
Ella oye de su boca la serie de su mala vida, en la manifestación de los cinco
maridos que había tenido, y de aquél que tenía, aunque en verdad no lo era.
Pero después de todo, cuando publicó las maravillas de este Profeta, añade,
Dixit mihi omnia quaecumque feci; numquid ipse est Christus? 305 Vamos, que un
genio fogoso escoge la más sustancial, con tal de que tenga la perspectiva de
hermoso, brillante, agudo y nuevo. Pero en este modo de hablar hay un cierto
atrevimiento impío, que choca al entendimiento cristiano. Diráse: tal vez, que
los fieles al oír ese indecente y arrojado: Num-quid ipse est Christus? del Dr.
Dn. Sancho, nunca suspendieron el asenso,
Como no se tuvo a la mano el
cuaderno del sermón del Dr. Dn. Sancho, no se ponen aquí al pie de la letra sus
períodos. Pero habiéndose hecho uso de la memoria, ésta ha socorrido en el
pasaje presente y otros con bastante fidelidad, casi el mismo orden de sus
palabras y expresiones.
sino que antes ejercitaron su fe, respondiendo a las preguntas de que si
será éste o si será el otro, con la humilde confesión de Pedro: Tu es Christus,
filius Dei vivi. Debía decirse así que en tan imprudente tentación ejercitaron
de verdad los oyentes su fe, y que ellos tuvieron que merecer. ¿Será buena esta
conducta de predicar en un orador evangélico? De ninguna manera. Note Vm.
conmigo una reflexión, que ahora se me ofrece sobre las palabras de la
Samaritana. Ellas, pues, parecen de duda y de falta de verdadera fe de que
fuese Cristo quien la había hablado. Pero lo que nos asegura el Evan-gelio es
que en la ciudad de la Samaritana, muchos de sus compatriotas cre-yeron en
Jesucristo, por la palabra de esta dichosa pecadora que daba testi-monio de la
verdad, publicando los prodigios del Mesías: Quia dixit mihi omnia quaecutnque
feci. Es el caso que la eterna Sabiduría guarda este or-den, cuando dirige la
lengua de la Samaritana. Hace que primero profiera cuanto admirable le había
descubierto y cuanto oculto y delincuente le había manifestado, para que llegue
a esa expresión: Numquid ipse est Christus? La que (después de publicada la
excelencia del Salvador) no tiene riesgo de parecer duda. Así era que debía
portarse nuestro predicador, publicando con digna ampolación o los misterios
altísimos y misericordiosos de nuestra reparación, o la soberana divinidad y
naturaleza del Reparador, aunque fuera para después venir a hacer ostentación
de su muy amada etopeya, la cual, según buenas reglas de retórica, no corresponde
al exordio, sino a esas otras partes de la oración, peroración o narración.
Dr. Murillo. Mucho se ha fervorizado Vm. Señor Doctor, y aun nos ha
espetado todo un largo concepto pulpitable.
Dr. Mera. Digo, sin hipocresía, que un celo cristiano me ha hecho
prolijo, y aún más, que añada esta otra reflexión. Cuenta el santo Evangelio en
el mismo capítulo IV de San Juan, que los samaritanos llegaron a presencia de
Jesucristo, que fueron muchos de ellos los que creyeron en El por su divina
predicación: Multo plures crediderunt in eum propter sermonen eius. ¡Oh! y
cómo, sin abusar de las palabras de la santa Escritura ni cometer una
ge-rundiada, podría yo decir que muchos del auditorio quiteño o ejercitaron
meritoriamente la virtud de la fe, o tal vez padecieron suspensión de asenso,
en el conocimiento del que pendía de tres escarpias sobre la Cruz. Y esto ¿por
qué? Por las expresiones propasadas del Dr. Dn. Sancho, propter sermonem eius.
Pero, gracias a Dios, que por su misericordia no llegamos a poner en duda que
el que padecía crucificado era un Dios-Hombre, Redentor nuestro. Nosotros
mismos (podremos decir con las palabras del mismo Evangelio) nosotros mismos,
en virtud de la revelación y de la fe que profesamos, lo hemos oído y sabemos
que este Jesús, que llevó sobre sí nuestros dolores y desfallecimientos, es
verdaderamente el Salvador del mundo. Diremos lo que aquellos samaritanos a la
Samaritana: dirémoslo al Dr. Dn. Sancho: Quia iam non propter tuam loquelan
credimus: ipsi enim audimus, et sci-mus quia hic est vere Salvator mundi. 306
Pero, pues, nosotros hemos visto ese cuerpo despedazado y herido, esa alma
atravesada de dolores, y
esa divina constancia con que sufre los rigores de la cruz, a vista de
esos prodigios, diremos lo que el Centurión sobre el Calvario, cuando expiró el
Crucificado: Vere hic homo Filius Dei erat. Nunca entremos en las dudas del
orador.
Dr. Murillo. ¡Ah! Señor, que en un auditorio católico-cristiano no hay
peligro alguno en disponer una ampliación que dependa de todos los argu-mentos,
de personas y cosas aun fingidas, y mucho más, cuando con ellas se viene a
formar un admirable apostrofe, como (me parece) es éste de mi Sr. Dr. Dn.
Sancho; porque para decir esta proposición simple: Jesucristo es el que padece
en la Cruz, es menester amplificarla, excitando al mismo tiempo los afectos de
suspensión y admiración con las demás proposiciones que el Señor Doctor dijo, o
con otras semejantes. Pero, como dije, no hay peligro alguno.
Dr. Mera. Puede ser que no le haya; mas semejantes expresiones desdi-cen
de un orador sagrado y pueden escandalizar, porque, a mi ver, y guar-dadas
proporciones, es hablar como el Padre Predicador mayor, Fray Blas, de la
Historia de Fray Gerundio, en el sermón del misterio de la Trinidad, que empezó
con este herético período: Niego que Dios sea uno en esencia y trino en
personas; y después de haberse parado un poco, y de haber pro-movido el
espanto, la suspensión y el escándalo de todos, prosiguió con la siguiente
frialdad: Así lo dice el Ebionista, 307 el Marcionista, el Arriano, el
Maniqueo, el Sociniano; pero yo lo pruebo contra ellos con los Padres. Va la
aplicación, Doctor mío. Usar de este género de disposiciones es decir: dudo
quién es el que está pendiente de aquel ignominioso madero; la razón me avisa
que quien pudo merecerlo con justicia, fue sin duda alguna mal-vado
delincuente; la historia me enseña que hubo un ángel rebelde en el cielo, que
hubo un primer hombre atrevido y desobediente en la tierra; luego el suplicio
sangriento, que vemos en ese monte, se ha ejecutado con el obs-tinado o con el
desobediente. Pero ¿cómo lo sé? Es preciso dudarlo mien-tras no hallo otra
historia que me manifieste quién es aquel ajusticiado, si Luzbel, si Adán, si un
Dios-Hombre. Este discurso ¿no estaría propio en la boca de un impío, de un
Socino, de un Voltaire, o de un rabí de la Si-nagoga? Pero no se me estremezca
Vm., que haber adelantado todo esto ha sido (si pudiese lograrse) para reprimir
esas ideas temerarias, excesivas y casi heréticas de los predicadoras que
quieren decir cosas altas y poco oídas. Nuestro Dr. Dn. Sancho, en lo que dijo,
manifestó su espíritu superficial y un vano juego de su ingenio, como que
faltasen figuras e imágenes más oportunas y más sagradas para conmover los
afectos del auditorio, en quien se debe suponer siempre la fe del Crucificado.
¡Oh, cuántas ministraría a quien hubiese dado en la mejor fuente de la
invención retórica que es la Escritura! Los pasajes de Isaías, los de Jeremías,
los de San Pablo hacen la descripción más enérgica de las humillaciones del
Hombre-Dios, y dan materia a apostrofes dignos del santuario. Pero si Vm. ha
notado ya esta corrupción de este modo de buscar en charcos inmundos las
fuentes de la
sagrada oratoria, no tiene que culpar al defecto de muy excelentes
modelos, pues se los tengo ya insinuados, ni mucho menos podríaa acusar en
nuestra Compañía faltasen reglas que nos amonestasen de nuestra obligación en
el ministerio de la elocuencia cristiana. Culpe Vm. al vicio dominante entre
los nuestros de querer sobresalir y por lo mismo de hablar, de pensar, de
ac-cionar con arrogancia, con fausto, con singularidad. Para precaver este
per-niciosísimo mal, nos daba nuestro Instituto remedios muy oportunos, en las
reglas que teníamos de predicar. Sólo con referirlas le tejería a Vm. un gran
sermón. No quiero ser fastidioso con mi prolijidad pero oiga Vm. de paso una de
las más pequeñas, aunque muy del asunto. Doctrina exacta et solida, et modus
eam proponendi populo in contionibus diligenter curanda sunt. 308
Dr. Murillo. Creo que por tenderlas de predicador ha seguido Vm. esta
conversación, y ya llevamos cerca de hora en la salutación.
Dr. Mera. Pues pasemos ya ahora al cuerpo de nuestra oración; pero Vm.
ha de ser quien dé los materiales a las reflexiones, repitiendo sucinta-mente
las pruebas.
Dr. Murillo. ¡Sáqueme Dios con bien de este escollo! Ya no me fío de
memoria, que la tengo atolondrada con lo que Vm. me ha matraqueado, y más (como
lo podré jurar) sin otra ayuda que esta mismísima pobre memo-ria mía. Pero al
caso. La fuente, pues, fue aquel texto: Cui comparabo te, virgo filia Sion? Y
en efecto, que con él hizo y dijo maravillas. Puso en ba-lanza todos los males,
todos los trabajos, todas las dolencias de todos los hombres, y no halló
comparación con el dolor de la Virgen; lo cual vino confirmado con un lugar de
un Santo Padre. Trajo después a la memoria la multitud de mártires y sus
innumerables martirios, amplificó esto con la más fina elegancia, y lo confirmó
también con la autoridad de un santo Doc-tor. Al fin, no hallando comparación
(algún bellaco dijo que hizo lo que Aristóteles echarse al Euripo con despecho,
porque no pudo comprender lo que ser el mar), dijo: Magna est velut mare
contritio tua, 309 y sobre este lugar pasó a hacer la confirmación galantísima
y maravillosa, añadiendo de realce este otro texto, que prueba con el mayor
primor el triunfo que logró María sobre todo el fracasante torbellino de sus
dolores: Omnia flumina in-trant in mare, et mare non redundat. 310 Aquí desató
su lenguaje de oro mi Sr. Dr. Dn. Sancho, en pinturas lucidísimas,
representando los movimientos del mar y las acciones generosas del Corazón de
la Virgen. Finalmente hizo triunfante la constancia, y vencido vergonzosamente
al dolor, y así cerró su oración mi Sr. Dr. Dn. Sancho. Ya está servido Vm. ¿Qué
dice ahora su gusto descontento?
Dr. Mera. Que en el modo de seguir una oración, si fecunda de rasgos
brillantes y de antítesis delicadas, pero estéril de buenos y cristianos
pensa-mientos, ha sido feliz el ingenio del Dr. Dn. Sancho. Para la imaginativa
podrá parecer semejanza de realce la de: Magna est velut mare contritio tua;
a Lar: podrá
pero no para el entendimiento, porque éste conoce bien que el mar es un
átomo muy pequeño en comparación de los dolores, de las aflicciones de
espíritu, de tantas enfermedades que insultan al género humano. Conoce que ésta
es una serie espantosa de trabajos contraída por la culpa del primer padre, y
que por lo mismo se advierte la mano oculta, pero justiciera de un Dios, celoso
de su honor y de su gloria, vibrando rayos sobre la naturaleza humana. ¿Si será
esta inmensa multitud de aguas de amargura y de dolor recogida como en su
centro, en todo el seno de la especie humana, y cuyas tempestuosas ondas
cogieron debajo hasta a los mismos brutos que no peca-ron, hasta a los mismos
elementos que no se rebelaron, hasta a toda la tie-rra que no se mezclaron en
el complicidad; si será, digo, esta inmensa mul-titud (que aun por lo material
en que recayó el universal castigo, es sin duda mayor mar éste que todos los
mares juntos), si será esta colección de lluvias de miserias, de diluvios de
pesares tan grande como solo el mar? Antes bien, estas calamidades tristísimas
del género humano son un diluvio horroroso, que lejos de durar solamente
cuarenta días y cuarenta noches, no tiene ni tendrá término mientras que habite
en la tierra el hombre. Lo peor es que éste padecerá siempre sobre sí la
avenida y torrente de sus pasiones, siempre naufragará en medio de la
inundación impetuosa y formidable de sus desgracias, o corporales o
espirituales. Por esta razón la primera prueba debía traerse del número de
mártires, porque no hay duda, que asombra ver veintidós millones de santos que
derramaron su sangre por Cristo, for-mar apenas, respecto de los intensísimos
dolores de la Virgen, un remiso dolor. El artificio retórico pide, que de las
menores subamos en la seme-janza, en la comparación y en todo género de
argumentos de la condición del de hoy, a las mayores, y después a las máximas;
pero siempre siguiendo el orden que guarda la naturaleza en sus obras, para que
no se pierda en lo hiperbólico y redundante la verosimilitud. Luego de los
tormentos de los mártires se debía ascender al cúmulo de miserias de todo el
género huma-no, pues, aquéllos son gotitas que entran en la capacidad de éstas.
El mismo objeto lo manifiesta, y una corta reflexión aclara más esta verdad.
Veintidós millones de mártires, todos los anacoretas y santos juntos, no llegan
a hacer sino unos pocos individuos respecto de toda la especie humana. Pues
¿qué comparación regular hay de esos pocos al inmenso e indefinido número de
los hombres? Estos padecen todos: todos lloran, ninguno de ellos dejó, deja ni
dejará de tener su dolor en el cuerpo o en el espíritu, porque nin-guno ha
sido, ni será perfectamente feliz sino en la patria; luego es mayor el cúmulo
de sufrimientos y de miserias de todo el género humano, que el de los santos
todos. Antes, si por un efecto del primer pecado y de la natura-leza caída, los
males de los que no siguen la virtud son verdaderos males: mas los de los
justos son consuelos, y todos ellos, porque los han tenido por tales, han
pedido más o menos en lo interior de su corazón a Dios lo que Teresa: Aut pati
aut mori. 311 Ahora, los consuelos de los mártires han sido frecuentemente
torrentes de delicia, o ya porque éste fue en ellos muy
remiso y se volvió muy débil a presencia del amor de Dios y de los
incen-dios celestiales que los absorbían y anegaban: Anima fortium sibi gaudium
exquirit, 312 dijo Tertuliano, con verdad.
Dr. Murillo. Vm. es capaz ahora de formar otro sermón, tal es el fervor
con que lo ha tomado. Ea, acabe Vm. con mil pipas.
Dr. Mera. Acabo diciendo, que si debía ser con orden inverso el que
hubiese de persuadir su asunto el Dr. Dn. Sancho, estuvo en su lugar que el
propusiese primeramente los dolores de todo el género humano, que a mi juicio,
y creo que al de cualquiera coadjutor de nuestra Compañía, debían estar en
grado superlativo; que después manifestara los de los mártires, que, sin duda,
deberían ocupar el grado comparativo; y que, finalmente, descubriese la
material magnitud del mar, que según mi corto alcance, debía tener asiento en
grado positivo. Digo, que en debiendo ir contra la econo-mía natural de la
buena retórica, acertó el modo de hacer su oración el Dr. Dn. Sancho, empezando
por donde debía acabar. Yo en semejante co-yuntura, sin recelo empezaría
comparando el dolor de la Virgen, primera-mente con el mar, su extensión, su
profundidad, su flujo y reflujo, sus on-das, sus tempestades, su abismo. Luego
lo compararía con el dolor de los mártires; y aquí encontraría un mar aún más
dilatado, pero de sangre, de fuego, de hierro, de espinas; hallaría aun una
atmósfera toda de suspiros, de gemidos, de ayes, aunque no turbulentos, sino
pacíficos, aunque ño im-petuosos, sino serenos y modestos, pero arrancados del
dolor mismo. Final-mente, propondría el dolor de la Virgen comparado con el
cúmulo horro-roso de los dolores y miserias de todo el género humano. ¡Oh, qué
porten-toso abismo sin suelo que él solo se absorbe, como arroyuelos de poco
cau-dal, todos los dolores, extensos como el mar, e intenss como el de los már-tires,
sea considerada la capacidad de la materia, o sea conocida la delica-deza de la
forma!
Dr. Murillo. Si digo que la va Vm. entablando también de orador; ello,
su estilo me parece oratorio. Pero ¿en qué paramos, Señor Doctor, con esta
causa? Diremos ya: ¿Autos y vistos, fallamos?
Dr. Mera. Diremos ya, que por estos defectos, que han sido graves
trans-gresiones contra los preceptos de la retórica, por los delitos contra la
natu-raleza en la hinchazón del estilo metafórico, por el irremisible pecado de
no haber propuesto asunto útil y proporcionado al auditorio, se le debe hacer
al Dr. Dn. Sancho público proceso y acusación de no ser aún perfecto ora-dor;
pues bonum ex integra causa, malum ex quocumque defectu; 315 pero con todo
esto, guardándole el honor, como a orador antiguo, y haciéndole la justicia de
que ninguno sino el Dr. Dn. Sancho es capaz de reformar, y, des-pués de
reformado, aún más capaz de reformar el púlpito de esta infeliz provincia, por
que todos le imitarían, y así aplaudirían sus buenos talentos para la
predicación. Yo por mí, aun en este estado de oratoria corrompida, le repetiré,
que viciosa como la maneja, abundat dulcibus vitiis, 314 como la de Séneca.
Dr. Murillo. Pues que toquen a degüello de todos los demás
predicado-res. Ea, Señores míos, muestren boniticamente el erguido cuello de su
gorda opinión. Sea verdugo el mismo sermón de mi Sr. Dr. Dn. Sancho, y espada o
cimitarra de dos filos el alto crédito suyo, que hasta aquí ha logrado. Todo el
que no ha cogidoa siquiera un compendillo de retórica; todo el que no ha
saludado ni por el forro la santa Biblia; todo el que no ha leído ni un Santo
Padre ni un expositor entero; todo el que remienda y zurce de aquí para allí
andrajos, o de Guerra 315 o de Vieira o de Señeri o de todo el mun-do; todo el
que es amigo de estilito peinado y boquirrubio; todo el que es arrogante en las
ideas, hasta proferir herejías; todo el que en los sermo-nes, unas veces quiere
parecer matemático, otras filósofo Cartesiano o Gasen-dista o Copernicano,
otras pintor, otras arquitecto, otras médico, otras mi-litar, otras jurista,
otras Petrus in cunctis, sin saber ni la Doctrina Cristiana de b A.; todo el
que repite y encaja en menos de un año más de cien veces un solo sermón;
finalmente, todo el que temerariamente, sin saber predicar ni pretender
estudiar la oratoria monta al pulpito, como si montara sobre un gran macho,
venga acá, comparezca sobre el tablado, agache la cabeza, ex-tienda el
pescuezo, caiga el cuchillo sobre él, muera. Amén.
Dr. Mera. Con mucho rigor escolástico ha decretado Vm. la sentencia del
suplicio que deben sufrir los malos predicadores. Más lenidad, Señor Doctor,
que ellos quedarán muy bien castigados, si después de éste su sen-tención
predicasen mal, exponiéndose a la afrenta pública de la universal
desestimación.
Dr. Murillo. Qué lenidad ni qué lenidad: deben morir, especialmente
aquellos predicadores, que sin la menor señal de vergüenza, y con unos mí-seros
discursos por sermones, suben al púlpito para rallarnos con lo mismo que han
dicho en los años antecedentes.
Dr. Mera. Eso no es delito tan atroz como Vm. se imagina; antes en
muchos puede ser virtud. Oiga Vm. cómo. El Dr. Boneta, 316 en su Librito de
Gracias de la Gracia de los Santos en la vida de San Felipe Neri,317 cuen-ta
que habiendo un sacerdote hecho una plática, y tenido alguna vana
com-placencia, fue obligado por el Santo a repetirla seis veces. Hízolo así;
pero las gentes que le oían decían altamente: este Padre no tiene más que un
sermón para todos los días. Vea. Vm., si en decir lo mismo no se puede mezclar
o la virtud de la humildad, o la de la obediencia.
Dr. Murillo. La virtud de la tontera o de la desvergüenza, digo yo. He
(pero pudiendo suceder lo que Vm. dice, creo que por humildad ajena) he oído
tres veces la Balanza de Astrea, del Padre Feijoo, representada ante el
Tribunal de la Audiencia. Tres veces publicación de Bulas con el tema de: Ecce
positus est in ruinam et in resurrectionem multorum. 318 Tres veces Las tres
coronas en la fiesta de San Pedro Mártir. Tres veces Fiesta del Pa-dre Eterno,
en día del misterio de la Santísima Trinidad. Tres veces una
a
b
Lar: ha leído
Lar: omitido: de A.
misma descripción de altar, culto, etc., y el mismo discurso en fiesta
de Consolación; verdad es que no por uno mismo.
Dr. Mera. Es misterioso para Vm. el número ternario; y sin duda lo lia
sido para los que los han repetido tres veces. Debe Vm. considerándolo así,
disculpar a estos predicadores repetentes, y aun santificar su trina
re-petición con el conocimiento de que ellos han completado la triple pré-dica
por respeto y amor a Jesucristo, que oraba en el Huerto de Getse-maní. Ellos,
pues, a lo Fray Gerundio, han tomado muy a la letra lo que dice el Evangelista
San Mateo, del Salvador: Et oravit tertio eumdem sertnonem dicens. 319
Dr. Murillo. Pues yo le daré quien repite sermones hasta diez veces.
Veamos si al número décimo me aplica algún texto de la Escritura. Diez veces he
oído el mismo sermón al mártir San Lorenzo; diez veces he vuel-to a ver salir
al púlpito a Vieira, a Señeri, a Guerra en sermón de oposi-ción, a Pérez, 320
alias Espanta Madrid. Deme Vm. ahora su textillo que los disculpe.
Dr. Mera. Y cómo que le daré; pero no será de la Escritura, ni quiera
Dios que yo jamás abuse de ella para nada. Será el texto de Horacio Flaco, y
sepa Vm. que es de él porque siéndolo yo, no gusto de los muy gordos. Dice
pues, "Haec placuit semel, haec decies repetita placebit". 321
Mas, cuando acabo esto, me viene decir con seriedad, que a todos los
predicadores, cuyos defectos y culpas ha puesto en público Vm., los dis-culpo y
perdono, sino es aquéllos que abusan de los lugares de la santa Escritura, y a
aquéllos que estando Jesucristo Sacramentado patente, echan párrafos, o dicen,
o traen pasajes mitológicos. A todos éstos los sujetara yo, si tuviese
autoridad, al cuchillo de la ignominia y del desprecio. Del mismo modo,
quitaría todo sermón de Capítulo, 322 que no es sino un se-minario de
escándalos y de desvergüenzas. Uno tengo presente que oí de muchacho, y trataba
sobre el maquiavelismo. ¡Válgame Dios! ¡válgame Dios! que me tiene hasta ahora
sobrecogido. ¡Oh, cuánto habrá distado de estos espíritus inquietos nuestro
orador de Dolores!
Dr. Murillo. Infinito, porque mi Sr. Dr. Dn. Sancho, ha tenido un
es-píritu mansueto y pacato como una golondrina. Eso me admira; y Vm. sólo ha
sido quien ha proferido herejías y blasfemias hereticales contra el método de
orar de este Demóstemes quiteño. Todo el mundo le ha ad-mirado.
Dr. Mera. Este aplauso es la herida mortal que padece la Iglesia de
Quito, y quizá mucha parte del cristianismo. Yo no he procurado rebajar el
mérito del Dr. Dn. Sancho. Ha vestido al fin la misma sotana que yo, y debo
hacerle, con verdad y sin lisonja, muchísimos elogios. Pero al ha-cerlos, creo
manifestar bien que ni un átomo de envidia ha dado calor a mi pluma; 323 sino
que el deseo de promover la pureza y santidad de la elocuencia, y el celo de la
salvación de las almas han dado impulsos a mi mano. Dígame Vm. si, derribado en
tierra un coloso por orden superior,
se diese por razón de su ruina el estar ocupando cantidad de terreno,
sien-do él a la verdad grosero, monstruoso y más edificado, y se volviese a
ordenar que se erigiese otro en su lugar, bien construido, proporcionado a las
leyes del arte y magnífico, añadiendo que todos los edificios fabricados según
el gusto del gran coloso viesen sus dueños su suerte, y a su vista determinasen
lo que habían de hacer de sus pequeños palacios, torres o casas, ¿qué
sucedería? Todos los dueños de estas loas derribarían y pon-drían nuevas,
hermosas, sólidas y útiles fábricas al público. Pues vea Vm. aquí que la fama
del Dr. Dn. Sancho ha sido hasta aquí un enorme coloso; reparada ésta con su
propia reforma, todos los demás predicadores de cortísima fama, la merecerán
eminente, edificando el mejorado torreón de la oratoria sagrada. Hecha esta
salva, digo, que esta admiración y este gusto de las gentes todas, aun del
mismo vulgo quiteño (el que, a la ver-dad, da a conocer su hermoso ingenio y su
amor a las obras de talento) es la herida profunda y mortal que padece esta
Iglesia, porque, acostum-bradas a esta elocuencia pomposa y lisonjera que
introdujeron y alimenta-ron mis hermanos, no tienen arbitrio, libertad ni gusto
para oír de buena gana y con santas disposiciones la divina palabra. Alguno que
la dice con discursos sólidos es reputado frío, estéril, lánguido. De este
principio vino que en el Año santo iba el auditorio, no a convertirse en las
misiones, sino a probar si les llenaba el predicador el oído, para poder continuar
oyéndole. De allí se ocasionó tanta crítica peligrosa e impía contra los pobres
pre-dicadores, porque los oyentes querían asuntos nuevos, pinturas luminosas,
descripciones exquisitas, antítesis galanas, transiciones delicadas. Así
fue-ron los frutos: la murmuración, la maledicencia y el maligno examen de los
sermonarios, para coger a los predicadores en el hurto.
Dr. Murillo. No estaría bien hecho, Señor Doctor. Pero la verdad fue que
se oyeron muchos plagiarios en las misiones.
Dr. Mera. Bien está que los hubiese; esto demuestra la humilde
des-confianza de los santos religiosos en un tiempo de general penitencia, pues
quisieron más bien predicar a un Barcia, 324 a un Aguilar, a un Echeverz, a un
Lafitau, que no fiarse en sus propias fuerzas, y predicar sin la espe-ranza del
fruto espiritual. Mas la corrupción de nuestras costumbres, como el vicio en el
gusto de la elocuencia sagrada, no quiere sino lo admirable y lo florido. De
este mismo vicio depende el que, muchos predicadores, faltos de inteligencia en
el modo de predicar de los italianos y franceses, y faltos mucho más de los
elementos de la oratoria, digan con atrevida ignorancia, que predican a la
italiana o a la francesa.
Dr. Murillo. Es cierto que así dicen, y también así predican ciertos
buenos hombres entregados a la gran moda que corre.
Dr. Mera. Predicar a la italiana, o a la francesa, no es predicar a la
moda (voz profana e injuriosa a la oratoria cristiana), es predicar con juicio,
como han predicado en la Italia un Cassini, un Barberini, 325 un Señeri. Pedir
que se predicase como predicaron estos oradores, sería pedir
una cosa muy ardua. Esto pide mucho estudio, mucho talento, gran celo,
grande juicio, mucha virtud; pero si se les imitase, se predicaría al mismo
paso que elocuente, cristianamente. Si aquí en Quito, se dice que predican a la
italiana, es porque creen que el predicador de esa suerte consiste en empujar
descripciones sobre descripciones, en formar un estilo florido y cortesanamente
halagüeño, con un asunto ridículo y echado al desgaire. Predicar a la francesa
como han predicado un Masillon, 326 un Bossuet, un Mascaron, un Fléchier, sería
pedir un imposible, porque estos franceses han llegado al último ápice de la
oratoria y de la verdadera elocuencia. Sería pedir el conocimiento de todos los
primores del arte y de la natura-leza, el del carácter de lo sublime, el del
método más preciso, el de la só-lida piedad y el de la insinuación más
convincente y patética, con una avenida de lo que ellos llaman el trofeo de la
caridad, el triunfo de la palabra y la eficacia de la unción. Pero los que aquí
en Quito, dicen que predican a la francesa, ni saben lo que se dicen, porque
nada saben de su modo justo de proponer, de su naturalidad delicada al deducir,
de su na-tural artificio al dividir, y de todo el primor exquisito y sagrado
que se halla en toda la estructura de sus sermones. Solamente con tirar líneas
y discursos al aire sin conexión, con no probar los asuntos con dificultades y
conceptos, con evitar los textos latinos y no citar la Escritura y Padres, han
creído, demasiadamente satisfechos, que han predicado a la francesa. Pregunto
ahora, ¿no es éste un delirio, especialmente en aquéllos que no tienen, ni leen
los Sermonarios de los autores que he apuntado, o de otros que se les parezcan?
Dr. Murillo. Lo es realmente. Pero parece que Vm. no halla un orador que
predique de esta manera en Quito. Pues yo sí hallo uno muy legítimo, a quien he
oído muchas veces.
Dr. Mera. Diga Vm. sin recelo quién es, porque aquí en lo que
conver-samos hacemos y deseamos hacer justicia al mérito. Abominamos los
vicios, mas siempre perdonamos a las personas y su método de vida. Antes las
profesamos, por misericordia de Dios, verdadera caridad. En este supuesto,
dígame Vm. quién es.
Dr. Murillo. Es el Padre Lector Fray Sebastián Solano, 327 del Orden de
Predicadores.
Dr. Mera. Justamente puede Vm. nombrarle como el único que predica a la
francesa; todo el método con que predica es francés: proposición, di-visión,
subdivisión, argumento, en una palabra, todo el orden de su modo de predicar.
Dr. Murillo. Pero dicen algunos que no tiene más trabajo que traducir
del francés a nuestro idioma.
Dr. Mera. ¿De dónde lo sabremos, cuando no hemos ni una sola vez
en-trado a su celda? Pero estoy en que lo dirá la malignidad de algunos
semidoc-tos. Estos andan tomando la balanza, y poniendo en equilibrio los
talen-tos, haciendo que en su modo de pesar infiel se incline a favor suyo el
mérito de la habilidad. Estos juzgan que ellos solos penetran el estado
de las letras en los otros individuos, que ellos solos saben pensar, y que
ellos solos alcanzan la fineza del talento. Pero demos caso que el Padre Solano
sea mero traductor, pregunto, y el mérito de serlo bueno ¿es por ventura un
mérito mediocre? ¿No es acaso un mérito muy sobresaliente? Se me responderá que
sí y entonces se les cae el edificio de su injusta crí-tica, porque si el Padre
Solano tiene habilidad para ser buen traductor, es necesario concedérsela muy
fina, pues tal se requiere, ya para el conoci-miento de ambas lenguas, y ya
para la misma traducción. Ahora pues, quien tiene esta habilidad ¿por qué no la
habrá ejercitado en saber com-poner sermones según el método de la oratoria
francesa?
Dr. Murillo. Así será; lo que yo digo es que (como acá no faltan
Masillo-nes, ni Croiser, 328 ni narigonísimos quiteños), el tiempo nos ha de
des-cubrir su hilaza; porque el Padre Solano positus est in destructionem et
resurrectionem multorum. 329 Y ya puesto en el púlpito, no gustan mucho su modo
de predicar. Dicen que es lánguido y machacón. Quisieran sus sermones de más
viveza y brío. Por eso que a mi Sr. Dr. Dn. Sancho cada vez que predica se le
siguen aplausos, embelesos y admiraciones.
Dr. Mera. Todo viene de que los quiteños logran ingenio vivo, pero
viciado, de que ellos tienen perdido el gusto de la elocuencia, y estragado el
corazón con las pasiones. A quien oiré con edificación será al Padre Solano, a
pesar de las vanas admiraciones que el vulgo quiteño hace en los sermones del
Dr. Dn. Sancho, cuyos aplausos siempre los he tenido por falsos, extorsidos por
la ignorancia, o violentados por la prevención, y de las admiraciones diré con
el P. J. F. I. D. L. C. D. J. 330
que son más equívocas que los elogios; éstos nunca debieran diri-girse
sino a lo bueno y a lo sólido; aquéllas pueden, sin salir de su esfera,
limitarse precisamente a lo singular y a lo nuevo; porque la admiración no
tiene por objeto lo bueno, sino lo raro; y así dice discretamente un jesuíta
francés muy al caso en que nos hallamos, que puede suceder y sucede con
frecuencia una especie de paradoja en los sermones; ésta es que el auditorio
tiene razón para admirar ciertos trozos del discurso que se oponen al juicio y
a la ra-zón, y de aquí nace que muy frecuentemente se condena, poco después, lo
mismo que a primera vista se había admirado. Cuántas veces lo pudo haber notado
el Padre predicador. Están los oyentes escuchando un sermón con la boca
abierta, embelesados con la presencia del pre-dicador, con el garbo de las
acciones, con lo sonoro de la voz, con lo que llaman elevación de estilo, con
el cortadillo de las cláusulas, con la viveza de las expresiones, con lo bien
sentido de los efectos, con la agudeza de los reparos, con el aparente
desenredo de las soluciones, con la falsa brillantez de los pensamientos;
mientras dura el sermón no se atreven a escupir, ni aun apenas a respirar, por
no perder ni
una sílaba. Acabada la oración, todo es cabezadas, todo murmurios, todo
gestos y señas de admiración. Al salir de la iglesia todo es corri-llos, todo
pelotones, y en ellos todo elogios, todo encarecimientos, todo asombros,
jHombre como éste! ¡Pico más bello! ¡Ingenio más agudo! Pero ¿qué sucede?
Algunos hombres inteligentes, maduros, de buena crítica y juicio claro que
oyeron el sermón y no se dejaron deslumhrar, no pudiendo sufrir que se aplauda
lo que debiera abomi-narse, sueltan ya esta ya aquella especie, contra todas
las partes de que se compuso el sermón, y hacen ver con evidencia, que todo él
fue un tejido de impropiedades, de ignorancias, de sandeces, de po-brezas, y
cuando menos de sutilidades. Demuestran con toda claridad que el estilo no era
elevado, sino hinchado, campanudo, ventoso y de pura hojarasca; que las
cláusulas cortadas y cadenciosas son tan con-trarias a la buena prosa, como las
llenas y las numerosas pero sin de-terminada medida lo son al buen verso; que
este género de estilo causa risa o, por mejor decir, asco a los que saben
hablar y escribir; que las expresiones que se llaman vivas, no eran sino de
ruidos y de boato; que aquel modo de sentir y de expresar los efectos más era
cómico y teatral que oratorio, loable en las tablas, pero insufrible en el
pulpito; que los reparos eran voluntarios, su agudeza una fruslería, y la
solu-ción de ellos tan arbitraria como fútil; que los pensamientos se redu-cían
a unos dichicos de conversación juvenil, a unos retruécanos o juguetes de
palabras, a unos conceptos poéticos sin meollo ni jugo y sin solidez; que en
todo el sermón no se descubrió ni pizca de sal oratoria, pues no había en él ni
un átomo de un discurso metódico y seguido, nada de conexión, nada de
raciocinio, nada de moción; en fin, una escoba desatada, conceptillos
esparcidos, pensamientuelos es-parramados por aquí y por allí, y acabóse.
Conque, todo bien consi-derado, no había qué aplaudir ni qué admirar en nuestro
predicador, sino su voz, su manoteo, su presunción y su reverendísimo coranvobis.
Los que oyen discurrir así a estos hombres perspicaces, penetrativos y bien
actuados en la materia, vuelven de su alucinación, conocen su engaño, y el
predicador que por la mañana era admirado, ya por la tarde es tenido por pieza.
Los compasivos le miran con lástima, y los duros con desprecio.
Dr. Murillo. De este modo debo estar contento de haber oído esta
cua-resma la historia de Tobías del Padre Solano, el sermón de Ceniza del
Pa-dre Visitador Vara * y el de Ramos del devoto Provisor.331
Dr. Mera. Hizo Vm. muy santamente. Pero como no he oído a estos dos
predicadores, quisiera saber lo que dijeron. Vm. mi Dr. Murillo, es verdad que
el día sábado de la otra semana me convidó especialmente para
Fray Lucas Vara, español,
religioso dominicano, reformador de esta provincia por el Rey.
el de Ramos; mas, indispuesto como estuve, no pude asistir a la Iglesia.
¿No me dirá Vm. qué predicaron?
Dr. Murillo. Sí Señor, a las volandas. Padre Vara: después de una
in-troducción volada, como acostumbran los de su Orden, de que Dios pre-paraba
en su Iglesia remedios exquisitos y botica universal, propuso: el polvo útil
para las dolencias espirituales del hombre. Pasó al sermón y a sus pruebas, y
dijo que Dios era misericordioso; que era preciso tener con-fianza en su
misericordia; que era necesario amar al prójimo amore, ore, re; que las mujeres
descalzas de Quito eran las capuchinas del demonio; que el monje o barbón
lograba muchos consuelos con decir el Miserere al revés; que el Abad le
corrigió a que convirtiera el miserere tui, en decir miserere mei; que
repitiendo de esta manera el barbón no gustó de las delicias que antes; que su
Reverendísimo mismo, como dominico, debía predicar la de-voción de la Virgen;
por lo que glosó todo el Ave Maña de principio a fin; y cata allí acabadito el
sermón varuno.
Dr. Mera. En todo esto nada oigo del polvo útil: con que éste, amigo
mío, ni fue sermón ni fue nada, sino una runfla de desatinos, y una burla que
se hizo al auditorio quiteño, porque era suponerle tan bárbaro, que con esta
jerigonza espiritual le bastaba.
Dr. Murillo. Ni más ni menos, Señor mío; porque dijo en la salutación,
que nada de trabajo le había costado hacer y pensar ese sermón.
Dr. Mera. Entonces añadió al insulto la falta de modestia religiosa,
este dicho Padre Vara. Sea por amor de Dios el que nos traten así los que,
te-niendo sobre su alma una cortezota más gorda que la de rábano, que no se
aporca, juzgan que los criollos tenemos cerrado con cal y canto el
enten-dimiento. Mas la verdad es, que no fue ese sermón sino un conjunto de
centones piadosos, sin orden, sin método, sin arte, sin oportunidad y con el
pegote de un consejo de viejas en el ejemplo del barbón. Todo lo cual prueba,
que al Padre Vara aún le faltaba la noticia de la crítica, y que se crió
tragando bizcochos espirituales que le daban algunas monjas. Dejemos a este
bárbaro, vamos a nuestro Provisor. *
Dr. Murillo. Desde luego, Señor mío. Tomado, pues, el lugar de la
Es-critura en que se manifiesta el llanto de Jesucristo sobre Jerusalén, hizo
una introducción, siguiendo el sentido moral de aquel lugar. Luego propone que
Jesucristo llora sobre Quito, como antes lloró sobre Jerusalén. Toma las
pruebas de las desgracias del otro siglo; de las hambres de la antigüedad; de
los bostezos del Pichincha, del Cotopaxi, del Tungurahua, en vida de nuestros
tatarabuelos; de los terremotos, pestes y plagas, en tiempo de los bigotes,
calzones bombachos, sayas rasgadas, baquerillos y varolíes.
Dr. Mera. Amigo, eso fue decir, que Jesucristo aún llora las calamidades
de nuestros mayores, que el mismo Señor las envió, o para castigar los de-litos
de entonces, o para probar la virtud y constancia de los quiteños an-
El Dr. Dn. José de Cuero y
Caicedo, Medio Racionero de esta Iglesia Catedral, Provisor y Vicario General
de este Obispado, natural de Cali.
tiguos. Fuera de eso, estas calamidades ¿cómo probará el Provisor que
han sido peculiares a Quito? ¿No advierte que la gente algo instruida halla en
la historia del siglo pasado, del antecedente, y en la serie de todos los
si-glos, hambres, pestes, terremotos, guerras y toda especie de calamidades
pú-blicas, no solamente en Quito, sino en Lima, en México, en España, en la
Italia, en el Mogol, en la Persia, en todo el mundo? ¿No ve que al mismo tiempo
que la gente instruida registra todo esto en la historia, advierte igualmente
que ha sido toda la provincia de Quito (como dicen vulgarmen-te) la más bien
librada y exenta de las mayores y más terribles calamidades? Antes bien, Quito
se debía predicar siempre el más favorecido y el más ingrato.
Dr. Murillo. Señor, que trajo los temblores del año de tal, en el cual
salieron de sus claustros escuálidas las monjitas, pálidos los sacerdotes
(se-rían hombres sin sangre en la cara o venidos de tierra caliente), etc.
Dr. Mera. También ésos son trabajos pasados, por más que se amplifi-quen
con lenguaje bárbaro y culta latiniparla. Jesucristo lloró sobre Jeru-salén,
porque por sus pecados había de tener un destino lamentable y fatal: Et ad
terram prosternent te.332 Lloró el estado venidero y las ca-lamidades que le
habían de sobrevenir por el deicidio que cometerían y por su proterva
obcecación: Eo quod non cognoveris tempus visitationis tuae. 333
Dr. Murillo. Había sido qué erudito mi Sr. Provisor, y más genealo-gista
que Dr. Luis de Salazar y Castro, 334 porque trajo las familias anti-guas, hoy
enteramente perdidas, de suerte que hizo desaparecer la no-bleza de Quito; bien
que su merced * parecía aficionado a este don de la naturaleza, por lo que un
bellaco, que estaba a mi lado, allí en la iglesia misma dijo: la sangre le
tira, y contó este gracioso chiste: Habiendo lle-gado (dijo mi compañero de
sermón), a la ciudad de Pasto, tierra de muy majaderos linajudos, un pobre
religioso misionero, tomó posada en la casa de uno de esos hidalgos. Había en
ella multitud de retratos de los Señores Reyes de Castilla, y un hijo tierno
del hidalgo miraba atentísimamente, y aun manoseaba con demasiada aplicación
los lienzos, en presencia del pa-dre y misionero; éste, viendo la inclinación
del rapaz a los retratos, dijo a su padre: es vivaracho este niño, debe
gustarle la pintura. No es eso, Pa-dre mío, (respondió el hidalgo comehabas),
sino que le tira la sangre.
Dr. Mera. Echar menos las familias es no penetrar la instabilidad co-mún
de las cosas humanas. Es no advertir su natural condición siempre mudable, y la
necesidad indispensable de sus vicisitudes. No dudo que en lugar de los Lazos,
Pintos, Mendozas, Ahumadas, etc., se habían sustituido otras ilustres familias;
y cuando no, dice el adagio español: "De diez en
* De ninguna manera se ha querido notar aquí algún defecto de natales al
Sr. Provisor. Muy lejos está del autor zaherir al hombre más vil por esta
parte. Antes sí, no duda de la hidalguía de este eclesiástico; y tan solamente
ha querido ridiculizar la insentatez furiosa de los que se jactan de nobles; y
tiene por consumada la manía de los linajudos.
diez años los villanos se hacen nobles, y los nobles villanos".
Atendiendo a esto, creo que no se debe exagerar como uno de los mayores males
la pérdida de las familias, sino es que éstas hayan sido verdaderamente no-bles
(que quiere decir noscibles), por su virtud, letras y ejemplo; y no nobles,
cuya nobleza fije su distintivo en la soberbia, ignorancia, trampa, juego y
toda maldad. España perdió del todo la grande Casa de Austria, y hoy logra la
gloria de que le gobierne la Augusta e Ilustrísima Casa de Borbón. (¡Ah! que de
esta gloria participan con infinito contento, rego-cijo y acciones de gracias
al cielo, las dos Américas, y en particular esta noble ciudad de Quito). Así
sucede que se muda todo el mundo.
Dr. Murillo. Mi Sr. Provisor lamentó también la falta de monedas y la
última pobreza de Quito.
Dr. Mera. Esta se debe llamar con más razón bien y no mal, beneficio y
no desgracia. Nunca existió el siglo de oro, sino cuando faltó el oro.
En-tonces vio la tierra su edad de hierro cuando abundó el oro. Trajano
Bo-calini 335 tiene, por este motivo, en uno de sus avisos, por funesto el
des-cubrimiento de las Indias. Solamente la agricultura atendida y la
abundan-cia de los frutos, han hecho la felicidad de la vida inocente de toda
la tierra. La tranquilidad del ánimo, con un estado mediocre, es lo que se debe
solicitar:
non opimas
Sardiniae segetes feracis,
non aestuosae grata Calabriae
armenta, non aurum
aut ebur indicum.336
La pobreza de Quito es sabia y misericordiosa providencia del Señor;
pues, si cuanto más la lloramos, prevalece el fausto, domina el lujo, tiene su
ascendiente la torpeza, descuella la profanidad, sube de punto la
destemplan-za, son de la moda más rigurosa y urgente las meses exquisitas, y
todo género de vanidad, ¿cuál sería la corrupción de Quito en la abundancia del
oro y de la plata? Advierta Vm. una cosa: que aquellos lugares y ciudades
don-de se dan estas preciosas heces de la tierra, carecen de los alimentos más
nobles y los frutos más necesarios a la conservación de la vida, y si los
logran, les viene de fuera y en un estado, si no de entera alteración o
fer-mento, a lo menos en el de sustancia evaporada. Barbacoas, Popayán, Cali,
Buga tienen oro y no tienen pan. Quito no tiene oro, y aunque le tenga en sus
minas, le oculta la Providencia, porque goza así de sus aires y temperamentos
benignísimos, de sus alimentos dulces, nutritivos y deli-cados.
Dr. Murillo. Me había parecido puesta a nivel Jerusalén con Quito. Las
mismas nubes y los mismos rayos y tempestades, los aires jerosolimi-tanos y los
mismos catarros y tabardillos quiteños. Allá el mismo porfiado llover, y acá el
mismo pedazo de primavera media y de un infinito in-vierno, y así de todo lo
demás, entrando hasta las papas.
Dr. Mera. No hay tal paralelo de Quito con Jerusalén. No le hay en el
sermón, y le faltó a éste un genio que le ordenara bien. Pero alabe Vm. la
bondad del Provisor, pues, en lo que ha dicho ha manifestado buen fin, celo
cristiano y deseo de ser útil al auditorio. Merece por esto, sin comparación
mayores elogios el Provisor que el Dr. Dn. Sancho. ¡Oh! ¡si todos predicasen
con la misma sana intención! Sus errores, propiamente de entendimiento, exigen
toda disculpa por la rectitud de su voluntad. Nadie puede avanzar más allá de
lo que le dio el genio.
Dr. Murillo. Así me parece que tiene sensatísimo deseo de convertir
almas, porque después vino a dar en los vicios de los sacerdotes, de los
jueces, de los abogados, de los escribanos, procuradores, mocitos pisaver-des,
de los que no cumplen con el precepto de la confesión anual y co-munión
pascual, de los mal casados y de las damiselas modistas y en cuero.
Dr. Mera. Esto es más santo que aquello de las calamidades pasadas,
aunque todo no viene al caso sino por muy afuera, y sobre el pelo. Pero ¿qué
dijo de las señoritas o no señoritas modistas, de quienes algunas sé que se
quejan del Provisor?
Dr. Murillo. Nada más, sino que se vestían inhonestas, que eran
pro-vocativas a mal con sus indecentes ademanes, hasta en los templos, que
gastaban mucha pompa, volviendo inútiles arcas enteras de ropas nuevas, por no
ser de la última moda, y que las casadas estaban distantes del re-cato y pudor
que debían observar.
Dr. Mera. Si no dijo otra cosa, dijo muy bien, dijo muy santamente.
Débese increpar el vicio, desterrada toda lisonja. Así todo estuvo en su lugar;
y ojalá todos los predicadores, no con la invectiva mordaz, sino con aquélla
sostenida del espíritu de caridad y de prudencia, hicieran ver a las mujeres
los estragos que causa su profanidad, y cuánto ésta daña a su propia
reputación, a la de sus maridos y padres y a sus haciendas, a las almas de los
que las miran, y a todos los intereses así temporales co-mo eternos.
Dr. Murillo. Por eso aconsejó mi Sr. Provisor, que, si eran imitadoras
de las nuevas modas, imitasen las de las señoras chapetonas.
Dr. Mera. ¡Oh! que lo echó a perder todo el predicador. ¿No advierte que
también hay modas entre ellas perniciosísimas? Dígame Vm., ¿cuál es el fin de
un declamador contra las modas? ¿No es evitar la profusión pe-caminosa? ¿No es
igualmente persuadir la honestidad y decencia en el modo de adornarse? Dirá Vm.
que sí, y acierta; porque hay estas dos circunstancias en los trajes, que son
delincuentes por el demasiado costo, y son perniciosos a las almas por el torpe
y desenvuelto ajuste, con que los acomodan las mujeres a sus cuerpos. Pecará
una mujer poniéndose un vestido talar, o una túnica con capilla desde la cabeza
hasta la punta del pie, si es terciopelo o de la lama de oro más fina: aquí
está el costo exce-sivo. Pecará también, si se viste, aunque sea del lienzo más
grosero, una camisa que llaman de manguitas cortas, con su jareta y roseta de
listón
al hombro, y de aberturas que dicen, muy descotadas, por donde den lugar
a manifestar los pechos. Pecará si se viste hacia la corva, y con unos pies
descalzos, un faldellín muy recogido, aunque sea de bayeta de Latacunga, o de
jerga de Riobamba, se expone a la vista de todos: aquí está la desen-voltura.
Dr. Murillo. Con todo esto que Vm. dice, creo que la gente de juicio
debe desear, por amor al recato y castidad, que se vistan nuestras damiselas a
la moda española.
Dr. Mera. Qué poca noticia tiene Vm. del mundo, Doctor mío! Enton-ces
querría Vm. que las nuestras se levantasen el peinado con un tontón más
prominente que una torre. Ya ve Vm. a hombres y mujeres dejándose rizar desde
una escalera en las pinturas de mi estudio, en las que se ridi-culiza esta moda
aflictiva, que nació en Inglaterra, se crió en Francia y fue a tomar asiento en
España. Ahora ¿qué dice Vm. de las batas que lla-man ya polonesas, ya
francesas, ya circasianas, para las que aun no parece toda una pieza de seda
bastante, según ha de ir cada una de ellas de am-pollada y follajuda? ¿Qué me
daría Vm., si viese los tontillos que yo he visto, costosísimos, y todos de
hojuela de plata y oro? Sepa Vm. que las españolas y todas las mujeres de la
Europa en este siglo de lujo, tienen sus trajes muy soberbios y costosos, y
tienen ciertos adornillos de la mo-da, que hacen reclamo a la impureza. Ahora,
ahora en España, en el mis-mo Madrid, está privando la moda de chapines o
zapatitos de melania a cuatro colores; y en tiempo del Padre Feijoo reinó la
impurísima moda de traer los pechos descubiertos, como mostradores de la
torpeza. ¡Cuántos declamadores contra las modas y la profanidad de los
vestidos, leemos y son de Europa! Así el Provisor no debía persuadir la
imitación (que toda imitación es monada, y el persuadirla es ridicula necedad),
sino que se moderase el fausto, que se abominase el lujo, que se trajesen
vergonzosa-mente cubiertos los pies, los pechos, el rostro y la cabeza, como se
mandó en uno de los Cánones apostólicos. Nuestra inclinación al trato torpe con
el otro sexo, se debe a la flaqueza de nuestro ser al cual le poseyó la
con-cupiscencia, se debe más a ésta que al adorno de sus vestidos. Conozco a
algunos hombres abandonados e infelices, que se han apasionado de cier-tas
personas que visten un saco, y que arrastran una mortaja de los pies a la
cabeza, en vez de gala. ¿Querrá Vm. después de esto que se vistan las quiteñas
a la española?
Dr. Murillo. Habiendo oído este modo singular que tiene Vm. de pen-sar
estoy, en todo lo que me sugiere, cabizbajo y aun de su parte. Por eso quisiera
que me soplara un sermón, pues éste de mi Sr. Provisor ya se acabó. Sópleme
Vm., Señor Doctor, que estoy oliendo que mi consorte ha de soltar el pellejo en
breve, y que entonces me ordeno yo; no sé qué me dice presago el corazón.
Dr. Mera. Déjese Vm. de esas locuras de alabarme, y de las otras de
querer sermón. Es cierto que los que oyesen nuestras conversaciones, me
dirían: Maestro, o mi Doctor, predica tú también, da a luz una prueba de
todo tu magisterio, o di en público una oración avisándonos que tú eres nuestro
corrector. No les daremos gusto en esto; pero si en un ser-món de Ramos se
quisiese tomar el texto que tomó el Provisor, me parece que no había dificultad
en hacer que místicamente llorase Jesucristo so-bre la ciudad de Quito, como
lloró sobre la de Jerusalén al verla, videns civitatem flevit super illam, 337
y que llorase la ingratitud y obstinación del pueblo quiteño; mas esto es
delirar, y es ser muy loco querer que otros prediquen nuestras ideas. Lo que
viene al caso es que todos prediquen fructuosamente a Jesucristo, y que todos
los predicadores procuren la sa-lud de las almas.
Dr. Murillo. Bendito sea Dios que me dio la fortuna de conocerle. Yo
puedo ser desde hoy gente en las ciencias y artes; pero, por si acaso muera mi
mujer Clara, y yo me ordene, deme Vm. algunas reglas para que, según ellas,
ajuste yo mi modo de predicar.
Dr. Mera. Chocarrerías aparte, que hay genios melindrosos y razona-bles
que no las gustan. Mas olvidábame a que éste es su carácter de Vm., amigo;
paciencia, y digo que ya avisé a Vm. que por no hacer fastidiosa y prolija mi
conversación, no le repetía las reglas de mi Instituto; y así de-jémoslo para
otro día.
Dr. Murillo. No, Señor mío, no le dejaré a Vm. hasta que me las diga,
cueste lo que costare; porque ahora me acuerdo, que pacté con mi mujer, el que
ella entrase de monja en el Beaterío, con tal de que yo me orde-nase sacerdote
de misa, en los Belermos.
Dr. Mera. Pues, si Vm. porfía, referiréle, no ya los documentos de mis
desertadas Constituciones, referiréle otras reglas. Han de ser (ya que Vm.
quiere ser religioso), las que ha dado un monje doctísimo. Vaya pues:
Es la oratoria función sublime en la Iglesia. Nuestro Señor se ocupó en
ella mientras vivió; se confió a los Obispos, que comunicaron des-pués a otros
eclesiásticos que los juzgaron capaces. Los monjes parti-ciparon de ella desde
sus principios. San Crisostomo despachó a Feni-cia unos monjes a predicar a
unos gentiles; los elogia mucho, y consta de su carta 123, dirigida a los
Presbíteros de aquel país. Pero con-viene que los religiosos que se exponen a
este ministerio tengan mu-cha piedad, humildad, celo, doctrina y talento para
hablar en público, que sean dados a la oración, que den muestras ciertas de su
constan-cia y firmeza en la virtud por una vida regular y uniforme de mu-chos
años.
Dr. Murillo. Señor, por vida suya, me ha de perdonar la atrevida
inte-rrupción, y decirme quién es este Santo Padre, cuyas palabras está Vm.
re-firiendo, porque dice el Evangelio (aunque más le interrumpa, he de con-
a Lar: olvídame
tarle a Vm. este pasaje). Predicó en las pasadas misiones y ejercicios
espiri-tuales, con mucho fervor, un Padre mozo; pero algunos malignos críticos,
bellacones, le notaron algunas proposiciones de mala casta, que un celo
in-moderado le hizo proferir; y a los dichos críticos parecieron, sapientes
hae-resim, o formalmente heréticas. Dieron en publicarlo con indiscreción
juvenil. Pero apenas lo ha sabido el Padrecito que le censuraban, cuando, con
mo-destia verdaderamente religiosa, ha montado al púlpito, ha montanteado por
aquí y por allí a los tales críticos, casi, casi nombrándolos, y los ha
desmon-tado del asiento de doctos, poniéndolos en tierra a que pasen por la
ver-güenza de charlatanes ignorantillos. Y no es ésta mucha verdad, que alguno
de ellos posee con mucha razón y justicia el dictado de docto. ¿Sería éste buen
espíritu de humildad? ¿Sería edificar al auditorio? ¿Sería perdonar cristiana y
religiosamente el agravio al enemigo? ¿Sería persuadir con su propio ejemplo el
no tomar venganza y convertirse a Dios de corazón? Pero ¿de cuándo acá yo
zaramullo, digo, Miguel Murillo, tan metido a misionero? Ea, pase Vm. adelante,
diciéndome la verdad, ¿quién es este Santo Padre, cuyas reglas me está dando?
Dr. Mera. Todas estas reglas son las que he extractado de las que trae
el autor de los Estudios monásticos. Mabillon, 338 pues, prosigue de esta
manera:
Porque no se puede imaginar que sea permitido fiar este ministerio a
ciertos religiosos inquietos, que por otra parte tienen habilidad, au-dacia y
facilidad hablar, con la sola mira de ocuparlos, esto es, de divertirlos y
entretenerlos. La palabra de Dios, que es la cosa más seria y preciosa del
mundo, no debe de servir de entretenimiento a nadie, ni aun de ocupación
simple, que no se dirija a algún fin santo y útil. Es profanarla, hacerla
servir a un uso tan distante de su dig-nidad y excelencia. Por la misma razón,
no se deben exponer a este empleo los religiosos mozos, que, no teniendo
bastante madurez y fundamentos sólidos, corren riesgo de ser inútiles a los
otros, y de perderse a sí mismos. No obstante, ésta esa una tentación muy
ordinaria en los religiosos mozos, que sintiéndose penetrados del fervor de una
conversión nueva, creen que no pueden satisfacer de otra surte a su celo
ardiente, sino por medio de la predicación, que a su parecer les abre camino
para convertir a otros. Mucho tiempo ha que San Bernardo notó este defecto en
el sermón 64, sobre los Cánticos, y San Nilo antes de él dijo que estos
religiosos se exponían a la risa de los demonios y acaso también a la de los
hom-bres. Es, pues necesario tiempo y espacio para llenarse uno a sí mismo antes
que se derrame hacia fuera, y es también necesario tener en el corazón un
manantial inagotable de unción y de piedad por medio de
Lar: es una atención muy
ordinaria en los religiosos mozos, que sintiéndose penetrados
la oración, para no estar en peligro de caer bien presto en sequedad y
tibieza. Faltando esta disposición, ¿qué se puede esperar de un pre-dicador,
sino especulaciones vanas y pensamientos destituidos de so-lidez, que dejan las
almas de los oyentes como también la suya, en la necesidad y hambre que les
hacen gemir y llorar? Esta falta nace tam-bién de que los predicadores quieren
bien de ordinario parecer doctos, elocuentes, ingeniosos, précianse de muy
agudos, y en una palabra, hablan para sí y no para los oyentes, y de esta
suerte, no hablan mu-chas veces ni para los oyentes ni para sí, no habiendo
cosa que más los desacredite en los ojos y juicio de todos, que el deseo que
mues-tran de ensalzarse. San Gregorio Nazianceno nota este defecto en su
oración 27, en que se lamenta de que los ministros de la Iglesia ha-cían de la
predicación un arte de agradar a los hombres, y que trasla-daban la policía y
cultura de los estrados a la iglesia, y los adornos del teatro a la cátedra de
la verdad. Y si esta falta es grande en un predicador ordinario, será del todo
intolerable en un religioso, que no debe inspirar por sus discursos, como ni
por su ejemplo, otros afectos y sentimientos, sino los de piedad y modestia. En
primer lugar, pues, debe el religioso esperar que los Superiores se lo
encarguen, y des-pués tener y recelar el abuso o hacer inútil el empleo por
mala direc-ción. Si es humilde, será digno, y si no, indigno de subir al
pùlpito. En segundo lugar, es necesario tener un gran caudal, no solamente de
virtud, sino también de ciencia adquirida, no en el estudio de la es-colástica,
que es muy seco para el pulpito, sino bebido de las Escritu-ras sagradas, y de
la lectura de los Padres, como de San Juan Cri-sòstomo, de San Agustín, de San
Gregorio y de San Bernardo, que se deben mirar como los cuatro Doctores de los
predicadores. Debe a sa-ber muy por sus cabales la ciencia de la religión y la
ética cristiana, que se deben haber bebido en estos puros manantiales y otros
buenos libros. Pero sobre todo es necesario que un predicador lea con aten-ción
los libros de San Agustín, de Doctrina Christiana. En tercer lugar se querría
que en los sermones se aplicasen siempre a algún pun-to moral bien explicado, y
no a pensamientos y discursos ingeniosos y a juegos de ingenio, de que no se
saca fruto alguno. Los discursos morales que han salido a luz de algunos años a
esta parte pueden servir para esto de un buen modelo. En cuarto lugar, sería
bueno, que cuando los predicadores componen sus sermones, procurasen consul-tar
tanto sus corazones como su ingenio, y considerasen si les mueven y penetran a
ellos mismos las cosas que quieren predicar; porque ¿cómo podrán mover a los
otros, si no sienten ninguna moción en sí? Con mayor gusto se escucha (dice San
Bernardo) a un predicador que pretende más mover y hacer llorar a sus oyentes,
que ser aplau-
a Lar: débese
dido. Tampoco se debe hacer mucho caso de las lágrimas, si no se sigue
la enmienda de los vicios, como dice San Agustín. El cuidado que se pone en
buscar palabras, daña mucho a la moción de la volun-tad, dice un moderno
piadoso, y el predicador pierde algo siempre en esto, si no se recompensa la
pérdida por la ganancia que otros hacen. En quinto lugar, acomodarse a la
capacidad de los oyentes, y abatirse, si es necesario; cosa que practicó
Jesucristo, y que hizo el Crisòsto-mo; en una palabra, anteponer lo que puede
enseñar a lo que puede complacer. Sobre lo que se pueden ver los los consejos
que dan los Ensayos morales, en particular al fin del tomo tercero. Acabóse.
Dr. Murillo. No obstante de que Vm. ha revuelto los huesos literarios
del jesuitismo y se ha ostentado, pardiez, pardiez, con mucha razón
des-contento con el método de sus estudios, pero jesuíta mismo había de ha-ber
sido Vm., para poderme desengañar hoy. De otra suerte hubiera que-dado en la
tiníebla de mis errores. En buena hora tomó Vm. la sotana, y también en buena
hora la dejó, para mi enseñanza; porque (dígole la ver-dad), vale más uno como
Vm., del tiempo jesuítico, que cualquier otro ignorante, pero erudito a la
violeta.
Dr. Mera. Estimo la honra que recibo de Vm., aunque no la merezca. Es
cierto, que, cotejando el tiempo de hoy con el tiempo jesuítico, (por lo que
mira a la educación de la juventud, al plan de estudios, a la ca-rrera de las
letras) no hay, ni puede haber, comparación de aquel tiempo de remisa luz, con
el presente de total obscuridad, tiniebla e ignorancia. Mas jay!, que es
preciso levantar la voz más distintamente, y decir con repetido clamor: ¡Que es
tu suerte, infelicísima, pobre ciudad de Quito! Cerradas las puertas de la
enseñanza en el tiempo de la sabiduría, no veo más que el confuso torbellino de
la barbarie, no veo más que padrones vergonzosísimos de una pésima educación;
no veo más que esclavos aba-tidos y encadenados afrentosamente a la licencia, a
las pasiones y al vicio. ¡Tristísima y más que desventurada ciudad! que,
habiendo perdido la es-cuela de tal doctrina, de tal cual conocimiento, buen
gusto y probidad, no tienes la esperanza de recobrar ni aquellos tibios
reflejos que pronostica-ban la aurora y el día resplandeciente de tus más
claros conocimientos y de tus doctrinas más bien tratadas! ¡Oh, si pudieses
mejorar de condi-ción, en la formación de tus niños, en la regularidad de tus
jóvenes, en la sencillez de tus políticos, en la ciencia de tus doctores y en
la ilustración divina y humana de todos tus miembros juntos! Podríamos ver
entonces el buen artífice, el buen ciudadano, el buen padre, el buen maestro,
el buen magistrado, el hombre de letras, el hombre de bien, el hombre
cris-tiano y el hombre capaz de constituir útilmente el vínculo y el todo de la
sociedad humana.
O. S. C. S. M. E. C. R.389
NOTAS
a El Nuevo Luciano de Quito
1 Luciano de Samosata (125P-192?), escritor griego del período romano.
Se dedicó a la sátira; compuso los diálogos, libretos y relatos burlescos que
le dieron fama entre sus contemporáneos y le han hecho pasar a la posteridad.
Algunas obras de este tipo hay Hermotino o las sectas filosóficas; Diálogos de
los muertos; El cínico; El mentiroso o el incrédulo, etc.
Traducción: "Cuando a
alguno le desagradare algo en mis escritos, examine si, no entendiéndome a mí,
entiende a otros autores que traten del mismo asunto y cuestiones que yo ... No
todos los libros llegan a manos de todos, y puede suceder que aun aquéllos que
pueden entender lo que yo escribo, no encuentren aquellos otros libros más
claros que los míos, y den siquiera con éste. Util es, por tanto, que se
escriban sobre un mismo asunto muchos libros por diversos autores, distintos en
el estilo, mas no en la fe, para que, de un modo o de otro, el mismo asunto
llegue a conocimiento de muchos. Mas si quien se queja de no entender este
escrito mío tampoco ha logrado nunca entender lo que aguda y afanosamente han
disputado otros sobre las mismas materias, empéñese más bien en progresar
personalmente, que no en hacerme a mí callar con sus quejas e injurias".
San Agustín, Tratado de la Santísima Trinidad, Libro I, c. 3.
3 Traducción: "Empero en esto no temo causar molestia a ninguno de
los que aman a esta Orden (la Benedictina cluniacense); por el contrario, no
podrá menos de serles agradable que yo condene lo que ellos aborrecen. Mas, si
alguien se disgustare, por el mismo hecho dará a entender que no ama a una
Orden religiosa, cuya relajación y vicios no quiere condenar. A todos éstos
responderé con la máxima de San Gregorio: Vale más que haya escándalo y no que
se falte a la verdad".
San Bernardo, Apología dirigida al Abad Guillermo, c. 7.
4 El Sr. D. Josef Diguja fue
Presidente de la Real Audiencia de Quito de 1767
a 1778.
5 Sancho de Escobar nació en
Quito el 1? de noviembre
de 1716; ingresó en la
Compañía de Jesús el 14 de mayo de 1733, mas salió luego de ella.
Recibió la investidura de abogado en la Universidad de Santo Tomás; y ordenado
de sacerdote, llegó a tener gran fama de orador sagrado.
6 Traducción: Aborrezco al vulgo profano y lo aparto de mí. (Horacio,
Odas, III, 1, 1).
El Doctor Luis Mera nació en
Ambato el 16 de septiembre de 1736, entró en la Compañía de Jesús el 7 de enero
de 1753, y salió de ella ordenado ya de sacerdote,
El Doctor Miguel Murillo y
Loma era médico quiteño.
Benito Jerónimo Feijoo y
Montenegro, (1676-1764), benedictino; fue un polí-grafo de singular
independencia literaria. En ideas políticas y sociales, en filosofía, ciencias
y literatura, repersentó el pensamiento europeo más avanzado de su tiempo.
Combatió todo linaje de rutinas, preocupaciones y abusos, desde el método
escolástico de la enseñanza universitaria hasta las supersticiones del vulgo.
Los ocho tomos de su Teatro crítico universal (1726-1739), componen una
vasta enciclopedia donde el autor señala, en casi todos los ramos del saber y
en las activi-dades de la vida, los errores comunes en aquel tiempo.
Continuación y complemento de esta voluminosa obra son los cinco tomos de
Cartas eruditas y curiosas ( 1742-1760).
Traducción: Los ojos nos
engañan, y ofuscada la razón, / los sentidos mienten extraviados. / Así una
torre, que, vista de cerca, es cuadrada, / de lejos, por borrarse sus ángulos,
se presenta como redonda (Petronio, Fragm. xxix, 1-4).
Traducción: Palabra del Señor.
Traducción: sólo, sólo.
Angel Marta Manca
(1687-1768), jesuíta nacido en Cerdeña;
vino a América
en 1724. Fue varías veces rector y tres veces provincial en la
-Provincia de Quito.
1 4 Riobamba.
Josias Simler (1531-1576),
teólogo protestante suizo. Escribió obras de teología y de matemáticas que se
publicaron después de su muerte.
Juan Nieto Polo del Aguila,
celosísimo Obispo de Quito y gran favorecedor de la Compañía.
Johann Magnin,
(1701-1751), jesuíta suizo.
Giovanni Domenico Coletti
(1727-1798), jesuíta italiano.
Miguel de Molinos
(1627-1696), quietista, condenado por Inocencio XI en la Bula Coelestis Pastor,
el 20 de noviembre de 1688.
El quietismo es la doctrina mística que busca la perfección cristiana en
el amor de Dios y la inacción del alma, desdeñando, por ello, las obras. Su
máximo representante y expositor fue Miguel de Molinos en la Guía espiritual (
1665).
El quietismo o molinismo tuvo gran influencia en Francia a fines del
siglo XVII, sobre un grupo inspirado por Madame Guyon (1648-1717) y por
François de Salignac de La Mothe Fénelon (1651-1715).
Louis Moreri ( 1643-1680),
sacerdote erudito francés, autor de Grand Diction-naire Historique (1674).
Gaspar Scioppio (Shopp) (1576-1649),
enemigo de los jesuítas.
Francesco Romolo
Bellarmino (1542-1621), jesuíta italiano; declarado
Doctor
de la Iglesia por Pío XI
(1924). Melchor Chopo
por Gaspar Scioppio;
2 3 Están intencionadamente
equivocados
Electo Erasmo, por Desiderio Erasmo de Roterdam ( 1467-1536) ; Laurencio Valle, por
Lorenzo Valla (1407-1457) ; Don Platina, por Bartolomé Platina (1421-1481); Angelo
Poluciano, por Angelo Poliziano (1454-1494); Junio Augusto Escalígero,
por José Julio Escalígero (1540-1609); José César Escaligero, por Julio César
Escalígero (1484-1558); Don Caroüno Sigonio, por Carlos Sigonio (1524-1584).
Desiderius Erasmus
(1467-1536), fue no tan sólo un filólogo y teólogo notable, sino un literato
distinguido, un escritor original, cuyas obras, escritas en latín, no figuran
en ninguna literatura nacional, pero no por esto deja de contarse entre los
humanistas más ingeniosos y elegantes de Europa. Además de su dilatada
correspon-dencia, se le deben numerosas sátiras, libelos, diálogos, algunos de
los cuales deben considerarse como obras maestras. Su obra más importante en
este género son los Colloquia (Basilea, 1516), del que se han hecho más
ediciones durante los siglos XVI y XVII.
Lorenzo Valla (1407-1457),
humanista italiano, conocido también por Lorenzo delle Valle; uno de los
primeros humanistas. Polemista por temperamento y dotado de gran originalidad,
rebelóse contra la autoridad de las disciplinas a la sazón domi-nantes. Así, en
su escrito De Voluptate Dialogus (1431, refundido en 1433 con el título de De
Vero Bono), fustigó la moral de su época; en Repastinatio Dialectices censuró
la lógica dialéctica escolástica. El mismo espíritu crítico respira en otras
obras en que combatió la latinidad no clásica (Elegantia Latini Sermonis, 1471;
alcanzó 59 edi-ciones desde esta fecha hasta 1536); la soberanía temporal del
Papa (De Falso Crédita et Ementita) Constantini Donatione Declaratio, 1440); y
la Teología (De Professione Religiosorum et Annotationes in Novum Testamentum).
Combatió crudamente a Aris-
tóteles y a los Escolásticos, llamando la atención no sólo acerca de la
ineficacia de su
método, sino de los peligros mismos que a su juicio encerraba aquella
doctrina para la
Religión. (1421-1481), literato e historiador italiano.
26 Bartolommeo Dei Sacchi
[Platina]
La obra que labró su fama es la que
lleva el título In Vitas Summorum
Pontificum
Opus (Venecia, 1479), traducida al italiano, al alemán y al francés. La
compuso Platina
a ruego de Sixto IV (1471-1484) a
quien va dedicada, y en ella dio pruebas de
gran
independencia de criterio, si bien se muestra muy apasionado contra
Paulo II (1464-
1471) y otros Pontífices.
Su valor histórico varía según los períodos, pues mientras
que no contiene nada nuevo respecto a los primeros siglos del Cristianismo, es de
verdadero interés por lo que se refiere a los siglos XIV y XV.
27 Angelo Ambrogini (1454-1494), humanista y poeta italiano, más
conocido que
por su nombre y apellido por el sobrenombre de Policiano o Poliziano.
Lorenzo de
Médicis, gran protector de las letras en Italia, llevó a Policiano a su
casa, confiándole
la educación de sus dos hijos: Pedro, que sucedió a su padre en el
gobierno, y Juan,
que fue Papa con el nombre de León X. Después de haber explicado durante
muchos
años literatura latina, se
decidió a enseñar el griego, adquiriendo universal reputación
y figurando entre sus discípulos los jóvenes más brillantes de
Europa. Pero la fama
de Policiano es todavía mayor por sus versos escritos en su idioma
nativo. La colección
de sus cartas,
publicadas con el
título Illustrium Virorum Epistolae (1519-1526),
constituye uno de los
documentos más interesantes e
instructivos para conocer
la
historia literaria de aquel tiempo.
28 Giuseppe Giusto Scaligeri (1540-1609),
filólogo francés; era hijo
de Giulio
Césare Scaligeri. En 1562
abrazó el protestantismo. En
1574 realizó una
serie de
trabajos, que le colocaron entre los más distinguidos sabios de su
tiempo; reformó el
método de crítica de los textos y estableció las bases de la cronología.
Superó a su
padre como filólogo y descolló además como cronologista e historiador; se le considera
como el creador de la ciencia cronológica, cuyos verdaderos principios
expuso en su
Opus de Enmendatione Temporum (París, 1583). Giulio Cesare Scaligeri (1484-1558),
filólogo y médico italiano; conocido por sus comentarios de las obras de
Aristóteles,
Hipócrates, etc.
29 Cario Sigonio (1524-1584),
humanista italiano.
30 Pietro Bembo (1470-1547), célebre latinista italiano. célebre erudito
31 Justus Lipsius, forma latinizada de Joest
Lips (1547-1606);
flamenco.
32 Traducción: el que hace en la
Tierra las veces de los dioses inmortales. es
latín
3 3 El sentido de Servator y Salvator es idéntico; pero sólo el primero
clásico. Hercule de Fleury (1653-1743), cardenal
y político francés.
André
3 4 Divertida confusión entre el
soldado del Calvario y el literato y filósofo del
Siglo III, Dionysius Cassius Longinus, a quien se atribuye sin
fundamento seguro el
Tratado de lo sublime.
3 5 Es ésta la octava 14 de las
117 de que consta el "Sacrificio de Ifigenia", poema
heroico escrito por D. Luis de Verdejo Ladrón de Guevara.
36 Pedro Mañero (1599-1659), prelado franciscano y escritor español;
ocupó en
su orden los más elevados cargos, entre ellos, general de toda la
Orden, elegido en
Roma en 1651. Buen escritor, aunque no para ponerse al igual del historiador, poeta
y dramaturgo español Antonio
de Solís (1610-1686), y del retórico y escritor ascético
Fray Luis de Granada (1504-1588).
Traducción: Télefo y Peleo,
pobres ambos y desterrados, se dejan de quejas ampulosas en palabras de pie y
medio (Horacio, Arte poéticav. 96- 97).
Traducción: He aquí que ven
los Magos al niño recostado. / ¡Oh, quién pinta-ra sus ardores! / La nieve,
deslumhrándolos, (súbitamente) se les trueca / en saeta de fuego.
Al punto depositan su diadema, / refulgente
honor en la cabeza de los reyes. /
Esta, depositada a los pies del tierno niño, / los besa. de
Príncipes ¿una vil caba-
¿Cómo? —decían— Dominador del
orbe. / Príncipe
ñita / es tu morada? Casa tuya / sean nuestros corazones.
¿Eres nieve o fuego, niño
tiernecito? / ¿Nieve? —y quemas e incendias los tibios
corazones / ¿Fuego? —Explica entonces cómo
perdonas a las pajas cercanas. /
Giovanni Battista Riccioli
(1598-1671), astrònomo jesuíta italiano; introdujo la nomenclatura de las
características lunares todavía usadas hoy día. Su Prosodia latina tuvo muchas
ediciones.
4 0 Ciudades de
Italia donde vivieron
desterrados muchos jesuítas
americanos.
41 Traducción: Ya el
fuego arrebató al ingenio por en medio de
las olas.
42 Sidonie Hossche (1596-1653), jesuíta belga. Sus Elegías le
dieron merecida
fama de gran poeta latino.
4 3 Oscuros poetas culteranos o
gongorinos, hoy olvidados.
4 4 Poema heroico.
45 Herman Bussenbaum
(1600-1668), célebre jesuíta alemán. (1659),
46 François Pomey (1618-1673), jesuíta francés. Del Pantheon Mythicum
se citan veinticuatro ediciones.
4 7 Plan de estudios para los
colegios y universidades de la Compañía de Jesús,
promulgado por el General P. Claudio Aquaviva en 1599, y todavía vigente en la
Orden.
La proliferación de colegios jesuítas en Europa y en América así como el
creci-miento rápido de la Compañía exigían organización y un sistema uniforme
de educa-ción. En 1584 seis jesuítas, profesores experimentados, seleccionados
en diferentes naciones y provincias, guiados por los principios de las
Constituciones de Ignacio de Loyola, fundador y primer general de la orden,
iniciaron la tarea de formular una serie de reglamentos. Se hicieron todos los
esfuerzos posibles para presentar un sistema práctico de educación. Se tuvo en
cuenta la teoría y la práctica, se solicitaron sugeren-cias de todas partes del
mundo católico, y se adoptaron todas las modificaciones juzga-das convenientes.
Así, la Ratio Studiorum no era obra de un hombre o de un grupo, sino más bien
el esfuerzo de toda la Compañía. En 1599 el plan definitivo apareció como Ratio
atque Institutio Studiorum Societatis Jesu, o sea, Método y Sistema de los
estudios de la Compañía de Jesús, citado generalmente como Ratio Studiorum. No
es un tratado pedagógico sino el conjunto de reglas para superiores y maestros
—"un manual práctico en métodos educativos y en administración de escuelas
y clases". Ahora bien, fue este plan de estudios traído a las Américas y a
Quito por los jesuítas después de 1599 el que Espejo criticó. Ver St. Ignatius
and the Ratio Studiorum, ed. Edward A. Fitzpatrick (Nueva York, 1933).
Aníbal Leonardelli (1625-1702),
predicador y asceta jesuíta.
Jacinto Tonti ( 1666-1726),
agustino, escriturista, apologista y renombrado orador.
Simone Bagnati (1651-1727), gran
predicador y asceta jesuíta.
Antonio Casini (1687-1755), jesuíta; profesor de retórica
y de Sagrada Escritura.
49 Charles Rollin (1661-1741), célebre escritor y
pedagogo francés. En 1687
obtuvo la cátedra de retórica y en 1688 la de elocuencia latina en el
Colegio de Fran-
cia. A causa de sus ideas jansenistas, fue uno de los que más censuró la
Bula Unigenitus
contra las doctrinas de Port-Royal. Además de sus cartas, epigramas
latinos, epitafios,
etc., se le debe: Traité des études, su obra maestra, cuyos dos primeros
tomos se publi-
caron en 1726, con el título De la
maniere d'enseigner les belles-lettres par rapport
à
l'esprit et au coeur; Histoire
ancienne (1730-1738), obra que, si bien
algún tiempo
tuvo mucha aceptación (al igual que la precedente), ha caído poco menos
que en el
olvido.
Pierre Nicole (1625-1695),
moralista francés. En 1654
Arnauld le asoció a sus
trabajos; ambos compusieron la Lógica llamada de Port-Royal con el título L'Art de
penser, y los Méthodes grecque et
latine. Suministró a Pascal materiales para sus Pro-
vinciales. En 1657 publicó
sus Disquisitiones Sex ad Praesentes Ecclesiae Tumultui
Sedandos Opportunae, con el seudónimo de Pablo Ireneo en sentido
jansenista, pero
con miras conciliadoras. Al condenarse el jansenismo, sufrió con Arnauld
varias perse-
cuciones. Essais de morale et instructions théologiques (6 vol.; 1671 -1714), es la mejor
obra de Nicole por el fondo y por la forma; es una colección
de tratados de moral
filosófica y teológica; en España fueron prohibidos por disposiciones
sinodales. Abrazó
la causa del jansenismo, pero se mostró siempre menos rígido que Arnauld
y más
propicio a una solución conciliadora.
Jansenismo es movimiento y doctrina religiosa que tiene su origen en las
obras del teólogo holandés Cornélius Jansenius (1585-1638); tuvo sus
principales defensores en el grupo de teólogos franceses —entre ellos Antoine
Arnauld (1612-1694, Pierre Nicole (1625-1695), Blaise Pascal (1623-1662)— de la
abadía de Port-Royal. Los jan-
senistas tendían a limitar la doctrina del libre albedrío y abogaban por
una vida de austeridad moral; fueron combatidos por los jesuítas y finalmente
condenados por el Papa Urbano VIII en 1642.
5 0 De estas novelas, las más célebres son
Artamène ou le Grand Cyrus ( 1649-53),
y Clêlie (1656), obras de Magdeleine de Scudéry (1607-1701),
conocida también con
el nombre de Sapho.
James Ussher
(1581-1656), teólogo anglicano;
famoso por su erudición his-
tórica.
52 Denys Peíau o Petavius (1583-1652), teólogo jesuita francés. Fue
profesor de teología dogmática en la Universidad de París (1621-1643); autor de
más de sesenta obras.
Vincent Voiture
(1597-1648), célebre escritor francés.
François de Malherbe ( 1555-1628), famoso poeta francés.
Dominique Bouhours (
1628-1702), retórico, asceta, hagiógrafo, muy leído y traducido a muchas
lenguas. Entre los muchos libros escritos: Les entretiens d'Ariste
et d'Eugene (1671).
5 6 Diversos nombres de vinos. Los cuatro latinos significan
respectivamente: "Ale-gra el corazón", "Medicina de la
mente", "Oleo de Venus", y "Calentador del cuerpo y del
alma".
Traducción: ¿Qué nos estorba
decir la verdad chanceando? (Horacio, Sátiras, 1,1,24-25).
Amadée François Frézier
(1682-1773), militar e ingeniero francés. Su viaje a la América del Sur duró de
1711 a 1714.
Traducción: te contradices.
Inocencio III, Giovanni Lotario de'Conti (1161-1216), reinó de 1198 a 1216.
61 Fierre de Blois (Petrus Blesensis)
(c.ll35-c.l208), distinguido escritor
francés.
Pietro dette Vigne o Pietro
délia Vigna (1190P-1249), jurisconsulto y político italiano.
Pietro Milanesio
(1707-1788), jesuita italiano que vino a América en 1731.
Vieiristas: Así llamados por
imitadores del insigne predicador jesuita portu-gués P. Antonio Vieira
(1608-1697).
José Francisco de Isla
(1703-1781), célebre jesuita y literato español.
Historia del famoso Fray Gerundio de Campazas alias Zotes ( 1758), sátira contra
la ignorancia y la pedantería de los predicadores de su tiempo en cuya
ampulosa elo-
cuencia se habían agudizado los vicios del culteranismo. No hay duda de que Isla
logra su propósito de satirizar con acierto los vicios mentales, literarios y lingüísticos
o las malas prácticas educativas y eclesiásticas de la época.
66 Francisco Núñez de
Cepado (1616-1690), jesuita.
Su obra: Idea de
el Buen
Pastor copiada por los SS. Doctores, representada en Empresas sacras (
1682).
67 Alvaro Cienfuegos (
1657-1739), jesuita español; fue ordenado cardenal en 1720.
6 8 Título de la obra: La heroica
vida, virtudes y milagros del grande San Francisco
de Borja... (Madrid, 1702). (1510-1572), Duque
de Gandía;
San Francisco de Borja
[Francesco de Borgia]
activo en la corte de Carlos V (1528); entró
en la Compañía; tercer general de la
Compañía (1554). de Estado español,
69 Juan Tomás Enriquez de Cabrera
(1652 -1705), hombre
almirante de Castilla. Al morir
Carlos II (1700), trató de asegurar
el trono al archi-
duque, por lo cual se malquistó con los partidarios de los Borbones.
70 Pedro Garrido (n. 1722),
jesuita lojano.
Francisco Javier Aguilar ( 1720-1789). ambateño.
Joaquín Ayllón (1728-1808), jesuita
71 Jacques Bénigne Bossuet
(1627-1704), príncipe de los oradores franceses.
72 Nicolas Cornet (1599-1663),
teólogo francés, maestro de Bossuet.
73 Gregorio Mayáns y Sisear
(1699-1781), erudito español. Su Oración que exhor-
ta a seguir la verdadera idea de la elocuencia española, a que se
refiere Espejo, la escri-
bió en 1727. En 1733 publicó El orador cristiano, en tres diálogos, para corregir los
abusos de la oratoria religiosa, problema que había de preocupar a
tantos ilustrados y que era un síntoma inconfundible de la decadencia general
de la cultura. Esta obra provocó entre los agraviados la misma tempestad que
había de producir muchos años después el Fray Gerundio del P. Isla.
Los hermanos Rodríguez
Mohedano, Pedro y Rafael, nacidos en 1722 y 1725 respectivamente. Ambos
profesaron en la Orden Franciscana; los dos fueron nombra-dos académicos
correspondientes de la Real de la Historia, y murieron hacia 1783 con escasa
diferencia.
Su obra capital es la Hisíoria literaria de España, desde su primera
población hasta nuestros días. El primer volumen apareció en Madrid en 1766 y
publicaron hasta nueve, al cabo de los cuales no consiguieron ir más allá de la
literatura hispano-romana.
Traducción: con mayor derecho.
José Cadalso (1741-1782),
escritor español. Entre muchas obras literarias, escri-bió una obrita —Los
eruditos a la violeta (1772) — a la cual debió su mayor popula-ridad. El título
"eruditos a la violeta" se convirtió en frase de uso común para
calificar la vanidad pedante y la superficialidad en todos los órdenes.
José Hipólito Valiente,
hablista español del siglo XVIII. En 1731 publicó su Alfabeto con el que
pretendía reformar la ortografía castellana.
Pedro Rodríguez, conde de Campomanes (1723-1803). Fue quizá el máximo
pro-pulsor intelectual del reformismo en España, inspirador de las Sociedades
Económicas, prosista y autor de varias obras importantes de historia y teoría
económico-política.
Francisco Mariano Nipho (1719-1803), fue un periodista por esencia; fue
uno de los principales vulgarizadores de las ideas de su siglo, introdujo en
España el perio-dismo diario y el político a la manera francesa, cultivó la
prensa erudita y costumbrista y creó un nuevo tipo de periodista literario,
todo lo cual otorga a su tarea una innega-ble trascendencia.
Fernando de Cevallos, filósofo y
apologista del siglo XVIII.
Enrique Flórez (1702-1773),
agustino. Su fama está vinculada a la publicación de la monumental España
sagrada, que inició en 1747 y de la cual llegó a imprimir veintiséis volúmenes.
Martín Sarmiento
(1695-1771), benedictino; gran polígrafo y estudioso de la educación y de la
lingüística. Era eficaz colaborador de Feijoo y celoso defensor de sus
escritos.
80
81
Traducción: la costumbre es una
segunda naturaleza.
Traducción: la costumbre forma ley.
Andrés de Pez (1653-1723),
marino español; fue Secretario de Estado y del Despacho universal de Marina los
dos últimos años de su vida.
Traducción: Hablan los hombres como viven. (Epit.
1142).
Traducción: Así como el
excesivo regalo en el comer y lujo en el vestir son señal de una civilización
enferma, así el refinamiento en el hablar, sobre todo si es frecuente,
manifiesta que están degeneradas las almas de quienes así se expresan. (Epist.
114, 11).
Traducción: Cuando se siente mal el estómago, el cerebro
no está para filosofar.
Luis Antonio Verney
(1713-1792), escritor jesuíta portugués, más conocido por su apodo, "el
Barbadíño". Su obra Verdadeiro método de estudar (1746) tuvo gran
trascendencia en la reforma de los estudios y de las universidades, no para
edificar, sino para demoler. La sólida crítica que lleva a cabo con respecto a
la enseñanza secun-daria y superior en Portugal puede aplicarse rigurosamente a
la enseñanza española. Espejo se aprovechó de muchos de los argumentos de
Verney para hacer su crítica de los estudios en la Presidencia de Quito.
Traducción: Luis Antonio
Verney, caballero del Collar, Arcediano de Ebora. Lógica para uso de los
'jóvenes portugueses, en cinco libros.
Traducción: Metafísica, para uso
de los jóvenes portugueses, en cuatro
libros.
Traducción: Aparato filosófico y teológico, para uso de los jóvenes
portugueses, en seis libros.
Andrés Cobo de Figueroa
(1673-1758), jesuíta, nacido en Popayán. Fernando Espinosa (1696-1742), jesuíta
cuencano.
Luis de Andrade (1690-1742), jesuíta cuencano.
89 Traducción: piedra barbada barberina (juego
de palabras sin sentido).
Athanasius Kircher (1601-1680), jesuíta; célebre matemático y
polígrafo alemán.
Francisco Javier Aguilar,
jesuíta, dictó el curso de filosofía del año 1753, y Juan Bautista Aguirre,
jesuíta, el de 1756.
Juan Hospital (1725-1800), jesuíta, enseñó filosofía de
1759 a 1762.
93 Traducción: gusto de la novedad más que de la verdad.
8 4Discípulos de los filósofos René Descartes (1596-1659), y de Pierre Gassendi
(1592-1655), de los
científicos Isaac Newton (1642-1727),
y de Emmanuel Maignan
(1601-1676).
René Descartes (1596-1650), filósofo y matemático francés, considerado
como el creador de la escuela racionalista, de la que se deriva toda la
filosofía moderna. Sus dos obras fundamentales son: Discours de la Méthode
(1637), y Meditationes de Prima Philosophia (1641). A la filosofía de Descartes
se le da el nombre de "carte-sianismo" y al método por él creado el
de "método cartesiano".
Pierre Gassendi (1592-1655), filósofo francés y notable hombre de
ciencia. De-sempeñó la cátedra de filosofía en la Universidad de Aix. En los
seis años que duró su enseñanza atacó el peripatetismo y se inclinó por la
nueva ciencia de la naturaleza, fundada por Copérnico, Galileo y Kepler.
Combatido por los jesuítas, hubo de termi-nar sus cursos. En su primera obra
Exercitationes Paradoxical Adversus Aristóteles, (1624), atacaba la Escolástica
emprendida por Bacon y más tarde por Descartes.
Gassendi es un empírico, que propaga en Francia el movimiento que inició
en Inglaterra Francisco Bacon. Fue amigo de Hobbes, entusiasta de Galileo,
contradictor del intelectualismo cartesiano y como hombre del Renacimiento,
semi-escéptico y ene-migo de los escolásticos. Su mérito está en haber sido el
iniciador del sensualismo; es el precursor de Locke y de Condillac; del primero
por su origen sensible del cono-cimiento y del segundo por su afán de conciliar
las tesis del empirismo sensista con la sana moral y el dogma católico.
Isaac Newton (1642-1727), matemático y físico inglés; escribió varias
obras entre ellas Philosophiae Naturalis Principia Mathematica, cuyos tres
volúmenes se publicaron en 1686- 1687, y en la que por primera vez apareció su
inmortal doctrina sobre la atracción universal. La obra fue fríamente acogida
en Europa, donde reinaban las doctrinas cartesianas y especialmente Leibnitz se
declaró en contra de las teorías de Newton.
Manuel Maignan (1601-1676), religioso y físico francés. Rechaza la
teoría escolás-tica de los accidentes absolutos separables de la substancia por
la omnipotencia divina. Reproduce doctrina del filósofo griego Empédocles (s. V
a. de J. C.), sentando que las especies sensibles o intencionales no son otra
cosa que el resultado producido por los objetos exteriores sobre nuestros
sentidos.
Pedro Muñoz (1729-1799),
jesuita riobambeño; dictó el curso de
filosofía de
1762.
96 Francisco Rodríguez (1730-1767),
jesuita.
9 7 Espejo ridiculizaba la afectación de este seudo-intelectual. Los científicos aquí
enumerados son: Nicolaus
Copernicus (1473-1543), Pieter
van Mussenbroek (1692-
1761), Willem Jakob Gravesande
(1688-1742), Jean Antoine Nollet
(1700-1770), Ty-
cho Brahe (1546-1601). creadores de la
Nicolaus Copernicus
(1473-1543), científico polaco;
uno de los
astronomía moderna y fundador de la teoría planetaria heliocéntrica. La
obra que le había de inmortalizar, o sea De Revolutionibus Orbium Coelestium
(Nuremberg, 1543); mucho tardó en publicar esta obra por las contradicciones
que preveía.
Pieter van Musschenbroek
(1692-1761), físico y matemático holandés.
Willem Jakob Storm Van St. Gravesande (1688-1742), hombre de ciencia
holandés. Doctor en derecho, ejerció de abogado en La Haya hasta 1717, en que
empezó a enseñar matemáticas y astronomía, desempeñando luego la cátedra de
arquitectura civil y militar en la Universidad de Leyden (1730 -34), y desde
esta fecha la de mate-máticas en la misma. Gravesande fue en filosofía
discípulo de Locke, pero sus senti-mientos religiosos le llevaron a modificar
profundamente la filosofía empírica. Storm fue el primero, fuera de Inglaterra,
que profesó públicamente la doctrina de Newton.
Jean Antoine Nollet (1700-1770), físico francés. En 1735 abrió en París
un curso de física, y en 1739 sucedió a Buffón en la Academia de Ciencias.
Débensele algunos descubrimientos sobre fenómenos eléctricos y sobre otras
ramas de la ciencia, habiendo estudiado principalmente el fenómeno de la
difusión.
Tycho Brahe (1546-1601), astrónomo dinamarqués; rechazó la
teoría planetaria
heliocéntrica de Copérnico.
9 8Filósofos del siglo XVII:
Gottfried Wilhelm von Leibnitz
(1646-1716); Sa-
muel Clarke (1675-1729); John Locke (1632-1704); Christian von
Wolff (1679-1754).
Barón Gottfried Wilhelm von Leibnitz (1646-1716), matemático y filósofo
alemán. Entre sus varías doctrinas destaca su teoría de que todo está compuesto
de mónadas (representaciones) a las que rige una armonía preestablecida; que
todo es continuo; que en este mundo el mal es necesario. Es un filósofo
idealista, optimista e integrador. Su obra que mejor expone esto es Théodicé
(1710). Otra obra suya importante es Systema Theologicum (1686; publicada en
1819).
Samuel Clarke (1675- 1729),
filósofo inglés; escribió
varias obras de
teología y
controversia, tanto contra los católicos, como contra la tendencia
ultracrítica que se
dibujaba en el campo protestante. Inició una
polémica con Leibnitz a fines de 1715,
y que no terminó hasta la muerte de Leibnitz en 1716, tratando discusiones científicas
y metafísicas.
y Johann Christian, Barón de
Wolff o Wolf (1679-1754), filólogo alemán. Estudió
aprendió la filosofía de Descartes y la de un pensador que unía a esta influencia
la de Spinoza y Leibnitz: Tschirnhaus. Unas aclaraciones que más tarde
publicó a la
Medicina Mentís (1687) de este
último le valieron la amistad de Leibnitz. Su método
de enseñanza y la claridad y acierto con que explicaba sus lecciones le
proporcionaron
pronto buen número de oyentes y adeptos. Con éxito cada vez mayor extendió sus
aplicaciones a la filosofía y a
otras disciplinas científicas. Los teólogos pietistas vieron
en el nuevo maestro la representación
de una filosofía
racionalista que minaba los
fundamentos de la fe.
Ehrenfried Walter von
Tschirnhaus o Tschirnhauss
(1651-1708), filósofo, físico y
matemático alemán. Autor de la obra filosófica: Medicina Mentis et
Corporis (1687).
9 9 Hugo Grotius (1583-1645); John Selden
(1584-1654); Richard Cumberland
(1631-1718); Dámaso
Coringelli (1662-1710); Johann Gottlíeb Heineccius (1681-1741).
Johann Gottlieb
Heineccius [Juan Teófilo
Heinecio] (1681-1741), jurisconsulto
alemán, cuyo verdadero
apellido era Heinecke.
Entre sus obras,
merecen mención
especial: Juris Prudentia Romana et Attica (1738- 1741); varias monografías, entre las
que descuella el Commentaria ad Legem Juliani et Papiani Pappaeam
(1770); Antiqui-
tatum Romanarum Juris Prudentiam Illustrancium Syntagma, en la que, siguiendo el
orden de las Instituciones de Justiniano, va ilustrando cada párrafo,
siendo un restau-
rador de la seriedad de
estos estudios. Elementa Juris Civilis Secundum Ordinum Insti-
tutionum (1725), y
otro Secundum Ordinem
Pandectarum, estuvieron de
texto o
merecieron gran favor en todas las universidades de Europa, habiéndose reimpreso
y anotado hasta bien entrado el siglo XIX .
Johann Hugo de
Groot (1587-1662), llamado también Grocio; jurisconsulto, teó-
logo e historiador
holandés. Escritor fecundísimo,
de sus obras citaremos
las más
importantes: De Jure Belli ac Pacis Libri Tres (París, 1613), que
fue traducida a casi
todos los idiomas europeos, y de la que se hicieron numerosas ediciones;
Defensio Fide
Catholicae de Satisfactione
Christi (1617).
John Selden
(1584-1654), historiador y
político inglés. En 1617 publicó una
de
sus obras más importantes History of Tythes, que le dio justa reputación de sabio y
le valió la amistad de Jacob I. filósofo
inglés, teólogo y orador a un tiempo,
Richard Cumberland
(1632-1718),
y polemista acérrimo en pro del anglicanismo. Autor de la obra De
Legibus Naturae (1672), escrita como réplica a Hobbes, presentando el principio
de la benevolencia universal. Conocido como uno de los fundadores del
utilitarismo inglés.
Damaso Coringelli (1662 -1729), jurisconsulto italiano; se le debe: De
Conscientiae et Liberi Arbitrii Concordia Libitres (1710), y De Habitu, Situ ac
Motu (1712).
íoo Traducción: Jurisperitos herejes,
luego jurisperitos condenados.
Traducción: Sé hablar de las
cosas sin tocar a las personas; / son mis chistes sin hiél, pero no sin miel.
Justiniano I (c. 483-565),
Emperador de Oriente. El gobierno de Justiniano fue notable especialmente por
el Código que ordenó y que ha pasado a la posteridad. Bajo su dirección
notables jurisconsultos formaron el celebérrimo Corpus Juris Civilis. Es el conjunto
de las reformas legislativas justiniáneas en su último estado. El Corpus Juris
Civilis puede considerarse desde dos puntos de vista: como fuente del Derecho
Justiniáneo y como recopilación de materiales jurídicos, en su mayor parte de
la época clásica. Hay muchas ediciones de este codex; la más antigua es la de
Pedro Schoffer (Maguncia, 1468).
Instituía, mal llamada Instituta, forman una de las partes integrantes
del Corpus
Juris Romani, y es una obra destinada
a iniciar a los estudiantes en la ciencia del
Derecho. Traducción: La justicia es la constante y perpetua
voluntad de dar a cada
103
uno lo que le es debido.
104 Muy difícil sería determinar
con precisión a qué jurisconsultos españoles
se
refieren estos nombres,
siendo ellos tan comunes. Los que con mayor probabilidad
se pueden señalar parecen ser los
siguientes:
Antonio González (m. 1728), jurisconsulto y escritor mallorquín. Entre
los diversos
cargos que desempeñó figura el de juez del Tribunal civil y eclesiástico
llamado del
Pariage.
Juan Solórzano Pereira (1575-1653-54), jurisconsulto español. Nombrado
oidor de
la Audiencia de Lima
(1609); luego fiscal
del Consejo de Hacienda (España), y
después del de Indias y más tarde
del de Castilla (1642) . Escritor
excelente y de
gran erudición, entre las muchas obras escritas,
citamos ~De Indiarum Jure Disputado-
ne (Madrid, 1647).
Diego García de Palacio (s.
XVI), jurisconsulto y
escritor español; distinguióse
por su conocimiento de los asuntos coloniales, por lo que fue nombrado
individuo del
Consejo de Indias y más adelante se le envió a América. En 1576,
escribió Relación
hecha por el licenciado Palacio al rey don
Felipe II, en la que describe la
provincia
de Guatemala, las costumbres de los indios
y otras cosas notables, considerada obra
clásica y de las más exactas y mejor informadas que se ha escrito sobre
la materia.
Fernando de Avendaño (s. XVII), sacerdote peruano. Sobresalió como teólogo y
canonista, reformó los estudios del seminario y del instituto, dándoles
mayor extensión.
Escribió: Sermones sobre el Evangelio y
Exhortación contra la idolatría de los
indios
(Lima, 1648), libro este muy estimado, escrito en castellano y en
quechua.
Pedro Barbosa (m. 1606), célebre jurisconsulto portugués del siglo XVI.
De sus
numerosas obras se han publicado: unos Comentarios notables sobre varios
títulos del
Digesto; De Soluto Matrimonio (Madrid, 1595), De Iudiciis (Lyon, 1622),
Legatis et
Sustitutimibus (Lyon, 1664), etc.
Juan Gutiérrez (s. XVI), jurisconsulto y escritor español
del siglo XVI. Es autor
de un verdadero tratado de Derecho civil que está dividido en nueve
partes. Escribió
también Práctica civil,
criminal y canónica (Madrid, 1592);
impreso en varios países.
1 0 5 Autor desconocido. no
desdora el nacimiento.
106 Traducción: que la manumisión
107 Traducción: la manumisión al nacimiento
no desdora.
108 Marcus Aurelius
Alexander Severus, nombre original Alexianus
Bassianus
(208P-235); Emperador romano (222-235).
Massurius Sabinus, jurista romano del primer siglo, A. D. Domitius
Ulpianus (170?-
228), autor de muchos tratados y
comentarios legales. Julius Paulus,
célebre jurista
romano que floreció por los años de 180 a 235.
Sextus Cecilius Africanus, jurisconsulto romano,
contemporáneo de Antoninus
Pius, y acaso discípulo de Julianus; gozó de gran reputación en su
tiempo. Herennius
Modestinus (193-244), distinguido jurista romano, discípulo de
Ulpianus.
1 0 9 Cita
intencionalmente trabucada del quandoque
bonus dormitat Homerus de
Horacio, Arte poética, v. 359.
110 Numa Pompilius (715- 673 a. de
J.C.), segundo rey legendario de Roma.
111 Traducción: la justicia es
voluntad buena.
« 2 Pedro I el Grande (1672-1725).
Traducción: hasta hartarse.
Traducción: donde está tu tesoro, allí está tu corazón.
Heraclitus (504-456 a. de J.
C.), filósofo griego; conocido como el filósofo "lacrimoso" a causa
de su parecer pesimista de la vida.
Antonio Codorníu
(1699-1770), jesuita español; publicó además en 1764 una obra que a Espejo le
hubiera convenido conocer: Desagravio de los autores y facultades que ofende el
Barbadiño en su obra Verdadero método de estudiar. El P. Codorníu censura minuciosa
y violentamente a Verney y a su obra el Verdadero método.
Este editor se ha aprovechado de estas dos obras en microfilm —la de
Codorníu y la de Verney— para darse cuenta de la crítica hecha por estos dos
jesuítas y de
los argumentos usados por Espejo en El Nuevo Luciano, en el Marco Porcio
Catón y en La Ciencia blancardina. Las notas reflejan estos argumentos de
Espejo.
Traducción: Cuídese
diligentemente que quienes acuden a las universidades de la Compañía para
aprender letras, junto con ellas aprendan también costumbres buenas y propias
de cristianos. A los jóvenes encomendados a la educación de la Compañía,
fórmenlos los maestros de modo que, junto con las letras, se esmeren en
adquirir costumbres dignas de cristianos.
Andrés Piquer (1711-1772),
célebre médico y reformador de la medicina peninsular del siglo XVIII.
H9 Francis Bacon (1561-1626),
pensador inglés y uno de los creadores del método
experimental en su obra Novum
Organum (1620).
1 2 0 La obra de Grocio
De Iure Belli ac Pacis libritres (París, 1613), se considera
una de las obras más importantes que fue traducida a casi todos los idiomas europeos
y de la que se hicieron
numerosas ediciones.
Tbomas Hobbes (1588-1679),
filósofo inglés; autor de muchos libros entre ellos De Cive (1642), y Leviathan
(1651), el cual contiene su teoría famosa del con-trato social.
122 John Locke
(1632-1704), filósofo inglés,
autor de varias obras entre ellas:
An Essay Concerning Human
Xlnderstanding (1690), y
Some Thoughts Concerning
Education (1693). Con el tiempo se alejó de las sutilezas de Aristóteles y se acercó
hacia la ciencia experimental y las ideas de Descartes y de Bacon. Se
conoce hoy día como el iniciador del empirismo inglés.
El empirismo es el sistema filosófico según el cual la experiencia es la
única fuente
del conocimiento.
123 Samuel von Pufendorf (1632-1694), jurisconsulto e historiador alemán; es-
cribió muchas obras históricas y políticas, pero las de carácter
teórico, que interesan
para la historia de la Etica y del Derecho natural son: De Jure Natural
et Gentium
(1672), obra que cimentó
su fama, y De
Officio Hominis et Civis
Juxta Legem
Naturalem (1673 y otras ediciones
durante el siglo XVIII), que es una especie de
resumen del anterior. jurisconsulto,
filósofo y publicista francés; era
124 Jean Barbeyrac (1674-1744),
hijo de un pastor
calvinista, cuya religión profesaba, por lo que después de la revo-
cación del edicto de Nantes tuvo que salir
de Francia refugiándose primero en Suiza
y después en Berlín. Desempeñó la cátedra de Derecho Público; perteneció
a la Sociedad
de Ciencias de Prusia. Como filósofo, se
afilió a la escuela cartesiana,
siguiendo prin-
cipalmente las teorías de
Locke; negaba las ideas innatas y los principios a
priori;
para él el bien y el mal
resultan de la naturaleza de las cosas. Como jurisconsulto
admitía el divorcio por consentimiento mutuo, la poligamia y el derecho del padre
para disponer libremente de sus hijos, incluso
para venderlos. Publicó excelentes tra-
ducciones de las obras de Grocio,
Pufendorf, Nood, Cumberland,
Bynchershoek, etc.
125 Traducción: Obra de sabios fue antiguamente / distinguir lo público de lo
privado lo sagrado de la
profano, / prohibir las
uniones vagas, dar derechos a los
maridos, y construir ciudades y grabar en
tablas las leyes. (Arte Poética,
v. 396-399).
126 Emmanuele Tesauro
(1591-1677), literato e historiador italiano. La obra a
que se refiere Espejo es: La
filosofía morale derivatá dall-alta fonte del grande
Aris-
totile (Torino, 1670).
127 Traducción: Le pondrán por nombre Emanuel (San Mateo, 1, 23).
Traducción: a cabeza rapada.
Traducción: abismo de riquezas (Epist. a los Romanos, 11, 33).
Traducción: Rey de reyes y Señor de los que dominan
(Apocalipsis, 19, 16).
Gregorio de Valencia (1551
-1603), teólogo jesuíta español.
Juan Marín (1654-1725),
teólogo jesuíta español.
Juan Campoverde (1658-1737),
filósofo jesuíta español.
Juan de Ulloa (m. 1630) , religioso jesuíta y escritor español del siglo
XVII. Era
un filósofo notable a la par que gran teólogo, habiendo escrito, entre
otras, la siguiente:
Materias varias de Teología escolástica. la
libertad de indiferencia, si se guarda la
132 Traducción: Distingo:
se requiere
ordenación hacia el fin, concedo; "si no se guarda, niego.
133 Traducción: Encarnación — Fe — últimamente — Pecados.
134 Traducción: con todas sus fuerzas enteras.
Gabriel Vázquez (1549-1604),
jesuita español; enseñó teología por unos 29 años en Roma; fue llamado por el
Papa Benedicto XIV, lumbrera de la teología.
]_uis de Molina (1539-
1600), jesuita español; escribió el celebérrimo tratado teológico llamado
Concordia, que dio origen a las disputas de auxiliis.
137 Traducción: nos hemos cansado en el camino de la
perdición.
138 Traducción: de los misterios de la naturaleza.
139 François de Salignac de la Mothe-Fénelon (1651-1715), prelado francés; arz-
obispo de Cambrai (1695) ; escritor fecundo, de sus obras citaremos las
más importantes: Dialogues des morts y Têlémque. Esta fue considerada una
sátira en contra del rey Louis XIV y su política y a causa de eso fue
desterrado de la corte.
En defensa de la reclusa de Vincennes, Madama Guyón, Fénelon compuso su
Maximes des saints, para mostrar que la doctrina del puro amor era conforme a
la de los místicos antiguos. El efecto fue desastroso. El Papa Inocencio XII
condenó en 1699 veintitrés proposiciones del libro de las Maximes, no como
heréticas, sino como erróneas. Fénelon se sometió y leyó desde el pulpito el
Breve de condenación de las Maximes des saints.
Traducción: llego al punto de la cuestión.
Traducción: hasta el cabo.
1 4 2 Se refiere Espejo a
la llamada Tercera Probación, última etapa en la formación
de los jesuítas, acabados
todos los estudios, después del sacerdocio.
143 Sebastián Imbert
( 1723-1773), jesuita español.
Pablo Torrejón (1720-1786),
jesuita español.
Luis Tamáriz (1707-1777), jesuita
español.
144 Francisco Suárez ( 1548-1617), jesuita y teólogo español, llamado
Doctor Eximius et Pius por el Papa Paulo V, y confirmado por Benedicto XIV.
Comenzó la enseñanza de la Filosofía en Segovia (1572-74), y Teología en
Valladolid (1576 ss.), Collegium Romanum ( 1580-1585), y en Alcalá, Salamanca,
y Coimbra ( 1585 ss.) . Con su tratado De Legibus es uno de los organizadores
de la filosofía del Derecho, ciencia casi española en sus orígenes, que a él y
a Vitoria, a Domingo de Soto, a Molina y a Baltasar de Ayala debe la Europa,
antes que a Groot ni a Pufendorf. Escribió un Comentario de la Summa Theológica
(5 vol., 1590 -1603), de Santo Tomás; Disputatio-nes Metaphysicae (2 vol.,
1597) ; uno de los creadores de la filosofía del Derecho con Defensio Fidei ( 1613)
; y ascético y místico con su admirable obra sobre la virtud de religión y el
estado religioso De Divina Gratia (3 partes, 1620).
Traducción: lo mismo por lo mismo, es decir: en todo
igual.
1 4 6 Miembros del clero
secular y de diversas comunidades
religiosas, todos con-
temporáneos de Espejo: Gregorio
Tomás Enríquez de Guzmán
(1706-1787), francis-
cano quiteño: Maximiliano
Coronel, Magistral de la
Catedral de Quito; Ignacio
de
Chiriboga y Daza (1680-1748), canónigo. Quizá se refiere Espejo al hermano de este
canónigo, Joaquín Chiriboga, Ministro y
ex provincial de San Agustín; Alejandro
Semanate (m. 1751), franciscano
quiteño; Agustín Marbán, franciscano
quiteño. No
ha sido posible identificar los apellidos siguientes: los Sandinos y los Padillas. José
Alava y José Portillo,
religiosos mercedarios.
1 4 7 De la nota 60 de
Espejo, Aurelio Espinosa Pólit, editor de El Nuevo Luciano
de Quito (Quito,
1943), procura refutar
su crítica: Espejo, sin
duda alguna, no
conoció en su integridad la Biblioteca de los jesuitas de Quito, pues
para refutar lo
que en esta nota dice, tenemos a la vista
dos colecciones de obras completas de San
Agustín, que pertenecieron a dicha Biblioteca, una de Lyon de 1586 y otra de París
de 1587, ambas en diez volúmenes; entre
los teólogos dogmáticos y escolásticos hay
un Santo Tomás en dieciocho tomos (Roma,
1570), un Suárez en 22 tomos, un Váz-
quez en 8 tomos, un Lugo en 3 y muchos otros; de Petavio está la obra de
Theologiis
Dogmatibus en 5 volúmenes. Este caso prueba con evidencia que no es posible creer
a Espejo en cuanto asevera contra la Compañía de Jesús. Bien puede ser
que no estu-
vieran las obras que echa de menos en el acervo de libros jesuíticos que
manejó; pero
de allí no se sigue que no las hubieran tenido los jesuitas, pág. 103,
n. (b).
148 Dionisio Petavio o Petau ( 1583-1652),
sabio escritor francés y religioso de
la Compañía. Los cuatro tomos De Ttheologiis Dogmatibus (París,
1644-50), es la
obra que mayor celebridad le ha dado como teólogo. En sucesivas
ediciones fue aumen-
tando el número de volúmenes de esta obra. De Doctrina Temporum (2 vols.;
París,
1627), trata de la ciencia de computar los tiempos según reglas
astronómicas; también se expone la aplicación de estas reglas a la cronología
histórica. Compendio de esta obra es el Rationarium Temporum (París, 1633);
tenido por clásico en la materia, y del cual se han hecho muchas ediciones y
traducciones a varias lenguas.
Sr. Licenciado D. Francisco
Lobón: Seudónimo con que se disfrazó el P. Isla en la publicación de su Fray
Gerundio.
150 Louis Ellies Du Pin o
Dupin (1657-1719), teólogo y publicista
francés.
151 Richard Simon (1632-1712),
exégeta francés; fue uno de los fundadores de la
moderna exégesis bíblica. Defendió la autoridad de la tradición eclesiástica
sobre el
origen, integridad e interpretación
de la Sagrada Escritura; pero sus
investigaciones,
en general, son poco fundamentadas, habiendo incurrido en la censura,
tanto de los católicos como de los protestantes.
Jacques Bénigne Bossuet
(1627-1704), ilustre obispo de Meaux y uno de los más célebres oradores
sagrados franceses del siglo XVII.
Socinianismo. Doctrina
sustentada por los socinianos, que tuvieron por prin-cipales corifeos Lelio
Socino o Sozzini (1525-1562), y a Fausto Sozzini (1539-1604).
Son conocidos en la historia con este nombre de socinianos los
individuos perte-necientes a una de las muchas sectas que nacieron en el siglo
XVI, como fruto de la revolución religiosa iniciada por el protestantismo y
amparada por el Renacimiento.
El libre examen de las Escrituras, erigido en dogma fundamental por los
luteranos, llevaba en sí el principio del racionalismo en materia religiosa.
Los socinianos, llamados también unitarios o antitrinitarios, tienen que no
hallando en la Biblia el dogma de la Trinidad y acuciados por al imposibilidad
de penetrarlo con la sola razón, terminaron por negarlo, como medio más
expedito y fácil. Este sistema doctrinal fue condenado por la Inquisición en
1559.
Fausto Socino, que había de dar nombre a la nueva secta, llevaba hasta
las últimas consecuencias los principios de su tío Lelio Socino. Expuso su
doctrina en la obra Del Salvatore Gesu Cristo (De Jesu Christo Servatore), que
gozó de gran crédito en varias partes de Europa.
Vicente Lirinen.se (siglo
V), monje francés; así llamado por haber pertenecido al monasterio de Lerins.
Escribió el célebre Commonitorium (434), del que está toma-da la frase citada
por Espejo.
Traducción: [Tradición es] lo que
[ha sido creído] siempre, en todas partes
y por todos.155
Eusebius Amort (1692-1775),
teólogo y canonista católico alemán; entre sus muchas obras es notable la
Demonstratio Critica Religionis Catholicae ( Venecia, 1744). Sus Elementa
Philosophiae fueron objeto de apasionada admiración y de impugnación no menos exagerada
en todas las universidades de su siglo.
Alexander Claudin François Houtteville (1686-1742), literato farncés. En
1723 fue propuesto para miembro de la Academia Francesa, de la que fue nombrado
secre-tario perpetuo pocos años antes de su muerte.
Pierre Annat (1638-1715), escritor eclesiástico francés; general de la
Congregación de la Doctrina Cristiana (1694).
Pierre Daniel Huet (1630-1721), teólogo, filósofo y erudito francés. La
gloria de Huet se debe a sus obras filosóficas, teológicas y apologéticas,
entre ellas: Demonstratio Evangélica (París, 1679; 9? ed., Venecia, 1754-55) ;
Censura Philosophiae Cartesiannae (París, 1689; 4? ed., 1694).
Eusebius (hacia 260- murió
antes de 341), obispo de Cesarea (313) e histo-riador eclesiástico. Sin disputa
su obra principal es la Historia Ecclesiastica, en 10 libros, la que le ha
merecido el título de padre de la historia eclesiástica y la que más datos
contiene de los tres primeros siglos de la Iglesia. Entre otras obras escritas:
Demonstratio Evangélica, en 20 libros.
Daniello Concina
(1687-1756), predicador, controversista y teólogo italiano. Cimentó su fama con
la publicación de su primera obra de controversia Commentarius
Historico-Apologeticus ( 1736-45) ; entre otras obras escritas Storia del
probabilismo e rigorismo (1743).
Su fama con la publicación de su primera obra de controversia
Commentarius Historico-Apologeticus (Venecia, 1736-45).
Con este epíteto imputa Espejo al P. Concina afinidades con las
doctrinas conde-nadas de Bayo (Miguel de Bay), teólogo belga (1513-1589).
Michael de Bay, conocido por
Bayo (1513-1589), teólogo belga. Fue el pre-cursor del jansenismo, y pretendía
reducir el estudio de la teología a las Sagradas Escrituras y a los antiguos
padres de la Iglesia, especialmente a San Agustín. Se le reprochaba el imitar a
los protestantes y recurrir a las mismas autoridades, a lo que Bayo y sus
partidarios contestaban diciendo que lo hacían para combatir mejor a estos
herejes, atacándoles en su mismo terreno. Su sistema doctrinal se llamó
bayanis-mo. En 1564 Pío V condenó cierto número de proposiciones; en 1579
Gregorio XIII renovó la condenación.
celarem (o celarent),
palabra convencional que representa el 2° modo de la 1-figura directa de
soligismos.
Leonard Lessius (1554-1623),
teólogo jesuita belga; ocupó la cátedra de teo-logía en Lovaina por unos quince
años. La obra más célebre de Lessius es su tratado De Justitia et Jure
Caeterisque Virtutibus Cardinalibus (Lovaina, 1605), del cual se han hecho unas
20 ediciones.
Johan Hameluis (1554-1589),
teólogo jesuita belga; compañero del P. Lessius.
y 1 6 3 Santos Padres de la
Iglesia, los cinco primeros pertenecientes a los siglos I
II, los cuatro últimos
al siglo IV.
la 1 6 4 Parece que Espejo, al
escribir esta crítica contra estos notables
teólogos de
Compañía de Jesús, reflejaba la opinión pública adversa
a los jesuitas.
Traducción: por la preciosa
razón bajo la cual [se ha considerado el asunto].
Traducción: tan pronto creyente.
Traducción: por necesidad y
penuria.
Ramón de Yépez, clérigo
quiteño, abogado y literato, nombrado provisor del obispado en 1800. Murió, de
Rector del Seminario de San Luis, en 1807.
Antístenes (444-399 a. de J.
C.), filósofo de Atenas; fundador de la escuela de los cínicos; discípulo y
amigo de Sócrates.
Nicolás de Malebranche
(1638-1715), filósofo y teólogo francés. Su reputa-ción se debió a la habilidad
de escritor, como buen estilista, manifestaba en sus mu-chas obras, a sus
tendencias psicológicas y místicas y a sus animadas disputas científi-cas, en
las que sus tentativas de encontrar nuevos rumbos en la investigación
filosófica y teológica, no siempre quedaron exentas de sombra desde el punto de
vista de la ortodoxia católica. Entre sus enemigos figuran extremos tan
contrarios como Bossuet y Fénelon, jesuita y jansenistas, con Arnauld al frente
de éstos.
171 Traducción: Para
que no crezcan mis
ignorancias, ni se multipliquen mis
delitos. Jean Hardouin
(1646-1729), literato y religioso
jesuita francés. Por aquella
172
época (1683), comenzó la publicación de
artículos y notas en el Journal des
Savants,
en que escribió Memorias sobre numismática y acerca de las odas de
Horacio. La co-
lección hardouiniana intitulada Acta Conciliorum et Epistolae Decretales
ac Constitu-
tiones Summorum Pontificum (París, 1715),
fue un verdadero progreso en la crítica
de los textos conciliares, y sirvió de base a la edición de Coleti. En
una de sus obras
publicada en 1741, emite la extraña opinión de que Cristo y los
apóstoles predicaron
en latín y que el Cefas, al cual reprendió San Pablo, no era San Pedro.
En medio de
los graves defectos
que afean los
escritos de Hardouin, quedan siempre
en ellos
gran copia de erudición y penetración honda de las cuestiones con una
caprichosa
originalidad que le llevó a sus veces a conclusiones paradójicas. muchas obras entre
173 Gaspar Astete (1537-1601), jesuita español.
Escribió
ellas: Doctrina cristiana (1599), que es
su obra más célebre, alcanzando más
de 600
ediciones en el transcurso de los tiempos. Se ha traducido a todas las lenguas eu-
ropeas.
Otro religioso cuyo catecismo en lengua castellana ha sido muy popular es el del
P. Ripalda.
Jerónimo de Martínez de Ripalda (1526-1618), escritor y religioso
jesuita español. Fue maestro de humanidades, filosofía y rector del Colegio de
Salamanca, distinguién-dose también como orador sagrado. Su obra principal es
el Catecismo y exposición breve de la doctrina cristiana (Toledo, 1618), que ha
alcanzado centenares de edicio-nes y que aún es obra de texto en las escuelas
elementales. Se le debe, además: Versión del latín al español del libro de
Contemptus Mundi, de Kempis.
Desprecio del mundo. Título
con que antiguamente se citaba la Imitación de Cristo de Thomas Hamerkenor von
Kempen (1380-1471), llamado también Kempis.
Vade o Vademecum. Libro de
poco volumen que puede uno llevar consigo para consultarlo con frecuencia, y
que en pocas palabras contiene las nociones más necesarias de una ciencia o de
un arte.
Antoine Goudin ( 1639-1695),
filósofo francés y religioso dominicano. Com-puso una Philosophia juxta
Inconcusa Tutissimaque Divi Thomae Dogmata (Méxi-co, 1767; Madrid 1781), que
circuló profusamente por Francia y España.
Francisco Lárraga. Entre las
obras escritas: Promptuario de Theologia Moral
(1706).
Traducción: La ignorancia,
como que es madre de todos los errores, debe evitarse principalmente en los
sacerdotes de Dios, que han tomado el cargo de en-señar a los pueblos.
Baruch de Spinoza
(1632-1677), filósofo holandés; la primitiva forma de su apellido debió de ser
Espinosa. Entre las obras publicadas suyas: Tractatus Theologico-Politicus
(1670), y Ethica Ordine Geométrico Demostrata (terminada en 1674, pero
publicada postumamente).
John Toland (1670-1722),
filósofo y teólogo inglés; siendo todavía joven, abrazó la religión anglicana.
Ha recibido la doble influencia de Locke y de Spinoza. Debe a Locke su idea de
que en el cristianismo primitivo nada hay contrario o su-perior a la razón, y a
Spinoza la concepción monista, a la que llega después de in-fructuosas
tentativas de conciliación con las doctrinas básicas del deísmo. Las ideas de
Toland fueron agriamente combatidas en Inglaterra por filósofos, teólogos e
his-toriadores de la Iglesia.
Voltaire (1694-1778),
llamado François Marie Arouet; escritor francés. Unas de sus obras principales:
el poema épico La Henriade (1723); Essai sur l'histoire ge-neróle et sur les
moeurs et l'esprit des nations despuis Charlemagne jusqu'à nos jours (1756),
obra en que presenta la historia de la Edad Media como la de un pueblo bárbaro,
brutal e ignorante; y Siècle de Louis XIV (1751), y concienzuda, más con-forme
a su concepción de la técnica historiográfica.
Jean Jacques Rousseau
(1712-1788), filósofo, pedagogo, escritor y músico francés. Cuando se formó el
plan de la Encyclopédie, Rousseau fue incluido entre los principales
colaboradores y se encargó de la redacción de los artículos de música. Su
primer trabajo fue el célebre Discours sur les Arts et Sciences ( 1750),
contestando al tema propuesto por la Academia de Dijon sobre "si el
restablecimiento de las ciencias y de las artes ha contribuido a mejorar las
costumbres." Rousseau se pro-nunció por la negativa, sosteniendo que las
ciencias y las artes, inseparables del lujo, corrompen a la sociedad. (Siglo y
medio más tarde Tolstoi debía sostener una teoría semejante). Este trabajo tuvo
un éxito resonante y dio origen a una serie de polémi-cas en las que tomaron
parte los hombres más ilustres de Francia y aun del extran-jero. En 1761
apareció Julie, ou La nouvelle Heloise, cuyo éxito superó al de todas las obras
posteriores de Rousseau, que se muestra aquí más poeta y sagaz observador. Esta
obra debía ser, hasta el advenimiento del romanticismo, la norma de una nueva
forma literaria muy de acuerdo con el estado de ánimo de la sociedad francesa
de aquel tiempo, cansada ya de la sequedad y énfasis del seudo-clasicismo.
Significaba además, el retorno a la Naturaleza. Luego aparecieron Le contrat
social ( 1762) y Emile, ou Traité de l'éducation ( 1762).
Estas dos obras fueron muy mal acogidas por el Gobierno y por la
Iglesia, lo mismo la católica que la protestante.
En el Emile nos describe el ideal de un ciudadano y los medios para
conseguir que el niño lo sea. Lejos del mundo y de la nefasta influencia de la
sociedad debe formarse el alma del niño; como el hombre por naturaleza es
bueno, sólo es necesa-rio que el error y el vicio sean mantenidos alejados;
entonces aprenderá por sí mis-mo la ciencia y el arte y, al final, sabrá
también hallar a Dios. La enorme influencia que este libro, el evangelio
natural de la educación, como lo llama Goethe, ejerció en los contemporáneos se
extendió mucho más allá de las fronteras de Francia.
En Le contract social, las primeras palabras: "el hombre ha nacido
libre," forman el fondo de todo el libro. El hombre no renuncia a su
libertad cuando forma una sociedad, un Estado; por tanto, la sociedad es
únicamente soberana; la voluntad co-mún, la suprema ley. El objeto, no
obstante, de la ley es la libertad y la igualdad. Lo más notable es que pone en
la República una religión de Estado y destierra de ella a los que tengan otras
creencias, condenando con la pena de muerte a los após-
tatas. Los resultados de estas teorías en la práctica los mostraron la
Convention y Robespierre; un mayor grado de tiranía fue la consecuencia
necesaria de tales doc-trinas.
En las Confessions (1781-88), otra obra suya, el autor nos revela como
una mez-
cla de sinceridad y superchería: sensual
y espiritual a la vez, amante de la libertad
y de la Naturaleza. Olavide y Jáuregui (1725-1802), político y literato
183 Pablo Antonio José de
nacido en Lima. En 1768 bajo la protección del Conde de Aranda, trató de reformar
la enseñanza en una región de Andalucía con un Plan general de estudios, que respi-
raba todo el rabioso centralismo y
odio a las libertades universitarias,
no menos que
a los estudios de teología y filosofía, y contenía, por el contrario,
sanas advertencias
para la reforma de los estudios
de matemáticas, física, lengua e historia. Años más
tarde escribió El evangelio en triunfo o historia de un filósofo desengañado (1798),
libro poco leído hoy, pero que tuvo éxito inmenso. apologista latino. Ter-
184 Quintus Septimius
Florens Tertullianus (160P-230) ,
tuliano es el más original y fecundo de los escritores
eclesiásticos latinos hasta San
Agustín. Los escritos
apologéticos fueron la
primera producción de
Tertuliano, y
cierto la mejor. Entre éstos merece el primer lugar el Apologeticum (197) o
Apologe-
ticus (defensa del cristianismo). Poseía
una inteligencia penetrante, una
elocuencia
avasalladora, una viveza que
exalta y un conocimiento que se
refleja en todas las
materias. Tertuliano parecía nacido para la lucha. Con el mismo
fuego ataca a los
paganos convertidos al cristianismo que a los católicos, una vez pasado
a la secta de
Montano. A causa de su caída en el montañismo, muy pronto sus escritos fueron
casi echados en olvido.
Orígenes (185-254), celebérrimo escritor eclesiástico, llamado por sobrenombre
Adamando (hombre de acero), a causa de su extraordinaria energía y perseverancia
en los trabajos literarios. Escribió innumerables obras sobre casi toda
la Escritura. Re-
dúcense a tres clases: escolios, homilías y comentarios. Los escolios eran, a imitación
de los trabajos de los gramáticos alejandrinos sobre los clásicos,
breves notas exegé-
ticas, filológicas, históricas sobre pasajes bíblicos. Las homilías eran
declaraciones de
trozos bíblicos en forma de discursos familiares, en que se prescindía
de ornamentos
retóricos. Orígenes ha sido llamado el Padre de la homilía, porque
popularizó y dejó
fijado para las épocas posteriores este género de predicación sagrado.
Los comenta-
rios eran explicaciones seguidas, amplias
y científicas de textos inspirados.
Osio de Córdoba (256-357), célebre obispo cordobés, llamado el Atanasio
de Occi-
dente, por haber sido,
después de San Atanasio, el
principal adalid de los
católicos
en sus luchas contra el arrianismo. sino de locura: nadie
185 Traducción: Esta
fortaleza no es
síntoma de salud,
más forzudo que los locos. en latín Johannis Oecolampadii;
186 Juan Ecolampadio
(1482-1531), llamado
fue un reformador protestante
suizo. La amistad que luego
contrajo con Melacton,
Brenz y Erasmo, le fueron
amortiguando sus arraigadas
creencias católicas.
1 87 Philipp Melanchthon [Schwarzert]
(1497- 1560), protestante y segundo cau-
dillo del luteranismo,
llamado también praeceptor Germaniae.
En 1521 compuso la
primera edición de su principal obra teológica conocida de ordinario por
Lugares teo-
lógicos, cuyo propio título es Loci Communes Rerum
Theologicarum, seu Hypotypo-
ses Theologicae.
Martin Luther (1483-1546).
Fue el principal promotor de la gran revolución religiosa del siglo XVI y el
fundador del protestantismo. Entró en el monasterio de los Agustinos y se
ordenó de sacerdote en 1507. Ya antes de la disputa sobre las in-dulgencias,
que comenzó a fines de 1517, había ideado un sistema doctrinal irrecon-ciliable
con las enseñanzas de la Iglesia y que rompió con toda la tradición cristiana
acerca de la esencia de la justificación. Lutero concibió una profunda aversión
a la filosofía y teología escolástica. En 1517 colocó a la puerta de la iglesia
del castillo de Wittenberg 95 tesis en que atacaba las indulgencias y muchos
otros puntos de la doctrina católica, de forma que tendía a enajenar al pueblo
de la sede romana. En unas dos semanas dieron las tesis la vuelta de Alemania,
encontrando entusiasta aco-gida en los círculos humanísticos opuestos a la
Iglesia, sin que faltaran hombres de ideas ortodoxas, pero disgustados con los
abusos eclesiásticos existentes, que vieran con gusto el atrevido golpe del
joven religioso. Defendió sus tesis en una obra Re-
solutions ( 1518), que envió al Papa. En un debate con el famoso teòlogo
Johann Eck en 1519, Lutero afirmó que ni el Papa ni los Concilios ecuménicos
eran infalibles y que debía prevalecer sobre sus decisiones la opinión de un
solo cristiano que trajese en su favor mejores argumentos. Lutero no tardó en
publicar tres escritos populares que se han llamado los escritos reformatorios
en que rompió abiertamente con la Igle-sia. En 1520 el papa León X en la bula
Exurge condenó 41 proposiciones de Lutero, el cual quemó la bula públicamente
en 1520.
189 Denis Diderot (1713-1784), escritor y filósofo francés. En 1751,
empezó una labor de unos veinte años en la Encyclopéate escribiendo un gran
número de artículos, no sólo de materia de artes y oficios, sino también
filosóficos y aun de física y quí-mica, que evidenciaban al gran polígrafo.
Jean Le Rond Alembert (1717- 1783), geómetra, literato y político
francés; fue colega de Denis Diderot en su labor sobre la Encyclopédie.
Johannes Philippson Sleidan ( 1506P-1556), historiador y
diplomático alemán; en
1551 representó a la ciudad de Estrasburgo en el Concilio de
Trento. Su obra más
importante es De Statu Religionis
et Republicae. Cario Quinto Caesere. Commenta-
riorum libri XXVI (1555).
i«« Traducción: A los sacerdotes se les amonesta que lean las Escrituras sagradas,
conforme a lo del Apóstol San Pablo a
Timoteo; aplícate a la lectura, a la exhorta-
ción a la enseñanza; tómalo como
ocupación permanente.
19!l Alberto Magno
(1193P-1280), doctor que en el siglo XIII
dio renombre a
la orden dominicana. El mérito que en teología y en filosofía le
corresponde es el
haber concedido la mayor importancia a los estudios de Aristóteles, y el
de haber
expuesto con mayor claridad y acierto que ninguno de sus predecesores
los atributos y
facultades del aíma humana. Tuvo
por discípulo a Santo Tomás de Aquino, quien
muestra en sus obras filosóficas y teológicas la influencia poderosa del
ingenio de su
maestro. Sus contemporáneos le dieron el título de Doctor Universalis.
192 Alexander de Hales o Alesius (m. 1245), escolástico franciscano; fue
llamado
Doctor Irrefragable. Es conocido
principalmente como teólogo.
Francisco de Mayronis (m. 1325), teólogo
y filósofo de los siglo XIII y XIV.
Es
considerado como el más célebre y también el más exagerado de los
discípulos de Duns
Escoto; su afición a las
sutilezas y formalismos le valió el sobrenombre de
Doctor
Iluminatus.
Guillaume Durando de San Porciano (floreció siglo XIV), famoso
escolástico, ape-
llidado Doctor Resolutissimus; religioso de la Orden de Predicadores.
1 9 3 Giovanni Bautista
Benedictis ( 1620 -1706), teólogo italiano, de la Compañía de
Jesús. Fue adversario tenaz de las doctrinas de Descartes y de las de
Bayo y de Jan-
senio, dedicándose a divulgar la filosofía aristotélica.
194 San Juan Crisòstomo (344- 397), es uno de los Santos Padres de la Iglesia
griega reconocido umversalmente. En cuanto a los escritos de San Juan
Crisòstomo, hay
que reconocer lo inmenso de su herencia literaria, pues ningún otro
padre de la Igle-
sia griega, si exceptuamos a Orígenes, le ha excedido en el número de
obras escritas o
dictadas. Sus obras pueden agruparse en cuatro clases: homilías
exegéticas, sermones,
tratados diversos y cartas. La doctrina del primado del Romano Pontífice
aparece clara
en sus obras. Acerca de la penitencia, enseña que los sacerdotes tienen
la potestad de
perdonar los pecados; no de declarar tan sólo que están perdonados (De
Sacerdotio)
En cuanto a la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía y al dogma
de la transubs-
tanciación, nadie en la Antigüedad habló tanto y tan claro como él; por
esto se le ha
dado el título de Doctor Eucharistiae.
195 San Gregorio de Nacianzo o
Nacianceno (330-389 o 390?), llamado el Teólogo.
Tuvo marcado influjo en la Iglesia oriental del siglo IV.
San Jerónimo (340P-420),
tiene fama y título de la Iglesia. El papa Dámaso (366-384), puso en él
ilimitada confianza, le encargó la revisión del texto bíblico. Su intento fue
trasladar fiel y cuidadosamente el texto original, manteniendo en lo posible la
frase latina corriente de la ítala. A ese trabajo monumental deben añadirse
otros relacionados con la misma materia y son exegéticos o comentarios.
San León I "El
Grande" (390P-461), su pontificado (440 -461), es de los más gloriosos.
Una de las verdades católicas que con más insistencia se le ve inculcar, es la
que concierne a las excelencias y prerrogativas del primado de la Sede romana.
El derecho, o más bien el deber del Papa de velar por todas las iglesias y sus
pastores.
San Agustín (354-430), padre
de la Iglesia latina; africano, al igual que Tertu-liano, Lactancio y San
Cipriano, es llamado Doctor in Gratia. Entre las obras escritas: De Civitate
Dei y Confessiones.
Heliodoro (s. IV), obispo y
contemporáneo de San Jerónimo.
San Cipriano (200-258), fue
el primer obispo de Cartago que alcanzó la co-rona de martirio. Cipriano más
que hombre de ciencia y especulación lo fue de acción y celo infatigable. Gran
parte de su ciencia teológica la debe a Tertuliano. Su influencia, así en el
Occidente como en Oriente, fue grandísima.
Lactancio (s. IV), escritor
cristiano nacido en Africa; según todas las proba-bilidades, fue discípulo de
Arnobio en Lica de Numidia. La obra monumental de Lac-tancio es su Divinarum
Institutionum Libri VII. Es la primera obra latina en que se expone de un modo
sistemático la misión mundial del cristianismo.
San Hilario (m. 376),
elegido papa en 361.
Minucio Félix (floreció
180), escritor romano, nacido en Africa. Débesele un escrito en defensa del
cristianismo, intitulado Octavius en forma de diálogo filosófico.
San Victoriano, mártir en
Africa.
Arnobio (m. 295-300),
retórico africano, contemporáneo de Diocleciano. Escri-bió una obra apologética
con el título Adversus Nationes, obra apreciada por la fuerza y solidez de los
argumentos y por los datos que contiene, pero su autor conocía poco el cristianismo
e incurre en frecuentes errores. Aparte de sus defectos es indudable que el
libro prestó un servicio al cristianismo. Este libro ha sido impreso
innumerables
Melchor Cano (1509-1560),
religioso español de la orden dominicana; uno de los más distinguidos teólogos
del siglo XVI. En 1551 Carlos V le envió al concilio de Trento, acompañado de
Domingo Soto y otros hermanos de religión. Por sus profundos conocimientos
teológicos y su vastísima erudición tomó parte principalísima en las
deliberaciones y acuerdos del concilio. Cano es famoso por su obra de teología
De Locis Theologicis (Salamanca, 1563), que le aproxima a Santo Tomás de Aquino
en profun-didad de pensamiento teológico. Desde 1548 hasta los últimos días se
mostró suspica-císimo con la recién aparecida Compañía de Jesús. Decía que los
luteranos, calvinistas y jesuítas, con los alumbrados, eran los precursores del
Anticristo. Trató de disuadir, sin lograrlo, al duque de Gandía (después San
Francisco de Borja) de que abrazase la re-gla de San Ignacio.
207 Traducción: Que ni las pueden arrostrar los jóvenes, ni
los viejos aguantar.
Traducción: Para un teólogo
es indecoroso andar en bromas.
Traducción: El número de los
principios de la teología consta, por tanto, ín-tegramente de los Libros
Sagrados y de las tradiciones apostólicas.
San Gregorio Taumaturgo (m.
264-270); distinguióse a la vez por su santidad, doctrina y milagros.
Nicollau Rigalt (1577-1654),
erudito francés; editor de Fedro, Marcial, Ter-tuliano, Municio Félix, etc.
Sextus Julius Africanus (m.
232), historiador griego cristiano de vasta erudi-ción. Escribió, entre otras
obras, una Cronología (a la que dio el título griego de Pentabilion
Cronologicon), que comprende desde el principio del mundo hasta el año
Fue adaptada en muchas de
las iglesias de Oriente, y generalmente se la conoce con el nombre de Era de
los historiadores alejandrinos.
Francisco Javier Vázquez
(1703-1786), agustino peruano; nombrado vicario ge-neral perpetuo por Benedicto
XIV en 1751.
Dionisio Mejía (s. XVIII), religioso agustino y escritor ecuatoriano.
Fue un sabio teólogo y un elocuente orador sagrado. Fundó la Recoleta de San
Juan Bautista de Quito.
Juan Tomás Boixadors (s.
XVIII), religioso dominico español; elegido gene-ral de su orden en 1756.
Giovanni Lorenzio Berti
(1696-1766), religioso agustino y teólogo italiano. Es-
cribió: De Theologicis Disciplinis (Roma, 1739-45), exposición de la
doctrina teológica de San Agustín.
216 Traducción: Lavaré... A ti, por tanto. Palabras con que empiezan las
oracio-nes de la misa.
San Buenaventura
(1221P-1274), Doctor de la Iglesia; cardenal-obispo de Al-bano y general de la
orden de los franciscanos. Fue un gran predicador; un asceta, gran
contemplativo, y un profundo filósofo y teólogo. Sus obras son en gran número y
se
perdieron varias antes del siglo XV. Entre las principales son:
Commentaria in Quatuor Magistri Sententiarum Libros; Breviloquium (1257), que
es un resumen de la an-terior, etc.
John Duns Scotus [Juan Duns
o Dunsio Escoto] (1265-1308), teólogo fran-ciscano y filósofo inglés, llamado
por sus contemporáneos el Doctor Subtilis (Doctor Sutil). Se distinguió por su
virtud y por su ciencia, llegando a ser el verdadero tipo medioeval del asceta
embebido en el estudio y en la contemplación de las cosas divinas. La
importancia de la obra de Escoto se circunscribe brillantemente a su labor
filo-sófica. Discípulo y seguidor en un principio de la escuela de Alexander de
Hales, Al-berto el Magno y San Buenaventura, las grandes lumbreras que la orden
franciscana consideraba como las más superiores en el terreno de la
especulación teológica y fi-losófica.
Antoine Boucat, religioso
francés; escribió la obra Theologia Patrum Dogma-tica Scholastico-Positiva
(1718; 8 vol., 2? ed., 1765-66).
Crescentius Krisper
(1680-1749), religioso de la orden de Menores reformados. Es autor de Theologia
Scholae Scholasticae (4 tomos, 1728-29), que es un comentario de Escoto sobre
la labor de Petras Lombardus, obispo de París.
Ignacio francisco Peynado
(1633-1696), filósofo y teólogo español de la Com-pañía de Jesús. Escribió
cuatro comentarios importantes de Aristóteles: Disputationes in Universam
Aristotelis Logicam (1671), Disputationes in Octo Libros Physicorum Aristotelis
(1674), Disputationes in Tres Libros Aristotelis de Anima (1698), y
Dis-putationes in Dúos Aristotelis Libros, de Generatione et Corruptione
(1698).
Traducción: de los pequeños.
Traducción: tantas veces cuantas (quisiere).
Enrique Henríquez
(1536-1608), teólogo portugués de la Compañía de Jesús. Publicó la Theologia
Moralis Summa (3 vol.; Salamanca, 1591-93), que tuvo varias edi-ciones.
Traducción: Tal que puede
comprenderse y defenderse especulativamente, aun-que no reducirse a la práctica
en el ejercicio del cargo de confesor.
Claudius Lacroix
(1652-1714), teólogo y religioso jesuíta alemán. Entre sus obras figura un
comentario a la teología de Bussembaum (8 vols.; Theologia Moralis, 1707-
1714), lo que valió a uno y a otro ser atacado por Concina y Patuzzi, que
acu-saron a ambos de tibieza en sus opiniones. Tommaso Tamburini (1591-1675),
teólogo jesuíta italiano; enseñó retórica, filosofía, teología dogmática y
teología moral. Escribió varias obras, entre ellas: Methodus Confesionis, De
Sacrificio Missae, etc.
Juan Azor (1533-1603), jesuíta español; se ocupó principalmente en
filosofía moral. Publicó una obra Institutionum Moralium (1606), muy apreciada
en los siglos XVII y XVIII y que promovió grandes discusiones por las teorías
que en ella sustentaba. Esta obra se reimprimió muchas veces y se tradujo a
casi todos los idiomas europeos.
Mateo de Moya (1610-1684), teólogo jesuíta español; fue muchos años
profesor de filosofía y teología. Con el seudónimo de Juan del Aguila publicó
una obra titulada Ládreme el perro y no me muerda (1653), obra que poco después
reprodujo en latín con el seudónimo Amadeus Guimenius y el título Opusculum
adversus Quorumdam Expostulationes contra Nonnullas Jesuitarum Opiniones
Morales. La obra fue muy dis-cutida y de ella se hicieron varias ediciones
latinas, todas con las debidas aprobaciones. El objeto del autor era solamente
probar que varias opiniones falsas en materia de moral, que habían sido
defendidas por algunos jesuítas, y que los enemigos de éstos atribuían en
general y exclusivamente a todos ellos, habían sido ya enseñadas por otros
teólogos más antiguos. Mas como por respeto a dichos teólogos, Moya se
abstu-viese de calificar las proposiciones en cuestión su obra fue condenada
por decreto de Alejandro VII (1655-1667). En una nueva edición refutó el mismo
autor aquellas proposiciones y publicó una carta que había dirigido a Inocencio
XI (1671- 1689, so-metiéndosce a la anterior condenación.
Antonio Escobar y Mendoza
(1589-1669), casuista jesuíta español, a quien cupo la extraña suerte de
simbolizar a su Orden haciéndole blanco de la mayor parte de las acusaciones o
calumnias que se han lanzado contra dicho cuerpo eclesiástico, so pretexto de
la laxitud de opiniones morales. Débese ello a Pascal, quien al escribir sus
Lettres provinciales, y queriendo acabar con la reputación mundial de la moral
jesuítica, co-leccionó de los escritos del entonces reputado Escobar, como uno
de los mejores repre-sentantes, una serie de proposiciones de las obras del
mismo y las expuso a la perpetua
ignominia entre sarcasmos y consecuencias detestables contra la moral
cristiana, que no
había previsto la sagacidad del autor. Lsa principales obras: Examen
de confesores y
práctica en todas las materias de la teología moral (1647), que obtuvo
muchas edicio-
nes; Líber Theologiae Moralis Viginti el Quatuor Societatis Jesu
Doctoribus Reseratus
Quem R. P. Ant. de Escobar et Mend... in
Examen Confessariorum Digessit (1644);
Universae Theologiae Moralis Receptiores Absque Lite Sentenciae necnon
Problematicae
Disquisitiones, etc.; en siete
tomos; In Evangelia Temporis Commentarii
Panegiricis
Moralibus Illustrati (1659) en
seis tomos, etc. jesuíta
español; el papa Clemen-
228 Gregorio de Valencia (1551
-1603), teólogo
te VIII le tenía en gran estima y le llamaba Doctor Doctorum. De este
sabio jesuíta
hay numerosas obras de controversia, como son: Disputatio de Idolatría
contra Secta-
riorum Contumelia, Una
cum Apologética adversus Jacobum Herebrandum Luthera-
num; Commentarium Theologicorum
et Disputationum in Summan Divi Thomae Aqui-
natis (1591-1603) etc.
229 Traducción: No puede uno dormir
si no ha cenado de noche: ¿estará obligado
al ayuno? De ningún modo.
230 Traducción: Si le basta a uno tomar por la mañana la
parvedad y la comida
a la noche, ¿estará obligado a ello?
231 Traducción: No lo está; porque nadie está obligado a
trastornar el orden de
las comidas. Así lo dice Filiucio.
232 Y Ícente Filliucci (1566 -1672),
teólogo moralista y religioso de
la Compañía
de Jesús. Es reputado entre los buenos moralistas, si bien fue muy
aborrecido de los
jansenistas y sus obras entregadas al fuego en París en 1762. He aquí
una de las más
importantes: Moralium Quaestionum de Christianis officiis et
Casibus Conscientiae
ad Forman Cursus
Qui Praelegi Solet in Collegio Romano Societatis Jesu !(Lyon,
1622), que alcanzó varias
ediciones.
Anthony Terill o Bonvill
(1623-1676), teólogo inglés de la Compañía de Je-sús. Entre sus escritos le
dieron gran nombre el Fundamentum Totius Theologicae Moralis, seu Tractus de
Conscientia Probabili (1668), en el cual defiende la doctrina del probabílísmo,
y la Regula Morum, publicada después de su muerte, en donde refuta las
objeciones que hicieron a su primera obra el dominico Daniello Concina, el
jesuíta Elizalde y otros teólogos de la escuela rigorista.
Traducción: Es absurdo que
la voluntad de mentir pueda referirse a Dios y ser aprobada por él: De suyo,
concedo; accidentalmente, niego:
Espínoza Polit, editor de El
Nuevo Luciano (Quito, 1943), declaraba que Espejo no había estudiado a fondo ni
la teología moral ni la labor de Claudio Lecroix. (Ver págs. 152- 153).
Santiago Almain (1480-1515),
célebre teólogo francés. Escribió muchas obras de Lógica, Teología, Moral y
Física. Almain combatió el poder temporal y la infali-bilidad de los pontífices
romanos.
Juan Rodolfo de Córdova (1602-1655), teólogo jesuíta español. Pedro de
Lorca (1561-1612), religioso español.
Andrés Duval (1564-1638), religioso francés; condenó las tendencias
quietistas de los religiosos de Port Royal.
Johann Malder (1536-1633), teólogo belga católico; el distintivo de
todos sus es-critos es la tendencia práctica de la moral.
Tomás Sánchez (1550-1610), teólogo moralista español de la Compañía de
Jesús. Por su erudición y clarísima comprensión de las cuestiones y acierto en
las soluciones a los casos dudosos, figura en primera línea entre los
moralistas. Es clásica su obra De Sancto Matrimonii Sacramento (3 vol.; Madrid,
1602), repetida muy pronto en numerosas ediciones en las principales ciudades
de Europa y extractada por vairos autores en compendios y epítomes publicadas
en distintas naciones. Clemente VIII (1592-1605), dijo que nadie había escrito
más ni mejor sobre tan delicada materia. La obra fue crudamente atacada por los
jansenistas y los protestantes.
Juan de Salas (1553-1612), religioso jesuíta español. Francesco Amico,
religioso jesuíta italiano.
Martín Becan o Becano (1563-1624), jesuíta y controversista alemán.
Juan de Cardenas (1613-1684), celebrado teólogo jesuíta tenido por San
Alfonso de Ligorio por moralista clásico. Entre otras obras, escribió: Crisis
Theologica sive Disputationes Selectae ex Theologia Morali (Lyon, 1670-1687);
contra Juan Caramuel.
Juan Caramuel de
Loblokoioitz (1606-1682) monje cisterciense español, que figuro entre los
hombres más eminentes de su tiempo.
Graciano (s. XII), monje y
canonista italiano. Enseñó el Derecho eclesiástico como ciencia especial y
distinta de la teología, publicando a mediados de aquel siglo una colección de
cánones y constituciones pontificias, conocida con el nombre de Dereto de
Graciano (1140), que es la que le ha inmortalizado.
Petrus Lombardus (1100-1160-64), teólogo de la Edad Media. Sententiarum
Libri Quatuor (1150), obra sobre la cual se funda la fama literaria y teológica
del Lom-bardo; de ahí el nombre que se le dio de "Maestro de las
Sentencias." Su obra se hizo el texto en todas las escuelas de teología,
donde reinó sin rival hasta comienzos del siglo XVI, en que se comenzó a
substituir a las Sentencias la Summa de Santo Tomás.
Bartolomé de Medina
(1527P-1580), teólogo español, religioso de la orden de Santo Domingo. Dejó
clarísimos escritos, que testifican bien la alteza de su genio: Commentarium in
Priman Secundae divi Thomae (1577), con once ediciones; Commen-tarium in Tertiam
Partem Summae divi Thomae (1578), con seis ediciones.
Luis López (m. 1596), religioso dominicano español. Trabajó para
remediar la con-dición de los indios de América en Nueva España y volvió a
Madrid para interesar a Felipe II en sus propósitos. Escribió: lnstructorium
Conscientiae (1585), Tractatus de Contractitbus et Negotiationibus (1592), y
otras obras.
240 Arrio (n. 256?), religioso, quien dio origen a las doctrinas que se
conocen de arrianismo, y que fueron condenadas en un concilio que se convocó en
Alejandría (320-
. El punto esencial del
arrianismo es la negación de la divinidad en Cristo, como consecuencia de la
negación de su filiación divina.
Paolo Comitoli (1544-1626),
jesuita italiano; entre muchas obras hay Respon-sa Moralia ( 1609) y Doctrina
Contractuum Universa ( 1615).
Fernando Rebello (1546-1608), jesuita portugués; dejó escrito su Opus de
Obliga-tionibus Justitiae, Religionis et Caritatis (1608).
Mucio Vitelleschi (1563-1649), jesuita italiano y sexto general de la
Compañía. Reunió en diversas cartas su doctrina teológica acerca del
probabilismo.
Felipe Blanco ( 1687-1738), jesuita mexicano.
Miguel de Elizalde (1616-1678), morailsta jesuita español. En la lucha
candente entre los moralistas de su tiempo y mucho después, acerca del
probabilismo, siguió la opinión, menos común entre los jesuítas, de un
probabiliorismo rígido, o mejor, tucio-rismo, que obliga a seguir en todas
materias la doctrina más segura. Por esto fue duro en juzgar las obras moraleá
de los demás teólogos jesuítas, dando pie al que se ha llamado laxismo de su
moral, sancionada en la práctica y en la teoría por la Iglesia. De hecho
pareció coincidir en algunas maneras de pensar menos corrientes con Bayo y
Jansenio. Su obra principal, que apareció sin aprobación de su orden, es De
Recta Doctrina Morum ( 1670).
Tirso González de Santalla (1624-1705), religioso jesuita español; se
distinguió tanto por su fervor religioso como por su talento y cultura.
Tomás Muniesa (1627-1696), jesuita español; escribió muchas obras
teológicas. Ignacio de Camargo (1650-1722), religioso jesuita español, que
escribió entre otras
obras Regula Honestatis Moralis ( 1720).
Jean Gisbert (1639-1710), teólogo francés de la Compañía de Jesús.
Deseoso de sacudir en la exposición del dogma la metafísica cavilosa, en que la
envuelven no pocos teólogos con mengua de la dignidad y con verdad de la
ciencia divina, se dio con todo ahínco en hermanar los altos principios de la
teología escolástica con el estudio positivo de las fuentes del dogma. Con
cuánta competencia lógrase su propósito la dan a entender su Vera Idea
Theologiae cum Historia Ecclesiastica Sociatae, sive Quaestiones Juris et Facti
Theologicae ( 1676), recibida con extraordinaria estima como muestran las
repetidas ediciones que se sucedieron de esta obra. Su último escrito de suma
actualidad en los días del autor, se intitula Antiprobabilismus seu Tractatus
Theo-logicus Fidelem Totius Probabilismi Stateram Continens, in Qua ex
Rationibus Divinis Accurate Examinatur seu Veritas seu Falsitas Cuiuscumque
Probabilismi in Materia Morali (1703), en que propone una regla harto
complicada para obrar rectamente.
Pietro Sforza Pallavicino_ (1607-1667), jesuita e historiador italiano;
se dedicó con afán al estudio de la historia y de las diferentes disciplinas
eclesiásticas, entrando al-gunos años más tarde al servicio de la Curia
pontificia. Publicó en Roma su Istoria del
Concilio di Trento (1656-57), de la cual se han hecho varias ediciones.
Esta obra re-presenta el criterio estrictamente ortodoxo sobre uno de los
Concilios ecuménicos más importantes que ha celebrado la Iglesia católica. Para
escribir esta obra consultó toda suerte de documentos que se guardaban en los
archivos y bibliotecas pontificias. Por regla general, no emplea un tono
declamatorio y ampuloso, sino que apela siempre al sentido común, al
razonamiento sin complicaciones y a la verdad manifestada sencilla-mente y sin
rodeos, basándose en fuentes seguras y de primera mano.
Paul Gabriel Antoine
(1679-1743), jesuíta francés; autor de varias obras filo-sóficas, entre ellas:
Theologia Moralis Universa (1726), de la cual se han hecho mu-chas ediciones.
San Alfonso Maña de Liguori
(1696-1787), religioso y santo; declarado Doc-tor de la Iglesia en 1871.
Paolo Segneri o Pablo Señeri
(1624-1694), célebre predicador italiano. En sus sermones Segneri imitó a
Cicerón, cautivando a su auditorio con sólidos y bien orde-nados argumentos,
suprimiendo, en cambio, los ornamentos profanos que la ignorancia y el mal
gusto de los siglos anteriores había introducido en la oratoria sagrada. La
pureza de su estilo hizo que todas sus obras fuesen consideradas como pudiendo
uti-lizarse de texto para el buen conocimiento del idioma. Entre sus obras:
citaremos II cristiano istruito (1686); L'incrédulo senza scusa (1690), etc.
Traducción: Casi todos los
autores de la Compañía de Jesús enseñan el pro-babílísmo.
Juan Pablo Oliva
(1600-1681), undécimo prepósito general de la Compañía de Jesús. Sus obras dan
testimonio, así de su celo, talento y elocuencia, como del gran conocimiento
que tenía de las obras de los Santos Padres y de los más célebres es-critores
de la antigüedad.
Savo Mellini (1643-1701),
prelado italiano; nuncio en España; ordenado carde-nal en 1681 por Inocencio
XI. Trató de refutar la declaración de Bossuet acerca de la libertad de la
Iglesia galicana en la obra titulada Auctoritas Infallibilis et Summa Ca-thedra
S.Petri {1683).
248 Inocencio Cibo (1491-1550), descendiente de una célebre familia
originaria de Grecia, nieto de Juan Bautista Cibo, después Inocencio VIII. Sus
parientes León X y Clemente VII le colmaron de dignidades; cardenal desde 1513.
Morale pratique des jésuites
(8 vol.; 1683-95); los primeros dos tomos fueron escirtos por Sébastien Jean Du
Cambout de Pont-Cháteau (1634-1690), y los últimos seis por Antoine Arnauld
(1612-1694).
Blas Pascal (1623-1662),
filósofo y sabio francés. En 1656 empezó la verda-dera vida militante de
Pascal. Es la época en que estalla la lucha de los teólogos de Port-Royal con
la Sorbona. Comienza entonces la publicación de las famosas Provincia-les; la primera
aparece el 23 de enero de 1656, con el nombre de Louis de Montalte; el 18 de
febrero Arnauld es condenado y el 20 de marzo se ordena la dispersión de los de
Port-Royal y el mismo día sale la quinta Provincial. La persecución continuaba
y las escuelas elementales de Port-Royal fueron cerradas.
Publícanse en abril y mayo otras tres cartas. Pascal es amonestado por
su pariente el jesuíta padre Défretat, pero la lucha continúa y en julio y
agosto aparecen tres nuevas Provinciales; el 25 de agosto los jesuítas
consiguen que sean puestas en el In-dice todas las obras de Arnauld. En
septiembre aparecen las Provinciales 12 y 13, y el 16 de octubre el Papa
Alejandro VII declaró en su bula Ad Petri Sedem que las cinco proposiciones,
origen de aquella escisión, eran, en verdad, de Augustinus, de Jansenius, y que
habían sido condenadas por Inocencio X en el sentido que a ellas les daba su
autor contra los subterfugios de los jansenistas. Pascal publicó las catorce y
quince Provinciales en octubre, la dieciséis en diciembre, en las que, pasando
de la defensa al ataque, acusa a los jesuítas de casuismo excesivo. Sin
embargo, Pascal pretende seguir fiel a la Santa Sede. El Parlamento de Aix
condena las dieciséis primeras Provinciales y, al poco tiempo, Pascal publicó
la diecisiete; en marzo de 1657 la Asamblea del clero fija la fórmula de
sumisión, y en el mismo mes Pascal publica la dieciocho carta y em-pieza la
diecinueve, por el 6 de septiembre el Indice condena todas las Provinciales. En
1661 se reanuda la persecución contra los jansenistas, se impone la aceptación
del formulario preparado en 1656 y el 8 de junio la firman las religiosas de
Port-Royal. Pascal se resistió, no obstante la insistencia de sus colegas
Arnauld y Nicole.
La obra de Pascal interesa por igual a la ciencia y a la filosofía,
aparte de sus méritos indiscutibles como hablista y literato. La predilección
de Pascal por la ciencia y, en especial, por las matemáticas, predisponía su
espíritu al dogmatismo. Los sentidos, la razón y la fe, dice, son nuestros
medios de conocer; cada uno tiene su objeto propio y su certeza característica.
Sin embargo, en los Pensées abundan los pasajes en que el autor expresa su
desconfianza de las fuerzas naturales de la razón.
Matthieu Petit-Didier
(1659-1728), teólogo e historiador benedictino.
Luis Vicente Mas
(1698-1772), escritor y religioso dominicano español. Entre otras obras,
escribió: Incommoda Probabilismi Deducía ex Propositionibus 55, Damna-tis ab
Alexandro VII, ex 65, ab Innocentio XI Romanis Pontificibus (Valencia, 1765).
Guido Pichler (1670-1736),
teólogo y canonista alemán de la Compañía de Jesús. Entre obras escritas, hay:
Cursus Teologiae Polemicae Universae (2 voi.; 1713) ; Ius Canonicum Practicae
Explicatum, seu Decisiones Casuum ad Singulos Decretalium ¡!Gregorii Papae IX
Títulos, et ad Conseutem Preferendi Modum Accommodatae (2¡ voi.; 1734), etc.
Frank Xavier de Zech (1692-1772), jurista alemán de la Compañía de
Jesús. Dejó una larga y muy interesante serie de obras de derecho canónico,
entre las cuales, cum-ple citar especialmente: Rigor Moderatus Doctrinae
Pontificiae circa Usuras a SS. D.N. benedicto XIV per Epistolam Encyclicam
Episcipis Italiae Traditus (1747), obra que fue repetidas veces editada aun
después de su muerte. Praecognita Juris Canonici ad Germaniae Catholicae
Principia et Usum Accomodata (1749); De Iure Rerum Eccle-siasticarum ad Germiniae
Catholicae Principia et Usum (2 voi.; 1758-62). Estas obras revelan en su
autor, además de muy buena formación jurídica, juicio prudente y eru-dición
abundante.
Gasparo Giovanni Gagna (1686-1755), teólogo jesuíta italiano. Terció en
las dispu-tas probabilistas escribiendo las Lettere d'Eugenio Apologista delle
Dissertazioni della Storia del Probabilismo e del Rigorismo ad un Collega del
padre F. Daniello Concina Lubiana (Venezia, 1745). Replicaron Concina y
Patuzzi, pero el padre Balla defendió a Gagna.
Filiberto Balla (1703-1759), teòlogo jesuíta italiano; escribió una obra
en defensa de Gagna: Risposta alle Lettere Teologico-Morali scritte dal P.N.N.
Sotto nome di Eusebio Eraniste in defensa dell'Istoria del Probabilismo e del
P. Daniello Concina (Modena, 1753).
Giovanni Vicenzo Patuzzi ( 1700-1769), teòlogo dominicano italiano.
Escribió muchas obras de polémica, secundando la labor del padre Concina contra
la moral laxa, a cuyo efecto publicó Lettere in defensa de la Historia del
probabilismo (4 voi.; Venezia, 1751-54).
Francesco Antonio Zaccaria (1714-1795), historiador jesuíta italiano. En
1756 el du-que de Modena le nombró conservador de su biblioteca en reemplazo
del celebre Mu-ratori. Su actividad como escritor fue notable, pues, además de
gran número de ma-nuscritos, dejó unas 106 obras, impresas, entre las que
descuella la Historia literaria de Italia ( 14 voi.; Modena, 1751- 57), en la
que analiza con gran sagacidad y espíritu crí-tico casi todas las publicaciones
italianas de su época, siguiendo un método propio de gran claridad y precisión.
Fue también historiógrafo de la Compañía de Jesús.
Calogero Antonio Casnedi (1643-1725), teólogo italiano y religioso
jesuíta. Escribió: Crisis Theologica, in Qua selectiores el Acriores Huius et
Elapsi Saeculi Controversiae (5 voi.; Lisboa, 1712-19).
Rogerio Giuseppe Boscovich (1711-1787), matemático y astrónomo italiano
que ingresó en la Compañía de Jesús. Desde 1750 al 1753 midió dos grados de
meridiano en los Estados Pontificios, publicando su famosa obra titulada:
Theoria Philosophiae Naturalis Redacta ad Unicam Legem Virium in Natura
Existentium (Venezia, 1758).
Federico Sanvitale (1704-1761), gran matemático jesuíta y polígrafo;
autor de más de sesenta obras.
Traducción: No os induzcan en
error las cavilaciones del P. Concina.
255 Traducción: ¿Qué alborotas con azoradas voces, sutilísimo
Concina?
256 Antoine Arnauld, llamado el Grande (1612-1694), fue el último de los
hijos (unos veinte) de la familia. Estudió leyes y se dedicó con ardor a la
teología. Desde su ordenación ( 1643), fue su vida una movida y violenta
contienda de palestra. Los jesuítas fueron su enemigo favorito. Contra la
Compañía de Jesús publicó su libro Téologie moral des jesuites (1643); también
Morale pratique des jesuites (8. voi.; 1683-254
, los primeros dos tomos
escritos por Pont-Chàteau y los últimos seis por Arnauld. Fue jansenista
ferviente, y durante toda su vida pública literaria condujo el movimiento del
jansenismo
Sébastien Jean Du Cambout de Pont-Chàteau (1634-1690), religioso francés
janse-nista.
257 Michel Le Tellier (1643-1719), escritor y religioso jesuita francés.
Se distinguió por sus campañas contra los jansenistas y se dice que aprovechó
su influencia con el rey (Louis XVI) para lograr la destrucción de Port-Royal
des Champs. Dícese que influyó para que el Papa Clemente IX publicase la bula
Unigenitus. Se le debe: Dé-fense des nouveau chrétiens et des missionaires de
la Chine ( 1687), etc.
258 Georges Pirot (1599-1659; jesuita francés. Fue profesor de teología
y autor de una Apologie pour les casuistes contre les calomnies des jansenistes
(Paris, 1657). A pesar de ser buena la causa que defendía, estuvo tan poco
feliz en su defensa que la obra fue condenada por la Facultad de Teología de
París, por muchos obispos de Francia y por el Sumo Pontífice Alejandro VII.
Dominique Bouhours ( 1628-1702), erudito jesuita y literato francés.
Hombre de chispeante ingenio, frecuentó mucho la alta sociedad de su tiempo, lo
que le valió sar-cásticos epigramas de parte de los puritanos de Port-Royal.
Escribió una célebre Lettre a messieurs de Port-Royal (París, 1668), en la cual
defiende la Compañía.
Honorato Fabri (1607-1688), filósofo, matemático y teólogo de la
Compañía de Jesús. Publicó una larga serie de obras, de las cuales citaremos
una: Apologeticus Doc-trinae Moralis Ejusdem Societtis (Lyon, 1670).
Etiene Agard De Champs (1613-1701), jesuita y teólogo francés. Casi
todas sus obras van dirigidas contra el jansenismo, entonces muy pujante, por
lo cual fueron objeto de violentas réplicas, a algunas de las cuales contestó
el autor, en obras poste-riores, o en ediciones sucesivas de la misma obra. La
más notable de ellas es De Haeresi Janseniana ( 1645), que en las primeras
ediciones publicó con el seudónimo de An-toine Recard.
Gabriel Daniel (1649- 1728), filósofo, historiador y teólogo jesuita.
Como teólogo,
respondió en una serie de escritos a las Lettres provinciales de Pascal,
aunque sin gran
fortuna, no porque fuese difícil deshacer las acusaciones allí
contenidas contra su or-
den, sino por ser rayano en lo imposible contrarrestar el efecto de una
sátira que sea
obra de un grande ingenio. La primera producción en este género se
intitulaba Entre-
tiens de Cleandre et
d'Eudoxe sur les Lettres au Provincial
(1694), y fue seguida de
muchas réplicas y contrarréplicas.
2 5 9 Este pasaje está
tomado de la Carta 5 ? de las Lettres provinciales de Pascal.
260 Traducción: Los probabilistas, con la buena y piadosa intención de facilitar
el camino de la salvación y de salvar al mayor número posible, parecen
haber endere-
zado todos sus esfuerzos y acomodar la ley divina a los apetitos, deseos
y< principios
de los hombres y del mundo.
2 6 1 Mezcla estrambótica
de nombres ficticios con nombres de personajes históricos
deliberadamente aplicadas sin tino ni concierto.
262 Traducción: en vuestra muerte me reiré y burlaré.
263 Traducción: mirarán los justos y temerán y se reirán de
él.
264 Traducción: el inocente hará burla de ellos.
265 Traducción: Entiende, lector,
que lo que he hecho no pasa de juego de ensayo
antes de la batalla. No voy a herir, sino solamente a señalar las
heridas que puedo
dar. Y si se hallan algunos
lugares que mueven a risa, será porque el asunto da oca-
sión. Hay muchas cosas que merecen ser mofadas de esta manera, por no
autorizarlas
con una grave refutación; ni hay cosa más debida a la vanidad que la
risa. Tambiéñ
le toca propiamente a la verdad el reírse, porque es alegre, y hacer
burla de sus ene-
migos, porque está segura
de la victoria. Conviene naturalmente mirar
que las risas
no desdigan de su dignidad; mas siempre que se aplicaren como es debido,
pasarán por bien fundadas.
Isaac Casaubon
(1559-1614), filólogo y teólogo
protestante suizo.
Sócrates el Escolástico
(370P -440?), historiador eclesiástico; continuó la His-toria eclesiástica que
había empezado Eusebio de Cesarea, desde el año 306 al 439, ha-biendo sido su
obra censurada de poca exactitud en los hechos y en los dogmas.
Hermias Sozomeno, llamado
también Sozomenus (400P-443P), historiador eclesiástico griego. Compuso una
Historia eclesiástica, que comprende los principales
acontecimientos de la Iglesia entre 323 y 439. Esta obra está
principalmente inspirada
en otra del mismo asunto escrita algún tiempo antes por Sócrates el
Escolástico, pero
Sozomeno no la cita nunca.
269 Christophe Beaumont
(1703-1781), prelado francés que alcanzó muy joven las
más altas dignidades de la Iglesia. En 1746 fue arzobispo de París. Se
distinguió por
una extraordinaria energía en sus funciones episcopales, sobre todo
contra los janse-
nistas. Paulus Laymann (1574-1635),
escritor y canonista jesuíta. Fue eminente en
270
teología moral y cánones, y el oráculo de su tiempo, a quien acudían en
las cuestiones
más difíciles los sabios de las universidades de Alemania e Italia.
271 Gil de Coninck (1571-1633), jesuíta flamenco, conocido
también con el nom-
bre de Regins. Entre otras obras, escribió: De Moralitate, Natura et
Effectibus Actuum
Supernaturalium... (1623).
272 Traducción: pero de tus manos reclamaré su sangre. de los Predi-
273 Jean Baptiste Gonet (1616-1681), religioso francés de la Orden
cadores. Alexandre (1639 -1724), religioso dominico francés; se mostró partidario de
Noel
las doctrinas de Jansenio, por cuya causa fue desterrado. ora-
Fulgencio Cuniliati o Cunigliati (1685-1759), teólogo dominicano
italiano. Fue
dor sagrado de gran elocuencia y pensador de grandes vuelos. Escribió
numerosos tra-
bajos de meditación sobre los Evangelios, vidas de Santos, etc.
274 Antonino Diana (1585-1663),
casuista siciliano; de la Orden de los regulares
teatinos. Diose con tanto ardor al
estudio de la teología moral, que en breve
corrió
el mundo antiguo y nuevo la fama de su ciencia. Su obra de más tomo es
Resolutionum
Moralium Pars Prima et Secunda
(Palermo, 1629), a la que añadió hasta diez partes
más, desde 1636 hasta 1656.
275 Traducción: Sepan los sacerdotes la Escritura sagrada y los Cánones, a fin de
que su ministerio consista en la predicación y en la enseñanza,
edificando a todos así
con sus conocimientos de la fe como con la disciplina de las costumbres.
276 Dionisio I El Viejo (430-367 a. de J.C.), tirano de Siracusa.
277 Filoxenes (435-380 a. de J.C.), poeta griego;
hacia el año 396 se trasladó a
la corte de Sicilia, siendo muy bien acogido por el rey Dionisio, que al
final se irritó
con él por los sarcasmos de que le hacía objeto, y le envió a las canteras.
Traducción: Instarás en
primer lugar (fórmula de los tratados escolásticos para introducir la sección
de objeciones).
Jean Masilensis Casiano
(360P-435), monje y escritor de la Galia meridional. De tiempo inmemorial viene
siendo tenido y venerado por santo.
Traducción: Del mismo modo
que, sustraída la luz del claro sol, cubre la no-che esta faz de la tierra con
horrible sombra y sepulta en idéntica negrura todos los colores.
Traducción: Todo se ocultará
sumergido en inciertas tinieblas.
2 8 2 En esta nota 70 Espejo se refiere al Dr. Maximiliano Coronel y a
su libro publicado en 1781.
Aurelio Espinoza Pólit, editor de El Nuevo Luciano de Quito (Quito,
1943), pági-na 187, nota (a), nos da el título de la obra y una explicación del
autor: El título completo es el siguiente: Diez sermones, que en distintas
iglesias, y a varias solemnida-des predicó el D. D. Maximiliano Coronel,
Colegial que fue de el Mayor, Real, y Se-minario de San Luis, Cura de el Pueblo
de Aloag, y hoy Canónigo Magistral de la Santo Iglesia Catedral de Quito, y los
consagra al Ilustrísimo Señor D. D. Blas, Ma-nuel Sobrino, y Minayo, del
Consejo de Su Magestad, Obispo que fue de Cartagena de Indias, y a la presente
Dignísimo de Quito. Con licencia: Impresos en la misma Ciu-dad: por Raymundo de
Salazar, año de 1781. Pág. (24) + 154 + 4. En la segunda página de la dedicatoria
se leen estas frases: "Y por lo que toca al motivo de allanarme, y aun
positivamente empeñarme en la Prensa; es éste tan justo, y racional; que no
sólo me facilita el progreso: pero que también me estimula a la conciencia,
como que me considero obligado a defender mi honor, que tiznó la maledicencia,
y desacreditó la osadía oculta de aquél que con el nombre de Nuevo Luciano de
Quito no perdona carácter, ni respeta Personas. Yo soy, Señor, la mínima de
todas; mas así sentí viva-mente la dura, y severa crítica, que contra mí se
hace, diciendo, haber yo decretado (no sé en qué parte) que no es necesaria la
Sagrada Escritura para el uso de la Pré-
dica; de cuya falsa suposición, e impostura forma sus crueles
invectivas, que las termina,
y concluye con el Epífonema de que no sé el A. B. C. de mis
obligaciones.
Si no las tuviera por el empleo ilustre, con que me ha condecorado el
Rey Nuestro
Señor; y si mi deshonor no fuese trascendental al V, Cuerpo de esta Sta.
Iglesia de
que soy individuo; poca impresión me hiciera la venenosa mordacidad de
este disfra-
zado Crítico. Pero no pudiendo dexar pasar en silencio tan grave y
circunstanciada ma-
teria: por eso me pareció oportuna la diligencia de dar a la luz pública
mis obras:
para hacer ver al Luciano, y a los que leyeren, que mal pudiera haber
decretado contra
la necesidad de la Sagrada Escritura;
quien apenas trahe cosa en
sus Sermones, que
no sea letra, o deducción de
ella, principalmente de los Libros Historiales."
2 8 3 Juniorado se llama
entre los jesuítas el tiempo dedicado al estudio de letras y
elocuencia sagrada. (1588-1657), conocido por Vinnius, jurisconsulto
holandés.
284 Amoldo Vinnen
Considerado como uno de los jurisconsultos más distinguidos de su país,
publicó: De
Origine et Progressu Juris Romani;
Tractatur de Pactis; Quaestiones
Jures, etc.
285 Florencio Santos (1668-1737),
jesuita quiteño.
286 Tommaso de Vio (1469 -1534), llamado también Cajetán o
Cajetancis, cardenal
y filósofo italiano. En 1518 fue enviado por León X a Augsburgo como legado pon-
tificio para conseguir de Lutero una abjuración de sus errores y la
promesa de no
turbar más la paz de la cristiandad, pero no obtuvo resultado alguno.
Dedicó los últi-
mos años de su vida al estudio de la Biblia, comentando algunos libros
del Antiguo y
del Nuevo Testamento con un criterio innovador, adoptando frecuentemente
la inter-
pretación alegórica, lo cual motivó que fueran censurados sus trabajos de esta índole
en 1533 y después de su muerte en 1544. La que mayor celebridad ha dado
al Carde-
nal Cayetano desde el punto de vista filosófico y teológico son sus
Angelici Doctoris
Sancti Thomae Aquinatis Summa Theologica... Cum Commentariis
Thomae de Vio,
Comentario a la Suma Teológica (Roma, 1507-22), de Santo Tomás, los
cuales contri-
buyeron a la difusión del tomismo,
reemplazando como manual escolar al
Libro de
las Sentencias.
2 8 7 Puede referirse a
varios religiosos, entre ellos: Alfonso de Silveira (1647- 1696),
jesuita portugués. Antonio da Silveira (n. 1709), teólogo portugués que profesó en la
orden Trinitaria. Publicó: Discordia Concors, seu Sacrae Scripturae
Antigoliae Brevi Calamo Conciliatae (1738), etc.
Juan da Silveira (1592-1687), teólogo y religioso portugués. Escribió:
Commenta-rium in Textum Evangelicum, de la que se hicieron varias ediciones.
288 Traducción: Que vierte nieve (blanca) como lana y esparce la niebla
como ceniza.
289 Traducción: Uno a la derecha y
otro a la izquierda.
290 Concordancias. Manual en que
todos los textos de la sagrada Escritura se
ha-
llan ordenados por orden alfabético.
2 9 1 Juan Maldonado
(1534-1583), escritor y jesuita español del siglo XVI. Su
obra más célebre es el Commentarii in Quatuor Evangelistas (1596).
Juan Bautista Villalpando (1552-1608), escriturario español de la
Compañía de Je-
sús. Con el padre J. Prado comentó el Libro de Ezequiel, empresa que
llevó a término solo a la muerte del padre Prado en 1592; una obra monumental,
titulada In Ezechie-lem Explanationes et Apparatus Urbis ac Templi
Hierosolymitani Commentariis et Imagibus Illustratus Opus Tribus Tomis
Distinctum (Roma, 1596 y siguientes), que ha merecido grandes encomios de los
eruditos.
Juan de Pineda (1558-1637), jesuita, teólogo y escritor español. Sus
obras latinas son: Commentarii in Librum Job (2 vol.; 1597-1601); De Rebus
Salomonis Libri VIII (Lyon, 1609).
Jacques Tirinus (1580-1636), jesuita, teólogo y escritor. Escribió:
Commentarius in Vetus et Novum Testamentum (3 vol.; 1632), la cual fue
reeditada varias veces.
Cornelio a Lapide o Cornelis Cornelissen van den Steen (1567-1637),
exégeta je-suíta belga. Sus comentarios sobre todos los libros del canon
católico de la escritura son famosos. Las numerosas ediciones que se hicieron
de sus obras, prueban la estima en que las tuvieron los católicos; los
protestantes hicieron también justicia a su mérito.
29(2 Historia de Fray Gerundio fue condenada por decreto de la
Inquisición en 1760, y quedó en el Indice de libros prohibidos hasta 1899. En
la edición del Indice que mandó revisar el Papa León XIII en 1900, ya no está
incluido el Fray Gerundio,
pues sólo se había prohibido por bien de paz, y no porque contuviese
error alguno contra la fe o buenas costumbres.
El Indice de libros prohibidos es un catálogo de libros, publicado por
la Iglesia Católica, cuya lectura está vedada a los fieles sin especial
dispensa.
Para encontrar Indices de libros prohibidos, oficiales para toda la
Iglesia, nos he-mos de remontar al siglo XVI. Paulo IV encargó a la
congregación del Santo Oficio la redacción de un Indice que se publicó en 1559.
El Indice se ha redactado, corre-gido y aumentado por varios Papas desde el
siglo XVI hasta la actualidad.
2 9 3La obra a que se refiere Espejo se intitula:
Triunfo del amor y lealtad, o
Día grande de Navarra (Madrid, 1746).
Traducción: Lucilio mío, no
quisiera verte con tanta ansiedad en punto a las palabras y a la composición:
algo mayor hay de que debes cuidar. Piensa más en lo que has de escribir que en
el modo... cuando vieres un escrito demasiado pulcro y pulido, sábete que
revela un alma ocupada en fruslerías. Quien es de veras gran-de habla con menos
esmero y más seguridad, y sus dichos se distinguen más por la confianza propia
que revelan, que por el esmero. Cuántos de nuestros jóvenes llevan cabello y
barba lustrosos con cosméticos.
Traducción: Ante todo veamos
qué es lo que exige mayor diligencia, y es lo que pudiéramos llamar
construcción de las frases, en la cual, sin embargo, no se ha de emplear
artificio, porque eso además de ser inacabable parecería hasta pueril.
Traducción: Toda exagerada
jactancia propia es dañosa para la elocuencia; pero quien más debe evitarla es
el orador, pues causa en los oyentes no sólo fastidio, sino muchas veces odio.
Nuestra alma tiene naturalmente cierta grandeza y entono, por lo que no soporta
superioridad ajena; y por esto favorecemos de buena gana a los que se humillan
y se nos someten; pues, al hacerles gracia nos consideramos superiores, y así
que cesa la emulación nace la conmiseración.
Timoléon Cheminais de
Montaigu (1652-1689), predicador y religioso jesuíta francés; de una elocuencia
dulce y persuasiva y de una elocución pura, fue llamado el Racine del pulpito.
Claude Texier (1611-1687),
predicador y religioso jesuíta francés.
Louis Bourdaloue (1632-1704), religioso de la Compañía de Jesús y
célebre ora-dor sagrado francés. Predicó en 1670 en la corte y en presencia de
Louis XIV; en 1679 el rey le nombró su predicador ordinario. Bourdaloue fue
enemigo de las ora-ciones fúnebres. Bourdaloue es el orador de la convicción.
Todo su anhelo se cifra en infundir ésta en el espíritu y en las inteligencias
del auditorio. No da importancia al lenguaje, aunque el suyo sea culto y
castizo; prefiere la solidez del pensamiento, fértil siempre y siempre variado.
Objeciones, sofismas y descripciones, todo lo apro-vecha para robustecer su
argumento principal. No exagera los deberes del cristiano, ni confunde el
consejo evangélico con el mandamiento estricto. Sus trabajos están siempre
cuidadosamente preparados. Aunque no contengan la arrobadora elocuencia ni la
pomposa dicción que caracteriza a los de Bossuet y Fénelon, tampoco ofrecen
repeticiones y los pensamientos triviales y vulgares presentan siempre la nota
de lo elevado y aun a veces de lo sublime.
Charles Frey de Neuville (1693-1774), predicador francés de la Compañía
de Je-sús. Para dedicarse a la oratoria estudió asiduamente la sagrada
Escritura, los Santos Padres y la Historia eclesiástica; leyó también las
principales obras de los herejes e incrédulos antiguos y modernos. Con esta
preparación comenzó a predicar en París en 1736, y desde sus primeros sermones
fue oído con una admiración que nunca decayó. Según unos, es el primero de los
predicadores franceses del siglo XVIII. Ante la corte de Louis XV predicó de
1737 hasta 1757. Sus sermones han sido tra-ducidos al español, italiano, alemán
y otras lenguas. Es frecuente confundir a este jesuíta con su hermano el padre
Pierre Claude (1692-1773), o con el padre Anne Joseph de la Neuville (1672-1750).
298 Esprit Fléchier (1632-1710), escritor, prelado y orador sagrado,
francés. Desde 1670 en adelante se dedicó a predicar, llevando al pulpito un
estilo refinado y sutil que no excluía la seguridad teológica y la sana moral,
pero más sugestivo que conmovedor. Solían servirle de asunto en sus sermones
los vicios de la época, los matrimonios de conveniencia, las vocaciones
forzadas y los deberes de las madres. Aun cuando sus discursos sagrados
pertenecen a todos los géneros, sobresalió Fléchier en las oraciones fúnebres,
cuando en ellas triunfaba Bossuet.
29» Simón Leitâo (1657-1718),
llamado de Gama, religioso portugués de la Com-
pañía de Jesús. y
religioso de la Compañía de
300 Vincent Houdry
(1631- 1729), orador francés
Jesús. Publicó Sermons sur tous les sujets de la morde chrétienne (1696 y siguientes),
obra en 20 volúmenes; Traité de la maniere d'imiter les bons
prédicateurs (1702); y
la Bibliothèque des Prédicateurs, qui contient les principaux sujets de
la morale chré-
tienne mis par ordre alphabétique (1692- 1711), de la cual se hicieron
varias ediciones
del texto original francés y fue traducida al latín y alemán.
301 Traducción: Nadie tiene mayor amor que quien da su vida por sus amigos.
3 0 2 El Licenciado Don
Francisco Lobón de Salazar fue el seudónimo estrafalario
usado por el padre Isla cuando sepublicó el Fray Gerundio.
303 Guillaume de Segaud
(1675-1748), orador francés y
religioso de la Compañía
de Jesús; predicador de la corte de Francia.
304 Marqués Charles de
Sainte-Maure y después Duque de Montansier (1610-
1690), hombre de Estado, francés. Había profesado el protestantismo,
pero lo abjuró
en 1645.
305 Traducción: Me ha dicho cuanto
he hecho: ¿no será él el Cristo?
306 Traducción: Creemos, y no ya por su palabra, sino que nosotros
mismos he-mos oído y sabemos que éste es verdaderamente el Salvador del mundo.
307 Ebionistas. Una secta judeo-cristiana que se caracteriza por su
adhesión a la observancia de la ley mosaica. Desde el principio de la
predicación evangélica se notó en la mayor parte de los judíos convertidos la
tendencia a conservar la ley antigua: de ahí su oposición a la predicación de
San Pablo. Esta tendencia con el tiempo se convirtió en verdadero cisma.
El nombre de ebionistas se explica por el hebreo ebionim (los pobres).
La secta ebionista nunca tuvo muchos seguidores. En el siglo IV todavía se
conservaba en ma-yor o menor número; desde el siglo V desaparecen de la
historia.
Marcionistas o Marcionitas. Discípulos de Marción (m. 160-170?), el cual
gnóstico cristiano del segundo siglo de la Iglesia; considerado hereje por los
escritores orto-doxos. Como otros gnósticos, lo que pretendía explicar con sus
innovaciones era el problema del mal. Las doctrinas de Marción se extendieron
por Italia, Arabia, Siria, Armenia, Egypto y en Persia, sufriendo grandes
vejámenes durante las persecuciones con que los emperadores romanos afligieron
a la Iglesia. La secta fue proscrita por Constantino, y si en el Occidente su
fama fue obscurecida por el maniqueísmo, en el Oriente su influencia fue más
duradera.
Maniqueísmo es la doctrina de Manes o Manetos (n. 215?), en el cual
creía que
su maestro, que se llamó el apóstol del verdadero Dios, había explicado
satisfactoria-
mente el principio, medio y fin de todas las cosas. La esperanza de esta
ciencia fue lo
que atrajo a la secta un tiempo al genio de Agustín, quien nunca pasó,
empero, dentro
de la misma de ser una especie de catecúmeno ni fue jamás iniciado o
elegido, ni mu-
cho menos sacerdote de aquel culto. o
adquisitos con diligen-
308 Traducción: Deben procurarse los medios humanos
cia, en especial la doctrina fundada y sólida y modo de proponerla al
pueblo en ser-
mones y lecciones. De las Constituciones de San Ignacio, parte X, n. 3.
309 Traducción: Grande es como el mar tu quebranto.
sio Traducción: Todos los ríos entran en el mar, y el mar no
rebosa.
311 Traducción: O padecer o morir.
312 Traducción: El alma de los fuertes se busca a sí misma
gozo.
313 Traducción: Consta el bien de la concurrencia de todas las causas; el mal,
de cualquier defecto.
314 Traducción: abunda en sabrosos vicios. y escritor español; pro-
315 Manuel de Guerra
y Ribera (1638-1692), religioso
fesó en la orden de Trinitarios Calzados. Entre otros cargos, fue
predicador de Carlos II
y diputado teólogo, examinador y teólogo de la Nunciatura de España.
316 José Boneta y Laplana (1638-
1714), sacerdote y teólogo español. Escribió Gra-
cias de la Gracia. Saladas agudezas de los Santos (Zaragoza, 1706), etc.
San Filippo Neri
(1515-1595), nacido en Florencia; fue el fundador de la co-fradía de la
Santísima Trinidad para el albergue de los peregrinos que acudían a Ro-ma y
también para los convalecientes que, al salir de los hospitales, no tenían
dónde recogerse para reponer sus quebrantadas fuerzas. La predicación que en su
tiempo se
había apartado de la sencillez apostólica, la rehabilitó con su modo de
predicar sen-cillo, pero lleno de fuego de la caridad. Fue fundador de la
Congregación del Oratorio, o sea La Vallicela, la cual llegó a ser un centro de
ciencia y de fecundidad literaria. San Felipe Neri fue canonizado el 12 de
marzo de 1622.
Traducción: He aquí que ha
sido puesto para ruina y para resurrección de muchos. (San Lucas 2.34).
Traducción: Oró por, tercera vez, repitiendo las mismas
palabras (San Lucas
44).
Antolin Pérez (m. 1652),
religioso español de la orden de San Basilio. Fue notable predicador, y en este
aspecto su obra más conocida es Asuntos predicables en las festividades de
Nuestra Señora (Madrid, 1646).
Traducción: Agradó esto una
vez; agradará aunque se repita diez (Arte poé-tica 365).
3 2 2 González Suárez explica esta locución en Escritos de... Espejo
(Quito, 1912), I, 540-541, nota 2: "Sermón de Capítulo eran los sermones
que se predicaban en la fiesta solemne, que solían hacer las comunidades
religiosas en la elección de nuevos Provinciales. Si el predicador había ganado
capítulo, es decir, si había salido electo su
candidato de él, se desataba en elogios al recién elegido; pero si era de los perdidos,
se desquitaba denunciando desde el pulpito
los vicios de la elección, y a veces, las
no buenas costumbres o deméritos del
elegido." fue la única vez que
3 2 3Se le ha olvidado a Espejo hacer
hablar al Dr. Mera;
esto ocurrió.
José de Barcia y Zambrana
(floreció en la segunda mitad del siglo XVII), teólogo eminente, natural de
Málaga. Fue uno de los más insignes predicadores de su tiempo; tan sabio en el
fondo de sus oraciones y tan claro en la exposición de los dogmas de teológicos,
que sus sermones se buscan y estudian hoy como perfectos mo-delos de oratoria
sagrada. De sus obras se han hecho innumerables ediciones en Es-paña y
Portugal, no habiendo biblioteca eclesiástica que deje de poseerlas. Escribió:
Despertador cristiano de sermones doctrinales (Granada, 1678).
José de Aguilar (1652-1708), teólogo jesuíta limeño. Escribió: Sermones
varios, predicados en la Ciudad de Lima,... (Brusselas, 1684), varias
ediciones.
Francisco Miguel Echeverz (1672-1745), religioso mercedario y escritor
español; misionero rural por muchos años. Entre otras obras, escribió:
Exhortaciones o pláticas doctrinales en forma de novenario, que contiene las
obligaciones y doctrinas del cris-tiano (1717), obra vertida al italiano en
1762 con el título de Practica Doctrinalis; Pláticas doctrinales y morales o
doctrinales sobre todas las domincas del año,... pa-ra la instrucción de los
predicadores y aprovechamiento de los feligreses (1724).
Pierre François Lafitau ( 1685-1764), prelado francés de la Compañía de
Jesús. Fue nombrado obispo de Sisteron; luego arzobispo y cardenal. Entre otras
obras, escribió dos volúmenes de Sermones, que han sido traducidos al
castellano (1770).
Buenaventura Barberini
(1674-1743), capuchino italiano; arzobispo de Ferrara. No pertenecía a los
Barberini de Roma. Dejó varios escritos sobre materias eclesiásticas.
Jean Baptiste Massillon (
1663-1742), orador sagrado francés que ingresó en la Congregación del Oratorio.
Sus oraciones fúnebres le dieron extraordinria celebridad. Adquirió tal
renombre que sólo podía compararse al de Bossuet y al de Bourdaloue. En 1699
predicó por primera vez ante Louis XIV en Versalles. Su ternura le hicieron
lla-mar el Racine del púlpito.
Jules Mascaron (1634-1703), prelado y orador sagrado francés; ingresó
muy joven en la Congregación del Oratorio. Muy pronto comenzó a distinguirse
como predicador hasta el punto de que en 1666 fue llamado a la corte. Fue muy
conocido por sus ora-ciones fúnebres. Fue obispo; contribuyó a la conversión de
numerosos calvinistas.
Sebastián Solano (floreció
en el siglo XVIII), ilustre dominico de la Provincia de Santa Catalina de
Quito; predicador distinguido.
Jean Croiset (1656- 1738),
religioso jesuíta y escritor francés; dedicado al es-tudio y a la instrucción
de la juventud, adquirió profundos conocimientos en varios ramos del saber
humano, pero en particular de los religiosos.
329 Traducción: está puesto para destrucción y
resurrección de muchos.
3 3 0 Iniciales del Padre
José Francisco Isla de la Compañía de Jesús. De estas ini-
ciales, González Suárez observa: "Espejo no quiso expresar claramente el nombre del
Padre Isla, sin duda,
porque su Historia de Fray
Gerundio de Campazas estaba pro-
hibida, y la
Inquisición de España habia manaaao recoger los ejemplares impresos
del libro. La Historia de Fray Gerundio ya no está prohibida; el Papa León XIII la
mandó eliminar del Indice romano." (Ver:
Escritos de... Espejo, Quito, 1912, I,
546-447.). y Caicedo ( -1815), religioso y patriota ecuatoriano; elevado
331 José Cuero
a las sillas episcopales de Cuenca, Popayán y Quito. Formaba parte de
una sociedad pa-
triótica con el título de Escuela de la Concordia que aunque en
apariencia estaba de-
dicada al fomento de la agricultura, arte e industrias, en realidad
agrupaba a los que
afiliábanse en el partido de las nuevas ideas de independencia que
comenzaban a ger-
minar. En 1809, después de la transformación política que tuvo lugar, en
Agosto, fue
electo vicepresidente de la Junta Suprema de Gobierno. Fue un varón de
grandes vir-
tudes y varios talentos, digno de figurar al lado de los más eminentes
patriotas ecua-
torianos.
332 Traducción: Te derribarán en
tierra (San Lucas 19.44). 19.44).
333 Traducción: Porque no conociste
el tiempo de tu visita (San Lucas
334 Luis de Solazar y Castro (1658
-1734), funcionario público y escritor español.
Carlos II le hizo cronista de Castilla a consulta de la Cámara en 1685,
y al año si-
guiente le dio el hábito de Calatrava. En 1691 fue nombrado cronista
mayor de Indias.
Su vastísima erudición comprendía todo género de letras y facultades; extendiéndose
con particularidad a genealogías y derecho de las sucesiones de reinos; fue excelente
canonista; logró en la corte tan alto concepto, que los grandes y aun
los ministros ex-
tranjeros, le buscaban con frecuencia.
335 Traiano Boccalini (1556-1613),
escritor satírico italiano. La obra de Boccalini
puede considerarse bajo dos aspectos distintos:
el satírico y el crítico; en el primero,
es notable la virulencia de su estilo y la valentía del concepto, y en
el segundo, la
erudición y la seguridad en los juicios. Fue uno de los pocos que en
aquella época
comprendieron a Maquiavelo.
336 Traducción: No las mieses opimas de la feraz Cerdeña; no' las hermosas va-
cadas de la ardiente Calabria; no el oro ni el índico marfil.
337 Traducción: Viendo la ciudad lloró sobre ella. (San Lucas
19.41).
338 Jean Mabillon (1632-1707),
religioso benedictino y uno de los escritores de
mayor renombre. Entre muchísimas obras escritas, hay Traité des études
monastiques
(París, 1691; Bruselas,
1692), obra traducida a varios idiomas. Iglesia
Católica Ro-
339 Traducción: Todo bajo la corrección de la Santa Madre
mana.
MARCO PORCIO CATON
(1780)
MARCO PORCIO CATON
o
Memorias Para La Impugnación Del Nuevo
Luciano De Quito
Escribiólas Moisés Blancardo, y las dedica al Ilustrísimo Señor Doctor
Don Blas Sobrino y Minayo, Dignísimo Obispo de Quito, del Consejo de S. M. etc.
En Lima, año de 1780
Al Ilustrísimo Señor Don Blas Sobrino y Minayo,
Dignísimo Obispo de Quito, etc.
Ilustrísimo Señor:
El celo, que es
una llama que a al calor vital del
corazón, y añade espí-
ritus de más noble naturaleza, había sido, igualmente, un fuego que, cualb de
Prometeo, daba ser y animación a los atrevimientos. Mi
espíritu los ha
concebido gigantes, cuando
añadiendo montañas a montañas, en
la acinadac
multitud de sus ideas, ha
pretendido hacer de un concepto mal formado,
un obsequio digno de V.
S. I. veralada d y casi marchita esa
floreciente pal-
ma, e que al riego de su sudor literario, habían hecho que descollasef gi-
gante los héroes de nuestra literatura, me revistió de celo, y me
impulsó a que intentara manifestar las fuentes por donde se había reprimir la
insolen-cia de ese inicuo mofador de nuestros días, intitulado El Luciano.
El intento, hasta aquí, me pareció modernamente glorioso. Pero yo mis-mo
le advertí temerario; desde que osó 9 llegar a presencia de la Mitra más sabia,
y más resplandeciente que logran las Américas, a proferir con voz ruda,
balbuciente que le venía a ofrecer estas memorias. Por solas estas, donde falta
una lengua de oro que publique las relevantes prendas que ilustran a V. S. I.,
se puede animar mi alma a hablarle un idioma de reve-rentes recuerdos, que
digan consonancia acorde con el dialecto de una vo-luntad rendidamente dedicada
h a cultivar el alfabeto y las letras del amor
a Dice: de calor
b Dice: cual se prometió
c Dice: apiñada
d Dice: veranada
e Dice: calma
f Dice: descollasen gigantes
9 Dice: ese llegara
h Dice: delicada
que me inclina hacia V. S. I. a Sabio yo en admirar las brillantes
cualidades de su nobilísima alma, solamente echo de menos el precioso ornato de
una expresión galana, que sepa decirlas, y darlas b aquel color que
retratándolas al vivo, pudiera siempre que se viese leerse la imagen reluciente
del IIus-trisimo Minayo.
Envidio, desde luego, aquella pluma de los antiguos sabios, que sacando
al papel el carácter de sus Mecenas, servía más de estilo, que de pincel; y
dibujaba cuando escribía.
Si yo la lograra, haría una pintura inteligente y hermosa, brillante,
cuanto animada; y en el plan que me formase haría ver que presidiendo la
benigni-dad a las demás virtudes, ella ocupaba el frontis, y bañaba de suaves
resplan-dores a todo el lienzo. Haría que viniendo haciac él un lado, vestida
de luz su sabiduría sagrada, eclesiástica y política, apareciese al otro su
genio sa-crificado a la paz e inclinado a la concordia. En fin, harta que
ocupando el primer lugar, las cualidades más sublimes de su espíritu y de su
corazón, apareciesen allá, hacia los ángulos más remotos, con un vivo de
animada perspectiva, esas otras virtudes domésticas, que haciendo y formando al
Pre-lado, se ignoran de las gentes, que sólo atienden al exterior.
Mi pincel sería entonces el que a rasgos de una elocuencia encendida en
el seno ardiente del mismo Apolo y de las Musas pintase al Prelado digno,
al Pastor vigilante, al Obispo sabio, y a la lumbrera refulgente de esta
Igle-
sia. Pero que, pues, mi pluma no es sino apenas una de las arrancadas de
las
alas de mi corazón, y mojada en la sangre de mi fina gratitud, ella d escribirá
caracteres científico, pero sí de afecto. Y ella dirá que porque
se pone a ha-
cer la apología de unos subditos de
V. S. I., lacerados por dientes veneno-
sos, no dudó incurrir en el delito y
osadía de buscar su respetable protección;
y que lisonjeándose de conseguirla,
pide para su autor el que V. S. I.
le
conceda la gracia de numerarle en la matrícula de sus más fieles servidores;
porque él es de V. S. I.
Muy humilde y obediente servidor,
M o i s és B l a n c a r d o
a
b
c
d
Dice: inclina a V. S. I.
Dice: darlas a aquel
Dice: hacia un lado
Dice: ella no escribirá
AL LECTOR
Aunque ciertas producciones monstruosas logran, por algún tiempo,
se-ducir a los incautos, suele, con todo, disiparse el falso resplandor de que
estaban adornadas y verse abatidas como merecen. Yero es tal a veces la
preocupación, que algunas de ellas inducen en los espíritus débiles, que no
giran por órbitas de mayor espacio y duración.
Uno de estos raros fenómenos ha sido el insulso y mal surcido a papelón
de El Luciano de Quito, que aún dura en el aprecio de algunos, y si no miente
la fama, se le ha querido dar el mayor honor, haciendo que salga a voz pública
por medio de la prensa. Por eso, lector amigo, si eres tú uno de ésos, que
corre tras la novedad, y que da por científico b la primera frus-lería, quiero
desde ahora tu desengaño, haciendo c que leas estas memorias, que son como un
índice de lo que se puede decir, contra El Luciano. Tú po-drás añadir aún más
reflexiones porque yo, siendo muy ocupado, no he podido seguir, paso a paso, a
este autor, que los da tan gigantes, y no se avergüenza en apellidarse de Cía,
cuando a todos maldecía.
Como soy de genio serio, y enemigo de d chocaras, he intitulado este
brevísimo rasgo con el venerable nombre de Marco Porcio Catón, para que a
Luciano enseñe el idioma de las buenas costumbres de que le veo tan dis-tante.
Si mi pluma te agrada, haré mis esfuerzos para darte completa la im-pugnación;
y verás, entonces, cuánto solicito tu complacencia a poca cos-ta mía.
» Dice: zurcido
b Dice: científica
c Dice: haciendo estas
d Dice: de bromas
MARCO PORCIO CATON1
o
Memorias Para La Impugnación Del
Luciano De Quito
CAPITULO I
ESPIRITU DEL LUCIANO
O bien sea que razone un hombre o que dé a luz lo que concibe, nunca
puede a embogar el espíritu que le domina. Vierte el alma o b exalada en la voz
viva o caracterizada sobre el papel. Todo el correctivo de la gracia, y toda la
grande alteración, que ocasiona sobre la naturaleza la santidad, no bastan a
formar un decente escondrijo donde pudiera ocultarse el genio.
Por las obras de los RR. PP. ha reconocido Ricardo Simón el carácter que
les dio el mecanismo de sus órganos. Y yo, ahora, por los deformes rasgos de
Luciano, vengo a conocer el que influye en el espíritu de su Autor. Este es,
pues, un hombre inquieto, que todo lo emprende, un ge-nio ardiente que a todo
se atreve, un temperamento en quien andan fuera de su centro los elementos, y
una máquina racional donde sus resortes son la discordia y la maledicencia.
¿Qué insultos no cometerá, ente de seme-jante naturaleza? ¿Qué no emprenderá
espíritu tan atrevido? En cuanto escribe nada ostenta, sino con un talento
pigmeo y una enáha erudicioñ-cilla, que no pasa de mera bachillería, un deseo
de parecer sabio a fuer-za de su osadía, amparada en la nube de un apellido supuesto.
Los nobi-lísimos objetos a quienes insulta, mancha y deprime, hacen ver cuán
do-minado de su amor propio estaba el autor de tan negros borrones. No hay más
que revolver sus páginas para advertir su condición serpentina, la que aún será
c examinada por partes.
CAPITULO II
PATRIA DEL AUTOR
Hay en el corazón humano ciertas semillas de probidad que el bien
público las desarrolla, el amor a la patria las fertiliza, y las hace
fructificar la oca-sión de coyuntura de mirar por su adelantamiento y
felicidad. En genios
a
b
c
Dice: puede embarajar el
Dice: o la exhala en
Dice: será mirada por
de noble índole producen, estos afortunados cimientos, útilísimas
cosechas de frutos dulces y saludables, como que ellas cayeron en terreno
fértil, fecundo yamigable a la naturaleza. Estos genios, no hay duda,
pretendena a corregir los vicios, mas el modo está lejos de la amargura, y
solamente con las sales dulces de unas advertencias moderadas, consiguen la
correc-ción. El veneno acre de la mordaz sátira antes irrita que cura, antes
mata las buenas costumbres, que las restablece y anima.
Por eso, ¿quién podrá asignar la Patria de este dicaciásimo b Luciano?
Si él no perdona al aldeano, no disculpa al quiteño, no excusa al criollo, ni
deja en reposo al europeo, ¿qué parte de la tierra se le aseñalará,c por el
lugar de su nacimiento? Si él fuera de Quito tuviera, siguiendo la apa-cible
serenidad de su templado clima, un temperamento suave, que le hiciera escribir
más bien sus glorias, que no sus defectos y lunares. Si trajera su origen de la
Europa, amara el honor literario de tantos sapien-tísimos españoles que han
sido el brillante ornato de su Patria y de todo el Reino. Pero un hombre que es
morador en el globo de Saturno, un hom-bre que más bien es duende de resabios
literarios, según lo que atrevida-mente escribe, será bien que le neguemos el
que sea ni europeo, ni ame-ricano, ni quiteño.
CAPITULO III
NOMBRE DEL AUTOR
Cuando se desea hablar el idioma de la moderación, cuando se solicita
acertar con el lenguaje de la sabiduría y de la buena fe, no hay estorbo que
embarace el vuelo de la pluma, no hay susto que encoja la libertad de la
expresión, ni hay el recelo de que ésta se estrelle entre los peñascos, o del
apocamiento, o de d la temeridad. De la misma suerte, cuanto por una obra que
se aventura al público se intenta, o persuadirle una empresa útil, o retraerle
de algún prejuicio pernicioso a su felicidad, no hay mo-tivo que a un autor de
tanto candor, como de intenciones tan juiciosas, le desaliente dee estampar su
verdadero nombre a la frente de sus escritos.
Al f negro velo del anónimo, hace, desde luego, sospechosa la hidal-guía
del nacimiento de un parto mental, y vuelve a su padre, indigno de gozar el
honorífico dictado de buen autor, aunque su producción fuese, por otra parte,
digna de colocarse en la serie de las buenas obras. Los malos libros, aquellos
que merecen de ordinario condenarse a las llamas 9
a Dice: pretenden corregir
b Dice: delicadísimo
c Dice: ha de señalar
d Dice: de temeridad
e Dice: le desagrade estampar
f Dice: El negro
a Dice: llamas del exterminio, descubren
para siempre, no descubren a su autor aunque manifiesten sus naturales
inclinaciones en cada rasgo.
Vemos, pues, en el frontis de Luciano a un Doctor Don Javier de Cía.,
Apestegui y Verochena, que le ha dado ser y no hallamos ni en nues-tra
república literaria, ni aún en todo el distrito político, un hombre de bien que
así se nombre. Crece aún más la mala' fe del que se ha usurpado los dichos
nombres, porque si bien no se atrevió a estampar alguno en la primera
publicación, ha puesto tres, fuera del de Dr. Dn. Javier, en la segunda. Y en
su altanería, y escribiendo de incógnito, es de admirar no añadiese el señor, y
aún se usurpase los títulos de Ilustrísimo y Excelen-tísimo; porque es infinito
lo que este Perochena, por sí mismo se honra y estima. A este autor seudónimo
le conoceremos por un escribiente de mala carta, de mal humor y de una osadía
sin término.
CAPITULO IV
LA OBRA DE PEROCHENA
Sia es el entendimiento un precioso taller, donde se obran las
ma-niobras de luz, la imaginación b es una vilc oficina, donde se fabrican
artificios de fuego, o se entallan estatuas de horror y susto. La de Peroche-na
la debíamos llamar carnicería; porque en ella no se opera: o estatua, o lienzo,
o artificio, sino que se descuartiza, y a un cuerpo sagrado y vene-rable, y a
un gremio y a otro, y a tanta multitud de miembros nobilísimos, o por su estado
o por su sabiduría. Ahora pues, si la imaginación ardiente de Perochena, es una
sangrienta carnicería, ¿cuál será la obra forjada en el país del espanto, y en
la región de la muerte?
El Luciano, pues, ha sido uno de esos cuchillos exterminadores, que
inundan de sangre las campañas, y las hacen bermejear con avenidas de caliente
vital púrpura. Es una de aquellas devorantes espadas de dos filos, que no sólo
despedazan cuanto encuentran, sino que aun dividen por mi-tad los átomos del
mismo aire y de la misma luz. Aire de honra literaria ha sido el que como
ambiente d vivífico, o como atmósfera espirituosa ha servido de respiración
científica a tanto literato, y a tanto sabio de nues-tro Quito.
Luz de gloria bien merecida, ha sido aquella de que han estado, Cán-dida
y venturosamente, circundados como un círculo y apogeo de resplan-dores, todos
los ilustrísimos héroes a quienes malignamente tizna el Lu-ciano. Y a todo este
lucidísimo aire, y a toda esta gloriosísima luz, se atreve
a
b
c
d
Dice: Señor es el
entendimiento de un
Dice: imaginación de una
Dice: una vil o física
Dice: ambiente vivísimo
Perochena, con sus maldicientes conversaciones a lacerar tan cruel como
inhumano, tanto a atrevido cuanto sacrilego.
Siempre entendí yo, que era más importante al honor de nuestra
na-turaleza, y a hacer a los hombres menos ignorantes, por lo que mira a la
dignidad de sus alcances; y a darlos a conocer menos prostituidos, por lo que
toca a la nobleza de sus acciones morales. ¿Qué interés se halla o en degradar
nuestro entendimiento, o en abatir nuestro corazón? Luciano cuando hace
conversar sus dos doctores, despiadamente, ejerce la anato-mía de los
pensamientos, y fue mucho que no lo hiciera de las acciones. Si la hubiera b
practicado, veríamos ya no solamente los secretos del es-píritu y del talento,
pero aún más bien los ceños del corazón y de la con-ducta. Pero y qué
profanación, qué escándado! Pues no podemos evitar la rabiosa censura del
amargo Luciano sobre los movimientos naturales de nuestra vida, tanto
intelectual como política, tanto docta cuanto moral.
CAPITULO V
OBJETO DE LA OBRA
A la hermosura de la luz y la constitución exacta de un órgano bien
dis-puesto se debe esa admirable percepción0 que llamamos ver. Tanto me-jor
percibe el alma los objetos, cuanto es más copiosa la luz y cuanto está más
bien organizado el ojo. La luz misma debía apellidar con el renombre de pincel
y los ojos debían decirse los lienzos vivientes, donde se impri-men igualmente
que los colores y las figuras.
De la misma suerte que pasa con la vista corpórea, sucede con la
in-telectual.
La razón es una antorcha que alumbra todo ser espiritual, que da
co-loridos e ilumina a las operaciones del alma. El entendimiento mismo es el
órgano donde se ejercita la visión. Si es escasa la luz no hay claridad en los
objetos y si es defectuoso el órgano se obscurece la percepción.
¿Cuál será el principio de ver tan mal en el ciego Perochena? ¿Si será
en él escasa la luz o débil el instrumento? Pero a mi ver, todo concurre. La
luz es flaca y aún menos que crepuscular, el órgano es torcido y ro-deado de
cataratas; porque haciendo que endereza sus miras en el Luciano, hacia dos
nobles objetos, a ambos los pierde de vista. Dice que su fin es que se siga un
mejorado sistema de conocimiento en el estudio de las Ciencias y Artes, y en el
uso de una oratoria edificativa al cristianismo. Dice, igualmente, que apetece
el establecimiento de un colegio o universi-
a
b
c
Dice: tan atrevido
Dice: tuviera practicando
Dice: admirable que
dad. Y cuando esperábamos que tocase estos puntos como que los tenía
delante de los ojos, venimos a ver que no acertó jamás a mirarlos. Veni-mos a
ver que hizo objetos de sus iras todos los que debían serlo de nuestros
cariños. Para tratar de las ciencias, ¿sería oportuno sacar al teatro al sabio
Don Sancho? ¿Sería lícito evocar, hasta de su abatimiento y mi-seria a los
infelices, y hasta de la obscuridad del polvo y del sepulcro a los mismos
difuntos?
Tanta inhumanidad, ejercida contra individuos tan recomendables a
nues-tro respeto y acreedores de nuestra buena memoria, prueba que el
princi-pal objeto de la obra del famoso Luciano, ha sido, hacerse célebre con
un baño de mentida gloria, dando a entender a gentes de poca o ninguna lec-tura
que es hombre de muy vasta erudición. Prueba, así mismo, que su objeto menos
principal fue mofarse a satisfacción de los mayores letrados de nuestro siglo,
fue reírse de las literaturas más finas de nuestras escue-las, y fue querer
ridiculizar y hacer pigmeos a nuestros sapientísimos gi-gantes, con la ironía
ya más acerba, ya más esbozada9 ya más pungente.
CAPITULO VI
METODO DE LA OBRA
Aquel espíritu de orden que preside a todas las acciones, y con
especia-lidad a las obras del ingenio, coloca, desde luego, el plan después de
haber tomado bien las medidas; echa con la mayor firmeza, profundidad y
pro-porción los cimientos; sigue, con la exactitud del nivel, llevando las
pa-redes a su perfección y a la altura que las quiere dar la meditada idea de
su artífice. Acabado el edificio, ese mismo espíritu de orden que le trazó,
entabló y perfeccionó, le adorna interiormente; mas, ¡qué elección en la
preciosidad de los muebles! jqué simetría en la colocación de los tapices
cornucopias b y espejería! ¡Qué dirección y economía para la distribución de la
luz natural en el día y de la artificial en la noche! Todo brilla, todo atrae,
todo hechiza. Mas, ni son otros los efectos que resultan de la lectura de un
buen papel, en quien concurrió la claridad, la elección y el orden.
¿Pero cuál es el que guarda el Luciano Nuevo de Quito? Aquí todo es
confusión delirante, todo inepcia,c y todo desbarro. El que ha leído al-guna
cosa, es provocado a náusea al sólo oír resonar el eco de ese furioso
despertador. Desde luego, que la invención parecía algo especiosa,d por-que se
creía juntarse e el título de Luciano y el método de conversaciones
a Dice: más osada
b Dice: cornucopios
c Dice: inercia
d Dice: espaciosa
e Dice: apuntarse
a la gracia, sal y diálogos de aquel antiguo Luciano, que tanto
ridiculizó a los filósofos. Pero título tan magnífico, y que prometía una obra
de gusto, de espíritu y de mérito, vino a hacernos conocer la osadía del autor
del Luciano de Quito, y su fatla de talento, de juicio y de método.
Hace interlocutores al doctor don Luis de Mera y al doctor Miguel de
Murillo. ¡Quéa desacierto, qué inverosimilitud, qué falta de propiedad! ¿Un
hombre docto, sensato, modesto, con un semibruto, rudo, mentecato y loco. b ¿Y
qué género de conversaciones?
Las que incluían asuntos verdaderamente científicos, y los que en el
método dialoguístico quizá no estarían tocadas dignamente por sus mismos
inventores y maestros. La de la latinidad, quizá no la tratarían honrada-mente
los mismos Seroppios, 2 los mismos Erasmos, ni los mismos Vives. 3 La de la
retórica, poesía y bellas letrasc quizás andaría desairada en la pluma misma de
los Grocios, Agripas 4 y Furnebos. La del buen gusto y bello espíritu, no
tendría, quizá, toda su perfección en los autores que han tocado estas materias
los Bouhours, d Rollíng y Muratori. 5 La de la Filo-sofía no la dignificarían
quizá los mismos Cartesios, Gassendos e y Newto-nes. La de la Teología
escolástica, quizá la deshonrarían, como la deshonró el Nuevo Luciano, los
mismos Lombardos, Escotos y Albertos. La del me-jorado plan de estudios
teológicos, la agitarían tan mal, y quizá tan desca-belladamente, como la de
agitado Perochena, los mismos Berlarminos,6 Du Perrones 7 y Becamos. La de la
Teología moral no podía ser menos que blasfemaba tanto como se ve en la octava
conversación de Luciano, por los mismos Caranuel, Diana y Ferilo. Y a la última
de la Oratoria cristiana, sin duda, que hubiera tenido igual suerte de
fatuidad, de maledi-cencia y de mal gusto que la del mordacísimo De Cía, si se
hubiese dado a luz en diálogos por los mismos Granadas, 8 Causiños y Estellas.
Ahora, pues, todavía hay más en el asunto. Un hombre cuerdo que trata
las materias con oportunidad; un hombre sabio, que las ventila entre personas
doctas; un hombre teólogo, que habla moderadamente y en idio-ma científico sólo
en las aulas, las especies sublimes de la religión, ¿cómo vemos que la conversa
con el miembro más débil del vulgo, con el indivi-duo más ignorante de toda la
tierra y con el genio más destituido, no sola-mente de razón y de potencias,
mas también de sentidos y de percepción? ¿Es esto acertar en las leyes del
diálogo, o es ignorar absolutamente, ni cómo se toma la pluma?
Hemos visto el vicio de la impropiedad, y de ella se colige el de la
inverosimilitud.
En fijando más sobre el Luciano, la vista se deja ver que ni sabe
ha-blar. El Doctor Mera es a veces un torbellino y otras, Murillo parece un
a
b
c
d
e
Dice: ¿Qué desacierto.
.. qué falta de propiedad?
Dice: ¡Un hombre
docto,... mentecato y loco!
Dice: bellas artes
Dice: Bouhurs
Dice: Gasendos
turbillón. A veces el uno habla conciso y lo que no viene al caso; a
veces el otro trae, venga o no venga, la erudición desde mil leguas. Mera
disimu-la a Murillo de maledicencia. Murillo hace de sabio a en las mismas
facul-tades más abstrusas. Pero b lo que sube de punto la falta de método en el
Huevo Luciano, es que al Dr. Mera se le haga hablar con ánimo pérfido, ingrato
y desnaturalizado, sobre los hechos más recónditos y misteriosa-mente sellados
de la sapientísima madre la Compañía. Si al Dr. Mera le brotan sangre de ais
mejillas abochornadas, de que le hagan colocutor0 con Murillo, sus ojos la
llorarán d a raudales, viendo que lo hacen el órga-no de la traición, de la
ingratitud y de la perfidia. Dejar la sotana, no fue divorciarse de la razón,
no fue desposeerse de los sentimientos de la humanidad, no fue abandonar las
mismas leyes inalterables de la natura-leza. Luciano que no las conoce ni
guarda, atropella por todos y, como sea, escribirá contra los mismos a quienes
debe el ser. Por eso, ni conoce las condiciones del diálogo e ignorando, llena
toda su obra de superfluida-des, repeticiones y frecuentes y muy prolijos
desvíos en cada conversación. Ahora veremos el color de que las viste.
CAPITULO VII
NATURALEZA DEL ESTILO
Siempre será el motivo de las admiraciones del mundo, y el de sus
pe-rennes bendiciones al cielo, ver que una pluma sea el intérprete fidelísimo
de los pensamientos más escondidos de un hombre. Hallar el precioso arte de
pintar en el papel todos los secretos del alma y hacer que ésta misma se vuelva
sobre los negros e rasgos que manchan un objeto diáfano, claro y perceptible,
es lo que no se puede concebir sin admiración. El que la pluma sea la lengua
que habla a los ojos, repetiré que es haber hallado o haber recibido de la
adorable Providencia, el arte del interés a la sociedad y del asombro a la
imaginación.
El f que habla dignamente con la pluma, no sólo imprime caracteres
indelebles sobre el papel, sino que los graba en la atención de quien los
percibe, para una duración de más estima. En la edad presente en que preside el
carácter de lo hermoso para las obras de espíritu, no da el me-nor aliciente al
verdadero buen gusto, el escrito que no llevase adorno 9
8 Dice: a Murillo, hace del sabio
b Dice: Pero en lo que
c Dice: interlocutor
d Dice: llorarían
e Dice: los mismos rasgos
f Dice: El que no habla disfrazadamente
s Dice: elaborado
preciso del bello estilo. Porque sin a éste ni se interesa al
sentimiento ni hace entrar en parte a la razón.
El infeliz Luciano, pues que se introdujo con vara b censoria, que
arrancó sin duda en los bosques más negados de la luz, a hacer crítica de los
estilos, esc el que más ignora la naturaleza del bueno y del perverso, si no.es
que a éste se le advierte, que lo adopta en la práctica y en todo el folleto de
sus conversaciones. Reprobando el estilo elegante de los buenos escritos y de
nuestros elocuentes oradores, no usa otro que uno muy abatido, ordinario y de
corteza, en verdad que parece afectar el desaliño, por sólo hacerse antípoda de
la cultura y elegancia de aquellos a quienes impugna. Aunque fuese así, se
debía olvidar Luciano que salía a hablar a un pueblo entendido, culto y que
sabe pesar el oro fino del buen lenguaje y estimar su valor y sus quilates.
Mera, que sin duda expresa las opiniones del autor, se explica con tanta
familiaridad y caimiento, como se pudiera explicar un cocinero o una pobre ama
de casa. Murillo levanta tanto, y es tan afectado su modo de decir, que parece
está poseído siempre del entusiasmo.
Admira ver cómo el autor del Nuevo Luciano, pudiese escribir con
es-tilos tan opuestos en boca de sus interlocutores. Y aquí aun se descubre
otro principio de inverosimilitud; porque aunque Morillo sea pedante, presuma d
de poeta, y sea lo que todo el mundo sabe; pero en su estilo familiar, es de
aquellos que están volando, ni su modo de hablar es tan ridículo y
estrafa-lario como el que se le atribuye en las famosas conversaciones. No
negaré que en sus versos, y por decir mejor, delirios, se porta así como se le
pinta en la obra del Luciano. Esto no basta para que se le introduzca a hablar
en aquel disonante y desapasible tono. Fuera de eso, Mera parece regularmen-te
juicioso; pero a Murillo no se le puede sufrir su dicacísima e chocarrería.
Acaso el autor del Luciano, quiso sacar el crédito de truhán y no el de
modestamente jocoso; porque estilo más chocarrero, más burlón, más dicaz, más
insufrible apenas se habrá escrito en las edades. Pero a tanta desigual-dad,
creo, habrán presidido diversos genios, temperamentos e ingenios. El de genio
moderado hizo alguna parte de Mera, el de temperamento ígneo y picante, dio a
Murillo sus retoques; y el de algún ingenio y noticias, po-nía en solfa, canto
tan horrísino y tan falto de armonía. En fin, Luciano tiene el estilo infeliz y
desairado, y nadie que le coja podrá seguirle por el ornato de bien decir; sólo
se ve que habla razonablemente en todo lo que ha robado de los autores.
a
b
c
d
e
Dice: *con éste
Dice: vana
Dice: esa que
Dice: presume
Dice: audacísima
DE LOS PLAGIOS DE LUCIANO
Creo, desde luego, que el que se llamó siglo de oro, si lo hubo, logró
ver a las gentes sía vestidas uniformemente, vestidas con una inocente
simpli-cidad. La lana teñida de un modo ni muy grosero ni muy delicado, y
teñida en una tintura, ni melancólica, ni muy colorada, y las más veces blanca
y en su natural candor, haría la gala de ese felicísimo tiempo. Así se debe
pensar, si hemos de inferir estas bellísimas costumbres de algunos lugares del
poeta Homero.
Vestirse de una sola tela, y ésta que fuese de un mismo color en todos,
hizo la riqueza de la edad de oro.
Nuestra miseria presente, la forma sin duda, la multitud de telas, de
co-lores, de oros, de sedas y de matices, de suerte que el mismo brocado que ya
no se gasta, y el mismo Tisú b que con ansia se solicita, no son sino unas
telas vistosas, compuestas de innumerables lucidos y pequeños andrajos.
Creo, así mismo, que esto mismo c pasa con la obrilla del Nuevo Lu-ciano
de Quito. Si a alguno de estragadísimo gusto o de irreparable igno-rancia ha
parecido buena, ha sido porque ella está teñida de infinitos bri-llantes
harapos y de resplandecientes remiendos. El Rollín, el Barbadiño, el Fleury, el
Bohx, [sic] el Bartolí, 9 el Muratori, el Mabillón, el Chevigni, el Pluche,10
el Isla y el Feyjóo son su socorro para traslado de las cláusu-las, y mucho más
de los pensamientos, si no es que al copiar estos últimos, lo hace muy mal por
su método y por su estilo; donde hablan aquellos ra-cionales de primer orden,
Luciano hace que habla como simio o habla desati-nadamente, como cotorra.
Mis ocupaciones no me dejan ir puntualizando todos los lugares del
hurto; mis lectores si fuesen celosos de nuestro honor literario, podrán darle
en rostro a Luciano como d sus más famosos hurtos.
Su mayor delito no está en la gravedad de la materia, sino en la
ma-licia de su perfidia. Podía quedar agradecido a los autores que le
suministra-ron algunas especies; pero Luciano, desagradecido hartae el mayor
extre-mo, envenena su pluma contra el Barbadiño, el Feijoo y el Isla, de
quienes supo aprovechar lugares enteros.
Poco costaría ir línea por línea, cotejando con las obras de los autores
que he referido. De donde infiero que el autor (o remendones tumultuarios del
Nuevo Luciano), dentro de una gran biblioteca, fraguaron a su compla-cencia y
temerario antojo, el apuntamiento de sus plagios.
a
b
c
d
e
Dice: así vestidas
Dice: el mismo
Dice: mismo, pasa
Dice: con
Dice: hasta
SOBRE LA DEDICATORIA
Desde los primeros borrones de la pluma de Luciano, le miro antes digno
de compasión que de enojo. Porque, empeñado en desatinar en todo, acertó sólo a
dirigir en verde obsequio a su Mecenas, un insulto claro y violento.
Una dedicatoria, deberé decir, que es un conjunto de amorosas brasas, en
las que se quema el incienso del elogio, de la gratitud y de la urbanidad para
que suba la suavidad del olor y de un político culto, al numena que se escogió
para la dedicación de un escrito.
Pero Luciano yerra el modo de hacer la estructura de una alabanza y,
fuera de los errores de ignorancia sólo accidentales, veo dos de enorme
mag-nitud en la sustancia. Dedicar una sangrienta sátira, es el primero; hacer
que para el señor Diguja fuese la presidencia de Quito el colmo de la gloria,
es el segundo.
¿La sátira de Luciano, quién, que tenga algún poco de sentido, la
reci-birá como obsequio? ¿Podrá llamarse ofrenda, el fétido y negro humo de la
maledecencia? Ni parecerá culto un manojo de espinas cogidas con manos
enagerada b en los eriales de la mordacidad más atrevida?
Paréceme ver al humanísimo señor (Diguja) revestido de indignación
discretísima, de celo cristiano y de severidad prudente, repulsar con el
co-razón, la dedicatoria y entregar con su diestra a las llamas, el papel que
la contiene. Su gesto amenazador condena el audacísimo insulto del Luciano, y
su mano sella con la ejecución el dictamen de su sentencia. Mas, en este mismo
acto, paréceme que advierto un nuevo pero gracioso espectáculo, porque me
imagino que vuelto en cenizas el papel y aun disipado su negro vaporc en el
aire, dando una gran carcajada el Excelentísimo Señor Diguja, se explica con
términos y expresiones semejantes. Noto la triste suerte de mi miserable Quito,
y siento que además de la calamidad que llora, de los azotes que sufre, y en el
más alto silencio gime, y del peso que lo carga, oprime y debilita, le mazcad
un índice de su ignorancia, insensatez y ridi-culez en un hombre que, sin duda,
es el oprobio y el baldón de su Pro-vincia.
En efecto, Luciano por todas partes nos afrenta, y hace e uno tal
presi-dencia, el auge del honor para un señor Diguja, anonada su mérito
rele-vante. Todos los quiteños le hacen justicia en reconocérselo de prodigioso
esplendor, y de luminosa sublimidad. Y por ellos solos querrían lograrle muy al
lado, y muchísimo más a los oídos del Monarca, en los apretados lances del
siglo que corre, porque el Señor Diguja aún impera en sus co-razones.
a Dice: número
b Dice: amenazadas
c Dice: polvo en
d Dice: marca
® Dice: haciendo
PRIMERA CONVERSACION
Saber el arte de quitar el verdadero nombre a las cosas para darlasa el
que no les conviene ni adapta, es caso b que se debe admirar y al mismo tiempo
reírse. Es lo que de ordinario sucede con las cláusulas de Luciano.
En esta conversación primera, quiso formar el plan de su grande obra, de
su método, de sus sanas intenciones y añadiremos que, también, de su celo por
los estudios, y el uso de la divina palabra. Pero, ¿cuánto hay de esto? A la
verdad, no se halla sino un entable de acrimonia, de amargura y de acervidad,
contra los estudios jesuíticos y el eruditísimoc Doctor Don Sancho de Escobar;
con la ironía más inurbana defiende Murillo el mérito de la Compañía y el del
orador más elocuente. Con la audacia más descortés, se oye en boca de Mera, que
es malo el método jesuítico de enseñar huma-nidades y las ciencias mayores; y
que el sabio Doctor Don Sancho, no hizo sus estudios tales cuales debía, para
ser orador perfecto.
Añade, aún, que sus merecidas alabanzas las ha extorcido d la
preven-ción porque, (asevera) en el examen de su mérito no ha tenido parte la
sana razón, sino sólo el vulgo de los sentidos.
¿Es esto escribir o delirar? ¿Es esto provocar nuestro desprecio,
nuestra risa o nuestra indignación? Pregunto más: ¿Qué le obligó a nuestro
Lu-ciano escribir contra Don Sancho? Si se le conoce talento admírese el digno
uso que hace de él; si se envidia su facundia, aspírese a su gloriosa
imi-tación. Si se desea su expresión, apliqúese el cuidado a la lectura de los
que bebieron esas perlas y preciosidades en las fuentes del verdadero buen
gusto. No se le saque al teatro, sino para erigirle una estatua; no se le
to-que en el nombre, sino para levantar el grito en vítores y vivas a su
elegan-cia, a su persuasiva, a su altísima sabiduría.
Así es como se debía tratar al que es el honor de nuestro pueblo, el
in-térprete de las musas y el maestro de la elocuencia.
Dejemos a Luciano que inútilmente consuma su color natural; él nada
conseguirá sino que le conozcamos el vigor y fuerza de su genio perversísi-mo,
que le penetremos los inútiles conatos de su malicia, y que lleguemos a saber
que teniendo muy de atrás e mal digeridas sus conversaciones, la casualidad le
puso en el vituperablef de introducir en ellas al docto Cura de Zámbiza. A este
héroe de nuestra literatura siempre 9 seguiremos con nuevo aliento; siempre
oiremos con pasmo; siempre aplaudiremos su len-
a Dice: darles
b Dice: cosa
c Dice: erudísimo
d Dice: estorbado
e Dice: muy atrás
f Dice: vituperio
9 Dice: literatura seguiremos
gua de diamantes, y siempre le pediremos que, halagado nuestros oídos,
asombre lo más retirado del alma.
CAPITULO XI
SEGUNDA CONVERSACION
Es tan infeliz la condición humana que si alguno pierde la sanidad del
jui-cio, siempre y por momentos, o extiende a infinitos objetos la inversa
ima-ginativa o vuelve en la intención más tenaz e inseparable la que es única
especie de su manía. Explicaréme: Un loco de muchas especies delira a cada
instante sobre una infinita progresiva sucesión de incensantes ideas. Un loco
de sólo un tema le da a éste sólo, infinitos grados de intención en su a
examen, en su discusión y en su manejo.
Vimos que Luciano deliraba en volver ignorante al que veneramos por el
príncipe de nuestra oratoria. Vimos que con la más negra malicia olvi-daba, que
el Doctor Don Sancho sabía las Lenguas, la b Cronología, la Geo-grafía, la
Historia, la Fábula, la Retórica, la Poesía, la Filosofía, la Etica, la
Jurisprudencia y todas las Teologías.
ahora vemos que para probar
la inaudita e increíble paradoja de que Don Sancho nada de esto sabe, quiere
ocurrir con el filo de c su sátira a cortar de raíz el tronco augusto de la
sabiduría y a demoler con el peso de su altivez el palacio magnífico donde
residía Minerva, donde se aposentaba Apolo, donde moraban las musas y donde
habitaban vivientes y animadas las ciencias todas.
¡Qué frenesí tan insanable el del infeliz Luciano! Pensamiento tan
desatinado, como el de hacer creer que, en la Compañía no se sabía el mejor
método de estudiar la latinidad, sólo pudo caber en el alteradísimo cerebro del
Perochena. No preguntaré si haya alguno que se le crea. Lo que pre-guntaré será
si se hallará alguno que oyendo estos delirios al Nuevo Luciano, no le tenga
por frenético irremediable?
El, pues, se atreve a quererlos probar, con los falsos documentos de
Simler, Vallejo y Coletti. Simler fue un alemán soberbio que juzgando hallar
indios de reducción en los Colegios, encontró sabios Jesuítas que hacían
estremecer la altivez europea y quiso vengar su rabia ciega, con el violento
insulto de hacer ignorantes de latinidad a sus hermanos. Vallejo fue un
rio-bambeño, hábil y al mismo tiempo modesto, a pesar del influjo de su país y
su humildad sería que la d retrajese de escribir la carta latina, que
solici-taba el señor Polo. Coletti fue un veneciano que, teniendo el
conocimiento
a
b
c
d
Dice: su examen
Dice: la Cronología, la
Historia
Dice: de una sátira
Dice: quien le
del buen latín, igualmente, sabía las fórmulas de ocurrir a las Dataria,
Peni-tenciaria, demás Congregaciones de Roma y al Sacro Solio del mismo Papa.
Para este género de escritos, más que buena latinidad, se requiere saber
el estilo de las curias. Los mismos breves y diplomas del Vaticano están, en un
latín que se deja entender de todos, sin afectar poner los términos latinos del
siglo de oro de la latinidad. ¿Qué responderá a esto el latinísimo Luciano?
¿Este Luciano que para serlo tan bueno, como se da a entender, busca-ría
y hallaríaa alguna pitonisa que, evocando de los abismos a los Terencios,
Plautos, Livios, Cicerones y Augustos, le pusiese por delante para precep-tores
de su latinidad? ¿Este Luciano que en boca de Mera, como de Murillo, se da por
alumno de las escuelas jesuítas, dónde aprendió el latín, si en ellas no lo
aprendió? Pero ya nos enseñan, sus conversaciones, que él no sabe un átomo de
Gramática Latina, pues que los Jesuítas, nib la sabían buena, ni se la
enseñaron los frailes que eran para él, más ciegos y más ignorantes; estas
tierras c no conocían el pulido siglo de Augusto; y aunque el Luciano haya
nacido en España, los españoles tampoco sabían el lenguaje puro, y la fineza
que observaba Roma en sus mejores tiempos. Quien tuviese algo bien constituida
su lógica natural, me parece que es ésta la consecuen-cia que debe inferir. Si
no es que digamos, que el buen latín que nos quiere vender Luciano, es bajado
de las estrellas. Y si es así, debería este héroe Ciceroniano,11 Plautino o
Terenciano, darnos una idea de su mucho latín en alguna disertación, discurso,
oración o paradigma. Estoy seguro de que él lo haga, como también vivo en la
buena fe de que Luciano, sí pudo por alguno de sus delirios escribir algo
gracioso, y hacerlo capaz de que agra-dara en algunos ratos de esparcimiento de
ánimo, no pudo por el de este de la segunda conversación, sino excitar el
encono, la indignación y aun la rabia de todos los que conocimos, que el único
depósito, la única segura guarda, el único centro de la perfecta latinidad, fue
la siempre sabia Com-pañía de Jesús.
CAPITULO XII
TERCERA CONVERSACION
Si el Nuevo Luciano hablase de los efectos de la Retórica y nos dijese
que el elocuente estilo de los Jesuítas no le agradaba, nos lastimaríamos
bastante de los resabios, austeros d de su mal gusto pero le disculparíamos,
sabiendo que Quintiliano 12 hallaba defectos en la elocuencia de Cicerón
a
b
c
d
Dice: buscaría alguna
Dice: sí la
Dice: y estas
Dice: autores
y que el mismo Cicerón aseguraba del orador griego, que no siempre le
llenaba los oídos.
Mas, como Luciano intenta probar, que la misma retórica se estudiaba muy
mal por los Jesuítas; por eso se debe decir de él, a que no tiene tér-mino su
temeridad. Provocárnosle desde luego a que nos diga en que parte de esta
Provincia se enseñaba, o pública o privadamente, el arte de bien decir. Si
Luciano fuese de buena fe, nos confesará llanamente, que ni en Quito, ni en
todo el recinto de su Gobierno político se explicó un tropo, ni se hizo el
examen de una figura. Confesará del mismo modo que sola-mente en la Compañía, y
a solos b los júniores se les descubrirían los tesoros de la palabra.c ¿Podráse
creer, siendo así, que no penetrasen todos sus preciosos arcanos; que no
bebiesen en las fuentes más puras, que no abriesen en los mismos originales,
los misteriosos retretes de la más fina elegancia? Nada menos; y cuando no
leyesen a Cicerón, Quintiliano, Longino, que tanto nos recalca el Nuevo
Luciano, tenían los Jesuítas esos modelos acaba-dos en las oraciones de los
portugueses e italianos. El Padre Gama hablará por aquéllos, y Leonardeli, por
éstos. Uno y otro, con d sus descripciones de las más lúcidas y radiantes,
dirán al orbe todo lo e que es en su boca, la fineza luminosa de la elocuencia;
y condenarán a las tinieblas el estilo bronco y pesado del Nuevo Luciano; el
cual, con toda su retórica, no acierta en toda su obra a formar un rasgo
corrido con la púrpura y candor de las flores, una línea esculpida con el oro y
perlas del sol y de la aurora, y una imagen pintada con los zafiros y
esmeraldas del iris o de las estrellas.
Bueno es que el que no sabe hablar, erija en tribunal su gran cabeza y
ejerciendo una judicatura que no le compete se vuelva juez en materia de
elocuencia. Veamos ahora cómo decide en asunto de poesía.
Nadie en Quito supo, cuál era el canto aprendido en las faldas y cima
del Parnaso sino sola la docta Compañía. Sus alumnos no solamente eran una
sirenas encantadoras, sino que parecían los sacerdotes de Apolo cuando
fecundizaban los oráculos; o las mismas hermosas Musas, cuando hacían resonar a
f dulcísimos acentos el metro.
Pero esto es lo que desmiente el ignorante Luciano de Quito. ¿Con qué
pruebas? Con su simple dicho y sobre su buena palabra; es verdad que cita un
ejemplito; pero sobre que éste puede ser forjado9 en la fragua mental del Nuevo
Luciano; un solo ejemplo nada prueba. Debía, pues, ha-cernos constar si
quisiera que le creamos, que todos los Jesuítas poetizaban en latín, como el
Jesuíta de su ejemplito. Mas, ¿cuándo nos hará ver esto? Nunca; porque sin duda
una y otra poesía latina y castellana, poseían altí-
Dice: Provoca nos conteste luego o
Dice: sólo
Dice: Compañía.
Dice: por
Dice: lo que en
Dice: en dulcísimos
s Dice: formado
simamente los sabios Jesuitas. Así por más que quiera descartar de poeta
al ingeniosísimo Padre Juan de Aguirre, creeré que todo el mundo conmigo le
venerará cisne canoso de primer orden.
CAPITULO XIII
CUARTA CONVERSACION
Por el bello rasgo del Padre Bouhours sería esta conversación la que
conciliase algún levísimo mérito al autor, y a la obrilla de Luciano. Pero nada
menos que eso; porque ya hace frecuentísimas e impertinentes digresiones, ya
confunde el buen gusto con el bello espíritu, ya toca en la médula del honor a
muy distinguidos y muy doctos personajes, de tal modo que este capítulo debería
contener sus elogios, y al mismo tiempo su apología.
CAPITULO XIV
APOLOGIA DE ALGUNOS CUERPOS Y DE ALGUNOS LITERATOS
Un hombre, que siendo menos que hombre, quiere aparecer ángel, es lo que
me presenta en cada letra el Nuevo Luciano. A la verdad por lo que tiene de
luciferino, puede apostarlas de espíritu rebelde, ciego y altivo. Quiere
ascender al trono de la sabiduría y quiere hacer los escabeles de su pie, si no
a los estrellas, a todas las ciencias y artes, que aún son de más fino
lucimiento. ¿Cuándo lograría enterarse, con medianía siquiera, en los elementos
de su propio idioma? ¿Cuándo saludaría los umbrales de alguna clase de crédito?
¿Cuándo Luciano logró todos los aplausos de la fama, todas las celebridades de
las escuelas, todos los votos favorables a la mons-truosidad de su talento?
Juzgo que si verdaderamente se hallase en nuestra Patria un sujeto que alcanzase,
todo lo que da a entender que sabe el presumido Luciano, (sea éste hoy joven,
sea de edad consistente, o sea que haya vivido largos años), tendríamos una
tradición favorable a la fineza de sus grandes talentos y de su monstruosa
capacidad de entendimiento, en la fama y voz común, que habría hecho resonara
su gigante mérito.
La escuela de niños donde aprendió, los elementos de la pronunciación
castellana, estaría harta b hoy ocupada de sus admiraciones c y en todos sus
rasgos que por su travesura estampan en las paredes y bancas los mucha-chos, se
leerían aplausos del insigne Perochena. La clase de Gramática Latina, donde
estudió latinidad aún ahora (como a un ejemplo de asombro)
a Dice: rezonar
b Dice: hasta
c Dice: admiradores
le nombraría el famoso Javier de Cía. Los colegios que con un género de
mayor discernimiento, hablan sobre el mérito y talentos de sus alumnos y
conservan por una envidiable tradición, la memoria de los individuos más
sobresalientes en ingenio, hoy estuvieran llenos de sus alabanzas; y nada se
vería por todas partes, sino entallado el célebre nombre del que fue su honor y
su envidia, su admiración, su gloria, su pasmo y su delicia. En fin, nuestras
cátedras, nuestras aulas, nuestras universidades nos dieran a conocer (si fuera
verdad, que hubiera o había Luciano tan sabio en Quito) aquel monstruo de
viveza, perspicacia, imaginación y entendimiento, sobre cuyas nobilísimas
prendas fundaban la esperanza de que algún día verían nuestros ojos, hombre tan
cabal y la honda de nuestra Provincia y de nues-tro siglo.
Pero en el que corre, ni las escuelas, ni las clases, ni los colegios,
ni las universidades, nos han anunciado algún raro genio, de quien se pudiese
esperar, no digo tanto, pero ni la cuarta parte de ciencia, tan sublime y tan
extensa. Mas ahora que todos callan dejemos que hable al mismo Luciano. ¡Ah!
que en su lenguaje, venimos a ver lo que es y lo que alcanza.a Cuan-do se trata
de la latinidad, nos da a conocer que no sabe lo que es sintaxis, sí: porque
esta Gramática le enseñaría la armónica construcción de las partes de la
oración, y Luciano sólo sabe enconar, enajenar y disolver los vínculos de los
ánimos, atentando contra el crédito latino de los Jesuítas, y haciendo de su
sabiduría una destrucción y un caos de innumerables partes dispersas. El arte
retórico la enseña aquel feliz documento, de que para conseguir el fruto de la
palabra cuando se requiere orar en público, es menester captar la voluntad del
Congreso, sea rústico o culto, ignorante o docto, con la suavidad de las
razones, con la confesión de su ignorancia, con la manifestación de la arduidad
del asunto, y de la desconfianza de sí mismo. Luciano que no sabe retórica, ya
clama en tono magistral y decisivo, ya truena en ímpetus despreciativos de los
Sannas, Lanzas y Aguirres, y ya prorrumpe con voz destemplada en b este trueno:
y como que he de decir que la estudiaban muy mal.
Con todo lo cual ofende, irrita y enciende los ánimos de sus lectores, y
éstos que han conspirado contra tan inicuo agresor, haciendo esta reflexión. Si
Luciano habla así de los jesuítas, ¿que no diría de nosotros miserables? Pero,
ésta es la eliz retórica, que llegó a saberc y poner en práctica autor de tan
desgraciada obrilla.
El buen gusto dirigía a Luciano a escribir, lo que hay de más conforme a
la decencia, a la urbanidad y al bien decir. Mas él no escribió sino lo que se
le ocurrió de más opuesto a la razón, de más contrario a la cortesanía, de más
propio al mal decir. ¿Es éste bello espíritu,d o espíritu encantador? ¿Es éste
el buen gusto, o el del gusto más deprobado?
a
b
c
d
Dice: consigue
Dice: de
Dice: saber poner
Dice: espíritu,
espantador
Siempre sirvió la filosofía a pensar con rectitud, a moderar los ciegos
impulsos, de la ciega imaginación, a corregir los errores del entendimiento:
luego, por una ilación forzosa, Luciano que trata de ella en su quintaa
con-versación, debería observar sus reglas, y no insultar el cuerpo venerable
de los canónigos, el ilustre de los juristas, b el respetable de los españoles,
el sagrado de los regulares y aun el honrado de los guayaquileños, morlacos,
panameños y pastusos. Así, la lógica de Luciano siempre infirió funestas
consecuencias; su física echó fuera del mixto y de todo ente corpóreo, la
verdadera unión, dejando únicamente, entre sucias materias, multitud de formas
opuestas. Su metafísica destruyó la ciencia del ente y de los espíritus.
su política no c cuidó ni de
sus propios intereses, ni de conservar el amparo de algún partido, el auxilio
de d algún gremio, ni el auspicio de algún sabio. Cuando menos podría
asegurarse mantener el equilibrio y tener en su defensa a esta o aquella congregación.
Pero Luciano, todo lo olvida y sólo se acuerda de sí mismo, como que consigo
sólo tiene el favor, la sombra y el apoyo.
Mas, descendamos desde luego a individualizar los más distinguidos
cuerpos y personajes sabios, a quienes con su pluma hirió e en lo más vivo el
Luciano.
Canónigos
1
A un cuerpo tan venerable, jamás le faltaron en todas las iglesias,
su-jetos de primera luz y magnitud en las ciencias y en las artes. Olvidaremos
ahora los Copérnicos, Stayaerts, Amorts y Barbadiños, por venir a hablar de
nuestra Iglesia de Quito y acordarnos de los Chiribogas, Argandoñas, Figueroas,
Viteris, que han sido y son el lucido ornato del clero, el claro resplandor del
coro y la luz animada de esta provincia.
Sólo el maligno Luciano, que apaga los brillos más constantes del cielo
quiteño, ha querido sacar al teatro a los santos 56 canónigos,f como el autor
de Don Quijote, sacó el suyo a que predicara sobre los libros de caba-llerías a
aquel loco. Sólo Luciano imita al furioso autor del testamento de España y con
él da a entender que oís santos 9 canónigos, no manejan otro libro que el
Breviario.
a Dice: primera
b Dice: Jesuítas
c Dice: no cuidó de
d Dice: de ningún partido
e Dice: hirió el Luciano
f Dice: a los 56 canónigos
9 Dice: 56 canónigos
Pero santos a lectores, a vuesas mercedes, saco por testigos
irrefragables de las mentiras del Luciano; porque en este coro, como por un
punto de honor hereditario, siempre han cultivado b las bellas letras, las
filosofías, las teologías, siempre hemos tenido filólogos, físicos, teólogos y
matemáticos.
Fue un exacto geómetra el señor Onagoytía, y hoy logramos un hábil
matemático en el señor Coronel. Fue el non plus ultra de la Jurisprudencia, el
sapientísimo Argandoña y hoy son mejorados Cuyacios los otros S.S.c Fue el
agudísimo Viteri, el órgano de las Musas y de las letras más hermosas, y hoy le
son en su sal, su discreción, su gracia, su amenidad, el señor Eche-verría y el
señor Cuero. Y así de los demás señores.
Regulares de Santo Domingo
2
Era preciso que hubiese llegado la revolución magna que soñó Platón para
que nos pudiéramos persuadir lo que de los Dominicanos dice el Luciano. Dice lo
primero, que en el estilo y la prédica son castrones imi-tando al doctísimo
nuestro Castro. Dice lo segundo que juzga no han entrado d en el nuevo método
de la verdadera Teología.
Digo, pues, que era menester que tocásemos esa magna revolución
pronosticada por el más sabio de la antigüedad para que viésemos ano-checido el
firmamento, y en él eclipsadas las estrellas. Las del cielo domi-nicano, nunca
han padecido en ninguna de sus Provincias, la menor re-baja de sus sabios
lucimientos.
Por lo que Luciano se engaña en el primer juicio y dice una falsedad
cuando asegura que los padres dominicanos de esta provincia, eran imi-tadores
del estilo oratorio del Reverendo Padre Castro. No lo han sido, porque cada
padre dominicano ha gastado del suyo con el mayor primor y acierto. Bueno sería
que los predicadores por instituto e y por antonomasia, no tuviesen otro
ejemplar que el Reverendo Castro, ni otro modelo, que su estilo. No hay duda,
que este genio de primer orden debe reconocerse, como un astro de primera
magnitud, envidiable por su doctrina, por su afluencia, por las rosas que
brotan de sus labios y por las perlas que esmalta su lengua. Pero tienen la
suya propia y toda engastada en oro y en precio-sidades, los Garcías y los
Solanos; así mismo, establece una opinión quimé-rica el Nuevo Luciano, cuando
asevera con frente desarrugada, que nues-tros reverendos, aunque tienen orden
de su general reverendísimo de es-tudiar la letra de Santo Tomás y los lugares
teológicos del más sabio
a
b
c
d
e
Dice: 56 lectores
Dice: cultivado do las
buenas letras
Dice: los 56
Dice: entrado el nuevo
Dice: instinto
teólogo del Concilio de Trento, no han entrado en el nuevo método, que
siguen hoy los teólogos de Europa,
La verdad es que siguen: y hay ya en sus claustros, ya en su colegio,
alumnos que respiran la más pura Teología, jóvenes que podrían defender la sana
doctrina a presencia de los Novatores y en contra de todos los herejes. Lo
mejor es, que los Dominicanos, son los depositarios de la moral evangélica y
aunque enemigos de mi amado probabilismo a son los que imitan la sabiduría y de
su regiosísimo Padre Concina. ¿Habrá quién abra los labios después de esto para
la sátira?
Regulares de San Francisco
3
No son los que salen más lastimados de la cortadora pluma del Luciano.
Por lo que hace a su teología, los disimula sobre la hipótesis de que
estu-diarán a su Boucat, b más por lo que mira al estilo oratorio los hace sin
restricción alguna, imitadores del M. R. P. Salazar en la primera publica-ción
de sus conversaciones. No así en la segunda, porque allí dice, que algunos y no
todos. Pero si todos lo fuesen, sería éste un hecho laudable por todas partes:
a Cicerón todos quieren imitar con noble envidia y conato, y en la misma
antigua Roma, era apetecida su elocuencia: ¿pues que, muchos de algunos
regulares de San Francisco quisiesen imitar, al elegantísimo Padre Salazar?
Este, según buenas memorias y constante fe de personas muy veraces, ha
cultivado la dulzura delc aticismo; y así su elegancia, su facundia, su gracia,
su armonía, su fuerza toda, es tomada de la inteligencia que tiene en el griego
y de su fineza ática.
Ahora, pues, ensangrente cuanto quiera su venenoso estilo, el terrible
Luciano, ¿qué hallará indigno en la elocuencia del discretísimo Salazar? ¿Qué
en la supuesta imaginación de sus hermanos?
Regulares de San Agustín
4
Ni estos reverendísimos sabios, padecen la herida más profunda de la
mano matadora del famoso Luciano. Pero lo que reciben en todo su ilustrísimo
cuerpo y en un miembro de procer estatura, más bien en el saber, que en la
persona, es de aquéllas que acarrean, si no mucho peligro,
a
b
c
Dice: probablisímo
Dice: Bourcar
Dice: de hartísimo
mucho dolor. Lo primero, dice Murillo en las conversaciones: En San
Agustín Totum De Revultis Como Monos De La Teatinícidad. Lo segundo, el mismo
Murillo repite todo el sermón de San Norberto, que predicó el M. R. P. López y
lo califica a éste de plagiario y de Fray Gerundio. ¡Nota-ble desvergüenza! San
Agustín o sus ejemplares y doctos individuos han derramando a grandes olas,
torrentes de doctrina, avenidas de literatura e inundaciones de luz científica
y de brillante oratoria. Para qué es entrar en un lugar muy común, ni en un
rasgo de pedantismo, trayendo a consi-deración a los Lupos, a los Noris, a los
Desirart, a los Belelís, a los Ger-vacios, a los Bertís, a los Pietes, a los
Ledrons,a a los Lacerdas, a los Far-baques, a los Gavardís, a los Varroy y a
los Libentes. Para qué es llenar páginas con una infinita nomenclatura de
sabios de elevadísimo mérito, cuando aquí podemos numerar muchos literatos, que
han sido el desem-peño de la Provincia, los Andrades, los Chiribogas, los
López, los Cepede-llos; el doctísimo Mejía, por sí sólo bastaba, con el peso de
su teología, como de su sagrada elocuencia, a dar celos a la misma Compañía. El
sólo bastaba a ilustrar, no sólo esta Provincia Agustiniana, pero a todo su
bri-llantísima religión. b Con todo esto, el Reverendo Maestro Mejía, no ha
dado la ley en San Agustín, en punto de locución; luego ¿por qué los reverendos
que hubo y hay hoy día, no c quisieron incurrir en la bajeza de ser serviles
imitadores, sino que generosos dueños de sus potencias, de su lengua y de su
expresión, ellos mismos se formaron oradore elocuentes?
Regulares de La Merced
5
Grande gloria fue de esta nobilísima militar orden, educar en el taller
de sus claustros, al nunca bastantemente celebrado nuestro Alaba. Fue éste un
sabio a quien adornaban las bellas letras, a quien era familiar una profunda
erudición, con una gracia singular, a quien volvía respetable a toda la
compañía de los doctos, lo acendrado y fundamental de su teolo-gía. Si los
Mercedarios lo tuviesen por modelo en la locución, intentarían imitar a un
orador de mayor fuerza y amenidad que Cicerón, de mayor energía y rapidez que
Demóstenes. Luego si le imitasen debían ellos publi-car la imitación por honra,
y celebrársela por laudable el mismo Luciano.
Pero un espíritu lleno de pensamientos honrados, ocupado de ideas
nobles, prevenido de especies generosas y tinturado en el resplandor de sud
propia gloria, un espíritu, digo, que rebosaba en todas las edades sabi-
8
b
c
d
Dice: Letrans
Dice: región.
Dice: que quisieron
Dice: su gloria propia
duría,a común a los alumnos de esta Orden renuncia cualquiera honor que
le pudiera venir de la imitación del eruditísimo Alaba; porque cada Mercedario
ha sido autor original de todas las buenas y primorosas piezas de su
elocuencia. Las hemos oído, y para hablar con propiedad, (pues es tal su
excelencia), las hemos visto delineadas por el diestro lápiz de los conceptos,
grabados por el buril profundo de las declamaciones de los
Yépez y Ríos, dibujadas por
el pincel enérgico de los discursos, co-loreadas por el ultramarinob y fuego
italiano de las descripciones del maestro Araus,c sombreadas por la modestia y
sencillez de las ideas del Maestro Bolaños e iluminadas por el candor de las
verdades.
Así, adonde d sobran estos originales, faltan del todo los imitadores y
copistas. Así, cuando les atribuye la imitación, el infiel Luciano, si lo hizo
por no averiguarlo y no haber oído los sermones de los Mercedarios, es-tampo
una ignorancia; si los oyó y los escribió, esculpió con agudo punzón, una
calumnia. Pero es aun de mayor mole y malicia, la que ha grabado en la séptima
e conversación; conversación en boca del maldiciente Murillo. Pro-cede
reconvenido porque Mera le obliga con este coloquio. Vamos, ahora, cúmplame Vm.
el tratado.f diciéndome lo que sabe de la Merced. Murillo responde de esta
manera: "De breve a breve, 9 hallaba en la Merced andan reventando con el
doble precepto del Rey y del General, de que se estudió11 por sus estudiantes
teólogos a Santo Tomás. Durísimo se les ha hecho y hace, desprenderse de la
escuela jesuítica; porque en la Merced permanecen aún los Reinados, Ulloas,'
Marines, Campoverdes y más que éstos las materias manuscritas de los cursos
teológicos que escribieron aquí los jesuítas. Esta es ' toda su teología y
santas pascuas".
Rara k maldad de Luciano. El furor le puso la pluma a la mano, el odio
la mojó en tinta del Averno y la ceguedad le hizo correr rasgos tan atrevidos.
No paró aquí, sino que a Mera hace que siga con estas inso-lentes palabras:
"Es verdad que ignoro, que autores de crédito tengan los mercedarios a
quienes puedan seguir. Un escolástico ha visto, español por cierto, que es de
Zaragoza, el maestro Fr. Juan Prudencio, que a excep-ción de la novedad
escolástica con que discurre en asunto de ciencia media, en lo demás es
parecido totalmente a Campoverde y a otros semejantes teólogos de
zancadillas." ¡Oh excecración! ¡oh rabia! ¡oh insolencia! Por los extremos
se deja ver todo esto en el Luciano.
a Dice: sabiduría, renuncia
b Dice: ultramarino fuego utiliano
c Dice: Araos
d Dice: donde
e Dice: primera conversación
f Dice: traslado
g Dice: breve, en la Merced
b Dice: estudie
¡ Dice: Villas
Dice: esto da su
k Dice: Para
Negar que la teología que se dictaba en la Compañía, fuese la más
sublime, la más propia para enseñar los principios de la religión, la más
metódica para darla a conocer con claridad a la juventud, la más segura para
las distinciones características de la escuela, y la más fundada y oportuna
para atemorizar a los 3 libertinos y reprimir su licencia, para con-tener a los
impíos y demostrar su irreligión, para moderar a los Nova-tores y sofocar su
aliento y respiración de cisma, para combatir a los he-rejes y convencer su
espíritu de inconstancia y de protervia, de obstinación y de mala fe, de
engaño, de altanería.
Negar que fuese la teología escolástica jesuítica, con la que fatiga-ron
e indujeron el miedo en los luteranos, calvinistas,13 bayanistas, jansenitas y
quesnelistas, los Belarminos, Maldonados, Toledos, 14 Bon-frejios, Mendozas,
Dechamps y Gautruches, es el último extremo de la malignidad.
Pero negar que los Mercedarios tengan autores, y éstos celebérri-mos
escritores, y éstos doctísimos, es el extremo de la ignorancia. Tié-nenlos, y,
además de Prudencio, vale por mil el que tienen en el famosísimo Zumel. No es
esto lo más, sino que se deben reputar por escritores de la Merced a todos los
autores Jesuítas. ¡Y entonces québ número! ¡Qué copia! ¡Qué doctrina! ¡Qué
gloria! Acaso el Huevo Luciano no sabe que la fuente primera, donde bebieron
los Jesuítas, la primera oficina donde se formó docta la Compañía fue c la
Merced. Por lo que pueden colegir nuestros lectores, que estampo el Nuevo
Luciano cláusulas tan denigrativas a esta ilustrísima Orden, por los dos
extremos de malig-nidad y de ignorancia.
Juristas
6
El cuervo no tendrá en todo su cuerpo pluma más negra, que aquélla con
que manchó el papel el autor de las conversaciones. Si pudiese haber una
ingerta con la del águila, ya no se podría admirar que echase el vuelo tan
alto, y que se atreviese a vibrar rayos a unos profesores que saben el
verdadero método de escribir.
Tomar la pluma para maldecir de los juristas y de todo abogado, es
querer disparar una flecha para que le caiga una tempestad de centellas. Es
querer enseñar el alfabeto a quienes tienen bien penetradas las letras y a
quienes saben por profesión, manejar diestramente la pluma y soste-nerla.
Murillo dice, en las conversaciones: "No hay gente más ignorante,
a Dice: atemorizar libertinos
t> Dice: .. .qué número! ¡Qué doctrina!
c Dice: fue la Merced?
ni más satisfecha de su poquito saber",a y yo digo que no conozco
gente más hábil, gente más literata, ni gente más dedicada a su estudio. Al
contrario, si el cuerpo de los juristas fuera tal como nos manifiesta su
retrato infiel el Nuevo Luciano, podríamos llamar a su pluma, la grande clava
de Hércules. Clava para el exterminio de ladrones; y para la ruina de los
monstruos. Los juristas que lo son en bellas letras y el conoci-miento de los
derechos, harán mejorada su apología; pues que mis rasgos se me corren al
intentar su justa defensa.
Españoles Europeos
7
Raro capricho de Luciano y rara presunción. El capricho consiste en
negar y los españoles el bello espíritu. La presunción está en que el negarlo
es porque recaiga todo el mérito del buen ingenio en su persona. Los crio-llos
han perdido todo el buen gusto y los españoles han pasado con la lectura de los
franceses, de quienes sonb perfectos monos, al extremo opuesto, que es de una
ridicula pedantería: sólo Luciano logró en parte un singular fondo de bello
espíritu, una herencia feliz de buen gusto, y un caudal exhorbitante de
sabiduría. Masc ¿quién lo creerá? ¿Quién se persuadirá a concederle estas
ventajas? Confesemos de buena fe, que cuan-to sabe el criollo de religión y de
letras, de probidad y de ciencia, de costumbres y de doctrina todo lo trae del
español piadoso, católico, literato y sabio.
Talentos Nacionales
8
Cuando el Reverendísimo Feijoo no probase la igualdad de naciones en
orden al uso del discurso, la probarían, hasta la evidencia, los talentos
ventajosos de los pastusos, morlacos, guayaquileños, d panameños, que son
dependientes de nuestra provincia y que son despreciados del vulgar Luciano.
Aquella e dificilísima parte de las bellas letras que es la poesía, ha
sido honrada por el Padre Moscoso y otros pastusos. El arte de pensar ha sido
perfeccionado y conducido al últimof de la sutileza intelectual por los
Dice: "No hay gentes
más ignorantes, ni más satisfechas de su poquito saber", t» Dice: somos
c Dice: Más
dDice: guayaquileños, que son
Dice: aquella más difícil f
Dice: último grado de la
P. P. Espinosa y Andrade, que eran de Cuenca y Guayaquil; cuando no
numerase otras que el Padre Jacinto Morán y el Padre Juan Bautista Aguirre,
sería una ciudad de escribirse en las historias.
Panamá se puede llamar la Grecia y la Atenas americana; porque, como
aquélla, fue propia para producir filósofos, Panamá para dar jurisconsul-tos. Y
así como Atenas formó mayores sabios, así Panamá creó los hom-bres más
literatos.
No sabemos porque este Luciano tan reñido con la gente de puerto de mar
y de los países calientes. Pero a pesar de su rabiosa envidia, de esos mismos
países hemos visto salir un enjambre de personas doctas, que han sido el honor
de la América meridional, en los Boniches, Pases, Ais-purus, Vegas, Troyanos,
Arechuas, Aguirres, Manosalvas, Viescas, Garri-dos. Siendo el ingenio prenda de
todo el mundo, debemos decir, en el caso de la disputa que Pasto da pastusos
para la poesía; Cuenca, morlacos para la Lógica y Metafísica; Loja, lojanos
para el Mecanismo; Guayaquil, guayaquileños para la Física y Ciencias
Naturales; Tacunga,a tacungueños para la Oratoria; Ibarra, ibarreños para todas
las Ciencias; Ambato, am-bateños para la Geografía y Música, y, Panamá, panameños
para la Juris-prudencia y Bellas Letras, habilísimos panameños que harán callar
al Luciano.
D. José Cuero
9
Juzgamos muy dignos de nuestras memorias y de nuestra pluma, que
aquéllas depositen algún rasgo apologético, y que ésta corra líneas bien claras
a favor del conocido y superior mérito del señor Provisor.
Luciano no dudó sacar al margen de su indigestísimo libelo, las letras
iniciales de algunos nombres de sujetos a quienes lástima, ofende y vitu-pera.
Nosotros, no al margen sino en el mismo centro de las páginas, escribiremos los
ilustres nombres de aquéllos que deben ocupar el centro de la fama y del honor.
Uno de estos es aquel felicísimo genio, que nació para la universal
investigación de las ciencias y de las artes, digo el señor Provisor Vicario
General de este Obispado y Maestro racionero de esta Santa Iglesia Dr. Dn. José
Cuero.
Ha estudiado la más pura latinidad y conocido sus primores; prueba de
ello los actos de oposición que ha sustentado; una réplica latina con el
Reverendo Padre Corrales, franciscano; sus tratados canónicos dictados en las
aulas.
a Dice: Latacunga, latacunguefíos
Ha cultivado la retórica más ajustada a las leyes de la naturaleza y el
arte; prueba de ello, siete u ocho públicas réplicas literarias, en teatros,
los más lucidos, en los que desde luego, brilló la discreción de un Plinio, la
fecunidad enérgica de un Salustio, el laconismo y precisión de un César, el
ingenio y copia de un Tito Livio y la nobleza, majestad y juicio de un
Patérculo.
Ha penetrado los dulces arcanos de la poesía y sólo podrá salir de
abonado fiador, el que en vez de componer versos le ha oído cantar en
cadentísimos y numerosos.
Ha ventilado las filosofías aristotélica, cartesiana, gasendística y
elec-tiva; y todos los que lograron su sabia dirección en el Real Colegio a de
San Luis, dirán con un clamor encomiástico, que su numen universal pareció
nacido para las meditaciones filosóficas, para las observaciones físicas, para
las operaciones químicas, para los experimentos geométricos, para los cálculos
astronómicos y para manifestarse al mundo un verdadero filósofo.
Ha sondeado los abismos sagrados del Decreto de las Decretales, b de las
Constituciones Apostólicas, de la Historia de la Iglesia y de todo el Derecho
Canónico. Bastará decir que ha sido profesor público de crédito y catedrático
de fama en la Real y Pontificia Universidad de San Gregorio.
Ha escudriñado los dificilísimos conocimientos de la Jurisprudencia
civil, y vemos que su delicada práctica le ha colocado en el asiento de la
Judicatura, si más peligrosa, más honorífica: porque, con una antorcha de noble
discernimiento,c sabe los ápices del Derecho, y los deslinda; las odiosas
diferencias de los fueros, y las aclara; los puntos delicados de las
jurisdicciones, y los determina; los estatutos de más reciente data, y los
establece, apoya, ampara y vigoriza.
Ha dado un golpe de luz a la Oratoria, y parece que, después de los
Jesuítas, fue el primero que, apartándose de los míseros conceptos
pulpi-tables, pronunció en Quito discursos así floridos como elocuentes, así
sublimes como sólidos, así dulces como patéticos, según el primor y estilo
italiano.
Finalmente, ha profundizado su alto conocimiento en la Teología
polé-mica, expositiva, moral y escolástica.
Vemos un hombre para los sanos consejos, un cristiano para los
docu-mentos evangélicos, un sacerdote para la divina predicación, y un prelado
para el gobierno de la parte más noble y más sagrada de la República y del
Estado.
Pero a éste se atreve una pluma que, escribiendo de fisga, saca de veras
la sangre, sangre tanto más sentida y dolorosamente extraída, cuanto más se
considera haberse dirigido lo pungente de la herida a un noble
a
b
c
Dice: en el Colegio
Dice: Decretales, de la Historia
Dice: discernimiento, caba los
lugares
individuo que hizo su lucida carrera por las letras y que corrió el
estudio, no por seguir un curso, al paso que luminoso, transitorio, sino por
lograr ceñir debidamente el laurel de la victoria y por tomar su lugar en el
teatro de los sabios. Habiéndolo logrado, gozaba del renombre merecido de
ecle-siástico docto en toda nuestra República, y aun más allá de nuestros
Rei-nos. Gozaba, igualmente, de tranquilidad, que en las almas bajas fabrica el
ocio. Trabajaba sobre los libros y fue el fruto de su trabajo y de su celo, la
elocuente oración que dijo en esta Iglesia Catedral de día Domin-go de Ramos.
Pero la crítica sangrienta de Luciano tomó por objeto esta oración
dignísima, y desgarrándola entre sus negros a colmillos, vuelve ridículo a su
autor. Mas, si hemos de consultar las presunciones, b todas están en
contra del autor de las conversaciones, todas en favor del Señor
Provisor, este insigne genio había antes pronunciado esas oraciones tan
ajustadas a las leyes de la Retórica y todo el mundo lo oyó con admiración y
com-placencia; nadie osó levantar el eco de la crítica para censurar, ni el
ripio de alguna cláusula, sólo Luciano, cuando la lengua del Señor Provisor,
está más expedita para hablar en público, cuando sus labios están más prontos y
expertos al uso de la palabra más elocuente, cuando su corazón ha sido más
penetrado de sentimientos piadosos, más encendido de cari-dad y de celo más
lleno, c de un perenne manantial de unción y cuando su talento ha estado más
fecundo de erudición, de máximas políticas, de conocimientos históricos y de
toda literatura profana y sagrada, entonces es que le ha querido obscurecer el
esplendor de su oratoria.
¿Podrá lograrlo? ¿Habrá quien opine como Luciano? Antes bien, todod el
mundo dirá que el señor Provisor es un orador antiguo; que Luciano es un famoso
libelista de ayer. Que el Provisor tiene su crédito e gloriosamente
establecido; que Lucianof sabemos aun si le tenga. Que el Provisor ha sido oído
9 con universal aplauso; que Luciano ha sido leído con desprecio de los doctos.
Que el Provisor ha dado innumerables mues-tras de su sabiduría; que Luciano las
ha dado, de su ignorancia, de su preocupación, de su envidia y de sus iras.
En la averiguación de la parte más justificada, en el escrutinio de las
opiniones más sensatas, en el examen de la crítica más juiciosa, en la
indagación de los votos más uniformes, de los dictámenes más unánimes, de los
sufragios más discretos, más sabios, más justos, la oratoria11 del Provisor,
fue una oración cabal; la obra de Luciano, es un fárrago, una
a Dice: los negros
b Dice: presunciones, todas en favor
c Dice: bello
d Dice: todo él dirá
e Dice: tiene crédito
f Dice: Luciano no sabemos
9 Dice: oído en universal
h Dice: oración
pedantería, una dicacísima3 crítica. ¿Quién hará más fe? ¿Pero cuál será
el que no decida a favor del Provisor?, ¿el que no sentencie en contra de
Luciano?
Don Sancho Escobar
10
Nada importante en los capítulosb antecedentes hayamos dicho, una u otra
palabra, en favor de esa lumbrera de nuestro hemisferio, el Doctor Don Sancho.
Alguna vez pensábamos no decir alguna, porque concebíamos que era lo
mismo que, afirmando que el sol era un globo de fuego resplandeciente, insistir
en probar que era lúcido. El mismo Luciano que hace traslucir en cada uno de
sus rasgos, la llama tartárea que lo estimula, él mismo es el que en varias
partes se ve obligado a confesar el superior mérito de este prodigio de la
naturaleza, asombro de los ingenios y honra esclarecida del quiteñismo. El
mismo Luciano que porc acometer entre el tumulto, la temeridad, y d la osadía,
al ilustrísimo nombre de Don Sancho, no dudo dar voz y organizar las palabras
en un mudo, cual lo es Murillo, no dudo hacer insolente al ingenio, animada la
modestia, tumultuaria la razón, de-cisiva y arrogante la prudencia, en un eclesiástico
juicioso, cual lo es el Doctor Don Luis de Mera. El mismo es el que asegura,
que ninguno sino el Doctor Don Sancho, posee ventajosos los talentos para la
oratoria.
Para un espíritu menos esforzado, para un corazón menos generoso, para
un entendimiento menos ilustrado, para una imaginación® menos brillante y para
una alma menos magnífica que la que informa el cuerpo del Doctor Don Sancho,
este forzado testimonio del Nuevo Luciano, sería un superior motivo de
satisfacción y de consuelo; porque un testimonio de esa naturaleza iluminado,
por decirlo así, con un baño de color bri-llante en los elogios, es el que hace
más a nuestro favor; y es el que si fuera proferido de una lengua de un amigo,
sería lisonjero y agradable; pero viniendo esculpido del violento impulso de la
pluma fatal de un ene-migo, es más seguro y másf apetecible. Pero el sabio, el
magnánimo, prudentísimo doctor Don Sancho, ni ha menester de los elogios del
autor de las conversaciones, como ni de nuestra apología. Solamente necesita de
sí mismo y de su reflexión, para vivir en el seno de la paz, en el centro de la
quietud y en medio o en el altar más elevado del templo
a Dice: audacísima
t> Dice: capítulos anteriores hemos dicho
c Dice: para
Dice: la osadía
Dice: ignorancia
Dice: apetecible
del honor. Así o saliesen veinte Lucianos comoa el infame designio de
denigrar su fama, o apareciesen mil Catones para defendérsela, el Doctor Don
Sancho, superior a las invectivas, como a las aclamaciones, inmóvil a los
dicterios como a los aplausos, insensible a los libelos como a las apologías,
siempre se estaría, como se está, tranquilo, alegre e inalterable.
¿Y es esta poca prueba de su sublime talento? ¿Es pequeño
conven-cimiento de su prudencia, de su sabiduría y de su buena causa? ¿No ha
sido acaso este proceder admirable una nueva prueba de su acertada polí-tica?
Sí: porque cuando aun nos hiciese, verá b la luz de la verdad, la niebla de la
duda, hoy se vería ésta disipada enteramente a soplos de la delicada conducta
del sabio Doctor Don Sancho. Sí: porque él supo que cada página del Luciano era
un lienzo sombreado con los borrones de la injuria; cada frase, una de esas
pardas nubes que están preñadas de rayos; cada línea, una de esas
constelaciones ominosas que influyen malignida-des; cada sílaba, un cometa y
una noche tenebrosa,c para el horror, para el estrago y la muerte de su
conocida fama; y con todo eso, no se opone a que corra impune, no solicita su
proscripción, no maneja secretos resor-tes para sofocar con la autoridad de los
magistrados el precio del papel y la respiración venenosa del mismo autor; ni
aun se digna verle, leerle o examinarle, por sí mismo. ¡Cuán distante estaría
de querer salir a medir su pluma docta mojada siempre en gotas de luz, con la
pluma ignorante de Luciano, tenida siempre en el negro color de la envidia!
Reconocer que esta hidra, era la que movía la mano del pobre autor de
las conversaciones, bastó al Doctor Don Sancho para despreciarle. ¿Qué ventajas
puede lograr un envidioso? Entre la obscuridad melancólica de su ponzoña
persona d y de su negro humor, ¿qué rasgos podrá tirar con pulso firme? Hemos
visto, que por sólo atender contra Don Sancho el adusto Luciano, atropella las
imaginaciones del respeto: por sólo manchar su crédito, tizna el de aquéllos
que lo tuvieron y lo tendrán sobresaliente, mientras que duren las ciencias;
por sólo disminuir su concepto, aja el de aquéllos que con el suyo llenaron de
olor de doctrina a uno y otro mun-do; por sólo perder la buena fama e de un
individuo, deprime el mérito de muchos sabios; y por sólo acometer a dar muerte
con el puñal de la sátira, al orador por antonomasia, se hace lugar y pasa
atravesando el cora-zón mismo de los sapientísimos Jesuítas.
Bien se echa de ver, que fue preciso se acallase el canoro eco de tanto
cisne, para que hoy resonara el ronco rebuzno de Luciano. Creemos que si
vinieran a Quito los que en toda su Provincia habían sembrado la semi-lla de la
doctrina, viendo a un loco hacer de nuestro crítico y de escritor, se volverían
a toda prisa y nuevamente a su destierro.
a Dice: con
b Dice: ver a
c Dice: tenebrosa, para el estrago
d Dice: su persona
® Dice: buena forma
Este desacato cruel practicado contra los maestros universales, será el
que le abra herida que le duela en el pecho, constante de ese tan gene-roso
como el Doctor Don Sancho de Escobar: le afligirá ver que su ini-mitable
elocuencia, fuese el cuerpo del delito, por el cual se sacaba a vergüenza
pública, a una asamblea la más ilustre del orbe. Le lastimará saber que a una
oración tan elegante y de estilo tan sublime, capaz de ser envidiada de los
mismos Esquilos y Demóstenes, de los mismos Horten-cios y Cicerones, fuese la
que encendiese la llama del furor, contra los maestros de toda elocuencia. Esto
sólo habrá alterado la serenidad de ánimo tan imperturbable. Pero en todo lo
demás, debía estar satisfecho del mérito de su oración, pues de la elegancia
con que la pronunció, se diría que si la quisiera lograr el mismo Mercurio,
para hablar la lengua castellana, mendigaría la misma boca de Don Sancho. Cosa
que si Cicerón y Valerio Máximo, han expresado del sabio Platón, asegurando
que, si Júpiter quisiese hablar el griego, a se serviría del lenguaje de lengua
y boca tan elocuentes. Ni podía ser que pensase menos generosamente b el Doctor
Don Sancho, cuando a su noble meditación se debió que en su hermosísimo
panegírico, triunfase María, de la fuerza enemiga0 de sus dolores. Pero este
modo elevadísimo de pensar es el que no ha agradado al bárbaro autor de las
conversaciones.
Tampoco le agradó su estilo; y en todo el sermón ha hallado no sólo que
reparar, sino infinito que censurar malignamente.
¡Para paciencia de quiteños! Para indolencia diría si viese que todos
ellos hubiesen hecho estimación de Luciano tan mal acondicionado. Enton-ces
sacando del corazón mismo, su eco d clamoroso que le levantase a tro-nar, más
bien que a sólo resonar, gritaríamos que Quito, de un momento a otro, había
perdido su discreción, su buen gusto, su bello espíritu, su noble genio y su
juicio. ¡Qué de prejuicios! ¡Qué de instabilidad! ¡Qué de inconsecuencia no
hallaríamos en este precipitado preceder! Dar aco-gida a Luciano sería incurrir
en todo el deshonor, toda la infamia y toda la ignominia e del nombre quiteño:
porque se venía a dar a conocer a todo el mundo que nuestra ligereza era
nuestro carácter. Todo el mundo sabría que ayer con todos los votos,
aplaudíamos los grandes talentos de nuestro orador, hoy con Luciano no le
concedíamos alguno. Que ayer, con el consentimiento universal, calificábamos su
ingenio de primer orden, y hoy, con un sufragio desvalido, le sacábamos del
número y clase de los inge-nios. Que ayer, con una voz común y risueña,
decíamos el sapientísimo Don Sancho, y hoy, con un ronquido horrísono,
gritábamos "Don Sancho el ignorante". Que ayer nos gloriábamos en
satisfacción del pueblo y de tantos sabios, de que teníamos un verdadero orador,
envidiable en Atenas
a
b
c
d
e
Dice: en griego
Dice: generalmente
Dice: enérgica
Dice: un eco
Dice: el deshonor, toda
la ignorancia
y Roma, y hoy, con la maligna complacencia de un pedante, sólo nos
confundíamos de que subiese a nuestros pulpitos un finísimo Fray Gerun-dio. En
esta afrenta temible éramos dignos los quiteños de incurrir, si difiriésemos a
la audaz crítica de Luciano.
Los medios que tomó éste para el tejido de sus horrorosos coloquios, nos
hacen ver en éstos,a la imagen de su alma, todo incendio, toda auda-cia,
olvidando todo el respeto debido a las leyes, a la urbanidad y a la fe pública;
fue en tierra pirata de los cuadernos en que venían escritos los más bellos
modelos de la oratoria. Ni podía ser de otra suerte el traer con bastante
fidelidad y exactitud, compendiado cada uno de los sermones predicados. La
memoria más feliz se confiesa inepta para una empresa semejante. Que un Luciano
no sólo ignorante, sino negado, ha de gozar de una potencia tan propia para
guardar fielmente todas las especies que ha oído en una sola ocasión? No puede
ser. El tomarse de memoria una redondilla a la primera vez, es cosa que la
practican solamente esas memo-rias monstruosas que son muy raras. ¿Qué será con
un sermón? ¿Qué será con tantos? Ahora, pues, por lo que mira al tiempo en que
digirió b la obra, tampoco se hace creíble que fuese en él, solo aquél que pasó
desde el sermón de Dolores, hasta su publicación. Según esta cuenta, la pluma
de Luciano no solamente correría, sino que volaría. Y no creemos que haya en
Quito un ingenio, sino un genio muy perverso.
Padre Vara
11
Lo más sagrado se profana por este Luciano, en la crítica que ha hecho
del meritísimo reformador, el Padre Vara. Este ha sido un predicador de nombre
en la cultísima Nación española y el decir esto, basta por su más luminosa
apología. Tratarle de bárbaro, sacarle al teatro, nombrarle sin reserva,
moderación, ni embozo, ¿qué quiere decir? ¿Lo han hecho los que han intentado
corregir los vicios del púlpito, en esta inurbanidad? ¿No reclaman los
regulares, el clero, las universidades y la república ente-ra, contra crítico
tan desapiadado? ¿Es por ventura que todos le dieron la comisión de censor
público, con la facultad de escribirlos con carbón a todos aquéllos que debían
estar escritos con caracteres de luz?
Señor Magistral
12
Con este Ilustrísimo caballero, digno de todos los aplausos y de que se
le esculpiera en medallas para transmitir su memoria a la posteridad, ha
3 Dice: éste
b Dice: dirigió
jugado las piezas de la ironía más criminal en Nuevo Luciano, ya en la
boca de Murillo, y ya en la misma al parecer juiciosa del Doctor Mera.
¡Terrible desacato! ¿Cómo se cultivarán las letras en Quito, si papeles de este
calibre, cortan el curso a la aplicación y al ingenio? ¿Cómo se adelantarán las
ciencias, si cuando menos lo imaginamos, salen al público Lucianos tan
maldicientes? Pero en estas pocas líneas hacemos saber a todo el mundo, y mucho
más a Perochena, que el Señor Doctor Maximi-liano Coronel, sabe la Santa
Escritura y todas las ciencias anexas a su estado y a su canonicato; y que
teniendo un tan raro talento, como tiene, cultiva hoy las matemáticas con
felices progresos.
CAPITULO XV
QUINTA CONVERSACION
La Lógica, Física y Metafísica, que de tiempo inmemoriala hemos
estu-diado en nuestras aulas, han sido aquéllas con que se han levantado tantos
famosos doctos en toda nuestra Provincia. La novedad fue siempre peli-grosa en
todos los asuntos filosóficos. Aun nuestra España, ha repugnado juiciosamente
salir de aquellos términos que le circunscribió la más sana y sabia antigüedad.
Nuestro ente de razón aguzó b nuestros entendimientos y nos hizo que
penetrásemos los senos más ocultos y distantes de los modos de pensar. Todo
aquello que no se inculcó en nuestras filosofías aristotélicas, fue siempre lo
más escogido y bien recibido de todas las naciones cultas de Europa. Tantos
siglos de su dominación, si puede decirse así,c son otros tantos motivos de
aprecio, y no hayd ley que innueve contra tan bien fundada y prolija
prescripción. Pero si queremos contraer a la oratoria el uso de la filosofía,
nos parece que para ella, tanto sirve la aristotélica como cualquiera otra de
las modernas. ¿O ninguna sirve? Nosotros aun afirmaríamos que para un orador es
más adecuada la del insigne Estagirita, que fue un retórico sin par, que no la
de los modernos, que han sido, en comparación de los antiguos, unos átomos
volantes sin centros sin unión, sin propio movimiento, sino dirigidos a
voluntad de ajeno impulso.
El capricho de las modas, la inestabilidad del corazón, las avenidas
tumultuantes del prejuicio, han adaptado por filosofía, delirios de hombres
despiertos. Si se consultase la razón, si se comparasen los tiempos, si se
pesasen las utilidades, estaríamos en la dichosa posesión de nuestros
aris-totelismo. Luciano que se va tras del corto resplandor de cualquiera
nove-dad; Luciano que afecta a hacerse inteligente en todo lo que no alcanza,
a "Dice: inmemorable
b Dice: acuso
c Dice: así, y no hay
y que quizá no entiende las primeras nociones de la antigua filosofía,
sale ahora por el odioso reformador de nuestras escuelas. Lo peor es que,
queriendo hablar de la Etica, manifiesta toda su ignorancia y aun el no tener
genio para aprenderla. No la sabe cuando habla mal de todos.
CAPITULO XVI
SEXTA CONVERSACION
El heresiarca más furioso habrá guardado más moderación en este sexto
coloquio de la Teología Escolástica. Luciano no la conoce, y haciendo que
Murillo, con pincel más audaz que verídico, nos dé el retrato de la Teo-logía,
y que, con una inversión diabólica, para ridiculizarla en sumo gra-do, nos diga
que la estudió en un pueblo de los Pastos, manifiesta el veneno de su impiedad.
¡Siglos felices de nuestros progenitores y de nues-tros antiguos teólogos!
¡Edad inocente de nuestros pasados días! Venid a derramar vuestras más sentidas
y sinceras lágrimas al ver este trastorno, que en el santuario de la ciencia
más augusta y de la reina de las ciencias, intenta introducir la mano sacrilega
de un malicioso reformador. ¡Si pudie-sen retroceder los preciosos instantes de
tiempos tan venturosos, ellos nos enseñarían a gemir la llaga profunda que a la
Teología la va abriendo el Nuevo Luciano con sus conversaciones!
Dice en la sexta, que es el objeto de este capítulo, que la Teología
Escolástica, que estudió Murillo, es la más insubstancial y ruinosa. Y esta
provisión debe ser examinada con todo el rigor de la crítica y, además de eso,
debe entrar en el examen un corazón sobradamente pío, que la cen-sure según lo
pida, tanto el celo de la religión como el honor de nuestras escuelas. Porque
nuestra Teología ha sido el terror de los herejes, ha tras-tornado los falsos
edificios de los novadores y ha establecido la sana doc-trina de la Iglesia del
Señor.
CAPITULO XVII
SEPTIMA CONVERSACION
En ésta ha introducido el Nuevo Luciano un fárrago a que sólo él lo
podrá entender. Inventando que se estudie el dogma por la Santa Escritura,
Tradición, Padres, Concilios, Lenguas Orientales, Crítica, Cronología,
Geo-grafía, Historia, Fábula y otras mil cosas bebidas en los inmundos char-cos
del Barbadiño, nos ha introducido a todos la desesperación de apren-der la
Teología.
a Dice: párrafo
El sin duda ignora aún lo que sea esta ciencia, pues que para
insinuar-nos lo que se requiere para saberla, nos hace la verdadera descripción
de un imposible. El, que se alimenta3 de quimeras, nos da en cada respi-ración
un nuevo desaliento. ¿Será acaso el Nuevo Luciano uno de esos portentos que
nacen de siglo en siglo, si para bello ornamento de la sabi-duría, para sola
envidia de los que los conocen? Pero si no es así, aquí tenemos un verdadero
idólatra de la ambición y un simulacro del pedan-tismo. Demos a entender pues,
que sabe todo lo que se puede saber; manifieste en sus locos deseos, que es un
Salomón americano; tanto más bien conoceremos a fondo su ignorancia, tanto más
bien nos confirmare-mos en la verdad, de que nuestra Teología, del modo que hasta
aquí la cultivamos es la más necesaria a los eclesiásticos.
Aun esas cuestiones de posibles, y esas opiniones hipotéticas sirven
infinito a un teólogo católico, porque mediante ellas se pone perspicaz el
entendimiento, se vuelve agudo y expedito el raciocinio, y se hacen todas las
potencias aptas para penetrar las trampas, y paralogismos de los herejes.
En ningún tiempo hemos visto descartados de la ilustre asamblea de los
teólogos a Salmerón, a Henrique, Fonseca, Suárez, Vásquez, Ripalda, Alcozer,
Campoverde, Ulloa, Marín etc. Y era preciso derribar primero estos cedros b
gigantes para asentar la inaudita paradoja de que nuestros Jesuítas no sabían
la Teología más exacta. Porque cada uno de los teólo-gos de esta felicísima
Provincia era un Vásquez un Ulloa, un Suárez, muchas veces mejorado. Aquéllos
fueron excelentísimos y conocidos por verdaderos teólogos en todo el orbe
literario; luego éstos, igualmente, se deberán llamar tales en toda la tierra,
a donde no hayan Lucianos tan ignorantes. No olvidamos el que el Nuevo Luciano,
se ha hecho cargo de las palabras que trae el Padre Isla, citando al Jesuíta Benedictí,
y que hace el que responde. ¿Con qué razones? Con un conjunto de
equivoca-ciones y de mala inteligencia de los mismos autores que cita. Lo peor
es que esas reflexiones del Padre Isla, que más le incomodan, las pasa por
alto; tales son las que anteceden a las palabras copiadas del Padre Benedictí,
en las que asegura y verifica, que la Teología Escolástica, no es más que la
doctrina de los Padres digerida c con más claridad, siguien-do el orden de las
materias, con una serie cronológica de la tradición y vuelta en mejor método.
¿Qué repondrá a reflexiones tan ciertas y tan juiciosas el atrevido
Luciano? ¿Pero que tendrá que decir, cuando nosotros, tomándolod del mismo
Padre Isla, añadamos que la Teología Escolástica siendo plantada por Pedro
Lombardo ha sido regada, cultivada y (dirémosloe así), aumen-
Dice: que alimenta
Dice: cerros
Dice: dirigida
Dice: tomando
Dice: (diremos así), puesta
tada, puesta en razón por el Angel
de las Escuelas, el divino Tomás a
quien crió a Dios para el mayor
luminar b de la Teología, sana, metódica
y ortodoxa? Es éste un sello que no podrá romper sino la impiedad,
una barrera que no la podrá saltar sino el Luteranismo y una ciudadela,
que no la combatirá sino el error heterodoxo. Es un sello que lleva sobre sí la
rúbrica del universal Pastor de la Iglesia, una barrera sostenida de los sabios
de todo el mundo, de todas las universidades católicas y de las órdenes
regulares, las más florecientes en perfecciones y sabiduría.c Y es una
ciudadela cuyos muros son fundamentos de la religión, y su vigi-lante atalaya
la misma catolicidad. d ¿Así el Nuevo Luciano, nuevo bur-lado y bien castigado
histrión? ¿Orion? en sus peligrosos engaños, abraza de corazón las nubes en
lugar del verdadero cuerpo que anhela y adopta quimeras en lugar de las
realidades que busca.
CAPITULO XVIII
OCTAVA CONVERSACION
Hasta aquí se imputaba en un male método de estudiar las ciencias, una
falta de tino, o un defecto de penetración, o un espíritu de bando, de
capricho, y de seducción a los Jesuítas. Ahora se les imputa, en la octava
conversación del Luciano un delito, y una prevaricación de la voluntad/
haciéndoles autores de la moral relajada. Así fue, bien que, por una ma-ligna
graduación de los errores que quiere atribuir al numen jesuítico, pasase a ser
delincuente su corazón. En seguir rigurosamente el sistema de la mordacidad es
en lo que observamos que es demasiado consiguien-te el Nuevo Luciano de Quito.
Porque si las otras conversaciones estaban tejidas con la trama de la calumnia,
de la sátira y de la procacidad, ésta viene fundada en una ironía y una
maledicencia que se la comunicaron a Luciano las mismas furias.
Creíamos que las venganzas de los más encendidos corazones se
extin-guían a presencia del helado cadáver del que fue el objeto de sus
ren-cores. Creíamos que la muerte, así como había apagado la llama vital del
aborrecido, así había extinguido el fuego del odio en el vengativo
super-viviente. Y nos persuadimos que nunca se extendieron las iras más allá de
la vida que nunca entendieron9 su dominio tiránico en el imperio de la muerte y
en la triste región de las cenizas.
a Dice: creó
b Dice: para mayor luminar
c Dice: católicas y sabiduría
d Dice: misma felicidad y catolicidad,
e Dice: se imputaba un mal
f Dice: conversión, de la voluntad,
9 Dice: extendieron
Hoy observamos todo lo contrario. Vemos al odio armado para acer-tar a a
los difuntos, a la ira preparada para turbar la paz silenciosa de los
sepulcros, al encono dispuesto a herir el funesto polvo de los muertos. Y vemos
con harto dolor nuestro, esta especie de bárbara crueldad contra la Compañía de
Jesús, que ya es cadáver, y contra muchos de sus miem-bros que, o viven como
que ya hubieran perdido la vida, o verdadera-mente han pasado al abismo de la
eternidad. ¡Qué complacencia tan brutal! ¡Qué risa tan cruel y fiera! Luego,
por un principio de buena lógica, debemos inferir que Luciano usa, en este
género de hostilidades de las armas más vedadas, de los medios más proscritos y
de los docu-mentos más condenados.
Pero ni necesitamos de inferirlo, porque él mismo nos indica las
fuen-tes en donde b bebió tan pestilente doctrina y son la moral práctica de
los Jesuítas, las Cartas provinciales, obras anatematizadas por la Iglesia.
¡Ah! que para disparar el tiro más envenenado y mortífero a los Jesuítas, era
preciso mojar la pluma en la ponzoña del Jansenismo y escribirc con los mismos
caracteres de un Antonio Arnaldo y de un Blas Pascal, caudi-llos famosos en el
numeroso ejército de los Jansenistas.
Por eso, a sólo los Jesuítas se les acusa de teólogos relajados, y a la
verdad la relajación de la moral ha sido de todas las Ordenes Regulares. A
ellos solos se les imputa el fomento del probabilismo, y el probabi-lismo ha
sido un sistema recibido de todos los doctos, de todas las uni-versidades, de
todas las naciones. Le afecta ignorar que los Jesuítas siguie-ron a otros
inventores, que abrazaron lo que hallaron establecido y que no adelantaron otra
cosa que su asidua aplicación al trabajo, al estudio y al manejo de la pluma.
¿Cómo hacer el seno de la corrupción a sólo la Compañía? ¿Cómo atribuir a
genios tan diferentes, a inclinaciones tan diversas, a talentos tan varios en
sus alcances, en sus opiniones, en sus sentimientos, una uniformidad de
doctrina corruptora?
El Nuevo Luciano, en esta conversación, se da un aire de mucha lec-tura,
manejo y conocimiento en los autores Jesuítas. Era preciso verlos de principio
a fin, para hablar tan decisivamente. Pero, ¿habrá hombre cuerdo que se
persuada a que Luciano logró la oportunidad favorable, el tiempo a su deseo,
las bibliotecas a su mandar, su cabeza expedita a su arbitrio e imperio, para
enterarse en tanto cúmulo de especies como pre-senta confusamente y con las que
quiere seducir a los incautos? Pareció a su fatuidad que no se hallaría quien
notase estos enormes defectos, ni quien observase este su proceder injusto,
maligno y pedantesco. ¡Quite-ños! Valga la verdad en todo tiempo, ora sea que
estén mudos los órga-nos de la sana doctrina, ora que estén envueltos en la
sombra del silencio los oráculos de la sabiduría.
a
b
c
Dice: asechar de donde
Dice: fuentes
Dice: del tan siniestro y escribir
NONA CONVERSACION
La experiencia es una maestra cuyas lecciones son la misma claridad, y
cuya enseñanza es de un Magisterio irresistible. Ahora que ella nos da a
conocer el dominio vario y despótico de las pasiones, ese dominio universal y
extenso que ejerce aun a donde se le opusieron los límites, y a donde pa-recía,
que por naturaleza se le había negado la entrada, vemos, que la ambi-ción no
solamente es afecto del corazón, sino también contagio y peste del
entendimiento. Este se forma a sus conquistas, se representa sus honores, se
idea sus engrandecimientos y se fabrica su gloria; porque la ambición le
arrastra a alimentarse de ideas quiméricas y de vanos pero espaciosos
pro-yectos.
El que ha concebido el espíritu del ambicioso Luciano, es tener
cono-cimientos en el país de la elocuencia sagrada; pero nada menos entiende,
que este arte nobilísimo, y que se debía llamar un arte mágico, y el arte de
los encantos. Para hacer ver esto, no se necesita otra cosa que consultar el
unánime voto de nuestros compatriotas. ¿Qué dice en todos sus armo-niosos
clarines la fama? ¿Qué es lo que resuena en la organizada voz de las personas
entendidas y de buen gusto? Nada se oye por todas partes, sino vítores y vivas
a la fecunda y enérgica expresión del Doctor Don Sancho. Es esto lo que a pesar
de su adusta y temida lengua confiesa la misma envidia, por su más idóneo
órgano que es la pluma de Luciano. Si la fina oratoria se ha de emplear en
hablarle a cada oyente en su propio lenguaje; si sus victorias emanan de
saberse insinuar b deleitando; si todo su triunfo pierde de interesar al
sentido y convencer a la razón como es que se levanta Luciano contra la del
Doctorc Don Sancho que goza ven-tajosísimamente de estas nobilísimas
cualidades.
El gusto de los quiteños está (según el juicio del Nuevo Luciano) por
las obras de espíritu y por las piezas de elocuencia. Luego, era bien que un
orador d de tan fino discernimiento como Don Sancho hablase con sublimidad
delante de un auditorio culto. Así debía ser aun en el dicta-men del
inconsecuente Luciano, pues el mismo llamaba bárbaro al Reve-rendísimo Vara,
tan solamente, porque habló en estilo familiar y no en el culto y florido, con
lo que hizo notable injuria a todos nuestrose paisanos.
Pero para abonar, y en cierto modo, canonizar el estilo del Doctor
Sancho no hemos de seguir los errados conceptos de Luciano, es preciso observar
como habla el gran apóstol en su predicación apostólica. Su voz,
"Dice: se forja
Dice: saberse enseñar o insinuar
Dice: contra el Doctor
Dice: autor
Dice: todos los nuestros
su elocución, su estilo, sus discursos, son un rocío blanco que se
insinúa a toda priesa, que fecunda, que profundiza, que riega cuando predica en
Pisidia, en Iconia, en Listres, en Filipes, en Tesalónica, en Antioquía, en
Berta.a Mas, cuando habla en Atenas, ciudad de filósofos, de retóricos, de
dialécticos y de sabios, en una palabra, sus razonamientos son un to-rrente de
persuasiones, de eficacia, de claridad, de emoción, de gracia, de fuerza: b
urge, anima, empeña, suaviza, asombra y pone en obra todo el gran sistema de
los afectos humanos; de donde saca del mismo tribunal de la soberbia más
inflexible y se vana unac olorosa ofrenda de la d per-sona del Areopagita
Dionisio para Jesucristo. Aquí mismo en el Areópa-go, habiendo visto Pablo en
la ciudad un altar dedicado al Dios no cono-cido, habló de la e deidad que
adoramos, y f una falsa persuasión de esas gentes, le dio noble materia a su
predicación. ¿Por qué el Doctor Don Sancho no se valdrá de aquel estilo que
halaga al gusto de los quiteños para saber insinuarles la verdad? ¿Por qué no
hará, a ejemplo del Após-tol, que se consagre a Dios y sirva para la
santificación del hombre, aque-llo que el hombre tuvo por objeto de sus errores
y delirios?
Aprendamos la fineza de este verdadero orador, que atiende a todas las
circunstancias, que se vale oportunamente de las coyunturas favorables para
lograr la eficacia de su palabra, que busca los medios más justos para hacerse
oír con gusto y que conoce el genio quiteño a fondo, para hablarle el bello9
idioma que comprende y gusta. Profundamente sabio, nuestro incomparable orador,
advierte que el mismo soberano instituto de la pre-dicación usa de las
parábolas; porque las gentes de la Palestina las tenían h en práctica.
Luego, si los quiteños gastan de un estilo elocuentemente florido,
comunicado por una dichosa tradición desde los Jesuítas hasta el último vulgo,
ese modo sublime de decir, es el que debía ajar' nuestro orador en su
preciosísima oración.
¡Sí, quiteños! Vosotros debíais reclamar vuestros más antiguos y más
sagrados derechos. Vosotros debíais representar que aquel lenguaje esmal-tado
en las preciosidades del arte, es el que entendéis, el que se os ha franqueado
como un legado piadoso, el que lográis en parte y el que se os dejó por
espiritual' herencia. Vosotros debíais esforzar el clamor y en una voz más
elevada y en grito más asombroso hacer oír, que el Doctor Don Sancho es el
órgano de aquel cultísimo idioma, que es el intérprete
a Dice: Antioquia y en Berite
b Dice: eficacia, de fuerza
c Dice: y una
d Dice: en la a la
e Dice: conocido,
f Dice: a bello
9 Dice: hablar del
h Dice: tenía
i Dice: usar
i Dice: en espiritual
fidelísimo de aquel floridísimo estilo, que él es el patrono escrupuloso
y exacto ejecutor de aquel legado,a y que él es el distribuidor económico
y sabio, administrador de los bienes de la oratoria más sublime, que os
tocó en suerte hereditaria.
Olvidaríamos este objeto, si el Nuevo e ignorante Luciano no hubiese
echado sobre él una nube espesa, cargada de tinieblas y de prejuicios. Maldice
de todo el arte, novedad e invención del exordio, asusta a los incautos,
estremece a los débiles de espíritu, previene a los sencillos y engaña a los
que ignoran la Retórica, haciendo extremos de peligro, y figurando perspectivas
de horror y escándalo en todo el finísimo lienzo de la b salutación.
Registrémosle un poco y veremos que entre las som-bras del miedo que nos
inspira Luciano, se envuelven las nieblas de su ignorancia en el arte de bien
decir.
Una duda formal del Crucificado sería dogmatizar desde la cátedra de la
verdad, los errores de la herejía, y sería volver al lugar de donde salen los
oráculos del Evangelio, la cátedra de donde se esparcía la pestilencia. Pero
quién oyó en la oración benemérita del Doctor Don Sancho, ninguna de aquellas
expresiones equívocas, en cuya loa c se oculta el veneno del error o se
disfraza la ponzoña de la duda. Para dar alguna idea a la razón, para que
infiera el horror de la primera culpa, a la gratitud, para que agradezca las
misericordias del Señor a toda la naturaleza humana, para que con ojos más
ilustrados reconozca las finezas de su reparador, hizo el Doctor Don Sancho
aquellas enfáticas, cuanto enérgicas preguntas. Mas, tienen todo el primor y
valentía del arte, ellas son propias para tener en triste, pero agradable
suspensión al sentido, mas con un ímpetu y furor sagrado conmueven las pasiones
y asustando al corazón, que se interesa en todos los afectos y derechos de la
humanidad, hacen que aliented entre la inacción de su desfallecimiento,e los
suspiros de una piedad compasiva.
No, no es de decir, dudo quién sea el crucificado, sino que es llamarse
a juicio, y a consideración las potencias y sentidos, la naturaleza y la
ins-trucción, la razón, la justicia, la política, la religión,f el hombre y el
cristiano.
Es inculcar mejor y con una rara invención lo que es el monstruo del
pecado, para inspirar el miedo y lo que es la grandeza de la divinidad, para
hacer ver su beneficencia. Es lo mismo que decir: levantáos poten-cias, erigid
vuestro más severo Tribunal y ved si puede introducirse la noche de la
mortalidad en la luz purísima del espíritu. Apareced sentidos y decid si lo
impasible puede sujetarse al dolor y al sentimiento. Hablad
Dice: ejecutor del legado
Dice: de salutación
Dice: cuya voz
Dice: alimente
Dice: fallecimiento
Dice: la justicia
naturaleza y esforzando la sonora voz, que es aromática en tus pensiles,
risueña en tus prados, medicinal en tus bosques y agradable en tus selvas,
canora en tus aves, parlera en tus fuentes, maravillosa en tus mares, pun-tual
en tus planetas, càndida en tu aurora, lúcida en tus estrellas, admi-rable en
tu sol, milagrosa en tu firmamento y bella singularmente en todo tu augusto
ornato, pronunciad si él, que fabricó seres tan nobles y tan perfectos, si él,
que es el artífice soberano, de máquina tan hermosa, puede ser el objeto de los
oprobios, el blanco de la crueldad y el mere-cedor de la cruz.
Instrucción, decid si el que tuvo en la eternidad, en su misma esencia,
su gloria, pudo en el tiempo que el mismo omnipotente y sapientísimo autor
crió, decid, si pudo hacerse hombre mortal y por eso delincuente, menos que
hombre y por eso abatimiento, ignominia y aun gusano.
Razón humana, escondrijo de soberbios discursos y misterio sombrío de
altivas presunciones, inferid y sacad si es consecuencia legítima el que un
Dios padezca como facineroso sobre un patíbulo.a
Venid justicia y veréis si hay leyes sanguinolentas, leyes tiranas,
leyes que decretan sangre, dolor y muerte, contra la santidad misma y la mis-ma
inocencia.
Vos también, política verdadera, determinad si es interés o del esta-do,
b que perezca el que puso y sostiene los fundamentos del gobierno, el que
inspiró y conserva la seguridad de los pueblos ,el que grabó y aún imprime en
las naciones, la indeleble marca del derecho de las gentes, el que estableció y
aún mantiene la estabilidad de los derechos, la armonía de los gremios, la
utilidad de los cuerpos, el común interés de la sociedad, la subordinación de
los reinos y la autoridad de los soberanos. Decretad si es interés o del común
de los establecimientos racionales, o de la uni-versal conservación de los
imperios o de lac perpetua subsistencia de todo el género humano que muera
pendiente de un afrentoso madero, el que ha sido, es y será su apoyo, su honra,
su hacedor y su gloria.
Religión, no sólo vos, sagrada, santa e inmaculada, sino aun vos,
reli-gión profana, gentil y falsa, decid si el sagrado numen que debe ser el
objeto del respeto, del culto y de la adoración, podrá ser ajusticiado,
infa-mado y muerto por manos de verdugos deicidas.
Tú, hombre monstruo de imaginaciones, quimera de raciocinios y d
depósito de paradojas, ven o a borrare con la tinta de la sin razón, los
caracteres insinuantes de toda la naturaleza, o a sellar con la mano del
juicio, todos los rasgos que ella formó para mostrar que un Dios era impecable,
era impasible, era adorable, era eterno, omnipotente e inalte-rable y santo.
Ven a decir que nadie puede condenar a castigo, a infamia,
« Dice: sobre patíbulo
b Dice: interés del estado
c Dice: imperios y de la
d Dice: o
e Dice: ven a borrar
a pena, a muerte, al que es soberano, juez, criador y padre; que nadie
puede asegurar, que el soberano y un tal soberano, lleve sobre sí la marca del
delito; que el juez y un tal juez, cargue sobre sí el peso de la iniquidad; que
el Criador y un tal criador, aparezca reo a presencia y en el Tribunal de sus
mismas criaturas; que el Padre y finalmente un tal padre esté hecho (pendiente
de tres escarpias) para unos escándalo, para otros ho-rror, para muchos afrenta
y para todos el encono de sus enemigos, una cruel burla y un moribundo
escarnio.
No puede suceder así en el dictamen de las potencias, en el instinto de
los sentidos, en el lenguaje de la naturaleza, en el examen de la ins-trucción,
en la lógica de la razón, en la balanza de la justicia, en la penetra-ción de
la política, en el idioma de la religión, el raciocinio del hombre.
Pero todo esto que repugna al conjunto de testigos tan irrefragables,
todo esto que se hace imposible al común sentimiento, se hace practi-cable al
conocimiento del cristiano, que está alumbrado con la antorcha de la fe.
Quien discurre de esta manera, ¿no es verdad, que en excitando un tropel
de naturales afectos,a afirma la persuasión sobrenatural del Cruci-ficado? ¿No
es este artificiosísimo modo de juzgar las piezas de la Retó-rica, hermoso
cuanto fundado, enérgico cuanto juicioso, nuevo cuanto seguro, elocuente cuanto
cristiano? Sí señores, así es que nuestro famoso orador, no hizo sino cubrir
por un momento con el velo de la Retórica al Hijo de Dios, para rasgándole
hacer ver en su más propia represen-tación y en el retrato fiel del Calvario,
el trono de las misericordias. Así es que nosotros mismos, después de un ahogo
b de horror, de una ansia de tristeza, de un deliquio de compasión, adoramos
los decretos soberanos del que entregó a la muerte a su unigénito. ¿No está
este método de pensar lejos de los alcances de Luciano? ¿Pero, no es cierto,
que porque le ignorac le blasfema?
Hemos procurado mostrar un cielo apacible y sereno, en el cuerpo del
exordio que manifestó o fingió manifestar Luciano un d caos, un abismo, un
averno de peligrosas dudas y suspensiones.
Llegamos ahora a ver e la hermosura del cuerpo de la oración.
El mismo asunto, que ninguno trajo a la imaginación, el mejorar, cuanto
menos el impugnar, no ha agradado al ciego Luciano.
Convencerémosle con sólo preguntarle si hay dos géneros de oraciones,
morales unas, panegíricas otras. Si responde que las hay, no dudamos afirmar,
tener convicto al maldiciente autor. Porque a ésta del Doctor Don Sancho,
deberá colocarle entre los panegíricos; y ¿quién no sabe que un panegírico
tiene por objeto, alabar alguna o algunas virtudes, o
a Dice: objetos
b Dice: bochorno de
e Dice: que por lo que ignora
d Dice: en
e Dice: ahora ver
toda la vida de los héroes de la gracia; quién duda que haciendo Don
Sancho que reluciese en el más alto grado la constancia milagrosa de María, no
acertó con el tono más sublime de una sagrada alabanza? ¿Qué es lo que pretende
Luciano? ¿Cerrarnos a todos no sólo los ojos de la percepción racional, mas
también las puertas de los sentidos? ¿Qué es lo que imagina? ¿Discurrir él solo
con acierto, y como inteligencia bajada del empíreo y ponerse a formar las
ideas primeras de nuestra racionalidad?
Verdad es que nada convencería tanto, nada humillaría la altivez gigante
de Luciano, nada derribaría haciéndole estremecer de arriba abajo a este Goliat
formidable, nada daría el valor merecido a Luciano, y la justísima estimación a
la oración y su asunto, sino la misma oración inmortalizada a beneficio de la
prensa. Ella era quien disipase la obcecación si no del atrevido Luciano, la de
sus preocupados y negligentes partida-rios. Nosotros, atentos a nuestro honor
literario, a nuestra fama pública, a nuestro nombre quiteño, a la honra de
nuestra elocuencia y la de nues-tros a elegantísimos preceptores, rogamos,
instantemente, a orador tan generoso, se digne, por un afecto de su genial
docilidad, darla al público, ya para la común enseñanza, ya para nuestro
particular y más auténtico defensorio. Mientras que éste salga a luz, hagámosle
el de sus pruebas y del modo de entenderlas.
El mismo Luciano confiesa, a su pesar y para su confusión, que el Doctor
Don Sancho habló a la imaginación en su dignísimo panegírico. Ahora pues, todo
Quito depondrá, con la aseveración más uniforme, y si fuere necesario, con la
más sagrada de la religión, que Don Sancho con sus pruebas llevó hasta la
evidencia matemática su asunto.
¿Qué importa, decimos ahora, qué importa, añadimos, que se proponga una
máxima b y se persuada, que se profiera un asunto, y se convenza, que se afirme
una proposición y se demuestre, o por la vista y su percep-ción, o por el oído
y su organización, o por la imaginativa y sus fantas-mas, o por el
entendimiento y sus especies, si se logra el fin, que es la
manifestación y convencimiento de la verdad? Si a éstac llega el alma a
conocer, no cuidemos, que sea o por la senda de los sentidos, o por el
atajod de la imaginación, o por el camino real del entendimiento y de
las potencias más nobles del espíritu.
El alma se gobierna por los sentidos, y basta que ellos le aseguren e
ser un hecho cierto y que él lo sea, aunque para asegurarlo hubiesen toma-do el
medio de la extravagancia,f o el desvío de la paradoja. Así por la oración de
dolores estamos persuadidos, que los dolores de los hombres son terribles, pero
menores en comparación de los tormentos de los már-
8 Dice: y de nuestros
b Dice: materia
c Dice: Si ésta
d Dice: objeto
e Dice: se aseguren
f Dice: medio la extravagancia
tires, y que la similitud del mal, vino a realzar el discurso y a dar un
retoque de luz más brillante, que no han podido los débiles ojos de la ave
nocturna de Luciano sufrir pacientemente.
Vean nuestros lectores por aquí, y por el insufrible arrojo con que saca
al teatro al Padre Milanesio, tratándole de Gerundio, que el Luciano de Quito
nada entiende, sino maldecir; nada sabe, sino despedazar las obras; nada
comprende, sino atreverse temerariamente, a entrar su mano férrea en los
asuntos no conocidos.
CAPITULO XX
MOTIVOS DE PROSCRIBIR A LUCIANO
Si lo dicho hasta aquí hace poca impresión en los ánimos de nuestros
lectores, desde luego les rogamos nos sigan9 con su benigna atención, en las
cortas reflexiones con que vamos a cerrar este capítulo, y a dar fin a esta
primera parte de nuestro Porcio Catón.
Débese proscribir la obra de Luciano: en primer lugar, porque ella es un
espejo de ésos que representando lugares de ignominia en toda nuestra
educación, nos retrata para con todos los extraños, como unos feos monstruos de
ignorancia, de rusticidad y de barbarie.
En segundo lugar, porque no se debe permitir en toda República bien
ordenada que ninguno descuelle, ni en riqueza de bienes de fortuna, ni en
caudal de prendas intelectuales, ni en tesoro de nobles talentos en perjuicio
del común, ni volviéndose célebre con peligrob de que se le aclame y se le dé
motivo con la aclamación de que aspira a ser tirano.
¿quién duda que si le da
acogida a Luciano, querrá ser príncipe del saber?
En tercer lugar, porque la obra de Luciano, (por más que la defienda su
autor) es un libelo infamatorio a quien asocian todas las cinco circuns-tancias
que requiere Ursaya, y con éste otros autores de nota, para que se llame tal.
Es la primera, que oculte el nombre del que hace el libelo,c esto es,
que el autor no exprese su nombre, como lo hace el de el Luciano. d
Es la segunda vez,e que se exprese en el libelo el nombre del
inju-riado. Y sólo un ciego en el alma y en el cuerpo, podráf no conocer este
atentado del libelista Luciano. Allí en sus coloquios vienen nombrados tantos
ilustrísimos sabios a quienes injuria. ¡Oh! y cuántos más.
a Dice: oigan
b Dice: célebre por el peligro
c Dice: hace libelo
d Dice: de Luciano
e Dice: segunda, que
f Dice: podría
Es la tercera, que se publique el libelo, y que por su publicación se
siga la infamia de los injuriados. ¿Quién duda que el papel de Luciano no anda
en manos de todos? a ¿Acaso no se oyó, también, que se había remitido a Lima,
para que añadido volviera impreso? ¿Y acaso no hay quien diga que anda
publicado por medio de la prensa, y que le ha visto en los estudios de algunos
amigos de la novedad? ¿Pues qué publicación más autorizada? ¿Pero qué
publicación más digna de que se embarace y se proscriba? b
Es la cuarta, que intervenga dolo; y nosotros sabemos que no será reo de
libelo famoso, aquél que no por el ánimo de injuriar sino por sim-plicidad, o
por un gusto jocoso, componga y publique un papel. ¿Pero habrá racional que se
persuada que el ánimo del autor de Luciano no ha sido el de injuriar? ¿No ha
sido el más fraudulento, el más astuto, el más picante, el más c doloso?
Es la quinta, que el libelo contenga no solamente contumelia, sino
también delito de algún modo considerable. ¡Oh! y cuántos delitos imputa el
Nuevo Luciano a innumerables individuos! A los regulares acusa de ignorancia
delincuente por ser ignorancia supina, ignorancia afectada,d e ignorancia de lo
esencial que debían saber, y esta acusación es trascen-dental a todos los
eclesiásticos, de esta provincia. Delitos son las preten-siones del estado
eclesiástico sin tener las dotes necesarias y sin haber probado santamente la
vocación; pues, estos delitos se imputan a todos los jóvenes de esta diócesis.
Delitos son, que los párrocos olviden su rebaño, el cuidado de él, el darle
pasto saludable, en el buen ejemplo, en la santa predicación y en el cultivo de
la caridad cristiana; pues, estos delitos imputa, y les saca a plaza pública,
el que no la conoce y el que ignora aquel terrible Nolite Tangere Christos
Meos. Delitos son, en los maestros, ocultar la doctrina, guiar por camino
errado a los discípulos, formar idiotas en vez de retóricos, entusiastas en vez
de poetas, sofísticos e en vez de filósofos, cavilosos en vez de teólogos,
relajados en vez de moralistas y lisonjeros en vez de oradores cristianos.
Pues, este horrendo cuerpo de delitos, resulta de la obra acusadora, mordaz y
fecunda en la maledicenciaf del Nuevo Luciano y estos delitos se atribuyen a
los que fueron en la opinión del mundo entero los maestros más exactos, más
metódicos, más preciosos, más francos, más doctos, 9 y más juiciosos.
¡Bellísimo Quito! Si tú eres el seno de paz, proscribe para siempre el
dominio de la discordia que
vemos se llega ya
a turbar tu
amable
serenidad.
a Dice: andan emanos detodos
b Dice: y proscriba
e Dice: picante y el más
d Dice: ignorancia, su fina ignorancia afectada
e Dice: sofistas
f Dice: en malediciones doctos
a Dice: metódicos, más
¡Quito discretísimo! Si tu benignísimo cielo, viéndote siempre risueño y
con ojos de luz en tus apacibles constelaciones, no influye en tus quite-ños
sino ingenio, no produce sino talentos, no derrama sino espíritus nobilísimos,
venga en la obra del que te infama, te anonada, te ridiculiza y te deshonra,
venga lo admirable de tu clima, lo apacible de tus luces, lo sereno de tus
resplandores, lo benéfico de tus influjos, proscribiendo a las llamas, a la
ceniza y a un eterno olvido a este atrevidísimo Luciano, nuestra ignominia,
nuestro escándalo, nuestro horror y nuestra ruina.
Así, la República conservará su quietud, el gobierno verá respetadas sus
determinaciones, el clero hará con el mayor lucimiento sus funciones, y toda la
Provincia gozará de sus antiguos fueros en el dictado que logró, siempre, de
advertida, de luminosa, de discreta y sabia.
NOTAS
a Marco Porcio Catón
Marcus Porcius Cato (243-149
a. de J. C.), llamado también el Antiguo, el Mayor, el Censor, el Orador, el
Superior, sobrenombres que ya le dieron los antiguos; hombre de Estado,
militar, abogado y literato. En 184 fue elegido censor ejerciendo el cargo con
gran severidad y tratando por todos los medios, aun los más severos, de
restablecer en toda su austeridad las antiguas costumbres romanas, enfrente de
la de-pravación helénica que se apoderaba paulatinamente de sus conciudadanos.
Degradó a muchos senadores y excluyó a siete de éstos del Senado. Procuró al
mismo tiempo reorganizar el erario público, aumentando los impuestos y
rebajando los sueldos de los empleados; impuso fuertes tributos al lujo. Tanta
y tan provechosa y ejemplar acti-vidad le valió 44 acusaciones por sus
enemigos, a todos los cuales confundió defen-diéndose. En premio de sus
servicios el pueblo agradecido le levantó una estatua. En política careció de
la diplomacia y sagacidad de sus aristocráticos adversarios, pero nadie le
igualó en patriotismo. Sus contemporáneos le consideraron como tipo del hombre
austero, frugal, justo y honrado.
2 Se refiere aquí a Gaspar
Scioppio (Shopp) (1576-1649).
Juan Luis Vives (1492-1540),
filósofo y humanista español, uno de los más grandes del Renacimiento. Pocas
vidas ofrecen un ejemplo más elocuente de amor a la ciencia y de resignación al
infortunio que la de este eminente pensador valenciano, que pasó casi toda su
vida fuera de su patria dedicado a escribir libros y a trabajar por la reforma
de la enseñanza y de las costumbres. Escribió muchas obras filosóficas,
didácticas, morales, religiosas y de asuntos sociales (jurídicas, económicas y
políticas). Los méritos de Vives como humanista son extraordinarios. Conocedor
profundo de la antigüedad clásica, supo asimilarse las formas artísticas de los
escritores de la Edad de Oro de la literatura latina. Sus Diálogos contienen un
rico vocabulario de las ex-presiones más útiles en su época, puestos en latín a
la vez sencillo y elegante y de asunto adecuado a la inteligencia de los
jóvenes. En ellos mostró prácticamente cuán útil es el conocimiento de la
Gramática y de la Retórica, a ambas dedicó también Vives sus cuidados, no
siendo escasa la originalidad con que trató estas materias y la prin-cipal de
ellas el haber considerado la palabra como un ser vivo, estudiando sus
cua-lidades físicas y espirituales.
Henricus Cornelius Agripa de
Nettesheim (1486-1535), escritor, médico, filó-sofo y célebre nigromante.
Agripa combatió las ideas filosóficas reinantes en su tiem-po, que quiso
substituir por errores no menos peligrosos, entregándose de lleno al misticismo
y a la magia, y abrazando las doctrinas de Lutero, lo que acabó de acre-centar
el odio que contra él sentían sus perseguidores. Como filósofo, Agripa se
co-noce principalmente por su libro De Incertitudine et Vanitate Scientiarum
(1530), en el cual declaró que la fe sencilla en la palabra de Dios es la única
senda de la verdad.
Ludovico Antonio Muratori
(1672-1750), historiador y arqueólogo italiano; en 1695 se ordenó de
presbítero, siendo nombrado conservador de la Biblioteca ambro-
siana de Milán. Muratori puede ser considerado como el padre de la
historia italiana, habiendo publicado, entre otras, Rerum Italicarum Scriptores
Praecipui Ab Anno 500 Ad Annutn 1500 (1723-38) , etc. Sus gustos literarios le
llevaron al cultivo de la poesía y al estudio de las cuestiones de un carácter
puramente estético, publicando en 1706 un tratado acerca Della perfetta poesía
italiana a la que siguió unas Riflessioni sopre il buon gusto nelle scienze e
nelle arti (1708). El tratado acerca Della perfetta poesía italiana sirvió de
modelo a Luzán, que adoptó las doctrinas de Muratori, citán-dole con frecuencia
en sus obras.
Roberto Francesco Romolo
Bellarmino (1542-1621), Cardenal de la Iglesia ro-mana y uno de los más grandes
teólogos de su tiempo, religioso jesuíta italiano. Ad-quirió gran fama como
profesor y predicador, y tomó parte en la controversia contra Bayo. Su obra
capital Disputationes de Controversiis Christianae Fidei adversus hujus
Temporis Haereticos (3 vol.; 1586), la cual es una serie de lecciones de
polémica re-ligiosa, cuya aparición movió gran revuelo entre los protestantes.
La gran obra de Bellarmino es la defensa de la fe católica contra los
protestantes en el terreno de una controversia brillante, moderada, de vigorosa
argumentación, de un conocimiento pleno del campo del enemigo. Defendió el
poder indirecto del papa sobre lo temporal, ca-ficativo que halló oposición en
Sixto V.
Jacques Davy Du Verrón
(1556-1618), controversista y hombre de Estado, uno de los que más figuran en
la historia de las luchas político-religiosas de Francia a fines del siglo XVI.
Hijo de una familia calvinista y educado en sus principios; convertido al
catolicismo hacia 1577, y debióse a su lectura de las fuentes de la doctrina
cató-lica, en especial San Agustín y Santo Tomás de Aquino. En 1603 fue
nombrado car-denal, y luego (1604), representante de Francia en Roma, donde
promueve los inte-reses de su país en contra de España, e influye con Paulo V
en favor de la doctrina de los jesuítas en la defensa de la libertad humana.
Entre sus muchos escritos se cuen-tan: Traité du S. Sacrament de l'Eucharistie,
...; Actes de la Conférence tenue entre le sieur Evéque d'Evreux et le sieur du
Fiessis,... (3 vol.; 1620).
Luis de Granada (1504-1588),
religioso dominico. Llegó a obtener celebridad grandísima como escritor
religioso y como orador sagrado. Fue el predicador más sabio y elocuente del
siglo XVI. De los muchos libros de fray Luis de Granada, dos son especialmente
famosos en la cristiandad: la Guía de pecadores (1567), y la Intro-ducción del
símbolo de la fe (1582-1585). Aquélla ha circulado por todas partes, lo-
frando nua popularidad sólo igualada, en la literatura religiosa de
Europa, por la mitación de Cristo que se atribuye a Kempis.
Nicolás Caussin (1583-1651), jesuíta francés que descolló como teólogo;
confe-sor de Louis XIII. Publicó: Apologie pour les religieux de la compagnie
de Jesús (1644) , La Cour Sainte (París, 1624).
Daniello Bartoli
(1608-1685), erudito jesuíta italiano, uno de los escritores más cultos,
clásicos y correctos de Italia. Descolló como elocuente predicador.
Noel Antoine Pluche
(1688-1761), escritor jansenista francés. Ordenóse de sacerdote, pero por
haberse negado a aceptar la bula Unigenitus fueron retiradas las licencias.
Marcus Tullius Cicero
(106-43 a. de J.C.) político, orador, filósofo y literato de la antigua Roma.
Cicerón no estuvo exento de debilidades y su irresolución y fla-queza de ánimo
le fueron fatales en la época azarosa en que vivió. Su principal de-fecto, que
reflejan tanto sus actos como sus escritos y discursos, fue la vanidad y la
presunción, a veces intolerable. En cambio su idealismo, su sentimiento patrio
y su entusiasmo por todo lo noble y elevado, su actividad incansable y sus
condiciones ora-torias que le elevaron al puesto culminante de la elocuencia
romana son otros ele-mentos que le favorecen en alto grado. La actividad
literaria que desplegó fue tan fecunda como variada, siendo considerable el
número de sus escritos que ha llegado hasta nosotros. En todas sus oraciones
pone de relieve sus incomparables dotes ora-torias, su ardiente fantasía, su
facilidad de palabra, su habilidad en la controversia y su estilo claro, puro,
redondeado y elegante, lo propio que en sus obras de retórica, en las que por
primera vez en Roma expuso métodos científicos y de filosofía, con las que
enriqueció notablemente la lengua latina y divulgó en su patria las enseñanzas
de los filósofos griegos, desconocidos hasta entonces.
Marcus Fabius Quintilianus
(35P-120?), célebre escritor español de la época romana. Entre los retóricos
del primer tercio del Imperio, ninguno resistió con tanto empeño y sabia
doctrina la invasión del mal gusto, cifrándose en su persona la reac-ción contra
la novedad literaria y en pro de la antigua y clásica literatura griega y
romana. En vida fue grande su fama, acudiendo a oírle desde todos los países
del mundo. Juvenal le tuvo siempre como modelo del abogado o del retórico.
Puede de-cirse que toda la gloria de Quintiliano descansa tan sólo en los doce
libros de su tra-tado magistral De Institutione Oratoria, la cual es no sólo
una teoría literaria, sino un tratado pedagógico que guía al orador por todo el
curso de la vida, desde la cuna al sepulcro. Este título ha sido traducido a
casi todos los idiomas modernos.
Empezando por Quintiliano, hallaremos que este ilustre preceptista vivió
y ci-mentó toda su justa nombradía tomando de Cicerón todo cuanto en sus
Instituciones oratorias tiene de perenne y humano; con una probidad literaria,
tan excepcional co-mo digna, le vemos citando la autoridad de Cicerón a cada
paso y agotar casi todos los tratados del grande orador y filósofo romano, que
tratan de las materias que el no menos grande preceptista hlspano-latino
expusiera ante la sociedad romana dos siglos más tarde.
Calvinismo es un sistema
teológico protestante fundado por don Juan Calvino en Ginebra. Calvino redujo
todos los artículos de su institución a uno solo, la Santa Escritura, único
fundamento de fe. La doctrina teológica y disciplinaria de Calvino se contiene
en la Institutio Christianae Religionis (1536), de manera que sus demás
escritos substancialmente en materia dogmática se refieren todos al contenido
de aquel tratado.
Pasquier Quesnel (1634-1719), uno de los principales corifeos franceses
del jan-senismo del siglo XVII; religioso de la Congregación del Oratorio
francés. La sínte-sis de la doctrina, que podríamos llamar quesnelianismo, es
la siguiente: (1) la gracia obra con virtud omnipotente, siempre es eficaz e
irresistible; sin la gracia es malo todo lo que hay en el hombre; (2) Todo amor
que no sea el amor sobrenatural de Dios, es malo; (3) La Iglesia se compone
solamente de justos y escogidos, y ella es la que otorga a los primeros
Pastores el poder de excomulgar.
Francisco de Toledo
(1532-1592), cardenal y religioso jesuíta, español; dis-cípulo de Domingo Soto.
En 1569 Pío V le nombró su predicador, cargo que le con-servaron Gregorio XIII,
Sixto V y Urbano VII, pues estaba considerado como uno de los mejores oradores
sagrados de su época. En 1579, Gregorio XIII le envió a Lovaina para hacer
aceptar a aquella Universidad su Bula contra Bayo. Toledo fue uno de los
escolásticos más brillantes de su tiempo y defendió la dirección tomista.
Jacques Bonfrére (1573-1642), religioso jesuíta y erudito francés.
Pedro Zonzález de Mendoza (1609-1659), sacerdote y escritor español de
la Com-pañía de Jesús.
Pierre Gautruche (1602-1681), literato y filósofo francés de la Compañía
de Je-sús. Enseñó letras humanas, filosofía, matemáticas y teología. Publicó:
Institutio Totius Philosophiae cum Introductione ad Varias Facultates (1653),
reimpresa varias veces; L'histoire poetique pour l'intelligence des poetes et
autheurs anciens (1650), que logró por lo menos unas veinte ediciones y
traducciones al latín, castellano, inglés, alemán e italiano, etc.
EL NUEVO LUCIANO DE QUITO
o
Despertador de los Ingenios Quiteños
(Ciencia Blancardina)
(1780)
EL NUEVO LUCIANO DE QUITO
o
Despertador De Los Ingenios Quiteños En Siete Diálogos Apologéticos De
La Oración Fúnebre Que Dijo El Dr. Dn. Ramón De Yépez, Abogado De Los Reales
Consejos, Cura Y Vicario De La Doctrina De Tumbaco, Y De Las Nueve
Conversa-ciones Que Salieron Por Junio De 1779.
Escrito Por El Dr. Dn. Javier De Cía Apéste-gui y Perochena, Procurador
Y Abogado De Causas Desesperadas. Dedicado Al Venerablea Y Muy Ilustre Clero De Quito. Año De 1780.
Laudare1 si quid fiat ut
debet, reprehendere autem si peccatum fuerit, amici est, et curam agentis; et
ut discatis quod sine defectu omnia laudare, et in omnibus beatum dicere non
sit amici set impostoris, dixit Scriptura: Popule meus, qui te beatum dicunt
ipse te decipiunt, et semi' tam pedum tuorum excabant.
Divus Chysostomus
Ac 2 praeterea ita quodam modo afficior, ut non ad modum mihi cum vulgo
conveniat, ne eamdem ingredi viam sustineam.
Sanctus Gregorius Nazianzenus
DC: Venerable Clero Quítense. En
Quito por Diciembre de 1780.
DC: omitido: Laudare si quid ... Sanctus
Gregorius Nazianzenus.
AL MUY ILUSTRE Y
VENERABLE CLERO DE QUITO.
MUY ILUSTRE SEÑOR:
Con un temor indecible era que osaría3 implorar el patrocinio de V".
S. I. para mi Nuevo Luciano. Concebí que una acción de puro obsequio
la calificarían algunos de la
copa emponzoñada de la sátira, presentada
por las manos mismas de la insolencia y del atrevimiento, para que V. S. I.
llegase a mofar sus labios en el
veneno de la procacidad y de la injuria,
mientras que aquellos b que miran
con horror los rasgos de mi pluma, re-
cordasen a V. S. I., que hay algunos en
que se pintan la estupidez e
ignorancia de muchos presbíteros. Podría aún poseerme la turbación; pero,
Señor Ilustrísimo, confieso que
e me duró el miedo el brevísimo tiempo
de un momento, aquel solo en que suele ofuscar una sorpresa la claridad
de la razón. Logró esta
vez la esencia
de los objetos con mucha copia de
luz, y de allí se siguió luego, que
la confianza desterrase al
temor, la se-
guridad al recelo y la quietud pacífica del ánimo, a la sospecha. Vio mi
razón, Señor Ilustrísimo, a los talentosd finísimos de V. S. I., por una
parte, y por otra a la tímida verdad, recuperando
los fueros, si yo no ven-
go a los pies de V. S. I., sino a ofrecer sus triunfos y
sus glorias; porque
haré que la verdad, avergonzada huya,
se esconda y desaparezca. No, Señor
Ilustrísimo, e no cometeré bajeza, que deslustre mi celo patriótico. La ver-
dad puede ofender y disgustar a la delicadeza del amor propio. Pero sé
quef ella es amable a los ojos del
entendimiento, y yo hallo
9 en el de
V. S. I., claridad,
hermosura, instrucción y fineza. Así no
temeré, que él
gradúe el don, aunque pequeño, por ofensa, sino que lo acepte como el
efecto del celo.
El mío, ferviente, más allá de lo que se puede esperar en estos reinos,
meditó escribir una obrilla de mayor volumen, h con el título de "Historia
de la Ignorancia." Y quien me la hizo concebir fue, sin duda, el insulto
que me hizo la pluma de aquel regular, cuya aprobación comento. Pero me ' ha
contenido producirla, el miedo de que pasasen mis papeles los con-fines de esta
provincia. En el interior de nuestra propia casa, podemos
a DC: osaba
DC: injuria. En tanto que aquéllos
DC: presbíteros podría aun
poseerme la turbación. Pero Señor Ilustrísimo, confieso que
d DC: Ilustrísimo, los talentos
DC: sus fueros. Si yo no vengo... sus glorias, ¿por qué haré que la verdad
avergonzada huya, se esconda, y desaparezca? No, Señor Ilustrísimo,...
DC: amor propio: pero sé que
9 DC: entendimiento. Y yo hallo
h DC: volumen que está presente, con el título
DC: Pero entre los motivos
me ha contenido producirla, el miedo de que para el último deshonor de Quito,
hiciese pasar los confines de esta Provincia a mis papeles alguna mano poco
discreta. En el interior
desahogar a satisfacción
las quejas y sentimientos.
a Por eso me
contenté
con hacer ver a estos Diálogos, que no
debe presumir de censor, el que
no tuviere mucha y profunda literatura; y que mucho menos debe arro-
garse sin ciencia verdadera, el derecho de condenar a un autor, que, si no
la tiene, la solicita y cultiva
con empeño, no siendo otro su deseo, sino
que sus compatriotas la adquieran
con ventaja.
V. S. I., pues, va a ver
b los caracteres de una pluma, que está
pronta
a escribir las gloriase del mérito literario, y a estampar sus justas
alaban-zas. Va igualmente a conocer el método que he debido observar d en el
len-guaje del elogio; e y que yo, aborreciendo hasta el ultimo punto el de la
mentira, huyo incurrir aun en el dudoso y no bien claro país de la lisonja. Así
sin ésta, puedo decir a V. S. I., que de nuevo imploro su protección para el
presente papel, porquef una inclinación amorosa me fuerza a dedi-cárselo, y a
ser.
De V. S. I muy humilde y obediente servidor.
Dor. 9 De Cía
DC: sentimientos. Me he
contentado por esto con hacer ver en estos Diá-logos, que no debe presumir de
censor, aquél que no tiene mucha y profunda litera-tura: Que mucho menos sin
ciencia verdadera puede arrogarse el derecho de condenar a un autor, sea quien
fuere. Y que el del Nuevo Luciano si no ha alcanzado la sabi-duría, la
solicita, y cultiva con empeño, la adquieran con ventaja.
DC: observar c DC: la gloria
DC:guardarbd
DC: elogio, no prodigándolos
y que con el mortal odio que tengo al idioma de la mentira, huyo
f DC: porque más que tener el apoyo, y sufragio su V. S. I. por mi
interés, una inclinación amorosa me obliga a dedicárselo, y a ser
3 DC: Dor. De Cia. Quito y Diciembre de 1780.
PREFACIO
Si cualquier escritor tiene la obligación
de comunicar la noticia de su obra,
y de dar una idea de ella, con los motivos que tuvo para
formarla, ,el autor
del Nuevo Luciano (no pretendiendo llamarse tal por el buen rasgo de su
pluma), se ve hoy con mayores razones
obligado a observar estos precisos
cumplimientos, establecidos por la costumbre universal. Su primer deseo
es, desde luego, no querer parecer a los ojos de sus lectores, como un hom-
bre tan sensible y delicado, que, no pudiendo sufrir la inquietud que causa
el ruido de una mosca, o el suave dolor que ocasiona la picadura de una
pulga, es la imagen de la vanidad y
el amor propio. Había formado un
análisis escrupuloso de la aprobación, del M. R. Padre Maestro Fray Juan
de Arauz, que, por
decreto del Ordinario,
dio a la oración fúnebre del
Dr. Dn. Ramón de Yépez, pronunciada
en las exequias, que se hicieron en
la Catedral de esta ciudad, a la memoria del difunto Obispo de Badajoz, el
Ilustrísimo Señor Doctor Don
Manuel Pérez Minayo y Giraldo; a y
querien-
do darlo (el análisis), a los que desean leer las producciones de este anónimo,
ha temido que por ser
la crítica de la aprobación de algún
modo acerba y
muy prolija, se crea que el
deseo de que no se le toque le había (la
pluma a
la mano) obligado a clamar muy alto; pues,
si no tuviese otro motivo, le
haría justicia el público en persuadirse que a este autor le dominaba un
espíritu de finísima soberbia, y que le sucedía lo que frecuentemente acon-
tece con los deudores y burlones,
que, mientras ellos libre
y osadamente
pican y ríen a costa de la
ajena confusión, no quieren que se les
diga ni una
sola palabra festiva; b y, si
se les echa alguna pungente, rabian
de dolor,
de sentimiento, y aun de
encono; pero no es de este carácter el autor de las
pasadas conversaciones y de
los diálogos presentes. Pues, teniendo c el cora-
zón vigoroso para poner en el
papelillo intitulado Marco Porcio Catón, todos
los denuestos, que contra
él vomitó el vulgo, y aun
aquéllos que puede
alguna vez vomitar; con la misma
generosidad ha tolerado que el Reveren-
do Padre Maestro Arauz, le trate en su aprobación de la misma envidia. Lo
que no ha podido sufrir es que
los débiles de espíritu hallen en ese indigno
dicterio con que le trata el Padre Maestro, motivo para sentir pésimamente
de la intención que le
obligó a escribir. Aquellos, pues, espíritus de fácil
impresión, que de su propio fondo no pueden sacar luces que les dirijan;
aquellos que d no se gobiernan
sino por una autoridad extrínseca, luego que
lean aquella aprobación, decretarán
que el autor del Nuevo Luciano es tan ho-
rroroso, como el Padre Maestro le pinta. Y aunque juzguen favorablemente de
ese tal cual mérito, detestarán el
interior impulso que le asistió. Nadie debe
dudar, que entonces no conseguiría ser leído; y que mucho menos
lograse el
a DC: Giraldo. Y queriendo
darlo
b DC: festiva. Y si se les echa
c DC: diálogos presentes:
pues teniendo
d DC: dirijan. Aquéllos que
fruto que se había razonablemente prometido. Véase aquí un grande
em-barazo a sus gloriosos designios; porque el autor del Nuevo Luciano,
cons-tituido ya en el laudable empeño de promover la felicidad de su patria, no
quiere perderlo de vista, sino que, teniéndole siempre presente pretende
llevarle a un estado de perfección, cual se puede desear en esta provincia.
Este es el verdadero motivo de publicar la serie prolija de los
siguientes
diálogos, que pueden llamarse la parte apologética de las pasadas conversa-
ciones. Nada interesa al
público, es verdad, uno de estos particulares
duelos
literarios: antes sí, muchas veces puede sacar
de él motivos de escándalo a
y de ruina. Pero se lisonjea el autor que en este demeditado intento,
ha introducido objetos dignos de su
conocimiento, e ignorados, tal vez,
aun de las gentes cultas del país, y ha atendidob a dar una idea
práctica del método de pensar con regularidad y exactitud, en
cualquiera
obra del entendimiento. Y ha ventilado asuntos que pueden quitar una
parte
de aquella delicadeza escrupulosa, que es el fruto de la ignorancia.c Véase
aquí el primer motivo de estos diálogos: observe en lo siguiente otro el
lector.
A no haber tenido el autor delante de los ojos un objeto tan ilustre, como
el de hacerse útil al público, hubiera olvidado de buena gana al Padre
Maestro Arauz, y hubiera, aun con
generoso desprecio, descuidado el ver
su famosa aprobación;d contentándose con esperar que los inteligentes;
puestos del bando de la verdad, pronunciasen algún día una sentencia favo-
rable al autor del Nuevo Luciano, en que se le absolviese de la
infame nota
de envidoso. Y aún esperaría e que el público mismo, sacudiéndose de los
miedos que había concebido por sugestión de personas interesadas en la
extinción de las conversaciones,f declarase de aquí a poco, que había el
Dr. De Cía emprendido, con noble aliento, una causa justa, digna e intere-
sante. Así lo haría, si no hubiese oído
decir que el Padre Maestro le trataba
en su aprobación de autor
hereje, impío o ateísta, con el mayor desembara-
zo. Con motivo tan sensible, examinó por sus ojos la 9 aprobación, y desde
luego halló, que aunque
claramente no le llama hereje, impío, ni ateísta,
pero que estampa una proposición que
da lugar a que se piense que tiene el
Dr. De Cía alguna infección poco cristiana,
o nada religiosa. El público verá
si se ha engañado, y aquí se le presenta la proposición: No ha mucho (dicen),
DC: sacar el motivo de escándalo
DC: de este país. Ha atendido
DC: ignorancia. Pasa que
cuando el fanatismo no cese de gritar, que sus pro-ducciones son libelos
famosos pueda la discreta docilidad hallar lo contrario en la lectura de este
papel. Véase aquí el primer motivo de estos Diálogos. El lector va a observar en
lo siguiente otro de no menor importancia.
DC: añadido: aprobación;
porque ¿qué persona de mediano juicio puede per-der su precioso tiempo en leer,
ni examinar rasgos de pluma, que desde luego concibió que fuesen de la del
Avestruz? Teniendo este autor bien distribuidas todas las horas, y materias de
su estudio, se contentaría con esperar que los inteligentes,
DC: envidioso; y aún esperaría
DC: en las nueve conversaciones,
DC: La citada aprobaciónf9e
que hizo ver su negra melancolía vomitando su humor pestilente y un
cruel veneno, aun contra lo más respetable y sagrado. B ¿Qué es lo más
respetable? ¿No son los jueces, los prelados eclesiásticos, los magistrados,
los ministros de Estado? ¿Qué es lo más sagrado? ¿No son los reyes, el Papa, la
Iglesia, la religión y Dios mismo? ¿Pero, qué es lo que se llama vomitar humor
pes-tilente? ¿No es murmurar, maldecir y hablar con desprecio, con malignidad,
con irrisión, con libertinaje, de todos estos objetos respetables y sagrados?
Ahora, pues, ¿quiénes son regularmente los que le vomitan? ¿Acaso no son los
herejes, los libertinos, los impíos, los ateístas? ¿Mas, dónde o en qué parte
de las conversaciones b del Nuevo Luciano hay de ese humor pesti-lente y de ese
cruel veneno vomitado? Y el autor que las escribió ¿podrá o deberá callar, como
que en el silencio escondiese la infame complacencia de verse llamado espíritu
fuerte, de cuyo epíteto se vanaglorian y jactan muchos bellos espíritus de este
siglo? c
Herido, pues, este autor del Nuevo Luciano en lo más
sensible y delica-
do de su corazón, pide permiso al público para tratar a su Reverendo calum-
niador en términos, si permitidos a
una apología, mas que no están opuestos
a la caridad. d Para lenitivo
propio y para escarmiento de otros, ha usado
en estos diálogos de una sal, que un tantico se inclina
a lo cáustico, aun-
que no por eso deja de acompañarle lo gustoso. Si él fuese ün autor que hu-
biese dado a su Luciano bajo de su verdadero nombre, esto es, aquél por
el cual se le conoce, ya arrastraría en
tribunal competente, a las forma-
lidades del juicio al
Reverendo Padre Maestro.
Pero, oculto e incógnito
como se halla (cuyo velo no autoriza a alguno, para que se le manche
con
tizne tan infame), pide o que se retracte
el Reverendo Padre Maestro de la
proposición, o que le manifieste las proposiciones que contengan humor
pestilente contra lo más
respetable y sagrado. Y el Santo Tribunal de la
Inquisición, si ha reparado
en el lenguaje del Reverendo Padre Maestro,
DC: añadido: sagrado.
Dignaráse sin duda el lector de hacer sobre esta pro-posición las siguientes
reflexiones. ¿Qué es lo ...
DC: las nueve conversaciones
DC: añadido: siglo. En
ninguna región de racionales, se hallará quien asegura que la mala educación,
los abusos que ésta acarrea, la ignorancia y todas sus lamentables
consecuencias son en las personas del más elevado carácter, respetables, ni
sagradas. No equivoquemos los individuos y sus propiedades. La historia que es
el severo tri-bunal a donde se pronuncia el decreto de la bondad, o la malicia
de las acciones hu-manas, nos hace ver demasiado lo que es el hombre abandonado
a sus propios cono-cimientos, y poseía del furor de las pasiones. Quisiéramos
para disminuir afrentas a la humanidad, que nunca hubiesen existido en la serie
de las edades, los siglos de ig-norancia y por eso de insable calamidad. Allí
vemos el clero, los monjes, los obispos, y . . . pero olvidemos días
desgraciados, y desde luego eternos para la ruina de las buenas costumbres, y
para la abolición de las letras. Hoy que los nuestros en esta provincia se
asemejan mucho a aquéllos, no se quiere oír el clamor de la verdad, y el celo
le ha levantado muy alto resuena otro de fanatismo de que se hiere en lo
sagrado, de que se ultraja lo más respetable, de que se despliega el estandarte
de la impiedad. ¡O tiempos! ¡O costumbres! Herido pues este autor...
d DC: apología, mas no opuestos a la caridad.
como no dudo que reparara,a ya le pedirá que haga la denuncia del cruel
veneno vomitado contra lo más sagrado, por el autor del Nuevo Luciano.
Véase expuesto el otro motivo justo de haberse escrito a la larga estos
diálogos. También en éste, se tuvo presente el bien del público: es interés
suyo, que nadie se escandalice, que ninguno de los miembros padezca la infame
nota de hereje, o que de verdad lo sea. Es su interés, que, si alguno de sus
individuos se ve asi injustamente calumniado de enemigo de la reli-gión, haya
quien le defienda con la pluma. Porque no es razón que cualquier ignorante y
necio (que necios, ignorantes son los que quieren tenerse por sabios), por
juzgar que se insulta a su fama y crédito de Doctor, ingenioso se vengue con
este linaje cruel de prohibida ofensa. Confesadme (les diría el autor del Nuevo
Luciano a todos estos presumidos), confesadme de buena fe que sois indignos de
llamaros sabios. Pero confesadme, igualmente, que, si apetecéis la reputación
de tales, sois unos mentecatos, que adoráis vuestro engaño y vuestra irrisión.
Expuestos b los motivos, se hace necesario ver el método con que ha
formado estos diálogos. A la verdad, no tienen aquel gusto de las pasadas
conversaciones. c Pues, en éstas, una imaginativa del todo desembarazada,
ale-gre y tranquila, intervenía a escribirlas con serenidad y pluma
sobradamente festiva. Pero en estos diálogos había concebido esta facultad
animal un fuego sombrío, bastante para comunicar a lo que exprimía una luz no
muy alegre. En aquéllas, eld Doctor Murillo retozaba, y, al tenor de su genio
estúpido, seguía un lenguaje propio de los que hablan en todas las ciencias,
especial-mente en la medicina la gerigonza; por lo que, la diversidad del
estilo e las amenazaba. En éstos una especie de monotonía, tanto en la
expresión, cuan-to en los pensamientos,f hace creer que aquéllas tienen un
atractivo mas insinuante y perceptible. 9 Mas, sea de cualquiera suerte, lo que
se debe saber es, que en las primeras conversaciones se intentó ridiculizar la
elocución hinchada de los cultos; y que en estos segundos diálogos, se ha
querido hacer ver a Murillo muy enmendado, para dar a conocer que la sagacidad
de un maestro hábil es capaz de formar útil a la sociedad al genio, que parece
amasado con la rudeza. Es cosa que frecuentemente se ve, que los de cortos
a DC: omitido: como no dudo
que reparara,
b DC: Expuestos ya los motivos
c DC: conversaciones; pues en éstas,
d DC: festiva. Pero esta facultad animal había concebido al escribir
estos Diá-
logos un fuego sombrío, bastante para comunicar a lo que exprimía una
luz no muy
alegre, o una luz que se alegraba, servía al mismo tiempo de cautiverio.
En aquéllas, el
® DC: estilo parecía que las amenaza,
f DC: añadido: pensamientos, si es lícito hablar así hace
s DC: añadido: perceptible. Agradaron éstos sin duda a aquellos genios
adul-tos, que improbaron en las nueve conversaciones el pedantesco, burlón, y
estrafalario razonamiento de Murillo. Pero no pueden quedar muy satisfechos de
sus talentos, de su gusto, y de su opinión, si llegan a saber que Murillo sobre
estar exactamente pues-to con todo su carácter, hace el papel de vulgo quiteño:
y que el fin con que se le ha introducido de interlocutor, es aún de
consecuencias muy estimables. Mas sea de cualquiera suerte, ...
talentos, o son despreciados de los maestros, o tienen los maestros 3
peores y de corto alcance; b debería suceder al contrario, que la gente más
rústica
lograse el magisterio de las personas más hábiles, que, insinuándose
viva-mente, sirviese su insinuación de cincel que labrase de un rudo mármol,
una
estatua arreglada al arte y bien pulida.
Y la desgracia de Quito es, que a
los que nacieron con debilidad de cerebro, y
por eso de juicio y reflexión,
con los disimulos de una burla lisonjera,
se les confirma más y más en su
insensatez y locura. Paréceme este proceder opuesto a la caridad y
a la feli-
cidad de la Patria. Paréceme que es
lo mismo c que al
que está herido o en-
fermo, darle segunda herida, o propinarle nuevo fermento, que agrave el
mal y destruya la salud y vida. Murillo mismo nos da de esto d un sensible
ejemplo; si hubiera logrado individuos de extrema habilidad, que le formasen
y labrasen el entendimiento, sería hoy un hombre regular y útil a la sociedad.
Pero su desgracia ha sido encontrar con gentes que le hayan quitado el poco
entendimiento que tenía, sustituyendo en
su lugar la manía y la mentecatez.
Acaso se juzga, que en esto no padece sus notables
quiebras el público; y
acaso se olvida que la locura de estos infelices puede
ponerles en estado de
que pierdan la salud eterna. No es
del día el manifestarlo; pero, contrayén-
donos a nuestro objeto,
obsérvese, que una e falsa
persuasión, llevada al im-
pulso de la ajena lisonja hasta el punto de manía, en punto de letras
dio a
alguno la satisfacción de creerse sabio y
puro en el concepto de que podía
tratar a otros como le diese la
gana. Por eso, ha usado el autor de estos
diálogos de alguna acerbidad, que era lo mismo que aplicar un cauterio a
un apoplético, para que se restituyese a sus sentidos, y que aun
cuando no
lograse la vida temporal, asegurase
la eterna, a beneficio de la confesión y
penitencia. No puede el autor
recibir otra satisfacción, sino hacer conocer
(representando en compendio lo mismo que el
mundo inteligente sabe), que
no debe ser creído el
Padre Maestro Arauz, en la proposición infamatoria
que ha estampado en contra de su verdadero honor y de la augusta
profe-
sión de católico cristiano. Importaría, pues,
saber quién o qué cosa era el
que tan mal le había tratado, si
era un hombre de doctrina,
de entendimien-
a DC: omitido: maestros
b DC: alcance. Debería suceder
c DC; mismo que irritar la enfermedad de un doliente con nuevo
fermento que
se le propina en el tósigo de la lisonja. Murillo mismo
DC: esto un ejemplo bien sensible. Si hubiera
que una falsa persuasión en
punto de letras, que indujeron a la lisonja o el prejuicio en el M. R. P. M.
Arauz le hizo caer en la peligrosa manía de que era sabio. Y el juzgarse tal le
puso en el concepto y satisfacción de poder tratar a otros como le diese la
gana. De otra manera juzga un entendimiento bien constituido, aun siendo
hermoseado con el ornamento y soberano decoro de las ciencias: Piensa con
prudente desconfianza, y teme hallar sujetos que le ganen en talentos y
doctrina; porque (como afirma Horacio del rico, que anhela en aventajarse a
otro, y halla otro más rico, que con mucha hacienda le exceda) así sucede con
las gentes literatas de ordinario.
¿Hunc atque hurte superare laboret? Sic festinati semper locuplerior
abstat. Si este justo temor debe poseer a los mismos sabios, ¿cuál será el que
deberán tener los
ignorantes? Pero Quito es un país donde solamente se produce este
enjambre _ nume-
rosísimo de gentes iliteratas y atrevidas; indoctas y temerarias; estúpidas y animosas.
Así serán las que siempre decreten con tono
decisivo que las nueve conversaciones
son la envidia misma con el nombre de Luciano; Que éste es un papel
satirico: Que
en él se vomita humo pestilente, y un cruel veneno aun contra lo más
respetable y
sagrado. Con íntimo dolor de su ánimo se
ve obligado el autor del Nuevo Luciano
a tratar de rudo al común del pueblo quiteño; y debajo de esta
suposición, aún ten-
dría siempre mayor necesidad de combatir su barbarie. Si un benemérito y
digno pro-
fesor de ésta, haciéndose su legítima voz, pronunciado no tanto como su
eco sino
más bien, como su verdadero oráculo calumnia al desengañador con
groserísima y atroz
acusación; se hace preciso que
confiese este acusado, que no ha
tenido bastante su-
frimiento para pasar en silencio las quejas de su cruel herida; ni para
dejar de hacer
patente la ignorancia profunda del acusador. El vulgo volverá a
encogerse de hom-
bros, se asustará y desde luego proscribirá la apología y el autor. Pero
éste fundado
en la doctrina de los padres de la Iglesia, no duda seguir su conducta
en la repulsa
de los maldicentes adversarios; y no teme justificar su ejemplo y
proceder. Oh, cuán
presentes tiene estas palabras de San Gerónimo: Nolo insuspiciones
hoereseos quem-
quam esse pa patientem, ne apud
eos qui ignorant inno centiam ejus dissimulacio
conscientice judicetux si taccat. Epis. 38. Sin el más mínimo átomo de afectación cree
que el M. R. P. le agradecerá este benignísimo dictamen que ha formado
acerca de
su mérito literario. Gustará su reverendísima llamarse más bien
ignorante, que no ape-
llidarse maldiciente, maligno, adulador ni envidioso. Estos últimos pero
infames dic-
tados, ni los merece el M.R.P.M. ni le adecúan. Y en estos coloquios
deben proscribir-
se; por que iguales epítetos son los borrones de la elocuencia y los que
debe descono-
cer la urbanidad. Por ignorancia, si, por ignorancia, de los hechos, no
aplica bien el gran
párrafo dirigido al autor del Nuevo Luciano, ni caracteriza mejor sus
ardientes cláusu-
las. Ignora en efecto cuál es la aceptación con el público que tiene el
autor de la ora-
ción fúnebre. A la verdad no es tanta, que no desagrade a muchísimos con
lo que, o le
oyen salir de su boca, o de su pluma. Aun sobre lo que acierta, tiene y
padece sensuras
de mala casta, y producidas de gentes de bronce. La misma oración
fúnebre se dijo
que era llena de vicios por muchos capítulos; y este juicio le
pronunciaron los dichos
escribientes de los Anti-Lucianos Píos, sus bárbaros aprobadores,
partidarios y devotos;
los idiotas, los salvajes de Cuenca, Barbacoas y Loja. En tanto el autor
del Nuevo
Luciano o ha prescindido del examen de la oración honradamente, o ha
despreciado
el ciego parecer del vulgo: luego mientras una gran parte del triste
público quiteño,
que parece ser la envidia misma, murmura, maldice, reprueba y se
desgañita, sólo
el autor del Nuevo Luciano mira con serenidad, o con generoso
desprecio, que la
parte que le toca, no es otra sino el silencio.
Ignora el M. R. P. M. qué cosa es ser la misma envidia cuando dice que
lo es el autor del Nuevo Luciano. Ya veríamos en el mundo un vicio destituido
de su misma esencia. Veríamos que había en la Tierra un hombre que envidiaba la
mise-ria, la desgracia, en una palabra, el complejo de las calamidades. Tal es
la ignorancia. Tal el defecto de talentos. Ambos son combatidos en las nueve
conversaciones. La tontara con lástima; la ignorancia con burla. Mas como nadie
tiene la obligación de traer al mundo ilustres cualidades de espíritu cuando
nace; de allí es que al estúpido se le ha compadecido, con tal que no quiera
hacer pasar por nobleza de alma lo ple-beyo de su gran rudeza. Igualmente, se
ha usado de indulgencia con los ignorantes; porque se ha visto que no todos
deben saber. Pero aún ha ido a mayor distancia la disimulación; por lo que no
se ha tocado a aquellos ignorantes; que debiendo ins-truirse de algún modo por
su profesión, estado o empleo, viven contentos de su ig-norancia y la confiesan
con humildad. Han padecido la burla de los orgullos que quie-ren imponer de
doctos; y con su verdad era ignorancia, son los que se oponen a la introducción
del buen gusto de los buenos conocimientos y de una sana literatura. Parece que
no cabe un átomo de envidia a la vista de estos dos abyectos melancólicos. Esta
villana pasión, que es la parte de toda Alma débil, la herencia de todo
espíritu bajo, el carácter de todo corazón abatido, es la tristeza del bien
ajeno, según la co-mún definición; y San Crisòstomo la ha descrito
enérgicamente en estos términos: Perspicuus eternimfuror est prosperis aliorum
rebus angi. Tom. 1?, hom 27. inep. 2 ad corint. Sería aun peor locura
conjugarse por los males de nuestros prójimos, con esa angustia propia del
envidioso; sino que la falta de doctrina, y de talentos, juzgue
el autor del Nuevo Luciano con error invencible que es verdadero bien y
que es la feliz prosperidad del M. R. P. M. y de todos aquéllos a quienes le
parece que envidia el autor del referido Luciano. Estaba éste para creer que la
reputación vanísima, que logran de literatos para con el vulgo quiteño, juzgan
que es la cosa más estimable del mundo, una fama digna de conservarse, un
crédito digno de no perderse, y un honor sólidamente establecido. Y debe estar
así persuadido de que creen estos pobres hom-bres, que es envidiable éste su
falsísimo honor, al ver el empeño con que se pretende hacerle aborrecible con
todos los lectores de la aprobación por el carácter que dice el M. R. P. M.
distingue al autor de Luciano, de ser la misma envidia. ¡O gente tan santa y
tan dichosa, que ha hallado en su engaño su buena venturanza. Pero por si acaso
la calificación del M. R. P. M. hubiere merecido a algún Lector a lo menos
alguna duda, véase aquí el modo de salir de ella, y el argumento más
ineluctable. La envidia desde luego se intristece (en nuestro caso) del aplauso
y gran nombre que tiene todo literato, por sus talentos y doctrina. A nadie, a
nadie perdona, antes si el individuo que descollase más que todos será el
objeto de sus iras, el blanco de sus tiros. La crítica, al contrario, haciendo
justicia descubre el mérito del uno, la impos-tura del otro. Dice aquí hay
Doctrina sólida, juicio recto, buenas potencias, buen es-píritu; allá no hay
más que fuego fatuo, falso esplendor de una imaginación desorde-nada, ninguna ciencia,
ningún método, ningún seso. La crítica en estos decretos no tiene por objeto
humillar al literato, al impostor, al favorecido de las preocupaciones de un
vulgo ciego, y para hablar con Horacio de un profano ,vulgo, sino instruía a
los unos la verdad, precaver a los otros del engaño: abrir de éstos la senda
del gusto, vedar aquéllos el que beban en los manantiales de la corrupción.
Siendo esto así, vea-mos a cual de ellos ha manejado el autor del Nuevo
Luciano, o la envidia que devora cuanto encuentra, o la crítica que separa lo
precioso de lo vil. Sea pues haciendo memoria de algunos sujetos citados en las
nueve conversaciones. Aquí entre jesuítas que tuvieron aceptación y fama en
nuestra provincia, se censura la falta de juicio de un Aguirre, de la
literatura de un Muñoz, la de buen gusto de un Coleti en oratoria, la de
verdadera elocuencia de un Milanecio, la de Teología Moral de un Socueva, la de
todo conocimiento de un Don Sancho de Escobar. Pero se aplaude y celebra y aun
se enardece la pureza de latín y su profunda penetración de un Simter, de un
Coleti, de un Maguin: la Retórica y Poética de un Larraín: el juicio filosófico
de un Hospital, de un Rodríguez la exquisita erudición, y ciencia de un Pedro
Vallejo; la estudiosidad y celo de un Aguilar: la doctrina y piedad de un
Garrido: los finos talentos de un Ayllón: la literatura de un Marcos Vega.
¿Quién decreta pues con juicio tan imparcial, la crítica o la misma envidia?
Vaya otro ejemplo. El M. R. P. M. ha dicho que es tal la aceptación que el Dr.
Yepes logra con el público, que nadie se atreve a injuriarle. Quiere estar el
autor del Nuevo Luciano por breves momentos con el M. R. P. M. Después de esto
le pregunta, ¿es carácter de uno, que es la misma envidia perdonar al que sobre
todos goza mejor renombre en el público? ¿No es, su condición intentar deprimir
al que más sobresale, obscurecer al que más luce, manchar al que más brilla,
morder al que goza más favores, lastimar al que más se aventaja? Buen
privilegio es, y muy singular prerrogativa, quizá hasta aquí a ninguno
concedida, que el doctor Yépez no sea invadido de la misma envidia cuanto ésta
ha escrito sin que nadie le pueda descubrir ni conocer; y cuando su carácter no
ha sido otro que el de la sana libertad de pensar y de escribir. Vaya otro
ejemplo: y para ponerlo desea saber el autor del Nuevo Luciano si toda nota que
le pone al uno de bobo, al otro de ignorante, a éste de mal educado, a aquél de
falso espíritu es el efecto de la misma envidia. El M. R. P. M. dirá que sí y
lo afirmará sobre los Santos Evangelios. Conténtase pues por ahora el Dor. de
Cía. con el dictamen del M. R. P. M. y se diriga a lo que le importa en la
forma siguiente. Al principio de la nona con-versación se introduce la gran
sentencia de un gran magistral la cual podía ser puesta para la instrucción de
sola idea; y este magistral pudo también venir allí fingido; porque ni a él se
le nombraba; ni se daban señales, por las que precisamente se coligiese que
fuere el actual de la Catedral de Quito. Pero éste, que pudo haber tra-tado
solamente de enmendarse, se ha dado por entendido, y ha sacado su nombre a
plaza en un foletillo de los desparatorios con el nombre de sermones. Sea así
en hora buena; y desde luego que se afirma lo primero que se entendió allí en
ese pasaje el magistral de esta Santa Iglesia Dor. D. Maximiliano Coronel. Se
afirma lo segundo, que la proposición de: No es necesaria la Santa Escritura
para predicar, la profirió
muy seriamente el año pasado de 77 en la Hermita de Racoletos
Mercedarios en la
celda del R. P. M. Fr. Cristóbal Auz, en
presencia del Doctor de Cía, autor de las
conversaciones citadas. Se afirma lo 3° que por este motivo se pusieron
estos tres
fallos en éstas: El no sabe lo que se ha dicho: su magistral ignorante
de su obliga-
ción no supo lo que se dijo: No sabe
el A. B. C. de sus obligaciones. Se afirma
lo
cuarto, que este magistral no ha tenido
en esta ciudad, ni el mérito de ingenioso,
ni la fama de docto. Se afirma lo 5°, que citarle en la nona
conversación no fue
porque tuviese algún nombre, sino por prevenir
a él su preocupación, y a los demás
el que oyéndole algunas proposiciones falsas
no las aceptasen (únicamente por que
le oigan predicar con frecuencia) como verdaderas y evangélicas. ¿Quién tiene parte
en este lenguaje, ni le tuvo en los tres fallos de la nona conversación,
la misma en-
vidia, o el celo, o la verdadera crítica? No quiera ahora el M. R. P. M.
hacerlo en-
vidiable por alguna parte al
bonísimo magistral, ni pretenda tan injusta
demanda;
porque cederá cualquiera empeño suyo en propia afrenta. Se tienen ya
fuera de la
prensa diez sermones que es lo mismo que decir otros tantos satíricos
Polyfemos, Cen-
tauros, Faunos y Quimeras. A la vista de tantos monstruos estampados,
según dice el
magistral en la Dedicatoria al limo. Sor. Sobrino, porque se considera
obligado a defen-
der su honra, que tisnó la malidicencia, y desacreditó la osadía oculta
de aquél que
con el nombre de Nuevo Luciano de Quito, no perdona carácter ni respeta
personas.
Y para hacer ver a Luciano, y a
los que le leyeren, que mal pudiera haber decretado
contra la necesidad de la Sagrada Escritura quien, apenas trae cosa en
sus sermones,
que no sea letra o deducción de ella, principalmente de los Libros
Historiales. A vista
digo de tanto monstruo, ¿quién
será el hombre de mediado entendimiento,
que no
suelte la carcajada? ¿Habrá quien diga que el magistral es digno de
envidia; y que
quien le censura no es la razón sino la misma envidia? ¿Será envidiable
un hombre,
que en su monstruosísima dedicatoria pone por estas palabras: Empeñarme
a que se
impriman los Sermones estas, otras, horrísonas de mala expresión de peor lenguaje
e inteligencia. ¿Y por lo que
toca al motivo de allanarme y aun positivamente empe-
ñarme en la prensa? Hace juez al mismo M. R. P. M. y no duda oír una
sentencia
favorable del Dor. de Cía, cuando hace memoria que S. Rma. por no
aprobar la ig-
nominia del sentido común, se
excusó y aún resistió hacer de censor
después de
nombrado ya por el ordinario. El autor del Nuevo Luciano da muchísimas
gracias a
Dios porque permitió que saliesen a la luz pública los dichos
disparatorios. Eran unos
monumentos, que para probar la literatura quiteña, el gusto viciado de
nuestros po-
bres predicadores; y mucho de lo que había dicho en sus nueve
conversaciones deseo
tener a mano transcribir fielmente, y remitir a jueces imparciales, que
pronunciasen
su merecida condenación al País de las Tinieblas. Lo mismo deseo con el
sermón fa-
mosísimo de Dolores del Dor. Don Sancho de Escobar; ni por otro motivo
lo empeña,
y estimula tanto en su Marco Porcio Catón a dicho doctor para que lo
diese a la
prensa; sino para hacer ver si fuese posible, a la faz de todo el mundo
literario que
era una pobre pieza digna de lástima, la
producción de una ebria imaginativa,
el
parto de un loco entusiasmo, el efecto de un furor quijotesco.
Si esto es lo que
deseo y aun ahora con la misma ansia, desea el Dor. de Cía. con un
sermón de Don
Sancho, que de veras, respecto del magistral es un Demóstenes, un Cicerón,
y en
saber y talentos, un verdadero Salomón, como no desearía ver impresas
las necedades
y locuras de éste ¿qué diré? Héroe del púlpito, gloria, alegría y honra
sublime del
pueblo quítense? Y ahora que las ve de letras de molde, antecediendo a
unas apro-
baciones del mismo género, ¿cuál no sería su inexplicable contento? Es
cierto que la
apología más luminosa y enérgica del Nuevo Luciano de este cuaderno del
Santísimo
Magistral. Y el autor de las
conversaciones desde luego se ve en la
necesidad de
confesar que es envidioso. ¿De qué o por qué? De la eximia satisfacción
de este hom-
bre raro. Y ¿por qué da a su nombre, a
sus expensas y a costa aún de la esperanza
de cobrar fama en lo futuro una prueba brillante de su ignorancia y de
su ineptitud?
Contento hasta el último punto con
sus abortos y consigo mismo véase allí que es
el bienaventurado entre todos los mortales, con la gloria que él mismo
se ha labrado:
Animal colum gloriae. Eso sí que es envidiable.
El Abad Trublet, en sus ensayos sobre diversas materias de literatura y
de moral, en el de la lectura dice así: Cuando se sabe pensar, siempre hay
mucho que saber en la lectura de cualquier libro que sea. Hallase pues que
máxima tan excelente, de un genio tan penetrativo y que conoció a fondo la
naturaleza del entendimiento, es falso
en el caso presente, o si es verdadera deberá ser no contando un
cuaderno de deli-
rios, por un libro. El único pensamiento
que ha observado puede formarse por su
lectura, es que no se sabe hasta qué extremo llega la flaqueza del
espíritu, ni hasta
que términos se puede entender la ceguedad del amor propio. Y que quien adelanta
este pensamiento debe temer justamente el ser lisonjeado de su misma
idea, y sedu-
cido de su propio corazón. Aquí
están los convencimientos más obvios
de que el
autor del Nuevo Luciano lejos de ser la misma envidia, es hombre de celo
y de ca-
ridad. Y el M. R. P. M. debía ya
confesarlo así en su misma aprobación;
pues que
ésta la dio después de haber leído al cuaderno intitulado Marco Porcio
Catón o me-
morias -para la impugnación del Nuevo
Luciano, y debía en éste haber
conocido el
espíritu que dominaba a su autor. Ahora mismo juzga éste que el M. R. P.
M. le
hacía envidioso o del Dor. Don Sancho de Escobar, o de su Rmo. Pero
siendo así
véase una demostración matemática del juicio falso del R. P. M. y cuál
debía haber
evitado, todo que se
ha dicho hasta aquí. Ruega pues
con el mayor encarimiento
a dicho Dor. Escobar, Cura de
Zámbiza, ex-jesuita que promueva y solicite la im-
presión de un Sermonario completo de cien Sermones cuando menos, en el
que entre
el famoso de Dolores, y aun los tres posteriores de S. Pedro, San José y de Ceniza,
en los cuales confesó, y aun se conoció que venía a predicarlos muy amendado. Por
lo que toca al M. R. P. M.
debía también suplicarle diese los
suyos a la prensa,
especialmente uno de Ramos, predicado después de publicadas las nueve
conversacio-
nes, en el que dijo por Luciano, que éste a los hombres raros como su
Rmo. los tocaba
con su maledicencia en la médula del honor; y en el mismo vino también
la hermosí-
sima descripción de la Perspectiva que la hizo a fuerza de Geómetra
sublime. Pero
por ahora se contenta, cuando es dable contentarse, con sola la
Aprobación blancar-
dina estampada de buena letra y con bellos caracteres.
¿Habrá también envidia en
desear esta publicación?
Ahora da razón de las palabras Blancardo y Blancardina a la verdad no es
ri-gurosamente, como algunos las han entendido, que signifique Fraile y
Frailesca, menos Mercedario y Mercedaria. Serían voces demasiado ofensivas para
los oídos piadosos. El autor del Nuevo Luciano y del Marco Porcio Catón,
viviendo y oyendo los des-propósitos, las sandeces, las equivocaciones, en una
palabra, la profunda ignorancia de los que se dieron por ofendidos de sus
papeles, y mucho más leyendo la famosa aprobación del M. R. P. M. se imaginó
atacar dentro de su propio domicilio, a esta mala casta de impugnadores; y para
esto se propuso escribir un papelillo que tuviese por título y objeto: La
Historia de la ignorancia. ¡O qué beneméritos héroes no des-cubriría! ¡Qué
patronos de ella! ¡Qué días tan llenos! ¡Qué edades tan fecundas de noticias!
¡Qué siglos tan felices de hechos! Pero no teniendo todo el tiempo necesario
para dar según su genio con mayor prontitud este espectáculo al público, trató
de hacer que en estos siete Diálogos, Blancardo quisiese sofisticar un hombre,
no menos ignorante que rudo; y que Ciencia Blancardina, no quisiese decir más
que la misma ignorancia con apariencia de que no lo era. Así Blancardos habrá
de todas condiciones, de todos estados, de todas profesiones; y Ciencia
Blancardina habrá en capillas, bone-tes, corbatas, pelucas y golillas.
Contráese todo esto con más especialidad al M. R. P. M. Debe ser así; porque
provoca y hiere con lo más sensible del honor a un católico-romano. Ni debe
extrañarse el que se le trate de ignorante. Usando de este mismo término, han
rebatido calumnias e impiedades de los herejes, los Santos Padres. La historia
eclesiástica abunda en estos conceptos; y usar de alguna severidad en estos
Diálogos era lo mismo que aplicar cauterio a un apoplético, para que se
restituyese a sus sentidos, y que aun cuando no lograse la vida temporal,
asegurase la eterna, a beneficio de la confesión y penitencia.
El Dr. de Cía es cierto que no puede recibir otra satisfacción sino la
de hacer conocer (representando en compendio lo mismo que el mundo inteligente
sabe) que no debe ser creído el M, R. P. Arauz en la proposición calumniosa e
infamatoria que le dirige y apropia; y que ha estampado para tiznar su
verdadero honor, ese honor sublime y celeste, que resulta de la augusta
profesión de católico cristiano. Importaba pues saber (bien es que se recalquen
estas especies con venia de los lectores) quién o qué cosa era un P. M. tan
decisivo, y qué tan mal le había tratado. Si era un hom-bre la doctrina, de
entendimiento, de celo y probidad. El mundo todo,
Nota del editor: Los mss. —el de Jijón Caamafio y el de Díaz Cueva—
vuelven a concordar en la página 513.
to y de celo. El mundo todo, esto es,
hasta la ínfima porción del vulgo, verá
en sola la glosa de la aprobación, que
a no lo es, y entonces quedará el autor
del Nuevo Luciano, en la posesión de pío, religioso y obediente a todas las
leyes de la Iglesia.
Lab- primera conversación,
parece, desde luego,
muy cansada y debe
llamarse así por los inteligentes. Y de ellos esc de quien
espera el autor,
que, conociéndolo, atribuyan este defecto al deseo que
tuvo presente de
acomodarse con el genio de sus
compatriotas, inclinados a la
risa, y de d ma-
nejarles el gusto, para que pudiesen entrar
más de buena gana en la lectura
del papel. e Juzgó que este objeto era el que debía
prevalecer aun más que
el de ceñirse rigurosamente a las escrupulosas leyes del diálogo, que el
autor
debió saber,f y se
lisonjea de que las sabe, porque 9
empezando desde Platón
ha leído y visto al mismo Luciano, y
a otros dialogistas de grande mérito.
Por otra parte, su fin no fue salir con su pluma fuera de su patria, ni
aun dejarse ver, sino escasamente en algunas copias manuscritas. Y cuando tuvo
la noticia de que alguna persona deseaba dar el Nuevo Luciano a la prensa, no
fue pequeña su mortificación, y su bochorno aun h fue mayor. No se contentó con
hacer lo que Apeles, que se ponía oculto detrás de sus retablos para oír el
juicio que hacía el público de ellos, y para aprovechar del dicta-men de los
más ignorantes, retocándolos, sino que fuera del velo de anó-nimo con que se
cubrió para escuchar más que cómodamente el parecer y cen-sura de los literatos
quiteños, limitó todos sus deseos, y aun toda su' am-bición, si así se quiere
llamar, al solo Reino de esta ciudad: debió pensar así, porque a su pluma le
habría ' dado un impulso tan vehemente, que de un
DC: que no lo es, quiere
decir, que es una densa tiniebla en materia de al-cances y de letras. Entonces,
sí, que quedará el autor...
DC: Por lo que mira a la
primera conversación, parece que está muy cansada, y desde luego debe llamarse
así...
DC: es de los que espera
DC: a la risa; y al de manejarles...
DC: en la lectura del papel.
Por el mismo motivo el principio, y un poco más del segundo diálogo, están
bastante chocarreros. Y juzgó que este objeto de ha-cerse agradable al común,
más que estimable a las gentes de espíritu, era el que de-
biese prevalecer sin tratar de ceñirse con rigor a las escrupulosas
f DC: saber, y se le permitirá diga que se linsonjea de que las sabe,
DC: mismo Luciano griego, y
a otros dialogistas de grande mérito: y por lo que toca a los que describan sus
preceptos ha tenido muy a la vista los que trae He-neccio en su tratadito
intitulado Fundamenta Stíli Cultorís, que vale por muchos. Con todo esto si ha
contravenido a las reglas, fue igualmente, porque su fin no fue salir con su
pluma fuera de la patria, ni aun dejarse ver en esta misma sino muy
escasa-mente en algunas copias manuscritas.
h DC: aun fue mayor. En este mismo tiempo se ocultó lo más que pudo; y
alguna vez le pareció imitaba al grande Apeles, que escondiese atrás de sus
primo-rosos retablos, oía el juicio de necios, y de discretos, y el que se
formara el público de ellos: para aprovechar si fuese necesario, del dictamen
de los más ignorantes, reco-tándolos. No se contentó con esto sino que fuera
' DC: su ambición, si así se quería llamar al solo vecino de esta
ciudad. Debió pensar así,
¡ DC: había
vuelo muy veloz, infirió que ella incurriese a vicios enormes y
notables. Y aun-que hacerlo así fue por manifestar su celo patriótico a tiempo
oportuno, esto es, cuando estaban recientes aún las especies del famoso sermón
de Dolores; pero concebir una idea y darla a luz, entregándola, muy luego, al
gusto del público, no puede carecer de precipitación. Este es uno de los
defectos que también acompañan a estos diálogos, y le doliera mucho que (si
alguna vez cayere b en la vanidad de hacer de c escritor), no pudiera vencer
esta ligereza, respecto de la cual escribe sin detención todo lo que juzga
podría aprovechar alguna vez al lugar donde tuvo la felicidad de nacer.
Confesar esta rapidez de pluma, ya se ve que es descubrir más bien sus
naturales imperfecciones que recomendar su mérito, ni él pretende, al favor de
una delicada sagacidad, y de la fuerza irresistible de la Retórica, prevenir el
juicio de sus lectores, y sorprender su aprobación. Confiesa, desde luego, que
nada vale, y, lejos de pedir recompensa, como aun en las naciones cultas
solicitan autorcillos de historietas, novelas y madrigales, no quiere ni aspira
a otro premio sino a que sin más averiguar quiénes le dejen en la posición de d
autor incógnito.
3
b
DC: incurriría
DC: cayera
DC: de escritor, no pudiese
dominar y vencer esta natural facilidad respeto de la que escribe sin la mayor
detención todo lo que juzga conveniente y que podría alguna vez aprovechar al
país donde tuvo la dicha de nacer. Confesar esta rapidez de su pluma, ya sabe,
que más bien es descubrir sus naturales imperfecciones que recomendar su
mérito. Más facilidad, se podría decir (son palabras del Abad Trublet) que
supone más fuego y vivacidad, y no mayor fondo de espíritu. La facilidad no es
una perfección; pero es una ventaja. No se escusa una obra malescrita, por
decir que ha costado poco (dice el mismo Abad en otro pasaje) cuando ella
debiere ser muy trabajada: al contrario ella desagrada más, porque es más
imputable al autor su ne-gligencia. Y es un desprecio del público darle piezas
compuestas sin diligencia, y he-chas a prisa. Este desprecio le ofende y le
indispone contra la obra. Pero éste es el carácter del autor del Nuevo Luciano
la sencillez, la ingenuidad. Por ellos confiesa otras dos cosas, a saber que no
ha retocado estos diálogos, porque aunque les pusie-ron algunas notas sus
compatriotas, las creyó del mismo mérito y hermosura que las que puso en su
Marco Porcio Catón indignas de responderse y nada bastantes para hacerle mudar
de opinión. La segunda es que desde luego persuadido a remitir estos diálogos,
fuera de su patria quiere oír de personas sabias el juicio que de ellos se
hayan formado; y esperar que se dignan honrarle con su censura para poderse
enmen-dar; porque siendo aún de solos treinta y cinco años no desespera de su
corrección, ni él pretende al favor de una delicada sagacidad, y de la fuerza
irresistible de la re-tórica prevenir la crítica de sus lectores; mucho menos
sorprender su aprobación. No es éste el objeto de un prefacio, y si hemos de
arreglarnos a lo que dice el insigne Loke, un prefacio no es un discurso, ni
una apología. Si no lo es, por los mismos confiesa aquí que nada vale, y lejos
de pedir recompensa,
DC: de autor incógnito. Es ella del mayor interés y acaso la que más le
lisonjea y honre. Ser estimado si tiene algún mérito, sin ser conocido será su
verda-dera gloria. Y aún después de haber logrado aplausos nada sospechosos de
personas sabias, donde las hay, cuida por lo mismo de su obscuridad, por no
añadir una afrenta a la razón humana, una ignominia al buen gusto, un San
Benito al bello espíritu; porque realmente todo lo es; la flaqueza del hombre,
que habiendo estimado la obra sin conocer a su autor, después por conocerle
quita todo el precio y valor a la misma obra que le gustó. Debilidad insufrible
de la condición humana. Conózcase, pues, el libro y no quien de la formado.
Pero con todo esto,...
Pero, con todo esto, no
renuncia el derecho de que se le tenga por a fidedig-
no, y por hijo ohedientisimo de la Iglesia. Ahora se ve en la
obligación de
pedir a sus lectores le hagan la
justicia de poner en paralelo los dos
juicios
siguientes b en los que halla el autor (sin atreverse a prevenir el dictamen
de los que los lean), que si el del verdadero Murillo peca por la ridiculez,
el del R. P. M. añade a ese pecado el
de la calumnia y la injusticia.
Vale.
Juicio c del Dr. Murillo con
todos sus yerros de ortografía.
Un Momo.
Juicio d del R. P. M. Arauz con
todos sus yerros de ortografía
Lo mismo debía prometerse de toda la oración, haciendo memoria de que es
tanta la aceptación que tiene su autor con el público, que la envidia misma con
el nombre de Luciano e lejos de atreverse a su ofensa, le tributa venera-ciones
y aplausos a su mérito. No ha mucho que hizo ver su negra melanco-lía vomitando
su humor pestilente, y un cruel veneno aun contra lo más respetable y sagrado;
pero con todo, siendo así que cualquier aplauso ajeno, por corto que sea, le
había sacado lágrimas a su dolor, al ver al Dr. D. Ramón
. a DC: por fidedigno, y con más razón de que se le conozca por hijo
ohe-dientisimo
DC: siguientes, en los que
halla el Dor. de Cía, sin atreverse a preocupar el dictamen de los que los
lean, que si el del verdadero Murillo peca por la ridiculez, el del M. R. P. M.
añade a ese pecado los de la calumnia, y de la injusticia más crudl. Y para que
no se crea que hay alguna infidelidad en las citas en las cláusulas de la
aprobación, se da toda ella fielmente sacada según salió de la imprenta de
Quito. Vale.
DC: Juicio del Doctor
Murillo sobre el autor del Nuevo Luciano con todos sus yerros de ortografía.
Un Momo: incógnito Bacilisco, vuelve como perro al vómito, poniendo por
inter-locutores al Doctor Mera y a Murillo. Quien responde, con una octava y un
terceto al autor de Luciano y de este otro, que sus libros deben ser sepultados
con Zoilo en el sepulcro, por ser sin fruto Lucimianto, indignos de aplauso,
que así lo hizo Tolomeo, Rey de Egipto.
La raposa envidiosa llega a pisar
oro, joyas, sin reparar, de lo venidero
Que Tolomeo a Zoilo, le hizo cortar
una cabeza airada, contra Homero:
Escribió un libro, y quizá con el cortejar Negoció la muerte, que se la
dio severo todo pidió, Zoilo, por emulación.
El laurel ganó Catón, con discreción.
Si eres Esquines, quítate la máscara
Zoilo; deja a Murülo y al Dr. Mera
Pon a Salustrio, a Galba, a tu frionera.
DC: Juicio del M. R. P. M.
Arauz sobre el autor del Nuevo Luciano con todos sus yerros de ortografía.
DC: Añadido marginalmente: Papel Satírico Pseudónimo.
de Yépez, disimuló los puñales de su pecho, y poseído del mayor susto se
echó a sus pies confesando la grandeza de su mérito, la elevación de su
ingenio, la belleza de sus letras, hasta publicarlo dechado de oradores
sagra-dos, jurisconsulto insigne, teólogo consumado. ¿Qué diremos de este
talento gigante que a la misma envidia le pone la triste precisión de disimular
con la serenidad del rostro la tempestad de su corazón? ¿Qué debe decir la
justi-cia cuando hasta la sinrazón no se atreve a injuriarla?
DIALOGO PRIMERO
Mera, Murillo y Blancardo
Mera. ¡Oh! ¡mi amado Dr. Murillo! Novedad es ver a Vm. en este país: vea
a cualquiera el motivo que me le trae, sea Vm., muy bien venido a él, en junta
del caballero que le acompaña.
Murillo. A la verdad que el motivo es, Señor mío, muy superior y capaz
no sólo de traerme y llevarme a Ambato; pero aun de hacerme peregrino por todo
el mundo y de volverme el viajero de todo el globo terráqueo.
Mera. Como no sea de aflicción, habrá lugar para hacer memoria alegre de
las conversaciones que tuvimos en Quito, ha más de un año y medio. Y juzgo que
aún nos convida esta apacible estancia a repetir otras, en que más libremente
se pueda esparcir el genio, y ande la chanza en boca de todos, desterrada la
seriedad que gasté en Quito.
Murillo. Sí, Señor, las repetiremos lindamente; y si allá en la ciudad,
con el poco tiempo que Vm. holgaba con mi galante sabiduría y persona, hicimos
una novena, ahora con más dulce y largo ocio, formaremos una centena, y más
habiendo materia para una millarada de conversaciones.
Mera. Pues, manos a la obra. Dé Vm. brevemente la materia.
Murillo. Que la dé Moisés Blancardo, que aquí viene conmigo, y por
cierto que carga mucha podre. ¡Ca! Diga Vm., caballero, militar, real,
re-dentor y qué sé yo qué más.
Blancardo. Diré, Señores míos, que si Vms. quisieren repetir sus acres
conversaciones, será primero satisfaciendo a los reparos y objeciones que con
el título de Memorias para la impugnación del Nuevo Luciano de Quito, hice por
el mes de junio de este año de ochenta, ajustando un tomito de al-gunas hojas.
Mera. ¡Oh prodigio! ¿Conque mi Nuevo Luciano ha tenido conmemo-ración
anual de Memorias?
Murillo. Ha dejado muchísima memoria.
Blancardo. Ha puesto tanta, porque ha tocado a muchísimos, no sólo en la
cadavera, sino en la interior médula del honor, que habrá memoria para un
siglo.
a DC: fuese cualquiera
Mera. Pues saque Vm. su buen librito, caballero mío, a ver si le puedo
satisfacer.
Murillo. No lo saque Vm. caballero mío. Ese librito ni objeta, ni
im-pugna, ni dice cosa de provecho. Por eso, y por tantos denuestos convicios e
injurias que vomita contra el autor del Nuevo Luciano, no ha tenido algún
aprecio, ni merece respuesta, y darla, sería honrar bien a la barbarie.
Blancardo. Pero, ¿cómo se pasarán Vms. sin responderme ni una sola
palabra?
Murillo. Desenvaine Vm. otra obrilla que ha forjado, y que ha parecido
de letra de molde, y entonces rogaré a mi Dr. Mera, que hable sobre la materia.
Mera. ¡Hola, amigos! Fuera de las Memorias, ¿habría algún otro escrito
contra mí?
Murillo. Belleza, belleza, Señor Doctor, Acaba de salir de la imprenta
una oración fúnebre, que en las exequias que se hicieron a la memoria del
difunto Obispo de Badajoz, pronunció mi caro amigo el Dr. Dn. Ramón de Yépez. A
ella, pues, antecede una hermosa aprobación de este caballero Moisés Blancardo,
hecha por decreto del Ordinario, y en el penúltimo párra-fo hay una gran cita,
que hace muchísima honra a nuestras conversaciones. Apenas la acabé de leer,
cuando, arrancando el pliego que la contenía, pre-paré viaje hacia donde Vm., y
determiné buscarle por toda la redondez de la tierra, para darle noticia tan
exquisita. Vea Vm., que le he hallado en su dulce patria; que, por acaso feliz,
he venido a su presencia en junta del mis-mo autor, y que está declarada la
ocasión de nuestras alocuciones. Manos y oídos a ellas, examinando la citada
aprobación.
Blancardo. Nada escribo en ella que no lo haya meditado y puesto con el
más melifluo acuerdo.
Mera. Pues bien, caballero mío, examinaremos, por ella y por otras
noticias, la ciencia que Vm. tiene, y ella será el objeto de esta nuestra
con-versación, dejando para la segunda parte de mi Luciano, el satisfacer a sus
Memorias.
Blancardo. Estoy cierto, que la crítica más escrupulosa no tendrá que
decir de estas cláusulas, con que empecé a tirar mi aprobación. Y en medio de
que la grande satisfacción y aplauso con que se oyó, cuando la dijo en aquel
gravísimo y docto concurso, fue una muy calificada aprobación, leyén-dola
después con prolija atención.
Murillo. Tenga, tenga, que estoy de celos. Hasta ahora yo sólo me creí
en la provincia el legítimo poseedor de los lindos consonantes y de los ver-sos
azucénicos. Vaya uno de ellos:
Todo el mundo no dude que será
Medio de que la grande satisfacción
Del auditorio forme ya en su aplauso
El elogio cabal con que se oyó.
Pues gravísimo y docto aquel concurso
Con voz grave, con canto y de clamor,
Con badajos, campanas y esquilones
Fue una muy calificada aprobación.
Todo soldado de a pie y de a caballo
Que al Rey sirve en Quito, en Lima, en Badajoz
Pronto al arma, pronto a su ejercicio,
De Blancardo al repique tenga atención.
Qué dice, mi Dr. Mera, ¿no está de retintín y de primera?
Mera. Gracioso comento le ha puesto Vm., y le está por cierto con
de-masiado escrúpulo, el reparo que ha hecho de la multitud de consonantes.
Ellos enfadan y sientan muy mal en la prosa. Pero cada uno se explica como
puede, o como le enseñó su madre.
Blancardo. Me he explicado como dije a Vms., después de larga
medi-tación. . .
Murillo. No me cause más inquietud: basta de consonantes, y no nos
estomaque con todos los acabados en or y on.
Blancardo. Esa es puerilidad, no perdonar tan despreciables
menuden-cias. Oigan el contexto, y desde luego consiento en que se repruebe
todo defecto o error, que se hallare en lo sustancial de mi parecer. Decía
pues: La he hallado tan cabal, libre de toda censura y tan superior. . .
Murillo. Dale, que le darás, y vaya con su textito: Ormas haec arbor:
an in omnas haec sindon. 3
Blancardo. No acababa la cláusula. Sigue así: Y tan superior a la
crítica más escrupulosa que antes ha crecido en mí tanto más el aprecio, cuanto
más he meditado la elevación del discurso.
Murillo. El doctosísimo concurso
verá nuestra aprobación,
y dirá su elevación
es de Blancardo el discurso.
Mera. Ea, pasemos a la siguiente cláusula. Lea Vm., caballero mío.
Murillo. Ah, otra vez dirá Vm., caballero nuestro; porque lo es en cuer-
po y alma, y aun sabía poseer la primera oración del Padre nuestro.
Mera. Pero deje Vm. que prosiga leyendo.
Murillo. Que prosiga, si da pruebas palmarias de que ha sido buen
lector. Prosiga, pero ha de ser tragando el moco y esta pitanza. Ha dicho
Moisés Blancardo: La he hallado tan cabal. Aquí de la justicia. ¿Tiene aca-so
Vuestra merced en la mano aquella vara de judicatura literaria, o aquella
medida justa de sabiduría, con que pueda medir cuál es oración cabal y cuál no?
El Doctor Mera ha dicho en la nona conversación, de la oratoria cristiana,
citando a Cicerón, que el orador debe poseer la sutileza del lógi-co, la
ciencia del filósofo, casi la dicción del poeta. El que se hace juez de
un orador por su oración, o de una oración por su orador (válgame a cada
instante el consonante), ¿qué ciencia, qué sutileza, qué dicción no deberá
poseer?
Mera. Estas preciosas cualidades, en efecto, tan difíciles de hallarse
juntas aun en esos habilísimos individuos de las cultas naciones de Europa, que
han logrado una sabia educación, se deben suponer en el caballero Blan-cardo, y
se debe decir que las posee ventajosísimamente, cuando precedie-ron el ajeno
concepto de su doctrina, y el mandato superior para que dijera su parecer.
Blancardo. Ya se ve, que no fue, Señores míos, el vehemente prurito de
que se viera de molde mi aprobación, el que me obligó a hacerla. Fue el motivo
de la obediencia; si no dígalo ella misma, que empieza: Por decreto del Señor
Doctor Don Blas Sobrino y Minayo. Tampoco vivo tan pagado de mí mismo (como si
no fuese deudor), que juzgue tenga los requisitos nece-sarios para ser un
aptísimo aprobante. Es la primera vez que salgo al teatro, y siempre fue de ver
en las tablas, que, si se envejece o muere el primer papel, lo represente el
que tenía el segundo, o el que tenía el de gracioso, en el último lugar. Y así,
como al fin de la comedia pide su autor un perdón, yo al fin de la mía, con más
justa seriedad y con el temple más sano y expe-dito del cerebro y del sentido
común, acabé diciendo: Vaya afuera toda locura: Este es mi juicio, salvo si no
lo condena algún horrendo Luciano in meliori judicio.
Murillo. Puede aparecer en autos este retazóte de confesión; parece algo
ingenua. Voime yo como comisionado en esta causa a formar las preguntas: ¿cómo
afirmando Vm., caballero Blancardo, que juzga no tener los requi-sitos
necesarios para ser un aptísimo aprobante, dice haber hallado la dicha oración
libre de toda censura? ¿Vm., acaso se anduvo por la mollera de todo el
auditorio quiteño, por todos los sesos de los presentes y futuros, de tantos
que en este y el otro mundo leerán la tal oración; y halló en aquélla y en
éstos, que son de propio calibre, de su mismísimo molde y de su mismo ajuste,
malo o bueno, de tornillos intelectuales? ¿Vm., mi caba-llero, juzga que todos
piensan deben pensar y pensarán in saecula saeculorum, como Vm. solo? ¡Ah! Buen
Blancardo, ¡molde propiamente de vaciar Blan-cardos! Si dijese Vm., la he
hallado libre de mi censura, conoceríamos que hablaba la purísima verdad, y que
daba muestras de conocer las uvas de su suelo. Pero asegurar more pontificio ex
cathedra, o verdaderamente con gra-vedad censoria (aquella que usaban esos
severos magistrados de la antigua Roma), que halló la oración libre de toda
censura, es querer que todos nos sujetemos a su dictamen, o que le tengamos por
juicio infalible, digno de vincularse universalmente el de todo hombre nacido,
y aun el de la pos-teridad.
Mera. Noto a Vm. de escrupuloso en sus reparos. Cuando esos
magistra-dos, llamados censores, ejercían sus importantes funciones de la
numeración
de los ciudadanos,a de la conservación de la disciplina y las
costumbres, con derecho de castigar con vergonzosa afrenta de degradación a los
ciuda-danos, a los caballeros y a los mismos senadores, era porque el Senado
les había adornado de tan honorífica autoridad. Así la comisión que tienen hoy
los censores de libros, les da una entera facultad de aprobar lo bien escrito y
de condenar todo aquello que se opone a la religión, a la Patria y a la
disciplina; mas, si la tienen, no es porque ellos se la tomen, sino porque los
superiores que debían por sí mismos traer a serio examen las obras, se la
cometen con amplitud, juzgándolos idóneos para el desempeño de tan hon-rado
ministerio. ¿Qué habrá que culpar al caballero Blancardo, porque diga
cándidamente lo que siente?
Murillo. En buena hora, que sea así o asado, por comisión o por
entro-metimiento, censor o cencerro, Moisés Blancardo, ¿para qué es ahora
me-ternos a la bulla o a la historia, en la que (desde que hablé con Vm. por
marzo de 79), he hecho más progreso que Tito, o Floro Lucio? ¿Es acaso, para
que (ostentando mi literatura), diga que en hora buena sea censor Moisés
Blancardo, como nos confiese blancamente que no es de aquellos censores que se
crearon en Roma hasta el año 416 de su fundación, del cuerpo de los patricios,
y eso (no tengan envidia de los Juanicos), de los patricios más ilustres, sino
de aquéllos en cuyo favor publicó una ley Quinto Publio Plutón, b el mismo año?
Si así lo confesase, también le tendré eternamente por censoreno,c como no
quiera arrogarse eld amplio derecho de la censura de Filaletes, la de Terteto,
la de Vm., la de todo el orbe y aun la mía.
Blancardo. No me he querido usurpar la autoridad que tienen los otros de
hacer censuras; válgame ahora la prudente reflexión del Doctor Mera. Todos los
que son el motivo de la obediencia, del obsequio y de la obliga-ción, se meten
a ejercer el cargo de censores, debe decirse que ejercen un ofi-cio que no les
toca. A lo menos no pueden producir debidamente un docu-mento público de su
ejercicio, aunque por otra parte pueden en el tribunal interior de sus
potencias hacer procesos, definir y sentenciar. Pero no pueden determinar
pública y definitivamente, porque no tienen para ello facultad, o propia o a lo
menos delegada. Por eso cuando digo, he hallado esta ora-ción libre de toda
censura, quiero decir de censura teológica, política, filo-sófica, y al fin, de
cada una de estas censuras y de toda censura, pero mía particular, y que yo
mismo por mí solo pudiera hacer en el expresado sentido.
Murillo. Eso sí es dar que van dando: Intelectus apretatus discurrit, 4
decían mis condiscípulos de gramática latina. Convencido como estoy de su
respuesta, quiero ver cómo se desenreda Vm., del siguiente reparo. Dice
DC: ciudadanos. De la
conservación b DC: Philón
c DC: censorino
d DC: al
Vm.: Libre de toda censura, y tan superior a la crítica más escrupulosa.
¿Qué quiere decir esta expresión? ¿También se deberá entender de sola su
singularísima, más escrupulosa crítica? Creo que no. Y a mi mucha inte-ligencia
se me propone que la clausulilla quiere significar así: yo Moisés Blancardo,
solemne aprobante de la oración fúnebre que el Doctor Don Ra-món de Yépez hizo
y pronunció, y censor por el Ordinario, ordinariamente en toda forma, hago
saber en estas mis letras testimoniales a todo el mundo que las viere, que
siendo que tengo crítica hecha y derecha, y que aún me posee la tal crítica de
los pies a la cabeza, como diablo que no cede a exor-cismo alguno, ni aunque
sea con uno de Padre Dominico, una mala, negra, melancólica, nariguda,a en la desbacada
y escrupulosa crítica, he hallado que esta oración es superior a toda crítica
mía, y aun a otra cualquiera críti-ca la más escrupulosa. Sino es que quiera
decir también que habiendo puesto en balanza a toda la crítica de todo el
linaje humano, es la de Vm. la crítica más escrupulosa; porque el comparativo
más, no tiene remedio, que ha de caer a plomo y perpendicularmente sobre alguna
de las dos críticas.
Mera: Discurre Vm. con bastante delicadeza, y aun apura demasiado la
serie de las conjeturas. ¿Qué responderá a ellas Moisés Blancardo?
Murillo. Qué ha de responder, si no que sea un sonoro Abrenuncio de las
aprobaciones, contado con pausas por quinto tono. Porque yo para apurarle más
el punto y que suba a sobreagudo, añado: que es bien claro como una agua
cristalina, b abiso como el monte de Pichincha, y bien pa-tente con el mismo
Moisés Blancardo, que habló no dec sola su buena o mala, justa o pecadora,
relajada o escrupulosa crítica, sino de la crítica de todos los piadosos,
amigos, discretos, juiciosos y benévolos lectores de la oración fúnebre; si no
vaya la prueba. Allí abajito se sigue un ojaldre ca-liente y bien repulgado,
que nos dará pasto y hartura de conocimientos. Es la siguiente cláusula:
Ninguno la verá sin asombro, y siempre encontrará en cada cláusula nuevos
motivos a la admiración. ¿Quiere Vm., otro? Pues vaya otro, que aun parece de
más gustoso sabor: Esto mismo confesará todo el que quiera hablar sin
preocupación y sin envidia. La verdad está patente a los ojos de todos. Si
quiere otro, allá va, que está caliente, caliente: "Ven-ga ahora a la
censura la crítica más delicada, y muéstrese d en cuál de éstas tiene alguna
sombra de defecto, la que tenemos presente". Aparezca luego otro
sentención en tono de pregunta: "¿Ahora, qué nos dirá la crítica? Que es
defecto grande aplaudir a quien está presente. . Salga otro testigo de mayor
excepción, y deponga al tenor del interrogatorio. Dijo: No creo que haya
Aristarco, el más severo, ni Zoilo por injusto que sea, que muestre de-sagrado.
Lo mismo debía prometerme de toda oración.. . Mas, aquí chitón,
a
b
c
d
DC: nariguda, entabacada y
escrupulosa
DC: cristalina, obvio como
DC: de sola su censura ni de sola
su buena
DC: muéstrenos
con la Inquisición, ¿qué se hará de lo que se sigue en la Congregación
de Propaganda veritate?
Blancardo. Vm. me trunca los pasajes, debiendo (para hacer juicio rec-to
de la aprobación), dejarme que yo la leyese de seguida y sin que nadie se
atreva (siquiera por urbanidad), a interrumpirme. Voy a practicarlo así. . .
Murillo. Tantica paciencia, caballero mío, porque ¿qué razón habrá
físi-ca ni metafísica, para que si le hemos censurado en lo que nos pareció
digno de censura, no le aplaudamos su ingenio, doctrina e invención, en la
parte que lo merece? Vm. es, pues, el que ya como sabio y sutil dialéctico
(según quiere decir dialéctico en el idioma de la sabia antigüedad griega), y
ya como perfecto retórico, según el lenguaje de nuestros tiempos, ha
descubierto las perfecciones de la oración, las ha definido, ha puesto en claro
y dádolas, por orden y graduación oratoria, su propio y adecuado lugar. He
dicho que las ha dado su graduación oratoria, porque vea Vm. aquí, que, sia
hubiese tenido tiempo y también oportunidad de hacer la oración fúnebre
aprobada, una oración panegírica vivaracha, saltarina y alegre, ya tenía una
blondísima y ajustada división en tres puntos. Y con tres puntos, sepa Vm. que
ya diría algún censor, emperador o decurión, gramático minorista: Dedit, vel
dixit orationem laboriosam cun tribus punctis. 5 Con más, que aunque Vm. no
tuviera pazco, no iría por tres puntos al rincón, y quizá no le haría aparar el
Padre Maestro la mano para la palmeta. Tenía pues, Vm. la división, ¡qué
oportuna! Primer punto: La oración fúnebre, oración cabal/Segundo punto: Oración
libre de censura. Tercer punto: Oración superior a la crítica más escrupulosa.
Vm. mi caballero Moisés, debía añadir según la costumbre de algunos oradores
franceses:
Y para que lo entendáis mejor, amados oyentes míos, oración cabal,
porque es cuadrada, rotunda y parabólica; ajustada los exágonos y polí-gonos, y
viene cabal a todo peso, a todo número y a toda medida. Ora-ción libre de
censura, porque es tan buena y tan excelente, que ya no tiene figura alguna, y
no hay ni ha de haber persona que la tome las medidas; y ella se escapa, se
huye y se liberta de toda censura justa o injusta, sensata o descalabrada. En
fin, oración superior a la crítica más escrupulosa, porque es una oración no
solamente libre de toda censura, sino oración que se niega al examen, al
discernimiento, al juicio; que esto quiere decir, estar superior a la crítica.
En efecto, Señores (hará Vm. su amplificación b allá), ¿qué cosa más excelente
que aquélla que no la pueden comprender el sentido común, la fantasía, el
ingenio, la memoria, el entendimiento, ni todas las animásticas facultades
juntas? Sí, sí, que ésta es una obra superior a todo conocimiento. Es (como
quiere describir San Pablo los arcanos de la Gloria y de los Misterios
DC: si Blancardo hubiese tenido
b DC: amplificación allá Señor Blancardo),
de Dios, que ni vieron los ojos, ni los oídos oyeron, ni llegaron a la
percepción de alguno), es la dicha oración, ni más ni menos, por ser toda muy
superior a la crítica más escrupulosa.
Blancardo. Si así prosigue Vm. hará ridiculas todas mis proposiciones, y
parece que el empeño de quien tanto recalca sobre una misma cosa, es estudio de
volverme pieza con todo el mundo. Yo en esta cláusula no quiero decir que esté
dicha oración, ni ningún escrito o público o privado exentos de la jurisdicción
del examen. Antes, sí es preciso que preceda éste, y que cualquiera obra se le
sujete, para que se vea si es digna de la aprobación, o merecedora del
desprecio. Lo que quise decir fue, que esa oración era supe-rior a un dictamen
condenatorio, a un parecer adverso, a una sentencia, que intentase o castigarla
o reprobarla; porque, a la verdad, no hallaba yo des-cuido que mereciese
castigo, o error digno de que se repruebe.
Mera. Es así, que debía Vm., Doctor Murillo, no sólo ver en las
expre-siones lo que dice el caballero Blancardo, pero aún más lo que quiere
decir. La letra es una corteza muy áspera, que, si no mata, a lo menos muestra
puntas de falta de propiedad. Pero el espíritu (ya que nos ha hecho este
ca-ballero el favor de exponerlo y de declarárnoslo), está capaz de que le
en-tienda el más rudo. Esta expresión: Superior a la crítica más escrupulosa,
examinada sin mucho escrúpulo, sino tan solamente con la sanidad de una buena
conciencia, era igualmente contradictoria, que destructiva de las dos cláusulas
encomiásticas antecedentes, porque suena y debe sonar de este modo. La dicha
oración es cabal y libre de toda censura; pues, se sujeta a la crítica: no es
cabal ni libre de toda censura; pues, no se sujeta a la crítica, y es superior
a la más escrupulosa. Es a la verdad cosa muy clara, que el que aseguró que era
cabal, del mismo modo aseguró que la había sujetado a su crítica y que ésta la
halló así libre de toda censura. He hecho esta breve re-flexión, porque soy muy
aficionado a todo estilo simple, y porque soy amante de la propiedad.
Murillo. También el caballero Moisés es amiguísimo de la propiedad:
vámonos por la calle del medio y lo veremos. De donde viene este su mo-dito de
hablar, es de que no sabe quién es estaa santa crítica, ni para qué la parió su
madre; por lo que es disculpable la tamaña injuria que hace al ora-dor,
diciéndole que b es oración superior a la crítica, esto es, obra tan confu-sa,
tan enmarañada, tan obscura, tan llena de tinieblas, tan inaccesible, que no le
puede meter diente la crítica. Decía yo muy bien, que había con los tres puntos
para un sermón. El, pues, debía llamarse de rumbo, y predicarse con esos ripios
de los antiguos Blancardos. Fieles míos: oración cabal, caba-lísima; ya lo
habéis visto; oíd ahora cómo lo pruebo con un realce de ofre-cimiento. La
excelencia de una obra cabal, está en que se conciba con su
a DC: esta señora crítica,
b DC: que su oración es oración superior
trina dimensión, es así que está libre de toda censura; luego, es obra
que no se concibe. Realcemos el discurso, elevemos el pensamiento, salga a
con-vencerlo la valentía de la prueba, con la Interlineal y la exposición de la
negra estrella de mi embonetado Salmerón. Los milagros se sujetan a la crí-tica
de los físicos y de la Iglesia; los escritos, a la crítica de los doctos; pero
es así que esta oración no se sujeta a la crítica de ninguno; luego, ella es
su-perior a la crítica más escrupulosa. Luego la oración es algo para lo cabal,
es sombra para la censura, es nada para la crítica. Aún más arriba llega su
ópti-ma bondad; pues es tan superior, que, como reformador o Vicario General
sacará a decir la culpa sólo en saya a esta mala lega, la hermana crítica, y
saldrá sin capilla ni escapulario, comerá en tierra, año y día entero, ayunará
a pan y agua todas las ferias cuartas y sextas, se despedazará sobre sus
espaldas la vara censoria, y después se retirará, no a la celda, porque no ha
de tolerar solamente reclusión, sino a la cárcel y al infiernillo, porque allí
ha de estar con grillos, presa, obedeciendo a la oración superior.
Mera. Acuérdese Vm., mi Doctor Murillo, para no ser tan severo, de lo
que ha dicho el caballero Blancardo poco ha. Que su ánimo fue afirmar que la
oración era superior a una sentencia maligna e inicua, que es el fruto de una
crítica abusiva, y queriendo decir abusiva, ha dicho más escrupulosa.
Murillo. Pues decir así, es no entender ni un tantico de la materia. Y
allá va la prueba: una crítica que sea no de talones afeitados, tampoco de saya
de talcos a la corva, con media de la banda de San Jenaro; ni menos de saco
entero, o beata de San Porfirio; sino una crítica mujer cristiana, con zapatos
de hombre, saya larga de chamelote, devota y de Dios, nada escru-pulosa,
examinará, manoseará y salteará de aquí para allí, hasta ponerla tan blanda
como una breva, no digo una oración fúnebre, pero cualquiera otra oración, como
no sea la dominica o la angélica, y cualquiera otra obra, aun-que fuese la de
San Agustín; y habiéndola visto y revisto, dirá como mujer de bien y de verdad:
pardiez, pardiez, que esta oración que he hecho com-parecer en mi tribunal, es
digna de salir al público; no tiene embarazo que impida su publicación. Pero al
contrario, una crítica furiosa, una crítica des-piadada, una crítica cruel y
peor que una mujer celosa, traerá a su tribunal, no digo a San Agustín, sino
también la oración del Padre nuestro: vea Vm. allí, que toda obra es inferior,
es subordinada a la crítica recta, o a la crítica torcida. Toda obra sufre y
debe sufrir, o los sentenciones justos de la una, o los baqueteos inicuos de la
otra. Aquélla ejercitaría su oficio cuan-do le tocase, cuanto tuviese legítima
jurisdicción, cuando fuese de su fuero y de su conocimiento la causa. Esta otra
atrevida, insolente, terrible, sin de-recho, sin investidura, sin respeto,
abrirá las entrañas de la tierra y hará pare-cer en juicio a los muertos,
sacudirá el polvo a sus escritos y los descarnará hasta volverlos armazón de
huesos, o verdaderos esqueletos. Y si se acuerda de los que gozan vida,
arrastrará a su terrible faz y a la espantosa presencia de su furibundo
tribunal, a los más vivos y sus fúnebres panegíricos, a los más vividores y sus
dolientes aprobaciones, y a todos los Blancardos y todos
sus ignorantes pulpitables desahogos. Y sólo que tenga privilegio del
Papa, del Rey, de nuestro Moisés, podrá vivir cualquier escrito libre de la
censura pública; pero no de la privada. Será superior a la crítica más
escrupulosa ex-terior; pero no a la interior y clandestina crítica.
Mera. Vm. la ha hecho en este momento, a mi corto parecer, bien exac-ta;
y yo que no quería hablar de ella, me he provocado a decir algunas pala-bras
sobre el mismo objeto; porque Vm. no ha anticipado la noticia de lo que es
crítica, con unas definiciones más directas y precisas. Ella, es, pues, un arte
que enseña a juzgar los hechos que constituyen la historia, las obras
producidas del ingenio, sus autores, sus diversas lecciones manifiestas, su
sentido y su estilo. Está fundada principalmente sobre los dos cimientos de la
autoridad y de la conjetura. Y en la historia eclesiástica, a la investigación
de cuyos hechos no prestan algún conocimiento aquellos socorros, lo dan otros
dos, es a saber: la tradición y el testimonio de la Iglesia. Ved por aquí, Señores,
cuán lejos están de conocer qué es crítica y su carácter, muchísimos de
aquellos que más la invocan y dan a entender que la saben.
Blancardo. Por lo menos yo no entendí que fuese la crítica, sino una
recia y osada murmuración de los escritos ajenos. Otras veces he pensado, que
cosa crítica, era una cosa muy difícil, abstrusa e impenetrable. Así, decía yo:
esta avenencia de ánimos, esta armonía de corazones, esta conciliación de
sufragios para el mes de enero, y que yo deseo hacer para mí, del todo
favorable, de risueño aspecto y de benigno influjo; y que con el ansia de
hacerla tal, no me he ido a Otavalo, por más que muchos días ha me des-pedí,
cuando menos a ausentarme por un año, es una materia del todo crítica: cada
punto que muevo en ésta o en la otra zancadilla, también es crítica a las
derechas.
Murillo. Entonces yo he sabido mejor, no tanto lo que me conviene, sino
lo que es crítica. Pero Vm., caballero Blancardo, la había sabido, como el otro
había sabido de pintura; y va de cuento. Caminaban hacia cierto mo-nasterio a
hacer una visita a un monje, Eudosio y Flexíbulo. Este, varón de cerca de
cincuenta y cuatro años, que a título de haber hecho cierta des-cripción de lo
que es la perspectiva, y porque tenía sus resabidillos de algo tinturado en el
francés e italiano, era satisfecho, arrogante, locuaz, y presu-mía entender de
todo, especialmente de pintura. Aquél, joven erudito y de fina literatura, con
gusto muy exquisito hablaba de las cosas con conoci-miento, urbanidad y modesto
desembarazo. Llegaron, pues, al monasterio, y examinando sus retablos, vieron
un hermoso cuadro en donde estaba re-presentado el Apóstol San Pablo, a
caballo, en acción de que caminaba aceleradamente, y explicaba mejor este
ademán el letrero de abajo que de-cía: A Damasco. El espíritu de orden y de
juicio, movió a Eudosio a hablar de la ignorancia que acerca de la historia y
de las costumbres de los judíos padecía el pintor. Pero el espíritu de bagatela
y de frivolismo obligó a Flexí-bulo a hablar acerca de los colores, sombras,
luz y perspectiva del lienzo, y
dando a entender que conocía el arte, prorrumpió así rotundamente.
Gran-de obra, libre de toda censura, obra cabal y muy superior a la pintura.
Luego Eudosio conoció la estólida e ignorante presunción de Flexíbulo, y
querien-do tratarle (para hacer mayor prueba de su talento), con su poco de
ironía, a la cual era inclinado Eudosio por ratos, dijóle de esta manera: Creo,
desde luego, Flexíbulo, que lo entiendes, que hablas según el arte y con
verdad. Dime ahora, ¿qué es ver a esta obra libre de toda censura? Respondió
Flexí-bulo, es estar tiradas las curvilíneas por la diagonal, y formando un
rectán-gulo, venir toda unidad en un mismo centro, de suerte que salgan las
som-bras, ni luces, ni obscuridades; pero bañadas de color al temple.
Bravamen-te te has explicado, dijo Eudosio, nada entiendo; pero mucho me
satisfaces, porque, si hablas, en ello, debes de tener razón. Pero, dime, ¿por
qué la llamas cabal? Esto es afectar o tener de verdad mucha ignorancia de las
cosas (repuso Flexíbulo, y continuó), porque aquí, el que esta obra sea cabal,
vie-ne de que aparece San Pablo en un caballo blanco. Iba a soltar toda la
car-cajada el noble Eudosio. Juzgaba que por locuacidad se había explicado tan
bestialmente el pobre Flexíbulo. Pero luego suspendió la risa y quedó ad-mirado
habiendo por casualidad fijado los ojos en su semblante. Halló en él un ademán
serio, un exterior compuesto y unas facciones de aquellas que pinta sobre el
rostro la sinceridad al proferir alguna sentencia, y que la respuesta era dicha
con candor y gravedad. Entonces, por ver si deliraba más, le hizo en el mismo
tenor de nuevo esta pregunta: ¿Y qué quiere decir muy superior a la pintura?
Quiere decir (respondió Flexíbulo), que San Pablo viene montado y no está
inferior ni debajo de su caballo.
Mera. Famoso cuento nos ha metido Vm., Doctor Murillo. A la verdad,
parece forjado en compañía de su almohada para dar más valentía a sus razo-nes.
Vm. querría, sin duda, que todos escribiesen y hablasen con conoci-miento de
los asuntos de que escriben o hablan; y aun querría que, hablan-do, le diesen a
cada palabra el preciso significado; porque nota Vm., y yo lo advierto también,
que habló Flexíbulo con demasiada impropiedad e ig-norancia, cuando dijo: Esta
obra es muy superior a la pintura. Debía decir, está con primor y exactitud
arreglada a la pintura, esto es, está sujeta a todas las reglas del arte
pictorio.
Murillo. Pues así mismo no debería decir el caballero Blancardo: Esta
oración es superior a la crítica más escrupulosa; porque este dicho envuelve en
sí ignorancia e impropiedad.
Mera. Pero pudiera, por hacer más expresivo y noble el elogio, decir.
Esta oración es superior a la crítica más escrupulosa, esto es, a la crítica y
a las reglas de la crítica común, de una crítica vulgar. Como pudiera
Flexí-bulo decir: Este lienzo está superior a aquellas comunes, y, hasta ahora,
conocidas leyes de la pintura. Reconoce su autor otras leyes más primorosas,
que no trae el arte.
a DC: ser
Blancardo. Señores míos, ni más ni menos que eso fue lo que quise decir
en la expresión: Tan superior a la crítica más escrupulosa; entendiendo por más
escrupulosa, la más común, la más ordinaria, la más plebeya. Porque a ella, sin
duda, no le toca examinar y hacer juicio de esta oración.
Murillo. Implicas in terminis. ¿Y cómo, Vm., caballero Blancardo,
pro-nunció ya que era cabal? ¿Es este juicio, decreto o sentencia? Y si lo es,
¿no procede decir buena crítica? Sí. Pero dirá Vm. que aunque buena crítica no
es la más escrupulosa por apartarse de la común.
Blancardo. Sí, Señor mío, pronuncio y juzgo que es cabal, y tan cabal.
Pero luego afirmo que la he hallado libre de toda censura, lo cual es darle
inhibitoria de la crítica, y ésta en el sentido que la tomé (que ahora me
acuerdo), fue en el de decir que era superior a la enmendación o la censura,
usando del sinónimo crítica.
Murillo. Pues allí está la implicancia. Vm. ya sujetó la oración a su
exa-men, a su escrutinio; la hizo comparecer a declarar, en visita, la oyó en
pú-blico, la escuchó en el secreto de su inteligencia, y es éxito de esta su
inves-tigación; de esto veo que ha hecho del arte crítica y de sus reglas,
aquel magno decretóte: La he hallado tan cabal. . . su obra la debemos mirar
como un tesoro más apreciable, que cuantos nos franquea la América con sus
mi-nas . . . Este es mi juicio. ¿Y quiere que ella no se sujete a ninguna otra
crí-tica? Y por mejor decir, que ninguno haga juicio de ella: ¿por qué la ha
hallado libre de toda censura? Perdono ahora el pleonasmo al favor de su
sinónimo, únicamente, porque se sepa, que no ha entendido en asunto de crítica,
de la misa la media.
Mera. Mi Doctor Murillo, Vm. que es muy amigo de la propiedad y de la
precisión, Vm. mismo ya la va perdiendo de vista. La semejanza de su cuento ha
ocasionado este leve defecto. Nunca, pues, se deberá decir, un lienzo (o
cuadro, o retrato, por más excelente que sea), está superior a la pintura,
entendiendo por aquí, que el artífice superó las leyes del arte. Será
impropiedad, porque aquellas mismas que halló la valentía de su imagina-ción en
su propio fondo, en cuya virtud sacó a luz obra tan primorosa, tras-ladándola a
la tabla desde su idea, y haciendo que a ésta corresponda la ejecución del
pulso y el superior esfuerzo del pincel; son las reglas que cons-tituyen la
naturaleza de la pintura. De suerte que, si ellas pudieran transcri-birse al
papel, ya las tendrían los pintores ordinarios notadas para ponerlas en uso.
Vea Vm. aquí unas leyes que, aunque no las puedan practicar sino los grandes
maestros, pero que se incluyen en la serie de las demás leyes. Su-puesto que
las ordinarias, aquellas recientemente inventadas por un genio sublime y las
que aún restan por inventarse y ponerse en práctica en lo posterior, miran
derechamente a su objeto, del cual no pueden apartarse el ápice más
imperceptible; y es éste, aquella apetecida pero ardua imitación de la naturaleza,
y este mismo, aquél a quien escrupulosamente atienden los artífices advertidos,
aun en aquellos retablos donde su invención no es his-
tórica sino tan solamente alegórica, como lo llaman los inteligentes; y
es la que sirve a representar cosa muy distinta de lo que ellos son en la
realidad. Si Vms. quieren ver un noble ejemplo de esta invención, pueden
tenerlo leyendo la descripción que hace el antiguo Luciano griego de la
hermosísima pintura de Apeles, que representaba la calumnia. Ahora, pues, esto
que pasa con la pintura, debe decirse que pasa con la crítica y con sus reglas.
Porque cualesquiera que se descubran por los sublimes genios, se deberán
describir a la composición o sistema (si puede decirse así), de la arte
crítica.
Blancardo. Es tan patente lo que Vm. dice, que para conciliarme la
be-nevolencia del Dr. Murillo, y para que me conceda el favor de que soy
racio-nal, se me hace preciso confesarle que me convence y que no hallo qué
replicar.
Murillo. Vm. debería confesar no sólo eso, sino que ignoraba, adecúate
et simpliciter, los fueros de la hermosa crítica, y que aún le faltaba la
natural.
Blancardo. No me puede faltar, porque si es don que lo da la naturaleza,
no me puede haber negado una cualidad que ha de imprimir ella necesaria-mente
en todos los hombres; y eso querrá decir crítica natural.
Murillo. Véalo Vm. aquí sobre la marcha que sí le ha negado. A todo
molondro el más Blancardo, o viceversa a todo Blancardo el más molon-dro, que
tiene de hablar en público, se le ocurre al caletre examinar sus discursos, sus
cláusulas y sus palabras. Y a portarse de esta manera le obliga un átomo de
crítica natural que le había a quedado allá en el hueco sagrado de la cabeza.
Es así, que a Vm., caballero mío, se le escapó el ave-riguar los significados
genuinos b de los términos: cabal, censura, superior, escrupulosa y critica;
luego, saque la consecuencia. ¿Y cuándo ha sido esto? Teniendo de dar una
aprobación con prólogo de muchos clamores y cam-panadas; una aprobación que se
había de sentarc con la pluma artificial de plomo; una aprobación que se había
de escribir con traer de acá para allá las letras; una aprobación que se había
de tirar y aun hacerla correr si se endu-rase, untándola algo de aceite; una
aprobación que habían de labrarla de cuajo los moldes; una aprobación (no lo
digo de chanza, sino muy de veras), que había de colocar y vestir de rosicler y
púrpura a la misma luz pública quítense, poniéndola como una grana, porque se
halla en su provincia un aprobante todo aurosa; una aprobación que se había de
ver golpeada en la oficina de Salazar, que es lo más que se puede decir en su
elogio; y en fin, una aprobación que por no ser de conversaciones y estar
contra ellas, se había de escurrir y juzgar prudentemente que se la sacaría el
último jugo en esta prensa. Teniendo, digo, de darla, no examinó bien lo que
debía decir y cómo lo debía decir; luego a Vm. le falta aún la crítica natural.
Mera. Toda la romana le ha cargado Vm., Doctor Murillo.
a DC: haya
b DC: germanos de
c DC: sentar o escribir en la pluma
Murillo. No, sino toda la griega y la hebrea, y por mejor decir, toda la
bárbara, quiero decir, toda la rudeza y toda la ignorancia encima. El moti-vo
ya lo apuntamos, y luego lo sabremos mejor; y si se quiere otro, es nada más
que porque se mezcla aquí la palabra bárbara, que quise aprovecharla, y por eso
va de historia. En un Capítulo General que iban a celebrar en Roma los padres
dominicos, se interesó el Papa (quién sabe quién fue, y no cuido de acordarme,
porque dice cierto Abad, San Real, y lo dicen otros que saben la historia, no
consiste en tener presentes las citas, sino en cono-cer los hombres que son los
que a ella ministran la materia), se interesó el Papa para que se eligiera en
cabeza del ilustrísimo cuerpo al Padre Gentili. Los frailes se lo ofrecieron al
Soberano Pontífice blancardamente; pero, ol-vidados de la oferta (como lo han
de costumbre), blancardamente votaron por el Padre Monroy, 6 americano. Hecha
la elección, fueron los Padres a hacer su cumplimiento al Papa, y éste les dijo
entre sentido jocoso y pican-te: Noluistis Gentilem elegistis barbarum. Ya sabe
Vm. mejor que yo, que los antiguos romanos llamaban bárbaro a todo extranjero,
y sabe también cómo todos los europeos, especialmente los españoles, también
nos apellidan por su cultísima política de bárbaros y rudos. Vengo a mi Moisés
Blancardo, y digo que él se tiene la culpa de volverse extraño. No quiso ser
gentil con el Luciano, pues pierda el Capítulo y llámese bárbaro.
Mera. Con todo eso, los expresados defectos son culpas veniales en un
literato; y no bastan a degradarle hasta el punto de ignorante. Busque Vm. en
lo siguiente de la aprobación otros más sustanciales, y haremos juicio de la
ciencia blancardina.
Murillo. Basta y sobra con lo dicho; pues, aquí se ve no sólo defecto
sus-tancial en no saber lo que es crítica, pero aun la miseria desventurada de
no gozar la común y natural.
Blancardo. O yo la gozo, o no la hay entre todos los vivientes.
Murillo. ¿Vio Vm., cuála se explica blancardamente, no sabiendo ni lo
que dice ni lo que hace?
Mera. Es preciso perdonarle, sabiendo que éste es lenguaje común de este
país, a donde se ignora absolutamente todo lo que pertenece a estos útilísimos
conocimientos. No se sabe conocer (hablo de xa crítica natural), una cosa que
está dentro de nosotros mismos. Por inclinación genial somos llevados a
averiguar el mérito de las obras de espíritu. Nosotros mismos, después de un no
bien conocido examen que hemos hecho de ellas, o las aprobamos y decretamos el
honor de la alabanza, o las censuramos y juzga-mos dignas de la reprensión. Ved
aquí una crítica natural, que aprueba o condena en virtud de cierta percepción
de los sentidos, o de un cierto tino mental. Y así como raro será el hombre,
que, viendo en un retablo excelente la delicadeza y primor de un pincel
diestro, no admire y comprenda su mé-rito y su hermosura, aunque jamás ha
tenido noticia de ese arte encantador
a DC: Velo Vm., cuál
que hace con los claros y sombras, las líneas y los colores, visibles
todos los objetos de la naturaleza; así también, habrá muy pocos hombres que no
co-nozcan la belleza de un buen escrito sin saber decir dónde está ésta, de
dónde provenga; ni poder aun explicar en qué consista, que la halle, la
co-nozca a y no la determine. Pero el que comprende las reglas, penetra los
mis-terios del arte, tiene entrada a sus más retirados y ocultos gabinetes. Por
eso dará razón de la excelencia de la pintura el pintor inteligente, y de la de
una obra de ingenio, el sabio crítico. Veamos ahora, qué tal se porta Vm. en lo
que se sigue de la aprobación blancardina. Haga Vm. de censor.
Murillo. Para serlo tal, y tan bueno, querría oírle a Vm. más acerca de
la crítica; pero, tal cual soy, allá voy a tomar la vara y medir la jerga de la
misma clausulilla: Y tan superior a la crítica más escrupulosa, que antes ha
crecido en mí, tanto más el aprecio, cuanto más he meditado la elevación del
discurso.
Blancardo. Ya, yo la había repetido. Pero, ¿qué halla Vm. de malo en
ella?
Murillo. Nada por cierto de malo, sino a toda ella brava contra la buena
retórica y contra ésta (la dicha clausulita), muy de malas. El oído mismo halla
una dureza de palabras; el sentido común se eriza con un giro tan ho-rrísono y
falto de cadencia; y el discernimiento halla demás las palabras: Tan antes, en
mí, tanto más, cuanto; y puesta, con impropiedad conocida, la palabra: Crecido.
No sé si agradaría más esta expresión a Moisés Blan-cardo y a todo el mundo,
pero (que aquél diga que sí le agrada o no le place), éste nos hará justicia.
Va, pues: Leyéndola después con prolija aten-ción, la he hallado muy cabal,
libre de toda censura y superior a la crítica más escrupulosa. Por eso ha
crecido en mí, mucho más su aprecio, al paso que más he meditado la elevación
del discurso.
Mera. Ya se le debía pasar por alto toda la cláusula; porque, como ya
dije, cada uno se explica como puede, y habla como le enseñó a hablar su madre.
Murillo. Señor, dígole la verdad, que me dio en la muela, paréceme que
oía tan al principio de una clásica aprobación, y tan inmediato a la oreja (y
se me van pegando los tañes), un repique de primera clase, sería porque el que
repicaba era doble mayor. Se me antojaba, pues, oír en el breve espacio de tres
líneas (por no decir renglones), dilén, dilón, dilán, dilén, dilón. Otras veces
consentí en que se me había acercado el reloj de Latacunga y daba las doce con
or, an, en, tan, cuán, on. Pero volviéndome más serio de lo que soy (pues
apenas me río), juzgué que Blancardo sabía algo de la mitología, y que,
queriendo meter en la aprobación ese algo (que no podía ser a las claras porque
no venía bien), lo metía en disfraz, y decía: Titán, titanes, titán. Si no es
que anduvo escrupuloso, y a la palabra libre le quitó el tan, debiendo decir
tan cabal, tan libre de toda censura y tan superior, para ir
a DC; conozca y que no obstante no la determine.
consiguiente en la fábula de los titanes. ¡Raro olvido de hombre! Mas,
puede ser que se acuerde abajo de todo. Diga, ahora, caballero mío, lo que
sigue.
Blancardo. Toda ella es un hermoso enlace de perfecciones, y muestra
todos los primores. ..
Murillo. No siga, porque ya me tocó la tecla de mi profesión y ha de
resonar el muérgano, más expedito que arriba. Allá estuve mal poeta con los
consonantes agudos, que repugnan en el verso de arte mayor.
Teje el labio en elocuentes períodos
Un hermoso enlace de perfecciones,
del labio que teje, lo
tejido Señala y muestra todos los primores.
Ahora prosiga, sabiendo de paso, que es Vm. hombre aprovechado y
per-fecto en la mística, pues, que vio la oración, la halló en la prolijidad de
su atención (que fue el punto que se leyó), tan cabal. Pero como esta idea
había sido muy abstracta e independiente de los sentidos, formó su compo-sión
de lugar, representándose que era la pieza un padre maestro a rollizo, y de
mucho cerviguillo, superior a la crítica, su subdita y lega vieja. Luego por
vía de meditación, creciendo más, y más el aprecio a la oración, llegó a lograr
de éxtasis (¡oh! ¡lo que se debe a la inocencia y a la virtud de la blancura!),
de éxtasis y de elevación; y estando en la unitiva, vio clara y dis-tintamente
(que así había de ser, porque para todo no faltó candor), libre el panegírico
del purgatorio de la censura y del infierno de la crítica; salvo ya, superior a
toda mala suerte, colocado en el mejor b asiento del primer cielo, glorioso y
bañado de resplandores; y que, para poder dejarse ver, le reconoció estaba
representado en un hermoso enlace de perfecciones. Pero este enlace era una
trenza enmarañada de mirtos y cipreses, porque acá entre los mortales (se tiene
bien averiguado), que había sido panegírico fúnebre. Vuelvo a decir ahora,
caballero mío, que prosiga.
Blancardo. Decía: Muestra todos los primores de que debe estar adorna-do
un orador sabio y cristiano.
Murillo. ¡Vea Vm. cómo nos engañamos todos los hombres en querien-do
hacer pronósticos! Yo pensaba y con alguna razón, que iba a decir así: De que
debe estar adornada una oración. Y mucho más lo pensé cuando después de
pronunciar elevación del discurso, pronunció: toda ella, que pa-reció un
solemne solecismo, porque dejaba el discurso con toda ella, muy mal concertado.
Mas, no hay tal solecismo (hagamos justicia), porque des-pués de discurso hay
punto; y, sin duda, que Blancardo lo puso por irse en derechura a la oración.
¡Pero, oh, qué confusión! ¡Oh, qué extrañeza! ¡Aún
DC: maestro rocillo, y de
DC: primer asiento del cielo,
yo la padezco en cuanto digo: Es mal contagioso el de la oscuridad.
Pues, vea Vm. allí, que nuestro caballero Moisés, no se fue a la oración (como
lo acabo de decir), la saló, la dejó haciendo que entraba a ella, y se fue a
mar-chas avanzadas a lo del mismo orador. Hágame Vm. justicia, Señora Doctor
Mera, oyéndome repetir las cláusulas, para que no se diga que soy prolijo,
menudo, nimio, y para que evitemos la confusión, viendo en su claro lo ri-
dículo de estas expresiones: Leyéndola
después con prolija atención la he
hallado tan cabal, libre de
toda censura y tan superior a la critica más es-
crupulosa, que antes ha crecido en mí, tanto más el aprecio, cuanto más
he meditado la elevación del discurso.
Toda ella es un hermoso enlace de
perfecciones, y muestra todos los
primores de que debe estar adornado un
orador sabio y cristiano. Observe Vm., cómo separa la oración del
discurso,
y cómo al mismo tiempo de separar, confunde la palabra discurso ya con
la misma pieza oratoria, y ya con la tercera operación del entendimiento,
llamada discurso. Observe Vm., igualmente, cómo b emprende de elogios, ya a la
oración, ya al orador, aplicando confusa y atropelladamente, ya al uno, ya al
otro, los epítetos laudatorios. Bien se ve que es verdad lo que dicen los
doctos, que en escrito cualquiera que sea, es una copia fiel que trae punto por
punto las facciones del original; y que en papel manifiesta no sólo el carácter
de los talentos, sino el de la propensión, genio y tempera-mento. ¡Oh, cuánta
inconstancia natural se mira en el breve intermedio de tres renglones! Ya está
con la una parte, ya con la otra parte, o como le tiene cuenta. Se podría decir
que sabía de política, aunque fuese la nicolástica, y que procuraba sostener el
equilibrio. Algo de esto se podría decir si Blan-cardo fuese en el imperio del
alma un Señorito o potencia. Pero se conoce bien que en éste, es oscuro
vasallo, y que lejos de aspirar a ser potencia, es sólo sentido vulgar, todo
tacto y nada gusto.
Mera. Son oportunas sus observaciones: no sé si la que voy a hacer y
juzgo que es importante, será justa y del agrado de Vm. Repare, mi Doctor c
Murillo, cómo va cayendo de su burro nuestro caballero. Poco antes era la
oración superior al conocimiento; ahora ya se le deja ser un hermoso enlace de
perfecciones. Este, pues, como Vm. le pintó, a la verdad incluiría muchas
sombras tristes y mustias; serían unos tibios reflejos, porque si fuese la
oración toda luz, no podría sufrirla su vista, y entonces haría bien de decir
lo que el otro poeta al pintar una belleza:
No sus luces, sus reflejos,
Sólo es razón que te copie,
Que no es tratable la llama,
Por serlo los resplandores.
a DC: omitido: Señor Doctor
b DC: cómo emprende elogiar ya a
c DC; omitido: Doctor
Mas, esta caída me parece contra todo el orden de la retórica. Debía
Blancardo, para dar a entender que la sabe, intentar por esos que llaman
realces, conceptos y alegorías, traer las pruebas que elevasen más cada
cláu-sula de la aprobación, y portarse como los predicadores que no dejan
in-tacta una proposición sin probarla. Y puesto en el estrecho lance de
escri-bir con esos mismos pensamientos su aprobación, hubiera hecho muy
bella-mente de decir: esta oración es superior a la más escrupulosa crítica,
porque nace de la misma ardiente tetilla de su benemérito autor. Y asegúrole a
Vm., que con este disparate, habría salido con mayor felicidad de la puja.
Murillo. Pero cuando no probase (que no tiene muy buen paladar para
probar), esa proposición, ha probado valientemente que tiene buena larga-vista
para ver el enlace hermoso de perfecciones; y tamaños anteojos de alma, para
percibir todos los primores, ni dejar uno siquiera de puertas afuera.
Mera. Muchísimo quiere decir en favor suyo aquella cláusula. Por donde
veo que Vm., mi Doctor Murillo, no tiene razón para llamar indocto a Moisés
Blancardo. El, para mí, ya es sapientísimo, por sólo el mérito (que es muy
sublime), de saber cuáles son todos los primores de que debe estar adornado un
orador sabio y cristiano; y cuál es el conjunto cabal de las per-fecciones de
una oración.
Murillo. Tanto, tanto quiere decir esta cláusula, y significa tanto este
conocimiento de todos los primores, que desde hoy, acabadita esta
conversa-ción, le he de seguir a solas a su aposento, y, cuando estemos en
Quito, le he de frecuentar su casa para pedirle sólo que me redima de unas
dificultades que padezco en la inteligencia de ciertos primores oscuros para
mí, que se hallan en las oraciones por Roscio, 7 Plancio y Quinto Ligario del
Orador Romano. ¿ Iréme con la esperanza de que me las desate, porque, qué no
sabía el que conoce todos los primores de que debe estar adornado un orador
sabio y cristiano? ¿Y si sabe los de un cristiano, cómo ignorará todos, todos
los de un gentil? ¿De un gentil, que no reconoció para la estructura de sus
oraciones, el cúmulo de conocimientos, que requiere demás tener el orador
cristiano, fuera de aquellas luces que deben adornar al meramente profano, y
profano del gentilismo? ¿Luego,a luego me iré, pero será no acordándome delb
texto? Noluistis Gentilem elegistis barbarum.
Blancardo. Aunque lo diga Vm. por ironía, que ha de irse a lo de mí para
recibir la explicación de esos lugares; sepa Vm., que puede hacerlo de verdad y
no quedará engañado con mi doctrina. Y ésta debía Vm. aprove-char desde ahora,
estudiando en cada cláusula de mi aprobación, que despide muchas luces.
Mera. Veámoslo, Señores, aunque sea con nuestros flacos ojos.
Murillo. Dejémoslo para otro día. Vamos ahora a descansar.
8 DC: omitido: ¿?
b DC: del texto: Noluistis
Blancardo. Impaciente estaba porque acabásemos de leer este rasgo,
tira-do al impulso del precepto superior, más que a la acción de una mano
obediente. Pero será bien ceder a las insinuaciones y urgentes necesidades de
la naturaleza. Hasta mañana. Adiós.
DIALOGO SEGUNDO
Entre los mismos interlocutores
Mera. Se han levantado Vms. temprano, y han hecho muy bien de que-rer
lograr en este país la apacible estación de la mañana.
Murillo. Yo he querido lograr cuanto antes acabar de oír leer este
papel.
Toda la noche he soñado en sus primores.
Mera. Pues supliquemos a nuestro caballero que empiece.
Blancardo. Estoy pronto, mis Señores, a obedecerles. Sigue, pues, de
esta manera: "Sublimidad de estilo, profundidad de pensamientos, estudio y
pe-netración de las Escrituras, lecturas de Santos Padres, no pequeña tintura
de las artes y ciencias, instrucción grande en el dogma y la moral,
imagina-ción fértil y brillante, y facilidad increíble para explicarse con
propiedad y limpieza, vienen a ser el carácter de esta obra."
Mera. Pulmones bien constituidos y pecho robusto para repetir tan
ace-leradamente, y, como dicen, en un aliento, todo este largo pero bellísimo
lugar, se han menester, caballero mío. Vm. lo goza todo, dichoso Vm.
Murillo. ¡Mucho tesoro es este, Señor Doctor, grande y rica mina!
Va-mos, Señor mío, al partir de utilidades y ganancias. Pida Vm. lo que quiera;
pues, Moisés Blancardo acaba de hacer el inventario de todos los primores, que
debe poseer un orador cristiano.
Mera. Pues, amigo, no es así, sino que Blancardo se acordó que era
hom-bre de regla; oyó la segundilla, y, como mejor cristiano, dejó al cristiano
orador por irse a toda prisa a al coro. En él se ha puesto de rodillas, y vea
Vm. allí qué fervoroso ha vuelto en b aumento a la oración. Reiréme de ganas;
porque, esperando yo que acabara de esta suerte con propiedad y limpieza,
vienen a ser los primores característicos de este sabio, salió o en-tró;
hospite semi salutato, con sonso el carácter de esta obra. ¡Qué fervor! ¡Qué
virtud y qué bondad!
Murillo. No embrollemos, mi Señor, vamos por partes y hágase en
con-ciencia la división. Diga Vm. lo que le toca y déjeme lo que a mí.
Mera. Aguárdese Vm. un poco. Ea, Señores, a quesadilla cada uno, y
riámonos unc poco a carcajada suelta. ¿Cómo hemos de entrar en la parti-ción,
si no somos instituidos herederos, no menos nos llama como legí-
a DC: priesa
b DC: en un aumento
c DC: omitido: un poco
timos la sucesión? El Señor Voltaire ha dicho sabiamente en una epístola
dedicatoria al Señor Faulkner, 8 inglés, que los literatos de Italia, de
Fran-cia, de Inglaterra y de todo el mundo, los vuelve de una misma patria la
profesión de las letras. Añado ahora a mi propósito, que nosotros, si fuése-mos
hombres de literatura (que por misericordia de Dios no lo somos), de Quito,
tendríamos ya mucho más bien que otros, pues, éramos de la misma provincia, el
derecho de llamarnos no conciudadanos, que ése le gozamos por el de nacimiento;
sino tendríamos el derecho de llamarnos parientes, hermanos, hijos y padres
unos de otros, por línea literaria. Y entonces, vea Vm. allí que, si se
hiciesen los inventarios de los primores del orador, po-dríamos ya entrar legítimamente
a la parte. Otro título tendríamos de here-dar, y era el de hacer revivir el
vigor de la ley papia popea, en esta forma. Habíamos de constituir nuestro
liberto al dueño de esos primores. Nosotros nos habíamos de erigir en Señores,
o, lo que en el lenguaje de la jurispru-dencia se dice patrones; y vea allí que
nos tocaba de herencia la parte viril y todos los bienes, si acaso nuestro
liberto hubiere fallecido intestado y sin sus herederos, según las leyes de las
doce tablas y treinta y cuatro de la quin-ta tabla. Pero sin salir de la misma
ley papia popea, 9 aún teníamos según su tercer capítulo que forma y constituye
la ley Caducaría; teníamos, digo, otro motivo de participar de los bienes del
orador, porque siendo que el Empera-dor Augusto, que fue autor de esta ley,
llamada Julia Caducaría,10 ordenó que los bienes que no perteneciesen a alguna
persona, se distribuyesen al pueblo, ya nos tocaría alguna porción de los que
dice Vm. ha inventariado nuestro buen caballero Moisés.
Murillo. ¿Cómo son en realidad esas tan favorables leyes a nuestros
deseos?
Mera. Déjese Vm. de esa curiosidad. Todo lo que a se ha dicho no ha sido
sino para reír. La verdad de las dichas leyes consta de la historia; pero,
que-rer saber cómo son ellas y cuándo se han hecho, es impertinente a nuestro
objeto, y nos veríamos en la necesidad de traer muchísimo del comentario que
hizo Heinecio a la ley Julia y papia popea. Y siguiendo a este celebérri-mo
jurisconsulto, es que he asegurado ser la Julia Caducaría, la tercera parte de
la ley Julia papia popea; no obstante, que el famoso Antonio Terrasón 11 separa
una de otra, en tal manera, que de la Julia Caducaría hace autor a Augusto, y
de la papia popea, dice que se hizo bajo su imperio. Dejémonos ahora de
delirios, conozcamos por un horrendo furor la pretensión de li-berto, la de patrón,
la de herencia. Ya es un género de alegoría que enfada; y hablando
sencillamente, veamos que Blancardo con su genio inconstante, apropia esas
bellas cualidades a la oración.
Murillo. Señor, entonces, como sea pillar, aunque sean los primores y el
carácter de la oración. Vamos a echarnos encima. Hagamos los despojos de
guerra.
a DC: que al presente se ha dicho
Mera. No, amigo, de la oración no quiero un maravedí, ni aun quiera
tocarla al pelo. Yo podré revolver contra todo el que me tratare con
igno-rancia y con injusticia. Fuera de esto, ya he oído el grato rumor de que
la oración estaba (siguiendo nuestra alegoría), lozana, robusta, ágil y viva,
go-zando de muchos honrados cortejos por su singular belleza y su buen término
de hablar.
Blancardo. ¿Qué es esto, Señores míos? También al orador le dejé en la
ciudad muy vivo, y (Dios le guarde), no hay que pensar heredar nada de sus
alhajas; si no es que quieran Vms. llevárselas por vía de donación
inter-pretativa.
Mera. Por lo mismo me abstengo de emprender alguna cosa; ni preten-deré
jamás tener derecho a tocar en sus primores. Sólo es de admirar que Vm.,
caballero mío, se haya atrevido a sacarlos, a trance y remate público; siendo
así, que Vm., mucho menos que nosotros, puede tener parte ni co-nocimiento en
ellos. Por lo que, aquí, solamente trataremos de este injusto atrevimiento.
Murillo. Así es. Hágole yo primero el cargo, y venga la primera alhaja.
Esta es sublimidad de estilo. Debía, nuestro caballero, ya que es médico
químico, decir sublimación, y no sublimidad.
Mera. Es alhaja muy estimable y difícil de hallarse ni conocer. Pero la
poseerá y conocerá el caballero Blancardo, pues habla de ella.
Murillo. Nada menos que yo me persuada a que la ha conocido ni por el
forro. Echemos mano de las reglas de la crítica, y examinemos este
conoci-miento, siguiendo el orden de este versillo latino:
Quis, quid, ubi, quibus auxiliis, cur, quimodo, quando.
¿Quis, quién? Es una pregunta muy oportuna. ¿Quién es Vm. para que sepa
de sublimidad de estilo? Ea, responda Vm.
Blancardo. Soy, por la gracia de Dios, Moisés Blancardo, seguro servidor
de Vms.
Murillo. ¡Bien! Y por la más que ser Moisés Blancardo (a quien por otra
parte y por su carácter, venero mucho, mucho), ¿ha de saber de subli-midades de
estilo? ¡Ea, puede ser, puede ser que por un efecto de la casua-lidad las
conozca. Pero dígame Vm. primero para concederle esta merced, ¿de dónde, de qué
lugar es Vm.?
Blancardo. Nací en el gran asiento de Latacunga, antes, y muy antes de
que le arruinaran los temblores.
Murillo. Más que hubiese nacido estando volando hacia los aires
Lata-cunga, Vm. no puede saber ni un átomo de sublimidad. Latacunga es lugar
humilde, profundo y casi subterráneo, que no se deja ver por el mucho pol-vo y
la mucho tierra que levanta más que el aire tempestuoso de su clima, el viento
de la tontera. Inspira su destempladísimo cielo en sus habitadores pensamientos
revueltos y mal amasados de alfalfa y harina de cebada. No es
éste un hipérbole. Nosotros discurrimos con alguna dependencia de los
hu-mores, que nos ministran y dejan en el cerebro los alimentos. Ahora, pues,
Latacunga no produce sino autómatos y relojes vivientes. Tampoco es hi-pérbole.
La Beocia y la Batavia no han tenido tan mala opinión por sus hijos, como este
infeliz lugar en esta provincia, por los suyos. Alguno, pues, de éstos que sale
más aventajado y capaz de lucir,a porque anda de paso, aguanta menos garrotes,
b y tiene (como dicen nuestros albéitares), buena voluntad, es de raza, y no
más, nuestro manso caballero. Pregunto ahora, ¿un latacungueño sabrá en toda su
vida de sublimidad de estilo.. . ?
Mera. Pero aquí le responderán a Vm., que es mucha vulgaridad asentir a
que el clima influya, mucho ni poco, a formar la bondad o la rudeza del
ingenio.
Murillo. Éste asunto parece algo delicado. Vm. me ha ofrecido hablar de
él con más espacio; por lo que paso adelante, advirtiendo que son tales de
rudos los tacungos, que por eso en nuestra tercera conversación pasada, les
apliqué la coplita que empezaba: Sorprendido el pensamiento. Y hubo un picarón
desatador de enigmas, que aseguró era hecha para Moisés Blancardo. No lo negué,
ni lo confesé, porque estoy bien cierto, que, habien-do cierta comunidad
regular notado desde tiempos más remotos, que no po-dían estos infelices entrar
ni siquiera en el canto llano, para esto que es hacer la hebdómada, decretó por
actas capitulares de provincia, que no se diera en adelante el hábito a tacungo
alguno, por más que rebuznase. Pero lo qué debe dar la ley es, que la advertidísima
Compañía de regulares expa-triados no admitía razanos de Latacunga a su
noviciado, aún siendo que éste estuvo hasta el terremoto, fundado en el dicho
lugarejo. Si bien, que para hablar verdad, es preciso confesar que conocí dos
jesuítas, sacerdote uno, coadjutor otro, muy buenas almas. El sacerdote fue el
Padre Pedro de Sierra. ¡Vea Vm. qué sujeto de nombre tan eximio! El coadjutor
fue Balta-sar Medina, eterno convidador de su caja de tabaco, y bestia en
cuerpo y espíritu. Si ha habido otros tacungos y no los conocí, prueba mi
intento, porque la oscuridad de su mérito intelectual, me los ha hecho
desconocer. Ya he dicho del sujeto quién es; ahora, diga Vm., Señor mío, de la
subli-midad.
Mera. ¿Parece que se sigue, hablar de lo que es sublime con la pregunta
Quid? Y a la verdad, es entrar en un empeño dificilísimo; porque el objeto es
para mí muy superior y tan elevado, que sólo le considero inaccesible. Sería
temeridad pensar que mis talentos le alcanzan a mirar aun desde lejos. Ha sido
objeto tan distante a los ojos del alcance humano, que esos mismos grandes
genios de Grecia y Roma en el tiempo de sus mayores luces, y por eso de su
mayor gloria, le han perdido de vista, o apenas le han divisado, como que se
les huyera de su penetración, a manera de aquellos astros que dejándose ver,
admirar y temer a un tiempo, parece que se sumergen en un
a
b
DC: lucir, es porque
DC: azotes
abismo de oscuridad y de silencio. Empecemos desde el famoso Pericles,12
llamémosle justamente el príncipe de los oradores griegos, como le ha lla-mado
Cicerón. Descendamos, desde luego, a los diez oradores atenienses de quienes
nos ha compendiado la vida Plutarco; 13 y haciendo una oportuna excursión por
los campos de la historia, lleguemos en buena hora a registrar con asombro el
país de la elocuencia, que tanto han ilustrado y enriquecido los oradores
latinos. ¿Pero, después que hayamos conocido su superficie y admirado aquel
majestuoso ornato, aún más precioso que aquél que en el prospecto de estatuas,
pirámides y obeliscos, se nos representa en cada ima-gen de la antigüedad, y de
estos envidiables héroes, veamos si hallamos que todos ellos ejercieron o
pudieron ejercer el apetecido secreto de hablar y de pensar en el modo sublime?
Nada menos. En Atenas, Antifón,14 An-docide, Lipias, Sócrates, Iseo, Licurgo e
Hipérides, parecen oradores perfec-tos y grandes en asuntos vulgares y
pequeños, y se muestran oradores pe-queños para los grandes objetos. En efecto,
no reconocen ese rumbo difícil por donde se camina y entra al género sublime,
ni pisan esa senda feliz, que no hallaron fácil y gloriosamente los dos
antagonistas, Esquines y Demós-tenes.15 Y el mismo Esquines, fértil, difuso,
magnífico, es inferior al inimi-table Demóstenes; de suerte que su sublimidad,
a vista de tantos trofeos y victorias obtenidas sobre su valiente competidor,
debía tener el dictado de Reina, y de una Reina singular. Volvamos los ojos a
Roma. Cuatro edades de sus oradores cuenta y descubre el Señor Rollín. La
primera numera entre los más distinguidos a Catón,16 los Gracos, Cipión
Emiliano y Lelio. Pero ellos, oradores elegantes que son, no llegan a practicar
la nobleza del subli-me. Y nosotros los debíamos considerar muy distantes de su
uso, sabiendo que ni aun llegaron a conocer el número, la armonía, la
delicadeza, la colo-cación, la gracia y el arte mismo. Los cuatro oradores de
la segunda edad, la hicieron mayor honor y acercaron la elocuencia a la
perfección de la griega. Pero de los cuatro, Antonio 17 guarda alguna especie
de grandeza en sus arengas. Craso 18 se le parece y le es comparable, y sólo
Sulpicio19 es un orador en esa edad, sublime. Para la tercera fue que se guardó
el alto punto de la elocuencia perfecta. La usan ventajosamente, Hortensio,20
César, Bruto, Mésala y otros. Pero Cicerón, descollando como un cedro de
fecunda naturaleza, situado en terreno fértil, es el que se aventaja a todos,
el que se vuelve el soberano árbitro del bien decir, y el que se hace familiar,
y por decirlo así, doméstico el uso del verdadero sublime. En llegando las
artes a su perfección, parece que es indispensable necesidad de las cosas
humanas que caigan de la altura a que llegaron, porque ya la cuarta edad es a
deca-dencia.
Murillo. De esta suerte, más fácil será que Blancardo encuentre la
piedra filosofal, sublimando los metales, que no llegue a conocer cuál es
sublimidad de estilo. Aún Vm. mostrando sólo la dificultad suma de practicarla,
y la que hay para conocerla, no nos ha explicado qué es ella y en qué consiste.
a DC: es de decadencia.
Mera. Lo que me pareció que importaba para el asunto, fue hacer ver que
no se manoseaba. Fuera de esto, he concebido muy ardua la empresa de
explicarla. Así lo da a entender muy bien ese gran maestro de retórica, el
Señor Rollín; y porque el mismo pasaje, donde lo dice, ministra una idea de las
calidades del sublime y de sus prodigiosos efectos, le transcribiré
pun-tualmente: "En el género sublime (dice), el orador hace uso de todo
aque-llo que hay de más noble en los pensamientos, de más majestuoso en las ex-presiones,
de más atrevido en las figuras, de más sensible y más fuerte en las pasiones.
Su razonamiento es entonces como un torrente impetuoso in-capaz de ser tenido a
ni moderado, que arrastra con su violencia a aquellos que le escuchan, y les
obliga a su pesar a seguirle a donde les lleva. Hay mu-chos géneros de sublime;
pero no es este el lugar de tratar de esta materia, que ella sola haría prueba
de la extensión de talentos que requiere la elo-cuencia". Hasta aquí este
sabio francés, quien aun cuando la trata, no hace más que seguir lo que ha
dicho Dionisio Longino en su Tratado del sublime, según la traducción, que de
él ha hecho el Señor Boileau Despreaux,21 a la cual el mismo Rollín llama más
bien un original que copia, tan excelente es ella.
Murillo. Concluyo, pues, que Moisés Blancardo sabrá de la sublimidad de
Pichincha, si alguna vez subió allá a chacarillas. Pero la del estilo no la
conoce aun por la cubierta. Y si no dígame Vm., caballero mío, dónde la vio,
conoció y trató; y hágame el gusto de exponer la palabrita ubi, que es la que
sigue.
Blancardo. Todo lo que hasta ahora sé, me lo han enseñado en la casa
regular N. de Quito; y allí he aprendido a mi juicio todo, todo lo que puede
saber un honrado Padre Maestro, para ser lo más que puede ser, y todo aquello a
que puede aspirar un religioso, lleno de deseo de ser tenido por sabio.
Murillo. Muy bien. ¿Y en esa casa blancardina hay, hubo o habrá cátedra
de retórica, o de bellas letras, caballero nuestro?
Blancardo. No la hemos conocido para nada, jamás la hemos frecuenta-do,
dueño mío, y estoy en la firme persuasión de que sirve para hablar lo mismo que
la escultura.
Murillo. ¡Qué hemos de hacer! Vámonos con la paciencia socrática y con
la mañuela platónica, desenredando este ovillo. Pregunto, pues, caba-llero, ya
que no hubo cátedra, ¿ha tenido Vm., siquiera algún retórico extra-judicial, o
algún preceptor de media capa, o de esos que llaman eruditos de capa y espada?
Blancardo. Nada de eso; porque ya he dicho que he contemplado una inútil
parlera a la retórica. Y en lo que sé (que me parece es mucho, y Vm. lo verá
por mi aprobación), de belleza de letras, juzgo que yo mismo me la he buscado y
conocido.
a DC: detenido
Murillo. ¡Acabáramos, Señor Doctor Mera! Ya está Vm. servido en la
palabrita ubi. Estemos ciertos que nuestro caballero no sabe por donde daba
bola; y estemos igualmente en la inteligencia (pora lo que Vm. nos aseguró en
las conversaciones pasadas), que solamente en la Compañía, se estudiaba el arte
de bien decir; y aun allí muy mal (según Vm. mismo nos dijo), por no usar de
las Instituciones oratorias de Quintiliano, del Tratado del subli-me de
Longino, ni de las obras de Marco Tulio. Vm. mismo aseguró que los jesuítas
solamente estudiaban sus compendillos de retórica fabricados según el mal
genio, el genio desgustado del preceptor de letras humanas, con los que no
entraban en la verdadera ni aun mediana elocuencia, sino en esa vi-ciosa y
corrupta, que yo tanto estimé, y que ya he abominado desde que converso más a
menudo con Vm. Y es así, que si los jesuítas hubieran estu-diado a esos bonazos
gentiles, les hubieran tomado el sabor, hubieran cono-cido el buen gusto y
hubieran hablado honrada, casta, pulida y noblemente; porque se les hubiera
pegado su modo de hablar; y no hubieran sido como fueron, tan desbocados, b tan
mal hablados, y aun deshonestos con todo su solimán, su carmín, su albayalde,
su leche virginal de rostro y todas sus manos de gato, que se pegaban para
salir a hablar en público.
Mera. Vm. certifiqúese o acuérdese mejor de los establecimientos
lite-rarios en tiempos más antiguos. Porque, ¿de dónde sabemos que enc esa casa
se han cultivado con acierto las Humanidades? ¿De dónde sabremos d que
Blancardo las ha aprendido, y quizá al presente olvidado?
Murillo. Ese olvido bastaría para el intento. Pero Vm. estéseme muy
satisfecho sobre mi palabra, descanse sobre ella, y afirme, citando mi
auto-ridad venerable, que es tradición constante que no ha habido ni en esta
casa, ni en todas las otras regulares o irregulares, no digo cátedra, que
aunque ésa no fuese del Espíritu Sánto, al fin sería de un buen espíritu, no
digo cate-drático; pero ni una tilde, ni un ápice de letras humanas. Y así no
hay que cansarse, ni hay para que diga Vm. que en esa casa se cultivarían las
Humanidades. En esa casa, Señor mío, muchísimo menos que en otras, debían
acordarse de ellas. La razón es porque en ella sólo se ha pensado practicar el
privilegio que el año de 1244 les concedió a sus individuos la Catedral de
Barcelona. Era éste, que lograsen asiento en el coro, y eso entre los
prebendados; con ellos debían cantar horas canónicas, y tenían el per-miso de
traer bonetes negros. No era mal previlegiote; él es verdadero, y si quiere
Vm., se lo daré de letra de molde y de letra parecida a la de la aprobación, en
los anales escritos por el Padre Maestro, Fray Juan Guerrero y Zaravia, y aun
en el libro del Maestro Vargas. Vm. dirá que esta historia tiene mucha
alegoría, allá se avenga. Lo que debo decir yo es que soy un traidor en aducirla,
porque no la he referido bien. Ahora me acuerdo de
a DC; porque lo que
b DC: destocados
c DC: en su casa
d DC: sabemos
positivo, de positivo, que no han estudiado tales arengas, ni tienen tal
obli-gación; porque los Blancardos de esta Orden en esta provincia, son
sola-mente caballeros, y de los agregados a los de Montesa y a los de Christus.
Son de aquéllos que no reconocen por su legítimo General a Guillermo Bas,
porque tenía tamaña coronaza. Ellos constituyen por sus superiores a los
Generales tercero, cuarto, sexto y consecutivamente a los demás, hasta el año
de 1317. Conténtese a (han dicho nuestros caballeros), el otro partido con su
corona, sus letras humanas y divinas y su breviario, nosotros nos contentamos
con nuestra espada, nuestro escudo, nuestro manto capitular y toda nuestra
caballería. Siendo así: ¿Ubi, dónde está esta sublimidad? ¿Ubi, dónde habrá
habido ni habrá en adelante estudio de letras humanas?
Mera. Eh. Pero ya le oyó Vm. que Blancardo decía que juzgaba que él
mismo había conocido las bellas letras. Puede ser que sea así, y que por sí
mismo se haya formado buen humanista, como se formó Blas Pascal exce-lente
geómetra sin maestro alguno.
Muritto. Démosle de barato, que el caballero no sea tacungo, aunque está
en contra de esta historia, el principal documento de su fe de bautismo.
Démosle, también de barato, que siendo tacungo ha logrado tan nobles ta-lentos,
y aun más nobles que los que sacó del vientre de su madre Blas Pascal, y los
que sacaron Verulamio, 22 Clarke, Leibnitz y Newton. Pregun-témosle ahora a él
mismo, ¿cómo se formó, con qué medios, y de qué ma-nera: Quibus auxiliis?
Mera. Cuando Pascal se formó, mi querido Doctor, lo debió todo a su
genio y a su pasión por la Geometría. Su discreto padre le había prohibido
expresamente el aprenderla; le privó de que concurriera a las observaciones y
aun a las conferencias que tenía con otros matemáticos sobre esta ciencia. Pero
Pascal, arrastrado de su vehemente aplicación, formaba sus figuras so-bre la
tierra. El las daba su denominación, y para formarlas había fabricado a su modo
los instrumentos. No quedó oculto el grande conocimiento que se había adquirido
en la Geometría, porque un día fue sorprendido de su pa-dre, al tiempo de estar
corriendo las líneas. Hallólas exactas, bien compren-didas, explicadas con
sublime penetración; de lo que pasmado hizo llamar a un amigo suyo, inteligente
en la materia, y cuando llegó éste, recibióle con lágrimas, y al mismo le
manifestó sobre la tierra las invenciones geométricas (que así puedo
llamarlas), del nuevo geómetra, hijo suyo, asombro y mons-truo de habilidad. De
este modo se habrá hecho retórico, orador y aproban-te, nuestro caballero sin
necesitar de otros auxilios que los de su genio, pe-netración, estudio y
entendimiento. Déjele Vm. ¿Qué me le anda pregun-tando, con qué medios y de qué
manera?
Blancardo. ¡Oh! A esta pregunta podré responder con más satisfacción y
seguridad que a otras. Por un solo medio me he formado; pero un medio que
contuvo en sí todos los auxilios imaginables. Antes había dicho yo que
a DC: Conténtanse
por mí mismo; y no hay tanto caudal (aunque es bastante hasta poder dar
limosnas públicas, dígalo mi aprobación), en la posada. El auxilio, pues, viene
en mí, de que he sido tan feliz, que nací al mundo literario, no del cerebro de
Júpiter, sino de la ilustre cabeza del mismo A, A, A, Apolo. Lo era sin duda
por todo el esplendor de sus luces intelectuales, por todo el lleno de su
sabiduría, y por todo el brillante cúmulo de sus distinguidos talentos, mi
doctísimo Padre Maestro A, A, A (no puedo nombrarle, diréle en disfraz), Apolo;
y al decir así, he puesto con la mayor claridad y alabanza, en breves rasgos, a
un sol. Cuando yo por mi natural facundia no fuese como soy, gracias a Dios, el
mismo Mercurio, deidad protectora de la ele-gancia y de qué sé yo qué más, ¿no
es verdad que me ilustraría como a tal, y me haría lucir entre los demás
planetas, con distinción aquel ardiente y fecundísimo Febo? Sí, Señores, sí,
dueños míos, los más descomadísimos a del mundo entero, sí, allí está mi
formación y el origen de ella: allí se hallan de más a más explicados y
descubiertos todos mis auxilios, para toda mi sublimidad.
Murillo. Esta vida toda es guerra,
en el estado que ves, Dando
la nave al través, Dimos con el sabio en tierra.
Yo pensé que nos iba a manifestar la lectura de Quintiliano, el estudio
de Cicerón, la inteligencia de Demóstenes y de El Sublime de Longino, y venimos
a dar en el Padre Maestro A, A, A. Alabado sea Dios. Estos son todos sus
auxilios. Preguntaréle ahora a Vm., mi caballero: y este Padre Maestro
Reverendísimo» ¿fue acaso algún Isócrates que, como el otro de la Grecia tuvo
el cuidado y profesión de enseñar a los jóvenes atenienses la retórica?
Blancardo. No, dueño mío de toda mi alma y todo mi querer, no fue ese
Padre Maestro, profesor de Retórica, ni menos la enseñó a alguno. Fue un
teólogo de mucho crédito y un regular sabio y erudito. Ahora, pues, ins-truido
en la versión de los idiomas francés e italiano, fue el non plus ultra de la
sabiduría.
Mera. Mucho significan estos elogios. Si no hay encarecimiento, ya me
duelo de no haber tratado a este literario portento; estoy por creerlo tal,
porque además del caballero Blancardo, es mucha la copia de testigos, y por eso
bastante fuerte la prueba. ¿Quién se atreverá a hacer la tacha de ellos, y más
siendo si no todos, los más presentados en bastante forma?
Murillo. Yo la haré decentemente. Venga la lista por antigüedad, para no
perder pitanza, asiento ni voto.
Mera. Sería tediosa prolijidad el hacerla, y ésta que fuera un análisis
es-crupuloso, ofendería quizás aun a nuestros mismos amigos. La verdad ofen-de
demasiado, y el espíritu de partido y de cábala es dominante en estos
a DC: descontentadizos
gremios. ¿Qué importa que digamos mal de los abusos de la literatura,
qué importa que hagamos conocer palmariamente la ridiculez insensata de los
iliteratos? El bando querrá prevalecer, los devotos serán infinitos, la buena
causa se verá ahogada y, atribuyéndose a malignidad y a encono del nombre
regular la reprensión dispensada a los particulares, se gritará muy alto, que
infectos de chamusquina (Dios por su infinita misericordia nos libre de ella),
emprendemos vivamente al común y al cuerpo mismo regular. Pero un espíritu
generoso nada teme, delira por amor de su patria, estimulando a todos los
ignorantes al aprecio de las letras, y a todos los Blancardos al cumplimiento
de sus obligaciones por lo respectivo a la sabiduría eclesiástica. Por eso,
excusando hoy el dicho análisis de Vm., Doctor mío, otras pruebas.
Murillo. Allá van: es de saber que para estudiar siquiera la ácrea
filoso-fía, aun la rancia escolástica teología, desde cincuenta años a esta
parte, fue preciso que en esta casa de Quito, toda quebrada, formal y
materialmente, se abriese para entrar y salir a los escolasticones, un cierto
Portillo de cal y canto fino. Por no llamarle a éste el camino literario, digo
que fue éste la aduana de cuanto traficaba en eternas boberías la Compañía. Mas
no sólo fue a mi ver la aduana, fue el estanco mayor de ellas. Y tenía en su
oficina sobre mil cartapacios de términos lógicos, un millón de los de las
distincio-nes, y un cuento de cuentos de materias manuscritas de teología
jesuítica. La gran biblioteca del insigne Ptolomeo 23 ha sido un estantillo
ridículo y menudo de papelitos, en comparación de este cúmulo prodigioso de
aristo-telismo encuadernado. Aquí de la reflexión. Ya tenemos en esa casa
siquiera un colector celoso de esta ciencia blancardina. Ya vemos con ojos
históricos que él propagaba a los suyos estas materias y estos cursos
jesuíticos. Pero ni entonces, ni ahora vemos que haya habido un recogedor que
amontonase y repartiese las ecuaciones retóricas.
Blancardo. Esta ni es prueba, dueño mío queridísimo, y lejos de
pre-tender ser, no viene ni poco ni mucho al intento.
Murillo. Allá voy, reciba Vm. la ración. Quien podía ser este cosechero
de compenditos, este promotor de las bellas letras, este intendente mayor del
buen gusto, debía ser ese celebradísimo Padre Maestro de las tres Aes; pero él
nada de esto fue. Y ya, ya estamos viendo su literatura y afición a estas
humanidades difundida copiosamente en sus discípulos, en sus comen-sales, en
sus favoritos, en sus conmilitones; y representada muy al vivo de una
perspectiva muy fina en toda una aprobación.
Mera. En verdad, que Vm. aún no toca directamente en el punto de la
dificultad; bien es cierto, que esta última ironía me hace temer que halle
mucho de lo que Vm. quiere persuadir; porque la falta de sujetos cultiva-dores
de las humanidades prueba bastante, ya que no las han tratado ni co-nocido sus
predecesores, y ya que ha faltado uno de esos genios raros, un bello espíritu
que las introdujese, las hiciese conocer y procurase que las gus-tasen los
demás, con un género de pasión y de embeleso. ¡Ah! Pero allí está
Moisés Blancardo, que asegura haber bebido, cual Hércules, de la leche
de Juno, para poder llamarse con propiedad hijo suyo, bien que sólo era de
Júpiter en Alcmena.
Murillo. Va Vm. a ver lueguito en lo que paran aquel Júpiter y este
Hércules. La escolástica fue el patrimonio del padre; pero retirado a un pueblo
de Los Pastos, no cuidó mucho de adelantar lo que le había perte-necido en
parte; y desde luego se entregó a la varia y amena lectura. Queve-do, 24
Gracián, la Floresta española, el David perseguido, Montalván,25 Ma-ría de
Sayas con su pienso de Moreri, para hacer mejor estómago, fueron sus maestros,
su librería y sus delicias, hasta que por mal de sus pecados llegó a caer en
sus manos el Teatro Crítico,a y entonces leyéndole, consti-tuyóle su oráculo,
su simulacro, su ídolo. No había extravagancia alguna por extraña que fuese que
estableciese su autor, que no la defendiese como ar-tículo poco menos que de
fe. Daba gracias a Dios de haberle hallado, y daba mayores de que el Padre
Feijoo no hubiese sido hereje; porque (decía), a serlo, hubiera revuelto el
cristianismo con el valiente esfuerzo de su persua-siva. Encantado de ella vino
a leer en una de los Eruditas, que la elocuencia era naturaleza y no arte, y
bastó esto para echar a rodar como a unos men-tecatos a los Demóstenes,
Cicerones, Quintilianos y Longinos. Este mismo disgusto inspiró a todos los
suyos, y potiori jure a su favorito Blancardo. Pero no dejó por eso de
influirle su malísimo modo de predicar con todo su espíritu, vigor y aliento.
Vea Vm. aquí su Júpiter; infiera ahora qué tal será su Hércules.
Mera. Bien apurado está el argumento negativo. Va Vm. haciendo buen uso
de él, y crea que me inclina algo a entrar en sus conjeturas y dictámenes.
Murillo. He echado mano de la crítica más escrupulosa, y para que sea no
solamente más, sino también muy, cata allí un argumento positivo: tene-mos por
un efecto de nuestra buena estrella aquí, aquí, debajo de la mano, dos
sermones, uno del Padre Blancardo el grande, y otro del hijo, Moisés Blancardo
el chico. El del grande es el mismo que Vm. en la conversación nona de la
oratoria cristiana le calificó como parto de Fray Gerundio, en atención a su
extraña y sutilísima idea; pues es digno de saberse que ese sermón fue su más
afamada y aplaudida pieza oratoria. No hay sino que abramos los cartapacios,
que cotejemos los estilos y que veamos si son oraciones superiores a la crítica
más escrupulosa. Este cuaderno empieza: Sermón de San Pedro Nolasco, dicho por
el Padre.. .
Mera. Vaya, diga Vm. algo de éste, que juzgo se me ha olvidado del todo.
Murillo. Aquí sí que oirá muchísimo de eso que se llama sublime. Vaya
primero un pasaje que mira a lo sublime del pensamiento:
a DC: el Antí-Teatro Crítico
De la cruz inversa del Apóstol, dijo un docto expositor, que, por esta
circunstancia, había sido más dura y áspera que la de Cristo: Cui cruci
Christi, durior crux successit in Petro. Y con razón, porque tener abatida la
cabeza, sitio de la razón, domicilio del entendimien-to, oficina de los
discursos, y ver en puesto más eminente a los pies (esta frase será alguna
blancardina en tiempo de caída capitular), parte la más despreciable del
cuerpo, donde el alma racional no ejer-cita otras operaciones que las mismas de
un bruto, andar y más andar (si lo diría en sátira a nuestro Moisés), es
tormento tan irregu-lar que no lo quiso padecer Cristo.
Mera. No llame Vm. ni por ironía pensamiento sublime a éste, por no
escandalizar a los de corta inteligencia. Salga luego al paso y diga que es un
pensamiento abatido, pueril, frailesco, falso, impío, y en una palabra, llámele
una legítima y risible gerundiada. Repito que me voy persuadiendo a lo que Vm.
siente, y a que el Padre Maestro no era hombre de letras, ni hombre de ingenio,
sino un blancardo de fama. No era hombre de ingenio, porque este pasaje
referido, manifiesta la debilidad de sus talentos. No era hombre de letras,
porque no ha tenido lectura grande de buenos autores, como se prueba por la
cita del expositor, con quien autoriza su fácil y voluntario pensamiento. La
elección de las obras y su estudio hacen ver la nobleza de un entendimiento claro.
¿Cuála sería el carácter de b él, del Padre Maestro, cuando a su expositor
llama docto, cuando adopta sus delirios, y cuando habla en términos tan
distantes de la verosimilitud? Cristo padeció porque quiso, y a excepción de la
miseria del pecado, padeció cuanto es imaginable y cuanto no es imaginable
padecer. ¿Qué locura es esa de decir que la cruz inversa de Pedro fue más dura,
esto es, más penosa que la del Redentor? ¿Qué delirio es afirmar que ese
tormento era tan irregular, que lo repugnó y no lo quiso padecer Cristo? ¿Dónde
estamos? ¿Acaso en Ginebra, adonde con íntimo dolor del alma podamos oír decir
que no fue copiosa la Reden-ción, y que los tormentos del Crucificado podían
ser menores en compara-ción de alguno que sufrió el Apóstol San Pedro? Pero
vamos al docto ex-positor. ¿Este es Osuna, 26 y qué tal mérito el suyo? Un
expositor por mal nombre, sin crítica, sin inteligencia de lenguas, sin
conocimiento de las Escrituras, y nada más que un pensador de agudezas, de
conceptos pulpita-bles, de gerundiadas y de blasfemias. ¿Y a éste llama el
Padre Maestro tan sabio, a éste llama docto expositor, le cita y sigue? Doctor
Murillo, ya estoy con Vm., me ha vencido, ha triunfado de mis dudas, y conozco
que dijo la verdad en su coplita: dimos con el sabio en tierra. Aún su locución
es vi-ciosa por abatida y vulgar. ¿Qué quiere decir: La cabeza, sitio de la
razón? Yo lo diré: tener el sabio Padre Maestro sitiada el alma de pobrezas y
blo-queado el entendimiento de ruines conceptillos.
a DC: ¡Cuál... similitud!
b DC: omitido: de él
Murillo. Aún no haga Vm. esos reparos; déjelos para luego. Mire Vm. que
el Padre Maestro tiene verdadera sublimidad en el estilo. Aquí viene un buen
lugar de la dicha oración: "Pues así el amor (dice Gregorio), con una sola
diferencia, que aquellos tiranos tenían el rostro de furias; los ojos
fulminaban en los rayos visuales, rayos; los labios en cada acento resonaban en
trueno, en cada cláusula articulaban una ruina; la frente arrugada abría en
cada surco una sepultura; las cejas un arco para disparar estragos; el pecho la
fragua de Vulcano donde se forjan puñales, lanzas, garfios, tem-pestades y
rayos. En fin, tiranos horribles, tiranos crueles. Mas no así el amor, lástima,
pero son amables sus llagas; hiere, pero son gustosas sus he-ridas; abrasa,
destruye, martiriza, mata, pero con dulce muerte, con apete-cible
martirio". Y aquí al último es digno de no olvidar que, para guardar la
cadencia de la cláusula, después de que dijo: Destruye, edifica el orador y
pone sobre la ruina, el martirio de columna y el amor, de capitel. ¿Qué le
parece a Vm.?
Mera. Que no hay en este gran retazo nada, nada de sublime, antes sí,
muchísimo de lo que tenemos abominado en nuestros pasados coloquios. Excuso
formar una glosa, porque siendo prolija, no sería la ordinaria; y cualquiera
haría bien de decirme de-Lira, 27 y es la glosa con postillas.
Murillo. A fe que es el mejor lugar del referido sermón en punto de
ele-gancia de estilo. Pero si el otro decía qualis pater, talis filius, ahora
veremos si será solecismo o barbarismo cantar: Malus est pater, pejor est
filius.
Blancardo. ¿Por qué causa, carísimo mío y amigo de toda mi alma?
Murillo. Adivinó Vm., caballero mío, en apuntar la antífona Cur. Allá
van el salmo y la exposición. ¿Por qué causa no sabe Vm. de sublimidad?
Respondo: porque, siendo inspirado, siempre nos ha dado a conocer a todos que
es y ha sido bello instrumento de aire, y un órgano de flautas dulces. En
habiendo quien toque las teclas y quien sople los fuelles (ni el demonio), que
suena y resuena Vm. más que el clarín de la fama. Cuando vivía Júpiter,
Hércules era propiamente gaditano; porque todo él era conceptos vivarachos a la
española. Ahora todo él es Signor colendisimo, ma tutto inchinato ai piedi di
favorevole lume del Leonardeli. Dirémosle por hacerle honor estos versitos:
Nec calamis solum aequiparas, sed voce magistrum.
Fortúnate puer, tu nunc eris alter ab illo. 28
Blancardo. Deshácese su argumento, mi queridísimo, si se acuerda Vm. que
ninguno pudo inspirarme la aprobación. Si ella tiene sublimidad, ella ha de ser
mi defensorio y a ella apelo.
Murillo. Mala expresión es esta de apelo, en hablándose de un tacungo.
Mas, para redargüirle, digo que, si yo fuera escritor de los antiguos, a nadie
imitara sino a Plutarco. Pero tampoco me he de quedar con el antojo dentro
del cuerpo, lo he de cumplir y he de hacer de escritor, he de escribir
como Plutarco, para-lelos.
Mera. ¿Quiénes son estos lelos, Doctor querido?
Murillo. Decir quise Blancardo el grande y Blancardo el chico; porque
ahora se sigue leer algo del cartapacio, que contiene el sermón de nuestroa
Moisés. De sublimidad de pensamiento, a sublimidad de pensamiento, vea Vm.,
Señor Doctor, cuál se la lleva y cuál puede ser más sublime. Atienda Vm. bien,
que el sermón de San Dimas, el Buen Ladrón. Dice:
Y como Pedro en su confesión atropello dudas, venció dificultades,
refutó opiniones, se aventajó en glorias a Natanael. Volvamos ahora los ojos a
Dimas y con las mismas armas con que Pedro ha triunfado de Natanael, le ha de
dejar gloriosamente vencido. Porque si fue tan sublime, tan heroica, tan
gloriosa la confesión de Pedro, porque pu-blicó la divinidad de Cristo cuando
había quienes le creyesen uno de los mayores santos: Alii Joannem; cuánto más
esforzada, más intré-pida, más invicta se mostró la fe de Dimas cuando confesó
Dios a Cristo, a tiempo que un mundo entero le declaró na santo, no bueno, sino
el peor de los mortales, sedicioso, hipócrita, endemoniado, re-belde a Dios y
al mundo, fingiéndose Rey y mintiéndose Deidad.
Mera. Antes bien, le tenía cuenta a nuestro caballero, decir que este
ser-món que predicó fue parto ajeno. Y para mantener su crédito, debía decir lo
mismo de la aprobación. Es mejor que una apariencia de casualidad desgra-ciada,
haga creer que nos hemos visto en la triste precisión de predicar las
producciones de otros, que no que nuestras inepcias, dichas con magisterio,
persuadan a las gentes que somos pobres de talento, y aun negados. Con este
pasaje que se ha acabado de leer, me va Vm. haciendo palmaria la de-mostración
de la rudeza del caballero. No creí tanto. ¿Cómo entenderá el miserable, de
sublime? Pero, ¿y a qué fin viene el Apóstol y Príncipe de la Iglesia aquí? Veo
que en ambos sermones entra nuestro gloriosísimo Pedro.
Murillo. De suerte, que mi caballero Blancardo predicó el otro sermón de
San Dimas; y quiso elogiarle diciendo que tenía (¡Ah buen Padre, y cómo muestra
su carácter! ¡Y cómo le pinta en sus discursos!), el semblante vario de todos
los santos; porque en él se halla la suma de todas las virtudes, el extracto
(también es droguista), de todas sus perfecciones, la quinta esencia (mire Vm.,
si no sabe de química y farmacéutica), de todas las maravillas. Por esto el
Evangelio (prosigue, y no hay que perder ni una sílaba, que todo es una sarta
de perlas), no le da otro nombre que el de alter, otro. Respondens autem alter,
y así con este nombre se da respuesta a cuantas gloriosas preguntas se pueden
hacer de él. ¿Es acaso Profeta? Alter, otro Profeta, pero que los vence en la
esperanza (esto sí que es tener crítica
a DC: omitido: nuestro
escrupulosa para examinar de vencimientos). ¿Es Patriarca? Alter, otro
Patriarca que los excede en la fe (si digo que tiene en su mano el peso del
santuario). ¿Apóstol? Alter, otro Apóstol, pero que los apaga con su fi-neza a
(este predicador fue el confesor b de Dios y su secretario, para saber de estos
excesos). ¿Es confesor? ¿Es mártir? Alter, otro confesor,
Nec calamis solum aequiparas, sed voce magistrum.
Fortunate puer, tu nunc eris
alter ab illo.
Otro mártir tan ilustre, que en su luz marchita el candor de los unos,
la pureza de los otros (hecho cierzo y hielo sobre las hermosas flores del
Em-píreo) . ¡Oh! Y cómo sobran al buen ladrón. . . Pero al decir el predicador
estas palabras, supe que Blancardo grande que le oía, echando un tierno suspiro
y vertiendo algunas dulces imperceptibles lagrimitas de alegría, nada más que
por el sonido de la voz Ladrón y de la voz Älter, y no por otro motivo había
repetido este versito de Virgilio:
Hos ego versículos feci tulit alter honores. 29
Y que con su acostumbrado modito sutil de conceptuar, había añadido que
Virgilio pronosticó que Moisés Blancardo había de predicar el célebre ser-món
de San Dimas. Lo que hay de seguro y cierto en la verdad de esta histo-ria es,
que porque nuestro caballero propuso este asunto que Vm. ha oído, vino a
entrar, o trajo el predicador al gran Apóstol San Pedro.
Mera. Decíame Vm. con mucha justicia, que era peor el hijo que el padre.
¡Amigo, qué de horrores! ¡Qué de blasfemias! ¿Por qué no añadiría de una vez
estas otras herejías: Es acaso otro Jesucristo? Alter, otro Jesu-cristo, pero
que padeció mayores tormentos en la Cruz. ¿Es otro Dios? Alter, otro Dios, pero
que excede al Eterno en la Omnipotencia.
Blancardo. ¡Ay mi Dios, qué interpretación tan horrorosa! ¡Ay, pobre de
mí! ¡Y qué crítica tan acerba!
Murillo. ¡Oiga, oiga! ¡Y cómo se asusta! Vm. se tiene la culpa, que dijo
en el sermón, y lo repito (porque nada más que una simple repetición, abre los
ojos a los más prevenidos, y abrirá ciertamente a sus mismos devo-tos ). Por
esto el Evangelio no le da otro nombre que el de alter otro. Res-pondens autem
alter.
Blancardo. Pero no dije, ni pude decir lo que ha añadido el Doctor Mera.
Mera. No dijo, pero pudo decir. Y Vm. mismo es el que más abajo ase-gura
que puede decirse, con estas palabras: Y así con este nombre (alter), se da
respuesta a cuantas gloriosas preguntas se pueden hacer de él.
a DC: fuerza
b DC: consejero
Murillo. Centón llaman los colegiales este efecto de los argumentos; y
los que profesan esgrima, cuando han tomado la guarnición del contrario, llaman
(no sé por qué los tontos), conclusión. Y aquí está, mi Señor, el Cur de no
saber de sublime, nuestro blanco caballero.
Mera. Tiene Vm. mil razones, mi querido. ¿Qué entenderían, ni
enten-derán en toda su vida, de sublimidad de estilo, si uno y otro eran tan
Blan-cardos (por no decir Gerundios, palabra vedada, a la que hoy substituimos
la honorífica de Blancardos), en las ideas, en los pensamientos y en el
len-guaje? Ellos, en no haciendo odiosas comparaciones, no están contentos; en
no profiriendo cuatro herejías, no se satisfacen; en no revolviendo la Corte
celestial y no penetrando hasta el augusto solio de la Trinidad inefable, dicen
que no han predicado ni dicho cosa de provecho. Pero esto es ir muy seriamente.
Voy a reírme usurpándole a Vm., a Vm., el versito:
Nec calamis solum aequiparas, sed voce magistrum.
Fortúnate puer: tu nuc eris alter ab illo.
Murillo. Oiga Vm. primero lo que es en boca de Blancardo el chico
su-blimidad de estilo, y dirá después lo que quisiere; mas, advierta a todo el
mundo que hoy estoy de Plutarco, escupiendo paralelos, y propiamente, se-gún el
equívoco del Padre, oiga para lelos. Allá en su oración de San Pedro Nolasco
hizo Blancardo el grande la descripción del amor, ya lo oyó Vm. Acá en la suya,
Blancardo el chico hace la pintura del objeto del amor, y empieza así:
Hizo Cristo con Dimas lo que Zeuxis con Elena. Para trasladar al lienzo
la belleza incomparable de aquel milagro de Grecia, que pare-ció haber nacido
para borrar todas las hermosuras, pues a su vista todas eran fealdades, recogió
cuantas mujeres sobresalían en esta dulce tiranía de los ojos (esto a sí que es
sublime priapisa b y propio para púlpito), para copiar de cada una, aquella
perfección en que se aventajaba. De ésta dibuja la frente, porque en ella
parece que dio el primor en el blanco. De aquélla los ojos, porque vibrando
dulces rayos, hacen amable el estrago y visten luto, como que se compade-cen de
los que matan. De ésta retrata las mejillas, en que olvidan su discordia el
candor y la pureza, esparcidos los jazmines entre las rosas. De aquélla hurta
el pincel las perlas, que avarienta encierra su boca con breve puerta de nácar.
En fin. . .
Mera. Póngalo Vm. callado, que no hay paciencia para tanta pueril
bo-bería, y para tanta expresión amatoria, afeminada y propia de lupanar.
a DC; esta sí
b DC: priapecia
Murillo. Ea, no diga Vm. así, que manifiesta envidia del aplauso ajeno.
¿Y quién duda que este pasaje tan bello, no le conciliaria infinito?
Mera. De muy buena cosa tendría yo aflicción, ¡Doctor mío! Déjese Vm. de
indirectas. Ni se canse más en probar que ignoraba e ignora absolutamen-te lo
que es sublimidad de estilo.
Murillo. No tanto, no tanto, Señor Doctor. El ignoraba, él ignora es
tiempo presente, y tiene que ver: porque (que no fuere Blancardo lego, lo habrá
notado), este modo de predicar era a la española. Dama de saya de cola,
tontillo bordado, zapatito de tafilete, bata circasiana y muy petimetro-na,
aunque es verdad que casada con un joven pulcro, de muchas narices, es-pigado,
vivaracho, activo, pronto, llamado Don Concepto, de buena familia antigua, y
por eso con título de Señor de real discurso. Pero así que los je-suítas
(dadores de leyes en todo), dieron en representar a su Señeri, a los Tontis y
Bagnatis; pero mucho más así que murió Blancardo el grande, padre nuestro,
padre suyo, de Moisés, y mío no. . .
(Fortúnate puer, tu nunc eris alter ab illo).
Mudó a de casaca y echó mano de la italiana, cortesanota en obras,
pala-bras y pensamientos. Vestido, gala, acción, ademán, memoria, locución,
figuras, invención, adorno, disposición, modo de decir, de hablar, todo, todo
era de una perdidísima y venal prostituta. La cogió, pues, y con ella
abarraga-nado se va bandeando. Llámase (y es digno de saberse), la Sorella
Leonardeli. Vm., quizás le oyó el sermón de la Virgen, fiesta que hizo mi
Señora, la Marquesa de Maenza, que a excepción del párrafo laudatorio, la Donna
Leonardeli hizo todo el costo.
Mera. Razón tenía (como ya lo notamos en nuestra conversación de la
oratoria), el Señor Flechier de llamar a los españoles e italianos sus
bufo-nes. Y el famoso autor de la Henriada, 30 en el discurso que precede a su
poema épico, dice así: en Francia un sermón es una declamación
escrupulo-samente dividida en tres puntos y recitada con entusiasmo. En
Inglaterra es una disertación sólida, sencilla y aun árida, dicha sin estrépito
de voz. En Italia (aquí está lo notable), es una comedia representada con galantería.
Murillo. Pues sería muy buena comedia, el sermón que predicó nuestro
caballero; y él hizo de excelente actor; doile mi voto para primer y principal
papel. Vm. también le dará, pues le ha oído representar.
Mera. Ese sermón que Vm. cita, quizás le oiría; b lo que me acuerdo es
que le he oído el de Ramos, la amabilidad de Cristo, y otro de Cenizas, por
señas que trajo esa clausulita de que a los que aspiraban a la fama, los
to-caban los malos en la médula del honor. Y también hizo la descripción de la
Perspectiva; bella cosa, bien pintada, natural, oportuna, como de maestro y
envidiable del mismo Apeles.
a DC: Cuando mudó
b DC: oirá
Murillo. Diga Vm. de a pelo, y otros le añadirán con toda su lana,
porque a Vm. nada le duele el que los pobres de espíritu pidan limosna, y en
extrema necesidad lleven lo ajeno y sean plagiarios. Pero viniendo a nuestra
palabrita Cur, y que Vm. me preguntase por qué causas no sabe Moisés Blancardo
de estilo sublime. ¿Cur? ¿Por qué razón la ignora, la ig-norara y la ignoro,
Cur? ¿Por qué motivos no debe hablar de él, ni en pro, ni en contra, ni cómo le
hubiera mirado siquiera alguna vez desde lejor, Cur? Responderé que por los,
por las, por los motivos arriba citados en buena forma y en presencia de la
parte.
Blancardo. Los tiempos no son unos. El entendimiento se cultiva con los
días; y si antes he incurrido en los defectos notados, hoy creo haberme
mejorado con ventaja.
Murillo. Pues hoy, hoy, con todo el tiempo que quiera, doy a Vm. un
doblón para que de la oración aprobada me diga cuáles son sus lugares más bien
dichos, más bien pensados y sublimes. La aprobación está diciendo que es Vm. lo
que fue.
Mera. Puerilidades aparte: vamos a una crítica sólida.
Murillo. Añadiré, entonces, que después de estas preguntas bien hechas,
y después de las respuestas dadas con mejor acierto, ya no hay lugar para las
dos palabritas de nuestro texto: Quomodo y Quando.
Blancardo. ¿Por qué, pues, corazón mío, y bella luz de mis ansiosos
ojos?
Murillo. Porque la glosa recaía sobre averiguar (en caso que Vm.
tu-viese sublimidad de estilo y conocimiento de ella), ¿de qué manera la
apren-dió y en qué tiempo? Pero siendo el supuesto falso, no hay sobre qué
re-caiga la averiguación. ¿Ya hemos constituido a que Vm. no la sabe, conque
para qué escansar la paciencia de nuestros prójimos? Si no es que nos
atre-vamos a decirle el modo con que había de estudiarla y cuándo. Mas, oigo un
rumor, que para quien está descelado en estudiar sobre sublimidad de oficio, no
hay Quomodo. Y que para quien pasó del puente de los asnos en la edad, mucho
menos hay Quando.
Mera. Concluye, es silogismo. Sigamos ahora nuestra conversación sobre
lo restante de la cláusula. ¿Qué se seguía?
Blancardo. Había dicho yo: Profundidad de pensamientos, es tu. ..
Murillo. No tan a prisa; paso que dure, Señor Blancardo. Sublimidad de
estilo (déjemelo tomar de memoria), profundidad de pensamientos. Esto sí que
está excelente. No lo entiendo, y apostaré que ni Vm. lo entiende: vuelvo a
desafiarle a que me muestre un pasaje donde haya esta dicha pro-fundidad. No es
esto decir que no la tenga la oración, sino que Vm. no sabe ni dónde se busca,
ni dónde se halla.
a DC: hemos concluido
Blancardo. Amado mío, por profundidad entiendo la misma elevación de
pensamientos, de ésos que distan de la bajeza, que se apartan de la vul-garidad
y que son de suyo nobles y hermosos.
Mera. Es la respuesta como de quien lo entiende. Y entonces Blancardo en
las dos palabritas quiso hablar de una y otra sublimidad, es a saber: de la del
estilo y de la del pensamiento. Porque a la verdad, esos pensamientos que
tienen elevación, que tienen por objeto cosas grandes, que se explican con
majestad, con justicia, con magnificencia, ésos son los que en sí incluyen esta
profundidad. Y de este género de pensamientos puede haber muchísi-mos que se
expliquen con palabras sencillas y ordinarias, y serán sublimes si dan una idea
relevante y magnífica de aquello que tomó por su objeto. Son estas reflexiones
de Longino; y él mismo añade que aún se puede dar un pensamiento sublime, sin
que le acompañen las palabras, de tal suerte que quedemos admirados al ver una
sublimidad (digámoslo así), subsisten-te por sí sola, muda y sin voz, cual fue
el silencio que guardó Ayax, cuando, presentándosele Ulises, le tributaba
sumisiones. Aquel héroe, lejos de aten-dérselas, ni aun se dignó a responderle.
Silencio, en efecto, grande y aun más sublime que cualquier hermoso
razonamiento.a Ya se verán muchos de esos b ejemplos, si permanezco con salud y
con la intención que hoy, de dar a mis amigos traducido a nuestro idioma El
Sublime de Longino, que tradujo al francés el famoso Boileau Despreaux. Vuelvo
ahora a nues-tro Blancardo, y le digo, que (aunque por su respuesta le hago
conocedor del sublime), tiene sobre sí la misma censura que se hizo a la
expresión antecedente. Y que lo que cayó sobre la sublimidad, cae de redondo
sobre la profundidad.
Murillo. No tiene duda, sea así, o asá. Vm. mismo, si me habla de buena
fe, no me dará retórico que hable de este buen carácter del pensamiento,
aplicándole al sentido vulgar en que se ha explicado nuestro caballero. Mu-cho
alto le ha hecho Vm., llevándole por lo alto. Por profundidad ha enten-dido un
buen orador, cuyo panegírico fúnebre de María Teresa de Austria, viene en uno
de los tomitos de las piezas de elocuencia, la elevación misma. Y el texto que
tomó por tema que es ese lugar de San Pablo: O altitudo divitiarum sapientiae
et scientiae Vei, 31 le traduce elegantemente así: Oh profundidad de los
tesoros de la sabiduría y ciencia de Dios.
Blancardo. Cualquiera que sea el sentido genuino, él debe ser favorable
a todos los términos y ápices de mi aprobación.
DC: razonamiento. El conde
del R. agrado que leyó esta obra y en ella la promesa presente de la traducción
del sublime de Longino el año pasado de 1783 la hizo y previno el deseo del
autor del Nuevo Luciano. Pero ella no obstante que se había dedicado al Sumo.
Sor. Sobrino, no ha parecido a luz y ha quedado sepultada. Desearíamos que se
imprimiese. Ya se verán
bDC: estos ejemplos
Murillo. El siguiente le es a Vm. más acomodado,3 genuino y favorable.
Los tontos de los Blancardos, las más veces han querido llamar profundo a lo
oscuro. Por lo impenetrable e inaccesible de una obra, de un negocio, de un
papel, han dicho está metido en el profundo pozo de Demócrito. Ellos mismos,
porque dicen que no pueden entender claramente, a Tertuliano le dan el epíteto
de profundo. Si en este sentido quiere alabar al orador, le hace una injuria en
vez de elogio.
Mera. Era un insulto indigno de perdón, atribuir oscuridad al
panegíri-co aprobado. La palabra profundidad es aquí del todo oscura, y no
expresa el género de honorífico atributo, que quiere aplicar a los pensamientos
del orador. Es por este motivo que merece todo linaje de disculpas, toda
ex-presión que con señas de injuriosa produjese nuestro buen caballero. Creo
que si éste hubiese proferido con sentido equívoco y maligno aquella voz, sería
ésta la que hiriese más a la oración, porque nada debería ser su mejor carácter
que la claridad. Y un orador nada debería cuidar tanto, como ha-cerse
inteligible. Es el consejo que a cada paso nos dan los maestros de la
elocuencia, y el que muchas veces inculca San Agustín a los predicadores en sus
libros De la doctrina cristiana. Cuando a Tertuliano le llamasen pro-fundo por
su oscuridad, no irían los Blancardos fuera delb camino de una crítica
verdadera. En efecto, este autor eclesiástico ha sido oscuro en mu-chísimos
lugares; y sus pensamientos han sido, como se explica el Padre Bouhours, en sus
Diálogos de Filantes y Budoxio, huecos y profundos, se-mejantes en cierto modo
a los abismos, cuya profundidad asombra y turba la vista.
Murillo. Luego, por la misma razón, no tendría de qué gloriarse, o por
qué agradecerle el orador a nuestro aprobante el distintivo de profundidad con
que caracteriza los pensamientos de su oración. Yo, por lo menos, no quiero el
diablo mudo de este elogio. ¿Qué digo? No sólo no le quiero, sino que le
abomino. ¡Vaya con su profundidad al negro averno! No sé qué de profundidad, de
dobles, de equívoco, de sátira, encuentro en esta profundi-dad de pensamientos.
Mera. No, no haga Vm. este juicio, que puede ser muy falso. El hombre,
por más que tenga los aplausos envidiables de doble, tiene también el buen
crédito de blanco; y yo le tengo en asuntos literarios por sencillo. Peca de
ignorancia, y este es su mayor pecado. Y, c si tuviera malicia, culparíamos a
rabiosa envidia su miserable dichico, d y creeríamos que en realidad mordía la
oración, que en apariencia aprobaba. ¡Qué Padre Sanna es el pobrecito
Blancardo, que (viéndose en la necesidad de aprobar el sermón del Oidor
a DC: más acomodado a Vm.,
b DC: fuera al
c DC: Ya si
d DC: dicho
Llanos, que predicó a Santa Rosa), le hizo una vivísima sátira en vez de
aprobación! Eso se quedó para hombres de ingenio vivaz, el reprobar las piezas
malas en tono de hacerlas su mayor elogio. Y Blancardo, dígole a Vm. (in verbo
etc.), no es para eso, ni entiende una sola palabra de ironías. Supuesto esto,
quedo en el dictamen de que con la dicha expresión no alabó al orador, aunque
juzgaría que le hacía un alto encomio.
Blancardo. Señores míos, no he estado tan distraído con el gozo de ver
de molde mi aprobación, que hubiese dejado de oír todo lo que Vms. han
conversado. Este tratamiento que les merezco, le callo y sufro; porque me han
convencido de que no he hecho los debidos estudios para entender las cosas y
hablar bien de ellas. Enójense, norabuena, de que les llamen igno-rantes los
soberbios y los indóciles. Yo, al contrario, estoy por agradecer que me
descubran mis imperfecciones. Esta docilidad es digna del agrado de Vms.; y la
siguiente reflexión ha de ser de la complacencia del Doctor Mera. La
profundidad se adapta aún a las Santas Escrituras; luego la ala-banza que hice
al orador por la profundidad de sus pensamientos, estuvo en su lugar y muy
decentemente puesta.
Mera. No equivoquemos el significado de las palabras, caballero mío. Las
Santas Escrituras tienen pasajes hermosísimos y sublimes, que hacen la grandeza
sensible a la razón que los escucha. Oiga Vm. estas palabras ver-daderamente
sublimes en su sentido y en su expresión: Yo soy el que soy. El Señor reinará
en toda la eternidad y aun más allá. Hágase la luz. Y fue hecha la luz. Qué
idea tan magnífica no excita la fuerza de las palabras que luego repetiré. El
escritor canónico del Libro de los Macabeos quiere mos-trar el alto dominio que
gozaba sobre la tierra el grande Alejandro; y dice así: Calló la tierra en su
presencia: Siluit térra in conspectu ejus. David describe valientemente los
efectos de la obediencia al supremo arbitrio del Señor, en una criatura
inanimada cual lo es el mar, obediente y pronto a dividirse para dar libre
tránsito a su pueblo; y dice: Mare vidit et fugit. San Juan hace ver en su
Apocalipsis la tremenda Majestad del Eterno, con estas palabras: A cujus
conspectu fugit coelum et térra. Así la divina pala-bra escrita, encierra un
fondo admirable de pensamientos profundos, esto es, sublimes y enérgicos con
vehemencia. Y así mismo envuelve cierta pro-fundidad oscura, difícil,
ininteligible, que no la alcanzará ni penetrará la más elevada, perspicaz y
activa inteligencia humana. Hay misterios, hay arcanos, para cuyo conocimiento
es indispensablemente necesario el don que comunica el Divino Espíritu. Vean
Vms. las dos especies de profundi-dad que hallo en las Santas Escrituras.
Blancardo. Por eso es que al orador le aplaudo en mi aprobación con lo
que sigue: Estudio y penetración de las Escrituras.
Murillo. Para después, para después este estudio, que veo venir a aquel
molestísimo Gorgopas, hablador de toda literatura. Retirémonos a descan-sar, y
mañana, con mejor cabeza, seguiremos nuestros coloquios.
DIALOGO TERCERO
Entre los mismos interlocutores
Mera. Es difícil poderse escapar de estos enfadosísimos malbaratadores
del tiempo. Ayer huimos con ventura del importuno, audaz Gorgopas, sin que nos
conociese, ni juzgase que nos hurtábamos de su molestísimo pedan-tismo.
Murillo. En lo más oculto nos buscan, y aun se meten a donde no los
llaman, con una denodada intrepidez, propia de su ingenio y de su educación.
Blancardo. Por eso, antes de que Gorgopas nos venga a interrumpir y
robar la mañana entera con sus delirios, repetiré la cláusula de ayer.
Murillo. Sí, por su vida, caballero mío, lea vuestra merced.
Blancardo. De memoria la tengo. Dice: Estudio y -penetración de las
Escrituras.
Mera. No es mal negocio tener este tesoro de conocimientos, el que todo
eclesiástico debe guardar en lo íntimo de su corazón para la piedad, y en el
reservatorio precioso del espíritu para la doctrina. ¡Pero, ah! ¿Y de cuántos
requisitos (difíciles de alcanzarse en este país de la ignorancia y de la
indolencia), no necesita este estudio? ¿De qué favores del cielo no ha menester
esta penetración? ¿Si se sabrá por acá siquiera (hablemos con franqueza), si
hay reglas para la inteligencia de las Escrituras? ¿Y en caso que sospechen los
doctos Blancardos que las hay, si comprenderán cuáles son estas reglas? ¿Y lo
que debía preguntar era, si acaso se les pasaba por la imaginación el deseo de
saberlas?
Blancardo. Mal de mi grado, es preciso confesar la verdad. Nada de esto
ocupó ni nuestras aulas, ni nuestros entendimientos. Diga Vm. algo que importe.
Mera. Unicamente con apuntar algo de lo que hay en este punto, cree-ré
que quedarían asombrados esos hombres, si nos oyeran. Gracias a Dios que no nos
oyen, porque de lo contrario levantarían la hueca voz, más aguda que el decir
el Te Deum en Lauses de primera clase; y dirían que yo era soberbio y
presumido, con otras mil cosas. Hablemos de tal modo que no se vean obligados a
cerrarse con ambas manos o con sus mismas orejas de Midas, los oídos. Sea lo
qué fuere; digo que se necesita saber las reglas que trae Tirino fl y 32 las
que recomienda San Agustín. Walton, 33 sobre el polí-glota inglés, trae otras
en sus prolegómenos, y son dignas de saberse. Corne-lio Alápide, aunque
comentador por otra parte alegórico y nada exacto, no es despreciable en las
reglas que trae al principio de sus comentarios. Yo aquí supongo el
conocimiento de las lenguas orientales, a lo menos como requiere el docto
Obispo de Canarias, Melchor Cano. Supongo la instruc-ción de la Cronología,
Geografía e Historia Profana. Además de esto, veo
a DC: Tichonio
que es indispensable estudiar hoy a los críticos, porque es necesario
hacer el cotejo del Antiguo Testamento y del Nuevo, descubriendo en aquél las
figuras y misterios, y en éste su ejecución y debido cumplimiento. En aquél
debemos observar las profecías, que miraban a tantos hechos futuros,
especialmente a la vida del Salvador y a las circunstancias, que habían de
acompañar a la grande obra de su misericordiosísimo ministerio para el que
bajó. En éste, estamos obligados a notar la misma doctrina y moral purísi-ma a
del cristianismo, que estableció su Príncipe gloriosísimo y su primera Cabeza
Jesucristo. El Nuevo Testamento, si bien lo advertimos, nos asegura, ya la
nueva feliz del reino de los cielos, ya su goce y su posesión por la ig-nominia
de la cruz y por la locura de la predicación en la que creemos, según nos avisa
el Apóstol. El mismo nos pone delante el santísimo establecimien-to de la
Iglesia y las misteriosas predicciones que acerca de ella se encierran en sus
divinas letras, y con especialidad en el sagrado libro del Apocalipsis. Decía,
pues, que era necesario hacer este cotejo de los libros canónicos, y por
consiguiente el saber formarlo, leyendo a los buenos críticos, que dan las
mejores leyes para examinar cada libro de la Escritura en particular, su
designio, el tiempo en que se escribió y las principales dificultades que
con-tiene. Lo que acabo de decir, sin duda que asombrará.
Murillo. Tanto, que juzgo ver a todos los que nos escuchasen,
encogién-dose de hombros y frunciendo los labios con aire desdeñoso y enojado.
Mera. ¿Y qué le parece a Vm., que el estudio y penetración de las
Es-crituras son tan baratos, como correr una loca aprobación? En mi juicio
sería poca cosa para mí (pero bastante para Quito, pobre de libros e incapaz de
dar auxilios para el estudio y penetración dichos), estudiar el libro
inti-tulado: Harmonía Quattuor Evangeliomm ínter se et cum veteri testamen-to,
que es de Juan Lightsoot, 34 la Biblia Magna, que es del Padre Haye 35 (al
decir magna, me dirán Vms. este loco nos engaita), el libro que trae por
título: Concordia Librorum Reguum el Paralipomenom, y la Demostración
evangélica del señor Pedro Daniel Huet, sin perder de vista los útilísimos y
sabios comentarios del Padre Calmet, 36 y más atentamente sus doctísimas
disertaciones. De este modo se hará un eclesiástico familiar el texto sagra-do.
Y éste que lo entiende, porque ha estudiado por sus elementos las Es-crituras;
éste será el que pueda justamente afirmar de otro, que tiene o no tiene estudio
de ellas, que las penetra o no las conoce ni entiende mediana-mente. Porque,
¿qué juez podrá decidir b acertadamente, ignorando el hecho y derecho de una
causa?
Murillo. No es preciso que los sepa. No hay cosa tan ordinaria en esta
tierra, como aplaudir el que no sabe qué es Teología, de teólogo al que quiere
graduarle de tal: de médico, el que ignora qué es medicina, al que igualmente
no la conoce. Y así de todas las ciencias y artes. Reíme mucho,
a DC: omitido: purísima
b DC: decir
poco ha, en una iglesia, oyendo a un escribano que ni aun sabe formar
bien el signo, decretar de esta manera: ¡Ah! Buen Padre (decía, cuando le acabo
de oír su sermón y una pintura en el de la perspectiva), ¡ah! ¡Buen Padre, qué
bien que lo ha hecho! Con razón, si sabe hasta las secciones cónicas, si es
geómetra sublime, y matemático, cual no se ha visto, ni se ha de ver en Quito.
Mera. De verdad, que así hay fallos resolutos y redondos sobre la
mate-ria de que no tienen la más leve noticia. Tal me ha parecido el de nuestro
caballero.
Murillo. ¡No sea Vm. temerario, por amor de Dios! Juzga Vm. mal, creo
que por olvidadizo. Acuérdese que sabe traer sus textos de la Escritura,
primorosamente aplicados en sus sermones. Y ahora, dígame Vm., ¿no prueba
excelentísimamente? ¿Qué digo? ¿No demuestra matemáticamente que Moisés
Blancardo tiene estudio, tiene inteligencia y tiene espíritu de penetración de
las Escrituras, el haber traído y retraído, aplicado y compli-cado muy bien,
muy bien dos textos del Nuevo Testamento en su sermón de San Dimas?
Blancardo. Sí, he usado en todos los sermones, de la Escritura; y juzgo
que nada se me tendrá que reparar en este uso noblemente aplicado.
Mera. Esa aplicación, aunque fuese muy buena, nada probaba; porque puede
haber, y regularmente hay allí el hurto; allí las más veces el engaño de los
oyentes, que juzgan buena aplicación lo que es una voluntariedad y un
ofrecimiento (este es el lenguaje de Blancardo), de viveza acomodaticia, que
deslumhran por un esplendor engañoso, que despide en brillantes pala-britas el
predicador; y que deciden con arrojo en la buena fe, que les hace concebir un
falso crédito, una fama usurpada, un aplauso no merecido, que se solicita por
medio del artificio y de la seducción, un mal orate. Repita, pues, Doctor mío,
sus lugares, para ver si hay algo de esto.
Murillo. El primero es el texto capital que tomó para su oración, y
dice: Respondens autem alter, increpabat eum. 37 Y le explica, le da un
admirable giro, le comenta, saca finalmente con tres por éstos su asunto
prodigioso. "Por esto (dice), los predicadores exponen la vida del Santo
que alaban con aspecto no menos. . . Por esto (añade tres renglones más abajo),
apenas se pondrá hallar con verdad en otro alguno, que en nuestro Santo, el
glo-rioso Dimas. . . tiene el semblante de todos los Santos. . . Por esto
(vuelve a repetir a dos líneas de distancia), el Evangelio no le da otro
nombre, que el de alter otro: respondens autem alter." Vea Vm. su idea,
sus por éstos; y acuérdese lo referido ya en la conversación de ayer. ¡Oh! y
cómo con la palabrita alter desentraña todo el sentido de las expresiones
evangélicas! ¡Cómo hace y deshace! ¡Oh! ¡y cómo viene el dicho alter a formar
todo el sermón! ¡Mas, oh memoria!
Fortúnate puer, tu nunc eris alter ab illo.
Mera. ¡Mucha penetración es ésta de las Escrituras! ¡Admirado estoy de
hallar espíritus semejantes! Conque, ¿por qué el mal ladrón insultaba a
Jesucristo, y le decía que si era Dios se libertara El mismo y también los
li-bertase de la cruz en que padecían? Conque, porque el otro, alter, que era
el convertido ladrón, respondiendo al malo, le reprendía y muy lejos de
imitarle, le decía: ¡qué! ¿Ni tú que padeces el mismo castigo que El, temes a
Dios? Nosotros, a la verdad, con justicia somos castigados y recibimos
su-plicios correspondientes a nuestros delitos; pero este Crucificado está
ino-cente. Conque (decía), ¿porque el uno le hacía insultos a Cristo, siguiendo
la blasfema grita de los soldados: y porque este otro no practicaba lo mis-mo,
antes sí, reprendía al impío compañero, ha de significar, que este otro y la
palabrita alter le adornaban de los privilegios de ser otro Profeta, otro
Patriarca, otro Apóstol, otro Confesor, otro Mártir, otro Virgen y otro todo,
compuesto de todas las santidades, otro todo cuanto pudo ser un via-dor pío en
la tierra, y cuanto puede ser un bienaventurado en el cielo?
Murillo. Sí, Señor, porque para esto, no es preciso que haya alguna
co-nexión, alguna alegoría, algún fundamento. Basta ponérsele a un predicador
en la cabeza, y lo malo será que no lo tome por manía de por vida. Enton-ces,
en viendo una sola leve sombra, de que podrá deducirse la locura, que ha
barruntado, allá se mete, torciendo, retorciendo y extorciendo, aunque sea no
más que una palabrita; basta una sombra, sí, Señor, y dije sombra por encajar a
Blancardo este versito:
Juniperi gravis umbra: nocent et frugibus umbrae.
Porque (vamos en Dios y en conciencia), dígame Vm., si este docto
ca-ballero, por la sola voz alter pone a Dimas sobre todos los Santos de la
Corte Celestial; ¿por qué yo por la palabra umbra, que es más larga, ancha y
más profunda, no le pondré sobre todos los juníperos? ¿Por qué no alaba-ré la
sombra que hace con gravedad oscura a todos los Patriarcas, Profetas,
Apóstoles, Mártires, Confesores y Vírgenes, y a toda la gloria de estos
San-tos? ¿Por qué no diré que esta sombra es propia y característica de los
Blancardos, que viven en sombras, andan en sombras y vegetan troncos elevados
para la sombra, y para una sombra de juníperos?
Juniperi gravis umbra: nocent et frugibus umbrae.
Mera. Mejor y más bien aplicado está su texto; y ya es hora de que me
diga, ¿cuál es el otro de nuestro Blancardo?
Blancardo. Yo lo diré, pues yo lo aduje y lo tengo de memoria. Es el
siguiente: Et ego si exaltatus fuero, omnia traham ad me ipsum. 38
Mera. ¿Y el modo de aplicarle?
Blancardo. Eso no me acuerdo, ni hago esfuerzo para acordarme.
Mera. Pues Vm., Doctor mío, lea el punto del sermón, que corresponde a
este texto.
Murillo. Está muy largo el pasajote conceptual, miedo me da de verle y
oírle, y aun pereza de repetirlo.
Mera. No hay sino compendiarlo en poquitas palabras; pues, no es
pre-ciso traerlo entero para su inteligencia.
Murillo. Dice, pues:
Que la exaltación es estar en la cruz; que entonces prometió Cristo,
atraer todas las cosas a su gloria. Que esta promesa es difícil y uni-versal;
universal, porque dice todo, y quien todo lo dice, nada ex-cluye. Difícil,
porque estando en la Cruz se vio desamparado de todos (hace su reflexión,
encarece la dificultad). Pues, ¿cómo ase-gura Cristo que entonces tomará
posesión de todo? (la respuesta la da con la autoridad de Teofilacto,39 y dice)
: Mas, aunque es cierto que Cristo estuvo desamparado, pero en ese horrendo
patíbulo, alis-tó en sus banderas a Dimas y, al recoger en su dichoso seno
despojo tan precioso, alma tan rica repentinamente de cuantas virtudes
es-parció la gracia en tantos Santos como adornan el cielo de la Iglesia; ya
(dijo Cristo), ya soy dueño de todo: omnia traham ad me ipsum: omnia. "Uno
solo es, pero vale por todos."
He aquí el compendio fiel y legal, según consta en el cuaderno del
ser-món, al que me remito en lo necesario.
Mera. Este es portento, éste es prodigio, monstruo es éste, que
mani-fiesta bien el estudio y penetración de las Escrituras en su sermón. No se
necesita hacerle alguna paráfrasis, basta por sí la letra, para que todo el
mundo le conozca primoroso. Lo mejor es que cita falsamente a Teofilacto. Le he
visto, y este escritor expone aquel lugar del Evangelio muy de otra manera.
Dice, pues, siguiendo a San Crisòstomo, que decía Cristo en esas palabras:
cuando muriere sobre la cruz, no habrá diferencia alguna entre el judío y el
gentil, a todos me atraeré. Y es ésta la exposición que sigue Calmet.
Murillo. ¿Eso más de trampa y de mentira había?
Mera. Nada3 debe admirar en quien nada ha visto de expositores por sus
propios ojos. ¡Ni hay que asombrarse que levante un falso testimonio a un
autor, y le hagan decir los blancardos lo que no quiso decir, cuando a la misma
Santa Escritura le hacen decir dos mil delirios!
Murillo. Mil, y mil, y mil razones tiene Vm., señor Doctor mío; pues
esta es la ciencia blancardina, que puede envidiarla Vm., y morirse de rabia de
no tener aplausos por ella; ahorcarse de la higuera de Timón el ateniense, de
dolor de no poder alcanzarla ni poseerla; y echarse al abismo de Tungu-rahua
vomitando su humor pestilente, para abrasarse eternamente, más que en el fuego
del volcán, en su negra melancolía.
a DC: Nada se debe
Mera. ¿Pero, a qué viene esto, Doctor mío?
Muríllo. Ahora me acordé de cierto pasaje bonito de la misma
aproba-ción: caminemos por ella para encontrarle. Ea, lea Vm. breve, caballero
nuestro.
Blancardo. Dueños hasta de mis médulas, y señores míos, Vms. son bien
rígidos y nada perdonan. La expresión siguiente merece no sólo perdón, sino
todo aplauso. Dice, pues: Lectura de Santos Padres.
Muríllo. Basta que lo pida para tratarle con alabanzas. Debemos ser
generosos panegiristas, y no viles aduladores. Bajo este supuesto, pues que
pide perdón, le gritamos todos: ya estás perdonado, porque no sabes lo que te
dices.
Mera. Convengo en que no sabe lo que se dice. Si en esta expresión
alabase al orador con sinceridad, propiedad y buena fe, hubiera en ella esta
fórmula: Estudio o inteligencia de los Padres, y no lectura. Lectura es poca
cosa para un eclesiástico, que debe estudiarlos y no contentarse con leerlos.
Así la cláusula, en vez de elevarse a elogio, degenera en contumelia; y prueba
en quien la ha dicho, no su malicia, sino su total ignorancia. Decía bien aquel
antiguo sabio, habla y te conocerán. Si Blancardo hubiera salu-dado los
elementos para saber la Teología, ya hubiera hablado con exactitud. No conoce
aun su superficie, y por eso escribe y habla con tanto desacierto, impropiedad
e ignorancia.
Blancardo. No hallo, señores míos, dónde venga este horrendo cúmulo de
defectos.
Mera. Atienda Vm., y vea a dónde se halla. ¿No es verdad, que en el
elogio antepone Vm., el estudio y penetración de las Escrituras?
Blancardo. Tanta verdad es, dueño de mi alma, como que hay aproba-ción
mía, estampada de muy buenos caracteres.
Mera. ¡Bien! ¿Y no es verdad, que para el estudio y penetración de las
Escrituras se requiere indispensablemente el anticipado estudio (no lectu-ra),
y la previa penetración de los Padres?
Blancardo. Esto ignoraba yo, carísimo mío, y por eso (perdone Vm.), puse
después de penetración, lectura de Padres; pero con la mayor simpli-cidad e
inocencia del mundo.
Mera. Así debía ser; porque de lo contrario, le haríamos ver que negaba
las tradiciones, que afirmaba con los herejes, que la exposición de las
Escri-turas no estaban ligadas al sentido de los Padres, y que dogmatizaba que
se podía tener la inteligencia de la divina palabra, nada más que con el simple
estudio, y tan solamente con el apoyo del particular alcance, comprensión,
arbitrio y conocimiento de cada uno.
Murillo. ¡Sopla, sopla! Que si se descuida un tantico Blancardo, le
pon-drá Vm., Doctor mío, en la lista de los Arrios, Nestorios,40 Eutiches,
Diós-coros, Wiclefs y Luteros.
Mera. No es cosa de que Vm. le horrorice con ese espanto. Bastará que se
le haga concebir miedo de su ignorancia. Digámosle sí (con algunas frases
indirectas), que lea al sabio teólogo Melchor Cano, especialmente el capítulo
tercero del Libro séptimo de sus Lugares teológicos: y que note con qué
vivacidad, con qué energía, con qué doctrina, con qué celo increpa el
atre-vimiento de Tomás de Vio, o Cardenal Cayetano, quien al principio de su
comentario al Génesis estampó: "No se debía detestar el nuevo sentido de
la Escritura, porque se apartase del que tuvieron los antiguos Doctores. Pues,
que Dios no ligó la exposición de las Santas Escrituras a los dictáme-nes de
los antiguos Doctores, sino que las sujetó a la censura de la Iglesia católica.
De otra suerte (prosigue Cayetano), se nos quitaría y también a los venideros,
la esperanza de exponer la Escritura Sagrada, sino que sea trasladándola del
libro al cuaderno". Hasta aquí Cayetano. Pero Vm., mi doctor Murillo,
dígale y aconséjele, pero indirectamente, que lea este lugar y toda la obra
dignísima de Cano, siquiera para tener unas nociones generales, y algún deseo
de saber la verdadera Teología. Mientras suceda esto, que oiga este lugar
oportunísimo de San Dionisio: Ad sanctissimarum (dice), Scripturarum inteligentias,
prout illas a Vatribus accepimus, contuendas pro viribus pergamus. 41
Murillo. Ya se lo diré bien claro, claro como estrella matutina, y tan
bien hablado, como oración de Padrenuestro. Caballero mío: esas cosas no son
para Vm. No es lo mismo leer, que estudiar. Y si en la palabrita lectura, como
en la otra alter del Evangelio, quiso decir: otra penetración de los Padres;
¿por qué, como medio retórico o medio escolasticón, no anticipó esta
penetración de Padres a la otra de las Escrituras? La inteligencia de la
Escritura viene (si por poner los medios para alcanzarla), especialmente por el
favor del cielo; y porque el Espíritu Santo quiera al que medita las divi-nas
letras, era y es su fiel siervo, comunicársela graciosamente. Pero no hacer
antes estudio de los Padres para entenderlas, vendría en un eclesiás-tico, o de
pereza pecaminosa, o de suma y delincuente ignorancia de sus obligaciones. Por
eso, más querría yo que me dijesen por alabanza así: No tiene penetración de la
Escritura, pero ha hecho por dónde tenerla, y ha anticipado el estudio de los
Padres, los conoce, sabe discernirlos, separa sus verdaderos escritos de los
suplantados, con buena crítica, juzga de sus esti-los, de su carácter, de su
sabiduría; y con puntualidad dice de qué siglo son, y cuáles servicios fueron
los más insignes, con qué fueron los beneméritos y las luces de la Iglesia. Vea
aquí un elogio (no es porque yo lo diga), noble y genuino; pues, en no tener
penetración de la Escritura era digno de toda excusa y disculpa. Pero en
contentarme con hacer mera lectura de los Pa-dres, y en omitir su estudio, cometería
una falta intolerable.
Mera. ¡Amigo, amigo! Riéndose está nuestro Moisés de que Vm. la haya
tomado con tanto fervor; y en su falsa risita da a entender que han sido muy
directos los tiros. Pero aún se encoge de hombros, que es señal de que nada se
le da.
Murillo. Por cierto, que esta es señal de tener perdida la vergüenza y
abandonando el honor literario, que no le conocen los Blancardos. Y por lo
mismo, desde ahora serán mis indirectas de Cobos; pero indirectas en ma-teria
de literatura. Dígole, pues, amigo mío, que el Cardenal Cayetano ha llevado un
coscorrón de más de vara (no es vara el reformador), porque en más de cinco
folios de a folio, le ha dado durísima y justísimamente el señor don Fray
Melchor Cano, Obispo de Canarias, nada Blancardo, porque es muy docto; y es con
mucha razón que le meneó a dicho Cayetano; pues incurrió a en el mismo error de
muchos herejes, que no siguieron la inteli-gencia, conocimiento y sentido de
los Padres para la penetración de la Santa Escritura. Vm. sepa todo esto, y además
sepa que debía decir su aprobación de esta manera: Sublimidad de estilo y de
-pensamiento, estudio y penetra-ción de los Padres; por consiguiente, estudio e
inteligencia de las 'Escrituras.
Blancardo. ¡Qué! ¿Dónde estoy yo? ¿Delira Vm.? A mí me daría gana de
poner de este o del otro modo, arriba o abajo, con estos o con los otros
términos, sentada o en pie, fea o hermosa mi aprobación.
Murillo. No tal, y véalo, luego que el decir y hacer de ese modo, es de
ignorantes. En su arbitrio estaba (¿quién duda?), hacer o no hacer el elogio y
dirigirlo al orador, tocando estos o aquellos objetos. Pero, si lo hacía, y sí
ya designaba los puntos que había de traer, debía sujetarse igualmente al
idioma propio de cada ciencia, al lenguaje científico de una ordenada y
metódica expresión, al modo de decir, consiguiente, apto y oportuno; y en fin,
a la inteligencia y acepción de los doctos, conforme a la locución moder-na y
leyes de la Retórica verdadera. Después de esta dedicatoria que hago, se me
antoja acabar con Cano del mismo modo, con que acaban las aren-guillas de
conclusiones, al llegar a la peroración: Te nunc, Blancarde pater, si filio
patrem appellare licet, appello, te Blancarde, inquam appello, te in Concilium
voco, te non in lyceum aut academian induco, sed in Sanctorum Patrum pacificum,
honorandum que conventum. Dixi. Ea, siga Vm. su papel.
Blancardo. No pequeña tintura de
las artes y ciencias.
Mera. Como no he leído el sermón, no podré decir de cuáles se sirve y en
cuáles manifiesta tener sus preciosos conocimientos. Desde luego, conci-bo que
los mostrará en su panegírico fúnebre. Pero será de aquellas concer-nientes a
su ministerio y al cultivo de las ciencias eclesiásticas. De otra suerte,
transcribiríamos toda la introducción a la vida de Pericles, que her-mosa y
juiciosamente persuade la preferencia del conocimiento y ejercicio de lo más
útil y de lo mejor, con nobles ejemplos de que abunda su sabio y elocuente
escritor Plutarco; y reprobaríamos la no pequeña tintura de cien-cias y artes
del orador, como ajenas de su profesión. Pero hablando derecha-mente del modo
de escribir de nuestro caballero, he aquí un ejemplo de su irregularidad y desorden.
Había subido su merced hasta sublimidad, hasta
a DC: incurrió el error de
penetración, y gustaba,a sin duda, de lo más exquisito, de lo más
sublime, de lo más sagrado y de lo más necesario al orador; y ahora, no sólo
baja, sino cae al hoyo profundo de una no b pequeña tintura de ciencias y
artes. De las cuales, unas no debían conocerse antes de entrar al estudio de
Padres y de la Escritura; y otras se debían huir e ignorar del todo, para no
ser conocimien-tos extraños, traidor a su propio estudio.
Murillo. Es el caso que quiso, dando un baño de azul ultramarino al
orador, darse el otro lisonjero de agua rosada, como que entendiese de ciencias
y artes, y estuviese más que tinturado en ellas. Lo cierto es, que para mí no
sólo tiene tintura, sino que es el mismo (según se me antoja), la misma grana
para avergonzar y teñir de rojo el crédito de las letras quiteñas; la misma
tinta añil para teñir de oscuro el mérito literario del orador; y la misma
cochinilla para con su muerte dar color al forro del Nuevo Luciano de Quito.
Blancardo. De éste he dicho horrores a donde me cupo la suerte, y no me
arrepiento de haberle tratado de envidioso.
Murillo. En buen tinte le metió Vm. De azul y verde le habrá puesto al
infeliz. Ello, Vm. lo entiende bien; aunque es verdad que el ultramarino de
ciencias y artes debe ser, si para todos los quiteños, mucho más para Vm. Es
género que se compra pasando no sólo un mar, sino muchos mares. Ciencias y
artes hay en Francia, en Inglaterra, Holanda, Italia y Alemania. ¿Vea Vm. si no
será preciso navegar el Océano, el Mediterráneo y el Glacial? jAh! ¡Pero qué!
¡Es tan picara o tan muerta esta mi memoria, que no me acuerda el que Vm.,
caballero mío, tiene un grande almacén de ciencias y artes! ¿Podría, sin faltar
a mi conciencia, desentenderme de que entre las ciencias es penetrado Vm.
(estoy con ganas de hacer oraciones de pasiva), de la Metafísica simulística,c
de la Metafísica física (hágala Vm. adjetivo), de la Metafísica metafísica
(también adjetivo que significa aérea y vana), de la Metafísica teológica, de
la Metafísica moral y de todo el hablar, decir, examinar y pretender doblemente
metafísico? ¿Podría, sin hacer que peli-gre mi alma, sin cometer un pecadazo
mortal, olvidarme que Vm. sabe las artes, obstetricia, química, política y
médica? El callarlo sería de envidia, sería un cruel veneno contra lo más
respetable y sagrado, sería disimular con la serenidad del rostro las
tempestades del corazón.
Mera. Hace bellamente de comunicarnos lo que entiende nuestro
Blan-cardo. Sea parabién, caballero mío: mil norabuenas recita Vm. de quien
tiene la mayor complacencia de que otros sepan estas cosas. Muérome de amores
por un literato, si le conozco; y tengo por la mayor ventura hablar con él.
¿Qué no daría por oír hablar a un Bossuet, a un Erasmo, a un Agri-pa? Ahora
hablaremos de alguna de las artes que Vm. comprende, porque de las ciencias
escolásticas, ni aun me quiero acordar.
a
b
c
DC: y está, sin duda
DC: omitido: no
DC: omitido: de la Metafísica
sumulística
Murillo. Ya dije que sabe la obstetricia.
Mera. Arte sucia, indigna de un hombre de bien, propia de comadres.
¿Cuándo habrá hecho de comadrón nuestro Moisés? ¡Ea, fuera suciedades!
Murillo. Sabe la política.
Mera. ¿Y de qué infiere Vm. que sepa la política?
Murillo. No se han menester muchos discursos ni mucha lógica para
in-ferir que la sabe, sino de un retacillo de historia. Leí en ella que:
"Ariato Filopator Rey de Capadocia, cuando subió al trono envió diputados
a Roma para pedir la renovación de la alianza que su padre había tenido con los
romanos, la cual le fue concedida con elogio. Pero que poco tiempo después,
Demetrio, Rey de Siria, le desterró para poner en su lugar a un hermano mayor
de Ariarato, que se decía supuesto, y se llamaba Olofernes. Ariarato, entonces
se refugió a Roma. Demetrio y el usurpador, también enviaron sus embajadores a
esta capital del mundo; y su senado mandó que los hermanos reinasen
conjuntamente". Añade la historia, que el partir así los reinos entre
hermanos a fin de debilitarlos con esta división, y de dejar entre ellos
per-petuas semillas de discordias,, era la ordinaria política de los romanos. Y
leyendo esto, admirado de que la antigua Roma se portara tan bien, enten-dí
(por los efectos de la conducta de Blancardo), que en esto consiste la
po-lítica, y que de verdad penetraba este gran arte tan celebrado, y del cual
nuestro Moisés sabe maravillas.
Mera. En todos los puntos que toca el breve rasgo de historia que Vm. ha
producido, no se hallan sino funestas resultas de una política falsa. La
verdadera (consulte Vm. a los antiguos), consiste en una conducta pruden-te,
sabia, activa y oportuna. Plutarco en el paralelo que hace de Arístides y
Catón, dice: que la política es el arte de gobernar las ciudades y los reinos,
y que es el mayor y más perfecto que un hombre puede adquirir. Siendo así, nada
podrá saber de ella un ciudadano particular, y especialmente un Blan-cardo; y
aún será demasiado osadía el que pensase tener conocimiento de sus misteriosas
reglas. Su discusión está de todos modos reservada a los mismos príncipes y a
sus sabios ministros de estado; porque nada menos se versan, que los intereses
de los señores y potentados. Paréceme por esto, acertada la reflexión de un
sabio que decía tenían los reyes otra historia se-creta y otros libros
sellados, pertenecientes a ella; pero que no los abrían, sino por sus propias
manos, y no los leían, sino por sí mismos, y a sólo ellos estaba vinculado el
secreto de la verdad de los hechos que interesaban a su culto e impenetrable
modo de gobierno, y a la inteligencia mutua con sus vecinos. Así, ¿qué podemos
alcanzar de los misterios de gabinete? La his-toria misma de los príncipes no
nos muestra las más veces al príncipe, sino al hombre. Era bien: primero
conocer a éste, para poder subir a conocer a aquél.
Murillo. Muy alto está el negocio. Ya me persuado que no le ha conoci-do
el caballero Blancardo. ¡Pero qué! medio he oído que nuestro Moisés es jurista,
y si lo es, no puede menos que saber de política.
Mera. No extrañaría que fuese jurista, esto es, que supiese una
jurispru-dencia particular como ciudadano. Esta es la que desea Fleury (en su
Tra-tado de la elección y método de estudios), tenga todo hombre: "De
suerte (son palabras de este doctísimo Abad), que en orden al derecho,
solamente entiendo lo que está obligado a saber de él cada particular para
conservar su hacienda, y no hacer cosa contra las leyes. Todos están obligados
a ello por las leyes mismas, que presumen estar todos los ciudadanos instruidos
en ellas, pues imputan su ignorancia a culpa y la castigan o con la pérdida de
los bienes si se ha faltado a observar las reglas de adquirirlos y
conservarlos, o con penas más severas, si se ha pasado a delito esta
ignorancia". La de su jurisprudencia regular, monástica, o para Blancardo
municipal, sería impu-table a culpa; pero yo le hago Doctor en ella, y muy bien
ha de menester serlo, porque sus constituciones de oscuras y mal explicadas,
pasan casi a ser contradictorias y entre sí opuestas. Yo supongo docto en sus
estatutos a Blancardo; pero esta doctrina nada conduce a instruirse en la
política. Si supiese el derecho público, ya le concederíamos disposición previa
para sa-berla; porque ya habría sabido lo que pertenece al estado, al soberano,
a sus ministros y al vasallo en común. Y de aquí puede Vm., doctor Murillo,
in-ferir cuál es mi pensamiento acerca de la política y sus grados.
Murillo. Mala tengo la cabeza, y por consiguiente la triste lógica
natu-ral; y así no puedo inferir nada. Por su vida, que nos diga lo que hay en
esto.
Mera. He dicho que si nuestro Moisés supiese el derecho público, le
concederíamos disposición previa para saber la política; y es ésta una
pro-posición dirigida a un hombre que ignora enteramente la jurisprudencia. A
otro que la supiese, ya le supondríamos adornado de su conocimiento, aun antes
de llegar a ser jurisperito. A Blancardo, que (como aseguró Vm., sólo había
estudiado discursos aéreos, en vez de buena filosofía, era preciso ha-blarle de
estaa manera, porque en el estudio del derecho público hallaría desleídas y
practicadas las reglas filosófico-políticas y pondríalo b dispuesto, si tuviese
muy raro talento, a buscar la política que no había estudiado antes. Que hay
espíritus tan nobles, que aun no habiendo estudiado los ele-mentos de una
facultad, después que han estudiado bastante de ella, llegan a penetrar el
cimiento que les había faltado para hacer sólido su estudio, y vuelven a
emprender la inteligencia y conocimiento de sus verdaderos prin-cipios. Y para
no salir de la jurisprudencia, vea Vm. allí el ilustre genio de Antonio
Terrasón, y cómo éste se formó por sí mismo un cumplido juris-consulto.
Habiendo hallado molesta y enfadosa la lectura de la Instituta de Justiniano,
tomó la resolución de averiguar la causa de aquel disgusto. A beneficio de
personas versadas en la jurisprudencia y humanidades, supo que teniendo su
origen el derecho en general y especialmente el romano an-
a DC: esa
b DC: pondríase
tiguo en la filosofía y la historia, el poco uso que había tenido de
estas cien-cias, era el principal motivo de la molestia que experimentaba en el
estudio de las leyes. Y consultando mejor en los buenos autores que le hacían
co-nocer más claramente esta verdad, desde luego procedió a adquirirse todos
los conocimientos filosóficos e históricos, mediante el cual trabajo formó su
célebre obra de la Historia de la jurisprudencia romana.
Murillo. De verdad, me parece que el caballero, muy bien ha penetrado
todo esto, y que ha tenido aun mejor genio que el de Terrasón para instruir-se
por sí mismo. Muy buena política tendrá; hijo de la política será. Pero Vm., de
ella no nos ha dicho todavía lo que nos hizo desear saber.
Mera. Voy allá. La política es, pues, una parte de la filosofía. Hay muy
pocos buenos libros que traten de ella; pero para observar las reglas que la
son propias, será bien estudiar a fondo, con mucho acuerdo y reflexión, el
librito del Oficio del hombre y del ciudadano; pero mucho más bien la grande
obra del Derecho de la naturaleza y de las gentes, de Samuel Puffen-dorf.
Añadiremos a Grocio el Derecho de la guerra y de la paz; y a Heinec-cio sobre
los mismos objetos. Hallo en todos éstos una política ordinaria, que hace
conocer los derechos del príncipe y del estado; y la llamo ordinaria, porque,
siendo que un político no debe reducir su instrucción a saber sim-plemente lo
que ha inspirado la sola naturaleza, o lo que ha admirado al uso el
consentimiento de los pueblos en el tiempo tranquilo de la paz o en el
turbulento de la guerra, acerca de los príncipes; sino que, indagando las
dependencias mutuas que hay entre éstos y sus pueblos, debe subir más arriba y
examinar la forma de gobierno, que en las circunstancias presentes debe
observar su estado; las leyes, que le deben establecer en constitución más
ventajosa; los auxilios de la naturaleza, que se necesitan traer de fuerza y de
lo más remoto para perpetuar (si pudiese ser), un reino en su mayor gloria y
felicidad; de allí es que este conocimiento profundo y exquisito, es para mí
otra política más notable, que considera más íntimamente lo que es la sociedad
civil, y cuál y cómo debe ser el soberano espíritu, que la deba presidir y
moderar; y vea Vm., que para llegar a conocerla, será necesario estudiar en
contraposición a los antiguos y modernos. Yo no he dudado hacerme esta lectura
particular de cotejo; y creo que ella, siendo propia para los legisladores y
jurisconsultos que trabajan para el público, se hace indis-pensable a todo el
que quisiere conocer a fondo la materia. Y así es que bajo de esta condición he
cotejado a Platón 42 con Maquiavelo, a Aristóteles con Hobbes, y a Plutarco con
el señor de Montesquieu. El primero es un santo respecto del florentino
malvado; el segundo un hombre pío a presen-cia del desnaturalizado inglés; y
Plutarco un devoto de la razón, como Mon-tesquieu un espíritu desviado, que
frecuentemente la perdía de vista en la averiguación del espíritu de las leyes.
Un hombre, ayudado de las luces de su entendimiento y de las de su reflexión,
con la que ministran los antiguos se formará un sistema de principios políticos
digno del hombre, favorable y honorífico a toda la humanidad; y detestará
aquellas máximas de horror y
de delito con que la deshonraron los modernos, sin que por eso se deje
de penetrar lo que éstos tienen de bueno en la sutileza y sublimidad de su
filo-sofía. ¡Oh! ¡cuánto no se deberá esperar del cristiano, si a las luces de
la revelación añade la antorcha de su bello espíritu!
Blancardo. Con mucha política nos ha hablado; pues solito se ha llevado
Vm. más de cuatro minutos en sus reflexiones. Esta es muy buena política, y yo
por ella me saco el sombrero.
Mera. Decir así, es no entender lo que pienso, ni el asunto. Deme Vm.
li-cencia a decir todo lo demás que había reflexionado. No paro, pues, en este
grado de política, sino que, deseando ver de más cerca y en su origen la
felici-dad pública y particularmente del príncipe y del vasallo, observa otra
política superior, a cuyo conocimiento he observado que contribuye muchísimo la
lectura del anti-Maquiavelo que escribió a el señor Voltaire, y la Utopía de
Tomás Moro,43 porque en estas obras vemos lo que debe ser el corazón del
príncipe, y lo que debe emprender un cuerpo para lograr tener armonía con su
cabeza, y que rebose la dicha por todos los miembros más remotos y dis-tantes;
y este último en el mismo título de utopía con que caracterizó su libro,
manifestó la idea de hacer una república dichosa, que esto significa utopía,
cuya palabra está más latamente b explicada en este parto feliz de aquel
piísimo canciller. Pero no nos cansemos; no debemos considerar al hombre sólo
sociable, ni le debemos mirar tan solamente como deudor al común y al cuerpo
moral de esta vida, sino como cristiano, esto es, un ciu-dadano de la patria
celestial y del reino de la gloria; y vea Vm. aquí, que para saber esta
nobilísima política, es necesario estudiar la Santa Escritura. En ella se ve
purísima esta ciencia y la deben aprender los ministros de los reyes, y los
reyes mismos, de Moisés, de David, de Salomón, de los Profe-tas y de los
Apóstoles, que es decir la política de Dios mismo, de quienes son intérpretes
las Sagradas Letras, las que nos enseñan estas y semejantes leyes: Que proceden
de un padre común el príncipe y el vasallo, el señor y el esclavo; que un reino
fue, es y debe ser siempre lo que una numerosa familia toda ella vinculada y
reunida entre sí con los lazos de la fraternidad, y más con los del amor
evangélico, que nos recomendó Jesucristo; que todos están obligados a amar su
patria y servirla con celo; pues Dios nos ha hecho nacer para la sociedad; que
los reyes son inmediatamente establecidos por la mano divina para el gobierno
de sus pueblos, y que, por lo mismo, son sus personas sagradas; que su
obligación consiste en hacer que todo su reino se mantenga floreciente,
indemne, religioso, y en una palabra, feliz. Pero que la olvidarán y
despreciarán si no son sabios, y si no buscan la sabiduría en su propio divino
origen. Esta es, en suma, la verdadera política. "Que es (dice Terrasón),
absolutamente necesaria al legislador y al jurisconsulto; pues, que sin
política, todos los diversos órdenes se confunden, y todas las
DC: escribió el Gran
Federico y dio a luz el señor Voltaire, b DC: exactamente
naciones se destruyen unas a otras, creyendo tomar los medios más
propios para engrandecerse". ¡Oh! ¡Cuánto de ella sabrá nuestro caballero!
Murillo. Me parece que ni una palabra, según de lo que Vm. ha hablado,
infiero ya el conocimiento que se requiere de los buenos libros, ya que éstos
no se hallan tan a mano, ya que, no entendiendo la materia, ni los buscan los
Blancardos, y hacen bien de no buscarlos, pues nada les importa saberla; y ya
la misma dificultad que habrá en hacer con orden este estudio.
Mera. Pues yo solamente por hacer que se conozca esta dificultad me he
detenido con prolijidad en este punto.
Blancardo. Yo también la conozco, y confieso llanamente que no sé de
este arte conjetural, ciencia o calabaza. Y que si el doctor Murillo me ha
lla-mado político, ha sido por ironía, y sin duda, por el envidiable aplauso de
mi conducta y persona.
Murillo. Pero no ha de negar Vm. que entre la tintura de sus artes entra
la medicina, porque yo soy testigo de que le he visto curar y ha sido con mi
aprobación.
Mera. ¡Oh! ¡Que es de admirar el que lo haga, siendo el caballero
Blan-cardo! . . . Está prohibido por los cánones a los frailes y canónigos
regulares el que curen. No sólo esto, sino el mismo estudio de las leyes
civiles y de la medicina está también prohibido. Vea Vm. los Cánones 6? del
Concilio de Reims, del año de 1131, y el 8? del de Tours, del año 1163. La
historia eclesiástica nos enseña que en aquellos tiempos calamitosos de
ignorancia, los legos no sabían ni podían saber de estas facultades, y que los
frailes eran los profesores del Derecho y de la Medicina. Pero que en su
ejercicio se mez-cló el motivo (que en sus principios fue el de la caridad), de
la ganancia y del interés; y por eso fue bien visto que se les prohibiese
igualmente que la práctica, el estudio de sus elementos.
Murillo. Así, si hoy estudian los Blancardos la medicina y la ejercitan,
será por algunos otros cánones en contrario, que autorizarán su modo de obrar.
¡Ah! ¡Ya me acuerdo que en una colección de cánones llamado el Diccionario
canónico; pero blasfemo de mí! ¡Qué! ¿estoy en mi juicio? Digo que en una
colección de recetas y no recetas, llamada el Diccionario eco-nómico, aconseja
Noel Chomet44 y la junta de las diccionaristas, que los eclesiásticos estudien
medicina: verbo Cures y verbo Pretres. Deben, pues, los Blancardos hacer más
caso de lo que dice este Diccionario, que de la prohibición de los Sagrados
Cánones.
Blancardo. Estoy en la opinión, señores míos, de que si no me mueve la
avaricia a ejercerla, como que es verdad que no es ésta quien me mueve, no hay
inconveniente en que un eclesiástico extienda hasta ella sus conoci-mientos. El
Padre Feijoo lo ha hecho en nuestro siglo, el Padre Rodríguez cisterciense; y
aquí en nuestras barbas tenemos regulares barbadiños, que la practican con
aplauso, acierto y muchísima bondad.
Mera. Ellos sabrán cómo lo han hecho. Los Cánones están en contra de
esta práctica. Pero oiga Vm., por su vida, una cosa digna de traerse aquí.
La caridad con los pobres enfermos y la intervención que tienen en los
hospitales los regulares hospitalarios de San Juan de Dios y de Belén, les ha
dado fácil entrada, más que a una buena especulativa, a una práctica empí-rica
de la medicina. Estos regulares, especialmente los Betlemitas tienen por
instituto la asistencia y cuidado de los incurables, o más bien de los
convale-cientes, prohibida la curación. Son ellos unos meros legos por
instituto, ya lo ve Vm. Pero ya las reglas de sus constituciones, ya sus actas
capitulares, les prohiben enteramente el uso de la medicina; requieren para la
asistencia curativa, un médico secular: y si de ellos, alguno fuese aventajado,
y fuese un empírico racional, les permiten que curen de balde y sin que
reporten nada para sí ni para el monasterio con título alguno. Vea Vm. si los
blan-cardos de las otras religiones practicarán lo que les estabaa vedado
practicar a los legos hospitalarios, ¿cuándo deben cultivar estudios de mayor
mo-mento?
Murillo. Ojalá el Padre Feijoo hubiera oído esto y la fuerte repasata
que Vm. dio con el Abad Fleury a Alberto el Grande, todo entregado a escri-bir
los cansadotes b tratados de Lógica. Yo me estoy acordando cómo el doc-to Abad
embiste bravamente sus estudios y su genio; y cómo Vm. nos trajo oportunamente
el pasaje al fin de nuestra conversación octava. Ya se arre-pentiría el Padre
Feijoo de haberse metido a médico. Pero, ¿qué no diría Fleury, si hoy viera a
algunos blancardos, que no por aprovechar a la re-pública literaria (el cual
fin tuvo a mi ver, Alberto Magno), sino por apro-vecharse del logro del tiempo
y de la gloria de hacerse espectables en este triste país, y de que se diga
entre la gente ruda: jah! ¿el blancardo fulano es mucha cosa, es un pozo de
sabiduría, sabe hasta medicina, se entregan a su ejercicio? Yo, todo Murillo
que soy, me río, lo primero, porque no apren-dieron conmigo esta apolínea
facultad; lo segundo, porque advierto su las-timoso ingenio y su falta de
juicio en meterse a médico (que no lo pueden ser medianamente en Quito),
abandonando al olvido y al desprecio sus estu-dios eclesiásticos, a que tienen
muy estrecha obligación. Bien hecho de que algún Luciano diga estas verdades en
su tono, y que cumpla los deseos de Fleury, que encargaba se debía decir a todo
trance la verdad.
Mera. Muchísima razón tendría Fleury de increparles hoy, si viviera. Y
yo tendré alguna en hacer ver la siguiente extravagancia: cuando oyeron esos
hombres nuestras conversaciones sobre la teología, gritaron altísimo, diciendo
que en su bien fundado y metódico estudio, pedíamos un imposi-ble para su cabal
conocimiento. Aquí de la reflexión. Su principal reparo consistía en que para
sola la teología, era necesaria una larga vida. Pues bien. ¿Cómo siendo
indispensable muy largo tiempo para aquel estudio y el de todas las ciencias
eclesiásticas anexas o dependientes de él, olvidan éste
a DC: está
b DC: causadotes
que les es característico, y se entregan a otro totalmente extraño a su
pro-fesión, a su instituto y aun a su talento?
Murillo. El Padre Feijoo dio este mal ejemplo a los regulares; y
confieso de buena fe, que esta proposición vale infinito tenerla en la memoria
para que se conozca lo que es la ciencia blancardina, de la cual poseídos
(conoz-co), médicos blancardos con tamaño cerquillazo, que no han leído una
sola vez la Santa Escritura, esto es muchísimo. Ni el Santo Evangelio, ni las
cartas canónicas, ni de los hechos apostólicos, en una palabra, nada, y a
excep-ción de su mala escolástica, seminario de ignorancia pertinaz,
consuetudinaria e inadmisible, aún ignoran qué genero de literatura y de
estudio requiere su noble estado. He hecho esta reflexión, a ver si el Nuevo
Luciano de Quito al observar la ciencia médica de Moisés Blancardo, se echa a
sus pies poseído del mayor susto, a confesar la grandeza de su mérito, la
elevación de su in-genio, la belleza de sus letras hasta publicarlo dechado de
oradores, modelo de aprobantes, jurisconsulto insigne, político fino de tiquis
miquis, teólogo consumado, canonista de concilio y médico peritísimo. Pero no
echemos a perder el bello humor de nuestra conversación con estos fervores,
señores míos, volvamos a él.
Mera. Pues diga Vm. lo que ocurra.
Murillo. Digo una vez y quinientas mil veces, que aunque Blancardo,
olvidando su obligación haya estudiado la medicina, pero que, si la sabe, es
muy digno de congratulación y de alabanza.
Mera. Habíamos de estar en el siglo décimo para que le juzgásemos
me-recedor de algún elogio. Pero estando Quito y toda su Provincia casi dentro
de la misma tiniebla de aquel siglo para las demás facultades, aún está en
total oscuridad por lo que mira a la medicina; así se lo concederemos muy de
buena gana, si él supiese bastantemente esta facultad. Vm. que la ha es-tudiado
y la profesa, ha de penetrar, como la ha aprendido Blancardo, y cuánto alcanza
en ella. . . ¿No hace Vm. juicio de su estudio? ¿Qué dice Vm.?
Murillo. Yo juzgo que aunque no ha estudiado conmigo, la ha de saber
competentemente. Ya dije antes, que curaba con mi aprobación. Y en su ser-món
de Dimas, habla de quinta esencia, y además de eso añade estas palabras:
"para hacer de las perfecciones de todos un extracto de santidad, un
espíritu alambicado de pureza, un elíxir vivo en el buen ladrón". Esto por
lo que mira a la gran teórica; en cuanto a la práctica, vuelvo a repetir que
cura, y eso es bastante para tenerla.
Mera. El vulgo de Quito, con la mayor facilidad se ha engañado y se
engaña en el conocimiento de los médicos. Regularmente los charlatanes son los
que llevan el crédito y aprecio de profesores dignos. No hay duda que en todo
el mundo sucede algo de esto; mas, en esta ciudad, basta que alguno meta cuatro
términos exóticos en la conversación, y que le dé ganas de matar, se saldrá con
ello. Bastará decir flogeses, exestiraciones, borborig-
mos, escopo, liquamen, parte sudaminosa, regurgita, etc., etc., etc.,
para pa-recer el oráculo de Delfos, furor, conturbación del cerebro, engaño y
res-puestas ambiguas y oscuras. A estos embusteros no los tendría por médicos
jamás; ya sea que se considere perversión de genio en querer imponer con voces
peregrinas al mundo, o ya que se juzgue cortísimo alcance para la práctica
curativa en los que no pueden hablar con alguna pureza la lengua castellana. En
fin, Quito, en asunto de medicina, es la misma noche, así para saber quién la
posee y quién no, como para dirigirse a estudiar con método sus elementos.
Murillo. Dice Vm. sendas claridades. Estoy lleno de historias afrentosas
a nuestro discernimiento quiteño, y aun a su propensión genial, que admite sin
examen para médicos, a charlatanes impostores, que han embaucado a los quiteños
más preciados de doctos y de discretos. Me había parecido des-de antes que me
aprendiese de memoria los aforismos hipocráticos, que no se había menester
mucha penetración para decira quién era médico y quién no. Pero he visto a un
Fray Judas de este mismo buen lugarejo; a un b Na-ranjo, también ambateño; a un
Lugo,c petimetrón, limeño o morlaco; a un mejicano, fraile apóstata, con el
nombre de don Angelo; a otro apóstata de los agonizantes, dicho don Antonio
Quiñones o el médico de la cárcel; a otros muchos y a todos los presentes, sin
excepción alguna, que no obstante de no entender nada y d quiera sin tener la
gracia picaresca de engañar con sus bárbaras jerigonzas, son tenidos y se
tienen por médicos.
Mera. Lo que importaba, desde luego, que se hablase aquí, era acerca de
la dificultad que hay para formarse médico teórico, dando noticia de los
elementos físicos. Y en verdad, que este asunto aunque prolijo, era digno de
que le tratásemos.
Blancardo. Quiero oír que Vm. le dé principio, porque rabio por saber de
esta facultad no solamente la práctica a que me he dado, sino también la
especulativa que ignoro.
Murillo. No, Señor mío. No hay tiempo ahora, han de llamar a comer, y yo
quiero oír que Vm. trate la medicina con difusión, cuando estemos en Quito;
porque siendo yo de la profesión, y no cediendo a Avicena, 45 Gale-no,
Hipócrates, ni a Esculapio, ni al mismo Apolo, quieto ver también la censura
que da a mi especulativa y práctica médica.
Blancardo. Si la diere me alegraré, ya por vengarme llamándole el
Om-niscio, y ya por hacerle la retorsión oportuna de cómo habla de ella sin
sa-ber, o cómo sabe de ella siendo eclesiástico.
Mera. Objeción muy especiosa. En lo de omniscio, digo que sería muy
buena irrisión, pero que no me la puede hacer el que olvida que debe estu-diar
y ser docto. El modo de impugnar, no es amontonar desvergüenzas, sino
a DC: decidir
b DC: un vetusto Naranjo
c DC: Lugo, morlaco petrimetrón, limeño; a un mejicano,
d DC: y quizá sin tener
manifestar en lo que se yerra y falta, con buenas pruebas y de
autoridad. La razón destituida de instrucción, mal educada y llena de
prejuicios, para nada es buena; apenas discurre o produce algún concepto,
manifiesta mayor ignorancia, cuanto es mayor su viveza y la satisfacción que la
posee. Mi mé-rito está en haber desde muy niño estudiado en el conocimiento de
los hombres, en no haber dejado el libro de la mano, y, aun cuando le haya
dejado, en estudiar en el vastísimo libro de la naturaleza con la observación.
Paseo, río, salgo a esparcir el ánimo, parezco zángano; pues, crea Vm. que
siempre leo, que siempre estudio y que no dejo de aprovechar. En fin, no hay
para que llamarse inteligente en nada; pero no renuncio la gloria de haber
logrado el tiempo. Vea Vm., que siempre me verá obligado a repetir muchas veces
esto mismo; y vea Vm. que en lo que he dicho, si halla la res-puesta a la otra
parte de su objeción acerca del estudio médico, hecho, sin duda, muy antes de
llegar a los estudios teológicos y a la edad de recibir el presbiterado.
Murillo. No inculquemos más sobre la ciencia médica de nuestro
caba-llero. El no ha faltado a su conciencia, entendiéndola; su practiquilla
tam-poco es de profesor, sino de un blancardo feijooista. Así yo conozco a
otros blancardos, que, aunque no sean, se llaman canonistas, poetas y
matemáti-cos. El decirlo, sólo cuesta una mentira, y aun ésta es disculpable,
porque procede de manía, en cuya virtud, como los hipocondríacos se juzgan
hechos de vidrio o cera, así éstos con una vehemente imaginación, se dicen
doctos y todo lo que quieren ser. De estos maniacos es nuestro pobre Moisés,
tras-tornósele el tornillo de la glándula pineal y salió diciendo soy médico; y
le ha confirmado en esta locura parcial, tal cual lectura del Diccionario
econó-mico y el tener a Hoffman, 46 médico alemán, en sus estantes; y seguro
está que a lo será, porque tiene más miedo a su latín, que yo a las brujas y
duendes. Con este fallo pasemos a otra cosa; pues ya vimos su no pequeña
tintura de las artes y las ciencias. Siga el papel, Señor Blancardo.
Blancardo. Continúa diciendo: Instrucción grande en el Dogma y la Moral.
Mera. Pasemos la clausulíta; pues parece que no hay reparo que hacer.
Murillo. Yo no paso, entro a la polla, y robar para espadas. Digo, lo pri-mero,
que en la anterior a ésta, se hallan por demás las palabritas no y pequeña. Tintura quiere decir aquí, metafóricamente,
adorno. En este sen-tido ha dicho
Cicerón en una parte: Illam patria elegantia tinctam vidimus; y en otra parte: Sit enim mihi
tinctus litteris. Ahora, pues, este adorno, si pasa a grande (y esto quiere
decir no pequeño), será inteligencia ya propia de un profesor y de un maestro;
no se quedará en sola tintura. Luego, si se quiere expresar el solo adorno en
el orador, no se debe decir ni grande ni chico. Póngasele otro adjetivo, otro
epíteto; porque, si aun el decir grande adorno, mostraría dureza de lenguaje e
impropiedad, ¿qué sería si se dijese
» DC: que le habrá, porque
grande tintura? ¿Vendrá bien (ni aunque sea de verde mar, de azul de
pru-sia, o de aromo la tintura), vendrá bien sobre ella la grandeza?, ¿ni menos
la pequeñez? Paréceme que haría una alta impresión el expresar así: lúcida y
agradable tintura de ciencias y artes; y eso para que no se perdiese y se
vaciase el color de su tintura.
Mera. Es Vm. jugador escrupuloso de la ropilla; y desde luego que halla
Vm. con qué matar. Asegúrole a Vm., que más que de saber, le viene de lo mucho
que le da el naipe, el hacer tan buenas jugadas.
Muríllo. Pues dejando la no pequeña, que fue el basto y que lo juegue,
voy a tirar la espadilla, que es el más grande de los matadores, allá va:
Ins-trucción grande. Quisiera que me explicara Moisés, en qué sentido la ha
tomado; porque en el del vulgo: Instrucción apenas pasa de un muy super-ficial
conocimiento, y aunque se le añada grande, apenas se querría significar que
llegaba al medianito. Este es vituperio al orador en toda tierra; pero, si la
tomó en el sentido en que le toman los doctos, instrucción quiere decir
doctísima; a pues he aquí el trancazo. Esta doctrina la debe tener grande un
padre de familias; más grande un Presbítero secular o blancardo; mayor un
orador, y máxima hasta no más un párroco con cura de almas, especialmente si
Dios le hizo el incomparable beneficio de colmarle de muy finos talentos; y
después de esto se contentará Vm., Señor Moisés, con decir que el orador tiene
apenas instrucción grande en el Dogma y la Moral ¿Qué, le parece a a Vm., que
dogma y moral son animales del otro mundo, que si los conocen los cristianos,
es por pura obra de super erogación?
Blancardo. A fe que Vm. que así me increpa, no sabe nada del Dogma, ni
la Moral.
Murillo. Sé que el Dogma se aprende en la Santa Escritura y los Padres.
Sé que la Moral nos la enseña a todos el Santo Evangelio. Ya se ve que soy un
legóte de a folio, tamañazo, capirroto, y de sombrero arriscado; pero no soy
lego blancardo y por eso sé mucho del Dogma; pues, por misericordia de Dios,
estoy instruido en los principios de la Religión Católica. Sé mucho de la
Moral, porque sé que ella consiste en la mortificación, en la humildad, en la
paciencia, en el desprecio de las riquezas, de los honores, y en la negación de
sí mismo, teniendo por fundamento sólido la caridad. ¿Qué no sabrá el docto
orador, si ha tenido estudio y penetración de las Santas Escrituras y de los
Padres, cuando aun yo Murillo sé bastante de esto? Por esta razón, o no elogiar
y cumplir limpiamente con el cargo de censor, o elogiar viva-mente y sin
frialdad al autor de la oración. Yo le diría: Máxima instrucción, cabal
doctrina en el Dogma y la Moral, o expresaría con un énfasis magní-fico:
Doctrina, sin añadirle la afrentosa parvedad de grande, que como sa-ben los
muchachos gramáticos, admite comparativo y superlativo: Magnus, major, maximus.
a DC: doctrina;
Mera. Estoy admirado de que hallase Vm. qué reparar y decir en la
clau-sulita, que ya yo dejaba pasar por alto.
Murillo. No se maraville Vm., sabiendo que es mucho negocio hablar con
críticos. Conozco ya muchos que se aprovechan las reflexiones de los
entendidos, y que con las mismas quieren aturrullar y apachurrar a sus mismos
ingeniosos autores, dándose ellos por unos oráculos y primeros in-ventores de
lo que dicen. Así no es de admirar que habiéndole oído mucho, me meta a algo
fanfarrón de tertulia; ni el que por eso haya de dejar pasar que este aprobante
ande de aquí para allí, muy a su gusto, vituperando al orador en vez de
alabarle con nobleza y sinceridad.
Blancardo. No ha sido otro mi fin, sino elogiarle en el modo posible.
Murillo. Sí, que Vm. le a haga elogio como cierta madre a su hijo; y va
de cuento. Una señora, queriendo dar alabanzas en obsequio de la
habilidad y adelantamientos de su hijo en los estudios, escribió a un hermano
suyo una carta en esta forma:
Mi muy amado Juanico de toda mi voluntad y hermanito de todo mi amor:
Yo me acuerdo con muy grande memoria, y tengo no pequeña re-cordación
que no me había olvidado decirte cómo mi hijo y tu b so-brino Marcialitico,
que, queriendo Dios, tendrá entendimiento y ha de ser docto, estaba tan
aprovechado en la que se llama sabiduría, que me aseguran sus condiscípulos y
los que estudian con él, su maestro y el que le enseña, que ha llegado hasta
Quinto. Ahora te aviso y pongo en su noticia a que lo sepas, y no lo ignores,
que es el muchacho tan hábil, que yo le he visto tener grande instrucción en la
cartilla y en el deletreado. Ruega a Dios que vaya adelante, y sea un santo en
tu religión, que es tanto su entendimiento, que me parece por lo que aprovecha
que ha nacido para fraile.
Así decía la carta, y creo que tiene no poca semejanza con la aprobación
y su espíritu.
Mera. Está cuanto cabe para insultar jocosamente a los que incurren en
pleonasmos, y a los que en vez de realzar el elogio, le degradan. Mas como
de-bemos ser sanos de intención, hagamos el juicio de que quiso decir que esa
instrucción era fruto del estudio de la Escritura y de los Padres; y entonces
está bien seguida la aprobación.
Murillo. Ah, ah, ah. Rióme y me he de reír de que Vm. quiera que nos
volvamos los chiquititos, confesemos la verdad: ¿Blancardo todo lo trabu-ca y
revuelve? ¿No observa también, cómo se va, lo mismo que Blancardo, que acaba de
perder Capítulo del Convento Máximo, a hacer la hebdómada en un conventillo el
más remoto? Ya había subido hasta el provincialato de
DC: le ha elogiado como
DC: su sobrino
la Escritura; luego baja al priorato, guardianía o encomienda de los
Padres. De allí da un trompicón y va a caer en el tinte de una regencia de
estudios, o al contrario en una regencia de tintura, y eso siempre pensando que
se eleva a tocar con la mano y pluma la azul tintura de zafir. Luego vuelve de
lectura de Padres (haciendo paréntesis la tintura de ciencias y artes), a la
afrenta (sia aquí es afrenta alabar a Dios conforme a los estatutos
regula-res), pública de la hebdómada de instrucción grande en el Dogma y la
Moral. ¿Habrá tino ni concierto en todo el torbellino de solemnes dispara-tes?
De ninguna suerte. Dijo muy bien mi Flaco por este Blancardo, sin duda, y su
aprobación lo siguiente en buen romance:
Qui variare cupit rem prodigaliter unam Delphinum sylvis appingit,
fluctibus aprum. 47
Blancardo. Como soy escolástico y nada más, juzgué que será cosa de
admiración y envidiable el saber la Teología Dogmática; por lo que me pa-reció
gran pensamiento alabar al orador por la gran instrucción en ésta, cre-yendo
que la tenía y que estaba tinturado en las controversias del día. Vea Vm. el
motivo por qué con enfática expresión hice memoria de esta ciencia superior,
llamándola en una sola palabra el Dogma.
Mera. Aquí estuvo Vm. retórico, pues tomó la parte por el todo. Dogma no
quiere decir más que Decreto. Aunque sea de fe, no incluye en su sig-nificado
la Teología Dogmática, ni todos los dogmas. Sería muy mala expre-sión esta:
Instrucción grande en el Canon, por decir que alguno la tenía en el Derecho
Canónico. Ahora pues, si se nos propusiere algún dogma de fe por la Iglesia,
por un Concilio o por el Papa, estaríamos obligados a reci-birle como una
verdad católica. Esto se entiende para el estado presente. Pero por lo que toca
al tiempo pasado, quien hubiese estudiado la Escritura y los Padres, no
solamente sabrá el Dogma, sino que sabrá todos los dogmas de la fe, y tendrá
bien sabida la Doctrina de la Religión. Si se quisiere hacer otra ciencia (que
se llame dogma o dogmática), de la disputa con los herejes, es no entender los
términos con que se debe hablar de las ciencias eclesiásti-cas. Porque, hora
sea que se quiera manifestar a un pagano la doctrina re-velada, hora que se
intente persuadir su conocimiento y excelencia a un he-reje, en una
controversia, siempre tenemos de ocurrir a la autoridad de los Libros Sagrados,
de la tradición divina, apostólica o eclesiástica, que se halla fidelísimamente
guardada en los escritos de los Padres. De suerte que, en ninguno de estos
casos aprendemos algún dogma, sino que antes hacemos uso de los dogmas
aprendidos. Vm. mismo, caballero mío, si en cumplimien-to de su obligación, y
teniendo un gran fondo de virtud, de talento y de doctrina, hubiese logrado
penetración en las Escrituras y los Padres, no había menester más (para atacar
en sus mismas trincheras y murallas a los enemi-gos de la Religión Católica),
ni de otras armas. Y en ese caso, créame Vm.,
a DC: si es que es afrenta
tendría por demás al Belarmino, al Houteville, al du Perron, y aun al
mis-mo Ilustrísimo Bossuet, si no fuese que, siendo que las armas de que este
sabio usa contra las herejías modernas, no son otras que los hechos
histó-ricos, es indispensable saberlos. Ellos, pues, hacen un convencimiento
ine-luctable, porque hacen patente lo ridículo, igualmente que lo
contradictorio de las confesiones de fe y de los sistemas de reforma de todos
los protes-tantes y sus pedísequos; en tal manera que un teólogo no debe ignorar
la Historia de las variaciones de las iglesias protestantes de ese prelado
doctísi-mo, para todo que lo ocurriere en este asunto. ¿Ahora, pues, qué podrá
Vm., caballero mío, añadir o replicar a esta reflexión?
Blancardo. Esta otra de que, si Vm. no estudia a los controversistas
mo-dernos, no se podrá decir que tiene instrucción grande en el Dogma, porque
ignora el modo de combatir a los ateístas de hoy.
Mera. ¡Bravo modo de pensar! ¡Qué pobreza! El naturalismo y el
filo-sofismo son los grandes sistemas de los impíos del día. Negar toda
autori-dad: figurar que es la religión la cadena y la tortura del
entendimiento. Querer que éste, solo, inválido, sea el que pueda y deba decidir
los princi-pios de las creencias y de la doctrina que se ha de seguir. Hacer
que la ma-teria piense; que esta materia fuese hecha por sí misma. O que, si la
crió un Ser Supremo, la ha abandonado para siempre, no queriendo acordarse más
de ella. Que finalmente todo lo que se ve en toda la fábrica del Universo, no
es sino el efecto de la casualidad. Vea Vm. todos los opuestos y tumul-tuarios
delirios de nuestros ilustrados filósofos de hoy. ¡ Vea Vm. lo que su-gieren y
desean propagar hombres entregados enteramente a sus sentidos, y que han
renunciado al noble uso de sus potencias! ¿Y piensa Vm., que no habría recurso
sino en los modernos, para atacar a esos infelices y combatir su impiedad? Nada
menos que esto. Oiga Vm. los lugares comunes, que (se-gún mi juicio y corta
inteligencia, sujeta siempre al de la Iglesia), sea pueden y deben poner en
uso. Una dialéctica precisa y metódica, que subiese de unos principios a otros,
hasta llegar a sacar unos consectarios b innegables; una filosofía racional que
pusiese en claro el orden y serie de las causas y efectos naturales; una
fidelísima historia de los impíos sistemas y de sus au-tores, que describiese
al vivo toda la estructura de los unos, y todo el ca-rácter de los otros; al
fin, la Santa Escritura, manejada en sus sentidos obvios y literales, para que
se viese que la revelación en ninguna manera vulneraba a la razón. Pero todos
estos lugares, a excepción de la parte histórica, se hallan ventajosamente
tratados en los escritos apologéticos, y en los de con-troversia de los Padres.
Con más, que en ellos se estudia el espíritu de cari-dad bien enlazado con el
del celo, el de la moderación con el de la sabiduría, y el de paz con el fin de
un católico docto ha de ser persuadir a los impíos los motivos de ser justos y
templados, hacerles conocer que no lo son, y
DC: se deben y pueden poner
DC: conceptarios
que éste es el origen de todos sus desaciertos y extravagancias. Así,
ellos en-trarían en los sentimientos de piedad y de religión; y así, todos
hallarían en obras escritas con este tino, los remedios precautorios para no
dejarse llevar de la sensualidad, de la injusticia y de la irreligión. Con
estudiar bien y a fondo la sabia antigüedad, vea Vm. allí, que podíamos muy
frescamente cui-dar de no ver los Caracciolos, 48 Cataneos, Bergieres, Berbers,
y otros que han acomedido a los Voltaire, Rousseau, etc.
Blancardo. Veo que es muy justo y necesario saberlas para poder ha-blar
con acierto en estas materias.
Murillo. He aquí el ego te absolvo, después de tan contrita confesión.
Vamos, ahora, dígame Vm., ¿qué quiso decir en esa: Instrucción grande en la
Moral?
Blancardo. Hablaba allí de la Teología Moral, ni tenía otra presente de
quien pudiese hacer mención. Pero de una moral estudiada en nuestros
mo-ralistas.
Mera. Echó Vm. a perder el elogio, y en vez de estampar una alabanza,
grabo en su aprobación una injuria. Aquí entra la misma censura que se dio a la
grande instrucción en el Dogma. Aquellos mismos rudos e ignorantes presbíteros,
no dudan que su debida ocupación no es otra cosa que el estudio de su Moral.
Ellos mismos, aún estando en los fuertes estrechos de hacer una oposición, no
salen de su Lárraga,49 Echarri, Potestas u otra sumita; ni creen que deben a
otra cosa más alta extender sus miras. Fuera de la grama-tical y mal entendida
versión del Tridentino, no saben otras determinaciones de la Iglesia,
pertenecientes a las costumbres; y con todo, éstos son llamados moralistas. Vea
Vm. ahora la injuria en su mayor claridad. Un canonista de profesión, penetra
todos los ápices de las obligaciones del cristiano, sabe la disciplina antigua
y moderna de la Iglesia y lo que ésta ha determinado, así por lo que mira al
fuero externo, como por lo que toca al tribunal de la con-ciencia. ¡Vea Vm.
allí un consumado moralista, y un moralista que no se deberá llamar grande,
sino máximo, y su a instrucción, igualmente debe de-cirse sublime y perfecta!
Al orador, pues, que es profesor del Derecho Canó-nico, y tiene todas las
cualidades para serlo muy digno, ¿será alabarle, de-cirle fríamente, tiene
instrucción grande en la Moral?
Blancardo. No sabía yo que el que estudiaba ese Derecho se pudiese
lla-mar moralista ni bueno ni malo, sino el que revolviese a los Tamburinos,
Busembaum, La Croix, Reinffestuel50 y Salmaticenses. 51
Mera. Otra gravísima injuria, que, aunque Vm. no la declare en su
apro-bación, se infiere legítimamente de ella. Estudiar a los autores citados,
será un gigante mérito para un blancardo; pero atribuir este estudio, como
dije, a un canonista digno y muy perito, es atribuirle falta de conocimiento de
su obligación, defecto de noticia de los libros en que debe estudiar,
debili-dad de espíritu en aplicarse a las letras eclesiásticas y olvido de todo
buen
a DC: cuya instrucción,
gusto de la Moral cristiana. ¿Que a los hombres de un justo
discernimiento, de un delicadísimo gusto y de un sólido estudio, se trate así,
con la ignomi-nia de decirle que tiene no más que instrucción grande en la
Moral?
Blancardo. Pero cualquiera que hubiese estudiado a los dichos autores,
¿desearía más, ni podría saber más de la Moral? Cualquiera que los hubiese
manejado a fondo, no vería en ellos todo el Derecho Canónico desleído?
Mera: Despedazado y desleído; así dirá Vm. excelentemente; pues no sé en
qué encuentra, que ellos nos hayan querido dirigir por las reglas del
Evangelio, por las decisiones de los Concilios, ni por las leyes que observó el
cristianismo en sus mejores siglos, sino por el capricho de sus imaginacio-nes
voluntariosas y quiméricas. Un cristiano es visto, que en tales libros no se
instruye; se prostituye, y abandona el secreto vivo de su conciencia,
descansando por reflexión sobre la verdad y pretendida bondad y sabiduría de
los casuistas. Así, si el orador los hubiese estudiado, lo que debía lla-marse
perversión, llamaría Vm. instrucción grande. ¿Pero, dónde si no en el
Diccionario de los blancardos podrá significar instrucción, el aprender a
dudar, y el descansar con tranquilidad blancardina, en la ignorancia, en el
conceptismo, que es aún mucho peor que la misma ignorancia, y en las
arbi-trarias verisimilitudes y probabilidades de los autores moralistas? ¿Qué
cosa es leerlos con afán, si no olvidar el Santo Evangelio, omitir el
conocimiento de la historia eclesiástica, y disciplina antigua, y no saber los
Cánones que han establecido la Moral?
Blancardo. Al oírle no más a Vm., ¡quién no le creerá un verdadero
sabio! Pues yo no le creo tal.
Murillo. Así mismo ha a sido, que me le injurian a mi Doctor Mera todos
los blancardos. Sus reflexiones no quieren creer que sean fruto del estudio,
sino nada más que echar por copas. Así, que así, lo que veo es que agachan la
cabeza, porque no tienen qué replicar.
Mera. Vamos al grano. La recta razón, si gustamos escuchar su clarísimo
lenguaje, nos sugiere lecciones de vida, y aun se debe decir, axiomas, que en
muy poco se diferencian de las demostraciones geométricas. Pero si se añade el
estudio del Santo Evangelio, ya llegan a ser evidencias, contra las que ni por
la ignorancia, ni por el olvido de muchos años puede tener lugar la
prescripción. Aquí están los principios de la Moral Cristiana; y sus
consec-tarios están vertidos en las obras de los Padres. Siempre que en éstas
bus-quemos la imagen del Cristianismo la hallaremos pintada con el color de la
inocencia, y representada con la luz de la castidad b y de una conducta
in-maculada. Tal nos la da San Agustín en los dos libros, que ha compuesto de
las Costumbres de la Iglesia Católica, y de los maniqueos. Hace ver en el
primero que el amor de Dios, es el fondo y el alma de las virtudes todas;
describe las que se practicaban en la Iglesia, y, por consiguiente, retrata la
a DC: he oído,
b DC: santidad
vida irreprensible de los monjes de su tiempo; cuya copia quisiera que
estu-viera presente a los ojos de nuestros regulares, para que viesen si San
Agus-tín, y los religiosos de su siglo desearían vivir como los de éste que
corre o si éstos (caso que no hayan renunciado la Patria), querrían vivir como
ellos, imitando su santidad.
Murillo. ¿Pero a Vm., no trae algún pasaje de este Santo Padre que
ven-ga al caso, y que instruya a los nuestro en la Moral?
Mera. Vaya uno que le ha de agradar, porque Vm. es apasionado b a la
vida filosófico-cristiana y literaria. Dice: "Los monjes no solamente se
abs-tienen de carne y vino, sino de todo lo que puede irritar el apetito y
halagar gusto. Lo que sobra (y es mucho lo que les sobra, ya porque el trabajo
de manos ha sido excesivo, y ya por la frugalidad de su comida), lo que sobra
se distribuye a los pobres aun con mayor ansia y afán que el que se practicó
para adquirirlo". Después de San Agustín y antes, los Padres han dejado
una pintura hermosa de la Moral Evangélica, que debemos practicar. Venga-mos a
nuestro orador; contraigámonos a su instrucción ahora. A este, pues, bello
talento le ha concedido Moisés Blancardo el mérito de haber estudiado
penetrado las doctrinas c y
los Padres: luego, añadiendo, que tiene instruc-ción grande en el Dogma y la
Moral, añade un ribete cortezudo (en este frío e importuno elogio), a todo lo
que sabe.
Blancardo. Si Vms. han acabado sus cansadas reflexiones, diré lo que se
sigue de mi aprobación.
Mera. Puede Vm. ya, advirtiendo, que el ser cansado, viene de la misma
materia, que requiere que se repitan los asuntos, y de la necesidad que hay de
repetirlos.
Blancardo. Dice: Imaginación fértil y brillante.
Mera. Otro varapalo al orador. Yo aunque malo y perverso, tuve la
for-tuna de hallar ese buen papel del Padre Bouhours, acerca del Bello
Espíritu, y tuve la gran dicha de leerle a tiempo que empezábamos nuestra
cuarta conversación. Allí, pues dice este Padre jesuíta, que no le agrada mucho
la fertilidad de la imaginación, porque las más veces está reñida con el sano
juicio, y degenera en abundancia viciosa de pensamientos falsos. Tampoco es la
brillantez la mejor de las cualidades, que debe tener un bello espíritu. Ese
resplandor de imaginativa es propiamente su risa, su fuego, su
desconoci-miento, y su locura. Los decidores se llaman brillantes; pero deme
Vm. un decidor el más fino, que apure sus agudezas, sus equívocos, sus
conceptos, y que con ellos esté brillando siempre. Siempre se tendrá en él una
matraca desapacible. Luego, alabar al orador por su imaginación fértil y
brillante es, o no entender la cosa, o querer vituperarle de intento, haciendo
su mejor carácter la falsedad, y el desarreglamiento. ¿Qué dice Vm., Doctor
mío, ha pensado bien?
a DC: ¿Pero más que Vm.
b DC: aficionado
c DC: escrituras
Murillo. Al ver esta crítica de Vm., se juzgaría que un pueril empeño de
reparar y contradecir era quien le movía a hablar de esta manera. Pero
cual-quiera que tuviere claridad de entendimiento le dará la razón haciéndole
justicia. Yo con mi corto alcance juzgo, que aún descubriré más claramente
dónde la tiene, obligando a nuestro caballero a que prosiga a acabar el
período, para ver cómo termina su sentido. Diga Vm., caballero mío.
Blancardo. Prosigue de esta manera: Y facilidad increíble, para...
Mera. No pido esto, sino lo último de la cláusula donde se acaba el
sentido de la oración.
Blancardo. Decía vienen en plural, porque concertaba con todos los otros
adornos de la oración fúnebre. Pero para explicarnos mejor diré, y deberá ser
de esta suerte: Imaginación fértil y brillante, viene a ser el carácter de esta
obra.
Mera. Muy bien. Oiga Vm. ahora la inteligencia de esta expresión,
escu-chando las reflexiones con que la procuro dar. El verdadero bello espíritu
es el que preside a todas las composiciones y bellas piezas de elocuencia. El
es quien tiene (déjeme Vm. que me explique de esta suerte), en su mano la
fantasía para las imágenes agradables y pinturas delicadas; los pensamien-tos
sublimes, para la admiración y el asombro; las pasiones, para la conmo-ción y
el sentimiento; la fecundidad, para el ornato y el primor; y una por-ción de
luz, para hacer visibles la nobleza, justicia y elevación del lenguaje. Así,
pues, la fantasía, a quien llama Vm. imaginación, sea, en el grado más
excelente, hermosa, fértil, brillante, cuanto se quiera; si no la dirige un
juicio recto, será desarreglada, y su fertilidad será un vicio de redundancia;
su brillantez, un falso resplandor, que sólo deslumbre. Se debía decir, que la
imaginación (que no es otra cosa que el mismo modo que tiene de percibir la
fantasía), nunca se satisfizo sino con la mentira, porque no parece que es otro
su objeto sino la falsedad.
Blancardo. No entiendo esto. Lo que sé es que muchos hombres cultos, de
quienes he aprendido esta frase, se explican en términos semejantes.
Mera. Pues vea Vm. lo que es no penetrar bien el significado de las
palabras. En los efectos de la fantasía, deje Vm. que ésta sola posea
entera-mente el cerebro de un hombre que está en vela, y al momento hallará Vm.
que es un loco rematado. Juzgue Vm. luego, que ella misma domine la cabeza del
que duerme en las oscuridades del sueño y de la noche; exami-nándola
atentamente, con la reflexión de lo que pasa por nosotros, nada encontrará sino
un complexo de monstruos ideales, y de imágenes quiméri-cas. Y si aún quisiere
Vm. investigar mejor estos efectos de la fantasía, con-sidérese un hombre de
temperamento sano, plácidamente dormido, y que sus humores dulces y templados
le hagan imaginar alegremente. ¿Qué es lo que verá Vm. con los ojos del
entendimiento? Verá, sin duda, en aquel hom-bre poseído del sueño, que su
fantasía, fuera de la fertilidad (que se debía llamar su esencia, pues ella no
es otra cosa que una virtud de multiplicar
especies), tiene un esplendor agradable, risueño y luminoso en todo lo
que agradablemente imagina. En una palabra, verá Vm.a lo que es una
imagina-ción fértil y brillante al mismo tiempo. Pregunto ahora. Lo que es el
carácter de una cabeza a quien no preside la razón, ¿ha de ser el carácter del
orador y de su panegírico fúnebre? Y expresión semejante, ¿ha de servir de
ala-banza?
Blancardo. Debe servir, porque yo no he pronunciado ni fantasía ni
ima-ginativa. Estas palabras quizá serán injuriosas. Véase el papel de la
aproba-ción. Yo he dicho imaginación, que precisamente ha de incluir alabanza;
pues ya dije que este término lo he oído a personas muy cultas.
Mera. No se escandalice Vm. de que haya usurpado la voz fantasía: debía
ser así, para hablar con la exactitud de un filósofo. Lo mismo significa
ima-ginativa; pero, imaginación ya es otra cosa, pues es la acción de la
imagina-tiva. Con todo eso, no quiero descartar su palabra imaginación, con tal
de que quiera Vm. entender en ella la facultad de percibir, por medio de los
sentidos. Contraigámonos ahora a nuestro asunto. El bello espíritu (en quien le
goza), siempre se va detrás de lo sólido y lo verdadero. La imaginativa al
contrario, corre detrás de lo brillante y lo espacioso. Si constituimos, pues,
a esta loca, la única obrera, y el solo artífice de una oración, ¿cuál será el
mérito que la acompañe? Sin duda que ninguno. Pues éste es el que apli-ca Vm. a
la del Doctor Don Ramón de Yépez.
Murillo. Gracias a Dios que parece está Vm. entrando en que no es muy
limpio en sus elogios nuestro hermoso caballero; o él tiene sus malicias, y
echa versos con zurrapas, o es demasiada su ciencia blancardina; porque, a mi
ventolero juicio, debía decir, que en una oración y cualquiera otra obra, el
artífice es el bello espíritu, y su instrumento la imaginativa.
Mera. Y para que Vms. no lo duden, hagan memoria que Séneca ha te-nido
un fondo admirable de pensamientos. En éstos imperaba, de algún modo, el buen
gusto, y para decir mejor, los producía, con rectitud, el juicio. Pero, ¿cuál
es el ornato que los viste y enriquece? La brillantez excesiva de juegos de
palabra, de antítesis y de agudezas; de suerte, que a su elocuencia (dice un
sabio), la ahogaba a fuerza de perlas y diamantes, y hacía que no se viese. Se
querría (dice Quintiliano), que Séneca,52 siguiendo su hermoso ingenio, fuese
inspirado del juicio de otro: Velles cum sao ingenio, dixisse alieno judicio.53
Así, por hacer, Séneca el carácter de sus escritos la imagina-tiva fértil y
brillante, los ha viciado del todo; y de allí es que los sabios de buen gusto,
los verdaderos bellos espíritus, tienen a Séneca por el corruptor de la
elocuencia. ¿Qué les parece a Vms.?
Murillo. Por mí quedo satisfecho; y querría, desde luego, que Blancardo
hablase no tanto con ingenio, cuanto con juicio. Si así fuese, hubiera alabado
lindamente al orador, así: "Imaginativa brillante, pero sólida; fértil,
pero justa; hermosa, pero modesta; viva, pero manejada por la razón, es la que
a DC: Vm. ya lo que
da un carácter de natural belleza a la oración." Yo, tal cual soy,
así hubiera dicho; porque escribir: viene a ser el carácter de esta obra, como
que la obra produjera a la imaginación y no que ésta tuviese parte en su
estructura, me hace sonar al oído esta bobería: Numen brillante y candido,
viene a. ser el carácter de esta a-probación.
Blancardo. ¡Qué bien ajeno estaba yo de esta censura! ¡No me pasaba por
la imaginación, que fuese capaz el mundo entero de producir crítica tan dura!
Murillo. Eso era por tener Vm. imaginación fértil y brillante. Acá, como
la tengo estéril y opaca, ya me da miedo de que hagan con lo que yo digo aun
más prolija anatomía. Ni me basta para no tenerle la satisfacción de que a
nuestras conversaciones no les hayan lastimado un poquitito los mismos que les
han tirado coces, manotadas y mordiscos.
Mera. Por cierto, que me hace Vm. acordar que al principio de estos
nuestros coloquios, me dijo había un párrafo donde, citándose a mi Luciano, se
hacía demasiada honra a nuestras conversaciones. Esta expresión de Vm. que fue
irónica, igualmente me hace creer que habrá en aquel párrafo de la aprobación
algún leve desahogo de este caballero. Pero, aunque fuese muy leve, debía temer
que yo revolviese fuertemente contra la injusticia, si acaso lo ponía en uso.
¡Qué! ¿No es más de salir al público, dar una estocada con brazo atrevido e
indiscreto, y quedarse (no sé en qué fe, ni con qué satis-facción), riendo
alegre e impunemente? ¿Acaso el dar una aprobación, auto-riza el atrevimiento,
pone a cubierto su lenguaje, o le califica de autor inhi-bido de toda censura?
¿Mas al intento, preguntaré si acabó ya la cláusula?
Blancardo. No, Señor mío, termina de esta manera: Y facilidad increíble
para explicarse con propiedad y limpieza, vienen a ser el carácter de esta
obra.
Murillo. La obra no puede tener por carácter esa facilidad de
explicarse. El que la formó será el que la tenga por carácter, si tiene buenas
explica-deras; y la obra será explicada con esa increíble facilidad. Por todo
esto es mi fallo, que el período, empezando desde sublimidad de estilo, hasta
esta abra, es monstruoso, lleno de impropiedades y vacío de artificio retórico.
Quizá hallaremos mejores lugares abajo, será bien que lea.
Mera. No, señores. A comer, que es hora, y llaman. Vamos a tomar la
sopa, y mañana seguirá de refresco el curioso examen.
DIALOGO CUARTO
Entre los mismos
interlocutores
Blancardo. La crítica que Vms. han hecho en estos días acerca de mi
apro-bación me ha excitado esta noche el pensamiento de que no el mérito, sino
la buena fortuna, da estimación a los papeles: Habent sua fata libelli.5i Juz-
gué que la tuviese mi pequeño rasgo; porque, en efecto, además del grave
cuidado que apliqué para pulirlo, tardé algunos días en formarle y ver unas
citas.
Murillo. Hay ciertos escritos que, juzgándose bien formados, no tienen
puesta una tilde con acierto. Y si a éstos algún buen hombre mete la lima, los
vuelve nada más que limaduras, y pueden servir de polvos para una salvadera.
Mera. Un papel producido de un bello espíritu, agrada a todo el que
tu-viere el verdadero gusto de la literatura; y es menester no tenerle para
hallar defectos en las obras escritas con buena pluma. Pero acordándome de la
larga serie de insignes hombres que trae Tomás Pope Blount,55 alabados por unos
autores y vituperados por otros, es preciso que yo atribuya este juicio tan
opuesto a la diversidad del modo de concebir y de pensar.
Blancardo. Por eso mismo me da horror proseguir con la lectura de mi
dictamen, y no por guardarle el honor (que veo le tiene ya muy perdido), sino
por lo que expresa de la oración que he aprobado.a
Murillo. Eche Vm. esos miedos fuera de sí y prosiga; que por mí,
pro-testo hacer de lo que Vm. aprueba mis precisiones objetivas.
Blancardo. Leo, pues: Ninguno la verá sin asombro, y siempre encontra-rá
en cada cláusula nuevos motivos a la admiración.
Mera. Es cierto que es atrevido modo de decir, y es prevenir el libre
juicio de los lectores. Quien tuviere pequeño el espíritu querrá reglar por el
suyo el parecer de los demás. ¿Vio Vm. con asombro la oración, y cada cláu-sula
suya le llenó de admiración; y bastarán este su asombro, esa su admi-ración,
para que ninguno halle qué decir? ¿Para que todo racional se asom-bre, se
admire y haga mil extremos?
Murillo. ¿Y por qué no? ¡Basta que lo asevere así Moisés Blancardo! ¿Su
voto acaso no vale por el de todos? Por lo menos yo descanso sobre la autoridad
de su aprobación.
Mera. De otro modo ha juzgado el Abad de Bellegarde56 en sus máxi-mas
para la sociedad civil, y es hermosa su reflexión sobre este asunto. "Todo
el mundo (dice), tiene derecho de decir su parecer sobre las cosas públicas; de
hablar de un predicador que se aventura a ejercitar un oficio tan dificultoso;
de juzgar de una obra en prosa o en verso, que ha salido de la prensa y está en
manos de todos. Pero discurro que es necesaria mucha indulgencia por el
predicador y por el autor; y no tengo una opinión dema-siado buena del genio de
aquéllos que buscan siempre lo más débil del ser-món, o de una obra para
mostrar lo ridículo, como si quisiesen hacerse for-midables."
Blancardo. Tal parece el conato de Vm. y el del Doctor Murillo. Murillo.
No, amigo, el mío, no. Escriba Vm. algo más bien (especial-
a DC: aprovechado.
mente si teniendo tejado de vidrio, ha de tirar piedras al bueno del
vecino), y no le diremos una sola palabrita.
Blancardo. Razona bien este Abad, cuando dice que es necesaria mucha
indulgencia por el predicador y por el autor. Y no he visto que Vms. la ten-gan
ni del uno ni del otro. De aquél, no, porque nada se halla más frecuente-mente
en sus pasadas conversaciones y en éstas, qué tiros contra él, trayendo a
severísimo examen sus sermones, y haciéndoles sendales, envueltos en negra
tinta. De este otro, no, porque además que Vms. han lastimado a otros muchos
autores de mucha nota; a mí, que lo soy en todo rigor por mi literatura, y el
superior decreto del Ordinario (que a un clérigo debía servir de mordaza), de
toda una aprobación, me han puesto como me han puesto, del todo despedazado.
Murillo. El Abad de Bellegarde pide que se tenga indulgencia por el
predicador, no por el comediante, que representa en el pulpito; por el poeta,
que sube a él a echar octavas; por el satírico, que va a descolgar
desvergüen-zas; por el fatuo, que va a hacer de matemático; por el ignorante,
que quiere comprar en el templo, con moneda falsa de bagatelas, aplausos de
docto predicador.
Mera. ¡Débesele tratar con indulgencia al predicador!. . . Pero, ¿qué
quiere decir el serlo? ¿Es acaso representar los papeles de los que nos acaba
de hacer memoria el Doctor Murillo? Nada menos. Es un hombre, en cuya boca pone
Dios mismo la palabra de la reconciliación; el que desempeña el gravísimo cargo
de embajador por Jesucristo; es aquél que cuando nos ex-horta, es Dios quien
por su lengua nos exhorta; es el que habla delante de Dios en Jesucristo. ¿Pero
es así como le pinto, tomando los colores y el pin-cel del Apóstol, es así un
predicador nuestro en esta Provincia? ¿Pone las diligencias necesarias para
hablar decentemente en los asuntos sublimes de su ministerio y delegación? Si
halláis, ¡oh predicadores! que habéis cum-plido con vuestra obligación, quejaos
de mí en el más alto punto y cargadme de anatemas como a un enemigo de la
Iglesia. Pero si vuestra propia concien-cia os avisa lo contrario, dejad que mi
celo llore la desgracia de nuestros días.
Murillo. ¿Qué es esto, Señor Doctor? ¡En Ambato, en un campo desier-to,
y predicando! ¡Alabado sea Dios! ¡Lo que puede un entusiasmo! Per-dón, Señor,
que hoy todos estamos con la luna del fervor.
Mera. Dice Vm. bien. Vamos al asunto. Un predicador que tenga todas las
dotes necesarias, y que trabaje por nuestra edificación (como es hombre), puede
incurrir en muchos defectos accidentales, y tal vez alguno substancial; y de
éste es de quien el Abad de Bellegarde dice que se tenga indulgencia; y que si
acierta en lo principal de distribuir con celo apostólico el alimento de la
divina palabra, no se busquen aquellos lugares débiles, para herirle
des-piadadamente por ellos. Pero dejar pasar a nuestros predicadores (ya se
oyen algunos dignos de la cátedra de la verdad, desde nuestras conversaciones),
que la deshonran con pinturillas, afeites y boberías; ajenos de pensar en
nuestra salud eterna, ni saber que ésta depende de la predicación; no
sería indulgencia, sino indolencia. Todo hombre de bien, cuanto más un
cristiano, está muy obligado a detestarlos y hablar muy alto. Los niños, deben,
lloran-do y clamando hasta el cielo, pedir el pan que se les debe ministrar. Si
Luciano ha convertido las almas de algunos predicadores, como lo hemos visto,
dejémosle que converse.
Blancardo. Que converse, pero que no tome en boca a los oradofes del
mayor nombre. No los trate con envidia y sin razón; no manifieste los puña-les
de su pecho.
Murillo. ¡Hayaa maravilla! Me ha sorbido todo el pensamiento nuestro
caballero. Y véa Vm. cómo. Yo, pues, tamaño molondro, aún no desasnado (pero
capaz de desasnarme como lo manifiesto ya), tuve el atrevimiento de decirle a
mi Doctor Mera, en su propia barba, mil desvergüenzas al tiempo de trabar
nuestra primera conversación; pero como este santo presbítero había sido amante
y celoso del bien público y aficionado a desengañar a los tontos y preocupados
como yo, me sufrió los insultos con una risa algo bur-lona; pero por lo mismo
prudente, señoril, generosa y pacífica. Díjele, pues (¡infelice de mí!
¡Mentecatón que no sabía lo que me decía!), que al res-ponder b a un sabio
orador, como juzgaba entonces (prevenidote y salvaje), que lo era el que
predicó el sermón de Dolores, a un Doctor Don N.c ma-nifestaba mucha dosis de
humor bilioso, un colmillazo córneo, nigricante de adusta envidia, y otros mil
disparates de estos que me puso en la lengua la ignorancia más ruda. Pues vea
Vm. aquí, que pudiendo penetrar nuestro caballero Moisés, cómo se desenfrena el
vulgo contra los desengañadores, y cómo se pinta en aquel pasaje la rabia
descortés de un pueblo ignorante, no ha hecho sino usurparse mi mismo lenguaje,
hablar en el mismo tono y repetir lo mismo que yo dije en la dicha
conversación. Esto hace ahora; esto dijo en las Memorias para la impugnación
del Nuevo Luciano: y esto ha ma-traqueado en el penúltimo parágrafo de su
aprobación.
Mera. Déjeme Vm. que se desgañite el mundo de los Sármatas, 57 Getas y
Sibaritas en gritos de que yo les envidio su rudeza, barbarie e indolencia.
Siempre esperé este alboroto desde que me vino a la cabeza el hablar claro, y
por eso nada me cogerá de nuevo.
Murillo. Si Vm. tiene tanta pachorra, va de cuento. Había en cierta
ciu-dad dos hermanas de buena calidad, la una de juicio, y la otra
descachalan-drada como ella sola; por vestido tenía un gergón a modo de
marcellez, pe-luca y flecos que terminaban en cascarrias, una camisa de
cordellate, un me-dio capucho por cofia; toda ella despatarrada por las niguas
que le entraban y salían; el rostro con media vara de sebo; el pelo enmarañado
a largos nu-dos; y el cuerpo todo que destilaba negro aceite, despedía vapor
grueso, he-
a DC: ¡Hay
b DC: emprender
c DC: Sancho
diondo, hacía caer andrajos, que los piojos los cargaban y movían de
aquí para allí. La hermana juiciosa, que lamentaba el triste pero voluntario
esta-do de aquesta, la decía: mira, que toda pareces y eres en la realidad un
asco, causas horror a la vista y a la consideración; para nada sirves, porque
Dios no puede aceptar tu desidia, y el Diablo te burla y te desprecia. Vuelve
en ti, ponte aseada, muda de pensamientos, usa del rico patrimonio que dejó
nuestro buen padre. Entonces esta sucia y desidiosa mujer le respondía: ¡ay,
demonio de mujer! ¡hasta cuándo me atormentas! ¡nada me enfada si no tu
envidia! ¡Soy la más hermosa mujer del mundo, y dale que parezco un asco! Vete,
fea envidiosa, lejos de aquí, molesta, soberbia, melancólica, cruel y no
hermana, sino la misma envidia.
Mera. Más que cuento, parece una narración misteriosa la que Vm. nos ha
traído. Sin un átomo de envidia se puede hablar de los ignorantes pre-sumidos
de científicos, que echan al público algún disparatorio, o que pre-dican sólo
para captar el aplauso de un vulgo prevenido, incipiente, y que no da un
momento a la memoria de su eterna salud. Pero vea Vm. un no-bilísimo ejemplo de
lo que es la libertad de la razón, instruida en decir con claridad los defectos
de los autores. Rollín, uno de los escritores más modes-tos de la Francia, e
inteligente en la retórica, trae a examen el carácter de la elocuencia de
Flechier, Bossuet y Mascarón. ¡Qué pasmo y asombro a los vulgares! Si éstos
supiesen el mérito insigne de estos oradores, quedarían acusando el pretendido
atrevimiento, y quizá (constituyéndole envidioso), la envidia de Rollín.
Murillo. Sin duda que rabiarían de dolor y de cólera. Porque Vm. reparó
en los jesuítas, en los blancardos y en algunos otros oradores por mal nombre,
tierra, sombra, tiniebla, nada en comparación de Flechier, Bossuet y Masca-rón,
han levantado un grito horrible todos los tontos, y le han dicho que es en
abstracto la misma envidia. ¿Qué haremos con ellos?
Mera. Dejarlos y oír esto que le voy a decir. Rollín, pues, dice
Flechier, después de alabarle sus buenas cualidades: "que se ve reinar en
todos sus escritos, un género de monotonía y de uniformidad. En todas partes
casi los mismos giros, las mismas figuras, la misma forma. La antítesis se
apode-ra casi de todos sus pensamientos, y frecuentemente en vez de adornarlos,
les quita el brío."
Murillo. Después de esto, que diga Blancardo: "Ninguno la verá sin
asombro, y siempre encontrará en cada cláusula nuevos motivos a la
admi-ración."
Blancardo. Horror me da de parlar con Vms.; y desde luego confieso que
debía haber tomado otro tono para mi aprobación.
Mera. Aguarde Vm. un poco y verá aún mucho más de lo que podría esperar.
Vamos primero a ver las manchas del mismo sol. Dice, pues, Rollín, de Bossuet
lo siguiente: "El Señor Bossuet escribe con un método del todo diverso al
del Señor Flechier. Poco ocupado de las gracias ligeras del razo-
namiento, y aun descuidando algunas veces las estrechas reglas de la
pureza del lenguaje, aspira a lo grande, a lo sublime, a lo patético. Es verdad
que no guarda igualdad (aquí está su leve defecto), como el Sr. Flechier, y
decae más breve que éste; siendo éste el carácter del estilo sublime."
Murillo. Luego, por lo que mira a la aprobación de Blancardo (¿quién me
mete con la oración?) "Ninguno la verá sin asombro, y siempre encon-trará
en cada cláusula nuevos motivos a la admiración." Diga Vm. ahora lo que
dice Rollín acerca del otro autor.
Mera. "El Señor Mascarón (dice), tiene alguna cosa del carácter de
los dos autores de quienes acabo de hablar, sin que por eso se les parezca
ente-ramente. Tiene al mismo tiempo mucha elegancia y mucha nobleza; pero es,
según me parece, menos adornado que el uno, y menos sublime que el otro."
Murillo. Pero nuestra aprobación, a Dios gracias, que está "libre
de toda censura, superior a la crítica más escrupulosa". Y, aunque llegue
a mano del español, del francés, del tártaro, del moscovita, del lapón, del
chino, del persa, o del turco. Ninguno la verá sin asombro, y siempre
encontrará en cada cláusula nuevos motivos a la admiración."
Mera. Ha hecho bellamente en repetirme estas proposiciones, que las
estaba olvidando. Ellas son hiperbólicas, falsas, y que, degenerando en grosera
adulación, ofenden al público, y lastiman al elogiado. Vienen pro-ducidas de un
espíritu infecundo, que no halla materiales para un justo elogio; ni halla qué
decir sino mentiras. Salen de un espíritu obtuso, que ig-nora el modo de
manejar con atención y política el mundo literario. El asombro es el efecto de
una persona poseída violentamente del terror; y era necesario comparar primero
la oración con un temblor, con un incendio, con una tempestad, con un rayo,
para decir que ella causaría aquel asombro.
así como hay corazones o
valerosos o temerarios o indolentes a quienes no asombrará la misma muerte, así
ha de haber ingenios, o raros, o estúpidos a quienes la mejor pieza no les
ocasione impresión fuerte, y mucho menos asombro. Dígasele, pues, a un hombre
bien actuado en la retórica, que haya visto a los buenos oradores de la
antigüedad; dígasele que una pieza oratoria quiteña no la verá sin asombro.
Reiráse a carcajadas, y tendrá mu-cha razón de reírse, vengando siquiera con la
risa la injuria que se le hace, con juzgarle un hombre de primera y fácil
impresión, y que sin examen se deja deslumhrar del más mínimo resplandor de
elocuencia. Ahora, pues, si uno solo tendría justos motivos de quejarse. ¿Qué
será todo el augusto cuer-po de los sabios, cuyo asombro, terror, susto,
desmayo se requiere al ver la oración que aprobó Blancardo? ¡Qué injuria no se
le hace!
Blancardo. No sé qué fuego anima la lengua de Vm., Señor Doctor. Y él me
parece que es tan voraz, que juzgo quemará a los hombres más indiferen-tes y
helados. ¿Qué necesidad, Señor mío, tiene Vm. de malquistarme con todo el
mundo?
Mera. El le hará a Vm. justicia sin necesitar de mi querella. Su ninguno
de Vm. será el cuerpo del delito; y el asombro hará conocer a todos los que lo
vieren, su pequeña inteligencia y su grande defecto de urbanidad. Vamos ya a la
admiración. Esta es hija de la ignorancia, según el sentir de muchos.
si es así, es buen elogio el
que se le hace al público inteligente, cuando se le dice que siempre encontrará
en cada cláusula nuevos motivos a ejercer los efectos de su ignorancia. Pero no
es mi opinión la de esos muchos, acerca de esta afección del ánimo. Juzgo,
pues, que ella es un movimiento del alma con el que mira un objeto, que se le
representa; y que, viéndole nuevo, desea conocer su causa, origen y
dependencia. De suerte que, la novedad es la que admira siempre el espíritu.
Siendo esto así, ¿no es una expresión falsa decir que todos hallarán en cada
cláusula preciosas novedades, para los nuevos motivos a la admiración? Y, ¿no
es un grave insulto al público, ha-cerle ignorante en tal manera, que no haya
de ver cosa que no le asombre, cláusula que no le admire?
Blancardo. Registre Vm. todos los elogios, todas las dedicatorias, todas
las aprobaciones, y hallará este mismo lenguaje por todas partes. ¡Qué! ¿Yo me
formaré otro idioma y otro diccionario, hecho como Vm. quisiera, para hablar a
su contento? ¿Deberé ser el idólatra de su severidad?
Mera. Si Vm. concede que ha seguido aquel lenguaje, no acusaré su genio
inclinado a la lisonja, sino su entendimiento enemigo de la verdad. Pero aun la
adulación, manejada con arte, puede agradar a todo el mundo. ¿Será preciso
decirme que soy voto para alabar a Aristio de ingenioso?
Blancardo. Ya se ve que esa sería falta de urbanidad y aun mala
política. Si en esto he errado, pido perdón; mas no tengo que pedirlo por haber
elo-giado como yo alcancé al orador. Vm. mismo sabe muy bien que, diciendo un
hipérbole, no se falta a la verdad.
Mera. Todo lo que es encarecimiento no puede carecer de falta; y todo lo
que es excesivo peca por muchos caminos.a Nada sea demasiado, dice Platón; y de
él mismo se tomó ese antiguo axioma summum jus est injus-titia. 58 Así pues, si
en todo se deben guardar justas medidas, me debe Vm. confesar que son viciosos
los pensamientos que traen consigo los hipérboles; y si éstos tienen lugar en
alguna obra de verso o prosa, es cuando se manejan con ciertos temperamentos,
que los vuelven verosímiles y moderados. Sé
bien lo que acerca de ellos dice Séneca: Nunquam tantum sperat
hiperbole, quantum audet in incredibilia, affirmat ut ad credibilia perveniat.
59 Pero entonces, ¿qué de insultos no se le hacen al autor de la oración?
Murillo. Eso es. Revuélvale Vm., Doctor mío, todas las entrañas, para
ver si es un pulmón que respira con buen aliento, o un hígado que no derra-ma
la cólera de la envidia.
Mera. Voy allá: para que el hipérbole de que ninguno verá la oración sin
asombro, tuviese modificación y lo rectificase el juicio, era menester que él
a DC: caminos. Aún la santidad si va hasta los extremos es viciosa.
Nada
pasase por ironía: cuando uno se burla de alguna cosa, ya tiene la
licencia y el derecho de decir cuanto le da la gana. Y sólo en sentido irónico
tiene lugar Vm. de hablar burlándose de la oración y del orador, así: Ninguno
la verá sin asombro, y siempre encontrará en cada cláusula nuevos motivos a la
admiración. Considere Vm. siempre esta verdad, que, para hablar justa-mente, se
necesita primero pensar así mismo con justicia. ¿Y Vm., pues, me confesará
ingenuamente que así lo pensó dentro de su entendimiento, que ninguno la vería
sin asombro, que todos al verla quedarían atónitos? Si me confiesa que sí, vea
Vm., dueño mío, la flaqueza de su razón. Si no, vea allí la malicia y
superchería de su corazón. Allí está, Señor Blancardo, la ironía. ¿Y merece
esta burla el orador?
Blancardo. No hallo medio; por no ofender al orador, digo que produje
esta proposición en el tono más grave y con el aire de la mayor seriedad. Culpo
a mi adversa suerte y a la poca inteligencia de lo que he hablado, cual-quiera
expresión que no le alabe.
Mera. Pues, ni así deja Vm. de injuriar al orador. Mire Vm., el asombro
y la admiración son unos afectos a en que no tienen parte ni la razón ni la
advertencia ni el sano juicio. (¡Cuánto querría yo la aprobación de éste para
todas mis composiciones! ¿Y cuánto no querrá lo b mismo el Doctor Don Ramón de
Yépez, para su oración fúnebre?). Por lo menos en tanto que dura el asombro,
hay un género de calma y suspensión de las más nobles operaciones del alma; que
ésta, al admirarse, queda en la inacción y sorpre-sa, estática, parada e
inmóvil. ¿Y cuándo acontece esto? Cuando el orador, dirigiendo la palabra a
sola la imaginativa, deslumhra la razón, la ciega y tiene absorta con su
novedad, su brillantez y su primor. Así un espíritu, siempre o
frecuentísimamente, si es falso y superficial, gusta más de quien le sorprende
que de quien se le insinúa. Ama las violencias y asaltos repeti-nos de un
orador florido y novelero, y desprecia el convencimiento de otro sólido,
natural y persuasivo. En fin, la admiración es el efecto de un razona-miento
nuevo y raro; pero sutil, superfluo y engañoso. Ahora, pues, ¿quién quiere Vm.
que haga corte a la oración fúnebre, una turba de afectos irra-cionales, o un
lúcido cortejo de las operaciones más ilustres del espíritu? Quién quiere Vm.
que le dé acogida, ¿una traviesa y loca fantasía, o una mesurada, discreta,
sabia y prudente razón?
Blancardo. Ya se ve que querría que esta última la diese acogida y
aprobación.
Murillo. ¡A buen tiempo!... Ya no tiene remedio lo sucedido, sino es que
se valga de mí, y dé por nulo cuanto ha dicho en su censura. Yo tendré cuidado
de publicarlo.
Mera. Yo tengo el de decir, que pues atrevidamente pensó y dijo que:
Ninguno la verá sin asombro, y siempre encontrará en cada cláusula
nuevos
a DC: efectos
b DC: del mismo
motivos a la admiración, incurrió en grosera adulación ofensiva al
público y al mismo elogiado, indigna de un espíritu fértil, y propia de una
alma estéril y sin educación. Pero, a la verdad, fatigado de haber yo solo
hecho estas re-flexiones, paro aquí.
Muritto. ¿Pues quién lo mete a hablarlo todo? Con gusto le escucharía
yo, si más hablase. Pero quiero saber cómo le parece a Vm. una reflexión mía;
y, si la juzga buena, ni se diga más palabra, y capítulo de otra cosa.
Mera. Ea, diga Vm., y entro gustosamente en el convenio.
Muritto. Ese señorazo: Ninguno la verá sin asombro. Ese fallóte papal:
Siempre encontrará, etc. En fin, ese clausulón gigante e imperioso,
tendría su lugar, sería aceptable con una sola palabrita añadida. Modifique,
pues, Blancardo, su ignorante arrogancia, y diga así: "Yo hallo la oración
justa, y me parece que ninguno la verá sin asombro. Cuando una obra es digna y
de un mérito ilustre, no hay quien no se rinda, todos la estiman; y juzgo que
todos hallarán en cada cláusula novedad, hermosura y solidez; otros tantos
motivos para la admiración, para el aprecio y para la instrucción."
Blancardo. En verdad, que este es un aplauso verdadero y razonable.
Mera. ¡En su dictamen ha dicho Moisés Blancardo, igualmente el mío;
buena reflexión, buena, buena, mi Doctor Murillo! Ahora vamos adelante.
Blancardo. No acierto a dónde lo dejé. . . Vaya, vaya, aquí está, y dice:
Al ver aquella majestad de la elocuencia. . .
Muritto. ¿Vm., caballero mío, no tiene traza de haber visto al rey la
cara; conque, ¿para qué es decir: al ver aquella majestad? Ayer o antier vimos
que no lo había saludado ni hecho siquiera de lejos un profundo acatamien-to; y
va de historia. Salió un cierto quídam alcalde de barrio, y pajarito no de los
que cantan en la una, sino de los que aparecen alegres en tiempo de su comida;
salió, digo, a hacer solito su ronda por las calles de su departa-mento (por no
decir dición, que es mucho terminajo); ya tarde de la noche halló que salía de
una tienda un hombre, que por lo fanfarronazo daba señas de estar borracho.
Quién va allá, dijo el alcalde con voz seseosa y de viejo. Ni va ni vaca,
respondió luego el tunante. Pues dese al momento (dijo otra vez el alcalde), a
la justicia, aquí, del rey. Al oír esta voz, repuso de nuevo el taimado, viendo
al alcalde desnudo de todo auxilio, y conociéndole vejete: ¿dónde está su
majestad?
Mera. No dudamos que la oración fúnebre tenga aquella majestad desde
luego que estará adornada de esa elocuencia majestuosa y sublime que debe
acompañar o hacer la esencia de este género de oraciones. Protestamos que no la
hemos oído ni leído. Y menos la veremos en adelante, por cumplir con lo que a
nosotros mismos nos hemos ofrecido, de prescindir de su lectura y conocimiento.
Pero notamos que el aprobante estampa con satisfacción asun-tos y expresiones
que no entiende. No pare Vm.
Blancardo. "Aquel fuego sagrado con que forma los caracteres más
bien que con la tinta."
Murillo. Es mucho que tenga ni majestad de elocuencia, ni fuego sagrado
una oración, cuyo carácter es la imaginacióna fértil, es la tierra fecundísima
en disparates. La majestad de la elocuencia, como es un mar profundo, es el
agua. Aquel fuego sagrado es el mismo elemental, que ha bajado de su es-fera; y
el aire es su vanidad, con que, presumiendo ya de autor y que es mu-cho hombre,
porque se le ha cometido una aprobación, se cree exento de nuestra
jurisdicción; y, al vaciar todas las cárceles de Eolo en contra del pobre
Luciano, ha dicho: yo soy el aire y un aire blanco, cándido y brillante.
Lucidos hic aer et quae tria corpora restant Ignis, aqua et tellus, unus
acerbus erant. 60
Mera. ¿Qué entra ahora?
Blancardo. Aquella solidez de pensamiento y doctrinas.
Mera. ¡Gran cosa es! Pero Vm. no habla ni trae estas alabanzas en su
lugar. Busque Vm. por allá una obrita delicada, que escribió el Padre Do-mingo
Bonhours, muy distinta de las conversaciones de Eugenio y Aristio, y a la que
dio por título: El método de pensar en las obras de ingenio. Ella está escrita
también en diálogos entre Filantes y Eudoxio. Léala Vm. y sa-brá cuánto
pertenece a las calidades, que deben tener los pensamientos para ser perfectos;
y, cuando los haya Vm. conocido, ya podrá hablar acerca de ellos (soy su
plagiario), con propiedad y limpieza.
Blancardo. Yo la buscaré, por si acaso me venga otra comisión de censura
de libros; y, cuando no la lea, pues estoy ya algo viejo y ya he trabajado
mu-chísimo para ser más que docto entre los míos; pero la tendré por adorno de
mi estante. Ahora, dígame Vm., ¿qué halla de malo en esta última ala-banza?
Mera. Oiga Vm. Ayer dimos de barato, que al decir profundidad de
pen-samiento, entendía Vm., y debía entenderse sublimidad. Pues si es así que
la tiene el orador, y que Vm. le alaba por el punto más exquisito en línea de
buenos pensamientos, pertenecientes a la verdadera elocuencia; ¿por qué baja
Vm. después el elogio y le dirige a la solidez, que ellos tienen en su oración?
Sin duda, que su ánimo es ir cayendo por grados. Porque la subli-midad de
estilo, la majestad de la elocuencia, el fuego sagrado con que forma los
caracteres, no pueden subsistir sin el apoyo de los pensamientos sólidos.
¿Dónde habrá majestad de elocuencia sin solidez? ¿Dónde, subli-midad de estilo
sin el cimiento de la verdad y la bondad, que hacen los constitutivos de la
solidez?
Blancardo. Esta última palabra, confieso que me encantó. Juzgué que
todas las anteriores propiedades podrían ser compatibles sin la solidez; y que
ésta podía separarse de aquéllas.
DC: imaginación fértil y
brillante. Pero a nosotros no nos toca examinar la cosa, sino creerla. Aquí ha
reunido todos cuatro elementos nuestro caballero. Imagi-nación fértil es la
tierra
Mera. Entienda Vm. desde hoy (perdonándome el tono magistral que gasto
ahora), que no puede haber pensamiento alguno sublime, que no tenga las
precisas condiciones: de verdadero, pero cuya verdad sea nueva y bien
hermoseada; de justo, pero cuya conformidad con el objeto, se observe y mire de
todas partes; de agradable, pero cuyo agrado sea sin afectación ni mucho
estudio; de delicado, pero cuya delicadeza al mismo tiempo incluya en sí el
vigor y la fuerza. Hay quienes gustan de pensamientos vivaces, ingeniosos y de
puro esplendor. Pero éstos nunca podrán, con toda su luz, ingenio y vi-vacidad,
producir un pensamiento sublime; y el no poderlo hacer será siem-pre por
defecto de verdad y de justicia, en las cuales propiedades (como he-mos dicho y
lo repetiremos siempre que se ofrezca), consiste esencialmente la solidez. De
esta especie de buenos pensamientos eran los de Craso, ala-bado por Cicerón; y
es bien que atienda Vm. su elogio: Sententia Crassi tam integra, tam vere, tam
nove, tam sine pigmentis, jocoque puerili. 61
Murillo. ¿Luego el que supiere proferir pensamientos sólidos, proferirá
doctrinas sólidas?
Mera. Ya se ve; porque no sólo no hay incompatibilidad, sino que antes
hay una conexión inevitable. Los inteligentes son en este asunto muy exac-tos.
Apenas falsea algún tanto por algún camino una pieza de prosa o verso, cuando
la tienen por viciosa.
Murillo. Paréceme demasiado escrúpulo y suma delicadeza. Quisiera te-ner
a la vista algún ejemplo de estos, para que a mí, si censuro algunos falsos,
lisonjeros, mentirosos pensamientos y discursos, no me tengan por rígido, por
envidioso, por maldiciente y enemigo de la ajena fama; ni me anden sonsamente
matraqueando que cualquier aplauso ajeno, por corto que sea, me había sacado
lágrimas a mí de dolor.
Mera. De buena gana va el ejemplito, escuche Vm.: Ese insigne sabio
retórico de la Francia, el Señor Carlos Rollín, había citado con elogio este
rasgo de la oración fúnebre del Mariscal de Turena, dicha por el Señor
Flechier:
Vosotras, Potencias enemigas de la Francia, vivís; y el espíritu de la
caridad cristiana me veda desear de algún modo vuestra muerte. ¡Sólo deseo que
podáis reconocer la justicia de nuestras armas, reci-bir la paz, que, a pesar
de vuestras pérdidas, habéis tantas veces resistido, y en la abundancia de
vuestras lágrimas, extinguir el fuego de una guerra, que habéis infelizmente
encendido! ¡No quiera Dios que extienda más lejos mis deseos! Los juicios de
Dios son im-penetrables. Pero vosotros vivís, y yo lamento en este púlpito un
prudente y valeroso capitán, cuyas intenciones eran puras, y cuya vir-tud
parecía merecer una vida más larga y de mayor duración.
Este es el pasaje hermoso del Señor Flechier, éste es el que alabó el
Señor Rollín, y éste el que censura el autor de los Ensayos críticos, sobre los
escritos del mismo Rollín, las traducciones de Herodoto,62 y sobre el
Dic-cionario geográfico y crítico del Señor de la Martinière. 63 Es de admirar
que este crítico dirija su censura contra el modo de pensar de dos excelentes
genios muy versados en la elocuencia, es a saber, el Señor Flechier y el Señor
Rollín; de los cuales, éste fue un severo y escrupuloso estimador de la
soli-dez y de la bondad. Pero no puede nada causar admiración, si se sabe que
la crítica tiene el derecho de hacernos ver en claro la verdad. El dicho autor,
que, si no me engañan la reflexión y la memoria, es el Señor Voltaire, en su
Carta sobre el ingenio, discurre del modo siguiente:
Un apostrofe de este carácter y gusto, hubiera sido conveniente en Roma,
en la guerra civil, después del asesinato de Pompeyo,64 o en Londres, después
de la muerte de Carlos I. 65 ¿Pero, es decente, ni lo será, desear con
sagacidad y artificio retórico en el pulpito, la muerte del Emperador, del Rey
de España y de sus a electores, y po-ner en equilibrio con ellos a un General
del Ejército de un rey ene-migo suyo? ¿Las intenciones de un Capitán, que no
pueden ser otras que las de servir a su Príncipe, deben ser comparadas con los
intereses políticos de las testas coronadas contra las que servía él? ¿Qué se
dirá de un alemán, que desease la muerte al Rey de Francia, en co-yuntura de la
muerte de General Mersi, cuyas intenciones eran pu-ras? ¿Por qué, pues, ha sido
siempre alabado este pasaje por todos los retóricos? ¿Es acaso, porque la
figura en sí misma es hermosa y patética? b Pero no examiaban ellos el fondo y
la conformidad del pensamiento. Plutarco hubiera dicho a Flechier, sin que
venga al caso el razonamiento, has hecho un bellísimo razonamiento.
La traducción de esta última proposición no se puede hacer muy exacta,
ni dar aquella correspondiente energía a lo que quiere decir en el francés: Tu
as tenu, sans propos, un très beau propos. Vea Vm. acabada la crítica hecha con
verdad y delicadeza; una crítica nacida de un espíritu, a quien para discernir
las justas proporciones que deben concurrir en los pensamien-tos, no sirve de
estorbo el hermoso velo de un rasgo brillante; de aquí debe Vm. inferir cuál
deba ser el modo de pensar rectamente, y cómo el rasgo más primoroso debe, para
ser bueno y estimado de la razón, llevar consigo el carácter de la verdad y
solidez. Vamos, ahora, a nuestra aproba-ción.
Blancardo. Confieso que en Europa se piensa muy de otra suerte. Acá me
había escandalizado infinito, que Vm. hiciese la crítica el año pasado de los
sermones de Ramos y de Dolores. Este es hereje (nada menos decía), éste es
Lucifer mismo, a quien ponen la pluma en la mano la misma soberbia y la misma
envidia. ¡Qué atrevimiento! ¡Qué arrojo! ¿Y contra quiénes?
a DC: los electores
b DC: práctica.
Contra las mayores auroras de sabiduría que reconoce nuestro hemisferio.
Esto decía. Arrepiéntome y sigo con empacho mi triste aprobación. Dice: Aquella
unción.
Murillo. ¡Oh! Qué lastima que no le haya tomado el pulso a este
pane-gírico, para ver si estaba agonizante y tenía ya la extrema unción. Pero
no puede menos que estar con parasismos; pues, el buen Blancardo, que es
mé-dico que le ha visitado, dice que tiene la unción. También es mucha lástima
el que Vm. que tiene una vista de lince, no le haya mirado el rostro para
decirnos si tenía o no tenía unción. Esa sí fuera gracia, hacer mentiroso a
nuestro noble caballero.
Mera. ¡Ea, no tan desentendido, Doctor mío! Verdad es que no podré decir
si la oración la tiene o no la tiene, ya he dicho que no la he visto; y ojalá
hubiera querido verla, para poder informar a Vm. de esta unción. Pero Vm. ya
puede decir sobre esta palabra, lo que quiere significar. Pora eso a Vm. no tan
desentendido, amigo.
Murillo. Digo, pues (porque me he de hacer desentendido, aunque es
preciso aun parecer estólido e ignorante cuando conviene), que quiere decir con
esta unción nuestro caballero, que antes la obra está muy vigorosa, activa y
pronta para la lucha.
Blancardo. ¡El demonio es Vm., Doctor Murillo! Bien que supongo ha-ber
puesto aquella voz sin saber lo que significaba, y únicamente porque la había
visto aplicada al elogio de los sermones de los franceses. Y aunque lo que Vm.
dice parece ajeno del asunto, pero ello, Vm. dará en el clavo.
Murillo. Tenga firmísimo el pie, y ninguna la daré en la herradura. A mi
corto alcance esa palabra significa que la oración fúnebre era un verdadero
combatiente o gladiador. Explicaréme. La antigua Roma, en la ceLbridad de sus
funerales, admitía por espectáculo de diversión, el que algunos ofre-ciesen el
cruel y bárbaro combate de los gladiadores. La oración fúnebre, pues, b puesta
en la celebridad de otros funerales, creí que fuese no un gla-diador
sanguinario como en Roma, sino un combatiente espectable y diver-tido como en
Grecia, esto es, un verdadero atleta, pronto y expedito a los ejercicios
gimnásticos, en los juegos olímpicos, por lo que (aquí y para mí), suena
olimpoc en los juegos itzmicos, también por lo que suena. Y como aquellos
atletas griegos para salir al combate, primero se frotaban con aceite, y era
ésta su santa unción, que se hacía en su cuerpo, a fin de tener blan-dísimos y
suavísimos los miembros, he creído, ¿qué? Que la oración fúnebre, como atleta
ha llevado sobre sí una buena unción. Y que esto quería decir el aprobante
Blancardo, con aquella unción.
Mera. ¡Ay! ¡qué risueño y gracioso disparatorio! La chocarrería es la
que no olvida Vm. En todo lo demás parece más correcto. Yo le diré lo que
significa unción; nada más que oración devota. Nuestro Blancardo no quiso
DC: Por eso, le decía a Vm.,
b DC: pues, que era en la
DC: olímpicos
decirlo en castellano, sino en francés; cada cual se explica en el
idioma que entiende. Siga Vm., Señor Moisés.
Blancardo. Aquella agudeza.
Murillo. Si es de lanza, no quiero que su agudeza me mate. Pero siempre
he de lamentar el que Vm. no haya leído la oración, o para apoyar lo que
asegura Blancardo, o para desmentirlea a faccia, si nos vende gato por liebre.
Mera. Con la agudeza estoy reñido. Todos los hombres de seso, e
inte-ligentes de la sana elocución, la abominan como contraria a ella. ¡No es
mala alabanza a la oración, aplicarla este defecto! Las agudezas son palabras
al aire, sin verdad, sin fundamento, y aun sin verosimilitud. Consisten en
equívocos huecos y fríos, sin sentido y con apariencia de significar muy de
lejos alguna cosa, tan solamente por el sonido. En pensamientos falsos y de
relumbrón, cuyo fin no es otro que el de lucir y desaparecer. Vaya un ejem-plo
para que se me crea. Un autor muy agudo, que compuso en latín el elogio de Luis
décimo tercero b de Francia, asegura que este príncipe ha de ser la esperanza
de la salud y la medicina de las enfermedades de su reino, porque nació de la
Princesa María de Médicis y el día de los Santos mártires Cosme y Damián, ambos
médicos. Estas son sus palabras redundantes de agudeza: Galliae medicus e matre
medica, Cosma et Damiano, medicis, festo die in-festo regno peperit, genitus
spem salutis. 66
Murillo. Mas que Vm. no repara que aquella agudeza está latente en el
aire.
Mera. Dice Vm. bien. Se halla sin hacerc significación, ni decirnos de
qué agudeza habla. Si determina a aquella agudeza de su elocuencia, que es lo
que parece significar, ya verá cualquiera que es un disparate de a folio. Mas,
en verdad, que diciendo así (ahora lo advierto), va nuestro Moisés muy
consiguiente. Imaginémonos para esto, que este caballero, ha querido deshonrar
al orador, vituperando en trisca e ironía la oración. Por lo que, primero ha
dicho que ella es "superior a la crítica, que el discurso es eleva-ción;
que apenas muestra por un índice superficial los primores de que debe estar
adornado un orador sabio y cristiano; que tiene oscurísima e insonda-ble
profundidad de pensamientos; y que el verdadero carácter de la oración es una
tintura de ciencias y artes; una instrucción en la Moral; una imagina-ción
viciosa, fértil, brillante; una increíble facilidad para explicarse; una
un-ción que parece de ruda y su aceite, y una agudeza que asusta al corazón y
le desmaya con el asombro que asalta al espíritu, y le suspende con la
admira-ción." Dígame, Vm., con semejante párrafo, ¿no iría muy
consiguiente-mente en la más fina sátira este generoso aprobante?
Murillo. Y es pues, así; y eso era lo que quería que Vm. lo penetrase
bien.
a DC: desmentirle faccia a faccia, si nos
b DC: tercio
c DC: ser
Mera. No hay que tener a malicia alguna sino pura necedad. Pero no es
otro el modo con que se debe interpretar hasta aquí la atolondrada aproba-ción,
según la cual queda el panegírico fúnebre una pieza ridicula, desprecia-ble y
de pura hojarasca. Oigamos ahora lo demás.
Blancardo. Aquella sentencia que brilla, que encanta, que embelesa, que
enciende.
Murillo. A priesa, a priesa, luminarias, juegos de manos, suertes de
volan-tín y agua para tanto incendio. Toda la casa la ha echado el caballero
por la ventana; pero, ¡oh! ¡y cómo se llega a dar un mal rato, un pesadumbrón,
después de una risotada caquinéstica! Volví a examinar acá en mi caletre la
cláusula, y me hallo que empieza por sentencia. Barajo, dije, y digo:
senten-cia en boca de un abogado, mal año podrá ser de confiscación, de
embargo, de ostracismo, y aun de la pena ordinaria.
Blancardo. En el acto más serio, es Vm. capaz de sacar motivo de risa.
¡Válgame Dios!
Mera. Ea, pues, deje Vm. de retozar, y advierta que si la antecedente
ex-presión de aquella agudeza, estuvo vacía de sentido, y en su modo enfática,
esta otra de aquella sentencia, peca en lo mismo, y además tiene el defecto de
gramática, porque está peor colocada que la otra. Véalo Vm. La senten-cia,
según Cicerón y Quintiliano, no es otra cosa que un adorno de la ora-ción, un
rasgo de luz consistente, un dicho agudo con mucho espíritu y que se comprende
concisamente en las cláusulas. Una pieza ingeniosa cualquiera sea puede tener
prudentemente esparcidos pensamientos igualmente sólidos, que brillantes;
algunas agudezas que envuelvan mucho sentido: b en una pa-labra, una oración
que las tenga, se llamará sentenciosa; pero si no guarda modo en su uso, si abunda
en ellas, será de esas oraciones que abominan los sabios como llenas de
defectos. Séneca ha abundado de éstos, y ha contagia-do en todos tiempos con
sus vicios a las personas dedicadas a la elocuencia, en especial a sus paisanos
los españoles del siglo pasado, como ya lo nota-mos en nuestra tercera
conversación. Es preciso huir de los extremos; y así reconozcamos que será
viciosa la oración que no tuviese el oportuno y mo-derado ornato de las
sentencias. Composite et apte sine sententiis dicere insania est, 67 dice
Cicerón; pero añade lo siguiente: Sententiose autem sine verborum, et ordine,
et modo infantia. 68 De esta puerilidad, pues, acusa Blancardo al orador con
aquella sentencia, dando c a entender que no es otra cosa toda la oración sino
una pura sentencia. Tal suena esta vaga e in-determinada voz, Señores míos.
Blancardo. ¿Hasta cuándo dura este empeño de malquistarme? ¿Qué he hecho
yo contra Vms.? ¿Cuándo les he ofendido?
DC: temer
DC: sentido, en una palabra,
varias sentencias que digan grandes y muchas cosas en pocas palabras, Y una
oración
DC: omitido: dando a
entender que no es otra cosa toda la oración, sino una pura sentencia.
Mera. Me alegrara que conociera mi buena intención, para que no
atri-buyera a empeño: siendo así, digo, que es no saber hablar ni escribir,
poner aquella expresión, como Vm. la ha puesto. Es comparable a la cláusula que
se sigue, y con la que un aprobante piensa salir por las nubes, elogiando una
pieza de elocuencia. Dice, pues, viendo el adorno de antítesis, de metáforas,
de apotegmas y figuras, de esta manera: "Aquella antítesis, aquella
metáfo-ra, aquel apotegma, aquella figura que brilla, que encanta, que
embelesa, que enciende." ¿No está primoroso y cuanto cabe este período?
Ponga Vm. en plural, sentencias que la adornan, o cosa semejante, y entonces
habrá cum-plido Vm. con las leyes de la Gramática y la retórica. Escriba Vm. en
otra ocasión (ya que ahora no hay cómo reparar el daño), como escribió Cicerón,
alabando con estas palabras una preciosa, sabia y adornada oración:
Sapien-tibus sententiis ornata orado.
Murillo. Cuenta, mi Señor Doctor, con chocarnos, reflexionando Vm. solo
tanto, tanto. Los hombres sentimos y nos enfadamos de que un autor o
escribiente o predicante no deje lugar, por haberlo dicho todo, al lector y al
oyente que haga también sus reflexiones. Si Vm. todas las que hay nos espeta
velis nolis, acabóse la conversación. ¿Eraa preciso que yo hablara; pero qué he
de decir, si aun la cláusula se me ha escapado del seno de la memoria?
Mera. Haría b una notable injuria a Vms., si creyese que lo que he
pensado, no pudiesen tener reflexiones que añadir. Pueden Vms. mejorar las
mías, y, para hablar como corresponde, yo no hago más que abrir la puerta para
que Vms. entren al interior de las facultades, que al paso deben ocurrir. Corro
la cortina para que observen con sus propios ojos el teatro que se nos
presenta. Y si Vm., mi Doctor Murillo, se olvidó de la clausulita, yo se la
repetiré. Decía, si bien me acuerdo: "Al ver aquella majestad de su
elocuen-cia, aquel fuego sagrado con que forma los caracteres más bien que con
la tinta, aquella solidez de pensamientos y de doctrinas, aquella unción,
aquella agudeza, aquella sentencia que brilla, que encanta, que embelesa, que
encien-de. . . " Al buen pagador no le duelen prendas: quiero decir, que
no necesito truncar los pasajes para dar a conocer su ridiculez.
Murillo. ¡Buena memoria para repetir! Y mejor la descripción que ha
repetido. Se parece infinitamente a ésta, que hizo a una hermosura que amaba un
amante llamado crítico.
Eres la diosa venérea (decía), ninguno podrá verte sin asombro, y
siempre encontrará en cada perfil tuyo, nuevos motivos a la alabanza y la
afición. Al ver aquel señorío de tu garganta, aquella lumbre de tus ojos
rasgados a impulso de las estrellas, más que a la fuerza mo-triz de la
naturaleza, aquella mezcla de rosa y azucenas, aquella
DC: Era preciosa... de la memoria.
DC: Harta
unión de nieve y fuego, aquel lunar, aquel precioso hoyo, aquel diente,
aquella oreja que brilla, que encanta, que embelesa, que en-ciende, me
preguntaba a mí mismo, si veía a la hermosísima Elena, aquel milagro de Grecia,
que pareció haber nacido para borrar todas las hermosuras, o si tocaba a la
misma Venus recién nacida de'las espumas del mar.
Blancardo. Vm. es quien forja estos cuentos, Señor Doctor. Pero hecho ya
a tener paciencia, nada extraño: ab asuetis non fit pasio. Antes sí, gusto de
oírle; por lo que, no dudo proseguir con mi lectura.
Murillo. Todavía no, que tengo también yo que hacer mi reparillo. Vm. no
quiere concertar ese nombre sentencia con los verbos brilla, encanta,
em-belesa, enciende, ni debe ser así. Porque, a la verdad, éstos apelarán sobre
las buenas calidades de la oración puestas anteriormente. ¡Muy bien! ¡Pues vea
ya qué admirable concierto, propiedad, conveniencia y armonía! Dice: aquella
solidez de pensamientos y de doctrinas que brilla; aquella unción que encanta;
aquella agudeza que embelesa; aquella sentencia que enciende. Ahora sí, puede
Vm. leer.
Blancardo. "Me preguntaba a mí mismo si leía a los Basilios, 69 a
los Gregorios, a los Crisóstomos, a los Crisólogos o a otro de los Santos
Padres."
Murillo. ¡Cáscaras, y lo que se ha leído el hombre! Con razón habla con
un tono de contra-alto; se me antoja que es Júpiter, cuando llama a junta a los
demás dioses para tratar de paz y exhortarlos a la concordia. Virgilio me lo ha
pintado al caballero. Véalo Vm.:
Panditur interea domus omnipotentis Olimpi Conciliumque vocat divum
pater atque hominum rex Sideream in sedem... 70
En buena mano está el pandero, y así sólo gusto que vean Vms. que es
tamaña fanfarronada citar con tanto magisterio, satisfacción y arrojo a los
Padres. No traería a la boca con tanta facilidad a los vocales de un capítulo.
Dos razones son las que traigo ineluctables. Primera, porque no ha visto a los
Padres, quien ignora aun el modo de citarlos. Después de San Basilio debía
venir Crisòstomo por ser igualmente Padre griego, como por ser ante-rior a San
Gregorio, Padre latino y del sexto siglo. ¡Y acaso lo ejecuta así! Nada menos.
Segunda razón, porque no hay, ni ha habido una letra de Santos Padres en su
morada blancardina; ni antes hubo los citados, en toda su casa blancardina, y
aun en toda su provincia, como podré jurar. Véngase ahora con el falsísimo me
preguntaba a mí mismo, si leía a los Basilios, etc.
Blancardo. El no ha habido es muy cierto, el no hay hoy, es falso;
por-que los tenga de muy buena impresión, que los trajo de España un hermano
mío Blancardo.
Murillo. Tate, tate, caballero mío. Doy de barato a Vm. que haya traído
ese su hermano a todos los Padres juntos. Pregunto, ahora, ¿y cuánto tiem-po ha
que vino el que los trajo? Cuando más el espacio de tres años y al-gunos meses,
y sus cajones de libros aun llegaron después. Y será creíble, aunque Vm.
tuviese mi aplicación y mi rapidísima lectura, ¿será posible que Vm. se leyese
a toditos, a toditos los Padres? Vamos, sin mentir, sin mentir, que ni los ha
visto por el forro.
Blancardo. La presunción está a mi favor.
Murillo. Pues voy a quitarle la presunción con las siguientes
confituras: Primera, porque ese su hermano apenas ha sacado de los cajones uno
u otro de los padres, a la mesa. Segunda, porque ese su hermano es tan
desconfia-do, que a su mismo padre le negará un libro que juzgue grande.
Tercera, porque aun cuando las razones políticas, intrigas y cábalas
blancardinas, obli-gasen a su hermano a franquear algún libro, siempre será a
alguno, y no a todos los padres juntos. Cuarta, porque no está ni ha estado ese
su hermano para sacar pacientemente libros con ánimo de prestarlos, por sus
ocupacio-nes, litigios, turbulencias domésticas e inclinación a sostener y
edificar pa-redes. Quinta, porque Vm. mismo, por esos disturbios domésticos,
esas dis-cordias blancardinas, esos altos y muy bajos de su genio, esas bullas
de re-forma y no reforma, no ha pensado jamás en tales padres. Sexta, porque
Vm. mismo hasta ahora (y será hasta siempre), no ha tomado el gusto para las
ciencias eclesiásticas, y se atolondraría de pensar siquiera que había de
revolver de principio a fin a todo un Santo Padre. Séptima, porque Vm. mismo,
más bien leerá y lee a un Leonardeli y a un Casini por algunos breves momentos,
que a un Padre de la Iglesia, teniendo dulcemente acostumbrado el cuerpo a un
verdadero ocio, a una bondadosa poltronería. Octava, porque no es capaz de
manejar a un Santo Padre, respecto de que están en un idio-ma del cual entiende
malísimamente un poco; y quien lee sin entender, masca lana, y hará bien de no
leer. Nona y última, perentoria, porque para ver ciertos lugares de algunos
padres, tal vez por ajena inspiración, hubo de ir a lo de ese su hermano, y
registrar lo que había menester para ciertas futilidades de su aprobación. En
efecto, los vio muy a la hate como dice el francés, pertransiens, b
superficialmente y por eso sin tino. Vm., Señor Doc-tor, me le dirá si me he
engañado.
Mera. Si es verdad que cita a los padres, no dejaré de decirle a Vm. sí
da a entender que los ha leído con alguna atención. Ahora, observe Vm., que los
dos adolecemos de un mismo vicio. Cuando la tomamos, no escupi-mos y somos una
tarabilla.c
a DC: sería
b DC: pertransenam
c DC: tarabilla.
Blancardo. Déjelo Vm., Señor mío, que me habla. Pues, deseo que me diga
¿de dónde sabe que en aquel aprieto de los largos y estrechos días de formar mi
aproba-ción los leí?
Murillo. Cónstame...
Murillo. Cónstame a mí, que poquitos días después de haber dado la
aprobación, dijo en varias partes y en una cierta del mundo (no me has de coger
bobo,3 porque soy solo), éstas o semejantes palabras pertenecientes a la
lectura de los Padres: Ha sido preciso ver unas antiguallas, las cuales solas
han tenido mi aprobación. Amigo, confesemos de buena fe que no hay más Santos
Padres, que sus santas lecciones en el santo Breviario. Pero, ¿que digo
lecciones? ¿Que digo Breviario? Confesemos santamente que aquello mismo que
hubo de citar en una aprobación pública, queriendo dar-nos tamaño gatazo de que
ha leído a los Padres, no lo entendió por falta de latín, de uso y de mollera,
ni menos lo supo registrar. Supongo que éstas no son más que mis malicias, mis
sospechas, mis conjeturas, según mis cartabo-nadas y no según mi lectura de
Padres, que no he de decir que la tengo; por-que, aunque pobre, no soy
impostor. Vm. sí, mi Señor Doctor Mera, Vm. que lo lee todo, Vm. que le cogió,
pilló y sorprendió en falsedad con la cita de Teofilacto del sermón de San
Dimas; Vm. sí que me ha de sacar de dudas a su tiempo, y fióme en su verdad;
porque Vm. sabe decirla, lee y sabe leer. Algo he vuelto a hablar, no calle
Vm., Señor Blancardo, vaya adelante.
Blancardo. Antes de seguir el papel, se hace necesario decir a Vm. que
por solas las sospechas no se puede condenar a ninguno.
Mera. Oportuna advertencia, porque no solamente hay el peligro de errar,
sino también de arrebatar con ligereza el buen nombre ajeno, lo cual se opone a
la razón.
Suspicione si quis erravit sua
Et rapiet ad se, quod erit commune omnium, Stulte nudavit animi
conscientiam. 71
Fedro es quien habla con tanta rectitud.
Blancardo. Luego Vm. echando a perder mi fama con esta glosa de mi
aprobación, ha quedado desnudo de una buena conciencia.
Mera. Es terrible argumento, y más en boca de un examinador sinodal como
lo es Vm. Dejémoslo para que le responda en el sínodo, que tengo li-cencia para
hacer en breve una oposición.
Blancardo. Me alegraría verlo sujeto a mi examen. Quizá mudaríamos de
entonación. Y cuando no le preguntase de moral, le había de hacer que me
tradujera en lengua quichua o del inga, el Santo Evangelio y todo el
Apoca-lipsis de San Juan. Desde ahora me da gana de pedirle que me construya b
el In principio erat Verbum et Deus erat apud Verbum, gramaticalmente en dicha
lengua.
Murillo. Jamás he visto más fría digresión, Señores míos.
Mera. No se espante Vm.; pues, el maestro de las conversaciones y ése
que las puso en su última perfección las usa; quiero decir, Platón, no ha
3
b
DC: vino
DC; constituya
dudado poner sus digresiones en sus diálogos. Vms. verán acerca de
éstos, cómo siguiendo a los mejores antiguos, y de los modernos a Heinecio, que
ha hablado bien sobre la materia en su tratado Fundamenta stili cultioris, hago
ver que he seguido en mis conversaciones buenas reglas. Parece que todo esto no
era del caso, pero (teniendo ministerio), ha sido preciso inte-rrumpir hoy
nuestro coloquio, porque me acordé que ayer ha llegado de Quito un buen amigo,
a quien es preciso visitarle. Convido a Vms. al cum-plimiento.
Blancardo. Vamos a todos, que quizá el recién venido traerá novedades de
gusto.
DIALOGO QUINTO
Entre los mismos interlocutores
Murillo. Muy buena parla b ha tenido su amigo de Vm., tiene gustosa
conversación.
Mera. La más amistosa, si es muy frecuente, da algún desagrado, y, si es
muy larga, cansa. La nuestra, que por distribución la repetimos cada ma-ñana,
puede ser que aún no nos fatigue. Pero esto ha de depender de que se ha tomado
por un género de desahogo propio de la aldea, y después de haber estado en
medio de la turbulenta y desapacible comunicación de Qui-to. Aquí en este
gustoso huerto, aun su soledad apacible, verde y amena, nos convida a hablar
con algo de espíritu y de libertad.
Blancardo. Siempre me acordaré de estec ameno Miraflores, mas no tan-to
por su amenidad, cuanto por la recia descarga que en él he recibido. Siem-pre
Miraflores será mina d de desengaños y verdades amargas. ¡No e sé las que oiré
hoy día!
Murillo. Conforme la materia que nos diese la Aprobación.
Blancardo. Ella dice así: "Y aunque no encontré semejanza con estas
lumbreras de la Iglesia, conocí que los procuraba imitar, que los había cogi-do
por modelo y norma, que su método era la pauta que se había tomado para regular
su modo de pensar, que eran el norte de sus deseos, la guía de sus discursos y
la senda de sus caminos. De modo que, aun siguiéndolos a distancia, no los
perdía de vista."
Mera. Habría sido necesario haber estudiado a todos los Padres para
ha-blar tan resolutoriamente. Creo que no gastaría esta arrogancia un Doctor de
la Sorbona, un sabio de primer orden, ni el mismo Luis Elias Dupín, va-
a DC: Vámonos
b DC: parola
c DC: este huerto ameno en Ambato Miraflores;
d DC: mira desengaños
e DC: Yo sé
ron de inmensa lectura, crítico acre y que ha escrito con vehemente
estilo la Biblioteca nueva de los Padres y Autores Eclesiásticos. Pero ello, es
preciso confesar, que Vm., caballero mío, los tiene muy de memoria, porque, ese
me preguntaba a mí mismo si leía a los Basilios, o a otro de los Padres;
juntamente con este y aunque no encontré semejanza con esas lumbreras de la
Iglesia, suena el estudio en todos ellos, el discernimiento de sus estilos, la
crítica de sus obras, y la pronta memoria de su modo de predicar, al tiem-po a
de escribir aquellas cláusulas. ¡Oh! ¡qué campo tan vasto es el que se me
presenta, para innumerables reflexiones! Mas, no cortemos la lectura.
Murillo. ¡Qué lectura ni qué lectura! No se ha de proseguir mientras no
me burle yo de tantos desatinos, ignorancias, sandeces y embolismos.
Pre-guntábase a sí mismo el caballero, si leía a los Basilios (dejemos aparte
que los haya leído), luego era porque en su percepción interna se renovaba la
idea de que la oración fúnebre del Señor Doctor Yépez se parecía a los
ser-mones de todos los Padres citados, y aun a los de todos esos que no nombro.
Blancardo. Ya se ve; que de no, no se suscitaría la especie dentro del
alma.
Murillo. Muy bien. Pues, como dice Vm. más abajito: ¿Y aunque no
en-contré semejanza? ¿No es ésta una inconsecuencia de a folio y de marca
mayor?
Blancardo. No sé qué miedo reverente me sorprendió; que no me dejó
asemejar la oración fúnebre con los sermones de los Padres.
Murillo. Le parecería (no lo dudo), que llamar semejante aquélla a éstas
de los Padres era blasfemar y proferir una gravísima herejía.
Mera. No se acordó que en Francia han llamado a Bourdalue el
Crisòs-tomo, y al Sr. Bossuet el Agustino de estos tiempos, sin duda, por la
seme-janza del espíritu que animaba sus escritos.
Murillo. Apurémosle un poquito más Señor Blancardo: pregúntele, ¿por qué
se pregunta a sí mismo si leía b alguno de los Padres?
Blancardo. Era por aquella majestad de su elocuencia, aquel fuego
sa-grado, con que formaba los caracteres más que con la tinta.
Murillo. Cuenta con derramar esa tinta. Mire Vm. que (como lo sé muy
bien), ha denigrado con esa tinta la misma Oración que aprobó. Ha dicho, que
por ironía, escribió en dos partes de su aprobación esta palabra tinta. No sea
Vm. pérfido; ya es vejete, ame la hombría de bien para salvarse. Pero dígame
ahora: ¿por qué otras razones se preguntaba Vm. a sí mismo si, al leer la
oración fúnebre, leía alguno de los Padres?
Blancardo. "Por aquella solidez de pensamientos; por todas aquellas
no-bilísimas cualidades de que ella está adornada; porque la hallé muy cabal,
libre de toda censura; y porque toda ella es un hermoso enlace de
perfec-ciones."
a
b
DC: tiempo que escribía aquellas
DC: leía a alguno
Murillo. ¡Muy bien, muy bien! Ni podía tener más exactitud, más
no-bleza, más perfección la oración de un Santo Padre. Dio Vm. muy bella-mente
entonces que le parecía leer a los Basilios, y hacía muy bien de pre-guntarse a
sí mismo si los leía. ¡Vea Vm. allí, qué nobilísimo primor el del panegírico
fúnebre, que no sólo es semejante, sino idéntico con la oración de un Santo
Padre, en todos los requisitos de que debe estar adornado, en todas las
circunstancias de que debe estar asistido!
Blancardo. No Señor, no Señor, que no encontré semejanza con esas
lumbreras de la Iglesia: sería un blasfemo si tal dijera.
Murillo. La ha errado en la gramática; digo, entre esta oración y las
ora-ciones de esas lumbreras de la Iglesia; pues, no habla del orador,
compara-ble con los Basilios, sino de su obra, comparable con las de los
Padres. Pero vuelvo a su respuesta. ¿Conque, no encontró semejanza, no obstante
de tener la una y las otras todo lo que se ha menester para que sean muy
ca-bales y perfectas? ¡Bendito sea Dios! ¡Y qué candor, qué inocencia, qué
con-tradicción! ¡Y que esta aprobación se imprima!
Mera. Observo que Vm. mi Doctor Murillo, no entiende de panegíricos, y
que Blancardo, que los entiende y forma, sabe bien lo que se dice. Con razón
asegura que no encuentra semejanza. Y para que mejor lo advierta, pregunto,
¿podrá nunca darse semejanza, ni apariencia de semejanza entre la oración de
San Dimas y la oración de Quinto Ligario de Marco Tulio Cicerón?
Blancardo. Yo mismo lo confieso, que no hay ni puede haber. Mas, digo
que, si fuese un sermón, en su línea el más perfecto, nunca llegaría a
aseme-jarse al más débil rasgo de ese Maestro de la Elocuencia.
Mera. ¿Y el motivo justo de esta diferencia, Señor mío?
Murillo. Yo a esa pregunta. Porque la oración de Tulio es perfecta,
cabal, libre de toda censura superior a la crítica más escrupulosa, y es un
hermoso enlace de perfecciones. Y la oración de San Dimas, ni es cabal y es
calabazas.
Mera. Pues, he aquí, en todo su claro el bellísimo elogio al Señor
Doctor Yépez y a su oración. San Gregorio Nazianceno tiene una elocuencia
de-sigual y bien que se quiso parecer a la de Isócrates, es defectuosa por
mu-chas partes. San Gregorio Niceno es afectado, su elocuencia es pomposa, nada
metódica, y peca por muchos capítulos. San Ambrosio no tiene la dic-ción pura,
y al fin, su elocuencia no es correcta. Ultimamente, todos los Padres tenían
algún vicio y defecto en la suya. Estaban lejos de la perfección de la de
Hortencio y Marco Tulio. Pero la oración del Señor Doctor Yépez es muy cabal y
muy justa, y ninguna de las de los Padres puede llegar a ese enlace de
perfecciones; luego es bien dicho que no encontró nuestro caballero alguna
semejanza con las oraciones de las lumbreras de la Iglesia. Muchos sabios
críticos hallan viciosa la elocuencia de los Padres (es preciso, porque no me
lleven a la Inquisición los blancardos, hacer esta advertencia), y al contrario
la del Señor Doctor Yépez es perfecta, y, por consiguiente, supe-rior. De allí
es que lo perfecto no tiene semejanza con lo vicioso.
Murillo. Dijo Vm. en otra ocasión bellamente, cuando afirmó que no lo
hablaba todo, sino que daba motivo y materia para que los que le oyen pu-siesen
también de su casa sus reflexiones. Oiga Vm. lo que me ha excitado lo que Vm.
ha dicho. Entro, pues, en el pensamiento de que la oración fú-nebre quiteña no
tiene semejanza con las griegas y latinas de los Padres, porque lo vio así, y
así lo decretó Moisés Blancardo. Si lo hubiera asegurado de esta suerte un
Erasmo, un Escalígero, un Vossio, 72 no 3 lo hubiera du-dado y aun creído. ¿Qué
semejanza hay (también yo sentencio ex cátedra), entre aquél y éstos? Aquél,
literato de la crítica más escrupulosa; éstos, de una crítica sin escrúpulos,
suelta y libre. Aquél, conocedor de todos los pri-mores de que debe estar
adornado un orador sabio y cristiano; éstos, unos mentecatos, que no sabían por
dónde iba bola. Aquél, adornado de sublimi-dad de estilo; éstos, que ni la
conocían, ni tenían. Aquél, con profundidad de pensamientos; éstos tan
indiferentes y tan sencillos, que no tenían tal profundidad de pensamientos, ni
buenos ni malos. Aquél, con estudio y pe-netración de las Escrituras; éstos,
que ni vieron el forro de la Santa Biblia. Aquél carcomido y penetrado con la
lectura de los Santos Padres y con una inmensa varia lectura; éstos, lectores
propiamente de ciencia media y de cartillones viejos. Aquél, b con no pequeña
tintura de las artes y ciencias; éstos, desteñidos de toda ciencia y
literatura. Aquél, censor, aprobante, maes-tro general de la Orden; éstos, unos
bachilleres de media tiera. Aquél, el ex de su provincia, la mejor
recomendación en toda tierra donde reine un poco de juicio; éstos, unos
badulaques y unos tureleques sin don alguno. Aquél, pero conozco ya, al décimo
aquel, que he gastado, y consumido todos los casos de Ule, illa, illud y de
hic, aec, hoc, por singular y plural. Hablando serio (y déjenmelo, que escribo
esto a las seis y media de la primera mañana de Pas-cuas, las más alegres),
digo, que si Moisés Blancardo, elogiando la oración fúnebre, dice que no
encuentra semejanza con las de esas lumbreras de la Iglesia, es por la suma
perfección de aquélla, y lo vicioso de aquestas. ¿Y acaso para aquí mi
reflexión? ¡Nada menos!.. . Hombre tan inteligente y conocedor como Blancardo
(ya lo hemos visto pintado), ha hecho el mayor elogio que se puede dar al autor
de la oración; y eso sí que es saber decir la verdad, y saber aplaudir con
nobleza. Ha dicho, pues, que es mayor hombre y mejor orador que Demóstenes y
Cicerón.
Blancardo. ¿A dónde lo he dicho? No hay tal cosa; mentira grande,
equi-vocación, o cuanto se quiera intentar decir. Antes he huido con estudio
par-ticular de llamarlo Demóstenes indiano y Cicerón americano.
Murillo. ¡Sin muchos embelecos de monja, amigo! Aquí está la
coinci-dencia. c Quintiliano dice de Cicerón que no es orador perfecto; el
mismo Cicerón, de Demóstenes asegura que no lo es; y Vm., Señor Doctor Mera,
« DC: ya lo
b DC: Aquél, como pequeña
c DC: evidencia.
me ha referido a los críticos que afirmaban lo mismo de esos príncipes
de la oratoria. Blancardo, por otra parte, Vm., Señor mío, Blancardo, dice que
la oración es cabal, y que ella muestra (dice verdad, porque es consecuencia
legítima), todos a los primores de que debe estar adornado un orador sabio y
cristiano; luego ha dicho que el Doctor Don Ramón Yépez es mayor hom-bre y
mejor orador que Demóstenes y Cicerón. ¡Esto sí que es saber elogiar! ¡Esto sí
que es saber decir! Tonto yo, que pensaba que nuestro caballero había caído en
inconsecuencia, cuando dijo: Me preguntaba si leía a los Basilios; y luego
después: aunque no encontré semejanza con esas lumbreras de la Iglesia.
Blancardo. Conozco ahora que es cierto que el Doctor Mera no hace sino
correr la cortina, para que veamos todos lo interior de este teatro, y
pense-mos por nosotros mismos sobre lo que su merced piensa. Yo mismo,
intere-sado en ocultar mis defectos, no puedo menos que reflexionar en contra
de mi aprobación, diciendo que me hacen justicia en criticarme tan
severamen-te. Yo di la causa con aquel tono magistral con que pronuncié,
usurpándome el juicio de todos, y previniendo su crítica que ninguno b la verá
sin asombro. Esto mismo confesará todo el que quiera hablar sin preocupación y
sin envi-dia. El público verá una oración ajustada a las reglas de la retórica
cristiana. Me acuso de todos mis pecados y me acuso con dolor, porque me he
atraído el juicio final de mi aprobación, llamando, con voz hueca y majestuosa,
al entendimiento de todos los hombres a mi presencia, con estos insolentes
términos: Venga c ahora a la censura, la crítica más delicada. ¿Ahora, qué nos
dirá la crítica? No creo que haya Aristarco el más severo, ni Zoilo, por
injusto que sea, que muestre desagrado. Pero, Señores míos, después de todo,
confieso que mi objeto fue aseverar que la oración del Señor Doctor Yépez era
inferior en mérito a las oraciones de los Padres. El d mismo con-texto es una
demostración matemática. No es mucha verdad lo que luego dijo, y aunque no
encontré semejanza con esas lumbreras de la Iglesia, co-nocí e que los
procuraba imitar, que los había cogido por modelo y norma.
Murillo. ¡Dígame, Vm., alma bonísima, ¿por dónde lo llegó a conocer?
¿Por medio de qué potencia o de qué sentido?
Blancardo. Ya no debe ser esa la cuestión del día, de si conozco o no
co-nozco, si pude conocer o no pude conocer. Lo que al presente se inquiere, es
si dije o no dije; esto es, si manifesté en la aprobación que el panegírico
fúnebre distaba mucho de los de los Padres, y no había semejanza entre ellos.
Porque para mayor abundamiento añadí: Que su método era la pauta que se había
trazado el [orador], para reglar su modo de pensar.
a DC: "todos los primores... y
cristiano";
b DC: "ninguno la verá... retórica
cristiana".
DC: "Venga ahora... muestre desagrado".
DC: "El mismo... modelo y norma".
DC: ¿conocí que los
procuraba imitar? ¿qué los había cogido por modelo y pura sentencia.
Murillo. Es mucha verdad que Vm. ha manifestádolo así. Pero no ha de
valer a alegad mucho para huir el cuerpo a la dificultad. Respóndame, pues,
¿qué quiere Vm. decir con esa jerigonza de su método? Método, en el idioma de
los dialécticos, no es otra cosa que un camino compendioso de hallar la verdad
y de manifestarla habiéndola hallado. Método en la acepción más lata de los
literatos, quiere decir aquella disposición oportuna, aquel orden conveniente y
justo que guarda en sus discursos, en sus arengas, en sus escritos y en todas
las obras de espíritu, el que habla, el que perora, el que enseña, o el que
escribe, según corresponde al asunto y materia que trata. De suerte que, este
método dirige no a pensar, sino a colocar y apli-car bien y en su lugar los pensamientos,
principios, cláusulas y palabras, que produjeron, en el seno interior de todo
el país del alma, la imaginativa y el juicio. Vea Vm. aquí, que el método de
las oraciones de los Padres servi-ría a metodizar la misma oración del Doctor
Don Ramón Yépez; esto es la serie de los discursos y pensamientos (en una
palabra, lo pensado), y no ser-viría a reglar su modo de pensar.
Blancardo. ¡Oh! Y lo que me alegra que Vm. haya refinado tanto sus
observaciones críticas, para hacer que el mundo conozca que en este punto,
cuando menos, no ha sido otro el fin que el prurito de impugnar y el pueril
deseo de ridiculizarme. Ese b método, pues, dirige a pensar. Vaya un
ejem-plito: oye Vm. un buen sermón predicado con celo, y su alma (que parece no
muy buena, según se manifiesta por la libertad con que habla), halla ra-zones
que la convencen a mudar de vida y a reformarla. Piensa desde luego en la
reforma y sus pensamientos se dirigen a tomar estos o los otros medios para la
reforma dicha. Ahora, pues, ¿quién no sabe c que el método del ser-món era el
que su alma se había tomado para reglar su modo de pensar? Ar-gumento es este
que no lo desperdiciaré en el Sínodo.
Murillo. Hará bien de lograrlo. Oiga su respuesta Vm., ahora; y, para
que no haya oscuridad y confusión, pongo su argumento en forma. El
con-vencimiento de la razón que produce un sermón bueno, obliga a pensar. Es
así, que si obliga a pensar, el sermón es quien obliga; luego, el sermón sirve
para reglar el modo de pensar. ¿No está excelente el silogismo? ¡Hecho una
maravilla! Pero, ¿no es verdad que este raciocinio es el que se halla en todo
su argumento? Vamos más directamente a desatarlo: un buen sermón, si se escucha
atentamente, convence al entendimiento y le obliga a formar saluda-bles
pensamientos. Pero no confundamos lo que es acción del entendimien-to, con el
modo de obrar aquella acción. Cualquier objeto me obliga a pen-sar; una piedra,
un tronco, un Blancardo expresivo que me excite ideas en el alma, y que ésta
piense sobre estos objetos; más ni d Blancardo, piedra, tron-co, me sirven, ni
mucho menos me obligan a reglar el modo de pensar. Este
DC: valer legas mocha
DC: Este modo
DC: ve
DC: mi Blancardo
reglamento más bien (que una oración aunque sea de Santo Padre), me lo
enseñará a mí, a Vm. y a todo el que no fuere Blancardo maduro, una lógica
racional. Ella me reglará para concebir las simples percepciones, y para formar
los razonamientos con toda la exactitud que pide la razón, ayudada de las
reglas y de los preceptos.
Mera. El pensar mismo para hablar con más precisión, no puede depen-der
ni de esa lógica ni del arte de pensar, menos de leer o de estudiar, o de ver
tales y tales objetos. Depende, pues, de la misma naturaleza del
entendi-miento, cuya esencia es el pensamiento, según Cartesio, o su fuerza y
virtud más pura y noble, según la opinión más común. Pero el entendimiento para
formarse en la dirección de los pensamientos y saber reglarlos con justicia, ha
menester de un arte, que se los haga conocer científicamente. Y, según él es o
claro u oscuro, será su modo de pensar brillante, o tenebroso, confu-so, o
claro, estéril o fecundo.
Murillo. Saco la consecuencia; luego el método de los Padres no es ni
puede ser pauta para reglar el modo de pensar.
Mera. Vea Vm. allí una inferencia a la verdad hecha sin método, porque
procede a adelantar las reflexiones sobre una materia aún no ventilada ni
conocida. Era preciso primero que Vm. averiguase (ya que dio la definición del
método), que de cuál método hablaba el caballero Blancardo. Si del mé-todo de
la elocuencia, si del estilo; porque con sólo decir método, ha estam-pado el
caballero una proposición oscurísima y enigmática, que se compren-derá a fuerza
de adivinar.
Murillo. Qué he de hacer, me meteré a adivino. Ha de ser el método así
de la elocuencia como del estilo, que gastaron los Santos Padres.
Mera. ¡Qué necesidad! El método de bien decir, que es propiamente un
arte retórico, ¿ha de ser la pauta para reglar el modo de pensar? ¿Mas, las
oraciones de los Padres, a esta cuenta, serán unas retóricas que den los
preceptos para hablar bien? ¡Oh! ¡Qué tropel de desatinos y de tinieblas! Pero
vamos a ver si podemos poner entre ellas algún pequeño crepúsculo. El método de
los Padres en los sermones y en todas sus obras ha sido, por lo que mira al
estilo, el más sencillo, claro y proporcionado al auditorio, o a los lectores.
San Agustín, que, escribiendo contra los maniqueos, había es-crito en un estilo
adornado, fue advertido de que los ignorantes no le en-tendían, y habiéndose
corregido, dijo así: H,unc enim sermonem usitatum et simplicem etiam indoctia
intelligunt. 73 Ahora, el método en orden a la elo-cuencia, ha sido atento
siempre a las varias coyunturas y disposición en que se han hallado los oyentes
para escuchar y sacar el fruto conveniente. En fin, uno y otro método ha sido
en los Padres tan vario como su genio, su talento, su doctrina y aun el grado
de su santidad. San Gerónimo parece adornado y vehemente, San Agustín, suave y
difuso; y para no cansar, han tenido diversísimo su método todos los Padres,
que les caracteriza y distin-
a DC: docti
gue a unos de otros. ¿Qué sucedería con un orador que quisiese reglar su
método de hablar, tomando por pauta el de todos o el de muchos de los Padres?
Yo lo diré: un caos y una mole ruda, indigesta y desordenada. Así, para elogiar
honradamente al autor de la oración fúnebre sería, a mi juicio, mejor decirle
que el método de orar, v.g., de San Ambrosio o de San Crisós-tomo (el más
elocuente de los Padres griegos), había sido la pauta que se había tomado para
reglar su método de orar el predicador. Pero, decir méto-do en general, y
asignar en común el método de todos los Padres, me parece que se debe a no
haber aún reglado su método de pensar y hablar nuestro blanco y bonísimo
caballero.
Blancardo. Ilustrado yo con lo que Vms. han reflexionado, me veo
obli-gado a decir que en mi aprobación hablo del método de pensar de los
Pa-dres, y del método de hablar. Y siendo así, este doble método puede servir
de pauta para reglar el método de pensar.
Mera. También hay jerigonza en esta explicación. Yo, bien sé aquel
enlace y mano que se dan la lógica y la retórica, para saber discurrir y para
saber hablar, para dirigir bien un pensamiento y para poder formar un
razo-namiento persuasivo. Pero Vm., caballero mío (ni ninguno), ¿podrá
asegu-rarme que las oraciones de los Padres son una lógica y una retórica?
Blancardo. No son una lógica y una retórica que dan precepto para
dis-currir y para hablar; mas, son una lógica y retórica práctica, donde se ven
puestos en uso y ejecutados los preceptos.
Mera. ¿Es lo más que Vm. puede alegar en su favor; y le parece a Vm.
que ha evacuado la dificultad? Pues vea que no. . .
Murillo. Señor mío, por su vida que me deje decirle el porqué. Porque
entonces la oración de San Pedro Nolasco 74 y la de San Dimas de su mer-ced,
Blancardo mío, también serán una lógica y retórica práctica; pues, mal que mal,
se ven puestos los preceptos de la una y de la otra en uso y eje-cución.
Mera. Déjese Vm. de estos raciocinios también nada metódicos, y que
obligan a hacer vergonzosas comparaciones. Hay equivocación en ellos. Dí-game,
Vm. ¿enseñará a reglar los pensamientos, tanto una buena lógica, cuanto una
obra hecha con buena lógica? Del mismo modo, ¿una pieza de elocuencia enseñará
a hablar, como enseñaría una buena retórica?
Blancardo. No, Señor, ni uno ni otro, y el tanto es el que niego,
conce-diendo que la obra hecha con artificio lógico y la pieza de elocuencia,
siem-pre enseñarían de algún modo a ser elocuente y a reglar el modo de pensar,
porque en ellas se ven practicadas las reglas.
Mera. ¡Bella cosa! He allí que ya puede Vm. ser arquitecto y escultor; y
ya yo le llamaré desde hoy un Vitruvio y un Miguel Angel. Vm. ha visto y
remirado las dos hermosas fachadas, la de San Francisco y la de los regula-res
expatriados; aquélla, de orden dórico; ésta, de orden corintio, adornada de
bien esculpidas estatuas. En ellas, pues, hay una arquitectura y una es-
cultura práctica como dice Vm. Hay, pues, en ellas, digo yo, los
preceptos de ambas artes, puestos en uso con bastante excelencia. ¿Y bastará
que Vm. los vea (¿que vea? esto no es para Vm.), bastará que Vm. conciba que
los hay, para reglar también (si quisiere hacer una portada), su modo de
dirigir-la, trazarla y perfeccionarla? ¿Bastará ver en ellas puestas las
estatuas, para que su vista la dirija a reglar el modo de formar el diseño? No
digo con perfección, que para esto, cualquiera que no fuese Blancardo,
confesará que es preciso el íntimoa conocimiento de las dos artes; pero ni de
algún modo podrá por sola la repetida vista de las obras de arquitectura y
escultura, o levantar un edificio, o abrir en un mármol un cuerpo, el hombre de
mayor genio.
Blancardo. Ya veo que para esto de que un escultor o un arquitecto
pue-dan imitar unos modelos cumplidos de sus artes, será necesario que antes
hayan estudiado de ellas sus principios. Entonces las dos fachadas que Vm. ha
nombrado, les dirigirán a sacar obras igualmente perfectas o semejantes. Hecho
este análisis por Vm. ya puedo hacer mi aplicación honorífica al autor de la
oración, diciéndole que el método de orar y de pensar de los Padres, era el que
se había tomado su merced, para reglar también el suyo en la elo-cuencia y el
razonamiento.
Mera. Ahora hay alguna claridad en su cláusula, y ahora es capaz de
salir al público en la aprobación. Porque como dice un sabio francés: "No
se puede decir que el estilo de Terencio, 75 de Fedro, de Salustio, de César,
de Cicerón, de Tito Livio, de Virgilio, de Horacio, sea uno mismo; no
obs-tante, todos ellos tienen cierta tintura de ingenio, que les es común, y
que entre esta diversidad de genio y de estilo les asemeja y reúne." Lo
mismo diré yo respecto de los Padres, todos ellos guardan diverso método de
decir y componer, pero todos tienen muchísima conformidad y semejanza en
ca-racterizar con propiedad lo verdadero de la doctrina, lo santo de la
religión, lo puro de las costumbres cristianas, con una tintura de espíritu,
que les es común y les hace que se parezcan. Pero (como Vm. ha advertido ya),
para que las oraciones de los Padres sirviesen con su método a reglar el modo
de pensar del orador, sería bien que antes hubiese penetrado y conocido una
buena lógica, que es el arte que enseña a reglar los pensamientos, y el modo
mismo de pensar.
Murillo. Luego, cuando ha dicho limpia y blancardamente, por no decir
molondramente, estas palabras: Que su método era la pauta que se había tomado
para reglar su modo de pensar, no ha dicho bien, como debe, ni con claridad.
Mera. Ya se ve que no; y además ha añadido en ellas deshonor al Señor
Yépez.
a DC: intento
Murillo. Vamos, vamos, dígame Vm., dónde se halla esta maldad, que
quiero que salgan verdades mis conjeturas y todo lo que he oído acerca de la
malicia de la aprobación.
Mera. Amigo, lo liberta de esta malicia su misma aprobación escrita sin
buena lógica y sin un átomo de buena retórica. ¿Y es escribir con aquélla, no
sentando a ni un discurso, ni un razonamiento consiguiente, verdadero,
metódico? ¿Es escribir con ésta, no poner una sola cláusula bien estocada, b
oportuna ni persuasiva? Va Vm. a verlo en esta última; y allí verá descubier-to
el deshonor dicho. Todo orador que merece este nombre, debe antes de salir a
hablar en público, estar instruido en las fuentes de la oratoria cristia-na, c
conocimiento de la Escritura y el estudio de los Padres. Pero todo orador debe
anteponer a esa instrucción, la formación del entendimiento, y haber reglado
anteriormente su modo de pensar. Esto no se puede adquirir, sino con las reglas
de un arte que enseñe el carácter de lo verdadero y de lo falso, de la
afirmación y negación, del error y de la duda, y sobre todo, la idea de lo que
es la consecuencia, dándonos a sentir y a conocer que de tal o tal proposición,
sale ésta o aquélla; que aquel discurso es concluyente o no lo es. Esta d es,
en suma, el arte de pensar o una lógica racional. Con su uso se tiene entrada,
no solamente a la oratoria, a la moral, a la jurisprudencia y a todas las
ciencias, sino también al trato común y al manejo de los nego-cios; porque en
todo esto es preciso raciocinar al justo y sin engaño. ¿Qué inferirá, pues, de
aquí, el hombre que con una buena lógica, hubiese reglado su modo de pensar? No
otra cosa, sino que para el estudio y lectura de los Padres, había sido
necesaria en el Doctor Don Ramón de Yépez y en todo literato, la anticipada
formación del entendimiento, el anterior reglamento de la razón y el previo
conocimiento y modo de pensar. Pero nuestro Moi-sés (que bien se ve que no
entiende de estas cosas), remite al orador a las obras de los Padres, para que
en ellas aprenda la lógica artificial. ¿Es éste un juicio propio de una persona
que escribe con algunos principios de buena lógica? Pero, ¿no es acaso un
terrible agravio hacer ignorante en ella al Señor Yépez, mientras no llegue a
tomar el método de los Padres? Vamos, ahora, a la retórica. Esta es el arte de
persuadir, y si es así, nuestro Blancardo, en su elogio o aprobación, quiere
persuadirnos que la oración es cabal, que el orador que la dijo es perfecto.
¿Quiere hablar sobre los dos objetos, como que conociese los lugares comunes,
por dónde se halla en ellos esta perfec-ción, y qué hace? Coloca en la mayor
ignominia. La oración le parece una pieza como la de los Padres: luego no halla
semejanza con las de esas lum-breras de la Iglesia. ¿Y esto es escribir,
hablar, ni pensar con retórica? ¿Es e esto alabar u ofender al orador?
a DC: sentar
b DC: colocada
c DC: cristiana, la Santa Escritura y el
d DC: Este es
e DC: Esto es
Murillo. ¡Oh! ¡Qué santamente le manifiesta Vm. sus hilazas! Ahora cae
más fuerte mi argumento sobre Blancardo, con esa reflexioncita. ¿Si yo hubiese
reglado mi modo de orar según el método de Cicerón, por habérmele tomado por
pauta, teniendo, ya se ve, un poquito de habilidad, no sería yo, ya que
idéntico ni igual, pero a lo menos algo semejante en la oratoria a este
príncipe de la elocuencia? ¿Pues, cómo, conociendo Blancardo que ela método de
los Padres era la pauta que se había tomado el orador para reglar su modo de
pensar, no encontró semejanza con esas lumbreras de la Iglesia? ¡Pero, qué
pobre memoria la mía! Conozco que es de viejo, ya flaquea. Ya esto creo que lo
he dicho: perdón, Señores, si Vms. se compa-decen de mi edad.
Mera. No se aflija Vm. si ha repetido una misma reflexión. Por ella ha
de tener aprietos el hombre, y no es fácil que se deshaga del lazo de las
dificultades.
Murillo. Mayor aprieto le voy a dar. Dice que conoció eran el norte de
sus deseos.
Mera. Doctor mío, no puede ser que diga así.
Blancardo. Sí, Señores, así dice. Es fiel el Doctor Murillo en todo lo
que asegura.
Murillo. Si dice de esa manera, hay en esa cláusula un solecismo: diga b
por si acaso me engaño: Que c su método era la pauta, que era el norte de sus
deseos.
Blancardo. Quise decir que los Padres eran su norte.
Murillo. Y dijo norte, porque se parece a los del Norte en la blancura,
y aun la casa blancardina donde vive, respecto del sitio donde conversamos,
está al Norte.
Mera. Bien quiso Vm. decir, caballero mío; pero a la verdad, en el orden
retórico dijo muy mal, porque, en efecto, suena muy mal sin añadir Padres;
decir, su método era la pauta, eran el norte. ¡Cuánta desproporción no se halla
en esta cláusula! ¡Cuánta extravagancia! ¡Oh! ¡y cuánta desigualdad!
Murillo. Dejemos eso. Vamos a otra cosa que más me importa. ¿Vm. está
muy empeñado en demostrar su ignorancia? Pues yo en poner a todas luces su
malicia. Véala Vm. Ya los Padres habían dado su Método al orador para su
oración; ya éste mi caro amigo y benemérito Doctor, le había tomado para reglar
el suyo. Pues, cata allí, que después de la santa franqueza de los Padres,
después de la buena gana y bella aplicación del orador para re-cibir, tomar y
volver en jugo propio y saludable lo que le daban, se ha que-dado en sólo los
deseos de aprovechar de la parte y la ración. ¿Y por qué? Porque los Padres no
fueron el norte de sus aciertos, sino únicamente de sólo sus deseos. Vea Vm., y
vea cualquiera esta semejanza, aunque algo blan-
a
b
c
DC: "el método de los
Padres... de la Iglesia?"
DC: oiga
DC: "Que su método... de sus deseos".
cardina, algo oportuna. Embarcóse el Señor Doctor Yépez en el bajel de
su aplicación y estudiosidad a correr el inmenso mar de la lectura, no con otro
fin, sino con el de llegar al punto deseado de la sabiduría y de una oratoria
perfecta. Dobla el cabo de la esperanza de adquirirla, pero con todo lo que
navega felizmente, se queda en muy alta mar, no puede acercarse a su des-tino.
Las estrellas que observa se le pierden, la luz que busca se le desapare-ce.
Mira el Norte, y no viéndole bien y quizá ni mal, sólo los deseos le ob-servan
y atienden. Seguro está que llegue al puerto; bien puede pasar y su-perar el
promontorio de los Padres; no obstante los Padres serán apenas vis-tos y
deseados, y apenas desde mil leguas servirán al ansia, al deseo y a una remota
esperanza. Puede ahogarse nuestro orador.
Mera. Aquí más parece que le dominará a Blancardo la ignorancia que la
malicia. Discúlpelo Vm.
Murillo. No, Señor, no quiero disculparle, porque los ignorantes y los
rudos son los tontos más maliciosos, como lo verá Vm. cuando lleguemos a un
cierto punto que dizque trae en su aprobación, propiamente de tinta.
Mera. Piense Vm. como pensare, yo estoy en el dictamen de que es
pu-rísimamentea sencillo, y de que todo nace del genio bondadoso de este
ca-ballero; y aun puede ser que venga (cosa que sucede muy frecuentemente), de
un contagio difundido en los blancardos de su orden. Ya se acordará Vm. de la
aprobación que dio al segundo tomo del Teatro crítico un Padre Maes-tro
blancardo interino o interiano.
Murillo. Sí, Señor, sí, Señor. ¡Qué ejemplo tan propio y tan oportuno!
Es cierto que un tal Padre Ayala niega al Padre Feijoo los elogios, y
negán-doselos se puso de intento a aplaudirse. ¡Válgame Dios, qué santamente!
Se alaba de grande y elegante humanista; de genio abundante para serlo. "Y
seriamente (esto es, componiendo el rostro, enderezando el cuello, cerrando
algo los párpados, tosiendo a lo carraspeño, tomando una gran narigada de
tabaco colorado, sonándose duro las narices en pañuelo seriamente pardo y
dándose dos palmadas en la frente con compás y pausa), seriamente dice que su
profesión es la teología; que la trató con la dignidad posible; que vio por eso
muchas de esas funciones teológicas en la Universidad de Salamanca, y que este
insigne teatro de letras, las aprobó." Ni más ni menos que el blancardo
español, nuestro blancardo quiteño, nos quiere encajar que sabe de sublimidad
de estilos; que tiene inteligencia de las Escrituras; que se ha tinturado en
las ciencias y artes; que su censura y mucho más su aprobación, será la de todo
el mundo, sin que nadie pueda añadir una silabita ni aun res-pirar; y
finalmente, que ha leído, tanteado, revuelto y comparado entre sí a todos, a
todos los Santos Padres. Y que, por lo mismo, ha conocido que el orador quiso
de lejos asemejar su oración a las de esas lumbreras, y no pudo, quedándose tan
atrás, que se quedó empantanado en el sucio cenagal de sus deseos.
a DC: purísima sencillez,
Mera. Ha dado Vm., Señor Doctor, en ser bien bellaco; y está bastante
cabal su comparación. Ya dije que parecía el candor, carácter de los
blan-cardos de esta orden. Pues, el mismo interiano de Ayala, 76 de buena
memo-ria, habiendo escrito un libro intitulado Victor christianus, lo publicó
en la-tín; en él reprende los defectos de los pintores, su poca o ninguna
instruc-ción en la historia y otras artes para pintar con verdad y acierto.
Pregunto ahora: ¿cuántos pintores españoles le leerían? ¿Cuántos aprovecharían
de su lectura? ¿Cuántos saldrían enmendados a dejar el lápiz y el pincel, por
tomarse a las manos a Herodoto, Jenofonte,77 Livio, Josefo y Peirese? ¿Cuántos
españoles, digo (pues, los profesores de artes, que requieren la inteligencia
del latín, como son muchísimos de los impresores, le ignoran), pintores de
castellano harían uso del Pictor christianus, del Maestro Fray Juan Interián de
Ayala? Y en esto de escribir en idioma extrañísimo a estos profesores, consiste
el gran candor blancardino de este Padre. Pero advierta Vm. que fue candor con
malicia; pues fue dar su obrita en lengua latina, para ocultar el hurto que
hizo a cierto francés (no le he de nombrar, porque no ande el mundo reventando
al género humano, a si lo tiene Perico, o si le tengo yo), que trató la misma
materia. Repítame, ahora Vm., Doctor mío, lo que leyó el caballero, para que
sigamos.
Blancardo. Yo mismo lo repetiré; pues, parece que mi fortuna me ha
traído para ver el suplicio a que condenan y sujetan Vms. toda mi aproba-ción.
Dije, pues: Que eran los Padres la guía de sus discursos y la senda de sus
caminos, de modo que, aun siguiéndolos a distancia, no los perdía de vista.
Murillo. ¡Sí, digo, que éste es mucho estudio y conocimiento de Padres!
Les ha bebido su aire, su estilo, su método, que no hay más que pedir.
Mera. Soy amigo de hablar con ingenuidad. No sabe este aprobante cómo se
tiene un libro, ni por dónde se abre la obra de un Santo Padre. Pero, aun dado
el caso que los hubiese manejado, digo, que no es para genio tan limitado,
hacer cotejo de sus estilos, discernir su método, inculcar su carác-ter
comparativamente; y mucho menos es para Blancardo hacer paralelo del método que
gastaron los Padres con el que gastó el Doctor Don Ramón de Yépez, en su
oración. Concibo mayor la dificultad, cuando me acuerdo que sobre el estilo de
un solo Padre se han engañado o padecido embarazos y dificultades los hombres
de la mayor sabiduría y del juicio más exquisito, penetrativo y diligente.
Todos los blancardos, por más que miren como a su más terrible adversario a
Erasmo, no pueden negarle haber sido el mayor talento y el mejor genio de su
siglo. Este, pues, que (como en otra parte hemos insinuado), se versó en la
lectura, estudio y traducción de algunos Padres griegos; especialmente de San
Crisostomo, dice, que sus homilías so-bre los Hechos apostólicos, no son de
este Padre, y se explica como lo oirá Vm. fuertemente en las palabras
siguientes, que vienen en la carta a Tons Tallo: Ex Chrisostomo in acta
verteram homilías tres; cujus opera
me paenituit, cum nigil hic viderem Chrisostomi. Pió tamen hortatu
recepi codicem in manum; sed nigil unquam legi indoctius. Ebrius ac stertens
scri-berem meliora. Habet fulgidos sensiculos, nec eos potest commode
explica-re. 78 Pero el doctísimo abad, Jacobo Billio, sabio, de un gusto muy
delicado y muy sano, decide que dichas homilías son propias de San Crisóstomo.
Oiga Vm. sus palabras: Graeco códice nihil fingi potest élegantius, nigil quod
Chrisostomi phrasim melius referat. 79 ¿Qué le parece a Vm., caballero mío; y a
Vm., mi Doctor Murillo, qué le parece de estos pasajes, de estos sapien-tísimos
escritores? Mas, ya se puede leer: ¡adelante!
Blancardo. Digo, que (acerca de los solos deseos del orador en imitar a
los Padres), esto mismo confesará todo el que quiera hablar siempre sin
preocupación y sin envidia.
Murillo. Probémosle: esto mismo confesará pedante, jactancioso y
arro-jado, a todo el que quiera hablar por hablar, sin precaución, sin lectura,
sin estudio, sin tino, sin conocimiento de la materia. Todo el que quiere
agarrar-se de una aprobación infeliz, para querer parecer gente. No lo ha de
ser con quienes le conocen lo que estudia, y mucho más lo que alcanza.
Mera. Ese no es argumento, pasemos adelante.
Blancardo. La verdad está patente a los ojos de todos.
Murillo. Por obedecer a Vm., mi Señor Doctor, no digo nada, sino que es
así que nosotros hemos hecho patente la verdad a los ojos de todos.
Mera. Nada puedo decir en pro ni en contra de la oración. Algún día la
leeré, y es verosímil que cuando dé un salto a Quito.
Blancardo. También ahora aseguro que sobre las y adichas cosas: No hablo
de memoria, ni quiero que se me crea sólo sobre mi palabra.
Murillo. Había de decir mejor, no hablo de entendimiento, ni de cosa que
lo valga. Eso de que no le creamos por sola su palabra, no es preciso que nos
lo ruegue y advierta, déjelo de cuenta ajena; pues, a cualquiera le estará bien
no creerle nada, y mucho más si le promete darle sus votos y sacarle de
Provincial.
Mera. La hipocondría me ha insultado, es fruto de los gruesos manjares
de estos días de Pascuas de Navidad; y así me repugna y oigo con disgusto estas
sus agudezas, Doctor Murillo. Déjele Vm. que siga nuestro caballero sin
interrupción.
Blancardo. Sí, dueños míos dilectísimos, acabemos la lectura.
Murillo. Tenga la mano y gaste cada cual de su humor, a haga ese papel,
que aunque está viejo de tanto que le manoseamos, yo veré cómo irle leyen-do y
glosando.
Blancardo. Helo aquí, tómelo Vm., suéltole con gusto; así pudiera
de-senredarme de ser yo, por mal de mis pecados, su autor.
Murillo. Dice, dice. ¡Válgate por anteojos, y que empanados están! No
así mi vista del alma que se ha vuelto más perspicaz que de un lince. Dice,
a DC: humor. Venga ese
ya veo: La oración de que trato se da al público (¡será por tu
aprobación, bendito! Enmiendo y digo, es por tu aprobación, porque habla de
presente su, la). "El que verá que la fecundidad del espíritu de su autor
no ha queda-do en los botones y flores, sino que se adelanta a los frutos más
sazonados." En este se adelanta, ha tragado Moisés un verbo, lo dejó sin
duda en el tintero; deberá decir: sino que se adelanta a producir los frutos
más sazona-dos. Y también, aunque lo hubiese dicho bien, lo ha dicho con
impertinen-cia, después de haber expresado arriba mil sublimidades y primores.
Voy adelante: "Que su vivacidad no para en brillar, sino en
alumbrar." (No quiera Dios que nuestro Moisés sea de los alumbrados de
España). Ya ve Blancardo, quién sabe con qué luz, que no es buena la
imaginación fértil y brillante, si no alumbra. Pero también es matraca,
habiendo expuesto antes estos requiebros: solidez de pensamientos, sentencia
que brilla (y ya van tres brillantes), majestad de su elocuencia, fuego
sagrado. ¿Mas, dónde estás rengloncito? ¡Ah! aquí está, dice: "Que la
belleza de su elocución no pende de los aliños del arte, ni de los adornos de
una vana ostentación de voces (voces al aire), sí de la propiedad animada del
celo con que. . . "
Mera. ¿Cómo es eso, cómo es eso?
Blancardo. Ha dicho bien, y sin faltar nada, que así lo escribí en mis
borradores.
Mera. Pues, ha escrito Vm. muy mal y sin entender lo que ha escrito.
Toda elocución bella, pende de los aliños del arte, y sin esto ni puede haber
belleza, agrado ni primor. Todo el negocio, aunque dificilísimo, es que este
arte sea justo, metódico, bien trazado y hecho según las ideas de un verda-dero
bello espíritu, y según las nobles cualidades del buen gusto. Este mis-mo arte
enseña que el demasiado aliño, que un artificio buscado con dema-siada
solicitud, que el adorno afectado, son contrarios a la óptima elocución. El
mismo nos da reglas para evitar la negligencia, la sequedad, la falta de gracia
y el desaliño de la elocución en las obras de espíritu. En huir, pues, de estos
extremos y hallar el justo medio, consiste el uso de las buenas reglas del arte.a
Tú, Blancardo (déjeme Vm. hacer esta brevísima digresión), tú, Blancardo, que
has dado en una retoriquilla blancardona una pobrísima y afectadísima oración
de un Prebendado de Quito, por modelo de oratoria; tú, que leyendo a mi
Luciano, antes de predicar tu sermón de Santo Domin-go, concebías que yo
persuadía a que todos predicasen en estilo ramplón, abatido y de vejezuela,
entiende bien cuál es mi concepto, cuál mi deseo, cuál mi intención, por estas
palabras y estas proposiciones.
Murillo. ¡Bueno es que Vm. predique en desierto! ¡Ni aunque oyeran, qué
fruto había b de sacar Vm.! Para esto
solo, no ha de hallar Vm. arte, Mera. Pues, el de la Retórica, le aconsejan, le
tienen y practican los Pa-dres en sus oraciones y en todos sus escritos. La
simplicidad de sus discur-
DC: arte. Sal azar de mis
coloquios a este teatro (déjeme Vm. hacer esta brevísima digresión). Tú,
Blancardo, que has dado...
DC: habrá
sos, está igual y sombríamente adornada de una gracia que agrada a los
lec-tores, y que, sin duda, agradó, y atrajo a los oyentes de su tiempo. San
Gregorio Nacianzeno, no sólo nos ha sugerido con sus palabras a estudiar este
arte, sino que nos lo ha recomendado con su ejemplo, peregrinando y pasando
mares, por buscar maestros y por adquirirle. Y cuando ha juzgado que le poseía,
habla de él como que es su alhaja, su prenda, su parte; y le dedica como don
precioso al Sumo Bien y dador de todos los bienes. San Crisòstomo, en el lugar
que alegamos en nuestra conversación séptima acerca de la doctrina que debe
tener el sacerdote, persuade el conocimiento y uso de la elocuencia, y dice que
ella debe ser en boca de un obispo y de un pastor, lo que la espada en mano de
un esforzado y valiente capitán, esto es, manejada y usada con arte. Sobre
todo, como en nuestra conversación nona traigo, para autorizar mis
pensamientos, el largo pasaje del Padre Ma-billón, observando que este monje
sabio recomendaba a San Crisòstomo, San Agustín a y San Bernardo, y los llama
justamente los cuatro doctores de los predicadores, fue preciso que los viese,
y con más particularidad a San Agustín; porque sus libros de Doctrina
cristiana, son los más recomendados. Para que Vms., Señores míos, oyesen lo que
este Santo Padre dice a mi pro-pósito, sería necesario transcribir o repetir
aquí todo el tratado. Tal es mi juicio, que, habiendo tocado este punto, todo
él me parece precioso, opor-tuno y digno de que se leyera de principio a fin. Por
aquí podrá observar todo el mundo, cuál habrá sido la lectura que ha tenido
este nuestro ca-ballero en los Padres.
Murillo. Nullus, nulla, nullum por brevis et breve y Blancardus
Blancar-di. Voy ahora a una racional conjetura. Vio, pues, el pobre Blancardo
que el día de hoy se estaba a costa de Luciano meneando duro a los predicadores
floridos y pomposos, y vino a dar en el extremo de no requerir arte para la
elocución. b Ni más ni menos otro Blancardo, de puños almidonados (que se había
puesto no sé qué cogulla, que dicen malas lenguas, trae Vm. al prin-cipio de la
nona conversación, ajustándola a su cabeza), también se fue al otro lado. Vm.,
pues, había dicho (ya algo me acuerdo), que alguno asegu-raba no era necesaria
la Santa Escritura para la elocuencia del pùlpito; ¿y qué sucede? Que, como si
la reprimenda fuese en derechura a su ¿qué diré merced o señoría?: todo lo es),
majestad, se le convirtió en sustancia, y quiso salir enmendado en un sermón
que dijo. ¡Dios se lo pague por la bue-
DC: San Agustín, San Gregorio y
DC: elocución. *
Nota marginal de Espejo:
Como el sujeto no tiene ya que perder pues ha dado seis disparatorios a la
prensa por sermones. Ya se le debe nombrar aquí y decir que es el magistral Sr.
Dn. Maximiliano Coronel. Y que la oración de ciego que con nom-bre de Sermón de
la Nube dijo en la Iglesia catedral de esta ciudad y que no ha dado a la
estampa fue un cúmulo de centones de lugares de la escritura: como que el
producirlos como él acostumbra sea lo mismo que saberla o pudiera deshacer una
pro-posición que aseguro con la verdad de un hombre de bien que la profirió en
la celda del R. P. M. Aus mercedario y que la especie se divulgó en esa
Recoleta, y algunos religiosos conservan aún la memoria de la proposición.
na intención, pero se fue por los extremos, porque volvió toda la pieza
ser-monaría un compendio de la Biblia con todas las concordancias, con que a mí
se me dice (asegura la historia secreta de los pensamientos en su leyen-da),
que no usó la Escritura! Pues, yo le haré ver al mundo entero detrás la celosía
de una nube, cómo la encajó toda. Así lo hizo, y yo se lo oí en las vísperas de
emprender este viaje a este lugar.
Blancardo. Amigo mío, mal de muchos, consuelo de discretos. Dígame Vm.,
¿quién es este mi compañero? ¿Y qué sermón predicó?
Murillo. Ni uno ni otro digo, aunque me lo mandara el Emperador
Maximiliano y me lo dijera desde el trono de una nube; porque, para que no
rabien muchos buenos hombres y me quieran cazar como si yo fuera blanco de la
cetrería o alguna paloma torcaza, he prometido a mi paciencia de no nombrar
alguna persona; y este silencio será ena mí muy prodigioso, por-que: Muta
cicada pro miraculo est.180 Lo que sí diré y no tengo escrúpulos, que a nadie
le está bien, sino yéndose por el justo medio, y que a cualquie-ra Blancardo
del estado o gremio que fuere In vitium ducit culpae fuga, si caret arte. 81
Pero no olvidemos la segunda parte de la proposición de Moi-sés; pues, veo que
es toda ella una azucena, tal está ella de cándida.
Mera. Téngola presente, y dice: Ni de los adornos de una vana
ostenta-ción de voces.
Blancardo. ¿Y qué le parece a Vm. cláusula tan bella, expresión tan
galana?
Mera. ¡Que me causa pasmo! ¡Es maravilla! ¡Ah! ¿Y que esto diga un
hombre que se tiene y se canoniza en su aprobación por sabio? ¿Un ex-proteo, un
examinador sinodal, un Padre Maestro de campanillas? ¿Cuándo, y en qué tierra
de instrucción, cuándo para los inteligentes en la buena re-tórica, para los
bellos espíritus, para los que conocieron el verdadero buen gusto, y aun para
todos los patanes, pero de maduro juicio, fue belleza del decir la belleza que
pendía de los adornos de una vana ostentación de voces?
Murillo. Solamente lo fue para mí cuando hacía versos azucénicos.
Tam-bién lo fue para todos los Gerundios, y ahora para estos mismos, con
nom-bre más honorífico de Blancardos, a quienes he dado en parte hereditaria,
todo, todo mi caudal de voces, de palabras, de pensamientos y obras poéti-cas,
como ya lo ha visto Vm., Señor Doctor, en los sermones de San Pedro Nolasco, de
San Dimas, de b la Virgen de las Mercedes y de Ceniza, con toda su perspectiva
y todo su.. .
Mera. Aguarde Vm. un poco; pues aún no había acabado de repetirle la
cláusula. Ella decía, si no me engaño: Si de la propiedad animada del celo.
DC: en mí prodigioso
DC: del de la Virgen de las Mercedes y del de la
Virgen de Ceniza
Murillo. No le entiendo. Propiedad en lenguaje blancardino ya sé lo que
quiere decir; pero esta muerta o viva, animada o exánime propiedad del celo, no
3 sé lo que es. Y por cierto que será buen capítulo y buena elec-ción, si al
solo voto de la propiedad se debiese la belleza de la elocución. Será nulo todo
el capítulo, por ser hecho con sólo un vocal. En fin, no entiendo cómo pende la
elocución del Señor Doctor Yépez, de la propiedad animada del celo.
Mera. Ni yo lo concibo, y apostara algo a que no lo entiende el mismo
Blancardo que lo escribió. Si quisiésemos tomarnos el trabajo de hacerle un
comentario, vendríamos a hacer ver, no solamente que ignora el arte de bien
decir, pero que ni aun ha leído entero algún compendillo de esos que llaman de
retórica por mal nombre. La belleza de la elocución, pende, según Marco Tulio,
de la elección de las palabras, de su dignidad, de su elegancia, de la
composición, acomodo de ellas. La propiedad es una sola de las calidades de la
elocución. No la habrá, si no concurren todas las otras. Bien sé que la oración
consiste en los pensamientos y en las palabras; pero es tan mutua la
dependencia que hay entre los dos, que no puede subsistir oración alguna sin la
sustancia interna de aquéllos, y sin la exterior gala de éstas. Véase
cualquiera retórica y háblese después de verla; y entonces, se podrá
deter-minar de cuál propiedad habla nuestro caballero, si de la del estilo, si
de las sentencias, si de las palabras. Pero siempre entiendo que la elocución
no depende de sólo la propiedad, esté ella animada del celo o animada de
cual-quier otro afecto, pasión o agente poderoso. Ya conocemos que lo que
ani-ma el estilo, lenguaje y carácter de Blancardo, es la impropiedad de las
vo-ces y la del mismo pensamiento.
Murillo. Pues, vaya en cuento. Quiso ser juez en el arte de cortar un
vestido, un estudiante moralistón, de esos que a todos les cortan; y llegando a
ver la gala que traía encima una petimetrina del país, exclamó: ¡Bravo vestido!
¡Valiente belleza! A fe que toda su hermosura no se debe a las tijeras, a la
vara, a las medidas, a la aguja, ni aun a las manos del sastre que le ha
formado, sino a la propiedad y adjuste con que se lo ha acomodado a su cuerpo
la mujercilla. ¿Vm. se ríe, le parece cuento? No hay que reírse, que ésta sí es
propiedad animada del celo. Vuelvo a mis anteojos.
Mera. Ea, diga Vm.
Murillo. Con b que, sin querer predicarse a sí mismo, predica con la
mayor pureza las verdades de nuestra santa fe.
Mera. ¿Qué embolismo es éste? ¿Hay algún paréntesis?
Murillo. No, Señor, sólo hay parentirsos, que varean, muelen y matan la
sana elocución.
Mera. Acertó en no ponerle para que fuese mayor la oscuridad de la
cláusula, y del todo no entendiésemos lo que quería decir. Pero la voy a
a DC: ni sé
b DC: "Con que,... santa
fe".
poner en claro. En primer lugar, le suplo el paréntesis donde
corresponde, suprimiendo las palabras que debían encerrarse dentro de él, y así
dirá de esta manera: La belleza de su elocución no pende de los aliños del
arte, ni de los adornos de una vana ostentación de voces, si de la propiedad
animada del celo con que. . . predica con la mayor pureza las verdades de
nuestra santa fe.
Murillo. Ni así con el paréntesis lo entiendo; porque ese: con que, y
ese con la mayor pureza, me estorban la inteligencia.
Mera. Pues, en segundo lugar, hago esta especie de enmienda o
correc-ción: "a a belleza de su elocución, no pende de los aliños del
arte, ni de los adornos de una vana ostentación de voces, sino de la propiedad
a quien ha animado el celo. Y así predica con la mayor pureza, las verdades de
nuestra santa fe."
Murillo. Todavía no hallo reposo. Y cuando Vm. llega a esa palabra
(propiedad), b me suena trunca la proposición, y juzgo como que se le quedó a
Blancardo alguna otra palabrita en el tintero. Cuando oigo: Con la mayor pureza
las verdades de nuestra santa fe, no sé qué me da en la muela del oído (por no
decir tímpano, que este latín será buena para los anatómicos barbones), que me
aturde y espanta.
Mera. Lo cierto es que Vm. tiene razón; y ahora advierto que debía decir
así: No pende de la vana ostentación de voces, sino de la propiedad de lenguaje
y de conceptos. Con estas dos palabritas, había determinado cuál fuese esa
propiedad. También noto que la expresión: con la mayor pureza, viene vaga e
indeterminada, porque tal vez, querrá decir pureza del castella-no, pureza de
expresión, pureza de pensamientos, pureza de imaginativa, pureza de intención,
y finalmente pureza de cuerpo y alma. Me parece que debería explicarse nuestro
Blancardo, de esta suerte: ¿Predica con pureza de ánimo y de elocuencia las
verdades de nuestra santa fe?
Blancardo. ¿Pero no oyen Vms., Señores míos, que determino esa pure-za,
que la doy su verdadero significado, que la coloco en el lugar más opor-tuno,
añadiendo más abajito: las verdades de nuestra santa fe?
Mera. Es verdad que lo oigo, pero eso mismo me induce a mayor
confu-sión. Porque si habla de la pureza que tienen las verdades de nuestra
santa fe, ha dicho una blasfemia y uno de esos discursos heréticos
blancardinos, que tanto relucen en sus sermones. Las verdades católicas, no
tienen ni más ni menos. No se puede decir grande pureza tiene la verdad de la
gracia san-tificante, mayor la verdad de la Encarnación y máxima pureza la
verdad de la Trinidad. Es igual, es uniforme, es una la pureza de todas las verdades
de nuestra religión santa e inmaculada. Como lo ha producido Dios, cual-quiera
que inculque y repita esa pureza siendo buen católico, la ha de decir
a DC: comillas omitidas.
b DC: (propiedad), me parece que quiere decir propiedad de celo que
sin duda
será algún ente de la razón de la lógica de Blancardo. Otras veces
cuando oigo (pro-
piedad), me suena...
como lo ha revelado el mismo Dios. Un hereje podrá mezclar a esa pureza
alguna infección errónea y pestilente; mas, no por esto en su esencia se altera
ni mancha la pureza de las verdades de nuestra santa fe. ¿Pero de un hereje, se
podría decir: predica con bastante pureza, o con la mayor pureza estas
verdades?
Blancardo. En la misma luz ha de hallar Vm. manchas, Señor Doctor:
bien dice el Padre Feijoo, que es más fácil destruir un edificio, que
edificarlo.
Mera. Expresión blancardina en el sentido del presente asunto y de otro
cualquiera literario. Para hacer una apología juiciosa, una impugnación doc-ta,
una censura justa, una crítica exacta, se ha menester más doctrina y más
talento que el que hizo la obra, digna de ser criticada. Vamos a nuestro
objeto.
Blancardo. Esto 3 era querer decir que el Señor Doctor Yépez predicaba
con la pureza b de la fe.
Mera. La proposición entonces suena a que el orador predica con la mayor
pureza, aquélla que tienen las verdades de nuestra santa fe. Y vea Vm. aquí,
que en un momento ha constituido nuestro Blancardo a la ora-ción fúnebre en
Evangelio o en Epístola canónica, que incluye en sí la dig-nidad, la verdad,
los misterios y pureza de nuestra santa fe, y las definicio-nes de la misma fe.
Veo igualmente, que el aprobante que, poco antes no quiso que fuese la oración
semejante a las de los Padres, ahora la pone en paralelo con las divinás
Escrituras, que tienen y enseñan la pureza de nuestra santa fe. Ahora, pues, si
quiso decir que con pureza (sea la que fuere), pre-dicaba el Señor Doctor Yépez
las verdades católicas de la fe, ha dicho un desatino. No hay duda que habría
expuesto una u otra verdad católica; pero no por esto es para equivocar una
oración, que se dirigirá a persuadir las virtudes del Obispo difunto con
elogios dignos de derramarse a presencia del Trono Augusto de un Dios tremendo,
con una carta de San Pablo, v. g., que tenía por objeto demostrarnos las
verdades de nuestra religión. En fin, no haría desde el pulpito un tratado
teológico, ni habría expuesto la explica-ción del Símbolo en una homilía, ni
habría de intento meditado, persuadido algún artículo revelado, o dogma
propuesto por nuestra Santa Madre Iglesia, sino que predicaría el elogio
fúnebre del difunto Prelado de la Iglesia de Badajoz, que parece no es materia
anexa a ninguna de las verdades de nues-tra santa fe.
Murillo. Con razón me latía el oído y me palpitaba el corazón. Acabaré
mi empleo de lector; pues, también se va a acabar el parágrafo con las
siguientes palabras, dice: En una palabra, vera una oración ajustada a las
reglas de la retórica cristiana. Punto acápite; y yo contaré de paso un bello
casito. Un Blancardo, muy presumido de elegante y culto orador, y mucho más
dado a lo que los buenos blancardos llaman cláusula, empezó su sermón
a DC: Este
DC: pureza de un católico
verdadero; sin querer predicarse así mismo sino con la pureza de la fe.
en cierta fiesta, de este mismísimo a modo: Aquel animal de puntas,
lascivo esposo de cabras. Oíale con atención nn jesuíta agudo, docto,
inteligente, uno de esos bellos espíritus que Vm. me nombró en más de dos
conversa-ciones; y lueguitito le formó la redondilla, justa y vivaz, en esta
forma:
Aquel animal de puntas,
Lascivo esposo de cabras,
Ha dicho en cuatro palabras,
Dos mil necedades juntas.
Mera. Vms. se olvidan que hoy es día de Pascuas, y aunque está buena la
conversación, pero es preciso ir a esperar en casa a los amigos, que ya se
recogerán a tomar la sopa.
DIALOGO SEXTO
Entre los mismos interlocutores
Murillo. ¡Nunca pensé tener tan buenas Pascuas! Una de las bondades es
haberme libertado hoy, que es día de San Esteban, de oír a mi condiscí-pulo
Tercites el sermón que tenía de predicar. Es tanta mi curiosidad de oír hablar
desde el pulpito, que no dudo hubiera asistido a escuchar a este varón, que no
suele acabar una sola oración primera de activa. ¡Gracias a Dios! ¡Gracias a
Dios!
Mera. No es muy fácil el hablar bien: fuera del genio, es preciso que
concurra el arte a formar la naturaleza. Ya vimos ayer cómo los Padres, y en
especial el Nacianceno, buscaron y aprendieron el arte de bien decir, que es la
retórica.
Blancardo. Por eso digo en mi aprobación, que, según ésta, la oración
fúnebre consta de tres partes, que son: alabanza, consolación y exhortación; y
ahora lo repito, porque sin muchos preámbulos volvamos a nuestra con-versación.
Murillo. Desde luego, entrando en ella, noto que cierta Retoriquilla de
un Don Manuel Merino, b es quien hace la tal división, y porque la ha visto,
¡éfeta!. . . que ella ha de ser retórica cristiana.
Mera. Me alegra muchísimo el que Vm. le haya cogido el autor que le
dirige; ya sabremos que escribe llevado de alguna autoridad. En verdad, que
solamente habrá visto aquella sola; pues, al ver otras no diría así, porque la
oración fúnebre que no es otra cosa que un elogio del difunto a quien se le
a DC: mismo
DC: Merino, escrita poca ha,
tiene Blancardo mío por retórica cristiana. El dicho Merino es quien...
tributa este obsequio, pertenece al género de elocuencia que se llama
demos-trativo; y éste, lejos de enseñar estas reglas que trae Merino, guarda
otras, las que dirigen su composición a la alabanza. Ahora, por lo que mira a
la oración, en general, ésta consta, según Cicerón, de cuatro partes, es a
saber: exordio, narración, confirmación y peroración. Y es no entender la
materia, decir que la fúnebre consta de tres partes: alabanza, consolación y
exhorta-ción. Diga, pues, Merino, si sucede (como muchas veces sucede), que la
oración fúnebre haga invectivas contra la muerte, diga entonces que consta de
cuatro, añadiendo por cuarta la increpación. Y así mismo constará de cien
partes, según Merino, la oración fúnebre, si toca otros tantos objetos de
aflicción, de execración, de vituperio a los vicios, de congratulación, etc. Si
hubiese leído a Quintiliano, o algo de Marco Tulio, ya hablaría con más
exactitud. Espántome que este autorcillo, que en su prólogo asegura que hizo
una compilación de los mejores autores que se siguen hoy en las escue-las, como
Heinecio y Colonia,82 hable con tanto desacierto. No he visto a Colonia, pero a
Heinecio le he leído todo su tratado intitulado. Funda-menta stili cultioris,
con las notas, a y ni en todo él, y más especialmente en el capítulo segundo de
Orationibus cunscribendis, ni en el siguiente de Pane-gyricis, que pertenecen a
la parte segunda, hay la tal división de Merino.
Murillo. Dice Vm. muy bien que no leerían ni Blancardo, amigo nuestro,
ni el español Merino a Tulio y Quintiliano. Y no será de dudar que éstos
traerán sus oraciones fúnebres que nos sirvan de modelo.
Mera. En verdad, que en Cicerón no hallo alguna completa entre todas sus
oraciones que se deba llamar fúnebre. De Quintiliano, tenemos solamen-te sus
declamaciones, que los críticos dudan sean de este maestro de retórica. Y por
lo que mira al orador griego, dice b lo que he observado pero a su tiempo. Lo
que conviene saber ahora es, que Cicerón y Quintiliano nos dan los preceptos
más metódicos para formarlas cuando hablan del género de-mostrativo y de las
oraciones laudatorias, al cual género pertenecen las fúnebres.
Blancardo. Luego, yo soy disculpable en cuanto digo; y más si (aunque
haya preceptos), no tenemos ejemplos prácticos en la antigüedad, por donde o
nos gobernemos para imitarla,c o a lo menos conozcamos si debe tener la oración
fúnebre las tres partes dichas, como enseñaba mi Merino.
Mera. Sí los tenemos, y nos conduce a buscarlos la verdad de la historia
de los griegos y de los romanos. En ella llegamos a saber el modo con que
elogiaron unos y otros a sus difuntos, sabemos que tomaron siempre (en los
principios de esta institución honorífica a los muertos), por objeto el elogio
de las virtudes militares, y de aquellos solamente que habían muerto en el
campo de batalla.
DC: notas de Género y en todo él,
DC: diré
DC: imitarlos
Blancardo. ¡Qué he de saber yo de estas antiguallas! Aunque es cierto
que me parece muy bien subir hasta allá arriba, para saber cuáles son los
constitutivos de una oración fúnebre, y el modo con que la dispusieron los
antiguos.
Murillo. ¡Oh! Y le gusta a nuestro Blancardo el que hable vuesa merced,
Señor mío. ¿Qué misterio tendrá esto, si será fábula o historia?
Mera. Historia es, amigo, e interesante. Oigala Vm. Los romanos (se
puede decir no sólo con verosimilitud, más aun con la verdad que presta la
cronología), han sido los que inventaron las oraciones fúnebres y antece-dieron
en su uso a los griegos. La primera que se dijo desde la tribuna, pues-to
elevado donde se pronunciaban las arengas, fue la que a presencia de todo el
Senado y del pueblo dijo el cónsul Valerio Publicóla,83 en los honores fúnebres
que se hicieron al cuerpo y memoria de Lucio Junio Bruto, su co-lega. Y ésta
fue anterior con diez y seis años aún a la célebre batalla de Maratón, después
de la cual se instituyeron en Grecia las primeras solemnes y públicas
ceremonias funerales. Así Pericles ha sido entre los griegos el que ha
pronunciado primeramente elogios a los difuntos. Dos ha dicho por orden del
Senado, y se ve su gran mérito, reconocido en Atenas, como lo nota Plutarco, en
el encargo de las oraciones de sus valientes soldados muertos. La primera de
este insigne político, retórico y militar fue la que hizo en las exequias de
los atenienses que murieron en la batalla de Samos, batalla a que el mismo
Pericles alentó, y a la que asistió conduciéndola en persona. No nos quedó de
ella algún fragmento, sino solamente la noticia de que la dijo. La segunda fue
la de los valerosos soldados que murieron el primer año de la guerra del
Peloponeso, diez años después de la primera; de ésta sí que te-nemos una copia
entera, conservada en las obras de su famoso competidor Tucídides; y ella está,
según los inteligentes, llena de pensamientos nobles y adornada de un estilo
puro y hermoso. Sería, sin duda, digna de aquel grande genio de la Grecia, a
quien tanto celebró Cicerón; y yo sé que en ella se determina a hablar
ventajosamente del amor a la patria, de las prendas, del valor y de la
heroicidad con que sacrificaron los atenienses la vida por la libertad y
defensa de su República. A a Demóstenes se le atribuye una ora-ción fúnebre
pronunciada en honor de los atenienses, aquéllos que él mismo esforzó a que combatiesen
contra Filipo, y que habiendo peleado valerosa-mente, murieron en Queronea,
pequeño lugar de la Beocia. En efecto, entre las obras de este orador griego
(que en aquella batalla cobardemente dejó el puesto y huyó), he visto la tal
oración, cuyo exordio se dirige a encarecer la dificultad que hay de elogiar a
los que terminaron sus días por amor de la patria en el combate. Pero no he
hallado en la historia monumentos seguros de que Demóstenes la dijese, y el
mismo Plutarco que nos trae su vida, si bien me acuerdo, no hace memoria de
esta oración. b Ella desdice del genio
a DC: Párrafo nuevo: A
Demóstenes
b DC: oración, encarecimiento;
aunque es verdad asegura, que la dijo y que él
fue escogido para pronunciarla.
Ella desdice
de tan grande orador, debiendo ser una de sus mejores piezas; y desde
lue-go, Libanio, viéndola fría y desigual, niega que ella sea de Demóstenes.
Murillo. Cuenta con lo que Vm. acaba de decir; cuenta, cuenta y vaya de
chisme. Nuestro caballero Blancardo, habiendo leído el Nuevo Luciano, fue
preguntado acerca de su mérito en diversas ocasiones. Buenos historia-dores
aseguran que prometió impugnarle valientemente, sin duda como De-móstenes en el
campo o batalla de Queronea; pero lo que asegura la historia de sus dichos y
hechos es, que en una ocasión dijo que Vm. había sido un ladrón de la Historia
de Fray Gerundio, y alguna vez había dicho que de no sé cuál tomo de Rollín.
Ahora, pues, me acuerdo tal cual, que algo he leído en el dicho Gerundio, o por
mejor decir, en la parte segunda de su historia en boca de un Abad, acerca de
esto de oraciones fúnebres de griegos y ro-manos; y habiendo oído a Vm. lo que
ha dicho, se confirmará Blancardo en su juicio o en su locura.
Mera. No le dé a Vm. mucho cuidado de estos lectores de libritos
boni-tos, a cuya lectura entran, no por el motivo de la doctrina, sino de
pasatiem-po y de la diversión. No le dé cuidado digo, y vea Vm. aquí que
satisfago a esos escrúpulos cumplidamente. Dice el Padre Isla (será yerro de
imprenta), que una de las oraciones fúnebres que se leen en toda la antigüedad,
es la de Lucio Junio Bruto; pues, ya ha oído Vm., que en las exequias de este
cónsul, dijo su colega Valerio Publicóla el panegírico fúnebre. Y hablando de
los griegos nada dice el Padre Isla sobre Pericles; y Blancardo ya me oyó que
he hablado de sus dos oraciones, la una de los muertos en la batalla de Samos,
y la otra de los que murieron en la batalla contra los Lacedemonios, en el
primer año de la guerra del Peloponeso. Ahora, pues, si se examina con un poco
de más atención lo que dice el Padre Isla, se hallará lleno de os-curidad, de
equivocación y de defectos históricos. Es esto lo que ocurre advertir para
preocupar los pobres juicios y alcances extraviados de nuestro Blancardo, a
quien es preciso decir también que busque las fuentes a donde bebo, para poder
hablar y tener voto. Y ya estamos con alguna tinturilla acerca de las oraciones
fúnebres de la más remota antigüedad.
Murillo. No haya miedo que yo las lea; y aunque estuviesen escritas en
purísimo romance y con tamañas letrotas de la imprenta de Amberes, que no me
obligasen a sacar mis anteojos, no leyera las dichas oraciones, porque Vm.
asegura no traen más que elogios de las hazañas militares y de esa prenda, que,
como soy gallina, no conozco, y se llama valor: si estando en romance no las
leyera, ¿qué será si están como lo temo, en latín, en griego o en calabaza?
Mera. Es verdad que los romanos, al principio, y los griegos siempre,
determinaron las alabanzas a las virtudes militares y a los muertos en
cam-paña; pero los romanos a después las dirigieron también a todo mérito
so-bresaliente en la política, en las letras, en el desempeño de los cargos de
la
a DC: romanos mismos
magistratura y en el servicio hecho a beneficio del Estado y de la
República. Lográbanlas, en efecto, todos aquellos que tuvieron aquel mérito,
aunque hubiesen muerto pacíficamente en su propio lecho. Entre las leyes de las
Doce Tablas, tenemos un precioso monumento que nos advierte de esta cos-tumbre,
y es la ley noventa y tres, que pertenece ya a la décima tabla, y se comprende
en estos términos: "Cuando hubiere muerto algún ciudadano recomendable en
la República, que se canten públicamente sus alabanzas en sus funerales, y que
a ellas se añadan versos lúgubres con acompañamien-to de flautas."
Murillo. Esta erudición la aprendería, sin duda, del Señor Montiano, un
dependiente suyo muy jocoso, que por estrevillo nos metía siempre: Y esto será
con música de tristes flautas. Dejando esto, digo, que alabasen como alabasen a
sus muertos los romanos y los griegos, no leyera sus oraciones, supuesto que
estén escritas; porque, ¿qué ejemplo nos darían unas oraciones profanas? ¿Cómo
ellas nos servirían de modelos para hacer hoy los elogios de nuestros buenos y
cristianos varones? ¿Y cómo imitándolos, nos atreve-ríamos a pronunciarlas,
como dicen los franceses, al pie de los altares y en medio de los divinos
misterios?
Mera. Pues, esas oraciones, y por mejor decir los preceptos retóricos de
Cicerón, ya especulativos y ya prácticos, son los que dirigen más bien a formar
este género de panegíricos. ¿De dónde le parece a Vm., que nues-tros oradores
modernos los hayan perfeccionado casi hasta el último punto a que pueden
llegar, si no del uso y estudio de los antiguos oradores de Grecia y Roma? No
hay elogio más expresivo y elevado en honor de ese torbellino de elocuencia del
Señor Flechier, que aquel que en el breve rasgo de su vida, le dice, que ya que
no igualó a Cicerón, se acercó mucho a su modo de decir. Ya vemos en cuánta
estimación está la oración del Cardenal de Fleury, dicha por el Padre Neuville;
y no tuviera alguna, si él no la hubiera formado según la elocuencia y
bellísimo estilo de Plinio el menor,84 especialmente en su panegírico a
Trajano. 85 Los mismos Padres, que, aunque como dice Fleury, y los buenos
críticos aseguran, no son comparables con Demóstenes y Cicerón, son admirables
en su elocuencia, en particular, si ésta se compara con la que usaron los otros
oradores de su siglo. San Basilio es más elocuen-te que Libanio,86 y San
Ambrosio más que Símaco. Pero esta ventaja les resulta a los Padres si no de
sus más prodigiosos talentos, de la mejor educa-ción con que se formaron en las
obras de los gentiles. Si bebiéndola en sus fuentes se quedaron oradores de muy
inferior mérito a esos príncipes de la oratoria, ¿qué hubiera sucedido si no
las bebiesen provechosamente? Por eso, si Vm. o cualquiera, por mi pobre dictamen,
hubiese de decir un pane-gírico fúnebre, haría muy bien de ocurrir a estas
obras primorosas de verda-dera elocuencia.
Blancardo. ¿Y los Padres, que tanto los recomendó Vm. en su
conver-sación nona de su Luciano, predicando como un Tertuliano, cómo ahora, a
manera de paganote, los abandona, por entregarse (déjeme Vm. usar de
esta voz dilecta de mis hermanos blancardos), a la sabia etnicidad?
Mera. No quiera Dios que los abandone, soy su más reverente venera-dor;
y ahora mismo no dejo de recomendarlos con todo mi corazón. San Gre-gorio
Nacianceno ha sido el primero que en la Iglesia de Dios ha pronun-ciado
oraciones fúnebres. Nos las ha dejado completas en sus escritos, y es porque el
uso de estos elogios se introdujo entre las costumbres de los cris-tianos a
principios del siglo cuarto. San Gregorio de Nisa y San Ambrosio las han dicho,
y las tenemos guardadas en sus obras. Y desde luego, como nos hacen ver en su
mayor esplendor, dignidad y hermosura las virtudes cristianas y el sistema de
la moral evangélica, los debemos leer y estudiar mucho. Así estudiemos a los
paganos para ser buenos oradores, y a los Padres para ser cristianos oradores.
Blancardo. Temería leer a los paganos, porque no viciasen mi elocuen-
cia.
Mera. Aun ellos hablan muy bien de las virtudes morales. Cicerón,
ex-plicando los géneros deliberativo y demostrativo, en el libro segundo de la
Invención retórica, y especialmente desde el número 53, trata dignísimamen-te
de la virtud, refundiéndola en sus cuatro partes: Prudencia, Justicia,
For-taleza y Templanza. ¡Oh! ¡qué felicidad! ¡Y qué consuelo! ¡Hallar en el
prín-cipe de la elocuencia las reglas y el ejemplo, la doctrina de las virtudes
y el sabio lenguaje de hablar de ellas! Pero en los Santos Padres se hallan
des-critas vivamente aquellas otras nobilísimas que ellos mismos practicaron, y
que estaban reservadas al conocimiento y uso de sólo los cristianos, porque la
moral pagana por más elevada que fuese así en Cicerón, y lo que es aún más
sublime en Platón y en su mismo virtuosismo maestro Sócrates, no llega a la
sublimidad y excelencia de la evangélica. Y es preciso que confesemos, para
sonrojar, confundir y abatir el orgullo de la razón humana, que los sabios del
paganismo, virtuosos como fueron, ignoraron ciertas virtudes, y mirándolas como
por reflexión y entre sombras les deshonraron con la or-gullosa y torpe
conducta de su vida. Dios, pues, como nos enseña el Apóstol, los había
abandonado al uso de sus depravadísimos sentidos, a su execración y a su
torpeza, en castigo de no haber publicado las mismas verdades que de algún modo
conocieron, y en pena de que no las pusiesen en su mayor claridad y dado con
ellas el debido homenaje al Ser Eterno; que, conociendo, no quisieron honrarle
con todo el culto que sabían e inferían que les corres-pondía. ¿Cuándo Cicerón
mismo podría abrir sus labios para articular las voces oración, castidad,
caridad, humildad y mansedumbre? Pero oigan Vms. a San Gregorio de Nisa, con
qué energía alaba por estas virtudes a Plácida, Princesa ilustre y grande por
su piedad. "Ella fue (dice), el ejem-plo del pudor y de la modestia, la
imagen de la dulzura y de la humildad, el modelo del amor conyugal, el tesoro
de los pobres, la gloria de los altares, el esplendor y el ornamento del
Imperio."
Murillo. Entiendo ya, que con el estudio de los paganos, se hablará
elo-cuentemente, y si se añade el de los Padres, cristianamente. Además de
esto, juzgo, que, si imitando a los Padres se siguió después en la Iglesia de
Dios, la práctica de las oraciones fúnebres, se predicarían éstas poco más o
menos.
Mera. En los siglos posteriores se corrompió esta práctica laudable.
Por-que el objeto era no sólo el que pudiese dar alguna idea del buen ejemplo,
sino muchas veces el que sólo representaba la imagen del escándalo y de la
prostitución. Por el orador, era desde luego, un bárbaro declamador, revestido
de artificio, de la lisonja, de la falsedad y de la ignorancia de la retórica.
Por el fruto, era la ruina de la sana y verdadera elocuencia, y aun mucho más
de las buenas costumbres. Todos los institutos más útiles a la sociedad,
dege-neran en corruptelas.
Y lo que no se introdujo sino en favor de los personajes recomen-dables
(son palabras de Terrasón en la nota a la ley que poco ha cité, y hablando de
las costumbres de los romanos) pasó muy luego al común de los ciudadanos. Los
hijos quisieron hacer los elogios de sus padres, y los padres los de sus hijos.
Viéronse también que las mujeres subían a la tribuna de las arengas para hacer
en ella el elo-gio de sus maridos, y en muchas ocasiones se vio a los romanos
que hacían oraciones fúnebres, para honrar la memoria de las mujeres ilustres.
Pero dejo a los historiadores (añade a nuestro propósito), el cuidado de
referir todos estos ejemplos, y me contentaré con notar que no se podía nunca
hacer una oración fúnebre, sin obtener antes un senatus a consulto que la
permitiese.
Observen Vms. cómo en el mismo paganismo hallamos monumentos de los
abusos en punto de estos fúnebres obsequios a los difuntos. Pero Platón, por lo
que toca a la Grecia, nos hace concebir a qué extremo de ridiculez llegarían
estas ceremonias; pues, su Menexeno no es más que una burla preciosa de las
oraciones fúnebres. Así lo concibe, y sine, digo que no tengo entendederas.
En su diálogo, pues, intitulado el Menexeno, introduce a Sócrates,
preguntando a Menexeno si venía de la plaza. Responde Menexeno que sí, y añade
que también del Senado; porque había oído que se debía elegir a alguno que
debiese elogiar los muertos. Búrlase Só-crates muy disimuladamente, y dice que
juzga serían escogidos Ar-quinoo o Dion. ¡Oh! Menexeno, le dice después: a
muchas gentes les parece cosa excelente morir en la guerra, consiguiendo
sepulcro honrado y magnífico. Y si hubiere muerto algún pobre y algún vil,
consigue alabanzas y ser elogiado de los hombres sabios, los que no
a DC: senado consulto
temerariamente, antes sí con oración compuesta y preparada desde mucho
tiempo, así excelentemente le alaban, de modo que mientras predican de alguno
las cosas que son, con hermosísima diversidad de palabras, encantan todos
nuestros entendimientos.
Todas estas son, a mi corta inteligencia, unas delicadas ironías. Pero
más abajo están otras más perceptibles, y últimamente hace maestra de Retórica
y formadora de oraciones fúnebres, a Aspasia; ridiculiza por ella a Pericles, y
en suma, hace que Sócrates acordándose de una oración fúnebre compues-ta por
aquella docta griega, la repita entera, para burlar con más espíritu este
género de oraciones. Ahora que he traducido estos pasajes de este an-tiguo
sabio, me acuerdo que Fleury es del mismo dictamen; y cree que es una burla
finísima de las dichas oraciones. Pueden Vms. leer el discurso sobre Platón,
que escribió este docto y erudito Abad.
Murillo. ¿Pero qué, Señor Doctor, acabadas las oraciones de los Padres
no tendremos otros buenos modelos que imitar?
Mera. Ya haremos memoria de ellos. Vm. advierta siempre que desde el
sexto siglo de la Iglesia (como hemos reflexionado algunas veces en nues-tras
pasadas conversaciones), se fue perdiendo el buen gusto para la santi-dad y las
letras. Pero desde fines del décimo quinto siglo, se empezó a refor-mar aquel
abuso de las oraciones fúnebres; y en los días más inmediatos a nuestra edad,
llegó al auge de su dignidad y gloria la oratoria sagrada, y mu-cho más la
admirable belleza de los panegíricos fúnebres. En Francia, prin-cipalmente, que
ha sido y es el teatro de las ciencias, la restauradora de la antigua
elegancia, y la depositaría fiel de la verdadera elocuencia, es donde se ven
con más frecuencia elogios de esta naturaleza. Poseídos los franceses del
espíritu de gloria, honran la memoria de sus difuntos, de aquéllos que fueron
útiles a la profesión literaria con su eminente doctrina, al Estado con sus
consejos o con sus hazañas militares, y a la religión con escritos
instruc-tivos o con su vida edificativa.
Blancardo. Me alegro que tengamos hoy estos modelos. Con eso sabre-mos
que también en los funerales hemos de oír predicar a la francesa; y yo tendré
mucho cuidado, desde este día, de dejar a Leonardelli, y de leer cuan-tos
elogios fúnebres pudiere.
Mera. Será bien que Vm. los busque y lea; y será mejor que se predique
en aquel método francés, porque español no he visto (y he leído algunos), ni un
solo panegírico fúnebre con bendición. El Padre Isla se acuerda de algunos de
los Padres Vela, 87 benedictino y Osorio, jesuíta, y los aplaude sobradamente;
quién sabe lo que serán. Pero por lo que mira a su deseo de leer a los
franceses, dígole, que lo haga con discernimiento. Ailleurs, Neu-ville,
Bourdalue, Masillón, Mascarón, Fenelón, Flechier, Bossuet, tienen ora-ciones
que se pueden predicara a los muertos a presencia del Dios vivo y
a DC; dedicar
dentro del santuario, porque nos edifican y mueven a la imitación de
muchas virtudes cristianas. Estos oradores nos manifiestan a sus héroes más por
el lado que fueron beneméritos de la religión, que de sola la sociedad. El
Señor Bossuet, el Señor Tomás, el Señor Fontenelle 88 y otros que he visto, que
han dicho elogios de sus socios académicos, y vienen en la Historia de la
Academia Real de las Ciencias, los han formado propios para pronun-ciarlos
fuera del santo templo, o dentro de sólo las academias. Porque, éstos alaban
aquellas virtudes con que fueron beneméritos sus héroes de la Repú-blica y de
la sociedad. También debe Vm. advertir el género de elocuencia que gastaron
estos sabios en estos elogios. Aquellos primeros a que referí, usan del sublime
y patético en un grado eminente; y en este excelente decir es en el que se han
aventajado Bossuet y Fenelón; aquél con un baño de más doctrina, éste con una
tintura de mayor gracia. El editor de las obras del celebérrimo y doctísimo
Bossuet, dice en uno de sus prefacios, que era este prelado tan sobresaliente
en este género de composiciones, que tenía un entusiasmo casi poético, propio y
característico de ellas, para conmover vivamente las pasiones y los afectos. b
Y, a la verdad, deben vestirse de este distintivo, y ser en su género admirable
y causar un linaje de estupor y de asombro, para que sean perfectas. Aquí,
verdaderamente se ve lo que es el orador, se conoce lo que es la elocuencia;
porque, cuando mueve, conturba, sobresalta, entonces se ven los triunfos del
uno y de la otra; y sin esto, no bastantemente los del Señor Bossuet. Flechier,
todo florido, adornado, her-moso y atractivo que es, no llega a pensar tan
noblemente como pensó Bossuet. ¿Cuán atrás se quedaría el Señor Lafitau, a
quien tanto celebra el Padre Isla por haberse asemejado a Flechier?
Blancardo. Así es que este satírico Padre y enemigo de los regulares, en
la parte segunda de la Historia de su Fray Gerundio alaba a su hermano cuando
fue Padre Lafitau, y a su devoto cuando fue Señor Lafitau, Obispo de Sisterón.
No puede menos que ser tan grande hombre como nos lo pinta el Padre Isla.
Mera. La verdad es, que ni ha llegado a la valentía siquiera del Padre
Bourdalue, no obstante que este Padre, habiendo ejercido con frecuencia la
varia elocuencia del púlpito, confiesa en el exordio de la oración fúnebre de
Enrique de Borbón, Príncipe de Conde, que era nuevo en este género de
composiciones. Pero en todos éstos hay un primor muy excelente. Los auto-res de
los elogios fúnebres académicos usan de un estilo moderado y sencillo, y toda
su elocuencia es simple, aunque al mismo tiempo adornada de mucho espíritu. Tal
es el Señor Bernardo Fontenelle en los elogios de tantos litera-tos, no
solamente de Francia, sino también de Inglaterra, de Alemania y
a DC: primores
DC: afectos. Debía ser así, porque según una
anécdota del Sr. Abad Frublet
de la Academia Real de Ciencias y Bellas Letras de Prusia, el Sr.
Bossuet leía a Ho-
mero para prepararse a componer sus oraciones fúnebres y su Historia
universal. Y, a la verdad,
Holanda. Tal es el Señor Bossuet en el del muy sabio y modesto Señor
Rollín.
tales los panegiristas,a
cuyas pequeñas composiciones se estampan fa en la Historia de la Real Academia,
contra las que se muestra rígido y (me atre-veré a decirlo), poco inteligente
el Barbadiño, aseverando que tales elogios son meras historias sin artificio
alguno, y que no son obras en el género oratorio, ni son para imitarse. Pero el
Señor Tomás ha formado unas ora-ciones dignísimas por el género sublime, y a mi
pobre juicio son sus mejores piezas los elogios del Delfín de Francia y de
Descartes que están en el se-gundo tomo, y el de Sully, que es el último del
primer tomo. Con este breve rasgo de historia que hemos corrido, venimos a ver
que estuvo ese autorcillo Merino lejos de tener algún conocimiento del modo con
que formaron los bellos oradores citados sus elocuentes panegíricos. ¿Cuál será
el que ten-ga el aprobante que a ciegas le siguió? Mas, vamos al papel, que ya
se me había calentado el pico y no sé, si gane a Vms. por él, o merezca su
mayor encono.
Blancardo. ¿Cómo ahora me atreveré a repetir las siguientes palabras?
Pero si es éste mi destino, aquí están: Venga ahora a la censura la critica más
delicada, y muéstrenos en cuál de éstas tiene alguna sombra de defecto la que
tenemos presente.
Murillo. La mía ruda o vivaracha, grosera o delicada, no irá ni vendrá a
meterse en mostrar dónde está la alabanza, dónde la consolación, dónde la
exhortación; y mucho menos en cuál de ellas hay o no sombra o luz, oscu-ridad o
claridad. Me ha dado mucha gana de prescindir.
Mera. Hace Vm. bella y prudentemente. Y yo protesto no tomar el sermón a
la mano para leerle, o leerle cuando esté en Quito, para alabarle. Pero vamos a
nuestro Blancardo y su autorcillo. Si la oración fúnebre ha de constar de las
tres partes referidas, dígaseme, ¿a dónde o en qué lugar de ella ha de venir la
alabanza? ¿Dónde o cómo la consolación? ¿Y en qué circunstancia, o en qué parte
la exhortación? Cuando no vamos a los anti-guos maestros de la elocuencia, sino
que queremos saber lo que dice Heine-cio, autor que (asegura), sigue este
Merino, hallaremos en la misma defini-ción del panegírico, lo que debemos
sentir del fúnebre y su esencia. Est vero panegyricus oratio solemnis in laudem
personae ilustris stilo magnifico elaborata, et in splendido auditorum
congressu habita.89 De suerte que, toda la oración fúnebre no es otra cosa que
alabanza. Y Gesnero,90 que es el que pone las notas a Heinecio, dice así. Todas
las oraciones panegíricas son lau-datorias. Pero, ¿qué dice Merino en su
Retórica? Que la confirmación del panegírico fúnebre debe constar de alabanzas
del difunto, consolación de los parientes y deudos, y de parenesi a los
circunstantes, esto es admonición, que no nos lo quiso decir en castellano. Y
vea Vm. qué tal retórico que todas
a DC: panegiristas Mairan Fouche, cuyas
t> DC: se estampan al fin de la Historia de la Real Academia de las
Ciencias, contra las que
sus tres partes las coloca en sólo la confirmación. Entonces, ¿qué dirá
en el exordio? ¿Qué en la narración? ¿Y qué en la peroración?
Murillo. Caballero nuestro, bien puede Vm. enviar a los Batiojas su
li-briquín, y no decir en adelante que según las reglas de la retórica
cristiana, la oración fúnebre consta de tres partes que son: alabanza,
consolación y exhortación.
Mera. Antes bien, podría decir, que, según las reglas de una retórica
pagana, tenía las tres partes expresadas la oración fúnebre, o por mejor
de-cir, podría decir, no que constase, sino que eran buenos, requisitos, que,
si se diesen en la oración fúnebre, sería ella plausible. Digo, que ahora fue
preciso aconsejar esta reflexión a nuestro Moisés; porque el exordio de la
oración fúnebre de la célebre Aspasia, que, repetido en boca de Sócrates,
introduce Platón para burlarse altamente de esas oraciones, en el citado
diá-logo del Menexeno, empieza así: "Pues que, de las cosas bien obradas,
del ornamento de las palabras resulta a aquellos que las obraron, una memoria
perpetua y a los oyentes esplendor, habría menester de tal oración, que
bastantemente alabase a los muertos, que benignamente amonestase a los vivos,
que exhortase a sus venideros y a sus hermanos a la imitación de sus virtudes,
que después (aventajándose a algunos), consolase a los padres y a otros, sus
mayores."
Murillo. Podría jurar, según lo que Vm. acaba de decir, o que trae las
cosas fingidas y los pasajes como de molde, o que nuestro Moisés leyó a Platón
y juzgó que el trozo agraciado de la oración burlesca era un tesoro de
preceptos retóricos.
Mera. Si acaso cayese en sus manos la obra de Platón, ya creeríamos que
sucediese lo que Vm. dice. Pero es conjetura racional que no ha visto más que
el dicho libriquincito de ese autor Merino. Este, pues, dice que la disposición
del panegírico fúnebre, será empezando el exordio con suma tris-teza y
aflicción. Y no hay tal cosa; si dijera que con pensamientos y figuras que
muevan aquellos afectos, entonces escribiría correctamente. Heinecio, en el
parágrafo último del capítulo tercero de los panegíricos, hace mención de los
exordios y epílogos o conclusiones, y dice: "Que nada tienen de singular,
sino que en ambos se deben mover los afectos más vehementes. Y su escoliador
Gesnero añade la razón diciendo, porque en las conclusiones o exordios de los
panegíricos, solemos usar de apostrofes, diálogos, proso-popeyas, exclamaciones
y otras figuras patéticas." Ya en uno de estos días les dije a Vms. el
apostrofe del Señor Flechier en la oración del Mariscal de Turena; pues, éste
viene en el exordio. Oigan Vms., otro de Mascarón, también puesto en el exordio
de la oración fúnebre de Pedro Seguier; y advierto que lo repito, porque
siempre quisiera hablar con la autoridad de ejemplos semejantes: 3
a DC: semejantes. Dice: Hablad,
Hablad, pues, sobre este grande asunto, grande e ilustre muerto. Haceos
un nuevo tribunal de vuestro sepulcro, y extendiendo vues-tra autoridad más
allá de vuestra muerte, ya que no lo fue durante vuestra vida pronunciad en
esta ilustre asamblea, no ya sobre las diferencias de los particulares, ni
sobre los intereses públicos del Estado, sino sobre la suerte general y la
universal condición de todo el género humano. Decidnos lo que os ha parecido en
el momento de vuestra muerte esa bella vida, que untaba en tan gran peso de
glo-ria, al peso de vuestros años. ¿Qué os ha parecido el esplendor de tantas
acciones heroicas, cuando la muerte os ha puesto en este pun-to de vista, de
donde se descubre el verdadero tamaño de todas las cosas que no se ven en otra
parte, sino en un falso día, tan propio para el engaño? ¡Qué! ¿Señores,3 este
grande hombre no puede res-ponder? ¿Este primer oráculo de justicia está mudo?
Y la muerte destruye de tal manera todas las cosas que no deja ni perdona aun
una lengua y una boca, para pronunciar que todo es nada.
Blancardo. ¡Primorosamente! ¡Qué no diera yo por hablar de esta manera!
Murillo. Arrojar el libriquín a los Batiojas; no hay más remedio en el
día, y ponerse a estudiar algo que importe.
Mera. Los Padres (para que no perdamos el punto de vista), han compuesto
sus exordios, ya excitando el dolor, ya alabando desde las pri-meras palabras
al muerto o a algún o algunos personajes presentes, de todo lo que se infiere,
que nada de esto han observado Merino y Blan-cardo. Pasemos adelante con la
lectura de la cláusula siguiente de la aprobación.
Blancardo. El elogio (dice), al Ilustrísimo Señor Doctor Don Manuel
Pérez Minayo, de buena memoria, y a cuyo obsequio se dispusieron los funerales,
es muy justo, ni es menos lo que se debe a su piedad y mérito.
Mera. Aquí también prescindo, porque, ¿quién me mete a hablar de lo que
no entiendo ni sé? Y si Vm., caballero nuestro, prosigue así, lla-maremos esta
conversación, las precisiones objetivas.
Murillo. Yo no prescindo del aprobante. Empréndole desde luego diciendo
(cosa que no lo oiga y bien pasito), que esperábamos su voto para llamar justo
el elogio del Ilustrísimo Obispo de Badajoz. ¡Hay tal inocencia! ¡Hay tal
blancura! Supongamos que no tuviese piedad ni mé-rito el Señor Minayo,
ilustrísimo por todas partes. Entonces, el intento de hacerle estos honores,
sería inicuo. Puesto en la cátedra el orador a pronunciar su elogio, sería
iniquidad proferir su vituperio. Dijo bien el otro, escribiendo una novedad;
avisó que el manjar blanco es dulce, ni puede ser menos, porque es la leche
blanca y de burra, y el azúcar, azúcar candi. ¡Ea, siga Vm.!
3 DC: Señores, este grande... responder; este primer oráculo... mudo; y
la muerte... todo es nada, [sin puntos de interrogación]
Blancardo. Este dicho Prelado fue el honor de las ínfulas, la gloria del
santuario, el crédito del sacerdocio.
Mera. ¡ Yo he protestado hasta su tiempo, ni leer ni oír el sermón, y
Vm. me lo quiere repetir quiera o no quiera! ¡Acaso el Doctor Murillo se trajo
en junta de la aprobación todo el panegírico; y Vm., caballero mío, ha dado un
salto involuntario a él, errando por casualidad la hoja! No a es hora de leer,
siga Vm. solamente la aprobación.
Blancardo. La aprobación es la que expresa así, nada hay del panegí-rico
del Señor Doctor Yépez aquí, y así ni puedo saltar.
Murillo. Dice bien y la verdad, Señor Doctor. Si mal no me acuerdo, así
sigue la aprobación blancardina.
Mera. ¡Válgame Dios! ¡Que toda ella no sea más que un tejido de
defectos! ¡Sea en la idea, en los pensamientos, en las palabras, en su
gramática y hasta en su intención! ¿Qué dirán los que la lean en Lima, en
Méjico y en España? Muy de veras se ha puesto a probar la proposi-ción de que
el elogio era justo, y debido al mérito y piedad del Ilustrísi-mo de Badajoz.
Murillo. Es que nuestro caballero quiso meter su cuchara de orador
fúnebre; y va a probar ahora que tales predicaderas tiene para honras de
muertos. Veamos si es cierto lo que he pensado; diga, Vm., Señor Blan-cardo.
Blancardo. Su estudio en las verdades divinas, su justicia y su caridad,
le hicieron a su orador que reconociese en su persona las virtudes de un David.
Mera. ¡Acabaremos! b Ya entiendo que este nuestro caballero se ha tomado
el honorífico encargo de ser otro nuevo y sublime orador del Ilus-trísimo
Minayo. Y esta es, sin duda, la oración fúnebre de Aspasia de Mileto. Nuestro
Moisés mismo ha de ser el Arquinoó, 91 el Dión, o el Pericles citados en el
Menexeno de Platón. ¡Qué gracia! Me persuado que Blancardo tomó este empeño,
porque tal vez el Señor Doctor Yépez no alabó dignamente al héroe de su
oración. ¡Lástima es que no haya leído ésta! Si no fuese mi ánimo otro que oír
indiferentemente y sin elección cualquiera, ya podría quedar satisfecho con
ésta de nuestro caballero. Pero, ¡oh amigo! Hizo Vm. muy bellamente, o de
suplir los empeños del Señor Doctor Yépez, o de intentar de propio movimiento
formar un panegírico fúnebre. Ya sabemos que Vm. se halla con un grueso
cauda-lón del estudio de los Padres. Y Vm. sí que hará una oración, no sólo
semejante, sino superior a las de esas lumbreras de la Iglesia. Ahora, va-mos a
oír cómo sigue el nuevo panegírico.
Murillo. Aún no, Señor mío, mientras hago mención aquí en esto del
estudio en las verdades divinas, su justicia y su caridad.
Mera. ¿Qué quiere decir Vm. con esto?
DC: No ahora de leerle siga
Vm. b DC: ¡Acabáramos!
Murillo. Que en Blancardo tenemos hoy un testigo lego, llano, un fia-dor
y un fidei comisario abonado de todas estas prendas de valor.
Blancardo. No las he visto, ni puedo deponer de ellas como testigo
ocular. Pero sí por toda autoridad de una Gaceta pública, donde nunca se
estampan falsedades. Y el autor de la oración, creo ha tenido otros más
copiosos documentos para alabar por esas prendas al Ilustrísimo Prelado, como
es cierto que le alabó.
Murillo. Pues, alma benditísima y blanca más que la nieve, venga acá y
dígame, si el orador ya expuso, sin duda, elocuentemente esas vir-tudes, y con
su narración hizo el elogio del Santo Obispo, ¿para que nos lo vuelve a
encajar? ¿Es acaso para dar mayor autoridad con su sufragio a la oración? ¿Es
acaso para enmendar la plana al orador? ¿O acaso el Ilustrísimo Obispo de Quito
le pidió no una censura, sino una nueva ora-ción fúnebre, corrida a rasgos
blancardinos en una mísera aprobación? ¿Qué es esto, caballero mío? ¿Qué es
esto, entusiasmo, bobería, culpa, locura?
Furorne caecus, anne rapit vis acrior?
Anne culpa? Responsum dato. 92
Mera. Se ha fervorizado Vm. bastante. Déjelo que prosiga.
Murillo. Norabuena.
Blancardo. Para que no quede trunca la cláusula, la tomaré desde donde
haga sentido, dice: Le hicieron a su orador que reconociese en su persona las
virtudes de un David, esto es, de un Príncipe formado a las ideas de un Corazón
divino.
Murillo. Esta expresión a las ideas de un corazón divino, ¿qué quiere
significar, por amor de Dios? ¿Qué quiere Vm. decir? ¿Búrlase Vm. de nosotros,
y propiamente nos quiere hacer ideas?
Mera. No tiene duda que las ideas son propias y características del
en-tendimiento, y no del corazón. Samuel ha dicho de David que es un varón
según el corazón de Dios, juxta cor suum, por la bondad y rectitud de la
voluntad con que le adornó el Supremo Hacedor. Formado a las ideas, es una
expresión tan dura y bárbara, que no se halla su verdadero significado: ni ella
es capaz de salir, sino de la boca de quien no sabe lo que son ideas, ni lo que
es un átomo de sana teología. Dígase ya otra cosa.
Blancardo. Aplicación en que no intervienen los colores de arte, sí el
mérito y la justicia.
Murillo. La verdad se la he de decir a Vm., esto es, que su aprobación,
siendo colores de maña y arte, no tiene mérito ni justicia.
Mera. Lejos de nuestra conversación todo equívoco. Hagamos constar
solamente que Dios no ha hecho a nuestro caballero para aprobaciones, y veamos
esa aspereza que se halla en la cláusula referida. Ya en otra ocasión hemos
advertido la necesidad del arte. Aquí, pues, parece que quería dar a
entender el afeite, el esplendor seductivo de un artificio retórico
distante de la verdad. Pero son sus palabras tan escogidas, que vuelven oscuras
todas las expresiones.
Murillo. Yo diría así: Aplicación, a la cual no concurren los mentidos
colores del artificio; antes sí, intervienen a hacerla cabal y oportuna al
mé-rito y la justicia.
Mera. Ni con esta cláusula quedo yo contento; porque hay en ella cierta
tintura de mal gusto, que la vuelve desapacible. Pero quizás adelante oire-mos
mejores cosas.
Blancardo. Ya se acabó el parágrafo; empieza otro, de esta manera: No es
menos hermosa la oración en la segunda parte.
Murillo. Desafío a Vm., Señor Blancardo mío, a que me diga en qué parte
de la oración está esta segunda parte consolatoria, o esta conclusión. ¿Si en
el exordio, si en la narración, confirmación o epílogo?
Mera. No es mala pregunta y más cuando [juzgo], de principio a fin será
era oración una alabanza y una amplificación exornada de alabanzas, o sea que
se haya compuesto en el método analítico, o en el método sintético, o en el
mixto, del cual no hace memoria Vossio.
Murillo. A tanto no llega mi ciencia; mas, mi alcance llega a notar lo
siguiente: Debía en el parágrafo anterior, haber dicho que la oración en la
alabanza o parte primera laudatoria, había sido hermosa, para venir a decir en
este presente capítulo, que ella no es menos hermosa en la segunda parte. La
verdad está patente a los ojos de todos. No hablo de memoria, ni quiero que se
me crea por sólo mi palabra. La aprobación de que hablo se ha dado al público,
él verá si miento, sólo quiero que se haga este cotejo, y que se dé la
sentencia. Verá una oración ajustada a las reglas de la retórica cristiana.. .
No tiene alguna sombra de defecto en la primera parte, ni es menos hermosa en
la segunda. Pregunto ahora, ¿tienen consecuencia retó-rica la primera ni segunda
parte del período, con la última? ¿No es cierto que debía decir: no es menos
justa, o no es menos perfecta en la parte con-solatoria? ¿Cómo nos quiere
entrometer con fealdad de expresión, de pen-samiento y de lenguaje: No es menos
hermosa?
Mera. ¿Qué quiere Vm. hallar, mucha ni poca exactitud en la aproba-ción,
cuando Blancardo escribe sin inteligencia del asunto? Adelante con la lectura.
Blancardo. Es verdad que nuestro llustrisimo Pastor, el Señor Doctor
Blas Sobrino y Minayo, tenía altísimos motivos para sentir la muerte de ese
Príncipe llustrisimo.
Mera. Yo digo: prescindo de tocar esta cláusula, y debe ser así; porque
basta la memoria de la muerte, y basta que se nos excite la dolorosa idea de
una persona muerta, a quien en su vida estimamos, conocimos o trata-mos, para
que se piense seriamente en dejar aun las palabras menos decoro-
sas que nos la mueven, en una perpetua calma y quietud. No las traigamos
a la censura por respeto a los muertos.
Murillo. Yo tampoco quiero tocarla, así diga Vm., caballero, lo que
sigue.
Blancardo. La relación de un parentesco tan inmediato, era lazo que le
estrechaba al dolor.
Murillo. Aquí, sí, no hay perdón. En tocando a nuestros superiores habrá
parco, pero en golpeando a la lengua española, no hay misericordia.
Mera. Pues, ¿qué hay que notar?
Murillo. El que Blancardo logra sus ocasiones de meter su equivoquillo.
El parentesco era lazo que le estrechaba al dolor. Reiréme, reiréme, que esta
es mucha gravedad en día de Pascuas. Va el comento para lograr esta risa. La
muerte fue la célebre causa criminal: se hizo su relación. Salió la senten-cia
de pena ordinaria, el parentesco fue el verdugo, y el inmediato el cordel,
dogal o lazo que le ahogaba y estrechaba la nuez de la garganta, al dolor que
es un garrotón tamaño. Cata allí, acabada la exposición de esta cláusula, con
cuyo lazo se le ha estrechado a nuestro Blancardo la garganta, y atada en 3 el
mismo lazo la lengua, no puede ni podrá jamás hablar correctamen-te. ¡Note Vm.,
Señor Doctor, qué puerilidad! ¡Qué falta de sentido! ¡Qué ciencia blancardina!
Mera. Lea Vm., caballero. Pero si todo el parágrafo se reduce a estos
elogios, pase Vm. a otro, para que demos fin a la aprobación.
Blancardo. Así es que todo él respira alabanzas de los Ilustrísimos
Prela-dos, tío y sobrino, del de Badajoz y del de Quito.
Murillo. Pues, transeat: non venit ad rem. 93 Y mucho más pase, porque
nadie le ha pedido en una pedantísima aprobación, panegírico nupcial,
ge-netlíaco, eucarístico ni fúnebre. No es este el cargo de censor.
Blancardo. Pero acaba galanamente este párrafo, y aunque les pese a
Vms., han de oír su remate. Dice, por nuestro Prelado: El Moisés, que ama su
pueblo más que a su vida, la columna que guía a los extraviados.
Murillo. ¡No pase, no pase, por su vida! ¡Qué! ¿La columna guía a los
extraviados?
Mera. Perdónele Vm. Aquí (creo), habla con todos los ripios
blancar-dinos; y sin duda que hará alusión a esa luz prodigiosa, que, en figura
de columna, alumbraba en tiempo de su peregrinación a los Israelitas, cuando
llegaba la noche.
Blancardo. Adivinó Vm., y es cierto que b mi aprobación teniendo de
todo, tuviese el profundo adorno de los enigmas. Vm. ha sido el Edipo de éste
de la columna, y hacía yo memoria de esa milagrosa, para hacer una aplicación
en que no interviniesen los colores de arte, sí, el mérito y la jus-
a DC: con él
t> DC: que fue porque mi
ticia. Mas, 3 a dónde voy (digo,
y dice la aprobación), cuando es propio
de
sólo el pincel de Apeles, reducir
a breve lienzo la estatura de un gigante.
Murillo. ¿A dónde ha de ir Vm., b a espetarnos una mentira en punto
histórico? No fue Apeles, Blancardo mío, sino Timantes, quien hizo esa gracia
de medir con un tirso o vara un solo dedo, y por eso se añadió ex ungue leonem.
94 Yo pintaría un manto capitular, con una lengua por escu-do, con este lema:
Ex lingua blancardorum cor et scientia. 95
Blancardo. Un poco de paciencia se ha menester para mí, y otro poco para
Vms., a que oigan lo último; pues, ya llego al punto acápite con estas
palabras: Sirva de señal de nuestro reconocimiento cada pecho donde están
prevenidos altar e incienso para la veneración.
Murillo. ¡Qué humazo no habría para otro cualquiera de poco espíritu,
con tanto pecho, tanto altar y tanto incienso para la adulación!
Blancardo. No dice para la adulación, sino para la veneración.
Murillo. Pensé (¡oh! ¡qué mal pensé!), que iba a acabar así: Altar e
in-cienso para el sacrificio; y aun creí que hubiese algo de Abrahán, de Isaac,
de leña y de carnero. Primeramente, porque los blancardos suelen ser
aficio-nados a estas alegorías. Lo segundo, porque el nuestro se llama Moisés,
que será nombre puesto al octavo día, y en el tiempo de la circuncisión, y
debía ser regular que ahora propusiese cuchillo, víctima, fuego. Pero esta es
mu-cha burla, y nada hay que dé cuidado. Reír y más reír fue nuestro fin.
Mera. Vamos serios. Si no decía para la adulación, a lo menos debía
de-cir; porque la ha hecho groserísima en lugar que no le compete. No dudo que
los elogios que contendrá el parágrafo, vendrán justos al Ilustrísimo Prelado
de Quito; pero ¿es negocio de oportune importune aprovechar la coyuntura de una
comisión para echar altar, pecho, incienso en obsequio suyo? Vamos a leer.
Blancardo. Dice: Ahora, ¿qué nos dirá la crítica? ¿Que es defecto grande
aplaudir a quien está presente, aunque sea un Príncipe de la Iglesia?
Murillo. ¿Qué ha de decir la crítica? Ni una palabra. Ella no habla sino
científicamente, no despliega sus labios para disparatar, sí para corregir
vi-cios y para decretar aciertos. La ignorancia, la tontera, la malicia, esas
son las que dicen mal de lo que ignoran, y blasfeman lo que no saben:
Quae-cumque ignorant blasfemant. Ha alegado este texto, y él viene aquí de
perlas.
Blancardo. ¿Por qué causa, compañero?
Murillo. Porque ahora se lo aplico a quien abusó de él en un sermón de
Santo Domingo, de este año de 80. Y por cierto, que él mismo es, según pa-peles
muy verídicos y autorizados, el autor de este reparo hecho contra el sermón de
mi Señor Doctor Yépez, y al que Vm., nuestro caballero, llama crítica. No la
llame así, y mire que aquel Blancardo se parece a Vm., en ha-
DC: "Mas adonde voy... de un gigante?"
DC: Vm., sino a espetarnos
berse atrevido con ese texto a insultar las conversaciones del Nuevo
Luciano y a su autor. Y desde luego, parece que tendrá su merecido a donde le
corresponda.a
Mera. A la verdad, que la crítica no puede hacer reparos tan
irracionales. Este es arte incompatible con la necedad y la ignorancia. Así es
hablar im-propiamente preguntar con énfasis: ¿Ahora qué nos dirá la crítica?
Los ignorantes son los que no saben qué es precepto de retórica, especialmente
en el método analítico, tomar los argumentos de la alabanza de la Patria, de
los padres y parientes, de la educación, de las dotes del cuerpo, de la
for-tuna, del ánimo, de los hechos y de otras muchas cosas pertenecientes a las
funciones de la vida. Vean aquí, Vms., la indispensable necesidad de hacer el
elogio al Ilustrísimo Minayo de Quito, por alabar al Ilustrísimo Minayo de
Badajoz. Ahora, los bobos son los que no pueden llegar a reflexionar que
cualquiera alabanza de un difunto, viene derechamente a resultar en elogio de
la familia, de la comunidad, del gremio, de la profesión, de la pa-rentela, y
aun de toda la humanidad que queda en este mundo. La honra que se hace al
muerto, eleva la gloria de todos los que tuvieron con él sus conexiones, y
todos se interesan en que su memoria pase con honor y ala-banza a la
posteridad. Antes, si el panegírico del que ha muerto lo es con propiedad del
vivo o de los vivos que han tenido con aquél algún enlace, y por consolarnos de
su pérdida, es que nos desatamos naturalmente en senti-mientos laudatorios.
Observen Vms., cómo tan a mi propósito habla San Ambrosio, al empezar la
oración fúnebre del Emperador Valentiniano: Etsi incrementum doloris sit, id
quod doleas sentire: quoniam tamen plerumque in ejus quem amissum dolemus,
conmemoratione requiesimus, eo quod in scribendo, dum in eum mentem dirigimus,
intentionemque defigimus, videtur nobis in sermone reviviscere. 98 ¿Las mismas
ceremonias de pésames, que exige de todos nosotros, más bien la misma
naturaleza, que el uso de meras leyes arbitrarias adscritas al b trato de la
sociedad, con que hacemos recuer-do de nuestros conciudadanos muertos; pero
unos elogios dirigidos a aque-llos mismos a quienes expresamos la parte que tomamos
en su dolor? Me duelo de su muerte, era de bellas cualidades, ha de estar en la
gloria. Este es el lenguaje que observa la decadencia en la ceremonia de los
pésames. ¿Y c qué es todo él, sino una suave llama donde se arrojan algunos
granos de incienso de olor laudatorio, que recrea, si está manejado con
prudencia, a los vivos a quienes se dirige? Nos vengamos en cierto modo de esa
precisa ley del morir, que procura no sólo separarnos del número de los que
quedan, sino aun d borrar del todo y para siempre la memoria de que alguna vez
habi-tamos sobre la tierra. Nos vengamos en cierto modo, digo de la muerte y de
a DC: corresponda otra vez Sal-azar de mis coloquios a este Teatro.
b DC: al tratado de la que se llama urbanidad, que son sino unos
elogios bre-
ves, con que ¿A qué es
c DC:
d DC: también
sus fueros, labrando en los elogios un monumento de fama, de celebridad
y de duración a la memoria. Mas, en verdad, que de ésta, todo el interés que
puede resultar es para nosotros, y la ventaja toda es nuestra. Aplaudimos a los
literatos, y sus ilustres talentos, admiramos a los héroes militares y los
prodigios de su valor; adoramos los santos, y lo que sucede es que en todos
éstos tenemos ejemplos y modelos para la imitación. Estos son nuestros padres,
a quienes prestamos el homenaje de la veneración. Et si illis (dice un Santo
Padre), qui juxta naturam parentes sunt tantam praestandum est iis qui juxta
spiritum sunt parentes, potissimum vero quurn jam vita defunc-tos nostra
laudado nihilo reddat illos glririosiores, nos vero congrégalos tam qui
loquimur, tum qui audimus, reddat meliores. 97 Es cierto que nada le aprovecha
ni al yerto cadáver, ni al alma que alguna vez le informó, nada le aprovecha
una oración fúnebre compuesta y pronunciada con la mayor elocuencia del mundo.
Cosa que reflexionó Platón, y cuyas palabras no transcribo porque es de ningún
momento su autoridad a pre-sencia de la de los padres, y mucho más cuando
tenemos la sagrada de las divinas Escrituras: Mortui vero (aseguran ellas),
nihil noverunto amplius, nec habent ultra mercedem; quia oblivioni tradita est
memoria eorum. Amor quoque et odium, et invidiae simil perierunt, nec habent
partem in hoc saeculo, et in opere quod sub solé geritur. 98 Así no es defecto,
ni grande ni chico, sino necesidad inevitable aplaudir a quien está presente, en
caso igual aunque sea no un Príncipe de la Iglesia, más también a un Blancardo
igno-rante de hipocondría.a Con esto que he hablado, que ha sido mucho, ya no
extrañará haber perdido el sermón de San Esteban. Ea, siga lo que tuviere de
leer.
Blancardo. Que b está lejos
de ser imitación de los Santos Padres, es
un abuso detestable de la Cátedra
del Espíritu Santo y una profanación
abominable del lugar más sagrado.
Murillo. Ya sobre este punto, caballero nuestro, se acaba de explicar
bastante mi Señor Doctor Mera.
Mera. Hay que añadir una cosita. Parece, pues, que he probado
bastan-temente que una oración fúnebre es con propiedad el elogio de los que
per-tenecen al muerto por alguna línea cualquiera que sea. Vean Vms. ahora, que
es una recomendación de las mismas Escrituras alabar a las personas vir-tuosas,
a nuestros mayores, y aun a los indiferentes: Laudemus viros glorio-sos et
parentes nostros. Lauda post mortem. 99 ¿Cómo no practicarían los Padres esta
preciosa y laudable costumbre de esparcir con decoro, en vez de las flores que
regaban los paganos sobre sus muertos, los suaves aromas de una alabanza
sagrada? Y vean Vms. aquí, que el dictamen blancardino de traer el ejemplo de
los Santos Padres, no es oportuno en las presentes circunstancias de hacer en
su aprobación una parte (además de la panegíri-
DC: ignorante o un sepulcro
vivo de hipocondría. Con esto b DC: "¿Qué está lejos... lugar más
sagrado?"
ca), apologética. ¡Oh! ¿Qué dirán algunos? ¡Qué oportunidad! ¡Qué
pro-piedad! ¡Qué erudición! Nada hay, y nótenlo bien Vms. ¿El maldiciente
Blancardo lorense o locrense (no sé si todo es uno), se atrevió con su
ig-norancia a decir que era defecto grande, que era gravísima culpa alabar al
Ilustrísimo de Badajoz, estando su Ilustrísimo sobrino presente; y aun añadió
que era mayor y máximo pecado retórico, o filosófico, moral o teológico, el
alabar en su propio venerable rostro al Prelado de Quito? a Pues, nuestro
caballero Moisés, pruebe la ignorancia del atrevido maldiciente (cosa que
nosotros practicamos contra los que traen entre dientes a Luciano). Dígale con
toda verdad que no sabe lo que es oración fúnebre. Hágale ver con la autoridad
de los maestros de la elocuencia, que hay preceptos retóricos, que enseñan ser
la esencia de este género de oracions, la alabanza; y que ésta está
notablemente vertida en sus mejores piezas. Si no se demuestra de esta manera
el argumento por sus principios, los ejemplos son unas pruebas de autoridad
extrínseca, y para los inteligentes y verdaderamente eruditos, son importunas.
Pues, b primero es hacer ver que los Padres debieron por-tarse así, siguiendo
las reglas del arte, que el manifestar que lo practicaron de esta manera.
Blancardo. Así es. Voy ahora a mi lección. Quien así piensa, no ha leído
a los Santos Padres.
Murillo. Repongo. Quien así piensa y quien así no piensa, no los ha
leído, caballero nuestro. Como ya antes se le ha probado a Vm., y aun se le irá
probando adelante.
Blancardo. Siendo cierto que tenían costumbre de lo contrario. Murillo.
Mi reparo aquí, amigo, fuera pedantismo. Ya sabemos que los
Padres alabaron, y si Vm. lo supo, no fue por haberlos leído, sino
porque Vm. siempre ha tenido abuso detestable de la Cátedra del Espíritu Santo,
y siempre ha proferido inspirado.
Mera. Fuera impostura, debía Vm. decir: porque ya hemos hecho cons-tar
que no ha abierto a un solo Santo Padre.
Blancardo. Aquí están muchos lugares que prueban la lectura de los
Padres, dice: San Gregorio Nacianceno dijo la oración fúnebre en las exe-quias
de su hermano Cesáreo, y no dudó elogiar a sus padres, que estaban presentes.
Murillo. Bueno sería que pasásemos también este párrafo, porque creo que
todo él está bañado con el agua de socorro.
Mera. ¿No, amigo, que es primero averiguar de dónde sabe Blancardo que
estuviesen presentes los padres de Gregorio y de Cesáreo?
Murillo. Lo vería en la misma oración, o en alguna otra historia. Porque
no me ha de persuadir que lo escribiese a humo de paja, especialmente sien-do
inspirado.
Pues,a b
DC:
DC:
Quito? Una y mil veces sal-azar de mis coloquios a lucir este Teatro.
Luego, primero
Mera. Vea Vm. aquí una demostración palmaria, no solamente de no haber
leído a los Padres, más también de no entender latín. No hay por donde conste
que estuviesen presentes, sino por una débil conjetura. Pero lo que determinó a
Blancardo a escribir con esa ignorante satisfacción, fue ver el título de la
oración fúnebre, que está puesto de esta suerte: Oratio funebris in laudem
Caesaii fratris superstitibus adbuc parentibus.1QQ De suerte que, el expresar
el título que Gregorio la dijo cuando vivían aún sus padres, lo tradujo
Blancardo así: sus padres que estaban presentes. La Historia ecle-siática de
Fleury, es muchísima verdad que asegura la dijo en presencia de su padre y de
su madre. Pero las palabras del mismo Gregorio dan motivo a conjeturar que no
se hallaron presentes. Dice así: Quibus cum multa et magna laudum argumenta
suppetant (nisi fortasse cuipiam inepte facere videor, qui domesticas laudes
praedisem), una tamen eos res potissimum nobílitat, et insignes reddit, nempe
pietas.™1 Alguno objetará que es más verosímil que asistiesen al templo a los
oficios fúnebres y los divinos, como tan virtuosos que fueron. Pero en las
palabras citadas y en otras que son laudartorias de sus padres, expresara el
Nacianceno, que estaban presentes, y no hay la más leve expresión de ello.
Fuera de eso, el título mismo de la oración debería decir: Non tantum
superstitibus adbuc parentibus, sed etiam coram illis expósita. Y nada hay de
esto. Más, será bien no recalcar en este punto, y basta que lo diga Fleury,
para dejarle.
Blancardo. Ya iba a quejarme de que Vm. tenía prurito de impugnar. Pero
sus últimas palabras manifiestan que es Vm. ingenuo. Voy adelante: El mismo
Gregorio predicó en los funerales de su padre con asistencia de San Basilio, y
no fue otro el exordio, que el elogio de este Santo Padre.
Mera. Noten Vms. que el título de esta oración dice así: Oratio partim
funebris in laudem patris sui mortui, partem consolatoria ad matrem Non-nam.102
Y lo deben notar, porque allí se hace una separación de la oración fúnebre que
es toda alabanza, de la oración consolatoria, que ya mira a otro objeto. Noten
Vms. lo segundo, que en esta oración sí asistió su madre Nonna; lo que se debe
inferir de la historia de las costumbres de los cris-tianos, como de las
palabras que en la misma oración dirige a su afligida madre: Non est, oh mater,
eadem Dei et hominum natura, aut, ut in genere loquar, superorum et
terrestrium.103 Noten Vms. lo tercero, que es mucha verdad que el exordio lo
dirigió el Nacianceno a San Basilio, alabándole, y de aquí resulta la reflexión
de que el autorcillo del tratado de Retórica, que es Merino, no atendió ni
observó el método de orar de los Padres, quien ya vería que la alabanza del
difunto y de sus parientes o ilustres circunstan-tes, puede colocarse en el
exordio, y lo que es más cierto, en todo el cuerpo de la oración. Noten Vms. lo
cuarto, que es bastante lo que en esto quiero decir.
Blancardo. No es el Nacianceno el único en este modo de orar. Lo mis-mo
veo practicado en el Niseno en las exequias de Placidia, hija de Teodosio
el grande, donde no fueron pequeños los encomios dirigidos a Nectario,
Patriarca de Constantinopla que le oía.
Mera. ¿Delira Vm.? ¿Dónde están estos elogios al Patriarca Nectario? San
Gregorio Niseno empieza su oración de Placidia con aquellas palabras de San
Mateo: Dispensator fidelis. Dice en las que están incluidas dentro de un
paréntesis, que las repite para empezar por las palabras del Evangelio.
Pregunto ahora, ¿a quién las dirige? Pregunto más, si las dirige a Nectario,
¿cuáles son los encomios con que le celebra? Y para decir verdad, Señores míos,
ni en la oración antecedente consolatoria de Pulquería, Princesa ilus-tre, ni
en esta de Placidia que he leído de principio a fin, hay encomios dirigidos al
Patriarca Nectario; será quizás que el intérprete Sifano, cuya versión he
manejado, ha omitido estos encomios; y que ha visto otra nues-tro Blancardo. A
ver: ¿Vm. pone, acaso, la cita de esta pieza?
Blancardo. Sí, Señor, al margen
de la aprobación en esta forma: Greg.
Nissen. trac, de perfect. christi. Tomo 2, pág. 957, edit. Par. ann.
1615.
Mera. Con razón ha incurrido Vm. en tantos errores; pues no ha podido
registrar siquiera un libro. Mire Vm., y mírelo todo el mundo. Las oraciones
todas de San Gregorio Niseno, vienen con su título separado; así hay oración de
Pulquería,104 de Placida,105 de San Basilio hay la Catequética. Y no es dable
que la de Placidia venga en cualquiera edición que sea bajo el tratado que Vm.
cita. Pero éste mismo está muy mal citado, como que lo vio muy por afuera, de
prisa y por cumplir. El tratado se intitula así: De perfecti christiani hominis
forma ad Olympium. Y yo le he visto según la interpre-tación de Zino. Al
contrario, Vm. da a entender que es el tratado De per-fecto christiano o de
perfectione christiana. Pero, ¿qué hay en aquel tratado, perteneciente al Patriarca
Nectario? Ni una sola palabra. Pudiera ser que la cita diese a entender que
nuestro aprobante supo que San Gregorio Ni-seno había elogiado a Nectario,
porque el mismo Padre aseguraba que este Patriarca había asistido a las
exequias de Placidia y que se le había elogiado (en el dicho tratado de la
forma del perfecto cristiano), pues, Señores, ni allí hallo yo tal noticia.
¿Qué será esto? Yo lo diré, no haber leído Blan-cardo ni una sílaba de un Santo
Padre, antes que se ofreciese la comisión de la censura al papel.
Blancardo. "Ni fue diverso el método de San Ambrosio cuando predicó
en los funerales del grande Teodosio, en que asistió Honorio su hijo, y en la
parte consolatoria no sólo refirió las virtudes de Teodosio, sino que para
consuelo del pueblo colmó de elogios a Honorio haciéndole heredero de las
virtudes de su padre."
Mera. ¡Estupenda erudición de hombre! ¡Oh! ¡qué estudio admirable de
Santos Padres! Vamos a asombrarnos de él. Y en la parte consolatoria (acaba Vm.
de decir), no sólo refirió las virtudes de Teodosio.. . Y es ha-blar por
hablar, siguiendo a su Merino: según éste, la parte consolatoria debe estar en
la confirmación. Y Vm., esos elogios a Honorio (que Vm. 11a-
ma parte consolatoria), ¿dónde los halla? ¿No es cierto que vienen en el
exordio unos, y otros en la narración? Pero Vm. ha juzgado, sin duda, que los
seculares a no abrimos libros, o que no nos hemos de tomar el leve tra-bajo de
leer a un Santo Padre, porque luego añade: Sino que para consuelo del pueblo
colmó de elogios a Honorio. ¿Vuelvo a preguntar como antes, a dónde está este
exceso de elogios? Parece que San Ambrosio debía por-tarse derramándolos en
copia, así por la dignidad sagrada de Honorio, como porque este Príncipe se
hallaba presente. Era un panegírico de su padre, lo era de él. Pero ni por esta
oportunidad hay ese colmo de elogios que dice Blancardo. Nada menos, sino que
este hombre, que en una censura que no es panegírico, ni puede serlo en ninguna
línea, se tiró, siguiendo su genio, a aplaudir y más aplaudir, a colmar y más
colmar de elogios parentirsos, como llama Heinecio a estos blancardinos, creyó
igualmente que San Ambrosio usó de su método inmoderado y astutamente
lisonjero.
Murillo. ¡Qué bien hecho! ¡Tómate por agarrarte del forro de Luciano!
amigo Blancardo. San Ambrosio (aprenda de este Santo Padre), aun en un
panegírico es circunspecto, moderado, no adula ni vierte falsedades. ¡Cuán-to
menos elogiaría en una triste aprobación!
Mera. Es bien que oiga Vm. este colmo de elogios de San Ambrosio a
Honorio, y admire su torpe inteligencia; pues, no advierte que en las
expre-siones modestamente laudatorias de este Padre, no sólo es su fin alabar a
Honorio, sino también a Arcadio su hermano. He aquí las palabras: Sed plurimos
tamquam paterno destitutos praesidio (habla de los vasallos), dere-liquit ac
potissimum filios. Sed non sunt destituti quos pietatis suae reliquit haeredes.
Non sunt destituti quibus Christi acquisivit gratiam.106 ¡Este es el elogio en
el exordio; pero, qué justo, qué comprensivo de la piedad del padre, de la
herencia que ellos han hecho de ella, y más de aquella virtud de Teodosio107
que les alcanzó la gracia de Jesucristo! Pero lo que importa advertir es, que
aquí, Ambrosio no colma de elogios a Honorio. Vamos a otro lugar, es el
siguiente: Reliquit enim nobis liberos suos, in quibus eum debemus agnoscere et
in quibus eum et cernimus et tenemus.108 Este elogio viene en la narración. Y
lo que él nos hace ver es la recomendación que hace Ambrosio de la potestad
imperial y del respeto que debemos al Soberano y a su augusta generación. ¿Qué
exceso de elogios hay aquí, ni en la forma? Buscó Blancardo otros lugares para
convencernos y no halló laudatorios en toda la oración. Ahora, ¿dígaseme cómo
está puesto el reclamo marginal, que necesariamente habrá en esta aprobación,
para mostrar dónde se cita la autoridad?
Blancardo. Está en el tenor siguiente: Ambros. de Fide et resurrect.
Lib.
2, pág. 1197, Edit. Par. A. 1686.
Mera. ¡Sí, digo que es maravilla! ¡Una tilde no ha puesto con tino este
hombre!
a DC: los eclesiásticos
seculares
Murillo. Una viejecita agorera me dijo que no había de acertar en nada
este buen Blancardo, por haber querido embestir al Nuevo Luciano de Quito.
Ahora me acuerdo, en Machachi me lo dijo. Pero Vm., ¿qué nota en aquella cita?
Mera. Atienda Vm. También en las obras de San Ambrosio vienen sus
oraciones separadamente, y con su título que las denota y caracteriza, v. g.:
Oratio funebris de obitu Valentiniani Imperatoris. Así con título semejante, se
señala la de su hermano Sátiro, y después la del grande Teodosio. ¿Pero, qué
hace nuestro Blancardo? La coloca debajo el título de un libro segundo. Lo peor
es que aun la cita de este libro la trae errada. San Ambrosio escri-bió varios
libros de la fe. También escribió un tratado intitulado: De fide resurectionis.
Y como éste antecede (en la edición que he visto), a las ora-ciones, todo lo
confundió y echó a perder. La oración de Teodosio la pone en el libro de la fe.
Y los libros de la fe los confunde con el tratado de la fe de la resurrección.
El cual no se intitula (como dice Blancardo en su falsa cita), De fide et
resurrectione, sino De fide resurectionis. ¿Y esto es tener lectura de Santos
Padres? Pero ya puedo envidiarle su lectura.
Blancardo. Sigue lo último de este párrafo, así: Bastan estos
ejempla-res, para que diste su imitación de toda nota.
Murillo. Porque las inspiraciones no llegan a más; ni Fray Gerundio
ofrece más en su Historia.
Mera. Ya sé que si quisiese alegar otros, y formar una apología del
ora-dor, podría añadir a San Efrén109 y San Anfiloquio que dijeron sus elogios
fúnebres en las exequias de San Basilio. Poco importa esto.
Murillo. Lo que importa es ver que Blancardo more pecudum sigue la
costumbre de los antiguos aprobantes de la Nación, que, no sabiendo cuál es su
deber (indulgencia a este pecado de palabra afrancesada), en una apro-bación no
sabían cómo la habían de formar. Creían que era una pieza de alabanza al autor,
a modo de sermón blancardino, vestido de circunstancias. Juzgaban que salían
por garantes, apologistas y saneadores de sus opiniones, extravagancias,
caprichos y defectos. Y así, un aprobante, más ha pensado en peinar y componer
su obrilla, que en leer con atención y examen la que se debía censurar. Y aún
cree que no es poca fortuna venir a ser autor, de la noche a la mañana, y hacer
enciclopedia lo que debe ser cuando más una aprobación. Ahora que digo enciclopedia,
nuestro Blancardo me acuerdo que es enciclopedista. Yo le nombro a Alembert,
porque Vm. me ha dicho que éste es músico, y ha contribuido con su tratado de
música a la grande enciclopedia. Mi Blancardo, es, pues, de todas las cifras;
pero no acabara si yo quisiera elogiarle.
Mera. Pues, es preciso que acabe, porque es tarde, y es mejor continuar
mañana, que dar disgusto a los de casa. Vamos a ella.
a DC: nombro Rousseau, porque
DIALOGO SEPTIMO
Entre los dos interlocutores Mera y Murillo
Muritto. ¡Novedad grande y digna de toda lástima, Señor Doctor! Mera.
¿Qué ha sucedido, y qué se ha hecho nuestro Blancardo? Murillo. Por él es este
lamento y la grande novedad. Al primer canto del
gallo hizo ensillar su bayo y dijo que marchaba a Quito a negocios del
ma-yor momento. Por no turbar la paz de la casa, y mucho más el preciso
des-canso del sueño en que Vm. tranquilamente se sintió estaba sepultado, no se
atrevió a tocar la puerta de su aposento, para decirle adiós. Pero lleno de
gratitud y de pena, me encomendó saludes, memorias y agradecimientos que yo le
hiciese a Vm. a su nombre. ¡Buen muchacho! Propio para seguir una conversación;
y es uno de sus mayores disgustos que lleva, no asistir a la de hoy, que juzgo
será, queriendo Dios, la última.
Mera. Es verdad que siento mucho haberle perdido. Creería que le
lle-vaba el negocio de capítulo, si fuese el verdadero autor de la aprobación.
Pero él hizo y representó tan bien el papel, que ha sido un encanto.
Murillo. Pues, Señor, al venirme, conociendo a este joven de bello
hu-mor, le traje advirtiéndole que lo representase al vivo. Así lo ha
practicado, y Vm., Señor Doctor, con hacerse el desentendido, le ha hecho que
des-pliegue cuanto en una ficción le pudo ministrar su alegrísimo y bien
templa-do genio. Pero lo perdido, perdido, y ojo al ganar.
Mera. Dice Vm. bien, no perdamos tiempo. Lea Vm.
Murillo. Voy allá, y ahora entra la contradanza que me ha hecho rodar
tanto mundo y llegar con bastante fatiga a este villorrio de Ambato. Leo,
atienda Vm. bien, Señor Doctor: "La exhortación no puede ser más
juicio-sa, ni más cristiana. No creo que haya Aristarco 110 el más severo, ni
Zoilo por injusto que sea, que muestre desagrado."
Mera. Conque, éste, sin duda será el exordio del sermón que habrá
me-ditado contra mí. Y linda está la entradilla para proponer su asunto. Pues
que lo proponga.
Murillo. "Lo mismo debía prometerme (dice), de toda la oración,
ha-ciendo memoria de que es tanto la aceptación que tiene con el público, que
la envidia misma con el nombre de Luciano, lejos de atreverse a su ofensa, le
tributa veneraciones y aplausos a su mérito."
Mera. ¡Buena, buena cuchillada al pobre Lucianol Podía sacarle sangre,
si el infeliz aprobante no hubiese aprendido en su esgrima más que el bote
italiano. Esa satisfacción con que dice: no creo que haya Aristarco, quiere
imponer mucho. Pero mi juicio es levantar la caza y estimular a los lebreles a
que la sigan. Nunca yo haré de perro ni la seguiré. ¿Ahora, qué nos querrá
decir con esa fanfarronada: "Es tanta la aceptación que tiene su autor con
el público"? Yo sé bien lo que él es; y el Señor Doctor Yépez no ha de
ignorar que si es beneficio lograr la aceptación del público, es necesidad y
obligación de todo hombre de talento aspirar al verdadero mérito. Pero
al tiempo que digo esto, conozco que está lánguida y pesada mi imaginativa.
Echóme a reír, y es sobre un pasaje del Padre Isla. Búrlase del carácter de las
dedicatorias y del modo que observan en formarlas sus autores, y hablan-do de
la causa, dice: "Nunca, jamás ha de ser otra, que la de buscar un
po-deroso protector contra la emulación, un escudo contra la malignidad, una
sombra contra los abrasados ardores de la envidia, asegurando a rostro fir-me
que con tal Mecenas, no teme ni a los Aristarcos, ni a los Zoilos; 111 pues, o
acobardados no osarán sacar las cabezas de sus madrigueras y es-condrijos, o si
tuvieren atrevimiento para hacerlo, serán ícaros de su temeri-dad, derritidas
sus alas de cera a los encendidos y centellantes a rayos de tan fogoso
resplandeciente padrino."
Murillo. ¡Bonito pasaje para constituir padrino al mismo aprobante!
Mera. Aplíquelo Vm. como quisiere, que yo no estoy para ser en el día
muy exacto, porque aún me molesta la indisposición de la cabeza.
Murillo. ¡En buen tiempo buenas obras! ¿Ahora sale Vm. con que podía
sacar sangre y con la indisposición de su cabeza? Esta es mucha flema, Señor
Doctor. ¿A mí me había de tratar de envidioso?
Mera. ¿Pero qué remedio cabe ahora, sino sosegarse un poco, usar de un
átomo de magnanimidad y examinar con más frescura toda la cláusula?
Murillo. Yo me quejaría al mundo entero de que me sacasen de letra de
molde a la plaza universal de los necios y de los discretos.
Mera. ¿A dónde le nombran a Vm.?
Murillo. ¡Buena pregunta por cierto! ¿Pues, diciendo Luciano, no entro
yo, que soy uno de los que componen sus diálogos?
Mera. ¡Bien! ¿Y de quién se había Vm. de quejar, pregunto, y a quién?
Murillo. A toda la República Literaria, y del Señor Doctor Yépez. Mera. ¿Por
ventura ha padecido alguna lesión de juicio? ¿Qué es lo
que Vm. se atreve a decir? ¿Quisiera saber, no obstante, qué fundamento
tenían sus quejas?
Murillo. Allá van los fundamentos, por partes y por preguntas. Vm. me
responderá. ¿Qué se juzga del autor del Nuevo Luciano?
Mera. Lo más que se juzga con certidumbre se que habla con demasiada
libertad y atrevimiento.
Murillo. ¿Y es prudencia irritar al que no teme decir verdades?
Mera. No es mucha discreción. Pero el decirlas no pone sello a las
len-guas, ni rompe los dedos para tomar la pluma en contra de cualquiera que
las diga.
Murillo. ¿Y es cierto que cualquiera deberá así sin miedo tomar la
pluma?
Mera. No será cualquier docto ni prudente, antes sí, será cualquiera del
vulgo.
a DC: centelleantes
Murillo. ¿Pero en este caso aprobará este hecho alguna persona sabia y
juiciosa?
Mera. Ningún sujeto de este carácter aprobará tal hecho, antes disuadirá
con eficacia el que logre su efecto.
Murillo. ¡Eh, bien! Vea todo el mundo el primer fundamento de mis
quejas. ¿Cómo el Señor Doctor Yépez, siendo persona igualmente que jui-ciosa,
sabia, no disuade al indiscreto aprobante, este párrafo con que a Vm. le
emprende e injuria?
Mera. Allí hay un falso supuesto animado de su amor propio. Y es creer
que Luciano diga en sus nueve conversaciones, verdades. Habrá concebido el
Señor Doctor Yépez que no hay alguna, y ha hecho muy bien entonces de permitir
el que el Reverendo aprobante le hiera.
Murillo. Convencióme Vm., Señor Doctor. Voy al segundo fundamento en el
mismo método. Luciano no dice verdades, todas son mentiras. Pero dice el
aprobante que este Luciano, siendo la misma envidia, lejos de atre-verse a la
ofensa del Señor Doctor Yépez, le tributa veneraciones y aplausos a su mérito.
¿Será buena política en el aprobante herir al que se conforma con su dictamen
en alabarle?
Mera. Ya se ve que parece no muy buena, con decir: aun Luciano
(cri-tico, severo), es de mi mismo parecer en orden al mérito del orador, había
dicho galantemente.
Murillo. ¿Y será gratitud propia de una alma generosa e ilustre,
permitir que tiznen con el color infame de la envidia misma, a Luciano, que le
aplau-de y tributa veneraciones?
Mera. Otra falsa suposición, juzgar que un aplauso merecido, que una
veneración debida sea lo mismo que un beneficio. A éste es a quien se debe
gratitud y correspondencia.
Murillo. Ello, Vm. es un no a sé qué desatador de dificultades. Va el
tercer fundamento.
Mera. Amigo, no b nos cansemos. El modo de concebir los hombres es muy
vario, y en esto le digo mucho. ¿Qué importa que yo haya hecho una descripción
bastante exacta del estado literario de Quito con el celo de su reforma? ¿Qué
importa que sea yo un adorador de la verdad? ¿Qué im-porta que al que me
pareció tener mérito, le haga, sin un átomo aun de emu-lación, justicia? Nada
de esto viene al intento; y las quejas de Vm. vienen entonces al aire; y es
mucha verdad que las lleva de aquí para allí el viento. Fuera de eso, creo que
las aprobaciones o censuras se estampan fielmente conforme el texto del
original. Creo que el juez que comete, no tiene poder para mudar ni una letra.
Creo que no llegan ellas antes de ir a la oficina, a manos del autor de la obra
que se pretende dar a luz. Creo otras muchas cosas de éstas; porque, no
habiendo yo sido alguna vez autor de algo, ¿qué
DC: no sé qué de desatador
DC: no cansémonos
he de saber por experiencia acerca del modo de dar a la prensa algún
escri-to? Vamos ahora al papel, lea Vm. amigo.
Murillo. Vamos a él juntos para advertir cierta cosa. Mire Vm., Doctor
mío, con sus propias niñas. Ea, remire este reclamo al margen, al número 5,
dice: Papel satírico pseudónimo, y corresponde al centro, a la palabra Luciano,
escrita con caracteres de letra bastardilla o cursiva, para hacer conocer a la
Envidia misma.
Mera. Tampoco eso importa un bledo. Podría decirse jocosamente que de
relajado en la literatura, era opuesto a la reforma. Pero no lo diré, por-que
era necesario suponer reglas y constituciones literarias, para ver si había
observancia o relajación. Este párrafo, pues, que ha echado a mi Luciano, ha de
ser tal vez un triste desahogo de un hombre sentido y que se juzgó com-prendido
en alguna invectiva de nuestros pasados coloquios. ¡Y pudo ser que en ellos
hayamos lastimado la integridad de su purísima sabiduría, virgen y mártir a un
tiempo, tocándole en la médula del honor!
Murillo. No puedo acordarme a dónde dijo Vm. que quería derribar primero
los colosos para levantar después mejores bultos. Pero si fue quea se juzgó
grande, grande y docto, docto, ya debía tener presente aquella re-dondilla,
para no ofenderse.
No pienses va dirigido
¡Oh! Zoilo, a ti lo picante
Que te das por ignorante,
Si te das por entendido.
Mera. ¡Muy buena redondilla! ¡Eh! Pero si alguna palabra le ofendió,
hizo muy bien de desquitarse a donde pudo este aprobante.
Murillo. Entonces, digo que hacen muy bien, y han hecho bellamente
cuantos blancardos hay de restaurar, al modo de nuestro aprobante, el cré-dito
literario que Vm. les había quitado. Por eso, que un grandazo predica-dor, b
predicando su historia de feria por la cuaresma pasada, entonó altísi-mamente
de esta manera: No tengo miedo a los Lucianos. Pero eso, otro que c predicó de
la transverberación de Santa Teresa en el Carmen Bajo el año pasado de 79, le
dio a Luciano un bonito recorderis. Por eso, un blan-cardo que predicó cierto
sermón de Santo Tomás que dice d es vomitador de sátiras, y de quien se guarda
archivado un sermón de Capítulo, dirigido a honrado maquiavelismo del
aprobante), lee dio también su buena menea-da. Por eso, otro blancardo de
puntas, quiero decir de cabeza y de ingenio agudos y levantados (que a la
verdad son dos capillas), echó las pestes contra
DC: que Blancardo se juzgó
DC: predicadorcito
DC: que empujó de transverberación de
DC: dicen es fecundo imitador de sátiras
DC: se dio
Luciano en un sermoncillo mísero de Rogaciones. Por eso, otro blancardo
hecho a tiros largos, de mal humor, de pésima hipocondría, de ignorancia y de
infinito amor propio suyo, encajó en su sermón de las luces que vivifican,
párrafo y medio de sandeces, achacando al pobre Luciano, críticas hurtadas e
ignorancia de lo mismo que trataba. Por eso, y si quiere más, le echaré más por
esos que tienen el sermón de Dimas de mi aprobante.
Mera. Digo que hicieron bien, y creo que a todos estos caballeros sin
nombrarles, se les dará satisfacción en otra parte. Ahora, para que Vm. se
serene un poco, para que conozca hasta dónde llega la ciencia blancardina; y
para que vea del género que ha de ser la satisfacción, he aquí la muestra.
Adivine Vm. si es paño, lanilla o gerga.
Con una gracia putesca,
Una dulce voz melosa,
Tal cual pullita chisposa
un asunto luz de yesca,
Formó Pamelio la gresca. Dio la sombra al Evangelio Cuando le hirió a Lucio
Lelio; Pero abuela quedó absorta, Y dijo: cuando más corta, ¡Qué bien predica
Pamelio!
Abuela todo es contento
Por Pamelio tan parlero,
Llámele tordo, jilguero
Por su tono de lamento.
Luego, tiene entendimiento
(Dijo), tiene cholla y chapa,
Nadie de su pico escapa.
Bajo su capucho es grave
Orador, que todo sabe
Debajo de su solapa.
Tal es su garbo y su aliño
En su decir halagüeño,
Que has de conocer al dueño
De esta blancura y armiño;
aunque la voz es de niño,
Viejo es, como viejo rapa, Saca la caja, la tapa, Toma el polvo con fiereza,
Estornuda, tose, empieza Echando a un lado la capa.
Dice por su boca horrores,
Espanta con sus dos luces,
Abuela se hace mil cruces.
Pamelio de mis amores
De tu boca los primores
(Dice), me encanta Pamelio;
Dale fuerte, pega a Lelio,
Pero ha de ser con enfado,
Botarás a Lelio a un lado
Y a a otro lado el Evangelio.
Murillo. Buenas están las décimas, a mi contento. Conozco para quién
son, voyle a decir.
Mera. No haga Vm. tal. Viste una gala, que yo venero por su humildísi-mo
serafín y por sus mismos dignísimos hijos; si a algún particular se le acomete,
no es por herir a todo el cuerpo. Este, pues (por más que digan incesantemente
sus hermanos que es pesado y grave), ha sido dócilísimo a nuestro modo de
insinuarnos en nuestro Luciano. Veo escogidos jóvenes de espíritu y de virtud
para la regencia de las cátedras. Veo a estos mismos, atentos a su obligación,
celosos del honor literario de su religión, educando a la juventud religiosa
que se les ha confiado, ya en una docta filosofía de los Fortunatos de Brescia,
Nollet, Gravesande y Musschembroek. Veo a sus teólogos (¡oh! qué prodigio de
luz y de discernimiento, de docilidad y amor a lo verdadero!), manejando con
profunda meditación a los Bertis y a los Boyvin,112 instruyéndose en la
disciplina antigua, estudiando la historia de los Concilios y de la Iglesia; y
tomando aun de memoria la Santa Escritura. Lo admirable está en que todos estos
progresos los veo alcanzados con el silencio de una modestia b verdaderamente
sabia y religiosa. Y ésta es una acogida práctica que ha hecho esta seráfica
religión al Nuevo Luciano, hon-rándole con aceptar su deseado y apetecido plan
de estudios. Pero su autor, amante de la verdad, la publicará con una especie
de arrebatado entusiasmo. Y sensible a ese favorable auspicio con que le han
admitido, reconocerá como obsequio suyo, el que sólo ha sido homenaje a la
verdad.
Murillo. Paso adelante entonces, regocijándome infinito de lo que Vm. ha
hablado; y vuelvo a machacar diciendo que ha hecho la cosa del mayor aplauso
Blancardo el aprobante, en llamar a Luciano la misma envidia.
Mera. Pues, si Vm. es eterno movedor de las mismas especies, ha de oír
las mismas respuestas: hizo muy bien de desahogarse y de respirar por la
a DC: Y a otro lado el Evangelio.
Porque es bien que se haga nuevamente la salva a este capitán general de
la ignorancia y del mal gusto y con tono enfático y de apostrofe se le diga:
sal-azar de mis coloquios y difunde tus candores en este insigne Teatro. Pero
la verdad amigo, ¿qué le parecen las décimas?
Murillo. Buenas están...
b DC: modesta
herida, si es verdad que le hemos lastimado. Antes, ruégole a Vm. que
con-jeture cuáles sean los pasajes que más le hayan herido.
Murillo. Voy a adivinarlo. Ha de ser lo primero, porque en una ocasión
me dijo Vm. que para ser Provincial, más que sabio, se necesitaba ser sabido y
atracar con astucia los votos.
Mera. Puede haber muchos que lo hagan, y el aprobante puede ser que no
sea de esos muchos. Tal lo contemplo, y, para hablar seriamente, vea Vm. que sé
hacer justicia el demonio que la tenga. A nadie le deseo de Pro-vincial en este
próximo Capítulo, sino a este caballero, porque, cuando lo fue, reformó cuanto
estuvo de su parte la disciplina regular, promovió tal cual el estudio de su
casa a su modo, proveyó y mandó cosas útiles a su Pro-vincia, llenó el templo
de operarios, y él mismo ejecutó lo que había orde-nado, dando la mejor ley en
el ejemplo; de suerte que los fieles hallaban consuelo espiritual en el templo
de las misericordias. Vuelvo a decir, que B secular como soy, pero como
idólatra de la sociedad, le doy para superior mi voto.
Murillo. Ha de ser lo segundo, porque yo hice la pintura de mis
estu-dios teológicos en un pueblo de los Pastos a dirección de un Blancardo de
esta orden, y creería que a su merced había yo retratado en mi amable Padre
Maestro: sin duda que no tuvo presente el verso que poco ha repetí: No pienses
va dirigido.
Mera. Harto mal haría de sentirse, porque allí ni nos acordamos del
aprobante. Lo que daría motivo a su engaño, sería ver al margen de nuestro
primer ejemplar del Nuevo Luciano algunas letras iniciales, que genios
tra-viesos interpretaron a su modo. Omitamos desde luego las siguientes E. B.,
porque aun con la satisfacción no queremos irritar los ánimos de los que (se
creyó), venían en ellas comprendidos. Pero viniendo a la letra A, confesamos de
buena fe que no entendimos en ella al aprobante. Mi escribiente, para decir
verdad, muchacho de alguna viveza, osó poner estas letras por lo que se imaginó
que designaban a los sujetos. ¿Qué verosimilitud hay en señalar a un solo
individuo escolasticón, para denotar la falta de verdadera teología en el
complejo b de toda una numerosa comunidad? Estemos, pues, en que las letras aes
no querían decir más que acicates. Vamos a otro cargo que se nos puede hacer; y
es que se hablaba con falsedad acerca del método que observaba esta Orden en
estudiar su teología, y que se le quitaba el crédito en publicar que se
estudiaba tan mal, como lo asegurábamos. La respuesta es la más fácil del
mundo, y consiste en decir que el método de esa Orden es más primoroso que el
que observa en su teología la misma Sorbona. No se tome por ironía, ésta es la
verdad, para satisfacer a mi conciencia. En queriendo hablar por mis sentidos,
diría que Vm., mi Doctor Murillo, en su narración de la teología describió un
Regular, aunque ignorante, escolasti-
a
b
DC: que eclesiástico secular
DC: ejemplo
cón de su tiempo, pero al fin un Regular que deseaba cumplir con su
obli-gación; que anhelaba satisfacer su gusto literario, propio de su siglo, de
su sociedad y de su educación; a pero que ignora aún la escolástica vulgar,
como se le puede hacer constar con demostraciones matemáticas en nuestra
segun-da parte. Quien no se ha muerto de amor de los libros, como lo sabemos
demasiado, debería antes que ofendido, quedar agradecido al retrato del Padre
Maestro.
Murillo. Lo tercero puede ser, porque Vm. habló con claridad acerca de
la sutileza blancardina del sermón de San Pedro Nolasco, y dio a entender era
el parto de un Fray Gerundio.
Mera. Entonces me alegro que en estos nuestros diálogos de la Ciencia
blancardina se hayan criticado los pasajes más selectos del tal sermón, y el
público nos hará justicia. Pero si aún hoy, el aprobante, preocupado del mérito
de su Apolo, le defendiese, daría b muestras no solamente de su ig-norancia,
mas también de su incapacidad. El siglo, pues, va dejándose ver con algunos
crepúsculos del buen gusto y del bello espíritu; mas, es renun-ciar su
ilustración hacer voto de abrazar las necedades de nuestros mayores. Alabemos
el buen talento con que nació el Padre de los Tres A A A, pero no envidiemos su
literatura. Tengámosle por el honor de su Orden en los tiempos de tinieblas,
pero no queramos seguir la extraviada carrera de su tumultuaria lectura. Pero,
si insiste nuestro aprobante en que enc decirlo somos sacrilegos, entonces
protestamos, para satisfacer al público, y a su merced, dar una copia legal con
buenas notas de los sermones del alabadí-simo Padre Maestro.
Murillo. Puede ser lo cuarto, porque Vm. no encuentra entre los autores
de su Orden más que a Fray Juan Prudencio.
Mera. Ojalá hubiera estado en mi arbitrio agregar también al Maestro
Prudencio de la Historia de Fray Gerundio, y hacer que vistiese un añascóte,
para darle una gran honra. Pero no está, ni estuvo en mi mano el hacerlo; y
estoy en el concepto de que tiene más mérito el Maestro Prudencio ima-ginario
del Padre Isla, que el real y militar de los blancardos. Con todo, hoy les
añado a Zumel,113 a Interián de Ayala y aun a Morzo, que, habiéndole consultado
sobre los asuntos de esta Provincia, no manifiesta en sus deter-minaciones el
mejor tino. Y aun les agregaré a todo el mundo blancardino.
Murillo. Lo quinto puede ser, porque yo le dije (pecador de mí), que en
esa orden no había más teología que las materias manuscritas de los jesuítas.
Mera. ¿Pues, hay más que llevar a un escribano de cámara, a un notario
mayor, al protonotario que dentro se hallase, para que den fe y testimonio de
lo contrario? Y, si a Vm. le cogen en la mentira, pueden obligarle a que el día
de publicación de bulas, o el día de auto de fe del Santo Tribunal diga desde
el púlpito este pregón, que debe desde hoy tenerle muy sabido: Yo,
a DC: educación; y quien ignora
b DC: dará
e DC: al
Don Miguel Murillo y Loma, profesor de las ciencias apolíneas y
venerador de Apolo, ora sea que presida al virginal coro castalio, ora que rija
la caterva de los médicos, declaro en descargo de mi conciencia a todos los
moradores de esta ciudad, estantes y habitantes, a todos los pasados, aun a
todos los futuros contingentes y al mismo Moisés Blancardo el aprobante, que
los Blancardos de esta Provincia de San Nicolás, saben la Teología dogmática
con todos los requisitos necesarios para ser doctísimos en ella. Item declaro,
también en descargo de mi conciencia, que especialmente Moisés Blancardo,
aprobante in solidum de una oración fúnebre, se ha mamado a todos los Pa-dres
de memoria y es el verdadero sabio de este siglo. Y que, si he dicho alguna
vez, directa o indirectamente, en veras o en chanza, lo contrario, que todo sea
nulo, de ningún valor y a efecto para lo de atrás, para lo de adelante, para
ahora y para siempre in saecüla saeculorum. Amen.
Murillo. Lo sexto ha de ser, porque yo di a Vm. un soplo de que este
nuestro aprobante había publicado que cuanto Vm. parlaba en su Luciano, había
salido del cuarto tomo de la Historia antigua del Señor Rollín. Y des-pués yo
mismo (acúsome de mi malísimo natural, no de mi envidia, que no conozco), yo
mismo le repetí aquella linda coplita, que, habiéndola oído, me la tomé de
memoria para decirla como alusiva a ciertas palabras magníficas de cierto
sermón que escuchamos. Esta es la copla:
Sorprendido el pensamiento
de unos ecos rubicundos,
Desmayado cayó en brazos
De unos pollinos tacungos.
Mera. ¿Pero qué culpa tengo yo de que por su facilidad de espíritu, por
su ligereza de ánimo y lengua, por su ignorancia y porque dio a entender que ha
visto y leído los asuntos que tocamos en nuestras conversaciones, se le hiciese
esa coplilla? Todo el que quiera hablar sin conocimiento de causa, se expone a
estas irrisiones. Embístase a mi Luciano desde luego, pero que sea con verdad,
con solidez, con doctrina.
Murillo. No lo encargue mucho, que Moisés Blancardo el aprobante, luego
que salió Luciano, ofreció destruirle e impugnarle. Algo tendrá tra-bajado,
será con acierto; pues, ha echado ya el texto capital en la aprobación.
Mera. Mire Vm. que esa impugnación que Blancardo el chico medita con-tra
el Luciano, ha de ser como la impugnación de Fray Gerundio, imaginada por el
Padre de las tres aes, Blancardo el grande. Este Apolo, este sabio, así que
llegó a la ciudad la obra del Padre Isla, profirió que la impugnaba, llamó por
aliados a todos los Regulares del mayor nombre, les pidió mate-riales y ayuda,
y después de la zambra, la grita y la algazara, no hemos visto de mano tan
docta un discurso, de pluma tan sabia un rasgo, de alma tan
a DC: ni
buena un reflejo. Hablando con seriedad, digo, que anduvo discreto en no
medir el brazo con jesuita que sabía tan bellamente volver ridículos a sus
contrarios, sino es al Barbadiño, cuya extensión y peso de doctrina oprimió los
flacos hombros del Isla, y su impugnación, puesta entre las que salieron contra
el sabio Verney, pareció un estoque de paja aplicado al pecho robusto de un
león. Vamos a la Historia de Fray Gerundio. En ésta, pues, he adver-tido muchos
flancos por donde a su autor se le puede holgadamente batir, y son ellos
dependientes del conocimiento de pocas ciencias, mucho más del conocimiento de
las costumbres domésticas de las Ordenes Regulares. Pero Luciano comprende la
instrucción de más facultades, de más copiosas noti-cias y de asuntos totalmente
extraños a todo el conocimiento de todos los blancardos. Ahora, pues, no dudo
(y yo lo conozco para mí), que ha de tener muchísimos errores. ¿Pero, de cuánta
lectura anterior, de cuánta doctrina consumada, de cuántos auxilios de libros y
de noticias exquisitas no se re-quiere que esté adornado y pertrechado el que
le haya de impugnar? Luciano fue papelito que lo corrí en el corto tiempo de
quince días, cuyas horas siem-pre fueron barajadas con los ratos de pluma y más
ocupaciones ordinarias.
es preciso que con el deseo
de abreviar su data, llevase todos los defectos de las obras mal digeridas a y
meditadas, de donde fue fácil cogerle en erro-res, tal vez, monstruosos. Con
todo, no pueden los que proclaman que le impugnan, acertar con una coma. Vea
Vm. aquí una demostración de la ciencia blancardina.
Murillo. ¡Ah, Señor! ¿Olvida Vm. a Marco Porcio Catón escrito por Moisés
Blancardo con el título de Memorias para la impugnación del Nuevo Luciano de
Quito?
Mera. Como es esta la última jornada desenredadora de muchos enlaces
cogidos en toda la serie de nuestros coloquios, aunque en el primero simulé
haberle visto, ahora digo que no sólo le he manejado, pero que yo mismo soy el
autor de dicho papelillo. Fuera de todo enigma, y vea Vm. aquí todo el arte.
Mil personas del vulgo han tirado sus tajos y reveses contra las conversaciones
del Nuevo Luciano. Era preciso que yo estuviese bien desco-nocido con el velo
del anónimo, para oír con toda libertad imaginable lo que sentía el vulgo
acerca de mi Luciano; y vea aquí Vm., que lo he conseguido con ventajas, dignas
todas de risa, pero igualmente que tienen un fondo admirable para conocer el
carácter de los hombres, sus diferentes dictáme-nes, sus alcances, sus luces,
su doctrina y aun sus pasiones y afectos. Recogi-das, pues, todas las
objeciones que se habían hecho, me determiné a escri-birlas, con aquel desorden
propio y característico de la ignorancia y de la prevención. Afecto ya el
estilo de un orador famoso, ya el de un parlero cul-to, ya el entusiasmo de un
pedante, ya el tono irritado de un zafio, ya el furor de un falso celoso, y ya,
finalmente, todo el carácter del vulgo quiteño: y, si antes en el Nuevo Luciano
introduje a Vm. (perdónemelo), como re-
a DC: dirigidas
presentante o actor, con el papel de la ignorancia, después en mis
Memorias introduje a su ficticio autor Moisés Blancardo, como el retrato
fidelísimo de la última rudeza del vulgo quiteño. Y éste es tal, que tomó el
papel por cosa seria; y aun muchos de él juzgaron que decía buenas cosas,
capaces de parecer sólidas dificultades. Acordéme del famosísimo Boileau
Despreaux, que, viéndose asaltado de un tropel de adversarios, de quienes en
sus ante-riores sátiras habían hablado con mucha libertad, siguió el gusto de
Horacio e hizo su apología, al mismo tiempo que dio a luz la respuesta en su
sátira nona dirigida a su espíritu. Así yo (tal cual es mi talento), debajo el
pretex-to de censura, con el lenguaje mismo de un populacho rudo, mis
conversa-ciones han vuelto ridículos sus pensamientos; y de no vuelva Vm., mi
Doctor Murillo, a leer su Marco Porcio Catón. Verá aun demás que en el dicho
papel he dibujado todo el plan, para sacar completa y algo útil la se-gunda
parte del Nuevo Luciano. Verá que yo mismo, hablando el idioma de las injurias
más groseras, no dudo decir que me llaman envidioso casi en cada página del
dicho papel. Pero, a la verdad, confiese que tratarme así, no fue porque lo
oyese, sino porque entendí que aquellas almas más plebeyas, y que con el nombre
sólo de uno que se dice libelo infamatorio, se habían de aterrar y no leerle, y
con todo eso, sabiendo su asunto y las personas a quienes critica, habían de
decretar que Luciano era el efecto de la envidia; de allí es que no dudé poner
contra mí mismo, aquel vulgar denuesto. Y vea Vm. aquí, cuanto ha aprovechado
decirlo, para ver cuál es el lastimoso aprobante, a quien por burla irónica
dice Despreaux lo siguiente:
Mais vous, qui raffinez sur les Ecrits des autres
De quel œil pensez-vous qu'on regarde les vôtres?
Il n'est rien en ce temps à couvert de vos coups;
Mais savez-vous aussi comme on parle de vous?
Gardez-vous, dira l'un, de cet Esprit critique;
On ne sçait bien souvent quelle mouche le pique.
Mais c'est un jeune Fou, qui se croit tout permis,
Et qui pour un bon mot va perdre vingt Amis.
Il ne pardonne pas aux vers de la Pucelle,
Et croit régler le Monde au grè de sa cervelle.
Jamais dans le Barrean trova-t-el rien de bon?
Peut-on si bien precher qu'il ne dorme au Sermon?
Pero volvamos a oír sus conjeturas. Diga Vm., amigo, ¿qué otros mo-tivos
infiere que tenga nuestro aprobante para que me trate de la misma envidia?
Murillo. Lo séptimo y último ha de ser, porque, juzgando que Vm. es un
anónimo, pero anónimo que debe callar a presencia de su Prelado, dijo cortemos
duro y parejo al Nuevo Luciano; porque su autor, o ha de callar
como en misa, o si se me atreve con algún otro papel, no ha de faltar
quien me defienda.
Mera. Ya verá su desengaño; y aún verá que siendo el imaginado autor un
a instante, aunque fue uno de los que ofrecieron dos tomos de impugna-ción a
mis conversaciones: de mayor bulto que tiene el cuerpo del Nuevo Luciano. No
hay cosa como ser solo; y no hay cosa, como si se tiene alguna doctrina y
espíritu sepultarlos en el silencio y la oscuridad. Dos personas de muy lejos
de esta provincia me han sugerido esta bella máxima. La una es muy sabia; la
otra, bastantemente erudita. La primera me dijo (haciendo de mi maestro que lo
fue), ésta es la escuela de Pitágoras, y tú, en tu mo-deración y silencio, seas
un verdadero pitagórico. La segundo, que fue el Doctor Don Pedro Vallejo, hoy
residente en Lima, me dijo: es Vm. un niño y necesita de algún consejo. Oculte
Vm. como delitos su aplicación, sus luces y todo su mérito, si quiere ser
estimado en esta ciudad; pues, si aquí dentro, si en esta casa que se llama la
de la sabiduría, porque con mi estudiosidad he dado algunos pasos para ser
docto, se me tiene aborrecimiento, ¿qué será afuera, donde no hay sino
barbarie? Los consejos, pues, de uno y otro, me han sido útiles; yo he
aprovechado de ellos. Y es cierto que el más penetra-tivo en toda su vida dará
conmigo, con mi estudio, ni mi modo de trabajar. Diga, Vm., Doctor Murillo.
MuriUo. Que no hallo más motivo que los dichos, así Dios me lo per-done.
Mera. En un solo motivo, en una sola causa (sépalo Vm. de contado),
consiste el que nuestro aprobante trate a mi Luciano de la misma envidia; y es
en la misma ignorancia e insensatez. Tal es la del caballero y de todos los que
se le parecen, que antes de leer mi papel no sabían si había habido en el mundo
un autor griego llamado Luciano, mofador de los filósofos y noble escritor de
otras buenas obras. Y oyendo que en Quito había salido un escrito intitulado el
Nuevo Luciano equivocaban la palabra o la tras-tornaban llamándola Nueva
Luciana.
Murillo. ¡Ah, ah, ah! Entonces disculpo a mi Blancardo: mucho es que no
dijese, creyendo que la obra era alguna prostituzuela Luciana. Es tanta la
aceptación que tiene su autor con el público, que la lujuria misma con el
nombre de Luciana, lejos de atreverse a su ofensa, le tributa veneraciones y
aplausos a su mérito.
Mera. Siempre alabaré la satisfacción máxima de bautizar al pobre
Lu-ciano con el renombre no sólo de envidioso, sino de la misma envidia.
Murillo. Lo habrá dicho, tal vez, inspirado. Pues, solamente por
revela-ción pudo saber que la obra de Luciano era el efecto de la envidia.
Mera. Dice Vm. bien. b ¿No pudo ser quizás y sin quizás solicitar la
re-forma de los estudios en este país de la ignorancia? ¿No sería (como fue),
el
a
b
DC: un inocente, aún fue
DC: muy bien
amor a la sociedad, al bien común, a la Patria? ¿Ha de ser precisamente
la misma envidia?
Muritto. Sí, Señor mío. Ella, en cuerpo y alma, con su pelo y su lana.
Ella misma.
Mera. Pero, ¿dónde la manifiesto, o por dónde se me trasluce?
Miurillo. No solamente se trasluce. Brilla como la luz meridiana, y voy
a decir el cómo. Vm. envidia a Cratilo, 115 su consumada latinidad; a Eutifón,
su poética, historia y todas sus letras humanas sabidas con la mayor
perfec-ción; a Menexeno, su bellísimo espíritu; a Nito, su filosofía doctísima;
a Melito, su teología escolástica divina; a Fedón, su moral purísima; a
Fecteto, su oratoria; y a Blancardo, su medicina, su tino mental aprobatorio y
todo lo que se debe saber, recopilado en su divina mollera.
Mera. Parece esto que Vm. acaba de decir, a un gracioso cuento que anda
por ahí y he oído muchas veces. Se dice en favor del Padre Isla, que todos los
Blancardos, bravamente enojados de que hubiese escrito con la mayor sanidad de
conciencia (tal me imagino), con el celo más puro y con la doctrina
correspondiente, de su bella invención, la Historia de Fray Ge-rundio, gritaron
altamente, el Padre es la misma envidia. Le hace llagas ver la inimitable
ortografía del cojo de Villaornate; le saca sangre la latinidad, poesía
serpentina y acróstica del Dómine Zancas largas; le lastima el no poder imitar
el estilo cultísimo del Padre Soto-Marne; le hiere en lo más vivo no tener
arbitrio ni habilidad para alcanzar la erudición, lenguaje y fa-cilidad de
hacer y decir sermones tan buenos como los del Padre Predicador mayor, Fray
Blas; le duele verse sin la óptima filosofía del Padre Lector, Fray Toribio; y
se muere de celo, de rabia y de envidia, de que no le hubie-sen encomendado el
sermón del escribano Domingo Consejo, que tan divi-namente predicó el
famosísimo Fray Gerundio de Campazas en sus bien pagadas exequias.
Murillo. Hablemos en puridad, Señor Doctor. Lo ha decretado en una
aprobación que es más que una patente, y en la que nos intima, bajo de santa
obediencia y en virtud del Espíritu Santo, que creamos que Luciano es la misma
envidia. Así yo no resisto: creer o reventar. Que no quiero rencillas con las
armas más poderosas de una aprobación.
Mera. Esos cocos a otro niño. No tengo el corazón sino muy fuerte, y
sabiendo la alusión que hacen a otro asunto sus palabras. .. ¡Qué! ¿Dónde
estamos? ¿En Siberia, adonde con ventosas amenazas se nos vede usar de nuestro
discernimiento? ¿En Sibaris, donde el entendimiento no goza ni de su libertad,
ni de sus facultades? Directamente hablando, digo que es cosa de que se aflige
extremadamente la modestia, proferir (pero es bien proferir), que no envidio a
ningún individuo de todos aquellos, cuyos vicios de literatura manifesté en el
Luciano. Siguiendo las reglas de una buena crí-tica, aseguro que habrá uno u
otro raro genio, ya en esta orden, ya en la otra, ya en este gremio, ya en
aquel, que se haya formado por sí mismo en
las ciencias, y que, por la nobleza de su entendimiento, se persuada a
que, no sabiendo nada, es digno de vivir sin darse nunca a conocer. Pero de
todos los que conozco y traigo criticados en mi Luciano, vuelvo a decir que no
envidio ni su talento ni su instrucción. Digo (y es con sumo bochorno), lo que
el Padre Feijoo decía de cierto gremio de literatos. Conozco a todos (decía),
los penetro y sé bien hasta dónde alcanza la espada de cada cual. Ninguno
envidia lo mismo que tiene. Lo que a otros sobre y nos falta, se suele envidiar
según la expresión: a
Virtutem incolumen odimus;
Sublatam ex oculis quaerimus invidia.116
Murillo. Con todo eso ha de ser Vm. envidioso, no tiene remedio.
Mera. Siendo la envidia la aflicción del bien ajeno, ya se ve que es
esta la pasión de las almas bajas. Pero, ¿cómo no me podrá afligir ver la
perver-sísima educación que han tenido hasta ahora nuestros más famosos
literatos? Conozco sí, que en virtud de ella son y fueron orgullosos,
presumidos, re-sueltos, arrojados y que nada quisieron más que ser tenidos por
doctos, sien-do en la realidad tan ignorantes, que no sabían, no diré la serie
de las cien-cias propias de su conocimiento, obligación y estudio; ¿pero ni por
dónde habían de empezar a leer alguna obrilla que los dirigiese a formarse en
la literatura? Acabada la carrera de las aulas, el que había por genio tomado
el gusto a la lectura, se dirigía, según un ciego capricho, a leer ya este, ya
otro autor, sin medir nunca las fuerzas que tenía o para su inteligencia, o
para acabar con toda la obra. ¿Y esta educación, o estos genios que no
pu-dieron romperla y tomar otra mejor, serán los bellos objetos de mi envi-dia?
Parece que no; y desde luego confieso esta verdad, que entre la multi-tud de
juicios, ya favorables, ya adversos a mi Luciano que he escuchado con gran paz
en todo el espacio de un año y medio con estos oídos que ha de comer la tierra,
no percibí que alguno me tratase de envidioso. Es atre-vido, pero se sabe
insinuar; es plagiario, pero ha leído mucho; es satírico, pero lleno de
gracias; es formidable, pero dice la verdad; es de un estilo ramplón, dijo uno
de aquellos a quienes se atribuye la obra. Dice Luciano lo que sabemos los
doctos, ha dicho otro. b Nada trae de nuevo gritaron los que se precian de
letrados; y esta es la crítica que he oído. Pero ha escrito por pura envidia,
no lo oí jamás. Y c donde hay mucho de envidioso es cuan-do el más ínfimo
populacho llega a tener noticia del intento de mi papel, ya en boca de un
mentecato y ya en la de un rudo, en la primera conversación del mismo Luciano y
en el papelito de las Memorias, lo cual se expuso como una precaución retórica
contra los mismos lastimosos sabindojos que me quisiesen tratar de envidioso.
3 DC: expresión de Horacio:
b DC: otro a quien también se le hace autor. Nada traen de nuevo
c DC: A donde
Murillo. Es tiempo de aguantarla con todo el cuerpo, Señor mío. Le sacan
a vergüenza pública; pues, sufra como un belermo, y sea por amor de Dios.
Mera. Pero, por si acaso Vm. se hubiese olvidado de todas mis
reflexio-nes hechas en estos días pasados acerca de la ciencia blancardina, es
necesario saber, ¿quién era o es el que me trata en este tono? ¿Quién me da
color tan oscuro y tan negro como el demonio?
Murillo. A mi ver es un gran mozo. He aquí su retrato sacado en
minia-tura. Un poquillo de gramática latina tan mala, que hoy no hará una
ora-ción de habiendo, aunque el hombre haga de estando. Una filosofía de azotes
y cruces, con un lector todo manías, furores y cuernos diarios, de cada semana
y de todo un año, porque por ellos hacía siempre aguas y todos le cogimos la
orina. Una teología de cuatro cuestiones ridiculas mal sabidas y nada
entendidas, marineras, ulloísticas; miento, teatínicas todas. Retóricas, ni una
palabra. Bellas letras, cuando comenzó palotes. Historia, la de los doce Pares
de Francia. Oratoria, la soplada y purísima de alabanzas concep-tuales. Y
saliendo de la carrera estudiantina, no saber coger un libro, ni por dónde va
ni viene bola. Pero, habiendo leído a Feijoo, cátame de docto de la noche a la
mañana, de los pies a la cabeza, por adentro y por afuera. ¿Todo esto no es de
envidiar? Pregunto, ¿acaso no se muere Vm. de rabia de ver este primor? Mas,
hay alguito más que Vm. le envidia, y voy a explicar. Un título (mayor que de
un elector de Maguncia), de Examinador Sinodal; un tal cual sermón de
Leonardelli, y de un Leonardelli fatuo en cuanto describe y pinta; un modito de
examinar con muy gordas letras morales, pero con unos artificios serpentinos,
dobles, picarescos, y que siempre estuvieron atentos al semblante que decretaba
el rastrillazo, o al aspecto que senten-ciaba el favor o la indulgencia. ¿Es
más, acaso, el sapientísimo Moisés? Pero hay un buen medio para salir de este engorro.
Mera. No hay cosa como pasarlo a sangre fría. Pero, ¿qué era lo que Vm.
pensaba?
Murillo. Desde ahora para siempre sacarle a batalla campal, y citarle a
que salga al campo literario armi de tuotes pieces, como dicen los monsieu-res,
y veamos lo que produce.
Mera. ¡Qué locura! Es reto y desafío que tiene muchísima ridiculez v
bajeza. ¿No se acuerda Vm. aquella célebre redondilla en respuesta a un guapo:
Vuestro papel recibí,
el desafío no abono, Que no
quiero matar mono, ni que mono mate a mí?. . .
El tiempo nos hará justicia. Volvamos al papel y a la misma cláusula.
Murillo. Luciano, pues, lejos de atreverse a la ofensa del orador, le tri-
buta veneraciones y aplausos a su mérito.
Mera. Dígale Vm. al oído cuando vea a Blancardo: amigo, mala memo-ria, y
lo que es más cierto, mentira. Y si no, diga su señoría aprobante, ¿en qué
parte de las conversaciones de Luciano están escritas esas veneraciones y estos
aplausos? ¿Que haya descaro para esta impostura, cuando Luciano anda ya en
manos de muchos?
Murillo. A bien que el asunto es pura materia de hechos. Volveré a leer
lo mismo que parlamos, no por certificarme, que yo no padezco duda, sino por
ver cómo andan los ejemplares, más o menos mal escritos. Prosigo la aprobación,
dice: "No ha mucho que hizo ver [LucianoJ, su negra melan-colía."
Mera. ¿No será que hizo ver clarísimamente la blanquísima tontera de los
criticados, y toda la ignorancia blancardina? Es verdad que los melancó-licos
son de una imaginación oscura, de un ánimo abatido y sin esparcimien-to. Yo
(¿no lo ve Vm.?), soy risueño en el aposento, en la calle, en el cam-po, en la
ciudad. Puede ser ese mi pecado, reír con alguna demasía y ser un Demócrito,
que, viendo aquel flanco de ridiculez que descubro en los hom-bres de mayor
crédito, me río, tomo desengaño, saco fruto, y es el mayor no despreciarlos ni
en mi interior. Adelante.
Murillo. "Vomitando su humor pestilente y un cruel veneno, aun
contra lo más respetable y sagrado."
Mera. Propia expresión blancardina. La verdad dicha sin emboza, por
sugestión de Fleury y a ejemplo de los mejores sabios antiguos y modernos.
Alguna ironía propuesta con generosa libertad, por ser hoy el remedio más
oportuno contra las rebeldes enfermedades de la indolencia y de la apople-jía
quiteña en punto de letras. El celo de que se promueva la verdadera sabiduría y
la cristiana elocuencia de los eclesiásticos todos. La manifesta-ción palmaria
e incontestable (practicada con hechos innegables), del mal método jesuítico en
la enseñanza de la juventud doméstica, y mucho más de la extraña o secular. Un
estilo, a veces vehemente y encendido contra los abusos más intolerables, tanto
en el método de enseñar las ciencias, cuanto en la práctica de ciertas costumbres.
Vea Vm. aquí el vómito de este humor pestilente. Cata allí el cruel veneno
contra lo más respetable y sagrado.
Murillo. No es sólo ese el movimiento pestilente, sino el que Vm. falta
a la caridad cristiana, hablando con irrisión de los doctos, y mucho más
sien-do Vm. tan eficaz que ha logrado que no les tengan por tales.
Mera. ¡Vana acusación! Es muy cierto que todo hombre tiene derecho a su
buen nombre y a su buena fama; y es muy cierto que el que los dismi-nuye o
consigue quitarles, peca gravemente contra la caridad y contra la jus-ticia. La
misma naturaleza parece que nos está insinuando con la voz de la razón, que es
necesario observar esta regla de equidad para con todos nues-tros hermanos. Sé
que la ley 56 de la séptima tabla, en la serie de las doce, dice así:
"Cualquiera que infamare a otro, sea con vicios o con versos inju-riosos
que puedan oscurecer la reputación, será castigado a palos." De don-
de la ley al código de famosis libellis decreta pena de muerte al que
publi-care o vendiere el libelo infamatorio, como a verdadero autor del delito.
Y 3 antes la Ley Cornelia 117 (leg. 5, ss. de injuriis), había contra los
mismos mandado pena de destierro. Por todo lo cual se ve en qué linaje de
horror ha tenido el derecho civil a los que arrebatan la buena fama de los
otros. Y que el canónico ha hecho por su parte una ley igual a la citada de las
Doce tablas, mandando azotar con varas a estos perversos deslustrados b del
nom-bre ajeno (cap. quin in alterius). Ahora, pues, sigúese examinar si yo con
la anterior y con la presente obrilla del Nuevo Luciano de Quito, he incurrido
el grave delito de componer un libelo infamatorio.
Murillo. Vamos, Señor, a otra cosa, que hacemos muy ignorantes a
nues-tros paisanos con querer averiguar este punto moral tan sabido.
Mera. Pero si este es el coco, con que intimidan los que se dicen
mora-listas, a los simples, déjeme Vm. que diga cuatro palabritas. No falta a
la caridad, antes la practica el que burla y ríe de los errores que se oponen a
la felicidad eterna o temporal del hombre. Y es preciso mofarse de los que los
adoptan, propagan y establecen, para que ellos también se rían y aban-donen sus
prejuicios. Haec tu misericorditer irridens, eis ridenda et fugienda
commendes,118 dice San Agustín. La misma caridad obliga, no solamente a reír,
sino también a refutar los errores con acervidad y con enojo. Y esta la
recomendación de un Padre de la Iglesia, es a saber, San Gregorio Nacian-ceno
en las siguientes palabras: Habet quoque spiritus mansuetudinis et charitatis
suam vehementiam, suam iracundiam. 119 Y sin duda que la caridad debe tener sus
puntas y filos de ímpetu y de ira, porque si no, faltaríanle a ella y al
espíritu de la verdad, armas contra la mentira, la preocupación, el embuste y
la hipocresía. Es esta la reflexión de San Agustín, que me veo obligado a
transcribirla, aunque parece prolija:
Nam cum per artem (dice), rhetoricam, et vera suadeantur et falsa, quis
audeat dicere, adversus mendacium in defensoribus suis inermen debere
consistere veritatem, ut videlicet itti qui res falsas persuadere conantur,
noverint auditorem vel benebolum, vel intentum, vel docilem proimio facere;
isti autem non noverint? lili falsa breviter, aperte, verisimiliter; et isti
vera sic narrent, ut audire taedeat, in-telligere non pateat, credere postremo
non libeat? Itti fallacibus argumentis veritatem oppugnent, asserant
falsitatem; isti nec vera defendere, nec falsa valeant refutare? Itti ánimos
audientium in errorem moventes impelientes que dicendo terreant, contristent,
ex-hilarent, echortentur ardenter; isti pro veritate, lenti friguidique
dormitent? Quis ita desipiat, ut hoc sapiat? 120
a DC: Ya
b DC: ilustradores
Murillo. Señor mío, ya veo cómo debe obrar la caridad en contra de los
errores, todo el mundo quedará convencido. No se fatigue Vm. más.
Mera. No padezco fatiga en proferir lo poquito que sé. Oiga Vm. ahora si
se puede lícitamente tratar con ironía a las personas que yerran de malicia o
de ignorancia. San Crisóstomo y los demás Padres hallan una mofa e iro-nía
amarga en aquellas palabras que dijo Dios a Adán después de su desobe-diencia.
Veis aquí a Adán que se ha hecho como uno de nosotros: Ecce Adam factus est
quasi unus ex nobis. Los intérpretes Ruperto 121 y Hugo de San Víctor dicen que
nuestro primer padre merecía ser burlado con mofa tan picante, para que
percibiera aún más vivamente su locura con una ex-presión burlesca, que con
otra grave y seria, siendo ésta a debida a su credu-lidad insensata como una
acción de justicia que ha merecido el que así fue mofado. Ahora, pues, no me
cansaré en referir a Vm. que así, a imitación de Dios mismo, se han portado los
Padres de la Iglesia. No traeré los pa-sajes, pero diré que la ironía, la
irrisión y el enojo contra Joviniano,122 Vigilancio y los Pelagianos. Las que
usó San Agustín contra los religiosos de Africa, llamados los cabelludos. Las
que practicó San Ireneo123 contra los Gnósticos, y las embrazaron valientemente
Tertuliano contra los deli-rios de los idólatras; San Bernardo y los otros
Padres contra los falsos doc-tores de su tiempo.
Murillo. Con todo esto, y no obstante de tantos y tan prodigiosos
mode-los, Luis Antonio Muratori, Fortunato de Brescia, Eduardo Corsini,124
quie-ren que, al refutar a los adversarios y sus preocupaciones, guardemos
mucha modestia.
Mera. Es verdad, pero no estamos en estado de hacer larga discusión
sobre los objetos que tuvieron presentes estos autores, por ir desde luego a
tomar ejemplos de las Escrituras. San Pablo ha llamado a los de Galacia
in-sensatos, y Jesucristo a sus amados Discípulos les ha dicho que son bobos.
Pero cuando increpa a los hipócritas y fariseos, ¿qué les dice? O por mejor
hablar, ¿qué no les dice? Sepulcros blanqueados, en una palabra, hijos del
diablo les llama a esos infelices. ¿Han faltado Discípulos tan santos y
Maes-tro tan divino y sabio, han faltado a la modestia? Pero contraigámonos al
honor literario, a la fama por la sabiduría. Pues, vea Vm. cómo se porta
Jesucristo, dando en cara con su ignorancia a quien, teniendo en la aparien-cia
doctrina, era, en la realidad, ignorante: Tu es Magister in Israel et haec
ignoras? le ha dicho a Nicodemo, que se juzgaba doctor y sabio maestro de la
Ley; sobre cuyo lugar dice San Agustín, que Jesucristo quiso reprimir con esa
irrisión la soberbia, el fausto y la vanidad de un tan gran maestro. O jratres
(dice el Santo Doctor): Quid, putamus Dominum huic magistro Judaeorum quasi
insultare voluisse? Noverat Dominus quid agebat, volebat illum nasci ex
Spiritu.. . Ule magisterio inflatus erat, et alicujus momenti sibi esse
videbatur, quia doctor erat Judaeorum. Deponit eius superbiam, ut
a DC: ésta burla debida
possit nasci de Spiritu: insultât tanquam indocto:. . .
Sed exagitat super-
biam hominis: "Tu es magister in Israel, et haec ignoras?"
Tanquam di-ceret: Ecce nihil nosti, princeps superbe: nascere ex Spiritu.125
Del mismo modo exponen este lugar de San Juan, los Doctores San Crisóstomo y
San Cirilo, añadiendo, que Nicodemo merecía ser burlado de esta manera. ¿He
tratado yo de otra suerte a los presumidos de sabios, en todas las
conversa-ciones de mi Luciano? ¿Ni merece otro tratamiento el objeto de estos
nues-tros presentes coloquios?
Murillo. Claro está que no. Los lugares alegados me han convencido.
Resta saber si Vm. lo podía hacer sin pecar.
Mera. En queriendo saberlo, no hay sino un poquito de más benigna
atención. He aquí, pues: aun cuando yo hubiese proferido contra muchos
literatos de Quito, y mucho más contra el autor de la aprobación algunos
convicios y algunas contumelias, no con el intento de deshonrarlos, sino con el
deseo de su enmienda o por otro semejante motivo, no cometería pecado alguno.
De la misma manera que no lo cometería, antes borraría a acción lí-cita si
azotase a algïïno, o le dañase en sus negocios, por motivo de enseñan-za y
corrección. Si condenase alguno estas proposiciones, puede ver cómo lo hace;
porque nada menos son que palabras de un Doctor, que, si me apuran, les diré
francamente quién es. Concina dice de esta suerte: "Que se ha de ganar al
prójimo con la benignidad y las palabras suaves, si así se puede hacer; pero
cuando urge la necesidad, se ha de usar de la severa represión, omitiendo la
suavidad, y cuando se juzga que por este camino se ha de con-seguir el fruto de
la corrección. Pues, algunas veces se puede poner en uso la represión
contumeliosa para quebrantar y deprimir el porfiado y rebelde atrevimiento de
alguno, para contener la soberbia, y para ejemplo, escar-miento e instrucción
de otros." No ha sido otro mi ánimo ni otro mi mé-todo. Veo que el siglo
necesita un sabio teólogo, que las conciencias han me-nester un docto
moralista, que las gentes todas pidan un orador cristiano; y al mismo tiempo
toco un ergolistón para el siglo que corre, un idiota para la conciencia, que a
la mía muchas veces le ha enredado, revuelto y dado empresa al despecho y a la
turbación. Oigo después en el templo un santo sacerdote, que, en vez de
instruirme, moverme y arrebatar mi alma a solo Dios, desea arrebatármela para
su aplauso, b su admiración; y yo, que soy duro para esto, le doy mi lástima,
mi compasión y a veces aun mi risa. Des-pués de todo esto, veo la vanidad, la
satisfacción dominando a estas perso-nas. ¿Qué sucedería si yo me llegase a sus
ojos con un escrito serio, con una obrilla benigna? Trataríanme de cándido y de
insensato, y olvidarían mi tibio celo. No así con el Nuevo Luciano. Esparce su
poco de sal, echa a las narices un poco de pimienta, hace ruido con generoso
desembarazo, y des-pierta.
a DC: obraría
b DC: aplauso, su elogio, su admiración
Murillo. No es preciso que Vm. se alabe mucho, Señor Doctor. Ya sabe-mos
que, si quiere hacer lo que el Padre Feijoo en una de sus eruditas del tercer
tomo, dirá esta conversación es útil por aquí, esta expresión inocente por
allí, y esta palabra santa por todos lados. Lo que deseo saber ahora es, si al
que tiene fama de docto se puede decir eres ignorante, cuando en realidad no
sabe?
Mera. Sí, Señor mío, con sanidad de conciencia. La razón es, porque,
aunque se diga que el reputado por docto tiene derecho a su fama, no puede ser
que la fama fundada en falsedad, preste un verdadero derecho, y a donde el
título es falso, se disipa enteramente el derecho. Mas, cuando un teólogo, un
abogado, un médico u otro cualquiera artífice con su ignorancia causa mal y
daño al común, es lícito descubrirla, por más que haya logrado por el prejuicio
del vulgo o por sus imposturas, artificios e hipocresías, un nom-bre muy
relevante. En número asunto de hoy, la aprobación está dando clamores por una
parte; por otra, sus sermones que le hemos oído, dicen lo que alcanza y lo que
sabe. Yo no dudaré decir de un hombre que predica a los sentidos y no a la razón
cristiana esta sentencia; o es un hombre sin re-ligión verdadera, o es un
ignorante irremediable.
Murillo. Bravo parece que se ha puesto Vm., su frente la veo algo
ru-gosa, y los labios medio hinchados, en junta de una voz recocada, áspera y
de una expresión interrumpida y turbada.
Mera. Habet quoque spiritus mansuetudinis et charitatis suam
vehemen-tiam, suam iracudiam.126 No hay que admirarse.
Murillo. ¿Pero no dejará de haber algunas reglas para que use la caridad
de esa ira y de esa vehemencia?
Mera. Haylas, no tiene duda esto. Oigalas Vm. al momento, y sepa que son
tomadas de las que nos han dejado los Santos Padres para reconocer si la burla
y las represiones nacen del espíritu de piedad y de amor, o si son efectos del
aborrecimiento y la impiedad. El espíritu, pues (regla primera), de
mansedumbre, sugiere hablar el idioma de la verdad y de la sinceridad. El de la
envidia, obliga a valerse de la mentira y de la calumnia. Los defen-sores,
pues, de la verdad, no deben alegar sino verdades, dice San Hilario, sin duda
teniendo presente que la Escritura afirma que Dios no necesita de nuestra
mentira para que por El pronunciemos engaños. Y vea Vm. aquí, que mi Luciano
nunca habló una mentira, nunca forjó a su antojo depravado una calumnia. Pudo
sí, con la modestia que le corresponde, y en el grado que debe, decir que se
conformó con el precepto de San Agustín, que dijo: Splendentia et vehementia
sed rebus veris. El método jesuítico está retratado con sus verdaderos colores.
Los autores criticados están representados con su propio carácter. En fin, todo
el papel refiere hechos ciertos y legítimos; hechos incontestables y notorios.
Y si no lo hiciese así, altamente gritaría con el mismo San Hilario, en el
siguiente decreto: Si falsa dicimus, infamis sit sermo maledicus. Si vero
universa haec manifesta esse ostendimus, non sumus extra apostolican libertatem
et modestian, post longum hoc silen-
tium arguentes.127 La segunda regla es aún más excelente, porque enseña
que no siempre la caridad obliga a decir solamente verdades; si así fuera, no
sería espíritu de caridad. Hay verdades que deben estar ocultas, y su
manifestación no carecería de pecado. Así sólo deben descubrirse con
discer-nimiento y prudencia las que pueden producir un fruto saludable a la
Patria y al mismo cuyos defectos se manifiestan, bien que éste se ofenda de que
se los saquen al público. Es esta, en suma, la segunda regla; y me parece que
la he guardado severamente en las conversaciones de mi Luciano. Pues, pu-diendo
haber dicho muchísimas verdades, no dije sino las que concebí pro-ducirán algún
provecho. Los defectos de literatura son los que he descu-bierto en común. Si
toco a algunos particulares, es menester saber quiénes son. Unos son jóvenes,
que, por su corta edad y la supuesta mala educación del país, aún no tienen el
derecho de llamarse doctos o en su facultad o en el desempeño de su oficio.
Otros son algunos ya conocidos de todo el mun-do por rudos, en atención a la
porfiada cansera de su predicación florida, o de su método de estudiar
desviado. Y si hay alguno que sea ofendido, no obstante de tener una fama
universal de sabio, débese creer que ha sido descubierto como ignorante, por el
celo de las almas y por el bien de la Iglesia. Porque la prudencia pide que se
hagan semejantes descubrimientos, no debería el celo de mis compatriotas
irritarse contra mí que los he hecho, sino contra los que cometen los defectos.
Vea Vm. aquí, que si aún hoy oyese yo un orador fastuoso, satírico, ampollado,
concebiría que el templo se había vuelto un lugar apestado, que su voz se había
transformado en el silbo del basilisco; y que su predicación se había
convertido en alimento nocivo. ¿Se enojaría Vm., ni ninguno se debería enojar,
porque gritase a mis compatriotas y les dijese: No vais al templo o a la
ciudad, porque hay en ella peste? Tapaos los oídos para no morir al silbo
atosigado de una serpiente; no comáis aquel pan amasado con el fermento de la
lisonja y la levadura venenosa de la seducción, ¿por qué moriréis? Y este es
.el modo que observan los buenos, para perseguir a los malos, en sentir de San
Agus-tín. Plane enim semper et mali persecuti sunt bonos et boni persecuti sunt
malos: illi nocendo per injustitiam: Mi consulendo per disciplinam: illi in
maniter, illi temperanter: Mi fervientes cupidiati, elli charitati. Sed qui
tru-cidât, non considérât at quaemadmodum laniet: qui autem curât considérât
quaemadmodum se cet. 128 La a cual práctica han observado los buenos
ca-tólicos. Pero no b se ha de limitar un corrector o crítico piadoso a decir
ver-dad y a decirla con prudencia, sino que, cuando hace irrisión y se vale de
ella, la ha de dirigir contra los errores, y nunca contra lo sagrado. Es esta
la tercera regla recomendada por los Padres, porque el espíritu de la impie-dad
se burla y ríe de las cosas más santas y sagradas. Luciano, pues, jamás hizo
mofa de algún objeto venerable y sagrado.
a DC: omitido: La cual práctica han observado los buenos católicos.
b DC: no ha de limitarse
Murillo. ¡Cómo será esto cuando nuestro aprobante asegura que no ha
mucho que hizo Vm. ver su negra melancolía, vomitando su humor pesti-lente y un
cruel veneno, aun contra lo más respetable y sagrado!
Mera. Mas, Vm. que debe tener presentes aun los más mínimos ápices de
nuestras pasadas conversaciones, puede decirme, ¿dónde está aquel hu-mor
pestilente, dónde aquel cruel veneno aun contra lo más respetable y sagrado?
Porque esta acusación me duele, aflige y asusta.
Murillo. Nada me acuerdo que dé susto. Y el aprobante que lo dice, no
solamente debía decirlo tan falsa e injuriosamente como lo dice, levantándo-le
a Vm. una calumnia. Era de su cargo el probarlo, manifestando los pasa-jes a
donde se acomete a lo más respetable y sagrado. Ojalá yo fuera siquiera
familiar o alguacil del Santo Tribunal, ya la obligaría al aprobante Blancardo
a que declare estas importantes verdades, para condenar por impío al autor del
Nuevo Luciano, y dar a las llamas a sus heréticas conversaciones.
Mera. Solamente que lo fuesen, contendrían humor pestilente contra lo
más respetable y sagrado. Pregúntesele a cualquiera, ¿qué significa decir la
cátedra de la pestilencia? y después de oír la respuesta, compárese la
expre-sión con esta del aprobante: humor pestilente. Válgame Dios, ¡qué
horrible injuria! ¿Y la merece un autor católico, romano, hijo de Dios y de la
Iglesia, que protesta creer todos los Misterios revelados, que respira en sus
con-versaciones piedad, que desea teólogos dogmáticos para la defensa de la
sana doctrina, moralistas doctos para la sana dirección de las conciencias, que
solicita virtud cristiana y doctrina sólida, por la necesidad de estos si-glos
infelices y calamitosos? ¿Merezco, por ventura, únicamente porque es-cribí de
anónimo, un tratamiento tan injurioso y falto de caridad, debido sólo a un
Bayle,129 a un Tomasio, a un Barbeyrac y otros de este jaez? ¿Acaso en mis
conversaciones me he reído (oh no lo permita la divina mise-ricordia), de los
sagrados Misterios, de las santas imágenes, del Sumo Pon-tífice, de la
autoridad de la Iglesia o de alguno de estos o semejantes obje-tos santos,
venerables y sagrados? ¡Que esto se permita imprimir! Queja-réme; y quejaréme
justísimamente. ¿Un espíritu de prevención insensata, vaga, indeterminada,
imprudentemente burlona, ha de permitir que se tras-pase el corazón de un
católico cristiano con la espada más aguda de llamarle impío, blasfemo y
hereje? ¿Dónde estamos? ¿El mal método jesuítico en asunto de letras; en una
palabra, la ignorancia de los frailes, constante a todo el mundo, ha de ser lo
más respetable y sagrado?
Murillo. Yo le diré a Vm. lo que se llama lo más respetable y sagrado,
para que no ande buscando consultores. Es un pesado de molondro, doce varas de
anas. . . y la misma estupidez. Esto es lo respetable, esto lo sagrado.
Mera: Si eso se entiende por lo más respetable y sagrado, yo
transcribiré, en parte oportuna, todo lo que hombres muy doctos, muy píos, muy
católicos, han hablado sobre su ciencia, su trabajo de manos, sus obligaciones
no cum-plidas. Todo lo que sobre el mismo asunto han escrito los Santos Padres,
sin que nadie se haya atrevido a escribir que vomitan humor pestilente y un
cruel veneno contra lo más respetable y sagrado. Pero hasta ahora me
había olvidado que nuestro aprobante es uno de los más fanáticos del jesuitismo
expatriado. Apenas me ha venido a la memoria que se le llama, por adherido a
las máximas de aquellos regulares expulsos,a el jesuíta blanco, cuando he
dejado de maravillarme de que me trate en su aprobación con tan atroz calumnia.
Aquellos regulares, pues, si algún individuo suyo era tocado de alguna
acusación justa o inicua, luego gritaban: causa de toda la Compañía; y la causa
de la Compañía, es causa de la Santa Iglesia. Es así que quien la insulta es
hereje, cuando menos jansenista; luego el que agravió a un jesuíta es enemigo
de la Iglesia y hereje jansenista.
Murillo. Ni más ni menos, Señor mío. Yo lo he oído a muchas buenas
capillas (pero que dentro de sus mismos claustros no tienen la mejor
reputa-ción de doctrina ni santidad), que tratan de herejes a los que les
manifiestan alguna verdad útil. No digo si se toca el punto de la utilidad y
servicios que prestan a la Iglesia de Dios y al Estado. No digo si se toca a su
ciencia. No digo que se inculque su relajación contra la observancia; pero si
se toca al más mínimo pelo de su ropa o al pelo de su lanilla, gritarán al que
les tocó, tratándole de blasfemo, impío, libertino, hereje, ateísta. Y así su
alma, su cuerpo, sus dependientes, su vestido, sus utensilios, su lecho y todas
sus cosas son las más respetables y sagradas. Por lo que, Señor Doctor, no hay
duda que Vm. (pues, dijo algunas cositas de los frailes), y yo también que
hablé algo (infeliz pecador de mí), hemos vomitado el cruel veneno contra lo
más sagrado.
Mera. Ponga Vm. en sus proposiciones alguna excepción. Ni es bien
quejarnos de todos, pero su particular excepción debe recaer sobre cierta
numerosísima familia regular, que no piensa como muchos desposeídos de virtud y
de literatura piensan, llevados de la ignorancia y prevención. A pesar de
éstos, hablaremos, y el coco de herejía no nos hará callar; bien nos
guardaremos, con la ayuda de la gracia divina de caer en ella. Y discernien-do
los tiempos, los institutos, las personas, y lo que es más, la religión,
cla-maremos muy alto: porque la caridad (y esta es la última regla que dan los
Padres y que comprende todas), si obliga al crítico a hablar con verdad, con
discreción, con respeto, de lo sagrado, obliga igualmente a que burle los
errores con el deseo de la salvación de las personas a quienes se corrige y se
reprende, rogando a Dios por ellas. Pero, ¿dónde se manifiesta mejor este deseo
de la felicidad temporal de la Patria, y de la eterna de las almas, sino en las
conversaciones del Nuevo Luciano? ¿Olvida, acaso, o pierde de vista tan dignos
objetos? Nada menos; y aun ahora, dando esta corrección al indiscreto
aprobante, se le desea toda ventura, o sea que llegue a presidir como se espera
su Provincia, o sea que quede de religioso particular; porque tenemos presentes
las siguientes palabras de San Agustín: Sic enim benevo-lentiam, ne reddatur
malum pro bono semper in volúntate complenda est,
a DC: expulsos, y por otras razones más el jesuíta blanco,
et tamen agenda suntomulta etiam in vitiis cum benigna quadam asperitate
plectendis, quorum potius utilitati consulendum est quam voluntati.130 Repito
que hablaremos muy claro, porque además de sobrar corazón, al que no intimidan
ignorantes conminaciones, hay la certidumbre de que no llega-rán los críticos
falsos de Quito, a conocer el más mínimo rasgo de la pluma perochena. Crece más
esta seguridad a vista de lo infinito que han errado todos, al conjeturar quién
sea el autor del Nuevo Luciano... El mismo ruega ahora que no se cansen en
averiguarlo, porque fuera de que sabe que no le hallarán, solamente le darán
como hasta aquí nuevo motivo de que conozca la necedad de los adivinos, y aún9
mucha materia para mofar sus adivinanzas, conjeturas, pronósticos y discursos.
Volvamos a la aprobación.
Murillo. Ya creí que no la volviésemos a ver jamás. b Dice de esta suer-
te: "Pero con todo, siendo así, que cualquiera aplauso ajeno, por
corto que
sea, le había sacado lágrimas a su dolor. . .".
Mera. Aguarde, aguarde Vm., déjeme reír a carcajada suelta. ¿Cuál
aplauso es el que me saca lágrimas a mi dolor?
Murillo. ¡Adivinanzas aparte! Vm. lo puede conjeturar, y yo le suplico
que lo haga, porque allí no dice más que cualquier aplauso ajeno, por corto que
sea, debiendo decir si fuese de buena lengua y pluma el aprobante, por corto
que fuese.
Mera. ¡Hay pobreza! ¡Hay insensatez mayor! Ya he dicho, hablando acerca
del mérito, que no envidio el que asiste y adorna a todos aquellos cuyos vicios
literarios he reprendido en mi Luciano. Vea Vm. aquí la causa. Un hombre, que
tenga mediano talento, sabe que por más que se entristezca viendo la ajena
habilidad; por más que la desee, y quiera colocar en su cabe-za y en sus
potencias el bello espíritu de otros, no ha de conseguir disminuir y tomar para
sí un átomo el más imperceptible (si así puede decirse), de sus talentos y
prendas mentales. Pero, ¿qué hará en caso semejante, este hom-bre que goza de
ese entendimiento mediano? ¡Ah, Señor! Imaginóme que con la luz propia de su
razón que le ilustra, y mucho más con la antorcha de la fe, que, en medio mismo
de las tinieblas de la ignorancia, de la pre-vención, de los depravados
apetitos, le descubre, con un esplendor de un claro día, la existencia de una
sabia y eterna Providencia, la idea clara de sus soberanos arbitrios, verá que
este misterio de que otro individuo goce de más nobles talentos, es disposición
divina, digna del respeto y de las bendi-ciones de todo el mundo. Si este
entendimiento mediano lo concibe así (como no dudo que así lo concebirá), se
rendirá gustosamente a alabar y en-grandecer a Dios en los elogios de las
perfecciones del humano espíritu. ¿Qué lejos estará de entristecerse de que
ninguno le tenga y le posea?
Murillo. Parece que volvamos a nuestra conversación cuarta del crite-rio
del buen gusto; porque esta reflexión viene a caer sobre la existencia y
DC: aún le darán mucha materia
DC: más
suposición de un bello espíritu. En efecto, que, si yo le hallase,
cantaría so-lemnemente un Te Deum laudamus, te Dominum confitemur; pues es una
especie de milagro.
Mera. A la verdad, un bello espíritu, tal como nos lo describe y
requiere el sabio jesuíta Bouhours, si no imposible, es muy difícil de
encontrarse. Pero un espíritu de esa naturaleza admirable, estoy pensando que
me indu-ciría una laudable, inocente y noble envidia. Y si es de este el
carácter de nuestro aprobante, dígale Vm., Doctor Murillo, que se lo envidio.
Mas, ha-blando seriamente, se me ocurre pronunciar lo que pienso ahora. El
Padre Bouhours, pintando con belleza de espíritu, un espíritu bello, ha dicho
que él es una cosa muy rara.
Es preciso reflexionar a donde lo ha dicho, para que veamos si yo soy la
envidia misma. Ha sido en un reino cultísimo y el teatro de la sabiduría; ha
sido en esa nación, cuyo suelo es feracísimo de ingenios, de almas nobles, de
espíritus ilustres; y a donde éstos no quedan sepultados en el polvo de la
ignorancia, ni por la miseria de la pobreza, ni por la oscuridad del
naci-miento, ni por el defecto del cultivo y de la educación. Ahora, pues,
coteje-mos a Quito con Francia; pero, después de puestos estos dos reinos en
ri-guroso paralelo, ¿hallaremos o nos atreveremos a hallar aquí muchos de esos
admirables espíritus? Parece que no. Y esto es sin mirar a la naturaleza de las
almas, respecto de la cual es preciso confesar que en Quito nacen de esas almas
bastantemente bellas, sino únicamente atendiendo a que, no obs-tante que
nazcan, si no hay cultura, si no hay discernimiento de cuál es buen espíritu y
cuál no; si no hay comodidad, modo y estudio de hacerlas florecer
.y descollar; si no hay celo por las letras, y antes hay especial
providencia de extinguirlas, y, si pudiera ser, de sofocar los finos talentos,
¿que hemos de ver espíritus bellos, dignos de nuestra envidia? Pero vamos a
otra reflexión, para la cual no perdamos de vista en ella al Padre Bouhours, y
mucho menos dejemos de ver a los espíritus bellos, que hoy lucen con tanta
gloria en Quito. Supuesto esto, digo que la hermosísima pintura que este Padre
trae, es fidelísima y justa, y debe servir de regla para conocer cuál es bello
espí-ritu, cuál no. Pues, cotejémosla con la descripción que yo hago en mi
Lucia-no de los espíritus quiteños. Hecho este cotejo, pregunto: ¿Conocemos y
hallamos multitud de esos espíritus adornados de la verdadera hermosura?
Murillo. Yo preguntara de otro modo. Si los halláis (les diría),
mos-trádmelos con el dedo; si no pudiéseis, porque sois algo mudos,
dibujádme-los con la pluma: si lo sois, hacedme el grande gusto de suscribir de
vuestra mano y firma un brevetito que diga: Yo, Moisés Blancardo, soy bello
espí-ritu; ponedlo en un lugar público a que yo lo vea, y creedme que esto solo
bastará para que yo os tenga por bellos espíritus. No quiero, Señor Doctor mío,
que éstos escriban un poema heroico; no una historia de nuestra pro-vincia, que
bien la ha menester; no una arenga latina; no una oración fúne-bre, ni menos la
impugnación seria, sólida del Nuevo Luciano, que es mí-sero empeño, empresa
denodada, y que en dos páginas la hará cualquiera de
nuestros literatos; nada de esto quiero, sino solamente que en un
papelito digan su gracia o cómo se llaman. Aseguro a Vm., Señor mío, que por
sólo esto los veneraré, les rendiré mil acatamientos y bendeciré en nuestros
bellos espíritus la ciencia, la grandeza y el poder de Dios. Pero, tontarrón
como soy, estaría lejos de envidiarles, y más bien pediría a su Majestad que,
mu-dando y alterando la constitución de mi cerebro, me formase bello espíritu,
como dicen que lo ha hecho con Alberto el grande y con otros innumerables.
Mera. Débese desear que venga del cielo, no para deprimir a los otros,
no para turbar su presumida satisfacción, no para ostentar que uno le goza;
sino para hacer a útil a la Religión, a la Iglesia, al Estado, a la Patria y
para ser fiel a sí mismo; y mucho más al Soberano Autor, que nos lo dio,
hacién-dole un agradable obsequio del mismo don que nos había liberalmente
pres-tado. Pero en todo esto que he dicho, no he hecho sino formar de nuevo una
imagen del mérito intelectual quiteño. Tal es la opinión que tengo. ¿Mírese
ahora si le tendré envidia?
Murillo. ¡Arrogante proposición! Miedo da de repetirla. Mas, ahora veo
que lo hemos errado todo; porque una vez que nos acordamos del jesuíta Domingo,
no debíamos olvidar que él trae cierta división de bellos espíritus, y por ella
ver cuál clase de ellos es la que domina en nuestro Quito.
Mera. Dice Vm. bien y oportunamente. "Hay bellos espíritus de
muchas especies (dice este bello espíritu de la Francia), porque fuera de
aquellos de quienes hemos hablado hasta aquí que se aventajan en las letras, y
que han adquirido todos los conocimientos hermosos que el estudiado más que el
trato de gentes, tienen todo lo que es menester para acertar en una
con-versación. . . Hay aún otra suerte de bellos espíritus que se pueden llamar
espíritus de negociación y de gabinete. . .".
Murillo. ¡Lindamente! Ahora, pues, ¿cuál género de estos bellos
espí-ritus tenemos aquí? Dígame Vm., por su vida y por toda la inclinación que
tiene a decir verdades.
Mera. De los bellos espíritus sabios y adornados de toda literatura, no
conozco alguno; si lo b hay, estará oculto, y tan escondido como el autor del
Nuevo Luciano. De los espíritus de negociación y de gabinete, no solamente no
conozco, pero en esta tierra no puede haber alguno. Estos espíritus nacen o
propiamente se descubren y forman en las grandes cortes y al influjo so-berano
de los príncipes. Pero hallo en Quito bastantes espíritus de conver-sación,
ignorantes en la aula universal de las gentes, de su trato y comuni-cación.
Murillo. Quisiera oír su pintura, a ver si yo conozco también a algunos
bellos espíritus que rabio por verlos siquiera en este retrato.
Mera. Oiga Vm. como los describe el Padre Bouhours:
a DC: hacerse
b DC: le
El carácter de estos espíritus es de hablar fácilmente y de dar un giro
placentero, donoso, chufletero, agradable, que hace reír a todo lo que dicen;
hacen en las ocurrencias y coyunturas réplicas muy ingeniosas; tienen siempre
alguna pregunta delicada y sutil para proponerla, y algún cuento bonito que
decir, para animar la conver-sación o para despertarla cuando comienza a
debilitarse y decaer; por poco que se los excite o mueva (a dichos espíritus),
dicen mil cosas asombrosas; ellos saben, sobre todo, el arte de retozar con
ingenio y de burlar delicadamente en las conversaciones jocosas, pero no dejan
de echar muy bien el cuerpo fuera de las conversa-ciones serias; razonan con
puntualidad sobre todas las materias que se proponen, y hablan siempre con buen
juicio.
He aquí el bello lienzo que nos hace ver el citado Padre; y como mi
áni-mo es transcribir todos los colores con que le pinta, oiga o vea Vm. lo
demás: Por lo que toca al espíritu de conversación, como éste es un espíritu
natural, enemigo del trabajo y de la violencia o estrechez, nada hay de más
opuesto que él al estudio y al afán. Así vemos que los que tienen este
talen-to, son ordinariamente gentes ociosas, cuyo principal empleo es hacer y
reci-bir visitas."
Murillo. ¡Ah buen Dios! Ya conozco muchos de estos bellos espíritus.
Pero, ¡oh! ¡Y lo que es tener el dicho talento! Vea a Vm. aquí, que en esto que
conversamos, no debíamos tampoco haber tratado de todo esto. Como nuestro
aprobante había dicho que a Vm. le sacaba lágrimas cualquier aplau-so, me
parece que debía tratarse de él y no más.
Mera. Así es que debíamos examinar a nuestros literatos por el lado de
la fortuna, para ver si por esa parte les envidiamos. El aplauso es una
cele-bridad que se concede a la cosa más frivola, con tal de que parezca o
agrada-ble o nueva. Antiguamente se llamaba aplauso, un modo de alabar
cual-quier objeto célebre, con palmadas. Así éste ya se ve que puede causar
en-vidia, pero la causará en las almas más abatidas. La que tuviese algún grado
de nobleza sabrá que el aplauso lo concede las más veces la ignorancia llena de
falsas preocupaciones. Pero vamos a la fama y buena reputación, que pa-rece
estar fundada en mejores cimientos y en una serie prolija y casi invariable de
aplausos. ¿Qué es lo que hallamos en ella? El Marqués de San Aubín dice, que es
menester confesar que entre los bienes exteriores, alguno no es tan brillante y
tan digno de una alma verdaderamente noble, que la gloria fun-dada sobre el
reconocimiento y estimación de los hombres. De lo cual se infiere que hay otra,
apoyada en el capricho, en el prejuicio, y lo que es más cierto, sobre los
artificios del ambicioso que solicita la buena reputación. ¿Cuál es mayor
fortuna, conseguir la sólida gloria y la fama bien fundada, o adquirir a fuerza
de zancadillas la falsa y la ruinosa? Sin duda que la pri-
a DC: Mas vea Vm.
mera. Pero, Señores, yo he hablado con poca exactitud; debía decir que
la buena fama es un don de la mano eternamente liberal de Dios, y que la
segunda es propiamente el efecto de la fortuna, esto es, de una deidad ciega; y
para hablar como cristiano, es el efecto de la ceguedad, prevención y rudeza de
los hombres. Acerquémonos después de esto a nuestro aprobante, y
pre-guntémosle: ¿cuál de las dos famas es la que le glorifica? Hagamos que él
mismo vaya de oído en oído, y de tienda en tienda, comunicando un plan de
estudios verdaderamente serio, por el cual se conozca quién sabe, y quién no; y
que después a los mismos a quienes les ha comunicado, pregunte nues-tro
aprobante si (debajo de aquel plan), cada uno de ellos le tiene por docto,
Murillo. Creo que ninguno del último populacho le responderá que sí, y
de entre los doctos de la ciudad mucho menos (creo que es juicio prudente),
ninguno a le dirá: sí, Padre nuestro, Vm. es verdaderamente sabio y tal como lo
pide el autor del Nuevo Luciano. Así me parece porque la fama de este
aprobante, si acaso la tiene, está fundada en cimiento tan ruinoso, como es la
rudeza del vulgo, y sobre este cimiento es que se ha eridido una tiniebla y un
vano espectro de fama. Se asemeja este aprobante a Epicuro, que entre los más
vivos dolores de una retención de orina, estuvo todo él poseído del cuidado de
su inmortalidad. Y ¿esta reputación será envidiable?
Mera. Esta más o menos es la de los literatos de Quito, y esta es la que
cree Blancardo que yo envidio, y se engaña, porque acerca aun de la gloria
verdadera pienso con generosidad, no con indiferencia, porque soy del dic-tamen
de Perciò en no tener aborrecimiento a la sólida reputación. Ni dejo de ser
sensible a las buenas alabanzas, pero huyo esas vanas exclamaciones que en buen
sentido se deben llamar aplausos. Y en todo esto, no hago más que seguir el
pensamiento y también el gusto de Perciò. Oigalo Vm. Laudari haud metuam, ñeque
enim mihi cornea fibra est; Sed recti finemque, extremumque esse recuso, euge
tuum et belle. 131
Pero digo que no envidio la buena fama de otros; porque, como he dicho,
pienso acerca de ella con elevación de ánimo, y aun puedo añadir que con
grandeza de corazón. La misma verdadera reputación, aunque sea una dádiva del
cielo, es (como dice el célebre Montaigne), una cosa excelente-mente vana y
como la sombra del cuerpo, que se va adelante del que la causa y le excede con
mucho en extensión. Es propia para el uso que le da Juvenal, esto es, para que
sea el objeto de las declamaciones y el entreteni-miento de los niños.
Ut pueris placeas et declamatio fias. 132
Así b si aun la de nuestros literatos fuese concedida del público por su
verdadera literatura, no era capaz de hacerme incurrir la bajeza de la envidia.
Pues, sabiendo y conociendo que ella era un aire vano conmovido de una
DC: alguno le dirá sí,
DC; Así, aún cuando la de
favorable prevención, y aun sabía mejor que era susceptible de otra
adversa; y que aquel aire lisonjero estaba expuesto siempre a insensata
mudanza, ¿cómo, pues, habría yo de envidiarla, experimentándola tan instable?
Murillo. Pero, Señor mío, ¿de dónde sabemos si envidia o nó envidia Vm.?
Dice que no; pero no estamos para creerle sobre su palabra: si Vm. no tiene
fama, puede ser que envidie.
Mera. Esto es obligarme a que diga alguna cosa sobre mi fama: para decir
verdad, yo no la tengo, a lo menos no puedo asegurar que se tenga de mi mérito
literario alguna buena opinión. Y, como no soy profesor de alguna facultad
determinada, vea Vm. que tampoco hay motivo porque la logre. Pero cuando ha
oído Vm. que he pronunciado así: mi mérito literario, querría que Vm. no se
escandalizase, y mucho menos que se ofendiese de la expresión. Por eso es que a
mi Nuevo Luciano, dándole mi verdadero nom-bre y los verdaderos apellidos de mi
casa en Xavier, de Cía Apesteguy y Perochena: no quise poner aquellos con que
se me nombra por todos mis compatriotas, por no chocar a los presumidos de
doctos y por no hacer que éstos padeciesen las pretendidas incomodidades de mi
orgullo: de un autor anónimo se puede tolerar el magisterio verdadero o
imaginado. Y ahora es que reduzco todo el mérito de un racional, no a sus
talentos, porque ellos no son hechura suya, sino al cultivo que les ha dado,
porque éste sí que es obra propia suya. Ahora vea Vm. ahí, que éste es mi bien
y que éste es mi mérito, haberme procurado un cúmulo de luces, tales cuales he
podido adquirir. Conozco que infinitos no le tienen por falta de aplicación,
por flojedad, por pobreza, por desidia. Sé que esta misma es el efecto de un
espíritu oscuro y limitado, como lo he observado mil veces. Pero no queriendo
hacer el mío de aplicación, y éste, vuelvo a decir, no lo trueco con el de
ningún literato quiteño. Cuando yo quisiera lograr fama, en verdad que podría
adquirirla sin mucho trabajo. Frecuentar las tertulias y ganar en ellas algún
crédito, dejándome conocer; éste sería quizá toda mi aplicación y todo mi
estudio; éste sería un gusto de acomodarse a solicitar y mendigar sufragios;
mas ¿cuándo un hombre de bien quiso ser estimado por cábala y no por razón?
Así, yo, siendo que estoy poseído del deseo de mi buena reputación, porque es
un deseo natural y razonable; siendo que no la desprecio, porque quien la
desprecia, igualmente desprecia las virtudes según Tácito: 133 Contemptu famae,
contemni virtutes. Pero, conociendo bien el alcance y la instrucción quiteña,
he huido, he despreciado, he aborrecido la fama que me podía dar, y mucho más
su triste aplauso vulgar. . . Odi profanum vulgus et arceo.
Murillo. Se le ha calentado el naranjo, Señor Doctor.
Mera. Oiga Vm. lo que ha dicho el Señor Flechier en el retrato que de sí
mismo hace: cuando se le eleva (dice), se contiene en una honrada modera-ción,
y su pudor se ve mortificado; pero si se le quiere abatir, toma una fie-reza
por la cual se pone superior a todos. ¿Qué diré yo, cuando se me quie-re
reducir a la vil pequeñez de la misma envidia? Pero para decir verdad,
no fue este improperio el que me obligó a escribir; sea cualquiera, Vm.,
Doc-tor mío, era quien debía defenderme.
Murillo. Pues, que entre aquí mi relación de comedia con el siguiente
comento que Vm. del todo lo ha olvidado. Decía, pues, la cláusula, de esta
manera: "Pero con todo, siendo así que cualquier aplauso ajeno, por corto
que sea, le había sacado lágrimas a su dolor. . . " En el por corto que
sea, paro y reparo que nuestro aprobante se hace cargo del aplauso que su
mer-ced logra en Quito; y como es hombre modesto, dice que es tonto,a pero
entiende que Vm. le envidia.
Mera. Pero, ¿cuál es este aplauso que logra en Quito nuestro Blancardo?
¿Será el de orador? Ya lo hemos oído, y San Dimas hablará desde la cruz. ¿Será
el de retórico? Ya hemos leído su aprobación. ¿Será el de filósofo? Ya el
Maestro Fray Fernando b podía resucitar a recibir los honores concedi-dos al
discípulo por su filosofía. ¿Será de moralista? Ya1 puede asistir en un
Concilio, y vendría a tiempo, si hubiese conseguido ser el auxiliar del
Ilus-trísimo Señor Carrasco. ¿Será de teólogo? Sí, que de ciencia media, se
dice que tiene media ciencia.
Murillo. ¿Para qué es toda esa barahúnda? Yo sé cuál es su aplauso, cuál
es el que tiene y logra. Es de jesuíta blanco, que es lo más que puede ser un
hombre docto, docto y sabio, sabio, y su elogio está cifrado en los siguientes
versículos, por hablar blancardinamente y porque no lo entiendan los mucha-chos
de la escuela que son bellacos:
Annis mille jam peractis
Fides nulla est in pactis:
Mei in ore, verba lactis,
Fides in corde, fraus in factis.134
Mera. Esto es más recio.c
Murillo. Yo no sé de eso. Vm. ha dicho con la autoridad de Concina, y lo
que es más, del angélico Doctor, d que es cosa santa azotar a los que por los
azotes se han de erímendar. Yo lo hago con esta sana intención. e
Mera. En efecto, debía servirle esta mónita de escarmiento al
aproban-te, para que, si se le ofrece otra aprobación que dar, no trate al
prójimo de hereje, con gran frescura, como a mí me ha tratado, haciéndome
vomitador de humor pestilente y de cruel veneno contra lo más respetable y
sagrado, Prosiga Vm., amigo mío, leyendo.
a DC: corto
b DC: Fernando Yépez su pecho
y
c DC: recio. Pero lo dirá Vm. acaso porque mete su mano
en
más allá. Doctor poco ha citado
y no nombrado, que es cosa
d DC: al corazón.
e DC: sana intención. Y eso de la mano, es cierto que me la lleva
Murillo. "Le había sacado lágrimas a su dolor; al ver al Doctor Don
Ramón de Yépez, disimuló los puñales de su pecho, y poseído del mayor susto, se
echó a sus pies. . . " .
Mera. Vea, ¡qué imposturas tan manifiestas! Pero gracias a Dios que mi
Nuevo Luciano anda en manos de muchos. Regístresele, y, aunque sea
tergi-versando como se quiera los pasajes dudosos, señálenseme tres a lo menos,
donde haya esta garmocha blancardina de echarse a los pies a decir la culpa.
¡Qué! ¿mi Nuevo Luciano es algún novicio tímido y azotado hasta no más? que se
arroja repentinamente y con terror pánico en tierra, a vista del fiero y
soberbio Padre Maestro Provincial? Esto de decir echarse a los pies, se parece
a la otra expresión de arriba: le tributa veneraciones y aplausos a su mérito.
Y en todo esto no sabía lo que hablaba; yo bien puedo honrar, y desde luego
honro al Señor Doctor Yépez, porque estimo los buenos talentos en todos los
otros; pero eso de veneración se quedó para que la practicasen los inferiores,
y más particularmente los fieles respecto de los Santos. Dios honra a sus
siervos, pero, amigo, no los venera. ¿Querrá Blancardo que yo sea con mis
veneraciones un idólatra? ¡Adelante!
Murillo. Vm. se echó a sus pies, los besó, los llenó de lágrimas de
con-tento, confesando la grandeza de su mérito.a
Mera. Padre Maestro, ¿dónde o en qué examinatorio, en qué proceso
sumario está esta confesión de la grandeza de su mérito? No es negar que la
tenga.b Su fama es constante, y, aunque no la hayamos tratado, basta la bue-na
reputación adquirida con el laudable ejercicio de su profesión, para que se la
engrandezcamos más y más. Pero no concedemos que en las conversa-ciones del
Nuevo Luciano haya la dicha confesión sonada por nuestro apro-bante, y
estampada con descaro en su aprobación.
Murillo. Sigue ésta, de este modo: La elevación de su ingenio, la
belleza de sus letras, hasta publicarlo dechado de oradores sobrados,
jurisconsultos insignes, teólogo consumado.
Mera. Nada de todo esto hay en el papel. Por teólogo celebro a un
regu-lar sabio y tan oculto, que no le ha de alcanzar a ver la más diligente
curio-sidad. Ha de quedar como yo mismo, sepultado en las tierras de su vida
oscura y desconocida. Celebro también a algunos jesuítas, y el celebrarles
prueba, ya que yo estaba ajeno de envidiarles, y ya que a mi corta
inteligen-cia estaban ellos adornados del verdadero mérito. La envidia es ciega
y a nadie perdona, y yo donde hallo la sabiduría y el ingenio, los aplaudo y
en-carezco. Vamos ahora a nuestro asunto. Débese saber que los primeros
ejem-plares que salieron en Quito del Nuevo Luciano fueron sólo dos completos.
No es del día saber a dónde fueron, quién los tiene y a dónde paran. Puede ser
que ni yo mismo lo sepa. Pero en ambos le dio la gana a mi escribiente de
poner, con mi consentimiento, es verdad, unas letras que parecen inicia-
a
b
DC: mérito. Luego, contrito dio la
mano al confesor y se la llevó hasta...
DC: tenga el orador. Su fama
les de algunos apellidos, en los márgenes correspondientes a ciertos
pasajes en los que se nombra a algunos profesores de ciencias. Diole al vulgo
la gana de interpretarlas a su modo. Pregunto: ¿acertaría acaso el verdadero
significado? No por cierto, se atolondró, erró, y así salió de sus quicios la
gentina a inteligencia. Así, las letras Y. S., puestas al margen del coloquio
que dice de esta manera: "A mí me basta conocer un hombre docto en los
derechos, para que por él y sus talentos pida a Vm. (se lo digo a Vm.j mi
Doctor Murillo), perdone a toda la multitud de los jurisperitos", dio
motivo al vulgo y a su benemérito individuo Blancardo, para in-terpretar que
decir Yépez. ¡Falsa, arriesgada, temeraria interpretación! ¿Por qué no me
propondría un Herse imaginaria de jurisprudencia? ¿Por qué yo mismo (haciéndome
el loco, y no merecido favor de que soy jurista y que me llamase Yubaris), no
sacaría la primera y última letra de mi apellido al mar-gen? ¿Y por qué los
caracteres Y S no querrían decir Yanguis, Yánez o Yergos? ¿Qué imposible o qué
inverosimilitud se halla en esto?
Murillo. Pero hay todavía otro pasaje que se puede interpretar como
encomiástico al mérito del Doctor Don Ramón Yépez, y es éste en la última
conversación, al fin de ella: "El Padrecito montó al pùlpito, montantes b
de aquí para allí a los tales críticos, y desmontó del crédito de doctos; y no
es mucha verdad, porque alguno de ellos merece con razón el título de
docto." Esto fue lo que yo, Murillo de todos los males, dije la última
tarde.
Mera. También en esa cofradía pude haber entrado yo; y desde luego de
docto, me lo hubiese echado a mí, creyendo que yo asistí a los sermones del
dicho Padrecito. La c verdad es, que entonces no asistí a ellos, ni pude
asistir, porque no fui, ni soy de la cofradía, y lejos de frecuentarla, estuve
en la ocasión, muy lejos de esa ciudad. Vea Vm., que fuera de estos dos
luga-res de nuestro Luciano, que dan una señal muy equivocada de ser elogios
dirigidos al Señor Doctor Yépez, no hay otros ni claros ni oscuros, que
in-cluyan a este célebre jurista, ni que equívoca o claramente sean alabanzas o
vituperios de su nombre, de su apellido ni de su profesión. Así, amigo mío
Blancardo, ¿dónde está aquel dechado de oradores sagrados? ¿Aquel jurista
insigne? ¿Aquel teólogo consumado? ¿Seré yo algún càndido que lo profiera, o
algún burlón satírico que por ironía le trate con increíbles y li-sonjeros
encomios? Voltaire, siendo un genio tan prodigioso como fue, ha dicho
bellamente en su segundo tornito del Siglo de Luis XIV, que aprender varias
lenguas imperfectamente, no era muy difícil; pero que saber con per-fección una
sola, era obra de toda la vida. ¿Qué se dirá, hablando sincera-mente, acerca
del conocimieneo de las artes y ciencias? Y por aquí se conoce muy bien que
Blancardo ignora que puedo hacer un elogio al Señor Doctor Yépez, fundado en
unas ideas justas, profiriendo sentencias juiciosas, exor-
a DC: genuina
b DC: montanteó
c DC: Pero la verdad
nado del carácter de la verdad, y pronunciado o escrito, con la lengua o
la pluma de la decencia, de la justicia y de la sinceridad.a Sígala Vm., dueño
mío, esta aprobación.
Murillo. "¿Qué diremos de este talento gigante, que a la misma
envidia le pone la triste precisión de disimular con la serenidad del rostro,
la tem-pestad de su corazón?"
Mera. ¿Qué diremos de este dichoso aprobante, que por su aprobación, que
es la ignorancia misma, nos pone en la indispensable necesidad de no poder
disimular sus errores, sus extravagancias, su indiscreción, y aun su falta de
talento. . . ?
Murillo. Aquello de serenidad de rostro y tempestad de su corazón, es
buena cosa; nada menos es, que una galana y bellísima antítesis. Y ha de dar a
entender mucho. . .
Mera. ¿Hay locura más enorme? Sabe, Vm., quiere significar que me ha
visto en la Catedral de Quito, asistente al sermón fúnebre del Doctor Don Ramón
Yépez. ¡Y qué engaño este tan vergonzoso!
Murillo. ¡Hu, tu, tu, tu, tu! Ya entiendo yo también a dónde se
ende-reza el párrafo, pero es párrafo al aire.
Mera. Así es, porque nunca me ha visto si tengo rostro sereno o
turbu-lento, cara alegre o melancólica, fisonomía agradable o desapacible, y no
es capaz de jurar que me viese en la función de las exequias. ¡Quién sabe dónde
estuve yo volando!... Pero no es de perdonar aquí la impruden-cia fatal del
Padre aprobante, en herir al autor del Nuevo Luciano. Va Vm. a tocarla
palmariamente. Divididos los pareceres, y puestas en acción las conjeturas de
los vivísimos quiteños, no salieron de dos sujetos para hacerlos autores del
papel, cuando éste se dejó ver. Pero la pluralidad de votos estuvo por el
Doctor N., b y la parte de menos sufragios por el Doctor N.c Para ganar
Capítulo, estuvo nuestro aprobante siempre con la mayor parte. Pues, ¿cómo
vemos que hoy vota en su aprobación con el más corto número de sufragios? ¿Cómo
vemos que hace autor del Nuevo Luciano al que tenía perdido todo el juego de
los capitulares? Diráse que se determinó en descargo de su conciencia; pues,
aquí está el haber obra-do imprudentemente, porque en hechos de esta
naturaleza, no prestan a la crítica (como otras veces lo hemos dicho), buenas
pruebas d las conjetu-ras más bien seguidas. Es e juicio condenatorio
definitivamente. Hay, cuan-do menos en la apariencia, peligro de daño de
tercero, esto es del autor, si se descubre,f y así para determinar que era 9 el
que asistió en la Cate-
a DC: sinceridad. Ea, siga Vm.,
b DC: Yépez
c DC: Escobar
d DC: pruebas solas las conjeturas aunque parezcan y sean más bien
e DC: Es al fin juicio
f DC: descubres porque Quito es patria del
idiotismo y así
9 DC: era Escobar el que
dral, se ha menester la evidencia. Según lo alegado y probado, tiene el
juez obligación de proceder y condenar. Pero, ¿dónde hay una prueba siquiera de
presunción vehemente, que asegure de alguno que sea el presumido autor? Luego,
en este caso quedamos en la duda, y es conjetura racional que en ella quedó
nuestro aprobante. Pues, vea Vm. por otro lado su im-prudencia, porque en caso
de tanta falibilidad, no pudiendo acertar con el verdadero autor, y debiendo
temer racionalmente herir al amigo (si lo fuese), 3 debía igualmente sofocar
los fervorosos alientos de su pluma, sus-pender toda cuchillada y omitir su
gran parrafote, mendigado de mi Marco Porcio Catón; b y cata allí que había
obrado con prudencia. ¡Pero no pudo contenerse, y efeta! que el autor del Nuevo
Luciano, siendo el Doctor N.,c es la misma envidia, es la sinrazón y es un
hereje.
Murillo. Pensaría de este modo salir de la curiosidad, y también
ven-garse de la pretendida injuria que juzgó se le había hecho en nuestras
con-versaciones. Cualquiera de los dos que seáis, yo quedo bien puesto y
ven-gado, diría su señoría aprobante. Y aun quizás si sacas la espada, te
llegaré a conocer, diría el triste Blancardo.
Mera. Ahí está, luego que lo ha logrado. No es el autor del Nuevo
Luciano alguno de los dos que se juzgó, ni algún otro de que se acordó la gente
más incipiente y defectuosa de sentido común. Es uno que hasta aquí no se le ha
nombrado y está muy lejos, no sólo de que le conozcan, pero hasta de las
sospechas más cavilosas. Tiene esta seguridad por ser solo, y por todo lo que
antes ha oído. Ríese, pues, de la temeridad ajena, y se reirá para siempre.
Pero, si se quiere aquí un medio retrato suyo, para que del todo se pierda la
esperanza de conocerlo, véase luego en estas pocas palabras: su estatura es
regular y nada tiene de defectuosa. Su rostro, sien-do serio, no es deforme, y
en su fisonomía se reconoce que no es rudo; pero no manifiesta toda la viveza
que interiormente le anima, y aunque le pone en una continua acción, que
siempre le tiene inquieto. En sus ojos puede cualquiera engañarse; porque,
pareciendo estar marcados con el sello de la modestia, suelen ponerse demasiado
caídos, o luego vivaces y movibles con ímpetu, según el humor que le domina.
Cuando se presenta a cualquiera, impone (sin querer), con gravedad natural;
pero tratado con franqueza, se ve que es mucho lo que ríe a vista de todos,
pero muchísimo más es lo que a sus solas se ríe; porque casi en todos los
hombres halla con facilidad ese lado por el cual son más hombres, esto es,
vestidos de más o menos ridiculeces; y sobre las suyas propias que ha podido
conocer, él mismo no se perdona, se burla él mismo, y procura corregirse. Desde
bien muchacho frecuentó, sin que aún supiesen su nombre, a algunas personas de
crédito de la Provincia casi entera, y, oyendo sus proposiciones llenas las más
veces de ignorancia y de satisfacción orgullosa, nunca los desesti-
DC: (si lo fuese), el Dr. Yépez debía
DC: Catón, por no herir al Doctor Yépez y cata
DC: Doctor Escobar
mó, y mucho menos descubrió a otros el defecto que padecían. Antes, de
tales ejemplos sacaba motivos para ser exactísimo en su modo de pensar, y aúna
más en la expresión y en las citas. b Como ha sido este su porte, ha logrado
que todos los satisfechos y presumidos de doctos, le tengan por estúpido, y que
aun le hayan comunicado especies muy mentirosas y muy surtidas de vanidad, pero
no ha sido de un carácter maligno que haya, con nuevas preguntas, obligado a
estos doctos a que profiriesen más desati-nos. Ha quedado, sí, en semejantes
ocasiones, muy abochornado, como si él fuese el que había incurrido en aquellas
culpas del amor propio. Habla poco, regularmente sin vivacidad, sin alegría,
sin cultura, y a veces tarta-mudeando. Con todo, cuando quiere decir, toma la
tarabilla, y es su con-versación esparcida, festiva y con su poquillo de sal.
Es mucho lo que reflexiona y piensa porc lo que las más veces acierta en sus
juicios y con-jeturas; de suerte que, en los negocios no favorables, teme el
meditar, por no anticiparse la noticia y el dolor de un suceso poco ventajoso o
del todo adverso. Sus compañeros son: su Biblia, su Cicerón, su Virgilio y su
Horacio, y con ellos pasa d gustoso por donde le place. Su memoria es firme
unas veces, otras veces ingrata, y aun tiene sus alternativas de muy feliz y de
muy fácil, según las materias y los objetos. Debía llamarse monstruosa, porque
tanto tiene de buena como de mala, aunque en los lances de honor ha sido
fidelísima a su dueño, como se puede conjeturar por los lugares citados en el
Nuevo Luciano, en cuya formación casi no abrió un libro, y e de muchas obras
que había leído y citaba, no las tenía a mano ni podía probablemente
conseguirlas.f Concibe luego las ideas de cualquier objeto que se propone, y
las coloca sin la menor confusión en su entendimiento, para sacarlas cuando le
gusta sobre el papel. Así, su modo de estudiar ha sido escribiendo siempre, y
ha divertido su pluma en muchas disertaciones latinas y castellanas, y en
algunas oraciones panegíricas, que escribe con la mayor facilidad del mundo, y
en el espacio de muy pocas horas. Con la misma ha compuesto algunas piezas en
verso, y tiene aptitud para formar lo que en el lenguaje de los doctos se llama
sátira y han sido del gusto del público. Su imaginativa también es variable, y
a veces es lánguida y poco limpia, por lo que, en esas ocasiones, está con ella
de riña el entendimien-to. Pero ha conocido por experiencia, que no se puede
saber si no se estudia con la pluma en la mano, y ha hecho apuntamientos de buenas
especies desde que en su menor edad leyó el consejo de Verulamio acerca de los
libros en blanco. Para poder apuntar ha estudiado algunos meses, cuan-do tuvo
diez y seis años, hasta doce horas por día, diversas facultades; y
DC: aún mucho más
DC: citas porque veían que
hacían lo contrario los literatos de Quito. Co-mo ha sido
DC: porque las más veces
DC: pasea
DC: y muchas obras
f DC: conseguirlas, fio sus pasajes al fugativo socorro de su
memoria. Concibe
haciendo memoria en la noche, de sus especies, hallaba distintamente
co-nocidos y en su lugar los objetos. Mas, no duró mucho este género de
es-tudio, porque es de naturaleza muy sensible, débil y delicada. Pero siempre
su lectura es rapidísima, y en breves horas acaba de leer cualquier volu-men.
Su pasión dominante es la lectura, y parece inurbano siempre que halla
oportunamente algún libro, porque a él se tira. Ha leído los ajenos, y los
suyos son escogidos en toda literatura.
Si se le ha visto por parte del espíritu, míresele ahora por el retrato
del corazón. No deja de tener buenas cualidades de franqueza, de desinterés,
del deseo de hacer bien, y, sobre todo, del amor al bien común. Por eso, con el
mayor disimulo, cuando ha hallado oportunidad, ha sugerido a mu-chos jóvenes el
deseo de un mejorado estudio, el de la sabiduría; y les ha dado a conocer el
uso y elección de las buenas obras. No encubre lo que es conducente al
adelantamiento literario de alguno, con tal de que conozca a la sinceridad y
aplicación. Aborrece el orgullo, y, mucho más, se ofende de que el necio le
quiera persuadir que es hábil, y el ignorante que es docto. Tiene muy pocos
amigos que ha escogido, y hace por donde conser-varlos con la fidelidad,
gratitud y una estima verdaderamente cordial. Ni con ellos, ni con los demás
quiere ser estimado por ingenioso ni por ins-truido, sino por un hombre de
rectitud y de verdad, capaz sólo de no ser indigno de la sociedad. Desprecia el
fausto y la gloria vana, y, aunque desea las alabanzas, quiere las de las
gentes hábiles, de probidad y sinceras, que no tengan con él alguna conexión ni
interés. A la edad de quince años deseó ardientemente ser conocido por bello
espíritu, y aunque logró las celebridades de los jesuítas, el vulgo le
despreció, por lo que, tomando opuestos dictámenes, se ocultó lo más que pudo,
y así ha conseguido el arte de esconderse, de tal suerte, que ha logrado
ventajosísimamente que se piense muy mal de sus alcances, conocimientos y
literatura. No envidia ni sabe hasta ahora cuál es la molestia que causa el
escozor de pasión tan villana, y cuando ve buenos talentos, no sólo los estima,
sino que se apa-siona por ellos con demasiada vehemencia, y los acaricia, aun
cuando en la conducta moral sean o díscolos o viciosos. Está contento con su
fortuna, que siendo escasa no le aflige ni solicita, especialmente por caminos
tor-cidos y de bajeza. Obra mejor, respeta a los superiores, pero si se ofrece
hablar con ellos, les habla con modesto desembarazo, hasta aquello que no
quieren ni gustan oír. Hace mejor el negocio de los otros, que el suyo pro-pio.
Nadie lo trata, que no lo quiera, y a nadie comunica a quien no desee obligar y
servir; tiene un solo lazarillo, perspicaz, vivo, inteligente, popu-lar,
amistoso y del trato común, que bebe en buenas fuentes y muy puras, la verdad
de los hechos, y se los comunica fidelísimamente, y éste es, Señores, el duende
que, así dicen, está pintado con los colores de la vanidad y el amor propio;
pueden echarle todo el ocre de un mentís encima y toda la
a DC: conozca en él la sinceridad
tinta de la misma envidia, para que no aparezca ni su retrato. Pero él
es duende a quien nadie le cogerá, y si hubiese de decir de alguno alguna cosa,
por envidia, lo hubiera hecho con libertad integèrrima. ¡Al papel!
Murillo. "¿Qué debe decir la justicia, cuando hasta la sinrazón no
se atreve a injuriarlo?"
Mera. Dirá la justicia que hombres de nada con almas de todo (como se
explica Erasmo en el Elogio de la locura, hablando contra la soberbia de los
nobles), se atreven a injuriar a los que pueden defenderse bastante-mente. Dirá
que su aprobación debe llamarse pedantismo fúnebre, retó-rico, apologético,
oratorio, teológico y mendicante. Dirá que es indiscreto y osado patrono de
malas causas, enemigo declarado del mejorado plan de estudios y de letras. Dirá
que no es carta de pago, tiznar al autor del Nue-vo Luciano con el feo borrón
de la envidia y con la negra e infernal tinta de la herejía. Dirá que más le
importaría, a este aprobante que protestase, mostrar al dicho autor falso,
impostor, ignorante, con hechos verdaderos y con un fondo copioso de buena doctrina.
Mientras no se le responda con buenos documentos, con solidez, con conocimiento
de las materias, dirá la justicia que el aprobante es un Blancardino. Siga Vm.
Murillo. Ya se acabó el párrafo encomiástico dirigido a Vm. y su
Lucia-no. Ahora vea Vm. lo demás con sus propios ojos, porque los míos se están
volviendo azules con la ansia y cuidado de ver mi bello país, la ciudad de
Quito.
Mera. ¡Oh! Aquí hallo un ex abrupto, y como propio principio de sá-tira,
ya había dicho: soy de sentir se dé a la luz pública, que es lo último de las
aprobaciones, y después vuelve, con estudiada eficacia, como que a su pesar se
le había escapado la hermosa especie y la bellísima expresión digna de no
dejarla en el tintero, y la mejor de toda la aprobación. Lástima es (dice), que
producciones tan hermosas no salgan en letras de oro. La oración precedente lo
merecía, pero ya que el asunto es lúgubre y tan justamente anima vuestro
sentimiento, imprímase con tinta, para que gire por todas partes, vestida de
luto, tan triste noticia.a
Murillo. Cata allí, que lo que escribió con la mano, lo ha borrado con
el codo; y cata allí, lo que deseo que Vm. (tan sencillote) viese y penetrase.
Mera. ¿Cómo es eso? ¿Cómo es eso? Y ¿qué hay aquí de malo? Que ya me
temo hallar mucho de lo que heredo.
Murillo. Pues, Señor mío, constarne y daré muy buenos testigos,
consta-rne que en cierta parte del mundo, refirió que había puesto aquel
razona-miento. Ahora, pregúnteme Vm.: ¿cómo lo dijo, en qué tono o en qué
sentido?
Mera. ¡Diga Vm. cuanto antes, que
se detiene!
Murillo. Dijo, pues, con ánimo pérfido, con boca que vomitaba humor
atrabiliario (no diré pestilente, pues soy bueno), y el cruel veneno de la
a DC: noticia. Y estas mismas cláusulas son mendigadas, amigo mío.
envidia. Dijo y repitió, en tono de risa, de chacota, de ironía; en
sentido opuesto a la letra: Matraqueo que había escrito. Ya que el mundo es
lúgu-bre, ya que la oración es tristemente pobre, escríbase no con letras de
oro, imprímase con tinta, que es lo más y todo lo que ella merece. Salga de
negra y oscura vestidura, póngase un andrajoso luto, gire así por el mundo
men-digando aprobaciones y cogiendo menosprecios. Y esto era lo que el
apro-bante interiormente sentía, porque, en la realidad, al ver al Doctor Don
Ra-món de Yépez, disimuló los puñales de su pecho, y, poseído del mayor susto
de perder Capítulo, se echó a sus pies confesando fingidamente la grandeza de
su mérito, la elevación de su ingenio, la belleza de sus letras, hasta
pu-blicarlo imitador de los Santos Padres desde muy lejos. ¿Qué diremos de este
blanquísimo aprobante, que, hablando con el fino lenguaje de la misma envidia,
se ve en la triste precisión de disimular, con la serenidad del rostro, la
tempestad de su corazón? ¿Qué diremos de los batimientos barajados de su alma,
al verse en la violenta aborrecible obligación de alabar en su cen-sura al que
de verdad no quería dar ni un elogio? ¿Qué debe decir la justicia, cuando la
sinrazón se ve en la melancólica necesidad de parecer alegre, com-placida y
obsequiosa, sin poder, de miedo dela Prelado y de otros, desaho-gar su
desgarrado y afligido corazón? Así es, Señor Doctor Mera, que inte-riormente ha
blasfemado de la oración su falso y pérfido aprobante. Y así es que no ha
dejado de respirar el ansia que le atormentaba, a donde juzgo le guardarían
secreto. La oración, pues, no por mérito, sino por fortuna, por destino
venturoso, podía (en su dictamen) imprimirse, y a más no poder. b
Mera. Aquí de la justicia. ¿Quién es envidioso, el aprobante o el autor
del Nuevo Luciano? ¿Quién es la misma envidia, su aprobación o mis diálogos?
Murillo. Basta de ellos; que, examinando la ciencia blancardina y esta
aprobación, no tendríamos cuándo acabar, y es preciso darle fin, por el grande
negocio de disponer ya mi vuelta y mi viaje a Quito; pues, ya se ha pasado la
Pascua, y llega el tiempo de, agradecido a Vm., decirle tiernamente adiós.
DC: del Ilustrísimo Prelado
DC: poder. ¿Qué dice Vm.? ¿Qué dice Vm.?
NOTAS
a El Nuevo Luciano de Quito o Despertador de los Ingenuos Quiteños
1 Traducción: Obra de amigo, que se interesa por nosotros, es alabar
sólo lo que merece ser alabado, y reprender lo malo, si lo hubiere; y, para que
sepáis que es propio de engañador y no de amigo alabarlo todo como sin
defectos, y proclamar-nos rectos en todo, dice la Escritura: Pueblo mío, los
que te llaman dichos te en-
gañan y ahondan un abismo a tus pies.
2 Traducción: Yo de
tal manera me afecto, que no me
confunda a mí con el
vulgo, ni parezca que ando por el
mismo camino que él.
Traducción: Este árbol
y todas sus
formas, San Gregorio Nacianceno
3 de
un algodón finísimo.
Traducción: El
entendimiento, cuando confrontado con la verdad (o false-dad), emite juicios.
Traducción: El pronunció un bien elaborado pensamiento
cubriendo tres par-
tes.
Antonio Monroy e Híjar
(1634-1715) religioso y prelado mexicano; tomó el hábito de Santo Domingo. Fue
elegido al generalato de su orden; nombrado obispo y luego arzobispo por el
Papa Inocencio XI.
Sextus Roscius (floreció
mediados del siglo 1 a. de J.C.) ciudadano romano de Ameria en Umbría. Fue
acusado falsamente de la muerte de su padre, pero fue defendido con éxito por
Cicerón en un discurso que todavía se conserva, quedando Roscio absuelto.
Gnaeus Plancius (floreció mediados del siglo 1 a. de J.C.) caballero
romano. Fue acusado por Casio Longino de sodalitas o corrupción de las tribus
por medio de aso-ciaciones ilegales, siendo defendido por Cicerón, a quien
había protegido él durante el destierro, y absuelto.
Quintus Ligarius (m. 43 a. de J.C.) senador romano. Cómplice de Bruto y
Casio en el asesinato de César, fue proscrito y muerto por orden del segundo
triunvirato.
Thomas Falkner (1707-1784)
misionero, etnólogo y médico inglés; en 1731, se convirtió al catolicismo,
ingresando a pocos meses en la Compañía de Jesús. Pasó muchos años entre los
indígenas de Santiago del Estero y Tucumán, y desde 1744 hasta 1752 recorrió
primero la Pampa y se ocupó después en la conversión de los pampas y serranos.
En 1774 publicó el libro que más renombre le ha dado, la Des-cription of
Patagonia, traducido a varios idiomas. Fue el primero que exploró el interior
de la Patagonia y el primero que la hizo conocer geográfica y etnológicamente.
Lex Papia Poppaea.
Promulgada en el año 762 de Roma (9 d. de J.C.) sien-do cónsules suffectos M.
Pappio Mutilo y Q. Poppaeo, durante el Imperio de Au-gusto. Tuvo por objeto
combatir el celibato y favorecer la natalidad, luchando contra
la plaga moral más importante que padecía la sociedad romana en aquel
entonces, siguiendo el camino de la ley Julia de maritandis ordinibus del año
736, cuyas dis-posiciones completó, por lo que se la cita precedida del nombre
de ésta, siendo difícil distinguir cuáles disposiciones pertenecen a la una y
cuáles a la otra.
Lex Julia de Maritandis Ordinibus, propuesta por Augusto para estimular
a los ciudadanos a contraer matrimonio, y a la procreación, concediendo
privilegios a los casados con hijos y castigando con la incapacidad a los
célibes. Esta Ley es una de las llamadas caducarías.
Antoine Terrasson
(1705-1782) musicógrafo francés; ocupó cargos de impor-tancia, tales como
censor real, consejero, etc. Entre otras obras, escribió: Histoire de la
jurisprudence romaine, ... (París, 1750).
Pericles (499-429 a. de
J.C.) hombre de Estado ateniense. El gobierno de Pericles era una soberanía
popular sólo de nombre, pero, en realidad, era la sobe-ranía del hombre
superior. Con su gobierno, las ciencias y las artes llegaron a un grado tal de
florecimiento y esplendor, que Atenas fue el centro de la espiritualidad del
pueblo griego, y el llamado antonomástícamente siglo de Pericles marcó el
su-premo desarrollo de la civilización griega. La muerte de Pericles fue un
rudo golpe para Atenas, que cayó en manos de demagogos intemperantes, que en
poco tiempo llevaron el país a la ruina.
Plutarco de Queronea
(46P-120?) historiador y moralista griego. Más que historiador, Plutarco fue
moralista. Para él, la moral es la finalidad de la ciencia, del arte, de la
literatura. De todo deduce una conclusión moral y todo se lo explica por los
principios morales. Su moral no tiene ninguna trascendencia, desde luego, y se
compone toda de buen sentido y de honradez práctica. Lo más popular de su obra
son Las vidas paralelas, en las que, como su título indica suficientemente,
pone siempre en parangón un personaje griego con un romano de los más ilustres,
y des-pués de haber hablado separadamente de cada uno de ellos, los reúne en
una com-paración, indica los rasgos de carácter que les son comunes, muestra
aquello en que los dos personajes se parecen y en lo que difieren y acaba con
un juicio sobre ellos. Entre los personajes tratados en Las vidas paralelas hay
Arístides y Catón "el Cen-sor."
Pocas obras tan populares como Las vidas paralelas. Los autores más
eminentes del Renacimiento acá lo han elogiado sin tasa, muchos se han
inspirado en él para sus obras y las ediciones se han multiplicado de un modo
prodigioso.
Antifon (480P-411 a. de J.
C.) retórico griego; fue el más antiguo de los diez oradores áticos. Fue el
primero en aplicar el arte de la oratoria a la oratoria judicial y política, y
el primero también que escribió discursos forenses para que otros los recitasen
en defensa propia.
Andocides (n. 439 a. de
J.C.) orador y político ático, de
familia noble.
Lisias (458-378 a. de J.C.), orador ateniense, considerado como el
tercero de los diez oradores clásicos de su patria.
Sócrates (469-399 a. de J.C.) filósofo griego. La filosofía, y en
general la cultura del espíritu, ve en la obra de Sócrates y de sus inmediatos
discípulos el aconteci-miento más grande anterior al cristianismo. Sócrates
aparece también como iniciador de una nueva forma expositiva: el diálogo, forma
viva y muy en armonía con un doble aspecto del pensamiento humano, el cual se
produce en comunidad con el pensamiento ajeno y mediante oposición "y
rectificación de conceptos. La idea socrá-tica era que uno debía conocerse a sí
mismo. El conocimiento de uno mismo pro-duce como primer resultado el
reconocimiento de nuestra propia ignorancia. La idea de Sócrates era que la
verdad no hemos de ir a buscarla fuera, sino que está dentro de nosotros
mismos. Conociéndonos a nosotros mismos aprendemos a conocer en ge-neral y a
conocer concretamente las cosas.
Iseos (390-340 a. de J. C.) orador ateniense, el quinto en la serie de
los diez ora-dores áticos. Estaba dedicado a la enseñanza de la elocuencia y
escribiendo discur-sos judiciales para los demás oradores, que los pronunciaban
en el foro.
Licurgo (396- 325 a. de J. C.) uno de los diez oradores áticos,
discípulo de Pla-tón y de Isócrates.
Hipérides era orador ateniense,
discípulo de Sócrates y de Platón.
Demóstenes (384-422 a. de
J.C.) orador y estadista ateniense; una figura muy importante en la historia
política y de la elocuencia. Como hombre de Estado,
fue el campeón de las libertades griegas. En cuanto a su oratoria, fue
el orador en quien el genio artístico iba reunido, más que en ningún otro
hombre, al entusiasmo moral y al alcance intelectual, gozando en los modernos
tiempos de la misma cate-goría que le otorgaban los antiguos. La sinceridad y
la intensidad son, para el lector moderno, los rasgos más característicos de su
oratoria. Su estilo está despojado de embellecimiento retórico; Demóstenes se
contenta con una frase, y a veces con una sola palabra.
Esquines (393P- 314 a. de J.C.) orador ateniense, considerado como el
rival de Demóstenes, aunque, en realidad, fue inferior a él.
Gaius Porcius Cato (floreció
siglo II) orador romano; Cicerón le califica de muy mediano, como orador.
Los Gracchi (Gracos). Nombre con que generalmente se designa a los dos
her-manos.
Tiberius Sempronius Gracchus (163-133 a. de J. C.) y Gaius Sempronius
Gra-cchus (153-121 a. de J. C.). Ambos fueron tribunos del pueblo en la antigua
Roma, y se hicieron igualmente célebres por su elocuencia y su adhesión a la
causa popular. Tanto Cayo como Tiberio debieron a sus dotes oratorias gran
parte de la influen-cia que conquistaron sobre el pueblo. Sus discursos fueron
elogiados por el propio Cicerón, que generalmente se mostró severo e injusto
con los tribunos.
Publius Cornelius Scipio Aemilianus Africanus Numantinus (185-129 a. de
J.C.) general romano.
Marcus Gaius Antonius
(143-87 a. de J.C.) elocuente orador romano. Cicerón, que le tributó grandes
elogios por su facilidad de palabra, extraordinaria memoria, elegancia en el
accionado y la riqueza y buen gusto de sus vestidos, le eligió, junto con Craso,
para protagonista de su Tratado de la elocuencia, elogiándole principalmen-te
como orador patético que poseía el difícil arte de excitar la compasión de los
jueces, interesándole en favor del reo, merced a la gran habilidad con que
sabía poner de relieve las circunstancias eximentes o atenuantes que podían ser
calificativas del delito.
Lucius Licinius Crassus
(140-91 a. de J. C.) el orador más famoso de su tiempo; elevó a la más alta
perfección los estudios retóricos y filosóficos. Cicerón en su diálogo De
Oratore le ha pintado, junto con Antonio, como cabeza y representante de su
partido.
Servius Rufus Sulpicius (m.
43 a. de J.C.) jurisconsulto romano y orador; elogiado por Cicerón en su obra
Brutus.
Quintus Hortensius (114-50
a. de J.C.) abogado romano y orador. Según el testimonio de sus contemporáneos
y especialmente de Cicerón, su elocuencia era flo-rida, su voz dulce y musical,
su memoria prodigiosa, y sus ademanes tan nobles y ele-gantes que los más
famosos actores procuraban imitarlos.
Gaius Julius Caesar (102P-44 a. de J.C.) insigne dictador y general
romano, que fue como militar y como político una de las figuras más grandes de
la antigüedad, y aun de todos los tiempos. Una inteligencia privilegiada, gran
memoria y un talento oratorio poco común, fueron los dotes naturales que se
revelaron en él desde muy joven.
Marcus Junius Brutus (85?-42 a. de J. C.) político y filósofo romano;
elogiado como orador por Cicerón.
Marcus Valerius Messala Corvinus (69P-13 a. de J.C.) orador, historiador
y gue-rrero romano.
Nicolás Boileau Despréaux
(1636-1711) poeta y preceptista francés. Su L'art poetique (1674), imitación de
Horacio, llevó al apogeo su reputación y fijó las reglas del buen gusto y la
composición literaria. La obra se consideró, tanto en Francia como en toda
Europa, como un código de estética amoldado al ideal clásico, al que por
espacio de ciento cincuenta años se ajustaron todos los literatos franceses.
Publicó en 1674 su traducción del Traite du sublime de Longino.
Es interesante notar aquí la observación de González Suárez acerca de la
tra-ducción de la obra de Longino por Boileau: "La imparcialidad, con que
debemos anotar los escritos de nuestro compatriota, nos obliga a confesar que
Espejo era muy erudito, pero falto de conocimientos en crítica literaria: había
leído mucho; pero no acertaba a discernir bien el mérito de las obras que había
leído. El aprecio que hacía de la traducción que del Tratado del sublime
atribuido a Longino hizo Boileau, es una prueba de lo que acabamos de decir: la
traducción francesa de Boileau no es
excelente, como asegura Espejo, siguiendo la opinión de Rollín a ciegas,
ni menos una
copia o trasunto del original griego:
es desigual, pues tiene pasajes muy bien tradu-
cidos; y otros están mal interpretados. Espejo dice, que el Tratado del
sublime es de
Dionisio Longino, con lo cual da a conocer que ignoraba completamente
las discusio-
nes, que en punto al verdadero autor del tratado se habían suscitado
entre los críticos,
atribuyendo unos la obra a Dionisio de Halicarnaso, otros a Dionisio de
Pérgamo, y
los más a Longino, el secretario o ministro de Zenobia, la desgraciada
reina de Palmira.
Espejo estaba persuadido de que Longino era el autor de la obra, y
que se había
llamado Dionisio; y, por eso, escribe que el Tratado del sublime es de
Dionisio Lon-
gino: parece, además, que confundía lo sublime estético, dirémoslo así,
con el estilo
sublime o lo sublime retórico, sin caer en la cuenta de que el tratado
de Longino se
refiere al estilo elevado, llamado estilo sublime por los
retóricos griegos y
latinos."
Ver: Escritos, II, 65-66,
n. 1.
2 2 Se refiere aquí al estadista y
filósofo inglés Francis Bacon de
Berulam (1561-
1626). Claudius Ptolemaeus
(Ptolomio) (floreció siglo II) astrónomo, matemático y
23
geógrafo egipcio. Su obra más importante es el Almagesto de trece libros
en el cual
describe su sistema de astronomía y geografía, basado en el principio de
que la Tierra
se halla fija, girando a su
alrededor el Sol, los planetas, y las estrellas.
24 Francisco Gómez de Quevedo y
Villegas (1580-1645) célebre poeta y
prosista
satírico español. Escribió muchas obras políticas, morales y
filosóficas; además: Histo-
ria de la vida del buscón, llamado don Pablos
(1626) novela picaresca. En vivacidad,
sólo puede compararse con el Lazarillo de Tormes, primera novela picaresca de
la lite-
ratura española. Es conocido Quevedo también por la obra Los sueños (1627),
co-
lección de fantasías satíricas.
Baltasar Gracián (1601- 1658) célebre
escritor jesuíta español. El Criticón (1653-
57), obra maestra del autor, es quizá la más notable novela filosófica
escrita en lengua
alguna. Encierra una alegoría de la vida humana.
Quizá se refiere aquí a Flores de poetas ilustres de España (1605) de Pedro Es-
pinosa, que contenía buen número de los versos de Quevedo en compañía de
algunos
de fray Luis de León, Lope
de Vega, Góngora y otros maestros.
25 Juan Pérez de Montalván (1602-
1638) poeta y dramaturgo español. el Cri-
26 Francisco de Osuna
(m. 1540?) orador y teólogo español, llamado
sólogo Minorità; perteneció a la orden de San Francisco. Escribió en
castellano: Abe-
cedario espiritual que trata de las circunstancias de la sagrada pasión del hijo de Dios
(1528-1530); se
imprimieron sólo las cuatro primeras
partes en vida del autor; se
editó en siete volúmenes en
1554; De Mystica Theologia; Sermones de Beata Virgine
(1533); Commentarius super
Evangelium Missus Est, etc. (1535), etc.
27 Nicolás de Lyra
(1240?-1340?) celebérrimo
exégeta franciscano francés. Re-
ligioso con un profundo conocimiento del hebreo, caldàico y griego, que
daba impor-
tancia a sus comentarios de
la Escritura. La obra clásica del Lyranus, como a
veces
se le llama, es su Postillae Perpetuae sive
Brevia Commentaria in Universa Biblia,
impresa muchas veces desde 1471-72.
González Suárez nota aquí un juego de palabras con el nombre de Nicolás
de
Lyra. "En este pasaje hay un juego de palabras, que no todos los
lectores podrán com-
prender: Espejo emplea el verbo castellano delira, y hace con él un
equívoco, diciendo
de Lira, para dar a entender que la exposición de la Escritura Santa,
hecha según el
gusto de los predicadores gerundianos, era un verdadero delirio, aunque
la presenta-
ran con todo el aparato de erudición prolija, con que Nicolás de Lira
trabajó sus fa-
mosas exposiciones de la Biblia. Los gerundianos, cuando exponen la Escritura deli-
ran: la exposición de la Escritura a lo Fray Gerundio es exposición como
la de uno
que delira. El nombre del expositor es Nicolás de Lyre, por haber nacido
en la aldea
de Lyre en Normandia."
Ver: Escritos, II, 80, n. 1.
Traducción: Oh afortunado
joven que no sólo te comparas al maestro en la caligrafía, sino también en la
elocuencia. De ahora en adelante, serás ahora tú mismo y al mismo tiempo como
él.
29 Traducción: Con estos versillos logré que le hicieran otros honores.
3 0 Aquí se refiere Mera a
Voltaire, autor de la Henriade (1723).
Traducción: O la profundidad de las riquezas de la
sabiduría y de la ciencia
de Dios.
Jacques Tirinas (1580-1636)
exégeta belga que entró en la Compañía de Je-sús. Fue muy celebrado su
Commentarius in Sacram Scripturam (1632), el cual va pre-cedido de notas
interesantes acerca de la cronología, genealogía y pesos y medidas de los
hebreos.
Bryon Waitón (1600P-1661)
prelado inglés, el editor de la famosa Biblia po-líglota de su nombre, Waitón's
Polyglot Bible (6 vols., 1654-57) .
John Lightfoot (1602-1675)
célebre orientalista y teólogo anglícano. Su obra principal es: Horae Hebraicae
et Talmudicae, Impensae in Chorographiam aliquam Terrae Israelitae in Quatour
Evangelistas (1658- 1679). Lightfoot explica el Nuevo Tes-tamento a la luz de
los escritos rabínicos.
Jean de La Haye (1593-1661)
filósofo y religioso de los Frailes Menores. En-tre sus principales obras:
Biblia Magna (1643).
Augustine Calmet (1672-1757)
sabio benedictino, exégeta y teólogo francés. En la actualidad las obras
teológicas de Calmet están poco menos que olvidadas; no así las exegéticas e
históricas, cuyo mérito estriba principalmente en los preciosos do-cumentos y
noticias que contienen sacados de los archivos de Lorena. Entre las más
importantes: Histoire d él'Anden et du Nouveau Testament Commentaire littéral
sur tous les livres de l'Anden et du Nouveau Testament (Paris, 1707-1716, 23
vol).; los notables estudios que contienen sobre historia, cronología,
geografía y arqueología se imprimieron aparte con otros títulos.
Traducdón: Y contestándole, el otro, le reprimió.
Traducdón: Y si
fuese exaltado, atraeré hacia mí todas las cosas.
Teofilado (floreció en el
siglo XI) escritor religioso bizantino; preceptor de Constantino; arzobispo de
Bulgaria. Considerado como uno de los teólogos más nota-bles de la época. Dejó,
además, unos Comentarios sobre el Nuevo Testamento.
Nestorio o Nestorianismo fue
el sistema cristológico condenado como herético juntamente con su defensor y
principal representante Nestorio, en el Concilio de Efeso de 431.
Nestorius (m. 451?) religioso de origen persa que adquirió fama de
predicador elocuente.
Eutiquiano era el sectario de Eutiques.
Eutiques (n. 378?) heresiarca oriental. La herejía de Eutiques era el
extremo opuesto a la de Nestorio. Mientras éste ponía en Cristo dos personas,
Eutiques se negaba a reconocer en él dos naturalezas.
Dióscoro de Hermópolis (m. 403) figura en las luchas religiosas de fines
del siglo IV.
John Wiclef o Wycliffe (1320P-1384) reformador inglés; era defensor de
la teoría de la intervención del monarca en la propiedad eclesiástica. A causa
de sus pronun-ciamientos anticlericales, invocóse la autoridad pontificia
contra Wiclef, y Roma pu-blicó una serie de Bulas contra él; pero nada logró
arredrarlo como contaba con el apoyo de los doctores de Oxford, quienes
declararon que las proposiciones atribuidas a Wiclef podían no ser sanas, pero
no eran erróneas. En 1380 se declaró Wiclef ene-migo dogmático de la Iglesia,
atacando la Transubstanciación. En 1381 publicó un escrito Confessio, que era
una defensa de sus puntos de vista.
Traducción: Aceptamos las verdades contenidas en las Sagradas Escrituras
proclamadas por los Padres de la Iglesia y defendidas con gran fuerza.
Platón (428?-347 a. de J.C.)
uno de los grandes pensadores que ha tenido
la Humanidad, y con Aristóteles, la más alta representación de la
filosofía helénica.41
Niccola Bernardo de Maquiavelo o Machiavelli (1469-1527) escritor
italiano, lla-mado el Histórico y conocido con el nombre de el Secretario
Florentino; diplomático y filósofo político. Su obra más célebre El Príncipe
(II Principe) describe los progre-sos de un hombre ambicioso. Para juzgar a
Maquiavelo hay que tener muy en cuenta la época en que escribió su obra, y
recordar la falsa noción que se tenía en los siglos XIV y XV de los deberes y
derechos del Estado y de los individuos. Las máximas inmorales de El Príncipe y
que constituyen lo que después se llamó maquia-velismo: que el príncipe debe
faltar a la fe jurada cuando el mantenerla le produzca algún mal, y al romperla
debe conservar apariencias de lealtad; que el príncipe debe valerse de la
virtud como una máscara útil, aun cuando obre en contra de ella, etc., fueron
siempre usadas en la política de aquellos tiempos, y Maquiavelo no hizo más que
copiarlas de la realidad. II Principe y los Discorsi hay que afirmar que son
dos
obras maestras de observación y sagacidad que han colocado a Maquiavelo
en la cum-
bre de los filósofos políticos. Paulo IV en 1559 puso las obras de
Maquiavelo en el
Indice, y fue confirmado por el
Concilio de Trento. llamado también el Estagirita.
Aristóteles (n. 384 a. de J.C.) filósofo griego,
Aristóteles compuso una verdadera enciclopedia de los conocimientos del siglo
IV
a. de J.C. Dio gran impulso a la anatomía y fisiología comparadas y
contribuyó a la
organización de las ciencias de historia de la filosofía, lógica,
metafísica, física gene-
ral, botánica, ética, política, arqueología,
historia literaria, filología,
gramática, retó-
rica, poética y filosofía del arte. Todo cuanto trató aspira a ser
científico, y en ello se
diferencia de su maestro, Platón.
Charles de Secondat, Barón de La Bréde y de Montesquieu (1689-1755) publicis-
ta, filósofo, jurisconsulto
e historiador francés.
En 1721 publicó
su notable obra
Lettres persones, que le conquistó un lugar eminente entre los literatos de su época.
En estas Lettres describe Montesquieu el viaje imaginario de un persa a
Francia, y el
supuesto viajero expone a sus amigos de Persia, en el estilo epistolar,
una serie de
consideraciones sobre las instituciones, costumbres
y leyes de Francia, acompañadas
de una severa crítica. En 1748
publicó la célebre producción L'esprit des lois,
que
inmortalizó a Montesquieu. En este libro, en el que se trata del Derecho
civil, de la
política, de la historia y del derecho positivo con gran copia de ideas
brillantes y sin
rasgo alguno de pedantería, se intentó por primera vez exponer el
desarrollo de las
instituciones jurídicas y su relación con las condiciones locales y
sociales de los varios
países, y demostrar la variedad de
las formas de gobierno como cosa necesaria.
Thomas More o Morus
(1478-1535) canciller de Enrique VIII de Inglaterra y humanista inglés. Tomás
More se negó ante Enrique VIII a prestar juramento por el que declarase que
creía en la legalidad del divorcio, basada en haberse constituido Enrique VIII
jefe de la Iglesia inglesa. Tomas More fue encarcelado por orden del rey en la
Torre de Londres; y fue condenado a muerte por delito de alta traición en 1535.
Autor de la célebre obra Utopia.
Noel Chomel (1632-1712)
agrónomo francés; fue autor de un Dictionnaire économique (1709).
Avicena, llamado también Abu
Ali Al Hosain Ibn Abdallah Ibnsina (980-1037) médico y filósofo árabe. Escribió
su famoso Canon de la ciencia médica que, durante muchos siglos, fue el texto
de las Facultades de Asia y Europa. Escribió tam-bién voluminosos comentarios a
las obras de Aristóteles.
Claudius Galenus (131-201) médico y filósofo romano. El fondo de
observación médica del sistema de Galeno procede de Hipócrates, en tanto que la
forma es aris-totélica. La anatomía como se desprende de sus obras —Manual de
disección y Admi-nistraciones anatómicas— no descansa sino en disecciones de
los animales. Escribió Galeno más de cien obras de orientación médica.
Hipócrates (460P-377 a. de J.C.) médico griego, llamado el padre de la
Medicina y también Hipócrates el Grande. Lo único positivo que se sabe hoy de
Hipócrates es su colección o canon, verdadera enciclopedia médica de la
antigüedad. Entre las mu-chas obras escritas hay: De la antigua medicina;
Pronóstico; Aforismos; etc.
Esculapio se aplica familiarmente al médico o al que posee algunos
conocimientos en medicina. También dios de la medicina, protector de la salud,
al que adoraron los griegos con el nombre de Asclepio o Asclepios.
Apolo es divinidad de la Grecia. Con el transcurso del tiempo se
convirtió en el mismo dios del Sol, identificándose con Helios. En su calidad
de dios de la luz es a la vez enemigo de las tinieblas y de todas las
impurezas, fealdades y malas accio-nes que éstas suelen llevar consigo.
Frederic Hoffmann
(1660-1742) médico alemán; según un crítico fue uno de los más grandes médicos
de los tiempos modernos, uno de los escritores sistemáticos que mayor
importancia dieron en su doctrina a la observación; fue el mejor práctico de su
tiempo. Dejó gran número de obras, de las cuales mencionaremos: Medicina
Rationalis Systematica; Medicina Consultoria (1721-39); Fundamenta Medicinae
(1696), etc.
Traducción: Quien deseó
prodigiosamente tina sola cosa logró conseguir al Delfín que se escondía en las
selvas.
San Francesco Caracciolo
(1563-1608) religioso italiano; cofundador de la congregación de clérigos
menores regulares.
Stefano Cataneo (fl. siglo XVI) es benedictino italiano de la
congregación de Monte Casino. Asistió al Concilio de Trento, donde pronunció
varios discursos.
Nicole Silvestre Bergier (1715 -1790) teólogo francés; el abate Bergier
es conocido por su labor de escritor católico y por sus artículos publicados en
la Encyclopédie. Su obra más importante es el Diccionario de Teología (3 vols.;
1788), cuyos artículos, en la mayor parte, son los que publicó en la
Encyclopédie. Entre otras de sus obras figuran: Le deisme réfuté par lui-même
(1765), contra Rousseau; Réponses aux Conseils raisonnables de Voltaire (1771);
etc.
4 9Aquí se refieren a manuales de
religion populares: Francisco Lárraga: Promp-
tuario de theologia moral (1706),
muchas ediciones; Francisco Echarri:
Instrucción y
examen de ordenados, en que se
pone una clara explicación de la
doctrina cristiana y
materias principales de la theología moral (1728), reimpreso muchas veces.
Anacleto Reinffestuel era
teólogo franciscano alemán de la primera mitad del siglo XVIII. Se distinguió
por su aplicación a las ciencias eclesiásticas; fue consultado de sabios y
apreciado de todos por sus virtudes. Entre sus obras, lus Canonicum Uni-versum
(6 vol.), es apreciadísima de teólogos y canonistas; igualmente la De
Probabi-lismo, repetida en numerosas ediciones.
51 Cursus Salmaticensis. Así se titula un curso completo de teología,
explicado en la Universidad de Salamanca durante los siglos XVII y XVIII por
los padres car-melitas.
Lucius Annaeus Seneca (4-65)
filósofo, poeta y escritor de la época roma-na; fue el segundo de los hijos de
Marcus Annaeus Seneca (54? a. de J.C. - 39) el Retórico. Bajo la dirección de
su padre aprendió los elementos del arte oratorio. Es-cribió muchas obras en el
campo de la filosofía.
Traducción: Sea como sea,
pero su ingenio le hace decir cosas fuera de su propio juicio.
Traducción: Teniendo sus
propias acciones como dadas de hecho.
Thomas Pope Blount
(1649-1697) sabio inglés que se dedicó al estudio de las letras y las ciencias.
Se le deben notables obras, entre ellas: Censura Celebriorum Au-
thorum, sive Tractus in quo Varia Virorum Doctorum de Clarissimis
Cuiusque Saeculi
Scriptoribus ludida Traduntur ( 1690) ; De Re Poética o Remarks upon
Poetry ( 1694), y Essays on Poetry, Learning, Education, Customs of the
Ancients (1697), que los
ingleses comparan con los famosos Essais de Montaigne, por más que sean
muy in-feriores en mérito.
Jean Baptiste Morvan de
Bellegarde (1648-1734) célebre escritor francés. En-tre las obras escritas,
mencionaremos: L'Art de connoitre les hommes (1709); L'Edu-cation parfaite
(1758); Modeles de conversations pour les personnes polies (1697); Réflexions sur
la politesse des moeurs, avec des maximes pour la société civile ( 1703) ; Les
règles de la vie civile, avec des traits d'histoire pour former l'esprit d'un
jeune prince (1731).
Sârmatas. Natural de
Sarmacia, región antigua de Europa, país comprendido entre el Vístula y el
Volga.
Getas. Natural de un pueblo escita, situado al este de la Dacia.
Sibaritas. Natural de Sibaris; ciudad célebre de la Italia antigua por
la riqueza y el lujo de sus habitantes.
Traducción: Demasiado derecho es ya injusticia.
Traducción: Nunca se puede
encarecer algo tanto que la exageración no trai-ga incredulidad.
Traducción: Estos tres
cuerpos celestiales: agua, aire y fuego formaron una vez un solo cuerpo.
Traducción: La frase de
Craso: tan íntegra, tan verdadera y tan original, sin adorno y sin juego
pueril.
Herodotus (floreció siglo V
a. de J. C.), historiador griego. En Herodoto an-dan constantemente unidos el
historiador y el geógrafo, y en este respecto merece ser colocado en el primer
lugar en la serie de los investigadores y pensadores. La Historia de Herodoto
está traducida a todos los idiomas.
Antoine Augustine Bruzen de
la Martinière (1662-1746) literato francés. En-tre sus numerosas obras
mencionaremos Nouveau recueil des épigrammistes français (1720); tradujo del
latín la Introduction a l'histoire universelle (1743), de Puffendorf,
y como obra original se le debe el interesante Dictionnaire
géographique, historique et critique (1726), que aún hoy se consulta con fruto.
Gnaeus Pompius Magnus (106-48
a. de J. G.).
Charles I de Inglaterra
(1600-1649).
Traducción: Cosme y Damián
(Mártires) ambos siendo doctores en medicina por profesión, en el día de su
propia festividad, teniendo el país infestado con enfer-medad, trajeron la
esperanza y la salud y la salvación a la gente.
Traducción: Se dice que la
locura consiste en decir cosas agradables, bien compuestas y sin significado.
Traducción: Es propio del
niño hablar sin tener orden ni sentidp en sus fra-ses. Es más propio del sabio
hablar una palabra adornada y con sentido.
San Basilio (330P-379)
llamado el Grande; ilustre doctor de la Iglesia griega; uno de "Los tres
(el más distinguido) Capadocianos"; los otros dos fueron su herma-no
Gregorio de Nisa y Gregorio Nazianceno. Entre muchas obras escritas, mencionare-mos:
De Spiritu Sancto; Moralia; Regulae; etc.
San Gregorio de Nacianzo o Nacianceno (330-390? llamado también el
Teólogo. Contemporáneo de San Basilio y de su hermano San Gregorio Niseno,
sostuvo con ellos íntimo trato, que tuvo marcado influjo a la vez en estos tres
personajes de la Iglesia oriental del siglo IV.
San Gregorio de Nysa o Niseno (m. 395?) uno de los tres santos Gregorios
que ilustraron la Iglesia de Oriente. Era hermano menor de San Basilio, a quien
siempre profesó amor y veneración. El mérito principal de San Gregorio de Nysa
es su de-mostración y defensa filosófica de la fe cristiana.
San Pedro Crisologo (406-450) ilustre doctor de la Iglesia con el
sobrenombre de Crisólogo, que significa habla de oro, el cual le fue dado por
su extraordinaria y magnífica elocuencia. Encargado del oficio pastoril, se
dedicó a instruir al pueblo por medio de sus sermones y homilías. Con su
doctrina y ejemplar vida logró desarraigar muchos vicios. Nos quedan 176
sermones y homilías, en ellos exponía casi siempre textos de la Escritura
explicando no sólo el sentido literal, sino también el sentido místico y
alegórico que encierran.
Traducción: La entera casa
interior de la omnipotencia del Olimpo reclaman el consejo divino como el padre
y el rey de los hombres habiendo hecho descansar a los planetas en su propia
esfera.
Traducción: Si alguien está
equivocado en su propia opinión o sospecha y él se apropia a sí mismo lo que le
pertenece a otros, él inmediatamente cambia su pro-pia conciencia y deja
abierta su alma.
Gerhard Johannes Vossius
(1577-1649) polígrafo holandés. Vossio es uno de los mayores eruditos del siglo
XVII. Entre otras obras, escribió: Ars Rhetorica
(1620); De Historiéis Graecis
(1623-24); De Historiéis Latinis
(1627); etc.
73 Traducción: Los ignorantes no entienden este sermón
simple y ordinario.
San Pedro Nolasco (m. 1256)
célebre religioso francés que abandonó su pa-tria para establecer su residencia
en Barcelona. Fundó la orden de Santa María de la Misericordia o de la Merced
de los cautivos.
San Dimas. Este es el nombre con que se venera, por una tradición de la
iglesia griega, al Buen Ladrón, que mereció oír de los labios de Jesús, estando
en el tormento: "Hoy estarás conmigo en el Paraíso."
Marcus Vitruvius Pollio (Vitruvio). Arquitecto e ingeniero romano, que
vivió en el primer siglo de la era cristiana.
Michelangelo Buonarroti o Miguel Angel (1475-1564) gran escultor, pintor
y ar-quitecto italiano del Renacimiento.
Publius Terentius Afer o
Terencio (185-159 a. de J.C.). Poeta cómico latino. Figura elogiada por sus
contemporáneos; Cicerón le cita en muchos de sus discursos, epístolas y
tratados filosóficos, con entusiastas encomios. En la Edad Media, el Petrar-ca
estudió, imitó y tradujo a Terencio. En el Renacimiento, Justo Lipsio, Antonio
Mu-reto, Erasmo de Rotterdam, Melanchthon, Casaubon y Hugo Grocio lo tradujeron
e imitaron su estilo muy ahincadamente. Luis Vives, en sus Diálogos, se muestra
tan co-nocedor y amante del estilo y frase terenciana, que la llega a imitar
con toda perfec-ción y donosura en casi todas sus páginas.
Phaedrus o Fedro (10P- 70?). Fabulista latino. Introdujo la fábula en la
literatura latina y aun consiguió darle en general un carácter que antes no
tenía, pues si bien es cierto que la mayor parte de sus asuntos los tomó de
Esopo, los enriqueció y trans-formó completamente, de modo que podían
considerarse como una novedad. Fedro no es un moralista ni un observador y el
epíteto que más bien le cuadra es el de satírico.
Gaius Sallustius Crispus (86-34 a. de J.C.). Historiador romano. Son
muchas las
obras que escribió,
pero sólo han llegado dos
completas a nuestra
época: Bellum
Catilinarium sive De Conjuratione
Catalinae y Jugurtha seu Bellum Jugurthinum.
Es-
cribió también una Historia de Roma, en cinco libros, de la que no
quedan más que
fragmentos. Salustio es el primer
historiador romano que fue a la vez un gran li-
terato.
Titus Livius (59-17 a. de J.C.).
Historiador romano. Livio
adquirió gran cele-
bridad al escribir la Historia de Roma; de unos 142 libros sólo se
conservan 35.
Publius Vergilius Maro (70-19 a. de J.C.). Poeta épico y bucólico,
príncipe de los
poetas latinos; autor de las Geórgicas y la Eneida.
Quintus Horatius Flaccus (65-8 a de J.C.). Poeta lírico, satírico y
didáctico latino.
Horacio es considerado como el primero de los líricos romanos. Epistola ad Pisones
es la última obra literaria de Horacio e indudablemente la más
importante. Quintilia-
no fue el primer escritor de la antigüedad que la denominó con el nombre
Ars Poetica,
y su ejemplo fue seguido por los demás gramáticos y escoliastas. Es esta
Epistola un
verdadero código de preceptiva literaria y un tratado de estética del estilo, el más
completo, profundo y claro, que se haya escrito.
76 /uan Interián de Ayala (1656
-1730) religioso, erudito y escritor
español; fue
uno de los fundadores de la Academia de la Lengua y colaboró en el
Diccionario. En-
tre otras obras, escribió: Pictor Christianus (1730), traducido al
español. Su nombre
ha sido incluido en el Catàlogo de
Autoridades, publicado por la
Academia de la
Lengua. Jenofonte (430-355? a. de J.C.) historiador, polígrafo y general griego.
77
Flavius Josephus (37P-100) historiador judío, descendiente de un distinguido li-
naje sacerdotal. Llamado también Joseph ben Matthias. Su primera obra
es: la Gue-
rra de los judíos, escrita en griego, en siete libros; de mayor
importancia, sus Anti-
güedades judías, en 20 libros, que contiene la historia de sus
compatriotas desde la
creación del mundo hasta el año 66 de nuestra era, y es notable por
encontrarse en
ella algunos documentos de gran valor, así como la primera mención del Redentor,
confirmando de un modo incontrovertible los hechos históricos relatados
en la Biblia;
también Autobiografía.
Quizás se refiere a Nicolas Claude Fabri de
Peiresc (1580-1637) hombre de cien-
cia francés; aclimató en Francia muchas plantas exóticas, formó en
Belgentier un cu-
rioso jardín botánico, contribuyó
a propagar los descubrimientos de Harvey,
Copér-
nico y Kepler, y él mismo se
dedicó a las observaciones astronómicas
en compañía
de Gassendi. Se ocupó también de medicina y anatomía, y escribió
mucho, aunque
sin publicar nada.
Traducción: En (San Juan)
Crisòstomo hay tres homilías, cuyas obras com-pletas me pertenecen, y en una de
ellas, el mismo Crisòstomo aparece con el códice en la mano, pero simple como
aparece el estilo, jamás he leído cosa tan sublime. Enojado me determiné a
escribir y a escribir cosas mejores. Tengo atisbos iluminados pero no los puedo
explicar.
Traducción: Nada más
elegante se puede uno imaginar que el código griego, nada que el Crisòstomo no
se haya referido a él más de una vez.
Traducción: El silencio será en mí poco menos que un
milagro.
Traducción: Si se carece de arte, al vicio se llega
escapando de la responsa-
bilidad.
Dominique de Colonia
(1660-1741) insigne literato francés de la Compañía de Jesús. Entre las muchas
obras que brotaron de su fecunda y elegante pluma, deben citarse especialmente:
De Arte Rhetorica (1710), obra didáctica, de la que se han hecho en Francia,
España e Italia innumerables ediciones.
Publius Valerius Publicóla
(m. 502 a. de J.C.) cónsul romano del siglo VI a. de J.C. Diósele el
sobrenombre de Publicóla (amigo del pueblo) por las leyes que
dictó en beneficio de las clases populares, y los historiadores de la
antigüedad se deshacen en elogios de este personaje.
Gaius Plinius Caecilius
Secundus (62-113) llamado el Joven. Escritor latino, sobrino e hijo adoptivo de
Plinio el Viejo. Las obras de Plinio el Joven son discursos y cartas; de los
primeros sólo ha llegado a la posteridad el Panegírico de Trajano, que pronunció
en el Senado al tomar posesión del cargo de cónsul: viene a ser una especie de
discurso de gracias, el cual, según costumbre de Plinio el Joven, arregló y
modificó después, exornándolo de muchas imágenes floridas y frases rebuscadas,
ex-puestas con singular elocuencia: ello ha hecho decir a un crítico moderno
que el Panegírico de Trajano es tal vez el arsenal más completo de figuras de
retórica. De-jando, no obstante, aparte la fraseología ampulosa y los excesivos
elogios, no puede negarse valor a la obra, sobre todo desde el punto de vista
histórico.
Marcus Ulpius Trajanus
(53-117) emperador romano, el primer soberano de origen provincial (Sevilla).
Libanio (314-393), sofista y
retórico griego. Gozó fama de erudito y de ora-dor notable, y aunque profesaba
el paganismo, por su espíritu de tolerancia filosófica contó entre sus
discípulos y amigos a algunos de los más ilustres representantes de la doctrina
cristiana, como a San Basilio, San Juan Crisòstomo y a San Gregorio
Na-cianceno.
San Ambrosio (340-397) obispo de Milán y doctor de la Iglesia. Fue
excelente orador, calificado por algunos de Cicerón cristiano. La unción de su
palabra atrajo a la Iglesia a San Agustín. Su estilo es de ordinario noble y
elocuente, pero falto mu-chas veces de naturalidad e interés.
San Simaco (m. 514) Papa que ocupó el solio pontificio desde 498 hasta
514; gran parte de su pontificado lleno de controversia por parte de
partidarios del anti-papa Laurentius.
Bernardo Vela (m. 1748)
benedictino español; dejó numerosos escritos teo-lógicos y canónicos, pero sólo
se imprimieron algunos de sus sermones. Quizás se re-fiere a Antonio Osorio
(1623 -1680), jesuíta español.
Bernard Le Bovier de
Fontenelle (1657-1757) escritor y polígrafo francés. Su obra Entretiens sur la
pluralità des mondes 1686 le anunció como un notabilísimo y delicado divulgador
científico. Nombrado en 1699 secretario perpetuo de la Acade-mia de Ciencias de
París, escribió el prefacio de la Histoire de aquella institución.
Traducción: Panegírico es un
discurso solemne en alabanza de una persona ilustre, trabajo en estilo
magnífico y pronunciado delante de una reunión espléndida de oyentes.
90 Johann Matthias Gesner (1691-1761) humanista alemán.
9 1 Quizás se refiere a Arquino
(floreció s. V a. de J.C.) ciudadano de Atenas;
contribuyó al restablecimiento de la democracia en dicha ciudad.
Dion. Rey de Lacedemonia, en cuya
corte residió Apolo.
Traducción: ¿Qué es lo que
te arrebata? ¿Un furor ciego? ¿Alguna fuerza mayor? ¿Tal vez una culpa?
Responde.
Traducción: se pasó de lejos y no logró lo que quería.
Traducción: del uño del león.
Traducción: por la lengua de los Blancardos habla el
corazón y la ciencia.
Traducción: Aunque crezca el
dolor recapacitando sobre el motivo que nos causa dolor; sin embargo, muchas
veces con el recuerdo de la misma persona objeto de nuestro dolor descansamos,
porque cuando recordamos del que ha muerto, cuando nos detenemos a pensar en
él, ya escribiendo, ya hablando, nos imaginamos que lo tenemos presente.
Traducción: Y, si a los que
son nuestros padres naturales debemos tribu-tarles tanta benevolencia, mucho
mayor se la debemos a aquellos que son nuestros padres según el espíritu; y
esto principalmente después que ellos hubieren ya falle-cido, cuando nuestros
elogios no han de acrecentar su gloria, pero pueden mejorarnos tanto a los que
los pronunciamos, como a los que se congregan para oírlos pronunciar.
Traducción: Los muertos no
saben ya nada ni están en estado de merecer; y su memoria ha quedado sepultada
en el olvido. Asimismo, el amor y el odio y las envidias se acabarán juntamente
con ellos, y no tendrán ya parte ninguna en este siglo, ni cuanto pasa debajo
del Sol. (Eclesiastés 9, 5-6).
Traducción: alabemos a los
varones ilustres, y a nuestros mayores. Alabé-moslos después de la muerte.
Traducción: Oración fúnebre
en alabanza de su hermano Cesáreo, pronun-ciada estando aún vivos los padres de
éste.
Traducción: Para cuyo
elogio, aunque haya muchos y grandes motivos (a no ser que a alguien le parezca
que obró neciamente haciendo el elogio de los míos); con todo, una sola cosa es
al que a ellos (mis padres), los ennoblece y los hace in-signes, su piedad.
Traducción: En parte, la
oración fúnebre está en alabanza de su padre muerto y en parte en consolación
de su madre Nonna.
103 Traducción: No es, oh madre mía, la naturaleza de Dios como la
naturaleza de los hombres, o, para expresarme de un modo más general, las cosas
de la tierra no son como las cosas del cielo.
Santa Pulquería (399-453)
célebre emperatriz de Oriente. Elevada a la ma-jestad de Augusta, por su virtud
y talento a los quince años (414) se encargó del go-bierno y de la educación de
su hermano, el joven emperador Teodosio II.
Santa Placidia. Virgen cuya
fiesta se celebra desde remotos tiempos en Ve-rona, Italia, el 11 de Octubre.
loe Traducción: A muchos y principalmente a sus hijos los ha dejado como
desamparados de su protección paternal. Sin embargo, no están desamparados
aque-llos a quienes les ha dejado en herencia su piedad: no están desamparados
aquellos para quienes les adquirió la gracia de Cristo.
Teodosio II (401-450)
emperador romano de Oriente.
Traducción: Nos ha dejado a
sus hijos, en los cuales debemos reconocer al mismo padre, al mismo emperador,
a quien tenemos y a quien vemos en sus hijos.
Quizás se refiere aquí o a
San Efrén el Sirio o a San Efrén, obispo del siglo IV, martirizado.
San Anfiloquio (s. IV) arzobispo de leona. Influyó con el emperador
Teodosio para que diera fuerza de ley a los decretos del concilio de Nicea.
San Aristarco. Cristiano de
los tiempos apostólicos. Siguió a San Pablo, que le convirtió en Macedonia;
según la Iglesia griega sufrió martirio reinando Nerón.
Zoilo. Crítico presumido y
maligno censurador o murmurador de las obras
ajenas.
Jean Boyvin (1580-1650),
jurisconsulto francés.
Francisco Zumel (1540-1607)
teólogo español de la orden de la Merced, lla-mado por unos el Príncipe de la
escuela tomista.
114 Traducción: Mas tú, que sutilizas juzgando los escritos
ajenos, ¿con qué ojos
piensas que se miran los tuyos? Ahora nada está libre de tus censuras; pero
¿sabes
tú lo que se dice de ti? Guárdate,
dice uno, de este ingenio crítico; no se
sabe qué
mosca a menudo le pica. Es un loquillo, que cree que todo le es
permitido, y que por decir una agudeza pierde veinte amigos: no perdona ni a
los versos de la Puscelle, y se jacta de gobernar el mundo como a él se le
ocurre. En el foro ¿encuentra algo bueno? Por bueno que sea un sermón ¿no se
queda dormido mientras lo están pre-dicando?
Cratilo. Fue este el nombre
de un discípulo del filósofo Efeso. Por Platón se sabe que Cratilo nació en
Atenas y que era más joven que Sócrates. Aristóteles enseña que Cratilo fue
maestro de Platón.
Traducción: Esforcémonos por
la virtud sólida; y la sustraeremos de los ojos de los envidiosos.
7 Ley Cornelia. Con este nombre
se conocen las leyes establecidas por Lucius11
Cornelius_ Sulla (138-78 a. de J.C.).
Espejo se refiere^ aquí a Lex Cornelia de iniuriis que separó de las
otras injurias los golpes y la violación del domicilio, haciendo de éstas
delitos públicos, para perse-guir los cuales concedió una quaestio perpetua,
substrayéndolos a la acción estima-toria.
lis Traducción: Burlándote
tú caritativamente de estas
cosas, les enseñarás a
reírse de ellas y a evitarlas. sabe irritar-
119 Traducción: También el espíritu de caridad y de
mansedumbre
se, sabe airarse.
Traducción: Mas, como por
medio del arte de la Retórica se puede per-suadir tanto lo verdadero como lo
falso ¿quién se atreverá a decir que los defenso-res de la verdad deben dejarla
desarmada contra la mentira, de manera que los ene-migos de la verdad, con
preámbulos y exordios insinuantes, logren captarse la aten-ción, y la
benevolencia y la docilidad de sus oyentes, sin que los maestros de la verdad
puedan hacer lo mismo? ¿Que los primeros sepan expresar sus imposturas con
precisión, con claridad y con verosimilitud; y que los segundos, enseñando la
verdad, se hagan escuchar con repugnancia, porque se expresan con oscuridad y
con desgreño? ¿Que aquéllos combatan la verdad y sostengan la mentira con el
brillo falso de sus sofismas seductores, y que éstos no puedan ni defender la
verdad ni rebatir el error? ¿Que los unos, predicando la mentira, sepan
conmover, animar, aterrar, afligir y ale-grar a los oyentes, exhortándolos con
calor y con vehemencia; y que los otros no acierten a defender la verdad sino
con frialdad, con cobardía? ¿Habrá alguien tan inesnsato, que apruebe semejante
modo de pensar?
121 San Ruperto (m.
1135) benedictino; se cree
que era alemán. De Trinitate
et Eius Operibus (1114-1117)
la obra principal de San Ruperto,
tanto por su exten-
sión como por su copiosa doctrina que en ella ha derramado el santo.
Hugo de San Víctor (m. 1140) canónigo regular de San Agustín; fue muy cele-
brado su nombre en el mundo sabio. Desde el punto de vista filosófico,
lo más no-
table de él es la psicología. Hugo de San Víctor es un místico, que cree
su misticis-
mo como la interpretación más en armonía con el saber humano. declarado del
122 Joviniano (s. IV) condenado por
hereje en 390; fue enemigo
ascetismo cristiano. Joviniano y su secta tuvieron su más acérrimo
enemigo en San
Jerónimo.
Vigilando (s. V) hereje francés. Hacia 403 escribió el libro en el que expuso
sus teorías contrarias al dogma católico, que eran principalmente: (1)
que no debían
venerarse las reliquias; (2) que no se había
de implorar la intercesión de los santos
y era inútil dirigirles oraciones; (3) que los sacerdotes habían de contraer
matrimonio;
(4) que no era bueno ni
recomendable dejar los bienes y
darlos a los pobres y aban-
donar el mundo para entrar en religión.
Los pelagianos eran herejes
sectarios de la doctrina pelagiana, que debe
su nom-
bre a Pelagio, uno de los principales propagadores. Enseñaron que no
había venido al
mundo el Hijo de Dios para librar al hombre del pecado de origen sino
para apro-
vecharle con su doctrina y ejemplo.
123 San Irineo (s. II)
uno de los primeros polemistas de la Iglesia, llamado por
San Jerónimo "varón de los tiempos apostólicos." La principal
obra Adversus Hae-
reses refuta los errores gnósticos con la autoridad de Tradición y de la
Escritura.
Gnosticismo. Doctrina filosófica y religiosa de los primeros siglos de la Iglesia
(s. I a III), mezcla de
la cristiana con creencias judaicas y orientales, que se dividió
en varias sectas y pretendía tener un conocimiento intuitivo y
misterioso de las cosas
divinas. Eduardo Corsini (1702-1765) arqueólogo y religioso italiano. Fue considera-
124
do como uno de los hombres más eruditos de su época.
125 Traducción: Hermanos míos, ¿deberemos,
acaso, pensar que el Señor haya
querido insultar a este
doctor de los judíos? No, el Señor sabía lo que hacía; quería
que Nicodemus naciera del Espíritu...
Nicodemus estaba infatuado de su dignidad y
se creía hombre importante porque era uno de los doctores de los judíos.
El Señor
reprime el orgullo de Nicodemus, para que Nicodemus pueda nacer del
Espíritu Santo:
le hace uno como reproche de su ignorancia. Quiere
el Señor combatir el
orgullo
humano y le dice: "¿Tú eres
maestro en Israel, e ignoras estas cosas?" Como si le
dijera: no sabes nada, doctor ensoberbecido: ¡renace del Espíritu Santo! tiene
su
126 Traducción: También el espíritu
de mansedumbre y de
caridad
fuerza y su ira.
Traducción: Si hemos dicho
algo falso, sea para deshonra nuestra semejante reprobada manera de escribir;
mas, si cuanto hemos dicho, probaremos que son cosas innegables, conste que, al
interrumpir nuestro largo silencio, no hemos faltado a la modestia ni a la
libertad apostólica.
Traducción: Cierto es que
los malos han perseguido siempre a los buenos, y que los buenos han perseguido
a los malos: los malos haciendo daños y cometiendo injusticas; los buenos
enseñando y aconsejando para corregir: los malos con ánimo
cruel; los buenos con moderación: los malos ardiendo en malos deseos;
los buenos encendidos en caridad. El que hiere no considera cómo ha de herir;
el que cura con-sidera primero cómo ha de manejar la cuebilla.
129 fierre Bayle (1647-1706) filósofo y crítico francés. Entre las obras
que es-cribió es el famoso Dictionnaire critique (1695- 1697), en el cual se
había puesto a corregir todos los errores de hecho existentes en los
diccionarios y suplir de paso sus omisiones. En 1702 apareció la segunda
edición de la obra muy aumentada en cuanto al número de las materios
contenidas. Muchos autores de su época están conformes en afirmar que la labor
de Bayle fue grande desde el punto de vista intelectual, aun-que no muy meritoria
desde el filosófico. Espíritu atrevido y escudriñador en sumo grado, no se
satisfizo con el protestantismo que en su mocedad profesó, ni con el
catolicismo que luego abrazó, ni con el deísmo en que a continuación se
despeñó. El resultado fue el escepticismo y el libre pensamiento.
130 Traducción: La benevolencia, por la que no se ha de devolver nunca
mal por bien, de tal manera se la ha de practicar, que en la corrección de los
vicios se use de una cierta asperidad benigna, porque en la corrección hemos de
atender más al bien de los corregidos, que a su contentamiento.
131 Traducción: No temo que me alaben, pues mi corazón no es de hueso;
pero no quiero los extremos de lo bueno; ni acepto tu donoso aplauso.
132 Traducción: Como un niño que
presenta su petición, así te pedimos.
Cornelius Tacitus (55P-117?)
historiador y orador latino; su obra maestra Historiae comprende la historia de
Roma.
Traducción: Pasados mil años
no hay fidelidad en lo pactado: miel en la boca, leche en la lengua, fe en el
corazón, fraude en las obras.
CRONOLOGIA *
Esta Cronología ha sido revisada y ampliada por el Departamento Técnico
Biblioteca Ayacucho.
Francisco Javier Eugenio de Santa Cruz y Espejo nació el 21 de fe-brero
(o por esos días) del año 1747, en un Quito empobrecido, aislado y provinciano.
Su padre, Luis Santa Cruz y Espejo, puro in-dio quechua, natural de la región
india de Cajamarca, Perú, llegó a Quito a los quince años como ayudante del
sacerdote y médico bele-nita fray José del Rosario. El joven Luis se puso en
relaciones y se casó con la mulata María Catalina Aldaz y Larraincar, natural
de Quito e hija de liberto. Esta humilde pareja tuvo unos siete hijos, de los
que sólo tres alcanzaron la edad adulta: Francisco Eugenio, nacido en 1747,
Juan Pablo en 1752 y María Manuela nacida en 1757. Los dos últimos
sobrevivieron a Francisco Eugenio.
El certificado de bautismo de Eugenio Espejo ha servido para fijar la
fecha de su nacimiento, puesto que era costumbre bautizar al re-cién nacido
dentro de un día o dos.
La partida de bautismo: "En Quito en veinte i uno de febrero de
mil, setcientos, quarenta, y siente: De lisentia Parochi Baptisé pusé el Sto.
Oleo y Crisma a Eugenio Franco Xavier hijo legítimo de Luis de la Cruz y Espejo
y de Catalina Aldaz. Fue su Madrina, Da. Ni-colasa Gutiérrez Pinto a quien
advertí el parentesco y obligación que tenía, porque conste firmo. Pedro
Valverde." Ver Enrique Garcés, Eugenio Espejo: médico y duende (Quito,
1944), pág. 18, en que se cita a Carlos Pérez Quiñones, "Documentos históricos
iné-ditos","RevistaEcuatoriana, Núm. 45, Tomo IV (Septiembre 1892),
pág. 360.
María Catalina Aldaz y Larraincar fue libertada por el presbítero don
Antonio Aldaz. Ha habido mucha especulación entre investiga-dores ecuatorianos
(Federico González Suárez, Alberto Muñoz Vernaza y Homero Viteri Lafronte),
respecto de su situación y color. En un documento de 1789, el R. P. José del
Rosario habla de la madre de Eugenio Espejo: "que éste [Luis Benites
(Espejo)] se casó en esta ciudad [Quito] con Cathalina de tal, madre de
Eugenio, que la reputaban por mestiza o mulata, de quien procedió Eugenio en
calidad de naturaleza de cholo o zambaygo, respecto a haber sido su padre y
abuelo indios." Ver Petición, Villalengua a Gil y Lemos, Quito, 18 Marzo
1789, Archivo Histórico Nacional, Bogotá, Fondo "Miscelánea de la
Colonia", Tomo 77, folio 511. Ver también "Memorial de María de
Chiriboga y Villavicencio, vecina de Riobam-ba, sobre Espejo, autor de libelos
contra ella", Museo Histórico, Quito, Núm. 12-13 (1952), pág. 8.
Así como hay discrepancias sobre la fecha de su nacimiento y sus
antecedentes familiares, también se especula sobre el origen del ape-llido
"Santa Cruz y Espejo". Fray José del Rosario, médico y patrón de Luis
Espejo, declaró en un informe que el abuelo de Eugenio Espejo tenía el apellido
indio Chusic, pero que comúnmente le co-nocían de Cruz, de cuyo apellido eran
aficionados los indios, según este religioso. Luis no sabía por qué términos se
llamaba Espejo;
Pedro Vicente Maldonado es
nombrado miembro de la Academia de Ciencias de París. Quince días de festejos
en Quito (Set.-Oct.) por la coronación de Fernando VI de España.
Escandalosa celebración en Quito (diciem-bre) de un capítulo provincial
franciscano: lucha armada entre frailes españoles y criollos, tentativa popular
de asaltar el Pa-lacio de la Audiencia, varios soldados y hombres de pueblo
pierden la vida.
AL: Instalación de la Universidad Estatal en Santiago de Chile. Primera
imprenta en Río de Janeiro.
Fray Francisco del Castillo Andraga y Ta-mayo: La Conquista del Perú.
Guillermo IV de Orange-Nassau se con-vierte en gobernador hereditario de
las Provincias de los Países Bajos.
Andreas Margraaf descubre el contenido de azúcar en las remolachas.
Federico II hace secar los pantanos de Oder. Se fun-dan las bibliotecas
nacionales de Florencia y Varsovia.
Augusto Cursius: Camino para la seguridad y certidumbre del conocimiento
humano. Samuel Richardson: Clarisa. Johan Bou-mann: Iglesia de Santa Eduvigis,
en Berlín. Georg von Knobelsdorff es comisionado por Federico el Grande para
construir en Potsdam el Palacio de Sans Souci.
pero él se denominaba Benites. El informante continúa: "este
sobre-nombre pudo haber tenido origen del cura y vicario de Cajamarca, que fue
su padrino, el cual fue el Doctor Don Luis Benites de la Torre." Termina
el informe diciendo que el apellido Chusic en cas-tellano quiere decir lechuza.
1748
Muere en Londres Vicente
Maldonado. Habiendo fallecido Alejandro Chávez Co-ronado, que obtuviera
licencia para insta-lar una imprenta, su madre y heredera, a quien por ser
mujer le estaba prohibido el oficio de Regente de Imprenta, cede el privilegio
a Raimundo de Salazar y Ramos, "maestro de niños", recomendado por
los Jesuitas; a condición de dividir ganancias entre Salazar y la madre de
Chávez.
La fase española de la expedición geodési-ca de Charles Marie de la
Condamine (1736-1745) fue relatada por Jorge Juan de Santacilia y Antonio de
Ulloa. Ambos comisionados españoles hicieron detalladas investigaciones en
torno a la situación po-litico-social de las colonias; el resultado de estas
observaciones e investigaciones formó dos documentos importantes: Noticias
se-cretas de América y Relación histórica del viaje a la América Meridional. El
primero, memoria preparada para información priva-da de Fernando VI, y
generalmente desco-nocida hasta su publicación en Londres en 1826, era el
examen más franco e inquisi-tivo de los asuntos coloniales puesto a disposición
del público. El segundo docu-mento, dirigido al público en general, era menos
severo en tono y presentaba una clara información de la Sudamérica espa-ñola a
mediados del siglo XVIII.
AL: Comienza la construcción de la nueva catedral de La Habana.
Villasefior: Teatro Americano, descripción general de los reynos y
provincias de la Nueva España (segundo volumen, Méxi-
Paz de Aquisgrán (Aix-la-Chapelle) que pone fin a la guerra de la
sucesión aus-tríaca. Silesia permanece en poder de Pru-sia; Carlos Emanuel III
de Saboya es ga-rantizado en las posesiones entregadas por María Teresa de
Austria; Louisburg (Nue-va Escocia) es recuperada por Francia, Ma-dras por
Inglaterra y los Países Bajos aus-tríacos devueltos a los Habsburgos.
Son descubiertas las ruinas de Pompeya. F. G. Klopstock: primeros tres
cantos de
El Mesías. Diderot: Memoria sobre dife-rentes temas de matemáticas. La
Mettrie: El Hombre Máquina y El Hombre Planta. C. F. Gellert: Fábulas y
cuentos. Euler: Análisis infinitorum. H. Montesquieu: Del espíritu de las
leyes. Lessing: El joven sa-bio. D. Hume: Ensayo sobre el entendi-miento
humano. C. Goldoni: La viuda astuta.
co) .
1749
1750
Quito y América Latina Mundo
exterior
Se publica la Relación Histórica del Viaje
a América Meridional, por Jorge Juan de
Santacilia y Antonio de Ulloa.
Terremoto en Loja.
Gran epidemia de viruelas en las misiones del Ñapo, zona oriental.
AL: Sublevación de Juan Francisco de León contra la compañía
Guipuzcoana, en la provincia de Venezuela. Comienza a fun-cionar la Casa de
Moneda en Chile.
Es creado el impuesto "vigésimo" en Fran-cia. Censo nacional
en Suecia. Se organiza un Departamento de Industria y Comercio en Prusia.
Buffon: Historia Natural (se inicia la pu-blicación de los primeros 15
volúmenes; serían un total de 44, el último de los cua-les se publica en 1804).
Condillac: Trata-do de los sistemas. G. Achenwall: Bosque-jo de la más reciente
ciencia estatal. H. Fielding: Tom Jones. Diderot: Carta sobre los ciegos para
uso de los que leen. G. F. Haëndel: Música para los Fuegos Reales.
Q:
AL: Conspiración indígena en Lima, pro-movida por Antonio Cabo y
secundada por Francisco Inca y Miguel Surichac. España cede en América a
Portugal las provincias de Santa Catalina y de Río Gran-de, así como los
"Siete Pueblos" de las reducciones jesuítas del Uruguay, misiones
aledañas a la frontera brasileña, a cambio de la Colonia del Sacramento.
Estalla una rebelión indígena por no emigrar a otras regiones, que toma al
ejército portugués tres años de lucha para dominarla. Monte-video se separa de
la gobernación de Bue-nos Aires.
Diego José Abad: Rasgo épico descriptivo de la fábrica y grandeza de la
Compañía de Jesús de Zacatecas.
Nace en Caracas el precursor Francisco de Miranda.
Se organiza la primera orquesta sinfónica en Caracas.
España compra la compañía inglesa (The South Sea Company) que, desde el
Tratado de Utrecht (guerra de sucesión española) en 1713, tenía el monopolio
del tráfico de esclavos en las colonias españolas de América.
Muere Juan V de Portugal. Su hijo José Manuel I nombra a Sebastiao José
de Carvalho e Mello, Marqués de Pombal, Ministro de Relaciones Exteriores y de
Guerra.
Se abren al público las colecciones de la casa real francesa en el
Palais du Luxem-bourg; lucha de Machault contra el privile-gio. El Tíbet se
convierte en protectorado chino. Voltaire se traslada a la corte de Federico
II.
Juan Jacobo Rousseau: Discursos sobre las ciencias y las artes.
Alexander Baumgarten: Estética (-58). Goldoni: El café. Samuel Johson:
Semanario The Rambler (-52). Ferdinando Galiani: De la moneda. Fran-çois de
Cuvillés: Teatro Real de Munich. Muere J. S. Bach.
1751
1752
1753
Quito y América Latina Mundo exterior
Por razones no establecidas,
los jesuítas obtienen que la madre de Chávez Coro-nado revoque la concesión del
privilegio para instalar una imprenta, hecha en 1748 a Raymundo de Salazar; y
la otorgue, pocos días después, al Colegio Máximo de la Compañía en Quito,
previa autorización de la Audiencia.
Bernardo Legarda termina el retablo cen-tral del templo de La Merced.
AL: Se suprime la Audiencia de Panamá, en razón de interminables
discordias entre sus funcionarios y principalmente por ha-ber descontinuado los
viajes de los galeo-nes. Panamá es incorporada a la Audien-cia de Santa Fe de
Bogotá. Terremoto en Concepción, Chile, Santiago es también influida. Se
establece la Suprema Corte en Río de Janeiro.
Q:
AL: Se establece en algunas provincias del Virreinato del Perú el
estanco o monopo-lio del tabaco. Afluencia de colonos a Río Grande do Sul. Juan
Francisco de León y su hijo son llevados prisioneros a España. Se funda la
Academia de los Selectos de Río de Janeiro.
D. Juan Pío de Montúfar y
Eraso, pri-mer Marqués de Selva-Alegre, tomó pose-sión de la presidencia de
Quito como el vigésimo tercero en la sucesión cronoló-gica de los Presidentes
de la Real Audien-cia; español, compró el cargo a Fernan-
Inglaterra modifica su calendario e intro-duce el gregoriano. Jacques
Vaucanson in-venta el torno devanador automático. "Guerra de las
óperas" en París, entre los simpatizantes de la ópera bufa y de la ópera
italiana. Se funda la Academia de Buenas Letras en Sevilla. El minuet es danza
de moda en Europa. Se funda la Academia de Ciencias de Gotinga. Comien-za a
publicarse la Enciclopedia Francesa, dirigida por Diderot y D'Alembert.
Llega-ría a su volumen número 35 en 1780
M. Postlethwayt: Diccionario Comercial
Universal (-53). B. Franklin: Experimen-tos y observaciones sobre la
electricidad. P. M. de Maupertius: Ensayo de Cosmo-logía. Voltaire: El siglo de
Luis XIV. F. G. Klopstock: Cantos 4 y 5 de El Mesías. C. de Linneo: Philosophia
botanica.
Decreto de la Corona española excluyendo de las Universidades coloniales
de América todo aquel que no certificase ser hijo legí-timo y limpieza de
sangre.
Madame Pompadour recibe de Luis XV el título de duquesa. Federico II
realiza su testamento definitivo. Primera condena de la Enciclopedia.
B. Franklin descubre la electricidad atmos-férica, inventa el
pararrayos. Se funda la Real Casa de Salud de Manchester.
D. Hume: Discursos políticos.
Goldoni:
La locandiera.
En Francia, el Parlamento completo sufre destierro y, en este mismo año,
goza del retorno. Kaunitz es primer director de la nueva cancillería estatal
austríaca. Se rea-liza una conferencia en Londres sobre la re-glamentación de
los asuntos indianos. Hos-
1754
do VI en 32 mil pesos. Fue padre y abue-lo, respectivamente, de los
proceres de la Independencia Juan Pío y Carlos Mon-túfar.
AL: Se funda, por decreto, el Colegio de la Paz, en México. Nace Miguel
Hidalgo y Costilla.
tilidades inglesas en el Canadá y en el valle del río Ohio. En Viena se
funda la bolsa. Se realiza una convención monetaria entre Austria y Baviera.
S. Richardson: Sir Charles
Grandison. C.
de Linneo: Species Plantarum. Tiepolo: La
adoración de los Reyes. Hogarth: Análisis
de la belleza. Ange-Jacques Gabriel: Tra-zado de la futura Plaza de la
Concordia. Se funda el Museo Británico. Muere el obispo Berkeley.
Muere el indio Cantuña, hijo
de Huai-ca, oficial de Rumiñahui, de quien se decía que, por pacto con el
diablo, poseía mu-chísimo oro, con parte del cual, una vez descubierto el
tesoro por los franciscanos, fue construida la bellísima capilla que lle-va el
nombre de Cantuña, junto a la igle-sia y convento de San Francisco. Su altar
barroco es muy admirado.
Llega a Quito el jesuíta Juan Adán Schwartz, primer impresor en la
Audien-cia.
Jacinto Morán de Butrón, S. I.: Vida
de
Mariana de Jesús (reimpresión
de la 1?
Ed. de 1722).
Josef Murillo: Breve vida de la mejor Azu-cena de Quito.
Fray Tomás de Jijón y León: Compendio histórico de la prodigiosa vida,
virtudes y milagros de la venerable sierva de Dios, Mariana de Jesús Paredes y
Flores (Ma-drid).
AL: Son autorizadas las Audiencias en América a conceder tierras y
decidir todo lo referente a la propiedad territorial. Las tierras ocupadas
antes de 1700 (muchas de
Se firma en Francia el Tratado de Go-deheu. Machault suprime el Control
Ge-neral. Victoria inglesa sobre los franceses en la India. La Compañía
Francesa de las Indias Orientales renuncia a toda posición de poder.
Fundación del primer banco comercial en Rusia. James Lind: Tratado sobre
el escor-buto. Primera médica graduada en la Universidad de Halle. Joseph Black
descu-bre el gas carbónico.
Juan Jacobo Rousseau: Discurso sobre el origen y los fundamentos de la
desigualdad entre los hombres. Condillac: Tratado de las sensaciones. Rastrelli
comienza a cons-truir el Palacio de Invierno de San Peters-burgo.
1755
ellas por concesión municipal o directa-mente de la Corona), fueron
consideradas apropiadas por prescripción, siempre que estuviesen cultivadas. De
estas tierras en uso, todo título debía ser revisado y con-firmado.
El servicio de flotas entre España y Amé-rica, suspendido desde 1740 por
amenazas bélicas, es restaurado sobre la base de via-jes bienales.
Movilización de tropas enviadas por el go-bernador Andonaegui hacia las
misiones cedidas a Portugal por el Tratado de Ma-drid; guerra en la que
participan los indios contra el ejército español.
Fundación de la Academia Dos Renascidos en Bahía.
Nace en Sangolquí el procer
quiteño Juan Salinas.
Fernando VI prohibe la continuación del camino Quito-Esmeraldas, por
razones es-tratégicas: no abrir más puertos que faci-litasen ataques de
Inglaterra u Holanda a la Audiencia.
Comienza a funcionar la primera imprenta (de los jesuítas) en la ciudad
de Ambato, donde un Colegio de la Orden habíase es-tablecido el año anterior.
Terremoto en Quito. Numerosas casas y varias cúpulas de los templos
fueron des-truidas. Igualmente, la más alta torre de San Agustín y el Convento
de las Catali-nas. Gran parte de la ciudad en ruinas. Primer libro impreso en
el Ecuador (Am-bato) : Piissima erga Dei Genetricem devo-tio ad impetrandam
gratiam pro Articulis Mortis.
Se organiza la Compañía de Barcelona para el comercio con La Española
(Santo Do-mingo y Haití), Puerto Rico y Margarita. Terremoto de Lisboa. Más de
30.000 muer-tos. El Marqués de Pombal afirma su re-putación como administrador,
por su acti-vidad en salvar de la emergencia a la capi-tal portuguesa. La
ciudad de Córdoba en España sufre también grandes pérdidas.
El jesuíta Gabriel Malagrida, ex misionero en Brasil, predica que el
terremoto de Lis-boa fue castigo de Dios, predice nuevos terremotos de no
mejorar la moral de los portugueses y encabeza la oposición a Pombal. Fin de la
alianza anglo-austríaca. Guerra entre Inglaterra y Francia en Nor-teamérica.
Nace María Antonieta. Funda-ción de la Universidad de Moscú.
Euler: Ecuaciones diferenciales. Richard
Cantillon: Ensayo sobre la
naturaleza del
comercio en general. E. Kant: Historia ge-
1756
1757
Quito y América Latina
AL: Son expulsados los jesuítas del Para-guay. El Marqués de Amarillas
es Virrey de Nueva España (-60).
Nikolaus von Jacquin, físico y botánico holandés, fue de los primeros en
empren-der extensas expediciones botánicas en la costa norte de Sudamérica,
entre 1755 y 1759.
Casi simultáneamente, un joven botánico sueco, Peter Loefling, discípulo
de Linneo, pasó dos años en Cumaná y en la Guayana, donde falleció en 1756,
víctima de enfer-medad tropical.
Mundo exterior
neral y teoría del cielo. D. Hume: Historia
natural de la religión. Voltaire: La donce-
lla. Samuel Johnson: Diccionario de la len-
gua inglesa. Lessing: Miss Sara Sampson. Winckelmann: Pensamientos sobre
la imi-tación de las obras griegas en el arte de la pintura y de la escultura.
F. G. Klopstock: El Mesías (cantos del 1 al 10). Haydn: Primer cuarteto para
cuerdas.
Q:
AL: Muere Juan Santos Atahualpa, fin de la rebelión indígena. Tropas
españolas en-tran en la misión de San Miguel en Para-guay. Un incendio destruye
gran parte de la ciudad de Panamá.
El maestro Raymundo de
Salazar esta-blece su imprenta privada en Quito, con li-cencia de la Audiencia.
Censo ordenado por Fernando VI da 80 mil habitantes para la ciudad de
Quito.
Convención de Westminster entre Prusia y Gran Bretaña; Francia y Austria
se unen en Versalles. Estalla la Guerra de los 7 años, entre la coalición de
Austria, Francia, Rusia, Suecia y Sajonia, contra el creciente poderío prusiano
bajo Federico el Grande.
Primera exposición industrial en Londres. Fundación de la fábrica de
porcelanas de Sèvres.
Voltaire: Ensayo sobre las costumbres y el espíritu de las naciones (ed.
définit. 1769). Edmund Burke: Una indagación filosófica sobre el origen de
nuestras ideas de lo su-blime y de lo bello. Piranesi: Antigüedades romanas.
Pierre François Charlevoix, S. I.: Historia del Paraguay. Charles de Brosses:
Historia de los viajes a las tierras australes. Fundación del Teatro de la
Corte, en San Petersburgo. Nace Wolfang Amadeus Mo-zart.
Atentado contra Luis XV en Francia. Se-gundo atentado de Versalles. Se
produce en Austria la coalición de Kaunitz contra Prusia. Comienza la Guerra
del Imperio contra Rusia. En Inglaterra es Ministro William Pitt. Las fuerzas
armadas inglesas
1758
1759
Quito y América Latina Mundo
exterior
La Gobernación de Mainas en el Oriente, suprimida en 1743, es
restablecida bajo la jurisdicción del Virrey de Santa Fe de Bo-gotá. Terremoto
en Latacunga, con fuertes repercusiones en Quito.
Juan Romualdo Navarro: Descripción geo-gráfica, política y civil del
Obispado de Quito.
Miguel Uñarte y Herrera: Representación sobre los adelantamientos de
Quito y la opulencia de España (inédita).
AL: Se establece la Compañía Comercial monopólica de Santo Domingo. En
Brasil, el gobierno del marqués de Pombal decre-ta la libertad de los indios y
la extinción de las misiones.
Es profesor de filosofía y
teología, en la Universidad de San Gregorio, Quito, el célebre poeta Juan
Bautista de Aguirre S.I.
triunfan en Palasi y toman Bengala, afir-mándose con la conquista del
nordeste pa-ra la dominación de toda la India. El go-bierno de Portugal, del
que es Ministro el Marqués de Pombal, prohibe a los Jesuítas ser confesores de
la familia real.
Abate Saint Pierre (Ch. Castel) : Anales
políticos. D. Hume: Cuatro
discursos. A.
von Haller: Elementos de fisiología del cuerpo humano. Tiépolo: frescos
en el pa-lacio Valmara, Venecia. J.-G. Soufflot em-pieza a construir la iglesia
de Santa Geno-veva en París, que Uamaríase a poco "El Panteón". Se
funda la Arcadia de Lisboa, sociedad para "estimular la literatura".
Muere Domenico Scarlatti.
Rusia ocupa Prusia oriental. Clemente XIII es el nuevo pontífice.
François Quesnay: Cuadro económico.
Claude Adrien Helvetíus: Del espíritu.
José Francisco de Isla S. I.: Historia del famoso predicador Fray
Gerundio de Cam-pazas, alias Zotes. Alexander Baumgarten: Estética.
La imprenta de la Compañía
de Jesús es trasladada de Ambato a Quito.
Nace en Quito el procer Juan Pío Montú-far, Marqués de Selva Alegre.
El asiento de Ambato es elevado a la cate-goría de Villa. Epidemia causa
10 mil víc-timas en la ciudad de Quito.
Pombal, primer ministro de Portugal, ex-pulsa a los jesuítas del reino y
del Brasil, acusados de conspirar contra la vida del rey José I. Los ingleses
toman la isla fran-cesa Guadalupe, en las Antillas (guerra de los siete años),
y derrotan a los franceses en Quebec. Se abre al público el Museo Británico en
Londres (Bloomsburg). Del espíritu, por Helvetíus, es condenado por escandaloso
y licencioso por el papa Cle-mente XIII y quemado en París por orden del
Parlamento. Muere Fernando VI de España y accede a la Corona Carlos III.
Victoria de Fernando de Brunswick sobre los franceses en Minden; derrota de
Fede-
1760
1761
La Audiencia de Quito es
notificada con la Cédula Real de Carlos III, por la cual se anularon todos los
contratos que la Compañía de Jesús hubiese celebrado, acerca de pago de
diezmos, con Obispos, Cabildos y Catedrales de América.
Erupción del Cotopaxi.
AL: El Marqués de Gruillas virrey de México (-66). Joao Alberto Castello
intro-duce el cultivo del café en Brasil; Virrei-nato portugués del Brasil.
Reinado de la actriz Micaela Villegas, La Perricholi, en el Teatro de
Lima. Fúndase en Caracas la Academia de Matemáticas.
rico II por los rusos y austríacos en Ku-nersdorff. Levantamientos en
China.
Adam Smith: Teoría del sentimiento mo-
ral. Gaspar Friedrich Wolff: Teoría de la
generación. Voltaire: Cándido. Samuel
Johnson: Rasselas. Primera revista literaria
rusa; Abejas laboriosas. Haydn: Sinfonía N° 1. Fundación de la Academia
de Cien-cias de Bavaria.
Muere Jorge II de Inglaterra, Jorge III ocupa el trono. Los rusos y los
austríacos ocupan temporalmente Berlín. Institución del Consejo de Estado
austríaco para ase-sorar a la emperatriz. Se firma la capitula-ción de
Montreal. Canadá pasa enteramen-te a control británico (Guerra de los 7 años).
Se reiteran los triunfos ingleses con-tra Francia en la India (Guerra de los 7
años). El libro Fray Gerundio de Campa-zas, alias Zotes, es condenado por la
In-quisición.
Es inaugurado el Jardín Botánico en Kew.
Nace Claude Henri de Saint Simon.
J. Lambert: Fotometría. Fray B. J . Feijoo: Teatro Crítico Universal (8
vols.) (año de cierre de su publicación), termina también de publicar Cartas
Eruditas y Curiosas (5 vols.). L. Sterne comienza Vida y opi-niones de Tristán
Shandy (-67). O. Gold-smith: Ciudadano del mundo. Primera ex-hibición de arte
contemporáneo en la So-ciedad Real de Arte de Londres. Gains-borough: Retrato
de Mrs. Philip Thick-
Muere el primer Marqués de
Selva-Alegre. Manuel Rubio de Arévalo, Oidor, fue presidente interino de la
Presidencia. Fray Pedro Adán Vidman, jesuíta alemán en las misiones del Oriente
(gobernación de Mainas), descubre en la tribu de los
Inglaterra se aparta de la guerra en el con-tinente. Renuncia Pitt. Es
conquistado Pondichery, último bastión francés en la India. China somete al
Turquestán Orien-tal. España, mediante el tercer pacto de familia, entra en la
Guerra de los 7 años,
1 7 6 2 Se graduó de
maestro de filosofía.
Quito y América Latina Mundo
exterior
Panos (parte de los Jitipos) la costumbre de la circuncisión femenina.
Pedro José Milanesio S. I.: Panegírico fú-nebre a la memoria de Fernando
VI.
AL: Pedro Messía de la Cerda es nom-brado Virrey de Nueva Granada
(1761-1773), y llega acompañado del famoso sa-bio José Celestino Mutis. Manuel
de Amat y Juninel, virrey del Perú (-76).
Cédula Real del 8 de
diciembre eleva a Gobernación el Corregimiento de Guaya-quil.
AL: Ocupación de La Habana por Lord Albermarle y el almirante Sir George
Po-cock. Capitulación de la plaza de Sacra-mento en Brasil ante un ataque
español dirigido por Cevallos. Se organiza el pri-mer ejército profesional en
Nueva España (México), parcialmente con regimientos de la Península y
parcialmente con leva colo-nial, como una mejor defensa contra los ataques
ingleses.
José Celestino Mutis, astrónomo, médico y botánico del rey, fue
encargado de la Cáte-dra de Matemáticas y Astronomía en el Colegio del Rosario,
en Santa Fe de Bogo-tá, donde enseñó por primera vez en las
junto a Francia y contra Inglaterra y alia-dos. Los ingleses capturan
Manila. Destrui-do el imperio francés en Norteamérica. Carlos III de España
ordena que toda Bula o Breve del Papa requiere del consenti-miento real dentro
del imperio español. Antón Rafael Mengs llega a Madrid y em-pieza a pintar los
cielos rasos del palacio real. El jesuíta Gabriel Malagrida, conde-nado, bajo
la presión de Pombal, por la Inquisición, es estrangulado y quemado en Lisboa.
Leopoldo Auenbruger practica por primera vez los métodos de percusión
para el diag-nóstico de las enfermedades toráxicas. La Sociedad de Artes de
Londres exhibe má-quinas agrícolas.
J. J. Rousseau; Julia, o la nueva Eloísa. Gluck: Orfeo y Eurídice.
Giambattista Morgagni: Causas de las enfermedades se-gún la anatomía. L.
Auenbruger: Inven-tum Novum (primer tratado de la percu-sión en el diagnóstico
médico). Telemann: El juicio final.
El Parlamento francés resuelve suprimir la orden de los Jesuítas.
Federico derrota a los austríacos en Burkersdorf. Escuadra española casi
completamente destruida. Francia en bancarrota. La Martinica y otras posesiones
francesas en las Antillas son tomadas por los ingleses. Paz preliminar de
Fontainebleau para la Guerra de los
7 años: Francia cede Canadá, La India y Menorca (de ésta se había
apoderado Francia en 1756) se retira del territorio prusiano y mantiene
neutralidad entre Prusia y Austria; Inglaterra devuelve a España y Francia sus
conquistas en el Ca-ribe. Guerra de los 7 años: Rusia firma la paz con Francia
y Austria. Abdicación y asesinato del zar Pedro III de Rusia y acceso de
Catalina II (la Grande).
1763
1764 Muere su hermano,
víctima de una epidemia de viruela.
Américas la teoría de Copernico sobre la Tierra y el Universo, a causa
de lo cual fue denunciado por los Doménicos.
Joseph Black: Teoría del calor latente. Pri-mera escuela de veterinaria
en Lyon.
J. J. Rousseau: El contrato social o princi-pios del derecho político y
Emilio o la educación. Angel-Jacques Gabriel: El pe-queño Trianón en Versalles.
G. Tiépolo pinta, en el Palacio Real de Madrid, La Apoteosis de España.
El Virrey de Nueva Granada
designa al Teniente Coronel Antonio de Zelaya pri-mer Gobernador de Guayaquil.
AL: El marqués de Cruillas concede a los ingleses el derecho de explotar
el Palo de Campeche en Belice. Fundación del hospi-cio de pobres por Fernando
Ortiz. Antonio Alvares de Cunha, noveno virrey de Bra-sil (-1767). Río de
Janeiro pasa a ser capi-tal. Reconocimiento de las islas Malvinas por
Bougainville.
Muere Ignacio Rafael Corominas, S. J., au-tor del Mapa y tabla
geográfica de las si-tuaciones y distancias del Reino de Nueva España (Puebla,
1755). (Construcción de la Universidad y el palacio de los capitanes en
Antigua).
Fin de la Guerra de los 7 años: tratado de París con firma de los
arreglos de Paz de Fontainebleau de 1762, que permi-ten a Francia asientos de
comercio en la India, y España cede la Florida a Inglate-rra y recibe Louisiana
de Francia. Prusia, Austria, Sajonia y príncipes alemanes fir-man en
Hubertsburgo, a continuación del Tratado de París, la paz con que termina la
Guerra de los 7 años. Pedro Pablo Abarca de Bolea, Conde de Aranda, amigo de
Voltaire, es nombrado por Carlos III Capitán General del Ejército Español.
Ca-nadá y las posesiones francesas en Sénégal pasan a Inglaterra. Muerte de
Augusto III, rey de Polonia. Rusia invade Lituania.
Primera exposición de artes industriales en París. Le Roy inventa un
tipo moderno de cronómetro. R. Reynolds construye en In-glaterra el primer
ferrocarril. Febronió: Del estado de la Iglesia. Parini: El día (poema
satírico-didáctico). Voltaire. Trata-do de la tolerancia. Reynolds: Retrato de
Nelly O'Brien. Goya fracasa en las pruebas de admisión para la Academia. Mueren
Pierre de Marivaux y el Abate Prévost.
La Audiencia de Quito
experimenta una epidemia de la viruela. Devastador in-cendio destruye casi toda
la ciudad de Guayaquil. La entonces importante ciudad de Baba es también
gravemente azotada por un incendio.
Norteamérica e Inglaterra regulan su co-mercio azucarero por medio de la
Sugar Act; el Parlamento aprueba leyes que afectan a los comerciantes de
Boston, Nue-va York y Filadelfia; se extiende a todas las colonias la
prohibición de emitir papel
1765 Comienza sus
estudios formales de Medicina en el colegio dominico
de San Fernando.
AL: Se organiza un servicio postal mensual entre la Coruña y La Habana,
y poco des-pués uno quincenal con Buenos Aires.
Se establece la Capitanía General de Cuba, incluido en su jurisdicción
el territorio de la Louisiana.
Se comienza a establecer en algunas pro-vincias de Nueva España (México)
el es-tanco o monopolio del tabaco. Asamblea consultiva de colonos en Santo
Domingo. Bougainville instala los primeros colonos en la gran isla occidental
(Malvinas) y funda Port Louis. Jean Dubuc, diputado de la Martinica por
Choiseul. El Goberna-dor D'Estaing llega a Santo Domingo. Don Juan de Villalba
llega a Veracruz para es-tablecer el ejército permanente del virrei-nato (XI) .
Nace el montevideano José Gervasio Artigas.
moneda; Inglaterra triunfa sobre el Gran Mogol de la India en Baxar. Los
franceses expulsan totalmente a los Jesuítas. Estani-lao Poniatowski es elegido
rey de Polonia. Acuerdo secreto entre Rusia y Prusia sobre repartición de
Polonia. Estanislao II, rey de Polonia, en manos de la influencia rusa. Iván VI
de Rusia, depuesto en 1741, y en prisión desde entonces, es asesinado por
creerse que conspiraba contra Catalina la Grande. Victoria inglesa contra el
Nabab Murchidabad, que les da la posesión del Bajo Bengala.
Hargreaves construye la máquina de hilar "Jenny".
J. J. Rousseau: Inicia la redacción de sus
Confesiones. C. Beccaria: Acerca de los
delitos y de las penas. H. Walpole: El cas-
tillo de Otranto. J. Winckelmann: Historia
del arte en la antigüedad. Th. Reid: Prin-cipios del Sentido Común. J.
Lambert: Nuevo Organo. Voltaire: El Sentimiento de los Ciudadanos (Contra El
Contrato So-cial de Rousseau) y Diccionario Filosófico. Muere Jean Philippe
Rameau.
Alzamiento popular en Quito,
llamado Revolución de los Estancos o de los Ba-rrios, contra el Estanco de
Aguardiente y la Aduana de los Víveres. Carteles popu-lares: "A las
alcabalas, balas; a la libertad, lealtad", en memoria de la Revolución de
las Alcabalas de 1592. Transitorio triunfo de criollos y mestizos. Expulsión de
los es-pañoles solteros. Relación del Gobernador de Guayaquil, Zelaya: 4.919
habitantes en la ciudad, y su astillero "el único del Mar del Sur"
donde se construyen y carenan las embarcaciones que le navegan. Termí-nase de
construir en Quito la iglesia de la Compañía de Jesús.
Joaquín de Merizalde y Santisteban: Re-lación histórica y moral de la
ciudad de Cuenca.
Muere Francisco I de Austria, su hijo José II es regente. Federico II
crea el Ban-co de Berlín. Es promulgada la Ley del timbre en Inglaterra; se
producen conflic-tos con las colonias americanas. El Emilio, o de la Educación,
de J. J. Rousseau, es quemado en una iglesia de Madrid.
Fundación de una escuela de medicina en Filadelfia. Llega a Canadá la
primera im-prenta. Boucher director de la Academia de Arte de París. Lazzaro
Spallanzani comprueba que no se reproducen gérmenes por generación espontánea,
ni se desarro-llan cuando las infusiones vegetales son hervidas por suficiente
tiempo.
P. R. de Campomanes: Tratado de la Re-galía de la Amortización (tesis de
la Igle-
1766
AL: José de Gálvez fue enviado a Nueva España (-1771) como Visitador
General para inspeccionar y recomendar reformas para las Américas, encomendado
por el Consejo de Indias. Las Antillas son abier-tas al comercio con 9 puertos
españoles. Juan de Villalba reorganiza el ejército no-vohispano; fundación del
regimiento de Dragones en ciudad de México. Rebelión de Jacinto Canek en
Cisteil, Yucatán, con-tra los malos tratos a los indígenas. Orga-nización del
estanco del tabaco. Nace en Valladolid, Michoacán, José María Mo-relos.
sia sometida al Estado). Se publica el vo-lumen XVII de la Enciclopedia
Francesa. Voltaire: Filosofía de la Historia. Black-stone: Comentarios a las
leyes de Inglate-rra. Diderot: El primer salón. Hutchinson: Historia de la
bahía de Massachussetts. Percy: Reliquias de la antigua poesía ingle-sa.
Turgot: Formación y distribución de las riquezas. Mengs es primer pintor de
Cáma-ra de Carlos III.
D. Juan Antonio Zelaya es
nombrado Presidente de la Audiencia y Gobernador interino de la provincia y
Capitán general. Nueva erupción del Cotopaxi.
La Audiencia sufre otra epidemia de la viruela. Tropas españolas de
Lima, de Pa-namá y de Guayaquil avanzan sobre Quito para pacificar la capital
de la Audiencia, donde el levantamiento de criollos y mes-tizos ha triunfado.
Padre José Milanesis S.I.: La Hidra de mu-chas cabezas, Quito. Dionisio
de Alsedo y Herrera: Vían geográfico... de la... Au-
Inglaterra suspende el impuesto del timbre pero se aumentan los derechos
de aduana de las mercancías para América.
Francia anexa Lorena.
Motín de Esquílache en Madrid, llamado también "de capas y
sombreros" contra el Ministro Marqués de Esquilache, que de-terminó su
caída después de cinco días de alzamiento. Pretexto para la expresión po-pular
fue la reglamentación en el uso de capas y sombreros (encubrimiento de ros-tros
sospechosos). La reglamentación fue anulada por Carlos III.
diencia de Quito y descripciones de las El Conde de Aranda asume la Presidencia
"Provincias..., libro del mayor interés para
el conocimiento de Quito durante este del Consejo (primer ministro) en España.
En
su salón de Madrid, Pablo de Olavide
tiempo. Nace Camilo Torres. y
Jáuregui, que fuera Oidor en Lima, ex-
pone libremente sus ideas
volterianas.
AL: En México el marqués de la Croix inicia su gobierno como virrey
(25-VIII). Apertura de los puertos libres en las An-tillas inglesas.
Levantamiento de los arau-canos en Chile.
Hermanos Mohedano: Historia literaria de España. Se inicia la
construcción de la Casa de los Mascarones.
Bougainville inicia su viaje de circunnave-gación y exploración del
Pacífico. Henry Cavendish descubre el hidrógeno (aire in-flamable) como una
substancia distinta del dióxido de carbón (aire fijo).
Heller: termínase publicación, iniciada en 1757, de Elementos de
fisiología del cuer-
1767
1768
Espejo completa su educación médica y se gradúa el 10 de julio de 1767,
recibiendo el título doce días después, contando él veinte años.
D. José Diguja, Teniente
Coronel, nombrado Gobernador y Capitán general, es decir, gobiernos civil y
militar reunidos. Fue el vigésimo cuarto Presidente de Quito.
Llega a Quito y se ejecuta la Orden Real de Carlos III de que todos los
jesuítas que existieran en Quito, en todos los lugares sujetos a esta
Audiencia, y en todos los demás territorios coloniales fueran redu-cidos a
prisión y luego expulsados de los dominios del Rey en América; la impren-ta es
confiscada.
Pedro Franco Dávila: Catálogo sistemático y razonado de las curiosidades
de la natu-raleza.
AL: Rebelión en la región tucumana de Argentina de Pedro Bohórquez,
llamado Hualpa-Inca.
La expulsión de los jesuítas (25-VI) ori-gina levantamientos en México.
Fundación del Colegio de las Vizcaínas. Nicolás Lafora viaja a las
Provincias inter-nas e inicia la Relación de un viaje a las Provincias del
norte. Nace, en Ciudad de México, Juan Francisco de Azcárate. Ma-nuel de Salas
integra el Regimiento de la Nobleza en la guerra de España contra In-glaterra.
Asciende de alférez a capitán.
Erupción del volcán
Cotopaxi: destruc-ción del asiento de Latacunga.
AL: El visitador José de Gálvez propone un plan de organización
administrativa
po humano. O. Goldsmith: El
vicario de
Wakefield. La Tour: Retrato de Belle de Zuylen. E. M. Falconet: Estatua
ecuestre de Pedro el Grande. Nace Madame de Stael.
Carlos III decreta la expulsión y el secues-tro de los bienes de los
jesuítas, de Espa-ña, sus colonias en América, Nápoles, Sici-lia y Parma.
Rousseau regresa a Francia. Rieles de hierro fundido en Coalbroakdale;
aparición de los primeros planos modernos.
Dickinson: Cartas de un
agricultor pen-silvano. Priestley: Historia de la electrici-dad. L.
Spallanzani: Observaciones y expe-rimentos de los "animalitos" de las
infusio-nes. Stewart: Investigación de los princi-pios de la economía política.
Buffon: ter-minan de publicarse los primeros 15 volú-menes de la Historia
Natural (serían un total de 44 en 1804). Gotthold Lessing: Minna von Barhelm.
Catalina II de Rusia seculariza los bienes eclesiásticos. Inquietud en
las colonias in-glesas de Norteamérica; convención de Boston. La República de
Génova vende sus derechos sobre Córcega a Francia; su-
1769
para Nueva España. Llegan los batallones de Saboya, Flandes y Ultonia
(18-VI).
Creación de la Real Escuela de Cirugía de México. José Antonio Alzate:
Diario lite-rario de México (después llamado Asuntos varios sobre ciencias y
artes) y Nuevo ma-pa geográfico de la América Septentrional. Muere en México el
pintor Miguel Cabre-ra. Marqués de Pombal dispone que la enseñanza
universitaria en Brasil adquiera una categoría científica.
Breve Pontificio autoriza la
erección del Obispado de Cuenca. Por Orden Real se extingue la Universidad
jesuíta de San Gregorio.
AL: Se fundan en México las misiones de San Diego, en California. Miguel
Constan-zo explora la Alta California.
Decreto de suspensión de comercio de la Compañía de las Indias en las
Antillas Francesas. Juntas de Justicia en Brasil.
Se producen rebeliones en la zona francesa de Santo Domingo. Los
ingleses se esta-blecen en las Malvinas.
Se crean la Sociedad Literaria de Río de Janeiro y la Academia
Científica de Brasil. A. Cramer: Plano del istmo de Tehuan-tepec. J. I. de
Bartolache: Lecciones mate-máticas. J. B. de Gama: Uruguay.
blevación de los corsos dirigidos por Paoli; Francia ha pagado dos
millones de francos. J. Cook emprende el primero de sus tres viajes por el
Pacífico sur. Carlos III de España concede a la Luisiana el privilegio de
comerciar libremente con nueve puertos españoles. Turquía declara la guerra a
Ru-sia, exigiéndole la liberación de su "prote-gida" Polonia, parte
de cuyo territorio es-taba ocupado por aquella potencia. Winc-kelmann es
asesinado en Trieste; su asesi-no, Francisco Argangeli, es ejecutado por descuartizamiento
vivo en la rueda.
Arkwright construye el bastidor hidráuli-co. Euler realiza estudios
sobre el cálculo integral. Aparición de la Enciclopedia Bri-tánica. F. G.
Klopstock: Cantos 11 al 15 de El Mesías. L. Spallanzani: Preludio de una obra
por imprimirse sobre la reproduc-ción animal. D'Anville: Atlas Antiques. L.
Sterne: Viaje séntimental. Gainsbo-rought: Retrato de Elisa Linley. Reynolds:
Retrato del almirante Keppel. Nace Cha-teaubriand.
Rusia ocupa los principados rumanos. Fran-cia acaba con la insurrección
de los corsos. Entrevista de Federico II de Prusia y José
de Austria en Niesse.
Federico el Gran-de propone dividir Polonia entre Prusia, Rusia y Austria.
Muere Clemente XIII. Nace en Ajaccio, Córcega, Napoleón Bo-naparte.
Viaje de Samuel Hearne a las orillas del mar Artico. J. Watt patenta la
máquina a vapor con condensador; conserva la exclu-sividad hasta 1783. Se funda
la Academia Belga de Ciencias. Nace A. de Humboldt.
1770
1771
Termina sus estudios de Derecho Civil y Derecho Canónico en la
Universidad de Santo Tomás, obteniendo el título de Licenciado en 1770.
Quito y América Latina Mundo
exterior
Sublevación de indios en
Patate. Car-los III eleva el Corregimiento de Cuenca a Gobernación.
AL: Se establece en Lima el Convictorio (departamento para hospedar a
los edu-candos de los jesuitas) de San Carlos, por la unión de los anteriores
colegios y con el apoyo de los jesuitas exiliados. Yucatán y Campeche, en Nueva
España, son declara-dos puertos de libre exportación. Se rea-lizan en Centro
América varias explora-ciones en busca de El Dorado. Bucareli en-vía fuerzas
armadas del Río de la Plata para expulsar a los ingleses de las Malvi-nas. Se
da la aprobación real al "Plan y Reglas de Loterías" presentado por
F. J. de Sarria, primer director de la Real Lotería de Nueva España. Felipe
González de Aedo toma posesión de la Isla de Pas-cua. Nacen: en Port-au-Prince,
Alexandre Pétion, y, en Buenos Aires, Manuel Bel-grano.
Gobierno personal de Jorge III en Ingla-terra; se suprimen los derechos
de aduana sobre las mercancías para las colonias ame-ricanas a excepción del
té; saqueo y ma-tanza de Boston. El futuro rey de Francia, Luis XVI, contrae
matrimonio con María Antonieta de Austria. Es destituido y des-terrado el
ministro Choiseul, lo sucede D'Aiguillon; es disuelta la Compañía Fran-cesa de
las Indias Occidentales. Turquía, en guerra con Rusia, en defensa de Polo-nia,
propone a Austria partirse entre am-bos el país "defendido". Carlos
III de España ordena a la Inquisición ocuparse sólo de casos de herejía y
apostasía, y no apresar a nadie cuya culpabilidad no hu-biese sido
conclusivamente establecida. Se produce el descubrimiento de la bahía de San
Francisco, Portalá es su autor. Edge-worth: banda de rodaduras para sistemas de
oruga.
J. Turgot: Reflexiones sobre la formación y distribución de las
riquezas. Abate Raynal: Historia filosófica y política de los estable-cimientos
europeos de las dos Indias (Ira. ed./6 vols.). Holbach: Sistema de la
Natu-raleza o de las leyes del mundo físico y del mundo moral. J. B. Pigalle:
escultura de Voltaire. Goya gana el segundo premio en la Academia de Bellas
Artes de Parma. Mueren G. Tartini y F. Boucher. Nacen L. V. Beethoven, G. W. F.
Hegel, y Gerard.
El científico guayaquileño,
Pedro Fran-co Dávila, es nombrado Director fundador del Museo de Ciencias
Naturales de Ma-drid. Nace en Chuquisaca (Audiencia de Charcas, hoy Bolivia) el
que sería procer de la independencia de Ecuador, Manuel Rodríguez de Quiroga.
AL: Se realiza el Cuarto Concilio Provin-cial (13-1).
Rusia expulsa a los turcos de Crimea y adquiere el control del Mar
Negro. José de Gálvez, Visitador General en Nueva España, recomienda a Carlos
III varias re-formas en la administración colonial, in-cluidos un Código de
Minería y una corpo-ración de mineros, semejante a la del Con-sulado (de
comerciantes). Primer proyecto de reforma agraria. Austria se alia con Turquía
contra Rusia. Gobierno absoluto
Vida y Obra de Santa Cruz y Espejo
>
1772 El 28 de noviembre
de; 1772 fue autorizado a practicar medicina en
Quito, pero no sin alguna
dificultad por parte del tribunal médico
de exámenes, a causa de su humilde nacimiento.
1773
Alonso Núñez de Haro es presentado para arzobispo de México. Antonio
María Buca-reli y Ursúa inicia su gobierno como vi-rrey (22- IX). Manuel de
Guirior sucede a P. M. de la Cerda como Virrey de Nueva Granada. En Haití se
produce una suble-vación negra de considerables proporciones dirigida por
Toussaint Louverture. El fran-cés Alejandro Darcourt elabora el plano para los
arreglos de La Alameda. Nace en Caracas Simón Rodríguez.
Se funda en Río de Janeiro la Academia Científica.
de Luis XV en Francia, después de la des-titución de los magistrados del
Parlamento de París. Disturbios violentos en Polonia. Abolición de la
servidumbre en Saboya.
Lavoisier analiza la composición del aire; Monge inventa la geometría
analítica.
La Academia Española publica la Gramá-tica. Campomanes: Memorial
ajustado. Louis Antoine de Bougainville: Viaje alre-dedor del mundo. Antonine
Houdon: es-cultura de Voltaire. John Hunter: Historia natural de los dientes
humanos. Boccheri-ni: Concierto para violoncelo. F. de Goya decora la capilla
de la catedral de Zarago-za. Nace W. Scott.
Nueva erupción del volcán
Tungurahua.
AL: Se reducen o derogan en España y en América impuestos de importación
sobre un considerable número de artículos pro-ducidos o manufacturados en la
Península o en América y en el área de las Antillas y de las costas firmes del
Caribe. Esta me-dida es parte muy importante del plan de liberización del
comercio entre España y América, de Carlos III. Se inicia una serie de ataques
portugueses a Río Grande, Río de la Plata, que sólo cesará en 1776. Ma-nuel de
Amat, virrey del Perú, envía a D. Boenechea y a Tomás de Gayango a reconocer a
Tahití. Nace José Núñez de Cáceres.
J. J. Baegert, S. J.: Noticias de la "Penín-sula americana de
California. Aparece en México El Mercurio Volante, dirigido por José Ignacio
Bartolache, es la primera re-vista médica del continente. Cursos supe-riores en
Río de Janeiro por la Orden Franciscana.
Una nueva erupción del
Tungurahua destruye la población de Baños. Se conclu-ye el retablo del Señor
del Divino Amor,
Floridablanca es embajador ante la Santa Sede. En Suecia Gustavo III
implanta el despotismo ilustrado. Primer reparto de Polonia entre Austria,
Rusia y Prusia.
Lavoisier descubre y aisla el nitrógeno. La-grange: Adición al álgebra
de Euler. Priest-ley: Observaciones sobre el aire. Segundo viaje de Cook por el
Pacífico.
Wieland: El espejo de oro. Cadalso: Los eruditos a la violeta. Terminan
de publi-carse los 28 volúmenes de texto de la En-ciclopedia Francesa. Nacen S.
T. Coleridge y F. Schlegel.
El Conde de Aranda es alejado de la Pre-sidencia del Consejo de Castilla
y nombra-do Embajador en Francia. Carlos III divi-
1774
Quito y América Latina
en el Templo
de la Merced
de Quito.
Muere el escultor Bernande Begarda.
AL: Don Manuel de Guirior (1773-1776), virrey de Nueva Granada, se
preocupó es-pecialmente de la cultura, encargando al fiscal don Francisco
Antonio Moreno Es-candón la redacción de un plan de estu-dios que sirviera de
base a la organización de una Universidad. También propuso la creación de una
gran biblioteca que tuviera como fondos los libros procedentes de los antiguos
colegios de jesuítas. Esto último llegó a ser realidad, siendo el primer
bi-bliotecario don Anselmo Alvarez, pres-bítero. Por orden Real, Bucareli,
virrey de Nueva España, organiza expediciones al norte de California con el fin
de expulsar a los rusos. Se establece el Tribunal de Arrendaçao do Subsidio
Literario en Brasil. Se termina la Biblioteca Palefoxiana en Puebla; el
matemático Agustín de Ro-tea inventa el juego en el que aplica el cálculo de
probabilidades. Nace Pablo de la Llave, botánico, maestro de filosofía quien en
1832 fundará, redactará y diri-girá el Registro Trimestre o Colección de
Memorias de Historia, Literatura y Artes por una sociedad de literatos.
Q:
AL: Los ingleses abandonan las Malvinas. En Nueva España, el cura M.
Hidalgo re-cibe las cuatro órdenes menores. Represen-tación de los propietarios
de minas a Carlos III. Se permite al Perú comerciar libremente (sólo en
productos americanos) con Nueva España, Guatemala y Nueva Granada. Expedición
de Juan Pérez a la Alta California. Francisco Javier Gamboa es oidor. El Virrey
Bucareli establece en la Universidad un Conservatorio de Anti-güedades o Museo.
El Plan de Estudios de don Francisco Antonio Moreno Escandón fue presentado y
aprobado por la Junta
Mundo exterior
de el Real Consejo de Indias en tres Cá-maras, dos de Gobierno y una de
Justicia. Portugal, bajo la administración de Pom-bal como Primer Ministro,
decreta la abo-lición de la esclavitud, pero no en las colonias.
El Papa Clemente XIV, en su Breve Do-minus ac Redemptor Noster, del 21
de julio, declara extinguida la Orden de los Jesuítas.
Sublevación en Boston contra Inglaterra, conocida con el nombre de
"Tea Party", en protesta de impuestos y en procura de un boicot a los
productos británicos. Un importante cargamento de té fue arrojado al agua.
Diderot en Rusia.
Gaspar Melchor de Jovellanos: El
Delin-
cuente Honrado. Concolocorvo: Lazarillo
de ciegos caminantes. Costa: Villa Rica. B.
de Saint-Pier
Holbach: Systéme Social. Goethe: Goetz von"Berlinchingen,el de la
mano de hierro. J. G. Klopstock: se publican los 5 últimos cantos de El Mesías
(comenzaron a publi-carse en 1751).
Acta de Quebec; anexión a Quebec de las tierras al oeste entre el Ohio y
el Alto Mi-ssissipi. Inglaterra deja a los habitantes franceses de la provincia
libertad para profesar el catolicismo; se establece el de-recho civil francés,
pero queda en vigen-cia exclusiva el derecho penal inglés. Pri-mer congreso
anglo-americano en Filadel-fia: prohibe la importación de mercancías inglesas.
Luis XVI rey de Francia; crisis económica; reformas de Turgot. Mueren Luis XV y
Clemente XIV. Paz de Kuchuk Kainarji (Rumania), entre Rusia y Tur-quía; ésta
reconoce la independencia de Crimea bajo el gobierno tártaro —e in-fluencia
rusa—, cede importantes territo-
•
1775
Quito y América Latina
Superior y se puso en práctica inmediata-mente, en Santa Fe de Bogotá.
F. J. Gamboa: Comentarios a las ordenan-zas de minas. B. Díaz de
Gamarra: Elemen-ta Recentoria Philosophie. P. Alonso 0 ' Crouley: Idea
compendiosa del reino de Nueva España.
Cabrera: Campamento del gobernador Ma-tón as en el Chaco (primer cuadro
históri-co americano). Nace Hipólito José de Costa Pereira Furtado de Mendoga.
Nace en Quito José Fernández
Salva-dor, que sería el primer Director General de Estudios del Ecuador.
El Real Consejo de Indias anexa, con todos los pueblos a orillas del
Ñapo y el Marañón, el territorio de Quijos al Obis-pado de Quito, y los de
Macas y Mainas al de Cuenca.
AL: Expedición de Anza a California des-de Nueva España. Romero de
Terreros funda el Monte de Piedad. Juan de Lón-gara concluye sin éxito la
colonización de Tahiti. Manuel Antonio Flores sucede en el cargo de virrey de
Nueva Granada a Manuel de Guirior. Expedición de B. Ha-ceta y J. F. Bodega y
Cuadra al Pacífico.
Francisco Xavier Alegre: Alexandrías.
Nace Francisco Severo Maldonado, editor de El Despertador Americano,
primer pe-riódico insurgente en América.
Mundo exterior
rios a Rusia, abre a la navegación de su ex adversaria el Mar Negro, el
Bosforo y los Dardanelos, y reconoce asimismo el de-recho de Rusia a proteger a
los cristianos en Turquía. El libro de Raynal sobre la América (Historia
filosófica y politica, etc.), al aparecer una nueva edición revisa-da, es
puesto en el Index por la Santa Sede.
Crompton inventa la "mula", máquina de hilar. Herschel
construye su telescopio. Priestley descubre el oxígeno y Scheele el cloro.
Wilkinson: Taladro mecánico.
Goethe: 1Werther. P. R. de Campomanes: Discurso sobre la educación de
los artesa-nos, y su fomento. Juan de Iriarte: Obras Sueltas. Diderot:
Elementos de Fisiología. Basedow funda El Filantropio en Dassau y publica Obra
Elemental (sistema nacional de educación). Muere François Quesnay.
España es victoriosa en Marruecos; fracasa una expedición contra Argel.
Se inicia la guerra de independencia nor-teamericana: Batallas de
Lexington, Bun-ker's Hill y Long Island. Washington, ge-neral en jefe, inicia
operaciones cerca de Boston; Franklin es presidente del Comité de Seguridad de
Filadelfia. Pío VI Papa. Franklin realiza estudios sobre la corriente marina
del Gulf Stream y diseña su primer mapa. Máquina de movimiento alternativo con
rueda.
Bailly: Historia de la astronomía. Adair:
De los indios americanos. Lavater: Fisiog-
nòmica. Beaumarchais: El barbero de Se-
villa. W. A. Mozart: El barbero de Sevilla. Goya es nombrado pintor de
la fábrica de tapices. Nacen Ampère, Boieldieu y Schelling.
1776
Rebelión de indios en Guano,
contra el abuso de los Corregidores.
AL: Don Manuel Antonio Flores (1776-1782), ocupó el virreinato de Nueva
Gra-nada y se reflejó durante su administración la política económica de
Gálvez.
Respondiendo a un conocimiento de la geografía del Nuevo Mundo y
atendiendo a las necesidades y progresos económicos, organizaron los
gobernantes españoles el nuevo virreinato del Río de la Plata, que incluye
Charcas, Uruguay y Paraguay. Esta fecha de 1776 es considerada por algunos
historiadores argentinos como el verdadero comienzo de su historia. Real Cédula
pro-hibe el matrimonio entre blancos y par-dos. Se crea la función de Regente
en las Audiencias coloniales; las presidiría en ausencia del Presidente.
Permítese al Vi-rreinato de Buenos Aires comerciar libre-mente, sólo en
productos americanos, con Chile y provincias del interior del virrei-nato.
Estas medidas de liberación, anterio-res y posteriores, de Carlos III,
quintupli-can en diez años el volumen del comercio para la Real Audiencia de
Quito y dina-mizan el intercambio general que tanto facilitaría la
industrialización de España.
La imprenta se instala en Cartagena de Indias y Santiago de Chile.
Manuel de Guirior es el nuevo Virrey del Perú. Teodoro de Croix es gobernador y
coman-dante general de las provincias de Nueva Vizcaya, Sonora, Sinaloa y
California (16-
. Real Cédula convierte al
gremio de minería en un cuerpo formal a semejanza de los Consulados de
Comercio.
Nace en Cuenca (Ecuador) el Mariscal José de la Mar, héroe de la
Independencia y primer presidente del Perú.
Real Cédula del 8 de diciembre espera ma-yor administración y mayor
ingreso de las contribuciones coloniales, que enumera:
José Moñino, Conde de Floridablanca, es nombrado por Carlos III
Secretario de Es-tado para Asuntos Exteriores y Jefe del Gabinete. Carlos III
avisa a rebeldes nor-teamericanos que los ayudará en su guerra contra
Inglaterra con un millón de libras. Fundación de San Francisco por la
expedi-ción de Anza. En Francia Turgot es desti-tuido. Necker es ministro de
Hacienda. Formación del primer sindicato inglés. Ter-cer viaje de Cook por el
Pacífico.
Declaración de la Independencia de los EE.UU. de Norteamérica, redactada
por Jefferson.
Adam Smith: Naturaleza y Causa de la
Riqueza de las Naciones. Holbach: La Mo-
ral Universal. Jeremy Bentham: Fragmen-tos sobre Gobiernos. Maximilian
von Klin-ger: Sturm und Drang (Tormenta e Im-petu), obra teatral que da nombre
al mo-vimiento individualista, romántico y rebel-de de la literatura alemana de
la época. E. Gibbon: Historia de la decadencia y de la caída del Imperio
Romano. T. Payne: El sentido común. Arquitecto Guiseppe Pier-marini empieza a
construir la Scala de Mi-lán (terminada en 1778). Nacen Constable y Avogadro.
Muere David Hume.
l i l i
Almojarifazgo, Armada de Barlovento, Ar-madilla, Alcabalas de tierra y
mar, Media Annata, Novenos de Diezmos, Penas de Cámara, venta de oficios
públicos, tributos de indios, entrada y marca de negros e in-dulto de ellos, y
una docena más cuando menos, que pesaron increíblemente en la economía
americana.
P. Juan Ignacio Molina: Compendio de la historia... del... reino de
Chile. Alonso Carrión de la Bandera: El Lazarillo de cie-gos caminantes. El
Drama de las Palanga-nas, anónimo, Lima, contra el Virrey Ma-nuel de Amat y su
amante, La Perricholi (Micaela Villegas). Francisco Xavier Ale-gre: Homeri
Ilias, latino carmine expressa.
Nace J. J. Fernández de Lizardi.
Dr. D. Blas Sobrino y Minayo
es el dé-cimo nono Obispo de Quito. Gobierno de Mainas (Oriente) es otorgado a
un militar, Ramón García de León y Pizarro, hermano del Presidente de la
Audiencia, con el ob-jeto de detener las invasiones portuguesas desde el Brasil.
Por delimitación de sus colonias americanas, en el Tratado de San Ildefonso,
entre España y Portugal, la Audiencia de Quito es despojada de una gran
extensión territorial hoy pertenecien-te a Brasil.
Nace en Quito el procer José Mejía Leque-rica.
Rebelión de indios en Cotacachi, Otava-lo, Caranqui, Tabacundo y
Atuntaqui, con-tra excesos de contribuciones y abuso de autoridades.
AL: Se constituyó formalmente el gremio o Real Cuerpo de Minería en
Nueva Espa-ña; en mayo de 1783, Carlos III proclamó sus estatutos. El virrey
Bucareli, de Nueva España, crea el Real Tribunal de Minería. Erección de la
diócesis de Linares, Monte-rrey. Se establecen las capitanías generales
España firma el tratado de San Ildefonso, modifica el de Madrid de 1750
y pone fin a las desavenencias con Portugal en Sud-américa. El gobierno de
Versalles ayuda a los sublevados de Norteamérica. Llega La-fayette a EE.UU.
Washington ataca Germantown; los ingleses capitulan en Sa-ratoga, se promulga
la primera Constitu-ción de los Estados Unidos de Norteaméri-ca. Muere
Maximiliano José de Baviera.
La Academia Española convoca su primer concurso literario.
Robertson: Historia de América. Terminan de publicarse los 5 volúmenes
de suple-mentos de la Enciclopedia Francesa. Fede-rico II: Antimaquiavelo. G.
Forster: Viaje alrededor del mundo. A. Houdon: Diana desnuda. Pigalle:
Monumento de Mauricio de Saxe.
1778
1779 En 1779 circuló
en forma manuscrita una obra crítica y
satírica,
El Nuevo Luciano de
Quito o Despertador de los ingnios qui-
de Cuba y Venezuela. La colonia del Sa-cramento, en el Río de la Plata,
es conquis-tada por los españoles. Pedro de Cevallos es virrey del Río de la
Plata. Se establece en Venezuela el Estanco del tabaco. Los naturalistas
españoles Hipólito Ruiz, José Pavón y José Dombey empiezan en el inte-rior del
Perú y Chile sus exploraciones que durarían hasta 1788.
Reaparece la imprenta en Bogotá, suspen-dida en 1742. M. Constanzó:
Viano de la Ciudad de México.
D. José García de León y
Pizarro, tam-bién Gobernador y Capitán general, vigé-simo cuarto Presidente de
Quito. Nueva erupción del Cotopaxi.
AL: Expedición dirigida por el físico y botánico francés Joseph Dombay,
y los naturalistas españoles Hipólito Ruiz, José Pavón y Juan Tafalla,
estudiaron la flora de Chile y del Perú (1778-1788). Se ex-pide la Ordenanza
para el libre comercio entre las Colonias de América y España y se extiende a
todas las provincias america-nas, excepto Nueva España y Venezuela, la
reducción o abolición de impuestos de importación sobre artículos producidos en
España o en América, lo que en 1772 ha-bíase concedido para las Antillas y
Costas Firmes del Caribe.
Se establece la Capitanía General de Chile, la provincia de Cuyo es
excluida. Juan José de Vértiz sustituye a P. de Cevallos como virrey del Río de
la Plata. Nace José de San Martín, B. O'Higgins y M. Moreno.
I. I. Bejarano: Vlano de la nobilísima ciu-
dad de México. A. De León y Gama: Des-cripción ortográfica universal del
eclipse de Sol del día 24 de junio de 1778.
El Presidente de la
Audiencia de Qui-to, José García de León y Pizarro, hace la
EE.UU. firma un tratado de comercio y amistad con Francia y Holanda.
Guerra en-tre Prusia y Austria por la sucesión en Bavaria. La Corona Española
prohibe la circulación de la Historia de América, por William Robertson. Joao
Anastasio da Cu-nha es condenado por la Inquisición de Portugal por el
"delito" de haber tradu-cido a Alexander Pope y a Voltaire.
Cook llega a Hawai. Scheele descubre el molibdeno. Jussieu: Exposición
acerca de un nuevo orden de las plantas. Nace Gay Lussac. Muere Carlos Linneo.
J. J. Barthé-lemy: El viaje del joven Anacarsis a Gre-cia. Reynolds: Lady
Grosbie. Goya: 17 grabados de las pinturas de Velázquez. Mueren Voltaire y J.
J. Rousseau.
Jefferson es gobernador del estado de Vir-ginia. Quedan abolidas en
Inglaterra las
teños en nueve conversaciones eruditas para el estímulo de la
lite-ratura, con la firma de don Javier de Cía, Apéstegui y Perochena, sudónimo
tomado por Espejo para ésta su primera obra.
Conociendo los desvarios de la sociedad colonial, Espejo solicitó un
expediente en prueba de su limpieza de sangre por vía materna. Re-zaba el
expediente que su madre había nacido de familia noble na-varra. Amparado en
esta declaración fehaciente de su nobleza, firmó El Nuevo Luciano de Quito con
los apellidos que eran "evidentes" por ascendencia materna: doctor
don Javier de Cía, Apéstegui y Perochena.
Sermón escrito por Espejo: Sermón de Dolores, predicado por el Dr. Dn.
Pedro Dávalos, cura de Santuario de Cicalpa, en la Villa de Riobamba, el día 26
del mes de marzo de 1779.
1780 En junio
de 1780, Espejo escribió Marco
Porcio Catón o Me-
morias para la impugnación
del Nuevo Luciano de Quito, con objeto
de censurar El Nuevo
Luciano. Aquí también se valió de un seudó-
nimo, "Moisés
Blancardo", a quien presentaba como ejemplo típico
de la ignorancia común en
Quito. Se cubría así bajo el manto del
anonimato para escuchar las
críticas contra El Nuevo Luciano sin
inmutarse y sin ser
reconocido. De esta manera pensaba poder trans-
cribir estos pareceres
necios tal y como los oyera.
Escribió una carta
teológica: Primera carta a Don Pascual Cárdenas,
en respuesta a una consulta,
que éste hizo al Rmo. P. F. Francisco
de La Grana, sobre asunto de
indulgencias.
Sermones escritos por Espejo: Sermón moral, predicado por el Dr.
entrega de la secuestrada imprenta de los jesuítas al maestro Raymundo
de Salazar, a cambio de la obligación de imprimir gra-tuitamente lo que le
fuere mandado por la Audiencia. Salazar agranda así su im-prenta privada. Es
nombrado Gobernador de Mainas (Oriente) Francisco de Reque-na, que durante 15
años estaría en pugna con los portugueses. Carlos III hace, de acuerdo con el
Breve Pontificio de 1769, la erección del Obispado de Cuenca.
AL: En Nueva España la Audiencia asume el gobierno por muerte del
Virrey. Don Martín de Mayorga toma el poder que se le otorga. Ignacio Arreaga
realiza expedi-ciones en el Pacífico.
M. Constanzó: Plano del territorio de Nue-va España.
Nace José Joaquín Olmedo en
Guaya-quil, futuro autor del poema "La Victoria de Junín: Canto a
Bolívar".
AL: Un indio culto llamado José Gabriel Condorcanqui se puso al frente
de uno de los más serios alzamientos del Perú, pro-vocados por las quejas
locales contra los corregidores españoles y sus abusos. Con-dorcanqui, tomando
el nombre de su an-tepasado Túpac Amaru (decapitado por el virrey en 1571),
dirigió la lucha contra los
restricciones al comercio irlandés. Muere Cook en Hawai. Carlos III de
España con-cede la misma tolerancia a los musulmanes que antes había concedido
a los protestan-tes (mas no a los judíos) . Pablo de Ola-vide y Jáuregui,
nacido en Lima, es conde-nado a reclusión en un Convento de Es-paña por la
Inquisición, en razón de sus opiniones escritas. Nueva guerra entre Es-paña e
Inglaterra. Alianza de España con Francia.
Federico II interviene en la guerra de su-cesión bávara; lucha en
Bohemia; Prusia y Austria firman la paz de Teschen; Francia y Rusia son los
garantes del "sistema de los poderes". España intenta mediar en el
conflicto anglo-americano; declara la gue-rra a Inglaterra; Gibraltar es
asediado.
Darby y Wilkinson: Secciones de hierro fundido en los puentes. Ingenhouz
estudia el efecto de la luz sobre las plantas.
Buffon: Las épocas de la Tierra. Mesmer:
Magnetismo animal. Frank: Sistema de una política médica general. Se
publican las primeras obras conservadas de la lite-ratura española: Poema de
Mió Cid, Poe-ma de Alexandre, etc. Goethe: Ifigenia. Lessing: Nathan el sabio.
Reynolds: La du-quesa de. Devonshire. Glück: Ifigenia. Na-ce Berzelius.
José II es emperador de Austria; se alia con Rusia contra Turquía.
Inglaterra de-clara la guerra a los Países Bajos. Catali-na II de Rusia
promueve una confedera-ción de países de neutralidad armada con-tra Inglaterra;
España adhiere al proyecto. Como último Auto de Fe de la Inquisición española
es quemada una bruja en Sevilla. G. Filangieri: La ciencia de la legislación.
Spallanzani: Disertaciones de física animal y vegetal (2 vols.). B. de
Warville: Inves-tigaciones filosóficas sobre el derecho de
Dn. Domingo Larrea, Cura de Cayambe, el año de 1780, en el Carmen de la
nueva fundación de Quito, en la profesión religiosa de dos carmetitas, primas
de dicho cura.
Sermón de San Pedro, predicado en la Villa de Riobamba, el día 30 de
junio del año 1780 por el licenciado don Juan Pablo Santa Cruz y Espejo.
En 1781 Espejo escribió lo que llamó la segunda parte de El Nuevo
Luciano. Llevaba como subtítulo La ciencia blancardina. Empleaba de nuevo la
forma dialogada. Había pocos cambios; mientras El Nuevo Luciano tenía nueve
conversaciones o capítulos, La Ciencia blancardina llevaba siete; mientras en
aquél hablaban dos persona-jes, en ésta eran tres los interlocutores. El nombre
"Blancardo", uti-lizado como seudónimo en Marco Porcio Catón,
significaba aquí "Gerundio o gerundiano", alusión despectiva al tipo
de predicación, común en la España del siglo XVIII, cuya caricatura es el
personaje fray Gerundio, fracasado intelectual descrito en la Historia del
fa-moso fray Gerundio de Campazas (1758), por el jesuíta José Fran-cisco de
Isla.
Apareció en forma manuscrita El Retrato de Golilla, cuyo texto se
desconoce, atribuido a Espejo. Era un libelo y una sátira contra Carlos III y
José de Gálvez, ministro colonial de las Indias.
Espejo, por su parte, afirma categóricamente que él no lo produjo y que
ya existía desde 1780, procedente de España, habiendo él ob-tenido una copia
del criado del Oidor Manuel Urrutia.
españoles. Su tropa de indios, numerosa pero indisciplinada, fue
derrotada. Llega la imprenta a Guadalajara, Nueva España y a Buenos Aires.
Gálvez realiza su cam-paña en Centroamérica y Luisiana. Se pro-duce el
levantamiento de los Comuneros de Nueva Granada por contribuciones ex-cesivas.
Agustín de Jáuregui y Aldecoa sustituye a M. de Guirior como virrey del Perú.
Se descubrió una conjura en Santiago de Chile, dirigida por dos
franceses, Antoine Gramusset y Antoine Berney, y un chile-no, José Antonio
Rojas.
P. Francisco Javier Clavijero: Historia antigua de México. C. Gómez de
Ortega: Historia natural de la malagueta o pimien-ta de Tabasco. Nacen
Bernardino Rivada-via, José Lanz y José Cecilio del Valle.
Nueva erupción del
Tungurahua.
AL: El virreinato de Nueva Granada ex-perimentó una sublevación muy
seria. El pueblo, agraviado por los aumentos de im-puestos ordenados para
proseguir la guerra contra los ingleses, se rebeló en 1781. Pronto se extendió
el conflicto por toda Nueva Granada. Con el nombre tradicional de comuneros y
bajo el mando de dos criollos, Berbeo y Juan Antonio Galán, unos veinte mil
individuos se pusieron en marcha hacia Bogotá, capital del virreinato.
Alarmadas y asustadas, las autoridades aca-taron los deseos de los comuneros,
se les hizo dispersarse. Con la llegada de nuevos refuerzos, las autoridades
coloniales se re-tractaron, capturaron a Galán y a tres jefes más. Berbeo se
escapó.
Repercute en los Andes venezolanos el mo-vimiento de los Comuneros del
Socorro: estalla en el Táchira una rebelión popular como protesta contra los
impuestos y con-
propiedad. Federico II: De la literatura
alemana. Metastasio: Obras
completas. A.
Houdon: Voltaire. Wieland: Oberón. La Academia Española publica la
primera edi-ción oficial de Don Quijote de la Mancha. Se publican los dos
volúmenes de Indices de la Enciclopedia Francesa. Nace Ingres.
Dimite J. Necker en Francia. José II de Austria impone una serie de
reformas so-ciales. En Inglaterra, Jorge II promulga la Patente de Tolerancia y
declara la aboli-ción de la esclavitud; son ocupadas las is-las holandesas en
las Indias Occidentales. El inglés Cornwallis, en EE.UU., se retira de Virginia
y se rinde en Yorktown; la in-dependencia se consolida. Edicto de Tole-rancia
en Polonia, se concede igualdad de derechos a católicos y no católicos. Prusia
adhiere a la declaración de neutralidad de 1780.
El Abate Raynal es enviado al exilio, y su obra puesta en el Index: es
sentenciado a la hoguera por el Parlamento de París.
Camper descubre el ángulo facial conocido como Camper. Herschel descubre
el pri-mer planeta telescópico: Urano. Joufroy: Barco de vapor. Proude: Arado
sembrador. E. Kant: Crítica de la razón pura. J. Pesta-lozzi: Leonardo y
Gertrudis. Necker: In-
1782
tribuciones. Bernardo Gálvez, gobernador de Luisiana expulsa a los
ingleses de Hon-duras y la Florida. En Nueva España, Gálvez se apodera de la
bahía de Pensa-cola. Catedrático José de Baquíjano y Ca-rrillo protesta en la
Universidad de Lima, en nombre de los criollos, por ser alejados de las
funciones públicas.
Nuevo sitio de La Paz por Andrés Túpac-Amaru, llamado hijo y heredero de
José Gabriel Túpac-Amaru II (de agosto a oc-tubre) .
Túpac-Amaru II es capturado, torturado y descuartizado, en la plaza del
Cuzco, junto con su esposa, hijos y principales partida-rios (Mayo 18), pero la
rebelión continúa. La Paz (Charcas, hoy Bolivia) es sitiada durante días por
los indios sublevados, al mando de Julián Aspasa. Tropas venidas de Buenos
Aires aplastan al fin la rebelión.
Se funda la Academia de Bellas Artes de San Carlos en Nueva España. J.
B. Díaz de Gamarra: Errores del entendimiento hu-mano. Fray J. de Santa Rita
Durao: Cara-mará. J. P. Viscardo: Memorias. R. Landí-var: Rusticario Mexicano.
Nace Andrés Bello.
Q:
AL: El arzobispo Antonio Caballero y Góngora es nombrado también Virrey
de Nueva Granada (1782-1786). Son ejecu-tados Galán y sus compañeros por
conspi-radores.
Se firma en Sicuani (El Cuzco, Perú), el armisticio entre los indios
rebeldes, repre-sentados por Diego Cristóbal Túpac-Ama-ru, hijo de Túpac Amara
II, y los espa-ñoles.
José de Gálvez, Ministro de Indias de Carlos III, organiza sistema de
Intenden-cias para la administración colonial de
forme económico al rey. Schiller: Los ban-
didos. Paisiello: La serva
padrona. Sama-
niego: Fábulas.
José II de Austria declara la abolición de los derechos de barrera y
evacúa las fuer-zas de las fronteras con los Países Bajos. Inglaterra lucha
contra Francia y Holanda, victorias navales de las Antillas; es reco-nocido el
triunfo de los colonos norteame-ricanos; preliminares dé paz. Se funda en
España el primer Banco Nacional (Banco de San Carlos, Madrid). Muere el Marqués
de Pombal.
J. Watt: Máquina de doble efecto. Ch. de
Lacios: Las uniones peligrosas. Trumbull:
M' Fingal. T. de Iriarte: Fábulas Litera-
rias. Cánova: Teseo vencedor del minotau-
ro. G. Paisiello: El barbero de Sevilla.
Nacen Lamennais y Paganini.
Las autoridades consideraban a Espejo "rencilloso, travieso,
in-quieto y subversivo" y por consiguiente buscaban un pretexto para
deshacerse de él. Por entonces, una cuarta expedición científica a cargo de don
Francisco Requena, se disponía a ayudar a fijar los límites de la Audiencia
Real de Quito en la región de los ríos Pará y Marañón, a tenor del Tratado de
San Ildefonso (1771) entre Es-paña y Portugal. La expedición brindó al
presidente José León y Pizarro el pretexto anhelado, nombrando a Espejo director
médico del grupo. Para eludir el cargo huyó, pero fue pronto capturado y
devuelto a Quito "como reo de grave atentado". El mandato de arresto
tenía una de las pocas descripciones físicas que tengamos de él: "tiene
una estatura regular, largo de cara, nariz larga, color moreno, y en el lado
izquierdo del rostro un hoyo bien visible."
José Miguel Vallejo, a quien Espejo denuncia y satiriza en la
Repre-sentación de los curas de Riobamba (1786) y en sus Cartas riobam-benses
(1787), le había entregado a las autoridades cuando trataba de evitar el cargo
de director médico de la expedición de Requena al Marañón.
América, con el objeto de centralizar mejor la autoridad y suprimir los
abusos de los Corregidores contra los indios. Empieza el nuevo sistema en el
Virreinato de Buenos Aires.
Francisco de Miranda inicia en Europa sus gestiones en pro de la
libertad de Améri-ca; recibe amplio apoyo de la burguesía criolla venezolana.
M. González Torres es Capitán general y Gobernador de Venezue-la; gran
importancia del cultivo de al-godón.
J. B. Díaz de Gamarra: Academias de Geo-metría. Nacen M. Galán Rivera,
Vicente Guerrero y F. M. Sánchez de Tagle.
La Audiencia sufre una
epidemia de la viruela.
AL: Se apaga rebelión indígena en el Perú, luego de que Felipe Velasco,
Inca Túpac Yupanqui, hiciera en mayo una nueva ten-tativa en Huarochiri, cerca
de Lima. Ve-lasco se decía primo de Condorcanqui Túpac Amaru II, y comandó los
indios del Corregimiento de Parimacochas; fue ven-cido y ejecutado el 7 de
julio.
Matías de Gálvez es virrey de Nueva Es-paña en lugar de M. de Mayorga.
Llega a Sonora Fray Antonio de los Reyes, primer arzobispo de esa diócesis. Se
dictan Reales ordenanzas para la dirección, régimen y go-bierno del importante
cuerpo de minería de Nueva España. Es creada la Audiencia Pretorial del Cuzco.
Se establecen los lí-mites entre las colonias americanas de Es-paña y los
EE.UU. Cédula de población de la isla de Trinidad.
José Celestino Mutis organiza expedición, botánica en Nueva Granada.
Exploracio-nes científicas de Alexandre Rodríguez Ferreira por los ríos Negro,
Branco, Ma-deira y Guaporí.
España, Francia y los Estados Unidos fir-man la Paz de Versalles con
Inglaterra: España recupera la Florida y Menorca, y retira su demanda sobre
Gibraltar; Fran-cia recobra el Senegal y Tobago. La inde-pendencia de los
Estados Unidos es for-malmente reconocida por Inglaterra; el Tratado de París,
entre Inglaterra y los Es-tados Unidos, es firmado el 3 de septiem-bre.
Rusia se anexa la península de Crimea. En Inglaterra, destitución de Fox
y de North, inicio del gobierno Pitt. Rebelión campe-sina en Bohemia, Austria.
Los hermanos Montgolfier realizan la pri-mera ascensión en globo
aerostático. Lavoi-sier realiza el análisis químico del agua. In-vención del
pudelaje.
Beaumarchais: Las bodas de
Fígaro. Mas-
deu: Historia crítica de España. David:
Andrómaca. William Herschel: Moción del sistema solar en el espacio.
Johann Hein-rich Voss: Luisa (novela en verso). Gains-borough: La familia
Bailey. Lewitski: Re-trato de Catalina II. Nace Stendhal, muere D'Alembert.
1784
A. León y Gama: Instrucción sobre el re-medio de las lagartijas
nuevamente descu-bierto para la curación del cancro y otras enfermedades. Se
establece la Academia San Carlos de las Nobles Artes, en México. Nacen Simón
Bolívar, Vicente Rocafuerte y Anastasio María de Ochoa y Acuña. Muere Juan
Benito Díaz de Gamarra.
D. Juan José de Villalengua
y Marfil, Gobernador y Capitán general, es el vigé-simo sexto Presidente de
Quito. Fray Ma-nuel Mariano Echeverría: Descripción de Mainas.
AL: Francisco Antonio Crespo, corregidor de Ciudad de México presenta un
proyec-to para la organización del ejército en Nueva España. La Audiencia asume
el gobierno por muerte del virrey Matías de Gálvez. La corona española retira a
la Compañía Guipuzcoana la autorización para comerciar con Venezuela. Muere en
Río de Janeiro Mariano Túpac-Amaru (hi-jo de Túpac-Amaru II) cuando viajaba
exiliado a España. Se adopta parcialmente sistema de Intendencias en el
Virreinato del Perú. En la Audiencia de Quito sólo se llegó a establecerlo en
Cuenca. Es estable-cida la Real Audiencia Pretorial de Buenos Aires. Nicolás
del Campo es virrey del Río de la Plata y Teodoro de Croix del Perú. El
gobierno español ordena recoger los ejemplares del Elogio del virrey Jáuregui, de
José Baquíjano, en Perú.
Se crea el gabinete de estudios de ciencia natural en Río de Janeiro.
Juan Andrés: Origen, progreso y estado de toda la lite-ratura. F. J. de Sarria:
Ensayo sobre la me-talurgia. Manuel Antonio Valdés, editor, Gazeta de México,
compendio de noticias de Nueva España (1784-1810). Florece el poeta brasileño
Alvarenga Peixoto. Nace Benigno Bustamante y Septién.
En EE.UU. Connecticut y Rhode Island declaran la abolición de la
esclavitud. Pro-liferan en Francia las críticas antiguberna-mentales en los
clubes políticos organiza-dos a imitación de los ingleses; el Estado cede a
Suecia la isla de San Bartolomé de las Antillas. Inglaterra firma la paz con
Holanda y ratifica la misma con EE.UU. Se dictan las Leyes de Pitt: "Cast
India Bill'. Carlos III dispone que se sometan a él para revisión los procesos
de la Inquisi-ción contra Grandes de España, Ministros del Gabinete y otros
servidores reales. Es prohibida en España la lectura y difusión de la
Enciclopedia Francesa. Nace Fernan-do VII.
Crompton: Telar para hilar algodón. Watt inventa el paralelogramo
articulado adapta-do a las máquinas. Fundación del Banco de New York.
J. G. Herder: Ideas para una filosofía de la historia de la humanidad
(primera par-te). Hay: Estructura de los cristales. Juan Andrés: Origen,
progreso y estado de toda la literatura. Se develan los frescos de Goya en la
Iglesia de San Fernando el Grande, de Madrid. Muere Diderot.
1785 En 1785, el Cabildo
de Quito encargó a Espejo la redacción de un
método preventivo de la
viruela. El resultado fue su obra Reflexio-
nes sobre la utilidad,
importancia, y conveniencia que propone
don
Francisco Gil, Cirujano del
Real Monasterio de San Lorenzo y su
sitio, e individuo de la Real Academia Médica de Madrid, en
su
Disertación físico-médica,
acerca de un método seguro para preser-
var a los pueblos de las
viruelas, aportación valiosísima en el campo
de la literatura científica
sobre las condiciones higiénicas y sanitarias
en la América colonial.
En ella se destaca la
crítica de los curanderos y del hospital anti-
cuado y mal administrado
bajo la dirección de los sacerdotes bele-
nitas, considerado por la
gente como trampa de la muerte.
Quejas amargas por parte de
los médicos y de los belenitas obliga-
ron al Ayuntamiento de Quito
a mandar suprimir o corregir varias
secciones de la obra. Sólo
cabe especular cuáles fueron éstas.
Reflexiones fue enviada a
Madrid donde la añadieron como apén-
dice a la segunda
edición del tratado médico
Disertación médica
(1786) de Francisco Gil,
"Cirujano del Real Monasterio de San
Lorenzo... e Individuo de la Real Academia Médica de Madrid."
1786 Denunciado por sus
enemigos al presidente Juan José de Villalengua
y Marfil, y dándose cuenta
de que estaba sometido a vigilancia, Es-
pejo se dirigió a Riobamba
donde permaneció cierto tiempo.
Encontrándose en Riobamba,
los sacerdotes de la región le solicita-
ron una respuesta al
Informe, de Ignacio Barreto, a la sazón
alcalde
ordinario y colector
principal de impuestos reales. El
Informe acu-
saba a los sacerdotes de
Riobamba de varios abusos para sonsacar el
dinero a los indios. La
Representación de los curas del distrito de
Riobamba hecha a la Real
Audiencia de Quito, para impedir la fe
que se había dado a un
Informe que contra ellos produjo don
Igna-
cio Barreto, escrita en 1786
y presentada a la Audiencia de Quito
al año siguiente, era un
estudio detallado de las costumbres de los
indios de Riobamba, así como
un ataque venenoso al Informe de
Barreto.
Fundación del Lazareto y del
Hospicio de Caridad. La Audiencia experimenta una de las peores epidemias de
sarampión. Muere el naturalista Pedro Franco Dávila.
AL: La Contaduría General de las Indias (España) se esfuerza por
introducir, sin mayor éxito, la contabilidad por partida doble. En Venezuela y
por obra de Fran-cisco de Saavedra es creado el Real Consu-lado de Caracas,
según orden de Real Cé-dula; será erigido en 1793. Se crea la Com-pañía de las
Islas Filipinas. Bernardo de Gálvez es virrey de Nueva España. Se esta-blecen
disposiciones limitativas de la coro-na portuguesa acerca de la producción
in-dustrial en el Brasil. Con el patrocinio de la corona española, se
establecieron socie-dades, llamadas Amigos del País, a partir de 1785,
siguiendo el modelo de la primera formada en Azcoitia en 1746. Todas se
consagraban filantrópicamente al progreso de la agricultura y a la solución de
los problemas económicos en sus respectivos distritos.
Se publican los Estatutos de la Real Aca-demia de San Carlos, en Ciudad
de Méxi-co. Muere el escultor José Antonio Villegas de Cora. Nacen José Miguel
Carrera (Chi-le) y Bernardo de Monteagudo (Argen-tina).
Orden Real para que se
establezca en Quito la Universidad de Santo Tomás, constituida dos años
después. Terremoto en Riobamba. Fúndase el primer leproco-mio, Hospital de San
Lázaro, anexo al Hospicio de Quito.
Antonio de Alcedo, nacido en Quito, em-pieza a publicar en Madrid el
Diccionario geográfico-histórico de las Indias Occiden-tales, tomo I
(terminaría la publicación en 1789). Muerte del poeta Padre Juan Bau-tista de
Aguirre S. I., en Tivoli.
AL: En Nueva España se dicta la
Instruc-
Fondea en Argel la flota española. Carlos
fija los colores de la
bandera. Crisis económica en Francia: fracasa el emprés-tito Calonne, es
destituido el funcionario; le sucede Brienne, quien también fracasa. Suecia
entabla una guerra con Rusia; bata-lla naval de Hogland. Federico el Grande de
Prusia organiza la Liga de Príncipes Alemanes, para resistir a la expansión
aus-tríaca.
Exploraciones del Pacífico por Dixon, Portlock y La Perouse. Primera
hilandería a vapor en Papplewick. Berthollet: Cloro usado para blanquear.
Bramah: Hélice pa-ra barcos. E. Cartwright: Telar accionado por fuerza motriz;
lanzadera mecánica. Coulomb: Leyes de la electricidad y el magnetismo. Q. Evans
inventa el molino automático.
Lamarck: Diccionario de botánica. R.
Burns: Poemas. A. Moritz:
Antón Reiser
(4 vols. -1790). B. Masdeo S. I.: Historia Crítica de España y de la
Cultura Españo-la (20 vols. -1805). Herder: Ideas para una filosofía de la
Historia de la Humani-dad (segunda parte). F. de Goya: Retrato de Carlos III.
W. A. Mozart: Las bodas de Fígaro. Haydn: Oratorio. Empieza la construcción del
Museo del Prado, en Madrid.
Inquietud revolucionaria en la Universidad de Lovaina, Bélgica; Tratado
de comercio entre Inglaterra y Francia. Federico Gui-llermo II es emperador de
Prusia a la muerte de Federico II.
Parmentier introduce en Francia el cultivo de la patata.
Clarkson: Ensayos sobre la esclavitud y el comercio de la especie
humana. Karl Mo-ritz: Andreas Hartknopf. William Cowper: La Tarea. Gaspar
Melchor de Jovellanos: Informe sobre un proyecto de ley agraria.
En marzo de 1787 prosiguió el ataque contra los varios individuos
encausados (Ignacio Barreto, José Miguel Vallejo, Darquea, María Chiriboga y
otros), en la Representación de los curas, escribiendo una serie de ocho cartas
satíricas que llamó Cartas riobambenses. Estas cuentan entre las más mordaces y
sarcásticas de Espejo sobre todo cuando hace justificar a María Chiriboga sus
infidelidades ma-trimoniales. Las distintas personalidades ridiculizadas en la
Repre-sentación fueron también más adelante objeto de sus pullas.
Su primer encuentro con la ley ocurrió en 1787, bajo la administra-ción
del presidente Villalengua, al ser acusado de permitir la circu-lación de un
ejemplar manuscrito de El Retrato de Golilla, "san-grienta y sediciosa
sátira" que criticaba y ridiculizaba al rey Carlos III como "rey de
barajas" y a José de Gálvez, marqués de la Sonora, ministro colonial de
las Indias. Al no encontrarse Espejo en Quito, el presidente lo mandó detener
en Riobamba por el fa-moso corregidor Mazorra de Latacunga, en septiembre de
1787.
Entre sus pertenencias se encontró un ejemplar de El Retrato de Golilla.
El mismo Espejo relató su turbación ante la manera infa-me de ser detenido, las
precauciones tomadas por los agentes y el trato riguroso en la cárcel.
Fue llevado a Quito para responder de los cargos. Estando en la cárcel
dirigió una serie de tres informaciones a la corte de Madrid la que decretó, a
nombre de Carlos III, que se llevara el caso a la atención del virrey de
Bogotá. Por lo tanto, el presidente se desen-tendió de todo el asunto y envió
al interesado a la ciudad virreinal para defender allí su propia causa. Trataba
así de aplacar a los ene-migos. En una carta de noviembre de 1787 dirigida al
virrey de Bogotá, el presidente Villalengua acusaba a Espejo y a otros
desta-cados quiteños de abrigar ideas liberales añadiendo "que al doctor
Espejo lo remitía a Bogotá sin formar causa alguna, pues temía que resultasen
complicados los sujetos más principales y distinguidos."
ción de Provincias Internas. Aparece la Ordenanza para el
establecimiento e ins-trucción de intendentes del ejército y pro-vincia en el
Reino de la Nueva España. La Audiencia asume el gobierno por muerte del virrey.
Se establece la Audiencia Pre-toriana de Caracas. Pedro Zisur viaja a Salinas.
Se establece el sistema de Inten-dencias en Chile.
Empieza la construcción del castillo de Chapultepec.
AL: A. Núñez de Aro e inmediatamente después, Manuel Antonio Flores,
ocupan el cargo de virrey de Nueva España; se crea, por Real Título, la
Intendencia de Sinaloa. Se crean los regimientos de Nueva España, México y
Sinaloa. Se divide la Comandan-cia de Provincias internas en dos: Orien-te y
Occidente. En Venezuela se instala la Real Audiencia de Caracas, creada el año
anterior. De acuerdo al estimado de Castro y Averroes, la población de la
pro-vincia de Venezuela asciende a la cifra de 333.110 habitantes. Se establece
la Audien-cia del Cuzco creada en 1783.
Martín de Sessé y Lancasta funda el Jardín Botánico y encabeza una
expedición botá-nica en la Nueva España, que se prolon-gará hasta 1803. José
Antonio Alzate fun-da la revista científica Observaciones sobre la Física,
Historia Natural y Artes Utiles. Nacen B. Hidalgo y Andrés Quintana Roo. Muere
J. Clavijero, S. J.
Se crea en España la Junta de Estado, precursora de la presidencia del
Consejo de Ministros; Aranda combate la política de Floridablanca. Los ingleses
se estable-cen en Botany Bay, Australia. Turquía de-clara la guerra a Rusia,
que es apoyada por Austria. Charles de Calonne, Controlador General de
Finanzas, propone, ante la Asamblea de Notables reunida en Versa-lles en
febrero, reformas audaces al régi-men económico, que terminasen con los abusos
de provincias y ciudadanos, manera de evitar, según él, el colapso financiero
de Francia. Calonne, derrotado en la Asam-blea, es despedido por el Rey en
abril. Asamblea de Notables en París, Lafayette miembro de ella; conflictos con
el minis-tro Brienne; solicitud a Luis XVI de la convocatoria de los Estados
Generales.
Fitch: Barcos de vapor con hélice. Le Blanc obtiene soda usando el
cloruro de sodio. Wilkinson: Barco de hierro. Funda-ción del Colegio de Cirugía
de San Carlos en Madrid.
J. Adams: Defensa de la constitución del gobierno de los Estados Unidos
de Améri-ca. B. de Saint-Pierre: Pablo y Virginia. V. Alfiere: Tragedias
(1787-89). Herder: Ideas para una filosofía de la historia de la humanidad
(tercera parte). Floridablanca: Memorial a Carlos III. El padre Isla tra-
1788 El viaje de Espejo a
Bogotá en 1788 constituyó un hito decisivo en su vida y en la de su patria.
Irónicamente, este viaje impuesto para intimidarle no hizo más que perjudicar
los intereses de las autori-dades y de la causa del rey, porque las ideas liberales
de Espejo cris-talizaron y tuvo oportunidad de fundir sus planes con los de
otros santaferefios ilustrados e interesados en la independencia política de
América. Uno de esos contactos lo tuvo con jóvenes revoluciona-rios ilustrados,
Antonio Nariño y Francisco Antonio Zea. Aunque Espejo ya había escrito la mayor
parte de sus obras, trajo a esta entrevista su experiencia y una vida
consagrada a la lucha sin cuar-tel. Nariño no era conocido aún como escritor,
si bien su interés por la literatura le había llevado a formar un club
literario, frecuen-tado por muchos santaferefios distinguidos, hasta el año
1794 cuan-do Nariño fue detenido por traducir y publicar La declaración de los
derechos del hombre. Espejo sería un ejemplo y un estímulo para Nariño, Zea y
otros santaferefios en esta lucha a vida o a muerte.
1789 El 18 de marzo de
1789, el virrey José de Ezpeleta recibió el su-
mario oficial que denunciaba
rotundamente El Nuevo Luciano,
El
Retrato de Golilla y a Espejo, su autor, como perjuicio y amenaza
a la paz y tranquilidad de la Presidencia de Quito.
Se inaugura en Quito la
Universidad de Santo Tomás de Aquino.
AL: Fausto de Elhúyar fue nombrado di-rector general de Minas en Nueva
España por Gálvez en 1786, cargo del que tomó posesión dos años más tarde. El
nuevo director general reunió en España a los mi-neralogistas y técnicos,
escogidos por él en varias partes de Europa para ayudar a levantar las
industrias mineras en las Amé-ricas. Un grupo compuesto por cuatro téc-nicos y
siete obreros especialistas de Ale-mania se trasladó con Fausto de Elhúyar a
Nueva España. Joaquín Cubells es nom-brado Intendente de Ejército y Real
Ha-cienda en Venezuela. Expedición de Este-ban José Martínez y Gabriel López de
Haro, llegan hasta Onalaska.
En Venezuela, el sacerdote Baltasar de los Reyes Marrero es expulsado de
su cá-tedra de Teología en la Universidad de Caracas por explicar materias
contrarias a la escolástica. Es fundado el Colegio de Abogados de Caracas. En
Nueva España se organiza una nueva expedición botánica al mando de V.
Cervantes. Carta regia sobre la esclavitud en Brasil; expedición de F. Elixa y
S. Fidalgo.
P. José Antonio Alzate y Ramírez: Gace-tas de Literatura de México
(1788-1795). Nacen: el historiador Lorenzo de Zavala y el poeta Bartolomé
Hidalgo. Muere Fran-cisco Javier Alegría, S. J.
P. Juan de Velasco: Historia
del reino de Quito.
AL: Es descubierta una conspiración de negros en Cariaco, destinada a
establecer
duce a Gii Blas de Santillana. Schiller: Don Carlos. W. A. Mozart: Don
Juan. Goya: La Marquesa de Pontejos.
Inglaterra establece alianzas defensivas con Holanda y Prusia. Crecen
los disturbios políticos en Bélgica. Muerte de Carlos III y acceso al trono de
España de Carlos IV. Guerra entre Austria y Turquía y entre Rusia y Suecia.
Jacques Necker vuelve al Ministerio de Finanzas de Francia. Por ha-ber emitido
una Declaración de Derechos desaprobando el absolutismo real, el Par-lamento
francés en París es suspendido por Luis XVI, pero los parlamentarios
provincianos se declararon contra la reso-lución del Rey, y éste se vio
obligado a convocar a los Estados Generales para el 1° de mayo de 1789. Segunda
y definitiva Constitución de los Estados Unidos de América; Franklin pide la
abolición de la esclavitud. Meares explora el Pacífico. Fundación de una
sociedad inglesa para la exploración de Africa.
Meikle: Máquina trilladora. Creación de la Societé des Amis des Noirs en
Francia.
Edward Gibbon: publícanse 4°, 5° y 6° vols. de La Decadencia y Caída del
Impe-rio"Romano.Rousseau: Confesiones (1781-1788) (publicación postuma).
J. L. La-grange: Mecánica Analítica. J. Bentham: Introducción a los principios
de la moral.
Kant: Crítica de la razón
práctica. Enri-que, Conde de Gregoire: Ensayo sobre la regeneración de los
judíos. Se funda The Times de Londres. Mueren Rousseau y Buffon.
Se realizan las primeras sesiones del Con-greso de los Estados Unidos de
Norteamé-rica; G. Washington es presidente. El as-trónomo Jean Sylvain Bailly
preside la
Espejo negó categóricamente haber escrito El Retrato de Golilla porque
un amigo suyo había resumido y separado el material se-dicioso. Autoridades
modernas, dignas de crédito, piensan de otro modo. Hasta la fecha, esa obra no
ha llegado al público, aunque el erudito ecuatoriano Alberto Muñoz Vernaza ha
dado a conocer su contenido en la ponencia "Obras de Espejo", en La
Unión Literaria, Cuenca (1913). No pudiendo describir quién era el autor, y no
contando con pruebas legales contra el acusado, el virrey se vio obligado a
exonerar a Espejo y permitirle volver libremente a Quito a últimos de 1789.
Pero el asunto no terminó ahí sino que dio más bien lugar ahora a una estrecha
vigilancia.
Estando en Bogotá, "este rebelde quiteño" se avistó con Juan
Pío Montúfar, marqués de Selva-Alegre, coterráneo suyo, de paso en la capital
virreinal por asuntos personales. Fue entonces cuando el marqués se interesó en
los planes de Espejo, y decidió ayudarle cuanto pudiera. El mismo Espejo dijo
que, ante la insistencia de este caballero, escribió y publicó en Bogotá, en
1789, su ahora fa-moso Discurso (título completo: Discurso dirigido a la muy
ilustre y muy leal ciudad de Quito, representada por su Ilustrísimo Cabil-do,
Justicia y Regimiento, y a todos los señores socios provistos a la erección de
una Sociedad Patriótica, sobre la necesidad de esta-blecerla luego con el
título de "Escuela de la Concordia".) sobre el establecimiento en
Quito de una sociedad patriótica.
gobierno propio después de asesinar a los blancos.
En Venezuela, por Real Cédula, es promul-gado el llamado Código Negro,
para regu-lar el trabajo de los esclavos en todo el te-rritorio venezolano. Se
concede la libertad comercial a Venezuela, son abolidos paten-tes y gravámenes.
Apertura de Nueva Es-paña al comercio libre; Juan Vicente Gó-mez Pacheco de
Padilla es designado virrey de Nueva España. En el Brasil: "Inconfi-dencia
Mineira", conspiración de Tiraden-tes a favor de la independencia.
Francisco Gil y Lemus es virrey de Nueva Granada y Nicolás de Arredondo del Río
de la Plata. Es sofocada la sublevación brasilera por la independencia.
Expedición dirigida por Alejandro Malaspina explora las costas de Uruguay y
Patagonia, las Malvinas, Chile, Perú y Nueva España. El gobierno español envió
una expedición político-científica a las Américas y al Pacífico (1789-1795),
bajo el mando del italiano Alessandro Ma-laspina, para reunir datos que
ayudasen el régimen en América.
A pedido del virrey Antonio Caballero y Góngora, Gálvez envió al célebre
minera-logista Juan José de Elhúyar para fomen-tar estos estudios y para
introducir una técnica nueva de extracción de plata.
Joaquín de Ezpeleta es nombrado Virrey de Nueva Granada (1789-1797).
Fundó numerosas escuelas de primera enseñanza y propuso, como Caballero y
Góngora, el establecimiento de una Universidad.
Se funda la Sociedad de Amantes del País, en Lima. Expedición de la
"Descubierta" y la "Atrevida" (-94).
F. J. Clavijero: Historia de la Antigua y
Baja California. F. X. Alegre: Institutio-mum Theologicarum, libri
XVIII. Nacen M. E. Gorostiza, F. X. Mina y J. M. Tor-nel y Mendivil.
Asamblea Constituyente Francesa, y dirige la reunión para el juramento
en la "Salle du Jeu de Paume", el 20 de junio. El 11 de julio, el
Ministro de Finanzas Necker es despedido por Luis XVI; su caída crea es-tímulos
para los disturbios en París, pues aparecía como partidario de una monar-quía
constitucional al estilo inglés. El 14 de julio, una multitud de 8 mil hombres
en París invade el Hotel de los Inválidos, se apoderan de tres mil mosquetes,
pólvo-ra y 12 piezas de artillería, y se dirigen a tomar La Bastilla. El 20 de
julio es vuelto a llamar Necker al ministerio, con ánimo de calmar la furia de
la multitud. El 4 de agosto son abolidos por la Asamblea los privilegios de los
nobles y del clero fran-cés. El 27 del mismo mes, la Asamblea Constituyente expide
la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Debates sobre la
regencia en Inglaterra; motín de la "Bounty" en la marina real.
Insurrección de los Países Bajos contra los austríacos y proclamación de
Bélgica como república. Exploración del norte de Canadá por Mackenzie, llega
hasta el mar Artico. Lavoisier anuncia la "ley de los pesos" o
principio de la conservación de la masa; publica: Tratado elemental de química.
Le Blanc: Método para obtener carbonato de sodio. Klaproth describe el teluro y
el uranio.
François Boissel: El Catecismo del género humano. Bajo la influencia de
El Delito y la Pena, de Beccaria, publicado en 1764, en casi toda Europa se
proscribe la tortura. Leandro Fernández de Moratín: La Derro-ta de los
Pedantes. Cadalso: Noches lúgu-bres. Goya es nombrado Pintor de Cámara del Rey.
Muere Holbach.
1790 Salió de Quito como
panfletista y volvió en 1790 trocado en revolu-cionario. Antes de salir para
Bogotá, había tratado infructuosamente con El Nuevo Luciano y las Reflexiones,
de ayudar a la educación y a la medicina. A su regreso, consagró por entero su
tiempo y sus energías a la causa de la libertad.
1791 La fundación de una
sociedad patriótica en Quito, en 1791, se debió
en gran parte a Eugenio
Espejo. Ya a principios de 1786 en Repre-
sentación de los curas, había sugerido establecer dichas sociedades, de
tan reconocido éxito en España. En 1789, en un inspiradísimo Discurso desde
Bogotá, dirigiéndose personalmente a la ciudad de Quito, urgía la organización
de una sociedad patriótica con el nom-
D. Antonio Mon y Velarde,
vigésimo séptimo Presidente de Quito.
Dr. D. José Pérez Calama, vigésimo Obis-po de Quito, sucesor del limo.
Sr. Dr. D. Blas Sobrino y Minayo.
Contra el cobro del diezmo se sublevan los indios en Guamote.
Llega a Quito la expedición de Alejandro Malaspina.
AL: Queda abolida la Casa de Contrata-ción de Cádiz.
Miranda entrega un plan para la indepen-dencia de América al ministro
inglés Pitt, quien no lo apoya. En Nueva España, el cura Hidalgo es nombrado
rector del co-legio de San Nicolás. Se funda el Gabinete de Historia Natural.
Es encontrada la pie-dra del calendario azteca al nivelar la Plaza Mayor de
México. En Santo Domingo se produce una insurrección de los esclavos. Francisco
Gil de Taboada y Lemus es vi-rrey del Perú en sustitución de Teodoro de Croix.
La Biblioteca Nacional de Bogo-tá fue encomendada a la sabia dirección de don
Manuel del Socorro Rodríguez. Nace José Antonio Páez.
A. de León y Gama: Disertación sobre la materia y formación de las
auroras borea-les. J. Basualte funda y dirige el primer pe-riódico cotidiano de
la América Española: Diario erudito y comercial de Lima (-1793). Fundación en
La Habana de Pa-pel periódico, vocero de la sociedad eco-nómica. Nace M.
Bustamante.
D. Luis Antonio Muñoz de
Guzmán, vigésimo octavo Presidente de Quito. El obispo José Pérez Calama
redactó un plan de estudios para una nueva universidad que iba a establecerse
en Quito. Abogaba el plan por la introducción de ciencias ex-
Aparecen los clubes revolucionarios en Francia: Jacobinos, Cordeliers y
Feuillants. Leopoldo accede al trono imperial austría-co a la muerte de José
II. Se firma la paz de Werela entre Rusia y Suecia. Se supri-men en España
portafolios de Marina e Indias, el de Indias, Justicia y Patronato, y la Casa
de Contratación de Sevilla. Sus funciones son integradas entre los cinco
departamentos del gabinete ministerial. Alianza de Prusia y Turquía contra
Aus-tria. Es proclamada la independencia de los Estados Unidos de Bélgica.
T. Saint patenta la máquina de coser en Inglaterra. Muere Adam Smith.
Nicolás Leblanc: Manufactura de carbona-to de sodio de la sal (comienzo
de la in-dustria moderna). Novikof: Viaje de San Petersburgo a Moscú. Carl
Michael Bell-man: Epístolas de Friedman. Burk: Re-flexiones sobre la revolución
francesa. Goethe: Torcuato Tasso. E. Kant: Crítica del juicio. Jovellanos:
Memorias sobre los espectáculos y diversiones públicas en Es-paña.
Se inicia la privanza de Godoy en España. Se produce una enmienda
constitucional en EE.UU. En Francia: intento de fuga de los reyes, detenidos en
Varennes (21-VI); matanza de Campo de Marte (17-VII); apertura de la Asamblea
Legislativa
bre de Escuela de la Concordia. El plan, concebido en Bogotá, tomó
cuerpo en Quito cuando la Sociedad Patriótica de Amigos del País de Quito se
estableció oficialmente con todo rumbo el 30 de no-viembre de 1791 en el
antiguo colegio de los jesuítas. Sus miem-bros fueron hombres distinguidos de
la ciudad. El presidente era Luis Muñoz de Guzmán, presidente de la Audiencia.
Espejo, "el criollo más ilustrado que... había entonces en la
colonia", fue nom-brado secretario; el obispo José Pérez Calama fue
elegido director; y Ramón Yépez, "otro criollo... ilustrado y amigo del
saber", tuvo el cargo de censor. Espejo, Ramón Yépez y Andrés Salvador
formu-laron las reglas de la sociedad; el 24 de febrero de 1792 los estatutos
fueron aprobados por el presidente.
La tarea principal de la sociedad consistía en ayudar con todos los
medios a su alcance a que Quito mejorase. Los miembros se reunían semanalmente
para discutir los problemas agrícolas, educativos, po-líticos y sociales, y el
desarrollo de las ciencias físicas y naturales. Con el creciente interés por la
investigación experimental, la ciencia, emancipada de la teología, empezó a
cultivarse de manera inde-pendiente.
En noviembre, solicitó y obtuvo la dirección de la primera biblioteca
pública de la ciudad.
Por desgracia, llegó el momento en que la inconstancia y la indeci-sión
acabaron con la sociedad. Sin embargo, ésta dejó algo digno de mención: Las
Primicias de la Cultura de Quito, primer periódico publicado en Quito, editado
por Eugenio Espejo. Por su medio difundió entre los quiteños las ideas
liberales, más o menos cono-cidas ya en otras partes de Hispanoamérica. Con el
sentido de auto-crítica y evaluación tan característico del siglo XVIII, Espejo
pre-sentó un cuadro real de los problemas y del atraso de Quito. Pen-saba que
una solución a la ignorancia tan manifiesta era construir escuelas y educar a
la juventud sin excluir a las mujeres. Reimpri-mió en Las Primicias su Discurso
escrito en Santa Fe de Bogotá en noviembre de 1789. Pero las ideas de Espejo
eran demasiado "re-volucionarias" para las autoridades, porque el 29
de marzo de 1792 el primer periodista de Quito publicó el séptimo y último
número de Las Primicias de la Cultura de Quito.
Aparecieron dos obras más bien técnicas, Memoria sobre el corte de
quinas, que trataba del problema de la conservación del árbol cin-chona, y Voto
de un ministro togado de la Audiencia de Quito, que analizaba certeramente el
estado económico del país a fines del siglo XVIII.
perimentales y por un plan de dos años para estudiar medicina. Se
establece el pri-mer hospital de Riobamba.
AL: Martín Sessé, en compañía de su dis-cípulo José Mariano Mociño,
exploró par-tes de California, México y Guatemala (1791-1795). Por muerte del
intendente Cubells es designado como sucesor interino don Esteban Fernández de
León. Autorí-zase la introducción de negros en Buenos Aires y Montevideo.
M. Tolsá es director de la Academia de San Carlos, Nueva España.
Maneiro: Vida de varones ilustres mexica-nos. Manuel del Socorro
Rodríguez, litera-to cubano, funda el Papel Periódico de la ciudad de Santa Fe
de Bogotá, publicado semanalmente hasta el N9 270. Aparece en Lima, El Mercurio
Peruano, cuyo redactor principal fue H. Unanue.
(1-X); Lafayette renuncia al mando de la Guardia Nacional (8-X); decreto
contra los emigrados. Tratado de alianza entre Prusia y Austria y entre Turquía
y Austria. El 27 de agosto, Leopoldo II de Austria y Federico Guillermo de
Prusia amenazan intervenir en Francia, e invitan a monarcas europeos a
coaligarse en favor de Luis XVI, quien jura la Constitución que la Asamblea
Nacional Constituyente ha expe-dido.
Barquer: Máquina de Gas. Muere Mira-beau.
Herder: Ideas para una filosofía de la his-toria de la humanidad (4-
parte). Bellman: Canciones de Friedman. T. Payne: Los de-rechos del hombre
(Parte L). Constantin Volney: Las Ruinas, o meditaciones sobre las revoluciones
en los imperios. Phillippe Pinel: Tratado médico-filosófico sobre la
enajenación mental. W. A. Mozart: La Flauta Mágica; Requiem. Muere W. A.
Mozart. Haydn: Sinfonía Oxford.
La Corona española autoriza
al puerto de Guayaquil a comerciar (exportar cacao, principalmente) con los
puertos mexicanos del Pacífico. Se funda en Quito el primer periódico
ecuatoriano: Las Primicias de la Cultura de Quito (1792), dirigido por Espejo,
órgano de la Escuela de la Concor-dia, Sociedad Patriótica de Amigos del País.
Nace en Guayaquil don Vicente Ra-món Roca.
AL: Tiradentes, precursor de la indepen-dencia del Brasil, es ejecutado.
Pedro Car-bonell es nombrado capitán general, gober-nador y presidente de la
Real Audiencia de Caracas (-1799), Venezuela. Hidalgo es removido del cargo de
rector del Colegio de San Nicolás. J. M. Morelos ingresa co-mo estudiante
capense. Silvestre Díaz de la Vega descubre la forma de hacer tela ahula-
El pueblo francés invade las Tullerías, ma-tanza de los suizos y prisión
de Luis XVI; es disuelta la Asamblea Legislativa y se crea la Convención
Nacional; proclamación de la República (22-IX); se abre el pro-ceso a Luis XVI,
quien es condenado a muerte por mayoría; Napoleón es capitán de guarnición en
Niza; guerra contra Aus-tria, Prusia y Piamonte. Muere Leopol-do II de Austria
y asciende al trono aus-tríaco Francisco II. Las fuerzas revolucio-narias
francesas ganan la batalla de Valmy. Paz de Jassy (Rumania): Turquía confir-ma
el control de Rusia en Crimea y en las hoyas del Dniester y el Bug. Gustavo III
de Suecia es asesinado. Rusia invade Polo-nia. Galvani estudia la energía
eléctrica. W. Murdock: Gas para la iluminación do-méstica.
Escribió una obra estrictamente religiosa: Segunda carta teológica sobre
la Inmaculada Concepción de María. Esta carta que trataba del tema de su
título, ponía de manifiesto la comprensión del autor de los aspectos complejos
y sutiles de la religión católica.
Se han atribuido otras obras a Espejo. González Suárez ha insinua-do que
era también autor de Las décimas contra el marqués de la Sonora y del Informe
sobre la conveniencia de que los cadáveres no sean sepultados dentro de las
iglesias, este último escrito por orden del presidente José García de León y
Pizarro. Pablo Herrera, investigador ecuatoriano del siglo XIX, pretendió que
Espejo escri-bió también El Anti-Luciano Vio y Carta del doctor Rebolledo al
autor del Anti-Luciano Vio, que Espejo nunca mencionó. De ser ciertas las
afirmaciones de Herrera, estas obras vendrían después de El Nuevo Luciano de
Quito (1779). Si existen todavía, ambas son manuscritas.
1793 Un año después de la
supresión de Las Vrimicias, la Sociedad Pa-
triótica de los Amigos del
País, de Quito, último vestigio legal de
autocrítica y
evaluación, sucumbió también.
Varios sucesos contri-
buyeron a ello: entre
otros, una oposición
violenta en 1792
del
clero contra el obispo José
Pérez Calama, uno de los socios más de-
cididos, que lo obligó a
renunciar a su cargo, y el arresto y falleci-
miento de Espejo en 1795, su miembro más activo. La Sociedad, tan llena
de esperanza para Quito, y su diario Las Vrimicias cayeron, pues, víctimas de
la ignorancia y de la actitud contradictoria de la Corona española en América.
Sermón religioso: Vrimer sermón panegírico de Santa Rosa de Lima,
predicado en la Catedral de Quito, por el licenciado don Juan Vablo Santa Cruz
Espejo, el día 30 de agosto de 1793.
da. Es abolida la esclavitud en Santo Do-mingo. El Real Cuerpo de
Minería estable-ció una Escuela de Minas en Nueva Espa-ña para proveer
enseñanza completa de la teoría y práctica de minería y metalurgia. Cualquier
éxito obtenido por el Cuerpo estuvo asociado a Fausto de Elhúyar, nom-brado
director general de Minas por Gál-vez en 1786. Nacen Francisco de Paula
Santander y Lucas Alamán.
Cervantes: Ensayos a la
materia médica vegetal de México (-1889) , A. León y Ga-ma: Descripción
histórica y cronológica de las dos piedras que con ocasión del nuevo empedrado
que se está formando en la Pla-za Principal, se hallaron en ella en el año de 1790.
A. Pineda: Observaciones sobre la hierba llamada del pallo. E. de Antuma-11o:
Pensamientos para la regeneración in-dustrial de México. Nace Esteban de
An-tuñano.
AL: En Venezuela, expedición de la Real Cédula de Gracias al Sacar,
ratificada el 10-11-1795, que permitía a los pardos ad-quirir, mediante el pago
de una cantidad de dinero, los derechos reservados hasta entonces a los blancos
notables.
En Nueva España es suspendida la In-tendencia de México por orden real;
el go-bierno de ese territorio queda en manos del virrey. En Tlaxcala se crea
un gobierno independiente de la intendencia de Puebla. Se realiza un censo que
da por resultado 4.483.569 habitantes. Establecimiento de la imprenta en
Veracruz, Nueva España, y en Santiago de Cuba. Una misión de trece expertos
alemanes, encabezada por Thad-deus von Nordenflicht, salió para el Perú, para
introducir el último tratamiento de extracción de la plata. Estos expertos
en-contraron constante resistencia por la igno-rancia de los operarios o por su
repugnan-cia a abandonar costumbres establecidas.
Brackenridge: La caballería moderna
(pri-
mera parte). Fichte: Ensayo de una crítica
a toda revelación. Schiller: Historia de la guerra de los Treinta Años.
Rouget de l'Is-le: La Marsellesa. Gonzaga: Marilia de Dirceo. L. F. de Moratín:
La Comedia Nueva o el Café. Th. Paine: Los Derechos del Hombre (parte II).
Aparece el Diario de Barcelona.
Coalición europea contra Francia: Inglate-rra, España, Holanda, Cerdeña,
Toscana, Nápoles, Prusia, Austria y Piamonte. Eje-cución de Luis XVI (21-1) y
María Anto-nieta (16-X); insurrección realista de La Vendée; establecimiento
del Comité de Sa-lud Pública comandado por Robespierre; época del terror,
asesinato de Marat; de-creto sobre leva en masa.
C. Chappe: Telégrafo de señales. Whitney inventa la "cotton
gin", máquina desmota-dora de algodón. Adopción del Sistema Métrico
Decimal en Francia. Pinel inicia la psiquiatría moderna con la liberación de
los dementes de Bicetre.
Herder: Cartas para el progreso del huma-
nismo. J. B. Muñoz: Historia
del Nuevo
Mundo. Fichte: Rectificaciones a los juicios
del público. Freneau: Odas probatorias por don Jonathan Pindar. F. de
Goya comienza su serie Los caprichos.
1794 Sermón religioso:
Segundo panegírico de Santa Rosa, predicado el
día 30 de agosto, en Id iglesia de los ex-jesuitas,
por el licenciado
don Juan Pablo Santa Cruz i Espejo, año de 1794.
Espejo fue acusado de ser autor de unas banderitas coloradas, que
aparecieron, en las cruces de piedra de la ciudad de Quito, con las siguientes
inscripciones"Liberi sto felicitatem et gloria consecuen-to. Salve
Cruce." El autor fue Mariano Villalobos, un vecino de Quito.
1795 El día de la
venganza contra Espejo llegó pronto. Su hermano Juan
Pablo cometió
la indiscreción de revelar a su amante,
Francisca
Navarrete, ciertos planes e
ideas políticas de Eugenio. Le habló de
la Revolución Francesa que
acabó con el rey, ya "que era conforme
a la ley de Dios y a la
razón natural"; de conseguir la
libertad de
Quito y de que "su
hermano don Eugenio tenía ya [listo] un
barrio
o cuartel"; de que
"habían consultado sobre la materia [de
conse-
guir la libertad] a Santa Fe, y que esperaban su
respuesta"; que
"conseguida la libertad echarían mano del caudal de las Religiosas
Casas para repararlos con los pobres, y que lo mismo harían con el caudal de
los ricos para conseguir que todos fuesen iguales." La da-misela lo confió
a fray Vicente, franciscano y hermano de Francisca, el cual informó a las
autoridades, "Y como [Juan Pablo] vivía con su hermano Dn. Eugenio, y se
suponía bajo su tutela, se procedió por el Gobierno contra éste [Juan Pablo],
por suponerle cómplice." Todo culminó en declarar culpable al acusado y
sentenciarle a dos años de reclusión en el monasterio franciscano de Popayán,
Nueva Granada.
D. Alcalá Galiano: Relación del viaje he-cho por las goletas
"Sutil" y "Mexicana", en 1792 para reconocer el estrecho
del Inca. Reaparición de la Gaceta de Lima (-1795)..
AL: Miguel de la Grúa Talamanca es vi-rrey de Nueva España en
sustitución del segundo conde de Revillagigedo; se abre el primer curso de
mineralogía a cargo de Manuel de los Ríos. En Santa Fe de Bogo-tá, Antonio
Nariño traduce e imprime la Declaración de los derechos del hombre y del
ciudadano de la Asamblea constituyente de Francia. Coutinho: Ensayo sobre el
co-mercio de Portugal y sus colonias. Ignacio Beteta, editor, Gaceta de
Guatemala (1794-1816). Nace J. M. Luis Mora. Muere F. Javier Gamboa.
Es ejecutado Dantón en Francia, muerte de Robespierre; se clausura el
Club de los Jacobinos; abolición de la esclavitud y del comercio de esclavos en
las colonias; inva-sión de los territorios españoles de Catalu-ña, Fuenterrabía
y San Sebastián. Tratado de Valenciennes entre Austria y Cerdeña. Suprime la
ley del "Habeas corpus" el go-bierno inglés; convenio de La Haya con
Prusia. Rebelión de Kosciusko en Polonia. Creación de la Escuela Politécnica,
la Es-cuela Normal Superior y el Conservatorio de Artes y Oficios en París; el
refugiado Duclot funda el Monitor de la Luisiana. Condorcet: Esbozo de un
cuadro histórico del progreso humano. Chénier: Yambos. Dupuis: Del origen de
todos los cultos. Fichte: Fundamentos de la teoría de las ciencias. Jones:
Código de Manú.
AL: En Nueva España es fundado el Con-sulado de Veracruz. Pedro Meló de
Portu-gal es virrey del Río de la Plata. La isla de Santo Domingo pasa
totalmente al do-minio de Francia. En Venezuela se suble-van los negros y
mestizos en Coro; nace Antonio José de Sucre. Se realiza la expe-dición de José
Fernando Quintana. Es inaugurado el Real Consulado de Agricul-tura, Industria y
Comercio de La Habana. Nariño es condenado a "extrañamiento perpetuo de
América, confiscación de to-dos sus bienes y diez años de presidio..." por
el virrey de Nueva Granada; logra esca-par al llegar a España. El Sermón
Gua-dalupano de Fray Servando Teresa de Mier provoca su encarcelamiento en
Ciudad de México.
Francia firma la paz con España y Prusia; se decreta la libertad de
cultos; se dicta una ley contra los sacerdotes. Terror blan-co; Napoleón se
distingue en la represión de los motines populares en París; es nom-brado un
comité constitucional; se produ-ce la disolución de la Convención y el
de-finitivo establecimiento del Directorio; Bélgica es incorporada a la
República. Tra-tado entre Austria, Rusia y Prusia para el reparto de Turquía,
Venecia, Baviera y Polonia. Los ingleses ocupan las colonias holandesas.
Hutton: Teoría de la Tierra. J. de Maistre: Consideraciones sobre la
Francia. Jovella-nos: Informe sobre la ley agraria. Wolf: Prolegómenos a
Homero. Nacen Carlyle y Thierry.
Eugenio Espejo fue menos afortunado. Durante algún tiempo las
autoridades habían sospechado de él como sedicioso o traidor, pero no habían
podido acusarlo de estos cargos hasta el proceso de su hermano, donde se halló
la evidencia positiva tan buscada. El 30 de enero de 1795, el presidente Muñoz
de Guzmán mandó detener a Eugenio Espejo.
El encarcelamiento era un golpe terrible para su temple, ya que la
prisión ahogaba su carácter irascible. Incomunicado, esposado, pri-vado de
libros o de recado de escribir, se le autorizó alguna que otra vez a salir para
atender a algún enfermo, siendo entonces acompañado por varios soldados. Las
largas dilaciones en llevar a juicio su caso prolongaron su reclusión y
eventualmente le hicieron contraer la disentería. Enterados de su enfermedad,
sus amigos ob-tuvieron su libertad el 27 de marzo de 1795 con el fin de
restable-cer su salud. Salida efímera, pues al día siguiente lo encarcelaron de
nuevo. El 4 de septiembre, Espejo escribió al virrey Ezpeleta que-jándose de su
arresto. El 20 de octubre, el virrey notificó al presi-dente Muñoz de Guzmán
que desechara el sumario y pusiera en libertad a Espejo si no había otros
cargos contra él. La orden no fue atendida sino en diciembre, unos días antes
del fallecimiento del detenido. Eugenio Espejo murió el 26 o 27 de diciembre de
1795.
Quito y América Latina
Andrés de Ríos: Elementos de Orictogno-sia o del conocimiento de los
fósiles.
Mundo exterior
BIBLIOGRAFIA
Manuscritos dé la obra de
Espejo
Cartas riobambenses. Archivo Nacional de Historia. Sección del Azuay.
Cuenca, Ecuador.
Cartas teológicas escritas por el Doctor Don Francisco Javier de Santa
Cruz y Espejo, natural de Quito. Biblioteca de Jacinto Jijón y Caamaño. Quito,
Ecuador.
Primera carta a D. Pascual Cárdenas, en respuesta a una consulta, que
éste hizo al Rmo. P. F. Francisco de La Grafía, sobre asunto de indulgencias.
(1780)
Segunda carta teológica sobre la Inmaculada Concepción de María. (1792)
Marco Porcio Catón o Memorias para la impugnación del Nuevo Luciano de
Qui-to. Escribiólas Moisés Blancardo, y las dedica al Ilustrísimo Señor Doctor
Don Blas Sobrino y Minayo, dignísimo obispo de Quito, del Consejo de S. M. etc.
En Lima, año de 1780. Biblioteca Nacional de Bogotá. Sección de Libros Raros y
Curiosos, Ms. 279.
Memorias sobre el corte de quinas. Biblioteca de Jacinto Jijón y
Caamaño. Quito, Ecuador.
El Nuevo Luciano de Quito o Despertador de los ingenios quiteños en
nueve con-versaciones eruditas para el estímulo de la literatura dedicado al
señor don José Diguja, ... Escrito por el Dr. don Javier de Cía, Apéstegui y
Perochena, procurador y abogado de causas desesperadas. Año de 1779, 23 de
junio. Biblioteca "Aurelio Espinosa Pólit." Cotocallao, Ecuador.
El Nuevo Luciano de Quito o Despertador de los ingenios quiteños en
nueve conversaciones eruditas para el estímulo de la literatura dedicado al
señor don José Diguja, ... Escrito por el Dr. don Javier de Cía, Apéstegui y
Pe-rochena, procurador y abogado de causas desesperadas. Año de 1779, 23 de
junio. Biblioteca de Juan Carlos Larrea. Quito, Ecuador.
El Nuevo Luciano de Quito o Despertador de los ingenios en siete
diálogos apo-logéticos de la oración fúnebre que dijo el Dr. Dn. Ramón de
Yépez, abo-gado de los Reales Consejos, cura y vicario de la doctrina de
Tumbaco, y de las nueve conversaciones que salieron por junio de 1779. Escrito
por el Dr. Dn. Javier de Cía Apéstegui y Perochena, procurador y abogado de
cau-sas desesperadas. Dedicado al venerable y muy ilustre clero de Quito. Año
de 1780. Biblioteca de Jacinto Jijón y Caamaño. Quito, Ecuador.
El Nuevo Luciano de Quito o Despertador de los ingenios en siete
diálogos apo-logéticos de la oración fúnebre que dijo el Dr. Dn. Ramón de
Yépez, aboga-do de los Reales Consejos, cura y vicario de la doctrina de
Tumbaco, y de las nueve conversaciones que salieron por junio de 1779. Escrito
por el Dr. Dn, Javier de Cía Apéstegui y Perochena, procurador y abogado de
causas
desesperadas. Dedicado al venerable y muy ilustre clero de Quito. Año de
1780. Biblioteca del Sr. Dr. Dn. Miguel Díaz Cueva. Cuenca, Ecuador.
Reflexiones sobre la utilidad, importancia, y conveniencia que propone
don Fran-cisco Gil, Cirujano del Real Monasterio de San Lorenzo y su sitio, e
indivi-duo de la Real Academia Médica de Madrid, en su Disertación
físico-médica, acerca de un método seguro para preservar a los pueblos de las
viruelas. Bi-blioteca de Jacinto Jijón y Caamafio. Quito, Ecuador.
Reflexiones sobre la utilidad, importancia, y conveniencia que propone
don Fran-cisco Gil, Cirujano del Real Monasterio de San Lorenzo y su sitio, e
individuo de la Real Academia Médica de Madrid, en su Disertación
fisíco-médica, acerca de un método seguro para preservar a los pueblos de las
viruelas. Archivo del Instituto Nacional Mejía. Quito, Ecuador.
Representación de los curas del distrito de Riobamba hecha a la Real
Audiencia de Quito, para impedir la fe que se había dado a un Informe que
contra ellos produjo don Ignacio Barreto. Biblioteca de Jacinto Jijón y
Caamaño. Quito, Ecuador.
Representación de los curas del distrito de Riobamba hecha a la Real
Audiencia de Quito, para impedir la fe que se había dado a un Informe que
contra ellos produjo don Ignacio Barreto. Archivo Nacional de Historia. Sección
del Azuay. Cuenca, Ecuador.
Sermones varios escritos por el Doctor Espejo. Biblioteca de Jacinto
jijón y Caamafio. Quito, Ecuador.
Sermón de Dolores, predicado por el Dr. Dn. Pedro Dávalos, cura de
San-tuario de Cicalpa, en la Villa de Riobamba, el día 26 del mes de marzo de
1779.
Sermón de San Pedro, predicado en la Villa de Riobamba, el día 30 de
junio del año 1780 por el licenciado don Juan Pablo Santa Cruz y Espejo. Sermón
moral, predicado por el Dr. Dn. Domingo Larrea, Cura de Cayambe, el año de
1780, en el Carmen de la nueva fundación de Quito, en la profe-sión religiosa
de dos carmelitas, primas de dicho cura.
Primer sermón panegírico de Santa Rosa de Lima, predicado en la catedral
de Quito, por el licenciado don Juan Pablo Santa Cruz Espejo, el día 30 de
agosto de 1793.
Segundo panegírico de Santa Rosa, predicado el día 30 de agosto, en la
igle-sia de los ex-jesuitas, por el licenciado don Juan Pablo Santa Cruz i
Espejo, año de 1794.
Testamento del doctor Eugenio de Santa Cruz y Espejo. Archivo Nacional
de Historia. Quito, Ecuador.
Voto de un ministro togado de la Audiencia de Quito. Biblioteca de
Jacinto Jijón y Caamaño. Quito, Ecuador.
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73, 182, 233. [Contiene: El Nuevo Luciano de Quito, Reflexiones ...
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. Obras escogidas. Guayaquil: n.
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[Contiene: Cartas riobambenses, Defensa de
los curas de Riobamba, Primi-
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de un ministro togado. ]
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las viruelas (extracto), Me-
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. Reflexiones ... acerca ... de
las viruelas. En Francisco Gil. Diserta-
ción físico-médica, en la
cual se prescribe un método
seguro de preservar a
los pueblos de viruelas hasta
lograr la completa extinción de ellas
en todo
el reyno. En la que como por apéndice se insertan las Reflexiones críticas
que hizo el doctor d. Francisco Xavier de Santa Cruz y Espejo. 2a. ed.
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Zaldumbide, Gonzalo. En torno a Espejo. Publicado privadamente por S.
José M.
Leoro. Quito, n. d.
INDICE
p r o l o g o , por Philip Astuto IX
Notas al Pròlogo XXV
CRITERIO DE ESTA EDICION
XXIX
ADVERTENCIA PARA EL USO DE ESTA EDICION CRITICA XXXV
AGRADECIMIENTOS XXXVII
EL NUEVO LUCIANO DE QUITO (1779)
1
Notas
•
169
MARCO PORCIO CATON (1780) 199
Notas
249
EL NUEVO LUCIANO DE QUITO o DESPERTADOR DE LOS
INGENIOS QUITEÑOS (Ciencia
Blancardina) (1780) 253
Notas
437
c r o n o l o g i a
4 5 3
b i b l i o g r a f i a 5
2 7


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