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Libro N° 8572. La  Sala  Numero Seis. Chejov, Anton P.

Libro N° 8572. La Sala Numero Seis. Chejov, Anton P.

 


© Libro N° 8572. La  Sala  Numero Seis. Chejov, Anton P. Emancipación. Mayo 1 de 2021.

Título original: ©  La  Sala  Numero Seis. Anton    P.      Chejov

 

Versión Original: © La  Sala  Numero Seis. Anton                    P.                                                                                                  Chejov

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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LA  SALA  NUMERO SEIS

Anton    P. Chejov

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La  Sala  Numero Seis

Anton   P.  Chejov                       

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

I

 

 

En el patio del hospital hay un pequeño pabe-llón rodeado de un verdadero bosque de cardos, ortigas y cáñamo silvestre. Su techumbre está oxi-dada, la chimenea medio caída, los escalones de la entrada se hallan podridos y cubiertos de hierba, y del yeso del enlucido no quedan más que las huellas. Su fachada da al hospital, y por la parte trasera em-pieza el campo, del que lo separa una valla gris co-ronada de clavos. Estos clavos, con las puntas hacia arriba, la valla y el propio pabellón tienen ese as-pecto particular, triste y repulsivo, que en nuestro país sólo se encuentra en los hospitales y las cárce-les.

 

Si no teméis que os piquen las ortigas, sigamos el estrecho sendero que lleva al pabellón y veremos qué pasa dentro. Abrimos la primera puerta y pasa-

 

mos al zaguán. Aquí, junto a la pared y la estufa, hay verdaderas montañas de trastos y ropas. Colchone-tas, viejas batas hechas un guiñapo, pantalones, ca-misas a rayas azules, zapatos rotos que no sirven para nada: todos estos harapos están amontonados, arrugados, revueltos, medio podridos, y de ellos emana un olor pestilente.

 

Sobre esta basura se halla siempre tumbado, con la pipa entre los dientes, el loquero Nikita, viejo soldado licenciado de galones descoloridos. Su cara es dura, de hombre aficionado a la bebida, de cejas arqueadas, que le infunden el aspecto de mastín de la estepa, y de nariz roja; es más bien bajo, enjuto y nervudo, pero su aspecto impone y posee unos pu-ños enormes. Pertenece al género de personas sim-ples, cumplidoras de su deber y obtusas que ponen por encima de todo el orden y que por eso están convencidas de que hay que emplear los puños. Pe-ga en la cara, en el pecho, en la espalda, en cualquier sitio, y tiene la seguridad de que de otro modo no mantendría aquello en orden.

 

Luego entraréis en una pieza grande, muy espa-ciosa, que ocupa todo el pabellón, a excepción del zaguán. Las paredes están pintadas de un color azul sucio y el techo se encuentra ennegrecido como una

 

de esas isbas que carecen de chimenea: se ve que en invierno encienden la estufa y que ésta despide mu-cho humo. Las ventanas están protegidas por la parte de dentro con barrotes de hierro. El suelo es gris y sus tablas abundan en astillas. Apesta a col agria, ahumo de la mecha de la lámpara, a chinches y a amoníaco, y este olor nauseabundo os produce en el primer momento la impresión de haber entra-do en una jaula de fieras.

 

En la habitación hay varias camas sujetas al suelo. En ellas permanecen sentados o tumbados unos hombres envueltos en azules batas hospitala-rias y tocados con unos gorros de dormir como los que se usaban en otros tiempos. Son locos.

 

En total son cinco. Sólo uno de ellos es de ori-gen noble; los demás son menestrales. El primero conforme se entra es un hombre alto y flaco, de bigote rojizo y brillante y ojos llorosos; está sentado, con la cabeza apoyada en las manos y la mirada fija en el vacío. Pasa los días y las noches sumido en la tristeza, meneando la cabeza, suspirando y sonrien-do amargamente; en muy contadas ocasiones inter-viene en la conversación y de ordinario no contesta a las preguntas. Come y bebe maquinalmente, cuan-do le dan. A juzgar por la tos que le desgarra el pe-

 

cho, lo flaco que está y el color de las mejillas, tiene comienzos de tisis.

 

Sigue un viejo pequeño muy vivaracho que no cesa de moverse, de barbita en punta y un pelo os-curo y crespo como el de un negro.

 

El día se lo pasa yendo y viniendo de una ven-tana a otra, o bien permanece sentado en su camas-tro con las piernas recogidas a la manera de los turcos, silbando como un pinzón, cantando a media voz y riendo con una risita suave. Su alegría infantil y vivo carácter se manifiestan también por la noche, cuando se levanta para rezar, es decir, para darse golpes de pecho y hurgar en la puerta. Es el judío Moiseika, un imbécil que perdió la razón hace veinte años, cuando un incendio acabó con su taller de sombrerería.

 

Es el único habitante de la sala número seis a quien se le permite salir del pabellón y hasta del pa-tio del hospital, a la calle. Es un privilegio que dis-fruta desde hace mucho, probablemente en consideración al tiempo que lleva recluido y porque es un tonto tranquilo e inofensivo, el hazmerreír de la ciudad, a quien todos están acostumbrados a ver en las calles rodeado de chicos y perros. Con su bata y su ridículo gorro, en zapatillas, a veces des-

 

calzo y hasta sin pantalones, va y viene, deteniéndo-se en las puertas de las tiendas y pidiendo limosna. En un sitio le dan un mendrugo, en otro un kópek; así que, cuando vuelve al pabellón, suele hacerlo con el estómago lleno y rico. Todo cuanto trae se lo arrebata Nikita. El soldado lo hace brutalmente, con gran celo, dando vuelta a los bolsillos y poniendo a Dios por testigo de que no volverá a dejar salir al judío, mientras asegura que para él no hay en el mundo cosa peor que el desorden.

 

A Moiseika le gusta hacer favores. Da agua a sus compañeros, los tapa cuando duermen, les promete traer un kópek a cada uno cuando salga a la calle y coserles gorros nuevos. También da de comer a su vecino de la izquierda, que es paralítico. Y hace to-do esto no por compasión ni por consideraciones de índole humanitaria, sino por imitar a Grómov, su vecino de la derecha, al que se somete sin él mismo darse cuenta.

 

Iván Dmítrich Grómov, un hombre de treinta y tres años de origen noble, antiguo ujier del juzgado y secretario provincial, sufre manía persecutoria. O permanece tumbado en la cama, hecho un ovillo, o va de un rincón a otro como si hiciese un paseo hi-giénico; rara vez se queda sentado. Siempre se

 

muestra excitado, inquieto, en una tensión como si esperase algo confuso e indefinido. Basta el más pequeño rumor en el zaguán o un grito en el patio para que levante la cabeza y quede alerta: ¿vienen por él?, ¿lo buscan? Y en estos instantes su cara re-fleja gran inquietud y miedo.

 

A mí me agrada su cara ancha de grandes pó-mulos, siempre pálida y desgraciada, espejo de un alma atormentada por la lucha y un miedo que nun-ca le abandona. Sus muecas son extrañas y morbo-sas, pero sus finos rasgos, que el profundo y sincero sufrimiento ha dejado en su semblante, denotan inteligencia, y en sus ojos se advierte un brillo cari-ñoso y sano. Me agrada él mismo; es cortés, servi-cial y extraordinariamente delicado en el trato con todos, a excepción de Nikita. Cuando a alguien se le cae un botón o la cuchara, él se levanta al instante de la cama y se lo entrega. Todas las mañanas da los buenos días a sus compañeros y al acostarse les de-sea una buena noche.

 

Además de la tensión permanente y de las mue-cas, su locura tiene otra forma de manifestarse. A veces, al hacerse de noche, se envuelve en su bata y, temblando y castañeteando los dientes, empieza a caminar con paso rápido de un rincón a otro y entre

 

las camas. Es como si tuviera una fuerte calentura. Por el modo como se detiene de súbito y contempla a sus compañeros, se ve que quiere decirles algo muy importante, mas, al parecer, pensando que no le escucharán o no le entenderán, sacude impaciente la cabeza y sigue andando. Pero pronto el deseo de hablar se hace más fuerte y da rienda suelta a la len-gua; habla con calor, apasionadamente. Su discurso es desordenado, febril como un delirio; no siempre se comprende lo que dice, mas, aun así, en él se per-cibe, en las palabras y en la voz, algo extraordina-riamente bondadoso. Cuando habla, uno ve en él al loco y al hombre. Es difícil llevar al papel sus desva-ríos. Habla de la vileza humana, de la violencia que pisotea la justicia, de la hermosa vida que con el tiempo reinará en la tierra, de los barrotes y de las ventanas, que a cada instante le recuerdan la cerra-zón y crueldad de los opresores. Resulta un desor-denado revoltijo de cosas viejas, pero no caducas.

 

II

 

 

El funcionario Grómov, hace doce o quince años, vivía con su familia en la ciudad, en casa pro-pia situada en la calle principal. Tenía dos hijos: Ser-guei e Iván. Cuando estudiaba en el cuarto curso, Serguei enfermó de tisis galopante y murió. Esto fue el comienzo de toda una serie de calamidades que cayeron súbitamente sobre la familia de los Gró-mov. A la semana de haber sido enterrado Serguei, el viejo padre fue procesado por desfalco y malver-sación de fondos, y no tardó en morir en la enfer-mería de la cárcel, donde había contraído el tifus. La casa y cuanto en ella había fue vendido en almone-da; Iván Dmítrich y su madre quedaron sin el me-nor recurso.

 

Antes, en vida del padre, Iván Dmítrich vivía en Petersburgo, estudiaba en la Universidad, recibía

 

todos los meses sesenta o setenta rublos y no sabía lo que eran las necesidades; ahora tuvo que cambiar por completo de vida. De la mañana a la noche se veía obligado a dar clases muy mal pagadas y a hacer copias, a pesar de lo cual pasaba hambre, pues cuanto ganaba lo mandaba a su madre. Iván Dmí-trich no lo resistió, perdió los ánimos, su salud de-cayó y, abandonando los estudios, se fue a su casa. Allí, en la pequeña ciudad, merced a recomendacio-nes obtuvo una plaza de maestro. Pero no congenió con sus compañeros, no le agradaron los alumnos y pronto presentó la renuncia. Murió su madre. El anduvo medio año cesante, sin más alimento que pan y agua, hasta que entró como ujier del juzgado, cargo que ocupó hasta que fue dado de baja por enfermedad.

 

Nunca, ni aun en los años de estudiante, dio la sensación de ser un hombre sano. Siempre estuvo pálido, delgado, y se resfriaba fácilmente. Una copa de vino le producía mareos y ataques de histerismo. Buscaba la sociedad, pero su carácter irritable y sus recelos le impedían intimar con nadie y carecía de amigos. De la gente de la ciudad hablaba siempre con desprecio, diciendo que su torpe ignorancia y su soporífera vida de animales eran algo infame y re-

 

pulsivo. Hablaba con voz de tenor, alta y apasiona-da, descontenta e indignada, o con entusiasmo y asombro, y siempre era sincero. Cualquiera que fue-se el tema, siempre llegaba a una conclusión: la vida en la ciudad era agobiante y aburrida; la sociedad carecía de intereses elevados; era una vida absurda y oscura en la que los únicos elementos que contri-buían a darle variedad eran la violencia, la grosera corrupción y la hipocresía. Los miserables estaban hartos y bien vestidos, mientras que los hombres honrados se alimentaban de migajas. Hacían falta escuelas, un periódico local con una orientación honesta, un teatro, conferencias públicas, cohesión de los intelectuales. En sus juicios sobre la gente empleaba grandes pinceladas de blanco y negro, sin admitir ningún otro matiz: la humanidad se dividía, para él, en honrados y canallas, sin nada intermedio. De las mujeres y el amor hablaba siempre apasiona-damente, con entusiasmo, pero ni una vez siquiera estuvo enamorado.

 

En la ciudad, a pesar de la dureza de sus juicios y su nerviosismo, le querían, y cuando él no estaba presente lo llamaban con el cariñoso diminutivo de Vania. Su innata delicadeza, su espíritu servicial, su decoro y pureza moral, su raída levita, su aspecto

 

enfermizo y sus desgracias familiares despertaban un sentimiento bueno, cariñoso y triste; además, era culto y había leído mucho, lo creían al tanto de todo y en la ciudad era a modo de un viviente diccionario de consulta.

 

Leía muchísimo. Se pasaba largas horas en el club, acariciándose nervioso la barbita y hojeando revistas y libros; por la cara se veía que no leía, sino que devoraba, sin tiempo casi de masticar. Hay que suponer que la lectura era para él una costumbre morbosa, puesto que se lanzaba con igual avidez sobre todo lo que le venía a mano, hasta sobre pe-riódicos y calendarios de años anteriores. En casa siempre leía tumbado.

 

Una mañana de otoño, con el cuello del abrigo subido y chapoteando por el barro, Iván Dmítrich se dirigía por callejones y patios traseros a la casa de un menestral, donde había de hacer efectiva cierta ejecutoria. Estaba de un humor sombrío, como to-das las mañanas. En uno de los callejones se trope-zó con dos presos, cargados de cadenas, que conducían cuatro soldados armados con sus fusiles. Muy a menudo se había encontrado antes con pre-sos, que siempre despertaban en él sentimientos de piedad y desazón, pero esta vez le produjeron una

 

impresión particular y extraña. Le pareció que tam-bién a él podían cargarlo de cadenas y conducirlo por entre el barro a la cárcel. Después de despachar con el menestral, de vuelta a casa, se encontró cerca de Correos con un inspector de policía casi amigo, quien le saludó y siguió con él unos pasos. Esto le pareció sospechoso. Ya en casa, en todo el día no se le fueron de la cabeza los presos y los soldados con los fusiles; una incomprensible inquietud espiritual le impedía concentrarse en la lectura. A la caída de la tarde no encendió el quinqué en su cuarto y la noche la pasó en vela, pensando que podían dete-nerlo, cargarlo de cadenas y meterlo en la cárcel. Se sabía inocente y podía asegurar que en el futuro nunca mataría a nadie, no quemaría ni robaría nada; pero ¿acaso era tan difícil cometer un delito de ma-nera casual, sin intención? ¿No era posible la ca-lumnia, un error judicial, en fin? No en vano la secular experiencia del pueblo dice que nadie está asegurado contra el riesgo e cargar con las alforjas del mendigo o de ir a la cárcel. Y el error judicial, con el actual sistema de administración de justicia, era muy posible, no era nada extraordinario. Quie-nes en razón de su cargo deben tratar con los su-frimientos ajenos, por ejemplo, los jueces, los

 

policías y los médicos, con el tiempo, por la fuerza de la costumbre, se insensibilizan hasta tal extremo que, aunque lo quisieran, no pueden mirar a sus clientes más que de un modo formal; por otra parte, no se diferencian en nada del mujik que, en el co-rral, degüella carneros y becerros sin reparar en la sangre. Con esa actitud formal e insensible hacia la persona, para desposeer a un inocente de todos sus derechos y bienes y condenarlo a presidio, el juez no necesita más que una cosa: tiempo. Sólo tiempo para observar ciertas formalidades, por lo cual le abonaban su sueldo, y luego todo había terminado. ¿Quién iba a buscar justicia y defensa en aquel sucio villorrio, a doscientas verstas del ferrocarril? ¿Y no era ridículo pensar en la justicia cuando cualquier proceder violento era acogido por la sociedad como razonable y conveniente, y cualquier acto de piedad, por ejemplo, una sentencia absolutoria, provocaba una verdadera explosión de vengativos sentimientos de descontento?

 

Por la mañana, Iván Dmítrich se levantó horro-rizado, con la frente cubierta de un sudor frío y convencido ya de que en cualquier momento podían llevárselo preso. Si las penosas ideas de la víspera tardaban tanto en abandonarle -pensaba-, era por-

 

que en ellas había cierta dosis de verdad. En efecto, no podían venirle a la cabeza sin razón alguna.

 

Un guardia municipal pasó lentamente por de-lante de su ventana. Sus motivos tendría. Dos hom-bres se detuvieron en silencio frente a la casa. ¿Por qué callaban?

 

Y para Iván Dmítrich llegaron unos días y no-ches horribles. Todos cuantos pasaban por delante de sus ventanas y entraban al patio le parecían so-plones y polizontes. Hacia el mediodía solía pasar el jefe de la policía, que en su carruaje, tirado por dos caballos, se dirigía desde su hacienda de las afueras de la ciudad a sus oficinas; pero Iván Dmítrich creía cada vez que iba demasiado de prisa y con una ex-presión particular: seguramente iba a anunciar que en la ciudad había aparecido un delincuente de sin-gular importancia. Iván Dmítrich se estremecía a cada llamada en la puerta, angustiado, cuando el ama de la casa recibía a una persona nueva; al en-contrarse con los policías y gendarmes, sonreía y silbaba para dar muestras de indiferencia. Pasaba las noches sin pegar ojo, esperando que vinieran a de-tenerlo, pero suspiraba y hacía como que roncaba para que la dueña creyese que dormía; porque, si no dormía, era que le remordía la conciencia. ¡Qué in-

 

dicio! Los hechos y la lógica sensata le llevaban a la convicción de que todos estos temores eran un ab-surdo, una psicopatía, que en realidad, bien miradas las cosas, la detención y la cárcel no tenían nada que ver cuando la conciencia de uno estaba tranquila; pero cuanto más lógicos eran sus razonamientos, mayor y más dolorosa era su inquietud espiritual. Era como si un ermitaño quisiera despejar un pe-queño espacio en la selva virgen para vivir en él: cuanto más afanoso trabajaba con el hacha, más espeso y vigoroso crecía el bosque. Iván Dmítrich, viendo la inutilidad de sus intentos, acabó por abandonarlos, dejó de razonar y se entregó por en-tero a la desesperación y al miedo.

 

Empezó a reunir a la gente; trataba de permane-cer a solas. El cargo que ocupa, que ya antes le de-sagradaba, se le hizo insoportable. Temía que le jugasen una sola pasada, que le pusieran dinero en el bolsillo para acusarle de cohecho, o que él mismo cometiese en documentos oficiales, sin quererlo, un error equivalente a una falsificación, o perdiese una suma que no era suya. Cosa extraña: nunca, en nin-gún otro tiempo había sido su pensamiento tan lú-cido ni su inventiva tan grande como ahora, cuando cada día discurría mil motivos distintos para sentir

 

serios temores por su libertad y su honor. En cam-bio, disminuyó sensiblemente su interés por el mundo exterior, de manera particular Por los libros, y la memoria empezó a hacerle traición.

 

Al llegar la primavera, cuando se derritió la nie-ve, en un barranco, cerca del cementerio, aparecie-ron dos cadáveres en avanzado estado de descomposición -de una vieja y un chico-, con se-ñales de muerte violenta. En la ciudad no se hablaba más que de estos dos cadáveres y de los desconoci-dos asesinos. Iván Dmítrich, para que no se pensase que el autor del crimen había sido él, caminaba son-riente por las calles, y al encontrarse con un conoci-do se ponía pálido y rojo, insistiendo en que no había nada más infame que el asesinato de personas débiles e indefensas. Pero esta hipocresía no tardó en fatigarle, y después de pensarlo llegó a la conclu-sión de que en su situación lo mejor era esconderse en el sótano de la casa. Allí permaneció un día, una noche y otro día, hasta que, muerto de frío, cuando hubo oscurecido, deslizándose como un ladrón, se metió en su cuarto, donde permaneció hasta el amanecer sin moverse, prestando atención al menor ruido. A primera hora de la mañana, antes de la sa-lida del sol, llegaron unos obreros. Iván Dmítrich

 

sabía muy bien que habían acudido, llamados por la dueña, para arreglar el horno de la cocina, pero el miedo le hizo creer que eran policías disfrazados. Salió disimuladamente de su cuarto y, aterrorizado, sin gorro y sin levita, echó a correr por la calle. Le siguieron ladrando los perros, alguien gritó a sus espaldas, el viento le silbaba en los oídos... Iván Dmítrich creyó que la violencia de todo el mundo se había reunido tras él tratando de darle alcance.

 

Lo detuvieron, lo llevaron a casa y mandaron a la dueña en busca del médico. El doctor Andrei Efímich, de quien hablaremos más adelante, le re-cetó compresas frías en la cabeza y gotas de laurel y guindas, meneó tristemente la cabeza y se marchó, diciendo a la dueña que no volvería más, puesto que era imposible hacer nada cuando la gente quería volverse loca. Como en la casa no se le podía aten-der, de ahí a poco Iván Dmítrich fue trasladado al hospital, donde lo instalaron en la sala de enferme-dades venéreas. De noche no dormía, se mostraba caprichoso y molestaba a sus vecinos, por lo que no tardaron en llevarlo, por disposición de Andrei Efímich, a la sala número seis.

 

Pasado un año, en la ciudad habían olvidado por completo a Iván Dmítrich, y sus libros, que el

 

ama de la casa había amontonado en un trineo, dentro de un cobertizo, se los habían llevado los chiquillos.

 

 

 

IV

 

 

El vecino de la izquierda de Iván Dmítrich, co-mo ya hemos dicho, era el judío Moiseika. El de la derecha era un mujik adiposo, casi redondo, de cara embotada y estúpida; un animal inmóvil, glotón y sucio, que hacía mucho había perdido la capacidad de pensar y sentir. De él emanaba siempre un hedor fétido y asfixiante.

 

Nikita, encargado de la limpieza, le pegaba te-rriblemente, sin escatimar los puñetazos; y lo terri-ble no era que le pegasen -a esto, uno se puede acostumbrar-, sino que aquel animal insensible no respondía con nada a los golpes, ni con un sonido, o un movimiento, ni con la expresión de los ojos, y se limitaba a balancearse ligeramente como un pe-sado barril.

 

El quinto y último habitante de la sala número seis era un hombre que en tiempos había servido en Correos, donde seleccionaba las cartas; era un tipo pequeño, flaco, rubio y de cara bondadosa, aunque con cierta malicia. A juzgar por sus ojos inteligentes y tranquilos, de mirada serena y jovial, en su cabeza guardaba un secreto muy importante y agradable. Bajo la almohada y la colchoneta tenía algo que no mostraba a nadie, pero no por miedo a que se lo pudieran quitar o robar, sino por vergüenza. A ve-ces se acercaba a la ventana y, de espaldas a sus compañeros, se ponía algo en el pecho y lo miraba con la cabeza inclinada; si en aquel momento al-guien se acercaba a él, se turbaba y se lo quitaba. Pero no era difícil adivinar el secreto.

 

-Felicíteme -decía a menudo a Iván Dmítrich-he sido propuesto para la orden de San Stanislav de segunda clase, con estrella. La segunda clase con estrella se concede únicamente a los extranjeros, pero conmigo, no sé por qué, quieren hacer una excepción -sonreía, encogiéndose perplejo de hom-bros- ¡Le confieso que no lo esperaba!

 

-Yo no entiendo nada de estas cosas - replicaba sombrío Iván Dmítrich.

 

-Pero tarde o temprano lo conseguiré, ¿sabe? – proseguía el antiguo seleccionador de cartas, guiñan-do astutamente el ojo.- Conseguiré sin falta la Es-trella Polar sueca. Es una orden que merece la pena trabajar para conseguirla. Cruz blanca y cinta negra. Resulta muy bonito.

 

Probablemente, en ningún otro sitio era la vida tan monótona como en el pabellón. Por la mañana, los enfermos, excepción hecha del paralítico y del mujik gordo, se lavaban en el zaguán, en una tina, y se secaban con los faldones de sus batas. Después de esto tomaban té en unas jarras de hojalata que Nikita traía del pabellón principal. A cada uno le correspondía una jarra. Al mediodía comían sopa de col agria y gachas; al anochecer cenaban las gachas que habían quedado de la comida. En los interme-dios permanecían tumbados, dormían, miraban por la ventana y se paseaban de un rincón a otro. Y así cada día. Hasta el antiguo seleccionador de cartas hablaba de unas mismas condecoraciones.

 

Eran muy pocas las caras nuevas que se veían en la sala número seis. Hacía tiempo que el médico no admitía más locos, y no son muchos, en este mundo, los aficionados a visitar manicomios. Una vez cada dos meses acudía al pabellón Semión Lazá-

 

rich, el barbero. No vamos a hablar de cómo tapaba a los locos y cómo le ayudaba Nikita en esta empre-sa, ni de la confusión que se producía entre los en-fermos cada vez que aparecía el barbero con su sonrisa de borracho.

 

No había nadie más que se asomase al pabellón. Los enfermos estaban condenados a ver, un día tras otro, únicamente a Nikita.

 

Por lo demás, últimamente se había extendido por el hospital un rumor bastante extraño: se decía que el médico había empezado a visitar la sala nú-mero seis.

 

V

 

 

¡Extraño rumor!

 

El doctor Andrei Efímich Raguin era un hom-bre notable en su género. Se divulgaba que en su primera juventud había sido muy devoto y se prepa-raba para la carrera eclesiástica; que en 1863, al ter-minar los estudios en el gimnasio, abrigaba el propósito de ingresar en el seminario, pero que su padre, doctor en Medicina y cirujano, se burló mor-dazmente de él y manifestó categóricamente que no lo consideraría como hijo suyo si se hacía pope. No sé hasta qué punto esto es verdad, pero el propio Andrei Efímich confesó en más de una ocasión que nunca había sentido vocación por la Medicina y, en general, por las ciencias especiales.

 

Como quiera que fuese, al terminar los estudios en la Facultad no se hizo sacerdote. No mostraba

 

gran devoción, y al principio de su carrera médica se parecía tan poco a un pope como en el momento en que da comienzo nuestra historia.

 

Su aspecto era pesado, lento, de mujik; por su cara, su barba, su pelo liso y su complexión fuerte y torpe, recordaba a un ventero gordo, dado a la be-bida y brusco. Su cara era severa, surcada de venillas azules, de ojos pequeños y nariz roja. Muy alto y ancho de hombros, sus brazos y piernas eran enor-mes, y parecía capaz de matar a uno de un puñeta-zo. Pero su andar era suave y cauto, como sinuoso; al tropezarse con alguien en el estrecho pasillo, siempre se detenía el primero, cediendo el paso, y no con voz de bajo, como uno esperaba, sino con una fina y suave vocecita de tenor, decía: «¡Perdón!» Un pequeño bulto le impedía usar cuello duro, al-midonado, por lo que siempre llevaba camisa de hilo o de algodón. Su manera de vestir no era la de un médico. Los trajes le duraban diez años, y la ropa nueva, que solía comprar en la tienda de un judío, parecía tan raída y arrugada como la anterior. Con la misma levita recibía a los enfermos, comía e iba de visita. Pero no hacía esto por tacañería, sino porque no se ocupaba en absoluto de su persona.

 

Cuando Andrei Efímich llegó a la ciudad para tomar posesión de su cargo, el «establecimiento de beneficencia» se encontraba en un estado horrible. En las salas, pasillos y patio del hospital, el hedor era tal, que resultaba difícil respirar. Los mozos, las enfermeras y sus hijos dormían en las mismas salas que los enfermos. Se quejaban de que las cucara-chas, las chinches y los ratones les hacían la vida imposible. En la sección de cirugía era imposible acabar con la erisipela. Para todo el hospital no ha-bía más que dos bisturíes, no disponían ni de un solo termómetro y las bañeras servían para guardar patatas. El inspector, la encargada de la ropa y el practicante robaban a los enfermos, y del viejo mé-dico, el que había precedido a Andrei Efímich, se contaba que vendía bajo cuerda el alcohol del hos-pital y se había creado un harén entre las enfermeras y las enfermas. En la ciudad se conocían muy bien estas anormalidades, e incluso las exageraban, pero las toleraban tranquilamente. Unos argüían, para justificarlas, que en el hospital sólo había gente del pueblo y mujiks, que no podían estar descontentos, puesto que en casa vivían mucho peor. ¡No les iban a dar faisanes!

 

Otros decían que la ciudad, por sí sola, sin ayu-da del zemstvo no podía costear un buen hospital; a Dios gracias, había uno, aunque fuese malo. Y el zemstvo, recién constituido, no abría establecimientos sanitarios en la ciudad ni en sus cercanías, pretex-tando que la ciudad tenía ya su hospital.

 

Después de revisarlo todo, Andrei Efímich llegó a la conclusión de que el establecimiento era inmo-ral y nocivo en el más alto grado para la salud de la gente. Según él, lo mejor que se podía hacer era mandar a casa a los enfermos y cerrarlo. Consideró, sin embargo, que esto no dependía sólo de su vo-luntad y que sería inútil; si se expulsaba de un sitio la inmundicia física y moral, se desplazaría a otro. Había que esperar a que ella misma desapareciese. Además, si habían abierto este hospital y lo tolera-ban, quería decirse que la gente lo necesitaba; los prejuicios y todas las infamias de la vida son necesa-rios, ya que con el tiempo se convierten en algo útil, como el estiércol en tierra negra. No hay en el mundo nada bueno que en su origen no contuviera una infamia.

 

Una vez hubo tomado posesión de su cargo, Andrei Efímich pareció mostrar bastante indiferen-cia hacia estas anormalidades. Lo único que hizo fue

 

pedir a los mozos y las enfermeras que no durmie-sen en las salas; también hizo poner dos vitrinas para el instrumental. En cuanto al inspector, a la encargada de la ropa, al practicante y a la erisipela quirúrgica, siguieron en sus puestos.

 

Andrei Efímich profesaba extraordinario amor a la inteligencia y a la honradez, mas para organizar a su alrededor una vida inteligente y honrada le falta-ban carácter y fe en el derecho que le asistía. No sabía en absoluto ordenar, prohibir e insistir. Era como si hubiese hecho voto de no levantar nunca la voz ni emplear el imperativo. Le resultaba difícil decir «dame» o «tráeme»; cuando quería comer, ca-rraspeaba indeciso y decía a la cocinera: «Si pudiera tomar una taza de té...», o «Si pudiera comer ... » Decir al inspector que dejase de robar, o despedirlo, o suprimir por completo aquel cargo inútil y para-sitario, era algo superior a sus fuerzas. Cuando le engañaban, o le adulaban, o le presentaban una cuenta a sabiendas de que era falsa, se ponía rojo como un cangrejo y se sentía culpable, pero, a pesar de todo, estampaba su firma. Cuando los pacientes se le quejaban de pasar hambre o de los malos tra-tos de las enfermeras, se desconcertaba y balbucea-ba, como si él tuviera la culpa:

 

-Está bien, está bien, me ocuparé de ello... Pro-bablemente se trata de un mal entendido...

 

En un principio Andrei Efímich trabajó con mucho celo. Tenía abierta la consulta desde por la mañana hasta la hora de la comida, operaba e inclu-so asistía a las parturientas. Las señoras decían de él que diagnosticaba perfectamente las enfermedades, sobre todo las de niños y mujeres. Pero con el tiempo todo esto acabó por aburrirle con su mo-notonía y su evidente inutilidad. Hoy recibía a treinta enfermos, mañana eran treinta y cinco, y pa-sado mañana cuarenta, y así un día tras otro, un año tras otro, sin que la mortalidad disminuyese, y los enfermos no cesaban de acudir. Prestar una ayuda seria a los cuarenta enfermos que acudían desde la mañana hasta la hora de la comida era físicamente imposible; resultaba, pues, un engaño. Si en un año había atendido a doce mil enfermos, se decía, eso significaba que había engañado a doce mil personas. Internar a los enfermos graves y tratarlos según las reglas de la ciencia, tampoco era posible, porque las reglas existían, pero no había ciencia; y si dejaba aparte la filosofía y se limitaba a seguir de un modo formalista las reglas, como los demás médicos, para ello necesitaba, ante todo, limpieza y ventilación, y

 

no suciedad, una alimentación sana, y no la sopa de repulsiva col agria, buenos auxiliares, y no ladrones.

 

Además, ¿para qué impedir que la gente se mu-riese, si la muerte es el final normal y lógico de cada uno? ¿Qué resultaba si un ricachón o un funciona-rio vivían cinco o diez años más? Si se considera que el fin de la Medicina consiste en aliviar el dolor, surge la pregunta: ¿Para qué aliviarlo? En primer lugar, dicen que el dolor lleva al hombre a la perfec-ción y, en segundo, que si la humanidad aprende, en efecto, a aliviar sus dolores con ayuda de píldoras y gotas, abandonará por completo la religión y la filo-sofía, en las que hasta ahora había encontrado no sólo defensas contra todas las desgracias, sino inclu-so la felicidad. Pushkin, a la hora de la muerte, su-frió horribles tormentos; el pobre Heine estuvo paralítico varios años. ¿Por qué, entonces, no iban a padecer enfermedades cualquier Andrei Efímich o cualquiera Matriona Sávishna, cuyas vidas no ence-rraban ningún contenido y serían completamente vacías y parecidas a las de una ameba si no fuese por los sufrimientos?

 

Abrumado por estas reflexiones, Andrei Efí-mich lo abandonó todo y dejó de ir al hospital a diario.

 

VI

 

 

Su vida transcurría como sigue: De ordinario, se levantaba a las ocho, se vestía y tomaba el té. Luego se sentaba a leer en su despacho o iba al hospital. Allí, en un pasillo estrecho y oscuro, estaban los enfermos que acudían de fuera, esperando la hora de ser recibidos. Junto a ellos, haciendo gran ruido con sus botas en el suelo de ladrillos, pasaban los mozos y enfermeras, cruzaban los flacos enfermos internados, envueltos en sus batas, retiraban los muertos y los orinales, lloraban los niños y soplaba el viento. Andrei Efímich sabía que para los enfer-mos con fiebre, los tísicos y los impresionables, esto era un tormento, pero ¿qué podía hacer? En el des-pacho le esperaba el practicante Serguei Serguéich, un hombre pequeño, rechoncho, de redonda cara afeitada y lavada, de ademanes suaves, y que con su

 

holgado traje nuevo más bien parecía un senador que un practicante. En la ciudad tenía numerosa clientela, usaba corbata blanca y se consideraba con más conocimientos que el doctor, quien carecía por completo de clientes. En un rincón de su despacho había una gran imagen con la correspondiente lám-para y, a su lado, un reclinatorio con funda blanca. En las paredes había retratos de prelados, una vista del monasterio de Sviatogorsk y varias coronas se-cas de flores de anciano. Serguei Serguéich era un hombre religioso y le gustaba el esplendor. La ima-gen la había costeado él; los domingos un enfermo, obedeciendo sus órdenes, leía en voz alta el libro de oraciones y después de esto el propio Serguei Ser-guéich recorría todas las salas con el incensario, ahumándolas concienzudamente.

 

Los enfermos son muchos y el tiempo poco, por lo que todo se reduce a un breve interrogatorio y a recetar cualquier remedio, un ungüento o una purga de aceite de ricino. Andrei Efímich permane-ce sentado, con la mejilla apoyada en una mano, pensativo, y hace las preguntas maquinalmente. Ser-guei Serguéich, también sentado, se frota las manos e interviene de tarde en tarde.

 

-Padecemos enfermedades y sufrimos miserias - dice - porque no rezamos conforme es debido a Dios misericordioso.

 

Andrei Efímich no hace operación alguna; ha perdido la costumbre y la vista de la sangre le pro-duce una sensación desagradable. Cuando tiene que abrirle la boca a un niño para examinarle la garganta y el pequeño llora y se defiende con las manecitas, el ruido le produce marcos y se le llenan los ojos de lágrimas. Se apresura a escribir la receta y hace un gesto para que la madre se lleve cuanto antes al ni-ño.

 

Con la agradable idea de que, a Dios gracias, no tiene clientes particulares y nadie va a venir a mo-lestarle, Andrei Efímich, en cuanto llega a casa, se acomoda en su despacho y se pone a leer. Lee mu-cho y siempre con gran placer. La mitad del sueldo la invierte en libros y tres de las seis habitaciones de su piso están abarrotadas de libros y revistas viejas. Lo que más le agradan son las obras de historia y filosofía. De Medicina, únicamente está suscrito a «Vrach», que siempre empieza a leer por las últimas páginas. La lectura se prolonga siempre varias horas, sin interrupción alguna, y no le fatiga. No lee con tanta rapidez y afán como en tiempos lo hacía Iván

 

Dmítrich, sino despacio y tratando de penetrar bien en el sentido, deteniéndose a menudo en los párra-fos que le agradan o que no entiende. Junto al libro hay siempre una garrafita de vodka y un pepinillo en salmuera, o una manzana conservada en su jugo, sobre el mismo tapete, sin plato alguno. Cada media hora, sin apartar los ojos del libro, se sirve una copa de vodka, la toma y luego, también sin mirar, busca a tientas el pepinillo y le da un bocado.

 

A las tres se acerca sin hacer ruido a la puerta de la cocina, carraspea y dice:

-Si pudiera comer, Dáriushka...

 

Después de la comida, bastante mala y servida sin limpieza, Andrei Efímich, con los brazos cruza-dos, pasea por sus habitaciones y medita. Dan las cuatro, las cinco... y él sigue sus paseos y meditacio-nes. De tarde en tarde rechina la puerta de la cocina y asoma el rostro rojo y soñoliento de Dáriushka.

 

-Andrei Efímich, ¿no es hora de que le sirva la cerveza? -pregunta solícita.

 

-No, todavía no... - contesta él -. Esperaré un poco... esperaré...

 

A la caída de la tarde suele acudir Mijaíl Averiá-nich, el jefe de Correos, la única persona en toda la ciudad cuya compañía no le es fastidiosa.

 

Mijaíl Averiánich había sido en tiempos un te-rrateniente muy rico y sirvió en caballería, pero se arruinó y la necesidad, ya casi viejo, le obligó a in-gresar en el Departamento de Correos. Su aspecto era jovial y rebosante de salud, lucía unas espléndi-das patillas grises, sus modales denotaban buena educación y poseía una voz fuerte y agradable. Era bueno y sensible, pero vehemente. Si en Correos alguien protestaba, no aceptaba las explicaciones o empezaba simplemente a razonar por su cuenta, se ponía todo rojo, estremeciéndose, y gritaba con voz de trueno: «¡A callar!», de tal modo que la oficina se había ganado la reputación de lugar al que la gente tenía miedo acudir. Mijaíl Averiánich estimaba y quería a Andrei Efímich por su cultura y nobleza de espíritu; al resto de sus convecinos los miraba con altivez, como si fuesen sus subordinados.

 

-¡Aquí estoy! - dice al entrar en casa de Andrei Efímich-. Buenas tardes, querido mío. ¿No se ha cansado de mí?

 

Los amigos toman asiento en el diván del des-pacho y durante algún tiempo fuman en silencio.

 

-Dáriushka, si nos trajeras cerveza... - dice An-drei Efímich.

 

La primera botella la toman también en silencio: el doctor, pensativo, y Mijaíl Averiánich, con el as-pecto alegre y animado de quien tiene que contar algo muy interesante. La conversación la inicia siempre el médico.

 

-¡Qué lástima -dice en voz lenta y baja, menean-do la cabeza y sin mirar a los ojos de su interlocutor (nunca mira a los ojos) -, qué lástima, estimado Mi-jaíl Averiánich, que en nuestra ciudad no haya lo que se dice nadie que sepa y a quien le agrade man-tener una conversación espiritual e interesante! Para nosotros significa una gran privación. Ni siquiera los intelectuales se elevan sobre la vulgaridad; el ni-vel de su desarrollo, se lo aseguro, no es mejor que el de los estamentos bajos.

 

-Tiene toda la razón. De acuerdo.

 

-Usted mismo sabe - sigue el doctor, en voz baja y alargando las palabras - que en este mundo todo carece de importancia e interés, excepción he-cha de las supremas manifestaciones espirituales de la razón humana. La inteligencia marca acusadas fronteras entre el animal y el hombre, sugiere el ca-rácter divino de este último y, en cierto grado, re-emplaza su inmortalidad, que no existe. Partiendo de esto, la razón es la única fuente posible del pla-

 

cer. Nosotros, en cambio, no vemos ni advertimos junto a nosotros manifestaciones de la razón: quiere decirse que nos vemos privados del placer. Cierto que tenemos los libros, pero esto es algo muy dis-tinto a la conversación viva y el trato. Si me permite una comparación no muy afortunada, los libros son las notas y la conversación el canto.

 

-Completamente cierto.

 

Se hace un silencio. De la cocina sale Dáriuslika y con una expresión de estúpido arrobamiento, con la cabeza apoyada en el puño, se detiene en la puerta a escuchar.

 

-¡Bah!- suspira Mijaíl Averiánich- Quería usted pedir inteligencia a la gente de hoy!

 

Y se pone a hablar de la vida de antes, sana, ale-gre e interesante, de lo inteligentes que antes eran los intelectuales de Rusia y de su alto concepto del honor y la amistad. Se prestaba dinero sin exigir un pagaré y se consideraba vergonzoso no tender una mano en ayuda del compañero necesitado. ¡Y qué campañas, qué aventuras, qué reyertas, qué mujeres! ¡Y, el Cáucaso, qué maravilloso país! La esposa de un jefe de batallón, una mujer muy extraña, se vestía de oficial y se iba por la tarde a las montañas sola,

 

sin acompañante. Se decía que tenía en aquellas al-deas amores con un reyezuelo.

 

-Reina de los cielos, madrecita... - suspira Dá-riushka.

 

- ¡Y cómo se comía! ¡Cómo se bebía! ¡Y qué li-berales aquellos!

 

Andrei Efímich escucha y no escucha; piensa en algo y toma un sorbo de cerveza.

 

-A menudo sueño con personas inteligentes y que converso con ellas - dice de súbito, interrum-piendo a Mijaíl Averiánich-. Mi padre me dio una educación excelente y, bajo la influencia de las ideas de los años sesenta, me obligó a hacerme médico. Me parece que si entonces no le hubiese hecho ca-so, ahora me encontraría en el centro mismo del movimiento intelectual. Posiblemente, figuraría en una Facultad. Claro que la razón tampoco es eterna, es un fenómeno pasajero. Pero usted sabe por qué siento afición por ella. La vida es una trampa enojo-sa. Cuando el hombre que piensa alcanza la madu-rez y es consciente de sus actos, se siente, sin quererlo, dentro de una trampa en la que no hay salida. En efecto, contra su voluntad, en virtud de diversas casualidades, ha sido sacado del no ser a la vida... ¿Para qué? Quiere saber el sentido y el fin de

 

su existencia y no le dicen nada o le dicen estupide-ces. Llama y no le abren. La muerte viene a él tam-bién contra su voluntad. Y lo mismo que en la cárcel los hombres, unidos por un infortunio co-mún, sienten un alivio cuando se reúnen, también en la vida uno no advierte la trampa cuando los hombres inclinados al análisis y a las generalizacio-nes se juntan y pasan el tiempo intercambiando ideas orgullosas y libres. En este sentido, la inteli-gencia es un placer insustituible.

 

-Tiene usted toda la razón.

 

Sin mirar a su interlocutor a los ojos, en voz baja y con pausas, Andrei Efímich sigue hablando de hombres inteligentes y de conversaciones con ellos, mientras, Mijaíl Averiánich le escucha atento y coincide con él: «Tiene usted toda la razón.»

 

-¿Es que usted no cree en la inmortalidad del alma? -pregunta de pronto el jefe de Correos.

 

-No, estimado Mijaíl Averiánich, no creo ni ten-go razones para creer.

 

-Pues yo también albergo mis dudas, se lo con-fieso. Aunque, por lo demás, tengo la sensación de que no moriré nunca. A veces Pienso: ¡Ya es hora de morir, vicio verde! Pero cierta vocecita dice en mi alma: ¡No lo creas, no morirás! ...

 

Poco después de las nueve Mijaíl Averiánich se retira. Al ponerse el abrigo en el recibidor, dice sus-pirando:

 

-Sin embargo, ¡a qué rincón perdido nos trajo el destino! Y lo más desagradable de todo es que ten-dremos que morir aquí.¡Bah! ...

 

 

VII

 

 

Después de despedir a su amigo, Andrei Efí-mich se sentaba a la mesa y reanudaba la lectura. Ni el menor ruido turbaba el silencio de la tarde, y de la noche. Parecía como si el tiempo se hubiese deteni-do junto con el doctor y su libro; era como si no existiese más que este libro y el quinqué, con su pantalla verde. El rostro tosco, de mujik, del doctor se iluminaba poco a poco con una sonrisa enterne-cida y entusiasta ante las inflexiones de la inteligen-cia humana. «Oh!, ¿por qué el hombre no es inmortal? -pensaba-. ¿Para qué sirven los centros y circunvoluciones cerebrales, para qué la vista, el ha-bla, el sentimiento de uno mismo, el genio, si todo esto va a ir a parar a la tierra y, a la postre, se enfria-rá junto con la corteza terrestre, y luego, durante millones de años, seguirá junto con la Tierra, sin

 

sentido alguno y sin finalidad, girando alrededor del Sol? Para enfriarse y luego recorrer los espacios, no hacía falta alguna sacar del no ser al hombre, con su inteligencia divina, y después, como para burlarse de él, convertirlo en barro.»

 

¡El intercambio de materias! ¡Qué cobardía con-solarse con este sucedáneo de inmortalidad! Los procesos inconscientes que se suceden en la natu-raleza se hallan por debajo incluso de la estupidez humana, ya que en la estupidez, después de todo, hay conciencia y voluntad, y en los procesos no hay nada en absoluto. Sólo el cobarde, en el cual el mie-do a la muerte es superior a la dignidad, puede con-solarse pensando que su cuerpo vivirá con el tiempo en la hierba, en una piedra, en un sapo... Ver la pro-pia inmortalidad en el intercambio de materias es tan absurdo como prometer un brillante futuro a la funda después que el valioso violín se ha roto y quedado inservible.

 

Cuando dan las horas, Andrei Efímich se retre-pa en el sillón y cierra los ojos para meditar un po-co. Y, sin darse cuenta, movido por los buenos pensamientos que ha leído en el libro, vuelve la vista a su pasado y a su presente. El pasado es algo que repele, es mejor no recordarlo. Y el presente, tres

 

cuartos de lo mismo. Sabe que mientras sus pensa-mientos giran alrededor del Sol, lo mismo que la Tierra enfriada, a cuatro pasos de él, en el pabellón principal, hay gente que sufre por sus enfermedades y a consecuencia de la suciedad que la rodea. Acaso hay alguien que no duerme y lucha con los insectos, alguien se ha contagiado de erisipela o gime por te-ner la venda demasiado apretada. Acaso los enfer-mos estén jugando a las cartas con las enfermeras y bebiendo vodka. El último año fueron engañadas doce mil personas. Toda la organización hospitala-ria, lo mismo que hace veinte años, descansa en el robo, las disputas, los chismorreos, el compadrazgo, la grosera charlatanería, y el hospital sigue siendo un establecimiento inmoral y nocivo, en el más alto grado, para la salud de la gente. Sabe que en la sala número seis, detrás de las rejas, Nikita golpea a los enfermos y que Moiseika va todos los días por la ciudad pidiendo limosna.

 

Por otra parte, sabe perfectamente que, durante los veinticinco últimos años, en la Medicina se ha producido un cambio fabuloso. Cuando él estudiaba en la Universidad, le parecía que la Medicina iba a conocer pronto la suerte de la alquimia y la metafí-sica; ahora, en cambio, cuando leía por las noches,

 

la Medicina le conmovía y despertaba en él asombro y hasta entusiasmo. En efecto, ¡qué inesperado es-plendor, qué revolución! Gracias a los antisépticos, se realizaban operaciones que el gran Pirogov con-sideraba imposibles hasta in spe. Los simples médi-cos de provincias se decidían a hacer resecciones de la rodilla; de cien laparotomías, sólo había un caso mortal, y el mal de piedra se consideraba algo tan insignificante, que ni siquiera escribían acerca de él. La sífilis se curaba radicalmente. ¿Y la teoría de la herencia, el hipnotismo, los descubrimientos de Pasteur y de Koch, la higiene basada en la estadísti-ca, la medicina rusa de los zemstvos? La Psiquiatría, con su actual clasificación de las enfermedades, con los métodos de diagnóstico y de tratamiento, era algo fantástico, en comparación con lo que antes había. Ahora no se echaba a los locos agua fría en la cabeza ni les ponían camisas de fuerza; se les hacía vivir en circunstancias humanas y hasta, según es-cribían los periódicos, se les daban espectáculos y bailes. Andrei Efímich sabía que, con estos puntos de vista, una infamia como la de la sala número seis sólo era posible a doscientas verstas del ferrocarril, en una miserable ciudad en la cual el alcalde y todos los concejales eran semianalfabetos que veían en el

 

médico a un sacerdote al que era necesario creer sin la menor crítica, aunque echase en la boca estaño derretido. En otro sitio, haría ya mucho tiempo que el público y los periódicos habrían hecho añicos esta pequeña Bastilla.

 

«¿Y qué? - se pregunta Andrei Efímich, abrien-do los ojos ¿Qué resulta de todo esto? Tenemos los antisépticos, a Koch, a Pasteur, pero en esencia na-da ha cambiado en absoluto. La morbilidad y mor-talidad siguen siendo las mismas. Se celebran bailes y espectáculos para los locos, pero, con todo eso, no los dejan salir a la calle. Quiere decirse que todo es absurdo y vano, y, en esencia, entre la mejor clí-nica de Viena y mi hospital no hay diferencia algu-na.»

 

Pero el dolor y un sentimiento parecido a la en-vidia no le permiten permanecer indiferente. La causa debe de ser la fatiga. La cabeza le pesa y se inclina sobre el libro. Pone la mano bajo la cara, a modo de almohada, y piensa: «Estoy al servicio de una obra perjudicial y percibo un sueldo de perso-nas a las que engaño. Pero por mí mismo no soy nada, una simple partícula de un mal social necesa-rio: todos los funcionarios de distrito son nocivos y cobran un sueldo que no han ganado... Lo que sig-

 

nifica que no soy yo el culpable de ser deshonesto, sino el tiempo... Si hubiese nacido doscientos años más tarde, sería un hombre distinto.»

 

Cuando dan las tres, apaga el quinqué y se retira al dormitorio. No tiene sueño.

 

VIII

 

 

Dos años, antes, el zemstvo se había sentido ge-neroso y votó la concesión de un crédito de tres-cientos rublos anuales para aumentar el personal del hospital de la ciudad hasta que inaugurase otro pro-pio. En ayuda de Andrei Efímich, se requirieron los servicios de Evgueni Fiódorich Jobótov. Era un médico muy joven -todavía no había cumplido los treinta-, moreno y alto, de anchos pómulos y ojos diminutos; probablemente sus antecesores no fue-ron rusos. Había llegado a la ciudad sin un kopek, con un maletín y una mujer fea y joven de la que decía que era su cocinera. La mujer traía un niño de pecho. Evgueni Fiódorich Jobótov usaba gorra de visera y botas altas, y en invierno pelliza. Intimó con el practicante Serguei Serguéich y con el cajero, y se mantenía apartado del resto de los funcionarios, a

 

los que, por no se sabe qué causa, llamaba aristó-cratas. En toda su casa no había más que un libro: Ultimas recetas de la clínica de Viena para 1881. que siempre tomaba consigo cuando iba a visitar a un enfermo. Por las tardes, en el club, jugaba al billar, pues las cartas no le gustaban. Era muy aficionado a emplear en la conversación palabras y expresiones como «pachorra», «pepinillos en vinagre», «no armes líos», etc.

 

Al hospital iba dos veces por semana, recorría las salas y recibía a los enfermos de fuera. La falta absoluta de antisépticos y las ventosas le irritaban, pero no se decidía a hacer innovación alguna ante el temor de ofender con ello a Andrei Efímich. Tenía a éste por un viejo farsante, le creía rico y lo envi-diaba en secreto. De muy buena gana habría ocupa-do su puesto.

 

IX

 

 

Una noche primaveral de fines de marzo, cuan-do la nieve había desaparecido del suelo y los estor-ninos cantaban en el jardín del hospital, el doctor salió hasta el portal para acompañar a su amigo, el jefe de Correos. En aquel mismo instante entraba en el patio el judío Moiseika, que volvía con su bo-tín. Iba sin gorro y con los pies descalzos embutidos en unos chanclos bastante deteriorados. En la mano llevaba un saquito con las limosnas.

 

-Dame un kópek -dijo al doctor, tiritando de frío y sonriendo.

 

Andrei Efímich, que nunca había sabido negar-se, le dio una moneda de diez kópeks.

 

«¡Qué escándalo! -pensó, mirando sus pies des-calzos, con los flacos tobillos enrojecidos-. Viene completamente mojado.»

 

Y, movido por un sentimiento de lástima y re-pugnancia a un tiempo, se dirigió hacia el pabellón tras el judío, mirando ya su calva, ya sus tobillos. Al entrar el doctor, Nikita abandonó de un salto el montón de trapos en que estaba tumbado y quedó en posición de firmes.

 

-Hola, Nikita - dijo en tono suave Andrei Efí-mich-. Habría que darle a este judío unas botas; de lo contrario, puede coger un enfriamiento.

 

-A sus órdenes, señoría. Lo pondré en conoci-miento del inspector.

 

-Sí, haz el favor. Pídeselo en mi nombre. Dile que yo se lo ruego.

 

La puerta del zaguán que daba entrada a la sala estaba abierta. Iván Dmítrich permanecía tumbado en su camastro. Se incorporó y prestó atención a aquella voz extraña, cuando, de pronto, reconoció al doctor. Estremecido por la cólera, se puso de pie de un salto, congestionado y con los ojos que se le sa-lían de las órbitas, y corrió al centro de la sala.

 

-¡Ha venido el doctor! -gritó, lanzando una car-cajada-. ¡Por fin! Les felicito, señores, ¡el doctor se digna visitarnos! ¡Maldito reptil! -chilló, y frenético, como nunca le habían visto en la sala, dio una pata-

 

da en el suelo-. ¡Hay que matar a este reptil! ¡No, matarlo es poco! ¡Hay que tirarlo al pozo negro!

 

Andrei Efímich, que lo había oído, miró desde el zaguán y preguntó suavemente:

 

-¿Y eso por qué?

 

-¿Por qué? -gritó Iván Dmítrich, acercándose a él con aire amenazador y agitándose convulsiva-mente dentro de su bata-. ¿Por qué? ¡Ladrón! - añadió, con repugnancia, juntando los labios como si se dispusiera a escupirle-. ¡Charlatán! ¡Verdugo!

 

-Cálmese –dijo Andrei Efímich, sonriendo co-mo si pidiese disculpa-. Le aseguro que nunca he robado nada a nadie, y en cuanto a lo demás, pro-bablemente exagera mucho. Veo que está muy en-fadado conmigo. Cálmese, se lo ruego, si puede, y dígame fríamente: ¿a qué obedece su enfado?

 

-¿Por qué me tiene aquí?

 

-Porque está enfermo.

 

-Sí, estoy enfermo. Pero docenas y cientos de locos se pasean en libertad porque, en su ignorancia, no saben distinguirlos de los sanos. ¿Por qué estos desgraciados y yo hemos de estar aquí por todos, como cabezas de turco? Usted, el practicante, el inspector y toda la canalla del hospital están moral-mente muy por debajo de nosotros. ¿Por qué he-

 

mos de permanecer recluidos nosotros, y no uste-des? ¿Dónde está la lógica?

 

-El sentido moral y la lógica no tiene nada que ver con esto. Todo depende de la casualidad. Aquí están los que fueron recluidos, y los que no lo fue-ron se pasean libremente, eso es todo. En el hecho de que yo sea médico y usted sea un enfermo men-tal no intervienen para nada ni la moral ni la lógica, es simple casualidad.

 

-No entiendo esa estupidez... - balbuceó sorda-mente Iván Dmítrich, y se sentó en su camastro.

 

Moiseika, a quien Nikita no se atrevía a registrar en presencia del doctor, fue colocando sobre su cama mendrugos de pan, papeles y huesos, y, tiri-tando todavía de frío, empezó a hablar, con voz rá-pida y cantarina, en hebreo. Probablemente se imaginaba que había abierto una tienda.

 

-Déjeme marchar -dijo Iván Dmítrich con voz temblorosa.

-No puedo.

 

- ¿Por qué? ¿Por qué?

 

-Porque eso es algo que no depende de mí. Juz-gue usted mismo: ¿qué pasará si lo dejo ir? Váyase. Le detendrá la gente de la ciudad, o la policía, y vol-verán a traerlo.

 

-Sí, sí, eso es verdad... articuló Iván Dmítrich, y se pasó la mano por la frente-. ¡Es horrible! ¿ Y qué puedo hacer? ¿ Qué?

 

La voz de Iván Dmítrich y su cara, joven e inte-ligente, que no cesaba de hacer muecas, agradaron a Andrei Efímich. Sintió deseos de decirle algo cari-ñoso y consolarlo. Se sentó junto a él en el camas-tro, quedó pensativo unos instantes y dijo:

 

-¿Qué hacer, pregunta? En la situación en que se encuentra, lo mejor sería escapar de aquí. Pero, lamentablemente, resultaría inútil. Lo detendrían. Cuando la sociedad se protege contra los delin-cuentes, enfermos mentales y gente molesta en ge-neral, no hay nada que pueda frente a ella. Lo único que le resta es tranquilizares pensando que su estan-cia aquí es necesaria.

 

-No es necesaria para nadie.

 

-Puesto que existen las cárceles y los manico-mios, alguien debe permanecer en ellos; si no es usted, seré yo, y si no soy yo, será algún otro. Espe-re; cuando, en un lejano futuro, dejen de existir las cárceles y los manicomios, no habrá ya rejas en las ventanas ni esas batas. Esto sucederá, claro, tarde o temprano.

Iván Dmítrich sonrió burlonamente.

 

-Usted bromea - dijo, entornando los párpados-. Los señores como usted y su ayudante Nikita no se preocupan en absoluto del futuro. ¡Pero puede estar seguro, señor, de que vendrán tiempos mejores! Acaso me exprese vulgarmente, ríase si quiere, pero resplandecerá la aurora de una vida nueva, triunfará la justicia y nosotros estaremos de fiesta. Yo no lo veré, reventaré antes, pero lo verán nuestros biz-nietos. Lo saludo con toda el alma y me alegro. ¡Me alegro por ellos! ¡Adelante! ¡Que Dios os ayude, amigos!

 

Iván Dmítrich se levantó con los ojos resplan-decientes y, alargando las manos hacia la ventana, siguió con voz emocionada:

 

-¡A través de estas rejas, os bendigo! ¡Viva la justicia! ¡Me alegro!

 

-No veo particulares motivos para alegrarse - replicó Andrei Efímich, a quien la actitud de Iván Dmítrich le había parecido teatral, aunque, a la vez, le agradó mucho-. No habrá cárceles ni manico-mios, y la justicia, según su propia expresión, triun-fará, pero no cambiará la esencia de las cosas, las leyes de la naturaleza serán las mismas. Los hom-bres padecerán enfermedades, envejecerán y mori-rán lo mismo que ahora. Por espléndida que sea la

 

aurora que ilumine su vida, después de todo, les meterán en un ataúd y los echarán a la fosa.

 

-¿Y la inmortalidad?

 

-¡No diga esas cosas!

 

-Usted no cree en ella, pero yo sí. En Dostoie-vski o Voltaire hay alguien que dice que, si Dios no existiera, lo habrían inventado los hombres. Estoy profundamente convencido de que, si la inmortali-dad no existe, tarde o temprano llegará a inventarla la gran mente humana.

 

-Bien dicho -articuló Andrei Efírnich, sonriendo satisfecho-. Me agrada que usted crea. Con esa fe puede vivir perfectamente incluso un emparedado. ¿Tiene usted estudios?

 

-Sí, estuve en la Universidad, pero no llegué a acabar la carrera.

 

-Usted es un hombre que sabe pensar. En cual-quier situación, puede encontrar tranquilidad en sí mismo. El pensamiento libre y profundo, que aspira a comprender la vida, y el desprecio total a la estú-pida vanidad del mundo, son los dos bienes supre-mos que el hombre conoce. Y usted puede poseerlos aunque viva detrás de tres rejas. Diógenes vivió en un tonel y, a pesar de esto, fue más feliz que todos los reyes de la tierra.

 

-Diógenes era un estúpido -gruñó sombrío Iván Dmítrich -. ¿Para qué me habla de Diógenes y de la comprensión del mundo? - se enfadó de pronto, poniéndose de pie-. Yo amo la vida, ¡la amo apasio-nadamente! Padezco manía persecutoria, un miedo permanente que me tortura, pero hay momentos en que me domina la sed de vivir, y entonces temo volverme loco. ¡Tengo un ansia de vivir espantosa, espantosa!

 

Dominado por la agitación, dio unos pasos por la sala y dijo, bajando la voz:

 

-Cuando sueño, vienen a mí fantasmas. Se me aparecen unos hombres, oigo voces, música, me parece que paseo por un bosque, por la ola del mar, y siento tal deseo de tener preocupaciones, de hacer algo... Dígame, ¿qué hay de nuevo por ahí? - preguntó Iván Dmítrich-. ¿Qué novedades hay?

 

-¿Quiere saber de la ciudad o en general?

 

-Bueno, primero hábleme de la ciudad, y luego en general.

 

-¿Qué puedo decirle? La vida en la ciudad es de un aburrimiento agobiante... No hay con quien cru-zar una palabra, no hay nadie a quien pueda escu-charse. No hay gente nueva. Por lo demás, hace poco vino el joven médico Jobótov.

 

-Llegó antes de que me encerraran. Es un grose-ro, ¿verdad?

 

-Sí, no es un hombre culto. Resulta extraño, ¿sabe? ... A juzgar por todo, en nuestras capitales no hay estancamiento intelectual, hay movimiento; quiero decir que allí debe de haber gente de veras. Pero, no sé por qué, siempre nos mandan personas a las que no se puede ni mirarlas. ¡Desgraciada ciu-dad!

 

-¡Sí, desgraciada ciudad! - suspiró Iván Dmí-trich, y rompió a reír- ¿Y, en general, qué hay? ¿Qué dicen los periódicos y las revistas?

 

La sala estaba ya sumida en la oscuridad. El doctor se levantó y, siempre de pie, empezó a con-tar lo que se escribía en el extranjero y en Rusia, qué orientación se observa en el campo de las ideas. Iván Dmítrich escuchaba atento y hacía preguntas, pero de pronto, como si recordase algo horrible, se agarró la cabeza con las manos y se tumbó en el camastro, de espaldas al doctor.

 

-¿Qué le pasa? - preguntó Andrei Efímich.

 

- ¡Ya no oirá ni una palabra mía! - articuló gro-seramente Iván Dmítrich-. ¡Déjeme!

 

-¿Y eso por qué?

 

-¡Le digo que me deje! ¿Qué diablos hace aquí?

 

Andrei Efímich se encogió de hombros, dejó escapar un sus-piro y abandonó la sala. Al pasar por el zaguán dijo:

 

-Convendría limpiar aquí, Nikita... ¡Hay un olor espantoso!

 

-A sus órdenes, señoría.

 

«¡Qué joven más agradable! -pensó Andrei Efí-mich, mientras se dirigía a su piso- Desde que vivo aquí, creo que es la primera persona que veo con la cual se puede hablar. Sabe razonar y se interesa pre-cisamente por lo que hace falta.»

 

Durante su lectura y luego, al acostarse, no cesó de pensar en Iván Dmítrich. Al despertarse, a la mañana siguiente, recordó que la víspera había co-nocido a un hombre inteligente e interesante, ha-ciéndose la decisión de acudir a visitarle en la primera ocasión oportuna.

 

X

 

 

Iván Dmítrich permanecía en la posición de la víspera, con la cabeza entre las manos y las piernas encogidas. No se le veía la cara.

 

-Buenas tardes, amigo mío -dijo Andrei Efí-mich-. ¿No duerme?

 

-En primer lugar, no soy amigo suyo replicó Iván Dmítrich, con la cara hundida en la almohada-. Y, en segundo, sus empeños son inútiles: no me sacará ni una sola palabra.

 

-Es extraño... -balbuceó turbado Andrei Efí-mich-. Ayer estábamos conversando tranquilamente y, de pronto, usted se ofendió y no quiso seguir...

 

Probablemente dije cosas que no le gustaban, o aca-so manifestase algo contrario a sus ideas...

 

-¡Como le voy a creer! -dijo Iván Dmítrich, in-corporándose y mirando al doctor con una mezcla

 

de burla e inquietud; sus ojos estaban inyectados de sangre-. Puede irse a espiar y sonsacar a otro sitio; aquí no tiene nada que hacer. Ayer me di cuenta ya de las razones que le habían traído.

 

-¡Qué extraña fantasía! -sonrió el doctor iróni-camente-. ¿Es que cree que soy un espía?

 

-Sí que lo creo... Un espía o un médico al que le han encomendado la misión de ponerme a prueba. Es lo mismo.

 

-¡Qué tipo más estrafalario es usted! Y perdó-neme la expresión.

 

El doctor se sentó en un banquillo junto a la cama y meneó la cabeza en un ademán de reproche.

 

-Pero supongamos que tiene razón - prosiguió-. Admitamos que vengo con la torcida intención de hacerle hablar para delatarlo. Se lo llevarán preso y luego lo condenarán. ¿Pero es que en el juicio y en la cárcel estaría peor que aquí? Y aunque lo depor-ten, e incluso si lo mandan a presidio, ¿sería eso pe-or que permanecer aquí, en este pabellón? Creo que no... ¿ A qué teme, pues?

 

Estas palabras parecieron influir en Iván Dmí-trich, que se sentó tranquilamente.

 

Era poco más de las cuatro de la tarde, la hora en que Andrei Efímich tenía por costumbre pasear

 

por las habitaciones de su casa y Dáriushka le pre-guntaba si quería cerveza. Era un día apacible y da-to.

 

-Después de la comida salí a dar un paseo y me he acercado aquí, como puede ver -dijo el doctor-Hace un tiempo primaveral.

 

-¿En qué mes estamos? ¿En marzo? - preguntó Iván Dmítrich.

-Sí, a fines de marzo.

 

- ¿Hay barro en la calle?

 

-No, no mucho. En el jardín hay ya senderos.

 

-Ahora me gustaría dar un paseo en coche por las afueras comentó Iván Dmítrich, frotándose los ojos enrojecidos como despertándose-. Y luego volver a casa, a un despacho templado y conforta-ble, y... hacer que un buen médico le curase a uno el dolor de cabeza ... Ya hace tiempo que no vivo co-mo las personas. Aquí da asco! ¡Un asco insoporta-ble!

 

Después de la excitación de la víspera, se en-contraba fatigado y hablaba con desgana. Sus dedos temblaban y por la cara se advertía que le dolía mu-cho la cabeza.

 

-Entre un despacho templado y confortable y esta sala no hay la menor diferencia -dijo Andrei

 

Efímich-. El reposo y la satisfacción no están fuera del hombre, sino en él mismo.

 

-¿Qué significa eso?

 

-El hombre vulgar espera lo bueno o lo malo del exterior, es decir, del coche y el despacho, mientras que el hombre que piensa lo espera de sí mismo.

 

-Vaya a predicar esta filosofía a Grecia, donde hace calor y huele a naranjas; el clima de aquí no le favorece. ¿Con quién hablé de Diógenes? ¿Fue con usted?

 

-Sí, conmigo, ayer.

 

-Diógenes no necesitaba un despacho y un edi-ficio templado; allí hace calor. Podía permanecer en su tonel comiendo naranjas y aceitunas. Pero si hu-biese vivido en Rusia, no ya en diciembre, sino en mayo, habría pedido una habitación. Estaría helado.

 

-No. El frío, como cualquier otro dolor, puede resistirse. Marco Aurelio dijo: «El dolor es la repre-sentación viva del dolor: haz un esfuerzo de volun-tad para cambiar esta representación, recházala, deja de lamentarte, y el dolor desaparecerá.» Esto es justo. El sabio o, simplemente, el hombre que pien-sa, que medita, se distingue precisamente por el he-

 

cho de que desprecia el sufrimiento. Siempre está satisfecho y nada le asombra.

 

-  Esto quiere decir que yo soy un idiota, puesto que sufro, estoy descontento y me asombra la vileza humana.

 

-No debe pensar así. Si reflexiona a menudo, comprenderá la insignificancia de todo lo externo, lo que nos inquieta. Hay que aspirar a comprender la vida; en ello está el verdadero bien.

 

-Comprender la vida... - replicó Iván Dmítrich, arrugando el ceño-. Lo exterior, lo interior... Perdó-neme, pero no lo comprendo. Lo único que sé - añadió, levantándose y mirando irritado al doctor -, lo único que sé es que Dios me creó de sangre ca-liente y nervios, ¡como lo oye! El tejido orgánico si es capaz de vida, debe reaccionar a cualquier excita-ción. ¡Y yo reacciono! Al dolor respondo con gritos y lágrimas; a la infamia, con indignación; a la villa-nía, con asco. A mi modo de ver, esto es, en reali-dad, lo que se llama vida. Cuanto más bajo es el organismo, menos sensible se muestra y más débil-mente reacciona a la excitación. Y cuanto mas ele-vado, tanto más sensible y enérgica es su reacción a la realidad. ¿Cómo puede ignorarlo? ¡Es usted mé-dico y no sabe unas cosas tan elementales! Para

 

despreciar el dolor, estar siempre satisfecho y no asombrarse de nada, hay que llegar hasta ese estado

 

-  e Iván Dmítrich señaló al mujik gordo, rebosante de grasa-, o bien haberse templado con el dolor hasta el extremo de perder toda sensibilidad hacia él; es decir, en otras palabras, dejar de vivir. Perdó-neme, no soy sabio ni filósofo - prosiguió irritado -, y no comprendo nada de estas cosas. No me siento en condiciones de razonar.

-Al contrario, razona usted muy bien.

 

-Los estoicos, a los que usted parodia, eran unos hombres notables, pero su doctrina quedó fosilizada hace dos mil años y no ha avanzado ni tanto así, ni avanzará, porque no es práctica ni tiene vida. Sólo ha tenido cierto éxito entre una minoría que se pasa la vida estudiando y rumiando toda clase de doctri-nas; la mayoría no ha llegado a comprenderla. Una doctrina que predice la indiferencia hacia las rique-zas, hacia las comodidades de la vida, el desprecio de los sufrimientos y la muerte, es totalmente in-comprensible para la inmensa mayoría, ya que esta mayoría no conoció nunca ni las riquezas ni las co-modidades. Y despreciar el sufrimiento significaría para ella despreciar la propia vida, ya que toda la esencia del hombre la integran sensaciones de ham-

 

bre, frío, ofensas, pérdidas y un miedo ante la muerte al estilo de Hamlet. En estas sensaciones está la vida entera: puede cansarnos, podemos odiarla, pero no despreciarla. Así pues, lo repito: la doctrina de los estoicos no puede tener nunca futu-ro. Lo que progresa, en cambio, según puede ver, desde el comienzo del mundo hasta el día de hoy, es la lucha, la sensibilidad ante el dolor, la capacidad de responder a las excitaciones...

 

Iván Dmítrich perdió de pronto el hilo del dis-curso, se detuvo y se pasó, irritado, la mano por la frente.

 

-Quería decir algo importante, pero no lo re-cuerdo -dijo- ¿De qué hablaba? ¡Ah, sí! Es lo que estaba diciendo; un estoico se vendió como esclavo para redimir a un semejante. Ya lo ve, eso significa que también el estoico reaccionó a la excitación, puesto que, para realizar un acto tan generoso como el de aniquilarse a sí mismo en bien del prójimo, se requiere un alma capaz de indignarse y compadecer. Aquí, en esta cárcel, he olvidado todo lo que apren-dí, porque aún podría recordar alguna cosa. ¿Y si tomamos a Cristo? Cristo reaccionó ante la realidad con su llanto, su sonrisa, su tristeza, su cólera, hasta con su angustia. No fue con una sonrisa al encuen-

 

tro de los sufrimientos y no despreciaba la muerte, sino que oró en el huerto de Getsemaní para que no se le hiciese beber el cáliz de la amargura.

Iván Dmítrich rompió a reír y se sentó.

 

-Admitámoslo, la tranquilidad y la satisfacción del hombre están en él mismo, y no fuera de él - dijo- Admitamos que hay que despreciar el sufri-miento y no asombrarse de nada. Pero ¿en qué se apoya usted para predicarlo? ¿Es un sabio? ¿Un filó-sofo?

 

-No, no soy un filósofo, pero esto debe predi-carlo cualquiera, porque es sensato.

 

-No, lo que yo quiero saber es por qué se consi-dera competente en lo de la comprensión del mun-do, el desprecio del sufrimiento y todo lo demás. ¿Acaso no ha sufrido usted nunca? ¿Tiene una no-ción de lo que es el sufrimiento? Dígame: ¿le pega-ban a usted cuando era niño?

 

-No, mis padres sentían aversión hacia los casti-gos corporales.

 

-Pues mi padre me zurraba la badana. Era un funcionario de carácter violento, que padecía de hemorroides, de nariz larga y cuello amarillo. Pero hablemos de usted. En toda su vida le tocó nadie un pelo, nadie le asustó ni le pegó; tiene la salud de un

 

toro. Creció al amparo de su padre y él le costeó los estudios, y luego, inmediatamente, consiguió una sinecura. Lleva viviendo más de veinte años en una casa gratis, con calefacción y luz, con sirvienta; se le deja que trabaje como y cuanto quiera; incluso pue-de no hacer nada. Por naturaleza, es usted perezoso, flojo, y por eso trató de organizar su vida de modo que nada le inquietase ni le obligara a moverse. Dejó las cosas en manos del practicante y demás canallas, mientras que usted se quedaba en su habitación templada y silenciosa, reunía dinero, leía libros, se entregaba a meditaciones sobre todo género de su-blimes estupideces y - aquí Iván Dmítrich se quedó mirando la roja nariz del médico - bebía. En una palabra, no ha visto la vida, no la conoce en abso-luto; de la realidad, tiene una noción simplemente teórica. Si desprecia el sufrimiento y nada le asom-bra, es por una causa muy sencilla: vanidad de vani-dades; lo externo y lo interno, el desprecio de la vida, de los sufrimientos y la muerte, la compren-sión del mundo, el verdadero bien: todo esto es la filosofía más apropiada del holgazán ruso. Usted ve, por ejemplo, que un mujik pega a su mujer. ¿ Para qué meterse de por medio? Que le pegue; es lo mismo: los dos morirán tarde o temprano; además,

 

el que pega no ofende con sus golpes a quien los recibe, sino que se ofende a sí mismo. Emborra-charse es algo estúpido e indecoroso, pero beber es morirse y no beber también lo es. Llega una mujer con dolor de muelas... ¿Y qué? El dolor es la noción de que nos duele, y sin enfermedades es imposible vivir; todos moriremos. Así que, mujer, vete de aquí y déjame que piense y beba vodka. Un joven pide consejo, pregunta qué hacer, cómo vivir. Otro, an-tes de contestar, meditaría, pero usted tiene prepa-rada la respuesta: trata de comprender el sentido de la existencia o aspira al auténtico bien. ¿Y qué es ese fantástico «auténtico bien»? No hay respuesta, claro. A nosotros nos tienen aquí entre rejas, nos podri-mos, nos martirizan, pero eso es hermoso y racio-nal, porque entre esta sala y un despacho templado y confortable no hay diferencia alguna. Es una filo-sofía muy cómoda: no hay nada que hacer, uno tie-ne la conciencia tranquila y se considera sabio... No, señor, eso no es filosofía, no es pensamiento, no es amplitud de ideas, sino pereza, mentalidad de faquir, un sopor... ¡Sí! - se volvió a irritar Iván Dmítrich -. Desprecia el sufrimiento, pero, si le cogieran un de-do con la puerta, ¡pondría el grito en el cielo!

 

-Quizá no - dijo Andrei Efímich, sonriendo dul-cemente.

 

-¡Claro que sí! Pero si se quedase paralítico o si, supongamos, un estúpido e insolente, valiéndose de su posición y su cargo, le ofendiese en público y usted supiera que el acto iba a quedar impune, en-tonces comprendería qué es eso de remitirse, cuan-do de otros se trata, al sentido de la vida y al auténtico bien.

 

-Eso es original - dijo Andrei Efímich, riendo de satisfacción y frotándose las manos-. Me asom-bra agradablemente su afición a las generalizaciones. Y lo que ha dicho de mí es sencillamente brillante. He de confesar que la conversación con usted me proporciona extraordinario placer. Bien, le he escu-chado; ahora tenga la bondad de escucharme a mí...

 

XI

 

 

Esta conversación se prolongó todavía cerca de una hora y, al parecer, produjo profunda impresión a Andrei Efímich. A partir de entonces dio en acu-dir al pabellón todos los días. Iba por la mañana y después de comer, y a menudo la oscuridad de la tarde le sorprendía de charla con Iván Dmítrich. En los primeros tiempos éste se mostraba huraño, sos-pechando que le traía un mal propósito, y manifes-taba abiertamente su hostilidad; pero luego se acostumbró a él y su brusquedad de antes cambió por una actitud indulgente e irónica.

 

En el hospital no tardó en propagarse el rumor de que el doctor Andrei Efímich había empezado a visitar la sala número seis. Nadie, ni el practicante, ni Nikita, ni las enfermeras, podía comprender qué era lo que le llevaba, por qué se pasaba allí las horas

 

muertas, de qué hablaba y por qué no recetaba na-da. Sus actos parecían extraños. A menudo, Mijaíl Averiánich no lo encontraba en casa, cosa que antes no sucedía nunca. Y Dáriushka se sentía descon-certada, puesto que el doctor no bebía ya la cerveza a determinada hora y a veces hasta llegaba tarde a la comida.

 

En una ocasión - esto era ya a fines de junio -, el doctor Jobótov, que tenía necesidad de hablar con Andrei Dmítrich, acudió a su casa; al no dar con él, salió a buscarlo al patio, donde le dijeron que el viejo doctor estaba con los enfermos mentales. Al entrar en el pabellón, se detuvo en el zaguán, desde donde pudo oír la siguiente conversación:

 

-Nunca nos pondremos de acuerdo, no conse-guirá convencerme -decía, irritado, Iván Dmítrich-. Usted no conoce la realidad en absoluto y no sufrió nunca. Lo único que ha hecho ha sido alimentarse como una sanguijuela junto a los sufrimientos aje-nos; yo, en cambio, he sufrido desde el día en que nací hasta hoy. Por eso le digo abiertamente que me considero superior a usted y más competente en todos los sentidos. No es usted quién para darme lecciones.

 

-Yo no pretendo en absoluto convertirle a mis creencias -decía Andrei Efímich en voz baja y como lamentando que no quisieran entenderle-. No se trata de eso, amigo mío. No se trata de que usted ha sufrido y yo no. Las alegrías y los sufrimientos son efímeros. Dejémoslos aparte, que se vayan con Dios. De lo que se trata es de que usted y yo pen-samos; vemos el uno en el otro a personas capaces de pensar y razonar, y esto nos hace solidarios por diferentes que sean nuestros puntos de vista. ¡Si us-ted supiera, amigo mío, cómo me fastidian la insania general, la falta de talento, la torpeza, y la alegría con que converso con usted! Usted es una persona inteligente y su charla me deleita.

 

Jobótov abrió un poco la puerta y miró a la sala. Iván Dmítrich, con su gorro de dormir, y el doctor Andrei Efímich estaban sentados en el camastro uno junto a otro. El loco gesticulaba, se estremecía y se arrebujaba convulsamente en su bata, mientras que el doctor permanecía inmóvil, con la cabeza baja; su cara estaba roja y ofrecía una expresión abatida y triste. Jobótov se encogió de hombros, sonrió irónicamente y cambió una mirada con Ni-kita. Este también se encogió de hombros.

 

Al día siguiente, Jobótov se presentó en el pa-bellón acompañado del practicante. Los dos se que-daron en el zaguán, escuchando.

 

-Parece que nuestro abuelo ha perdido por completo la chaveta -dijo Jobótov al salir del pabe-llón.

 

-¡Señor, compadécete de nosotros, pecadores! - suspiró el devoto Serguei Serguéich, tratando de no pisar los charcos para no ensuciarse las recién lus-tradas botas-. Si quiere que le diga la verdad, esti-mado Evgueni Fiódorich, hace tiempo que lo esperaba.

 

XII

 

 

Después de esto, Andrei Efímich empezó a ad-vertir a su alrededor una atmósfera de misterio. Los mozos, las enfermeras y los enfermos, al tropezar con él, le miraban con aire interrogativo y luego se ponían a cuchichear. Masha, la pequeña hija del ins-pector, con la que siempre le agradaba encontrarse en el jardín del hospital, ahora, cuando él se le acer-caba para hacerle una caricia, lo rehuía. El jefe de Correos, Mijaíl Averiánich, al oírle, no decía ya: «Tiene usted toda la razón», sino que balbuceaba, dominado por una turbación incomprensible: «Sí, sí, sí...», y le miraba pensativo y triste. Sin causa apa-rente, empezó a aconsejar a su amigo que dejase el vodka y la cerveza; como persona delicada que era, no lo decía abiertamente, sino con reticencias, ha-blando de un jefe de batallón, excelente persona, o

 

del capellán de un regimiento, otra persona exce-lente, quienes eran aficionados a la bebida y se cura-ron por completo cuando la dejaron. Dos o tres veces acudió también a visitar a Andrei Efímich su colega Jobótov; éste también le aconsejó que dejase las bebidas alcohólicas, y sin motivo visible le reco-mendó que tomase bromuro potásico.

 

En agosto, Andrei Efímich recibió una carta del alcalde en la que le pedía que acudiese para tratar de un asunto de gran importancia. Al llegar a la hora fijada al Ayuntamiento, Andrei Efímich se encontró con el jefe de la tropa, el inspector de la escuela del distrito, que también era concejal, Jobótov y un se-ñor grueso y rubio a quien le presentaron como médico. Este último, de apellido polaco muy difícil de pronunciar, vivía a treinta verstas de la ciudad, en una granja dedicada a la cría de caballos, y estaba de paso.

 

-Tenemos aquí algo que le concierne -dijo el concejal a Andrei Efímich, después de cambiar los saludos de rigor y sentarse a la mesa-. Evgueni Fió-dorich dice que en el pabellón principal hay poco sitio para la farmacia y que convendría trasladarla a una de las dependencias. Claro que esto puede ha-cerse, pero habría que proceder a ciertos arreglos.

 

-Sí, sin ello sería imposible -dijo Andrei Efí-mich, después de reflexionar unos momentos- Si, por ejemplo, se acondicionara el pabellón de la es-quina para farmacia, creo que, como mínimo, se necesitarían quinientos rublos. Es un gasto impro-ductivo.

 

Se hizo el silencio.

 

-Ya tuve el honor de informar, hace diez años - prosiguió Andrei Efímich en voz baja-, de que este hospital, tal como ahora lo tenemos, es un lujo que la ciudad no se puede permitir. Fue construido en los años cuarenta, cuando había más recursos. La ciudad gasta demasiado en obras innecesarias y en cargos superfluos. Creo que con el mismo dinero, con una administración distinta, se podrían sostener dos hospitales modelo.

 

-¡Vamos, pues, a cambiar la administración! - dijo vivamente el concejal.

 

-Yo ya tuve el honor de informar así: Entreguen los servicios médicos al zemstvo.

 

-Sí, entreguen el dinero al zemstvo y él se quedará con todo - replicó, riendo, el doctor rubio.

 

-Es lo que suele ocurrir - asintió el concejal, que también rompió a reír.

 

Andrei Efímich lanzó al doctor rubio una mira-da confusa y turbia y dijo:

 

-Hay que ser justos.

 

De nuevo se hizo una pausa. Sirvieron té. El je-fe de la tropa, con una turbación que nadie se expli-caría, tocó por encima de la mesa el brazo de Andrei Efímich y le dijo:

 

-Nos tiene olvidados, doctor; claro que usted es un monje: no juega a las cartas y no le gustan las mujeres. Se aburriría con nosotros.

 

Todos empezaron a hablar de lo aburrida que, para un hombre decoroso, resultaba la vida en la ciudad. No había ni teatro ni música, y en el último baile del club había casi veinte damas y sólo dos caballeros. Los jóvenes no bailaban, se quedaban en el bar o jugando a las cartas. Andrei Efímich, con voz lenta y suave, sin mirar a nadie, dijo que era una lástima, una verdadera lástima, que la gente de la ciudad invirtiese sus energías, su corazón y su inteli-gencia en las cartas y en chismorreos, y no supiesen ni quisieran pasar el tiempo en una conversación interesante y en la lectura; no querían disfrutar de los placeres que la inteligencia proporciona. Sólo la inteligencia era interesante y notable; todo lo demás

 

era ruin y bajo. Jobótov, que escuchaba atentamente a su colega, le preguntó de pronto:

 

-Andrei Efímich, ¿a cuántos estamos hoy? Obtenida la respuesta, el doctor rubio y Jobó-

 

tov, con el tono de examinadores conscientes de su incapacidad, pasaron a preguntar a Andrei Efímich que día era, cuántos días tiene el año y si era cierto que en la sala número seis vivía un extraordinario profeta.

 

En respuesta a la última pregunta, Andrei Efí-mich se ruborizó y dijo:

 

-Sí, se trata de un enfermo, pero es un joven muy interesante.

 

No le volvieron a preguntar nada más.

 

Cuando en la antesala se estaba poniendo el abrigo, el jefe de la tropa le puso la mano en el hombro y le dijo con un suspiro:

 

-¡Ya es hora de que los viejos nos retiremos a descansar!

 

Al salir de la Alcaldía, Andrei Efímich com-prendió que los reunidos integraban una comisión designada para dictaminar acerca de sus facultades mentales. Recordó las preguntas que le habían he-cho, se puso rojo y, por primera vez en su vida, sin-tió una profunda lástima por la Medicina.

 

«Dios mío -pensó recordando la manera como los médicos acababan de reconocerle -, no hace tanto que estudiaron psiquiatría y aprobaron el examen; ¿cómo son tan ignorantes? ¡No tienen ni la menor idea de lo que es la psiquiatría!»

 

Y por primera vez en su vida se sintió ofendido e irritado.

 

Aquella misma tarde estuvo en su casa Mijaíl Averiánich. Sin saludarle siquiera, el jefe de Correos se acercó a él, le cogió ambas manos y dijo con voz conmovida:

 

-Querido mío, amigo mío, deme una prueba de que cree en mi sincera disposición y me considera amigo suyo... ¡Amigo mío! - y, sin dejar hablar a Andrei Efímich, prosiguió agitado: - Le quiero a usted por su cultura y su nobleza de espíritu. Escú-cheme, querido. Las reglas de la ciencia obligan a los médicos a ocultarle la verdad, pero yo, como a militar que soy, se la digo abiertamente: ¡usted está enfermo! Perdóneme, querido, pero es verdad; hace mucho lo han advertido cuantos le rodean. El doc-tor Evgueni Fiódorich me acaba de decir que, para bien de su salud, debe usted descansar y distraerse. ¡Tiene toda la razón! ¡Perfecto! Dentro de unos días voy a tomar vacaciones y me iré a respirar otros ai-

 

res. Demuéstreme que es amigo mío: ¡vayamos juntos! Echaremos una cana al aire.

 

-Me siento completamente sano -dijo Andrei Efímich, después de pensarlo-. No puedo ir. Per-mítame demostrarle mi amistad de otro modo.

 

En el primer instante, la idea de ir no sabía a dónde ni para qué, sin libros, sin Dáriushka, sin cer-veza, la idea de alterar por completo el régimen de vida establecido a lo largo de veinte años, le pareció absurda y fantástica. Pero recordó la conversación del Ayuntamiento y el estado de espíritu que había sentido al volver a casa, y la idea de alejarse por cierto tiempo de aquella ciudad, donde gentes estú-pidas lo consideraban loco, pareció sonreírle.

 

-¿Y adónde tenía el propósito de ir? - preguntó. -A Moscú, a Petersburgo, a Varsovia... En Var-

 

sovia pasé los cinco años más felices de mi vida. ¡Es una ciudad asombrosa! ¡Venga conmigo, querido!

 

XIII

 

 

Una semana más tarde invitaban a Andrei Efí-mich a tomarse un descanso, es decir, a presentar la dimisión, hecho que él acogió con indiferencia, y pasada otra semana Mijaíl Averiánich y él se encon-traban ya en el coche de posta, camino de la esta-ción de ferrocarril más cercana. Los días eran frescos y claros, el cielo era azul y se divisaba hasta la última línea del horizonte. Las doscientas verstas que les separaban de la estación las recorrieron en dos días, pernoctando dos veces en el camino. Cuando en las estaciones de posta les servían el té en vasos sucios o tardaban en enganchar los caba-llos, Mijaíl Averiánich se ponía rojo y gritaba frené-tico: «¡Silencio! ¡No quiero excusas!» Y en el coche no cesaba ni un instante de contar sus viajes por el Cáucaso y el reino de Polonia. ¡Cuántas aventuras

 

había tenido, cuántos encuentros! Hablaba a gritos y ponía unos ojos tan extraños, que podía pensarse que mentía. Por añadidura, hablaba echando el aliento a la cara de Andrei Efímich y riendo a car-cajadas en su mismo oído. Esto molestaba al doctor y no le dejaba pensar y concentrarse.

 

Por motivos de economía, sacaron billetes de tercera, de un vagón para no fumadores. La mitad de los viajeros era gente bien trajeada. Mijaíl Ave-riánich no tardó en trabar conocimiento con todos y, pasando de un asiento a otro, decía a gritos que no se debía utilizar aquellos indignantes trenes. ¡To-do era un engaño! Otra cosa era ir a caballo: en un día recorría uno cien verstas y se sentía tan fresco. Y las malas cosechas se debían, en Rusia, a que habían desecado los pantanos de Pirisk. En general, las anormalidades eran terribles. Se acaloraba, hablaba a gritos y no dejaba intervenir a nadie. Esta charla interminable, salpicada con risotadas y gestos expre-sivos, acabó por fatigar a Andrei Efímich.

 

«  ¿ Quién de nosotros dos es el loco? - pensaba irritado- ¿Yo, que procuro no molestar a los viaje-ros, o este egoísta, que se cree el más inteligente de todos y no deja tranquilo a nadie?»

 

En Moscú, Mijaíl Averiánich se puso levita mi-litar sin charreteras y pantalones de ribetes rojos. Por la calle iba con gorra militar y capote, y los sol-dados le saludaban a su paso. A Andrei Efímich le parecía ahora que su compañero había perdido todo cuanto de bueno tuviera en otros tiempos en sus costumbres señoriales, quedándole lo malo. Le agradaba que le atendieran hasta cuando no era ne-cesario en absoluto. Tenía las cerillas ante él, sobre la mesa, y él las veía, pero llamaba al mozo para que se las diera. No sentía reparo en andar delante de la doncella en paños menores; a todos los criados sin excepción, incluso a los viejos, los tuteaba y, al en-fadarse, los llamaba zoquetes y estúpidos. Esto le parecía a Andrei Efímich señorial, pero repugnante.

 

Lo primero de todo, Mijaíl Averiánich llevó a su amigo a la virgen de Iveria. Rezó fervorosamente, con profundas genuflexiones y lágrimas en los ojos, y al terminar lanzó un profundo suspiro y dijo:

 

-  Aunque uno no sea creyente, parece que se queda más tranquilo cuando reza. Bese la imagen, querido.

 

Andrei Efímich se turbó e hizo lo que le decían. Mijaíl Averiánich, a su vez, alargó los labios y, me-neando la cabeza, bisbiseó una nueva oración; las

 

lágrimas afluyeron de nuevo a sus ojos. Luego estu-vieron en el Kremlin, donde vieron el «Cañón Rey» y la «Campana Reina», y hasta pasaron la mano por sus moles de bronce. Contemplaron las vistas que se abrían hacia Zamosko-vorechie y estuvieron en el templo del Salvador y en el museo de Rumiántsev.

 

Comieron en el restaurante de Téstov. Mijafi Averiánich examinó durante largo rato la carta, aca-riciándose las patillas, y dijo, con el tono del gastró-nomo acostumbrado a sentirse en los restaurantes como en su casa:

- ¡A ver qué nos da hoy, amigo!

 

 

XIV

 

 

El doctor iba a un sitio y a otro, miraba, comía, bebía, pero siempre le dominaba un mismo senti-miento: el fastidio que Mijail Averiánich le producía. Sentía deseos de descansar de su amigo, de evitarlo, de esconderse, pero su amigo se creía obligado a no separarse de él ni un solo paso y a procurarle el ma-yor número posible de distracciones. Cuando no había nada que ver, lo entretenía con su charla. An-drei Efímich aguantó dos días, pero al tercero mani-festó que se encontraba indispuesto y quería quedarse el día entero en el hotel. Su amigo dijo que, en tal caso, también él se quedaría. En efecto, hacía falta descansar, pues de otro modo acabarían fatigados. Andrei Efímich se tumbó en el diván, de cara al respaldo, y, apretando los dientes, estuvo escuchando a su amigo, quien aseguraba con gran

 

calor que Francia, tarde o temprano, acabaría por destrozar a Alemania; que en Moscú había muchos pillos, y que por el simple aspecto de un caballo no era posible apreciar sus cualidades. Al doctor empe-zaron a zumbarle los oídos, y tenía palpitaciones, pero, por delicadeza, no se atrevía a pedir a su ami-go que se fuese o se callase. Afortunadamente, Mi-jaíl Averiánich acabó por aburrirse de estar en la habitación del hotel y después de comer salió a dar una vuelta.

 

Al quedarse solo, Andrei Efímich se entregó al sentimiento del descanso. ¡Qué agradable era per-manecer inmóvil, echado en el diván, con la con-ciencia de que no había nadie más en el cuarto! Sin soledad, es imposible la verdadera dicha. El ángel caído traicionó probablemente a Dios porque sintió deseos de una soledad que los ángeles no conocen. Andrei Efímich quería pensar en lo que había visto y oído en los últimos días, pero Mijaíl Averiánich no se le iba de la cabeza.

 

«Y lo cierto es que tomó sus vacaciones y vino conmigo por amistad, movido por un espíritu gene-roso -pensaba el doctor, irritado-. No hay nada peor que esta tutela de un amigo. Parece que es bueno, magnánimo y alegre, pero resulta aburrido. Inso-

 

portablemente aburrido. Lo mismo ocurre con las personas que siempre hablan de cosas inteligentes y buenas, pero que uno se da cuenta de que son unos tipos obtusos.»

 

Luego, los días siguientes, Andrei Efímich se fingió indispuesto para no salir de la habitación. Permanecía tumbado en el diván, de cara a la pared, y sufría cuando su amigo trataba de distraerle a fuerza de conversación, o descansaba cuando el otro salía. Se irritaba consigo mismo, por haber em-prendido el viaje, y con su amigo, que cada día se mostraba más hablador y desenvuelto. Le era impo-sible orientar sus pensamientos hacia algo serio y elevado.

 

«Es la realidad de que Iván Dmítrich hablaba - pensaba, enfadándose de su mezquindad -. Aunque todo esto es una estupidez... Cuando llegue a casa, todo volverá a su cauce ... »

 

En Petersburgo ocurrió lo mismo: se pasaba el santo día en la habitación, tumbado en el diván, y sólo se levantaba para beber cerveza.

 

Mijaíl Averiánich no cesaba de insistir en que fuesen a Varsovia lo antes posible.

 

-¿Para qué voy a ir, amigo mío? -decía Andrei Efímich, con voz suplicante -. Vaya usted solo y déjeme volver a casa. ¡Se lo ruego!

 

-¡De ninguna manera! - protestaba Mijaíl Ave-riánich-. Es una ciudad maravillosa. ¡En ella pasé los cinco años más felices de mi vida!

 

Andrei Efímich no era un hombre de carácter como para mantenerse firme, por lo que, haciendo de tripas corazón, fue a Varsovia. Allí tampoco salía de la habitación, permanecía tumbado en el diván y se irritaba consigo mismo, con su amigo y con los criados, que se resistían tenazmente a comprender el ruso. Mientras tanto, Mijaíl Averiánich, sano, animoso y jovial como de ordinario, recorría de la mañana a la noche la ciudad en busca de sus viejos conocidos. Alguna noche no durmió en el hotel. Después de una de ellas, pasada Dios sabe dónde, volvió muy temprano en un estado de gran agita-ción, rojo y despeinado. Durante largo rato estuvo paseando de un rincón a otro, gruñendo para sus adentros; luego se detuvo y dijo:

 

-¡El honor ante todo!

 

Después de nuevas idas y venidas, se agarró la cabeza con ambas manos y dijo con voz trágica:

 

-¡Sí, el honor ante todo! ¡Maldito sea el minuto en que se me ocurrió venir a esta Babilonia! Queri-do mío - añadió, volviéndose hacia el doctor -, des-précieme: ¡he jugado y he perdido! ¡Deme quinientos rublos!

 

Andrei Efímich los contó y, en silencio, los en-tregó a su amigo. Este, rojo todavía de vergüenza y cólera, balbuceó un juramento incoherente e inne-cesario, se puso la gorra y salió a la calle. Al volver, dos horas más tarde, se desplomó en una butaca, dejó escapar un sonoro suspiro y dijo:

 

-¡Ha sido salvado el honor! ¡Vámonos, amigo mío! No quiero permanecer ni un minuto más en esta maldita ciudad. ¡Son unos granujas! ¡Unos es-pías austríacos!

 

Cuando los amigos regresaron a su ciudad, era ya noviembre y las calles estaban cubiertas con una profunda capa de nieve. El puesto de Andrei Efí-mich lo ocupaba el doctor Jobótov, quien vivía aún en la casa de antes, esperando que aquél volviese y dejase libre el piso del hospital. La mujer fea a la que él llamaba cocinera vivía ya en uno de los pabe-llones.

 

Por la ciudad corrían nuevos rumores acerca del hospital. Se decía que la mujer fea había reñido con

 

el inspector y que éste se había arrastrado ante ella de rodillas, pidiendo perdón.

 

Al día siguiente de su regreso, Andrei Efímich tuvo ya que buscar nuevo alojamiento.

 

-Amigo mío - le dijo tímidamente el jefe de Co-rreos perdóneme una pregunta indiscreta: ¿de qué recursos dispone?

 

Andrei Efímich contó en silencio su dinero y dijo:

 

-De ochenta y seis rublos.

 

-No me refiero a eso - insistió turbado Mijaíl Averiánich, que no había comprendido al doctor-. Lo que le pregunto es de qué recursos dispone en general.

 

-Ya se lo he dicho: de ochenta y seis rublos...

 

No tengo nada más.

 

Mijaíl Averiánich tenía al doctor por una perso-na honrada y noble, pero, a pesar de todo, sospe-chaba que, por lo menos, dispondría de un capital de veinte mil rublos. Ahora, al saber que era un mendigo, que no tenía nada para vivir, rompió a llorar y abrazó a su amigo.

 

XV

 

 

Andrei Efímich se trasladó a una casita de tres ventanas, propiedad de la viuda de un menestral llamada Vielova. En ella no había más que tres ha-bitaciones, sin contar la cocina. Dos de ellas, con ventanas a la calle, las ocupaba el doctor; en la ter-cera y en la cocina vivían Dáriushka y la dueña, con sus tres hijos. A veces acudía a pasar la noche el amante de la dueña, un borracho alborotador que atemorizaba a los niños y a Dáriushka. Cuando lle-gaba, se sentaba en la cocina y empezaba a pedir vodka. Aquello resultaba demasiado estrecho, y el doctor, movido por un sentimiento de compasión, se llevaba a los niños, que no cesaban de llorar, y los acostaba en su misma habitación, en el suelo, cosa que le producía gran satisfacción.

 

Seguía levantándose a las ocho y, después de tomar el té, se sentaba a leer sus viejos libros y re-vistas. Para comprar nuevos, ya no tenía dinero. Y fuese porque los libros eran viejos o, acaso, porque el ambiente era distinto, la lectura ya no le atraía como antes y le fatigaba. Al objeto de no caer en una ociosidad completa, se dedicó a componer un catálogo completo de sus libros y a pegar las eti-quetas correspondientes en los lomos, y este traba-jo, mecánico y meticuloso, le resultó más interesante que la lectura. Con su monotonía y mi-nuciosidad, le distraía de un modo incomprensible. No pensaba en nada y el tiempo pasaba con rapi-dez. Le resultaba entretenido hasta pelar patatas con Dáriuslika en la cocina, o limpiar el alforfón. Los sábados y domingos iba a la iglesia. De pie junto a la pared y con los ojos cerrados, escuchaba el canto y pensaba en sus padres, en la Universidad, en las re-ligiones; se sentía tranquilo y triste, y luego, al salir del templo, lamentaba que los oficios hubieran ter-minado tan pronto.

 

Estuvo un par de veces en el hospital para visi-tar a Iván Dmítrich y charlar un rato con él. Pero en ambas ocasiones Iván Dmitrich se mostró muy ex-citado y colérico; le pidió que le dejase tranquilo,

 

pues le fastidiaban las charlas vacías, y dijo que la única recompensa que pedía a los malditos canallas, por todos sus sufrimientos, era que lo recluyesen donde no hubiera nadie. ¿Es que le iban a negar hasta eso? Cuando Andrei Efímich se despidió de él, las dos veces, deseándole buenas noches, el otro le mostró los dientes y dijo:

 

-¡Váyase al diablo!

 

Y Andrei Efímich no sabía ahora si ir una terce-ra vez. Lo cierto es que sentía deseos de hacerlo.

 

Antes, terminada la comida, Andrei Efímich daba un paseo por las habitaciones y pensaba; aho-ra, desde la comida al té de la tarde, permanecía tumbado en el diván, vuelto hacia la pared, y se en-tregaba a unos pensamientos mezquinos que no podía apartar de su cabeza. Le molestaba que, des-pués de más de veinte años de servicio, no le hubie-sen concedido una pensión, ni siquiera un subsidio. Cierto que no había trabajado a conciencia, pero la pensión la concedían sin excepción a todos los fun-cionarios, lo mismo si eran honestos que si no lo eran. Porque la justicia moderna consistía precisa-mente en recompensar con honores, condecoracio-nes y pensiones no las cualidades morales ni la capacidad, sino el hecho de haber ejercido un cargo,

 

cualquiera que fuese. ¿Por qué debía ser él una ex-cepción? Se le había acabado el dinero. Le daba ver-güenza pasar junto a la tienda y mirar a la dueña. Le debía ya treinta y dos rublos de cerveza. También estaba en deuda con la Vielova. Dáriushka vendía disimuladamente los trajes viejos y los libros y en-gañaba a la dueña de la casa, diciendo que el doctor iba a recibir pronto una importante suma.

 

Se enfadaba consigo mismo por haber gastado en el viaje los mil rublos que tenía ahorrados. ¡Qué bien le vendrían ahora! Le molestaba que no le deja-sen en paz. Jobótov se creía en la obligación de vi-sitar de tarde en tarde a su colega enfermo. Todo él le causaba repugnancia a Andreí Efímich: la satisfe-cha cara, su tono indulgente, la palabra «colega», las botas altas; lo que más le molestaba era que se con-siderase en el deber de tratar a Andrei Efímich y pensase que, en efecto, lo estaba curando. Cada vez le traía un frasco de bromuro potásico y píldoras de ruibarbo.

 

También Mijaíl Averiánich se creía en el deber de visitar y distraer a su amigo. Entraba siempre con una afectada desenvoltura, reía forzadamente y tra-taba de hacerle creer que tenía muy buen aspecto y que las cosas, gracias a Dios, iban mejorando, de lo

 

que podía deducirse que consideraba desesperada la situación de su amigo. No le había devuelto la deu-da de Varsovia, se sentía violento, abrumado por la vergüenza, y por esto trataba de reír con más fuerza y de contar las cosas más chistosas. Sus anécdotas y cuentos parecían ahora interminables y resultaban un tormento lo mismo para Andrei Efímich que para él mismo.

 

Cuando estaba presente, Andrei Efímich se sentaba en el diván, de cara a la pared, y escuchaba apretando los dientes. En su alma se iban deposi-tando capas de un sentimiento de resquemor, y des-pués de cada visita de su amigo sentía que el resquemor iba subiendo, hasta llegarle a la garganta.

 

Para acallar los sentimientos mezquinos, trataba de pensar que él mismo, y Jobótov, y Mijaíl Averiá-nich, acabarían por morir tarde o temprano, sin de-jar en la naturaleza la menor huella de su paso. Si dentro de un millón de años pasaba junto al globo terrestre, en el espacio, un espíritu, lo único que ve-ría sería tierra y rocas desnudas. Todo -la cultura y las leyes morales- habría desaparecido; no crecerían ni siquiera cardos. ¿Qué importaban la vergüenza ante el tendero, el minúsculo Jobótov, la pesada

 

amistad de Mijaíl Averiánich? Todo esto no era más que un absurdo, tonterías.

 

Pero tales reflexiones no le servían ya de nada. Apenas empezaba a imaginarse lo que sería el globo terrestre dentro de un millón de años, cuando de detrás de una roca desnuda aparecía Jobótov con sus botas altas, o Mijaíl Averiánich con su forzada risa. Hasta creía oír un murmullo avergonzado: «La deuda de Varsovia, querido, se la pagaré uno de es-tos días... Sin falta.»

 

 

XVI

 

 

Un día, Mijaíl Averiánich llegó después de la comida, cuando Andrei Efímich estaba tumbado en el diván. Las cosas rodaron de tal manera, que de ahí a poco se presentó Jobótov con el bromuro potásico. Andrei Efímich se incorporó pesadamente y se sentó, apoyando ambas manos en el diván.

 

-Hoy, querido - empezó Mijaíl Averiánich -, tie-ne usted mucho mejor aspecto que ayer. ¡Lo en-cuentro muy bien! ¡De veras que lo encuentro muy bien!

 

-Ya es hora de echar el mal pelo, colega - dijo Jobótov-. De seguro que usted mismo está harto de tanto lío.

 

-¡Nos curaremos! -exclamó jovialmente Mijaíl Averiánich-. ¡Aún viviremos cien años! ¡Como se lo digo!

 

-No digo cien, pero sí veinte trató Jobótov de consolarle -. No es nada, no es nada, colega, no hay motivo para abatirse... No vea las cosas tan negras.

 

-¡Todavía se verá de qué somos capaces! -añadió Mijaíl Averiánich, lanzando una risotada, y dio unas palmadas en la rodilla de su amigo -. ¡Aún daremos que hablar! El próximo verano, si Dios quiere, ire-mos al Cáucaso y lo recorreremos a caballo. Y a la vuelta del Cáucaso, si nos descuidamos, celebrare-mos la boda -y Mijaíl Averiánich hizo un guiño ma-licioso-. Lo casaremos, querido amigo, lo casaremos...

 

Andrei Efímich sintió de pronto que el sedi-mento le subía a la garganta. El corazón empezó a latirle precipitadamente.

 

-¡Esto es chabacano! -exclamó, levantándose rá-pidamente y retirándose a la ventana-. ¿No com-prenden que lo que dicen resulta chabacano?

 

Quería seguir en tono cortés, pero, contra su voluntad, apretó los puños y los levantó por encima de la cabeza.

 

-¡Déjenme! -gritó con voz descompuesta, con-gestionado y temblando-. ¡Fuera! ¡Fuera los dos, los dos!

 

Mijaíl Averiánich y Jobótov se pusieron en pie y se le quedaron mirando, primero perplejos y des-pués con miedo.

 

-¡Fuera los dos! -prosiguió gritando Andrei Efímich-. ¡Son unos torpes, unos estúpidos! ¡No necesito ni tu amistad ni tus medicinas, imbécil! ¡Qué chabacano es esto! ¡Qué asco!

 

Jobótov y Averiánich se miraron desconcerta-dos, recularon hacia la puerta y salieron al zaguán. Andrei Efímich agarró el frasco del bromuro y se lo tiró. El frasco se rompió con estrépito en el umbral.

 

-¡Váyanse al diablo! -gritó él con voz llorosa, sa-liendo al zaguán- ¡Al diablo!

 

Cuando se quedó solo, Andrei Efímich, tem-blando como si sufriese un ataque de calentura, se tendió en el diván y siguió repitiendo largo rato:

-¡Estúpidos! ¡Son unos estúpidos!

 

Cuando se hubo calmado, lo primero que pensó fue que el pobre Mijaíl Averiánich debía de sentir un bochorno terrible y que todo esto era espantoso. Nunca le había ocurrido antes nada semejante. ¿Dónde estaban la inteligencia y el tacto? ¿Dónde estaban la comprensión de las cosas y ecuanimidad filosófica?

 

El bochorno y el enfado contra sí mismo le im-pidieron dormir en toda la noche. Por la mañana, hacia las diez, se dirigió a la oficina de Correos y presentó sus excusas a Mijaíl Averiánich.

 

-No recordemos lo ocurrido - dijo éste, conmo-vido y lanzando un suspiro, apretándole la mano-. Olvidémoslo. ¡Liubavkin! - gritó de pronto, de tal modo que todos los empleados y el público se es-tremecieron-. Trae una silla. ¡Y tú espera! - gritó a una mujer que a través de la ventanilla le alargaba una carta para certificar -. ¿No ves que estoy ocupa-do? No recordemos lo pasado - prosiguió en tono cariñoso, dirigiéndose a Andrei Efímich-. Siéntese, querido, se lo ruego encarecidamente.

 

Durante unos instantes, en silencio, se acarició las rodillas y luego dijo:

 

-Ni siquiera se me había ocurrido enfadarme con usted. Una enfermedad no es nada agradable, lo comprendo. Su explosión de ayer nos asustó al doctor y a mí, y luego estuvimos hablando de usted largo rato. Querido mío, ¿por qué se resiste a tomar en serio su enfermedad? ¿Es esto posible? Perdó-neme mi amistosa franqueza - balbuceó Mij aíl Ave-riánich -. Usted vive en un ambiente que no puede ser más desfavorable: estrechez, suciedad; no le cui-

 

dan, carece de recursos para tratarse... Querido ami-go, el doctor y yo se lo suplicamos de todo corazón; atienda nuestro consejo: ¡intérnese en el hospital! Allí tendrá buena alimentación, cuidados, le pon-drán en tratamiento. Evgueni Fiódorich, aunque mauvais ton, dicho sea entre nosotros, sabe lo que se lleva entre manos y se puede confiar en él por com-pleto. Me ha dado palabra de que se ocupará de us-ted.

 

Andrei Efímich se sintió conmovido por el sin-cero interés y las lágrimas que de pronto brillaron en las mejillas del jefe de Correos.

 

-¡No lo crea, mi estimado amigo! - murmuró, llevándose la mano al corazón-. ¡No lo crea! ¡Es un engaño! Mi única enfermedad es que, después de veinte años, no he encontrado en toda la ciudad más que a un hombre inteligente, y éste está loco. No hay enfermedad alguna; sencillamente, he caído en un círculo vicioso del que no hay salida. Pero todo me es lo mismo, estoy dispuesto a lo que sea.

 

-Ingrese en el hospital, querido.

 

-Me es lo mismo, aunque sea en la cárcel.

 

-Deme su palabra de que obedecerá en todo a Evgueni Fiódorich.

 

-Comoquiera, le doy mi palabra, pero le repito que he caído en un círculo vicioso. Todo, hasta el sincero interés de mis amigos, conduce ahora a una cosa: a mi perdición. Me pierdo y tengo el valor de reconocerlo.

 

-Se repondrá, querido.

 

-¿Para qué decir esto? - replicó Andrei Efímich, irritado-. Muy pocas personas no sienten al fin de su vida lo que yo siento ahora. Cuando le digan algo de los riñones o del corazón dilatado y usted se ponga en cura, o si le dicen que está loco o es un criminal, en una palabra, cuando la gente le preste atención, ha de saber que ha caído en un círculo vicioso del que ya no podrá salir. Cuanto más se esfuerce en hacerlo, más se extraviará. Es preferible que se rin-da, porque ningún esfuerzo humano podrá salvarle. Así es como pienso.

 

Entre tanto, ante la ventanilla iba aumentando el público. Para no ser un estorbo, Andrei Efímich se puso en pie y se despidió. Mijaíl Averiánich le hizo dar de nuevo su palabra de honor y le acom-pañó hasta la puerta de la calle.

 

Aquella misma tarde se presentó en su casa Jo-bótov, con su pelliza y sus botas altas, y le dijo en

 

un tono como si la víspera no hubiese ocurrido na-da:

 

-Tengo que consultarle un asunto, colega. ¿Quiere venir conmigo?

 

Pensando que Jobótov trataba de distraerle con un paseo, o acaso de proporcionarle la ocasión de ganar algo, Andrei Efímich se puso el abrigo y salió con él a la calle. Le alegraba la oportunidad de po-der reparar su culpa de la víspera y en el fondo de su alma estaba agradecido de Jobótov, quien ni si-quiera había hecho mención del incidente y, al pare-cer, le había perdonado. De un hombre tan inculto era difícil esperar tanta delicadeza.

 

-¿Dónde está el enfermo? - preguntó Andrei Efímich.

 

-En el hospital. Hace tiempo que quería que usted lo viera... Es un caso interesantísimo.

 

Entraron en el patio del hospital y, sin acercarse al pabellón principal, se dirigieron al de los locos. Y todo esto en silencio. Al entrar, Nikita, según su costumbre, se puso de pie de un salto y quedó en posición de firmes.

 

-Se ha producido una complicación en los pul-mones - dijo a media voz Jobótov, entrando con

 

Andrei Efímich en la sala-. Espere aquí; ahora vuel-vo, voy a buscar el fonendoscopio.

 

Y salió.

 

XVII

 

 

Ya anochecía. Iván Dmítrich estaba tumbado en su camastro, con la cara hundida en la almohada; el paralítico, inmóvil, lloraba dulcemente y movía los labios. El mujik gordo y el antiguo seleccionador de cartas dormían. La calma era completa.

 

Andrei Efímich se había sentado en la cama de Iván Dmítrich y esperaba. Pero transcurrió media hora y, en vez de Jobótov, en la sala entró Nikita, que traía una bata, ropa interior y unos zapatos.

 

-Tenga la bondad de vestirse, señoría - dijo a media voz-. Aquí tiene su cama, venga -añadió, in-dicando un camastro vacío que, al parecer, habían traído poco antes-. No es nada; Dios querrá que recobre la salud.

 

Andrei Efímich lo comprendió todo; sin decir una sola palabra, se trasladó al camastro que Nikita

 

le indicaba y se sentó en él. Al ver que el guardián seguía ante él esperando, se desnudó por completo y le invadió una sensación de vergüenza. Luego se puso la ropa del hospital; los calzoncillos le estaban cortos, y la camisa, larga; la bata olía a pescado ahumado.

 

-Dios querrá que recobre la salud - repitió Ni-kita.

 

Recogió la ropa de Andrei Efímich, salió y cerró la puerta tras él.

 

«Es lo mismo... - pensó Andrei Efímich, envol-viéndose avergonzado en la bata y advirtiendo que con su nueva indumentaria ofrecía el aspecto de un preso-. Es lo mismo... Da igual un frac que un uni-forme o que esta bata ... »

 

Pero ¿y el reloj? ¿Y el cuaderno de notas que guardaba en el bolsillo? ¿Y los cigarrillos? ¿Qué ha-bía hecho Nikita de la ropa? Ahora, probablemente, no volvería a ponerse un pantalón, un chaleco ni unas botas. Todo esto parecía extraño y hasta in-comprensible en un primer momento. Andrei Efí-mich seguía convencido de que entre la casa de la Vielova y la sala número seis no había diferencia alguna, que en este mundo todo era un absurdo, vanidad de vanidades; pero las manos le temblaban,

 

los pies se le quedaban fríos y le producía horror pensar que Iván Dmítrich se levantaría pronto y le vería con semejante bata. Se puso en pie, dio unas vueltas y se sentó de nuevo.

 

Así estuvo media hora, una hora. Aquello le cansaba hasta producirle una sensación de angustia. ¿Sería posible pasar allí un día, una semana, incluso años, como aquella gente? Siguió sentado, se le-vantó de nuevo para dar un paseo y volvió a sentar-se. Podía acercarse a mirar por la ventana y reemprender sus paseos de un rincón a otro. ¿Y después? ¿Seguir allí eternamente, como una esta-tua, y pensar? No, apenas sería posible.

 

Andrei Efímich se tendió en la cama, pero in-mediatamente se puso en pie, se limpió con la man-ga el sudor frío de la frente y notó que toda la cara le olía a pescado ahumado. De nuevo volvió a sus paseos.

 

-Aquí hay un malentendido... - articuló, abrien-do perplejo los brazos-. Hay que poner en claro las cosas, se trata de una confusión...

 

En este momento se despertó Iván Dmítrich. Se sentó y apoyó la cara en los dos puños. Lanzó un escupitajo. Luego, perezosamente, miró al doctor, sin que en un primer momento pareciera haber

 

comprendido nada. Pero pronto su semblante so-ñoliento adquirió una expresión rencorosa y burlo-na.

 

-¡Hola! ¿También a usted le han encerrado, ami-go? - dijo con una voz ronca, como de quien acaba de despertarse, y guiñando un ojo -. Lo celebro mu-cho. Antes chupaba usted la sangre de la gente y ahora le chuparán la suya. ¡Magnífico!

 

-Se trata de un mal entendido... - murmuró An-drei Efímich, a quien las palabras de Iván Dmítrich habían asustado-. Es un mal entendido... - repitió, encogiéndose de hombros.

 

Iván Dmítrich lanzó otro escupitajo y se tumbó.

 

-  ¡Maldita vida! - gruñó-. Y lo peor de todo es que no terminará con una recompensa por calami-dades sufridas, no con una apoteosis, como en la ópera, sino con la muerte. Vendrán los mozos del hospital, agarrarán al muerto de los brazos y las piernas y se lo llevarán al sótano. ¡Brrr! ¡Qué le va-mos a hacer! ... Por el contrario, en el otro mundo tendremos nuestra fiesta... Desde el otro mundo vendré aquí como una sombra y asustaré a estos canallas. Haré que les salgan canas.

 

Volvió Moiseika y, al ver al doctor, alargó la mano.

 

-Dame un kópek -dijo.

 

 

XVIII

 

 

Andrei Efímich se retiró a la ventana y se quedó mirando el campo. Ya había oscurecido y en el ho-rizonte, por la derecha, asomaba una luna fría y roji-za. No lejos de la valla del hospital, todo lo más a cien brazas, se levantaba un edificio alto y blanco, circundado por un muro. Era la cárcel.

 

«  ¡Esa es la realidad! », pensó Andrei Efímich, y sintió miedo.

 

Le producían miedo la luna y la cárcel, y los cla-vos de la valla, y la lejana llama de una fábrica. An-drei Efímich oyó un suspiro a sus espaldas. Se volvió y vio a un hombre, con resplandecientes es-trellas y condecoraciones en el pecho, que sonreía y guiñaba maliciosamente el ojo. También esto le produjo miedo.

 

Se dijo que en la luna y en la cárcel no había na-da de particular, que las personas psíquicamente sanas ostentan también condecoraciones y que, con el tiempo, todo se pudriría y se convertiría en polvo. Pero de pronto la desesperación se apoderó de él, se aferró con ambas manos a la reja y la sacudió con todas sus fuerzas. Los sólidos barrotes no cedieron.

 

Luego, tratando de disipar sus temores, se acer-có al camastro de Iván Dmítrich y se sentó en él.

 

-Me noto muy decaído, querido - balbuceó, temblando y secándose el sudor frío-. Muy decaído.

 

-Dedíquese a sus filosofías -replicó en tono de burla Iván Dmítrich.

 

-Dios mío, Dios mío... Sí, sí... Decía usted que en Rusia no hay filosofía, pero que filosofan todos, hasta la morralla. Pero que la morralla filosofe no causa daño a nadie - dijo Andrei Efímich, como si sintiese ganas de llorar y mover a compasión-. ¿A qué se debe esa risa rencorosa, querido? ¿Y cómo no va a filosofar esta morralla, si se siente descon-tenta? El hombre inteligente, culto, orgulloso y li-bre, semejante a Dios, no tiene otro recurso que ir de médico a una ciudad de mala muerte, sucia y es-túpida, y recetar toda su vida ventosas, sanguijuelas

 

y sinapismos. ¡Charlatanería, estrechez de miras, vulgaridad! ¡Oh, Dios mío!

 

-Eso son estupideces. Si no le agradaba la carre-ra de médico, podía haberse hecho ministro.

 

-Nada, nada es posible. Somos débiles, queri-do... Yo me mostraba indiferente, razonaba con buen ánimo y sensatez, pero, desde que la vida ha puesto en mí su mano grosera, me siento decaído ...

 

sumido en la postración... Somos débiles, no vale-mos para nada ... Y usted también, querido. Usted es inteligente y noble; con la leche materna entraron en usted buenos propósitos, pero, apenas dio los primeros pasos en la vida, se fatigó y cayó enfer-mo... ¡Somos débiles, débiles!

 

Algo de lo que no podía verse libre, además del miedo y de un sentimiento de ofensa, no cesaba de inquietar a Andrei Efímich desde que había oscure-cido. Acabó por darse cuenta de que quería tomar cerveza y fumar.

 

-Voy a salir, querido - dijo-. Diré que traigan una vela... No puedo seguir así.. . en esta situación...

 

Andrei Efímich se acercó a la puerta y la abrió, pero inmediatamente Nikita se puso en pie de un salto y le cerró el paso.

 

-¿Adónde va? ¡No se puede salir! - dijo-. Ya es hora de dormir.

 

-Es sólo un momento; quiero dar una vuelta por el patio -explicó Andrei Efímich, estupefacto.

 

-No se puede, no está permitido. Usted mismo lo sabe.

 

Nikita cerró la puerta de un portazo y la sujetó apretando con la espalda.

 

-¿Qué daño voy a causar a nadie, si salgo? - pre-guntó Andrei Efímich, encogiéndose de hombros -. ¡No comprendo! ¡Nikita, debo salir! -añadió con voz trémula- ¡Necesito salir!

 

-No escandalice; eso no está bien -dijo Nikita sentenciosamente.

 

-  ¡El diablo sabe qué es esto! - estalló de pronto Iván Dmítrich, levantándose-. ¿Qué derecho tiene a no dejarle salir? ¿Cómo se atreven a tenernos ence-rrados aquí? Creo que la ley lo dice bien claro: nadie puede ser privado de la libertad sin sentencia de los tribunales. ¡Esto es una violencia! ¡Una arbitrarie-dad!

 

-¡Claro que es una arbitrariedad! - repitió Andrei Efímich, estimulado por los gritos de Iván Dmí-trich-. ¡Necesito salir, debo salir! ¡No tiene derecho a impedírmelo! ¡Te he dicho que me dejes salir!

 

-¿Lo oyes, bestia? - gritó Iván Dmítrich, y em-pezó a descargar puñetazos en la puerta- ¡Abre o hecho la puerta abajo! ¡Criminal!

-  ¡Abre! - gritó Andrei Efímich, temblando-. ¡Lo

 

exijo!

 

-  ¡Sigue! -contestó Nikita al otro lado de la puerta-. ¡Sigue y verás!

 

-Por lo menos, dile a Evgueni Fiódorich que venga. Dile que yo se lo ruego... No es más que un minuto.

 

-El mismo vendrá mañana sin necesidad de que le llamen.

 

-¡No nos soltarán nunca! -prosiguió, entre tanto, Iván Dmítrich ¡Harán que nos pudramos aquí! ¡Oh, Dios mío! ¿Será posible que en el otro mundo no haya infierno y que estos miserables sean perdona-dos? ¿Dónde está la justicia? ¡Abre, canalla; no pue-do respirar! -gritó con voz ronca, y se lanzó contra la puerta-. ¡Te voy a romper la cabeza! ¡Asesinos!

 

Nikita abrió la puerta de un tirón, dio un fuerte empujón a Andrei Efímich con las manos y la rodi-lla y le descargó un puñetazo en la cara. Andrei Efímich creyó que una enorme ola de agua salada le había envuelto y le arrastraba hasta el camastro. En efecto, en la boca notaba un sabor salado: debía de

 

ser sangre de las muelas. Como si tratase de salir a flote, agitó los brazos y se agarró a una cama, al mismo tiempo que sentía que Nikita le daba otros dos puñetazos en la espalda.

 

Iván Dmítrich lanzó un fuerte grito. También debían de pegarle.

 

A continuación todo quedó en silencio. La esca-sa luz de la luna entraba por entre los barrotes y sobre el suelo se proyectaba una sombra parecida a una red. Aquello era horrible. Andrei Efímich se tumbó, conteniendo la respiración; esperaba espan-tado que le golpeasen de nuevo. Era como si al-guien le hubiera clavado una hoz, removiéndola varias veces en su pecho y su vientre. El dolor le hizo morder la almohada y apretar los dientes, cuando de pronto, entre el caos reinante en su ca-beza, brilló con claridad el pensamiento, terrible e insoportable, de que ese mismo dolor debieron de sufrirlo años enteros, día tras día, aquellos hombres que ahora, a la luz de la luna, parecían unas sombras negras. ¿Cómo pudo ocurrir que durante más de veinte años no se hubiese enterado ni hubiese que-rido saber nada de esto? No sabía, no tenía noticia de ese dolor; lo que quiere decir que no era culpa-ble. Pero la conciencia, tan cerca y ruda como Ni-

 

kita, le hizo sentir frío de los pies a la cabeza. Se puso en pie, quiso gritar con todas sus fuerzas y co-rrer para matar a Nikita, y luego a Jobótov, al ins-pector y al practicante; después se quitaría él mismo la vida. Pero de su pecho no salió sonido alguno y las piernas no le obedecieron. Jadeante, se arrancó del pecho la bata y la camisa, las desgarró y, perdido el conocimiento, cayó sobre el camastro.

 

XIX

 

 

A la mañana siguiente le dolía la cabeza, le zumbaban los oídos y sentía malestar general. No le producía vergüenza recordar su debilidad de la vís-pera. Se había mostrado pusilánime, se había asus-tado hasta de la luna y había expresado sinceramente ideas y sentimientos que jamás sospe-chó en él. Por ejemplo, la idea de la insatisfacción de la morralla filosofante. Pero ahora todo le era lo mismo.

 

Sin comer ni beber, yacía inmóvil y en silencio. «Todo me es lo mismo - pensaba cuando le pre-

 

guntaban algo-. No contestaré... Me da igual.» Después de la comida llegó Mijaíl Averiánich,

 

que le traía un paquete de té y una libra de merme-lada. También estuvo Dáriushka, que permaneció de pie junto a la cama toda una hora con una expre-

 

sión de sorda amargura en el rostro. Estuvo el doctor Jobótov, quien trajo un frasco de bromuro y ordenó a Nikita que ventilase la sala.

 

Andrei Efímich murió a media tarde de un ata-que de apoplejía. Primero notó grandes escalofríos y náuseas; le pareció que algo repugnante se extendía por todo su cuerpo, hasta por los dedos, algo que, subiendo del estómago, le llegaba hasta la cabeza y le inundaba los ojos y los oídos. Le pareció que lo veía todo verde. Andrei Efímich comprendió que había llegado su fin y recordó que Iván Dmítrich, Mijaíl Averiánich y millones de personas creían en la inmortalidad. ¿Y si de pronto resultaba que existía? Pero él no la deseaba; sólo pensó en ella un instante. Una manada de ciervos de excepcional gracia y be-lleza, cuya descripción había leído la víspera, pasó junto a él; luego una mujer tendió hacia él la mano con una carta certificada... Mijaíl Averiánich dijo algo. Luego desapareció todo y Andrei Efímich perdió la noción de las cosas para siempre.

 

Llegaron unos mozos del hospital, lo agarraron de los brazos y las piernas y lo llevaron a la capilla. Allí se quedó sobre una mesa, con los ojos abiertos, iluminado por la luna. Por la mañana acudió Serguei

 

Serguéich, oró devotamente ante el crucifijo y cerró los ojos del que había sido su jefe.

 

Al otro día se celebró el entierro. Sólo asistieron a él Mijaíl Averiánich y Dáriushka.

 

 

 

FIN

 

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