© Libro N° 8610. Al Calor Del Hogar: Impresiones Y Cantares. Guerrero, Teodoro. Emancipación. Mayo 15 de 2021.
Título
original: © Al Calor Del Hogar:
Impresiones Y Cantares. Teodoro Guerrero
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Cantares. Teodoro Guerrero
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AL CALOR DEL HOGAR: IMPRESIONES Y CANTARES
Teodoro Guerrero
Al Calor Del Hogar:
Impresiones Y Cantares
Teodoro Guerrero
Preliminares
Al calor del hogar: impresiones y cantares
A LA CIUDAD DE LA HABANA
LA PATRIA Y MI LIBRO.
PRIMERA PARTE. LA FAMILIA
¡DIOS!
DE PUERTAS ADENTRO.
LA MANSION DE LOS MUERTOS.
EFEMÉRIDES.
EL TRAJE DE COLA.
EL IRIS DE PAZ.
LAS ALAS.
A JENARO.
EL AZAHAR DE CARMEN.
UN GRITO DEL ALMA.
DESDE MI HOGAR.
DIOS Y LA CIENCIA.
LA PERLA DE CUBA.
EL AVE DE PASO.
CELOS DE PADRE.
SEGUNDA PARTE. EL MUNDO
EL ALBUM DE TERESA.
DE LA TIERRA AL CIELO.
A LAS DAMAS ESPAÑOLAS.
EL INTERES Y LA USURA.
PERLAS Y FANGO.
LA MEJOR ARISTOCRACIA.
DIÁLOGO.
FANTASEO.
EL VALOR DE LAS LÁGRIMAS
HOJAS SUELTAS.
HOJAS DE LAUREL.
ORIENTALES DE VÍCTOR HUGO.
MADRIGALES ITALIANOS.
LA MARIPOSA.
LA LIBERTAD.
TERCERA PARTE. NARRACIÓN SOCIAL LA LEY DEL HONOR.
CUARTA PARTE. CANTARES
UNA FRASE.
EN MI SALON.
CANTARES.
ADIÓS A LA MONTAÑA.
NOTAS
Acerca de esta edición
Enlaces relacionados
Recuerdo de Teodoro Guerrero
Madrid, L de Setiembre de 6 .
LA PATRIA Y MI LIBRO.
El que no ama á su patria ¡oh Cuba, mía! no tiene
corazon.
Luisa Pérez de Zambrana .
I.
La mujer nos enseña á sentir. La mujer es el
apóstol que predica el idealismo, como es el profeta del sentimiento. El amor á
la pátria nace con la criatura y se desarrolla con la razon. Una mujer de
talento dijo una gran verdad en los dos preciosos versos que estampo al frente
de estas líneas. No amar á la pátria es no tener corazon.
Las corrientes de la vida nos arrastran léjos del
lugar en que nacimos; pero en medio de los placeres extraños, en la agitacion
que nos anima, se dibuja en nuestra alma una nube, una sombra que en vano
queremos disipar: ¡la nostalgia! El corazon echa raíces en la tierra donde nace
el sér; el árbol se trasplanta y suele dar fruto; pero la raíz reniega de la
tierra donde germinó la semilla. Es una ley de la naturaleza, sábia é inmutable
como todas sus leyes; la naturaleza no admite imposiciones, y cuando se ve
obligada á sufrirlas, protesta. El pájaro aprisionado se entristece al
encontrarse en otras regiones; busca el aire que respiró al romper el cascaron
que lo encerraba; busca el sombraje del árbol donde formó su nido, y muere
llamando á sus hijuelos abandonados.
Peregrino por el mundo, el destino me llevó en
diferentes épocas
á divisar,
desde la nave que me conducía, la línea que en el horizonte marca las playas de
mi Cuba, y el corazon latió siempre con violencia; no experimentaba entonces
una emocion el cansado viajero que anhelaba pisar tierra firme; la vista del
faro del Morro de la Habana me producía la palpitacion de los recuerdos.
Muchas veces, en aquella ciudad, me paré delante de
una casa de la calle de San Miguel, donde ví la primera luz, y con la
imaginacion contemplaba á mi buena madre, nunca bastante llorada, meciéndome en
la cuna; y más de una vez, aquí, he cerrado los ojos para ver con los de la
fantasía aquella poética quinta, en la falda del Castillo del Príncipe, donde
todo me habla de amor, y busco con los dedos dos nombres grabados en el tronco
de una palma, testigo de dos almas que se unieron para siempre.
¡Ah! ¡los recuerdos! ¡Dichoso el que sabe
olvidar!... ¡Pero nó, nó! ¡Desgraciado!—Recordar es vivir dos veces. Los
recuerdos de las horas de felicidad son una compensacion de las desventuras.
II.
¿Por qué formé este libro?—La razon no me la
explico, pero la siento. Al recuerdo del país natal, viendo que decaen mis
fuerzas con los años, que empieza á secarse mi cerebro, negándome la
inspiracion, estéril ya para producir algo nuevo, formé un ramillete de flores,
acaso pálidas, pero perfumadas por el cariño, que mando
á Cuba,
tierra que vive en mi memoria y en mi corazon, y que acaso habrá olvidado hasta
mi nombre. Ahí vá en demostracion de un afecto tan desinteresado como legítimo.
Para dar cuerpo á este libro quemé muchos papeles;
inspirado al calor del hogar, no hubiera querido profanar sus páginas con
ningun sentimiento de ayer, pero el amor de poeta me obligó á respetar algunos
trabajos que he incluido en la SEGUNDA PARTE que lleva
por título El mundo.—La nueva edicion de mis
Cantares, que vá en la CUARTA PARTE, está aumentada; son pedazos de mi corazon,
que se desprenden como las lágrimas, á impulsos de impresiones de momento, sin
darme cuenta de que se escapan. ¡Cuántas veces llora el hombre sin que lo sepa
su alma!
III .
A Cuba vá mi libro. He querido que se imprima en la
Habana para que con el papel y la tinta reciban mis cantos los aires del país;
el papel y la tinta que dieron vida y forma á mis modestos Cuentos de salon
allí engendrados en dias venturosos, inspirándome la propaganda en pró de la
familia, tan combatida hoy por los regeneradores de la moderna sociedad.
Dejo la pluma á otros ingenios mejores para luchar
con más suerte; las corrientes me han arrollado y las cuerdas de mi lira
saltaron una tras otra; pero al retirarme de la arena, he cogido (si se me
permite la frase) un puñado de ideas para mandarlas á mis hermanos de Cuba.
Quiero que mis últimos pensamientos vayan á morir allí donde lancé el primer
vagido, donde derramé las primeras lágrimas.
PRIMERA PARTE.
LA FAMILIA
¡DIOS!
¿Por qué, cuando las olas, rugientes, encrespadas,
que agita desatado, furioso el aquilon,
se estrellan en la nave que conduce en su seno á
los séres que adoro, no me infunden pavor? —Porque la fé me anima; porque rezo
contrito; ¡porque confío en Dios!
¿Por qué, cuando la muerte asoma á mi morada y
viene á hacer su presa de un hijo de mi amor, voy con seguro paso á
interponerme osado
sin que aumente un latido mi débil corazon? —Porque
cuando la ciencia desespera y se rinde, ¡tranquilo espero en Dios!
¿Por qué, cuando la suerte voluble me abandona ó
airada me persigue con su tenaz rigor,
no busco en el suicidio el término á mis penas ni
de mis lábios sale la torpe maldicion?
—Porque yo sé que el hombre no es dueño de su vida;
¡porque obedezco á Dios!
Vivo en paz y contento en el hogar bendito que me
ofrece los goces más puros del amor, enseñando á mis hijos que las puertas del
cielo solamente las abren la virtud, la oracion.
Y así aguardo sin miedo de sucumbir la hora,
¡porque yo creo en Dios!
Escorial. b
i.
DE PUERTAS ADENTRO.
A MI TEODORO.
Cierra el balcon, hijo mio;
yo siento un frio
que me hiela el corazon;
la experiencia me ha enseñado
que entra un aire envenenado
por el balcon.
Noto en tí cierta inquietud,
cierta ansiedad, cierto gozo,
al ver que en el lábio, el bozo
te anuncia la juventud.
¿Estrecha juzgas tu casa,
en tu impaciente ambicion,
y te asomas al balcon
por ver lo que fuera pasa?
Tu madre aquí, siendo niño,
te amamantó. ¿Olvidar puedes
que se hallan estas paredes
impregnadas de cariño?
Aquí jugamos los dos;
aquí rompiste á llorar,
y te enseñé á pronunciar
el santo nombre de Dios.
No ves, en tu ceguedad,
que fuera todo es mentira,
y dentro, todo respira
el puro amor: la verdad.
Huye de tu casa; vé
del mundo alegre á gozar;
cuando vuelvas al hogar
habrás perdido la fé.
El placer es un momento;
la juventud que trasnocha
y vive aprisa, derrocha
un caudal de sentimiento.
Falsificando el amor,
á torpes
vicios se entrega, y á la vejez luégo llega sin fuerzas y sin calor. Son
traidores los placeres y el sentimiento es traidor; por el prisma del amor se
ven puras las mujeres. Son mariposas que pasan provocando con su vuelo; alas de
oro, almas de hielo,
que en su misma luz se abrasan. Son fantásticas
visiones
que fascinado te arroban,
y en dulce engaño, te roban una á una las
ilusiones. Huye del hediondo cieno que te hará perder la calma; es torcedor
para el alma; para la sangre, veneno.
Siempre el vicio al hombre engaña, pues ve manchas,
de seguro, hasta en el cristal más puro;
y es que su aliento lo empaña. Quiero decirte en
qué fundo la fuerza de mi razon; cierra, cierra ese balcon,
que voy á pintarte el mundo.
¡El mundo! En tus pocos años
hermoso eden te parece,
sin saber que el mundo ofrece
solamente desengaños.
Este mundo es una farsa,
un teatro de oropel;
cada hombre estudia un papel;
nadie quiere ser comparsa.
Más que el sabio vale el necio
cuando está de oro cargado,
porque el mundo es un mercado
donde todo tiene precio.
No busques amigos. ¿Quién
la amistad estima? El pobre
es la moneda de cobre,
que se toma con desden.
De nada el pobre disfruta;
vive solo y pide en vano,
que nadie tiende la mano
al árbol que no dá fruta.
Oye la voz del consejo,
que es la voz de la experiencia;
se paga cara esta ciencia,
pues cuesta llegar á viejo.
En el estudio profundo
está guardada la llave
del porvenir; el que sabe
se abre camino en el mundo.
Feliz en mi hogar me encuentro
sin ver lo que fuera pasa;
la verdad guardé en mi casa;
gozo de puertas adentro.
Yo no puedo respirar
del mundo el aire caliente;
necesito el tibio ambiente
que se aspira en el hogar.
¡El hogar! ¡Rincon que adoro
y que hoy apreciar no puedes!
¡El hogar! ¡cuatro paredes
donde encierro mi tesoro!
Tú lo estás viendo. A ser hombre
con el tiempo llegarás,
y enamorado, querrás
dar á una mujer tu nombre.
¡La mujer! ¡Mujer querida,
soñada en la juventud!
¡toda amor! ¡toda virtud!
¡la mitad de nuestra vida!
Los hombres encenagados
conocen muy tarde el bien;
á esa mujer, no la ven
hoy tus ojos deslumbrados.
La que inspira amor profundo
sólo se halla en el hogar;
esa no la has de encontrar
en el bullicio del mundo.
¿Quién la puede describir?
Será más ó menos bella...
Para hacerte digno de ella
invade lo porvenir.
La familia es el consuelo,
y en ella debes pensar,
porque hay del mundo al hogar
lo que hay de la tierra al cielo.
Cierra el balcon, hijo mio,
porque ese frió
ha de helarte el corazon.
Mi experiencia te ha enseñado
que entra un aire envenenado
por el balcon.
Madrid. b i.
LA MANSION DE LOS MUERTOS.
FANTASIA.
«¡Qué horrible soledad!» dicen los hombres,
medrosos al pisar el cementerio;
y yo, tranquilo, al penetrar, exclamo:
«¡Qué hermosa soledad la de los muertos!» Es una
tarde del ardiente estío;
el sol traspuesto, esplendoroso el cielo; los
brillantes crepúsculos del dia esmaltan de las losas los letreros. Mi corazon
palpita conmovido
al evocar un mundo de recuerdos, y para ver mejor,
cierro los ojos, dejando sólo los del alma abiertos. Una mano invisible,
poderosa, impulsada tal vez por mis deseos, las aferradas lápidas levanta,
quedando los sepulcros descubiertos. Como en tropel se escapan las abejas de la
colmena, van los esqueletos asomando los cráneos descarnados, y salen de los
cóncavos infectos. Vagando por el aire como sombras, en el sudario de la muerte
envueltos, en confuso monton pasan y pasan, y mi mente les dá formas y cuerpo.
Como bandada errante de palomas que al cazador
provocan en su vuelo, espíritus fantásticos que cruzan vienen en vano á
despertar recuerdos. Cármen, Emilia, Julia, Magdalena, de mi pasada juventud
ensueños,
mi corazon no aumenta ni un latido cuando otra vez
á contemplaros vuelvo. Sombras, ¿por qué pasáis indiferentes? Amigos
mundanales, nada os debo;
al contrario, os colmé de beneficios, y el puñal
del desden hirió mi pecho. ¡Pasad, pasad, ingratos!.... ¡Desdichado
el que sabe olvidar! Le compadezco, porque la
gratitud siembra, en la tierra y recoge sus frutos en el cielo.
¿Qué vértigo me asalta?.... ¡Mis hermanos!
¡Allí van! De mi infancia compañeros; ramas del
tronco que me dió la vida, las desgajó la muerte antes de tiempo. ¡Y derramé la
lágrima primera!... Rota la fuente ¡cuánto lloré luego!
El corazon en lágrimas se funde
y se las traga el mar del sentimiento. Unos lábios
se posan en mi frente; y á su contacto por mis venas siento un fluido circular
que me extasía: late mi corazon y me estremezco. ¡Es mi madre! ¡mi madre! La
adivino, y á mis ojos agólpase violento todo un raudal de lágrimas acerbas que
sin cesar por su memoria vierto.
¿Tambien las madres mueren?... ¡Dios es justo!
Dá la resignacion al sufrimiento,
pues sabe que en los trances de la vida para dolor
tan grande no hay consuelo. Tú siempre vives para mí en el alma,
y si es verdad que para el mundo has muerto, deja
que el mundo olvide hasta tu nombre. ¿Qué importa? ¡Tu sepulcro está en mi
pecho! Me arrancó del hogar la suerte varia, pero conmigo me llevé tu afecto;
yo moriré tambien, mas en mis lábios la muerte
encontrará tu último beso. Detrás llega un anciano venerable; el paso tardo y
el mirar sereno;
en su ancha frente la honradez se pinta, y es de su
alma su sonrisa espejo.
¡El padre de mi amor! ¡Sombra adorada!...
Entre mis brazos estrecharle quiero, y al extender
frenético las manos en polvo se deshace el esqueleto. Un grito de dolor me
arranca el alma; le busco en mi delirio con empeño, y una voz me murmura en los
oidos estas palabras que olvidar no puedo: —«¡Es la ley soberana de la vida
nacer para morir! ¡Dios lo ha dispuesto! El eslabon que suelta la cadena
deja á la tierra otro eslabon sujeto. «Se van los
padres y se irán los hijos; caen los granos del reloj del tiempo;
de las horas de olvido, á Dios y al mundo estrecha
cuenta que rendir tenemos». Doblo en tierra las trémulas rodillas,
y con voz balbuciente le contesto: —«Cuando me
llame Dios, en El confío, pues grabé en mi conciencia sus preceptos. «Me
alumbra Dios para seguir tu senda; á mis hijos tus máximas enseño,
y poniendo sus piés sobre tus pasos,
¿qué he de temer? ¡Mis hijos serán buenos!» Angeles
bellos, con pintadas alas, rostros de nácar, de oro los cabellos,
por el aire, cual leves mariposas,
cruzan jugando en indeciso vuelo.
¡Es mi Alicia! ¡es mi Aurora! ¡es mi Lucila!...
Pedazos de mi alma, vuelvo á veros... Me besan con los ojos, y cantando
un himno á Dios, se pierden en el cielo. ¡Cuán
venturosas son en la otra vida! De las desdichas de la tierra huyeron; al
romper la crisálida el capullo,
la sofocó esta atmósfera de fuego.
Abro los ojos al venir la noche, y ya cerrados los
sepulcros veo; á medida que el cielo se oscurece empieza á despejarse mi
cerebro. Allí están dos sepulcros preparados, última confusion de dos afectos.
Los miro con placer: ¡bocas hambrientas que esperan
la racion de nuestros cuerpos! De la fiel compañera de mi vida
ahí guardarán sus restos con mis restos. ¡Juntos,
en tierno amor, hemos vivido! ¡Juntos, en santa paz, descansarémos! ¡Adios,
adios!... ¡Qué tarde tan serena!...
Sombras queridas, á mi hogar me vuelvo, que allí mi
corazon ha levantado á la virtud y á la verdad un templo.
Ando despacio, y al salir repito:
«¡Qué hermosa soledad la de los muertos!»
Y les digo marcando una sonrisa:
«Pronto vendré á encontraros. ¡Hasta luego!».
Madrid. b i
EFEMÉRIDES.
E( 1.°
D .
Dice con razon el vulgo
que todo en la vida pasa,
y que cuanto nace muere,
siguiendo la ley humana.
¡Verdad que á costa aprendemos
de desengaños y lágrimas!
Luce erguida sus colores
la rosa por la mañana,
y el sol que le dá la vida
al despedirse la mata.
¡Triste verdad que me enseña
el espejo, que no engaña!
En él, hace veinte años,
con cierto encanto miraba
lo negro de mis cabellos,
que hoy me presenta de plata;
y aquella tez vigorosa,
rica en colores y en savia,
hoy me la copia marchita,
cual la flor de la mañana.
¡Y el espejo es siempre el mismo!
¡Ay! ¡es el hombre el que cambia!
Con razon nos dice el vulgo
que todo en la vida pasa...
—¿Todo? ¡No! ¡Todo no muere!
Hay algo que no se acaba,
que es eterno; ó se renueva
al calor de la esperanza,
ó renace como
el fénix de sus cenizas: ¡el alma! Bien me acuerdo de este dia, de mi historia
amante página. Una pasion viva, ardiente, noble, desinteresada,
á mi corazon llamando, abrió las puertas del alma.
Ella era jóven, hermosa, con el fuego en la mirada, tez de reluciente seda,
dentadura limpia y blanca, rizos revueltos y rubios cayendo sobre la espalda,
cual de avispa, su cintura, cual mariposa, con alas...
La vió así mi fantasía,
y me rindieron sus gracias; era buena, era sensible
y candorosa; me amaba, y en el altar, Dios bendijo,
la fusion de nuestras almas. ¡Han pasado veinte años! ¡Qué rápido el tiempo
pasa! Las horas que son eternas, eternas en la desgracia, cual leve soplo
trascurren en los dias de bonanza. Ella, sintiendo y amando,
en la embriaguez de la calma, no pidió cuentas al
tiempo que su hermosura robaba; en sus rizos, atrevidas
asoman algunas canas;
la esbeltez de su cintura
perdió su forma gallarda,
y de la tarde el crepúsculo
en su rostro se señala;
ya no se vuelven los hombres
al paso para mirarla;
y yo en éxtasis la miro,
con la ilusion conservada,
porque para mí es la misma,
siempre igual; lo que le falta
por la destruccion del cuerpo
mi ilusion se lo regala.
Es la misma; no la miro
con los ojos de la cara
que buscan solo lo bello
y de apariencias se pagan;
yo la miro con los ojos
que ven el bien: ¡los del alma!
Han pasado veinte años
sin nubes. ¿Cómo no amarla?.
Juntos nuestros corazones,
como lo están nuestras almas;
felices en la ventura
y fuertes en la desgracia;
coa las mismas alegrías;
confundiendo nuestras lágrimas;
saludando con un beso
á los hijos,
que llegaban
á ofrecernos
nueva vida, emociones y esperanzas; con un beso despidiendo
á los que
Dios nos robaba, descompletando aquel cuadro de venturas tan soñadas; vemos
correr la existencia, sin grandezas ni abundancia,
sin ambiciones ni envidias,
escondiendo en nuestra casa
dos voluntades gemelas
y dos cuerpos con un alma,
Yo quiero lo que ella quiere;
yo mando en ella, y me manda;
es la madre de mis hijos;
es mi compañera amada
y aunque la destruya el tiempo,
y aunque le robe sus gracias,
y aunque ensanche su cintura,
y aunque le arrugue la cara,
para mí será la misma,
con el fuego en la mirada,
siempre jóven; de ese modo
la ven los ojos del alma.
Diga con razon el vulgo
que todo en la vida pasa;
yo diré que en la familia
el amor nunca se acaba.
Madrid. b i.
EL TRAJE DE COLA.
A
E( L .
Escuchad que el caso es grave.
Hoy siento un pesar profundo
que el alma explicar no sabe,
porque la cola es la llave
que abre las puertas del mundo.
Veo á mis hijas gozar
esas puertas al abrir,
y fascinadas soñar;
y yo, al mirarlas reir,
siento impulsos de llorar.
Mas ya la causa comprendo;
me entristezco, contemplando
cómo el tiempo vá pasando...
¡Ay! ¡las flores van abriendo
y el tronco se vá secando!
¡Hijas de mi corazon!
Ayer, todo era inocencia,
todo alegría, ilusion.
Mañana, con la razon
vendrá la triste experiencia.
Hoy, al jardin olorosas
llegan esas flores pálidas,
frescos botones de rosas;
se transforman las crisálidas
en pintadas mariposas.
Y abren su pecho á otro amor
que les robará la calma;
hoy nacen para el dolor,
que en la mujer el candor
es la paz, salud del alma.
En su infantil devaneo
no ven que un peligro encierra
el mundo, que es su deseo;
al entrar en él, las veo
bajar del cielo á la tierra.
¿Quién las habrá de amparar?
En su inexperiencia, solas,
¡cuánto tendrán que luchar
entre las revueltas olas
de ese proceloso mar!
¡Nó! Nave que al mar se lanza
y vá de su rumbo en pos,
el puerto feliz alcanza;
¡lleva de piloto á Dios
y por ancla la esperanza!
Con el ejemplo incesante,
la leccion nunca es perdida:
tienen de espejo constante
á la virtud,
á la amante compañera de mi vida. ¿Y yo las he de perder? ¡Alma y corazon les
dí! No me puedo convencer de que ellas han de querer
á otros
hombres más que á mí. De sus plumas al calor
el ave guarda su nido, y se estremece al temor de
que un halcon atrevido vaya á robarle su amor. Al final de mi jornada,
no anhelo dichas, ni el oro;
sin ellas no quiero nada,
y sé bien que una mirada
me ha de robar mi tesoro.
¡Ley del alma! A la mujer
el hombre busca, la quiere,
le dá ensueños y placer,
mas no le puede ofrecer
un amor que nunca muere.
Por eso, al verlas gozar,
invadiendo el porvenir,
tiemblo y me pongo á pensar:
por eso, al verlas reir,
siento impulsos de llorar.
Madrid U.° de Febrero de H .
EL IRIS DE PAZ.
EN EL ALBUM DE FELISA
¡El amor del hogar! ¡Cuanto he corrido sólo, sin
más espuela que el deseo! Pasó como una sombra el devaneo, y tarde he conocido
que léjos del hogar no hay dicha cierta: llama
pronto el cansancio á nuestra puerta. Tú, Felisa, tambien como mi Aurora, en
lazo estrecho unida
al hombre que te adora,
al que te dá su amor, su alma, su vida, le ofreces
el misterio en lontananza
de otro sér que es tu sér... ¡Dulce esperanza!
¡Madre! ¡madre serás! ¡Mágico nombre! Sueño de la mujer con que corona el
tierno amor de un hombre;
lazo que estrecha el lazo de la vida; fruto de
bendicion que manda el cielo
á una union
por el cielo bendecida; iris de paz, aurora de consuelo, gérmen de amor del
mismo amor nacido, que enciende el fuego del amor perdido. Pronto verás qué
extrañas sensaciones el alma te despierta cuando un latido, un síntoma, te
advierta
que tiene vida un sér en tus entrañas; y verás que
en la tierra
otro placer más grande no has sentido cuando rompa
la cárcel que lo encierra y al aire lance su primer vagido esa prenda querida
que robará á tu porvenir la calma, que habrá de ser
la vida de tu vida, que habrá de ser el alma de tu alma, que será tu placer y
tu amargura rica fuente de llanto y de ternura.
Sí. ¿Qué te importa ya que llegue un dia la vejez
con su hielo
como puedas mostrar para consuelo esa prenda de
amor y de alegría? Por ella has de vivir; jóven con ella, su dicha partirás, su
mala estrella, y otra vez en el mundo, recibiendo el reflejo de su gloria,
cobrarás la ilusion; tu amor profundo por ella luchará, y en su victoria tu
victoria verás reproducida,
porque es ser madre una segunda vida.
Marianao [Cuba].
b i.
LAS ALAS.
A
L
¡Es un ángel hermoso!... Su alegría me animaba á
vivir.
Todo en mi hogar al verle sonreia;
su madre le cantaba, y yo invadía
con él lo porvenir.
Hiere un rayo en la vida, de repente, al hijo de mi
amor;
y á mi horrible pesar, indiferente, bate el génio
del mal sobre su frente las alas del dolor.
Tiemblo, temiendo ya que no despierte, y no puedo
llorar;
al ver las negras alas de la muerte,
á Dios
invoco, y voy con mano fuerte la presa á disputar.
Un ¡ay! del corazon su madre lanza y reza como
yo...
¡Con la santa oracion todo se alcanza! Sobre su
cuna, alegre la esperanza sus alas agitó.
¡Abre el niño los ojos! Nos consuela el verle
sonreir.
¿qué otras alas se mecen en la tela? ¡Ay! ¡cuando
el ángel de la Guarda vela
no es posible morir!
¡Vive el ángel! ¡De hinojos en el suelo nos
postramos los dos!
¡Hemos robado un querubin al cielo! ¿Nos le concede
Dios para consuelo? ¡Bendito sea Dios.!
CarabancheL
b i.
A JENARO.
E( .
¡Es inmenso tu dolor!
No hay consuelo para ti...
Jenaro, tambien perdí
mi madre, mi dulce amor.
¡La madre! ¡símbolo santo
del amor puro, infinito!
¡La madre! ¡cáliz bendito
que recoje nuestro llanto!
Llora, llora, caro amigo,
que tu pesar es profundo;
ya no tienes en el mundo
quien llore y sufra contigo.
Ella te meció en la cuna,
te enseñó de Dios el nombre;
y supo uncirte, al ser hombre,
al carro de la fortuna.
Ella abrió tu alma al placer
y la preparó al pesar;
ella te enseñó á llorar;
ella te enseñó á querer.
Tu madre buena seria,
porque toda madre es buena...
Apreciar puedo tu pena
por el valor de la mia.
Mucho debiste sufrir
al saber tu desventura,
y mayor fué tu amargura
pues no la viste morir.
Mi madre un beso me dió
cuando los ojos abrí;
¡y yo un beso no le dí
cuando los suyos cerró!
Presentir me lo hizo Dios,
y voló mi pensamiento,
en alas del sentimiento,
á darle el postrer adios.
Ganó de mártir la palma,
y sé, para mi consuelo,
que ella me ve desde el cielo,
y yo la llevo en el alma.
Habana. b i,
EL AZAHAR DE CARMEN.
EPITALAMIO
I.
EN EL SALON.
¡Qué bella estás! En tu frente
brilla un rayo de ese sol
que presta fuego á los ojos
y al espíritu calor.
Es el sol de la ventura:
te manda sus rayos hoy
para iluminar el cuadro
que tu mente acarició:
sueños de color de rosa
bordados por el amor.
¡El poema de la vida!
¡Hacer un alma de dos!
¡dar tu mano para siempre
á quien diste
el corazon! La felicidad te llama!...
Luce en tu seno esa flor
cuyo aroma desvanece;
Cármen, es tu galardon:
emblema de la pureza
y símbolo del pudor.
Alza los ojos y mira
el aspecto del salon.
El que va á ser tu marido,
en un éxtasis de amor,
te contempla enajenado;
no ve más que su pasion.
Te examinan las mujeres
suspirando, sin dolor,
las solteronas de envidia,
las casadas de emocion;
aquellas, por lo que pierden;
estas por lo que pasó.
Te observan viejos y mozos
con placer y admiracion.
Todo rebosa alegría,
Cármen, á tu alrededor...
Y sin embargo, estás pálida;
la inquietud, la agitacion
que quiere sobreponerse,
denuncia un vago temor;
con los ojos en el suelo,
trémula casi la voz,
me pareces una víctima
sacrificada al amor.
¡Y el amor está cantando
un himno en tu corazon!
¿Puede haber hipocresía
donde reside el candor?
Si quieres con toda el alma
al que el alma te robó,
te pregunto: ¿Lo que sientes
será placer ó dolor?
II.
EN LA IGLESIA.
En el momento supremo
al altar llegais los dos,
y con la rodilla en tierra
recibis la bendicion.
La felicidad soñada
sus puertas al fin te abrió;
ya es tuyo el hombre á quien diste
alma, vida y corazon.
Y sin embargo, la nube
que tu rostro oscureció
la realidad no disipa...
Comprendo la turbacion.
¿Quien llenar puede el vacío
que en tu familia quedó?
Tus padres rien y lloran
con encontrada emocion;
pero su risa parece
una mueca del dolor,
pues se adivina en sus labios
una falsa contraccion.
¡Les roban en una hora
toda una vida de amor!
Inquieto vuelvo los ojos,
palpitante el corazon,
para mirar á mis hijas
que te besan con calor,
y el porvenir invadiendo,
exclamo en mi agitacion:
¿Esto que siento y me ahoga
será placer ó dolor?
III .
EN LA FONDA.
Cármen, de brindar acabo
por la dicha de los dos.
Sin respetar mi trastorno,
siguiendo una tradicion,
arrancas tus azahares,
y dando vás una flor
á cada niña
soltera, con la pérfida intencion
de que vayan pronto al templo
á hacer un
alma de dos...
¡Dios te perdone el regalo como te perdono yo!
Cármen sé tan venturosa como mereces.—¡Adios! Vas á recorrer el mundo soñando
glorias y amor, y aquí se queda tu padre
á solas con
su afliccion;
tu madre se funde en lágrimas;
y en su desconsuelo á Dios
le pregunta si tu dicha
le compesa su dolor.
Al poner el pié en la calle
ando con recelo, voy
alarmado; en cada hombre
temo encontrar un ladron.
¡Arrebatarme á mis hijas!
¡Voy á deshojar tu flor!...
¿Para ser ellas felices
han de robármelas?... ¡Oh!
¡Ley tirana, pero justa!
¡Que me venzan con su amor!
Yo sabré esconder el llanto
al verlas marchar.—¡No no!
¡No son mentira las lágrimas
que brotan del corazon!
¡Esto que siento y me ahoga
no es placer, sino dolor!
Madrid. b i.
UN GRITO DEL ALMA.
LA VUELTA DE LA GUERRA
¡El clarin se oye sonar!
¡flores y coronas caen...!
—Son nuestros bravos que traen
la paz, la dicha, al hogar.
Todas las almas se excitan
al ver á nuestros hermanos,
y se unen todas las manos,
y todos los labios gritan.
¡La paz! No hay más que una idea
que nobles pechos inflama,
y alegre el pueblo lo aclama!
¡Es la paz! ¡Bendita sea!
Mas con angustia crüel
una madre, en su amargura,
vertiendo llanto, murmura:
—«¡Todos vuelven ménos él!»
Madrid. b i.
DESDE MI HOGAR.
A S A.LA INFANTA DOÑA PAZ
EN SU CASAMIENTO.
I.
Señora: Debo dudar
si á vos mi nombre ha llegado;
soy un vate jubilado
que en el rincon de su hogar
contento vive encerrado.
El hogar solo me inspira,
Do hallé la felicidad
que canto en mi pobre lira;
aquí encerré la verdad
y eché fuera la mentira.
Llega á mi casa el rumor
de una fiesta soberana
que la preside el amor,
y para verla mejor
salgo alegre á la ventana.
Agitadas las pasiones,
que encienden el alma, veo,
entre sueños é ilusiones,
dos amantes corazones
que corren tras de Himeneo.
Ella, risueña la faz,
prendida con ricas galas,
y el alma dando á solaz,
al cielo tiende las alas...
¡es el ángel de la PAZ!
Con belleza y juventud,
amor en su pecho siente;
lleva en el alma virtud,
una corona en la frente,
y en las manos un laud.
II.
No exalta mi pensamiento
el brillo de vuestra alteza;
disculpad mi atrevimiento;
pues con mi ruda franqueza
hé de decir lo que siento.
Todo lo grande lo aduna
quien, al venir á este mundo,
halla colmada su cuna...
—¿Todo?—No: el amor profundo
no nace con la fortuna.
Nunca en las almas se encienden
en una llama apagada;
sin el amor no se prenden;
nace éste en una mirada,
y los ojos no se venden.
¿Sentisteis ese calor?
pues de ello sois vivo ejemplo
y así os digo sin temor:
¡feliz el que entra en el templo
por la puerta del amor!
A vuestra alma enamorada
puedo una muestra enseñar
de esa ventura soñada:
dirigid una mirada
á mi pacífico
hogar. Libre de todo cuidado,
con la conciencia en reposo, cómo, del mundo
olvidado, el pan del trabajo honrado que el amor hace sabroso. Haciendo un alma
de dos, con los ojos siempre fijos en los deberes y en Dios, vamos de la dicha
en pos, soñando con nuestros hijos. Sin el cariño, el dolor
de lazos hace cadenas, y el sufrimiento es mayor;
pero, ¿amándose?... El amor quita amargura á las penas!....
III .
Con fervor en este dia,
que os conceda pido á Dios
venturas, paz y alegría:
luna de miel, á los dos,
eterna como la mia.
Madrid, de
Abril de b i.
DIOS Y LA CIENCIA.
E( .
¡Ay! Tú me viste llorar
por el hijo de mi amor;
y entonces te ví luchar,
y una lágrima ocultar,
comprendiendo mi dolor.
¡Extenderlas alas ví
al ángel, del cielo en pos!
Lleno de fé me sentí,
y de rodillas caí,
su vida pidiendo á Dios.
Dios mi plegaria escuchó,
que á Dios nadie pide en vano,
y benéfico posó
sobre tu frente su mano,
y tu ciencia iluminó.
Con sublime inspiracion
te copio aquí una verdad
que escribí en mi corazon:
¡Gratitud á tu amistad!
¡A tu ciencia admiracion!
Puerto Rico.
b i.
LA PERLA DE CUBA.
A CONCHA SERRANO
Allá, á la orilla del mar,
en la tierra de Colon,
el delicado boton
de una rosa ví brotar.
Era una niña donosa,
de ojos azules, ¡tan bellos!
eran rubios sus cabellos,
tez del color de la rosa.
A su padre hizo temblar
esperanza, la emocion.
¡Fué el sueño de la ilusion!
¡La sonrisa de su hogar!
Y tan peregrina al verla,
Concha la llamó al nacer...
al convertirse en mujer
brotó en la concha una perla.
Hoy, que te vuelvo á encontrar,
escalas el porvenir.
¡Ay! ¡tú empiezas á subir
cuando yo empiezo á bajar!
Concha, ¡qué tiempos aquellos!
en los dos todo ha cambiado,
y tus ojos me han robado
lo negro de mis cabellos.
Te miro con emocion;
me traes á la memoria
la página de mi historia
más grata á mi corazon.
Amo á Cuba, y pido á Dios
que la paz luzca en su suelo;
bajo aquel brillante cielo,
Concha, nacimos los dos.
¡Allí murió mi alegría!
¡tierra con llanto regada!
¡dejé en ella sepultada
una hija del alma mia!
De tus padres al amor
¡cuán venturosa has de ser!
¡á tí te llama el placer!
¡á mí me llama el dolor!
Te siguió desde la cuna
risueño y próspero el hado;
sus dones te ha regalado
generosa la fortuna.
¡Feliz tú, niña hechicera,
en cuya fresca megilla
la huella triste no brilla
de la lágrima primera!
La ilusion te hizo, en su anhelo,
tan noble como tu padre,
tan bella como tu madre,
tan pura como tu cielo.
Hermosa, te han de admirar,
y pues la virtud te abona,
oigo á la gente exclamar:
—¡Feliz quien logre engastar
esa perlaen su corona!
Madrid. b i,
EL AVE DE PASO.
E( L
R M
Una paloma con ropaje humano
en su sueño exclamó: «¡Quiero reinar!» Al verla tan
hermosa, un soberano, delirando de amor, fué por su mano la corona en su frente
á colocar.
El ave sobre el trono posó el vuelo
para libar la copa del amor.
Al verla tan hermosa. «¡Ven al cielo!» dijo Dios; y
en su amargo desconsuelo lanzó el amante un grito de dolor.
Ella en el cielo derramando flores exclamó: «¡Qué
dichosa soy aquí!» ¡Eterna paz, sin penas ni dolores!...» —«Ella era un ángel,
dijo Dios ¡No llores! ¡los ángeles los formo para mí! Madrid, Julio de - X .
CELOS DE PADRE.
Está la niña impaciente;
pensativo el padre está;
y á entender ninguno dá
lo que pasa por su mente.
Por temor á sus enojos
ella no se atreve á hablar;
y algo quiere praguntar
á su padre
con los ojos. El padre lo comprendió, y un suspiro conteniendo, entre sus manos
cogiendo las suyas, así le habló: —«En tu rostro la alegría retrata tu
pensamiento.
¿Y me preguntas qué siento? ¿Qué he de sentir, hija
mía? Advierto tu desvarío pensando siempre en un hombre por tus labios vaga un
nombre, y ese nombre no es el mió. Escucha, mi bien, con calma
lo que en secreto te digo: tu cuerpo vive conmigo,
mas se me escapó tu alma. Despues de tantos desvelos, al verte amar y sufrir,
siento en mi pecho rugir
la tempestad de los celos. ¿Pretendes romper mis
lazos
buscando nuevo cariño?
Por ver lo que encierra, el niño
hace el juguete pedazos.
En los ojos de tu madre
puedes mi impresion leer.
¿Qué hombre te habrá de querer
como te quiere tu padre?
Alas á los hombres dan
el amor, la fantasía;
mas los ángeles, Lucía,
tienen alas... ¡y se van!
Ese amor de frenesí
es fuego fatuo; en el mundo
solo hay un amor profundo:
el que yo siento por tí.
¿Cómo una existencia entera
á tu afecto
consagrada cambias por una mirada más ó meaos embustera? Yo te he enseñado á
rezar,
á ser buena y
á sentir...
¡Hoy me haces arrepentir
de haberte enseñado á amar!» Mas de pronto, en sí
volviendo,, una lágrima enjugó,
y á la hija amada estrechó contra su pecho,
diciendo: —«No, no: perdona, Lucía, esta torpe ofuscacion; estalló mi corazon
al ver que ya no eres mia. Si él te quiere de
verdad, yo no me puedo oponer; tu padre ¿qué ha de querer más que tu felicidad?
Fuerza es que al destino acate con esa ley
rigorosa...
¡No llores, no! ¡Sé dichosa,
aunque tu dicha me mate!»
Ella en sus brazos se echó,
y confundidos lloraron;
lo que sus labios callaron
el alma lo declaró.
¡Ley tirana! ¡ley constante,
en el amor siempre fija!...
Pensaba el padre en su hija
y ella pensaba en su amante.
Madrid. b i.
SEGUNDA PARTE.
EL MUNDO
EL ALBUM DE TERESA.
I.
9 N 1854
Apoyado de codos en la mesa
y divagando el pensamiento mio,
me encontraba, Teresa,
cuando vino á borrar mi desvarío
el álbum tuyo, del amor reclamo,
pidiéndome una flor para tu ramo.
¡Ay Teresa! ¡En qué dia,
en qué dia fatal á pedir vienes
una flor á la pobre musa mia!
Qué! ¿bastantes no tienes
en ese tan feraz vergel de amores,
rico ya de lisonjas y de flores?
Estoy, Teresa; inquieto,
y la razon te la diré en secreto:
me asustó el calendario, que este dia, los treinta
me ha anunciado que cumplia.. Tú que eres bella y vives de ilusiones,, jóven y
ves el porvenir abierto,
que el alma, tienes rica de emociones y el corazon
para el amor despierto,
no sabes lo que son los desengaños, no sabes lo que
son los treinta años. ¿Y pides una flor al estro mio?
La que está como tú en su primavera darme una flor
debiera
para encantar mi caluroso estío.
¡Ay Teresa! Al peinarme esta mañana quité de mis
cabellos una cana: nuncio de invierno que me da tristeza porque la nieve
espanta á la belleza. ¡La cara se marchita
cuando aun ardiente el corazon palpita!... ¿Sigo
hablando de mí?—¿Para qué vienes á un páramo erial á pedir flores
cuando de sobra en tu jardin las tienes? ¡Ah, nueve
de Noviembre!... Mis dolores no puedes, niña comprender en suma; arrojo, pues
la pluma,
y si al mirarte fresca cual la rosa
que entreabre al calor de la mañana,
no puedo repetirte con Quintana:
«¡Ay, infelíz de la que nace hermosa!»
al ver mi pobre corazon, me queda
el gusto de exclamar con Espronceda:
«¡Malditos treinta años!
¡funesta edad de amargos desengaños!»
II
9 N 1883.
¿Otra vez vuelve á mis manos
el libro de tus ensueños?
¡Cuantos años han corrido
desde que escribí mis versos,
arrebatando á la lira
unos mentidos lamentos!
Los malditos treinta años
¿quién me los diera de nuevo.
Entonces, lleno de vida,
entre locos devaneos,
desperdiciando un tesoro
de amor y de sentimiento,
en mi ceguedad, el mundo
era á mi ambicion estrecho.
¿Y te hablé de desengaños
y de corazon de hielo
porque apareció atrevida
una cana en mis cabellos".
¡Cómo mienten los poetas!
¡Me he mirado en el espejo!
¡Ay Teresa! ¡Cuánta nieve
descargó sobre mi pelo!
Tu mismo libro denuncia
la accion maldita del tiempo;
pasando de mano en mano,
en las manos fué perdiendo
la juventud, que es la vida;
como yo, se encuentra viejo.
En sus hojas arrugadas
hallo un mundo de recuerdos,
porque viene á ser tu libro
panteon de mis afectos.
—Hartzenbusch, el sabio ilustre,
más que amigo mi maestro;
Tula, la insigne cantora,
gloria del cubano suelo;
el sin ventura Aguilera
que embelleció el sentimiento:
Selgas, que robó á las flores
su perfume y su misterio;
Ayala, el hombre de Estado,
que, tendiendo mal su vuelo,
nació gigante en la escena
y fué á morir al Congreso;
Florentino Sanz, que puso
un candado á su talento
y en flor mató una esperanza:
¡todo bilis! ¡todo ingenio!
Narciso Serra y Hurtado,
mis queridos compañeros,
regocijo de las Musas
que coronas les tejieron...
Aquí sus nombres mezclados
en tus páginas encuentro;
los acordes de sus liras
aquí están... ¡todos han muerto!
¡Mas sus nombres no perecen,
porque es inmortal el génio!
¡Y yo vivo todavía,
arrastrando con mi cuerpo
el fardo de una existencia
que se va doblando al peso!
¡Nueve de Noviembre!... ¡Dia
de espansiones y recuerdos!
La familia me saluda,
al despertar, con un beso,
y me felicitan todos
porque me pongo más viejo,
pues van pasando los años
y las fuerzas voy perdiendo.
En este dia, Teresa,
llega tu libro indiscreto
á pedirme
nuevas flores, cuando el jardín está seco.
Te conservas siempre hermosa;
en balde ha corrido el tiempo;
cruzas el brillante otoño,
y yo el nebuloso invierno;
pero aunque flores tuviera
darlas, Teresa, no quiero,
pues sé que causan enojos
las lisonjas de los viejos
DE LA TIERRA AL CIELO.
A D. PEDRO CALDERON
EN SU SEGUNDO CENTENARIO
Vate insigne: no te asombre
la insensatez de mi empeño,
pues como la vida es sueño,
soñando escribí tu nombre.
La vida es sueño dijiste
cuando andabas por el mundo;
despues, en sueño profundo
doscientos años dormiste.
Hoy va la gloria á llamar
á tu tumba, y no despiertas;
si el cielo te abrió sus puertas,
en el mundo ¿qué has de hallar?
Gloria eterna has conseguido
en un siglo indiferente,
cuando todo, la corriente
lo lleva al mar del olvido.
Sí es sueño la vida, en sueños
hoy nos vienes á mostrar
que, tu luz al reflejar,
los grandes se ven pequeños.
En el Parnaso español
hoy los ingenios se humillan,
que las estrellas no brillan
en cuanto aparece el Sol.
La envidia nada perdona;
á pesar de tu
grandeza, si hoy alzases la cabeza te quitaran la corona.
De tu gloria al resplandor ¡cuántas cosas has de
ver!...
Sin duda te harán creer que nuestro siglo es mejor.
Digo verdad, y lo siento; entonces no se escribía para matar en un dia
los destellos del talento. Tú escribiste, sin
engaños, para grabar tu memoria; para revivir con gloria después de doscientos
años. Allá en tu siglo, la fama nos cuenta que el caballero aunaba, mas que al
dinero, al rey, á Dios y á su dama. Hoy, discurriendo mejor, amamos poco; por
eso
se dá el nombre de progreso
á este siglo
de vapor.
Se atreven á profanar
nombre tan santo, y de lodo
lo vamos manchando todo...
¡A esto llaman progresar!
Al verle, te asombrarás:
el progreso es un gigante
que echa el pié para adelante
y que corre para atrás.
¿Lo dudas? Oye el clamor
del pueblo noble y honrado;
rompen su lazo sagrado
á la familia, al amor.
Hay quien, falto de razon,
niega á Dios Omnipotente
que puso el dedo en tu frente
y te dió la inspiracion.
¿Es sueño la vida?—Sí
lo dijiste, y voy creyendo
que es verdad; solo durmiendo
se puede pensar así.
¿Vienes hoy?—No viene el hombre envuelto en ropaje
humano; nos mandas, vate cristiano,
solo, entre nubes, tu nombre.
Mas si vivir es soñar,
soñando tu nombre viene...
¡Felíz el génio que tiene
tan glorioso despertar!
Madrid c de.
Mayo de b i.
A LAS DAMAS ESPAÑOLAS.
C
1
A las damas me dirijo
en estilo epistolar,
porque yo sé que las cartas
tienen electricidad,
pues, entrando por los ojos,
directas al alma van;
y ese camino secreto
mi lira quiere buscar.
Prestad me atencion, señoras,
por un momento no más,
y que la intencion disculpe
mi atrevida libertad.
Mirado desde la orilla,
¡qué magnífico es el mar!
Brillante espejo del cielo,
del agua en la inmensidad,
á las nubes
caprichosas sus tintes robando va. En su tersa superficie, ¡qué dulce
tranquilidad! ¡Cómo el alma se deleita! ¡No se causa de admirar!...
¡Qué pequeño se vé el hombre ante una grandeza tal!
Ingratos fuéramos todos
no rindiendo culto al mar.
Él dá la salud al cuerpo
en la estacion estival;
entre sus aguas esconde
el suculento manjar;
en sus conchas, ricas perlas,,
y en sus rocas, el coral,
piedras preciosas que vienen:
vuestra belleza á adornar;
camino ofrece al comercio;
las naves vienen y van,
cruzando el mundo atrevidas,
sus productos á cambiar.
¡La mar! ¿Qué es la mar en suma?
Bien mirado, no son más
que un remedo de la vidalas
corrientes de la mar.
La brisa que nos deleita,
es la ventura, es la paz
que goza el alma tranquila
sin acordarse del mal;
las pasiones encontradas
llegan el alma á agitar,
produciendo el torbellino,
la furia del huracán.
Y en esa lucha incesante,
como en las aguas del mar,
chocan las olas que vienen
contra las olas que van.
El mar es bello; muy bello,
con su cielo azul... Pero ¡ah!
tambien las flores convidan
su perfume á respirar,
y flores hay que en su seno
guardan veneno letal.
Así, las pérfidas ondas
son un sepulcro.—Mirad.
La nave gallarda cruza
por el proceloso mar,
y al viento dando sus velas
tranquila surcando vá.
En Dios puesta la esperanza,
ve á lo lejos asomar
la costa, el puerto querido,
y se marca la ansiedad.
Negras las nubes se tornan
y empiezan á descargar;
las olas se encrespan, ruge
desatado el vendaval.
La nave, perdido el rumbo,
en una rompiente dá,
y los botes salvadores
se traga furioso el mar.
¡Tódo el viento lo destruye!
Sólo la fé queda ya
con la esperanza, pues tienen
en cada pecho un altar.
Al ver seguro el naufragio,
temblando la gente está,
y en el puente, de rodillas,
á Dios invoca piedad.
Y mientras tanto, en la costa,
viendo á la nave luchar,
se lanzan bravos marinos
sin temor al huracan.
¡Ay! ¡un bote salva-vidas!
¡No lo tiene la ciudad!
Así, es inútil empeño;
la nave á pique se va,
y se oye un grito de espanto
que se confunde en el mar
Las lágrimas de las madres
enriquecen su caudal,
y las lleva la corriente
de las aguas, á buscar
el quejido de sus hijos,
que allí palpitando está.
Y lágrimas y lamentos
mezclados, se ven cruzar,
entre las olas que vienen
y entre las olas que van.
¿Cómo queréis que no llegue
á vuestra
puerta á llamar? Desde Isabel la Católica hemos aprendido ya que la mujer es el
nervio, el alma, vitalidad
de los mayores empresas que han llegado á
prosperar. Sois madres, hijas ó esposas, y sabeis sentir á más; ayudadnos en la
empresa, pues nuestro sueño es dotar los puertos de salva-vidas,
y Dios os lo premiará.
¡Qué abismo tan insondable! ¡Pobres náufragos!...
Pensad en las personas queridas que se lanzan á la mar; acaso vuestra limosna
mañana las salvará.
El pensamiento es sublime, y cerrados no he de
hallar los sensibles corazones
que en vuestros pechos guardais. ¡Y así os veré tan
hermosas! pues nada embellece más
ante Dios, que el ejercicio de la santa caridad,
que es el consuelo, la vida
de los que saben llorar.
Las almas indiferentes
al dolor de los demás,
no sufren, pero tampoco
comprenden lo que es gozar;
tienen una fibra ménos
y una desventura más.
Hacer bien á sus hermanos,
es en la tierra sembrar
la semilla, que en el cielo
después el fruto nos dá.
Cuando me acerco á la playa,
y el agua dormida está,
y á los pobres pescadores
miro tranquilos cruzar,
y á los valientes marinos,
sin temor al huracan
que siempre amenaza, y pienso
que los podemos salvar
con los esfuerzos benditos
de la santa caridad;
veo, entre espumas de plata,
el nombre ilustre brillar
de Rubalcava el marino,
alma de esta SOCIEDAD.
Lleva el rumor de las aguas,
entre las olas que van,
los sollozos de las madres
que no cesan de llorar;
y entre las olas que vienen,
los gritos de la ansiedad.
Y mis lágrimas envío,
pues quiero verlas rodar
entre las olas que vienen
y entre las olas que van.
Madrid, b de
Diciembre de b i.
EL INTERES Y LA USURA.
APÓLOGO2
Una dama de buen talle
y un galan de noble porte,
una mañana en la córte
se encontraron en la calle.
Dama y galan se miraron
y sus pasos detuvieron;
al punto se comprendieron,
y este diálogo entablaron:
—«¿A dónde vais?—A cumplir
un deber, la dama dijo.
—Yo en lo presente me fijo.
—Yo pienso en lo porvenir.
—Hay en el mundo un tirano
que al necesitado ayuda;
le despoja y le desnuda
cuando le tiende la mano.
Consuelo de la laceria,
quiero ser, para el que gime,
un paño que no lastime
los ojos de la miseria.
Y se cumplirá mi anhelo,
pues para enjugar el llanto,
he tomado un nombre santo
que abre las puertas del cielo.
—Yo intento abrir una Caja
para tesoro del pobre,
que convierta en plata el cobre
del infeliz que trabaja.
Ese tesoro guardado
con el tiempo ha de ofrecer
una dote á la mujer,
su libertad al soldado.
—Yo doy paciencia al sufrir.
—Yo enseño al hombre á guardar.
—Yo dinero voy á dar.
—Voy dinero á recibir.
—Encontrará en mis socorros
alivio la humanidad.
—Soy el Monte de Piedad.
—Yo soy la Caja de ahorros.
—¡Grande el proyecto ha de ser!
—Los dos nos necesitamos.
—Venid, porque unidos, vamos
un problema á resolver.»
Al mirar la santa union,
que inspira amor y respeto,
el pueblo, muy en secreto,
le manda su bendicion.
Sólo una voz se levanta
á protestar
contra ella. ¿Quién, infame, se querella y de tal union se espanta? Es una
horrible figura
que convierte el oro en cobre, chupando la sangre
al pobre. —¿Cómo se llama?—¡La Usura! Madrid. L G.
PERLAS Y FANGO.
De codos en la muralla,
buscando la soledad,
un pobre desesperado
rompió de pronto á llorar.
—«Están abajo los hombres,
dice, y Dios arriba está.
Amparo á los hombres pido,
sordos á la caridad;
elevo al cielo los ojos,
y aliento noble me dá.
Cuando inclino la cabeza,
doblado por el pesar
que me consume, mis lágrimas
al suelo rodando van.
Cuando levanto la frente,
sin miedo á la tempestad,
ruedan altivas y caen
mis lágrimas en la mar
¡Ah! ¿que miro? ¡Dios es bueno
Cuando mis lágrimas van
á la tierra,
en sucio fango las miro al punto cambiar. Pero las lágrimas puras que el alma
exhalando va, se evaporan en el agua
y en perlas trasforma el mar. Cuando hay un pesar
profundo, acaso no halle consuelo quien lo busque en este mundo,
pero le encuentra en el cielo.
Madrid, b i.
LA MEJOR ARISTOCRACIA.
CUENTO.
Cuentan que en una ocasion,
cabalgando en el Cerbero,
vino acá Pedro Botero
por encargo de Pluton.
—«Pues hoy gozas de mi gracia
le dijo, vas á marchar
al mundo, para buscar
la mejor aristocracia.
«Baja aquí tanto malvado,
que es un presidio el infierno;
quiero fundar un gobierno
de solidez, ilustrado.»
No replicó Pedro nada,
aunque demostró su asombro;
y con la caldera al hombro
vino con esa embajada.
II.
Pronto el mundo su impaciencia
por conocerle mostró,
pues su llegada anunció
la activa Correspondencia.
Movidos del interés
corrieron mil pretendientes,
todos vivos, diligentes;
mas recibió solo á tres.
Con el afan de mandar,
aunque fuera en el infierno,
para obtener el gobierno
uno se encargó de hablar.
—«Somos ilustres personas;
mucho en la tierra valemos,
y presentaros queremos
nuestras preciadas coronas.»
El pretendiente primero,
que manejaba un tesoro,
dió una corona de oro:
era un notable banquero.
Un marqués, galante y fino,
con aires de gran persona,
le presentó su corona
pintada en un pergamino.
Y detrás de este y de aquel,
siempre en el último puesto,
entregó un vate modesto
su corona de laurel.
Pedro Botero intentó
buscar el valor real,
y en su caldera infernal
las tres coronas echó.
A la accion del fuego, el oro
bien pronto se derritió,
y el banquero se quedó
sin corona y sin tesoro.
El pergamino empapado
se deshizo en la caldera,
y vió Pedro que aquél era
no más que un papel mojado.
El vivo fuego, al pasar
por encima de las hojas
de laurel, las puso rojas,
y un nombre se vió brillar.
El laurel cantó victoria;
el humo que despedía
derecho al cielo subía:
¡era el cielo de la gloria!
III
No cumplió Botero mal
su delicada mision,
que á su magestad Pluton
llevó este informe oficial.
«Señor: son todas absurdas
las cosas que el mundo encierra,
pues no anda mejor la tierra
que nuestras pobres zahúrdas.
«Como buen embajador,
la sociedad estudié,
y en mi caldera encontré
la aristocracia mejor.
«Se va el dinero, y no queda
el menor prestigio al hombre.
El título es solo un nombre:
la nobleza no se hereda.
«¡La gloria es el porvenir!...
¿Qué la llega á merecer?
—¡Lo que nace con el sér,
y sobrevive, al morir!
«Es hijo de la desgracia
y hermano del sufrimiento;
mas siempre será el talento
la primera aristocracia.»
Pluton oyó el parecer.
De entónces, en el infierno,
cuando hay cambio de gobierno,
se llama siempre al saber
Madrid. L G.
DIÁLOGO.
Deslumbrada con las galas
de una camelia preciosa,
la versátil mariposa
plegó sobre ella las alas.
—«¿Qué buscas, insecto, aquí
dijo con indiferencia
la flor.—Yo busco la esencia.
—Pues no la hallarás en mí.
—Hay en tu tallo calor;
hay en tu cáliz frescura;
en tu rostro hay hermosura;
¿dentro de tí no hay amor?
—En mí no se encuentra nad
vivo á todo indiferente;
en mí todo es aparente;
tengo una vida prestada.
—Yo corro de flor en flor
buscando el sabroso jugo;
de mi corazon verdugo,
el pecho cierro al amor.
—Yo no tengo corazon
y gozo con mi belleza;
me formó naturaleza
para adorno de salon.
—Yo busco las impresiones
pasajeras, del momento.
—Y yo, ajena al sentimiento,
me burlo de las pasiones.
—Trato al amor con desvío,
Y vivo en el mundo bien.
—Pago el amor con desden:
mariposa, el mundo es mio.
—Entónces, ¿quién goza más?
¿Yo en contínuas emociones,
ó tú libre de
pasiones? —Mañana me lo dirás. —La vejez veré llegar cansada de muertas
glorias; viviré de mis memorias,
Y algo tendré que contar. Para tí llegará en pos do
la belleza el desvío. —¡Mariposa, el mundo es mio! —¡Ay! ¡El mundo es de las
dos!» Habana. Q D
FANTASEO.
I
A
Dicen que á la hija de Tántalo
en roca la convirtieron.
Yo para que me miraras,
quisiera volverme espejo;
y collar de finas perlas
para rodear tu cuello;
y túnica de brocado
para ceñirme á tu cuerpo;
y convertirme en almohada:
para saber tus secretos
y recoger tu cabeza
y jugar con tus cabellos;
ser quisiera tu abanico
por verme en tu mano preso,
y allí respirar el aire
calentado con tu aliento,
y ser sandalia quisiera,
en mi loco fantaseo,
para que tú me pisaras
con tu lindo pié pequeño;
y ser el tul vaporoso
que á tu faz sirve de velo
para acercarme á tu boca
y darte un furtivo beso
Cádiz L ].
EL VALOR DE LAS LÁGRIMAS
A mui, la couronne d'epines
a raus, la couronne de fleurs
VICTOR HUGO
Ayer suspirar te oí,
Y llorar te ví despues
Si te lamentas, Inés;
¡ay! ¿qué dejas para mi?
Tú que sabes derramar
de tus ojos esas perlas,
ven á enseñarme á verterlas...
¡Feliz quien sabe llorar!
¡Lágrimas! ¡calmante son
para un tormento cruel!
Mis lágrimas son de hiel
y las guarda el corazon.
Jamás perdiste la calma;
penas y dolor ignoras;
¡dichosa tú, porque lloras
sin que lo sepa tu alma!
Tú has aprendido á fingir,
y yo he aprendido á penar;
enséñame tú á llorar;
yo te enseñaré á sufrir.
Lloras una amante queja,
y apenas hallas consuelo,
brillan tus ojos, cual cielo
que entre nubes se despeja.
Las lágrimas ¡ay! arrasan,
con tanto sufrir, mis ojos,
y con el fuego, ya rojos,
al desprenderlas, se abrasan.
Lanzo al aire mi lamento
y llorar no puedo en tanto...
¡No llores, porque es tu llanto
la burla del sufrimiento!
Yo sé sufrir sin gozar;
sabes gozar sin sufrir;
sabes llorar sin sentir;
yo sé sentir sin llorar.
Buscas ensueños de amor
porque el amor te seduce,
y amor, solo me produce
un contínuo torcedor.
El jardin te brinda flores,
astros brillantes el cielo,
te dá la brisa consuelo,
y el iris limpios colores.
Me roban las flores bellas
con su frescura su olor,
y me roban su color
el iris y las estrellas.
Tú que sabes derramar
de tus ojos esas perlas,
vén á enseñarme á verterlas.,
¡Feliz quien sabe llorar!
Tú por mi senda caminas;
mas lucimos en amores
¡tú, una corona de flores!
¡yo, una corona de espinas!
Habana. b i.
HOJAS SUELTAS.
I.
A
AYER.
¿Cómo te he podido amar
no sabiendo tú querer?
En vano intento romper
mi pecho para olvidar.
Forma la espuma en el mar
del agua el choque violento,
y estrellarse airadas siento,
salidas del corazon,
las olas de mi pasion
en el mar del sentimiento.
HOY.
Recuerdo que eso escribí
hace más de treinta años,
lamentando desengaños
de los muchos que sufrí.
Hoy, tu ajado rostro al ver,
rae dan ganas de llorar,
porque me haces recordar
á aquella ingrata de ayer.
II.
E(
Que eres hermosa, lo sabes;
aquí escribirlo no quiero,
que al mover el abanico,
las palabras lleva el viento.
Mas tienes una ventaja,
Isabel; como soy viejo,
te refrescarán el rostro
mis pensamientos de hielo.
III .
A C ....
AVIÁNDOLE EL MEMORIAL DE UN POBRE
Pues la prosa no se usa
para hablar al corazon,
va en verso la peticion,
que al fin es dama la musa.
Mi sentimiento tío escondo;
hacer bien es deber santo.
¡La Caridad!—¿Quién el llanto
recoge en vaso sin fondo?
IV
E(
P3 .
Peregrino por el mundo,
he venido á la montaña
con el cansancio en el cuerpo
y el desaliento en el alma.
No vine á buscar las brisas
en estas hermosas playas,
que á mi espíritu agitado
aliento no da la calma.
Busqué el rugir de las olas
en las tempestades bravas,
y el aquilon desatado
tronchando flores y ramas.
Y en vez de huracanes rudos,
en las agrestes montañas,
encontré una florecilla,
bella, como el lirio pálida,
tan débil como un suspiro;
pero ¡ay! que tiene una llama
en sus ojos, que produce
tempestades en las almas.
Eres tú, niña hechicera,
esa flor de la montaña;
llevas el fuego en los ojos
y la música en el alma.
V.
E(
L
Tiene la naturaleza
momentos de inspiracion,
y en uno de esos momentos
inspirados te formó.
Las virtudes resplandecen
en tu rostro encantador;
la bondad brilla en tus ojos,
espejos del corazon.
Y si por buena seduces
que es el encanto mejor,
¿por qué la naturaleza
tan hermosa te formó?
Pregunta á cuantos te miran
cuál es tu encanto mayor,
y todos dirán... que todos
te miran con emocion.
A mí no me lo preguntes;
responder no puedo yo;
los casados y los viejos
no tenemos opinion.
VI
E(
B
AL PARTIR PARA CARACAS
Bella, afable y buena siendo,
he de sentir tu partida,
porque el que se va, se olvida
del que se queda sintiendo.
¿Al otro mundo te vas?...
¡Adios! ¡Mi afecto es profundo!
¿Quién sabe si en este mundo
al volver me encontrarás?
HOJAS DE LAUREL.
I.
A S6
T
PARA SU CORONA.
No es morir el morir, cuando pregona
la Fama el nombre del que tiende el vuelo.
¡El genio! ¡la virtud! ¡Todo te abona!
¡Tú dejaste en la tierra una corona,
y otra corona te llevaste al ciclo!
II.
A C
DESPUES DE LEER EL “QUIJOTE.”
Los ingenios del mundo te aclamaron cuando en la
cima aparecer te vieron; y atónitos después te contemplaron cuando tu libro sin
rival leyeron.
Sus liras en tus aras las quemaron, y con deleite
tu cantar oyeron.
¡Ay, que las luces que su fuego ofrece un rayo de
tu luz las oscurece!
III .
A J
R .
IMPROVISACION.
Al morir, deja el pintor
el lienzo que le dió fama,
y siempre el libro proclama
la gloria del escritor.
Mas cuando muere un actor,
aunque su talento asombre,
muere el génio con el hombre:
si para tí no resuena
el aplauso ya en la escena,
¿qué queda de tí?—¡Tu nombre!
IV.
A G
T –
AL VER PASAR SU FÉRETRO
Poeta, ¿adónde vas? ¡Deten el vuelo!
¡El mundo con pesar partir fe mira!... ¡Pero no!
¡sigue! ¡adios! ¡Es pobre el suelo para el vate inmortal que en Dios se
inspira! ¡Genio, busca tu patria! ¡busca el cielo, que aquí nos queda el eco de
tu lira!
—Te arrebató la muerte, mas la historia un nombre
escribirá: ¡vive tu gloria!
ORIENTALES DE VICTOR HUGO.
I.
E(
Del mar en las orillas, una noche de estrellas, sin
nubes en el cielo, sin velas en el mar, mirando meditaba las creaciones bellas,
y árboles, bosques, montes, parecen preguntar:
«¿Quién es de esto el Señor?.»
Y las estrellas de oro copiadas en las olas, en voz
alta, en voz baja, parecen responder, y las ondas azules, que se gobiernan
solas, tambien se unen y dicen, con su espuma al romper: «¡El Señor de esto es
Dios!»
II
E(
¡A Grecia, á Grecia! ¡vamos! ¡Adios! ¡partir debemos!.
¡Nuestra sangre inocente pronto redimiremos
con sangre de verdugos!
¡Adios! A Grecia, á Grecia! ¡Libertad y venganza!
¡un turbante y un sable! ¡un caballo, una lanza!
¡Rompamos nuestros yugos!
Partamos esta noche: mañana será tarde.
¡Armas, caballos, buques! ¡fuego! ¡en los pechos
arde ¡Alas mejor que velas!
Corred algunos pocos, soldados veteranos, y vereis
al instante cual huyen otomanos lo mismo que gacelas.
¡Eh, despertad, fusiles, del sueño del olvido! ¡Eh,
músicas, cañones... ¡Atruéneme el ruido! Caballos, vuestras colas
haced que las recojan. ¡Los jinetes se irritan!
¡una mancha de sangre los sables necesitan y plomo las pistolas!
Quiero entrar en combate, siempre de los primeros,
y ver á mis soldados beber la sangre fieros cuando á Grecia acometa;
destrozar su estandarte cuando fuertes caigamos,
dividir sus cabezas con nuestros sables.... ¡Vamos! —¿Do vas, pobre poeta?
¿Adónde te conduce tu acento belicoso?
Los ancianos, los niños, te acogen con reposo sin
saber tu martirio.
Y ¿quién soy yo?—Un espíritu; hoja seca arrastrada
al capricho del viento; una vida pasada de delirio en delirio.
Todo á pensar me obliga: bosques, montes y prados;
miro agitar las hojas, y suspiros ahogados me parece escuchar.
Cuando viene el crepúsculo con su bello reflejo veo
en lago de plata, como en un terso espejo, las nubes reflejar.
III
E(
A .
A Juana la granadina
dice el sultan:—«Eres flor
de España, mujer divina,
y yo diera sin dolor
á mi reino por Medina,
y á Medina por tu amor.»
—Si quieres cristiano
probaré cuanto te adoro,
pues, aunque débil mujer
por tu amor sabes que lloro,
mi ley prohibe el placer
entre los brazos del moro.
—Por esas perlas, cristiana,
que tu cuello hacen brillar,
haré cuanto pidas, Juana;
si quieres, ese collar
que hay en tu pecho, mañana
podrá servirme de altar.
Que eres, bella granadina,
de Medina fresca flor,
y al verte tan peregrina,
yo cambiara sin dolor
á mi reino
por Medina, y á Medina por tu amor.
MADRIGALES ITALIANOS.
I.
D R .
Siendo niña, me decía
un pastor
que es serpiente que mordía
el amor.
Y el corazon muchos años
sin amar,
acechos supo y engaños
esquivar.
En la fuente en noche oscura,
me encontré
con Alfredo, que me jura
tierna fé.
Y aprendí junto á la fuente,
sin dolor,
que en verdad una serpiente
no era amor.
II
A
Lo pasado no existe,
mas lo recuerda la memoria triste.
Lo porvenir tampoco,
mas lo sueña la indómita esperanza. Lo presente es
verdad, mas brilla poco, pues en la nada rápido se lanza. Entonces, ¿qué es la
vida transitoria? —¡Un soplo, una esperanza, una memoria!
LA MARIPOSA.
D L .
Nace con la primavera
y muere como las rosas;
se mece en alas del céfiro,
respirando pura atmósfera,
y se agita entre las flores,
cerradas aun sus corolas;
se embriaga con perfumes,
con luces deslumbradoras,
y el polvillo de sus alas
sacude, jóven gozosa;
vuela como leve soplo
hácia las etéreas bóvedas;
al deseo se parece,
pues ni un instante se posa,
y sin verse satisfecha,
desflorando cuanto toca,
al cielo ligera vuelve
la pintada mariposa.
LA LIBERTAD.
D M .
Gracias, Nise, á tus engaños
hoy en libertad me miro;
al fin contento respiro:
Dios tuvo de mí piedad.
De tus amorosos lazos
el alma en soltura siento,
y en este feliz momento
sólo sueñe libertad.
Amor apagó su fuego,
y ya tranquilo me tienes,
que en mí no encuentra desdenes
para encubrirse el amor.
Ya los colores no pierdo
si tu nombre, Nise, escucho;
si te miro, ya no lucho,
ni me late el corazon.
Sueño, mas no te apareces
en mi sueño placentero,
y al despertar, lo primero
tu forma el alma no ve.
Vivo alegre, y no te busco
si estoy de tí separado;
no siento estando á tu lado,
ni disgusto ni placer.
Describo ya tu hermosura
sin fuerte emocion de amores,
y recuerdo mis errores
sin tenerme que culpar.
No me encontrara confuso
si al pronto venir te viera,
y con mi rival pudiera
de tí muy sereno hablar.
Guarda tu mirada altiva
que no me encuentras insano,
pues ya tu desprecio es vano,
y es vano ya tu favor.
Su imperio, Nise, perdieron
sobre mí tus labios rojos,
y ya no saben tus ojos
la vía del corazon.
Tú en mi voluntad mandabas,
pero ya ese don perdiste;
si ora estoy alegre ó triste
tú no me lo haces sentir;
pues contigo me disgusta
la selva, el monte y el prado;
en cualquier sitio hallo agrado
como me encuentre sin tí.
Seré contigo sincero;
aun me pareces muy bella,
pero ya no eres aquella
que yo juzgaba sin par.
Y, la verdad no te ofenda,
en tu rostro y en tu aspecto
ora noto algun defecto
que ántes creia beldad.
Al arrancarme la flecha,
lo confieso sin cuidado,
sentí el pecho destrozado
y pensé que iba á morir;
pero por no verse preso,
de la cárcel libertarse,
y á sí mismo conquistarse,
todo se puede sufrir.
Cogido en la red el pájaro,
lucha por salir, se queja,
y en ella las plumas deja,
mas cobra su libertad.
Al poco tiempo, las plumas
que el ave perdió, renueva,
y cauta, con esta prueba,
ya no se deja apresar.
Tú no creíste apagado
de amor el fuego en mi pecho:
si de ello hablo sin despecho
es porque callar no sé.
Nise, el instinto me obliga
á decirte hoy
en mi abono, que yo cual todos razono sobre el riesgo que pasé. Despues del
combate crudo cuenta el guerrero sus males, y le agrada las señales
de sus heridas mostrar. Así, contento el esclavo,
libre de opresion agena, muestra la dura cadena que le hicieron arrastrar.
Hablo, y solamente hablando satisfacerme procuro,
y de saber no me curo si me prestas atencion. No
quiero saber tampoco si hallas mi lógica buena, ni si irritada ó serena
escuchando estás mi voz. Pierdo, Nise, una inconstante, y tú un corazon
sincero;
no sé cuál será el primero
que se deba consolar.
No encontrarás en el mundo,
Nise, otro tan fiel amante,
y otra mujer inconstante
es muy fácil encontrar.
TERCERA PARTE.
NARRACION SOCIAL
LA LEY DEL HONOR.
N
I.
En los primeros años de la juventud, el corazon del
hombre se abre á los grandes afectos. Las impresiones de la niñez se borran;
las de la juventud se graban; en la edad madura, el corazon es receloso y se
guarda; en la vejez, es refractario á los nuevos sentimientos. Y esto se
explica bien. En la primera edad se vive de esperanzas: las esperanzas son el
sueño de las ilusiones. En la edad provecta se vive de la realidad: la realidad
lo analiza todo, y el alma no acepta las simpatías del momento. En la vejez se
vive de recuerdos: los recuerdos son nuestra segunda vida.
En la niñez ama el ser á sus padres; en la
juventud, á su amante; en la edad madura, á su familia; en la vejez ama las
memorias de aquellas tres épocas.
Las corrientes de la vida lo arrastran todo, y todo
perece; pero hay un sentimiento que nunca muere, un rayo de luz que nunca se
apaga: el amor de la juventud
¡Oh juventud, primavera de la vida! exclamo con un
poeta; y esa exclamacion se escapa de mis labios al contemplar el risueño
cuadro que voy á ofrecer al lector para empezar mi narracion.
El cuadro presenta un gabinete lujosamente
amueblado, de una casa en la calle de las Infantas, de Madrid. Encima de un
velador
hay flores, pulseras, cintas, prendidos, y guantes
que no han perdido todavía la forma del molde; en un confidente está como
recostado un vestido azul celeste. Si todo este atavío no anunciara
preparativos de fiesta, bastaría fijarse en las caras de dos jóvenes, casi unas
niñas, que con la alegría en los ojos y la emocion retratada en sus
movimientos, consultaban en un espejo de cuerpo entero el efecto que hacía una
berta de encajes que acababan de arreglar.
—Te sienta muy bien, Piedad. Estás muy linda—dijo
una. —¿De veras, Elena?—preguntó la otra con tono de duda, que
desmentía su misma mirada de satisfaccion,
fielmente retratada por la luna del espejo donde se contemplaba.
—Estoy segura de que en los salones de la Condesa
del Rio no habrá esta noche una muchacha más bonita ni más elegante que tú.
—Habrá otra.
—No lo creo.
—Sí; tú, Elena.
Y al decir esto, Piedad depositó en la frente de su
amiga un beso tan cariñoso como expresivo.
Piedad Puente era una niña de diez y seis años,
alegre como el sol de primavera, viva, locuaz, impresionable; su carácter
abierto y su falta de experiencia de mundo la hacían aparecer irreflexiva y dar
intencion á la más inocente de sus acciones; la misma bondad de su corazon, la
misma confianza que le inspiraba la tranquilidad de su conciencia, le servían
de escudo para no detenerse á pensar. Era, segun la feliz expresion del vulgo,
una loquilla.
Tenía Piedad en su persona la fuerza de la
atraccion, pues se captaba la simpatía del que hablaba una vez con ella; era la
alegría de su casa, y de todo el vecindario, que se disputaba su compañía,
sabiendo que adonde iba, huían las penas y se calmaban los dolores; su risa era
comunicativa, casi puede decirse que era contagiosa; en su presencia nadie
lloraba, porque poseía el secreto de disipar las nubes de la tristeza; sus
párpados no se habían quemado con el calor de la primera lágrima: no habiendo
aprendido
á llorar,
quería que nadie sufriera; sospechaba que el dolor era una mentira forjada por
los hombres para atormentarse.
Su alma estaba abierta sólo á las impresiones
agradables de la vida, porque no había sentido la menor contrariedad; era capaz
de querer hasta el frenesí y no sabía aborrecer; era una mariposilla que
acababa de romper su capullo; jugueteando revoloteaba, deslumbrándose con los
colores de sus pintadas alas, y adormeciéndose con la rica esencia de las
flores; gustaba el sabroso jugo de la rosa y del clavel, sin saber que en el
jardin hay azucenas, cuyo perfume desvanece, y matas que en sus hojas guardan
letal veneno.
Su belleza competía con la de la miniatura más
perfecta: alta, esbelta, elegante, tipo de salon por sus modales escogidos, por
su esquisita finura; su cutis era como el ampo de la nieve; sus ojos, azul de
cielo, medio dormidos con languidez encantadora, sin la menor afectacion; sus
cabellos rubios y rizados como los de los querubines que pintan en los retablos
de las iglesias; su boca, pequeña como un piñon; su nariz, afilada.
El retrato físico de Elena Molina no era ménos
atractivo; no tenía elevada estatura, pero en cambio, sus formas redondas
parecían hechas á torno; la belleza de su rostro no hubiera resistido al
análisis buscándola en los detalles, mas el conjunto ofrecía ese no sé qué
inexplicable que en la primera impresion cautiva, que despierta instantáneas
simpatías, que arrastra á los hombres y acaba por volverlos locos.
Su mirar era siempre intencional; sus pupilas,
negras como el azabache, brillaban cual luceros en noche oscura, revelando el
fuego interior que la devoraba; y aquellos ojos tan vivos tomaban á veces un
carácter de tranquilidad tan aparente, que podía oreerse que Elena escondía en
la córnea diferentes pupilas, para asomarlas á los párpados representando
encontradas emociones.
Su boca era grande, pero de movimiento tan gracioso
que parecía estudiado para enseñar sus magníficos dientes; y á los lados se
formaban dos hoyuelos que hacían juego con otro que lucía en la barba.
Su cútis estaba ligeramente tostado, sin ser
moreno; su nariz era perfecta y sus manos, delicadísimas.
En fin, Elena era de esas mujeres que sin mirar á
los hombres los prenden; que van por la calle y se vuelven hácia ellas, los
jóvenes
para seguirlas, los viejos para detenerse á
contemplarlas, lamentando los años que les pesan, y las mujeres para
envidiarlas. Elena era irresistible.
Su carácter era dulce como su fisonomía; nunca se
alteraba, pero sufría en secreto; tomaba parte tan activa en los dolores
ajenos, que por atender á calmarlos, olvidaba sus propios padecimientos; poseía
excelente corazon, donde se aposentaban los sentimientos más nobles, desde el
amor puro hasta la santa caridad; era pensadora por instinto, y en sus
meditaciones adivinaba los peligros que desconocía en su inexperiencia de
mundo; era, en una palabra, una vieja de diez y seis años.
Piedad y Elena vivían, por decirlo así, en familia,
aunque una pared separaba sus habitaciones; en
K, cuando apenas tenían siete años, sus padres alquilaron los dos
cuartos segundos de la misma casa. La proximidad, el contínuo trato de vecinas
y la simpatía estrecharon íntimas relaciones, no interrumpidas una hora en
nueve años; juntas se desarrollaron; juntas sintieron la primera palpitacion de
sus corazones. Sí; porque en un mismo instante, dominadas por idéntica
impresion, agitó el amor sus almas; el amor estrechó los vínculos de la
amistad.
Los padres de Elena y de Piedad tenían dos hijos;
inclinados á la carrera de las armas fueron al colegio de Valladolid, de donde
salieron de alféreces de caballería. Alberto Puente y Leopoldo Molina corrieron
por España algun tiempo, y hacía un año que habían vuelto á Madrid, destinados
de tenientes á un regimiento de lanceros.
Y en ese año sucedió lo que suele suceder á los
jóvenes que se ven á todas horas. Alberto acoderó del corazon de Elena, y
Leopoldo del de Piedad, sin que sus madres enteradas desde el primer momento de
la correspondencia amorosa, la contrariaran, pues vieron con placer, que iban á
estrecharse más los lazos de las dos familias.
Ya introduje al lector, en una tarde de Diciembre
de G H , en el gabinete de la casa de Puente, donde Elena y Piedad preparaban
sus trajes para el sarao que daba aquella noche la Condesa del Rio; risueñas
ilusiones deslumbraban la fantasía de las dos niñas, que iban á hacer su
entrada solemne en el gran mundo; y fácil es
calcular que no pensaban ni hablaban ha más que de
la música y de la animacion de los salones, que veían por el prisma del primer
ensueño de la juventud.
Había, sin embargo, diferencia entre la agitacion
de ambas. Elena se animaba con la idea de lucir sus galas por agradar á
Alberto; Piedad amaba á Leopoldo, pero soñaba en el momento de confundirse con
la turba que había de contemplarla y de celebrar su belleza; y no era en ella
este deseo sentimiento de coquetería, sino necesidad de dar expansion á su
alma, demasiado comunicativa; la inquietaba la curiosidad por ver lo
desconocido.
Para apreciar mejor á las jóvenes, oigamos el
diálogo que entablaron después que Piedad quitó de sus hombros la berta de
encajes.
—Han dado las cinco,—dijo Elena,—y aun tenemos que
peinarnos y arreglar las coronas de flores.
—Por desgracia, nos sobra tiempo,—repuso
Piedad,—pues parece que el reloj se empeña hoy en andar muy despacio. ¡Quisiera
que el tiempo tuviese alas!
—¡Qué impaciente eres! ¡Te acabas la vida con la
viveza de tu génio!
—¡Quién fuera como tú! Estoy segura de que si ahora
te prohibieran ir al baile, te quedarías conforme, sin estrenar tu vestido de
seda, sin pisar los salones de la Condesa y sin oir la música.
—No, Piedad; me disgustaría quedarme esta noche en
casa, pues tengo deseos ele ver un baile; pero me conformaría pronto si Alberto
me acompañaba.
—¡Vaya! No puedes querer á Alberto más que quiero á
tu hermano; pero nada tiene que ver el amor con la satisfaccion de una fiesta
tan inocente, en que hemos de gozar tanto; ¡porque pienso divertirme mucho,
Elena! ¡Eso no es pecado!
—Conociendo tu carácter y el de Leopoldo, temo que
éste sufra allí viéndote obsequiada.
—Discurres siempre como las viejas, mi querida
Elena. ¡Quién pudiera quitarte ese defecto!
—¿Qué dices?
—Es claro; siempre me estás sermoneando, como si no
contaras los mismos años que yo, y como si temieras alguna imprudencia por
mi carácter alegre.
—¡Ay, Piedad! Por instinto comprendo que toda la
reflexion es poca para vivir en el mundo sin peligro.
—¡Ea! Ya estás en el púlpito; naciste para
misionera, pero no tienes ni edad ni figura para predicar.
—¿Por qué?
—Porque para sermonear es preciso ser un
vejestorio, tener la cara arrugada, el gesto y los ojos feroces, y tú tienes
una cara muy bonita para que nadie haga caso de tus reflexiones.
Piedad abrazó á su amiga, que le dijo con su tono
siempre sentencioso:
—Porque te quiero como hermana, me permito
aconsejarte.
Leopoldo te ama con idolatría, y como es algo
receloso...
No, Elena—le interrumpió riéndose;—sobra á esa
palabra la primera sílaba: tu hermano es celoso.
—Y si lo es, correspondiendo á su cariño, ¿por qué
no estudias la-manera de calmar su espíritu?
¡Bueno fuera! Leopoldo no tiene el menor motivo de
queja de mí, porque no pienso más que en él; pero siempre me está acechando
desde sus balcones para ver si me asomo á los mios, y no puedo nombrar á
ninguno de sus amigos de casa sin que me ponga un gesto de maestro de escuela
enojado; ¡y eso no es justo! Mientras no haya causa, no debe atormentarse ni
atormentarme.
—Él no puede remediarlo; es defecto de su carácter.
—Pues es preciso que lo remedie, porque cada vino tiene su
carácter, y el mio es comunicativo, sin que nada ni
nadie le robe uno solo de mis pensamientos, una sola de mis miradas.
—Lo sé, querida mia; no puedes esconderme tus
impresiones; leo en tu corazon, como tú en el mío, y no ignoro cuánto amas á mi
hermano; pero sé también que él sufre.
—Hace mal, Elena. ¿Quieres creer que desde que me
convidaron al baile frunció las cejas y se puso de mal humor?
—Tú lo dijiste: es celoso.
—Pero ¿de quién tiene celos?
—De todos los hombres.
—¡Eso es insufrible! Cuando nos casemos, no he de
encerrarme en una celda para hacer vida monástica; mamá dice que debo entrar
en el mundo para aprender á tratar con las gentes.
¿Por qué desconfía de la mujer que le ama?
—Los celos...
—Ya le quitaremos esa manía—dijo Piedad
riéndose;—él se convencerá de que pierde el tiempo en dudar de mí. Además,
cuando me vea esta noche en traje de baile, hecha un figurin del Correo de la
Moda, se regocijará, y como todas mis preferencias serán para él, aunque baile
con otros, acabará por tranquilizarse.
—¿Vas á bailar con otros hombres?
—Por supuesto; mamá dice que es de mal tono
consagrarse en los salones á un hombre, aunque éste sea el novio. ¡Seríamos la
fábula de los concurrentes!
—Vale más que no bailes ni con Leopoldo ni con
ninguno. ¿Estás loca? ¿Dejar de bailar? ¡Pues si deliro á la idea de seguir
el compás y de aturdirme con el ruido de la
orquesta! Elena hizo un gesto expresivo, y Piedad le preguntó: —¿Por qué haces
esa mueca? ¿No piensas bailar? —Sí.
—Entónces...
—Ten en cuenta que Alberto no es celoso como
Leopoldo.
—Pues que aprenda tu hermano del mío.
—Silencio, Piedad; ha sonado la campanilla, y deben
ser ellos. Los ojos de las jóvenes se animaron al sentir pasos en la sala;
abrióse la puerta del gabinete y aparecieron
Alberto Puente y Leopoldo Molina, que estrecharon las manos de sus amantes con
la satisfaccion pintada en los rostros.
—¡Hola!—dijo Alberto.—Ya veo aquí todo preparado;
van ustedes á llamar la atencion en los salones de la Condesa.
¿Qué te parece mi traje, Leopoldo? Preguntó Piedad
con la cara muy risueña.
—Bien—contestó el jóven encogiéndose de hombros, en
ademan de indiferencia.
—¡Qué disgustado vienes! ¿Te ha pasado algo?
—No le preguntes, Piedad—repuso Alberto
sonriéndose,—porque está hoy destemplado. ¿Quieres creer que no tiene ganas de
ir al baile?
—¿Por qué?—preguntó Elena.
—No sé; pretexta que como mañana entramos de semana
en el cuartel, hay que madrugar, y no es agradable el servicio militar despues
de una mala noche.
—¡A los veinte años!—exclamó Piedad.
—A los veinte años!—observó Leopoldo—quiere un
hombre su cuerpo lo mismo que si tuviera cuarenta.
—¡Parece imposible!—dijo Elena.
—Vamos—agregó Piedad con tono afectuoso;—no me
quites la ilusion de estrenar mi vestido celeste, pues si no vas al baile,
tampoco iré yo.
La fisonomía de Leopoldo se animó con aquellas
frases lisonjeras de su amante, y cogiéndole una mano, dijo:
—No te robaré tu ilusion, Piedad; iremos al baile.
—Gracias; me habías alarmado. ¡Ya verás cuánto nos
divertimos!. Y los cuatro jóvenes se prepararon para asistir al sarao de la
Condesa del Rio.
II
El gran baile de la Condesa estuvo magnífico, y
entre las bellezas que llenaban los salones, precioso ramillete de flores,
llamaron la atencion dos botones de rosa, apenas entreabiertos, que aparecían
por primera vez en el jardin del mundo... Pero dejemos dormir á Piedad y á
Elena, que el cansancio de la fiesta y la agitacion natural de nuevas emociones
exige el reposo, y vamos á otra parte, donde nos llama el deber de fieles
narradores.
Llevo al lector al antiguo cuartel de Guardias de
Corps. Entramos, sin permiso de los centinelas, en el cuerpo de guardia, donde
hay algunos oficiales de Caballería prestando servicio; á pesar de la animacion
que reina en todas partes cuando se encuentran reunidos varios jóvenes, hay
allí uno, recostado en un sillon, con la cabeza apoyada en la mano, en actitud
de profunda meditacion.
—¿Qué le pasa al teniente Molina.—preguntó un
alférez.—Parece que hoy pisó mala yerba,
El oficial aludido no se movió.
—¿Qué es eso, Leopoldo?—añadió otro alférez de su
escuadron. —¿Te echó algun trepe el coronel? Si es así, no hay más que tragar
saliva, compañero.
El teniente siguió inmóvil.
—Leopoldo es militar exacto, y nunca da motivo para
recibir reprensiones de sus jefes—dijo un teniente que á la sazon entraba en el
cuerpo de guardia.
—¡Hola, Puente! Siempre sales á la defensa de
Molina.
—Leopoldo es mi hermano.
—Entonces, sabrás lo que tanto le preocupa. —Ya lo
creo; su preocupacion tiene otro nombre. —¿Cuál?
—Sueño—contestó Alberto riéndose.
—¡Vamos! ¿Hubo velada?
—Sí: fuimos al gran baile de la Condesa del Rio, de
donde salimos al amanecer, con el cuerpo rendido; y no nos hizo gracia, en vez
de meternos entre sábanas, cambiar el clac por el chascás, el frac negro por la
levita azul, y los guantes de cabritilla por los de ante, para venir al cuartel
á cuidar del pienso de los caballos.
Alberto se acercó á su amigo y le tocó en el hombro
para preguntarle en voz baja:
—¿Qué tienes, Leopoldo?
—Nada—contestó éste con desden, sin levantar la
cabeza. Puente marcó en un gesto el disgusto por ver abatido á su
compañero, comprendiendo la causa de aquella
preocupacion, que había calificado de sueño para que los oficiales no le
molestaran, y evitar una escision, fácil de promover por el carácter violento
de Molina.
Tiempo es ya de fijarnos en los dos jóvenes que tan
importantes papeles deben representar en esta narracion, como miembros de las
familias que tan estrechamente unidas vivían en la casa de la calle delas
Infantas. Compañeros desde niños, se querían como hermanos.
Alberto Puente era noble, reflexivo, con el corazon
de un hombre y el alma de un niño; la bondad era en él ingénita; era capaz de
pelear con el valor de un leon y de llorar con la ternura de una mujer. Los
jefes les distinguían por su puntualidad en el servicio y por el respeto que
guardaba á la ordenanza, pues para él era sagrado el pundonor del militar.
Adoraba á sus padres y á Piedad; amaba con delirio á Elena; y después de Elena
y de sus padres, quería como hermano á Leopoldo.
Alberto, á los veinte años era hermoso; no había en
el regimiento de lanceros oficial que llevase el uniforme con más gallardía, y
cuando pasaba á caballo por las calles, muchas niñas se asomaban
á los
balcones para verle; pero como Alberto no pensaba más que en Elena, ninguna
mujer robaba á ésta una sola mirada de aquellos magníficos ojos negros; y
aunque Elena no hubiera dominado por completo el alma del jóven, como domina
casi siempre el primer amor, él no le hubiera hecho traicion, porque era
esclavo de sus deberes.
Leopoldo no tenía más amigo que Alberto; su
carácter susceptible se arrebataba hasta la locura en la excitacion de sus
pasiones, que se desbordaban fácilmente; amaba con frenesí á Piedad, pero
dudaba de ella; no sabiendo apreciar el génio en las personas que trataba, su
suspicacia le perdía, y sin la bondad natural de su único amigo, que aprendió á
contenerle en sus arrebatos, más de una vez se hubieran roto los lazos de tan
entrañable afecto; pero cuando su razon recobraba la calma, pedía perdon á Alberto,
porque en el fondo Leopoldo era bueno.
Su figura era agradable en la apariencia, pues como
el mar cuando se encrespa, su fisonomía tomaba un aspecto de temible fuerza,
sin que le valieran los consejos de su compañero, que en diferentes ocasiones
se había interpuesto para evitar que su espada, que saltaba en seguida de la
vaina, le expusiera á lances comprometidos.
Alberto estaba inquieto, porque en el baile observó
á Leopoldo, comprendiendo la agitacion de su espíritu, y temió por Piedad, que
podía ser víctima de alguna inconveniencia de su amante, por más que ella no
diera motivo. Leopoldo, en el baile se contuvo en los límites de la buena
educacion, pero después, la tormenta rugía
sorda en su pecho y amenazaba estallar con
violencia; su compañero le conocía bien y callaba, proponiéndose, cuando
estuvieran solos, calmar con sus buenos consejos aquella injustificada
excitacion.
La fisonomía de Leopoldo se fué nublando á medida
que las horas pasaban, y maquinalmente cumplió con el servicio militar; á las
nueve de la noche, hora en que los oficiales se retiran del cuartel, salió
sólo, y sin duda para respirar el aire libre ó para buscar expansion á su
atribulado espíritu, se dirigió al campo por el portillo del Conde-Duque.
Un oficial le siguió á alguna distancia, envuelto
en su capote, porque la noche estaba muy fría. Lejos ya de la ciudad, oyó
Leopoldo que le llamaban; sorprendido, volvió la cabeza y marcando en su rostro
un gesto de profundo disgusto, dijo:
—¿Por qué me sigues, Alberto?
—Para tranquilizar tu ánimo; creo que es locura
venir al campo á estas horas.
—Me sofoco en las calles, y busco aire, mucho aire
para mis pulmones oprimidos.
—Ven—dijo Alberto con cariño, cogiéndole del
brazo.—¿Qué tienes?
—Nada—contestó con aspereza.
—Soy tu amigo, soy tu hermano, y tengo derecho á
pedirte explicaciones.
—A nadie concedo ese derecho; déjame.
—¿Te has vuelto loco, Leopoldo?
—No sé; quiero estar solo.
—Y yo no quiero dejarte, porque es deber del cariño
aplicar bálsamos á las heridas de los amigos.
—¡Las heridas!... ¡Ay, Alberto! ¡Sufro mucho!
—¿Ya suspiras? Ahora podemos entendernos; ábreme tu
corazon.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque, como siempre, dirás que no tengo razon.
—Eres injusto conmigo, porque estás ofuscado.
—No, Alberto; la herida de mi pecho es profunda y
no tiene cura.
—¿Quién te hirió de modo tan cruel?
—Piedad.
—¿Mi hermana?... ¡Deliras, Leopoldo!
—¡No!
—Piedad te ama con todo su corazon.
—Esa es una frase gastada para engañar á los
necios.
—¿Dudas de mí?
—¡Dudo de todos!—exclamó Molina con desesperacion.
—¿De mí tambien?—preguntó Alberto con sentimiento.
—Tu hermana no me comprende; mejor dicho, tu
hermana no me quiere.
—Estás loco; te lo repito.
—No estoy loco—gritó Leopoldo exasperado.—
La mujer que ama no va á un baile á reírse y á
gozar con las miradas de los hombres, á entregarse en sus brazos para seguir el
compas, sin notar que el corazon ele su amante se rompe en pedazos á impulsos
de un fiero desengaño.
—Leopoldo, en tu ceguedad ofendes á mi hermana,
pura como la más pura de las mujeres. Elena, á quién amo con delirio, bailó
anoche con otros hombres, sin que me quejara, porque el deber social...
—Peor para tí—interrumpió Molina bruscamente—si te
conformas con eso que llamas deberes. ¡No puedo, no quiero conformarme con
ellos!
—Culpa á la sociedad...
—¡No!—prorrumpió Leopoldo desatentadamente.—A quien
culpo es á Piedad.
—¡Leopoldo!
—¡No quiero callar, porque necesito dar desahogo á
mi justa cólera! ¡Tu hermana es una coqueta!
—¡Leopoldo!... ¡Oh! ¡Eres un insensato!
—¿Insensato yo?... ¡Ah!...
Molina, frenético, levantando la mano, la dejó caer
sobre la mejilla de su hermano Alberto, que lanzó un rugido feroz, como el leon
de las selvas cuando se siente herido, y llevó el brazo derecho á la empuñadura
de su espada; pero permaneció en aquella actitud hostil algunos segundos, en
que la sangre, agolpada á su cabeza,
fué bajando poco á poco y devolviendo la
tranquilidad á su espíritu.
Entonces dijo:
—¿Qué has hecho, Leopoldo?
—¡Castigar tu atrevimiento! ¡Devolverte el insulto!
—Olvidaste que soy tu hermano, y no quiero olvidarlo; entre
nosotros no puede levantarse el fantasma de la
muerte que evocaste con tu insensata conducta.
—¡Insensata!... ¿Otra vez?
—Sí, otra vez, Leopoldo. Sólo tú en el mundo,
habiendo manchado mi honra, existirías todavía. Te perdono la ofensa que
inferiste á mi hermana; te perdono la que acabas de inferirme, porque estoy
seguro de que la razon acude ya en tu auxilio y vas á tenderme los brazos. No
podemos reñir; dime que aceptas el perdon que te concedo.
—¡A nadie me humillo!—exclamó Molina, verde de
cólera, desenvainando su espada.
—¿Qué haces Leopoldo? Vuelve en tí; no podemos
cruzar nuestras armas. ¡Dios y nuestras familias nos están mirando!
—¡Defiéndete, Alberto!
—¡No!—gritó éste, cruzándose de brazos.
—¿No te bates? ¡Eres un cobarde!—dijo azotándole el
cuerpo con la hoja de su acero.
—¡Ah! ¡Esto es demasiado!—exclamó Alberto fuera de
sí.—¡En guardia, en guardia, y Dios te perdone!
Sacó la espada, y se arrojó sobre su agresor, que
paró el golpe que iba al corazon. La luna, que alumbraba débilmente, envió
entonces un rayo que iluminó de lleno la cara de Leopoldo; y su amigo, su
hermano, sintió que el acero se le caía de la mano; volvió en si, y púsose á la
defensiva, pero su contrario le acosaba ciego, no oyendo las voces que le daba
para que suspendiera sus golpes; en una parada, presentó Alberto el arma
horizontal y tocó en seguida con el puño el pecho de Leopoldo Molina, que cayó,
exhalando un gemido sordo.
Alberto dió un grito espantoso y se arrojó sobre el
cuerpo de su amigo, que tenía en los ojos marcada la muerte.
—¡Hermano mio!—exclamó con el arrebato del demente.
El rayo de luna alumbraba la cara de Leopoldo; no
había en ella ni la expresion del dolor de la herida, ni las contracciones de
la ira; la reaccion se había verificado en aquel momento supremo. Parecía el
ángel del consuelo. El moribundo tendió la mano derecha, y cogiendo la de su
amigo, le dijo con expresion de ternura:
—¡Me he suicidado!.... ¡No hay remordimiento para
tí en mi
muerte!.... ¡Pobre Piedad!... ¡Pobre madre mia!....
¡Perdóname!
—¡Ah, no! ¡Morir tú!.... ¡Leopoldo!....
Alberto cogió la espada por la empuñadura y la sacó
del cuerpo de su amigo, que dobló para siempre la cabeza. Entonces le besó en
la frente, y dió á correr por el campo como un loco, pidiendo á la lima y á los
árboles, únicos testigos de su desgracia, la vida de aquel hombre sacrificado á
la ley del honor; pero la luna seguía enviando tranquilamente sus rayos á la
tierra, y los árboles seguían agitando mansamente sus hojas, sin tomar parte en
su dolor, sin prestarle un consuelo.
Volvió Alberto en sí, y acercándose de nuevo al
cadáver, permaneció algunos minutos inmóvil, con los brazos cruzados,
contemplándole; después dobló una rodilla en tierra, colocó el puño de su
espada sobre la frente de su amigo y pronunció con tono solemne estas palabras:
—¡Juro sobre la cruz de esta espada no volver á
ceñirla, ni medir mis armas con ningún hombre, aunque la sociedad se desplome
encima de mi cabeza!
Besó otra vez aquella frente, que guardaba un
juramento sagrado, y enderezó sus pasos hacia la ciudad. Cuando llegó al
portillo, tuvo que detenerse para enjugar sus lágrimas. ¡Lloraba como un niño!
Detrás de aquella tapia le aguardaba el mundo; el
mundo, que en aquel lance de honor podía ver un crimen; pero no había más
testigos que la luna y los árboles, y éstos no comparecen en juicio. ¡Era
preciso vivir!...
En su casa le aguardaban su madre y la madre de
Leopoldo; su amada Elena, hermana del muerto; su hermana Piedad, amante de
Leopoldo.
Un rio de sangre había separado á aquellas dos
familias, unidas, al parecer, por eternos lazos.
III .
Han pasado cuatro años.
Cuatro años, para la corriente de los sentimientos,
representan un siglo en la existencia agitada de la corte, donde vemos cruzar
las figuras como en perpetuo panorama, sin que lleguen á fijarse las
impresiones que producen en el alma.
En Madrid, las gentes se confunden, se abrazan, se
tutean sin conocerse las más veces; y así se separan y dejan de verse sin echar
de ménos ni su presencia ni su trato.
En provincias es otra cosa; deslindados los campos,
las personas se conocen, y por tanto, se reservan para no entregarse. La
familiaridad es peligrosa, sobre todo en los grandes centros de poblacion,
donde es fácil preparar sorpresas que afectan á nuestra honra ó á nuestro
bolsillo.
El olvido es un agente poderoso que nos favorece en
las situaciones difíciles; cuesta poco olvidar al amigo que en la conversacion
ó en las cartas llamamos querido; á ese amigo que nada nos interesa, á quien
prestamos un duro haciendo una mueca de disgusto, á quien, por cumplir con un
deber social, vamos á despedir al tren cuando viaja, y á quien, por último, si
se muere, seguimos detrás del carro fúnebre pie le lleva al cementerio, sin que
en nuestra pupila sintamos el calor de una lágrima escondida. En el teatro de
la vida jugamos á los amigos como los actores en la escena copian á los
amantes; representamos bien los papeles, simulando á la perfeccion el
sentimiento. Todos nos engañamos; todos lo sabemos y vivimos contentos y
conformes con esa mentira social.
El olvido es moneda corriente en lo que por mal
nombre llamamos amor. Cuesta más trabajo querer que olvidar, y esto, que parece
paradoja, se explica fácilmente en la práctica del mundo; el amor nos obliga á
estudiar un papel, á sufrir contrariedades; en una palabra, á mentir; mientras
que el olvido es espontáneo y nos deja libres de trabas que molestan. Unos
hacen el amor por costumbre;
otros, por entretener el tiempo; otros, por
satisfacer la vanidad, y no pocos, lo que es peor, por dar gusto á su pérfido
instinto de destruir sentimientos y de herir corazones. Los que aman sin amar,
se engañan ellos mismos y pierden el juego.
Se ha escrito tanto sobre el amor, que sería
imposible dar una nueva definicion de ese afecto. Yo también me permití
describirlo hace muchos años, más de los que quisiera contar; al calor de la
primera juventud, siempre presuntuosa, escribí este pensamiento en mi novela
Anatomía del corazon:
«El amor es un pozo de agua cristalina, pero la
humanidad lo revuelve y saca sólo el cieno del fondo.»
Mi querido amigo Severo Catalina escribía en
aquellos dias sobre mi mesa de la redaccion del periódico político El Estado un
libro que nunca morirá, más afortunado que su insigne autor: La Mujer. En una
de sus páginas honró el pensamiento de mi novela, que, segun su frase,
«encierra un mar inmenso de desconsuelo.» Y como correctivo á mi apreciacion,
puso al pié de la máxima estas líneas, que nunca se borrarán de mi memoria:
Con permiso del galante anatomista del corazon
donde dice la humanidad, hubiéramos escrito nosotros: la juventud veleidosa y
descreida del siglo XIX.
«Esto nos parece más exacto. Amicus Plato, sed
magis amica veritas.»
El consejo de tan docta pluma abrió nuevo horizonte
á mi inteligencia. Y corolario de aquella rectitud en la manera de pensar ha
sido mi propaganda posterior en pro de la mujer y de la familia.
Acaso me señale alguno con desconfianza los
renglones en que acabo de consignar principios contrarios á la amistad y al
amor; pero ¡líbreme Dios de lastimar ni con el pensamiento la pureza de los
legítimos afectos! El amor y la amistad son las dos cuerdas de mi lira que
siempre hirió mi alma con el entusiasmo de la verdad. ¿Acaso eso que en el
mundo se llama amistad y amor está en consonancia con sus nombres? ¿Acaso los
verdaderos sentimientos se ensayan para representarlos con propiedad? No vemos
á los hombres cambiar de mujeres y de amigos, como los actores se mudan de
trajes para aparecer en la escena? ¡Pobres mujeres que se dejan prender en las
redes de esos histriones, pues quedan
llorando su desventura, y oyen el aplauso que se
tributa al vil que las abandona á su desesperacion, llevando un inglorioso
triunfo como trofeo! ¡Eso no es amar!...
No quiero aceptar la desconsoladora expresion del
desgraciado poeta cubano Plácido, que escribió á su esposa en la capilla estas
palabras: «No dejo memorias á ningun amigo, porque sé que en el mundo no los
hay». Tampoco diré con San Jerónimo que «el amor no es más que un olvido de la
razon.»—¡No! Rendí ferviente culto á la amistad y al amor, y ese culto me
inspira estas páginas.
El olvido sería un bálsamo para las heridas del
alma si el alma se dejara curar; el alma es rebelde á todo tratamiento; cuando
el mal se apodera de ella, termina con la muerte.
La amistad tiene en el corazon un trono; el amor,
un templo. Si la etiqueta y la mentira social se disfrazan en el mundo para
profanar los sentimientos, respetemos á los que hacen de la amistad un
sacerdocio y del amor una religion. ¡El corazon tiene sus mártires!
En el mundo están.—¡Paso á Alberto Puente y á Elena
Molina!
IV
El reloj colocado sobre el mármol de la chimenea,
en el elegante gabinete de una casa de la calle de Recoletos, de Madrid, dio
doce campanadas, y el agudo timbre sacó de su enajenacion á cuatro personas que
á aquella hora se hallaban allí reunidas, en una noche de Febrero de H U.
En la chimenea no había más que brasas, pues los
troncos se consumieron, sin que los reemplazaran con otros para sostener la
llama. Á la derecha, en un sillon, dormitaba una señora. A la izquierda,
sentados en una marquesita, dos jóvenes hablaban poco, pero se miraban mucho, y
adivinábase que para comprenderse no necesitaban comunicarse con palabras; eran
dos amantes que se veían todas las noches, y viéndose, se consideraban felices,
invadiendo el porvenir. En un diván se hallaba
recostado un joven que no dormía ni estaba despierto; con la cabeza apoyada en
la mano derecha, y con la izquierda escondida entre la camisa y el chaleco, ó
meditaba profundamente, ó se hallaba poseído de alguna preocupacion.
La campana del reloj hizo abrir los ojos á la
señora, levantar la cabeza al joven del diván, y poner en pié al amante, como
si hubiera oído el toque de retirada; estrechó con efusion la mano de la jóven,
diciendo solamente:
—Hasta mañana, Piedad.
Lo que faltaba de expresivo á la frase lo
completaron sus ojos. Y de los lábios de Piedad salió otra frase expresiva,
disfrazada con esta lacónica y vulgar despedida:
—Adios, Patricio.
El llamado Patricio saludó á las otras dos
personas, y salió del gabinete; la traidora cortina de damasco de la puerta, al
levantarse, sirvió de pantalla para cortar la corriente eléctrica de la última
mirada: mirada que tiene solucion de continuidad, pues se envuelve en los
pliegues de la capa del amante que se va, y revolotea alrededor de la almohada
de la amada que se queda.
—¿Qué tienes, Alberto?—preguntó la señora al jóven.
—Nada, madre mía—contestó él encogiéndose de
hombros.—Lo de siempre.
—¡Parece imposible! ¡Encerrado en casa á tu edad!
—No te sorprenda mi retiro; el mundo no me ofrece
atractivos. Interrumpió el diálogo un criado, que presentó á la señora una
carta en una bandeja de plata, retirándose en
seguida. Rompió ella el sobre, y pasando la vista por una tarjeta
litografiada, dijo:
—La Condesa del Rio nos convida para su gran baile
del mártes. El joven se estremeció, y ocultando su impresion, repitió el
nombre, sin saber lo que decía:
—¿La Condesa del Rio?...
—Sí. Demasiado amable es con nosotros, pues siempre
nos invita, á pesar de que hace cuatro años no asistimos á su salon.
—¡Cuatro años! repitió Alberto, pasándose las manos
por los ojos.
—Bien me acuerdo—dijo Piedad,—allí hice mi entrada
en el mundo, la víspera de la muerte del pobre Leopoldo.
Alberto dió dos vueltas en el diván, como si le
hubieran pinchado en el cuerpo con alfileres, y exclamó:
—¡El pobre Leopoldo!... ¡Bien pronto le olvidaste,
Piedad! —¡Pronto!... ¿Estás loco?... Sentí mucho su desgracia, pero no
había de llorarle toda la vida. Y bien mirado,
hermano mío, estoy convencida de que no hubiera sido feliz con Leopoldo, porque
tenía un carácter insufrible.
Alberto Puente suspiró para esconder el daño que en
su espíritu abatido hacían aquellas palabras, pues despertaron un recuerdo
espantoso.
—Era yo entonces una niña,—continuó Piedad,—y me
dejé impresionar sin darme cuenta de lo que hacía. Ahora es otra cosa; no
negarás que he hecho buena eleccion, pues Patricio es un hombre encantador. No
es verdad, mamá?
—Sí, hija mía.
—Por supuesto, iremos al baile de la Condesa; ya es
tiempo de cumplir con ella y de salir de este encierro á que estoy condenada
por tu propósito de huir del mundo y por las rarezas de mi hermano. ¿Me
complacerás?
—Yo no, Piedad; pero Alberto, siempre cariñoso
contigo, te llevará al baile.
—¡Nunca!—exclamó el joven con ímpetu.
—¡Eres muy cruel!—dijo Piedad.
Y levantándose con aire de mal humor, salió del
gabinete, sin depositar en la frente de su madre el beso con que todas las
noches se despedía al irse á acostar.
—Ya lo ves, Alberto,—dijo la señora;—tu hermana se
va enojada contigo. ¿No quieres acompañarla al baile de la Condesa?
—No—contestó secamente el jóven.
—¿Por qué?
—No me lo preguntes.
—¿Por qué?—repitió ella con un tono un tanta
severo.
—No puedo decirlo; es mi secreto.
—¿Secretos conmigo?
—Sí, madre mía; sufro mucho; hace cuatro años que
vivo muriendo.
—¡Tú sufres, hijo del alma!—exclamó la madre
acercando su sillon al diván y cogiendo entre sus manos las de Alberto.—¿Hace
cuatro años?...
—¡Sí, sí! ¡Cuatro años de tormentos!
—Esa es la época de la muerte de tu amigo Leopoldo
Molina. —¡Calla por Dios, madre mia!
—¿Qué te pasa, Alberto? Pon la mano aquí, sobre mi
corazon, y sus violentos latidos te dirán lo horrible de mi angustia. Hasta
ahora creí que, por ser demasiado impresionable, la muerte de Leopoldo produjo
una revolucion en tu ánimo; ví muchas veces tus ojos escaldados por el llanto
que en vano querías ocultar; te vi inquieto, agitado, huyendo de las gentes; en
tu ofuscacion abandonaste sin motivo á Elena, que te adoraba y de quien estabas
locamente enamorado; pediste el retiro, cortando tu carrera en los primeros
años de la juventud, dando lugar á comentarios que te favorecían poco, y por
último, te encerraste en casa como un ermitaño; pero esas palabras que se han
escapado ahora de tus labios me explican que existe una causa grande para tu
trastorno moral. Como madre, como amiga, te pido por Dios que me abras tu
corazon. Si en tu corazon hay algún pesar, debo saberlo. ¿Acaso tienes derecho
á sufrir solo tus dolores? ¿No soy tu madre?
Alberto se llevó el pañuelo á los ojos, más para
esconder que para enjugar las lágrimas que querían saltar, en la explosion que
amenazaba á su alma.
—Sí, madre mía; llevo en el corazon una pena que me
ahoga; no sé si es la pérdida de un afecto, ó el grito del remordimiento el que
me atormenta.
—¿El remordimiento?.... ¡Ah! ¿Qué es lo que
presiento?... ¡Habla,
Alberto, habla!
—¡Las paredes oyen!—murmuró el joven, sobresaltado,
mirando á los cuatro ángulos del gabinete.
—¡Dios mio!—prorrumpió la madre con espanto.
Y levantándose precipitadamente, cerró las puertas,
corriendo los pestillos.
—¡Estamos solos, Alberto! ¡Habla! ¡Cuéntamelo todo!
El jóven cogió con ambas manos la cabeza de su
madre, y dándole un beso en la frente, la acercó á su pecho. Hubo un minuto de
silencio, en que no se oía más que el fuerte latido de dos corazones, y
siguiendo su compás, el seco tic-tac del reloj, que hacia estremecer á la madre
y al hijo, creyendo sin duda que aquel testigo tenía lengua para delatarlos.
—No me falta valor para oírte, Alberto. Quiero
saberlo todo, todo. —Todo lo sabrás; necesito desahogar mi alma y mi
conciencia; mi
secreto ya no cabe en el corazon, que revienta con
su peso. —Empieza—dijo la madre, temblando como el reo que va á oír su
sentencia.
Alberto lanzó un profundo suspiro, se limpió el
sudor de la frente, y dijo:
—La muerte de Leopoldo está envuelta en el
misterio; la justicia sobreseyó en la causa, no pudiendo encontrar al matador.
—¿Quién fué el asesino?—preguntó la señora de
Puente con el ánimo suspenso.
—¡Asesino!—exclamó el joven.—¡No! Leopoldo Molina
sucumbió en combate leal, en el campo del honor, víctima de una ofensa que
infirió estando loco.
—¿Quién le mató?
—Yo.
—¡Ah!...
La madre que se había puesto en pié, cayó
desplomada sobre la alfombra; Alberto la levantó, prodigándole caricias, y
corriendo al tocador contiguo, le hizo aspirar un espíritu, con que consiguió
reanimarla.
—¿Tú?...—exclamó la madre con acento de: amargura,
acercando sus ojos á los de Alberto.-¿Tú hijo mió? ¿Tus manos están manchadas
de sangre?...
Y rompió á llorar.
—Sí, yo... Ahora comprenderás por qué callé., tanto
tiempo; temí que no tuvieras valor piara compartir mi pena; temí que me miraras
con horror.
—¿Con horror, Alberto? ¡Qué poco conoces lo que
puede el corazon de una madre, á donde llega su abnegacion! Ahora nada
temas; somos dos para defendernos y triunfaremos
del mundo y de la justicia. Pero quiero saber los detalles de ese horrible
suceso.
Alberto refirió á su madre la salida del cuartel en
aquella noche, la ofensa inferida por Leopoldo á su hermana Piedad, su
acaloramiento, el golpe con que hirió la mejilla de su amigo, la muerte del
agresor, y por último, su juramento, causa de haber abandonado á Elena y pedido
su retiro.
—¡Sin testigos!-exclamó la madre—¡Podrían
perseguirte como asesino!
Al pronunciar esta terrible palabra, el reloj dio
una campanada. La madre y el hijo ahogaron un grito, creyendo oir una voz
sobrenatural que los delataba; levantóse ella, casi delirante, y acercándose á
la chimenea, de un tiron arrancó la péndola, que arrojó al fuego, sin saber lo
que hacía.
—¡Eres muy desgraciado, hijo mio!... Digo mal,
somos muy desgraciados!
—¡Disculparás mi conducta comprendiendo cuánto
habré sufrido en cuatro años. Dios no ha querido oirme, privándome de una
existencia que para mí es carga pesada.
—¡No, Alberto! Tú no eres criminal; la ley del
honor dictó la sentencia de muerte de tu amigo; su insensatez le condenó.
¡Pobre Elena!
—¡Ah! Me ví obligado á renunciar á ella, el sueño
de mi porvenir: la adoraba y la sigo adorando, madre mía; huyo del mundo por no
encontrarla en mi camino. ¿Podría yo ofrecerle una mano manchada con la sangre
de su hermano, su misma sangre? La veo en mis sueños, y despierto la veo; lucho
por olvidarla y su imagen está fija en mi retina y en mi corazon. Sin tí, madre
del alma, no sé á dónde me hubiera llevado la desesperacion.
—Es preciso vivir, Alberto. Vive para mí; te daré
fuerzas y te animaré á luchar. ¿Qué no alcanza una madre? Pero tienes que
entregarte á discrecion, y me prometo que el porvenir te sonreirá.
—¡Imposible!
—Nada hay imposible. No olvides que la causa podría
abrirse de nuevo, y que no te sería fácil probar tu inculpabilidad social
escudado con la ley del honor. ¿Seguirás ciegamente mis consejos?
—Sí, los seguiré. Mi pena se alivia depositando en
tu corazon mí secreto. Dispon de mí.
—Pues bien, desde mañana, vida nueva. Cuando
sientas que las lágrimas rebosan en tu pecho, ven á buscarme, y lloraré
contigo; pero para el mundo luce una máscara que te ponga á cubierto de toda
sospecha. Ríete aunque padezcas; créate nuevos lazos en la amistad; aparenta
que olvidas para buscar distraccion en el amor.
—¡Eso no es posible!
—Sí, te lo mando. Vuelve al mundo; y cu prueba de
obediencia, irás el martes con tu hermana al baile de la Condesa.
—¿Al baile?
—Allí te distraerás: todo es dar el primer paso.
Alberto dobló la cabeza sobre el pecho, y dos
lágrimas corrieron por sus mejillas.
—Vete á descansar, hijo mío, que es tarde; conciba
el sueño, que velo por tí.
El joven besó en la frente á su madre, y salió.
La viuda de Puente corrió á la alcoba, y
arrodillándose en el reclinatorio, oró largo rato. Al levantarse, fijó los ojos
en el Cristo, y con las manos juntas exclamó:
—¡Dios mió, vela por él!
Y en seguida se acostó mirando á todos lados,
porque le parecía que la justicia se filtraba por las paredes para ir á
arrebatarle el hijo de sus entrañas.
V.
El baile de la Condesa del Rio estaba brillante;
segun la expresion antiespañola de los cronistas de la prensa, que iban de un
extremo
á otro
apuntando nombres, toda la high-life de la corte encontrábase en aquellos
salones, decorados con lujo; las aristocracias de la sangre, del dinero y del
talento concurrieron á lucir sus galas, su
hermosura y sus joyas; la Condesa es una
especialidad para recibir, no haciendo distincion de personas, lo cual tiene su
ciencia en la vida práctica de lo que se llama el gran mundo. La misma sonrisa,
el mismo agrado, el mismo apreton de manos para todos los que llegaban.
A las once entraron en el salon Alberto Puente y su
hermana Piedad, que iba prendida con verdadera elegancia de soltera, sin
alhajas de valor, pero con flores naturales que realzaban su belleza peregrina.
La Condesa demostró su satisfaccion al ver á sus antiguos amigos después de
tanto tiempo de retraimiento. Las miradas de los hombres significaron su
admiracion ante aquella joven desconocida que deslumhraba con sus encantos;
Patricio Sanjuán comprendió el efecto que en el mundo hacía la presentacion de
su amada; pero bien pronto la vanidad se convirtió en otro sentimiento menos
noble: tuvo celos de todos los hombres, y hubiera querido sacarles los ojos.
Aquella nube se disipó, porque Patricio no era receloso y susceptible como
Leopoldo Molina, el primer amante de Piedad.
En cuanto á Alberto, debo decir la verdad, como
fiel narrador; todas las mujeres, sin excepcion, miraron con interés al nuevo
invitado, que para ellas aparecía por primera vez en los salones; y era natural
la impresion favorable producida por nuestro personaje. Alberto Puente, á los
veinticuatro años, era un hombre hermoso, de varonil apostura, y el tinte
melancólico señalado en los rasgos de su fisonomía por los padecimientos
morales en los últimos cuatro años realzaba el atractivo de su persona: habíase
vestido con elegancia y llevaba el frac como si toda la la vida le hubiera
usado, contraía sus labios con una sonrisa que, apesar de ser fingida, era
graciosa.
Alberto, aconsejado por su madre, volvía al mundo
con el propósito de olvidar sus penas, resuelto á reconquistar la tranquilidad
perdida; y á primera vista comprendió que el terreno estaba bien preparado,
pues no se escapó á su penetracion que las damas cuchicheaban, mirándole de
reojo y preguntándose quién era aquel arrogante mozo que poseía el privilegio
de robar la atencion general.
La orquesta anunció un rigodon. Piedad se colocó en
su puesto con Patricio, que pidió á su futuro cuñado le hiciera el ris-´s-vis.
Alberto le contestó:
—No puedo complacerte, porque no conozco á ninguna
señorita en el salon.
—Eso no es obstáculo—dijo la Condesa, que en aquel
momento pasaba á su lado;—presentaré á Vd á la que elija.
—Gracias, Condesa,—repuso él, algo desconcertado
por lo difícil de la eleccion.
Pero la eleccion estaba hecha; hacía diez minutos
que Alberto se encontraba bajo la presion de dos magníficos ojos que no se
apartaban de su persona.
—La música no tiene espera,—dijo ella con su amable
sonrisa.— Escoja Vd su pareja.
—Aquella con traje de terciopelo negro y diadema de
brillantes— contestó él señalando á una hermosa dama.
—¡Buena eleccion!—exclamó la Condesa.—Valentina es
una mujer peligrosa.
—Por qué?—preguntó él maquinalmente.
—Por la seduccion de sus encantos.
La Condesa cojió de la mano al jóven, y
deteniéndose los dos delante de la persona designada por Alberto, le dijo:
—Tengo el gusto de presentarte á mi amigo D. Aberto
Puente.
Y volviéndose á él, añadió:
—La señora viuda de Crespo.
Cruzáronse las manos de ambos, y Valentina, sin
esperar á que él la invitase á bailar, como obedeciendo á fórmula conocida,
púsose en pié, y apoyando su brazo en el del jóven, fueron á colocarse enfrente
de Patricio y Piedad.
La atencion se fijó en la pareja, y muchas solteras
murmuraron de la preferencia que el buen mozo daba á una viuda, que desde aquel
momento les fué antipática.
Valentina, dama de salon, acostumbrada al trato
social, fué la primera que rompió el silencio, sabiendo que es difícil entablar
la conversacion entre personas que no se conocen.
—¿Viene Vd ahora del extranjero?—le preguntó.
—No, señora; viví siempre en Madrid.
—Es extraño; nunca vi á Vd. en los salones, ni en
los teatros, ni en los paseos.
—Soy poco afecto al bullicio del mundo; hoy me ha
sacado del retiro el deseo de complacer á mi hermana.
—Alguna causa grande influiría directamente en un
jóven para ese alejamiento del centro de los placeres.
—¡Quién sabe!... murmuró él casi entre dientes.
Aquellas dos palabras vagas impresionaron el ánimo
de Valentina; pero no tuvo tiempo de continuar, porque el baile reclamaba á las
parejas.
Al volver á su puesto, dijo ella mirándole
fijamente. —¿Sería indiscrecion preguntar á Vd. el motivo de su
retraimiento?
Alberto vaciló, y despues de un instante, atrevióse
á contestar: —Señora, hay sentimientos que se sienten y no se explican.
—¿Misterios?... Vamos: ¿acaso el amor?
—¡Nó, nó, señora!—exclamó él interrumpiéndola
vivamente.—¡No amo, no puedo amar!
—¡Es Vd. insensible!
—No lo sé.
—Me interesa el estado excepcional de Vd.—repuso
ella, riéndose sin reserva.—Se comprende que un hombre se exprese de ese modo
cuando vive encerrado en su casa; pero aquí es comprometido soltar semejante
prenda, y difícil sostener su propósito; hay en el salon tantas bellezas
provocativas, que los ermitaños correrían el peligro de tener que renunciar á
la soledad.
—Viéndola á Vd., Valentina, se comprende toda la
verdad de ese aserto.
—¡Hola! Parece que en el retiro no se pierde el
instinto de la galantería!—exclamó ella con regocijo que no pudo disimular.
El importuno rigodon cortó otra vez el diálogo, con
gran contento de Alberto, que se veía cogido en las redes de una muger
superior.
Cuando concluyó la figura, miró Alberto á todos
lados, como temiendo que siguiera la conversacion por el camino empezado, y vió
enfrente á un jóven que observaba todos sus movimientos y los de su pareja con
un gesto que parecía amenazador; de sus ojos se escapaban rayos, y adivinó al
momento que aquél era, ó un amante,
ó un
apasionado celoso; de aquella observacion se apoderó para distraer á Valentina,
y cuando ella iba á reanudar el diálogo, le dijo:
—No quisiera ser indiscreto, señora, y mucho menos
perjudicar á un tercero.
—¿Qué significa esa indicacion, caballero Puente?
—Veo enfrente de nosotros—dijo él sonriéndose—dos
ojos que quisieran destruirme.
—¿Aquel rubio del lente?
—El mismo.
—Es un necio. No me cautivan los hombres rubios.
Alberto Puente era moreno.
Los ojos del jóven rubio chispearon, como si un
relámpago los hubiera iluminado. Alberto empezó á sospechar que la Condesa del
Rio tenía razon: Valentina era una muger peligrosa.
El rigodon había terminado. La viuda de Crespo tomó
el brazo de su pareja, y cruzaban por el salon cuando Alberto se estremeció
fuertemente, ahogando en sus labios una exclamacion. Por delante de ellos
pasaba una jóven compañada de un caballero que le consagraba el mayor interés,
puesto que al entrar en la sala no miraba á las otras damas; aquella jóven, al
ver á Alberto; se detuvo un instante como si se le doblaran las rodillas, y se
llevó el pañuelo
á los ojos,
sin duda para destruir la impresion violenta de un mareo. —¿Quién es esa
muger?—preguntó Valentina.
—¿Cuál?
—Esa que tiene el privilegio de herir las fibras de
la aparente
insensibilidad del ermitaño.
—Es Vd. terrible en sus apreciaciones, señora.
—Poseo un golpe de vista que nunca me engaña. —Acaso esta vez
—¿Quién es ella?-preguntó Valentina insistiendo.
En aquel instante los detuvo la Condesa, diciendo
con su sonrisa de siempre:
—Ya se habrá Vd. convencido, amigo Puente, de que
no me equivoqué.
—Es verdad, Condesa—dijo Alberto,—la señora de
Crespo es peligrosa.
Como se hallaban enfrente del asiento de su pareja,
el jóven hizo
á las señoras
un saludo cortés, y se retiró. —Eres afortunada, Valentina—dijo la Condesa;
—todas las damas te envidian.
—Puente es una fiera que tengo que domesticar; pero
el triunfo me envanecerá.
—¡Cuidado con las fieras!
—¿Quién es aquella muchacha de traje azul que está
sentada enfrente?—le preguntó.
—Es Elena Molina, virtuosa y amable como pocas; la
pobre es muy desgraciada; fué prometida esposa de Puente, que la dejó sin
motivo, obedeciendo á la veleidad de todos los hombres.
—¡Prometida esposa de Puente!—exclamó la viuda
preocupada. —¿Parece que te interesa el individuo? —¿Interés?... No sé...
Apenas se separó la Condesa, acercóse á Valentina
al rubio de los lentes, y la invitó á bailar el vals.
—No bailo—contestó ella con sequedad.—Estoy
cansada. —Sin embargo, para otras personas más felices no tiene usted
disculpa.
—¿Viene Vd. á pedirme cuentas, Tejada?
El jóven se mordió el labio inferior; una vez
repuesto de su impresion, dijo:
—¿Puedo saber el por qué, al mirarme, se sonreían,
tanto usted como ese caballero favorecido?
—¿Abriga usted la ridícula presuncion de suponer
que nos ocupábamos en hablar de usted, amigo Tejada?
—Dos veces me ha llamado usted por mi apellido,
cuando antes me llamaba Florencio. La pérdida de la confianza es significativa;
y como sabe usted demasiado que la adoro...
—Hablemos de otra cosa, señor de Tejada—interrumpió
ella con disgusto marcado.
El jóven rubio, herido en su amor propio por las
duras palabras de Valentina, volvió á morderse el labio; y esta vez la sangre
saltó; los ojos se salían de sus órbitas. Una tempestad rugía en la cabeza de
aquel hombre enamorado, y para ocultar su despecho, abandonó el salon.
Tambien había salido Alberto huyendo de sí mismo;
al pasar por delante de Elena Molina, á quien hacía tanto tiempo no veía, su
corazon se desbordó y parecía querer romperse. Dió algunos
paseos por el gabinete contiguo sin poder calmar su
agitacion, y entre dientes murmuraba:
—¡Qué locura!... ¿Para qué habré venido aquí...
¡Volver á verla!... ¡Qué tormento!
Y acercándose á la puerta del salon, apoyó el brazo
derecho en el marco y la cabeza en la mano; aquella animacion, aquella alegría
de la fiesta aumentaron su disgusto; tres veces en un cuarto de hora abrió el
clac, resuelto á marcharse, y tres veces volvió á doblarlo, queriendo
convencerse de que estaba allí sujeto por su hermana Piedad, que bailaba
contenta con Patricio. Sus ojos no se fijaron ni un momento en la viuda de
Crespo, que por cierto no le perdía de vista, renegando allá en sus adentros de
la llegada de Elena, que hacía mas difícil el logro de su conquista; pero
Valentina no cedía en sus propósitos; la impresion de Alberto había sido
violenta, y á las mujeres lijeras les gusta destruir las barreras pesadas. El
amor propio es el primer agente de sus deseos.
Los ojos de Alberto estaban clavados en Elena, que,
con la cabeza baja, hallábase abstraída, y se entretenía en deshojar el
ramillete que llevaba en el pecho, sin hacer caso de los galantes obsequios del
jóven que la acompañaba. La sangre de Alberto hervía, y un impulso le arrastró
á dar un paso para entrar en el salon y arrojar del asiento al que importunaba
á Elena con palabras de afecto; pero retrocedió, diciendo:
—¿Qué voy á hacer?... ¡Tengo celos!... ¿Con qué
derecho me acerco hoy á la muger que abandoné sin poder explicarle la causa de
mi traicion, que consideraría inicua?... ¡Debe despreciarme!... ¡Y yo... yo la
adoro con todo mi corazon!... ¡Qué hermosa está!... ¡Soy muy desgraciado!...
¡Madre mia! ¿por qué me obligaste á verla otra vez?
Su corazon latía con violencia; miraba á Elena,
esperando que ella volviera los ojos hácia la puerta; pero en su abstraccion
seguía deshojando el ramillete.—Puedo asegurar, sin temor de que mis lectores
me desmientan, que la visual de Elena, tija en la alfombra, torcía su direccion
para perderse en el marco de la puerta del gabinete; Elena veía á Alberto sin
mirarle. La óptica tiene para las mugeres privilegios que la física no sabe
explicar.
—¡No me mira!—exclamó él con el acento de la
desesperacion.— Pero ¿puedo quejarme?... Elena me desprecia, y hace bien.
Y despues de un brusco movimiento de cabeza,
añadió:
—¡El mal no tiene remedio!...—Hay que ser superior
y seguir los consejos de mi buena madre... Olvidemos á Elena, y puesto que
Valentina se cruza en mi camino, ofreciéndome el consuelo, vamos á
consolarnos...
La amargura con que pronunció aquellas palabras,
denotaba que más que el convencimiento las había dictado la desesperacion. Las
resoluciones extremas son casi siempre consecuencia de la enajenacion mental.
Iba á entrar en el salon con la cabeza erguida,
afectando aires de conquistador, cuando Florencio Tejada se cuadró delante de
el, y mirándole descaradamente de arriba abajo, hizo con la boca un signo de
desprecio que encerraba marcada provocacion. Alberto se estremeció; era
valiente, era fuerte, y sintió que la sangre le subía al cerebro; pero pudo
dominarse, y volviendo la cabeza, penetró en la sala, dirigiéndose á la viuda
de Crespo, que le esperaba impaciente y con cierto sobresalto, por temor de perder
terreno. La noche avanzaba rápidamente, con la rapidez del placer que da á las
á las horas.
La orquesta tocó un vals; Valentina y Alberto se
lanzaron á bailar; ella era hermosa, de formas redondas; él ceñía su cuerpo con
el brazo; sus manos se tocaban; sus alientos se confundían; y en el giro rápido
del vals, le asaltó el vértigo; quería olvidar, y le pareció que olvidaba, que
era feliz, después de cuatro años de sufrimientos; la cintura de una muger
hermosa es aliciente poderoso para olvidar. Alberto, bailando con Valentina,
pasó por delante de Elena, que se sintió desfallecer, y se retiró del salon,
sin que su amante la viera salir. ¡Pobre Elena!
Después del vals, en la fascinacion de los
sentidos, Alberto se entregó á discrecion; de sus labios se escaparon frases
galantes, que son nada en sociedad, pero que valen mucho para la muger de mundo
que sabe recogerlas y aprovecharlas.
Alberto y Valentina, embriagados, ni siquiera
repararon que había un tercero que con la muerte en los ojos seguía los
movimientos
vertiginosos del baile. Era Florencio Tejada, que
sentía en el alma la explosion de los celos.
El baile terminó á las cuatro. Al salir, Valentina
aceptó el brazo de
Alberto y bajaron la escalera; detrás, como una
sombra, iba
Florencio. La dama entró en su carruaje, y
estrechando la mano de
Alberto, le dijo:
—Hasta mañana.
Cuando el jóven se incorporaba en el portal á
Piedad y á Patricio, se interpuso Tejada, y con tono entre irritado y burlon,
le dijo:
—Hasta mañana.
—¡Caballero!... prorrumpió Alberto verde de cólera.
—Me ha mirado Vd en el salon con aire insolente, y
no siempre la fortuna protege á los buenos mozos.
—¡Abra Vd. paso!-exclamó Puente con energía.
—Obedezco; pero no olvide Vd. la cita ¡hasta mañana! Y arrojó su tarjeta á la
cara de Alberto.
Este rugió como un leon herido; pero Patricio y
algunas personas que salían del baile se interpusieron, evitando una desgracia,
pues Alberto tenía fuerzas hercúleas, y Florencio era de poca estatura, delgado
y de complexion débil.
—¿Qué ha sido eso?—preguntaron todos.
—Un atrevimiento de ese caballero—dijo Alberto
apretando los puños.—Han hecho Vds. mal en impedir que lo tronchara como un
junco.
A la inedia hora en los cafés y en el Casino se
hablaba del desafío de Alberto Puente con Florencio Tejada. La chismografía se
apoderó del suceso, creyendo inevitable el duelo.
VI
La madre de Alberto y de Piedad no dormía cuando
los jóvenes entraron en su casa; las madres no duermen cuando sus hijos
gozan ó padecen; su ambicion es compartir con ellas
sus impresiones; y hay que hacer justicia á las madres; cuando el hijo es
feliz, le deja entera su satisfaccion; cuando es desgraciado, quisiera
arrebatarle las penas para sufrir ella el dolor. La viuda de Puente comprendía
que Al. Y sin embargo, aquella hora fatal pesa sobre mi existencia, porque no
puedo olvidarla
Y se cubrió los ojos con las manos, acaso para no
ver un fantasma, acaso para esconder las lágrimas. Unos instantes despues,
púsose en pié con aire resuelto, y dijo;
—¡Es preciso olvidar!... ¡Y olvidaré!... Si el
destino sigue en su propósito de lanzarme al abismo, me dejaré llevar de la
corriente Otro hombre se cruza ahora en mi camino y me arroja á la cara
nueva provocacion ¡Miserable! ¡me sobra valor, y le
mataré!...
Detúvose un momento, y se extremeció.
¡Matarle!... ¡Ah! ¡no es posible! Lo juré
solemnemente en aquella noche infausta, sobre el cadáver de mi pobre amigo,
sacrificado á la ley del honor... ¡La ley del honor! ¡Qué insensatez! ¡No me
batiré!
«Juro sobre la cruz de esta espada no volver á
ceñirla, ni medir mis armas con ningún hombre, aunque la sociedad entera se
desplome sobre mi cabeza.» Estas fueron mis palabras. ¿No tuve valor para
quitarme el uniforme, perdiendo mi carrera? ¡Cumpliré mi juramento! ¡Florencio
Tejada no alcanzará la gloria de que le mate! ¡porqué le mataría en cuanto se
me pusiera enfrente! ¡Villano!
Y volviendo á sentarse, continuó en sus
reflexiones:
—¿Por qué me provocó ese hombre?... ¡Ah! lo
recuerdo bien:
tenía celos de mí porque Valentina me
distinguió.... ¡A qué caro
precio se pagan los favores de las mujeres!...
Tejada estaba celoso, y se comprende el arrebato. ¿No tuve anoche que contener
el impulso que me arrastraba á provocar al galanteador de Elena? La reflexion
se abre paso; es disculpable el acto poco meditado de Tejada; le abandonaré el
campo puesto que Valentina no me interesa, y él entonces, reconociendo su
error, me dará cumplida satisfaccion. No me queda otro recurso, porque no puedo
faltar al juramento.
Creyéndose tranquilo con aquella reflexion, cruzó
una pierna sobre la otra, y cogiendo un álbum de retratos que había sobre la
mesa, lo abrió por la primera hoja.
—Aquí está, dijo. Es Elena, la mujer que en mis
ensueños juveniles me hizo volar al cielo del amor y escalar el porvenir... ¡El
porvenir, que tan negro había de presentarse por los designios de la
Providencia! ¡Elena! No amé más que á tí; no puedo amar á otra mujer... ¡Qué
hermosa estabas anoche, deshojando el ramillete, como si quisieras decirme que
aquellas flores eran las risueñas ilusiones de tu alma, que destruí con mi
aleve conducta! ¡Si supieras cuan desgraciado soy! Si llegaras á comprender la
causa de mi heroísmo, porque heróico fué renunciar á tu amor, noble ambicion de
mi alma, me compadecerías; pero el grito del odio se levantaría entre los dos
¡Nó, Elena! ¡Olvídame, pero no me aborrezcas!
Rendido por el cansancio y las emociones del baile,
contemplando el retrato se quedó dormido; y soñó con Elena, encamada en las
formas de un ángel. Su sueño fué largo; la vió acercarse á su butaca y
refrescarle la frente con el aire de sus alas; allí le dió quejas, llamándole
ingrato; él tendía la mano y no podía alcanzarla, pues se apartaba con el vuelo
jugueton de la mariposa; por último, sintió arder sus labios con el vapor de su
aliento, y fuera de sí, se lanzó á detenerla; pero al ponerse en pié, le despertó
el ruido de un objeto que caía sobre la alfombra.
El álbum estaba en el suelo, y se apresuró á
levantarlo; al abrir la primera hoja, el retrato de Elena había desaparecido
berto, al volver al mundo, llevando sobre la
conciencia el peso de su infortunio y su corazon destrozado por el abandono de
la mujer querida, debía haber experimentado emociones profundas, y contó las
horas y los minutos esperando el regreso del baile. Desde la terrible
revelacion acerca de la muerte de Leopoldo Molina, el continuo sobresalto del
temor interrumpía el sueño de la buena madre.
Piedad cruzaba de puntillas por la alcoba para no
despertar á su madre; pero su precaucion era inútil, pues sentándose en la cama
le preguntó:
—¿Te has divertido mucho?
La jóven corrió á besarla en la frente y en las
mejillas y le contestó con entusiasmo:
—¡Mucho! ¡El baile ha estado magnífico!
—¿Y Alberto?
—Bailó dos veces con una señora muy hermosa, á
quien acompañó hasta su carruaje,
—¡Hola!—exclamó la madre llena de
satisfaccion.—¿Conque Alberto bailó?...
¡Vaya! Estaba entusiasmado. ¡Y bien que le miraban
las muchachas!
—No me ciega la pasion, hija mia; estoy segura de
que no había en el salon otro hombre tan hermoso.
Piedad se sonrió, acordándose de Patricio Sanjuan;
pero no se atrevió á salir á su defensa para ponerle en el primer lugar que le
daba su fantasía enamorada.
—Allí estaba Elena Molina—dijo la jóven.
—¡Elena en el baile!—exclamó la señora sorprendida.
—Sí: por cierto que en el primer ir mentó su
presencia me causó desagradable impresion, acordándome de su desgraciado
hermano; después recordé nuestro afecto nacido en la niñez, y cuando pasé por
su lado, le tendí la mano, que ella aceptó con efusion; lo pero no nos besamos.
Alberto tiene la culpa, pues con su mala accion rompió tan íntima amistad.
—Todo en el mundo tiene su explicacion, hija mía.
No acuses á tu hermano, porque te expones acaso á ser injusta.
—¡Abandonar á una mujer enamorada!... ¡Si Patricio
hiciera eso conmigo, me moriría!
La viuda de Puente se sonrió, y Piedad se fué á
acostar, pensando en que todos los hombres, ménos Patricio, eran unos pérfidos.
La madre, al quedarse sola, suspiró profundamente,
y dijo:
—¡Pobre Alberto!... Se ha acostado sin entrar en mi
alcoba por no
turbar mi sueño... ¿Cómo pudo creer que yo durmiera
en esta noche?... Verdad es que para conocer la manera de sentir de una madre
es preciso ser madre... ¿Dormirá tranquilo mi Alberto?...
¡Dios mio! ¡dale un sueño hermoso que borre tantas
horas de sufrimientos!...
Y la buena señora se durmió sin sospechar lo que su
hijo sufría á aquella hora con la escena del portal, pues Piedad no creyó
prudente contarlo lo ocurrido.
Alberto no se acostó; su espíritu estaba
profundamente agitado; quitóse los guantes y el frac, que arrojó sobre la cama,
y envolviéndose en la bata, se dejó caer en una butaca. Después de algunos
minutos de meditacion, exclamó, como si hablara con otra persona:
—¿Y qué? ¿tengo la culpa de que el destino se
ensañe comigo? ¿No traté de evitar el duelo con Leopoldo? El honor herido por
sus arrebatos me obligó á desenvainar la espada; él mismo lo dijo al morir:
«¡Me he suicidado!» ¡Y fué verdad! No quería herirle; era mi hermano; pero la
ley del honor se impuso... personas, pero á esta hora por todo Madrid correrá
mi nombre, sirviendo de pasto á la curiosidad y á la murmuracion. Estoy
comprometido á reñir con ese hombre, á matarle, porque, aunque cerrara los
ojos, tengo la seguridad de que mi arma iría á buscar su corazon... ¡Y no-puedo
batirme! ¡Mi juramento es sagrado!... ¡No me batiré!
Dió algunos paseos por la habitacion como loco, y
exclamó:
—Las gentes me señalarán con el dedo, se burlarán
de mí, llamándome cobarde, cuando me sobra aliento para empresas más
atrevidas... ¡Eso sería mil veces peor que la muerte!... ¡La muerte! ¡Hé aquí
la solucion del problema! Juré no cruzar mis armas, y no las cruzaré; la vida
es para mí carga pesada, y puesto que no puedo suicidarme porque soy cristiano,
ponga Florencio Tejada término á mis angustias; su mano vengará á Leopoldo
Molina. ¡Me dejaré matar!... ¡Vamos en busca de mi salvacion!
Y vistiéndose, salió de casa, resuelto á enviar sus
testigos al retador.
VII
Al cruzar por las calles, parecióle á Alberto que
todos le miraban con fijeza, y avivó el paso, pues cada minuto era un siglo
para su imaginacion sobresaltada; acariciaba la muerte como fin de los
padecimientos morales de cuatro años, agravados la
noche anterior con su vuelta al mundo.
En la calle de Alcalá le detuvo una persona que con
afecto le cogió por la cintura. Alberto contuvo un grito, cual si un rayo de
luz hubiera iluminado su cerebro.
—¿A dónde vas tan distraido, hijo mio?—le preguntó
el que le detenía.
—¡A buscar la muerte! contestó el jóven casi
trémulo.
—¡La muerte! ¿Tienes el privilegio de que Dios te
avise cuando ha señalado tu última hora?
—Voy á anticiparla.
—¿Te has vuelto loco?
—Creo que sí.
—Te pasa algo extraordinario, que adivino en tus
ojos; y eso me explica la causa de que hayas dejado correr tanto tiempo sin ir
á verme.
—Es verdad—respondió Alberto meneando la cabeza.—La
Providencia no me abandona porque pone á V. hoy en mi camino. Necesito un
consejo sabio y prudente; pero ahora mismo.
—Ven conmigo á casa—añadió apoyándose en el brazo
de Alberto y doblando por la calle de las Torres.
El padre Martin era un cura anciano, modelo de
virtudes y modelo de sacerdotes; más que confesor era consejero; no sólo
perdonaba las culpas, sino que dirigía las conciencias; preguntaba lo que debía
preguntar, lo que necesitaba saber para conseguir la salvacion de las almas que
le confiaban sus secretos. Confesor de la viuda de Puente, desde su juventud,
había enseñado la doctrina á Alberto y sembrado en su corazon la semilla de la
virtud; el jóven le veneraba. Hé aquí la causa de que creyera providencial su
encuentro á aquella hora en que acariciaba la idea de un suicidio simulado.
Entraron en una modestísima casa de la calle de las
Infantas, y se sentaron sobre la dura anca de un sofá, el mueble más lujoso de
la habitacion.
—Me hablaste de la muerte, hijo mio; deseo saber
qué causa extravía tu razon para olvidar que el hombre no puede torcer los
designios de la Providendencia. Nadie muere hasta que Dios lo dispone.
Alberto dió un grito, exclamando, como si tuviera
una pesadilla:
—¡Se fué! ¡La he visto!
—¿A quién?—preguntó su madre, entrando en el
cuarto.
—¡A ella!
—A Elena?
—Sí.
—Aquí está, hijo mio.
Y le entregó el retrato, que había quitado del
álbum cuando fué á dar los buenos dias á Alberto y le encontró dormido.
—¿Por qué eres cruel conmigo?
—Adiviné tu sueño, y me llevé á Elena para que no
pensaras más en ella; pero te oí delirar, y vuelvo á tranquilizarte. ¿La viste
anoche?
—Sí, madre mia, la ví, y su presencia despertó
recuerdos gratísimos... ¿Para qué me hiciste volver al mundo? ¡Hé sufrido
tanto!
—Sé—contestó ella sonriéndose—que las damas te
dieron la preferencia, y que bailaste con una muy hermosa.
—¡Ojalá que nunca la hubiera conocido!
—¿Por qué?
—No quiero profanar el recuerdo de Elena.¡Ella sola
reina en mi corazon!
—¿Todavía?
—¡Siempre!
—En el mundo encontrarás, Alberto, el bálsamo que
curará esa herida. El mundo tiene remedios para los males que causa.
El criado interrumpió el diálogo, presentando al
jóven el número de La Correspondencia de la mañana, y la madre salió de la
habitacion.
Alberto recorrió las columnas del periódico sin
buscar nada, puesto que no había de ofrecerle iuterés la lectura ele noticias;
pero se engañó; en la tercera plana había un artículo consagrado al baile de la
Condesa del Rio, y como Elena había concurrido á la fiesta, buscó su nombre en
la relacion de personas que los cronistas acostumbran publicar para satisfacer
la vanidad de las damas, que de algunos años á esta parte rinden culto al
domonio de la publicidad. El articulista no había apuntado á Elena Molina ni á
Piedad Puente, sin duda por ser nuevas en los salones; pero
detallaba minuciosamente el traje de la hermosa
viuda de Crespo, habiendo contado el número de brillantes de su diadema.
Sonrióse Alberto, más de pronto frunció las cejas al leer en la crónica estas
líneas:
«La brillante soirée de la Condesa terminó, y al
«salir los concurrentes, en el portal de la casa-palacio «surgió un
desagradable incidente entre los caballeros «D. F. T. y D. A. P., mediando una
provocacion que «se ventilará irremediablemente en el campo del «honor.»
Alberto se puso en pié, irritado, y exclamó:
—¡Qué atrevimiento! ¡Sacar á plaza nombres de
personas respetables para delatarlas á la justicia! Pues qué, ¿el duelo no es
delito penado por el Código? ¿Lleva quizá el periódico la noble intencion de
evitar el encuentro? Si es así, ¿no hubiera sido más conveniente avisar al juez
que sacar á la vergüenza á dos hombres honrados? ¡Honrados!—repitió con
ironía.—¿Acaso la ley del honor no me obliga á medir mis armas con el atrevido
que me provocó?...
El capítulo del Código marcando pena á los
duelistas es una hoja perdida del libro... ¿Quién se atreve á cerrar el camino
al hombre ofendido?...
Quedóse pensativo algunos instantes, y luego
continuó:
—La provocacion la presenciaron anoche pocas
—¡No! No podía faltar á mi juramento. Iba á ponerme
delante de él para que me matara.
El cura hizo la señal de la cruz, como para
espantar al diablo que creía ver dentro del cuerpo del jóven, y santiguándose,
exclamó:
—¡Qué dolor!... Por fortuna, llego á tiempo para
salvar tu alma. ¿Me obedecerás ciegamente?
Alberto vaciló de nuevo.
—¡Lo manda Dios!—prorrumpió el cura con tono
solemne humillando la frente.—¿Me obedecerás?
—Sí—contestó Alberto con resolucion.
—No puedes faltar á tu juramento sin ofender á
Dios.
—¿Y la sociedad?—preguntó el jóven con recelo.
—¡La sociedad!—murmuró el padre con ironía.—Obra
bien, y deja que la maledicencia se cebe en tí; nadie se escapa de las garras
del
vulgo, siempre maligno. Vale más que el vulgo te
juzgue prudente y no que te vea con las manos manchadas de sangre.
—¿Y si me llaman cobarde?—observó Alberto
estremeciéndose. —Ninguno te lo diría cara á cara, pues tus ojos anuncian la
energía de la dignidad. Los maldicientes son como
los ratones, que roen en la oscuridad y huyen en cuanto sienten pasos.
—¿Y si me atacan personalmente?
—Entonces, hijo mió, la defensa es permitida, pues
el instinto de conservacion de la vida es natural en el hombre. ¿Me ofreces
solemnemente cumplir tu juramento para no faltar á Dios?
—Sí.
—¿Me ofreces también despreciar al vulgo?
—Sí, padre.
—¿Vas confortado?
—Me siento fuerte y dispuesto á no olvidar tan
sabios consejos. —Adiós, cuando te encuentres tranquilo, ven á buscarme y te
llevaré al tribunal de la penitencia para
devolverte por completo la calma y abrirte la puerta del cielo, que te cerró el
olvido.
Alberto besó la mano del padre Martin y bajó la
cabeza con paso firme, sin preocuparle la situacion difícil que atravesaba en
el mundo por el lance de la noche anterior, agravado con las líneas del
periódico; atravesó las calles, sin mirar á los que pasaban, y volvió á su
casa.
Al entrar en sus habitaciones, vió sobre la mesa
dos cartas; sorprendido de aquella correspondencia, cuando había vivido tanto
tiempo sin comunicarse con el mundo, se recostó en un divan y rompió el sobre
de la primera carta, cuyo contenido era el siguiente:
«Mi estimado amigo: Aunque á las tres espero la
visita ofrecida, me veo obligada á tomar la pluma para exigir á V. que sea
puntual, pues estoy sobresaltada por el párrafo de La Correspondencia. Bien
dije anoche que el llamado F. T. era un necio, y no puedo creer que V.
descienda á medir sus armas con ese hombre, que, viéndose despreciado, quiere
buscar la popularidad en el escándalo á costa de los dos. Piense V. en esta
declaracion, y venga pronto, antes de las tres, pues me hallo intranquila. Le
espera impaciente su amiga— Valentina.»
Una sonrisa maliciosa se dibujó en los labios del
jóven, que echó la carta sobre la mesa, diciendo:
—Esta mujer es demasiado apremiante... ¡Cáspita! ¡Y
es hermosa de veras!... Me cuesta cara su predileccion... Me aguardará en vano,
pues no quiero correr aventuras peligrosas... Además, Elena se interpone para
cerrarme el paso; no puedo amar más que su memoria... ¿Tejada busca la
popularidad en
—¿Y los suicidas? ¿y los duelistas?—preguntó
Alberto.
—El génio de las locuras pretende imponerse
trastornando la razon de los hombres; pero su propósito no se cumple si Dios no
quiere; acuérdate de aquellas palabras latinas que resultan impías: Quos Deus
vult perderé, prius dementat. Dios no se vale de medios tan vulgares para
castigar á los que se pierden...¡No! Alberto, no busques la muerte, porque no
la encontrarás donde te propones. Ahora, ábreme tu corazon para curar la herida
que veo mana sangre.
—¡Sí, padre! ¡mana sangre!—repitió él con acento de
terror.
El cura hizo un gesto significativo, y miró al
jóven, temiendo que se hubiera desnivelado su cerebro.
—Ten calma, y habla sin recelo.
—Otro dia, cuando esté más sereno, cuando se hayan
despejado las nubes que me ofuscan, en verdadera confesion referiré á usted
todo; hoy sólo quiero un consejo salvador en la crítica situacion que
atravieso.
—Empieza—dijo el padre Martin cruzando los brazos.
Limpióse Alberto el sudor de la frente, y exclamó: —¡Tengo sobre mi conciencia
la vida de un hombre!
La frente del cura se nubló, y poniéndose las gafas
para ver mejor al joven, murmuró:
—¡La vida de un hombre!
—¡Le maté en buena lid, en el campo del honor!
—¡El campo del honor!—repitió el padre Martin
haciendo una mueca.—¡Qué manera de dar interpretacion á palabras santas! ¡Esa
interpretacion está dictada por la insensatez y la barbarie! ¿Le mataste en
desafío?
—Sí: para vengar un ultraje.
—Y ¿qué conseguistes con tu triunfo, hijo mio?
—Arrastrar cuatro años una existencia insufrible,
viendo fantasmas y oyendo sin cesar el quejido del moribundo... ¡Ah, padre!
¡Qué remordimiento tan cruel!
—¿Y para purgar tu pecado me hablas hoy de
anticiparte la muerte? Satanás se ha apoderado de tu corazon y quiere turbar tu
conciencia, santuario de la virtud. Acaba tu declaracion.
—Ante el cadáver sacrificado al honor, juré sobre
la cruz de mi espada no medirla con ningun hombre aunque la sociedad se
desplomara sobre mi cabeza.
—Eso es noble. ¿Has cumplido el juramento?
—Hasta hoy sí; pero ayer volví al mundo, y el
demonio que se propone perderme me puso delante á un insensato que me provocó.
Mi honor es hoy pasto de la murmuracion. Lea V. esas líneas.
El padre Martin pasó la vista por el artículo de La
Correspondencia, y le devolvió el periódico, diciendo:
—¡Inevitable el duelo! ¡Qué manera tan caritativa
de aplicar las leyes sociales y de entender los deberes del hombre! La mala fé
dictó esos renglones, hijo mio, para precipitarte; pero la razon está por
encima de las preocupaciones del vulgo, y los seres deben hacerse superiores,
despreciándolas, para no servir de juguete á torpes instintos. ¿Cuál era tu
propósito cuando te encontré en la calle?
Alberto vaciló asustado; pero el padre Martin le
cogió una mano con afecto, diciéndole:
—A Dios no se engaña. ¿A donde ibas?
—A buscar á mi contrario.
—¿Para matarle?
el escándalo y me escoje de trofeo? No logrará lo
que se propone. Al cojer la otra carta temblaron sus dedos, como si aquel papel
encerrara alguna revelacion; pero después de
abrirlo, vió que no tenía firma. Con letra inglesa muy perfilada estaban
trazados estos cortos renglones:
«Si quieres desvanecer las sombras que anublan tu
fantasía, y tranquilizar un espíritu inquieto, vé esta noche al baile de
máscaras del Teatro Real. En un palco te esperan dos dominós con un ramo de no
me olvides en el pecho.»
—¿Qué quiere decir esto?—se preguntó Alberto
examinando el billete.—No conozco esta letra; pero, á pesar de la buena
ortografía de la carta, se adivina la mano de una mujer.
Los presentimientos son á veces acertados; sin
fundamento alguno, cruzó por su mente el nombre de Elena, y levantándose, entre
sobresaltado y contento, exclamó:
—¡Un ramo de no me olvides! La flor puede ser
simbólica ¡Iré al baile! Allí desafiaré al mundo con la fortaleza que inspiran
á mi ánimo las palabras del padre Martin.
VIII
«Qué hermoso debe ser el imperio de la juventud!
¡Delirar sonando con risueñas ilusione! ¡Correr detrás de locas esperanzas,
nubes preñadas de felicidad que se van desvaneciendo para ofrecernos tristes
desengaños!¡La mujer, el aplauso, la esperanza! ¡Hé aquí las ambiciones de la
juventud!...¿Será verdad que en esta confusion, en este bullicio, encuentra
satisfacciones el alma del hombre? ¡Perder las horas destinadas al dulce
reposo, á ese pasajero olvido de la vida que se llama sueño, para venir á aturdirse
aquí, en este mundo de la mentira, de donde salimos con el cuerpo cansado y con
el desencanto de alguna ilusion perdida!....Ya no me
acuerdo; el tiempo borró mis memorias con su
implacable mano, que nada perdona. Unos cuantos copos de nieve que cayeron
sobre mi frente enfriaron mi entusiasmo...Quiero-recordar, y me aturdo; pero la
orquesta parece que me reanima, y doy algunos pasos buscando lo que ya no puedo
encontrar: los encantos de la juventud. Pasé como pasa todo, obedeciendo á la
ley de la naturaleza; algunos años han bastado para alejarme del mundo,
encerrándome en el hogar, donde hallo los verdaderos goces de la existencia: la
familia.»
Así discurría yo al entraren el salon del Teatro
Real, á donde me llevó mi deber de novelista; la pluma es tirano que se impone;
el escritor no se pertenece. He abandonado mi lecho, á las doce de la noche,
para seguir á Alberto Puente, que asistía al baile de máscaras, arrastrado por
el atractivo del misterio, ó por el secreto interés que en él despertara el
billete anónimo de la cita. Sigamos, pues, los pasos del jóven, ya que él me
sacó del retiro, alterando la tranquilidad de mis costumbres.
El salon estaba animado; la concurrencia se abría
paso con dificultad, y la algazara denotaba que la alegría era comunicativa,
pues muchos que iban entrando indiferentes al placer, se contagiaban. Alberto,
sin hacer caso de las tapadas que con más ó menos abigarrados disfraces le
dirigían bromas aun sin conocerle, atraidas sin duda por su hermosa figura,
buscaba en los palcos á la autora del perfumado billete. Detúvose de improviso
enfrente de la última platea al ver dos dominós negros que llevaban en el pecho
ramos de no me, olvides.
Una de las máscaras se levantó, y apoyándose el
escándalo y me escoge de trofeo? No logrará lo que se propone.
Al coger la otra carta temblaron sus dedos, como si
aquel papel encerrara alguna revelacion; pero después de abrirlo, vió que no
tenía firma. Con letra inglesa muy perfilada estaban trazados estos cortos
renglones:
«Si quieres desvanecer las sombras que anublan tu
fantasía, y tranquilizar un espíritu inquieto, vé esta noche al baile de
máscaras del Teatro Real. En un palco te esperan dos dominós con un ramo de no
me olvides en el pecho.»
—¿Qué quiere decir esto?—se preguntó Alberto
examinado el billete.—No conozco esta letra; pero, á pesar de la buena
ortografía de la carta, se adivina la mano de una mujer.
Los presentimientos son á veces acertados; sin
fundamento alguno, cruzó por su mente el nombre de Elena, y levantándose, entre
sobresaltado y contento, exclamó:
—¡Un ramo de no me olvides! La flor puede ser
simbólica...¡Iré al baile! Allí desafiaré al mundo con la fortaleza que
inspiran á mi ánimo las palabras del padre Martin.
VIII
«¡Qué hermoso debe ser el imperio de la juventud!
¡Delirar sonando con risueñas ilusiones! ¡Correr detrás de locas esperanzas,
nubes preñadas de felicidad que so van desvaneciendo para ofrecernos tristes
desengaños! ¡La mujer, el aplauso, la esperanza! ¡Hé aquí las ambiciones de la
juventud!... ¿Será verdad que en esta confusion, en este bullicio, encuentra
satisfacciones el alma del hombre? ¡Perder las horas destinadas al dulce
reposo, á ese pasajero olvido de la vida que se llama sueño, para venir á aturdirse
aquí, en este mundo de la mentira, de donde salimos con el cuerpo cansado y con
el desencanto de alguna ilusion perdida!... Ya no me acuerdo; el tiempo borró
mis memorias con su implacable mano, que nada perdona. Unos cuantos copos de
nieve que cayeron sobre mi frente enfriaron mi entusiasmo... Quiero recordar, y
me aturdo; pero la orquesta parece que me reanima, y doy algunos pasos buscando
lo que ya no puedo encontrar: los encantos de la juventud. Pasé como pasa todo,
obedeciendo á la ley de la naturaleza; algunos años han bastado para alejarme
del mundo, encerrándome en el hogar, donde hallo los verdaderos goces de la
existencia: la familia.
Así discurría yo al entrar en el salon del Teatro
Real, á donde me llevó mi deber de novelista; la pluma es tirano que se impone;
el escritor no se pertenece. He abandonado mi lecho, á las doce de la noche,
para seguir á Alberto Puente, que asistía al baile de máscaras, arrastrado por
el atractivo del misterio, ó por el secreto interés que en él despertara el
billete anónimo de la cita. Sigamos, pues, los pasos de jóven, ya que él me
sacó del retiro, alterando la tranquilidad de mis costumbres.
El salon estaba animado; la concurrencia se abría
paso con dificultad, y la algazara denotaba que la alegría era comunicativa,
pues muchos que iban entrando indiferentes al placer, se contagiaban. Alberto,
sin hacer caso de las tapadas que con más ó menos abigarrados disfraces le
dirigían bromas aun sin conocerle,
atraídas sin duda por su hermosa figura, buscaba en
los palcos á la autora del perfumado billete. Detúvose de improviso enfrente de
la última platea al ver dos dominós negros que llevaban en el pecho ramos de no
me olvides.
Una de las máscaras se levantó, y apoyándose —¿Amas
á la viuda de Crespo? —Nó.
—Es muy hermosa, y sus atractivos sou peligrosos.
—No tienes instinto de sibila—repuso él, haciendo
un esfuerzo para sonreirse.—No amo á la viuda de Crespo; no puedo amarla.
—¿Por qué?
—Porque mi corazon está cerrado á todos los
sentimientos. —¡Eso es imposible! ¿Nunca amaste? Alberto no respondió.
—¡Hola! Parece que mi pregunta produce efecto ¿No
has amado á otra mujer?
—Sí; ¡con toda mi alma, con todo mi
corazon!—prorrumpió él con vehemencia.
—¿A Elena Molina?
Alberto miró al techo como queriendo traspasarlo
para llegar con los ojos al cielo; al bajarlos, vio que la otra tapada había
cambiado de postura, acercándose al sillon de su compañera para oir mejor. Un
relámpago iluminó la razon del jóven, y un sollozo, envuelto en un suspiro, se
escapó de su pecho. La dama del dominó volvió á preguntarle:
—¿Amabas á Elena Molina?
—¡La amo! ¡La amaré siempre!
—¡Ah pérfido! ¿Por qué entonces la abandonaste
cruelmente?
¿Tuviste celos infundados?
—¡Nunca!—exclamó él con viveza.—El que ama de veras
tiene fé.
—No te entiendo, Alberto.
—¿Conoces á Elena?—le preguntó con intencion.
—Sí. Por ella sé que sin motivo, sin buscar
siquiera un pretexto razonable, rompiste un lazo que parecía eterno. Elena te
quiere, porque adivina que algo se interpone entre los dos. ¿Qué barrera hay
que el amor no esté dispuesto á saltar?
Alberto se estremeció visiblemente; le delataba el
temblor nervioso, y sólo murmuró:
—Respeta mi secreto, máscara.
—¿Secreto?... No seas caviloso.
Alberto se puso en pié de un salto, apretó
fuertemente la mano de la dama, y clavando en la otra tapada, más que los ojos
el alma, dejó caer en el oído de aquella estas palabras con acento
profundamente conmovido:
—Me has hecho mucho daño trayéndome aquí esta
noche. Si conoces á Elena, no le digas que moriré amándola.
Y salió precipitadamente del palco.
—¿Qué misterio es ese, Elena?—preguntó la máscara,
volviéndose á su compañera.
Pero esta no respondió; hallábase poseída de una
especie de letargo; su corazon parecía haber dejado de latir. Por fin, hizo un
esfuerzo grande, y apoyándose en el brazo de su amiga, Hijo con voz casi
desfallecida:
—Vámonos, Teresa.
Al salir, Elena arrancó de su pecho el ramo de no
me olvides, y levantando la parte baja de la careta, estampó un beso en las
flores, que arrojó despues sobre la alfombra. Así quería sin duda significar
que se desprendía de su alma.
Y las damas abandonaron el teatro.
Alberto Puente, enajenado, no reparó que durante su
diálogo, una máscara de capuchon verde pasaba y volvía á pasar por delante del
palco, demostrando en su inquietud la impresion y el interés que le causaba
aquella conversacion. El jóven salió al pasillo con el cerebro exaltado, pues
adivinó que acababa de ver á Elena y no le quedó duda de que ella le amaba
siempre; todas las amarguras de su alma por la pasion contrariada que hacía
cuatro años ahogaba en el pecho, se reanimaron, produciendo en su espíritu una
revolucion. En este estado se hallaba cuando la dama del capuchon le detuvo,
cogiéndole una mano.
—¿A dónde vas?—le preguntó.
—No sé—le contestó secamente, tratando de retirar
su mano. —¿Te ha preocupado la conversacion con el dominó del palco?
¡Ah traidor!
—¡Déjame, máscara!—exclamó él con acento de mal
humor. —Mala hierba pisaste hoy, Alberto; pero tengo que pedirte
cuentas.
—¡Cuentas!—repitió él.—¡Todos se creen con derecho
á intervenir en mi conducta!
—Estás poco galante; y como eres torpe, te diré
quien soy. La máscara habló en su voz natural, y Alberto se estremeció,
murmurando:
—¡Valentina!
—¡Gracias á Dios! Veo que tu corazon no presiente.
Y apoyándose en el brazo de Alberto, trató de
arrastrarlo al salon; pero él no se movió.
—Faltaste á la cita, y debo quejarme de ese olvido,
que por lo ménos acusa descortesía.
—Falté, Valentina—repuso el jóven con cierta
timidez,—porque no quiero engañar á las mujeres. Mi corazon está cerrado para
nuevas impresiones.
Semejante confesion era un desprecio; Valentina,
acostumbrada á vencer siempre, vióse humillada por primera vez; sintió en su
alma la explosion del amor propio herido, y soltando el brazo de Alberto, le
miró de arriba abajo como queriendo confundirlo. La ira saltaba de sus ojos
convertida en rayos.
Alberto dió media vuelta y se dirigió al
guardarropa para recoger su gaban.
En aquel momento supremo, bajo la excitacion
nerviosa, Valentina vió pasar á Florencio Tejada, que los espiaba; tomó
aliento, como para ocultar la emocion producida por aquel encuentro que le
sugirió la idea de vengarse, y apoyándose en el brazo de Florencio, que tembló
de placer al sentir satisfaccion tan inesperada, le preguntó:
—¿Me conoces?
—¡Te adivino!—contestó él con entusiasmo.
—Mira—le dijo, señalando hácia el vestíbulo del
teatro,—por ahí vá ese hombre odioso para los dos.
—¿Para los dos?—Preguntó Tejada sorprendido.
—Síguele; humíllale ante el mundo.
—¡Ya le provoqué! Es un cobarde—repuso él con aire
de triunfo.
—¡Humíllale más todavía! Quiero verle revolcado en
el fango, escarnecido por todos. Y despues, ven á buscarme.
—¡Valentina!...
La dama del capuchon apretó la mano al jóven, y le
dijo:
—¡Por allí! ¡Corre!
Y desapareció entre las máscaras del salon.
—¿Qué es esto?—pensó Florencio.—¿Qué ha pasado
entre los dos?... ¡Quiere que le humille!... Poco ha de costarme, pues ese
hombre no tiene dignidad; desde anoche, que le arrojé á la cara mi tarjeta, no
ha venido á vengar el ultraje... Voy á ser héroe sin peligro... Y despues...
¡Oh, despues! ¡la felicidad! Ella lo ha dicho: «Ven á buscarme.» ¡Por esa mujer
sería capaz de reñir con el inundo entero!
Cogió su abrigo, y saliendo precipitadamente á la
calle, miró á todas partes; no distinguiendo la figura de Alberto, calculó que
le llevaba alguna delantera, y entró en un carruaje de alquiler, advirtiendo al
cochero que fuera despacio en direccion al Prado; atravesó las calles del
Arenal y de Alcalá, mirando por la ventanilla á las pocas personas que pasaban
á aquellas altas horas de la noche; al llegar á la fuente de la Cibeles, dijo
con satisfaccion:
—Allí vá. Pára, cochero.
Y apresuró el paso para alcanzar á Alberto, que
andaba de prisa, como el que va poseído de alguna idea que le atormenta.
No habían llegado á la altura de la calle del
Sanco, por el pasco de Recoletos, cuando Alberto se detuvo al-oir estas
palabras:
—¡Alto, caballero Puente!
Al ver á Tejada, la sangre de Alberto subió á sus
ojos y procuró dominarse, comprendiendo que le esperaba una escena
desagradable.
—¿Con qué intencion me sigue V. á esta hora, Sr.
Tejada? —Debe V. comprenderlo; esperé todo el dia la visita de los
testigos de la persona que recibió anoche una
ofensa, que parece le importa poco.
—¡Caballero!
Alberto se pasó la mano por los ojos, y acercándose
á Florencio, le dijo:
—Es inútil que insista V en provocarme, porque no
puedo medir con V. mis armas.
—¿Conmigo? ¡Eso es un insulto!
—Con nadie, Sr. Tejada; respete Y. mi confesion, y
siga su camino sin temor á rivalidades, porque entre esa señora y yo no existe
lazo ni compromiso que sea obstáculo á su afecto.
—¿Me cede V. el campo?—preguntó Florencio con tono
insolente. —¡Gracias por la generosidad! En todo caso creeré que se retira
usted por miedo.
Alberto apretó los puños y miró al cielo,
pidiéndole valor para soportar tan grosero insulto. Se repuso al momento y dijo
con entereza:
—¡Abra V. paso y no sea temerario!
Iba á andar cuando de los labios de Tejada salió
esta frase:
—¡Así castigo á los cobardes!
Y levantando el baston, le dejó caer sobre la
cabeza de Alberto Puente.
—¡Ira de Dios! ¡Miserable!...
Lanzándose furioso sobre el agresor, cogióle por la
cintura, y alzándole con sus hercúleos brazos, lanzó al aire su cuerpo como
quien despide una piedra. Florencio Tejada cayó para no volver á levantarse; su
cabeza había chocado contra el tronco de un árbol del paseo, y la congestion
causó la muerte instantánea.
Al verle en tierra, inmóvil, un horrible calofrío
se apoderó de Alberto; precipitóse sobre el cuerpo inanimado, y comprendiendo
la nueva desgracia que pesaba sobre su conciencia, con las manos crispadas,
exclamó:
—¡Qué maldicion me persigue!... ¡Dios mió! ¡ten
piedad de mí! Corrió de un lado para otro del paseo, buscando al sereno, á los
guardias de orden público, para entregarse á la
justicia, declarándose criminal; pero los agentes de la autoridad son siempre
prudentes, y no acuden á donde se les llama. Alberto se dirijió á su casa con
la cabeza caida sobre el pecho.
IX.
El estado moral de Alberto Puente cuando llegó á su
casa es difícil pintarlo con verdaderos colores; parecía haber perdido la
facultad de hablar; no tenía palabras para expresar su abatimiento. Dejóse caer
en la cama vestido, buscando en el sueño, más que el descanso, el olvido de su
pena; pero fué en vano; el sueño es como los amigos del mundo; nos abandona en
las tribulaciones de la vida.
Alberto no durmió; pero una hora después sintió que
su cerebro se despejaba; saliendo de su postracion física y moral, vio
claramente la extension de su desventura; saltó de la cama y mirándose al
espejo, parecióle que en aquella noche había envejecido; con efecto, sus
facciones estaban contraidas á causa de las impresiones violentas del paleo y
del suceso del paseo de Recoletos.
—¿Qué es ésto?—se preguntó.—¿Sufro las
consecuencias de una espantosa pesadilla ó toco la realidad?... ¡Ah, no! Allí,
contra aquel árbol de tronco torcido, lo estoy viendo, acabó la existencia de
ese desgraciado que se empeñó en buscar la muerte... ¿Por qué me apeno tanto?
¿No hice cuanto pude por evitar la catástrofe?... El padre Martin me dijo que
la defensa era natural y permitida; Tejada me ofendió, y mi honor lastimado
exigía una reparacion...¡El honor! ¿Acaso la sociedad me perdonaría la muerte
de un hombre sin cubrir las fórmulas que tiene establecidas para matar sin
responsabilidad? ¡La justicia me condenaría como asesino porque maté sin
testigos! ¿Qué ley es esa escrita en el forro del Código penal para burlarse
del artículo que dentro del libro condena el duelo?... ¡Mis manos están
malditas!¡No puedo rozarme con los hombres sin exponerme á nuevas desgracias!
¡La sangre de los dedos me salpica el rostro! ¡Huyamos del mundo! ¡Aquí me
ahogo!
Dió algunos paseos por la habitacion, como el
hombre que lucha con la demencia cuando quiere apoderarse de su presa, y de
repente, saliendo por el pasillo, fué á llamar á la puerta de un cuarto
interior. Al punto se presentó un antiguo criado de
la casa, como antiguo fiel y amante de sus amos.
—Fernando—le dijo—toma la llave de mi armario,
coloca en la maleta mi ropa, y en cuanto rompa el dia, vé á buscar un carruaje.
No hagas ruido para que la señora no se despierte.
El sirviente miró á su amo con asombro, y fué á
cumplir sus órdenes.
Alberto volvió á su habitacion, y cogiendo una
pluma escribió la siguiente carta:
«Elena: Te ví anoche, y el tormento que me causó tu
presencia lo compensaban esos minutos de felicidad en que respiramos la misma
atmósfera. Quieres saber el móvil de mi conducta que considerarás indigna; pero
¡ay! ¡mi revelacion te causaría acaso la muerte! ¡Te amo más que el dia que nos
separó el destino, y no puedo amarte! El destino implacable puso entre los dos
una barrera; pero te llevo conmigo...
«Quiero hablar y no encuentro la manera de expresar
nuestra desgracia. Olvídame, porque un rio de sangre nos separa... ¡Ah!...
«Desde anoche, el destino que se ceba en mí ha
envenenado más mi existencia... ¡Adiós! ¡Huyo del mundo! ¡huyo de tí!... Más
todavía, ¡voy huyendo de mí mismo! Pero en mi último suspiro irá envuelto tu
nombre. No soy digno de tí. ¡Adios!—Alberto.»
Al dejar la pluma, dobló la cabeza y permaneció
algunos minutos con la frente apoyada en las manos; al incorporarse, sobre el
papel brillaban lágrimas. Lanzó un suspiro profundo, y cogió la pluma para
escribir esta carta:
«Madre mia: El mundo, en vez de curarme, ha
agravado mi mal; en vez de proporcionarme el olvido, me ha arrastrado al
abismo. Estoy maldito, y pesa sobre mi conciencia la vida de otro hombre. No sé
que fatalidad me persigue y necesito huir. ¡Estoy loco!...
«No tengo valor para despedirme de tí, y temo
además que tu afecto se impusiera, deteniéndome en mi propósito; voy... no sé á
donde, á buscar la soledad, á donde no me vea expuesto á defender mi honor
ultrajado, lamentando la gloria del triunfo. ¡No, no, madre mia! ¡Esos triunfos
son peores que la muerte! ¡La ley del honor exige al hombre sacrificios
superiores á sus fuerzas! ¡Morir ó matar!... ¡Ah! ¡es mil veces mejor morir!...
«¡Adios! ¡Te llevo en el corazon, te llevo en el
pensamiento! En cambio, te dejo mi alma triste y desolada para que te acompañe
en tu dolor, que no admite consuelos... ¡Sufro tanto!.... Ten compasion
de tu desgraciado—Alberto.
El alba entró por las rendijas de las puertas del
balcon, y detrás del alba entró el fiel Fernando á avisar que el coche esperaba
en la calle con la maleta lista.
—Toma estas cartas—le dijo Alberto;—cuando la
señora se levante, le entregas ésta, y antes avisa á mi hermana para que no
pierda de vista á su madre, pues puede necesitar de sus cuidados. La otra carta
la llevarás después á su destino.
Estrechó la mano del criado, bajó de tres en tres
los escalones para llegar más pronto, como el que huye de un peligro, y se dejó
caer en los almohadones del carruaje, diciendo al cochero:
—A la estacion del ferro-carril del Norte. ¡Aprisa!
Y bajó las cortinillas para que los que pasaban no
le vieran llorar, pues sus lágrimas corrieron desbordadas.
—¿A donde voy?—dijo—¡No sé! ¡Al desierto!
¡Al fin del mundo, donde no encuentre hombres que
sacrificar á la ley del honor!
Las cartas de Alberto eran dos rayos destructores.
Su pobre madre, al leer aquellas desconsoladoras líneas, dió un grito y corrió
como loca á las habitaciones de su hijo; todo anunciaba allí el desorden que
precede á un viaje; todo anunciaba la desgracia. Piedad prodigó consuelos á la
buena señora; pero el golpe había sido mortal.
¿Qué diré de Elena? A la exaltacion que en su ánimo
produjeron los primeros renglones de la carta de Alberto, siguió la
paralizacion de todo su sér.
—¡Un rio de sangre!—exclamó—¡Santo Dios! ¡qué
presentimiento me asalta!...
Le pareció ver entre nubes la sombra de su hermano
Leopoldo, con una herida en el pecho que brotaba sangre. Fuera de sí dijo:
—¡Qué desventurada soy! ¡No, no! ¡qué desventurados
somos los dos!
X
Escribo mi narracion en Febrero de L R . Tres años
han pasado desde la muerte de Florencio Tejada; allí está, en el paseo de
Recoletos, el árbol de tronco torcido donde el temerario jóven encontró la
muerte La justicia formó el sumario, y no habiendo datos para creer que había
sido víctima de alevosía, sobreseyó en la causa, atribuyendo la muerte al golpe
que recibió Florencio en la caida, ocasionando una congestion cerebral. ¡Así se
engaña muchas veces la justicia! La única persona que podía haber dado luz
sobre el suceso era Valentina, pero aterrada ante las consecuencias de su
ligereza por haber obligado al jóven á provocar
á su rival,
no quiso aparecer cómplice, y calló. Y tranquila, como si no tuviera
conciencia, sigue en su vida de aventuras galantes.
Piedad se casó con Patricio, pero llora la muerte
de su madre y la ausencia de su hermano. ¡Nadie en el mundo es completamente
feliz!
Elena ¡ah! la pobre amante no tiene la dicha de
saber olvidar, y llora y reza en la soledad.
¿Y Alberto Puente?—me preguntarán los lectores. No
puedo contestar. No sé si ha muerto; él lo dijo: ¡iba huyendo de sí mismo!
¡Tantas personas desgraciadas ó víctimas de una exigencia!
¿Qué importa? ¡La sociedad ha triunfado! ¡Está
satisfecha la ley del honor!
CUARTA PARTE.
CANTARES
T .
UNA FRASE.
«CANTAR.—Copla puesta en tono para cantarse.»
Con esa sencilla frase define el Diccionario la
palabra. ¡Qué fria es la razon de los académicos!
Al publicar mis coplas, no las clasifico, no las
ordeno, porque quiero que las guarde mi libro como las horas de mi existencia;
al lado de una ilusion, un desengaño; después de un suspiro de amor, un
sollozo; después de una sonrisa, una lágrima; después de un pensamiento
filosófico, una burla social. Así es la vida en sus accidentes; una hora no se
parece á la anterior.
Al lanzar al viento de la publicidad mis cantares,
me permito corregir á la Academia, y escribo esta definicion:
CANTAR.—¡Grito del alma!
EN MI SALON.
SOLILOQUIO.
A AURORA
Ya dió principio la fiesta
en nuestro modesto hogar,
y con caras de alegría
entrando las niñas van.
Cien luces hay en la sala,
y parecen un millar,
porque los ojos de Amelia
eclipsan la luz del gas.
¡Ay! ¡qué talle el de Felisa!
¡es una palma real!
¡qué boca la de Teresa,
y qué brazos los de Paz!
¡Lleva pintada en el rostro
su alma hermosa Trinidad!
¡Qué gracia tan seductora
luce Cármen al andar!
¡Qué atraccion tiene Dolores!
todos á invitarla van.
¡Qué bien toca Margarita
y qué bien canta Pilar!
En un rincon, recostado
en un mullido divan,
al placer indiferente,
las veo á todas pasar
entre los rápidos giros
del vertiginoso vals;
enfrente estoy de un espejo,
y allí mi cara al mirar,
con sentimiento murmuro:
—«¡Tengo canas! ¡Es verdad!
¡Bajo la nieve del monte
suele esconderse el volcan!»
Evocando las memorias
de aquella dichosa edad
en que la razon perdía,
(¿acaso es cuerdo bailar?)
como sombras acudieron
las cien mujeres, que ya
ni me miran en la calle
ni las conozco al pasar;
cómplices de mis locuras,
arrepentidas, quizás
á Dios eleven
los ojos ¡Bien tiene que perdonar!...
—¿Por qué me miras?... ¿Sin duda en mi alma leyendo
estás,
y quieres pedirme cuentas de una evocacion mental?
No, mi bien: nada te roban fantasmas que dejo atrás; las malas memorias mueren
pues se escriben en la mar. Si las evoco, tú ganas, porque así te quiero mas;
cuando la virtud se impone ¿cómo ha de tener rival? En su corriente, el olvido
no ha de poderle arrastrar,,
porque al amor no le matan
ni las canas ni la edad.
¡Bajo la nieve del monte
suele esconderse el volcan!
Siéntate á mi lado; al verte
las sombras de ayer se van...
¡Qué animacion en la fiesta!
—Acércate un poco más;
contemplaremos el cuadro
para darle intimidad...
¡Cuánto gozan nuestras hijas!
¡pobres! ¡qué alegres están!
con la sonrisa en los labios,
dudan que exista el pesar,
pues las anima esta noche
la ilusion... ¡Dichosa edad!
Un prendido nuevo, gasas,
flores, una vara más
de tela... ¡En qué poco precio
tasan la felicidad!
Cual mariposas que vuelan
alrededor del rosal,
pasan, echándoles flores,
un galan y otro galan.
No prefieren á ninguno;
son muy niñas; ya vendrá
el sufrimiento mas tarde.
—Mira: salen á bailar
un rigodon: ¡baile pérfido!
no se cuida del compás;
sus paréntesis de espera
obligan á ver y hablar.
—¿Quién baila con mi María?
—¿Arturo? ¡Apuesto galan!
Sus movimientos declaran
que hablándole al alma está...
No me engaño, pues conozco
esa manera de hablar.
Yo no quiero que la mire,
que le hable con tanto afan,
pues si llega á cautivarla,
resueltamente vendrá
luego á pedirme su mano,
y no se la quiero dar.
—¿Dices que soy egoísta?
—Sí, sí: lo soy; es verdad.
¿Que Arturo es bueno, que es rico?
—¡Qué manera de pensar!
¡Y por ricos y por buenos,
uno tras otro, vendrán
para dejarme vacíos
el corazon y el hogar!
¡El deber dirá que sí
y el alma que nó dirá!
¡Qué deberes á los padres
exige la sociedad!
Cesa el rigodon. Arturo
saluda á mi hija y se va
despechado... ¡Estoy tranquilo!
¡no me la puede robar!...
—¿Porqué me miras? Comprendo
lo que murmurando estás,
pues tu sonrisa delata
que me quieres recordar
lo que olvida mi egoísmo;
has vuelto la vista atrás.
¿Por mí dejaste á tu madre
y eres feliz?... Es verdad...
¿Te acuerdas de aquellos dias
de amor?... ¡Qué hermoso es amar!
Te ví una noche en un baile;
no lo olvidaré jamás;
cruzabas como una sombra,
y me miraste al pasar...
Me miraste, no lo niegues,
que no acusa liviandad
cuando detrás de los ojos
el alma solo se vá.
Ibas vestida de blanco,
con zarcillos de coral,
una camelia en el seno
y en el pelo un azahar;
pálida, y en las pupilas
la luz, la electricidad;
con la languidez del trópico
columpiándote al andar.
Me puse en pié, y arrastrado,
como el acero al iman,
te cerré el paso, resuelto
para sacarte á bailar.
De emocion te estremeciste...
—¿Que es eso? ¿temblando estás?...
¡Qué dulces son los recuerdos!
¡Hacen dos veces gozar!
Más que la lengua los ojos
te dijeron, mucho más,
porque anda torpe la lengua
cuando el alma herida está;
nuestras almas se fundieron
de la música al compás;
yo no sé lo que te dije;
tú lo debes recordar,
que amor pone á sus palabras
el sello de eternidad.
¿Quieres que te las repita?
¡El corazon palpitar
siento! ¡arde en él esa llama
que no se extingue jamás!
¡El amor!... ¡Maldito espejo!
¡De mí se quiere burlar,
pues me presenta en las cunas
el medio siglo fatal
que sobre mi frente pesa
y no puedo soportar!
El corazon no envejece;
el alma no tiene edad.
¿Jóven me encuentro, y soy viejo
para sentir, para amar?...
¡Bajo la nieve del monte
suele esconderse el volcan!
Abro los ojos... ¿Qué es esto?
Me he dormido en el divan.
¿Tú tambien?... Por las rendijas
el alba penetra ya;
las velas se han consumido;
¡qué triste es la oscuridad!
¡Qué desorden en los muebles!
Aún se siente palpitar
la animacion de la fiesta
entre tanta soledad.
Sobre la alfombra contemplo,
como en el revuelto mar,
los despojos de la nave
que destrozó el huracan:
aquí flores deshojadas;
una horquilla mas allá;
alfileres, un encaje
de la falda de Pilar...
¡La mujer, así, en despojos,
el alma dejando va!
—¡Cómo duermen nuestras hijas!
Gozando sin duda están
un sueño color de rosa,
y á la tarde, al despertar,
sus impresiones del baile
alegres nos contarán.
De los lábios de María
se escapan palabras... ¡Ah!
¡la fiesta! El nombre de Arturo
no se ha llegado á grabar.
Una cartera y un lápiz
hay á los piés del divan:
en todas sus hojas leo
esta palabra: Cantar,
—Es mi cartera; dormido,
soñando estuve quizá...
Mis sentidos se despejan;
voy el sueño á recordar.
—Era mi salon el mundo
en el vértigo del vals,
confundidas las figuras,
como sombras ví cruzar,
la ilusion y el desengaño,
la mentira y la verdad,
las virtudes y los vicios,
la ventura y el pesar,
la ignorancia y la experiencia,
la justicia y la maldad.
la Mesalina sin manto
y con velo la vestal;
y cada sombra dejaba
en mi cartera, al pasar,
una esperanza, un consuelo,
el borron de la impiedad,
una lágrima, un suspiro,
un pensamiento ideal,
la sonrisa de los ángeles,
la risa de Satanás...
En una palabra, el mundo
retratado al natural.
Sacudí el polvo á mi lira,
rota y olvidada ya,
y de sus cuerdas brotaron
un cantar y otro cantar.
Cojo airado la cartera,
y haciendo un brusco ademan,
digo: «¡Lo escribí durmiendo
y lo borro al despertar!»
—¿Por qué me quitas las hojas
con aire de imperio?... Ya:
¿más que interés, su lectura
te inspira curiosidad?...
Tienes razon; pues son tuyos
estos Cantares, ahí van...
—¿Haces un gesto de duda.
y me enseñas un cantar?
A ver si la copla es pérfida
y acusa infidelidad:
—«Estabas en tu ventana,
y me miraste al pasar...»
—El amor es susceptible,
y los celos... ¡Ja, ja, ja!
El poeta no es el hombre;
la musa no tiene edad.
¡Si las musas fueran viejas!
¿Qué mujer me ha de mirar?
—¿Porqué te muerdes los labios
cuando asiento una verdad?...
Te adivino el pensamiento;
tus ojos diciendo están:
«¡Bajo la nieve del monte
suele esconderse el volcan!»
CANTARES.
I
Los novios tienen dos almas
que himnos cantan al amor;
los esposos tienen sólo
un alma para los dos.
II
Peregrino por el mundo,
busqué en vano la verdad;
una mujer la guardaba,
y me la trajo á mi hogar.
III
Mis hijos nacen llorando
y mueren, niños, riendo.
¡Qué felicidad tan cara!
¡Llenar de ángeles el cielo!
IV
No te mueras sin llevarme;
sin tí la vida me falta;
¿cómo ha de volar el pájaro
cuando le cortan un ala?
V.
El hombre es como el globo
que se remonta al cielo;
sube, y miéntras más sube
se le vé más pequeño.
VI.
Para brillar en el mundo,
pidió mi vergüenza en pago;
cambiar no quise un tesoro
por un oropel con fango.
VII
Iba un beso perdido
buscando el cielo;
amor tendió sus alas,
y dijo al beso:
—«Mira á Filena;
en sus rosados labios
está la puerta.»
VIII
Camino del cementerio
nos encontramos los dos;
mi amor enterraste vivo;
yo, tu muerto corazon.
IX.
El amor de, la niña
nace jugando;
el amor de la jóven
vive llorando;
Y el de la vieja
exhumando memorias,
muere en la iglesia.
X.
Fuiste ingrata; no le mires;
hay en su pecho rescoldo,
y animar puede la llama
la falsa luz de tus ojos.
XI
Estabas en tu ventana,
y me miraste al pasar;
tu mirada es el relámpago
que deslumbra sin quemar.
XII
Dicen que el amor es ciego;
él solo ve lo que ama...
El tiempo, gran oculista,
le bate las cataratas.
X III
El rey brilla, goza, ostenta,
manda, y perdona además.
¡Ay! yo quisiera ser rey
sólo para perdonar.
XIV.
La mujer reina en el hombre;
niña, es su esperanza, un sueño;
jóven, su olvido de todo;
vieja, su arrepentimiento.
XV.
Es tu cariño egoista;.
no quieres más que á tí mismo;
ya dejarás de quererte
en cuanto tengas un hijo.
XVI
Sin que lo sepa tu alma
lloras para conquistarme;
son tus ojos una fuente
que tiene rota la llave.
XVII
¿Me preguntas si te quiero?
Si eres mitad de mi sér,
si eres alma de mi vida,
¿cómo no te he de querer?
X VIII
La edad para las mujeres
es un secreto, pues juegan
todas á la treinta y una,
y se plantan á los treinta.
XIX.
Da consuelo á los que lloran,
porque las lágrimas son
pedazos del corazon
que se van y se evaporan.
XX
Vienes del baile agitada;
bailaste siempre con él;
te juró su amor... ¿Te duermes?
¡Ay! ¡tú no sabes querer!
XXI
El lujo le roba al alma
lo que le regala al cuerpo;
¡cuántas veces regó el llanto
la seda y el terciopelo!
XXII
No asomes al espejo,
niña, la cara,
que la embustera luna
siempre te engaña.
Eres muy fea.
¿Dudas?... El alma asoma
á tu conciencia.
XXIII
Grabó el amor loco y ciego
en mi pecho tu retrato;
hoy, para arrancar la imágen,
hice el corazon pedazos.
XXIV
¿Por qué cuando te miro
los ojos cierras?
¿De mis ojos la llama
te vuelve ciega?...
Cuando la tocan
tambien la sensitiva
cierra sus hojas.
XXV
Ayer, domingo de Ramos,
fuiste con palma á San Luis;
el cura, que te conoce,
no la quiso bendecir.
XXVI
No encubras con la mentira
una accion torpe ó bastarda,
que es abrir un agujero
para tapar una mancha.
XXVII
Pobre te amé, y eres pobre
casándote con un rico;
en el mercado no venden
corazones como el mió.
XXVIII
Morenilla, tus ojeras
dan vida y calor al rostro,
pues son la sombra del alma
que está asomada á tus ojos.
XXIX
Ave tímida el candor
si le hacen tender el vuelo,
sus ojos rasgan el velo,
sus alas quema el calor,
y llegar no puede al cielo.
XXX
Si oigo llorar, voy corriendo;
huyo cuando oigo reir...
La puerta de la alegría
cerrada está para mí.
XXXI.
Se fundieron nuestras almas
solamente con mirarnos,
como se funden dos besos
sin que se junten los lábios.
XXXII
Tú me engañaste; mis penas
no se las cuento á la mar,
que allí tambien hay sirenas
que me vuelvan á engañar.
XXXIII
¡Qué frases tiene el cariño!
Dices: «¡Tu amor ó la muerte!»
en vez de decir: «¡Deseo
tu muerte si no me quieres!»
XXXIV.
No profanes el cariño;
si te casas sin amor,
deja, al entrar en la iglesia,
á la puerta el corazon.
XXXV
Ayer te dí mi existencia,
toda el alma por un beso;
hoy me ofreces alma y vida,
y ya de tí nada quiero.
XXXVI.
El fuego de una mirada
abrió tu pecho al amor,
como abre el cáliz la rosa
al primer rayo del sol.
XXXVII
Cuando mi amante me besa,
ven mis ojos el infierno;
cuando me besa mi madre,
buscan mis ojos el cielo.
XXXVIII
Si no sabes querer mucho
no dés al hombre esperanzas,
que los desdenes se curan
y los desengaños matan.
XXXIX
Ayer, en el Camposanto
llegar tu cadáver ví;
en lugar de maldecirte,
me puse á rezar por tí.
XL.
¿Amor le juraste á un hombre
y alegre bailas con otro?
Mira á tu amante: ¡se anuncia
la tempestad en sus ojos!
XLI.
No pidas á la fortuna
lo que da siempre el trabajo;
quien no siembra la semilla
no espere fruto del campo.
XLII
Tus negros ojos son,
un arma que dispara
con falsa direccion,
porque apunta á la cara
y da en el corazon.
XLIII
No bebas; huye del vino,
que al hombre bueno hace malo,
porque la razon se queda
en el fondo de tu vaso.
XLIV.
Vino una madre á pedirme
una limosna por Dios;
miré temblando á mis hijos...
¡Cómo decirle que nó!
XLV.
Un ángel bajó del cielo,
y con él te ví casar;
hoy conociste al demonio,
y te quieres divorciar.
XLVI
Busqué una mujer honrada,
y me bastó ver tu rostro;
la virtud se trasparenta
por el cristal de los ojos.
XLVII
¿Diste muerte con navaja
y no con florete en duelo?
Vil aquélla, y éste noble,
matan con el mismo acero.
XLVIII
El hombre no es más que un soplo
todo en él es pasajero;
la vanidad que lo hincha
no puede ser más que viento.
XLIX
Tú cometiste un delito,
y el juez, al verte tan linda,
sintió torcerse en sus manos
la vara de la justicia.
L.
No tapes con la pintura
los colores de tu cara,
eme solo en las casas viejas
se revoca la fachada.
LI
A la mujer no la quiere
el vil que la prostituye,
que las flores nada valen
cuando pierden su perfume.
LII
¿Porque eres rico pretende
humillarme tu soberbia?
Ayer ví un árbol frondoso,
y hoy le cortan para leña.
LIII
Tu amor tiene mil colores,
tornasol indefinido;
mi amor, azul como el cielo,
es negro cuando te miro.
LIV.
No perdí, ausente, la calma;
lejos de tí no sufría,
porque me llevé tu alma,
y á tí te dejé la mia.
LV.
Habla poco y mira mucho
si hacer fortuna pretendes,
que las miradas recogen
y las palabras se pierden.
LVI
No des madrastra á tus hijos,
porque el amor maternal
es como el oro, que nadie
lo sabe falsificar.
LVII
Muere un pobre, y sus pariente
dicen: «Nada nos dejó.»
Un rico muere, y su madre
grita: «¡Nada me quedó!»
LVIII
Vil la calumnia declara
al labio que la profiere,
porque es un arma que hiere
al mismo que la dispara.
LIX.
¿El te mira? ¡No le mires!
Amor es traidora llama;
la inocente mariposa
que busca la luz, se abrasa.
LX.
Ten siempre de centinela
á tu pudor
contra el vicio; el amor tiene una máscara que se pone el libertino.
LXI
Dice un vate latino,
que la culebra
amenaza escondida
entre la yerba.
Y hay quien sostiene
que escondes en el pecho
una serpiente.
LXII
No corras tras de la gloria
que es, como mujer, ingrata,
pues si la buscan, se esconde;
si la persiguen, se escapa.
LXIII
No sirven los cerrojos,
puertas, ni llaves,
porque el amor penetra
por todas partes.
Al corazon
un guardian le defiende,
que es el pudor.
LXIV
Eres un vaso con flores
que renuevas cada dia;
el calor de la inconstancia
al momento las marchita,
LXV.
La virtud es como el cisne
que en limpio arroyo se baña;
si entra en el fango no muere,
pero su pluma se mancha.
LXVI
¿Hablas mal de las mujeres?
¡Me extraña tu insensatez!
¿No amaste? ¿No tienes hijas?
¿Tu madre no fué mujer?
LXVII
Soñaste con los encajes
y tu virtud enredada
quedó en sus hilos, cual mosca
en la tela de la araña.
LXVIII
¿Qué es el amor, me preguntas
No te lo sé definir;
sé que me olvido de todo,
que no pienso más que en tí.
LXIX.
Quiere el pequeño ser grande;
el pobre ser poderoso;
todos deliran. El mundo
es una casa de locos.
LXX.
Quien te adula te hace mal;
todo lisonjero miente,
que es un pobre pretendiente
presentando un memorial.
LXXI
Corriendo tras la fortuna
dí en su rueda un tropezon.
¿Ciega pintan á la diosa?....
Más ciegos los hombres son.
LXXII
Todo enemigo es malo
aunque pequeño,
pues se vé que una chispa
causa un incendio.
LXXIII
Te hice un favor, lo olvidé.
Te dí un duro; lo olvidaste.
No tienes más que pedirme,
y huyes al verme en la calle.
LXXIV.
Si te mueres alma mia,
mi corazon quedará
como una jaula vacía
cuando el pájaro se va.
LXXY
Pídele apoyo á la suerte
y á la sombra de otros medra,
mas no hagas lo que la hiedra
que al que la ampara da muerte.
LXXVL
Como dos árboles somos
que la suerte los separa;
ponen en medio un camino,
pero se juntan sus ramas.
LXXVII
Faltaste á la fé jurada
y el hombre que te sedujo
es de todas las mujeres,
mientras que tu esposo es tuyo.
LXXVIH
Pretende el médico en van
curarte del mal de amor.
¿Cómo se arranca una espina
clavada en el corazon?
LXXIX
Junto á tu boca un lunar
dice más que tu mirada;
lo quiso el amor pintar
sin duda para indicar
la puerta de su posada.
LXXX.
Tu conciencia es un espejo
que está para tí empañado,
y en él ve el mundo estampado
de tus actos el reflejo.
LXXXI
Llamé á la puerta del cielo
y al querer entrar, te ví;
no se engaña á Dios; contigo
estar no quiero ni allí.
LXXXII
Para seducir incauto
te dice el juego maldito:
“Es caballero el que gana,
y el que pierde... es un perdido.”
LXXXIII
¿Dices que te miro siempre
y que nunca me declaro?
—Lo que siento no se explica;
el amor habla callando.
LXXXIV.
Deslumbras á los hombres
luciendo galas;
rico traje en el cuerpo,
desnuda el alma.
Cual la alcachofa,
corazon tienes poco
y muchas hojas.
LXXXV.
Por Gil dejaste á Mariano,
y á Felipe por Ramon....
¡Qué! ¿No es juego prohibido
la ruleta del amor?
LXXXVI
Tres maestros he tenido
Mi madre me enseñó á amar;
el mundo, á dudar de todo;
una mujer, á olvidar.
LXXXVII
Pura como los ángeles
que hay en el cielo,
toda amor, toda espíritu,
así te quiero.
Si al mundo bajas,
¡huye! ¡amor no me inspira
ángel sin alas!
LXXXVIII .
Voy á poner un letrero
en la puerta de tu casa
que diga, con letras grandes:
“Cementerio de las almas.”
LXXXIX.
Murió una madre rezando,
y eran sus hijos ateos.
¡Madre infeliz, que no tiene
quien pida por ella al cielo!
XC.
Si sufro, déjame solo;
si sufres, vénme á buscar;
mio es mi dolor, y mio
el dolor de los demás.
XCI.
¿Qué es un beso? me preguntas.
—En los amantes es fuego;
en las amigas es aire;
en las madres es el cielo.
XCII
Por tu amor, un mar de lágrima
el alma cruzando va;
hay en tu pecho una roca,
y en ella se ha de estrellar.
XCIII
Hoy, al romper nuestro lazo
llanto vertimos los dos;
tú lloraste con los ojos,
y yo con el corazon.
XCIV.
Me dijiste que me amabas;
era mentira, y te amé;
hoy dices que me aborreces,
y no no puedo creer.
XCV
Sobre su tumba un sauce
sus ramas dobla,
y lágrimas parecen
sus sueltas hojas.
Al lado veo
un ciprés que la guarda,
mirando al cielo.
XCVI.
Envidia no tengo al rico;
tengo ambicion de ser grande;
que la ambicion y la envidia
no son hijos de una madre.
XCVII
Hoy, cuando leo tus cartas
la risa juega en mis labios.
¡Qué bien se ven las mentiras
al través del desengaño!
XCVHI
Huyo de tí, y mis suspiro
á tu corazon se van;
cual palomas mensajeras
su nido quieren buscar.
XCIX.
La mujer no tiene precio;
puede valer mucho ó nada,
pues la sociedad la estima
siempre en lo que ella se tasa.
C.
Me asomé á tu sepultura,
y tu alma errante me dijo:
—“¡Me cierra el cielo su puerta!
¡Si yo lo hubiera creído!”
CI.
Siendo inocente, á la cárcel
te llevaron por error;
allí aprendiste á ser malo...
¡Qué escuela de correccion
CII
Me lancé al mundo, buscando
algo bueno que aprender,
y huyendo del mundo vengo
para conservar la fé.
CIII
Un beso te dí en la frente
y el amor se estremeció;
despues te besé en la boca,
y huyendo se fué el amor.
CIV.
Perdí mi buena madre;
era yo pobre,
y su entierro llevaba
cuatro simones.
Murió mi padre; rico
era yo entónces,
y llevaba su entierro
trescientos coches.
CV.
Mi amor como el sol, es fuego
que da calor y no abrasa;
tu amor es como la luna,
que alumbra muy poco y mata.
CVI.
Eres pobre, pero honrado;
duermes, y nada te agita,
que es plácido siempre el sueño
de la conciencia tranquila.
CVII
Ten tus cuentas arregladas
porque la muerte no es más
que una letra, sin aviso,
que á la vista has de pagar.
CVIII
Quien no llega á conocer
lo que es de padre el amor,
ni sabe lo que es placer,
ni sabe lo que es dolor.
CIX.
Me das, para incitarme,
celos con otro;
le miras, y á mí al punto
vuelves los ojos.
Amor es ciego,
y jugando por tabla
pierdes el juego.
CX.
Tú me enseñaste á querer,
y me supiste engañar;
¿por qué con tanto saber
no me enseñas á olvidar?
CXI.
Tus ojos despiden llamas;
en tus labios arde el fuego....
¡Huyo de tí, pues no estoy
asegurado de incendios!
CXII.
Un filósofo decia;
—“¡Nos condenamos por ellas!”
Pasar te vió, y dijo al punto:
—“Pero ¿quién no se condena?”
CXIII
¿Qué pido á Dios en la iglesia
me dices? Y te pregunto:
“¿Qué puedo pedir al cielo
sino que me quieras mucho?”
CXIV.
Hoy me dices en tu carta:
“¡Te adoraré mientras viva!”
Y ayer vi tres cartas tuyas
con esas palabras mismas.
CXV
Mataste mis ilusiones;
la mujer es como el pájaro:
no solo pica la fruta,
sino que destroza el árbol.
CXVL
Aunque ya no me quieras
no mires á otros,
porque sentirán celos
al ver tus ojos.
¡Te miré tanto
que en tus negras pupilas
quedé estampado!
CXVII
¿Diste un beso á Nicanor
¡Infeliz! Se habrá inflamado,
sin saber que ese calor
en tus labios le he dejado.
CXVIII
Despues de una larga ausencia
vuelvo en busca de tu amor;
nada en tu casa ha cambiado...
¿Donde está tu corazon?
CXIX.
En tu corazon, ingrata,
estás formando un archivo;
no quiero esconder mi nombre
bajo el polvo del olvido.
CXX.
¡Que bien pensaba el que dijo
que era serpiente el amor!
Tu amor abrigué en mi pecho,
y el pecho me destrozó.
CXXI
Como el agua del rio
son tus pasiones;
por la brisa agitadas,
tranquilas corren.
Pero las mias
son como el mar, con olas
embravecidas.
CXXII
En la esfera del reloj
estoy mirando tu cara;
son tus ojos las agujas,
que apuntan y no se paran.
CXXIII
El caminito del cielo
está sembrado de espinas;
¡mis piés se rompen!... ¿Qué importa si en busca
voy de la dicha?
CXXIV.
Dilata el alma un suspiro;
se funde en una mirada;
y en un beso, vida mia,
al cielo se van dos almas.
CXXY.
Dicen que tienes defectos,
pero mi amor no los mira;
tambien el sol tiene manchas,
y no las copia el artista.
OXXVI.
Tú vives de esperanzas;
yo de recuerdos;
tú bajas á la tierra;
yo subo al cielo.
El peregrino
sembrado de mentiras
halla el camino.
CXXVII
Mil estrellas necesita
el cielo para brillar;
cielo es tu cara, y deslumbra
con dos estrellas no más.
CXXVII
Dicen que las perlas salen
de las conchas de la mar;
y al verte digo: «En la tierra
tambien las perlas se dan.»
CXXIX.
¿Extrañas que tenga celos
en cuanto te miran otros?
¿No teme siempre el avaro
que le roben su tesoro?
CXXX
Si un espejo en tus ojos
el alma tiene,
y tu alma es tan hermosa
como aparece,
¿Por qué me engañas?
¿Por qué siendo tan buena
finges ser mala?
CXXXI.
Duermo mucho porque sueño
que no quieres más que á mí.
¡Qué mentira tan hermosa!
Despierto, me hace sufrir.
CXXXII
Ayer confesar te ví,
y adiviné tu tortura.
¡Ay, qué cara puso él cura
cuando le hablaste de mí!
CXXXIII
Dios bendijo el matrimonio
y formó un nudo gordiano;
querer zafarlo es en vano;
pero lo corta el demonio.
CXXXIV.
Fuiste al altar, exclamando:
“¡Este es el amor más grande!”
Hoy dices, besando á un niño:
“¡No hay amor como el de madre!”
CXXXV.
¿Por qué te alejas del mundo
en donde gozabas tanto?
No me lo digas; lo veo:
tienes un niño en los brazos.
CXXXVI
No llores. ¡Dichoso el niño,
pues deja, al tender el vuelo,
en la tierra tu cariño,
y halla la gloria en el cielo!
CXXXVII
Dos cosas persigue el hombre,
y á veces las halla aquél
que no las busca: el dinero
y el amor de una mujer.
CXXXVIII
¿Te ofreció por un beso
fortuna y vida?
¿Y el desengaño lloras?
¡Ay, pobre niña!
En el mercado,
los besos que se venden
se pagan caros.
CXXXIX.
¿Lloraste á tu madre poco
y lloras mucho á tu amante?
Amantes tendrás de sobra,
mas no hallarás otra madre.
CXL.
La vida es cual la sombra;
sin luz no existe;
puesto que me olvidaste
quiero morirme.
A oscuras vivo,
que la luz de mi vida
fué tu cariño.
CXLI.
Crucé todo el camino
de la existencia
derramando los bienes
á manos
llenas. Detengo el paso,
y está llena la alforja de desengaños.
ADIOS A LA MONTAÑA.4
Se vá mi sombra, pero yo me quedo
CAROLINA CORONADO.
Buscando dias serenos,
y un año dejando atrás,
volví á estos valles amenos
con algunas canas más
y unas ilusiones ménos.
Me marcó el alma el camino,
y verme no os cause asombro,
que aquí me trajo el destino;
como errante peregrino,
vine con la lira al hombro.
Supo este pueblo grabar
en mi corazon su afecto,
y no le puedo borrar,
porque yo tengo un defecto:
que no he aprendido á olvidar.
Olvidar fuera vileza
á un pueblo,
cuya altivez corresponde á su grandeza, pues para mí la honradez es la primera
nobleza. ¿Cómo pudiera olvidar esta playa, esa bahía,
si la ola que bate el mar vino la salud á dar
á un hijo del
alma mia? Siento aquí la inspiracion, y el impulso no me extraña;
voy á daros la razon:
el aire de la montaña
inflama mi corazon.
La brisa, el amor, la mar,
espejo del cielo en calma
Sentí la lira temblar,
y la pulsé para dar
vida y espansion al alma.
Sí! las cuerdas de mi lira
nunca hirió la falsedad;
sólo la verdad me inspira;
aborrezco la mentira,
y aquí reina la verdad.
Con la verdad me inspiré;
mis dichas y mis pesares
en pobres versos canté
Yo me voy con mis Cantares,
que desde allá os mandaré.
Mis cantares vuestros son,
que en la montaña han nacido;
os traerá mi inspiracion,
en cada verso un latido
de mi noble corazon.
Olvidar las penas mias
me hicieron, horas felices
de bienestar, de alegrías...
En tierra de simpatías
echa el corazon raices.
Me lleva el destino allá,
sin que olvidar nunca pueda
que aquí mi memoria está.
¡Adios! ¡Mi sombra se vá
y mi espíritu se queda!
Santander,
b.
NOTAS
Recitada
por su autor en la Academia de la Historia, en la sesion celebrada por la
Sociedad española de Salvamento de náufragos para conmemorar el primer
aniversario de su fundacion.
Leído en la
inauguracion del nuevo edificio levantado en Madrid para Monte de Piedad y Caja
de Ahorros.
Véase el
cap. V, sobre El Amor, en el libro LA MUJER, por D.
Severo Catalina.
Versos
leídos por su autor en el Casino Montañes, de Santander.


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