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Libro N° 8608. La Estrella De Rabo. Abello Asenjo, Ricardo.

Libro N° 8608. La Estrella De Rabo. Abello Asenjo, Ricardo.

 


© Libro N° 8608. La Estrella De Rabo. Abello Asenjo, Ricardo. Emancipación. Mayo 15 de 2021.

Título original: ©  La Estrella De Rabo. Ricardo Abello Asenjo

 

Versión Original: © La Estrella De Rabo. Ricardo Abello Asenjo

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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LA ESTRELLA DE RABO

Ricardo Abello Asenjo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sinopsis

 

La mesa del comedor ostenta un enorme nacimiento navideño, con su musgo y su riachuelo de espejo, con su montaña y su castillo de Herodes, con sus figuritas de pasta vestidas al uso castellano. Tan magnífico belén es obra de don Aniceto, que lo contempla con gran orgullo. No obstante, algo se echa en falta en el montaje; y don Aniceto bien lo sabe, pues no se trata de un olvido la ausencia de la que él denomina estrella de rabo. Las razones de su decisión son poderosas y remontan el relato hasta la infancia del buen señor, cuando se cortó con la hoja de lata de la estrella que su padre compró. Este es considerado como el inicio de una serie de hechos en cadena, donde la conversión de la hija del hojalatero en su madrastra es fundamental.

 

Recursos, temas y motivos

Navidad • Orfandad

 

Menciones

Personas: Herodes • Salomón • Schopenhauer

Lugares: Arganda del Rey • Belén • Castilla • La Alcarria • La Mancha • LilliputOrganizaciones: Congreso de los Diputados • Ministerio de HaciendaPersonajes: Alonso Quijano

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Estrella De Rabo

Ricardo Abello Asenjo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nota previa

Se reproduce a continuación el relato La estrella de rabo, de Ricardo Blanco Asenjo.

Ganso y Pulpo ha realizado su edición a partir del texto publicado en el suplemento La Ilustración ibérica del día 12 de enero de 1889 (año VII, núm. 315).

El texto se corresponde con el identificador editorial GYP-NB0479, habiéndose podido actualizar su ortografía y gramática de acuerdo con las reglas vigentes del idioma español. Estos cambios suponen, en el plano ortográfico, la supresión del acento en monosílabos y la actualización de aquel léxico técnico y/o extranjerismos que están actualmente integrados en el idioma. En el plano gramatical ha podido variar el texto en relación a la disposición de signos de puntuación, principalmente en relación al empleo de la raya.

En cuanto a la licencia de esta edición debe tenerse en cuenta que el texto reproducido es de dominio público (Ricardo Blanco Asenjo falleció en 1897). Por otra parte, tanto la portada como la edición aquí presentadas se distribuyen gratuitamente bajo licencia Creative Commons por la editorial electrónica Ganso y Pulpo, que espera se comparta en los mismos términos que los estipulados originalmente (edición íntegra, sin ánimo de lucro y respetuosa tanto con el texto como con el trabajo desempeñado por la editorial).

El presente ePub está libre de DRM y validado técnicamente, como puede comprobarse mediante la aplicación web del IDPF.

Todas las posibles modificaciones realizadas hasta la fecha en este libro están declaradas en el registro de cambios general, que encontrará en la página web del proyecto.

Sin más, esperamos que disfrute de su lectura. Todas sus apreciaciones, sugerencias y observaciones son bienvenidas en nuestro formulario de contacto.

Ganso y Pulpo

Creación: Huesca, 09 de enero de 2021

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La estrella de rabo

Armado estaba el pedazo de corcho pintorreado de almagro, ocre, verde y azul, y salpicado de vidrio molido. En la cumbre, tras la dentada muralla de cartón, veíase el palacio de Herodes, copia exacta del Congreso de Diputados; y el templo que edificó Salomón, ostentando una torre magnífica con cuatro auténticas y verdaderas campanas.

Delante de la montaña, en todo el espacio de la mesa de comedor que la sostenía, emplazábase luenga pradera de musgo, que un riachuelo, formado con pedacitos de espejo, atravesaba; y en los confines del paisaje, las posadas y merenderos, los molinos de viento y las chozas de pastores se perdían en conjunto vistoso, aunque no muy conforme a la propiedad histórica, puesto que los molinos eran trasunto de aquellos que en la Mancha parecieron gigantes a D. Quijote, y apenas había ventorro en cuyas encaladas paredes no se leyera en castellano no muy correcto:

Bino y zerbeza. Se gisa de comer. Gallos y caracoles.

Los liliputienses pastorcillos de barro bailaban seguidillas con mozuelas de su misma pasta y estatura, vestidas al uso de las serranas alcarreñas; y los reyes que la cuesta bajaban, con sus turbantes y vistosas hopalandas, más parecían mercaderes de babuchas que auténticos monarcas orientales.

 

D. Aniceto contemplaba, sin embargo, con verdadero orgullo aquella obra que él había trazado; y los chicuelos, con infantil alborozo, aplaudían y gritaban, y en coro discordante decían coplas que les dictaba su madre, conmovida y regocijada, golpeando sin cesar el tambor y arrancando estridentes vibraciones a la cuerda del rabel y a la seda encerada de la chicharra.

Por cortesía hube de celebrar el nacimiento, ponderando la propiedad del peñasco y la sabia disposición con que se habían colocado las figuras; mas como me permitiese reparar que allí faltaba un detalle interesante, me interrumpió D. Aniceto diciendo:

—Ya sé a lo que V. se refiere, pero no crea que es por olvido por lo que prescindo de la estrella de rabo. La supresión tiene su misterio, amigo mío, y quiero explicarle las razones en que la fundo, que para mí son poderosas.

Y a seguida, adoptando una actitud reflexiva y doctoral que jamás había yo sorprendido en el modesto y antiguo empleado del ministerio de Hacienda, me dijo con acento convencido y solemne, no exento de énfasis y presunción:

—A los hombres más experimentados se nos ha de permitir algunas preocupaciones. Por mi parte, amigo mío, le he de confesar que tengo una que se relaciona con esa estrella de hoja de lata o talco que los niños colocan encima del peñasco en recuerdo de aquella que, según piadosa tradición, guio hasta Belén a los tres Reyes Magos.

Y arrellanándose en un sillón enfrente del peñasco colocado, se pasó dos o tres veces la mano por la cabeza como para despertar sus recuerdos, y con la mirada absorta y distraída volvió a continuar su relato en la forma que sigue:

 

—Era yo chicuelo, y, por ser hijo único, muy mimado, y también porque mi padre, mayorazgo rico de Castilla, podía sacrificar a mis caprichos infantiles muchas viejas y relucientes peluconas sin que por esto se resintiera su fortuna lo más mínimo.

»Había en casa, de padres a hijos conservado, suntuoso nacimiento, que en esta época del año se armaba y disponía; pero también, como en este que tenemos delante, faltaba el detalle de la estrella; bien porque se hubiese destrozado, bien porque no pensaron en él los que primeramente lo compusieron.

»Era yo muy niño cuando reparé en el defecto. Mi padre, por remediarlo y complacerme, encargó en la hojalatería una estrella luciente como la plata y que tenía una cola encorvada como el acero de un alfanje. Tampoco debiera ser menos afilada, porque al colocarla sobre el nacimiento, tembloroso por la emoción que la alegría me causaba, me hice, con el rabo de la estrella, profunda herida en la mano, que dio gran susto a mi madre por los quejidos que el dolor me arrancó y por la abundosa sangre que hube de derramar.

»El contratiempo era natural, pero mi poca reflexión de entonces me hizo ver con cierta desconfianza y recelo el cometa de hoja de lata.

»Lo más particular es que aquella prevención, lejos de desaparecer con los años, se ha ido arraigando en mí, de manera que hoy la siento más viva e indestructible que nunca; pero es bueno, para que V. no achaque a manía esta repulsión, que le relate algunos hechos.

 

»Del susto que mi madre recibió al ver la sangre que manaba de mi herida, peligroso en su estado, pues según cuenta a principios del año próximo dejaría yo de ser el único vástago de mi noble y bien acomodada familia, adelantose el trance con tan mala suerte que a las alegrías de la Pascua se siguieron los lutos de la viudez para mi padre, y para mí la tristeza de la orfandad, que tan fatal influencia había de tener sobre mi vida.

»Mi padre se consoló de la pérdida, contribuyendo a ello las gracias de una mozuela vivaracha, hija del hojalatero que construyó la estrella de cola, que no fue mala la que trajo para mí, porque sin mi pueril capricho no habría mi padre ido a la tienda del menestral ni acaso hubiera conocido a la chiquilla.

»En fin, que sucedió lo que V. puede imaginar. El mayorazgo pasaba de los cincuenta, y la linda artesana apenas frisaba en los quince. Ya sabe usted lo del refrán: a burro viejo, la alfalfa fresca.

»La niña tenía unos ojillos negros con mucho garabato, y una madre con el alma llena de malicias. Entre una y otra tendieron la caña y pescaron lo que quería. Como la carnada era buena, el pez tragó todo el anzuelo, que se lo clavó hasta agallas.

»A la Nochebuena siguiente, mi padre, reventando de orgullo por la conquista, se casó con la garrida muchacha, y yo, ¡cándido miserable!, me alegré mucho al ver que por intercesión de mi madrastra lucía en aquel año, sobre el nacimiento de corcho, la estrella esplendorosa, un rabo, mucho más largo, adornado por la industria del hojalatero, que quiso festejarme con el regalo y celebrar así la honra de contarse entre mi familia.

»¡Ay, amigo mío! Desde entonces la estrella de mi vida comenzó a parecerse a la que en mala hora hubo de antojárseme. Fue una estrella rabona que se volvió contra mí, azotándome con toda suerte de desventuras. Cuenta que mi madrastra inauguró con sus propias manos los primeros compases de la tunda.

»Aquellos dedos delicados y blancos, que a mi padre parecerían manojitos de claveles, para mí se convirtieron en haces de disciplinas por lo pronto, y, a la larga, en garras de ave de rapiña; porque, después de dejarme bien vapuleado, concluyeron con el mayorazgo que había yo de heredar, y del que ni blanca recogí al fallecer el autor de mis desventurados días.

 

»Por irrisión de la suerte, entre los pocos trastos que me tocaron en las particiones, hubiéronme de adjudicar, con el nacimiento de corcho, la estrella de rabo, semblanza de mi estrella desventurada y origen de todas mis penalidades y desdichas.

»Pues aún hay que añadir que desde aquella época todos los acontecimientos de mi vida, aun los más venturosos, vienen con cola, como el astro de Belén, causante de mi ruina. Y no tengo un ascenso sin que nazca un chico a los pocos meses; y un año en que me cayeron a la lotería diez mil reales, a mi mujer se le incendió un majuelo que tenía en Arganda, única dote que me aportó al matrimonio y que valía algo más de quinientos duros.

»Vea V. por qué estoy convencido de que, así como algunos nacen bajo la influencia de Júpiter o Mercurio, yo he venido a la Tierra supeditado a la adversa preponderancia de la estrella de cola, y, apenas por cualquiera parte vislumbro alguna ventura, me echo a temblar como azogado, seguro del latigazo que a continuación me espera.

»Yo no he leído a Schopenhauer, ni a esos filósofos que se llaman pesimistas; pero las desventuras de mi existencia me han proporcionado la enseñanza dolorosa del refrán que dice que «unos nacen con estrella, y otros estrellados».

»Yo nací con un astro reluciente y hermoso, pero un astro de cola, y esta cola para mí se parece a la de los pescados, según tiene de espinas que me punzan.

 

Terminó aquí su singular relato el bueno de D. Aniceto; y yo, sin dejarme de reír de preocupación tan pueril e inocente, comprendí que en el fondo de ella había, sin embargo, una verdad filosófica.

La de que, en esta vida, las venturas mayores y los más grandes triunfos son como la estrella que obstinadamente se oponía a colocar sobre el nacimiento de corcho dedicado a sus hijos.

Traen cola.

 

 

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