© Libro N° 8630. Los Sertones. Da Cunha, Euclides. Emancipación. Mayo 22 de 2021.
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Cunha
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SERTONES
Euclides Da Cunha
Los
Sertones
Euclides Da Cunha
PROLOGO
P i d o p e r m i s o al lector hispanoamericano
para presentar un libro con trovertido de un autor también controvertido.
Setenta y tantos años de reflexiones sobre ambos, efectuadas en nuestro país,
constituyen un acervo crítico considerable. Mas si, por un lado, las
reflexiones aportaron importantes contribuciones para su comprensión, por otro
lado suscitaron nuevos problemas. Tampoco se puede dejar de recordar que este
libro tiene el don de alinear opiniones radicales, no siempre sensatas, a favor
o en contra. A lo largo de estos decenios, casi siempre el comentarista ama o
detesta a este libro, apasionadamente.
Ese amor y ese odio pasan fácilmente del libro a su
autor. Su enigmática personalidad, su vida signada por tragedias increíbles,
pueden interpo nerse, inadvertidamente, entre el lector y la lectura. Por eso
se ha caído en otra tentación, la de tratar de ignorar al autor para obtener —
se pretende— una visión objetiva de la obra. Aquí el peligro estriba en que se
trate de conocer bien la obra, para caer después de las nubes, cuando se entran
a conocer los lances de la vida del autor. El lector puede, entonces,
considerarse engañado a propósito.
Por lo tanto, vamos a limpiar el área y a contar
todo. Pasado el susto, y ya más acostumbrados a los enredados episodios de la
vida, podremos detenernos en los comentarios a la obra.
No se trata de que lo que sucedió con Euclides da
Cunha haya sido tan extraordinario. En los cuadros habituales de la familia
patriarcal brasi leña, los hechos son perfectamente comprensibles y hasta
corrientes. Quizá se vuelvan chocantes al constatar cómo en un autor de postura
tan científica la vida haya sido inversamente tan poco científica, y que su
acción personal haya sido tan irracional. Si hubiese sido un ciudadano común,
habría actuado sin desacuerdo alguno, del modo convencional que considera la defensa
de la honra, de la familia y de la propiedad. Pero, siendo como era, un
ciudadano célebre, una persona pública, una
gloría nacional, la repercusión fue enorme. Por eso
mismo, y sin que ello significase trazar excepciones para las personas públicas
y los ciudadanos célebres, se intentó y se intenta, cubrir con un púdico velo
su vida priva da, aunque sus propios actos la hicieron pública.
Finalmente, no hay nada de extraordinario en tratar
de matar a una esposa adúltera y al rival. Las costumbres fuerzan al hombre
traicionado a hacerlo, para mantener su integridad y su respeto. Y podrá contar
con un jurado benevolente que lo absolverá, puesto que se rige por los mismos
valores consuetudinarios que él. Hasta hoy las cosas son así. Y Euclides,
excepcionalmente, se comportó de manera civilizada durante cierto tiem po,
pues aceptó un hijo de otro padre entre sus propios hijos.
El hecho es que había estado un año lejos de su
mujer, que vivía en Río de Janeiro mientras él dirigía la Comisión de
Reconocimiento del Alto Purus, en la Amazonia. Había viajado en diciembre de
1904, regre sando a Río en enero de 1906. De vuelta al hogar encontró a su
esposa grávida. Meses después nació un niño, de nombre Mauro, que vivió ape
nas siete días y fue reconocido legalmente por Euclides. A fines del año
siguiente nació otro hijo adulterino. Y, en paz o no, vivieron todos juntos,
inclusive los dos hijos mayores de la pareja, Solon y Euclides da Cunha (hijo),
durante un tiempo más. Consta que Euclides solía decir de la rubia criatura
ajena entre sus hijos morenos que era una espiga de maíz en medio del cafetal.
El desenlace sólo ocurrió cuando la esposa,
llevándose a los hijos, aban donó el hogar y fue a vivir a la casa de
Dilermando de Assis, el otro hombre de su vida. El 15 de agosto de 1909,
Euclides entra en esa casa, armado, y empieza a disparar. Dilermando y su
hermano Dinorah se adelantan para enfrentar a Euclides, mientras doña Saninha y
los niños se refugiaban en una habitación de los fondos. Los dos hermanos eran
militares, Dilermando cadete del Ejército y Dinorah aspirante de Marina.
Euclides baleó a Dinorah en la espina dorsal, a consecuencia de lo cual quedó
inválido, viendo su carrera interrumpida y suicidándose años des pués. Pero
Dilermando tiró certeramente, matando a Euclides. Más tarde, después de juzgado
y absuelto como autor de la muerte en legítima de fensa, Dilermando de Assis
se casó con doña Saninha y tuvieron otros hijos. Parece que su carrera se vio
dificultada, pues siempre se lo envió a destinos lejanos y fue postergado en
las promociones. Lo cierto es que en todo momento y durante su vida entera, se
vio obligado a defenderse públicamente de las calumnias que continuamente le
inferían, habiendo llegado, incluso, a escribir libros para justificarse.
Ahora bien, este fue todo un affaire entre
militares, ya que Euclides era teniente retirado del Ejército y su esposa era
hija de un general. Los poderes constituidos y la opinión pública deseaban con
tal ardor la sangre del homicida que la menor duda sobre su inocencia hubiera
afec tado el veredicto. Si en esas condiciones altamente desfavorables no fue
posible declarar a Dilermando culpable, es porque
realmente no se encon tró fundamentación legal.
Euclides fue velado en la Academia Brasileña de
Letras y enterrado con todas las honras públicas. La nación se puso luto.
Pocos años después volvería a producirse la misma
situación de enfren tamiento. El segundo hijo de Euclides, que tenía su mismo
nombre y también se encaminaba a la carrera de las armas, pues era aspirante de
Marina, probablemente había sido criado para convertirse en el vengador del
padre y de la honra, de la familia y de la propiedad. En 1916, dentro del Forum
de Río de Janeiro, agrede al mismo Dilermando de Assis. Este, que más tarde
sería campeón nacional de tiro al blanco, nuevamente es alcanzado por varios
disparos y con un tiro certero mata a Euclides da Cunha, hijo. Nuevo proceso y
nueva absolución por legítima defensa. Varias décadas después, Dilermando le
confiaba al escritor Francisco de Assis Barbosa que tenía en el cuerpo cuatro
balas que no se habían podido extraer, dos del padre y dos del hijo
Ese lado, digamos oscuro, de la vida de Euclides no
debe oscurecer su actividad personal de hombre público. Era hombre público
porque era periodista, era hombre público porque participó de la agitación que
preparaba la caída del Imperio, era hombre público porque era militar, era
hombre público porque era escritor, era hombre público porque era ingeniero.
Hay que pensar cómo era el Brasil en el último cuarto de siglo pasado, un país
colonial que empezaba a sentir el impacto de la Revolución Industrial. La máquina,
el ferrocarril, la carretera, el sanea miento, la navegación fluvial, el
proceso de industrialización en el campo y la ciudad, fueron temas a los que
Euclides dedicó su pluma y su acción personal como ingeniero. Y no sólo él,
hubo una generación o mejor dos, a las cuales la profesión de la ingeniería les
parecía una de las más importantes para quien deseaba ponerse al servicio de la
nación. El mismo Euclides fue profesionalmente ingeniero, el resto eran
actividades paralelas que le permitían equilibrar el presupuesto; e
ingeniero-funcio nario público, como es tradicional en un país donde la capa
letrada siem pre mamó y hasta hoy mama en las gordas tetas del Estado.
En este aspecto, habían empezado a surgir las
escuelas de ingeniería que eran (al revés de lo que pasa ahora), focos de
modernidad. Las viejas Facultades de Derecho y de Medicina, donde los hijos de
la clase dominante se convertían en abogados y médicos, trampolín para la
carrera política, eran sucedidas por las escuelas técnicas. En la capital del
país, Río de Janeiro, había dos, la Politécnica o Escuela Central, y la Escuela
Militar. Aunque había ingresado a la primera, Euclides hizo su curso en la segunda,
que es gratuita e integra la carrera militar, por lo que era frecuentada por
los miembros sin fortuna de esa misma clase dominante.
1 Autores varios, Reportagens que Abalaram o
Brasil, 1973, Río, Ediciones Bloch,
p. 40.
Allí ocurre el incidente con el cual, por primera
vez, Euclides llama la atención pública, cuando, en señal de protesta contra la
monarquía, arroja al suelo su sable en el momento en que el Ministro de Guerra
visitaba la Escuela Militar. Abandona los estudios y sólo los retoma después de
la proclamación de la República, y acaba por egresar como
oficial-ingeniero-militar de la Escuela Superior de Guerra.
En tal calidad presta algunos servicios, para su
formación, en el Ferro carril Central del Brasil, en las fortificaciones de
los Muelles Nacionales en Río y en la Dirección de Obras Militares del Estado
de Minas Gerais. Desde su graduación en 1891 hasta 1896 en que se retira como
Te niente Primero, pasa cinco años de ingeniería militar. En adelante será
ingeniero civil, pero continuará como funcionario público. En esta fun ción
que ejercerá en varios lugares, la obra que quedó para la posteridad es el puente
sobre el río Pardo, en Sao José do Rio Pardo, en el estado de Sao Paulo. Ya
famoso, después de la publicación de Os Sertóes, y miembro de la Academia
Brasileña de Letras, poco antes de morir, se presenta al concurso por la
cátedra de Lógica del Colegio Pedro II, en Río. Situado en un segundo lugar,
después de algunos vaivenes, es nom brado para el cargo, aunque el primer
lugar lo había obtenido Farias Brito, quizá el filósofo brasileño más
importante.
En su formación académica habían predominado las
tendencias que marcan a la Escuela Militar en esa época y que, aunque en ella
se centralizan, se muestran también en otros sectores de la vida letrada
brasileña. Las dos grandes causas de la época son la abolición de la escla
vitud y la implantación de la República. La ciencia, las matemáticas, el
positivismo, el determinismo, el evolucionismo son privilegiados; Comte, Darwin
y Spencer son los nombres clave. Nunca sobra recordar que el lema de la bandera
brasileña en la República pacíficamente procla mada por los militares en 1889
(un año después de la abolición de la esclavitud), es Orden y Progreso,
directamente copiada de las lecciones de Augusto Comte.
En este sentido, la formación de Euclides no
difiere de la formación de sus contemporáneos. O, para mayor precisión, no
difiere de la forma ción del pequeño sector ilustrado que era parte de la
clase dominante y por así decir, su vanguardia intelectual.
Las dos grandes causas de la época, el
abolicionismo y el republicanis mo, muestran al Brasil un poco descolocado en
el contexto de naciones latinoamericanas. Cuando la mayoría de las colonias
"al sur del río Grande” adquiere su independencia de las naciones europeas
en los ini cios del siglo xix, el movimiento general hace que se transformen
simul táneamente en repúblicas de hombres libres. En el Brasil, la indepen
dencia que se consigue en 1822, es sólo un trasplante de la metrópoli a la colonia.
Cuidadosamente preparado desde que Don Joáo VI, el rey por tugués, había
venido al Brasil en 1808, huyendo de las tropas de Napo
león, ese trasplante, en verdad, fue una elección
que hizo la corona por tuguesa: entre una metrópoli pobre y una colonia rica,
prefirió a esta última 1. Así, es el hijo heredero del rey portugués quien
proclama la independencia, y la colonia pasa a ser una nación independiente,
conti nuando esclavócrata y monárquica, teniendo como rey un portugués, igual
mente heredero del trono de Portugal. Sólo mucho después serían libe rados los
esclavos, en 1888, y un año más tarde, en 1889, se adoptaría la forma republicana
de gobierno. En ese mismo descompás con relación al contexto latinoamericano
deben buscarse las razones por las cuales el Brasil siguió siendo un país de
inmenso territorio y no se dividió en varias naciones menores.
Con un solo rey a su frente, y un rey que recibía a
la colonia intacta y la conservaba intacta independiente, la centralización
estaba garanti zada; aún más, esta centralización se había hecho a sangre y
fuego en la época colonial y después tuvo que ser, como ocurrió en varias oca
siones, preservada también a sangre y fuego. Antes de la independencia de 1882,
varios movimientos habían aspirado a liberarse del dominio portugués. Y, como
regla, eran republicanos y localistas. Si independen cia al mismo tiempo
significaba república, por otro lado no significaba gran nación. Eran siempre
pedazos del país que estaban en el horizonte de esos movimientos para ser
sustraídos a la condición colonial. Ni es preciso decir que todos fueron
duramente reprimidos.
Los ideales de la Revolución Francesa y de la
guerra de independencia norteamericana habían alimentado los anhelos de
liberación en toda Amé rica Latina. Las palabras de orden provenían del léxico
de esos dos eventos. Por eso, no debe admirar, aunque no tenga ningún
fundamento histórico, y se encuentra notablemente desfasado en cuanto a los
avances socioeconómicos y políticos, que Euclides da Cunha (y no sólo él en el
Brasil) trate de asimilar la proclamación de la República a la Revolu ción
Francesa. En sus poemas juveniles figuran cuatro sonetos dedicados a los
líderes de la Revolución Francesa, titulados Dantón, Marat, Robes-pierre y
Saint-Just. De tal manera, cualquier cosa que pareciese amena zar remotamente
la consolidación del nuevo régimen republicano era tildada en seguida de
reaccionaria y restauradora. Así les parecía a los contemporáneos cualquier
perturbación del orden. Fue necesario que pasasen varias décadas antes de que
se dejase de aplicar el mote de mo nárquico al mínimo signo de descontento.
Toda la obra de Euclides da Cunha está
profundamente comprome tida con ese encuadre de ideales. Además de Os Sertóes,
donde analizó una rebelión rural, trató temas variados de política nacional e
internacio nal, cuestiones sociales, literatura, geografía y geopolítica,
proyectos eco nómicos. Esos temas fueron objeto de artículos y después se
reunieron
1 María Odila Silva Dias, “A internalizado da
metrópole”, en 1822 - Dimensóes, org. por Carlos Guilherme Mota, 1972, Sao
Paulo, Ed. Perspectiva.
en libros. Dos de esas colecciones fueron
publicadas aún en vida del autor, en 1907, con los títulos de Contrastes e
Confrontos y Perú versus Bolivia. Pero escribió muchos otros, sea de periodismo
militante, sea informes oficiales, discursos públicos y conferencias, que
fueron reco gidos en la edición de la Obra Completa que la compañía José
Aguilar Editora publicó en Río, en 1966.
Aunque no era Euclides un debutante en el
periodismo, pues antes había escrito no sólo en periódicos escolares sino
también en los diarios más renombrados de Río y de Sao Paulo1, fue en 1897 que
publicó dos artículos que se vinculan con el libro que lo haría célebre. Con el
título de "A nossa Vendéia”, ambos aparecieron con el intervalo de algunos
meses, en el diario O Estado de Sao Paulo. En esos artículos, por primera vez,
Euclides examina los sucesos que se están produciendo desde hace algún tiempo
allá lejos, en el sertón de Bahía. El primer artículo, evidentemente, fue
provocado por la flagrante derrota de la tercera expedición militar enviada
contra la aldea de Canudos. El 3 de marzo de 1897, el comandante de la
expedición, coronel Moreira César, es herido en combate, muere, y las tropas se
baten en retirada. El artículo, publicado diez días después, sorprendentemente,
casi no se refiere al aspecto guerrero del episodio, haciendo más bien un
análisis del medio geográfico. Se detiene en las características del suelo, en
el sistema de vientos, en el clima, en la vegetación, construye una teoría
sobre la sequía endémica de esa región, examina la hidrografía, destaca el
relie ve y la topografía. Parece que estos factores habían sido muy
importantes en las tomas de decisión en la guerra y en las dificultades que las
fuerzas armadas oficiales encontraron. Sólo al final alude a los hombres que
viven en ese medio, para considerarlos frutos obvios de él, trazando una rápida
analogía entre esa revuelta y la de los campesinos de la Vendée.
En ese artículo está el embrión de Os Sertoes. Se
advierte la preocu pación por estudiar cuidadosa y "científicamente” el
medio ambiente, de establecer la determinación del medio ambiente sobre el
hombre y sus acciones, de enfrentar el enigma de la formación étnica de esos
hombres. El paralelo con la Vendée se debe a que, considerando la instauración
de la República en el Brasil en pie de igualdad con la Re volución Francesa en
Francia, un movimiento insurreccional en el sertón sólo puede ser contrarrevolucionario.
La Revolución Francesa tuvo su po tencial innovador desafiado, dentro del
mismo territorio de la nación, por los campesinos de la provincia de la Vendée,
que en 1793 se levan taron en armas exigiendo la restauración del Anden Régime
con rey y todo. Lo que sucedía ahora en el Brasil, aunque un siglo después,
debía ser la misma cosa. Un grupo de gente desconocida, perdida en el seno
1 Buena
investigación hecha por Olimpio de Souza Andrade, que figura en la citada Obra
Completa de Aguilar. Ver también, del mismo autor, Historia e Inter-pretagáo de
"Os Sertoes”, 1966, Sao Paulo, Ed. EDART, 3^ ed.
del sertón, estaba enfrentando y derrotando a las
fuerzas del Ejército Nacional, movida por razones ignoradas. No podía dejar de
ser un peli groso intento de restauración monárquica contra el régimen
republicano nuevo (ni siquiera diez años de existencia) que, a su vez,
encarnaba los ideales revolucionarios franceses de 1789. Por eso, Canudos era
"A nossa Vendéia”. Dígase por anticipado que Euclides superó esa propo
sición y que cuando escribió Os Sertóes ya no creía en ella.
Convocada la cuarta y poderosa expedición a
comienzos de abril, no por eso su curso caminó más de prisa. Dificultades de
toda índole com plican la victoria que parece a la vista, dado el volumen de
los medios movilizados para conquistarla. Y entonces, a mediados de julio,
Euclides publica su segundo artículo bajo el mismo título. Vuelve a insistir en
las ásperas condiciones de la naturaleza y del adversario que los soldados
deben enfrentar. Esta vez se detiene en la acción militar, tejiendo al gunos comentarios,
todos favorables y justificatorios, sobre las razones que hacían demorar el
desenlace de la campaña. Aquí aparece otro rasgo de Os Sertóes donde estará
presente un minucioso análisis de cada paso del Ejército en guerra, los
aciertos y equivocaciones, las posibles alternativas, las responsabilidades
asumidas o no. En fin, una postura de estratega del Ejército. En Os Sertóes,
Euclides, aunque deplora la suerte de los insurrec tos y la crueldad con que
fueron tratados, al mismo tiempo, como si no hubiese ninguna contradicción en
eso, señala la estrategia que habría vuelto más eficiente la acción del
ejército. Pero el tiempo de revisión todavía no había llegado; en este segundo
artículo de "A nossa Vendéia”, el sertanejo aún es una incógnita a la cual
se le aplica un reconfortante estereotipo — es "el enemigo”— y el soldado
brasileño aún es el héroe.
La publicación de esos dos artículos debe de haber
influido para que se produjera en el destino de Euclides un cambio importante.
Pues esa campaña, en la cual a esta altura convergían tropas del país entero
bajo el mando de tres generales, no se decidía. Esperábase de ella que fuese
fulminante, ya que no había posibilidad alguna de comparación entre las fuerzas
en choque. De un lado estaba el Ejército, equipado con el más moderno
armamento, incluyendo armas de repetición y cañones, coman dado por una oficialidad
de carrera ya veterana de otras represiones, dotado del entusiasmo guerrero de
quien va a defender una causa justa, ardiente de animación republicana. Además,
muchas de las fuerzas que operaban en esta guerra ya habían tomado parte en
otras campañas pacificadoras, pues lo que no faltaba en esa época eran
rebeliones y levantamientos internos. Del otro lado había unos pobres diablos
analfa betos, que disponían de armas muy primitivas, cuchillos, hoces, fusiles
obsoletos que funcionaban con pólvora improvisada y balas de piedra. El volumen
de la campaña era respetable; y, debido a su interminable arrastrarse, el mismo
Ministro de Guerra terminó por dejar su oficina en Río de Janeiro, por entonces
capital del país, para mudarse al sertón,
instalando su cuartel general en Monte Santo, cerca
de Canudos. En su comitiva va Euclides da Cunha, oficialmente agregado al
Estado Ma yor. Iba en una posición privilegiada, ya que, si su misión era sólo
hacer reportajes para el diario O Estado de Sao Paulo, tenía una situación
mejor que la mayoría de sus colegas. Para ser considerado un repórter, Euclides
acumulaba calificaciones. Ya había escrito extensamente en varios diarios y
desde hacía varios años; era autor de dos artículos que trataban precisa mente
sobre esa guerra; y, calificación no menos valiosa que las otras, era militar.
¿Por qué ese súbito interés de la prensa por esa
lejana rebelión? Pocos temas — y casi siempre fueron temas relacionados con la
seguridad na cional— habían obtenido de la prensa brasileña tal unanimidad de
opi nión y de exploración. En 1897, y especialmente a partir de la derrota de
la Expedición Moreira César en marzo, es imposible abrir un diario brasileño
sin que ese tema ocupe sus más importantes espacios. Aquello que anteriormente
era noticia esparcida se vuelve sección fija, con título propio y en la primera
página. E impregna todas las categorías en que se dividen las notas del diario.
La Guerra de Canudos invade el edito rial, la crónica, el reportaje, el
anuncio y hasta el humor. Como fuerte vehículo de manipulación, antes de la era
de la comunicación electrónica, el diario, al servicio de corrientes políticas
a quienes interesaba crear pánico y concentrar las opiniones alrededor de un
solo enemigo, prestó servicios inestimables. Como no era una invasión, no se
podía contar con un enemigo externo; estaba aquí, bien a mano, y tan marginado
que ni siquiera podría protestar contra el papel que le atribuían, de un
enemigo interno. La función de la prensa fue ser portavoz de las refe ridas
corrientes, lanzando un grito de alerta y de convocatoria del cuerpo nacional
amenazado por la subversión interna. No fue la primera ni será la última vez
que la prensa se presta a eso; basta abrir el ejemplar de hoy. Mas ciertamente,
en el caso del Brasil, fue de un pionerismo, extraordinario. Y cuando ese
pionerismo sirve más para avergonzar que para honrar, la eficacia del vehículo,
como sucedió en tal momento, es enorme.
Los diarios de la época son pólvora pura. Cuando
llegó a Río y a Sao Paulo la noticia de la derrota de la Expedición Moreira
César, la agitación de la calle — que, claro está, no es espontánea, tiene sus
líderes que la conducen hacia objetivos específicos— ¿contra quién se dirigió?
¿Se invadió el palacio de la presidencia de la República, se arrojaron bombas
en embajadas, se atacaron cuarteles, se agredió la ban cada bahiana en el
Congreso? No: se empastelaron cuatro diarios monár quicos, tres en Río y uno
en Sao Paulo. El saldo de muertos ese día registra sólo uno, un periodista
llamado Gentil de Castro, abiertamente filiado a grupos monárquicos, abatido en
un atentado en una plaza en la capital del país.
Cuando la nación atravesaba una época de gran
inestabilidad econó mica y política, la conocida táctica de atribuir la culpa
a un enemigo que es enemigo de todos fue utilizada con felicidad. Recordemos a
los judíos en la Alemania de Hitler. El fantasma de la época era la monar
quía. Pero los monárquicos eran pocos y demasiado conocidos; se trataba de
algunos figurones del Imperio que aún sobrevivían, pues la mayoría de ellos se
había adherido al nuevo régimen. La joven República que a esta altura no había cumplido
su primera década, ya había tenido que enfrentar dos guerras civiles, la
Revolución Federalista, que había mantenido al extremo sur en pie de guerra
durante algunos años, y la Revuelta de la Armada. Y aunque fueron rebeliones
confusas y no se sabe muy bien qué pretendían — probablemente, esto sólo se
sabe con certeza cuando ganan y no cuando abortan— fueron inmediatamente
calificadas de monárquicas. Pero, en ambos casos, se trata de revueltas
institucionales, la primera con jefes políticos conocidos y la segunda abar
cando una parte de la Marina.
En el caso de Canudos hubo una feliz coincidencia.
De hecho, aquel conglomerado de gente perdida en los confines del sertón sólo
tenía, cuando la tenía, una vaga idea sobre lo que significaba vivir bajo un
régimen republicano y ya no bajo un régimen monárquico. Se sabe, por ejemplo,
que Antonio Conselheiro encontraba inmoral que los republi canos hubiesen
expulsado del Brasil a la familia real, en la cual figuraba la Princesa Isabel
que había firmado la ley de liberación de los esclavos. Muchos de éstos se
contaban entre los seguidores de Antonio Conselheiro. Otra restricción que
hacía era la institución del casamiento civil, que le quitaba al matrimonio su
carácter de sacramento y lo transformaba en un contrato como cualquier otro.
Estas dos objeciones se encuentran documentadas en un manuscrito atribuido a
Antonio Conselheiro, que reúne sermones y prédicas, recientemente publicado 1
Lo que bastaba para que el poblado de Canudos fuese transformado en foco de una
cons piración restauradora con ramificaciones nacionales e internacionales.
Una vasta red monárquica, con sede en París, Nueva York, Londres y Buenos
Aires, munida de recursos financieros infinitos, enviando conti nuamente
armamento modernísimo a través de sus eficientes canales secretos, providenciando
especialistas extranjeros que venían a entrenar a los rebeldes, se ponía en
movimiento para tomar el poder en el Brasilz. De todo ese movimiento, Canudos
era apenas el foco provocador, abier tamente insurgente, que aglutinaría al
Ejército mientras el resto del país quedaría desguarnecido y sería presa fácil
de las fuerzas conspiradoras.
1 Ataliba
Nogueira, Antonio Conselheiro
y Canudos, 1974, Sao
Paulo, Comp.
Editora Nacional.
2 Ver, por ejemplo, en los números del 2 de agosto
de 1897 y del 7 de agosto de 1897, del diario carioca Folha da Tarde, los
telegramas enviados por los corres ponsales en el Exterior.
El único problema es que nada de eso existía ni
Antonio Conselheiro estaba informado.
A la acusación de monárquico vino a sumarse otro
elemento forma-dor de la feliz coincidencia: el desconocido rostro del enemigo.
Nadie sabía quién era, qué pretendía, qué lo motivaba, por qué resistía, en
nombre de qué luchaba, qué lo hacía apegarse con tanta furia a ese desierto de
piedra y cactos tan alejado del alcance de cualquier camino. Tanto más fácil
para proyectar en él lo que se quisiese, toda especie de miedo, de horror, de
repulsa. Con seguridad no era brasileño. Era otra gente, otro pueblo, hasta
otra raza. Los diarios de la época, en su irresponsabilidad, se encargaban de
divulgar toda especie de repre sentación en que los sertanejos aparecían con
epítetos de animales, mons truos, seres imaginarios, cualquier cosa que los
despojase de su obstinada humanidad. Tal vocabulario no es privilegio de los
periodistas; de él se sirven políticos destacados, jefes militares, hombres
públicos dedicados a la defensa del liberalismo, como Rui Barbosa. Este último,
por ejem plo, en una conferencia pronunciada en la capital de Bahía y que fue
publicada en quince partes por el diario O Comércio de Sao Paulo (ediciones del
9 de junio al 7 ele julio de 1897), califica a los canu-denses de "horda
de mentecatos y galeotes” y los considera un caso de policía.
Debe de haberse producido un alivio general cuando
se pudo nombrar al enemigo. Tenga en consideración el lector que él no era un
ex político del Imperio ni su hijo o primo, que no era un militar en rebelión,
que no era un esclavo negro, que no era indio, que no era un ciudadano. En su
primer artículo de la dupla "A nossa Vendéia”, Euclides lo llama sertanejo
y tobaréu, sinónimos de habitante del interior. Ya en el segundo artículo
utiliza el vocablo que estaba en boga en los periódicos para desig narlo: jagungo.
En ese segundo artículo, tanto como en los reportajes que hace como enviado
especial de O Estado de Sao Paulo, conjunto que más tarde reúne en libro bajo
el título de Diario de urna Expedigüo *, la palabra aparece subrayada denotando
su extrañeza. Más tarde, en Os Sertóes, el subrayado desaparece, la designación
está incorporada a la norma del discurso. Las comparaciones históricas que
Euclides hace en aquel segundo artículo no son de las más lisonjeras para el
enemigo. Seguramente no lo hace a propósito, pero las analogías que le acuden
son todas racistas. O bien el Ejército brasileño enfrentando a los sertane jos
se compara a los romanos enfrentando a los bárbaros, o bien a europeos modernos
enfrentando negros en el Africa. La concepción subyacente es de un embate entre
civilización y salvajismo, entre raza superior y raza inferior.
1 Con dos ediciones: Canudos - Diario de urna
Expedigáo, organizada por Simoes dos Reis, 1939, Río, José Olympio Editora; y
Canudos e Inéditos, organizada por Olimpio de Souza Andrade, 1967, S. Paulo,
Editora Melhoramentos.
El término jagungo, desde entonces incorporado a
las letras patrias sin subrayado, tiene un campo semántico fluctuante. Usado
alternada mente con el de cangaceiro, significa guardaespaldas a sueldo. Sólo
que jagungo es más usado en los sertones del norte de Minas Gerais y de Bahía,
mientras cangaceiro es más corriente en los estados del nordeste, como Sergipe,
Alagoas, Paraíba, Pernambuco, Rio Grande do Norte y Ceará. En cuanto al origen
de estos términos, cangaceiro es el que vive debajo del cangago, siendo cangago
el conjunto típico de armas que usa
— dos cartucheras cruzados al pecho, dos mochilas
colgadas de los hom bros y llevadas debajo de los brazos, puñal, pistola y
rifle. No se debe olvidar, por su importancia emblemática, el conocido sombrero
de cuero con sus adornos. La palabra jagungo se debe a un traslado por
metonimia, pues es el mismo nombre de la vara con punta de hierro que se usa
para conducir ganado, instrumento de trabajo obligatorio para el habitan te
pobre de las zonas pecuarias extensivas que componen el sertón 1 De ahí hasta
la ampliación e utilización que el término tuvo y tiene, corre mucha agua. De
cualquier manera, jagungo se usó y se usa hasta hoy para designar bandido,
hombre violento que anda armado sin ser parte del aparato del estado o de las
fuerzas armadas regulares. Llamar a los canudenses jagungos era lo mismo que
llamarlos, a todos e indiscrimina damente, bandidos. Como se ve, la
denominación de jagungo referíase a la especificidad del enemigo por un lado y
por el otro se usaba con todas sus connotaciones peyorativas.
En el Diario de urna Expedigáo, como se tituló el
conjunto de repor tajes que Euclides escribió como enviado especial del O
Estado de Sao Paulo, se percibe cuán poco asistió Euclides a la guerra. Cerca
de dos tercios de los reportajes relatan el viaje para llegar allá, y apenas el
tercio restante es narrado por testimonio ocular. Una de las dificultades de la
lectura de Os Sertóes reside exactamente en eso: dada la elección del foco
narrativo, el lector no sabe con qué tipo de fuente está luchan do. Por eso,
quede aquí la información. Euclides envió su primer repor taje de los vivaques
que constituían el cerco de Canudos fechado el 12 de setiembre, habiendo
presenciado, en consecuencia, menos de un mes de la guerra, que terminaría el 5
de octubre.
La trayectoria que el pensamiento de Euclides
recorrió en relación con lo que pensaba sobre esa guerra es pasible de ser
acompañada en las sucesivas páginas de ese Diario. Además, no es muy diferente
de lo que ocurrió a los demás periodistas. El cotejo entre los reportajes mues
tra algunas constantes reveladoras. De inmediato se advierte que los
periodistas se dirigían a Canudos sabiendo de antemano lo que iban a informar.
Los primeros materiales enviados son siempre una serie de
1 Para un
estudio del origen de la palabra jagungo y de sus usos, ver José Calasans, “Os
jagungos de Canudos”, en Revista Caravelle, N9 15, 1970, Toulouse, Colección de
los Cahiers du Monde Hispanique et Luso-Brésilien editados por la Universidad
de Toulouse.
fórmulas. Los rebeldes son monárquicos, bandidos,
fanáticos, herejes, perversos, animalescos, traicioneros, sirven a intereses
reaccionarios e ideologías exóticas, no son brasileños. Los soldados son
patrióticos, heroi cos, abnegados, sublimes en su entrega a la causa
republicana, eficientes, disciplinados, civilizados. La República está en
peligro, urge salvarla a cualquier precio. Aún no estaba de moda hablar de un
baño de san gre y el genocidio aún no era calificado como una estrategia
moderna.
Mas a cierta altura de los reportajes se advierte
que la observación comienza a hacer peligrar las fórmulas. Los periodistas
empiezan a des confiar de que no están tan bien informados y empiezan a
registrar sus dudas. Y casi todos empiezan a escandalizarse con las prácticas
que pre sencian. Cuando la guerra termina, y de la manera como terminó, están
todos contrariados y a disgusto.
Todos los grandes diarios brasileños mandaron
enviados especiales al escenario de la guerra, y en algunos casos el periodista
era también un combatiente. Fuera de O Estado de Sao Paulo, publicaron
reportajes en serie los siguientes diarios: Gazeta de Noticias, A Noticia,
Jornal do Bra sil, Jornal do Comercio, O País, República, todos de Río; Diario
de No ticias y Jornal de Noticias de Bahía. Entre los periodistas figuran los
nombres de Lelis Piedade, del teniente coronel Siqueira de Menezes (con el seudónimo
de Hoche), del coronel Favila Nunes, del capitán Manuel Benício, del mayor
Manuel de Figueiredo, de Alfredo Silva, y del mayor Constantino Néri.
Sin duda, el mejor reportaje es el de Manuel
Benício para el Jornal do Comercio. Emplea menos fórmulas que los demás, baja a
minucias como el precio de la comida y del jabón para lavar la ropa, describe
la desorganización y el hambre que él mismo y los soldados están pasando,
cuenta la mala localización del campamento responsabilizándola por el hecho de
que los combatientes sean alcanzados y muertos dentro de las tiendas. En fin,
su relato es tan vivido que, naturalmente, la cobertura que hace es bruscamente
interrumpida y él se retira a Río de Janeiro después de enviar un último
reportaje fechado el 24 de julio, sin cubrir, por lo tanto, el período decisivo
y final de la campaña. Quien perdió fue el registro histórico. Más tarde,
Manuel Benício escribirá un libro sobre la guerra, titulado O Rei dos Jagunqos,
pero lamentablemente sin la fuerza de las notas periodísticas. Este libro sale
en 1899, tres años antes que Os Sertdes.
Como periodista, Euclides tiene una postura
peculiar que se podría definir como altanera. Las fórmulas están presentes, así
como el desper tar del conflicto de conciencia, del mismo modo que en los
reportajes de los demás. Mas él se rehúsa a ver todo lo que no sea grandioso y
heroico. Así, un incidente que empañó el brillo triunfal de la partida del
Ministro de Guerra y que ocurrió en el mismo navio en que él viajaba — un
voluntario reclutado a la fuerza se arrojó al mar para
huir, pero fue pescado, el pobre, de vuelta—
encuentra registro en otros reportajes pero no en el suyo. Alfredo Silva relata
el episodio en su primera nota para A Noticia, con fecha de publicación del
10/11 de agosto y fecha de escritura el 4 de agosto, ya en Bahía; también
cuenta que el inmediato estaba con cólico. La férrea censura que los
periodistas afrontaban y contra la cual protestaban, a punto de pasar
informaciones veladas sobre ella a los lectores, no es, ni de lejos, mencionada
por Eu-clides, siquiera en la más vaga de las alusiones. La práctica de atroci
dades, tales como el degüello sistemático de los prisioneros y que él mismo
denunciará apasionadamente cinco años más tarde en su libro, no existe en sus
notas; pero Lelis Piedade y Favila Nunes lo informan. El comercio de mujeres y
niños comprados por los vencedores tampoco existe. Mientras tanto, el Comité
Patriótico de Bahía intervino en eso con energía, rescatando a los nuevos
esclavos en la medida en que pudo hacerlo y publicando su información con la
firma de tres de sus miem bros, en los diarios, inclusive en O Comercio de Sao
Paido. Si ahora se adoptan huerfanitos vietnamitas en un gesto de caridad
cristiana pública, para redimirlos del mal e integrarlos a los valores de la
sociedad bur guesa occidental, en la época era costumbre adoptar jaguncinhos.
Hasta generales de la guerra lo hicieron conforme cuentan los periodistas.
Eucli-des también consiguió uno, mas no menciona el hecho en sus reportajes. Y
aunque no lo registra en los reportajes, está la anotación en su libreta de
campo, sólo ahora publicada: "Noto con tristeza que el jaguncinho que me
fue dado por el general continúa enfermo y quizá no resista el viaje hasta
Monte Santo” \
El Diario de urna Expedieao, a medida que progresa,
va tornándose oscilante en lo que dice respecto de las convicciones iniciales
del perio dista, perturbado por la resistencia sorprendente de los
insurrectos, ante los cuales no consigue esconder su admiración. Mas a cada
rato recae en consideraciones sobre la existencia de algún misterio detrás de
ese fenómeno, y a veces termina sus telegramas con un "¡Viva la
República!”, o "¡La República es inmortal!”. Y no era sólo él; como todos
se creían en plena Revolución Francesa, también los militares participantes de
la campaña se dirigían unos a los otros con el epíteto de Ciudadano.
El final de la guerra y la manera como ese final
fue conseguido cau saron un trauma en el sector ilustrado de la sociedad
brasileña. Como el poblado no se rendía, fue ocupado de a poco en sangrientas
batallas y la solución final fue lograda por la utilización de una forma
primitiva de napalm. Sistemáticamente, se arrojó kerosene encima de los
ranchos, después de lo cual se tiraban bombas de dinamita, cuya explosión
provo caba incendios generalizados. Periodistas y soldados vieron a los
habitan
1 Euclides
da Cunha, Caderneta de Campo, 1975, Sao Paulo, Ed. Cultrix, INL, org. por
Olimpo de Souza Andrade, p. 55.
tes de Canudos incinerados, vieron cuerpos en
llamas, vieron mujeres con sus hijos en brazos arrojándose al fuego.
Si en el inicio del conflicto la reclamación
general pedía el exterminio, y la hacían los estudiantes, los diputados y
senadores, los intelectuales, los periodistas, los militares, entonces el
viraje era completo. En el momento en que el exterminio era efectivo, todo el
mundo se escanda lizaba. En el nivel del discurso, los términos peyorativos
aplicados a los canudenses son sustituidos por las palabras "brasileños” y
"hermanos”. Muertos, se vuelven humanos y compatriotas. Rui Barbosa, una
gloria nacional, que antes los había calificado de "horda de mentecatos y
galeo tes” los llama ahora "mis clientes” y declara que va a pedir hdbeas
corpus para ellos, para los muertos, es claro1. Manifestaciones de pro testa
surgían por todo el país; entidades públicas y privadas rehúsan participar en
las conmemoraciones de la victoria. La vergüenza nacional es general. El
Ejército queda cubierto de oprobio. Pasado el peligro, viene el remordimiento.
Hay un proceso generalizado de mea culpa. Los libros sobre la guerra en tono de
denuncia empiezan a aparecer y culminan con Os Sertóes. El proceso arriba
descrito explica en gran medida el inmediato y extraordinario éxito de Os
Sertóes y la elevación de su autor a la celebridad. Como todo gran libro,
también éste organiza, estructura y da forma a tendencias profundas del medio
social, expresándolas de manera simbólica. Parece como si el proceso de
expiación de la culpa colectiva hubiese alcanzado su punto más alto en este
libro. E incluso el recelo manifestado por Euclides ante la publicación
demostró ser in fundado, pues los poderes constituidos y el mismo Ejército
recibieron el libro con inmenso alivio 2. Aún hoy, este libro difícil, muy
comprado y poco leído, figura obligatoriamente en los estantes de los hogares
brasi leños medianamente cultivados. La mayoría de sus poseedores ni sabe qué
hay dentro del libro, pero sabe que debe enorgullecerse de él.
Por otro lado, un pueblo capaz de tal esfuerzo de
autocrítica es un gran pueblo. Nos equivocamos, pero publicamos nuestra
confesión y arrepentimiento. Que eso no resucite a los injustamente muertos ni
abra los ojos para que se modifique la situación de los que viven en
injusticia, es irrelevante. En cambio, tenemos en nuestro acervo cultural
nacional un libro como Os Sertóes.
Entre el fin de la guerra, el 5 de octubre de 1897
y la publicación de Os Sertóes el 1*? de octubre de 1902, pasan cinco años. Son
los años en que Euclides se dedica a recoger información sobre la campaña, en
libros y diarios, tanto como a estudiar teorías que lo auxiliasen a com
prender lo que había pasado. Es el conmovedor esfuerzo de un intelectual
1 Estas afirmaciones se encuentran en forma de
notas para un discurso público que Rui Barbosa finalmente no pronunció. Ver
Olimpio de Souza Andrade, Historia e Interpretagño de “Os Sertóes”, 1966, Sao
Paulo, Ed. EDART, p. 144.
2 Antonio Cándido, “O escritor e o público”,
Literatura e Sociedade, 1965, Sao Paulo, Comp. Editora Nacional.
honesto, diplomado como profesional liberal en los
mayores centros ur banos del país, que trata de entender a su propio pueblo.
Dos factores lo atrapan seriamente. Primero, tener que lidiar con un movimiento
religioso a partir de una formación científica y positivista. Segundo, la
diferencia entre el sertanejo brasileño y el campesino europeo, éste afe rrado
a la tierra, con honda tradición y costumbres bien conocidas. La visión por
cierto es determinista, lo que ya se evidencia en las tres partes en que se
divide el libro, tituladas "A Terra”, "O homem” y "A luta”.
Euclides intenta demostrar que, dado el medio ambiente natural y dado el medio
ambiente social que incluye la raza, sólo podía ocurrir lo que ocurrió. Para
él, geografía y clima determinan la constitución de los agrupamientos humanos,
mientras la raza determina el tipo psicológico V el comportamiento colectivo 1.
De los cruzamientos raciales entre indios V blancos, (pocos negros en su
opinión), en el aislamiento del desierto, el resultado sería el mestizo, de
temperamento inestable, presa fácil de todo tipo de supersticiones e incapaz de
construir una cultura. En mo mentos de crisis, saldrían a flote las
características de las razas inferiores que habían entrado en la mezcla y que
se realizan en el misticismo. Grosso modo, esa es la explicación que encuentra
para el fenómeno. In fluido por los teóricos del comportamiento anormal de las
multitudes
— tema que había marcado el nacimiento de las
ciencias sociales en el siglo xix, estando el pensamiento europeo aún
confundido por los hechos de las turbas desenfrenadas de la Revolución
Francesa— Euclides se ve frecuentemente en dificultades para explicar el
desempeño innovador de esos mestizos degenerados. Al mismo tiempo que afirma y
reafirma su teoría racial, va mostrando la inventiva increíble de los
canudenses, que desarrollan sofisticadas tácticas de guerrilla para enfrentar
una guerra de tipo convencional. Euclides las admira y registra, sin advertir
la contra dicción en que cae. Y aún provocan la admiración del lector actual,
incluso después que el mundo conoció las proezas de los vietcongs en este
campo.
La repetición incesante de afirmaciones
contradictorias ofrece la posi bilidad de que se lean dos libros en uno solo.
En uno de ellos los rebeldes son heroicos, fuertes, superiores, inventivos,
resistentes, impávidos. En el otro son ignorantes, degenerados, racialmente
inferiores, anormales, atributos que impregnan también, por extensión, a su
líder, Antonio Conselheiro, y a la misma aldea donde vivieron. Euclides,
movilizando sus conocimientos de militar y asumiendo su postura de estratega,
critica ásperamente la ineficiencia del Ejército, al mismo tiempo que se
emocio na con sus grandes arrebatos o con actos de heroísmo individual de los
soldados. Como esas afirmaciones surgen entrelazadas, el resultado lite rario
es la presencia constante de la figura de la antítesis y del oxímoron.
1 Antonio Cándido, “Euclides da Cunha sociólogo”, O
Estado de Sao Paulo, nú mero del 13 de diciembre de 1952.
El sertanejo es un Hércules-Quasimodo; Antonio
Conselheiro podría tanto haber ido a parar al hospicio como a la Historia,
cierta región del país es una Siberia canicular, el coronel Moreira César
podría recibir la ca misa de fuerza o la púrpura, el sertón es el paraíso. Esa
exasperada manera de escribir, tratando de reunir en un solo plumazo dos
extremos, con fiere una enorme tensión dramática al texto. Incluso en las dos
primeras partes, antes de entrar propiamente en su tema de historiador de la
guerra, la descripción del medio geográfico y del hombre que vive en él es
concebi da con recursos de ficción dramática. Los elementos naturales actúan
como fuerzas vivas, el suelo se retuerce y estalla, las plantas agreden con sus
es pinos ardientes, las aguas se precipitan, las tinieblas saltan, el día
fulmina 1
La antítesis incluye también el contacto dramático
del intelectual con el pueblo al que pertenece. ¿Cómo obtener una combinación
armoniosa, una síntesis entre lo que fue aprendido en los libros y en la
convivencia urbana, con esos extraños peligrosos, tan brasileños como nosotros?
¿Cómo comprenderlos, cómo entenderlos, cómo confraternizar con ellos, si son
tan diferentes de nosotros, si no aceptan nuestra ciencia, si no aceptan
nuestra revolución? ¿Cómo pueden no admitir que nosotros estamos en lo cierto y
ellos están equivocados? ¿Por qué nos odian? Es verdad que los métodos de
contacto que estamos usando son exterminadores: trata mos de destruir lo que
no entendemos. Pero ellos tampoco aceptan pasi vamente esto; ellos, los
retardatarios, los fanáticos, los inferiores, reaccio nan y contraatacan. La
fascinación por el heroísmo que demuestra Euclides no sólo por el Ejército sino
también por los canudenses, es palpable. ¿Cómo no admirarlos? ¿Cómo no quedar
traumatizados para siempre, si fue allí que se descubrió el Brasil, si por vez
primera se fue al encuentro de la plebe miserable que hasta hoy constituye la
mayoría de la población brasileña, y una plebe cuyas acciones son de naturaleza
incomprensible?
Esa plebe rebelada no señaló el fin sino la
continuidad de un proceso histórico. Hoy, con el desarrollo dominante, tendemos
a olvidar los hilos que vinculan la actual situación con la guerra de Canudos.
Por ejemplo, el morro donde se situó una parte importante del campamento
militar que tendió un cerco sobre la aldea, se llama Morro de la Favela,
topónimo debido a una especie vegetal que por ahí abundaba. Cuando, después de
terminada la guerra, volvieron a la vida civil los soldados rasos que no eran
militares de carrera y que también eran miembros de la plebe, tuvieron como
premio la concesión de terrenos en la capital del país. Por casualidad, esos
terrenos tenían escaso valor inmobiliario, y estaban si tuados en los morros
que circundan la ciudad de Río de Janeiro. Y el nombre que espontáneamente se
dio a esos conjuntos habitacionales, donde los ex soldados que regresaban de su
servicio prestado a la Patria en la Guerra de Canudos construyeron sus
precarias casitas, fue el de Morro
1 Alfredo Bosi, Historia Concisa da Literatura
Brasileira, 1970, Sao Paulo,
Ed.
Cultrix.
de la Favela. Con la aceleración del éxodo rural,
cada vez en mayor can tidad, los habitantes del interior del país fueron
ocupando los morros y llanos adyacentes. Después de eso, el apelativo favela
volvió a ser un sustantivo común, designando todos los agrupamientos urbanos
margi nales de las ciudades grandes y ricas del Brasil. Barriadas o callampas
en algunos países de América Latina, cantegriles en otros, la favela es un
rancherío provisorio, sin servicios de infraestructura urbanística, hecho en
terrenos sin valor vendible, en donde esa numerosa plebe del subde-sarrollo
viene al encuentro del mercado de trabajo.
La perturbación que la Guerra de Canudos causó en
la conciencia na cional, a pesar de ser apenas una dentro de las incontables
insurrecciones que se produjeron en nuestra historia, debe mucho, a su vez, al
libro de Euclides. Este libro no nos deja olvidar lo que pasó y continúa
pasando, pone en jaque la ideología oficial que postula la índole pacífica del
pueblo brasileño. ¿Cómo erradicar esa memoria desagradable y perturbadora? Hace
poco más de diez años, se hizo una obra benéfica en la región. En medio de la
aridez desértica del sertón, se pensó construir un dique. Había miles de
kilómetros a disposición para construir esa reserva de agua tan necesaria. Por
coincidencia, y con los mejores argumentos tecno-cráticos, se decidió que el
lugar ideal era aquél que comprendía las ruinas carbonizadas de la aldea de
Canudos. Según el cálculo oficial hecho por el Ejército en 1897, Canudos tenía
5.200 casas, lo que, en una estimación modesta de cinco habitantes por casa, da
el total de 26.000 habitantes, en una época en que Sao Paulo, hoy una
megalópolis de doce millones, apenas llegaba a doscientos mil personas. Los
restos dejados por el cañoneo, por el kerosene y por la dinamita molestaban,
había gente en la región que recordaba y perpetuaba la memoria del hecho. No es
necesario decir que hoy no puede hacerse una investigación de campo en Canudos,
las ruinas reposan escondidas debajo de muchas toneladas de agua.
El libro de Euclides es un libro irritante, su
lenguaje es rebuscado, su posición incierta y oscilante cuando no abiertamente
contradictoria, las antítesis buscan efectos de resultado confuso. La fisura
entre la cien cia exhibida y los terribles hechos narrados impide una síntesis
explica tiva. La figura de la antítesis y del oxímoron sólo exhiben la
incapacidad de pensar la especificidad del fenómeno. La postura de estratega
del Ejército entra en contradicción con la simpatía por los rebeldes. La pre
gunta que queda es si, de no existir el libro de Euclides para irritarnos y
obligarnos a pensar en un problema hasta hoy presente bajo otras formas, con
todo el esfuerzo hecho para borrar tan ejemplar episodio de la memoria
nacional, no nos habríamos también olvidado. Os Sertóes es un elemento
instigador de la memoria brasileña que nos hace recordar lo que ya hicimos y
continuamos haciendo con la mayoría de nuestros compatriotas.
w. N . G.
CRITERIO DE ESTA EDICION
Entre los días primero y dos de diciembre de 1902,
vio la luz la primera edición de Os Sertóes, publicada por los Editores
Laemmert y Cía., de Río de Janeiro. Corre gidas por el autor, aparecieron en
1903, la segunda que contiene un grupo de notas al final del volumen,
respondiendo a críticas, y en 1905, la tercera. La Editora Francisco Alves, en
la misma ciudad, se ocupó de editar desde entonces el libro, habiendo sacado la
cuarta edición en 1911, ya después de la muerte del autor, ocurrida en 1909. Después
se encontró un ejemplar de la tercera nueva mente corregido por el autor, que
sirvió para preparar la quinta edición, de 1914, considerada por eso la
definitiva.
Desde entonces no hubo más alteraciones, a no ser
los subtítulos de los capí tulos, hechos por Fernando Nery para la doceava
edición de 1933, y la moderni zación de la ortografía, en la vigesimosexta
edición de 1963.
La presente edición se basa en un ejemplar de la
vigesimoséptima edición que es la más reciente hecha por aquella editorial (19
6 8 ).
Las notas aquí introducidas se atuvieron a un
criterio informativo múltiple. Las notas marcadas con un asterisco y que
aparecen al pie de página son del autor, salvo en el caso que lleven la mención
(N . de T .). Las notas preparadas por Walnice Nogueira Galvao, especialmente
para esta edición de la Biblioteca Ayacucho, están numeradas y aparecen al
final del volumen. Se tuvieron en cuenta aclaraciones de carácter histórico,
político, geográfico, lingüístico, literario, biográfico y bibliográfico, este último
con la intención de incorporar escritos anteriores del autor sobre el mismo
tema. Igualmente, siempre que fue posible, se hizo el cotejo con otras fuentes
contemporáneas sobre la Guerra de Canudos.
Este trabajo sigue a los efectuados por José
Calasans y Olimpio de Souza Andrade; no todos son citados, mas todos fueron
leídos y aprovechados. Ambos son los mayores especialistas del tema, el primero
sobre la Guerra de Canudos y el segundo sobre la vida y la obra de Euclides da
Cunha. También fue indispen sable la edición de la Obra Completa hecha por la
Compañía José Aguilar Editora en 1966, organizada bajo la dirección de Afránio
Coutinho, especialmente por su Cronología y por el Diccionario Euclidiano,
partes que lamentablemente no consignan el nombre de su autor para que lo
pudiéramos registrar aquí.
En cuanto a las traducciones, las fuentes son la
misma Obra Completa y los archivos de la Casa de Cultura Euclides da Cunha en
Sao José do Rio Pardo. En algunos casos, las indicaciones bibliográficas son
escasas, como se verá en la lista que a continuación ofrecemos:
— Brasile
Ignoto (italiano), por Cornelio Biseleo,
sin fecha, Italia.
— De
Binnenlanden (holandés), sin fecha,
Holanda.
— Les Terres de Canudos (francés), por Sereth Neu,
1947, Río de Janeiro, Ediciones Caravela.
— Los Sertones (español), por Benjamín de Garay,
1938, Buenos Aires, Bi blioteca de Autores Brasileños.
— Markerna
Brinna (sueco), por Forsta Delen,
1945, Suecia.
— Oproret Paa Hojsletten (dinamarqués), por Richard
Wagner Hansen, 1948, Copenhague, Westermann.
— Rebellion in the Backlands (inglés), por Samuel
Putnam, 1944, Chicago, Phoenix Books - The University of Chicago Press.
— Traducciones chinas: hay mención, y la Casa de
Euclides tiene conoci miento por lo menos de una, de traducciones a
veinticinco diferentes len guas chinas, cf. G. W. G. Moráes, Língua e
Linguagem, 1968, Belo Hori zonte, Difusión Panamericana del Libro.
W. N. G.
LOS SERTONES
NOTA PRELIMINAR
Escrito en los raros intervalos de ocio de una
actividad fatigosa1, este libro que comenzó siendo un resumen de la Campaña de
Canudos, había perdido todo interés2 al verse demorada su publicación por
causas que nos excusamos de señalar.
Por eso le damos otra forma 3, en la que el tema
que motivó su escritura se convierte en sólo una variante del asunto general.
Intentamos esbozar, aunque sea pálidamente, ante
los futuros historia dores, los trazos actualmente más expresivos de las
subrazas sertanejas del Brasil. Lo hacemos porque su inestabilidad, debida a
factores múl tiples y diversamente combinados, aliada con las vicisitudes
históricas y la deplorable situación mental en que se encuentran, las vuelven
tal vez efímeras, destinadas a una próxima desaparición ante las crecientes
exi gencias de la civilización y a la intensificación de las corrientes inmigra
torias que comienzan a invadir profundamente nuestra tierra.
El jagimgo temerario, el tabaréu ingenuo y el
caipira simple 4, en breve tiempo serán tipos relegados a leyendas desvanecidas
o ya muertas. Pro ducto de variados cruces, quizá estaban destinados a ser los
principios inmediatos de la formación de una gran raza. Detenidos en su
evolución, les faltó el equilibrio necesario, y la velocidad adquirida por la
marcha de los pueblos en este siglo ya no les permite alcanzarlo. Hoy son
retarda tarios, mañana estarán totalmente extinguidos.
La civilización avanzará por los sertones
arrastrada por esa implacable fuerza motriz de la historia que Gumplowicz,
superior a Hobbes 5, en trevio, con visión genial, en la destrucción
inevitable de las razas débiles por las razas fuertes.
Por eso, la Campaña de Canudos tiene el
significado, sin duda, de un primer ataque en una lucha acaso larga. No
debilita esta afirmación el hecho de haber sido realizado por nosotros, hijos
del mismo suelo, por que, etnológicamente indefinidos, sin tradiciones
nacionales uniformes,
viviendo parasitariamente a orillas del Atlántico
de los principios civili zadores elaborados en Europa, y armados por la
industria alemana, tuvi mos en la acción él singular papel de mercenarios
inconscientes. Además, mal enlazados con esos patriotas extraordinarios por una
tierra en parte desconocida, nos separa de ellos tina coordenada histórica: el
tiempoG
Aquella campaña parece un reflejo del pasado.
Y fue, en el verdadero significado de la palabra,
un crimen.
Lo denunciamos.
Y en tanto lo permita la firmeza de nuestro
espíritu, hagamos justicia al admirable concepto de Taine 7 sobre el narrador
sincero que encara la historia como ella merece:
. . il s’irrite contre les demi-vérités que sont
des demi-faussetés contre les auteurs qui n’altèrent ni une date, ni une
généalogie, mais dénaturent les sentiments et les moeurs, qui gardent le dessin
des événements et en changent la couleur, qui copient les faits et défigurent
l’âme; il veut sentir en barbare, parmi les barbares, et, parmi les anciens, en
ancien” *.
Sâo Paulo,
1901.
EUCLIDES
DA CUNHA.
* Cita de
H. Taine, en francés en el original: " . . . se irrita contra las
semi-verdades que son las semi-falsedades, contra los autores que no alteran ni
una fecha, ni una genealogía, pero desnaturalizan los sentimientos y las
costumbres, que respetan los contornos de los hechos pero le cambian el color,
que copian los acon tecimientos y desfiguran el alma; debe sentirse un bárbaro
entre los bárbaros y entre los antiguos, un antiguo” . (N . de T .).
LA TIERRA
L —Preliminares. La entrada del sertón. Tierra
ignota. Ca mino a Monte Santo. Primeras impresiones. Un sueño de geólogo.
II.—Desde lo alto de Monte Santo. Desde lo alto de la Favela. III.—El clima.
Higrómetros singulares. IV.—La sequía. Hipótesis sobre sus causas. Las
caatingas. Y -U n a categoría geográfica que Hegel no citó. Cómo se hace un
desierto. Cómo se extingue un desierto. El mar
tirio secular de la tierra.
I
PRELIMINARES
La alta planicie central del Brasil desciende hacia
el litoral sureño en caídas escarpadas y abruptas. Reina sobre los mares y se
desarrolla en llanuras niveladas por las figuras de las cordilleras marítimas,
extendidas desde Río Grande hasta Minas 9. Pero al derivar hacia las tierras
septen trionales, disminuye gradualmente de altura, al mismo tiempo que des
ciende hacia la costa oriental en escalones o pisos que le quitan la pri
mitiva grandeza y la alejan considerablemente hacia el interior.
De tal modo, quien la rodea, andando hacia el
norte, observa notables cambios de relieve. Al principio el trazo continuo y
dominante de las montañas, sujetándola y destacándola sobre la línea de las
playas; des pués, en el trecho marítimo que va de Río de Janeiro a Espíritu
Santo 10, un litoral revuelto, con el vigor desarticulado de las sierras,
rizado en cumbres y corroído de ensenadas, abriéndose en bahías, dividiéndose
en islas, repartiéndose en arrecifes desnudos, a manera de escombros del
conflicto secular que allí libran los mares y la tierra; en seguida, tras
puesto el paralelo 15, se atenúan todos los accidentes, las serranías se
redondean y se suavizan las líneas de los taludes, fraccionándose en morros de
laderas indistintas en el horizonte que se amplía; hasta que, ya en plena faja
costera de Bahía “ , la mirada, libre de los impedimentos de las sierras que
hasta allí la rechazaban o acortaban, se dilata en el occidente, hundiéndose en
las honduras de la tierra amplísima que len tamente emerge en ondas extensas y
llanas. . . 12.
Esta caracterización geográfica resume la
morfogenia del gran macizo continental.
Lo demuestra un análisis más profundo hecho por un
corte meridiano cualquiera, acompañando la cuenca del Sao Francisco 1S.
De hecho, se comprueba que hay tres formaciones
geognósticas dis pares de edades mal determinadas, que se sustituyen o se
entrelazan en estratificaciones discordantes, dando lugar a la variedad
fisionómica de
la tierra, con predominio de una o la combinación
de todas. Primero surgen las masas gneisgraníticas, que partiendo del extremo
sur se curvan en un desmedido anfiteatro, formando los admirados paisajes que
tanto encantan y engañan la mirada inexperta de los forasteros. Al principio
pegadas al mar, progresan en sucesivas cadenas, sin formaciones lateráles,
hasta el litoral paulista, convertido en un dilatado muro de apoyo para las
formaciones sedimentarias del interior. La tierra domina al océano desde la altura
de las quebradas, y quien la alcanza, como quien sube a la rampa de un
majestuoso escenario, encuentra justificación para todas las exageraciones
descriptivas — desde el gongorismo de Rocha Pita a las extravagancias geniales
de Buckle14— que convierten a este país en región privilegiada, donde la
naturaleza compuso su más portentoso la boratorio.
Es que bajo el triple aspecto astronómico,
topográfico y geológico, nin guna parece tan preparada para la Vida.
Traspasadas las sierras, bajo la línea fulgurante
del trópico, se apre cian, extendidos hacia el norte occidental, inmensos
llanos cuya trama de capas horizontales de greda arcillosa, intercaladas de
capas calcáreas o diques de rocas eruptivas básicas, al mismo tiempo explica la
sin par exuberancia como las vastas áreas planas. La tierra atrae
irresistiblemente al hombre, llevándolo con la misma corriente de los ríos que,
desde el Iguazú al Tieté 1S, trazando una originalísima red hidrográfica,
corren desde la costa hacia los sertones, como si nacieran en los mares y
canali zaran sus eternas energías hacia recónditos sitios de vegetación
opulenta. Rasgan esos estratos en trazados uniformes, sin líneas sinuosas,
dándole al conjunto de las tierras, más allá del Paraná 16, la fisonomía de
anchos planos ondulados y desmesurados.
Al este la naturaleza es diferente.
Se dibuja duramente en las placas rígidas de los
afloramientos gnéisicos, y el talud de las planicies altas se dobla en los
escalones de la Manti-queira 17, donde se encaja el Paraíba 18, o se deshace en
brotes que, después de apuntar las alturas de los picos centralizados por el
Itatiaia 19, llevan hasta el centro de Minas los paisajes alpestres del
litoral. Sin embargo, al entrar en este Estado, se nota, a pesar de las
tumultuosas serranías, el lento descenso hacia el norte. Como en las altas
planicies de Sao Paulo20 y de Paraná, todos los caudales revelan esta pendiente
insensible, deri vando en lechos retorcidos y venciendo, contrahechos, el
antagonismo permanente de las montañas: el río Grande21 rompe, rasgando con la
fuerza viva de la corriente, la sierra de la Canastra22, y guiados por el
meridiano se abren ante los hondos valles erosionados por los ríos de As Velhas
23 y Sao Francisco. Al mismo tiempo, superpuestas las irrupciones que van de
Barbacena a Ouro Preto24, las formaciones primitivas desa parecen, incluso las
de mayor altura, y yacen sepultas por las complejas
series de pizarras metamórficas, infiltradas de
abundantes filones, en los parajes legendarios del oro.
El cambio estructural origina cuadros naturales más
imponentes que los de la costa marítima. La región sigue siendo alpestre. El
carácter de las rocas, expuesto en las bases de los cerros de cuarzo o en las
cumbres donde se encuentran las placas de itacolomito avasallando las alturas,
aviva los accidentes, desde los macizos que van de Ouro Branco a Sa-bará25,
hasta la zona diamantina que se expande hacia el nordeste en los llanos que se
extienden, nivelándose en las cumbres de la sierra del Espinado26; y ésta, a
pesar de la sugestiva denominación de Eschwege27, apenas sobresale entre
aquellas lomas definidoras de una situación do minante. De allí descienden,
hacia el levante, cayendo en cataratas o saltando obstáculos sucesivos, todos
los ríos que desde el Jequitinhanha al Doce28 buscan las terrazas inferiores de
la planicie arrimados a la sierra de los Aimorés29; y vuelven en aguas mansas
hacia el poniente los que tienen su meta en la cuenca de captación del Sáo
Francisco, en cuyo valle, después de recorridas por el sur las interesantes
formaciones cal cáreas del río de As Velhas, salpicadas de lagos de arroyos
subterráneos, donde se abren las cavernas del hombre prehistórico de Lund 30,
se acen túan otras transiciones en la contextura superficial del suelo.
Las capas anteriores que vimos superpuestas a las
rocas graníticas, decaen a su vez, sobreponiéndose a otras, más modernas, de
espesos estratos de greda.
Un nuevo horizonte geológico repunta con un trazo
original e inte resante. Mal estudiado aún, se caracteriza por su notable
significación orogràfica, porque las cordilleras dominantes del sur se
extinguen allí, subterráneas, en una tumba estupenda, por los poderosos
estratos más recientes que las circundan. Pero la tierra permanece elevada,
alargán dose en planos amplios, o levantándose en falsas montañas, desnudas,
que descienden en declives fuertes, mas con los dorsos extendidos en llanos
inscriptos en un horizonte de nivel, apenas apuntando al este por los vértices
de los albardones distantes que prolongan la costa.
Se verifica así la tendencia hacia un aplanamiento
general.
Porque en este coincidir de las tierras altas del
interior y de la depre sión de las formaciones azoicas, la región montañosa de
Minas se va comunicando, sin sobresalir, con la extensa zona de los llanos
arenosos del norte.
La sierra del Gráo-Mogol31 que toca los límites de
Bahía, es la primera muestra de esas espléndidas planicies imitadoras de
cordilleras, que tanto perturban a los geógrafos descuidados; y las que la
rodean, desde la de Cabrai, más cercana, hasta la de Mata da Corda que se
prolonga hacia Goiás 32, están modeladas de la misma forma. Los surcos erosivos
que las marcan son cortes geológicos expresivos. Ostentan en plano vertical,
su-cediéndose a partir de la base, las mismas rocas que vimos sustituir en
prolongado camino por la superficie: abajo los
frutos graníticos decaídos por la hondura de los valles, en esparcidos
peldaños; a los costados, las placas de pizarra más recientes; en lo alto,
sobrepujándolas o rodeando sus flancos en valles monoclínicos, las sábanas de
greda, predominantes y ofreciendo a los agentes meteóricos una plasticidad
admirable ante los más caprichosos modelos. Sin línea de cumbres, las serranías
más altas no son más que llanos extensos que terminan de pronto en bordes
abrup tos, por la moldura golpeante del régimen torrencial sobre los suelos
permeables y móviles. Desde hace siglos caen por ahí fuertes corrientes de
agua, que derivando primero en líneas divagantes de drenaje, poco a poco se
fueron profundizando, tallándose en quebradas, que se hicieron valles en
declive, hasta orlar de despeñaderos y escarpas aquellos erguidos planos. Y de
acuerdo con la resistencia de los materiales trabajados, va riaron sus
aspectos; aquí apuntan sobre las áreas de nivel los últimos fragmentos de las
rocas enterradas, desnudándose en peñascos que mal recuerdan, por su altura, al
antiquísimo Himalaya brasileño, desbarran cado, en desintegración continua,
por todo el curso del tiempo; adelante, más caprichosos, se escalonan en
alineamientos incorrectos de menhires colosales, o en círculos enormes, y la
disposición de los grandes bloques superpuestos en escalas recuerda las paredes
desmanteladas de ciclópeos coliseos en ruinas; o también, por el aspecto de
escalinatas, oblicuas y gobernando los llanos que ladean interpuestos, a duelas
desproporcionadas, restos de la monstruosa bóveda decaída de la antigua
cordillera.
Pero desaparecen del todo en varios puntos.
Se extienden vastos llanos. Trepando por las
taludes que los levantan dándoles apariencia de tableros suspendidos, se topan,
a centenares de metros, extensas áreas rodeadas por los cuadrantes, en una
prolongación indefinida de mares. Es el hermosísimo paraje de los campos
gerais, ex tendido en lomadas ondulantes, grandes tablados donde impera la
ruda sociedad de los vaqueros. . .
Lo atravesamos.
Adelante, partiendo de Monte Alto33, estas
formaciones naturales se dividen con rumbo firme al norte, la serie de los
suelos gredosos que progresa hasta la meseta arenosa del A<juaruá34,
asociándose con el cal cáreo que activa los paisajes a orillas del gran río,
siguiendo las líneas de los cerros tallados en diaclasa, tan bien expresados en
el perfil fantástico del Bom Jesús da Lapa 35; mientras hacia el nordeste,
gracias a las intensas degradaciones (porque la Serra Geral sigue por ahí como
reparo de los alisios, condensándolos en aguaceros de diluvio) se desnudan
resurgiendo las formaciones antiguas.
Las montañas se desentierran.
Repunta la región diamantina, en Bahía, reviviendo
por entero a la de Minas, como un desdoblamiento o, más bien, una prolongación,
porque es la misma formación minera que rasga al fin las sábanas de greda y se
levanta con los mismos contornos alpestres y
perturbados, en los picachos que irradian de la Tromba o resaltan hacia el
norte en los esquistos huronianos de las cadenas paralelas de Sincorá 36.
Desde este punto en adelante, el eje de la Serra
Geral37 se fragmenta, indefinido. Se deshace. La cordillera se eriza de
contrafuertes y tallas; de allí saltan, en despeñaderos hacia el levante, las
nacientes del Pa-raguacú 38, y un dédalo de serranías tortuosas, poco elevadas
pero innú meras, se cruza embarulladamente, cubriéndolos a lo ancho de los
campos gerais. Cambia su carácter topográfico, retratando el desaforado combate
de los elementos que luchan allí desde hace milenios, entre montañas derruidas,
y la caída hasta entonces graduada de las antiplani cies comienza a tener
desniveles considerables. Los muestra el Sao Fran cisco en el vivo influjo con
que tuerce hacia el este, señalando al mismo tiempo la transformación general
de la región.
Esta es más deprimida y más revuelta.
Cae hacia las terrazas inferiores, entre un tumulto
de morros, incohe rentemente dispersos. Ultimo brote de la sierra principal,
la de Itiúba le reúne algunas ramas indecisas, fundiendo las expansiones
septentrionales de las de Furna, Cocais y Sincorá39. Se levanta un momento,
pero en seguida decae hacia todos los rumbos: hacia el norte, originando el
corre dor de cuatrocientos kilómetros en el reflujo del Sobradinho40; hacia el
sur, en segmentos dispersos que van hasta más allá del Monte Santo41; y hacia
el este, pasando bajo las lomas de Jeremoabo, hasta descubrir el salto
prodigioso de Paulo Afonso42.
El observador que siguiendo este itinerario deja
los parajes en que se alternan, en contrastes bellísimos, la amplitud de los
campos gerais y el fasto de las montañas, al llegar a este punto queda
sorprendido. . .
LA ENTRADA DEL SERTO N43
Está sobre un escalón del macizo continental, al
norte.
Lo limita por una orilla, abarcando dos cuadrantes,
en semicírculo, el río Sao Francisco, y por la otra, curvada también hacia el
sudeste, en su normal dirección primitiva, el curso sinuoso del Itapicuruagu
44. Por el medio, corriendo casi paralelo entre aquéllos, con el mismo
desagotar expresivo hacia la costa, se ve el trazo de otro río, el
Vaza-Barris45, el Irapiranga de los tapidas, cuyo trecho de Jeremoabo46 hacia
las nacientes es una fantasía de cartógrafo. De hecho, en estupendo degrado,
por donde descienden hacia el mar o hacia el declive de Paulo Afonso las rampas
en barranca de la alta planicie, no hay situación de equilibrio para una red
hidrográfica normal. Allí reina el drenaje caótico de los torrentes que le
presta a ese rincón de Bahía un rostro excepcional y salvaje.
Al abordarlo, se comprende cómo hasta hoy escasean
sobre tan grande porción de territorio, que casi abarcaría a Holanda ( 9 o
11'—10° 20' de latitud y 4 o—3o de longitud O .R .J.), noticias exactas o
detalladas. Nues tros mejores mapas, reuniendo informes escasos, muestran ahí
un claro expresivo, un hiato. Tierra ignota donde se aventura el garabato de un
río problemático o se imagina una cadena de sierras.
Es que, traspuesto el Itapicuru, por el lado sur,
los más avanzados grupos de pobladores se asentaron en aldeas minúsculas —
Ma^acará, Cumbe o Bom Conselho47— entre las cuales el decaído Monte Santo tiene
rasgos de ciudad; pasada la Itiúba, al sudoeste, los pobladores se
desparramaron por las aldeas que la bordean, acompañando los insigni ficantes
cursos de agua, o por los escasos establecimientos de ganado, superados todos
por una tapera oscura: Uauá; al norte y al este pararon en las márgenes del Sao
Francisco, entre Capim Grosso y Santo Antonio da Gloria48.
Sólo en este último rumbo se aventajó una aldea
secular, Jeremoabo, realizando el máximo esfuerzo de penetración en tales
lugares, evitados siempre por los tropeles humanos que venían del litoral
bahiano en busca del interior.
Uno que otro lo sortearon, rápidos, huyendo, sin
dejar rastros. Ninguno se quedó allí. No podían quedarse. El extraño
territorio, a
menos de cuarenta leguas de la antigua metrópoli,
estaba predestinado a cruzar, absolutamente olvidado, los cuatrocientos años de
nuestra his toria. Porque cuando las bandeiras del sur 49 pasaban por sus
límites y viraban por los flancos de la Itiúba, se marchaban hacia Pernambuco y
Piauí hasta el Maranhao 50, hacia el levante; rechazadas por la barrera
infranqueable de Paulo Afonso, tratando de encontrar por el Paraguagú y los
ríos que lo demoran en el sur, líneas de acceso más practicables 51. Y lo dejaban
en medio, inabordable, ignoto.
Es que siguiendo las huellas de la última de
aquellas rutas, aunque se buscara el camino más breve, lo salteaban por su
impresionante as pecto de tierra extraña que repuntaba en transiciones
imprevistas.
Dejando la orla marítima y siguiendo por tierra
hacia occidente, hechas pocas leguas, se terminaba la atracción de las entradas
aventureras y moría la vista del litoral opulento. Luego, a partir de Camacari,
las for maciones antiguas se cubren de escasas manchas terciarias, alternando
con exiguas hondonadas cretáceas revestidas por el terreno arenoso de
Alagoinhas que apenas engarzan, al este, con las emersiones calcáreas de
Inhambupe 52. La vegetación circundante se transforma, copiando estas alternativas
con la precisión de un calco. Se rarifican los montes o se empobrecen. Se
extinguen al fin, después de lanzar brotes dispersos por las serranías, e
incluso éstos, aquí y allá, cada vez más escasos, se separan
o avanzan en promontorios por los llanos desnudos,
donde una flora característica — arbustos flexibles mezclados con rubias
bromelias— pre domina exclusiva en anchas áreas, mal dominada por la
vegetación vigo rosa irradiante de la Pojuca 53 sobre el massapé fértil de las
capas cretáceas descompuestas.
Desde este sitio en adelante reaparecen los suelos
terciarios esteriliza dores sobre los más antiguos que, en cambio, dominan en
toda la zona centralizada en Serrinha. Los morros del Lopes y del Lajedo se
elevan a manera de deformes pirámides de bloques redondeados y lisos; y los que
se suceden, bordeando a uno y otro lado las alas de las sierras de la Saúde y
de la Itiúba, hasta Vila Nova da Rainha y Juázeiro 54, les copian los mismos
contornos de laderas fracturadas, exhumando la osamenta partida de las montañas.
El observador tiene la impresión de andar por el
corte mal graduado del borde de una planicie.
Pisa un camino tres veces secular, histórica ruta
por donde avanzaban los rudos sertanistas en sus excursiones hacia el interior.
No la modificaron nunca.
Tampoco la cambió más tarde la civilización,
yuxtaponiendo sobre los rastros de los bandeirantes las líneas de una vía
férrea.
Porque el camino en cuya longitud de cien leguas,
desde Bahía a Juazeiro, se entrecruzan numerosísimos desvíos hacia el oeste y
hacia el sur, jamás significó, partiendo de su trecho medio, una variante
apre-ciable para el este o para el norte.
Andándolo en marcha hacia Piauí, Pernambuco,
Maranhao y Pará, los pobladores, según sus varios rumbos, se dividían en
Serrinha. Y avan zando hacia Juázeiro o volviendo hacia la derecha, por el
camino real del Bom Conselho que, desde el siglo xvn los llevaba a Santo
Antonio da Gloria y Pernambuco5S, unos y otros rodeaban siempre, evitándolo, el
paraje siniestro y desolado, sustrayéndose a una travesía torturante.
De modo que aquellas dos vías de penetración que se
encuentran con el Sao Francisco en puntos lejanos — Juázeiro y Santo Antonio da
Gloria 56— formaban desde aquellos tiempos los límites de un desierto 57.
CAMINO A MONTE
SANTO
Sin embargo, quien se anima a atravesarlo,
partiendo de Queimadas hacia el nordeste58, no se sorprende al principio.
Curvándose en meandros, el Itapicuru alienta una vegetación vivaz y las
barrancas pedregosas del Jacurici59 se adornan de pequeños bosques. El suelo
arenoso y chato permite una travesía desahogada y rápida. A los lados del
camino se ondulan lomas rasas. La piedra, aflorando en lajas horizontales,
apenas remueve el suelo engarzándolo en la tenue capa de arena que lo reviste.
Después se ven sitios que van mostrando una
creciente aridez. Superada la estrecha faja de matorrales que prolonga aquel
último
río, se está en pleno agreste, como dicen
expresivamente los matutos: arbustos que casi no tienen raíces sobre la tierra,
enredados en ramas de las que irrumpen solitarios cereos, rígidos y
silenciosos, dándole al con junto la apariencia de un desierto. Y el rostro de
ese sertón inhóspito se va esbozando, lenta e impresionantemente. . .
Si se traspone cualquier ondulación, se lo descubre
o se lo adivina, a lo lejos, en el cuadro triste de un horizonte monótono en el
que se retrata, uniforme, sin un trazo de color diverso, el pardo requemado de
las caatingas.
Aún aparecen parajes menos estériles y en los
lugares donde se operó una descomposición in situ del granito, originando
algunas manchas ar cillosas, las copas verdes de los ouricurizeiros rodean —
breves paréntesis abiertos en la aridez general— las orillas de las ipueiras.
Estas lagunas muertas, siguiendo la bella etimología indígena, señalan una
escala obli gatoria para el caminante. Asociándose a las ollas y cuevas en que
se abre la piedra, son el único recurso en un viaje penoso. Verdaderos oasis,
tienen sin embargo, un aspecto lúgubre; localizadas en depresiones, que son
como espectros de árboles; o en los desfiladeros que se recortan en el suelo
polvoriento y pardo gracias a la placa verde negra de las algas unicelulares
que las cubren.
Algunas muestran los esfuerzos de los hijos del
sertón. Se encuentran, ornamentándolas, erguidos como represas entre las
laderas, toscos muros de piedra seca. Parecen monumentos de una sociedad
oscura. Patrimonio común de los que por ahí se agitan en las aflicciones del
clima feroz, vienen, en general, del remoto pasado. Los delinearon los que
primero se atrevieron a penetrar por aquellos sitios. Y persisten
indestructibles, porque el sertanejo, aunque vaya desnudo de equipaje, jamás
deja de llevar una piedra que calce en sus junturas vacilantes.
Mas, pasados estos puntos — imperfecta copia de las
murallas roma nas que aún se aprecian en Túnez— se entra de nuevo en los
arenales. Y marchando rápidamente, sobre todo en los trechos en que se suceden
pequeñas ondulaciones, todas de la misma forma y dispuestas del mismo modo, el
viajero más dinámico tiene la sensación de la inmovilidad. Se le presentan,
uniformes, los mismos cuadros, en un horizonte invariable que se aleja a medida
que se avanza. Pocas veces, como en el minúsculo poblado de Cansangáo 60, ancho
emergente de tierra fértil, se adorna de verde vegetación.
Despuntan pobres viviendas, algunas desiertas por
la retirada de los vaqueros que la sequía expulsó, otras en ruinas, y el
aspecto paupérrimo de todas agrava los rasgos melancólicos del paisaje. . .
En las cercanías de Quirinquinquá61, sin embargo,
empieza a dina-mizarse la tierra. El pequeño sitio allí erigido se levanta
sobre una alta
expansión granítica, y mirando hacia el norte se
divisa una región distinta, rizada de valles y serranías, perdiéndose a lo
lejos en escalas fugitivas. La sierra de Monte Santo con un perfil totalmente
opuesto a los redondos contornos que le diseñó el ilustre Martius62, se empina,
a pique, de frente, en un fuerte dique de cuarzo blanco, de tonos azulados, en
relieve sobre la masa gnéisica que constituye toda la base del suelo. Dominante
sobre la planicie que se extiende hacia el sudeste, con la línea de cumbres
casi rectilínea, su enorme paredón, rajado por las líneas de los estratos
expuestas a la erosión eòlica, parece una muralla monumental. Termina en una
cresta altísima, extremándole el desarrollo en el rumbo de 130 NE, a caballo
sobre la villa que se erige a su pie. Centraliza un vasto hori zonte. Entonces
se observa que, atenuados hacia el sur o hacia el este, los accidentes
predominantes de la tierra progresan avasallando los cua drantes del norte.
Caldeiráo 63, tres leguas adelante, se yergue al
margen de esa suble vación metamòrfica, y alcanzándolo y trasponiéndolo, se
entra de lleno, por fin, en el sertón adusto. . .
PRIMERAS IMPRESIONES
Es un paraje impresionante.
Las condiciones estructurales de la tierra se
vincularon a la violencia máxima de los agentes exteriores para el dibujo de
relieves estupendos. El régimen torrencial de los climas excesivos sobreviene
de pronto, des pués de las insolaciones demoradas, y golpeando en aquellas
pendientes, llevándoles a la distancia todos los elementos degradados, expone
desde hace mucho las series más antiguas de aquellos últimos brotes de las
montañas: todas las variedades cristalinas, y los cuarzos ásperos y los calcáreos
sustituyéndose o entrelazándose, repuntando duramente a cada paso, mal
cubiertos por una flora obstaculizante, disponiéndose en escena rios en los
que resalta, predominante, el aspecto atormentado del paisaje.
Porque lo que éste denuncia, en lo reseco del
suelo, en los desmante lados cerros casi desnudos, en los retorcidos lechos de
los arroyos efímeros, en las estrechas gargantas y la casi convulsiva flora
enmarañada, es de algún modo el martirio de la tierra, brutalmente golpeada por
los ele mentos variables distribuidos por todas las modalidades climáticas. De
un lado, la extrema sequedad del aire, en el verano, que facilita por la
irradiación nocturna la pérdida instantánea del calor absorbido por las rocas
expuestas al sol, imponiéndoles la alternativa de subidas y caídas
termométricas repentinas; y de ahí, un juego de dilataciones y contraccio nes
que las raja, abriéndolas según los planos de menor resistencia. Del otro lado,
las lluvias que cierran de improviso los ciclos sofocantes de las sequías,
precipitando estas demoradas reacciones.
Las fuerzas que atacan la tierra en su contextura
íntima y en su super ficie, sin intervalos en su acción demoledora, se
sustituyen, con interca-dencia invariable, en las dos estaciones únicas de la
región.
Se disocian en los veranos quemantes, se degradan
en los inviernos torrenciales. Van del desequilibrio molecular, agitándose
absurdamente, a la dinámica portentosa de las tormentas. Se unen y se
complementan. Y según sea la preponderancia de una o de otra, o el
entrelazamiento de ambas, se modifican los aspectos naturales. Las mismas capas
gnéisicas, caprichosamente escindidas en planos casi geométricos, a manera de
colmenas, que surgen en numerosos puntos, dan, a veces, la repentina ilusión de
hallarse, en aquellos yermos vacíos, ante majestuosas ruinas de castillos; más
adelante se rodean de cadenas de rocas, pierden unidad, mal asentadas sobre sus
bases estrechas, en inestables ángulos de caída, como grandes desmoronamientos
de dólmenes; y más allá desaparecen entre los bloques, dando la imagen perfecta
de esos mares de piedra tan característicos de los lugares donde imperan
regímenes excesivos. Por las faldas de los cerros en tumultuosa ronda, restos
de antiquísimas lomas corroídas se derraman — ora en alineamientos que asemejan
viejos cami nos de hielo, ora esparcidos al azar— espesos lastres de lajas y
piedras fracturadas, delatando idénticas violencias. Las aristas de los
fragmentos, donde persisten todavía, cementados en el cuarzo, los cristales de feldes
pato, son nuevos testimonios de esos efectos físicos y mecánicos que,
despedazando las rocas, sin que se descompongan sus elementos forma-dores, se
adelantaron a la acción de los elementos químicos en función de los datos
meteorológicos normales.
De este modo, a cada paso y en todos los puntos, se
tienen líneas incisivas de extrema rudeza. Atenuándolas en parte, aparecen
tramos deprimidos, sedes de antiguos lagos, convertidos ahora en esteros que
marcan los asentamientos de los vaqueros. Se recortan, abiertos en cajón, los
lechos generalmente secos de arroyos que sólo se llenan en las breves
estaciones de las lluvias. La mayoría obstruidos por piedras entre las cua
les, fuera de las súbitas corrientes, corren tenues hilos de agua, son una
reproducción completa de los oueds * que marginan el Sahara. Despuntan en
general estratos de un talcoesquisto azul oscuro, en placas bruñidas que
reverberan a la luz en fulgores metálicos, y sobre ellos, cubriendo extensas
áreas, capas menos resistentes de arcillas coloradas escindidas de cuarzo e
interceptadas por discordantes planos estratigráficos. Estas últimas
formaciones, silúricas quizá, cubren completamente a las demás a medida que se
marcha hacia el NE y se asimilan a contornos más co rrectos. Esclarecen la
génesis de los llanos rasos que se desatan, cubiertos de una vegetación
resistente, de mangábeiras, hasta Jeremoabo.
* Oueds:
en francés en el original: cursos de agua que corren por el desierto. (N . de T
.).
Hacia el norte, las capas se inclinan más
fuertemente. Se suceden cúmulos despojados, de caídas resbaladizas, en
quebradas, donde encu bren torrentes periódicos, y en sus topes se divisan,
alineadas en filas, destacadas en láminas, las mismas infiltraciones de cuarzo,
expuestas por la descomposición de los esquistos en que se embeben.
A la cruda luz de los días sertanejos, esos cerros
paupérrimos brillan de modo estentóreo, y su fulgor ardiente ofusca. . .
Las erosiones constantes quiebran la continuidad de
estos estratos, que en otros puntos desaparecen bajo las formaciones calcáreas.
Pero el con junto apenas se transforma. El aspecto ruinoso de éstas armoniza
con los otros accidentes. Y en los trechos en que ellas se estiran por el
suelo, planas, despojadas de todo ante la acidez corrosiva de los aguaceros
tem pestuosos, se criban en escoriadas cavidades circulares y acanaladas, pro
fundas, diminutas, innumerables, tangenciándose en esquinas de rebor des
cortantes, en puntas durísimas que imposibilitan la marcha.
De este modo, por cualquier camino se suceden los
accidentes poco elevados pero profundos, por los cuales dan vueltas los caminos
cuando se yuxtaponen, a lo largo de muchas leguas, a los lechos vacíos de los
arroyos agotados. Y por inexperto que sea el observador, al dejar las
perspectivas majestuosas que se desdoblan al sur, cambiándolas por los
emocionantes escenarios de aquella naturaleza torturada, tiene la persis tente
impresión de pisar el fondo recién elevado de un mar seco, que todavía arrastra
en esas formaciones rígidas, la estereotipada agitación de sus olas, de sus
vorágines muertas. . .
UN SUEÑO DE
GEOLOGO
Es una sugestión que atrapa.
Encaja a gusto con un naturalista algo romántico *,
imaginándose que por allí armaron torbellino, por largo tiempo, en la edad
terciaria, las olas y las corrientes.
Porque, a despecho de la escasez de datos que
permitan una de esas profecías retrospectivas, en el decir elegante de Huxley
6S, capaz de esbozar la situación de aquella zona en edades remotas, todos los
caracteres que podemos sumar refuerzan la concepción aventurada.
Aún la alientan; al extraño despojamiento de la
tierra, los alinea mientos notables en que yacen los materiales fracturados,
orlando en verdaderas curvas de nivel los flancos de las serranías; las escalas
de las altiplanicies terminando en taludes a plomo, que recuerdan falaises * *
; y hasta cierto punto, los restos de la fauna pliocena, que convierten a las
ollas en enormes osarios de mastodontes, llenos de vértebras desconyun-
* Em.
Liáis 65.
* *
Falaise: en francés en el original:
acantilado.
tadas y partidas, como si allí la vida fuese, de
súbito, golpeada y muerta por las energías revueltas de un cataclismo.
Existe también una presunción derivada de la
situación anterior, ex puesta en datos positivos. Las investigaciones de Fred
Hartt66, de hecho, establecieron en las tierras circundantes a Paulo Afonso, la
existencia de innegables lagos cretáceos y siendo los fósiles que las definen
idénticos a los encontrados en el Perú y en México, y contemporáneos a los que
Agassiz67 descubrió en Panamá, todos estos elementos se reúnen en la deducción
de que un vasto océano cretáceo expandió sus olas sobre las tierras de las dos
márgenes americanas, uniendo el Atlántico con el Pacífico. Cubría así gran
parte de los estados septentrionales brasileños, yendo a golpear contra las
terrazas superiores de las altiplanicies, donde extensos depósitos
sedimentarios denuncian la edad más antigua, el paleozoico medio.
Entonces, destacándose de las grandes islas
emergentes, los picos más altos de nuestras cordilleras apuntaban al norte, en
la soledad inmensa de las aguas.
No existían los Andes, y el Amazonas, ancho canal
entre las altipla nicies de las Guianas y las del continente, las separaba,
las aislaba. Hacia el sur, el macizo de Goiás — el más antiguo del mundo— según
la her mosa deducción de Gerber68, el de Minas y parte de la planicie
paulista, donde fulguraba en plena actividad el volcán de Caldas, constituían
el núcleo del continente futuro. . .
Porque lentamente, se operaba una sublevación
general: las masas graníticas se levantaban al norte arrastrando al conjunto
general de las tierras, en una lenta rotación alrededor de un eje, imaginado
por Em. Liáis, entre los llanos de Barbacena y Bolivia. Simultáneamente, al co
menzar la época terciaria, se produjo el hecho prodigioso del elevamiento de
los Andes; nuevas tierras afloran de las aguas; en un extremo se cierra el
canal amazónico convirtiéndose en el mayor de los ríos; se am plían los archipiélagos
dispersos y se hinchan en istmos, hundiéndose; se redondean, agrandándose los
contornos de las costas; y lentamente, Amé rica se integra.
Entonces, las tierras del extremo septentrional de
Bahía que se resu mían en las piedras de cuarzo de Monte Santo y de la Itiúba,
derramadas bajo las aguas, se abultan, en un ascenso continuo. En ese lento
subir, mientras las regiones más altas, recién descubiertas, se salpicaban de
la gos, toda la parte media, escarpada, permanecía inmersa. Una corriente
impetuosa, de la cual es forma decaída la actual de nuestra costa, la sujetaba.
Y golpeándola largamente, mientras el resto del país, al sur, se levantaba ya
conformado, y triturándola, remolineándola hacia el oeste y arrebatándole todos
los materiales desprendibles, se modelaba aquel rin cón de Bahía, hasta que
emergió siguiendo el movimiento general de las tierras, en informe
amontonamiento de montañas derruidas.
El régimen desértico allí se afirmó, en flagrante
antagonismo con las disposiciones geográficas: sobre laderas escarpadas donde
nada recuerda las depresiones sin escurrimientos de los desiertos clásicos.
Se piensa que la región incipiente aún se está
preparando para la Vida: el liquen todavía ataca a la piedra fecundando la
tierra69. Y luchando tenazmente con el flagelo del clima, una flora de rara
resistencia entre teje la trama de las raíces, impidiendo, en parte, que los
torrentes arre baten todos los principios disueltos — acumulándolos poco a
poco en la conquista del paraje desolado cuyos contornos suaviza— sin impedir,
con todo, en los largos veranos, las insolaciones inclementes y las aguas salvajes
que degradan el suelo.
De ahí la impresión dolorosa que nos domina al
atravesar aquel ignoto pedazo del sertón — casi un desierto— que se abre entre
las serranías desnudas y se estira, monótonamente, en los grandes descampados.
. .
II
DESDE LO ALTO DE MONTE SANTO
Desde lo alto de la sierra de Monte Santo, mirando
hacia la región ex tendida en torno de un radio de quince leguas, se nota,
como en un mapa en relieve, su conformación orogràfica. Y se ve cómo las
cadenas de sierras, en lugar de alargarse hacia el naciente, mediando en los
tra zados del Vaza-Barris y el Itapicuru, les forman el divortium aquarum que
progresa hacia el norte.
Nos muestran las sierras Grande y del Atanásio,
corriendo y al prin cipio diferenciadas, una hacia el NO y la otra hacia el N,
fundiéndose en el Acaru, donde afloran los manantiales interminentes del
Bendegó y sus tributarios efímeros. Unificadas, se juntan con las de Caraibas y
Lopes, y en éstas, de nuevo se embeben, formando las masas del Cambaio, de
donde irradian las pequeñas cadenas del Coxomongó y Calumbi, y hacia el
noroeste, los picos del Caipá. Obedeciendo a la misma tendencia, la del
Aracati, lanzándose al NO, a orillas de las lomas de Jeremoabo, avanza
discontinua en aquel rumbo y después de ser entallada por el Vaza-Barris en
Cocorobó, enfila hacia el poniente, repartiéndose en las de Canabrava y Po^o de
Cima, que la prolongan. Todas trazan al fin una elíptica curva cerrada al sur
por un morro, el de la Favela, alrededor del ancho llano ondulante donde se
erigía el poblado de Canudos, y desde allí hacia el norte, de nuevo se
dispersan hasta acabar en los llanos altos a orillas del Sao Francisco 70.
De tal manera, subiendo hacia el norte en busca de
la llanura que el Paranaíba excava, el talud de las altiplanicies parece
doblarse en relieve, perturbando toda el área de drenaje del Sao Francisco
abajo de la con
fluencia del Patamoté, en un trazado de torrentes
sin nombre, inapre ciables en la escala más favorable e imponiendo al
Vaza-Barris un curso tortuoso del cual se libera en Jeremoabo, al dirigirse
hacia la costa71.
Este es un río sin afluentes. Le falta conformidad
con el declive de la tierra. Sus pequeños tributarios, el Bendegó y el Caraibas
que le traen aguas transitorias dentro de sus lechos rudamente excavados, no
muestran las depresiones del suelo. Tienen la existencia fugitiva de las
estaciones lluviosas. Son más bien, canales de agotamiento, abiertos al azar
por las aguas o corrientes veloces que, adscriptas a los relieves topográficos
más cercanos, están, y no es raro, en desarmonía con las disposiciones orográ-ficas
generales. Son ríos que se exceden. De pronto se llenan, se desbor dan,
profundizan sus lechos anulando el obstáculo del declive general del suelo; se
deslizan por algunos días hacia el río principal, y desapa recen, volviendo a
su primitivo aspecto de valles sinuosos y secos, llenos de piedras.
El mismo Vaza-Barris, río sin nacientes, en cuyo
lecho crecen las gra míneas y pastan los rebaños, no tendría el trazado actual
si una corriente perenne le asegurase un perfil de equilibrio, a través de un
esfuerzo con tinuo y extenso. Su función como agente geológico es
revolucionaria. Generalmente cortado, fraccionado en ganglios endurecidos, o
seco, como una amplia calle polvorienta y tortuosa, cuando crece, abarrotándose
en las inundaciones, captando las aguas salvajes que vienen desde las cum bres,
trae durante algunas semanas aguas revueltas y barrosas y en seguida se
extingue en un agotamiento completo, lodoso como lo indica el nombre portugués
que le sustituyó con ventaja la antigua denominación indí gena 72. Es una ola
que cae de las vertientes de la Itiúba, que multiplica la energía de la
corriente en la estrechez de los desfiladeros, y corre veloz entre barrancos o
estalla entre las sierras, hasta Jeremoabo.
Vimos cómo la naturaleza a su alrededor le limita
el régimen brutal
— encerrándolo en tierras escabrosas, sin los
escenarios opulentos de las sierras y de los planaltos o de los interminables
llanos— y lo convierte en una mixtura en la que esas disposiciones naturales se
embarullan en confusión pasmosa: planicies que en seguida muestran series de
pisos tallados de barrancas, morros que en contraste con los llanos parecen de
gran altura y apenas están a pocas decenas de metros del suelo, y lomas que al
ser recorridas muestran los accidentes caóticos de las grandes cuevas talladas
en bruto. Nada más de los bellos efectos de los descubri mientos lentos, en el
remodelar de las cumbres, en el despertar de los horizontes y en el desatar —
amplísimos— de los campos gerais por las cimas de las cordilleras, dando a los
cuadros naturales la encantadora grandeza de perspectivas en las que el cielo y
la tierra se funden en una difusión lejana y de sorprendentes colores.
Mientras tanto, un inesperado cuadro esperaba al
viajero que subía las ondulaciones más próximas a Canudos, después de esta
travesía en la que creía estar pisando escombros de terremotos.
DESDE LO ALTO DE LA FAVELA
Saltaba la cima de la Favela73. Volvía la vista
atrás para abarcar con una mirada el conjunto de la tierra. Y nada de lo que
divisaba le recordaba los escenarios contemplados. Enfrente tenía la antítesis
de lo que había visto. Allí estaban los mismos accidentes y el mismo suelo,
abajo, en revoltijo, bajo el ropaje áspero de los padregales y las caatingas. .
. Pero la reunión de tantos trazos incorrectos y duros, surcados de barrancos y
socavados por despeñaderos, le ofrecía una perspectiva totalmente nueva. Y casi
comprendía cómo los matutos ingenuos creían que "ahí estaba
el cielo” . . . , El poblado, abajo y adelante, se
erigía en el mismo suelo perturbado.
Pero visto desde aquel punto, de por medio la
distancia suavizándole las laderas y aplanándolas, todas las serranías breves e
innúmeras proyectán dose en un plano inferior y extendiéndose, uniformes, dan
la ilusión de una planicie ondulada y enorme.
Alrededor una elipse majestuosa de montañas.
La Canabrava al nordeste, de perfil convexo y
simple; la del Pogo de Cima, cercana, pero escarpada y alta; la de Cocorobó,
hacia el levante, ondulando en depresiones y dispersa en esperones; las
vertientes rectilí neas del Calumbi al sur; las cumbres del Cambaio corriendo
hacia el po niente; y al norte, los contornos agitados del Caipá que se ligan
y articulan trazando y cerrando una curva desmedida 74.
Observando a lo lejos, casi a nivel, cerrándole el
horizonte, esas cum bres altaneras dan la impresión alentadora de encontrarse
sobre un platean * elevadísimo, incomparable páramo que reposa sobre las
sierras.
En la meseta abrupta, allá abajo, mal se veían los
pequeños cursos de agua, divagando, serpenteantes. . .
Sólo se distinguía el Vaza-Barris que la atravesaba
torciéndose en meandros. Prisionera en una de esas vueltas se veía una
depresión mayor, circundada de colinas. . . Y aplastándola, llenándola toda de
confusos techos incontables, una cantidad de casuchas. . .
III
EL CLIMA
De las breves anotaciones señaladas, resulta que
los caracteres geológicos y topográficos, a la par de los otros agentes
físicos, intercambian en
* Vlateau:
en francés en el original: planicie,
meseta.
aquellos lugares las influencias características de
tal modo que no se puede afirmar cuál es la preponderante.
Si por un lado, las condiciones genéticas gobiernan
fuertemente sobre las topográficas, éstas, a su vez, agravan a aquéllas y todas
persisten en influencias recíprocas. De este conflicto perenne vuelto círculo
vicioso indefinido, resalta la significación mesológica local. No es posible
abar carla en todas sus modalidades. Escasean las observaciones más comunes,
gracias a la indiferencia con que tomamos las cosas de esta tierra, con una
inercia cómoda de mendigos hartos.
Ningún pionero de la ciencia soportó aún los
rigores de aquel rincón sertanejo el tiempo suficiente como para definirlo.
Por ahí pasó Martius, con el propósito esencial de
observar el aerolito que había caído a orillas del Bendegó y ya era conocido
desde 1810 en las academias europeas, gracias a F. Mornay y a Wollaston75.
Atento sólo a la región salvaje, desertas austral como la bautizó, mal pudo ver
la tierra recamada de una flora extravagante, silva hórrida, en su latín
alarmado. Los que lo antecedieron y sucedieron, se comportaron, acuciados por
la canícula, con la misma rapidez de quien huye. De suerte que, ese sertón, siempre
evitado, hasta hoy desconocido, lo será todavía por mucho tiempo.
Lo que sigue son vagas conjeturas. Lo atravesamos
en el preludio de un verano ardiente y observándolo sólo desde ese punto de
vista, lo vimos bajo el peor aspecto 76. Lo que escribimos tiene el defecto de
esa impresión desolada, desfavorecida además por un medio contrario a la
serenidad del pensar y conmovido por las emociones de la guerra. Agregando que
los datos de un solo termómetro y de un barómetro aneroide, misérrimo arsenal
científico con que allí lidiamos, no nos podrán dar ni siquiera vagos lincamientos
de climas que divergen según las menores disposiciones topográficas, creando
aspectos dispares entre lugares limítrofes. El clima de Monte Santo, por
ejemplo, que es, en primera comparación, muy superior al de Queimadas, diverge
con los de los lugares que lo prolongan al norte, sin la continuidad que era
lícito prever de su situación inter media. La proximidad de las masas
montañosas lo vuelve estable, recuerda un régimen marítimo en pleno continente:
la escala térmica oscila en amplitudes insignificantes; un firmamente donde la
transparencia de los aires es completa y la limpidez inalterable; los vientos
reinantes, el SE en el invierno y el NE en el verano se alternan con extraño
rigor. Pero está aislado. Hacia cualquiera de sus direcciones, el viajero lo
pierde en un día. Si va hacia el norte lo asaltan fuertes transiciones: la
tempera tura aumenta, se intensifica el azul del cielo, el aire se vacía y los
vientos ruedan desorientados, desde todas direcciones, ante el intenso tiraje
de las tierras desprotegidas que se extienden de ahí en adelante. Al mismo
tiempo se refleja el régimen excesivo: el termómetro oscila en grados
disparatados, pasando, ya en octubre, de los días con 35° a la sombra, a las
madrugadas frías.
A medida que el verano asciende, el desequilibrio
se acentúa. Crecen las máximas y las mínimas, hasta que, en la plenitud de la
sequía, las horas transcurren en una intermitencia antinatural de días
quemantes y de noches heladas.
La tierra desnuda presenta en permanente conflicto
las capacidades de absorción y expulsión de los materiales que la forman, a un
mismo tiempo almacena los ardores de los soles y de ellos se desembaraza de
improviso. En 24 horas se insola y se congela. Brilla el sol y la tierra
absorbe rayos y los multiplica en reflejos y los refracta en reverbero atroz:
por los picos de los cerros, por las costas embarrancadas, se encienden en
luces del sílice fracturado, brillando en una trama vibrátil de centellas; la
atmós fera vibra junto con el suelo, en una ondulación vivísima de bocas de
horno en las que se presiente visible, en la expansión de las columnas
calientes, la efervescencia de los aires; y el día, incomparable en su fulgor,
fulmina a la naturaleza silenciosa en cuyo seno se abaten, inmóviles, en la
quietud de un largo espasmo, las ramas sin hojas de la flora caída.
La noche desciende sin crepúsculo, de golpe — un
salto de tinieblas por encima de la raya roja del poniente— y todo este calor
se pierde en el espacio de una irradiación intensísima, descendiendo la
temperatura de súbito, en una caída única, asombrosa. . .
Todavía hay más cambios crueles. Empujadas por el
nordeste, espesas nubes navegan al atardecer sobre las arenas encendidas. El
sol desapa rece y la columna mercurial permanece inmóvil, o con preferencia,
sube, a la noche sobreviene un fuego, la tierra irradia como un sol oscuro,
porque se siente una dolorosa impresión de fauces invisibles; todo el ardor
traído por las nubes refluye sobre la tierra. El barómetro cae como en las
proximidades de las tormentas y apenas se respira en el bochorno porque todo el
calor vomitado por el sol se concentra en una hora única de la noche.
Por un contraste explicable, este hecho jamás
ocurre en los paroxismos estivales de las sequías, en los que prevalece la
intercadencia de los días quemantes y las noches frígidas, agravando todas las
angustias de los martirizados sertanejos.
Copiando el mismo singular desequilibrio de las
fuerzas que trabajan la tierra, los vientos, en general, llegan en turbión,
revueltos, en remoli nos. Y en los meses en que se acentúa el nordeste, graba
en todas las cosas señales que recuerdan su rumbo.
Estas agitaciones de los aires desaparecen por
largos meses, entonces reinan calmas pesadas, aires inmóviles bajo la placidez
luminosa de los días torpes. Los vapores calientes suben imperceptibles,
quitándole a la tierra su humedad exigua y cuando se prolongan, esbozando el
preludio triste de la sequía, la aridez de la atmósfera alcanza grados muy
anor males.
HIGROMETROS SINGULARES
No hicimos las observaciones con el rigor de los
métodos científicos, sino gracias a higrómetros generosos e inesperados.
Cierta vez, a fines de setiembre, recorríamos las
cercanías de Canudos, huyendo de la monotonía de un cañoneo flojo, de tiros
espaciados, cuando encontramos, al descender una cuesta, un anfiteatro
irregular, donde las colinas se disponían en círculo frente a un valle húmedo.
Pequeños ar bustos, icozeiros verdes creciendo en ramas entremezcladas con
palmas de flores rutilantes, le daban al lugar la exacta apariencia de un viejo
jardín abandonado. Un solo árbol, una quixdbeira alta, reinaba sobre la vege
tación achaparrada.
El sol poniente dejaba, larga, su sombra por el
suelo y protegido por ella — los brazos abiertos, la cara hacia el cielo—
descansaba un soldado.
Descansaba. . .
desde hacía tres meses.
Había muerto en el asalto del 18 de julio. La
culata de la mannlicher 77 rota, el cinturón y la gorra echados a un lado, el
uniforme hecho jirones, decían que había sucumbido en lucha cuerpo a cuerpo con
un adversario fuerte. Por cierto, había caído gracias a un violento golpe que
le surcó la frente, manchada con una costra negra. Cuando días después fueron
enterrados los muertos, no lo vieron. Por eso no compartía la fosa común de
menos de 50 centímetros de profundidad en la que eran arrojados, por última vez
juntos, los compañeros abatidos en la batalla. El destino que lo había sacado
sin protección de su hogar, le había hecho al fin una concesión: lo libró de la
promiscuidad lúgubre de una fosa repugnante: lo había dejado allí, desde hacía
tres meses; los brazos muy abiertos, la cara vuelta hacia los cielos, hacia los
soles ardientes, hacia las lunas claras, hacia las estrellas fulgurantes. . .
Y estaba
intacto. Apenas marchito. Se momificaba conservando los ras gos fisonómicos,
de manera que creaba la ilusión de un luchador cansado, reparando fuerzas en un
tranquilo sueño, a la sombra de aquel árbol único. Ni un gusano — el más vulgar
de los trágicos analistas de la ma teria— le mancillaba los tejidos. Volvía
del torbellino de la vida sin des composición repugnante, en una fatiga
imperceptible. Era como un apa rato que revelaba de manera absoluta, pero
sugestiva, la sequedad extrema del aire.
Los caballos muertos ese mismo día parecían
especímenes desparrama dos de un museo. El pescuezo un poco más alargado y
fino, las patas resecas y el armazón arrugado y duro.
A la entrada del campamento, en Canudos, uno de
ellos se destacaba sobre todos de manera impresionante. Había sido montura de
un va liente, el alférez Wanderley, y había caído muerto junto con su jinete.
Pero al resbalar, mal herido, por la abrupta rampa, se encajonó entre las
rocas. Quedó casi de pie, con las patas delanteras firmes en un relieve
de piedra. . . Y allí se detuvo, vuelto un animal
fantástico, vertical sobre la ladera, en una última arremetida de la carga, con
todas las apariencias de la vida, especialmente cuando al pasar los soplos
rispidos del nordeste, se agitaban sus largas crines ondulantes. . . 78.
Cuando, de súbito, aquellos vientos se formaban en
columnas ascen dentes, en remolinos y torbellinos, a manera de minúsculos
ciclones, se sentía, mayor, la excitación del rudo ambiente; cada partícula de
arena suspendida del suelo agrietado y duro, irradiaba en todos los sentidos,
como un foco calorífico, la sorda combustión de la tierra.
Fuera de eso, en las largas calmas, había fenómenos
ópticos esplén didos.
Desde la cumbre de la Favela, si a plomo lastimaba
el sol y la atmós fera inmovilizaba a la naturaleza en torno, a lo lejos no se
distinguía el suelo.
La mirada fascinada se perturbaba en el
desequilibrio de capas desi gualmente calientes, como a través de un prisma
desmedido e intáctil y no se distinguía la base de las montañas, como si
estuvieran suspendidas. Entonces, al norte del Canabrava, en una enorme
expansión de los alti planos perturbados, se veía una ondulación que atontaba:
un extraño palpitar de olas lejanas, la ilusión maravillosa de un fondo de mar,
irisa do, sobre el que cayese, reflejándose y resaltando, la luz dispersa en
cen telleos enceguecedores. . .
IV
LA SEQUIA
El sertón del Canudos es un índice que resume la
fisiografía de los ser-tones del norte. Los resume, juntando sus aspectos
predominantes en una escala reducida. El es, en cierto modo, una zona central
común.
La inflexión peninsular, extremada por el cabo de
Sao Roque 79, hace que hacia él converjan los límites interiores de seis
estados: Sergipe, Alagoas, Pernambuco, Paraíba, Ceará y Piauí, que lo tocan o
prolongan a pocas leguas de distancia.
De ese modo, es natural que las características
climáticas de aquéllos se muestren en él con la misma intensidad, especialmente
su manifesta ción más incisiva, definida con una palabra que es el terror
máximo de los rudos habitantes del lugar: la sequía.
Nos excusamos de estudiarla largamente, asumiendo
el empequeñeci miento de los más robustos espíritus cuando tratan de
profundizar en su génesis, tanteando oscuramente un sinnúmero de agentes
complejos y fugitivos. Apenas osamos inscribir, en la realidad inflexible de
los números, esta inexorable fatalidad.
Sus dos ciclos — porque lo son en el rigorismo
técnico de la palabra— se abren y se cierran con un ritmo tan notable que hace
pensar en una ley natural todavía ignorada.
Lo reveló por primera vez el senador Tomás
Pompeu80, dibujando un cuadro elocuente en sí mismo, en el cual las apariciones
de las sequías, tanto en el siglo pasado como en el actual81, se enfrentan en
paralelismo singular aunque puedan presumirse ligeras discrepancias que indican
de fectos de observación o errores en la tradición oral que las registró.
De todas maneras, salta a la simple observación una
coincidencia su ficientemente repetida como para que se dude del azar.
Así, citando sólo las mayores, las sequías de
1710-11; 1723-27; 1736-37; 1744-45; 1777-78 del siglo x v i i i se yuxtaponen
con las de 1808-09; 1824-25; 1835-37; 1844-45; 1877-78 del siglo actual.
Esta coincidencia, en reflejo casi invariable, como
si surgiera de la copia de una sobre la otra, se acentúa todavía en la
identidad de las épocas extensas y quietas, que en ambos siglos, pusieron una
tregua a los estragos.
Siendo en el siglo pasado el interregno mayor de 32
años (1745 -77), en el nuestro hubo otro absolutamente igual y lo que es
notable, con co rrespondencia exacta de fechas (1845 -77).
Continuando con un examen más profundo del cuadro,
se destacan nuevos datos fijos y positivos, que aparecen con el rigor de
incógnitas que se despejan. Se observa una cadencia en la marcha del flagelo,
inter calado por lapsos de entre 9 y 12 años, y sucediéndose, de modo de
permitir previsiones seguras sobre su irrupción.
Pero, a pesar de esta simplicidad extrema en los
resultados inmedia tos, el problema que puede traducirse en una fórmula
aritmética sencilla, permanece insoluble.
HIPOTESIS SOBRE SUS CAUSAS
Impresionado por la razón de esta progresión, rara
vez alterada, y fiján dola un tanto forzadamente en once años, un naturalista,
el barón de Capanema82, tuvo la idea de rastrear su remoto origen en los hechos
extraterrestres, tan característicos por los períodos inviolables en que se
suceden. Y encontró un símil completo en la regularidad con que aparecen y se
extinguen, intermitentemente, las manchas de la fotosfe ra solar.
Sabemos que aquellos núcleos oscuros, algunos más
vastos que la Tierra, negreando dentro del círculo fulgurante de las fáculas,
derivando lentamente según la rotación del Sol, entre el máximo y el mínimo de
intensidad, tienen un período que puede variar entre 9 y 12 años. Y como desde
hace mucho la intuición genial de Herschel83 les descu
brió el influjo apreciable en el dosaje de calor
emitido hacia la Tierra, la correlación surgía firme, apoyada en datos
geométricos y físicos unidos en un efecto único.
Quedaba por comparar el mínimo de las manchas,
defensa ante la irradicación del gran astro, con el flagelo de las sequías en
el planeta torturado, de modo de equiparar los períodos de unas y otras.
En este punto, pese a su forma atractiva, falló la
teoría: pocas veces coinciden las fechas del paroxismo estival en el norte con
las de aquél.
El fracaso de esta tentativa denuncia menos lo
desvalido de una apro
ximación impuesta rigurosamente por circunstancias
tan notables, que el exclusivismo de observar una causa única. Porque la
cuestión, con la complejidad inmanente a los hechos concretos, se atiene
preferente mente a razones secundarias pero cercanas y enérgicas, y éstas, en
mo dalidades que van avanzando desde la naturaleza del suelo a la disposi
ción geográfica, sólo serán definitivamente sistematizadas cuando una extensa
serie de observaciones permita la definición de los agentes pre ponderantes del
clima sertanejo.
Como quiera que sea, el penoso régimen de los
Estados del Norte84 existe en función de agentes desordenados y fugitivos, sin
leyes defini das, sujetas a las perturbaciones locales, derivadas de la
naturaleza de
la
tierra y las reacciones más amplias,
emanadas de las disposiciones
geográficas. De ahí las corrientes aéreas que lo
desequilibran y varían.
Lo determina en gran medida y quizá de manera
preponderante, el monzón del nordeste, oriundo de la fuerte aspiración de las
altiplanicies interiores que, en vasta superficie extendida hasta el Mato
Grosso85, son, como se sabe, sede de grandes depresiones barométricas en el
verano. Atraído por ellas, el nordeste vivo, al entrar de diciembre a
marzo por las costas septentrionales, es
singularmente favorecido por la propia conformación de la tierra, en su pasaje
veloz sobre los llanos desnudos que, irradiando intensamente, elevan su punto
de saturación disminuyendo las probabilidades de las lluvias y lo rechazan, de
modo que le permiten llevar hacia los puntos remotos del continente, intacta,
sobre los manantiales de los grandes ríos, toda la humedad absorbida en la
travesía de los mares.
Del hecho, la disposición orogràfica de los
sertones, aparte las peque ñas variantes — cadenas de sierras que se alinean
hacia el nordeste para lelamente al monzón reinante— facilita el paso de éste.
Lo canaliza. No le pone barreras, haciéndolo subir y provocándole enfriamientos
y la condensación en lluvias.
Por lo tanto, uno de los motivos de las sequías
responde a la disposi ción topográfica.
A las flageladas tierras del Norte les falta una
serranía alta que corriendo en dirección perpendicular a aquel viento,
determine el dynamic colding * para decirlo de una manera expresiva.
Un hecho natural de otro orden esclarece esta
hipótesis.
Las sequías aparecen siempre entre dos fechas
fijadas hace mucho tiempo por la práctica de los sertanejos, del 12 de
diciembre al 19 de marzo. Fuera de tales límites no hay un solo ejemplo de
extinción de las sequías. Si los atraviesan, se prolongan fatalmente a lo largo
del año hasta que se reabre otra vez el período. Siendo así y recordando que es
precisamente dentro de este intervalo que la faja de las calmas ecua toriales,
en su lento oscilar en torno del ecuador, navega en el cénit de aquellos Estados,
llegando hasta los extremos de Bahía, ¿no podremos considerarla, para el caso,
cumpliendo la función de una montaña ideal que, corriendo del este al oeste y
corrigiendo momentáneamente la la mentable disposición orogràfica, se
interpone al monzón y lo detiene, provocando el ascenso de las corrientes, con
el consiguiente enfriamiento y la inmediata condensación en aguaceros
diluvianos que se descargan de súbito sobre los sertones?
Este desfile de conjeturas tiene como único valor
el indicarnos cuán tos remotos factores pueden incidir en esta cuestión que
nos interesa por dos razones: por su significado científico y por su
significado más pro fundo, que es resolver el destino de una gran parte de
nuestro país. Reduce por eso a segundo plano el influjo hasta hoy inútilmente
agitado de los alisios y es, en cierta forma, fortalecido por la intuición de
los sertanejos para quienes la persistencia del nordeste — el viento de la
sequía, como lo bautizaron— equivale a la permanencia de una situa ción
irremediablemente cruel.
Las épocas benéficas llegan de improviso.
Después de dos o tres años, como de 1877 a 1879, en
que la inso lación calienta intensamente los llanos desnudos, su propia
intensidad origina una reacción inevitable. Decae de modo considerable la
presión atmosférica. Se eleva más y se define mejor la barrera de las
corrientes ascendentes de los aires calientes antepuestas a las que entran por
el lito ral. Y se entrechocan unas con otras, en un desencadenamiento de
ciclo nes violentos, crecen, estallan, en minutos nublan todo el firmamento
deshaciéndose luego en aguaceros fuertes sobre los desiertos resecos.
Entonces parece volverse visible la protección de
las columnas ascen dentes que determinan el fenómeno, en la formidable
colisión con el nordeste.
Según numerosos testimonios, los primeros golpes de
lluvias despe ñadas de lo alto no tocan la tierra. A mitad de camino se
evaporan entre las capas calientes que suben y rechazadas, vuelven a las nubes
para, de nuevo, condensarse y precipitarse y otra vez revertir el proceso;
hasta
* Dinamic colding: en inglés en el original: dinámica fría. (N . d e T .).
que tocan el suelo que al principio ni humedecen,
volviendo a las alturas con mayor rapidez, casi en una evaporización, como si
hubiesen caído sobre chapas incandescentes, para bajar una vez más, en idas y
vueltas rápidas y continuas. Hasta que, finalmente, se forman los primeros
hilos de agua corriendo por las piedras, los primeros torrentes despeñándose
por las faldas, fluyendo en arroyos que crecen entre las quebradas, con
centrándose tumultuosamente en riachuelos correntosos que se adensan en ríos barrosos
de lechos azarosos, determinados por los declives, llevan do velozmente las
ramas de los árboles arrancados, rodando todos en una misma ola, revueltos en
el mismo caos de aguas turbulentas y oscuras. . .
Si al asalto repentino se suceden las lluvias
regulares, los sertones se transforman y reviven. No es raro que cambien en un
giro veloz, de ciclón. El drenaje rápido de las tierras y la evaporización que
se hace en seguida más viva, las vuelve de nuevo desoladas y áridas. Y pene
trando en la atmósfera ardiente, los vientos duplican la capacidad
higro-métrica y día a día, van absorbiendo la humedad exigua de la tierra,
reabriendo el ciclo inflexible de las sequías.
LAS
CAATINGAS
Por eso, la travesía de las veredas sertanejas es
más cansadora que la de una estepa desnuda.
En ésta, al menos, el viajero tiene el desahogo de
un horizonte lejano y la perspectiva de las planicies abiertas.
Mientras que la caatinga lo ahoga; le achica el
horizonte; lo seca y marea; lo atrapa en una trama espinosa sin atraerlo; lo
repele con sus espinos, sus hojas pinchantes, con los brotes crecidos en puntas
de lanza; descubre ante su vista leguas y leguas, inmutables en su desolado as
pecto: árboles sin hojas, de ramas retorcidas y secas, revueltas, entre
cruzadas, apuntando filosamente en el aire y estirándose por el suelo, haciendo
recordar un bracear inútil, tortuoso, de flora que agoniza. . .
Aunque la
caatinga no tiene las especies
reducidas de los desiertos
— mimosas retorcidas o euforbiáceas ásperas sobre
las gramíneas marchi tas— y parece repleta de diferente vegetación, sus
árboles, vistos en con
junto, se
asemejan a una sola familia de pocos
géneros, reducida casi
a una especie invariable, que sólo se diferencia en
el tamaño: todas con la misma conformación, la misma apariencia de vegetales en
trance de
muerte, casi sin troncos, deshechos en gajos que
apenas irrumpen por
el suelo. Es que, por un efecto explicable de adaptación a las estrechas
condiciones del
ingrato medio, penosamente se envuelven
en estrechos
círculos las mismas
plantas que tanto se diversifican en
los matorrales
y allí se manejan con un molde único. Cambian en lenta metamorfosis,
tendiendo a un limitadísimo número de tipos
caracterizados por los atri butos de los que poseen mayor capacidad de
resistencia.
Esta se impone, tenaz e inflexible.
La lucha por la vida, que en las selvas se traduce
por una tendencia irreprimible hacia la luz, huyendo del ahogo de las sombras y
elevándose, sujetos más a los rayos del sol que a los troncos seculares, allí
es total mente opuesta: más oscura, más original y más conmovedora. El sol es
un enemigo que hay que evitar, eludir o combatir. Y para evitarlo, se elige la
inhumación de la flora moribunda, los tallos se entierran en el suelo. Pero
éste, a su vez, es áspero y duro, cortado por el drenaje de los picos o
esterilizado por la succión de los estratos que completan las insolaciones.
Entre los dos caminos desfavorables — aires calientes y tierras áridas— las
plantas más fuertes presentan un aspecto muy anor mal, marcadas todas por los
estigmas de esta batalla sorda.
Las leguminosas, altas en otros sitios, allí son
enanas. Al mismo tiem po amplían su ámbito frontal, ensanchando la superficie
de contacto con el aire, para absorber los escasos elementos en él difundidos.
Atro fian las raíces maestras golpeando contra el subsuelo impenetrable y las
sustituyen por la expansión irradiante de las radículas secundarias, cre
ciendo en tubérculos húmedos de savia. Se empequeñecen las hojas. Rijo sas,
duras como carbones, surgen en la punta de los gajos para disminuir el campo de
la insolación. Revisten con un indumento protector a los frutos, rígidos, a
veces como estróbilos. Con dehiscencia perefecta, las vainas se abren,
estallando como si tuvieran palancas de acción, admi rables aparatos para la
propagación de las simientes, desparramándolas profusamente por el suelo. Y
todas, sin excepción, tienen en el perfume suavísimo de las flores *, una
protección intáctil que, en las noches frías, sobre ellas se levanta y se
arquea evitando que sufran de golpe las caídas de temperatura, tiendas
invisibles y encantadoras que las resguardan. . .
Así preparado, el árbol se dispone a reaccionar
contra el régimen brutal.
Se vuelca sobre el sertón la tortura de la sequía;
se esteriliza el aire; el suelo se vuelve piedra; ruge el nordeste y, como un
cilicio, la caatinga extiende sobre la tierra las ramas de los espinos. . .
Pero reducidas todas sus funciones, la planta, estivando, en vida latente, se
alimenta de las reservas que almacena en las épocas serenas y pasa los veranos
pronta a transfigurarse en los deslumbramientos de la primavera.
Algunos árboles, en tierras más favorables y en
singular disposición, eluden aún mejor las intemperies.
Se ven, numerosos, aglomerados en bosquecitos o
salpicando, aislados, en los duros pastizales, arbustos de poco más de un metro
de altura, de anchas rojas espesas, que muestran una floración riente en medio
de la desolación general. Son los cajueiros anuales, los típicos anacardia hu-
* Véase la bella inducción de Tyndall86.
milis de los llanos áridos, los cajuis de los
indígenas. Cuando se hacen zanjas alrededor de estos extraños vegetales, se
comprueba la sorpren dente profundidad de sus raíces. No es posible
desenraizarlos. El eje descendente es más grueso a medida que se excava.
Finalmente se des cubre que se va repartiendo en divisiones dicotómicas.
Avanza tierra adentro hasta llegar, por abajo, a un tronco único y vigoroso.
No son raíces sino ramas. Y los arbustos más
pequeños, dispersos o apareciendo en grupos, abrazando a veces amplias áreas,
son un árbol solo, enorme, totalmente enterrado.
Golpeado por el calor, fustigado por los soles,
roído por los torrentes, torturado por los vientos, el vegetal parece
esconderse del embate de los elementos antagónicos y abroquelarse de ese modo,
invisible, aferrado a un suelo sobre el que apenas asoman los brotes más altos
en su fronda majestuosa.
Otros, que no tienen esta conformación, se preparan
de otra manera. Las aguas que huyen en el correr salvaje de los torrentes, o
entre las capas inclinadas de pizarra,
quedan retenidas por largo tiempo en las membranas de las
bromeliáceas, avivándolas *. Los caroás verdosos, de flores triunfales y elevadas; los gravatás
y los ananás salvajes, cerrados en
tortuosidades impenetrables, copian las mismas formas, hechas adrede para esos
parajes estériles. Sus hojas lisas y lustrosas, como las de la mayor parte de
los vegetales sertanejos, facilitan la condensación de los escasos vapores
traídos por los vientos, para vencer
el peligro máximo de la
vida vegetativa, que resulta de la evaporación por las hojas, agotando la
absorción hecha por las raíces.
Se suceden otros ejemplares, bajo nuevos aprestos,
todos igualmente resistentes.
Los nopales y cactos, nativos de la región, entran
en la categoría de las fuentes vegetales de Saint-Hilaire 87. Tipos clásicos de
la flora desér tica, más resistentes que los demás; cuando marchitan a su
lado, fulmi nados, todos los árboles, persisten inalterables o quizá más
vividos. Se hicieron para los regímenes bárbaros, les repelan los climas
benignos que los debilitan. Parece que el fuego de los desiertos estimula mejor
la cir culación de la savia entre sus tallos húmedos.
Las favelas, todavía anónimas para la ciencia
—ignoradas de los sabios, en demasía conocidas por los taharéus— quizá un
futuro género caute-rium de las leguminosas, tienen en las hojas de células
alargadas en vello sidades, notables aprestos de condensación, absorción y
defensa. Por un lado, su epidermis, al enfriarse, por la noche, muy por debajo
de la tem peratura del aire, provoca, a despecho de la sequedad de éste,
breves precipitaciones de rocío; por otro lado, la mano que la toca, toca una
chapa incandescente de ardor increíble.
* En el
pináculo del verano, una planta de macambira es para el matuto se diento como
un vaso de agua cristalina y pura. (N . de T .).
Ahora bien, cuando al revés de las antedichas, las
especies no se pre sentan tan bien armadas para la reacción victoriosa, se
observan dispo sitivos todavía más interesantes: se unen, íntimamente
abrazadas, con virtiéndose en plantas sociales. No pudiendo vivir aisladas,
disciplinada mente se congregan, se arraciman. De esta clase son todas las
plantas cesalpíneas y las caatingueiras, constituyendo en los trechos en que
aparecen, el sesenta por ciento de las caatingas; también los romeros de los
campos, y los canudos de pito, heliotropos arbustivos de tronco hueco, pintados
de blanco y de flores en espigas, destinados a dar su nombre a la más
legendaria de las aldeas. . .
No están en el cuadro de las plantas sociales
brasileñas de Humboldt, y es posible que en otros climas sean individuales.
Allí se asocian. Y estrechamente solidarias a sus raíces, en el subsuelo, en
apretadas tramas, retienen las aguas, retienen las tierras que se disgregan y
finalmente, en un esfuerzo enorme, forman el suelo arable en que nacen,
venciendo, por la capilaridad del inextricable tejido de radículas enredadas en
numerosas mallas, la succión insaciable de los estratos y de las arenas. Y viven.
Viven es el término, porque hay, de hecho, un rasgo superior a la pasivi dad
de la evolución vegetativa. . .
Tienen el mismo carácter los juázeiros, que pocas
veces pierden las hojas de un verde intenso, adrede modeladas por las
reacciones vigorosas de la luz. Se suceden los meses y los años ardientes. Se
empobrece com pletamente el suelo áspero. Pero, en esas épocas crueles, en que
las inso laciones se agravan a veces con los incendios espontáneos que prenden
los vientos en las ramas secas, por sobre la paupérrima vida, ellos agitan sus
ramajes verdes, ajenos a las estaciones, siempre florecidos, salpicando el desierto
con sus flores doradas, como oasis verdeantes y festivos.
La dureza de los elementos crece en ciertas épocas
al punto de des nudarlos; entonces ya hace mucho que desaparecieron los fondos
de los ojos de agua y los lechos endurecidos de los arroyos muestran, como
moldes, los viejos rastros de las boyadas. El sertón entero es impropio para la
vida.
Sobre la naturaleza muerta, apenas se elevan los
cereos silenciosos, encumbrando los troncos circulares repartidos en columnas
poliédricas y uniformes, con la simetría impecable de enormes candelabros. Y al
caer las breves tardes sobre aquellos desiertos, cuando se cierran sus grandes
frutos colorados destacándose nítidos en la media luz de los cre púsculos,
ellos dan la emocionante ilusión de cirios fijados al azar por el suelo,
desparramados por las llanos y encendidos. . .
Caracterizan a la flora caprichosa de la plenitud
del verano.
Los mandacarus (cereus jaramacarú), alcanzando
notable altura, pocas veces aparecen en grupos, asoman individualmente por
encima de la vege tación caótica. Son novedad atrayente al principio. Actúan
por contraste. Se encumbran triunfalmente mientras toda la flora se deprime. La
vista
fatigada por tener que acomodarse a la
contemplación penosa de los agres tes remajes contorsionados, vuelve a la
normalidad y descansa recorriendo sus troncos derechos y correctos. Al cabo de
poco tiempo se vuelven una obsesión afligente. Marcan la totalidad con su
monotonía anormal, suce-diéndose constantes, uniformes, idénticos todos, todos
del mismo porte, a igual distancia, distribuidos con un orden singular por el
desierto.
Los xiquexiques (cactus peruvianas) son una
variante de proporciones inferiores, que se fracciona en ramas inquietantes de
espinas, curvas y rastreras, recamadas de flores blanquísimas. Buscan los
sitios ásperos y calientes. Son los vegetales de los médanos quemantes. Se
observan en el lecho abrasante de los riachos graníticos heridos por los soles.
Tienen como socios inseparables en este habitat,
que las mismas orquí deas evitan, a los cabegas de frade, horribles,
monstruosos melocactos de forma elipsoidal, acanalada, de gemas espinosas que
convergen en el vér tice superior formando una flor única, intensamente roja.
Aparecen de modo inexplicable sobre la piedra desnuda, dando por el tamaño, por
la forma y por el modo como se desparraman, la imagen singular de cabe zas
guillotinadas y sanguinolentas, tiradas por ahí, al azar, en un desorden trágico.
Es que una estrechísima rajadura les permitió continuar, a través de la roca,
la raíz larga y capilar hasta la porción inferior, donde acaso existan, libres
de evaporación, unos restos de humedad.
Y la vasta
familia capaz de adquirir todos los aspectos, va decayendo poco a poco, hasta
los quipás reptantes, espinosos, humildísimos, aferrados
a la tierra como fibras de una alfombra humillada;
las ramas serpeantes, flexibles como víboras verdes por el suelo, amigándose
con los frágiles ouricuriseiros, huyendo del suelo bárbaro en busca del remanso
de la copa de la palmera.
Aquí y allí hay otras modalidades: las
palmatorias-do-inferno, palmas diminutas diabólicamente erizadas de espinas,
con el vivo carmín de las cochinillas que alimentan; orladas de flores
rutilantes, quebrando alegre mente la tristeza solemne del paisaje. . .
Poco más puede descifrar quien anda, en los días
claros, por aquellos agrestes campos, entre árboles sin hojas y sin flores.
Toda la flora se mezcla en una promiscuidad indescriptible. Es la caatanduva,
mata en ferma en la etimología indígena, dolorosamente volcada sobre su
terrible lecho de espinas.
Subiendo un escalón al azar y mirando en torno, se
observa el mismo desolador escenario: vegetación agonizante, doliente e
informe, exhausta, en un estertor doloroso.
Es la sylva oestu aphyla, la sylva hórrida de
Martius, abriendo en el seno iluminado de la naturaleza tropical, un vacío
desértico.
Entonces se comprende la verdad de la paradoja de
Augusto de Saint-Hilaire: "¡Se encuentra allí toda la melancolía del
invierno con un sol ardiente y el calor del verano!”.
A la luz cruda de los interminables días se erizan
llamas sobre la tierra inmóvil y no la animan. Reverberan las infiltraciones de
cuarzo por los cerros calcáreos, desordenadamente esparcidos por el desierto,
en un blanqueo de bloques de hielo, y oscilando en la punta de las ramas secas
de los árboles hirsutos penden las tilas albas, como flecos de nieve, dán dole
al conjunto el aspecto de un paisaje glacial, de vegetación invernal, en medio
de hielos. . .
Mas en el oscurecer de una tarde cualquiera de
marzo, tardes rápidas, sin crepúsculos, prontamente ahogadas en la noche, las
estrellas, por primera vez titilan vivamente.
Nubes voluminosas ponen una barrera en el
horizonte, recortándolo en relieves imponentes de negras montañas.
Se mueven lentamente, se hinchan, dan lentas y
desmesuradas vueltas en las alturas, mientras los vientos barren las planicies
sacudiendo las ramas.
Cargándose en minutos, el firmamento se ilumina con
relámpagos su cesivos, que surcan la hoja negra de la tormenta. Restallan
ruidosamente los truenos. Las gotas de lluvia caen gruesas, espaciadas, sobre
el suelo, convirtiéndose en seguida en un aguacero de diluvio. . .
Y cuando el viajero vuelve ya no encuentra el
desierto.
Sobre el suelo alfombrado de azucenas resurge
triunfalmente la flora tropical.
Es una transformación de apoteosis.
Las juremas, predilectas de los caboclos — es su
hachís, les proporciona púrpura de sus flores sin esperar a las hojas; las
caraibas y baraúnas altas se recrean en las márgenes de los arroyos; echan
brotes los mariseiros cuyas ramas resuenan al paso de la brisa; asoman vivaces,
disimulando los tajos de las quebradas, las quixabeiras de hojas pequeñísimas y
frutos que recuerdan cuentas de ónix; más verdes, se adensan los icozeiros bajo
el ondular festivo de las copas de los ouricuris; se mueven dando vida al
paisaje, echadas sobre los llanos, redondeando las colinas, las motas flo
ridas del romero del campo, de troncos finos y flexibles; las umburanas
perfuman los aires, filtrándolos entre la fronda y dominando el renacer
general, no ya por la altura sino por el gracioso porte, los umbuzeiros
elevados a dos metros del suelo, irradiando en círculo, sus numerosas ramas.
Es el árbol sagrado del sertón. Fiel amigo en las
rápidas horas felices y largos días amargos de los vaqueros. Representa el más
señalable ejem plo de adaptación de la flora sertaneja. Tal vez, tuvo un tallo
más vigoroso y alto y fue decayendo, poco a poco, en la intercalación de
veranos fla mígeros e inviernos torrenciales, modificándose según las
exigencias del medio, involucionando hasta prepararse para la resistencia,
reaccionando, por fin, para desafiar las sequías interminables, sustentándose
en los tiempos de miseria gracias a la energía vital que economiza en las esta
ciones benéficas, gracias a las abundantes reservas guardadas en las raíces.
Y las reparte con el hombre. Si no existiese el
umbuzeiro, aquel pe dazo de sertón, tan estéril que en él escasean los
carnaubais tan provi dencialmente dispersos hasta las vecindades de Ceará,
estaría despoblado. El umbu es para el pobre matuto que allí vive lo mismo que
la mauritia para los garaúnas de los llanos.
Lo alimenta y mitiga su sed. Le abre el seno
afectuoso y amigo, pues sus ramas curvas y entrelazadas parecen hechas a
propósito para armar redes. Y cuando llegan las épocas felices le da los frutos
de exquisito sabor para preparar la umbuzada tradicional.
El ganado, hasta en los días de bonanza, codicia el
zumo ácido de sus hojas. Por entonces realza su porte, levanta en firme recorte
la copa circular, formando un plano perfecto sobre el suelo, sólo alcanzado por
los bueyes más altos, a la manera de una planta ornamental cuidada por la
solicitud de un práctico jardinero. Así podados parecen grandes cascos
esféricos. Dominan la flora sertaneja en las épocas felices como los cereos
melancólicos en los paroxismos estivales.
Las júrenlas, predilectas de los caboclos — es su
hachís, les proporciona gratuitamente un inestimable brebaje que les da vigor
para las largas caminatas y les quita la fatiga en instantes, como una bebida
mágica— se extienden formando tapias, impenetrables muros disfrazados en dimi
nutas hojas, trepan por los escasos mariseiros, — misteriosos árboles que
presagian la vuelta de las lluvias y de las anheladas épocas del verde o el
término de la magrem * — cuando el flagelo de la sequía está en su ple nitud,
transpiran en la cáscara reseca de los árboles, algunas gotas de agua;
reverdecen los angicos, se enrubian en motas los juás; y las bar aúnas con sus
flores en cascada, los araticuns a la orilla de los charcos. . . pero todavía,
destacándose, desparramados por los llanos, o salpicando los morros, los
umbuzeiros, estallando en flores blanquísimas, en hojas que pasan de un verde
pálido a un rosa vivo en los brotes nuevos, atrayendo la mirada, continúan
siendo la nota más feliz del deslumbrante escenario.
Y el sertón es un paraíso. . .
* Verde y
magrem, términos con que los matutos denominan las épocas de llu vias y de
sequía.
Al mismo tiempo surge la fauna resistente de las
caatingas, disparan por las cuestas húmedas los caititus esquivos; pasan en
manadas por las tigüeras con el estruendoso estrépito de maxilares que se
mueven, los jabalíes de rubia canela; corren por las mesetas altas, en
bandadas, en suciándose en los charcos los avestruces velocísimos; y las
seriemas de voces quejosas y las sericóias vibrantes cantando en la arboleda, a
la orilla de los bañados donde van a beber y el tapir deteniéndose un instante
en su trote brutal, inflexiblemente rectilíneo, derribando árboles por la
caatinga; y las suguaranas, aterrando a los mocos que hacen pareja para anidar
en las cuevas de piedra, saltan alegres en los altos pastos, antes de caer en
las trampas traicioneras, preparadas para los venados ariscos o los novillos
escapados. . .
Se suceden mañanas sin par en las que la
irradiación del levante en cendido tiñe de púrpura las eritrinas y destaca los
festones multicolores de las begonias, adornando con guirnaldas las umburanas
de roja cor teza. Los aires se animan en una palpitación de alas. Los surcan
las notas de extraños clarines. En un tumulto de vuelos desencontrados pa san,
en bandadas, las palomas silvestres que emigran, y ruedan las turbas
turbulentas de las maritacas estridentes. . . mientras, feliz, olvi dado de
tristezas, el campesino anda por la huella conduciendo a los bueyes hartos y
entonando su canción predilecta. . .
Así se van los días.
Pasan uno, dos, seis meses de ventura, a causa de
la exuberancia de la tierra, hasta que, sordamente, imperceptiblemente, con un
ritmo maldito, las flores y las hojas se despegan poco a poco y caen y la
sequía se disbuja de nuevo en las ramas muertas de los árboles marchitos. . .
V
UNA CATEGORIA GEOGRAFICA QUE HEGEL NO C IT O 89
Resumamos, juntemos estas páginas dispersas.
Hegel señaló tres categorías geográficas como
elementos fundamentales que en unión con otros, actúan sobre el hombre creando
las diferencias étnicas: las estepas de vegetación raquítica o las vastas
planicies áridas; los valles fértiles profusamente irrigados; los litorales y
las islas.
Los llanos de Venezuela, las sabanas que continúan
el valle del Mississipi, las pampas inconmensurables y el mismo Atacama,
extendido sobre los Andes — vasta terraza de dunas— se inscriben rigurosamente
entre las primeras.
Es que pese a los largos veranos, a las tormentas
de arena, y a las súbitas inundaciones, no son incompatibles con la vida.
Pero no fijan al hombre a la tierra.
Su flora rudimentaria, de gramíneas y ciperáceas,
que se vigoriza en las épocas lluviosas, es un incentivo para la vida pastoril,
para las so ciedades errantes de los pastores en continua movilidad, en un
constante armar y desarmar de tiendas, por esas planicies, rápidas y dispersas
ante los primeros fulgores del verano.
No atraen. Muestran siempre el mismo escenario, de
una monotonía abrumadora, con la única variante del color, como un océano
inmóvil, sin olas y sin playas.
Tienen la fuerza centrífuga del desierto, repelen,
desunen, dispersan. No se pueden atar a la humanidad por el vínculo nupcial del
surco del arado. Son un aislante étnico, como las cordilleras y el mar, o las
estepas de Mongolia, holladas en corridas locas por las catervas turbulentas de
los tártaros errabundos.
Pero a los sertones del Norte, aunque a primera
vista se les equiparan, les falta un lugar en el cuadro del pensador germánico.
Si se los cruza en el verano, se cree entrar
exactamente en aquella primera división, pero si se los cruza en invierno, se
los toma por parte esencial de la segunda.
Bárbaramente estériles; maravillosamente
exuberantes.
En la plenitud de las sequías son positivamente
desiertos. Pero cuando éstas no se prolongan al punto de originar penosos
éxodos, el hombre, como los árboles, lucha con las reservas almacenadas en los
días de abun-dencia y en este combate feroz, anónimo, terriblemente oscuro,
ahogado en la soledad de las planicies, la naturaleza no los abandona del todo.
Los ampara mucho más allá de las horas de desesperanza que acompañan el
agotamiento de los últimos ojos de agua.
Al llegar las lluvias, como vimos, la tierra se
transfigura en mutaciones que contrastan con la desolación anterior. Los vados
secos se convierten en ríos. Se aíslan las cumbres excavadas, de pronto
verdeantes. La vege tación florece, cubre las grutas, disfraza la dureza de
los barrancos, re dondea en colinas los rispidos bloques de piedra, de tal
manera que los grandes llanos surcados por ríos, se unen en curvas suaves a las
lomas altas. La temperatura cae. Con la desaparición de los solazos se anula la
sequedad anormal del aire. En el paisaje hay nuevos tonos: la transpa rencia
espacial resalta en las más ligeras líneas y en todas las variantes de forma y
de color.
Después todo esto se acaba. Vuelven los días
torturantes; la atmósfera de los desiertos se levanta más profunda ante la
expansión renacida de la tierra.
Y el sertón es un valle fértil. Es un monte frutal
vastísimo y sin dueño. Después, todo esto se termina. Vuelven los días
torturados, la atmós fera asfixiante, la pedregosidad del suelo, la desnudez
vegetal, y en las ocasiones en que los veranos se suceden sin la intermitencia
de las llu
vias, el espasmo asombroso de la sequía.
La naturaleza se complace en un juego de antítesis.
Por eso, los sertones imponen una división especial
en aquel cuadro. La más interesante y expresiva de todas, puesta en el medio,
entre los valles intensamente fértiles y las estepas más áridas.
Relegando a otras páginas su significación como
factor de diferencia ción étnica, veremos su papel en la economía de la
tierra.
La naturaleza no crea normalmente los desiertos.
Los combate, los rechaza. Aparecen a veces, cosa inexplicable, bajo las líneas
astronómicas que definen la exuberancia máxima de la vida. Los expresa el
clásico Sahara — nombre genérico de la árida región dilatada desde el Atlántico
al Indico, entrando por Egipto y por Siria y asumiendo todos los aspectos de la
enorme depresión africana al plateau arábigo quemante de Nedjed y avanzando
desde allí hacia las arenas de las bejabans en Persia— y son tan ilógicos, que
el mayor de los naturalistas pensó que su génesis podía ser la acción
tumultuosa de un cataclismo, una irrupción del Atlántico precipitándose, en un
terrible remolino de corrientes, sobre el norte del Africa y desnudándola
furiosamente.
Esta explicación de Humboldt, aunque se presente
como una brillante hipótesis, tiene un significado superior.
Acabada la preponderancia del calor central y
normalizados los climas, del extremo norte al extremo sur, a partir de los
polos inhabitables, la existencia vegetativa progresa hacia la línea
equinoccial. Bajo ella quedan las zonas exuberantes por excelencia, donde los
arbustos de otras zonas se hacen árboles y el régimen oscila en dos estaciones
únicas, lo que de termina uniformidad favorable para la evolución de los
organismos sim ples, atados directamente a las variaciones del medio. La
fatalidad astro nómica de la inclinación de la elíptica, que coloca a la
Tierra en condi ciones biológicas inferiores a las de otros planetas, apenas
se advierte en los parajes donde una montaña única, del pie a las cumbres,
sintetiza todos los climas del mundo.
Por ellas pasa, interfiriendo la frontera ideal de
los hemisferios, el ecuador termal, cuyo trazo está perturbado por inflexiones
que van desde los singulares puntos donde la vida es imposible, pasando de los
desiertos a las florestas, del Sahara que lo empuja hacia el norte, a la India
opu lenta, después de tocar la punta meridional de la paupérrima Arabia,
bordeando el Pacífico por un extenso tramo — contrahecho collar de islas
desiertas y excavadas— y buscando después en lento desemboque hacia el sur, la
Hiléia * portentosa del Amazonas 90.
De la extrema aridez a la exuberancia extrema. . .
Es que la morfología de la Tierra violenta las
leyes generales de los climas. Pero siempre que el aspecto geográfico lo
permite, la naturaleza reacciona. En lucha sorda, cuyos efectos escapan a la
razón de los ciclos
* Hiléia:
nombre que Humboldt dio a la gran región botánica que ocupa la mayor parte de
la Amazonia brasileña y territorios limítrofes. (N . de T .).
históricos, pero emocionantes para quien consigue
entreverla a través de los siglos sin cuento, entorpecida siempre por los
agentes adversos, pero tenaz, incoercible, la tierra como un organismo, va
cambiando por asi milación, indiferente a los elementos que provocan tumultos
en su su perficie.
De modo que si las extensas depresiones eternamente
condenadas, como las de Australia, por ejemplo, permanecen estériles, en otros
pun tos los desiertos se anulan.
La misma temperatura abrasadora acaba por darles un
mínimo de presión atrayendo la afluencia de las lluvias, y las arenas móviles,
lleva das por los vientos, que por largo tiempo negaron a la planta más
humilde su apego a la tierra, se inmovilizan poco a poco aprisionadas por las
radículas de las gramíneas; el suelo árido y la roca estéril caen bajo la
acción de los liqúenes que preparan la llegada de los frágiles lecitos, y por
fin, las planicies, los llanos y las pampas de escasa vegetación, las sabanas y
las estepas más vivaces del Asia central, surgen, crecen, en sucesivas fases de
transfiguraciones maravillosas.
COMO SE HACE UN DESIERTO
Los sertones del Norte, a despecho de una
esterilidad menor, contra puestos a este criterio natural, tal vez pertenecen
al punto singular de una evolución regresiva.
Imaginémoslos hace poco, en una retrospección en la
que la fantasía se levanta sobre la gravedad de la ciencia, emergiendo,
geológicamente modernos, de un vasto mar terciario.
Aparte de esa tesis absolutamente inestable, lo
cierto es que un com plejo de circunstancias les ha dificultado el régimen
continuo, favore ciendo una flora más vivaz.
Anteriormente esbozamos algunas.
Olvidémonos, por ahora, de un agente geológico
notable, el hombre. De hecho, éste actúa brutalmente sobre la tierra y en todo
el decurso
histórico, asumió el terrible papel de hacedor de
desiertos.
Esto comenzó con un desastroso legado indígena.
En la agricultura primitiva de los silvícolas, el
instrumento funda mental era el fuego.
Cortados los árboles por las filosas hoces de
granito, las ramas después de secas se encendían en volcanes de fuego acrecidos
por el viento. Cer caban con troncos el área en cenizas donde hubo una mata
exuberante. La cultivaban. Renovaban el mismo proceso en la siguiente estación
hasta que, totalmente exhausto ese pedazo de tierra, se lo abandonaba, ya
inútil, vuelto caapuera — matorral muerto— como lo señala la etimo logía tupí,
quedando en adelante irremediablemente estéril porque, por
una circunstancia digna de destacar, las familias
vegetales que surgían subsidiariamente en el suelo calcinado, eran siempre de
tipo arbustivo, totalmente distintas de la de la selva primitiva. El aborigen
seguía abrien do campos, tierras de cultivo, con nuevos árboles derribados y
nuevas quemazones, extendiendo el círculo de los estragos en nuevas caapueras,
que una vez más dejaba para formar otras en diferentes puntos, quedando
estériles e ineptas para reaccionar con los elementos exteriores que se agravaban
a medida que se ampliaban: la tierra se volvía piedra, los rigo res del clima
la flagelaban, se ahogaba en duros pastizales, espejando aquí y allá la figura
doliente de la caatanduva siniestra, y más allá la caatinga bravia.
Después vino el colonizador y copió el mismo
proceder. Lo agravó to davía al adoptar en forma exclusiva para el centro del
país, fuera de la estrecha faja de los cañaverales de la costa, el régimen
francamente pastoril.
Desde los albores del siglo xvxi, en los sertones
abusivamente divididos se abren extensísimos campos, pastizales sin límites.
Del mismo modo se abren los fuegos, libremente
encendidos, sin fosos de contención, avasallando extensidades, sueltos en los
soplos violentos del nordeste. Al mismo tiempo, se le unió el sertanista
ambicioso y bravo en busca de indígenas o de oro. Ahogada por una flora que le
oscurecía el horizonte y dificultaba peligrosamente las trampas tendidas al
indio, necesitado de ver claramente las montañas que lo guiaban, va derribando
a su paso y quemando, dejando la huella destructora en la marcha de las bandeiras.
Atacó a fondo la tierra, removiéndola en las
exploraciones a cielo abierto, la esterilizó con las escorias del oro, la hirió
a puntazos de pico, la degradó corroyéndola con las aguas salvajes de los
torrentes, y dejó, aquí y allí, para siempre estériles, enrojeciendo con el
intenso colorido de las arcillas, donde no prospera la planta más exigua, las
grandes catas, vacías y tristes, con su extraño aspecto de inmensas ciudades
muertas, destruidas.
Estas brutalidades atravesaron toda nuestra
historia. Incluso a me diados de este siglo, según el testimonio de los viejos
habitantes de las poblaciones aledañas del Sao Francisco, los exploradores que
en 1830 avanzaron partiendo de la margen izquierda de ese río, cargando en
vasijas de cuero las indispensables medidas de agua, tenían al frente,
iluminándoles la ruta, abriéndoles los caminos y devastando la tierra, el mismo
instrumento siniestro, el incendio. Durante meses seguidos se vie ron en el poniente,
entrando por las noches, el reflejo rubio de las que mazones.
Imaginen los resultados de semejante proceso
aplicado sin variantes en el curso de los siglos.
El gobierno colonial lo había previsto. Desde 1713,
con sucesivos decretos intentaron ponerle coto. Y al terminar la sequía
legendaria de 1791-1792, la gran sequía, como dicen todavía los viejos
sertanejos, que arruinó al norte entero, desde Bahía a Ceará, el gobierno de la
metrópoli, atribuyéndola a esas costumbres apuntadas, estableció como
correctivo único, la severa prohibición de cortar las florestas.
Por mucho tiempo dominó esta preocupación. Lo
demuestran las car tas reales del 17 de marzo de 1796, nombrando un juez
conservador de bosques, y la del 11 de junio de 1799 por la que se decreta que
"se prohíba la indiscreta y desordenada ambición de los habitantes (de
Bahía y Pernambuco) que tienen asolados a hierro y fuego preciosos bosques. . .
que tanto abundaban y hoy quedan a distancias
considerables, etc.”. Allí están esos documentos preciados en relación directa
con la región
que pálidamente intentamos describir.
Hay otros de comparable elocuencia.
Deletreando los antiguos mapas de ruta de los
sertanistas del norte, intrépidos caatingueiros que pleiteaban con los
bandeirantes del sur, a cada paso se descubre alguna alusión relativa a la
rudeza de los parajes que atravesaban, en busca de las "minas de plata” de
Melchior Moreia 91. Casi todos pasaban por la orilla del sertón de Canudos, con
parada en Monte Santo, entonces llamado Pico-Aragá por los tapuias. Y hablan de
los "campos fríos (ciertamente a la noche por la irradiación intensa del
suelo desprotegido) cortando leguas de caatinga sin agua ni caravatá que la
tuviese y remediando a la gente sólo con raíces de umbu y mandacaru” en la
penosa apertura de las picadas *.
Ya en esa época, como se ve, las plantas tenían una
función proverbial, la misma que tienen hoy para nuestros sertanejos.
Es que el mal es antiguo. Colaborando con los
elementos meteorológi cos, con el nordeste, con la succión de los estratos,
con las canículas, con la erosión eólica, con las repentinas tempestades, el
hombre agregó un elemento más nefasto, que intervino en la correlación de
fuerzas de ese clima demoledor. Si bien no lo creó, lo transformó y lo agravó.
El hacha del caatingueiro auxilió a la degradación de las tormentas, la
quemazón fue suplemento de la insolación.
Quizá hizo el desierto. Pero aún puede extinguirlo,
corrigiendo el pasado. La tarea no es imposible. Lo demuestra una comparación
histórica.
COMO SE EXTINGUE UN DESIERTO
Quien atraviesa las planicies elevadas de Túnez,
entre Beja y Bizerta, al borde del Sahara, todavía encuentra, en el desemboque
de los valles, atravesando normalmente el caprichoso curso lleno de vericuetos
de los
* Carta de Pedro Barbosa Leal al Conde de Sabugosa
92.
oueds, restos de antiguas construcciones romanas.
Viejos muros derruidos, con revestimientos de piedra lisa, cubiertos en parte
por los detritos de veinte siglos; esos legados de los grandes colonizadores
delatan al mismo tiempo su actividad inteligente y el abandono bárbaro de los
árabes que los sustituyeron.
Después de la destrucción de Cartago, los romanos
habían tomado sobre sus hombros la empresa incomparablemente más seria de
vencer el antagonismo de la naturaleza. Y ahí dejaron el bellísimo rasgo de su
expansión histórica.
Advirtieron con seguridad el defecto original de la
región, estéril menos por la escasez de lluvias que por su pésima distribución
adscrita a los relieves topográficos. Lo corrigieron. El régimen torrencial que
es intensí simo en ciertas épocas, determinando alturas pluviométricas mayores
que las de otros países fértiles y exuberantes, era como en los sertones de
nues tro país, además de inútil, nefasto. Caía sobre la tierra desnuda, desa
rraigando la poca vegetación apenas aferrada a un suelo endurecido, durante
algunas semanas inundaba las planicies y luego desaparecía por el norte y por
el levante, hacia el Mediterráneo, dejando el suelo, después de una
revitalización transitoria, más despojado y árido. Al sur parecía avanzar el
desierto, dominando todo el paisaje, nivelando los últimos acci dentes que no
doblegaba la fuerza del simún.
Los romanos lo hicieron retroceder. Encadenaron los
torrentes, repre saron las fuertes correntadas y aquel régimen brutal,
tenazmente comba tido y bloqueado, cedió ante una red de barreras. Excluido el
arbitrio de las irrigaciones sistemáticas tan difíciles, consiguieron que las
aguas permanecieran durante mayor tiempo sobre la tierra. Los torrentes se
dividieron en distintas corrientes por las barreras de las murallas que
cerraban los valles y los oueds detenidos entre las sierras conservaban por largo
tiempo las grandes masas líquidas hasta entonces perdidas, o las transbordaban
por canales laterales a los sitios más bajos donde se abrían en acequias que
irradiaban hacia todas partes embebiendo el suelo. De modo que este sistema de
represas, además de otras ventajas, creó un esbozo de irrigación general. Por
otra parte, aquellas superficies líquidas esparcidas en innumerables ríos y no
resumidas en un Quixadá único 9S, monumental e inútil, expuestas a la
evaporación, terminaron por actuar sobre el clima mejorándolo. Finalmente,
Túnez, donde habían anclado los hijos predilectos de los fenicios, pero que
hasta entonces se reducía a un litoral poblado por traficantes o nómadas con
sus tiendas de techos curvos blanqueando los arenales como quillas hundidas, se
vio transfi gurada en la tierra clásica de la agricultura antigua. Fue el
granero de Italia, la abastecedora casi exclusiva del trigo de los romanos.
En la actualidad, los franceses les copian los
procedimientos sin nece sidad de levantar murallas monumentales y
dispendiosas. Represas con empalizadas de estacas, entre muros de piedras y
tierra, a manera de
palancas, los oueds mejor dispuestos y en lo alto
de sus bordes y a todo lo largo de las serranías que los rodean, hacen canales
que derivan hacia las tierras circundantes, formando redes de irrigación.
De esta manera, las aguas salvajes se detienen, se
aquietan, sin tomar la fuerza de las inundaciones violentas, diseminándose
finalmente, aman sadas, en millares de válvulas de escape, por las
derivaciones cruzadas. Y el histórico paraje, liberado de la apatía del
musulmán inerte, se trans forma, volviendo a su fisonomía antigua. Francia
salva los restos de la opulenta herencia de la civilización romana, después de
una declinación de siglos.
Ahora bien, cuando se dibuja sin gran precisión
todavía, el mapa hipométrico de los sertones del Norte, se aprecia que se
adaptan a una tentativa idéntica, de resultados igualmente seguros.
La idea no es nueva. Surgió hace mucho tiempo, en
memorables sesiones del Instituto Politécnico de Río, en 1877, del bello
espíritu del consejero Beaurepaire-Rohan94, quizá sugestionado por la misma
com paración que acabamos de hacer nosotros.
De las discusiones entonces celebradas, en las que
fueran sepultadas las teorías de los mejores científicos del momento — desde la
sólida experiencia de Capanema hasta la singular mentalidad de André
Re-bougas95— fue la única teoría práctica, factible, verdaderamente útil, que
perduró.
En aquella oportunidad, se idearon lujosas
cisternas de piedras; miría das de pozos artesianos perforando las planicies;
depósitos colosales para las reservas acumuladas; diques inmensos formando
Caspios artificiales; y finalmente, como para caracterizar bien el fracaso
completo de la inge niería ante la enormidad del problema, ¡estupendos
alambiques para la destilación de las aguas del Atlántico!. . .
La propuesta más modesta, sin embargo, efecto de la
enseñanza his tórica, que hablaba por el más elemental de sus ejemplos, los
superó. Es que, además de práctica, evidentemente era la más lógica.
EL MARTIRIO SECULAR
DE LA TIERRA
Realmente, entre los agentes determinantes de la
sequía se intercalan apreciablemente, la estructura y la conformación del
suelo. Sea cual fuere la intensidad de las complejas y remotas causas que
anteriormente esboza mos, la influencia de aquéllas es manifiesta desde que se
considere que la capacidad absorbente y emulsiva de las tierras expuestas, la
inclinación de los estratos y la rudeza de los relieves topográficos, agravan
al mismo tiempo los topes de calor y la degradación intensiva de los torrentes.
De modo que, pasando de las insolaciones interminables a las inundaciones
súbitas, la tierra, mal protegida por una vegetación marchita que las
primeras queman y las segundas erradican, se deja
invadir poco a poco por el régimen francamente desértico.
Las fuertes tempestades que apagan el incendio
sordo de las sequías, a pesar de la revitalización que traen, preparan de
alguna manera a la región para mayores tragedias. La desnudan brutalmente,
exponiéndola cada vez más desprotegida, a los veranos siguientes; la surcan con
canales de rispidos contornos; la golpean y esterilizan; y cuando desaparecen,
la dejan aún más desnuda ante los adustos rayos del sol. El régimen recorre con
deplorable intermitencia un círculo vicioso de catástrofes *.
De esta manera, la única medida que se debe tomar
es corregir estas disposiciones naturales. Dejando de lado los factores
determinantes del flagelo, originados en la fatalidad de las leyes astronómicas
o geográficas inaccesibles a la intervención humana, son aquéllas las únicas
pasibles de modificaciones apreciables.
El proceso que señalamos en esta breve recordación
histórica, por su misma simplicidad, nos dispensa de mayores pormenores
técnicos.
Francia los utiliza hoy sin variantes, reviviendo
el trazado de cons trucciones antiquísimas.
Amuralladas las cuencas inteligentemente
seleccionadas y a cortas distancias, por toda la extensión del territorio
sertanejo, sobrevendrían tres consecuencias inevitables: se atenuaría
considerablemente el drenaje del suelo con sus lamentables consecuencias; se
formarían, en las proximi dades de la red de derivaciones de las aguas,
fecundas áreas de cultivo; y se fijaría una situación de equilibrio en la
inestabilidad del clima, porque los numerosos y pequeños diques uniformemente
distribuidos, al constituir una dilatada superficie de evaporación, ejercerían,
con el correr del tiempo, la influencia moderadora de un mar interior de fun
damental importancia.
No hay que arbitrar otro recurso. Las cisternas,
pozos artesianos y los inmensos lagos como el de Quixadá, tienen un
inapreciable valor local, pues buscan atenuar, de modo general, la última de
las consecuencias de la sequía: la sed; pero lo que hay que combatir y vencer
en los sertones del Norte es el desierto.
El martirio del hombre allí es reflejo de una
tortura mayor que abarca la economía general de la Vida.
Nace del martirio secular de la Tierra. . .
* “ . . .
es digno de mencionarse el fuerte declive hacia el mar que existe en las
tierras del sertón, donde corren sus ríos. . . Apenas cae una lluvia en esos
pedre gosos campos, de escasa vegetación, las aguas siguen incontinenti por
los surcos y arroyos, produciendo verdaderas avalanchas que destruyen todo a su
paso. .
I. Yoffiley, Notas sobre a Varaíba 96.
EL HOMBRE
1.—Complejidad del problema etnológico del Brasil.
Varia bilidad del medio físico y su reflexión en la historia. Acción del medio
en la fase inicial de la formación de las razas. La formación brasileña del
norte. II.—Génesis del jagun-50: colaterales probables de los paulistas.
Función histórica del río Sao Francisco. El vaquero, mediador entre el
ban-deirante y el sacerdote. Fundaciones jesuítas en Bahía. Causas favorables
para la formación mestiza de los sertones, distinguiéndola de los cruzamientos en
el litoral. Una raza fuerte. I I I —El sertanejo. Tipos dispares: el jagunco y
el gaúcho. Los vaqueros. Servidumbre inconsciente: vida pri mitiva. El rodeo.
El arreo. Tradiciones. La sequía. Ais lamiento del desierto. Religión mestiza.
Factores históricos de la religión mestiza. Carácter variable de la
religiosidad sertaneja. Pedra Bonita. Monte Santo. Las misiones actua les. IV
—Antonio Conselheiro, documento vivo de atavismo. Un gnóstico rudo. Hombre
grande para el mal. Represen tante natural del medio en que nació.
Antecedentes de fa milia: los Maciéis. Una vida con buenos auspicios. Primeros
reveses. La caída. Cómo se forma un monstruo. Peregri naciones y martirios.
Leyendas. Las prédicas. Preceptos de ultramontano. Profecías. Un heresiarca del
siglo II en plena Edad moderna. Tentativas de reacción legal. Hégira hacia el
sertón. V.—Canudos: antecedentes. Crecimiento vertigino so. Régimen de la
urbs. Población multiforme. Policía de bandidos. El templo. Camino al cielo.
Las oraciones. Gru pos de valientes. ¿Por qué no predicar contra la República?
Una misión abortada. Maldición sobre la Jerusalén de barro.
I
COMPLEJIDAD
DEL PROBLEMA ETNOLOGICO
DEL BRASIL
Adscripta a influencias que intercambian en grados
variables tres ele mentos étnicos, la génesis de las razas mestizas del Brasil
es un pro blema que por mucho o tiempo aún desafiará el esfuerzo de los
mejores espíritus.
Apenas está esbozado.
En el dominio de las investigaciones antropológicas
brasileñas se encuentran nombres muy dignos de nuestro movimiento intelectual.
Los
estudios sobre la prehistoria indígena muestran
modelos de observación sutil y brillantes conceptos críticos, gracias a los
cuales, parece definiti vamente afirmado, contrariando el pensamiento de los
caprichosos cons tructores del puente Aléutico, el autoctonismo de las razas
americanas.
En este gran esfuerzo, completado por la profunda
elaboración pa leontológica de Wilhelm Lund, se destacan el nombre de Morton,
la intuición genial de Frederico Hartt, la organización científica de Meyer, la
rara lucidez de Trajano de Moura, y muchos otros cuyos trabajos refuerzan los
de Nott y Gordon en el definir, de una manera más com pleta, a América como un
centro de creación desligado del gran vivero del Asia Central. Autónomo entre
las razas se erige el homo americanus 97.
La parte primordial de la cuestión quedó aclarada.
Sea que resulten del "hombre de Lagoa Santa” cruzado con el precolombino
de los "sam-baquis”; sea que deriven, con grandes modificaciones por
ulteriores cru zamientos y por el medio, de alguna raza invasora del norte, de
la que se supone son oriundos los tupís, tan numerosos en la época del descu
brimiento, nuestros indígenas, con sus exactos caracteres antropológicos,
pueden ser considerados tipos en vías de desaparición de viejas razas au
tóctonas de nuestra tierra.
Esclarecido de este modo el origen del elemento
indígena, las inves tigaciones convergieron hacia la definición de su
psicología especial y consiguieron trazar algunas conclusiones seguras.
No vamos a repetirlas. Además de faltarnos
competencia, nos desvia ría demasiado de nuestro objetivo.
Los otros dos elementos formadores, externos, no
originaron idénti cas tentativas. El negro bantú o cafre, con sus varias
modalidades, fue, hasta en este punto, nuestro eterno desprotegido. Sólo en los
últimos tiempos, un tenaz investigador, Nina Rodrigues98, analizó cuidadosa
mente su religiosidad tan original e interesante. Ahora bien, cualquiera fuere
el ramal africano aquí trasplantado, ciertamente, trajo los atributos
preponderantes del homo afer, hijo de tierras adustas y bárbaras, donde la selección
natural, más que en cualquier otra parte, se realiza por el ejercicio intensivo
de la ferocidad y de la fuerza.
En cuanto al factor aristocrático de nuestra gens,
el portugués, que nos une a la vibrátil estructura del celta, está a su vez, a
pesar del com plicado entrecruzamiento de donde emerge, totalmente
caracterizado.
Así es que conocemos los tres elementos esenciales
y, aunque imper fectamente, el medio físico diferenciador y aún, bajo sus
diferentes formas, las condiciones históricas adversas o favorables que sobre
ellos actuaron. Pero si no consideramos las alternativas y todos los pasos
inter medios de ese entrelazamiento de tipos antropológicos de grados dispares
en sus atributos físicos y psíquicos bajo los influjos de un medio variable,
capaz de cambiantes climas, con discordantes aspectos y opuestas condi ciones
de vida, se puede afirmar que poco avanzamos. Escribimos todas
las variables de una fórmula intrincada, mostrando
el serio problema; pero no develamos todas las incógnitas.
Es que, evidentemente, para el caso no basta que
pongamos uno de lante del otro, al negro bantú, al indio guaraní y al blanco,
aplicando al conjunto la ley antropológica de Broca99. Esta es abstracta e
irreduc tible. No nos dice cuáles son los factores que pueden atenuar el
influjo de una raza más numerosa o más fuerte, ni qué causas pueden atenuar o
matar ese influjo, cuando en lugar de la combinación binaria que la ley
presupone, se da una combinación de tres factores diversos adscriptos a las
vicisitudes de la historia y de los climas.
Hay una regla que nos orienta cuando salimos a
indagar la verdad. Se puede modificar como se modifican todas las leyes ante la
presión de los datos objetivos. Pero aunque, por extravagante indisciplina
mental, alguien intentase aplicarla desprendida de la intervención de esos
datos, no simplificaría el problema.
Es fácil demostrarlo.
Dejemos de lado innumerables causas perturbadoras y
consideremos sólo los tres elementos constituyentes de nuestra raza en sí
mismos, con las capacidades que les son propias, intactas.
Por lo pronto, vemos que en esta hipótesis
favorable no resulta de ellos el producto único inmanente a las combinaciones
binarias, en una fusión inmediata en la que se yuxtaponen o se resumen sus
caracteres, unifi cados y convergentes en un tipo intermedio. Por el
contrario, la combi nación ternaria determina, en el caso más simple, otras
tres, binarias. Los elementos iniciales no se resumen, no se unifican, se
desdoblan y originan un número igual de subformaciones, substituyéndose por los
derivados, sin reducción alguna, en un mestizaje embarullado donde se destacan
como productos más característicos el mulato, el mameluco o curiboca y el cafuz
*. Los propósitos primeros de las investigaciones se desubican y perturban ante
estas reacciones que no expresan una re ducción sino un desdoblamiento. Y el
estudio de estas subcategorías sus tituye al de las razas formadoras,
agravándose y dificultándose, si se mira que aquéllas conllevan, a su vez,
innumerables modalidades de acuer do con el variable dosaje de sangres.
El tipo abstracto de brasileño que se busca,
incluso en el caso favora ble arriba afirmado, sólo puede surgir de un
entrelazamiento considera blemente complejo.
Teóricamente sería el pardo, en el que convergen
los sucesivos cruces del mulato, del curiboca y del cafuz.
* Respectivamente,
productos del negro y del blanco; del blanco y del tupí (cari-boc: que procede
del blanco); del tupí y del negro. Los abarca como término genérico, aunque
preferentemente aplicado al segundo, la palabra mameluco o mejor, mamaluco.
Mamá-ruca: sacado de la mezcla. De mamá: mezclar y ruca: sacar.
Pero si se consideran las condiciones históricas
que actuaron de modo diferente en los distintos territorios del país; las
disparidades climáticas que ocasionan reacciones diversas diversamente
soportadas por las razas constituyentes; la mayor o menor densidad con que
éstas se cruzaron en variados puntos del país; y atendiendo aun a la
introducción de otros pueblos — por las armas en la época colonial y por las
inmigraciones en nuestros días— hecho que a su vez, no fue y no es uniforme, se
ve bien que aquella formación es realmente dudosa cuando no absurda.
Como quiera que sea, estas rápidas consideraciones
explican los dis pares puntos de vista que reinan entre nuestros antropólogos.
Sometidos a la penosa tarea de subordinar sus investigaciones a condiciones tan
com plejas, se han dedicado con preferencia a la preponderancia de los facto
res étnicos. Ahora bien, dejando de lado la gran influencia que éstos han
tenido y que no negamos, se los exageró, provocando la irrupción de una cuasi
ciencia, difundida en medio de extravagantes fantasías que, a más de osadas,
son estériles. Existe un exceso de subjetivismo entre quienes, en los últimos
tiempos, entre nosotros, meditan sobre cosas tan serias con una volubilidad
algo escandalosa si se miran las proporciones del tema. Comienzan por excluir,
en gran parte, los mate riales objetivos ofrecidos por las circunstancias
mesológicas e históricas. Después arrojan, entrelazan y funden a las tres razas
según los caprichos que los empujan en el momento. Y de esta metaquímica
extraen algunos precipitados ficticios.
Algunos afirman a priori, con discutible autoridad,
la función se cundaria del medio físico y decretan la extinción casi completa
del indígena y la influencia decreciente del africano después de la abolición
del tráfico negrero y así prevén la victoria final del blanco, más nume roso y
más fuerte, como término general de una serie, hacia lo cual tienden tanto el
mulato, forma cada vez más diluida del negro, como el caboclo, en quien se
apagan más rápidamente aún, los rasgos caracte rísticos del aborigen.
Otros alargan más el devaneo. Amplían la influencia
del último. Y estructuran fantasías que caen al más leve choque de la crítica.
En sus devaneos no faltan el metro y la rima, porque invaden la ciencia en la
vibración rítmica de los versos de Goncalves Dias 100.
Otros van demasiado pegados a la tierra. Exageran
la influencia del africano, capaz, en efecto, de reaccionar en muchos puntos
contra la ab sorción de la raza superior. Surge el mulato. Lo proclaman el
tipo más característico de nuestra subcategoría étnica.
El tema se va volviendo multiforme y dudoso.
Pensamos que esto sucede porque la meta esencial de
estas investiga ciones se reduce a la búsqueda de un tipo étnico único,
cuando, por cierto, hay muchos.
Porque no tenemos unidad racial.
Quizá no la tendremos nunca.
Estamos destinados a la formación de una raza
histórica en un futuro remoto, si lo permite una vida nacional autónoma,
proyectada en un dilatado tiempo. Bajo este aspecto invertimos el orden natural
de los hechos. Nuestra evolución biológica exige la garantía de la evolución
social.
Estamos condenados a la civilización.
O progresamos o desaparecemos.
La afirmativa es segura.
No la sugiere sólo esa heterogeneidad de elementos
ancestrales. La re fuerza otro elemento igualmente ponderable: un medio físico
amplio y variable, completado por la variación de las situaciones históricas
que en gran medida, de él dependieron.
Sobre
este propósito debemos
hacer algunas consideraciones.
VARIABILIDAD DEL MEDIO FISICO
Contrariando la opinión de los que limitan los
países calientes a un desa rrollo de 30° de latitud, el Brasil está lejos de
incluirse en esa categoría. Bajo un doble aspecto, el astronómico y el
geográfico, ese límite es exage rado. Además de sobrepasar la demarcación
teórica común, excluye los relieves naturales que atenúan o refuerzan los
agentes meteorológicos, creando climas ecuatoriales en altas latitudes o
regímenes templados entre los trópicos. Toda la climatología, inscripta en los
amplios lincamientos de las leyes cosmológicas generales, muestra con
preferencia y en cual quier parte adicta, las causas naturales más próximas y
particulares. Un clima es como la traducción fisiológica de una condición
geográfica. Y definiéndolo de este modo concluimos que nuestro país, por su
misma estructura, no se adecúa a un régimen uniforme.
Lo demuestran los resultados más recientes y son
los únicos dignos de fe, de las investigaciones meteorológicas. Estas lo
subdividen en tres zonas claramente distintas: una francamente tropical que se
extiende por los estados del norte hasta el sur de Bahía, con una temperatura
media de 26°; otra templada de Sao Paulo a Río Grande pasando por Paraná y
Santa Catarina, entre las isotermas 15° y 20°; y como transi ción, otra
subtropical que se extiende por el centro y norte de algunos estados, desde
Minas a Paraná.
Así quedan claramente delimitados tres habitat
distintos.
Ahora bien, igualmente entre las líneas más o menos
seguras de éstos, aparecen modalidades que todavía los diversifican.
Las indicamos en rápidos trazos.
La disposición orográfica brasileña, de fuertes
masas elevadas que se orientan prolongando el litoral perpendicularmente al
rumbo SE, deter
mina las primeras distinciones en amplias zonas de
territorio que están situadas al oriente, creando anomalías climatológicas muy
expresivas.
De hecho, el clima totalmente subordinado al
aspecto geográfico, viola las leyes generales que lo regulan. A partir de los
trópicos, hacia el ecuador, su caracterización astronómica, por las latitudes,
cede a las causas secundarias perturbadoras. Se define anormalmente por las
lon gitudes.
Es un hecho conocido. En la extensa faja de la
costa que va desde Bahía a Paraíba, se ven transiciones más acentuadas:
mientras los para lelos acompañan el rumbo a occidente, los meridianos van
hacia el norte. Las diferencias en el régimen y en los aspectos naturales, que
siguiendo este rumbo son imperceptibles, se señalan claramente en el primero.
Extendida hasta los parajes septentrionales se ve la misma naturaleza
exuberante en los grandes montes que hay por la costa, por lo que la
observación rápida del extranjero se imagina una dilatada región vivaz y
fértil. Pero, a partir del paralelo 13°, las florestas enmascaran vastos
territorios áridos que retratan en las áreas desnudas las inclemencias de un
clima en el que los grados termométricos e higrométricos progre san en
relación inversa, extremándose exageradamente.
Lo revela un corto viaje hacia el occidente
partiendo de un punto cualquiera de la costa. Entonces el encanto de la bella
ilusión se quiebra. La naturaleza se empobrece; desaparecen los grandes montes;
decae la grandeza de las montañas; se esteriliza y deprime, transformándose en
sertones bárbaros por los que corren ríos efímeros, en llanos desnudos que se
suceden, indefinidamente, formando un escenario desmesurado adecuado para los
cuadros dolorosos de las sequías.
El contraste es abrumador.
A una distancia menor de cincuenta leguas, aparecen
dos regiones totalmente opuestas, dadoras de opuestas condiciones de vida.
Sorpresivamente se entra en el desierto.
Y por
cierto, los grupos humanos que en los dos primeros siglos de poblamiento
golpearon las playas del norte, tuvieron en su traslado hacia el oeste en busca
del interior, obstáculos más serios que la agitada ruta marítima o montañosa,
en la travesía de las caatingas ralas y marchitas. El fracaso de la expansión
bahiana, que había precedido a la paulista en el penetrar hacia los misterios
de tierra adentro, es el ejemplo saliente.
Lo que no ocurre de los trópicos hacia el sur.
Allí, la urdimbre geológica de la Tierra, matriz de
su interesante mor-fogenia, persiste inalterable, abarcando extensas
superficies hacia el interior, creando las mismas condiciones favorables, la
misma flora, un clima altamente mejorado por la altitud y la misma imagen
animadora de los aspectos naturales.
El ancho muro de la cordillera granítica que cae a
plomo sobre el mar, por las faldas interiores decae suavemente en vastos planos
ondu lados.
Es la escarpa abrupta y viva de las altiplanicies.
Sobre estos escenarios, sin los rasgos
exageradamente dominantes de las montañas, el paisaje se revela más opulento y
amplio. La tierra mues tra esa manageability of nature * de que nos habla
Buckle y el clima tem plado caliente, desafía en benignidad al admirable
régimen de la Europa meridional. No lo regula con exclusividad el SE, como
sucede más hacia el norte. Soplando desde las altas planicies del interior, el
NO prepondera en toda la extensa zona que va desde las tierras elevadas de
Minas y de Río hasta Paraná pasando por Sao Paulo.
Ahora bien, estas amplias divisiones, apenas
esbozadas, ya muestran una diferencia esencial entre el sur y el norte,
absolutamente distintos por el régimen meteorológico, por la disposición de la
tierra y por la transición variable entre el sertón y la costa.
Haciendo un análisis más profundo descubriremos
aspectos particulares más agudos todavía.
Tomaremos los casos más expresivos, evitando
explayarnos extensa mente sobre el tema.
En páginas anteriores vimos que el SE, que es el
regulador predomi nante del clima de la costa oriental, es sustituido en los
estados del sur por el NO y en los extremos septentrionales por el NE. A su
vez, éstos desaparecen en el corazón de las altiplanicies frente al SO que,
como un hálito fuerte de los pamperos, se lanza hacia el Mato Grosso, origi
nando desproporcionadas amplitudes termométricas, agravando la inesta bilidad
del clima continental y sometiendo a las tierras centrales a un régimen brutal,
distinto de los que vimos rápidamente delineados.
En efecto, en el Mato Grosso, la naturaleza
equilibra las exageraciones de Buckle. Es excepcional. Ninguna se le asemeja.
Toda la imponencia salvaje, toda la exuberancia inconcebible, unidas a la
brutalidad máxima de los elementos, que el gran pensador, en precipitada
generalización, ideó para el Brasil, aparecen allí, francas y portentosas.
Contemplándolas, incluso con la frialdad de las observaciones de los
naturalistas poco ave zados en los aspectos descriptivos, se ve que aquel
régimen climatológico anómalo es el rasgo más hondo de nuestra variabilidad
mesológica.
Ninguno se le equipara en el juego de las
antítesis. Su imagen apa rente es de una benignidad extrema: de tierra
aficionada a la vida, de naturaleza fecunda erguida en la apoteosis triunfal de
los días deslum brantes y serenos, de un suelo que germina en fantástica
vegetación, harto irrigado por ríos que irradian hacia los cuatro puntos
cardinales. Pero esta placidez opulenta, paradojalmente, esconde el germen de
cata-
* Manageability
of nature: en inglés en el original: flexibilidad de la naturaleza. (N . de T
.).
clismos que irrumpiendo siempre con un ritmo
inquebrantable, en el verano, se desencadenan con el rigor implacable de una
ley.
No podemos describirlos. Vamos a esbozarlos.
Después de soplar algunos días las bocanadas
calientes y húmedas del NE, los aires se inmovilizan por cierto tiempo.
Entonces, "la naturaleza parece quedar extática, asustada, ni las ramas de
los árboles se mueven; los montes en una quietud que da miedo, parecen cuerpos
sólidos. Las aves se acogen a sus nidos suspendiendo sus vuelos y allí se
esconden *.
Pero, si se vuelve a mirar el cielo, ¡ni una nube!
El firmamento lím pido se arquea iluminado por un sol oscuro, de eclipse. La
presión decae lentamente, en un descenso continuado, ahogando la vida. Por
momentos, un cúmulo compacto de bordes de cobre oscuro, negrea el horizonte,
hacia el sur. Desde ese punto sopla después una brisa cuya velocidad va
creciendo rápidamente hasta convertirse en fuerte ventarrón. La tem peratura
cae en minutos y en pocos instantes, el vendaval sacude violen tamente la tierra.
Fulguran los relámpagos, estallan en truenos los cielos y un aguacero
torrencial cae sobre esas vastas superficies destrozando, en una inundación
única, el divortium aquarum impreciso que las atra viesa, uniendo todas las
nacientes de los ríos y embarullando los lechos en mares indefinidos.
Es un asalto súbito. El cataclismo irrumpe como un
arrebato en la espiral vibrante de un ciclón. Se desploman las casas, se doblan
y su cumben los carandas seculares, quedan aislados los morros, las planicies
se vuelven lagos. . .
¡Y una hora después el Sol irradia triunfalmente en
el cielo purísimo! Los inquietos pájaros cantan por las frondas chorreantes; el
aire es sua vizado por soplos acariciantes, y el hombre, dejando los refugios
donde tuvo que buscar protección para su vida, contempla los estragos en medio
del renacer universal. Los troncos y las ramas de los árboles partidos por los
rayos, desparramados por los vientos, las chozas destruidas, los techos por
tierra; las últimas olas barrosas de los arroyos desbordados, la vegetación
volcada por los campos como si sobre ella hubiesen pasado búfalos en tropel,
dan testimonio de la embestida fulminante del flagelo.
Días después los vientos soplan suavemente otra
vez, hacia el éste; la temperatura empieza a subir de nuevo; poco a poco, la
presión dismi nuye y crece sin cesar el malestar hasta que se forma en los
aires inmo vilizados el componente formidable del pampero y resurge estruen
dosa la tormenta, en rodeos turbulentos, encuadrada por el mismo lúgu bre
escenario, reviviendo el mismo ciclo, el mismo círculo vicioso de las
catástrofes.
Ahora bien, avanzando hacia el norte, despunta en
contraste con esas manifestaciones, el clima de Pará. Los brasileños de otras
latitudes apenas lo comprenden, incluso a través de las lúcidas observaciones
de Bates 10a.
* Dr. Joáo Severiano da Fonseca, Viagetn ao redor
do B rasil101.
Madrugadas templadas de 23° centígrados, suceden
inesperadamente a noches lluviosas; días que irrumpen como apoteosis
fulgurantes revelan do transformaciones inopinadas; árboles, en la víspera
desnudos, apare cen cubiertos de flores; pantanos convertidos en prados. Y en
seguida, en el círculo estrecho de veinticuatro horas, mutaciones completas:
flo restas silenciosas, gajos apenas cubiertos por hojas quemadas y marchitas;
ramas viudas de las flores recién abiertas, cuyos pétalos se desprenden y caen,
muertos, sobre la tierra inmóvil bajo el espasmo enervante de un bochorno de
35° a la sombra. "A la mañana siguiente el Sol se levanta sin nubes y de
este modo se completa el ciclo, primavera, verano y otoño en un solo día
tropical” *.
La constancia de tal clima hace que no se adviertan
las estaciones que, sin embargo, abreviadas en las horas de un solo día, se
presentan. La temperatura tiene durante todo el año una oscilación no mayor de
I o o 1.5°. Así la vida se equilibra en una constancia imperturbable.
Mientras tanto, hacia el oeste, en el Alto
Amazonas, manifestaciones diversas caracterizan un nuevo habitat que, no puede
negarse, impone una aclimatización penosa a todos los hijos de los territorios
limítrofes.
Allí, en la plenitud de los calientes veranos,
cuando muertos en el aire quieto se diluyen los últimos soplos del este, el
termómetro es sus tituido por el higrómetro en la definición del clima. Todo
depende de una alternativa dolorosa de las bajantes y las crecidas de los
grandes ríos. Estos crecen siempre de manera asombrosa. El Amazonas salta fuera
de madre y en pocos días se levanta a diecisiete metros sobre su nivel, se
extiende en vastos mares, en furos, en paranamirins entrecruzados en una red complicadísima
de mediterráneo cortado por fuertes corrientes, entre las cuales emergen,
aislados, los igapós verdeantes.
La creciente detiene la vida. Preso en las mallas
de los igarapés, el hom bre, con raro estoicismo ante la fatalidad, espera la
terminación de ese invierno parado jal, de altas temperaturas. La bajante es el
verano. Es la revitalización de la actividad rudimentaria de los que allí
viven, del único modo compatible con una naturaleza que se desborda en dispares
manifestaciones, tornando imposible la continuidad de cualquier esfuerzo.
Tal régimen provoca un parasitismo franco. El
hombre bebe la leche de la vida chupando los vasos húmedos de las sifónias.
Y todavía,
en este clima singular, se destacan otras anomalías que lo agravan aún más. No
bastan las intermitencias de las crecientes y las bajantes, rítmicas, como el
sístole y el diástole de la arteria mayor de la Tierra. Otros hechos hacen que
sean inútiles para el forastero todas las tentativas de aclimatación.
Muchas veces, en plena creciente, en abril o mayo,
en el transcurso de un día sereno y claro, dentro de la atmósfera ardiente del
Amazonas, se expanden soplos fríos del sur.
* Draenert,
O clima do Brasil10s.
Es como un hálito helado del polo. . .
Entonces el termómetro desciende, de pronto, en una
caída instantá nea y brutal. Y por algunos días se establece una situación
insólita.
Los aventureros expertos que espoleados por la
ganancia se arriesgan hasta allí y los mismos nativos endurecidos por la
adaptación, se recogen tiritando cerca de las hogueras. Nadie trabaja. Se
produce un hiato en las actividades. Se despueblan esas grandes soledades
inundadas; mueren los peces en los ríos, helados; mueren las aves en los
bosques silenciosos o emigran; quedan vacíos los nidos; las mismas fieras
desaparecen, es condiéndose en las cuevas más profundas; y aquella naturaleza
maravi llosa del ecuador, totalmente remodelada por la espléndida reacción de
los soles, muestra un simulacro cruel de la desolación polar y lúgubre. Es el
tiempo del frío.
Acabemos estos rápidos diseños.
Los sertones del Norte, ya lo vimos, reflejan a su
vez, nuevos regí menes, nuevas exigencias biológicas. La misma intercalación
de épocas serenas y dolorosas, se muestran tal vez más duramente, bajo otras
formas.
Ahora bien, si consideramos que estos varios
aspectos climáticos no expresan casos excepcionales, pero aparecen todos, desde
las tormentas del Mato Grosso hasta los ciclos de las sequías del Norte, con el
aspecto periódico inmanente de las leyes naturales inviolables, convendremos en
que hay en nuestro medio físico una variabilidad completa.
De ahí los errores en que incurren los que
generalizan, al estudiar nuestra fisiología, la acción exclusiva de un clima
tropical. Sin duda, ésta se ejercita, originando una patología sui generis, en
casi toda la costa marítima del Norte y en gran parte de los Estados que le
corres ponden, hasta el Mato Grosso. El calor húmedo de los parajes amazónicos
deprime y agota. Modela organismos endebles en las que toda la acti vidad cede
ante el permanente desequilibrio entre las energías impulsi vas de las funciones
periféricas fuertemente excitadas y la apatía de las funciones centrales:
inteligencias en marasmo, adormecidas por la ex plosión de las pasiones;
enervaciones peligrosas pese a la acuidad de los sentidos y mal cuidadas por la
sangre empobrecida de las hematosis in completas. ..
De ahí todas las idiosincrasias de una fisiología
excepcional: el pul món que se reduce por la deficiencia de la función y es
sustituido en la eliminación obligatoria del carbono, por el hígado, sobre el
cual cae pesadamente la sobrecarga de la vida: organizaciones enfermas por la
alternativa persistente de exaltaciones impulsivas y apatías enervadoras, sin
la vibratibilidad, sin el tono muscular enérgico de los temperamentos robustos
y sanguíneos. En tal medio, la selección natural se opera a costa de compromisos
graves con las funciones centrales del cerebro, en una progresión inversa
perjudicial, entre el desarrollo intelectual y el físico, afirmando
inexorablemente la victoria de las expansiones instintivas y
conduciendo al ideal de una adaptación que tiene,
como consecuencias únicas, la máxima energía orgánica, la mínima fortaleza
moral. La aclimatización traduce una evolución regresiva. El tipo perece en un
desvanecimiento continuo que se transmite a la descendencia hasta la extinción
total. Como el inglés en las Barbadas, en Tasmania o en Aus tralia, el
portugués en el Amazonas, al cabo de pocas generaciones de cruzamiento, ve
alterados sus caracteres físicos y morales de una manera profunda, desde la tez
que se oscurece por los soles y por la eliminación incompleta del carbono,
hasta el temperamento que se debilita con la pérdida de sus cualidades
primitivas. La raza inferior, el salvaje rudo, lo domina; aliado al medio, lo
vence, lo arruina, lo anula con la concu rrencia formidable del paludismo, las
enfermedades hepáticas, las fiebres agotadoras, las canículas abrasadoras y los
pantanos que producen la malaria 104.
Esto no ocurre en gran parte del Brasil central y
en todas las re giones sureñas.
Incluso en la mayor parte de los sertones
septentrionales, el calor seco, altamente corregido por los fuertes movimientos
aéreos provenientes de los cuadrantes del este, origina disposiciones más
animadoras y tiene una benéfica acción estimulante.
Y volviendo
al sur, el territorio que va del norte de Minas hacia el sudeste, avanzando
hasta Río Grande, ofrece condiciones incomparable mente superiores.
Una temperatura anual media que oscila entre los
17° y 2 0 °, en un juego armónico de estaciones; un régimen más fijo de lluvias
que prepon deran en verano y se distribuyen en otoño y primavera de modo favo
rable para los cultivos. En cuanto al invierno, la impresión es de un clima
europeo: sopla el SO muy frío sacudiendo lloviznas finas y garúas; la nieve
golpea en los cristales; se hielan las lagunas y las heladas blan quean los
campos. . . 105.
Y SU REFLEXION
EN LA HISTORIA
Nuestra
historia traduce notablemente
estas modalidades mesológicas.
Considerándola en sus aspectos generales,
excluyendo la acción per turbadora de acciones irrelevantes, ya en la fase
colonial se esbozan situaciones diversas.
Poseído el territorio, dividido por los felices
beneficiarios, e iniciado el poblamiento del país con idénticos elementos, bajo
la misma indife rencia de la metrópoli, que miraba aún hacia los últimos
milagros de la "India portentosa”, se impuso una separación radical entre
el sur y el norte.
No necesitamos recordar los hechos decisivos de las
dos regiones. Son dos historias distintas, en las que crecen movimientos y
tendencias opues tas. Dos sociedades en formación, vueltas extrañas por dos
destinos riva les; una del todo indiferente al modo de ser de la otra, ambas
desarro llándose bajo los influjos de una administración única. Mientras en el
sur se dibujaban nuevas tendencias; mayor subdivisión de las actividades, mayor
vigor en un pueblo más heterogéneo, más vivaz, más práctico y aventurero; un
amplio movimiento progresista en suma, en rudo con traste con las agitaciones
del norte, a veces más brillantes pero siempre menos fecundas; con sus
capitanías dispersas e incoherentes, unidas por la misma rutina, amorfas e
inmóviles, en función de los mandatos de la corte remota.
La historia es allí más teatral aunque menos
elocuente.
Surgen héroes, pero sus estaturas se engrandecen en
contraste con el medio; bellas páginas vibrantes pero truncas, sin objetivo
cierto y en las que colaboran, totalmente divorciadas entre sí, las tres razas
for-madoras.
Incluso en el período culminante de la lucha contra
los holandeses, acampan en diferentes tiendas de campaña, claramente
diferenciados, los negros de Henrique Dias, los indios de Camaráo y los
lusitanos de Vieira. Mal unidos en la guerra, se distancian en la paz. El drama
de Palmares 106, las correrías de los indígenas, los conflictos en los límites
de los sertones, vician la transitoria convergencia contra el holandés.
Aprisionado en el litoral, entre el sertón
inabordable y los mares, el viejo colono imperial trataba de llegar hasta
nuestro tiempo, inmutable, obcecado con una centralización estúpida, realizando
la anomalía de trasladar a una tierra nueva el ambiente moral de una sociedad
vieja.
Lo venció, felizmente, la ola impetuosa del sur.
Allí, la aclimatización más rápida, por un medio
menos adverso, posi bilitó tempranamente el mayor vigor de los forasteros. De
la absorción de las primeras tribus, surgieron los cruzados de las conquistas
sertanejas, los mamelucos audaces. El paulista — y la significación histórica
de este nombre abarca a los hijos de Río de Janeiro, Minas, Sao Paulo y
regiones del sur— se convirtió en un tipo autónomo, aventurero, rebelde,
libérri mo, con el aspecto perfecto de un dominador de la tierra; se amancipó,
insurrecto, de la tutela lejana, y apartándose del mar y de los galeones de la
metrópoli, se lanzó sobre los sertones desconocidos, delineando la epopeya
inédita de las Bandeiras. . .
Este admirable movimiento refleja la influencia de
las condiciones mesológicas. No había ninguna distinción entre los
colonizadores de uno y otro lado. En todos prevalecían los mismos elementos que
constituían la desesperación de Diogo Coelho.
"Biores qua na térra que peste. .
Es que en el sur, la fuerza viva restante en el
temperamento de los que venían de vencer el mar ignoto, no se diluía en un
clima enervante; tenía un nuevo componente en la propia fuerza de la tierra; no
se dis persaba en adaptaciones difíciles. Se alteraba pero mejorando. El
hombre se sentía fuerte. Aunque un poco cambiado, el teatro de los grandes
acon tecimientos podía volverse hacia el sertón con la misma audacia con que
se había echado sobre las tierras africanas.
Además de esto — subrayemos este punto aunque
escandalicemos a nuestros minúsculos historiógrafos— la disposición orogràfica
los libraba de la preocupación de defender el litoral donde desembarcaba la
codicia del extranjero.
La sierra del Mar tiene un notable perfil en
nuestra historia. A pique sobre el Atlántico, se abre como el telón de un
enorme baluarte. Frente a sus escarpadas faldas golpeaba el ansia guerrera de
los Cavendish y de los Festón 107. En lo alto, volviendo la mirada hacia las
planicies, el forastero se sentía seguro. Estaba sobre almenas infranqueables
que lo ponían al mismo tiempo a distancia del invasor y de la metrópoli.
Traspuesta la montaña — arqueada como el precinto de piedra de un continente—
actuaba de aislador étnico y de aislador histórico. Aulaba el irreprimible
apego por el litoral que se ejercía en el norte, se reducía la estrecha faja de
algunas y pantanos ante la cual morían todas las codicias, y asomaba por encima
de las flotas, intangible tras los bosques, la atracción misteriosa de las
minas. . .
Todavía más, su especial relieve lo vuelve un
condensador de primer orden, al precipitar la evaporación oceánica.
Los ríos que derivan por sus vertientes nacen de
algún modo en el mar. Corren las aguas en un sentido opuesto a la costa. Se
entrañan en el interior, metiéndose de lleno en los sertones. Le dan al
forastero la sugestión irresistible de las entradas.
La tierra atrae al hombre, lo llama hacia su seno
fecundo, lo encanta con su hermoso aspecto, lo arrastra finalmente de manera
irresistible en la corriente de los ríos.
Ahí está el trazado elocuente del Tieté, directriz
preponderante en ese dominio del suelo. En cuanto al Sao Francisco, al
Paranaíba, al Ama zonas y a todos los cursos de agua de la ribera oriental, el
acceso al interior seguía a las corrientes, o golpeaba en las cataratas que
caen desde los escalones de las altiplanicies, llevando a los sertanistas, sin
un solo golpe de remo, hacia el río Grande y de ahí, hacia el Paraná y el Para
naíba. Era la penetración en Minas, en Goiás, en Santa Catarina, en Río Grande
do Sul, en Mato Grosso, en todo el Brasil. Según estas líneas de menor
resistencia que definen las rutas más claras de la expan sión colonial, no se
oponían, como en el norte, al paso de las bandeiras, ni la esterilidad de la
tierra, ni la barrera intangible de los descampados abruptos.
Así es fácil mostrar cómo esta distinción de orden
físico aclara las anomalías y contrastes entre los sucesos en las dos partes
del país, sobre todo en el período agudo de la crisis colonial, en el siglo
xvn.
En cuanto el dominio holandés, centralizado en
Pernambuco, influía por toda la costa oriental, desde Bahía a Maranháo, y se
producían en cuentros memorables en los que, solidarios, aplastaban al enemigo
común nuestras tres razas formadoras, el sureño, absolutamente alejado de aque
lla agitación, revelaba en su rechazo de los decretos de la metrópoli, un
completo divorcio con aquellos luchadores. Parecía casi un enemigo tan
peligroso como el holandés. Un pueblo extraño de mestizos levantis cos, llevado
por otras tendencias, buscando otros destinos, pisoteando, resuelto, en demanda
de otros rumbos, bulas y órdenes reales.
En lucha abierta con la corte portuguesa,
reaccionaban tenaces contra los jesuítas. Estos, olvidados del holandés, se
dirigen con Ruy de Mon-toya a Madrid y con Dias Taño a Roma 108, señalándolo
como el enemigo más serio.
De hecho, mientras en Pernambuco las tropas de von
Schoppe prepa raban el gobierno de N assau109, en Sao Paulo se estructuraba el
drama sombrío de Guaira 110. Y cuando la restauración en Portugal vino a alen
tar en toda la línea el repudio al invasor, congregando de nuevo a los
exhaustos combatientes, los sureños destacaban aún más esta separación de
destinos aprovechando el mismo hecho para establecer la autonomía franca, en el
reinado efímero de Amador Bueno 111.
No tenemos un contraste mayor en nuestra historia.
En él se descubren sus rasgos verdaderamente nacionales. Fuera de esto, apenas
los vislum bramos en las cortes espectaculares de los gobernadores en Bahía,
donde reinaba la Compañía de Jesús con el privilegio de conquistar las almas,
eufemismo casuístico que disfrazaba el monopolio del brazo indígena.
En la plenitiud del siglo xvn el contraste se
acentúa.
Los hombres del sur se desparraman por el país
entero. Llegan a los límites extremos del ecuador. Hasta los últimos años del
siglo xvn, el poblamiento sigue las huellas embarulladas de las bandeiras. Las
seguían incansables, con la fatalidad de una ley, porque ofrecían
potencialidades. Las grandes caravanas guerreras eran muchedumbres
desencadenadas hacia todas direcciones, invadiendo la propia tierra,
descubriéndola des pués del descubrimiento, abriendo el seno rutilante de las
minas.
Fuera del litoral, donde se reflejaba la decadencia
de la metrópoli y todos los vicios de una nacionalidad en descomposición,
aquellos sertanis-tas que extendían los límites de Pernambuco hasta el
Amazonas, parecían de otra raza en el arrojo temerario y en la resistencia a
los contratiempos.
Cuando las correrías del bárbaro amenazaban Bahía o
Pernambuco o Paraíba y los quilombos desperdigados por los bosques constituían
los últimos refugios del rebelde africano, el sureño, lo dice la grosera odisea
de "Palmares”, surgía como el vencedor clásico
de esos peligros, el hace dor predilecto de las grandes hecatombes.
Es que el hijo del Norte no tenía un medio físico
que lo blindara con igual suma de energías. Si tal cosa hubiese sucedido, las
bandeiras hubiesen salido también del este y del norte y atrapado por un
movimien to convergente, el elemento indígena hubiera desaparecido sin dejar
ras tros. Pero el colono norteño, en sus entradas hacia el oeste y hacia el
sur, en seguida se encontraba con la naturaleza adversa y prestamente volvía al
litoral, sin la osadía de los dominadores, de los que se sienten bien en una
tierra amiga, sin la audacia que brota de la atracción ejer cida por los
parajes opulentos y accesibles. Las exploraciones allí iniciadas, en la segunda
mitad del siglo xvi, por Sebastiáo Tourinho, en el río Doce, Bastiao Alvares en
el Sao Francisco y Gabriel Soares por el norte de Bahía hasta las nacientes del
Paraguacú, aunque después tuvieron los estímulos enérgicos de las Minas de
Prata de Belchior Dias, son un pálido remedo de las embestidas del Anhangüera o
de un Pascoal de Araújo 112.
Apretados entre los cañaverales costeros y el
sertón, entre el mar y el desierto, en un bloqueo agravado por la acción del
clima, perdieron todo el arrojo y el espíritu de revuelta que ruge con
elocuencia en todas las páginas de la historia del sur.
Ese contraste, por cierto, no se basa en causas
étnicas primordiales. Delineada de este modo la influencia mesológica en
nuestro movimien
to histórico, se deduce la que ejerció sobre
nuestra formación étnica.
ACCION DEL MEDIO EN
LA FASE INICIAL
DE LA FORMACION DE LAS RAZAS
Volvamos al punto de partida.
Convenido que el medio no forma las razas, en
nuestro caso especial, variaron en demasía en los diversos puntos del
territorio, las dosis de los tres elementos esenciales. Lo que preparó el
advenimiento de subrazas diferentes por la propia diversidad de las condiciones
de adaptación. Ade más de esto (es hoy dato innegable) las condiciones
externas actúan sobre las sociedades constituidas que sufren migraciones
seculares, aun que remediadas por los recursos de una cultura superior. Si
esto se verifica en las razas totalmente definidas que afrontan otros climas,
protegidas por una civilización que es como el plasma sanguíneo de esos grandes
organismos colectivos, ¿qué no diremos de nuestra situación tan dife rente? En
este caso, es evidente que la yuxtaposición de los caracteres coincide con la
íntima transfusión de tendencias y la larga fase de trans formación
correspondiente se erige como un período de debilidad, en las capacidades de
las razas que se cruzan, elevando el valor relativo de
la influencia del medio. En esas circunstancias,
éste graba mejor sus trazos característicos en el cuerpo en fusión. Sin
arriesgarnos mucho en un paralelo osado, podemos decir que para esas reacciones
biológicas complejas, el medio tiene agentes más enérgicos que para las
reacciones químicas de la materia.
Al calor y a la luz que se ejercitan en ambos, se
adicionan la dispo sición de la tierra, las modalidades del clima y esa acción
de presencia innegable, esa especie de fuerza catalítica misteriosa que
difunden los variados aspectos de la naturaleza.
Vimos cómo entre nosotros, la intensidad de estos
últimos está lejos de la uniformidad proclamada. Nuestras capas étnicas se
distribuyeron de modo diverso, originando un mestizaje disímil.
No hay un tipo antropológico brasileño.
LA
FORMACION BRASILEÑA DEL
NORTE
Tratemos de tener en este intrincado
entrecruzamiento una ilusión, la ilusión de una subraza, tal vez efímera.
Ineptos para discriminar entre nuestras razas formadoras, acojámonos a este
tema. Definamos rápida mente los antecedentes históricos del jagungo.
Vimos que la formación brasileña del Norte es muy
diferente a la del Sur. Las circunstancias históricas, en gran medida a causa
de las circunstancias físicas, originaron diferencias iniciales en la mezcla
racial, prolongándolas hasta nuestro tiempo.
El desarrollo poblacional desde Maranhao a Bahía lo
revela.
Fue lento. Los portugueses no abordaron el litoral
norteño robusteci dos por la fuerza viva de las migraciones compactas, de las
grandes masas invasoras, capaces de conservar por el número, aun separadas del
suelo nativo, todas las cualidades adquiridas en el largo aprendizaje his
tórico. Venían dispersos, parcelados en pequeñas levas de desterrados o colonos
arruinados, sin el empuje viril de los conquistadores.
Todavía los deslumbraba el Oriente.
El Brasil era tierra de exilio; un vasto presidio
con el que se atemo rizaba a los heréticos y a los relapsos, todos los
pasibles del morra per ello de la sombría justicia de aquellos tiempos. Así es
que en las primeras épocas, el número reducido de pobladores contrasta con la
vastedad de la tierra y la cantidad de población indígena. Las instrucciones
dadas en 1615 al capitán Fragoso de Albuquerque, a fin de regularizar con el
embajador español en Francia el tratado de tregua con La Ravardiére 113, son claras
al respecto. El documento afirma "que las tierras del Brasil no están
despobladas porque en ellas existen más de tres mil portugueses”.
Esta cifra abarcaba todo el Brasil y habían pasado
más de cien años desde el descubrimiento. . .
Según observa Aires de Casal 114, "la
población crecía tan lentamente que en la época de la pérdida del Señor Don
Sebastiáo (1 5 8 0 )115 toda vía no había un establecimiento, fuera de la isla
de Itamaracá 116 cuyos vecinos andaban en las 2 0 0 personas, con tres ingenios
de azúcar” *.
Cuando algunos años más tarde, Bahía estuvo más
poblada, la des proporción entre el elemento europeo y los otros dos continuó
siendo desfavorable en perfecta progresión aritmética. Según Fernáo Cardim 117,
allí existían dos mil blancos, cuatro mil negros y seis mil indios. Es visible
durante mucho tiempo el predominio del elemento autóctono. Lo que tiene que
haber influido mucho en los primeros cruzados.
Los forasteros que llegaban a esas playas, además,
eran de molde para esa mezcla en gran escala. Hombres de guerra, sin hogar,
hechos a la vida libre del campamento, desterrados o aventureros corompidos,
todos tenían por meta el aforismo de Barleus 118, Ultra equinotialem non pecca-
vi. El
amancebamiento con las caboclas cayó pronto en una franca degra dación de la
que ni el clero se salvaba. El padre Nóbrega 119 lo definió bien en la célebre
carta al rey (1 5 4 9 ) en la que, pintando con ingenuo realismo la disolución
de las costumbres, declara que el interior del país está lleno de hijos de
cristianos que se multiplican según los hábitos gen tilicios. Pensaba que era
conveniente que le enviasen huérfanas o aun mujeres que fuesen erradas, que
todas hallarían maridos, por ser la tierra amplia y vasta. El primer mestizaje
se hizo pues en los primeros tiempos, intensamente, entre el europeo y el
indígena. "Desde temprano — dice Casal— los tupiniquinos, gente de buena
índole, se hicieron cristianos y se emparentaron con los europeos, siendo
innumerables los naturales blancos del país con casta tupiniquina”.
Por otro lado, aunque existían en abundancia,
incluso en el reino, los africanos, en el primer siglo tuvieron una función
inferior. En muchos lugares escaseaban. Eran pocos, dice aquel narrador
sincero, en Río Grande do Norte "donde los indios hace tiempo que fueron
reducidos a pesar de su ferocidad y cuyos descendientes por medio del mestizaje
con los europeos y africanos han aumentado las clases de los blancos y de los
pardos”.
Estas afirmaciones son expresivas.
Sin ninguna idea preconcebida, se puede afirmar que
la extinción del indígena del Norte provino, según el pensamiento de Varnhagen
120, más de los sucesivos cruzamientos que de un verdadero exterminio.
Se sabe que en el ánimo de los beneficiarios
existía la preocupación de aprovechar lo mejor posible la mezcla, captando la
simpatía de los nativos. Este proceder obedecía a los fines de la metrópoli. Lo
demuestran las sucesivas cartas reales que, desde 1570 a 1758 — en que pese
"a una serie nunca interrumpida de hesitaciones y contradicciones”— * *
dis-
* Corografía
Brasílica, p. 195.
* *
Joáo Francisco Lisboa m .
minuyen las posibilidades de ganancia de los
colonos en la explotación de los salvajes como esclavos. Incluso algunas, como
la de 1680, extendían la protección a punto de decretar que se concediese
tierras a los nativos "hasta las ya dadas a otros” puesto que debían tener
preferencia los indios "naturales señores de la tierra”.
Contribuyó a esta persistente tentativa de
incorporación, la Compañía de Jesús que, obligada a transigir en el Sur,
dominaba en el Norte. Ex cluyendo las posibles intenciones condenables, los
jesuítas realizaron allí una tarea noble. Por lo menos fueron rivales del
colono que sólo buscaba ganancias. En el combate estúpido de la perversidad
contra la barbarie esos eternos condenados cumplieron una digna función.
Hicieron mucho. Eran los únicos hombres disciplinados de su tiempo. Aunque la
tentativa de elevar el estado mental del aborigen hasta las abstracciones del
mono teísmo fuera quimérica, tuvo el valor de atraerlo durante mucho tiempo,
por lo menos hasta la intervención de Pombalm, tan oportuna para nuestra
historia.
El curso de las misiones en el Norte, en toda la
región que va del Maranháo hasta Bahía, demuestra sobre todo, un lento esfuerzo
de pene tración en el centro mismo de las tierras sertanejas, desde las faldas
de la Ibiapaba123 hasta las de la Itiúba, que de algún modo completa el
movimiento febril de las bandeiras. Estas difundían ampliamente la san gre de
las tres razas en los nuevos parajes descubiertos, provocando un
entrelazamiento general, a despecho de las perturbaciones que provocaban. Las
aldeas, centros de fuerza atractiva del apostolado, servían para uni ficar
tribus y para convertir, a su vez, en aldeas a los rancheríos misera bles.
Penetrando hasta lo hondo de los sertones, gracias a un esfuerzo secular, los
misioneros salvaron este factor de nuestras razas. Sorpren didos los
historiadores por la venida, en gran escala, del africano, que iniciada a fines
del siglo xvi no paró hasta el nuestro (1 8 5 0 )124 y con siderando que él
fue el mejor aliado del portugués en la época colonial, generalmente le dan una
influencia exagerada en la formación del ser-tanejo del Norte. Pese a que esta
invasión de vencidos e infelices tuvo una rara fecundidad y óptimas cualidades
de adaptación puestas a prueba en el Africa, es discutible que haya penetrado
profundamente en los sertones.
Es cierto que el consorcio afro-lusitano era
antiguo, anterior al des cubrimiento porque se había consumado desde el siglo
xv, con los aze-neguas y los jalofos de Gil Eanes y Antao Goncalves. En 1530
andaban por las calles de Lisboa más de diez mil negros y lo mismo sucedía en
otros sitios. En Evora eran mayoría sobre los blancos.
Los versos de un contemporáneo, García de Rezende,
proporcionan un documento125:
"Vemos no rey no meter,
Tantos captivos crescer,
Irem-se os naturaes.
Que, se assim for, seráo mais
Eles
que nós, a meu
ver” *.
La genesis del mulato tuvo su sede fuera de nuestro
país. El primer mestizaje se hizo en la metrópoli. Naturalmente, entre nosotros
creció. La raza dominada tuvo aquí posibilidades de desarrollo. Como organis
mos potentes hechos a la humildad extrema, sin las rebeldías del indio126, el
negro tuvo sobre sus hombros toda la presión de la vida colonial. Era la bestia
de carga que asumía todos los trabajos sin descanso alguno. Las viejas
ordenanzas que establecían "cómo se podían abandonar los esclavos y las bestias
que se hallaren enfermas o mancas” denuncia la brutalidad de la época. Además
—insistamos en un punto incontroverti ble— las numerosas importaciones de
esclavos se acumulaban en el litoral. La gran faja negra iba de Bahía a
Maranháo, pero apenas pene traba en el interior. Incluso los que se alzaban en
franca rebeldía arma ban sus quilombos evitando el centro del país. Palmares,
con sus treinta mil habitantes, distaba pocas leguas de la costa.
En la costa, la fertilidad de la tierra fijaba a
los dos elementos simul táneamente, libertando al indígena. El cultivo
extensivo de la caña, importada de Madeira m, determinó el olvido de los
sertones. Ya antes de la invasión holandesa * *, desde Río Grande do Norte a
Bahía había ciento sesenta ingenios. Y esta explotación en gran escala progresó
des pués rápidamente.
El elemento africano se quedó en los vastos parajes
costeros, amarrado a la tierra, y determinando cruces raciales diferentes de
los que se hacían en el interior de las capitanías. Allí campeaba el indio
inepto para el trabajo y además rebelde, o si no, el indio apenas retenido en
las aldeas por la tenacidad de los misioneros. La esclavitud negra, mira del
egoísmo de los colonos, dejaba más libertad que en el Sur para los esfuerzos de
la catequesis. Los sertanistas que llegaban hasta aquellos parajes ya habían
perdido su combatividad.
Algunos, como Domingos Sertáo128, terminaban su
vida aventurera, atraídos por el lucro de las fazendas de criagao, abiertas en
aquellos in mensos latifundios.
Así se establecieron límites precisos entre los
cruzamientos realizados en el sertón y los del litoral.
En efecto, admitiendo en ambos como denominador
común el elemento blanco, el mulato es el resultado principal del último y el
curiboca del primero 129.
* “Vemos
en el reino meter / tantos esclavos crecer, / los naturales se van, / y si así
sigue, serán más, / ellos que nosotros, a mi ver” . (N . de T .).
* * Diogo
Campos, Razáo do Estado do Brasil.
GENESIS DEL JAGUNgO
La demostración es positiva. Hay un notable rasgo
de originalidad en la génesis de la población sertaneja, no diremos del Norte
sino del Brasil subtropical.
Lo esbozaremos y para no alargarnos en demasía, nos
apartaremos un poco del teatro en que se desarrolló el drama histórico de
Canudos, recorriendo rápidamente el río Sao Francisco "el gran camino de
la civilización brasileña” según el acertado decir de un historiador *.
Ya vimos en páginas anteriores que él atraviesa las
regiones más dis pares. Amplio en las nacientes, en su dilatado recorrido
recoge numerosos afluentes por la mitad de Minas, en la zona de las montañas y
de las florestas. Después se estrecha, pasando en la parte media por el hermoso
paraje de los campos gerais. En el curso inferior, en la cuenca de Juázeiro,
constreñido entre las cumbres que lo desnivelan hacia el mar, se vuelve pobre
de tributarios, casi todos son efímeros, derivando, apretado por un corredor
único de centenares de kilómetros, hasta Paulo Afonso y cor tando la región
estéril de las caatingas.
Ahora bien, esta triple disposición es un diagrama
de nuestra marcha histórica que refleja paralelamente sus variables
modalidades.
Balancea la influencia del Tieté.
En cuanto a éste, de trazado incomparablemente más
apropiado para la penetración colonizadora, se volvió el camino predilecto de
los serta-nistas, con miras sobre todo a la esclavización y al abatimiento de
los nativos, el Sao Francisco fue, en sus nacientes, el lugar de la agitación
minera; en el curso inferior, el teatro de las misiones; y en la región media,
la tierra clásica del régimen pastoril, el único compatible con la situación
económica y social de la colonia.
Golpearon sus fronteras por igual el bandeirante,
el jesuíta y el va quero.
Si en el futuro, la abundancia de documentación
permite la recons trucción de la vida colonial, desde el siglo xvn hasta fines
del siglo xvm , es posible que el vaquero, totalmente olvidado aún, sobresalga
y obtenga el lugar que merece en la formación de nuestro pueblo. Bravo y
temerario como el bandeirante, resignado y tenaz como el jesuíta, tenía la
ventaja de un atributo supletorio que le faltó a ambos: la fijación al suelo.
Las bandeiras, bajo los dos aspectos que muestran,
sea destacadamente, sea de modo confuso, saliendo a la búsqueda de la tierra o
del hombre, a la busca del oro o del esclavo, descubrían inmensos parajes que
no poblaban y abandonaban para seguir hacia zonas todavía más desiertas,
pasando rápidas sobre las miserables aldeas indígenas.
* Joáo Ribeiro, Historia do B rasil131.
Su historia, a veces inextricable, como los
documentos adrede oscuros de los ruteros, traduce la sucesión y el enlace de
estos únicos estímulos, revelándose como aventura pura o como empresas de mayor
o menor practicabilidad. En este permanente oscilar entre los dos designios, su
función realmente útil, el descubrimiento de lo desconocido, aparecía como
incidente obligado, como consecuencia inevitable, que no se toma ba en cuenta.
Así es que, acabada con la expedición de Glimmer (1
6 0 1 ), la visión engañadora de la "Sierra de las Esmeraldas” que desde
mediados del siglo
xvi atrajera,
uno tras otro, hacia los flancos del Espinhaco, a Bruzzo Spinosa, Sebastiáo
Tourinho, Dias Adorno y Martins Carvalho, y desapa recido al norte el país
encantado que había idealizado la imaginación romántica de Gabriel Soares, gran
parte del siglo xvn está dominada por las sombrías leyendas de los cazadores de
esclavos, centralizados en la figura brutalmente heroica de Antonio Raposo. Es
que se habían apagado casi al mismo tiempo los milagros de la misteriosa
"Sabará-bugu” y los de las "Minas de Plata”, eternamente
inalcanzables; hasta que, renova das por las investigaciones indecisas de Pais
Leme, que avivó, después de un agotamiento casi secular, los caminos de
Glimmer; alentadas por el oro de Arzáo siguiendo en 1693 las mismas huellas de Tourinho
y de Adorno y al cabo, resurgiendo francamente con Bartolomeu Bueno, en
Itaberaba y Miguel Garcia, en el Ribeiráo do Carmo, las entradas serta-nejas
volvieron al anhelo primitivo e irradiando desde Ouro Préto, se explayaron de
nuevo, más fuertes, por el país entero 131.
Ahora bien, durante este período en que,
aparentemente, sólo se daba en el litoral la lucha contra el holandés y en el
interior de las altiplanicies el asombroso ondular de las bandeiras 132, en la
región que corta por su curso medio el Sao Francisco, se había desarrollado un
notable pobla-miento cuyos resultados aparecerían mucho después.
FUNCION
HISTORICA DEL RIO SAN FRANCISCO
Se formó oscuramente. En el comienzo, lo
determinaron las entradas que buscaban las minas de Moreia que, aunque anónimas
y sin brillo, parecen haberse prolongado hasta el gobierno de Lancastro 13S,
llevando hasta las serranías de Macaúbas, más allá del Paramirim 134, sucesivos
grupos de pobladores *. Como el acceso más corto y normal por los caminos de la
costa estaba vedado porque lo interrumpían los muros de las sierras o lo
obstaculizaban los bosques, la entrada se hacía por el Sao Francisco, que abría
ante los exploradores dos vías únicas, la naciente y la desembocadura,
* Carta
del coronel Pedro Barbosa Leal al conde de Sabugosa, 1725. Véase F. A. Pereira
da Costa, Em prol da integridade do territorio de Pernambuco; y Pedro Taques,
Nóbiliarquia Paulista.
llevando a los hombres del Sur al encuentro con los
hombres del Norte. El gran río se erige desde el principio como un elemento
unificador étnico, extenso tramo de unión entre dos sociedades que no se
conocían. Porque provenientes de los más diversos puntos y orígenes, fuesen los
paulistas de Domingos Sertáo, fuesen los bahianos de Garcia d’Avila, o los
pernam-bucanos de Francisco Caldas, con sus pequeños ejércitos de taba)aras
aliados, o fuesen los portugueses de Manuel Nunes Viana que partió de su fazenda
de "Escuro” en Carinhanha para conducir a los emboabas en el Río das
Mortes, los forasteros que llegaban al centro de aquel sertón rara vez volvían
135.
La tierra, exuberante y accesible, les compensaba
la ilusión deshecha de las minas codiciadas. Su estructura geológica original
da lugar a forma ciones topográficas en las que las sierras, últimos espolones
y contra fuertes de la cordillera marítima, tienen el atenuante de los vastos
llanos; su flora compleja y variable, en la que se entrelazan florestas sin la
grandeza y el cierre impenetrable de las del litoral, con el pasto tierno de
las altiplanicies y el pasto duro de los llanos, desahogados todos en los
grandes claros de las caatingas; su especial conformación hidrográfica de
afluentes que se ajustan, casi simétricos, hacia el occidente y el oriente
uniéndola de un lado a la costa y del otro al centro de las altiplanicies;
todos fueron lazos preciosos para la fusión de esos elementos esparcidos,
atrayéndolos y entrelazándolos. El régimen pastoril se esbozó allí como una
sugestión dominadora de los campos gerais.
No faltaba para ello, sobre la rara fecundidad del
suelo cubierto de pasturas naturales, un elemento esencial, la sal, gratuita en
las salobres bajadas de los barreiros *.
Favorecida de este modo, se constituyó una extensa
zona de cría de ganado que ya al alborear el siglo xvm iba de las fronteras
septentrio nales de Minas a Goiás, al Piauí, a los extremos del Maranháo y
Ceará por el noreste y las serranías mineras de Bahía, al este. Se pobló y
creció autónoma y fuerte, pero oscura, indiferente para los cronistas de la
época, olvidada, no sólo por la metrópoli lejana sino por los mismos go
bernadores y virreyes. No producía impuestos o rentas que despertasen el
interés egoísta de la corona. Y contrapuesta a la turbulencia del litoral y a
las aventuras mineras, presentaba el "casi único aspecto tranquilo de
* Todos
los animales buscan con ansia esos lugares, no sólo los mamíferos, sino también
las aves y reptiles. El ganado lame el suelo embarrándose en las aguadas y bebe
con delicia esa agua y come el barro. Escragnolle Taunay 136.
Tratándose de los lugares situados hacia las
nacientes del Río Grande, declara Aires de Casal: “Hay varias pequeñas lagunas
a mayor o menor distancia del río, todas de agua más o menos salobre, en cuyas
márgenes el calor del sol hace apa recer sal congelada". El agua de esos
lagos (también la dulce) filtrada en vasijas de madera o de cuero finamente
agujereadas y expuestas en tablas alrededor de ocho días, cristaliza, dando una
sal blanca como el armiño. Casi toda esa sal sube hacia el centro de Minas Gerais.
Corografía Brasílica, II, p. 169.
nuestra cultura” *. Aparte de los escasos
contingentes de pobladores pernambucanos y bahianos, la mayoría de los
productores opulentos que allí se formaron, venía del sur, y eran los mismos
enérgicos y entusiastas integrantes de las bandeiras.
Según lo recogido en preciosas páginas por Pedro
Taques * * , fueron numerosas las familias de Sao Paulo que, en continuas
migraciones, buscaron aquellos lejanos rincones y se cree, aceptando el
concepto de un historiógrafo perspicaz que el "valle del Sao Francisco, ya
entonces muy poblado de paulistas y sus descendientes, desde el siglo xvm se
convirtió
casi exclusivamente en una colonia de ellos” Es
natural entonces que Bartolomeu Bueno, cuando descubre Goiás, vea sorprendido
señales de jadas por sus predecesores, anónimos pioneros que habían llegado
allí, ciertamente desde el este, trasponiendo la sierra de Paraná; y que al
reabrirse en 1697 el ciclo más notable de las búsquedas del oro, en las
ruidosas y turbulentas bandadas de inmigrantes que rodaban desde los flancos
orientales de la sierra del Espinhago hasta el thalweg del Río das Velhas,
pasaran más fuertes quizá, tal vez precediendo a los demás en el descubrimiento
de las minas de Caeté 137 y cruzándolas de parte a parte, y avanzando en
dirección contraria como un reflujo del norte, los grupos de "Bahianos”,
término que como el de "Paulista” se volvía genérico, abarcando a los
pobladores septentrionales * * * * .
EL VAQUERO
Ya se formaba en el valle medio del gran río una
raza de cruzados idén ticos a aquellos mamelucos enérgicos que habían nacido
en Sao Paulo. Y no arriesgamos una hipótesis desmedida si admitimos que este
tipo extraordinario de paulista, surgiendo y decayendo en seguida en el Sur, en
una degeneración completa hasta el punto de declinar en el territorio mismo que
le dio nombre, renaciera allí y, sin los peligros de las migra ciones y los
cruzamientos, se conservara, prolongando intacta hasta hoy, la índole varonil y
aventurera de sus abuelos.
Porque allí se quedaron completamente divorciados
del resto del Brasil y del mundo, amurallados al este por la Serra Geral,
detenidos al occi-
* Joao
Ribeiro.
* *
Nobiliarquia Paulista.
* * * Dr.
Joao Mendes de Almeida, Notas genealógicas.
* * * *
Dice el profesor Orville Derby: “Según Antonil138, los descubrimientos en la
región de Caeté fueron anteriores a los del Río das Velhas o de Sabará, y en
este caso, es de presumir que fueron hechos por mineros de Ouro Préto, pasando
al oeste de las nacientes del Santa Bárbara, o tal vez, por bahianos venidos
del norte. La importancia que tuvieron ciertos bahianos en los acontecimientos
de 1709 y la referencia de Antonil al capitán Luis do Couto que fue de Bahía a
ese paraje con tres hermanos “buenos mineros”, favorecen esta última
hipótesis”, etc. Os primeiros descobrimentos de ouro em Minas Gerals.
dente por los amplios campos gerais que se abren
hacia el Piauí y que todavía hoy el sertanejo considera infinitos.
El medio los atraía y los protegía.
Las entradas de uno y otro lado del meridiano, no
aptas para la dis persión, más bien facilitaban el entrelazamiento de los
extremos del país. Nos ligaban en el espacio y en el tiempo. Estableciendo en
el interior la continuidad del poblamiento que aún faltaba en la costa y
surgiendo entre los norteños que luchaban por la autonomía de la patria
naciente y los sureños que le ampliaban el área, abasteciendo por igual con los
enormes arreos que subían hasta el valle del Río das Velhas y bajaban hasta las
nacientes del Parnaíba, aquella ruda sociedad, incomprendida y olvidada, era ya
nuestra nacionalidad en ciernes.
Los primeros sertanistas que la crearon, habían
suplantado en toda la línea al salvaje, pues después de dominarlo con la
esclavitud lo apro vecharon para la nueva industria que practicaban.
En consecuencia, vino el inevitable cruzamiento. Y
despuntó una raza de curibocas puros, casi sin mezcla de sangre africana,
fácilmente denun ciada hoy por el tipo normal de aquellos sertanejos. Nacían
del abrazo feroz de vencedores y vencidos. Se criaban en una sociedad revoltosa
y aventurera, sobre una tierra fértil, y tuvieron, ampliando sus atributos
ancestrales, una ruda escuela de fuerza y coraje en aquellos campos gerais tan
amplios, donde todavía hoy surge impune el jaguar y se desplaza veloz el avestruz,
o en las serranías de flancos destrozados por la búsqueda del mineral
superficial, cuando las minas bahianas, más tarde, les dieron esa derivación a
la faena de los rodeos.
Sería largo hablar de la evolución del carácter. La
índole aventurera del colono y la impulsividad del indígena se amalgamaron y el
propio medio les permitió, por el aislamiento, la conservación de los atributos
y hábitos antiguos ligeramente modificados por las exigencias de la nueva vida.
Y allí están, con sus ropas características, con los mismos hábitos de sus
abuelos, con su extraño aferrarse a las tradiciones más remotas, con su
sentimiento religioso llevado hasta el fanatismo, con su exagerado sentido de
la honra, con su bellísimo folklore de rimas que ya cumplieron tres siglos. . .
Raza fuerte y antigua, de caracteres definidos e
inmutables, incluso en las mayores crisis — cuando la ropa de cuero del vaquero
se convierte en la armadura flexible del jagungo— oriunda de elementos
convergentes de todos los puntos, pero diferente de las otras razas del país,
ella es innegablemente un ejemplo expresivo de cuánto importan las reacciones
del medio. Expandiéndose por los sertones limítrofes o próximos, de Goiás,
Piauí, Maranháo, Ceará y Pernambuco, tienen un carácter de total originalidad
expresado en las fundaciones que erigió. Todos los po blados, villas y
ciudades, que animan hoy su superficie, tienen un origen
uniforme bien diferenciado de los otros que se
encuentran al norte o al sur.
Mientras las del sur se levantaron en las cercanías
de las minas o al lado mismo de las excavaciones, y en el norte, siguiendo la
dilatada línea entre la Itiúba e Ibiapaba, se construyeron sobre las antiguas
aldeas de las misiones, aquí surgieron todos de los antiguos establecimientos
de ganado.
Nos excusamos de apuntar ejemplos que son tan
numerosos. Si se consideran las poblaciones del Sao Francisco desde las
nacientes hasta la desembocadura, se asiste a la sucesión de los tres casos
señalados. El río deja las regiones alpestres, con ciudades encaramadas sobre
sierras, que reflejan el arrojo incomparable de las bandeiras; después
atraviesa los grandes campos gerais, inconmensurables arenas hechas a la
sociedad ruda, libérrima y fuerte de los vaqueros; y finalmente, llega a los
parajes poco apetecidos, estériles de tanta sequía, preferidos por el caminar
lento y penoso de las misiones. . .
Es lo que indican, completando estos ligeros
apuntes, los trazados de las fundaciones jesuíticas, en el territorio que hemos
demarcado.
FUNDACIONES JESUITAS EN BAHIA
En efecto, los actuales poblados sertanejos,
totalmente diversos en su origen, se formaron sobre las viejas aldeas
indígenas, arrebatadas en 1758, del poder de los sacerdotes por la severa
política de Pombal. Si nos limitamos a las que todavía perduran, próximas o
alrededor del sitio donde existía hace cinco años la Troya de barro 139 de los
jagungos, vemos, incluso en un área tan pequeña, los mejores ejemplos.
En esa superficie otorgada por abusivas concesiones
al poder de una sola familia, la de García d’Avila (Casa de la Torre) 140, se
encuentran poblaciones antiquísimas. Desde Itapicuru de Cima hasta Jeremoabo y
desde allí, acompañando al Sao Francisco hasta los sertones de Rodelas y
Cabrobó141, avanzaron en el siglo xvn las misiones en su lento andar que
continuaría hasta nuestro tiempo.
No tuvieron un historiador.
La extraordinaria empresa apenas se rastrea
actualmente en escasos do cumentos que poco dicen para conocer la continuidad
de la historia. Los que existen, sin embargo, son elocuentes respecto del caso
que conside ramos. Nos dicen que mientras el negro se agitaba en los afanes
del litoral, el indio se fijaba en aldeas que se convertirían en ciudades. La
calculada solicitud del jesuita y la excepcional abnegación de los capu chinos
y franciscanos incorporaron las tribus a nuestra vida nacional; y cuando alboreaba
el siglo xvm y los paulistas irrumpen en Pambu y en Jacobina 142, se
encontraron sorprendidos con las parroquias que ya
centralizaban cabildas. El primero de aquellos
sitios, a veintidós leguas de Paulo Afonso, estaba incorporado a la
administración metropolitana desde 1682. Un capuchino los conducía,
interviniendo en las disensiones tribales y asimismo imperaba, humildísimo,
sobre los mansos morubixábas. En éstos preponderaba el elemento indígena de la
antiquísima misión del Sai.
Ya en 1698, Jeremoabo es sede de juzgado, lo que
permite suponerle un origen mucho más remoto. Allí el elemento indígena se
mezclaba ligeramente con el africano, el canhemborá y el quilomboia *. Incompa
rablemente más animado que hoy, el humilde lugarejo llamaba sobre sí la
atención de Joáo de Lancastro, gobernador general del Brasil, princi palmente
cuando se exacerbaban las rivalidades de los jefes indios, mu nidos con los
títulos perfectamente legales de capitanes. En 1702, la primera misión de franciscanos
disciplinó aquellas zonas de modo más eficaz que las amenazas del gobierno. Se
armonizaron las tribus y el aflujo de silvícolas adoptados por la iglesia fue
tal que en un solo día el vicario de Itapicuru bautizó a 3.700 catecúmenos * *
.
Cerca se levantaba, también antigua, la misión de
Magacará, donde, en 1687, tenía el opulento Garcia d’Avila una compañía de su
regi miento * * *. Más hacia el sur resaltaban otras: Natuba, aldea también
bastante antigua, levantada por los jesuítas; Inhambupe, que cuando se elevó a
parroquia originó una amplia controversia entre los sacerdotes y el rico
propietario mencionado; Itapicuru (1 6 3 9 ) 143 fundada por los fran
ciscanos.
Más hacia el norte, al comenzar el siglo xvm , el
poblamiento continuó con mayor intensidad y con los mismos elementos,
directamente favore cido por la metrópoli.
En la segunda mitad del siglo x v i i surgió en el
sertón de Rodelas la vanguardia de las bandeiras del Sur. Domingos Sertáo
centralizó en su establecimiento del Sobrado el círculo más animado de la vida
sertaneja. La acción de ese rudo sertanista en aquella región no ha tenido el
relieve que merece. Casi en la confluencia de las capitanías septentrionales,
próximo al mismo tiempo del Piauí, del Ceará, de Pernambuco y de Bahía, el
rústico landlord colonial aplicó en el trato de sus cincuenta estableci mientos
de cría la índole aventurera e inquieta de los curibocas. Como los otros
dominadores del suelo, ostentaba un feudalismo grosero — que lo llevaba a
convertir en vasallos a los tributarios pobres y en siervos a los tapuias
mansos— , pero habiendo alcanzado su ideal de riqueza y poder,
* Canhemborá
( cánybora) : indio huido; Quilomboia: negro huido, que se refu gia en los
quilombos. Es singular la identidad de forma, significación y sonido de estas
palabras surgidas, la segunda en el Africa y la primera en el Brasil; desti
nadas ambas a caracterizar la misma desdicha de dos razas tan apartadas en su
origen.
* * Os
orizes conquistados de José Freire de
Monteiro Mascarenhas.
* * * Libro pat. gov. fl.
272.
se aliaba con los sacerdotes en la misma función
integradora. Es que la metrópoli secundaba en el norte los esfuerzos de los
sacerdotes. Se había afirmado desde hacía mucho tiempo el principio de combatir
al indio con el indio, de modo que cada aldea de catecúmenos era un reducto
frente a las incursiones de los indios libres e indomables.
Al terminar el siglo xvn, Lancastro fundó con el
indio catequizado la aldea de la Barra 144 para atenuar las depredaciones de
los Acaroazes y Mocoazes. Y desde aquel punto, a lo largo del Sao Francisco, se
suceden los poblados y las misiones en N. S. do Pilar, Sorobabé, Pambu,
Arocapá, Pontal, Pajeú, etc.145. Es evidente que, precisamente en el trecho de
sertón bahiano más ligado con los otros Estados del Norte — en todo el circuito
del sertón de Canudos— se estableció desde el alborear de nues tra historia un
poblamiento abundante, en el que sobresalía el indio amalgamado con el blanco y
con el negro, sin que éstos resaltaran a punto de dirimir su innegable
influencia.
Las fundaciones posteriores a la expulsión de los
jesuítas copiaron el mismo método. Desde fines del siglo x v i i i hasta el
nuestro, en Pombal, en Cumbe, en Bom Conselho y Monte Santo, etc.,
perseverantes misio neros, de los que es modelo bellísimo Apólonio de T
odi146, continuaron hasta nuestros días el penoso apostolado.
Toda esa población perdida en un rincón de los
sertones, permaneció así hasta ahora, reproduciéndose libre de elementos
extraños, aislada, y por eso mismo, realizando con la máxima intensidad un
cruzamiento uni forme, capaz de justificar la aparición de un tipo mestizo
bien definido.
Mientras tanto, mil causas perturbadoras
complicaban el mestizaje en el litoral revuelto por las inmigraciones y por la
guerra; y en otros puntos centrales, otros intentos irrumpían en el rastro de
las bandeiras, allí, la población indígena, aliada con unos pocos mocambeiros
foragidos, blancos que escapaban de la justicia o audaces aventureros,
persistió dominante.
CAUSAS FAVORABLES PARA LA FORMACION MESTIZA DE LOS
SERTONES, DISTINGUIENDOLA DE
LOS CRUZAMIENTOS EN EL LITORAL
No hagamos sofismas. Enérgicas causas determinaron
el aislamiento y conservación de lo autóctono. Las destacaremos.
Primero fueron las grandes concesiones de tierras
que definen la ima gen más duradera de nuestro tacaño feudalismo.
Los patrones del suelo, de los que son modelos
clásicos los herederos de Antonio Guedes de Brito 147, eran celosos de sus
dilatados latifundios que sin líneas demarcatorias, avasallaban la tierra.
Apenas toleraban la intervención de la metrópoli. La erección de capillas o de
parroquias en sus tierras siempre se hacía a partir de controversias con los
curas, y
aunque éstos finalmente ganaban la partida, caían
de algún modo bajo el dominio de los grandes potentados. Estos dificultaban la
entrada de nuevos pobladores y hacían de los establecimientos de cría,
dispersos alrededor de aldeas recién formadas, poderosos centros de atracción
para la raza mestiza que de ellas provenía.
Así se desarrolló ésta, alejada del influjo de
otros elementos. Y en tregados a la vida pastoril a la que por su misma índole
eran afectos, los curibocas o cafuzos oscuros, antecedentes directos de los
actuales vaque ros, divorciados completamente de los habitantes del Sur y de
la intensa colonización del litoral, vivieron adquiriendo una fisonomía
original. Como que se criaban en un país diferente.
La carta real del 7 de febrero de 1701, constituyó
después una me dida supletoria de ese aislamiento. Imponiendo severas penas a
los infrac tores, prohibía cualquier comunicación de aquella zona sertaneja
con el Sur, con las minas de Sao Paulo. Ni siquiera las relaciones comerciales
fueron toleradas, quedaron interdictos los más simples trueques de pro ductos.
Ahora bien, más allá de estas razones, considerando
la génesis del ser-tanejo del extremo norte, sobresale otra: el medio físico de
los sertones en el vasto territorio que se extiende desde el lecho del
Vaza-Barris hasta el Parnaíba, en el oeste. Vimos su fisonomía original: la
flora agresiva, el clima implacable, las sequías periódicas, el suelo estéril
erizado de serranías desnudas, aislado entre los esplendores del majestuoso
araxá * del centro de las altiplanicies y los grandes bosques, que acompañan y orlan
las curvas de las costas. Esta ingrata región para la cual el tupí tenía un
término sugestivo, pora-pora-eima * * , que permanece aún en una de las
serranías que la tapan por el levante (Borborema) fue el asilo del tapuia.
Vencidos por el portugués, por el negro y por el tupí coaligados, los indómitos
Cariris 148 encontraron protección singular en aquel rincón árido, escabroso
por la osamenta rígida de las piedras, sacudido por las tormentas, reseco por
el sol, erizado de espinos y caatingas. Allí se ador mecían, cayendo en la
vacuidad de los llanos donde no había asomos de la apetecida riqueza mineral,
los ímpetus de las bandeiras. La tapui-retama * * * misteriosa se ataviaba para
el estoicismo del misionero. Sus múltiples caminos estrechos y largos retratan
las marchas lentas, tortu radas y dolorosas de los apóstoles. Las bandeiras
que hasta ahí llegaban se marchaban rápidas, huyendo, en busca de otros
parajes.
Los asombraba esa tierra modelada para las grandes
batallas silenciosas de la Fe. La dejaban sin que nada los obligase a volver y
de paso, dejaban a su gente en paz.
* Según
Couto de Magalháes, esta palabra se descompone en ara: día y echa: ver,
avistar. Araxá es el lugar de donde se ve primero el sol y por extensión, las
tierras altas de las planicies del interior.
* *
Lugar despoblado, estéril.
* * * T
apui-retama: región del
Tapuia.
De ahí la circunstancia, revelada por una
observación feliz, de que aún hoy predominan en las denominaciones geográficas
de esos lugares, términos de origen tapuia resistentes a las absorciones del
portugués y del tupí, que se impusieron en otros sitios. Sin que nos explayemos
de masiado, podemos resumir las tierras que circundan a Canudos como
ejemplificaciones de este fenómeno lingüístico que tan bien traduce un
acontecer histórico.
"Traspuesto el Sao Francisco en dirección al
sur, se penetra en una región ingrata por la inclemencia del cielo y se va
atravesando la elevada desembocadura del Vaza-Barris, antes de ganar las zonas
más deprimidas de las planicies bahianas que, después del salto de Paulo
Afonso, después de Canudos y de Monte Santo, llevan a Itiúba, al Tombador y al
Aguruá. Ahí, en ese lugar del patrio territorio, uno de los más ingratos, donde
otrora se refugiaban los perseguidos restos de los Orizes, Procás y Cariris,
aparecen de nuevo, designando los lugares, los nombres bárbaros de pro
cedencia tapuia que ni el portugués ni el tupí lograron suplantar.
"Entonces se leen en el mapa de la región con
la misma frecuencia de los accidentes topográficos, los nombres de Pambu,
Patamoté, Uauá, Ben-degó, Cumbe, Magacará, Cocorobó, Jeremoabo, Tragagó,
Canché, Cho-rrochorró, Quincuncá, Conchó, Centocé, Aguruá, Xiquexique, Jequié,
Sincorá, Caculé o Catolé, Orobó, Mocujé y otros igualmente bárbaros y extraños”
* 149.
Es natural que grandes poblaciones sertanejas
parejas con las que se insinuaban en el Sao Francisco medio, se constituyesen
allí con predo minio de sangre tapuia. Y allí permanecieron olvidadas, en un
círculo estrecho, durante tres siglos, hasta nuestros días, en un abandono com
pleto, ajenas por completo a nuestros destinos, guardando intactas las
tradiciones del pasado. De modo que, ahora, quien atraviesa por esos lugares,
observa una uniformidad notable entre quienes los pueblan: rostros y tallas apenas
varían en torno de un modelo único, dando la impresión de un tipo antropológico
invariable, a primera vista diferente del mestizo proteiforme del litoral.
Porque mientras éste muestra todos los tonos y ofrece un tipo indefinido, según
el predominio variable de sus agentes, el hombre del sertón parece copia de un
modelo único, con las mismas características físicas, la misma tez, apenas
variando del mameluco bronceado al cafuz oscuro; cabellos lacios y duros o
levemente ondulados. La misma envergadura atlética, y los mismos rasgos morales
que se traducen en las mismas supersticiones, los mismos vicios y las mismas
virtudes.
La uniformidad es impresionante. El sertanejo del
Norte es, indudable mente, el tipo de una subcategoría étnica ya constituida
15°.
* Teodoro
Sampaio, Da expangáo da lingua tupi e do seu predominio na lingua nacional.
Abramos un paréntesis. . .
La mezcla de razas muy diferentes, en la mayoría de
los casos, es perjudicial. Ante las conclusiones del evolucionismo, aunque
actúe sobre el producto el influjo de una raza superior, despuntan vivos
estigmas de la inferior. El mestizaje extremado es un retroceso. El
indoeuropeo, el negro y el brasileño guaraní o el tapuia, expresan estados
evolutivos que se enfrentan y el cruzamiento, sobre anular las cualidades
prominentes del primero, es un estimulante al recocimiento de los atributos
primitivos de los últimos. De modo que el mestizo — rasgo de unión entre razas,
breve existencia individual en la que se comprimen esfuerzos seculares— casi
siempre es un desequilibrado. Foville 151 los compara, en general, con los
histéricos. Pero el desequilibrio nervioso en tal caso es incurable: no hay
terapéutica que pueda doblegar las tendencias antagónicas de razas
sorpresivamente arrimadas, fundidas en un organismo aislado. No se comprende
que después de diferenciarse extremadamente, a través de extensos períodos entre
los cuales la historia es un momento, puedan dos o tres pueblos converger,
combinando constituciones mentales diver sas, anulando en poco tiempo
distinciones resultantes de un lento trabajo selectivo. Como en las sumas
algebraicas, las cualidades de los elementos que se yuxtaponen, no se suman; se
sustraen o se destruyen, según se esté en presencia de los caracteres positivos
o negativos. Y el mestizo
— mulato, mameluco o cafuz— menos que un
intermediario es un de caído, sin la energía física de sus ascendientes
salvajes, sin la altura in telectual de sus ancestros superiores. Contrastando
con la fecundidad que acaso posea, revela casos de hibridez moral
extraordinarios: espíritus ful gurantes, a veces, pero frágiles, inquietos,
inconstantes, que deslumbran por un instante y en seguida se apagan, heridos
por la fatalidad de las leyes biológicas, empujados hacia el plano inferior de
la raza menos favorecida. Impotentes para lograr alguna solidaridad entre las
generacio nes opuestas, de las que son producto, se mueven en un juego
permanente de antítesis. Y cuando sobresalen — no son raros los casos— capaces
de grandes realizaciones o de asociar las más complejas relaciones abstractas,
todo ese vigor mental reposa (salvo los casos excepcionales que justifican el
concepto) sobre una moralidad rudimentaria, en la que se observa el automatismo
impulsivo de las razas inferiores.
Es que en esa concurrencia admirable de los
pueblos, envueltos en una lucha sin tregua, en la cual la selección capitaliza
atributos que se con servan por herencia, el mestizo es un intruso. No luchó,
no es una inte gridad de esfuerzos, es una cosa dispersa y disolvente, surge
de repente, sin caracteres propios, oscilando entre influjos opuestos de
legados dis cordantes. La tendencia a la regresión de las razas matrices
caracteriza su inestabilidad. Es la tendencia instintiva de una situación de
equilibrio. Las leyes naturales, por su propio juego, parecen extinguir, poco a
poco, el producto anómalo que las viola, ahogando sus fuentes generatrices.
El mulato desprecia irresistiblemente al negro y
trata con tenacidad ansiosa de realizar cruzamientos que apaguen en su prole el
estigma del color; el mameluco se hace bandeirante inexorable, precipitándose
feroz sobre las tribus aterradas. . .
Esta tendencia habla claro. De algún modo, vuelve a
anudar la serie continua de la evolución que el mestizaje cortó. La raza
superior se vuelve objetivo remoto hacia donde tienden los mestizos deprimidos
y éstos, en su búsqueda, obedecen al propio instinto de conservación y de
defensa. Es que las leyes del desarrollo de las especies son inviolables y si
la sutileza de los misioneros fue impotente para que el espíritu del salvaje
comprendiera las más simples concepciones de un estado mental superior, si no hay
esfuerzo que logre que el africano, a pesar de la solicitud de los mejores
maestros, se aproxime al nivel intelectual medio del indo europeo — porque
todo hombre es más que nada una integración de es fuerzos de la raza a la que
pertenece y su cerebro es una herencia— ¿cómo puede entenderse la normalidad
del tipo antropológico que aparece, de pronto, uniendo tendencias tan opuestas?
152
UNA RAZA FUERTE
La observación cuidadosa del sertanejo del norte
muestra de modo ate nuado este antagonismo de tendencias y está casi fijo en
los caracteres fisiológicos del tipo emergente.
Este hecho, que parece contradecir los párrafos
anteriores, es una contraprueba apabullante.
En efecto, es innegable que para la imagen anormal
de los mestizos de razas muy diferentes contribuye bastante el hecho de
arrastrar el elemento étnico más elevado, condiciones de vida superiores, de
donde surge una acomodación penosa y difícil para aquéllos. Y como sobre ellos
cae una sobrecarga intelectual y moral, el desequilibrio es inevitable.
La índole incoherente, desigual y revuelta del
mestizo, denota un íntimo e intenso esfuerzo de eliminación de los atributos
que le impiden la vida en un medio más adelantado y complejo. En un círculo pe
queño, se refleja ese combate sordo que es la misma lucha por la vida de las
razas. Lucha conmovedora y eterna, caracterizada por el bello axioma de
Gumplowicz 153 como la fuerza motriz de la historia. El gran profesor de Gratz
154 no la consideró bajo este aspecto, sin embargo, la verdad es que si todo
elemento étnico fuerte "tiende a subordinar a su destino al elemento más
débil ante el cual se encuentra” tenemos en el mestizaje un caso perturbador.
La expansión irresistible de su círculo singenético, aunque eludido de tal
manera, apenas se retarda. No se extingue. La lucha se transforma, volviéndose
más grave. Va del exter minio franco de la raza inferior por la guerra, a su
eliminación lenta,
a su absorción ambigua, a su dilución en el
cruzamiento. Y durante el curso de este proceso reductor, los mestizos
emergentes, variables, con todos los matices del color, de la forma y del
carácter, sin rasgos defi nidos, sin vigor, y la mayor parte de las veces,
inútiles, en último análisis, no son más que los mutilados inevitables del
conflicto que perdura, im perceptible, en el correr de los años.
En estos casos, la raza fuerte no destruye a la
débil con las armas, sino que la arruina con la civilización.
Ahora bien, los rudos patricios de los sertones del
Norte se libraron de esta última. El abandono en que quedaron tuvo una función
benéfica. Los liberó de la adaptación penosísima a un estado social superior y
simul táneamente, les evitó caer en las aberraciones y los vicios de los medio
adaptados.
Entre ellos, la fusión se operó en circunstancias
más compatibles con los elementos inferiores. El factor étnico prominente les
transmitió las tendencias civilizadoras pero no les impuso su civilización.
Este hecho destaca fundamentalmente el mestizaje de
los sertones del mestizaje del litoral. Son formaciones diferentes, no por los
elementos sino por las condiciones del medio. El contraste entre ambas resalta
ante el paralelo más simple. El sertanejo toma del salvaje su intimidad con el
medio físico que en vez de debilitarlo lo fortalece, y su potente organismo
refleja en la índole de su carácter y de sus costumbres, de las otras razas
formadoras, sólo aquellos atributos más ajustables a su fase social inci
piente.
Es un retrógrado, no un degenerado. Porque las
vicisitudes históricas lo liberaron, en la fase delicada de su formación, de
las exigencias des proporcionadas de una cultura prestada, preparándolo para
conquistarla un día.
Su evolución psíquica, por lenta que sea, tiene
actualmente la garantía de un tipo físicamente constituido y fuerte. Aquella
raza cruzada surge autónoma y de algún modo, original, transfigurando por la
combinación, los atributos heredados, de modo que, libre por fin de la
existencia sal vaje, puede alcanzar la vida civilizada por lo mismo que no la
alcanzó de golpe.
Es lógico.
Al revés de la inversión extravagante que se
observa en las ciudades del litoral, donde funciones altamente complejas se
imponen a órganos mal constituidos, oprimiéndolos y atrofiándolos antes del
pleno desa rrollo; en los sertones, la integridad orgánica del mestizo aparece
entera y robusta, inmune a mezclas extrañas, capaz de evolucionar, diferen
ciándose, acomodándose a nuevos y más altos destinos, porque tiene una base
física sólida para un posterior desarrollo moral155.
Dejemos estas divagaciones poco atrayentes.
Prosigamos considerando directamente la figura
original de nuestros patricios retardatarios. Esto sin método, sin
pretensiones, evitando los garbosos neologismos etnológicos.
Nos faltan, igualmente, tiempo y competencia para
enredarnos en fantasías psíquico-geométricas, que hoy se exageran con un
materialismo filosófico, midiendo el ángulo facial o dibujando la norma
verticalis de los jagungos 156.
Si nos embarazáramos en las imaginativas líneas de
esa especie de topografía psíquica de la que tanto se ha abusado, ni siquiera
lo com prenderíamos mejor. Seríamos simples imitadores.
Sólo reproducimos todas las impresiones, verdaderas
o ilusorias que tuvimos cuando, de pronto, acompañando la dinámica de una
campaña militar, nos enfrentamos, en una vuelta del sertón, con aquellos
singulares desconocidos que viven allí, abandonados, desde hace tres siglos
157,
III
EL SERTANEJO
158
Ante todo, el sertanejo es fuerte. No tiene el
raquitismo de los mestizos neurasténicos del litoral.
Aunque al primer golpe de vista su apariencia
muestra lo contrario. Le falta la plástica impecable, el diseño, la estructura
correcta de los organismos atléticos.
Es desgarbado, desarticulado, torpe.
Hércules-Quasimodo refleja en su aspecto la fealdad típica de los flacos.
Camina sin firmeza, sin aplomo, casi zigzagueante, sinuoso, con un movimiento
de miembros descoyun tados. Le agrava la postura normalmente abatida, una
manifestación de displicencia que le da un carácter de humildad deprimida. Si
está de pie, invariablemente se recuesta en el primer poste o pared que
encuentra, si anda a caballo y para al animal para cambiar dos palabras con un
desconocido, en seguida cae sobre uno de los estribos, descansando sobre el
costado de la silla. Si camina, aunque sea a paso rápido, no sigue un trayecto
rectilíneo y firme: avanza velozmente, con un bamboleo carac terístico que se
parece al trazado geométrico de los meandros sertanejos. Y si durante la marcha
se detiene por cualquier motivo, sea para enrollar un cigarro, encender el
yesquero o conversar con un amigo, inmediata mente cae — cae es el término— en
cuclillas, pasando largo tiempo en una posición de equilibrio inestable, en la
que todo el cuerpo queda sostenido por los dedos grandes de los pies, sentado
sobre los talones, con una simplicidad que es a la vez ridicula y encantadora.
Es un hombre permanentemente fatigado.
Muestra una pereza invencible, una atonía muscular
perenne, en todo: en la palabra lenta, en el gesto contrariado, en el andar
desgarbado, en la cadencia lánguida de las modinhas, en la tendencia constante
a la in movilidad y a la quietud.
Pero esa apariencia de cansancio engaña 159.
No hay nada más sorprendente que verla desaparecer
de improviso. En ese organismo abatido se operan de pronto cambios totales.
Basta con que se produzca un incidente cualquiera exigiéndole la demostración
de energías adormecidas. Este hombre se transfigura. Se yergue midiendo nuevas
dimensiones, en la estatura y en el gesto, la cabeza se afirma, alta sobre los
hombros fuertes, aclarada por la mirada firme y segura, se corrigen, prontos,
en una descarga nerviosa repentina, todos los efectos del relajamiento habitual
de los órganos, y de la figura vulgar del tabaréu contrahecho, despunta
inesperadamente el aspecto dominador de un titán cobrizo y potente, en un
desarrollo sorprendente de fuerza y agilidad extraordinarias.
Este contraste se impone al más leve examen. Se
muestra en todo momento, en todos los pormenores de la vida sertaneja, siempre
aparece el intercambio impresionante entre los impulsos extremados y las
apatías prolongadas.
Es imposible idear un jinete más rudo y desaliñado,
sin elegancia, las piernas colgantes, el cuerpo echado hacia adelante y
oscilando según los vaivenes del andar de los pequeños caballos del sertón, sin
herraduras y maltratados, resistentes y rápidos como pocos. En esta actitud
indolente, acompañando con morosidad el paso tardo de los bueyes, el vaquero
perezoso se parece al caballo tropero que cabalga casi dos tercios de su
existencia en una red adormecedora siguiendo al ganado.
Pero si una res se rebela y huye a través de la
caatinga o si una punta de ganado se atropella a lo lejos, lo vemos
transformado, clavando las espuelas en los ijares de su montura y partiendo
como un dardo, atrave sando velozmente los dédalos inextricables de las
juremas.
Lo vimos en este steeple-chase * bárbaro.
Nadie lo contiene en su ímpetu. Aunque lo
obstaculicen quebradas, piedras, cuevas, montes espinosos o barrancos de
arroyos, nadie le impide cazar al novillo huido, porque por donde pasa el buey
pasa el vaquero con su caballo. . .
Pegado al lomo del caballo, confundido con él,
gracias a la presión de las piernas firmes, realiza la acción de un centauro
bronco: emerge inopinadamente en los claros, desaparece en los matorrales
altos, supe rando vallas y pantanos, venciendo cumbres elevadas, superando
veloz los espinos mordientes, precipitándose a todo lazo a lo largo de lás
planicies. . .
* Steeple-chase: en inglés en el original: carrera de obstáculos. (N . d e T .).
Su robusta complexión aparece en total plenitud. Es
el jinete fuerte que da vigor al caballo pequeño y frágil, sosteniéndolo con
las riendas improvisadas de caroá, frenándolo con las espuelas, arrojándolo a
la ca rrera — estribando corto, las piernas encogidas, las rodillas levantadas
hacia adelante, el cuerpo pegado al arzón— desatado en el rastro del novillo
esquivo; aquí se dobla ágil bajo un matorral que le llega casi hasta la silla,
allá desmonta de repente, como un acróbata, agarrado a las crines del animal
para salvarse de un tronco advertido a último momento y vuelve a montarlo de un
salto apenas supera el obstáculo, y galopando siempre, a través de todos los
impedimentos, sosteniendo con la diestra, sin perderla nunca, sin dejarla en
los montes inextricables, la enorme aguijada forrada en cuero que, por sí sola,
ofrecería en otras manos serios impedimentos para la travesía. . .
Terminado el embate, restituida al rebaño la res
dominada, lo vemos otra vez caído sobre la silla, de nuevo desgraciado e
inerte, oscilando al compás de la lenta andadura, con la triste apariencia de
un pobre in válido.
TIPOS DISPARES: EL JAGUNgO Y EL GAUCHO
Si el gaucho del Sur lo encontrara en ese instante,
lo miraría con conmi seración.
Porque el vaquero del Norte es su antítesis. En la
postura, en el gesto, en la palabra, en la índole y en los hábitos no es
posible equipararlos. El gaucho, hijo de las llanuras sin fin, hecho a las
carreras fáciles por las pampas, formado por una naturaleza amable, muestra una
imagen de caballero gentil. La lucha por la vida no tiene el carácter salvaje
de los sertones del Norte. No conoce los horrores de las sequías y los com
bates cruentos con una tierra árida. No lo entristecen las periódicas escenas de
devastación y de miseria, el cuadro de absoluta pobreza del suelo calcinado,
exhausto por los soles bravios del ecuador. En sus tran quilas y felices horas
no siente la preocupación del futuro. Despierta a la vida amando a la
naturaleza deslumbrante que lo alimenta y pasa por ella aventurero, jovial,
valiente y fanfarrón, despreocupado, considerando al trabajo una diversión que
le permite hacer carreras, domando distan cias, por las llanuras verdes,
llevando sobre el cuerpo, flameando, alegre, al viento, el inseparable poncho.
Al lado de la vestimenta rústica del vaquero, su ropa es un traje de fiesta.
Las amplias bombachas especial mente hechas para el movimiento libre sobre los
baguales, en el galope cerrado o en el corcovear furioso, no se rompen en los
espinos lacerantes de ninguna caatinga. Su vistoso poncho jamás queda prendido
ni se desgarra entre las ramas de árboles retorcidos. Botas altas, en las que
tintinean las rosetas de las espuelas de plata, pañuelo de seda encarnado
al cuello, sombrero de grandes alas flexibles y en
el cinturón de cuero, brillando, la pistola y el facón; es el aspecto de un
vencedor jovial y fuerte el que asoma por las cuchillas, airoso en su redomón.
Es un hombre hecho a las victorias, jovial y fuerte. El caballo, socio
inseparable de esta vida algo novelesca, es casi un objeto de lujo. Lo
demuestra su arreo complicado y espectacular. Un gaúcho andrajoso montado sobre
un pingo de buen apero, está correcto. Puede cruzar, sin sufrir vejamen alguno,
las aldeas en días de fiesta.
LOS VAQUEROS
En cambio, el vaquero se crió en condiciones
opuestas, en un intercam bio continuo de momentos felices y momentos crueles,
de abundancia y miseria; sobre su cabeza, el sol es una amenaza permanente que
en la vuelta de las estaciones le trae períodos de sucesivas devastaciones y
desgracias.
Atravesó la mocedad en medio de periódicas
catástrofes. Se hizo hom bre, casi sin haber sido niño. Dejó de serlo muy
pronto, porque en el sertón, las sequías interrumpieron las alegrías de la
infancia. Temprano tuvo que encarar la vida desde el lado tormentoso. Es un
condenado en vida. Se vio envuelto en una batalla sin treguas, que le exige
impe riosamente el mantenimiento de todas sus energías.
Se hizo fuerte, experto, resignado y práctico.
Se preparó para la lucha.
A primera vista, su aspecto evoca vagamente al
guerrero antiguo ex hausto por la refriega. Las ropas son su armadura.
Envuelto en su casaca de cuero curtido, grueso o fino, apretado en su chaleco,
también de cuero, calzando las perneras de cuero, asimismo curtido, que suben
hasta las ingles, muy justas, cosidas a las piernas, articuladas con rodi
lleras de suela, resguarda los pies y las manos con envolturas de piel de
venado. Presenta la figura grosera de un campeador medieval tras plantado a
nuestro tiempo.
Esta armadura de un marrón rojizo, como si fuese de
bronce flexible, no centellea, no brilla al sol. Es hosca y polvorienta.
Envuelve al guerre ro de una batalla sin victorias. . .
La silla de la montura hecha por él mismo, imita a
la riograndense pero es más corta y cavada, sin los aparejos lujosos de
aquélla. Sus accesorios son una piel de buey, un cuero resistente que cubre las
ancas del animal, pectorales que le resguardan el pecho y las rodilleras
sujetas a las cintas.
Este equipamiento del hombre y del caballo está
hecho a hechura del medio. Vestidos de otra manera no podrían pasar incólumes
las caatin-gas y los pedregales.
Pero nada hay más monótono y feo que esta original
vestimenta, de un solo color — el pardo rojizo del cuero curtido— sin una
variante, sin una tira de otro tono. Apenas, de tanto en tanto, en las escasas
fiestas en que el matuto olvida sus pesares escuchando la guitarra surge una
novedad, un chaleco vistoso de gato salvaje o de suguarana, con el pelo del
lado de afuera, o una bromelia rubia y fresca prendida en el som brero de
cuero.
Pero esto es un incidente pasajero y raro.
Acabadas las horas de esparcimiento, el sertanejo
pierde el aire alegre, expandido en los zapateados en los que el golpe seco de
las alpargatas sobre el suelo, el tañido de las espuelas y la caja del pandero,
acompa ñan la cadencia de las guitarras en la vibración de los rasgados, y
enton ces cae en la postura habitual, tosco, desaliñado, en una extraña
manifes tación de desgano y cansancio extraordinarios.
Ahora bien, es completamente explicable ese
contraste permanente entre las manifestaciones de fuerza y agilidad y los
prolongados lapsos de apatía.
Son una perfecta versión moral de los agentes
físicos de su tierra. Como el sertanejo del Norte tuvo un arduo aprendizaje de
reveses se acostum bró pronto a su encuentro y a la correspondiente reacción.
Atraviesa la vida entre celadas y sorpresas de
naturaleza incompren sible y no pierde un minuto. Es un luchador
permanentemente exhausto, permanentemente audaz y fuerte; está siempre
preparándose para un obstáculo al que no vence y por el que no se deja vencer;
pasa de la máxima quietud a la máxima agitación; pasa de la red perezosa y
cómoda a la montura áspera. En estos aspectos que se enfrentan refleja la natu
raleza misma del medio que lo rodea; pasiva ante el juego de los elementos y
sometida de una estación a otra, desde la mayor exuberancia a la penuria de los
desiertos encendidos bajo la reverberación de los estíos abrasadores.
Es inconstante como esa naturaleza. Y es natural
que lo sea. Vivir es adaptarse. Ella lo talló a su imagen: bárbaro, impetuoso,
abrupto. . .
El gaucho, el valiente enlazador, por cierto, es
inimitable en una carga guerrera, se precipita al sonar de los vibrantes
clarines, por las pampas, con la lanza en ristre, firme en los estribos, con
aliento desa forado en los entreveros, desaparece con un grito triunfal en la
vorágine del combate cuando centellean las espadas, convierte al caballo en
pro yectil y va rompiendo formaciones de adversarios, derribándolos en la
lucha en la que entra con total despreocupación por la vida.
El jagungo es menos teatralmente heroico; es más
tenaz; es más resis tente; es más peligroso; es más fuerte; es más duro.
Es improbable que tome un aspecto novelesco y
glorioso. Busca al ad versario con el firme propósito de destruirlo, sea como
fuere.
Está acostumbrado a los sitios oscuros y estrechos,
sin espacios abier tos. Su vida es una conquista duramente hecha, en faenas
codidianas. La cuida como un precioso capital. No la desperdicia en la más
ligera contracción muscular, en la más leve vibración nerviosa, sin tener la
certeza del resultado. Calcula fríamente la pelea. Cuando maneja el cuchillo no
da un solo golpe en falso. Cuando apunta con el liviano fusil o el pesado
trabuco no yerra la puntería. . .
Si la reacción fulminante es ineficaz, si el
adversario no cae rápida mente vencido, el gaúcho es frágil y se deja apretar
por una situación indecisa.
El jagunco no. Retrocede. Pero al retroceder es
todavía más cuidadoso. Es un tanteo demoníaco. El adversario tiene, desde ese
momento, obser vándolo por el caño de la espingarda, un odio total, oculto en
las som bras de las trampas. . .
Esta oposición de caracteres se acentúa en las
épocas normales. Entonces todo sertanejo es vaquero. Aparte de la agricultura
rudimen
taria de las plantaciones de bajante a orillas de
los ríos, para obtener los cereales de primera necesidad, la cría de ganado es
allí el trabajo más apropiado para el hombre y para la tierra.
No hay que esperar en los establecimientos del
sertón las fiestas de las estancias del sur.
Parar el rodeo es para el gaúcho una fiesta diaria
de las que las caba lladas espectaculares son sólo una muestra. En el estrecho
ámbito de las mangueiras o en pleno campo, juntando el ganado desparramado o
embretando a los bueyes esquivos por zanjones y bañados, enlazando al potro
bravio, tumbándo o volteando con las fulminantes bolas al toro alzado, en las
evoluciones rápidas de las carreras, los pialadores, capa taces y peones viven
en el grito alegre de una diversión tumultuosa. En los trabajos más calmos,
cuando en los rodeos marcan el ganado, o le curan las heridas, o hacen apartes
de novillos para el tambo o escogen a los baguales condenados a las espuelas
del domador, el mismo fuego que encienden las marcas sirve para los rudos
ágapes de asado con cuero y para calentar el agua para beber el cimarrón
amargo.
Llevan una vida variada y llena de aconteceres.
SERVIDUMBRE INCONSCIENTE: VIDA PRIMITIVA
Eso no sucede en el norte. Al revés del estanciero,
el hacendado de los sertones vive en el litoral, lejos de los dilatados
dominios que muchas
veces ni siquiera conoce. Heredan un viejo vicio
histórico. Como los opulentos propietarios de la colonia, usufructúan
parasitariamente las rentas de sus tierras sin límites fijos. Los vaqueros son
sus siervos sumisos.
Gracias a un contrato por el cual reciben cierto
porcentaje de los productos, ahí se quedan, anónimos — nacen, viven y mueren en
el mis mo pedazo de tierra— perdidos entre las piedras y los matorrales, cui
dando la vida entera, fielmente, los rebaños que no les pertenecen.
El dueño legítimo, ausente, sabe de su fidelidad
sin par. No los fis caliza. Cuando mucho, sabe sus nombres.
Entonces, con sus trajes típicos, los sertanejos de
cuero levantan sus ranchos de paloa-pique al borde de las aguadas, rápidamente,
como si armasen tiendas, y abnegadamente, se entregan a una servidumbre que no
comprenden.
Lo primero que hacen es aprender el abecé y
terminan aprendiendo todas las exigencias del arte en el que son eméritos:
conocer las marcas de sus haciendas y de las vecinas. Esas marcas son dibujos o
letras o diseños caprichosos que se imprimen sobre las ancas del animal, por
tatuaje a fuego, completados por cortes de pequeños ángulos en las orejas.
Marcado el ganado queda garantizado. Puede romper tranqueras y esca par. Lleva
indeleble la indicación que lo devolverá a su lugar de origen. Porque el vaquero
no se conforma con saber las marcas de su hacienda de memoria, también aprende
las de los demás. A veces, en un extraordi nario esfuerzo de memoria, llega a
conocer, una a una, no sólo las reses que cuida sino las de los vecinos,
incluyendo la genealogía y las carac terísticas, los nombres y las edades,
etcétera. De esta manera, cuando aparece un animal extraño en su reducto y
conoce la marca, lo devuelve en seguida. En caso que no la conozca, conserva al
intruso y lo trata como a los demás. Pero no lo lleva a la feria anual ni le
hace desempe ñar ningún trabajo, lo deja morir de viejo. No le pertenece.
Si es una vaca y da cría, marca a la cría con la
misma señal desco nocida que reproduce con admirable perfección y así sigue
con toda la descendencia de la primera. Cada cuatro becerros separa uno para
sí. Es su paga. Establece con el patrón desconocido el mismo convenio que tiene
con el suyo. Y cumple estrictamente, sin jueces ni testigos, el extra ño
contrato que nadie escribió.
Muchas veces ocurre que después de años puede
descifrar una marca y el dueño original recibe no sólo la vaca cuya pérdida ya
había olvidado sino la cantidad de ganado que aquélla produjo.
Nos parece mentira esto que es tan común en los
sertones.
Lo señalamos como rasgo particular de la probidad
de los matutos. Los grandes propietarios de la tierra y de los rebaños lo
conocen. Todos tienen el mismo trato de aparcería con el vaquero que se resume
en una cláusula única: darle a cambio de los cuidados y de todos los trabajos,
un cuarto de los productos de la hacienda. Y saben
que nunca violarán el porcentaje.
El ajuste de cuentas se hace al finalizar el
invierno y generalmente, se hace sin que esté presente la parte más interesada.
Es una formalidad que se pasa por alto. El vaquero separa escrupulosamente la
mayoría de las nuevas cabezas que pertenecen al patrón (en las cuales imprime
la marca de la hacienda) de las pocas, un cuarto, que le pertenecen a él. Graba
sobre éstas su marca particular y las conserva o las vende. Le escribe al
patrón * dándole cuenta minuciosa de todo el movimiento del establecimiento, reparando
hasta en los mínimos detalles y después continúa con sus faenas interrumpidas.
Estas, aunque fatigantes en algunas ocasiones, son
también lo más rudimentario que se pueda concebir. No existe en el Norte una
industria pastoril. El ganado vive y se multiplica al azar. Marcados en junio,
los animales nuevos se pierden en las caatingas con el resto de las manadas.
Allí los ralean epizootias intensas en las que sobresalen el rengue y el mal
triste. Los vaqueros apenas tratan de atenuarlas. Restringen las acti vidades.
Si el mal devasta el ganado conocen un remedio más eficaz que el mercurio: el
rezo. No necesitan ver al animal enfermo. Se vuelven hacia la dirección en la
que aquél se encuentra y rezan, dibujando en el suelo inextricables líneas
cabalísticas. O si no, lo que es más habitual, lo curan por el rastro.
Y así viven en una perpetua adversidad.
Pocas veces un incidente o una variante alegre
quiebra la monotonía de sus vidas.
Solidarios unos con otros, se auxilian
incondicionalmente en todos los menesteres. Cuando un animal se escapa, toma su
picana y sale a ras trearlo y si no lo encuentra pide campo, frase
característica para llamar a los vaqueros vecinos y allá van todos, verdadera
caballería rústica, de a diez, de a veinte, rápidos, ruidosos, amigos,
campeando, escrudiñando las caatingas hasta que el animal caiga atado por los
cuernos que le sujetan unas manos poderosas.
EL RODEO
Esta solidaridad de esfuerzos se evidencia mejor en
el rodeo, trabajo que consiste en reunir y discriminar después, los animales de
los dife rentes establecimientos convecinos que por los campos viven en común,
mezclados, sin cercos ni vallados.
* Al
firmar las cartas no utiliza la fórmula común, “su seguro servidor”, la
sustituye, ingenuamente, por ésta: su amigo y vaquero. A veces, para informar
sobre un desastre, el extravío del rebaño por ejemplo, utiliza una alarmante
con cisión: “Patrón y amigo: le participo que su rebaño está en el despotismo.
Sólo cuatro bueyes dieron su cuero. ¡El resto tronó en el mundo!” .
Lo realizan de junio a julio.
Eligen un lugar más o menos central, generalmente
un campo expla nado y limpio, entonces el rodeador congrega a los vaqueros de
los sitios próximos. Arreglan los dispositivos de la empresa. Distribuyen las
tareas que corresponden a cada uno en la lid. Y después irradian los atletas de
cuero hacia las caatingas que los rodean.
El cuadro tiene el movimiento salvaje y asombroso
de una corrida de tártaros.
En minutos los sertanejos desaparecen. El rodeo
permanece desierto durante un lapso de tiempo. . .
De repente, se oye un estruendoso tropel de cascos
sobre las piedras, un estrépito de ramas que estallan, un entrechocar de
cuernos que gol pean, por los aires nubes de polvo, y súbitamente aparece el
ganado y detrás, sobre el caballo que arremete, el vaquero tenso sobre los es
tribos. . .
Trae una exigua parte del rebaño. Lo entrega a los
compañeros que allí se quedan y vuelve al galope en renovada búsqueda. Así van
apa reciendo otros por todo el ámbito del rodeo que se anima, se convierte en
un tumulto de bueyes y caballos confundidos en un vibrante rumor de terremoto.
En los extremos se agitan los animales que no se resignan, los recalcitrantes.
Un toro que otro vuelve a escapar a la caatinga. El va quero lo sigue. Le va
pisando el rastro. Va con él hasta el escondrijo más hondo. No lo larga, hasta
que surja el instante adecuado para un acto definitivo: alcanzar repentinamente
al fugitivo. El vaquero se vuelca sobre la montura, suspendido de un estribo,
con una mano se agarra a las crines del caballo mientras con la otra alcanza el
rabo del animal en disparada y con un tirón formidable lo voltea en tierra. . .
Después le pone una máscara de cuero y lo vuelve a conducir al rodeo.
Los compañeros lo reciben ruidosamente. Les cuenta
la hazaña. Le retrucan con otras idénticas, se cambian impresiones con
adjetivos ad hoc que van en aumento desde los más rispidos hasta los más
trémulos de asombro.
Sobre el final del día, la última tarea, el
recuento de las cabezas reu nidas. Y luego el aparte. Y por fin, se separan,
cada uno va para su re ducto llevando por delante las reses propias. Y por los
campos, resuenan melancólicamente las notas del aboiado. . . *.
Pero a esta penosa tarea siguen otras de mayor
calibre.
EL ARREO
La manada sigue lentamente la cadencia de ese canto
triste y perezoso. Torcido desaliñadamente sobre la montura el vaquero rumia
sobre las
* Aboiar:
cantar mientras se conduce el ganado, una tonada poco variada y triste que
sirve para pacificar a las reses y guiarlas. Juvenal Galeno, Lendas e Cangoes.
probables ganancias: lo que le toca al patrón y lo
que le toca a él, según el trato hecho. Allí mismo va contando los animales
destinados a la feria, considera el caso de un viejo buey que ya tiene diez
años y nunca fue llevado a la feria gracias a una antigua amistad; más allá, un
becerro claudicante muge porque se hunde en un desnivel y hay que sacarlo; más
lejos, el enmascarado, con la cabeza alta y desafiante, sigue la huella guiado
por la compresión de los otros cuerpos contra el suyo; más acá, soberbio,
caminando con holgura porque los demás lo respetan y le abren un claro
alrededor, el toro vigoroso, de ancho cogote, envergadura de búfalo, envidia de
toda la manada, de cuernos romos y llenos de tierra, guampudo, y por aquí y por
allá, cada animal es un conocido, cada uno encierra un incidente, un pormenor
de su existencia primitiva y simple.
Y marchan
en orden, lentos, al son de la tonada que parece hama carlos con su refrán
monótono:
E cou
mansaó. . .
E cou. . . é cao. . .
que resuena
nostálgica por los
descampados silenciosos. . .
De súbito algo pasa, un temblor, un estremecimiento
corre por todos esos cuerpos. Hay una detención instantánea. Se enredan, se
anudan, se yerguen, observando vivamente el espacio y se encogen, se inclinan,
se clavan y entrecruzan millares de cuernos. El suelo vibra en un estré pito
horrendo y la manada sale en estampida. . . *.
Nadie puede explicar qué pasó. Este acontecimiento,
común por de más, es la desesperación de los vaqueros.
Se origina en el incidente más trivial, puede ser
el paso de una araña o la corrida de una rata de campo. Una res se espanta y el
contagio es instantáneo, una descarga nerviosa lleva el espanto a la manada
entera. Y en un obstáculo único, asombroso, de golpe, revueltos, salen dispara
dos aquellos cuerpos macizos que normalmente son tan tardos y morosos.
Ya nadie los puede contener ni alcanzar. Se meten
en las caatingas rompiendo árboles, en estallidos de ramas y gajos, desbordan
por las pendientes, con estrépitos de cuernos, las piedras caen, torrentes de
pe zuñas resuenan en el espacio como roncos y extensos truenos lejanos. . .
En minutos, quedan destrozadas tierras penosamente
cultivadas, de saparecen las ipueiras rasas, caen pisoteados los ranchos o
quedan vacíos, abandonados por sus habitantes despavoridos que huyen hacia los
costa dos evitando el rumbo rectilíneo en que se despeña la estampida.
Millares de cuerpos forman un cuerpo único, monstruoso, informe, in
descriptible, de animal fantástico, precipitado en una carrera loca. Y sobre
este tumulto, rodeándolo, acometiendo impetuoso sobre los destrozos que
* Estourar,
arrancar o arribar la manada de bovinos son sinónimos del mismo hecho que, en
los sertones del Norte, reproducen, tal vez con más intensidad, las disparadas
(estampidas) de las pampas.
deja detrás de sí esa avalancha viva, largado en
una disparada sobre barran cos y valles, sobre morros y quebradas, el vaquero,
la aguijada en ristre, las riendas sueltas, sueltos los estribos, estirado
sobre la montura, agarrado a las crines del caballo.
Ya se le han unido los compañeros que a lo lejos
oyeron la estampida. La lid se renueva, nuevos esfuerzos, nuevas acometidas,
nuevas hazañas, nuevos riesgos y nuevos peligros que hay que afrontar y vencer,
hasta que la manada, no tanto por el trabajo de los que la golpean por los
flancos sino por el cansancio, poco a poco afloja y se para, completa mente
estupidizada.
Entonces vuelven a encauzarla por el camino del
establecimiento y otra vez resuenan por los campos, tristemente, las notas
melancólicas del áboiado.
TRADICIONES
De vuelta al rancho, los vaqueros descansan en las
redes colgantes, mien tras relatan las peripecias del rodeo o las famosas
aventuras de las ferias, matando las horas, en la significación total del
término, tranquilizándose con la umbuzada sabrosa o comiendo el manjar
incomparable de jerimum con leche.
Si la época es propicia y prosperan las
plantaciones hechas en las bajantes y nada revela la aparición de la sequía, el
ocio llena de pereza los brazos del vaquero. Va a las aldeas donde se hacen
fiestas de caba lladas y morerías, juegos anacrónicos que las aldeas
sertanejas reprodu cen intactos con los mismos programas de hace tres siglos
16°. Y entre ellos, la exótica encamisada * que es el más curioso ejemplo del
modo como están aferados a las más remotas tradiciones.
Viejísima copia de las vetustas épocas de los
ataques nocturnos contra los caudillos árabes en la Península, y totalmente
olvidada en la tierra que le dio origen, donde su misma significación es
actualmente un inu sitado arcaísmo, esta diversión hecha a la luz de linternas
y antorchas, con sus largos cortejos de hombres a pie, vestidos de blanco, o a
la manera musulmana, y otros a caballo, en animales extrañamente enjaeza dos,
les proporciona escaramuzas y encuentros simulados que hacen el encanto de los matutos
ociosos.
Pero no todos la comparten. Escasos de recursos
para alejarse de los ranchos, se entregan a las diversiones habituales, entre
ellas, el baile. Vestidos con cueros nuevos, los solteros se agitan en sambas y
cateretés ruidosos, sosteniendo las pequeñas guitarras, improvisando
vibraciones de choradinho o de baiao, mientras los casados cumplen con la
obliga-
* Encamisada:
asalto nocturno en que las tropas vestían, como disfraz, camisones. C.
Figueiredo, Novo dicionário da Lingua Portuguesa.
ción de cuidar a su familia. Como en general hay
poco espacio, en los ranchos en fiesta los bailes se arman afuera, la tierra
bien barrida, el mo biliario hecho de troncos y algunos taburetes, iluminado
por la luna y las estrellas. Comienza la función con largos tragos de
aguardiente mientras rompen estruendosos los vivos zapateados.
Un cabra destacado rasga la guitarra. Se mueven en
lentos meneos las caboclas bonitas. Fuerte y hábil las revolotea el sertanejo
joven.
En los intervalos se arman los desafíos.
Se entreveran como adversarios dos rudos cantores.
Las rimas les salen en versos a veces muy bellos *:
Ñas horas de Deus, amém,
Nao é zombaria, nao!
Desafio o mundo inteiro
Pra cantar nesta fungao!
El adversario en seguida retruca tomando el último
verso de la es trofa :
Pra cantar nesta fungao,
Amigo, meu camarada,
Aceita teu desafio
O "fama” diste
sertüo! * *
Es el comienzo de la lucha que sólo termina cuando
uno de los bardos se enreda en una rima difícil y titubea, golpeando
nerviosamente la gui-tarrita, bajo una avalancha de risas que saludan la
derrota. Y la noche se va deslizando rápida en el jolgorio que se generaliza
hasta que el canto de las sericóias en las ipueiras da la señal del desbande.
Terminada la fiesta, los vaqueros vuelven a la ruda
tarea o a la pe rezosa red.
De año en año, algunos salen de los tranquilos
ranchos hacia tierras remotas. Cruzan el Sao Francisco, se meten en los campos
gerais del oeste, vastos planaltos en los que las desembocaduras de aquel río y
del
* Famanaz
del desafío: gran improvisador. Choradinho y baiáo: (lloradito y baión) danzas
comunes en el norte. Despuntar el día: el primer trago de alguna bebida al
comienzo de la función. Destalado, brabo e corado, bala e onga, des-tabocado y
otros: son palabras comunes que denotan a todo hombre fuerte, hábil, etc.
Serenar en el baile: bailar muy vagarosamente, sin hacer ruido con los pies.
Ralhar (rallar o rascar) en la guitarra: tocar ruidosamente con habilidad. El
nombre de “teimosa” (empecinada, porfiada, testaruda) dado a la cachaga, es de
una filosofía adorable. Nada expresa mejor la atracción que la bebida ejerce
sobre esos valientes y el deseo que tienen, nunca realizado, de evitarla.
* * “A la
hora de Dios, amén, / no es burla, no, / desafío al mundo entero / cantar en
esta función” .
“Cantar en esta función, / amigo, mi camarada, /
acepta tu desafío / el “fama” de este sertón” . (N . de T .) .
Tocantins 161 se confunden en lagunas de donde
salen, indistintamente, ríos hacia el levante o el poniente, y penetran en
Goiás o, yendo más ha cia el norte, en las sierras del Piauí.
Van a comprar ganado. Aquellas lejanas tierras,
pobres y oscuras villas que el Puerto Nacional162 hace más extremas, se animan
entonces pasa jeramente con la romería de los bahianos. Son los autócratas de
las ferias. En su armadura de cuero, gallardos, blandiendo la aguijada,
montados en sus ariscos caballos, entran en esos villarejos con aire de
triunfadores. Y al volver, si es que no se pierden para siempre en la peligrosa
travesía, reanudan su vida monótona y primitiva. . .
LA SEQUIA
De repente, una variante trágica.
Se acerca la sequía.
El sertanejo la adivina y prevé gracias al singular
ritmo con que se desencadena el flagelo.
Pero no se escapa abandonando la tierra poco a poco
invadida por el aire caliente que viene de Ceará.
En unas páginas notables, Buckle señala la anomalía
de que el hombre nunca se adapta a las calamidades naturales que lo rodean 163.
Ningún pueblo tiene más temor a los terremotos que el peruano, y en el Perú las
vibraciones de la tierra hamacan la cuna de los recién nacidos.
Pero nuestro sertanejo es una excepción a la regla.
La sequía no lo asusta. Es un complemento de su vida tormentosa y la enfrenta
con estoicismo. A pesar de las dolorosas tradiciones que conoce a través de un
sinnúmero de terribles episodios, a todo trance alimenta esperanzas en una
resistencia que parece imposible.
Con los escasos recursos de sus propias
observaciones y de las de sus mayores, donde se mezclan enseñanzas prácticas
con extravagantes su persticiones, ha tratado de estudiar el mal para
conocerlo y soportarlo. Se prepara para la lucha con singular serenidad. Dos o
tres meses antes del solsticio de verano empieza a fortalecer los muros de los
pozos y limpia los desaguaderos. Prepara la tierra arable a orillas de los
arroyos para las plantaciones ligeras de las primeras lluvias.
Trata de adivinar el futuro. Mira a las alturas,
observa atentamente el horizonte, examina los rasgos más fugitivos del paisaje.
. .
Los síntomas del flagelo aparecen encadenados en
serie, inflexibles, como señales conmemorativas de un mal cíclico. Pasan las
"lluvias del cajú” en octubre, rápidas, con lloviznas suspendidas en los
aires ardientes, sin dejar rastros, que colorean las caatingas, por todas
partes; los árboles marchitan, recordando las cenizas por una combustión sin
llamas, el suelo se agrieta, lentamente baja el nivel de los pozos de agua. . .
Al
mismo tiempo, se nota que apenas clarea, los días
se hacen abrasantes mientras las noches se vuelven cada vez más frías. La
atmósfera absorbe con avidez de esponja el sudor de la frente y la ropa de
cuero pierde su flexibilidad primitiva para volverse dura en los hombros,
rígida, como una coraza de bronce. El caer de las tardes, día a día más rápido
y sin crepúsculos, contempla las bandadas de aves que emigran hacia otros
climas. . .
Es el preludio de la desgracia.
Se ve venir, crecer, hasta diciembre.
Toma precauciones, aprensivo, pasa revista al
ganado. Recorre lugares en procura de alimento para los animales. Y espera,
resignado, el día 13 de ese mes. Porque en esa fecha, una costumbre antigua le
permite in terrogar el futuro, interrogar a la Providencia.
Es la experiencia tradicional de Santa Lucía. El
día 1 2 , al anochecer, expone al relente, en línea, seis granos de sal que
representan, en orden sucesivo, de izquierda a derecha, los seis meses
venideros, de enero a junio. Al alba del día 13 los observa, si están intactos
presagian sequía, si el primer grano se diluyó un poco, habrá una lluvia en
enero, si el segundo, en febrero, si la mayoría o todos, el invierno será
benigno *.
Esta experiencia es hermosa. Pese al estigma
supersticioso, tiene una base positiva y es aceptable si se considera que de
ella se toma el mayor o menor dosaje de vapor de agua en el aire y
deductivamente, las ma yores o menores probabilidades de depresiones
barométricas capaces de atraer la afluencia de lluvias.
Esta prueba, aunque tradicional, no convence al
sertanejo. Ni ante sus peores vaticinios se desanima. Pacientemente aguarda el
equinoccio de la primavera para hacer una consulta definitiva a los elementos.
Atraviesa tres largos meses de expectativa ansiosa y el día de San José, 19 de
marzo, busca un nuevo augurio, el último.
Ese día es el índice de los meses siguientes. Le
retrata, abreviadas en doce horas, todas las alternativas climáticas que
vendrán. Si durante ese día llueve, el invierno será lluvioso, si sucede lo
contrario y el sol atra viesa abrasadoramente el firmamento claro, entonces
todas sus esperanzas se pierden.
La sequía es inevitable.
AISLAMIENTO DEL DESIERTO
Se transfigura. No es más el indolente o el
impulsivo violento. Trasciende su situación rudimentaria. Resignado y tenaz,
con la implacable señal
* “Se
cuenta que en Ceará hicieron esta experiencia ante el naturalista George
Gardner y que el sabio que había observaciones meteorológicas y había llegado
a un resultado diferente al de la
santa, exclamó en su
portugués retorcido ¡No!
¡No! Lucía mintió. . Silvio Romero, A poesía popular no B rasil164.
de los fuertes, encara de frente a la fatalidad, y
reacciona. El heroísmo tiene en los sertones tragedias espantosas para siempre
perdidas. No hay quien las describa. Surgen de una lucha que significa la
insurrección de la tierra contra el hombre. Al principio éste reza, con los
ojos puestos en la altura. Su primer amparo es la fe religiosa. Alzando santos
mila grosos, cruces, altares, banderas de lo Divino 165 van por los campos
fami lias enteras, no sólo los fuertes sino también los viejos, los enfermos,
los lisiados, cargando sobre los hombros y la cabeza las piedras de los
caminos, llevando las imágenes de unos lugares a otros. Las lentas proce
siones propiciatorias, pasan lentas y resuenan en los largos días monótonos las
letanías tristes. Brillan en las noches las velas encendidas de los penitentes.
. . Pero los cielos persisten siniestramente claros, el sol ful mina la
tierra, progresa el espasmo asombroso de la sequía. El matuto observa a su
prole asustada, contempla entristecido a los animales echados bajo las ipueiras
o errando lentos, con los cogotes doblados, con mugidos de llanto, buscando el
agua, y sin que se le adormezca la creencia, sin dudar de la providencia que lo
golpea, murmurando los rezos acostum brados, se apresta al sacrificio. Busca
con la azada, en los estratos infe riores de la tierra, el agua que huyó de la
superficie. A veces la encuentra, otras, después de grandes fatigas, golpea
contra lajas que anulan todo el esfuerzo hecho y otras, y es lo más corriente,
después de descubrir un tenue líquido subterráneo, lo ve desaparecer en pocos
días, evaporado o tragado por el suelo. Lo acompaña tenazmente, profundizando
la mina, en busca del tesoro fugitivo y vuelve al fin, exhausto, al borde de la
se pultura que excavó, casi como un desenterrado. Pero como su extrema
frugalidad le permite pasar los días con poco alimento, no decae tan pronto su
ánimo.
Allí está, a su alrededor, la caatinga, su agreste
proveedor de cereales. La escudriña. Corta en pedazos los mandacarus o las
ramas verdes de los juázeiros que alimentan a los magros animales hambrientos;
derriba los troncos de los ouricuris y los ralla, los amasa y los cocina
haciendo un pan, el bró, que le hincha el vientre en una hartura ilusoria,
empachando al hambriento; arranca las raíces húmedas de los umbuzeiros que
mastican los hijos, dejando para sí el zumo de los xiquexique que enronquece o
acaba con la voz de quien lo bebe, y se desgasta en trabajos, apelando,
infatigable, a todos los recursos, defendiéndose y defendiendo a la prole
abatida y al ganado confiado con su energía sobrehumana.
Pero esos esfuerzos no bastan.
La naturaleza no lo combate sólo con el desierto.
En contraste con la fuga de las seriemas que emigran, y de las jandaias que
huyen hacia el remoto litoral, puebla ese desierto con una fauna cruel.
Miríadas de mur ciélagos se abaten sobre el ganado, diezmándolo. Las víboras
de cascabel se multiplican tanto más cuanto mayor es el ardor del estío.
Por las noches, la suguarana traicionera y ladrona
que le roba los be cerros y los novillos, se asoma a su pobre rancho.
Es un enemigo más.
Lo ahuyenta con un tizón encendido y si no
retrocede, la asalta, pero no a tiros, porque sabe que el animal provocado por
un poco eficaz chumbo, se le viene encima y es invencible.
Recurre al combate. El atleta debilitado, llevando
la horquilla en la mano izquierda y el cuchillo en la derecha, irrita y desafía
a la fiera, obligándola a saltar para, atajándola en el aire, atravesarla de un
golpe.
Pero no siempre puede aventurarse a la arriesgada
hazaña. Una mo lestia extravagante completa su desdicha: la hemeralopia. Esta
falsa ceguera, paradojalmente, es provocada por las reacciones de la luz. Nace
de los días claros y calientes, de los firmamentos fulgurantes, del vivo
ondular del aire en fuego sobre la tierra desnuda. Es una plétora del mirar.
Cuando el sol se oculta la víctima no ve más nada. Está ciega. La noche lo
envuelve antes de envolver la tierra. Y a la mañana siguiente la visión muerta revive,
con el primer claror del levante, para apagarse otra vez, a la tarde, en
dolorosa intermitencia.
Con la vista renace su energía. Todavía no se da
por vencido. Le que dan para alimentar a sus hijos los tallos tiernos, los
mangarás de las bro-melias salvajes. Los engaña con esos manjares bárbaros.
Marcha, ahora a pie, porque se le parte el corazón
sólo de mirar a su caballo, hacia los sitios donde se encuentra la hacienda.
Bueyes espec trales, vivos no se sabe cómo, caídos bajo los árboles muertos,
mal soste niendo el esqueleto sobre las patas secas, marchando tambaleantes;
bueyes muertos hace días e intactos, que los mismos caranchos rechazan porque
no pueden romper con sus picos las pieles endurecidas; bueyes enterrados en el
sitio donde estaba su aguada predilecta, y lo que más le duele, animales que
todavía no están completamente exhaustos y buscan, con fiados, mugiendo en un
largo llamado triste que se parece al llanto.
Y ni un
cereo en torno; ya se comieron las últimas ramas verdes de
los juás.
A su vera se cierran, impenetrables, las filas de
macambiras. Todavía son un recurso. Las incendia para que en la combustión se
desprendan las espinas. Y cuando las nubes de humo se esparcen en el aire puro,
aparecen corriendo de todas partes, en un tropel trabajoso de enfermos, los
flacos animales hambrientos en busca del último pasto. . .
Finalmente todo se agota y la situación no cambia.
No hay probabili dad alguna de lluvias. La cáscara de los mariseiros no
trasuda anuncián dolas. El nordeste persiste intenso, soplando por las
planicies, y el sol, reverberando en el firmamento claro, alienta el incendio
inextinguible de la canícula. El sertanejo, agobiado por tantos reveses,
finalmente se doblega.
Cierto día ve pasar por su puerta la primera turba
de "retirantes”. Los ve desaparecer dejando una nube de polvo, en una
curva del camino. . . Y al día siguiente otra. Y otras. El sertón se vacía.
No resiste más. Se arrima a una de esas bandadas y
se va camino afuera, en un éxodo penoso, hacia las costas, hacia las sierras
distantes, hacia cualquier lugar donde no lo mate el elemento primordial de la
vida.
Los alcanza. Se salva.
Pasan meses. El flagelo termina. Y ahí está de
vuelta. Lo vence la nostalgia del sertón. Y vuelve feliz, revigorizado,
cantando, olvidado de los infortunios pasados, buscando las horas pasajeras de
ventura, los mis mos días largos de trances y pruebas inacabables.
RELIGION
MESTIZA 166
Aislado de esta manera en el país que no lo conoce,
en lucha abierta con el medio que parece haberle estampado en la organización y
en el tem peramento su extraordinaria rudeza, nómada o mal fijado a la tierra,
el sertanejo no tiene, por así decirlo, capacidad orgánica para ambicionar una
situación mejor.
El círculo estrecho de su actividad le demoró el
desarrollo psíquico. Está en la fase religiosa de un monoteísmo incomprensible,
unido a un misticismo extravagante, en el que se unen el fetichismo del indio y
del africano. Es el hombre primitivo, audaz y fuerte, pero al mismo tiempo,
crédulo, que se deja arrebatar fácilmente por las supersticiones más absurdas.
Un análisis de éstas revelaría la fusión de estadios emocionales distintos.
Su religión es como él: mestiza.
Resumen de caracteres físicos y fisiológicos de las
razas de las que surge, lo es también de las cualidades morales. Es un índice
de la vida de tres pueblos. Y sus singulares creencias traducen esa violenta
aproxi mación de tendencias diferentes. Es innecesario describirlas. Las
leyendas escalofriantes del caapora maldito que atraviesa veloz, montado en un
caititu arisco, las planicies desiertas, en las misteriosas noches de luna
llena; los sacis diabólicos, de gorro colorado, que asaltan a los viajeros retrasados
en las aciagas noches de los viernes, de aparcería con los lobizones y las
muías sin cabeza y del mismo diablo, ese trágico emisario de los rencores
celestes en comisión terrestre; los rezos dirigidos a San Campeiro, canonizado
in partibus, al cual se le encienden velas por los campos para que favorezca el
descubrimiento de objetos perdidos; las bendiciones cabalísticas para curar a
los animales, o para terminar con las fiebres palúdicas; todas las visiones,
todas las apariciones fantásticas,
todas las profecías de los mesías locos; y las
romerías piadosas; y las misiones; y las penitencias. . . Todas las
manifestaciones complejas de una religiosidad indefinida, pueden explicarse.
FACTORES HISTORICOS DE LA RELIGION MESTIZA
No sería difícil caracterizarlas como un mestizaje
de creencias. Allí se muestran al desnudo el antropismo del salvaje, el
animismo del africano y sobresaliendo, el aspecto emocional de la raza
superior, en la época del descubrimiento y de la colonización.
Esto es un notable caso de atavismo en la historia.
Considerando las agitaciones religiosas del sertón
y los singulares evangelizadores y mesías que intermitentemente lo atraviesan,
ascetas mortificados por flagelaciones, rodeados por numerosos secuaces a los
que fanatizan, arrastran, dominan y enloquecen, espontáneamente re cordamos la
fase más crítica del alma portuguesa, a partir del final del siglo xvi, cuando,
después de haber centralizado por momentos la histo ria, el más interesante de
los pueblos cayó, de pronto, en una descompo sición rápida, apenas disfrazada
por la corte oriental de Don Manuel167.
El poblamiento del Brasil se realiza intensamente
con Don Joáo I I I 168, precisamente en el momento de total desequilibrio
moral, cuando "todos los terrores de la Edad Media habían cristalizado en
el catolicismo pe ninsular”.
Una gran herencia de supersticiones extravagantes,
paliadas en el li toral por el influjo modificador de otras razas y de otras
creencias, quedó intacta en el sertón. La trajeron gentes impresionables, que
afluyeron a nuestra tierra después que se deshizo en el Oriente el sueño
milagroso de la India 169. Venían llenas de aquel misticismo feroz, en el que
el fervor religioso reverberaba en las hogueras inquisitoriales, que prendieron
in tensas en la península. Eran parcelas del mismo pueblo que, en Lisboa, bajo
la obsesión dolorosa de los milagros y asaltado por súbitas alucina ciones,
veía bajo el palacio real ataúdes agoreros, lenguas de llamas mis teriosas,
catervas de moros de albornoz blanco pasando en procesión y combates de
paladines en las alturas. Y de la misma gente que después de Alcácer-Quibir
170, en plena "caquexia nacional” al decir vigoroso de Oliveira Martins m,
buscaba, ante la ruina inminente, como única sal vación, la fórmula superior
de las esperanzas mesiánicas.
Considerando los desórdenes sertanejos de hoy y los
mesías insanos que los provocan, irresistiblemente nos asaltan al galope, las
figuras de los profetas peninsulares de otrora: el rey de Penamacor, el rey de
la Ericeira 172, errantes por las faldas de las sierras, destinados al
martirio, arrastrando en la misma idealización, en la misma locura, en el mismo
sueño enfermo, a multitudes de creyentes.
Esta yuxtaposición histórica se retrata sobre tres
siglos. Pero es exacta, completa, sin tapujos. Inmóvil el tiempo sobre la
rústica sociedad ser-taneja, echada fuera del movimiento general de la
evolución humana, respira todavía la misma atmósfera moral de los iluminados
que guiaban, locos, Miguelinho o Bandarra 17S. Ni siquiera les falta, para
completar el símil, el misticismo político del Sébastianismo. Acabado en
Portugal, persiste actualmente de modo singularmente impresionante, en los
ser-tones del Norte 174.
Pero no nos anticipemos.
CARACTER VARIABLE DE LA RELIGIOSIDAD SERTANEJA
Estos estigmas atávicos tuvieron entre nosotros las
reacciones favorables del medio, determinando una psicología especial.
El hombre del sertón vive en función de la tierra
más que cualquier otro. Es una variable dependiente en el juego de los
elementos. La conciencia de su debilidad para develarlos hace que sea más
fuerte este apelar constante a lo maravilloso, esta condición inferior de
pupilo idiota de la divinidad. Con una naturaleza más benéfica, la necesidad de
una tutela sobrenatural no hubiera sido tan imperiosa. Del entrelazamiento
entre las tendencias individuales y las vicisitudes exteriores resulta la
indife rencia fatalista por el futuro y la exaltación religiosa. La enseñanza
de los misioneros no hubiera podido ir más allá de las tendencias generales de
su época. Por eso, como un palimpsesto, la conciencia imperfecta de los matutos
aparece en los momentos de crisis a través de los ideales tan bellos del
catolicismo incomprendido, revelando todos los estigmas del estadio inferior.
Es que, incluso en los períodos normales, su
religión es indefinida y variada. De la misma forma que los negros Haúgas,
adaptando el ritual jorubano 175, realizan el hecho anómalo pero corriente en
la capital de Bahía, de ir a las solemnidades de la Iglesia por orden de sus
fetiches, los sertanejos, herederos desgraciados de vicios seculares, salen de
las misas consagradas hacia los ágapes salvajes de los candomblés africanos o
los por aces del tupí. No asombra que su indefinida religiosidad presente estas
sorprendentes antinomias.
Quien observa a la familia sertaneja, al caer la
noche, ante el oratorio paupérrimo, a la media luz de las lámparas de aceite,
orando por las almas de los muertos queridos o pidiendo aliento para su vida
tormentosa, queda admirado.
El culto de los muertos es impresionante. Los
entierran lejos de las poblaciones, pero al costado de los caminos, para que no
queden en total abandono, para que reciban siempre las preces de los viajeros,
para que éstos pongan sobre los ángulos de la cruz una flor o un ramo, recorda
ción fugaz pero permanentemente renovada. El
vaquero que anda pre suroso por los caminos, detiene su caballo ante el
humilde monumento
— una cruz sobre varias piedras amontonadas— y con
la cabeza descu bierta, reza por la salvación de quien, tal vez, nunca vio, de
un enemigo quizá.
La tierra es un exilio insoportable, el muerto es
un bienaventurado.
La muerte de una criatura es un día de fiesta.
Resuenan las guitarras en el rancho de los pobres padres, jubilosos entre
lágrimas, resuena el samba turbulento, vibran en el aire las coplas de los
desafíos, y a un costado, entre dos velas de carnauba, coronado de flores, el
angelito expone en su última sonrisa endurecida la felicidad suprema de volver
al cielo, a la felicidad eterna, que es la preocupación dominante de esas almas
ingenuas y primitivas.
Pero también hay rasgos repulsivos en esta
religiosidad de aspectos tan interesantes, aberraciones brutales que la llenan
de mácula.
PEDRA BONITA
Los acontecimientos sertanejos, desde Maranhao a
Bahía, todavía no han tenido un historiador. Nosotros vamos a esbozarlos.
Tomaremos, entre muchos, un acontecimiento.
En los límites de Pajeú, en Pernambuco, las últimas
formaciones gra níticas de la costa se levantan en formas caprichosas, en la
sierra Talhada, dominando majestuosa toda la región y convergiendo en un amplio
anfiteatro al que sólo se puede acceder por una estrecha gar ganta entre
murallas a pique. En ese ámbito, como un púlpito gigantesco, se yergue un
bloque solitario, la Pedra Bonita.
Este lugar fue, en 1837, teatro de hechos que
recuerdan las siniestras solemnidades religiosas de los Achantis178. Un
mameluco o cafuz, un iluminado, congregó allí a toda la población de las
vecindades y tre pado a la piedra, anunció, convencido, el próximo
advenimiento del reino encantado del rey Don Sebastiáo. La piedra a la que
estaba subido sería quebrada, no por los golpes del pico sino por la acción
milagrosa de la sangre de los niños esparcida sobre ella en holocausto,
entonces el gran rey aparecería envuelto en un aura fulgurante, castigando
inexorablemente a los hombres ingratos, pero llenando de riquezas a los que
hubiesen contribuido a obtener su desencantamiento.
Por el sertón sopló un hálito de neurosis. . .
El trastornado encontró un medio adecuado para su
locura. Alrededor del monstruoso altar se arrastraban las madres levantando sus
pequeños hijos, peleando para tener la primacía en el sacrificio. . . La sangre
cho rreaba por la roca formando charcos y según afirman los diarios de la
época, en abundancia tal que, después de
desbaratada esa lúgubre farsa, era imposible permanecer en el lugar.
Por otro lado, hechos de tamaña grandeza
contradicen esas aberra ciones. El alma de un matuto queda inerte ante las
influencias que la sa cuden. De acuerdo con ellas, puede ir de la extrema
brutalidad a la máxima devoción.
Ya que la vimos pervertida por el fanatismo,
véamosla transfigurada por la fe.
MONTE SANTO
Monte Santo es un lugar legendario.
En el siglo x v i i , cuando el descubrimiento de
las minas determinó la atracción del interior sobre el litoral, los aventureros
que venían del norte se topaban con el sertón y allí se quedaban largo tiempo.
Su marcha hacia las sierras de la Jacobina, entusiasmados con el milagro de las
minas de plata, seguía la huella enigmática de Belchior Dias. La sierra
solitaria
—la Piquarafá de los aventureros— dominaba los
horizontes y les seña laba el norte.
Además, los atraía por sí misma de manera
irresistible.
Es que en uno de sus flancos, escritas en
caligrafía ciclópea, con grandes piedras, aparecían unas letras singulares —
una A, una L y una S— ladeadas por una cruz, que les hacía creer que allí
estaba y no más adelante, hacia el occidente o hacia el sur, el dorado
apetecido.
La escudriñaron en vano los émulos del Muribeca 177
astuto, siguiendo por fin hacia otros rumbos, con sus tropas de cotiguaras
mansos y foras teros armados.
La sierra desapareció de nuevo entre las planicies
que domina. . .
Finalmente, hacia fines del siglo pasado, la
descubrió un misionero, Apolonio de Todi, que venía de la misión de Macará. El
más grande apóstol del Norte se impresionó tanto con el aspecto de la montaña
"encontrándola semejante al calvario de Jerusalén” que pensó en seguida en
erigir una capilla. Iba a ser la primera del más tosco y más imponente templo
de fe religiosa.
El sacerdote describe el comienzo y el curso de los
trabajos y el franco auxilio que le dieron los pobladores de los sitios
próximos. Describe la procesión majestuosa y lenta ascendiendo la montaña,
entre el silbar del viento violento que en lo alto de las planicies les apagaba
las antorchas y finalmente, el sermón de la penitencia, con la exhortación al
pueblo para "que en los días santos venga a visitar los santos lugares, ya
que vivía en tan grande desamparo de las cosas espirituales”.
"Y aquí — finaliza— sin pensar en nada más,
digo que de ahora en adelante no llamarán a esta sierra de Piquaragá sino de
Monte Santo”.
Y se hizo
el templo prodigioso, monumento erguido por la naturaleza y por la fe, más alto
que las más altas catedrales de la Tierra.
La población sertaneja completó la empresa del
misionero. Actualmente, el que sube la extensa vía sacra de tres kilómetros de
largo, en la que se erigen, a espacios regulares,
veinticinco capillas de albañilería, exhibiendo paneles de los pasos, valora la
constancia y la tenacidad del esfuerzo realizado.
Amparada por muros revestidos de lajas, en ciertos
trechos, con cal zada hecha, en otros, teniendo como piso la roca viva tallada
en escalones o en rampas, esa calle blanca, de cuarzo, donde resuenan desde
hace cien años, las letanías de las procesiones de cuaresma y por donde han
pasado legiones de penitentes, es un prodigio de ingeniería ruda y audaz.
Comienza chocando con la montaña, siguiendo la línea del máximo de clive, en
una rampa de cerca de veinte escalones. En la cuarta o quinta capillita, dobla
a la izquierda y sube menos abruptamente. Más adelante, a partir de la capilla
mayor — interesantísima ermita levantada en una saliente de piedra, a caballo
del abismo— vuelve a la derecha, dismi nuyendo el declive hasta la línea de
las cumbres. Continúa por éstas si guiendo una pequeña depresión y después se
levanta de improviso, recti línea, arremetiendo con el vértice puntiagudo del
monte, hasta el Cal vario, bien en lo alto.
A medida que se asciende, sin aliento, parando en
los pasos, el obser vador advierte perspectivas que van creciendo en grandeza:
primero los planos de las vastas planicies, después las lejanas serranías
agrupadas en todo el horizonte, y mirando a lo alto, el espacio infinito, la
emoción extraña de una altura inmensa, realzada por el aspecto de la pequeña
aldea, allá abajo, que apenas se ve en la caótica confusión de los tejados.
Cuando, para la Semana Santa, convergen allí las
familias de los alre dedores y los creyentes pasan por los mismos flancos
donde otrora, con el ansia de la ambición andaban los aventureros, se ve que
Apolónio de Todi, más hábil que Muribeca, descifró el secreto de las grandes
letras de piedra, descubriendo el dorado maravilloso, la mina opulenta que
ocultaba el desierto. . .
LAS MISIONES ACTUALES
Lamentablemente, el apóstol no tuvo continuadores.
Salvo raras excep ciones, el misionero moderno es un agente perjudicial que
agrava los desequilibrios del estado emocional de los tabaréus. Sin la grandeza
de los antecesores, su acción es negativa. Destruye, apaga y pervierte lo que
inculcaron de bueno en aquellos espíritus ingenuos, las enseñanzas de los
primeros evangelizadores, de los cuales no tiene ni el talento ni el
arte sorprendente de transfigurar las almas.
Generalmente sigue el proceso inverso, no aconseja ni consuela, aterra y
maldice; no ora, echa bravatas. Es brutal y traicionero. Sale de las dobleces
del oscuro hábito como de la sombra de una emboscada armada para la credulidad
incondicional de los que lo escuchan. Sube al púlpito de las iglesias del
sertón y no mues tra la imagen de los cielos, describe el infierno truculento
y flamígero con palabras encendidas que completa con gestos de loco y muecas de
truhán.
Es ridículo y aterrador. Tiene el extraño
privilegio de las bufonerías melodramáticas. Los disparates salen de su boca
envueltos en tragedia.
No presenta ante los matutos simples las imágenes
de una vida honesta y superior, pues no la conoce, sino que brama en todos los
tonos contra el pecado; muestra groseros cuadros de torturas, larga sobre el
auditorio avalanchas de penitencias, con palabrerío interminable, alternando
los estornudos con las catástrofes, abriendo indistintamente la caja de rapé y
la de Pandora. . . 178
Y alucina al sertanejo crédulo, lo alucina, lo
deprime y lo pervierte.
Demos un ejemplo único, el último.
En 1850, los sertones de Cariri estuvieron
alborotados por las depre daciones de los Serenos, que ejercitaban el robo en
gran escala.
La denominación se refería a las compañías de
penitentes que por las noches, en las encrucijadas solitarias, en torno de
cruces misteriosas, se agrupaban, como enloquecidos, en acciones macabras de
flagelantes, im poniéndose el cilicio de las espinas, de las ortigas y de
otros duros ele mentos de penitencia. Un día, aquellos enloquecidos,
repentinamente, salieron de la matriz del Crato 179 y se dispersaron — mujeres
llorosas, hombres miedosos, niños temblequeantes— por los sertones en busca de
mayores flagelos. En la iglesia, unos misioneros recién llegados, habían
profetizado el próximo fin del mundo. Dios había dicho — en mal por tugués, en
mal italiano y en mal latín— que estaba harto de los desmanes de la Tierra. . .
Y esos desvariados salieron por los sertones,
llorando, rezando, pidien do limosna, formando una banda deprimente; y como la
caridad pública no los podía satisfacer a todos, acabaron robando.
Era fatal. Los maestros del mal se fueron a ejercer
su equivocada do cencia a otros sitios y la justicia reprimió dificultosamente
el bandidismo incipiente *.
* La
Memoria sobre o Estado da Bahía, publicación oficial hecha en 1893, por
menoriza la fundación de Monte Santo. Sobre la Pedra Bonita, véase el libro de
Araripe Júnior, O Reino Encantado, donde el acontecimiento brillantemente nove
lado, se muestra con todos sus emocionantes ribetes.
ANTONIO CONSELHEIRO,
DOCUMENTO
VIVO DE ATAVISMO
Es natural que estas capas profundas de nuestra
estratificación étnica se sublevaran en una anticlinal extraordinaria: Antonio
Conselheiro 180.
La imagen es correcta.
Del mismo modo que el geólogo, interpretando la
inclinación y la orientación de los estratos de antiguas formaciones, esboza el
perfil de una montaña desaparecida, el historiador puede apreciar la grandeza
de ese hombre, que por sí mismo nada valía considerando la psicología de la
sociedad que lo crió. Aislado, se pierde en la turba de los neuróticos
vulgares. Se lo puede incluir en cualquier modalidad de la psicosis pro
gresiva 1S1. Pero situado en función del medio, asombra. Es una desloca ción y
es una síntesis. Las singulares fases de su existencia no presentan quizá los
períodos sucesivos de una grave enfermedad, pero sí son, con seguridad, el
resumen de los aspectos predominantes de un mal social gravísimo. Por eso, el
desgraciado, destinado a la solicitud de los médicos, llevado por una potencia
superior, vino a golpear a una civilización, yendo a parar a la historia como
podía haber ido a parar al hospicio. Porque para el historiador no es un
desequilibrado. Aparecen como la integración de diferentes caracteres, vagos,
imprecisos, confusos cuando se hallan dispersos en la multitud, pero enérgicos
y definidos cuando se resumen en un individuo.
Todas las creencias ingenuas, desde el fetichismo
bárbaro hasta las aberraciones católicas, todas las tendencias impulsivas de
las razas infe riores, libremente ejercitadas en la indisciplina de la vida
sertaneja, se condensaron en su misticismo feroz y extravagante. Fue
simultáneamente, el elemento activo y pasivo del movimiento del que surgió. El
tempera mento impresionable le hizo absorber las creencias del ambiente, casi
pasivamente, por la gran receptividad mórbida de su espíritu torturado por los
reveses y ellas refluyeron después, fuertemente, sobre el mismo medio de donde
habían partido, como brotadas de su conciencia delirante.
Es difícil trazar la línea divisoria entre las
tendencias personales y las tendencias colectivas; la vida resumida del hombre
es un capítulo ins tantáneo de la vida de su sociedad. . .
Acompañar la primera es seguir paralelamente y con
mayor rapidez, la segunda; seguirlas juntas, es observar la más completa
mutualidad de influjos.
Considerando al falso apóstol se ve que el exceso
de subjetividad lo predispuso a la rebelión contra el orden natural porque
siguió la fórmula del delirio propio. No era un incomprendido. La multitud lo
aclamaba como representante natural de sus más altas aspiraciones. No por eso
fue
más allá. No se deslizó hasta la demencia. En el
constante peligro de caer en un oscurecimiento completo de la razón, el medio,
reaccionando a su vez, lo amparó, limitándolo, y lo obligó a adoptar un cierto
orden en el desvarío, una coherencia indestructible en todos sus actos y una
rara disciplina en todas sus pasiones, de manera que al andar por largos años
en sus prácticas ascéticas, el sertón sublevado tuvo en la actitud, en la
palabra y en el gesto, la serenidad, la grandeza y la resignación soberana de
un apóstol antiguo.
Como enfermo grave sólo le puede ser aplicado el
concepto de la pa ranoia de Tanzi y Riva 182.
Pero en su desvío vibró siempre, mejor dicho, vibró
de manera exclu siva, la nota étnica. Fue un extraño caso de atavismo.
Su contribución mórbida lo llevó a interpretar
caprichosamente las condiciones objetivas, alterándole las relaciones con el
mundo exterior, lo que se tradujo fundamentalmente, en una regresión a un
estadio mental de los tipos ancestrales de la especie.
UN GNOSTICO RUDO
Evitada la intrusión dispensable del médico, el
antropólogo lo encontraría normal, señalando cierto nivel de la mentalidad
humana, en un retro ceso en el tiempo, que lo fijaría en una fase remota de la
evolución. Lo que el médico caracterizaría como un caso de delirio
sistematizado, en la fase persecutoria o de grandezas, el antropólogo lo
describiría como fe nómeno de incompatibilidad con las exigencias superiores
de la civili zación, como un anacronismo, como un revivir de atributos
psíquicos remotos. Los rasgos más típicos de su misticismo, extraño pero
natural para nosotros, ya eran, dentro de nuestra era, aspectos religiosos
comunes. Dejando de lado el influjo de las razas inferiores, lo vimos hace poco
de relieve, en un período angustioso de la vida portuguesa.
Podríamos encuadrarlos en un escenario más amplio.
Basta con que volvamos los ojos a los primeros días de la Iglesia, cuando el
gnosticismo universal se erigía como transición obligatoria entre el paganismo
y el cristianismo, en la última fase del mundo romano, cuando, precediendo el
asalto de los bárbaros, la literatura latina occidental declinó de pronto, mal
sustituida por los sofistas y letrados mezquinos de Bizancio.
En efecto, los montañistas de Frigia, los adamitas
infames, los ofióla-tras, los maniqueos bifrontes entre el ideal cristiano
emergente y el bu dismo antiguo, los discípulos de Marcos, los encratitas
abstinentes que se maceraban y flagelaban, todas las sectas en que se
fraccionaba la religión naciente, con sus doctores histéricos y sus exégesis
hiperbólicas, parecerían actualmente casos repugnantes de insania. Y fueron
normales. Enganchaban bien en todas las tendencias de la época en que las
extra
vagancias de Alexandre Abnótico impresionaban a la
Roma de Marco Aurelio, con sus procesiones fantásticas, sus misterios y sus
sacrificios tremendos de leones lanzados vivos al Danubio con solemnidades
impo nentes presididas por el emperador filósofo. . . 183.
La historia se repite.
Antonio Conselheiro fue un rudo gnóstico 184.
Veremos más detenidamente la exactitud de la
comparación.
HOMBRE GRANDE PARA EL MAL
Paranoico indiferente, quizá esta calificación no
le cuadre completamente. La regresión que lo caracterizó y determinó su
temperamento vesánico, fue ciertamente un notable caso de degeneración
intelectual, pero no lo aisló —incomprendido, desequilibrado, retrógrado,
rebelde— en el me dio en que se movía.
Por el contrario, lo fortaleció. Era el profeta, el
emisario de las alturas, transfigurado por ilapso estupendo, pero adscripto a
todas las contin gencias humanas, pasible del sufrimiento y de la muerte, y
con una función exclusiva: mostrar a los pecadores el camino de la salvación.
Siempre se satisfizo con ese papel de delegado del cielo. No fue más allá. Era
un siervo ungido para una dura tarea y allá marchó, camino de los sertones
bravios, por largo tiempo, arrastrando su débil esqueleto, arre batado por
aquella idea fija, pero de algún modo, lúcido en todos sus actos, impresionante
en su firmeza y siguiendo su objetivo fijo con fina lidad irresistible.
Su frágil conciencia oscilaba en esa posición
media, expresada por esa línea ideal que Maudsley lamenta que no se pueda
trazar entre el buen sentido y la locura.
Ahí estuvo detenido, en las oscilantes fronteras de
la locura, en esa zona mental donde se confunden los facinerosos y los héroes,
los grandes reformadores y los pobres enfermos, donde se dan el brazo genios y
degenerados. No la pasó. Lastimado por la disciplina vigorosa de una so ciedad
culta, su neurosis estallaría y su misticismo oprimido destruiría su razón.
Allí, su neurosis vibraba con un sentimiento ambiental y su mis ticismo estaba
difundido por todas las almas que a su alrededor se con gregaban. Así ambos
resultaron normales.
REPRESENTANTE NATURAL DEL MEDIO EN QUE NACIO
El factor sociológico que cultiva la psicosis
mística del individuo, lo limitó sin oprimirlo, en una armonía salvadora. De
manera que el espíritu predispuesto a la rebeldía franca contra el orden
natural, cedió a la única reacción posible. Cristalizó en un ambiente propicio
al error y a las su persticiones.
ANTECEDENTES DE FAMILIA: LOS MACIEIS
Su biografía resume la existencia de la sociedad
sertaneja 185. Esclarece el concepto etiológico de la enfermedad que lo abatió.
La delinearemos bre vemente.
"Los Maciéis que formaban, en los sertones
entre Quixeramobim y Tamboril, una familia numerosa de hombres sanos, ágiles,
inteligentes y bravos, que vivían como vaqueros y pequeños hacendados, cayeron,
por ley fatal de los tiempos, en una guerra de familias, conformando uno de los
grandes hechos criminales de Ceará. Sus adversarios fueron los Araújos, que
constituían una familia rica, emparentada con otras de antigua raigambre en el
norte de la Provincia.
"Vivían en la misma región, teniendo como sede
principal la aldea de Boa Viagem que queda a unas diez leguas de Quixeramobim.
"Fue una de las luchas más sangrientas de los
sertones de Ceará, la trabada entre estos dos grupos de hombres, desiguales en
su fortuna y posición oficial, pero embrutecidos ambos en la práctica de la
violencia e igualmente numerosos”.
Así comienza el narrador escrupuloso * su breve
noticia sobre la ge nealogía de Antonio Conselheiro.
Los hechos criminales que refiere no son más que
episodios casi per manentes de la vida turbulenta de los sertones. Parecidos a
otros mil que muestran con evidencia la prepotencia sin freno de los patrones
de las aldeas y la pecaminosa explotación a que someten a la bravura instintiva
del sertanejo. Las luchas de familias no son más que una variante de las otras
y se caracterizan por ser interminables, comprometiendo a la des cendencia en
las desavenencias de los abuelos, creando casi una predis posición fisiológica
hereditaria al rencor y a las venganzas.
Surgió de un incidente mínimo: pretendidos robos
cometidos por los Maciéis en una propiedad de los Araújo.
Todo indicaba que aquéllos eran víctimas de una
acusación indebida. Eran "hombres vigorosos, simpáticos, bien presentados,
serviciales” y gozaban en los alrededores de una reputación envidiable.
Araujo da Costa y un pariente suyo, Silvestre
Rodrigues Veras, no vieron con buenos ojos que una familia pobre tuviera una
reputación como la de ellos, sin asentarla en vastos latifundios y cantidades
de ga nado. Hacendados opulentos, señores de látigo y cuchillo, acostumbrados
a hacer justicia por mano propia, se concertaron para un ejemplar castigo a los
delincuentes. Y como éstos eran bravos hasta la temeridad, llamaron en su ayuda
a la guardia pretoriana de los capangas.
Así preparados, marcharon en expedición criminal
hacia Quixera mobim.
* Coronel
Joáo Brígido dos Santos186, Crimes célebres do Ceará. Os Araújos e Maciéis.
Pero, contrariando la expectativa general, poco
después volvieron de rrotados. Los Maciéis, reunida toda la parentela,
muchachos sin miedo y corajudos, habían enfrentado a la banda asalariada, y la
habían re chazado, haciéndola huir.
El hecho ocurrió en
1833.
Derrotados, rabiando y encolerizados, los
potentados cuya imbécil prepotencia había recibido tan duro trato, apelaron a
recursos más enér gicos. No faltaban entonces, como no faltan hoy, facinerosos
afamados que vendían su valentía. Consiguieron a dos de los mejores: José
Joaquim de Meneses, pernambucano, célebre por su rivalidad sangrienta con los
Mouróes famosos y un terrible cangaceiro, Vicente Lopes, de Aracatiagu. A ellos
se unieron los hijos y yernos de Silvestre y acometieron su cri minal empresa.
Al acercarse a la vivienda de los Maciéis, los
sicarios — aunque eran más numerosos— temieron la resistencia. Les pidieron que
se entregaran ofreciéndoles, bajo palabra, la garantía de la vida. Los Maciéis,
sabiendo que no podrían resistir durante mucho tiempo, aceptaron. Se rindieron.
La palabra de honor de los bandidos tuvo el valor que debía tener. Hacían bajo
escolta el camino a la cárcel de Sobral, cuando fueron asesinados. Corría el
primer día de viaje. En esta ocasión mueren, entre otros, el jefe de la
familia, Antonio Maciel y un abuelo de Antonio Conselheiro *.
Pero un tío de éste, Miguel Carlos, consigue
escapar. Maniatado y con las piernas atadas por abajo a la barriga del caballo
que montaba, su fuga es inexplicable. Sin embargo, la afirma el cronista
escrupuloso * * .
Ahora bien, los Araújos habían dejado escapar a su
peor enemigo. Lo persiguieron. Bien armados, bien montados, en cacería bárbara,
siguieron sus rastros como si fueran los de una suguarana bravia. Pero el
forajido, gran conocedor de los montes, seguido en su fuga por una hermana,
pudo eludir durante algún tiempo la persecución comandada por Pedro Martins
Veras. En el sitio de "Passagem”, cerca de Quixeramobim se ocultó,
exhausto, en un rancho abandonado cubierto de ramas de oiticica.
Ahí llegaron, a poco tiempo, los que le seguían el
rastro. Eran las nueve de la mañana. Libraron una refriega tremenda y desigual.
El ser-tanejo temerario, aunque herido y con un pie lujado, enfrentó a la horda
abatiendo pronto a un tal Teotonio, que se había adelantado a los demás. Este
cayó transversalmente ante la puerta impidiendo que se pudiera cerrar. La
hermana de Miguel Carlos trató de sacarlo de allí y cayó atravesada por una
bala. Había hecho blanco el mismo Pedro Veras quien pagó en seguida su hazaña
recibiendo a quemarropa una descarga de plomo. Muerto el jefe, los agresores
retrocedieron lo suficiente como para que el sitiado pudiese cerrar la puerta.
Hecho esto, el rancho se
* Manuel
Ximenes, hablando de estos dos infortunados en sus memorias, dice que nunca
habían hablado mal de ellos ni siquiera los enemigos que acusaron a sus hijos y
pone en duda la participación de éstos en los robos aludidos.
* * Manuel
Ximenes, Memorias.
convirtió en una fortaleza. Por las rendijas de las
paredes estallaba a cada minuto un tiro de espingarda. Los bandidos no se
atrevieron al asalto pero fueron de una cobardía atroz. Arrojaron fuego sobre
el techo de ramas.
El efecto fue instantáneo. No pudiendo respirar ahí
adentro, Miguel Carlos resuelve salir. Arroja toda el agua de un balde sobre el
fondo del rancho apagando moentáneamente el fuego y saltando sobre el ca dáver
de su hermana se arroja, la carabina bajo el brazo y el cuchillo listo al
ataque, encima de los asaltantes. Rompe el círculo y gana la caatinga. . .
Tiempo después, uno de los Araújos trató casamiento
con la hija de un rico ganadero de Tapaiara y el día de las nupcias, ya cerca
de la iglesia, cayó muerto de un balazo entre la alarma de los parientes y la
desesperación de la desdichada novia.
La venganza del sertanejo velaba inextinguible. . .
Ahora tenía una socia en el rencor justificado y
hondo, su otra her mana, Helena Maciel, la "Némesis de la familia”, según
el decir del cronista ya citado. Su vida transcurría en peligrosos lances,
muchos de los cuales, más que sabidos, son inventados por la fecunda
imaginación de los matutos. Lo cierto es que, burlando todas las trampas que le
ten dieron, un día cayó bajo su cuchillo un espía incauto que lo rastreaba.
Fue en Quixeramobim. La narración a la que nos remitimos dice:
"Parece que Miguel Carlos tenía allí
protectores que le daban garan tías. Lo cierto es que más allá de la
protección que le dieran, acostumbraba parar en la aldea.
"Una noche, estando a la puerta del negocio de
Manuel Procópio de Freitas, vio entrar a un individuo que quería comprar
aguardiente. Con siderando que era un espía, le dijo que lo iba a matar y como
el dueño de casa lo detuvo, se hizo acompañar por el sospechoso hasta las
afueras del poblado y en el riacho de la Palha lo mató con su cuchillo.
"Una mañana, por fin, salió de la casa de
Antonio Caetano de Oliveira, casado con una parienta suya, v fue a bañarse al
río que corre detrás de esa casa situada casi en el límite de la plaza
principal de la aldea, junto a la garganta que conduce a la pequeña plaza
Cotovelo. La desem bocadura del riacho de la Palha daba a los fondos de la
casa indicada. Este riacho con su forma circular rodeaba la plaza y en invierno
constituía una linda cinta de aguas tranquilas. Miguel Carlos ya estaba desnudo
y en compañía de muchos compañeros, cuando apareció un grupo de enemigos que lo
esperaban escondidos entre los pastos. Tanto los pa rientes de Miguel Carlos
como los extraños tomaron sus ropas de la arena y a medio vestir emprendieron
la fuga. En calzoncillos y empu ñando el cuchillo, también él corrió hacia el
fondo de una casa que casi se enfrentaba con la desembocadura del riacho de la
Palha. En esa casa vivía, en 1845, Manuel Francisco da Costa. Miguel Carlos
llegó a abrir
el portal de la quinta, pero cuando quiso cerrarlo,
cayó abatido por un tiro que había partido del séquito que lo perseguía.
Agonizaba caído con el cuchillo en la mano, cuando Manuel de Araújo, jefe de la
banda, hermano del novio asesinado, agarrándolo por una pierna, le clavó su
cuchillo. Moribundo, Miguel Carlos le respondió al instante con otra cuchillada
en la carótida, muriendo los dos instantáneamente, uno de bajo del otro.
Helena Maciel, corrió hecha una furia hasta el lugar y pisando la cara del asesino
de su hermano decía satisfecha que le ale graba lo sucedido por el fin que
había tenido el enemigo.
"Dicen que los sicarios habían pasado la noche
en casa de Inácio Mendes Guerreiro, de la familia de Araújo, agente del correo
de la aldea. Venían a título de prender a los Maciéis, pero el propósito era
matarlos.
"Helena no se abatió con esta desgracia.
Némesis de la familia, inmoló un enemigo a los manes de su hermano. Fue ella,
como osó confesar muchos años después, quien mandó golpear bárbaramente a André
Ja cinto de Sousa Pimentel, mozo de una familia importante de la aldea,
emparentado con los Araújos, a quien atribuía los avisos que éstos habían
recibido en Boa Viagem, de las venidas de Miguel Carlos. De esos golpes resultó
una lesión cardíaca que dio una muerte horrorosa al infeliz cul pado de esa última
agresión de los Araújos.
"El hecho de que la acción fuera perpetrada
por soldados del destaca mento de línea, al mando del alférez Francisco
Gregorio Pinto, hombre insolente, de bajo origen y educación, con quien
Pimentel estaba ene mistado, hizo creer durante mucho tiempo que ese oficial
de mala fama había sido el autor del crimen.
"Helena permanecía quieta y silenciosa.
"Innumerables víctimas anónimas se cobró esta
lucha sertaneja, diez-madora de los secuaces de las dos familias, siendo el
último de los Maciéis, Antonio Maciel, hermano de Miguel Carlos, muerto en Boa
Viagem. Durante mucho tiempo fue célebre la valentía de Miguel Carlos y por él
y sus parientes era intensa la estimación y el respeto de sus contemporáneos,
testimonios de la energía de esa familia que había dado tantos hombres bravos
para una lucha con poderosos tales como los de Boa Viagem y Tamboril” *.
No sigamos.
UNA VIDA CON BUENOS AUSPICIOS
Por cierto, nada se sabe con certeza sobre el papel
que le cupo a Vicente Mendes Maciel, padre de Antonio Vicente Mendes Maciel (el
Con-selheiro) en esta deplorable contienda. Sus coetáneos lo pintan como un
* Coronel
Joáo Brígido, id.
hombre "irascible pero de excelente carácter,
medio visionario y descon fiado, pero de tanta capacidad que, siendo
analfabeto, negociaba en ha ciendas llevando las cuentas de memoria, sin tener
escritas ni las deudas ni los créditos”.
Bajo la disciplina de un padre de honradez
proverbial, el hijo tuvo una educación que, de algún modo, lo aisló de la
turbulencia familiar. Testi monios de conocidos lo señalan como adolescente
tímido y tranquilo, sin el entusiasmo feliz de los que se inician en las
primicias de la vida, retraído, enemigo de las fiestas, totalmente entregado a
los menesteres del negocio, dejaba pasar la etapa triunfal de los veinte años.
Todas las historias o leyendas entretejidas con exageraciones, según la
costumbre de los narradores del sertón, de las que muchas veces eran
protagonistas sus propios parientes, le eran contadas mostrándole siempre el
coraje singular y tradicional. La sugestión de estos relatos tenía el
correctivo enérgico de la severidad del viejo Mendes Maciel, que no permitía
tomar alas al ánimo del muchacho. Tal vez quedaba latente, en espera de con
diciones favorables para expandirse. Lo cierto es que, falleciendo aquél en
1855, veinte años después de los trágicos hechos que recordamos, Antonio Maciel
proseguía su vida correcta y serena.
Debiendo afrontar el trabajo de velar por tres
hermanas solteras, reveló una rara abnegación. Sólo después de haberlas casado
buscó para sí un enlace que le fue nefasto.
PRIMEROS REVESES
De allí data su dramática existencia. La mujer fue
la sobrecarga adicio nada a su tremenda tara hereditaria, la que
desequilibraría una vida iniciada bajo los mejores auspicios.
A partir de 1858 todos sus actos denotan una
transformación del carácter. Pierde sus hábitos sedentarios, incompatibilidades
de carácter con la esposa, o, lo que es más verosímil, la pésima índole de
ésta, vuelven inestable su situación.
En pocos años se muda a diferentes aldeas y
poblaciones. Adopta dis tintas profesiones.
En estos cambios se advierte la lucha de un
carácter que no se deja abatir. Habiendo quedado sin bienes de fortuna, en esta
etapa prepa ratoria de su vida, a despecho de los desórdenes del hogar, al
llegar a cada nueva residencia, Antonio Maciel busca un empleo, un medio cual
quiera, pero honesto, de ganarse la vida. En 1859, se muda a Sobral y se emplea
como vendedor. Se queda poco tiempo allí. Sigue hacia Campo Grande donde se
desempeña en las modestas funciones de escribiente del Juez de Paz. De ahí a poco
tiempo se muda a Ipu. Trabaja de solicitador en el foro.
Se advierte en todos estos cambios una tendencia
hacia profesiones menos trabajosas, con menores exigencias de esfuerzo. Va
perdiendo la antigua disciplina, con una tendencia acentuada hacia actividades
cada vez más estériles hasta desembocar en el ocio franco. Al mismo tiempo iba
perdiendo la antigua serenidad.
Este período de su vida todavía lo muestra imbuido
de sentimientos dignos. A su alrededor, las permanentes luchas partidarias le
abrían la carrera aventurera de la política, en la que podía entrar como tantos
otros, ligándose a los seguidores de cualquier conquistador de urnas, para lo
que le servía el prestigio tradicional de su familia. Pero siempre lo evitó. En
su descenso continuo, se advierte la voluntad de alguien que va perdiendo
terreno pero reacciona cada vez con un doloroso esfuerzo.
LA CAIDA
De pronto aparece su contracara violenta. El plano
inclinado de esa vida en declive acaba de golpe en una caída formidable. En
Ipu, su mujer lo abandona. Se va con un policía. Fue el punto final. Fulminado
de ver güenza, el infeliz busca el escondite de los sertones, lugares
desconocidos, donde no lo conocían ni de nombre, busca el abrigo de la absoluta
os curidad.
Baja hacia el sur de Ceará.
Al pasar por Paus Brancos, en camino hacia Crato,
hiere con furia de alucinado, de noche, a un pariente que lo había hospedado.
Se realizan algunas averiguaciones policiales, dejadas de lado porque la
víctima reconoce que el agresor no es culpable. Se salva de la prisión. Sigue
des pués hacia el sur, azarosamente, en dirección a Crato. Y desaparece. . .
Pasan diez años. El infeliz muchacho de
Quixeramobim queda com pletamente olvidado. Sólo de vez en cuando se recordaba
su nombre y el fin escandaloso de su existencia, en el que era magna pars un
Lovelace de tragediam, un sargento de policía. Gracias a este incidente algo
ridículo, quedaron en sus parajes natales breves vestigios de su recuerdo.
Podía decirse que había muerto.
COMO SE FORMA UN MONSTRUO
. . . Y en Bahía surgía el sombrío anacoreta, los
cabellos crecidos hasta los hombros, la barba descuidada y larga, la cara como
una calavera, la mirada fulgurante, monstruoso en su hábito azul de brin
americano, sos teniéndose en el clásico bastón en que se apoya el paso tardo
de los peregrinos. . .
Su existencia es desconocida durante tan largo
período. Un viejo cáboclo, hecho prisionero en Canudos en los últimos días de
la campaña, me dijo algo al respecto, pero vagamente, sin precisar fechas, sin
porme nores característicos. Lo había conocido en los sertones de Pernambuco,
uno o dos años después de la partida hacia Crato. De este testimonio concluí
que Antonio Maciel, aún joven, impresionó vivamente la imagi nación de los
sertanejos. Aparecía por aquellos sitios sin destino fijo, errante. Nada decía
de su pasado. Hablaba en frases breves o con mono sílabos. Andaba sin rumbo
cierto, de un rancho a otro, indiferente a la vida y a los peligros,
alimentándose mal y ocasionalmente, durmiendo a la intemperie, a orilla de los
caminos, en una penitencia ruda. . .
Se volvió algo fantástico, como un espectro, para
aquellas simples gentes. Cuando aquel viejo singular de poco más de treinta
años, apa recía por los ranchos de los troperos, cesaban las charlas y las
guitarras festivas.
Era natural. Aparecía — escuálido y macerado—
dentro de su hábito caído, mudo, como una sombra surgida de las planicies
pobladas de duendes. . .
Pasaba y seguía en busca de otros lugares dejando
absortos a los matulos supersticiosos.
Sin querer, ya los dominaba.
En el seno de una sociedad primitiva que por sus
cualidades étnicas y por el influjo de las santas misiones malévolas comprendía
mejor la vida por los incomprensibles milagros, su vida misteriosa lo había
rodeado de un prestigio nada vulgar que tal vez agravó su temperamento
delirante. Poco a poco, el dominio que, sin cálculo, ejercía a su alrededor, se
reflejó sobre él mismo. Todas las conjeturas y las leyendas que lo rodeaban
for maron el ambiente propicio para la germinación de su propio desvarío. Su
insania estaba allí, exteriorizada. La admiración intensa y el respeto absoluto
de la gente lo convirtieron en poco tiempo en árbitro incondi cional de todas
las divergencias y problemas, en el consejero predilecto de todas las
decisiones. La multitud le ahorraba el indagar torturante acerca de su propio
estado emotivo, el esfuerzo de una introspección delirante con la que la locura
envuelve a los cerebros deprimidos. La multitud lo remodelaba a su imagen. Lo
creaba. Le ensanchaba el pano rama de su vida lanzándole adentro los errores
de dos mil años.
Necesitaban a alguien que personificase su
indefnida idealización y los guiase por los caminos misteriosos de los cielos.
El evangelizador nació, monstruoso autómata.
Como dominador fue un títere. Actuaba como ente
pasivo, como una sombra. Esta sombra condensaba el oscurantismo de tres razas.
Y creció tanto que se proyectó en la Historia. . .
De los sertones de Pernambuco pasó a los de
Sergipe, apareciendo en la ciudad de Itabaiana en 1874.
Allí llegó, como a todas partes, desconocido y
sospechoso, impresio nando por la rareza de la ropa: bata azul, sin cinturón,
sombrero de alas anchas y caídas, sandalias. Sobre la espalda una bolsa de
cuero en la que traía papel, lapicera y tinta, la Misión abreviada y las Horas
ma ñanas 188.
Vivía de limosnas, pero rechazaba cualquier exceso,
aceptando sólo lo que necesitaba para el sustento del día. Buscaba los ranchos
solitarios. No aceptaba lecho, sólo una tabla desnuda o si no el suelo duro.
Así vagó durante largo tiempo hasta aparecer en los
sertones al norte de Bahía. Su prestigio iba creciendo. Ya no andaba solo. Lo
seguían en su ruta sin norte algunos fieles. No los había llamado. Se le
acercaban espontáneamente, felices por padecer junto con él privaciones y
miserias. En general, era gente ínfima y sospechosa, contraria al trabajo,
avezada en el robo, actores en la farándula de los vencidos de la vida.
Uno de los adeptos cargaba el templo único, por
entonces, de la reli gión naciente: un oratorio de cedro, tosco, que encerraba
la imagen de Cristo.
Cuando paraban en los caminos lo colgaban en la
rama de un árbol y de rodillas le rezaban. Con él triunfalmente erguido,
entraban a las aldeas y poblaciones, en un coro de letanías.
Así se presentó el Conselheiro en 1876, en la aldea
del Itapicuru de Cima. Ya tenía gran renombre.
Dice un documento publicado aquel año en la Capital
del Imperio:
"Apareció en el sertón del Norte, un
individuo, que dice llamarse Antonio Conselheiro y que ejerce gran influencia
en el espíritu de las clases populares, sirviéndose de su aspecto misterioso y
ropas ascéticas, con los que se impone a la ignorancia y la simplicidad. Dejó
crecer sus barbas y sus cabellos, viste una túnica de algodón y se alimenta tan
poco que casi es una momia. Acompañado de dos profesas, vive rezando, pre
gonando y dando consejos a las multitudes que reúne donde le permiten los párrocos,
y moviendo los sentimientos religiosos, va juntando al pue blo y guiándolo a
su gusto. Revela ser hombre inteligente pero sin cultura” *.
Estas palabras, rigurosamente verídicas, de un
anuario impreso a cen tenares de leguas de distancia, delatan bien la fama que
ya había ganado.
* Folhinha
Laemmert, de 1877.
LEYENDAS
En la aldea de Itapicuru se produjo el cierre de
esa carrera extraordinaria. Allí y ese mismo año, ante el asombro de los
fieles, lo metieron inopina damente preso. Lo acusaban de una falsedad que su
vida excepcional y el desorden de su antigua vida doméstica, en cierto modo
justificaban. Decían que había matado a su esposa y a su propia madre.
Era una leyenda terrible.
Contaban que la madre, no queriendo a la nuera,
imaginó cómo arrui narla. Para eso le dijo al hijo que su mujer lo engañaba y
como éste, sorprendido, le exigió pruebas, se propuso presentárselas. Le
aconsejó que inventara un viaje cualquiera y que permaneciera en los
alrededores; así vería cómo, por la noche, su casa era visitada por el
seductor. Acep tado el consejo, el infeliz se alejó a caballo cerca de media
legua y luego volvió por caminos no frecuentados, escondiéndose en un lugar
desde donde podía observar y actuar con rapidez.
Allí permaneció varias horas hasta que, bien alta
la noche, vio un bulto que se aproximaba a su casa. Lo vio acercarse
cautelosamente y saltar por una ventana. No le dio tiempo a entrar. Lo abatió
de un tiro.
En seguida entró en la casa y con otra descarga
fulminó a la esposa infiel que estaba durmiendo.
Volvió después para reconocer al hombre que había
matado. Y con horror vio que era su propia madre que se había disfrazado para
realizar su diabólico propósito.
Entonces había escapado, despavorido, enloquecido,
abandonando todo y desde ese momento recorría los sertones, al acaso. . .
Como se ve, la imaginación popular comenzaba a
novelarle la vida con rasgos vigorosos de originalidad trágica 189.
Lo cierto es que la represión legal de 1876 lo
encontró ya de lleno metido en el sueño del cual no despertaría. El asceta
despuntaba tras la ruda disciplina de quince años de penitencia. Había seguido
el apren dizaje del martirio, tal como lo preconizan los apóstoles de la
Iglesia. Venía del hambre, de la sed, de las fatigas, de las angustias y de las
miserias. No había dolor que le fuera desconocido. Su piel seca se arrugaba
como un cuero pegado a la carne muerta. El dolor se la había anestesiado, la había
macerado y marcado con los cilicios más duros, la había golpeado con las
piedras de los caminos, la había secado en el rescoldo de las sequías, la había
endurecido en la fría intemperie, la había adormecido en los transitorios
descansos sobre los lechos dilace rantes de las caatingas. . .
Muchas veces había bordeado la muerte por los
prolongados ayunos, con un ascetismo que hubiera sorprendido a Tertuliano 19°,
ese sombrío
propagandista de la eliminación lenta de la
materia: "descargándose de su sangre, fardo pesado e inoportuno del alma
impaciente por huir
Para quien vivía de esta manera, la orden de
prisión sólo era un inci dente mínimo. La recibió indiferente. Prohibió a los
fieles que lo defen dieran. Se entregó. Lo llevaron a la capital de Bahía.
Allí despertó la curiosidad general con su extraña fisonomía: cara muerta,
rígida como una máscara, sin mirada y sin sonrisa; párpados caídos, ojeras
profundas; y la ropa tan singular; y su aspecto repugnante, de desenterrado,
dentro de la túnica tan ancha, como una mortaja negra; y los largos cabellos
lacios cayendo sobre los hombros, enmarañándose en los pelos duros de la barba
descuidada que le llegaba hasta la cintura.
Pasó por las calles entre ovaciones, exorcismos y
señales de la cruz de los creyentes asustados y de las beatas transidas de
miedo.
Los jueces estupefactos lo interrogaron.
Lo acusaban de viejos crímenes, cometidos en el
lugar natal. Escuchó el interrogatorio y las acusaciones y no contestó ni con
un murmullo, revestido de impasibilidad marmórea.
Después se supo que los custodios que lo habían
traído le habían pe gado cobardemente en el camino. No formuló una sola queja.
Permaneció en la serena indiferencia superior de un
estoico.
Apenas — este pormenor curioso lo escuchamos de una
persona insos pechable— el día que lo embarcaron para Ceará pidió a las
autoridades que lo libraran de la curiosidad pública, la única cosa que lo
vejaba.
Llegado a la tierra natal, reconocida la
improcedencia de la denuncia, fue puesto en libertad 191. Y el mismo año
reaparece en Bahía entre sus discípulos que lo habían aguardado.
Esta vuelta, que coincidió, según afirman, con el
día que había pre fijado cuando lo tomaron preso, tomó rasgos de milagro.
Redobló su influencia.
Entonces anda durante algún tiempo por los sertones
de Curará, per maneciendo con preferencia en Chorrochó 192 (1 8 7 7 ),
lugarejo de pocas centenas de habitantes, cuya feria congrega a la mayoría de
los pobladores de aquel trecho del río Sao Francisco. Una elegante capilla
señala actual mente el lugar de su morada. Y un pequeño árbol, plantado a la
entrada de la aldea, que durante mucho tiempo fue objeto de una fitolatría
extraordinaria, porque a su sombra descansaba el peregrino. Era un árbol sagrado.
A su sombra se curaban los enfermos crédulos y sus hojas eran la panacea
infalible.
El pueblo comenzaba la gran serie de milagros de
los que, tal vez, el infeliz ni se enteraba. . .
De 1877 a 1887 anda por aquellos sertones, en todos
los sentidos, llegando hasta el litoral, a Vila do Conde (1 8 8 7 ).
* De
Jejuum.
En toda esa área no hay quizá una ciudad o un
pueblo por donde no haya pasado. Alagoinhas, Inhambupe, Bom Conselho,
Jeremoabo, Cumbe, Mucambo, Magacará, Pombal, Monte Santo, Tucano y otros, lo
vieron llegar, acompañado por la farándula de sus fieles. En casi todas dejaba
alguna señal de su paso. Aquí un cementerio arruinado al que se le re
construyen los muros; allá una iglesia que se renueva; más adelante una capilla
que se levanta, siempre elegante.
Su entrada en las poblaciones, seguido siempre por
la multitud con trita, en silencio, levantando imágenes, cruces y banderas
divinas, era solemne e impresionante. Las ocupaciones normales se paralizaban.
Negocios y campos quedaban vacíos. La población convergía en la aldea, donde en
compensación, se agitaba el movimiento de las ferias. Y durante algunos días,
eclipsando a las autoridades locales, el penitente, errante y humilde,
monopolizaba el mando, se convertía en única autoridad.
En la plaza, por la tarde, los devotos hacían rezos
y letanías y cuando la concurrencia era mayor, se improvisaba un palco al lado
de la feria, en el centro mismo de la aldea, para que la palabra del profeta
pudiese irradiar a todos los puntos y edificar a todos los creyentes.
LAS PREDICAS
Allí subía y hablaba. Era asombroso, afirman
testimonios existentes. Una oratoria bárbara y estremecedora, llena de trozos
truncados de las Horas mañanas, inconexa, abstrusa 193, a veces agravada por la
osadía de las citas latinas, con frases sacudidas, mezcla inextricable y
confusa de con sejos dogmáticos, preceptos comunes de la moral cristiana y
profecías extravagantes. . .
Era truhanesco y era pavoroso.
Imaginemos a un bufón arrebatado en una visión del
Apocalipsis. . .
Parco en los gestos, hablaba largamente, los ojos
fijos en el suelo, sin encarar a la multitud abatida por la melopea fatigante.
Parece que tenía la preocupación del efecto
producido por alguna palabra o frase decisivas. Cuando la pronunciaba quedaba
callado, levan taba la cabeza, abría de golpe los ojos, se le veían entonces
extremada mente negros y vivos y la mirada era de un centelleo ofuscante. . .
Nadie osaba contemplarlo. La multitud sucumbía, bajaba los ojos, fascinada bajo
el extraño hipnotismo de aquella terrible locura.
Y el gran
desventurado conseguía entonces su único milagro: no parecer ridículo. . .
En estas prédicas, en las que competía con los
capuchinos vagabundos de las misiones, ostentaba un sistema religioso
incongruente. Quienes los oyeron no evitan las sugestivas aproximaciones
históricas. Releyendo
las páginas memorables * en las que Renán hace
resurgir, galvanizados por su bello estilo, a los desvariados jefes de las
sectas de los primeros siglos, se advierte el renacimiento integral de aquellas
aberraciones muer tas. No puede buscarse una reproducción más completa del
mismo sistema, de las mismas imágenes, de las mismas fórmulas hiperbólicas,
casi de las mismas palabras. Es un hermoso ejemplo de la identidad de los
estados evolutivos entre los pueblos. El retrógrado del sertón repro duce los
caracteres de los místicos del pasado. Al considerarlo, se siente el efecto
maravilloso de una perspectiva a través de los siglos. . .
Está fuera de nuestro tiempo. Está por entero entre
esos retardatarios que Fouillée compara, en feliz imagen, á des coureurs sur le
champ de la civilisation, de plus en plus en retard * * 194.
PRECEPTOS
DE ULTRAMONTANOS
Es un disidente de la hechura exacta de Themison.
Se rebela contra la Iglesia romana, vibra en censuras, esgrime el mismo
argumento que aquél: la Iglesia perdió su gloria y obedece a Satanás. Expresa
una moral que es la traducción fiel de la de Montano: la castidad, exagerada
hasta el máximo horror por la mujer, en contraste con la licencia absoluta
hacia el amor libre, propiciando casi la extinción del matrimonio.
El frigio predicaba, tal vez como el cearense, por
los resultados amargos de sus desdichas conyugales. Ambos prohíben severamente
que las jóvenes se adornen, braman contra las ropas elegantes, insisten
especialmente contra el lujo de los tocados y — lo que es muy singular— imponen
a estos delitos el mismo castigo: sacar el demonio por los cabellos peinando a
las vanidosas con peines de espinas.
La belleza tentaba a Satanás. El Conselheiro
mostraba por ella inven cible horror. Nunca más miró a una mujer. Incluso a
las beatas viejas hechas para amansar sátiros les hablaba de espaldas.
PROFECIAS195
Cuando se comparan sus profecías con las del
pasado, las concepciones absurdas del desmañado apóstol sertanejo asombran por
su semejanza. Como los ultramontanos surgió en un extremo de la tierra. El
mismo milenarismo extravagante, el mismo pavor al Anticristo, el mismo fin del
mundo próximo. . .
* Marc-Auréle.
* * En
francés en el original: a los que corren por el campo de la civilización cada
vez con más retraso. (N . de T .).
Que los fieles abandonasen todos sus bienes, todo
cuanto los marcaba con un leve rasgo de vanidad. Todas las fortunas se
perderían en la catástrofe inminente y era una temeridad inútil conservarlas.
Que aban donasen las fugaces venturas e hiciesen de su vida un duro
purgatorio, que no se manchasen con el sacrilegio de una sonrisa. El Juicio
Final se acercaba inflexible.
Preanunciaba años sucesivos de desgracias *:
. . En 1896 han de rebaños mil correr de la playa
al sertón; en tonces el sertón se volverá playa y la playa sertón.
"En 1897 habrá mucho pasto y poco rastro y un
solo pastor y un solo rebaño.
"En 1898 habrá muchos sombreros y pocas
cabezas.
"En 1899 las aguas se harán sangre y el
planeta va a aparecer en el naciente con el rayo del sol, que la rama se
confrontará en la tierra y la tierra en algún lugar se confrontará en el cielo.
. .
"Ha de llover una gran lluvia de estrellas y
ahí será el fin del mundo. En 1900 se apagarán las luces. Dios dijo en el
Evangelio: yo tengo un rebaño que anda fuera del corral y es preciso que se
reúnan porque hay un solo pastor y un solo rebaño”.
Como los antiguos, el predestinado llegaba a la
tierra por la voluntad divina. El mismo Cristo había presagiado su venida
cuando:
. en la hora nona, descansando en el monte de los
Olivos, uno de sus apóstoles le preguntó: Señor, ¿para el fin de esta edad qué
señales darás?
"Y El respondió: muchas señales en la Luna, en
el Sol y en las Es trellas. Ha de aparecer un Angel mandado por mi Padre
Eterno, di ciendo sermones por las puertas, levantando poblaciones en los
desiertos, haciendo iglesias y capillitas y dando sus consejos
* Estas
profecías estaban escritas en gran número de pequeños cuadernos encon trados
en Canudos. Las que aquí anotamos fueron copiadas allí mismo, de uno de ellos,
perteneciente al Secretario del Comandante en Jefe de la Campaña.
Y en medio de esas estrafalarias palabras, saliendo
del mesianismo reli gioso al mesianismo racial, alza la insurrección contra la
forma repu blicana :
"En verdad os digo, cuando las naciones pelean
con las naciones, el Brasil con el Brasil, la Inglaterra con la Inglaterra, la
Prusia con la Prusia, desde las aguas del mar Don Sebastiáo saldrá con todo su
ejército.
"Desde el principio del mundo que lo encantó
con todo su ejército y lo restituyó en guerra.
"Y cuando quedó encantado clavó la espada en
la piedra, ella se hundió hasta la empuñadura y él dijo: ¡Adiós mundo!
"¡Hasta el mil y tantos, a dos mil no
llegarás!
"Y en este día al salir con su ejército saca a
todos con el filo de la espada de este papel de la República. El fin de esta
guerra se acabará en la Santa Casa de Roma y la sangre irá hasta la gran junta
UN HERESIARCA DEL SIGLO II EN PLENA EDAD MODERNA
Como se ve, el profetismo tenía en su boca el mismo
tono que tuvo en Frigia. De modo idéntico enunciaba el juicio de Dios, la
desgracia de los poderosos, la ruina del mundo profano, el reino de mil años y
sus delicias.
¿No habrá en esto un rasgo superior del judaismo?
No lo voy a encubrir. Este volver a la edad de oro
de los apóstoles y sibilistas, reviviendo vetustas ilusiones, no es una
novedad. Es un per manente reflujo del cristianismo hacia su cuna judaica.
Montano se re produce en toda la historia, más o menos con los mismos
caracteres, con las variantes de la modalidad de los pueblos, pero siempre con
la misma rebeldía contra la jerarquía eclesiástica, la misma exploración de lo
sobre natural y la misma ansia por el cielo. En ellos se delata el viejo
aspecto soñador de la religión primitiva, antes que la deformasen los sofistas
canonizados de los concilios.
Como sus cofrades del pasado, Antonio Conselheiro
era un pietista que ansiaba el reino de Dios, prometido pero siempre postergado
y final mente olvidado completamente por la Iglesia ortodoxa del siglo n.
Andaba al borde de un catolicismo mal comprendido.
TENTATIVAS DE REACCION LEGAL
Después de sus homilías, en concordancia con la
misión que se había señalado, ordenaba penitencias que ordinariamente
redundaban en bene ficio de las localidades. Se reconstruían templos ruinosos,
se renovaban cementerios abandonados, se erigían construcciones nuevas y
bonitas. Los albañiles y carpinteros trabajaban gratis, los fabricantes
proporcionaban gratis los materiales indispensables, el pueblo cargaba piedras.
Durante días y días, en fiesta piadosa, los obreros cuyos salarios se pagaban
en el cielo, se movían incansables.
Y terminada
la empresa, el predestinado se marchaba. . . ¿Adonde? Al azar, tomaba el primer
camino sertón afuera, sin mirar siquiera a los que lo seguían.
Tenía un adversario peligroso, el sacerdote, pero
no lo contrariaba. Si se da crédito a un valioso testimonio *, en general, los
párrocos le per mitían esas prácticas de las cuales sacaban beneficio porque
promovía ios actos de los que salen los rendimientos del clero: bautismos,
preceptos, fiestas y novenas.
Los sacerdotes toleraban los despropósitos del
santo endemoniado por que acrecía sus reducidos haberes. El arzobispo de
Bahía, en 1882, da señales de haber advertido esa tolerancia o protección mal
disfrazada y emite una circular a todos sus párrocos:
"Ha llegado a nuestro conocimiento que por las
feligresías del centro de este arzobispado, anda un individuo denominado
Antonio Conselheiro, sermoneando al pueblo que se reúne para escucharlo, con
doctrinas su persticiosas y una moral excesivamente rígida * * , con lo que
perturba las conciencias y debilita en mucho la autoridad de los párrocos de
esos lugares, por lo que ordenamos a Vuestra Reverendísima que no con sienta
en su feligresía semejante abuso, haciendo saber a los fieles que les prohibimos
en absoluto reunirse para escuchar esos sermones, visto que compete sólo a la
Iglesia católica y a sus ministros de religión, la misión santa de adoctrinar a
los pueblos y un secular, sea quien fuere, aunque tenga mucha instrucción y
virtud, no tiene autoridad para ejercer ese menester.
* “Cuando
por allí pasamos (por Cumbe, en 1887), se hallaba en la pobla ción un célebre
Conselheiro, sujeto bajo, moreno, acaboclado, de barbas y cabellos negros y
crecidos, vestido de camisón azul, que vivía solo en una casa sin mue bles,
junto a la cual se apiñaban las beatas y afluían los regalos con los cuales se
alimentaba. ..
“ . . . El pueblo acostumbra concurrir en masa a
los actos del Censelheiro, a cuyas órdenes obedece ciegamente y por él
resistirá cualquier orden legal, por cuya razón los vicarios lo dejan pasar por
santo impunemente, tanto más cuando él nada gana, por el contrario, promueve
los bautismos, casamientos, obligaciones, fiestas y novenas y todo aquello en
que consisten los vastos rendimientos de la Iglesia” . Teniente Coronel Durval
Vieira de Aguiar, Descrigoes práticas da Pro vincia da Bahia.
* * ¡Una moral excesivamente ríg id a !...
"Sirva esto para despertar cada vez más el
celo de Vuestra Reverencia, en el ejercicio del ministerio de la predicación a
fin de que sus parro quianos, suficientemente instruidos, no se dejen llevar
por otros vientos
La intervención de la Iglesia fue inútil.
Antonio Conselheiro continuó sin inconvenientes su
azaroso apostolado recorriendo los sertones. Y como si desease revivir siempre
el recuerdo de la primera persecución sufrida, vuelve constantemente a
Itapicuru, cuya autoridad policial, por fin, apeló a los poderes constituidos,
en oficio donde, después de historiar ligeramente los antecedentes del
agitador, dice * * :
" .
. . Hizo en este sitio su campamento y al presente está construyendo una
capilla a expensas del pueblo en el referido lugar.
"Aunque esta obra sea de algún merecimiento,
aparte que dispensable, los excesos y sacrificios no compensan este bien, y por
el modo como están los ánimos, es justo y fundado el recelo de grandes
desgracias.
"Para que vuestra Excelencia sepa quién es
Antonio Conselheiro, basta decir que anda acompañado por centenares de
personas, que lo escuchan y cumplen sus órdenes de preferencia a las del cura
de la parroquia.
"El fanatismo no tiene límites y así es que,
sin miedo al error y afir mado en hechos, puedo decir que lo adoran como si
fuese un Dios vivo.
"Los días de sermón, rezos y letanías, la
multitud sube de mil personas. En la construcción de esta capilla, cuyo costo
semanal es de casi cien mil réis, décuplo de lo que debía ser, están trabajando
cearenses a los cuales Antonio Conselheiro presta una protección ciega,
tolerando y disimu lando los atentados que cometen, y ese dinero sale de los
crédulos y los ignorantes que, además de no trabajar, venden lo poco que tienen
y hasta roban para que no haya ninguna falta, sin hablar de los montos recau
dados que han sido enviados para otras obras en Chorrochó, lugar de Capim
Grosso”.
Y después de contar la última tropelía de los
fanáticos:
"Habiendo desinteligencias entre el grupo de
Antonio Conselheiro y el vicario de Inhambupe, está aquél armado como si fuera
a emprender una batalla campal, y consta que están a la espera de que el
vicario vaya a un lugar llamado Junco para asesinarlo. Da miedo a los
transeúntes pasar por allá viendo a esos malvados munidos de cuchillos, dagas,
facas y carabinas y pobre del que es sospechado de ser desafecto a Antonio
Conselheiro”.
Parece que esta denuncia hecha en términos tan
alarmantes, no fue atendida. No se tomó ninguna providencia hasta mediados de
1887, cuando la diócesis de Bahía intervino de nuevo, pidiendo el Arzobispo al
* Circular
dirigida al clero bahiano por el Arzobispo D. Luis, el 16 de febrero de 1882.
* * Oficio
dirigido en noviembre de 1888 al jefe de policía de Bahía por el dele gado de
Itapicuru.
Presidente de la Provincia, providencias que
contuviesen al "individuo Antonio Vicente Mendes Maciel que, predicando
doctrinas subversivas, hacía un gran mal a la religión y al estado distrayendo
al pueblo de sus obligaciones y arrastrándolo detrás de sí, buscando
convencerlos de ser el Espíritu Santo. .
Ante tal reclamación, el presidente de esa
provincia se dirigió al mi nistro del Imperio, pidiendo una vacante para el
demente en el hospicio de alienados de Río. El ministro respondió que no había
en ese estable cimiento ninguna vacante y el presidente volvió a dirigirse al
prelado para ponerlo en conocimiento de la admirable resolución del gobierno.
Así se abrió y se cerró el ciclo de las medidas
legales que se tomaron durante el Imperio.
El Conselheiro continuó sin tropiezos su misión
perturbadora, creciendo en la imaginación popular.
Surgías leyendas.
No vamos a referirlas todas.
Fundó el pueblo de Bom Jesús y cuentan las gentes
que en cierta ocasión, cuando se construía la bellísima iglesia que ahí está,
se esforzaban en balde diez obreros para levantar una pesada armazón, entonces
el predestinado se subió a ella y ordenó que sólo dos hombres la levantaran y
lo que no habían conseguido tantos, lo realizaron rápidamente dos sin ningún
esfuerzo.
En otra ocasión — escuché este extraño caso a
personas que no se habían dejado arrastrar por el fanatismo— llegó a Monte
Santo y ordenó que se hiciera una procesión por la cumbre de la montaña hasta
la última capillita que está en lo alto. A la tarde se inició la ceremonia. La
mul titud anduvo lentamente por el difícil camino, entonando cánticos y de
teniéndose a rezar en los pasos, con contrición. El, grave y siniestro, iba
adelante, sin sombrero, con la larga cabellera agitada por el fuerte viento, apoyado
en su inseparable bastón. Cayó la noche. Los penitentes encendieron las
antorchas y la procesión, extendida por la línea de cum bres dibujó un camino
luminoso en la montaña. . .
Al llegar a la Santa Cruz, en lo alto, Antonio
Conselheiro, sin aliento, se sienta en el primer escalón de la tosca escala de
piedra y se queda extático, contemplando los cielos, la mirada perdida en las
estrellas. . .
La primera oleada de fieles llena la pequeña
capilla y los otros per manecen afuera, de rodillas sobre la áspera roca.
Entonces, el contemplativo se levanta. Se le notaba
el cansancio. Entre la gente respetuosa penetra en la capilla, la cabeza baja,
abatido, con la respiración agitada. Al llegar al altar mayor, levanta el
rostro pá-
lido orlado por los cabellos desaliñados. Y la
multitud se estremece de asombro. Dos lágrimas ensangrentadas ruedan por el
rostro inmaculado de la Virgen Santísima. . .
Estas y otras leyendas son todavía corrientes en el
sertón. Es natural. Especie de gran hombre al revés, Antonio Conselheiro reunía
en su en fermo misticismo todos los errores y las supersticiones que forman el
coeficiente de reducción de nuestra nacionalidad. No arrastraba al pueblo
sertanejo porque lo dominaba, sino porque era dominado por las aberra ciones
populares. El medio lo favorecía y él realizaba, a veces, el absurdo de ser
útil. Obedecía a la finalidad de los viejos impulsos ancestrales y subyugado
por ella, evidenciaba en todos sus actos la implacabilidad de un gran
evangelista.
Una inexplicable placidez le había amortecido la
neurosis.
Un día, cierto vicario de una parroquia sertaneja
ve llegar a su puerta a un hombre extremadamente delgado y abatido, largos
cabellos despei nados por los hombros, largas barbas bajando por el pecho, una
vieja figura de peregrino a la que no faltaba el tradicional crucifijo colgado
a un costado de la cintura y el manto polvoriento y gastado y el bidón de agua
y el gran bastón.
El párroco le da alimento, apenas le acepta un
pedazo de pan; le ofrece un lecho, prefiere una tabla sobre la que se echa sin
mantas, vestido, sin sacarse siquiera las sandalias.
Al otro día, el singular huésped que hasta ese
momento apenas ha dicho palabra, le pide al cura que le conceda predicar en la
fiesta que se va a realizar en la iglesia.
— Hermano, no tienes órdenes, la Iglesia no te
permite predicar.
— Déjame entonces hacer el vía crucis.
— No puedo, yo debo hacerlo — le contestó de nuevo
el sacerdote. Entonces el peregrino lo miró durante un rato y sin decirle una
palabra, sacó debajo de su túnica un pañuelo. Se
sacudió el polvo de las sandalias. Y partió.
Era la clásica protesta, inofensiva y serena de los
apóstoles.
HEG1RA
HACIA EL SERTON
Sin embargo, la reacción fue creciendo y le agrió
el ánimo. Dominador incondicional, comenzó a irritarse ante la menor
contrariedad.
Cierta vez, en Natuba, estando ausente el párroco,
con quien se llevaba mal, apareció y ordenó cargar piedras para hacer
reparaciones a la igle sia. El sacerdote llegó y vio la invasión de sus
dominios. Se irritó y para enfrentar la situación, como hombre práctico que
era, apeló al egoísmo humano.
Días antes, las autoridades habían impuesto a los
propietarios la cons trucción de aceras frente a sus casas; para ese fin, el
cura cedió las pie dras acumuladas ante la iglesia. El Conselheiro esta vez no
se limitó a sacudir sus sandalias. Le salió de la boca la primera maldición y
partió de la ciudad ingrata.
Tiempo después, a pedido del mismo párroco, un
político influyente del mismo lugar lo llamó. El templo estaba en ruinas, los
pastos habían invadido el cementerio, la feligresía era pobre. Sólo podía
renovar esas cosas el hombre que convencía a los matutos crédulos. El apóstol
no acep tó la invitación. Pero lo hizo con palabras discriminatorias,
recordando, con altanería que chocaba con su antigua humildad, la afrenta
recibida.
Lo iban volviendo malo.
Contempló a la República con malos ojos y predicó
la rebeldía contra las nuevas leyes. Desde 1895 adoptó una posición combatiente
comple tamente nueva.
La originó un suceso de poca monta.
Decretada la autonomía de los municipios, las
autoridades de las loca lidades de Bahía habían mandado colocar las
tradicionales tablas, que sustituían a los edictos impresos, donde se fijaba la
cobranza de los im puestos, etcétera.
Y al
aparecer esta vieja novedad, Antonio Conselheiro se encontraba en Bom Conselho.
La imposición lo irritó. Reunió al pueblo en un día feriado y entre gritos de
sedición y estallidos de cohetes, ordenó que se quitaran las tablas y se
quemaran en una hoguera en el centro del lugar. Habló en esa especie de auto de
fe que la debilidad de las auto ridades no impidió y predicó abiertamente la
rebelión contra las nue vas leyes.
Después tomó conciencia de la gravedad de lo hecho
y dejando la aldea, tomó por el camino de Monte Santo hacia el norte.
El acontecimiento había tenido repercusión en la
Capital de donde partió una fuerza policial para prender al rebelde y diezmar a
los sedi ciosos. Estos no superaban en aquella época los doscientos hombres.
La tropa los alcanzó en Maceté, sitio abrupto y estéril entre Tucano y Cum-be,
en las cercanías de las sierras del Ovó. Los treinta policías, bien arma dos,
atacaron impetuosamente a la turba de penitentes, seguros de des truirlos con
la primera descarga. Dieron de frente con los jagunqos temerarios. Fueron
totalmente desbaratados, dándose a la fuga que fue encabezada por el propio
comandante.
Esta minúscula batalla tendría más adelante muchas
copias ampliadas. Realizada la hazaña, los creyentes acompañaron la hégira del
profeta.
No buscaron más los poblados como antes. Ahora
buscaban el desierto. El derrocamiento de la tropa les preanunciaba
persecuciones más vigo rosas y seguros del amparo de la naturaleza salvaje,
contaban con la victo ria encerrando entre las caatingas a los nuevos
contendores. En efecto,
éstos partieron, sin pérdida de tiempo, desde
Bahía, en número de ochen ta plazas de línea. Pero no siguieron más allá de
Serrinha, de donde re tornaron sin aventurarse por el sertón. Antonio
Conselheiro, sin embargo, no se hizo ilusiones con la inexplicable huida que lo
había salvado. Arrastró a la muchedumbre de fieles, a la que se juntaban cada
día decenas de prosélitos, por los caminos sertanejos, siguiendo un rumbo
prefijado.
Conocía el sertón. Lo había recorrido entero en una
romería ininte rrumpida de veinte años. Conocía lugares ignotos de donde no lo
sacarían. Tal vez ya los había señalado previendo futuras vicisitudes.
Siguió el rumbo del norte.
Los creyentes lo acompañaron. No preguntaron adonde
iban. Atrave saron serranías abruptas, planicies estériles y por largos días,
lentamente, la marcha era guiada por las letanías y el paso tardo del profeta.
. .
V
CANUDOS: ANTECEDENTES
Canudos, viejo establecimiento de ganado a orillas
del Vaza-Barris, en 1890 era una tapera de cerca de cincuenta ranchos de
palo-a-pique 19G.
Ya en 1876, según el testimonio de un sacerdote que
como tantos otros, había sido nombrado por el vicario de Cumbe para hacer una
visi ta espiritual a esas gentes completamente aisladas del mundo, allí se
aglomeraban como agregados al establecimiento por entonces floreciente, una
población sospechosa y ociosa "armada hasta los dientes” y "cuya
ocupación casi exclusiva consistía en beber aguardiente y pitar unos ex
quisitos cigarros de un metro de extensión” * de tabaco naturalmente provisto por
las solanáceas (canudos-de-pito) exuberantes y abundantes a orillas del río.
Así es que antes de la llegada del Conselheiro, el
oscuro lugarejo ya tenía, como la mayoría de los que yacen desconocidos por
nuestros ser-tones, muchos gérmenes de desorden y crimen. Cuando aquél llegó,
en 1895, estaba en plena decadencia: los campos abandonados, los ranchos
vacíos, y en lo alto de una explanada del cerro, destejada, reducida a sus
paredes externas, la antigua residencia señorial, en ruinas. . .
De ese año data su renacimiento y rápido
crecimiento. La aldea efí mera de los matutos ociosos, centralizada por la
vieja iglesia que ya exis tía, iba a convertirse, ampliándose en poco tiempo,
en la Troya de la banda de jagungos.
Era el lugar sagrado, circundado por montañas,
donde no penetraría la mano del gobierno maldito.
* Padre
V.F.P. vicario de Itu.
Informaciones manuscritas (1 8 9 8 ) 197.
Su interesante topografía se amoldaba para la
imaginación de aquellas simples gentes al primer escalón, amplio y alto, de su
subida a los cielos. . .
CRECIMIENTO VERTIGINOSO
No sorprende que hacia allá convergieran, partiendo
de todos los puntos, sucesivos grupos de pobladores oriundos de las aldeas y
villas más re motas . . .
Dice un testimonio * 198: "Algunos sitios de
esta comarca y de otras ve cinas y hasta del Estado de Sergipe, quedaron
deshabitadas, tal fue el aluvión de familias que subían hasta Canudos, lugar
escogido por Anto nio Conselheiro como su centro de operaciones. Causaba dolor
ver pues tos a remate, en las ferias, extraordinarias cantidades de ganado
vacuno, caballar, caprino, etcétera, además de otros objetos, por precios
irrisorios, hasta casas y terrenos. El anhelo era vender, conseguir algún dinero
e ir a compartirlo con el Santo Conselheiro.
Así cambiaban las comarcas.
Inhambupe, Tucano, Cumbe, Itapicuru, Bom Conselho,
Natuba, Ma-cacará, Monte Santo, Jeremoabo, Uauá y otros lugares cercanos, Entre
Ríos, Mundo Novo, Jacobina, Itabaiana y otros lugares lejanos, proveían
constantes contingentes. Los pocos viajeros que se arriesgaban por aquel sertón
se topaban con grupos sucesivos de fieles que marchaban cargados de fardos,
llevando en canastas sus toscos mobiliarios y sus oratorios, hacia el lugar
elegido. Solitarios al principio, esos grupos se unían en los caminos y llegaban
al fin juntos a Canudos.
La población crecía vigorosamente, subiendo por las
colinas.
La edificación era tan rudimentaria que se hacían
hasta doce casas por día y a medida que se extendía, esa tapera colosal parecía
dibujar el aspecto moral de la sociedad que allí moraba. Era la objetivación de
aquella inmensa locura. Documento ineludible, cuerpo del delito que tes
timoniaba acerca de las rebeliones de un pueblo.
Aquello se construía al azar, demencialmente.
La urbs monstruosa, de barro, definía bien la
civitas siniestra del equí voco. El poblado nacía, en el lapso de semanas, ya
en ruinas. Nacía viejo. Visto de lejos, de a pedazos entre los cerros, agachado
y cubriendo un área enorme, cortado por las quebradas, revuelto entre las
cumbres, tenía el aspecto de una ciudad que hubiese sido sacudida por un
terremoto y brutalmente revuelta 199.
No se distinguían calles. Las sustituía un dédalo
desesperante de ca-minitos estrechísimos, que apenas separaban la barahúnda
caótica de los ranchos construidos al azar, con los frentes vueltos hacia
cualquier punto,
* Baráo de
Jeremoabo.
orientados hacia todos los rumbos, como si todo
hubiese sido construido en una noche por una multitud de locos.
Hechas de palo-a-pique y divididas en tres
habitaciones minúsculas, las casas eran una parodia grosera de la antigua
morada romana: un vestíbulo exiguo, un atrio que al mismo tiempo servía de
cocina, comedor y recepción y lateralmente, una alcoba oscurísima, que sólo se
descubría por una puerta estrecha y baja. Cubiertas de capas espesas de veinte
cen tímetros de barro sobre ramas de icó, recordaban las cabañas de los galos
de César. Eran una fase transitoria entre la caverna primitiva y la casa. Si las
edificaciones, en sus modalidades evolutivas, objetivan la persona lidad
humana, el rancho de techo de barro de los jagungos equiparado a los wigwan de
los pieles rojas, sugería un paralelo deplorable. La inco modidad y sobre
todo, la pobreza a niveles repugnantes, traducía, en cierto modo, más que la
miseria del hombre la decrepitud de la raza.
Cuando la mirada se acostumbraba a la penumbra de
esas habitacio nes exiguas, advertía algunos trastos escasos y groseros: un
tosco banco, dos o tres banquitos con forma de butacas, igual número de cajas o
ca nastas, una bolsa colgada del techo y las redes. Era todo el mobiliario. Ni
camas ni mesas. Arrimados a los ángulos se veían insignificantes acce sorios:
el bogó, especie de balde de cuero para el transporte del agua, un par de
cestas de cipó y la bolsa de caza hecha con fibras de caraoá. Al fondo del
único dormitorio, un tosco oratorio. En éste, imitando el mismo aspecto burdo
del conjunto, unos santos mal confeccionados, imá genes de líneas duras, que
mostraban la religión mestiza: San Antonios proteiformes y africanizados, como
fetiches, Marías Santísimas feas como Megeras. . .
Por fin, las armas que evocaban estadios remotos en
el tiempo: el facón jacaré de hoja larga v fuerte; la lanza de los cangaceiros
larga como una espada; la aguijada de tres metros de largo, sin la elegancia de
las lanzas; reproduciendo los piques antiguos, porras huecas y llenas hasta la
mitad de plomo, pesadas, y las espingardas.
Entre éstas, en gradaciones completas, desde las de
caño fino hasta la "legítima de Braga” cebada con plomo, desde el trabuco
mortal, capaz de destrozar piedras, hasta la de caño fino y pequeño calibre.
Nada más. Y nada más necesitaba esa gente. Canudos
surgió con un aspecto entre campamento de guerrilleros y vasto kraal africano.
La au sencia de calles, las plazas que aparte la de las iglesias no eran nada
más que el fondo común de las casas y los ranchos pegados unos a otros, como
formando una vivienda única, amplísima, extendida por las colinas y destinada a
abrigar por poco tiempo al tumultoso clan de Antonio Conselheiro.
A cierta distancia era invisible. Se confundía, por
su falta de cal, con el suelo. Aparecía de golpe, en una vuelta cualquiera del
Vaza-Barris que la limitaba por el este y el sur.
La rodeaba una naturaleza muerta: paisajes tristes,
colinas desnudas, uniformes, que se prolongaban, ondulando, hasta las distantes
serranías, sin una sola mata; rasgadas por lajas apenas revestidas en pocos
lugares por un montón de bromelias y en algunos otros por cactos erguidos y
solitarios. Al sur, el monte de la Favela se levantaba a mayor altura y a sus
pies, algunas quixabeiras se agrupaban formando un huerto salvaje. A mitad de
la ladera, solitaria, en ruinas, se veía la antigua casa del establecimiento
ganadero. ..
Por un lado, cerca y dominante, un contrafuerte, el
morro de los Pela dos, terminado de golpe en barranca a plomo sobre el río y
éste, de ahí en más, ensanchándose, abarcando todo el poblado con un lecho
exca vado y hondo como un foso. Allí aparecen quebradas de bordes a pique,
abiertas por las erosiones intensas y por las cuales, en invierno, ruedan
afluentes efímeros que tienen falsos nombres de ríos: el Mucuím, el Umbiranas,
y otros, que suecesos posteriores denominarían de la Provi dencia.
Canudos, rodeada casi por entero por el
Vaza-Barris, golpeado al sur por las laderas de la Favela y dominado al oeste
por las lomas más altas de faldas escarpadas, hacia el este se abría en
planicies onduladas. Las lejanas montañas la encerraban en una elipse de ejes
dilatados. Como pos tigos de un baluarte inmenso, se abrían, estrechísimos,
los pasos o gargan-tes de los caminos: el de Uauá, estrangulado entre las
cumbres del Caipá; el de Jeremoabo, insinuándose en los desfiladeros de
Cocorobó; el del Cambaio, en declive, junto a las laderas del Calumbi; y el del
Rosario.
Por estos caminos y estas entradas, llegaban al
pueblo naciente al fon do de los sertones de Piauí, Ceará, Pernambuco y
Sergipe, sucesivas cara vanas de fieles. Venían de todas partes, careando sus
haberes, y tras puestas las últimas vueltas del camino, cuando divisaban el
campanario humilde de la antigua capilla, caían de rodillas sobre el áspero
suelo. Habían llegado al término de su romería. Estaban a salvo de la pavorosa
hecatombe que vaticinaban las profecías del evangelizador. Por fin pisa ban la
tierra de promisión, la Canaan sagrada que el buen Jesús aislara del resto del
mundo con un cinturón de sierras. . .
Llegaban cansados de su larga jornada, pero
felices. Acampaban a gusto en lo alto de las cumbres. A la noche se encendían
las hogueras en los ranchos de los peregrinos. Una faja fulgurante rodeaba la
aldea v al unísono resonaban las voces de la multitud de penitentes en la me
lopea plañidera de los benditos.
Cuando clareaba la mañana, se entregaban a la tarea
de construir sus cabañas. Al principio, éstas se apiñaban próximas a la
depresión en que estaba erigida la primitiva iglesia y descendían desnivaladas,
al sesgo, hasta la costa del río, después comenzaron a salpicar, esparcidas, el
terre no escabroso, cada vez más lejos.
Construcciones ligeras, distantes del núcleo
compacto del caserío, que parecían obedecer a un plan de defensa. Se sucedían
escalonadas, bor deando los caminos. Marginaban el de Jeremoabo, se erigían en
una y otra margen del Vaza-Barris, puntilleaban el del Rosario, trasponiendo el
río y contorneando la Favela. Se desparramaban por los cerros que se sucedían
innumemrables siguiendo el rumbo de Uauá. Cada una era una casa y un reducto.
Se disponían formando líneas iregulares de ba luartes.
Porque la ciudad salvaje tuvo desde el principio,
acompañando su rápido crecimiento, un formidable círculo de trincheras cavadas
en todas las cumbres, enfilando hacia todos los caminos, planos de fuego
rasantes al suelo vueltos hacia todos los rumbos. Cubiertos por lajas de piedra
y ramajes de macambiras, no se revelaban a la distancia. Viniendo del este, el
viajero que las observara, esparcidas por los cerros a manera de garitas,
pensaría en ranchos solitarios, refugio de vaqueros inofensivos. Cuando se acercaba,
al encontrarse de pronto ante un caserío compacto, quedaba sorprendido como
ante una trampa.
Si se venía del sur, por el Rosario o Calumbi,
saltando el alto de la Favela o las laderas que caen sobre el río Sargento, el
caserío aparecía expuesto, en un plano inferior, de modo que con un golpe de
vista se aquilataban las condiciones de la defensa.
En apariencia eran deplorables. La aldea parecía
dispuesta para el choque de cargas fulminantes, rodando impetuosas con la
fuerza viva de la caída, por los abruptos declives. El enemigo, libre de las
faldas escarpadas, podía asediarlos golpeándolos en todas las calles con una
única batería.
Sin embargo, tenía condiciones tácticas excelentes.
Las habría com prendido algún Vauban inculto. . . 200.
Cerrada al sur por el morro, bajando
escalonadamente hasta el río, la guardaban al oeste, una muralla y un valle. De
hecho, el Vaza-Barris, oprimido entre las últimas casas y los escalones a pique
de los morros más altos, torcía hacia el norte convertido en un hondo cañón. Su
curso rodeaba, circundaba, la depresión en que se erigía el poblado que que
daba cerrado al este por las colinas, al oeste y al norte por las laderas de
las tierras más elevadas que desde allí se dirigen a los contrafuertes extremos
del Cambaio y del Caipá, y al sur por la montaña.
Canudos era una tapera dentro de una urna. La plaza
de la iglesia, junto al río, demarcaba su área más baja. Desde allí, siguiendo
un eje orientado hacia el norte, se expandía, subiendo poco a poco en un plano
inclinado semejando un extenso valle en declive. Allá adentro se apre taban
las casas, cerrando toda la bajada, subiendo más esparcidas por las faldas del
este y salpicando los altos de los morros minados de trin cheras. La revoltosa
grey no buscaba los horizontes, al contrario, se encar
celaba. En esa hermosa región, donde las líneas de
las cumbres se resuel ven en las altiplanicies, habían escogido precisamente,
un trecho que recordaba un vallado enorme. . .
REGIMEN DE
LA URBS
Allí se estableció un régimen modelado por la
religiosidad del apóstol extravagante.
Subyugada por su prestigio, la población tenía
agravadas todas las con diciones de su estadio social inferior. A falta de
hermandad sanguínea, la consanguinidad moral les daba la forma exacta de un
clan, en el cual las leyes las dictaba el arbitrio del jefe y la justicia
derivaba de sus irrevocables decisiones. Canudos era una estereotipia de los
primeros agrupamientos bárbaros.
El sertanejo simple se transformaba en el fanático
temerario y bruto. Lo absorbía la psicosis colectiva y adoptaba el nombre que
hasta entonces estaba consagrado a los turbulentos y a los valentones de las
refriegas elec torales y saqueadores de ciudades: jagungos201.
POBLACION MULTIFORME
Así fue que en poco tiempo, la población
constituida por los más dispa res elementos, desde el creyente fervoroso que
abandonaba las comodi dades de la vida en otros lugares, hasta el bandido
suelto que llegaba con su carabina al hombro en busca de campo nuevo para sus
hazañas, se convirtió en una comunidad homogénea y uniforme, masa inconscien
te y bruta, que crecía sin desarrollarse, sin órganos y sin funciones espe
cíficas, sólo por la yuxtaposición mecánica de las sucesivas levas, a la manera
de un grupo de pólipos humanos. Es natural que absorbiese, intactas, todas las
tendencias del hombre extraordinario en el cual la apariencia proteica — de
santo exiliado en la tierra, de fetiche de carne y hueso, de bonzo claudicante—
estaba adrede tallada para revivir los estigmas degenerativos de las tres razas
202.
Aceptaban a ciegas todo cuanto les enseñaba;
inmersas en un sueño religioso, vivían bajo la enfermante preocupación de la
otra vida; limi taban el mundo a la línea de serranías que los ceñían y no
pensaban en instituciones que les garantizaran destino en la tierra 203.
No les servirían. Canudos era el cosmos.
Y éste era
transitorio y breve, un punto de paso, una escala terminal de donde saldrían
sin tardanza, el último descanso en la travesía de un desierto: la Tierra. Los
jagungos errantes armaban allí, por última vez, sus tiendas, en la romería
milagrosa hacia los cielos. . .
No querían nada de esta vida. Por eso la propiedad
se les volvió una forma exagerada del colectivismo tribal de los beduinos 204:
la apropia ción personal, sólo de los objetos muebles y de las casas; la
comunidad absoluta de la tierra, de los pastos, de los rebaños y de los escasos
pro ductos de los cultivos, cuyos dueños recibían una exigua parte quedando el
resto para la compañía. Los recién venidos le entregaban al Conselheiro el
noventa y nueve por ciento de lo que traían, incluyendo los santos que se
destinaban al santuario común. Se sentían felices con las migajas restantes.
Les sobraban. El profeta les había enseñado a temer el pecado mortal del
bienestar más fugaz. Voluntarios de la miseria y del dolor, eran venturosos en
la medida de las privaciones sufridas. Se veían bien viéndose en andrajos. Este
desprendimento llevado hasta las últimas con secuencias, los hacía despojarse
de las bellas cualidades morales larga mente aprendidas en la existencia
patriarcal de los sertones. Para Anto nio Conselheiro — y también en este
punto copia viejos modelos histó ricos— la virtud era como el reflejo superior
de la vanidad. Casi una impiedad. La tentativa de ennoblecer la existencia en
la tierra, impli caba, de alguna manera, la indiferencia por la felicidad
sobrenatural inminente, el olvido del más allá maravilloso. Su deprimido
sentido moral sólo comprendía la posesión de éste por el contraste de las
amarguras soportadas.
De todas las páginas de los catecismos que había
deletreado le queda ba un precepto único:
Bienaventurados los que sufren. . .
El extremo dolor era la extrema unción. El
sufrimiento duro era la absolución plenaria, la terapia infalible contra la
ponzoña de los ma yores vicios.
Que los hombres se comportaran mal o bien era una
cuestión sin im portancia *. No le importaba que errasen si todas las
impurezas de una vida infame salían finalmente, gota a gota, por el vertedero
de las lá grimas.
Al enterarse del caso escandaloso en el que la
lubricidad de un des variado había maculado a una incauta doncella, tuvo una
frase feroz mente cínica que los sertanejos repetían, sin aquilatar su
torpeza:
"Siguió el destino de todas; pasó por debajo
del árbol del bien y del mal”.
No es de admirar que se diese en Canudos una
promiscuidad sin freno. Los hijos espurios no llevaban en la frente la señal
infamante de su origen, la situación dehonrosa de los bancklings entre los
germanos. Eran legión.
* Montanus
ne prenait même pas la peine d’interdire un acte devenu absolument
insignifiant, du moment que l’humanité en était à son dernier soir. La porte se
trouvait aussi ouverte à la débauche. Renán, Marc-Aurèle, p. 215.
Porque el dominador, aunque no lo estimulaba,
toleraba el amor libre 205. En los consejos diarios no hablaba de la vida
conyugal ni ponía normas a las parejas. Y era lógico. Estando en los últimos
días del mundo no iba a perder el tiempo agitando preceptos vanos, cuando el
cataclismo inminente vendría en breve a apagar para siempre las uniones más
íntimas, a dispersar los hogares y a confundir en el mismo vórtice todas las
virtudes y todas las abominaciones. Lo que urgía era anticiparlo, por las
privaciones y por el martirio. Predicaba entonces los ayunos pro longados, las
agonías del hambre, la lenta extinción de la vida. Daba el ejemplo haciendo
saber por los fieles más íntimos, que pasaba días alimentándose sólo con un
platito de harina. Se cuenta que cierto día lo fue a visitar un creyente rico
de las cercanías. Repartió con él su escasa refacción y éste — milagro que
impresionó a la aldea entera— salió del minúsculo banquete, repleto, como si
volviese de un festín.
Este régimen severo tenía un doble efecto: por la
debilidad volvía más vibrátil la inervación enfermiza de los creyentes y al
mismo tiempo, los preparaba para las estrecheces de los asedios, quizá
previstos. Es posible que fuera la intención recóndita de Antonio Conselheiro.
No de otro modo se comprende que permitiese la permanencia en la aldea de indi
viduos cuya índole se contraponía a su placidez humilde.
Canudos era la muerte de afamados facinerosos.
Llegaban allí entre mezclados con los matutos crédulos y los vaqueros
ilusionados, siniestros héroes de faca y cuchillo. Y fueron éstos, más
adelante, los más queridos del singular hombre, sus ayudantes predilectos, las
garantías de su auto ridad inviolable. Por natural contraste, eran sus mejores
discípulos. La extraordinaria secta — caso de simbiosis moral en la que el
ideal cristiano surgía monstruoso dentro de aberraciones fetichistas— tenía sus
mejores representantes en los Bautistas truculentos, capaces de cargar las
cara binas homicidas con las cuentas del rosario. . .
POLICIA DE BANDIDOS
Gracias a su mano fuerte, Antonio Conselheiro
dominaba la aldea, co rrigiendo a los que salían de las huellas trazadas. En
la cárcel parado-jalmente establecida, se veían diariamente presos por los que
habían cometido la leve falta de algún homicidio, a los que habían perpetrado
el abominable crimen de faltar a los rezos.
Inexorable para las culpas pequeñas, nula para los
grandes atentados, la justicia era, como todo lo demás, antinómica en el clan
policial de los facinerosos. Se creaba una delincuencia especial traducida por
una inversión completa del concepto de crimen. Se ejercía, implantando penas
severísimas, sobre las faltas más tenues.
El uso de aguardiente, por ejemplo, era un delito
serio. ¡Ay del dipsó mano incorregible que se atreviera a romper la
interdicción impuesta!
Se cuenta que, cierta vez, unos troperos
inexpertos, venidos de Juá-zeiro, fueron a Canudos llevando algunos barriles
del líquido prohibido. Los atraía el lucro resultante. Llevaban el eterno
cómplice de las horas ociosas de los matutos. Pero cuando descargaron en la
plaza la valiosa carga, tuvieron una sorpresa. El contrabando sacrilego fue
inutilizado, abiertos los barriles a fuerza de hachazos. Y se volvieron
llevando en las manos, en lugar de la ganancia apetecida, el dolor de las
docenas de latigazos recibidos, amargos panes con que los había obsequiado esa
ingrata gente.
El caso es revelador. Una sólida experiencia le
había enseñado al Con-selheiro todos los peligros que derivan de este hachís
nacional. No estaba interdicto por ser un vicio sino para prevenir desórdenes.
Pero fuera del poblado podían armarse desórdenes. Partían de allá bandas turbu
lentas que atropellaban los alrededores. Cualquier tropelía era permitida si
aumentaba el patrimonio de la grey 206. En 1894, las tropelías coman dadas por
valentones de nota se volvieron alarmantes. Y llegaron a des pertar la
atención de los poderes constituidos, originándose una calurosa e inútil
discusión en la Asamblea Estatal de Bahía.
En un dilatado radio alrededor de Canudos se
saqueaban haciendas, se asaltaban lugarejos, se conquistaban ciudades. En Bom
Conselho, una horda tomó posesión de la villa, la sitió, echó a las autoridades
comen zando por el juez del lugar 207 y como entreacto hilarante de la razzia
escandalosa, torturó al escribano de los casamientos que se vio en figu rillas
para impedir que los sarcásticos creyentes le abrieran una amplia y tosca
coronilla, por invadir con su profesión las atribuciones sagradas del vicario.
Los asaltantes volvían con los despojos a la aldea,
donde nadie les tomaba cuenta de sus desmanes.
Muchas veces, dice el testimonio unánime de la
población sertaneja, las expediciones eran sugeridas por indicaciones locales.
Algunos fieles ricos tenían veleidades políticas. Llegaba la época de las
elecciones. Los grandes conquistadores de urnas que, a ejemplo de miles de
comparsas diseminados en este país, transforman la fantasía del sufragio
universal en la maza de Hércules de nuestra dignidad, apelaban al Conselheiro.
Canudos se convertía entonces, provisoriamente, en
el cuartel de las guardias pretorianas de los capangas que de allí salían,
siguiendo rumbos preciosos, para reforzar a palos y a tiros, la soberanía
popular, para des trozar las actas, para realizar las "mazorcas”
periódicas que la ley llama "elecciones”, eufemismo que entre nosotros es
el más vivo rasgo de las osadías del lenguaje. Nuestra civilización alimentaba,
como siempre lo hizo, el bandidismo sertanejo.
Ahora bien, esos asaltos constituían una enseñanza.
Eran útiles. Eran ejercicios prácticos indispensables para la preparación de
batallas más peligrosas. Quizá así lo entendía el Conselheiro. Y las toleraba.
Pero en la aldea, exigía, digamos a falta de otro término — porque no hay pala
bra que signifique tumulto disciplinado— un orden inalterable. Allí per
manecían, inofensivos en tanto inválidos, sus mejores creyentes: mujeres,
niños, viejos, enfermos. Vivían parasitariamente, de la solicitud del jefe que
era para ellos un santo protector y al cual saludaban entonando versos que hace
veintitantos años corren por los sertones:
Do céu veio urna luz
Que ]esus-Cristo mandou.
Santo Antonio Aparecido
Dos castigos nos livroul
Quern ouvir e nao aprender
Quern souber e nao ensinar
No dia do Juízo
A sua alma penará! *
Estas viejas cuartetas que guarda la tradición,
recordaban al infeliz los primeros días de su vida atormentada y le avivaban,
por ventura, los últimos rasgos de vanidad en la comparación ventajosa con el
santo milagrero por excelencia 208.
Lo cierto es que abría a los desventurados las
despensas repletas por las limosnas y por el trabajo comunitario. Comprendía
que aquella masa, en apariencia inútil, era la savia vigorosa de la aldea. Eran
los elegidos, felices de tener sobre los hombros harapos inmundos, sambenitos
de alguna penitencia que era su propia vida; bienaventurados porque el paso
tardo, dificultoso por las muletas o las anquilosidades, significaba la
celeridad máxima, en el camino hacia la felicidad eterna.
EL TEMPLO
Además de esto, allí los aguardaba al final de la
jornada, la última peni tencia: la construcción del templo.
* Silvio
Romero. A poesía Popular no Brasil.
El escritor transcribía esas cuartetas en 1879,
precediéndolas con el siguiente comentario: “Era, a su manera, un misionero.
Con tan pocos recursos fanatizó a las poblaciones que visitó, donde lo tenían
por San Antonio Aparecido” .
¡Ya en 1879!. ..
Traducción de los versos populares:
“Del cielo vino una luz / que Jesucristo mandó. San
Antonio Aparecido / del castigo nos libró. / Quien oye y no aprende, / quien
sabe y no enseña, / el Día del Juicio / su alma perderá” . (N . del T .).
La antigua capilla no bastaba. Era frágil y
pequeña. Retrataba de masiado en su modesto aspecto, la pureza de la religión
antigua.
Era necesario que le contrapusieran la arx
monstruosa, erigida como si fuese el molde monumental de la secta combatiente.
Comenzó a levantarse la iglesia nueva. Desde la
madrugada, mientras unos se entregaban al cultivo de las tierras o conducían
los rebaños de cabras, o metían a saco las aldeas próximas, y otros, dispersos
en pique tes vigilantes, guardaban la comarca, el resto del pueblo trabajaba
en la misión sagrada.
Enfrentado al antiguo, el nuevo templo se levantaba
al otro lado de la plaza. Era rectangular, vasto y pesado. Las paredes gruesas
recordaban murallas de reductos. Durante mucho tiempo tendría ese aspecto anó
malo, antes que las dos torres, muy altas, con la osadía de un gótico rudo e
imperfecto, lo transfigurase.
Es que la catedral admirable de los jagungos tenía
la elocuencia silen ciosa de los edificios de que nos habla Bossuet. . . 209.
Debía ser como fue. Debía surgir, mole formidable y
bruta, de la extrema debilidad humana, levantada por los músculos gastados de
los viejos, por los brazos leves de las mujeres y los niños. Le sentaba la
forma ambigua de santuario y de antro, de fortaleza y de templo, her manando
en el mismo ámbito, donde resonarían más tarde las letanías y las balas, la
suprema piedad y los supremos rencores. . .
La había delineado el mismo Conselheiro. Viejo
arquitecto de iglesias, la construyó como el monumento que cerraría su carrera.
La levantaba vuelta hacia el levante, con su fachada estupenda, sin módulos,
sin pro porciones, sin reglas, de estilo indescifrable, mascarada de frisos
grose ros y volutas imposibles, encabrioladas en un delirio de curvas
incorrec tas: rasgada de ojivas horrorosas, informe y brutal, como si quisiera
objetivar, a piedra y cal, el desorden mismo del espíritu delirante210.
Era su gran obra. Allí pasaba los días, sobre los
andamios altos y bam boleantes. El pueblo, hormigueando abajo, en el
transporte de los mate riales, muchas veces se estremecía al verlo pasar
lentamente sobre los tablones oscilantes, impasible, sin un temblor en el
rostro bronceado y rígido, vuelto una cariátide errante sobre el edificio
monstruoso.
No faltaban brazos para la tarea. No escasearon
refuerzos y recursos para la sociedad acampada en el desierto. La mitad, por
decir así, de la población de Tucano y de Itapicuru hacia allá se marchó. De
Alagoinhas, Feira de Sant’Ana y Santa Luzia partían toda clase de auxilios. De
Jere-moabo, Bom Conselho y Simáo Dias hubo gran abastecimiento de ganado.
No se asombraban los recién llegados de los cuadros
que se les pre sentaban. Los tomaban como prueba obligatoria que les desafiaba
la fe.
CAMINO AL CIELO
Los ingenuos cuentos sertanejos les habían revelado
desde hacía mucho tiempo los caminos fascinantes y traicioneros que llevaban al
infierno. Canudos, inmunda antesala del paraíso, pobre vestíbulo del cielo,
debía ser así: repugnante, aterrador, horrendo. . .
Muchos habían ido alentando esperanzas singulares.
"Los secuaces de la secta se ocupan de persuadir al pueblo de que todo el
que se quiera salvar debe ir a Canudos, porque en los otros lugares todo está
contaminado y perdido por la República. Allí, en cambio, no es nece sario
trabajar, es la tierra de promisión donde corre un río de leche y las barrancas
son de maíz” *.
Llegaban.
Miraban el Vaza-Barris seco o arastrando las aguas
barrosas de las crecientes, entre los flancos como torres de las colinas. . . y
se les desva necía el milagro feliz, pero no se despedían de su misticismo la
mentable.
LAS ORACIONES
Al caer la tarde, la voz de la campana llamaba a
los fieles para la ora ción. Cesaban los trabajos. El pueblo se derramaba en
la plaza. Se arro dillaba.
Resonaba en los aires el coro del primer rezo.
Llegaba la noche, rápida, mal anunciada por el
crepúsculo sertanejo, fugitivo y breve como el de los desiertos.
Fulguraban las hogueras que por costumbre se
encendían alrededor de la plaza. Y sus resplandores encuadraban la escena medio
ahogada en las sombras.
De acuerdo con una antigua práctica, o mejor, por
capricho del Conselheiro, la multitud se dividía en dos grandes grupos según el
sexo. Y en cada uno de ellos una mezcla enorme de contrastes. . .
GRUPOS DE VALIENTES
Allí estaban las bestias, émulas de las brujas de
las iglesias, corrompi das de pecados viejos tardíamente penitenciados,
vestidas con sus capo tes negros semejantes a la holandilla fúnebre de la
Inquisición; las solteras, término que en los sertones tiene el peor de los
significados, desenvueltas y despejadas, sueltas en un ocio sin frenos; las
muchachas
* Véase el
resumen de Fr.
Joáo Evangelista de
Monte-Marciano.
doncellas o las muchachas damas, recatadas y
tímidas; y las honestas madres de familia; todas niveladas por los mismos
rezos.
Caras marchitas de viejas, flacos marimachos en
cuyas bocas debe ser pecado mortal el rezo, rostros austeros de matronas
simples, fisonomías ingenuas de muchachas crédulas, todas se mezclaban en el
extraño conjunto.
Todas las edades, todos los tipos, todos los
colores. . .
Greñas maltratadas de criollas retintas, cabellos
lacios y duros de las caboclas, motas escandalosas de las africanas, madejas
castañas y rubias de las blancas legítimas, se enmarañaban sin una cinta, sin
una hebilla, sin una flor, o tocado o cofia modesta. Las ropas de algodón o
percal, lisas y sin elegancia, no aparentaban la mínima pretensión de gustar;
un chal de lana, una mantilla o un pañuelo de color apenas atenuaba la
monotonía de los vestidos mal lavados, casi reducidos a sayas y camisas destrozadas
que dejaban expuestos los pechos cubiertos de rosarios, de verónicas, de
cruces, de amuletos, de dientes de animales, de benditos, o de nóminas que
encerraban cartas santas, únicos atavíos que perdo naba el asceta exigente.
Acá y allá, llamando la atención en esos mon tones de trapos, un rostro
hermoso en el que surgían las líneas de esa belleza inmortal que el tipo
judaico conserva inmutable a través de los tiempos. Madonas unidas a furias,
bellos ojos profundos en cuyas ne gruras refulgía el desvarío místico, frentes
adorables mal tapadas por los pelos despeinados, parecían una profanación cruel
ahogándose en ese mestizaje repugnante que salmoneaba benditos lúgubres.
A veces, las hogueras casi apagadas, echando nubes
de humo, crepi taban, reviviendo al soplo de la brisa nocturna y echaban
chorros de luz sobre la turba. Entonces se destacaba, más compacto, el grupo
varonil, mostrando idénticos contrastes: vaqueros rudos y fuertes, que
cambiaron como héroes en desgracia, la armadura de cuero por el uniforme de
brin americano; hacendados otrora ricos, felices por el abandono de los
ganados; y en menor número, pero más destacados, gandules de todos los matices,
residuos de todos los delitos.
En la mortecina claridad de los braseros se
destacan sus variados per files. Algunos ya son famosos. Los prestigia el
renombre de arriesgadas aventuras que la imaginación popular novela y ensancha.
Lugartenientes del humilde dictador, armados, están al frente del conjunto.
Pero no se los distingue en esos momentos por la altivez del gesto o la actitud
provocadora de los velentones.
De rodillas, las manos enlazadas sobre el pecho, la
mirada traicionera y malvada se les desvanece en una vaga contemplación.
José Venancio, el terror de la Volta Grande, se
olvida de las diecio cho muertes cometidas y de los procesos en rebeldía,
doblando contrito la cabeza.
A su lado, el audaz Pajeú, rostro de bronce
anguloso y duro, incli nando el tórax atlético. Extático, las manos caídas, el
mirar absorto en los cielos. En seguida, su ayudante inseparable, Lalau,
igualmente humil de, de rodillas sobre el trabuco cargado. Chiquinho y Joáo da
Mota, dos hermanos encargados del mando de los piquetes de vigilancia en las
entradas de Cocorobó y Uauá, aparecen unidos, corriendo crédulos las cuentas
del mismo rosario. Pedráo, cafuz bruto que con treinta hombres escogidos guardaba
las vertientes de la Canabrava, apenas se distingue, apartado, próximo a un
digno émulo de sus tropelías, Esteváo, negro fuerte y deforme, de cuerpo
tatuado a bala y facón, que había logrado vengar centenares de conflictos
gracias a su rara invulnerabilidad. Era el guardián del Cambaio.
Joaquim Tranca-pés, otro espécimen de guerrillero
sañudo, que vigi laba en Angico, hombro a hombro con el Mayor Sariema, de
estatura más elegante, vigía sin lugar fijo, inquieto y temerario, tallado para
los arranques súbitos y osados. Se le antepone por el aspecto, el tragicómico
Raimundo Boca-torta, del Itapicuru, especie de funámbulo patibulario, la cara
contraída en una mueca felina, como un traumatismo hediondo. El ágil Chico
Erna, a quien se había confiado la columna volante de espías, aparece junto a
un cabecilla de primera línea, Norberto, predes tinado a la jefatura suprema
en los últimos días de Canudos.
Quinquim de Coiqui, un creyente abnegado que
alcanzaría la primera victoria sobre la tropa oficial, Antonio Fogueteiro, de
Pau Ferro, incan sable reclutador de prosélitos, José Gamo, Fabricio de
Cocorobó. . .
La masa restante de los fieles los mira
intermitentemente, en los intervalos de los kyries de sílabas increíbles, con
miradas cariñosas, llenas de esperanzas.
El viejo Macambira, poco aficionado a la lucha, de
corazón débil, según el decir de los matutos, pero de espíritu infernal en la
prepara ción de trampas increíbles, especie de Imanus211 decrépito, pero
peligroso todavía, está de bruces en el suelo, teniendo a su lado al hijo,
Joaquim, niño arrojado e impávido, que figuraría en un hecho de heroísmo, más
tarde.
Ajeno a la credulidad general, un explorador
solitario, Vila Nova, finge que reza. Y al frente de todos, el comandante de la
plaza, el jefe del pueblo, el astuto Joáo Abade, abraza en su mirada dominadora
a la turba genuflexa.
En medio de estos perfiles trágicos, una figura
ridicula, Antonio Beato, mulato espigado, flaquísimo, adelgazado por los
ayunos, muy de la intimidad del Conselheiro, medio sacristán, medio soldado,
misionero de escopeta, espiando, observando, indagando, insinuándose por las
casas, escudriñando todos los rincones de la aldea y transmitiendo a cada
instante al jefe supremo, que raramente abandonaba el santuario, las novedades.
Lo completa, como si fuera una prolongación, José Félix, el
Taramela, guardián de las iglesias, mayordomo del
Conselheiro, que tenía bajo sus órdenes a las beatas de vestidos azules
ajustados con cuerdas de lino, encargadas de la ropa y de la exigua refacción
de aquél, además de encender diariamente las hogueras para los rezos.
Y un tipo
increíble, Manuel Quadrado, que miraba todo eso con indi ferencia nobiliaria.
Era el curandero: el médico. En esa multitud, la naturaleza tenía un devoto,
ajeno al desorden, que vivía investigando el valor medicinal de las plantas.
En general, los rezos se prolongaban. Recorridas
todas las escalas de las letanías, todas las cuentas de los rosarios, rimados
todos los benditos, todavía quedaba la ceremonia última del culto, el remate
obligado.
Era el besado de las imágenes.
Lo había establecido el Conselheiro, completando en
el ritual fetichista la transmutación del cristianismo incomprendido.
Antonio Beatinho, el encargado del altar, tomaba un
crucifijo, lo mi raba con la mirada de un faquir en éxtasis, lo apretaba
contra su pecho, postrándose profundamente y le imprimía un prolongado beso;
entonces lo entregaba al fiel más próximo que repetía sin variantes la misma
escena. Después levantaba una virgen santa reeditando las mismas acciones;
después un buen Jesús. Y detrás venían en sucesión, todos los santos,
registros, verónicas y cruces, lentamente entregados a la multitud ávida, que
pasaban una por una, por todas las manos, por todas las bocas y por todos los
pechos. Se oían los besos chirriantes, innumera bles y en aumento, apagándoles
la resonancia sorda, el vocear indis tinto de las prédicas balbuceadas a media
voz, de los mea culpas ansio samente susurrados por las gargantas ahogadas y
de las primeras excla maciones sofocadas, aún reprimidas, para no perturbar la
solemnidad.
Pero el misticismo de cada uno iba, poco a poco,
confundiéndose en la neurosis colectiva. A cada rato, la agitación aumentaba,
como si un tumulto invadiese la asamblea a medida que pasaban las sagradas
reliquias. Por fin, salían las últimas entregadas por el Beato, cuando las
primeras ya alcanzaban las últimas filas de creyentes. Y se acumu laba la
embriaguez y el atontamiento de aquellas almas simples. Las emociones aisladas
se desbordaban, confundiéndose repentinamente, au mentando por el contagio irreprimible
de la misma fiebre; y como si las fuerzas sobrenaturales que el animismo
ingenuo daba a las imágenes, penetrase en las conciencias, desequilibrándolas
en violentos estremeci mientos, asaltaba a la multitud un desvarío
irreprimible. Estallaban ex clamaciones entre piadosas y coléricas, hacían
movimientos compulsivos, de iluminados, lanzaban gritos lancinantes, se
desmayaban. Apretando contra el pecho las imágenes babeadas de saliva, mujeres
alucinadas caían en las contorsiones violentas de la histeria y criaturas
asustadas se desa taban en llanto; invadido por la misma aura de locura, el
grupo varonil de los luchadores, entre el estrépito, los tañidos y el golpeteo
de las
armas al chocar, vibraba en el mismo rictus
misterioso en que explo taba el misticismo bárbaro. . .
Pero, de pronto, el tumulto cesaba.
Quedaban todos sin aliento, los ojos puestos en el
límite de la plaza, junto a la puerta del Santuario abierta y encuadrando la
figura singular de Antonio Conselheiro.
Este subía a una pequeña mesa y predicaba. . .
¿POR QUE NO PREDICAR CONTRA LA REPUBLICAP
Predicaba contra la República. Es cierto212.
El antagonismo era inevitable. Derivaba de la misma
exacerbación mística, era una variante del delirio religioso.
Pero no traslucía el más pálido tinte político. El
jagungo es tan inepto para comprender la forma republicana como la monárquica
institucional.
Las dos son abstracciones inaccesibles para él.
Espontáneamente es adversario de ambas. Está en la fase evolutiva en la que
sólo se concibe un imperio comandado por un jefe sacerdotal o guerrero.
Insistimos sobre esta verdad: la guerra de Canudos
fue un retroceso en nuestra historia. Inopinadamente, tuvimos resucitada y en
armas frente a nosotros, a una sociedad vieja, una sociedad muerta, galvanizada
por un loco 213. No la conocíamos. No podíamos conocerla. Los aventu reros del
siglo xvn, seguramente, encontrarían en ella relaciones anti guas, del mismo
modo que los iluminados de la Edad Media se sentirían a gusto en este siglo,
entre los demonópatas de Varzenis 214 o entre los stundistas de Rusia. Porque
esas psicosis epidémicas aparecen en todos los tiempos y en todos los lugares
como anacronismos, contrastes inevi tables en la desigual evolución de los
pueblos, relevantes sobre todo, cuando un gran movimiento civilizador impulsa
vigorosamente a las capas superiores.
Los perfeccionistas exagerados irrumpen entonces,
ilógicos, dentro del industrialismo triunfante de América del Norte, y la
sombría Stur-misch, inexplicablemente inspirada por el genio de Klopstock,
comparte la cuna del renacimiento alemán215.
Entre nosotros el fenómeno fue todavía más
explicable.
Viviendo cuatrocientos años en el litoral vasto en
el que palidecen los reflejos de la vida civilizada, tuvimos de improviso, como
inesperada he rencia, a la República. De golpe, ascendimos, impulsados por el
caudal de las ideas modernas, dejando en la penumbra secular, en el centro
mismo del país, a un tercio de nuestra gente. Ilusionados por una civilización
prestada, espigando, en faena ciega de copistas, todo I9 mejor que existe en
los códigos orgánicos de otras naciones, huyendo de la mínima transigencia con
las exigencias de nuestra propia naciona
lidad, volvemos, revolucionariamente, más hondo el
contraste entre nues tro modo de vivir y el de aquellos rudos patricios, más
extranjeros en esta tierra que los inmigrantes de Europa. Porque no los separa
un mar, los separan tres siglos.
Y cuando, por nuestra falta de previsión, dejamos
que entre ellos se formase un núcleo de maníacos, no vimos los rasgos salientes
del acon tecimiento. Achicamos su espíritu al concepto estrecho de una preocu
pación partidaria. Tuvimos un espanto comprometedor ante aquellas aberraciones
monstruosas, y con arrojo digno de mejor causa, los destro zamos a carga de
bayonetas, reeditando por nuestra cuenta el pasado, en una entrada sin gloria,
reabriendo en esos sitios desgraciados, las huellas apagadas de las bandeiras.
. .
Vimos en el agitador sertanejo, para el cual la
rebelión era un aspecto de su propia reacción contra el orden natural, un
adversario serio, pala dín del antiguo régimen, capaz de destruir las nuevas
instituciones.
Y Canudos era la Vendée. . ,218.
Cuando en los últimos días de la aldea estuvo
permitido el ingreso al caserío destrozado, asaltó el ánimo de los triunfadores
una decepción dolorosa. La victoria duramente alcanzada les daba derecho al
saqueo de las casas en ruinas. Nada quedó exento de la curiosidad insaciable.
Ahora bien, en el más pobre de los saqueos que
registra la historia, donde los despojos más valiosos fueron imágenes mutiladas
y rosarios de cocos, lo que más estimulaba la codicia de los vencedores, eran
las cartas, cualquier papel escrito y principalmente, los versos encontrados.
Pobres papeles, en los que la ortografía bárbara corría pareja con los más
ingenuos absurdos y la escritura irregular y fea parecía una foto grafía de
los pesamientos torturados. Ellos resumían la psicología de la lucha. Valían todo
porque nada valían. Registraban las prédicas de Anto nio Conselheiro y al
leerlas se pone de manifiesto cuán inocuas eran, cómo reflejaban la turbación
intelectual de un infeliz. Porque lo que en ellas vibra, en todas sus líneas,
es la misma religiosidad difusa e incongruente, con muy poca significación
política. El rebelde arremetía contra el orden establecido porque se le
figuraba inminente el reino prometido de Dios. Denunciaba a la República —
pecado mortal de un pueblo— como una herejía, suprema indicadora del triunfo
efímero del Anti Cristo. Los rudos poetas, rimando los desvarios en estrofas
sin color, sin la espontaneidad de los improvisadores sertanejos, dejaron vivos
documentos en los versos disparatados, que transcribimos pensando como Renán
que esos balbuceos rudos y elocuentes son la segunda Biblia del género humano.
Copiamos algunos al azar:
"Sahiu Don Pedro segundo
para e reino de Lisboa
acábosse la monarquía
o Brasil ficou atoa”
La república era la impiedad:
"Garantidos
pela lei
aquelles malvados estño
nos temos a lei de Deus
elles tem a lei do cao!
"Bem
desgragados sao elles
pra fazerem a eleigáo
abatendo a lei de Deus
suspendendo a lei do cáol
"Casamento vao fazendo
só para o povo illudir
vao casar o povo todo
no casamento civil!
Pero el gobierno demoníaco desaparecerá en poco
tiempo:
"Dom Sebatiao já chegou
e traz muito regimentó
acabando como o civil
e fazendo o casamento!
"O Anti-Cristo nasceu
para o Brazil gobernar
mas ahi está o Conhelheiro
para delle nos livrarl
"Visita nos vam fazer
nosso rei Dom Sebastiáo
coitado daquelle pobre
que estiver no lei do cao * 217
* Conservamos los
originales de estas
cuartetas cuya ortografía
alteramos en
parte.
Traducción de los versos populares:
“Salió don Pedro segundo / hacia el reino de
Lisboa. / Se acabó la monar quía. / Brasil a la deriva” .
“Protegidos por la ley / esos malvados están, /
nosotros tenemos la ley de Dios, / ellos tienen la ley del can. / Bien
desgraciados son ésos / para hacer la elección, / abatiendo la ley de Dios, /
suspendiendo la ley del can” .
“Casamientos van haciendo, / para engañar sólo al
pueblo, / van a casarlos a todos / en casamiento civil” .
La ley del can.
Ese era el apotegma más elevado de la secta.
Resumía su programa.
Y nos dispensa de todo comentario.
Eran realmente muy frágiles aquellos pobres
rebeldes.
Requerían otra reacción. Nos obligaban a otra
lucha.
Nosotros les enviamos el legislador Comblain 218 y
ese argumento único, incisivo, supremo y moralizador: la bala.
Pero antes se intentó una empresa más noble y más
práctica.
UNA
MISION ABORTADA219
En 1895, cierta mañana de mayo, en lo alto de un
contrafuerte de la Favela, apareció, flanqueada por otras dos, la extraña
figura de un misio nero capuchino.
Observó por unos instantes la aldea extendida
abajo. Descendió lenta mente la ladera.
Daniel va a penetrar a la jaula de los leones.
Acompañémoslo.
Seguido de Fray Caetano de Sao Léu y del vicario
del Cumbe, Fray Joáo Evangelista de Monte-Marciano, cruza el río y se acerca a
las pri-meras casas. Alcanza la plaza desbordante de pueblo "cerca de mil
hom bres armados de carabinas, garrochas, facones, etc.” y tiene la impresión
de haber caído, de pronto, en medio de un campamento de beduinos. No se
desanima pues está blindado por la tranquila fortaleza de los após toles. Pasa
impasible por delante de la capilla a cuya puerta se adensan compactos grupos. Luego
toma por un atajo tortuoso. Lo atraviesa se guido por sus dos compañeros de
apostolado. La gente sale a verlos, "el aire inquiero v la mirada al mismo
tiempo indagadora y siniestra, denun ciando conciencias perturbadoras e
intenciones hostiles”.
Llegan por fin a la casa del viejo vicario del
Cumbe220 (que estaba cebada desde hacía más de un año, pues a tanto remontaba
su ausencia, debida al dolor por el desacato sufrido) y tratan de superar la
jornada pgo*adora. Les conmovía el espectáculo de los infelices que acababan de
encon^ar armados hasta los dientes y el cuadro emocionante de esa Te baida 221
turbulenta.
A poca distancia de la puerta pasan ocho difuntos
llevados sin señal religiosa alguna hacia el cementerio que quedaba al fondo de
la iglesia vie;a: ocho redes bajo las que sudaban cargadores sin aliento
pasando,
"Don Sebastián ya llegó / y trae un gran
regimiento, / acabando con el civil / y haciendo el casamiento” .
“El Anticristo nació / para el Brasil gobernar, /
pero ahí está el Conselheiro /’ para librarnos de él” .
“Visita nos viene hacer, / nuestro rey don
Sebastián, / pobres de los que están / en la ley del can” . (N . del T .).
rápidos, ansiosos por desprenderse de ellas, como
si en la siniestra ciudad el muerto fuese un desertor del martirio, indigno de
la más breve atención.
Mientras tanto, había corrido la nueva de la
llegada, sin que el Con-selheiro fuese al encuentro de los emisarios de la
iglesia. Permanecía indi ferente, asistiendo a los trabajos de construcción de
la capilla. Entonces los frailes lo fueron a buscar.
Dejan la casa. De nuevo toman por el callejón
sinuoso. Entran a la plaza. La atraviesan sin que ninguna hostilidad los
perturbe y llegan a la sede de los trabajos; "los grupos de hombres
cierran filas junto a la puerta de la Capilla” y les abren espacios para el
paso.
Del grupo temeroso parte la salutación de paz:
"Loado sea Nuestro Señor Jesucristo” y la respuesta de práctica:
"Para siempre sea loado!”.
Entran en el pequeño templo y se hallan frente a
Antonio Conselheiro quien los recibe de buen grado y les dirige la misma
salutación.
"Vestía una túnica de brin azul, tenía la
cabeza descubierta y empu ñaba un bastón. Los cabellos crecidos y descuidados
le caían sobre los hombros; las largas barbas grises más que blancas; los ojos
hondos pocas veces levantados para mirar a alguien; el rostro alargado, de una
palidez cadavérica; el porte grave y aires de penitente” impresionan
enormemente a los recién llegados *.
La cordial recepción los reanima. El Conselheiro
parece alegrarse de la visita. Quiebra su habitual reserva y mutismo. Les
informa de los trabajos, los invita a observarlos, se presta a servirles de
guía por el edi ficio. Y allá van todos, lentamente, guiados por el viejo
solitario que roza ba por ese tiempo los sesenta años y cuyo cuerpo, doblado
sobre el bastón, avanzaba tardo, sacudiéndose a cada rato con accesos de tos.
No se le podían pedir mejores preliminares a la
misión.
Aquel agasajo era una media victoria. Pero le cupo
al misionero anu larla desgraciadamente. Al llegar al coro, como estaban un
poco alejados de los fieles que los seguían a distancia, le parece llegada la
ocasión para hacer la interpelación decisiva.
Fue una precipitación inútil e improcedente. El
fracaso sobrevino de inmediato.
" .
. . aproveché la ocasión de estar casi a solas y le dije que el fin de mi
visita era pacífico y que por eso me extrañaba ver allí hombres arma dos y que
no podía dejar de condenar el que se reuniesen tantas fami lias en un lugar
tan pobre para entregarse al ocio, en un abandono y una miseria tales que se
daban diariamente de ocho a nueve muertes. Por eso, y por orden del señor
Arzobispo, iba a abrir una santa misión para aconsejar al pueblo que se
dispersara y volviera a sus tierras a tra bajar en los intereses de cada uno y
para el bien de todos”.
* Seguimos el Relatório de Fr. Monte-Marciano.
Esta intransigencia, esta mal sopesada irritación,
quebrando la finura diplomática en las aristas rígidas del dogma, no tendría,
por cierto, la aprobación de San Gregorio, el Grande 222, a quien no
escandalizaban los ritos bárbaros de los sajonios, y fue un desafío imprudente.
"Mientras decía esto, la capilla y el coro se
llenaban de gente y no había terminado de hablar cuando, a una sola voz,
exclamaban: "Quere mos acompañar a nuestro Conselheiro”.
Signo de desorden inminente. Los detuvo la placidez
admirable, la mansedumbre — ¿por qué no decir cristiana?— de Antonio
Conselheiro. Que el mismo misionero hable:
"Este los hace callar y volviéndose hacia mí,
dice:
— Es para mi guarda que tengo conmigo a estos
hombres armados, porque Vuestra Reverencia ha de saber que la policía me atacó
y me quiso matar en un lugar llamado Maceté m, donde se produjeron muertes de
uno y otro lado. En tiempos de la monarquía me dejé prender, por que reconocía
al gobierno, ahora no, porque no reconozco a la Re pública”.
Esta explicación respetuosa y clara, no satisfizo
al capuchino que te nía el coraje de un creyente pero no el tacto fino de un
apóstol. Lo con tradijo, parafraseando la Prima-Petri224:
— "Señor, si eres católico debes considerar
que la Iglesia condena las rebeliones y aceptando todas las formas de gobierno,
enseña que los poderes constituidos rigen a los pueblos en nombre de Dios”.
Era, casi sin variantes, la frase de San Pablo en
pleno reinado de Nerón 225.
Y continuó:
"Y así en todas partes; en Francia, que es una
de las principales nacio nes de Europa, hubo monarquía durante muchos siglos,
pero desde hace más de veinte años está la república, y todo el pueblo, sin
excepción de los monárquicos de allá, obedecen a las autoridades y a las leyes
del gobierno”.
Fray Monte-Marciano, en ese remover de nulas
consideraciones polí ticas, inconsciente del significado real del
levantamiento sertane jo, dice por sí mismo las causas del fracaso. Descubrió,
entera, la figura del pro pagandista, faltándole solamente tener bajo los
pliegues del hábito la escopeta del cura de Santa Cruz:
"Nosotros mismos, aquí en el Brasil,
comenzando por el obispo y si guiendo hasta el último católico, reconocemos al
gobierno actual, ¿sola mente vosotros no os queréis sujetar? ¡Ese es un
pensamiento malo, la vuestra es una doctrina errada!”.
La frase final vibró como un apostrofe. Desde la
multitud partió rá pida la réplica arrogante:
— "La doctrina de Vuestra Reverencia es falsa,
no la de nuestro Conselheiro!”.
Esta vez, aún, el tumulto dispuesto a explotar sé
retrajo por un gesto del Conselheiro que, volviéndose hacia el misionero, le
dijo:
— "Yo no desarmo a mi gente, pero tampoco
estorbo a la santa misión”. Pero la iniciativa comenzaba bajo malos auspicios.
A pesar de ello, actuó en paz hasta el cuarto día, y siempre con gran
concurrencia, cerca de cinco mil asistentes, entre los cuales estaban todos los
hombres sanos:
" .
. . cargando carabinas, garrotes, espingardas, pistolas y facones; con la
cartuchera colgada a la cintura y el gorro en la cabeza, en la actitud de
quienes van a la guerra”.
También asistía el Conselheiro, al lado del altar,
atento e impasible, como un fiscal severo, "dejando escapar cada tanto
algún gesto de desa probación que los líderes de la grey confirmaban con
protestas incisivas”.
Pero las protestas no tuvieron gravedad. Sólo
alguno que otro exal tado, violando un viejo privilegio, se permitía
interrumpir la oratoria sagrada.
Fue así que predicando el fraile sobre el ayuno,
como medio de mor tificar la materia y refrenar las pasiones, con sobriedad
pero sin exigir angustias, porque "se puede ayunar muchas veces comiendo
carne en la cena y tomando por la mañana una taza de café”, interrumpió el ser
món la réplica irónica e irreverente:
— "¡Mírenlo! ¡Eso no es ayuno, eso es comer y
hartarse!”.
Estaba la misión en su cuarto día, cuando reincidió
el capuchino en el tema político para empeorar las cosas. Comenzó una intensa
propagan da contra "la prédica del padre masón protestante y
republicano”, "emi sario del gobierno y que de entendimiento con éste iba
a abrirle el camino a la tropa que vendría de sorpresa a prender al Conselheiro
y a exterminarlos a todos”.
No tuvo temor de la rebelión emergente. La afrontó
temerariamente. Escogió como tema de la prédica siguiente el homicidio y, sin
reparar en los peligros de su tesis, hablando de la cuerda en casa del
ahorcado, se explayó en alusiones imprudentes que excusamos registrar.
La reacción fue inmediata. La comandaba Joáo Abade,
cuyo silbato, vibrando en la plaza, congregó a todos los fieles. Sucedió un 20
de mayo, séptimo día de la misión. Se reunieron y marcharon, vivando al Buen
Jesús y al Divino Espíritu Santo, hacia la casa donde residían los visitantes y
les hicieron saber que no los necesitaban para la salvación eterna.
La misión había muerto. Exceptuando "55
casamientos, 102 bautis mos y más de 400 confesiones” el resultado había sido
nulo o, más bien, negativo.
MALDICION
SOBRE LA JERUSALEN DE BARRO
El misionero "como otrora los apóstoles ante
las puertas de las ciudades que los rechazaban, sacudió el polvo de sus
sandalias” apelando al vere dicto tremendo de la justicia divina.
Y se marchó, escondiéndose seguramente por los
vericuetos, acompa ñado de sus dos socios de reveses. . .
Salta el cruce entre los declives de la Favela.
Llega a lo alto de la montaña. Se detiene un
momento.
Observa por última vez el poblado, allá abajo. . .
Y lo invade una ola de tristeza. Se equipara al
"Divino Maestro de lante de Jerusalén”.
Pero maldijo. . .
LA LUCHA
I.—Preliminares. Antecedentes. I I —Causas inmediatas de la lucha. Uauá.
111.—Preparativos de la reacción.
La guerra de las caatingas. IV
—Autonomía dudosa.
I
PRELIMINARES
Cuando se volvió urgente pacificar el sertón de
Canudos, el gobierno de Bahía enfrentaba otras insurrecciones. La ciudad de
Len^óis había sido atropellada por una banda de facinerosos, cuyas incursiones
llegaban hasta las Lavras Diamantinas; el poblado de Brito Mendes había caído
en manos de otros insurrectos; y en Jequié se cometían toda clase de atentados
226.
ANTECEDENTES
El mal era antiguo.
La porción de territorio recortada por las laderas
del Sincorá, hasta las márgenes del Sao Francisco, desde hacía mucho tiempo era
dilatado teatro de tropelías de los indisciplinados habitantes del sertón.
Rica en espléndidas minas, aquella región no
mostraba su opulencia. La habían buscado hacía doscientos años los aventureros
picaneados por el ansia de riquezas, la habían examinado afanosamente por las
serranías y por las nacientes de los ríos e hicieron algo más, esterilizaron la
tierra con las excavaciones mineras y la áspera vestimenta pedregosa; le
legaron a la prole errabunda y por contagio, a los rudos vaqueros que la
siguieron, la misma vida desenvuelta e inútil, libremente expandida por la
región fecunda, donde por muchos años el oro en polvo o el diamante bruto eran
moneda corriente.
De modo que sin necesidad de utilizar los cultivos
para despertar las energías de un suelo en el que no se afincaban y recorrían
en el trabajo sin rumbo de la búsqueda del oro, conservaron en su ocio
turbulento la índole aventurera de los abuelos, antiguos constructores de
desiertos. Y como, poco a poco, se fueron acabando las piedras mezcladas con
dia mantes, tuvieron que recurrir al bandidismo franco.
El jagungo, saqueador de ciudades, sucedió al
buscador de diamantes y oro, el saqueador de la tierra. El mandón político
sustituyó al capanga en decadencia.
La transición es, antes que nada, un claro caso de
reacción mesológica.
Vamos a ponerla de relieve.
Ya vimos cómo se formaron allí los mamelucos bravos
y activos, inter puestos tan a propósito en la época colonial, entre el
torbellino de las bandeiras y el curso de las misiones, como un elemento
conservador, para formar nuestra nacionalidad naciente y crear una situación de
equilibrio entre el desvarío de las exploraciones mineras y las utopías
románticas de los misioneros 227. Aquellos hombres, después de esbozar quizá el
único aspecto útil de nuestra actividad en aquellos tiempos, desde el comienzo
del siglo xvm , cuando se descubrieron las minas del Río de Contas hasta
Jacobina, tuvieron peligrosos conductores que no les quitaron el varonil
carácter pero los condujeron hacia lamentables destinos. En efecto, al contacto
con los sertanistas ambiciosos se transformaron. Aquéllos venían del este,
empavoreciendo al salvaje a látigo y fuego y fundando poblados que, en lugar de
tener, como los ya existentes, su germen en un esta blecimiento de ganado, lo
tenían en las ruinas de las aldeas indígenas. Por mucho tiempo recorrieron la
región, deteniéndose ante la barrera de sierras que van de Caetité al norte y
cuando las minas agotadas les exigían aparatos para la extracción intensiva,
tuvieron entre los bosques que van de Macaúbas a Aguruá, nuevos parajes opulentos
que los atraían hacia el centro de las tierras 228.
Las devastaron hasta alcanzar una nueva barrera en
el río Sao Fran cisco. Lo traspusieron. Al frente tenían aquel maravilloso
valle del río das Eguas y tan aurífero se les apareció, que en carta dirigida a
la reina María II (1 7 9 4 ) 229 el oidor de Jacobina afirmaba: "que sus
minas eran la cosa más rica que jamás se descubrió en los dominios de Su
Majestad” .
En ese punto se acercaban a los límites de Goiás.
Pero no dieron un paso más. Realizaron una
deplorable empresa. Por los campos de cría aparecían los montones de arcilla
revuelta de las catas, y de la envergadura atlética del vaquero, había brotado,
temerario, el jagungo. Nuestra historia tan vapuleada por héroes sin
disciplina, adquiría uno de sus más sombríos actores. Se metamorfosea la
situación anterior y esta nueva se empareja con la sociedad ruda y tranquila de
los cam peros, una y otra caracterizada por el nomadismo, por la combatividad
y por una ociosidad singular surcada de tropelías.
Imaginemos que dentro de la armazón del vaquero
estalle, de súbito, la vibración del bandeirante. Y tendremos al jagungo 230.
Es un producto histórico revelador. Nace del cruce
tardío entre cola terales que el medio físico diversificara, resumen de
atributos esenciales de unos y de otros, en la actividad bifronte que oscila,
actualmente, de las vaquerías trabajosas a las incursiones de los bandoleros. Y
la tierra, aquella
incomparable tierra que incluso desnuda y
empobrecida por las sequías, sustentaba a los rebaños en las bajadas salinas de
los barreiros, lo ampara de igual modo ante las exigencias de la vida
combatiente. Le da gratis el salitre para la composición de la pólvora; en
cuanto a las balas, lujosos proyectiles hechos de plomo y plata, allá están,
incontables, en la galería argentífera del Aguruá. . . *.
Es natural que desde los comienzos del siglo pasado
la historia dra mática de los poblados del Sao Francisco empezara a mostrar
una situa ción anómala * '*. Y a pesar de los ribetes emocionantes de algunos
hechos y de que se destaquen, ante todo, las rivalidades partidarias y los
desmanes de la intolerable política de los potentados locales, los desórdenes
que surgían, precisamente, en los lugares donde más viva era la actividad
minera, denuncian la génesis remota que estamos exponiendo.
Lo vamos a ejemplificar. Todo el valle del río das
Eguas y hacia el norte, el del río Préto, forman la patria originaria de los
hombres más bravos y más inútiles de nuestra tierra * * *. De allí salen en
aventuras, alquilada su bravura por los potentados, que culminan siempre con el
incendio y el saqueo de villas y ciudades, en todo el valle del gran río.
Avanzando contra la corriente, ya habían llegado, en 1879, a la ciudad minera
de Januária, que conquistaron, volviendo a Carinhanha, de donde habían partido,
cargados de despojos. De esta villa hasta el norte, la his toria de las
depredaciones es cada vez mayor, hasta Xique-xique, legen daria en las
campañas electorales del imperio231.
No se puede describir en media docena de páginas.
El más oscuro de aquellos poblados tiene su tradición especial y siniestra.
Uno de ellos se destaca, a su vez, por otro
aspecto, el de Bom Jesús da Lapa. Es La Meca de los sertanejos. Su conformación
original, con sus sierras de cumbres altaneras que resuenan como campanas, sus
grutas de ámbito caprichoso que se abren como las naves de una iglesia,
ostentando en los techos candelabros de estalactitas y por los corredores
osarios dilu vianos, más la leyenda del monje que allí vivió en compañía de
una onqa, lo vuelven lugar predilecto de las romerías piadosas provenientes de
los sitios más lejanos, de Sergipe, de Piauí, de Goiás.
Entre las dádivas que yacen en considerable
cantidad por el suelo y las paredes del extraño templo, el visitante observa,
junto a las imágenes y las reliquias, un rasgo sombrío de religiosidad: facas y
espingardas.
* Ver
Descrigóes práticas da Provincia da Bahia, por el teniente coronel Durval
Vieira de Aguiar.
* *
Caetano Pinto de Miranda Montenegro, yendo, en 1804, de Cuiabá hacia Recife,
andando 670 leguas, pasó por la Barra del río Grande y en el relato que hace al
Visconde de Anadia, dice, refiriéndose a esos lugares que “en ninguna parte de
los dominios portugueses la vida humana tiene menos seguridad” . (Liv.
16. Con. da
Córte, 1804-1809).
* * *
“Quien necesita jagungos en el río Sao Francisco, los hace contratar en ese
gran vivero. El rifle con la munición es el precio, lo demás se consigue
fácilmente, conforme el valor de la impunidad que la influencia del patrón
ejerce”. Teniente coronel Durval, id.
El bandido entra allí, contrito, la cabeza
descubierta, Trae el sombrero de cuero en la mano y el arma en bandolera. Cae
de rodillas, la cabeza doblada y los ojos puestos en el suelo húmedo del
calcáreo trasudante. . .
Y reza. Confiesa, golpeándose el pecho, las viejas
culpas. Al cabo cumple la promesa que hiciera, devotamente, para que le fuese
favorable el último combate afrontado y entrega al buen Jesús el trabuco que
tiene grabado, a tajos, el número de muertes cometidas. Sale sin
remordimientos, feliz por el trributo que rindió. Vuelve a su banda. Reanuda su
vida temeraria.
Piláo Arcado, otrora floreciente y hoy desierta, en
la última fase de una decadencia que comenzó en 1856; Xique-xique, donde
durante dé cadas se combatieron liberales y conservadores; Macaúbas, Monte
Santo y otras, y todos los establecimientos agropecuarios dentro de sus
límites, delatan en las viviendas destrozadas a fuerza de bala, ese viejo
régimen de desmanes.
Son lugares en donde el desorden estaba establecido
y sostenido por un bandolerismo disciplinado.
El concepto es paradojal pero cierto.
Porque, de hecho, existe un orden notable entre los
jagungos. Vanidosos de su papel de bravos disciplinados, restringen sus
desórdenes a las mi núsculas batallas a las que entran militarmente
regimentados.
El saqueo de las poblaciones que conquistan es su
derecho de guerra y en este punto, los absuelve la historia entera.
Fuera de esto, son raros los casos de robo, pues
los consideran una mancha para su honra. El más frágil camarada puede atravesar
inerme e indemne, en camino hacia el litoral, aquellos campos y montes, con los
bolsillos repletos de diamantes y pepitas de oro. No le faltará uno solo al
término de su viaje. El forastero, ajeno a las luchas partidarias, puede pasar
con la misma inmunidad.
No pocas veces, un viajero de paso por ahí, con sus
animales renguean do por el peso de las cargas preciosas, se detiene temeroso
al ver aparecer por el camino, inesperadamente, a un grupo de jagungos.
Pero en seguida pierde el miedo. El carabinero jefe
se le aproxima. Lo saluda, le dirige la palabra gentilmente y se ríe de su
temor. Después le exige un tributo: un cigarrillo. Lo enciende con un solo
golpe en el yesquero y deja pasar, intactas, la vida y la fortuna del viajero.
Son innumerables los casos de este tenor que
revelan la notable nobleza de esos valientes desgarrados 232.
Cerca de diez u ocho leguas de Xique-xique está la
capital, la ciudad de Santo Inácio, erecta entre montañas e inaccesible hasta
hoy, a todas las diligencias policiales.
Ordinariamente, éstas consiguen pacificar los
lugares conflictuados, asumiendo el papel de interventores neutros entre las
facciones comba tientes. Es como una acción diplomática entre potencias. La
justicia ar mada parlamenta con los bandoleros, balancea las condiciones de
uno
y otro bando, discute, evita los ultimatos y acaba
ratificando verdaderos tratados de paz, sancionando la soberanía de los
bandidos impunes.
Así, los estigmas hereditarios de la población
mestiza se han fortalecido con la transigencia de las leyes.
No sorprende que hayan crecido hasta avasallar todo
el valle del Sao Francisco y desbordado hacia el norte.
Porque el cangaceiro *, desde Paraíba a Pernambuco,
es un producto idéntico con nombre diferente. Se distingue del jagungo por la
minúscula variante del arma que usa: la parnatba, de hoja rígida y larga, que
su planta la fama tradicional de la carabina de boca de campana. Las dos
sociedades hermanas tuvieron una prolongada separación que las aisló a una de
la otra. Los cangaceiros en sus incursiones por el sur, y los jagungos en sus
incursiones por el norte, se daban las espaldas separados por la valla en declive
de Paulo Afonso.
La insurrección de la comarca de Monte Santo iba a
unirlos.
La campaña de Canudos nació de la convergencia
espontánea de todas esas fuerzas perdidas por los sertones.
II
CAUSAS INMEDIATAS DE LA LUCHA
La determinó un incidente minúsculo.
Antonio Conselheiro había adquirido en Juázeiro
cierta cantidad de madera que no le podían proveer las caatingas paupérrimas de
Canudos. Hizo el negocio con uno de los representantes 233 de las autoridades
de aquella ciudad. Pero había terminado el plazo de entrega del material y no
lo había recibido. Todo indica que el hecho fue adrede, con vistas a provocar
un rompimiento.
El principal representante de la justicia de
Juázeiro 234 tenía una vieja deuda que saldar con el agitador sertanejo, desde
la época en que, siendo juez de Bom Conselho, fuera obligado a abandonar la
comarca precipita damente por el asalto de los adeptos del religioso.
Entonces aprovechó la situación para cobrarse la
afrenta. Sabía que el adversario reaccionaría ante la provocación más ligera.
De hecho, ante la violación del trato hablado, aquél retrucó con la amenaza de
una em bestida contra la población del Sao Francisco; las maderas serían
tomadas a la fuerza.
Esto sucedió en octubre de 1896.
Lo historiamos según los documentos oficiales:
* Cangaceiro,
derivado de cangago, complejo de armas que traen los bandoleros. “El asesino
fue a la feria debajo de su cangago, dicen los habitantes del sertón” .
Franklin Távora, O Cabeleira.
"Esta era la situación * cuando recibí del Dr.
Arlindo Leóni, Juez de Derecho de Juázeiro, un telegrama urgente comunicándome
que corrían rumores, más o menos fundados, de que aquella floreciente ciudad
sería asaltada en esos días por la gente de Antonio Conselheiro, por lo que
solicitaba providencias que dieran garantías a la población y evitaran el éxodo
que ya se estaba iniciando. Le respondí que el gobierno no podía mover fuerzas
por simples rumores y le recomendé que se vigilasen los caminos a cierta distancia
y, verificado el movimiento de los bandidos, avisasen por telegrama, pues el
gobierno quedaba prevenido para enviar por tren expreso la fuerza necesaria
para defender la ciudad.
"Reducida la fuerza policial acuartelada en
esta Capital, en virtud de las diligencias a que anteriormente me referí,
requerí del señor General comandante del distrito235, 100 plazas de línea con
el fin de que salieran para Juázeiro apenas me llegase el aviso del juez de
Derecho de aquella comarca. Pocos días después recibí de aquel magistrado un
telegrama en el que me afirmaba que los secuaces de Antonio Conselheiro estaban
a poco más de dos días de Juázeiro. Puse en conocimiento del hecho al señor
general quien, satisfaciendo mi pedido, hizo salir un tren expreso y bajo el
mando del teniente Pires Ferreira, a la fuerza preparada, la cual debía
proceder allá de acuerdo con el Juez de Derecho.
"Este distinguido oficial, apenas llegado a
Juázeiro, combinó con la autoridad salir al encuentro de los bandidos a fin de
evitar que invadiesen la ciudad”.
No se podrían imaginar móviles más insignificantes
para hechos tan graves. El fragmento transcripto ilustra claramente, cómo el
gobierno de Bahía, desdeñando los antecedentes de la cuestión, no le dio la
impor tancia merecida.
Antonio Conselheiro hacía veintidós años, desde
1874, que era famoso en todo el interior del Norte e igualmente, en las
ciudades del litoral, hasta las que llegaban, entretejidas de exageraciones
casi legendarias, los episodios más interesantes de su novelesca vida. Día a
día iba ampliando su dominio sobre la gente del sertón; venía de un peregrinaje
intenso, casi de un cuarto de siglo, por todos los rincones sertanejos donde
había dejado como enormes señales, punteando su paso, las torres de decenas de
iglesias que había construido. Había fundado la aldea de Bom Jesús, casi una
ciudad; de Chorrochó a Vila do Conde, de Itapicuru a Jeremoabo, no había una
sola aldea o lugarejo, por oscuro que fuese, que no contase con adeptos
fervorosos del apóstol y que no le debiese la reconstrucción de un cementerio,
la erección de un templo o la dádiva providencial de un dique. Se había
levantado desde hacía mucho, osadamente, contra el nuevo orden político y había
pisado, impune, sobre las cenizas de los edictos de las autoridades de las
ciudades que había invadido: había
* Mensaje
del gobernador de Bahía (Dr. Luíz Viana) al Presidente de la República, 1897.
derrotado, en 1893, una expedición policial, en
Maceté y había hecho volverse a otra, de 80 plazas de línea, que lo había
perseguido hasta Serrinha; en 1894 había provocado un caluroso debate en el
Congreso Estatal de Bahía, en el cual, contra la posición de un diputado que
lla maba la atención de los poderes públicos sobre las áreas "de los
sertones perturbados por el individuo Antonio Conselheiro” otros representantes
del pueblo y entre ellos, un sacerdote, lo presentaron como un benemérito cuyos
consejos se moldeaban según la ortodoxia cristiana más rígida; había hecho
abortar, en 1895, la misión apostólica preparada por el arzobispo bahiano y en
el informe escrito en esa ocasión por Fray Joáo Evangelista se afirmaba sobre
la existencia en Canudos — excluidas las mujeres, las criaturas, los viejos y
los enfermos— de mil hombres robustos y temerarios "armados hasta los
dientes”; por fin, se sabía que dominaba una extensa zona dificultando el
acceso a la ciudadela donde se guarecía, porque la lealtad de sus secuaces era
incondicional y fuera del círculo de los fieles que lo rodeaban había en todas
partes la complicidad obligatoria de aquellos que le temían. . . Y se encontró
suficiente, para acabar con tal situación, el envío de una fuerza de cien
soldados.
Relata el general Frederico Sólon, comandante del
Tercer distrito mi litar :
"El 4 de noviembre del año pasado (1 8 9 6 )
en obediencia a la orden ya referida, prontamente cumplí con la formación de
una fuerza de cien plazas de la guarnición para ir a combatir a los fanáticos
de la aldea de Canudos, aseverándome que para tal fin ese número era
suficiente.
"Confiando plenamente en el conocimiento que
él debía tener de todo cuanto ocurría en el interior de su Estado, no vacilé,
haciendo comparecer sin demora al bravo teniente Manuel da Silva Pires
Ferreira, del 99 ba tallón de infantería, a fin de darle órdenes e
instrucciones, el cual, para cumplirlas, salió el 7 de dicho mes para Juázeiro,
punto terminal del ferrocarril, en la margen derecha del río Sao Francisco,
comandando 3 oficiales y 104 plazas a jornal de aquel cuerpo, conduciendo
apenas una pequeña ambulancia, haciendo salir después a un médico 236 con
algunos recursos para el ejercicio de su profesión. Lo demás corrió por el
Estado”.
Aquel puñado de soldados fue recibido con sorpresa
en Juázeiro adonde llegaron el 7 de noviembre por la mañana.
No impidió la fuga de gran parte de la población
que quería escapar al asalto inminente. La aumentó. Conociendo la situación, la
población previo que un contingente tan pequeño tendría el valor negativo de
ejercer mayor atracción sobre la horda invasora.
Imaginaron la derrota inevitable. Mientras los
partidarios encubiertos del Conselheiro, que los había en todos los
alrededores, se regocijaron imponiéndola, algunos hombres honestos le pidieron
al comandante ex pedicionario que no siguieran adelante.
Las dificultades para la adquisición de elementos
esenciales para la marcha retuvieron a la fuerza en Juázeiro hasta el día 12 en
que partió al anochecer, cuando, por cierto, ya había llegado a Canudos la
novedad de su venida *. Partieron sin los recursos indispensables para una tra
vesía de 2 0 0 kilómetros, en terreno árido y despoblado, orientados por dos
guías contratados en Juázeiro.
Ya desde el principio, el comandante reconoció
imposible darle a la marcha un compás que permitiera economizar fuerzas. En el
sertón, incluso antes del verano, es imposible la marcha de hombres equipados
con mochilas después de las diez de la mañana. Por las planicies, el día se
expande abrasador, sin sombras; la tierra desnuda reverbera los ardores de la
canícula, multiplicándolos, y bajo el influjo de esas altas tempe raturas, las
funciones vitales se aceleran de modo súbito provocando golpes repentinos de
cansancio. Además, raramente es posible hacer el camino en horas de la
madrugada o de la noche. Es forzoso avanzar a despecho del sol fuerte hasta los
pozos de agua de los vaqueros.
Por sobre todo esto, esos lugares se cuentan entre
los más desconocidos de nuestra tierra. Pocos han visto el paupérrimo valle del
Vaza-Barris que, desde las vertientes orientales de Itiúba hasta Jeremoabo, se
pro longa inhóspito, solitario, presentando, en leguas y leguas, escasas vi
viendas desparramadas. Es el trecho de Bahía más asolado por la sequía.
Por un contraste explicable, dadas sus
disposiciones orográficas, lo rodean parajes exuberantes: al norte, el sertón
de Curagá y las tierras fértiles extendidas por el este hasta Santo Antonio da
Gloria, prolongando la margen derecha del Sao Francisco; al oeste, las tierras
fecundas cen tralizadas en Vila Nova da Rainha. Encuadran el desierto. El
Vaza-Barris, casi siempre seco, lo atraviesa, como un oued tortuoso y largo.
Peores que los campos gerais donde se han perdido
muchos viajeros, desorientados por la uniformidad de las planicies indefinidas,
los paisajes se suceden uniformes y melancólicos, mostrando los más salvajes
modelos, agravados por una flora pavorosa.
La misma caatinga toma un aspecto nuevo. Una mejor
caracterización de la flora sertaneja, tal vez la definiese con más acierto,
como el paraje clásico de las caatanduvas * * que avanzan hacia el este y el
sur hasta las cercanías de Monte Santo.
La pequeña expedición, al segundo día de viaje,
después de reposar en vivac a dos leguas de Juázeiro, anduvo cuarenta
kilómetros de camino desértico hasta una ipueira minúscula, la laguna del Boi,
donde había unos restos de agua. De ahí en más, marchó por el desierto con
escalas en Caraibinhas, Mari, Mucambo, Rancharía y otros puestos solitarios.
Algunos estaban abandonados. El verano anunciaba la sequía.
* Pormenor
curioso: la fuerza salió el 12 al anochecer para no salir el 13, día aciago. E
iban a combatir el fanatismo. ..
* *
Gaatanduva, de cahiva, monte malo (caá: monte; ahiva: malo). Beaurepaire Rohán,
Dicionário de vocábulos brasileños.
Los escasos pobladores, aterrados por las novedades
o para evitar todo contacto con la fuerza militar, habían huido hacia el norte,
llevando por delante sus rebaños de cabras, únicos animales afectados a aquel
clima y aquel suelo.
UAUÁ
La tropa llegó exhausta a Uauá, el día 19, después
de una travesía muy penosa.
Esta aldea — dos calles desembocando en una plaza
irregular— es el lugar más animado de aquella área del sertón. Como la mayor
parte de los villarejos pomposamente marcados en nuestros mapas, es una especie
de transición entre la maloca y la aldea, conjunto de cerca de cien casas mal
hechas y ranchos pobres, de aspecto deprimido y triste.
Se llega por cuatro caminos, desde Jeremoabo
pasando por Canudos, desde Monte Santo, desde Juázeiro y desde Patamoté y por
ellos llegan muchos tobaréus a su feria de los sábados. Son los que no tienen
recursos para viajes más lejanos a lugares más prósperos y ahí van, en ocasión
de las fiestas, como si fuese una opulenta ciudad de las térras grandes *, se
ponen sus mejores ropas o sus cueros nuevos, se quedan contemplando las dos o
tres casas de negocio o mirando en un barracón de feria los productos de una
industria pobre, cueros curtidos o redes de caroá, que les parecen valiosos
especímenes. En los restantes días, hay uno que otro negocio abierto y la plaza
queda desierta. Uauá parece un lugar abando nado. Y en uno de esos días fue
que la población recogida por el ardor del sol, despertó sorprendida por un
vibrar de cornetines.
Era la tropa.
Entró por la calle principal y se acantonó en la
plaza. Fue un suceso. Entre curiosos y tímidos, los pobladores miraban a los
soldados — polvo rientos, en desorden, con las bayonetas fulgurantes— como si
viesen un brillante ejército.
La tropa se estacionó y designó una vigilancia. Los
centinelas se situaron a la salida de los cuatro caminos y se nombró personal
para hacer las rondas.
Vuelto plaza de guerra, el oscuro villarejo era
nada más que escala provisoria. Después de un breve descanso, la expedición
debía salir hacia Canudos, al alba del día siguiente, el 2 0 . No lo hizo.
Allí, como en todas partes, las informaciones eran dispares, impidiendo formar
un juicio sobre las cosas.
* Térras
grandes: vaga denominación con que los matutos designan el litoral que no
conocen. Con ella abarcan Río de Janeiro y Bahía, Roma y Jerusalén, que
imaginan muy cerca unas de otras y muy lejos del sertón. Es el resto del mundo,
la civilización entera que temen y evitan.
Aquel día se gastó inútilmente en recoger
informaciones, resolviéndose marchar al día siguiente, tras esa demora
perjudicial. Pero al caer la noche, ocurrió un incidente explicado a la mañana
siguiente: la po blación, casi en su totalidad, había huido. Sin ser
advertida, había aban donado sus viviendas en grupos pequeños, deslizándose,
furtivamente, entre los vigilantes apostados. Se habían ido hasta los enfermos,
familias enteras, al acaso, noche adentro, despavoridos.
Este incidente fue un aviso. Uauá, como los otros
lugares vecinos, estaba bajo el dominio de Canudos. Sus habitantes eran adeptos
de Antonio Conselheiro, de modo que, acantonada la fuerza en la plaza, hubo
avisos precipitados a la aldea amenazada. La fuga en masa de la población
delataba que los emisarios habían ido y habían vuelto, previ niendo a los
pobladores del contraataque resuelto por los hombres de Canudos. De ese modo,
dejaron el campo libre a los combatientes.
Los expedicionarios no le dieron mayor importancia
al suceso. Se apres taron para continuar la marcha al día siguiente y
descansaron tran quilamente.
Los despertó el enemigo que imaginaban iban a
sorprender.
En la madrugada del 21 apareció en los límites del
sitio el grupo de jagungos 237.
En la mudez de la tierra todavía dormida avanzaba
la multitud gue rrera, entonando kyries, rezando. Parecía una procesión de
penitencia, de esas que practican los matutos creyentes cuando quieren ablandar
al cielo en los veranos abrasados por la sequía.
El caso es original y es verídico. Evitando las
ventajas de una sorpresa nocturna, los sertanejos llegaban con el día y
anunciándose desde lejos. Despertaban a los adversarios para la lucha.
Al primer golpe de vista no presentaban apariencia
guerrera. Los guia ban símbolos de paz, la bandera de lo Divino y a su lado,
unos fuertes brazos sosteniendo una gran cruz de madera, alta como un crucero.
Los combatientes estaban armados de viejas espingardas, de picanas, facones y
hoces, pero se perdían en el grueso de los fieles inermes, enarbolando imágenes
de sus santos predilectos y palmas retiradas de los altares. Al gunos, como en
las romerías piadosas, llevaban a la cabeza las piedras de los caminos y
deslizaban por sus dedos rosarios de cocos. Equiparaban los flagelos naturales
que conocían a la venida de los soldados. Iban a la batalla rezando y cantando,
como si buscasen pruebas para sus almas religiosas.
Eran muchos. Tres mil, dijeron después exagerados
informantes, quizá triplicando el número. Pero avanzaban sin orden. Un pelotón
escaso de
infantería que los aguardase, distribuido por las
caatingas, los hubiese podido dispersar en contados minutos.
Pero la aldea no mostraba soldados en sus puestos.
Dormían.
La multitud se aproximó, todo lo indica, hasta la
línea de centinelas más avanzados. Y los despertó. Sorprendidos, echaron varios
tiros al azar y escaparon hacia la plaza que quedaba a retaguardia, dejando en
poder de los agresores a un soldado herido a cuchillo. Dieron la alarma y en
tonces los soldados corrieron tontamente por las calles, salieron medio
desnudos por las puertas, saltaron por las ventanas, vistiéndose y armán dose,
andando a las carreras y chocando entre ellos. No se formaron. Sólo pudo alinearse
bajo la dirección de un sargento, una incorrecta formación de tiradores. Los
jagunqos ya estaban allí, revueltos con los fugitivos. Y el encuentro se
desencadenó brutalmente, cuerpo a cuerpo, los adversarios entrelazados en
disparos de revólveres, golpes de garrotes y filos de facones y sables, todos
adelante, sobre la frágil línea de de fensa. Que cedió en seguida. Y la turba
fanatizada, entre vivas al "Bom Jesús” y al "Conselheiro” y silbidos
estridentes con silbatos de tacuara, ondeando la bandera de lo Divino,
levantando por los aires los santos y las armas, marchando tras el curiboca que
llevaba medio inclinada, en ariete, la gran cruz de madera, atravesó la plaza
triunfalmente. . .
Este movimiento fue espontáneo y fue la única
maniobra advertida por los que testimonian sobre la acción. De allí en más, no
hay descripción de los protagonistas. Fue un desorden de fiesta turbulenta.
Los soldados, protegidos en su mayoría por las
casas, volvieron a la defensiva franca.
Fue su salvación. Los matutos agrupados alrededor
de los símbolos sagrados, empezaron a caer baleados en masa. Caían en gran
número y la lucha se les volvió desigual a pesar de la ventaja numérica.
Batidos por las armas de repetición, oponían un disparo de carabina a cien
tiros de Comblain, Mientras los soldados hacían blanco en descargas nutridas,
los jagungos tenían que sacar la pólvora y las balas en un lento proceso de
carga de su armamento grosero, las metían después en el largo caño de su
trabuco, colocaban en éste los ingredientes como si rellenasen una mina,
después la ponían a punto, luego apuntaban, y al cabo dispa raban. Todo eso
les llevaba unos dos minutos en medio del estentóreo tiroteo. . .
Transcurrido algún tiempo, renunciaron a la inútil
operación y cayeron sobre los contrarios con la faca desenvainada, la picana en
ristre y las hoces relucientes.
Esta arremetida demente les fue todavía más
nefasta. Sus filas enfren taban adversarios resguardados o que se aparecían de
golpe tras las ven tanas que se abrían en explosiones. En una de ellas, un
alférez experto, casi desnudo, se batió largo tiempo apoyando la carabina
contra el pecho
de los asaltantes sin errar un solo tiro, hasta que
cayó muerto sobre el lecho en que había dormido y no había tenido tiempo de
abandonar.
La batalla continuó con la misma ferocidad durante
cuatro horas, sin episodios dignos de destacar y sin vislumbrarse un solo
movimiento táctico, cada uno se batía por cuenta propia, según las
circunstancias. En la casa donde se había refugiado, el comandante se atenía a
la única misión compatible con el desorden, distribuía cartuchos tirándolos a
manos llenas por sobre la cerca, ávidamente sacados de los cajones abiertos a
hachazos.
Reunidos siempre alrededor de la bandera de lo
Divino, agujereada de balas y roja como un pendón de guerra, los jagungos
andaban por las calles, rodeaban la aldea, volvían a la plaza voceando
imprecaciones y vivas en ronda veloz y sin rumbo. Y en esos giros, lentamente,
fueron abandonando la acción y dispersándose por las cercanías. Reconocían la
inutilidad de los esfuerzos hechos o pensaban atraer a los adversarios hacia el
plano desahogado del campo.
Como quiera que fuese, habían abandonado el campo
de batalla y en poco tiempo, la bandera sagrada que volvían a llevar a Canudos
había desaparecido en la lejanía.
Los soldados no los siguieron. Estaban exhaustos.
Uauá mostraba un cuadro lamentable. Había incendios
en varios si tios. Sobre los primeros pisos y balcones ensangrentados, las
puertas, las calles y la plaza donde brillaba el sol, se contorsionaban los
heridos y yacían los muertos.
Entre éstos, decenas de sertanejos — ciento
cincuenta— según el parte oficial del combate, número increíble en comparación
con los diez muer tos — un alférez, un sargento, seis plazas y los dos guías—
y dieciséis heridos de la expedición23s. A pesar de eso, el comandante, con
setenta hombres sanos, renunció a proseguir la empresa. Estaba asombrado por la
batalla. Había visto de cerca el arrojo de los matutos. Lo asustaba su propia
victoria, si cabe tal nombre a lo sucedido, pues sus consecuencias lo desanimaban.
El médico de la fuerza había enloquecido. . . Lo había desesperado el curso de
la pelea y se quedaba inútil ante los heridos, algunos de gravedad.
Por todo esto, la retirada se imponía con urgencia,
antes de la noche, antes de un reencuentro, idea que llenaba de temor a los
triunfadores. La resolvieron en seguida. Mal inhumados en la capilla de Uauá
los compañeros muertos, se largaron bajo un sol ardiente.
Fue como una fuga.
La travesía hacia Juázeiro se hizo a marchas
forzadas, en cuatro días. Y cuando llegaron los expedicionarios, heridos,
lisiados, envueltos en trapos, daban la imagen de la derrota. Parecía que les
venían siguiendo el rastro los jagungos. La población alarmada reanudó el
éxodo. Que
daron las locomotoras encendidas en la estación. Se
preparaban todos los hombres válidos para el combate. Y las líneas del
telégrafo transmitieron al país entero, el preludio de la guerra sertaneja. . .
III
PREPARATIVOS DE LA REACCION
El revés de Uauá aseguraba la reacción.
Sin embargo, ésta se preparó bajo la extemporánea
disparidad de cri terios entre el jefe de la fuerza federal de Bahía y el
gobernador del Estado*39. Al optimismo de éste, que reducía la agitación
sertaneja a un desorden vulgar que debían manejar las diligencias policiales,
se contra ponía aquél, considerándola más seria y capaz de determinar
verdaderas operaciones de guerra.
Así fue que la segunda expedición se organizó sin
un plan fijo, sin responsabilidades definidas, a través de explicaciones
recíprocas entre las dos autoridades independientes e iguales. Al principio se
compuso de 100 plazas y 8 oficiales de línea, más 100 plazas y 3 oficiales de
la fuerza estatal140.
Así constituida, salió el 25 de noviembre hacia
Queimadas, bajo el comando de un mayor del 9? batallón de infantería, Febrónio
de Brito.
Simultáneamente, el comandante del distrito
requería al gobierno fe deral 4 ametralladoras Nordenfeldt, 2 cañones Krupp de
campaña, más 250 soldados: 100 del 269 batallón de Aracaju y 150 del 33*? de
Alagoas.
Todo este aparato era justificable. Llegaban
informaciones alarmantes, que día a día realzaban la gravedad de las cosas.
Aparte de las exagera ciones se podía colegir el gran número de rebeldes y los
serios preparativos inherentes a la región salvaje en que vivían.
Todas estas informaciones se mezclaban con
innumerables versiones contradictorias, agravadas por los inconfesables
intereses de una falsa política sobre la cual nos dispensamos de hablar.
No nos detendremos en esas menudencias, en ese
agitar estéril, en el que tanto tiempo se perdió, aunque los telégrafos
vibraban desde los ser-tones hacia el Brasil entero y permanecía expectante, en
Queimadas, el jefe de la nueva expedición al frente de 243 plazas jornalizados.
Falto de recursos y enfrentando todo tipo de
dificultades, oscilando entre las disímiles informaciones, a veces desalentado,
pensando que la empresa era insuperable, a veces lleno de esperanzas en
alcanzar el fin propuesto, de allí salió solamente en diciembre para Monte
Santo, al tiempo en que le enviaban de Bahía un refuerzo de 100 plazas.
Esta expedición llevaba un plan de campaña.
El comandante del distrito había comprendido la
situación. Planeó atacar por dos puntos, haciendo avanzar hacia el objetivo
único, dos columnas bajo la dirección general del coronel del 99 de infantería,
Pedro Nunes Tamarinho. Era un plan compatible con las circunstancias de la
lucha: establecer ante todo un cerco a distancia, golpear a los insurrectos por
partes y apretarlos en movimientos envolventes de fuerzas poco nu merosas y
bien adiestradas.
Estas, liberadas de la morosidad de las grandes
masas, iban a adaptarse mejor a las escabrosidades del terreno y aunque el
método combativo de los matutos era de lo más original — guerreaban marchando o
fugando— no tendrían escapatoria en este círculo único. No se desarrollaba en
un plan fijado y permitía a los grupos dispersos luchar según las circuns
tancias, teniendo como centro unificador un objetivo prefijado. Atacarlos
atrayéndolos hacia diferentes puntos y vencerlos.
Ese método fue pensado hace mucho, hace cien años,
por nuestros patricios. Prácticos en las luchas sertanejas, tenían una
organización militar correlativa * con vistas a la formación sistemática de
tropas irre gulares que, sin el embarazo de las unidades tácticas
inalterables, actua sen holgadamente dentro de lo intrincado de los montes y
lo abrupto del suelo, auxiliando, reforzando y esclareciendo la acción de las
tropas regulares.
De ahí las hazañas que marcan nuestra historia en
los siglos xvn y xvm y el sinnúmero de revueltas abatidas y quilombos disueltos
por aquellos minúsculos ejércitos de capitanes del mato, en batallas feroces y
sin nombre. Imitando el sistema del africano y del indio, los sertanistas los
dominaban gracias a la misma norma que se traduce en una fórmula paradojal:
dividir para fortalecer.
En un trance igual, debíamos adoptarla. Sin duda,
era un recurso inevitable para una guerra primitiva. Porque si 110 lo impusiera
el jagungo lo imponía la naturaleza excepcional que lo defendía. Veamos.
LA GUERRA DE
LAS CAATINGAS
Los doctores en el arte de matar que actualmente,
en Europa, invaden escandalosamente la ciencia, perturbándola con un espoleo
insolente y formulando leyes para la guerra y ecuaciones para las batallas, han
de finido el papel de las florestas como agente táctico precioso, de ofensiva
y defensiva. Se reirían los sabios feldmarechais * * — guerreros en cuyas manos
cayó el frankisk heroico en trueque por la regla de cálculo— si oyesen a
alguien que las caatingas pobres tienen una función más definida y grave que
las grandes selvas vírgenes.
* Véase la
Revista do Instituto Histórico e Geográfico Brasileiro: “As instrugoes régias
de 14 de fevreiro de 1775 ao Capitáo general das Urinas” .
* *
Feld-marechais; mariscal de campo.
(N . de T .).
Porque éstas, a pesar de su importancia para la
defensa del territorio
— cerrando las fronteras y debilitando el embate de
las invasiones, impi diendo movilizaciones rápidas e imposibilitando la
traslación de las ar tillerías— se comportan de cierta manera neutra en el
curso de las cam pañas. Pueden favorecer, indiferentemente, a los dos
beligerantes, ofre ciendo a ambos la misma penumbra para las emboscadas,
dificultando por igual las maniobras o todos los movimientos que marca la
estrategia. Son una variable en las fórmulas del tenebroso problema de la
guerra, capaz de opuestos valores.
Mientras que las caatingas son un aliado
incorruptible del sertanejo rebelde. En cierta manera, entran también en la
lucha. Se arman para el combate, agreden. Se cierran, impenetrables, ante el
forastero, pero se abren en multitud de caminos para el matuto que allí nació y
creció.
Y el jagungo se vuelve el guerrillero thug,
inhallable. . .
Las caatingas no sólo lo esconden, lo amparan.
Al avistarlos, en verano, una columna en marcha no
se sorprende. Sigue por los caminos sinuosos. Y los soldados no piensan en el
enemigo. Por la canícula y por el desaliño natural de las marchas, se entregan
a conversaciones desenfadadas y risas joviales.
Nada los puede asustar. Porque si los enfrentaran
adversarios impru dentes serían barridos en pocos minutos. Las ramas se
volverían astillas en un breve choque de espadas y no es creíble que los secos
arbustos impidan las maniobras prontas. Entonces marchan tranquilos y he
roicos. . .
De pronto, por un flanco, estalla, cercano, un
tiro.
La bala pasa rechinante o deja tendido, muerto, a
un hombre. Se su ceden, pausadas, otras. Pasan sobre la tropa en silbidos
largos. Cien, doscientos ojos, mil ojos escrutadores se vuelven impacientes,
observan alrededor. Nada ven.
Es la primera sorpresa. Un hálito de espanto
recorre las filas de una a otra punta.
Y los tiros continúan, esporádicos pero
insistentes, por la izquierda por la derecha, por el frente ahora, por todas
partes. . .
Entonces, una extraña ansiedad invade a los
valientes más probados ante ese antagonista que no se ve. Aceleradamente se
forma una línea de tiradores, mal elegida de la masa de soldados apretujados en
el estrecho camino. Se oye una voz de mando y un torbellino de balas rueda
estrepi tosamente por los ramajes. . .
Pero constantes, largamente distanciados, zumban
los proyectiles de los tiradores invisibles golpeando de lleno en las filas.
La situación se agrava rápidamente exigiendo
resoluciones enérgicas. Se destacan otras unidades combatientes, escalonadas a
todo lo largo del camino, prontas a la primera voz y el comandante resuelve
cargar contra el desconocido. Carga contra duendes. La fuerza de bayonetas
caladas
irrumpe impetuosamente contra el matorral seco. Y
en ese momento des cubren al formidable adversario que es la caatinga.
Las secciones se precipitan hacia los puntos donde
estallan las balas y se encuentran con una barrera flexible pero impenetrable
de juremas. Se enredan en los cipos que los engrillan, que les quitan las armas
de las manos. No pueden traspasarlos. Los rodean. Se ve como un rastro de
arbustos quemados. Una línea de bayonetas enfila por los restos secos. Brilla
por momentos entre los rayos del sol cernidos por los ramajes sin hojas y se
dispersa golpeando contra troncos de Xique-xique, unidos, abrazados, como falanges
intrasponibles de espinas.
Los soldados andan al azar por un laberinto de
ramas. Caen enlazados por las cintas corredizas de los quipás reptantes o se
traban las piernas entre fuertes tentáculos. Se debaten desesperadamente hasta
dejar entre las garras felinas de las macambiras pedazos de sus ropas. . .
Impotentes se detienen, imprecan y desatan su rabia
en agitaciones furiosas e inútiles. Finalmente, el orden disperso del combate
se con vierte en la dispersión del tumulto. Tiran al azar, sin puntería, en
una indisciplina de fuego que provoca víctimas entre sus propios compañeros.
Siguen refuerzos. Los mismos trances se reproducen, acreciendo la con fusión y
el desorden, mientras en torno, circundándolos, rítmicos, fulmi nantes,
seguros, terribles, bien apuntados, caen inflexiblemente los pro yectiles del
adversario.
De repente cesan. El enemigo que nadie vio
desaparece.
Las secciones vuelven a la columna después de
inútiles exploraciones por el matorral. Y vuelven como si saliesen del
encuentro mano a mano con los salvajes; las ropas hechas tiras, las armas en
desaliño o perdidas, estropeados, cansados, mal reprimiendo el dolor infernal
de las hojas urticantes, pinchados por las espinas. . .
La tropa se reorganiza. La marcha se reanuda. La
columna de a dos en fondo camina coloreando el ceniza del paisaje con los
uniformes azu les listados de rojo y el brillo intenso de las bayonetas. La
columna se alarga, se aleja, desaparece.
Pasan unos minutos. En el lugar de la refriega
aparecen, desde las matas dispersas, cinco, diez, veinte hombres a lo máximo.
Se deslizan rápidos, en silencio entre los arbustos ralos.
Se agrupan en el camino. Observan a la tropa, a lo
lejos, sopesando las espingardas todavía calientes, se encaminan por las
veredas de los ranchos ignotos. . .
La fuerza marcha ahora con más cautela.
El ánimo de los combatientes, caminando en
silencio, está torturado por el imperio angustioso del enemigo desconocido y la
expectativa atroz de los asaltos imprevistos. El comandante trata de
resguardarlos, por los flancos los protegen compañías dispersas; a doscientos
metros del
frente de la columna, más allá de la vanguardia,
los guía un escuadrón de plazas escogidos.
Por la agreste cuesta les cierra el paso una
quebrada que es preciso trasponer. Felizmente, las barrancas están limpias,
escasas gramíneas, algunos cactos, ramas secas de umbuzeiros blanquean por la
sequía. . .
Por allí descienden los guardianes de la
vanguardia. Los siguen los primeros batallones. Lentamente marchan detrás las
brigadas. Abajo, serpenteando en las vueltas del estrecho valle, ya está toda
la vanguardia, las armas fulgurantes, heridas por el sol, como un torrente
oscuro que trasuda rayos.
Y un estremecimiento, un choque convulsivo la
detiene de súbito.
Resuena una bala.
Esta vez, los tiros parten, lentos, de un solo
punto, desde lo alto, como hechos por un tirador solitario.
La disciplina contiene las filas, vence al pánico,
y como antes, una sección se destaca y va, cuesta arriba, rastreando la
dirección de los estampidos. Pero los ecos numerosos la vuelven variable y los
tiros no descubiertos, porque el humo no se condensa en aquellos aires
ardientes, continúan lentos, temerarios, seguros.
Finalmente cesan. Los soldados esparcidos por las
cumbres exploran inútilmente.
Vuelven exhaustos. Vibran los clarines. La tropa
reanuda su marcha con algunos plazas menos. Y cuando las últimas armas
desaparecen, a lo lejos, en la última ondulación del suelo, sale de un montón
de rocas
— cariátide siniestra en ruinas ciclópeas— el
rostro bronceado y duro, después un torso de atleta, rudo y vestido de cuero, y
trasponiendo veloz mente las laderas desaparece, en instantes, el trágico
cazador de bri gadas.
Estas siguen. De ahí en más, hasta los viejos
luchadores sienten mie do como niños. A cada vuelta del camino se estremecen.
El ejército tiene en su propia fuerza su propia flaqueza.
Sigue su camino por los páramos, atormentado por
las celadas, lenta mente, sangrado por el enemigo que lo ataca y huye.
La lucha es desigual. La fuerza militar decae. La
vencen el hombre y la tierra. Y cuando el sertón hierve en el bochorno de los
estíos, no es difícil prever a quién le tocará la victoria. Mientras el
minotauro, impo tente y fuerte, inerme con su envergadura de acero y caños de
bayo netas, siente la garganta seca de sed y ante los primeros síntomas de
hambre, retrocede hacia la retaguardia, queriendo huir ante el desierto estéril
y amenazador, esa flora agresiva se muestra cariñosa y amiga con el sertanejo.
Es entonces, en las épocas indecisas entre la
sequía y el florecimiento, cuando se encuentran los últimos hilos de agua en el
lodo de las ipueiras y en las últimas hojas amarillentas en las ramas de las
bar aúnas, y el
forastero se asusta y huye ante el flagelo
inminente, que aquél continúa feliz en sus largas travesías, por los desvíos de
los caminos, firme en la ruta, como quien conoce, palmo a palmo, los rincones
del inmenso hogar sin techo. No le importa que la jornada se alargue, que los
refu gios escaseen, que se extingan los pozos de agua y en las bajadas desa
parezcan los abrigos transitorios donde hacen sus siestas los vaqueros
fatigados.
Está rodeado de relaciones antiguas. Todos aquellos
árboles son sus viejos compañeros. Conoce a cada uno. Nacieron juntos,
crecieron her manados, a través de las mismas dificultades, luchando con las
mismas negruras, socios de los mismos días tranquilos.
El umbu le da la escasa sombra de sus últimas
hojas, el araticum, el ouricuri verde, la mari elegante, la quixába de frutos
pequeñitos, lo alimentaban hasta el hartazgo, las palmatorias desnudas en
combustión rápida de sus numerosas espinas, los mandacarus tallados a facón o
las hojas de los juás sustentan a su caballo; asimismo, estos últimos le dan
cobertura para el rancho provisorio; los caroás fibrosos le dan cuerdas
flexibles y resistentes. . . Y si es necesario avanzar a despecho de la noche,
y la mirada ahogada en la oscuridad, apenas descubre la fosfo rescencia
azulada de las cumanás, colgando de las ramas como guirnal das fantásticas, le
basta con partir y encender una rama verde de can-dombá y agitarla por los
caminos, espantando a las suguaranas deslum bradas con antorcha fulgurante. .
.
Toda la naturaleza proteje al sertanejo. Lo talla
como un Anteo indo mable 241. Es un titán bronceado que hace vacilar la marcha
de los ejércitos.
IV
AUTONOMIA
DUDOSA
Iba a demostrarlo la campaña emergente. . . copia
más amplia de otras que han aparecido en todo el Norte, permitiendo aquilatar
de antemano las dificultades.
Las medidas planeadas por el General Sólon
mostraban una exacta previsión de sucesos semejantes, en la lucha excepcional
para la cual ningún Jomini242 delineara reglas, porque invertía hasta los
preceptos más comunes del arte militar.
A pesar de los defectos de la confrontación,
Canudos era nuestra Vendée. El chouan y los desiertos la emparejan bien con el
jagungo y las caatingas. El mismo misticismo, génesis de la misma aspiración
política, las mismas osadías servidas por las mismas astucias, y la misma
natura leza adversa, permitía recordar aquel legendario rincón de la Bretaña
donde una revuelta, después de hacer retroceder
ejércitos destinados a un paseo militar por toda Europa, sólo cedió ante las
divisiones volantes de un general sin fama, "las columnas infernales” del
General Turreau 243, poco numerosas pero veloces, imitando la misma fugacidad
de los nati vos, hasta encerrarlos en un círculo de dieciséis campos
atrincherados.
No se miró la enseñanza histórica.
Es que se creía preestablecida la victoria
inevitable sobre la insig nificante rebeldía sertaneja.
El gobierno bahiano afirmó "son más que
suficientes las medidas to madas para derrotar y extinguir al grupo de
fanáticos y no hay necesi dad de reforzar la fuerza federal para tal
diligencia, pues las medidas tomadas por el comandante del distrito significan
más prevención que recelo” y agregaba "no es tan numeroso el grupo de
Antonio Conselheiro, va poco más allá de los quinientos hombres”.
Lo contradecía el jefe militar al entender que la
represión legal y el prendimiento de los criminales, superado el orden
policial, les competía, además de "extirpar el móvil de descomposición
moral que se observara en la aldea de Canudos en manifiesto desprestigio para
la autoridad y las instituciones” agregando que la fuerza federal debería
seguir forta leciéndose para evitar la contingencia de "retiradas
perjudiciales e inde corosas”. El gobierno estatal, moviéndose dentro del
elástico artículo 6? de la Constitución del 24 de febrero, cerró la
controversia levantanto el espantajo de una amenaza a la soberanía del Estado
244 y repeliendo la intervención que significaba su incompetencia para mantener
el orden en sus propios dominios. Se olvidaba de que en un documento público se
había confesado desarmado para vencer la revuelta y que al apelar a los
recursos de la Unión, justificaba naturalmente, la intervención que al mismo
tiempo quería encubrir.
Resultaba tardío hablar de la soberanía pisoteada
por los turbulentos impunes. Además, nadie se ilusionaba ante la situación
sertaneja. Por sobre el desequilibrado que la dirigía, había toda una sociedad
de retar datarios. El ambiente moral de los sertones favorecía el contagio y
la expansión de la neurosis. El desorden, todavía local, podía ser núcleo de
una conflagración en todo el interior norteño. De modo que la inter vención
federal se atenía al significado superior de los principios federa tivos: era
la colaboración de los estados en una cuestión que interesaba, no ya a Bahía,
sino al país entero.
Fue lo que sucedió. Toda la nación intervino. Pero
sobre las banderas venidas de todos los puntos, del extremo norte al extremo
sur, del Río Grande al Amazonas, se mantuvo siempre, milagrosamente erguida por
los exégetas constitucionales, la soberanía del estado. . .
Para resguardarla mejor fue removido de Bahía el
jefe de la fuerza militar que había actuado de manera rectilínea, según la ley.
Y sólo después de esto, la columna del mayor Febrónio — hasta entonces osci
lando entre Monte Santo y Queimadas y objetivando
en sus contramar chas las vacilaciones del gobierno— siguió reforzada por la
tropa policial y adscrita a las deliberaciones del gobierno bahiano.
Se había perdido el tiempo estérilmente, mientras
el adversario lo había aprovechado preparándose para un desquite enérgico. En
un radio de tres leguas alrededor de Canudos se hizo el desierto. Hacia todos
los rumbos y por todos los caminos y en todos los lugares, los escom bros
carbonizados de los establecimientos rurales resaltaban, aislando a la aldea en
un gran círculo desolado de ruinas. Estaba pronto el escena rio donde se
desarrollaría un emocionante drama de nuestra historia.
TRAVESIA DEL CAMBAIO
I.—Monte Santo.
Triunfos anticipados. I I —ncomprensión de la campaña. En marcha
hacia Canudos. III.—El cambaio.
Baluartes sini caldi linimenti. Primer
encuentro. Episodio dramático. IV.—En los Tabuleirinhos. Segundo encuentro. La Legio Fulminata de Joño
Abade. Nuevo milagro de An tonio Conselheiro.
V —Retirada. V I —Procesión de
parihuelas.
I
MONTE SANTO
El día
29 de diciembre entraron los
expedicionarios en Monte Santo. El poblado de Fray Apolónio de
Todi, a partir de esa fecha, iba a volverse célebre como base de las
operaciones de todas las arremetidas contra Canudos. Era el que se adelantaba
más en dirección al objetivo de la campaña y además, permitía rápidas
comunicaciones con el litoral,
por intermedio de la estación de Queimadas.
A esos requisitos se unieron otros.
Los vimos en las páginas anteriores referidas a la
génesis.
Sin embargo, no dijimos que al crearlo, el estoico
Anchieta del Nor te 245 había aquilatado las condiciones privilegiadas del
lugar.
El poblado — erecto al pie de la serranía—
contrasta, aislado, con la esterilidad ambiente. Deriva de su situación
topográfica. La elevación de rocas primitivas que se levantan a los lados, al
norte y al este, le pone reparos a los vientos regulares que hasta allí llegan
y se vuelve condensador admirable de los escasos vapores que todavía los
impreg nan, gracias al enfriamiento de la ascensión repentina por las laderas
de las serranías. Caen entonces en lluvias casi regulares, originando un
régimen climatológico más soportable, a dos pasos de los sertones estériles
hacia donde ruedan, más secos, los vientos después de la travesía.
De manera que, mientras alrededor se extienden
desoladas áreas, en un radio de algunos kilómetros, partiendo de Monte Santo,
se encuentra una región incomparablemente vivaz. La recortan pequeños cursos de
agua resistentes a las sequías. Por las bajadas, hacia donde caen los morros,
se advierten rudimentos de florestas, variando las caatingas en montes de
verdor. El río de Cariacá, con sus tributarios minúsculos, aunque efímeros como
los otros de las cercanías, no se agota completa mente durante las sequías más
grandes; se fracciona, cortándose en arroyos reducidos e imperceptibles hilos
que se deslizan entre las piedras, y per miten a los habitantes resistir el
flagelo.
Es natural que Monte Santo sea, desde hace mucho,
un sitio sereno, predilecto de los que se aventuran por el sertón bravio. No
surgía por primera vez en la historia. Mucho antes de los que ahora lo busca
ron, otros expedicionarios, por ventura más temerarios y con seguridad, más
interesantes, habían pasado por allí guiados por otros designios. Pero, sea
para los bandeirantes del siglo xvn, sea para los soldados de estos tiempos, el
lugar se convertía en escala transitoria y breve, nunca brilló con acontecimientos
de mayor monta. Con todo, no deja de ser interesante su función histórica,
entre los devastadores de los sertones, diferenciados por búsquedas opuestas y
separados por tres siglos, pero teniendo todos la afinidad de los mismos
rencores y de las mismas reaccio nes violentas.
Allí había parado el padre de Robério Dias,
Belchior Moreia, en su atrevida ruta "desde el río Real hacia las sierras
de Jacobina por el río Itapicuru arriba, buscando los sertones de Magacará”. Y
alrededor de esa entrada, continuaron otras, orientadas por los aventureros
confundidos, en los cuales, todavía, el antiguo nombre de la sierra —
Piquaragá— se lee siempre como demarcación de un paraje bendito en aquellos
terrenos amargos.
Por eso, de algún modo centralizó la primera
actividad en torno de las legendarias "Minas de Plata” desde las
exploraciones inútiles del Mu-ribeca que hasta ahí llegó y no siguió adelante
"con poco efecto y poca diligencia”, hasta el tenaz Pedro Barbosa Leal,
acompañando las huellas de Moreia, que se detuvo por muchos días en la montaña
donde marcas indescifrables denotaban el paso de antecesores igualmente
audaces.
Pasaron los tiempos. Quedó perdida en el sertón la
serranía misterio sa donde muchos imaginaban, tal vez, la sede de El Dorado
apetecido, hasta que Apolónio de Todi la transformó en templo majestuoso y
rudo.
Y hoy, el
que sigue por el camino de Queimadas, rastreando un suelo erizado de cactos y
piedras, al divisarla, a unas dos leguas desde las cercanías de Quirinquinquá,
se detiene; vuelve los ojos deslumbrados al levante y cree que el aire caliente
y la fascinación de la luz le pre sentan allá, entre el firmamento claro y las
planicies amplias, un pano rama perturbador y grandioso.
La sierra de cuarzo, tan propia de las
arquitecturas monumentales de la Tierra, se levanta a los lejos, crecida por la
depresión de las tierras vecinas. Lanza, rectilínea, la línea de las cumbres.
La vertiente oriental cae, a pique, como una muralla, sobre la villa. Esta se
recuesta, humilde, al pie de la ensoberbecida montaña.
Por ella hasta el vértice se prolonga, iniciada en
la plaza, la más bella de sus calles, la vía sacra de los sertones, hecha con
cuarzo blan quísimo, por la que han pasado multitudes sin cuento en un siglo
de romerías. La religiosidad ingenua de los matutos talló en ella, en miles de
escalones, coleando, en caracol, por las laderas sucesivas, aquella calle
blanca, larga — de más de dos kilómetros— como si
construyera su subida al cielo. ..
Esta ilusión es impresionante.
Se ven las capillitas blancas, como puntilleando el
espacio, subiendo al principio en rampa vertical, derivando después en vueltas,
subiendo siempre, erectas sobre los despeñaderos, perdiéndose en las alturas,
cada vez menores, diluidas poco a poco en el azul purísimo de los aires hasta
la última, allá en lo alto. ..
El que sigue por el camino de Queimadas,
atravesando un esbozo de desierto donde agoniza una flora de gravetos —
arbustos cuyos gajos retratan contorsiones de espasmos, cardos agarrados a las
piedras a mane ra de tentáculos, bromelias abriéndose en floración
sanguinolenta— avanza rápidamente, con la ansiedad del paraje que lo arrebata.
Llega, y no sofrena una dolorosa decepción.
El camino va hasta la plaza, rectangular, en
declive, de tierra y guija rros. En el centro, el eterno barracón de feria
tiene, a un lado, la pequeña iglesia, y al otro el único ornamento de la villa:
tamarindo quizá secular. En torno de las casas bajas y viejas, y sobresaliendo,
un edificio único que haría más tarde de cuartel general.
Monte Santo se resume en ese camino. Allí
desembocan pequeñas calles, una en bajada desde las laderas, otras hacia el
campo, otras golpeando, sin salida, contra la sierra.
De cerca, ésta pierde parte de su encanto. Parece
de menor altura. El perfil regular que ofrece a distancia, tiene de cerca una
flora de vivacidad inexplicable, arraigada a la piedra, brotando de las grietas
quietas de los estratos y viviendo solo de las reacciones maravillosas de la
luz. Las capillitas, tan blancas a lo lejos, son exiguas y oscuras, y la
entrada ciclópea de los muros laterales, de piedra, se achica en escalones
tortuosos, como los de una enorme escalinata en ruinas. El poblado triste y decadente
muestra el mismo abandono, el desaliento de una raza que muere, desconocida por
la historia, entre paredes de barro. Nada recuer da el encanto de las aldeas
clásicas. Las casas viejas unidas unas contra otras, siguiendo los accidentes
del suelo, tienen todas la misma forma
— techos deprimidos sobre cuatro muros de barro—
ese estilo brutal mente chato al que eran tan aficionados los primitivos
colonizadores. Algunas deben de tener cien años. Las más nuevas, las copian
línea a línea; nacen viejas.
De este modo, Monte Santo surge sin gracia dentro
de una naturaleza que le crea alrededor — como un paréntesis en el áspero
sertón— una situación apacible y sonriente.
La campaña incipiente iba a agravar su aspecto.
Menos que villa oscura, la transforma en un gran cuartel agazapado, rodeado de
cabañas.
TRIUNFOS ANTICIPADOS
Allí acontonaron los 543 plazas, 14 oficiales y 3
médicos. La primera expedición regular contra Canudos. Era una masa heterogénea
de tres batallones, el 99, el 26*? y el 33?, con más de doscientas plazas de
poli cía y una pequeña división de artillería, dos cañones Krupp de 7 y Vz y
dos ametralladoras Nordenfeldt.
Menos de una brigada, poco más de un batallón
completo.
Merced al optimismo oficial, las autoridades
recibieron a los soldados en son de triunfo antes de la batalla. El pobre
lugarejo se engalanó con banderas y ramajes, más el ornamento supletorio de los
vivos colores de los uniformes y el brillo de las armas.
Y fue un
día de fiesta. La misión más concurrida, la feria más ani mada, nunca tuvieron
tal brillo. Todo eso significaba una estupenda novedad. Llegados del camino
fatigoso, después de pasar sorprendidos por las calles repletas de soldados,
los vaqueros amarraban su caballo
a la sombra del tamarindo, en la plaza, e iban a
observar por largo tiempo, las piezas de artillería de las que tanto habían
oído hablar y nunca había visto, capaces de desmoronar las montañas y abatir
con un solo tiro, más fuerte que el de mil carabinas, el sertón entero. Y
aquellos titanes, curtidos por los duros climas, se estremecían dentor de sus
ropas de cuero al considerar las armas portentosas de la civilización.
Se largaban después de la villa, transidos de
miedo, en busca de la caatinga. Algunos volvían a toda brida hacia el norte,
yendo a Canudos. Nadie los observaba. En la alegría de los festejos, no se
distinguían los emisarios solitarios de Antonio Conselheiro, espiando,
observando, inda gando, contando el número de soldados, examinando todo el
aparato de guerra y desapareciendo después, rápidos, hacia la aldea sagrada.
Otros se quedaban allí, encubiertos, contemplando
todo aquello con ironía cruel, ciertos del preludio hilarante de un drama
espantoso. El profeta no podía equivocarse, su victoria era fatal. Lo había
dicho, los invasores no verían siquiera las torres de las iglesias sacrosantas.
Se encendían recónditos altares. Y la risa de los
soldados y el estrépito de las botas, golpeando por las calles, y el vibrar de
los clarines, y los vivas entusiastas retumbando en las paredes, penetraban en
las casas y turbaban, allá adentro, los rezos ahogados de los fieles
arrodillados. . .
En el banquete, preparado en la mejor vivienda, al
mismo tiempo se lucía el más simple y emocionante género de oratoria, la
elocuencia mili tar, esa singular elocuencia del soldado, tanto más expresiva
cuanto más ruda, hecha de frases golpeantes y breves, como las voces de mando,
y en las que las palabras mágicas: Gloria, Patria, Libertad, dichás en todos
los tonos, son la única materia prima de los párrafos retumbantes. Los rebeldes
serían destruidos a sangre y fuego. . . Como las ruedas de los carros de Shiva
246, las ruedas de los cañones Krupp, rodando por las
amplias planicies, dejarían surcos sanguinolentos.
Era necesario dar un gran ejemplo y una lección. Los rudos impenitentes, los
criminales retar datarios, que tenían la gravísima culpa de un apego estúpido
a las más antiguas tradiciones, requerían un correctivo enérgico. Era necesario
que salieran finalmente de la barbarie con que escandalizaban a nuestro tiempo
y entraran a la civilización a golpes.
El ejemplo sería dado. Era la convicción general.
Lo decía la despreo cupación feliz de toda la población, y la alegría ruidosa
y vibrante de los oficiales y de los soldados, y toda esa fiesta -—allí— en
vísperas del combate, a dos pasos del sertón repleto de emboscadas. . .
Por la tarde, grupos ruidosos andaban por la plaza,
se desparramaban por las callejuelas y por las cercanías. Atraídos por la
novedad de un exótico panorama, otros subían la montaña por la sinuosa ladera
orlada de capillitas blancas.
Se detenían en los pasos, para retomar fuerzas.
Curiosos, examinaban los registros y estampas que pendían de las paredes y los
toscos altares. Y subían.
En lo alto de la Santa Cruz, sacudidos por el soplo
fuerte del nordeste, observaban los alrededores.
Allí estaba el sertón.
Una opresión asaltaba a los más tímidos, pero
pronto desaparecía. Volvían tranquilos a la villa donde ya se encendían las
primeras luces, al caer la noche.
Decididamente, la campaña empezaba con buenos
auspicios.
Monte Santo les anticipaba las honras de la
victoria.
II
INCOMPRENSION
DE LA CAMPAÑA
Fue un mal.
Bajo la sugestión de un aparato bélico y de una
parada, los habitan tes preestablecieron el triunfo; invadida por el contagio
de esta creencia espontánea, la tropa, a su vez, compartió las esperanzas. De
antemano se afirmaba la derrota de los fanáticos.
Ahora bien, en los hechos guerreros entra como
elemento, aunque sea paradojal, la preocupación de la derrota. Está en ella el
mejor estímulo de los que vencen. La historia militar está hecha de contrastes
singu lares. Aparte de eso, la guerra es una cosa monstruosa y totalmente iló
gica. En su modo actual es una organización técnica superior. Pero la oscurecen
todos los estigmas del bandidismo original. Por encima del rigorismo de la
estrategia, de los preceptos de la táctica, la seguridad de los aparatos
militares y toda la grandeza de un arte sombrío que pone
en la frialdad de una fórmula matemática la
destrucción de un schrap-nell247 y subordina a parábolas inviolables el curso
violento de las balas, permanecen intactas todas las brutalidades del hombre
primitivo. Y éstas son, todavía, las vis a tergo de los combates.
La certeza del peligro las estimula. La certeza de
la victoria las de prime.
Ahora bien, la expedición, según la opinión de todo
el mundo, iba a vencer.
La conciencia del peligro determinaría una
movilización rápida y un atropellar sorpresivo contra el adversario. La certeza
del triunfo la inmo vilizó durante quince días en Monte Santo.
Analicemos el caso. El comandante expedicionario
había deiado en Queimadas gran parte de las municiones para no postergar ñor
más tiem po la marcha e impedir que el enemigo se rebusíeciera aún más. Tuvo
la intención de hacer una arremetida fulminante. Por las dificultades habidas,
entre las cuales abultaba una casi completa carencia de ele mentos de
transporte, había resuelto ir Taradamente al escondriio de los rebeldes
llevando apenas la munición que los soldados pudiesen cargar en sus mochilas.
Pero esto no se realizó. De modo que la partida rápida de una localidad condenó
a la demora inconsecuente en la otra. Esta solamente se justificaría sí,
ponderando mejor la seriedad de las cosas, se hubiese aprovechado el tiempo
para reunir mejores elementos, haciendo venir de Queimadas el resto de los
equipos de guerra. Los inconvenientes de una pausa prolongada se justificarían
si se hubiesen adquirido algunas ventajas. Se ganaría en fuerza lo perdido en
velocidad. A la aventura de un plan temerario, resumido en una embestida y en
un asalto, lo sustituiría una operación más lenta y segura. No se hizo esto. Se
hizo lo contrario: después de larga inactividad en Monte Santo, la expedición
partió aún peor aparejada que cuando ahí llegó, quince días antes, aban donando
todavía parte de los restos de un tren de guerra muy reducido. Mientras tanto,
contrariando el modo de ver de los propagandistas de una victoria fácil,
llegaban constantes informaciones sobre el número de recursos de los fanáticos.
En el dislate de las opiniones, entre las que llevaban a aquéllos a un máximo
de quinientos y las que afirmaban el mínimo en por lo menos cinco mil, eran
razonable aceptar un promedio. Además, en el susurrar de cautelosas denuncias y
malhadados avisos, se esbozaba la hipótesis de una traición. Había influyentes
caudillos locales cuyas viejas relaciones con el Conselheiro sugerían
vehementemen te la presunción de que lo estuvieran auxiliando a escondidas,
proveyén dolo de recursos e instruyéndolo en los menores movimiento de la
expe dición. Todavía más, se sabía que la tropa, al avanzar, sería precedida y
acompañada por los espías expertos del enemigo, muchos de los cuales, como se
verificó después, estaban dentro de la villa dándose codo con codo con los
expedicionarios. Después de tantos días perdidos y en tales
circunstancias, una sorpresa era inadmisible. En
Canudos sabrían la ruta escogida para la línea de operaciones con anticipación
suficiente como para que se fortificasen en los trechos más difíciles, de modo
que, reedi tando el caso de Uauá, alcanzar la aldea significaría establecer un
com bate preliminar en el camino. Así, la partida de la base de operaciones
del modo como se hizo fue un error de oficio. La expedición marchaba hacia su
objetivo como si volviese de una campaña. Abandonando de nuevo parte de las
municiones, seguía como si, pobre de recursos en Queimadas y paupérrima de
recursos en Monte Santo, fuera a abastecerse en Canudos. A medida que se
eproximaba al enemigo se desarmaba. Se enfrentaba con lo desconocido al azar,
teniendo como único amparo para la debilidad armada, nuestra bravura impulsiva.
La derrota era inevitable.
Porque a tales deslices se agregaron otros,
denunciando la más com pleta ignorancia de la guerra.
Lo revela la orden del día para organizar las
fuerzas atacantes. Escueta como una orden cualquiera que distribuye
contingentes, no
puede rastrearse en ella la más fugaz indicación
sobre las formaciones, sobre las maniobras de las unidades combatientes y ni
una palabra sobre los inevitables asaltos repentinos. Nada sobre la
distribución de las uni dades, de acuerdo con las características del enemigo
y del terreno. Adscrito a unos rudimentos de táctica prusiana trasplantados a
nuestras ordenanzas, el jefe expedicionario, como si llevase un pequeño cuerpo
de ejército hacia algún campo devastado de Bélgica, dividido en tres columnas,
parecía disponerlo de antemano para encuentros en los que podría entrar
repartido en tiradores, refuerzo y apoyo. Nada más, aparte de ese subordinarse
a unos cuantos moldes rígidos de viejos dictámenes clásicos de guerra.
Pero estos eran inadaptables para el momento.
Según el axacto concepto de Von der Goltz 248,
cualquier organiza ción militar debe reflejar algo del temperamento nacional.
Entre la tác tica prusiana donde todo es precisión mecánica y la nerviosa
táctica latina donde todo es el arrojo caballeresco de la espada, teníamos la
esgrima peligrosa con los guerrilleros esquivos cuya fuerza estaba en su propia
flaqueza, en la fuga sistemática, en un ir y venir de avances y retrocesos,
dispersos en el seno de la naturaleza protectora. Eran por igual inútiles las
cargas y las descargas. Contra tales antagonistas y en un terreno de tal clase,
no había la mínima posibilidad de extender una línea de combate. No había ni
siquiera la posibilidad de hacer un com bate en el sentido estricto del
término. La lucha, digamos con mayor acierto, una caza de hombres, una batida
brutal contra la cueva mons truosa de Canudos, iba a reducirse a ataques
feroces, a esperas astutas, a súbitas refriegas, a instantáneos encuentros en
los que es absurdo pensar que pudieran desarrollarse las fases principales de
un combate,
entre los dos extremos de fuego que lo inician
hasta el epílogo delirante de las cargas de bayoneta. En función del hombre y
de la tierra, aquella guerra debía impulsarse a galopes de mano de un estratega
revolucionario e innovador. En ella iban a surgir tumultuosamente confundidas
todas las situaciones naturalmente distintas, en que se puede encontrar una
fuerza en operaciones, la del reposo, la de la marcha y la del combate. El
ejército en marcha, pronto a encontrar al enemigo en todas las vueltas de los caminos,
o a verlo aparecer dentro de sus propias filas sopren-didas, debía reposar en
alineación de batalla.
Nada se deliberó en cuanto a condiciones tan
imperiosas. El coman dante se limitó a formar tres columnas y a ir hacia
adelante, poniendo ante la astucia sutil de los jaguncos la perezosa potencia
de sus tres com pactas falanges, hombres inermes cargando armas magníficas. Un
jefe militar debe tener algo de psicólogo. Por mecanizado que quede el sol
dado por la disciplina, tendiendo a ser un siniestro ideal de homúnculo, vuelto
un montón de huesos amarrados por un montón de músculos, energías inconscientes
sobre palancas rígidas, sin nervios, sin tempera mento, sin arbitrio, actuando
como un autómata según la vibración de los clarines, las emociones de la guerra
lo transfiguran. Y en la marcha por los sertones, ellas despiertan a cada
instante. Surcando caminos des conocidos, rodeado por una naturaleza salvaje y
pobre, nuestro soldado, que es valiente frente al enemigo, se acobarda y se
llena de temores siempre que aquél, sin aparecer, se revela invisible en las
emboscadas. Así, si un tiroteo en la vanguardia en una campaña, se constituye
en una advertencia saludable para el resto de la columna, en estas circuns
tancias anormales es un peligro. Casi siempre las secciones se embaru llaban,
sacudidas por el mismo espanto, se desordenaban, tendiendo ins tintivamente a
quedar en la retaguardia.
Era natural que estas coyunturas inevitables fueran
previstas. Para atenuarlas, las diversas unidades debían seguir con el máximo
distan-ciamiento, incluso completamente aisladas. Este dispositivo, además de
levantarles el ánimo, por la certeza de un rápido auxilio de las fuerzas que
quedaban fuera de la acción del enemigo, evitaba el pánico y per mitía un
desahogo. Aunque la dirección de los variados movimientos escapase a la
autoridad de un comando único, sustituida por la iniciativa más eficaz de los
comandantes de las pequeñas unidades, actuando autó nomas, de acuerdo con las
circunstancias del momento, se imponía un gran fraccionamiento de las columnas.
Era parodiar la norma guerrera del enemigo, siguiéndolo paralelamente, en
trazados más firmes y opo niéndole la misma dispersión, única capaz de
amortecer las causas del fracaso, de anular el efecto de repentinas emboscadas,
de crear mejores recursos de reacción, y de conseguir finalmente, la victoria,
del único modo como ésta podía alcanzarse, como suma de sucesivos ataques.
En síntesis, las fuerzas dispersas en la marcha, a
partir de la base de operaciones, debían ir apretando a los fanáticos, poco a
poco, hacién dolos concentrarse en Canudos.
Se hizo siempre lo contrario 249. Partían unidas en
columnas, dentro de la estructura maciza de las brigadas. Avanzaban pegadas por
los ca minos. Iban a dispersarse, repentinamente, en Canudos. . .
EN MARCHA
HACIA CANUDOS
Fue en estas condiciones desfavorables que
partieron el 12 de enero de 1897.
Tomaron por el camino del Cambaio.
Es el más corto y el más accidentado. Al comienzo,
prolongando el valle del Cariacá, parece una faja de tierras fértiles
sombreadas por ver daderos montes.
Hechos algunos kilómetros, empieza a accidentarse,
se perturba en rastros pedregosos y se vuelve casi impracticable a medida que
se acerca al pie de la sierra del Acaru. De ahí en adelante se curva hacia el
este, cruzando la serranía por tres laderas sucesivas, hasta saltar el sitio
llamado "Lajem de Dentro”, a una altura de trescientos metros sobre el
valle.
Demoraron dos días en alcanzar este punto. La
artillería les demoraba la marcha. Ascendían penosamente los Krupv, mientras
los zapadores preparaban la calle abriéndola, limpiándola o buscando desvíos
que evi taran grandes declives. Y la tropa, que tenía sus condiciones de
triunfo en la movilidad, quedaba paralizada por la traba de esas maasas me
tálicas.
Traspuesta la "Lajem de Dentro” y la divisoria
de las vertientes del Itapicuru y del Vaza-Barris, el camino baja. Entonces la
travesía se vuel ve más seria, empiezan los accidentados contrafuertes de
donde fluyen los tributarios efímeros del Bendegó. El desaguadero de captación
de éste une las bases de tres sierras, la de Acaru, la Grande y la del
Ataná-sio, que se articulan en una gran curva. La expedición entró por aquel
valle hondo como en un cajón hasta que en otro sitio, Ipueiras, acampó. Fue una
temeridad. El campamento rodeado de piedras, centralizaría los fuegos del
enemigo, si éste apareciese en lo alto de los morros. Feliz mente no llegaron
hasta ahí los jagungos. De modo que a la mañana siguiente la tropa prosiguió
con rumbo firme al norte, hasta Penedo, salvada de una posición muy difícil.
Tenían hecho medio camino, que empeoraba,
serpenteando morros, alzándose en rampas, cayendo en grutas, sin abrigos, sin
sombras. . .
Hasta Mulungu, dos leguas después de Penedo, los
zapadores hicieron calle para los cañones y la jornada se demoró por el paso
tardo de la división que los guarnecía.
Mientras tanto, la máxima velocidad era
indispensable. Restos de hogueras en las márgenes del camino y viviendas
incendiadas daban se ñales del enemigo. En Mulungu, a la noche, ya eran
evidentes. El cam pamento se alarmó. Habían distinguido, próximos, rodeados de
sombras, los bultos fugaces de los espías. Los soldados durmieron armados. Y al
amanecer del 17, la expedición, clavada en las montañas, muy lejos todavía de
su objetivo que solo podía alcanzarse en tres días de marcha, comenzó a ser
terriblemente torturada.
Se habían acabado los alimentos. Fueron abatidas
las últimas vacas para quinientos y tantos combatientes. Esto valía por un
combate perdido. El aspecto de la lucha se agravaba en plena marcha, antes de
haberse disparado un tiro. Seguir hacia Canudos a pocas leguas de distancia,
era la salvación. Era luchar por la vida.
Para completar el cuadro, esa noche desaparecieron
la mayor parte de los peones de carga contratados en Monte Santo. Y bajo el
pretexto de ir en busca de una remesa urgente de provisiones, el comisario de
esa aldea se largó del lugar v no volvió.
Alguien salvó la lealtad sertaneja: el guía
Domingos Jesuíno. Condujo a las tropas de vanguardia hasta el "rancho das
Pedras” donde acamparon.
Estaban a dos leguas de Canudos.
Por la noche, un observador que desde el campamento
mirase hacia el norte, distinguiría, tal vez, luciendo y extinguiéndose
intermitentes, muy altas, como estrellas rubias entre nubes, algunas hices
vacilantes. Señalaban las posiciones enemigas.
Al aclarar, se mostraron imponentes.
III
EL CAMBAIO
Las masas del Cambaio se amontonan al frente,
dispuestas de manera caprichosa, recortadas en gargantas largas y circundantes,
como fosos, o levantándose en escalones sucesivos, que hacen pensar en
baluartes derruidos, de titanes.
La imagen es perfecta. Son comunes en ese trozo de
sertón los aspectos originales de la tierra. Las leyendas sobre "ciudades
encantadas” en Bahía no tienen otro origen. Deben de haber salido de la
fantasía de los matutos y completadas por las indagaciones de hombres
estudiosos, ori ginaron investigaciones que es impropio recordar ahora *.
* Ver el
tomo 10 y otros de la Revista do Inst. Hist. e Geog. Brasileiro.
Y no se
crea que la imaginación popular exageró engañando la expec tativa de los
investigadores que por allí anduvieron, llevando el ansioso anhelo de sabias
sociedades e institutos donde se debatió el interesante caso. Fríos
observadores que atravesaron el extraño valle del Vaza-Barris quedaron
asombrados al enfrentar:
"Sierras de piedra naturalmente sobrepuestas
formando fortalezas y reductos inexpugnables con tal perfección que parecen
obras de arte” *.
A veces esta ilusión se agranda.
Surgen vastas necrópolis. Los morros, cuya
estructura aparece en apó fisis punteagudos, en bloques rimados, en
alineamientos de rocas, capri chosamente repartidos, semejantes a grandes
ciudades muertas ante las cuales el matuto pasa, medroso, sin sacar las
espuelas de los ijares del
caballo en disparada, imaginando allá adentro una
población silenciosa y trágica de "almas de otro mundo” .
Son de este tipo las "casitas” que se ven
hacia el lado de Aracati, cerca del camino de Jeremoabo a Bom Conselho, y otras
que aparecen por aquellos lugares dándole un rasgo misterioso a esos
melancólicos paisajes.
BALUARTES SINE
CALCII LIN IM EN TI250
La sierra del Cambaio es uno de esos rudos
monumentos.
Por cierto, nadie le puede divisar geométricas
líneas de parapetos cir cundados de fosos. Porque aquellos reductos bárbaros
eran peores. A la distancia, el conjunto de la sierra da al observador la
impresión de toparse con las barbacanas de antiquísimos castillos donde
hubiesen golpeado otrora, asaltos sobre asaltos hasta desmantelarlos,
reduciéndolos a mon tones de piedras en desorden y torres y pilastras
truncadas, abultando a lo lejos, con el aspecto de grandes columnas derruidas.
. .
Porque el Cambaio es una montaña en ruinas. Surge,
deforme, rom piéndose bajo el periódico embate de tormentas súbitas e
insolaciones intensas, estallando en un desmoronamiento secular y lento.
El camino hacia Canudos no la contornea. Le ajusta,
rectilínea, los costados y sube en declives, constreñida por escalones
sumergiéndose en la angostura de un desfiladero como un túnel. La tropa enfiló
por ahí. . .
A esa hora matinal la montaña deslumbraba. Los
rayos del sol se reflejaban en las aristas de las lajas en pedazos dando la
ilusión de movimientos febriles y fulgores vivos de armas, como si en rápidas
ma niobras, numerosas fuerzas, a lo lejos, se preparasen para el combate. Los
binóculos recorrían inútilmente las rocas desiertas. El enemigo solo presentaba
el rasgo amenazador de la tierra. Estaba acantonado. Pegados al suelo, metidos
en las quebraduras del terreno, esparcidos, inmóviles,
* Teniente coronel Durval de Aguiar, Descrigóes
práticas da Provincia da Bahía.
expectantes, los dedos presos en los gatillos de
las carabinas, los serta-nejos se mantenían en silencio, los ojos fijos en las
columnas aún dis tantes, allá abajo, marchando detrás de los exploradores que
escudriña ban cautelosamente las cercanías.
Las tropas caminaban lentamente. Llegaban a las
primeras laderas cortadas a media subida. Seguían sin aplomo, empujadas por los
cañones sostenidos a su vez por soldados sin aliento, auxiliando a las máquinas
impotentes a vencer esos declives.
Y en esta situación los sorpendió el enemigo.
Desde los escondrijos, desde las matas esparcidas,
desde lo alto de las rudas murallas, desde los despeñaderos y las vertientes,
aparecieron los jagungos en el un repentino deflagrar de tiros.
Toda la expedición cayó, de punta a punta, debajo
de las trincheras del Cambaio.
PRIMER
ENCUENTRO
El encuentro fue con un gran vocerío, los
acostumbrados vivas al Buen Jesús y al Conselheiro se mezclaban con apostrofes
insolentes y palabrotas escandalosas y entre otras, una frase desafiadora que
en el curso de la campaña sonaría invariablemente como un estribillo irónico:
"¡Avanza!
¡Debilidad del gobierno!” .
Toda la línea vaciló. La vanguardia se paró y
pareció retroceder. Una voz la detuvo. El mayor Febrónio se metió entre las
filas alarmadas y centralizó la resistencia, en réplica fulminante y admirable,
atendiendo las desventajosas condiciones en que se realizó. Dispuestos
rápidamente, los cañones bombardearon a los matutos a quema ropa y estos,
viendo por primera vez esas armas poderosas, que decuplicaban el efecto des
pedazando piedras, se desbandaron instantáneamente. Aprovechando ese reflujo,
se hizo la primera embestida encabezada por los cientos y tantos plazas del 33?
de infantería. Tropezando, cayendo entre las lajas, tras poniéndolas a saltos,
tirando al azar hacia el frente, los plazas arreme tieron y luego, la línea de
asalto se dispuso, tortuosa y ondulante, tenien do a la derecha al 9? y a la
izquierda al 16° y la policía bahiana.
El combate se generalizó en minutos y como era de
prever, las líneas se rompieron ante los obstáculos del terreno. El avance fue
desordenado. Fraccionados, con las armas en bandolera, los combatientes
arrementían en tumulto, sin el mínimo simulacro de formación, confundidos los
bata llones y las compañías, montones humanos golpeando contra los morros, en
un barullo de cuerpos, de descargas, de brillos de aceros, de estam pidos que
pasaban sobre los sones de los clarines llamando a la carga.
Abajo, en la ladera donde había quedado la
artillería, los animales de tracción y los cargueros, despavoridos por las
balas, rompiendo las
ataduras, sacudiéndose de encima canastas y
cajones, desaparecían al galope por los taludes agrestes. Los acompañó el resto
de los troperos que huían, sordos a la intimación hecha con los revólveres
gatillados, agravando el tumulto.
En lo alto, más lejos, por el techo de la sierra,
reaparecieron lós serta-nejos. Parecían dispuestos en dos clases de luchadores,
los que se mo vían, veloces, surgiendo y desapareciendo, a las carreras, y los
que per manecían firmes en sus posiciones. Estos superaban de modo ingenioso
la carencia de armas y el lento proceso de carga de las que poseían. Para esto
se disponían de a tres o cuatro, rodeando a un tirador único, por las manos del
cual pasaban, sucesivamente, las armas cargadas por los compañeros invisibles,
sentados en lo hondo de la trinchera. De modo que si alguna bala mataba al
tirador, en seguida lo sustituía otro. Los soldados lo veían caer y prontamente
reaparecer, apuntándoles con su espingarda. Hacían blanco de nuevo. Otra vez lo
veían caer, de bru ces, baleado y otra vez resurgía, invulnerable, terrible,
cayéndose y levan tándose el tirador fantástico.
Este ardid fue en seguida descubierto por las
diminutas fracciones atacantes que se aventajaron hasta las cañoneras más
altas. La fugacidad del enemigo y el terreno le daban a la tropa una
distribución táctica propia, circunstancia que, aliada al pequeño alcance de
las armas serta-nejas, volvió a la expedición casi indemne. Los únicos
tropiezos eran las asperezas del suelo. Las cargas morían en los escarpados.
Los jagunqos no las esperaban. Con la certeza de su inferioridad en armas,
parecían desear que allí quedasen, como quedaron la mayor parte de las balas
destinadas a Canudos. Evitaban la pelea franca. Entre ellos se veía a un negro
corpulento y ágil, era el jefe, Joáo Grande. Comandaba las maniobras,
utilizando trampas de facineroso viejo en las correrías del sertón. Los
sertanejos le imitaban los movimientos, las carreras, los saltos, en un vaivén
de avanzadas y retrocesos, ora dispersos, ora agrupados, ora desfilando en
filas sucesivas, o repartiéndose en pequeño número; apare cían y desaparecían,
por las cumbres, subiendo, bajando, atacando, huyendo, rodando traspasados de
balas, cayendo mal heridos hasta en medio de los plazas que los remataban a
golpes.
A veces desaparecían por completo.
Los proyectiles de las mannlichers estallaban
azarosamente en la osa menta rígida de la sierra. Las secciones avanzadas
ascendían más rápidas por las barrancas conquistando el terreno hasta que otra
irrupción repen tina del adversario las tomaba de frente y tenían que parar o
retroceder, llenas de espanto, sin que las animasen los oficiales acobardados,
cuyos nombres alabaron los partes oficiales pero no los comentarios de sus
compañeros. La mayor parte reaccionaba. Descargaba sus armas a quema ropa sobre
los fanáticos diseminándolos, empujándolos en grandes corre rías por los
cerros.
Por fin, a lo que parece, el rudo cabecilla dispuso
el encuentro defi nitivo, mano a mano. Y su perfil de gorila se destacó,
temerario, frente a una banda súbitamente congregada. En movimiento heroico,
avanzaron contra la artillería. Les cortó el paso la explosión del cañón
destrozando a los primeros y haciendo huir al resto a sus primitivas
posiciones, mez clados ahora con las avanzadas de la tropa. Contingentes
mezclados de todos los cuerpos saltaban finalmente sobre las últimas
trincheras, per diendo al oficial que hasta allí los había llevado, Venceslau
Leal.
Después de tres horas de lucha, la montaña estaba
conquistada. La victoria, sin embargo, era resultado del coraje ciego junto a
la más com pleta indisciplina de fuego y se comprende que, más tarde, la orden
del día diese preeminencia a los plazas graduados. Sus cabos de guerra fueron
los cabos de escuadra. Sobre los jagungos en fuga arrojaron car gas en
desorden: soldados en grupos, turbas sin comando, disparando al azar en una
fanfarria irritante y una alacridad feroz de montoneros.
Los jagungos se les escapaban. Los perseguían.
Abajo, la artillería empezó a moverse, empujada a
pulso.
La cosa estaba hecha. Frente al desperdicio de
municiones, las pér didas eran pocas: cuatro muertos y veintitantos heridos.
En cambio, los sertanejos dejaron ciento quince cadáveres, rigurosamente
contados.
EPISODIO DRAMATICO
Había sido una hecatombe. Culminó con un episodio
trágico.
La algarabía tumultuosa tuvo un final teatral. . .
Fue al volver de los últimos picos de la sierra. .
.
Allí, sobre la barranca agreste, se levantaba,
oblicua y mal sostenida por uno de sus puntos al suelo, una piedra inmensa,
presa entre otras dos, semejantes a un dolmen abatido. Este lugar cubierto
tenía a su frente, un muro de roca viva. En él se recostaron muchos sertanejos
— cerca de cuarenta, según un espectador del cuadro
* — probable mente los que hicieron las últimas cargas con sus trabucos.
La tierra protectora les daba a los vencidos el
último reducto.
Lo aprovecharon. Abrieron sobre sus perseguidores
un tiroteo escaso y los hicieron pararse un momento, obligando a la preparación
de la artillería dispuesta a bombardear al pequeño grupo temerario.
El bombardeo se redujo a un tiro. La granada partió
levemente des viada del blanco y fue a golpear en una de las junturas en que
se engas taba la piedra. La dilató. La brió de arriba abajo.
Y el bloque despegado cayó pesadamente, en golpe
sordo, sobre los desgraciados, sepultándolos. . .
* Dr. Albertazzi, médico de la expedición.
La marcha se reanudó. Adelante, cada vez más
cansados, se advertía por lo raleado de los tiros, los últimos defensores del
Cambaio se iban hacia Canudos. Por fin, desaparecieron.
IV
EN LOS "TABULEIRINHOS”
Las columnas llegaron a la tarde a Tabuleirinhos,
casi al borde de la aldea, y no siguieron aprovechando el ímpetu de su marcha
persecutoria. Cansados por la refriega y hambrientos desde la víspera, apenas
paliaron su sed en el agua impura de la minúscula laguna del Cipó. Acamparon.
Lo hicieron con las fatigas acumuladas y con la ilusión engañadora del reciente
triunfo. De modo que no advirtieron a su alrededor la ronda de los jagungos.
Porque la nueva de la batalla había llegado a la aldea con los huidos y para
quebrar el ímpetu del invasor, gran número de luchadores partían de allí. Se
metieron por las caatingas y se aproxima ron al campamento.
A la noche lo rodearon. La tropa dormía bajo la
guardia terrible del enemigo. . .
SEGUNDO ENCUENTRO
Sin embargo, al amanecer nada lo reveló, y formadas
temprano, las columnas dispusieron el avance sobre la aldea, después de un
cuarto de hora de ejercicios sobre el terreno que es allí despejado.
Sobrevino un pequeño contratiempo. Un shrapnell
atascaba uno de los cañones y no había forma de extraerlo. Se adoptó entonces
el mejor de los arbitrios, disparar el Krupp en dirección de Canudos.
Sería un aldabonazo sobre las puertas de la aldea,
anunciando la estrepitosa visita.
El tiro partió. . . Y la tropa fue asaltada por
todas partes. Se reeditó el episodio de Uauá. Abandonando las espingardas por
las aguijadas, por los fierros de los carros, por las hoces, por las
horquillas, por los facones de hoja larga, los sertanejos surgieron gritando,
todos a un tiempo, como si el disparo hubiese sido una señal para ellos.
Felizmente, los expedicionarios estaban en orden de
marcha y tenían las armas prontas para la réplica que se realizó en descargas
nutridas.
Pero los jagungos no retrocedieron. La arremetida
los llevó hasta las separaciones de cada pelotón. Y por primera vez, los
soldados veían de cerca las caras trigueñas de sus antagonistas, hasta entonces
esquivos, afectos a las correrías veloces por las montañas. . .
La primavera
víctima fue un cabo del
9°. Murió matando.
El jagungo que lo mató con su picana de vaquero,
quedó traspasado por su bayoneta.
La ola asaltante pasó sobre los dos cadáveres.
Al frente iba un mameluco fuerte — cara de bronce
afeada por la pá tina de la viruela— de envergadura de gladiador, que
sobresalía del tumulto. Este terrible campeador quedó desconocido para la
historia. Su nombre se perdió. Pero no la imprecación altiva que arrojó sobre
el vocerío de los otros, al saltar sobre el cañón que abarcó con sus brazos
musculosos, como si quisiese estrangular al monstruo:
"¡Miren, canallas, lo que es tener coraje!”.
Los guardias de la pieza retrocedieron despavoridos
mientras él rodaba con el cañón arrastrándolo a mano.
El desastre parecía inminente.
Lo detuvo el comandante, que parece haber sido el
mejor soldado de su propia expedición. Animó valientemente a sus compañeros
atónitos y dándoles el ejemplo, se arrojó sobre el grupo. La lucha fue cuerpo a
cuerpo, brutal, sin armas, a puñetazos, a golpes, un torbellino de cuerpos
enlazados, de donde salían estertores de estrangulados, ronquidos de pechos
aplastados, estertores de muertos.
El cañón retomado volvió a su posición primitiva.
Pero las cosas no mejoraron. Apenas repelidos los jagungos, en un retroceso que
no era fuga, volvían a sus tácticas de aparecer y desaparecer en los claros de
las matas. Nuevamente esparcidos e intocables, atacaban a los contrarios con
proyectiles groseros — puntas de cuernos, piedras, clavos— de su vieja
herramentería de la muerte, desde hacía mucho en desuso *. Reno vaban el duelo
a distancia, anteponiendo las espingardas que cargan piedras y los trabucos de
caño ancho a las Mannlichers fulminantes. Vol vían a su habitual sistema
guerrero que era prolongar indefinidamente la acción, dándole un carácter más
serio que el anterior ataque violento; haciéndola volverse cruelmente monótona,
sin peripecias, en una inter acción fatigante de los mismos incidentes hasta
el agotamiento completo del adversario que, relativamente incólume, caería
finalmente vencido por el cansancio de las minúsculas victorias, con los puños
adormecidos y flojos por la multiplicación de los golpes, las fuerzas perdidas
en arre metidas locas contra el vacío.
La situación
parecía insuperable.
Le quedaba a los invasores un recurso final salido
de su desespera ción: avanzar cambiando el campo de lucha y caer sobre la
aldea, asal-tandos y asaltantes mezclados, con los guerrilleros a la espalda y
quizá otros refuerzos saliéndoles al paso. Pero en la marcha de tres
kilómetros, las municiones pródigamente gastadas en la hazaña perjudicial del
* Los
incidentes de esta jornada los debo a la Comunicación fidedigna del Dr.
Albertazzi.
Cambaio, tal vez se terminasen y no podía ultimarse
la empresa con choques de armas blancas con la atonía muscular de los soldados
ham brientos y fatigados, a los que se sumaba la carga de setenta heridos que
se movían en total desorden.
Además, estaba excluida la hipótesis de un
bombardeo preliminar, pues solo quedaban veinte tiros de artillería.
La retirada se imponía urgente e inevitable.
Reunida en plena refriega la oficialidad, el comandante definió la situación
optando por uno de las dos puntas del dilema: proseguir la lucha hasta el
sacrificio completo o su inmediato abandono. La última fue aceptada bajo la
condición de no dejar una sola arma, un solo herido y un solo cadáver sin
sepultura.
Esta retirada era totalmente contrapuesta a los
resultados directos del combate. Como en la víspera, las pérdidas de uno y otro
bando estaban fuera de todo paralelo. La tropa había perdido cuatro hombres,
excluidos treinta y tantos heridos, mientras los contrarios fueron diezmados.
Uno de los médicos * había contado rápidamente
trescientos cadá veres 251. Se había coloreado el agua impura de la laguna del
Cipo y el sol, dando de lleno en su superficie, mostraba siniestramente en el
pardo oscuro de la tierra requemada las manchas de la sangre. . .
LA LEGIO FULMINATA 252 DE JOAO ABADE
La retirada fue la salvación. Pero el atacar la
aldea arrostrando todo, tal vez hubiese sido la victoria.
Descubramos — siguiendo las deposiciones
testimoniales— uno de los casos originales de esa campaña. Algún tiempo después
de haberse traba do el combate de Tabuleirinhos, los habitantes de Canudos,
impresiona dos por la intensidad de los tiroteos, se habían alarmado; ya
previendo las consecuencias que tendría la llegada de los soldados cayendo de
golpe sobre la beatería miedosa, Joáo Abade había reunido el resto de los hom
bres válidos, cerca de seiscientos, para salir en refuerzo de los compa ñeros.
A mitad de camino la columna fue inopinadamente alcanzada por las balas.
Tirando contra los primeros agresores en el lugar del en cuentro, los soldados
apuntaban al azar. De modo que, en la mayor parte de los casos, los tiros,
partiendo en trayectorias altas, se lanzaban según el alcance máximo de las
armas. Estos proyectiles perdidos pasa ban sobre los combatientes e iban a
caer más adelante, en medio de la gente de Joáo Abade. Los jagungos, perplejos,
veían caer fulminados a sus compañeros, advertían el silbido tenue de las balas
y no divisaban al enemigo. Alrededor, los arbustos ralos no permitían refugio,
los cerros más próximos se veían desnudos, desiertos. Y las balas bajaban,
aquí, allí, de costado, de frente, por el centro de la legión sorprendida, pun-
* El Dr.
Everard Albertazzi.
tilleándola de muertos, como una lluvia de rayos. .
. Un asombro supers ticioso ensombreció las caras más enérgicas. Atónitos,
volvieron los ojos hacia el cielo cruzado por las parábolas invisibles y nadie
los pudo con tener. Se precipitaron desaforadamente hacia Canudos donde, al
llegar, originaron una gran alarma.
No había engaño posible; el enemigo, poseedor de
engendros de tal especie, estaría allí en breve, siguiendo el rastro de los
últimos defenso res de la aldea. El encanto del Conselheiro se quebró.
Enloquecido de miedo, el pueblo ingenuo perdió en momentos las creencias que le
habían inculcado. Bandas de fugitivos, cargando sus pocas cosas, se daban a la
fuga, atravesando rápidos las callejuelas, en busca de las caatingas, sin que
los contuviesen los cabecillas más prestigiosos. En cuanto a las mujeres, a gritos,
a sollozos, clamando, agitando sus relicarios, rezando, se agrupaban ante las
puertas del Santuario, implorando la presencia del evangelizador.
NUEVO MILAGRO DE ANTONIO CONSELHEIRO
Pero Antonio Conselheiro, que en los días
corrientes evitaba encararlas, en esos momentos estableció una separación
total. Subió con media doce na de fieles hasta los andamiajes altos de la
nueva iglesia e hizo retirar la escalera.
Los grupos quedaron abajo, imprecando, llorando,
rezando. Ni los miró siquiera, el apóstol esquivo; observó el poblado revuelto,
en el que se atropellaban prófugos los desertores de la fe y se preparó para el
martirio inevitable. . .
En ese momento sobrevino la nueva de que la fuerza
se retiraba.
Fue un milagro. El desorden terminaba en prodigio.
V
RETIRADA
Había comenzado la retirada.
Terminadas las esperanzas del triunfo, le restaba
al infeliz ejército el recurso de oscilar entre la derrota y la victoria, en
una lucha sin éxito en la que el vencido vence en cada paso que consigue
avanzar el ven cedor, pisando indomable el territorio del enemigo y
conquistando a gol pes de armas cada una de las vueltas del camino.
La retirada del mayor Febrónio, si por lo
restringido del campo en que se realizó no se puede equiparar a otros hechos
memorables, por las circunstancias que le encuadran es uno de los episodios más
emocionan
tes de nuestra historia militar. Los soldados se
habían batido durante dos días, sin alimento alguno, entre los cuales mediaba
el armisticio engañador de una noche de alarmas; acerca de setenta heridos
debilita ban las filas; gran número de lastimados apenas podían cargar sus
armas; los más robustos dejaban la línea de fuego para arrastrar los cañones o
transportaban a los mal heridos y agonizantes y al frente de esta mul titud,
se extendía un camino de cien kilómetros, por el sertón estéril, poblado de trampas.
. .
Al
advertir el movimiento,
los jagungos los siguieron.
Los capitaneaba ahora un mestizo de bravura
increíble, Pajeú. Legí timo cafuz, en su temperamento impulsivo se reunían
todas las tenden cias de las razas inferiores que lo formaron. Era el tipo
completo del luchador primitivo, ingenuo, feroz y temerario, simple y malo,
brutal e infantil, valiente por instinto, héroe sin saberlo, un singular caso
de retroceso atávico, forma retardataria de troglodita sañudo levantándose
allí, con el mismo arrojo con que, en las antiguas edades enarbolaba el hacha
en la puerta de la caverna. . .
Este bárbaro distribuyó a sus compañeros por las
caatingas, ladeando a las columnas.
Se marchaba luchando. Producido el último choque
que partió del círculo atacante, comenzó a desfilar por las veredas de las
laderas sin que se advirtiera en este movimiento tan grave, el más serio de las
guerras, el más leve resquicio de los preceptos tácticos donde sobresale la
clásica formación escalonada permitiendo que las unidades cobatientes se
alternarasen en la réplica.
La expedición había perdido totalmente su
estructura militar, oficiales y plazas jornalizados estaban nivelados por el
mismo sacrificio. El coman dante, cuyo ánimo no aflojaba, buscaba los puntos
más arriesgados, mien tras los capitanes y oficiales subalternos se
precipitaban, mezclados con los soldados, en cargas hechas sin voces de mando;
un sargento, contra todas las prácticas dirigía la vanguardia.
De esta manera, volvieron a entrar en las gargantas
del Cambaio. Allí estaba el mismo camino peligroso, entre los abismos, abierto
al sesgo de los contrafuertes, alzado en rocas puntiagudas. Una sola variante:
de bruces sobre las piedras, esparcidos entre las rocas, se veían los jagungos,
las víctimas de la víspera.
Los sobrevivientes les pasaban ahora de por medio,
como una turba vengadora de demonios salidos de entre una multitud de
espectros. . .
No arremetían en chusma sobre la fila, en desafío a
las últimas gra nadas, corrían flanqueándola, dejando actuar solamente a su
formidable arma: la tierra. Les bastaba. El curiboca que había partido su
carabina o perdido su aguijada en el torbellino, miraba en torno y la montaña
era un arsenal. Allí estaban los bloques de piedra amontonados en pilas
vacilantes, prontos a largarse en violentas caídas por los declives. Cam
biaba la espingarda inútil por esas armas que
oscilaban, caían, rodaban al principio con rumbo incierto entre las
escabrosidades del terreno, des pués, más rápidas, despeñándose al fin en
saltos espantosos y golpeando contra otras piedras, sacándoles pedazos, pasaban
como balas monstruo sas sobre la tropa despavorida.
Esta, abajo, se salvaba a cubierto del ángulo
muerto del mismo camino, por el medio de la ladera, bajo una avalancha de
bloques. Pero las fati gas de la marcha la abatían más que el mismo enemigo.
El sol estaba en su culminación y la luz cruda del día tropical cayendo en la
región quemante y desnuda, flameaba, caliente, sobre las sierras.
Toda la naturaleza quedaba inmóvil en aquel
deslumbramiento, bajo el espasmo de la canícula. Los mismos tiros apenas
quebraban el silen cio; no había ecos en los aires enrarecidos, irrespirables.
Los estampidos estallaban secos, no resonaban y la brutalidad humana rodaba
sorda mente dentro de la quietud universal de las cosas. . .
La travesía de las trincheras fue lenta.
Los sertanejos no los agredían.
Gomo simios amotinados habían convertido todo eso
en un pasatiempo doloroso y en un apedreamiento. Pasaban por lo alto en grupos
turbu lentos y ruidosos. Los luchadores, abajo, seguían como actores desgra
ciados en el epílogo de un drama mal representado. La agitación de dos días
sucesivos de combates y provocaciones se deshacía, de pronto, en una asonada
siniestra. Peores que las descargas, oían dichos irónicos e irritantes, largos
silbidos y burlas ruidosas como si los siguiese una barahunda de muchachos
incorregibles.
Al final de tres horas de marcha, llegaron a
Bendegó de Baixo. La admirable posición de ese lugar, breve planicie unida al
camino, les permitió recursos defensivos más eficaces.
El último encuentro se hizo al caer la noche, a la
media luz de los rápidos crepúsculos del sertón.
Fue breve pero temerario. Los jagungos dieron la
última embestida con la artillería que trataron de quitarle a la tropa. Pero
las ametralladoras los rechazaron y barridos por la metralla, dejando veinte
muertos, rodaron por las bajadas perdiéndose en la noche. . .
La hora de las provocaciones había terminado.
Un incidente providencial completó el suceso. Un
rebaño de cabras ariscas fustigado tal vez por las balas, invadió el campamento
casi al mismo tiempo que los sertanejos huían. Fue una diversión feliz. Hombres
totalmente exhaustos corrieron delirantes de alegría a los veloces anima les.
Prefiguraban los regalos de un banquete después de dos días de ayu no forzado
y una hora después — andrajosos, inmundos, repugnantes— en cuclillas alrededor
de las hogueras, iluminados por la claridad del fue go, dilaceraban carnes
apenas cocidas como una banda de caníbales hambrientos.
La expedición partió al día siguiente, temprano, para Monte
Santo. No había un hombre sano. Los que cargaban a los compañeros
heridos claudicaban a cada paso, con los pies sangrando, cortados por las
piedras y las espinas. Las ropas
convertidas en harapos, cubiertos con groseros sombreros de paja, algunos trágicamente ridículos, tapando
sus desnu deces con los capotes
despedazados, entraron en la villa como una turba de vencidos, vencidos por los
soles bravios, huyendo de la desolación y
la miseria.
La población los recibió en silencio 25S.
VI
PROCESION
DE PARIHUELAS
Aquel mismo día, a la tarde, volvieron a animarse
las cuestas del Cam-baio. El fragor de los combates, sin embargo, había
cambiado por las letanías melancólicas. Lentamente, caminando hacia Canudos, la
enorme procesión cubría las sierras. Los creyentes había sustituido a los
comba tientes y volvían a la aldea, cargando en los hombros, en tocas
parihuelas de palos atados con cipos, los cadáveres de los mártires de la fe.
El día había sido dedicado a la lúgubre exploración
a la que se dedicó la población entera. Se habían escudriñado todas las
anfractuosida des, todos los dédalos, todas las cavernas, todas las grutas. .
.
Muchos luchadores, al morir en las laderas, habían
caído por los ba rrancos; otros se balanceaban sobre los abismos, sus ropas
prendidas a los picos puntiagudos. Bajando a las grutas profundas y subiendo a
los vértices más abruptos, los recogían los compañeros compasivos.
A la tarde había finalizado la piadosa tarea.
Faltaban pocos,
los que la tropa había quemado.
El fúnebre cortejo seguía ahora hacia Canudos. . .
Muy bajo en el horizonte, el sol caía lentamente,
tocando con su halo rutilante los confines de las planicies lejanas y su última
claridad, a caballo de las sombras que ya se acostaban en las bajadas, caía
sobre el dorso de la montaña. . . Por momentos lo aclaró. Iluminó, fugaz, el
corte jo que seguía la cadencia de los rezos. Se deslizó insensiblemente
subien do, a medida que lentamente ascendían las sombras, hasta lo alto, donde
los últimos rayos centelleaban en las cumbres. Por instantes, éstas reful gieron
como enormes cirios, ya encendidos, ya apagados, oscilando en la media luz del
crepúsculo.
Brillaban las primeras estrellas. Rutilando en la
altura, la cruz res plandeciente de Orion 254 se levantaba sobre los sertones.
. .
EXPEDICION MOREIRA CESAR
I —El Coronel Moreira César y el medio que lo hizo
célebre. Primera expedición regular. Cómo la aguardaban los jagun-gos. 11.—Partida de Monte Santo. Primeros errores.
Nuevo camino. Psicología del
soldado. III.—El primer encuentro;
Pitombas. "¡Acelerando!”. Dos
tarjetas de visita a Antonio Conselheiro. En lo alto de la Vavéla. Una mirada
sobre Ca nudos. IV —El orden
de batalla y el
terreno. Ciudadela trampa.
Ataques. Saqueos antes del triunfo. Retroceso. Al golpear del Ave María. V —Sobre lo alto del Mario. V I—Re tirada; desbandada;
fuga. Un arsenal al aire libre y una diversión cruel.
I
MOREIRA CESAR Y EL
MEDIO QUE LO HIZO CELEBRE
El nuevo fracaso de las armas legales, imprevisto
para todo el mundo, coincidía con un momento crítico de nuestra historia.
Sufriendo aún las lamentables consecuencias de la
sangrienta guerra civil que había culminado una ininterrumpida serie de
sediciones y re vueltas desde los primeros días del nuevo régimen 255, hacia
1897, la sociedad brasileña ofrecía un alto grado de receptividad para la
intrusión de elementos revolucionarios y de dispersión. Cuando, más adelante,
alguien se ponga a definir a la luz de expresivos documentos, la intere sante
psicología de aquella época, demostrará la inadaptación del pueblo a la legislación
superior del sistema político recién inaugurado, como si éste, por aventajarse
en demasía al curso de una evolución lenta, tuviese, como efecto predominante,
propagar sobre el país, que se había aquietado en el marasmo monárquico, un
intenso espíritu de desorden, precipitando a la República por un declive donde
los desastres aparecían con un ritmo que delataba la marcha cíclica de una
enfermedad.
El gobierno civil, iniciado en 1894, no había
tenido la base esencial de una opinión pública organizada. Había encontrado al
país dividido en vencedores y vencidos. Y fue impotente para corregir una
situación que no siendo francamente revolucionaria ni tampoco normal, repelía
por igual los recursos extremos de la fuerza y de la influencia serena de las
leyes. Se estaba frente a una sociedad que, marchando a los saltos, desde la
máxima flojedad a la máxima rigurosidad, desde las conspiracio nes incesantes
a los repetidos estados de sitio, parecía reflejar el contraste entre su
imperfecta organización intelectual y su incomprendida organi zación política.
De manera que siéndole imposible sustituir el lento
trabajo de la evo lución para levantar la primera al nivel de la segunda,
dejaba que se diese el fenómeno contrario: la significación superior de los
principios demo cráticos decaía, anulada, invertida, vuelta un sofisma.
Nada podía detener esa decadencia. El gobierno
anterior, del Mariscal Floriano Peixoto, por las especiales circunstancias que
lo rodearon, había tenido una función combativa y demoledora. Pero al vencer la
indisci plina resultante de las sucesivas sediciones, había agravado la
inestabilidad social y se había vuelto en cierta manera contraproducente,
violando flagrantemente un programa preestablecidos. Así es que, habiendo
nacido de una reacción contra un golpe de estado violador de las garantías
constitucionales, creó el proceso de la suspensión de las garantías; abra zado
tenazmente a la Constitución, la ahogaba; haciendo de la legalidad la síntesis
de sus designios, esa palabra, extendida a la consagración de todos los
crímenes, se transformaba en la fórmula antinómica de una tierra sin leyes. De
manera que el inflexible Mariscal de Hierro 256, quizá involuntariamente,
porque su figura aún hoy es un intrincado enigma, deshizo la misión a la cual
estaba dedicado. En los momentos de crisis apelaba incondicionalmente a todos
los recursos, a todos los medios y a todos los adeptos, saliesen de donde
fuere, actuaba totalmente alejado de la amplitud de la opinión nacional, entre
las pasiones e intereses de un partido que, salvando pocas excepciones,
congregaba a todos los mediocres ambiciosos que, por instinto natural de
defensa, evitan las imposiciones severas de un medio social más culto. Y al
vencer, en los últimos días de su gobierno, la Revuelta de Setiembre 257, que
había reunido todas las rebeldías y todos los tumultos de los años anteriores,
aunó, en latencia, prontos a explotar, los gérmenes de los levantamientos más
peligrosos.
Destruyó y creó revoltosos. Venció al desorden con
el desorden. Al dejar el poder no se llevó a todos los que lo habían acompañado
en los difíciles trances de su gobierno. Se quedaron muchos agitadores, robus
tecidos por un intenso aprendizaje de tropelías que se sentían incómodos en el
plano secundario al que naturalmente volvían. Traían el irreprimi ble
movimiento de una carrera fácil y vertiginosa como para detenerse de súbito: se
infiltraron en la nueva situación.
Entonces se pudo observar un caso común de
psicología colectiva: tomada de sorpresa, la mayor parte del país, inerte
absolutamente y neutral, se constituyó en vehículo propicio de transmisión de
todos los elementos condenables que cada ciudadano, aisladamente, deploraba.
Se gún el proceso instintivo que, en la esfera social evoca la herencia de una
remota predisposición biológica, tan bien expresada en el "mimetismo
psíquico” de que nos habla Scipio Sighele 258, las mayorías conscientes pero
tímidas, tomaban en parte la misma imagen moral de los medio cres atrevidos
que se les ponían al frente. Entonces, surgieron en la
tribuna, en la imprenta y en las calles, sobre todo
en las calles, indi vidualidades que en las situaciones normales caerían bajo
el peso de su ridiculez. Sin ideas, sin orientación ennoblecedora, enlazados en
un círculo estrecho de ideas en donde el dudoso entusiasmo por la Repú blica
se aliaba con un nacionalismo extemporáneo y la grosera copia de un jacobinismo
poco lisonjero para la historia, aquellos agitadores comenzaron a vivir de la
explotación pecaminosa de un cadáver. La tumba del Mariscal Floriano Peixoto se
convirtió en la prenda de alianza de los rebeldes y el nombre del gran hombre
fue la palabra de orden del desorden.
La retracción criminal de la mayoría pensante del
país permitía todos los excesos, y en medio de la indiferencia general, las
mediocridades irri-tativas consiguieron imprimir a esa época, felizmente
transitoria y breve, el rasgo más vivo que la caracteriza. No les bastaban las
divisiones per manentes ni los asustaba una situación económica desesperada;
querían aumentar aquéllas y volver a esta última insoluble. Y como el ejército
se erigía, ilógicamente, desde el movimiento abolicionista hasta la procla mación
de la República, en elemento moderador de las agitaciones nacio nales, lo
cortejaban, lo atraían afanosa e imprudentemente.
De todo el ejército, un coronel de infantería,
Antonio Moreira César, era quien parecía haber heredado la tenacidad del gran
vencedor de revueltas.
El fetichismo político exigía muñecos de uniforme.
Lo eligieron
como nuevo ídolo.
Ante la noticia del desastre, que aumentaba la
gravedad de la lucha en los sertones, el gobierno no encontró nadie mejor que
pudiese equili brar las graves exigencias. Lo escogió como jefe de la
expedición ven gadora.
Alrededor del nombrado se había urdido una leyenda
de valentía. Recién llegado de Santa Catarina, donde había sido el principal
actor
en el epílogo de la campaña federalista del Río
Grande, tenía un excep cional renombre, hecho de aclamaciones y apodos, según
el modo extre mista e incoherente de juzgar de la época, en que permanecían
vivos los mínimos incidentes de la guerra civil extendida desde la bahía de Río
de Janeiro hasta el sur, por la Revuelta de la Escuadra.
Entre dos extremos, el arrojo de Gumercindo Saraiva
y la abnegación de Gomes Carneiro 259, la opinión pública nacional oscilaba
manejando los conceptos más dispares para aquilatar a vencedores y vencidos; y
en esa inestabilidad, en ese barajar, en esa fogosa expansión de nuestra
sospechosa sentimentalidad, lo que de hecho se hacía en todos los tonos,
con todos los colores y bajo variados aspectos, era
la caricatura del heroísmo. Los héroes inmortales de un cuarto de hora,
destinados a la suprema consagración de una placa en la esquina de una calle,
entraban de repente, adentro de la historia, a los empujones, como intrusos
sor prendidos, sin que se pudiese saber si eran bandidos o santos, envueltos
en panegíricos y afrentas, apareciendo entre fervientes ditirambos, ironías
diabólicas e invectivas despiadadas, de la sangría de Inhanduí, de la carnicería
de Campo Osorio, del cerco memorable de La Lapa, de los pedregales del Pico do
Diabo, o del marcial platonismo de Itararé 260.
Irrumpían a
granel. Eran legión. Todos queridos, maldecidos todos.
Entre ellos, el coronel Moreira César era una
figura aparte.
Al verlo se sorprendían por igual admiradores y
adversarios.
Su aspecto le reducía la fama. De figura diminuta —
un tórax raquítico sobre dos piernas arqueadas en paréntesis— era orgánicamente
inepto para la carrera que había abrazado.
Le faltaban el aplomo y la complexión que, en el
soldado, son las bases físicas del coraje.
Apretado en el uniforme que raramente abandonaba,
la chaqueta con feccionada para hombros de adolescente frágil, le estropeaba
más la postura.
Una fisonomía inexpresiva y mórbida completaba su
ingrato y exiguo porte. Nada, absolutamente nada, revelaba la energía
sorprendente y la temible entereza de que diera pruebas, en aquel rostro de
convalesciente sin una línea original y firme: pálido, alargado por la calva en
que se prolongaba la frente abombada, y mal iluminado por una mirada mor
tecina, velada de permanente tristeza.
Era una cara inmóvil, como un molde de cera, con la
impenetrabilidad derivada de su atonía muscular. Los grandes paroxismos de la
cólera y la alegría más fuerte, debían morir allí inadvertidos, en la lasitud
de los tejidos, dejándola siempre fijamente inmóvil, impasible, rígida.
A los que lo veían por primera vez les costaba
admitir que en ese hombre de gesto lento y frío, maneras corteces y algo
tímidas, viviese el campeador brillante, o el demonio cruel que idealizaban. No
tenía los rasgos característicos del uno ni del otro. Quizá porque era las dos
cosas al mismo tiempo.
Se justificaban tanto los aplausos como las
invectivas. Era tenaz, pa ciente, dedicado, leal, cruel, vengativo, ambicioso.
En esa individualidad singular chocaban antinómicas, tendencias monstruosas y
cualidades su periores, unas y otras en el grado máximo de intensidad. Era un
alma pro teiforme encerrada en un organismo frágil.
Aquellos atributos, sin embargo, estaban velados
por una reserva cau telosa y sistemática. Sólo un hombre los percibió o los
descifró bien, el Mariscal Floriano Peixoto. Tenía con él la afinidad de
inclinaciones idénticas. Lo aprovechó en la ocasión oportuna, como Luis XI
hubiese
aprovechado a Bayard, si pudiese encajar en la
bravura novelesca del Ca ballero Sin Mácula las astucias de Fra Diábolo 26\
Moreira César estaba lejos de la nobleza del
primero y más lejos aún de la decadencia moral del último. Sin embargo, no es
una imper donable exageración considerarlo una mezcla reducida de ambos. Una
cosa grande e incompleta, como si la evolución prodigiosa del predes tinado se
hubiese detenido antes de la selección final de los raras carac terísticas con
que lo equipara, precisamente en la fase crítica en que debía definirse como
héroe o como malhechor. Era un desequilibrado. En su alma, la dedicación extrema
desaparecía ante el extremo odio, la calma soberana en rabias repentinas y la
bravura caballeresca en la bárbara rebeldía.
Tenía el temperamento desigual y bizarro de un
epiléptico compro bado que encubría la inestabilidad nerviosa del enfermo con
una placidez engañosa.
A veces, su serenidad se quebraba por los
movimientos impulsivos de la enfermedad que sólo más tarde, a causa de
conmociones violentas, se develó completamente en las manifestaciones físicas
de los ataques. Si pudiéramos seguir su vida, asistiríamos al desdoblamiento
continuo del mal que le imprimió, como a otros compañeros de desdicha, un
aspecto original e interesante, definido por una sucesión elocuente de acciones
que aparecen punteando períodos de calma cada vez más redu cidos, y
constituyen las señales de la curva inflexible hasta que lo arrebataba la
fatalidad biológica.
Entre sus compañeros de armas eran conocidos esos
significativos episodios que, de tiempo en tiempo, con ritmo regular,
interferían en la línea de una carrera correcta como pocas.
Sería largo enumerarlos, además del peligro de
contribuir al arsenal de versiones exageradas o falsas.
Pero, aparte de los casos dudosos, definidos
siempre por el rasgo preponderante de vías de hecho muy violentas — aquí el
ultraje a reben cazos de un médico militar, allá el ataque a cuchillo, por
suerte detenido a tiempo, contra un oficial argentino por cierta palabra mal
entendida— destacamos los más conocidos.
Uno sobre todo puso de relieve su energía salvaje.
Fue en 1884, en Río de Janeiro. Un periodista 262,
o mejor dicho, un alucinado, actuando libremente gracias a la laxitud de las
leyes repre sivas, había creado un escándalo permanente de insultos
intolerables en la Corte del Antiguo Imperio; habiendo rozado al Ejército con
algunas de las indecorosas alusiones que abarcaban por igual a todas las
clases, desde el último de los ciudadanos al monarca, lamentablemente, algunos
oficiales, como supremo recurso, decidieron la justicia fulminante y de
sesperada del linchamiento.
Así se hizo. Y entre los subalternos encargados de
ejecutar la senten cia en plena calle, en pleno día, delante de la justicia
resguardada por los Comblains de toda la fuerza policial en armas, figuraba, ya
gra duado, el capitán Moreira César, todavía joven, alrededor de los treinta
años, y teniendo en su hoja de servicios elogios merecidos por varias
comisiones ejemplarmente cumplidas. Y fue el más decidido, el más cruel, el
primero quizá en acuchillar a la víctima por la espalda, exacta mente en el
momento en que ella, en un carruaje, sentado al lado de la autoridad superior
del propio ejército, se había acogido a la protección inmediata de la ley.
El crimen le trajo la transferencia hacia Mato
Grosso y, de esa Siberia canicular de nuestro ejército, sólo volvió después de
la proclamación de la República.
Lo vimos en esa época.
Todavía era capitán y aunque nunca había
desenvainado su espada en un combate, semejaba un triunfador. En los días aún
vacilantes del nuevo régimen, el gobierno parecía desear tener cerca de sí a
aquel firme sostén, el hombre para las crisis peligrosas y para las grandes
teme ridades. Su figura de niño atravesaba los cuarteles y las calles envuelta
en un murmullo simpático y elogioso, en un comentario lisonjero de los grandes
lances de su vida, acerca de los cuales era completamente muda la fe de oficio
del burócrata inofensivo y tímido, alabado por el desempeño de misiones
pacíficas.
Por singular contraste, en los documentos de la
profesión guerrera aparecía lo implacable de una existencia accidentada,
turbulenta, en la que no raras veces, relampaguaba el cuchillo al lado de la
espada total mente virgen.
Esta salió de la vaina, por fin, en los últimos
años de su existencia. En 1893, porque había saltado velozmente tres grados en
dos años, al declararse la Revuelta de la Armada, el Mariscal Floriano Peixoto
lo envió, armado de poderes discrecionales, a Santa Catarina, como una barrera
para detener el conflicto que se había reanimado en el sur y amenazaba a los
estados limítrofes. Resultado: en ningún lugar de nues tro territorio pesó tan
firme y tan estrangulador, el guante del estado de sitio.
Los fusilamientos que allí se realizaron, con un
triste aparato de imperdonable maldad, hablan a las claras. Impresionaron tanto
a la opi nión pública nacional que, terminada la revuelta, el gobierno civil
recién inaugurado pidió cuenta de tales sucesos al principal responsable. La
respuesta por telégrafo fue rápida. Un "no” simple, seco, atrevido y cor
tante, un dardo que dio de lleno en la curiosidad imprudente de los poderes
constituidos, sin una explicación, sin un rodeo, sin la mínima deferencia.
Meses después lo llamaron a Río de Janeiro.
Se embarca con su batallón, el 7*?, en una nave
mercante y en pleno mar, ante la sorpresa de sus mismos compañeros, prende al
comandante. Lo había asaltado, sin que para eso hubiese el mínimo pretexto, la
sos pecha de una traición, de un desvío en la ruta, dispuesto adrede para
hacerlo prisionero a él y a sus soldados. La acción sería absolutamente
inexplicable si no la caracterizáramos como un aspecto particular de la
desorganización psíquica de que era víctima.
Sin embargo, eso no disminuía su prestigio. Se hizo
dueño del batallón que comandaba; lo abasteció con un personal que sobrepasaba
en mucho el número regular de plazas, entre los cuales, en manifiesta violación
de la ley, había decenas de niños que no podían cargar las armas. Con un
imperio incondicional, organizó el mejor cuerpo del ejército, porque en sus
extensos períodos de lucidez, demostraba cualidades eminentes y excepcionales
de jefe disciplinado e inteligente, en contraste con los inter mitentes momentos
de exaltación y paroxismo.
Estos se volvieron, por fin, más repetidos y
ostentosos en un creci miento inflexible.
Nombrado para la expedición contra Canudos, se
entregó a una serie de desatinos que culminaron en una catástrofe.
Habremos de verlos en seguida, extremados por dos
ímpetus impulsi vos: la partida caprichosa de Monte Santo, de improviso, con
estupor de su mismo estado mayor, precisamente en la víspera del día fijado en
detalle para la marcha; y tres días más tarde, el ataque contra la aldea, de
mil y tantos hombres exhaustos por una carrera de leguas, precisa mente en la
víspera del día señalado para el asalto.
Estos últimos hechos, y su identidad está en que
objetivaron la misma neurosis, tuvieron la intermitencia de los ataques.
Fueron una revelación.
Se vio que todos los accidentes singulares de su
inconexa existencia, eran señales significativas que indicaban un diagnóstico
único y se guro . . .
Realmente, la epilepsia se alimenta de pasiones,
crece cuando se ex panden las emociones súbitas y fuertes, pero, cuando
todavía está lar-vada, o se traduce en una alienación apenas efectiva,
escondida sorda mente en las conciencias, parece tener en la libre
manifestación de aquéllas una derivación salvadora que atenúa sus efectos. De
modo que, sin exagerar, se puede decir que muchas veces, un crimen o un acto de
heroísmo, es el equivalente mecánico de un ataque. Contenido el brazo homicida
o inmovilizado de golpe el héroe en su arremetida glo riosa, el enfermo puede
aparecer, ex abrupto 26S, sucumbiendo al acceso. De ahí esos actos inesperados,
incomprensibles o brutales, en lo que la víctima trata de eludir
instintivamente al propio mal, buscando el crimen muchas veces como vía de
escape de la locura.
Durante mucho tiempo está sumido en una
semiconciencia de su estado, en una serie de delirios fugaces, que nadie
advierte, que ni ella advierte a veces, sintiendo crecer la inestabilidad de su
vida. Y lucha tenazmente. Los intervalos lúcidos le sirven de punto de apoyo
para la vacilante conciencia en su búsqueda de motivos inhibitorios, en una
eva luación cada vez más penosa de las condiciones normales del ambiente. Pero
la lucidez, poco a poco, se debilita. La inteligencia, finalmente, no capta las
condiciones exteriores o las relaciona mal y va decayendo, perturbándose,
deformándose. El enfermo, entonces, cae en un estado crepuscular, según una
acertada expresión, y condensa en su cerebro, como si fuese la suma de todos
los delirios anteriores, un potencial de locura inestable, pronto a desatarse
en acciones violentas que lo pueden llevar al crimen o accidentalmente, a la
gloria.
En esta ocasión le cabe a la sociedad darle la
púrpura o el chaleco de fuerza. Porque el principio general de la relatividad
abraza las mismas pasiones colectivas. Si un gran hombre puede imponerse a un
gran pueblo por la influencia deslumbrante del genio, los degenerados peli
grosos fascinan con igual vigor a las multitudes estúpidas.
Entre nosotros, se había ejercitado el dominio del
caput mortuum264 de las sociedades. Despuntaban efímeras individualidades y
entre ellas, el coronel César se destacaba con fuerte relieve, como si la
nulidad de su pasado hiciera sobresalir mejor la energía feroz desdoblada en
los últimos años.
Es temprano todavía para que se defina su altura,
relativa a la bajeza del medio en que surgió. En la apreciación de los hechos
el tiempo sus tituye al espacio para formalizar las imágenes: el historiador
necesita cierto alejamiento de las épocas que observa.
Doblemos esta peligrosa página. . .
PRIMERA EXPEDICION
REGULAR
De conformidad con la invitación que le fuera
hecha, el coronel Mo-reira César salió el 3 de febrero hacia Bahía, llevando su
batallón, el 7? de infantería, bajo la dirección del mayor Rafael Augusto da
Cunha Matos; una batería del 2? regimiento de artillería, bajo el mando del
capitán José Agostinho Salomáo da Rocha; y un escuadrón del 9? de caballería,
con el capitán Pedreira Franco.
Las tres armas formaban el núcleo de la brigada
constituida con la celeridad que las circunstancias imponían, uniéndose partes
de otros tres cuerpos: el 16? que estaba en San Joao d’El-Rei 265, de donde
salió dirigido por el coronel Sousa Meneses, con 28 oficiales y 290 pla zas;
cerca de 140 soldados del 33? y el 9? de infantería, con el
coronel Pedro Nunes Tamarinho y pequeños
contingentes de la fuerza estadal bahiana.
El jefe expedicionario no se detuvo en Bahía.
Reunidas todas las fuerzas que allí lo esperaban, de inmediato salió para
Queimadas, donde sólo cinco días después de haber partido de la Capital de la
República el 8 de febrero, estaba toda la expedición congregada, casi 1.300
hom bres, fuertemente provistos con quince millones de cartuchos y setenta
tiros de artillería.
La movilización había sido un prodigio de rapidez.
Siguió con la misma velocidad. Dejando en Queimadas, "1^ base de
operaciones”, bajo el comando de un teniente, una platónica guarnición de 80
enfer mos y 70 niños que no soportaban el peso de las mochilas, el grueso de
la tropa siguió hacia la "2^ base de operaciones”, Monte Santo, donde el
20 ya estaba pronta para el ataque.
Pero había llegado bajo malos auspicios. Un día
antes, la enfemedad del comandante había estallado en una convulsión
epileptoide en plena calle, cerca de Quirinquinquá, y había sido de tal
carácter, que los cinco médicos del cuerpo sanitario previeron una repetición
de lastimosas con secuencias. Los principales jefes de cuerpos, sin embargo,
aunque cono cían el diagnóstico que afectaba seriamente la firmeza y las
responsa bilidades del comando general ante las severas condiciones de la
lucha, cautelosos y tímidos, se negaron a la menor deliberación al respecto.
El coronel Moreira César llegaba al objetivo de la
campaña condenado por los mismos médicos que estaban bajo su mando.
Es natural que las operaciones no fuesen
concertadas con la indis pensable lucidez y que las deformasen desde el primer
paso todos los errores y explicables descuidos e inexplicables olvidos de
preceptos rudi mentarios, ya rudamente corregidos o expuestos con la mayor
claridad en los desastres anteriores. Nada se resolvió de acuerdo con las
circuns tancias especiales de la empresa. Todas las decisiones quedaron
domina das por un plan único, propio de un comisario policial enérgico: lanzar
a paso redoblado mil y tantas bayonetas contra Canudos.
Esto en el menor tiempo posible. Los ingenieros
militares Domingos Alves Leite y Alfredo do Nascimento, tenientes del estado
mayor de primera clase, agregados a la brigada, tuvieron una semana para reco
nocer un terreno desconocido y áspero. En la exigüidad de tal plazo, no les era
posible elegir los puntos estratégicos para afirmar una línea de operaciones.
La misma vertiginosidad de los levantamientos militares estaba más acá de esa
misión precipitada, adscrita a reglas fantásticas, bases medidas a ojo, señales
ambiguas según la disposición de determi nadas sierras, distancias registradas
en los punteros de los podómetros metidos en las botas de los apresurados
operadores. Estos se guiaban preguntando a los escasos habitantes de los
lugares recorridos; anotaban así extensiones en base a una unidad traicionera,
la legua, de estimativa
exagerada por el amor propio del matulo
acostumbrado a largas cami natas; rumbos totalmente embarullados o líneas de
ensayo en las que un error de cinco grados era un primor de rigor, informes
sobre acciden tes, contextura del suelo, y aguadas de existencia problemática
y dudosa.
Subordinaron al comandante el relevamiento hecho.
Sin mayor examen fue aprobado.
De acuerdo con él, se eligió el nuevo camino.
Envolvía al del Cambaio por el este y era más extenso en nueve o diez leguas,
pero tenía la ventaja, al parecer, de apartarse de la zona montañosa. Saliendo
de Monte Santo, las fuerzas se encaminarían hacia la aldea del Cumbe, en el
rumbo ESE y al llegar aquí, doblando, se tomaría la ruta hacia el norte,
faldeando la sierra de Aracati, en marcha que la contorneaba, a poco rumbeando
al NNO, se encontrarían en el Rosario, con el antiguo camino de Magacará. Elegido
este camino no se pensó en convertirlo en una línea de operaciones,
escogiéndose dos o tres puntos de defensa con guarniciones que, aunque fuesen
mínimas, pudiesen ofrecer resis tencia en caso de una derota, un retroceso o
una retirada.
Nadie pensaba en la más remota posibilidad de un
revés. La explo ración realizada se había hecho por un ajustarse a esas
antiguallas de la estrategia, pero bastaba la mirada perspicaz del guía, el
capitán Jesuíno, para aclarar los problemas de la ruta.
Se sabía que ésta atravesaba largos trechos de
caatingas que exigían la apertura de picadas, que se debía pasar un arenal de
cuarenta kiló metros que en esa época, la plenitud del verano, no se podía
emprender el viaje sin que los combatientes llevaran provisión de agua, como
hacían las legiones romanas en Túnez. Para obviar este inconveniente, llevaron
una bomba artesiana, como si conociesen las capas profundas de la tierra cuando
ignoraban su misma superficie, y hubiese entre los expediciona rios algún rabdomante
capaz de señalar con una varita mágica el punto exacto en que existiese la capa
líquida necesaria. Veremos más adelante qué función cumplió.
Se iba a marchar hacia lo desconocido, por sendas
no frecuentadas, porque todas las travesías por allí se limitan a un camino
secular, el de Bom Conselho a Jeremoabo, rodeando y evitando por el este los
agres tes campos que lo detienen al norte o insensiblemente descienden hacia
el Vaza-Barris formando en el ligero divortiun aquarum, entre éste y el
Itapicuru, grandes arenales sin el más leve hilo de agua, porque absor ben con
succión de esponja, los más impetuosos aguaceros.
La travesía se presuponía larga y llena de
tropiezos. Eran 150 kiló metros, un mínimo de veinticinco leguas, que valían
por una extensión diez veces mayor, por lo despoblado y árido de la tierra. Era
natural que se garantizase por lo menos la pretendida base de operaciones para
que la tropa no quedase completamente aislada en el desierto. A pesar de eso,
Monte Santo, con sus pésimas condiciones de defensa, dominada
por la serranía a plomo, desde donde media docena
de enemigos sin arriesgarse, podía atacarla, quedaría bajo la autoridad del
coronel Me-neses con una guarnición deficiente de pocas decenas de plazas. De
modo que los jagungos, fácilmente, podrían tomarla apenas el resto de la tropa
saliese para Canudos. No lo hicieron. Pero se podía presumir que lo iban a
hacer cuando todas las informaciones que llegaban aseguraban de modo
concordante que los sertanejos se preparaban fuertemente para la lucha.
Las noticias eran ciertas.
En tres semanas, Canudos había crecido
extraordinariamente. La nueva del último triunfo sobre la expedición Febrónio,
aumentada por los que la divulgaban, novelada ya con numerosos episodios, había
des truido las últimas vacilaciones de los creyentes que hasta entonces habían
sido renuentes en ir hasta el falansterio de Antonio Conselheiro.
Como en los primeros tiempos de la fundación, en
todo momento, desde lo alto de las colinas, aparecían grupos de peregrinos,
trayendo todos sus haberes, en demanda del paraje legandario. Muchos cargaban
en redes a sus familiares enfermos, moribundos ansiosos de tener su último
sueño en ese lugar sacrosanto, o ciegos, paralíticos, y leprosos, buscando el
milagro, la cura inmediata ante un simple ademán del tau maturgo venerado.
Llegaba toda suerte de gente: pequeños hacendados, vaqueros crédulos y fuertes,
aparceros en un mismo montón con los variados tipos de la marginalidad
sertaneja; ingenuas madres de familia hermanadas con tramposas mujeres de la
vida. En el curso de esas pro cesiones se veían invariablemente, sin compartir
el coro de letanías, extraños, solos, siguiéndolos pero sin mezclarse con los
fieles, a bandidos sueltos, capangas en disponibilidad, buscando un teatro de
mayor enver gadura para su índole aventurera y su valentía impulsiva. En el
correr del día, por las calles de Calumbi, de Magacará, de Jeremoabo y de Uauá,
convergiendo de todos los puntos, llegaban cargueros repletos de toda suerte de
provisiones directamente enviados a Canudos por los adeptos que desde lejos los
mantenían, en Vila Nova da Rainha, Alagoin-has, en todas partes. Tenían
abastecimientos y un gran entusiasmo.
COMO LA AGUARDABAN
LOS JAGUNCOS
Apenas despuntaba la mañana se distribuían los
trabajos. Brazos no fal taban, los había de sobra. Se destacaban piquetes de
guardias, de veinte hombres cada uno, al mando de un jefe de confianza, hacia
los varios
puntos de acceso: en Cocorobó, junto a la
confluencia del Macambiras, en la bajada de las Umburanas y en lo alto de la
Favela, con el fin de renovar a los que habían pasado allí la noche de vigías.
Los que en la víspera ya habían pagado su tributo al servicio común se iban
hacia las insignificantes plantaciones, extendidas a ambas márgenes del río.
Otros se dirigían a las obras de la iglesia, y los más despiertos, iban más
lejos, hacia Monte Santo o hacia Cumbe o hacia Queimadas, en delicadas
comisiones, indagando acerca de los nuevos invasores, confa bulando con los
fieles de aquellas localidades para vigilar a las autori dades, adquirir
armamentos, arreglar contrabandos que se hacían con facilidad, espiando todo,
inquiriendo sobre todo, cautelosamente.
Y partían
felices. Por los caminos pasaban en pequeños grupos, car gando armas o
herramientas de trabajo, cantando. Olvidados de las matanzas anteriores. En el
ánimo de muchos asomaba la esperanza de que los dejarían, finalmente, en la
quietud de la simple existencia del sertón.
Pero los jefes no se ilusionaban. Preparaban la
urgente defensa. En los días ardientes, se veía a los sertanejos esparcidos por
lo alto de los cerros o al borde de los caminos, sacando, cargando o
amontonando piedras, abriendo la tierra a pico y pala en una faena incesante.
Cons truían trincheras.
Por su rapidez, el sistema era un ideal de
fortificación pasajera: abierta una cavidad circular o elíptica, en la que se
pudiese ocultar o moverse a gusto el tirador, la rodeaban de pequeños respaldos
de piedras yuxtapuestas, por cuyos intersticios se podían meter el caño de las
espin gardas. Los bloques de pizarra, fácilmente extraídos en todas las formas
deseadas, facilitaban la tarea. Explican el extraordinario número de esos
tremendos hoyos que a intervalos regulares y hacia todos los rumbos, crivaban la
tierra en todos los alrededores de Canudos, como incontables cañoneras de una
monstruosa fortaleza sin muros. Estaban situados de modo tal que, sobre todo en
los largos trechos en que el camino sigue el lecho seco de los riachos,
volverían difícil la marcha de la tropa más robusta y ligera. Y como preveían
que éstas, tratando de escapar de los pasajes peligrosos, se volvería hacia los
lados, asaltando y conquis tando las trincheras que los bordeaban, hacieron
otras próximas, en lo alto de las barrancas, y otras más distantes e igualmente
dispuestas, de modo de seguir el combate. Así es que siguiesen el camino o lo
aban donasen, los combatientes estarían siempre atrapados en una red de balas.
Es que los rebeldes no necesitaban enseñanzas para
estos preparativos. La tierra era un modelo admirable: sierras empinándose en
reductos, ríos excavándose en fosos y por todas partes, las caatingas cerradas
en trincheras naturales. Escogían los arbustos más altos y frondosos, les
cortaban las ramas interiores sin deshacerles la fronda, de modo de for mar, a
dos metros sobre el suelo, un pequeño escudo colgante, capaz de soportar
cómodamente uno o dos tiradores invisibles, ocultos en el
follaje. Respondían a una usanza antigua, esos
tiradores singulares desde los cuales trampeaban a los cangagus bravios. Los
mutas * de los indí genas se intercalaban así completando el alineamiento de
las trincheras. Tenían otros dispositivos más serios. Descubrían un cerro
coronado por cantidades de grandes bloques redondos, libraban las junturas y
brechas donde vegetaban cardos y bromelias, enmarcados por espesas hileras de
gravatás, limpiaban después la parte de atrás, las abrían como estrechos postigos,
y se movían por ahí, cómodamente, como entre corredores del monstruoso bloque
dominante sobre tierras y caminos y de donde podían, sin riesgos, divisar los
más remotos puntos.
No terminaban aquí los preparativos. Se reparaban
las armas. En la aldea se oía la orquesta estridente de las bigornias, la
cadencia de los martillos y las mazas: maleando las hoces; aguzando y acerando
las aguijadas; temperando las láminas de las facas largas como espadas; esti
rando los arcos que parecen una transición entre las armas de los salvajes y la
antigua ballesta de polea; concertando las piezas de las viejas espin gardas y
pistolas. Y de las tiendas calientes salía un resonar metálico de activos
arsenales.
No era suficiente la pólvora adquirida en las
aldeas próximas, la hacían: tenían el carbón, tenían el salitre, sacado a flor
de tierra, más hacia el norte, junto al Sao Francisco y tenían desde hacía
mucho, el sulfuro. El explosivo salía perfecto, en su dosis justa, rivalizando
bien con los que usaban en las partidas de caza.
No les faltaba balas. El caño ancho de los
bacamartes aceptaba todo:
canto rodado, puntas de cuernos, pedazos de clavos,
esquirlas de piedras.
Finalmente, no les fattaban luchadores de fama cuya
aventuras que causaban asombro, corrían por todo el sertón.
Porque la universalidad del sentimiento religioso,
al par que el ins tinto de desorden, allí había reunido, no sólo a los
bahianos sino a los hijos de todos los estados limítrofes. Entre el jagungo de
Sao Francisco y el cangaceiro de los Cariris, aparecían bajo todos los matices,
los valen tones tradicionales de los conflictos sertanejos, variando hasta
entonces sólo en los nombres, en las sediciones parceladas, de los
"calangros” de los "balaios” o de los "cabanos”.
Por el sertón había corrido un toque de atención.
Día a día llegaban a la aldea singulares recién
venidos, absoluta mente desconocidos. Venían "debaixo do cangago” : la
alforja atestada de balas y el tarro de pólvora lleno; la pistola de dos caños
atravesada a la cintura de donde colgaba el facón inseparable; en bandolera, la
carabina. Nada más. Entraban por el camino principal sin que nadie les
preguntara la procedencia, como si fuesen viejos conocidos. Los reci bía el
astuto Joáo Abade que, pleiteándoles la paridad en calidad de bandido, los superaba
por una rara argucia y unos grados de superioridad
* Muta: especie de palenque sobre el cual se
espera, al acecho, la caza.
mental, gracias quizá a la circunstancia de haber
estudiado en el liceo de una de las capitales del norte, de donde había
escapado después de haber asesinado a su novia, su primer crimen. Lo cierto es
que los domi naba y disciplinaba. "Comandante da rúa” 266, título
inexplicable en aquel laberinto de callejuelas, sin abandonar el poblado
ejercía un abso luto dominio que se extendía por los alrededores, por un radio
de cinco leguas a la redonda, recorridas continuamente por las veloces rondas
de los piquetes.
Lo obedecían incondicionalmente. En aquella
dispersión de oficios, múltiples y variables, donde se codeaban el tdbaréu
crédulo y el bandido despierto, se había establecido un raro estrechamiento de
esfuerzos y la más perfecta conformidad de puntos de vista vueltos hacia un
objetivo único: parar la invasión inminente.
Sin embargo, según lo revelaron algunos prisioneros
al término de la campaña, hubo una detención súbita de los preparativos
guerreros, un sobresalto que llenó de estupor a la grey de revoltosos y los
puso en peligro de disolución, fue cuando los emisarios que habían ido a averi
guar sobre la marcha invasora trajeron información sobre el armamento de los
soldados y el renombre del nuevo comandante.
El temor inmovilizó la febril actividad de los
jagungos. Se exageraba con extravagantes fantasías la temeridad del comandante.
Se lo dibujaba como el Anti-Cristo que venía a tomar la última prueba a los
infelices penitentes. Lo imaginaban un héroe de grandes batallas, catorces,
espe cificaba un rudo poeta sertanejo en el canto que más tarde consagró a la
campaña; y prefiguraban la devastación de sus casas, los días de torturas sin
nombre, los durísimos tratos que recibirían. Canudos des hecho a bala, fuego y
espada.
Le pusieron un apodo lúgubre: "Corta-cabezas” 267.
Según después se supo, ninguna expedición fue
aguardada con tal ansiedad. Hubo algunas deserciones que ralearon las filas de
los que debían ser más fuertes, de los adventicios peligrosos que iban allá, no
bajo el estímulo de una creencia sino con el anhelo de desmanes y en
frentamientos. Cuando los piquetes volvían de recorrer los alrededores les
faltaba alguno de esos siniestros compañeros.
Pero ese movimiento de temor había redundado en una
selección. Echó de la aldea a los incrédulos y temerosos. La gran mayoría de
los creyentes verdaderos permaneció resignada.
El pueblo se había vuelto hacia la fe religiosa. Y
no era raro que, dejando de lado las armas, la aldea entera saliese en largas
procesiones penitenciales por los descampados.
Cesaron de golpe los contingentes de peregrinos.
Cesó la febril activi dad de los preparativos bélicos. Los piquetes que,
diariamente, al clarear el alba, salían hacia diversos puntos, ya no pasaron
por los caminos
entonando sus cánticos festivos, se metían cautos
por las breñas y ahí se quedaban largas horas, silenciosos, vigilantes.
En esta afligente situación, salió a terciar,
alentando a los combatien tes más temerosos, la frágil pero numerosa legión de
la beatería. Al ano checer, encendidas las hogueras, la multitud, de rodillas
en el cercado, prolongaba sus rezos más allá del tiempo consagrado.
El cercado, en el que abundaban las ramas
aromáticas de las caa-tingas, tenía al medio, frente a la puerta del Santuario,
una pequeña mesa de pino cubierta con un mantel blanco.
Al finalizar los rezos se le arrimaba una extraña
figura.
Vestido con una larga túnica de brin azul que se
deslizaba sin cin turón y sin gracia por el cuerpo, el torso doblado, la
frente y los ojos bajos, Antonio Conselheiro aparecía. Quedaba largo tiempo,
inmóvil y mudo, ante la silenciosa multitud. Levantaba la cara macilenta, de
pron to iluminada por una mirada fulgurante y fija. Y predicaba.
La noche caía completamente y la aldea reposaba
bajo el imperio del humilde y formidable evangelista. . .
II
PARTIDA DE MONTE
SANTO
Las tropas iban a partir el 22 de febrero. En
consonancia, en la tarde de la víspera, formaron en orden de marcha para que
les examinaran el equipo y las armas.
La partida debía hacerse al día siguiente. Lo
determinaba la "orden de detalle”.
Los batallones se alistaron en un cuadrado,
prolongándose a lo largo de la calle principal de Monte Santo.
Allí estaban: el 7? con efectivo superior al
normal, bajo el mando interino del mayor Rafael Augusto da Cunha Matos; el 9?
que por tercera vez se aprestaba a la lucha, ligeramente disminuido, bajo el
mando del coronel Pedro Nunes Tamarinho; fracciones del 339 y del 169 dirigidas
por el capitán Joaquim Quirino Vilarim; la batería de cuatro Krupps del 2?
regimiento, bajo el mando del capitán José Salo-máo Agostinho da Rocha; un
escuadrón de cincuenta plazas del 99 de caballería, al mando del capitán Pedreira
Franco; contingentes de la policía bahiana; el cuerpo de sanidad comandado por
el Dr. Ferreira Nina; y la comisión de ingenieros. Se exceptuaban setenta
plazas del 169 que se quedarían con el coronel Sousa Meneses guardando la
aldea.
Eran en total 1.281 hombres, teniendo cada uno 220
cartuchos, aparte de la reserva de 60.000 del convoy general.
Se hizo la revista. Pero en contra de la
expectativa general, en vez de ordenarse rompan filas, resonó la corneta al
lado del comando en jefe dando la voz de "columna en marcha”.
El coronel Moreira César, dejando al galope el
lugar donde había per manecido, se puso al frente de la columna.
Se iniciaba al caer de la noche la marcha hacia
Canudos.
El hecho fue inesperado. Pero no hubo en las filas
la más leve murmuración. La sorpresa se retrataba en todos pero no perturbaba
el rigor de la marcha. Los tambores retumbaban en la vanguardia, se fue ron
colocando sucesivamente las secciones, desfilando de a dos en fondo, al
penetrar por el camino estrecho, se sacudió la artillería, rodaron los
convoyes.
Un cuarto de hora después, los habitantes de Monte
Santo veían desa parecer a lo lejos, en la última curva del camino, la tercera
expedición a Canudos.
PRIMEROS
ERRORES
La vanguardia llegó en tres días al Cumbe sin el
resto de la fuerza, que se había retrasado algunas horas con el comandante
retenido en una finca próxima por otro ataque de epilepsia.
En la madrugada del 26, habiendo alcanzado en la
víspera el sitio de Cajázeiras, a dos leguas y media del Cumbe, enderezaron
rumbo al norte, hacia Serra Branca, a más de tres leguas al frente.
Esta parte del sertón, al borde de las planicies
que se dilatan hasta Jeremoabo, es muy distinta de las que hemos bosquejado
rápidamente. Es menos abrupta y más árida. Este aspecto de la tierra, sin
embargo, oculta obstáculos quizá más serios. El suelo arenoso y chato, sin
depre siones que mantengan aguadas salvadoras, es absolutamente estéril. Y
como al caer las mayores lluvias, largamente intercaladas, apenas lo embeben,
desapareciendo con rapidez, sorbidas por las arenas, la cubre una flora rala
que transforma a las caatingas en caatanduvas.
En la plenitud del verano, de noviembre a marzo, la
desolación es total. Quien por allí se aventure tiene la impresión de andar por
un campo de gajos secos y rotos, donde el hálito de un yesquero basta para
encender súbitas hogueras, si acaso éstas no se arman espontánea mente en la
plenitud de las sequías, en los mediodías calientes, cuando el nordeste sopla
sobre las ramas. Se completa así la acción esterilizadora del clima, de modo
tal que ese trecho de los sertones, sin un poblado por donde pasen algunos
viajeros, inscripto en el vasto e irregular círculo que tiene como puntos
determinantes los poblados del Cumbe al sur, de Santo Antonio da Gloria al
norte, de Jeremoabo al este y de Monte Santo al oeste, se convierte lentamente
en un desierto.
Los árboles escasean. Dominando la vegetación, casi
exclusivos en cier tos tramos, se ven arbustos de mangábeiras, único vegetal
que puede medrar allí sin morir, gracias al látex protector que le permite,
después de los soles y los incendios, cubrir de hojas y de flores sus troncos
car bonizados, cuando vuelven las estaciones propicias.
NUEVO CAMINO
La expedición marchaba por ahí en la época menos
propicia. Y debía caminar bajo una temperatura altísima que agotaba a los
soldados y no los insolaba gracias a la sequedad extrema del aire, hasta el
punto pre fijado, donde la existencia de un pozo de agua justificaba el alto.
La travesía fue penosa. El terreno inconsistente y
móvil huía bajo los pasos de los caminantes; demoraba la tracción de las
carretas hundiendo las ruedas hasta la mitad de los rayos; oponía cada tanto,
barreras de espinos, que era forzoso deshacer a cuchillo, y duplicaba en el
reverberar intenso de la arena, la pesadez de la canícula. Cuando, a la tarde,
llega ron a Serra Blanca, la tropa estaba exhausta. Y sedienta. Había caminado
ocho horas sin parar, a pleno ardor del sol del verano.
Para saciar la sed que provenía de una casi
completa deshidratación a causa del sudor, se encontraban allí, en las
profundidad de un pozo, algunos litros de agua. Ya vimos que la situación había
sido prevista. Se trató de clavar el tubo de la bomba artesiana. Pero la
operación resultó inútil. Es que en lugar de llevar un instrumento que
facilitara la penetración de la sonda había llevado uno de función opuesta,
levan taba pesos.
Ante el singular contratiempo, sólo cabía
determinar la partida inme diata, a pesar de la distancia recorrida, hacia el
Rosario, seis leguas más adelante.
La noche cayó sobre la marcha oscilante por el
camino repleto de espinos.. .
Se calcula que esa jornada fue de ocho o diez
leguas sin descanso. Mil y tantos hombres torturados de sed, doblados sobre sus
armas, pene trando en pleno territorio enemigo. Al paso de las filas, el
estrépito de las armas estallaba en la soledad del erial y ese ruido rompiendo
el silen cio ahogaba imperceptibles rumores en la caatinga.
Flanqueaban a la tropa los espías de los )agunqos.
Nadie se fijaba en ellos. Abatidos por un día
entero de viaje, los expe dicionarios, olvidados de la lucha, sólo pensaban en
el agua apetecida. Andaban imprudentemente, entregados por completo al tino y
la lealtad de los guías.
Al final, se detuvieron en pleno camino. Los
lastimados se perdían, distanciados, en la retaguardia, y los más robustos
apenas si podían ca
minar. Fue un alto breve, un descanso ilusorio:
plazas caídos a lo largo del camino, oficiales durmiendo, los que dormían, con
las riendas de los caballos enredadas en las manos. Y reanudaba la marcha en la
madru gada, reconocieron que estaban en la zona peligrosa. A cada paso encon
traban restos de asados, cenizas de hogueras; rostros frescos en la arena que
seguían tortuosamente en las caatingas; todo decía que los serta-nejos habían
pasado allí la noche, rodeándolos, invisibles, en rondas cautelosas.
En la Porteira Velha, parece que la vanguardia los
había sorprendido ocasionando un pricipitado desbande. Junto a la hoguera
habían que dado una pistola de dos caños y una aguijada de vaquero.
El Rosario fue alcanzado antes del mediodía,
mientras caía un vio lento y transitorio aguacero, como los que suelen
sobrevenir por esa época en los sertones. Aquel sitio, destinado a la
celebridad en el correr de la campaña, era como los otros de las cercanías: una
o dos casas pequeñas de teja hueca, sin pisos, rodeados por una cerca de palos,
con un terreno limpio, con arbustos escasos y a poca distancia, el pozo de agua
o la ipueira que determinó la elección del lugar.
Allí acampó la expedición. Estaba en el centro del
teritorio enemigo y parece ser que, por primera vez, la invadió la aprensión de
la guerra.
Lo revela un incidente.
El día 1? de mayo, precisamente a la hora en que
otra lluvia pasajera v fuerte caía sobre la tropa desguarnecida, se oyeron las
notas de la alarma. El enemigo aprovechaba el furor de los elementos y surgía
entre esa lluvia, de improviso, disparando sus armas entre el fragor de los
truenos que impresionaban desde lo alto.
Corriendo y cayendo, resbalando por el terreno
encharcado, emba rrándose en carreras cruzadas, oficiales y plazas buscaban
una formación imposible, vistiéndose, ajustándose los cinturones, armándose a
los apu rones; sordos a las discordes voces de mando; alineándose secciones y
compañías al acaso, en un tumulto. Y en medio de aquel enredo de filas,
apareció de golpe un jinete solitario, precipitándose al galope entre los dos
soldados atontados y lanzándose en dirección probable al enemigo. A duras penas
lo alcanzó el ingeniero militar Domingos Leite.
Era el coronel Moreira César.
Felizmente, el enemigo imaginario a quien iba a
entregarse, buscán dolo en esa arremetida inútil, era un convoy de mercaderías
enviado por un hacendado amigo de las cercanías *.
Salvo ese incidente, el día pasó en completa paz,
habiendo llegado a la tarde un correo de Monte Santo y caballos para el
escuadrón que hasta allí había viajado en muías inservibles.
* El
coronel de la Guardia Nacional, José Américo de Sousa Velho, dueño de dos
campos en Caimbé y Olhos d’Agua. Fue quien había aconsejado «se camino
a la expedición.
Y en la
madrugada del día 2, los batallones marcharon hacia Angico, adonde llegaron a
las once de la mañana, acampando dentro de un gran corral abandonado.
Estaba firme el plan definitivo de ruta, adrede
concebido para dismi nuir la fatiga de las marchas forzadas anteriores.
Descansar el resto del día y levantar el campamento a las cuatro, ir
directmente sobre Canudos después de caminar poco más de legua y media. Como
estaban en pleno territorio enemigo, tomaron dispositivos para dar garantías al
campa mento rodeándolo de centinelas.
El coronel César se internó en la caatinga próxima,
adonde mandó armar su barraca. Allí no ocultó a los jefes de los cuerpos su
seguridad absoluta en la victoria. Le presentaron varias ideas para rodear de
mayor seguridad al ataque, una de las cuales, sostenida por el comandante del
7*?, imponía la modificación preliminar de la orden hasta entonces adop tada
sobre la marcha. Sugería la división en dos de la columna hasta entonces unida,
destinando una fuerte vanguardia para el reconocimiento y el primer combate y
la entrada en acción de la otra como refuerzo. De esa manera, si por cualquier
causa se verificasen grandes recursos de parte del adversario, era factible una
retirada en orden hacia Monte Santo donde se reorganizarían y se aumentarían
las fuerzas.
Contra lo que era de esperar, el jefe
expedicionario no desoyó la opinión. La tropa avanzaría el 3, a la madrugada,
siguiendo un plan lúcidamente elaborado.
Al marchar hacia Angico se salió con el mismo orden
de partida del Cumbe: al frente un piquete de exploradores montados; un guía,
Ma nuel Rosendo, experimentado y bravo y la comisión de ingenieros; una
compañía de tiradores del 7$, al mando del teniente Figueira; el ala derecha
del 79, con el mayor Cunha Matos, marchando de costado llevaba al centro al
respectivo convoy de municiones; la 1^ división del 29 regimiento, bajo el
mando de Salomáo da Rocha; el ala izquierda del 79, con el capitán Alberto Gaviao
Pradel de Azambuja; el ala derecha del 99 bajo el mando del coronel Tamarinho,
separada de la izquierda comandada por el capitán Felipe Simoe con su
respectivo convoy.
A la retaguardia, el cuerpo de sanidad; contingente
del 16? del capi tán Quirino Vilarim; y el convoy general cuidado por la
policía bahiana.
Por último, la caballería. El coronel César, en la
vanguardia, iba entre la compañía de tiradores y el ala derecha del 7?.
Habían partido a las cinco de la mañana. Llegaron a
la región carac terística de los alrededores de Canudos: serranías cubiertas
de una vegetación raquítica de cardos y bromelias, riachos derivados por
tierras
cada vez más abruptas, por las que la reciente
llegada de las lluvias todavía no había extendido las vestiduras efímeras de la
flora renacida, cubriéndole las piedras.
Las lloviznas de la víspera, como sucede en la
plenitud del verano, habían pasado sin dejar rastros. El suelo quemado las
absorbía y seguía reseco y agreste. Alrededor, hacia donde se extendiera la
vista, por los cerros, por las piedras, por los campos, siempre el mismo tono
en los paisajes, a un mismo tiempo impresionante y monótono: la naturaleza
inmóvil, decaída, sin una flor sobre las ramas desnudas, sin un batir de alas
en el aire quieto. . .
La columna en marcha, estirada en una línea de tres
kilómetros, la recortaba con un largo dibujo negro y sinuoso.
Adelante y próximos se veían, al norte, las últimas
serranías que ro dean Canudos, sin que acercarse al objetivo de la lucha
turbase el ánimo de los soldados.
PSICOLOGIA
DEL SOLDADO
Seguían tranquilamente a paso común y seguros.
De la extensa fila de la brigada salía un murmullo
de millares de sílabas emitidas a media voz, aquí, allí, repentinamente
cortadas por risas joviales. El atributo prominente de nuestros soldados en esa
alegría jovial con que se acercan al enemigo. Esos hombres de todos los
colores, amalgamas de diversas razas, parece que ante lances peligrosos o
emocio nes fuertes, por una misteriosa ley de la psicología colectiva, asumían
con preferencia los instintos guerreros y la falta de previsión de los salvajes,
la inconsciencia ante el peligro, el desapego a la vida y el impulso fatalista
hacia la muerte.
Van a la batalla como hacia una fiesta turbulenta.
En la paz son muelles, se relajan, en los altos del camino quedan sin aplomo,
sin garbo, doblados, llevan las armas sin estilo, la guerra es su mejor campo
de ins trucción y el enemigo es su instructor predilecto, los transforma en
pocos días, los disciplina, los endurece, les da en poco tiempo, en los
ejercicios extenuantes de la marcha y del combate, lo que nunca adquirieron en
los cuarteles: altivez en el porte, seguridad en el paso, precisión en el tiro,
celeridad en las cargas. No sucumben a la provocación, son inimitables en su
capacidad para caminar días y días por los peores caminos. No ensayan la menor
protesta ante las peores estrecheces y nadie se les empareja en el resistir el
hambre, pasando días "comiendo aire”, según el dicho de su lenguaje
pintoresco. Después de angustiosos trances, vimos a algunos valientes echar a
broma sus sufrimientos y reírse de las miserias pasadas.
En la batalla, es cierto, ninguno es capaz de
entrar y de salir como un prusiano, con su podómetro sujeto a la bota. Es
desordenado, es tur bulento, es desprolijo, es un muchacho heroico y terrible,
arrojando contra el adversario, junto con la bala, la palabra irónica o
burlona. Por eso no se adapta a las grandes maniobras de las campañas clásicas.
Las for maciones correctas lo maniatan. El mecanismo de la maniobra compleja
lo atonta. La obligación de combatir adscrito al ritmo de las cornetas lo tortura,
y de buen grado obediente a los amplios movimientos de la estrategia, avanzando
impasible hacia los puntos más difíciles, cuando toca al enemigo con la punta
de su sable, quiere guerrear a su manera. Entonces se bate sin rencor pero
estrepitosamente, fanfarrón, riendo entre las cuchilladas y las balas,
arriesgándose locamente, despreciando el valor. Pero lo hace con los ojos
puestos en sus jefes de cuya energía parece vivir exclusivamente. De modo que
la mínima vacilación de aquéllos detiene de golpe todas las osadías y cae en un
abatimiento ins tantáneo unido a un desánimo invencible.
Ahora bien, en aquella ocasión todo vaticinaba la
victoria. Con tal jefe no podía pensarse en reveses. Y marchaban firmes al
frente, impa cientes por irse de manos sobre el adversario esquivo. Vendían
escanda losamente la piel del oso sertanejo. Imaginaban anticipadamente sus
hazañas: cosas para el asombro de los oyentes crédulos; escenas jocosas y
trágicas, allá adentro, en la tapera monstruosa, cuando la tuvieran a tiro. Y
hacían planes, proyectos prematuros, todos iniciados por una frase ingenua: "Cuando
yo vuelva. . . ”.
A veces, algunos salían con un pensamiento
extravagante y en el alboroto confuso pasaban las risas apenas contenidas. . .
Además, aquella mañana resplandeciente los
alentaba. El hermoso firmamento de los sertones se arqueaba sobre la tierra, la
irisaba, pasando por transiciones suaves del cénit azul al púrpura deslumbrante
del oriente.
El adversario que hasta ese momento les había
dejado libre el camino, desdeñando las oportunidades de cortárselo, los
amenazaba con un solo obstáculo serio: que encontraran vacío el poblado
sedicioso.
Esa probabilidad los asustaba, transformaba la
campaña en un paseo militar penoso, y la vuelta sin gloria, sin haber disparado
un cartucho.
III
PITOMBAS
Iban a estas admirables condiciones cuando llegaron
a Pitombas.
El pequeño riacho que por allí corre surcando
profundamente el suelo, a veces va al lado del camino y otras veces lo cruza,
interrumpiéndolo
serpenteante. Por fin, lo deja antes de llegar al
lugar al que da su nombre, doblándose en una vuelta larga, casi un semicírculo
del cual el camino es la cuerda.
EL PRIMER ENCUENTRO
Por ésta tomó la tropa. Y cuando la vanguardia
llegó a la mitad, estalló una descarga de media docena de tiros.
Por fin, el enemigo.
Era algún piquete que espiaba a la expedición y
allí la aguardaba, que aprovechaba la conformación favorable del terreno para
un ataque instantáneo, hiriendo de soslayo y refugiándose en seguida en la
vegeta ción de las riberas.
Habían tirado con firmeza: abatieron mortalmente a
uno de los subalternos de la compañía de tiradores, el alférez Poli, además de
siete soldados. Descargaron sus armas y huyeron a tiempo para escapar a la
réplica que fue rápida.
En seguida, los cañones de la división Salomáo
explotaron metralla sobre la vegetación rastrera. Los arbustos se doblaron,
cayeron como ante un huracán. Los barrieron.
En los aires resonaban todavía los estampidos,
cuando corrió triun falmente el ritmo de una carga y destacándose, saliendo
del grueso de la columna, el ala derecha del 7<? se lanzó en dirección del
enemigo, hundiéndose en la caatinga a paso redoblado, volteándola a bayoneta.
Fue como una diversión gloriosa y rápida.
El enemigo se hurtaba al encuentro. A los pocos
minutos, el ala volvió a la fila entre aclamaciones, mientras el toque de la
victoria sonaba en altas vibraciones. El comandante en jefe abrazó, con sincera
alegría, al oficial feliz que diera ese valiente rechazo al antagonista y
consideró auspicioso el encuentro. Era para llorar ver tanto aparato bélico,
tanta gente, tan lujosa escena en una campaña destinada a terminar con media
docena de disparos.
Las armas de los jagungos eran ridiculas. Como
despojo, los soldados encontraron una espingarda pica-pau de caño fino, bajo la
barranca. Estaba cargada. El coronel César, a caballo, disparó al aire. Un tiro
insignificante, para matar pajaritos.
— Esta gente está desarmada. . . — dijo
tranquilamente.
Y reanudaron
la marcha, ahora más rápida, a pasos redoblados, que dando en Pitombas los
médicos y heridos, bajo la protección del contin gente policial y del resto de
la caballería. El grueso de los combatientes se perdió adelante, en rápido
avance. Se había roto el encanto del ene migo. Los tiradores y sus flancos, a
la vanguardia, hacían el camino me tiéndose en las caatingas, rastreando a los
espías que por acaso hubiese,
deshaciendo las probables trampas o buscando
alcanzar a los fugitivos que enderezaban hacia Canudos.
El encuentro los había galvanizado. La tropa iba
bajo la atracción irre sistible de la lucha, en esa ebriedad mental peligrosa
que atonta al solda do doblemente fortalecido por la seguridad de su fuerza y
la absoluta
licencia para la máxima brutalidad.
Porque un ejército que persigue tiene el mismo
automatismo impulsivo que los ejércitos que huyen. El pánico y la valentía
loca, el extremo pavor y la audacia extrema, se confunden en el mismo espectro.
El mismo aton tamiento y el mismo andar precipitado entre los mayores
obstáculos y el mismo vértigo, y la misma neurosis torturante impresionando a
las
filas y la misma ansiedad dolorosa, estimulan y
alucinan con idéntico vigor al hombre que huye de la muerte y al hombre que
quiere matar. Es que un ejército es antes que nada una multitud "conjunto
de elemen tos heterogéneos donde basta introducir una centella de pasión para
determinar una súbita metamorfosis, en una especie de generación es pontánea
en virtud de la cual millares de individuos diferentes se vuelven un animal
único. Fiera anónima y monstruosa caminando hacia el obje tivo con finalidad
irresistible”. Solamente la fortaleza moral de un jefe puede impedir esa
transformación deplorable, imponiendo, lúcida e infle xiblemente, una
directriz que rectifique el tumulto. Los grandes estra tegas han comprendido
que la primera victoria a alcanzar en las guerras está en sujetar ese contagio
de emociones violentas y esa inestabilidad de sentimientos que, con la misma
intensidad, lanzan al combatiente a los mayores peligros y a la fuga. Un plan
de guerra arriesgado a una sola carta, exige almas inertes — máquinas de matar—
firmemente enca rriladas en las líneas preestablecidas.
Pero estaban lejos de ese ideal siniestro los
soldados del coronel Mo-reira César y éste, en lugar de reprimir la agitación,
iba a ampliarla. Iba a ser el exponente de la neurosis.
Sobrevino una ocasión para normalizar la situación.
Llegaron a Angico, punto predeterminado de la
última parada. Se había establecido que allí descansarían. Levantarían
campamento a la mañana siguiente y caerían sobre Canudos unas dos horas
después. Pero el ímpetu que traía la tropa dio un componente favorable a las
tenden cias envalentonadas del jefe. Lo obsesionaba el ansia de verse frente
al adversario.
Pararon en Angico un cuarto de hora, lo
indispensable para reunir a los oficiales y presentarles, olvidando el axioma
de que nada se puede intentar con soldados fatigados, la idea de seguir esa
arremetida hasta la aldea:
— ¡Camaradas! como ustedes saben estoy enfermo.
Hace muchos días que no me alimento, pero Canudos está muy cerca. . . ¡vamos a
tomarlo!
La propuesta fue aceptada.
— ¡Vamos a almorzar a Canudos!— dijo bien alto. Le
respondió una ovación de la soldadesca.
La marcha continuó. Eran las once de la mañana.
Dispersa al frente, la compañía de tiradores
revolvía las matas desde
las cuales, distantes, raros, sonaban algunos tiros
de los adversarios en fuga, como si tuviesen el único fin de atraerlos lo mismo
que el resto de la tropa. Buena estrategia que tenía el fin de hacerlos marchar
hasta la aldea en condiciones desfavorables, cansándolos en un camino de seis
horas.
"¡ACELERANDO!”
Hay una prueba que no puede eludirse en esta marcha
enloquecida que cortaba el aliento de los soldados antes de la batalla: para no
demorarse y apurar el paso de carga de la infantería, se permitió que los
plazas arrojaran las mochilas, los sacos de provisiones y todas las piezas del
equipo, exceptuando los cartuchos y las armas. La caballería, a retaguar dia,
iría recogiendo todo a medida que lo encontrara.
Avanzando de ese modo desaforado saltaron la breve
planicie en lo alto de las Umburanas. Canudos debía estar muy cerca, al alcance
de la artillería. La fuerza hizo un alto. . .
DOS TARJETAS DE VISITA A ANTONIO CONSELHEIRO
El guía, Jesuíno, consultado, apuntó con seguridad
la dirección de la aldea. Moreira César puso en pie de guerra a la división
Pradel y graduando la alzada de mira a tres kilómetros, ordenó dar dos tiros en
el rumbo indicado.
— "Allá van dos tarjetas de visita para el
Conselheiro. . . ” — dijo casi jovial, con el humorismo superior de un
valiente.
La frase se repitió entre las filas. Aclamaciones.
La embestida se re novó febrilmente.
El sol ilumina a plomo. Traspuestos los últimos
accidentes fuertes del terreno, los batallones avanzaron dentro de una pesada
nube de polvo.
De súbito, los sorprendió la vista de Canudos.
Estaban en lo alto de la Favela.
UNA
MIRADA SOBRE CANUDOS
Allí estaba, finalmente, la enorme tapera que las
expediciones anteriores no habían logrado tocar.
Aparecía de improviso en una depresión más amplia
de la ondulada planicie. Y en el primer momento, antes que la mirada pudiese
acomo darse a aquel montón de casuchas, presas en una red inextricable de
callejones estrechísimos, y a la gran plaza donde se enfrentaban las iglesias,
el observador tenía la impresión de toparse, inesperadamente, con una vasta
ciudad. Como un gran foso excavado, a la izquierda, al pie de las colinas más
altas, el Vaza-Barris la abarcaba, doblando después hacia el este, llevando lentamente
las primeras aguas de la crecida. El compacto caserío alrededor de la plaza, se
ampliaba y se extendía avasa llando los cerros al este y al norte, hasta las
últimas viviendas aisladas, distantes, como garitas dispersas, sin que una
pared blanca o un tejado encalado quebrase la monotonía de aquel conjunto
asombroso de cinco mil casuchas asentadas en una arruga de la tierra. Las dos
iglesias se destacaban, nítidas. La nueva, a la izquierda del observador,
todavía incompleta tenía levantadas las altas y gruesas paredes maestras,
envuel tas aún en andamios, mascarada de un maderaje confuso de vigas, tablas
y postes, se erguía dominante sobre las otras construcciones, como una cumbre
de la extensa planicie, y amplia, rectangular, firmemente asen tada sobre el
suelo, mostraba en los anchos muros, grandes bloques dis puestos en un
conjunto perfecto. Parecía un formidable baluarte. Hu milde, construida según
el molde de las capillas sertanejas, la enfren taba la iglesia vieja. Y más a
la derecha, dentro de un cerco tosco salpicado de cruces pequeñas y mal hechas,
sin un cantero, un arbusto, una flor, aparecía el cementerio de sepulturas
rasas, una cueva triste. Enfrentándolas, del otro lado del río, una pequeña
área plana contras taba con el ondear de las colinas estériles: algunos
árboles, una pequeña hilera de rutilantes palmatorias y las ramas verdes de las
quixabeiras le daban el aspecto de un jardín agreste. Allí caía en esporón la
falda del morro de la Favela, avanzando hasta el río, donde terminaba en un
corte abrupto. Estas últimas formaciones de la serranía tenían el nombre muy
apropiado de "Pelados” por lo desnudo de sus faldas. Acompañando el
espigón en la ladera, se veía a medio camino, una casa en ruinas, la Fa zenda
Velha. Sobre ella, un escalón fuerte, el Alto do Mário.
Y en la cumbre de la montaña, la tropa.
La primera en llegar fue la vanguardia del 7? de
artillería, repeliendo un violento ataque por la derecha, mientras el resto de
la infantería saltaba las últimas laderas. Los cañones se alinearon en batalla,
al mismo tiempo que llegaban los primeros pelotones sin aliento y abrieron el
caño neo disparando todos a la vez en tiros rasantes.
No se podía errar el blanco. Los efectos de las
primeras balas se vieron en varios puntos; explotando en las casas y
destrozándolas, echando por los aires techos de barro y vigas en astillas,
pulverizando las paredes de adobe, prendiendo los primeros incendios. . .
En seguida, sobre el caserío fulminado, se adensó
una nube compacta de polvo y humo.
El resto de los combatientes ya no lo divisó. El
tronar solemne de la artillería estallaba en el aire, resonaba largamente por
el ámbito de esas soledades con la asonancia ensordecedora de los ecos
golpeando en las montañas. . .
Pasados algunos minutos empezaron a oírse, nítidas
en medio de la vibración de los estampidos, precipitadas voces argentinas. La
campana de la iglesia vieja, convocaba a los fieles para la batalla.
Todavía no se había entablado.
Aparte del ligero ataque hecho por algunos
guerrilleros contra la arti llería, los sertanejos no habían opuesto ninguna
resistencia. Las fuerzas se extendieron por la ladera sin que una sola descarga
turbase su alinea miento y la fusilería en descargas nutridas, hizo puntería.
Ochocientas espingardas en tiros rasantes se inclinaban sobre el morro. . .
Entre los claros del humo se veía la aldea. Era una
colmena alarma da. Innumerables grupos, dispersos, entrecruzándose por la
calle princi pal, iban corriendo hacia las barrancas del río, o a las
iglesias, salían, sosteniendo sus armas, de los callejones, saltaban por los
techos. . .
A lo lejos, se veían algunos perdiéndose por las
caatingas, como si fugaran. Otros aparentaban una increíble tranquilidad, a
paso lento cru zaban la plaza, ajenos al tumulto y a las balas que caían desde
la montaña.
Toda la compañía del 7*?, en ese momento, hizo
fuego sobre un ja-gunqo que venía por el camino de Uauá. Y el sertanejo no
apresuraba su paso. A veces se paraba. Se veía su rostro impasible, observando
a lo lejos, para apreciar a la tropa y seguía después la marcha. Era un desa
fío irritante. Sorprendidos, los soldados tiraban nerviosamente sobre ese ser
excepcional que parecía complacido en ser blanco del ejército. En cierto
momento se sentó a un costado del camino y parecía que le daba al yesquero y encendía
el cigarro. Los soldados se rieron. El hombre se levantó y se dirigió
lentamente hacia las primeras casas.
De la aldea no venía ni un tiro. La agitación de la
plaza había dis minuido. La cruzaban los últimos retrasados. Se veían pasar,
corriendo, cargando o arrastrando por el brazo algunos niños, a las últimas
mujeres, en dirección de la iglesia, buscando el reparo de sus anchos muros.
IV
EL ORDEN DE BATALLA
Por fin la campana enmudeció.
La tropa empezó a descender, extendida por las
faldas, al lado de las vertientes. Deslumbraba la irradiación de centenares de
bayonetas.
Considerándolo, el jefe expedicionario le dijo al
comandante de una de las compañías del 7 9 junto al cual se encontraba:
— ¡Vamos a tomar la aldea sin disparar un solo
tiro!. . . ¡A la bayo neta!
Era la una de la tarde.
Hecha la bajada, la infantería se extendió, en
parte, por el valle de las quixábeiras a la derecha del 7? que se había
alineado siguiendo el tra zado del Vaza-Barris y a la izquierda del 99 y del
169, mal disperso en terreno inapropiado. La artillería en el centro, sobre el
último esporón de los morros que avanzaba a plomo sobre el río, fronterizo y al
nivel del tejado de la iglesia nueva, cumplía el papel de eje de esa tenaza
dispuesta a cerrarse, apretando los flancos de la aldea.
Era la más rudimentaria orden de batalla, la
formación simple para los casos excepcionales de batallas campales, cuando la
superioridad del número y del coraje excluye maniobras más complejas,
permitiendo, en un terreno uniforme, la acción simultánea e igual de todas las
unidades combatientes.
EL TERRENO.
CRITICA
Allí era inconcebible. Centralizado por la
elevación donde estaban los cañones, el frente de batalla tenía, unas al lado
de otras, formas topo gráficas opuestas: a la derecha, una breve área de
nivel, facultaba una embestida fácil porque el río, en ese punto, además de
raso, corre entre bordes deprimidos; a la izquierda, la tierra es más abrupta,
cae en escollos resbaladizos y separados de la aldea por un profundo foso. La
observa ción más rápida mostraba que estas disposiciones de la izquierda eran
desfavorables para los que debiesen recorrerlas con rapidez para ir al asalto,
pero en cambio, eran un elemento táctico de primer orden para estacionar allí
una reserva destinada a intervenir oportunamente, según las modalidades
ulteriores del encuentro. De este modo, el relieve gene ral del suelo enseñaba
por sí mismo el orden oblicuo, simple o reforzada una de las alas y, al revés
del ataque simultáneo, el ataque parcial por la derecha, firmemente apoyado por
la artillería, cuyo efecto, tirando a poco más de cien metros del enemigo,
sería fulminante.
No había otras sorpresas en esa lucha y en caso de
que el adversario mostrase de pronto, imprevistos recursos de defensa, las
tropas de refuer zo, actuando fuera del círculo tumultuoso del combate,
podrían moverse más desahogadas, según las eventualidades emergentes, en
maniobras decisivas, buscando objetivos firmes. El coronel Moreira César, sin
em bargo, había desdeñado esas condiciones y aro jando a la batalla a toda su
gente, parecía contar menos con el coraje del soldado y la competencia de una oficialidad
leal que con una dudosa hipótesis: el pavor y el
espanto de los sertanejos en fuga, atrapados de
improviso por centenares de bayonetas. Se revelaba claramente este
injustificable pensamiento en el que se juntaban la inconsciencia de principios
rudimentarios de su arte con el olvido de acontecimientos recientes. Así planeó
la más desastrosa de las disposiciones de asalto.
Acometiendo a un tiempo por los dos lados, los
batallones cargando, convergiendo sobre un objetivo único, hasta enfrentarse en
el campo, intercambiando entre sí las balas destinadas a los jagungos. En
cuanto a la artillería, pudiendo al principio bombardear las iglesias y el
centro del poblado, poco a poco iba restringiendo su ámbito de acción, a medida
que los soldados avanzaban, hasta perderlo completamente, obligada a enmudecer
en la fase aguda de la pelea generalizada, para no afrontar el peligro de tirar
sobre los propios compañeros, indistinguibles de los adver sarios en aquel
enredo de casuchas.
La previsión de tales inconvenientes no exigía la
vista aquilina de un estratega emérito. Se revelaban en los primeros minutos de
acción.
CIUDADELA TRAMPA
Esta fue iniciada heroicamente, impresionando a
toda la tropa con el sonido de las cornetas de los cuerpos, al mismo tiempo que
vibraba de nuevo la campana de la vieja iglesia. Una fusilería intensa partía
de las paredes y techos de las viviendas más próximas al río y explotaban las
escopetas de los guerrilleros metidos en la iglesia nueva.
Favorecido por el terreno, el 7° batallón marchó
aceleradamente bajo una salva de plomo y canto rodado, hasta la orilla del río.
En seguida, saltando la barranca, se vieron a la entrada de la plaza los
primeros soldados, en grupos, sin cosa alguna que recordarse la formación de
com bate. Allí mismo, algunos cayeron al agua y fueron arrastrados por la
corriente que se pintaba de sangre. La mayoría avanzó, batida de flanco y de
costado. En la extrema izquierda, un ala del 9?, venciendo las difi cultades
de la marcha llena de tropiezos, tomó posición a la retaguardia de la iglesia
nueva, mientras el 16? y el ala derecha del 7? atacaban por el centro. El
combate se desarrolló luego en toda su plenitud. Se puede resumir en el avance
temerario, porque no tuvo después, la más simple evolución o movimiento
combinado que revelase la presencia de un jefe.
Empezó a fraccionarse en conflictos peligrosos e
inútiles, en una disi pación, sin gloria, del valor individual. Era
inevitable. Canudos, entre tejido de callejones de menos de dos metros de
extensión, cerrados, cru zados en todos los sentidos, tenía una engañosa
fragilidad en los muros de barro que lo formaban. Era peor que una ciudadela
diseñada en polígonos o blindada de casamatas. Abierta a los agresores que
podían des
truir las paredes y los techos de barro a
puñetazos, o golpes de arma, tenía la flexibilidad traicionera de una gran red.
Era fácil atacarla, do minarla, destruirla; era difícil dejarla. Se
complementaba la peligrosa táctica del sertanejo, era temible porque no
resistía. No oponía la aspe reza de un ladrillo a la explosión de las granadas
que caían sin explotar, agujereando los techos. No hacía titubear a la más
reducida sección asaltante que podía atacarlo por cualquier lado, apenas
traspuesto el río. Atraía el ataque, atraía el ímpetu de las cargas violentas y
en la arre metida, los invasores, embriagados por la victoria fácil, se
diseminaban, divididos por los varicuetos de sus calles y se encontraban con el
recurso de una defensa sorprendente.
En la sombría historia de las ciudades vencidas, el
humilde villarejo se iba a retratar con una originalidad trágica.
Intacto, era tan frágil; hecho escombros, ¡era formidable!
Se rendía para vencer, aparecía de golpe ante el
conquistador sor prendido, en ruinas pero inexpugnable.
Porque la envergadura de un ejército, después de
destruir todo, que daba maniatada, aprisionada entre los tabiques vacilantes
de palo-a-pique y cipo, a la manera de una suquarana inexperta agitándose,
vigorosa e inútil, en las mallas de una trampa bien hecha.
La práctica de caza de los jagunqos les había
inspirado, quizá, la increí ble creación de una ciudadela trampa.
Las tropas del coronel Moreira César la hacían caer
sobre sí mismas. Traspuesto el Vaza-Barris,
a despecho de
algunas bajas, el
ataque parecía fácil. Un
grupo, mandado por subalternos
valientes, había ido atrevidamente sobre
la iglesia nueva, sin que rindiera ningún efecto su arrojo; perdieron dos
oficiales y algunos plazas. Otros, contornearon ese núcleo rebelde que resistía
y se lanzaron contra las primeras casas junto al río. Las incendiaron mientras
sus habitantes huían en busca de otro refugio.
Los perseguían. Y en
esa persecución tumultuosa
comenzó a esbozarse el peligro
grave y único: los pelotones se
disolvían. Se metían por los vericuetos callejeros, de dos en fondo,
atropelladamente. Dobla ban centenares de esquinas que se sucedían de casa en casa,
con las armas sueltas o tirando al acaso hacia adelante, y poco a poco
se divi dían en secciones perdidas por toda la
aldea, dividiéndose éstas
a su turno en grupos más
pequeños, cada vez más aturdidos, dispersos y ralea
dos, deshaciéndose finalmente en combates aislados.
De lejos se tenía el espectáculo extraño de un
encarcelamiento de bata llones ahondándose en el caserío indescifrable, en
cuyos techos se levan taba el humo de los primeros incendios.
El ataque asumió un carácter lo menos militar
posible. Los conflictos se libraban en las esquinas, a la entrada o dentro de
las casas.
Estas eran tumultuosamente atacadas. No oponían el
menor tropiezo.
Las abrían de un golpe tanto contra las puertas
como contra las pare des a las que abrían boquetes por cualquier lado. Muchas
estaban vacías. En otras, los intrusos se encontraban de golpe con un caño de
espin garda contra el pecho o caían volteados de un tiro a quema ropa, que
estallaba desde las grietas de las paredes. Acudían entonces los compa ñeros
más cercanos. Se enredaban en una pelea cuerpo a cuerpo, brutal, hasta que los
soldados, más numerosos, lograban entrar en la casucha y allá adentro, escondido
en un rincón oscuro, el morador les descar gaba el último tiro y escapaba. O
esperaba a pie firme defendiendo tenazmente su paupérrimo hogar. Y luchaba
solo, terrible, en porfía con tra el grupo victorioso al cual repelía con
todas sus armas: a cuchillo, a tiros, vibrando con la hoz, golpeándole encima
sus miserables trastos, arrojándose por fin él mismo, inerme, desesperadamente,
buscando estran gular al primero que le cayese entre las manos vigorosas.
Alrededor de este tumulto, mujeres desatinadas rompían en llanto o rodaban por
los rincones. El fin se daba cuando caía sobre el piso, cosido a bayoneta,
pisoteado, el luchador temerario.
Ese tipo de escenas se sucedían.
SAQUEOS ANTES
DEL TRIUNFO
Casi siempre, después de vencer una casa, el
soldado hambriento no vencía su ansia de almorzar, finalmente, en Canudos.
Buscaba en los ganchos colgados. Había carne seca al sol; sacos llenos de
harina, bolsas repletas de ouricuris sabrosos. En un rincón, una vasija húmeda
de agua fresca y cristalina. No podía resistir. Atropelladamente hacía su
refac ción en un minuto. La completaba con un trago de agua. A veces recibía
como postre cruel, una carga de plomo. . .
Los jagungos lo asaltaban a la puerta. Y los
papeles se invertían, revi viendo el conflicto, hasta que caía al suelo,
cosido a cuchilladas, molido a golpes, pisado por la dura alpargata, el
luchador imprudente.
Muchos se perdían en los inextricables callejones.
Corriendo tras un sertanejo en fuga, se topaban de golpe, al doblar una
esquina, con un cerrado grupo de enemigos. Quedaban atónitos, apenas el tiempo
nece sario para hacer una descarga mal apuntada y después retrocedían,
metiéndose dentro de las casas, donde los esperaban nuevos agresores; o se
arrojaban atrevidamente sobre el grupo dispersándolo. Animados todos por la
ilusión de la victoria vertiginosamente alcanzada, que se reflejaba en aquel
desorden, aquel espanto, aquel alarido, aquel pavor del poblado revuelto y
miserable, alarmado, un corral invadido por ongas bravias y hambrientas.
Por lo demás no se encontraban con obstáculos
insuperables que les enfriasen el ánimo. Los valientes temerarios que aparecían
en variados
puntos, defendiendo sus casas, tenían el contrapeso
del mujerío acobar dado, que salía de las casas y andaba por todos lados,
clamando y rezan do, o por la legión armada de muletas, viejos temblequeantes,
lisiados de toda especie, enfermos, abatidos y mancos.
De modo que en esas correrías, aprisionados por el
vértigo de la per secución, muchos se extraviaban en el laberinto de los
callejones y que riendo volver junto a sus compañeros, se alejaban más y más,
doblando miles de esquinas, perdidos en el poblado inmenso y convulsionado. . .
Al frente de su estado mayor, en la margen derecha
del río, el jefe expe dicionario observaba el asalto, acerca del cual no podía
ciertamente formular una sola hipótesis. La tropa había desaparecido en los mil
calle jones de Canudos. Allá adentro rodaba ruidosamente el desorden, en un
resonar de estampidos, de imprecaciones, de gritos, de cargas sordas. Grupos
dispersos, secciones en desaliño, grupos diminutos de jagungos, aparecían a
veces, inopinadamente, por la plaza y luego desaparecían, apenas entrevistos
entre el humo, embarullados, en una lucha cuerpo a cuerpo.
Nada más. La situación finalmente era inquietante.
Nada preanunciaba desánimo entre los sertanejos.
Los tiradores de la iglesia nueva permanecían
firmes, mirando hacia todos los puntos casi impunemente, porque la artillería
evitaba hacer blanco sobre ella por temor de balear a los compañeros
encubiertos y estallando en medio del ruido de la refriega, se oían más altas
las cam panadas de la iglesia nueva.
Además de esto, la acción apenas abarcaba la mitad
de la aldea.
A la derecha, la otra mitad permanecía indemne.
Menos compacta, era inexpugnable. Se extendía por
una loma que permitía la defensa a caballo del enemigo, obligándolo a subidas
muy penosas. De manera que, aunque la parte atacada fuese conquistada, aquélla
quedaría imponiendo, quizá mayores fatigas.
Realmente, aunque se les quitara el torbellino de
los callejones, las casas aisladas, en disposición tal que recordaban un
tablero de ajedrez, permitían un extraordinario cruce de fuegos, facilitando a
un solo tira dor apuntar hacia todos los rumbos sin abandonar una esquina. Si
se consideraba el otro lado de la aldea, la situación se aclaraba. Era muy
grave. Aun contando con el éxito franco en la parte atacada, los soldados
triunfantes pero cansados, arremeterían sin fuerzas con aquel costado separado
de la plaza por el foso natural de una zanja profunda. El coro nel Moreira
César lo entendió. Y al llegar la retaguardia, compuesta por la policía y el
escuadrón de caballería, decidió que siguiesen hacia
la extrema derecha, atacando el sitio todavía
indemne y completando así la acción que se había desarrollado totalmente hacia
la izquierda. La caballería tuvo orden de atacar por el centro, entre las
iglesias.
Una carga de caballería en Canudos. . .
Era una excentricidad. El arma clásica de las
planicies, cuya fuerza es la arremetida del choque, surgiendo de pronto en la
punta de la dis parada veloz, allí apretada entre paredes, cargando mientras
desfilaba entre corredores.
El escuadrón — caballos atontados, rengueando sobre
sus patas va lientes— se largó al galope corto hasta la orilla del río, cuyas
aguas respingaban a tiros y no siguió adelante. Los animales asustados, recu
laban. Lastimados con las espuelas, golpeados con la espada, apenas llegaron a
la mitad de la corriente y empinándose y curvándose, los fre nos agarrados con
los dientes, escupiendo de la silla a los jinetes, vol vieron en desorden a la
posición primitiva. A su turno, la policía, después de cruzar el río con el
agua hasta las rodillas, en una curva en bajada, vacilaba en alcanzar el fondo
hondo y resbaladizo de la zanja que en aquel punto corre de norte a sur,
separando al resto de la aldea del suburbio que debía atacar.
El movimiento complementario se quebraba en sus
primeros pasos. El jefe expedicionario dejó el lugar donde se había mantenido,
a media cuesta de los Pelados, entre la artillería y el plano de las
quixábeiras:
— ¡Voy a darle bríos a esa gente. . .!
Y bajó. A
mitad de camino refrenó el caballo. Se inclinó sobre la silla abandonando las
riendas. Había sido alcanzado en el vientre por una bala.
El estado mayor en seguida lo rodeó.
— No fue nada, una herida leve — dijo,
tranquilizando a los compa ñeros. Estaba mortalmente herido.
No bajó del caballo. Volvía cuidado por el teniente
Avila, hacia el lugar que había dejado, cuando fue nuevamente alcanzado por
otro pro yectil. Estaba fuera de combate.
Debía sustituirlo el coronel Tamarinho a quien le
fue comunicado el desastroso incidente. Pero aquél nada podía pensar al recibir
el coman do, cuando desanimaba de salvar su propio batallón en la otra margen
del río.
Era un hombre simple, bueno y jovial, aficionado a
relatar hazañas. Había llegado a los sesenta años candidato a un retiro
tranquilo. Además, lo habían incluido en la empresa contra su voluntad. Y
aunque tuviese envergadura para enfrentar esa crisis, no había cómo remediarla.
La policía, en su ataque, finalmente estaba
copiando el modo de actuar de los otros, ametrallaba casas y prendía fuego.
No se advertía en el desorden el más leve trazo de
combinación táctica y tampoco se la podía imaginar.
Aquello no era un asalto. Era un combate temerario
contra una barri cada monstruosa que cada vez se volvía más impenetrable a
medida que destruían y carbonizaban, porque bajo los escombros que cerraban las
calles, bajo los techos caídos, se deslizaban mejor, estaban a salvo, o tenían
escondrijos más inviolables, los sertanejos emboscados.
Además, se asomaba, inevitable, el mayor
contratiempo, la noche dis puesta a confundir a los combatientes exhaustos
después de cinco horas de pelea.
RETROCESO
Pero antes de que llegase la noche empezó el
retroceso. Aparecieron sobre la ribera izquierda, dispersos, los primeros
grupos repelidos. Pronto se les juntaron otros, en el mismo descuido, saliendo
del portal de las iglesias o de las casuchas marginales, soldados y oficiales
mezclados, chamuscados y polvorientos, los uniformes hechos jirones, corriendo,
dis parando sus espingardas al acaso, vociferando, alarmados, entontecidos,
titubeantes, en fuga.
Este reflujo que había empezado a la izquierda se
propagó luego a la derecha. De suerte que, rebatida a las posiciones
primitivas, toda la línea de combate rodó despedazada a tiros por la orilla del
río.
Sin mandos, cada uno luchaba a su manera. Todavía
se destacaban pequeños grupos que quemaban las casas próximas o se trababan en
breves tiroteos. Otros, sin armas y heridos, empezaron a cruzar el río de
vuelta.
Era el desenlace.
Repentinamente, largando las últimas posiciones,
los pelotones, mez clados, en una barahúnda infernal, bajo la hipnosis del
pánico, se metían en la corriente.
Atropellándose, pisando a los mal heridos que
caían, apartando bru talmente a los grupos extenuados, derrumbándolos,
ahogándolos, los pri meros puñados de hombres llegaron a la margen derecha.
Allí, ansiando subirla, se agarraban a las escasas gramíneas, estorbándose con
las armas, sosteniéndose a las piernas de los que ya habían subido, se
confundían de nuevo en ruidoso vocerío. Era un golpeteo de cuerpos sudados, de
voces discordantes que daban la ilusión de una crecida repentina, como si el
Vaza-Barris se hubiese salido de madre, borboteando, estallando. . .
AL GOLPEAR DEL AVE MARIA
En ese momento el campanero de la iglesia vieja
interrumpió la alarma. Caía la noche. En la claridad muerta del crepúsculo sonó
armoniosa mente la primera nota del Ave María. . .
Descubriéndose, tirando a los pies los sombreros de
cuero o los gorros de brin y murmurando el rezo habitual, los jagungos
disparaban su última descarga.
V
SOBRE LAS ALTURAS DEL MARIO
Habiendo cruzado el río, los soldados se apiñaron
junto a la artillería. Formaban una multitud alborotada sin nada que recordara
la fuerza militar que se había deshecho, quedando, como elementos
irreductibles, hombres atónitos e inútiles que ahora tenían, como exclusiva
preocupa ción, evitar al adversario que con tanta ansiedad habían buscado.
El cerro donde se reunieron estaba demasiado cerca
de aquél y era pasible de algún ataque nocturno. Forzosamente debían
abandonarlo. Sin orden, arrastrando los cañones, se marcharon hacia las alturas
del Mário, cuatrocientos metros hacia arriba. Allí improvisaron un cuadrado
incorrec to, de filas desunidas y bamboleantes, para rodear a la oficialidad,
los heridos, las ambulancias, el tren de artillería y los cargueros. En el
centro, un castillo en ruinas, la Fazenda Velha y dentro de ella, el comandante
en jefe moribundo.
La expedición había quedado en eso: un montón de
hombres, anima les, uniformes y espingardas, en un repliegue de la montaña. .
.
La noche había caído, una de esas noches ardientes,
comunes en el sertón, donde cada estrella, fija, sin centellear, irradia como
un foco de calor y los horizontes, sin nubes, se iluminan, minuto a minuto,
como si reflejasen relámpagos de lejanas tempestades. . .
No se veía la aldea. Algunos braseros sin llamas,
de maderas ardiendo bajo el barro de las paredes y los techos, o luces
dispersas de linternas mortecinas buscando en las sombras, lentamente, como en
exploraciones lúbugres, indicaban allá abajo que también el enemigo estaba
despierto. Pero los tiros habían cesado y ni una voz llegaba de allí. Sólo la
difusa luz de las estrellas dibujando los perfiles imponentes de las iglesias.
Nada más. El compacto caserío, las colinas circundantes, las lejanas mon tañas,
desaparecían en la noche.
El desorden del campamento contrastaba con la
placidez del ambiente. Ciento y tantos heridos y lastimados se agitaban por
allí, se arrastraban, torturados de dolor o de sed, casi pisados por los
caballos que relinchaban atascados entre las carretas y los fardos. No se podía
curarlos en la oscu ridad donde sería una temeridad hasta la rápida luz de un
fósforo. Ade más, no alcanzaba el número de médicos, uno de los cuales —
muerto, extraviado o preso— había desaparecido a la tarde sin volver nunca más
*.
* El
Dr. Fortunato Raimundo de Oliveira.
Faltaba un comando firme. El nuevo jefe no
soportaba las responsa bilidades que lo oprimían. Quizá maldecía mentalmente
al extravagante destino que lo convertía en heredero forzado de una catástrofe.
No deli berada. A un oficial que ansiosamente lo interpeló sobre ese trance,
le había respondido con triste humorismo, rimando un dicho popular del Norte:
"E tempo de murici
cada um cuide de si. .
Fue su única orden del día. Sentado en la caja de
un tambor, chu pando su cigarro, con el estoicismo enfermo del propio
desaliento, el coronel Tamarinho, respondía con el silencio o con monosílabos,
a todas las consultas, abdicando la misión de ordenar la turba o hacer el
milagro de subdividirla en nuevas unidades de combate.
Allí había, por cierto, hombres de valor y una
oficialidad pronta al sacrificio. El viejo comandante, sin embargo, intuía que
un ayuntamiento en tales circunstancias no significaba la suma de las energías
aisladas y estimaba todos los elementos que, en los grupos dominados por
emocio nes violentas, reducen siempre las cualidades personales más
brillantes. Y se quedaba impasible, ajeno a la ansiedad general, pasando
tácitamente el comando a todo el mundo. Así, oficiales incansables daban por su
cuenta las providencias más urgentes, rectificaban el pretendido cua drado
donde se mezclaban plazas de todos los cuerpos; organizaban ambulancias y
camillas; reanimaban los ánimos abatidos. Por el espíritu de muchos pasaba el
intento reanimante de un nuevo asalto al despuntar la mañana, bajando con toda
la fuerza, en violenta arremetida sobre los fanáticos, después de haberse
realizado un bombardeo mayor que el anterior. Y concertaban planes buscando
corregir el revés con un lance osado. Porque la victoria debía alcanzarse a
despecho de los mayores sacrificios. Pensaban: en los cuatro lados de ese
cuadrado irregular esta ban inscriptos los destinos de la República. Era
necesario vencer. Les repugnaba, los humillaba angustiosamente esa ridicula y
grave situación, allí, en medio de cañones modernos, cargando armas primorosas,
senta dos sobre cajones repletos de cartuchos y acorralados por una turba de
matutos turbulentos. . .
Pero la mayoría consideraba fríamente las cosas. No
se ilusionaban. Una rápida observación de la tropa que había llegado horas
antes, entu siasta y confiada en la victoria y que estaba allí, vencida,
mostraba una sola solución, la retirada.
No se podía arbitrar otro recurso, ni siquiera
demorarlo.
A las once de la noche, los oficiales reunidos lo
adoptan por unani midad. Un capitán de infantería fue comisionado para
comunicar la reso-lución al coronel Moreira César. Este la impugnó,
dolorosamente sor prendido, al principio calmo, presentando los motivos
inflexibles del deber
militar y demostrando que todavía había elementos
para otra tentativa, con más de dos tercios de la tropa apta para el combate y
con las muni ciones suficientes; después, fue montando en cólera y con
angustia, se refirió a la mancha que caería sobre su nombre para siempre.
Final mente explotó: que no lo sacrificaran a esa cobardía inmensa. . .
A pesar de eso se mantuvo la resolución.
Significaba completar la agonía del valiente
infeliz. Dio su última orden: que levantaran un acta dejándolo al margen para
una protesta en la que incluiría el abandono de su carrera militar.
La dolorosa reprimenda del jefe herido por dos
balazos no contuvo a la oficialidad incólume.
La rodeaban, perfectamente válidos aún, centenares
de soldados, ocho cientos tal vez, disponía de dos tercios de las municiones y
estaba en posición dominante sobre el enemigo.
Pero la lucha ser tañe ja había empezado a tomar la
imagen misteriosa que conservaría hasta el fin. Los soldados, en su mayoría
mestizos, hechos con la misma masa que los matutos, abatidos de contragolpe por
el inex plicable revés en que había caído el jefe considerado invencible,
estaban bajo la sugestión de lo maravilloso, invadidos de un temor
sobrenatural, que agravaban con extravagantes comentarios.
El jagungo, brutal y familiar, se diluía en un
duende intangible. Los combatientes, en general, incluso algunos heridos en el
combate, no pu dieron ver a uno solo. Los de la expedición anterior afirmaban,
atónitos y absortos, ante el milagro estupendo, haber visto resucitados, dos o
tres cabecillas que, decían convencidos, habían sido muertos en el Cambaio y
para todos, para los más incrédulos también, comenzó a despuntar algo de
anormal en esos luchadores fantasmas, casi invisibles, ante los cuales habían
golpeado impotentes, casi sin distinguirlos, desparramados y di minutos,
apareciendo temerosos entre las ruinas, atravesando incólumes los braseros de
las casuchas en llamas.
Es que gran parte de los soldados eran del Norte y
se habían criado oyendo a su alrededor el nombre de Antonio Conselheiro como el
de los héroes de los cuentos infantiles. Y su leyenda extravagante, sus
milagros, sus hazañas de hechicero sin par, se le aparecían como reales,
verosímiles, terribles en la contraprueba de la catástrofe presente.
Por la mitad de la noche todas las aprensiones se
agrandaron. Los centinelas que cabeceaban en las filas flojas del cuadrado,
súbitamente despertaron conteniendo gritos de alarma.
Un indefinible rumor subía por las cuestas. No era
el sordo tropel del asalto. Era peor. El enemigo, abajo, en la aldea invisible,
rezaba.
Y en
aquella serenidad extraordinaria, las letanías tristes, en las que
predominaban, sobre las ronqueras varoniles, las voces de las mujeres,
resultaban a esa hora impresionante. Actuaban por contrastes. Entre la
soldadesca pasmada, los kyries dolientes entraban peor que intimaciones
enérgicas. Decían de modo elocuente, que no había reacción posible contra
adversarios transfigurados por la fe religiosa.
La retirada se imponía.
A la madrugada, una nueva emocionante la volvió
urgente. Había muerto el coronel Moreira César.
Era el último golpe en el desánimo general. Los
aprestos de partida se hicieron en un atropello indescriptible. De manera que,
cuando el primer reflejo de la mañana mostró una fuerza constituida por plazas
de todos los cuerpos precipitada a la vanguardia, ladeada por las ambulan
cias, los cargueros, los heridos y las camillas, entre las cuales iba el cuerpo
del comandante malogrado, nada indicaba la seria operación de guerra que iba a
realizarse.
La retirada era una fuga. Avanzando por el espigón
del morro rumbo a la Favela y derivando de allí por las vertientes opuestas,
hacia el ca mino, la expedición se desparramaba por las laderas sin orden, sin
formación.
En este volver las espaldas al enemigo que,
despierto, allá abajo, no lo perturbaba todavía, parecía confiarse sólo en la
velocidad de la retirada para librarse. No se dividían en escalones dispuestos
a la defensa ofen siva, característica de esos momentos críticos de la guerra.
Se precipitaban al acaso, por los caminos afuera. No se retiraban, huían. Sólo
una divi sión de dos Krupps, bajo el mando de un subalterno de valor y
fortale cida por un contingente de infantería, había permanecido firme en lo
alto del Mário, como una barrera antepuesta a la persecución inevitable.
Al moverse finalmente esta fracción abnegada fue
rudamente atacada. El enemigo tenía en la ocasión el aliento para el ataque y
la seguridad de su misma temibilidad. Acometió ruidosamente, entre vivas
entusiastas, por todos lados, en un ataque envolvente. Abajo empezó a sonar la
cam pana, la iglesia nueva explotaba en descargas y condensada en la calle
principal o corriendo hacia las colinas, toda la población de Canudos
contemplaba la escena, dándole al trágico lance la nota festiva e irritante de
miles de silbidos estridentes, largos, implacables.
Más de una vez el drama tenebroso de la guerra
sertaneja tuvo el desenlace de un pataleo lúgubre.
El rechazo fue rápido. La última división de
artillería replicó por momentos y después, a su vez, marchó por el declive del
espigón, re tirándose.
Era tarde. Adelante, hasta donde alcanzaba la
mirada, la expedición desparramada por los caminos, iba flanqueada de punta a
punta por los jagungos. . .
DESBANDADA.
FUGA
Y fue una desbandada.
Ochocientos hombres desaparecían en fuga,
abandonando las espingar das, dejando las camillas donde se retorcían los
heridos, tirando afuera las piezas del equipo, desarmándose, desabrochándose
los cinturones para la carrera, y corriendo, corriendo al acaso, corriendo en
grupos, en bandas, corriendo por los caminos y por los rastros que los
recortan, corriendo hacia las caatingas, idiotizados, aterrados, sin jefes. . .
Entre los fardos tirados a la orilla del camino,
había quedado, apenas se desencadenó el pánico, triste pormenor, el cadáver del
comandante. No lo defendieron. No hubo ni un simulacro de rechazo contra el
ene migo, al que no veían, sólo adivinaban por la estridencia de los gritos de
desafío y por los estampidos de un tiroteo irregular y ralo, como el de una
caza. A los primeros tiros, los batallones se disolvían.
Sólo la artillería, en la extrema retaguardia,
seguía, lenta y unida, casi solemne, en la marcha habitual de una revista,
parando de cuando en cuando para barrer a disparos las caatingas traicioneras,
y prosiguiendo después, lentamente, inabordable, terrible.
La disolución de la tropa se detenía en el acero de
esos cañones cuya guarnición diminuta se destacaba maravillosamente impávida,
galvanizada por la fuerza moral de un valiente.
Al poco tiempo, alrededor de ella se adensaron los
atacantes.
El resto de la expedición podía escapar a salvo.
Aquella batería la liber taba. Al encuentro con los cuatro Krupps de Salomáo
da Rocha, como al encuentro de un obstáculo, la onda rugidora de los jagunqos
atacaba y se detenía, se escondía, retrocedía y volvía al ataque.
En esa corrida siniestra, donde la ferocidad y la
cobardía revoloteaban confundidas bajo el mismo aspecto, sucedió de pronto un
hecho épico.
Contenidos al principio a la distancia, los
sertanejos estrechaban de a poco el círculo del ataque alrededor de las dos
divisiones que los enfrentaban, siguiendo a paso tardo o, de súbito,
alineándose en batalla y largando cargas fulminantes.
Las granadas explotaban entre los ramajes secos
incendiándolos; se oían allá adentro, junto con el crepitar del fuego en
llamaradas, gritos de dolor y de cólera, y atontados por el humo, saltando de
los escondrijos en llamas, saliendo de la caatinga al camino, los sertanejos en
chusma, gritando, corriendo, disparando sus trabucos y pistolas, asombrados
ante esa resistencia inexplicable, vacilantes en asaltar a cuchillo al pequeño
grupo de indomables.
Estos apenas podían seguir. Se reducían. Uno a uno
iban cayendo los soldados de la guarnición estoica. Heridas o espantadas, las
muías de tracción se resistían, torcían el rumbo, imposibilitaban la marcha.
Por fin, la batería se detuvo. Los cañones se
inmovilizaron en una vuelta del camino. . .
El coronel Tamarinho, que había vuelto a la
retaguardia, moviéndose sin temor ni fatiga entre los fugitivos, condenándose
heroicamente a la hora de la catástrofe, al encontrarse con ese cuadro
terrible, buscó inú tilmente socorrer a los últimos soldados que habían ido a
Canudos. Así ordenó repetidos toques de "¡media vuelta, alto!”. Las notas
de las cornetas, convulsas, emitidas por los cometeros sin aliento, vibraban
sin respuesta. O mejor, aceleraban la fuga. En aquel desorden sólo cabía una
determinación posible: "¡Desbande!”.
En vano algunos oficiales indignados gatillaban sus
revólveres contra el pecho de los fugitivos. No podían contenerlos. Pasaban,
corrían, co rrían enloquecidos, corrían de los oficiales, corrían de los
jagungos, y al ver a aquéllos caer mal heridos, pues eran blancos de
preferencia de los últimos, no se conmovían. El capitán Vilarim se había batido
casi solo y al agonizar, al morir, no encontró entre los que mandaba un brazo
que lo sostuviera. Los mismos heridos y enfermos allá se iban, rengueando, arrastrándose
penosamente, imprecando a los compañeros más ágiles. . .
Las notas de las cornetas vibraban encima de ese
tumulto, inútiles. Por fin pararon. No tenían a quién llamar. La infantería
había de
saparecido. . .
A orillas del camino sólo se veían, en desparramo,
piezas del equipo, mochilas, espingardas, cinturones y sables, tirados al azar,
como cosas inútiles.
Completamente solo, sin un subordinado, el coronel
Tamarinho se lanzó desesperadamente, el caballo al galope por el camino, ahora
de sierto, como si buscase todavía, personalmente, a la vanguardia. Y la
artillería quedó en completo abandono antes de llegar a Angico.
Los jagungos entonces se lanzaron sobre ella.
Era el fin. El capitán Salomáo tenía a su alrededor
apenas una media docena de leales. Cayeron los golpes encima de todos y cayó,
tallado a golpes de hoz, junto a los cañones que no abandonó.
La catástrofe se consumó.
Más adelante, mientras trasponía al galope el
arroyo del Angico, el coronel Tamarinho cayó de su caballo herido por un
balazo. El ingeniero militar Alfredo do Nascimento lo alcanzó con vida. Caído
sobre la orilla, el viejo comandante murmuró su última orden:
— Busque a Cunha Matos. . .
Era una orden difícil de ser cumplida.
UN ARSENAL AL AIRE LIBRE
La tercera expedición, anulada, dispersa, había
desaparecido. Y como la mayor parte de los fugitivos evitaban el camino, se
desparramaron sin
rumbo, errando al azar por el desierto, donde
muchos, entre ellos los heridos, se perdieron para siempre, agonizando y
muriendo en completo abandono. Algunos, desviándose de la ruta, lograron llegar
al Cumbe o a otros puntos más lejanos. El resto llegó al día siguiente a Monte
Santo. El coronel Sousa Meneses, comandante de la plaza, no los esperó. Al
conocer el desastre, se largó hacia Queimadas hasta donde se prolongó esa
disparada.
Mientras sucedía esto, los sertanejos recogían los
despojos. Por los caminos y por los sitios más próximos estaban diseminadas
armas y muni ciones, junto con piezas del equipo, sacos y pantalones de vivo
carmesí, que denunciaban en el pardo de la caatinga a los fugitivos. De modo
que la mayor parte de la tropa no sólo se había desarmado delante del
adversario. También se había desnudado. . .
Así es que en la distancia que media entre el
Rosario y Canudos, había un arsenal diseminado al aire libre, y los jagungos
tenían para abastecerse con holgura. La expedición Moreira César parecía haber
tenido un solo objetivo: entregarles todo aquello, darles de gracia todo ese
arma mento moderno y aprovisionarlos suficientemente.
UNA DIVERSION CRUEL
Se llevaron a la aldea los cuatro Krupps,
sustituyeron en las manos de los combatientes de primera línea las viejas
espingardas de carga morosa por las Mannlichers y Comblains fulminantes y como
los uniformes, cin turones y gorras, todo cuanto había tocado el cuerpo
maldito de los plazas, mancharía el cuerpo de los luchadores sagrados, los
aprovecharon de un modo cruelmente lúgubre.
Los éxitos les habían exacerbado a un tiempo el
misticismo y la rudeza. Se había roto el prestigio del soldado y los broncos
cabecillas se olvidaban de las mínimas peripecias de los hechos. La fuerza del
gobierno era ahora realmente la debilidad del gobierno, denominación irónica
desti nada a permanecer durante todo el curso de la campaña. La habían visto
llegar, imponente y terrible, cargando armas ante las cuales eran juegos de
niños sus carabinas, la habían visto caer terriblemente sobre la aldea, asaltarla,
invadirla, quemarla, arruinarla de punta a punta, y después de estos ataques
temerarios, presenciaron el retroceso y la fuga y la disparada enloquecida, y
el abandono por los caminos de las armas y los equipos.
Sin duda era un milagro. La complejidad de los
hechos los perturbaba y no tenían más que una interpretación: visiblemente, la
potencia su perior de la divinidad los amparaba.
Y la
creencia, vigorizada por la brutalidad de los combates, crecía, aumentaba, les
hacía revivir todos los bárbaros instintos, empeorándoles la índole.
Lo testimonia el hecho extraño, especie de
diversión siniestra, que recuerda la religiosidad trágica de los Achantis, que
remató estos sucesos.
Concluidas las exploraciones por los alrededores, y
recogidas las armas y municiones de guerra, los jaguncos reunieron los
cadáveres que estaban desparramados por todas partes. Los decapitaron. Quemaron
los cuerpos. Después alinearon las cabezas a los dos costados del camino, a
espacios regulares, con las caras de frente al camino. Encima, en los arbustos
marginales más altos, colgaron los restos de los uniformes, pantalones y
chaquetas multicolores, cinturones, gorras, capotes, mantas y mochilas. . .
La caatinga, esmirriada y desnuda, apareció
repentinamente adornada por una florescencia extravagante y colorida, por el
colorado fuerte de las divisas, el azul de las chaquetas y los brillos vivaces
de las chapas de los estribos.
Un pormenor doloroso completó esta escenificación
cruel: a un costado sobresalía, empalado, erguido en una rama seca de angico,
el cuerpo del coronel Tamarinho. . .
Era asombroso. . . Como un maniquí terrible y
lúgubre, el cadáver, brazos y piernas colgantes, oscilando según el viento
movía la rama flexi ble, parecía una visión demoníaca en el desierto.
Allí permaneció durante largo tiempo. . .
Cuando, tres meses más tarde, nuevos
expedicionarios marcharon hacia Canudos, observaron todavía el mismo escenario:
calaveras blanqueadas a los bordes del camino, rodeadas de trapos viejos,
prendidos a las ramas de los arbustos, y a un costado —mudo protagonista de un
drama te rrible— el espectro del viejo comandante. . .
CUARTA EXPEDICION
L —Desastres. Canudos: una diátesis. El camino del
Ouvidor y las caatingas. Versiones disparatadas. Mentiras heroicas. El cabo
Roque. Levantamiento en masa. Planes. Una tropa de bárbaros. I I —Movilización
de tropas. Concentración en Queimadas. Se organiza la expedición. Demoras. No
hay un plan de campaña. La comisión de ingenieros. La marcha. Incidentes. Un
guía temeroso: Pajeú. Paso por Pitombas. El alto de la Favela. Una división
aprisionada. I I I —Colum na Savaget. Cocorobó. Ante las trincheras. Excepcional
carga de bayonetas. La travesía. Macambira y Trabubu. Inesperado emisario. Se
destruye un plan de campaña. IV.—Victoria singular. El comienzo de una batalla
crónica. Aventuras del asedio. Cazas peligrosas. Desánimo. La acti tud del
comando en jefe. V.—El asalto: preparativos; el encuentro. Nueva victoria
desastrosa. En los flancos de Canudos. Triunfos por el telégrafo. V I—Por los
caminos. Los heridos. Primeras noticias ciertas. Versiones y leyendas. VIL—La
Brigada Girard. Extraño heroísmo. En viaje hacia Canudos. V III—Nuevos
refuerzos. El mariscal Carlos Ma
chado Bittencourt. Colaboradores demasiado
prosaicos.
I
DESASTRES
La nueva de este revés fue un desastre mayor.
La cuarta expedición se organizó en medio de una
gran conmoción nacional que se traducía en actos contrapuestos a la gravedad de
los hechos. Al principio fue el asombro, después un desvarío general de la
opinión, un intenso agitar de conjeturas para explicar lo inconcebible del
hecho y hallar una razón cualquiera en aquella destrucción de una fuerza
numerosa, bien equipada y con un jefe de tal valía. En la completa
desorientación de los espíritus, se levantó luego, primero dispersa en vagos
comentarios, condensada después en total certeza, la idea de que los tabaréus
turbulentos no actuaban solos. Eran la vanguardia de ignotas falanges prontas a
irrumpir, por todas partes, sobre el nuevo régimen. Y como en las capitales,
federal y estatales, hacía mucho tiempo, había una media docena de
revolucionarios platónicos, contemplativos y man sos, agitando estérilmente la
propaganda de la restauración monárquica, tal circunstancia fue el punto de
partida para la más imprudente de las reacciones.
CANUDOS: UNA DIATESIS
Sucesos de tanta monta requerían una explicación.
La encontraron: los disturbios sertanejos eran signos de una vasta conspiración
contra las instituciones nuevas. Canudos era una Coblentz 288 en ruinas. Por
detrás de la envergadura raquítica de Pajeú se diseñaba el hidalgo perfil de un
Brunswick 269. La dinastía en disponibilidad, la casa Braganzaa70, ha bía
encontrado por fin un Monck271, Joáo Abade. Y Antonio Conselheiro
— un Mesías de feria— había tomado en sus manos
temblorosas los destinos de un pueblo. . .
La República estaba en peligro, había que salvar a
la República. Ese era el grito dominante en la conmoción general. . .
¿Exageramos?
Tomamos al azar un diario cualquiera de aquellos
días.
Se adoctrinaba: "Lo que de un golpe conmovía
el prestigio de la auto ridad constituida y abatía la representación del brío
de nuestra patria en su renombre, en su tradición y en su fuerza, era el
movimiento armado que, a la sombra del fanatismo religioso, marchaba acelerada
mente contra las instituciones, no siendo lícito a nadie ilusionarse más sobre
el pleito en el que, con audacia, entraban los nostálgicos del im perio,
francamente en armas”.
Se concluía: "No hay quien en esta hora no
comprenda que la monar quía revolucionaria quiere destruir, con la República,
la unidad del Brasil” *.
Se explicaba: "La tragedia del 3 de marzo en
la que juntamente con Moreira César perdieron la vida el ilustre coronel
Tamarinho y tantos otros oficiales valientes de nuestro ejército, fue la
confirmación de cuánto ha crecido en audacia y en fuerza el partido monárquico
a la sombra de la tolerancia del poder público, y gracias a su involuntario
aliento” * *.
Se afirmaba: "Se trata de la Restauración, se
conspira, se forma el ejército imperialista. El mal es grande, que el remedio
corra parejo con el mal. ¿La monarquía se arma? Que el Presidente llame a los
republi canos a las armas” * * *.
Y así todos. La opinión nacional se debatía de tal
modo en la prensa. En la prensa y en las calles.
Algunos ciudadanos activos congregaban al pueblo de
la capital de la República y le resumían su ansiedad patriótica en una noción
incisiva:
"El pueblo de Río de Janeiro reunido en mitin
y consciente del doloroso revés de las armas legales en los sertones de Bahía,
tomadas por el caudi llaje monárquico, y congregado alrededor del gobierno,
aplaudiendo todos los actos de energía cívica que se hacen para lavar la
afrenta del ejército y de la Patria, aguarda, ansioso, la sofocación de la
revuelta”.
* Gazcta
de Noticias.
* * O País.
* * * O Estado de Sao Paulo.
El mismo son en todas partes. En todos, la obsesión
del espantajo mo nárquico, convirtiendo en legiones — cohorte misteriosa que
marchaba sordamente en las sombras— a media docena de reaccionarios, idealistas
y temerosos.
El Presidente de la República quebró su habitual
serenidad:
"Sabemos que, por detrás de los fanáticos de
Canudos, trabaja la po lítica. Pero estamos preparados, tenemos todos los
medios para vencer, sea como fuere y contra quien fuere”.
Al final intervino la multitud.
Copiamos: "Ya era tarde y la excitación del
pueblo aumentaba en proporción a su masa siempre creciente; así, en esta
indignación, se acordaron de los diarios monárquicos, y todos a una, en un
ímpetu de desahogo, fueron a las redacciones y a las imprentas de los diarios
Gazeta da Tarde, Libertade y Apóstolo 272, y a pesar de que la policía corrió
para evitar un asalto a esos diarios, no llegó a tiempo para evitarlo, pues la
multitud, a los gritos de viva la República y la memoria de Floriano Peixoto,
invadió esos establecimientos y los destruyó por com pleto, quemando todo”.
"Entonces comenzaron a romper y a inutilizar
lo que encontraban, tirando después los objetos, libros, papeles, cuadros,
muebles, utensilios, etc., a la calle, de donde fueron luego conducidos a la
plaza de Sao Fran cisco de Paula, donde formaron una gran hoguera, quedando
otros en montón en la misma Rúa do Ouvidor” * 27S.
EL CAMINO DEL OUVIDOR Y LAS CAATINGAS
Interrumpamos este espigar entre ruinas. Más de una
vez, en el decurso de los hechos que nos propusimos narrar, esquivamos el
detallado análisis de acontecimientos que escapan a la escala superior de la
historia. Las líneas anteriores tienen un solo objetivo: poner de relieve
semejanzas que se emparejan en un mismo salvajismo. La Rúa do Ouvidor era un
desvío de las caatingas. Las correrías del sertón entraban impetuosamente en la
civilización. La guerra de Canudos no era más que un síntoma. El mal era mayor.
No estaba confinado en ese rincón de Bahía. Se extendía. Aparecía en las
capitales del litoral. El hombre del sertón, bruto y vestido de cuero, tenía
socios quizá más peligrosos.
¿Valdrá la pena definirlos?
La fuerza portentosa de la herencia, aquí como en
todas partes y en todos los tiempos, arrastra a los medios más adelantados —
enguantados y cubiertos por el tenue barniz de la cultura— a trogloditas
enteros. Si el curso normal de la civilización, en general, los contiene y los
domina y los inutiliza y poco a poco los destruye, condenándolos a la penumbra
* Jornal do Brasil.
de una existencia inútil, de donde, a veces, los
arranca la curiosidad de los sociólogos extravagantes, o las investigaciones de
la psiquiatría, siem pre que una conmoción profunda afloja a su alrededor la
cohesión de las leyes, surgen e invaden escandalosamente la historia. Son el
reverso fatal de los acontecimientos, el claroscuro indispensable de los hechos
de mayor volumen.
Pero no tienen otra función, ni otro valor. No hay
que analizarlos. Considerándolos, el espíritu más robusto permanece inerte ante
el ejem plo de una lente de flintglass 274, admirable al refractar, ampliadas,
imá genes fulgurantes, pero sin tamaño si se focalizan a la sombra.
Vamos a dejarlo. Sigamos.
Antes, sin embargo, insistiremos en una proposición
única: atribuir a una conjuración política la crisis sertaneja, expresaba un
gran descono cimiento de las condiciones naturales de nuestra raza.
El caso, ya lo vimos, era más complejo y más
interesante. Traía datos entre los cuales nada valían los sonámbulos
errabundos, inmersos en el sueño de la restauración imperial. Y esta
inconsciencia ocasionó desastres mayores que los de las expediciones derrotadas.
Reveló qué poco nos aventajábamos de los rudos patricios retardatarios. Al
menos, éstos eran lógicos. Aislados en el espacio y en el tiempo, los jagungos,
un anacro nismo étnico, sólo podían hacer lo que hicieron, vencer
terriblemente a la nacionalidad que, después de abandonarlos cerca de tres
siglos, quería arrastrarlos a los deslumbramientos de nuestra edad dentro de un
corral de bayonetas, mostrándoles el brillo de la civilización a través de la
claridad de las descargas.
Reaccionaron. Era natural. Lo que sorprende es la
sorpresa que pro vocó tal hecho. Canudos era una tapera miserable; fuera de
nuestros mapas, perdida en el desierto, aparecía como una página truncada y sin
número en nuestras tradiciones. Sólo sugería un concepto y es que, así como los
estratos geológicos no pocas veces se perturban, invertidos, so breponiendo
una formación moderna a una formación antigua, la estra tificación moral de
los pueblos también se embarulla y se invierte y la ola de los sinclinales
abruptos estalla en flaults 275 por donde irrumpen viejos estadios hace mucho
recorridos.
Bajo tal aspecto, ante todo, era una enseñanza y
podría haber desper tado gran curiosidad. La misma curiosidad del arqueólogo
al encontrar los palafitos de una aldea lacustre junto a una ciudad industrial
de Suiza.
Entre nosotros despertó rencores. No vimos el rasgo
superior del acon tecimiento. Aquel original afloramiento del pasado, que
mostraba todas las fallas de nuestra evolución, era un buen consejo para
estudiarlas, para corregirlas y así anularlas. No entendimos la elocuente
lección.
En la primera ciudad de la República, los patriotas
se dieron por satis fechos con el auto de fe de algunos diarios adversos y el
gobierno comenzó a actuar. Actuar significaba esto: juntar batallones.
Las primeras noticias del desastre prolongaron por
muchos días la agi tación en todo el país. El parte de combate del mayor Cunha
Matos 276, deficiente, mal indicando las fases capitales de la acción, cribado
de errores singulares, tenía la elocuencia del alboroto con que había sido
escrito. Impresionaba a quien lo leía con una hecatombe, posteriormente
agravada por otras informaciones. Y éstas, manteniendo en crecimiento la
conmoción y la curiosidad públicas, despertaban en los espíritus in quietos un
hilar de interminables conjeturas.
Era imposible acertar con la más leve noción de la
realidad entre esas opiniones abstrusas. Se inventaban los hechos, se les daban
visos de realidad y prontamente eran sustituidos por otros que dominaban
durante un día o durante una hora la atención de todos y se extinguían a su
vez, ante la aparición de otras versiones igualmente efímeras. De modo que la
alarma fue creciendo, medrosamente comentada en las casas, es candalosamente
divulgada por las calles, aumentando las aprensiones y los miedos. Era una permanente
tortura de dudas cruciales. No se sabía nada positivo. Nada sabían tampoco los
que habían vivido ese revés. En la inconsciencia de la exageración, la
información adoptaba las más cam biantes formas.
MENTIRAS
HEROICAS
Se afirmaba: el coronel Tamarinho no había muerto,
se había salvado valerosamente junto con un puñado de compañeros leales y
estaba en camino a Queimadas. Se contradecían: se había salvado pero estaba
gravemente herido en Macacará, adonde había llegado agonizante.
Después una afirmación lúgubre: el infeliz militar
había sido efecti vamente muerto. Y así de corrido.
Se agitaban ideas alarmantes: los sertanejos no
eran "una banda de beatos fanáticos”, eran un "ejército instruido,
disciplinado”, admirable mente armado de carabinas màuser, tenían además
artillería y la mane jaban con firmeza. Algunos de los nuestros y entre ellos
el capitán Vilarim, habían sido despedazados por esquirlas de granadas. . .
EL CABO ROQUE
En esa incertidumbre, la verdad aparecía a veces
bajo una forma heroica. La muerte trágica de Salomáo da Rocha fue una
satisfacción para el amor propio nacional. Se le agregó después, para hacerla
más emocio nante, la leyenda del cabo Roque, impresionando emocionadamente el
alma popular. Un cabo humilde, transfigurado por un
singular rapto de coraje, ornaba la peripecia culminante de la pelea. Era
subordinado de Moreira César, la tropa se había desbaratado y el cadáver del
coman dante había quedado abandonado al margen del camino, el soldado leal
había permanecido a su lado, guardando la reliquia que el ejército había
abandonado. De rodillas junto al cuerpo del jefe, se había batido hasta su
último cartucho para caer finalmente, sacrificándose por un muerto. . .
La escena maravillosa, fuertemente coloreada por la
imaginación po pular, se volvió como una compensación ante el revés. Se
abrieron sus cripciones patrióticas, se planearon homenajes cívicos, y en un
coro triun fal de artículos vibrantes y odas fervientes, el oscuro soldado
trascendía a la historia cuando — víctima de la desgracia de no haber muerto—
cambiando la inmortalidad por la vida, apareció con los últimos retra sados
sobrevivientes, en Queimadas.
A esta revelación se agregaron otras a medida que
la situación se aclaraba. Poco a poco se reducía por un lado y se agravaba por
el otro, esa tragedia. Los trescientos y tantos muertos de las informaciones
ofi ciales, volvían a la vida. Tres días después del encuentro, tres días
apenas, ya se encontraba en Queimadas, a doscientos kilómetros de Canudos, gran
parte de la expedición. Una semana después se verificaba allí la existencia de
74 oficiales. Dos semanas más tarde, el día 19 de marzo, allí se encontraban
salvos, 1.081 combatientes.
Vimos cuántos entraron en acción. No hagamos la
resta. Dejemos ahí, registrados, esos guarismos inexorables. Ellos no
disminuirán, con su singular significación negativa, el fervor de las
adhesiones entusiastas.
LEVANTAMIENTO EN
MASA
Los gobernadores de los Estados, los Congresos, las
corporaciones muni cipales continuaron vibrando en el anhelo de la venganza. Y
en todos los mensajes, variantes de un dictado único, monótono por la cadencia
de los mismos períodos retumbantes, persistió como aspiración exclusiva, la
destrucción de los enemigos de la República armados por el caudillaje
monárquico. Igual que el pueblo de la Capital Federal, el de las demás ciudades
creía estar a la altura de la grave situación apoyando todos los actos de energía
cívica que practicaba el gobierno por la afrenta al Ejér cito y (esta
conjunción valía por cien páginas elocuentes) a la Patria. Se decretó luto
nacional. Se hicieron notas de pésame en las actas de las sesiones municipales
de los sitios más remotos. Se hacían misas por los muertos en todas las
iglesias. Y dándole a la tristeza general la nota supletoria de la sanción
religiosa, los arzobispos dieron orden a los sacer dotes de sus jurisdicciones
para que dijeran en las misas la oración Pro pace. Se congregaban para
acuartelarse ciudadanos altivos. Resurgie
ron batallones de veteranos: el Tiradentes, el
Benjamín Constant, el Académico y el Vrei Caneca, ya endurecidos en el fuego de
la revuelta anterior, la de la Armada; mientras se creaban otros con patriotas
de todos los matices: el Deodoro, el Silva Jardim, el Moreira César. . . No
bastaba.
PLANES
En el cuartel general del ejército se abrió la
inscripción para cubrir los claros de diversos cuerpos. El Presidente de la
República declaró que, en caso extremo, se llamaría a las armas a los mismos
diputados del Congreso Federal, y en un ímpetu de patriótico lirismo, el
vicepresidente le escribió al Club Militar proponiéndose valientemente para
ceñir el sable ven gador. Surgían planes geniales, ideas raras, incomparables.
Ingenieros ilustres hicieron el trazado de un milagro de ingeniería: un ferrocarril
de Vila Nova a Monte Santo, pasando por encima de la Itiúba, hecho en treinta
días, que irrumpiría de golpe, triunfalmente, con el coro estri dente de las
locomotoras en pleno sertón bravio.
Es que en Canudos estaba en juego la suerte de la
República. . .
Se daban sorprendentes informes, aquello no era una
aldea de trucu lentos bandidos. Allí existían hombres de excepcional valor,
entre los cuales se nombraban conocidos oficiales del Ejército y de la Armada,
fugitivos desde la Revuelta de Setiembre, que el Conselheiro había con vocado.
UNA
TROPA DE BARBAROS
Se afirmaba que uno de los jefes del reducto era un
ingeniero italiano, muy hábil, adiestrado quizá en los polígonos bravios de
Abisinia 277. Se exponían extraordinarios detalles: en la aldea había tanta
gente que, habiendo desertado cerca de setecientos, sólo se notó la falta
muchos días después. Y sucesivamente, sin piedad, se acumulaban nuevas noticias
que aumentaban el fardo extenuador de aprensiones que oprimían a las almas
conmovidas. Ya estaban tomadas por los jagunqos Monte Santo, Cumbe, Magacará y tal
vez, Jeremoabo. Las hordas invasoras, después de saquear esas aldeas, marchaban
hacia el sur, reorganizándose en Tucano, de donde, acrecidas por nuevos
contingentes, se encaminarían hacia el lito ral, avanzando sobre la capital de
Bahía. . .
Las gentes alucinadas oían el sordo tropel de los
bárbaros. . .
Los batallones de Moreira César eran las legiones
de Varo 278. Los rodeaban en su fuga, catervas formidables.
Y no eran sólo los jagungos. En Juázeiro, en Ceará,
un heresiarca si niestro, el padre Cicero, congregaba multitudes de nuevos
cismáticos en pro del Conselheiro. En Pernambuco, un maníaco, José Guedes,
sorpren día a las autoridades que lo interrogaban con la altanería estoica de
un profeta. En Minas, un ladrón cabal, Joáo Brandáo, deshacía escoltas y
escondido en el alto sertón del Sao Francisco, asaltaba cargueros repletos de
espingardas.
La aureola de la locura soplaba también por el sur;
el Monje del Paraná, por su parte, asomaba en esa concurrencia extravagante
para la historia y para los hospicios 279.
Y todo esto, se manifestaba, eran hechos de una
conjuración que desde hacía mucho tiempo actuaba solapadamente contra las
instituciones. La reacción monárquica, por fin, tomaba la actitud batalladora,
precipitando en las primeras escaramuzas, coronados del mejor de los éxitos,
aquella vanguardia de retardatarios y de maníacos.
El gobierno debía actuar rápidamente.
II
MOVILIZACION
DE TROPAS
Se trajeron batallones de todos los Estados: el
12?, 25?, 30?, 31? y 329 de Río Grande do Sul; el 27*? de Paraíba; el 24? de
Río Grande do Norte; el 33? y 35? de Piauí; el 5? de Maranháo; el 4? de Pará;
el 26? de Sergipe; el 14? y 5? de Pernambuco; el 2? de Ceará; el 5? y narte del
9? de caballería, regimiento de artillería de la Capital Federal; el 7?, el 9?
y el 16? de Bahía.
El comandante del 2? distrito militar, general
Artur Oscar de Andrade Guimaraes, invitado a asumir la dirección de la lucha,
aceptó, habiendo definido antes en una proclama por telégrafo, su pensamiento
sobre las cosas: "Todas las grandes ideas tienen sus mártires; nosotros
estamos convocados al sacrificio del cual no huimos, para legar a las
generaciones futuras una República honrada, firme y respetada”.
En todo se repetía la misma afirmación: había que
salvar a la Re pública. . .
CONCENTRACION EN QUEMADAS
Las tropas convergían en Bahía. Llegaban a esa
capital en batallones des tacados y seguían inmediatamente hacia Queimadas.
Esta medida, ade más de corresponder a la urgencia de una organización pronta
en esa aldea, convertida en base de operaciones provisorias, se imponía por
otro motivo igualmente serio.
Es que, generalizándose un concepto falso, había en
el ánimo de los nuevos expedicionarios una sospecha extravagante respecto de
las creen cias monárquicas de Bahía. Allí entraban con la altanería
provocadora de los triunfadores en una plaza conquistada. Era como si hubiesen
esta blecido que aquello era un Canudos grande. La vieja capital con su
antiguo aspecto, levantada sobre la montaña, asaltada tantas veces por las
chusmas marítimas de los normandos y los holandeses, conservando, a despecho
del tiempo, las líneas tradicionales de antigua metrópoli del Océano, erigida
para la defensa con sus viejos fuertes separados, disemi nados por las
cumbres, como acrópolis desmanteladas, como cañoneras abiertas hacia el mar,
con sus laderas a plomo, torciéndose por la mon taña, siguiendo el mismo
trazado de las trincheras de barro de Tomé de Sousa2S0; y con sus calles
estrechas y embarulladas por las cuales pasaría hoy Fernáo Cardim o Gabriel
Soares sin notar diferencias notables, se les aparecía como una ampliación de
la tapera sertaneja. Y no los con movía, los irritaba. Eran cosacos en las
calles de Varsovia. En los sitios públicos la población sorprendida oía los
comentarios adversos, enuncia dos con una fanfarronería continua, destacada
por el agudo tintineo de las espuelas y de las espadas. Esa provocación
gratuita aumentaba día a día, traduciéndose finalmente en desacatos y desmanes.
Citamos sólo un hecho: los oficiales de un
batallón, el 309, llevaron su dedicación a la República a abusos iconoclastas.
En pleno día, trataron de despedazar, a hachazos, un escudo en el que se
apreciaban las armas imperiales, colocado en el portón de una vieja repartición
pública. Por su parte, la soldadesca, así ejemplificada, se ejercitaba en
diversos con flictos y correrías.
La pasión patriótica rozaba la locura. La prensa y
la juventud del Norte, finalmente protestaron y más elocuentes que los mensajes
resultó el descontento popular pronto a estallar.
Como medida preventiva, los batallones llegaban,
desembarcaban, to maban los vagones del ferrocarril central v seguían
prontamente para Oueimadas. De modo que en poco tiempo allí estaban
estacionados todos los cuerpos destinados a la marcha hacia Monte Santo y el
comandante general de las fuerzas, en la orden del día del 5 de abril, pudo
organizar la expedición.
SE ORGANIZA LA CUARTA EXPEDICION
"En esta fecha quedan así definitivamente
organizadas las fuerzas bajo mi comando:
"Los 7?, 149 y 3 O9 batallones de infantería
constituyen la 1^ brigada bajo el mando del coronel Joaquim Manuel de Medeiros;
los 169, 259 y 279 batallones de la misma arma, la 2^ brigada bajo el mando del
coronel
Inácio Henrique Gouveia; el 59 regimiento de
artillería de campaña, los 59 y 99 batallones de infantería, la 3^ brigada bajo
el mando del coronel Olimpio da Silveira; los 12?, 319 y 339 de la misma arma y
una división de artillería, la 4^ brigada bajo el mando del coronel Carlos
María da Silva Teles; los 349, 359 y 409, la 5^ brigada bajo el mando del
coronel Juliáo Augusto de Serra Martins; los 269 y 329 de infantería y una
división de artillería, la 6^ brigada bajo el mando del coronel Donaciano de Araújo
Pantoja.
"Las P , 2? y 3? brigadas formarán una
columna, bajo el mando del general Joáo da Silva Barbosa, siendo responsable de
la misma hasta la respectiva presentación de aquel general, el coronel
comandante de la 1? brigada; las 4^, y 6$ brigadas formarán otra columna, bajo
el mando del general Cláudio Do Amaral Savaget” .
La expedición estaba constituida.
La orden del día nada decía en cuanto al
desdoblamiento de las ope raciones, tal vez, porque éste, desde hacía mucho
conocido, poco se desviaba del modelo anterior. Se resumía en la división en
columna. En vez de un cerco a distancia, para lo que eran suficientes aquellos
dieciséis cuerpos articulándose en puntos estratégicos y avanzando poco a poco,
alrededor de la aldea, se planeaba atacar a los fanáticos por dos puntos; la
primera columna saldría por Monte Santo, mientras la se gunda, después de reunirse
en Aracaju, atravesaría Sergipe hasta Jere-morabo.
Desde estas aldeas convergirían sobre Canudos.
Páginas ya escritas me dispensan de volver a
insistir sobre semejante plan, copia ampliada de los errores anteriores, con
una sola variante: en lugar de una, eran dos las masas compactas de soldados
que irían a caer, todos a un tiempo, en las trampas de la guerra seríaneja. Y
si, tomando la hipótesis más favorable, esto no sucediese, era fácil verificar
que la plena consecución de los itinerarios establecidos, incluso
proble-matizaban un desenlace satisfactorio de la campaña. La simple obser
vación de un mapa mostraba que la convergencia establecida, aunque se
realizara, no determinaría el aplastamiento de la rebelión, hasta inclu yendo
la posibilidad extrema y dolorosa de la batalla.
Los caminos escogidos, del Rosario y de Jeremoabo,
se cortaban fuera del poblado, en un punto de su amplia periferia y resultaban
ineptos para el asedio. Los jagungos, combatidos en una sola dirección, por el
sudeste, en el caso de que fueran desbaratados, tenían francos hacia el norte y
el oeste, los caminos del Cambaio, del Uauá y de la Várzea da Erna; todo el
vasto sertón del Sao Francisco, asilo impenetrable en el
que se se acogerían a salvo y desde donde se
aprestarían para la réplica. Ahora bien, la consideración de un abandono en
masa de la aldea, rayaba en el optimismo más exagerado. Los sertanejos
resistirían como resistieron, afrontando los asaltos hechos por un solo flanco,
tendrían como tuvieron, mil puertas abiertas por los otros, que les permitirían
comunicarse con las cercanías y abastecerse.
Eran circunstancias fáciles de deducir. Y al
prevenirse, señalaban una sola corrección: una tercera columna que, partiendo
de Juázeiro o de Vila Nova y venciendo una distancia equiparada a las
recorridas por las otras dos, convergiese con ellas, cerrando aquellos caminos
y origi nando finalmente un bloqueo efectivo.
Pero no se pensó en esta división suplementaria. No
había tiempo para pensar. El país entero ansiaba lavar la afrenta hecha al
Ejército y a la Patria. . .
Era preciso marchar y vencer. El general Savaget
salió en seguida, en los primeros días de abril, para Aracaju, y el comandante
en jefe, en Queimadas, dispuso todo para el ataque.
DEMORAS
Pero éste sólo se realizaría dos meses después, a
fines de julio. Los com batientes, soldados y patricios, llegaban a la oscura
estación del ferro carril de Sao Francisco y quedaban impotentes para la
partida.
El gran movimiento de armas en marzo, había sido
una ilusión. No teníamos ejército en la significación real del término, en la
que se incluye, más valiosa que la existencia de algunos millares de hombres y
espingar das, una dirección administrativa, técnica y táctica, definida por un
estado mayor que conozca todos los servicios, desde el transporte de las
provisiones hasta los lincamientos superiores de la estrategia, órgano que
prepara, ante todo, las operaciones militares.
Faltaba todo. No había un servicio de
abastecimiento organizado, de modo que en una base de operaciones provisoria,
unida al litoral por un ferrocarril, fue imposible conseguir un depósito de
víveres. No había un servicio de transporte suficiente para cerca de cien
toneladas de mu niciones de guerra.
Finalmente, no había soldados: los cargadores de
armas que por allí desembarcaban, no venían de los polígonos de tiro o de los
campos de maniobras. Los batallones llegaban, algunos disminuidos, menores que
compañías, con el armamento arruinado y careciendo de las nociones tácticas más
simples. Era necesario armarlos, vestirlos, darles municio nes, adiestrarlos e
instruirlos.
Queimadas se volvió un vivero de reclutas y un
campo de instrucción. Los días comenzaron a correr monótonos en evoluciones y
maniobras, o
ejercicios de fuego en una línea improvisada en un
surco abierto en la caatinga próxima. Y el entusiasmo marcial de los primeros
tiempos aflo jaba, doblegado en la insipidez de esa Capua invertida281 donde
voci feraban, descansando, centenares de valientes marcando el paso delante
del enemigo. . .
De allí salieron, batallón por batallón, hacia
Monte Santo, donde la situación no varió. Continuaron hasta mediados de junio
los mismos ejercicios y la misma existencia aleatoria de más de tres mil
hombres en armas, dispuestos para el combate pero impotentes para la partida y,
registremos esta singular circunstancia, viviendo a costa de los recursos de un
municipio pobre y talado por las expediciones anteriores.
La comisión de ingenieros militares dirigida por el
teniente coronel Siqueira de Meneses había terminado, con dificultades, la
línea telegrá fica de Oueimadas. Y fue la única cosa apreciable en tanto
tiempo. El comandante en jefe, sin carretas para el transporte de las
municiones, desprovisto de los recursos más elementales, se quedaba delante de
la tropa acampada y mal alimentada por algunos bueyes magros y hambrien tos
desparramados por los campos de los alrededores. El diputado del Cuartel
Maestre General 282 no había conseguido siquiera un servicio regular de
convoyes, que partiendo de Oueimadas, abastecieran a la base de operaciones, de
modo de almacenar reservas capaces de sustentar a la tropa por ocho días. Por
lo que, cuando llegó el mes de julio y la 2^ columna atravesando Sergipe, se
acercaba a Jeremoabo, no había en Monte Santo una sola bolsa de harina en
depósito. La penuria y ciertos anuncios de posible hambruna condenaban a la
inmovilidad a la división en la que se encontraba el principal jefe de la
campaña.
Esta detención desalentaba a los soldados y
alarmaba al país. Como un entretenimiento o un pretexto para sacar de Monte
Santo por algunos días a mil y tantos consumidores de los escasos recursos de
la columna, dos brigadas salieron en reconocimiento hasta el Cumbe y Ma^acará.
Fue el único movimiento militar realizado y no tuvo el valor de aplacar la
impaciencia de los expedicionarios.
Una de esas brigadas, la 3?- de infantería, recién
formada con el 59 y el 99 batallones de artillería, porque esta brigada se
había reconstituido con el agregado de una batería de tiro rápido y con el 79
destacado de la 1^, estaba bajo el mando de un oficial incomparable en el
combate, pero de inquieto temperamento para aquella apatía. Al llegar a
Magacará, después de apresar en el camino algunos cargueros que iban a la aldea
sediciosa, en lugar de volver a la base de operaciones, estuvo por salir, solo,
por el camino del Rosario, hacia el centro de la lucha. El coronel Thompson
Flores planeaba ese movimiento indisciplinado y temerario, apenas contenido por
la oficialidad, revelando, aunque exagerándola con su fuerte temperamento
nervioso, la situación moral de los combatientes.
A todos fastidiaba la inmovilidad en que habían
caído tras el arranque marcial de los primeros días.
Muchos se estremecían imaginando el sobresalto al
recibir de impro viso, la nueva de la toma de Canudos por el general Savaget.
Calculaban los efectos de esa dilación ante la opinión pública ansiosa de un
desen lace y consideraban cuán útil sería para el adversario, alentado por
tres victorias, aquel armisticio de tres meses.
Esta
consideración era capital.
NO HAY UN
PLAN DE CAMPAÑA
El general Artur Oscar decidió entrar en acción
fijando en la orden del día del 19 de junio la partida en la cual "deja a
la imparcialidad de la historia la justificación de tal demora”.
Sin el laconismo propio de tales documentos, el
general, después de augurar una inevitable victoria sobre la gente de Antonio
Conselheiro "el enemigo de la República”, señala a las tropas el peligro
que las asal tará al entrar en el sertón donde "el enemigo las atacará
por la retaguar dia y los flancos” en medio de esas "matas infelices”
cribadas de "caminos obstruidos, trincheras, sorpresas de toda índole y de
todo lo más odioso de la guerra”.
Pese a la literatura alarmante, estos datos eran
verdaderos. La comi sión de ingeniería había realizado reconocimientos
acordes, estipulando que las características del terreno imponían tres
condiciones para un favorable accionar de la campaña: fuerzas bien abastecidas,
que no acudiesen a los recursos del terreno tan pobre; movilidad máxima; y
flexibilidad para adaptarse al terreno abrupto.
Eran tres requisitos esenciales y complementarios.
Pero ninguno fue satisfecho. Las tropas partirían de la base de operaciones a
media ración. Irían recargadas por las toneladas de un cañón de sitio.
Avanzarían en brigadas cuyos batallones, de cuatro en fondo, tenían escasos
intervalos de pocos metros.
Persistía la obsesión de una campaña clásica. Lo
demuestran las ins trucciones entregadas, días antes, a los comandantes de los
cuerpos. Resumen de unos viejos preceptos que cada uno de nosotros, legos en la
materia, podemos encontrar en las páginas de Vial 283, lo que ese docu mento
muestra es la obsesión en imaginar a las guerrillas habilidosas de los jagungos
dentro de trazados gráficos.
El jefe expedicionario sólo se ocupó de la
distribución de las formacio nes. No se preocupó del aspecto esencial de una
campaña que, reducida al dominio estricto de la táctica, consistía solamente en
el aprovecha miento del terreno y en una movilidad vertiginosa. Porque su
tropa iba a salir hacia lo desconocido, sin líneas de operaciones, sujeta a los
ligeros
reconocimientos hechos anteriormente o a los datos
recogidos por oficiales de otras expediciones, y nada hay de práctico en esas
instrucciones sobre servicios de seguridad en la vanguardia y en los flancos.
En compensa ción, muestra la preocupación del orden mixto; los cuerpos, en la
emer gencia de una batalla, se deberían mover con las distancias regulares, de
modo que cada brigada, extendiéndose por el campo raso, pudiese,
geométricamente — cordones de tiradores, líneas de apoyo y reservas— actuar con
la seguridad mecánica establecida por las luminarias de la guerra. Y el jefe de
la expedición, a propósito, citó a Ther Brun. No quiso innovar. No imaginó que
el frío estratega invocado, un genio que para la ocasión no valía como los
ardides de un capitán del monte, aban donaría esos dispositivos de los
preceptos idealizados sin nombre, en las guerras sertanejas, guerras de
trampas, sin programación rígida, sin reglas, rodeadas de hechos súbitos y de
encuentros fortuitos en las vueltas de los caminos o celadas en todas partes.
Copió instrucciones sin valor. Quiso dibujar lo
imprevisto. La lucha que sólo pedía un jefe esforzado y media docena de
sargentos atrevidos, iba a iniciarse enredada en una compleja red jerárquica,
con algunos batallones macizos perdiéndose en caminos desconocidos, delante de
ad versarios fugitivos y valientes. Como si fuera poco, se le prendió a las
espaldas la mole de acero de un Withworth de 32 284, que pesaba 1.700 kilos. La
tremenda máquina, hecha para la quietud de las fortalezas ribereñas, significaba
la reducción de la marcha y la perturbación de los transportes, un obstáculo
para cualquier maniobra rápida. Es que había que impresionar al sertón con el
monstruoso espantajo de acero, aunque se dejasen de lado medidas
imprescindibles.
Ejemplifiquemos: las columnas partirían de la base
de operaciones en situación absolutamente inverosímil, a media ración.
Marcharían en desdoblamientos que, como veremos en breve, no las guardaban de
los asaltos. Por fin, no tenían la garantía de una vanguardia eficaz, de flan
cos capaces de evitarle sorpresas.
Los que las acompañaban no valían nada. Tenían que
marchar a los costados del grueso de la tropa por dentro de las caatingas y
éstas les obstaculizarían el paso. Soldados de ropas de paño, cortando las
brome-lias y los espinos, apenas iban a arriesgar unos pasos para dejar por
allí enganchados sus uniformes en jirones.
Hubieran podido avanzar si se les salvara de tales
inconvenientes. Bas taba con que fuesen apropiadamente vestidos. La ropa de
los vaqueros enseñaba. El flanqueador debía meterse en la caatinga vestido con
las ropas de cuero del sertanejo, con la garantía de las fuertes alpargatas, de
los guarda-pies, de las perneras, para pasar indemne por medio de los
xique-xiques; de los guarda-pechos para troteger el tórax, y de los sombreros
de cuero firmemente atados al mentón, habilitándolo para arremeter impunemente
por allí adentro. Uno o dos cuerpos así dispuestos
y convenientemente adiestrados, acabarían por
copiar las evoluciones de los jagungos, sobre todo considerando que allí había,
en todos los bata llones, hijos del Norte, en cuyos cuerpos los bárbaros
uniformes no se ajustarían por primera vez.
Y esto no
sería una originalidad. Más extravagante resultan las cha quetas europeas de
listas vivas y botones brillantes entre las ramas de la caatinga marchita 285.
Además, nuestros admirables patricios del sertón atestiguan que esa bizarra
vestidura, a pesar de su rudo material es capaz de entallar elegantemente y
robustece. Es buena para las intem peries. Atenúa el calor en el verano,
atenúa el frío en el invierno, amor tigua las repentinas variaciones de la
temperatura, normaliza la economía fisiológica y produce atletas. Se armoniza
con la guerra. Porque no se gasta ni se rompe. Después de un largo combate, el
luchador tiene sus ropas intactas y puede descansar sobre un montón de espinas.
Cuando suena la alarma, se levanta de golpe y su flexible coraza no tiene una
sola arruga. Marcha bajo una lluvia violenta y no tirita, se encuentra con
pastos en llamas y puede cruzarlos sin hesitar, se le aparece un arroyo
correntoso y lo cruza metido en su ropa impermeable.
Pero esto sería una innovación rara. Se temía
contagiar la piel dura del jagungo a la epidermis del soldado. La expedición
debía marchar correctamente. Con corrección y fragilidad.
En primer lugar, el día 14, partió la comisión de
ingenieros protegida por una brigada. Se encargaba de una ardua tarea: adecuar
la marcha a los rastros sertanejos, y debía rectificarlos, alargarlos o
nivelarlos, de modo que por tales caminos, cortados por barrancos y torcidos
por los morros, pudiesen transitar la artillería pesada, las baterías Krupp,
algunos cañones de tiro rápido y el aterrador 32, que por sí solo requería un
camino consolidado y firme.
Ese camino fue hecho. Lo abrió, con esfuerzo y
tenacidad, la comi sión de ingenieros, desarrollándolo hasta lo alto de la
Favela, a lo largo de quince leguas.
LA COMISION DE INGENIEROS
Para este notable trabajo hubo un jefe: el teniente
coronel Siqueira de Meneses.
Nadie hasta entonces había entendido con igual
lucidez la naturaleza de la campaña o estaba mejor preparado para ella. Una
firme educación teórica y un espíritu observador, lo convirtieron en el guía
exclusivo de aquellos miles de hombres al tanteo en una región desconocida y
bárbara. La había recorrido casi solo, acompañado por uno o dos ayudantes, en
todos los sentidos. La conocía entera, e infatigable, alejado de todo temor,
ese campeador que se había formado fuera de la vida de los cuarteles,
sorprendía a los combatientes más rudos. Se largaba
por las amplias pla nicies, se perdía en el desierto repleto de emboscadas,
observando, estu diando, y muchas veces, luchando. Cabalgaba animales
arruinados, ineptos para un medio galope corto, se hundía en los pantanos, los
vedea-ba, subía por los cerros abruptos, en reconocimientos peligrosos y
resurgía en el Caipá, en Calumbi o en el Cambaio, en todas partes, más preocu
pado por sus notas y sus croquis que por su vida.
Esa naturaleza original lo atraía. Su flora tan
extraña, su topografía atormentada, su estructura geognóstica aún no estudiada,
se le antojaban escritas en una página de la tierra que todavía nadie había
leído. Y el expedicionario sin miedo lo hacía, convirtiéndose en un pensador
contem plativo. Una roca, el cáliz de una flor o un accidente del suelo, lo
saca ban de las preocupaciones de la guerra para llevarlo a la región serena
de la ciencia.
Los vaqueros amigos de las cercanías lo conocían y
lo conocieron por fin los jagungos. Les llamaba la atención aquel hombre
frágil, de fiso nomía nazarena, que andando por todas partes con una carabina
en bandolera y un podómetro agarrado a la bota, les desafiaba la astucia y no
sentía temor de las emboscadas y no se equivocaba en la lectura de su brújula
portátil entre los estampidos de las carabinas.
El comandante en jefe había apreciado su valor. El
teniente coronel Meneses era el ojo de la expedición. Proveniente de una
familia sertaneja del Norte y teniendo hasta familiares próximos entre los
fanáticos de Canudos, ese jagungo rubio, de aspecto débil, física y moralmente
bru ñido por la cultura moderna, era la mejor garantía de una marcha se gura.
Y le dio un trazado que sorprendió a los mismos sertanejos.
Entre los caminos que llegan a Canudos, dos, el del
Cambaio y el de Magacará, habían sido utilizados por las expediciones
anteriores. Quedaba el del Calumbi, más corto y en muchos puntos menos
impracticable, sin las trincheras soberbias del primero y sin las vastas
planicies estériles del último. Esos atributos hacían pensar que sería
escogido. En este presu puesto, los sertanejos lo fortificaron de tal manera
que la marcha de la expedición por allí hubiera acarreado un desastre completo,
mucho antes de llegar a la aldea.
El plan esbozado por la comisión de ingenieros lo
evitó, haciendo un camino más hacia el este, bordeando los contrafuertes de
Aracati.
LA MARCHA PARA CANUDOS
Por allí avanzaban, distanciadas, las brigadas.
La de artillería que levantó el campamento de Monte
Santo el 17, en contró dificultades en los primeros pasos. Mientras los
cañones más lige ros llegaban, hechos diez kilómetros, al Río Pequeño, el
obstruyente 32
había quedado distanciado una legua. Por el camino
tiraban penosamente las veinte yuntas de bueyes que lo arrastraban, guiados por
conductores inexpertos, unos y otros poco afectos a esa clase de transportes,
totalmente nuevo, en el que surgían inconvenientes a cada paso, por las curvas
del camino o por los desniveles repentinos que detenían a la pesada máquina.
Solamente el 19 a la tarde, tres días ocupados en
hacer tres leguas, llegó el cañón retrasado al Caldeirao Grande, permitiendo
que se reor ganizara la brigada de artillería que, juntamente con la 2^ de
infantería, teniendo a la vanguardia al 2 59 batallón del teniente coronel
Dantas Barreto, proseguirían a la mañana siguiente hacia Gitirana, distante
ocho kilómetros de la estación anterior, con la misma marcha fatigosa y de
morada.
Ese mismo día había salido de Monte Santo el
comandante general y el grueso de la columna constituido por las brigadas 1^ y
3^, con un efectivo de 1.933 soldados.
Toda la expedición en camino, unos tres mil
combatientes, avanzó hasta el Aracati, cuarenta y seis kilómetros más allá de
Monte Santo, siempre con la misma formación: las grandes divisiones avanzando
aisla das o concentrándose y dispersándose en seguida, a veces demasiado dis
tanciadas, en contraste permanente entre la marcha ligera de la vanguar dia y
el lento andar de la artillería. Más alejado todavía, a la cola de la tropa,
iba el gran convoy general de municiones, bajo el mando directo del diputado del
Cuartel Maestre General, coronel Campelo Franca, y formado por 432 plazas, el 5
9 cuerpo de la policía bahiana, el único entre todos que se amoldara a las
condiciones de la campaña. Recién formado con sertanejos enrolados en las
regiones ribereñas del Sao Fran cisco, no era un batallón de línea ni era un
batallón de policía. Esos cáboclos rudos y bravos, joviales y aficionados a las
bravatas que, más tarde, en los días angustiosos del asedio a Canudos cantarían
al son de las guitarritas, modinhas festivas, debajo del relampagueo de la
fusilería, constituían un batallón de jagungos. Entre las fuerzas regulares de
uno y otro matiz, imprimían el rasgo original de la vieja bravura, a un tiempo
novelesca y brutal, salvaje y heroica, caballeresca y despiadada, de los
primeros mestizos, vencedores de bandeiras. Tenían el temperamento pri mitivo
de una raza, guardado intacto, en el aislamiento de las planicies, fuera de la
intrusión de otros elementos y de golpe, aparecían con un aspecto original,
mezcla interesante de atributos contrarios a la lógica, con una ingenuidad
sorprendente, una lealtad llevada hasta el sacrificio y un heroísmo extendido
hasta la barbarie. Los veremos más adelante.
El 59 cuerpo y el convoy, habiendo partido los
últimos de Monte Santo, rezagados de la expedición, cuando debían estar en el
centro, seguían al cabo completamente aislados. Y lo mismo le sucedía a los
demás batallones. A despecho de la formación establecida, en seguida se
verificó la imposibilidad de una concentración inmediata, en la emergen
cia de la batalla. Adscrito al trabajo de los
zapadores, el tren de la arti llería quedaba muy separado del resto de la
columna, como una obstruc ción entre la vanguardia y el convoy general. De
manera que si los jagungos dieran, en lugares escogidos, algún golpe de mano
audaz contra el convoy general, el auxilio de la columna quedaría trabado por
el obs táculo de las baterías que cubrían el camino estrecho.
Lo muestra la ruta pormenorizada de la marcha.
Mientras el grueso de la columna levantaba campamento del Río Pequeño al
alborear del 2 1 , a poco más de una legua de Monte Santo y llegaba, a las
nueve de la mañana al Caldeiráo Grande, después de caminar dos leguas, ya de
esa parada había salido a la retagurdia de la artillería, el cañón 32,
protegido por la brigada Medeiros. En la misma ocasión, más aventajada, la
brigada Gouveia tocaba Gitirana a la noche, donde ya se encontraban la comisión
de ingenieros y el general Artur Oscar que hasta allí había llegado, sin
equipo, seguido de un piquete de veinte plazas de caballería y el 99 de
infantería. Si consideramos que el convoy general dirigido por el coronel
Campelo Franca y protegido por el 59 de policía había quedado a la reta
guardia, se ve que la tropa estaba desparramada por una longitud de casi cuatro
leguas, violando completamente las instrucciones establecidas.
En el amanecer del día 2 2 , cuando el general
Barbosa que había permanecido el resto del día anterior en Caldeiráo, levantaba
campa mento hacia Gitirana, de ahí partía el comandante general con la primera
brigada, el 99 batallón de la 3^, el 259 de la 2^, el ala de caballería del
mayor Carlos de Alencar y la artillería, llevando el dispositivo fijado: al
frente el 149 y el 39 batallones, en el centro la caballería y la artillería,
después otros dos cuerpos, el 99 y el 259. Pero, mientras el comandante general
andaba rápidamente y en ese día llegaba con la vanguardia a Juá, 7.600 metros
más allá de Gitirana, aquí estaba inmovilizada la artillería aguardando que la
comisión de ingenieros terminase la apertura de picas y trabajos de zapa, y
como el grueso de las fuerzas aún venía por el camino del Caldeiráo, más de una
vez, éstas quedaban divididas, ofreciendo con diciones desventajosas en la
emergencia de un asalto, porque no estaban dispuestas para distancias tan
grandes entre sí, las que debieron haber sido establecidas de antemano como un
requisito táctico indispensable.
Las brigadas se reunieron por fin, en la noche de
ese día, en Juá. Des pués de la artillería, a las seis, llegó el resto de la
columna compuesto por los 59, 79, 159 169 y 279 cuerpos de infantería. Se
exceptuaba el convoy retrasado en algún lugar del camino.
De ese punto salieron los dos generales en la
mañana del 23, hacia Aracati, a 12.800 metros de distancia, haciendo la
vanguardia los bata llones del coronel Gouveia. Pero la artillería, protegida
por los del coro nel Medeiros, sólo se movió al mediodía, después que los
ingenieros, apoyados por la brigada Flores, realizaron penosos trabajos de
repa raciones.
Nos detenemos en los menores incidentes de esta
marcha para mostrar las excepcionales condiciones en que se realizó.
Después de la partida de Juá y llegados a la vieja
estancia del "Pogo” totalmente en ruinas, sobrevino un incidente que
muestra cuánto cono cían el terreno por el que avanzaban.
INCIDENTES
En lugar de seguir rumbo a la derecha, buscando la
estancia del "Sitio” de un sertanejo aliado, Tomás Vila-Nova, totalmente
entregado a nuestra causa, los zapadores hicieron un desvío a la izquierda. Ya
iban lejos, después de unas horas de camino, cuando el teniente coronel
Siqueira de Meneses reconoció la imposibilidad de adecuar el camino con la
rapidez necesaria. "Tales eran el gran movimiento de tierras a hacerse, lo
cerrado de la caatinga, los pesados bloques de piedra a removerse, además de
los accidentes del terreno para la subida y bajada de los vehículos” 286. Aban
donando todo el trabajo hecho, se buscó el campo de Vila-Nova. Acon sejado por
éste, a la tarde se inició un nuevo camino que, aunque era más largo, tenía
mejores condiciones de viabilidad. La artillería sólo avan zó al caer la
tarde, pasando por el sitio de los Pereiras. Y fue a acampar a la medianoche en
la Lagoa da Laje, a dos kilómetros de Aracati, donde ya estaba desde hacía
mucho la columna. Más a la retaguardia todavía estaba el 32, junto con la 3^
brigada al borde de un arroyo, el de los Pereiras, que por lo cerrado de la
noche no se pudo pasar.
Se entraba en zona peligrosa. Ese día, en Lagoa da
Laje, el piquete del comando general, guiado por un alférez, sorprendió a
algunos rebel des que sacaban el tejado de una casa allí existente2S7. El
encuentro fue rápido. Tomados de sorpresa, los sertanejos huyeron sin replicar.
Sólo uno quedó. Estaba sobre el tejado y al bajar se vio rodeado. Reaccio nó a
pesar de estar herido, se enfrentó con el adversario más próximo, un cabo; lo
desmontó y le arrancó la carabina de las manos, golpeándolo con la culata.
Después se recostó a la pared de la casucha e hizo frente a los soldados
agitando el arma sobre sus cabezas. Lo vencieron. Lo mataron. Era la primera
hazaña, por demás exigua para tanta gente.
Otras la sucederían.
El día 24 la marcha se hizo más pesada. La columna
que levantó cam pamento de Aracati al mediodía porque tuvo que esperar la
llegada de los retrasados de la víspera, ya unida, se encaminó hacia Jueté, a
una distancia de 13.800 metros, y otra vez se dividió.
Los caminos empeoraban.
Se hizo necesario, además de los trabajos de zapa,
abrir más de una legua de pica a través de una caatinga feroz que en ese lugar
justifica bien el significado de la denominación indígena del lugar *.
* Ju-eté: espino grande; por extensión, espinal.
El jefe de ese trabajo memorable relata * :
"Al xique-xique, palmatoria, cola de zorro,
mandacarus, caroás, cabega de frade, culumbi, cansangao, favela, quixaba y la
respetabilísima ma-carnbira, se unió el muy conocido y temido cumana, especie
de cipo de aspecto arborescente, parecido a una planta cultivada en los
jardines, cuyas hojas son cilindricas. A pocos centímetros del suelo, el tronco
se divide en muchos gajos que se multiplican en una profusión admirable,
formando una gran copa que se mantiene en el espacio por sus propios esfuerzos
o favorecido por algunas plantas que vegetan por allí. Extiende sus franjas de
hojas cilindricas con ocho canaletas e igual número de filos cortantes y poco
salientes, como un gran pólipo de millones de antenas, que cubren muchas veces
una considerable superficie del suelo, enmarañándose en una trama impenetrable.
La hoz más afilada de nues tros soldados del contingente de ingenieros y de la
policía, difícilmente las cortaba a los primeros golpes, pues ofrecían una
resistencia inespe rada al empeño que teníamos por ir adelante. En ese
laberinto de nueva especie, la comisión de ingenieros tuvo que abrir, en pocas
horas, más de seis kilómetros de camino teniendo sobre sus talones a la
artillería que atropellaba impaciente. El esfuerzo desplegado por los
distinguidos y patriotas republicanos, empeñados en esta pesada labor, no
impidió que la noche los sorprendiera antes de llegar a esa especie de claro,
deno minado por el pueblo lugareño Queimadas, donde esta vegetación trai
cionera desaparece como temerosa. Antes que el desánimo, el cansancio y el
sueño se apoderasen de nuestros resistentes y trabajadores soldados, la citada
comisión, representada en esta ocasión por el jefe, tenientes Nascimento y
Crisanto, alférez Ponciano, Virgilio y Melquíades, los dos últimos de la
policía, el tercero auxiliar y el cuarto comandante del con tingente de
ingenieros, pues el capitán Coriolano y el teniente Domingos Ribeiro se
encontraban más atrás, en otros trabajos, tomó la decisión de encender, ya
noche oscura, de tanto en tanto, grandes hogueras para se guir los trabajos en
pro de la buena causa de la Patria, a su luz.
"Así se concluyó con alegría general entre las
ocho y las nueve de la noche el último trecho en el que el cumana desapareció
dando paso a una vegetación más benigna al salir de Queimadas, de lo que ya
habla mos. El cañón 32, no pudiendo vencer los obstáculos derrumbados por la
noche, quedó dentro de la pica hasta el día siguiente y con él, el Dr. Domingos
Leite, que trabajaba desde el Río Pequeño, con un grupo de chinos en el empeño
de llevarlo a Canudos.
"Poco después de las 9 horas estaba la
comisión reunida y acampada en el claro, bajo lluvias torrenciales que se
prolongaron hasta el día siguiente, que causaba a todos contrariedad, malestar
y fastidio. Allí también acampó la brigada de artillería, el 169 y el 259
batallones de
* Teniente
coronel Siqueira de Meneses; artículos publicados en El País, bajo el
pseudónimo de Hoche.
infantería, quedando a cargo de la guardia del 32
el 279 que durmió en la pica. Fue magnífico, hasta espléndido, el espectáculo
que nos impresionó vivamente, viendo a la artillería con sus metales pulidos,
altiva de su gran fuerza, atravesar imponente, como reina del mundo, por entre
las fantásticas claridades de las grandes hogueras, encendidas en el desierto,
como por el genio de la libertad, para mostrarle el camino del deber, de la
honra y de la gloria”.
Mientras tanto llegaba a Jueté, donde pernoctó, el
general Oscar con el estado mayor y el piquete de caballería. Al paso que el
general Bar bosa, con las brigadas P y 3^, enderezaba hacia la estancia del
"Rosario” a 4.700 metros más adelante.
Ahí llegó a la madrugada el comandante general, y
más tarde, el resto de la división, siendo necesario todavía hacer una rampa
sobre las riberas del río Rosario para que lo cruzara la artillería.
UN GUIA TEMEROSO: PAJEU
El enemigo apareció otra vez. Pero veloz y
fugitivo. Era algún piquete que espiaba a la tropa. Lo dirigía Pajeú. El famoso
bandido hizo un reconocimiento. Pero de hecho, como lo denunciaron los sucesos
pos teriores, traía un objetivo mayor: renovar el delirio de las cargas y un
paso redoblado enloquecido que tanto había perjudicado a la expedición
anterior. Sorprendió a la tropa con un tiroteo rápido, de flanco, acompa
ñándola velozmente por dentro de las caatingas. Desapareció. En seguida
reapareció, más adelante. Cayó en un ataque vivo y fugaz sobre la van guardia
que ese día estaba constituida por el 99 de infantería. Pasó como en relieve,
acompañado por unos pocos tiradores, en el camino adelante. No fue posible
distinguirlo bien. Cambiadas algunas balas, desaparecie ron. Quedó prisionero
y herido un curiboca de 12 o 14 años, que no reveló nada en el interrogatorio a
que lo sometieron.
La tropa acampó sin otras novedades en ese sitio.
Los combatientes se reunieron seis kilómetros
adelante, salvo la 3^ bri gada que se aventajó hasta las Baixas.
El comandante en jefe envió entonces un emisario al
general Savaget, reiterándole el compromiso de encontrarse el 27 en las
cercanías de Canudos.
Levantaron campamento el 26, marchando hacia el
"Rancho do Vi-gário”, 18 kilómetros más lejos, después de una corta parada
en las Baixas.
Estaban a unos 80 kilómetros de Monte Santo. En
plena zona peli grosa. El intercambio de balas de la víspera presuponía
combates even tuales. Tal vez esclarecidos por el reconocimiento hecho, los
jagungos se dispusieron a refriegas más serias. Los ayudaba, como siempre, la
conformación del terreno que desde allí en adelante se accidenta, se eriza en
picos escarpados, hasta las Baixas donde aparecen los despeñaderos de la sierra
del Rosario, de flancos duros y vegetación rala.
Las tropas iban a escalar por el sur la fortaleza
que circunscribe Canudos. Seguían cautelosos su ruta. Las cornetas no sonaban
más. For mados temprano, los batallones marcharon hasta el pie de la serranía.
La subieron, derivaron después en la bajada por la garganta que la separa del
"Rancho do Vigário”.
La columna se dividió aún más. Mientras la
vanguardia, al atardecer llegaba al rancho, la artillería ligera que con los
ingenieros había aban donado al pesado 32, venía por los primeros tramos de la
vertiente y aquél ascendía lentamente, del otro lado, a medida que los trabajos
de zapa le abrían camino en las laderas. La noche, y con la noche una lluvia
torrencial con vientos muy fuertes, cayó sobre los expedicionarios que, en
tales condiciones, podrían ser fácilmente desbaratados por las guerrillas enemigas,
viejas conocedoras del terreno. No lo hicieron. Es que, como veremos, tenían
dispuesta otra posición. También dejaron en paz al convoy que, perdido en la
retaguardia, andaba por el camino de Jueté. Habían aflojado a los animales de
tiro y toda la carga de 53 carretas y 7 grandes carros pasó subdividida a las
espaldas fuertes de los sertanejos del 59 batallón de la policía.
La noche transcurrió pacífica. Al día siguiente, el
27, establecido para el encuentro de las dos columnas sobre los escombros de la
aldea atacada, todos se pusieron en movimiento para la última jornada. Y en la
alegría surcada de impaciencia, de aprensiones y vibrante entusiasmo, que
antecede a la batalla, nadie pensó en los compañeros retrasados.
Las brigadas se olvidaron totalmente del convoy
desguarnecido, allá a lo lejos, con sus soldados arqueados bajo los grandes
fardos, apenas auxiliados por los pocas muías que todavía soportaban las
cargas, en las condiciones más impropias para librar el más ligero encuentro.
Las brigadas siguieron: al frente la del coronel
Gouveia con dos bocas de fuego, al centro la del coronel Olimpio da Silveira y
la caba llería, y después, sucesivamente, las de los coroneles Thompson Flores
y Medeiros. Sobre dos puentecitos atravesaron el riacho del Angico. Y se
extendieron por el camino en una línea de diez kilómetros.
Rompía la marcha el 259 batallón, ladeado de dos
pelotones de flan-queadores, tratando de abatir, inútilmente, a golpes de facón
el ramaje.
Los jagungos los asaltaron, de sorpresa, antes de
la llegada, al mediodía, en el Angico. El ataque, aunque no merecía el nombre
de combate que después le dieron, fue serio. Pajeú congregaba a los piquetes
que se sucedían desde ese punto hasta Canudos y se echó de costado sobre la
fuerza. Esta, sobre una rampa sin refugios, quedó como blanco de los tiros por
elevación de los sertanejos que apenas se distinguían en la orla del matorral,
abajo; pero replicó con firmeza, perdiendo sólo dos soldados, uno muerto y el
otro herido, y continuó el avance en orden, a paso ordi nario, hasta el sitio
memorable de Pitombas, donde ocurrió el primer encuentro de Moreira César con
los fanáticos.
El lugar era lúgubre. Por todas partes aparecían
recuerdos crueles: peda zos ya incoloros de uniformes, oscilando en la punta
de las ramas secas; pedazos de mantas y harapos de capotes desparramados por el
suelo en un revoltijo con fragmentos de osamentas. A la margen izquierda del
camino, erguido en un tronco — como una percha de la que colgase un viejo
uniforme— el esqueleto del coronel Tamarinho, decapitado, los brazos colgados,
las manos de hueso calzando guantes negros. . .
A sus pies estaban el cráneo y las botas.
Y yendo
desde el borde del camino hacia la profundidad de las caatin-gas, otros
camaradas de infortunio: esqueletos vestidos con uniformes rotos y
polvorientos, tirados por el suelo, de supino, alineados en forma ción
trágica, o simplemente arrimados a los arbustos que oscilando según el viento,
les daban singulares movimientos de espectros. Toda una de moníaca
escenografía pensada adrede por los jagungos. No les habían quitado nada, salvo
las armas y las municiones. Un plaza del 259 encontró en el género que envolvía
la tibia descarnada de uno, un montón de bi lletes que sumaban cuatro contos
de réis. El adversario lo había desdeñado como otras cosas de valor para ellos
degradadas.
Los soldados, asombrados, apenas observaron ese
escenario porque el enemigo continuaba siguiéndolos de costado. Repelido en el
encuentro anterior, después que lo rodeara una compañía del 2 59 dirigida por
el capitán Trogílio de Oliveira, retrocedía atacando.
El 259 y después el 279 del mayor Henrique
Severiano da Silva, si guieron repeliéndolo hasta el Angico.
La batalla parecía inminente. En varios puntos,
partiendo de los flan cos y del frente, estallaban tiros. El comandante
general tomó las dispo siciones más convenientes para repeler al adversario
que parecía iba a aparecer, rodeándolos. Un piquete de caballería dirigido por
el alférez
Marques da Rocha, de su estado mayor, enviado a
reconocer la caatinga a la izquierda, lo hizo inútilmente. Continuaron
avanzando.
Dos horas después, al trasponer el general una
colina, el ataque re crudeció de pronto. Se hicieron algunos disparos de
Krupp. Un sargento de caballería y algunos plazas se metieron temerariamente en
la caatinga. Hicieron una batida. Continuó la marcha. Al frente, el 2 59
formando la vanguardia con una compañía de exploradores y sucesivamente, el 279
y el 169, replicando los tiros escasos y acelerando la embestida.
La noche se acercaba. La vanguardia avanzó por las
últimas laderas del camino, en las Umburanas. Las subió, sin aliento y sin
vacilar. Más de una vez tuvo que replicar serios ataques hechos por el flanco.
Y llegó a la montaña.
El último paso del ascenso le pareció un plano
levemente inclinado, entre dos ondulaciones, cerrado adelante por algunos
cerros desnudos.
Eran los altos de la Favela.
EL ALTO DE LA FAVELA
En ese punto este legendario morro es un valle.
Cuando se lo sube se tiene la impresión imprevista de llegar a una bajada.
Parece que se desciende. Toda la fatiga de la
difícil subida se vuelve un penoso desasosiego para el viajero. La vista queda
cerrada por todo tipo de accidentes. En lugar de una línea de cumbres, muestra
un thalweg, un surco extenso, cerrado a los trescientos metros por la barrera
de un cerro.
Llegando a éste, a los lados, se ven corroyéndolo,
hondos surcos por donde drena la montaña. Por uno de ellos, el de la derecha,
se observa un paso estrecho de rampas altas, casi verticales, como restos de
antiguos túneles y el camino del Rosario bajando en fuertes desniveles. A la
iz quierda, otra depresión que termina en la cuesta suave de un morro, el del
Mário, se dilata de norte a sur cerrándose en ese primer tramo ante otro cerro
que oculta el poblado y cae de golpe en una garganta pro funda hasta el lecho
del Umburanas. Adelante, en nivel inferior, la Fazenda Velha. El pequeño cerro
de los Pelados viene en seguida, en declive, hasta el Vaza-Barris, allá abajo.
Y hacia todos los rumbos, hacia el este, buscando el valle del Macambira, más
acá de las cumbres del Cocorobó y el camino de Jeremoabo que lo atraviesa;
hacia el norte deri vando por la vasta planicie ondulada; hacia el oeste
buscando los lechos de los pequeños ríos, el Umburanas y el Mucuim cerca de la
entrada del Cambaio; y hacia todos los lados, el terreno se presenta con el
aspecto que le dan las cumbres sobresaliendo en una confusión de picos y despe
ñaderos. Se tiene la imagen de una montaña que se desmorona, arruinada por las
tormentas, abriéndose en gargantas que las lluvias torrenciales
profundizan año a año, sin el abrigo de la
vegetación que amengüe la ferocidad de los veranos y las erosiones de los
torrentes.
Porque el morro de la Favela como los otros de esa
zona del sertón, no tiene el revestimiento bárbaro de la caatinga. Es desnudo y
áspero. Pocos arbustos, esmirriados y sin hojas, raros cereos o bromelias
espar cidas despuntan sobre el suelo duro, entre las junturas de los bloques
yuxtapuestos en planos estratigráficos, exponiendo sin el disfraz de la más
leve capa superficial, la estructura interior del suelo. Los que ascienden por
el sur no ven en seguida la aldea que está al norte. Tienen que bajar en suave
declive la ancha plegadura en que se arquea la montaña, como una trampa entre
lomas paralelas.
Por allí enderezó al anochecer la cabeza de la
columna y una batería de Krupp, seguidas por el resto de la 2 $ brigada y de la
3^, quedando la P y el grueso de la tropa retrasados a retaguardia. Pero dieron
pocos pasos, porque el tiroteo, hasta entonces espaciado, progresó en continuo
aumento, a medida que realizaban la subida, convirtiéndose al cabo en una
fusilería furiosa.
Y se desencadenó una refriega original y cruenta.
El enemigo no se veía, metido en socavones, en sus
trincheras-refugio que minaban las laderas laterales y tapado por las primeras
sombras de la noche que caía.
Las dos compañías del batallón 2 59 soportaron
valientemente el choque. Mientras disparaban al azar sus armas, las dos
brigadas se abrieron para dar paso a la batería. Esta, llevada al frente,
arrastrada más a mano que por las muías cansadas y asustadas, pasó
ruidosamente. Subió a la cumbre más cercana y se alineó en batalla allá arriba.
Elevaron la bandera na cional y una salva de veintiún tiros de granadas atronó
sobre Canudos.
El general Artur Oscar, a caballo junto a los
cañones, observó por primera vez, abajo, iluminada por la claridad de una luna
deslumbrante, la misteriosa ciudad sertaneja y tuvo el más fugaz de los
triunfos en la cumbre golpeada por los tiros donde se expuso temerariamente.
Porque la situación era desesperada. Su tropa,
batida por todos los flan cos, envuelta por el enemigo a caballo, estaba
apretada en una estrecha franja que le impedía maniobrar.
Si estuviese toda junta cabía una solución, seguir
por la peligrosa travesía hasta juntarse con el general Savaget que, después de
una marcha entrecortada por combates, había hecho alto a tres kilómetros más
ade lante. Pero no había llegado la P brigada que se había quedado prote
giendo a la batería de tiro rápido y al 329 y más lento todavía, el convoy
parado en Angico, a dos leguas de distancia.
Aquel plan de campaña daba el único resultado que
podía dar. La expedición homogénea que por su dispositivo inicial no podía
fraccionar se, porque tenía una sola dirección y un solo convoy, se encontraba
divi dida precisamente al llegar al objetivo de lucha. De modo que la arreme
tida coronada con una salva de balas sobre Canudos
era la más impru dente de las victorias. El jefe expedicionario la definió
después como un combate de brillante éxito, merced al cual el enemigo había
huido aban donándole la posición tomada. Mientras todos los sucesos
posteriores revelaron el ansia de la tropa por abandonarla y el empeño
persistente de los jagungos por impedirles la salida.
Aquello era una trampa singular. Quien recorriera
más tarde las cues tas de la Favela lo puede testimoniar. Estaban minadas. A
cada paso una cueva circular y rasa, protegida por piedras, señalaba una
trinchera. Eran innúmeras y como todas miraban hacia el camino y hacían fuego
casi a ras del suelo, adrede estaban dispuestas para un cruzamiento sobre
aquél.
Así se explican los ataques ligeros e insistentes
hechos durante el ca mino a partir de Angico, el inofensivo tiroteo en el que
los sertanejos, saltando y corriendo, daban evidencia de querer atraer a la
expedición hacia ese rumbo, impidiéndole la elección de cualquier atajo de los
tantos que llevaban a la aldea.
Su ardid había triunfado. Los expedicionarios, bajo
el estímulo de la persecución del enemigo disperso sobre el frente y en fuga,
habían to mado, sin una exploración preparatoria, por un lugar desconocido,
si guiendo, sin saberlo, a un guía terrible: Pajeú.
Y con su
aire de triunfadores cayeron en la trampa. En respuesta al bombardeo de un
extremo al otro, de arriba abajo, por las laderas, estalló un relampagueo de
descargas terribles y fulminantes saliendo de cen tenares de trincheras,
explotando debajo del suelo como fogatas.
Era un fusilamiento en masa. . .
Los batallones sorprendidos se volvieron una
multitud atónita, in quieta, asombrada, centenares de hombres desorientados,
tropezando con sus compañeros que caían, atontados por los estampidos,
deslumbrados por las claridades de los tiros, sin poder arriesgar un paso en la
región ignota sobre la que había caído la noche.
La réplica haciendo blanco en las laderas era
inútil. Los jagungos tiraban sin riesgos, en cuclillas o echados en el fondo de
los fosos, a cuyos bordes sostenían los caños de las espingardas. Excluyendo la
posi bilidad de desalojarlos con cargas de bayoneta, lanzándose desesperada
mente por los morros o de seguir, aventurándose a asaltos peores y aban
donando a la retaguardia, sólo les quedaba a los combatientes el aguantarse a
pie firme en la peligrosa posición, aguardando el amanecer.
Esta única posibilidad fue favorecida por el
adversario. El ataque se atemperó después de una hora y finalmente cesó. Las
brigadas acam paron en formación de batalla. La 2^ se situó en líneas
avanzadas, del
centro hacia la derecha, teniendo a la retaguardia
a la P ; la artillería se situó cerca, teniendo a la derecha a la batería de
tiro rápido, en el centro el Withworth 32 que se confiaba al 39 del teniente
coronel Tupi Caldas. El general que comandaba este batallón cuando era coronel
lo colocó personalmente en ese puesto peligroso:
"A la honra del 3O9 entrego la artillería y
quedo tranquilo”.
El resto del 59 regimiento del mayor Barbelo se
colocó más a la iz quierda, próximo al ala de caballería del mayor Carlos
Alencar. Cerca de la depresión, junto al alto del Mário, punto flaco de la
posición, a la que posteriores sucesos darían el nombre de "Valle de la
muerte” se aden-saron los batallones del coronel Flores. En una zanja menos
alcanzada por el fuego se improvisó un hospital. Hacia allá se arrastraron los
55 heridos que con 20 muertos por allí desparramados, porque no había con qué recogerlos,
hacían ascender a 75 las bajas del día en poco más de una hora de combate.
Alrededor se extendió un cordón de centinelas y la
tropa, comandan tes y plazas echados por el suelo en la más niveladora
promiscuidad, reposaron en paz.
La inopinada quietud del enemigo les dio la ilusión
de la victoria. La saludaron anticipadamente las bandas de música de la 3^
brigada ago tando hasta deshoras su repertorio de marchas y una luna admirable
se levantó sobre los batallones adormecidos.
Pero era una tranquilidad engañadora. Los
sertanejos habían conse guido lo que querían. Habiendo arrastrado hasta allí a
la expedición que daba totalmente desprotegido en la retaguardia, el convoy de
municiones y provisiones. Al día siguiente asaltarían simultáneamente por dos
puntos, en la Favela y en el Angico y cuando, victoriosas en el primer lugar,
las fuerzas arremetieran contra la aldea, iban a encontrarse sin armas.
Sin embargo, esta circunstancia no pesó en el ánimo
de los que se habían acercado tan precipitadamente al centro de operaciones.
Al clarear la mañana del 28, reunidos en la
posición dominante de la artillería, los oficiales y plazas contemplaron por
fin, la "caverna de los bandidos” según el decir pintoresco de las órdenes
del día del comandante en jefe.
Canudos había crecido aunque su amplitud apenas
había aumentado: el mismo caserío colorado de techos de arcilla, extendiéndose
cada vez más en desparramo por las colinas, alrededor del núcleo compacto abra
zado por el río. Circundada al sudoeste y al noroeste por él, abrazada al norte
y al este por las líneas onduladas de los cerros, emergía lentamente en la
claridad de esa hora de la mañana con el aspecto de una ciudadela
de difícil dominio. Se advertía que un cuerpo de
ejército, al caer en ese dédalo de zanjas que la envuelven entera, marcharía
como entre estrechas galerías de una plaza de armas colosal. No presentaba un
punto de acceso viable.
El camino de Jeremoabo que entraba doscientos
metros antes, por el lecho seco del Vaza-Barris, se metía entre dos trincheras
que le orlaban una y otra margen, disimuladas de setos de gravatás bravios. El
camino "sagrado” de Magacará — por donde salía el Conselheiro en sus
peregrina ciones hacia el sur— cayendo por los morros entre los cuales se
encaja el Umburanas, era igualmente impracticable. Los caminos del Uauá y de la
Várzea da Erna, al norte, estaban libres, pero exigían una marcha peligrosa y
extensa antes de alcanzarlos.
La iglesia nueva, casi lista, levantaba sus dos
altas torres encumbrando el caserío humilde y completaba la defensa. Daba hacia
todos los caminos, enfrentaba los altos de todos los morros, miraba hacia el
fondo de todos los valles. La espingarda del tirador colocado en sus cimas no
ofrecía un solo ángulo muerto y sólo le faltaban cañoneras o recortes de
almenas.
El terreno que delante de la Favela, al norte,
deriva hasta el río, se abre hacia la izquierda como vimos, en una ancha
depresión que da en trada al morro del Mário y a la línea de cumbres en
declive que se dirige hacia la Fazenda Velha.
Allí estaba la 3?- brigada desde temprano, formada
en columnas.
Más a la derecha, dominante, la artillería.
Sucesivamente, la 2^ y la 1^ brigadas. La tropa amaneció en formación de
batalla. Atendiendo las ventajas tácticas de la posición, ésta debía empezar y
en gran parte sus tentarse, con la artillería, cuyos efectos, atacando la
aldea distante mil doscientos metros, la mostraba capaz de alcanzar en poco
tiempo la victoria.
Las esperanzas se concentraron, en el primer
momento, en las baterías del coronel Olimpio da Silveira.
Eran tan grandes que poco antes de hacerse el
primer disparo, a las seis de la mañana, numerosos combatientes de otras armas,
aglomerados alrededor de los cañones, representaban el papel neutral de
espectadores que ansian contemplar un cuadro terrible: Canudos ardiendo bajo la
túnica molesta del cañoneo, ¡una población fulminada dentro de cinco mil
casuchas en ruinas!
Era otra ilusión que sería duramente deshecha.
El primer tiro salió disparado por el Krupp de la
extrema derecha. Y determinó un arrebatador lance teatral.
Los jagungos habían dormido al lado de la tropa, en
todas esas laderas cubiertas de trincheras y sin aparecer, la rodearon de
descargas.
Más tarde, relatando el hecho, el jefe
expedicionario se confesó im potente para describir la inmensa "lluvia de
balas que caían sobre los morros y subían de las planicies con un silbido
horrible” que los aturdía.
A su vez, el comandante de la P columna, afirmó en
la orden del día, que durante cinco años, en la guerra del Paraguay, jamás
había pre senciado una cosa semejante.
Realmente, los sertanejos demostraban una firmeza
de tiro sorpren dente. Las descargas, nutridas, violentas, deflagraban por los
cerros como si los encendiese un fulminante único y después de topar contra la
tropa desprotegida, golpeaban sobre la artillería. La diezmaron. Cayeron la mi
tad de los oficiales y decenas de soldados. Sobre el cerro, barrido en mi
nutos, permaneció firme la guarnición y en medio de ella, cruzándose por las
baterías, impasible como si estuviese dando instrucciones en un polígono de
tiro, un viejo de valentía serena, un héroe tranquilo, el coronel Olimpio da
Silveira. Fue la salvación. En tal emergencia el aban dono de los cañones
hubiera sido el desbande. . .
La alarma vibraba en todos los cuerpos.
Instintivamente, sin dirección fija y sin orden de comando, tres mil
espingardas dispararon a un tiempo haciendo blanco en los morros. Estos hechos
sucedieron en minutos y en minutos, en el área estrecha en donde se movía la
expedición, se armó la más lamentable confusión.
Nadie pensaba. Todos actuaban. Al azar, tontamente,
sin campo para hacer cargas o para maniobrar, los pelotones tiraban al acaso
haciendo puntería hacia lo alto, para no matarse entre ellos, contra un enemigo
siniestro que lo rodeaba desde todas partes sin mostrarse. En este tumulto, la
3?- brigada, en el flanco izquierdo, dispuesta en columnas de batallones y
llevando a la vanguardia el 79, comenzó a avanzar hacia la Fazenda Velha, de
donde irrumpían con más fuerza las descargas. Ese batallón, que cuatro meses
antes había subido por ese mismo camino en desban dada, huyendo y dejando
abandonado el cadáver del coronel Moreira César, iba a pagar por aquel
desastre. Acompañándolo en esta circuns tancia iba su socio de reveses, el 99.
El mayor Cunha Matos comandaba la vanguardia. Los vencidos de la expedición
anterior daban una lección extraña para lavar la afrenta y tenían un jefe que,
bajo muchos aspectos, se comparaba con el comandante infeliz que allí había
caído, el coronel Thompson Flores. Era un luchador de primer orden. Aunque le
faltaban atributos esenciales para el mando y principalmente, la serenidad de
ánimo que permite la concepción fría de las maniobras, le sobraba coraje a toda
prueba y un casi desprecio por el antagonista por más temible y fuerte que
fuese, lo que hacía de él un soldado incomparable en la acción. Lo demostró en
el ataque temerario que realizó. Lo hizo con autonomía indisciplinada sin
determinación superior y con el intento de atacar, en una sola carga, hasta la
plaza de las iglesias, haciendo llegar victoriosos a los mismos soldados que
allí se habían desbandado y habían sido ven cidos cuatro meses atrás. Su
brigada, batida de lleno por el fuego del ene migo atrincherado, embistió y
casi a cien metros de la posición primi tiva, colocó en la vanguardia a los
tiradores. El coronel Flores que iba
al frente, a caballo, descabalgó a fin de ordenar
personalmente la línea de fuego. Por un prurito de bravura no se había
arrancado los galones que lo volvían blanco predilecto de los jagungos. Y al
marchar hacia la avanzada, cayó herido en pleno pecho, muerto.
Lo sustituyó el mayor Cunha Matos quien dignamente
prosiguió el movimiento imprudentemente planeado, porque el 79 batallón entre
los demás cuerpos, era el único que no podía retroceder en ese terreno. Su
comando fue muy breve. Desmontado por un proyectil certero, lo pasó al mayor
Carlos Frederico de Mesquita. Poco después, éste fue alcanzado por una bala,
asumiendo la dirección de la brigada el capitán Pereira Pinto. Era asombroso:
el 79 batallón tuvo en media hora ciento catorce plazas y nueve oficiales fuera
de combate.
Se redujo en un tercio. Se deshacía a bala.
Idéntica destrucción se operaba en otros puntos. Rápidamente, con un ritmo
atroz, minuto a minuto, las graduaciones de jefes caían. El 14 de infantería,
al avanzar en refuerzo de las líneas del flanco derecho, apenas hechos unos
metros, perdió a su comandante, el mayor Pereira de Meló. Lo reemplazó el
capitán Martiniano de Oliveira, que a poco fue retirado de la línea por un
bahiano. El capitán Sousa Campos que lo sucedió, sólo dio unos pasos y cayó
muerto. El 149 prosiguió bajo el mando de un teniente.
La mortandad los abatía de ese modo por toda la
línea y, como agra vante, al fin de horas de un combate hecho sin la mínima
combinación táctica, se notó que las municiones se agotaban. La artillería,
diseminada en la eminencia donde había hecho su último tiro, callando el
cañoneo. Había perdido la mitad de sus oficiales y entre éstos al capitán
fiscal del 5? regimiento, Néstor Vilar Barreto Coutinho.
Comenzaron a llegar al cuartel general reclamos
insistentes para que proveyera de municiones a los batallones.
Entonces se hizo marchar a la retaguardia al
capitán Costa e Silva, asistente del diputado del Cuartel Maestre General, a
fin de apresurar la llegada del convoy. Resolución tardía. Dos ayudantes
enviados inmedia tamente después que aquél, se volvieron apenas recorrido un
kilómetro. No podían vencer la fusilería que cerraba el paso. Se había cortado
la retaguardia. Si se detuviese el tumulto, el estrépito de las armas, el
alarido confuso y los estampidos insistentes que desgarraban los aires
alrededor de los combatientes, en los altos de la Favela, advertirían el
tiroteo lejano del 59 de policía, en lucha con los jaguncos a dos leguas de
distancia.
UNA DIVISION APRISIONADA
Toda la primera columna estaba aprisionada. Por más
extraño que pa rezca el caso, los triunfadores no tenían manera de salir de la
posición
que habían conquistado. Lo confiesa el general en
jefe: "Atacado el con voy e interdicta la salida de cualquier soldado,
como lo demuestran los casos precedentes, tuve que mandar una fuerza de
caballería al general Cláudio do Amaral Savaget con la intención de recibir
socorro de muni ciones lo que una vez más contrarió mi propósito, porque el
piquete no pudo atravesar la línea de fuego del enemigo que tiroteaba sobre el
flan co derecho” *. De esa manera, atacada en el flanco derecho de donde había
vuelto, rechazado, el piquete de caballería, atacada por la reta guardia que
dos auxiliares temerarios no habían logrado pasar, atacada por el flanco
izquierdo, donde se sacrificara gloriosamente y se detuviera la 3^ brigada,
atacada por la vanguardia donde la artillería, diezmada, había perdido a casi
toda la oficialidad y había enmudecido, la expedición es taba completamente
superada por el enemigo.
Le quedaba un recurso problemático y arriesgado:
saltar fuera de ese siniestro valle de la Favela que era como una valla
inmensa, a punta de bayoneta y a golpes de espada.
Se hizo una última tentativa. Un emisario salió
furtivamente, metién dose por las caatingas, en busca de la 2^ columna que
estaba estacionada a menos de media legua, al norte. . .
III
COLUMNA
SAVAGET
La tropa del general Cláudio do Amaral Savaget
había partido de Ara-caju 288. Hizo alto en las cercanías de Canudos después de
una marcha de setenta leguas. Vino por el interior de Sergipe en brigadas
aisladas hasta Jeremoabo, donde se organizó el 8 de junio, prosiguiendo el 16,
unida, hacia el objetivo de las operaciones.
Compuesta de 2.350 hombres, incluidas las
guarniciones de dos Krupps ligeros, había caminado a paso firme y holgado, para
lo que con tribuyó un dispositivo más bien dispuesto para las circunstancias.
Ese general, sin tomar sobre sí una autoridad que
bajo tal forma sería contraproducente, la repartió sin deslices de la
disciplina militar, con sus tres auxiliares inmediatos, coroneles Carlos Maria
da Silva Teles, Juliáo Augusto da Serra Martins y Donaciano de Araújo Pantoja,
comandantes de las 4^, 5^ y 6^ brigadas. Y éstos realizaron, hasta las primeras
casas de la aldea, una marcha que se destaca de las otras.
No había instrucciones prescriptas. No se había
pensado yuxtaponer al áspero teatro de la guerra la rigidez de las formaciones
o de los planes preconcebidos. La campaña, lo comprendieron, era impropia para
las opulencias de las teorías guerreras ejercitadas a través de un formalismo
* Orden del día N9 118.
sin experiencia. Comprendieron que debía usarse una
táctica estrecha y salvaje, hecha según las determinaciones del momento.
Por primera vez, los combatientes actuaban según
una actitud com patible con la índole: subdivididos en brigadas autónomas pero
sin dis persarse; bastante móviles para adecuarse a la rapidez máxima de las
maniobras o movimientos que los preparasen para aguardar la única cosa que en
esa guerra sin reglas les era dado esperar: lo inesperado. Las tres brigadas,
ágiles, elásticas y firmes, abastecidas por convoyes parciales que no les
trababan los movimientos, hechas para enfrentar con fuerza la agilidad de las
guerrillas y las asperezas del terreno, repartida la masa de la división de
modo de sustituir la importancia del número por la velo cidad y el vigor de
evoluciones aptas a realizarse en las más circunscriptas áreas de combate, sin
la traba de los elefantes de Pirro 289 de una artillería imponente e inútil.
Al frente venía la 4^ compuesta de los batallones
129 y 319, bajo el mando del teniente coronel Sucupira de Alencar Araripe y del
mayor Joáo Pacheco de Assis.
La dirigía el coronel Carlos Teles, la más completa
organización mi litar de nuestro ejército en los últimos tiempos.
Perfecto espécimen de
esos extraordinarios lidiadores
riograndenses
—bravos, joviales, fuertes— estaba como ellos hecho
por el molde de Andrade Neves, un jefe y un soldado; arrojado y reflexivo,
impávido y prudente, mezcla de arrojo temerario y valentía serena; no desdeñaba
luchar al lado de un plaza a jornal en el encuentro más feroz pero des pués de
haberlo planeado fríamente.
La campaña federalista del sur le había dado una
envidiable aureola. Su figura de campeador — porte dominante, alto, envergadura
titánica, mirada firme y leal— se había completado con un episodio heroico, el
sitio de Bagé 290.
La campaña de Canudos iba a aumentar su renombre.
Lo comprendió como pocos. Tenía la intuición
guerrera de los gaúchos.
Al mando de su brigada y andando con ella, aislado,
hacia Simáo Dias 291, adonde llegó el 4 de mayo, la había modelado como un
pequeño cuerpo de ejército adaptado a las exigencias de la lucha.
La preparó, la adiestró, y como era imposible
cambiar la instrucción práctica de los soldados que venían de un severo
ejercicio guerrero en los campos de Río Grande, trató, a pesar de lo diferente
del terreno, de darle la misma celeridad, el mismo vértigo en las cargas. Entre
las compañías del 319, eligió a 60 hombres, jinetes aidestrados, otrora
"reyes de las cuchillas”, ineptos para el paso tardo de los pelotones de
infantería. Con ellos constituyó un escuadrón de lanceros, poniéndole bajo el
mando de un alférez. Era una innovación y parecía un error. El arma "fría
y silen ciosa” de Damiroff 292, hecha para los choques y los ataques en las
estepas
y en las pampas, a primera vista, era inapropiada
para ese territorio quebrado y orlado de espinos.
Pero más tarde se verificó el alcance de la
innovación.
Los improvisados lanceros tenían la práctica de las
corridas, saltando las "covas de touro” de las llanuras sureñas.
De igual modo vencieron los barrancos del sertón.
Hicieron reconoci mientos de importancia. Y más adelante, cuando las columnas
se reunie ron en la Favela, usaron su lanza como la aguijada de los vaqueros
para conseguir el ganado disperso por las cercanías, único sustento con que
contó la tropa.
Y esta
doble función se mostró muy valiosa, apenas partió la división del general
Savaget de Jeremoabo hacia Canudos.
Días antes, veinte soldados del escuadrón habían
rastreado hasta las cercanías del poblado y del reconocimiento había resultado
que el camino estaba franco hasta la Serra Vermelha, donde el terreno se
accidenta con los primeros cerros de Cocorobó.
La columna marchó a razón de dos leguas por día,
bordeando el Vaza-Barris, pasando sucesivamente por Passagem, Canabrava,
Brejinho, Mauari, Canché, Estrada Velha y Serra Vermelha, llegando a este lugar
el 25 de junio con la certeza de encontrar al enemigo.
Por primera vez, una tropa expedicionaria de los
sertones no se dejaba sorprender.
COCOROBO
Cocorobó, nombre que no caracteriza a una sola
sierra sino a un sinnú mero de ellas, recuerda valles de erosión o quebradas,
abiertas por el Vaza-Barris en remotas edades, cuando incomparablemente mayor,
nacía quizá del gran lago que cubría la planicie abrupta de Canudos. La masa de
aguas corría hacia el este por gargantas estrechas, contenidas por acci dentes
fuertes como los que van de la Favela al Caipá, en los cuadrantes de SO y NO y
de este último, explayándose por el NE, ante las barreras que le ponían las
serranías de P050 de Cima y Canabrava, se encaminaba hacia el este por
escotaduras estrechas.
Su conformación topográfica invita a esta
retrospección geológica. En efecto, las serranías cortadas en angosturas,
fraccionadas en sierras de vivos declives, parecen ruinas de un dique roto por
las crecientes. Se levantan sobre las planicies y a despecho de los incorrectos
contornos, permiten vislumbrar su aspecto primitivo. Constituyen una montaña
fósil. Definido por las mismas capas silurianas que vimos en otros trechos, el
núcleo del suelo aflora a medida que la ablación de los torrentes remueve las
formaciones sedimentarias más modernas. Y al exhumarse así la sierra primitiva,
muestra la potencia de los elementos que hace
largos siglos la combaten. Porque, como en la
Favela, la caatinga resis tente muere a sus pies; la evita, le deja desnudos
los flancos, y éstos se muestran, ya pesados de piedra, ya cayendo a plomo a
manera de muros en cuyas junturas apenas vegetan unas orquídeas raquíticas; o
se vuelve acantilado en repentinos saltos rotos en picos hasta lo alto, donde
se agrupan en cumbres dentadas, en contraste con los terrenos achatados de los
alrededores, no ya en la forma, sino en la estructu ra misma.
Si se sigue de Canudos hacia Jeremoabo, se tiene un
paisaje único, la brecha profunda por donde corre el Vaza-Barris, enfilando
hacia el este. Entonces hay que pasar por ese camino constituido por el lecho
vacío y hechos unos cuantos metros, se choca con un postigo estrecho. El
desfiladero se termina. Las abruptas rampas que lo forman se alejan,
arqueándose por delante, contrapuestas a las concavidades de un arco de
anfiteatro muy amplio. Allí adentro, sin embargo, el terreno continúa siendo
abrupto: se levantan otros cerros más bajos que lo centralizan y el primitivo
camino se bifurca, encajándose por la derecha, en curva, el Vaza-Barris. Estas
dos gargantas de variable anchura, a veces se acer can, otras avanzan, se
curvan poco a poco según el trazado de dos salien tes de la sierra y
acompañándolas, se aproximan, convergiendo, después del primitivo alejamiento,
hasta unirse otra vez, formando un paso único sobre el camino de Jeremoabo. A
ambos lados, antes de este cruce, las recorren los taludes de los cerros
centrales con sus dos vertientes late rales erizadas de peñascos acumulados al
azar o agrupados en escalones, repartidos en sucesivos planos a la manera de
galerías en un coliseo mons truoso.
El desfiladero de Cocorobó es, en pálido resumen,
ese rasgón de tierra de extremos aguzados que se subdividen a uno y otro lado
de la horquilla de otros dos todavía menos practicables. El camino se desdobla
en la falsa encrucijada de dos desvíos que el Vaza-Barris recorre por igual
cuando las crecientes, aislando los picos centrales, hasta salir, unidos sus
dos brazos, en un terreno vasto que el camino de Jeremoabo corta por el medio,
estirándose hacia el este.
De modo que quien va en sentido opuesto, o sea de
la aldea hacia el oeste, se encuentra también con la bifurcación que la divide.
La atraviesa metiéndose por uno de los caminos, derecho o izquierdo, hasta
llegar a la otra salida única. La traspone. Pero libre ya de la garganta de
múlti ples salidas, no encuentra un terreno explanado como el de la otra
orilla. El suelo sigue abrupto, aunque en menor escala. El Vaza-Barris, contor
sionado en meandros, se alarga entre cerros. El camino que lo faldea o acompaña
su lecho, se perturba en atajos, ondulante, torneando innume rables laderas, y
va hasta el valle de un arroyo efímero, al cual dio su nombre uno de los
cabecillas sertanejos que allí vivía, Mácambira.
Desde allí continúa hasta Canudos a unas dos leguas
más adelante.
ANTE LAS TRINCHERAS
La vanguardia de las fuerzas marchando en este
sentido hizo alto unos quinientos metros antes de aquella barrera, el 25 de
junio, poco antes del mediodía.
El escuadrón de lanceros había descubierto al
enemigo. Al galope se habían acercado hasta las groseras trincheras y los
vieron. Recibidos a tiros, volvieron las riendas perdiendo dos plazas heridos,
hasta la van guardia de la 5^ brigada que dispuso como tiradores a los
soldados de uno de sus batallones, el 409 del mayor Nonato de Seixas, mientras
los otros dos, el 349 y 359, se disponían como refuerzo. El general Savaget,
prevenido del encuentro, se adelantó acompañando a la 4^ brigada. Se detuvo a
cuatrocientos metros de la vanguardia para aguardar a la 6% la división de
artillería y los convoyes que marchaban a una distancia de tres kilómetros a
retaguardia. Mientras tanto, los cuerpos avanzados, más de ochocientos hombres
al mando del coronel Serra Martins, inicia ban el ataque con un tiroteo
nutrido en el cual los fuegos irregulares de la línea de tiradores se
intercambiaban con las cargas de los pelotones de refuerzo más cercanos,
respondiendo vigorosamente a las balas de los antagonistas. Estos aguantaron el
choque valientemente. "Audaces y tena ces” dice el parte de combate del
comando general, "cualidades éstas que al parecer eran reforzadas por las
excelentes posiciones que ocupaban, las cuales dominaban la planicie en toda su
extensión y gran trecho del camino; no retrocedieron, al contrario, aceptaron y
sostuvieron con fir meza y energía el ataque, golpeando con una nutrida
fusilería a los nues tros que comenzaron a tener algunas bajas entre muertos y
heridos”.
Era, como se puede apreciar, la reproducción de los
episodios del Cam-baio y de la Favela.
Los sertanejos revivían en idéntico escenario todas
las peripecias del dramón siniestro y monótono del que eran protagonistas
invisibles. Una mejor enseñanza guerrera no les hubiera variado el sistema
porque éste, por su excelencia, no requería ni correcciones ni agregados.
Tiraban sobre seguro, desde lo alto de aquellos parapetos desmantelados, sobre
una tropa convertida en blanco, en la llanura desnuda y rasa, allá abajo. Y sus
proyectiles comenzaron a ralear las filas más próximas, derribando a los tiradores,
cayendo entonces sobre los cuerpos que los apoyaban y llegando todavía más
lejos, hasta las últimas secciones de la retaguardia. Los tiros altos se
expandían dominantes sobre toda la expedición.
Pero no insistían en descargas cerradas. La calidad
del tiro sustituía la cantidad. Se advertía que estaban disparando tiradores
avaros, que contaban los cartuchos uno a uno, tratando de no perder uno solo,
afir mados en una puntería cuidadosa. De modo que, pasando cierto tiempo, el
tiroteo calculado, ante el cual atronaban terriblemente ochocientas
mannlichers, comenzó a volverse funesto.
La brigada, admirable en su disciplina, lo afrontó
por dos horas en la misma posición en que se había detenido, a orillas del
Vaza-Barris, resguardada entre los escasos arbustos que las pueblan. No avanzó
en todo ese tiempo un solo paso. A un simple golpe de vista se ponían de
manifiesto los riesgos de un ataque frente a las dos angosturas que se le
abrían delante e imponían, durante el asalto, un desfile de secciones
diminutas, capaz de anular el vigor, precisamente en la fase decisiva. Por otro
lado, no podía evitarlas haciendo un rodeo. Tanto a derecha como a izquierda se
sucedían montes erizados de contrafuertes y buscar entre ellos un desvío
suponía una marcha de flanco, quizá dilatada, bajo la vigilancia del enemigo,
lo que volvía problemático el éxito.
El general Savaget aquilató con firmeza la grave
situación.
Pese a sus ocho batallones, magníficamente armados,
la lucha era de sigual. Después de una marcha segura, afirmada por eficaces
explora ciones que habían predeterminado el lugar del encuentro, estaban allí,
maniatados, desde hacía dos horas, sacrificados bajo las espingardas im punes
de un grupo de matutos.
El trance exigía decisiones concretas,
improvisaciones de una estrate gia rápida y práctica. Presionados por el
dilema expuesto, y ante el contraste que sufrían, a nadie se le ocurría una
salida ejecutable. La decisión del momento fue arrostrar la situación
reforzando la vanguardia. Había llegado la división de artillería y uno de los
Krupps fue ubicado junto a las líneas avanzadas.
Bombardearon la montaña. Arrojadas de cerca, las
granadas golpeaban de lleno los flancos y los aires se confundían con las balas
y el áspero barrido de las laderas. El estrépito, las piedras rompiéndose y
cayendo desde las alturas abajo, como murallas que se destruyen, parecían
desen mascarar completamente las posiciones contrarías. Pero fueron contra
producentes. Porque estimularon réplicas violentísimas desde las trinche ras.
Los tiradores las soportaron con gran costo. Las bajas aumentaban. Los dos batallones
de refuerzo, francamente metidos en la acción, se sacri ficaban inútilmente.
El resto de la expedición, retirada en columnas a lo largo de dos kilómetros a
retaguardia, permanecía inmóvil.
Era casi un revés.
Pasadas tres horas de fuego, los atacantes no
habían avanzado un palmo de terreno. A quinientos metros de los adversarios,
millares de ojos puestos sobre las desnudas laderas, no habían descubierto a
uno solo. No podían calcular su número. Los cerros más altos, formando como una
espuela sobre el terreno, parecían desiertos. El sol ardiente los bañaba,
mostrando los mínimos accidentes de su estructura, uno a uno se podían contar
sus grandes bloques, desparramados al azar, mal equilibrados sobre bases estrechas,
oscilantes y prontos a caer algunos, otros acumulados en montones imponentes, y
se distinguían las bromelias resistentes, las caroás y macambiras, rectilíneas
y largas, brillando a la luz como espadas, y se
veían los cactos desolados, y más lejos, un tumulto
de picos, igualmente desiertos.
Y de esa
desolación, de esa soledad absoluta e impresionante, irrumpía "una
fusilería cerrada e ininterrumpida como si allí se encontrara una división
entera de infantería!” *.
EXCEPCIONAL
CARGA DE BAYONETAS
Los jagungos podían ser doscientos o dos mil. Nunca
se supo su número con certeza. Ante los expedicionarios, la campaña se mostraba
una vez más enigmática y para siempre indescifrable. Impedido de tal manera el
paso, sólo les quedaban decisiones extremas: o retrocedían lentamente y
luchando, hasta sustraerse del alcance de las balas, o rodeaban el trecho
inabordable, buscando un atajo más accesible, en movimiento envolvente y
azaroso, que desembocaría en algo inevitable: el ataque de lleno a las colinas,
conquistándolas. Esta idea era la más heroica y la más simple. La sugirió el
coronel Carlos Teles. El general la adoptó. Según confiesa en el documento
oficial donde define con penoso desprecio el temible adversario que lo había
detenido en su camino, no podía admitir "que dos o tres centenares de
bandidos detuvieran la marcha de la segunda columna por tanto tiempo”. Como
empeñó en la acción poco más de un tercio de las tropas, esta circunstancia lo
salvó, tornando factible una maniobra arrojada, irrealizable por cierto si
todos los batallones en un ataque único, se hubiesen mezclado desde el inicio
en las dos entradas del desfiladero.
Este era el plan: "La 5^ brigada que se
mantenía desde el principio en sus posiciones por entre las caatingas, debía
cargar por el flanco iz quierdo y por el lecho del río, a fin de desalojar al
enemigo de los cerros centrales y de las colinas que quedan de ese lado, y la
4^ por el flanco derecho, debiendo previamente formarse en línea al salir del
camino hacia el terreno”.
Entre ambas, el escuadrón de lanceros cargaría por
el centro. La brigada permanecería como refuerzo y resguardo de los convoyes a
retaguardia.
Así, los cinco batallones destinados al ataque se
disponían en orden perpendicular, reforzando una de las alas, la izquierda, en
el cual los cuerpos avanzados del coronel Serra Martins formaban en columnas
suce sivas, mientras cuatrocientos metros más atrás y hacia la derecha, se
des doblaba en línea la brigada Teles, teniendo en su flanco izquierdo al
escuadrón de lanceros.
El conjunto de la formación se proyectaba sobre la
superficie del terreno con la forma exacta de un gran martillo.
* Orden del día del general Savaget.
Y la carga
que en seguida se ejecutó — episodio culminante de la refrie ga— asemejó a un
golpe único de mil seiscientas bayonetas contra una montaña.
Avanzaron al unísono: los pelotones de adelante
enfrentando los cerros y enfilando por la boca del pasaje izquierdo, mientras
la 4$ brigada, a paso redoblado, las armas prontas y sin tirar, vencía
velozmente la dis tancia que la separaba del enemigo. A su frente, el coronel
Carlos Teles. Este notable oficial — que recordaba a Osório 293 en la apostura
y a Tu-renne294 en el arrojo varonil— sin desenvainar la espada, hábito que
conservó durante toda la campaña, atravesó con su gente el trecho de campo barrido
por las balas.
Al pie de la serranía, a la izquierda, se abría el
desfiladero de la derecha, por donde se metió osadamente, corriendo, el
escuadrón de lanceros. La 4^ brigada lo evitó. Atacó por las laderas. Los
jagungos no habían contado con este temerario movimiento, directamente encami
nado, a despecho de la difícil ascensión, contra las posiciones que ocupa ban.
Por primera vez se dejaron sorprender por la inesperada táctica que los
obligaba a descolocar hacia otros puntos a los tiradores destinados de antemano
a cerrar los dos pasajes por donde debía pasar la tropa. La 4^ brigada,
realizando la más original carga de bayonetas, por una ladera abrupta,
venciendo los obstáculos, iba a decidir el pleito.
Fue un lance admirable. Al principio avanzó
correctamente. Una línea luminosa de centenares de metros onduló sobre los
cerros. Empezó a subirlos. Después tomó por varios puntos, se curvó por las
vueltas y poco a poco, se fragmentó y se desarticuló. Los sertanejos la
golpeaban, las anfractuosidades del suelo la dividían. La línea de asalto, rota
en todas partes, subdividida en pelotones que avanzaban aturdidamente, se
desparramó por las cumbres de la sierra. . .
El coronel Teles, guiándola por el flanco derecho
del 319 de infantería, perdió el caballo que montaba atravesado por una bala y
debió sustituirlo. Reunió las fracciones dispersas de combatientes en las que
se mezclaban soldados de sus dos cuerpos. Los animó. Los arrojó valientemente
sobre las trincheras más cercanas. Las encontraron vacías, pero cada una tenía
en el fondo decenas de cartuchos detonados y todavía calientes. Siguiendo su
táctica acostumbrada, los jagungos se les deslizaban adelante, retroce diendo,
apoyándose en todos los accidentes del terreno, moviendo el área del combate,
imponiéndoles las fatigas de una persecución infecunda. Dominadas las primeras
posiciones, sobre las vertientes que presionan el desfiladero en ese punto, se
veía a la 4^ brigada escalándolas. Los muer tos y los heridos caían, algunos
hasta el fondo de la garganta, abajo, por donde habían entrado los sesenta
hombres del escuadrón de lanceros y la división de artillería, quebrándose
ambos, frente a la fuerte trinchera puesta sobre las dos márgenes del río, en
la bifurcación, como una repre
sa. Por las laderas de la izquierda, la 5* brigada,
igualmente perdida la formación, luchaba de manera tumultuosa.
La acción era increíble. Cinco batallones se
debatían entre los morros, sin ventaja alguna, después de cuatro horas de
lucha. Había aumentado el número de heridos que en el alboroto de las cargas,
caían errantes por las faldas, entre los muertos allí yacentes, al acaso.
Abajo, en el valle estrecho, disparando en todos
los sentidos, relinchan do de pavor, se veía los caballos del escuadrón de
lanceros que chocaba con arrojo contra la trinchera del río. . .
LA TRAVESIA
En esta enorme confusión, algunos pelotones del 319
de infantería asal taron por fin, en ímpetu incomparable de valor, las
trincheras más altas de la vertiente derecha. Y cortadas así las guarniciones
que se sucedían a espacios regulares por la línea de cumbres, las abandonaron
inesperada mente. No era el habitual retroceso, era una fuga. Y allí, por
primera vez, de relieve, vieron a sus adversarios: desparramados por la altura
de los cerros, corriendo, rodando y resbalando por los declives, desaparecien
do. Los soldados trataron de cercarlos y vigorizada en todas partes la em
bestida, en un movimiento único hacia adelante, se propagó hasta la extrema
izquierda. Era la victoria. Minutos después, las dos brigadas, en un gran
alboroto de batallones a paso redoblado, se confundían por el paso del
desfiladero.
Los jagungos, en desorden, después del primer
intento de fuga, vol vieron inexplicablemente a resistir. Abandonando las
posiciones y fran queando la peligrosa travesía, recibían de lejos a los
triunfadores, con tiros espaciados.
El general Savaget fue alcanzado y desmontado junto
con un ayudante y parte de su piquete cuando, a retaguardia de la columna,
entraba a la garganta de la derecha y ya se oían a lo lejos, las aclamaciones
triun fales de la vanguardia. Como siempre, los sertanejos volvían incompleto
el éxito, resurgiendo inexplicablemente entre los estragos de un combate
perdido. Vencidos, no se dejaban vencer. Desajados de todos los puntos, se
abroquelaban en otros, derrotados y golpeando, huyendo y matando, como los partos
295. Habían sufrido un serio revés y la denominación de "batallón
talentoso” que dieron después a la columna que se los infli gió, lo denota.
Porque el combate de Cocorobó, al principio vacilante, indeciso, dilatado por
tres horas de tiroteos ineficaces y finalizado con una carga de bayonetas
fulminante, fue un golpe de audacia sólo justi ficable por el dispositivo de
las tropas que lo libraron, de naturaleza espe cial. En las filas predominaba
el soldado riograndense. Y el gaucho teme
rario, si es frágil para soportar las lentas
provocaciones de la guerra, no tiene par en el desempeño de rápidos lances
osados.
La infantería del sur es un arma de choque. Otras
tropas la pueden suplantar en la precisión y en la disciplina del fuego y en el
juego com plejo de las maniobras. Pero en los encuentros a arma blanca, esos
cen tauros a pie arremeten con los adversarios como si copiasen la carrera de
los jinetes sin freno de las pampas. Y la ocasión les permitió lucirse
desarrollando una empresa estupenda.
A la tarde, acampadas las fuerzas más allá del
paso, se contaron las pérdidas: ciento setenta y ocho hombres fuera de combate,
de los cuales veintisiete estaban muertos. En la cifra se incluyen dos
oficiales muertos y diez heridos.
La 6^ brigada que no había tomado parte en la
acción, fue encargada de enterrar a los muertos y acampó a retaguardia de las
otras dos que ocupaban una extensa planicie más arriba del camino. . .
MACAMBIRA
Después de esto, la marcha fue un combate continuo.
Lenta. Todo el día 26 se perdió en una corta travesía hasta la confluencia del
Macambira, a pocos kilómetros de Cocorobó.
El general Savaget comunicó entonces a las tropas
que al día siguiente, el 27, según había decidido el comando en jefe, debían
estar en el borde de Canudos, desde donde, convergentes las seis brigadas, se
echarían uni das sobre la aldea. Que debía estar muy cerca. Ya se veían,
desparrama das por los picos de las colinas, las cabañas de disposición ya
descrita: surgían entre trincheras o fosos enmascarados por bromelias, a un
mismo tiempo hogares y reductos.
La 2^ columna, sobre el final de ese día y teniendo
a vanguardia a la 6? brigada con el 33° de infantería, tocaba los suburbios de
la terrible ciudadela. Y apenas recorridos dos kilómetros, cuando todavía
quedaba en el campamento el grueso de los combatientes, entraron en un serio
combate, batidos por todos los flancos, los batallones del coronel Pantoja.
De pronto, se adoptó la misma decisión que en la
víspera había tenido tanto éxito. Los batallones 26?, 33? y 39?, desdoblándose
en línea, cala ron las bayonetas y se lanzaron impetuosamente por las colinas.
Iban en tropel. Y por todas partes, irrumpiendo de las cabañas, convergían des
cargas. El campo de batalla se volvió amplísimo, adrede modelado por las
trampas del enemigo: vencida una cumbre, tenían otras centenares que vencer.
Hecha una bajada, se caía en un dédalo de zanjas. La embestida se convertía en
un revolverse fatigoso por las líneas sinuosas de los decli ves. Pocos
kilómetros más adelante, bajo el aspecto triste de una enorme boca de mina
abandonada, se divisaba Canudos. . .
La pelea fue reñidísima.
Los tres batallones de la vanguardia se vieron
impotentes para sopor tarla : de las cabañas de combatientes, de todas las
trincheras diseminadas por los cerros, partían, convergían, fusilerías que
diezmaban a la tropa.
Una compañía del 39?, luego del comienzo de la
acción, fue literal mente destruida cuando trataba de vencer uno de esos
reductos salvajes. Había asaltado la colina y en lo alto se topó con un foso
amplio, al tiempo que de la cabaña que el foso rodeaba, por las rajas de los
muros, a que marropa, partían descargas furiosas. Cayó el comandante, en
seguida dos subalternos que lo habían suplantado y conquistó finalmente la
posición después de grandes bajas, al mando de un sargento.
Ante la imprevista resistencia, esa brigada, inepta
para abarcar un área demasiado extensa de combate, fue reforzada con otras dos.
Suce sivamente, los batallones 12?, 319, 359 y 409, enviados en refuerzo, fue
ron avanzando. Eran más de mil bayonetas, casi toda la columna, empe ñadas en
la batalla. Los jaguncos, entonces, retrocedieron lentamente, de colina en
colina, desalojados de una posición aparecían en otra, obligan do a los
enemigos a un continuo subir y bajar por las laderas como si quisieran arrastrarlos
hacia la aldea, exhaustos y torturados por el tiroteo. Volvían a su táctica
invariable. El campo de batalla comenzó a desapa recer debajo de los pies de
los asaltantes. Las cargas de bayoneta no tuvieron el brillo de las de
Cocorobó. Arrojados contra los cerros, los pelotones alcanzaban los picos sin
encontrar al enemigo. Atacados desde las posiciones ya superadas, bajaban en
grupos precipitados buscando los ángulos de las bajadas, para reproducir más
lejos, la misma escalada sin aliento y la misma exposición peligrosa a las
balas.
Empezaron a perder, además de gran número de
plazas, a oficiales de alta graduación. El comandante del 12?, teniente coronel
Tristáo Sucu-pira, cayó moribundo cuando se esforzaba por seguir a la
vanguardia. El del 33?, teniente coronel Virgilio Napoleáo Ramos, también debió
ser retirado de la acción al ser herido, como el capitán Joaquim de Aguiar,
fiscal del mismo cuerpo. Y muchos otros se sacrificaron en ese mortí fero
combate de Macambira, nombre del sitio adyacente, porque al impo sibilitar el
terreno cualquier combinación táctica capaz de balancear los engaños
vertiginosos del enemigo, todas las garantías de éxito quedaban reducidas al
coraje personal. Algunos oficiales, como el capitán ayudante del 32?, heridos
de consideración, se obstinaban en la batalla, sordos a la intimación de sus
comandantes para retirarse de las línetas de fuego. Estas se extendían por más
de tres kilómetros. Deflagraban por las colinas, cre pitaban, resonaban en las
bajadas y rodaban hacia Canudos. . .
La noche los detuvo. La expedición estaba a un
cuarto de legua de la aldea. Se veían, altas, lejos, blanqueando la oscuridad
del crepúsculo, las torres de la iglesia nueva. . .
Por fin habían llegado al término de la marcha por
Jeremoabo. La se gunda columna lo había pagado duramente: ese día tuvo ciento
cuarenta y ocho hombres fuera de combate, entre los cuales cuarenta estaban
muertos. En ellos había seis oficiales muertos y ocho heridos. Sumadas las
pérdidas anteriores hacían trescientas veintisiete bajas. Tanto había costado
la travesía de menos de tres leguas, de Cocorobó hasta ese lugar.
Pero todo hablaba de un éxito compensador. El
itinerario preestablecido se había realizado, puntualmente: minutos después de
haber acampado las tropas del general Savaget, oyeron destrozando el silencio
de la noche sertaneja y retumbando fuertemente por los contrafuertes de la
Favela, sobre el flanco izquierdo, el cañoneo abierto a esa hora por la
vanguardia de la 1^ columna.
El día 28, habiendo avanzado temprano y tomado
posición en una pequeña meseta, a dos kilómetros de la aldea, comenzó a
bombardearla a su vez, mientras los dos batallones de la brigada Carlos Teles,
se ade lantaban en rápido reconocimiento. Un piquete de caballería dirigido
por un valiente destinado a una muerte heroica, el alférez Wanderley, ex ploró
el terreno por el flanco izquierdo, hasta la Favela, donde a esa hora, las ocho
de la mañana, había recrudecido con intensidad el cañoneo.
A dos pasos del comando en jefe, la segunda columna
estaba pronta para el asalto. Llegaba allí tras una travesía de setenta leguas
con un combate de tres días.
Se había impuesto al enemigo, se había adaptado al
carácter excep cional de la lucha, y el movimiento irreprimible de la carga
que iniciara en Cocorobó y prolongara ininterrumpidamente hasta ese punto,
podía arrastrarla, triunfante, hasta el centro de Canudos, en plena plaza de
las iglesias. A despecho de las pérdidas que tuvo, venía con esperanzas y
fuerza. La orden del día del 26 por la cual el comandante comunica el próximo
asalto en compañía de la 1* columna, es expresiva al respecto.
Fue dada en Trabubu, en el cruce de los
desfiladeros, y en su laco nismo dice mucho. La nueva, recibida con gran
entusiasmo, usa pocas, corteses y humildes palabras:
"Campamento en el campo de batalla de
Cocorobó, 26 de junio de 1897. Mis camaradas: acabo de recibir del señor
general comandante en jefe, un telegrama comunicándome que mañana nos
abrazaremos en Canudos. Por lo tanto, no podemos faltar a la honrosa invitación
que es para nosotros motivo de justo orgullo y de total alegría”.
La concentración deseada, a través de un asalto
convergente, se haría sin embargo, fuera del centro de la campaña.
INESPERADO EMISARIO
Con sorpresa general de los combatientes de la 2^
columna que, los ojos puestos en la Favela, esperaban ver bajando por las
laderas del norte,
a los batallones de la 1^, apareció en el
campamento un sertanejo notifi cándoles, por orden del comandante en jefe, la
situación en que se en contraba aquélla, lo que exigía inmediato socorro. La
nueva resultó inverosímil y en el primer momento se la creyó una trampa del
enemigo. El hombre quedó detenido hasta que un nuevo emisario confirmase la
noticia. Un alférez honorario296 agregado a la comisión de ingenieros fue el
segundo emisario en poco tiempo. El general en jefe solicitaba el concurso de
la otra columna. Ante el nuevo reclamo y las informaciones que lo aclaraban, el
general Savaget, que al principio pensaba enviar sólo una brigada con
municiones, quedando el resto en la posición con quistada, se encaminó con
toda su gente, hacia la izquierda. A las once llegó a lo alto de la Favela, a
tiempo para liberar a la tropa asediada.
SE DESTRUYE
UN PLAN DE
CAMPAÑA
Quedaba postergado el plan de campaña y al mismo
tiempo se anulaba el esfuerzo realizado en las marchas por el Rosario y
Jeremoabo.
Reunidas las columnas, fue posible destacar un
contingente para en contrar el convoy retenido a retaguardia. La misión fue
cumplida por el coronel Serra Martins que rápidamente salió detrás de la
expedición llevando a la brigada, en medio de dos combates, hasta las
Umburanas, adonde llegó con el tiempo justo para impedir la destrucción del 59
de policía y salvar parte de los ciento ochenta cargueros que, dispersos por
los caminos, habían sufrido grandes daños de los jagunqos.
Este feliz movimiento, sin embargo, apenas atenuó
las estrechas condi ciones de la tropa. Alcanzó para superar el trance. Pero
en seguida co menzó un desesperante circuito de contrariedades de todo tipo.
IV
VICTORIA
SINGULAR
La orden del día relativa al suceso del 28 de junio
lo caracteriza como "una página marcada de horrores pero perfumada de
gloria”.
El revés fue franco.
No engañó a la historia el fantaseo del vencido. El
ejército victorioso, según el brillante eufemismo de los partes oficiales
preparados para ocul tar esa derrota, presentaba la noche de ese día la imagen
perfecta de una aglomeración de fugitivos. Triunfadores que no podían dar un
paso fuera de la posición conquistada, habían caído en un período crítico de la
guerra: perdido el aliento en encuentros estériles o en dudosas victorias que
valían como derrotas, apocadas las fuerzas y el ánimo, se sentían
mal unidos por la presión del adversario que habían
creído fácil de vencer. Ahora el heroísmo les era obligatorio. El coraje, la
bravura teme raria, configuraban un compromiso serio con el terror. Estaban
rodeados por el más original de los vencidos: carentes de piedad, apretándolos
en un asedio indefinido y convertidos en fiscales incorruptibles, cerraban
todas las puertas de la deserción.
De modo que aunque no tuvieran valor, nuestros
soldados no podían sustraerse a la grave emergencia en la que héroes y
pusilánimes se em parejaban.
La historia militar, de urdimbre tan dramática,
recamada a veces por las singulares antítesis, está llena de grandes
glorificaciones del miedo. El ansia persecutoria del persa hizo la resignación
heroica de los "Diez mil” 297; la furia brutal de los cosacos inmortalizó
al mariscal Ney 298.
Vamos a agregarle, idéntico, si no por la amplitud
del cuadro, por la paridad del contraste, un capítulo emocionante. La tenacidad
feroz del jagunco transfiguró a los batallones del general Artur Oscar. Allí
que daron unidos, porque los ataba el cinturón de piedra de las trincheras,
porque el retroceso era imposible. Forzosamente heroicos, acorralados, cosidos
a bala en un pañuelo de tierra. . .
Nada revelaba siquiera alguna sombra de campamento
en el centro de las brigadas. No se armaron barracas que quitarían espacio al
área tan estrecha. La tropa — cinco mil soldados, más de novecientos heridos y
muertos, mil y tantos animales de montar y de tracción, centenares de
cargueros— sin flancos, sin retaguardia, sin vanguardia, totalmente
desorganizada. La primera columna tuvo ese día 524 hombres fuera de combate
que, con 75 del día anterior, sumaban 599 bajas. La segunda se le unió con 327
bajas. Entre las dos, 926 víctimas. No podían con tarse los lastimados, los
ahogados por las marchas, los hambrientos y los pusilánimes bajo la emoción de
las muertes recientes, viendo por allí, insepultos, a compañeros que esa mañana
estaban vivos y entusiastas: Thompson Flores, muerto en el comando fatídico del
7? de infantería; Tristáo de Alencar Sucupira que había llegado agonizante con
la 2^ columna; Néstor Vilar, capitán fiscal del 2? regimiento que había caído
con más de dos tercios de la oficialidad de artillería; Gutierrez, oficial
honorario, un artista que había ido hasta allí atraído por la sombría estética
de las batallas; Sousa Campos, que comandó por un minuto el 149 y tantos otros,
de todas las graduaciones, arrojados por todas partes.
En el fondo de la garganta, corría un sumidero
largo. Dentro de él, más de ochocientos baleados ponían sobre el tumulto la
nota lancinante del sufrimiento irreparable. Aquel surco del suelo, donde se
improvisó un hospital de campaña, era la imagen material del golpe que había
reci bido la expedición, abriéndola por la mitad. Considerándolo, se enfriaban
los más fuertes. Porque, nada compensaba tales pérdidas ni explicaba semejante
estado frente a planes de campaña tan pensados. Triunfantes
y unidas, las dos columnas se detuvieron impotentes
ante la realidad. Se apagaban las órdenes del día retumbantes. Estaban en el
centro de operaciones y no podían dar un paso al frente o, lo que era peor, no
podían dar un paso atrás. Habían arrojado por los aires más de un millón de
balas; habían rechazado al adversario en todos los encuentros y lo sentían más
amenazador a su alrededor, presionándolos, cortándoles el paso para la retirada
después de haberlos paralizado para el ataque.
Realmente, era un verdadero asedio. La 5^ brigada
había perdido catorce hombres en un movimiento que hizo a retaguardia. El 59 de
policía perdió cuarenta y cinco. Fueron y volvieron en un tiroteo incesante por
los caminos atrincherados.
En pleno territorio rebelde, la expedición estaba
aislada, sin una sola línea estratégica que la vinculara con la base de
operaciones, en Monte Santo, a no ser que se considerase como tal el peligroso
camino del Rosario, repleto de emboscadas. Y como el convoy reconquistado había
llegado muy reducido, la mitad de la carga había quedado en poder de los
sertanejos o inutilizada, la tropa había perdido municiones de inesti mable
valor para la emergencia, y al mismo tiempo, había abastecido al enemigo con cerca
de cuatrocientos cincuenta mil cartuchos, suficientes para prolongar
indefinidamente la resistencia. Dándoles municiones com pletaron el destino
singular de la expedición anterior que les dejó sus espingardas. Atronaban
ahora el aire por encima del campamento. Los vencidos restituían así las balas,
en provocaciones feroces, que los tontos victoriosos no replicaban.
La noche cayó sin que amenguase la lucha, sin que
el más breve ar misticio permitiera una corrección de las filas. Una luna
fulgurante las desnudaba ante la puntería de los jagungos que, golpeándolas con
tiros largamente espaciados, revelaban su vigilancia en torno.
Uno que otro soldado replicaba, al azar, disparando
su arma hacia el aire. Los demás, vencidos por la fatiga, caídos entre los
fardos desparra mados, tirados sobre el duro suelo, se quedaban inútiles,
abrazados a sus espingardas. . .
EL COMIENZO DE
UNA BATALLA CRONICA
En la noche del 28 de junio se inició una batalla
crónica,
Desde esa fecha hasta el fin de la campaña, la
tropa viviría en una alarma permanente.
Comenzó un régimen terrible de torturas. Al
amanecer del 29 se verificó la insuficiencia de alimentos para la ración
completa de los plazas de la 1^ columna, ya abatidos por una semana de
alimentación
reducida. *
La 2?, aunque mejor aprovisionada, no tenía tampoco
garantía de sustento por más de tres días después de repartir con la otra. De
modo que apenas comenzada esta fase excepcional de la lucha, se echó mano a los
últimos recursos, siendo ese día muertos dos bueyes mansos que hasta allí
habían conducido el pesado cañón 32.
Al mismo tiempo se les presentaba una tarea penosa:
hacer de ese montón de hombres y equipos un ejército; ordenar los batallones
disuel tos; reconstituir las brigadas; curar centenares de heridos; enterrar a
los muertos y extender el área reducida por los fardos y las cargas. Estos
trabajos indispensables se realizaban sin método, sin la dirección de una
voluntad firme. La colaboración justificable de los comandantes de cuer pos,
de los mismos subalternos, surgía espontánea, de todas partes, en la sugerencia
de un sinnúmero de medidas urgentes. De modo que toda esa gente se movía a los
encontronazos y en todos los sentidos; improvisaban trincheras, se agrupaban al
azar en simulacros de formaciones, arrastra ban fardos y cadáveres, retiraban
las muías cuyas patas eran una ame naza permanente para los heridos que se
arrastraban a sus pies. Pero no hubo esfuerzos convergentes y útiles.
Todavía no los dominaba completamente la
desesperanza.
Al amanecer les volvió el valor y a despecho de
tantos acontecimientos, no sopesaron suficientemente la eficacia feroz de los
sertanejos. De modo que en sus espíritus resurgió el pensamiento consolador del
próximo de senlace, ante un bombardeo vigoroso que propiciaban las ventajosas
po siciones de la artillería, a caballo de la aldea. Pensaban que una villa
abierta no podría soportar por muchas horas las balas de diecinueve cañones
modernos. . .
El primer tiro partió y golpeó sobre Canudos como
una piedra en una colmena. El campamento, hasta ese momento en relativa calma,
como el día anterior, fue de pronto barrido por descargas y, como el día ante
rior, los combatientes comprendieron que era casi imposible la réplica en tiros
divergentes, partiendo hacia el amplio círculo del ataque. Además, encajados en
una hondura del morro, tirando por elevación y sin hacer blanco, nuestras
descargas, sobre inocuas, significaban malbaratar las escasas municiones. Por
otro lado, los efectos del cañoneo fueron fran camente nulos. Las granadas,
explotando sobre las casas, les perforaban los techos y las paredes, pero se
amortecían entre las frágiles resistencias de la arcilla, y estallaban sin
ampliar el radio de su acción, cayendo mu chas veces intactas, sin que se
reventaran las espoletas. Por eso, más de una vez, el blanco predilecto fue la
iglesia nueva, destacándose sobre el caserío como un baluarte imponente. Allí
se alineaban los jagungos, por detrás de las paredes maestras, escondidos en
las torres o más abajo, en las ventanas abiertas en ojivas, o a ras del suelo,
sobre la base cortada por respiraderos, estrechos como troneras.
Para ella se preparaba el Withworth 32 que vino
precisamente para derribar sus muros. Sin embargo, rugió sobre ella ese día sin
tocarla. Las balas pasaban silbando sobre su techo, perdiéndose en las casuchas
pegadas. Sólo una cayó sobre el atrio, las otras se perdieron. Esa mala
estrella del coloso derivó, principalmente, del apresuramiento con que lo
manejaban.
Era una nerviosidad loca. La gran pieza — el mayor
cañón de fila— se había convertido en un monstruoso fetiche que desafiaba el
despertar de las viejas ilusiones. Jadeantes, ansiosos, lo rodeaban, cada uno
quería disparar con él, aunque fuese con trayectorias desviadas.
Hasta un médico, Alfredo Gama, no pudo reprimir el
ansia de apuntar. Cayó herido. El escape de gases de la pieza mal obturada,
encendió un barril de pólvora que estaba cerca, lo hizo explotar, matándolo y
que mándolo, como al segundo teniente Odilon Coriolano y a algunos plazas.
El incidente es una muestra de cómo se luchaba. . .
Es natural que la refriega resultase inútil,
volviéndose el bombardeo, estruendoso e inofensivo, una salva imponente al
coraje de los matutos.
Cayó la noche y no se había adelantado nada. Aquel
duelo a distancia demostró ser imprudente, mientras que las descargas
circulantes seña laban de modo ineludible el asedio que sufrían. Era un sitio
en regla, aunque disfrazado por la escasez de las líneas enemigas que tiraban
flojamente en radios indefinidos por las laderas del morro. Una brigada, un
batallón, incluso una compañía, podría quebrarlas con una carga de bayonetas
pero cuando parasen, se sentiría de nuevo el asedio, las balas desde todos los
flancos, circulares, como si brotasen del suelo. La táctica invariable del
jagungo se mostraba en ese resistir con retrocesos, apoyada en todos los
accidentes del terreno protector. Era la lucha de la sucuri con el toro fuerte.
Enlazada la presa, distendía los anillos, le permitía el cansancio del
movimiento y de la carrera, después lo apretaba, ma neándolo, para relajarse
de nuevo, otra vez le permitía agotarse escar bando con las pezuñas el suelo y
nuevamente lo ajustaba, retráctil, arras trándolo hasta el ahogo completo. . .
Allí había una inversión de los papeles. Los
hombres equipados por los recursos bélicos de la industria moderna, eran
materialmente los más fuertes y brutales, arrojando por la boca de sus cañones
toneladas de acero encima de los rebeldes que les anteponían la esgrima
magistral de sus artimañas. De buen grado otorgaban a sus adversarios el goce
de vic torias inútiles, pero cuando creían haber vencido y levantaban sus ban
deras y llenaban la soledad con los toques de los clarines, como no sabían de
esas exquisiteces de la civilización, acompañaban los himnos triun fales con
las balas de sus trabucos. . .
El cañoneo del 29 no los impresionó. Al alba del 30
el campamento fue atacado. Como siempre, fue un choque, un sobresalto
instantáneo, una eterna reproducción de los mismos hechos. Se apuntaron otra
victo
ria. El enemigo fue rechazado por todas partes.
Pero volvieron horas después y volvieron a ser rechazados, y retornaron pasado
un intervalo y fueron de nuevo repelidos. Intermitentes, rítmicos, como el
flujo y re flujo de las olas, golpeando, monótonas, en los flancos de la
montaña. La artillería, como el día anterior, diseminó algunas balas sobre los
te chos, allá abajo. Y una fusilería floja, como el día anterior, golpeaba
desde los cerros vecinos, sin variante alguna, cayendo todo el día sobre la tropa.
. .
Se afirmó definitivamente un régimen insostenible.
La estadía en la Favela era demasiado inconveniente porque, además de
acumularse bajas diariamente, se desmoralizaba la expedición, se mancillaba su
renombre y en breve tiempo, quedaría agotada por la falta total de provisiones.
Abandonarla era dejar las contingencias de un cerco más peligrosas que las
alternativas de una batalla franca. Algunos oficiales superiores suge rían la
única salida — forzada y urgente— que podía asumirse: el asalto inmediato a la
aldea.
"Sea como fuere, el 30 de junio las fuerzas
estaban bien dispuestas, la artillería podía continuar con el bombardeo de
Canudos durante algunas horas más, en seguida se podía realizar el ataque a la
ciudadela. Para ello existía la mejor disposición de los comandantes de las
columnas, brigadas y cuerpos y de los oficiales subalternos y de los soldados,
cuya aspiración predominante era cruzar el Vaza-Barris que les representaba la
abun dancia de que estaban privados, en una posición estática, sin capacidad
para dos, cuanto más para cerca de seis mil hombres” *.
Pero el general en jefe rechazó la idea:
"pensando que de Monte Santo, en breve, llegaría un convoy de alimentos
como le había asegurado el diputado del Cuartel Maestre General y sólo
entonces, después de tres días de ración completa, atacaría el baluarte del
Conselheiro”.
Pero ese convoy no existía. Enviada a su encuentro,
el 30, la brigada del coronel Medeiros, para esperarlo en las Baixas y desde
allí escoltarlo hasta el campamento, no encontraron nada y prosiguieron hasta
Monte Santo donde tampoco existía nada. Y el ejército, que a su partida ya
sufría los primeros aguijones del hambre, entró en un período de privaciones
indescriptibles.
AVENTURAS DEL ASEDIO. CAZAS PELIGROSAS
Se vivía a la aventura. De motu proprio, sin la
formalidad, dispensable en la emergencia, de una licencia, los soldados
realizaban, separados en
* Coronel
Dantas Barreto, Ultima expedigáo a
Canudos.
pequeños grupos, peligrosas excursiones por las
cercanías, talando los escasos cultivos de maíz o mandioca que había, cazando
cabritos casi sal vajes por allí sueltos, abandonados desde el comienzo de la
guerra, o robando ganado. No se podía evitar ni tampoco prohibir. Era el último
recurso. A partir del 2 de julio sólo hubo harina y sal para los enfermos. Las
salidas de caza se hicieron entonces obligadas, a despecho de los riesgos. Y
los que a ellas se arrojaban — vestidos como los jagungos, co piándoles la
astucia, la marcha cautelosa, refugiándose en todos los acci dentes del
terreno— pasaban por trances temerarios.
No se pueden individualizar los episodios parciales
de esta fase oscura y terrible de la campaña. El soldado hambriento, llena de
balas la car tuchera, se perdía por las planicies, resguardándose como si
fuese a cazar leones. Los ojos y oídos aguzados para captar los mínimos
movimientos y los mínimos rumores, pasaba largas horas en su exploración
exhaustiva.
A veces resultaba un esfuerzo vano. A la noche
volvía al campamento con las manos vacías. Otros, más infelices, no volvían
más, perdidos por esos campos o muertos en alguna lucha feroz para siempre
ignorada. Porque los jagungos ponían trampas imprevistas a los bisoños
cazadores que, muy disparejos en la habilidad, no sabían evitarlas.
Así es que, después de muchas horas de inútil
esfuerzo, el valiente hambriento, finalmente, oía un sonar de cencerros,
presagio de caza, porque es costumbre en el sertón que las cabras lleven
cencerro, y en tonces se reanimaba esperanzado.
Por un momento se recobraba de las fatigas.
Controlando su andar cauteloso para no espantar a la presa huidiza, salía de
las huellas descu biertas para entrar en los pastizales. Seguía deslizándose
lentamente, guia do por la música de la campanilla que, nítida y clara, rompía
el silencio de las planicies. Hasta que la escuchaba cerca. . . y se sentía
feliz y aun que volviera a oírla lejana, perseveraba en su exploración a
través de la maraña. No imaginaba los riesgos que corría; en cualquier abertura
de la caatinga podía encontrar, en lugar del animal arisco, al jagungo sinies
tro y traicionero que a su vez andaba buscándolo. Pegado al suelo, la
espingarda pronta, avanzando sobre los rastros, silencioso de movimientos pero
haciendo sonar cada vez el cencerro sujeto a su cuello, en lugar de la cabra
aparecía el cabrero feroz. La caza cazaba al cazador. Y éste, inexperto,
generalmente caía ante un tiro seguro si no tiraba primero, advertido del bulto
a último momento.
Otras veces, ante un grupo de hambrientos,
aparecían en un corral cerrado unos bueyes. Era una trampa sutilmente
preparada. Pero los hambrientos, apenas miraban los alrededores para saltar
sobre la cerca, se echaban sobre los bueyes, abatiéndolos de un tiro o
matándolos con el cuchillo y a su vez caían, asombrados, bajo las descargas que
partían de las emboscadas laterales no vistas. . .
Desde el campamento muchas veces se escuchaban
tiroteos nutridos y prolongados, como ecos de esos desconocidos combates.
Finalmente, se reglamentaron esas aventuras. El día
anterior se dis ponían los batallones para la caza. Eran verdaderas partidas
de plazas armados. Sin glorias. Triste avanzar sin banderas y sin clarines por
la aridez de los campos. Las líneas enemigas se extendían adelante, invisibles,
traidoras. Los cuerpos en misión exploratoria se escurrían por los claros,
hacían batidas palmo a palmo por esas tierras de flora ya marchita porque había
entrado la estación sin lluvias. Recibían media docena de tiros de sus
incorpóreos adversarios. Volvían vencidos y cansados.
Sólo el escuadrón de lanceros actuaba con cierta
eficacia. Diariamente salía a hacer batidas por los alrededores. Montaban los
caballos estro peados, rengueantes bajo las espuelas, pero igualmente los
gauchos reali zaban hazañas de pialadores. Sin medir distancias ni peligros se
largaban por la desconocida región, y encontrados en la carrera los bueyes
esquivos, los lanzaban en tropel todas las tardes hasta un corral al costado
del cam pamento. El enemigo les perturbaba el trabajo. Además de reunir a las
reses debían evitar que se las dispersaran con súbitos ataques. Y en estos
encuentros rápidos y violentos, conteniendo al mismo tiempo a los bueyes
alborotados, deseosos de escapar, y al enemigo que los baleaba, de sor presa
caían en una trampa al trasponer una bajada, pero nunca aban donaban la
inquieta presa conseguida, en prodigios de equitación y coraje, arremetían para
adelante, defendían los flancos, cuidaban el fondo. El ganado diariamente
conseguido — ocho o diez cabezas— era un paliativo insuficiente para el
minotauro de seis mil estómagos. Además la carne cocida sin sal, sin ningún
ingrediente, en agua salobre y sospechosa, o chamuscada en clavas de hierro,
era casi intragable. Repugnaba hasta al hambre.
Las pequeñas zonas con cultivos de maíz, poroto y
mandioca que, al principio, atenuaron esa alimentación de fieras, se habían
terminado prontamente. Se hizo necesario buscar otros recursos.
Como los nativos infelices, los soldados apelaron a
la flora providen cial. Cavaban alrededor de los umhuzeiros para arrancarles
los tubérculos; tomaban los cocos de los ouricuris y cortaban los troncos
blandos de los inandacarus. Se alimentaban de cactos que les engañaban a un
mismo tiempo el hambre y la sed. Pero este recurso no bastaba. Para los inex
pertos era incluso peligroso. Algunos murieron envenenados por la mandioca
brava y otras raíces que no conocían.
Finalmente, les faltaba el agua. En los hilos
rasantes del valle de las Umburanas, no pocas veces quedaba de bruces, muerto
por un tiro, un soldado sediento.
Cada día aumentaban esos hechos. A partir del 7 de
julio cesó la dis tribución de alimentos a los enfermos.
Y los
infelices, baleados, mutilados, delirantes de fiebre, comenzaron a vivir de la
incierta limosna de sus propios compañeros. . .
DESANIMO
A medida que esto se agravaba surgían nuevos
hechos, consecuencia de los anteriores. La disciplina se relajaba, la
resignación de los soldados los agotaba. Murmullos de protesta ante los cuales
la oficialidad fingía sor dera, impotente para hacerlos callar, aparecían
irreprimibles, inevitables, como borborigmos de estómagos vacíos.
Por un contraste irritante, los adversarios
vencidos en todos los en cuentros, parecían bien abastecidos, a punto de
aprovechar apenas las municiones de los convoyes asaltados. La 5^ brigada, al
ir hasta Baixas, cierta vez, encontró en los alrededores, señalando los caminos
casi hasta las proximidades del Angico, bolsas de carne seca, harina, café y
azúcar mezcladas con las cenizas de las hogueras que las habían consumido. Era
la señal de la altivez salvaje con que se echaban a la guerra los jagunqos, pues,
finalmente, no tenían tantas provisiones como para justificar esas acciones.
Acostumbrados a la frugalidad, los rudos campeones que en las épocas felices
pasaban el día con un poco de mandioca y un trago de agua, habían refinado su
abstinencia disciplinada hasta una capacidad de resistencia increíble. Nuestros
soldados no la tenían. No podían tenerla. Al principio reaccionaron bien. Le
dieron un nombre humorístico al hambre. Las aventuras de la caza los distraían
y cuando sonaba la alarma, volvían a las líneas de fuego sin que el ayuno
disminuyera su arrojo. Después flaquearon. Sobre el aniquilamiento físico, se
sumaba lo incierto del futuro. Estaban allí en función de la espera de una
brigada, la 1^, que había salido en busca del convoy de ayuda y de la cual no
se sabía nada. Cada día que pasaba sin noticias sobre su llegada aumentaba el
desaliento. Además, la insistencia de los ataques era superior a sus fuer zas
anímicas. No tenían una hora de tregua. Sufrían ataques súbitos de noche, de
mañana, en el transcurso del día, siempre imprevistos, inciertos; a veces
cargaban sobre la artillería, otras sobre uno de los flancos, otras, más
serias, sobre todos. Sonaban los clarines, la tropa se formaba en filas
torcidas, en las que apenas se distinguían las subdivisiones tácticas y se
batían nerviosamente durante cierto tiempo. Los asaltantes eran rechaza dos.
Se volvía a la paz anterior. Pero el enemigo seguía allí, a dos pasos, velando
junto a los triunfadores. El ataque había terminado, pero minuto a minuto, con
precisión inflexible, caía una bala entre los batallones. El blanco variaba,
recorría todas las líneas, iba de uno a otro flanco, hacía un giro largo y
torturado, iba y venía, lentamente, formaba, bala a bala, un círculo de
espanto, como si un tirador solitario, a lo lejos, desde lo alto de un cerro
remoto, tuviese el compromiso bárbaro de ser el verdugo de
un ejército. Y lo era. Valientes, todavía jadeantes
por los encuentros guerreros, se estremecían ante el silbar de esos proyectiles
espaciados, buscando al azar un blanco, una víctima singular entre miles de
hombres. . .
Y así se iban los días, en esa intermitencia de
refriegas furiosas y rápi das, y largas reticencias de calma, festoneadas de
balas.
A veces, contra las expectactivas, los asaltos no
cesaban pronto. En un aumento aterrador, tomaban todas las líneas y adquirían
color de batallas. En uno de ellos, el 19 de julio, los sertanejos penetraron
de lleno en el campamento hasta el centro de las baterías. El odio a los
cañones que diariamente les destruían los templos, los llevó a la hazaña
invero símil de capturar o destruir al mayor de ellos, el Withworth 32, la
"ma tadora”, según la llamaban. Fueron pocos los que se arrojaron a la
em presa. Apenas once, guiados por Joaquim Macambira, hijo del viejo cabecilla
de igual nombre. Pero ante el diminuto grupo se formaron bata llones enteros.
Se hicieron cargas cerradas de bayonetas, a toques de corneta, como si fuese
una legión. Hasta que murieron todos, salvo uno, que escapó milagrosamente,
huyendo entre las filas feroces 2".
La tropa tuvo otra victoria poco lisonjera y
aumentó el respeto por la temeridad del adversario.
Él ascendiente de los matutos crecía día a día. Se
descubrían las trin cheras circulares: por la izquierda, cerrando el paso
hacia la Fazenda Velha; por la derecha, amenazando el puesto de carnes y
reduciendo el área de pasto donde se encontraban los animales de tracción y de
mon tura; y por la retaguardia, aproximándose por el camino del Rosario. Los
cuerpos destacados para tomarlas y destruirlas las tomaban y las destruían
fácilmente. Volvían con pocas bajas o completamente indemnes. Y al día siguiente,
volvían a la misma tarea, reconstruidas por las noches, cada vez más cercanas,
las trincheras amenazadoras.
Mientras se empleaban de tal modo los días, las
noches se reservaban para enterrar a los muertos, misión no sólo lúgubre sino
peligrosa, porque no pocas veces, el enterrador aumentaba el entierro, cayendo
baleado dentro de la fosa común que con sus manos había abierto.
Es natural que una semana después de la ocupación
del morro, el ánimo estuviera decaído. La misma artillería, verificando la
ineficacia del cañoneo y la necesidad de cuidar la reducida munición, apenas
tiraba dos o tres tiros espaciados, ciertos días.
LA ACTITUD DEL COMANDO EN JEFE
Se esperaba a la brigada salvadora. Si por un golpe
de mano, que el enemigo podía y no supo dar, le hubiesen cortado la marcha en
las cer canías del Rosario o del Angico, la expedición estaría perdida. Era la
convicción general. El estado de la fuerza facultaba todavía una defensa floja
de esa posición pero imposibilitaba prolongar el esfuerzo por más de ocho días.
Solamente el prestigio de algunos jefes de cuerpos la sal vaban de la
desorganización completa. En algunas brigadas, por la dedi cación personal de
sus comandantes, perduraba el peso de la disciplina.
El general Artur Oscar, que se había obstinado en
permanecer allí, ilusionado al principio con el milagro de un convoy de apoyo,
ahora se justificaba en la total imposibilidad de moverse.
Se afirmó en su única cualidad militar
sobresaliente: la tendencia a enraizarse en las posiciones conquistadas. Este
atributo contrasta con cua lidades personales opuestas. Inquieto y
ruidosamente franco, encarando la profesión de las armas por el lado de lo
caballeresco y tumultuoso, casi fanfarrón, a veces valiente, buen relator de
hazañas asombrosas, incom parable para idear encuentros sorprendentes,
hallando en las coyunturas más críticas siempre una frase explosiva, un trazo
vigoroso de jovialidad heroica que las remarcara, mostrando continuamente todas
las impacien cias y todos los arrojos de un temperamento nervioso y fuerte;
tal general, en una campaña, en un medio tan exigente, se transforma, y con
asom bro de los que lo conocen, sólo adopta una táctica: la inmovilidad.
Resiste, no delibera.
Inflexiblemente inmóvil delante del adversario, no
lo turba con ata ques bien combinados y con cargas furiosas, le opone la
fuerza obstinada de la inercia.
No lo combate, lo cansa. No lo vence, lo agota.
Guiando a la expedición, se concentró completamente
en el objetivo de la lucha. Desde el comienzo se dedicó a su fase final,
dejando de lado todas las circunstancias intermedias, y realizando una
embestida original, sin bases y sin líneas de operaciones, no previo la
eventualidad de un fracaso, la necesidad de un retroceso.
Tenía un solo plan: ir a Canudos. Todo lo demás era
secundario. Llevando seis mil bayonetas hasta las orillas del Vaza-Barris
ganaría la partida, de cualquier modo, fuera como fuese. No retrocedería.
Cambió un verbo en la afirmación clásica del romano y siguió 300.
Llegó, vio y se quedó.
Si el día 28, el error tardíamente corregido del
abandono del convoy le impedía atacar, el día 30, según la opinión de sus
mejores auxiliares, debía hacerlo. No lo hizo. Finalmente estaban las dos
columnas reunidas y la aldea se extendía a la distancia de un tiro de
männlicher. Completó así el primer error con otro. Quedó colocado en una
situación insostenible
de la que, si no lo socorriese el curso caprichoso
de los acontecimientos, quizá no pudiese salir.
Sin embargo, no se desanimaba. Compartía el destino
común con resig nación, estoico, inflexible, inmóvil. . .
"¡Nao Ihe afrouxara o garrüol. . . ” * su
frase predilecta que largaba violentamente, como un golpe de sable, despedazaba
el filo de los comen tarios más desanimados o las conjeturas más
desalentadoras.
Sin embargo, prisionera de un asedio cuyas líneas
se distendían elás ticas ante las cargas y se apretaban en seguida,
recomponiendo todos sus puntos, fatigada de hacer retroceder al adversario sin
destruirlo nunca, sintiendo la gravedad de su precaria situación, la tropa no
resistiría. Aflo jaba. Ya aparecían, en alusiones agrias, sordos rencores
contra los ima ginarios responsables de esas desventuras. El diputado del
Cuartel Maestre General, fue, entonces y después, la víctima expiatoria de
todas las crí ticas. Era el único culpable. No se pensaba que la ilógica
acusación recaía por entero sobre el comando en jefe, cuya absolución presumía
una culpa mayor: el olvido de su autonomía incondicional de jefe.
De hecho, ese funcionario tenía, por la permanencia
en el cargo, toda su confianza. Y enarbolando febrilmente el lápiz de los
cálculos, con el que quería distraer la impaciencia general, permanecía,
estéril, en la Favela: sumando, restando, multiplicando y dividiendo; poniendo
el hambre en ecuaciones; discutiendo estupendas soluciones sobre cargueros
fantásticos; estructurando fórmulas admirablemente abstractas con sacos de
harina y bolsas de carne seca; idealizando convoyes. . .
Era todo su esfuerzo. No había noticias de la P
brigada. Los bata llones, diariamente mandados hasta las Baixas, volvían sin
rastrear ni una señal de su existencia por los caminos vacíos. Uno de ellos, el
15?, co mandado por el capitán Gomes Carneiro, el día 10, al volver de la
inútil diligencia, encontró como suprema irrisión, un buey, un solo buey —
flaco, transido de hambre, vacilante sobre las patas secas— una arroba de carne
para seis mil hambrientos. . .
Y por encima de todo, una economía embrutecedora.
La sucesión inva riable de las mismas escenas sobre el mismo escenario pobre,
despuntan do las mismas horas de la misma manera, les daba a los combatientes
la indefinible impresión de la inmovilidad del tiempo.
A la tarde o durante el día, en los pocos momentos
en que se atenuaban los asaltos, algunos se distraían contemplando la aldea
intocable. La vista buscaba, a la distancia, un punto cualquiera que pudiera
servir de re fugio. No podían. El ojo se embarullaba en la maraña de las
casuchas.
* No aflojarle el garrón; acobardarse. (N . de T .).
Y contaban: una, dos, tres, cuatro mil, cinco mil.
¡Cinco mil casas o más! ¡Seis mil casas! tal vez. Quince o veinte mil almas
metidas en esa tapera babilónica. . . E invisibles. En la lejanía, un bulto,
rápido, cortaba un callejón estrecho, corriendo, cruzaba, indistinto y
fugitivo, la gran plaza vacía, desapareciendo después. Nada más. Alrededor, el
dibujo misterioso de un paisaje bíblico y la infinita tristeza de las colinas
des nudas, agrestes, sin árboles. Un río sin agua, torneándolas, convertido en
camino polvoriento y largo, más lejos, la cuerda ondulada de las sie rras
igualmente desiertas, recortadas nítidamente sobre el horizonte claro, ése era
el cuadro de aquel extraño escenario.
Era una predestinación. Como si la tierra se
ataviase en ciertos trechos para idénticos dramas, allí estaba, fuera lo que
fuese, recordando un rincón de Idumea, en el paraje legendario que prolonga la
banda meri dional del Asfaltites, esterilizada para todo y para siempre por la
maldi ción de los profetas y por el reverbero de las planicies del Yemen. . .
801.
La aldea — compacta como las ciudades del
Evangelio— completaba la ilusión.
Al caer la noche, de allá ascendía, resonando
largamente en el de sierto, en ondas sonoras que se esparcían por la quietud
total y refluían en las montañas lejanas, los toques del Ave María.
Los cañones de la Favela bramaban despiertos por
esas voces serenas. Cruzaban sobre el humilde campanario las trayectorias de
las granadas. Estallaban por encima y alrededor. E intercaladas en los ruidos
del ata que, las voces suaves se esparcían sobre la resonancia del ataque. La
cam pana impasible no claudicaba un segundo en el intervalo consagrado. No
perdía una sola nota.
Cumplida la misión religiosa, apenas extinguidos
los ecos de la última campanada, el mismo instrumento doblaba sacudiendo las
vibraciones de la alarma. Corría una guarnición de llamas por las cumbreras de
las iglesias. Caía como un fulminante sobre la aldea. Pasaba por la plaza y
deflagraba por las faldas del morro. Una réplica violenta estallaba sobre la
tropa. Hacía callar el bombardeo. El silencio descendía mortecino sobre los dos
campos. Los soldados escuchaban entonces, misteriosa y vaga, colada entre las
espesas paredes del templo casi en ruinas, la cadencia melancólica de los
rezos. . .
Ese estoicismo singular los impresionaba y los
dominaba. Y como en el alma llevaban las mismas supersticiones y la misma
religiosidad inge nua, vacilaban frente al enemigo, aliado de la Providencia.
Imaginaban que tenía recursos extraordinarios. Las
mismas balas que usaban revelaban efectos extraños. Crepitaban en los aires con
estallidos
secos y fuertes, como si reventasen en innumerables
astillas. Entonces se creó la leyenda, insistentemente propalada después, de
las balas explosivas de los jagungos. Todavía se acepta la hipótesis de que los
estallidos pro venían del desigual coeficiente de dilatación entre los metales
que cons tituían el proyectil, expandiéndose el núcleo de plomo más
rápidamente que la camisa de acero, y que a eso se debía la naturaleza
excepcional de las heridas. La bala penetraba los cuerpos dejando visible el círculo
del diminuto calibre y salía por un rumbo ancho de tejidos y huesos lasti
mados. Tales hechos arraigaban en la soldadesca, inepta para el cono cimiento
de la ley física que los explicaba, la convicción de que el adver sario,
terriblemente equipado, esmeraba en los estallidos su salvajismo sin piedad.
Empezaron las deserciones. Deserciones heroicas,
incomprensibles casi, en las que el soldado se aventuraba a los mayores
riesgos, bajo la fiscali zación incorruptible del enemigo. El día 9, veinte
plazas del 33° dejaron a sus compañeros, hundiéndose en el desierto. Y uno a
uno, diariamente, otros los imitaron, prefiriendo el tiro de misericordia del
jagungo a esa lenta agonía.
En todos los espíritus permanecía el deseo de dejar
ese sitio siniestro de la Favela.
Los batallones que salían en diligencias hacia
variados puntos desper taban envidia en los que quedaban. Envidiaban los
peligros, las embos cadas, los combates. Al menos tenían la esperanza de las
presas acaso conquistadas. Por cierto tiempo quedaban fuera del cuadro
miserable del campamento.
Como en los malos días de los sitios legendarios
rememorados en an tiguas crónicas, las cosas más vulgares adquirían
connotaciones fantásti cas, una raíz de umbú o una rapadura valían como
manjares suntuarios. Un cigarrillo era un ideal epicúreo.
A veces se hablaba de la retirada. El rumor sordo,
silenciado de miedo, anónimo, en consulta vacilante a los compañeros, penetraba
entre los batallones, insidioso, despertando apostrofes y protestas violentas
tanto como un silencio comprometedor y sospechoso. Pero la retirada era im
posible. Una brigada ligera podía, impunemente, barrer los alrededores y
volver. El ejército no. Si lo intentase, con el tardo movimiento que le imponía
la artillería, las ambulancias y el contrapeso de mil y tantos heridos, se
consumaría una catástrofe.
Quedarse a despecho de todo era el recurso supremo
y único.
Pero si la P brigada demoraba más de ocho días su
llegada, ni este recurso quedaría. Los jagungos romperían, por fin, en un
asalto, las líneas de fuego de los soldados completamente exhaustos. . .
La tarde del 11 de julio, sin embargo, un vaquero,
escoltado por tres plazas de caballería, apareció inesperadamente en el
campamento. Traía un oficio del coronel Medeiros notificando su llegada y
requiriendo fuer zas para la protección del gran convoy que conducía.
Fue un choque galvánico sobre la expedición
abatida.
No puede describirse. De una a otra punta de las
alas, corrió la nueva auspiciosa y, transfigurando los rostros abatidos,
moviendo febrilmente en inmensa alacridad a los soldados, en abrazos, en
gritos, en estrepitosas exclamaciones, se cruzaron en todos los sentidos. Se
enarbolaron las ban deras, resonaron los clarines, se formaron las bandas de
todos los cuer pos. Estallaron him nos...
El rudo vaquero, vestido de cuero, montando en
caballo montaraz, em puñando a modo de lanza su picana, miraba sorprendido
todo eso. Su corpulencia de atleta contrastaba con los cuerpos esmirriados que
se amontonaban alrededor. Parecía un gladiador pujante entre bosquimanos
inquietos.
El torrente ruidoso de las exclamaciones rodó hasta
la zanja del hos pital de sangre. Los enfermos y los moribundos silenciaron
sus gemidos transformándolos en vivas. . .
El soplo del Nordeste hinchaba las banderas y
arrastraba hasta la aldea, mezcladas, embarulladas, las notas metálicas de las
marchas marciales y miles de gritos de triunfo.
Caía la noche. De Canudos ascendía, vibrando
largamente por los des campados, en un ondular sonoro que vagaroso avasallaba
el silencio de los campos y se extinguía poco a poco en ecos por las montañas
lejanas, el toque del Ave María. . .
■ ■■ ' V ’ ■■■■
EL ASALTO:
PREPARATIVOS
El convoy llegó a lo alto de la Favela el 13 de
julio y al día siguiente, convocados los comandantes de las brigadas a la
tienda del general Savaget, enfermo por una herida recibida en Cocorobó,
planearon el ataque. El día era propicio: la fecha de una fiesta nacional30v
Por la mañana, una salva de veintiún tiros de bala la conmemoró. Los matutos
fueron sorprendidos temprano porque hacía poco más de cien años un grupo de
soñadores había hablado sobre los derechos del hombre y había peleado por la
utopía maravillosa de la fraternidad humana. . .
El ataque contra la aldea era urgente.
El comandante de la P brigada había comunicado al
volver que en la pretendida base de operaciones no existía nada. Se encontraba
total mente desprovista y había tenido que organizar con dificultad el convoy
que trajo, el que en poco tiempo se agotaría para
reproducirse la misma situación anterior.
Deliberaron. Las opiniones, con disensiones
minúsculas, se pusieron de acuerdo en la idea del ataque en grandes masas por
un solo flanco. Los comandantes de la 3^, 4^ y 5^ brigadas optaron por el
abandono preli minar de la Favela hacia una posición más cercana de donde
partiese el ataque. Los demás, fortalecidos por el voto favorable de los tres
generales, tuvieron una opinión diferente: permanecer en la Favela con el
hospital de sangre, la artillería y dos brigadas como reaseguro.
Esta posición que poco difería de la otra,
prevaleció. Se reincidía en un error. El enemigo iba a tener, una vez más,
frente a su agilidad, la potencia pesada de las brigadas. Persistía en los
ánimos el intento de no realizar lo que la campaña reclamaba desde el comienzo:
la división de los cuerpos combatientes. El ataque por dos puntos, por el
camino de Jere-moabo y por la extrema izquierda, derivando por los
contrafuertes de la Fazenda Velha, mientras la artillería, sin dejar su
posición, bombardearía el centro. Ese era el único plan, imperioso e intuitivo,
que surgía de la más ligera observación del teatro de la lucha. Pero no se
observó el teatro de la lucha. El plan confirmado era el más simple. Las dos
columnas, después de una marcha de flanco de casi dos kilómetros hacia la
derecha del campamento, que se preestableció realizada sin que la perturbase el
enemigo, doblarían a la izquierda, hacia el Vaza-Barris. Desde allí, vol
viendo aun a la izquierda, atacarían de lleno hasta la misma plaza de las iglesias.
El movimiento, al principio contorneante, se haría rectilíneo al final y si
fuese logrado con éxito, los jagungos, incluso en el caso de quedar
desbaratados, tendrían franca la retirada hacia tres ángulos del cuadrante.
Podrían trasladarse a salvo hacia las inaccesibles posiciones del Caipá, o
hacia cualquier otra, desde donde renovarían la resistencia.
Esta era cierta y se preveía que a todo trance.
Lo demostraban los hechos recientes. Dos semanas de
cañoneo y el refuerzo de municiones en el campo adversario, no les había
disminuido el ánimo. Los revigorizaba. El día 15, como si ideasen una osada
parodia a la reciente llegada del convoy, fueron vistos en grupos que incluían
mujeres y niños, avanzando por el lado derecho del campamento, llevando hacia
la aldea numerosas reses. El 25? batallón, enviado al ataque, no los había
alcanzado. Ese mismo día, los expedicionarios, satisfechos y alentados de nuevo
por la esperanza de la victoria próxima, no tuvieron autorización para andar
según su voluntad por el lugar en que acampa ban. La travesía de uno a otro
grupo significaba la muerte. Habían caído baleados el sargento ayudante del 99
y varios plazas. Fue asaltado el sitio de los animales, a dos pasos de la 2^
columna, y capturados algunos animales de remonta y de tracción, sin que los
reconquistara el 3 O9 de infantería que fue inmediatamente destacado para esa
diligencia. El día 16 mostraron el mismo atrevimiento desafiante con el
adversario abaste
cido. Atacaron sobre todas las líneas. La comisión
de ingenieros, para hacer unos ligeros reconocimientos por las cercanías, tuvo
que hacerlos combatiendo, llevando la formidable escolta de dos batallones, el
7? y el
59. Esta
actitud mostraba que el enemigo iba a reaccionar con vigor y como no se
conocían los recursos con que contaba, el ataque debía ate nerse a la
condición esencial de no comprometer en él a toda la fuerza, lo que además era
inapropiado para la zona de combate. Vista desde lo alto de la Favela, ésta
parecía ser de fácil acceso. A pesar de ello, el suelo ondeado en colinas y
surcado por zanjas, imposibilitaba el desen volvimiento rápido de las
columnas; permitía prever las dificultades de un ataque en masa y por sí mismo,
sugería un orden disperso. Mas esto sólo sería posible si, excluyendo las
cargas de pelotones masivos precipitándose por los cerros, la batalla tuviese
una demostración preliminar o recono cimiento enérgico, hecho por una sola
brigada, libremente extendida y actuando fuera de la compresión de las filas
compactas e inútiles. Esta vanguardia combatiente, a medida que progresara
barriendo las trinche ras abiertas en los altos y en los flancos, sería
gradualmente seguida por las otras que la reforzarían en los puntos más
convenientes, hasta que fi nalmente se operase en el terreno el retroceso del
antagonista, concen trando a todas dentro de la aldea. Iba a hacerse lo
contrario. El coman dante general oscilaba entre extremos. Saltaba de la
quietud al ataque total, de la inercia absoluta a los movimientos impulsivos.
Dejó la vaci lación inhibitoria que lo mantuvo en lo alto de la Favela para
pasar a la obsesión delirante de las cargas. En las disposiciones dadas el día
16, ellas son la nota predominante. Todos los dispositivos quedaban supedi
tados a esa preocupación absorbente de los choques violentos: tres mil y tantas
bayonetas cayendo como un caudal de hierro y llamas, por el lecho seco del
Vaza-Barris. . .
"Dada la señal de carga nadie más trata de
evitar la acción del fuego del enemigo. Se carga sin vacilar con la mayor
impetuosidad. Después de cada carga, cada soldado busca a su compañía, cada
compañía a su batallón y así todos”.
Estas instrucciones concordaban con las tendencias
generales. Las se sudas combinaciones concretas de un combate, adrede
elaboradas para las condiciones excepcionales del medio y del adversario, no
las satisfa cían. El rencor largamente acumulado por los anteriores fracasos
exigía desquites fulminantes. Era preciso hacer retroceder a los tontos
bandidos de una sola vez, a golpes, meterlos dentro de la cueva de Canudos a
coces de armas.
La orden del 17 de julio señalando el ataque para
el día siguiente, fue recibida con delirio. Apoyándose en las hazañas
anteriores, el coman dante en jefe, en una deducción osada, daba vuelta a la
página futura poniendo ante los combatientes el milagro de la victoria.
"¡Valientes oficiales y soldados de las
fuerzas expedicionarias en el interior del Estado de Bahía!
Desde Cocorobó hasta aquí, el enemigo no ha podido
resistir vuestra bravura. Lo atestiguan los combates de Cocorobó, Trabubu,
Macambira, Angico, otros dos en lo alto de la Favela y dos asaltos que el
enemigo hizo a la artillería.
Mañana vamos a batirlo en su ciudadela de Canudos.
La patria tiene los ojos puestos sobre vosotros, todo lo espera de vuestro
coraje. El ene migo traicionero que no se presenta de frente, que combate sin
ser visto, ha sufrido pérdidas considerables. Está desmoralizado y si.
Nos detenemos ante una oración condicional
comprometedora. Ante ella, la orden del día, leída con aplausos el 17, debía
haber sido cambiada al caer la noche del 18.
" .
. . si tuvierais constancia, si una vez más fuerais los bravos de todos los
tiempos, Canudos estará en vuestro poder mañana; iremos a descan sar y la
Patria sabrá agradecer vuestros sacrificios”.
Canudos caería al día siguiente. Era fatal. El
enemigo mismo parecía conocer la resolución heroica: sus irritantes tiroteos
habían cesado. Se refugiaba allá abajo, temeroso y callado, vencido de
antemano. El campa mento no fue molestado. Esa tarde, las fanfarrias de los
cuerpos vibraron hasta la caída de la noche.
Se delineó el ataque. En la Favela quedaban cerca
de 1.500 hombres bajo el mando del general Savaget, guardando la posición: las
brigadas 2? y 7^ de los coroneles Inácio Henrique de Gouveia y Antonio Néri,
esta última recién formada, así como la de artillería que secundaría el ataque
con un bombardeo firme.
La 1? columna dirigida por el general Barbosa,
marcharía al frente de combate rodeada por un ala de caballería y una división
de dos Krupps de 71/ i . La 2? la acompañaría cerrando la retaguardia.
Entrarían en acción 3.349 hombres repartidos en
cinco brigadas: la 1? del coronel Joaquim Manuel de Medeiros, compuesta de dos
batallo nes, el 149 y el 309, respectivamente comandados por el capitán Joáo
Antunes Leite y el teniente coronel Antonio Tupi Ferreira Caldas; la 3? del
teniente coronel Émídio Dantas Barreto, reunía el 59, 79, 99 y 25?, todos
comandados por capitanes, Antonio Nunes de Sales, Alberto Ga-viáo Pereira
Pinto, Carlos Augusto de Sousa y José Xavier dos Anjos; la 4^ del coronel Carlos
Maria da Silva Teles, se formaba con el 129 y el 319 bajo el mando de los
capitanes José Luis Buchelle y José Lauriano da Costa; la 5^ del coronel Juliáo
Augusto da Serra Martins que sustituía al general Savaget en la dirección de la
2^ columna, estaba bajo el mando del mayor Nonato Seixas y se formaba con el
359 y el 4O9 batallones del mayor Olegário Sampaio y el capitán J. Villar
Coutinho; y finalmente, la 6* del coronel Donaeiano de Araújo Pantoja, cqn el
26° y el 329 comandados por el capitán M. Costa y el mayor Colatino Góis. El 59
de
la policía bahiana, bajo la jefatura del capitán de
ejército Salvador Pires de Carvalho Aragao, acompañaba autónomo, a la 2 ^
columna.
El teniente coronel Siqueira de Meneses, con un
contingente reducido, mientras el grueso de la expedición atacaba, debía
realizar ligeras opera ciones de distracción a la derecha, sobre los
contrafuertes de la Fazen-da Velha.
Definidos los luchadores, se veía que allí se
encontraban algunos para los cuales el sertón de Canudos era un campo muy
estrecho.
Garlos Teles, una altivez sin par sangrando bajo el
cilicio del unifor me, recordaba el bello episodio del cerco de Bajé; Tupi
Caldas, nervioso, inquieto, traía la envidiable reputación de su coraje de la
refriega mortí fera de Inhanduí303, contra los federalistas del sur; Olimpio
da Silveira, el jefe de la artillería, con su aspecto de estatua, cara
bronceada marca da de líneas inmóviles, parecía la imagen de un luchador
modesto, impa sible ante la gloria y ante el enemigo, siguiendo rectilíneamente
por la vida entre el tumulto de las batallas, como obedeciendo a una fatalidad.
Entre los de menor graduación, una oficialidad joven, ávida de renombre,
anhelando peligros, turbulenta, jovial, temeraria: Salvador Pires, coman dante
del 5? de la policía que él mismo había formado con los tabaréus robustos
escogidos en los poblados del Sao Francisco; Wanderley, desti nado a caer
heroicamente en el último paso de una carga temeraria; Vieira Pacheco, el
gaucho intrépido que mandaba el escuadrón de lan ceros; Frutuoso Mendes y
Duque Estrada, que desarticularían, piedra por piedra, los muros de la iglesia
nueva; Carlos de Alencar, cuyo comando se extinguiría por la muerte de todos
los soldados del ala de caballería que dirigía; y otros. . .
Toda esa gente esperaba con impaciencia el combate.
Porque el com bate era la victoria decisiva. Según el viejo hábito, los
combatientes recomendaron a los que permanecían en la Favela que tuviesen
pronto el almuerzo para cuando volviesen de la fatigosa empresa.
EL ENCUENTRO
Las columnas se movieron el día 18, todavía alta la
madrugada. Con-tramarchando a la derecha del campamento, siguieron con la vista
puesta hacia el este, bajando hacia el camino de Jeremoabo. Al poco tiempo
volvieron hacia la izquierda, siempre bajando, rumbo al Vaza-Barris. La marcha,
a paso ordinario, se realizaba tranquilamente, sin la menor mo lestia del
enemigo, como si este movimiento contorneante fuese a sor prenderlo. Solo los
Krupps, pasando ruidosamente por el camino mal pre parado, la perturbaban a
veces. Eran tropiezos cortos y rápidamente solu cionados. La tropa del ataque
rodaba sordamente, amenazadora, con tinua.
La tierra tenía un triste despertar. Las aves
habían abandonado esos aires barridos desde hacía casi un mes por las balas. La
mañana aparecía rutilante y muda. Poco a poco se descubría la región silenciosa
y desierta: cumbres desnudas, cortas explanadas, caatingas marchitas, ya en
julio mostraban en grandes manchas pardo oscuro el avance lento de la sequía.
La planicie ondulada, alargándose por el cuadrante del NE, hasta el pie de la
Canabrava, indefinido hacia el norte, golpeando por el sur contra la Favela, se
ensoberbecía hacia el oeste en macizos cada vez más altos, subiendo hasta los
amplios escalones del Cambaio. El Vaza-Barris, recortado y flexible, en una de
sus curvas, después de correr derecho hacia occidente, tuerce abruptamente
hacia el sur y vuelve, pasados unos pocos centenares de metros, hacia el este,
invirtiendo el sentido de la corriente y formando una península imperfecta que
tiene al final la aldea. Así, bastaba a los que la defendían extenderse uniendo
las dos ramas paralelas y próximas del río, siguiendo ese círculo extenso de
circunvalación, para cortar todo el frente de batalla. Porque la dirección de
aquél lo interfería normalmente, como la flexión del enorme semicírculo;
después de tras puesta la bajada, más acá de Trabubu, los asaltantes
atravesarían, sin mojarse, el Vaza-Barris y volviéndose una vez más, la última,
hacia la izquierda, cargarían de frente.
Pero antes de completar esta operación el enemigo
les salió al paso.
Eran las siete de la mañana.
Los exploradores recibieron los primeros tiros al
saltar la barranca izquierda del río. El terreno próximo se levantaba en un
cerro donde se veían, revistiéndolo hacia arriba, como muros de piedra
derruidos, irregulares atrincheramientos de piedras. La aldea, mil quinientos
metros al frente, desaparecía en una depresión más fuerte, divisándose apenas
al mirar rasando por la cresta de los cerros, los vértices de las dos torres de
la iglesia. Dos cruces amenazadoras y altas, recortadas, nítidas, en la claridad
que nacía. . .
La vanguardia atacada, una compañía del 3 O9
replicó sin detenerse, acelerando el paso, al mismo tiempo que el grueso de la
1^ brigada y cuatro batallones de la 3^ llegaban compactos hasta la orilla del
río y lo cruzaban.
La columna 1^, entera, pisaba ya la arena del
combate.
Los breves tropiezos en el traslado de los dos
Krupps habían retardado a la retaguardia. De manera que, atenuándose en parte
el grave incon veniente de una acumulación de batallones, el general Barbosa
pudo trazar una línea de combate: la 1^ brigada extendiéndose hacia la derecha
con sus tiradores; la 3^ en el mismo orden, pero hacia la izquierda, mien
tras el ala de caballería, aventajándose a toda
rienda, hacia el flanco derecho, debía evitar que lo rodeasen.
Pero, como era de prever, este movimiento general
de la tropa fue mal hecho. Sobre que era una maniobra bajo la mirada del
enemigo, estaba lo inapropiado del terreno. Faltaba la base física esencial
para la táctica. La línea ideada, hecha por un rápido desdoblamiento de bri
gadas en una longitud de dos kilómetros, iba a partirse en planos verticales,
según las cotas máximas de los cerros y la hondura de las bajadas, y desde que
no podía trazarse con velocidad tal que convirtiese en pasajera una situación de
desequilibrio y debilidad, forzadamente asu mida por todas las unidades
combatientes, para que no se desarticularan y dieran el flanco al enemigo hasta
una nueva posición de combate, era impracticable.
Impracticable y peligrosa. Lo decían todas las
condiciones concretas, desde la áspera topografía del suelo al extraordinario
vigor de pronto de mostrado por el adversario que desde los primeros minutos,
abarcaba todo el frente de ataque en una fusilería impenetrable. Lo revelarían
los resultados inmediatos de la acción. Los soldados —bayonetas arreme tiendo
contra los morros— golpeaban en él vertiginosamente, formán dose en líneas de
tiradores. Pero todo sin la firmeza y la velocidad que exigía la táctica
pensada. Además de no conseguir ejecutarla de esa manera, lo que era esencial,
la alteraron en pormenores, quizá insigni ficante, pero que desde un
principio, delataban la confusión de las filas. En contraposición al orden
primitivo, la 3^ brigada comenzó a luchar por el flanco derecho del 3 O9 que
era de la primera. El 99 batallón, en la extrema izquierda, había caído en el
valle del Vaza-Barris por donde comenzó a avanzar, herido de descargas que
irradiaban desde las dos orillas, mientras que el 259, el 59 y el ala derecha
del 79 centralizaban mal la lucha.
Era imposible extender la formación dispersa debajo
de las balas en semejante lugar. Las secciones, las compañías, los batallones,
se desta caban hacia la derecha, única banda apropiada a los alineamientos,
enfi lando por un laberinto de zanjas, y en breve trecho, se sentían perdidos,
desorientados, sin ver el resto de los compañeros y sin poder distinguir
siquiera los toques de las cornetas. Retrocediendo a veces, aturdidos por las
revueltas de la marcha, suponiendo que avanzaban, no pocas veces se daban de
pronto con otras secciones, otras compañías y otros batallones, que marchaban
en sentido contrario.
Se enredaban. El mismo general que los había
arrojado a semejantes horcas caudinas 304, más tarde, en la orden del día
relativa al hecho, no encontrando en el opulento léxico de nuestra lengua un
término ajus tado para caracterizar el desorden de la refriega, aventuró un
gauchismo bárbaro: las fuerzas se trenzaban. . .
De modo que cuando, pasada media hora, llegó la 2^
columna, ya era sensible el número de bajas. También venían dos brigadas, la 4^
y la 5^, quedando sólo la reserva, rezagada, la 6^, bajo las órdenes inmedia
tas del comando en jefe. Los recién llegados debían marchar hacia la derecha,
según el plan impuesto por las circunstancias, lo que, además de tomar toda la
delantera al enemigo, obstaculizándole cualquier acción contorneante,
facultaría después el ataque final en una concentración única que el mismo campo
de combate indicaba, definiéndose como un sector amplísimo de rayos
convergentes en la plaza de las iglesias. Pero esta concepción táctica, además
de rudimentaria, no fue realizada. Las brigadas auxiliares, al llegar debajo de
una fusilería atronadora y observar el tumulto, no podían adaptarse a las
líneas de cualquier plan, articulán dose con las que las habían precedido,
revigorizándolas, reforzándolas en sus puntos flacos, o completándoles los
movimientos; o aun, prendiéndose a las alas extremas, ampliándolas, de modo de
extenderse, fuertes y vibrá tiles, frente a los rudos antagonistas, la
envergadura de hierro de la batalla.
El coronel Carlos Teles en su parte de combate —
documento que no fue contestado— afirmó después, desnudamente, que al llegar
había observado que no hallaban las fuerzas en él comprometidas, con las for
maciones que le son propias.
"No obstante, el deber único de la ocasión era
avanzar y cargar. . . ”.
Avanzaban y cargaban.
Eran las ocho de la mañana. Hermosa y caliente
mañana sertaneja que en esa zona irradia siempre un bello resplandor de
centellas reflejadas por la tierra desnuda y llena de cuarzos. . . De modo que
si la tropa expusiese sobre ese resplandor brillante, el fulgor metálico de las
tres mil bayonetas, como se había planeado, el escenario se volvería singu
larmente majestuoso.
Pero fue lúgubre. Diez batallones mezclados se
echaron por los cerros abajo. Se embarullaron en las bajadas. Saltaron sobre
las laderas que las aprietan, subieron hasta el tope de las colinas y de nuevo
bajaron, ruidosamente, en tropel, para otra vez atacar, en un ondear de muche
dumbres humanas, revueltas, estrepitosas, estallando en los flancos, ex
playándose en las cortas llanuras, juntándose tumultuosos en los declives,
conteniéndose en las quebradas.
Los jaguncos alrededor, invisibles, retrocediendo
tal vez, tal vez con centrándose, tal vez rodeándolas .
Nada podía conjeturarse. Los soldados, por cierto,
comenzaron a con quistar corajudamente el terreno. Sucesivamente vencían los
morros. A cada momento pisaban trincheras y desde el fondo de éstas los
cartuchos detonados y ardientes delataban la reciente huida del enemigo. Pero
al fin de cierto tiempo, no sabían la dirección real del ataque que realiza
ban. La réplica de los adversarios, a su vez, variando por todos los rum
bos, parecía adrede dispuesta a desorientarlos. Se
mostró en seguida por la extrema derecha, donde no era dable pensarla, como si
la intención fuera un vigoroso ataque de flanco que, en el caso de impulsarse
con energía, inevitablemente lanzaría a los sertanejos, triunfalmente, dentro
de los batallones desmantelados. Pero se observó que aquéllos sólo hacían una
ligera demostración, dejando escapar la oportunidad de un ataque serio. Lo
mostró el escuadrón de lanceros en un reconocimiento teme rario. Precipitándose
velozmente en aquella dirección, al bajar por una cuesta, dio de golpe con
cerca de ochenta jgungos. Estaban dentro de un corral desde donde tiraban de
costado sobre la tropa. Los dispersaron con una carga violenta a puntazos de
lanza y patas de caballos. El escua drón, en su persecución, subió al galope
por una ladera poco abrupta y de pronto tuvo delante, a menos de trescientos
metros, la aldea. . .
En ese instante, también llegaban atropelladamente
algunos pelotones de infantería.
La situación entraba en su momento culminante.
Las primeras casas, construidas en un rincón
extremo, a unos tres cientos metros de las iglesias, ofrecían a los
combatientes un área plana y sin obstáculos. Habían llegado hasta allí en
grupos desordenados, la 5^ marchando por la derecha, la 3? y la 4^ por el
centro y la 6 ?, que entró también en la refriega, por la izquierda, bordeando
el río.
Era el momento agudo del combate.
La tropa, sobre todo la situada desde el centro
hacia la derecha, estaba totalmente expuesta, a nivel de la parte más alta de
la aldea que sube hacia el norte. Y desde este punto hasta el extremo de la
plaza, al oeste, abarcando todo el cuadrante a lo largo de dos kilómetros,
convergió sobre ella una tremenda fusilería. Las brigadas aún avanzaron pero
sin la rectitud de un plan, sin la uniformidad de la marcha, disipando de
manera improductiva el valor y las balas. En el torbellino de las filas
sobrevinieron súbitas parálisis. Cada soldado había llevado consigo ciento
cincuenta cartuchos y ya los había gastado. Se hizo necesario detener
batallones enteros — en plena batalla y situados en un terreno que los
convertía en blanco— para abrir a golpes de martillo los cajones de mu
niciones y distribuirlas.
Además, completando los nutridos tiroteos que
irrumpían desde la aldea, donde cada pared se abría en rajas que eran bocas de
tiro, osados guerrilleros se enfrentaban con los asaltantes y les tiraban a
quemarropa, abriéndoles, en descargas continuas, claros pronunciados. Encima,
los golpeaban por el flanco derecho. Lo espaciado de los estampidos por ese
lado denunciaba que había francotiradores. Pero éstos, aunque pocos, por el
rigor de su puntería, impedían el paso de batallones enteros.
Lo demuestra un episodio sugestivo.
Fue en el último ímpetu del ataque. La fuerza,
fortalecida en la oca sión por la 4? brigada que tenía como jefe al coronel
Carlos Teles, cuyo
estado mayor casi había desaparecido, trasponía la
última ladera, mien tras las secciones extremas de ese flanco, rudamente
golpeadas, conver gían aceleradamente hacia la derecha, rechazando a
adversarios que no veían, por la planicie desnuda y chata. Arremetía al azar,
yendo en direc ción de un umbuzeiro todavía frondoso. Era el único árbol que
por allí había. Tiros rápidos pero sucesivos, como hechos por un solo hombre,
les dieron de frente. Se detuvieron, uno a uno iban cayendo. Muchos quedaron atónitos
por lo inconcebible de un fusilamiento en pleno des campado, otros se
arrojaron temerariamente sobre la posición. Y estando a pocos pasos, a ras del
suelo descubrieron una cueva redonda por donde asomaba un rostro bronceado y
duro. Saltando del hoyo y sin largar el arma, el jagungo se escapó entre las
grutas de la ladera. En el fondo de la trinchera, más de trescientos cartuchos
vacíos demostraban que el foroz cazador había estado largo tiempo emboscado y a
la espera. Otras, idénticas, salpicando el terreno, aparecían alrededor. Y en
todas, los mismos restos de municiones revelaban la presencia reciente de un
tira dor. Eran tierras minadas. El suelo explotaba bajo los pies de la tropa.
Los sertanejos desalojados de esos escondrijos, retrocediendo, se metían en
otros y las nuevas trincheras en seguida retomaban las vivas descargas hasta el
abandono y la posterior ida a otra, concentrándose, poco a poco, sobre la
aldea, cuyas primeras casas fueron finalmente alcanzadas a las diez de la
mañana.
Cubrían una extensa loma, al este, que decaía
suavemente hacia la plaza de las iglesias, por delante. La fuerza llegó hasta
esa situación dominante cubriendo una línea discontinua y torcida que se
prolongaba, hacia la izquierda, hasta el Vaza-Barris. En parte, los soldados
pudieron refugiarse en las casuchas abandonadas. La mayoría, sin embargo, im
pulsada por los oficiales que en la coyuntura se revelaron dignos de las más
gloriosas hazañas, avanzó aún, fulminada en un círculo de descar gas, hasta los
fondos de la iglesia vieja. La 6^ brigada y el 59 de policía, apareciendo por
el lecho seco del río, completaron el ataque que consti tuyó la última
arremetida de la tropa.
Ya no dieron un paso más. Habían conquistado un
diminuto suburbio de la ciudad bárbara y se sentían impotentes para ultimar la
acción. Las bajas abultaban. La retaguardia, repleta de muertos y heridos, daba
la emocionante impresión de una derrota. Por entre ellos pasaron todavía,
llevados a pulso, los dos Krupps. Puestos en seguida en posición de batalla,
más altos que las iglesias, iniciaron un firme cañoneo, mientras desde lo alto
de la Favela coronada de humo, estallaban las baterías del coro nel Olimpio de
Oliveira. Golpeado por las granadas que de allí venían y por la fusilería del
este, la aldea recrudeció su réplica. Las balas incon tables golpeaban los
tabiques de las casas donde se habían refugiado muchos soldados y los mataban
ahí adentro. La iglesia nueva, sobre la margen del río, fulminaba a la 6^
brigada. El 59 de policía, rudamente
combatido, cayó por fin en una estrecha gruta que
lo libró de un fusi lamiento en masa.
En medio de esta situación grave y dudosa, el sol
alcanzó el cénit. La batalla iniciada a dos kilómetros continuaba más reñida al
borde del caserío.
En esa situación, los jefes de las brigadas y 4^
que habían avan zado hasta el cementerio, junto a la iglesia nueva, reclamaron
la pre sencia del general Artur Oscar. Este apareció después de hacer a pie,
mal protegido por las casuchas esparcidas por la vertiente, un camino que fue
un lance de coraje. Al llegar, encontró ya gravemente heridos, dentro de un
rancho, al coronel Carlos Teles, el comandante del 59 de línea y al capitán
Antonio Sales. Realizaron una rápida conferencia. A su alrededor el desorden:
vibraciones de tiros, de carreras, de cornetas, de voces de comando, de gritos
de cólera, de gritos de dolor, imprecaciones y gemidos. El tumulto.
Desorganizados los batallones, cada uno luchaba por
la vida. En los grupos combatientes reunidos al acaso, formados con plazas de
todos los cuerpos, se había hecho una selección natural de valientes. Perdidas
todas las esperanzas, el instinto animal de conservación, como suele acon
tecer en esos epílogos sombríos de las batallas, se vestía de heroísmo,
mostrando brutalmente la forma primitiva del coraje. Ajenas al destino de los
otros, reduciendo la batalla al área en que se jugaban la vida, las fracciones
combatientes actuaban por cuenta propia. Hambrientos y muer tos de sed, al
penetrar en las pequeñas viviendas, dentro de las cuales, en los primeros
instantes, nada distinguían en la penumbra de las habi taciones estrechas y
sin ventanas, se olvidaban del morador. Tanteaban los bultos en busca de agua y
harina. Y no pocas veces caían por un disparo hecho a quemarropa. Soldados
fuertes que venían jadeando por una lucha de cuatro horas, caían a veces a mano
de frágiles mujeres. Algunas eran como hombres. Viejas de tez oscura, cara
marchita, ojos llameantes, cabellos greñosos y sueltos, atacaban a los
invasores en un delirio de furia. Y cuando se doblaban bajo el puño de
aquéllos, casi estranguladas por las potentes manos, arrastradas por los pelos,
tiradas en el suelo y pateadas por los tacones de las botas, no flaqueaban,
morían con un estertor de fieras, escupiéndoles encima una trágica maldición.
NUEVA
VICTORIA DESASTROSA
En medio de esta desastrosa confusión, el
comandante en jefe resolvió que se mantuviera la posición conquistada.
Resolución que se imponía por sí sola. Una vez más, al final de un violento
ataque, la expedición se veía obligada a detenerse en una situación sin
solución. Eran igual mente imposibles el avance y el retroceso.
Al caer la tarde quedó inmovilizada en un área
estrecha de la aldea, una quinta parte de ésta que limitaba al este. La zona se
extendía a lo largo, de norte a sur, y descendía en declive hacia la plaza. Las
casas del lugar eran nuevas. Canudos, en su sorprendente crecimiento, desbor
daba de la depresión original hacia las colinas que la rodeaban.
La tropa ocupó uno de los suburbios. La ciudadela
propiamente dicha no había sido tocada. Allí estaba, cerca, enfrente,
amenazadora, sin muros, pero inexpugnable, poniendo delante de la invasión
millares de puertas, millares de entradas abiertas, invitando a penetrar en la
red inextricable de sus callejones tortuosos.
No se podía pasar más allá del temerario esfuerzo
hecho. La línea avanzada de los cuerpos que más se habían adelantado se afirmó.
En una gruta profunda que drenaba los flancos de la Favela, a la extrema
izquier da, se atrincheró el 59 de policía, extendiéndose hasta la orilla
derecha del Vaza-Barris donde tomaba contacto con el 269 de infantería. A su
vez, éste se unía al 59 de línea por la margen opuesta, junto al cemen terio.
Sucesivamente, seguían el 259, en los fondos de la iglesia vieja, el 79, paralelo
a la cara oriental de la plaza, y después el 259, el 4 O9 y el 3O9, adentrados
en un dédalo de casuchas hacia el norte. Desde este punto hacia la retaguardia,
la línea se curvaba, apartándose del caserío y cuidando el flanco derecho del
campamento, formada por los batallones 129, 3 19 y 389. En el flanco izquierdo,
protegido por el ala de caballería y los batallones 149, 329, 339 y 349, se
ubicó el cuartel general.
El resto del día y gran parte de la noche, se
emplearon en la construc ción de los atrincheramientos, blindándose con
piedras y tablas las pare des de las casas y eligiéndose puntos menos
expuestos a los proyectiles. Estos trabajos imponían los máximos cuidados.
Porque el enemigo vigi laba implacable. La fusilería había aflojado pero para
recaer en la prác tica acostumbrada de las emboscadas. En cada abertura de
pared asomaba una espingarda y un ojo indagador. Cada paso de soldado fuera del
án gulo de una esquina, era la muerte.
Comenzó a hacerse sentir el imperio de una
situación más incómoda que la anterior, en la Favela. Al menos, allá tenían la
esperanza del ataque y de la victoria. Y todavía se despreciaba al adversario
que sólo se conocía de lejos. Ahora no quedaba ninguno de estos engaños. Allí
estaba el jagungo, indomable, desafiando un choque mano a mano. No lo
atemorizaba la proximidad de sus enemigos, profesionales de la guerra, que le
enviaron las gentes de las tierras grandes. Lo tenían a dos pasos, a su lado,
refugiados bajo los mismos techos y aumentando en tres mil almas la población
del lugarejo sagrado. Pero no le habían modificado siquiera el antiguo régimen.
Al atardecer, la campana de la iglesia vieja batía calmosamente el Ave María y
en seguida, del seno amplio de la otra, resonaba la melancolía de los rezos.
Toda la agitación diurna había sido como un
incidente vulgar y esperado.
La expedición atravesaba una terrible crisis. Había
tenido cerca de mil hombres: 947, entre muertos y heridos y éstos, con los
caídos en los encuentros anteriores, la reducían considerablemente. Además, los
resultados inmediatos del suceso la impresionaban demasiado. Tres co mandantes
de brigadas fuera de combate: Carlos Teles, Serra Martins y Antonio Néri que
vino a la tarde con el 7?. En una escala ascendente, sobresalían las bajas de
los oficiales de menor graduación y de los plazas. Alféreces y tenientes habían
desbaratado sus vidas de manera increíble. Después se contaron las hazañas de
algunos: Cunha Lima, estudiante de la escuela militar de Porto Alegre, que
herido en el pecho durante una carga de lanceros concentró su último aliento en
el último ataque, ca yendo sobre el enemigo como un dardo; Wanderley, que
precipitándose al galope por la cuesta de la última colina, fue abatido junto
con el caballo en la cumbre y rodó hacia abajo, como un titán fulminado en
caída prodigiosa; y otros, muertos todos valientemente, entre vivas a la
República, dándole a la refriega rasgos singulares de heroicidad antigua,
reviviendo el desprendimiento demencial de los guerreros místicos de la Edad
Media. El paralelo es perfecto. En las sociedades hay retrocesos atávicos
notables, y entre nosotros, los revueltos días de la República habían impreso,
sobre todo en la juventud militar, un lirismo patriótico que les desequilibraba
el estado emocional, arrebatándolos en idealiza ciones de iluminados. La lucha
por la República y contra sus imaginarios enemigos, era una cruzada. Los
modernos templarios, aunque no llevaban la armadura bajo el hábito ni la cruz
grabada en la empañadura de la espada, combatían con la misma fe inagotable.
Los que morían de tal manera a la entrada de Canudos, tenían, sin excluir a
uno, la efigie del mariscal Floriano Peixoto fijada en medallas de bronce
colgadas a la izquierda del pecho y morían saludando su memoria, con el mismo
delirio entusiasta y la misma dedicación y la misma aberración fanática con que
los jagungos juraban por el Buen Jesús misericordioso y milagroso.
Ahora bien, ese entusiasmo febril, aparte de las
precipitaciones desas trosas que produjo, fue la salvación del 18 de julio.
Una tropa cuya fortaleza pesara exclusivamente
sobre la disciplina, al desorganizarse de esa manera hubiera estado perdida.
Pero los rudos soldados en cuyo ánimo moraban el desaliento y la incertidumbre,
que daron hipnotizados por el coraje personal de sus jefes y dominados por el
prestigio de oficiales que, gravemente heridos, algunos sin poder sos tener ya
la espada, seguían avanzando tambaleantes por las líneas de fuego, desafiando a
la muerte.
En cierto modo, quedaron sitiados entre la
oficialidad y los jagungos.
EN LOS FLANCOS DE
CANUDOS
La noche del 18 de julio, contra la expectativa
general, pasó en relativa calma. Los sertanejos también claudicaban. Sobre el
ánimo del jefe expedicionario había pesado el temor de un asalto nocturno ante
el cual no habrían podido reaccionar. Las frágiles líneas de defensa, aunque no
pudiesen ser rotas, podían ser rodeadas, y colocadas entre dos fuegos y
contenidas de adelante por la aldea impenetrable, hubieran sido fácil mente
destruidas. Pero la situación fue resuelta por la inercia del adver sario. Al
día siguiente, una línea de mantas cosidas demarcaba un seg mento del diminuto
cerco: un quinto de la enorme periferia de la aldea, mal cerrada por el este.
Por ese lado quedaba abierta la extrema derecha, del mismo modo que a la
izquierda, entre las vertientes de la Favela y los primeros surcos del arroyo
de la Providencia donde estaba el cuerpo policial, se veía un gran espacio
libre. Para cerrar la circunferencia se hacía necesario un trazado que,
prolongándose a la derecha y hacia el norte, doblara luego hacia el oeste,
bordeando el río y siguiéndolo en su curvatura hacia el sur, saltando las
ondulaciones mayores del suelo en el primer escalón de las sierras del Calumbi
y del Cambaio, volviendo finalmente al este por la espuela de los Pelados. Un
circuito de seis kilómetros aproximadamente. Pero una expedición reducida a
poco más de tres mil hombres válidos, centenares de los cuales estaban
resguardan do la Favela, no podía sostener un sitio tan amplio, aunque el
adversa rio se lo permitiese. La temporaria paralización de las operaciones
parecía inevitable para atenerse a la defensa de la posición ocupada hasta que
mayores refuerzos permitiesen nuevos esfuerzos.
El general Artur Oscar apreció seguramente el
estado de cosas. Pidió un cuerpo auxiliar de cinco mil hombres y armó los
dispositivos que ga rantizaran a la fuerza triunfadora de modo tan singular,
no desembocar en la derrota. Como después de otros triunfos, estaban en la
torturante situación de no poder arriesgar ni un paso atrás ni uno adelante.
Oficial mente, la orden del día decretaba el comienzo del sitio. Pero, de
hecho, como había sucedido siempre desde el 27 de junio, era la expedición la
que estaba sitiada. Al oeste, la estorbaba la aldea. Al sur, los altos de la
Favela llenos de heridos y enfermos la encerraban. Al norte y al este, se abría
el desierto impenetrable. Aparentemente, su radio de acción había aumentado.
Dos campamentos distintos parecían señalar una movi lidad mayor, liberada del
cerco atrincherado. Pero esa ilusión se apagó el mismo día del asalto. Los
cerros barridos a cargas de bayonetas hacía pocas horas, parecían de nuevo
poblados. Las comunicaciones con la Favela se volvieron de inmediato muy
difíciles. Caían otra vez baleados los heridos que para allá se arrastraban, y
un médico, el doctor Tolen-tino, que en la tarde del combate había bajado por
allí, quedó grave mente herido a orillas del río. Atravesar el campo
conquistado se les
volvió un problema serio a los conquistadores. Por
otro lado, los que habían invadido el corto trecho de la aldea, copiaban línea
a línea la reclusión que antes observaban a los jagungos. Como ellos, al
reverberar los mediodías calientes, se apiñaban en los ranchos ardientes como
hornos y dejaban pasar las horas, los ojos fijos en las rajas de las paredes,
ca yendo escandalosamente en la misma guerrilla de emboscadas, observando el
caserío y disparando las espingardas todas a un tiempo: ¡cien, dos cientos,
trescientos tiros! contra un bulto, un trapo cualquiera, visto de relieve,
indistinto y fugitivo, a lo lejos, en el laberinto de los ca llejones.
Distribuida la última ración — un kilo de harina
para siete plazas y un buey para un batallón— restos del convoy salvador, no
podían pre parar convenientemente la escasa refacción. Un hilo de humo
blanquean do en el techo de barro era una atracción para las balas. Por la
noche, un fósforo encendido despertaba las descargas.
Los jagungos sabían que podían matar dentro de las
casuchas — frági les muros de barro— a los moradores intrusos. El coronel
Antonio Néri fue herido justamente cuando, después de cruzar con su brigada la
zona peligrosa y abierta del combate, se refugió en una de ellas. Entonces se
las convirtió en casamatas. Les espesaron las paredes con muros interiores, de
piedra o de tablas. Y así, más seguros, pasaban gran parte del día de bruces
sobre las aberturas, los ojos fijos en los techos de los ranchos, los dedos
clavados en el cerrojo de la espingarda; vencedores llenos de miedo emboscando
a los vencidos. . .
Sobre el cuartel general, centralizado por la
barraca del comandante en jefe, en la vertiente opuesta, los proyectiles
pasaban inofensivos, repe lidos por el ángulo muerto de la colina. Y durante
el correr de la noche que cerraba la trabajada jornada, se oían allí los
tiroteos librados del otro lado, en las líneas avanzadas. Los comandantes de
éstas, tenientes coro neles Tupi Caldas y Dante Barreto, temerarios ambos,
estaban todavía a un paso del desastre, y comprendían "que un paso a
retaguardia en cualquier punto de la línea central significaría la perdición
total”. Esta preocupación por una catástrofe inminente no se le ocultaba a
nadie. Resultaba de la secuencia de los hechos. Se imponía. Y durante muchos
días dominó todos los espíritus.
"Un enemigo habituado a la lucha irregular que
supiese sacar partido de nuestras desventajas tácticas, no habría dejado pasar,
por cierto, ese momento en que la venganza revanchista tendría las
características del mayor salvajismo”.
Pero el jagungo no era afecto a la lucha regular.
Hasta es una exage ración llamarlo enemigo, término extemporáneo, eufemismo
que suplanta a "bandido famoso” empleado por la literatura marcial de las
órdenes del día. El sertanejo defendía su hogar invadido, nada más. Mientras
los que lo amenazaban permanecían alejados, los rodeaban con trampas que
obstaculizaban el paso. Pero cuando les golpearon
las puertas y a golpes los sitiaron, les quedó como único expediente la
resistencia a pie firme, el afrontarlos cara a cara, con preocupación por la
defensa y el compro miso del desquite. Canudos sólo podría conquistarse casa a
casa. La expedición iba a gastar tres meses para hacer el camino de cien metros
que la separaba del ábside de la iglesia nueva. Y el último día de su
resistencia increíble, como pocas en la historia, sus últimos defensores, tres o
cuatro hombres anónimos, tres o cuatro titanes hambrientos y an drajosos,
quemarían sus últimos cartuchos contra seis mil hombres.
Esa defensa pertinaz y formidable comenzó el día 10
y no flaqueó más. Terminó el ataque pero la batalla continuó, interminable,
monótona, aterradora, con la misma continuidad vista en la Favela: tiros que
sur caban el espacio minuto a minuto, o tiroteos furiosos por todas las
líneas; súbitos, repentinos combates de cuartos de hora, rápidamente trabados y
rápidamente terminados, antes de que acabasen las notas emocionantes de las
alarmas. Esos asaltos súbitos, prolongados en largas horas de rela tivo reposo,
siempre invertían los papeles. Los asaltantes eran los asalta dos. El enemigo
marcaba el momento angustioso de las refriegas y las provocaban siempre de
sorpresa.
Avanzada la noche, a veces quebrando un armisticio
de minutos que los soldados de la vanguardia aprovechaban para hacer un
descanso ilu sorio, cabeceando abrazados a sus carabinas, los fuegos ascendían
ilumi nando ásperamente el firmamento oscuro. Y a su luz fugaz se descubrían
las torres de las iglesias. Otras veces, contra lo que era de esperar, en plena
mañana esplendorosa y ardiente, los jagunqos acometían con osadía.
NOTAS
DE UN DIARIO
Un diario minucioso 305 de la lucha de aquellos
primeros días, revela su carácter anormalmente bárbaro. Lo mostramos hasta el
día 24 de julio, sólo para definir una situación que desde ese día en adelante
no cambió.
Día 19— La fusilería enemiga comienza a las cinco
de la mañana. Prosigue durante todo el día. Continúa por la noche. El
comandante de la
P columna,
para vigorizar el rechazo, determina que se traigan otros dos cañones Krupps
que estaban en la retaguardia. A las doce y media fue herido en el campamento,
dentro de una casucha donde descansaba, el comandante de la 7^ brigada. A las
dos de la tarde, después de apuntar y disparar con el cañón de la derecha a una
de las torres de la iglesia nueva, murió, atravesado por una bala, el teniente
Tomás Braga. A la tarde, bajan con dificultad de la Favela, algunas reses para
alimentar a la tropa. Los bueyes, fustigados por los tiros, se dispersan al
cruzar el Vaza-Barris, costando mucho volver a reunirlos, con la pérdida de
varias cabe
zas. Al toque de queda los jagungos atacan las
líneas, durando el ataque hasta las nueve y media y siguiendo en adelante
flojamente. Resultado: un comandante superior herido, un subalterno muerto,
diez o doce plazas fuera de combate.
Día 2 0 — El campamento es súbitamente atacado
cuando las cornetas de todos los cuerpos tocan diana. Tiroteos durante el día
entero. Se con sigue ajustar uno de los cañones trasladados. El mismo número
de bajas de la víspera: un soldado muerto.
Día 21 — Madrugada tranquila. Pocos ataques durante
el día. Los ca ñones de la Favela bombardearon hasta la entrada de la noche.
Día rela tivamente calmo. Pocas bajas.
Día 2 2 — Sin aguardar la iniciativa del
adversario, la artillería abre el cañoneo a las cinco de la mañana, provocando
una réplica rápida y viru lenta de los tiradores protegidos por los muros de
las iglesias. Los últimos heridos son penosamente conducidos desde el campo de
acción hasta el campamento de la Favela. El teniente coronel Siqueira de
Meneses sigue en reconocimiento por las cercanías. Al volver, declara que el
enemigo está muy fuerte y que muy pocas casas de Canudos están en nuestro poder
en comparación con el número de las que componen la población. Sólo por la
noche se pueden distribuir las parcas raciones de comida a los soldados de la
línea del frente, lo que fue imposible hacer de día por la vigilancia de los
antagonistas. A las nueve de la noche, asalto vio lento por los dos flancos.
Resultado: 25 hombres fuera de combate.
Día 23 — Amanecer tranquilo. Repentinamente, una
hora después, a las seis de la mañana, los jagungos, después de un movimiento
envolvente inadvertido, caen impetuosamente sobre la retaguardia del campo de
ba talla. Son repelidos por el 349 batallón y el cuerpo policial, dejando un
saldo de quince muertos, una cabocla prisionera y una bolsa de harina. Por la
noche, tiroteos cerrados. Los tres cañones sólo hicieron nueve disparos por
falta de municiones.
Día 24—-Comenzó el bombardeo al salir el sol. El
poblado, contra su costumbre, lo soportó sin réplicas. Los schrapnells de la
Favela caen allá adentro y estallan como si golpeasen en una tapera vacía.
Durante largo tiempo el impune cañoneo hace su matanza. Pero a las ocho, se
oyen algunos estampidos por la derecha y en seguida son asaltados los cañones
de ese flanco. Se entabla la batalla cuerpo a cuerpo, las cara binas pegadas a
los pechos y se va generalizando de manera terrible. De punta a punta vibran decenas
de cornetas. Toda la tropa se forma para la batalla. El ataque parecía querer
cortar la retaguardia de la línea del frente. Un movimiento temerario. Si la
cortaban caerían sobre el cuartel general y pondrían a los sitiadores entre dos
fuegos. Era un plan de Pajeú que había asumido la dirección de la lucha después
de deponer a otros cabecillas. El asalto duró media hora. Los jagungos,
rechazados, volvieron unos minutos después, atacando otra vez con mayor rigor
sobre
la derecha. Costosamente repelidos, retroceden
hasta las primeras casas no conquistadas de donde reanudan el tiroteo cerrado y
continuo. Hieren al comandante del 33?, Antonio Nunes Sales, y a muchos
oficiales y plazas. Al mediodía cesa la lucha.
Un repentino silencio desciende sobre los dos
campos. A la una, un nuevo asalto todavía más impetuoso. Se forman todos los
batallones. Es como la oscilación de un ariete. El nuevo ataque repercutió en
las líneas del flanco derecho. El impetuoso Pajeú cayó mortalmente herido. De
nuestro lado también hay muchas bajas, entre otros, muere el teniente Figueira
de Taubaté 306; es herido el comandante del 33?, el capitán Joaquim Pereira
Lobo y otros oficiales. Para distraer al enemigo, el co mandante en jefe decide
que tiren los cuerpos del flanco izquierdo que no fueron atacados. Toda la
fuerza descarga sus armas contra la aldea. Desde lo alto atruenan todas las
baterías de la Favela. . .
Se rechaza al enemigo. Un tiroteo constante durante
la noche y hasta la madrugada.
El día 25 . . . Ese día, como los otros, las mismas
escenas, poco desta cadas, dándole a la campaña una monotonía dolorosa. Las
trincheras de la línea sitiadora se hacían en esas intermitencias y sólo por la
noche se podían distribuir las raciones insuficientes para los hambrientos
solda dos y podían éstos llevar cantimploras y marmitas hasta los pozos de
agua del Vaza-Barris, buscando el agua que les aplacase una sed larga mente
soportada. Así se iban los días. . .
TRIUNFOS
POR EL TELEGRAFO
Estos hechos llegaban a las capitales de los
Estados y de la República completamente deformados.
De lo expuesto se puede inferir que esto era
inevitable.
Si los mismos combatientes, en los contrastes y
sucesos, evitaban cual quier juicio sobre su situación, es natural que los que
observaban desde lejos el drama desarrollado en la profundidad de los sertones,
elabora sen conjeturas inestables y además falsas. Desde el principio se habló
de la victoria. La travesía de Cocorobó, sabida de antemano, presagiaba que el
ejército derrotaría en un solo asalto a los rebeldes. Noticias disper sas
provenientes del campo de lucha o algunos telegramas le señalaban al combate un
desenlace en tres días.
Pasados quince, se comprobó la inanidad de los
esfuerzos por inventar triunfos. Se veía una vez más que los jagungos habían
roto el círculo de las bayonetas. De modo que mientras la expedición se
deshacía en la Favela y caía agotada por una sangría increíble en un pedazo de
Canu dos, la opinión nacional tejía extravagancias balanceando las más aventu
radas hipótesis que atiborraban los periódicos.
El espantajo de la restauración monárquica
oscurecía de nuevo el ho rizonte político. A despecho de las órdenes del día
que cantaban victorias, los sertanejos aparecían como los ckouans después de
Fontenay.
Se miraba hacia la historia con una visión
invertida: el bronceo Pajeú emergía con el aspecto dominador de Chatelineau.
Joáo Abade era un Charrete de sombrero de cuero 307.
Después del día 18, la ansiedad general creció. La
noticia del ataque empezaba entonando cánticos triunfales y poco a poco, se iba
llenando de dudas hasta adquirir casi la convicción de una derrota. Desde la
zona de operaciones llegaban telegramas paradojales y deplorables.
Se ceñían a una sola norma: ¡Bandidos acorralados!
¡Victoria cierta! ¡Dentro de dos días estará en nuestro poder la ciudadela de
Canudos! ¡Fanáticos visiblemente derrotados1.
Más verídicos, sin embargo, desde el 27 de julio,
comenzaron a salir hacia el litoral, en busca de la capital de Bahía, los
documentos vivos de la catástrofe.
VI
POR LOS CAMINOS. LOS HERIDOS
El traslado de los enfermos y heridos a Monte Santo
era urgente.
Así partieron los primeros grupos protegidos por
plazas de infantería hasta el extremo sur de la zona peligrosa, Juá.
Entonces comenzaron a andar lastimosamente por los
caminos los desechos de la campaña. Los vomitaba el morro de la Favela. Diaria
mente, en sucesivas levas, salían de allí los agonizantes y los lisiados, en
redes de caroá o camillas hechas con palos, los enfermos más graves, otros
cabalgando penosamente sobre animales rengos y temblorosos, o apiñados en
carros lerdos. La gran mayoría a pie.
Salían casi sin recursos, cansados de privaciones,
hundiéndose, con resignación en la región asolada por la guerra.
Era la entrada del verano. El sertón empezaba a
mostrar un aspecto triste de desierto. Los árboles se doblaban marchitos,
perdiendo día a día sus hojas y flores; arrastrándose por el suelo, las
gramíneas pardo oscuras reflejaban ya la acción del incendio sordo de la
sequía. La luz cruda de los días claros y calientes caía, deslumbrante e
implacable, desde el cielo sin nubes, sin cambios, sin auroras y sin
crepúsculos, irrum piendo de golpe en las mañanas doradas, apagándose de
repente a la noche, quemando la tierra. Se agotaban los arroyos efímeros de
lechos llenos de piedras, por donde tenues hilos de agua afluían impercepti
blemente, como en los oueds africanos 308, y en la atmósfera ardiente,
en el suelo agrietado y polvoriento, se presentía
la invasión periódica del régimen desértico sobre esos parajes desgraciados.
El clima caía en variaciones extremas: los días
quemantes, las noches frías.
Las marchas sólo podían hacerse a las primeras
horas de la mañana o al caer la tarde. Apenas arreciaba el sol había que
interrumpirlas, todo su ardor parecía paralizar el ambiente purísimo y
reflejado por el suelo, apenas protegido por una vegetación rala, aumentaba su
intensidad. Al mismo tiempo, dispersos, reflejándose en todas las quebraduras
de la tierra, sus rayos brillaban ofuscantes sobre las serranías y por el aire
irres pirable y caliente pasaban como fulguraciones de quemazones intensas
extendidas por la planicie. A partir de las diez de la mañana, la caravana se
detenía en los sitios más adecuados para el descanso, a la orilla de algún
curso de agua invisible pero donde la humedad remanente todavía alimentaba el
follaje de las caraibas y baraúnas altas, junto a los tanques todavía llenos de
los corrales abandonados, o a falta de éstos, a la sombra de ipueiras rasas que
salpicaban pequeños sitios sombreados por las ramas verdes de los icozeiros.
Acampaban.
Ese mismo día, al atardecer, mal recompuestas las
fuerzas, reanuda ban su ruta, avanzando sin orden, y según el vigor de cada
uno. Salían unidos de la Favela, en grupos que poco a poco se dividían por los
cami nos, fragmentándose en grupos más pequeños, disueltos al fin en cami
nantes solitarios.
Los más fuertes o los mejor montados, se
aventajaban, cortando camino hacia Monte Santo, alejándose de sus compañeros
lentos. Los acompaña ban conducidos en redes a hombros de soldados fuertes,
los oficiales heridos. La gran mayoría no los seguía, andaban lentamente,
disueltos por los caminos. Algunos, cuando encontraban algún rancho, se dejaban
estar, quietos, a la sombra de los arbustos marchitos, transidos de fati gas,
mientras otros, aguijoneados por la sed, mal saciada por las aguas impuras del
sertón y arrastrados por el hambre, torcían el rumbo y se metían por las
caatingas en busca de la flora singular abundante de frutos y espinos. Y
arancando tubérculos de umbuzeiros, chupando los tallos húmedos de los cardos
espinosos, bajando los últimos frutos de los árboles deshojados, se separaban
del camino.
Se olvidaban del enemigo. La ferocidad del jagungo
cedía ante el sal vajismo de la tierra.
A los pocos días, la tortuosa ruta del Rosario se
había llenado de fu gitivos. Ahí estaba la huella que habían recorrido hacía
un mes, impávidos ante cualquier encuentro con el adversario esquivo,
fascinados por sus cuatro mil bayonetas, sacudidos por el ritmo de las cargas.
Ahora parecía más áspera y difícil, caracoleaba en curvas sucesivas, caía en
laderas resbaladizas, se empinaba en cerros, contorneaba montañas.
Y volvían a ver, asombrados, los trechos
memorables.
En las cercanías de Umburanas, el caserío donde los
sertanejos pre pararon la emboscada del gran convoy de la expedición Artur
Oscar; más allá de las Baixas, los bordes del camino mostraban los huesos
blancos, adrede dispuestos en una escenografía cruel, recordando la matanza de
marzo; en una vuelta antes del Angico, el punto en que Salomáo da Rocha había
subido por unos minutos delante de la ola rugiente que se venía encima de la
columna Moreira César, levantando el dique de acero de sus divisiones de artillería;
más allá, el arroyo seco y la ladera a pique por la que había caído de su
caballo, pesado, ya muerto, el coronel Tamarinho; en las cercanías de Aracati y
Jueté, ranchos derruidos, corra les roídos por los incendios, cercas invadidas
por el matorral, antiguos cultivos abandonados, dibujando, indelebles, el
rastro de las expedicio nes anteriores.
Cerca del Rancho do Vigário, con su rasgo de
lúgubre ironía, los jagunqos habían cubierto de fantástica floración la
vegetación raquítica y marchita: de los gajos torcidos de los angicos pendían
restos de unifor mes, colorados y azules, pantalones carmesí o negros, pedazos
de mantas, como si el ramaje muerto se desarrollara en flores sangrientas.
Y alrededor, sin variantes en su triste aspecto, la
misma naturaleza bárbara. Morros hundidos, formas desvanecidas de montañas
roídas por las fuertes lluvias, mostrando al pie, rompientes, el esqueleto
íntimo de la tierra en apófisis rígidas, desarticulándose en bloques
amontonados, en trazos violentos de cataclismos; planicies desnudas y chatas
como llanos inmensos; y por todos lados, resistiendo la atrofia, en el fondo de
las bajadas húmedas, una vegetación agonizante y raquítica, brotada en una
maraña de ramas retorcidas, reptando por el suelo, subiendo por el aire como
brazos torturados.
Ranchos paupérrimos, de puertas abiertas al camino,
surgían acá y allá, vacíos, porque los había abandonado el vaquero que huía de
la guerra o el fanático que había marchado hacia Canudos.
Inmediatamente eran invadidos mientras otros
huéspedes los dejaban: las zorras ariscas y miedosas, saltando de las ventanas,
los ojos llameantes y el pelo erizado, metiéndose a todo correr por los
pastizales, y centenares de murciélagos volando tambaleantes en los techos
oscuros.
El rancho desolado se animaba durante algunas
horas. Se armaban redes en los cuartos exiguos, en la sala sin piso, y afuera,
en los troncos de los árboles del patio, se ataban las muías en las estacas del
corral desierto; se extendían por las cercas capotes, mantas y uniformes hechos
pedazos. Y un resonar casi festivo de voces, recordaba por unos instantes la
época feliz en que los matutos pasaban allí sus horas tranquilas en la paz del
sertón. Los más fuertes enderezaban en seguida hacia el pozo de agua poco
distante, donde, olvidados de los retrasados y de los que ven drían después,
durante semanas o meses, que tendrían que hacer la
misma parada obligatoria, se bañaban, lavaban a sus
caballos sudados y polvorientos y limpiaban sus heridas en el líquido que sólo
se renueva de año en año, con las lluvias pasajeras. Volvían con las
cantimploras y marmitas llenas, avaramente desbordantes.
No pocas veces, algunos bueyes — perdidos de las
grandes manadas diezmadas por la guerra— al advertir de lejos el alboroto en el
paraje de su querencia, el rancho donde habían sufrido su primera yerra, hacia
allá marchaban, veloces. Venían en una alegría ruidosa y fuerte, mu giendo.
Buscaban al vaquero amigo que antes los campeaba y los traía de vuelta al son
de los cantos conocidos y lo sabía llevar a los buenos pastos y a las aguadas
frescas.
Irrumpían al trote en el campo circundante. . .
Y recibían
una recepción cruel. La turba hambrienta los rodeaba en tumulto, con gritos
discordantes. Atronaban las espingardas. Reanimados, los cuerpos enfermos
arremetían enloquecidos con los animales sorpren didos que escapaban en
seguida a esconderse en el matorral bravio. Y después de fatigarse en
correrías, irritando en los espinos las heridas y agravando la fiebre, mataban
al fin uno, dos o tres animales, en tiroteos que parecían propios de combates.
Los carneaban. Y después de esos incidentes providenciales, quedaban hartos,
casi felices por el contraste de antiguas penurias, esperando el amanecer para
reanudar el éxodo. . .
Entonces, en esa quietud breve, los asaltaba una
idea estremecedora: ¡un ataque de los jagungos! Inermes, miserables,
andrajosos, hasta repul sivos, echados en el desierto como trastos inútiles,
alimentaban temores infantiles. El adversario que se había enfrentado con las
brigadas ague rridas los podía matar cruelmente en pocos minutos. Y la noche
caía repleta de amenazas. . .
Valientes endurecidos en el régimen brutal de las
batallas tenían sobre saltos de pavor ante las cosas más comunes y velaban
cautos, a despecho de las fatigas, afinando el oído para percibir los rumores
vagos y lejanos de las planicies. . .
Los torturaban alucinaciones crueles. Cualquier
estallido en la vege tación les parecía la percusión de gatillos haciéndoles
pensar en súbitas descargas, mientras las guirnaldas fosforescentes de los
cumanas irradia ban en las sombras, a lo lejos, como restos de fogatas
alrededor de las cuales podían aguardarlos numerosas emboscadas. . .
La mañana los liberaba. Dejaban el lugar temido.
Allá quedaban, en algún rincón, rígidamente quietos, los compañeros liberados a
su vez por la muerte. No los enterraban. No tenían tiempo. El suelo duro des
pedazaría los picos oponiéndoles su consistencia de piedra. Algunos, des pués
de pocos pasos, quedaban exhaustos en una curva del camino. Nadie se fijaba en
su falta. Desaparecían, eternamente olvidados, agonizando en un abandono
absoluto. Morían. Por días, semanas y meses sucesivos los viajeros, al pasar,
los veían en la misma postura: extendidos a la
sombra de las ramas secas, el brazo derecho
arqueado sobre la frente como para resguardarse del sol, con la apariencia
exacta de un comba tiente fatigado que descansa. No se descomponían. La
atmósfera reseca y ardiente les conservaba los cuerpos. Apenas marchitaban, la
piel se arrugaba y permanecían largo tiempo al borde de los caminos como momias
aterradoras vestidas de uniformes andrajosos.
Finalmente, no impresionaban. Quien se aventura en
los veranos ca lientes a hacer la travesía de los sertones del Norte, se
acostumbra a cua dros singulares. La tierra, despojada de toda humedad, al
derivar hacia el ciclo de las sequías, parece caer en una vida latente,
inmovilizando, sin descomponer, a los seres que sobre ella viven. Realiza en
alta escala, el hecho fisiológico de una existencia virtual, imperceptible y
sorda, de energías adormecidas, prontas a explotar de golpe, apenas aparezcan
las condiciones exteriores favorables, originando resurrecciones sorpren
dentes. Y como los árboles desnudos, con la llegada de las primeras lluvias se
cubren de exuberantes flores, transformando en pocos días a esos desiertos en
prados, las aves que caen muertas de los aires quietos, la fauna resistente de
las caatingas que queda aniquilada, y el hombre que sucumbe a la fulminante
insolación, parecen esperar también la vuelta de las épocas buenas. Permanecen
intactos, sin que los insectos les alteren los tejidos. Parecen reflejar
singulares apariencias de vida: las suQuaranas que no pudieron escapar hacia
otros parajes, retorcidas, las garras fijas al suelo como en un salto
paralizado y a la orilla de los pozos de agua secos, el pescuezo estirado en
busca de un líquido que no existe, los bueyes flacos, muertos desde hace tres o
más meses, caídos sobre las patas resecas, agrupados en manadas inmóviles. . .
Los primeros aguaceros barren de golpe esos
espantajos siniestros. En tonces la descomposición es vertiginosa, como si los
cuerpos fueran devo rados por llamas voraces. Es la succión formidable de la
tierra, arreba tándoles todos los principios elementales para la resurrección
triunfal de la flora.
Los fugitivos avanzaban observando esos escenarios
lúgubres. Los apu raba el pensamiento exclusivo de dejar, en el menor tiempo
posible, el sertón seco y brutal. El terror y la imagen de su propia miseria
vencían el cansancio de las caminatas hechas. Los fortalecía, los lanzaba
deses peradamente camino afuera. . .
Entre ellos no quedaba ningún resabio de
organización militar. La mayor parte, por adaptación, habían copiado los
hábitos del sertanejo, ni el uniforme en jirones los distinguía. Calzaban duras
alpargatas, y ves tían camisas de algodón, se cubrían con sombreros de cuero,
parecían familias en éxodo, en busca del litoral, huyendo de la sequía.
Algunas mujeres, amantes de soldados, cuarteleras
de rostro de cala vera, completaban el espejismo.
Oficiales ilustres, el general Savaget, los
coroneles Teles y Néri y otros, volvían heridos o enfermos, pasando por medio
de esas bandas con indi ferencia demente. No recibían respetos. Eran
compañeros menos infelices, nada más. Pasaban y desaparecían velozmente,
levantando nubes de polvo. Y recibían por la espalda miradas amenazadoras de
los que les envidia ban los caballos ligeros. Después de cuatro días de
marcha, los más dicho sos llegaban a la trifurcación de los caminos del
Rosario, Monte Santo y Calumbi, el sitio de Juá, compuesto por otra tapera de
barro en la ladera de una loma, por la cual baja el campo sombreado de
juázeiros altos. Se creían a salvo. Pero les faltaba otro día de camino para
llegar al Caldeiráo Grande, la mejor estancia de esos parajes, de aspecto casi
señorial, levantada sobre un cerro amplio, con las aguas represadas de un
riacho al pie. Allí, por un radio de pocos kilómetros, la naturaleza es otra.
Se transfigura en pequeñas serranías orladas de viva vegetación y los viajeros,
durante algunas horas, pierden la obsesión embrutecedora de las planicies
estériles y de las sierras desnudas.
Estaban a la entrada de lo que se llamaba
"base de operaciones” de la campaña.
Al día siguiente proseguían hacia Monte Santo. Y
después de dos horas de camino, la aparición de la pequeña aldea, a la
distancia de una legua, los reanimaba. Aparecía riente en las lomadas amplias,
casas ex tendidas por un escalón suavemente inclinado de la abrupta montaña,
en cuyo vértice, la capilla blanca, se destacaba nítida, como si proyectara en
el firmamento una señal azul cariñosa y amiga.
Pero al alcanzarla volvía la desesperanza. Todavía
era el desierto. El poblado muerto, vacío, desprovisto de todo, apenas lo
protegía por un día. La población lo había abandonado, cayendo en la caatinga
según el dicho de los matutos, huyendo amedrentada tanto del jagungo como del
soldado. Una guarnición exigua había tomado la plaza y pasaba allí sus días,
inútil, en una monotonía más insoportable que las marchas y las batallas. En un
caserón oscuro habían fantaseado un hospital militar. Pero era el pavor de
todos los heridos y enfermos. De suerte que la aldea, con sus callejas torcidas
condecoradas con nombres sonoros — calle Mo-reira César, calle Capitán Salomáo—
agravaba la ingrata región; era un desierto metido entre paredes y ahogado en
la trama de algunos callejones llenos de detritos y de los desperdicios
repugnantes de los bata llones que allí había acampado, más deplorable que el
desierto franco, purificado por el sol y barrido por el viento.
Al llegar, los caminantes, huyendo de la amistad
molesta de los mur ciélagos en las casas abandonadas, acampaban en la única
plaza grande, disputándose la sombra del viejo tamarindo, al lado del barracón
de feria. Al día siguiente, temprano, cada uno se largaba hacia Queimadas,
reanu dando la travesía. Eran otras dieciséis leguas extenuantes, otros seis u
ocho días de amarguras, bajo el cauterio de los calores insoportables,
sujetos a las paradas inevitables en los pozos de
agua; por Quirinquinquá, dos casas tristes, rodeadas de mandacarus, levantadas
sobre una ancha base de granito; por Cansando, lugarejo minúsculo, una decena
de casu-chas; por Serra Branca, que parecía una ranchería de troperos, de
aspecto festivo, bajo la sombra de los ouricurizeiros; por Jacurici, por todos
los receptáculos de aguas verdosas y sospechosas. . . Y aquel camino, enton
ces tan poblado, se desoló. Las soldadescas iban causando estragos, como si
fueran restos de una caravana de bárbaros. Enfermos y heridos, en grupos que
trasudaban alaridos, imprecaciones y frases estremecedoras de angustias, se
acercaban a los ranchos apelando a la hospitalidad in condicional de los
tabaréus. Primero pidieron con cólera, irritando más que intimidando. Después
hicieron francos asaltos. Les revolvía el alma, les escandalizaba ver el cuadro
tranquilo de esos hogares pobres, donde pasaba la vida de los matutos.
Entonces, impulsivamente, en irresistibles conatos de destrucción, hacían
saltar las puertas a golpes de sus armas, mientras las familias sertanejas
escapaban a esconderse en los pastizales. Después, como era necesario inventar
una diversión estúpidamente dra mática que los distrajera por algunos
instantes de sus profundas agonías, tomando unos tizones llegaban al colmo de
la maldad. Incendiaban los ranchos. El viento del nordeste se encargaba de
esparcir el fuego por la caatinga seca. En poco tiempo, llevadas por el viento,
las llamas en vueltas en rollos de humo, rodaban por las quebradas, las
trasponían, subían a los morros repentinamente encendidos como cráteres, y la
que mazón se derramaba por muchas leguas a la redonda.
Los fugitivos, a salvo, soportaban los últimos
tramos de su penoso éxodo, refinando sus tropelías, ampliando el círculo de
ruinas de la guerra, en marcha hacia el litoral, al mismo tiempo miserables y
malvados, inspi rando piedad y odio, rudamente víctimas, brutalmente
victimarios. Y llegaban a Queimadas dispersos y exhaustos, algunos casi
moribundos. Tomaban los trenes y bajaban en Bahía.
PRIMERAS NOTICIAS CIERTAS
Los aguardaban con ansiosa curiosidad.
Por fin iban a llegar las primeras víctimas de la
lucha que había mantenido en vilo la atención del país entero. La multitud
desbordaba la estación terminal de la línea férrea, en Calcada 309, y se
derramaba por las calles próximas hasta el fuerte de Jequitaia, todos los días,
con templando el paso del triunfal heroísmo. Y nunca había podido imaginar que
tuviera un aspecto tan dramático.
Se sacudían en temblores de emociones nunca
sentidas.
Los heridos llegaban en estado miserable.
Prolongaban por las calles de la ciudad la ola repulsiva de sus trapos y
lastimaduras, que venían
rodando por los caminos sertanejos como reflujo
repugnante de la campaña.
Era un desfile cruel. Oficiales y soldados,
uniformados por la miseria, venían indistintos, revestidos por el mismo
uniforme inclasificable: pan talones en harapos que apenas los tapaban,
camisas destrozadas, jirones de chaquetas sobre los hombros, andrajos de
capotes en tiras, dándole al conjunto los rasgos de una miseria trágica.
Cojeando, arrastrándose pe nosamente, en camillas, traían en las caras
cadavéricas y en los cuerpos doblados la imagen más conmovedora de la campaña.
Esta desnudaba por primera vez su realidad, en los cuerpos heridos de bala y
espinas, arruinados a golpes. Todos los días llegaban centenares: el 6 de
agosto fueron 216 plazas y 26 oficiales; el 8, fueron 150; el 11 fueron 400; el
12 fueron 260; el 14 fueron 270; el 18 fueron 53 y así en más.
La población de la capital los recibía conmovida.
Como siempre sucede, el sentimiento colectivo ampliaba las impresiones
individuales. Un gran número de personas identificadas por la misma conmoción,
se vuelve exponente del sentir de cada uno y vibrando al unísono todas las
almas, presas en el mismo contagio y sugestionadas por las mismas imágenes,
todas las individualidades se apagaban en el anonimato ennoblecedor de la
multitud piadosa que pocas veces apareció tan digna en la historia. La vasta
ciudad se convirtió en un hogar. Se organizaron comisiones patrió ticas para
recibir donativos que espontáneamente surgían numerosos y constantes. En el
Arsenal de Guerra, en la Facultad de Medicina, en los hospitales, en los
conventos, se improvisaron enfermerías. En cada uno de estos lugares los
gloriosos mutilados fueron puestos bajo el patrocinio de algún nombre ilustre:
Esmarck, Claude Bernard, Duplay, Pasteur 310, jamás habían tenido tan bella
consagración del futuro. Aventajándose al gobierno, el pueblo se constituyó en
tutor natural de los enfermos, ampa rándolos, abriéndoles sus casas,
animándolos, auxiliándolos en las calles. Los días de visita invadía los
hospitales en masa, silencioso, religiosa mente. Se acercaban los visitantes a
los lechos como si en ellos tuvieran a viejos conocidos; con los que estaban en
mejores condiciones conversa ban sobre las pruebas sufridas y los arriesgados
lances sucedidos y al dejar esos trágicos exponentes de la guerra se llevaban
un juicio sobre la lucha más brutal de nuestros tiempos. Pero, por contraste
inevitable, sobre esa conmiseración profunda y general, vibraba un entusiasmo
intenso. Los mártires recibían ovaciones de triunfadores. Que surgían al azar,
espontáneas, sin combinaciones previas, rápidas, apareciendo y desa pareciendo
en cuartos de hora, como si se desencadenaran por movimien tos impulsivos. Los
días transcurrían entre multitudes ruidosas, en las calles y en las plazas, en
medio de expansiones discordantes, en una ala cridad singular, interrumpida por
llantos, por medio de los cuales se hacía la sombría conmemoración del
heroísmo. Los heridos eran como una dolorosa revelación, ciertamente, pero de
algún modo daban aliento.
En aquellas crueldades se retrataba la energía de
una raza. Aquellos hombres que llegaban dilacerados por las garras del jagungo
y de la ve getación reflejaban el vigor de un pueblo puesto a prueba, a prueba
de fuego, a prueba de hambre. Impresionadas por el cataclismo de la guerra, las
capas superficiales de una nacionalidad sacaban a luz sus elementos profundos
en esos titanes resignados y estoicos. Y por sobre todo, un pen samiento no
esbozado siquiera pero igualmente dominante, latente en todos los espíritus: la
admiración por la osadía de los sertanejos incultos, hombres de la misma raza,
enfrentados a los cuales se despedazaban de ese modo batallones enteros. . .
Y un largo
temblor tonificante vibraba en las almas. Se hacían rome rías hacia el cuartel
de la Palma, donde estaba herido el coronel Carlos Teles; a Jequitaia, donde
convalecía el general Savaget; y cuando este último pudo arriesgar algunos
pasos por las calles, paralizó completa mente toda la algarabía comercial de
la ciudad Baixa, en una ovación espontánea e inmensa que, irradiando de repente
y congregando a la población alrededor del heroico jefe de la 2^ columna,
transformó un día común de trabajo en día de fiesta nacional3n.
Sobre esta agitación llegaban diariamente
pormenores que la aumentaban. Por fin, positivamente, con rigor matemático, se
conocía la extensión del desastre. Era sorprendente.
Desde el 25 de junio en que había cambiado los
primeros tiros con el enemigo hasta el 10 de agosto, la expedición había tenido
2.049 bajas. En el total entraba la 1^
columna con 1.171 hombres y la 2^ con 878.
Discriminadamente los guarismos eran éstos:
" P columna. Artillería: 9 oficiales y 47 plazas heridos; 2 oficiales
y
12 plazas
muertos. Ala de caballería: 4 oficiales
y 46 plazas heridos;
30 oficiales
y 16 plazas muertos. Ingenieros: 1
oficial y 3 plazas heridos;
1 plaza
muerto. Cuerpo de policía: 6 oficiales y 46 plazas heridos; 3 oficiales y 24
plazas muertos. 5 9 de infantería: 4 oficiales y 66 plazas heridos; 1 oficial y
25 plazas muertos. 79: 8 oficiales y 95 plazas he ridos; 5 oficiales y 52
plazas muertos. 99: 6 oficiales y 59 plazas heridos;
2 oficiales y 22 plazas muertos. 149: 8 oficiales y 119 plazas heridos;
5 oficiales y 22
plazas muertos. 159: 5
oficiales y 30 plazas heridos;
10 plazas muertos. 169: 5 oficiales y 24 plazas
heridos; 10 plazas muer
tos. 259: 9 oficiales y 134 plazas heridos; 3
oficiales y 55 plazas muer
tos. 27?: 6 oficiales y 45 plazas heridos; 24
plazas muertos. 309: 10 oficiales y 120 plazas heridos; 4 oficiales y 35 plazas
muertos.
" 2^
columna. 1 general herido. Artillería: 1 oficial muerto. 12? de infantería: 6
oficiales y 120 plazas heridos; 1 oficial y 50 plazas muer
tos. 269: 6 oficiales y 36 plazas heridos; 2
oficiales y 22 plazas muertos.
319: 7
oficiales y 99 plazas heridos; 4 oficiales y 48 plazas muertos. 32°: 6
oficiales y 62 plazas heridos; 4 oficiales y 31 plazas muertos. 33?: 10
oficiales y 65 plazas heridos; 1 oficial y 15 plazas muertos.
349: 4
oficiales y 18 plazas heridos; 7 plazas muertos. 35°: 4 oficiales y 91 plazas
heridos; 1 oficial y 22 plazas muertos. 409: 9 oficiales y 75 plazas heridos; 2
oficiales y 30 plazas muertos”.
Y la
hecatombe progresaba con una media diaria de ocho hombres fuera de combate. Por
otro lado, los adversarios parecían disponer de extraordinarios recursos.
VERSIONES Y LEYENDAS
Todo se transfiguraba en dimensiones exageradas por
imaginaciones su-perexcitadas. Un reciente mensaje del Senado Federal donde
había gol peado también la ola general de conmoción, requiriendo en vehementes
declaraciones que se esclarecieran denuncias sobre si se habían despa chado
desde Buenos Aires con destino a los puertos de Santos y de Bahía, armas que
parecían destinadas a los amigos del Conselheiro, de muestra cómo las
fantasías ampliadas por el nerviosismo general adqui rían visos de realidad.
Completaban el mensaje las noticias aparecidas en
los órganos más serios 312 de la prensa de los países americanos, lo que al
mismo paso, reflejaba el modo de pensar de esas repúblicas. Quizá el de mayor
peso de América del Sur * después de referirse a los curiosos sucesos de la
campaña, le agregaba pormenores de un simbolismo extraño: "Se trata de dos
misivas que, con intervalo de dos días, recibimos de la Sección Buenos Aires de
la unión internacional de los amigos del imperio del Brasil comunicándonos que
por orden de la sección ejecutiva, en Nueva York, la referida Unión tiene
todavía una reserva de no menos de 15.000 hombres — sólo en el estado de Bahía—
para reforzar, en caso de nece sidad, el ejército de fanáticos; además de 1 0
0 .0 0 0 en varios estados del norte del Brasil y más de 67.000 en ciertos
puntos de los Estados Unidos de América del Norte, prontos a salir en cualquier
momento hacia las costas del ex imperio, todos bien armados y preparados para
la guerra. También tenemos, agregan las misivas, armas de los sistemas más mo
dernos, municiones y dinero en abundancia.
"De una redacción, caligrafía y ortografía
correctas, estas enigmáticas comunicaciones traen en el encabezamiento la misma
inscripción que las suscribe, escritas con tinta que hace recordar la violácea
coloración de los muertos, destacándose las mayúsculas con rojo, el rojo color
de la sangre.
* La Nación de Buenos Aires, 30 de julio.
"Ante el cuadro formidable de hombres y armas
que nos presentan los misteriosos amigos del imperio, de forma no menos
misteriosa, no podemos menos que pensar en una de aquellas terribles
asociaciones que forjan en las cuevas sus planes de destrucción o en algunos
caballeros dados a la mistificación.
"Mientras tanto, por lo que pueda haber de
verdad en el fondo de todo esto, es que lo hacemos constar y acusamos recibo de
las repetidas mi sivas”.
Se creía. La cuarta expedición había sucumbido en
el territorio de la guerra. Lo decían insospechados informes. Sólo del
municipio de Itapi-curu, se afirmaba, habían partido 3.000 fanáticos hacia
Canudos condu cidos por un cura que rechazando los principios ortodoxos iba
allá a co mulgar con las tonterías abstrusas del cismático. Por Barroca
pasaban cen tenares de bandoleros armados siguiendo el mismo rumbo. Se citaban
los nombres de los nuevos cabecillas. Apelativos funambulescos como los de los
chouans: Pedro el Invisible, José Gamo, Caco de Ouro, y otros.
Agravando estas conjeturas, venían noticias
verdaderas. Los sertanejos andaban por el sertón en expediciones atrevidas:
atacaron el puesto de Mirandela, guiados por Antonio Fogueteiro; atacaron,
tomaron y saquea ron la Vila de Santa Ana de Brejo; andaban así por todas
partes. Se ex tendían por los campos mostrando rasgos de una estrategia
segura. Ade más de la aldea, tenían dos nuevas posiciones de primer orden: las
ver tientes caóticas del Caipá y las cuerdas de cerros alrededor de la Várzea
da Erna. Desbordando de Canudos, la insurrección se explavaba por los lados de
un triángulo enorme en el que podían inscribirse cincuenta mil bayonetas.
Los convoyes que partían de Monte Santo, aunque
reforzados, no por batallones sino por brigadas, hacían un viaje accidentado,
obstaculizado por constantes asaltos. Alcanzado el Aracati, era indispensable
que vinie sen de Canudos dos o tres batallones para protegerlos. El siniestro
tramo de camino entre el Rancho do Vigário y las Baixas, era el pavor de los
más probados valientes. Era el sitio clásico de parada de los bueyes v de la
dispersión de los cargueros espantados por los tiroteos vivos, atrope llando
pelotones enteros en su retroceso feroz de fuga.
En esos encuentros sucesivos, adrede hechos para
perturbar las mar chas, comenzó a observarse una variante del jagungo, aue lo
auxiliaba indirectamente. Entre los claros de las ramas pasaban veloces, en el
ver tiginoso vagar de las guerrillas, brillos de botones de uniformes, vivos
de pantalones.
El desertor hambriento atacaba a los antiguos
compañeros.
Era un lamentable síntoma que se sumaba a otros de
la campaña, cuya imagen, día a día, se ensombrecía con episodios y sucesos
triviales.
Los soldados enfermos, en perenne contacto con el
pueblo que les ha blaba, se habían constituido en rudos cronistas de los
hechos y nos los
confirmaban de forma imaginativa, porque su misma
ingenuidad les dic taba los casos que narraban, verídicos en su esencia, pero
deformados por exageraciones. Urdían extraños episodios. El jagungo comenzó a
aparecer como un ente aparte, monstruoso, medio hombre y medio duen de,
violando las leyes biológicas con su resistencia inconcebible, arroján dose de
manera nunca vista sobre el adversario, deslizándose invisible por la caatinga,
como las víboras, cayendo por los despeñaderos más hon dos como un espectro,
más débil que la espingarda que cargaba, flaco, seco, fantástico, de peso menor
que el de un niño, sólo piel bronceada sobre los huesos, áspera como la
epidermis de las momias 313.
La imaginación popular de allí en más, deliraba la
embriaguez de los casos estupendos, cosidos de fantasías.
Algunos eran rápidos, reflejando incisivamente la
energía invencible de esos cazadores de ejércitos.
En una de las refriegas siguientes al asalto, había
quedado prisionero un curiboca joven que a todas las preguntas respondía
automáticamente con altiva indiferencia:
— ¡No sé!
Por fin le preguntaron cómo quería morir:
— ¡De tiro!
— ¡Pues va a ser a cuchillo! — lo contradijo el soldado.
Así fue. Y cuando el filo le abría la garganta, la
primera ola de sangre espumante no apagó el último grito que brotó de la boca
ensangrentada:
— ¡Viva el Buen Jesús!
Otros mostraban líneas épicas:
El l 9 de julio, el hijo mayor de Joaquim
Macambira, muchacho de dieciocho años, se acercó al mañero cabecilla:
— Padre, quiero destruir a la matadora.
El astuto guerrillero, especie grosera de Imanus,
cobrizo y bronco, lo encaró impasible:
— Consulta al Conselheiro y anda.
El valiente marchó seguido de once compañeros
dispuestos. Traspu sieron el Vaza-Barris, atacaron la cuesta ondulante de la
Favela. Se me tieron, deslizándose como víboras, por las caatingas ralas.
Era el mediodía. El sol golpeaba la tierra a pico,
sin hacer sombra, en rayos verticales y ardientes. . .
En esos lugares, el mediodía es más silencioso y
lúgubre que la me dianoche. Reverbera en las rocas, se refleja en las
planicies desnudas, es repelido por el suelo reseco y todo el calor emitido
sobre la tierra se revierte hacia el espacio en columnas ascendentes por el
aire irrespirable. La naturaleza queda enervada, en quietud absoluta. No sopla
la brisa más leve. Ni un ala agita el aire cuya transparencia, junto al suelo,
se perturba en ondulaciones rápidas y ardientes. La fauna de las caatingas reposa.
Las ramas marchitas de los árboles penden sin movimiento. . .
En lo alto de la montaña, abatido por la canícula,
descansaba el ejér cito. Echados al azar por las laderas, las gorras caídas
sobre la cara para taparse, dormitando o pensando en el hogar distante, los
plazas aprove chaban los breves momentos de tregua para rehacer sus fuerzas.
Enfrente, extendida sobre colinas, minúsculas casas en desorden, sin calles ni
pla zas, grupo incoherente de ranchos, aparecía Canudos, desierto y mudo como
una antigua tapera.
Todo el ejército reposaba. . .
En eso despuntan, cautos, aparecen a orillas de las
matas rastreras y cerradas, en lo alto, donde está situada la artillería, doce
caras inquie tas, miradas felinas, rápidas, recorriendo todos los puntos. Doce
caras solamente, de hombres todavía agachados, en medio de las bromelias.
Aparecen lentamente. Nadie los ve. Les dan las espaldas con indiferencia
soberana veinte batallones en paz. Delante divisan la presa codiciada. Como un
animal fantástico, el cañón Withworth, la matadora, se empina sólido. Vuelto
hacia Belo Monte, la boca rugidora y truculenta que tantas granadas había
arrojado sobre las iglesias sacrosantas. Le caen sobre el dorso negro los rayos
del sol, brillando. Los fanáticos lo contemplan. Se levantan después. Se
arrojan sobre el monstruo. Lo asaltan, lo aferran, uno trae una palanca. La
levanta amenazador y rápido. . .
Y el golpe cae, estalla tañendo.
Es un grito de alarma que estalla en la mudez
universal de las cosas, se multiplica en las quebradas, llena todo el espacio,
detona en ecos que atruenan los valles y los morros con una vibración triunfal,
sacu diendo violentamente al campamento entero. . .
Aceleradamente se formaron las divisiones. En un
segundo, los asal tantes se ven rodeados por un círculo de espingardas y
sables, bajo una descarga de golpes y de tiros. Sólo uno se salva, golpeado y
herido, co rriendo, saltando, rodando, entre los soldados, entre las balas,
entre la cerca de bayonetas, cayendo en medio de las caatingas, despeñándose
finalmente sobre abismos desde las cumbres de la montaña. . .
Estos y otros casos — exagerado novelar de los
hechos más triviales— le daban a la campaña un tono impresionante y legendario
que impresicr naba a la opinión pública de la vieja capital y a todo el país. .
.
Era urgente una intervención más enérgica del
gobierno. La imponía por sobre las aprehensiones crecientes, las últimas
peripecias de la lucha y la ignorancia sobre el curso real de las operaciones.
Las opiniones, como siempre, eran disparatadas y discordes. Para la mayoría,
los rebeldes con taban con elementos serios. Era evidente. No se comprendía
que venci dos en todas las órdenes del día —heroicamente escritas— teniendo
to davía franca la fuga hacia los sertones del Sao Francisco, donde no se los podía
descubrir, esperasen pertinaces en la aldea, que se les cerraran, mediante el
cerco, las últimas puertas de salida. Con lógica, deducían corolarios graves.
Aparte de la hipótesis sobre la devoción sobrehumana que los hacía sucumbir en
masa bajo los escombros de los templos, se imaginaban preparativos guerreros
formidables, capaces de desbaratar la estrategia regular. El número que se
decía diminuto, de los que perma necían en Canudos arrostrando todo, por
cierto, era un engaño armado para arrastrar hasta allí al ejército,
desgastándolo en combates estériles, hasta que en otros lugares se congregasen
fuertes contingentes para el asalto final sobre los sitiadores, poniéndolos
entre dos fuegos.
Contrariaban juicios más alentadores. El coronel
Carlos Teles, en carta dirigida a la prensa 314, afirmó de manera clara el
número reducido de los jagungos — doscientos hombres válidos, quizá sin ningún
recurso— sólo abastecidos y equipados con lo que habían tomado de las
anteriores expe diciones. El optimismo del valiente, de hecho exagerado, fue
ahogado por la incredulidad general. La estimulaban todos los hechos y sobre
todo, las apariciones diarias de heridos, acreciendo la conmoción nacional.
LA BRIGADA GIRARD
Sobrevinieron otros hechos igualmente desastrosos.
Atendiendo a los pri meros reclamos del general Artur Oscar, el gobierno había
organizado rápidamente una brigada auxiliar que, al revés de las otras, no
entraba en la guerra distinguida por el número. Según una loable práctica, sin
tradición entre nosotros, merced a la cual se extiende a los comandados la
gloria del comandante, tenía un nombre: Brigada Girard.
La dirigía el general Miguel Maria Girard y la
formaban tres cuerpos salidos de la guarnición de la Capital Federal: el 2 2 ?
del coronel Bento Tomás Gongalves, el 249 del teniente coronel Rafael Tobías y
el 38*? del coronel Filomeno José da Cunha. Eran 1.040 plazas y 68 oficiales,
perfectamente armados y llevando a la lucha insaciable el regalo esplén dido
de 850.000 cartuchos Máuser.
Pero, por una serie de circunstancias que sería
largo enumerar, en lugar de auxiliar, esta tropa se convirtió en un agente
debilitante. Salió
de Río de Janeiro bajo el mando de su jefe y
llegaron a Queimadas el
31 de julio.
Partió de allí el 3 de agosto dirigida por un coronel, hasta Monte Santo.
Marchó hacia Canudos el 10 de agosto bajo el comando de un mayor 31S. Había
dejado en Bahía a un coronel y algunos oficiales enfermos. En Queimadas dejó un
general, un teniente coronel y algunos otros oficiales también enfermos. En
Monte Santo dejó un coronel y otros oficiales más enfermos.
EXTRAÑO HEROISMO
Se descomponía por el camino. Partían de ella
pedidos de reforma más alarmantes que el aniquilamiento de una brigada. Un
beriberi excepcional exigía, no ya la pericia de sabios médicos, sino el examen
de psicólogos agudos. Porque el miedo tuvo allí a sus grandes héroes que
mostraron el estupendo coraje de decirle a un país entero que eran cobardes.
Al salir de Queimadas hacia el sertón, aquella
fuerza encontró los primeros grupos de heridos y fue marcada por el estupor de
la guerra. Por medio de su campamento en Contendas, pasaron el general Savaget,
el coronel Néri, el mayor Cunha Matos, el capitán Chachá Pereira y otros
oficiales. Los recibió con entusiasmo: oficiales y plazas formados al lado del
camino saludándolos. Pero después se les apagó el fervor. A los tres días de
viaje comenzó a sufrir privaciones, viendo disminuidos los víveres que llevaban
y repartían con los sucesivos grupos de heridos que encontraban por el camino,
llegando cansados y hambrientos a Monte Santo.
EN
VIAJE HACIA CANUDOS
Tomó hacia Canudos donde era ansiosamente esperada
el 10 de agosto, totalmente despojada del espléndido aparato jerárquico con que
había nacido. La dirigía el fiscal del 24?, Henrique de Magalháes, estando los
cuerpos bajo el mundo del mayor Lidio Porto y los capitanes Afonso de Oliveira
y Tito Escobar. La marcha fue difícil y lenta. Desde Queimadas se luchaba con
serias dificultades de transporte. Los cargueros, animales viejos y cansados,
muías escapadas de las carrozas de Bahía y troperos improvisados, rengueaban,
tropezaban por los caminos, inmovilizaban a los batallones y demoraban el
avance.
De ese modo llegaron a Aracati, donde les
entregaron un convoy que debían proteger hasta Canudos.
En ese momento los diezmaba la viruela. Todos los
días salían dos o tres enfermos de las filas y volvían al hospital de Monte
Santo. Otros, lastimados por esa repentina transición de las calles asfaltadas
de la Capi
tal Federal hacia esos ásperos caminos, se
distanciaban, se perdían en la retaguardia, se confundían con los heridos que
venían en dirección opuesta.
De modo que al pasar por Jueté, el 14 de agosto, le
fue providencial encontrarse con el 159 batallón de infantería, ya endurecido
en la lucha y que había venido de Canudos. Porque al día siguiente, después de
acampar en las Baixas, donde pararon el día anterior para aguardar la llegada
de gran número de plazas retrasados, fue violentamente atacada en el Rancho do
Vigário. Los jagungos la sorprendieron de flanco, por la derecha, desde lo alto
de un cerro dominante, y casi de frente, desde una trinchera marginal. La
abarcaron entera en una descarga única. Cayeron muertos, en el frente, un
alférez del 24*? y en la retaguardia, otro del 38?. Cayeron algunos plazas en
las filas interiores. Algunos pelo tones se embarullaron sorprendidos, bisoños
todavía ante los ataques fe roces de los guerrilleros. La mayoría disparó
desesperadamente sus armas. Estallaron voces trémulas, cornetas, gritos
desencontrados de mando. Despavoridos se escaparon los cargueros. Los bueyes se
metieron por la caatinga. . .
Tomando la vanguardia, el batallón 159, guió a los
vacilantes comba tientes. No se repelió al enemigo. La retaguardia, al pasar
por ese mismo punto, fue a su vez atacada.
Después de este revés, porque lo fue, basta decir
que de ciento dos bueyes que arrastraban el convoy sólo quedaron once, la
brigada de nova tos fue nuevamente embestida en el Angico. Dio una carga
todavía pla tónica de bayonetas en la que no perdió un solo soldado, y
finalmente, entró en Canudos donde los rudos campeadores que allí permanecían
bajo la disciplina tiránica de los tiroteos diurnos los acogieron con el nombre
de la Mimosa. Nombre que sus bravos oficiales hicieron olvidar.
VIII
NUEVOS
REFUERZOS
Este ataque llegó a Bahía con las proporciones de
una batalla perdida, poniendo un punto más al desequilibrio general, y el
gobierno comenzó a actuar con la agilidad requerida por la situación.
Reconocida la inefi cacia de los refuerzos recién enviados, se trató de formar
una nueva división, juntando los últimos batallones dispersos por los Estados
capaces de una movilización rápida. Y para evaluar de cerca la situación,
resolvió enviar a la base de operaciones a uno de sus miembros, el Secretario
de Estado de los Negocios de la Guerra, mariscal Carlos Machado de
Bitten-court.
Partió éste en agosto hacia Bahía al tiempo que de
todos los rincones del país salían nuevos luchadores. El movimiento armado,
repentina mente, se había generalizado, asumiendo la forma de un levantamiento
en masa.
Las tropas afluían desde el extremo norte y desde
el extremo sur, aumentadas por los cuerpos policiales de Sao Paulo, Pará y
Amazonas. En esa convergencia en el seno de la antigua metrópolis, el paulista,
descendiente del bandeirante aventurero; el riograndense, jinete bravo; el
curiboca norteño, resistente como pocos, índoles dispares, hombres de climas
opuestos, de contrastados usos y tendencias étnicas, desde el mes tizo oscuro
al caboclo trigueño y al blanco, allí se reunían bajo el lazo de una aspiración
uniforme. La antigua capital los agasajaba en el recinto de sus viejos
baluartes, rodeando en un mismo agasajo fraterno y calu roso a la inmensa
prole dispersada desde hacía tres siglos. Después de estar largamente
desparramados, los varios factores de nuestra raza volvían repentinamente al
punto de donde habían partido, en vista de un entre lazamiento hermoso. Bahía
se atavió para recibirlos. Aquel reflujo de la campaña la había transfigurado —
mártires que llegaban, combatientes que salían— y rota la habitual apatía, se
revestía con el aspecto guerrero del pasado. Las inútiles fortalezas que tiene
intercaladas, decadentes en su aparcería con las casas burguesas, fueron
prontamente reparadas, corta dos los árboles que les tapaban las murallas, y
resurgían a la luz, recor dando las épocas en que aquellas almenas rugían sus
largas culebrinas de bronce 318.
En ellas se acuartelaban los contingentes recién
llegados: el l 9 batallón de policía de Sao Paulo con 458 plazas y 21
oficiales, bajo el mando del teniente coronel Joaquim Elesbáo dos Reis; los
299, 399 379, 289 y 49 dirigidos por el coronel Joáo César de Sampaio,
tenientes coroneles José da Cruz, Firmino Lopes Regó y Antonio Bernardo de
Figueiredo y mayor Frederico Mara, con los siguientes efectivos: 240 plazas y
27 oficiales; 250 plazas y 40 oficiales; 332 plazas y 51 oficiales; 250 plazas
y 11 oficiales, además de 36 alféreces agregados; y el 49 con 219 plazas y 11
alféreces que eran toda la oficialidad, pues no tenían ni capitanes ni
tenientes. Por fin, dos cuerpos, el regimiento policial de Pará, solamente 640
hombres comandados por el coronel José Sotero de Meneses y uno de la policía
del Amazonas, bajo el mando del teniente Cándido José Mariano con 328 soldados.
Estos refuerzos, que llegaban a 2.914 hombres,
incluidos cerca de trescientos oficiales, fueron repartidos en dos brigadas, la
de línea, bajo el mando del coronel Sampaio y los de la policía — excluida la
de Sao Paulo que había salido sola hacia el frente bajo el mando del coronel
Sotero— constituían una división que fue entregada al general de brigada Carlos
Eugenio de Andrade Guimaráesm.
Todo el mes de agosto se gastó en la movilización.
Llegaban a Bahía, se aprovisionaban de municiones y embarcaban hacia Queimadas.
De allí a Monte Santo, donde debían concentrarse en los primeros días de
setiembre.
Los batallones de línea, además de disminuidos,
como lo indican los números citados arriba, reducidos casi a dos compañías,
venían desprovis tos de todo, sin los más elementales pertrechos bélicos,
aparte de viejas espingardas y uniformes gastados que habían utilizado en la
reciente campaña federalista del sur.
EL MARISCAL BITTENCOURT
El mariscal Carlos Machado de Bittencourt,
principal árbitro de la situa ción, desarrolló una notable actividad.
Venía a propósito para las dificultades del
momento.
Era un hombre frío, un escéptico tranquilo e
inofensivo. En su sim plicidad perfectamente plebeya, morían las expansiones
generosas. Mili tar hecho, era capaz — y lo demostró más tarde acabando
trágicamente su vida 318— de echarse sobre los mayores riesgos. Pero fríamente,
equi libradamente, siguiendo las líneas del deber. No era un bravo ni era un
pusilánime.
Nadie podía sorprenderlo en un lance de arrebatado
heroísmo. Nadie podía imaginarlo sustrayéndose tortuosamente a una situación
peligrosa. Sin ser una organización militar completa se había formado en un
auto matismo típico de esas máquinas de nervios y músculos hechas para actuar
mecánicamente, según la presión inflexible de las leyes.
Pero esto, menos por educación disciplinada y
sólida que por tempe ramento, inerte, pasivo, cómodamente engarzado en los
reglamentos. Fuera de eso era nulo. Tenía el fetichismo de las determinaciones
escri tas. No las interpretaba ni las criticaba: las cumplía. Buenas o
pésimas, absurdas, extravagantes, anacrónicas, estúpidas o útiles, fecundas,
gene rosas y dignas, lo volvían proteiforme, reflejándola bueno o detestable,
extravagante o generoso y digno. Estaba escrito. Por eso, siempre que los acontecimientos
políticos las embarullaban, cauteloso, se retraía en el olvido.
El mariscal Floriano Peixoto — profundo conocedor
de los hombres de su tiempo— en los períodos críticos de su gobierno, cuando la
índole personal de sus adeptos o adversarios influía, sistemáticamente lo dejó
de lado. No lo llamó, no lo apartó, no lo prendió. Le era igualmente insig
nificante como partidario que como adversario. Sabía que el hombre cuya carrera
seguía una línea recta, seca, inexpresiva, no daría un paso a favor o en contra
del cerrojo del estado de sitio.
La República fue un accidente inesperado al final
de su vida. No la quiso nunca. Lo saben cuantos con él lidiaron. Le pareció
siempre una novedad irritante, no porque cambiaba los destinos de un pueblo
sino porque alteraba unas ordenanzas y unos decretos y unas fórmulas, viejos
preceptos que sabía leer de memoria.
Al salir hacia Bahía enfrió los entusiasmos. Quien
se acercaba a él buscando aliento, una intuición feliz, un rasgo varonil,
buscando una situación emocionante y grave, que hasta allá lo llevaba, se
encontraba sorprendido con la esterilidad de unos conceptos triviales, con
intermi nables frivolidades cruelmente enfadosas sobre paradas de tropas,
intermi nables minucias sobre las distribuciones de alimentos y remontas de
caba lladas, como si este mundo fuese una inmensa Casa de Ordenes, y la
historia una variante de la escritura de los sargentos.
Llegó a aquella capital cuando estaba en la
plenitud de su fervor patriótico y en cierto modo lo debilitó. Manifestaciones
ruidosas, versos llameantes, oradores explosivos le pasaron por delante,
estallaron a su alrededor, deflagraron en sus oídos, crepitaron en palmas y
aplausos. Los escuchó indiferente. No sabía responderles. Tenía la palabra
difícil y pobre. Además, todo cuanto salía del orden rutinario de la vida no lo
conmovía, lo desorientaba y contrariaba.
Recién llegados de la lucha, pidiéndole una
transferencia o una licen cia, nada ganaban si, obviando la formalidad de un
certificado médico, le mostraban el agujero de un tiro de trabuco o una
cicatriz sanguinolenta o un rostro cadavérico. Eran cosas banales, propias del
oficio.
Cierta vez, esa insensibilidad lastimosa calló
profundamente. Fue en una visita a uno de los hospitales.
El aspecto del amplio salón era impresionante.
Imaginen dos extensas filas de lechos blancos y
sobre ellos, en todas las actitudes, rígidos debajo de las sábanas corridas
como mortajas, de bruces o encogidos contra los barrotes en contorsiones de
dolor, sentados, o acurrucados o sacudidos en gemidos, cuatrocientos enfermos.
Cabezas envueltas en vendas sanguinolentas, brazos sostenidos en cabestrillos,
piernas rígidamente extendidas entre tablillas, pies deformes por la hin
chazón, pechos agujereados a bala y tajeados a cuchillo, todos los trauma tismos
y todas las miserias. . .
La comitiva que acompañaba al ministro —
autoridades del estado y militares, periodistas, hombres de toda condición —
entró silenciosamente, sobrecogida de temor.
Comenzó la lúgubre visita. El mariscal se
aproximaba a uno y otro lecho, leyendo maquinalmente la papeleta prendida a la
cabecera y seguía.
Pero tuvo que detenerse un momento. Enfrente,
emergiendo entre las mantas, la cara abatida de un viejo, un cabo de escuadra,
veterano de treinta y cinco años de filas. Una vida golpeada desde los esteros
del Paraguay hasta las caatingas de Canudos. Había reconocido al ministro
del cual fuera ordenanza en los buenos tiempos de
la mocedad, cuando lo acompañaba en la batalla, en los acantonamientos, en las
marchas fatigantes. Y con voz temblorosa y ronca, en una alegría dolorosa, en
un delirio de frases rudas y sinceras, hablaba, agitado, los ojos brillantes de
felicidad y de fiebre, haciendo fuerza para levantarse, sacando el cuer po
esmirriado y los brazos flacos y temblorosos, entreabierta la camisa de algodón
que dejaba ver la marca de una antigua cicatriz. . .
La escena era desgarrante. Los pechos oprimidos
respiraban agitados. Los ojos se empañaban en lágrimas. . . y el mariscal
Bittencourt prose guía, tranquilamente, la lectura maquinal de las papeletas.
Es que todo eso — fuertes emociones o cuadros
lancinantes— estaba fuera de programa. No lo distraía.
Era realmente el hombre adecuado para la
emergencia. El gobierno no encontraría a nadie mejor para transmitir la acción,
intacta, delineada rectamente en el tumulto de la crisis.
En ese negarse a sí mismo, abdicando todas las
regabas de su posición, se hizo, en la auténtica significación del término, el
Cuartel Maestre Ge neral 819 de una campaña en la que era jefe supremo un
inferior jerár quico suyo 32°.
Es que su buen sentido sólido, blindado de la
frialdad que lo libraba de cualquier perturbación, hizo que comprendiese las
exigencias reales de la lucha. Comprendió que lo menos valioso era la
acumulación de un mayor número de combatientes. Enviando más gente a la zona de
guerra se agravaba el estado de los que allá estaban, compartirían las mismas
privaciones, le reducirían los escasos recursos. Lo que era necesario com
batir y vencer no era el jagungo sino el desierto. Se volvía imprescindible
darle a la campaña lo que no había tenido: una línea y una base de operaciones.
Se terminaba por donde se debió comenzar. Y esa empresa fue impulsada por el
ministro. Ocupado durante su estadía en Bahía por un sinnúmero de cuestiones
menores — equipamiento de los batallones que llegaban, alejamiento para los
grupos interminables de heridos— su espíritu les superponía siempre aquel
objetivo capital, condición pre ponderante, quizá única, del serio problema a
resolver. Y lo consiguió, venciendo, con tenacidad, numerosas dificultades.
En los últimos días de agosto se organizó,
finalmente, un cuerpo regu lar de convoyes que corrían continuamente los
caminos y ligaban efecti vamente, con breves intervalos de días, al ejército
en operaciones con Monte Santo.
Este resultado presagiaba el desenlace próximo de
la contienda. Por que desde el comienzo, lo demostraron las expediciones
anteriores, las causas del fracaso reposaban en gran medida, en el aislamiento
en que se enclavaban los expedicionarios, perdidos en una región estéril, solos
ante el enemigo, realizando espectaculares movimientos policiales sin los
mínimos recaudos estratégicos.
El mariscal Bittencourt, por lo menos hizo eso:
convirtió un conflicto enorme en una campaña regular. Hasta entonces, sólo hubo
un desplie gue pródigo de bravura cristalizado en un asedio platónico y
dudoso, recortado en fusilerías inútiles en las que se jugaba noble y estúpida
mente la vida. Y eso se prolongaría hasta que la aldea siniestra absorbiera uno
a uno, a sus sitiadores. La simple sustitución de los que caían, de ocho a diez
por día, lo convertía en un círculo vicioso muy cruel. Además, el gran número
de asaltantes era un factor agravante. Cerrarían la aldea, le taparían todas
las salidas, pero tendrían a su alrededor las líneas de otro cerco, el
desierto, las caatingas poniéndolos en medio de la presión creciente del
hambre. El mariscal Bittencourt lo previo.
COLABORADORES
DEMASIADO PROSAICOS
Un estratega superior, atraído por la forma técnica
de la cuestión, dibu jaría rasgos tácticos que no resolverían nada. Uun
luchador brillante idearía nuevos ataque que abatieran a los rebeldes e iría a
estrellarse a paso redoblado por las caatingas. El mariscal Bittencourt,
indiferente a todo esto — impasible dentro de la impaciencia general—
organizaba convoyes y compraba muías.
De hecho, esa campaña cruel y en verdad dramática,
sólo tenía una solución y era singularmente humorística.
En la emergencia, mil burros valían por diez mil
héroes. La lucha, con su cortejo de combates sangrientos, caía, deplorablemente
prosaica, en un plan oscuro.
Dispensaba el heroísmo, desdeñaba el genio militar,
excluía los ata ques de las brigadas, sólo quería troperos y muías. Esta
manera chocaba con el lirismo patriótico y dolía, parecía un epigrama malévolo
de la historia. Por fuerza, había que utilizar la intrusión de tales
colaboradores en nuestros destinos. El más calumniado de los animales 321 iba a
asentar sus patas en la cumbre de una crisis e iba a resolverla.
Además, sólo ellos podían darle a las operaciones
la celeridad exigida por las circunstancias. El caso es que la guerra sólo
podía prolongarse por un máximo de dos meses. Más de tres meses sería la
derrota, el abandono de cuanto se había hecho, la parálisis obligada.
En noviembre, la zona entraría en el régimen
torrencial y eso traería consecuencias incurables.
Por los lechos entonces secos de los arroyos
correrían ríos de aguas barrosas y el Vaza-Barris se convertiría en un torrente
enorme y dilatado que cortaría todas las comunicaciones.
Después, cuando los caudales se extinguiesen —
porque el torbellino de las aguas derivando hacia el Sao Francisco y hacia el
mar, se agota con la misma celeridad con que se forma— aparecerían obstáculos
más
graves. Bajo la atmósfera de los días ardientes,
cada bañado, cada laguna efímera, cada cueva excavada entre piedras, cada pozo
de agua, es un laboratorio infernal que destila la fiebre que irradia latente
los gérmenes del paludismo, profusamente diseminado por los aires, ascendiendo
en número infinito de cada punto donde toca un rayo de sol y descendiendo sobre
las tropas, millares de organismos a los que el cansancio creaba una
receptividad mórbida funesta.
Era necesario liquidar la guerra antes de esa época
peligrosa, dispo niendo las cosas para un cerco real y firme que determinara
la rendición inmediata. Y vencido el enemigo que podía ser vencido, retroceder
ante el enemigo invencible y eterno, la tierra desolada y estéril. Para ello
era indispensable garantizar la subsistencia del ejército que con los últi mos
refuerzos alcanzaba cerca de ocho mil hombres.
El Ministro de la Guerra lo consiguió.
De modo que al partir, a comienzos de setiembre, hacia Queimadas
— dejaba dispuestos todos los elementos para el
próximo desenlace— lo esperaban concentrados en Monte Santo, las brigadas de la
División Au xiliar 322 y aunque todavía escasos, salían los primeros convoyes
regulares para Canudos.
Iban a tiempo para reanimar a la expedición que
hasta esa fecha, apri sionada por los flancos de la aldea, había pasado
cuarenta y tantos días en situación peligrosa e inútil. La mostramos al
transcribir el diario que no prolongamos para evitar la repetición dolorosa de
episodios que se sucedían sin variantes apreciables.
Los mismos tiroteos improvisados, violentos,
instantáneos, en horas inciertas; los mismos armisticios engañadores; la misma
apatía recortada de alarmas; la misma calma extraña y lastimosa,
intermitentemente rota con descargas. . .
Combates diarios, ya mortíferos, releando las filas
y privándolas de oficiales prestigiosos, ya ruidosos y largos, a la manera de
los encuentros entre los mercenarios en la Edad Media, agotándose en un
dispendio de millares de balas, sin un herido, sin un solo escoriado siquiera,
tanto de uno como del otro lado. Por fin, la existencia aleatoria, con raciones
escasas cuando las había, dividiéndose un buey y un kilo de harina por escuadra
y, como en los malos días de la Favela, las diligencias diarias, en las que se
preparaban cuerpos para juntar ganado.
Los convoyes eran inciertos. Llegaban a duras
penas, dejando parte de sus cargas por los caminos. Delante de los
expedicionarios se levantó de nuevo, como un gran peligro, el hambre.
Metidos en las casuchas o en tiendas por detrás de
los morros, o en las trincheras por las gradas de piedra, casi no temían al
jagungo. Los peligros consistían exclusivamente en salir de los refugios y caer
de un tiro. Las dos torres de la iglesia nueva seguían sobresaliendo en la
altura como dos amenazas siniestras sobre el ejército. Y nada escapaba a la
puntería de los que allí se emboscaban y que no la abandonaban ni en el mayor
fragor de los cañoneos. La travesía hacia la Favela continuaba siendo peligrosa,
haciéndose necesario estacionar una guardia a la margen del río, en el punto en
que salía el camino, para evitar que soldados imprudentes saliesen por ahí. En
ese punto recibían el bautismo de fuego los refuerzos que llegaban: el 15 de
agosto, la brigada Girard, reducida a 892 plazas y 56 oficiales; el día 23 el
batallón paulista con 424 plazas y 21 oficiales; y el 37? de infantería que
había precedido a la División Auxiliar, con 205 plazas y 16 oficiales, bajo el
mando del te niente coronel Firmino Lopes Regó. Los rudos adversarios los
dejaban bajar tranquilos las últimas faldas de la montaña, para hacerles en el
paso final, junto al río, una recepción triunfante y teatral, a tiros invaria
blemente acompañados por estridentes silbidos terriblemente irónicos.
Es que los nuevos antagonistas no los asustaban.
Permanecían en la misma actitud desafiadora. Y parecían más disciplinados. Se
arrojaban más ordenados y seguros en los asaltos. Recibían, a su vez, convoyes
que entraban por el camino de la Várzea da Erna sin que la tropa sitiadora los
capturase para no desguarnecer las posiciones ocupadas o, consideración más
seria, para evitar celadas peligrosas. Porque por las cercanías, deri vando
invisibles por las colinas del norte y desde allí hacia Canabrava y Cocorobó,
rondando de lejos a los batallones, andaban rápidas columnas volantes de
jagungos, de las cuales había señales evidentes. No pocas veces, un soldado
inexperto, al mirar hacia un cerro, caía atravesado por una bala que partía de
afuera de la aldea, desde las líneas intangibles de aquel otro asedio sobre la
tropa. Los animales de montar y de tracción muchas veces eran asustados a
tiros, en el área de pasto que tenían por las márgenes del río; y cierto día de
agosto, 20 muías de la artillería fueron capturadas, a pesar de estar bajo la
protección de un batallón aguerrido, el 5 9 de línea, sobre el cual cargaron de
acuerdo con la impor tancia de la presa deseada.
Estos incidentes demostraban el valor de los
rebeldes.
A pesar de que sus sitiadores no les daban tregua.
Los tres Krupps que desde el 19 de julio colocaron sobre la colina teniendo al
pie la van guardia del 259, desde donde se observaba el panorama de la plaza,
bombardeaban noche y día, incendiando y arruinando completamente la iglesia
vieja, cuyo maderamen estaba por entero al desnudo, el tejado destruido en gran
parte. No se comprendía cómo el campanero subía todavía hasta lo alto para
tocar las notas sagradas del Ave María.
Como si no bastase aquel bombardeo a quemarropa, el
23 de agosto bajó de lo alto de la Favela, el Withworth 32. Ese día fue herido
el general Barbosa cuando inspeccionaba la batería del centro, próxima al
cuartel general de la P columna. De modo que la llegada del monstruoso cañón
daba posibilidad de una revancha inmediata. Esta se realizó al amanecer del día
siguiente. Y fue formidable. La gran pieza detonó: se vio reventar con
estruendo el enorme schrapnell entre las paredes de la iglesia, le deshizo el techo,
derrumbó los restos del campanario hacién dolo saltar por el aire, sonando,
como si aún vibrase en la alarma, la vieja campana que al atardecer llamaba a
los combatientes para rezar. . .
Fuera de este incidente, el día fue perdido: se
rompió una pieza del aparato obturador del cañón haciéndolo enmudecer para
siempre. En las líneas de fuego cayeron ocho soldados y una fusilería cerrada,
incompara ble, marcó la noche hasta entrado el amanecer. Se reanudó durante el
día, después de un ligero armisticio, victimando a otros cuatro soldados que
con seis del 26? que aprovechando el tumulto habían desertado, elevaron las
pérdidas de ese día a 10. Se continuó el día 26 con la baja de cinco plazas; murieron
cuatro el 27, cuatro el 28, el 29 también fueron cuatro y se les agregó un
oficial y así de seguido, con la misma monotonía mortífera que exasperaba a la
tropa.
Las bajas, sumándose diariamente en parcelas poco
dispares, con los claros abiertos en todas las filas por los combates
anteriores, ya desde mediados de agosto, habían impuesto una reorganización de
las fuerzas raleadas. En la disminución del número de brigadas que pasaron de
siete a cinco, en el descenso de graduaciones en los mandos, se advertía que a
pesar de los refuerzos, la expedición estaba debilitada *.
* “Cuartel
General del Comando en jefe. Campo de combate en Canudos. 17 de agosto de 1897.
Orden del día NQ 102. Reorganización de las fuerzas en ope raciones en el
interior del Estado.
“En esta fecha pasa a tener la siguiente
organización la fuerza bajo mi co mando: 149 batallón de infantería bajo el
mando del capitán del 32?, Antonio da Silva Paraguagu: 22° bajo el mando del
mayor del mismo cuerpo Lidio Porto; 249 bajo el mando del mayor del mismo
cuerpo Henrique José de Magalháes; 389 bajo el mando del capitán del mismo
cuerpo Afonso Pinto de Oliveira, todos del arma de infantería, constituyendo la
1^ brigada, bajo el mando del coronel del 149, Joaquim Manuel de Medeiros; 159
bajo el mando del capitán del 389, José Xavier de Figueiredo Brito; 169 bajo el
mando del capitán del 24?, Napoleáo Felipe Aché; 279 bajo el mando del capitán
del 249, Tito Pedro Escobar; 339 bajo el mando del capitán José Soares de Meló,
constituyendo la 2“ brigada, bajo el mando del coronel del 279, Inácio Henrique
de Gouveia; 59 comandado por el capitán Leopoldo Barros e Vasconcelos del mismo
cuerpo; 79 bajo el comando del capitán del mismo cuerpo, Alberto Gaviáo Pereira
Pinto; 259 bajo el comando del mayor Henrique Severiano da Silva; 349 comandado
por el capitán Pedro de Barros Falcáo, constituyendo la 3^ brigada, bajo el
mando del teniente coronel del 259, Emídio Dantas Barreto; 59 regimiento de
artillería, comandado por el capitán del mismo, Joáo Carlos Pereira Ibiapina;
batería del 29 regimiento bajo el mando del l 9 teniente del 59 batallón de
posición Afrodísio Borba y batería de tiro rápido, comandada por el capitán del
l 9 de posición Antonio Afonso de Carvalho, constituyendo la brigada de
artillería, bajo el mando del coronel del 59 regimiento Antonio Olimpio da
Silveira, cuyas brigadas quedan formando parte
De los veinte batallones de infantería — aparte del
59 regimiento de artillería, el 59 de la policía bahiana, una batería de tiro
rápido y un escuadrón de caballería— quince eran comandados por capitanes y dos
de las brigadas por tenientes coroneles, no bajando el mando de las com pañías
a los sargentos por ser mayor el número de alféreces que de sargentos.
Pero en poco tiempo la situación cambiaría. Canudos
tendría a su alre dedor, en números rigurosamente exactos, treinta batallones,
excluidos los cuerpos de otras armas *.
Por los caminos avanzaba la división salvadora.
de la P columna, bajo el mando del general de
brigada Joáo da Silva Barbosa; 99 batallón de infantería, bajo el mando del
capitán del 31°, José Lauriano da Costa; 269 del comando del capitán del 40*?
Francisco de Moura Costa; 32t? bajo el comando del mayor del mismo cuerpo
Florismundo Colatino dos Reis Araújo Góis; 359 comandado por el capitán
Fortunato de Sena Dias, constituyendo la 49 brigada, bajo el mando del coronel
del 329, Donaciano de Araújo Pantoja; 12° de infantería del comando del capitán
del 31*?, Joaquim Gomes da Silva; 309 comandado por el capitán Altino Dias
Ribeiro; 319 bajo el mando del mayor del mismo cuerpo Joáo Pacheco de Assis;
4O9 bajo el mando del mayor Manuel Nonato Neves de Seixas, constituyendo la 5?
brigada bajo el comando del teniente coronel del 309, Antonio Tupi Ferreira
Caldas, las cuales formarán la 29 columna bajo el comando interino del coronel
Joaquim Manuel de Medeiros, pasando a mandar interinamente la 1^ brigada el
mayor del 16p, Aristides Rodríguez Vaz.
El contingente de caballería comandado por el
alférez del l 9 de caballería Joáo Batista Pires de Almeida, formará parte de
la l 9 brigada y a disposición de este comando con el contingente de ingeniería
y el 59 cuerpo de policía. Artur Oscar de Andrade Guimaraes, general de
brigada” .
* 4P, 59,
79, 99, 129, 149, 169, 229, 239, 249, 259, 26«?, 179, 289, 299, 309, 319, 329,
339, 349, 359, 379, 389 409 de línea; 5? de Bahía; 1 de Sao Paulo; 2 de Para; 1
del Amazonas. En total 30.
Se agrega: 59 regimiento de artillería; batería del
29 regimiento de la misma arma; una batería de tiro rápido; un escuadrón de
caballería; el 49 cuerpo de policía bahiana y el batallón patriótico “Moreira
César” de los convoyes.
NUEVA FASE DE LA LUCHA
I.—Queimadas. Una ficción geográfica. Fuera de la
patria. Delante de un niño. En el camino de Monte Santo. Nuevas animadoras. Una
burla entusiasta. . . Trincheras Sete dé Setembro. Camino de Calumbi. I I
—Marcha de la división auxiliar. Miedo glorioso. Buscando una media ración de
glo ria. Aspecto del campamento. El charlatanismo del coraje
III.—Embajada al cielo. Complemento del asedio.
I
NUEVA FASE DE LA LUCHA
QUEMADAS
Queimadas, poblado fundado a comienzos del siglo
pero en plena deca dencia se convirtió en un campamento ruidoso. El caserío
pobre, des parramado sin gracia a los lados de la plaza irregular, hondamente
arado por los desagües — un claro en los pastizales bravios que lo rodeaban— y
principalmente, la monotonía de las planicies que se abren a su alre dedor,
entre los morros desnudos, le dan un aire triste que completa su aspecto de
villarejo muerto en franco camino de convertirse en una tapera en ruinas.
Además, arrastraba recuerdos penosos. Allí habían
parado las fuerzas anteriores, en el mismo camino que se abría hacia la
caatinga, cuyos tonos pardos y cenicientos, de hojas quemadas, sugerían la
denominación del poblado. Montones de harapos, de trapos multicolores e
inmundos, de uniformes viejos, botines rotos, birretes y gorras, cantimploras
desfon dadas, todos los restos de los equipos diseminados por un área extensa
en la que blanqueaban las cenizas de las hogueras, delataban el paso de los
combatientes que por allí habían armado sus tiendas a partir de la expedición
Febrónio. Aquel suelo pisado por los rastros de diez mil hom bres, había
temblado con el vocerío de los vivaques: pasiones, ansiedades, esperanzas,
desalientos indescriptibles.
Traspuesta una accesible lomada, se veía un área
amplia de cultivos, rectilínea y larga, con un blanco al fondo, la línea de
tiro donde se había ejercitado la división Artur Oscar. Cerca y al costado, la
capilla pequeña y chata, como un barracón cerrado. Y en sus paredes,
cabriolando locamente, la caligrafía manca y la literatura ruda del soldado.
Todos los batallones habían colaborado en las mismas páginas, escribiéndolas a
punta de sable o tiznándolas con carbón, para grabar sus impresiones del momento.
Eran páginas demoníacas esos muros sacrosantos: períodos
cortos, incisivos, que daban escalofríos;
blasfemias fulminantes; impre caciones y mueras y vivas calurosos, las rayaban
en todos los sentidos, las profanaban, las disfrazaban con caracteres negros
ceñidos por puntos de admiración largos como lanzas 323.
De ahí hacia abajo, en una poco pronunciada caída,
un camino estrecho y mal construido, el camino de Monte Santo, por donde habían
salido esperanzadas tres expediciones sucesivas y de donde llegaban también
sucesivamente, bandas miserables de fugitivos. Vadeado el Jacurici, de aguas
rasas y mansas, el camino enfilaba campo afuera llevando a su vera los postes
de la línea telegráfica recién inaugurada.
UNA
FICCION GEOGRAFICA
La línea férrea corre por el lado opuesto. Esa
señal de progreso pasa por allí, inútil, sin siquiera atenuar el carácter
genuinamente rupestre del poblado. Se sale del tren, se cruzan unas centenas de
metros entre casas chatas y se choca en seguida, apenas termina la plaza, con
el sertón. . .
Se está en el punto de tangencia de dos sociedades,
totalmente ajenas una a la otra. El vaquero vestido de cuero emerge de la
caatinga, pasa por el caserío y detiene su caballo junto a las vías por las que
pasan vertiginosamente los patricios del litoral que no lo conocen.
FUERA
DE LA PATRIA
Los nuevos expedicionarios, al toparse con el
sertón, advirtieron esa transición violenta. Discordancia absoluta y radical
entre las ciudades de la costa y las aldeas de tejas del interior, lo que
desequilibra tanto el ritmo de nuestro desarrollo evolutivo y perturba
lastimosamente la unidad nacional. Se veían en tierra extraña. Otros hábitos.
Otras épocas. Otra gente. Otra lengua, articulada en giros originales y
pintorescos. Los invadía el sentimiento de ir a una guerra exterior. Se sentían
fuera del Brasil. La separación social completa dilataba la distancia geográ
fica, creaba la sensación nostálgica de un largo apartamiento de la patria.
Además, la misión que allí los llevaba, hacía más
hondo el antago nismo. El enemigo estaba allí, hacia el este y hacia el norte,
escondido en las planicies, y en el fondo de ellas, a lo lejos, se desarrollaba
un drama formidable. . .
Era terriblemente paradojal una patria cuyos hijos
la transitaban ar mados hasta los dientes, en son de guerra, despedazando sus
entrañas a disparos de Krupps, desconociéndola, no habiéndola visto nunca, sor
prendidos ante su tierra árida y abrupta y brutal,
con espinos, pedrega les, montañas derruidas, grutas, planicies, esa patria
extendida en lomadas desnudas, como estepas. . .
Iban a una invasión, como las tropas anteriores,
por territorio extran jero. Todo eso era una ficción geográfica. La realidad
tangible encua drada por estos hechos, resaltando a la observación más simple,
era esa. Los nuevos campeadores la sentían de modo dominante. Y como aquel
desconocido pueblo de matutos les devolvía, día a día, mutilados y enfer mos,
a los compañeros que meses antes habían avanzado robustos y altaneros, no había
ánimo varonil que mirase impasible hacia ese sertón misterioso y árido. . .
Felizmente, al llegar, tuvieron noticias animadoras
recién venidas del campo de operaciones.
No había sucedido ningún otro desastre. A pesar de
los tiroteos, se conservaban las posiciones conquistadas. La Brigada Girard y
el batallón paulista habían llegado a tiempo para cubrir los claros de las
filas. Con ese refuerzo coincidieron los primeros síntomas de desánimo de los
rebel des: no tocaba más con su serenidad gloriosa la campana de la iglesia
vieja, había caído; no se oían más las letanías melancólicas entre los inter
valos de la fusilería; habían cesado los ataques osados a las líneas; y por la
noche, sin una luz, el poblado quedaba silencioso y hundido en las sombras. Se
decía que el Conselheiro estaba ahora prisionero de sus propios secuaces en
rebelión, por el intento que había manifestado de entregarse, disponiéndose al
martirio.
Y se
enumeraban pormenores que revelaban el rápido aflojamiento de la guerra.
Los nuevos combatientes la creían finalizada antes
de llegar a Canudos. Todo lo indicaba. Por fin, los mismos prisioneros que
llegaban y eran, después de tantos meses de guerra, los primeros que aparecían.
Se obser vó, sin que se detuvieran en lo singular del hecho, que entre ellos
no había ningún hombre hecho. Los vencidos, varonilmente rodeados por escoltas,
eran débiles, media docena de mujeres llevando en brazos algu nos hijos muy
pequeños, mientras los mayores, de seis a diez años, las seguían. Pasaron por
la aldea, entre compactos grupos de curiosos for mados por uniformes de todas
las armas. Un espectáculo triste.
Las infelices, andrajosas, camisas entre cuyos
agujeros se metían ojos insaciables, entraban por el camino conduciendo a sus
hijos de la mano, a la rastra.
Eran como animales raros en una diversión de feria.
Resonaban en todos los tonos, voces, en un borbotar
de interjecciones vivas, comentarios de toda suerte, de espanto. El grupo
miserable fue
por algún tiempo una variante feliz que aligeró las
horas fastidiosas del campamento.
Golpeó en la curiosidad general, sin impresionar
los corazones.
DELANTE DE
UN NIÑO
Uno de los niños, raquítico y tambaleante, traía a
la cabeza, cubriéndole todo el cuerpo, un viejo capote conseguido en el camino.
El capote, ancho y grande por demás, oscilaba grotescamente a cada paso, sobre
el cuerpo esmirriado. Y algunos espectadores tuvieron el coraje de reírse. El
niño levantó la cabeza tratando de verlos. Las risas se extinguieron: la boca
era una llaga abierta de lado a lado por un tiro.
La mayoría de las mujeres era repugnante. Caras
rispidas, torcidas, ojos malos.
Pero se destacaba una. La miseria le había
enflaquecido el rostro, sin destruir su mocedad. Una belleza olímpica salía del
molde firme de un perfil judaico, acaso perturbado por las angulosidades de los
huesos asomando duramente bajo la piel ennegrecida y pálida, ojos grandes y
negros, llenos de una tristeza profunda y soberana.
Esta mujer satisfizo el ansia curiosa de la gente
contando una historia simple. Una tragedia en media docena de palabras. Un
drama segura mente trivial, con el invariable epílogo de una bala o de un
estallido de granada.
Ubicadas en una casucha junto a la plaza, rodeadas
por grupos de curiosidad insistentes, las infelices fueron víctimas de
preguntas inter minables 324.
Finalmente se ensañaron con los niños, en busca de
la sinceridad e ingenuidad infantiles.
Uno de ellos, menor de nueve años, figurita de
atleta en embrión, cara bronceada y ojos oscuros y vivos, sorprendió por el
donaire y justeza precoces. Respondía entre bocanadas de humo de un cigarro que
chu paba con la satisfacción de un viejo enviciado. Y las informaciones caían,
indiferentes, casi todas falsas, denunciando astucias de un combatiente
consumado. Los inquisidores las anotaban religiosamente. Hablaba un niño. En un
momento dado, al entrar un soldado con la Comblain, el niño paró su algarabía.
Se la pidió. La tomó, la manejó con pericia de soldado ante el asombro general,
observó que no tenía fuerza, que era inútil y confesó al cabo que él prefería
una carabina. Entonces le dieron una mannlicher. Le levantó el cerrojo como si
eso fuese su juego infantil predilecto.
Le preguntaron si había tirado con ella, en
Canudos.
Tuvo una sonrisa de superioridad adorable:
— ¡Y cómo no! ¡Si habré tirado!. . . ¿Me iba a
quedar ahí, como un tonto, cuando los cabras sambaban enfrentando a los plazas?
Ese niño era un luchador experto. La guerra lo
había convertido en un bandido hecho y derecho, llevaba sobre sus débiles
hombros un legado formidable de errores. Nueve años de vida que arrastraban
tres siglos de barbarie.
Decididamente, era indispensable que la campaña de
Canudos tuviese un objetivo superior a la función estúpida y bien poco gloriosa
de destruir un poblado de los sertones. Había un enemigo más serio que debía
ser combatido en una guerra más lenta y digna. Toda esa campaña sería un crimen
inútil y bárbaro si no se aprovechaban los caminos abiertos por la artillería
para una propaganda tenaz, continua y persistente, tra tando de traer a
nuestro tiempo e incorporar a nuestra vida a esos rudos compatriotas retrasados.
Pero bajo la presión de dificultades que exigían
solución inmediata y segura, no había lugar para esas visiones de futuro. El
Ministro de la Guerra, después de demorarse cuatro días en Queimadas
resolviendo los últimos obstáculos para la movilización de las fuerzas, salió
hacia Mon te Santo.
EN EL CAMINO DE MONTE SANTO 325
Acompañado por los estados mayores, suyo y del
general Carlos Eugenio, iba a la base de operaciones atravesando la región
cuajada de heridos, aquilatando por las fatigas que soportó su comitiva bien
montada y abas tecida, en caminos libres, las torturas que asaltarían a los
caminantes que salían a pie, por las huellas ásperas del sertón. En esa
travesía fácil, hecha en tres días, a cada vuelta del camino se les aparecía un
resto lúgubre de la guerra, acentuado paso a paso, como compañeros de la tierra
calcinada y estéril. El primer rancho en que se detuvieron, el Tanquinho,
prefiguraba los demás. Era el mejor y era insoportable: un sitio medio
destruido, dos casas abandonadas, en medio de los gajos finos del romero y de
los cereus melancólicos. El tanque que lo bautiza pro viene de un crecimiento
granítico que forma una reducida mancha de suelo impermeable sobre el que se
quedan a flor las aguas. Al borde de esas aguas que el suelo no succiona,
hacían su siesta decenas de heridos y acampaban los convoyes. Pero sin la
algarabía característica y ruidosa de los grupos, en silencio, montones de
hombres macilentos, inmóviles, paralizados en la quietud del cansancio total.
Sobre todo por las noches, encendidas las hogueras
que brillaban en la superficie del agua oscura, los hombres agachados junto al
fuego y tiri tando de fiebre, arrastrándose otros y proyectando sobre el manto
de agua sus sombras deformes, parecían un conjunto trágico y emocionante. Ofi
cíales que se acercaban sedientos a la orilla de la
laguna, se enfrentaban de golpe con espectros tambaleantes que intentaban
hacerles la venia mi litar y se volvían entristecidos. En adelante, los mismos
cuadros, por los caminos los mismos heridos y a orillas de los pantanos
verde-negruscos, orlados de algas, los mismos grupos miserables.
Como contraste permanente, la nota superior de la
fuerza y de la ro bustez era dada, intermitentemente, por hombres más
tranquilos e inofen sivos, que aparecían aislados, en medio de las caravanas
de guerreros desastrados. A una vuelta del camino, a veces, se topaba con un
vaquero amigo, un aliado, que se empleaba en los servicios de transporte. A ca
ballo, vestido de cuero, sombrero amplio levantado, que dejaba ver la cabeza
trigueña y franca, el cinturón y el largo facón, a la derecha la aguijada, y quedaba
el matuto inmóvil, al borde del camino, desviándose, dejando libre el curso de
la cabalgata, en una actitud respetuosa y altiva, de valiente disciplinado, muy
firme en su coraza pardo-colorada, especie de armadura de bronce, como un
campeador robusto cubierto aún por el polvo de las batallas.
La comitiva avanzaba y se olvidaba en seguida de la
imagen del ser-tanejo robusto, atraída como estaba por las bandas de fugitivos:
soldados en marcha lenta, apoyados en las espingardas, oficiales cargados sobre
redes, los sombreros caídos sobre los ojos, sordos al tropel de la cabalgáta,
inmóviles, rígidos como cadáveres; y aquí y allí, amplias manchas negras en la
caatinga, rastros de los incendios entre los que repuntaban escom bros de
casuchas quemadas, fijando puntos salientes en la urdimbre de las ruinas, en el
terrible y estúpido escenario de la guerra.
En Cansancáo se atenuaron estas impresiones
crueles. Tuvieron dos horas de remanso consolador. El villareio era un clan.
Pertenecía a una sola familia. Su jefe, genuino patriarca, congregando a su
alrededor hijos, nietos y bisnietos, tributó una ruidosa ovación al mariscal,
al mo narca según gritaba convencido, en una alegría ingenua v sana, levantan
do en los brazos cansados de un trabajo de ochenta años, al ministro
sorprendido.
Esa parada fue providencial. Cansangáo era un
paréntesis feliz en esa desolación. Y el robusto viejo que lo gobernaba, lleno
de satisfacción ante hombres que nunca había visto, presentándoles un hijo de
cabellos blan cos v nietos casi canosos, era también una revelación. La
antítesis del bandido precoz de Queimadas, revelaba la robustez maravillosa, la
no bleza orgánica completada con un alma sin vueltas, tan característica de
los matutos, cuando no se desbarrancan en el fanatismo o el crimen.
Por eso, ese sitio minúsculo, una docena de casas,
es el único que en las narraciones de la campaña no despierta recuerdos
dolorosos. La única zona tranquila en esa barahúnda. Un pequeño hospital,
entregado a la solicitud de dos franciscanos, allí acogía a los romeros
cansados que iban hacia Queimadas.
Al dejarlo, los viajeros volvían a las amarguras de
la huella polvorienta, desesperadamente retorcida en vueltas infinitas, en
desvíos, orlada de ranchos destruidos y pespunteada de punta a punta por los
sucesivos grupos de fugitivos.
Y en todas partes — a partir de Contendas— en cada
pared de cual quier vivienda más presentable, que rara vez aparecía entre las
casuchas de barro y paja, se abría una página de protestas infernales. Cada
herido, al pasar, dejaba en ellas, a carbón, un reflejo de las negruras que
alimen taba su alma, libre, cubierto por el anonimato. Allí se abría la mano
de hierro del ejército, dejando en caracteres enormes la urdimbre del drama;
fotografiando en esas grandes placas la cara tremenda de la lucha en ins cripciones
lapidarias, en una grafía bronca, donde surgía flagrante el sentir de los
grabadores.
Sin la preocupación de la forma, sin fantasías
engañadoras, esos cro nistas rudos dejaban allí, indeleble, el aspecto real
del mayor escándalo de nuestra historia —brutalmente, ferozmente, en pasquines
increíbles— libelos en bruto, en los que se casaban pornografías con
desesperanzas hondas, sin una frase varonil y digna. La ola oscura del rencor
que rodaba por el camino golpeaba esos muros, entraba por las casas, ahogaba
las paredes hasta el techo. . .
La comitiva, al entrar, reposaba envuelta por un
coro silencioso de imprecaciones y maldiciones. Versos rengos, con rimas duras,
torpezas increíbles en moldes pavorosos, improperios revoloteando por los
rincones en una danza fantástica de letras tumultuosas, en las que caían
violen tamente puntos de admiración rígidos como estocadas de sable; vivas v
mueras encima de nombres ilustres, infamándolos, chocando discordes alusiones
atrevidas, dichos lóbregos de cuartel. . .
Y la campaña perdía repentinamente su aspecto
heroico, sin brillo, sin altura. Los narradores futuros tratarían en vano de
hacer descripciones gloriosas. En cada página aparecerían, indestructibles,
esos palimpsestos ultrajantes.
I os nuevos combatientes llegaban a Monte Santo sin
el menor anhelo de desenfundar las espadas. Pero se reanimaban al entrar en la
base de operaciones.
Quitándose en pocos días la apariencia común de las
aldeas sertanejas, estáticas, donde desde hace cien años no se construye una
casa, la villa se amplía, teniendo al fondo, un barrio nuevo y mayor que ella,
dos mil barracas alineadas en avenidas extensas, destacándose sobre el suelo
limpio en seis grupos sobre los que ondean banderas y de donde irrumpen,
a cada instante, vibraciones metálicas de clarines
y el sonar cadencioso dé los tambores.
Una multitud de habitantes adventicios había
llenado de pronto la aldea, a los encontronazos por la plaza, por la calle y
contemplándolos se veía un montón heterogéneo donde chocaban todas las
posiciones sociales. Oficiales de todas las graduaciones y armas; carreros
polvorientos de largos viajes; soldados doblados bajo los equipos; heridos y
convalecientes; mujeres de la vida; grupos de estudiantes; y en un inquirir
incesante, periodistas sedientos de noticíasele daban un tono de plaza
concurrida en día de parada. El mariscal Bittencourt adoptó una reglamentación
rigurosa y se ocupó de adoptar medidas acordes con las complejas exigen cias
de la situación. El hospital militar se convirtió en realidad, perfec tamente
abastecido y dirigido por cirujanos a los que se unían los es fuerzos
desinteresados de algunos alumnos de la facultad de Bahía 326. Con todo eso se
consiguió una correcta disciplina. Por fin, la cuestión primordial que hasta
allí lo había conducido, el servicio de transporte, se puso a punto. Casi
diariamente llegaban y volvían convoyes de y hacia Canudos.
Los resultados de ese esfuerzo fueron inmediatos.
Lo decían las noti cias provenientes de la sede de operaciones, acordes todas
en indicar un mayor aliento entre los sitiadores que realizaban movimientos
tácticos decisivos.
Y ese
hombre sin entusiasmo, que hasta llegar a la base de operaciones no se había
quitado el paletó de alpaca con el que burguesamente recibía el saludo de las
brigadas, gracias a su dedicación, se había convertido en el director supremo
de la lucha. A dieciséis leguas del centro operacio-nal dirigía, sin alardes,
sin balancear opiniones estratégicas, pasando los días en convivencia ruda con
los troperos en Monte Santor entre los cuales aparecía de pronto, con el reloj
en la mano, para dar la orden de partida.
Porque cada convoy que salía valía por batallones.
Era una batalla ganada. Ponía en los combatientes alientos de victoria y poco a
poco, vencía la parálisis en que había quedado el asedio. Es lo que se deducía
de las últimas noticias.
El mes de setiembre había empezado bien.
Apenas comenzado, el día 4, una bala de carabina
había abatido en la aldea a un cabecilla de importancia. Cayó junto a las
iglesias. La pron titud con que los habitantes del poblado se precipitaron
sobre el cadáver y lo llevaron, demostraba su prestigio.
El 6 hubo un suceso de mayor importancia: una
detrás de la otra, cayeron las torres de la iglesia nueva. El caso ocurrió
después de seis horas consecutivas de bombardeo. Y fue totalmente imprevisto.
Lo determinó una circunstancia desagradable: una
equivocación en el envío de municiones hizo que se llevaran balas rasas de
Krupp, poco eficaces para el cañoneo, en lugar de granadas. Entonces se
resolvió gas tarlas sobre las iglesias hasta que se acabaran.
Y el
resultado fue sorprendente. El ejército había quedado finalmente libre de esos
puestos de tiro altísimos desde donde se fulminaba a los sitiadores, porque las
dos torres dominaban las líneas del cerco y reducían los ángulos muertos de las
trincheras.
Desde el 18 de julio las ocuparon tiradores de gran
pericia a cuyos ojos y puntería no se escapaba el menor bulto que salía de la
protección de las casas.
Al dar su último paso transponiendo el río, los
convoyes recibían de allí descargas violentas. Las fuerzas recién llegadas, la
brigada auxiliar, el batallón paulista y el 379 de infantería, también habían
recibido desde allí la primera salutación feroz del enemigo.
Por fin habían caído. Y al verlas abatidas, una
detrás de la otra, impo nentes, arrastrando grandes trozos de pared,
desarticulándose en bloques, echando abajo su carga de tiradores y golpeando
pesadamente en el suelo de la plaza, entre nubes de polvo y cal, el ejército
entero hizo callar la fusilería para atronar el aire con alaridos retumbantes.
El comandante de la P columna caracterizó bien en
la orden del día lo sucedido: " . . . prorrumpiendo en esa ocasión la
línea de seguridad y las fuerzas de apoyo en una violenta y entusiasta burla de
los jagunqos” *.
* "Cuartel
General del comando de la 1^ columna. Canudos, 6 de setiembre de 1897. Orden
del día Np 13.
“Para conocimiento de las fuerzas bajo mi mando
publico lo siguiente: “Habiéndose ordenado hoy a los comandantes de las bocas
de fuego que bom
bardeasen las torres de la iglesia nueva, puntos
elegidos por el enemigo para tirotearnos con mayor eficacia, produciéndonos
muchas bajas entre muertos y heridos, y a salvo de nuestra puntería, tuve la
satisfacción de ver en seis horas consecutivas la destrucción de las torres,
debido a los certeros tiros dirigidos por los segundos tenientes Manuel Félix
de Meneses, Frutuoso Mendes y el alférez H. Duque Estrada Macedo Soares, si
bien el primero se encontraba con parte de enfermo.
“Elogio por lo tanto a esos bravos oficiales que
dieron una prueba más de su pericia en la dirección de los cañones que
comandan, acrecentando más el mérito por haberse presentado el segundo teniente
Manuel Félix estando con parte de enfermo, debido al entusiasmo que le produjo
no sólo a él sino a todo el ejército que observava con interés el efecto de la
artillería, prorrumpiendo en esa ocasión la línea de seguridad y fuerzas en
apoyo, en el campamento, una entusiasta y violenta burla de los jagungos, y por
haber sido ese oficial el primero en iniciar el bombardeo y el último en tirar
sobre la torre de la derecha, habiendo tirado el alférez Duque Estrada el
último disparo sobre la izquierda, consiguiendo derri' baria. . . ”, etcétera.
La campaña era eso mismo. Desde el comienzo al
final, una burla lúgubre.
Una entusiasta burla. . .
El encanto del enemigo se había terminado. De
pronto, la aldea se había achicado, estaba achatada, hundida, sin esas dos
balizas blancas que la señalaban a los pastores, tan altas y esbeltas, chocando
con el firmamento azul, blanqueando las noches estrelladas, diluyéndose miste
riosamente en la altura, objetivando el misticismo ingenuo y poniendo en el
cielo les rezos propicitarios de los sertanejos rudos y crédulos. . .
TRINCHERAS SETE DE SETEMBRO
Además, el hecho era de mal agüero. Al día
siguiente sobrevino un desastre mayor. Atrincherados desde hacía mucho tiempo
en la Fazenda Velha, algunas decenas de guerrilleros escarnecían los cañones
del coro nel Olimpio que se asentaban en lo alto, en un reborde de la Favela.
A dos pasos de la artillería y de los contingentes que la reforzaban, du rante
más de dos meses habían obstaculizado el cerco de ese sitio, a des pecho de la
tormenta de disparos que recibían. En una situación domi nante sobre el grueso
de las líneas ajustadas a orillas del poblado, las alcanzaban de punta a punta,
contribuyendo en mucho a las bajas diarias que las raleaban y emparejándose con
las torres en barrer los parapetos mejor elegidos. El día 7, a las diez de la
noche, fueron vencidos de improviso. Impulsados por los sucesos de la víspera,
aquel coronel, obedeciendo a la determinación del comando de la 1* columna,
atacó con una fuerza compuesta del 279 bajo el mando del capitán Tito Esco
bar, un contingente de la 4^ batería del 29 regimiento, otro contingente del 59
regimiento y una boca de fuego. Al frente y a la retaguardia iban ex alumnos de
las escuelas militares. El coronel Olimpio dispuso el resto de su pequeña
fuerza en tiradores por los dos flancos. Los hizo bajar en silencio por los
primeros tramos de las colinas. Después se arrojaron como una avalancha por el
morro abajo. Sorprendidos, golpeados por trescientas bayonetas repartidas en
dos cargas laterales, con la metralla en el centro fulminándolos a quemarropa,
los jagungos no pudieron resis tir, siendo desalojados de las trincheras de
piedra que tenían alrededor de la vivienda destruida de la Fazenda Velha.
La refriega había durado cinco minutos.
Los adversarios desparramados y perseguidos hasta
el cerro de los Pelados por la vanguardia, transpusieron el río y se metieron
en Canudos.
La fuerza sólo tuvo dos plazas fuera de combate.
Expugnada la posición, ancho declive sobre la
vertiente del morro, entre los altos del Mário anteriormente ocupados y el
Vaza-Barris, el coronel armó su barraca en el lugar donde hacía seis meses
había muerto el jefe de la 3^ expedición. Todo el resto de la noche se empleó
en esa
construcción, fuerte reducto de cerca de un metro
de alto, hecho con las piedras de las trincheras enemigas. Y al otro día, bien
temprano, la Trinchera Sete de setembro gobernaba la aldea. La periferia del
asedio había aumentado unos quinientos metros hacia la izquierda, en dirección
al sur, cerrando completamente los dos cuadrantes del este.
Ahora bien, ese mismo día, a la tarde, el cerco se
extendería aún más, doblando a partir del punto conquistado hacia el oeste,
hasta la entrada del Cambaio, cerca de la confluencia del Mucuim.
CAMINO
DE CALUMBI
Se había realizado una operación seria, quizá la
acción más estratégica de la campaña. La había pensado y ejecutado el teniente
coronel Siqueira de Meneses. Con base en informaciones de algunos vaqueros
leales, ese oficial supo de las ventajas del otro camino, el de Calumbi, aún
desco nocido, que corriendo entre los caminos del Rosário y del Cambaio, y más
corto que ellos dos, facilita la travesía rápida hacia Monte Santo en un
trazado casi rectilíneo, pues seguía firmemente la línea norte-sur. Y se propuso
explorarlo afrontando los mayores riesgos.
Realizó la empresa en tres días. Salió de Canudos
el 4, al frente de quinientos hombres, que a tanto montaban los batallones 229,
99 y 349, bajo el inmediato mando del mayor Lidio Porto. Pasó por el nuevo
cami no descubierto volviendo el 7 por el del Cambaio en un movimiento rá
pido, osado, feliz y de extraordinarios resultados para el desenlace de la
guerra.
El nuevo camino abierto para el traslado de tropas
y convoyes y cerrado a los jagungos que lo usaban de preferencia en sus
excursiones hacia el sur, acortaba en más de un día el viaje hasta Monte Santo.
Era, entre todos, el mejor preparado para la invasión. Partía de Juá, donde se
bifur caba con el del Rosario, derivando hacia la izquierda y desde ésta, en
rumbo hacia el norte, prolongándose por muchos kilómetros junto al arroyo de
las Caraibas y cortándolo en sus meandros interminables. Avan zaba con rumbo
invariable hasta otro riacho de vida efímera, el Caxo-mongó. Desde ahí hasta el
frente, constituía un camino estratégico in comparable.
Yendo en dirección sudeste, la serranía de Calumbi
lo flanquea por ancho trecho, a la derecha, a una distancia de menos de
trescientos me tros. Trasponiéndolo, un ejército daría todo un flanco al
adversario que se escondiese en sus laderas. Y al dejar esa situación grave,
caería en otra peor, porque el camino, después de saltar una gran lomada, se
con vierte de golpe en una angostura estrecha. Nada denuncia el desfiladero
oculto por la ramazón tortuosa de las umburanas que se levantan por ahí cerca.
Es una muralla de mármol silicoso poco más alta que el suelo,
a manera de grosera barbacana cerrada por un
postigo estrecho. Allí no había trincheras. No eran necesarias. Las espingardas
colocadas en la cres ta de ese muro natural podrían barrer columnas enteras. Y
si éstas intentaran vencerlo, lo que suponía una difícil empresa contra antago
nistas de tal manera guarecidos, y lo lograran, caerían sorprendidos a los
primeros pasos en un terreno casi impracticable.
Un hecho geológico común en los sertones del Norte
reemplazaba en seguida estos accidentes, creando otros impedimentos. Traspuesto
el pasaje, el suelo cae en declive hacia la Várzea, mostrando una travesía
aparentemente fácil pero realmente difícil para una tropa en la dinámica del
combate. Una capa calcárea, muy áspera, muestra un notable fenó meno de
descomposición atmosférica. Infinitas cavidades de bordes cor tantes, surcos
hondos de aristas rígidas y finas, como láminas de dagas, erizadas en puntas punzantes,
duras y rugosas en todos sus puntos, exca vadas en quebradas anchas, muestran
de manera impresionante el accio nar secular de elementos enérgicos que por
tiempos la trabajan. La corroen, la perforan, la minan las lluvias de las
tempestades después de las sequías. Y ella refleja, inmóvil y sufriente, la
agitación de las tormentas.
Pisando esos lugares no habría bota que resistiera
ni cuidados que evitaran caídas peligrosas. En semejante sitio el combate sería
imposible, pues caminantes tranquilos apenas consiguen avanzar de uno en fondo
por una huella intermedia que lleva a la Várzea, allá abajo, amplia hon dura
pesada, con fragmentos de sílex y rodeada de caatingas espesas. De modo que al
llegar ahí, los invasores serían abatidos a tiros. Y en el caso que pudiesen
avanzar, aún tendrían más adelante, pasado un kilómetro, un obstáculo
inevitable. El camino desaparece, cae dentro del río Sargento, de lecho sinuoso
y hondo, en cuyas orillas se rompen en grandes placas lucientes de color azul
oscuro, las capas superpuestas de esquistos, entre cruzadas por vetas blancas
de cuarzo. Este foso extenso que como los otros de las cercanías no es un río
sino un drenaje transitorio de las aguas que se canalizan hacia el Vaza-Barris,
sustituye al camino en una exten sión de media legua. De una margen a la otra,
se veían las trincheras de los jaguncos, poco espaciadas, cruzando sus fuegos.
Los tres mil hombres de la columna Artur Oscar no
lograrían atrave sarlo. La marcha por el Rosario había sido la salvación. Las
anteriores expediciones, siguiendo sucesivamente por Uauá, por el Cambaio, por
Macacará y por el Rosario, variando siempre la ruta elegida, habían hecho creer
a los sertanejos que la última, siguiendo la costumbre, tomar-ría por el camino
del Calumbi que todavía no se había usado. Si hubiese sucedido ni un soldado
habría llegado a Canudos. Un desastre mayor agravaría la campaña. Se habían
evitado por azar dificultades tan serias en la más completa ignorancia sobre
ellas.
El teniente coronel Siqueira de Meneses, en su ruta
admirable y hecha con ventajas, porque los jagungos huyendo hacia el poblado
habían aban donado aquellas posiciones, fue poniendo guardias en los
principales puntos del camino hasta Juá. De ahí enderezó hacia el Cambaio.
Atra vesó las trincheras abandonadas que dejó ocupadas por un ala del 229,
pasó por la Lagoa do Cipó, donde se veían algunas calaveras y esque letos de
los muertos de la expedición Febrónio, sorprendió allí a unos piquetes
enemigos, tomándoles trece cargueros y fue a salir por la con fluencia del
Mucuim, tomando de sorpresa dos trincheras allí existentes.
El cerco se había ampliado. Quedó abierto para la
movilización de la fuerza un camino seguro y rápido. Su trecho principal desde
el río Sar gento hasta Suguarana, pasando por la Várzea y Caxomongó, fue en
segui da custodiado por los batallones 339, 16? y 289 de la 2^ brigada y un
ala del batallón paulista.
Canudos
estaba ahora sitiada
desde el extremo
norte al sur,
en la
Fazenda Velha, y desde allí hacia el oeste, en la
punta del camino del
Cambaio, un extenso semicírculo.
A los jagungos sólo les quedaban por el noroeste
los caminos del Uauá y la Várzea da Erna.
El fin de la campaña parecía próximo.
II
MARCHA DE LA
DIVISION AUXILIAR
Los nuevos expedicionarios, saliendo de Monte Santo
por el camino recién descubierto, llevaban un temor singular: el miedo
cruelmente an sioso de no encontrar ya a ningún jagungo para luchar. Por
cierto, iban a encontrar todo liquidado y se sentían escandalosamente atraídos
por los acontecimientos.
En primer lugar, el 13 de septiembre, partió la
brigada de los cuerpos policiales del norte y tal precedencia originada
exclusivamente en ra zones administrativas, había dolido hondo en el ánimo de
los que com ponían la brigada de línea que marcharía algunos días más tarde
con el general Carlos Eugenio.
MIEDO GLORIOSO
Los rebeldes disminuían sus posibilidades todos los
días, a causa de múl tiples reveses, eran rechazados de sus mejores puntos de
apoyo y apresa dos por las mallas del cerco. La brigada norteña avanzaba
vertiginosamente trotando por los caminos desde el primer atisbo de la mañana,
detenién
dose solamente cuando el sol quemante agotaba a los
soldados. La brigada de línea la alcanzó, en su marcha vertiginosa, aguijoneada
por el anhelo enfermo de medirse al menos en un encuentro fugitivo con aquellos
po bres adversarios.
Y arrojándose
por los caminos, los campeadores — bien nutridos, apuestos y sanos— allá iban
en demanda de la ciudadela de barro, gol peada desde hacía tres meses por los
cañoneos, destrozada por los asaltos, devorada por los incendios y defendida
por una sola guarnición.
Al alcanzar el sitio de la Suguarana, seis leguas
distante de Canudos, se reanimaron. Desde allá se oían los estampidos de la
artillería. En Caxomongó, si el viento era propicio, se distinguía hasta el
crepitar de los tiroteos. . .
Pero en esa alegría guerrera aún despuntaban
algunos sobresaltos. La lucha sertaneja no había perdido completamente los
rasgos misteriosos que conservó hasta el fin. Los ambiciosos luchadores, a
medida que se alejaban por el sertón, pasando por sitios destruidos, entre las
planicies yermas, sentían irrefrenables temblores de espanto. Fui testigo de
uno de ellos.
La brigada del coronel Sotero había llegado al
sitio de Caxomongó, en su tercer día de camino, el 15 de setiembre, entrando a
la zona peli grosa. La parada era estéril y lúgubre, tanto para quien viniera
de Boa Esperanza, rodeada de pintorescas serranías, como para los que llegaban
desde Suguarana, al borde de una ipueira fértil. El terreno, de gres colo rada
y grosera, tenía estratos exageradamente inclinados en 45° y en virtud de esa
disposición, absorbían las escasas lluvias que por allí se producen, agravando
la dureza de la caatinga.
El sitio, un rancho miserable, está al borde del
río y éste, junto a la deras a plomo de tres metros de altura, totalmente
cubiertas por piedras de todos los tamaños, presenta un lecho completamente
seco que desa parece en seguida entre colinas desnudas.
La tropa llegó allí en plena mañana. Los dos
cuerpos de Pará, disci plinados como los mejores de la línea y el del
Amazonas, con el uniforme característico que adoptaron desde su llegada:
grandes sombreros de paja de carnaùba, que les daba un aspecto de hombres del
monte.
A pesar de la hora, como encontraron agua
suficiente en un pozo profundo y oscuro, que parecía la boca de una mina,
acamparon. Era la última parada. Al día siguiente alcanzarían la aldea. El
paraje muerto se animó de pronto, lleno de tiendas, carpas, armas y la
animación ruidosa de 968 combatientes. Por las márgenes del río, se alzaban
altas ingaranas
que cruzaban con su ramaje, todavía con hojas, por
encima del lecho del río. Los soldados armaron decenas de hamacas en las ramas.
Y el día pasó tranquilamente.
No había nada que temer.
Cayó la noche. Hacia el norte, en la lejanía, se
oía, rodando sordo en el silencio, el bombardeo de Canudos.
El enemigo allí cercado ya no tenía aliento para
aventuras por los caminos. Tanto la noche como el día transcurrieron en
completa placidez. Si aparecieran, los jagunqos vendrían al encuentro de un
anhelo todavía no satisfecho.
Y la tropa se adormeció temprano y en paz. . . para
despertar a las diez de la noche, sobresaltada.
En el flanco izquierdo había detonado un tiro. Un
centinela del cordón de seguridad extendido alrededor de las carpas, divisó o
creyó divisar, un bulto sospechoso deslizándose en la sombra y disparó su
espingarda. Era el enemigo anhelado. Venía como había venido sobre los otros
expe dicionarios, de sorpresa, atrevidamente, súbito y veloz.
Entonces, sobre los que tanto ansiaban medirse con
ellos, pasó la visión misteriosa de la campaña. La conocían de cerca. Los
batallones fueron dominados por la hipnosis de un espanto indescriptible;
sonaron cornetas, gritos de alarma, órdenes de comando, preguntas ansiosas,
ofi ciales sorprendidos saltando de las hamacas caían sobre el lecho del río,
buscando a ciegas la orilla; las filas se alinearon — espadas desenvainadas,
revólveres en alto— en un crepitar de estallidos de bayonetas. Era un tumulto.
Pelotones y compañías formándose al azar, secciones de armas prontas a cargar
contra el vacío, cuadrados a la espera de una carga de caballería, pelotones y
compañías con parte de los combatientes corriendo, buscando su puesto en la
maraña de la formación.
Transcurridos unos minutos, los combatientes,
presos de una emoción jamás imaginada, esperaban el asalto. La brigada aparecía
como una larga estera bajo la onda luminosa de la luna, tranquila y enorme, que
abra zaba a la naturaleza adormecida y quieta.
Había sido una falsa alarma. . .
BUSCANDO UNA MEDIA RACION DE GLORIA
Al amanecer se habían extinguido los temores.
Volvía la impaciencia heroica. Iban rápidos. Irrumpían sin miedo por el valle
sinuoso del río Sargento que desbordaba en una creciente repentina de
uniformes. Sal taron el morro desnudo cuyas vertientes opuestas caían
abruptamente sobre el valle de Umburanas. Y de pronto, allá abajo y allá
adelante, a la distancia de dos kilómetros, Canudos. . .
Era un desahogo. Allá estaban las dos iglesias
derruidas enfrentándose en la plaza legendaria; la nueva, sin torres, con sus
paredes maestras
derrumbadas, rotas de arriba abajo; la vieja, en
ruinas y renegrida, sin frente, levantando un pedazo del campanario derruido
desde donde el fantástico compañero tantas veces había llamado a los fieles
para la oración y para el combate. Alrededor, el caserío. Habían llegado a
tiempo. Ya no les faltaría la media ración de gloria disputada. Entraban
jubilosos al campamento, con el bello aplomo de los candidatos a la historia,
en busca de una guerra sangrienta y fácil.
ASPECTO DEL CAMPAMENTO
El campamento había cambiado, había perdido la
apariencia revuelta de los primeros días. Ya era como otra aldea a un costado
de Canudos. Atra vesando el lecho vacío del Vaza-Barris, los recién llegados
tomaron por una zanja retorcida; a mitad de camino, a la derecha, un vasto
albergue cubierto de cuero: el hospital de sangre, y a poca distancia, la
tienda del comandante general.
Se veían dentro de un nuevo poblado.
Se había reconstruido el barrio conquistado. A uno
y otro lado del camino, erigidas al sesgo de las colinas, a la calle, o
dispuestas por los valles diminutos, numerosas y desparramadas, se sucedían
pequeñas ca sas de aspecto original y festivo: hechas de follaje, techos y
paredes de ramas de juázeiros, de forma singularmente inadecuada para vivir en
ellas, pero eran las únicas ajustables al medio. La canícula abrasadora que
convertía a las carpas en hornos había inspirado esa arquitectura bucólica y primitiva.
A primera vista, nada denunciaba la estadía de un
ejército. Se tenía la impresión de llegar a un villarejo sospechoso del sertón.
Y al encon trarse con los pobladores se afianzaba la ilusión: hombres vestidos
a lo paisano, mal arreglados, arrastrando espadas y espingardas, la mayoría
cubiertos con sombreros de cuero, descalzos o calzando alpargatas y cada tanto,
mujeres mal encaradas cosiendo tranquilamente en las puertas. El extraño
entraba a desconfiar de una equivocación en la ruta que lo hubiera llevado
hasta un poblado de jagungos, hasta que tropezaba con la tienda del general.
Pasado el cerro a cuyo pie se asentaba, se llegaba, en la cumbre, a la comisión
de ingenieros, dispuesta en una casa que no fue destruida y al mirar por las
rajas de las paredes espesadas con lajas de piedra, se veía a sólo cien metros,
la plaza de las iglesias. Se estaba sobre la falda en cuya base se desarrollaba
el trecho más peligroso del sitio, la línea negra, centralizada por el batallón
259. Por ese lado es donde se había penetrado más profundamente en la aldea, en
el asalto del 18 de julio. Volviendo a la izquierda, se pasaba por el cuartel
general de la 1^ columna. Bajando por la pendiente sur, en otra casa miserable,
estaba el de la 2^. Se llegaba a la repartición del Cuartel Maestre General
y campamento del batallón paulista, abajo, en una
tierra llana arenosa que el Vaza-Barris inunda en el tiempo de las crecientes.
Siguiendo la ruta, después de cruzar el lecho de aquél, en el que hacía de
dique el 269, se alcanzaba el cierre extremo del cerco prolongado por el 59 de
Bahía extendido por el canal hondo del río de la Providencia. De allí a
doscientos metros, mirando hacia la izquierda, se contemplaba en lo alto, a
manera de un baluarte junto a la Fazenda Velha, la trinchera Sete de Setembro.
Recorriendo así el cerco atrincherado, los nuevos
expedicionarios tenían una imagen nítida de la situación que diluía en parte su
optimismo. Ese pedazo de sitio era todavía escaso frente a la amplitud de la
aldea. Esta los sorprendió. Acostumbrados a las proporciones exiguas de las
aldeas sertanejas, raquíticas y minúsculas, los llenaba de asombro esa
Babilonia de casuchas que se extendía por las colinas.
Canudos tenía por ese tiempo — fueron contadas una
a una después— cinco mil doscientas viviendas32T. Resulta que como estaban
cubiertas de techos de arcilla colorada, apenas se levantaban en relieve desde
el suelo y la vista, acomodada al principio al conjunto compacto del caserío
alre dedor de la plaza, se hacía la ilusión de un volumen desproporcionado. La
perspectiva impresionaba. La aumentaba el misterio del lugar. Repug naba
admitir que hubiese allí tantas vidas. La observación más concen trada, durante
algún transitorio armisticio, no lograba distinguir un solo bulto, la sombra
fugitiva de algún hombre y no se oía el rumor más fugaz. Parecía una antigua
necrópolis, o, confundidos todos esos techos y pare des en el mismo
desmoronamiento, una mina enterrada y enorme, roída de erosiones.
Pero que el observador no hiciese demasiado bulto
sobre su parapeto porque las balas disparadas de allá abajo, revelaban la
existencia de gente emboscada. Bastaba que un disparo cualquiera, a cualquier
hora, esta llase en lo alto del morro para que de allí surgiera la réplica
inmediata. Porque los jagungos, aunque no tenían más la iniciativa de los
ataques, seguían replicando con el mismo vigor de antes. Caían sin perder su
altivez, tratando de disfrazar cualquier síntoma de debilitamiento. Pero éste era
completo. Lo mostraban los escombros en donde se ocultaban. Además, allí no
sólo existía una guarnición de valientes indomables. Había mujeres y niños
sobre los que durante tres meses estallaron masas de hierro y fuego que muchas
veces, en el fragor de la lucha, pusieron la nota conmovedora del llanto.
Días antes, un schrapnell arrojado desde la Favela
reventó dentro del caserío anexo al sitio donde se hacían las oraciones. Y
desde allí salió inmediatamente una réplica cruel que turbó a los artilleros
del coronel Olimpio: un largo e indefinible llanto, el rumor doloroso de
clamores de angustia haciendo que el cañoneo cesara a la voz austera y
conmovida del comandante. . .
Así, doblemente bloqueados, entre millares de
soldados y millares de mujeres — entre lamentos y bramidos, entre lágrimas y
balas— los re beldes se rendirían de un momento a otro. Era fatal. La
seguridad de ganar el pleito ya había dado lugar a grandes temeridades. Un
sargento del 59 de artillería se había aventurado dos veces, a la noche, hasta
la plaza, penetrando en el templo en ruinas, tirando allá adentro dos bom bas
de dinamita que no explotaron. Un alférez del 25?, días después, imitándole el
arrojo, lanzó fuego sobre los restos de la iglesia vieja que ardió completa
328.
De manera que los combatientes nuevos, iniciándose
en esta pelea de sigual, caían en su preocupación primera: que el enemigo in
extremis 329 tuviese todavía aliento para poder lucir su temeridad y su fuerza.
La musculatura de hierro de las brigadas nuevas ansiaba medirse con los
estertores de los insurrectos. Los que allí estaban ya tenían demasiada gloria.
Hartos, llenos de triunfos y ahora, gracias a los convoyes diarios, con la
subsistencia segura, juzgaban inútil gastar más vidas para apresurar la rendición
inevitable. Se quedaban en una pasividad irritante.
El campamento, fuera de los intervalos de los
ataques que cada vez eran mayores, tenía la serenidad de un pequeño poblado
bien vigilado. Nada que recordase la campaña feroz. En la sede de la comisión
de inge nieros, el general Artur Oscar, con la atracción irresistible de un
tem peramento franco y jovial, centralizaba largas charlas. Discurría sobre
temas varios, totalmente opuestos a la guerra, casos felices de antaño,
anécdotas hilarantes o discusiones sobre política general. Mientras tanto,
observadores tenaces, con envidiable apego a la ciencia, registraban, hora a
hora, presiones y temperaturas; inscribían invariablemente un cero en la
nubosidad del cielo y consultaban muy gravemente el higrómetro. En la farmacia
militar, estudiantes en días festivos forzados, reían ruidosa mente y
recitaban versos y por las paredes ralas de todos los ranchos rientes, de
follajes salpicados de flores marchitas de juázeiros, salían voces y risas de
los que allí adentro no tenían temores que les ennegrecieran las horas ligeras
y tranquilas. Las balas que pasaban, escasas, repelidas por las crestas de los
cerros en trayectorias altas, eran inofensivas. Ya nadie las advertía. Su
precisión rítmica indicaba que en Canudos había tiradores apostados que querían
recordarle a los sitiadores que el serta-nejo velaba. Pero no impresionaban,
aunque algunas, en trayectorias bajas, golpeaban en las paredes de las
barracas, como tampoco impresio naban los tiroteos fuertes que todavía
surgían, inopinadamente, durante la noche.
La vida se había normalizado en esa anormalidad.
Ocurrían cosas ex travagantes. A veces, los soldados de la línea negra, en el
lugar más avanzado del cerco, siendo noche cerrada, mantenían largas conversa
ciones con los jagunqos. El interlocutor de nuestro lado subía al borde de la
trinchera y volviéndose a la plaza, hacía al azar un llamado cual
quiera, diciendo un nombre común, el primero que le
acudía a la mente, lo hacía con voz amistosa, como si nombrase a un viejo
compañero e in variablemente, desde el centro del caserío o más cerca, desde
las ruinas de las iglesias, le respondían en seguida, con la misma manera
dolorosa mente irónica. Entablaban un coloquio original a través de las
sombras, intercambiando informaciones sobre tópicos variados, nombres de
bautis mo, lugar de nacimiento, familia y condiciones de vida. No pocas veces
la singular conversación derivaba a cosas jocosas y por las líneas cercanas, en
la oscuridad, iban rodando las risas ahogadas. El diálogo se prolongaba hasta
la primera divergencia de opiniones. Entonces, de lado a lado, se largaban
media docena de insultos rispidos en una jerga enérgica. Y como punto final,
las balas. . .
Los soldados del 59 de policía, a pesar del
ilusorio abrigo que les daba el muro de tierra, mataban el tiempo cantando para
mitigar las nostalgias de sus pueblos del Sao Francisco. Si la fusilería
apretaba, saltaban a los planos de fuego, se batían como demonios,
terriblemente, frenéticamente, disparando sus carabinas y seguían teniendo en
las bocas, resonantes, cadenciosas, al son de los estampidos, las rimas de sus
canciones prefe ridas. Algunos morían cantando; y aplacada la refriega,
volvían a la alegría sertaneja, a la entonación lánguida de las tiranas, a los
rasgados en las guitarritas, como si todo eso fuese un rancherío de troperos
felices, sesteando.
EL CHARLATANISMO DEL CORAJE
Todo el mundo se había adaptado a la situación. El
espectáculo diario de la muerte les dio la despreocupación por la vida. Los
antiguos comba tientes andaban por fin por el campamento entero, de la extrema
derecha a la extrema izquierda, sin las primitivas cautelas. Al llegar a los
sitios más expuestos esquivaban el paso de los proyectiles que caían en
seguida, rebotando, rispidos, en el suelo. Se reían de los recién llegados
inexpertos, que cruzaban por esos puntos transidos de miedo, corriendo, encogidos,
casi de rodillas, en figuras cómicas, o de los que no refrenaban sobresaltos
ante la bala que golpeaba cerca, silbando con un silbido suave por el aire,
como un psizz insidiosamente acariciador, de muerte; o de los que no largaban
interjecciones vivas ante incidentes triviales, dos, tres o cuatro moribundos,
diariamente removidos de los puntos avanzados.
Algunos alardeaban su charlatanería del coraje. Un
snobismo lúgubre. Uniformados —los galones irradiantes al sol, los botones de
la chaqueta brillantes— se ponían en una abertura cualquiera o se paraban en la
cumbre desguarnecida de un cerro distante a dos kilómetros de la aldea, para
sopesar el rigor de mira de los jagungos en su alcance máximo. La guerra los
había endurecido. En las narraciones a los nuevos compañeros
insistían mucho en los pormenores dramáticos, en
las privaciones sufridas. Los episodios sombríos de la Favela con su cortejo de
combates y sufri mientos. Los largos días de privaciones que victimaron a los
mismos ofi ciales, un alférez por ejemplo, que murió empachado de harina
después de tres días de hambre. Las lides afanosas de la caza de los cabritos
ariscos o la búsqueda de los frutos de los arbustos muertos. Todos los
incidentes. Todas las minucias. Y concluían con que quedaba muy poco por hacer,
porque el antagonista estaba en los estertores de la muerte. Aquello ahora era
un pasatiempo ruidoso y nada más.
La División Auxiliar, sin embargo, no podía aceptar
un papel tan se cundario: hacer treinta leguas de sertón sólo para contemplar
— espec tadora inofensiva y armada de los pies a la cabeza— la derrota de la
aldea, cediendo poco a poco a ese estrangulamiento lento, sin el movi miento
febril y convulsivo de una batalla. . .
III
EMBAJADA AL CIELO
Pero el bloqueo, incompleto y con un extenso claro
al norte, no había reducido al enemigo a sus últimos recursos. Los caminos
hacia la Várzea da Erna y el Uauá estaban francos, subdividiéndose en múltiples
vías por los campos, hacia la extensa faja del Sao Francisco, atravesando
rincones totalmente desconocidos, hasta alcanzar los insignificantes lugarejos
mar ginales de aquel río, entre Chorrochorró y Santo Antonio da Gloria. Por
allí llegaban pequeños abastecimientos y podrían entrar, a voluntad, nue vos
refuerzos de combatientes. Porque se dirigían precisamente por los rumbos más
favorables, atravesando un vasto trecho de territorio que es el núcleo donde se
ligan y se confunden los fondos de los sertones de seis estados, desde Bahía a
Piauí.
De ese modo dejaban a los sertanejos la mejor
salida, llevándolos a la matriz donde se habían gestado todos los elementos de
la revuelta. En último caso, era el escape salvador. La población,
rastreándolos, apenas sería perseguida en las primeras leguas, después el
desierto sería su abrigo seguro.
Sin embargo no lo hicieron, aunque sentían su
fuerza decaída mien tras aumentaba la del adversario. Habían desaparecido los
principales cabecillas: Pajeú, en los últimos combates de julio; el siniestro
Joáo Abade, en agosto; Macambira, recientemente; José Venancio y otros. Como
figuras principales quedaban Pedráo, terrible defensor de Cocorobó y Joaquim
Norberto que guiaban a las fuerzas por la carencia de otros mejores. Por otro
lado, escaseaban las provisiones y cada vez más se acen tuaba el desequilibrio
entre el número de combatientes válidos, continua
mente disminuido y el de mujeres y niños, viejos,
lisiados y enfermos, continuamente creciente. Esta mayoría obstaculizaba el
movimiento de los primeros y reducía los recursos. Podían huir, filtrarse poco
a poco en grupos diminutos por los caminos que les restaban, dejando a aquéllos
desahogados y evitándose el último sacrificio. No lo quisieron. Motu proprio,
todos los seres frágiles y abatidos, conocedores de su desamparo, se adaptaron
a un ayuno casi total, en pro de los defensores. Pero no los dejaron.
La vida de la aldea se volvió entonces atroz. Lo
revelaron después la miseria, el completo abatimiento y la espantosa flacura de
seiscientas prisioneras. Días de angustias indescriptibles fueron soportados
ante las últimas puertas abiertas a la libertad y a la vida. Y se quedaron para
todo y para siempre, de modo inexplicable, si más tarde, los mismos que las
atravesaron no hubieran revelado el origen de ese admirable estoi cismo. Tan
simple.
El 22 de agosto había fallecido Antonio Conselheiro
330.
Al ver caer las iglesias, destruido el santuario,
los santos hechos asti llas, los altares caídos, las reliquias desprendidas de
las paredes y, aluci-nadora visión, el Bom Jesús caer del altar mayor y dar en
tierra, despe dazado por una granada, su organismo debilitado se quebró,
herido de violentas emociones. Comenzó a morir. Llevó su abstinencia de
costumbre a un ayuno total. Y un día quedó inmóvil, la frente pegada al suelo,
dentro del templo en ruinas.
Allí lo encontró una mañana Antonio Beatinho.
Estaba rígido y frío, llevaba al pecho un crucifijo
de plata.
Este acontecimiento, capital en la historia de la
campaña, y que pa recía debía producir su terminación inmediata, contra lo que
era de es perar, avivó la insurrección. Tal vez arrastrada por el espíritu
ambicioso de algún cabecilla que prefigurase las consecuencias desastrosas del
he cho o, lo que también se puede creer, nacida espontáneamente de la hipnosis
colectiva, luego que la beatería impresionada notara la falta del apóstol,
aunque en los últimos tiempos pocas veces lo veían, y se divul gase la extraordinaria
noticia.
Los vencidos lo relataron después, ingenuamente:
Antonio Conselheiro había seguido viaje hacia el
cielo. Al ver muertos a sus principales ayudantes y a tan grande número de
soldados, resolvió dirigirse directamente a la Providencia. El fantástico
embajador estaba ahora junto a Dios. Había dejado todo prevenido. Así es que
los soldados, aunque sufrieran las mayores privaciones, no podían salir del
lugar donde se encontraban. Ni tampoco irse afuera como otras veces. Estaban
pegados a las trincheras. Era menester que allí se quedasen para la expiación
suprema, en el lugar mismo de sus crímenes. Porque el profeta vendría en breve,
entre millones de arcángeles, bajando en un vuelo olímpico,
cayendo sobre los sitiadores, fulminándolos y
comenzando el Día del Juicio.
Se aliviaron todas las almas, los creyentes se
dispusieron para los peores momentos de la penitencia que los salvaría, y
ninguno notó que poco después, bajo pretextos varios, algunos incrédulos y
entre ellos Vila-Nova, abandonaban el poblado, tomando por caminos ignorados.
Cada tanto salía alguno. Eran los últimos que
salían porque el día 24, la situación cambió.
COMPLEMENTO DEL ASEDIO
Al alba, mientras la izquierda de la línea y de los
cañones de la Favela iniciaban un reñido ataque, atrayendo hacia aquel lado la
atención del enemigo, el teniente coronel Siqueira de Meneses, seguido por los
batallo nes de líneas 249, 389 y 32? bajo el mando del mayor Henrique de
Magalháes, capitán Afonso Pinto de Oliveira y teniente Joaquim Potengi; el del
Amazonas; el ala derecha del de Sao Paulo guiada por el mayor José Pedro de
Oliveira; y un contingente de caballería al mando del alférez Pires de Almeida,
marchó hacia la parte todavía desguarnecida del cerco, asaltando los pequeños
contingentes que lo guardaban dentro de las últimas viviendas que estaban
diseminadas por aquel lugar.
Los jagungos no contaban con que fuesen hasta allá.
Era el punto de Canudos diametralmente opuesto a la Fazenda Velha y más
distante del primitivo frente del asalto.
Se veía un suburbio nuevo, las "Casas
vermelhas”, erigido después del fracaso de la 3? expedición y en él,
edificaciones más correctas, cubiertas algunas con tejas. No estaba
convenientemente guarnecido. Le faltaban las trincheras que eran tan numerosas
en otros puntos, y, circunstancia desastrosa en la emergencia para los
rebeldes, todas las viviendas, por ser las más distantes, estaban repletas de
mujeres y niños.
La fuerza, llevando el 249 a la vanguardia, y
marchando por el lecho del río, les cayó encima por sorpresa. Como en general
les sucedía, los guerrilleros quedaron obstruidos por la barahúnda del mujerío
miedoso. Pero no cedieron en seguida la posición, retrocedían resistiendo y
acom pañándolos, los soldados fueron metiéndose por las calles.
Tomando la ofensiva, reeditaban episodios
inevitables. Colocaban la boca de las espingardas sobre los tabiques de barro,
disparándolas al azar, hacia adentro, las destrozaban después a culatazos y
sobre el montón de trapos y muebles miserables, tiraban fósforos encendidos.
Adelante retro cedía el sertanejo metiéndose en los ranchos y aquí y allí, la
resistencia estupenda de alguno que se jugaba cara la vida. Uno de ellos,
abrazado a su mujer e hija, en el momento en que la puerta de la choza se
abrió, a golpes, se tiró rudamente sobre la entrada y mató, en desquite
terrible,
al primer agresor que encontró, el alférez Pedro
Simóes Pinto, del 249. Murió en seguida, en un círculo de soldados que lo
abatieron a sablazos. Y al expirar, tuvo una frase lúgubre: "Al menos maté
a uno. . . ” 33\
Otro distrajo a los soldados. Fue un episodio
truhanesco y funesto. En un rincón de la salita invadida, caído de costado,
casi sin fuerzas para sentarse, adelgazado hasta la flacura extrema, un
curiboca viejo, medio desnudo, cubierto de harapos, trataba de disparar una
lazarina antigua. Sin fuerzas para levantarla, apenas lo hacía se le caía de
los brazos flojos; desesperado, torcía la cara en una mueca de cólera
impotente. Los plazas lo rodearon por un instante y en seguida estallaron en un
coro estrepitoso de carcajadas.
Pero esta resistencia a todo trance en la que
entraban los mismos mo ribundos, terminó por cortarles el paso. En poco tiempo
tuvieron trece bajas. Además, el adversario retrocedía pero no huía. Se quedaba
adelante, a dos pasos, en la misma vivienda, en la pieza de al lado, separado
apenas por algunos centímetros de pared. Se detuvieron. Para no perder el
avance se detuvieron y formaron barrera con los muebles y destrozos de las
casas. Era el proceso usual y obligatorio.
Adelante no había terreno neutral. El jagungo se
quedaba, indomable, del otro lado de la barrera, vigilante, ajustando su
puntería.
Esta refriega, atronando al norte, resonaba en el
campamento ponién dolo en alarma. Atestadas de curiosos, todas las casitas
adyacentes a la comisión de ingenieros formaban una platea enorme para
contemplar el drama. Aplaudían, pateaban. Estallaban "bravos”. La escena,
real, concre ta, se les aparecía como una ficción estupenda, en ese escenario
revuelto, en el esplendor siniestro de los incendios. Estos avanzaban empujados
por el soplo del nordeste, con su humo amarillento, con algunas llamaradas
fugaces. Era la sombra del cuadro, abarcándolo de extremo a extremo y
ocultándolo, a veces completamente, como el telón que cae sobre un acto de
tragedia.
En esos intervalos, la aldea desaparecía.
Desaparecían totalmente las casas. Delante de los espectadores se extendía un
lienzo de humo. Lo recortaba, rubio y sin brillo — una chapa circular en
brasas— un sol de eclipse. De pronto, una llamarada. Por su gran rasgón abierto
de arriba abajo, se divisaba un pedazo de la aldea, grupos de mujeres y niños
corriendo hacia el sur, en tumulto, indistinguibles entre el humo. Las baterías
de la Favela golpeaban de frente. Los grupos miserables, entre los dos fuegos,
fustigados por la fusilería, repelidos por el cañoneo, desapa recían al fin,
entre los escombros, al fondo del santuario. O los escondían las nubes de humo
de los fuegos de lenta combustión, rodando por los techos, compactos,
extendiéndose por el suelo, adensándose o deshacién dose según la acción de
los vientos, chocando con el frente de la iglesia nueva, dejándola luego al
descubierto, disolviéndose ante un trecho de sierto del río, perdiéndose
alargadas sobre las cumbres de las colinas.
Los curiosos espectadores, liberados, por su
lejanía, de actuar en el drama, cuando las nubes de humo se adensaban
estallaban en groseros clamores de contrariedad, como espectadores frenéticos
agitando sus bi nóculos inútiles, tratando de adivinar el enredo
inopinadamente encu bierto.
Porque la acción se prolongaba. Se prolongaba
anormalmente, sin la intervención de descargas o de tiroteos cerrados, de modo
que, a veces, el ánimo de los que escuchaban ansiosos, decaía pensando en una
salida de los sertanejos por las rutas del norte. Además, los ecos de los
estam pidos a veces sonaban a la derecha y a retaguardia, dando la idea de un
ataque del enemigo en una revancha repentina. Se intercambiaban ór denes
precipitadas. Se formaban los cuerpos de reserva. Se cruzaban pre guntas conmovidas.
. .
A lo lejos se oían igualmente el coro de insultos y
vivas. Se corría de nuevo a los binóculos. Una claridad abría otra vez el
escenario tallándolo de medio a medio.
En el desahogo estallaban aclamaciones y aplausos.
Los jagungos re trocedían.
Por fin se vio llegando hasta el camino del
Cambaio, una línea de banderolas coloradas.
Canudos estaba bloqueado.
La nueva llegó en seguida al campamento y de allí
salieron correos hacia Monte Santo desde donde el telégrafo la desparramaría
por el país entero.
Toda la periferia del poblado estaba cerrada. Ya no
se podía escapar un solo habitante. Al este, el centro del campamento; la
retaguardia de la línea negra cubierta por la 3* brigada; al norte, las
posiciones recién expugnadas, guarnecidas por el 319, el ala izquierda del 249,
el 38?, el ala derecha del batallón paulista y el 32? de infantería, cortando
los caminos del Uauá y de la Várzea da Ema. En todo el cuadrante del noroeste,
guarniciones espaciadas, ladeando el puesto artillado en el ex tremo del camino
del Cambaio; la Favela y el baluarte dominante de la trinchera Sete de
Setembro, al sur.
Aunque fragmentada, se había dibujado la curva
cerrada del asedio, real, efectivo.
La insurrección estaba muerta.
ULTIMOS DIAS
l —Las convulsiones de los vencidos. Los
prisioneros. II.—Testimonio de un testigo. I II —Titanes contra mori bundos.
Alrededor de los pozos de agua. Sobre los muros de la iglesia nueva. IV.—Paseo
dentro de Canudos. V.—El asalto. Notas de un diario. V I—El fin. El cráneo del
Conselheiro. V
il-D os líneas.
I
ULTIMOS DIAS
LAS CONVULSIONES DE LOS VENCIDOS
Ocurrió entonces un hecho extraordinario,
totalmente imprevisto.
El enemigo revivió con vigor increíble. Los
combatientes que lo en frentaban desde el comienzo, no lo reconocían. Hasta
ese momento lo habían visto con astucias, con engaños y emboscadas, indomable
para repeler las cargas más valientes, sin par en la fugacidad con que sabía
sustraerse a los ataques más imprevistos. Comenzaron a verlo heroico.
La presión de millares de bayonetas que lo
cercaban, lo estimularon, lo endurecieron y de nuevo le dieron la iniciativa en
los combates. Estos comenzaron desde el 23, insistentes como nunca, desde todos
los puntos, gigantes, golpeando trinchera por trinchera todo el cerco.
Era como una ola embravecida, desencadenada en un
tumulto de vorágine. Rechazada por el cierre del este, refluía en descargas en
direc ción del Cambaio, reventaba en las cuestas que por allí bajan hacia el
río, recibía encima y de lleno, la réplica de las guarniciones que estaban
arriba y rotaba hacia el norte, borbotaba dentro del Vaza-Barris hasta
despedazarse en el encuentro de las empalizadas que lo cerraban; volvía
vertiginosamente al sur; se agitaba, veloz, por la aldea, atravesándola, para
ir a caer ante los espolones de la Favela; saltaba de nuevo hacia el este,
estrepitosamente golpeaba la izquierda del 59 de Bahía; era recha zada; caía
sobre la barrera del 26?; era repelida; se retraía de ese lugar hacia el centro
de la plaza, serpenteando, para quebrarse un minuto des pués contra la línea
negra; apenas se la veía entre la claridad fugaz de la fusilería, corriendo
hacia el norte, una vez más y volviendo a los mismos puntos, siempre rechazada
y atacando siempre, como el remolino impa rable de un ciclón. . . Se detuvo.
Una súbita quietud suplantó el tor bellino furioso, un silencio absoluto bajó
sobre los campos. Los sitiadores dejaron la formación de combate.
Pero descansaron breves minutos.
Un estampido atronó en la iglesia nueva y se veían
bultos errantes, cruzándose, haciendo equilibrios sobre los escombros,
corriendo en una ronda enloquecida. La artillería los alcanzaba con sus balas.
Caían como simios despeñados. Se perdían en las proximidades del santuario.
Pero reaparecían en un punto cualquiera de la línea. Atacaban y eran recha
zados, atacaban otras trincheras y eran repelidos, caían sobre las que se
sucedían y seguían en un giro enorme, enloquecidos, en la rotación de los
ataques.
Los que el día anterior desdeñaban al adversario
encubierto por esas casuchas quedaban asombrados. Como en los malos días del
pasado, todavía con más intensidad, reapareció el espanto.
Terminaron los desafíos imprudentes. Se decidió que
no sonasen las cornetas. Sólo había un toque posible — el de alarma— y lo daba
elo cuentemente el enemigo.
Los cerros se despoblaron. Terminaron de
fanfarronear los que por allí andaban, desafiando tiros. Valientes de fama, se
acogían a la cautela, andando curvados por los pasajes, trasponiendo a saltos
los lugares descubiertos. Las comunicaciones volvieron a ser difíciles. Desde
que aso maban por el sur en la cresta de los morros, por el camino del
Calumbi, los convoyes comenzaban a ser baleados, bajaban precipitándose y
algunos cargueros caían heridos al dar el último paso, a la entrada del cam
pamento.
La situación se volvió imposible.
No se entendía cómo, después de tantos meses de
lucha, los jagungos aún tuvieran munición de guerra. Y no la economizaban. En
ciertas oca siones, en lo más agudo de los tiroteos, disparaban tan tupido que
ase mejaban los aullidos de un viento fuerte.
Proyectiles de toda especie, de mannlicher y máuser
con sus silbidos finos, de Comblain con zumbidos llenos y sonoros, repiques
duros de trabucos, rijosos como los de cañones revólveres, desde todas partes,
sobre toda la línea, sobre las carpas próximas a los cuarteles generales, sobre
todos los morros, hasta el trecho resguardado de la Favela donde paraban los
cargueros y los heridos; sobre todas las huellas, sobre el lecho largo y
tortuoso del río y sobre las depresiones más escondidas; res balando con estruendos
por el toldo de cuero de hospital de sangre y despertando a los enfermos
transidos de espanto, despedazando frascos en la farmacia militar anexa;
golpeando, sin que se pudiese explicar una trayectoria tan baja, sobre los
ranchos de follaje a un palmo de las redes de donde saltaban, sorprendidos,
combatientes fatigados; dando como piedras duras sobre las paredes espesas de
las casillas de la comisión de ingenieros y el cuartel general de la columna; y
fuera de las carpas, de las casas, de los toldos, de las tiendas, estallando,
rozando, percutiendo en los flancos de las colinas, sobre las placas recosas,
quebrándolas, des prendiendo astillas, en una profusión terrible de metrallas.
. .
La lucha se acercaba febrilmente al desenlace de la
batalla decisiva que la remataría. Pero ese paroxismo estupendo acobardaba a
los ven cedores.
LOS
PRISIONEROS 332
El día 24 llegaron los primeros prisioneros.
Volvía triunfante la tropa que al principio había
hecho prisioneros por el camino a media docena de niños, de cuatro a ocho años,
disper sos por allí y llenos de miedo, y que escudriñando mejor en las casas
conquistadas, había encontrado a algunas mujeres y hombres heridos.
Estos eran muy pocos y estaban en un estado
deplorable, cansados, harapientos, casi sin movimiento.
Uno venía sostenido de las axilas por dos plazas y
sobre el pecho desnudo, diagonalmente, se veía la herida del sable que lo había
aba tido. Otro, el viejo curiboca desfalleciente que no había podido disparar
contra los soldados, parecía un desenterrado. Herido desde hacía meses, con
astillas de granada en el vientre, mostraba dos agujeros de bordes oscuros y
cicatrizados por donde salían los intestinos. La voz se le moría en la garganta
sin poder salir. No lo interrogaron. Puesto a la sombra de una carpa continuó
su agonía prolongada desde hacía tres meses.
Algunas mujeres hicieron revelaciones: Vila-Nova
había salido en la víspera hacia la Várzea da Erna. Desde hacía tiempo se
sentía el hambre en la aldea y casi todos los alimentos se destinaban a los
combatientes. Revelación más grave: el Conselheiro hacía mucho que no aparecía.
Más aún, cerradas todas las salidas, había
comenzado ahí adentro el suplicio creciente de la sed.
Las informaciones no iban más allá. Los que las
hacían apenas podían responder a las preguntas. Sólo uno no mostraba en su
físico las priva ciones sufridas por los demás. Fuerte, de estatura mediana y
de buena envergadura, era, todo lo revelaba, un luchador de primera línea,
quizá uno de los guerrilleros acróbatas que se largaban ágilmente por la
estruc tura derruida de la iglesia nueva. Primitivamente blanco, tenía la cara
tostada y marcada de viruela. De la cintura le pendía la vaina vacía de una faca
larga. Lo habían hecho prisionero en plena refriega. Había logrado derribar a
tres o cuatro plazas y hubiera escapado si no lo hubiera alcanzado una bala en
la órbita izquierda. Sofocado, como si fuera una fiera, entró a la tienda del
comandante de la 1^ columna. Allí lo largaron. La respiración entrecortada
revelaba el cansancio de la lucha. Levantó la cabeza y la mirada singular que
salía de sus ojos — uno lleno de brillo, el otro lleno de sangre— asustaba.
Tartamudeó algunas frases. Se sacó el sombrero de cuero e ingenuamente, hizo
ademán de sentarse.
Era la suprema petulancia del bandido.
Brutalmente repelido, rodó hasta la otra puerta,
golpeado por puños fuertes.
Ya afuera, sin que protestara, le pasaron una
cuerda por la garganta y llevado a los empellones hacia el flanco izquierdo del
campamento, el infeliz se perdió con sus siniestros acompañantes en el seno
misterioso de la caatinga.
Al llegar a la primera cañada ocurre una escena
común. Los soldados, invariablemente, imponían un viva a la República que pocas
veces era satisfecho por la víctima. Era el invariable prólogo de una escena
cruel. Agarrándolo por los cabellos le doblaban la cabeza, le descubrían la
gar ganta y lo degollaban. No pocas veces, la impaciencia del asesino obviaba
esos preparativos lúgubres. Entonces el proceso era más expeditivo: lo mataban
rápidos con el facón.
Un solo golpe que entraba por el bajo vientre. Un
destripamiento rápido.
Tenemos valientes que estaban llenos de ansiedad
por realizar esos cobardes procedimientos, tácita y expresamente aprobados por
los jefes militares. A pesar de tres siglos de atraso, los sertanejos no les
llevaban ventaja en la realización de idénticas barbaries.
II
TESTIMONIO
DEL AUTOR
Mostrémoslas rudamente.
Testimoniemos.
El hecho era común. Se había convertido en un
pormenor insigni ficante.
Comenzó con la espuela irritativa de los primeros
reveses, terminó siendo práctica habitual, minúscula, equiparada con las
últimas exigen cias de la guerra. Prisionero el jagungo sano y capaz de
aguantar el peso de la espingarda, no se gastaba un segundo en consultas
inútiles. Se lo degollaba, se lo destripaba. Uno u otro comandante se tomaba el
trabajo de hacer un gesto expresivo. Era una redundancia sorprendente.
La dispensaba el soldado dedicado a la tarea.
Que, como vimos, era simple. Enlazar al cuello de
la víctima una tira de cuero con un cabestro, llevarla hacia adelante,
atravesar las carpas sin que nadie se sorprendiera, y sin temor de que la
víctima se escapase porque a la mínima señal de resistencia o de fuga, un tirón
desde atrás haría que el lazo se anticipase al facón y el estrangulamiento al
degüello. Avanzar hasta la primera depresión profunda era un requi sito
formalista, y llegados ahí, matarla. En ese momento, según el humor de los
verdugos, surgían ligeras variantes. Como se sabía, el supremo
temor de los sertanejos era morir a arma blanca, no
por el miedo a la muerte sino por sus consecuencias, porque creían que de tal
forma no salvarían su alma.
Entonces explotaban esa ingenua superstición. No
pocas veces les prometían la limosna de un tiro si hacían revelaciones. Muy
pocos las hacían. La mayoría enmudecía, estoicos, inquebrantables, afrontando
la irrisión eterna. Les exigían vivas a la República. O sustituían esa burla
dolorosa por el chasqueo franco e insultante de alusiones crueles, con un coro
hilarante y brutal de risas hirientes. Y los degollaban o los cosían a
puntazos. Rápido. Sobre la tragedia anónima, oscura, que se desarrollaba sobre
el escenario pobre y triste de las colinas erizadas de cactos y piedras,
estallaban carcajadas lúgubres y los matadores volvían al campamento. Nadie les
preguntaba sobre los incidentes de la empresa. El hecho era de una vulgaridad
total. Los mismos jagungos sabían la suerte que los esperaba al caer
prisioneros. En la aldea se conocía ese proceso sumario y esto, en gran medida,
contribuyó a la resistencia de-mencial que ofrecieron. Se hubieran rendido, por
cierto, atenuando los estragos de la campaña, ante otros adversarios. Ante
éstos lucharían hasta la muerte.
Y cuando al
fin, dominados, eran conducidos ante los jefes militares, ya estaban conformes
con su destino fatal. Adoptaban una serenidad extraña y uniforme, inexplicable
entre hombres tan diferentes, de carac teres tan discordes, mestizos de toda
suerte, diferentes en la índole y en el color.
Algunos se erguían con altanería increíble en el
escalón inferior y último de nuestra raza. Veamos algunos ejemplos.
Un negro, uno de los pocos negros puros que allí
había, preso a fines de setiembre, fue conducido hasta la presencia del
comandante de la 1$ columna, general Joáo da Silva Barbosa. Llegó jadeando,
exhausto por la marcha a golpes y por la lucha en que había sido hecho
prisionero. Era espigado y seco. Mostraba una organización endurecida por los
rigo res del hambre y del combate. La delgadez le alargaba el porte, ligera
mente encorvado. La greña, demasiado crecida, le ocultaba la frente estrecha y
fugitiva; el rostro, donde el prognatismo era acentuado, desa parecía en el
espesor de la barba. Parecía una máscara inmunda. Llegó tambaleándose. El paso
claudicante, la cabeza lanuda, la cara oculta, la nariz chata sobre los labios
gruesos, entreabiertos por los dientes torcidos y salidos, los ojos pequeñitos,
dos luces vivas dentro de las órbi tas profundas, los largos brazos
oscilantes, todo le daba apariencia de orangután valetudinario.
No traspuso el umbral de la tienda.
Era un animal. No vaha la pena interrogarlo.
El general de brigada Joáo da Silva Barbosa desde
la hamaca donde convalecía de una herida reciente, hizo un gesto. Un cabo de
escuadra,
adscrito a la comisión de ingenieros y famoso por
ese tipo de hazañas, adivinó la intención. Se acercó con la correa. Diminuto de
estatura, le costó enlazar el cuello del condenado. Este lo auxilió
tranquilamente, soltó el nudo embarullado, lo ajustó con sus propias manos. . .
Cerca, un teniente del estado mayor de primera
clase y un estudiante de medicina, contemplaban la escena.
Y vieron transformarse al infeliz apenas dados los
primeros pasos hacia el suplicio. De aquel cuerpo negro y repugnante, mal
sostenido por las piernas flojas, surgieron, repentinamente, líneas admirables,
terriblemen te esculturales, de una plástica estupenda.
Una belleza estatuaria modelada en barro.
El cuerpo abatido se levantó, vertical y rígido, en
una actitud altiva. La cabeza se afirmó sobre los hombros que se echaron atrás
alzando el pecho en gesto desafiante y la mirada, con una luz varonil, le
iluminó la frente. Caminó impasible y firme, mudo, la cara inmóvil, la
muscu-latura revelándose sobre los huesos, como una estatua antigua, estatua de
titán, enterrada desde hacía cuatro siglos, renegrida y mutilada, en esa
inmensa ruina de Canudos. Era una inversión de papeles. Una antinomia vergonzosa.
. .
Y estas cosas no impresionaban. . .
Se había hecho una concesión al género humano: no
se mataban mujeres y niños. Pero era necesario que no se mostraran peligrosas.
Fue el caso de una mameluca cuarentona que apareció cierta vez en la tienda del
comando en jefe. El general estaba enfermo. La interrogó desde su lecho de
campaña, rodeado de gran número de oficiales. El interrogatorio se reducía a
las preguntas de costumbre: número de combatientes, estado en que hallaban,
recursos que poseían, y otras, de ordinario respondidas con un "¡No sé!”
decisivo o un "¿Y yo sé?” vacilante y ambiguo. La mujer, desenvuelta,
enérgica e irritada, se explayó en consideraciones imprudentes. Que de nada
valían tantas preguntas, que los que las hacían sabían bien que estaban
perdidos, que no eran sitiadores sino presos. Que no serían capaces de volver
como los de las otras expediciones y que en breve tendrían una desdicha mayor,
se quedarían todos ciegos y andarían al azar por esas colinas, etcétera. Y
hablaba con una gesticulación irres petuosa, libremente.
Irritó. Era una mujerona peligrosa. No merecía la
benovolencia de los triunfadores. Al salir de la carpa, un aférez y varios
plazas la maniataron.
Esa mujer, ese demonio en enaguas, esa bruja de mal
agüero fue degollada 333.
Se salvaban las tímidas, en general consideradas
escollos incómodos en el campamento que atravesaban como maletas viejas.
Era el caso de una vieja que fue hecha prisionera
con dos nietos de cerca de diez años, junto a la cuesta en que acampaba el
piquete de caballería. Los niños, raquíticos, en una consunción absoluta, ya no
caminaban, habían vuelto a gatear. Lloraban
continuamente de hambre. Y la abuela, desatinada, limosneando por las carpas
los restos de las mar mitas, y corriendo luego a calentarlos, abrigándoles los
cuerpos con restos de camisas, y dejándolos otra vez, agitada, infatigable en
su desvelo, andando por acá y por allá, a la busca de una camisa vieja, de un
pan caído del bolsillo de los soldados, o de un poco de agua, doblada por los
sufrimientos y la edad, tanteando por un lado y por el otro, yendo y viniendo,
tambaleando y sacudida siempre por una tos persistente, de tísica, conmovía los
corazones más duros. Era como un castigo, pasaba y volvía a pasar como la
sombra impertinente y recalcitrante de un remor dimiento.
Por eso, el degüello era infinitamente más
práctico, se decía limpia mente. Aquello no era una campaña, era una
carnicería. No era la acción severa de las leyes, era la venganza. Diente por
diente. Por esos aires aún flotaba el polvo de Moreira César, quemado. Se debía
quemar. Más adelante, el cuerpo decapitado de Tamarinho. Se debía degollar. La
represión tenía dos polos, el incendio y el cuchillo.
Se justificaban: el coronel Carlos Teles salvó
cierta vez a un sertanejo prisionero. La ferocidad de los sicarios se retrajo
ante el alma generosa de un héroe. . .
Pero el desliz imperdonable de ser bueno fue
pagado. El jagungo salvado, consiguió huir y le dio un tiro que lo quitó del
teatro de la guerra. Se creía en esas cosas. Las inventaban. Eran recursos
absoluto rios anticipados. Se exageraban sucesos, los martirios de los
compañeros muertos, los que cayeron en las emboscadas, los cadáveres puestos
como espantajos al borde de los caminos. El salvajismo sin piedad se amparaba
en la piedad por los compañeros muertos. Vestía el luto púrpura de los chinos y
lavaba con lágrimas para lavarse en sangre.
Además, no había por qué temer el juicio terrible
de la historia.
La historia no iría hasta allí.
Estaba acostumbrada a ver la fisonomía temerosa de
los pueblos en las ruinas majestuosas de las grandes ciudades, en la imponencia
soberana de los coliseos ciclópeos, en la gloriosas matanzas de las batallas
célebres y en el salvajismo épico de las grandes invasiones. Nada tenía que ver
con ese matadero.
El sertón es el homicidio. Quien camina sus
huellas, al divisar al borde del camino una cruz sobre la tumba de un asesinado
no pregunta por el crimen. Se saca el sombrero y pasa.
Hasta allá no llegaría la corrección de los poderes
constituidos. El aten tado era público. Lo conocía en Monte Santo el principal
representante del gobierno y guardaba silencio. Así, la conciencia de la
impunidad, fortalecida por el anonimato de la culpa y por la complicidad tácita
de los únicos que podían reprimirla, se amalgamó con todos los rencores
acumulados, y arrojó, armada hasta los dientes,
encima de la mísera sociedad sertaneja, una multitud criminal y pagada para
matar.
Canudos tenía, muy justamente, a su alrededor, un
cerco de monta ñas. Era un paréntesis, era un hiato. Era un vacío. No existía.
Tras puesto ese cordón de sierras ninguno era pecador.
Se daba un salto prodigioso en el tiempo, se
resbalaba por los siglos hacia abajo.
Descendiendo por las colinas donde se enclavaba esa
urna enorme, se podía representar oscuramente un drama sanguinolento de la edad
de las cavernas. El escenario era sugestivo. Los actores, de uno y de otro
lado, negros, caboclos, blancos y amarillos, traían intactas en sus caras la
caracterización indeleble y multiforme de las razas y sólo podían uni ficarse
sobre la base común de los instintos inferiores y malvados.
La animalidad primitiva, lentamente expurgada por
la civilización, resurgió entera. Se desnudaba finalmente. Se encontró en las
manos, en lugar del martillo de granito y del arpón de hueso, la espada y la
carabina. Pero el cuchillo recordaba mejor el antiguo puñal. Lo usó. No había
que temer nada. Ni siquiera el juicio remoto del futuro.
Mas entre los deslumbramientos del futuro, salía
implacable y re vuelta, sin altura, porque la deprime el tema, brutalmente
violenta, por que es un grito de protesta, sombría, porque refleja una mancha,
esta página sin brillo.
III
TITANES CONTRA MORIBUNDOS
El combate del 24 precipitó el fin. La presión que
se realizaba al norte, se correspondió con otra igualmente vigorosa, el día 25,
avanzando desde el sur. El cerco se cerraba tenazmente. Los dos batallones de
Pará y el 27? de línea entraron ése día en acción, bajando desde lo alto del
Mário donde acampaban, a retaguardia de la trinchera Sete de Setembro. Y lo
hicieron por su cuenta, ajenos a cualquier orden del comandante general.
Tenían graves motivos para hacerlo.
La derrota de Canudos les parecía inminente.
Desde la altura en que se encontraban, en el ángulo
muerto de la vertiente, observaban todo y veían que abajo se apretaba el
cinturón del sitio, veían ampliarse continuamente el molde de los incendios,
veían al poblado cada vez más reducido a la gran plaza siempre desierta, enorme
claro en el que temían entrar por igual los combatientes de los dos campos.
Adelante, cerca, estimulándolos, atronaba la artillería; abajo, crepitaban los
tiroteos incesantes, y ellos estaban allí, inútiles, desde
ñados hasta por las balas perdidas, que pasaban por
arriba, muy altas, inofensivas.
Aquello terminaría de un momento a otro, les
quedaría la vuelta sin gloria, espadas vírgenes, banderas intactas, porque el
general en jefe no encubría su propósito de no precipitar los acontecimientos
en un inútil dispendio de vidas, cuando la rendición en pocos días más, era
inevitable. Esta intención, expresada sin rodeos, sobre ser la más práctica era
la más humana. Pero molestaba al renombre guerrero de los que aún no habían
combatido. Los desairaba. Tendrían que recibir sin merecimiento, gratuitamente,
las coronas anticipadamente bordadas en los estados nati vos de cada uno, por
las madres, las esposas, las novias y las hermanas nostálgicas. Y no pudieron
contenerse. Bajaron ruidosamente las colinas.
Entonces trabaron un combate que fue una sorpresa
menos para los atacados que para el resto de las líneas sitiadoras. Se
desencadenó hacia el lado del Cambaio, secundado por la artillería del coronel
Olimpio de Silveira y en breve trecho, creció con extraordinaria intensidad.
Por lo que se supo después, esos héroes
impacientes, dirigidos por los coroneles Sotero de Meneses y Firmino Régo,
tenían como objetivo tomar la aldea. Cargarían hasta el río. Lo cruzarían
atacando sin parar. Aso marían en la plaza vacía. A paso redoblado, en una
dispersión de careas de bayoneta, tomarían por esos callejones. Los barrerían.
Saltarían sobre los escombros humeantes pisando a los matutos atónitos. Y
caerían en una explosión de aplausos, sobre el cerco del norte, entre las
guarniciones sorprendidas.
Era un estupendo golpe de audacia. Pero no conocían
a los sertanejos. Se les interpusieron vigorosamente. Los enfrentaron. Al cabo
de cierto tiempo, les anularon el intento. Y se tomaron una revancha, sin
saberlo. Porque, de hecho, había una insolencia irritante en el ataque, en la
impaciencia, en el ansia desaforada con que esos bravos militares -—ro bustos,
bien equipados, bien nutridos, bien armados, bien dispuestos— buscaban abatir
la organización debilitada de los adversarios que desde hacía tres meses
sobrevivían hambrientos, baleados, quemados, desangra dos gota a gota, las
fuerzas perdidas, los ánimos acabados, y las esperanzas muertas, muriendo día a
día en un agotamiento absoluto. Darían la última punzada de bayoneta en el
pecho del agonizante, el tiro de misericordia en el oído del fusilado. Y por
cierto, poca fama cobrarían con semejante hazaña.
Pero ni ésta tuvieron.
Apretaron más el cerco, es cierto, pero sin que el
resultado alcanzado resarciese los sacrificios hechos: cerca de ochenta hombres
fuera de com bate y entre ellos, herido, el coronel Sotero, y muerto, el
capitán Manuel Batista Cordeiro, del regimiento de Pará.
En compensación, se decía, las pérdidas del enemigo
fueron enormes, cen tenares de muertos, centenares de casas conquistadas. En
efecto, la parte de la aldea en poder de aquéllos, se reducía ahora a menos de
un tercio: la faja septentrional de la plaza y el caserío junto a la iglesia.
Once batallones (1 6 9, 22? 249, 279, 329, 339,
379, 38“ de línea, el del Amazonas, el ala derecha del de Sao Paulo, y el 29 de
Pará) más de dos mil quinientos hombres se habían apoderado en los últimos
días, de cerca de dos mil casas y oprimían a los sertanejos, tirando desde la
vertiente de la Fazenda Velha al sur y al este, contra igual número de
bayonetas de los batallones 259, 7Q, 99 359, 409, 309, 129 y 269 de línea y el
59 de policía.
Eran cinco mil soldados en números redondos,
excluidos los que per manecían de guardia en el campamento y en el camino de
Monte Santo.
La población combatida tenía un cerco de 20
batallones y se amon tonaba en menos de quinientas casas, al fondo de la
iglesia, en la última vuelta del río. Hora a hora, los incendios le reducían el
terreno. Aunque las casas, con su maderamen escaso, alimentaban muy poco las
llamas, éstas avanzaban lentamente, ahogados por humaredas pardas, que recor
daban la combustión imperfecta de centenares de hornos catalanes, ex
playándose por los techos, volviendo aún más triste el escenario desolado y
monótono. La artillería de los morros apenas tiraba, exigiendo a la pun tería
grandes cuidados porque el mínimo desvío o variación de altura arrojaría las
balas sobre los mismos asaltantes.
A pesar de eso, la plaza seguía vacía. Nadie se
había atrevido a tomar las casas que la limitaban por el norte y dentro de
éstas se habían refu giado los últimos fagungos. Los más audaces aún
continuaban entre los muros desmantelados del templo. Los comandaban jefes sin
gran renom bre. Esos héroes anónimos, sin embargo, dispusieron a su gente para
la muerte y andando por todas partes, la alentaban a la resistencia incom
parable, tomando todas las medidas que pudieran prolongar indefinida mente el
desenlace.
A partir del día 26, los combatientes se alternaban
en las trincheras desde las que respondían a los ataques, para asumir otras
labores, por ventura, más pesadas y serias.
Preparaban junto al santuario su último reducto,
una excavación rec tangular y ancha. Abrían su propia tumba. Batidos de todas
partes, irían retrocediendo, palmo a palmo, cuerpo a cuerpo, hacia esa cueva
donde se sepultarían, indomables.
También excavaban, en busca del agua que les
faltaba, profundos pozos. Las mujeres, los niños, los viejos y los enfermos,
colaboraban en esos rudos trabajos. Pero apenas si podían profundizar unos dos
metros en estratos durísimos, para alcanzar las capas sobre las que reposaban
tenues pañuelos húmedos filtrados por el último desagote del río. A veces los
alcanzaban y al cabo de una hora se habían extinguido, sorbidos
por la avidez de esponja de la atmósfera. Comenzó a
torturarlos la sed, avivada por las conmociones y por el calor. El combate se
volvió entonces una diversión lúgubre, un atenuante de miserias mayores.
Tiraban desor denadamente, al azar, sin el antiguo rigor en la puntería, hacia
todas partes, en un derroche de municiones capaz de agotar el arsenal más rico.
Los que se escondían en la iglesia nueva continuaban tirando hacia los altos,
mientras los demás enfrentaban, a dos pasos de distancia, a los que se habían
adentrado en el caserío. Allí se sucedían episodios brutales. Lo estrecho del
terreno impedía el movimiento de las secciones más diminutas, dando a la lucha
rasgos de bravura feroz. Algunos ofi ciales, al avanzar, dejaban a un lado la
espada y se batían con el facón.
Al cabo la empresa se volvió difícil. Estaba
condensada en las casas y los que las defendían oponían una resistencia
creciente. Cuando cedían en uno u otro punto, los vencedores debían afrontar
sorpresas increíbles. Los sertanejos les ganaban aun en ese trance doloroso.
Fue lo que sucedió al ser conquistada una casa
después de una resis tencia tenaz. Los soldados la invadieron en tumulto. Y se
encontraron con una barrera de cadáveres, seis u ocho, caídos unos sobre los
otros, tapando la entrada. No se impresionaron con el cuadro. Se metieron por
las piezas oscuras. Y recibieron por la espalda, partiendo de esa pila de
trapos sanguinolentos, un tiro. Se dieron vuelta, pasmados, detonó otro, a
quemarropa y de frente. Superando el espanto, oprimidos en una salita estrecha,
vieron entonces saltar y huir a un combatiente fantástico que había adoptado el
profanador ardid de batirse detrás de una trinchera de cadáveres. ..
ALREDEDOR DE LOS POZOS DE AGUA
El lento avance del cerco se detuvo nuevamente. Por
última vez, el ven cido los detenía. Además, la situación no requería mayores
esfuerzos. La victoria vendría por sí misma. Bastaba con que conservasen las
posiciones. Cerradas todas las salidas y tomados los pozos vecinos al río, la
caída de la aldea era inevitable, en dos días como máximo, incluso admitiendo
que los sitiados pudieron soportar por tanto tiempo y en días tan calu rosos,
la sed.
Pero la resistencia todavía duraría una semana.
Porque ese círculo macizo de batallones comenzó a ser cortado,
intermitentemente, por la noche.
En la del día 26, hubo cuatro ataques violentos, en
la del 27 diecio cho, en los días siguientes uno solo, porque ya no se
interrumpieron, prolongándose sin parar desde las seis de la tarde a las cinco
de la mañana.
No intentaban forzar una salida para la fuga. Sólo
se empeñaban en la conquista momentánea de los pozos cercanos al Vaza-Barris.
Mientras el grueso de los sertanejos se batía, atrayendo a los soldados al
centro del poblado, algunos valientes sin armas, cargando las cantimploras
vacías, se aventuraban hasta la orilla del río. Avanzaban cautelosamente. Se
acercaban a los pozos esparcidos y escasos que salpicaban el lecho y llenando
las vasijas de cuero, volvían, corriendo y doblados bajo las cargas preciosas.
Esta empresa, al principio sólo difícil, se fue
volviendo poco a poco insuperable.
Descubierto el único motivo de esos ataques, los
sitiadores de las posi ciones de la ribera, convergían el fuego sobre los
pozos, fácilmente per cibidos, breves placas líquidas brillando bajo la luna.
De modo que acercándose a ellas los sertanejos
tenían el suelo barrido a tiros.
Avanzaban y, a veces, caían todos.
Algunos, antes de llegar a ellos; otros, cuando de
bruces sacaban el líquido salobre e impuro; otros, cuando, al término de la
tarea, volvían doblados bajo el peso de las vasijas repletas. Unos sustituían a
los otros, enfrentando desesperadamente los tiroteos, afrontando la muerte. O,
lo que generalmente sucedía, dejaban que se atenuase la repulsa enérgica y
mortífera y se descuidasen los soldados vigilantes. Pero éstos, cono cedores
de sus artimañas, sabían que volverían otra vez y en breve. Los aguardaban, las
punterías inmóviles, los oídos aguzados al menor ruido, los ojos fijos en las
sombras, como cazadores a la espera. Y pasados algunos minutos, divisaban
bultos diluidos en la oscuridad, los veían des lizándose de bruces, pegados al
suelo, arrastrándose como grandes saurios silenciosos, los veían bajar por el
estero arenoso del río. . .
Fijaban las punterías. Los dejaban aproximarse, los
dejaban empezar su tarea. Entonces relampagueaba el fulgor de las descargas.
Los ful minaban. A quince metros se oían gritos de cólera y de dolor, dos o
tres cuerpos caídos a orilla de los pozos, otros corriendo despavoridos, otros
heridos, tambaleándose, y otros desafiando la fusilería, saltando ahora sin
resguardo alguno, por las barrancas, veloces, terribles, desafiantes, pa sando
entre los muertos, superando la barrera infernal que los devoraba.
A veces sólo uno escapaba. Trasponía la barranca de
un salto y se perdía en los escombros del caserío, llevando a los compañeros
algunos litros del agua que costaba hecatombes.
Y era un
líquido sospechoso, contaminado de detritos orgánicos, de sabor detestable, en
el que se presentía el tóxico de los fosfatos de los cadáveres descompuestos
que desde hacía mucho yacían insepultos por las orillas del Vaza-Barris 334.
Estos episodios culminaron el heroísmo de los
matulos. Y finalmente, conmovieron a sus mismos adversarios.
No pocas veces, cuando toda la línea del sitio, al
norte, estallaba en descargas compactas, sin que se distinguiesen los tiros
singulares, en un resonar intenso que recordaba el de una represa
repentinamente abierta, y el bombardeo las completaba, cayendo desde los
morros, los comba tientes de la línea central del campamento, arriesgándose a
los proyectiles perdidos, se ponían a observar una escena extraordinaria.
Y en muchos
apareció, de manera irreprimible, un sincero entusiasmo por los valientes
martirizados. No lo encubrían. El cuadro que se les ofrecía, inmortalizaba a
los vencidos. Cada vez que los contemplaban aumentaba su asombro.
La iglesia siniestra sobresalía en el caserío en
ruinas, e impávidos ante las balas que sobre ella convergían, en el fugaz
resplandor de la fusilería, se veía deslizándose por las paredes, subiendo por
las torres derrumba das y cayendo por ellas abajo, presos entre los bloques
rotos, como titanes fulminados, puestos de relieve en una descarga de rayos, a
aquellos rudos patricios indomables. . .
IV
PASEO DENTRO DE CANUDOS
Pero hora a hora se advertía su extenuación.
Durante el día, el poblado silencioso, dormía en el
bloqueo estático. A veces ni un ataque. El 28 de setiembre, no replicaron a las
dos salvas de veintiún tiros de bala con que fue criminalmente saludada por la
mañana y por la tarde, la hermosa fecha 335 que resume uno de los episodios más
viriles de nuestra historia. Era el fin.
En el campamento ya se hacían preparativos para la
vuelta, sonaban libremente las cornetas, se andaba a voluntad por todas partes,
entraban impunes los convoyes diarios y el correo, llevando a los hogares
distantes las esperanzas y las nostalgias de los triunfadores; grupos
descuidados vagaban por las cercanías, se improvisaban banquetes, y por la
tarde, formadas frente a los cuarteles de varios comandos, tocaban en las
retre tas las fanfarrias de los cuerpos.
Se podía recorrer casi todo el poblado.
El día 28, el general en jefe y el comandante de la
2^ columna, junto con los estados mayores respectivos, realizaron un paseo
atrayente.
Al principio tomaron por lo alto de las colinas a
la derecha del cam pamento, y después de una vuelta a la izquierda, bajando
hasta una zanja tortuosa, avanzaron hasta toparse con las primeras casas y
simultánea mente, desparramados al azar sobre montañas de destrozos
carbonizados, con lós primeros cadáveres insepultos del enemigo.
En ese momento se tenía la impresión de entrar en
una antigua necró polis que surgiese, revelándose de repente, a flor de
tierra. Las ruinas agravaban el desorden de las pequeñas viviendas construidas
al acaso, enfrentándose en callejones de un metro de ancho, obstruidas por los
techos de barro caídos. De modo que la marcha se hacía con desvíos tortuosos y
largos. Y cada paso, junto a las casuchas que todavía perma necían en pie,
oscilantes, aún libres de las llamas, aparecía ante los visi tantes un rasgo
agudo de la vida angustiosa que se pasó allí adentro.
Hablaban con expresividad los mudos cadáveres. En
todas las posicio nes: extendidos, de supino, de cara al cielo, desnudos los
pechos donde se observaban los escapularios predilectos, doblados por el último
estertor de la agonía, caídos a veces sobre las trincheras improvisadas, en la
acti tud de combate en que los sorprendió la muerte.
En los cuerpos flacos y las ropas en harapos se
leían las privaciones sufridas. Algunos ardían lentamente, sin llamas,
envueltos en tenues hilos de humo que aparecían en diversos puntos. Otros
incinerados, sobresa lían en medio de las cenizas del suelo polvoriento y
pardo, como toscas y grandes caricaturas.
La marcha seguía cada vez más penosa. La soldadesca
revisando las casas había puesto afuera todos los muebles y trastos,
convirtiendo los callejones en montículos de basura inclasificable: pequeños
baúles de cedro, bancos groseros, jarras desfondadas, ropas de algodón de color
indefinible, platos, botellas y tazas, oratorios de todos los santos, alpar
gatas, candelabros de aceite, trabucos, aguijadas, cuchillos sin filo . . .
Y en estos
montones, cada uno de los objetos delataba la existencia miserable y primitiva.
Pululaban rosarios de todo tipo, desde los más simples, de cuentas de vidrio,
hasta los más caprichosos, hechos de ouricuris, e igualmente numerosos, ruecas
y husos, costumbre antigua tenazmente conservada como tantas otras, por las
mujeres sertanejas.
Y por sobre todo el montón, por el suelo,
apisonados, rotos: cartas san tas, benditos en cuadernillos, catecismos
cristianos viejísimos, imágenes amarillentas de santos milagreros, verónicas,
crucifijos, y cruces y esca pularios inmundos. . .
En algunos lugares, un claro limpio, cuidadosamente
barrido, para que los incendios no llegasen a los atrincheramientos. Se pasaba
con más facilidad por ahí, penetrando a fondo en el caserío. Entonces se topaba
con un centinela que recomendaba en voz baja seguir con cautela: el jagungo
estaba cerca, a menos de tres metros, del otro lado de la empalizada.
Los visitantes, generales, coroneles, con la
ansiedad de quien rodea una emboscada, avanzaban agachados, heroicamente
cómicos, velozmente las rodillas dobladas, corriendo. Trasponían la línea
peligrosa. Pasaban dos o tres callejones. Llegaban a otra trinchera: soldados
inmóviles, ex pectantes, mudos o conversando en cuchicheos. Se repetía la
misma
travesía con el corazón y las piernas a los saltos,
la misma corrida ansiosa, hasta otra trinchera. Y allí los mismos combatientes,
cautos, silenciosos, las carabinas colocadas sobre los parapetos que los
resguardaban.
Hechos quinientos metros, se volvía a la izquierda,
dejando a reta guardia las "Casas vermelhas” y se tenía una sorpresa: una
calle, una verdadera calle, la del Monte Alegre, la única que merecía ese
nombre, de unos tres metros de ancho y alargándose de norte a sur, hasta la
plaza, cortando toda la aldea. En ella se levantaban las mejores viviendas,
algunas de tejas y piso superior y entre éstas la de Antonio Vila-Nova, donde
días antes se habían encontrado restos de municiones de la colum na Moreira
César.
Bajando por ella en suave declive, a un extremo de
la plaza, se divisaba una parte destruida de la iglesia. Pero en breve trecho
se detenía la marcha ante otro atrincheramiento donde se adensaba el mayor
número de combatientes. Era el último en ese rumbo. De ahí hacia adelante, un
solo paso era un tiro certero. Toda la parte derecha y el frente de la aldea
estaban aún en poder de sus habitantes. Los adversarios se agacha ron. Se oía,
transponiendo las paredes, el sordo rumoreo de la población emboscada, voces
cautas, sacreteando, arrastrando muebles, sonar de pasos, v unos largos
clamores y gemidos, y a veces, notas cruelmente dramáticas, gritos v llantos y
risas de criaturas. . .
Desde allí se doblaba hacia la izquierda, para
volver al punto de par tida, a través de las casas derruidas el día anterior,
v el paseo se volvía amedrentador. En todo ese segmento de línea, el avance
máximo después de los combates de la semana última, no se habían destruido las
casas. Sólo se habían destruido las paredes interiores v las casuchas se
sucedían a poca distancia una de otra, o unidas, como un largo barracón. La
muralla de trastos de todo tipo detrás de la cual se alineaban los batallo nes,
progresaba, retorcida y extensa, desapareciendo a una distancia de treinta
metros, perdida en la penumbra. Se adivinaban los soldados guar neciéndola.
Por los rincones oscuros, a retaguardia, se divisaban los cuerpos de los
jagungos muertos en los últimos días, a los que era peli groso quemar entre
montones de trapos y astillas de maderas desparra mados por todas partes.
El ambiente estaba impregnado de un tufo de
caverna.
Se necesitaba valor para atravesar esa especie de
túnel en cuya boca, a lo lejos, se divisaba un reflejo pálido del día. Porque a
dos pasos, paralejo, se extendía el atrincheramiento invisible del enemigo. De
modo que el mínimo descuido, el más rápido mirar por encima de esos para
petos, era duramente cobrado. Y de una y otra parte, las mismas astucias
avivadas por los mismos odios. En ese sombrío fin de la lucha, los antagonistas
se temían por igual. Los dos evitaban el encuentro franco. Inmóviles largo tiempo,
uno frente al otro, abrigados por la misma som bra, parecían sufrir el mismo
agotamiento, espiándose, solitarios, traicio-
ñeros. Y ño podían encontrar mejor escenario para
ostentar ambos, sol dados y jagungos, la forma más repugnante del heroísmo que
aquel ester colero de cadáveres y trapos inmersos en la oscuridad de una urna.
Se andaba por allí en medio de un silencio lúgubre.
Se percibían los soldados inmundos, sin birretes, sin uniformes, cubiertos de
sombreros de cuero o de paja, calzando alpargatas viejas, vestidos con el mismo
uniforme del adversario. Se podía uno imaginar que con cierta prestancia de
ánimo, el sertanejo podía aparecer en cualquier punto y allegarse con la
espingarda al parapeto y allí quedarse cubriéndose y comentando las torturas
del asedio, sin que lo conocieran, lo que, además, era facilitado por la mezcla
de los diversos batallones. Ni siquiera lo traicionaría su ignorancia de las
exigencias de la vida militar, porque allí se habían extinguido completamente.
No había revista, ni formaciones, ni toques, ni voces de mando. Distribuidos
los cartuchos, cada uno se recostaba en su sitio pronto a lo que sucediese.
Distribuidas las raciones diarias, abundantes
ahora, cada uno se las preparaba según su antojo. Sobre fogones de piedras
chillaban las pavas calentando agua para el café, hervían ollas, se asaban
grandes cuartos de buey, colgados sobre hierros, coloreando la oscuridad.
Alrededor, acu clillados, las carabinas bajo el brazo, se veía, en grupos, a
los comba tientes que aprovechaban la ligera pausa para almorzar o cenar. De
allí corrían, no pocas veces, en tumulto, para tirar afuera los vasos de jacuba
o los pedazos de churrasco, precipitándose adentro cuando, de súbito, estallaba
un tiro y en seguida, silbaban las balas golpeando los techos, rebotando en las
paredes, agujereando calderos, desparramando a los soldados como un golpe de
viento sobre pajas. En el parapeto, ade lante, replicaban los que ya estaban
acomodados, tirando al azar contra el tabique que enfrentaban y de donde había
partido la agresión. En seguida vibraba un ataque nervioso, extendido de uno a
otro extremo de la línea, con una trepidación de descargas, y él combate se
armaba furiosamente, desordenadamente, entre adversarios que no se veían. . .
Caían algunos plazas heridos o muertos. Se
conquistaban dos o tres casas más, colocándose en seguida por delante todo el
montón de mue bles, curvándose la línea del cerco en una saliente avanzada.
Los comba tientes que más se habían adelantado volvían a sus posiciones
primeras y el silencio descendía de nuevo, los soldados quedaban mudos e inmó
viles, expectantes, emboscados, o, al fondo, alrededor de los heridos,
reanudando la merienda ligera que, a veces, tenía como trágicos convi dados, a
los moradores asesinados, tirados por los rincones.
Se dejaba por fin este segmento siniestro del
bloqueo que cerraba casi todo el cuadrante del norte. Y se prosegía a cielo
abierto ahora, en pleno día, atravesando pequeñas quintas de cercos caídos y
canteros arrui nados, sin una flor, sin una planta, todo destruido. Y sobre el
terreno, cuerpos de sacrificados: piernas, manos rígidas, manos contorsionadas
en crispaciones de garras, pudriéndose, siniestras,
en gestos amena zadores.
Aparecían nuevos seres vivos: perros flacos,
famélicos, pelados, sar nosos, con ansias de chacales, devorando quizá a sus
mismos amos. Huían rápidos. Algunos perros de las filas, grandes, huesudos y
feroces, husmea ban amenazadores, adivinando en el visitante al enemigo, al
intruso irri tante y malvado.
Se iba bajando siempre, hasta la zanja excavada, en
dirección perpen dicular hacia el Vaza-Barris, a lo lejos, por donde se
canalizaban las aguas de las épocas lluviosas. Allí terminaba, contra la colina
donde estaba la comisión de ingenieros, la parte de la aldea expugnada el 18 de
julio. Podía irse directamente al campamento siguiendo por el frente,
trasponiendo el valle, subiendo y cruzando a media ladera, la batería de Krupps
situada al fondo del cuartel general de la 1^- colum na, o haciendo un largo
desvío, volviendo a la derecha, acompañando el valle, prolongando la línea
primitiva del cerco, bajando hacia el sur. La travesía no tenía riesgos. En su
mayoría, las casas habían sido desmanteladas, salvo unas pocas, las mejores,
donde se improvisaban cuarteles y ranchos de la oficialidad. Una de ellas era
digna de comenta rio. Había sido un taller de herrero. Lo mostraban la
derruida forja fija, de adobe, y las tenazas. Esa herrería pobre del sertón
tenía una bigornia lujosa, del más fino acero fundido en Essen 336, uno de Jos
cañones tomados a la expedición Moreira César.
Continuando la marcha se topaba la línea negra,
nombre que los pri mitivos sucesos justificaban, pero ahora era inexplicable
para quien vi niese de las sombrías trincheras del norte.
Se continuaba por el fondo de un foso hasta abrirse
a medio camino, a la derecha, un claro amplio, la plaza de las iglesias,
desierta, barrida, haciendo abultar mayor, más dominante, más brutal, mas
siniestro, con sus paredones abiertos de arriba abajo, con su fachada
estupenda, con sus torres derruidas y el atrio lleno de bloques y la nave
vacía, oscura, mis teriosa, el templo monstruoso de los jagungos.
Dando algunos pasos más, se enfrentaba la iglesia
vieja, completamen te quemada, reducida a las cuatro paredes externas.
Se tenía en ese momento, a la izquierda, el más
miserable de los ce menterios, centenares de cruces, dos palos amarrados con
cipos, plantados sobre sepulturas rasas.
Se trasponía después el Vaza-Barris, se enfilaba
por el surco profundo del río de la Providencia, recorriendo en vericuetos las
filas diezmadas del 59 de policía, reducido a un tercio de su formación
primitiva, y se llegaba a un claro en declive. En lo alto, el baluarte Sete de
Setembro sobresalía como un balcón dominante.
Se lo alcanzaba cruzando rápidamente ese claro
peligroso.
Desde arriba se contemplaba la aldea 337. Su
aspecto se había modi ficado, sombreada por grandes manchas oscuras de
incendios, erizada en montones de escombros de las maderas y arcilla de los
techos, total mente derruida, quemada, devastada.
Sólo una pequeña franja al norte de la plaza, el
núcleo de casas a retaguardia de la iglesia, se presentaba intacta. Un número
diminuto, quizá cuatrocientas casas oprimidas en una reducida área. Los que en
ella se refugiaban no soportarían una hora más el asalto de seis mil hombres.
Valía la pena probarlo.
V
EL ASALTO
Fue lo que hizo el comando en jefe contraviniendo
el propósito de aguar dar la rendición sin un derroche inútil de vidas, por el
debilitamiento continuo de los rebeldes.
Reunidos el 30 de setiembre los principales jefes
militares, concerta ron los dispositivos para el ataque del día siguiente. Y
de acuerdo con los lineamientos del plan adoptado, ese mismo día por la noche
se movi lizaron las unidades del combate, ocupando desde ese momento las posi
ciones para embestir *.
Iniciarían el asalto dos brigadas, la 3^ y la 6*,
bajo el mando de los coroneles Dantas Barreto y Joáo César Sampaio, la primera
estaba endu recida por tres meses de continuos encuentros y la última, recién
llegada, estaba compuesta por soldados ansiosos de medirse con los ja-gungos.
La 3^ dejó su antigua posición en la línea negra, siendo susti tuida por tres
batallones, el 99, el 229 y el 34®, y marchando hacia la derecha, tomó rumbo a
la Fazenda Velha de donde, juntamente con la otra, formada por los batallones
29?, 39? y 4(-), se movió hasta dete nerse a retaguardia de la iglesia nueva,
objetivo central del ataque.
Este movimiento se completó con otros secundarios:
en el momento de la carga, el 26? de línea, el 59 de Bahía y el ala derecha del
batallón de Sao Paulo, tomarían posiciones junto a la barranca izquierda del
Vaza-Barris, a orillas de la plaza, donde permanecerían hasta nueva orden. A su
retaguardia, en apoyo, se colocarían los dos cuerpos de Pará, prontos a
sustituirlos o a reforzarlos, según las eventualidades del com bate. De modo
que éste, iniciado por la retaguardia y los flancos de la iglesia, poco a poco,
iría moviéndose hacia la línea de ba}'Onetas que cosía la barranca lateral del
río, al sur de la plaza.
* Según
los mapas de los batallones, el 30 de setiembre había 5.871 hombres bajo armas.
Como se aprecia, era un ataque vigoroso, en el que
colaborarían todos los cuerpos, guardando las posiciones recién conquistadas y
el campa mento. Intervendrían en la sección según las circunstancias, o cuando
cayesen ante las trincheras y las barrancas los montones de enemigos
rechazados.
Y como
preliminar indispensable, un bombardeo firme en el que entra rían todos los
cañones del sitio, golpeando durante una hora la estrecha franja a expugnar.
Sólo después que ellos enmudecieran, atacarían las brigadas, con bayoneta
calada, sin hacer fuego, salvo que lo exigieran las circunstancias. En tal
caso, debía hacerse en una dirección única, para no alcanzar a los batallones
apostados en las posiciones próximas al ataque. La 3^ brigada, al toque general
impartido por el comando en jefe de "¡Infantería avanzar!” iría a paso
redoblado buscando el flanco izquierdo de la iglesia, junto al cual se abriría
a una distancia de ciento cincuenta metros, mientras dos batallones de la 6^,
el 299 y el 39?,
atacarían la retaguardia y el 49, cruzando el
Vaza-Barris, atacaría por el flanco derecho. Los demás combatientes, a no ser
que un imprevisto determinase nuevas combinaciones, serían simples espectadores
de la acción.
Al amanecer del l 9 de octubre comenzó el cañoneo.
Convergía sobre el núcleo reducido de los últimos
ranchos, partiendo de un ancho semicírculo de dos kilómetros, desde las
baterías próximas al campamento hasta el situado a la entrada del camino del
Cambaio. Duró apenas cuarenta y ocho minutos pero fue terrible. Las punterías
estaban calculadas y no podía errarse en el blanco inmóvil.
Además se daba la última lección a los rebeldes
impenitentes. Era necesario que, francamente limpio el terreno para el ataque,
no sobre vinieran más sorpresas dolorosas y pudiese ser fulminante e
implacable, contra los últimos obstáculos; sería una carga sobre ruinas. Se
fabricaron las ruinas.
Se podía observar el cambio en el área: techos
caídos que seguramente prensaban a los que estaban refugiados adentro, tabiques
volando en astillas y acá y allá, al comienzo dispersos y luego uniéndose,
cortando con llamas el polvo de los escombros, nuevos incendios.
Por encima — poniendo un toldo a la mañana luminosa
de los serto-nes— una red vibrante de parábolas. . .
No debía perderse una sola granada. Golpeaban en
las cimas rotas de las iglesias, estallando en astillas o saltando en dirección
oblicua, sobre el santuario y la plaza, reventaban por el aire, reventaban
sobre la plaza, reventaban sobre los techos agujereándolos, reventaban por
adentro de los techos, reventaban en los callejones
haciendo saltar piedras, y daban vueltas, destrozando, casa por casa, el último
pedazo de Ca nudos. No había protección o punto alguno que los salvara. El
abrigo de un ángulo muerto formado por los muros de la iglesia nueva, ante
puestos a los disparos de las trincheras Sete de Setembro, era completa mente
destruido por las trayectorias de las baterías del este y del oeste. Los
últimos jagungos sufrían la fulminación, sin la pérdida de una sola esquirla,
de ese bombardeo sin piedad.
Sin embargo, no se oyó un solo grito de dolor, un
solo bulto huyente, ni la mínima reacción. Y cuando se disparó el último
cañonazo y calló el fragor de los estampidos, la inexplicable quietud del
caserío hacía presumir que estaba todo desierto, como si durante la noche, la
población hubiese escapado milagrosamente.
Hubo un breve silencio. En lo alto de la Fazenda
Velha vibró el clarín.
Comenzó el asalto.
Conforme a las órdenes, los batallones atacaron,
convergiendo desde tres puntos, sobre la iglesia nueva. Iban invisibles, entre
las casas o por el thalweg del Vaza-Barris. Sólo uno, por la dirección que
llevaba, se mostró a la contemplación del resto de los combatientes, el 4? de
infantería. Lo vieron atravesar el río a paso redoblado, saltar la barranca y
aparecer, alineado y firme, a la entrada de la plaza.
Era la primera vez que hasta allí llegaban
combatientes en una actitud correctamente militar.
Hecho este movimiento, aquel cuerpo marchó
heroicamente, avanzan do. Pero dados unos pocos pasos, se desarticuló en un
desequilibrio ins tantáneo. Cayeron algunos soldados, de bruces, como si se
preparasen para tirar mejor; por detrás de los bloques de material de la
fachada destruida se vieron otros retrocediendo fuera de forma; se
distanciaron, atacando de frente, otros; y después, un enredo de bayonetas en
combates dispersos. Y en seguida, por los aires todavía silenciosos, un
estallido que recordaba una explosión de minas.
El jagungo despertaba, como siempre, de improviso,
sorprendentemen te, teatral y gloriosamente, midiendo el paso de los
agresores.
El 4? se detuvo, golpeado por los adversarios
escondidos al borde la plaza, se detuvieron el 39*? y el 299 ante las descargas
a quemarropa a través de las paredes del fondo del santuario, y por la
izquierda, se inmovilizó la carga de la brigada Dantas Barreto. Fuertemente
atacada por uno de los flancos, la brigada tuvo que avanzar en ese sentido,
abandonando la dirección inicial de la embestida, lo que fue imperfecta mente
conseguido por tres compañías dispersas, destacadas del grueso de los
batallones.
Se modificaban todos los movimientos tácticos
preestablecidos. En lugar de converger sobre la iglesia, las brigadas se
detenían o se fraccionaban por los callejones.
Durante cerca de una hora, los combatientes que
observaban la refrie ga desde lo alto de las colinas vecinas, no distinguieron
nada más fuera de la asonancia creciente de los estampidos y gritos lejanos,
ruidos confu sos de donde surgían continuamente, sucesivamente, casi con
angustia, ahogados toques de cornetas. Las dos brigadas desaparecieron tragadas
por el caserío. Pero contra lo que se esperaba, los sertanejos permane cieron
invisibles y ni uno solo apareció corriendo hacia la plaza. Ata cados por tres
lados, debían retroceder por allí y precipitarse en fuga, yendo al encuentro de
las bayonetas de las fuerzas estacionadas en las líneas centrales y a orillas
del río. Este era el objetivo primordial del asalto. Falló completamente. Y el
fracaso era un revés. Porque los ata cantes, encontrando resistencias que no
esperaban, se detenían, se atrin cheraban y asumían una actitud contrapuesta a
la misión que tenían. Quedaron en franca defensiva. Los jagungos, desbordando
de las casas humeantes, les caían encima.
Sólo fue tomada la iglesia nueva y dentro de su
nave destruida, los soldados del 49, trepados en montones de bloques y caliza,
se confun dían en tumulto con las dos compañías de la 3^ brigada. Este hecho
era totalmente inútil. A un lado, estallaba, feroz, ensordecedora, la tra
bucada de los guerrilleros que llenaban el santuario.
Y la plaza
donde debía aparecer el enemigo derrotado, para pasarlo a la bayoneta,
permanecía desierta.
Era urgente ampliar el plan primitivo lanzando a la
lucha a nuevos combatientes. Desde lo alto de la trinchera Sete de Setembro
partió la señal del comando en jefe y luego, el toque de avanzar para el 59 de
Bahía. El jagungo se lanzaba sobre el jagungo.
El batallón de sertanejos avanzó. No fue una
embestida militar, a paso redoblado, con ritmo seguro. Se vio un serpenteo de
bayonetas on dulando de golpe en una deflagración esplendorosa, dibujando en
segun dos una lista de haces luminosos desde el lecho del río hasta los muros
de la iglesia. ..
El mismo avanzar de los jagungos, veloz,
zigzagueante, sin ninguna formación militar, en un caracolear indescriptible,
no fue una carga, fue una estocada. En momentos, la línea flexible, de acero,
entró en el baluarte sagrado del enemigo. Se vio un relámpago de doscientas
bayo netas y el 59 desapareció sumergido en los escombros. . .
Pero la situación no varió. Aquel pedazo en ruinas
de la aldea, para cuya expugnación parecían excesivas dos brigadas, las había
consumido, consumió el refuerzo enviado, iba a consumir batallones enteros. En
se guida siguieron el 349, el 409, el 309 y el 319 de infantería. Duplicaban a
las fuerzas de asalto. Creció el estrépito de la batalla invisible, se
ampliaron los incendios, ardió todo el lugar. Pese a la espesa nube de humo de
los aires, blanqueaba, abajo, la plaza absolutamente vacía.
Después de tres horas de combate, se habían
movilizado dos mil hom bres sin efecto alguno. Nuestras bajas abultaban.
Además de gran número de plazas y oficiales de menor graduación, murieron por
la mañana, el comandante del 299, mayor Queirós, y el de la 5^ brigada,
teniente coronel Tupi Ferreira Caldas.
Su muerte originó un raro lance de bravura. Los
soldados del 3 O9 lo idolatraban. Era una perfecta vocación militar. Inquieto,
nervioso e impulsivo, su temparamento casaba bien con las cargas y la rudeza de
los campamentos. En esta campaña se había jugado varias veces la vida. Fue el
comandante de la vanguardia el 18 de julio, y después de ese día, salió indemne
de los tiroteos más mortíferos. La balas hasta ese momento, lo habían arañado,
agujereándole el sombrero, chocando con tra la chapa de la correa de la
espada. La última lo fulminó. Entró por uno de los brazos, levantado para
sostener el binóculo con que observaba el ataque, y le cruzó el pecho. Cayó en
tierra instantáneamente muerto. El 3 O9 quiso tomar el desquite. Corrió por las
filas un temblor de pavor y de cólera, y después pasó de un salto la barrera en
donde se guarecía. Atacó contra las casas trincheras de donde había partido el
proyectil y se arrojó a paso redoblado por un callejón retorcido. No se oyó un
tiro. Soldados baleados a quemarropa caían por tierra rugiendo mien tras los
compañeros les pasaban por encima golpeando contra las puertas, derribándolas a
culatazos, penetrando en las piezas oscuras, trabándose allá adentro en peleas
cuerpo a cuerpo.
Esta arremetida, de las más temerarias que se
hicieron en el trans curso de la lucha, se redujo a poco en su ímpetu. La
superó la tenacidad de los jagungos. El 3 O9, considerablemente disminuido,
retrocedió a su posición primitiva.
Por todas partes se realizaban idénticos ataques e
idénticos retrocesos. El último estertor de los vencidos quebraba la
musculatura de hierro de las brigadas.
Poco antes de las nueve de la mañana, tuvieron la
ilusión de la victoria. Al avanzar uno de los batallones de refuerzo, un cadete
del 79 había clavado en las junturas de las paredes rotas de la iglesia la ban
dera nacional. Resonaron decenas de cornetas y un viva a la República estalló
en miles de pechos. Sorprendidos por la inopinada manifestación, los sertanejos
cesaron el tiroteo. Y por primera vez, la plaza desbordó de combatientes.
Muchos espectadores descendieron rápidamente las coli nas. Hasta bajaron tres
generales. Al pasar por la bajada de la línea negra, vieron, entre cuatro
plazas, a dos jagungos prisioneros. Adelante y a ambos lados, agitando los
sombreros, agitando las espadas, y las espin gardas, cruzándose, corriendo,
abrazándose, combatientes de todos los puestos, en delirios de vivas y
ovaciones estrepitosas.
Por fin, había terminado la lucha desigual. . .
Pero los generales avanzaban dificultosamente,
pasando por la masa tumultuosa y ruidosa en dirección de la plaza, cuando, al
alcanzar un gran depósito de cal que tenía enfrente, sorprendidos advirtieron
sobre sus cabezas el silbar de las balas. . .
El combate continuaba. La plaza se vació de golpe.
Fue una barrida.
Y volviendo
de improviso a las trincheras, volviendo a las corridas hacia los puntos
protegidos, agachados en todos los muros, pegándose a las barrancas protectoras
del río, transidos de espanto, tragando amargas decepciones, singularmente
menoscabados en la inminencia justa del triunfo, chasqueados por la agonía de
los vencidos, ellos, los triunfadores, aquellos triunfadores, los más
originales entre todos los triunfadores que recuerda la historia, comprendieron
que de esa manera acabarían devora dos, uno a uno, por el último reducto
enemigo. No les bastaban seis mil mannlichers y seis mil sables y el golpear de
doce mil brazos y el pisar de doce mil botas y seis mil revólveres y veinte
cañones y millares de granadas y millares de schrapnells y los degüellos y los
incendios y el hambre y la sed; y diez meses de combates y cien días de cañoneo
con tinuo y el poblado en ruinas y el cuadro increíble de los templos destrui
dos y por fin, los pedazos de imágenes rotas, de altares volcados, de san tos
en pedazos, bajo la impasibilidad de los cielos tranquilos y claros. No bastaba
todo eso para derribar un ideal ardiente, para extinguir una creencia
consoladora y fuerte. . .
Se requerían otras medidas. Para el adversario
invencible las fuerzas máximas de la naturaleza instruidas en la destrucción y
los estragos. Previsores, las tenían. Se había previsto ese epílogo para el
drama. Un teniente, ayudante de órdenes del comandante general, hizo conducir
desde el campamento decenas de bombas de dinamita. Era justo, era absolutamente
necesario. Los sertanejos invertían toda la psicología de la guerra, los
reveses los endurecían, el hambre los robustecía, la derrota los empecinaba.
Una nacionalidad en ciernes encontraba su ajuste.
Se atacaba a fondo la roca viva de nuestra raza. La
dinamita venía de molde. . . Era una consagración.
La fusilería cesó y cayó sobre las líneas un
silencio de ansiosa espe ra. . . Después corrió un temblor por el cerco, se
extendió por la dila tada periferia, pasó vibrando por el campamento, pasó en
súbito estreme cimiento por las baterías de los morros y avasalló todo,
vibrando como líneas sísmicas que cruzaran el suelo. Cayeron las paredes de la
iglesia, volaron los últimos techos, un cúmulo de tierra espesó los aires y
entre centenares de exclamaciones de espanto, retumbó el gran trueno. Todo parecía
acabado. El último reducto de Canudos estallaba por completo.
Los batallones metidos por los callejones fuera de
la zona de la explo sión esperaban que se diluyera aquel volcán de llamas y
polvo para realizar el último ataque.
Pero no atacaron. Al contrario. Hubo un retroceso
repentino. Empu jados por descargas que no se entendía cómo salían de aquellos
montones de escombros y fuego, los asaltantes se refugiaban en todas las
esquinas, la mayoría detrás de las trincheras.
Los aturdía un resonar indescriptible de gritos,
lamentos, llantos e imprecaciones, dolor y espanto, exasperación y cólera de la
multitud torturada que rugía y lloraba. Entre la luz de las llamas se veía un
convulso andar de sombras; mujeres huyendo de los sitios incendiados, cargando
y arrastrando criaturas y metiéndose, a las carreras, en el fondo mismo del
caserío; bultos desorientados, escapando al azar, salien do de la tierra, las
ropas en llamas, ardiendo, cuerpos convertidos en tizones humeantes. . . Y
dominando sobre ese escenario increíble, des parramados, sin tratar de
ocultarse, saltando sobre el fuego, los últimos defensores de la aldea. Se oían
sus apostrofes rudos, se distinguían vaga mente sus perfiles dando vueltas en
medio del humo, en todas partes, a dos pasos de las líneas de fuego, fisonomías
siniestras, bustos desnudos, chamuscados, escoriados, luchando en asaltos
temerarios y enloque cidos. ..
Venían a matar al enemigo sobre sus propias
trincheras. Verificada la inanidad del bombardeo, de las repetidas cargas y del
recurso extremo de la dinamita, los soldados quedaron desanimados. Perdieron la
unidad de acción y de comando. Los toques de cornetas discordantes,
contradictorios, resonaban por los aires sin que nadie los entendiera. Las
condiciones tácticas variaban a cada minuto, era imposible obedecerlos. Las
secciones de una misma compañía avanzaban, retrocedían o permanecían inmóviles,
se subdividían en todas las esquinas, se mezclaban unos con otros, ata caban
las casas o las rodeaban o se dispersaban, se unían a otros grupos y dados
algunos pasos, repetían los mismos avances, los mismos retrocesos, la misma
dispersión. De manera que todo era un tumulto de bandas desorientadas en las
que se amalgamaban plazas de todos los cuerpos.
Aprovechando el tumulto, los jagungos nos mataban
sin piedad. Los soldados sin ningún reparo, se agrupaban tras las pocas
viviendas aún intactas o se distanciaban por las callejuelas de la parte
conquistada evi tando la zona peligrosa. Pero esta zona se agrandaba. Caían
combatientes más allá de las trincheras, caían fuera del círculo llameante del
combate y como en los terribles días de la primera semana de asedio, la mínima
imprudencia, el menor alejamiento de un refugio era una temeridad.
El capitán secretario del comando de la columna 2^,
Aguiar e Silva, cuando pasaba a su lado un pelotón, se alejó por un instante de
la esquina que lo protegía y para animar el ataque, se quitó entusiastamente el
som
brero gritando un viva la República. No pronunció las últimas sílabas.
Una bala en pleno pecho lo derribó.
El comandante del 259, mayor Henrique Severiano,
tuvo idéntico destino. Era un alma bella, de valiente. En plena refriega vio a
un niño debatirse entre las llamas. Afrontó el fuego. Lo tomó en sus brazos, lo
abrigó en su pecho — el único gesto de heroísmo que hubo en esa jor nada
atroz— y lo salvó.
Pero se había expuesto demasiado. Cayó mal herido,
falleciendo horas después.
Y así fue
todo. El combate se convirtió en una tortura terrible para los dos
antagonistas.
Nuestras bajas eran abundantes. Los espectadores
que atestaban los mi radores de las casamatas de la última colina del
campamento, lo evaluaban por la lúgubre procesión de camillas y hamacas que
veían subir. Salía de la zanja, allá abajo, derivaba por las casas
desparramadas por allí, en múl tiples desvíos, y proseguía hacia lo alto, en
busca del hospital de sangre donde, a la una de la tarde, ya habían llegado
cerca de trescientos heridos.
Pero esa tienda de cuero abrigada entre colinas no
los podía contener, los heridos desbordaban por la cuesta, al sol, sobre
piedras, se arrastraban disputándose un pedazo de sombra, se arrastraban hasta
la farmacia anexa al pabellón de los médicos, cruzándose con éstos y los
enfermeros, escasos para atender a tantos. Al fondo de la barraca, los enfermos
anti guos, los heridos de los días anteriores, miraban con inquietud a sus
nuevos socios de infortunio. Afuera, sobre el suelo duro, cuerpos rígidos expuestos
al sol, yacían los cadáveres de algunos oficiales, el teniente co ronel Tupi,
el mayor Queirós, los alféreces Raposo, Neville, Carvalho y otros.
Soldados jadeantes y sudorosos entraban y salían
cargando camillas. Las vaciaban y volvían rápidos al escenario lúgubre que
amenazaba prolon garse durante todo el día. Porque hasta esa hora la situación
no había mejorado. Persistía indecisa. Se mantenía la réplica feroz de los
jaguncos, insistentes, imprimiendo al tumulto la monotonía cruel de su revancha
y en réplica, los toques de las cornetas incitando a la carga; y éstas se
realizaban, sucesivas, rápidas, impetuosas; pelotones, brigadas, olas de metal y
fuego, fulgurando, rodando, chocando contra diques intras-ponibles.
Las bombas de dinamita (ese día se arrojaron
noventa) estallaban cada tanto con absoluto fracaso. Se les adicionaron otros
recursos: latas de kerosene derramadas por toda la orilla del caserío para
avivar los incendios.
Sin embargo, también este recurso cruel resultaba
inútil.
Finalmente, a las dos de la tarde, el ataque se
paralizó, cesaron todas las cargas y en el ánimo de los sitiadores, en franca
defensiva de sus posiciones primitivas, dolía el sabor de la derrota. Al este
de la plaza, por la bajada, continuó durante mucho tiempo el desfile penoso de
los heri
dos yendo al hospital de sangre. En camillas, en
hamacas o simplemente en brazos de los compañeros, iban exánimes, temerosos,
arrimados a las casas. Y sobre ellos, sobre las colinas, barriéndolas, sobre
los morros arti llados, sobre todo el campamento, al caer la tarde, al
anochecer, y du rante la noche entera, desde todos los puntos de la periferia,
silbaban las balas 338, en todos los tonos, desde la zona reducidísima donde se
acanto naban los jagungos irrumpían las balas. . .
El combate había sido cruento y estéril. La baja de
quinientos sesenta y siete combatientes no dio ningún resultado apreciable.
Como siempre, la vibración fuerte de la batalla se
amortiguó poco a poco hasta perderse en tiroteos espaciados, y la tropa pasó en
vigilia toda la noche, a la expectativa de nuevos encuentros, de nuevos
sacrificios inútiles y de nuevos esfuerzos malogrados.
Pero la situación de los sertanejos había
empeorado. Con la pérdida de la iglesia nueva habían perdido los últimos pozos
de agua. Los cercaban grandes incendios que avanzaban desde el norte, el este y
el oeste, apre tándolos en su último reducto.
Sin embargo, a la madrugada del día 2, los
triunfadores despertaron con una descarga desafiante y firme.
NOTAS DE UN DIARIO
Ese día. . .
Trasladamos sin alterar una línea, las últimas
anotaciones de un "Diario” 339 escritas a medida que se desarrollaban los
acontecimientos *:
" .
. . A la una de la noche llega gran número de nuevos prisioneros. Síntoma claro
del debilitamiento de los rebeldes. Eran esperados. Poco después del mediodía
se había agitado una bandera blanca en el centro de las últimas casas y los
ataques cesaron inmediatamente de nuestro lado. Por fin se rendían. Los
clarines no tocaron. Un gran silencio cubrió las líneas y el campamento.
La bandera, un trapo nerviosamente agitado,
desapareció y poco des pués, dos sertanejos salieron de un impenetrable montón
de escombros y se presentaron al comandante de uno de los batallones. Fueron
condu cidos ante la presencia del comandante en jefe, en la comisión de in
genieros.
Uno de ellos era Antonio, el "Beatinho”,
acólito y auxiliar del Con-selheiro. Mulato claro y alto, muy pálido y magro,
erguido, pero de tórax adelgazado. Levantaba con altivez resignada la frente.
La barba rala y corta le moldeaba el rostro pequeño, animado por unos ojos
inteligentes y
* Estas
notas, esbozadas durante el día en el campamento y completadas a la noche, en
lo alto de la Favela, tienen el valor de su incorrección, producto del tumulto
en que se trazaron.
límpidos. Vestía una camisa de algodón y, a ejemplo
del jefe de la grey, llevaba un bastón en el que se apoyaba al caminar. Vino
con el otro compañero, entre algunos plazas, seguido por un séquito de
curiosos.
Al llegar ante la presencia del general, se sacó
tranquilamente el gorro azul de lino, de cinta y borde blancos, y se quedó,
correcto, esperando la primera palabra del triunfador.
No se perdió una sola sílaba del diálogo
prontamente trabado.
— ¿Quién es usted?
— Sepa señor doctor general * que soy Antonio Beato
y yo vengo por mí mismo a entregarme porque ya no sé qué hacer y no se aguanta
más.
Y daba vueltas al gorro en sus manos, lentamente,
lanzando a los cir cunstantes una mirada serena.
— Bien. ¿Y el Consellieiro?
— Nuestro buen Conselheiro está en el cielo. . .
Entonces explicó que aquél, agravándose de una
antigua herida que le había provocado una esquirla de granada cuando en cierta
ocasión pa saba de la iglesia nueva al Santuario, había muerto el 22 de
setiembre, de una disentería, una caminheira — expresión horriblemente cómica—
que puso repentinamente un asomo de risas en ese momento doloroso y grave.
El Beato no lo advirtió. Tal vez hizo como que no
lo advertía. Se quedó inmóvil, la cara tranquila e impenetrable, de frente al
general, la mirada a un tiempo humilde y firme. El diálogo prosiguió:
— ¿Y los hombres no están dispuestos a entregarse?
—Discutí con una cantidad de ellos para que
vinieran y no vienen porque hay un grupo allá que no quiere. Tienen
predicamento. Pero no aguantan más. Casi todos con la cabeza por el suelo de
necesidad, casi todos secos de sed. . .
— ¿Y no puede traerlos? * *
— No puedo. Ellos me iban a tirar a mí cuando salí.
. .
— ¿Ya vio cuánta gente hay ahí, toda bien armada y
bien dispuesta?
— ¡Yo quedé espantado!
La respuesta fue sincera o admirablemente
calculada. El rostro del Beato adoptó una expresión rápida de espanto.
— Bien. Su gente no puede resistir ni huir. Vuelva
allá y dígales que se entreguen. No morirán. Les garantizo la vida. Los
entregaremos al gobierno de la República. Y dígales que el gobierno de la
República es bueno con todos los brasileños. Que se entreguen. Pero sin
condiciones, no acepto la mínima condición. . .
* La
extravagante denominación es textual. Deben recordarla todos los que asistieron
a la interesante entrevista. Además, en lo que allí está escrito, sólo se
alteró la prosodia del sertanejo refractario a las rr, 11, etc. La reproducción
del diálogo es integral.
* * Este
sistema de negación es un rasgo del hablar enérgico de los sertones.
El Beatinho rechazaba la misión obstinadamente.
Temía a sus com pañeros. Presentaba las mejores razones para no ir.
En esta ocasión intervino el otro prisionero que
hasta entonces había permanecido mudo.
Observamos entonces por primera vez a un jagungo
bien nutrido y que se destacaba del tipo uniforme de los sertanejos. Se llamaba
Bernabé José de Calvalho y era un jefe de segunda línea.
Tenía un tipo flamenco, recordaba, y tal vez no es
exagerada la con jetura, la ascendencia de aquellos holandeses que durante
tantos años tuvieron trato con los indígenas en esos territorios del Norte.
Le brillaban, varoniles, los ojos azules y grandes,
el cabello rubio y largo le cubría una cabeza chata y enérgica.
Su prestancia fue como una credencial de linaje
superior. No era un matuto. Estaba casado con una sobrina del capitán Pedro
Celeste, de la localidad de Bom Conselho.
Contradijo al obstinado Beatinho con un gesto de
altivez:
—
¡Vamos, hombre! Vamos
ya. . . Yo hablo un
poco con ellos. . .
déjame a mí. ¡Vamos! Y se fueron.
El efecfo de la comisión fue totalmente inesperado.
El Beatinho volvió, después de una hora, seguido de unas trescientas mujeres y
niños y media docena de viejos. Parecía que los jaguncos realizaban con
maestría sin par su última argucia. Se liberaban de esa multitud inútil que les
agotaba quizá los últimos recursos y ahora, más holgadamente, podían prolongar
el combate.
El Beatinho había dado — ¿quién lo sabe?— un golpe
maestro. Con consumada diplomacia, al mismo tiempo que salvaba de las llamas y
de las balas a esos miserables, aliviaba a sus compañeros de esas cargas per
judiciales.
La crítica de los acontecimientos indica que, tal
vez, esa fue una celada. No la excluve el hecho de que el asceta mañoso hubiera
vuelto. Era una condición favorable, adrede, elaborada con astucia como prueba
de la buena fe con que había actuado. Pero aunque así no lo considerasen,
alentaba una aspiración admirable: hacer el último sacrificio en pro de la
creencia común; volviendo al campamento se entregaba en ofrenda de sacrificio,
lo que deseaba ardientemente, con el misticismo enfermo de un iluminado. No
puede interpretarse de otra manera el hecho, escla recido además, por el
proceder del otro intermediario que no había vuelto, permaneciendo entre los
combatientes, instruyéndolos sin duda sobre la disposición de las fuerzas
sitiadoras.
La entrada de los prisioneros fue conmovedora. El
Beatinho venía al frente, con solemnidad, tenso, el pecho flaco, los ojos
clavados en el suelo y con el paso tardo ejercitado desde hacía mucho en las
lentas procesiones que había compartido. El largo cayado oscilaba en su mano
derecha, como
una gran batuta, acompasando la marcha
verdaderamente fúnebre. De a uno en fondo, la extensa fila, ondulando por la
colina en dirección al campamento, pasando al lado del cuartel de la columna, a
cien metros de distancia se convertía en una repugnante mezcla de cuerpos
repulsivos y andrajosos.
Los soldados la contemplaban entristecidos. Se
sorprendían y se con movían. La aldea les ponía, sobre el final, en ese
armisticio transitorio, una legión desarmada, mutilada, hambrienta, en un
ataque más duro que el de las trincheras en fuego. Les costaba admitir que toda
esa gente inútil y frágil saliera de las casas bombardeadas durante tres meses.
Observando sus caras vacías, sus cuerpos esmirriados y sucios, cuyas ropas en
jirones no ocultaban heridas, escaras y llagas, la victoria tan larga mente
apetecida perdía valor. Ese triunfo repugnaba. Avergonzaba. Era la contraria
compensación por tantos gastos, tantos reveses y tantos miles de vidas; esos
prisioneros, siniestros, trágicos e inmundos, pasando ante sus ojos, eran como
un chorrear de desperdicios. . .
Ni un rostro viril, ni un brazo capaz de sostener
un arma, ni un pecho fuerte de luchador; mujeres, un sinnúmero de mujeres,
viejas espectrales, ióvenes envejecidas, viejas y jóvenes identificadas en la
misma fealdad, como calaveras, sucias, los hijos agarrados a las caderas
flacas, los hijos colgados a la espalda, los hijos pegados a los pechos
marchitos, los hijos arrastrados por el brazo; pasando, niños, un sinnúmero de
niños; viejos, un sinnúmero de viejos; algunos hombres enfermos, de caras
muertas, de cera, los cuerpos doblados, el andar tambaleante.
Detallemos. Un viejo absolutamente impedido,
sostenido por algunos compañeros, perturbaba el cortejo. Venía contra su
voluntad. Trataba de liberarse y de volverse atrás. Agitaba los brazos trémulos
hacia la aldea donde seguramente había dejado a sus hijos entregados a la
última batalla. Y lloraba. Era el único que lloraba. Los demás iban impasibles.
Ancianos rígidos, para quienes ese fin cruel era un episodio más de la vida de
los sertones. Algunos se quitaban el sombrero al pasar junto a los curiosos. Se
destacaba un octogenario al que no se le doblaba el torso. Marchaba lentamente
y cada tanto se detenía. Contemplaba la iglesia y reanudaba la marcha, se
detenía otra vez después de dar unos pasos y volvía a mirar el templo en
ruinas, proseguía y así continuamente. Por sus dedos se deslizaba un rosario.
Rezaba. Era un creyente. Ouizá aguar^ daba todavía el gran milagro prometido. .
.
Algunos enfermos graves venían cargados. Dados
algunos pasos caían al suelo, entonces cuatro plazas los levantaban por los
brazos y las piernas. No gemían, no se quejaban, iban inmóviles y mudos, los
ojos abiertos y fijos, iban como muertos. Desorientadamente, iban algunos
adolescentes buscando a sus padres que estarían allí, entre los grupos, o allá
abajo, muertos; adolescentes flacos, llorando, clamando, corriendo. Los menores
venían en brazos de los soldados; agarrados a las greñas despeinadas
desde hacía tres meses, de esos valientes que hacía
media hora se jugaban la vida en las trincheras y ahora debían resolver, como
amas secas, el difícil problema de cargar a una criatura. Una vieja que daba
miedo, flaca, la vieja más hedionda quizá de todos los sertones, la única que
levantaba la cabeza echando sobre los espectadores miradas como agujas,
amenazadoras, nerviosa y agitada, ágil a pesar de la edad, llevando sobre la
espalda desnuda los pelos blancos, enmarañados y sucios, atraía la atención general.
Cargaba en los brazos flacos a una nieta, o bisnieta o tataranieta tal vez. Una
criatura que horrorizaba. El lado izquierdo de la cara había desaparecido hacía
tiempo por el estallido de una granada, de manera que los maxilares aparecían
blancos entre los bordes colorados de la herida ya cicatrizada. . . El lado
derecho de la cara sonreía. Y esa sonrisa incompleta y dolorosa, hermoseando
una cara y desapareciendo en la otra, en el vacío, era terrible.
Aquella vieja cargaba el resultado más monstruoso
de la campaña. Y allá siguió con su andar agitado, de atáxica, en la extensa
fila de infelices. . .
Se detuvieron a un costado de las tiendas del
escuadrón de caballería, entre las cuatro líneas de un cuadrado. Entonces, por
primera vez, se vio, globalmente, la población de Canudos. Y aparte de las
variaciones impuestas por el sufrimiento soportado, sobresalía una uniformidad
lla mativa en las fisonomías. Muy raramente un blanco o un negro puro. Un aire
de familia en todos delataba la fusión perfecta de tres razas.
Predominaba el pardo mezcla de cafre, portugués y
tapuia: caras bron ceadas, cabellos lacios y duros o ensortijados, cuerpos
desaliñados, y aquí y allí, el perfil correcto denunciando el elemento superior
del mestizaje. En rueda, victoriosos, dispares y desunidos, el blanco y el
negro, el cafuz y el mulato proteiformes con todas las gradaciones del color.
Un contraste: la raza fuerte e íntegra abatida dentro de un cuadrado de
mestizos indefinidos y pusilánimes. La guerra la había abatido. La había humillado.
Del conjunto miserable partían pedidos débiles y quejosos de limosna. . . La
devoraban el hambre y la sed de muchos días”.
El comandante general concedió ese día un
armisticio de pocas horas a los últimos rebeldes. Pero sólo tuvo el efecto
contrario de retirar del área de combate a esos prisioneros inútiles.
Al caer la tarde los jagungos quedaron desahogados.
Dejaron que la tregua se agotara. Y cuando una
severa intimación de dos tiros de pólvora seca seguidos de otro de bala, les
anunció el término de la tregua, cayó sobre los sitiadores una descarga firme.
La noche del 2 entró ruidosamente, surcada de
tiroteos vivos.
EL FIN
No se puede relatar lo que sucedió a las tres y a
las cuatro de la mañana.
La lucha que día a día perdía su carácter militar,
degeneró totalmente.
Fueron los últimos rasgos de un formalismo inútil:
deliberaciones de comandos, movimientos combinados, distribuciones de fuerzas,
los mismos toques de cornetas y finalmente, la misma jerarquía ya materialmente
muerta en un ejército sin distintivos y sin uniformes.
Sólo se sabía una cosa: los jagungos no podrían
resistir por muchas horas. Algunos soldados se habían acercado al último
reducto y exami nado la situación de los adversarios. Era increíble: en una
cueva cua-drangular, de poco más de un metro de profundidad, al lado de la
iglesia nueva, unos veinte luchadores, hambrientos y destrozados, cuyo aspecto
daba miedo, se disponían a un suicidio formidable. Eso se llamó el hospital de
sangre de los jagungos. Era una tumba. Allí había gran número de muertos, de muchos
días quizá, enfilados a lo largo de los cuatro límites de la excavación y
formando un cuadrado terrible dentro del cual una docena de moribundos, de
vidas concentradas en la última contracción de los dedos en los gatillos,
combatía contra un ejército.
Y todavía luchaban con cierta ventaja.
Por lo menos hicieron parar a los adversarios. De
éstos, los que más se acercaron allí quedaron, aumentando la trinchera
siniestra de cuerpos desparramados, sangrantes. Salpicando el montón de
cadáveres andrajosos de los jagungos, se veían listones colorados de uniformes
y entre ellos, las divisas del sargento ayudante del 39? que había entrado allí
para morir en seguida. Otros tuvieron igual destino. Se hacían la ilusión del
último encuentro fácil y triunfal, atacar los últimos ranchos cayendo de golpe
sobre los titanes vencidos, fulminándolos, destruyéndolos. . .
Eran trances terribles, oscuros. Pocas veces
volvían los que los reali zaban. Parados sobre el foso los llenaba de horror
un cuadro donde la realidad de una trinchera de muertos, argamasa de sangre y
pus, vencía todas las exageraciones de la idealización más osada. Y quedaban
duros en la atonía del asombro. . .
Cerremos este libro.
Canudos no se rindió. Ejemplo único en toda la
historia, resistió hasta el agotamiento completo. Expugnada palmo a palmo, en
la precisión ín tegra del término, cayó el día 5, al atardecer, cuando cayeron
sus últimos defensores, cuando todos murieron. Eran sólo cuatro: un viejo, dos
hombres y un niño, al frente de los cuales rugían
rabiosamente cinco mil soldados.
Obviemos la tarea de describir sus últimos
momentos. No podríamos hacerlo. Esta página, que imaginamos profundamente
emocionante y trágica, al cerrarla se nos aparece vacilante y sin brillo.
Estamos como el que alcanza una montaña altísima.
Al llegar a lo alto, al par de una gran perspectiva, siente el vértigo. . .
Además, ¿no desafiaría la credulidad del futuro
narrando incidentes donde se mostrasen mujeres precipitándose en las hogueras
de sus propias casas, abrazadas a sus pequeños hijos?
¿Y de qué modo comentaríamos, con la fragilidad de
la palabra hu mana, el hecho singular de no aparecer más, desde la mañana del
3, los prisioneros sanos tomados el día anterior, v entre ellos aquel Antonio
Beatinho, que se nos entregó confiado, y a quien debemos preciosos es
clarecimientos sobre esta cara oscura de nuestra historia?
La aldea cayó el día 5. El 6 se terminaron de
destruir y desmantelar las casas. Cinco mil doscientas, cuidadosamente
contadas.
EL
CADAVER DE CONSELHEIRO
Al amanecer de ese día, una comisión escogida para
esa misión descubrió el cadáver de Antonio Conselheiro *.
Estaba en una de las casas anexas al lugar de
reunión y fue encontrado gracias a la indicación de un prisionero. Se removió
una capa de tierra y apareció el triste sudario, una sábana inmunda, en la que
manos piadosas habían esparcido algunas flores marchitas, y acostado sobre una
estera vieja, de tablas, el cuerpo del "famigerado y bárbaro” agitador.
Estaba hediondo. Envuelto en un viejo hábito de brin azul, las manos cruzadas
al pecho, la cara tumefacta y escuálida, los ojos llenos de tierra, mal podían
reconocerlo los que más de cerca lo habían tratado toda su vida.
Lo desenterraron cuidadosamente. Como dádiva
preciosa, como único premio, únicos despojos de tal guerra, era menester tomar
los máximos recaudos para que no se desarticulase o deformase, reduciéndose a
una masa de tejidos descompuestos.
Después lo fotografiaron. Se labró un acta rigurosa
afirmándose su identidad: importaba que el país se convenciera de que, por fin,
había muerto ese terrible antagonista.
* Fragmento
del parte de combate del comandante de la l 9 columna: “ . . . por lo que
ordené que se retirase de esa cueva con todo cuidado, al difunto y lo llevasen
a la plaza y así poder verificar mejor su identidad; habiéndose reconocido que
era el famigerado y bárbaro Antonio Vicente Mendes Maciel (vulgo Bom Jesús
Conselheiro) como consta en el acta labrada; lo mandé fotografiar para que
aquellos que lo conocieron, tuvieran la certeza de que era él” .
Lo restituyeron luego a su tumba. Pensaron guardar
su cabeza tantas veces maldecida y como era perder mucho tiempo volver a
sacarlo de la fosa, un cuchillo justamente blandido se la cortó ahí mismo y la
cabeza horrenda, empastada de escaras y pus, apareció otra vez ante esos triun
fadores. . .
Después la trajeron al litoral donde multitudes
festivas deliraron fren te a ese cráneo. Que la ciencia dijera su última
palabra. Allí estaban, en el relieve de las circunvoluciones, las líneas
esenciales del crimen y de la locura. . . 34°.
VII
DOS LINEAS
Es que aún no existe un Maudsley para las locuras y
los crímenes de las nacionalidades. . . 341.
NOTAS
1 El autor se refiere a la profesión de ingeniero,
que lo obligaba a frecuentes viajes y cambios de residencia. El grueso de la
redacción de Os Sertdes lo efectuó mientras vivía en Sao José do Río Pardo
(1898- 1901), en el interior del Estado de Sao Paulo, cuando se ocupaba de la
reconstrucción del puente de hierro destruido por una crecida del río Pardo.
2 Esta Nota Preliminar está fechada en 1901 y Os
Sertóes vio la luz en noviem bre de 1902, mientras la Guerra de Canudos había
terminado el 5 de octubre de 1897. En ese ínterin habían aparecido numerosos
trabajos sobre el mismo tema.
3 El plan inicial, sujeto a modificaciones
posteriores, según la correspondencia enviada desde Canudos y publicada por el
Jornal do Comércio (Río) el 23-10-1897, era el siguiente:
“Ahora vamos a anunciar la pronta aparición de un
libro importante, Nossa Vendéia, que está escribiendo el Dr. Euclides Cunha,
representante aquí de O Estado de Sao Paulo. He aquí el esbozo de las dos
primeras partes de este trabajo sobre Canudos:
La Naturaleza. Caracteres físicos; aspecto
topográfico. Formación geológica. Re gión en gran parte estéril. (Primera
categoría de Hegel). La flora. La fauna. Fructificación incierta y temporaria.
Ríos y riachos de crecida súbita, que corren sin fertilizar la tierra. Las
sequías. Una observación de Martius. De la sequía al verdor, transición enorme
y rápida. Un paraíso en el desierto que surge y desa parece. Aspecto de las
planicies y de los llanos. El Rosario, el Riacho del Vigario. Sierra del
Cambaio y del Caipá, Cocorobó, Massacará. Baluartes sine caléis limi-nenti
(sic).
El hombre. Caracteres físicos. Alimentación.
Habitación. El coraje personal. Vida animal, lo exorbitante perjudicando las
funciones intelectuales y morales.
La capacidad étnica de la raza corregirá las
acciones nosológicas. La influencia diaria de un suelo árido. Vida nómada.
Frugalidad explicada por la altura térmica. Imprevisión, indiferencia por el
futuro. Conflicto entre los elementos de la vida individual y la vida
colectiva. Sociedad inconsistente. Predominio de las funciones individuales.
Aspecto atrayente de los llanos que sugiere la vida aventurera. Un aislante
étnico. Insularidad del sertón que determina la conservación de viejas
costumbres y errores. Regreso al tipo indígena por la no infusión de elementos
extraños. Infantilismos. Imaginación viva. Reflexión morosa. Resistencia al
dolor. El terror religioso. La moralidad. Ejemplos de delicadeza moral.
Espíritu negativo. La desconfianza. Las santas misiones. Vocabulario” . Esa es
la publicación contem poránea, con ligeras alteraciones, del plan que el autor
había escrito en su cuaderno de anotaciones durante la guerra y ahora
cuidadosamente editado con el título de
Caderneta de Campo; op. cit.; las dos partes del
plan se encuentran en las páginas 13 y 49.
4 Tres tipos, no mutuamente exclusivos, de
habitantes del interior brasileño: el jagungo está entendido aquí como el brazo
armado, el tabaréu y el caipira como ejemplares pacíficos. Si el autor
estuviera jugando con la etimología, habrá una enumeración decreciente, a
partir del mayor contacto con el tipo urbano. Sería así: jagungo, palabra de
posible origen africano, indicaría al portador de la aguija da con punta de
hierro, utilizada por los vaqueros pero transformada en arma para la lucha;
tabaréu, de origen tupí, aquel que vive en la aldea; caipira, también de origen
tupí, aquel que vive en el bosque.
5 Ludwig von Gumplowicz (1838-1909), autor de La
lucha de las razas, fue un teórico polaco que atribuía el avance histórico al
sometimiento de las razas más débiles por las razas más fuertes. El inglés
Thomas Hobbes (1588 -1679) es cono cido como ideólogo del Absolutismo,
predominio del Estado sobre los ciudadanos.
6 Tenemos aquí uno de los embriones de la llamada
teoría de los dos Brasiles: uno, civilizado, progresista y litoraleño; el otro,
bárbaro, atrasado y de tierra aden tro. Evidentemente, el primero es rico y el
segundo es pobre. Esta teoría, que impregnó profundamente el pensamiento
brasileño, últimamente ha sido refutada. En realidad, el desarrollo desigual no
sería una anomalía sino una necesidad; para que haya desarrollo económico es
necesario que una región explote a otra, que una clase explote a otra, que un
país explote a otro, que un continente explote a otro.
7 Alusión al teórico determinista francés Hyppolite
Taine (1828-1893), que atribuía los eventos históricos a la conjugación de tres
factores: raza, medio y mo mento. A ese esquema se remite la división de Os
Sertoes en tres partes, tituladas La tierra, El hombre, La lucha.
8 Todos los subtítulos, que quiebran la enorme
extensión de los capítulos euclidianos, fueron hechos a partir de la
decimosegunda edición, por Fernando Nery. Nótese que ellos fueron
cuidadosamente sacados del mismo texto, no habiendo por lo tanto falta de
respeto en los mismos.
9 El Brasil es, desde la proclamación de la
República en 1889, una federación de estados. El Estado de Río Grande do Sul
ocupa el extremo límite meridional del Brasil. El Estado de Minas Gerais se
sitúa en la región Centro-Sur, sin acceso al mar.
10 Dos estados brasileños de la región Centro-Sur,
en la costa atlántica.
11 El Estado de Bahía que limita al sur con el
Estado de Espíritu Santo, posee un vasto territorio en el sertón. Queda en la
costa atlántica, región Centro, cons tituyendo un área de transición entre la
región Centro-Sur, y la región Nordeste.
12 Obsérvese en este parágrafo, la dramatización de
la descripción topográfica, geográfica y geológica, a través de la atribución
de verbos de actividad a los ele mentos de la tierra. Ese recurso estilístico
es constante en la obra.
13 El río San Francisco (2 .624 Km de extensión),
llamado “el río de la unidad nacional”, nace en la Sierra de la Canastra, en
Minas Gerais, atraviesa la región Centro, corriendo en dirección Sur-Norte,
para después dirigirse hacia el Este y desaguar en el Atlántico. Así, corta el
sertón y por tal razón fue la principal vía de penetración y ocupación de esa
área. La aldea de Canudos se localizaba en su cuenca.
14 Sebastián da Rocha Pita (1660-1738), autor de la
Historia da América Portu guesa, miembro de la Academia Brasílica dos
Esquecidos (olvidados), en Bahía, una de las numerosas academias de filiación
barroca que proliferaron en los tiem pos coloniales, reuniendo a grupitos de
letrados; es uno de los primeros historiado res-cronistas del Brasil.
Henry Thomas Buckle (1821 -1862), inglés, autor de
la Introduction to the History of Civilization in England, juntamente con
Taine, es quien ejerció la mayor influencia en materia de teoría de la historia
sobre el pensamiento brasileño de la segunda mitad del siglo xix. De esa
combinación resultó una visión negativa de las colonias y de los mestizos,
típica del imperialismo europeo del siglo xix, endosada por los brasileños, que
sólo después de la Segunda Guerra Mundial em pezaron a someterla a la crítica.
15 Extensos e importantes ríos de la región
Centro-Sur, pertenecientes a la cuenca del río Paranaá. Como el Sao Francisco,
fueron vías de penetración del país. El Tieté, que nace en la Serra do Mar,
cerca del Atlántico y desemboca en el Paraná, corta el Estado de Sao Paulo por
entero.
16 El Paraná es un río internacional de la parte
sur del continente; desemboca en el Río de la Plata. También es el nombre de
uno de los estados de la región sur del Brasil, bañado por ese río.
17 La Serra de Mantiqueira, que continúa a la Serra
do Mar que viene del sur, forma parte del Macizo Atlántico y se extiende entre
los estados de Sao Paulo, Río de Janeiro y Minas Gerais.
18 Otro río importante de las primeras
penetraciones en la región Centro-Sur.
19 Uno de los picos más altos del país; queda en la
Serra da Mantiqueira.
20 Nombre de uno de los estados de la Región
Centro-Sur; junto con los de Bahía y Pernambuco, uno de los de más antigua
población.
21 Un río del Estado de Minas Gerais; como es un
nombre muy común, hay varios homónimos, inclusive un afluente del Sao Francisco
en el Estado de Bahía.
22 Queda en el Estado de Minas Gerais y en ella
nace el río Sao Francisco.
23 Río en el Estado de Minas Gerais.
24 Ciudades del Estado de Minas Gerais, centros de
explotaciones de oro y dia mantes en la época colonial, así como de
movimientos independentistas. El lujo de Ouro Preto era tal que su nombre fue
Vila Rica; también fue capital de la provincia de Minas Gerais y cuna de la
Inconfidencia Minera, en 1786.
25 Ciudades de Minas Gerais, próximas a Ouro Preto.
26 Queda en el Estado de Minas Gerais.
27 Geólogo y mineralogista alemán, su nombre
completo es Wilhelm Ludwig von Eschwege (1777-1885), que vivió y trabajó en el
Brasil; fue quien bautizó a la Serra do Espinhago. Este nombre daría a entender
que el divisor de aguas o la conjunción de vertientes más alta de la región
estaría en esa sierra, con lo que el autor está muy de acuerdo.
28 Estos dos ríos delimitan una sucesión de ríos de
los Estados de Minas Gerais, Espíritu Santo y Bahía, que dan la espalda al Sao
Francisco y desaguan en el océano Atlántico.
29 Cordillera común a los Estados de Minas Gerais y
Espíritu Santo, llega hasta Bahía.
30 Descubridor del llamado “Hombre de Lagoa Santa”,
el sabio dinamarqués Peter Wilhelm Lund (1801-1880) hizo exploraciones en la
región.
31 Sierra que se extiende desde Bahía hacia la
Región Norte.
32 Serra do Cabral, en Bahía, y Serra da Mata da
Corda, en Minas Gerais, ésta integrante del Macizo Central. El Estado de Goiás,
donde actualmente queda la capital del país, Brasilia, forma parte de la Región
Centro.
33 Localidad bahiana, cerca del Sao Francisco, en
la parte Centro-Sur del Estado, casi en la frontera con Minas Gerais. Un poco
antes, Durval Vieira de Aguiar había registrado 11.886 habitantes en el
municipio y un generalizado estado de decadencia. Ver Durval Vieira de Aguiar,
Descrigóes Práticas da Provincia da Bahía, 1888, Bahía, Tipografía del Diario
da Bahía.
34 Otra sierra bahiana, en posición central en el
estado, asimismo cerca del Sao Francisco.
35 Ciudad bahiana en el Sao Francisco medio, hoy
como entonces uno de los principales centros de romería del país,
especialmente, pero no exclusivamente, para la población sertaneja.
38 La Serra da Tromba y la Serra de Sincorá quedan
en el Estado de Bahía.
37 Sierra en el Estado de Minas
Gerais, cerca del río Jequitinhonha.
38 Río de Bahía que desagua en el Atlántico.
39 Todas son sierras bahianas, la de Itiúba queda
entre Queimadas y Monte Santo, bien cerca de Canudos.
40 Localidad bahiana, en el norte del Estado, en
las márgenes del Sao Francisco.
41 Localidad bahiana, en el interior, cerca de
Canudos. Es notable por su Vía Sacra monte arriba, con capillitas que van
señalando los pasos. Durval Vieira de Aguiar, op. cit., le da catorce leguas
(84 km) estimadas hasta la estación del ferrocarril en Santo Antonio das
Queimadas; otros hablan de dieciséis leguas o más. En Monte Santo será
instalado el cuartel general del Ejército durante la campaña. Tanto la ciudad
como la Vía Sacra aparecen destacadas en la película Deus e o Diabo na Terra do
Sol de Glauber Rocha (19 6 4 ).
42 Gran catarata en el Sao Francisco, que
interrumpe la navegación del río en su trecho final, hoy aprovechada por una
usina hidroeléctrica.
43 Sertón es palabra de discutida etimología y poco
preciso campo semántico, que designa la mayor parte del territorio brasileño;
su porción más interior es la más bravia. La forma plural que el autor usó en
el título del libro, era muy común en su época; se encuentra tanto en los
libros como en los otros reportajes sobre la Guerra de Canudos.
44 Río de Bahía que, unido al Itapicuru-mirim,
forma el Itapicuru, que desa gua en el Atlántico.
45 Río temporario, que desagua en el Atlántico, en
cuyas márgenes quedaba la aldea de Canudos.
46 Antigua ciudad bahiana al sur del municipio de
Itapicuru. El municipio forma límite con el Estado de Sergipe al norte. Elevado
a villa en 1831, Durval Vieira de Aguiar, op. cit., le da 11.937 habitantes.
47 Lugarejos en Bahía, cercanos a Canudos. En
Cumbe, que actualmente se llama Euclides da Cunha, hay una iglesia edificada
por Antonio Conselheiro, entre las veinte iglesias y cementerios a él debidos,
aproximadamente (ver José Calasans, “Antonio Conselheiro, constructor de
igrejas e cemitérios”, in Revista Brasileira de Cultura, N9 16, abril/junio,
1973, Río, editada por el Ministerio de Educación y Cultura y el Consejo
Federal de Cultura). Durval Vieira de Aguiar, op. cit. declara haber visto la
construcción de esa iglesia, tanto como concluir otra, en la localidad
denominada Mocambo.
48 Todos en Bahía. Durval Vieira de Aguiar, op.
cit., encontró seiscientos habi tantes en el poblado de Capim Grosso, puerto
sobre el río Sao Francisco elevado a villa en 1853. Santo Antonio da Gloria,
según la misma fuente, dista treinta y seis leguas (216 Km) ríoabajo, ya casi
en la catarata de Paulo Afonso. Uauá, bien cerca de Canudos, será muy
mencionada en los relatos de la guerra, debido
a la importancia estratégica como vía de acceso a
la aldea y como confluencia de cuatro caminos.
49 Las bandeiras eran expediciones que dominaron al
Brasil en el tiempo de la colonia. Sus componentes, llamados bandeirantes, en
general eran paulistas, o sea oriundos de Sao Paulo de Piratininga, fundada en
1554, hoy capital del Estado de Sao Paulo. El objetivo de las bandeiras era
capturar indios y buscar minas de metales y piedras preciosas. Así fueron
explorando el interior y fijando puntos poblados, lo que hizo culminar la
ocupación efectiva de un enorme territorio para la corona portuguesa: la colonia
del Brasil.
50 Estados de la región Nordeste. El autor se
refiere a las bandeiras que, aban donando el Sao Francisco a la altura en que
la catarata de Paulo Afonso impide la navegación y el río dobla hacia el este,
se metieron sertón adentro persistiendo en el rumbo sur-norte, llevando ganado
e iniciando la ocupación de aquellos estados.
51 La penetración en rumbo opuesto, o sea al oeste,
partiendo de la desemboca dura del Sao Francisco, entre los Estados de Sergipe
y Alagoas y en busca del oeste, era igualmente detenida por el enorme trecho de
cataratas. Entonces se intentaron otros ríos menores que no llevaban muy lejos.
52 “Camagari ( . . . ) Alagoinhas ( . . . )
Inhambupe” : localidades próximas a Salvador, capital del Estado de Bahía y
primera capital del Brasil, situada en la Bahía de Todos los Santos, en el
océano Atlántico. Fue importante y precoz centro de expansión hacia el
interior, aunque la penetración, como dice el autor, tuviese corto alcance.
53 Otra localidad y río del mismo nombre, de la
misma región próxima a Salvador.
54 El autor está describiendo el camino (de
aproximadamente 600 Ion) de pene tración terrestre que lleva de Salvador a la
ciudad de Juázeiro, sobre el final del trecho navegable del Sao Francisco, para
quien va rumbo a las nacientes. Ese cami no, con todos sus zigzagueos debidos
a los numerosos accidentes del terreno, sigue la dirección general
este-noroeste. Más tarde, a fines del siglo xix, se construiría el Ferrocarril
Central (de Salvador a Juázeiro) siguiendo, el mismo trazado.
55 Para quien deseaba dirigirse a las nuevas áreas
— abiertas en los estados del Nordeste, como Pernambuco, Piauí y Maranháo, o
del Norte, como Pará— había otra vía de penetración terrestre fuera del camino
Salvador-Juázeiro. Hasta Serrinha, localidad cercana a Salvador, el camino era
el mismo; pero de allí se podía tomar el antiguo camino real del Bom Conselho y
después salir al río Sao Francisco a la altura de Santo Antonio da Gloria. Este
camino queda más al norte que el anterior.
58 Durval Vieira de Aguiar, op. cit., estima la
distancia entre las dos localidades, yendo de Juázeiro río abajo hasta Santo
Antonio da Gloria a bajamar, en cin cuenta y seis leguas, o 336 kilómetros.
57 El autor quiere acentuar que el trecho del
sertón donde queda Canudos permaneció al margen, evitado por las dos vías
históricas de penetración anterior mente descritas, a pesar de estar situado
entre ambas.
58 Ersa es la dirección que se toma al bajar del
tren del Ferrocarril Central (Sal vador-Juázeiro), en la estación de Santo
Antonio das Queimadas, para dirigirse a Canudos a caballo o a pie. La mayor
parte de las tropas de la campaña así lo hicieron, inclusive el autor.
59 Pequeño río de la región.
60 Cercano a Canudos en este poblado se localizará
el puesto auxiliar civil ins talado por el Comité Patriótico de Bahía,
destinado a dar asistencia de retaguardia a los soldados, y después de
finalizada la guerra también a los conselheiristas. Estaba dirigido por dos
frailes capuchinos alemanes (franciscanos): fray Gabriel y fray Pedro Sinzig y
por el Dr. Domingos Pinheiro, estudiante del último año de
la Facultad de Medicina de Bahía, más tarde
sustituido por el Dr. Henrique Chenaud. El puesto fue frecuentemente
inspeccionado por el Secretario del Comité, Lelis Piedade, también corresponsal
de guerra del Jornal de Noticias de Bahía. Cansando quedaba a medio camino
entre Queimadas, donde los soldados se apea ban del tren, y Monte Santo,
cuartel general, que distaba ocho leguas o 48 km, de ambas, según informa Lelis
Piedade en reportajes publicados en aquel diario el 15/9/1897 y el 17/9/1897 .
Al Comité se debe el importante documento publi cado en los diarios
denunciando la venta de los hijos de los conselheiristas des pués de terminada
la guerra; ver, por ejemplo, O Comércio de Sao Paulo, edicio nes del 22, 23,
24, 25 y 27 de diciembre de 1897.
61 Lugar cercano a Canudos; será muy nombrado.
62 Enviado por el rey de Baviera, Maximiliano José,
el explorador y científico alemán Karl Friedrich von Martius (1764-1868) viajó
por el Brasil, desde Río de Janeiro hasta el Amazonas (1815-1820), acompañado
por el zoólogo Johann Baptiste von Spix (1781 -1826); a ellos se deben los
importantes trabajos Viagern pelo Brasil y Flora Brasiliensis.
63 Otra localidad vecina.
64 El científico francés Emmanuel Lisis
(1825-1900), que fue director del Observatorio Astronómico de Río de Janeiro.
65 Thomas Henry Huxley (1825-1895) que pertenece a
una familia de cientí ficos ingleses, fue un naturalista que defendía la
teoría del evolucionismo de las especies.
66 Director de la Expedición Morgan al Brasil,
Charles Frederick Hartt (1840-1878) , estudió y escribió sobre temas vinculados
a la geografía, geología y etno grafía brasileñas.
67 El científico suizo residente en los Estados
Unidos, Jean Louis Rodolphe Agassiz (1807-1873), compañero de Hartt en sus
andanzas por el Brasil.
68 Otro científico extranjero que anduvo por el
Brasil en el siglo xix, haciendo investigaciones; su nombre completo es Jonpied
Heumigh Gerber.
69 Debe registrarse esta concepción geológica del
autor, que ya figuraba en el Diario de urna Expedigao, que ve en la América del
Sur y especialmente en los sertones de Canudos una tierra novísima que apenas
entraba en la Historia.
70 Todas las sierras mencionadas en el trecho
constituyen la región de altipla nicies donde se sitúa Canudos. La idea
central es que todas las sierras de allí obe decen al mismo sistema, el de
reunirse y repartirse acabando por constituir una elipse cuyo punto máximo es
el Morro de la Favela, elevado sobre la aldea.
71 El Pamaíba es uno de los grandes ríos
brasileños; demarca la frontera entre los estados del Piauí y Maranháo, en
dirección aproximadamente Sur-Norte, yendo a desaguar en el Atlántico Norte. De
tal manera daba continuidad al Sao Francisco en la penetración de las zonas más
septentrionales, en el sitio en que éste dobla hacia el Este. Ya el Patamuté,
próximo a Monte Santo, es un afluente del Sao Fran cisco en el Estado de
Bahía, margen derecha.
72 Esa denominación ya fue mencionada en la página
9: Irapiranga, en tupí: colorado; cf. Teodoro Sampaio, O Tupi na Geografía
Nacional, según nota de Fernando Nery.
73 La impresión de que así que se sube a la Serra
de Monte Santo se llega al Morro da Favela es inducida por la yuxtaposición en
el texto. De una localidad a otra hay cerca de ocho leguas (o cerca de 48 Km)
de caminos retorcidos, ascen dentes y descendentes. Los periodistas hablan de
muchas horas, hasta de días, para cubrir el tramo a caballo.
74 El punto de observación que tenía el Morro de
Monte Santo como base y veía el Morro da Favela en dirección Norte-Nordeste,
cambió ahora. Con base en el Morro da Favela que queda aproximadamente al
Sur-Sudeste de Canudos (cf. mapa hecho por el teniente coronel Siqueira de
Menezes, Jefe de la Comisión de Ingeniería de la 4? Expedición, incluido en
Henrique Duque- Estrada de Macedo Soares, A Guerra de Canudos, 1902, Río,
Tipografía Altina), el cerco de montañas se refiere sólo a aquellas que quedan
bien cerca de Canudos: Canabrava, Poço-de-Cima, Cocorobó, Calumbi, Cambaio y
Caipa. Además, ciertamente, el autor fue sensible a la aliteración de los
topónimos, seleccionándolos entre los varios posibles.
75 El primero, que estaba realizando exploraciones
en el Brasil, fue quien envió al segundo, el ilustre mineralogista y químico
inglés William Hyde Wolleston (1766-1828), un pedazo de meteorito de Bendegó
para ser analizado.
76 De hecho, el autor apenas hacía un mes que
estaba en la región. Del conjunto de reportajes que envió al diario O Estado de
Sao Paulo, fecha: el 31 de agosto el que envió desde Alagoinhas, aún en el
tren, y el l 9 de setiembre el de Queimadas, cuando inicia el viaje a caballo
hasta Canudos. La controvertida cuestión sobre la fecha de su llegada a Canudos
fue resuelta con la publicación de la Caderneta de Campo, op. cit., donde, en
la página 53 está registrado, de su propio puño, el día 16 de setiembre.
77 Marca de una de las armas más usadas en esa
guerra; se trata de un fusil, arma de repetición, no automática, de procedencia
austríaca; se usan indistinta mente las denominaciones fusil, carabina y
rifle. La marca pasó al léxico como sustantivo común, en las formas manulicha o
manulixa.
78 La momificación natural de hombres y caballos
está confirmada por otros testimonios de periodistas y combatientes.
79 Punto en que la costa atlántica, en el Estado de
Río Grande do Norte, aban dona la dirección general Sur-Norte y dobla hacia
Oeste-Noroeste.
80 Tomás Pompeu de
Sousa Brasil (1818-1877), político y ensayista brasileño.
81 Por las fechas dadas en seguida se verifica que
el autor se refería a los siglos xvin y xix.
,82 Título del explorador brasileño Guilherme
Schuch (1824-1909).
83 Sir Frederick William Herschel (1738-1822),
astrónomo inglés descubridor del planeta Urano.
81 La división geopolítica del Brasil atribuye a la
Región Nordeste los estados que el autor considera del Norte.
85 Estado brasileño en la frontera Oeste del país;
limita con Bolivia y el Pa raguay.
86 Referencia a los estudios del físico inglés John
Tyndall (1820-1893).
87 Viajero francés que hizo exploraciones en el
Brasil entre 1816 y 1822, pu blicando después Voyages dans Vinterieur du
Brésil; su nombre completo es Augustin François César Saint-Hilaire
(1779-1853).
88 Se trata del viajero alemán Friedrich Heinrich
Alexander von Humboldt (1768- 1859), quien, entre 1799 y 1804 hizo
observaciones en el continente americano.
89 La alusión es a Georg Friedrich Hegel
(1770-1831), importante filósofo ale mán, autor de Fenomenología del Espíritu
y Estética, entre otras muchas obras. Es el pensador que proporciona un puente
entre el Idealismo alemán, que lo pre cedió, y Marx.
90 Gran río de la parte noroeste de América del
Sur, con 6.280 Km de extensión; nombre del estado brasileño atravesado por ese
río.
91 Melchior Moreia o Moreira, o aún Melchior Dias
Moréia, fue un sertanista del siglo xvn, al que se lo asoció con la leyenda de
fabulosas minas de plata.
92 El sertanista se dirige a Vasco Fernandes César
de Menezes (1673 -1741), de título Conde de Sabugosa en 1729 y Virrey del
Brasil entre 1720 y 1735, con sede en Bahía.
93 Gran represa construida en el sertón del Ceará.
94 Hombre público brasileño (1812-1894), gobernador
de provincias, militar y geógrafo.
95 Ingeniero y matemático brasileño (1838-1898);
era negro y militante abo licionista.
96 El libro citado fue publicado en 1892; una
grafía más correcta del apellido del autor es: Irineu Joffily (1843-1902).
97 En la elaboración y defensa de la teoría del
autoctonismo del hombre de las Américas, opuesta a la corriente también
vigorosa que le atribuye origen asiático, el autor destaca varios nombres.
Además de los de Lund y Hartt, ya aclarados en notas anteriores, tenemos aún:
al inglés Samuel George Morton, al alemán Adolf Bernhard Meyer, al brasileño
Júlio Trajano de Moura, a los americanos Josiah Clark Nott y Gordon, todos del
siglo xix.
98 Raimundo Nina Rodrigues (1863-1906), profesor de
Medicina Legal de la facultad de Medicina de Bahía, fue uno de los pioneros en
los estudios sobre el negro en el Brasil. También se interesó por la Guerra de
Canudos, a la que dedicó un trabajo titulado A Loucura Epidémica de Canudos,
1897, Río, Sociedade “Revista Brasileira” .
99 Pierre Paul Broca (1824-1880), fue un médico
francés que se dedicó a la Antropología Física.
100 Poeta romántico brasileño (1823-1864), escribió
poemas indigenistas y pre paró un diccionario tupí. El Indianismo, forma que
en el Brasil tomó la exalta ción del héroe racial, mientras el Romanticismo
europeo lo encarnaba en la Edad Media, entre los bárbaros e, incluso, entre los
indios americanos, fue la primera ideología nativista; está inextricablemente
unido a los ensayos de independencia política y de búsqueda de la identidad
nacional.
101 El autor del libro mencionado, general y
médico, era hermano del mariscal Deodoro da Fonseca, primer Presidente de la
República en el Brasil.
102 El inglés Henry Walter Bates (1825- 1892),
autor de El naturalista en el río Amazonas; especialista en flora y fauna de
esa región.
103 “Draenert - El clima del Brasil” : el
meteorologista Frederico Mauricio Draenert.
104 Estas atribuciones de características
psicológicas a causas climáticas, propias del determinismo del siglo xix, son
vistas hoy con desconfianza; se tiende a dar mayor importancia, juntamente con
las endemias que el autor señala, a la subnu-trición y a la excesiva jornada de
trabajo.
105 En suma, lo que se parece a Europa es superior;
este argumento se extenderá por el trecho siguiente, mostrando que el sur del
país, de clima más “europeo” produjo hombres más emprendedores que los del
norte. Es un argumento clásico en el pensamiento brasileño y persiste hasta
nuestros días, a pesar de ser insisten temente descalificado por las
investigaciones.
106 El quilombo más importante que hubo en el
Brasil. Estaba situado en la Serra da Barriga, en el actual Estado de Alagoas;
reunió miles de esclavos fugitivos — algunos cálculos hablan de treinta mil— y
resistió más de medio siglo a los
ataques. Fue liquidado en 1694, por el bandeirante
paulista Domingos Jorge Velho, contratado por el gobierno de Pernambuco.
107 Dos de los corsarios británicos que atacaban
ciudades costeras brasileñas du rante el dominio español (1580 - 1640), ya que
Inglaterra era adversaria de Es paña. Una vez Fenton, en 1583, y dos veces
Cavendish, en 1591, saquearon la ciudad de Santos, hoy Estado de Sao Paulo.
108 Los dos jesuítas que fueron a Europa a hacer
reclamaciones contra los paulis-tas que atacaban las reducciones para apresar
indios; Montoya fue en 1639 y Taño en 1637. El padre Antonio Ruiz de Montoya,
que narra sus experiencias en Conquista Espiritual (1639, Madrid), es
considerado el autor de la gran obra je suíta en defensa de los indios; llegó
al Nuevo Mundo en 1612 y fue Superior General de la República Guaraní desde
1620 hasta 1637. El conjunto de las reduc ciones fue el mayor conglomerado de
indios que se reunió después de la invasión del continente por los europeos. Su
parte central quedaba en el territorio de Guaira, que pertenece en parte al
Brasil, en parte al Paraguay, pero que se ex tendía hasta el Uruguay,
Argentina y Bolivia. Sucumbió al fin al ataque de pau-listas y españoles de
Asunción y Buenos Aires, protegidos por los reyes de Portugal y España. Los
jesuítas fueron expulsados de todos los dominios portugueses por decreto del
Marqués de Pombal, primer ministro de D. José I, en 1759, y de los españoles
por decreto de Carlos III, en 1767. La Orden fue temporariamente su primida.
109 Territorios brasileños que fueron invadidos y
ocupados por los holandeses en el siglo X V I I . El príncipe Mauricio de
Nassau gobernó Pernambuco y el alemán Sigismundo von Schkoppe fue uno de sus
generales. Los holandeses ocuparon la ciudad de Salvador en Bahía entre 1624 y
1625, y trataron en vano de recuperarla en 1638; en Pernambuco y sus
alrededores (Paraíba, Maranhao, Ceará) perma necieron desde 1630 hasta 1654.
110 La República de los Guaraníes dirigida por los
jesuítas estaba localizada en la región de Guaira, también conocida bajo el
nombre de Siete Pueblos de Misiones.
111 Paulista aclamado como rey por sus coterráneos
en 1641, su gloria pronto declinó.
112 El autor compara las entradas al interior,
todas de corto alcance, hechas a partir de la capital de Bahía en los inicios
de la colonización, con las posteriores hechas por los paulistas que
atravesaron el Brasil. Anhanguerra es el nombre tupí de Bartolomeu Bueno,
legendario bandeirante; Pascoal de Araújo salió de Sao Paulo y llegó a las
márgenes del Tocantins. Belchior Dias es el mismo Melchior Moreia o Moreira ya
mencionado. En cuanto a Gabriel Soares de Sousa (1540-1591), dejó una
inestimable contribución historiográfica en su Tratado Descritivo do Brasil ern
1587, aunque no tuvo suerte con las minas de plata.
113 Los franceses habían invadido y ocupado por
algunos años una parte del litoral de Río de Janeiro, en el siglo xvi (1555
-1567), bajo la jefatura de Ville-gaignon. Más tarde ocuparon el litoral del
Maranhao (1612 -1615), de donde fue ron expulsados después de muchas luchas.
El autor se refiere al tratado consecuente, hecho entre la corona portuguesa y
la francesa. Daniel de la Touche, Señor de la Ravardiére, fue el jefe de la
expedición francesa al Maranhao.
114 Aires do (o de)
Casal, el sacerdote autor de la Corografía Brasílica (1 8 1 7 ).
115 El rey de Portugal, D. Sebastián, nieto y
sucesor de D. Joao III, muerto en la batalla de Alcácer-Quibir, contra los
moros de Marruecos, en 1578. A su muerte se produjo la unión de las coronas
portuguesa y española, bajo Felipe II, en 1580; Portugal sólo volvió a ser
independiente en 1640.
116 En Pernambuco, uno de los primeros sitios
poblados en el Brasil.
117 Uno de los primeros historiadores-cronistas de
la nueva colonia, el jesuíta Fernáo Cardim (1591-1625) es autor del Tratado da
Terra e Gente do Brasil (1625, Londres).
118 Otro historiador-cronista de los primeros de la
colonia, el holandés Gaspar van Baerle (1584-1648), nom-de-plume latinizado
Barleus, de la corte de Mauricio de Nassau en Pernambuco y autor de Rerum per
octennium tn Brasilia, 1547.
119 El sacerdote jesuíta Manuel da Nóbrega,
misionero en el Brasil en el siglo xvi, dejó un vasto epistolario, además de un
Diálogo sobre a Conversao do Gentío (15 59), con mucha información no sólo
respecto de los indios sino también de las costumbres de los colonos. Fundó el
Colegio de los Jesuitas en Piratininga (1 5 5 4 ), que dio origen a la ciudad
de Sao Paulo.
120 El brasileño Francisco Adolfo Varnhagen
(1816-1878), Visconde de Porto Seguro, autor de la más famosa Historia do
Brasil escrita en el siglo xix.
121 Escritor e intelectual brasileño (1812-1863),
hizo sátiras políticas, fue autor del Jornal de Timón (1852 a 1854, en
fascículos).
122 El autor se refiere a la expulsión de los
jesuitas del Brasil en 1759, por orden del Marqués de Pombal, primer ministro
de D. José I de Portugal.
123 Sierra en el sertón del Ceará.
124 La fecha se refiere a la prohibición de
traficar con esclavos; la abolición de la esclavitud sólo se produjo en 1889.
125 El autor se refiere al conocido hecho de que la
esclavización de negros afri canos ya había empezado en Portugal, antes del
descubrimiento del Brasil. Gil Eanes y Antáo Gongalves fueron dos navegantes
portugueses que estuvieron entre los primeros en llevar esclavos negros a
Portugal, aún en la segunda mitad del siglo xv. Las ciudades mencionadas quedan
en Portugal; azenegues y jalofos son nombres de pueblos negros. Los versos
citados a propósito son de García de Rezende (1470 -1536), poeta portugués contemporáneo
de los eventos aludidos y gran figura de la lírica quinientista que dejó el
Cancionero.
126 Esta distribución de papeles — negro pasivo
adaptado a la esclavitud, versus indio indomable— está arraigada en el
pensamiento brasileño; ha sido sometida a severa crítica en los estudios hechos
sobre el negro a partir de la década del cincuenta, debido a su índole de
preconcepto. Asimismo, la historia desarrollada en los Estados Unidos desde los
años sesenta vinculada a los movimientos políticos negros, ha enfatizado la
rebeldía negra en el pasado, que los blancos trataron de escamotear.
127 Isla de Madeira, perteneciente a Portugal;
queda en la costa noroeste del Africa.
128 Domingos Afonso Sertáo, bandeirante del siglo
xvin tan afecto a las andan zas por el interior que recibió como apellido el
sustantivo común de las tierras que recorría (sertón) . Después de haber
abierto caminos conduciendo ganado hacia el Nordeste, terminó asentado como
gran hacendado en aquellos parajes, entre los ríos Piauí y Canindé.
129 La perfecta división establecida por el autor —
mestizo de blanco con negro predominando en el litoral, mestizo de blanco con
indio predominando en el ser tón— ha sido bastante discutida.
130 Joáo Ribeiro (1860-1935), fue un activo
escritor brasileño que dejó impor tantes contribuciones en el campo de la
Gramática y de la Historia.
131 El autor resume el movimiento general de las
entradas y bandeiras en los siglos xvi, xvii y los inicios del xviii. En ese
resumen las primeras levas eran atraídas por los metales y piedras preciosas,
en busca de las legendarias Serras das Esmeraldas, Minas de Prata y
Sabará-bugu. Desacreditadas esas leyendas, se fue pasando a la etapa del mero
apresamiento de indios. Más tarde, el descubrimiento de oro en Minas Gerais
habría originado un resurgimiento de bandeiras atraídas por los objetivos
iniciales.
132 El autor sitúa bajo la reserva del
aparentemente los espisodios épicos: durante su transcurrir y por detrás de
ellos, se implantaba en el país el sistema colonial y el modo de producción
capitalista. La empresa prioritaria fue la unidad agro-industrial, o sea, la
plantación de caña con el ingenio productor de azúcar desti nado a ser
consumido por la metrópoli o a la venta. Sólo mucho más tarde, ya en el siglo
xix, el café suplantó a la caña de azúcar como producto más impor tante. La
coincidencia del sertón con ganado extensivo no es casual. Las mejores tierras
— de mayor productividad y más cercanas a la costa, lo que reducía los costos
del transporte— siempre tuvieron la unidad agro-industrial como cosa prio
ritaria. Las peores, lejos del mar y menos fértiles, fueron ocupadas con el
ganado, que alimentaba a la población dedicada a las otras actividades
productivas.
133 Joáo de Lencastro, o Lancastro, gobernó el
Brasil, con sede en Bahía, desde
1694 hasta
1702.
134 Sierra en Bahía y río en Pemambuco.
135 Referencia a diversas entradas por el sertón,
venidas de puntos geográficos diferentes — Sao Paulo, Bahía, Pernambuco— pero
convergentes en la misma área. La alusión a la Guerra de los Emboabas trata de
la disputa armada por las minas entre los paulistas y los reináis (portugueses
o sus partidarios) comandados éstos por Manuel Nunes Viana; emboaba era el
sobrenombre peyorativo, en lengua tupí, que los paulistas daban a los
portugueses. La guerra ocurrió en la región del Río das Mortes, en Minas Gerais;
la citada hacienda de Viana quedaba en Carinhanha, localidad ribereña del Sao
Francisco, en el centro-sur de Bahía.
136 Escritor brasileño del siglo xix, Alfredo
d’Escragnolle Taunay (1843 -1899); su novela más famosa es Inocencia (1 8 7 2
), crónica de costumbres sertanejas.
137 Nombre de una localidad en la región aurífera
del Estado de Minas Gerais, cerca de Ouro Preto, Ouro Branco y Sabará.
138Antonil es el pseudónimo con que el padre Joao
Antonio Andreoni firmó su libro Cultura e Opulencia do Brasil, publicado en
Lisboa en 1711.
139 Alusión a la ciudad fortificada de la epopeya
griega La llíada, de Homero, situada en el Asia Menor (hoy Turquía), que
resistió durante diez años el asedio a que la sometió una coalición de pueblos
habitantes de la actual Grecia. Obsérvese el oxímoron establecido entre la
fortaleza de piedra y la manera brasileña de cons truir en barro armado con
madera.
140 Bandeirante y ganadero del siglo piedades
ocupaban doscientas sesenta bucana del río Sao Francisco.
X V I I , dueño de la Casa da Torre, cuyas pro
leguas (1 .560 Km) en la margen pernam-
141 Itapicuru-de -Cima es una localidad al norte de
Bahía, cerca de Sergipe, en las márgenes del río Itapicuru. El llamado “sertón
de Rodelas” queda en Bahía, de su porción media hacia el Norte, casi en el
Estado de Pernambuco. Cabrobó es una localidad de Pernambuco, cerca del río Sao
Francisco. La construcción de la frase induce a la idea de que Jeremoabo queda
en las márgenes del Sao Francisco, cuando dista de él cerca de veinticinco
leguas o 150 kilómetros (hasta la ciudad ribereña de Santo Antonio da Gloria,
según informa Durval Vieira de Aguiar, op. cit.'), sin unión fluvial y por
caminos difíciles.
142 Pambu queda en la parte norte del Estado de
Bahía y Jacobina más hacia el centro del estado, entre el Sao Francisco y el
océano Atlántico, en las márgenes del Itapicurumirim, habiendo sido elevada a
villa en 1720, y a una distancia de cincuenta y cuatro leguas o 324 kilómetros
de Juázeiro, que queda al norte, en las márgenes del Sao Francisco, según
Durval Vieira de Aguiar, op. cit.
143 Natuba o Soure, Inhambupe e Itapicuru,
localidades del interior norte de Bahía, más próximas al mar que las
anteriores. La primera queda en las márgenes del Itapicuru, a siete leguas (4 2
Km ) de la ciudad de Itapicuru y a diecisiete
leguas (102 Km) de Inhambupe, según los cálculos
aproximados de Durval Vieira de A guiar, op. cit.
144 Ciudad en el Sao Francisco medio,
aproximadamente en el centro de Bahía, en la barra del río Grande. Durval
Vieira de Aguiar, op. cit., la sitúa como parte de los “sertones de Rodelas”,
nombre que atribuye al pueblo indígena del mismo nombre que, tal como los
Acaroazes y Mocoazes, habitaban esa región.
145 De la aldea de la Barra hacia el norte.
146 Fraile capuchino italiano constructor de la Vía
Sacra de Monte Santo (1 7 8 5 ) y del cementerio e iglesia matriz de Bom
Conselho (1 8 1 2 ), según Durval Vieira de Aguiar, op. cit.
147 El más grande propietario de la banda bahiana
del río Sao Francisco, dueño de ciento sesenta leguas o 960 kilómetros a lo
largo del río, desde el Morro do Chápeu hasta el Río das Velhas.
148 Pueblo indígena habitante de Bahía en la época
del descubrimiento del Brasil.
Dejó su nombre a una región del Ceará.
149 Tupí y tapuia son empleados en el texto como
designaciones de dos razas indí genas. Sin embargo, tapuia era empleado por
los tupís para indicar indio enemigo, aunque del mismo grupo y lengua. Desde
fines del siglo xix el criterio lingüístico de la Antropología divide a los
indios brasileños en cuatro grupos principales
— Tupí, Jé, Karib y Aruak— fuera de algunos otros
que no caben en esa clasifi cación, como los Bororo. El historiador Capistrano
de Abreu esclareció este tema en O Descobrimento do Brasil - Seu
Desenvolvimento no século XVI (publicado en 1883); más tarde, en Capítulos de
Historia Colonial (1 9 0 7 ), muestra cómo los cronistas coloniales distinguían
entre lengua general, la tupí, general en su exten sión por el territorio, y
lenguas trovadas, las que no eran tupís, y se hablaban en partes bien delimitadas
del territorio. Varios de los topónimos de la lista de Teodoro Sampaio son
actualmente reconocidos como vocablos tupí (por ej. uauá - luciér naga; catulé
- especie de cocotero). El término tapuia se usa aún en Bahía, para designar a
cualquier individuo con “cara de indio”, amorenado, de mandíbulas salientes,
pelo lacio y negro.
150 O sea, para el autor, el cruzamiento entre
bandeirantes paulistas y tapuias durante trescientos años reproduciéndose en el
aislamiento originó una variante racial nueva. Obsérvese el paralelo con el
análisis geológico de la región de Canudos en la página 17: tierra nueva, raza
nueva.
151 Neurólogo francés Luis Foville (1779-1878),
expresaba una teoría caracte rística del imperialismo europeo, según la cual
el europeo es de raza pura y por lo tanto superior, mientras que el colono es
mestizo y por lo tanto inferior. La aproximación que hace entre mestizo e
histérico revela la concepción del mestizo como anormal. En este trecho
comienza la paráfrasis del trabajo de Nina Rodrigues, A Loucura Epidémica de
Canudos, 1897, Río, Sociedade “Revista Brasileira” .
152 Todos los estereotipos del europeo etnocéntrico
aparecen aquí. Están asociadas la raza blanca con la función intelectual, las
razas indígena y negra con la energía física. Víctima de sus impulsos, el
mestizo, aunque intelectualmente bien dotado, no desarrolla las funciones
“morales” ; y desea pertenecer a la raza blanca, debido a mecanismos
biológicos, no porque el europeo le haya enseñado que el blanco es superior.
153 Ludwig von Gumplowicz (1838-1909), teórico
polaco de las ciencias hu manas, autor de La lucha de las razas.
154 Alusión a la escuela donde Gumplowicz enseñó en
esa ciudad austríaca.
155 El concepto de civilización que desarrolla el
autor en este trecho no toma conocimiento de otras civilizaciones salvo la
europea.
156 El autor se refiere a las teorías
craneométricas de su tiempo, en las que se deducían características llamadas
psíquicas, como inteligencia, criminalidad, etc., de relaciones entre medidas
de la cabeza. Así, el negro y la mujer serían más incapaces porque su cerebro
era menor, y otras elucubraciones de igual índole. La Antropología Física
descalificó esos tests, demostrando que estaban viciados por el etnocentrismo
del investigador. El más conocido de esos teóricos fue Lombroso. Con base en
tales premisas es que la cabeza de Antonio Conselheiro fue cortada oficialmente
y llevada al Dr. Nina Rodrigues en Salvador, para exámenes cientí ficos que no
arribaron a ninguna conclusión.
157 El autor sustituye ahora, en todo este tópico
titulado “Una raza fuerte”, la noción de degeneración por la de atraso. En el
tópico anterior había desarrollado el argumento de que el mestizo, por
naturaleza, sería degenerado porque predomina en él lo que hay de peor en cada
una de las razas de cuyo cruzamiento es resultante. Si fuera sólo atrasado, es
que aún no llegó adonde ya está la raza superior, blanca y pura. Así, sustituye
una concepción sólo étnica — o racial— por otra cultural: el atraso no es fatal,
puede recuperarse. Sin embargo, es bueno recordar que también esta concepción
es fuertemente etnocéntrica.
158 Es ésta una de las páginas más famosas de Os
Sertoes, de inclusión obliga toria en las antologías. Habiendo establecido una
firme distinción entre el mestizo de indio y el mestizo de negro, el autor
contrapone ahora al mestizo del sertón con el mestizo del litoral, con lo que
sigue el citado trabajo de Nina Rodrigues. El fragmento abunda en brillantes
antítesis, destacándose la notable Hércules-Quasi-modo, que aglutina al
semidiós potente de la mitología griega con el deforme y retardado personaje de
Notre Dame de Varis, de Víctor Hugo.
159 “pero toda esa apariencia de cansancio engaña”
: las páginas siguientes, que describen al sertanejo, al vaquero, al jagungo y
al gaucho, están basadas en tres novelas, respectivamente, O Sertanejo (1 8 7 5
) y O Gaúcho (1 8 7 0 ) de José de Alericar (1829-1877), el gran novelista
brasileño del siglo xix, y D. Guidinha do Pogo (1890-1891), de Manuel de
Oliveira Paiva (1861-1892) . Esta novela sólo fue publicada como libro en 1952;
sus primeras partes salieron en la Revista Brasileira en 1897.
160 O sea, de origen portugués; el sertón conserva
y repite fiestas tradicionales portuguesas, literatura popular y hasta el
lenguaje castizo.
161 Río que nace en el centro del país y desagua en
el norte, junto a la desem bocadura del río Amazonas.
162 Localidad en las márgenes del Sao Francisco, en
su parte más meridional.
163 La teoría de las calamidades naturales ha sido
muy criticada. La observación de que la región en que se dan — terremotos,
maremotos, sequías, crecidas— coin cide con las zonas de población más pobres
del mundo, ha llevado a la hipótesis de que habría una correlación entre los
dos factores. Calamidad natural y pobreza no serían mera coincidencia sino que
se producirían mutuamente: los pobres serían mantenidos o empujados hacia las
regiones poco seguras, y tampoco tendrían acceso a la tecnología necesaria para
enfrentar los peligros.
164 Todo el fragmento anterior, con la descripción
de fiestas populares, devociones y costumbres religiosas, danzas, música, etc.,
está extensamente basado en el libro citado, Estudos sobre a Poesía Popular do
Brasil (1 8 8 8 ). Silvio Romero (1851-1914) , fue un estudioso de variados
intereses y es el autor de la primera Historia da Literatura Brasileira (1 8 8
8 ) sistemática y de fuste. La obra que dejó supera en mucho los estrechos
criterios teóricos de su autor, que reducían siempre los fenó menos culturales
a las determinaciones de raza, marcó todo el pensamiento brasileño de su época,
inclusive a Euclides da Cunha.
163 Alusión al culto del Divino Espíritu Santo, uno
de los más importantes cultos populares del Brasil, en todas sus regiones.
Fiesta móvil, se conmemora el día de Pentecostés, cinco semanas después de la
Pascua. Durante todo el año la bandera
de lo Divino sale recogiendo contribuciones para la
fiesta, acompañada por gui tarristas que cantan loas. La bandera propiamente
dicha es colorada con una paloma blanca, uno de los emblemas del Espíritu
Santo.
166 Este tópico, tanto como los que siguen, refleja
el citado libro de Silvio Ro mero, a quien se debe la teoría de la “religión
mestiza”, resultado de las tensiones entre las diferentes religiones de las
tres razas que formaron el pueblo brasileño. Por eso, el autor recae en
postulados que había desmentido en páginas anteriores, y vuelve a afirmar que
el sertanejo, por ser mestizo, está atrasado orgánica y psíquicamente, no
preparado aún para un estado superior de civilización, etc. Pocas páginas antes
el sertanejo era “antes que nada un fuerte” . La lista de supersticiones sigue
el orden en que aparecen en el libro de Silvio Romero.
167 Rey de Portugal (1469-1521) en la época de las
grandes navegaciones y descubrimientos, inclusive del Brasil; por eso mismo se
lo llama “El Venturoso” .
168 Rey de Portugal (1502-1557) que presidió el
inicio colonizador del Brasil y que lo dividió en capitanías en 1534; abuelo de
D. Sebastiáo.
169 Los portugueses, grandes navegantes, asolaron
intensa y extensamente las cos tas del océano Indico en el siglo xv;
sometieron varias regiones a su dominio y, aunque luego perdieron el imperio,
conservaron allá algunas colonias (Goa, Macau, Timor, Diu, etc.) hasta hace
pocos años.
170 Batalla con los moros en Marruecos, en 1578, en
la cual el rey D. Sebastián (1554-1578), perdió la vida y la guerra. De ahí
resultó que Portugal pasara a depender del reino de España (1580-1640), bajo
Felipe II, y de ahí salieron interminables manifestaciones de mesianismo tanto
en la metrópoli como en la colonia, conocidas con el nombre de “sebastianismo”,
que sostenían que D. Sebas tián no había muerto y habría de reaparecer.
171 Historiador portugués (1845-1894), autor de la
Historia da Civilizagáo Ibérica.
172 Nombres de localidades portuguesas donde
surgieron falsos D. Sebastián, res pectivamente en 1582 y 1585.
173 Líderes populares portugueses del siglo xvi,
vinculados al “sebastianismo” .
174 Las insurrecciones religiosas populares,
mesianistas o milenaristas, existen en todo el mundo y en todas partes; el
“sebastianismo” es un rasgo que puede aparecer, como de hecho apareció, en
escala muy pequeña, en la Guerra de Canudos.
175 Haugas y jorubanos son dos de los muchos
nombres atribuidos a los grupos africanos traídos como esclavos al Brasil. La
cuestión del origen etnolingüístico de los brasileños negros aún está poco
aclarada. Se sabe que los nombres nacionales por los cuales eran designados se
refieren casi siempre nada más que a los topónimos de los puertos de embarque.
Los esclavos provenían, en general, de la costa occiden tal del Africa, del
tramo comprendido entre las cabeceras del río Senegal y la cuenca del río Congo,
donde había posesiones portuguesas que funcionaban como reservorios de mano de
obra. La mayoría pertenecía al tronco lingüístico bantú. Mantuvieron,
principalmente en la capital de Bahía, pero con centros menores en otros
estados, una importante religión semejante a la existente en otros países de
América Latina con grandes núcleos de población africana, como Cuba y Haití.
Esa religión se caracteriza por el fenómeno del sincretismo, o atribución a
cada divinidad de un santo cristiano equivalente. Así, San Jorge es Ogum u
Oxoce, Iansá es Santa Bárbara, Iemanjá es Nuestra Señora. Oxalá es Nuestro
Señor do Bonfim. El culto se llama candomblé y, en forma más o menos
modificadas y mez cladas con otros, que resultaron, por ejemplo en la Umbanda,
constituye una de las más extendidas religiones populares del Brasil, sin tener
incompatibilidades con el catolicismo oficial.
176 Nombre de un pueblo negro del Africa
Occidental.
177 Nombre tupí de uno de los descendientes del
Belchior Dias, su homónimo y también bandeirante.
178 En la Teogonia, del poeta griego Hesíodo (siglo
vin a.C .), Pandora es enviada por Zeus a la Tierra portando una caja que
contenía todos los males del mundo.
179 Ciudad del interior del Estado de Ceará, en el
sertón del Cariri.
180 Metáfora telúrica típica que va constituyendo
el clima de la obra. En el paralelo establecido entre tierra y hombre, de un
lado la tierra martirizada por los elementos se retuerce y explota en confusión
de capas, quedando estratos más anti guos arriba de estratos más nuevos; del
otro lado, la estratificación étnica es per turbada, surgiendo a la superficie
de la Historia un individuo arcaico como Antonio Conselheiro.
181 El parecer es de Nina Rodrigues, en su trabajo
citado, que este fragmento ( “Antonio Conselheiro, documento vivo de atavismo”
y principios de “Un gnóstico bronco” ) sigue de cerca. Ambos autores suscriben
las teorías europeas, principal mente francesas e italianas, sobre el
comportamiento anormal de las multitudes y las locuras colectivas. A su vez,
esos temas habían marcado las ciencias sociales en el siglo xix, aún bajo el
impacto de los movimientos de masas durante la Revo lución Francesa.
182 Especialistas italianos en medicina forense, en
el siglo xix.
183 Fragmento de visible influencia de Renán
(1823-1892), el historiador filó sofo de gran vigencia en el pensamiento
brasileño de la segunda mitad del siglo xix, autor de Les Origines du
Christianisme y de Marc -Auréle. Las referencias son a las variadas herejías
orientalizantes o bizantinas de los tres primeros siglos de cristianismo. El
paralelo establecido antes entre Antonio Conselheiro y el “sebastia-nismo”
portugués le daba un atraso de trescientos años, mientras este nuevo para lelo
le da un atraso de dos mil años.
184 El oxímoron se basa en la idea de que el
gnosticismo sea un exceso; entre tanto, Antonio Conselheiro tampoco era
herético: por el contrario, se negaba a suministrar los sacramentos, tarea que
dejaba a curas ordenados. Su misión se resumía a la construcción de iglesias y
cementerios, como a la predicación que durante casi treinta años ejerció con la
tolerancia de la Iglesia, inclusive a las puertas de los templos. El cisma con
la Iglesia sólo se verificó en 1895, cuando los frailes capuchinos en misión en
Canudos exhortaron a los fieles a abandonar la aldea, provocando el desagrado
de éstos. Después del informe de los misioneros al Arzobispo de Bahía, la
Iglesia retiró su apoyo. Cf. Fray Joao Evangelista do Monte Marciano, Relatório
ao Arcebispado da Bahia sobre Antonio Conselheiro, 1895, Bahía, Tipografía del
“Correio de Noticias” . Lo que puede saberse del idea rio religioso de Antonio
Conselheiro por relatos o por su libro de sermones recien temente publicado,
nada tiene que ver con el gnosticismo sino con la más pura ortodoxia católica.
Cf. el libro de sermones editado por Ataliba Nogueira, op. cit.
185 Antonio Conselheiro es tomado en este pasaje
como un producto-símbolo de la sociedad de la región, como anteriormente lo
fuera de su geología.
186 Autor de Crimes Célebres do Ceará y de Ceará
([Homens e Tatos), en cuyas informaciones están basadas la historia de la
familia y de la vida de Antonio Conselheiro a continuación presentadas.
187 “Un Lovelace de tragedia” : alusión al
conquistador de mujeres, personaje central de la novela Clarissa (1 7 4 8 ),
del inglés Samuel Richardson (1689 -1761).
188 Libros de devociones con el Imprimatur de la
Iglesia, muy comunes en el inte rior del Brasil.
189 Ese es, en efecto, el resumen de una pieza de
teatro del autor Júlio César Leal, publicada en folletín en el Jornal do
Brasil, en 1897, con el título de Antonio Maciel, O Conselheiro.
180 Sacerdote
cartaginés, teólogo de los primeros tiempos del
cristianismo (160-
240).
191 Los papeles oficiales, civiles y religiosos
mencionados o transcritos (páginas 113 a 117) a continuación, se encuentran en
José Brígido dos Santos, op. cit.; sufrieron pequeñas alteraciones.
192 Localidad en el municipio bahiano de Capim
Grosso. José Calasans, en “Ca nudos — origem e desenvolvimento de um arraial
messiànico”, Anais do 79 Simposio de Professores de Historia, 1974, Belo
Horizonte, confirma la atribución de la iglesia a Antonio Conselheiro, pero
discute la fecha, pues en 1886 todavía estaba en construcción, según
testimonios contemporáneos. El año 1877 es el de la Gran Sequía (1877-1879),
que ocurre inmediatamente después de iniciada la pere grinación del
Conselheiro, a quien no debían faltarle adeptos entre los flagelados.
193 La posición antirreligiosa del autor lo lleva a
hacer una aproximación, por el lado negativo, entre la predicación de Antonio
Conselheiro y la de los sacerdotes católicos; en el tópico titulado “Las
misiones actuales”, en la página 96, utiliza el mismo vocabulario de este tramo
para describir la acción de los curas.
194 El autor citado, Alfred Jules Emile Fouille
(1838-1912), filósofo francés, es invocado junto con Renán para corroborar la
teoría del “atraso” de Antonio Conselheiro. El fragmento retoma las analogías
ya hechas en la página 99, entre la religiosidad sertaneja y las herejías de
los primeros tiempos del cristianismo, ejemplificando con heresiarcas como
Themison y Montano.
195 El texto que sigue es una selección, con
ciertas alteraciones, de dos Profecías que se encuentran copiadas en la libreta
de campo que el autor utilizó durante la Guerra de Canudos. Fue aprovechado
poco menos de un tercio del texto manus crito; véanse las páginas 73 a 75 de
Caderneta de Campo, op. cit.
196 José Calasans, ibid., historia lo que sigue,
basándose en el Livro de registro dos exemplares das térras da Freguesia da
Vila de Jeremoabo. Las tierras de la Fazenda de Canudos pertenecieron
inicialmente a la Casa da Torre; hacia 1856 parte de esas tierras tenía tres
propietarios. Cuando Antonio Conselheiro se instaló allá, las fazendas vecinas,
Cocorobó y Velha, tenían por dueño al Dr. Fiel de Carvalho, que quizá tuviese
también un lote de la Fazenda de Canudos. Da junio de 1893 como fecha de instalación
del Belo Monte, cuando Antonio Conselheiro y sus seguidores llegaron después de
la refriega de Massaté. Señala la localización de Canudos en el cruce de cuatro
caminos importantes (del Cambaio, Calumbi o Rosario, Massacará, Jeremoabo) y
punto de partida de otros dos, los de Uauá y Canabrava, todos ligados a la
penetración rumbo al río Sao Francisco. Dice que la aldea era un animado punto
de hospedaje de los viajeros, con las recurrentes actividades vinculadas a esta
función, como el comercio, venta de animales, herreros, etc. Así, parece que el
lugar no era tan aislado como el autor quería. También había una capilla y por
lo menos dos comerciantes de cierta importancia, Antonio da Mota y Macambira;
el local estaba dedicado a la cría de ganado bovino y a la venta de sus cueros.
Ese es el cuadro de la aldea de Canudos al momento de la llegada de Antonio
Conselheiro.
197 El vicario de la feligresía de Jeremoabo, padre
Vicente Ferreira dos Passos; cf. José Calasans, ibid.
198 Título del Dr. Cicero Dantas Martins.
199 En el fragmento precedente el autor refuerza
sus imágenes telúricas. Si, como había argumentado magistralmente antes, en la
página 98, Antonio Conselheiro era un símbolo de la formación geológica de las
tierras de la región, y de la sociedad sertaneja, en la página 106, ahora es la
ciudad que reproduce la locura de sus habitantes y la catástrofe geológica. Se
sitúan en analogía lo geológico, lo social, lo cultural y lo psíquico (tierra,
hombres y ciudad por ellos construida). Las antí tesis montadas entre lo nuevo
y lo viejo retoman una de las líneas del pensamiento antinómico, la que afirma
el atraso cultural y racial. Por el momento está en sus penso la otra, que
afirma a las tierras de Canudos como nuevas en la historia de la Tierra, en la
página 17, y al sertanejo como un hombre nuevo, el primer ejemplar de la “raza
brasileña”, en página 71.
200 Alusión
ál ingeniero militar
francés Sebastien de
Vauban (16 3 3 - 1 7 0 7 ).
201 Se encuentra aquí la definición sociológica del
agrupamiento humano en Canudos: un clan que, al contrario del contenido
conceptual en las ciencias sociales, en que es típica la consanguinidad,
estaría unido por los lazos de la “psicosis colec tiva” . Al afirmarse que es
un clan, se puede de nuevo subrayar su atraso y equipa rarlo a los bárbaros.
202 “Los estigmas degenerativos de tres razas” :
regístrese la metáfora orgánica evolucionista y la reafirmación de la teoría
racial anti-mestizaje.
203 Antonio Cándido llama la atención sobre esta
concepción, que es la de quien “no advirtió que Canudos, en lugar de
representar apenas un fenómeno patológico, esto es, de desorganización social,
significaba también y principalmente, la deses perada tentativa de una nueva
organización social, una solución que reforzase la cohesión grupal amenazada
por la interferencia de la cultura urbana” . Cf. “Eucli-des da Cunha
sociólogo”, Suplemento Literario de O Estado de Sao Paulo, 13 de diciembre de
1952.
204 Los rasgos que el autor califica de
colectivismo tribal también se encuentran, fuera de otros muchos pueblos, en la
organización económica de los indios brasi leños. Aunque esa utopía
comunitaria es discutible a la luz de otras fuentes de la misma época; un
índice de la existencia de diferentes clases sociales se encuentra en la
presencia de buenas casas de tejas situadas en la plaza.
205 Esta afirmación contradice otra del autor en el
Diario de urna Expedigáo, don de muestra a Antonio Conselheiro preocupado por
mantener la moral familiar y castigando a vendedores de aguardiente; cf.
correspondencia del 19 de agosto de 1897. Este último episodio está relatado a
continuación, en la página 128.
206 Probablemente debida a informantes interesados
en exagerar el carácter peli groso del conselheirismo, esta afirmación es
discutida por José Calasans, ibid., ba sándose en otros testimonios. Era
habitual el envío de emisarios de Antonio Con selheiro para colectar recursos,
lo que se hacía con parsimonia. El Instituto His tórico y Geográfico de Bahía
posee una carta autógrafa solicitando a un hacendado de las vecindades la
donación de “una res” .
207 Era el Dr. Ariindo Leoni, después envuelto en
el caso de las maderas que originó el combate de Uauá, como se verá más
adelante. José Calasans, ibid., re cuerda que Antonio Conselheiro era
adversario declarado del poder civil, y por eso cualquier funcionario del
Estado podía convertirse en blanco de desacato. Su predicación se hacía contra
las novedades introducidas por el régimen republicano, a saber, la institución
del casamiento civil, la separación entre Iglesia y Estado, la secularización
de los cementerios. Hasta la misma circulación de moneda repu blicana era
vista con malos ojos en Canudos, donde se daba preferencia al dinero de la
monarquía. Los canudenses también se rehusaban a pagar impuestos.
208 Parece que Antonio Conselheiro fue tenido por
sus seguidores tanto como Santo Antonio Aparecido (este epíteto es común en el
Brasil, que tiene como patrona a Nossa Senhora Aparecida) cuanto como el Bom
Jesús. El nunca trató de pasar por tal, firmando con su propio nombre en la
carta autógrafa mencionada y en el libro de sermones; en este último, agrega
antes de su nombre “el Pere grino” . Esta asimilación es corriente en los
movimientos religiosos.
209 Famoso orador sacro francés (1627 -1704)
de la corte de Luis XIV.
210 Cuando hace la evaluación estética de la
Iglesia do Bom Jesús o Iglesia Nueva, el autor, una vez más, se dejó llevar por
la necesidad de establecer un paralelo entre la obra y el hombre. Así,
contradice varios testimonios sobre las construcciones dirigidas por el
Conselheiro, inclusive el suyo propio respecto de la iglesia de Chorrochó, a la
que tilda de “elegante” en la página 110; la de la aldea del Bom Jesús era
“bellísima”, en página 117.
211 Nombre que designa a un ser fantástico, usado
por los jefes de la rebelión campesina de la Vendée, en Francia, en 1793. Su
empleo aquí, sirve para acentuar el carácter contrarrevolucionario de la
insurrección de Canudos.
212 Ese sermón puede ser leído hoy gracias a la
edición preparada por Ataliba Nogueira, del manuscrito de 628 páginas
encontrado en el llamado Santuario, casa donde vivía Antonio Conselheiro y
donde su cadáver fue exhumado el seis de octubre de 1897. El manuscrito fue
encontrado por Joao Pondé, estudiante de sexto año de medicina que prestaba
servicios voluntarios en el Ejército, quien más tarde lo presentó a Afránio
Peixoto, quien, a su vez, se lo dio a Euclides da Cunha poco antes de su
muerte. Este no debe de haberlo leído porque seguramente refor-mularía sus
teorías sobre la locura y herejía de Antonio Conselheiro si lo hubiese hecho.
El manuscrito está editado en Ataliba Nogueira, op. cit.; el sermón men
cionado se encuentra en las páginas 175-182.
213 Refuerza la afirmación del arcaísmo respecto
del agrupamiento de Canudos.
214 Alusión al episodio colectivo de posesión por
el demonio ocurrido entre 1878-1879 en la ciudad de Verzegnis, en la Carnia,
cerca de Udine, capital de la región de Friuli (Véneto, Italia) que llevó a la
intervención de las fuerzas armadas.
215 Alusión al costado menos racionalista del
romanticismo alemán, el movimiento Sturm und Drang (Tempestad e Impetu);
Friedrich Gottlieb Klopstock (1724-1803) es el autor del poema épico Mesíada.
216 Según argumenta el autor en este tramo, los
sectores más adelantados de la sociedad brasileña, responsables por el atraso
de la población del sertón, tomaron por una rebelión política destinada a
derribar el régimen republicano y restaurar el régimen monárquico, a la
insurrección de Canudos. Pero en realidad, ésta se asentaba sobre un
monarquismo muy vago, pues el estadio de civilización alcanzado por ese
agrupamiento sólo le permitía aceptar un liderazgo de tipo sacerdotal. Al
desarrollar este argumento, el autor reniega del paralelo entre Canudos y la
Vendée, entre la República Brasileña y la Revolución Francesa.
217 Una secuencia de veintinueve estrofas y
veintiséis sextetas, casi todas com pletas, de las cuales fueron aprovechadas,
con algunas alteraciones, las siete estrofas de arriba, se encuentran copiadas
por el autor en su Caderneta de Campo, páginas 59 a 61.
218 Marca, de la ciudad belga del mismo nombre, del
armamento usado (rifle, fusil o carabina), por el Ejército en la Guerra de
Canudos. Se convirtió en sustan tivo común, en la forma comblé o comblés. La
aproximación antitética entre ley y arma tiene efecto crítico.
219 Desde aquí hasta el final del capítulo resume
el Relatório de fray Joao Evangelista do Monte Marciano (op. cit.'); las citas
entre comillas son del mismo texto. Tanto el resumen como las citas presentan
ligeras modificaciones.
220 Canudos pertenecía a la feligresía del Cumbe
(de la que distaba cerca de dieciocho leguas u ochenta y ocho Km según los
cálculos de Durval Vieira de Aguiar, op. cit.') cuyo vicario era el padre
Vicente Sabino.
221 Comunidad cristiana primitiva de anacoretas, en
Egipto.
222 El Papa Gregorio Magno (540-604), que ocupó la
Santa Sede desde 590 hasta 604, se hizo famoso por su tolerancia y capacidad de
conciliación con paganos y heterodoxos. Es uno de los doctores de la Iglesia y
autor de las Moralia y del Líber regulae pastoralis.
223 En 1893, Antonio Conselheiro y sus hombres
fueron atacados por una tropa de la policía bahiana en Masseté, en el municipio
de Tucano, saliendo victoriosos de la refriega. De ahí siguieron hasta Canudos,
donde se instalaron en el mes de junio de ese mismo año. En el Diario de urna
Expedigáo, correspondencia del 21 de agosto de 1897, el autor transcribió una
noticia del diario A Patria, de Sao
Félix do Paraguagu, en el interior bahiano, fechada
el 20 de mayo de 1894, que habla del combate de Masseté y de la victoria de los
conselheiristas. La misma noticia da cuenta también de “ochenta plazas de línea
que vinieron hasta Serrinha” y desistieron de perseguir a los conselheiristas.
Luiz Viana, gobernador del Estado de Bahía al tiempo de la Guerra de Canudos,
hablando de tales eventos durante el gobierno de su antecesor, el Dr. Barbosa
Lima, menciona “Dos pequeñas expe diciones malogradas en su seguimiento, así
como una tentativa de 80 plazas de tropa federal en 1893”, en el Mensagem do
Dr. Governador da Bahia ao Sr. Presi dente da República sobre os Antecedentes
e Ocorréncias das Expedicoes contra Antonio Conselheiro e seus Sequazes, 1897,
Bahía, Tipografía del “Correio de Noticias” .
224 Primera Epístola de San Pedro, en la Biblia;
capítulo 2, versículos 13 a 17, recomienda el acatamiento a las autoridades
seculares.
225 En la Epístola a los Romanos, capítulo 13,
versículos 1 a 7, San Pablo también aconseja obediencia; el Apóstol, según la
tradición, habría sido juzgado y absuelto en Roma cuando Nerón era César.
226 Los incidentes mencionados en este párrafo se
encuentran en el inicio del Mensagem apresentada á Assembléia Geral Legislativa
pelo Exmo. Sr. Dr. Luiz Viana Governador ¿la Bahia em 7 de Abril de 1897,
Bahía, Tipografía do “Correio de Noticias” y del Mensagem do Dr. Governador da
Bahia ao Sr. Presidente da República sobre os Antecedentes e Ocorréncias das
Expedigoes contra Antonio Conselheiro e seus Sequazes, 1897, Bahía, Tipografía
del “Correio de Noticias” . En ambas, se refieren al poblado de Barra do Mendes
y no Brito Mendes.
227 Retorna a la teoría del mestizo como factor de
integración racial. Aquí el mestizo es el mameluco, resultado del cruzamiento
entre blanco e indio.
228 Parece subyacer en este fragmento la concepción
de que habría habido dos olas de penetración en el sertón. La primera se habría
establecido en fazendas de ganado, y el texto deja suponer su origen paulista.
La segunda, venida del este, por lo tanto de origen bahiano y pernambucano,
habría tenido como objetivo diezmar a los indios y explotar las minas. Esta
sería maléfica y aquélla benéfica. Tal concepción no se equilibra con la
expuesta en la página 64 (cf. Nota 135), que define tres corrientes de penetración,
la primera y la última atraídas por las minas, la intermedia por el
apresamiento de indios.
229 La reina de Portugal en aquella época era D.
María I, madre de D. Joao VI, que encabezaría la mudanza de la familia real
hacia el Brasil muy pronto, en 1808.
230 El texto entra aquí en la cuestión muy seria de
la plebe rural brasileña, con tingente poblacional que, sin señor ni esclavo,
se fue formando al margen de la empresa agro-industrial prioritaria. Además de
su propio crecimiento vegetativo, cada ciclo económico que se cerraba — como el
de las explotaciones mineras, por ejemplo— venía a aumentar ese contingente. De
él salió siempre eso que el autor llama jagungo, que lejos de ser una
especialización, es por el contrario, la condición normal de la plebe rural del
país, dedicada a actividades pacíficas pero siempre pronta a tomar las armas
bajo las órdenes de los propietarios, en el ejercicio pri vado de la
violencia. El autor los llama inútiles, pero en realidad nunca dejaron de ser
utilizados.
231 La fecha tardía a que se refiere el autor (1 8
7 9 ), traza el cuadro del llamado mandonismo local de la segunda mitad del
siglo xix. En los embates entre centra lización y descentralización, que
marcaron y todavía marcan la historia del país, el sertón del río Sao Francisco
se destacó en sangrientas luchas de poder en esa época. Sólo la nueva gran
centralización de 1930 dio un fin relativo a esas luchas, liquidando el poder
local de los coroneles.
232 Los estudios sobre el cangago son unánimes en
apuntar ese respeto por la propiedad privada, lo que, aliado al respeto por la
honra, vuelve el concepto de crimen restringido al robo o a la traición. En
eso, esta especie de mafia rústica es semejante a muchos otros casos históricos
de bandidismo primitivo.
233 El Coronel (título honorario con que el Imperio
agraciaba a los hombres poderosos, integrándolos en la Guardia Nacional, una
corporación ajena al Ejército) Joáo Evangelista Pereira de Meló, delegado de
policía en Juázeiro.
234 El Dr. Arlindo Leoni, juez de derecho en
aquella ciudad.
235 El General Frederico Solon Ribeiro, suegro del
autor, que se enfrentó con el gobernador Luiz Viana a propósito de la
Expedición Febronio y por eso fue sustituido por el Coronel Saturnino Ribeiro
da Costa en el cargo de Comandante del 3° Distrito Militar.
236 El Dr. Antonio
Alves dos Santos.
237 La escena que viene a continuación fue
traspuesta en la película Deus e o Diabo na Terra do Sol (19 6 4 ), de Glauber
Rocha.
238 Para el adversario, más de doscientas bajas, y
para las tropas legales un oficial y diez plazas muertos, más veintitantos
heridos, es lo que dice Luiz Viana en sus dos Mensagens citada.
239 Respectivamente, el General Frederico Solon
Ribeiro y el Dr. Luiz Viana.
240 Luiz Viana, en sus dos Mensagens citadas,
afirma que eran trescientas plazas de tropa de línea y cien de policía,
inicialmente, reforzada luego por cien plazas más y cien de policías más, con
un total de seiscientos hombres, fuera de los ofi ciales. En seguida, en
página 166, el autor dará un total de 543 plazas y 14 oficiales.
241 Alusión al personaje de la mitología griega, el
gigante Anteo, hijo de la Tierra y que de ella sacaba sus fuerzas. Sólo fue
derrotado cuando Hércules lo suspendió en sus brazos, cortándole el contacto
con la tierra.
242 El general suizo Antoine Henri Jomini
(1779-1869), autor de Tratados de Táctica y juntamente con Clausewitz, uno de
los grandes analistas de las guerras napoleónicas.
243 Pacificador de la rebelión de la Vendée, en
Francia.
244 O sea, del Estado de Bahía, en la confrontación
entre los poderes estatales y el poder central o de la Unión. Los incidentes
entre el comandante del distrito militar, subordinado al gobierno de la Unión,
y el gobernador de Bahía, a quien estaban subordinadas las tropas estatales y
la policía, implican también un con flicto de jurisdicción entre el ámbito
estatal y el federal.
245 Alusión a la obra misional del padre jesuíta
José de Anchieta, en el primer siglo de la colonia, en el Sur.
246 Divinidad hindú, en su
aspecto destructor.
247 Granada.
248 El general
prusiano Kolmar von der Goltz (1843-1916), autor de Nación armada.
249 En el
párrafo anterior comienza a manifestar el autor su postura de estratega del
ejército. Tiene la palabra el ex-alumno de la Escuela Militar, teniente
retirado especializado en Artillería, ingeniero militar diplomado. Esa postura
se volverá cada vez más frecuente a lo largo del libro y alcanzará su auge en
los comentarios críticos a la 4^ expedición que el autor presenció en parte y
sobre la cual dispone de mayores datos.
250 En latín:
baluartes sin el alivio de la interrupción. La expresión se encuentra en la
Caderneta de Campo, y en el Diario de urna Expedigáo.
231 Luiz Viana
refiere más de novecientos canudenses muertos, contra nueve soldados muertos y
cuarenta heridos, como balance final de la Expedición Febronio, o 2$
Expedición; ver Mensagem. . . á Assembléia Geral Legislativa... de 1897.
252 Del latín:
legión fulminada.
233 En
episodio de la Expedición Febrónio es controvertido; el jefe de la expe dición
terminó indisponiéndose con el gobernador de Bahía. Hubo acusaciones ge
neralizadas de que Bahía, el gobernador y los bahianos, estarían en connivencia
con Antonio Conselheiro, acusaciones contra las cuales los implicados no
cesaron de protestar.
254 Nombre de una constelación que queda en el
hemisferio sur.
255 La guerra civil mencionada es la Revolución
Federalista de Rio Grande do Sul (1893-1895), que, paralela a la Revuelta de la
Armada, fue por ella refor zada en su parte final; esa guerra convulsionó el
sur del país. El nuevo régimen, la República, se había establecido el 15 de
noviembre de 1889, y sus dos primeros presidentes fueron militares, los
Mariscales Deodoro da Fonseca y Floriano Peixoto. Sólo en 1894, un civil,
Prudente de Moráis, ocupó la presidencia mediante elec ciones; durante su
gestión se produjo la Guerra de Canudos.
256 Sobrenombre de Floriano Peixoto.
237 Otra denominación de la Revuelta de la Armada,
o de la Escuadra.
258 Scipio Sighele o Sigheli (1868 -1913), escritor
italiano, autor de Multitud criminal.
259 Dos líderes destacados de la Revolución
Federalista, el primero revoltoso, el segundo de las fuerzas de represión.
260 Episodio de la Revolución Federalista.
261 Luis XI (1423- 1483) fue rey de Francia; Bayard
(1473-1524), famoso ge neral francés, que se destacó en las campañas de
Italia. Fra Diávolo (1771-1806) era el sobrenombre de Miguel Pezza, bandido
italiano.
262 Apulcro de Castro.
263 Del latín:
de repente, abruptamente.
264 Del latín: cabeza muerta. Frase hecha que los
alquimistas usaban para designar el residuo no líquido de sus análisis. En
sentido figurado, es también una frase hecha que indica escoria o borra de la
sociedad, personas sin valor que acompañan a los líderes o partidos políticos.
265 Ciudad de Minas Gerais.
266 Otros títulos semejantes son atribuidos a Joáo
Abade, tales como Jefe del Pueblo o Comandante de la Plaza.
267 O
Corta-Pescuezo, según otras
fuentes.
268 Ciudad
alemana, antiguamente fortificada,
en las márgenes
del Rin.
269 Karl Wilhelm Ferdinand, Duque de Brunswick
(1735-1806), considerado el mejor general de su época. Comandó el ejército
aliado germano-austríaco que trató de invadir Francia para liquidar a la
Revolución Francesa, mas se batió en retirada después de ser derrotado en la
batalla de Valmy, en 1792.
270 La dinastía de Braganga pertenecía a la familia
real brasileña, recientemente destronada (1 8 8 9 ). Los símiles de este tramo
aluden a la gritería general por la restauración monárquica desencadenada por
la derrota de la Expedición Moreira César.
271 George Monck, Duque de Albemarle (1608-1670),
general inglés que res tauró la monarquía en Inglaterra, llevando a Carlos II
al trono después del interregno de Cromwell.
272 Diarios monárquicos de Río de Janeiro,
arrasados tras la noticia de la derrota de la 3? Expedición. El mismo día,
también fue destruido en Sao Paulo, otro coti diano de la misma tendencia
política, O Comércio de Sáo Paulo.
273 Calle donde se localizaban los mencionados
periódicos, arteria central de la capital brasileña de entonces, cercana al
Largo de Sao Francisco de Paula.
274 Del inglés: vidrio brillante y lustroso, que
contiene óxido de plomo, especial mente adecuado para lentes ópticos.
275 La grafía correcta es faults, en inglés término
del vocabulario especializado de la Geología: fractura en la costa terrestre
acompañada por el dislocamiento de capas. El error está en todas las ediciones
existentes, desde la primera a la última.
276 Muertos el coronel Moreira César, comandante de
la 3? Expedición, y su inmediato, el coronel Tamarinho, le cupo al mayor Cunha
Matos la responsabili dad del mando.
277 Denominación anterior del país hoy conocido
como Etiopía, en Africa.
278 General del emperador romano Augusto, derrotado
con sus fuerzas y muerto por los teutones en el año 9 d. Cristo.
279 Las personalidades históricas y los eventos
mencionados, aunque se hubiese forzado la idea de una vinculación entre ellos,
nada tuvieron que ver unos con otros, ni con la Guerra de Canudos ni tampoco
con una restauración monárquica.
280 Primer gobernador general del Brasil, de 1549 a
1553. La sede del gobierno quedaba en la ciudad de Salvador, en Bahía.
281 Ciudad en la península itálica, cuyo asedio por
los romanos fue persistente y lento. Se trata de un episodio de las Guerras
Púnicas (265 -146), más exacta mente de la segunda de ellas, cuando el general
cartaginés Aníbal invadió Italia viniendo de España a través de los Alpes, e
infligió a los romanos una de las mayores derrotas que jamás sufrieron, en la
batalla de Canae (216 a.Cristo). La importante ciudad de Capua, la segunda de
la península, aprovechó la situación para aliarse con Aníbal. Después de
prolongado cerco hecho por los romanos, que ni Aníbal desde afuera consiguió
romper, cayó finalmente en manos de ellos en 211 a. Cristo.
282 El coronel Manuel Gongalves Campelo Franga.
283 Autor de un manual escolar militar Aplicagáo de
Táctica e de Estratégia, usado en la época.
284 Cañón denominado según su inventor, el inglés
Sir Joseph Withworth. La grafía con la h descolocada se repite en todo el
libro, lo mismo que en otros escri tos de la época.
285 El uniforme del Ejército brasileño de la época
no era color verde oliva como hoy. Se componía de un pantalón rojo-granate y
chaqueta azul-marino con galones y botones dorados, colores que contrastaban
vivamente con el pardo de la caatinga, volviéndolos fáciles blancos.
286 El fragmento entre comillas proviene de un
reportaje escrito por el teniente coronel Siqueira de Menezes, bajo el
pseudónimo de Hoche, y publicado por el diario carioca O País, con el título de
“Carta de Canudos”, en la edición del 8 de setiembre de 1897, incompletamente
citada adelante. La serie continúa en las ediciones del 9, 21, 22, 23, 24, 25 y
26 del mismo mes. Buena parte del presente capítulo parafrasea ese trabajo.
287 Del
Coronel José Américo, según el referido escrito de Hoche (edición
del
9 de setiembre), la casa pertenecía a un tal
Amancio, en cuya fazenda el Ejército tenía el campamento de Aracati. Comandaba
el piquete de siete plazas de caballería,
piquete adjunto al Comando en Jefe de la 49
Expedición, su ayudante de órdenes, el alférez Rocha.
288 Capital del Estado de Sergipe, al norte del
Estado de Bahía, con el cual limita.
289 pirro (318-272 a. Cristo), rey del Epiro (parte
de la Grecia actual), adver sario del Imperio Romano en la conquista de la
Magna Grecia; sus ejércitos utili zaban elefantes, lo que muchas veces les
dificultaba el avance. Venció en la batalla de Heracléia, en la que, sin
embargo, sufrió grandes pérdidas, y fue derrotado en la de Benevento, después
de lo cual se retiró a su reino. Así, la Magna Grecia quedó con los romanos
asegurando la unificación final de toda Italia bajo su dominio.
290 Lance de la entonces reciente Revolución
Federalista de Río Grande do Sul; Bagé es una ciudad de ese estado.
291 Ciudad del Estado de Sergipe, a 125 Km de Aracajú.
292 Armas blancas, opuestas a las armas de fuego.
La Brigada Teles era de infan tería, teniendo sólo un escuadrón de lanceros
compuesto por sesenta hombres a caballo. Como se verá más adelante, en el
tópico titulado "Carga de bayoneta excepcional” son los infantes los que
deciden la batalla en el paso de Cocorobó, saltando los oteros a pie, de
bayoneta calada en la punta del fusil pero sin tirar. Más exactamente, el
general y escritor militar ruso Mikhail Ivanovich Dragomiroff (1830-1905) (y no
Damiroff, error que se repite en todas las ediciones desde la primera) es quien
se constituye, entre los teóricos de la estrategia en el mayor defensor de la
bayoneta. Director de la Academia Nicolás e instructor de príncipes, desarrolló
extensos estudios que lo convirtieron en uno de los más importantes teóricos
militares del siglo xix. Fue muy criticado por la manera en que privilegia ba
a la bayoneta en sus teorías. Mientras tanto, él mismo declaraba que sus
teorías se basaban en el análisis de las campañas del famoso Mariscal de Campo
de Cata lina II, el ruso Suvorov (1729 -1800), que defendió y expandió el
Imperio Ruso toda su vida y que es considerado uno de los más grandes generales
de la Historia. Era Suvorov quien elogiaba las excelencias de la bayoneta por
encima de las demás armas, y lo demostraba efectuando las mayores cargas de
bayoneta de que se tenga noticia. Debido a las características de esa arma, que
obliga al soldado a avanzar a pie sin tirar hasta el cuerpo a cuerpo con el
enemigo, Suvorov también fue célebre como diezmador de sus propias fuerzas;
vencía las batallas y las guerras masacrando ferozmente tanto a sus adversarios
como a sus mismos soldados.
293 Manuel Luiz Osorio (1808 -1879), Marqués do
Herval, general brasileño que se destacó en la Guerra del Paraguay (1864-1870).
294 Henri de la Tour d’Auvergne (1611-1675),
Visconde de Turenne, famoso mariscal de Francia.
295 Antiguo pueblo de la Parthia, región montañosa
al sudeste del Mar Caspio, en Asia Occidental, que hoy corresponde
aproximadamente al Khurasan, actual Irak. Su capital en la antigüedad era la
ciudad de Hecatompylos.
298 Henrique José Leite, según el parte de combate
dirigido por el Comandante en Jefe de la 49 Expedición, General Artur Oscar de
Andrade Guimaráes, al maris cal Carlos Machado de Bittencourt, Ministro de
Guerra, constancia del Relatório Apresentado al Presidente da República dos
Estados Unidos do Brasil pelo General de Divisáo Jodo Tomaz Cantuária, Ministro
de Estado dos Negocios da Guerra ent Maio de 1898, Río, Imprensa Nacional.
297 En las guerras grecopérsicas (546-466 a.
Cristo), diez mil atenienses enfren taron y vencieron al invasor persa
numéricamente superior, comandado por el rey Darío, en la batalla de Maratón
(490 a. Cristo).
298 Uno de los generales de Napoleón, Michel Ney
(1769-1815), se destacó, entre otras, en la campaña de Rusia y en la batalla de
Waterloo.
299 El episodio en que el hijo de Macambira, con
otros once hombres, ataca a la “matadora”, ya fue mencionado en la página 133 y
será dramatizado con más pormenores en la página 312. También en el Diario de
urna Expedigáo hace más de una mención, una de ellas rápida, en la
correspondencia del 19 de agosto, y otra elaborada casi como un cuento
independiente, del 18 de agosto; en ambas, el objetivo del asalto es el “Krupp
32” . El episodio aparece igualmente dramatizado en extensión en Os jagungos de
Olí vio Barros (pseudónimo de Afonso Arinos), folletín editado por el diario O
Comércio de Sao Paulo a partir del 24 de octubre de 1897, y publicado en forma
de libro en 1898. Juntamente con O Rei dos Jagungos (1 8 9 9 ), de Manuel
Benício, también periodista de la campaña, son estas dos novelas sobre la
Guerra de Canudos que salen antes de Os Sertoes y que visiblemente influyeron
sobre él.
300 Alusión a la famosa frase latina de Julio
César, futuro emperador romano, resumiendo su fulminante conquista de Ponto,
hoy en Turquía, en el año 47 a. Cristo: Veni, vidi, vici, o sea: Llegué, vi,
vencí.
301 Regiones desérticas de la Historia Bíblica,
cerca del Mar Rojo. La Idumea, o Tierra de Edom, y el Lago Asfaltites, o Mar
Muerto, se localizan en Palestina, hoy Israel; el Yemen les queda cerca.
302 14 de julio es el día de la toma de la
Bastilla, marco de la Revolución Francesa y fecha nacional de ese país.
803 Episodio de la Revolución Federalista de Rio
Grande do Sul, ha poco termi nada; río de ese estado.
304 Frase hecha que alude a la rendición humillante
de los romanos ante los samnitas, después de la derrota que sufrieron al
intentar franquear las gargantas próximas a la ciudad de Caudium, en la
Campania, en el año 321 a. Cristo, siendo obligados a desfilar bajo el yugo
(Jurca en latín).
305 La copia de ese diario se encuentra en las
páginas de la Caderneta de Campo, bajo el título “Marcha das forças do General
A. Oscar”, y se refiere a la época en que el autor aún no había llegado a
Canudos. Las entradas van del 9 de junio al 18 de setiembre. En su diario
personal, en la misma Caderneta, la anotación correspondiente al día 19 de
setiembre registra que el autor comenzó ese día “a transcribir el diario de uno
de los Ayudantes de orden del General, el Alférez Práxedes” . El tramo es transcripción
de ese documento, de los días 19 de julio al 25 del mismo mes, con algunas
alteraciones, especialmente acopio de infor mación.
306 Ciudad del Estado de Sao Paulo.
307 Fontenay, Chatelineau y Charette, con quienes
los sertanejos son comparados en este tramo, son tres líderes de la revuelta de
la Vendée.
308 Designación árabe de los cañones formados por
los ríos temporarios, casi siem pre secos, existentes en las regiones
desérticas.
309 Barrio de Salvador, capital de Bahía, donde se
localiza la estación inicial del Ferrocarril Central (Salvador-Juázeiro).
310 Nombres famosos de la historia de la medicina
europea en el siglo xix. Johannes Friedrich August von Esmarch (1823 -1908),
cirujano alemán; Claude Bernard (1813-1878), médico e investigador francés;
Simon Duplay (1836-1924), cirujano francés; Louis Pasteur (1822- 1895), químico
y biólogo francés, inventor de la vacuna.
311 Este párrafo es resumen de la correspondiencia
escrita el 13 de agosto de 1897 para el diario O Estado de Sao Paulo, y
recogida en el Diario de urna Ex pediçâo.
312 Son numerosas en esta fase de la guerra las
noticias, dadas como de proce dencia extranjera, publicadas en los diarios
brasileños, sobre las ramificaciones internacionales de la red de apoyo
logistico a Antonio Conselheiro.
313 Este parágrafo transcribe la parte final de la
correspondencia del 10 de agosto del Diario de urna Expedigáo.
314 El Diario Folha da Tarde, de Río, había
atribuido ciertas declaraciones al coronel Carlos Teles, que le escribió una
carta fechada el 21 de agosto de 1897, desmintiéndolas. La carta salió también
en otros diarios. Ese militar fue una de las pocas voces sensatas que se
rehusaron a la explotación sensacionalista de la guerra. En esa carta negó
cualquier vinculación de Antonio Conselheiro con per sonas o grupos externos,
sustentanto el carácter aislado v autónomo de la insurrec ción, así como su
independencia con relación a cualquier intento de restauración monárquica.
315 El
mayor Henrique José
de Magalháes.
316 El parágrafo es
transcripción ampliada del inicio
de la correspondencia del
15 de agosto, en el Diario de urna Expedigáo.
317 Hermano del Comandante en jefe de la 49
Expedición, general Artur Oscar de Andrade Guimaráes; ese contingente recibió
la denominación de “División Auxiliar” .
318 El mariscal Bittencourt moriría en el mismo
año, el 5 de noviembre, cuando, al recibir oficialmente a los combatientes de
Canudos que desembarcaron en el puerto de Río de Janeiro, estando en el Arsenal
de la Marina al lado del Presi dente de la República, Prudente de Moráis, a
quien iba dirigido el atentado perpe trado por Anspegada Marcelino Bispo de
Melo, pereció en su lugar.
319 O sea, en lugar de hechos heroicos o
estrategias brillantes, el mariscal Bitten court se dedicó a organizar el
abastecimiento de las fuerzas; parece que eso fue lo que garantizó finalmente
la victoria.
320 El comandante en jefe de la 4^ Expedición,
Artur Oscar de Andrade Gui-maraes, además de ser, como cualquier militar,
automáticamente subordinado al ministro de guerra, era apenas general, mientras
Bittencourt tenía el título de mariscal.
321 En este fragmento, el autor juega con el
sentido figurado de la palabra burro en portugués, que es imbécil, tonto, corto
de inteligencia.
322 Comandada por el general Carlos Eugenio de
Andrade Guimaráes.
323 Este parágrafo que transcribe aproximadamente
un fragmento del tramo inicial de la correspondencia del 1° de setiembre en el
Diario de urna Expedigáo, se va a repetir en página 333.
324 Todo el fragmento, titulado “Delante de un
niño” , transcribe la corres pondencia enviada desde Queimadas y fechada el
tres de febrero, en el Diario de urna Expedigáo. Una pequeña porción volverá a
ser aprovechada en la página 380/381, cuando nuevamente describe a los
prisioneros.
325 Todo párrafo que continúa luego de este título
incorpora la correspondencia del 4 de setiembre enviada desde Tanquinho, y la
del 5 de setiembre, enviada desde Cansangáo. Hay pequeñas alteraciones: por
ejemplo, en el Diario de urna Expedigáo, es el coronel Calado a quien el viejo
Buraqueira levanta en sus brazos, mientras aquí es al mismo Ministro.
326 Estudiantes del sexto y último año de la
carrera de Medicina que se presen taron como voluntarios para prestar
servicios en los hospitales de la campaña de Canudos. Se los designaba con el
nombre genérico de Batallón Académico.
327 Esa fue la cuenta oficial realizada después del
último día de guerra y eva luada por el mismo Comandante en Jefe.
328 En la correspondencia del 26 de setiembre, en
el Diario de urna Expedigáo, consta que, cerca de un mes antes de esa fecha, el
sargento del 59 de Artillería, Francisco de Melo, había arrojado una bomba de
dinamita en la Iglesia Nueva. El coronel Emídio Dantas Barreto, en Ultima
Expedigáo a Canudos, 1898, Porto Alegre, Franco y IrmSo Editores, informa que
el Alférez Adolfo Lopes da Costa, secretario del 25° batallón de Infantería, en
fecha no especificada, incendió la Iglesia Vieja con kerosene.
529 Del latín:
en extremos, en el fin, en el momento de morir.
330 La fecha
correcta, 22 de setiembre,
está registrada en página 378.
331 Transcripción del Diario de urna Expedigáo,
correspondencia del 24 de setiembre.
332 Los episodios que continúan a este título son
transcriptos del Diario de urna Expedigáo, correspondencia del 24 de setiembre,
donde todavía no aparece la referencia al degüello.
333 El interrogatorio de la prisionera figura en la
correspondencia del 26 de setiembre, en el Diario de urna Expedigáo, excepto el
tramo que habla del degüello.
334 El tramo anterior, que relata cómo los
canudenses se abastecían de agua en los charcos, es transcripción aumentada de
la porción inicial de la correspon dencia del 27 de setiembre, del Diario de
urna Expedigáo.
335 El día 28 de setiembre coinciden los
aniversarios de dos importantes leyes de abolición parcial anteriores a la Ley
Aurea que terminó con la esclavitud en el Br sil el 13 de mayo de 1888; la Ley
del Vientre Libre (1 8 7 1 ) y la Ley de los Sexagenarios (1 8 8 5 ). La
primera liberó a los futuros nacimientos y la segunda a los de más de sesenta
años de edad.
836 Ciudad alemana en la Prusia renrna, sede de las
fábricas metalúrgicas de la familia Krupp.
337 Este “paseo dentro de Canudos” es una versión
bastante desarrollada de la correspondencia del 29 de setiembre, del Diario de
urna Expedigáo, cuando el autor por primera vez, circuló por la aldea.
338 En este punto termina, con estss palabras
maestras, el Diario de urna Expedi gáo, y también las anotaciones como testigo
ocular en la Caderneta de Campo.
339 El tal “diario” que no es el del Alférez
Práxedes, anteriormente utilizado, tampoco se encuentra en la Caderneta de
Campo.
340 Esta afirmación, como toda la secuencia
anterior, tiene sentido irónico: el autor sabía que el ex men hecho al cráneo
de Antonio Conselheiro por el Dr. Nina Rodrigues, especialista en Medicina
Legal de la Facultad de Medicina de Bahía, en Salvador, no había llegado a
ninguna conclusión. También hay ironía en el título del libro de otro
especialista en el mismo campo, el médico inglés Maudsley,
El Crimen y la Locura.
345 Este célebre capítulo de dos líneas además de
la proeza retórica, ha sido objeto de interminables polémicrs, porque su
construcción abierta posibilita varias interpretaciones. Obsérvese la
ampliación en el pasaje de lo singular y anatómico ( el crimen y la locura
investigados mas no encontrados en el cráneo de Antonio Conselheiro) hacia el
colectivo y social.
GLOSARIO
A
A N G I C O : Género de árboles brasileños de la
familia de las leguminosas-mimosáceas.
A R A T I C U M : Nombre de varios árboles de la
familia de las anonáceas, fruto comestible de esos árboles. Igual que araticu.
A R A X Á : Terreno
elevado y plano, planicie.
B
B A IA O ( B
A I Ó N ) : Danza y canto popular de los
sertones.
B A C A M A R T E : Arma
de fuego de cañón corto y ancho.
B A L A I O : Nombre de los revoltosos de Maranhao,
en 1839, comandados por Manuel dos Anjos Ferreira.
B A N D E I R A N T E : Miembro de la bandeira:
expedición armada que explo raba los sertones para descubrir minas, capturar
indígenas, etc.
B A R A Ú N A : Arbol brasileño ( Melanozylon
brauns, Schet.), de la familia de las leguminosas.
B A R R E I R O : Lugar donde se forman charcos a
cierta distancia de los ríos, de agua más o menos salobre que, recogida en
recipientes con agu jeros y expuesta al sol surante varios días, deja residuos
de sal marina.
C
C A A P O R A : C A I P O R A : En la mitología
indígena, genio maligno que habita las selvas y trae desgracias a quien se lo
encuentra.
C A A T A N D U V A : C A T A N D U V A : Matorral
espinoso nacido en tierras no aptas para el cultivo; tierras arcillosas y
estériles.
C A A T I N G A : C A T I N G A : Matorral ralo, de vegetación raquítica
y tortuosa.
Cualquier zona donde predomina ese tipo de
vegetación.
C ab an o : Nombre de los adeptos a una facción
política de Pernambuco, Maranháo, Pará y Alagoas.
C A B E R A D E F R A D E : Planta brasileña (
Pithecoseris pacourinoides, Mart.), de la familia de las compuestas.
C A B I L D A : Conjunto
de familias indias, especie de aldea indígena.
C A B O C L O : Indígena, mestizo de blanco e
indio; todo individuo cobrizo; hombre del sertón.
C A B R A : Hombre
del interior del país, rústico.
C A F U Z : Hijo de negro y mulato. También se
aplica al mestizo de negro e indio y a toda persona de piel oscura y pelo liso.
C A I P I R A : Campesino, hombre del interior; por
extensión, hombre rudo, ignorante.
C A I T I T U : Mamífero paquidermo brasileño,
llamado también porco do mato.
C A J U E I R O : Arbol brasileño (Anacardium
occidentalis, Lin.), de la familia de las anacardiáceas, frutal.
C A J U Í : Planta brasileña ( Anacardium humilis,
St. Hil.). Variedad del cajueiro.
C A L A N G R O : C A L A N G O : Miembro de una
banda de bandidos que asoló Ceará entre 1873 y 1880.
C A M I N H E I R A : Diarrea.
C A M P O S
G E R A I S : Vastas
campiñas entre antiplanicies.
C A N D O M B Á : Arbusto
de la familia de las compuestas.
C A N D O M B L É : Fiesta
del culto afro-brasileño.
C A N H E M B O R A : C A N H Y B O R A : Indio fugitivo.
C A N S A N ^ A O : Arbusto de la familia de las
urticáceas ( Urera baccifera, Gand.).
C A N U D O S D E P I T O : Planta de la familia de
las flacurtiáceas ( Carpro-troche brasiliensis, Endl.).
C A R A Í B A : Arbol brasileño ( Cordia
Calocephala, C h a m .), de la familia de las borragináceas.
CARANDA: CARNAUBA: Palmera
brasileña.
CARAVATÁ:
CARAGUATÁ: Ver G R A V A T Á .
CARIRI: C A
I R I R I : Indígena de Paraíba.
CARNAUBA:
CARNAUBEIRÁ: Palmera brasileña
QCopernicia cerífera,
M at.), cera que se extrae de esa planta.
CAROÁ: Planta
brasileña (Neoglaziovia variegata,
Mez.), bromeliácea,
de fibras
textiles. Igual que C A R A U Á: C A R U Á
.
CATA: Lugar
cavado en la tierra para extraer minerales preciosos.
C A T E R E T É : Danza
rural, especie de candombe consistente en canto y
zapateado.
C I P O : Nombre
común de plantas sarmentosas y
trepadoras.
C O N T O D
E R eís: Diez
mil réis.
C U N A N Á: Arbol brasileño ( Euphorbia
phosphorea, Mart.)> de la fami lia de las apocináceas.
C U R I B O C A :
C A R I B O C A : Descendiente
de europeo e india.
CH
C H O R A D I N H O ( L L O R A D I T O ) : Baile
popular, especie de fado, tocado y cantado en tono lastimero.
C H O U A N : Insurrecto de la Vendée, Francia,
durante la Revolución Francesa.
E
E M B O A B A : En la época colonial se llamaba así
a los portugueses que se introducían en los sertones en busca de minas de oro o
piedras preciosas.
E R I T R I N A : Género
de p la n tas de
la fa m ilia de la
s ru tác eas .
F
F A V E L A : Planta brasileña QEnterolobium
ellipticum, Benth.) de la fa milia de las leguminosas-mimosáceas, medicinal,
de cáscara rica en tanino y de la cual se extrae una resina que sustituye a ía
goma arábiga.
F A Z E N D A D E C R I A Í J AO : Propiedad rural
dedicada a la cría de ganado vacuno.
F A Z E N D E I R O : Propietario de la fazenda:
establecimiento agropecuario o plantación.
F U R O : Comunicación
natural entre ríos o lagos.
G
G A U C H O : Nativo
del Estado de Rio Grande do Sul.
G E R I M U N : J E R I M U N : Fruto del ]
erimumseiro: especie de zapallo.
G R A V A T Á: C A R A G U A T Á : Denominación
común a varias plantas de la familia de las bromeliáceas.
I
I C Ó Z E I R O : I c ó : Planta brasileña (
Capparis ico, Mart.), de la familia de las caparidáceas, que crece en la
caatinga.
I G A P Ó : Brasileñismo del norte; vocablo que
viene del tupí: trecho de matorral invadido por las crecientes de los ríos
donde el agua queda estancada durante cierto tiempo.
I G A R A P É : Pequeño canal sólo navegable por
embarcaciones de poco calado.
I N G A R A N A : Nombre de varias plantas
brasileñas de la familia de las leguminosas-mimosáceas.
I P U E I R A : Charco o laguna formado por las
aguas de los ríos en épocas de crecida, en las tierras bajas y que se conservan
durante meses.
J
J A C U B A : Bebida preparada con agua, azúcar y
harina de maíz o de mandioca; café con harina de mandioca.
J A G U N ^ O : Denominación que se dio a los
seguidores de Antonio Con-selheiro en la campaña de Canudos.
J A N D A I A : Ave
brasileña de la familia de las psitácidas.
JuÁ: Planta
brasileña de la familia de las ulmáceas QCeltis iguaneus, Sarg.).
J U Á Z E I R O : Arbol brasileño ( Ziziphus
juazeiro, Mast.), de la familia de las ramnáceas.
J U R E M A : Bebida
espirituosa del nordeste brasileño.
M
M A C A M B I R A : Planta brasileña ( Bromelia
inacinosa, Mart.), de la fami lia de las bromeliáceas, muy común en el
nordeste.
M A L O C A : Aldea india o reunión de familias
indias en un sitio, sin orga nización comunitaria.
M A L T R I
S T E : Enfermedad del ganado.
M A M E L U C O : Hijo
de blanco e india.
M A N D A C A R U : Planta brasileña ( Cereus
peruvianas, Mili.), de la fa milia de las cactáceas.
M A N G A B E I R A : Arbol brasileño ( Hancornia
speciosa, Gomes), de la fa milia de las apocináceas.
M A N G A R Á : M
A N G A R Á M I R I M : M A N G A R I T O : Planta brasileña de la
familia de las aráceas ( Xanthoma violaceum,
Schott).
M A N G U E I R A : Género
de plantas de la familia de las anacardiáceas; su
fruto es el mango.
M A R I S E I R O : M
A R I Z E I R O : Planta leguminosa
papilionácea.
M A S S A P E : Tierra
arcillosa de los estados de Sergipe y Bahía, apta para
el cultivo de la caña de azúcar.
MATUTO:
Sertanejo; que vive en el matorral; por extensión,
individuo
rudo, ignorante.
M ocó: Rata
del campo.
MODINHA: Canción
popular acompañada con la guitarra.
M O R U B I X A B A : M O R U B I C H A B A : Jefe de tribu indígena brasileña.
MULUNGU: Arbol
brasileño ('Erythrina Corallodendron, Lin.),
de la
familia de las leguminosas-papilionáceas.
O
O I T I C I C A : Arbol de la familia de las
rosáceas ( Licania rígida, Benth.), cuyas semillas se emplean en la fabricación
de aceite.
O U R I C U R I Z E I R O : O U R I C U R I : Especie de palmera de cocos pequeños.
P
P A L M A T O R I A D O I N F E R N O : Variante de
la palmatoria, nombre común a varias plantas de la familia de las cactáceas.
P A R A N A M I R I N : Brasileñismo de la
Amazonia: paraná pequeño, brazo de un río caudaloso.
P O R A C É : Fiesta
danzante de los indios tupis.
P O T I G U A R A : Antigua nación de indios que
dominaba entre el río Para-naíba y la costa del norte.
Q
QUILOMBO:
QUILOMBOLA:
OUIXABEIRA:
Refugio de esclavos fugitivos.
Negro fugitivo; que se refugia en los quilombos.
Arbol brasileño, frutal, de la familia de las
saponáceas.
R
R A S G A D O : Música en la cual se arrastran las
uñas p or las cuerdas de la guitarra sin puntear.
RE Í S : Real, antigua moneda brasileña, equivalente a un centavo.
R E N G U E : Enfermedad
del ganado.
S
S a c i: Ente
fantástico, representado por un negrito de una sola pierna que recorre los
campos de noche, persiguiendo a los viajeros, y les tiende emboscadas en el
camino.
SAMBAQUI:
Denominación que se da a antiquísimos depósitos de
ostras
y otras conchillas, restos de cocina y de
esqueletos, acumulados por
tribus del litoral americano en el período prehistórico.
SEBASTIANISM O : Devivado
de Don Sebastián, rey de Portugal que mu
rió peleando contra los moros, en Africa, en la
batalla de Aleaza-
quivir, en 1578.
SERICOIA: Ave
ribereña, de la familia de los radíleos.
SERIEM A: Ave
del sertón, especie de avestruz (
Microdactylus crista-
tus, Lin.).
SERTÓES: Sertones:
grandes extensiones de tierras incultas o poco cul
tivadas en el interior de los estados del nordeste
brasileño.
SIFÓNIA: Género de plantas
euforbiáceas.
SU^UARANA: Animal carnicero sudamericano (Felis
concolor).
SUCURI: Especie de víbora
grande brasileña (Eunectus murimus) que
vive en
esteros y pantanos.
T
TABAJARA: Indígena
de la sierra de Ibicapa, en el Estado de Ceará.
TABARÉU: Nativo
del sertón, sertanejo, caipira, matuto.
TAPUIA: Nombre
que los tupis daban a los indios de otras tribus. De
signación genérica del indio. También mestizo de
indio o cualquier
individuo moreno de cabellos lisos y largos.
TIGÜERA: TIGUERA: Tierras
cultivadas con caña de azúcar, maíz, etc.,
después de
las cosechas.
TIRANA: Antiguo baile campestre parecido al fandango.
U
UMBURANA: IMBURANA: Arbol de la caatinga, de la familia
de las
burseráceas. Comida
hecha con los frutos del umbuzeiro.
UMBUZADA: IMBUZADA:
UM BUZEIRO: IM
BUZEIRO: Arbol brasileño QSpondias tuberosa,
An.
Cam.) de la familia de las anacardiáceas.
X
XIQUEXIQUE: Planta brasileña cactácea que vegeta en regiones
áridas
del noroste. Designación común a varias plantas de
la familia de las leguminosas.
CRONOLOGIA *
* Esta
Cronología ha sido revisada y ampliada por el Departamento Técnico de la
Biblioteca Ayacucho.
1866
1867
Un 20 de enero nace Euclides Rodríguez Pimenta da
Cunha, en una pequeña y modesta hacienda de Saudade, municipio de Cantagalo, en
la Provincia (hoy Estado) de Río de Janeiro, en una región conocida como Valle
de Paraíba; hijo de Manuel Rodríguez da Cunha y de Eudoxia Moreira da Cunha. Su
familia se había instalado en la región atraída por el espe jismo de la fácil
riqueza que el café parecía ofrecer.
Se quebranta la salud de su madre, Doña
Eudoxia Moreira.
B: Apertura
del río Amazonas para la navegación internacional. Por decreto se concede la
libertad de los esclavos que sirvan a la Guerra del Paraguay.
El botánico Francisco Alegre Alemáo asume la
dirección del Museo Nacional. Nace Vicente de Carvalho.
AL: Bombardeo del Callao y derrota española.
Tratado de límites entre Chile y Bolivia y acuerdo para dividir expor taciones
de guano. En Bolivia, Melgarejo dicta el Decreto Ordenatorio de Tierras, que
liquida las comunidades indígenas. Renace la minería de la plata. Inversio nes
chilenas. Derrotas de Solano López en la guerra de la Triple Alianza: Tu-yutí y
Curuzú. Derrota de los aliados en Humaitá.
J. Montalvo:
El Cosmopolita ( - 6 8 ) . Gu tiérrez González: Memoria sobre el cul tivo del
maíz en Antioquia. E. Del Cam po: Fausto.
Esp: Sofocado el levantamiento repu blicano del
Gral. Prim; retorno de Nar-váez. Fr: Imperiales y republicanos for man el
tercer Partido; Napoleón retira tropas de Roma y México. It: Guerra con
Austria; incorporación de Venecia. Ale: Guerra austroprusiana; victoria de
Prusia; organización de la Confedera ción del Norte. Polémica internacional
entre proudhonianos y marxistas.
Black Friday londinense. En la batalla de Sadowa,
utilización de fusiles de re trocarga y transporte de soldados por
ferrocarril. Nobel inventa la dinami ta. Siemens-Weahtone-Varley: Dínamo.
Mendel: experiencias sobre híbridos; he rencia. I*3 cable trasatlántico.
Fundación del Ku-klu-klan en Norteamérica. Haza ñas de Búfalo Bill.
M. Bakunin: Catecismo revolucionario.
O.
Lange: Historia del materialismo.
V.
Hugo: Los trabajadores del mar. F. Dos-
toievski: Crimen y castigo. J. Verne: De la Tierra
a la Luna. Antología Vamaso Contemporáneo (Leconte de Lisie). P. Verlaine:
Poemas saturnianos. A. Swin-burne: Poemas y baladas. C. Corot: La iglesia de
Marisell. P. G. Doré: ilustra ciones para la Biblia. J. Offenbach: La vida
parisiense. B. Smetana: La novia vendida. Von Suppé: Caballería ligera.
B: Guerra
del Paraguay; retirada de Laguna. Tratado de límites con Bolivia, que cede
vastos territorios sobre el río Madeira. Prohibición de venta separada de
matrimonios esclavos y limitación de edad para la separación de padres e hi
jos. Inauguración del ferrocarril Santos-Jundaí.
Sousándrade: El guesa
errante ( - 8 8 ) .
Nace Oliveira Lima.
It: Garibaldi invade
el Estado pontifi
cio. Iwg: Reforma electoral, se extiende el derecho
al voto del obrero industrial; conspiración de los fenianos; el impe rio
ultramarino incluye 200 millones de personas. Aust: Francisco José inicia la
modernización del imperio; constitución de la doble monarquía de
Austria-Hun-gría. EE.TJU: Adquisición de Alaska; Reino del Carpet-baggers en el
Sur.
1868 Se
agrava el estado de salud de su madre.
AL: Fusilamiento de Maximiliano y Miramón en
Querétaro. El general Pra do asume en el Perú. Entrada de Juárez a Ciudad de
México. Guerra civil en Haití. Mosquera prisionero; asume San tos Acosta en
Colombia.
J. Isaacs: María. R. J. Cuervo: Apunta ciones
críticas sobre el lenguaje bogota no ( - 7 2 ) . Caro y Cuervo: Gramática de
la lengua latina. V. Lastarria: La América. E. M. de Hostos: Romeo y Ju lieta.
A. Tapia y Ribera: La cuarterona.
Pasteur: Estudios de cristalografía; fer mentación
del vino. Prensa rotativa de Marinoni. Shales-Soule-Glidden: Prime ros modelos
de máquinas de escribir. Hallazgo de diamantes en el Estado li bre de Orange.
Inauguración del “Gran Hotel” en París, el más grande de Eu ropa.
C. Marx: El Capital (tomo I) . E. Zola:
Therése
Raquim. E. Ibsen: Peer Gynt
y Brandt. B. Harte: Papeles vagabundos.
J. F. Millet: El Angelus. C. Monet:
Mujeres en él jardín. C. Gounod: Romeo y Julieta.
R. Strauss, hijo: Junto al her moso Danubio azul.
B: Guerra
del Paraguay; batallas de Itororó, Avaí, Lomas Valentinas y An gostura;
Ocupación de Asunción. Pri meras líneas de tranvías de tracción a sangre en
Río de Janeiro. El gobierno vuelve a manos conservadoras.
J. M.
Macedo: Memorias del sobrino de mi tío. Agassis publica A Journey in Brazil en
los EE.UU.
AL: Juárez es reelegido. Grito de Yara en Cuba y de
Lares en Puerto Rico. Tratado de Colombia con EE.UU. sobre construcción del
canal de Panamá; que da incompleto. Presidencia de Balta en Perú y concesión
única del guano a la Casa Dreyfus. Sarmiento es presidente de Argentina,
Femando Guzmán de Ni caragua. Flores renuncia a la presiden cia de Uruguay.
L. Batlle es elegido presidente.
J. Calcaño: Blanca de Torrestella. M. Altamirano:
Revistas Literarias de Méxi co, folletín de La Iberia.
Esp: Pronunciamiento militar destrona a Isabel.
Muerte de Narváez. Gobierno de Prim. Ingl: Laboristas obtienen vic toria
electoral; Ministerio Gladstone ( - 7 4 ) . Disolución de la sección francesa
de la Internacional. Primer congreso de Trade Unions. Fin de la dinastía
Sho-gún; occidentalización del Japón; Di nastía Meiji. EE.UU: Derecho al voto
a los negros.
Cirugía antiséptica de Lister. Descubri miento del
hombre fósil de Cromagnon en Francia. Fundación de la Escuela Práctica de Altos
Estudios. Ultima expe dición de Livingstone al Africa del Sur.
F. Dostoievski: El idiota. G. A. Béc-
quer: Rimas. Darwin: Variaciones de
los animales y las plantas. Haeckel: His toria
natural de la creación. A. Renoir: El anillo y él libro. Lautréamont: Los
cantos de Maldoror. A. Renoir: El ma trimonio Sisley. Boito: Mefistófeles. J.
Brahms: Un réquiem alemán. R. Wag-ner: Los maestros cantores.
1869
1870
Muere su madre. su hijo a la ciudad familia de una
de
Muere su tía.
Su
padre, contador de profesión,
envía a de Persépolis, cerca de
allí, a vivir con la
sus lías, Doña Rosinda Gouveia.
B: Tratado
de extradición con Argen tina. Decreto Imperial concede a Edward P. Wilson
autorización para la explota ción petrolera en Bahía.
J. M.
Macedo: Víctimas y verdugos. A.
de Castro Alves: Espumas flotantes.
F.
Varela:
Cantos del desierto y de la ciu
dad. Guimaraes Jr.: Carimbos. J. Freire: Elementos
de retórica nacional. El pin tor Almeida Jr. ingresa a la Academia de Bellas
Artes de Río de Janeiro. Nace Anita Malfatti.
AL: Alzamiento de Las Villas en Cu ba. En Bolivia,
Melgarejo prosigue con la venta de tierras comunitarias; los al zamientos
indígenas se multiplican. Se gundo tratado sobre el canal de Pa namá, también
incompleto. Golpe de Estado en Ecuador, García Moreno Jefe Supremo. En
Paraguay, los brasileños instalan en Asunción un gobierno pro visional. Primer
censo nacional argen tino. 1.737.076 habitantes. Revolución liberal iniciada
por Máximo Jerez en Nicaragua.
I. M. Altamirano: Clemencia. G. Gómez
de Avellaneda: Obras literarias ( - 7 1 ) . El
Cubano Libre. La Prensa, en Buenos Aires.
Esp: Las Cortes establecen la monar quía
constitucional; Ley de sufragio Uni versal; el Gral. Serrano nombrado re
gente, Prim jefe de gobierno. Gestiones para designar un nuevo rey. Fr: El par
tido liberal es llamado a formar gobier no. Tensiones diplomáticas con Prusia
por la cuestión española. EE.UU: Grant, presidente. Apertura del Concilio
Vati-no I. Tokio, capital del Japón.
Maxwell: Teoría de la electricidad. Men-
deleiev: Ley periódica de los elemen
tos. Galton: Herencia natural. Albert:
Heliograbado. Inauguración del canal de Suez. Concluye la construcción del fe
rrocarril del Pacífico en Norteamérica. Constitución del Partido
socialdemócra-ta en el Congreso de Eisenach. Exposi ción Universal en París;
promoción a la vivienda popular.
Ritcher: Los derechos
de las mujeres.
J. Verne: Veinte mil leguas de viaje
submarino. E. Dicldnson: Poemas. P.
Verlaine: Fiestas galantes. G. Flaubert: La
educación sintimental. R. Wagner: El oro del Rhin. C. Franck: Las bea titudes.
B: Finaliza
la Guerra del Paraguay; es derrotado el ejército paraguayo y diezmada su
población. Lanzamiento del Manifiesto Republicano. Resolución fi nal del caso
“Canadá” ; Brasil debe pa gar a los EE.UU. 106.740,05 dólares. Nuevo
ministerio del Vizconde St. Vin-cent. Primer número del periódico A República,
órgano del nuevo Partido Republicano. Agassis publica en EE.UU. Geología y
geografía física del Brasil.
Esp: Designación de Amadeo de Sabo-ya; asesinato de
Prim. Sexenio revolu cionario. Fr: Guerra francoprusiana. Si tio de París por
los alemanes. Napoleón capitula en Sedán y abdica; caída del
II Imperio;
proclamación de la Repú blica. Ale: Los Estados organizan el Imperio, a cuya
cabeza se coloca el rey de Prusia. lt: Tropas entran en Roma y la declaran
capital del reino. Papado: Concilio Vaticano I declara el dogma de
infalibilidad del Papa; primer decre-
1871 Pasa
a vivir en otro lugar cercano: la
en San
Fidélis, donde residía su tía,
acompaña
su hermana Adelia.
hacienda San Joaquín, doña Laura Garces; lo
F. Távora: Cartas a Cincinato. Estreno de la ópera
de Carlos Gomes O Gua raní en el Teatro Lírico de Río de Ja neiro.
AL: Caída de Melgarejo en Bolivia; Aramayo comienza
la exportación de estaño. Gobierno liberal de Salgar en Colombia. Primera
presidencia de Guz-mán Blanco en Venezuela. Fin de la guerra del Paraguay,
muerte de Solano López, destrucción del desarrollo econó mico y de la
población del país, prin cipalmente masculina; Rivarola es ele gido
presidente provisional. Revolución de las Lanzas en Uruguay. España re conoce
independencia uruguaya.
Torroella: El mulato. L. V. Mansilla: Una excursión
a los indios ranqueles. La Nación en Buenos Aires.
B: Organización
del Gabinete por el Vizconde de Rio Branco. Ley de vientres Rio Branco para los
esclavos nacidos a partir del 28 de setiembre.
J. de
Alencar: El tronco de Ipé. Taunay: El retrato de Laguna.
AL: Juárez se reelige; oposición de Porfirio Díaz.
Estudiantes fusilados en Cuba. Constitución liberal en Costa Rica (hasta 1949).
Conflicto de Guzmán Blanco con la Iglesia venezolana. Mo rales toma el poder
en Bolivia y devuel ve las tierras a los indios; Melgarejo asesinado en Lima.
Ferrocarril Barran-quilla-Salgar y Pisco-Yca. Fiebre ama rilla en Buenos
Aires. Asociación Rural del Uruguay. Errázuriz Zañartu, presi dente de Chile.
Vicente Cuadra presi dente de Nicaragua. Rivarola, en el Pa raguay, renuncia
ante un congreso con vocado por él mismo. Se funda en Perú
to dogmático De Fide Catholica; Exco munión de
Víctor Manuel II.
Londres tiene 3,2 millones de habitan tes;
agitación en Irlanda. Desarrollo de los ferrocarriles: Inglaterra posee 21.821
km de vías; Alemania 19.500 y Francia 17.500. Primera hilandería mecánica en
Japón. Rockefeller funda la Standard Oil. Impacto del petróleo como fuente
energética. Schliemann: Excavaciones en Troya.
H. Taine:
Sobre la inteligencia. Disrae
li: Lothair. Ritschl: La doctrina cristia na de la
justificación y la redención. B. Pérez Galdós: La fontana de oro. P. Cézanne:
Naturaleza muerta con pén dulo. C. Pissarro: La ruta. R. Wagner: Las
Walkirias. Delibes: Coppelia.
Fr: Guillermo I, coronado en Versalles; Paz de
Francfort, Alemania gana Alsa-cia y Lorena; insurrección en París, la Comuna;
Semana Sangrienta; Thiers presidente. Ingl: Estatuto legal de los Trade Unions.
EE.UU: Escándalo de Tammany-Hall en Nueva York. Japón: Abolición de los clanes
y reorganización administrativa.
C. Darwin: El origen del hombre. Ty-lor: Culturas
primitivas. Maddox: Placa seca fotográfica de bromuro de plata. Maxwell: Teoría
ondulatoria de la luz. Teólogo Doellinger excumulgado por el Papa, forma la
secta de los Viejos Cató licos; Ratificación del Non Expedit. In cendio de
Chicago. Stanley halla con vida a Livingstone.
Menger:
Principios de la economía po
lítica.
Bakunin: Dios y
el Estado. Re
nán: La
reforma intelectual y la moral.
E. Zola: Los
Rougon-Macquart (- 9 3 ) .
1872 El típico paisaje del
Valle de Paraíba
(plantado de café),
con sus
montañas, matas y ríos, aparecerá más tarde en varios
trabajos suyos.
el Partido Civil. Revolución liberal en Guatemala;
triunfa.
J. D.
Cortés: El Parnaso Peruano. Mar
tí: El
presidio político en Cuba.
J. M.
Gutiérrez, V. F. López y A. Lamas: Re vista del
Río de la Plata. Muere fusilado Juan Clemente Zenea. Nace José E. Rodó.
L.
Carrol: A través del espejo. A.
Béc-
quer: Rimas, ed., postuma. Estreno de Aída de G.
Verdi. Nace M. Proust.
B: Se inicia
la “Cuestión religiosa” . Regresa el Emperador de su viaje de Europa. Inauguran
el primer tramo fe rroviario de la Cía. Paulista de Estradas de Ferro,
Jundaí-Campinas. Elevador hidráulico une las partes altas y bajas de Salvador.
El Vizconde de Itauna rea liza la primera ligadura de aorta abdo minal en
Brasil. Primer Censo Nacio nal: 10.112.061 habitantes. Nace Os valdo Cruz,
que erradicará la fiebre amarilla y la viruela de Río de Janeiro. Se firma un
tratado de paz leonino con Paraguay. Es alentada la resistencia pa raguaya
contra los argentinos.
L. Mendonga:
Nieblas matutinas. B. Guimaráes: El buscador de diamantes y El seminarista.
Taunay: Inocencia. Vítor Meireles pinta La Batalla del Ria chuelo.
AL: México: muerte de Juárez y pre sidencia de
Lerdo de Tejada. Rebelión conservadora en Honduras. Levantamien to campesino
en El Salvador; decreto para inmigración china. Reprimida en Cavite, Filipinas,
revuelta de nativos contra España. M. Pardo, primer presi dente civil del
Perú. Tomás Gomenzoro se hace cargo del poder en Uruguay; fin de la revolución
de las Lanzas. Morales clausura el Congreso en Bolivia; es ase sinado; Tomás
Frías es presidente.
R. Palma:
Tradiciones peruanas (- 9 1 ) . J. Hernández: Martín Fierro. H. Asca-
Esp:
Don Carlos se
proclama rey; agi
tación republicana. Ale: Expulsión de los jesuítas;
política de la Kulturkampf. Limitación de la acción eclesiástica en la
educación y la cultura. Congreso de la Internacional en La Haya. Oscar II, rey
de Suecia y Noruega. EE.UU: Am nistía de los sudistas; reelección de Grant.
Fundación de la Oficina Internacional de Pesas y
Medidas. Primera vía férrea en Japón. Westinghouse : frenos de aire. Tercer
Congreso de la Federación Regio nal Española; victoria anarquista.
H.
Spencer: Estudios de sociología. W.
Wundt: Principios de psicología
filosó
fica. F. Nietzsche:
El origen de la tra
gedia. G. H. Brandes: Grandes corrientes de la
literatura europea del siglo XIX. S. Butler: Erewhon. A. Daudet: Tarta-rín de
Tarascón. H. Daumier: La mo narquía. A. Renoir: Los remeros de Chatou. E.
Degas: Una clase de baile. G. Bizet: La Arlesiana.
1873
1874
También a esta época se refieren quejas suyas,
hechas cuan do adulto en cartas a sus amigos, sobre una infancia sin cariño
materno alguno.
Año crucial para su vida, deja la Hacienda y se va
a estu diar a la ciudad de San Fidélis, en el Colegio Caldeira.
subi: Santos Vega. A. Lussich: Los tres gauchos
orientales.
B: Convención
republicana de Itu, San Pablo. Concesión a Inglaterra para la construcción del
telégrafo. Nace Alberto Santos Dumont.
J. de Alencar: Sueños de oro y La gue rra de los
buhoneros. Joaquim Norberto: La conspiración minera.
AL: Ferrocarril Veracruz-México. Adol fo Ballivián
es presidente de Bolivia. El movimiento independentista cubano avanza: victoria
de Palo Seco. España ejecuta a los revolucionarios cubanos del “Virginius” . J.
R. Barrios, en Gua temala, confisca iglesias y expulsa con gregaciones. Ley
aboliendo esclavitud en Puerto Rico; Primo de Rivera es presi dente.
Matrimonio civil en Venezuela; Guzmán Blanco es elegido presidente. Muere Páez
en Nueva York. Tratado secreto entre Perú y Bolivia contra Chi le. El Congreso
ecuatoriano consagra su país “al Sagrado Corazón de Jesús”. Ca rrera naval
armamentista de Chile. Cre ce la corriente inmigratoria hacia el Plata. J. E.
Ellauri es presidente del Uruguay.
J. Martí: La
República española ante
la Revolución cubana. M. Acuña: Ver
sos. Lévy: Nicaragua. J. E. Caro: Obras escogidas
en prosa y verso. Nace Gómez Carrillo.
B: Tratado
con el Perú acerca de mu tuas concesiones de territorio. Decreto de regulación
de franquicias ferroviarias. Reforma aduanera del Vizconde de Rio Branco.
Comienza el flujo inmigratorio de italianos. Cable submarino con Eu ropa.
Creación de la Escuela Politécni-
Esp: Abdica Amadeo I; restablecimien to de la
República; gabinetes de Pi y Margall y Castelar. Levantamientos fe derales en
Andalucía. Fr: Avance de la fracción clerical; Mac-Mahon, presiden te;
Alemania retira sus tropas. Alianza de los tres emperadores europeos. Crisis
económica mundial. Patrón oro en Eu ropa y EE.UU.
Van der Waals: Ecuación de los gases reales. Medio
millón de inmigrantes eu ropeos a EE.UU.
H. Spencer: Sociología descriptiva. M.
Bakunin: Política
y anarquía. A.
Rim-
baud: Una temporada
en el Infierno.
Barbey d’Aurevilly: Las diabólicas. J.
Verne: La vuelta al mundo en ochenta días. B. Pérez
Galdós comienza los Epi sodios nacionales.
Esp: El ejército disuelve las Cortes y restaura a
Alfonso XII; comienza minis terio de Cánovas del Castillo. Ing: Minis terio
Disraeli ( - 8 0 ) a la caída de Glads-tone. Ley contra la prensa socialista en
Alemania. EE.UU.- Los democrátas re conquistan la mayoría en el Congreso.
1875 Primeras
lecturas; amén de los escritores brasileños de moda en la época, lee
principalmente a los franceses, poetas como Víctor Hugo, Musset y Lamartine; o
pensadores como Rousseau, Voltaire o Montesquieu.
ca. Es provocada la caída de Jovellanos, presidente
del Paraguay, por su intento de firmar la paz con Argentina.
J. de Alencar:
Ubirajara. B. Guimaráes:
El indio Alfonso. Taunay: Oro sobre azul e
Historias brasileñas. Sousándrade: Obras poéticas. Pereira Barreto: Las tres
filosofías, 1“ parte.
AL: Lerdo de Tejada es atacado por conservadores y
liberales. Juan B. Gilí es presidente del Paraguay. Comité Revo lucionario
cubano. Nueva Constitución en Venezuela y ruptura con la Santa Sede. Primera
locomotora llega al Titi caca, atravesando los Andes. García Moreno carga la
cruz por las calles de Quito en una procesión de Semana San ta. Es vencida en
Argentina la revolu ción mitrista; Avellaneda es presidente; Segunda Guerra
del Desierto. Se realiza una enmienda al tratado de Chile con Bolivia: impuestos
a Chile por las in dustrias de Atacama; muere Ballivián; Tomás Frías asume
interinamente. Cae la República en Puerto Rico; golpe de Estado de J. L. Sanz.
Cuervo:
Notas a la Gramática de Bello.
J. P.
Varela: La educación
del pueblo.
J. C. Zenea: Poesías completas (postu mo).
B: Ley de
Servicio Militar obligatorio. Situación deficitaria de los bancos Mauá y
Nacional. Fundación de la Sociedad para el Culto y la Difusión Positivista. El
representante del Paraguay en Río de Janeiro firma un tratado de paz con
Argentina; el tratado es repudiado por el gobierno paraguayo bajo presión di
recta del Brasil.
J. de Alencar:
Señora, El sertanero y El
jesuíta. L. Mendonga: Alboradas. B.
Papado: Pío IX prohíbe la participación de los
católicos en política.
Fundación de la Unión Postal en Ber na. Ley de
matrimonio civil en Prusia. Stanley atraviesa el Africa. Haekel: An-tropogenia
o Historia de la evolución humana. Le Vel-Van’t Hoff: Estereoquí mica.
Walras:
Elementos de economía política
pura. G. Flaubert: La tentación de Saint
Antoine. J. Valera: Pepita Jiménez. P. A.
de Alarcón: El sombrero de tres picos. Primera
exposición Impresionista (Sala del fotógrafo Nadar). C. Monet: La im presión.
E. Grieg: Peer Gynt. M. Mussorgski: Boris Godunov. R. Strauss: El murciélago.
Esp: Alfonso XII llega a Madrid. Fr: Sanción de
leyes republicanas. Enmien da Wallon para períodos presidenciales de siete
años. Ingl: Compra de las ac ciones del canal de Suz; Parnell en la Cámara de
los Comunes. Ale: Programa de Gotha; formación del Partido Obre ro Socialista.
Expulsión de las congre gaciones religiosas. Conflicto de Bis-marck con
Francia.
1876 Se
conserva una foto de la época, en pose;
se le ve formal
mente
vestido y portando un libro en la mano.
Guimaraes: La esclava lsaura. Tobías
Barreto:
Estudios de filosofía y crítica.
Circula el
periódico A Provincia de S.
Paulo.
AL: Rebelión yaqui en Sonora. Elec ción para la
presidencia de Tomás Es trada Palma, en Cuba. Disidencias den tro de los
insurrectos cubanos: el regionalismo villareño. Creación de la Universidad de
Guatemala. Auge de las exportaciones cafetaleras en Costa Rica. García Moreno
asesinado en Quito. Sa litre en Antofagasta. Fracasa revolución de Piérola
contra Pardo en Perú. Se agudiza la crisis financiera argentina. Destierro de
principistas en Uruguay; Revolución Tricolor fracasada; P. Va rela es presidente
con poderes extraor dinarios.
J. A. Saco: Historia de la esclavitud.
Montalvo: La dictadura perpetua. Aca demia
Mexicana de la Lengua. Nacen Julio Herrera y Reissig y Florencio Sánchez.
B: Barón de
Río Branco designado cónsul en Liverpool. Escuela de Minas en Ouro Preto.
F. Távora:
La cabellera. Castro Alves: Gonzaga o la Revolución de Minas. Apa rece la
Revista Ilustrada. Fundación de la Escuela de Bellas Artes de Bahía.
AL: Rebelión de
Porfirio Díaz contra
Lerdo de Tejada: Plan de Tuxtepec; muere Santa
Anna. Primer ingenio azu carero con máquinas de vapor en Santo Domingo.
Rebelión liberal en Hondu ras : M. A. Soto. Hilarión Daza, dictador de
Bolivia. Revolución liberal de Vein-temilla en Ecuador. Tercer levantamien to
de López Jordán en Argentina. Va por “Frigorifique” hace su primer viaje
Firma de la Convención Métrica Inter nacional en
París. Santuola descubre las pinturas rupestres de Altamira. Inaugu ración de
la Opera de París. Mme. Bla-vatsky funda la Sociedad Teosófica. Berthelot:
Síntesis química. Berlín llega al millón de habitantes.
H. Taine comienza Los orígenes de la Francia
contemporánea. Fundación del Petit Parisién. L. Tolstoi: Ana Kareni-na ( - 7 7
) . A. Tennyson: La Reina Ma ría. G. Meredith: La carrera de Beau-champ. E.
Manet: Los remeros de Ar-genteuil. G. Bizet: Estreno de Carmen. Saint-Saens:
Danza Macabra.
Esp: Concluye la segunda guerra carlis ta, el
pretendiente se refugia en Fran cia; sanción de la Constitución de la
Monarquía. Ingl: Victoria, emperatriz de la India. Disolución de la I Interna
cional. Guerra de Turquía en los Bal canes. Movimiento “Tierra y Libertad” en
Rusia. Creación de la Asociación In ternacional Africana. EE.UU: Custer es
vencido por Toro Sentado.
Koch: Bacilo del ántrax. Teléfono de A. G. Bell.
Máquina frigorífica de amonía co de von Linde. Otto: motor de cuatro tiempos.
C. Lombroso: El hombre delincuente.
Mallarmé: La siesta
de un fauno.
M.
Twain: Las aventuras
de Tom Sawyer.
Se muda nuevamente, abandona traslada a Bahía,
donde reside con tudia en el Colegio Bahía.
el Colegio Caldeira y se los abuelos paternos y es
llevando carne argentina a Europa. Ley de
inmigración y colonización. A. Parra es presidente de Colombia. Latorre ini
cia en el Uruguay la década de dicta dura militarista. Aníbal Pinto presiden
te de Chile. El Paraguay firma un tra tado de paz con Argentina, que conser
va el Chaco.
J. Montalvo: El Regenerador. B. Mitre: Historia de
Belgrano y de la indepen dencia argentina. H. H. Gottel y F. Car-nevallini: El
porvenir de Nicaragua. Revista La Tertulia.
B: Gran
sequía en el Nordeste ( “ 79).
Joaquim
Monteiro Caminhoá: Botánica
médica y general. Miguel Lemos: Pri meros ensayos
positivistas. Muere José de Alencar.
AL: Porfirio Díaz electo presidente de México. Se
disgrega en Cuba la Repú blica en armas; ejército español de 25.000 hombres la
enfrenta. V. García presidente; pacificación de Las Villas. Decreto de Barrios
que reconoce traba jo forzoso del indígena guatemalteco. Motines en Quito
contra Veinternilla. Crisis financiera en Perú y Chile. Unión Tipográfica,
primer sindicato argentino. Muere Rosas en Inglaterra. Reforma edu cativa de
J. P. Varela en Uruguay; ley de educación común. Pedro J. Chamo rro presidente
de Nicaragua.
M. Cañé: Ensayos. R. Obligado: El
alma del payador. Squier: Perú, viaje y exploración
en la tierra de los Incas. Zorrilla de San Martín: Notas de un himno. O. V.
Andrade: Prometeo. Fun dación del Ateneo de Montevideo. Re vista de Cuba ( -
8 4 ) . Sociedad Antropo lógica. Martí profesor de Literatura en la
Universidad de Guatemala.
B. Pérez Galdós: Doña Perfecta. E. Zola:
La taberna. A. Renoir: El molino de la Galette.
Festival wagneriano en Bay reuth: El anillo de los Nibelungos.
Esp:
Aprobación de la
Ley Provincial.
Fr: muere Thiers. Reorganización del Partido
Liberal en Inglaterra. Guerra Ruso-Turca. EE.UU: Hayes, presidente, retira
tropas del sur.
Edison inventa el micrófono y el fonó grafo.
Empleo de vagones frigoríficos en EE.UU. Iluminación pública con lámpa ras
eléctricas de arco en París. Schiapa-relli descubre los canales de Marte.
F. Engels: El antidühring. Mommsen: El sistema
militar de César. Traducción al francés de la Filosofía del inconscien te de
N. Hartmann. G. Flaubert: Tres cuentos. Carducci: Odas bárbaras. A. Rodin: La
edad de bronce. Mengoni: Termina la galería Víctor-Emmanuel en Milán.
1878
1879
Se va a Rio de Janeiro, capitai del país, donde
vive con Antonio Pimenta da Cunha, su tío paterno.
Entra en el colegio Anglo-Americano.
B: Congreso
agrícola de Recife. Crea ción de la Empresa de Minería del Mu nicipio de
Tiradentes, Minas Gerais.
Alberto
de Oliveira: Canciones román
ticas. S. Romero: La filosofía en el Bra sil.
Medalla de bronce para Juan Bau tista de Lacerda en la muestra antropo lógica
de París. Rodolfo Amoedo gana el premio de viaje a Europa con el cua dro
Sacrificio de Ahraham. Muere el pintor Agostinho da Motta.
AL: Enmienda constitucional prohi biendo
reelección presidencial y fracaso de la rebelión de Escobedo contra Díaz, en
México. Pacto del Zanjón y fin de la Guerra de los Diez Años en Cuba; surgen
los partidos Liberal Autonomista y Unión Constitucional. España concede
representación en Cortes. Gobierno libe ral independiente de J. Trujillo en
Co lombia; obras de construcción del ferro carril del Pacífico y excavaciones
del Canal de Panamá por compañía france sa. Asesinado el ex presidente Pardo;
tensión en Perú por los problemas entre Chile y Bolivia (éste viola enmienda
del 74 e impone impuestos a las exportacio nes de Antofagasta). Veintemilla
presi dente constitucional con facultades ex traordinarias, en Ecuador.
J.
Martí: Guatemala. M. Galván:
Enri-
quillo ( - 8 2 ) . J. T. Medina: Historia de la
literatura colonial de Chile. V. Lasta-rria: Recuerdos literarios. E. Wilde:
Tiempo perdido. Félix Medina: Lira ni caragüense.
B: Pinheiro
Machado funda el Partido Republicano Riograndense. Estudios pa ra la
construcción del puerto de Vitoria, en Espíritu Santo. Las cámaras encaran un
proyecto de abolición de la esclavitud.
1t: Humberto I, rey; Armisticio de An-drinópolis y
tratado de San Stéfano. Ale: En el congreso de Berlín, las prin cipales
potencias acuerdan reparto de influencias sobre los Balcanes; Disolu ción del
Reichstag. Turcos entregan Chipre a Inglaterra. Papado: León XIII sucede a Pío
IX; Encíclica Quad Apos-tolici.
Edison-Swan: Lámpara incandescente. Utilización de
la hulla blanca. Stoecker-Wagner: Fundación del Partido Tra bajador Cristiano
social. Booth funda el Ejército de Salvación. Exposición Uni versal de París.
F.
Nietzsche: Humano, demasiado
hu
mano. Pierce:
Cómo podemos hacer cla
ros nuestros
pensamientos. Queiroz: El
primo
Basilio. J. Neruda: Cuentos de
la Mala Strana. Sully Prudhomme: La Justicia.
Fr:
Consolidación de la Tercera
Repú
blica. Ale: Fortalecimiento militar e in dustrial
del Reich germano; alianza austro-alemana; fin de la “Kultur kampf”; difusión
de la enseñanza laica
1880 Más
tarde, atribuirá a sus catorce años un cuaderno encon
trado
tiempo después, con escritos varios y poemas, en el que
aparece reflejado su entusiasmo por la Revolución
Francesa
y por
los autores franceses de aquel
momento.
S. Romero:
Cantos del fin del siglo. F.
Távora: El matrero. Exposición Gene ral de Bellas
Artes en Río de Janeiro.
AL: Sublevación
de marinos en Vera-
cruz; orden de Díaz: “mátalos en ca liente”. La
“guerra chiquita” en Cuba. Constitución liberal y positivista en Gua temala
(-1 9 4 5 ). Leyes antiejidales en El Salvador y proceso de concentración de la
riqueza: las “catorce familias” .
L. Salomón
presidente de Haití ( - 8 8 ) . Guzmán Blanco presidente de Venezue la.
Rebeliones en Antioquia, levanta miento del ejército en Bogotá. Se frustra
conspiración de Alfaro en Guayaquil. Guerra del Pacífico o “salitrera” ; Chi
le contra Bolivia y Perú, ocupación de Antofagasta y Atacama; Prado abando na
presidencia, asume Piérola; muerte del capitán Grau y cuantiosas pérdidas
peruanas. Campaña del Desierto al man do de Roca; incremento de líneas férreas
y de la educación pública. La torre, pre sidente constitucional del Uruguay.
M. Zeno
Gandía: Desde el fondo del alma. J. Gautier Benítez: A Puerto Rico. Varona,
Barreto, Tejero y otros: Arpas cubanas. J. L. Mera: Cumandá. J. Her nández: La
vuelta de Martín Fierro. E. Gutiérrez: folletín de Juan Moreira. Guido y Spano:
Ráfagas. Zorrilla de San Martín: La leyenda patria. E. L, Holm-berg: Calimán y
los autómatas.
B: Guerra
del Vintén en Río de Ja neiro. Joaquín Nabuco funda la Socie dad Brasileña
contra la Esclavitud. Cons titución de la Asociación Industrial. La boratorio
de fisiología experimental en Río de Janeiro. Muere Guilherme Lünd, fundador de
la paleontología en el Brasil.
Guimaraes
Jr.: Sonetos y rimas. Perei
ra Barreto:
Positivismo y tecnología. Sil-
y común. Atentado contra Alejandro II. Papado:
Encíclica Aeterni Patria, retor no al tomismo.
Wundt: Laboratorio de psicología ex perimental.
Pasteur: Principio de la va cuna. Primer edificio con estructura de acero en
Chicago; Escuela de Chicago. Siemens: Primer ferrocarril eléctrico en Berlín.
Nace Einstein.
Ibsen: Casa de muñecas. F. Dostoievski: Los
hermanos Karamazov ( - 8 0 ) . E. Zola: Nana. H. James: Daisy Miller. Meredith:
El egoísta. P. I. Chaicovski: Eugenio Oneguin.
Esp:
Fundación del Partido
Fusionista.
Fr: Gabinete
de J. Ferry; política laica;
expulsión de los jesuítas. Ingl: Ministe rio
Gladstone reemplaza a Disraeli en elecciones; Guerra anglo-boer.
Laveran: parásito de la malaria. Ebert descubre el
bacilo de la tifoidea. Hallyerith construye máquina de fichas perforadas.
Invención de la bicicleta.
1881 Cambia
de Colegio varias veces.
vio Romero: La literatura brasileña y la crítica
moderna.
AL: Primer cargamento bananero de Costa Rica a
Nueva York. Abolición gradual de la esclavitud en Cuba. Cons titución liberal
de Honduras ( - 9 3 ) . Re gión de Alta Verapaz gran productora de café
guatemalteco (plantadores alema nes); Barrios presidente constitucional.
Gobierno de R. Núñez en Colombia: ley de Instrucción Pública, se levanta
destierro a obispos y se deroga la Ley de Inspección de Cultos; el poeta J.
Isaacs encabeza levantamiento en An-tioquia; empieza la época del café. Chi le
controla todo el Pacífico; las accio nes de la guerra se extienden a Lima.
Presidencia de Roca en Argentina: “Paz
y administración”
. Renuncia Latorre en Uruguay: “los uruguayos son ingober nables”.
Varona: Conferencia filosófica (
- 8 8 ) .
J. Montalvo:
Las Catilinarias ( - 8 1 ) . Altamirano: Rimas y Cuentos de in vierno. M. J.
Othón: Poesías. Pérez Bo-nalde: Ritmos. F. Ameghino: La anti güedad del hombre
en el Plata. E. M. de Hostos funda la Escuela Normal en Puerto Rico.
B: Gobierno
de liberales. Primera elec ción directa, exclusión de los analfabe tos;
electorado de 1.114.660 votantes sobre una población estimada de 11 mi llones
de habitantes. Votan sólo 145.296 ciudadanos. El Imperio del Brasil es de
finido como monarquía constitucional.
Aluísio de Azevedo: El mulato. Macha do de Assís:
Memorias postumas de Bras Cubas. Nace Lima Barreto. Muere Cán dido Méndez de
Almeida.
A L : Problemas fronterizos entre Mé xico y
Guatemala por las regiones de
Fundación de la Compañía del canal de Suez.
Desarrollo de EE.UU .: 50 mi llones de habitantes; comienza la pro ducción de
acero. Producción mundial: Ing: 6.059; Ale: 1.262; Fr: 1.178 (en miles de T n).
Fiske: Ideas políticas norteamericanas.
Menéndez Pelayo: Historia de los hete rodoxos
españoles ( - 8 2 ) . G. de Maupa ssant: Bola de sebo. A. Swinburne: Cantos de
primavera. A. Tennyson: Ba lada. A. Daudet: Numa Rumestán. A. Rodin: El
pensador. J. Brahms: Danzas húngaras.
Esp: Ministerio de Sagasta con el parti do
fusionista; liberación política, lngl: Muerte de Disraeli; Salisbury, líder
con servador. Asesinato de Alejandro II; su cesión del zar Alejandro III.
EE.UU: Garfield, presidente, muere ese mismo año. Renovación de la alianza de
los tres emperadores. Papado: Encíclica Diuturnum lllud.
Industria mundial del petróleo: 3 mi llones de
toneladas anuales. Stanley fun da Leopoldville. Meisenbach inventa la
1882 En
los últimos años, aparte del Colegio Anglo-Americano, es
tudia
en los colegios Vitorio da Costa y
Meneses Vieira.
Chiapas y Soconusco. En Cuba, Cons titución
española de “los notables” . Constitución venezolana, inspirada en la suiza;
arbitraje español por litigios fronterizos con Colombia; telégrafo
Bo-gotá-Caracas. Deterioro de la educación pública en Ecuador. Batalla de
Chorri llos y Miraflores y ocupación chilena de Lima, con destrucción de la
Biblioteca Nacional. Presidencia de Santa María en Chile abre etapas de auge
económi co. colonización y fomento de la educa ción. Incremento de los
latifundios en Argentina: venta por ley de territorios conquistados al indio;
tratado de Límites con Chile.
A. Bello: Filosofía del entendimiento.
E. Gutiérrez: Hormiga Negra. J. Isaacs:
Saulo. López Prieto: Parnaso cubano.
Cambaceres: Potpourrí. J. Martí funda la Revista
Venezolana. Anales, del Ate neo de Montevideo; debate Bartolomé Mitre-Vicente
Fidel López; muere Ceci lio Acosta.
B: Proyecto
y dictamen acerca de la enseñanza secundaria y superior en la Cámara de
Diputados por parte de Rui Barbosa. El caucho ocupa el tercer lu gar como
rubro de exportación. Ley de protección a las patentes de invención.
Teófilo Dias: Fanfarrias. Tobías Barreto:
Estudios alemanes. Araripe Jr .: José de
Alencar. S. Romero: Introducción a la historia de
la literatura brasileña. Pri mera exposición individual de Almeida Jr. en Río
de Janeiro.
AL: Colaboración del partido de los “científicos”
con la dictadura de P. Díaz. Heureaux presidente de Santo Domingo ( - 9 9 ) .
La “república aristo crática” en Costa Rica: P. Fernández
autotipia. Ribot: Las enfermedades de la memoria.
H. James: Washington Square. A. Fran
ce: El crimen de Silvestre Bonnard. P. Verlaine:
Cordura. Verga: Los Malavo glia. F. de Saussure enseña lingüística en la
Escuela Práctica de Altos Estudios ( - 9 1 ) . A. Renoir: El almuerzo de los
remeros. P. I. Chaicovski: Obertura 1812. Offenbach: Los cuentos de Hoff mann.
Nace P. Picasso y muere Th. Carlyle.
Fr: Ley Ferry sobre enseñanza laica,
gratuita
y obligatoria primaria. 11: In
tervención en Eritrea. Ale: Triple alian za con
Austria e Italia. Protectorado in glés en Egipto. Expulsión de los judíos de
Rusia. EE.UU: Primeras leyes res tringiendo la inmigración. Chinos y ja
poneses ocupan Seúl. Muerte de Gam-betta.
Primera central eléctrica en Nueva York por T. A.
Edison. Transmisión de energía eléctrica en la Exposición In ternacional de
Munich; 57 Km. Koch: bacilo de la tuberculosis. Charcot: Expe riencia en la
Salpetriére. Ratzel: An-tropogeografía.
1883 Nuevo
cambio de escuela, ingresa al Colegio Aquino.
Oreamuno. Veintemilla se proclama una vez más Jefe
Supremo de Ecuador; se inicia movimiento “restaurador” . Co mienza unificación
y reconstrucción del Perú tras la derrota ante Chile. Funda ción de La Plata,
capital de la provin cia de Buenos Aires. Gral. Santos pre sidente del
Uruguay.
J. Martí: lsmaélillo. Galván: Enriquillo.
Villaverde:
Cecilia Valdés (ed. definiti
va). Montalvo: Siete tratados. Pérez
Rosales: Recuerdo del pasado ( - 8 6 ) .
Medina: Los aborígenes de Chile. Ayón: Historia de
Nicaragua ( I ) . La Nación nombra a J. Martí su corresponsal en Nueva York.
B: Proyecto
y dictamen sobre la ense ñanza primaria por Rui Barbosa. Co mienza la
“Cuestión militar” . Asesinato del redactor de Corsario, Apulco de Cas tro, en
Río de Janeiro. Fundación de la Confederación Abolicionista, por José do
Patrocinio. Joaquim Nabuco repre senta la Anti-Slavery Society en el Con
greso para la Reforma del Derecho de Gentes, realizado en Milán. Reglamento
para la concesión e instalación de líneas telefónicas. Primera usina
termoeléctri ca en Campos.
Raimundo Correia: Sinfonías. Capis
trano de Abreu: El descubrimiento del Brasil y su
desarrollo en el siglo XVI. B. Guimaráes: Rosaura abandonada. S. Romero: Cantos
populares del Brasil. Liceo de Artes y Oficios en Santa Cata rina. Sociedad de
Conciertos Clásicos en Río de Janeiro.
AL: Concesión venezolana a Cía. Ha milton para
explotar “bosques y asfal tos”. Comienzo del movimiento nacional ecuatoriano
de la “Restauración” . Trata do de Ancón y fin de la ocupación de |
H.
Spencer: Instituciones políticas.
Car
ducci:
Confesiones y batallas. J. M. Pe
reda: El sabor de la tierruca. E. Manet: El bar de
las Folies-Bergère. A. Gaudi comienza La Sagrada Familia de Barce lona. R.
Wagner: Parsifal. Nacen J. Joyce e I. Stravinski. Muere Emerson.
Fr: Segundo Ministerio Ferry. Ocupa ción de
Madagascar e Indochina. Gue rra franco-china. Ley de divorcio. Ing: Fundación
de la Sociedad Fabiana en Londres. Plejanov y Akselrod fundan el partido
marxista ruso.
Motor de bencina de Daimler-Maybach. Cantor: Teoría
de los conjuntos. Excur siones de Búfalo Bill.
F.
Nietzsche: Así hablaba Zaratustra
(- 9 1 ) . Dilthey: Introducción a las
ciencias del espíritu. L. Bourget: Ensa yos de
psicología contemporánea. R. Stevenson: La isla del tesoro. G. de Maupassant:
Una vida. Amiel: Diario íntimo. Mackmurdo: Dibujos de tapices. Franck: El
cazador furtivo. Delibes: Lakmé. Nacen F. Kafka y Ortega y Gasset. Mueren C.
Marx y R. Wagner.
1884 En un
pequeño diario estudiantil,
O Demócrata (El
demó
crata), publica sus primeros artículos; cuenta dieciocho años.
Lima; Chile se anexa Tarapacá y ocupa Tacna y Arica
por diez años; las rique zas salitreras chilenas pasarán a inver sionistas
británicos. Gobierno de Iglesias en Perú. Campañas de ocupación de territorios
indios en el Chaco argenti no; se inicia fuerte proceso de devalua ción
monetaria. Expropiación de los te rritorios araucanos del sur de Chile, tras
la última gran sublevación india. Adán Cárdenas presidente de Nicaragua.
Gutiérrez Nájera: Cuentos
frágiles. Va
rona: Estudios literarios y filosóficos.
J. Calcaño: Cuentos fantásticos. D. F.
Sarmiento: Conflictos y armonías de
las razas en América. V. F. López: His toria de la
República Argentina. I. De María: Anales de la Defensa de Monte video ( - 8 7
) . Zorrilla de San Martín: primera cátedra de Literatura.
B: Dictamen
de Rui Barbosa en la Cámara de Diputados sobre la emanci pación de los
esclavos a partir de los sesenta años de edad. Abolición de la esclavitud en la
provincia de Ceará.
J. Nabuco:
El Abolicionista. Alberto de Oliveira: Meridionales. Aluísio de Aze-vedo: Casa
de pensión. Barón de Ma-caúba: Nueva Ley de Enseñanza In fantil.
AL: Reforma constitucional en Méxi co para
permitir reelección de Díaz y nuevo código minero que facilita pe netración
extranjera. Crisis económica cubana; Gómez y Maceo dirigen mo vimiento
revolucionario desde el exilio. Tratado Keith-Soto instala empresas ba naneras
en Honduras. J. Crespo pre sidente electo de Venezuela. Segundo gobierno de
Núñez en Colombia; cons titución del Partido Nacional. Alza-
Convocatoria de la Conferencia Colo nial
Internacional en Berlín: ingleses en Sudán, alemanes en el sudoeste afri cano.
Ley de seguro social de accidentes de trabajo en Alemania. Ley Waldech-Rousseau
sobre sindicatos. Crack bursá til en Nueva York.
Parsons: Turbina de vapor
a reacción.
Mergenthaler: Linotipia. H. de Chardon-net. Seda
artificial a la nitrocelulosa. Maxim: ametralladora. Eastman: Pe lícula
fotográfica en rollos. Minas de oro en Transvaal.
E. Ibsen: El pato salvaje. H. Spencer: El hombre
contra él Estado. F. Engels: El origen de la familia, la propiedad y el Estado.
G. B. Shaw: Manifiesto de la sociedad fabiana. Huysmans: Al revés.
A. Daudet: Safo.
L. De Lisie: Poemas
trágicos. Strindberg: Casados ( l 9 serie).
P. Verlaine: Poetas malditos. Grupo
1885 Ingresa, aprobados
los exámenes, en la Escuela
Politécnica.
miento y derrota de Eloy Alfaro en Ecuador. J. M.
P. Caamaño, presidente, (10/11). Pacto de Truce: Bolivia pier de costa de la
provincia de Atacama. Ferrocarril trasandino argentino-chile no; Ley
Avellaneda argentina de ense ñanza primaria laica, gratuita y obliga toria.
Sufragio universal en Chile para alfabetizados mayores de 25 años.
Gavidia: Versos. Barros Arana: Histo
ria general de
Chile. L. V.
López: La
Gran Aldea. P. Groussac: Fruto vedado.
Acevedo Díaz: Brenda. Rigoberto Cabe zas y Anselmo
H. Rivas fundan el pri mer diario: Diario de Nicaragua, des pués Diario
Nicaragüense.
B: Ascenso
de los conservadores; Ba rón de Cotegipe, ministro. Ley Saravia-Cotegipe de
liberación de esclavos sexa genarios. Comienza gran corriente inmi gratoria
hacia San Pablo por iniciativa de los cafetaleros.
S. Romero: Estudios de
literatura con
temporánea. Vicente de Carvalho: Fos forescencias.
AL: Ley de colonización en México; apresamientos
contra Guatemala. El presidente Barrios proclama la Unión Centroamericana;
oposición de Costa Ri ca, Nicaragua y El Salvador; invasión guatemalteca al
Salvador; muerte de Barrios; la Asamblea revoca el decreto presidencial.
Concesión venezolana Ha-mil ton transferida a Nueva York y Ber-múdez Co. Los
“marines” ocupan Colón, Panamá. Fracción del liberalismo co lombiano contra el
gobierno federal; fuerte repercusión en la economía del país. Pena de muerte en
Ecuador. Re nuncia de Iglesias en Perú; Cáceres entra a Lima.
“Les XX”.
Bruckner: Séptima sinfonía.
A. Gaudí: La
Sagrada Familia. A. Ro-
din: Los
burgueses de Calais ( - 8 6 ) .
Esp: Muere el rey, minoridad de su hijo Alfonso
XIII, regencia de María Cristi na de Habsburgo. Crisis de los Balcanes:
enfrentamiento Bulgaria-Rusia; guerra Servio-Búlgara. Gabinete Salisbury en
Inglaterra; ocupación de Nigeria. Italia ocupa Massaua. Papado: Encíclica
In-mortale Dei.
Pasteur: vacuna contra la rabia. Nor-denfelt
construye un submarino. Daim-ler inventa la motocicleta.
F. Nietszche: Más
allá del bien
y del
mal. C. Marx: El Capital (tomo II), compilado por
F. Engels. Andersen: Cuentos. E. Zola: Germinal. J. Lafor-gue: Lamentaciones.
Guyau: Esbozo de una moral sin obligación ni sanción. M. Twain: Huckleberry
Finn. H. Ri-chardson: Almacenes Marshall, Field & Co. en Chicago.
1886 Entra
en la Escuela Militar de Praia Vermelha, centro difu sor de la mentalidad
positivista que reunía en un mismo haz de valores a la ciencia y a la Filosofía
Positivista. Su maestro Benjamín Constant, comteano, será uno de los ideólogos
repu blicanos influyentes de la época. La Escuela era frecuentada por los
miembros jóvenes de las familias desposeídas de la clase dominante.
R, Darío: Epístolas
y poemas. J. Mar
tí: Amistad funesta. G. Prieto: El ro
mancero
nacional. Lastarria: Antaño y
hogaño. G.
E. Hudson: La tierra pur
púrea. R. Obligado: Poesías y Santos
Vega.
Varona: Revista Cubana (-
9 5 ) .
B: Empréstito
externo de 6 millones de libras esterlinas. Asumen en la Cá mara de Diputados
los paulistas Campos Salles y Prudente de Moráis, elegidos co mo
representantes republicanos bajo el rótulo de Partido Conservador. Funda ción
de la Sociedad Promotora de Inmi gración.
Alberto de Oliveira: Sonetos y poemas.
Alexandre Levy: Suite brasileña para or questa.
AL: Definitiva abolición de la escla vitud en
Cuba. Ley de educación en Costa Rica. Constitución liberal en El Salvador (- 1
9 4 5 ); fuerza pública arma da para controlar la vagancia en el campo. Cuarta
y última elección de Guzmán Blanco en Venezuela. Cáceres presidente de Perú,
Balmaceda de Chi le, Juárez Celman de Argentina, Núñez reelecto en Colombia y
nueva Consti tución centralista: la República de Co lombia.
R.
Podestá: Juan Moreira. J. A.
Silva:
Poesías. García Icazbalceta: Bibliografía mexicana
del siglo XVI. Díaz Mirón: Poesías escogidas. R. J. Cuervo: Diccio nario de
construcción y régimen de la lengua castellana ( - 9 3 ) . Discurso de Manuel
González Prada en el Ateneo de Lima. Escuela Nacional de Bellas Artes en
Bogotá. J. Batlle y Ordóñez: El Día en Montevideo. Sara Bernhardt, por primera
vez en el Río de la Plata. Nace Ricardo Güiraldes.
Ingl: Avance del socialismo. El Parla mento
rechaza proyecto liberal de auto nomía irlandesa. Tratado de Bucarest sobre la
cuestión servio-búlgara. EE.UU: Manifestación obrera en Chicago; Fun dación de
la AFL; captura de Gerónimo.
Fabricación electrolítica del aluminio. Finaliza la
construcción del Canadian Pacific. Hertz: ondas electromagnéticas.
A. Rimbaud: Las iluminaciones. Mo-
réas: Manifiesto simbolista. E. D’Ami-
cis: Corazón. R. Stevenson: El extraño caso del
doctor Jekill y mister Hyde. L. Tolstoi: Sonata a Kreutzer, La muer te de Ivan
llich y El poder de las tinie blas. E. Pardo Bazán: Los pasos de Ulloa.
Kraft-Ebing: Psicopatología se xual. F. Engels: L. Feuerbach y el fin de la
filosofía clásica alemana. A. Che-jov: Cuentos. Bartholdi: La libertad
iluminando al mundo. A. Rodin: El be so. Muere E. Dickinson.
1887 Prosigue
sus estudios en la Escuela Militar. Inicia una
acti
vísima militancia
republicana.
1888 Euclides,
en señal de protesta contra la monarquía arroja al
suelo
su sable cuando el Ministro de Guerra
pasa revista a
las
tropas. Le es cancelada su matrícula en la Escuela Militar
y es dado de baja en el Ejército. Se traslada a Sao
Paulo, donde es recibido con entusiasmo por el grupo republicano, y comienza a
trabajar como periodista en el diario A Provin cia de Sao Paulo (Provincia de
San Pablo). Sus artículos, fuertemente ideológicos, muestran la influencia de
Comte, de Spencer, integrado todo en un ardiente republicanismo de corte
militar. Uno de sus artículos terminaba así: "Por que sabemos que la
República se hará hoy o mañana, fatal-
B: Viaje de
D. Pedro II a Europa; co mienza la tercera regencia de Isabel. El Club militar
comunica a la Regente que el ejército se niega a participar en la cap tura de
esclavos fugitivos. Espíritu Santo inaugura su primera línea férrea.
Aluísio de Azevedo:
El hombre.
AL: Instrucción primaria obligatoria en México;
telégrafo entre México y Gua temala. Primera zafra azucarera cuba na con mano
de obra asalariada. Pri mer concordato entre Colombia y la Iglesia. Tratado de
límites Ecuador-Pe rú. Proceso chileno de debilitamiento del poder
presidencial y predominio del Parlamento. Restauración del principis-mo en el
Uruguay, tras una década de gobierno militarista. Formación del Par tido
Democrático en Chile. Primer cen so en Buenos Aires: 433.375 habitan tes.
Evaristo Carazo presidente de Ni caragua.
R. Darío:
Abrojos. E. Rabasa: La bola.
J. Rizal: Noli me tangere. R. Palma: La bohemia de
mi tiempo. B. Mitre: Historia de San Martín y de la eman cipación americana (
- 8 8 ) . Ayón: His toria de Nicaragua (II vol.). J. Guada lupe Posada se
instala en Ciudad de Mé xico. Nace M. L. Guzmán.
Fr: Elección de Sadi Carnot; Boulanger
ministro de guerra. 11: Ministerio Crispí
( - 9 6 ); Política anticlerical. Ingl: Pri mera
conferencia imperial inglesa; con dominio franco-inglés sobre las Nuevas
Hébridas. EE.UU: Ejecución de anar quistas el 1° de Mayo en Chigago. Pri
meras medidas anti-trust.
Tonnies: Comunidad y sociedad. Ost-
wald:
Revista de quimicofísica.
R. Kipling: Cuentos simples de las co
linas. G. D’Annunzio: Las elegías roma
nas. Strindberg: Hijo de sirvienta. B.
Pérez Galdós: Fortunata y Jacinta. An-toine funda
el Teatro Libre. V. Van Gogh: El padre Tanguy y Autorretrato. F. Nietzsche:
Genealogía de la moral. G. de Maupassant: El Horla. Mallar-mé: Poemas
completos. Sullivan: Audi-torium de Chicago. C. Debussy: La doncella elegida.
Nace Le Corbusier. Muere J. Laforgue.
B: Nuevo
ministerio del Senador Oli-veira. Ley Aurea de abolición de la es clavitud en
todo el Imperio. Pedro II regresa al Brasil. Reactivación de la pro paganda
republicana.
Tobías
Barreto: Cuestiones vigentes.
S.
Romero:
Historia de la literatura brasi
leña. Olavo Bilac: Poesías. Raúl Pom-péia: El
Ateneo. L. Mendonga: Visiones del abismo. Inglés de Sousa. El misio nero.
Ale: Guillermo II,
emperador de Ale
mania y rey de Prusia. EE.UU: Harri-son,
presidente; Conflicto germano-nor teamericano sobre las islas Samoa. Pa pado:
Encíclica Libertas.
Exposición Universal de Barcelona. Creación del
Instituto Pasteur. Expedi ción de Nansen a Groenlandia. Doehr-ing: Cemento
armado pretensado. Fo-rest: Primer motor de gasolina.
mente, como corolario de nuestro desarrollo, hoy
serenamente, científicamente, por la lógica, por la convicción; mañana. . .
Mañana será necesario quebrar la espada del Sr. Conde d’Eu” .
1889 Rinde
exámenes en la Escuela Politécnica de Río de Janeiro.
Escribe, además,
para el diario
Gazeta de Noticias.
Cuatro
días después de proclamada la República reingresa
al Ejér cito y es promovido al rango de alférez-alumno, abandonando nuevamente
la Escuela Politécnica.
AL: Nueva reelección de Díaz. Pre dominio
político-económico de la bur guesía cafetalera en Costa Rica. Sus pendidos
trabajos del Canal de Pana má. Rebelión de J. Crespo en Venezue la;
presidencia de Rojas Paúl. Desarro llo industrial en Uruguay; fuerte
des-valorización de la moneda en Argentina.
L. Díaz:
Sonetos. J. Ma. Hostos: Moral
social. F. Gamboa: Del natural. Altami-
rano: El zarco.
Acevedo Díaz: Ismael.
Zorrilla
de San Martín:
Tabaré. Medi
na : Colección de documentos inéditos para la
historia de Chile (-1 9 1 2 ). Gar cía Salas: El Parnaso Centroamericano.
Ramón Uriarte: Galería poética centro americana. Nacen J. E. Rivera y López
Velarde.
Bosanquet: Lógica. F. Nietzsche: El an
ticristo. Ribot: Psicología de la aten
ción. G. de Maupassant: Pedro y Juan.
Strindberg:
La señorita Julia. E. Ibsen:
La dama del mar. A. Chejov: La estepa.
P. Gauguin: El Cristo amarillo. C. De bussy:
Arabescos. Rimsky-Korsakov: Schérézade. Nace E. O’Neill. Muere Louisa M.
Alcott.
B: Ouro
Preto, presidente del último gabinete de la Monarquía. Proclamación de la
República (1 5 /X I); Depuesto el Emperador, por tropas al mando del co ronel
Botelho de Magalháes. El mariscal Deodoro da Fonseca, jefe del gobierno
provisorio; las provincias se constituyen en estados. Convocatoria a la
Asamblea Constituyente para redactar proyecto de Constitución. Primera usina
hidroeléctri ca de gran capacidad en Juiz de Fora, Minas Gerais; participación
del Brasil en la Primera Conferencia Panameri cana. Expulsión de la familia
imperial. Muere en Porto, Portugal, la emperatriz Teresa Cristina. Al finalizar
la monar quía, la deuda externa ascendía a 31.104 millones de libras
esterlinas.
José
Veríssimo: Estudios brasileños,
serie. Capistrano de Abreu: Caminos an tiguos y
poblamiento del Brasil. Clovis Bevilacqua: Epocas e individualidades. Carlos
Gomes: ópera El esclavo.
Esp: Promulgación del Código Civil.
Port: Muere Luis I, sucesión de Carlos I.
Fr: Fundación de la II Internacional; l 9 de Mayo,
día de los Trabajadores. Ale: Huelgas mineras; leyes de protec ción social.
Austr: Muerte del príncipe heredero Rodolfo en Mayerling. lngl: Huelga de
estibadores. Cecil Rhodes re cibe concesiones africanas. Fundación de
Rhodesia. Conferencia Colonial en Bruselas.
Exposición Internacional de París. Cons trucción
de la Galería de las Máquinas y la Torre Eiffel: Utilización de vidrio y acero:
la torre mide 300 metros; crí ticas de Zola, Maupassant, de Lisie,
Su-lly-Prudhomme, los Goncourt, etc.
H. Bergson: Ensayo sobre los datos in mediatos de
la conciencia. G. D’Annun-zio: El Placer. Yeats: Peregrinaciones de Oisen. V.
Van Gogh: Paisaje con ciprés y Autorretrato. A. Choisy: Histo ria de la
Arquitectura. Kropotkin: El
1890 Entra
en la Escuela Superior de Guerra donde toma cursos
de artillería,
es ascendido a 2do. teniente
como oficial del
Batallón Académico.
A partir de entonces se dedicará
a los
estudios
brasileños hasta el fin de su vida.
AL: Código civil español en Filipinas. Pacto
provisorio de unión entre El Sal vador, Honduras y Guatemala. Primera
conferencia de los Estados americanos en Washington. Convención Cubana en Ca
yo Hueso. Fundación del Partido Demó crata Venezolano. Campaña de represión
periodística en Colombia. Contrato Gra-ce en Perú para explotación por 66 años
del guano y los ferrocarriles. Matrimo nio civil en Argentina. Primera sección
del puerto de Buenos Aires; representa ción argentina en el Congreso de París
que funda la Segunda Internacional. Ro berto Sacasa a la presidencia de
Nicara gua y con él concluyen los llamados “30 años conservadores” .
Payno: Los bandidos de Río Frío ( - 9 1 ) .
Ayón: Historia de
Nicaragua (III). J.
Martí: La edad de oro. J. Sierra: México social y
político. C. Matto de Turner: Aves sin nido. J. A. Silva: Nocturno II. Gómez
Carrillo llega a Europa. Muere Montalvo. Nacen G. Mistral y A. Reyes.
B: Asamblea
constituyente se reúne en Río de Janeiro. Separación entre el Es tado y la
Iglesia; libertad de cultos e institución del matrimonio civil. Refor ma del
Código Penal que reemplaza al de 1830. Reconocimiento de la Repúbli ca
Federativa por parte de los EE.UU. e Inglaterra. Segundo Censo Nacional:
14.333.915 habitantes. Creación del Partido Obrero en Río de Janeiro.
Eduardo Prado: Anales de la dictadura militar en el
Brasil. Aluísio de Azevedo: O cortiço. Fundación de la Escuela Na cional de
Bellas Artes en Río de Janeiro.
AL: Enmienda constitucional mexica na permitiendo
reelección. Perjuicios económicos para Cuba por la reforma arancelaria
norteamericana. Golpe de Es
apoyo mutuo. Efa
de Queiroz: Las car
tas de Fradique Méndez. Dukheim: Ele
mentos de sociología. L. Bourget: El Discípulo.
Hauptmann: Antes del ama necer. Nacen Arnold Toynbee y Martin Heidegger.
Ale: Bismarck abandona el gobierno. Conferencia en
Berlín de protección al trabajo. Conferencias coloniales anglo-alemanas y
anglo-francesas. EE.UU: Ley Sherman anti-trust. Tarifas adua neras
proteccionistas Me Kinley. Fr: Na ce Charles de Gaulle.
Behring: Suero antidiftérico. Otto Lilien
thal: Artefacto volador ( - 9 6 ) . Ley so bre
vivienda obrera en Inglaterra. Quie bra de la Banca Baring en Londres. Kautsky
funda el Partido Socialdemó-crata Alemán.
W. James: Principios de psicología.
Wundt: Sistema de
filosofía. E. Zola:
La bestia humana. O. Wilde: El retrato
de Dorian Grey. Frazer: La rama dora
da. K. Hamsun:
Hambre. P. Cézanne:
1891 Continúa su formación en
la Escuela Superior
de Guerra.
tado de C. Ezeta en El Salvador. R. Andueza Palacio
presidente de Venezue la; reclamaciones de EE.UU. Morales Bermúdez, adicto a
Cáceres, presidente de Perú. Leyes colombianas regulando la actividad
comercial. Crisis económica en Chile y nuevo gabinete Balmaceda en oposición al
Congreso. Quiebra la Baring Brothers; grave crisis financiera en el Río de la
Plata. J. Herrera y Obes pre sidente del Uruguay: el civilismo; leyes
inmigratorias. Unión Cívica, primer par tido político argentino de corte moder
no; revuelta contra Juárez Celman, re nuncia y ascenso de Carlos Pellegrini.
Por primera vez se celebra en el Río de la Plata el 19 de Mayo. Creación de la
Unión Panamericana, en Washington a iniciativa de EE.UU.
J. del
Casal: Hojas al viento.
Romero-
garcía : Peonía. L. G. Urbina: Versos.
T.
Carrasquilla: Simón el Mago.
J. A.
Silva: La protesta de la Musa, R. Darío define el
modernismo.
B: Deodoro
da Fonseca, electo presi dente del Brasil; primer gabinete repu blicano.
Disolución del Congreso por el presidente, revolución de la Marina li derada
por el almirante Custodio José de Mello. Renuncia de Deodoro y presi dencia
del general Floriano Peixoto. Constitución republicana. Ola de es peculación
financiera, llamada “encilha-mento” . Pedro II muere en París. Co mienza a
circular en Río de Janeiro el periódico Jornal do Brasil.
Ouro Préto: Advenimiento de la dicta dura militar
en Brasil. Oliveira Paiva: Dona Guidinha do Pogo. J. F. Lisboa: Vida del padre
Vieira. Machado de Assis: Quincas Borba.
Jugadores de cartas. Borodin: El Prín cipe Igor.
Suicidio de Van Gogh.
Port:
Alzamiento republicano en
Opor-
to. Fr: Alianza defensiva con Rusia. Fracasa golpe
de Estado de Boulanger que se suicida. Ingl: Acuerdo anglo-ita-liano sobre
Abisinia. Papado: Encíclica de León XIII Rerum Novarum. Funda ción del Bureau
Internacional de la Paz en Berna.
Construcción del Transiberiano. Hallaz go del
Pitecántropo de Java. Michelin patenta el neumático.
A. Conan Doyle: Las aventuras de
Sherlock Holmes.
E. Ibsen: Hedda Ga-
bler.
A. Bierce: Cuentos de soldados y
de paisanos.
Hardy: Teresa de
Ubervi-
lles. Gauguin: Las
mujeres en Tahití.
R. Strauss: Muerte y transfiguración.
S. Lagerlof:
Saga de Gosta Berling.
1892 Es
promovido a primer teniente y nombrado Asistente Instruc
tor en
la Escuela Militar. Escribe para 0
Estado de Sao Paulo
una serie
de artículos defendiendo
las medidas políticas
de
Floriano Peixoto.
AL: Malestar económico y político en Cuba.
Sentencia arbitral dictada por España sobre límites entre Colombia y Venezuela.
Crisis financiera argentina, suspensión de pagos, creación del Ban co de la
Nación Argentina, regreso del Gral. Mitre. Primer Congreso de la Fe deración
de Trabajadores de la Región Argentina. El Congreso contra Balmace-da en Chile,
batalla de Concón, renun cia, asilo y suicidio de Balmaceda en la embajada
argentina; Almirante Montt es presidente.
J. Martí: Versos
sencillos y Los pinos
nuevos. J. Martell: La Bolsa. S. Blixen:
Cobre viejo. C. Matto de Turner: In dole. Lamas:
Génesis de la revolución. La Habana Literaria ( - 9 2 ) . Joaquín To rres
García en Cataluña.
B: Manifiesto
de los Trece Generales contra Floriano; Acuerdo de Floriano con los paulistas.
Mato Grosso declara su independencia bajo el nombre de Re pública
Transatlántica. Tropas guberna mentales en Cubaya, Mato Grosso. In surrección
en Río Grande liderada por Gumersindo Saravia. Reinician las obras de los
muelles de Santos. Muere Deodo-10 . Creación del Instituto Adolfo Lutz y del
Instituto Agronómico en San Pablo. Tranvía eléctrico en Río de Janeiro. Primer
Congreso Socialista, en Río de Janeiro.
Inglés
de Sousa: Cuentos amazónicos.
AL: Rizal organiza en Manila la socie dad secreta
“La Liga Filipina” ; “Kati-punan”, por A. Bonifacio. Revolución liberal en
Honduras proclama presiden te a Bonilla. Sublevación de los Tarau-maras en
Tomóchic. J. Crespo se pro clama dictador en Caracas. Batalla Cu-ruruyuqui
contra indios en Bolivia. Nú-
Fr: “Affaire Panamá”, Lesseps condena do. Bula
papal sobre participación de los católicos en la política de la Repú blica.
Convención militar franco-pru siana. It: Constitución definitiva del Partido
Socialista. Ingl: Ministerio Glad-stone.
Lorentz descubre los electrones. Schleich:
Anestesia local. E. Haeckel: El monis mo. Poincaré: Nuevos métodos de la
mecánica celeste.
E. Zola: La débacle. H. James: Com pendio de
psicología. O. Wilde: El aba nico de Lady Windermere. Maeterlinck: Pelléas y
Mélisande. G. B. Shaw: Casas de viudos. H. de Toulouse-Lautrec: Jane Avril ante
el Moulin Rouge. E. Manet: La catedral de Rouen. V. Horta: Casa Tassel de
Bruselas; el modernismo en arquitectura. Leoncavallo: Los payasos. Muere W.
Whitman.
1893 Es
pasante de la Vía del Ferrocarril Central del Brasil. Sirve
también
en la Dirección de Obras Militares.
ñez reelecto en Colombia con M. A. Ca ro de vice.
Sáenz Peña presidente de Argentina; L. Alem prisionero, radicales
abstencionistas. Fundación del Partido Obrero Argentino. Batlle y Ordóñez pro
pone organización política uruguaya ba sada en clubes populares.
H. Frías:
Tomóchic. J. Del'Casal: Nie
ve. Zorrilla de San Martín: Discurso de la Rábida.
El Cojo Ilustrado, en Cara cas. Lafone Quevedo: investigaciones arqueológicas
en el norte argentino. Guido Spano preside El Ateneo, en Bue nos Aires. Nace
César Vallejo.
B: Revolución
federalista en Río Gran de ( - 9 5 ) . El almirante Custodio de Meló bombardea
Río de Janeiro; los insurgentes ocupan Fuerte Villegaignon. Muere el mariscal
Deodoro da Fonseca.
Cruz e Sousa:
Broqueles. Eduardo Pra
do: La ilusión americana. Coelho Neto:
La Capital Federal.
AL: J. Y. Limantour ministro de Ha cienda y
artífice del “milagro económi co” del porfirismo. Aumenta campaña autonomista
en Cuba; división del par tido Unión Constitucional y formación del Partido
Reformista. Reconocimiento de la soberanía británica sobre Belice, Guatemala.
Año de grave agitación po lítica en Colombia. Manifiesto a la Na ción del
Partido Liberal venezolano. Vía férrea Lima-La Aroya. Conflicto con los
radicales en Argentina: Roca captura Rosario. Influencia “directriz” presiden
cial en Uruguay. Fuerzas liberales en León declaran a Zelaya presidente de
Nicaragua.
J. Del Casal: Bustos y Rimas. C. L. Fra-
gerio:
Historia documental y crítica. A.
Lussich: Naufragios célebres. R. J. Cuer-
Esp: Guerra de Melilla. Fr: Protectora do de
Dahomey; ocupación de Siam. Ingl: Autonomía de Irlanda rechazada por la cámara
de los Lores. Fundación del Independant Labour Party. EE.UU: Segunda
presidencia de Cleveland; crack bursátil; abolición de la Ley Sherman;
protectorado en Hawai. Insurrección de los Jóvenes Checos en Praga. Masacre en
Armenia.
Exposición colombina de Chicago; con cluye la
Escuela de Chicago. Ford cons truye su primer automóvil. Elster-Seitel: célula
fotoeléctrica; Diesel construye motor de gas-oil. Morey: Primer proyec tor
cinematográfico.
Jean Grave: La sociedad moribunda y la
anarquía.
Heredia: Los trofeos.
Menén-
dez Pelayo: Antología de poetas hispano
americanos ( —95). Mallarmé: Verso y prosa. Aparece
en Londres el primer número de la revista The Studio, con la ilustración Salomé
de A. Beardsley; E. Munch: El grito. P. I. Chaicovski: Sin fonía Patética. A.
Dvorak: Sinfonía del Nuevo Mundo.
1894
1895
Trabaja en la Dirección de Obras Militares de Minas
Ge-rais, en la ciudad minera de Campanha, donde, en el mismo año, es inaugurada
una plaza con su nombre. Según algunos de sus biógrafos, sería éste un “exilio”
planeado por el go bierno de Floriano para evitar sus persistentes ataques a
un senador oficialista partidiario de la ejecución sumaria por delitos
políticos.
Tórnase Agregado del Cuerpo de Estado Mayor de Ira.
Clase, en el Ejército. Estudia geología, botánica, toponimia, etnología.
vo: Diccionario y Construcción de la lengua
castellana (II). Acevedo Díaz: Grito de gloria. R. Darío y J. Martí se
encuentran en Buenos Aires. Mueren Altamirano y J. Del Casal. Nace V. Huidobro.
B: Prudente
de Moraes Barros, primer presidente civil (1 5 /X I). Batalla cerca de Passo
Fundo, Río Grande; el general Saravia es derrotado por las tropas gu
bernamentales al mando del general Li ma y es ultimado. Inauguración de la
confitería Colombo en Río de Janeiro, marco de la belle époque.
Taunay: El ensillamiento, Araripe Jr .: Gregorio de
Matos, Literatura brasileña, Movimiento de 1893, Estudios de litera tura
brasileña (- 1 9 0 7 ). Nina Rodrí guez: Los africanos en el Brasil. Silvio
Rimero: Doctrina contra doctrina.
AL: Bonilla presidente de Honduras. Terremoto en
Venezuela; Crespo presi dente y conflicto con la Guayana Britá nica. Muere R.
Núñez. Producción ca fetalera colombiana alcanza por primera vez los veinte
mil kilos. Tacna y Arica pasan a poder de Chile, sin que ningún plebiscito sea
convocado. J. I. Borda presidente de Uruguay.
J. A. Silva: Nocturno (III). E. Regu
les: Versos criollos. C. Reyles: Beba.
M. González Prada: Páginas libres. E. Acevedo Díaz:
Soledad. Revistas Cosmó-polis en Caracas y Azul en México. Na ce J. C.
Mariátegui.
Esp: Fin de la Guerra de Melilla; Con
venio de Marruecos. Fr: Asesinato de Sadi Carnot.
Condena de Dreyfus. It: Invasión de Abisinia. Ingl: Gladstone se retira de la
vida política. Rusia: Nicolás II, zar. Guerra sino-japonesa.
Peste en la India: 12 millones de muer tos en 10
años. E. Drumot ataca a Drey fus en el periódico La Cruz, Lumière patenta el
cinematógrafo. Yersin: bacilo de la peste. Roux: suero antidiftérico.
C. Marx: Edición
del volumen III de
El
Capital. Durkheim: Reglas
del mé
todo sociológico. W. Dilthey: Ideas so bre ima
psicología descriptiva y analí tica. Buchner: Darwinismo y socialismo. S. y B.
Webb: Historia del tradeunionis-mo. R. Kipling: El libro de la jungla. Renard:
Cabeza de zanahoria. Gaudet: Elementos y Teoría de la Arquitectura. Otto
Wagner: Estaciones de tranvía en Viena. G. Verdi: Falstaff. C. Debussy:
Preludio a la siesta de un fauno. E. Degas: Femme et sa toilette. Massenet:
Thais.
B: Batalla
decisiva contra los rebeldes de Río Grande, cerca de la frontera uruguaya.
Suicidio de Da Gama. Ocupa ción de la isla de Trinidad, Espíritu Santo, por
Inglaterra, que reconocerá los derechos brasileños al año siguiente.
Esp: Gobierno de A. Cánovas del Casti llo. Fr:
Fundación de la C.G.T. Minis terio Salisbury de coalición en Inglate rra.
Convención sino-japonesa; paz de Shinono-seki.
Cuestión de Palmas con Argentina; lau do arbitral
del presidente Cleveland fa vorable al Brasil. Levantamiento de la Escuela
Militar en Río de Janeiro. Mue re Floriano Peixoto. Suicidio de Raúl Pompéia.
Farias
Brito: La finalidad del mundo
( -1 9 0 5 ).
Adolfo Caminha: Buen crio
llo y El normalista. J. Nabuco:
Balma-
ceda.
Coelho Neto: Espejismo.
AL: Segunda guerra de independen cia cubana; José
Martí muerto en Dos Ríos. Eloy Alfar o entra en Quito. Re vuelta liberal en
Colombia, dirigida por Santos Acosta. Reclamaciones extranje ras a Venezuela;
ultimátum Richard Olney, Secretario de Estado norteameri cano, a Gran Bretaña,
referente a la Doctrina Monroe, esgrimida en torno al problema entre Venezuela
e Inglaterra sobre el despojo territorial de esta última en la región del
Esequibo. Piérola entra en Lima: presidente. Renuncia Sáenz Pe ña en Argentina;
asume Uriburu. Pacto de Amapala entre Honduras, Nicaragua y El Salvador para
una común política exterior. Conflicto con Inglaterra por la Mosquitía;
ocupación de Corinto; pago de indemnización; retirada. Nacen el general Augusto
César Sandino y Víctor R. Haya de la Torre.
L. Díaz: Bajorrelieves. E. Regules: El fogón y El
Negro Timoteo. González: Ritmos. M. Zeno Gandía: La charca. S. Chocano: En la
aldea. E. Prado: La ilusión americana. Revista Nacional de Literatura y
Ciencias Sociales, en Uru guay. Nacen L. de Grieff, D. Samper, Martínez
Estrada, J. Mancisidor, J. de Ibarbourou. Muere Gutiérrez Nájera.
Roentgen: Rayos X. Institución del Pre mio Nobel
de la Paz. Primeras exhibi ciones cinematográficas de los Lumière.
Inauguración del canal de Kiel. Exposi ción “Art Nouveau” en la galería Bing.
Hertzl: El
Estado judío. P. Valéry: La
tarde con el Sr. Teste. H. G. Wells: La máquina
para explorar el Tiempo. Ver-haeren: Las ciudades tentaculares. Gra ne: La
roja insignia del coraje. M. de Unamuno: En torno al casticismo. R.
Valle-Inclán: Femeninas. Conrad: La locura de Almayer. S. Freud: Estudios sobre
la historia. O. Wilde: La impor tancia de llamarse Ernesto. Yeats: Poe sías.
Bourget: Ultramar. Sienkiewicz: ¿Quo Vadis? P. Gauguin se instala en Tahiti. P.
Cézanne: Las bañistas. Muere F. Engels.
1896 Se
desvincula del Ejército y va a trabajar a Sao Paulo, en la
Superintendencia
de Obras Públicas, como ingeniero-ayudante.
1897 Publica
los dos artículos titulados “A nossa Vendéia”
( “Nues
tra Vendée” ),
en el diario
O Estado de
Sao Paido. Como
corresponsal de dicho periódico viaja a Canudos con
el cargo de Adjunto del Estado Mayor del Ministro de Guerra. Escribe y envía
una serie de reportajes sobre la Guerra de Canudos, que intitula “Diario de una
expedición” , publicado postumamente.
B: El
gobierno de la República se ins tala en el Palacio de Catete. Guerra de
Canudos, movimiento político-religioso de Bahía liderado por Antonio
Consel-heiro. Fundación de la ciudad planifica da de Belo Horizonte, en Minas
Gerais. Primeras exhibiciones de cine en Río de Janeiro con el omniógrafo.
Rui Barbosa:
Cartas de Inglaterra. Leo
poldo Míguez: Prometeo. Coelho Neto:
Sertón. Nabuco: La intervención extran jera
durante la revolución. Nepomuceno: Serie Brasileña. Fundación de la Acade mia
Brasileña de Letras.
AL: Muere Maceo en Cuba. Intentos de de asesinar al
presidente Crespo de Ve nezuela. Se oficializa división del par tido
conservador colombiano. Batalla de Huanta en Perú y muerte de 500 cam pesinos.
Suicidio de Leandro Alem en Argentina; aprestos bélicos para la cues tión de
fronteras con Chile. Errázuriz presidente.
A. Ñervo: Perlas negras. Zorrilla de San
Martín: R.esonancias del camino. C.
Reyles: Academias. R. Palma: Neolo
gismos y americanismos. F. Piria: El
socialismo
triunfante. R. Darío: Prosas
profanas y Los
raros. P. E. Coll: Pala
bras.
Gutiérrez Nájera: Poesías. T. Ca
rrasquilla: Frutos de mi tierra. Paul Groussac
funda La Biblioteca. Se suici da J. A. Silva.
Esp:
Comienza la insurrección
en Fili
pinas. It: Paz con Abisinia. Italianos de rrotados
en Adua. Acuerdo ruso-austría co sobre los Balcanes. Continúa la ex pansión
colonial: ingleses en Sudán; franceses en Madagascar.
Fundación del Daily Mail. Primeros Jue gos
Olímpicos en Atenas. Marconi: Te legrafía sin hilos. Becquerel: Radiacti
vidad. Inauguración de la Estatua de la Libertad en Nueva York (Bartholdi).
H. Spencer:
Sociología. M. Schwob: Vi
des imaginarias. Kropotkin: La anar
quía.
H. Bergson: Materia y
memoria.
A. Jarry:
Ubu rey. E. Ibsen: Juan Ga
briel Borkman. Renouvier: Filosofía
analítica de
la historia. A. Chejov:
La
gaviota. Menéndez Pidal: La leyenda de
los infantes de Lara. M. Proust: Los pla
ceres y los días. P. Gauguin: Nacimien
to de Cristo. E. Matisse: El tejedor bre
tón. R. Strauss: Así habló
Zaratustra.
Puccini: La Bohemia. Muere P. Ver-laine.
B: Atentado
contra el presidente Mo-ráes; muere el ministro de guerra ma riscal Carlos
Machado Bittencourt. Dis turbios en Río de Janeiro por el fracaso de las
expediciones militares contra Ca nudos; asalto a los periódicos monár quicos.
Asesinato de Gentil de Castro, propietario del Liberdade. Canudos es
Esp: Asesinato de Cánovas por anarquis tas.
Gobierno de Sagasta. Conflicto gre co-turco por la unión de Creta a Gre cia.
EE.UU: McKinley, presidente. Fun dación del sionismo en Basilea.
Braun: Tubo de rayos catódicos. Lo-
rentz:
Teoría del electrón. Adler: Vue-
1898 Comienza
a escribir Los Sertones, libro que contrasta favora blemente con sus artículos
y reportajes en lo que se refiere a la pintura de los sertanejos y al concepto
que de ellos tiene el autor. Es nombrado Ingeniero de Obras Públicas en Sao
Paulo. Publica en O Estado los “Extractos de un libro inédi to” . Desde
entonces hasta la finalización del libro investigará incesante e
incansablemente con el fin de entender el fenó meno social y político de la
guerra de Canudos.
finalmente arrasado; muerte de Antonio Conselheiro
(3 /X ) .
Artur Azevedo: La Capital Federal. Na-
buco: Un
estadista del Imperio ( - 9 9 ) .
Nace Emilio Di Cav alean ti.
AL: Gobierno autónomo en Puerto Ri co. Eloy Alfaro
incorpora indios a la ciudadanía ecuatoriana. Gran Bretaña somete a arbitraje
su disputa con Vene zuela. Auge de la explotación del cau cho en el oriente
peruano. Segunda in surrección nacionalista de Aparicio Sa-ravia en Uruguay.
R.
Jaimes Freyre: Castalia
bárbara. L.
Lugones: Las montañas de oro. P. Grou-
ssac: Del
Plata al Niágara. J. G. Rodó:
La vida nueva.
C. Reyles: El extraño.
C. A. Becu:
En la plenitud de los éx
tasis. Fray
Mocho: Memorias de un vi
gilante.
Blest Gana: Durante la Recon
quista. S. Argüello: Primeras ráfagas.
B: Campo
Salles, presidente, establece la llamada “política de los gobernado res” .
Acuerdo con los banqueros de la City de Londres para la consolidación de la
deuda externa, que asciende a 47.500 millones de libras esterlinas. Santos
Dumont asciende en su primer dirigible.
Afonso Arinos: Por el sertón. Raimundo
Correia:
Poesías. Cruz e Sousa: Evoca
ciones. Alphonsus de Guimaraes: Sep tenario y
Cámara ardiente. S. Romero: Nuevos estudios de literatura contempo ránea.
Visconti: Juventud (premio Ex posición de París, 1900).
AL: Explosión del “Maine” en La Ha bana; guerra
España-EE.UU. en Cuba. Desembarco en Puerto Rico; gobierno de J. Brooke en San
Juan. Independencia de Cuba; Tratado de París: España renun-
lo en aeroplano. Hallazgo de oro en Klondyke.
Guillaume: Investigaciones acerca del níquel y de sus aleaciones. Ellis:
Estudios sobre psicología sexual.
A. Gide: Los
alimentos terrestres. H. G.
Wells: El hombre invisible. Ganivet:
Idearium español. E. Rostand: Cyrano de Bergerac.
Edición postuma y defini tiva de Hojas de hierba de Whitman. Fundación de la
Sezession vienesa; el modernismo austríaco.
Esp: Guerra con los EE.UU. Paz de París. Filipinas,
Puerto Rico y las islas Guam pasan a EE.UU.; anexión defini tiva de Hawai. Fr:
Se reabre el caso Dreyfus. Surge el Partido Socialdemó-crata en Rusia. Mueren
Bismarck y Gladstone.
Marie Curie-Sklodowska: descubre el
radio. Koldewey: excavaciones en Ba
bilonia. Bordet: suero hemolítico.
Le Bon: Psicología
de las muchedum
bres. Rosa Luxemburgo: Reforma y re
volución. E. Zola: Yo acuso. O. Wilde: Balada de la
cárcel de Reading. D’ Annunzio: El fuego. Howard: Maña na. . . (teoría de la
ciudad-jardín). A. Rodin: Balzac. Puvis de Chavannes: Ge noveva velando sobre
Lutecia. Nacen E. Hemingway, F. García Lorca y Bertolt Brecht. Muere Mallarmé.
1899 Se muda a San José de Río Pardo, en el
interior del Estado
de Sao Paulo, para reconstruir un puente
sobre el Río Pardo
que
fuera destruido por una creciente. Sigue escribiendo Los
Sertones, continúa
sus estudios en el campo de
las Ciencias
Naturales
y lee a los clásicos portugueses.
cia a la soberanía. Consejo de los Esta dos Unidos
de Centro América en Ama-pala. J. A. Roca nuevamente presidente de Argentina,
I. Andrade de Venezuela, Sanclemente de Colombia. En Nicara gua, Nueva
Constitución. Zelaya presi dente por segunda vez. Nace J. E. Gai-tán. Primer
automóvil en Lima; primer ascensor en Buenos Aires.
G. Valencia: Ritos.
J. S. Chocano: La
selva virgen. J. M. Vargas Vila: Flor de
fango. J. Herrera y Reissig: Canto a La
martine. C. Reyles: El sueño de rapiña.
J. J. Tablada: El Florilegio. F. Oliver: Primeros
documentales uruguayos. Va lenzuela y A. Ñervo: Revista moderna.
B: Clovis
Bevilacqua comisionado pa ra elaborar el proyecto de Código Civil. Visita del
presidente argentino Julio A. Roca. Creación del Instituto Butantá en San
Pablo. Peste bubónica en Santos.
Taunay: No declínio. Machado de Assis: Dow
Casmurro. Néstor Vítor: Cruz e Sousa. Muere Almeida Jr. Nace Flávio de
Carvalho.
AL: Protectorado norteamericano sobre Cuba.
Presidente dominicano Heureaux asesinado y jefe revolucionario Jiménez
presidente. Gobierno de T. Regalado en El Salvador. Guerra civil en Colombia
“los mil días”; Uribe Uribe y B. Herre ra contra el gobierno conservador. C.
Castro entra en Caracas: presidente; fallo de la Comisión de Límites de Pa rís
entre Venezuela y Gran Bretaña. Romaña presidente de Perú. Atacama, territorio
favorable a Chile y no a Ar gentina.
Gómez Carrillo:
Bohemia sentimental y
Maravillas.
G. Valencia: Anarkos.
J. S.
Chocano: La epopeya del Morro. C. Zu-
Fr: E. Loubet, presidente; convención
franco-inglesa sobre el Sudán; segundo caso Dreyfus. Ingl: Guerra anglo-boer;
derrota inicial de los ingleses. EE.UU: Revueltas en Filipinas; principio
norte americano de “Puerta abierta” en China. Primera conferencia de Paz en La
Ha ya, a instancias de Rusia, formación del Tribunal de Arbitraje. Acuerdo
anglo-ruso para dividirse China.
Haeckel: Enigmas del universo. John Ruskin funda
una escuela laboral en Cambridge. Fundación de la United Fruit Co. Primer
empréstito norteameri cano al extranjero por la Banca Morgan.
Veblen: Teoría de
la clase ociosa.
W.
James: Los ideales de la vida. Carducci:
Rimas y ritmos. A. Bierce: Fábulas
Fantásticas.
Maurras: Tres ideas
políti
cas. Bosanquet: Teoría filosófica del
Estado. L. Tolstoi: Resurrección. E.
Zola: Fecundidad. R. M. Rilke: Canción
de amor. V. Guimard: Diseños Art Nou-veau para el
Metro de París. M. Ravel: Pavana para una infanta difunta. Sibe-
1900 Termina
su obra Los Sertones. Se acerca a un grupo socialista
reciente.
meta: El continente enfermo. J. E. Rodó:
Rubén Darío.
G. Picón Febres: El Sar
gento Felipe. M. Díaz Rodríguez: Cuen tos de
color.
lius: Sinfonía N9 1. R. Strauss: Vida de un héroe.
Muere J. Strauss.
B: Visita
del presidente Campos Salles a la Argentina. Conmemoración del cuarto
centenario del descubrimiento del Brasil. Disputa con Guayana Francesa por
límites. Peste bubónica en Río de Janeiro. Santos Dumont gana el premio Deutch
sobrevolando la torre Eiffel en globo. 3er. censo general: 17.384.340
habitantes.
J. Ribeiro:
Compendio de Historia del Brasil. Cruz e Sousa: Faroles. Alberto de Oliveira:
Poesías completas. Conde de Alfonso Celso: Por qué me ufano de mi país. Silvio
Romero: Ensayos de so ciología y literatura. J. Nabuco: Mi for mación.
AL: Francia exige con su flota indem nización
dominicana. Castro, presidente constitucional de Venezuela; Marroquín, de
Colombia por golpe de Estado. Trata do de límites argentino-chileno por zo na
de los Andes. Censo uruguayo: 936.000 h.; Imposición de los Estados Unidos a
Nicaragua y Costa Rica de los tratados Hay-Corea y Hay-Calvo, pa ra adquirir
la ruta del canal. Expulsión del Obispo de Nicaragua.
J.
Sierra: Evolución política del
pueblo
mexicano. García Monge: El Moto y Las hijas del
campo. Vargas Vila: Ibis. J. E. Rodó: Ariel. Zorrilla de San Martín: Huerto
cerrado. C. Reyles: La raza de Caín. Díaz Romero: Harpas en el silencio. Orrego
Luco: Un idilio nue vo. Fundan en León la revista El Alba, que difundirá el
dariísmo poético. Re vistas Rojo y Blanco y Vida Moderna, en Uruguay. Revista
La Gruta, en Colom bia. J. J. Tablada en el Japón.
It: Asesinato de
Humberto I y
ascen
sión de Víctor Manuel III. Fr: Ley Mi-llerand sobre
duración de jornada de tra bajo. Invasión de Tchad. V Congreso Internacional
Socialista en París, funda ción de su bureau permanente. Ingl: Fundación de la
Labour Party de la Fe deración General de Trade Unions. Ocu pación de
Pretoria y Transvaal. Ale: Unión General de Sindicatos Cristianos. Asociación
Internacional para la protec ción legal de los obreros. Expedición
internacional contra Pekín.
Evans: La civilización minoica. M.
Planck: Teoría de los quanta. Primer dirigible de
Zeppelín.
Wundt: Psicología del pueblo. S. Freud: La
interpretación de los sueños. E. Husserl: Investigaciones lógicas. B. Cro-ce:
Materialismo histórico y economía marxista. Ellen Kay: El siglo de los ni ños.
Harnack: Naturaleza del cristianis mo. Conrad: Lord Jim. A. Gaudí: El Parque
Güell. Mueren Ruskin, Nietzs-che y O. Wilde.
1901
1902
Es promovido a Jefe del Distrito de Obras Públicas
de Sao Paulo. Es inaugurado un nuevo puente en San José de Río Pardo. La
editorial Laemmert & Cía. acepta publicar su libro.
En ejercicio de su profesión, se muda a Lorena,
ciudad del interior del Estado de Sao Paulo. Escribe una relación sobre los
grupos de caseríos de los Búzios, textos después incluidos en sus Obras
Completas. Se publica Los Sertones.
B: Tratado
con Gran Bretaña sobre lí mites con la Guayana Inglesa. Usina hidroeléctrica
en Paraíba; industrializa ción intensiva en San Pablo. Código de la enseñanza.
Pereira Barreto: El siglo XX bajo el punto de vista
brasileño. Comienza a circular el Correio da Manhá en Río de Janeiro. Coelho
Neto: Tormenta. José Veríssimo: Estudios de literatura brasi leña, 1® serie.
AL: Constitución de Cuba, enmienda Platt 3'
presidencia de T. Estrada Pal ma. Batalla de La Hacha y derrota de las fuerzas
liberales y venezolanas en la guerra civil colombiana. Tratado Perú-Bolivia, de
arbitraje por diez años. Ser vicio militar obligatorio en Argentina; Congreso
Nacional Obrero. Depósito de guano en Huanillos, Punta Lobos y Pa bellón de
Pica revertidos a Chile.
Gómez Carrillo:
Del amor, del dolor y
del vicio.
González Prada: Minúsculas.
H. Quiroga: Los
arrecifes de coral. L.
A. de
Herrera: La tierra charrúa. J. S.
Chocano: El
fin de Satán y otros poe
mas. Viana:
Guet. Díaz Rodríguez: Ido
los
rotos. Díaz Mirón: Lascas. Vargas
Vila: Las
rosas de la taróle. P. E. Coll:
El castillo de Elsinor.
Ingl: Muere
Victoria, la sucede Eduar
do VII. EE.UU: Asesinato del presiden te McKinley;
Theodore Roosevelt, suce sor. Tratado Hay-Pauncefote sobre Ca nal de Panamá.
Formación de la United States Steel Co. Paz en Pekín.
Primer Premio Nobel: Rontgen de Fí sica,
Sully-Prudhomme de Literatura. D. G. Brinton: La raza americana.
Maeterlinck:
La vida de
las abejas. T.
Mann: Los Buddenbrook. R. Kipling:
Kim. Lagerlôf: Jurusalem. S. Freud: Psicopatología
de la vida cotidiana. G. B. Shaw: Tres piezas para puritanos. Berstein: Sobre
la teoría y la historia del socialismo. S. Kierkegaard: Obras completas. A.
Chejov: Las tres herma nas. M. Ravel: Juegos de agua. P. Pi casso: Epoca Azul
(- 1 9 0 5 ). Muere Toulouse-Lautrec. Nacen A. Malraux y R. Alberti.
B: Elección
del tercer presidente, Feo. de Paula Rodrigues Alves, que entrega a Rio Branco
la dirección de la política exterior; reclutamiento de intelectuales blancos
para la diplomacia. Dictamen de Rui Barbosa sobre el proyecto de Código Civil.
Iniciación del movimiento de Plácido Castro para incorporación del territorio
de Acre al Brasil.
Graga Aranha: Canaan. R. Barbosa:
Réplica.
Olavo Bilac: Poesías,
ed. defi
nitiva. Alphonsus de Guimaraes: Ki-
Esp: Alfonso
XIII jura la
Constitución
como rey. Ingl: Paz con los boers; alian za
anglo-japonesa. Rus: Concluye la construcción del Transiberiano. EE.UU:
Adquisición de las acciones francesas del canal de Panamá. Fin de la resisten
cia filipina.
Rutherford: Estudios sobre la radiactivi dad.
Fundación del Carnegie Institution.
Croce: Estética. Loisy: El Evangelio
y
la Iglesia. Gide: El inmoralista. C. Doy-
1903 Agotada
la primera edición de Los Sertones, aparece la se gunda. Se incluyen en ella
varias notas respondiendo a las críticas que recibió la obra. Euclides es
electo miembro de la Academia Brasileña de Letras. Toma posesión como miembro
del Instituto Histórico y Geográfico Brasileño. En lo que a su vida profesional
se refiere, abandona la Superintendencia de Obras Públicas de Sao Paulo a fin
de año.
riale. Primer disco grabado en el Brasil por Fred
Figner.
AL: Convención de arbitraje obligato rio entre
Nicaragua, El Salvador, Hon duras, Costa Rica y Guatemala y Corte de
Arbitraje. Convención dominicana con EE.UU. por reclamaciones econó micas.
Compañía francesa vende accio nes del Canal de Panamá a EE.UU.; fin de la
guerra de “los mil días” . Ultimá tum de Gran Bretaña y Alemania y bloqueo de
puertos venezolanos; bom bardeo de Puerto Cabello; Roosevelt ár bitro.
Doctrina Drago y ley de residen cia en Argentina. Creciente influencia de
Batlle y Ordóñez en Uruguay. Chile y Argentina: tratado general de paz y
limitación de armamentos navales.
J. S.
Chocano: Poesías completas. Var
gas Vila: Ante
los bárbaros. Díaz
Ro
dríguez: Sangre
patricia. Urbina: Inge
nuas. R. Darío: Salutación
del optimis
ta. A. Nin
Frías: Ensayos de
crítica e
historia. J. Herrera y Reissig: Epílogo xvagneriano
a la política de fusión y Los parques abandonados (-1 9 0 7 ). E. Fru-goni: De
lo más hondo. D’Halmar: Juana Lucero. Fundación de la Univer sidad de La
Plata.
B: Suscriben
el Tratado de Petrópolis por el cual Brasil adquiere a Bolivia parte del
Territorio del Acre, con 147 mil Km2. Reforma urbana con demoli ción del
caserío colonial: el “derríben lo” del prefecto Pereira Passos; campa ña de
erradicación de la fiebre amarilla bajo la dirección de Osvaldo Cruz.
Domingos Olimpio: Luzia-Homem. Na ce C. Portinari.
Muere Vitor Meirelles.
AL: Cuba cede bases a EE.UU. (Guan-tánamo). P. J.
Escalón presidente de
le: El
sabueso de los Baskerville. Poin-
caré: La ciencia y la hipótesis. W. Som-
bart: El capitalismo moderno. V. I.
Lenin: ¿Qué
hacer? H. James: Las alas
de la paloma. C. Debussy: Pelléas y
Mélisandre. C. Monet: El puente sobre el Waterloo.
Muere E. Zola.
Muere León XIII y asciende Pío X al Pontificado.
Condena de la obra de Loisy. Tratado Bunau-Varilla para cons truir el canal de
Panamá. Escisión entre bolcheviques y mencheviques en el Con greso de los
socialistas rusos en Londres. Ford: construcción de fábricas de auto móviles.
Hnos. Wright: vuelo en aero plano. Lévy-Bruhl: Moral y ciencia de las
costumbres. E. Taylor: Cultura pri mitiva (1 ? ed. 1871).
M.
Gorki: Los bajos fondos. S.
Butler:
El camino de toda carne. G.
B. Shaw:
1904 Es
nombrado Jefe de Sección de la Comisión de Saneamien to de Santos, ciudad del
litoral paulista, cargo que ocupa por poco tiempo. Es entonces nombrado Jefe de
la Comisión de Reconocimiento del Alto Purus, y parte hacia Amazonia. Publica
“Un viejo problema”, página de candente repudio a la explotación de la clase
obrera.
El Salvador. Senado colombiano rehúsa ratificar
tratado Hay-Herran con EE.
UU. sobre el
Canal; insurrección de Panamá y declaración de independen cia reconocida por
EE.UU., que impide envío de tropas colombianas; tratado cediendo Zona del
Canal. Protocolos de pagos de Venezuela con EE.UU., Méxi co, Francia, Holanda
y Bélgica; deba tes en el Tribunal de La Haya por las reclamaciones. En
Nicaragua revolución del Lago comandada por E. Chamorro. Creciente desarrollo
agropecuario en Ar gentina. Batlle y Ordóñez presidente del Uruguay;
Revolución Nacionalista de A. Saravia y Pacto de Nico Pérez. Ilu minación
eléctrica en Managua. Matan za de obreros salitreros en Iquique, Chile.
Darío
Herrera: Horas lejanas. G. Zal-
dumbide: Del
Ariel. J. Herrera y Reis-
sig: La
vida. J.
Ingenieros: La simula
ción de la locura. R. Darío: Oda a
Roosevelt. R. Palma: Papeletas lexico gráficas y
Dos mil seiscientas voces que hacen falta en el diccionario. C. O. Bunge:
Nuestra América. E. González Martínez: Preludios. F. Sánchez: M’hijo el dotor.
B: Disputas
con el Perú por el Terri torio del Acre. Comienzo de la cons trucción del
puerto; apertura de la Ave nida Central en Río de Janeiro. Levan tamiento de
la Escuela Militar. Rebelión popular “rompe-faroles” en Río de Ja neiro contra
la vacunación obligatoria. Extinción de la fiebre amarilla por Os valdo Cruz.
Primera sala de cine en Río de Janeiro: París en Río.
Nepomuceno: preludio sinfónico O Ga-ratuja.
Hombre
y superhombre. Dewey: Estu
dios de teoría lógica. Sorel: Introducción a la
economía moderna. A. Machado: Soledades. H. Bergson: Introducción a la
Metafísica. R. Rolland: El Teatro del pueblo. Moore: Principia Etica.
D’An-nunzio: Laúdes del cielo. Se constituye la Academia Goncourt. Mueren P.
Gau-guin y C. Pisarro.
Japoneses hunden la flota rusa en Port Arthur y
Vladivostock. Sun Yat-sen fun da el Kuo Min-Tang. Ruptura entre Francia y el
Papado. Congreso Socialis ta en Amsterdam. Sublevación de los boers en
Transvaal.
L. Pirandello: El difunto Matías Pascal.
T. Garnier:
Proyecto de una ciudad in
dustrial. R. Rolland: Juan Cristóbal
(- 1 2 ) . J. London: El lobo de mar. Rey-mont: Los
campesinos. Puccini: Mada-me Butterfly. P. Picasso se instala en el
Bateau-Lavoir. Fundación de L‘Hu-manité. Nace S. Dalí. Muere A. Chejov.
1905 Pasa
el año en viaje hacia
Amazonia,
recibido, llegando
a las nacientes del
tercera edición
de Los Sertones.
conforme al encargo río Purus. Aparece la
AL: Asamblea de Puerto Rico vota por la “estadidad”
. Revuelta del general To ledo en Guatemala con tropas venidas desde El
Salvador. Presidencia de R. Reyes en Colombia. Bolivia: tratado de paz con Perú
y tratado con Chile ce diendo provincias marítimas a cambio de ferrocarril
Arica-La Paz. José Pardo presidente de Perú. Resolución del Tri bunal de La
Haya sobre reclamaciones europeas contra Venezuela. M. Quin tana presidente de
Argentina. Muerte de Aparicio Saravia en Uruguay; tratado de paz y amnistía.
Delegados de Nicaragua y Honduras se reúnen en Guatemala y designan al rey de
España árbitro sobre el pleito limítrofe.
F. García
Calderón: De Litteris. B. Li-
11o: Sub térra.
Blest Gana: Los
trans
plantados. H. Quiroga: El crimen
del
otro. F.
Sánchez: La gringa. J. Herrera
y Reissig: Los éxtasis de la montaña
(-1 9 0 7 ). L. Lugones: El Imperio jesuí
tico. R. Palma: Tradiciones peruanas.
J. Ingenieros: La
simulación en la lu
cha por la vida. J. S. Chocano: Los
cantos del Pacífico. Vargas Vila: Los divinos y los
humanos. A. Santamaría expone en Bogotá: polémica sobre im presionismo (Sanín
Cano-Grillo). Nace P. Neruda.
B: Tratados
con Argentina y Venezue la de demarcación de límites. Comienza la construcción
de la usina hidroeléctrica de Riberao das Lajes. Creación del cuar to Banco
del Brasil. Designación del primer cardenal brasileño y sudameri cano. Con la
introducción de la ilumi nación pública eléctrica comienzan a desaparecer los
faroles a gas. Paulo de Frontín: grandes obras de urbanización y modernización
en Río de Janeiro.
Los japoneses ocupan Port Arthur. Bata llas de
Mukden y Tsu-shima. Constitu ción de la Central obrera socialista. “Do mingo
rojo” en San Petersgurbo. Fr: Ley de 9 horas. EE.UU.- Segunda presiden cia de
Th. Roosevelt.
Lorentz, Einstein, Minkowski: la relativi
dad restringida. F. Hodge: Manual de los indios
americanos del norte de Méxi co. S. Freud: Teoría de la sexualidad.
190 6 Vuelve
a Río de Janeiro. Escribe un informe para el Minis tro del Exterior que se
publica este mismo año con el título Relación sobre el Alto Purus. Pasa a
formar parte del Gabi nete de Río Branco. Nace Mauro, hijo adulterino que
Euclides reconoce como propio; el niño vive sólo 7 días.
Cruz e Sousa:
Ultimos sonetos. Joáo Ri-
beiro:
Páginas de estética. Silvio Rome
ro: El
alemanismo en el sur del Brasil.
Muere Pedro Américo.
AL: Aduana dominicana en manos de EE.UU. Reelección
de Estrada Cabrera en Guatemala (candidato único). Es trada Palma reelecto en
Cuba. Cons trucción del Canal de Panamá. Acuer do venezolano de pagos con
Gran Bre taña y Alemania; reclamaciones fran cesa y norteamericana; C. Castro
reelec to presidente. R. Reyes dictador en Co lombia. Atentado anarquista
contra el presidente argentino Quintana. Creación de Liceos departamentales en
Uruguay. Campañas de L. E. Recabarren en la pampa salitrera. Prisión de
Recabarren.
Othón: Idilio salvaje.
A. Ñervo: Jardi
nes interiores. R. de las Carreras: Salmo a la
Venus Cavalieri. F. Sánchez: Ba rranca abajo y En familia. Zorrilla de San
Martín: Conferencias y discursos. R. Darío: Cantos de vida y esperanza. P.
Henríquez Ureña: Ensayos críticos. A. J. Echeverría: Concherías. Riva-Agüe-ro:
Carácter de la literatura del Perú independiente. L. Lugones: La guerra gaucha
y Los crepúsculos del jardín. S. Argüello: El grito de las islas.
B: Alfonso
Augusto Pena, presidente; su lema es “poblar y sanear” . Convenio de Taubaté:
alianza de cafetaleros de Minas y San Pablo para sustentar el precio del café
en el mercado mundial. Tercera Conferencia Panamericana en Río de Janeiro.
Intervención federal en Goiás, Mato Grosso y Sergipe. En el campo de Bagatelle,
París, Santos Du mont vuela en un aparato más pesado que el aire: el “ 14 bis”
. Primer cam peonato de fútbol.
M. de Unamuno: Vida de don Quijote y
Sancho. Rilke: Libro de horas. M. de Falla: La vida
breve. Los fauves en Francia; Die Brücke en Alemania. E. Matisse: La alegría de
vivir. Max Lin-der en la Pathé. R. M. Rilke, secretario de A. Rodin, en París.
Encíclica Vehementer nos y condena por Pío X de
Murri y Tyrell. Rehabilitación de Dreyfus. Huelgas en Moscú, reunión y
disolución de la Duma. Terremoto en San Francisco, California.
Premio Nobel de la Paz a Th. Roosevelt. Nerust:
tercer principio de la termodi námica. Eijkman: sobre las vitaminas.
Montessori: la “Casa de los Niños” . Inauguración del túnel del Simplón.
Reacción de Wasserman.
Aparecen dos libros suyos: Contrastes Perú versus
Bolivia. A fin de este año adulterino, también reconocido por Da a la familia.
y confrontaciones y nace un segundo hijo Cunha e
incorporado
Coelho Neto: Torbellinos. Construcción del Palacio
Monroe y Teatro Municipal de acuerdo a modelos de eclecticismo europeo.
AL: Estrada Cabrera sofoca invasión de
guatemaltecos desde El Salvador; pri mera concesión obtenida por la United
Fruit Co. Th. Roosevelt visita Puerto Rico. Insurrección liberal en Cuba; de
sembarco de “marines” y control america no sobre la isla con Ch. Magoon gober
nador. Modus vivendi entre Perú y Co lombia sobre región de Putumayo. Per
sonería jurídica para Sindicatos de Ti pógrafos en Bogotá. Eloy Alfaro depone
a L. García; Constitución liberal ecua toriana. Figueroa Alcorta presidente de
Argentina; ley de amnistía; se agudizan problemas de vivienda. Primeros tran
vías eléctricos en Montevideo. Terre moto en Valparaíso; P. Montt presiden te
de Chile. Cuarta reelección de Ze-laya. El rey de España dicta su laudo sobre
Honduras y Nicaragua.
C. Picón Febres: La literatura venezo lana en el
siglo diecinueve. R. Blanco Fombona: Camino de imperfección ( - 1 3 ) . Vargas
Vila: Laureles rojos. J. S. Chocano: Alma América y Fiat Lux. E. Payró: El
casamiento de Laucha. J. E. Rodó: Liberalismo y jacobinismo. A. Nin Frías:
Estudio sobre Jesús y su influencia. H. Quiroga: La serpiente de cascabel. L.
Lugones: Las fuerzas ex trañas. R. Palma: Mis últimas tradicio nes peruanas.
Rivas Groot: Resurrec ción. Fray Mocho: Cuentos. Revista Cosmos en Nicaragua.
B: Política
proteccionista para favore cer la industrialización. Plan de desa rrollo
ferroviario: en 1888 Brasil con taba con 9.320,9 Km; en el período 1908-14
llegará a los 26.062,3 Km de
Westermarck: Origen y evolución de las
ideas morales. Hobhouse: Moral en evo
lución. U. Sinclair: La jungla. Galswor
thy: La saga
de los Forsyte ( - 2 8 ) . Pas-
coli: Odas e
himnos (- 1 3 ) . Keyserling:
Sistema del
mundo. A. Bierce: Diccio
nario del diablo. R. Musil: Las tribula ciones del
estudiante Torlee. Alain: Divagaciones. G. Braque: El puerto. Mueren P. Cézanne
y E. Ibsen.
Encíclica Fascendi contra el modernis mo. Segunda
Conferencia de La Haya. Acuerdo anglo-ruso sobre Asia: la Triple Entente.
Gustavo V rey de Suecia. Fun dación de la Compañía Shell.
vías férreas. Rui Barbosa defiende el de recho a
la igualdad soberana de las na ciones como delegado del Brasil en la
Conferencia de Paz en La Haya. Inicia obras telegráficas la Comisión Rondón,
ligando Río de Janeiro con Mato Grosso, Acre y Amazonas; publica obras de in
vestigación geológica y etnológica. El general Cándido Rondón consigue apoyo
del gobierno en su proyecto de recupe ración de los sertones. Von Ihering, di
rector del Museo Paulista, recomienda el exterminio de indios; indignación entre
los intelectuales positivistas y cientistas.
Qliveira Lima: Pan-americanismo. S.
Romero: El
Brasil social. Capistrano de
Abreu:
Capítulos de historia colonial.
AL: Conferencia Centroamericana en Washington;
tratado de paz y amistad; Corte de Justicia; Instituto Pedagógico, Oficina
Internacional. F. Figueroa pre sidente de El Salvador; amnistía polí tica y
suspensión de ley marcial. Tribu nal de La Haya fija deudas venezolanas en
691.160 libras. Nueva presidencia de Alfaro en Ecuador. Tratado de amis tad
entre Perú y Chile, el primero desde la Guerra del Pacífico. Jornada de 8 ho
ras para menores y mujeres en Argenti na; datos oficiales: 231 huelgas en el
año. Abolición de la pena de muerte en Uruguay. Guerra entre Nicaragua y
Honduras. El ejército nicaragüense en tra hasta la capital hondureña. Batalla
de Namasigüe.
F. Sánchez: Nuestros hijos. F. García
Calderón: Le Pérou contemporain. R.
Blanco Fombona:
El hombre de hierro.
Ramos Mejía: Rosas
y su tiempo. M.
Ugarte:
Vendimias juveniles. D. Agusti-
ni: El libro
blanco. B. Lillo: Sub solé.
M. Azuela: María Luisa. J. S. Chocano:
Los
conquistadores. R. Darío: El
canto
Willstatter estudios sobre clorofila. Lu mière:
fotografía en colores. Gral. Ba-den-Powell funda los boys-scouts. E. Cohl
inventa el dibujo animado.
H. Bergson:
La evolución creadora. W.
G. Summer: Folkways. W. H. R.
Ri
versi The
Todas. M. Gorki: La madre.
W. James: Pragmatismo. George: El
séptimo anillo. Yeats: Deirdre. Albéniz:
Iberia. Teatro Matynski: presentación de Nijinski,
Karsavina, Pavlova y Drebra-jenskaya en Don Giovanni. G. Mahler: Sinfonía N9 8.
P. Picasso: Las señoritas de Aviñón. Nace A. Moravia. Muere Sully Prudhomme.
1 9 0 8 Sigue
ocupando su puesto en el Ministerio del
Exterior.
errante. Revista Nosotros en Buenos Aires. Panamá:
revista Nuevos Ritos. Lima: revista Contemporánea. Revistas Alma joven,
Germinal y Albores en Ma nagua. Nace Manolo Cuadra.
B: La
escuadra norteamericana realiza maniobras en la bahía de Guanabara. Exposición
internacional conmemorativa del cuarto centenario de la apertura de los
puertos. Fundación de la Asociación Brasileña de Prensa. Comienzo de la
inmigración japonesa. El conde Lasdain realiza la primera excursión en automó
vil entre Río de Janeiro y San Pablo, cumpliendo el recorrido de 400 Km en
veintiséis días.
Vicente de Carvalho: Poemas y cancio
nes. Joáo do Rio:
El momento literario.
Hermes Fontes: Apoteosis. Muere Ma chado de Assís.
AL: J. M. Gómez presidente de Cuba, A. Zayas vice.
Primera Corte Centroame ricana de Justicia en Costa Rica. Leguía presidente
constitucional del Perú; telé grafo inalámbrico en la zona amazónica. Castro
anula concesiones americanas; conflicto con Holanda y bloqueo holan dés; Gómez
se proclama presidente de Venezuela. Agravamiento de la crisis en la pampa
salitrera; Primer Congreso Científico Panamericano en Valparaíso. Jorge Chávez
cruza los Andes en avión. Escuadra de guerra norteamericana fren te a Nicaragua.
Emigración salvadoreña, guatemalteca y hondureña a Nicaragua.
M. González Prada:
Horas de lucha. R.
Blanco Fombona:
Más allá de los hori
zontes. A.
de Estrada: El huerto armo
nioso. J. Herrera y Reissig: Sonetos vas cos. H.
Quiroga: Historia de un amor turbio, Los perseguidos y Bohemia. A. Broqua
compone Tabaré. V. A. Belaún-
Bélgica se anexa el Congo. Creta se une a Grecia.
Austria se anexa la Bosnia-Herzegovina. Levantamiento de los jó venes turcos
en Salónica. Por: Asesinato de Carlos y coronación de Manuel. Jor nada de 8
horas en minas británicas.
Blériot atraviesa la Mancha en avión. W.
MacDougall: Introducción a la psi cología social.
Wasserman: Gaspar Hauser. Chesterton:
El hombre que fue jueves. Sorel: Re flexiones
sobre la violencia. E. Pound: A lume spento. J. Romains: La vida unánime. A.
France: La isla de los pin güinos. U. Sinclair: La Metrópolis. Khlebnikov:
Poesías. Larbaud: Las poe sías de A. O. Barnabooth ( - 2 3 ) . Fun dación del
periódico Acción Francesa en París (Maurras, L. Daudet, Bainville, Bourget). El
cine descubre California: nacimiento de Hollywood. Nace Simone de Beauvoir. B.
Bartok: Cuarteto para cuerdas N? 1.
1909 Se
presenta para una Cátedra de Lógica en el Colegio Pedro
II y es
nombrado para el cargo; llega a dar algunas
clases.
Publica: Al margen de la Historia; muere al intentar
matar
a
su esposa, quien lo había abandonado por Dilermando de
Assís,
y a éste último, el cual lo asesina de un tiro. Fue velado
en la
Academia Brasileña de Letras; luto nacional.
de: El Perú
antiguo y los modernos so
ciólogos. J. S. Chocano: El Dorado.
E. Larreta: La
gloria de Don
Ramiro.
E. Carriego: Misas
herejes. G. de
La-
ferrére: Las de
Barranco. C. Vaz
Fe
rreira:
Moral para intelectuales. Orrego
Luco: Casa grande. Revista Esfinge y La
Patria de Darío. L. Argüello: Claros de
alma. Revista Histórica y semanario Va
riedades en Perú. Primeros filmes ar
gentinos.
r
INDICE
P R O L O G O , p o r Walnice Nogueira Galvao IX
CRITERIO
DE ESTA EDICION XXVI
Nota preliminar 3
LA
TIERRA
I. Preliminares 5
La
entrada del sertón 9
Tierra
ignota 10
Camino
a Monte Santo 11
Primeras
impresiones 13
Un
sueño de geólogo 15
II. Desde lo
alto de Monte Santo 17
Desde
lo alto de la Favela 19
III. El clima 19
Higrómetros
singulares 22
IV. La sequía 23
Hipótesis
sobre sus causas 24
Las
caatingas 27
V. Una
categoría geográfica que Hegel no citó 34
Cómo se
hace un desierto 37
Cómo se
extingue un desierto 39
El
martirio secular de la tierra 41
EL HOMBRE
I. Complejidad del problema etnológico del Brasil 43
Variabilidad del medio
físico 47
Y su
reflexión en la historia 53
Acción
del medio en la fase inicial de la formación de
las
razas 5
7
La
formación brasileña del Norte 58
II. Génesis del jagungo 62
Función
histórica del río Sao Francisco 63
El vaquero 65
Fundaciones jesuítas
en Bahía 67
Causas
favorables para la formación mestiza de los serto-
nes,
distinguiéndola de los cruzamientos en el litoral 69
Una
raza fuerte 73
III. El
sertanejo 75
Tipos dispares: el
jagungo y el gaúcho 77
Los vaqueros 7
8
Servidumbre inconsciente: vida primitiva 80
El rodeo 82
El arreo 8
3
Tradiciones 85
La sequía 8
7
Aislamiento del desierto 88
Religión
mestiza 91
Factores
históricos de la religión mestiza 92
Carácter
variable de la religiosidad sertaneja 93
Pedra
Bonita 94
Monte
Santo 95
Las misiones actuales 96
IV. Antonio
Conselheiro, documento vivo de atavismo 98
Un gnóstico rudo 99
Hombre
grande para el mal 100
Representante natural del medio en que nació 100
Antecedentes
de familia: los Maciéis 101
Una
vida con buenos auspicios 104
Primeros
reveses 105
La
caída 106
Cómo se
forma un monstruo 106
Peregrinaciones
y martirios 108
Leyendas 109
Las
prédicas 111
Preceptos
de ultramontanos 112
Profecías 112
Un
heresiarca del siglo n en plena Edad Moderna 114
Tentativas de reacción
legal 115
Hégira
hacia el sertón 118
V. Canudos: antecedentes 120
Crecimiento
vertiginoso 121
Régimen
de la urbs 125
Población
multiforme 125
Policía
de bandidos 127
El
templo 129
Camino
al cielo 131
Las
oraciones 131
Grupos
de valientes 131
¿Por
qué no predicar contra la República? 135
Una
misión abortada 138
Maldición
sobre la Jerusalén de barro 142
LA LUCHA
I. Preliminares 143
Antecedentes 143
II. Causas
inmediatas de la lucha 147
Uauá 151
III. Preparativos
de la reacción 155
La
guerra de las caatingas 156
IV. Autonomía
dudosa 160
TRAVESIA DEL
CAMBAIO
I. Monte
Santo 163
Triunfos anticipados 166
II. Incomprensión
de la campaña 167
En
marcha hacia Canudos 171
III. El
cambaio 172
Baluartes sine caldi linimenti 173
Primer
encuentro 174
Episodio
dramático 176
IV. En los Tabuleirinhos 177
Segundo encuentro 177
La
Legio Fulminata de Joáo Abade 179
Nuevo
milagro de Antonio Conselheiro 180
V. Retirada 180
VI. Procesión de parihuelas 183
EXPEDICION MOREIRA
CESAR
I. Moreira César y el medio que lo hizo célebre 185
Primera expedición regular 192
Cómo la
aguardaban los jagunços 195
II. Partida
de Monte Santo 199
Primeros errores 200
Nuevo
camino 201
Psicología del soldado 204
III. Pitombas 205
El primer encuentro 206
"¡Acelerando!” 208
Dos
tarjetas de visita a Antonio Conselheiro 208
Una
mirada sobre Canudos 208
IV. El orden de batalla 210
El terreno. Crítica 211
Ciudadela trampa 212
Saqueos antes
del triunfo 214
Retroceso 217
Al
golpear del Ave María 217
V. Sobre las
alturas del Mario 218
VI. Desbandada. Fuga 222
Un
arsenal al aire libre 223
Una
diversión cruel 224
CUARTA EXPEDICION
I. Desastres 227
Canudos: una diátesis 228
El
camino del Ouvidor y las caatingas 229
Versiones disparatadas 231
Mentiras heroicas 231
El cabo
Roque 231
Levantamiento
en masa 232
Planes 233
Una
tropa de bárbaros 233
II. Movilización
de tropas 234
Concentración
en Queimadas 234
Se
organiza la cuarta expedición 235
Demoras 237
No hay
un plan de campaña 239
La comisión de
ingenieros 241
La marcha para Canudos 242
Incidentes 245
Un guía temeroso: Pajeú 247
Paso
por Pitombas 249
El alto
de la Favela 250
Una
división aprisionada 256
III. Columna
Savaget 257
Cocorobó 259
Ante
las trincheras 261
Excepcional carga de bayonetas 263
La travesía 265
Macambira 266
Inesperado emisario 268
Se
destruye un plan de campaña 269
IV. Victoria singular 269
El
comienzo de una batalla crónica 271
Aventuras del
asedio. Cazas peligrosas 274
Desánimo 277
La
actitud del comando en jefe 279
V. El asalto: preparativos 283
El encuentro 287
Nueva
victoria desastrosa 293
En los
flancos de Canudos 296
Notas
de un diario 298
Triunfos por el telégrafo 300
VI. Por los
caminos. Los heridos 301
Primeras noticias ciertas 307
Versiones
y leyendas 310
VII. La brigada Girard 314
Extraño heroísmo 315
En viaje hacia Canudos 315
VIII. Nuevos
refuerzos 316
El mariscal Bittencourt 318
Colaboradores demasiado
prosaicos 321
NUEVA FASE
DE LA LUCHA
I. Nueva
fase de la lucha 327
Queimadas 327
Una
ficción geográfica 328
Fuera
de la patria 328
Delante de un
niño 330
En el
camino de Monte Santo 331
Trincheras Sete
de Setembro 336
Camino
de Calumbi 337
II. Marcha de la
division auxiliar 339
Miedo glorioso 339
Buscando
una media ración de gloria 341
Aspecto
del campamento 342
El charlatanismo del coraje 345
III. Embajada
al cielo 346
Complemento
del asedio 348
ULTIMOS DIAS
I. Ultimos
días 351
Las
convulsiones de los vencidos 351
Los
prisioneros 353
II. Testimonio
del autor 354
III. Titanes
contra moribundos 358
Alrededor
de los pozos de agua 361
Sobre
los muros de la iglesia nueva 363
IV. Paseo
dentro de Canudos 363
V. El asalto 368
Notas
de un diario 376
VI. El fin 381
El cadáver de Conselheiro 382
VII. Dos
líneas 383
Notas 384
Glosario 410
CRONOLOGIA 419


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