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Libro N° 8610. Al Calor Del Hogar: Impresiones Y Cantares. Guerrero, Teodoro.

Libro N° 8610. Al Calor Del Hogar: Impresiones Y Cantares. Guerrero, Teodoro.

 


© Libro N° 8610. Al Calor Del Hogar: Impresiones Y Cantares. Guerrero, Teodoro. Emancipación. Mayo 15 de 2021.

Título original: ©  Al Calor Del Hogar: Impresiones Y Cantares. Teodoro Guerrero

 

Versión Original: © Al Calor Del Hogar: Impresiones Y Cantares. Teodoro Guerrero

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://www.elejandria.com/libro/al-calor-del-hogar-impresiones-y-cantares/teodoro-guerrero/1596

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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AL CALOR DEL HOGAR: IMPRESIONES Y CANTARES

Teodoro Guerrero

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Al Calor Del Hogar: Impresiones Y Cantares

Teodoro Guerrero

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Preliminares

Al calor del hogar: impresiones y cantares

 

A LA CIUDAD DE LA HABANA

LA PATRIA Y MI LIBRO.

PRIMERA PARTE. LA FAMILIA

¡DIOS!

DE PUERTAS ADENTRO.

LA MANSION DE LOS MUERTOS.

EFEMÉRIDES.

EL TRAJE DE COLA.

EL IRIS DE PAZ.

LAS ALAS.

A JENARO.

EL AZAHAR DE CARMEN.

UN GRITO DEL ALMA.

DESDE MI HOGAR.

DIOS Y LA CIENCIA.

LA PERLA DE CUBA.

EL AVE DE PASO.

CELOS DE PADRE.

SEGUNDA PARTE. EL MUNDO

EL ALBUM DE TERESA.

DE LA TIERRA AL CIELO.

A LAS DAMAS ESPAÑOLAS.

EL INTERES Y LA USURA.

PERLAS Y FANGO.

LA MEJOR ARISTOCRACIA.

 

DIÁLOGO.

 

FANTASEO.

EL VALOR DE LAS LÁGRIMAS

HOJAS SUELTAS.

HOJAS DE LAUREL.

ORIENTALES DE VÍCTOR HUGO.

MADRIGALES ITALIANOS.

LA MARIPOSA.

LA LIBERTAD.

TERCERA PARTE. NARRACIÓN SOCIAL LA LEY DEL HONOR. CUARTA PARTE. CANTARES

UNA FRASE.

EN MI SALON.

CANTARES.

ADIÓS A LA MONTAÑA.

NOTAS

Acerca de esta edición

Enlaces relacionados

 

 

 

 

 

 

                       

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Recuerdo de Teodoro Guerrero

 

Madrid, L de Setiembre de   6 .

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA PATRIA Y MI LIBRO.

 

 

 

 

 

El que no ama á su patria ¡oh Cuba, mía! no tiene corazon.

 

Luisa Pérez de Zambrana .

 

 

 

 

 

I.

 

 

 

 

 

La mujer nos enseña á sentir. La mujer es el apóstol que predica el idealismo, como es el profeta del sentimiento. El amor á la pátria nace con la criatura y se desarrolla con la razon. Una mujer de talento dijo una gran verdad en los dos preciosos versos que estampo al frente de estas líneas. No amar á la pátria es no tener corazon.

 

Las corrientes de la vida nos arrastran léjos del lugar en que nacimos; pero en medio de los placeres extraños, en la agitacion que nos anima, se dibuja en nuestra alma una nube, una sombra que en vano queremos disipar: ¡la nostalgia! El corazon echa raíces en la tierra donde nace el sér; el árbol se trasplanta y suele dar fruto; pero la raíz reniega de la tierra donde germinó la semilla. Es una ley de la naturaleza, sábia é inmutable como todas sus leyes; la naturaleza no admite imposiciones, y cuando se ve obligada á sufrirlas, protesta. El pájaro aprisionado se entristece al encontrarse en otras regiones; busca el aire que respiró al romper el cascaron que lo encerraba; busca el sombraje del árbol donde formó su nido, y muere llamando á sus hijuelos abandonados.

 

Peregrino por el mundo, el destino me llevó en diferentes épocas

 

á  divisar, desde la nave que me conducía, la línea que en el horizonte marca las playas de mi Cuba, y el corazon latió siempre con violencia; no experimentaba entonces una emocion el cansado viajero que anhelaba pisar tierra firme; la vista del faro del Morro de la Habana me producía la palpitacion de los recuerdos.

Muchas veces, en aquella ciudad, me paré delante de una casa de la calle de San Miguel, donde ví la primera luz, y con la imaginacion contemplaba á mi buena madre, nunca bastante llorada, meciéndome en la cuna; y más de una vez, aquí, he cerrado los ojos para ver con los de la fantasía aquella poética quinta, en la falda del Castillo del Príncipe, donde todo me habla de amor, y busco con los dedos dos nombres grabados en el tronco de una palma, testigo de dos almas que se unieron para siempre.

¡Ah! ¡los recuerdos! ¡Dichoso el que sabe olvidar!... ¡Pero nó, nó! ¡Desgraciado!—Recordar es vivir dos veces. Los recuerdos de las horas de felicidad son una compensacion de las desventuras.

 

 

 

 

 

II.

 

 

 

 

 

¿Por qué formé este libro?—La razon no me la explico, pero la siento. Al recuerdo del país natal, viendo que decaen mis fuerzas con los años, que empieza á secarse mi cerebro, negándome la inspiracion, estéril ya para producir algo nuevo, formé un ramillete de flores, acaso pálidas, pero perfumadas por el cariño, que mando

á  Cuba, tierra que vive en mi memoria y en mi corazon, y que acaso habrá olvidado hasta mi nombre. Ahí vá en demostracion de un afecto tan desinteresado como legítimo.

Para dar cuerpo á este libro quemé muchos papeles; inspirado al calor del hogar, no hubiera querido profanar sus páginas con ningun sentimiento de ayer, pero el amor de poeta me obligó á respetar algunos trabajos que he incluido en la SEGUNDA PARTE que lleva

 

por título El mundo.—La nueva edicion de mis Cantares, que vá en la CUARTA PARTE, está aumentada; son pedazos de mi corazon, que se desprenden como las lágrimas, á impulsos de impresiones de momento, sin darme cuenta de que se escapan. ¡Cuántas veces llora el hombre sin que lo sepa su alma!

 

 

 

 

 

III .

 

 

 

 

 

A Cuba vá mi libro. He querido que se imprima en la Habana para que con el papel y la tinta reciban mis cantos los aires del país; el papel y la tinta que dieron vida y forma á mis modestos Cuentos de salon allí engendrados en dias venturosos, inspirándome la propaganda en pró de la familia, tan combatida hoy por los regeneradores de la moderna sociedad.

 

Dejo la pluma á otros ingenios mejores para luchar con más suerte; las corrientes me han arrollado y las cuerdas de mi lira saltaron una tras otra; pero al retirarme de la arena, he cogido (si se me permite la frase) un puñado de ideas para mandarlas á mis hermanos de Cuba. Quiero que mis últimos pensamientos vayan á morir allí donde lancé el primer vagido, donde derramé las primeras lágrimas.

 

 

 

 

 

 

PRIMERA PARTE.

 

 

 

 

 

 

LA FAMILIA

 

 

 

 

 

 

¡DIOS!

 

 

 

 

 

¿Por qué, cuando las olas, rugientes, encrespadas, que agita desatado, furioso el aquilon,

se estrellan en la nave que conduce en su seno á los séres que adoro, no me infunden pavor? —Porque la fé me anima; porque rezo contrito; ¡porque confío en Dios!

¿Por qué, cuando la muerte asoma á mi morada y viene á hacer su presa de un hijo de mi amor, voy con seguro paso á interponerme osado

sin que aumente un latido mi débil corazon? —Porque cuando la ciencia desespera y se rinde, ¡tranquilo espero en Dios!

¿Por qué, cuando la suerte voluble me abandona ó airada me persigue con su tenaz rigor,

no busco en el suicidio el término á mis penas ni de mis lábios sale la torpe maldicion?

—Porque yo sé que el hombre no es dueño de su vida; ¡porque obedezco á Dios!

Vivo en paz y contento en el hogar bendito que me ofrece los goces más puros del amor, enseñando á mis hijos que las puertas del cielo solamente las abren la virtud, la oracion.

Y así aguardo sin miedo de sucumbir la hora, ¡porque yo creo en Dios!

Escorial.  b i.

 

 

 

 

 

 

DE PUERTAS ADENTRO.

 

 

 

 

 

A MI TEODORO.

 

 

 

 

 

Cierra el balcon, hijo mio;

 

yo siento un frio

que me hiela el corazon;

la experiencia me ha enseñado

que entra un aire envenenado

por el balcon.

Noto en tí cierta inquietud,

cierta ansiedad, cierto gozo,

al ver que en el lábio, el bozo

te anuncia la juventud.

¿Estrecha juzgas tu casa,

en tu impaciente ambicion,

y te asomas al balcon

por ver lo que fuera pasa?

Tu madre aquí, siendo niño,

te amamantó. ¿Olvidar puedes

que se hallan estas paredes

impregnadas de cariño?

Aquí jugamos los dos;

aquí rompiste á llorar,

y te enseñé á pronunciar

el santo nombre de Dios.

No ves, en tu ceguedad,

que fuera todo es mentira,

 

y dentro, todo respira

 

el puro amor: la verdad.

Huye de tu casa; vé

del mundo alegre á gozar;

cuando vuelvas al hogar

habrás perdido la fé.

El placer es un momento;

la juventud que trasnocha

y vive aprisa, derrocha

un caudal de sentimiento.

Falsificando el amor,

á  torpes vicios se entrega, y á la vejez luégo llega sin fuerzas y sin calor. Son traidores los placeres y el sentimiento es traidor; por el prisma del amor se ven puras las mujeres. Son mariposas que pasan provocando con su vuelo; alas de oro, almas de hielo,

 

que en su misma luz se abrasan. Son fantásticas visiones

que fascinado te arroban,

y en dulce engaño, te roban una á una las ilusiones. Huye del hediondo cieno que te hará perder la calma; es torcedor para el alma; para la sangre, veneno.

Siempre el vicio al hombre engaña, pues ve manchas, de seguro, hasta en el cristal más puro;

 

y es que su aliento lo empaña. Quiero decirte en qué fundo la fuerza de mi razon; cierra, cierra ese balcon,

 

que voy á pintarte el mundo.

 

¡El mundo! En tus pocos años

hermoso eden te parece,

sin saber que el mundo ofrece

solamente desengaños.

Este mundo es una farsa,

un teatro de oropel;

cada hombre estudia un papel;

nadie quiere ser comparsa.

Más que el sabio vale el necio

cuando está de oro cargado,

porque el mundo es un mercado

donde todo tiene precio.

No busques amigos. ¿Quién

la amistad estima? El pobre

es la moneda de cobre,

que se toma con desden.

De nada el pobre disfruta;

vive solo y pide en vano,

que nadie tiende la mano

al árbol que no dá fruta.

Oye la voz del consejo,

que es la voz de la experiencia;

se paga cara esta ciencia,

pues cuesta llegar á viejo.

En el estudio profundo

está guardada la llave

del porvenir; el que sabe

se abre camino en el mundo.

Feliz en mi hogar me encuentro

sin ver lo que fuera pasa;

la verdad guardé en mi casa;

gozo de puertas adentro.

Yo no puedo respirar

del mundo el aire caliente;

necesito el tibio ambiente

que se aspira en el hogar.

 

¡El hogar! ¡Rincon que adoro

 

y que hoy apreciar no puedes!

 

¡El hogar! ¡cuatro paredes

 

donde encierro mi tesoro!

 

Tú lo estás viendo. A ser hombre

 

con el tiempo llegarás,

 

y enamorado, querrás

 

dar á una mujer tu nombre.

 

¡La mujer! ¡Mujer querida,

 

soñada en la juventud!

 

¡toda amor! ¡toda virtud!

 

¡la mitad de nuestra vida!

 

Los hombres encenagados

 

conocen muy tarde el bien;

 

á esa mujer, no la ven

 

hoy tus ojos deslumbrados.

 

La que inspira amor profundo

 

sólo se halla en el hogar;

 

esa no la has de encontrar

 

en el bullicio del mundo.

 

¿Quién la puede describir?

 

Será más ó menos bella...

 

Para hacerte digno de ella

 

invade lo porvenir.

 

La familia es el consuelo,

 

y en ella debes pensar,

 

porque hay del mundo al hogar

 

lo que hay de la tierra al cielo.

 

Cierra el balcon, hijo mio,

 

porque ese frió

 

ha de helarte el corazon.

 

Mi experiencia te ha enseñado

 

que entra un aire envenenado

 

por el balcon.

 

Madrid.  b i.

 

 

 

 

 

 

LA MANSION DE LOS MUERTOS.

 

 

 

 

 

FANTASIA.

 

 

 

 

 

«¡Qué horrible soledad!» dicen los hombres, medrosos al pisar el cementerio;

 

y yo, tranquilo, al penetrar, exclamo:

«¡Qué hermosa soledad la de los muertos!» Es una tarde del ardiente estío;

el sol traspuesto, esplendoroso el cielo; los brillantes crepúsculos del dia esmaltan de las losas los letreros. Mi corazon palpita conmovido

al evocar un mundo de recuerdos, y para ver mejor, cierro los ojos, dejando sólo los del alma abiertos. Una mano invisible, poderosa, impulsada tal vez por mis deseos, las aferradas lápidas levanta, quedando los sepulcros descubiertos. Como en tropel se escapan las abejas de la colmena, van los esqueletos asomando los cráneos descarnados, y salen de los cóncavos infectos. Vagando por el aire como sombras, en el sudario de la muerte envueltos, en confuso monton pasan y pasan, y mi mente les dá formas y cuerpo.

 

Como bandada errante de palomas que al cazador provocan en su vuelo, espíritus fantásticos que cruzan vienen en vano á despertar recuerdos. Cármen, Emilia, Julia, Magdalena, de mi pasada juventud ensueños,

 

mi corazon no aumenta ni un latido cuando otra vez á contemplaros vuelvo. Sombras, ¿por qué pasáis indiferentes? Amigos mundanales, nada os debo;

al contrario, os colmé de beneficios, y el puñal del desden hirió mi pecho. ¡Pasad, pasad, ingratos!.... ¡Desdichado

el que sabe olvidar! Le compadezco, porque la gratitud siembra, en la tierra y recoge sus frutos en el cielo.

¿Qué vértigo me asalta?.... ¡Mis hermanos!

¡Allí van! De mi infancia compañeros; ramas del tronco que me dió la vida, las desgajó la muerte antes de tiempo. ¡Y derramé la lágrima primera!... Rota la fuente ¡cuánto lloré luego!

El corazon en lágrimas se funde

y se las traga el mar del sentimiento. Unos lábios se posan en mi frente; y á su contacto por mis venas siento un fluido circular que me extasía: late mi corazon y me estremezco. ¡Es mi madre! ¡mi madre! La adivino, y á mis ojos agólpase violento todo un raudal de lágrimas acerbas que sin cesar por su memoria vierto.

¿Tambien las madres mueren?... ¡Dios es justo!

 

Dá la resignacion al sufrimiento,

pues sabe que en los trances de la vida para dolor tan grande no hay consuelo. Tú siempre vives para mí en el alma,

 

y si es verdad que para el mundo has muerto, deja que el mundo olvide hasta tu nombre. ¿Qué importa? ¡Tu sepulcro está en mi pecho! Me arrancó del hogar la suerte varia, pero conmigo me llevé tu afecto;

 

yo moriré tambien, mas en mis lábios la muerte encontrará tu último beso. Detrás llega un anciano venerable; el paso tardo y el mirar sereno;

 

en su ancha frente la honradez se pinta, y es de su alma su sonrisa espejo.

¡El padre de mi amor! ¡Sombra adorada!...

Entre mis brazos estrecharle quiero, y al extender frenético las manos en polvo se deshace el esqueleto. Un grito de dolor me arranca el alma; le busco en mi delirio con empeño, y una voz me murmura en los oidos estas palabras que olvidar no puedo: —«¡Es la ley soberana de la vida nacer para morir! ¡Dios lo ha dispuesto! El eslabon que suelta la cadena

deja á la tierra otro eslabon sujeto. «Se van los padres y se irán los hijos; caen los granos del reloj del tiempo;

de las horas de olvido, á Dios y al mundo estrecha cuenta que rendir tenemos». Doblo en tierra las trémulas rodillas,

 

y con voz balbuciente le contesto: —«Cuando me llame Dios, en El confío, pues grabé en mi conciencia sus preceptos. «Me alumbra Dios para seguir tu senda; á mis hijos tus máximas enseño,

y poniendo sus piés sobre tus pasos,

¿qué he de temer? ¡Mis hijos serán buenos!» Angeles bellos, con pintadas alas, rostros de nácar, de oro los cabellos,

 

por el aire, cual leves mariposas,

 

cruzan jugando en indeciso vuelo.

 

¡Es mi Alicia! ¡es mi Aurora! ¡es mi Lucila!... Pedazos de mi alma, vuelvo á veros... Me besan con los ojos, y cantando

un himno á Dios, se pierden en el cielo. ¡Cuán venturosas son en la otra vida! De las desdichas de la tierra huyeron; al romper la crisálida el capullo,

la sofocó esta atmósfera de fuego.

 

Abro los ojos al venir la noche, y ya cerrados los sepulcros veo; á medida que el cielo se oscurece empieza á despejarse mi cerebro. Allí están dos sepulcros preparados, última confusion de dos afectos.

Los miro con placer: ¡bocas hambrientas que esperan la racion de nuestros cuerpos! De la fiel compañera de mi vida

ahí guardarán sus restos con mis restos. ¡Juntos, en tierno amor, hemos vivido! ¡Juntos, en santa paz, descansarémos! ¡Adios, adios!... ¡Qué tarde tan serena!...

Sombras queridas, á mi hogar me vuelvo, que allí mi corazon ha levantado á la virtud y á la verdad un templo.

Ando despacio, y al salir repito:

 

«¡Qué hermosa soledad la de los muertos!»

 

Y les digo marcando una sonrisa:

 

«Pronto vendré á encontraros. ¡Hasta luego!».

 

Madrid.  b i

 

 

 

 

 

 

EFEMÉRIDES.

 

 

 

 

 

 

E( 1.°    D        .

 

 

 

 

 

 

Dice con razon el vulgo

 

que todo en la vida pasa,

y que cuanto nace muere,

siguiendo la ley humana.

¡Verdad que á costa aprendemos

de desengaños y lágrimas!

Luce erguida sus colores

la rosa por la mañana,

y el sol que le dá la vida

al despedirse la mata.

¡Triste verdad que me enseña

el espejo, que no engaña!

En él, hace veinte años,

con cierto encanto miraba

lo negro de mis cabellos,

que hoy me presenta de plata;

y aquella tez vigorosa,

rica en colores y en savia,

hoy me la copia marchita,

cual la flor de la mañana.

¡Y el espejo es siempre el mismo!

¡Ay! ¡es el hombre el que cambia!

Con razon nos dice el vulgo

que todo en la vida pasa...

 

—¿Todo? ¡No! ¡Todo no muere!

 

Hay algo que no se acaba,

que es eterno; ó se renueva

al calor de la esperanza,

ó  renace como el fénix de sus cenizas: ¡el alma! Bien me acuerdo de este dia, de mi historia amante página. Una pasion viva, ardiente, noble, desinteresada,

á mi corazon llamando, abrió las puertas del alma. Ella era jóven, hermosa, con el fuego en la mirada, tez de reluciente seda, dentadura limpia y blanca, rizos revueltos y rubios cayendo sobre la espalda, cual de avispa, su cintura, cual mariposa, con alas...

La vió así mi fantasía,

y me rindieron sus gracias; era buena, era sensible

y candorosa; me amaba, y en el altar, Dios bendijo, la fusion de nuestras almas. ¡Han pasado veinte años! ¡Qué rápido el tiempo pasa! Las horas que son eternas, eternas en la desgracia, cual leve soplo trascurren en los dias de bonanza. Ella, sintiendo y amando,

en la embriaguez de la calma, no pidió cuentas al tiempo que su hermosura robaba; en sus rizos, atrevidas

 

asoman algunas canas;

 

la esbeltez de su cintura

perdió su forma gallarda,

y de la tarde el crepúsculo

en su rostro se señala;

ya no se vuelven los hombres

al paso para mirarla;

y yo en éxtasis la miro,

con la ilusion conservada,

porque para mí es la misma,

siempre igual; lo que le falta

por la destruccion del cuerpo

mi ilusion se lo regala.

Es la misma; no la miro

con los ojos de la cara

que buscan solo lo bello

y de apariencias se pagan;

yo la miro con los ojos

que ven el bien: ¡los del alma!

Han pasado veinte años

sin nubes. ¿Cómo no amarla?.

Juntos nuestros corazones,

como lo están nuestras almas;

felices en la ventura

y fuertes en la desgracia;

coa las mismas alegrías;

confundiendo nuestras lágrimas;

saludando con un beso

á  los hijos, que llegaban

á  ofrecernos nueva vida, emociones y esperanzas; con un beso despidiendo

 

á  los que Dios nos robaba, descompletando aquel cuadro de venturas tan soñadas; vemos correr la existencia, sin grandezas ni abundancia,

 

sin ambiciones ni envidias,

 

escondiendo en nuestra casa

 

dos voluntades gemelas

 

y dos cuerpos con un alma,

 

Yo quiero lo que ella quiere;

 

yo mando en ella, y me manda;

 

es la madre de mis hijos;

 

es mi compañera amada

 

y aunque la destruya el tiempo,

 

y aunque le robe sus gracias,

 

y aunque ensanche su cintura,

 

y aunque le arrugue la cara,

 

para mí será la misma,

 

con el fuego en la mirada,

 

siempre jóven; de ese modo

 

la ven los ojos del alma.

 

Diga con razon el vulgo

 

que todo en la vida pasa;

 

yo diré que en la familia

 

el amor nunca se acaba.

 

Madrid.  b i.

 

 

 

 

 

 

EL TRAJE DE COLA.

 

 

 

 

 

 

A           E(     L    .

 

 

 

 

 

 

Escuchad que el caso es grave.

 

Hoy siento un pesar profundo

que el alma explicar no sabe,

porque la cola es la llave

que abre las puertas del mundo.

Veo á mis hijas gozar

esas puertas al abrir,

y fascinadas soñar;

y yo, al mirarlas reir,

siento impulsos de llorar.

Mas ya la causa comprendo;

me entristezco, contemplando

cómo el tiempo vá pasando...

¡Ay! ¡las flores van abriendo

y el tronco se vá secando!

¡Hijas de mi corazon!

Ayer, todo era inocencia,

todo alegría, ilusion.

Mañana, con la razon

vendrá la triste experiencia.

Hoy, al jardin olorosas

llegan esas flores pálidas,

frescos botones de rosas;

se transforman las crisálidas

 

en pintadas mariposas.

 

Y abren su pecho á otro amor

que les robará la calma;

hoy nacen para el dolor,

que en la mujer el candor

es la paz, salud del alma.

En su infantil devaneo

no ven que un peligro encierra

el mundo, que es su deseo;

al entrar en él, las veo

bajar del cielo á la tierra.

¿Quién las habrá de amparar?

En su inexperiencia, solas,

¡cuánto tendrán que luchar

entre las revueltas olas

de ese proceloso mar!

¡Nó! Nave que al mar se lanza

y vá de su rumbo en pos,

el puerto feliz alcanza;

¡lleva de piloto á Dios

y por ancla la esperanza!

Con el ejemplo incesante,

la leccion nunca es perdida:

tienen de espejo constante

á  la virtud, á la amante compañera de mi vida. ¿Y yo las he de perder? ¡Alma y corazon les dí! No me puedo convencer de que ellas han de querer

á  otros hombres más que á mí. De sus plumas al calor

el ave guarda su nido, y se estremece al temor de que un halcon atrevido vaya á robarle su amor. Al final de mi jornada,

 

no anhelo dichas, ni el oro;

 

sin ellas no quiero nada,

y sé bien que una mirada

me ha de robar mi tesoro.

¡Ley del alma! A la mujer

el hombre busca, la quiere,

le dá ensueños y placer,

mas no le puede ofrecer

un amor que nunca muere.

Por eso, al verlas gozar,

invadiendo el porvenir,

tiemblo y me pongo á pensar:

por eso, al verlas reir,

siento impulsos de llorar.

Madrid U.° de Febrero de H   .

 

 

 

 

 

 

EL IRIS DE PAZ.

 

 

 

 

 

EN EL ALBUM DE FELISA

 

 

 

 

 

¡El amor del hogar! ¡Cuanto he corrido sólo, sin más espuela que el deseo! Pasó como una sombra el devaneo, y tarde he conocido

 

que léjos del hogar no hay dicha cierta: llama pronto el cansancio á nuestra puerta. Tú, Felisa, tambien como mi Aurora, en lazo estrecho unida

al hombre que te adora,

al que te dá su amor, su alma, su vida, le ofreces el misterio en lontananza

 

de otro sér que es tu sér... ¡Dulce esperanza! ¡Madre! ¡madre serás! ¡Mágico nombre! Sueño de la mujer con que corona el tierno amor de un hombre;

lazo que estrecha el lazo de la vida; fruto de bendicion que manda el cielo

 

á  una union por el cielo bendecida; iris de paz, aurora de consuelo, gérmen de amor del mismo amor nacido, que enciende el fuego del amor perdido. Pronto verás qué extrañas sensaciones el alma te despierta cuando un latido, un síntoma, te advierta

 

que tiene vida un sér en tus entrañas; y verás que en la tierra

otro placer más grande no has sentido cuando rompa la cárcel que lo encierra y al aire lance su primer vagido esa prenda querida

que robará á tu porvenir la calma, que habrá de ser la vida de tu vida, que habrá de ser el alma de tu alma, que será tu placer y tu amargura rica fuente de llanto y de ternura.

Sí. ¿Qué te importa ya que llegue un dia la vejez con su hielo

como puedas mostrar para consuelo esa prenda de amor y de alegría? Por ella has de vivir; jóven con ella, su dicha partirás, su mala estrella, y otra vez en el mundo, recibiendo el reflejo de su gloria, cobrarás la ilusion; tu amor profundo por ella luchará, y en su victoria tu victoria verás reproducida,

porque es ser madre una segunda vida.

 

Marianao [Cuba].  b i.

 

 

 

 

 

 

LAS ALAS.

 

 

 

 

 

 

A                  L      

 

 

 

 

 

 

¡Es un ángel hermoso!... Su alegría me animaba á vivir.

 

Todo en mi hogar al verle sonreia;

su madre le cantaba, y yo invadía

con él lo porvenir.

Hiere un rayo en la vida, de repente, al hijo de mi amor;

y á mi horrible pesar, indiferente, bate el génio del mal sobre su frente las alas del dolor.

Tiemblo, temiendo ya que no despierte, y no puedo llorar;

al ver las negras alas de la muerte,

á  Dios invoco, y voy con mano fuerte la presa á disputar.

Un ¡ay! del corazon su madre lanza y reza como yo...

¡Con la santa oracion todo se alcanza! Sobre su cuna, alegre la esperanza sus alas agitó.

¡Abre el niño los ojos! Nos consuela el verle sonreir.

¿qué otras alas se mecen en la tela? ¡Ay! ¡cuando el ángel de la Guarda vela

 

no es posible morir!

 

¡Vive el ángel! ¡De hinojos en el suelo nos postramos los dos!

¡Hemos robado un querubin al cielo! ¿Nos le concede Dios para consuelo? ¡Bendito sea Dios.!

CarabancheL  b i.

 

 

 

 

 

 

A JENARO.

 

 

 

 

 

 

E(                      .

 

 

 

 

 

 

¡Es inmenso tu dolor!

 

No hay consuelo para ti...

Jenaro, tambien perdí

mi madre, mi dulce amor.

¡La madre! ¡símbolo santo

del amor puro, infinito!

¡La madre! ¡cáliz bendito

que recoje nuestro llanto!

Llora, llora, caro amigo,

que tu pesar es profundo;

ya no tienes en el mundo

quien llore y sufra contigo.

Ella te meció en la cuna,

te enseñó de Dios el nombre;

y supo uncirte, al ser hombre,

al carro de la fortuna.

Ella abrió tu alma al placer

y la preparó al pesar;

ella te enseñó á llorar;

ella te enseñó á querer.

Tu madre buena seria,

porque toda madre es buena...

Apreciar puedo tu pena

por el valor de la mia.

 

Mucho debiste sufrir

 

al saber tu desventura,

 

y mayor fué tu amargura

 

pues no la viste morir.

 

Mi madre un beso me dió

 

cuando los ojos abrí;

 

¡y yo un beso no le dí

 

cuando los suyos cerró!

 

Presentir me lo hizo Dios,

 

y voló mi pensamiento,

 

en alas del sentimiento,

 

á darle el postrer adios.

 

Ganó de mártir la palma,

 

y sé, para mi consuelo,

 

que ella me ve desde el cielo,

 

y yo la llevo en el alma.

 

Habana.  b i,

 

 

 

 

 

 

EL AZAHAR DE CARMEN.

 

 

 

 

 

EPITALAMIO

 

 

 

 

 

I.

 

 

 

 

 

EN EL SALON.

 

 

 

 

 

¡Qué bella estás! En tu frente

 

brilla un rayo de ese sol

que presta fuego á los ojos

y al espíritu calor.

Es el sol de la ventura:

te manda sus rayos hoy

para iluminar el cuadro

que tu mente acarició:

sueños de color de rosa

bordados por el amor.

¡El poema de la vida!

¡Hacer un alma de dos!

¡dar tu mano para siempre

á  quien diste el corazon! La felicidad te llama!...

 

Luce en tu seno esa flor

 

cuyo aroma desvanece;

Cármen, es tu galardon:

emblema de la pureza

y símbolo del pudor.

Alza los ojos y mira

el aspecto del salon.

El que va á ser tu marido,

en un éxtasis de amor,

te contempla enajenado;

no ve más que su pasion.

Te examinan las mujeres

suspirando, sin dolor,

las solteronas de envidia,

las casadas de emocion;

aquellas, por lo que pierden;

estas por lo que pasó.

Te observan viejos y mozos

con placer y admiracion.

Todo rebosa alegría,

Cármen, á tu alrededor...

Y sin embargo, estás pálida;

la inquietud, la agitacion

que quiere sobreponerse,

denuncia un vago temor;

con los ojos en el suelo,

trémula casi la voz,

me pareces una víctima

sacrificada al amor.

¡Y el amor está cantando

un himno en tu corazon!

¿Puede haber hipocresía

donde reside el candor?

Si quieres con toda el alma

al que el alma te robó,

te pregunto: ¿Lo que sientes

será placer ó dolor?

 

II.

 

 

 

 

 

EN LA IGLESIA.

 

 

 

 

 

En el momento supremo

 

al altar llegais los dos,

y con la rodilla en tierra

recibis la bendicion.

La felicidad soñada

sus puertas al fin te abrió;

ya es tuyo el hombre á quien diste

alma, vida y corazon.

Y sin embargo, la nube

que tu rostro oscureció

la realidad no disipa...

Comprendo la turbacion.

¿Quien llenar puede el vacío

que en tu familia quedó?

Tus padres rien y lloran

con encontrada emocion;

pero su risa parece

una mueca del dolor,

pues se adivina en sus labios

una falsa contraccion.

¡Les roban en una hora

toda una vida de amor!

Inquieto vuelvo los ojos,

palpitante el corazon,

para mirar á mis hijas

que te besan con calor,

y el porvenir invadiendo,

exclamo en mi agitacion:

 

¿Esto que siento y me ahoga

 

será placer ó dolor?

 

 

 

 

 

III .

 

 

 

 

 

EN LA FONDA.

 

 

 

 

 

Cármen, de brindar acabo

 

por la dicha de los dos.

Sin respetar mi trastorno,

siguiendo una tradicion,

arrancas tus azahares,

y dando vás una flor

á  cada niña soltera, con la pérfida intencion

de que vayan pronto al templo

á  hacer un alma de dos...

¡Dios te perdone el regalo como te perdono yo! Cármen sé tan venturosa como mereces.—¡Adios! Vas á recorrer el mundo soñando glorias y amor, y aquí se queda tu padre

á  solas con su afliccion;

tu madre se funde en lágrimas;

y en su desconsuelo á Dios

le pregunta si tu dicha

le compesa su dolor.

 

Al poner el pié en la calle

 

ando con recelo, voy

 

alarmado; en cada hombre

 

temo encontrar un ladron.

 

¡Arrebatarme á mis hijas!

 

¡Voy á deshojar tu flor!...

 

¿Para ser ellas felices

 

han de robármelas?... ¡Oh!

 

¡Ley tirana, pero justa!

 

¡Que me venzan con su amor!

 

Yo sabré esconder el llanto

 

al verlas marchar.—¡No no!

 

¡No son mentira las lágrimas

 

que brotan del corazon!

 

¡Esto que siento y me ahoga

 

no es placer, sino dolor!

 

Madrid.  b i.

 

 

 

 

 

 

UN GRITO DEL ALMA.

 

 

 

 

 

LA VUELTA DE LA GUERRA

 

 

 

 

 

¡El clarin se oye sonar!

 

¡flores y coronas caen...!

 

—Son nuestros bravos que traen

 

la paz, la dicha, al hogar.

 

Todas las almas se excitan

 

al ver á nuestros hermanos,

 

y se unen todas las manos,

 

y todos los labios gritan.

 

¡La paz! No hay más que una idea

 

que nobles pechos inflama,

 

y alegre el pueblo lo aclama!

 

¡Es la paz! ¡Bendita sea!

 

Mas con angustia crüel

 

una madre, en su amargura,

 

vertiendo llanto, murmura:

 

—«¡Todos vuelven ménos él!»

 

Madrid.  b i.

 

 

 

 

 

 

DESDE MI HOGAR.

 

 

 

 

 

A S A.LA INFANTA DOÑA PAZ

 

 

 

 

 

EN SU CASAMIENTO.

 

 

 

 

 

I.

 

 

 

 

 

Señora: Debo dudar

 

si á vos mi nombre ha llegado;

soy un vate jubilado

que en el rincon de su hogar

contento vive encerrado.

El hogar solo me inspira,

Do hallé la felicidad

que canto en mi pobre lira;

aquí encerré la verdad

y eché fuera la mentira.

Llega á mi casa el rumor

de una fiesta soberana

que la preside el amor,

y para verla mejor

salgo alegre á la ventana.

 

Agitadas las pasiones,

 

que encienden el alma, veo,

entre sueños é ilusiones,

dos amantes corazones

que corren tras de Himeneo.

Ella, risueña la faz,

prendida con ricas galas,

y el alma dando á solaz,

al cielo tiende las alas...

¡es el ángel de la PAZ!

Con belleza y juventud,

amor en su pecho siente;

lleva en el alma virtud,

una corona en la frente,

y en las manos un laud.

 

 

 

 

 

II.

 

 

 

 

 

No exalta mi pensamiento

 

el brillo de vuestra alteza;

disculpad mi atrevimiento;

pues con mi ruda franqueza

hé de decir lo que siento.

Todo lo grande lo aduna

quien, al venir á este mundo,

halla colmada su cuna...

—¿Todo?—No: el amor profundo

no nace con la fortuna.

Nunca en las almas se encienden

 

en una llama apagada;

sin el amor no se prenden;

nace éste en una mirada,

 

y los ojos no se venden.

 

¿Sentisteis ese calor?

pues de ello sois vivo ejemplo

y así os digo sin temor:

¡feliz el que entra en el templo

por la puerta del amor!

A vuestra alma enamorada

puedo una muestra enseñar

de esa ventura soñada:

dirigid una mirada

á  mi pacífico hogar. Libre de todo cuidado,

con la conciencia en reposo, cómo, del mundo olvidado, el pan del trabajo honrado que el amor hace sabroso. Haciendo un alma de dos, con los ojos siempre fijos en los deberes y en Dios, vamos de la dicha en pos, soñando con nuestros hijos. Sin el cariño, el dolor

 

de lazos hace cadenas, y el sufrimiento es mayor; pero, ¿amándose?... El amor quita amargura á las penas!....

 

 

 

 

 

III .

 

 

 

 

 

 

 

Con fervor en este dia,

 

que os conceda pido á Dios

 

venturas, paz y alegría:

 

luna de miel, á los dos,

 

eterna como la mia.

 

Madrid,   de Abril de  b i.

 

 

 

 

 

 

DIOS Y LA CIENCIA.

 

 

 

 

 

 

E(                        .

 

 

 

 

 

 

¡Ay! Tú me viste llorar

 

por el hijo de mi amor;

 

y entonces te ví luchar,

 

y una lágrima ocultar,

 

comprendiendo mi dolor.

 

¡Extenderlas alas ví

 

al ángel, del cielo en pos!

 

Lleno de fé me sentí,

 

y de rodillas caí,

 

su vida pidiendo á Dios.

 

Dios mi plegaria escuchó,

 

que á Dios nadie pide en vano,

 

y benéfico posó

 

sobre tu frente su mano,

 

y tu ciencia iluminó.

 

Con sublime inspiracion

 

te copio aquí una verdad

 

que escribí en mi corazon:

 

¡Gratitud á tu amistad!

 

¡A tu ciencia admiracion!

 

Puerto Rico.  b i.

 

 

 

 

 

 

LA PERLA DE CUBA.

 

 

 

 

 

A CONCHA SERRANO

 

 

 

 

 

Allá, á la orilla del mar,

 

en la tierra de Colon,

el delicado boton

de una rosa ví brotar.

Era una niña donosa,

de ojos azules, ¡tan bellos!

eran rubios sus cabellos,

tez del color de la rosa.

A su padre hizo temblar

esperanza, la emocion.

¡Fué el sueño de la ilusion!

¡La sonrisa de su hogar!

Y tan peregrina al verla,

Concha la llamó al nacer...

al convertirse en mujer

brotó en la concha una perla.

Hoy, que te vuelvo á encontrar,

escalas el porvenir.

¡Ay! ¡tú empiezas á subir

cuando yo empiezo á bajar!

Concha, ¡qué tiempos aquellos!

en los dos todo ha cambiado,

y tus ojos me han robado

lo negro de mis cabellos.

 

Te miro con emocion;

 

me traes á la memoria

 

la página de mi historia

 

más grata á mi corazon.

 

Amo á Cuba, y pido á Dios

 

que la paz luzca en su suelo;

 

bajo aquel brillante cielo,

 

Concha, nacimos los dos.

 

¡Allí murió mi alegría!

 

¡tierra con llanto regada!

 

¡dejé en ella sepultada

 

una hija del alma mia!

 

De tus padres al amor

 

¡cuán venturosa has de ser!

 

¡á tí te llama el placer!

 

¡á mí me llama el dolor!

 

Te siguió desde la cuna

 

risueño y próspero el hado;

 

sus dones te ha regalado

 

generosa la fortuna.

 

¡Feliz tú, niña hechicera,

 

en cuya fresca megilla

 

la huella triste no brilla

 

de la lágrima primera!

 

La ilusion te hizo, en su anhelo,

 

tan noble como tu padre,

 

tan bella como tu madre,

 

tan pura como tu cielo.

 

Hermosa, te han de admirar,

 

y pues la virtud te abona,

 

oigo á la gente exclamar:

 

—¡Feliz quien logre engastar

 

esa perlaen su corona!

Madrid.  b i,

 

 

 

 

 

 

EL AVE DE PASO.

 

 

 

 

 

 

E( L               R     M      

 

 

 

 

 

 

Una paloma con ropaje humano

 

en su sueño exclamó: «¡Quiero reinar!» Al verla tan hermosa, un soberano, delirando de amor, fué por su mano la corona en su frente á colocar.

 

El ave sobre el trono posó el vuelo

para libar la copa del amor.

Al verla tan hermosa. «¡Ven al cielo!» dijo Dios; y en su amargo desconsuelo lanzó el amante un grito de dolor.

Ella en el cielo derramando flores exclamó: «¡Qué dichosa soy aquí!» ¡Eterna paz, sin penas ni dolores!...» —«Ella era un ángel, dijo Dios ¡No llores! ¡los ángeles los formo para mí! Madrid, Julio de - X .

 

 

 

 

 

 

CELOS DE PADRE.

 

 

 

 

 

Está la niña impaciente;

 

pensativo el padre está;

y á entender ninguno dá

lo que pasa por su mente.

Por temor á sus enojos

ella no se atreve á hablar;

y algo quiere praguntar

á  su padre con los ojos. El padre lo comprendió, y un suspiro conteniendo, entre sus manos cogiendo las suyas, así le habló: —«En tu rostro la alegría retrata tu pensamiento.

¿Y me preguntas qué siento? ¿Qué he de sentir, hija mía? Advierto tu desvarío pensando siempre en un hombre por tus labios vaga un nombre, y ese nombre no es el mió. Escucha, mi bien, con calma

lo que en secreto te digo: tu cuerpo vive conmigo, mas se me escapó tu alma. Despues de tantos desvelos, al verte amar y sufrir, siento en mi pecho rugir

la tempestad de los celos. ¿Pretendes romper mis lazos

 

buscando nuevo cariño?

 

Por ver lo que encierra, el niño

hace el juguete pedazos.

En los ojos de tu madre

puedes mi impresion leer.

¿Qué hombre te habrá de querer

 

como te quiere tu padre?

Alas á los hombres dan

el amor, la fantasía;

mas los ángeles, Lucía,

tienen alas... ¡y se van!

Ese amor de frenesí

es fuego fatuo; en el mundo

solo hay un amor profundo:

el que yo siento por tí.

¿Cómo una existencia entera

á  tu afecto consagrada cambias por una mirada más ó meaos embustera? Yo te he enseñado á rezar,

 

á  ser buena y á sentir...

¡Hoy me haces arrepentir

de haberte enseñado á amar!» Mas de pronto, en sí volviendo,, una lágrima enjugó,

y á la hija amada estrechó contra su pecho, diciendo: —«No, no: perdona, Lucía, esta torpe ofuscacion; estalló mi corazon

 

al ver que ya no eres mia. Si él te quiere de verdad, yo no me puedo oponer; tu padre ¿qué ha de querer más que tu felicidad?

Fuerza es que al destino acate con esa ley rigorosa...

 

¡No llores, no! ¡Sé dichosa,

 

aunque tu dicha me mate!»

 

Ella en sus brazos se echó,

 

y confundidos lloraron;

 

lo que sus labios callaron

 

el alma lo declaró.

 

¡Ley tirana! ¡ley constante,

 

en el amor siempre fija!...

 

Pensaba el padre en su hija

 

y ella pensaba en su amante.

 

Madrid.  b i.

 

 

 

 

 

 

SEGUNDA PARTE.

 

 

 

 

 

 

EL MUNDO

 

 

 

 

 

 

EL ALBUM DE TERESA.

 

 

 

 

 

 

I.

 

 

 

 

 

 

9    N            1854

 

 

 

 

 

 

Apoyado de codos en la mesa

 

y divagando el pensamiento mio,

me encontraba, Teresa,

cuando vino á borrar mi desvarío

el álbum tuyo, del amor reclamo,

pidiéndome una flor para tu ramo.

¡Ay Teresa! ¡En qué dia,

en qué dia fatal á pedir vienes

una flor á la pobre musa mia!

Qué! ¿bastantes no tienes

en ese tan feraz vergel de amores,

rico ya de lisonjas y de flores?

Estoy, Teresa; inquieto,

y la razon te la diré en secreto:

me asustó el calendario, que este dia, los treinta me ha anunciado que cumplia.. Tú que eres bella y vives de ilusiones,, jóven y ves el porvenir abierto,

que el alma, tienes rica de emociones y el corazon para el amor despierto,

 

no sabes lo que son los desengaños, no sabes lo que son los treinta años. ¿Y pides una flor al estro mio?

 

La que está como tú en su primavera darme una flor debiera

para encantar mi caluroso estío.

¡Ay Teresa! Al peinarme esta mañana quité de mis cabellos una cana: nuncio de invierno que me da tristeza porque la nieve espanta á la belleza. ¡La cara se marchita

cuando aun ardiente el corazon palpita!... ¿Sigo hablando de mí?—¿Para qué vienes á un páramo erial á pedir flores

cuando de sobra en tu jardin las tienes? ¡Ah, nueve de Noviembre!... Mis dolores no puedes, niña comprender en suma; arrojo, pues la pluma,

y si al mirarte fresca cual la rosa

que entreabre al calor de la mañana,

no puedo repetirte con Quintana:

«¡Ay, infelíz de la que nace hermosa!»

al ver mi pobre corazon, me queda

el gusto de exclamar con Espronceda:

«¡Malditos treinta años!

¡funesta edad de amargos desengaños!»

 

 

 

 

 

II

 

 

 

 

 

 

 

9    N            1883.

 

¿Otra vez vuelve á mis manos

 

el libro de tus ensueños?

¡Cuantos años han corrido

desde que escribí mis versos,

arrebatando á la lira

unos mentidos lamentos!

Los malditos treinta años

¿quién me los diera de nuevo.

Entonces, lleno de vida,

entre locos devaneos,

desperdiciando un tesoro

de amor y de sentimiento,

en mi ceguedad, el mundo

era á mi ambicion estrecho.

¿Y te hablé de desengaños

y de corazon de hielo

porque apareció atrevida

una cana en mis cabellos".

¡Cómo mienten los poetas!

¡Me he mirado en el espejo!

¡Ay Teresa! ¡Cuánta nieve

descargó sobre mi pelo!

Tu mismo libro denuncia

la accion maldita del tiempo;

pasando de mano en mano,

en las manos fué perdiendo

la juventud, que es la vida;

como yo, se encuentra viejo.

En sus hojas arrugadas

hallo un mundo de recuerdos,

porque viene á ser tu libro

panteon de mis afectos.

—Hartzenbusch, el sabio ilustre,

más que amigo mi maestro;

Tula, la insigne cantora,

gloria del cubano suelo;

el sin ventura Aguilera

 

que embelleció el sentimiento:

 

Selgas, que robó á las flores

su perfume y su misterio;

Ayala, el hombre de Estado,

que, tendiendo mal su vuelo,

nació gigante en la escena

y fué á morir al Congreso;

Florentino Sanz, que puso

un candado á su talento

y en flor mató una esperanza:

¡todo bilis! ¡todo ingenio!

Narciso Serra y Hurtado,

mis queridos compañeros,

regocijo de las Musas

que coronas les tejieron...

Aquí sus nombres mezclados

en tus páginas encuentro;

los acordes de sus liras

aquí están... ¡todos han muerto!

¡Mas sus nombres no perecen,

porque es inmortal el génio!

¡Y yo vivo todavía,

arrastrando con mi cuerpo

el fardo de una existencia

que se va doblando al peso!

¡Nueve de Noviembre!... ¡Dia

de espansiones y recuerdos!

La familia me saluda,

al despertar, con un beso,

y me felicitan todos

porque me pongo más viejo,

pues van pasando los años

y las fuerzas voy perdiendo.

En este dia, Teresa,

llega tu libro indiscreto

á  pedirme nuevas flores, cuando el jardín está seco.

 

Te conservas siempre hermosa;

 

en balde ha corrido el tiempo;

cruzas el brillante otoño,

y yo el nebuloso invierno;

pero aunque flores tuviera

darlas, Teresa, no quiero,

pues sé que causan enojos

las lisonjas de los viejos

 

 

 

 

 

 

DE LA TIERRA AL CIELO.

 

 

 

 

 

A D. PEDRO CALDERON

 

 

 

 

 

EN SU SEGUNDO CENTENARIO

 

 

 

 

 

Vate insigne: no te asombre

 

la insensatez de mi empeño,

pues como la vida es sueño,

soñando escribí tu nombre.

La vida es sueño dijiste

cuando andabas por el mundo;

despues, en sueño profundo

doscientos años dormiste.

Hoy va la gloria á llamar

á tu tumba, y no despiertas;

si el cielo te abrió sus puertas,

en el mundo ¿qué has de hallar?

Gloria eterna has conseguido

en un siglo indiferente,

cuando todo, la corriente

lo lleva al mar del olvido.

Sí es sueño la vida, en sueños

hoy nos vienes á mostrar

que, tu luz al reflejar,

los grandes se ven pequeños.

 

En el Parnaso español

 

hoy los ingenios se humillan,

que las estrellas no brillan

en cuanto aparece el Sol.

La envidia nada perdona;

á  pesar de tu grandeza, si hoy alzases la cabeza te quitaran la corona.

De tu gloria al resplandor ¡cuántas cosas has de ver!...

Sin duda te harán creer que nuestro siglo es mejor. Digo verdad, y lo siento; entonces no se escribía para matar en un dia

 

los destellos del talento. Tú escribiste, sin engaños, para grabar tu memoria; para revivir con gloria después de doscientos años. Allá en tu siglo, la fama nos cuenta que el caballero aunaba, mas que al dinero, al rey, á Dios y á su dama. Hoy, discurriendo mejor, amamos poco; por eso

se dá el nombre de progreso

á  este siglo de vapor.

Se atreven á profanar

nombre tan santo, y de lodo

lo vamos manchando todo...

¡A esto llaman progresar!

Al verle, te asombrarás:

el progreso es un gigante

que echa el pié para adelante

y que corre para atrás.

¿Lo dudas? Oye el clamor

 

del pueblo noble y honrado;

 

rompen su lazo sagrado

 

á la familia, al amor.

 

Hay quien, falto de razon,

 

niega á Dios Omnipotente

 

que puso el dedo en tu frente

 

y te dió la inspiracion.

 

¿Es sueño la vida?—Sí

 

lo dijiste, y voy creyendo

 

que es verdad; solo durmiendo

se puede pensar así.

 

¿Vienes hoy?—No viene el hombre envuelto en ropaje humano; nos mandas, vate cristiano,

 

solo, entre nubes, tu nombre.

Mas si vivir es soñar,

 

soñando tu nombre viene...

 

¡Felíz el génio que tiene

 

tan glorioso despertar!

Madrid  c de. Mayo de  b i.

 

 

 

 

 

 

A LAS DAMAS ESPAÑOLAS.

 

 

 

 

 

 

C             1

 

 

 

 

 

A las damas me dirijo

 

en estilo epistolar,

porque yo sé que las cartas

tienen electricidad,

pues, entrando por los ojos,

directas al alma van;

y ese camino secreto

mi lira quiere buscar.

Prestad me atencion, señoras,

por un momento no más,

y que la intencion disculpe

mi atrevida libertad.

Mirado desde la orilla,

¡qué magnífico es el mar!

Brillante espejo del cielo,

del agua en la inmensidad,

á  las nubes caprichosas sus tintes robando va. En su tersa superficie, ¡qué dulce tranquilidad! ¡Cómo el alma se deleita! ¡No se causa de admirar!...

¡Qué pequeño se vé el hombre ante una grandeza tal!

 

Ingratos fuéramos todos

 

no rindiendo culto al mar.

Él dá la salud al cuerpo

en la estacion estival;

entre sus aguas esconde

el suculento manjar;

en sus conchas, ricas perlas,,

y en sus rocas, el coral,

piedras preciosas que vienen:

vuestra belleza á adornar;

camino ofrece al comercio;

las naves vienen y van,

cruzando el mundo atrevidas,

sus productos á cambiar.

¡La mar! ¿Qué es la mar en suma?

 

Bien mirado, no son más

que un remedo de la vidalas

corrientes de la mar.

La brisa que nos deleita,

es la ventura, es la paz

que goza el alma tranquila

sin acordarse del mal;

las pasiones encontradas

llegan el alma á agitar,

produciendo el torbellino,

la furia del huracán.

Y en esa lucha incesante,

como en las aguas del mar,

chocan las olas que vienen

contra las olas que van.

El mar es bello; muy bello,

con su cielo azul... Pero ¡ah!

tambien las flores convidan

su perfume á respirar,

y flores hay que en su seno

guardan veneno letal.

Así, las pérfidas ondas

 

son un sepulcro.—Mirad.

 

La nave gallarda cruza

por el proceloso mar,

y al viento dando sus velas

tranquila surcando vá.

En Dios puesta la esperanza,

ve á lo lejos asomar

la costa, el puerto querido,

y se marca la ansiedad.

Negras las nubes se tornan

y empiezan á descargar;

las olas se encrespan, ruge

desatado el vendaval.

La nave, perdido el rumbo,

en una rompiente dá,

y los botes salvadores

se traga furioso el mar.

¡Tódo el viento lo destruye!

Sólo la fé queda ya

con la esperanza, pues tienen

 

en cada pecho un altar.

Al ver seguro el naufragio,

temblando la gente está,

y en el puente, de rodillas,

á Dios invoca piedad.

Y mientras tanto, en la costa,

viendo á la nave luchar,

se lanzan bravos marinos

sin temor al huracan.

¡Ay! ¡un bote salva-vidas!

¡No lo tiene la ciudad!

Así, es inútil empeño;

la nave á pique se va,

y se oye un grito de espanto

que se confunde en el mar

Las lágrimas de las madres

enriquecen su caudal,

 

y las lleva la corriente

 

de las aguas, á buscar

el quejido de sus hijos,

que allí palpitando está.

Y lágrimas y lamentos

mezclados, se ven cruzar,

entre las olas que vienen

y entre las olas que van.

¿Cómo queréis que no llegue

á  vuestra puerta á llamar? Desde Isabel la Católica hemos aprendido ya que la mujer es el nervio, el alma, vitalidad

 

de los mayores empresas que han llegado á prosperar. Sois madres, hijas ó esposas, y sabeis sentir á más; ayudadnos en la empresa, pues nuestro sueño es dotar los puertos de salva-vidas,

 

y Dios os lo premiará.

¡Qué abismo tan insondable! ¡Pobres náufragos!... Pensad en las personas queridas que se lanzan á la mar; acaso vuestra limosna mañana las salvará.

El pensamiento es sublime, y cerrados no he de hallar los sensibles corazones

 

que en vuestros pechos guardais. ¡Y así os veré tan hermosas! pues nada embellece más

 

ante Dios, que el ejercicio de la santa caridad,

que es el consuelo, la vida

 

de los que saben llorar.

 

Las almas indiferentes

 

al dolor de los demás,

 

no sufren, pero tampoco

 

comprenden lo que es gozar;

 

tienen una fibra ménos

 

y una desventura más.

 

Hacer bien á sus hermanos,

 

es en la tierra sembrar

 

la semilla, que en el cielo

 

después el fruto nos dá.

 

Cuando me acerco á la playa,

 

y el agua dormida está,

 

y á los pobres pescadores

 

miro tranquilos cruzar,

 

y á los valientes marinos,

 

sin temor al huracan

 

que siempre amenaza, y pienso

 

que los podemos salvar

 

con los esfuerzos benditos

 

de la santa caridad;

 

veo, entre espumas de plata,

 

el nombre ilustre brillar

 

de Rubalcava el marino,

 

alma de esta SOCIEDAD.

 

Lleva el rumor de las aguas,

 

entre las olas que van,

 

los sollozos de las madres

 

que no cesan de llorar;

 

y entre las olas que vienen,

 

los gritos de la ansiedad.

 

Y mis lágrimas envío,

 

pues quiero verlas rodar

 

entre las olas que vienen

 

y entre las olas que van.

 

Madrid,  b de Diciembre de  b i.

 

 

 

 

 

 

EL INTERES Y LA USURA.

 

 

 

 

 

APÓLOGO2

 

 

 

 

 

Una dama de buen talle

 

y un galan de noble porte,

una mañana en la córte

se encontraron en la calle.

Dama y galan se miraron

y sus pasos detuvieron;

al punto se comprendieron,

y este diálogo entablaron:

—«¿A dónde vais?—A cumplir

un deber, la dama dijo.

—Yo en lo presente me fijo.

—Yo pienso en lo porvenir.

—Hay en el mundo un tirano

que al necesitado ayuda;

le despoja y le desnuda

cuando le tiende la mano.

Consuelo de la laceria,

quiero ser, para el que gime,

un paño que no lastime

los ojos de la miseria.

Y se cumplirá mi anhelo,

pues para enjugar el llanto,

he tomado un nombre santo

que abre las puertas del cielo.

 

—Yo intento abrir una Caja

 

para tesoro del pobre,

que convierta en plata el cobre

del infeliz que trabaja.

Ese tesoro guardado

con el tiempo ha de ofrecer

una dote á la mujer,

su libertad al soldado.

—Yo doy paciencia al sufrir.

—Yo enseño al hombre á guardar.

 

—Yo dinero voy á dar.

—Voy dinero á recibir.

—Encontrará en mis socorros

alivio la humanidad.

—Soy el Monte de Piedad.

—Yo soy la Caja de ahorros.

—¡Grande el proyecto ha de ser!

—Los dos nos necesitamos.

—Venid, porque unidos, vamos

un problema á resolver.»

Al mirar la santa union,

que inspira amor y respeto,

el pueblo, muy en secreto,

le manda su bendicion.

Sólo una voz se levanta

á  protestar contra ella. ¿Quién, infame, se querella y de tal union se espanta? Es una horrible figura

 

que convierte el oro en cobre, chupando la sangre al pobre. —¿Cómo se llama?—¡La Usura! Madrid. L G.

 

 

 

 

 

 

PERLAS Y FANGO.

 

 

 

 

 

De codos en la muralla,

 

buscando la soledad,

un pobre desesperado

rompió de pronto á llorar.

—«Están abajo los hombres,

dice, y Dios arriba está.

Amparo á los hombres pido,

sordos á la caridad;

elevo al cielo los ojos,

y aliento noble me dá.

Cuando inclino la cabeza,

doblado por el pesar

que me consume, mis lágrimas

al suelo rodando van.

Cuando levanto la frente,

sin miedo á la tempestad,

ruedan altivas y caen

mis lágrimas en la mar

¡Ah! ¿que miro? ¡Dios es bueno

Cuando mis lágrimas van

á  la tierra, en sucio fango las miro al punto cambiar. Pero las lágrimas puras que el alma exhalando va, se evaporan en el agua

 

y en perlas trasforma el mar. Cuando hay un pesar profundo, acaso no halle consuelo quien lo busque en este mundo,

 

pero le encuentra en el cielo.

 

Madrid,  b i.

 

 

 

 

 

 

LA MEJOR ARISTOCRACIA.

 

 

 

 

 

CUENTO.

 

 

 

 

 

Cuentan que en una ocasion,

 

cabalgando en el Cerbero,

vino acá Pedro Botero

por encargo de Pluton.

—«Pues hoy gozas de mi gracia

le dijo, vas á marchar

al mundo, para buscar

la mejor aristocracia.

«Baja aquí tanto malvado,

que es un presidio el infierno;

quiero fundar un gobierno

de solidez, ilustrado.»

No replicó Pedro nada,

aunque demostró su asombro;

y con la caldera al hombro

vino con esa embajada.

 

 

 

 

 

 

II.

 

Pronto el mundo su impaciencia

 

por conocerle mostró,

pues su llegada anunció

la activa Correspondencia.

Movidos del interés

corrieron mil pretendientes,

todos vivos, diligentes;

mas recibió solo á tres.

Con el afan de mandar,

aunque fuera en el infierno,

para obtener el gobierno

uno se encargó de hablar.

—«Somos ilustres personas;

mucho en la tierra valemos,

y presentaros queremos

nuestras preciadas coronas.»

El pretendiente primero,

que manejaba un tesoro,

dió una corona de oro:

era un notable banquero.

Un marqués, galante y fino,

con aires de gran persona,

le presentó su corona

pintada en un pergamino.

Y detrás de este y de aquel,

siempre en el último puesto,

entregó un vate modesto

su corona de laurel.

Pedro Botero intentó

buscar el valor real,

y en su caldera infernal

las tres coronas echó.

A la accion del fuego, el oro

bien pronto se derritió,

y el banquero se quedó

sin corona y sin tesoro.

El pergamino empapado

 

se deshizo en la caldera,

 

y vió Pedro que aquél era

no más que un papel mojado.

El vivo fuego, al pasar

por encima de las hojas

de laurel, las puso rojas,

y un nombre se vió brillar.

El laurel cantó victoria;

el humo que despedía

derecho al cielo subía:

¡era el cielo de la gloria!

 

 

 

 

 

III

 

 

 

 

 

No cumplió Botero mal

 

su delicada mision,

que á su magestad Pluton

llevó este informe oficial.

«Señor: son todas absurdas

las cosas que el mundo encierra,

pues no anda mejor la tierra

que nuestras pobres zahúrdas.

«Como buen embajador,

la sociedad estudié,

y en mi caldera encontré

la aristocracia mejor.

«Se va el dinero, y no queda

el menor prestigio al hombre.

El título es solo un nombre:

la nobleza no se hereda.

«¡La gloria es el porvenir!...

¿Qué la llega á merecer?

 

—¡Lo que nace con el sér,

 

y sobrevive, al morir!

«Es hijo de la desgracia

y hermano del sufrimiento;

mas siempre será el talento

la primera aristocracia.»

Pluton oyó el parecer.

De entónces, en el infierno,

cuando hay cambio de gobierno,

se llama siempre al saber

Madrid. L G.

 

 

 

 

 

 

DIÁLOGO.

 

 

 

 

 

Deslumbrada con las galas

 

de una camelia preciosa,

la versátil mariposa

plegó sobre ella las alas.

—«¿Qué buscas, insecto, aquí

dijo con indiferencia

la flor.—Yo busco la esencia.

—Pues no la hallarás en mí.

—Hay en tu tallo calor;

hay en tu cáliz frescura;

en tu rostro hay hermosura;

¿dentro de tí no hay amor?

—En mí no se encuentra nad

vivo á todo indiferente;

en mí todo es aparente;

tengo una vida prestada.

—Yo corro de flor en flor

buscando el sabroso jugo;

de mi corazon verdugo,

el pecho cierro al amor.

—Yo no tengo corazon

y gozo con mi belleza;

me formó naturaleza

para adorno de salon.

—Yo busco las impresiones

pasajeras, del momento.

—Y yo, ajena al sentimiento,

me burlo de las pasiones.

—Trato al amor con desvío,

 

Y vivo en el mundo bien.

 

—Pago el amor con desden:

mariposa, el mundo es mio.

—Entónces, ¿quién goza más?

¿Yo en contínuas emociones,

ó  tú libre de pasiones? —Mañana me lo dirás. —La vejez veré llegar cansada de muertas glorias; viviré de mis memorias,

Y algo tendré que contar. Para tí llegará en pos do la belleza el desvío. —¡Mariposa, el mundo es mio! —¡Ay! ¡El mundo es de las dos!» Habana. Q D

 

 

 

 

 

 

FANTASEO.

 

 

 

 

 

 

I            A        

 

 

 

 

 

 

Dicen que á la hija de Tántalo

 

en roca la convirtieron.

Yo para que me miraras,

quisiera volverme espejo;

y collar de finas perlas

para rodear tu cuello;

y túnica de brocado

para ceñirme á tu cuerpo;

y convertirme en almohada:

para saber tus secretos

y recoger tu cabeza

y jugar con tus cabellos;

ser quisiera tu abanico

por verme en tu mano preso,

y allí respirar el aire

calentado con tu aliento,

y ser sandalia quisiera,

en mi loco fantaseo,

para que tú me pisaras

con tu lindo pié pequeño;

y ser el tul vaporoso

que á tu faz sirve de velo

para acercarme á tu boca

y darte un furtivo beso

 

Cádiz L ].

 

 

 

 

 

 

EL VALOR DE LAS LÁGRIMAS

 

 

 

 

 

A mui, la couronne d'epines

 

a raus, la couronne de fleurs

VICTOR HUGO

Ayer suspirar te oí,

Y llorar te ví despues

Si te lamentas, Inés;

¡ay! ¿qué dejas para mi?

Tú que sabes derramar

de tus ojos esas perlas,

ven á enseñarme á verterlas...

¡Feliz quien sabe llorar!

¡Lágrimas! ¡calmante son

para un tormento cruel!

Mis lágrimas son de hiel

y las guarda el corazon.

Jamás perdiste la calma;

penas y dolor ignoras;

¡dichosa tú, porque lloras

sin que lo sepa tu alma!

Tú has aprendido á fingir,

y yo he aprendido á penar;

enséñame tú á llorar;

yo te enseñaré á sufrir.

Lloras una amante queja,

y apenas hallas consuelo,

brillan tus ojos, cual cielo

que entre nubes se despeja.

Las lágrimas ¡ay! arrasan,

con tanto sufrir, mis ojos,

 

y con el fuego, ya rojos,

 

al desprenderlas, se abrasan.

 

Lanzo al aire mi lamento

 

y llorar no puedo en tanto...

 

¡No llores, porque es tu llanto

 

la burla del sufrimiento!

 

Yo sé sufrir sin gozar;

 

sabes gozar sin sufrir;

 

sabes llorar sin sentir;

 

yo sé sentir sin llorar.

 

Buscas ensueños de amor

 

porque el amor te seduce,

 

y amor, solo me produce

 

un contínuo torcedor.

 

El jardin te brinda flores,

 

astros brillantes el cielo,

 

te dá la brisa consuelo,

 

y el iris limpios colores.

 

Me roban las flores bellas

 

con su frescura su olor,

 

y me roban su color

 

el iris y las estrellas.

 

Tú que sabes derramar

 

de tus ojos esas perlas,

 

vén á enseñarme á verterlas.,

 

¡Feliz quien sabe llorar!

 

Tú por mi senda caminas;

 

mas lucimos en amores

 

¡tú, una corona de flores!

 

¡yo, una corona de espinas!

 

Habana.  b i.

 

 

 

 

 

 

HOJAS SUELTAS.

 

 

 

 

 

I.

 

 

 

 

 

A          

 

 

 

 

 

AYER.

 

 

 

 

 

¿Cómo te he podido amar

 

no sabiendo tú querer?

En vano intento romper

mi pecho para olvidar.

Forma la espuma en el mar

del agua el choque violento,

y estrellarse airadas siento,

salidas del corazon,

las olas de mi pasion

en el mar del sentimiento.

 

 

 

 

 

 

HOY.

 

Recuerdo que eso escribí

 

hace más de treinta años,

lamentando desengaños

de los muchos que sufrí.

Hoy, tu ajado rostro al ver,

rae dan ganas de llorar,

porque me haces recordar

á aquella ingrata de ayer.

 

 

 

 

 

II.

 

 

 

 

 

 

E(          

 

 

 

 

 

 

Que eres hermosa, lo sabes;

 

aquí escribirlo no quiero,

que al mover el abanico,

las palabras lleva el viento.

Mas tienes una ventaja,

Isabel; como soy viejo,

te refrescarán el rostro

mis pensamientos de hielo.

 

 

 

 

 

 

III .

 

A    C         ....

 

 

 

 

 

 

AVIÁNDOLE EL MEMORIAL DE UN POBRE

 

 

 

 

 

 

Pues la prosa no se usa

 

para hablar al corazon,

va en verso la peticion,

que al fin es dama la musa.

Mi sentimiento tío escondo;

hacer bien es deber santo.

¡La Caridad!—¿Quién el llanto

recoge en vaso sin fondo?

 

 

 

 

 

IV

 

 

 

 

 

 

E(             P3   .

 

 

 

 

 

 

Peregrino por el mundo,

 

he venido á la montaña

con el cansancio en el cuerpo

y el desaliento en el alma.

No vine á buscar las brisas

en estas hermosas playas,

que á mi espíritu agitado

 

aliento no da la calma.

 

Busqué el rugir de las olas

en las tempestades bravas,

y el aquilon desatado

tronchando flores y ramas.

Y en vez de huracanes rudos,

en las agrestes montañas,

encontré una florecilla,

bella, como el lirio pálida,

tan débil como un suspiro;

pero ¡ay! que tiene una llama

en sus ojos, que produce

tempestades en las almas.

Eres tú, niña hechicera,

esa flor de la montaña;

llevas el fuego en los ojos

y la música en el alma.

 

 

 

 

 

V.

 

 

 

 

 

 

E(             L   

 

 

 

 

 

 

Tiene la naturaleza

 

momentos de inspiracion,

y en uno de esos momentos

inspirados te formó.

Las virtudes resplandecen

en tu rostro encantador;

la bondad brilla en tus ojos,

 

espejos del corazon.

 

Y si por buena seduces

que es el encanto mejor,

¿por qué la naturaleza

tan hermosa te formó?

Pregunta á cuantos te miran

cuál es tu encanto mayor,

y todos dirán... que todos

te miran con emocion.

A mí no me lo preguntes;

responder no puedo yo;

los casados y los viejos

no tenemos opinion.

 

 

 

 

 

VI

 

 

 

 

 

 

E(             B     

 

 

 

 

 

 

AL PARTIR PARA CARACAS

 

 

 

 

 

 

Bella, afable y buena siendo,

 

he de sentir tu partida,

porque el que se va, se olvida

del que se queda sintiendo.

¿Al otro mundo te vas?...

¡Adios! ¡Mi afecto es profundo!

¿Quién sabe si en este mundo

 

al volver me encontrarás?

 

 

 

 

 

 

HOJAS DE LAUREL.

 

 

 

 

 

 

I.

 

 

 

 

 

 

A S6    T    

 

 

 

 

 

 

PARA SU CORONA.

 

 

 

 

 

 

No es morir el morir, cuando pregona

 

la Fama el nombre del que tiende el vuelo.

¡El genio! ¡la virtud! ¡Todo te abona!

¡Tú dejaste en la tierra una corona,

y otra corona te llevaste al ciclo!

 

 

 

 

 

II.

 

 

 

 

 

 

 

A C       

 

DESPUES DE LEER EL “QUIJOTE.”

 

 

 

 

 

 

Los ingenios del mundo te aclamaron cuando en la cima aparecer te vieron; y atónitos después te contemplaron cuando tu libro sin rival leyeron.

 

Sus liras en tus aras las quemaron, y con deleite tu cantar oyeron.

 

¡Ay, que las luces que su fuego ofrece un rayo de tu luz las oscurece!

 

 

 

 

 

III .

 

 

 

 

 

 

A J      R    .

 

 

 

 

 

 

IMPROVISACION.

 

 

 

 

 

 

Al morir, deja el pintor

 

el lienzo que le dió fama,

y siempre el libro proclama

la gloria del escritor.

Mas cuando muere un actor,

aunque su talento asombre,

muere el génio con el hombre:

 

si para tí no resuena

 

el aplauso ya en la escena,

¿qué queda de tí?—¡Tu nombre!

 

 

 

 

 

IV.

 

 

 

 

 

 

A G      T      

 

 

 

 

 

 

AL VER PASAR SU FÉRETRO

 

 

 

 

 

 

Poeta, ¿adónde vas? ¡Deten el vuelo!

 

¡El mundo con pesar partir fe mira!... ¡Pero no! ¡sigue! ¡adios! ¡Es pobre el suelo para el vate inmortal que en Dios se inspira! ¡Genio, busca tu patria! ¡busca el cielo, que aquí nos queda el eco de tu lira!

—Te arrebató la muerte, mas la historia un nombre escribirá: ¡vive tu gloria!

 

 

 

 

 

 

ORIENTALES DE VICTOR HUGO.

 

 

 

 

 

 

I.

 

 

 

 

 

 

E(    

 

 

 

 

 

 

Del mar en las orillas, una noche de estrellas, sin nubes en el cielo, sin velas en el mar, mirando meditaba las creaciones bellas,

 

y árboles, bosques, montes, parecen preguntar:

«¿Quién es de esto el Señor?.»

Y las estrellas de oro copiadas en las olas, en voz alta, en voz baja, parecen responder, y las ondas azules, que se gobiernan solas, tambien se unen y dicen, con su espuma al romper: «¡El Señor de esto es Dios!»

 

 

 

 

 

II

 

 

 

 

 

 

 

E(       

 

¡A Grecia, á Grecia! ¡vamos! ¡Adios! ¡partir debemos!.

 

¡Nuestra sangre inocente pronto redimiremos

con sangre de verdugos!

¡Adios! A Grecia, á Grecia! ¡Libertad y venganza!

¡un turbante y un sable! ¡un caballo, una lanza!

¡Rompamos nuestros yugos!

Partamos esta noche: mañana será tarde.

¡Armas, caballos, buques! ¡fuego! ¡en los pechos arde ¡Alas mejor que velas!

Corred algunos pocos, soldados veteranos, y vereis al instante cual huyen otomanos lo mismo que gacelas.

¡Eh, despertad, fusiles, del sueño del olvido! ¡Eh, músicas, cañones... ¡Atruéneme el ruido! Caballos, vuestras colas

haced que las recojan. ¡Los jinetes se irritan! ¡una mancha de sangre los sables necesitan y plomo las pistolas!

Quiero entrar en combate, siempre de los primeros, y ver á mis soldados beber la sangre fieros cuando á Grecia acometa;

destrozar su estandarte cuando fuertes caigamos, dividir sus cabezas con nuestros sables.... ¡Vamos! —¿Do vas, pobre poeta?

¿Adónde te conduce tu acento belicoso?

Los ancianos, los niños, te acogen con reposo sin saber tu martirio.

Y ¿quién soy yo?—Un espíritu; hoja seca arrastrada al capricho del viento; una vida pasada de delirio en delirio.

Todo á pensar me obliga: bosques, montes y prados; miro agitar las hojas, y suspiros ahogados me parece escuchar.

Cuando viene el crepúsculo con su bello reflejo veo en lago de plata, como en un terso espejo, las nubes reflejar.

 

III

 

 

 

 

 

 

E(        A     .

 

 

 

 

 

 

A Juana la granadina

 

dice el sultan:—«Eres flor

de España, mujer divina,

y yo diera sin dolor

á mi reino por Medina,

y á Medina por tu amor.»

—Si quieres cristiano

probaré cuanto te adoro,

pues, aunque débil mujer

por tu amor sabes que lloro,

mi ley prohibe el placer

entre los brazos del moro.

—Por esas perlas, cristiana,

que tu cuello hacen brillar,

haré cuanto pidas, Juana;

si quieres, ese collar

que hay en tu pecho, mañana

podrá servirme de altar.

Que eres, bella granadina,

de Medina fresca flor,

y al verte tan peregrina,

yo cambiara sin dolor

á  mi reino por Medina, y á Medina por tu amor.

 

 

 

 

 

 

MADRIGALES ITALIANOS.

 

 

 

 

 

 

I.

 

 

 

 

 

 

D  R      .

 

 

 

 

 

 

Siendo niña, me decía

 

un pastor

que es serpiente que mordía

el amor.

Y el corazon muchos años

sin amar,

acechos supo y engaños

esquivar.

En la fuente en noche oscura,

me encontré

con Alfredo, que me jura

tierna fé.

Y aprendí junto á la fuente,

sin dolor,

que en verdad una serpiente

no era amor.

 

II

 

 

 

 

 

 

A     

 

 

 

 

 

 

Lo pasado no existe,

 

mas lo recuerda la memoria triste.

Lo porvenir tampoco,

mas lo sueña la indómita esperanza. Lo presente es verdad, mas brilla poco, pues en la nada rápido se lanza. Entonces, ¿qué es la vida transitoria? —¡Un soplo, una esperanza, una memoria!

 

 

 

 

 

 

LA MARIPOSA.

 

 

 

 

 

 

D  L        .

 

 

 

 

 

 

Nace con la primavera

 

y muere como las rosas;

se mece en alas del céfiro,

respirando pura atmósfera,

y se agita entre las flores,

cerradas aun sus corolas;

se embriaga con perfumes,

con luces deslumbradoras,

y el polvillo de sus alas

sacude, jóven gozosa;

vuela como leve soplo

hácia las etéreas bóvedas;

al deseo se parece,

pues ni un instante se posa,

y sin verse satisfecha,

desflorando cuanto toca,

al cielo ligera vuelve

la pintada mariposa.

 

 

 

 

 

 

LA LIBERTAD.

 

 

 

 

 

 

D  M         .

 

 

 

 

 

 

Gracias, Nise, á tus engaños

 

hoy en libertad me miro;

al fin contento respiro:

Dios tuvo de mí piedad.

De tus amorosos lazos

el alma en soltura siento,

y en este feliz momento

sólo sueñe libertad.

Amor apagó su fuego,

y ya tranquilo me tienes,

que en mí no encuentra desdenes

para encubrirse el amor.

Ya los colores no pierdo

si tu nombre, Nise, escucho;

si te miro, ya no lucho,

ni me late el corazon.

Sueño, mas no te apareces

en mi sueño placentero,

y al despertar, lo primero

tu forma el alma no ve.

Vivo alegre, y no te busco

si estoy de tí separado;

no siento estando á tu lado,

ni disgusto ni placer.

 

Describo ya tu hermosura

 

sin fuerte emocion de amores,

y recuerdo mis errores

sin tenerme que culpar.

No me encontrara confuso

si al pronto venir te viera,

y con mi rival pudiera

de tí muy sereno hablar.

Guarda tu mirada altiva

que no me encuentras insano,

pues ya tu desprecio es vano,

y es vano ya tu favor.

Su imperio, Nise, perdieron

sobre mí tus labios rojos,

y ya no saben tus ojos

la vía del corazon.

Tú en mi voluntad mandabas,

pero ya ese don perdiste;

si ora estoy alegre ó triste

tú no me lo haces sentir;

pues contigo me disgusta

la selva, el monte y el prado;

en cualquier sitio hallo agrado

como me encuentre sin tí.

Seré contigo sincero;

aun me pareces muy bella,

pero ya no eres aquella

que yo juzgaba sin par.

Y, la verdad no te ofenda,

en tu rostro y en tu aspecto

ora noto algun defecto

que ántes creia beldad.

Al arrancarme la flecha,

lo confieso sin cuidado,

sentí el pecho destrozado

y pensé que iba á morir;

pero por no verse preso,

 

de la cárcel libertarse,

 

y á sí mismo conquistarse,

todo se puede sufrir.

Cogido en la red el pájaro,

lucha por salir, se queja,

y en ella las plumas deja,

mas cobra su libertad.

Al poco tiempo, las plumas

que el ave perdió, renueva,

y cauta, con esta prueba,

ya no se deja apresar.

Tú no creíste apagado

de amor el fuego en mi pecho:

si de ello hablo sin despecho

es porque callar no sé.

Nise, el instinto me obliga

á  decirte hoy en mi abono, que yo cual todos razono sobre el riesgo que pasé. Despues del combate crudo cuenta el guerrero sus males, y le agrada las señales

de sus heridas mostrar. Así, contento el esclavo, libre de opresion agena, muestra la dura cadena que le hicieron arrastrar.

Hablo, y solamente hablando satisfacerme procuro,

y de saber no me curo si me prestas atencion. No quiero saber tampoco si hallas mi lógica buena, ni si irritada ó serena escuchando estás mi voz. Pierdo, Nise, una inconstante, y tú un corazon sincero;

 

no sé cuál será el primero

 

que se deba consolar.

No encontrarás en el mundo,

 

Nise, otro tan fiel amante,

y otra mujer inconstante

es muy fácil encontrar.

 

 

 

 

 

 

TERCERA PARTE.

 

 

 

 

 

NARRACION SOCIAL

 

 

 

 

 

 

LA LEY DEL HONOR.

 

 

 

 

 

 

N              

 

 

 

 

 

 

I.

 

 

 

 

 

 

En los primeros años de la juventud, el corazon del hombre se abre á los grandes afectos. Las impresiones de la niñez se borran; las de la juventud se graban; en la edad madura, el corazon es receloso y se guarda; en la vejez, es refractario á los nuevos sentimientos. Y esto se explica bien. En la primera edad se vive de esperanzas: las esperanzas son el sueño de las ilusiones. En la edad provecta se vive de la realidad: la realidad lo analiza todo, y el alma no acepta las simpatías del momento. En la vejez se vive de recuerdos: los recuerdos son nuestra segunda vida.

 

En la niñez ama el ser á sus padres; en la juventud, á su amante; en la edad madura, á su familia; en la vejez ama las memorias de aquellas tres épocas.

Las corrientes de la vida lo arrastran todo, y todo perece; pero hay un sentimiento que nunca muere, un rayo de luz que nunca se apaga: el amor de la juventud

¡Oh juventud, primavera de la vida! exclamo con un poeta; y esa exclamacion se escapa de mis labios al contemplar el risueño cuadro que voy á ofrecer al lector para empezar mi narracion.

El cuadro presenta un gabinete lujosamente amueblado, de una casa en la calle de las Infantas, de Madrid. Encima de un velador

 

hay flores, pulseras, cintas, prendidos, y guantes que no han perdido todavía la forma del molde; en un confidente está como recostado un vestido azul celeste. Si todo este atavío no anunciara preparativos de fiesta, bastaría fijarse en las caras de dos jóvenes, casi unas niñas, que con la alegría en los ojos y la emocion retratada en sus movimientos, consultaban en un espejo de cuerpo entero el efecto que hacía una berta de encajes que acababan de arreglar.

 

—Te sienta muy bien, Piedad. Estás muy linda—dijo una. —¿De veras, Elena?—preguntó la otra con tono de duda, que

desmentía su misma mirada de satisfaccion, fielmente retratada por la luna del espejo donde se contemplaba.

—Estoy segura de que en los salones de la Condesa del Rio no habrá esta noche una muchacha más bonita ni más elegante que tú.

 

—Habrá otra.

—No lo creo.

—Sí; tú, Elena.

Y al decir esto, Piedad depositó en la frente de su amiga un beso tan cariñoso como expresivo.

Piedad Puente era una niña de diez y seis años, alegre como el sol de primavera, viva, locuaz, impresionable; su carácter abierto y su falta de experiencia de mundo la hacían aparecer irreflexiva y dar intencion á la más inocente de sus acciones; la misma bondad de su corazon, la misma confianza que le inspiraba la tranquilidad de su conciencia, le servían de escudo para no detenerse á pensar. Era, segun la feliz expresion del vulgo, una loquilla.

Tenía Piedad en su persona la fuerza de la atraccion, pues se captaba la simpatía del que hablaba una vez con ella; era la alegría de su casa, y de todo el vecindario, que se disputaba su compañía, sabiendo que adonde iba, huían las penas y se calmaban los dolores; su risa era comunicativa, casi puede decirse que era contagiosa; en su presencia nadie lloraba, porque poseía el secreto de disipar las nubes de la tristeza; sus párpados no se habían quemado con el calor de la primera lágrima: no habiendo aprendido

 

á  llorar, quería que nadie sufriera; sospechaba que el dolor era una mentira forjada por los hombres para atormentarse.

 

Su alma estaba abierta sólo á las impresiones agradables de la vida, porque no había sentido la menor contrariedad; era capaz de querer hasta el frenesí y no sabía aborrecer; era una mariposilla que acababa de romper su capullo; jugueteando revoloteaba, deslumbrándose con los colores de sus pintadas alas, y adormeciéndose con la rica esencia de las flores; gustaba el sabroso jugo de la rosa y del clavel, sin saber que en el jardin hay azucenas, cuyo perfume desvanece, y matas que en sus hojas guardan letal veneno.

 

Su belleza competía con la de la miniatura más perfecta: alta, esbelta, elegante, tipo de salon por sus modales escogidos, por su esquisita finura; su cutis era como el ampo de la nieve; sus ojos, azul de cielo, medio dormidos con languidez encantadora, sin la menor afectacion; sus cabellos rubios y rizados como los de los querubines que pintan en los retablos de las iglesias; su boca, pequeña como un piñon; su nariz, afilada.

El retrato físico de Elena Molina no era ménos atractivo; no tenía elevada estatura, pero en cambio, sus formas redondas parecían hechas á torno; la belleza de su rostro no hubiera resistido al análisis buscándola en los detalles, mas el conjunto ofrecía ese no sé qué inexplicable que en la primera impresion cautiva, que despierta instantáneas simpatías, que arrastra á los hombres y acaba por volverlos locos.

Su mirar era siempre intencional; sus pupilas, negras como el azabache, brillaban cual luceros en noche oscura, revelando el fuego interior que la devoraba; y aquellos ojos tan vivos tomaban á veces un carácter de tranquilidad tan aparente, que podía oreerse que Elena escondía en la córnea diferentes pupilas, para asomarlas á los párpados representando encontradas emociones.

Su boca era grande, pero de movimiento tan gracioso que parecía estudiado para enseñar sus magníficos dientes; y á los lados se formaban dos hoyuelos que hacían juego con otro que lucía en la barba.

Su cútis estaba ligeramente tostado, sin ser moreno; su nariz era perfecta y sus manos, delicadísimas.

En fin, Elena era de esas mujeres que sin mirar á los hombres los prenden; que van por la calle y se vuelven hácia ellas, los jóvenes

 

para seguirlas, los viejos para detenerse á contemplarlas, lamentando los años que les pesan, y las mujeres para envidiarlas. Elena era irresistible.

 

Su carácter era dulce como su fisonomía; nunca se alteraba, pero sufría en secreto; tomaba parte tan activa en los dolores ajenos, que por atender á calmarlos, olvidaba sus propios padecimientos; poseía excelente corazon, donde se aposentaban los sentimientos más nobles, desde el amor puro hasta la santa caridad; era pensadora por instinto, y en sus meditaciones adivinaba los peligros que desconocía en su inexperiencia de mundo; era, en una palabra, una vieja de diez y seis años.

 

Piedad y Elena vivían, por decirlo así, en familia, aunque una pared separaba sus habitaciones; en   K, cuando apenas tenían siete años, sus padres alquilaron los dos cuartos segundos de la misma casa. La proximidad, el contínuo trato de vecinas y la simpatía estrecharon íntimas relaciones, no interrumpidas una hora en nueve años; juntas se desarrollaron; juntas sintieron la primera palpitacion de sus corazones. Sí; porque en un mismo instante, dominadas por idéntica impresion, agitó el amor sus almas; el amor estrechó los vínculos de la amistad.

 

Los padres de Elena y de Piedad tenían dos hijos; inclinados á la carrera de las armas fueron al colegio de Valladolid, de donde salieron de alféreces de caballería. Alberto Puente y Leopoldo Molina corrieron por España algun tiempo, y hacía un año que habían vuelto á Madrid, destinados de tenientes á un regimiento de lanceros.

 

Y en ese año sucedió lo que suele suceder á los jóvenes que se ven á todas horas. Alberto acoderó del corazon de Elena, y Leopoldo del de Piedad, sin que sus madres enteradas desde el primer momento de la correspondencia amorosa, la contrariaran, pues vieron con placer, que iban á estrecharse más los lazos de las dos familias.

 

Ya introduje al lector, en una tarde de Diciembre de G H , en el gabinete de la casa de Puente, donde Elena y Piedad preparaban sus trajes para el sarao que daba aquella noche la Condesa del Rio; risueñas ilusiones deslumbraban la fantasía de las dos niñas, que iban á hacer su entrada solemne en el gran mundo; y fácil es

 

calcular que no pensaban ni hablaban ha más que de la música y de la animacion de los salones, que veían por el prisma del primer ensueño de la juventud.

 

Había, sin embargo, diferencia entre la agitacion de ambas. Elena se animaba con la idea de lucir sus galas por agradar á Alberto; Piedad amaba á Leopoldo, pero soñaba en el momento de confundirse con la turba que había de contemplarla y de celebrar su belleza; y no era en ella este deseo sentimiento de coquetería, sino necesidad de dar expansion á su alma, demasiado comunicativa; la inquietaba la curiosidad por ver lo desconocido.

Para apreciar mejor á las jóvenes, oigamos el diálogo que entablaron después que Piedad quitó de sus hombros la berta de encajes.

—Han dado las cinco,—dijo Elena,—y aun tenemos que peinarnos y arreglar las coronas de flores.

—Por desgracia, nos sobra tiempo,—repuso Piedad,—pues parece que el reloj se empeña hoy en andar muy despacio. ¡Quisiera que el tiempo tuviese alas!

—¡Qué impaciente eres! ¡Te acabas la vida con la viveza de tu génio!

—¡Quién fuera como tú! Estoy segura de que si ahora te prohibieran ir al baile, te quedarías conforme, sin estrenar tu vestido de seda, sin pisar los salones de la Condesa y sin oir la música.

—No, Piedad; me disgustaría quedarme esta noche en casa, pues tengo deseos ele ver un baile; pero me conformaría pronto si Alberto me acompañaba.

—¡Vaya! No puedes querer á Alberto más que quiero á tu hermano; pero nada tiene que ver el amor con la satisfaccion de una fiesta tan inocente, en que hemos de gozar tanto; ¡porque pienso divertirme mucho, Elena! ¡Eso no es pecado!

—Conociendo tu carácter y el de Leopoldo, temo que éste sufra allí viéndote obsequiada.

—Discurres siempre como las viejas, mi querida Elena. ¡Quién pudiera quitarte ese defecto!

—¿Qué dices?

—Es claro; siempre me estás sermoneando, como si no contaras los mismos años que yo, y como si temieras alguna imprudencia por

 

mi carácter alegre.

 

—¡Ay, Piedad! Por instinto comprendo que toda la reflexion es poca para vivir en el mundo sin peligro.

—¡Ea! Ya estás en el púlpito; naciste para misionera, pero no tienes ni edad ni figura para predicar.

—¿Por qué?

—Porque para sermonear es preciso ser un vejestorio, tener la cara arrugada, el gesto y los ojos feroces, y tú tienes una cara muy bonita para que nadie haga caso de tus reflexiones.

Piedad abrazó á su amiga, que le dijo con su tono siempre sentencioso:

—Porque te quiero como hermana, me permito aconsejarte.

Leopoldo te ama con idolatría, y como es algo receloso...

No, Elena—le interrumpió riéndose;—sobra á esa palabra la primera sílaba: tu hermano es celoso.

—Y si lo es, correspondiendo á su cariño, ¿por qué no estudias la-manera de calmar su espíritu?

¡Bueno fuera! Leopoldo no tiene el menor motivo de queja de mí, porque no pienso más que en él; pero siempre me está acechando desde sus balcones para ver si me asomo á los mios, y no puedo nombrar á ninguno de sus amigos de casa sin que me ponga un gesto de maestro de escuela enojado; ¡y eso no es justo! Mientras no haya causa, no debe atormentarse ni atormentarme.

—Él no puede remediarlo; es defecto de su carácter. —Pues es preciso que lo remedie, porque cada vino tiene su

carácter, y el mio es comunicativo, sin que nada ni nadie le robe uno solo de mis pensamientos, una sola de mis miradas.

—Lo sé, querida mia; no puedes esconderme tus impresiones; leo en tu corazon, como tú en el mío, y no ignoro cuánto amas á mi hermano; pero sé también que él sufre.

—Hace mal, Elena. ¿Quieres creer que desde que me convidaron al baile frunció las cejas y se puso de mal humor?

—Tú lo dijiste: es celoso.

—Pero ¿de quién tiene celos?

—De todos los hombres.

—¡Eso es insufrible! Cuando nos casemos, no he de encerrarme en una celda para hacer vida monástica; mamá dice que debo entrar

 

en el mundo para aprender á tratar con las gentes. ¿Por qué desconfía de la mujer que le ama?

 

—Los celos...

—Ya le quitaremos esa manía—dijo Piedad riéndose;—él se convencerá de que pierde el tiempo en dudar de mí. Además, cuando me vea esta noche en traje de baile, hecha un figurin del Correo de la Moda, se regocijará, y como todas mis preferencias serán para él, aunque baile con otros, acabará por tranquilizarse.

—¿Vas á bailar con otros hombres?

—Por supuesto; mamá dice que es de mal tono consagrarse en los salones á un hombre, aunque éste sea el novio. ¡Seríamos la fábula de los concurrentes!

—Vale más que no bailes ni con Leopoldo ni con ninguno. ¿Estás loca? ¿Dejar de bailar? ¡Pues si deliro á la idea de seguir

el compás y de aturdirme con el ruido de la orquesta! Elena hizo un gesto expresivo, y Piedad le preguntó: —¿Por qué haces esa mueca? ¿No piensas bailar? —Sí.

—Entónces...

—Ten en cuenta que Alberto no es celoso como Leopoldo.

—Pues que aprenda tu hermano del mío.

—Silencio, Piedad; ha sonado la campanilla, y deben ser ellos. Los ojos de las jóvenes se animaron al sentir pasos en la sala;

abrióse la puerta del gabinete y aparecieron Alberto Puente y Leopoldo Molina, que estrecharon las manos de sus amantes con la satisfaccion pintada en los rostros.

—¡Hola!—dijo Alberto.—Ya veo aquí todo preparado; van ustedes á llamar la atencion en los salones de la Condesa.

¿Qué te parece mi traje, Leopoldo? Preguntó Piedad con la cara muy risueña.

—Bien—contestó el jóven encogiéndose de hombros, en ademan de indiferencia.

—¡Qué disgustado vienes! ¿Te ha pasado algo?

—No le preguntes, Piedad—repuso Alberto sonriéndose,—porque está hoy destemplado. ¿Quieres creer que no tiene ganas de ir al baile?

—¿Por qué?—preguntó Elena.

 

—No sé; pretexta que como mañana entramos de semana en el cuartel, hay que madrugar, y no es agradable el servicio militar despues de una mala noche.

 

—¡A los veinte años!—exclamó Piedad.

—A los veinte años!—observó Leopoldo—quiere un hombre su cuerpo lo mismo que si tuviera cuarenta.

—¡Parece imposible!—dijo Elena.

—Vamos—agregó Piedad con tono afectuoso;—no me quites la ilusion de estrenar mi vestido celeste, pues si no vas al baile, tampoco iré yo.

La fisonomía de Leopoldo se animó con aquellas frases lisonjeras de su amante, y cogiéndole una mano, dijo:

—No te robaré tu ilusion, Piedad; iremos al baile.

—Gracias; me habías alarmado. ¡Ya verás cuánto nos divertimos!. Y los cuatro jóvenes se prepararon para asistir al sarao de la

 

Condesa del Rio.

 

 

 

 

 

II

 

 

 

 

 

El gran baile de la Condesa estuvo magnífico, y entre las bellezas que llenaban los salones, precioso ramillete de flores, llamaron la atencion dos botones de rosa, apenas entreabiertos, que aparecían por primera vez en el jardin del mundo... Pero dejemos dormir á Piedad y á Elena, que el cansancio de la fiesta y la agitacion natural de nuevas emociones exige el reposo, y vamos á otra parte, donde nos llama el deber de fieles narradores.

 

Llevo al lector al antiguo cuartel de Guardias de Corps. Entramos, sin permiso de los centinelas, en el cuerpo de guardia, donde hay algunos oficiales de Caballería prestando servicio; á pesar de la animacion que reina en todas partes cuando se encuentran reunidos varios jóvenes, hay allí uno, recostado en un sillon, con la cabeza apoyada en la mano, en actitud de profunda meditacion.

 

—¿Qué le pasa al teniente Molina.—preguntó un alférez.—Parece que hoy pisó mala yerba,

El oficial aludido no se movió.

—¿Qué es eso, Leopoldo?—añadió otro alférez de su escuadron. —¿Te echó algun trepe el coronel? Si es así, no hay más que tragar saliva, compañero.

El teniente siguió inmóvil.

—Leopoldo es militar exacto, y nunca da motivo para recibir reprensiones de sus jefes—dijo un teniente que á la sazon entraba en el cuerpo de guardia.

—¡Hola, Puente! Siempre sales á la defensa de Molina.

—Leopoldo es mi hermano.

—Entonces, sabrás lo que tanto le preocupa. —Ya lo creo; su preocupacion tiene otro nombre. —¿Cuál?

—Sueño—contestó Alberto riéndose.

—¡Vamos! ¿Hubo velada?

—Sí: fuimos al gran baile de la Condesa del Rio, de donde salimos al amanecer, con el cuerpo rendido; y no nos hizo gracia, en vez de meternos entre sábanas, cambiar el clac por el chascás, el frac negro por la levita azul, y los guantes de cabritilla por los de ante, para venir al cuartel á cuidar del pienso de los caballos.

Alberto se acercó á su amigo y le tocó en el hombro para preguntarle en voz baja:

—¿Qué tienes, Leopoldo?

—Nada—contestó éste con desden, sin levantar la cabeza. Puente marcó en un gesto el disgusto por ver abatido á su

 

compañero, comprendiendo la causa de aquella preocupacion, que había calificado de sueño para que los oficiales no le molestaran, y evitar una escision, fácil de promover por el carácter violento de Molina.

Tiempo es ya de fijarnos en los dos jóvenes que tan importantes papeles deben representar en esta narracion, como miembros de las familias que tan estrechamente unidas vivían en la casa de la calle delas Infantas. Compañeros desde niños, se querían como hermanos.

 

Alberto Puente era noble, reflexivo, con el corazon de un hombre y el alma de un niño; la bondad era en él ingénita; era capaz de pelear con el valor de un leon y de llorar con la ternura de una mujer. Los jefes les distinguían por su puntualidad en el servicio y por el respeto que guardaba á la ordenanza, pues para él era sagrado el pundonor del militar. Adoraba á sus padres y á Piedad; amaba con delirio á Elena; y después de Elena y de sus padres, quería como hermano á Leopoldo.

 

Alberto, á los veinte años era hermoso; no había en el regimiento de lanceros oficial que llevase el uniforme con más gallardía, y cuando pasaba á caballo por las calles, muchas niñas se asomaban

á  los balcones para verle; pero como Alberto no pensaba más que en Elena, ninguna mujer robaba á ésta una sola mirada de aquellos magníficos ojos negros; y aunque Elena no hubiera dominado por completo el alma del jóven, como domina casi siempre el primer amor, él no le hubiera hecho traicion, porque era esclavo de sus deberes.

Leopoldo no tenía más amigo que Alberto; su carácter susceptible se arrebataba hasta la locura en la excitacion de sus pasiones, que se desbordaban fácilmente; amaba con frenesí á Piedad, pero dudaba de ella; no sabiendo apreciar el génio en las personas que trataba, su suspicacia le perdía, y sin la bondad natural de su único amigo, que aprendió á contenerle en sus arrebatos, más de una vez se hubieran roto los lazos de tan entrañable afecto; pero cuando su razon recobraba la calma, pedía perdon á Alberto, porque en el fondo Leopoldo era bueno.

Su figura era agradable en la apariencia, pues como el mar cuando se encrespa, su fisonomía tomaba un aspecto de temible fuerza, sin que le valieran los consejos de su compañero, que en diferentes ocasiones se había interpuesto para evitar que su espada, que saltaba en seguida de la vaina, le expusiera á lances comprometidos.

Alberto estaba inquieto, porque en el baile observó á Leopoldo, comprendiendo la agitacion de su espíritu, y temió por Piedad, que podía ser víctima de alguna inconveniencia de su amante, por más que ella no diera motivo. Leopoldo, en el baile se contuvo en los límites de la buena educacion, pero después, la tormenta rugía

 

sorda en su pecho y amenazaba estallar con violencia; su compañero le conocía bien y callaba, proponiéndose, cuando estuvieran solos, calmar con sus buenos consejos aquella injustificada excitacion.

La fisonomía de Leopoldo se fué nublando á medida que las horas pasaban, y maquinalmente cumplió con el servicio militar; á las nueve de la noche, hora en que los oficiales se retiran del cuartel, salió sólo, y sin duda para respirar el aire libre ó para buscar expansion á su atribulado espíritu, se dirigió al campo por el portillo del Conde-Duque.

Un oficial le siguió á alguna distancia, envuelto en su capote, porque la noche estaba muy fría. Lejos ya de la ciudad, oyó Leopoldo que le llamaban; sorprendido, volvió la cabeza y marcando en su rostro un gesto de profundo disgusto, dijo:

—¿Por qué me sigues, Alberto?

—Para tranquilizar tu ánimo; creo que es locura venir al campo á estas horas.

—Me sofoco en las calles, y busco aire, mucho aire para mis pulmones oprimidos.

—Ven—dijo Alberto con cariño, cogiéndole del brazo.—¿Qué tienes?

—Nada—contestó con aspereza.

—Soy tu amigo, soy tu hermano, y tengo derecho á pedirte explicaciones.

—A nadie concedo ese derecho; déjame.

—¿Te has vuelto loco, Leopoldo?

—No sé; quiero estar solo.

—Y yo no quiero dejarte, porque es deber del cariño aplicar bálsamos á las heridas de los amigos.

—¡Las heridas!... ¡Ay, Alberto! ¡Sufro mucho!

—¿Ya suspiras? Ahora podemos entendernos; ábreme tu corazon.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Porque, como siempre, dirás que no tengo razon.

—Eres injusto conmigo, porque estás ofuscado.

—No, Alberto; la herida de mi pecho es profunda y no tiene cura.

 

—¿Quién te hirió de modo tan cruel?

 

—Piedad.

—¿Mi hermana?... ¡Deliras, Leopoldo!

—¡No!

—Piedad te ama con todo su corazon.

—Esa es una frase gastada para engañar á los necios.

—¿Dudas de mí?

—¡Dudo de todos!—exclamó Molina con desesperacion.

—¿De mí tambien?—preguntó Alberto con sentimiento.

—Tu hermana no me comprende; mejor dicho, tu hermana no me quiere.

—Estás loco; te lo repito.

—No estoy loco—gritó Leopoldo exasperado.—

La mujer que ama no va á un baile á reírse y á gozar con las miradas de los hombres, á entregarse en sus brazos para seguir el compas, sin notar que el corazon ele su amante se rompe en pedazos á impulsos de un fiero desengaño.

—Leopoldo, en tu ceguedad ofendes á mi hermana, pura como la más pura de las mujeres. Elena, á quién amo con delirio, bailó anoche con otros hombres, sin que me quejara, porque el deber social...

—Peor para tí—interrumpió Molina bruscamente—si te conformas con eso que llamas deberes. ¡No puedo, no quiero conformarme con ellos!

—Culpa á la sociedad...

—¡No!—prorrumpió Leopoldo desatentadamente.—A quien culpo es á Piedad.

—¡Leopoldo!

—¡No quiero callar, porque necesito dar desahogo á mi justa cólera! ¡Tu hermana es una coqueta!

—¡Leopoldo!... ¡Oh! ¡Eres un insensato!

—¿Insensato yo?... ¡Ah!...

Molina, frenético, levantando la mano, la dejó caer sobre la mejilla de su hermano Alberto, que lanzó un rugido feroz, como el leon de las selvas cuando se siente herido, y llevó el brazo derecho á la empuñadura de su espada; pero permaneció en aquella actitud hostil algunos segundos, en que la sangre, agolpada á su cabeza,

 

fué bajando poco á poco y devolviendo la tranquilidad á su espíritu.

 

Entonces dijo:

—¿Qué has hecho, Leopoldo?

—¡Castigar tu atrevimiento! ¡Devolverte el insulto! —Olvidaste que soy tu hermano, y no quiero olvidarlo; entre

nosotros no puede levantarse el fantasma de la muerte que evocaste con tu insensata conducta.

—¡Insensata!... ¿Otra vez?

—Sí, otra vez, Leopoldo. Sólo tú en el mundo, habiendo manchado mi honra, existirías todavía. Te perdono la ofensa que inferiste á mi hermana; te perdono la que acabas de inferirme, porque estoy seguro de que la razon acude ya en tu auxilio y vas á tenderme los brazos. No podemos reñir; dime que aceptas el perdon que te concedo.

—¡A nadie me humillo!—exclamó Molina, verde de cólera, desenvainando su espada.

—¿Qué haces Leopoldo? Vuelve en tí; no podemos cruzar nuestras armas. ¡Dios y nuestras familias nos están mirando!

—¡Defiéndete, Alberto!

—¡No!—gritó éste, cruzándose de brazos.

—¿No te bates? ¡Eres un cobarde!—dijo azotándole el cuerpo con la hoja de su acero.

—¡Ah! ¡Esto es demasiado!—exclamó Alberto fuera de sí.—¡En guardia, en guardia, y Dios te perdone!

Sacó la espada, y se arrojó sobre su agresor, que paró el golpe que iba al corazon. La luna, que alumbraba débilmente, envió entonces un rayo que iluminó de lleno la cara de Leopoldo; y su amigo, su hermano, sintió que el acero se le caía de la mano; volvió en si, y púsose á la defensiva, pero su contrario le acosaba ciego, no oyendo las voces que le daba para que suspendiera sus golpes; en una parada, presentó Alberto el arma horizontal y tocó en seguida con el puño el pecho de Leopoldo Molina, que cayó, exhalando un gemido sordo.

Alberto dió un grito espantoso y se arrojó sobre el cuerpo de su amigo, que tenía en los ojos marcada la muerte.

—¡Hermano mio!—exclamó con el arrebato del demente.

 

El rayo de luna alumbraba la cara de Leopoldo; no había en ella ni la expresion del dolor de la herida, ni las contracciones de la ira; la reaccion se había verificado en aquel momento supremo. Parecía el ángel del consuelo. El moribundo tendió la mano derecha, y cogiendo la de su amigo, le dijo con expresion de ternura:

 

—¡Me he suicidado!.... ¡No hay remordimiento para tí en mi

muerte!.... ¡Pobre Piedad!... ¡Pobre madre mia!.... ¡Perdóname!

—¡Ah, no! ¡Morir tú!.... ¡Leopoldo!....

Alberto cogió la espada por la empuñadura y la sacó del cuerpo de su amigo, que dobló para siempre la cabeza. Entonces le besó en la frente, y dió á correr por el campo como un loco, pidiendo á la lima y á los árboles, únicos testigos de su desgracia, la vida de aquel hombre sacrificado á la ley del honor; pero la luna seguía enviando tranquilamente sus rayos á la tierra, y los árboles seguían agitando mansamente sus hojas, sin tomar parte en su dolor, sin prestarle un consuelo.

Volvió Alberto en sí, y acercándose de nuevo al cadáver, permaneció algunos minutos inmóvil, con los brazos cruzados, contemplándole; después dobló una rodilla en tierra, colocó el puño de su espada sobre la frente de su amigo y pronunció con tono solemne estas palabras:

—¡Juro sobre la cruz de esta espada no volver á ceñirla, ni medir mis armas con ningún hombre, aunque la sociedad se desplome encima de mi cabeza!

Besó otra vez aquella frente, que guardaba un juramento sagrado, y enderezó sus pasos hacia la ciudad. Cuando llegó al portillo, tuvo que detenerse para enjugar sus lágrimas. ¡Lloraba como un niño!

Detrás de aquella tapia le aguardaba el mundo; el mundo, que en aquel lance de honor podía ver un crimen; pero no había más testigos que la luna y los árboles, y éstos no comparecen en juicio. ¡Era preciso vivir!...

En su casa le aguardaban su madre y la madre de Leopoldo; su amada Elena, hermana del muerto; su hermana Piedad, amante de Leopoldo.

Un rio de sangre había separado á aquellas dos familias, unidas, al parecer, por eternos lazos.

 

III .

 

 

 

 

 

Han pasado cuatro años.

 

Cuatro años, para la corriente de los sentimientos, representan un siglo en la existencia agitada de la corte, donde vemos cruzar las figuras como en perpetuo panorama, sin que lleguen á fijarse las impresiones que producen en el alma.

En Madrid, las gentes se confunden, se abrazan, se tutean sin conocerse las más veces; y así se separan y dejan de verse sin echar de ménos ni su presencia ni su trato.

En provincias es otra cosa; deslindados los campos, las personas se conocen, y por tanto, se reservan para no entregarse. La familiaridad es peligrosa, sobre todo en los grandes centros de poblacion, donde es fácil preparar sorpresas que afectan á nuestra honra ó á nuestro bolsillo.

El olvido es un agente poderoso que nos favorece en las situaciones difíciles; cuesta poco olvidar al amigo que en la conversacion ó en las cartas llamamos querido; á ese amigo que nada nos interesa, á quien prestamos un duro haciendo una mueca de disgusto, á quien, por cumplir con un deber social, vamos á despedir al tren cuando viaja, y á quien, por último, si se muere, seguimos detrás del carro fúnebre pie le lleva al cementerio, sin que en nuestra pupila sintamos el calor de una lágrima escondida. En el teatro de la vida jugamos á los amigos como los actores en la escena copian á los amantes; representamos bien los papeles, simulando á la perfeccion el sentimiento. Todos nos engañamos; todos lo sabemos y vivimos contentos y conformes con esa mentira social.

El olvido es moneda corriente en lo que por mal nombre llamamos amor. Cuesta más trabajo querer que olvidar, y esto, que parece paradoja, se explica fácilmente en la práctica del mundo; el amor nos obliga á estudiar un papel, á sufrir contrariedades; en una palabra, á mentir; mientras que el olvido es espontáneo y nos deja libres de trabas que molestan. Unos hacen el amor por costumbre;

 

otros, por entretener el tiempo; otros, por satisfacer la vanidad, y no pocos, lo que es peor, por dar gusto á su pérfido instinto de destruir sentimientos y de herir corazones. Los que aman sin amar, se engañan ellos mismos y pierden el juego.

Se ha escrito tanto sobre el amor, que sería imposible dar una nueva definicion de ese afecto. Yo también me permití describirlo hace muchos años, más de los que quisiera contar; al calor de la primera juventud, siempre presuntuosa, escribí este pensamiento en mi novela Anatomía del corazon:

«El amor es un pozo de agua cristalina, pero la humanidad lo revuelve y saca sólo el cieno del fondo.»

Mi querido amigo Severo Catalina escribía en aquellos dias sobre mi mesa de la redaccion del periódico político El Estado un libro que nunca morirá, más afortunado que su insigne autor: La Mujer. En una de sus páginas honró el pensamiento de mi novela, que, segun su frase, «encierra un mar inmenso de desconsuelo.» Y como correctivo á mi apreciacion, puso al pié de la máxima estas líneas, que nunca se borrarán de mi memoria:

Con permiso del galante anatomista del corazon donde dice la humanidad, hubiéramos escrito nosotros: la juventud veleidosa y descreida del siglo XIX.

«Esto nos parece más exacto. Amicus Plato, sed magis amica veritas.» 

 

El consejo de tan docta pluma abrió nuevo horizonte á mi inteligencia. Y corolario de aquella rectitud en la manera de pensar ha sido mi propaganda posterior en pro de la mujer y de la familia.

 

Acaso me señale alguno con desconfianza los renglones en que acabo de consignar principios contrarios á la amistad y al amor; pero ¡líbreme Dios de lastimar ni con el pensamiento la pureza de los legítimos afectos! El amor y la amistad son las dos cuerdas de mi lira que siempre hirió mi alma con el entusiasmo de la verdad. ¿Acaso eso que en el mundo se llama amistad y amor está en consonancia con sus nombres? ¿Acaso los verdaderos sentimientos se ensayan para representarlos con propiedad? No vemos á los hombres cambiar de mujeres y de amigos, como los actores se mudan de trajes para aparecer en la escena? ¡Pobres mujeres que se dejan prender en las redes de esos histriones, pues quedan

 

llorando su desventura, y oyen el aplauso que se tributa al vil que las abandona á su desesperacion, llevando un inglorioso triunfo como trofeo! ¡Eso no es amar!...

 

No quiero aceptar la desconsoladora expresion del desgraciado poeta cubano Plácido, que escribió á su esposa en la capilla estas palabras: «No dejo memorias á ningun amigo, porque sé que en el mundo no los hay». Tampoco diré con San Jerónimo que «el amor no es más que un olvido de la razon.»—¡No! Rendí ferviente culto á la amistad y al amor, y ese culto me inspira estas páginas.

El olvido sería un bálsamo para las heridas del alma si el alma se dejara curar; el alma es rebelde á todo tratamiento; cuando el mal se apodera de ella, termina con la muerte.

La amistad tiene en el corazon un trono; el amor, un templo. Si la etiqueta y la mentira social se disfrazan en el mundo para profanar los sentimientos, respetemos á los que hacen de la amistad un sacerdocio y del amor una religion. ¡El corazon tiene sus mártires!

 

En el mundo están.—¡Paso á Alberto Puente y á Elena Molina!

 

 

 

 

 

IV

 

 

 

 

 

El reloj colocado sobre el mármol de la chimenea, en el elegante gabinete de una casa de la calle de Recoletos, de Madrid, dio doce campanadas, y el agudo timbre sacó de su enajenacion á cuatro personas que á aquella hora se hallaban allí reunidas, en una noche de Febrero de H U.

 

En la chimenea no había más que brasas, pues los troncos se consumieron, sin que los reemplazaran con otros para sostener la llama. Á la derecha, en un sillon, dormitaba una señora. A la izquierda, sentados en una marquesita, dos jóvenes hablaban poco, pero se miraban mucho, y adivinábase que para comprenderse no necesitaban comunicarse con palabras; eran dos amantes que se veían todas las noches, y viéndose, se consideraban felices,

 

invadiendo el porvenir. En un diván se hallaba recostado un joven que no dormía ni estaba despierto; con la cabeza apoyada en la mano derecha, y con la izquierda escondida entre la camisa y el chaleco, ó meditaba profundamente, ó se hallaba poseído de alguna preocupacion.

 

La campana del reloj hizo abrir los ojos á la señora, levantar la cabeza al joven del diván, y poner en pié al amante, como si hubiera oído el toque de retirada; estrechó con efusion la mano de la jóven, diciendo solamente:

—Hasta mañana, Piedad.

Lo que faltaba de expresivo á la frase lo completaron sus ojos. Y de los lábios de Piedad salió otra frase expresiva, disfrazada con esta lacónica y vulgar despedida:

—Adios, Patricio.

El llamado Patricio saludó á las otras dos personas, y salió del gabinete; la traidora cortina de damasco de la puerta, al levantarse, sirvió de pantalla para cortar la corriente eléctrica de la última mirada: mirada que tiene solucion de continuidad, pues se envuelve en los pliegues de la capa del amante que se va, y revolotea alrededor de la almohada de la amada que se queda.

—¿Qué tienes, Alberto?—preguntó la señora al jóven.

—Nada, madre mía—contestó él encogiéndose de hombros.—Lo de siempre.

—¡Parece imposible! ¡Encerrado en casa á tu edad!

—No te sorprenda mi retiro; el mundo no me ofrece atractivos. Interrumpió el diálogo un criado, que presentó á la señora una

 

carta en una bandeja de plata, retirándose en seguida. Rompió ella el sobre, y pasando la vista por una tarjeta

 

litografiada, dijo:

—La Condesa del Rio nos convida para su gran baile del mártes. El joven se estremeció, y ocultando su impresion, repitió el

nombre, sin saber lo que decía:

—¿La Condesa del Rio?...

—Sí. Demasiado amable es con nosotros, pues siempre nos invita, á pesar de que hace cuatro años no asistimos á su salon.

—¡Cuatro años! repitió Alberto, pasándose las manos por los ojos.

 

—Bien me acuerdo—dijo Piedad,—allí hice mi entrada en el mundo, la víspera de la muerte del pobre Leopoldo.

Alberto dió dos vueltas en el diván, como si le hubieran pinchado en el cuerpo con alfileres, y exclamó:

—¡El pobre Leopoldo!... ¡Bien pronto le olvidaste, Piedad! —¡Pronto!... ¿Estás loco?... Sentí mucho su desgracia, pero no

había de llorarle toda la vida. Y bien mirado, hermano mío, estoy convencida de que no hubiera sido feliz con Leopoldo, porque tenía un carácter insufrible.

Alberto Puente suspiró para esconder el daño que en su espíritu abatido hacían aquellas palabras, pues despertaron un recuerdo espantoso.

—Era yo entonces una niña,—continuó Piedad,—y me dejé impresionar sin darme cuenta de lo que hacía. Ahora es otra cosa; no negarás que he hecho buena eleccion, pues Patricio es un hombre encantador. No es verdad, mamá?

—Sí, hija mía.

—Por supuesto, iremos al baile de la Condesa; ya es tiempo de cumplir con ella y de salir de este encierro á que estoy condenada por tu propósito de huir del mundo y por las rarezas de mi hermano. ¿Me complacerás?

—Yo no, Piedad; pero Alberto, siempre cariñoso contigo, te llevará al baile.

—¡Nunca!—exclamó el joven con ímpetu.

—¡Eres muy cruel!—dijo Piedad.

Y levantándose con aire de mal humor, salió del gabinete, sin depositar en la frente de su madre el beso con que todas las noches se despedía al irse á acostar.

—Ya lo ves, Alberto,—dijo la señora;—tu hermana se va enojada contigo. ¿No quieres acompañarla al baile de la Condesa?

 

—No—contestó secamente el jóven.

—¿Por qué?

—No me lo preguntes.

—¿Por qué?—repitió ella con un tono un tanta severo.

—No puedo decirlo; es mi secreto.

—¿Secretos conmigo?

 

—Sí, madre mía; sufro mucho; hace cuatro años que vivo muriendo.

—¡Tú sufres, hijo del alma!—exclamó la madre acercando su sillon al diván y cogiendo entre sus manos las de Alberto.—¿Hace cuatro años?...

—¡Sí, sí! ¡Cuatro años de tormentos!

—Esa es la época de la muerte de tu amigo Leopoldo Molina. —¡Calla por Dios, madre mia!

—¿Qué te pasa, Alberto? Pon la mano aquí, sobre mi corazon, y sus violentos latidos te dirán lo horrible de mi angustia. Hasta ahora creí que, por ser demasiado impresionable, la muerte de Leopoldo produjo una revolucion en tu ánimo; ví muchas veces tus ojos escaldados por el llanto que en vano querías ocultar; te vi inquieto, agitado, huyendo de las gentes; en tu ofuscacion abandonaste sin motivo á Elena, que te adoraba y de quien estabas locamente enamorado; pediste el retiro, cortando tu carrera en los primeros años de la juventud, dando lugar á comentarios que te favorecían poco, y por último, te encerraste en casa como un ermitaño; pero esas palabras que se han escapado ahora de tus labios me explican que existe una causa grande para tu trastorno moral. Como madre, como amiga, te pido por Dios que me abras tu corazon. Si en tu corazon hay algún pesar, debo saberlo. ¿Acaso tienes derecho á sufrir solo tus dolores? ¿No soy tu madre?

Alberto se llevó el pañuelo á los ojos, más para esconder que para enjugar las lágrimas que querían saltar, en la explosion que amenazaba á su alma.

—Sí, madre mía; llevo en el corazon una pena que me ahoga; no sé si es la pérdida de un afecto, ó el grito del remordimiento el que me atormenta.

—¿El remordimiento?.... ¡Ah! ¿Qué es lo que presiento?... ¡Habla,

Alberto, habla!

—¡Las paredes oyen!—murmuró el joven, sobresaltado, mirando á los cuatro ángulos del gabinete.

—¡Dios mio!—prorrumpió la madre con espanto.

Y levantándose precipitadamente, cerró las puertas, corriendo los pestillos.

—¡Estamos solos, Alberto! ¡Habla! ¡Cuéntamelo todo!

 

El jóven cogió con ambas manos la cabeza de su madre, y dándole un beso en la frente, la acercó á su pecho. Hubo un minuto de silencio, en que no se oía más que el fuerte latido de dos corazones, y siguiendo su compás, el seco tic-tac del reloj, que hacia estremecer á la madre y al hijo, creyendo sin duda que aquel testigo tenía lengua para delatarlos.

 

—No me falta valor para oírte, Alberto. Quiero saberlo todo, todo. —Todo lo sabrás; necesito desahogar mi alma y mi conciencia; mi

 

secreto ya no cabe en el corazon, que revienta con su peso. —Empieza—dijo la madre, temblando como el reo que va á oír su

sentencia.

Alberto lanzó un profundo suspiro, se limpió el sudor de la frente, y dijo:

—La muerte de Leopoldo está envuelta en el misterio; la justicia sobreseyó en la causa, no pudiendo encontrar al matador.

—¿Quién fué el asesino?—preguntó la señora de Puente con el ánimo suspenso.

—¡Asesino!—exclamó el joven.—¡No! Leopoldo Molina sucumbió en combate leal, en el campo del honor, víctima de una ofensa que infirió estando loco.

—¿Quién le mató?

—Yo.

—¡Ah!...

La madre que se había puesto en pié, cayó desplomada sobre la alfombra; Alberto la levantó, prodigándole caricias, y corriendo al tocador contiguo, le hizo aspirar un espíritu, con que consiguió reanimarla.

—¿Tú?...—exclamó la madre con acento de: amargura, acercando sus ojos á los de Alberto.-¿Tú hijo mió? ¿Tus manos están manchadas de sangre?...

Y rompió á llorar.

—Sí, yo... Ahora comprenderás por qué callé., tanto tiempo; temí que no tuvieras valor piara compartir mi pena; temí que me miraras con horror.

—¿Con horror, Alberto? ¡Qué poco conoces lo que puede el corazon de una madre, á donde llega su abnegacion! Ahora nada

 

temas; somos dos para defendernos y triunfaremos del mundo y de la justicia. Pero quiero saber los detalles de ese horrible suceso.

Alberto refirió á su madre la salida del cuartel en aquella noche, la ofensa inferida por Leopoldo á su hermana Piedad, su acaloramiento, el golpe con que hirió la mejilla de su amigo, la muerte del agresor, y por último, su juramento, causa de haber abandonado á Elena y pedido su retiro.

—¡Sin testigos!-exclamó la madre—¡Podrían perseguirte como asesino!

Al pronunciar esta terrible palabra, el reloj dio una campanada. La madre y el hijo ahogaron un grito, creyendo oir una voz sobrenatural que los delataba; levantóse ella, casi delirante, y acercándose á la chimenea, de un tiron arrancó la péndola, que arrojó al fuego, sin saber lo que hacía.

—¡Eres muy desgraciado, hijo mio!... Digo mal, somos muy desgraciados!

—¡Disculparás mi conducta comprendiendo cuánto habré sufrido en cuatro años. Dios no ha querido oirme, privándome de una existencia que para mí es carga pesada.

—¡No, Alberto! Tú no eres criminal; la ley del honor dictó la sentencia de muerte de tu amigo; su insensatez le condenó. ¡Pobre Elena!

—¡Ah! Me ví obligado á renunciar á ella, el sueño de mi porvenir: la adoraba y la sigo adorando, madre mía; huyo del mundo por no encontrarla en mi camino. ¿Podría yo ofrecerle una mano manchada con la sangre de su hermano, su misma sangre? La veo en mis sueños, y despierto la veo; lucho por olvidarla y su imagen está fija en mi retina y en mi corazon. Sin tí, madre del alma, no sé á dónde me hubiera llevado la desesperacion.

—Es preciso vivir, Alberto. Vive para mí; te daré fuerzas y te animaré á luchar. ¿Qué no alcanza una madre? Pero tienes que entregarte á discrecion, y me prometo que el porvenir te sonreirá.

 

—¡Imposible!

—Nada hay imposible. No olvides que la causa podría abrirse de nuevo, y que no te sería fácil probar tu inculpabilidad social escudado con la ley del honor. ¿Seguirás ciegamente mis consejos?

 

—Sí, los seguiré. Mi pena se alivia depositando en tu corazon mí secreto. Dispon de mí.

—Pues bien, desde mañana, vida nueva. Cuando sientas que las lágrimas rebosan en tu pecho, ven á buscarme, y lloraré contigo; pero para el mundo luce una máscara que te ponga á cubierto de toda sospecha. Ríete aunque padezcas; créate nuevos lazos en la amistad; aparenta que olvidas para buscar distraccion en el amor.

 

—¡Eso no es posible!

—Sí, te lo mando. Vuelve al mundo; y cu prueba de obediencia, irás el martes con tu hermana al baile de la Condesa.

—¿Al baile?

—Allí te distraerás: todo es dar el primer paso.

Alberto dobló la cabeza sobre el pecho, y dos lágrimas corrieron por sus mejillas.

—Vete á descansar, hijo mío, que es tarde; conciba el sueño, que velo por tí.

El joven besó en la frente á su madre, y salió.

La viuda de Puente corrió á la alcoba, y arrodillándose en el reclinatorio, oró largo rato. Al levantarse, fijó los ojos en el Cristo, y con las manos juntas exclamó:

—¡Dios mió, vela por él!

Y en seguida se acostó mirando á todos lados, porque le parecía que la justicia se filtraba por las paredes para ir á arrebatarle el hijo de sus entrañas.

 

 

 

 

 

V.

 

 

 

 

 

El baile de la Condesa del Rio estaba brillante; segun la expresion antiespañola de los cronistas de la prensa, que iban de un extremo

 

á  otro apuntando nombres, toda la high-life de la corte encontrábase en aquellos salones, decorados con lujo; las aristocracias de la sangre, del dinero y del talento concurrieron á lucir sus galas, su

 

hermosura y sus joyas; la Condesa es una especialidad para recibir, no haciendo distincion de personas, lo cual tiene su ciencia en la vida práctica de lo que se llama el gran mundo. La misma sonrisa, el mismo agrado, el mismo apreton de manos para todos los que llegaban.

 

A las once entraron en el salon Alberto Puente y su hermana Piedad, que iba prendida con verdadera elegancia de soltera, sin alhajas de valor, pero con flores naturales que realzaban su belleza peregrina. La Condesa demostró su satisfaccion al ver á sus antiguos amigos después de tanto tiempo de retraimiento. Las miradas de los hombres significaron su admiracion ante aquella joven desconocida que deslumhraba con sus encantos; Patricio Sanjuán comprendió el efecto que en el mundo hacía la presentacion de su amada; pero bien pronto la vanidad se convirtió en otro sentimiento menos noble: tuvo celos de todos los hombres, y hubiera querido sacarles los ojos. Aquella nube se disipó, porque Patricio no era receloso y susceptible como Leopoldo Molina, el primer amante de Piedad.

En cuanto á Alberto, debo decir la verdad, como fiel narrador; todas las mujeres, sin excepcion, miraron con interés al nuevo invitado, que para ellas aparecía por primera vez en los salones; y era natural la impresion favorable producida por nuestro personaje. Alberto Puente, á los veinticuatro años, era un hombre hermoso, de varonil apostura, y el tinte melancólico señalado en los rasgos de su fisonomía por los padecimientos morales en los últimos cuatro años realzaba el atractivo de su persona: habíase vestido con elegancia y llevaba el frac como si toda la la vida le hubiera usado, contraía sus labios con una sonrisa que, apesar de ser fingida, era graciosa.

Alberto, aconsejado por su madre, volvía al mundo con el propósito de olvidar sus penas, resuelto á reconquistar la tranquilidad perdida; y á primera vista comprendió que el terreno estaba bien preparado, pues no se escapó á su penetracion que las damas cuchicheaban, mirándole de reojo y preguntándose quién era aquel arrogante mozo que poseía el privilegio de robar la atencion general.

La orquesta anunció un rigodon. Piedad se colocó en su puesto con Patricio, que pidió á su futuro cuñado le hiciera el ris-´s-vis.

 

Alberto le contestó:

 

—No puedo complacerte, porque no conozco á ninguna señorita en el salon.

—Eso no es obstáculo—dijo la Condesa, que en aquel momento pasaba á su lado;—presentaré á Vd á la que elija.

—Gracias, Condesa,—repuso él, algo desconcertado por lo difícil de la eleccion.

Pero la eleccion estaba hecha; hacía diez minutos que Alberto se encontraba bajo la presion de dos magníficos ojos que no se apartaban de su persona.

—La música no tiene espera,—dijo ella con su amable sonrisa.— Escoja Vd su pareja.

—Aquella con traje de terciopelo negro y diadema de brillantes— contestó él señalando á una hermosa dama.

—¡Buena eleccion!—exclamó la Condesa.—Valentina es una mujer peligrosa.

—Por qué?—preguntó él maquinalmente.

—Por la seduccion de sus encantos.

La Condesa cojió de la mano al jóven, y deteniéndose los dos delante de la persona designada por Alberto, le dijo:

—Tengo el gusto de presentarte á mi amigo D. Aberto Puente.

Y volviéndose á él, añadió:

—La señora viuda de Crespo.

Cruzáronse las manos de ambos, y Valentina, sin esperar á que él la invitase á bailar, como obedeciendo á fórmula conocida, púsose en pié, y apoyando su brazo en el del jóven, fueron á colocarse enfrente de Patricio y Piedad.

La atencion se fijó en la pareja, y muchas solteras murmuraron de la preferencia que el buen mozo daba á una viuda, que desde aquel momento les fué antipática.

Valentina, dama de salon, acostumbrada al trato social, fué la primera que rompió el silencio, sabiendo que es difícil entablar la conversacion entre personas que no se conocen.

—¿Viene Vd ahora del extranjero?—le preguntó.

—No, señora; viví siempre en Madrid.

—Es extraño; nunca vi á Vd. en los salones, ni en los teatros, ni en los paseos.

 

—Soy poco afecto al bullicio del mundo; hoy me ha sacado del retiro el deseo de complacer á mi hermana.

—Alguna causa grande influiría directamente en un jóven para ese alejamiento del centro de los placeres.

—¡Quién sabe!... murmuró él casi entre dientes.

Aquellas dos palabras vagas impresionaron el ánimo de Valentina; pero no tuvo tiempo de continuar, porque el baile reclamaba á las parejas.

Al volver á su puesto, dijo ella mirándole fijamente. —¿Sería indiscrecion preguntar á Vd. el motivo de su

retraimiento?

Alberto vaciló, y despues de un instante, atrevióse á contestar: —Señora, hay sentimientos que se sienten y no se explican. —¿Misterios?... Vamos: ¿acaso el amor?

—¡Nó, nó, señora!—exclamó él interrumpiéndola vivamente.—¡No amo, no puedo amar!

—¡Es Vd. insensible!

—No lo sé.

—Me interesa el estado excepcional de Vd.—repuso ella, riéndose sin reserva.—Se comprende que un hombre se exprese de ese modo cuando vive encerrado en su casa; pero aquí es comprometido soltar semejante prenda, y difícil sostener su propósito; hay en el salon tantas bellezas provocativas, que los ermitaños correrían el peligro de tener que renunciar á la soledad.

—Viéndola á Vd., Valentina, se comprende toda la verdad de ese aserto.

—¡Hola! Parece que en el retiro no se pierde el instinto de la galantería!—exclamó ella con regocijo que no pudo disimular.

El importuno rigodon cortó otra vez el diálogo, con gran contento de Alberto, que se veía cogido en las redes de una muger superior.

 

Cuando concluyó la figura, miró Alberto á todos lados, como temiendo que siguiera la conversacion por el camino empezado, y vió enfrente á un jóven que observaba todos sus movimientos y los de su pareja con un gesto que parecía amenazador; de sus ojos se escapaban rayos, y adivinó al momento que aquél era, ó un amante,

 

ó  un apasionado celoso; de aquella observacion se apoderó para distraer á Valentina, y cuando ella iba á reanudar el diálogo, le dijo:

 

—No quisiera ser indiscreto, señora, y mucho menos perjudicar á un tercero.

—¿Qué significa esa indicacion, caballero Puente?

—Veo enfrente de nosotros—dijo él sonriéndose—dos ojos que quisieran destruirme.

—¿Aquel rubio del lente?

—El mismo.

—Es un necio. No me cautivan los hombres rubios.

Alberto Puente era moreno.

Los ojos del jóven rubio chispearon, como si un relámpago los hubiera iluminado. Alberto empezó á sospechar que la Condesa del Rio tenía razon: Valentina era una muger peligrosa.

El rigodon había terminado. La viuda de Crespo tomó el brazo de su pareja, y cruzaban por el salon cuando Alberto se estremeció fuertemente, ahogando en sus labios una exclamacion. Por delante de ellos pasaba una jóven compañada de un caballero que le consagraba el mayor interés, puesto que al entrar en la sala no miraba á las otras damas; aquella jóven, al ver á Alberto; se detuvo un instante como si se le doblaran las rodillas, y se llevó el pañuelo

á  los ojos, sin duda para destruir la impresion violenta de un mareo. —¿Quién es esa muger?—preguntó Valentina.

—¿Cuál?

—Esa que tiene el privilegio de herir las fibras de la aparente

insensibilidad del ermitaño.

—Es Vd. terrible en sus apreciaciones, señora. —Poseo un golpe de vista que nunca me engaña. —Acaso esta vez

—¿Quién es ella?-preguntó Valentina insistiendo.

En aquel instante los detuvo la Condesa, diciendo con su sonrisa de siempre:

—Ya se habrá Vd. convencido, amigo Puente, de que no me equivoqué.

—Es verdad, Condesa—dijo Alberto,—la señora de Crespo es peligrosa.

Como se hallaban enfrente del asiento de su pareja, el jóven hizo

á  las señoras un saludo cortés, y se retiró. —Eres afortunada, Valentina—dijo la Condesa;

 

—todas las damas te envidian.

 

—Puente es una fiera que tengo que domesticar; pero el triunfo me envanecerá.

—¡Cuidado con las fieras!

—¿Quién es aquella muchacha de traje azul que está sentada enfrente?—le preguntó.

—Es Elena Molina, virtuosa y amable como pocas; la pobre es muy desgraciada; fué prometida esposa de Puente, que la dejó sin motivo, obedeciendo á la veleidad de todos los hombres.

—¡Prometida esposa de Puente!—exclamó la viuda preocupada. —¿Parece que te interesa el individuo? —¿Interés?... No sé...

 

Apenas se separó la Condesa, acercóse á Valentina al rubio de los lentes, y la invitó á bailar el vals.

—No bailo—contestó ella con sequedad.—Estoy cansada. —Sin embargo, para otras personas más felices no tiene usted

disculpa.

—¿Viene Vd. á pedirme cuentas, Tejada?

El jóven se mordió el labio inferior; una vez repuesto de su impresion, dijo:

—¿Puedo saber el por qué, al mirarme, se sonreían, tanto usted como ese caballero favorecido?

—¿Abriga usted la ridícula presuncion de suponer que nos ocupábamos en hablar de usted, amigo Tejada?

—Dos veces me ha llamado usted por mi apellido, cuando antes me llamaba Florencio. La pérdida de la confianza es significativa; y como sabe usted demasiado que la adoro...

—Hablemos de otra cosa, señor de Tejada—interrumpió ella con disgusto marcado.

El jóven rubio, herido en su amor propio por las duras palabras de Valentina, volvió á morderse el labio; y esta vez la sangre saltó; los ojos se salían de sus órbitas. Una tempestad rugía en la cabeza de aquel hombre enamorado, y para ocultar su despecho, abandonó el salon.

Tambien había salido Alberto huyendo de sí mismo; al pasar por delante de Elena Molina, á quien hacía tanto tiempo no veía, su corazon se desbordó y parecía querer romperse. Dió algunos

 

paseos por el gabinete contiguo sin poder calmar su agitacion, y entre dientes murmuraba:

—¡Qué locura!... ¿Para qué habré venido aquí... ¡Volver á verla!... ¡Qué tormento!

Y acercándose á la puerta del salon, apoyó el brazo derecho en el marco y la cabeza en la mano; aquella animacion, aquella alegría de la fiesta aumentaron su disgusto; tres veces en un cuarto de hora abrió el clac, resuelto á marcharse, y tres veces volvió á doblarlo, queriendo convencerse de que estaba allí sujeto por su hermana Piedad, que bailaba contenta con Patricio. Sus ojos no se fijaron ni un momento en la viuda de Crespo, que por cierto no le perdía de vista, renegando allá en sus adentros de la llegada de Elena, que hacía mas difícil el logro de su conquista; pero Valentina no cedía en sus propósitos; la impresion de Alberto había sido violenta, y á las mujeres lijeras les gusta destruir las barreras pesadas. El amor propio es el primer agente de sus deseos.

Los ojos de Alberto estaban clavados en Elena, que, con la cabeza baja, hallábase abstraída, y se entretenía en deshojar el ramillete que llevaba en el pecho, sin hacer caso de los galantes obsequios del jóven que la acompañaba. La sangre de Alberto hervía, y un impulso le arrastró á dar un paso para entrar en el salon y arrojar del asiento al que importunaba á Elena con palabras de afecto; pero retrocedió, diciendo:

—¿Qué voy á hacer?... ¡Tengo celos!... ¿Con qué derecho me acerco hoy á la muger que abandoné sin poder explicarle la causa de mi traicion, que consideraría inicua?... ¡Debe despreciarme!... ¡Y yo... yo la adoro con todo mi corazon!... ¡Qué hermosa está!... ¡Soy muy desgraciado!... ¡Madre mia! ¿por qué me obligaste á verla otra vez?

Su corazon latía con violencia; miraba á Elena, esperando que ella volviera los ojos hácia la puerta; pero en su abstraccion seguía deshojando el ramillete.—Puedo asegurar, sin temor de que mis lectores me desmientan, que la visual de Elena, tija en la alfombra, torcía su direccion para perderse en el marco de la puerta del gabinete; Elena veía á Alberto sin mirarle. La óptica tiene para las mugeres privilegios que la física no sabe explicar.

 

—¡No me mira!—exclamó él con el acento de la desesperacion.— Pero ¿puedo quejarme?... Elena me desprecia, y hace bien.

 

Y despues de un brusco movimiento de cabeza, añadió:

—¡El mal no tiene remedio!...—Hay que ser superior y seguir los consejos de mi buena madre... Olvidemos á Elena, y puesto que Valentina se cruza en mi camino, ofreciéndome el consuelo, vamos á consolarnos...

La amargura con que pronunció aquellas palabras, denotaba que más que el convencimiento las había dictado la desesperacion. Las resoluciones extremas son casi siempre consecuencia de la enajenacion mental.

Iba á entrar en el salon con la cabeza erguida, afectando aires de conquistador, cuando Florencio Tejada se cuadró delante de el, y mirándole descaradamente de arriba abajo, hizo con la boca un signo de desprecio que encerraba marcada provocacion. Alberto se estremeció; era valiente, era fuerte, y sintió que la sangre le subía al cerebro; pero pudo dominarse, y volviendo la cabeza, penetró en la sala, dirigiéndose á la viuda de Crespo, que le esperaba impaciente y con cierto sobresalto, por temor de perder terreno. La noche avanzaba rápidamente, con la rapidez del placer que da á las á las horas.

La orquesta tocó un vals; Valentina y Alberto se lanzaron á bailar; ella era hermosa, de formas redondas; él ceñía su cuerpo con el brazo; sus manos se tocaban; sus alientos se confundían; y en el giro rápido del vals, le asaltó el vértigo; quería olvidar, y le pareció que olvidaba, que era feliz, después de cuatro años de sufrimientos; la cintura de una muger hermosa es aliciente poderoso para olvidar. Alberto, bailando con Valentina, pasó por delante de Elena, que se sintió desfallecer, y se retiró del salon, sin que su amante la viera salir. ¡Pobre Elena!

Después del vals, en la fascinacion de los sentidos, Alberto se entregó á discrecion; de sus labios se escaparon frases galantes, que son nada en sociedad, pero que valen mucho para la muger de mundo que sabe recogerlas y aprovecharlas.

Alberto y Valentina, embriagados, ni siquiera repararon que había un tercero que con la muerte en los ojos seguía los movimientos

 

vertiginosos del baile. Era Florencio Tejada, que sentía en el alma la explosion de los celos.

El baile terminó á las cuatro. Al salir, Valentina aceptó el brazo de

Alberto y bajaron la escalera; detrás, como una sombra, iba

Florencio. La dama entró en su carruaje, y estrechando la mano de

Alberto, le dijo:

—Hasta mañana.

Cuando el jóven se incorporaba en el portal á Piedad y á Patricio, se interpuso Tejada, y con tono entre irritado y burlon, le dijo:

 

—Hasta mañana.

—¡Caballero!... prorrumpió Alberto verde de cólera.

—Me ha mirado Vd en el salon con aire insolente, y no siempre la fortuna protege á los buenos mozos.

—¡Abra Vd. paso!-exclamó Puente con energía. —Obedezco; pero no olvide Vd. la cita ¡hasta mañana! Y arrojó su tarjeta á la cara de Alberto.

Este rugió como un leon herido; pero Patricio y algunas personas que salían del baile se interpusieron, evitando una desgracia, pues Alberto tenía fuerzas hercúleas, y Florencio era de poca estatura, delgado y de complexion débil.

—¿Qué ha sido eso?—preguntaron todos.

—Un atrevimiento de ese caballero—dijo Alberto apretando los puños.—Han hecho Vds. mal en impedir que lo tronchara como un junco.

A la inedia hora en los cafés y en el Casino se hablaba del desafío de Alberto Puente con Florencio Tejada. La chismografía se apoderó del suceso, creyendo inevitable el duelo.

 

 

 

 

 

VI

 

 

 

 

 

 

La madre de Alberto y de Piedad no dormía cuando los jóvenes entraron en su casa; las madres no duermen cuando sus hijos

 

gozan ó padecen; su ambicion es compartir con ellas sus impresiones; y hay que hacer justicia á las madres; cuando el hijo es feliz, le deja entera su satisfaccion; cuando es desgraciado, quisiera arrebatarle las penas para sufrir ella el dolor. La viuda de Puente comprendía que Al. Y sin embargo, aquella hora fatal pesa sobre mi existencia, porque no puedo olvidarla

 

Y se cubrió los ojos con las manos, acaso para no ver un fantasma, acaso para esconder las lágrimas. Unos instantes despues, púsose en pié con aire resuelto, y dijo;

—¡Es preciso olvidar!... ¡Y olvidaré!... Si el destino sigue en su propósito de lanzarme al abismo, me dejaré llevar de la corriente Otro hombre se cruza ahora en mi camino y me arroja á la cara

nueva provocacion ¡Miserable! ¡me sobra valor, y le mataré!...

Detúvose un momento, y se extremeció.

¡Matarle!... ¡Ah! ¡no es posible! Lo juré solemnemente en aquella noche infausta, sobre el cadáver de mi pobre amigo, sacrificado á la ley del honor... ¡La ley del honor! ¡Qué insensatez! ¡No me batiré!

«Juro sobre la cruz de esta espada no volver á ceñirla, ni medir mis armas con ningún hombre, aunque la sociedad entera se desplome sobre mi cabeza.» Estas fueron mis palabras. ¿No tuve valor para quitarme el uniforme, perdiendo mi carrera? ¡Cumpliré mi juramento! ¡Florencio Tejada no alcanzará la gloria de que le mate! ¡porqué le mataría en cuanto se me pusiera enfrente! ¡Villano!

Y volviendo á sentarse, continuó en sus reflexiones:

—¿Por qué me provocó ese hombre?... ¡Ah! lo recuerdo bien:

tenía celos de mí porque Valentina me distinguió.... ¡A qué caro

precio se pagan los favores de las mujeres!... Tejada estaba celoso, y se comprende el arrebato. ¿No tuve anoche que contener el impulso que me arrastraba á provocar al galanteador de Elena? La reflexion se abre paso; es disculpable el acto poco meditado de Tejada; le abandonaré el campo puesto que Valentina no me interesa, y él entonces, reconociendo su error, me dará cumplida satisfaccion. No me queda otro recurso, porque no puedo faltar al juramento.

Creyéndose tranquilo con aquella reflexion, cruzó una pierna sobre la otra, y cogiendo un álbum de retratos que había sobre la mesa, lo abrió por la primera hoja.

 

—Aquí está, dijo. Es Elena, la mujer que en mis ensueños juveniles me hizo volar al cielo del amor y escalar el porvenir... ¡El porvenir, que tan negro había de presentarse por los designios de la Providencia! ¡Elena! No amé más que á tí; no puedo amar á otra mujer... ¡Qué hermosa estabas anoche, deshojando el ramillete, como si quisieras decirme que aquellas flores eran las risueñas ilusiones de tu alma, que destruí con mi aleve conducta! ¡Si supieras cuan desgraciado soy! Si llegaras á comprender la causa de mi heroísmo, porque heróico fué renunciar á tu amor, noble ambicion de mi alma, me compadecerías; pero el grito del odio se levantaría entre los dos ¡Nó, Elena! ¡Olvídame, pero no me aborrezcas!

 

Rendido por el cansancio y las emociones del baile, contemplando el retrato se quedó dormido; y soñó con Elena, encamada en las formas de un ángel. Su sueño fué largo; la vió acercarse á su butaca y refrescarle la frente con el aire de sus alas; allí le dió quejas, llamándole ingrato; él tendía la mano y no podía alcanzarla, pues se apartaba con el vuelo jugueton de la mariposa; por último, sintió arder sus labios con el vapor de su aliento, y fuera de sí, se lanzó á detenerla; pero al ponerse en pié, le despertó el ruido de un objeto que caía sobre la alfombra.

El álbum estaba en el suelo, y se apresuró á levantarlo; al abrir la primera hoja, el retrato de Elena había desaparecido

berto, al volver al mundo, llevando sobre la conciencia el peso de su infortunio y su corazon destrozado por el abandono de la mujer querida, debía haber experimentado emociones profundas, y contó las horas y los minutos esperando el regreso del baile. Desde la terrible revelacion acerca de la muerte de Leopoldo Molina, el continuo sobresalto del temor interrumpía el sueño de la buena madre.

Piedad cruzaba de puntillas por la alcoba para no despertar á su madre; pero su precaucion era inútil, pues sentándose en la cama le preguntó:

—¿Te has divertido mucho?

La jóven corrió á besarla en la frente y en las mejillas y le contestó con entusiasmo:

—¡Mucho! ¡El baile ha estado magnífico!

—¿Y Alberto?

 

—Bailó dos veces con una señora muy hermosa, á quien acompañó hasta su carruaje,

—¡Hola!—exclamó la madre llena de satisfaccion.—¿Conque Alberto bailó?...

¡Vaya! Estaba entusiasmado. ¡Y bien que le miraban las muchachas!

—No me ciega la pasion, hija mia; estoy segura de que no había en el salon otro hombre tan hermoso.

Piedad se sonrió, acordándose de Patricio Sanjuan; pero no se atrevió á salir á su defensa para ponerle en el primer lugar que le daba su fantasía enamorada.

—Allí estaba Elena Molina—dijo la jóven.

—¡Elena en el baile!—exclamó la señora sorprendida.

—Sí: por cierto que en el primer ir mentó su presencia me causó desagradable impresion, acordándome de su desgraciado hermano; después recordé nuestro afecto nacido en la niñez, y cuando pasé por su lado, le tendí la mano, que ella aceptó con efusion; lo pero no nos besamos. Alberto tiene la culpa, pues con su mala accion rompió tan íntima amistad.

—Todo en el mundo tiene su explicacion, hija mía. No acuses á tu hermano, porque te expones acaso á ser injusta.

—¡Abandonar á una mujer enamorada!... ¡Si Patricio hiciera eso conmigo, me moriría!

La viuda de Puente se sonrió, y Piedad se fué á acostar, pensando en que todos los hombres, ménos Patricio, eran unos pérfidos.

La madre, al quedarse sola, suspiró profundamente, y dijo:

—¡Pobre Alberto!... Se ha acostado sin entrar en mi alcoba por no

turbar mi sueño... ¿Cómo pudo creer que yo durmiera en esta noche?... Verdad es que para conocer la manera de sentir de una madre es preciso ser madre... ¿Dormirá tranquilo mi Alberto?...

 

¡Dios mio! ¡dale un sueño hermoso que borre tantas horas de sufrimientos!...

Y la buena señora se durmió sin sospechar lo que su hijo sufría á aquella hora con la escena del portal, pues Piedad no creyó prudente contarlo lo ocurrido.

 

Alberto no se acostó; su espíritu estaba profundamente agitado; quitóse los guantes y el frac, que arrojó sobre la cama, y envolviéndose en la bata, se dejó caer en una butaca. Después de algunos minutos de meditacion, exclamó, como si hablara con otra persona:

 

—¿Y qué? ¿tengo la culpa de que el destino se ensañe comigo? ¿No traté de evitar el duelo con Leopoldo? El honor herido por sus arrebatos me obligó á desenvainar la espada; él mismo lo dijo al morir: «¡Me he suicidado!» ¡Y fué verdad! No quería herirle; era mi hermano; pero la ley del honor se impuso... personas, pero á esta hora por todo Madrid correrá mi nombre, sirviendo de pasto á la curiosidad y á la murmuracion. Estoy comprometido á reñir con ese hombre, á matarle, porque, aunque cerrara los ojos, tengo la seguridad de que mi arma iría á buscar su corazon... ¡Y no-puedo batirme! ¡Mi juramento es sagrado!... ¡No me batiré!

Dió algunos paseos por la habitacion como loco, y exclamó:

—Las gentes me señalarán con el dedo, se burlarán de mí, llamándome cobarde, cuando me sobra aliento para empresas más atrevidas... ¡Eso sería mil veces peor que la muerte!... ¡La muerte! ¡Hé aquí la solucion del problema! Juré no cruzar mis armas, y no las cruzaré; la vida es para mí carga pesada, y puesto que no puedo suicidarme porque soy cristiano, ponga Florencio Tejada término á mis angustias; su mano vengará á Leopoldo Molina. ¡Me dejaré matar!... ¡Vamos en busca de mi salvacion!

Y vistiéndose, salió de casa, resuelto á enviar sus testigos al retador.

 

 

 

 

 

VII

 

 

 

 

 

 

Al cruzar por las calles, parecióle á Alberto que todos le miraban con fijeza, y avivó el paso, pues cada minuto era un siglo para su imaginacion sobresaltada; acariciaba la muerte como fin de los

 

padecimientos morales de cuatro años, agravados la noche anterior con su vuelta al mundo.

En la calle de Alcalá le detuvo una persona que con afecto le cogió por la cintura. Alberto contuvo un grito, cual si un rayo de luz hubiera iluminado su cerebro.

—¿A dónde vas tan distraido, hijo mio?—le preguntó el que le detenía.

—¡A buscar la muerte! contestó el jóven casi trémulo.

—¡La muerte! ¿Tienes el privilegio de que Dios te avise cuando ha señalado tu última hora?

—Voy á anticiparla.

—¿Te has vuelto loco?

—Creo que sí.

—Te pasa algo extraordinario, que adivino en tus ojos; y eso me explica la causa de que hayas dejado correr tanto tiempo sin ir á verme.

—Es verdad—respondió Alberto meneando la cabeza.—La Providencia no me abandona porque pone á V. hoy en mi camino. Necesito un consejo sabio y prudente; pero ahora mismo.

 

—Ven conmigo á casa—añadió apoyándose en el brazo de Alberto y doblando por la calle de las Torres.

El padre Martin era un cura anciano, modelo de virtudes y modelo de sacerdotes; más que confesor era consejero; no sólo perdonaba las culpas, sino que dirigía las conciencias; preguntaba lo que debía preguntar, lo que necesitaba saber para conseguir la salvacion de las almas que le confiaban sus secretos. Confesor de la viuda de Puente, desde su juventud, había enseñado la doctrina á Alberto y sembrado en su corazon la semilla de la virtud; el jóven le veneraba. Hé aquí la causa de que creyera providencial su encuentro á aquella hora en que acariciaba la idea de un suicidio simulado.

Entraron en una modestísima casa de la calle de las Infantas, y se sentaron sobre la dura anca de un sofá, el mueble más lujoso de la habitacion.

—Me hablaste de la muerte, hijo mio; deseo saber qué causa extravía tu razon para olvidar que el hombre no puede torcer los designios de la Providendencia. Nadie muere hasta que Dios lo dispone.

 

Alberto dió un grito, exclamando, como si tuviera una pesadilla:

 

—¡Se fué! ¡La he visto!

—¿A quién?—preguntó su madre, entrando en el cuarto.

—¡A ella!

—A Elena?

—Sí.

—Aquí está, hijo mio.

Y le entregó el retrato, que había quitado del álbum cuando fué á dar los buenos dias á Alberto y le encontró dormido.

—¿Por qué eres cruel conmigo?

—Adiviné tu sueño, y me llevé á Elena para que no pensaras más en ella; pero te oí delirar, y vuelvo á tranquilizarte. ¿La viste anoche?

 

—Sí, madre mia, la ví, y su presencia despertó recuerdos gratísimos... ¿Para qué me hiciste volver al mundo? ¡Hé sufrido tanto!

—Sé—contestó ella sonriéndose—que las damas te dieron la preferencia, y que bailaste con una muy hermosa.

—¡Ojalá que nunca la hubiera conocido!

—¿Por qué?

—No quiero profanar el recuerdo de Elena.¡Ella sola reina en mi corazon!

—¿Todavía?

—¡Siempre!

—En el mundo encontrarás, Alberto, el bálsamo que curará esa herida. El mundo tiene remedios para los males que causa.

El criado interrumpió el diálogo, presentando al jóven el número de La Correspondencia de la mañana, y la madre salió de la habitacion.

Alberto recorrió las columnas del periódico sin buscar nada, puesto que no había de ofrecerle iuterés la lectura ele noticias; pero se engañó; en la tercera plana había un artículo consagrado al baile de la Condesa del Rio, y como Elena había concurrido á la fiesta, buscó su nombre en la relacion de personas que los cronistas acostumbran publicar para satisfacer la vanidad de las damas, que de algunos años á esta parte rinden culto al domonio de la publicidad. El articulista no había apuntado á Elena Molina ni á Piedad Puente, sin duda por ser nuevas en los salones; pero

 

detallaba minuciosamente el traje de la hermosa viuda de Crespo, habiendo contado el número de brillantes de su diadema. Sonrióse Alberto, más de pronto frunció las cejas al leer en la crónica estas líneas:

«La brillante soirée de la Condesa terminó, y al «salir los concurrentes, en el portal de la casa-palacio «surgió un desagradable incidente entre los caballeros «D. F. T. y D. A. P., mediando una provocacion que «se ventilará irremediablemente en el campo del «honor.»

Alberto se puso en pié, irritado, y exclamó:

—¡Qué atrevimiento! ¡Sacar á plaza nombres de personas respetables para delatarlas á la justicia! Pues qué, ¿el duelo no es delito penado por el Código? ¿Lleva quizá el periódico la noble intencion de evitar el encuentro? Si es así, ¿no hubiera sido más conveniente avisar al juez que sacar á la vergüenza á dos hombres honrados? ¡Honrados!—repitió con ironía.—¿Acaso la ley del honor no me obliga á medir mis armas con el atrevido que me provocó?...

 

El capítulo del Código marcando pena á los duelistas es una hoja perdida del libro... ¿Quién se atreve á cerrar el camino al hombre ofendido?...

Quedóse pensativo algunos instantes, y luego continuó:

—La provocacion la presenciaron anoche pocas

—¡No! No podía faltar á mi juramento. Iba á ponerme delante de él para que me matara.

El cura hizo la señal de la cruz, como para espantar al diablo que creía ver dentro del cuerpo del jóven, y santiguándose, exclamó:

 

—¡Qué dolor!... Por fortuna, llego á tiempo para salvar tu alma. ¿Me obedecerás ciegamente?

Alberto vaciló de nuevo.

—¡Lo manda Dios!—prorrumpió el cura con tono solemne humillando la frente.—¿Me obedecerás?

—Sí—contestó Alberto con resolucion.

—No puedes faltar á tu juramento sin ofender á Dios.

—¿Y la sociedad?—preguntó el jóven con recelo.

—¡La sociedad!—murmuró el padre con ironía.—Obra bien, y deja que la maledicencia se cebe en tí; nadie se escapa de las garras del

 

vulgo, siempre maligno. Vale más que el vulgo te juzgue prudente y no que te vea con las manos manchadas de sangre.

—¿Y si me llaman cobarde?—observó Alberto estremeciéndose. —Ninguno te lo diría cara á cara, pues tus ojos anuncian la

energía de la dignidad. Los maldicientes son como los ratones, que roen en la oscuridad y huyen en cuanto sienten pasos.

—¿Y si me atacan personalmente?

—Entonces, hijo mió, la defensa es permitida, pues el instinto de conservacion de la vida es natural en el hombre. ¿Me ofreces solemnemente cumplir tu juramento para no faltar á Dios?

—Sí.

—¿Me ofreces también despreciar al vulgo?

—Sí, padre.

—¿Vas confortado?

—Me siento fuerte y dispuesto á no olvidar tan sabios consejos. —Adiós, cuando te encuentres tranquilo, ven á buscarme y te

 

llevaré al tribunal de la penitencia para devolverte por completo la calma y abrirte la puerta del cielo, que te cerró el olvido.

Alberto besó la mano del padre Martin y bajó la cabeza con paso firme, sin preocuparle la situacion difícil que atravesaba en el mundo por el lance de la noche anterior, agravado con las líneas del periódico; atravesó las calles, sin mirar á los que pasaban, y volvió á su casa.

Al entrar en sus habitaciones, vió sobre la mesa dos cartas; sorprendido de aquella correspondencia, cuando había vivido tanto tiempo sin comunicarse con el mundo, se recostó en un divan y rompió el sobre de la primera carta, cuyo contenido era el siguiente:

«Mi estimado amigo: Aunque á las tres espero la visita ofrecida, me veo obligada á tomar la pluma para exigir á V. que sea puntual, pues estoy sobresaltada por el párrafo de La Correspondencia. Bien dije anoche que el llamado F. T. era un necio, y no puedo creer que V. descienda á medir sus armas con ese hombre, que, viéndose despreciado, quiere buscar la popularidad en el escándalo á costa de los dos. Piense V. en esta declaracion, y venga pronto, antes de las tres, pues me hallo intranquila. Le espera impaciente su amiga— Valentina.»

 

Una sonrisa maliciosa se dibujó en los labios del jóven, que echó la carta sobre la mesa, diciendo:

—Esta mujer es demasiado apremiante... ¡Cáspita! ¡Y es hermosa de veras!... Me cuesta cara su predileccion... Me aguardará en vano, pues no quiero correr aventuras peligrosas... Además, Elena se interpone para cerrarme el paso; no puedo amar más que su memoria... ¿Tejada busca la popularidad en

—¿Y los suicidas? ¿y los duelistas?—preguntó Alberto.

—El génio de las locuras pretende imponerse trastornando la razon de los hombres; pero su propósito no se cumple si Dios no quiere; acuérdate de aquellas palabras latinas que resultan impías: Quos Deus vult perderé, prius dementat. Dios no se vale de medios tan vulgares para castigar á los que se pierden...¡No! Alberto, no busques la muerte, porque no la encontrarás donde te propones. Ahora, ábreme tu corazon para curar la herida que veo mana sangre.

—¡Sí, padre! ¡mana sangre!—repitió él con acento de terror.

El cura hizo un gesto significativo, y miró al jóven, temiendo que se hubiera desnivelado su cerebro.

—Ten calma, y habla sin recelo.

—Otro dia, cuando esté más sereno, cuando se hayan despejado las nubes que me ofuscan, en verdadera confesion referiré á usted todo; hoy sólo quiero un consejo salvador en la crítica situacion que atravieso.

—Empieza—dijo el padre Martin cruzando los brazos. Limpióse Alberto el sudor de la frente, y exclamó: —¡Tengo sobre mi conciencia la vida de un hombre!

 

La frente del cura se nubló, y poniéndose las gafas para ver mejor al joven, murmuró:

—¡La vida de un hombre!

—¡Le maté en buena lid, en el campo del honor!

—¡El campo del honor!—repitió el padre Martin haciendo una mueca.—¡Qué manera de dar interpretacion á palabras santas! ¡Esa interpretacion está dictada por la insensatez y la barbarie! ¿Le mataste en desafío?

—Sí: para vengar un ultraje.

—Y ¿qué conseguistes con tu triunfo, hijo mio?

 

—Arrastrar cuatro años una existencia insufrible, viendo fantasmas y oyendo sin cesar el quejido del moribundo... ¡Ah, padre! ¡Qué remordimiento tan cruel!

 

—¿Y para purgar tu pecado me hablas hoy de anticiparte la muerte? Satanás se ha apoderado de tu corazon y quiere turbar tu conciencia, santuario de la virtud. Acaba tu declaracion.

—Ante el cadáver sacrificado al honor, juré sobre la cruz de mi espada no medirla con ningun hombre aunque la sociedad se desplomara sobre mi cabeza.

—Eso es noble. ¿Has cumplido el juramento?

—Hasta hoy sí; pero ayer volví al mundo, y el demonio que se propone perderme me puso delante á un insensato que me provocó. Mi honor es hoy pasto de la murmuracion. Lea V. esas líneas.

 

El padre Martin pasó la vista por el artículo de La Correspondencia, y le devolvió el periódico, diciendo:

 

—¡Inevitable el duelo! ¡Qué manera tan caritativa de aplicar las leyes sociales y de entender los deberes del hombre! La mala fé dictó esos renglones, hijo mio, para precipitarte; pero la razon está por encima de las preocupaciones del vulgo, y los seres deben hacerse superiores, despreciándolas, para no servir de juguete á torpes instintos. ¿Cuál era tu propósito cuando te encontré en la calle?

Alberto vaciló asustado; pero el padre Martin le cogió una mano con afecto, diciéndole:

—A Dios no se engaña. ¿A donde ibas?

—A buscar á mi contrario.

—¿Para matarle?

el escándalo y me escoje de trofeo? No logrará lo que se propone. Al cojer la otra carta temblaron sus dedos, como si aquel papel

encerrara alguna revelacion; pero después de abrirlo, vió que no tenía firma. Con letra inglesa muy perfilada estaban trazados estos cortos renglones:

«Si quieres desvanecer las sombras que anublan tu fantasía, y tranquilizar un espíritu inquieto, vé esta noche al baile de máscaras del Teatro Real. En un palco te esperan dos dominós con un ramo de no me olvides en el pecho.»

 

—¿Qué quiere decir esto?—se preguntó Alberto examinando el billete.—No conozco esta letra; pero, á pesar de la buena ortografía de la carta, se adivina la mano de una mujer.

 

Los presentimientos son á veces acertados; sin fundamento alguno, cruzó por su mente el nombre de Elena, y levantándose, entre sobresaltado y contento, exclamó:

—¡Un ramo de no me olvides! La flor puede ser simbólica ¡Iré al baile! Allí desafiaré al mundo con la fortaleza que inspiran á mi ánimo las palabras del padre Martin.

 

 

 

 

 

VIII

 

 

 

 

 

«Qué hermoso debe ser el imperio de la juventud! ¡Delirar sonando con risueñas ilusione! ¡Correr detrás de locas esperanzas, nubes preñadas de felicidad que se van desvaneciendo para ofrecernos tristes desengaños!¡La mujer, el aplauso, la esperanza! ¡Hé aquí las ambiciones de la juventud!...¿Será verdad que en esta confusion, en este bullicio, encuentra satisfacciones el alma del hombre? ¡Perder las horas destinadas al dulce reposo, á ese pasajero olvido de la vida que se llama sueño, para venir á aturdirse aquí, en este mundo de la mentira, de donde salimos con el cuerpo cansado y con el desencanto de alguna ilusion perdida!....Ya no me

 

acuerdo; el tiempo borró mis memorias con su implacable mano, que nada perdona. Unos cuantos copos de nieve que cayeron sobre mi frente enfriaron mi entusiasmo...Quiero-recordar, y me aturdo; pero la orquesta parece que me reanima, y doy algunos pasos buscando lo que ya no puedo encontrar: los encantos de la juventud. Pasé como pasa todo, obedeciendo á la ley de la naturaleza; algunos años han bastado para alejarme del mundo, encerrándome en el hogar, donde hallo los verdaderos goces de la existencia: la familia.»

 

Así discurría yo al entraren el salon del Teatro Real, á donde me llevó mi deber de novelista; la pluma es tirano que se impone; el escritor no se pertenece. He abandonado mi lecho, á las doce de la noche, para seguir á Alberto Puente, que asistía al baile de máscaras, arrastrado por el atractivo del misterio, ó por el secreto interés que en él despertara el billete anónimo de la cita. Sigamos, pues, los pasos del jóven, ya que él me sacó del retiro, alterando la tranquilidad de mis costumbres.

 

El salon estaba animado; la concurrencia se abría paso con dificultad, y la algazara denotaba que la alegría era comunicativa, pues muchos que iban entrando indiferentes al placer, se contagiaban. Alberto, sin hacer caso de las tapadas que con más ó menos abigarrados disfraces le dirigían bromas aun sin conocerle, atraidas sin duda por su hermosa figura, buscaba en los palcos á la autora del perfumado billete. Detúvose de improviso enfrente de la última platea al ver dos dominós negros que llevaban en el pecho ramos de no me, olvides.

Una de las máscaras se levantó, y apoyándose el escándalo y me escoge de trofeo? No logrará lo que se propone.

Al coger la otra carta temblaron sus dedos, como si aquel papel encerrara alguna revelacion; pero después de abrirlo, vió que no tenía firma. Con letra inglesa muy perfilada estaban trazados estos cortos renglones:

«Si quieres desvanecer las sombras que anublan tu fantasía, y tranquilizar un espíritu inquieto, vé esta noche al baile de máscaras del Teatro Real. En un palco te esperan dos dominós con un ramo de no me olvides en el pecho.»

—¿Qué quiere decir esto?—se preguntó Alberto examinado el billete.—No conozco esta letra; pero, á pesar de la buena ortografía de la carta, se adivina la mano de una mujer.

Los presentimientos son á veces acertados; sin fundamento alguno, cruzó por su mente el nombre de Elena, y levantándose, entre sobresaltado y contento, exclamó:

—¡Un ramo de no me olvides! La flor puede ser simbólica...¡Iré al baile! Allí desafiaré al mundo con la fortaleza que inspiran á mi ánimo las palabras del padre Martin.

 

VIII

 

 

 

 

 

«¡Qué hermoso debe ser el imperio de la juventud! ¡Delirar sonando con risueñas ilusiones! ¡Correr detrás de locas esperanzas, nubes preñadas de felicidad que so van desvaneciendo para ofrecernos tristes desengaños! ¡La mujer, el aplauso, la esperanza! ¡Hé aquí las ambiciones de la juventud!... ¿Será verdad que en esta confusion, en este bullicio, encuentra satisfacciones el alma del hombre? ¡Perder las horas destinadas al dulce reposo, á ese pasajero olvido de la vida que se llama sueño, para venir á aturdirse aquí, en este mundo de la mentira, de donde salimos con el cuerpo cansado y con el desencanto de alguna ilusion perdida!... Ya no me acuerdo; el tiempo borró mis memorias con su implacable mano, que nada perdona. Unos cuantos copos de nieve que cayeron sobre mi frente enfriaron mi entusiasmo... Quiero recordar, y me aturdo; pero la orquesta parece que me reanima, y doy algunos pasos buscando lo que ya no puedo encontrar: los encantos de la juventud. Pasé como pasa todo, obedeciendo á la ley de la naturaleza; algunos años han bastado para alejarme del mundo, encerrándome en el hogar, donde hallo los verdaderos goces de la existencia: la familia.

 

Así discurría yo al entrar en el salon del Teatro Real, á donde me llevó mi deber de novelista; la pluma es tirano que se impone; el escritor no se pertenece. He abandonado mi lecho, á las doce de la noche, para seguir á Alberto Puente, que asistía al baile de máscaras, arrastrado por el atractivo del misterio, ó por el secreto interés que en él despertara el billete anónimo de la cita. Sigamos, pues, los pasos de jóven, ya que él me sacó del retiro, alterando la tranquilidad de mis costumbres.

El salon estaba animado; la concurrencia se abría paso con dificultad, y la algazara denotaba que la alegría era comunicativa, pues muchos que iban entrando indiferentes al placer, se contagiaban. Alberto, sin hacer caso de las tapadas que con más ó menos abigarrados disfraces le dirigían bromas aun sin conocerle,

 

atraídas sin duda por su hermosa figura, buscaba en los palcos á la autora del perfumado billete. Detúvose de improviso enfrente de la última platea al ver dos dominós negros que llevaban en el pecho ramos de no me olvides.

Una de las máscaras se levantó, y apoyándose —¿Amas á la viuda de Crespo? —Nó.

—Es muy hermosa, y sus atractivos sou peligrosos.

—No tienes instinto de sibila—repuso él, haciendo un esfuerzo para sonreirse.—No amo á la viuda de Crespo; no puedo amarla.

 

—¿Por qué?

—Porque mi corazon está cerrado á todos los sentimientos. —¡Eso es imposible! ¿Nunca amaste? Alberto no respondió.

—¡Hola! Parece que mi pregunta produce efecto ¿No has amado á otra mujer?

—Sí; ¡con toda mi alma, con todo mi corazon!—prorrumpió él con vehemencia.

—¿A Elena Molina?

Alberto miró al techo como queriendo traspasarlo para llegar con los ojos al cielo; al bajarlos, vio que la otra tapada había cambiado de postura, acercándose al sillon de su compañera para oir mejor. Un relámpago iluminó la razon del jóven, y un sollozo, envuelto en un suspiro, se escapó de su pecho. La dama del dominó volvió á preguntarle:

—¿Amabas á Elena Molina?

—¡La amo! ¡La amaré siempre!

—¡Ah pérfido! ¿Por qué entonces la abandonaste cruelmente?

¿Tuviste celos infundados?

—¡Nunca!—exclamó él con viveza.—El que ama de veras tiene fé.

—No te entiendo, Alberto.

—¿Conoces á Elena?—le preguntó con intencion.

—Sí. Por ella sé que sin motivo, sin buscar siquiera un pretexto razonable, rompiste un lazo que parecía eterno. Elena te quiere, porque adivina que algo se interpone entre los dos. ¿Qué barrera hay que el amor no esté dispuesto á saltar?

 

Alberto se estremeció visiblemente; le delataba el temblor nervioso, y sólo murmuró:

—Respeta mi secreto, máscara.

—¿Secreto?... No seas caviloso.

Alberto se puso en pié de un salto, apretó fuertemente la mano de la dama, y clavando en la otra tapada, más que los ojos el alma, dejó caer en el oído de aquella estas palabras con acento profundamente conmovido:

—Me has hecho mucho daño trayéndome aquí esta noche. Si conoces á Elena, no le digas que moriré amándola.

Y salió precipitadamente del palco.

—¿Qué misterio es ese, Elena?—preguntó la máscara, volviéndose á su compañera.

Pero esta no respondió; hallábase poseída de una especie de letargo; su corazon parecía haber dejado de latir. Por fin, hizo un esfuerzo grande, y apoyándose en el brazo de su amiga, Hijo con voz casi desfallecida:

—Vámonos, Teresa.

Al salir, Elena arrancó de su pecho el ramo de no me olvides, y levantando la parte baja de la careta, estampó un beso en las flores, que arrojó despues sobre la alfombra. Así quería sin duda significar que se desprendía de su alma.

Y las damas abandonaron el teatro.

Alberto Puente, enajenado, no reparó que durante su diálogo, una máscara de capuchon verde pasaba y volvía á pasar por delante del palco, demostrando en su inquietud la impresion y el interés que le causaba aquella conversacion. El jóven salió al pasillo con el cerebro exaltado, pues adivinó que acababa de ver á Elena y no le quedó duda de que ella le amaba siempre; todas las amarguras de su alma por la pasion contrariada que hacía cuatro años ahogaba en el pecho, se reanimaron, produciendo en su espíritu una revolucion. En este estado se hallaba cuando la dama del capuchon le detuvo, cogiéndole una mano.

—¿A dónde vas?—le preguntó.

—No sé—le contestó secamente, tratando de retirar su mano. —¿Te ha preocupado la conversacion con el dominó del palco?

 

¡Ah traidor!

 

—¡Déjame, máscara!—exclamó él con acento de mal humor. —Mala hierba pisaste hoy, Alberto; pero tengo que pedirte

 

cuentas.

—¡Cuentas!—repitió él.—¡Todos se creen con derecho á intervenir en mi conducta!

—Estás poco galante; y como eres torpe, te diré quien soy. La máscara habló en su voz natural, y Alberto se estremeció,

murmurando:

—¡Valentina!

—¡Gracias á Dios! Veo que tu corazon no presiente.

Y apoyándose en el brazo de Alberto, trató de arrastrarlo al salon; pero él no se movió.

—Faltaste á la cita, y debo quejarme de ese olvido, que por lo ménos acusa descortesía.

—Falté, Valentina—repuso el jóven con cierta timidez,—porque no quiero engañar á las mujeres. Mi corazon está cerrado para nuevas impresiones.

Semejante confesion era un desprecio; Valentina, acostumbrada á vencer siempre, vióse humillada por primera vez; sintió en su alma la explosion del amor propio herido, y soltando el brazo de Alberto, le miró de arriba abajo como queriendo confundirlo. La ira saltaba de sus ojos convertida en rayos.

Alberto dió media vuelta y se dirigió al guardarropa para recoger su gaban.

En aquel momento supremo, bajo la excitacion nerviosa, Valentina vió pasar á Florencio Tejada, que los espiaba; tomó aliento, como para ocultar la emocion producida por aquel encuentro que le sugirió la idea de vengarse, y apoyándose en el brazo de Florencio, que tembló de placer al sentir satisfaccion tan inesperada, le preguntó:

 

—¿Me conoces?

—¡Te adivino!—contestó él con entusiasmo.

—Mira—le dijo, señalando hácia el vestíbulo del teatro,—por ahí vá ese hombre odioso para los dos.

—¿Para los dos?—Preguntó Tejada sorprendido.

—Síguele; humíllale ante el mundo.

—¡Ya le provoqué! Es un cobarde—repuso él con aire de triunfo.

 

—¡Humíllale más todavía! Quiero verle revolcado en el fango, escarnecido por todos. Y despues, ven á buscarme.

 

—¡Valentina!...

La dama del capuchon apretó la mano al jóven, y le dijo:

—¡Por allí! ¡Corre!

Y desapareció entre las máscaras del salon.

—¿Qué es esto?—pensó Florencio.—¿Qué ha pasado entre los dos?... ¡Quiere que le humille!... Poco ha de costarme, pues ese hombre no tiene dignidad; desde anoche, que le arrojé á la cara mi tarjeta, no ha venido á vengar el ultraje... Voy á ser héroe sin peligro... Y despues... ¡Oh, despues! ¡la felicidad! Ella lo ha dicho: «Ven á buscarme.» ¡Por esa mujer sería capaz de reñir con el inundo entero!

Cogió su abrigo, y saliendo precipitadamente á la calle, miró á todas partes; no distinguiendo la figura de Alberto, calculó que le llevaba alguna delantera, y entró en un carruaje de alquiler, advirtiendo al cochero que fuera despacio en direccion al Prado; atravesó las calles del Arenal y de Alcalá, mirando por la ventanilla á las pocas personas que pasaban á aquellas altas horas de la noche; al llegar á la fuente de la Cibeles, dijo con satisfaccion:

—Allí vá. Pára, cochero.

Y apresuró el paso para alcanzar á Alberto, que andaba de prisa, como el que va poseído de alguna idea que le atormenta.

No habían llegado á la altura de la calle del Sanco, por el pasco de Recoletos, cuando Alberto se detuvo al-oir estas palabras:

 

—¡Alto, caballero Puente!

Al ver á Tejada, la sangre de Alberto subió á sus ojos y procuró dominarse, comprendiendo que le esperaba una escena desagradable.

—¿Con qué intencion me sigue V. á esta hora, Sr. Tejada? —Debe V. comprenderlo; esperé todo el dia la visita de los

 

testigos de la persona que recibió anoche una ofensa, que parece le importa poco.

—¡Caballero!

Alberto se pasó la mano por los ojos, y acercándose á Florencio, le dijo:

 

—Es inútil que insista V en provocarme, porque no puedo medir con V. mis armas.

 

—¿Conmigo? ¡Eso es un insulto!

—Con nadie, Sr. Tejada; respete Y. mi confesion, y siga su camino sin temor á rivalidades, porque entre esa señora y yo no existe lazo ni compromiso que sea obstáculo á su afecto.

—¿Me cede V. el campo?—preguntó Florencio con tono insolente. —¡Gracias por la generosidad! En todo caso creeré que se retira usted por miedo.

Alberto apretó los puños y miró al cielo, pidiéndole valor para soportar tan grosero insulto. Se repuso al momento y dijo con entereza:

—¡Abra V. paso y no sea temerario!

Iba á andar cuando de los labios de Tejada salió esta frase:

—¡Así castigo á los cobardes!

Y levantando el baston, le dejó caer sobre la cabeza de Alberto Puente.

—¡Ira de Dios! ¡Miserable!...

Lanzándose furioso sobre el agresor, cogióle por la cintura, y alzándole con sus hercúleos brazos, lanzó al aire su cuerpo como quien despide una piedra. Florencio Tejada cayó para no volver á levantarse; su cabeza había chocado contra el tronco de un árbol del paseo, y la congestion causó la muerte instantánea.

Al verle en tierra, inmóvil, un horrible calofrío se apoderó de Alberto; precipitóse sobre el cuerpo inanimado, y comprendiendo la nueva desgracia que pesaba sobre su conciencia, con las manos crispadas, exclamó:

—¡Qué maldicion me persigue!... ¡Dios mió! ¡ten piedad de mí! Corrió de un lado para otro del paseo, buscando al sereno, á los

guardias de orden público, para entregarse á la justicia, declarándose criminal; pero los agentes de la autoridad son siempre prudentes, y no acuden á donde se les llama. Alberto se dirijió á su casa con la cabeza caida sobre el pecho.

 

IX.

 

 

 

 

 

El estado moral de Alberto Puente cuando llegó á su casa es difícil pintarlo con verdaderos colores; parecía haber perdido la facultad de hablar; no tenía palabras para expresar su abatimiento. Dejóse caer en la cama vestido, buscando en el sueño, más que el descanso, el olvido de su pena; pero fué en vano; el sueño es como los amigos del mundo; nos abandona en las tribulaciones de la vida.

 

Alberto no durmió; pero una hora después sintió que su cerebro se despejaba; saliendo de su postracion física y moral, vio claramente la extension de su desventura; saltó de la cama y mirándose al espejo, parecióle que en aquella noche había envejecido; con efecto, sus facciones estaban contraidas á causa de las impresiones violentas del paleo y del suceso del paseo de Recoletos.

—¿Qué es ésto?—se preguntó.—¿Sufro las consecuencias de una espantosa pesadilla ó toco la realidad?... ¡Ah, no! Allí, contra aquel árbol de tronco torcido, lo estoy viendo, acabó la existencia de ese desgraciado que se empeñó en buscar la muerte... ¿Por qué me apeno tanto? ¿No hice cuanto pude por evitar la catástrofe?... El padre Martin me dijo que la defensa era natural y permitida; Tejada me ofendió, y mi honor lastimado exigía una reparacion...¡El honor! ¿Acaso la sociedad me perdonaría la muerte de un hombre sin cubrir las fórmulas que tiene establecidas para matar sin responsabilidad? ¡La justicia me condenaría como asesino porque maté sin testigos! ¿Qué ley es esa escrita en el forro del Código penal para burlarse del artículo que dentro del libro condena el duelo?... ¡Mis manos están malditas!¡No puedo rozarme con los hombres sin exponerme á nuevas desgracias! ¡La sangre de los dedos me salpica el rostro! ¡Huyamos del mundo! ¡Aquí me ahogo!

Dió algunos paseos por la habitacion, como el hombre que lucha con la demencia cuando quiere apoderarse de su presa, y de repente, saliendo por el pasillo, fué á llamar á la puerta de un cuarto

 

interior. Al punto se presentó un antiguo criado de la casa, como antiguo fiel y amante de sus amos.

—Fernando—le dijo—toma la llave de mi armario, coloca en la maleta mi ropa, y en cuanto rompa el dia, vé á buscar un carruaje. No hagas ruido para que la señora no se despierte.

El sirviente miró á su amo con asombro, y fué á cumplir sus órdenes.

Alberto volvió á su habitacion, y cogiendo una pluma escribió la siguiente carta:

«Elena: Te ví anoche, y el tormento que me causó tu presencia lo compensaban esos minutos de felicidad en que respiramos la misma atmósfera. Quieres saber el móvil de mi conducta que considerarás indigna; pero ¡ay! ¡mi revelacion te causaría acaso la muerte! ¡Te amo más que el dia que nos separó el destino, y no puedo amarte! El destino implacable puso entre los dos una barrera; pero te llevo conmigo...

«Quiero hablar y no encuentro la manera de expresar nuestra desgracia. Olvídame, porque un rio de sangre nos separa... ¡Ah!...

 

«Desde anoche, el destino que se ceba en mí ha envenenado más mi existencia... ¡Adiós! ¡Huyo del mundo! ¡huyo de tí!... Más todavía, ¡voy huyendo de mí mismo! Pero en mi último suspiro irá envuelto tu nombre. No soy digno de tí. ¡Adios!—Alberto.»

Al dejar la pluma, dobló la cabeza y permaneció algunos minutos con la frente apoyada en las manos; al incorporarse, sobre el papel brillaban lágrimas. Lanzó un suspiro profundo, y cogió la pluma para escribir esta carta:

«Madre mia: El mundo, en vez de curarme, ha agravado mi mal; en vez de proporcionarme el olvido, me ha arrastrado al abismo. Estoy maldito, y pesa sobre mi conciencia la vida de otro hombre. No sé que fatalidad me persigue y necesito huir. ¡Estoy loco!...

«No tengo valor para despedirme de tí, y temo además que tu afecto se impusiera, deteniéndome en mi propósito; voy... no sé á donde, á buscar la soledad, á donde no me vea expuesto á defender mi honor ultrajado, lamentando la gloria del triunfo. ¡No, no, madre mia! ¡Esos triunfos son peores que la muerte! ¡La ley del honor exige al hombre sacrificios superiores á sus fuerzas! ¡Morir ó matar!... ¡Ah! ¡es mil veces mejor morir!...

 

«¡Adios! ¡Te llevo en el corazon, te llevo en el pensamiento! En cambio, te dejo mi alma triste y desolada para que te acompañe en tu dolor, que no admite consuelos... ¡Sufro tanto!.... Ten compasion

 

de tu desgraciado—Alberto.

El alba entró por las rendijas de las puertas del balcon, y detrás del alba entró el fiel Fernando á avisar que el coche esperaba en la calle con la maleta lista.

—Toma estas cartas—le dijo Alberto;—cuando la señora se levante, le entregas ésta, y antes avisa á mi hermana para que no pierda de vista á su madre, pues puede necesitar de sus cuidados. La otra carta la llevarás después á su destino.

Estrechó la mano del criado, bajó de tres en tres los escalones para llegar más pronto, como el que huye de un peligro, y se dejó caer en los almohadones del carruaje, diciendo al cochero:

—A la estacion del ferro-carril del Norte. ¡Aprisa!

Y bajó las cortinillas para que los que pasaban no le vieran llorar, pues sus lágrimas corrieron desbordadas.

—¿A donde voy?—dijo—¡No sé! ¡Al desierto!

¡Al fin del mundo, donde no encuentre hombres que sacrificar á la ley del honor!

Las cartas de Alberto eran dos rayos destructores. Su pobre madre, al leer aquellas desconsoladoras líneas, dió un grito y corrió como loca á las habitaciones de su hijo; todo anunciaba allí el desorden que precede á un viaje; todo anunciaba la desgracia. Piedad prodigó consuelos á la buena señora; pero el golpe había sido mortal.

¿Qué diré de Elena? A la exaltacion que en su ánimo produjeron los primeros renglones de la carta de Alberto, siguió la paralizacion de todo su sér.

—¡Un rio de sangre!—exclamó—¡Santo Dios! ¡qué presentimiento me asalta!...

Le pareció ver entre nubes la sombra de su hermano Leopoldo, con una herida en el pecho que brotaba sangre. Fuera de sí dijo:

—¡Qué desventurada soy! ¡No, no! ¡qué desventurados somos los dos!

 

X

 

 

 

 

 

Escribo mi narracion en Febrero de L R . Tres años han pasado desde la muerte de Florencio Tejada; allí está, en el paseo de Recoletos, el árbol de tronco torcido donde el temerario jóven encontró la muerte La justicia formó el sumario, y no habiendo datos para creer que había sido víctima de alevosía, sobreseyó en la causa, atribuyendo la muerte al golpe que recibió Florencio en la caida, ocasionando una congestion cerebral. ¡Así se engaña muchas veces la justicia! La única persona que podía haber dado luz sobre el suceso era Valentina, pero aterrada ante las consecuencias de su ligereza por haber obligado al jóven á provocar

 

á  su rival, no quiso aparecer cómplice, y calló. Y tranquila, como si no tuviera conciencia, sigue en su vida de aventuras galantes.

Piedad se casó con Patricio, pero llora la muerte de su madre y la ausencia de su hermano. ¡Nadie en el mundo es completamente feliz!

Elena ¡ah! la pobre amante no tiene la dicha de saber olvidar, y llora y reza en la soledad.

¿Y Alberto Puente?—me preguntarán los lectores. No puedo contestar. No sé si ha muerto; él lo dijo: ¡iba huyendo de sí mismo! ¡Tantas personas desgraciadas ó víctimas de una exigencia!

 

¿Qué importa? ¡La sociedad ha triunfado! ¡Está satisfecha la ley del honor!

 

 

 

 

 

 

CUARTA PARTE.

 

 

 

 

 

 

CANTARES

 

 

 

 

 

 

T                        .

 

 

 

 

 

 

UNA FRASE.

 

 

 

 

 

«CANTAR.—Copla puesta en tono para cantarse.»

 

Con esa sencilla frase define el Diccionario la palabra. ¡Qué fria es la razon de los académicos!

Al publicar mis coplas, no las clasifico, no las ordeno, porque quiero que las guarde mi libro como las horas de mi existencia; al lado de una ilusion, un desengaño; después de un suspiro de amor, un sollozo; después de una sonrisa, una lágrima; después de un pensamiento filosófico, una burla social. Así es la vida en sus accidentes; una hora no se parece á la anterior.

Al lanzar al viento de la publicidad mis cantares, me permito corregir á la Academia, y escribo esta definicion:

CANTAR.—¡Grito del alma!

 

 

 

 

 

 

EN MI SALON.

 

 

 

 

 

SOLILOQUIO.

 

 

 

 

 

A AURORA

 

 

 

 

 

Ya dió principio la fiesta

 

en nuestro modesto hogar,

y con caras de alegría

entrando las niñas van.

Cien luces hay en la sala,

y parecen un millar,

porque los ojos de Amelia

eclipsan la luz del gas.

¡Ay! ¡qué talle el de Felisa!

¡es una palma real!

¡qué boca la de Teresa,

y qué brazos los de Paz!

¡Lleva pintada en el rostro

su alma hermosa Trinidad!

¡Qué gracia tan seductora

luce Cármen al andar!

¡Qué atraccion tiene Dolores!

todos á invitarla van.

¡Qué bien toca Margarita

y qué bien canta Pilar!

 

En un rincon, recostado

 

en un mullido divan,

al placer indiferente,

las veo á todas pasar

entre los rápidos giros

del vertiginoso vals;

enfrente estoy de un espejo,

y allí mi cara al mirar,

con sentimiento murmuro:

—«¡Tengo canas! ¡Es verdad!

¡Bajo la nieve del monte

suele esconderse el volcan!»

Evocando las memorias

de aquella dichosa edad

en que la razon perdía,

(¿acaso es cuerdo bailar?)

como sombras acudieron

las cien mujeres, que ya

ni me miran en la calle

ni las conozco al pasar;

cómplices de mis locuras,

arrepentidas, quizás

á  Dios eleven los ojos ¡Bien tiene que perdonar!...

—¿Por qué me miras?... ¿Sin duda en mi alma leyendo estás,

y quieres pedirme cuentas de una evocacion mental? No, mi bien: nada te roban fantasmas que dejo atrás; las malas memorias mueren pues se escriben en la mar. Si las evoco, tú ganas, porque así te quiero mas; cuando la virtud se impone ¿cómo ha de tener rival? En su corriente, el olvido

 

no ha de poderle arrastrar,,

 

porque al amor no le matan

ni las canas ni la edad.

¡Bajo la nieve del monte

suele esconderse el volcan!

Siéntate á mi lado; al verte

las sombras de ayer se van...

¡Qué animacion en la fiesta!

—Acércate un poco más;

contemplaremos el cuadro

para darle intimidad...

¡Cuánto gozan nuestras hijas!

¡pobres! ¡qué alegres están!

con la sonrisa en los labios,

dudan que exista el pesar,

pues las anima esta noche

la ilusion... ¡Dichosa edad!

Un prendido nuevo, gasas,

flores, una vara más

de tela... ¡En qué poco precio

tasan la felicidad!

Cual mariposas que vuelan

alrededor del rosal,

pasan, echándoles flores,

un galan y otro galan.

No prefieren á ninguno;

son muy niñas; ya vendrá

el sufrimiento mas tarde.

—Mira: salen á bailar

un rigodon: ¡baile pérfido!

no se cuida del compás;

sus paréntesis de espera

obligan á ver y hablar.

—¿Quién baila con mi María?

—¿Arturo? ¡Apuesto galan!

Sus movimientos declaran

que hablándole al alma está...

 

No me engaño, pues conozco

 

esa manera de hablar.

Yo no quiero que la mire,

que le hable con tanto afan,

pues si llega á cautivarla,

resueltamente vendrá

luego á pedirme su mano,

y no se la quiero dar.

—¿Dices que soy egoísta?

—Sí, sí: lo soy; es verdad.

¿Que Arturo es bueno, que es rico?

 

—¡Qué manera de pensar!

¡Y por ricos y por buenos,

uno tras otro, vendrán

para dejarme vacíos

el corazon y el hogar!

¡El deber dirá que sí

y el alma que nó dirá!

¡Qué deberes á los padres

exige la sociedad!

Cesa el rigodon. Arturo

saluda á mi hija y se va

despechado... ¡Estoy tranquilo!

¡no me la puede robar!...

—¿Porqué me miras? Comprendo

lo que murmurando estás,

pues tu sonrisa delata

que me quieres recordar

lo que olvida mi egoísmo;

has vuelto la vista atrás.

¿Por mí dejaste á tu madre

y eres feliz?... Es verdad...

¿Te acuerdas de aquellos dias

de amor?... ¡Qué hermoso es amar!

 

Te ví una noche en un baile;

no lo olvidaré jamás;

cruzabas como una sombra,

 

y me miraste al pasar...

 

Me miraste, no lo niegues,

que no acusa liviandad

cuando detrás de los ojos

el alma solo se vá.

Ibas vestida de blanco,

con zarcillos de coral,

una camelia en el seno

y en el pelo un azahar;

pálida, y en las pupilas

la luz, la electricidad;

con la languidez del trópico

columpiándote al andar.

Me puse en pié, y arrastrado,

como el acero al iman,

te cerré el paso, resuelto

para sacarte á bailar.

De emocion te estremeciste...

—¿Que es eso? ¿temblando estás?...

 

¡Qué dulces son los recuerdos!

¡Hacen dos veces gozar!

Más que la lengua los ojos

te dijeron, mucho más,

porque anda torpe la lengua

cuando el alma herida está;

nuestras almas se fundieron

de la música al compás;

yo no sé lo que te dije;

tú lo debes recordar,

que amor pone á sus palabras

el sello de eternidad.

¿Quieres que te las repita?

¡El corazon palpitar

siento! ¡arde en él esa llama

que no se extingue jamás!

¡El amor!... ¡Maldito espejo!

¡De mí se quiere burlar,

 

pues me presenta en las cunas

 

el medio siglo fatal

que sobre mi frente pesa

y no puedo soportar!

El corazon no envejece;

el alma no tiene edad.

¿Jóven me encuentro, y soy viejo

para sentir, para amar?...

¡Bajo la nieve del monte

suele esconderse el volcan!

Abro los ojos... ¿Qué es esto?

Me he dormido en el divan.

¿Tú tambien?... Por las rendijas

el alba penetra ya;

las velas se han consumido;

¡qué triste es la oscuridad!

¡Qué desorden en los muebles!

Aún se siente palpitar

la animacion de la fiesta

entre tanta soledad.

Sobre la alfombra contemplo,

como en el revuelto mar,

los despojos de la nave

que destrozó el huracan:

aquí flores deshojadas;

una horquilla mas allá;

alfileres, un encaje

de la falda de Pilar...

¡La mujer, así, en despojos,

el alma dejando va!

—¡Cómo duermen nuestras hijas!

 

Gozando sin duda están

un sueño color de rosa,

y á la tarde, al despertar,

sus impresiones del baile

alegres nos contarán.

De los lábios de María

 

se escapan palabras... ¡Ah!

 

¡la fiesta! El nombre de Arturo

 

no se ha llegado á grabar.

Una cartera y un lápiz

hay á los piés del divan:

en todas sus hojas leo

esta palabra: Cantar,

—Es mi cartera; dormido,

soñando estuve quizá...

Mis sentidos se despejan;

voy el sueño á recordar.

—Era mi salon el mundo

en el vértigo del vals,

confundidas las figuras,

como sombras ví cruzar,

la ilusion y el desengaño,

la mentira y la verdad,

las virtudes y los vicios,

la ventura y el pesar,

la ignorancia y la experiencia,

la justicia y la maldad.

la Mesalina sin manto

y con velo la vestal;

y cada sombra dejaba

en mi cartera, al pasar,

una esperanza, un consuelo,

el borron de la impiedad,

una lágrima, un suspiro,

un pensamiento ideal,

la sonrisa de los ángeles,

la risa de Satanás...

En una palabra, el mundo

retratado al natural.

Sacudí el polvo á mi lira,

rota y olvidada ya,

y de sus cuerdas brotaron

un cantar y otro cantar.

 

Cojo airado la cartera,

 

y haciendo un brusco ademan,

digo: «¡Lo escribí durmiendo

y lo borro al despertar!»

—¿Por qué me quitas las hojas

con aire de imperio?... Ya:

¿más que interés, su lectura

te inspira curiosidad?...

Tienes razon; pues son tuyos

estos Cantares, ahí van...

—¿Haces un gesto de duda.

y me enseñas un cantar?

A ver si la copla es pérfida

y acusa infidelidad:

—«Estabas en tu ventana,

y me miraste al pasar...»

—El amor es susceptible,

y los celos... ¡Ja, ja, ja!

El poeta no es el hombre;

la musa no tiene edad.

¡Si las musas fueran viejas!

¿Qué mujer me ha de mirar?

—¿Porqué te muerdes los labios

 

cuando asiento una verdad?...

Te adivino el pensamiento;

tus ojos diciendo están:

«¡Bajo la nieve del monte

suele esconderse el volcan!»

 

 

 

 

 

 

CANTARES.

 

 

 

 

 

I

 

 

 

 

 

Los novios tienen dos almas

 

que himnos cantan al amor;

los esposos tienen sólo

un alma para los dos.

 

 

 

 

 

II

 

 

 

 

 

Peregrino por el mundo,

 

busqué en vano la verdad;

una mujer la guardaba,

y me la trajo á mi hogar.

 

 

 

 

 

 

III

 

Mis hijos nacen llorando

 

y mueren, niños, riendo.

¡Qué felicidad tan cara!

¡Llenar de ángeles el cielo!

 

 

 

 

 

IV

 

 

 

 

 

No te mueras sin llevarme;

 

sin tí la vida me falta;

¿cómo ha de volar el pájaro

cuando le cortan un ala?

 

 

 

 

 

V.

 

 

 

 

 

El hombre es como el globo

 

que se remonta al cielo;

sube, y miéntras más sube

se le vé más pequeño.

 

 

 

 

 

VI.

 

 

 

 

 

 

Para brillar en el mundo,

 

pidió mi vergüenza en pago;

 

cambiar no quise un tesoro

por un oropel con fango.

 

 

 

 

 

VII

 

 

 

 

 

Iba un beso perdido

 

buscando el cielo;

amor tendió sus alas,

y dijo al beso:

—«Mira á Filena;

en sus rosados labios

está la puerta.»

 

 

 

 

 

VIII

 

 

 

 

 

Camino del cementerio

 

nos encontramos los dos;

mi amor enterraste vivo;

yo, tu muerto corazon.

 

 

 

 

 

 

IX.

 

El amor de, la niña

 

nace jugando;

el amor de la jóven

vive llorando;

Y el de la vieja

exhumando memorias,

muere en la iglesia.

 

 

 

 

 

X.

 

 

 

 

 

Fuiste ingrata; no le mires;

 

hay en su pecho rescoldo,

y animar puede la llama

la falsa luz de tus ojos.

 

 

 

 

 

XI

 

 

 

 

 

Estabas en tu ventana,

 

y me miraste al pasar;

tu mirada es el relámpago

que deslumbra sin quemar.

 

 

 

 

 

 

XII

 

Dicen que el amor es ciego;

 

él solo ve lo que ama...

El tiempo, gran oculista,

le bate las cataratas.

 

 

 

 

 

X III

 

 

 

 

 

El rey brilla, goza, ostenta,

 

manda, y perdona además.

¡Ay! yo quisiera ser rey

sólo para perdonar.

 

 

 

 

 

XIV.

 

 

 

 

 

 

La mujer reina en el hombre;

 

niña, es su esperanza, un sueño;

jóven, su olvido de todo;

vieja, su arrepentimiento.

 

 

 

 

 

XV.

 

 

 

 

 

 

Es tu cariño egoista;.

 

no quieres más que á tí mismo;

 

ya dejarás de quererte

en cuanto tengas un hijo.

 

 

 

 

 

XVI

 

 

 

 

 

Sin que lo sepa tu alma

 

lloras para conquistarme;

son tus ojos una fuente

que tiene rota la llave.

 

 

 

 

 

XVII

 

 

 

 

 

¿Me preguntas si te quiero?

 

Si eres mitad de mi sér,

si eres alma de mi vida,

¿cómo no te he de querer?

 

 

 

 

 

X VIII

 

 

 

 

 

 

La edad para las mujeres

 

es un secreto, pues juegan

 

todas á la treinta y una,

 

y se plantan á los treinta.

 

 

 

 

 

XIX.

 

 

 

 

 

Da consuelo á los que lloran,

 

porque las lágrimas son

pedazos del corazon

que se van y se evaporan.

 

 

 

 

 

XX

 

 

 

 

 

Vienes del baile agitada;

 

bailaste siempre con él;

te juró su amor... ¿Te duermes?

¡Ay! ¡tú no sabes querer!

 

 

 

 

 

XXI

 

 

 

 

 

 

El lujo le roba al alma

 

lo que le regala al cuerpo;

¡cuántas veces regó el llanto

 

la seda y el terciopelo!

 

 

 

 

 

XXII

 

 

 

 

 

No asomes al espejo,

 

niña, la cara,

que la embustera luna

siempre te engaña.

Eres muy fea.

¿Dudas?... El alma asoma

á tu conciencia.

 

 

 

 

 

XXIII

 

 

 

 

 

Grabó el amor loco y ciego

 

en mi pecho tu retrato;

hoy, para arrancar la imágen,

hice el corazon pedazos.

 

 

 

 

 

XXIV

 

 

 

 

 

 

¿Por qué cuando te miro

 

los ojos cierras?

 

¿De mis ojos la llama

te vuelve ciega?...

Cuando la tocan

tambien la sensitiva

cierra sus hojas.

 

 

 

 

 

XXV

 

 

 

 

 

Ayer, domingo de Ramos,

 

fuiste con palma á San Luis;

el cura, que te conoce,

no la quiso bendecir.

 

 

 

 

 

XXVI

 

 

 

 

 

No encubras con la mentira

 

una accion torpe ó bastarda,

que es abrir un agujero

para tapar una mancha.

 

 

 

 

 

 

XXVII

 

Pobre te amé, y eres pobre

 

casándote con un rico;

en el mercado no venden

corazones como el mió.

 

 

 

 

 

XXVIII

 

 

 

 

 

Morenilla, tus ojeras

 

dan vida y calor al rostro,

pues son la sombra del alma

que está asomada á tus ojos.

 

 

 

 

 

XXIX

 

 

 

 

 

Ave tímida el candor

 

si le hacen tender el vuelo,

sus ojos rasgan el velo,

sus alas quema el calor,

y llegar no puede al cielo.

 

 

 

 

 

 

XXX

 

Si oigo llorar, voy corriendo;

 

huyo cuando oigo reir...

La puerta de la alegría

cerrada está para mí.

 

 

 

 

 

XXXI.

 

 

 

 

 

Se fundieron nuestras almas

 

solamente con mirarnos,

como se funden dos besos

sin que se junten los lábios.

 

 

 

 

 

XXXII

 

 

 

 

 

Tú me engañaste; mis penas

 

no se las cuento á la mar,

que allí tambien hay sirenas

que me vuelvan á engañar.

 

 

 

 

 

XXXIII

 

 

 

 

 

 

¡Qué frases tiene el cariño!

 

Dices: «¡Tu amor ó la muerte!»

 

en vez de decir: «¡Deseo

tu muerte si no me quieres!»

 

 

 

 

 

XXXIV.

 

 

 

 

 

No profanes el cariño;

 

si te casas sin amor,

deja, al entrar en la iglesia,

á la puerta el corazon.

 

 

 

 

 

XXXV

 

 

 

 

 

Ayer te dí mi existencia,

 

toda el alma por un beso;

hoy me ofreces alma y vida,

y ya de tí nada quiero.

 

 

 

 

 

XXXVI.

 

 

 

 

 

 

El fuego de una mirada

 

abrió tu pecho al amor,

 

como abre el cáliz la rosa

 

al primer rayo del sol.

 

 

 

 

 

XXXVII

 

 

 

 

 

Cuando mi amante me besa,

 

ven mis ojos el infierno;

cuando me besa mi madre,

buscan mis ojos el cielo.

 

 

 

 

 

XXXVIII

 

 

 

 

 

Si no sabes querer mucho

 

no dés al hombre esperanzas,

que los desdenes se curan

y los desengaños matan.

 

 

 

 

 

XXXIX

 

 

 

 

 

 

Ayer, en el Camposanto

 

llegar tu cadáver ví;

en lugar de maldecirte,

 

me puse á rezar por tí.

 

 

 

 

 

XL.

 

 

 

 

 

¿Amor le juraste á un hombre

 

y alegre bailas con otro?

Mira á tu amante: ¡se anuncia

la tempestad en sus ojos!

 

 

 

 

 

XLI.

 

 

 

 

 

No pidas á la fortuna

 

lo que da siempre el trabajo;

quien no siembra la semilla

no espere fruto del campo.

 

 

 

 

 

XLII

 

 

 

 

 

Tus negros ojos son,

 

un arma que dispara

con falsa direccion,

porque apunta á la cara

 

y da en el corazon.

 

 

 

 

 

XLIII

 

 

 

 

 

No bebas; huye del vino,

 

que al hombre bueno hace malo,

porque la razon se queda

en el fondo de tu vaso.

 

 

 

 

 

XLIV.

 

 

 

 

 

Vino una madre á pedirme

 

una limosna por Dios;

miré temblando á mis hijos...

¡Cómo decirle que nó!

 

 

 

 

 

XLV.

 

 

 

 

 

Un ángel bajó del cielo,

 

y con él te ví casar;

hoy conociste al demonio,

y te quieres divorciar.

 

XLVI

 

 

 

 

 

Busqué una mujer honrada,

 

y me bastó ver tu rostro;

la virtud se trasparenta

por el cristal de los ojos.

 

 

 

 

 

XLVII

 

 

 

 

 

¿Diste muerte con navaja

 

y no con florete en duelo?

Vil aquélla, y éste noble,

matan con el mismo acero.

 

 

 

 

 

XLVIII

 

 

 

 

 

 

El hombre no es más que un soplo

 

todo en él es pasajero;

la vanidad que lo hincha

no puede ser más que viento.

 

 

 

 

 

 

XLIX

 

Tú cometiste un delito,

 

y el juez, al verte tan linda,

sintió torcerse en sus manos

la vara de la justicia.

 

 

 

 

 

L.

 

 

 

 

 

No tapes con la pintura

 

los colores de tu cara,

eme solo en las casas viejas

se revoca la fachada.

 

 

 

 

 

LI

 

 

 

 

 

A la mujer no la quiere

 

el vil que la prostituye,

que las flores nada valen

cuando pierden su perfume.

 

 

 

 

 

LII

 

 

 

 

 

 

¿Porque eres rico pretende

 

humillarme tu soberbia?

 

Ayer ví un árbol frondoso,

y hoy le cortan para leña.

 

 

 

 

 

LIII

 

 

 

 

 

Tu amor tiene mil colores,

 

tornasol indefinido;

mi amor, azul como el cielo,

es negro cuando te miro.

 

 

 

 

 

LIV.

 

 

 

 

 

No perdí, ausente, la calma;

 

lejos de tí no sufría,

porque me llevé tu alma,

y á tí te dejé la mia.

 

 

 

 

 

LV.

 

 

 

 

 

 

Habla poco y mira mucho

 

si hacer fortuna pretendes,

 

que las miradas recogen

 

y las palabras se pierden.

 

 

 

 

 

LVI

 

 

 

 

 

No des madrastra á tus hijos,

 

porque el amor maternal

es como el oro, que nadie

lo sabe falsificar.

 

 

 

 

 

LVII

 

 

 

 

 

Muere un pobre, y sus pariente

 

dicen: «Nada nos dejó.»

Un rico muere, y su madre

grita: «¡Nada me quedó!»

 

 

 

 

 

LVIII

 

 

 

 

 

 

Vil la calumnia declara

 

al labio que la profiere,

porque es un arma que hiere

 

al mismo que la dispara.

 

 

 

 

 

LIX.

 

 

 

 

 

¿El te mira? ¡No le mires!

 

Amor es traidora llama;

la inocente mariposa

que busca la luz, se abrasa.

 

 

 

 

 

LX.

 

 

 

 

 

Ten siempre de centinela

 

á  tu pudor contra el vicio; el amor tiene una máscara que se pone el libertino.

 

 

 

 

 

LXI

 

 

 

 

 

Dice un vate latino,

 

que la culebra

amenaza escondida

entre la yerba.

 

Y hay quien sostiene

 

que escondes en el pecho

una serpiente.

 

 

 

 

 

LXII

 

 

 

 

 

No corras tras de la gloria

 

que es, como mujer, ingrata,

pues si la buscan, se esconde;

si la persiguen, se escapa.

 

 

 

 

 

LXIII

 

 

 

 

 

No sirven los cerrojos,

 

puertas, ni llaves,

porque el amor penetra

por todas partes.

Al corazon

un guardian le defiende,

que es el pudor.

 

 

 

 

 

 

LXIV

 

Eres un vaso con flores

 

que renuevas cada dia;

el calor de la inconstancia

al momento las marchita,

 

 

 

 

 

LXV.

 

 

 

 

 

La virtud es como el cisne

 

que en limpio arroyo se baña;

si entra en el fango no muere,

pero su pluma se mancha.

 

 

 

 

 

LXVI

 

 

 

 

 

¿Hablas mal de las mujeres?

 

¡Me extraña tu insensatez!

¿No amaste? ¿No tienes hijas?

¿Tu madre no fué mujer?

 

 

 

 

 

LXVII

 

 

 

 

 

 

Soñaste con los encajes

 

y tu virtud enredada

 

quedó en sus hilos, cual mosca

en la tela de la araña.

 

 

 

 

 

LXVIII

 

 

 

 

 

¿Qué es el amor, me preguntas

 

No te lo sé definir;

sé que me olvido de todo,

que no pienso más que en tí.

 

 

 

 

 

LXIX.

 

 

 

 

 

Quiere el pequeño ser grande;

 

el pobre ser poderoso;

todos deliran. El mundo

es una casa de locos.

 

 

 

 

 

LXX.

 

 

 

 

 

 

Quien te adula te hace mal;

 

todo lisonjero miente,

 

que es un pobre pretendiente

 

presentando un memorial.

 

 

 

 

 

LXXI

 

 

 

 

 

Corriendo tras la fortuna

 

dí en su rueda un tropezon.

¿Ciega pintan á la diosa?....

Más ciegos los hombres son.

 

 

 

 

 

LXXII

 

 

 

 

 

Todo enemigo es malo

 

aunque pequeño,

pues se vé que una chispa

causa un incendio.

 

 

 

 

 

LXXIII

 

 

 

 

 

 

Te hice un favor, lo olvidé.

 

Te dí un duro; lo olvidaste.

No tienes más que pedirme,

 

y huyes al verme en la calle.

 

 

 

 

 

LXXIV.

 

 

 

 

 

Si te mueres alma mia,

 

mi corazon quedará

como una jaula vacía

cuando el pájaro se va.

 

 

 

 

 

LXXY

 

 

 

 

 

Pídele apoyo á la suerte

 

y á la sombra de otros medra,

mas no hagas lo que la hiedra

que al que la ampara da muerte.

 

 

 

 

 

LXXVL

 

 

 

 

 

Como dos árboles somos

 

que la suerte los separa;

ponen en medio un camino,

pero se juntan sus ramas.

 

LXXVII

 

 

 

 

 

Faltaste á la fé jurada

 

y el hombre que te sedujo

es de todas las mujeres,

mientras que tu esposo es tuyo.

 

 

 

 

 

LXXVIH

 

 

 

 

 

Pretende el médico en van

 

curarte del mal de amor.

¿Cómo se arranca una espina

clavada en el corazon?

 

 

 

 

 

LXXIX

 

 

 

 

 

Junto á tu boca un lunar

 

dice más que tu mirada;

lo quiso el amor pintar

sin duda para indicar

la puerta de su posada.

 

LXXX.

 

 

 

 

 

Tu conciencia es un espejo

 

que está para tí empañado,

y en él ve el mundo estampado

de tus actos el reflejo.

 

 

 

 

 

LXXXI

 

 

 

 

 

Llamé á la puerta del cielo

 

y al querer entrar, te ví;

no se engaña á Dios; contigo

estar no quiero ni allí.

 

 

 

 

 

LXXXII

 

 

 

 

 

Para seducir incauto

 

te dice el juego maldito:

“Es caballero el que gana,

y el que pierde... es un perdido.”

 

 

 

 

 

 

LXXXIII

 

¿Dices que te miro siempre

 

y que nunca me declaro?

—Lo que siento no se explica;

el amor habla callando.

 

 

 

 

 

LXXXIV.

 

 

 

 

 

Deslumbras á los hombres

 

luciendo galas;

rico traje en el cuerpo,

desnuda el alma.

Cual la alcachofa,

corazon tienes poco

y muchas hojas.

 

 

 

 

 

LXXXV.

 

 

 

 

 

Por Gil dejaste á Mariano,

 

y á Felipe por Ramon....

¡Qué! ¿No es juego prohibido

la ruleta del amor?

 

 

 

 

 

 

LXXXVI

 

Tres maestros he tenido

 

Mi madre me enseñó á amar;

el mundo, á dudar de todo;

una mujer, á olvidar.

 

 

 

 

 

LXXXVII

 

 

 

 

 

Pura como los ángeles

 

que hay en el cielo,

toda amor, toda espíritu,

así te quiero.

Si al mundo bajas,

¡huye! ¡amor no me inspira

ángel sin alas!

 

 

 

 

 

LXXXVIII .

 

 

 

 

 

Voy á poner un letrero

 

en la puerta de tu casa

que diga, con letras grandes:

“Cementerio de las almas.”

 

 

 

 

 

 

LXXXIX.

 

Murió una madre rezando,

 

y eran sus hijos ateos.

¡Madre infeliz, que no tiene

quien pida por ella al cielo!

 

 

 

 

 

XC.

 

 

 

 

 

Si sufro, déjame solo;

 

si sufres, vénme á buscar;

mio es mi dolor, y mio

el dolor de los demás.

 

 

 

 

 

XCI.

 

 

 

 

 

¿Qué es un beso? me preguntas.

 

—En los amantes es fuego;

en las amigas es aire;

en las madres es el cielo.

 

 

 

 

 

XCII

 

 

 

 

 

 

Por tu amor, un mar de lágrima

 

el alma cruzando va;

 

hay en tu pecho una roca,

y en ella se ha de estrellar.

 

 

 

 

 

XCIII

 

 

 

 

 

Hoy, al romper nuestro lazo

 

llanto vertimos los dos;

tú lloraste con los ojos,

y yo con el corazon.

 

 

 

 

 

XCIV.

 

 

 

 

 

Me dijiste que me amabas;

 

era mentira, y te amé;

hoy dices que me aborreces,

y no no puedo creer.

 

 

 

 

 

XCV

 

 

 

 

 

 

Sobre su tumba un sauce

 

sus ramas dobla,

 

y lágrimas parecen

 

sus sueltas hojas.

Al lado veo

un ciprés que la guarda,

mirando al cielo.

 

 

 

 

 

XCVI.

 

 

 

 

 

Envidia no tengo al rico;

 

tengo ambicion de ser grande;

que la ambicion y la envidia

no son hijos de una madre.

 

 

 

 

 

XCVII

 

 

 

 

 

Hoy, cuando leo tus cartas

 

la risa juega en mis labios.

¡Qué bien se ven las mentiras

al través del desengaño!

 

 

 

 

 

 

XCVHI

 

Huyo de tí, y mis suspiro

 

á tu corazon se van;

cual palomas mensajeras

su nido quieren buscar.

 

 

 

 

 

XCIX.

 

 

 

 

 

La mujer no tiene precio;

 

puede valer mucho ó nada,

pues la sociedad la estima

siempre en lo que ella se tasa.

 

 

 

 

 

C.

 

 

 

 

 

Me asomé á tu sepultura,

 

y tu alma errante me dijo:

—“¡Me cierra el cielo su puerta!

¡Si yo lo hubiera creído!”

 

 

 

 

 

CI.

 

 

 

 

 

 

Siendo inocente, á la cárcel

 

te llevaron por error;

 

allí aprendiste á ser malo...

¡Qué escuela de correccion

 

 

 

 

 

CII

 

 

 

 

 

Me lancé al mundo, buscando

 

algo bueno que aprender,

y huyendo del mundo vengo

para conservar la fé.

 

 

 

 

 

CIII

 

 

 

 

 

Un beso te dí en la frente

 

y el amor se estremeció;

despues te besé en la boca,

y huyendo se fué el amor.

 

 

 

 

 

CIV.

 

 

 

 

 

 

Perdí mi buena madre;

 

era yo pobre,

 

y su entierro llevaba

 

cuatro simones.

Murió mi padre; rico

era yo entónces,

y llevaba su entierro

trescientos coches.

 

 

 

 

 

CV.

 

 

 

 

 

Mi amor como el sol, es fuego

 

que da calor y no abrasa;

tu amor es como la luna,

que alumbra muy poco y mata.

 

 

 

 

 

CVI.

 

 

 

 

 

Eres pobre, pero honrado;

 

duermes, y nada te agita,

que es plácido siempre el sueño

de la conciencia tranquila.

 

 

 

 

 

 

CVII

 

Ten tus cuentas arregladas

 

porque la muerte no es más

que una letra, sin aviso,

que á la vista has de pagar.

 

 

 

 

 

CVIII

 

 

 

 

 

Quien no llega á conocer

 

lo que es de padre el amor,

ni sabe lo que es placer,

ni sabe lo que es dolor.

 

 

 

 

 

CIX.

 

 

 

 

 

Me das, para incitarme,

 

celos con otro;

le miras, y á mí al punto

vuelves los ojos.

Amor es ciego,

y jugando por tabla

pierdes el juego.

 

 

 

 

 

 

CX.

 

Tú me enseñaste á querer,

 

y me supiste engañar;

¿por qué con tanto saber

no me enseñas á olvidar?

 

 

 

 

 

CXI.

 

 

 

 

 

Tus ojos despiden llamas;

 

en tus labios arde el fuego....

¡Huyo de tí, pues no estoy

asegurado de incendios!

 

 

 

 

 

CXII.

 

 

 

 

 

Un filósofo decia;

 

—“¡Nos condenamos por ellas!”

Pasar te vió, y dijo al punto:

—“Pero ¿quién no se condena?”

 

 

 

 

 

CXIII

 

 

 

 

 

 

¿Qué pido á Dios en la iglesia

 

me dices? Y te pregunto:

 

“¿Qué puedo pedir al cielo

sino que me quieras mucho?”

 

 

 

 

 

CXIV.

 

 

 

 

 

Hoy me dices en tu carta:

 

“¡Te adoraré mientras viva!”

Y ayer vi tres cartas tuyas

con esas palabras mismas.

 

 

 

 

 

CXV

 

 

 

 

 

Mataste mis ilusiones;

 

la mujer es como el pájaro:

no solo pica la fruta,

sino que destroza el árbol.

 

 

 

 

 

CXVL

 

 

 

 

 

 

Aunque ya no me quieras

 

no mires á otros,

 

porque sentirán celos

 

al ver tus ojos.

¡Te miré tanto

que en tus negras pupilas

quedé estampado!

 

 

 

 

 

CXVII

 

 

 

 

 

¿Diste un beso á Nicanor

 

¡Infeliz! Se habrá inflamado,

sin saber que ese calor

en tus labios le he dejado.

 

 

 

 

 

CXVIII

 

 

 

 

 

Despues de una larga ausencia

 

vuelvo en busca de tu amor;

nada en tu casa ha cambiado...

¿Donde está tu corazon?

 

 

 

 

 

 

CXIX.

 

En tu corazon, ingrata,

 

estás formando un archivo;

no quiero esconder mi nombre

bajo el polvo del olvido.

 

 

 

 

 

CXX.

 

 

 

 

 

¡Que bien pensaba el que dijo

 

que era serpiente el amor!

Tu amor abrigué en mi pecho,

y el pecho me destrozó.

 

 

 

 

 

CXXI

 

 

 

 

 

Como el agua del rio

 

son tus pasiones;

por la brisa agitadas,

tranquilas corren.

Pero las mias

son como el mar, con olas

embravecidas.

 

 

 

 

 

 

CXXII

 

En la esfera del reloj

 

estoy mirando tu cara;

son tus ojos las agujas,

que apuntan y no se paran.

 

 

 

 

 

CXXIII

 

 

 

 

 

El caminito del cielo

 

está sembrado de espinas;

¡mis piés se rompen!... ¿Qué importa si en busca voy de la dicha?

 

 

 

 

 

CXXIV.

 

 

 

 

 

Dilata el alma un suspiro;

 

se funde en una mirada;

y en un beso, vida mia,

al cielo se van dos almas.

 

 

 

 

 

CXXY.

 

 

 

 

 

 

Dicen que tienes defectos,

 

pero mi amor no los mira;

 

tambien el sol tiene manchas,

y no las copia el artista.

 

 

 

 

 

OXXVI.

 

 

 

 

 

Tú vives de esperanzas;

 

yo de recuerdos;

tú bajas á la tierra;

yo subo al cielo.

El peregrino

sembrado de mentiras

halla el camino.

 

 

 

 

 

CXXVII

 

 

 

 

 

Mil estrellas necesita

 

el cielo para brillar;

cielo es tu cara, y deslumbra

con dos estrellas no más.

 

 

 

 

 

 

CXXVII

 

Dicen que las perlas salen

 

de las conchas de la mar;

y al verte digo: «En la tierra

tambien las perlas se dan.»

 

 

 

 

 

CXXIX.

 

 

 

 

 

¿Extrañas que tenga celos

 

en cuanto te miran otros?

¿No teme siempre el avaro

que le roben su tesoro?

 

 

 

 

 

CXXX

 

 

 

 

 

Si un espejo en tus ojos

 

el alma tiene,

y tu alma es tan hermosa

como aparece,

¿Por qué me engañas?

¿Por qué siendo tan buena

finges ser mala?

 

 

 

 

 

 

CXXXI.

 

Duermo mucho porque sueño

 

que no quieres más que á mí.

¡Qué mentira tan hermosa!

Despierto, me hace sufrir.

 

 

 

 

 

CXXXII

 

 

 

 

 

Ayer confesar te ví,

 

y adiviné tu tortura.

¡Ay, qué cara puso él cura

cuando le hablaste de mí!

 

 

 

 

 

CXXXIII

 

 

 

 

 

Dios bendijo el matrimonio

 

y formó un nudo gordiano;

querer zafarlo es en vano;

pero lo corta el demonio.

 

 

 

 

 

CXXXIV.

 

 

 

 

 

 

Fuiste al altar, exclamando:

 

“¡Este es el amor más grande!”

 

Hoy dices, besando á un niño:

“¡No hay amor como el de madre!”

 

 

 

 

 

CXXXV.

 

 

 

 

 

¿Por qué te alejas del mundo

 

en donde gozabas tanto?

No me lo digas; lo veo:

tienes un niño en los brazos.

 

 

 

 

 

CXXXVI

 

 

 

 

 

No llores. ¡Dichoso el niño,

 

pues deja, al tender el vuelo,

en la tierra tu cariño,

y halla la gloria en el cielo!

 

 

 

 

 

CXXXVII

 

 

 

 

 

 

Dos cosas persigue el hombre,

 

y á veces las halla aquél

 

que no las busca: el dinero

 

y el amor de una mujer.

 

 

 

 

 

CXXXVIII

 

 

 

 

 

¿Te ofreció por un beso

 

fortuna y vida?

¿Y el desengaño lloras?

¡Ay, pobre niña!

En el mercado,

los besos que se venden

se pagan caros.

 

 

 

 

 

CXXXIX.

 

 

 

 

 

¿Lloraste á tu madre poco

 

y lloras mucho á tu amante?

Amantes tendrás de sobra,

mas no hallarás otra madre.

 

 

 

 

 

 

CXL.

 

La vida es cual la sombra;

 

sin luz no existe;

puesto que me olvidaste

quiero morirme.

A oscuras vivo,

que la luz de mi vida

fué tu cariño.

 

 

 

 

 

CXLI.

 

 

 

 

 

Crucé todo el camino

 

de la existencia

derramando los bienes

á  manos llenas. Detengo el paso,

y está llena la alforja de desengaños.

 

 

 

 

 

 

ADIOS A LA MONTAÑA.4

 

 

 

 

 

Se vá mi sombra, pero yo me quedo

 

CAROLINA CORONADO.

Buscando dias serenos,

y un año dejando atrás,

volví á estos valles amenos

con algunas canas más

y unas ilusiones ménos.

Me marcó el alma el camino,

y verme no os cause asombro,

que aquí me trajo el destino;

como errante peregrino,

vine con la lira al hombro.

Supo este pueblo grabar

en mi corazon su afecto,

y no le puedo borrar,

porque yo tengo un defecto:

que no he aprendido á olvidar.

Olvidar fuera vileza

á  un pueblo, cuya altivez corresponde á su grandeza, pues para mí la honradez es la primera nobleza. ¿Cómo pudiera olvidar esta playa, esa bahía,

si la ola que bate el mar vino la salud á dar

á  un hijo del alma mia? Siento aquí la inspiracion, y el impulso no me extraña;

 

voy á daros la razon:

 

el aire de la montaña

inflama mi corazon.

La brisa, el amor, la mar,

espejo del cielo en calma

Sentí la lira temblar,

y la pulsé para dar

vida y espansion al alma.

Sí! las cuerdas de mi lira

nunca hirió la falsedad;

sólo la verdad me inspira;

aborrezco la mentira,

y aquí reina la verdad.

Con la verdad me inspiré;

mis dichas y mis pesares

en pobres versos canté

Yo me voy con mis Cantares,

que desde allá os mandaré.

Mis cantares vuestros son,

que en la montaña han nacido;

os traerá mi inspiracion,

en cada verso un latido

de mi noble corazon.

Olvidar las penas mias

me hicieron, horas felices

de bienestar, de alegrías...

En tierra de simpatías

echa el corazon raices.

Me lleva el destino allá,

sin que olvidar nunca pueda

que aquí mi memoria está.

¡Adios! ¡Mi sombra se vá

y mi espíritu se queda!

 

Santander,   b.

 

 

 

 

 

 

NOTAS

 

 

 

 

 

 

  Recitada por su autor en la Academia de la Historia, en la sesion celebrada por la Sociedad española de Salvamento de náufragos para conmemorar el primer aniversario de su fundacion.

 

  Leído en la inauguracion del nuevo edificio levantado en Madrid para Monte de Piedad y Caja de Ahorros.

  Véase el cap. V, sobre El Amor, en el libro LA MUJER, por D.

Severo Catalina.

 

  Versos leídos por su autor en el Casino Montañes, de Santander.

 

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