© Libro N° 8573. La Tristeza. Chejov, Anton. Emancipación. Mayo 1 de 2021.
Título
original: © La Tristeza. Anton Chejov
Versión Original: © La Tristeza. Anton Chejov
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Anton Chejov
La Tristeza
Anton Chejov
La capital está envuelta en las penumbras
vespertinas. La nieve cae lentamente en gruesos copos, gira alrededor de los
faroles encendidos, extiende su capa fina y blanda sobre los tejados, sobre los
lomos de los caballos, sobre los hombros humanos, sobre los sombreros.
El cochero Yona está todo blanco, como un
aparecido. Sentado en el pescante de su trineo, encorvado el cuerpo cuanto
puede estarlo un cuerpo humano, permanece inmóvil. Diríase que ni un alud de
nieve que le cayese encima lo sacaría de su quietud.
Su caballo está también blanco e inmóvil. Por su
inmovilidad, por las líneas rígidas de su cuerpo, por la tiesura de palo de sus
patas, aun mirado de cerca parece un caballo de dulce de los que se les compran
a los chiquillos por un copec. Hállase sumido en sus reflexiones: un hombre o
un caballo, arrancados del trabajo campestre y lanzados al infierno de una gran
ciudad, como Yona y su caballo, están siempre entregados a tristes
pensamientos. Es demasiado grande la diferencia entre la apacible vida rústica
y la vida agitada, toda ruido y angustia, de las ciudades relumbrantes de
luces.
Hace mucho tiempo que Yona y su caballo permanecen
inmóviles. Han salido a la calle antes de almorzar; pero Yona no ha ganado
nada.
Las sombras se van adensando. La luz de los faroles
se va haciendo más intensa, más brillante. El ruido aumenta.
-¡Cochero! -oye de pronto Yona-. ¡Llévame a
Viborgskaya!
Yona se estremece. A través de las pestañas
cubiertas de nieve ve a un militar con impermeable.
-¿Oyes? ¡A Viborgskaya! ¿Estás dormido?
Yona le da un latigazo al caballo, que se sacude la
nieve del lomo. El militar toma asiento en el trineo. El cochero arrea al
caballo, estira el cuello como un cisne y agita el látigo. El caballo también
estira el cuello, levanta las patas, y, sin apresurarse, se pone en marcha.
-¡Ten cuidado! -grita otro cochero invisible, con
cólera-. ¡Nos vas a atropellar, imbécil! ¡A la derecha!
-¡Vaya un cochero! -dice el militar-. ¡A la
derecha!
Siguen oyéndose los juramentos del cochero
invisible. Un transeúnte que tropieza con el caballo de Yona gruñe amenazador.
Yona, confuso, avergonzado, descarga algunos latigazos sobre el lomo del
caballo. Parece aturdido, atontado, y mira alrededor como si acabara de
despertar de un sueño profundo.
-¡Se diría que todo el mundo ha organizado una
conspiración contra ti! -dice en tono irónico el militar-. Todos procuran
fastidiarte, meterse entre las patas de tu caballo. ¡Una verdadera
conspiración!
Yona vuelve la cabeza y abre la boca. Se ve que
quiere decir algo; pero sus labios están como paralizados y no puede pronunciar
una palabra.
El cliente advierte sus esfuerzos y pregunta:
-¿Qué hay?
Yona hace un nuevo esfuerzo y contesta con voz
ahogada:
-Ya ve usted, señor… He perdido a mi hijo… Murió la
semana pasada…
-¿De veras?… ¿Y de qué murió?
Yona, alentado por esta pregunta, se vuelve aún más
hacia el cliente y dice:
-No lo sé… De una de tantas enfermedades… Ha estado
tres meses en el hospital y a la postre… Dios que lo ha querido.
-¡A la derecha! -óyese de nuevo gritar
furiosamente-. ¡Parece que estás ciego, imbécil!
-¡A ver! -dice el militar-. Ve un poco más aprisa.
A este paso no llegaremos nunca. ¡Dale algún latigazo al caballo!
Yona estira de nuevo el cuello como un cisne, se
levanta un poco, y de un modo torpe, pesado, agita el látigo.
Se vuelve repetidas veces hacia su cliente, deseoso
de seguir la conversación; pero el otro ha cerrado los ojos y no parece
dispuesto a escucharle.
Por fin, llegan a Viborgskaya. El cochero se
detiene ante la casa indicada; el cliente se apea. Yona vuelve a quedarse solo
con su caballo. Se estaciona ante una taberna y espera, sentado en el pescante,
encorvado, inmóvil. De nuevo la nieve cubre su cuerpo y envuelve en un blanco
cendal caballo y trineo.
Una hora, dos… ¡Nadie! ¡Ni un cliente!
Mas he aquí que Yona torna a estremecerse: ve
detenerse ante él a tres jóvenes. Dos son altos, delgados; el tercero, bajo y
jorobado.
-¡Cochero, llévanos al puesto de policía! ¡Veinte
copecs por los tres!
Yona coge las riendas, se endereza. Veinte copecs
es demasiado poco; pero, no obstante, acepta; lo que a él le importa es tener
clientes.
Los tres jóvenes, tropezando y jurando, se acercan
al trineo. Como solo hay dos asientos, discuten largamente cuál de los tres ha
de ir de pie. Por fin se decide que vaya de pie el jorobado.
-¡Bueno; en marcha! -le grita el jorobado a Yona,
colocándose a su espalda-. ¡Qué gorro llevas, muchacho! Me apuesto cualquier
cosa a que en toda la capital no se puede encontrar un gorro más feo…
-¡El señor está de buen humor! -dice Yona con risa
forzada-. Mi gorro…
-¡Bueno, bueno! Arrea un poco a tu caballo. A este
paso no llegaremos nunca. Si no andas más aprisa te administraré unos cuantos
sopapos.
-Me duele la cabeza -dice uno de los jóvenes-.Ayer,
yo y Vaska nos bebimos en casa de Dukmasov cuatro botellas de caña.
-¡Eso no es verdad! -responde el otro-. Eres un
embustero, amigo, y sabes que nadie te cree.
-¡Palabra de honor!
-¡Oh, tu honor! No daría yo por él ni un céntimo.
Yona, deseoso de entablar conversación, vuelve la
cabeza, y, enseñando los dientes, ríe atipladamente.
-¡Ji, ji, ji!… ¡Qué buen humor!
-¡Vamos, vejestorio! -grita enojado el chepudo-.
¿Quieres ir más aprisa o no? Dale de firme a tu caballo perezoso. ¡Qué diablo!
Yona agita su látigo, agita las manos, agita todo
el cuerpo. A pesar de todo, está contento; no está solo. Le riñen, lo insultan;
pero, al menos, oye voces humanas. Los jóvenes gritan, juran, hablan de
mujeres. En un momento que se le antoja oportuno, Yona se vuelve de nuevo hacia
los clientes y dice:
-Y yo, señores, acabo de perder a mi hijo. Murió la
semana pasada…
-¡Todos nos hemos de morir! -contesta el chepudo-.
¿Pero quieres ir más aprisa? ¡Esto es insoportable! Prefiero ir a pie.
-Si quieres que vaya más aprisa dale un sopapo -le
aconseja uno de sus camaradas.
-¿Oye, viejo, estás enfermo? -grita el chepudo-. Te
la vas a ganar si esto continúa.
Y, hablando así, le da un puñetazo en la espalda.
-¡Ji, ji, ji! -ríe, sin ganas, Yona-. ¡Dios les
conserve el buen humor, señores!
-Cochero, ¿eres casado? -pregunta uno de los
clientes.
-¿Yo? !Ji, ji, ji! ¡Qué señores más alegres! No, no
tengo a nadie… Solo me espera la sepultura… Mi hijo ha muerto; pero a mí la
muerte no me quiere. Se ha equivocado, y en lugar de cargar conmigo ha cargado
con mi hijo.
Y vuelve de nuevo la cabeza para contar cómo ha
muerto su hijo; pero en este momento el jorobado, lanzando un suspiro de
satisfacción, exclama:
-¡Por fin, hemos llegado!
Yona recibe los veinte copecs convenidos y los
clientes se apean. Los sigue con los ojos hasta que desaparecen en un portal.
Torna a quedarse solo con su caballo. La tristeza
invade de nuevo, más dura, más cruel, su fatigado corazón. Observa a la
multitud que pasa por la calle, como buscando entre los miles de transeúntes
alguien que quiera escucharle. Pero la gente parece tener prisa y pasa sin
fijarse en él.
Su tristeza a cada momento es más intensa. Enorme,
infinita, si pudiera salir de su pecho inundaría al mundo entero.
Yona ve a un portero que se asoma a la puerta con
un paquete y trata de entablar con él conversación.
-¿Qué hora es? -le pregunta, melifluo.
-Van a dar las diez -contesta el otro-. Aléjese un
poco: no debe usted permanecer delante de la puerta.
Yona avanza un poco, se encorva de nuevo y se sume
en sus tristes pensamientos. Se ha convencido de que es inútil dirigirse a la
gente.
Pasa otra hora. Se siente muy mal y decide
retirarse. Se yergue, agita el látigo.
-No puedo más -murmura-. Hay que irse a acostar.
El caballo, como si hubiera entendido las palabras
de su viejo amo, emprende un presuroso trote.
Una hora después Yona está en su casa, es decir, en
una vasta y sucia habitación, donde, acostados en el suelo o en bancos, duermen
docenas de cocheros. La atmósfera es pesada, irrespirable. Suenan ronquidos.
Yona se arrepiente de haber vuelto tan pronto.
Además, no ha ganado casi nada. Quizá por eso-piensa- se siente tan
desgraciado.
En un rincón, un joven cochero se incorpora. Se
rasca el seno y la cabeza y busca algo con la mirada.
-¿Quieres beber? -le pregunta Yona.
-Sí.
-Aquí tienes agua… He perdido a mi hijo… ¿Lo
sabías?… La semana pasada, en el hospital… ¡Qué desgracia!
Pero sus palabras no han producido efecto alguno.
El cochero no le ha hecho caso, se ha vuelto a acostar, se ha tapado la cabeza
con la colcha y momentos después se le oye roncar.
Yona exhala un suspiro. Experimenta una necesidad
imperiosa, irresistible, de hablar de su desgracia. Casi ha transcurrido una
semana desde la muerte de su hijo; pero no ha tenido aún ocasión de hablar de
ella con una persona de corazón. Quisiera hablar de ella largamente, contarla
con todos sus detalles. Necesita referir cómo enfermó su hijo, lo que ha
sufrido, las palabras que ha pronunciado al morir. Quisiera también referir
cómo ha sido el entierro… Su difunto hijo ha dejado en la aldea una niña de la
que también quisiera hablar. ¡Tiene tantas cosas que contar! ¡Qué no daría él
por encontrar alguien que se prestase a escucharlo, sacudiendo compasivamente
la cabeza, suspirando, compadeciéndolo! Lo mejor sería contárselo todo a
cualquier mujer de su aldea; a las mujeres, aunque sean tontas, les gusta eso,
y basta decirles dos palabras para que viertan torrentes de lágrimas.
Yona decide ir a ver a su caballo.
Se viste y sale a la cuadra.
El caballo, inmóvil, come heno.
-¿Comes? -le dice Yona, dándole palmaditas en el
lomo-. ¿Qué se le va a hacer, muchacho? Como no hemos ganado para comprar avena
hay que contentarse con heno… Soy ya demasiado viejo para ganar mucho… A decir
verdad, yo no debía ya trabajar; mi hijo me hubiera reemplazado. Era un
verdadero, un soberbio cochero; conocía su oficio como pocos. Desgraciadamente,
ha muerto…
Tras una corta pausa, Yona continúa:
-Sí, amigo… ha muerto… ¿Comprendes? Es como si tú
tuvieras un hijo y se muriera… Naturalmente, sufrirías, ¿verdad?…
El caballo sigue comiendo heno, escucha a su viejo
amo y exhala un aliento húmedo y cálido.
Yona, escuchado al cabo por un ser viviente,
desahoga su corazón contándoselo todo.
FIN
“Горе”, 1885


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