© Libro N° 6258.
Lavoisier En El Año Uno De La
Revolución. Bell, Madison
Smartt. Emancipación. Julio 27 de 2019.
Título
original: © Lavoisier En El Año Uno De La Revolución. Madison Smartt
Bell
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Smartt Bell
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Miranda
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LAVOISIER EN EL ANO UNO DE LA REVOLUCION
Madison Smartt Bell
CONTENIDO
Agradecimientos
Ancien
régime
Dejando
atrás la alquimia
El
principio oxígeno
La
revolución química
El
final del Año Uno
Lecturas
adicionales
El
nacimiento de una nueva ciencia en la era de las revoluciones
Al espíritu de Giordano Bruno,
donde quiera que esté
Agradecimientos
Doy
gracias a James Atlas por la invitación; a Jesse Cohen por su extraordinaria
asistencia editorial; a Marie-Josèphe Mine, de los archivos de la Academia de
las Ciencias de París, por la ayuda que me brindó con los papeles de Lavoisier;
a la catedrática Esther Gibbs, del departamento de química del Goucher College,
por aclararme ciertas nociones de química moderna, y al doctor James Hughes por
encaminarme hacia Condorcet.
Capítulo
1
Ancien régime
A
comienzos del otoño de 1793, unos oficiales de la Convención Nacional francesa
se presentaron en el domicilio de Antoine Lavoisier, sito en el 243 del
parisino bulevar de la Madeleine. Una manzana más al oeste, en esa elegante
calle, las obras de la iglesia de Saint-Marie Madeleine, inspirada en el
Partenón, llevaban paralizadas desde 1791. Mirando hacia el sur desde el
pórtico clásico, que estaba aún por terminar, se veía, calle Royale abajo, la
plaza de la Revolución, donde no tardaría en instalarse la guillotina. Con este
artilugio, el doctor Guillotin, que, como el propio Lavoisier, formaba parte de
la élite científica parisina, había pretendido proporcionar una alternativa más
humana y civilizada a las brutales hachas y sogas. Por eso se quedó tan espantado
de ver su ingenio convertido en una de las máquinas de terror más horrendas que
jamás haya conocido el mundo occidental.
Los
oficiales acudían en nombre del temible «Comité de salud pública» a buscar los
papeles de Lavoisier para incautarse de ellos; al final no encontraron nada
sospechoso salvo unas cuantas cartas en lengua extranjera (inglés e italiano)
de colegas científicos: Lazzaro Spallanzani, Joseph Priestley, Joseph Black,
Benjamín Franklin. Lavoisier pidió permiso —y se le concedió— para estampar su
sello personal en el paquete confiscado. Probablemente se temía que, de no
hacerlo, sus enemigos podrían plantarle en el paquete algún documento
incriminatorio, aunque en el informe del caso consta que «no solicitó tal
precaución por desconfianza sino por mantener un orden».
La fecha, según el calendario de la Revolución francesa, era el 24 de fructidor
del año uno, aunque ni Lavoisier ni nadie más lo supiesen. Para todo el mundo
era el 10 de septiembre de 1793. El calendario revolucionario, aunque empezaba
a contar desde el establecimiento de la república, o sea, desde el 22 de
septiembre de 1792, no se proclamaría ni adoptaría hasta octubre de 1793. En
consecuencia, el año uno sólo existió en retrospectiva; nadie lo experimentó
directamente. Con todo, tenía su importancia. Antes del año uno, la vida y la
carrera de Lavoisier se hallaban perfectamente imbricadas en el tejido social
de la monarquía borbónica. A partir de ese día, su vida y su obra se verían
sometidas a un nuevo examen en el inédito y peligroso contexto de la revolución
y el terror.
El
calendario revolucionario pretendía arrancar la medición del tiempo de las
autoritarias manos de la religión, y purgar el calendario juliano de toda
excentricidad matemática. El calendario reformado operaba en base diez,
dividiendo cada mes en tres ciclos de diez días, y cada día en diez periodos de
cien minutos, cada uno de los cuales constaba a su vez de cien segundos. El
propio Lavoisier propugnaba el nuevo calendario y en 1793 se hallaba
participando activamente en una reforma paralela del sistema de pesos y
medidas; este método de medición decimal resultaría mucho más duradero que el
calendario revolucionario y sigue en vigor, como sistema métrico, en nuestros
días. El 24 de fructidor del año uno, otro de los colegas científicos de
Lavoisier, Antoine-François de Fourcroy, acompañó a los oficiales hasta el
bulevar de la Madeleine para recuperar los instrumentos que Lavoisier había
estado utilizando en la reforma del sistema de pesos y medidas; una mala señal
por cuanto Lavoisier daba por hecho que su participación en un proyecto público
le serviría de salvoconducto en aquella época turbulenta.
Si
Lavoisier hubiese sido plenamente consciente del peligro que corría en el nuevo
contexto social de aquel año uno aún por declarar, tal vez habría huido del
país. Al parecer no se hacía cargo de la magnitud de ese riesgo, por más que en
otros contextos sí fuese consciente —más que ningún otro científico de su
época— de la importancia crucial que entrañaban los cambios de perspectiva
radicales. Lo que Lavoisier llamaba le principe oxygene, el
principio oxígeno, cuyo descubrimiento le valdría un puesto de honor permanente
en la historia de la ciencia, ya lo habían descubierto otros antes que él:
Joseph Priestley, que lo consideraba un «aire fijo», y Cari Wilhelm Scheele,
que lo llamaba «aire de fuego». El logro radical de Lavoisier fue definir ese
gas no exactamente nuevo como oxígeno, situándolo así en un
contexto completamente nuevo, punto de partida de toda la química moderna. El
suyo fue un extraordinario alarde de poderío nominador.
* *
* *
En
los años previos a la Revolución francesa, el talento de Lavoisier para el
orden halló múltiples aplicaciones fuera de lo estrictamente científico. En el
año 1788 ocupaba cinco cargos públicos de relieve al mismo tiempo, incluida la
dirección de la Administración de la Pólvora y el Salitre, y un puesto en el
consejo del Banco de Descuento, lo que le concedía un papel influyente en el
centro de gravedad de la economía francesa. En 1790, su omnipresencia en los
asuntos públicos, unida a su cuantiosa fortuna, lo convirtieron en un objetivo
atractivo para la izquierda radical. En enero de 1791, el periodista jacobino
Jean-Paul Marat lo atacó en las páginas de L'ami du peuple:
«Denuncio al corifeo de los charlatanes, al maestro Lavoisier, hijo de un
terrateniente acaparador, aprendiz de químico, alumno del especulador ginebrino
Necker, funcionario de la Contrata General, comisario de la Pólvora y el
Salitre, director del Banco de Descuento, secretario del rey, miembro de la
Academia de las Ciencias, íntimo de Vauvilliers, desleal administrador de la
Comisión Alimenticia de París, y el mayor intrigante de la actualidad».
La
denuncia de Marat era producto de viejos rencores y rivalidades; en 1779
Lavoisier había contribuido, en nombre de la Academia de las Ciencias de
Francia, a desacreditar a Marat como charlatán seudocientífico. En la atmósfera
igualitaria que reinaba en 1791, la mera pertenencia a academias nacionales de
ciencias, literatura y cultura podía verse como síntoma de elitismo culpable, y
el título nobiliario que el padre de Lavoisier le había comprado a su hijo como
regalo de bodas en 1771 ya no era ni mucho menos un punto a su favor. Pero su
fatídico talón de Aquiles, lo que hizo que los agentes se presentasen en su
casa del bulevar de la Madeleine, era la más lucrativa de sus múltiples
ocupaciones: su empleo en la Ferme Générale, o Contrata General.
La corona francesa llevaba siglos arrendando la recaudación de impuestos a un
grupo de inversores privados que garantizaban al Tesoro Real una suma fija por
cada periodo de arriendo y que extraían sus propios beneficios, o pérdidas, de
los impuestos que consiguiesen recaudar. A finales del siglo XVII, la «contrata
fiscal» había crecido hasta convertirse en un gigante de treinta mil empleados.
Un siglo después, el gobierno francés dependía en sumo grado de la Contrata
General para obtener créditos y pagar los intereses de una deuda pública
galopante.
En
1768, cuando Lavoisier adquirió su participación, la Contrata General estaba
dirigida por una junta de entre cuarenta y sesenta socios. Ese año, el precio
que había que pagar para ser socio de pleno derecho era de 1.560.000 libras; a
sus veinticuatro años, Lavoisier le compró un tercio de sus acciones a un
recaudador ya anciano llamado Baudon, que buscaba un asistente, por una cuota
inicial de 68.000 libras. Lavoisier se aplicó a la tarea de la exacción de
impuestos con el mismo celo reformista con que abordaba casi todas sus
actividades, pero hasta las más progresistas de sus innovaciones redundaron en
nuevas y desagradables presiones sobre los contribuyentes franceses. La
Contrata General estaba tan mal vista como cualquier otra entidad fiscal en
cualquier otra época o lugar, y seguramente peor que la mayoría. La
organización recaudaba un tributo sobre la sal (gabelle) y otro sobre el
alcohol y el tabaco (aide), además de aranceles de aduanas (traites)
y tasas sobre las mercadurías que entraban en París procedentes de cualquier
otro lugar de Francia (entrées). La evasión de todos estos impuestos
mediante contrabando y demás fraudes constituía una auténtica epidemia, y los
severos castigos con que se penaban tales delitos aumentaban la aversión
general por la Contrata. Por si fuera poco, las acusaciones de especulación
tenían su fundamento.
Las
protestas generalizadas contra la ineficacia administrativa de la Contrata
General provocaron que se aboliese en 1791. Lavoisier había renunciado a su
cargo no mucho antes; sin embargo, en la Convención Nacional había una demanda
de investigación de la Contrata respecto a las actividades que se remontaban
hasta el 1740. Se suponía que los activos de la organización habían de
liquidarse y añadirse al erario público, pero este trámite se mantenía en
suspenso a causa de una serie de crisis políticas; mientras tanto se acusaba a
los «contratistas», o ex contratistas, de maniobras dilatorias. En otoño de
1793, con la instauración del Terror, la impaciencia por resolver la cuestión
de la Contrata General (y por embolsarse lo recaudado) era ya extrema. Lavoisier
era tan sólo uno más entre los antiguos contratistas a quienes se les
registraban y confiscaban los documentos.
La
participación en la Contrata General había convertido a Lavoisier en uno de los
miembros más prósperos de la burguesía que floreció durante las dos últimas
décadas de reinado borbónico. En 1786 había acumulado un beneficio total de 1,2
millones de libras: el equivalente a 48 millones de dólares actuales. Su tren
de vida no era ostentoso para un hombre de tamaña fortuna; una declaración de
la renta del año 1791 muestra que contaba con seis empleados domésticos (una
cocinera, una criada, un cochero y tres lacayos): un servicio bastante exiguo
habida cuenta de la época y de su posición, si bien es cierto que también era
propietario de una finca de más de 560 hectáreas en el valle del Loira y de
otras cien hectáreas en Villefrancoeur.
La participación en la Contrata General le proporcionaba unos ingresos
extraordinarios al tiempo que le dejaba mucho tiempo libre para dedicarse a la
ciencia y otras actividades. Los impuestos, de hecho, sufragaban su labor
investigadora, algo inusitado en aquella época. En la Francia del siglo XVIII
la ciencia podía constituir una vocación, pero como medio de vida no daba para
mucho. Las ayudas económicas a la ciencia por parte del Estado eran escasas;
los aspirantes a científicos tenían que costearse de su bolsillo los proyectos
de investigación. Lavoisier, cuya extracción social era relativamente humilde,
utilizó las ganancias obtenidas en la Contrata General para equipar uno de los
laboratorios más avanzados —y caros— de Europa.
* *
* *
El
padre del tatarabuelo de Lavoisier había sido postillón de las Reales
Caballerizas. Su tatarabuelo fue maestro de postas y mesonero en el mercado de
Villers-Cotterêts, una población situada a unos ochenta kilómetros al noreste
de París. Su bisabuelo, Nicolás Lavoisier, fue alguacil del juzgado local y
prosperó lo bastante como para ser propietario de varias casas en la ciudad. El
hijo de Nicolás y abuelo del futuro químico se hizo fiscal y se casó con la
hija de un acaudalado notario de la ciudad de Pierrefonds. Su primogénito,
Jean-Antoine Lavoisier, acudió a París a estudiar derecho. Cuando el hermano
soltero de su madre se jubiló, Jean-Antoine heredó el puesto de su tío: abogado
en el parlamento de París, el tribunal más importante del ancien régime.
La familia Lavoisier había tardado más de un siglo en completar esa trayectoria
ascendente que ahora culminaba con el ingreso en la recién constituida clase
profesional de los togados, esto es, de los «hombres de la toga», o
abogados.
Además del puesto, Jean-Antoine heredó la casa de su tío en el distrito
parisino de Marais y un legado de cuarenta mil libras. Encontró un buen partido
en Emilie Punctis, la hija, al parecer muy bella, de una familia de burgueses
bien relacionados que habían acumulado una modesta fortuna como carniceros.
Mediante prudentes inversiones en bienes raíces, Jean-Antoine incrementó el
patrimonio familiar: ese era el fundamento, bien que mínimo, del calificativo
maratiano de «terrateniente acaparador».
El primogénito de los Lavoisier, Antoine, nació el 26 de agosto de 1742 en la
casa de Jean-Antoine. A los dos años nació una niña, Marie Marguerite Emilie.
Cuando en 1748 murió Emilie de Lavoisier, el viudo Jean-Antoine se mudó con sus
hijos, de cinco y tres años, al hogar de los Punctis. Allí los niños quedaron
al cuidado de su tía soltera Constance Punctis, hasta la muerte de Marie
Lavoisier a la edad de quince años. Antoine Lavoisier, que moriría sin dejar
descendencia, sería el último de su estirpe.
Una niñez marcada por semejantes pérdidas hizo del joven Lavoisier un muchacho
tranquilo y formal que prefería estudiar antes que jugar. A los once años
ingresó en el Collège des Quatre Nations, donde había estudiado su padre.
Vulgarmente conocido por el nombre de su fundador, el cardenal Mazarino, el
Collège Mazarin ocupaba un espléndido edificio abovedado situado justo enfrente
del Louvre pero al otro lado del Sena; hoy, como sede del Instituto de Francia,
el edificio alberga, entre otros archivos de la Academia de las Ciencias, los
papeles de Lavoisier. La idea de la familia era que Antoine siguiese los pasos
de su padre y se dedicase al derecho. En el Collège Mazarin hizo sus pinitos en
literatura y trató de escribir una pieza teatral del estilo de La
Nouvelle Héloise, de Rousseau. En 1760, el año en que murió su hermana,
ganó un segundo premio con un ensayo (que por desgracia se ha perdido) sobre el
tema de «si la rectitud moral es tan necesaria como el rigor de la inteligencia
para buscar la verdad».
El primer contacto de Lavoisier con la química se debió a Louis C. de la
Planche, un profesor auxiliar de su colegio, pero más importante en esos años
fue la influencia del padre Nicolas-Louis de Lacaille, un astrónomo y
matemático cuyo observatorio se hallaba emplazado en el mismo Collège Mazarin.
Lacaille había tomado la decisión radical de publicar sus propios libros de
texto de álgebra y geometría en francés por considerarlo superior al
tradicional latín. Gracias a Diderot y a los demás enciclopedistas, el francés
del XVIII se estaba convirtiendo en el más lúcido de los idiomas europeos, el
medio idóneo para las actividades de la razón pura. Lavoisier, que además de
astronomía aprendió de Lacaille cálculo y fundamentos de física newtoniana, no
pasó por alto esa lección. Su gusto por el orden racional en todos los ámbitos
se fundó en este punto; más adelante escribiría: «Me acostumbré al rigor
racional que aplican los matemáticos a su labor», más concretamente, a los
rigurosos procedimientos escalonados de la demostración geométrica.
Lavoisier abandonó el Collège Mazarin en 1761 y se matriculó en la facultad de
derecho de París, cediendo al argumento de su padre de que, si bien la ciencia
suponía una actividad recreativa de lo más admirable, como profesión carecía de
todo valor. El joven Antoine se aplicó con diligencia al estudio de las leyes,
pero con mucha más pasión al de las ciencias, que simultaneó con el primero.
Durante sus años en la facultad de derecho estudió mineralogía con Jean-Etienne
Guettard, un geólogo de la Academia de las Ciencias que, pese a ser un
misántropo confeso, también era invitado habitual en casa de los Punctis. En el
Jardín du Roi estudió botánica con otro conocido académico, Bernard de Jussieu,
y asistió a las clases de química de Guillaume-François Rouelle. Aun suponiendo
que Lavoisier hubiese tenido el más mínimo interés por los antros de lujuria y
perdición de París, su doble jornada de estudio no le dejaba tiempo para
visitarlos; fue retirándose de la vida social hasta el punto de llegar a la
reclusión y se dice que, de vez en cuando, fingía enfermedades con tal de
evitar las obligaciones mundanas. Un amigo de su padre llamado M. de Troncq le
envió un cuenco de gachas acompañado de una irónica advertencia: «Modera tus
estudios y convéncete de que un año más en la tierra vale más que cien en el
recuerdo de los hombres».
En 1764 Lavoisier se licenció en derecho y fue admitido en el parlamento de
París, aunque nunca llegaría a ejercer de abogado. A la tierna edad de veintiún
años ya había empezado a urdir un plan para convertirse en miembro de la
Academia de las Ciencias. La Academia la había fundada un siglo antes el primer
ministro de Luis XIV, Jean-Baptiste Colbert (que también fue el responsable de
que la Contrata General se constituyese en una única organización), con el fin
de crear un marco formal para la comunidad científica francesa, que hasta
entonces se había desarrollado de manera espontánea. Financiada por la corona,
la Institución tenía la misión de fomentar la ciencia tanto pura como aplicada,
es decir, que perseguía el prestigio de los descubrimientos y los beneficios
materiales de la práctica científica. De puertas adentro, la Academia
funcionaba como una meritocracia, recompensando y promoviendo a aquellos cuyas
contribuciones a la ciencia fuesen de mayor valía. De puertas afuera, tenía la
autoridad y responsabilidad de validar o desacreditar los nuevos
descubrimientos y teorías científicas que se hacían públicos; a mediados del
siglo XVIII se había convertido en el árbitro supremo del progreso científico.
Al igual que las academias literarias y culturales fundadas en torno a la misma
época, la Academia de las Ciencias gozaba de la protección real y de alguna
ayuda del Tesoro público, al tiempo que conservaba la suficiente autonomía como
para mantenerse al margen de la política nacional: una ventaja esencial,
análoga a lo que hoy se entiende por «libertad académica». En el panegírico
dedicado Colbert que redactó en 1771, Lavoisier describía las academias como
«pequeñas repúblicas», y hacía notar que «su poder activo sofoca toda oposición
surgida de la ignorancia, la superstición o la barbarie».
En 1764 Lavoisier se embarcó en un proyecto de alumbrado público de las calles
de París para presentarlo a un concurso patrocinado por la Academia. Tan
dispuesto como siempre a utilizarse a sí mismo como objeto científico,
Lavoisier se enclaustró durante seis semanas en un cuarto a oscuras para llevar
a cabo su estudio. Aunque se consideró que el ensayo resultante era más teórico
que práctico, la Academia accedió a publicarlo y mandó acuñar una medalla de
oro conmemorativa. En 1765, Lavoisier, en calidad de «científico visitante»,
presentó en la Academia un artículo titulado «El análisis del yeso» (el
ingrediente fundamental de la escayola); el jurado de la Academia alabó su
trabajo por «la ingeniosa explicación mediante la cual se reduce el fenómeno
del endurecimiento de la escayola a las sencillas leyes de la cristalización».
Por muy apolítica que se pretendiese la Academia, la elección de sus miembros
(como la propia palabra indica) no carecía de una dimensión política. Los
periodos de aprendizaje que Lavoisier había pasado con académicos como Guettard
y Jussieu le granjearon un sólido respaldo; ciertos amigos de su padre también
estaban de su parte. La Academia tenía un número de miembros fijo y por lo
general las vacantes en los niveles inferiores se debían a ascensos a puestos
más elevados. A pesar del reconocimiento de sus prometedoras aptitudes y del
considerable cabildeo en su favor, Lavoisier no obtuvo la plaza que quedó
vacante en 1766, a la que también aspiraban científicos mucho más veteranos y
de carreras largamente consolidadas. A raíz de este revés, Lavoisier retomó el
proyecto de crear un atlas mineralógico de Francia que Guettard y él habían
emprendido tiempo atrás, y pasó la mayor parte de los dos años siguientes
haciendo trabajo de campo fuera de París. A todo esto, su padre, que por lo
visto había aceptado la determinación de Antoine de hacer de la ciencia el
centro de su vida profesional, seguía moviendo todos los hilos académicos a su
alcance con el objeto de crear un clima propicio a los designios de su hijo. En
la primavera de 1768 Lavoisier volvió a París con dos nuevos artículos que
presentar, uno sobre «técnicas para determinar el peso específico de los
líquidos» y otro sobre «la naturaleza de las aguas» en las regiones que había
visitado durante su prospección mineralógica. Una equilibrada combinación de
ciencia pura y aplicación práctica a la cuestión del suministro de agua a nivel
nacional.
En mayo de 1768 Lavoisier y Gabriel Jars fueron seleccionados para concurrir a
una plaza que había quedado vacante en marzo de ese año. Le fue adjudicada a
Fars por llevar más años en servicio, pero Lavoisier fue admitido
inmediatamente en el departamento de química como «supernumerario adjunto», y
se le garantizó que la próxima vacante que surgiese sería suya. De hecho,
Lavoisier había recibido unos pocos votos más que Jars; la situación hubo de
dirimirla el Rey. A los académicos que miraban con recelo la participación de
Lavoisier en una institución tan mal vista como la Contrata General, un tal
Monsieur Fontaine les replicó: « ¡No pasa nada! ¡Así nos agasajará con mejores
cenas!».
* *
* *
El
estipendio medio que recibía un miembro de la Academia de las Ciencias era de
dos mil libras al año; aunque no era como para hacerle ascos, distaba bastante
de lo necesario para mantener un ritmo de vida de clase media en París. Además,
como nuevo miembro, Lavoisier no podía esperar ganar toda esa suma nada más
empezar en la Academia. Con el dinero que su madre le había dejado en herencia
compró sus primeras acciones en la Contrata General escasas semanas antes de
ser elegido miembro de la Academia de las Ciencias. Esa decisión lo libró de
tener que ganarse la vida ejerciendo de abogado. Al menos en teoría, Lavoisier
podría vivir (más que desahogadamente) de los réditos de su inversión y dedicar
sus horas de trabajo a la ciencia; en la práctica, su implicación en la
Contrata General entrañaría un considerable volumen de trabajo funcionarial que
a menudo interfería en sus intereses e investigaciones científicas.
Lavoisier comenzó como inspector regional de la Comisión del Tabaco de la
Contrata, combinando sus inspecciones con los viajes de reconocimiento que
llevó a cabo en 1769 y 1770 para el proyecto del atlas mineralógico. Su misión
era combatir el boyante tráfico en tabaco de contrabando que algunos minoristas
mezclaban con tabaco legal, es decir, correctamente gravado por la Contrata.
Los resultados de su fiscalización se los comunicaba a Jacques Paulze, un socio
veterano de la Contrata que, como el padre de Lavoisier, también era abogado
del parlamento de París.
En 1770, poco después de la muerte de su esposa, Paulze sacó a su hija del
convento de Montbrison, donde se había educado, y se la llevó a vivir con él a
París. A sus trece años de edad, Marie-Anne Pierrette Paulze comenzó a ejercer
de gobernanta del domicilio paterno. Antoine Lavoisier, que a la sazón contaba
veintisiete años, se vio forzado a frecuentar la compañía de la muchacha.
Marie-Anne era la única hija de su padre, como Lavoisier era el único hijo del
suyo, y al igual que éste, también había perdido a su madre a temprana edad. A
pesar de su juventud, desempeñaba su papel doméstico con aplomo y elegancia, y
no estaba exenta de atractivo, con sus «ojos muy azules, pelo castaño, tez
lozana y boca pequeña».
En el siglo XVIII, los matrimonios burgueses eran, en primer lugar, un acuerdo,
y después, si acaso, un romance. Marie-Anne Paulze, que, entre otras virtudes,
tenía la de ser la heredera de una considerable fortuna, se convirtió en el
objetivo de un agresivo intento de adquisición. El pretendiente era el conde
d'Amerval, un aristócrata cincuentón venido a menos y con fama de libertino. La
propia Marie-Anne lo describía como «un idiota, un palurdo insensible y un
ogro». En una carta al abad de Terray, tío de su difunta esposa, Jacques Paulze
atemperó la reacción de Marie definiéndola como «una marcada aversión», y
declaró, con bastante firmeza, que no la obligaría a aceptar un matrimonio que
la disgustase. Pero Terray, atraído por el título de Amerval e influido por la
hermana de éste, la baronesa de La Carde, siguió insistiendo en la boda. Como
interventor general de finanzas tenía la capacidad de apartar a Paulze de la
dirección del departamento del tabaco de la Contrata General, y amenazó con
hacerlo. Gracias a la ayuda de sus aliados, Paulze logró blindar su puesto,
pero era consciente de que su hija seguiría siendo vulnerable en tanto no la
casase.
Por edad, carácter y situación económica, Antoine Lavoisier era un pretendiente
mucho más atractivo que Amerval y a la muchacha no le desagradaba en absoluto.
Contrajeron matrimonio el 16 de diciembre de 1771: la novia contaba catorce
años y el novio exactamente el doble. Terray, que encajó la decepción con
elegancia, asistió a la ceremonia en calidad de testigo de la novia, que apenas
había pasado un año en casa desde que dejara el convento.
Madame Marie-Anne de Lavoisier se convertiría en una persona de sobrado talento
y aptitud. Parece ser que tenía en común con su esposo, al menos hasta cierto
punto, el temperamento reservado y la preferencia por las actividades
productivas. Aunque en 1781, tras diez años de matrimonio, se embarcase en una
larga aventura amorosa con un colega de su marido llamado Pierre-Samuel Dupont,
la ocultó con tal discreción que por lo visto nadie sospechó nada hasta después
de quedarse viuda. Y su lealtad y entrega a la carrera de Lavoisier fue
inquebrantable. La ausencia de hijos le permitía ayudarlo como eficacísima
asistente de laboratorio, cuando no como directora del mismo. Lavoisier le
enseñó sus primeras nociones de química y más adelante profundizó en el tema
con Jean-Baptiste Bucquet. Llevaba un meticuloso registro de todos los
experimentos y ayudaba a su marido a redactar muchos de sus escritos. Sus
conocimientos de inglés y latín la facultaban para traducir artículos y,
llegado el caso, libros enteros. Muchas ilustraciones del instrumental y
materiales de Lavoisier son obra de Marie-Anne; sus hermosos bocetos de los
experimentos respiratorios del químico la convirtieron en un miembro activo del
equipo investigador.
Representación de uno de los experimentos de respiración de Lavoisier. El
dibujo, obra de Marie-Anne Lavoisier, muestra al sujeto del experimento
realizando algún tipo de actividad y a la propia Marie-Anne tomando notas en la
parte derecha.
Gracias
a su considerable talento para el dibujo, Marie-Anne llegaría a ser alumna del
icono de la pintura neoclásica francesa, Jacques-Louis David. Sin embargo, se
conserva muy poco de su obra, aparte de las ilustraciones científicas y de un
retrato de Benjamín Franklin con el que obsequió al estadounidense en 1788. Si
bien la vida social no parece que le importase gran cosa, durante los
veintitrés años que duró su matrimonio hizo de la residencia Lavoisier uno de
los salones científicos más importantes de París. El papel que desempeñó en la
vida del químico quedaría inmortalizado en un poema de Jean-François Ducis:
Epouse
et cousine a la fois,
Sûre d'aimer et de plaire,
Pour Lavoisier, soumis à vos lois,
Vous remplissez les deux emplois,
Et de muse el de secrétaire<.
(Esposa y prima a la vez,
siempre afecta y solidaria,
para Lavoisier, sumiso a tu ley,
cumples un doble papel:
eres musa y secretaria.)
Desde
un comienzo, Lavoisier se interesó vivamente por aplicar la ciencia en aras del
bien común. A su estudio del alumbrado público le siguió, en 1768, un análisis
en nombre de la Academia de las Ciencias de la propuesta que hizo Antoine de
Parcieux de construir un acueducto para llevar agua del río Yvette a la capital
y que los parisinos no tuviesen que depender de las contaminadas aguas del
Sena. Debido a la falta de fondos, y a la muerte de Parcieux, el acueducto
nunca llegó a construirse, pero el análisis de la calidad del agua brindó a
Lavoisier la primera oportunidad de observar a fondo la composición del líquido
elemento y redobló su interés por las cuestiones sanitarias. Al frustrarse el
proyecto del acueducto, Lavoisier se puso a investigar métodos para depurar el
agua del Sena. Consideraba que el aire puro era tan importante para la salud
como el agua pura, de ahí que la ventilación desempeñase un papel clave en su
proyecto de reconstrucción del hospital Hôtel-Dieu, incendiado en 1772, y en el
plan de reforma higiénica de las cárceles de París que dirigió en 1780.
De la misma manera que se declaraba enemigo del desorden y la suciedad en
materia de salud pública, Lavoisier también se declaraba enemigo del caos y el
desbarajuste en materia de administración. Su carácter lo llevaba a descubrir
principios de orden allá donde existiesen, y a imponerlos donde faltasen. Como
inspector del tabaco ideó un análisis químico para detectar adulteraciones: si
al verter sobre el tabaco una solución ácida como el alcohol de vitriolo se
producía una reacción efervescente, era porque estaba mezclado con ceniza.
Lavoisier deploraba la adulteración del tabaco con ceniza no sólo por lo que
tenía de fraude fiscal sino también por el peligro que entrañaba para la salud
pública. Pero al mismo tiempo le preocupaba la severidad con que se castigaban
tales delitos. La adulteración detectada en el punto de venta bien podría
haberse cometido en cualquier otro lugar de la línea de abastecimiento; para
aislarla, Lavoisier impuso un meticuloso sistema de pesaje y contabilidad en
todas y cada unas de las etapas del recorrido del tabaco hasta los puntos de
venta. Este método, encaminado a determinar exactamente dónde y cómo se
producía una alteración, era prácticamente el mismo, en cuanto a su principio
fundamental, que el método que estaba aprendiendo a emplear en química.
Su trabajo en la Contrata General le despertó un interés personal por la
precisión contable, interés que trasladó al ámbito de la economía abstracta.
Por muy involucrado que estuviese en el sistema fiscal vigente, no dejaba de
percibir sus defectos ni el obstáculo que suponían para el crecimiento de la
economía francesa. En el panegírico del economista Colbert que escribió en 1771
para otro concurso de la Academia, Lavoisier parece admirar, por encima de
todo, la capacidad del ex ministro para transformar la anarquía en orden: «En
medio del caos que lo rodeaba y apoyándose en su propio valor y en la honda
verdad de sus percepciones, Colbert era capaz de aunar la ley y el bien». Esa
conjunción bien podría valer como definición del idealismo racional y
probablemente sintetizase la concepción que el mismo Lavoisier tenía de su
propia misión como reformista en diversas esferas, incluidas la económica y
financiera. El idealismo racional comportaba su propia moral, y las acciones de
Lavoisier, tomadas en conjunto, parecen demostrar de hecho que, a la hora de
perseguir la verdad, «la droiture du couer»[1]era tan
importante como «la justesse de l'esprit»[2].
En su escrito sobre Colbert, Lavoisier comenzaba entendiendo el dinero como «un
fluido cuyos movimientos necesariamente dan como resultado un equilibrio», una
analogía extraída de la física. La correlación exacta de las cantidades medidas
con precisión, método mediante el cual había logrado desenmarañar el tinglado
de la Contrata General y que más adelante aplicaría a cuestiones económicas del
Estado francés, resultaba igual de pertinente en el terreno de la química. En
palabras de Charles Gillispie, uno de sus primeros biógrafos, «Lavoisier aplicó
la lúcida precisión de su intelecto tanto al plano económico, como al de las
municiones y la ciencia, imponiendo así su sello personal, el espíritu de la
contabilidad llevado a extremos geniales».
En 1774, Anne-Robert-Jacques Turgot sustituyó al abad de Terray como
interventor general de finanzas. Lavoisier recibió el encargo de la Compañía de
Contratistas Generales de preparar el informe sobre la Contrata que Turgot les
había solicitado. El nuevo interventor financiero estaba influido por la
escuela económica francesa de los fisiócratas, para quienes la economía era una
ciencia exacta regida por leyes tan categóricas y permanentes como las que
Newton había formulado recientemente en el ámbito de la física. La política
económica podía entenderse, pues, como una aplicación de la ciencia. Esta
interpretación se avenía perfectamente con Lavoisier, cuya ambición científica
era dotar a la química de la claridad y rigor que acababa de adquirir la
física. En consecuencia, colaboró con entusiasmo en las iniciativas de Turgot,
por más que muchos de los contratistas se sintiesen intimidados por ellas. De
hecho, el ritmo frenético de las reformas amenazó tantos intereses establecidos
que el interventor general fue cesado en 1776, cuando sólo llevaba veinte meses
en el cargo.
El sucesor de Turgot fue Jacques Necker, el banquero de origen suizo cuyo
ensayo sobre Colbert había resultado ganador del certamen del que Lavoisier
había terminado retirándose. Necker se había ganado a pulso una fama de
financiero despiadado y feroz, pero parecía ser el hombre idóneo habida cuenta
de que «lo que se espera de un interventor general es que consiga dinero y
punto». Después del enervante y efímero ejercicio de Turgot, los conservadores
debieron de respirar aliviados cuando Necker declaró que las reformas habían de
acometerse «sin demasiado ardor».
Una de las últimas disposiciones de Turgot antes de que lo cesaran fue la
creación de la Caisse d'Escompte, o Banco de Descuento, una
institución privada cuya importante función era la de prestar dinero al Tesoro
Real. En 1788 Lavoisier fue nombrado director del Banco de Descuento. Al año
siguiente, con el estallido de la Revolución Francesa, la economía del país
entró en crisis y los accionistas privados del Banco de Descuento se tornaron
reacios a prestar más dinero a un gobierno cuya deuda con el banco era ya
cuantiosa. Jacques Necker respondió con una propuesta de nacionalizar el banco.
Lavoisier, que para entonces ya presidía la junta directiva de la entidad,
secundó el plan, pero la Asamblea Nacional no lo aprobó. Es más: dada la
tenacidad con que protegía los intereses de sus inversores privados, el Banco
fue objeto de encarnizados ataques por parte de una Asamblea cada vez más
radical, una de cuyas facciones, la liderada por Mirabeau, llegó a exigir que
se liquidase.
Para entonces la situación del Banco de Descuento era tan
precaria que no tenía dinero ni para abonar sus propios pagarés. Sin embargo,
Lavoisier y los demás directivos sostenían que la entidad se hallaba en
semejante apuro por culpa del gobierno, que no había amortizado los préstamos,
y que sin el apoyo del banco, el Tesoro Real habría quebrado y toda la economía
francesa estaría en bancarrota. La escasez alimenticia de la época rayaba en la
hambruna y el país se veía obligado a importar trigo extranjero para hacer pan:
era la época en que María Antonieta hizo su célebre y desafortunado comentario
de que «si los pobres no tienen pan, que coman pasteles»[3]. Los que de
verdad comían pasteles empezaban a barruntar los peligros que se cernían sobre
ellos; la imperiosa necesidad de dinero que acuciaba al Estado francés no
tardaría en convertirse en una seria amenaza para las fortunas privadas y para
sus propietarios.
Llegado el momento, la idea de nacionalizar el Banco de Descuento fue
sustituida por la propuesta de Mirabeau de que el Estado comenzase a emitir su
propio papel moneda. Los nuevos billetes, llamados assignats,
estaban garantizados supuestamente por los terrenos expropiados a la iglesia
durante la primera oleada revolucionaria que sacudió Francia en verano de 1789.
Aunque Lavoisier no era partidario del plan de Mirabeau, formó parte del comité
encargado de supervisar los assignats, dedicando el grueso de sus
esfuerzos a prevenir las falsificaciones, una lacra que también había padecido
el Banco de Descuento.
Aunque por entonces la Contrata General aún no se había abolido formalmente,
los impuestos que recaudaba sí se habían derogado, y en el resto del sistema
fiscal reinaba un caos similar. La emisión de dinero propio por parte de un
gobierno arruinado tuvo el resultado que cabía esperar. La amortización de sus
préstamos en assignats depreció aún más el dinero emitido por el Banco de
Descuento.
A medida que los assignats y los billetes del banco se desvalorizaban y el
precio del pan se disparaba de manera absurda, la opinión pública se fue
tornando más hostil a los conservadores en materia fiscal —entre ellos
Lavoisier— que trataban de detener la espiral inflacionaria. La Asamblea
Nacional decidió rescatar las financias públicas de las manos del «enorme
cuerpo de financieros corruptos».
En septiembre de 1790, en vista de que el panorama era cada vez más sombrío,
Jacques Necker huyó de Francia precipitadamente. Tal y como subrayaba la
diatriba de Marat, la relación corporativa que habían mantenido Necker y
Lavoisier se convertía ahora en un peligroso estigma para el que se quedaba en
el país. Por más que la conducta de Lavoisier en materia financiera hubiese
sido impecable, el hecho de que ocupase cargos simultáneos en el Banco de
Descuento y, desde abril de 1790, en el Tesoro Real, comenzó, de repente, a
resultar sospechoso. Lavoisier optó por renunciar al salario que recibía del
Tesoro y el 9 de abril de 1791 tomó la cuestionable decisión de anunciarlo en
una carta abierta a Le moniteur. «Los emolumentos que percibo como
administrador de la pólvora», escribió, «precisamente por ser moderados,
condicen con mi estilo de vida, mis gustos y mis necesidades, y en un momento
en que tantos ciudadanos honrados están perdiendo su seguridad económica, por
nada en el mundo estaría dispuesto a beneficiarme de un doble salario». Este
propósito de austeridad económica probablemente fuera sensato, pero la decisión
de anunciarlo públicamente fue un paso en falso que sólo sirvió para atraer más
atención hostil al hecho de que, si bien el estilo de vida de Lavoisier podía
calificarse objetivamente de «moderado», no cabía decir lo mismo de su
patrimonio y capital.
* *
* *
Al
igual que su participación en las finanzas públicas, el interés de Lavoisier
por la fabricación de la pólvora surgió durante el efímero ministerio de
Turgot. En la década de 1770, la Contrata le encomendó inspeccionar no sólo los
impuestos sobre el tabaco sino también los de la sal; como quiera que los
refinadores de salitre eran dados a evadir impuestos en la venta de la sal, un
producto que obtenían como derivado del proceso, Lavoisier se implicó en el
tema. La prerrogativa de la corona para la recogida de salitre, aunque no
estuviese entre las atribuciones de la Contrata General, siempre se había
cedido en arriendo a asentistas particulares conforme a un acuerdo igual de
antiguo y farragoso. El Estado francés tenía derecho a buscar salitre en
cualquier lugar, y la licencia que facultaba a los recolectores de salitre a
invadir la propiedad privada (incluso a rascar el salitre de las paredes
interiores de los domicilios privados) daba lugar a incontables abusos.
El tema del suministro y calidad de la pólvora francesa, que antes de que
Lavoisier y Turgot tomasen cartas en el asunto tenía fama de poco fiable, era
desde luego una cuestión de interés nacional. De hecho, Francia se había visto
obligada a concluir precipitadamente la Guerra de los Siete Años y a transigir
con unas condiciones desfavorables debido a una escasez de salitre que la había
dejado sin pólvora. Como inspector del impuesto sobre la sal, Lavoisier
descubrió las múltiples deficiencias del vigente método de producción de
salitre y se las comunicó a Turgot, que rescindió el contrato con la Contrata
de la Pólvora y autorizó a Lavoisier, Henri François d'Ormesson y Pierre-Samuel
Dupont a crear una nueva Régie des Poudres et Salpêtres (Administración
de la Pólvora y el Salitre).
Lavoisier, que ejercía la autoridad ejecutiva del nuevo órgano, revocó
inmediatamente los derechos de búsqueda y apropiación de los recolectores de
salitre. En 1775, con el apoyo de Turgot y bajo los auspicios de la Academia de
las Ciencias, convocó un concurso de estudios sobre formación natural y
producción artificial del salitre. Acerca del primer asunto Lavoisier poseía
cierta formación gracias a sus periplos mineralógicos con Guettard; en cuanto
al segundo, resultaba muy oportuno que una de las contadísimas instalaciones
para la obtención de salitre artificial que existían en Francia se hallase en
las afueras de Villers-Cotterêts, la vieja ciudad natal de su familia.
Bajo la dirección de Lavoisier, la investigación sobre el salitre se convirtió
en un proyecto científico-militar con un fuerte respaldo del gobierno. Él mismo
diseñó una serie de proyectos encaminados a mejorar los métodos de extracción
de salitre natural y las técnicas de producción de salitre artificial, y a
entender mejor la naturaleza química de la pólvora de calidad. Los programas
tuvieron tal éxito que en 1776 Francia ya tenía excedentes de pólvora que
ofrecer a los revolucionarios norteamericanos. En 1789, Lavoisier pudo
proclamar con justicia que «los Estados Unidos deben su independencia a la pólvora
francesa».
La fábrica más próxima a París estaba en la cercana población de Essonne; era
allí donde se ponían a prueba los nuevos programas de investigación y
desarrollo. La labor no estaba exenta de riesgos. En 1788, el químico
Claude-Louis Berthollet descubrió que podía elaborarse una pólvora más potente
usando un clorhidrato de potasio volátil. El día en que se puso a prueba la
nueva fórmula, Lavoisier estaba mostrando las instalaciones de Essonne a un
grupo de visitantes. A pesar de ordenarles que no traspasasen un límite de
seguridad, no todos le obedecieron, y cuando el compuesto hizo explosión, uno
de los químicos y una mujer del grupo de visitantes sufrieron heridas mortales.
No obstante, el trabajo prosiguió en Essonne; fue allí donde Éleuthére Irénée
Dupont (hija de Pierre-Samuel) obtuvo las primeras nociones sobre la
fabricación de pólvora, antes de afincarse en los Estados Unidos y montar su
propia fábrica en Delaware, fundando así la famosa dinastía química de los
Dupont.
Cuando en 1776 Turgot perdió el cargo, todas sus reformas se vieron amenazadas.
Lavoisier maniobró con tesón, y con éxito, para que la Administración de la
Pólvora siguiese siendo monopolio del gobierno. Era tal la necesidad que tenía
el país de un suministro fiable de pólvora de calidad que más valía
administrarla mediante una autoridad centralizada. En otro ensayo inédito,
Lavoisier sostenía que, si bien «todo privilegio exclusivo entraña
indudablemente una violación del orden natural», en este caso estaba
justificada dado lo perentorio de la necesidad y el éxito del resultado.
No era sólo el bien común lo que ligaba a Lavoisier a la Administración de la
Pólvora. Poco después de su creación, el organismo erigió una nueva sede en los
terrenos del Arsenal de París, situados en la orilla derecha del Sena: el Hotel
des Poudres et Salpêtres. Allí instaló Lavoisier un laboratorio dotado de los
últimos avances que sería el escenario de todas las investigaciones y
experimentos que realizaría durante el resto de su vida de químico. Por eso,
cuando en 1791 el curso de los acontecimientos se volviese en su contra, el
cargo público que más se empeñaría en conservar, de los muchos que ejercía,
sería el de la Administración de la Pólvora. En 1776, sin embargo, el puesto
era más fácil de defender y, de hecho, se convirtió en bastante confortable
tanto para Lavoisier como para su mujer, al punto de que, en abril de ese mismo
año, se mudaron a un apartamento enclavado en el Petit Arsenal.
La nueva situación significaba que, a efectos prácticos, Lavoisier se
despertaba todos los días en el laboratorio. Su rutina diaria era tan metódica
como su mente. Se levantaba a las cinco, dedicaba tres horas a la ciencia pura
y dura en el laboratorio, y de las nueve de la mañana a las siete de la tarde
atendía asuntos de la Contrata General, la Administración de la Pólvora y la
Academia de la Ciencias, que a la sazón tenía su sede en una espaciosa sala del
Louvre. Por la noche dedicaba otras tres horas a sus labores científicas en el
laboratorio del Arsenal. Además, pasaba allí todos los sábados, acompañado de
un círculo de alumnos cada vez más nutrido. Marie-Anne Lavoisier, que pese a no
haber cumplido aún veinte años ya iba adquiriendo, con gran empeño y
dedicación, la amplia gama de aptitudes que la convertirían en elemento
indispensable de los proyectos de su marido, dejó escrito esto acerca de los
sábados científicos de Lavoisier: «Para él era un día de felicidad; unos
cuantos amigos inteligentes y unos cuantos jóvenes orgullosos de que se les
concediese el honor de participar en sus experimentos, se reunían en el
laboratorio a primera hora de la mañana; allí almorzábamos, allí disertábamos,
y allí fue donde creamos la teoría que ha inmortalizado a su autor».
Fueron años productivos y felices para Lavoisier y su esposa. La timidez
adolescente del químico parecía remitir a medida que se acostumbraba a la vida
marital y se convertía en una destacada figura pública. La pareja asistía con
frecuencia a la ópera y, en atención a la afición pictórica de Marie-Anne (que acababa
de empezar sus clases con David), a exposiciones de arte. Las dotes de Madame
Lavoisier como secretaria, ayudante de laboratorio, promotora y publicista sólo
tenían parangón en su don de gentes; al salón de los Lavoisier en el Arsenal
acudían asiduamente los miembros más ilustres de la comunidad científica
internacional: Joseph Priestley, Joseph Black, Martinus Van Marum, Horace de
Saussure y Benjamín Franklin, a quien todo París aclamaba en aquellos años
posteriores al triunfo de la revolución norteamericana y a quien los Lavoisier
agasajaban con especial deferencia.
El laboratorio del Arsenal seguiría ocupando un lugar central en la vida de
Lavoisier aun después de trasladar su residencia al bulevar de la Madeleine. El
químico también siguió siendo uno de los responsables del enorme polvorín allí
ubicado. Algunos de los edificios del Arsenal se comunicaban con la contigua
fortaleza de la Bastilla; la pólvora destinada a la Bastilla estaba almacenada
en el Petit Arsenal, cerca del apartamento de Lavoisier (circunstancia ésta que
quizá lo animó a diseñar unos nuevos depósitos que en caso de explosión
accidental descargasen sus contenidos por el tejado sin causar daños). El 12 y
el 13 de julio de 1789, el comandante de la Bastilla, preocupado por la posibilidad
de que los revolucionarios hiciesen estallar los polvorines del Arsenal o
robasen sus contenidos, ordenó trasladar la pólvora del Arsenal a la fortaleza.
Aunque Lavoisier y los demás directores no tuviesen más remedio que acatar la
orden, su obediencia los convirtió en sospechosos de ser «enemigos del pueblo»
y de conspirar para privar al pueblo de París de la pólvora necesaria para
derrocar la monarquía.
La Bastilla cayó el 14 de julio, y al llegar agosto, en París ya empezaba a
imponerse la ley de la calle. A primeros de mes los polvorines del Arsenal
estaban abarrotados de pólvora de mala calidad que se fletaba con rumbo a Rouen
y Nantes para vendérsela a los negreros. Lavoisier se hallaba supervisando un
embarque de barriles de pólvora etiquetados con las palabras «poudre de
traite». La palabra traite, que significa «trata», se había
convertido en el término con que vulgarmente se conocía el tráfico de esclavos.
La muchedumbre allí reunida, numerosa, exaltada y poco menos que analfabeta,
interpretó el inocuo rótulo como «poudre de traitre», o sea: «pólvora de
traidor». Alguien gritó que la barcaza estaba cargada de municiones para
sofocar la revolución de París y la multitud se hizo eco. Se desató la histeria
y Lavoisier y Jean Pierre Le Facheux, otro de los directores de la
Administración de la Pólvora, se encontraron con que la turba los hacía
prisioneros. Sólo cabe imaginarse la impotencia que debió de sentir un hombre
tan sumamente racional como Lavoisier al tratar de explicar a sus captores el
error tan idiota que habían cometido al leer la etiqueta de «pólvora de trata».
En julio, durante la crisis de la pólvora, Lavoisier y sus colegas habían
apartado una cantidad de pólvora equivalente al suministro de una semana a fin
de entregársela a la guardia nacional, que de repente hizo acto de presencia e
impidió que los colgasen de una farola camino del ayuntamiento. La multitud
invadió el salón para celebrar un debate público en el que Lavoisier logró
convencer finalmente a los exaltados de que su labor era inofensiva. La cólera
de la muchedumbre recayó entonces sobre el marqués de La Salle, el comandante
de la guardia nacional que había firmado la orden de fletar la pólvora, y
Lavoisier aprovechó ese nuevo brote de confusión para escabullirse sin sufrir
daño alguno.
Se había salvado de milagro; en aquel verano de 1789 las ejecuciones sumarias a
manos del populacho se sucedían con espantosa frecuencia. Lavoisier y sus
compañeros fueron disuadidos de publicar ninguna justificación de su inocente
conducta, pero el incidente proyectó tal sombra de sospecha sobre los
funcionarios que la sola mención de la Administración de la Pólvora en la
diatriba que Marat escribió contra el químico bastó para manchar su nombre.
La función de Lavoisier, que como administrador era uno de los valores en alza
de la Contrata General, no consistía únicamente en controlar los impuestos
sobre la sal y el tabaco sino también los aranceles de los productos que
llegaban de fuera de París. Ya hacía mucho tiempo que el crecimiento de la
capital había desbordado sus viejos límites y la ausencia de un sistema de
aduanas definido se veía agravada por una vorágine apabullante de prácticas de
cobro e inspección en las que participaban mil doscientos funcionarios
desorientados: otro caos que le tocó organizar a Lavoisier. En 1779 el químico
ya había propuesto la construcción de una nueva muralla alrededor de París,
pero la idea quedó aparcada hasta que en 1783 lo designaron miembro del comité
central de la Contrata, organismo directamente responsable de cobrar los
aranceles en los peajes de entrada a la capital. El comité central calculaba
que de todos los productos que llegaban a París, el veinte por ciento se
filtraba subrepticiamente por los boquetes de la red tributaria ocasionando unas
pérdidas anuales de seis millones de libras.
En 1787, el célebre arquitecto Claude-Nicolas Ledoux recibió el encargo de
diseñar y construir el recinto de los contratistas: un proyecto complejo y
sumamente oneroso consistente en un muro de piedra de casi dos metros de altura
jalonado por sesenta y seis elegantes pabellones que servían de puestos de
peaje, cada uno con un diseño diferente. Aunque llegaron a edificarse cincuenta
y ocho, hoy sólo quedan cuatro: en el parque Monceau, en la Plaza de la Nación,
en la terminal sur de la Bassin de la Villette, y encima de las catacumbas de
la plaza Denfert-Rochereau.
El muro resultó terriblemente caro —treinta millones de libras, o sea, seis
veces más que la pérdida anual que pretendía subsanar— y, a pesar de su
majestuosidad arquitectónica, tremendamente impopular. Louis-Sébastien Mercier
captó el sentir de los parisinos en una irónica cuarteta:
Pour
augmenter son numéraire
Et raccourcir notre horizon
La ferme a jugé nécessaire
De nous mettre tous en prison.
(Para aumentar su numerario
y limitar nuestra visión
la Contrata juzgó necesario
metemos a todos en prisión.)
Un
panfleto anónimo señaló que aunque la Contrata General quisiera erigirle una
estatua a Lavoisier en lo alto del muro, la Academia de las Ciencias debería
avergonzarse de tenerlo como miembro. El mismo panfletista afirmaba que el
duque de Nivernois, mariscal del ejército francés, cuando le preguntaron qué
pensaba de la nueva muralla, respondió: «Opino que habría que ahorcar al
responsable». Por los salones capitalinos empezó a circular un calambur de
ignota autoría: «Le mur murant Paris rend Paris murmurant», esto es, «el
muro que amura París hace que París murmure».
En el verano de 1789 París murmuraba y rezongaba por muchas otras cosas aparte
del recinto de los contratistas, pero el muro seguía siendo un blanco evidente
y socorrido al que dirigir las críticas. El 13 de julio, con las obras a punto
de concluirse (en medio de la primera crisis de la pólvora desatada en el
Arsenal y apenas veinticuatro horas después de la toma de la Bastilla), la
plebe de París empezó a demoler el muro y a pegar fuego a la mayoría de los
hermosos pabellones de Ledoux. Dos años después, la polémica del muro incitaría
otro ataque de Marat contra Lavoisier en su panfleto Charlatanes
modernos: «Si me preguntan qué es lo que ha hecho para que lo ensalcen
tanto, digo que agenciarse un salario de cien mil libras, colaborar en el
proyecto de convertir a París en una enorme cárcel y sustituir el término ácido
por oxígeno, el término flogisto por nitrógeno, el término marino por muriato y
el término nitroso por nítrico y nitrato. He ahí sus derechos de inmortalidad.
Orgulloso de tan sublimes obras, duerme ahora en sus laureles».
* *
* *
La
animadversión de Marat hacia Lavoisier se remontaba a 1779, cuando el
incendiario periodista y provocador (pues así habría de pasar a la historia)
trató con ahínco de ganarse el respeto y el renombre que Lavoisier empezaba ya
a granjearse en el mundillo científico. En abril de 1779, Marat mostró a
Benjamín Franklin y a los académicos Baltasar Georges Sage, Jean-Baptiste LeRoy
y Trudaine de Montigny una serie de experimentos ópticos que pretendían hacer
visible la «materia del fuego» o el «fluido ígneo». A fin de explicar el
fenómeno había improvisado incluso la teoría de que el fuego era el resultado
«de la activación de las partículas de fluido ígneo contenidas en los cuerpos».
Los observadores académicos alabaron lo ingenioso de los experimentos pero declinaron
pronunciarse sobre la explicación teórica.
Marat siguió presionando para que la Academia reconociese sus teorías sobre la
luz, el color y el fuego, pero cuando la Academia incluyó a Lavoisier en el
nuevo comité de examinadores, Marat se opuso a su presencia. El propio
Lavoisier había emprendido, un año antes, un programa de experimentos de
combustión mucho más riguroso, y tal vez Marat no se equivocase al suponer que
sus ideas y demostraciones no lograrían impresionar al químico. En cualquier
caso, la demostración que Lavoisier debería haber presenciado hubo de
posponerse por falta de sol. El 10 de mayo, la Academia, presionada por Marat
para que aprobase sus experimentos, respondió finalmente: «Sería inútil
molestarse en darlos a conocer; los miembros de la comisión consideran que la
Academia no puede refrendar ni apoyar experimentos de esa naturaleza».
Un mes después salió publicado un artículo en el Journal de París que
informaba de los experimentos y teorías de Marat sobre la «materia del fuego»
como si la Academia los hubiese aceptado. Fue Lavoisier quien reparó en la
falsedad de la información y expresó públicamente su repulsa. Rechazado de
manera definitiva por la Academia de las Ciencias, Marat empezó a incubar una
marcada hostilidad por la clase dirigente científica en general y por Lavoisier
en particular, y aprovecharía la más mínima oportunidad para arremeter contra
ambos.
* *
* *
A
decir verdad, las fantasías de Marat acerca de la luz, el color y el «fluido
ígneo» no distaban mucho de otros postulados seudocientíficos de la época. Uno
de los cometidos de la Academia de las Ciencias —proyecto en el que Lavoisier
mostró especial interés— era arbitrar qué era científicamente legítimo y qué no
lo era. A todo esto, la propia definición de ortodoxia científica estaba
sufriendo transformaciones que el mismo Lavoisier calificaba de
revolucionarias.
Una de las primeras tareas que la Academia encomendó a Lavoisier fue la de
investigar la varita de zahorí: la herramienta que, según una persistente
creencia popular, servía para detectar capas de agua subterránea atendiendo a
las vibraciones de un palo con forma de horca que sostenía un adivino.
Lavoisier echó por tierra esta práctica con bastante tacto: «En casi todas
partes hay agua, y raro es que uno cave un pozo sin encontrarla. Así que no hay
nada de particular en los hechos que se refieren y a los que algunos conceden
tanta importancia; dado que en ocasiones la varita vibra por un movimiento
involuntario del zahorí, es posible que algunas personas de buena fe se hayan
engañado y hayan atribuido a causas externas un efecto que sólo depende de
ellos».
Quince años después, en 1784, Lavoisier formó parte de un comité que incluía,
entre otras eminencias científicas, a Benjamín Franklin y al doctor Guillotin,
que no tardaría en hacerse tristemente famoso. El comité estaba encargado de
investigar el llamado «magnetismo animal», un método terapéutico que a la sazón
causaba furor en Francia gracias a su principal practicante, Antón Mesmer. Con
el paso del tiempo, el término «mesmerismo» vendría a ser sinónimo de
«hipnotismo», y conviene señalar que, en la actualidad, los efectos de la
hipnosis inducida, aunque se consideren de naturaleza más psicológica que
física, se aceptan como verdaderos y se emplean en terapias no muy distintas de
las que Mesmer practicaba en el siglo XVIII. Pero aun suponiendo que Mesmer
tuviera conciencia de estar practicando hipnotismo, lo cierto es que decirlo,
no se lo dijo a nadie. Él aseguraba, y seguramente así lo creyese, que los
efectos se debían a la manipulación de una energía invisible semejante a la
electricidad, cuyo descubrimiento tanta fama reportara a Franklin, o a la
materia del fuego, que resultó ser tan irreal como el magnetismo animal de
Mesmer.
El método de inducción de Mesmer, que ya estaba ampliamente difundido cuando la
Academia de las Ciencias se mostró interesada por el tema, semejaba una sesión
de espiritismo. Los participantes se sentaban alrededor de una cuba llena de
arena húmeda, botellas de agua, limaduras de hierro, varillas y otros objetos
magnéticos. Entonces, a fin de «magnetizarse», se agarraban de los pulgares los
unos a los otros y se conectaban entre sí mediante un cable que también los
unía a las varillas de hierro. Bajo un suave fondo musical, el mesmerizador
mecía delicadamente las manos para manipular el fluido magnético que
supuestamente saturaba la estancia. Dado que la mayor parte de la gente es
susceptible a la hipnosis, es probable que la mayoría de los asistentes
experimentasen algún tipo de trance hipnótico.
Lavoisier examinó el fenómeno sometiéndolo al mismo método de criba empírica
que aplicaba en todos los campos. Al igual que la existencia fortuita de agua
bajo la varita de zahorí, algunos efectos del mesmerismo eran innegables (era
de esperar que los sujetos más susceptibles sufrieran ataques de nervios, lo
cual se ofrecía como prueba de «magnetismo»). Lo que había que rebatir eran las
causas que alegaban los mesmerizadores. Mediante un proceso de eliminación,
Lavoisier determinó que podían producirse los mismos efectos sin que mediase
ningún objeto magnético, únicamente mediante la sugestión y el tacto; «a falta
de magnetismo, la imaginación produce todos los efectos atribuidos a aquel»,
escribió Lavoisier; «a falta de imaginación, el magnetismo no produce efecto
alguno».
El comité concluyó que el mesmerismo era una fantochada, y el gobierno francés,
basándose en ese dictamen, lanzó una campaña de notable éxito para erradicar lo
que ya se había convertido en un auténtico culto. La comparación con el
hipnotismo da a entender que el mesmerismo, por muy falaces que fuesen sus
explicaciones, sí que tenía verdaderos efectos terapéuticos en muchas personas,
de ahí que costase tanto disuadir a los creyentes. Estos no sólo eran legión,
sino que algunos eran muy poderosos, y lo serían más aún durante la revolución,
como, por ejemplo, Jean-Paul Marat y su amigo Jacques-Pierre Brissot, otro que también
había visto cómo sus esfuerzos por ingresar en la recién instituida comunidad
científica caían en saco roto y se había pasado al periodismo subversivo.
Brissot, que durante el Terror desempeñaría un papel sumamente influyente en el
gobierno jacobino, comenzó a atacar a la Academia de las Ciencias (cuya
autoridad, al fin y al cabo, emanaba de la corona) tildándola de institución
tiránica. «En el imperio de la ciencia no han de existir déspotas, ni
aristócratas ni electores», escribió. «Admitir a déspotas, aristócratas o
electores oficialmente facultados para estampar su sello en las creaciones de
los genios es violar el orden natural y la libertad de la mente humana».
Lo más probable es que Lavoisier abordase la cuestión del mesmerismo sin
prejuicios. Su formación lo había inmunizado contra las ideas preconcebidas.
Acababa de demostrarse que la energía invisible de la electricidad era un
auténtico fenómeno físico, y el más importante de los programas de
investigación del propio Lavoisier giraba en torno a la materia del fuego. Así
que se tomó la investigación del mesmerismo muy en serio, y uno de los
artículos que escribió sobre el tema contiene una de las declaraciones más
elocuentes que jamás hizo sobre lo que entendía por rigor científico:
El
arte de sacar conclusiones de experimentos y observaciones consiste en evaluar
probabilidades y calcular si son lo bastante altas y numerosas como para
constituir pruebas. Este tipo de cálculo es más complejo y difícil de lo que se
piensa; exige gran sagacidad y por lo general no está al alcance del común de
los mortales.
Pues bien, los errores en este tipo de cálculo son la base del éxito de
charlatanes, brujos y alquimistas, y, análogamente, en épocas pasadas, del de
magos, encantadores y, en general, de cuantos se han engañado a sí mismos o
tratan de abusar de la credulidad del vulgo.
Hay
algo más que un simple dejo de altanería aristocrática en esas líneas, pero
puede que ni el mismo Lavoisier lo percibiese.
Capítulo 2
Dejando atrás la alquimia
Los
primeros coqueteos de Lavoisier con la química tuvieron lugar en el Collège
Mazarin, donde Louis de La Planche impartía un curso de tres años en la
materia. El primero estaba dedicado al «léxico de la ciencia», el segundo a un
desarrollo inicial de sus fundamentos teóricos y el tercero a la adquisición de
«verdadero conocimiento». A Lavoisier, como alumno, el curso le parecía muy mal
organizado. Años después escribiría: «Me sorprendió ver cuánta oscuridad
rodeaba la aproximación a la ciencia química. Para empezar, en lugar de
demostrar, formulaban suposiciones. Me planteaban una serie de palabras que ni
por lo más remoto estaban en condiciones de definir o que, como poco, no
acertaban a definir sin recurrir a unos conocimientos que me eran totalmente extraños
y que sólo podría adquirir estudiándome toda la química. De manera que se
disponían a enseñarme la disciplina dando por supuesto que ya estaba versado en
ella».
Es decir, el tipo de desbarajuste que el Lavoisier adulto tanto gustaba de
ordenar y reorganizar. Al mismo tiempo que padecía esa instrucción tan larga y
desconcertante en química, también trabajaba, de un modo mucho más claro y
metódico, con el astrónomo y matemático Lacaille, el profesor de «ciencias
exactas» (que a la sazón no incluía la química) del Collège Mazarin. Bajo la
tutela de Lacaille, Lavoisier se acostumbró, como él mismo dejó escrito, «al
riguroso razonamiento que emplean los matemáticos, que jamás aceptan una
proposición sin antes haber demostrado la precedente. Todo está conectado,
vinculado, desde la definición del punto y la línea hasta las verdades más
sublimes de la geometría trascendental». Lacaille ponía tanto énfasis en la
claridad expositiva y en la precisión terminológica como en el razonamiento
riguroso, sustituyendo el latín, tradicional lenguaje de los sabios en
cualquier ámbito, por el francés de sus contemporáneos: los enciclopedistas,
los iluminados, los eruditos de la Ilustración que estaban llevando su idioma a
tal punto de refinamiento que terminaría sustituyendo al latín como lenguaje
internacional en todos los campos.
Tras completar sus estudios en el Collège Mazarin, Lavoisier asistió a las
clases de química que el célebre Guillaume-François Rouelle impartía en el
Jardin du Roi, a las que también acudían muchos otros jóvenes científicos de la
Ilustración francesa. La química de Rouelle estaba puesta al día, lo que en la
década de 1760 significaba que en gran medida se basaba en las teorías del
proto-químico alemán Georg Ernst Stahl. El famoso profesor adoptaba un enfoque
práctico en relación a la química, que definía como «una técnica que nos enseña
a separar diversos cuerpos mediante ciertos instrumentos, a combinarlos a fin
de reconciliarlos con sus propiedades y a tornarlos útiles para diversas
artes». Las técnicas de análisis y síntesis formaban parte de la práctica
experimental de Rouelle, un actor consumado que solía teatralizar sus
enseñanzas ante su platea de alumnos, a veces incluso con explosiones
involuntarias. Aunque progresista en el sentido de que orientó el estudio de la
química hacia la cuantificación, Rouelle también conservaba algunos aspectos de
la filosofía alquímica y aspiraba a maridarla con la pujante teoría de los
elementos empíricamente definidos. La imposibilidad de semejante maridaje sin
duda motivaba que sus lecciones resultasen un tanto enrevesadas.
«El famoso catedrático», escribió Lavoisier a propósito de Rouelle, «aunaba
mucho método en la presentación de sus ideas con mucha oscuridad en la
articulación de las mismas». Este aserto, tan contradictorio y confuso como lo
que pretendía denunciar, da a entender que el alumno estaba impresionado y a la
vez insatisfecho con el profesor y con el curso. Lavoisier aclararía
posteriormente su objeción: «Logré hacerme una idea clara y precisa del estado
en el que se encontraba la química por aquel entonces. No obstante, también es
verdad que me había pasado cuatro años estudiando una ciencia fundada
únicamente en unos pocos datos, una ciencia que consistía en ideas
absolutamente incoherentes y suposiciones sin demostrar, que carecía de método
docente y que era ajena a la lógica científica». He ahí una afirmación radical;
Lavoisier estaba dispuesto a demoler el destartalado edificio de la química y a
emprender su reconstrucción desde cero.
* *
* *
La
oscuridad que rodeaba a la química de mediados del siglo XVIII, la época en que
Lavoisier abordó su estudio, se debía en gran medida a su tránsito por la
alquimia medieval y renacentista. Tomada en conjunto, la alquimia se halla tan
alejada del criterio moderno de ciencia exacta que escritores del siglo XX como
Joseph Campbell, Northrop Frye y, en particular, el filósofo psicoanalítico
Cari Jung no la consideraban en absoluto como una ciencia exacta sino como un
sistema religioso/filosófico disfrazado de alegoría seudoquímica; es verdad que
Jung admiraba la arquitectura del edificio alquímico, pero sólo como una
alambicada metáfora de los procesos de la psique humana.
La alquimia estaba efectivamente teñida de pensamiento mágico y sus objetivos
más elevados, tales como la transmutación de metales de baja ley en plata o en
oro, el descubrimiento de la «piedra filosofal» y la adquisición de la
inmortalidad humana eran quimeras imposibles de llevar a cabo, al menos en el
ámbito de la realidad física. Aunque la ciencia moderna haya demostrado que,
después de todo, es posible transmutar metales, el proceso resulta ser tan caro
y trabajoso que no merece la pena. Un siglo antes de Lavoisier, un alquimista
desilusionado tachó el proyecto de transmutación de metales de «fantasía
descabellada y melancólica».
Los alquimistas, convencidos de poseer secretos extremamente valiosos, los
custodiaban bajo un registro expresivo deliberadamente críptico. La
parábola De secretissimo philosophorum opere chemico, de Bernard
Trevisan, «comienza con Bernard dando un paseo por el campo para relajarse tras
un debate. Llega a una fuente de hermosa fábrica y se encuentra a un anciano
que le informa de que la fuente sirve únicamente como baño de un rey y de que
la cuida un ujier encargado de calentarle el agua. Bernard le formula al
anciano muchas preguntas acerca del rey y de sus peculiares hábitos higiénicos,
así como de las características de la fuente. Al cabo de un rato a Bernard le
entra sueño y sin querer se le cae a la fuente un libro dorado (el premio del
debate). Para rescatarlo se ve obligado a vaciar la fuente, y en castigo a
semejante acción termina dando con sus huesos en la cárcel. Tras ser puesto en
libertad, Bernard regresa a la fuente y se la encuentra cubierta de nubes».
George Starkey, un alquimista del siglo diecisiete, estaba lo bastante iniciado
en tales arcanos como para ser capaz de interpretar la onírica alegoría como
una fórmula química. Según lo describen los historiadores William R. Newman y
Lawrence M. Principe,
Primero
[Starkey] se fija en que cuando el rey, a quien identifica fácilmente con el
oro, acude a bañarse, deja «atrás todos sus sirvientes (que son los metales)» y
se hace acompañar únicamente por un ujier. Luego, según parece, el hierro, uno
de los metales inferiores y, por tanto, uno de los criados del rey, deben
«dejarse atrás» […]. El ujier seguramente es la «Luna», o el necesario
intermediario entre el oro y el mercurio (es decir, entre el rey y su baño),
que Starkey identifica con el régulo de antimonio. Luego se fija en la
afirmación de Bernard de que «ese ujier […] es la más simple de todas las cosas
del mundo, y su función no es otra, día tras día, que la de calentar el baño
(esto es, haciéndolo fluido), claro que, si fuera compuesto no podría decirse
que es tan simple, pues lo simple nunca es compuesto». Aquí, según la
interpretación de Starkey, el uso que Bernard hace de la palabra «simple», que
en el contexto de la parábola significa que el ujier es sencillo o ingenuo
—«homo valde simples, imo simplicissimus hominum»—, vale simple en cuanto a
composición, esto es, no compuesto, lo que implica que el «simple» régulo de
antimonio puro debería unirse al rey/oro, no al régulo que contiene hierro […].
A continuación señala que Bernard le preguntaba al anciano si alguno de los
criados del rey se bañaba con él y «la respuesta es que ninguno, y si ninguno
se baña, entonces tampoco el hierro».
Una
fantasía descabellada, desde luego. Desde las proposiciones de química
elemental que formularan los antiguos griegos hasta los científicos ilustrados
coetáneos de Lavoisier hubieron de transcurrir varios siglos marcados por ese
galimatías churrigueresco. Buena parte del tiempo y de los afanes de los
alquimistas se les iban en cifrar y descifrar información que si algún día
pudiese entenderse con claridad resultaría ser científicamente dudosa. Carl
Jung no se equivocaba al opinar que la alquimia adquiere un sentido más
completo y general si se interpreta como una visión psicológico-filosófica del
papel de la humanidad en el mundo que si se toma como una ciencia exacta que
describe y explica con precisión los fenómenos materiales. Por supuesto, esta
segunda definición de lo que es la ciencia sólo empezó cristalizar en la época
de Antoine Lavoisier. Durante la dilatada era alquímica, e incluso durante la
antigüedad clásica, la palabra ciencia significaba la totalidad del
conocimiento: el conocimiento de la religión y la filosofía, así como el de los
hechos concretos del mundo material. Cuando la física y la metafísica no se
distinguen o no están separadas, la intuición mística puede constituir un medio
de conocimiento tan legítimo como cualquier otro, toda vez que, como tipo de
experimento y análisis, se compadece con la ceñida definición de ciencia que
usamos actualmente.
En un ensayo sobre Paracelso, Jung señala que «el alquimista […] trabajaba solo
[…]. Esta rigurosa soledad, unida a su preocupación por los infinitos puntos
oscuros de su labor, era suficiente para activar el inconsciente y, mediante el
poder de la imaginación, engendrar cosas que hasta entonces parecían no
existir». Aunque Jung no pretenda ser peyorativo, el enunciado guarda cierta
similitud con el análisis lavoisieriano del papel que la imaginación
desempeñaba en el mesmerismo. El propio Paracelso lo expresó de un modo más
llano y concluyente: «Los magos tienen el poder de experimentar y entender
cosas intrínsecamente inaccesibles a la razón humana. Y es que la magia es una
gran sabiduría secreta, mientras que la razón es una gran locura conocida».
El atractivo de la alquimia como filosofía religiosa descansa en una
comprensión mágicamente intuitiva del orden y la organización del universo. Es
una lástima que las nociones filosóficas y psicológicas más elegantes de la
alquimia no estén a la altura de su demostración material; durante siglos, sin
embargo, los alquimistas tenían una defensa automática: «En alquimia, el
laboratorio no desempeña un papel crucial. La función de la práctica es,
primero y por encima de todo, ilustrar la verdad de la teoría. El éxito de un
procedimiento demuestra que el practicante ha entendido cabalmente a los
antiguos. La calidad de la práctica es consecuencia directa del nivel de
comprensión de la teoría. Pues, si el experimento falla, el fracaso no
menoscaba la teoría».
Dicho de otro modo, la teoría alquímica era análoga a la fe religiosa por
cuanto también desafiaba (si era necesario) la lógica y se mostraba inmune a
los hechos inoportunos. A este respecto, la relación de la teoría alquímica con
la práctica era casi el negativo exacto del método científico moderno. Para que
naciese la química moderna hubo que poner boca abajo el mundo de la alquimia.
Un mundo que, en el siglo diecisiete, ya empezaba a inclinarse.
No toda la alquimia del diecisiete era jerigonza mística, por más que siguiese
teñida de pensamiento mágico. Figuras de transición como Starkey y Robert Boyle
seguían recurriendo a la tradición alquímica, pero la sometían a auténticas
pruebas experimentales. En su tratado El químico escéptico, Boyle,
que estaba muy influido por los métodos deductivos de Francis Bacon, expuso un
enfoque mucho más empírico de lo que hasta entonces se estilaba en química. En
lugar de despreciar los resultados empíricos cuando eran incompatibles con una
teoría preexistente, Boyle y los de su cuerda consideraban que los experimentos
«fallidos» ponían en cuestión la teoría vigente, abriendo las puertas a nuevos
experimentos y, por consiguiente, a una revisión de la teoría. Al mismo tiempo,
seguía convencido de que era posible transmutar metales y que un día se
descubriría la piedra filosofal. En razón de las fundamentales diferencias
metodológicas que separan a Boyle, Starkey y Jan Baptista van Helmont tanto de
los alquimistas anteriores como de los químicos modernos, los historiadores
Newman y Principe distinguen a esos científicos de transición del siglo XVII
como los «alquímicos».
Paralelamente a la alquimia existía una tradición relacionada con la extracción
y refinamiento de metales y codificada en un manual de metalurgia escrito por
Georgius Agrícola a mediados del siglo XVI. La tradición metalúrgica era lo
opuesto de la alquimia en cuanto a actitudes e intenciones, y por tanto
bastante más cercana a las de la ciencia moderna. Los mineros y metalúrgicos
tenían un interés práctico en crear un cuerpo de conocimiento claro y accesible
acerca de su oficio. Sus prácticas estaban firmemente basadas en los
resultados. Hacía falta que los procedimientos funcionasen de manera fiable y
que cualquier persona con el adiestramiento necesario pudiese repetirlos. La
terminología tenía que ser clara y coherente. El carácter abstruso de los
textos alquímicos irritaba a Agrícola, que los encontraba «difíciles de seguir,
porque quienes escriben de estas cosas usan nombre extraños que, propiamente,
no pertenecen a los metales, y porque algunos emplean ya un nombre, ya otro
diferente que ellos mismos se inventan, aunque se trate del mismo metal».
La tradición metalúrgica dio lugar a un léxico de metales y minerales mucho más
fiable de lo que la alquimia jamás pretendió conseguir; el mismo Lavoisier se
basaría en él durante las expediciones mineralógicas que llevó a cabo con
Guettard. Y mientras que la alquimia era hermética y deliberadamente
misteriosa, las técnicas de la minería y la metalurgia eran relativamente
exotéricas dado que poseían gran relevancia económica en las comunidades donde
se ejercían. Con todo, pese a lo dispar de sus actitudes, la alquimia y la
metalurgia tenían un interés común por los metales preciosos y empleaban
hornos, crisoles y alambiques similares. Ambas tradiciones se dedicaban al
refinado y purificación de los elementos mediante la acción del fuego.
La moderna tabla periódica identifica más de cien elementos; su prototipo, la
Tabla de Nomenclatura Química publicada por Lavoisier y sus colegas en 1787,
recoge cincuenta y cinco. Con la tabla de Lavoisier cambió radicalmente la
noción de lo que era un elemento. Antes de la reorganización de las
definiciones y los conceptos que llevó a cabo el francés, la comunidad
científica occidental se había dedicado a rumiar revisiones de la teoría
elemental heredada de la antigüedad.
Los antiguos elementos se definían en función de su accesibilidad directa a los
sentidos, sin ninguna operación de análisis ni descomposición química. El
sistema chino identificaba cinco elementos —metal, madera, fuego, agua y
tierra— derivados de la tensión de opuestos que describe el taoísmo. El metal y
el fuego se consideraban elementos yang —calientes, brillantes
y masculinos— mientras que la madera y el agua eran elementos yin:
fríos, oscuros y femeninos. El elemento tierra era neutro, ocupando un lugar
intermedio entre los extremos del yin y el yang.
Las sustancias compuestas se clasificaban según la proporción de los cinco
elementos que contenían.
Esta teoría de los cinco elementos sirvió de fundamento a la alquimia china,
que, hasta cierto punto, mantuvo con la alquimia occidental una relación de
fecundación recíproca, y que, al igual que ésta, estaba interesada en la
transmutación de los metales y en descubrir los secretos de la inmortalidad. La
teoría de los cinco elementos también era, y sigue siendo, la base de la
medicina china, que evolucionó por un cauce muy diferente al de la medicina
occidental. La medicina china sigue teniendo efectos terapéuticos en pacientes
de todo el mundo aun cuando en su mayor parte permanezca completamente ajena a
la lógica de la ciencia occidental.
Alrededor del año 450 a. C., el filósofo griego Empédocles propuso cuatro
elementos: fuego, tierra, aire y agua. Aristóteles complementó estos cuatro
elementos con cuatro «cualidades» al definir el fuego como caliente y seco, el
agua como fría y húmeda, el aire como caliente y húmedo, y la tierra como fría
y seca. Como en la teoría china de los cinco elementos, las sustancias
compuestas se consideraban mezclas de los cuatro elementos aristotélicos y de
sus respectivas propiedades. La naturaleza confería determinadas cualidades a esas
combinaciones de los elementos básicos para producir los metales que se
extraían de la tierra. La alquimia occidental creía que este proceso natural se
podía replicar artificialmente y concibió la piedra filosofal como el mecanismo
mediante el cual otorgar propiedades metálicas a la «materia prima».
Durante el Renacimiento la alquimia occidental se entrelazó con la tradición
hermética, esto es, con las creencias en las correspondencias cuasi-mágicas
entre el macrocosmos y el microcosmos, según las cuales, por ejemplo, la
organización macrocósmica del universo tenía su reflejo en la organización
microcósmica del cuerpo humano. Asimismo, los metales tenían su reflejo en los
cuerpos del sistema planetario clásico: el plomo en Saturno, el cobre en Venus,
el hierro en Marte, la plata en la Luna, el oro en el Sol, etcétera. Por medio
de esta conexión, el vocabulario químico empezó a derivar sus términos de la
astrología, y la idea astrológica de la influencia planetaria cobró gran
importancia en el campo de la alquimia.
Tanto la alquimia occidental como la china aspiraban a generar salud además de
riqueza; la alquimia contuvo en su seno el embrión de la farmacología hasta el
surgimiento de los «alquímicos» del siglo XVII, gente como Starkey y Boyle, que
algún beneficio obtenían de los medicamentos que elaboraban y de sus fórmulas.
La medicina occidental extrajo sus fundamentos del griego Galeno, que propuso
cuatro humores análogos a los cuatro elementos aristotélicos y definió los
estados de salud y enfermedad en función del equilibrio de dichos humores en el
organismo. Paracelso, que orientó su labor alquímica más hacia la medicina que
hacia la metalurgia, se rebeló contra el sistema griego de los humores y
elementos, y declaró la existencia de tres principios primordiales —azufre,
mercurio y sal— que correspondían al mismo tiempo a la Sagrada Trinidad y a los
componentes del ser humano: «espíritu vital, alma y cuerpo». Según Paracelso,
toda transformación alquímica venía regida por la interacción de esos tria
prima.
Como médico, Paracelso mostraba una provechosa tendencia empirista (fue, por
ejemplo, el primero en identificar las causas de la silicosis, una dolencia
pulmonar que afecta a los mineros), pero en el plano teórico seguía siendo un
metafísico y (según sus propias palabras) un mago. Su rebelión no logró
desplazar a la ciencia aristotélica del pensamiento ortodoxo europeo, pero sus
ideas ejercerían una influencia omnipresente a lo largo de todo el siglo XVII.
Fiel a lo que parece ser una concepción prototípica de la química orgánica,
Paracelso consideraba que los procesos vitales eran una suerte de alquimia;
Dios, en cuanto Creador, es «el supremo alquimista». Paracelso y sus discípulos
se oponían a las definiciones aristotélicas (presentes, por ejemplo, en la
nomenclatura botánica del siglo XVI) en razón de su carácter descriptivo y
empírico, que, según Paracelso, no lograba captar las correspondencias
universales de las que dependen las auténticas definiciones. «Dentro de este
universo vasto y lleno de vida, el verdadero médico ha de
desvelar las relaciones ocultas entre el microcosmos y el macrocosmos, e
interpretar el sello divino oculto en cada organismo individual».
Antes de desestimar a Paracelso tildándolo de fantasioso y descabellado,
resulta instructivo compararlo con un físico de pura cepa, Isaac Newton, que
estudió alquimia a lo largo de toda su carrera, mientras daba cuenta de la
gravedad y de otros fundamentos de la física. Las leyes de la física newtoniana
(al menos para Newton) eran originariamente obra de Dios. Al igual que
Paracelso, y, de hecho, que la mayoría de los alquimistas, Newton se veía a sí
mismo como un descubridor de las propiedades divinas que Dios había instaurado
en el mundo natural. Su física estaba, pues, supeditada a la metafísica, y la
imagen que tenía del universo era tan holística como la de los filósofos,
alquimistas y místicos. Lavoisier, aunque impresionado por Newton e influido
por el rigor lógico de la física newtoniana, se dedicaría a desmantelar esa
visión holística del universo a base de concentrarse de un modo mucho más
minucioso en sus componentes.
* *
* *
Robert
Boyle, compatriota y colega de Isaac Newton, no tuvo tanto éxito racionalizando
la química como Newton racionalizando la física, aunque no fue por falta de
interés. En su tratado El químico escéptico, Boyle puso en tela de
juicio tanto la concepción aristotélica de los elementos como la paracelsiana.
Los alquímicos del siglo diecisiete habían empezado a sospechar que los
elementos aristotélicos, más que sustancias puras, eran compuestos. Van Helmont,
otro «alquímico» cuya obra conocía Boyle, sostenía que el agua contenía azufre
y mercurio: dos de los tria prima de Paracelso.
Sin embargo, Boyle también socavó la teoría de los tria prima mediante
pruebas con fuego. Tras varios experimentos concluyó que «el fuego, aun cuando
divide un cuerpo en sustancias de diversa consistencia, por lo general no lo
disgrega en principios hipostáticos sino que únicamente dispone sus partes en
nuevas texturas y por consiguiente produce sustancias concretas de una
naturaleza en verdad nueva pero así y todo compuesta». Boyle invitaba al lector
a considerar, como modo de análisis, «la combustión de la madera, que el fuego
disipa en humo y cenizas; no es sólo que las segundas se compongan
manifiestamente de dos cuerpos tan dispares como la tierra y la sal, sino que
el primero, al condensarse en ese hollín que se adhiere a nuestras chimeneas,
se revela compuesto de sal y aceite, y de alcohol y tierra (y también de un
poco de flema), sustancias que por ser casi todas ellas igualmente volátiles en
contacto con ese grado de fuego que las hace elevarse (las partes más volátiles
acaso arrastren a las más fijas, como a menudo he intentado verificar
sublimando colcótar ablandado con una mezcla de sal amoniacal), ascienden
juntas, aunque tal vez, posteriormente, se separen por efecto de otros grados
de fuego, cuya gradación controlada pone de manifiesto la disparidad de su
volatilidad respectiva».
En pocas palabras, la descomposición de la madera por efecto del fuego da lugar
a otras sustancias compuestas, no puras ni elementales. A todo esto, Boyle
observó que el oro puro, por más que se calentase, no se descomponía, y que si
calentaba «una mezcla colicuada de plata y oro […] nada más que con fuego, si
bien intenso, los metales [permanecían] unidos», aunque podían separarse
«con aquafortis o aqua regis (según predominase el oro o la
plata)». Cuando Boyle destiló sangre, obtuvo «flema, alcohol, aceite, sal y
tierra»: cinco sustancias que desde luego 110 tenían nada de elementales. El
escéptico químico también destiló anguilas a fuerza de cocerlas y concluyó que
«parecían consistir nada más que en flema coagulada, que también es muy
abundante en las víboras».
La incoherencia de los resultados de Boyle —producto de su escepticismo
empírico— invalidó las teorías elementales vigentes toda vez que el análisis
por acción del fuego demostraba que sustancias diferentes no se descomponían en
los mismos elementos primordiales. Además, Boyle habían empezado a percatarse
de que «el fuego puede en ocasiones alterar cuerpos tanto como dividirlos, y
que gracias a él es posible obtener de un cuerpo mixto sustancias que 110
preexistían en él»: es decir, que la combustión podía engendrar nuevos
compuestos cuyos componentes no estuviesen presentes en la sustancia quemada.
* *
* *
El
físico y químico alemán Georg Stahl, a caballo entre los siglos XVII y XVIII,
se basó en la revisión de la teoría elemental de Paracelso que llevó a cabo
Johann Joachim Becher, un experimentador alemán anterior a él. En lugar de
los tria prima de Paracelso, Becher adoptó como principios
elementales el aire, la tierra y el agua; de momento el fuego, el cuarto
elemento aristotélico, se dejaba a un lado. Becher suponía, además, que hacían
falta tres clases diferentes de tierra para la composición de metales y
minerales, y que una de ellas, la terra pinguis, o «tierra grasa»,
contenía el principio de la combustión. Van Helmont (seguidor de Paracelso y en
cierto sentido maestro de Becher) ya había usado con anterioridad el término
griego phlogistos para designar la inflamabilidad, Becher hizo
otro tanto, y fue Stahl quien lo transformó en «flogisto».
Los admiradores de Newton esperaban y confiaban en que los interrogantes
químicos se resolviesen mecánicamente «en términos de interacción de materia
y fuerza», que es como la física newtoniana había resuelto los
interrogantes físicos. Stahl, discorde, distinguía (como había hecho Becher,
sólo que más refinadamente) entre las mezclas que denominaba «agregados» y los
«mixtos». Un agregado era una mezcla mecánica de sustancias
realizada por fuerzas físicas, como los granos de arena revueltos en un frasco.
Un mixto, en cambio, exigía, para llevarse a cabo, una reacción
química y constituía por tanto un auténtico compuesto químico. Stahl definía la
química como «el arte de disolver mixtos naturales por diversos medios», o sea,
el análisis de compuestos.
El fuego, según la teoría química de Stahl, no era un elemento sino un
instrumento; no era ingrediente de ningún mixto sino el instrumento mecánico
cuya acción contribuía a la existencia del mixto. La terra pinguis de
Becher —el flogisto de Stahl— era el ingrediente material sobre el que actuaba
el fuego, según la teoría stahliana de la corrosión, la combustión y la
calcificación.
Stahl veía la oxidación como una versión a cámara lenta de la combustión.
Sostenía que cuando un metal se oxidaba, o cuando cualquier sustancia
combustible ardía, perdían una porción del flogisto que supuestamente
contenían. Un proceso análogo era el de la calcinación, durante la cual el
calentamiento de algunos metales producía lo que la ciencia moderna denomina
un óxido y la incipiente química del siglo XVIII denominaba
una cal. Esas cales eran químicamente idénticas a los minerales en
bruto extraídos de la tierra. Según la teoría de Stahl, el refinado de metales
a base de fundir menas con carbón vegetal (un procedimiento larga y
sobradamente conocido en la tradición minero-metalúrgica) implicaba una
transferencia de flogisto desde el carbón a la mena, que al recibir el flogisto
se convertía en metal refinado. Durante la calcinación, cuando el calentamiento
degradaba los metales y los convertía en menas, los primeros supuestamente
liberaban flogisto, que se incorporaba a la atmósfera circundante.
Ese flogisto hipotético era la «materia del fuego», la particular «tierra
sulfúrea» que explicaba la combustibilidad. Los materiales que ardían con
facilidad, tales como la madera, el carbón o el propio azufre, lo hacían por
ser ricos en flogisto. La química moderna entiende que las llamas se extinguen
en los lugares cerrados cuando todo el oxígeno disponible se ha consumido.
Stahl explicó este fenómeno al contrario: las llamas se extinguían cuando el
material que ardía había liberado todo su flogisto, saturando el aire
circundante hasta el punto de que ya no admitía más combustión. Stahl razonaba
además que el flogisto liberado en la atmósfera durante las combustiones lo
reabsorbían las plantas y los árboles; era así como la madera adquiría esa alta
proporción de flogisto que hacía de ella un material tan combustible.
La teoría del flogisto era errónea pero funcionaba. Poseía una virtud
científica fundamental y era que con una sola explicación coherente lograba dar
cuenta de una amplia gama de observaciones empíricas. Por esa razón, mediado el
siglo XVIII, la mayoría de los químicos la suscribían de la cruz a la fecha, y
de hecho pasó a formar parte del acervo cultural compartido por los más doctos.
Immanuel Kant, en la Crítica de la razón pura, calificaba la teoría de Stahl de
hito en la historia de la ciencia: «Cuando Galileo hizo rodar por el plano las
bolas cuyo peso él mismo había determinado; cuando Torricelli hizo que el aire
soportase un peso que él mismo había calculado de antemano para que fuese igual
al de determinado volumen de agua; cuando Stahl transformó metales en cal, y
ésta después en metal, a base de extraerles algo y luego restituírselo,
entonces percibieron todos los físicos una luz nueva».
A comienzos de la década de 1760, los años de estudiante de Lavoisier, la
química de Stahl era el último grito. Sin embargo, la primera definición que
Lavoisier obtuvo del flogisto se la proporcionó Rouelle, que había modificado
un tanto la idea de Stahl. En el sistema de Stahl, el flogisto era un
«principio» que entraba en la composición de los mixtos, mientras que el fuego
era un instrumento que actuaba externamente sobre la formación de mixtos sin
ser parte integrante de los mismos. El curso de química de Rouelle establecía
una identidad más ajustada entre fuego y flogisto: «Reconocemos cuatro
elementos: flogisto o fuego, tierra, agua y aire». Al mismo tiempo, algunos de
los preceptos de Rouelle eran alquímicos a carta cabal; por ejemplo: «La piedra
filosofal no es sino el resultado de la fermentación del oro con mercurio
especialmente cargado de flogisto. Eso es cuanto tengo que decir de esas
transmutaciones de las que tantos ignorantes hablan».
Lavoisier encontró las enseñanzas de Rouelle admirables y a la vez frustrantes;
en 1766, tras admitir que tenía que «volver a estudiar toda la química desde el
principio», compró uno de los manuscritos en latín de Stahl: un tratado sobre
el azufre. Las numerosas anotaciones de Lavoisier se concentran en los
epígrafes relativos a la calcinación y la combustión, los fundamentos de la
teoría stahliana del flogisto. Al estudiar directamente a Stahl, Lavoisier se
encontró por primera vez con una teoría química sistemática y cimentada
empíricamente. Aunque su propio trabajo terminase invalidando la noción del
flogisto, Lavoisier entendió la utilidad del concepto ideado por Stahl: «Por
primera vez en la historia de la química, una teoría se fundaba en los hechos
que se proponía explicar».
En 1793, más o menos por la misma época en que Lavoisier, atormentado por el
espectro de Marat, empezó a despertar sospechas por sus actividades en la
Contrata General, Antoine-Nicolas de Caritat, marqués de Condorcet, se refugió
en el domicilio parisino de una amiga, Madame Vernet. Aunque hasta hacía poco
había sido colega de Robespierre y miembro del Comité de Salud Pública,
Condorcet acababa de convertirse en objetivo del Terror al criticar
públicamente la constitución jacobina adoptada ese mismo año. Los nueve meses
que pasó escondido en chez Madame Vernet los dedicó a redactar
el Bosquejo de un cuadro histórico de los progresos del espíritu humano,
una breve pero panorámica visión de conjunto del desarrollo humano, desde la
prehistoria hasta el frenético presente del autor. Cuando completó el tratado,
Condorcet salió de su escondrijo, cayó arrestado de inmediato y no tardó en
morir en la cárcel, puede que suicidándose.
Desde un punto de vista no muy alejado del de Lavoisier, Condorcet describe la
enorme influencia de Newton: «Debemos a Newton y a Leibniz la invención de
estos cálculos, aunque la obra de los geómetras de la generación anterior ya
les hubiese allanado el camino […]. Cuando nos pongamos a describir la
formación y los principios del lenguaje algebraico, el único lenguaje realmente
exacto y analítico que existe, la naturaleza y la metodología técnica de esta
ciencia y la relación que guarda con los mecanismos naturales del entendimiento
humano, habremos de indicar que, aunque este método en sí no sea más que un
instrumento de la ciencia cuantitativa, alberga en su interior los principios
de un instrumento universal».
Tras exponer la explicación que el propio Newton ofrece de la ley de la
gravedad, Condorcet añade que el físico inglés «tal vez hizo algo más que
descubrir esta ley general de la naturaleza: nos enseñó que en física sólo
debemos admitir teorías precisas y matemáticas que expliquen no sólo la
existencia de un fenómeno sino también su cantidad y extensión». En estas
líneas Condorcet está evocando el proyecto ilustrado de aplicar la metodología
newtoniana a fin de transformar todas las ramas no sólo de la vieja filosofía natural,
sino de todo el conocimiento humano: la política, la metafísica e incluso la
propia historia. Este impulso explica la creación del sistema métrico (en el
que trabajaba Lavoisier mientras Condorcet escribía esas líneas), así como la
elaboración, un logro ya más discutible, del calendario revolucionario francés,
que en la época en que Condorcet redactaba esas líneas ya había tratado de
poner a cero el reloj de la historia.
Antes de que Lavoisier completase su fundamental obra, la química era una ciencia
más baconiana que newtoniana: una ingente recopilación de hechos (y seudo
hechos) no muy bien ordenados por la teoría. Ni siquiera en manos de Lavoisier
iba la química a dejarse «newtonizar» fácilmente, ni a «matematizarse» por
completo. Pero Lavoisier enseguida tuvo la idea de abordarla desde un nuevo
enfoque inspirado en los enormes avances registrados en el campo de la física
experimental; de hecho, él no distinguía completamente ambas disciplinas, y en
un primer momento se consideraba tan físico como químico. En 1766, durante la
fase inicial de su asedio a la Academia de las Ciencias, presentó un argumento
a favor de una mayor presencia de la física en la Academia: «La física
experimental se ha escabullido de los lúgubres laboratorios de los antiguos
químicos[4] y […] ha
empezado a adoptar una forma nueva. Ahora, firmemente fundamentada en hechos y
experimentos, avanza con paso seguro». En esa época ya se proponía desterrar
aún más lejos las sombras que todavía oscurecían los laboratorios asentando la
química en unos cimientos igual de firmes.
Kant, que, al igual que Condorcet, tenía a las matemáticas por el «instrumento
universal», consideraba que toda «ciencia auténtica» debía sustentarse en las
matemáticas. Así, en su obra Fundamentos metafísicos de la ciencia natural,
sostenía que la química no podía aspirar a la condición de auténtica ciencia
porque se basaba en un repertorio de hechos empíricos, baconianos, en lugar de
proceder a partir de axiomas teóricos. Lavoisier, en cambio, fiel a su maestro
Lacaille, creía que las propias matemáticas tenían su origen en la
cuantificación de observaciones del mundo natural y que, por tanto, había que
entenderlas como «un método sumamente formalizado de enunciar conocimientos de
base empírica».
A comienzos de la década de 1760 (poco después de la muerte de su mentor
Lacaille), Lavoisier asistió a las clases que impartía Jean-Antoine Nollet, un
físico cuyo enfoque cartesiano no tardaría en verse debilitado por el de su
colega y rival en la Academia de las Ciencias George-Louis de Buffon, que
adoptaba la postura newtoniana. Lavoisier se instruyó en los métodos de la
física experimental gracias a Lacaille y Nollet, y en los años en que luchó por
obtener la admisión en la Academia de las Ciencias, la controversia Nollet-Buffon
le ofreció la primera demostración detallada de los tejemanejes que llevaba
aparejados la aceptación o rechazo de nuevas ideas científicas.
Al final, el peor parado fue Nollet. Buffon, tras percatase de que los
descubrimientos de Benjamín Franklin en materia de electricidad desbancaban las
ideas de Nollet en el tema, usó una traducción francesa de la obra de Franklin
para desautorizar a su rival, y enseguida estuvo en condiciones de declarar que
Nollet estaba «muriéndose del disgusto». La polémica provocó que la
investigación sobre la electricidad se estancase en Francia, algo que
Lavoisier, con su afán progresista, no podía dejar de advertir. A todo esto,
Buffon pasó por encima de Nollet y siguió promocionando la química newtoniana,
que procuraba explicar las afinidades químicas con una especie de versión en
miniatura de la ley de la gravedad.
Lavoisier, en general, desconfiaba de esta especie de repliegue hacia la
abstracción teórica. Su primer esbozo de un curso de química reformado, que
redactó a los veintiún años, estaba inspirado en el curso de física de Nollet
y, como tal, repleto de demostraciones experimentales. Tanto Nollet como
Lacaille eran consumados diseñadores de instrumental científico, y el profundo
interés de Lavoisier en los instrumentos de precisión y en las rigurosas
mediciones que estos posibilitaban, nació del trato con ambos profesores; esa
fue una de las primeras facetas de la física experimental que se propuso
exportar a la química. La idea de aplicar las matemáticas a la medición de datos
científicos también se la debía a Lacaille.
La teoría científica tenía que surgir de la interpretación de datos
cuantificados con precisión, del mismo modo que, según Lacaille, las propias
matemáticas tenían su origen en la sistematización de la información empírica.
«La única manera de no cometer errores», escribió Lavoisier en el prefacio de
su Traité élémentaire de chimie, «es suprimiendo la razón, o al
menos simplificándola lo máximo posible, pues la razón es por entero humana y
si confiamos en ella, puede engañarnos». El propósito de suprimir la razón
puede sonar bastante raro en boca de una lumbrera de la dieciochesca Era de la
Razón, pero lo que Lavoisier pretendía era recalcar la importancia de
contrastar la teoría siempre que esta se alejase de los hechos demostrables.
Ese fue el método que empleó, por ejemplo, para echar por tierra el mesmerismo:
poner de manifiesto la discrepancia entre la teoría de los mesmerizadores y los
hechos que, según estos, explicaba.
«La razón debe someterse en todo momento a la demostración experimental. Sólo
debemos conservar aquellos hechos que nos brinde la naturaleza y que, por
consiguiente, no podrán inducirnos a engaño. La verdad sólo ha de buscarse en
la conexión natural entre los experimentos y las observaciones, del mismo modo
que los matemáticos alcanzan la solución de un problema mediante una sencilla
disposición de los datos conocidos. Al reducir la razón a las operaciones más
simples posibles, y limitando al máximo toda estimación, los matemáticos no pierden
de vista la evidencia que los guía». Los datos empíricos siempre desempeñarían
un papel fundamental en la metodología de Lavoisier. La demostración
experimental, inspirada en el rigor de la demostración geométrica, edificaría
con esos datos una perdurable estructura teórica.
A la hora de examinar sus demostraciones experimentales, Lavoisier era tan
meticuloso como Sherlock Holmes. La exactitud de las mediciones cobraba una
importancia suprema, razón por la cual Lavoisier se interesó tanto en extremar
la sutileza y precisión de su equipo de laboratorio.
A comienzos del siglo XVII, el «alquímico» belga Van Helmont había llevado a
cabo un experimento que para muchos científicos del XVIII seguía siendo una
demostración de la transmutación del agua en tierra. Van Helmont plantó un
sauce de poco más de dos kilos en un maceta con 90 kilos de tierra, tapó la
maceta, y comenzó a añadir nada más que agua. Al cabo de cinco años el peso de
la tierra seguía siendo el mismo, pero el del sauce había aumentado hasta los
77 kilos. En la época de Van Helmont, el papel de la fotosíntesis en el
crecimiento vegetal todavía distaba mucho de ser descubierto, y tampoco existía
aún la teoría del flogisto (que Stahl usó para explicar el crecimiento de las
plantas). Van Helmont razonó que el agua debía de haberse transmutado en tierra
a fin de generar el incremento de madera que había experimentado el árbol.
Aunque en la época en que Lavoisier realizó sus primeros experimentos ya se
había descubierto la transmutación de metales, la noción de la transmutación de
otras sustancias perduraba como corolario de la teoría aristotélica de los
elementos, que ninguna otra había reemplazado de manera definitiva. Los
seguidores de Van Helmont se basaron en su teoría de que el agua podía
transmutarse en tierra para explicar el hecho de que el agua destilada siempre
dejaba un residuo sólido en los recipientes.
En conjunción con sus estudios del suministro de agua potable a finales de la
década de 1760, Lavoisier se interesó por el tema de la transmutación. Nuestro
químico sospechaba que el residuo sólido que dejaba la destilación
probablemente fuese cristal disuelto durante la cocción. Para demostrarlo
hirvió un litro de agua durante cien días en un recipiente de cristal llamado
«pelícano» (sus asas curvas y huecas, que servían de tubos de destilación,
semejaban las alas del ave). Al final del experimento Lavoisier se encontró,
efectivamente, con un residuo cuyo peso era casi exactamente igual al que había
perdido el pelícano. La suma de los pesos del pelícano y de sus contenidos no
había variado. La diferencia de peso entre el recipiente y los contenidos se
explicaba por los granos de sal presentes en el residuo. La hipótesis de
Lavoisier —que lo que constituía el residuo sólido de la destilación era el
material disuelto del recipiente, y no la transmutación de un elemento en otro—
quedó, pues, demostrada.
Este experimento adolecía de un mínimo defecto: mientras que el peso perdido
por el pelícano era de 12,5 granos, el peso de las sales presentes en el residuo
era de 15,5 granos. Lavoisier se permitió pasar por alto esa discrepancia, o
mejor dicho, permitió (contradiciendo, en cierto modo, su retórica
metodológica) que su teoría la anulase.
El postulado teórico en cuestión era el de la conservación de la materia,
también conocido como conservación de la masa. Lavoisier no lo
formularía expresamente hasta 1785: «Nada se crea ni en las operaciones del
arte ni en las de la naturaleza, y puede considerarse como principio general
que en toda operación existe la misma cantidad de materia antes y después de la
operación; que la calidad y cantidad de los constituyentes es la misma, y que
lo que sucede son tan sólo cambios, modificaciones. Este principio es el
fundamento de todo el arte de los experimentos químicos; en todos ellos hay que
dar por sentada un verdadera equivalencia entre los constituyentes de las
sustancias examinadas y los resultantes de su disociación».
Aunque generalmente se atribuye a Lavoisier la autoría del principio, otros ya
lo habían concebido antes que él. Los alquímicos del siglo XVII, en particular
Van Helmont, Starkey y Boyle, fueron los primeros en cobrar conciencia de la
importancia de pesar y medir los materiales antes y después de los
experimentos, aunque sus métodos e instrumentos de medición no fuesen tan
precisos. En 1623, Francis Bacon declaró: «Los hombres deberían apelar
frecuentemente a la naturaleza para que les diese una explicación; esto es,
cuando perciban que un cuerpo hasta entonces evidente a los sentidos ha
desaparecido, no deberían admitir ni liquidar la explicación hasta que no les
muestre adonde ha ido a parar el cuerpo, y a qué se ha incorporado». Y en el
450 a. C., Anaxágoras ya sostenía lo siguiente: «Se equivocan los griegos al
suponer que algo comienza o deja de ser, pues nada se origina ni se destruye,
sino que todo es un agregado o secreción de cosas preexistentes. De manera que
todo devenir podría denominarse correctamente devenir mezclado, y toda
corrupción, devenir separado».
El aserto «nada se origina ni se destruye» de Anaxágoras se parece mucho, desde
luego, al «nada se crea» de Lavoisier. La idea de la conservación de la materia
ya llevaba muchos siglos en circulación cuando Lavoisier la convirtió en eje de
su método experimental (Pese a depender en sumo grado del principio, el químico
tardó quince años en anunciarlo; tal vez diese por sentado que ya era de
dominio público). Pero Lavoisier, empezando por el citado experimento sobre
destilación de agua, hizo uso del principio de un modo mucho más riguroso y coherente
que cualquier otro científico anterior a él.
La actividad financiera de Lavoisier lo reafirmaba constantemente en su
compromiso con la idea del equilibrio. En todas las fases de su carrera,
demostró ser un exigente contable. La analogía con la física lo animaba a
considerar el dinero como «un fluido cuyos movimientos necesariamente concluyen
en un estado de equilibrio». El equilibrio era el principio rector de la
balanza donde pesaba los materiales de sus experimentos químicos, un
instrumento cuya mejora y precisión eran una preocupación constante para
Lavoisier.
* *
* *
A
comienzos de la década de 1770, sus investigaciones preliminares habían dado
cuenta de la mitad de los cuatro elementos aristotélicos. Las inspecciones
mineralógicas que llevó a cabo con Guettard se ocuparon con creces del elemento
tierra. Sus estudios en nombre de la Academia de las Ciencias del suministro de
agua de París y de las propiedades del agua en general se ocuparon del líquido
elemento tan a fondo como era posible en aquella época. Lavoisier abordó a
continuación el estudio del aire. Por aquel entonces se habían realizado más
trabajos en química neumática —la química de los gases— en Inglaterra que en
Francia. Ya se habían aislado varios de los gases presentes en la atmósfera,
aunque sin una terminología que los identificase ni una comprensión exacta de
lo que eran. Todavía se consideraba que el comportamiento de esos diversos
gases difusamente identificados en las combinaciones químicas era inerte y no
reactivo. Georg Stahl, cuya teoría química seguía siendo la más avanzada hasta
la fecha, creía que el aire era simplemente el entorno que rodeaba a las
reacciones químicas y no un ingrediente activo de las mismas.
En Francia, la década de 1770 fue testigo del resurgir de una práctica que
había aparecido un siglo antes en la corte de Cósimo III, gran duque de la
Toscana: la moda científica de incinerar diamantes. El experimento toscano
sometió diamantes y rubíes por valor de seis mil florines a la acción de un
calor intensísimo durante veinticuatro horas, con el resultado de que, si bien
los rubíes no se vieron afectados, los diamantes se esfumaron sin dejar rastro.
En la década de 1770, los químicos franceses, entre ellos Lavoisier, retomaron
esta línea de investigación tan ostentosamente despilfarradora.
El instrumental consistía en un artilugio enorme, que guardaba un ligero
parecido con una catapulta romana y que concentraba la luz solar mediante dos
lentes de gran tamaño, llamadas «lentes de quemar», para aplicar un intenso
calor a los crisoles que contenían las joyas. Los operarios llevaban gafas
ahumadas para protegerse la vista del fulgor de la combustión. Este artefacto
se llevó rodando hasta el Jardin de l'Infante, situado en el exterior de las
dependencias de la Academia de las Ciencias, en el museo del Louvre, cerca de
un popular paseo público a orillas del Sena. Había multitud de curiosos; las
damas estaban impresionadas (y puede que horrorizadas). Huelga decir que el
interés que suscitaba la quema de diamantes era mucho mayor que el que se
habría generado si los científicos se hubiesen limitado a aplicar su rayo
incendiario a vulgares pedazos de carbón.
|
A. Lente mayor con líquido; B. Lente menor, para acortar
distancia focal; C. Centro de movimiento horizontal de toda la máquina; D.
Manivela de movimiento horizontal; E. Manivela de movimiento vertical
mediante los tomillos 1 y 2; F. Tornillo de aproximación o alejamiento entre
las dos lentes; G. Portaobjeto movible arriba y abajo, con avance y retroceso
paralelo a la plataforma, e inclinable según la altura del sol, con avance
paralelo a los rayos solares; H. Carromato o plataforma soporte de la máquina
y operadores; I. Ruedas del carromato con tendencia al centro de movimiento
por sus ejes, con rodadura sobre flejes de hierro incrustadas en círculo
alrededor de un disco de piedra; K. Escalera de acceso al carromato, apoyada
en dos rodillos excéntricos. |
Enseguida quedó claro que la presencia del aire era necesaria para que los
diamantes desapareciesen o se consumiesen. Los diamantes encerrados en
recipientes herméticos siempre se recuperaban intactos. Hoy sabemos que, dado
que los diamantes son una variante del carbono, una cantidad suficiente de
calor hace que el carbono que contienen se combine con el oxígeno y se esfume
en forma de anhídrido carbónico.
Aparatos empleados por Lavoisier en sus experimentos con minio, dibujados
por su esposa
Lavoisier
debió de sospechar que los diamantes desaparecían en forma de gases, pues en la
primavera de 1773 realizó una serie de experimentos con el fin de capturar
cualquier gas que pudiese desprenderse de diamantes quemados dentro de una
campana de cristal. El problema fue que las campanas estallaban a causa del
extremado calor de los experimentos, con lo cual era imposible retener los
gases para medirlos, y la causa de la desintegración de los diamantes no pudo
precisarse con rigor.
* *
* *
Entonces
Lavoisier se interesó por una línea de investigación en química neumática que
prometía más: la investigación con metales calcinados. La teoría stahliana del
flogisto afirmaba que los metales, cuando se calentaban para formar cales,
liberaban o perdían flogisto. En ese caso, ¿por qué las cales resultantes
pesaban más que las cantidades de metal originarias que formaban parte de
aquellas? Se suponía que el flogisto tenía un peso (aunque como en realidad no
existía, hasta entonces nadie había logrado calcularlo). De manera que el
aumento de peso de una sustancia que supuestamente había perdido flogisto
violaba el principio de la conservación de la materia, principio que para
Lavoisier era absolutamente axiomático.
En razón de esta incoherencia, las explicaciones de la calcinación en términos
del flogisto se fueron haciendo cada vez más retorcidas, aunque Condorcet
expresó la opinión preponderante cuando, en respuesta a la recusación que
Lavoisier comenzaba a formular, escribió: «Si alguna vez ha habido algo sólido
en química, eso es sin lugar a dudas la teoría del flogisto». Turgot, además de
su carrera como economista y fisiócrata, era también un químico aficionado lo
bastante reconocido como para que Diderot lo invitase a aportar artículos de
química a la Enyclopédie. «El incremento de peso que experimentan
los metales», escribió en su artículo sobre el aumento de peso de las cales
metálicas, «se debe al aire que, en el proceso de combustión, se combina con la
tierra metálica y sustituye al flogisto, que se quema y que, aun sin ser de una
ligereza absoluta, es incomparablemente menos pesado que el aire, al parecer
porque contiene menos materia». Este pasaje es complicado. El flogisto, que
ahora necesitaba tener peso y al mismo tiempo ser más leve que el aire, iba
camino de convertirse en un deus ex machina de las reacciones
químicas, por no decir en una solución mágica.
La rigurosa mente de Lavoisier identificaba rápidamente ese tipo de flaquezas y
se concentraba en ellas. En febrero de 1773 estrenó un cuaderno de laboratorio
con el esbozo de un programa de investigación en esta área:
Antes
de comenzar la larga serie de experimentos que me propongo realizar sobre el
fluido elástico que liberan los cuerpos, ya sea mediante fermentación,
destilación o, en última instancia, toda clase de combinaciones, así como sobre
el aire absorbido en la combustión de un buen número de sustancias, creo que
debería consignar aquí algunas reflexiones a fin de configurar el plan que he
de seguir.
Por más copiosos que sean los experimentos de los señores Hales, Black, Mac
Bride, Jacquin, Crantz, Priestley y De Smetli en la materia, sigue siendo, no
obstante, necesario que sean lo bastante numerosos como para conformar un
cuerpo teórico completo […]. La importancia de este tema me ha obligado a
retomar un trabajo que pienso está llamado a causar una revolución en la física
y en la química. Creo que no debería contemplar cuanto se ha hecho hasta la
fecha más que como orientación; me propongo repetirlo todo tomando nuevas
precauciones a fin de enlazar lo que sabemos del aire que se fija o se
desprende de los cuerpos con otro conocimiento adquirido, y formular una
teoría.
Los trabajos de los diversos autores que acabo de citar, considerados desde
este punto de vista, me han mostrado tramos sueltos de una enorme cadena; su
labor ha servido para enganchar unos cuantos eslabones. Pero resta llevar a
cabo una gran serie de experimentos para formar una continuidad.
A
pesar de la desconfianza que declaraba sentir por la teoría, los logros más
duraderos de Lavoisier serían como teórico, no como descubridor de hechos
previamente ignorados. En 1773, cuando hizo esas anotaciones, ya parecía ser
consciente de ello.
Capítulo 3
El principio oxígeno
Aunque
generalmente se atribuye a Lavoisier el descubrimiento del oxígeno, el francés
no fue el primero en aislar el gas. Es sorprendente el elevado número de
científicos que ya había hecho lo propio, y lo mucho que se le adelantaron en
el tiempo. En lo que de verdad fue Lavoisier el «primero» fue en identificar el
oxígeno como tal, y en definirlo en términos de una teoría basada en hechos.
La estructura académica de la comunidad intelectual europea del siglo XVIII
propició una mayor conciencia de la responsabilidad individual y del mérito de
los nuevos descubrimientos. Los descubrimientos alquímicos, cualesquiera que
fuesen, nunca se anunciaron a bombo y platillo; la codificación metafórica de
los textos alquímicos era una forma de proteger el conocimiento. Los alquímicos
del siglo XVII se mostraban más abiertos a la hora de presentar sus resultados
e interpretaciones y, además, se plagiaban los unos a los otros con promiscua
fruición.
Lavoisier era tan consciente como cualquiera de sus colegas de la creciente
importancia de la primacía en los descubrimientos científicos, tanto en Francia
como en el extranjero, y acaso más aún que la mayoría. Así, antes incluso de
predecir la revolucionaria trascendencia de su programa de investigación en la
anotación de su cuaderno de laboratorio de febrero de 1773, Lavoisier tomó
medidas para proteger la primacía de sus descubrimientos con cierta antelación
al momento de materializarlos.
La expresión francesa pli cacheté podría traducirse
literalmente como «pliegue oculto»; más concretamente, se trata de la plica que
Lavoisier entregó al secretario de la Academia de las Ciencias el primero de
noviembre de 1772. Los experimentos que había realizado en octubre de ese mismo
año confirmaron que el fósforo aumentaba de peso al formar ácido fosfórico y
que la calcinación del azufre producía un incremento semejante. Dichos aumentos
de peso ya se habían observado con anterioridad, pero solían explicarse
violentando la teoría stahliana del flogisto. A Lavoisier se le antojaba absurdo
que una sustancia ganase peso al perder flogisto (o cualquier otra cosa); era
más probable, comenzó a plantear como hipótesis, que durante la calcinación y
la combustión el azufre, el fósforo y demás sustancias absorbiesen algo, más
que perderlo, y que ese algo fuese aire o algún componente del aire.
Rotuló la plica con la leyenda «Sobre la causa del incremento de peso de los
metales y otras sustancias cuando se calcinan». En el interior garrapateó lo
siguiente (al parecer apresuradamente, dados los numerosos tachones y la
caprichosa ortografía y sintaxis):
Hace
unos ocho días descubrí que el azufre, cuando se quema, lejos de perder peso
alguno, gana algo más; es decir, que de una libra de azufre podría extraerse
mucho más que una libra de ácido vitriólico, hecha la extracción en la humedad
del aire[5]. Lo mismo
ocurre con el fósforo. Este aumento de peso se debe a la prodigiosa cantidad de
aire que se fija durante la combustión y que se mezcla con los vapores.
Este descubrimiento, confirmado con algunos experimentos que considero
decisivos, me ha hecho pensar que lo que se observa en la combustión del azufre
y del fósforo perfectamente podría tener lugar con todos los cuerpos que
adquieren peso mediante la combustión y la calcinación, y estoy convencido de
que el aumento de peso del de las cales metálicas obedece a la misma causa. El
experimento ha confirmado plenamente mis conjeturas. He hecho la reducción del
litargirio en recipientes cerrados con el aparato de Hales y he observado que
en el momento del paso de cal a metal se desprende una cantidad de aire
considerable que forma un volumen al menos mil veces mayor que la cantidad de
litargirio usada. Este descubrimiento me parece uno de los más interesantes que
se han hecho desde Stahl, y como quiera que en las conversaciones con los
amigos resulta difícil no dejar escapar algo que podría enfilarlos en el camino
hacia la verdad, he creído necesario depositar el presente documento en las
manos del señor secretario de la academia hasta hacer públicos mis
experimentos.
Lavoisier
no había cumplido treinta años cuando escribió esas líneas y acababa de dejar
atrás la juventud para ingresar en la primera fase de la edad madura. Sólo
llevaba cuatro años como miembro provisional de la Academia y estaba ansioso
por consolidar su posición con alguna revelación científica de importancia, tal
y como muestran claramente los últimos renglones de la nota. Sin duda estaba al
tanto de que había más científicos, no sólo en el continente europeo sino
también en Inglaterra, sumamente interesados en el papel que desempeñaba el
aire en la combustión y calcinación.
* *
* *
La
ciencia moderna ha establecido que el aire atmosférico se compone
aproximadamente de un 80 por ciento de nitrógeno, un 20 por ciento de oxígeno,
y menos de un uno por ciento de otros gases tales como argón, metano, anhídrido
carbónico, criptón, amoníaco y otros. La teoría de Lavoisier y los cruciales
experimentos que la sustentaban abrieron las puertas a este análisis. Antes del
trabajo de Lavoisier, la concepción del aire era unas veces más simple y otras
más compleja, pero nunca tan precisa.
En el sistema aristotélico, el aire era uno de los cuatro elementos y, como
tal, se tenía por irreductible. Paracelso desechó la teoría de los cuatro
elementos en beneficio de sus tria prima: mercurio, azufre y sal.
Van Helmont afinó la proposición de Paracelso transformándola en lo que cabría
llamar la teoría del único elemento, según la cual el agua era el
principio fundamental y la base de todas las transmutaciones materiales.
Becher, que desarrolló las ideas de Paracelso en un dirección diferente a la de
Van Helmont, sustituyó los tria primapor aire, tierra y fuego, pero
consideraba que el aire no era un elemento sino un agente o instrumento de las
combinaciones químicas. Los alquímicos del siglo XVII aquilataron estas ideas
hasta el extremo de que, a comienzos del siglo XVIII, la doctrina generalmente
aceptada era una teoría no tanto elemental como instrumental según la cual el
agua, el aire y el fuego, más que componentes, eran agentes de cambio físico.
Para Georg Stahl, cuyas teorías ejercían una posición dominante en la época en
que Lavoisier entró en escena, el aire era químicamente inerte, esto es,
incapaz de participar en combinaciones químicas. En un primer momento, Hermann
Boerhaave, pese discrepar de Stahl en muchos sentidos, suscribía su concepción
del aire, aunque posteriormente mudase de opinión. O mejor dicho, se la mudase
un inglés, el reverendo Stephen Hales.
Hales era botánico y químico al mismo tiempo; su tratado Estadísticas
vegetales, el libro que tanto influyó en el cambio de postura de los químicos
del XVIII con respecto al aire, versaba fundamentalmente, como indica el
título, sobre la aplicación de los principios newtonianos a la vida vegetal,
aunque también incluía un capítulo titulado «Análisis del aire». Al observar
que las plantas absorbían y de algún modo procesaban grandes cantidades de
aire, Hales se vio empujado a estudiar el aire en sí, y sus opiniones
contradecían un tanto las ideas generalmente aceptadas en la época. Mientras
que Stahl había declarado que el aire atmosférico jamás participaba de
combinación química alguna, Hales, a partir de experimentos en los que medía el
aire liberado en procesos como la fermentación y la destilación, concluyó que
el aire «fijo» era un componente de toda materia orgánica y de alguna
inorgánica.
En la edición oficial de sus Elementa chemiae (un volumen
publicado en 1732 para reemplazar la transcripción pirateada de sus clases que
circulaba desde hacía ocho años), Boerhaave abjuraba de la concepción stahliana
del aire para abrazar la de Hales, lo que, de hecho, equivalía a distanciarse
de la teoría de los cuatro instrumentos para retomar la dirección de la vieja
teoría de los cuatro elementos. Rouelle, el profesor de química de Lavoisier,
intentó crear su propia síntesis de las ideas de Boerhaave, Hales y Stahl,
divulgó muchos de los conceptos stahlianos y fue el responsable de su
popularidad en Francia, pero se apartó de Stahl al sostener que la tierra, el
agua, el fuego y el aire no eran meros instrumentos, en el sentido que les daba
el alemán, sino que también eran químicamente activos. Rouelle afirmaba que el
aire era un componente fijo de la materia, y lo demostró (como ya hiciera
Hales, y a menudo con instrumentos diseñados por éste) mediante experimentos en
los que medía el aire que varias sustancias liberaban durante su destilación,
fermentación y combustión. Un posible corolario de esa teoría del papel del
aire en los compuestos químicos era que el fuego tal vez podría fijarse también
en las sustancias. Exactamente así veía Stahl el flogisto, aunque él no
identificase completamente el flogisto (que a su juicio era un reactivo) con el
fuego, que a su juicio era un instrumento. Para Rouelle, en cambio, el flogisto
y la «materia del fuego» eran exactamente lo mismo.
El curso de química de Rouelle fue un catalizador para Lavoisier, que se puso a
estudiar en el idioma original varias de las obras que habían influido a su
maestro, de las cuales hace frecuentes comentarios en sus memorias. Tras leer
los Elementa chemiae señaló que Boerhaave «no tiene las ideas
muy claras en cuanto a la combinación y fijado del aire: unas veces parece
negar la posibilidad de que el aire se combine con los componentes de los
cuerpos y contribuya a la formación de sus partes sólidas; otras veces parece
sostener lo contrario». Bajo esa incertidumbre de Boerhaave debía subyacer algo
que era obligado averiguar. En este caso, como en tantos otros ámbitos de la
carrera de Lavoisier, la confusión ajena le brindaba un atractivo punto de
partida.
* *
* *
En
1766, cuando aún no lo habían nombrado siquiera miembro provisional de la
Academia de las Ciencias, Lavoisier ya había dejado escrito: «El aire 110 es un
elemento separado. Es un compuesto». Y con mayor firmeza todavía: «Es agua
convertida en vapor, o, para ser más exactos, el resultado de la combinación de
agua y materia del fuego». Gracias a los cursos que había tomado años antes,
Lavoisier estaba al corriente de la igualdad que Roeulle había establecido
entre fuego y flogisto, pero por alguna razón prefirió no usar este término.
El grado de precisión que puede alcanzarse en una formulación que incluye una
sustancia inexistente como es la materia del fuego es limitado. Lavoisier, en
esa primera etapa, tendía a confundir la vaporización del agua por medio del
calor con la composición química del aire atmosférico. Mientras especulaba
sobre la naturaleza de los elementos, había estado leyendo los artículos de J.
T. Eller publicados en las memorias de la Academia de Berlín. Eller, más o
menos fiel a la tradición de Paracelso y Van Helmont, rechazaba la teoría de
los cuatro elementos en favor de los «principios» del fuego y el agua. Al igual
que Van Helmont, Eller creía posible transmutar el agua en tierra, un supuesto
que Lavoisier posteriormente se afanaría en desmentir. Con todo, el francés
consideraba que la idea de Eller de que el aire podría consistir en una
combinación de agua y materia del fuego merecía ser tenida en cuenta.
Y en este punto el pensamiento de Lavoisier era análogo al de su futuro colega en
el gobierno francés, el fisiócrata Turgot, que acuñó el término «vaporizar» y
que, en el artículo anónimo que bajo el título «Expansibilidad» salió publicado
en la Encyclopédie de Diderot, argumentaba que el vapor era
resultado de una combinación con calor (o materia del fuego, o flogisto). Este
razonamiento era una forma de explicar los cambios de estado que una sustancia
como el agua experimentaba a ojos vista: de sólido a líquido, y de líquido a
gaseoso. Turgot llegó al extremo de postular que todas las
sustancias, al menos en teoría, podían existir en esos tres estados.
En 1766, Lavoisier todavía afirmaba, en una nota manuscrita, que el aire podría
ser un fluido expandido: un líquido que hubiese experimentado un cambio de
estado al combinarse con la materia del fuego (también conocida como el «fluido
ígneo», la sustancia inexistente que años después Marat pretendería hacer
visible ante los examinadores de la Academia). En su estado expandido, el aire
era elástico. Pero el aire también podía fijarse en varias sustancias, como
Lavoisier sabía gracias al trabajo de Stephen Hales, mencionado tanto por
Rouelle en sus clases de química como por Eller en los artículos que Lavoisier
había estudiado más o menos en torno a 1766; desde 1735 estaba disponible una
versión francesa de Estadísticas vegetales, traducida por Buffon.
El aire fijo perdía su elasticidad y se comprimía en un espacio mucho menor que
el aire en su estado de «fluido expandido». Hales había ideado diversos
experimentos que captaban el aire liberado en procesos de fijado tales como la
fermentación, la destilación e, incluso, la respiración de pequeños animales.
El aire fijo que Hales medía en dichos experimentos solía ser anhídrido
carbónico, aunque la química de entonces todavía no era capaz de analizarlo; lo
que Hales captaba eran las burbujas de la cerveza.
Al reflexionar sobre la emisión de aire fijo en los experimentos de Hales,
Lavoisier recordó que ciertas reacciones efervescentes producían un efecto
refrigerador. Ese fenómeno parecía condecir con una teoría que afirmaba que el
calor (o el flogisto, o la materia del fuego) se absorbía en los vapores
producidos por la efervescencia. También se sabía que la temperatura del agua
derretida y del hielo no aumentaba a la par que la del calor aplicado al
proceso de deshielo. Lavoisier se valió de esto para sustentar el argumento de
que el calor (o el flogisto, o la materia del fuego) se fijaba durante el
proceso de deshielo al pasar a formar parte de la composición del agua cuando
ésta se desprendía del hielo, de manera análoga a como el aire se fijaba en las
sustancias.
Luego había que considerar, además, los espectaculares experimentos de
incineración de diamantes. En la primavera de 1772, mientras participaba en
ellos, Lavoisier ya se había adherido completamente al axioma de la
conservación de la materia: nada se crea ni se destruye. Entonces, ¿dónde iban
a parar los diamantes? El hecho de que los diamantes sólo se desvaneciesen
cuando había aire de por medio resultaba intrigante, y de algún modo estaba
claramente relacionado con la línea de pensamiento que Lavoisier cultivaba por
aquella época, aunque por el momento no fuese capaz de explicarlo. Los
resultados de los experimentos no bastaban para determinar si los diamantes se
«volatilizaban» —esto es, se evaporaban— o si se desintegraban en fragmentos
tan pequeños que resultaban imperceptibles en razón del procedimiento
experimental empleado. Lavoisier ideó un par de experimentos más sutiles para
zanjar la cuestión, pero nunca llegaron a realizarse; tal vez le cortasen el
suministro de diamantes.
* *
* *
El
19 de agosto de 1772, Lavoisier dio una conferencia en la Academia de las
Ciencias titulada «Memoria sobre el fuego elemental»; la versión escrita de su
ponencia, redactada el 8 de agosto, llevaba un epígrafe más prosaico (y más
verboso): «Reflexiones sobre experimentos susceptibles de ser realizados con
ayuda de una lente de quemar». El objeto de esas notas era enumerar una serie
de experimentos que podían efectuarse con el horno solar de Tschirnhausen, el
aparato empleado para incinerar diamantes en el Jardín de l'Infante.
Lavoisier comenzaba su artículo esbozando la base teórica existente, señalando
de entrada que «la teoría de Stahl sobre el flogisto y reducción de metales»
era la predominante en Alemania desde muchos años antes de su introducción en
Francia. Atribuía la primera aparición de la teoría del flogisto en Francia a
la publicación, en 1723, de un «Curso de química en conformidad con los
principios de Stahl y de Newton», y señalaba que los aspectos esenciales de la
teoría de Stahl habían sido refrendados por los experimentos descritos en 1709
por el francés Geoffroy l'ainé, experimentos que también se habían
realizado con una lente de quemar.
La conclusión de Geoffroy era que «todos los metales o sustancias metálicas se
componen, en primer lugar, de tierra vitrificable, propia de cada uno de ellos,
y en segundo lugar, de un aceite o de un principio inflamable, del mismo tipo
que puede encontrarse en las plantas, los animales o en el carbón, y observó
que esta sustancia puede separarse de los metales, que es posible extraérsela y
volver a colocársela a voluntad, y hacer que pase de un metal a otro».
La descripción de Geoffroy podía resultar bastante opaca, pero Lavoisier sabía
cómo iluminarla. «Salta a la vista», proseguía su artículo, «que este sistema
no difiere del de Stahl excepto en que Geoffroy llama materia oleosa o
sustancia inflamable a los que Stahl llama flogisto; bien, hemos de confesar
que ni siquiera hoy en día conocemos la naturaleza del flogisto lo bastante
bien como para afirmar nada acerca de la misma con demasiada exactitud».
Ahí radicaba exactamente el problema, tal y como Lavoisier lo había analizado,
es decir, captando las aparentes diferencias entre la terminología de Stahl y
la de Geoffroy a fin de localizar la dificultad que ninguno de los dos había
resuelto. Por lo que respectaba a Lavoisier, el Flogisto sería el objetivo
fundamental del programa de experimentos que se proponía acometer.
Según explicaba el químico, las lentes de Tschirnhausen ofrecían una ventaja
para dicho programa: eran capaces de concentrar un calor intenso en objetos
encerrados en recipientes sellados al vacío, mientras que «el fuego que los
químicos acostumbran a utilizar no puede prender ni mantenerse encendido en el
vacío, dado que el aire es un agente necesario para su conservación. El fuego
generado mediante la lente de quemar ofrece una gran ventaja a este respecto.
Consigue penetrar el receptáculo de la máquina neumática y permite así realizar
calcinaciones y combinaciones en el vacío».
A continuación detallaba los experimentos que se podían llevar a cabo con las
lentes Tschirnhausen en metales, piedras, cristales (incluidos diamantes,
aunque no exclusivamente) y ciertos fluidos, la gran mayoría de los cuales,
según señalaba Lavoisier, nunca se habían llevado a la práctica. A pesar del
énfasis del comienzo, 110 vuelve a hacerse mención del flogisto en todo el
escrito. En la conclusión, sin embargo, vista a posteriori, se
adivina el bosquejo velado y cauteloso de una teoría.
En el último apartado de la «Memoria sobre el fuego elemental» Lavoisier no
dice nada del fuego como elemento. El epígrafe es «sobre el aire fijo, o mejor
dicho, el aire contenido en los cuerpos». Aquí Lavoisier señala: «El aire
parece ser una constante en la composición de la mayoría de minerales, incluso
de los metales, y además de manera muy abundante. Hasta ahora, sin embargo,
ningún químico ha incluido el aire en la composición ni de los metales ni de
cuerpo mineral alguno». Leyendo entrelineas es posible percibir la insinuación
de que el propio Lavoisier no tardaría en revelarse como el primer químico en
hacerlo. Aunque no lo diga expresamente, en este último apartado tiende a
considerar el aire como componente de minerales y metales en lugar de como
alternativa al fuego elemental, el flogisto, la materia oleosa, o como se lo
quiera llamar. Pero en lugar de precipitarse a sacar esa conclusión, Lavoisier
termina señalando, con cierta timidez no exenta de coquetería, que le quedaba
mucho por hacer.
* *
* *
En
el año 1762 el químico escocés Joseph Black ya había ofrecido una teoría del
calor latente que explicaba por qué es posible derretir hielo para absorber
calor sin aumentar su temperatura. El trabajo de Black, como el de Stahl, tardó
en darse a conocer en Francia (si en agosto de 1772 Lavoisier hubiese tenido
conocimiento del trabajo de Black con el aire fijo, no podría haber afirmado en
buena lid que ningún químico había incorporado el aire a la composición de los
minerales y los metales). Unos pocos días después de la conferencia de
Lavoisier sobre el fuego elemental, las noticias de la teoría del fuego latente
de Black llegaron súbitamente a la Academia de las Ciencias, que reaccionó
rebuscando en sus archivos y desempolvando un artículo que Nollet había escrito
en 1750 sobre un tema parecido, con el propósito de reivindicar la primacía
francesa en esa línea de investigación. Esas muestras de chovinismo científico
estaban a la orden del día; de hecho, Lavoisier acababa de hacer algo por el
estilo en su reciente conferencia, redactada de tal modo que no quedaba claro
si la primera formulación de la teoría del flogisto se debía al alemán Stahl o
al francés Geoffroy.
La presentación del viejo artículo de Nollet, unida a la noticia de la teoría
del calor latente de Black, parece ser que hirieron a Lavoisier en su amor
propio. Al terminar la lectura, salió corriendo de la sala y volvió al instante
con un documento de su propiedad para que el secretario de la Academia se lo
sellase. Lo que contenía era la versión preliminar y fragmentaria de una nueva
teoría de los elementos.
* *
* *
En
el epílogo a la conferencia del 19 de agosto, tras insinuar las fascinantes
posibilidades que ofrecía la idea de que el aire fuese un componente de los
metales y minerales, Lavoisier sofrenaba su propio entusiasmo al afirmar: «Por
el momento no abundaremos en estas ideas, que constituyen el tema de un trabajo
que ya se encuentra muy avanzado y del que ya existe incluso un primer
borrador». Entonces, como si no pudiese reprimirse, anunció: «Si se profundiza
en esta dirección, podría llegarse a una interesante teoría que ya tenemos
incluso esbozada…», pero en ese punto se detuvo, poco menos que en mitad de la
frase, y retomó la descripción de la efervescencia de los metales bajo el calor
producido mediante las lentes de quemar.
El manuscrito con el que Lavoisier volvió corriendo a la Academia al término de
la lectura del artículo de Nollet para que se lo firmase el secretario parece
ser el mismo borrador al que había hecho alusión en su propia ponencia del 19
de agosto. El trabajo está a todas luces incompleto y resulta incluso un tanto
embrollado. Se nota que fue escrito bajo la presión frenética de la excitación
intelectual, y asimismo parece perseguir fines contradictorios: en unos pasajes
se diría que Lavoisier está puliendo el texto para presentarlo públicamente
como trabajo finalizado, mientras que en otros libra una auténtica pugna, con
la pluma como arma, con aspectos inextricables de una teoría inconclusa, como
si hasta ese momento no hubiese sido capaz de completarla.
Lo más probable es que él mismo tuviese plena conciencia de tales dificultades
toda vez que al final del texto trata de sortearlas con elegancia: «Ruego al
lector me perdone si he entrado en excesivos detalles con el fin de persuadirlo
de mi opinión cualquier idea novedosa exige una especie de preparación para ser
aceptada y para hacerme oír me veo obligado a guiar al lector por la ruta que
yo mismo he seguido en mi discurrir […]. He aquí mis ideas sobre los
elementos». El camino especulativo que por aquel entonces trazaba Lavoisier no
era ni muchísimo menos tan recto como a él le habría gustado; cuando diecisiete
años después publicase la versión definitiva de su teoría de los elementos,
toda desviación de la magna senda de la lógica ya habría sido suprimida.
Teniendo en cuenta la deslavazada estructura de las frases y las numerosas
tachaduras, uno se imagina a Lavoisier garabateando su conclusión faux mientras
volvía corriendo de su laboratorio a la Academia, donde proseguía el debate
sobre el artículo de Nollet. La rúbrica del secretario aparece inmediatamente
debajo.
Aunque no esté a la altura de la descripción «sistema de los elementos», el
borrador de Lavoisier representa su primer esfuerzo por organizar en una teoría
integral cuanto sabía, o se atrevía a suponer, acerca de los elementos. Con las
prisas no tuvo tiempo de exponer los axiomas de su razonamiento (o tal vez ya
hubiese empezado a dudar de ellos), pero el texto indica que todavía le traía
de cabeza el problema de armonizar la teoría de los cuatro elementos de
Aristóteles con la teoría del flogisto de Stahl: un problema directamente
heredado de Rouelle. Lavoisier intenta formular un análisis organizado de cómo
el fuego, el agua, el aire y la tierra forman parte de la composición de los
cuerpos, aunque su exposición descarrila con frecuencia por cuanto no da una
explicación adecuada a fenómenos tales como la evaporación, la efervescencia,
los procesos que concurren en el calor latente y la capacidad que tienen
algunas sustancias de existir en dos o tres estados diferentes sin ver alterada
su composición química.
El flogisto o materia del fuego seguía siendo una piedra angular de la
ortodoxia química, y como tal trata lo contempla el texto de Lavoisier… a
ratos. «La materia del fuego», apunta, existe en «dos estados diferentes en la
naturaleza, en primer lugar, combinada con los demás elementos» y, en segundo,
«como fluido estancado que penetra por los poros de todos los objetos, que
consigue más o menos estabilizarse en el interior de los mismos y cuya mayor o
menor intensidad produce más o menos calor»: una descripción del famoso aunque
inexistente fluido ígneo. Otras veces, en cambio, Lavoisier se retracta de su
propia utilización del concepto del flogisto (sobre todo cuando describe la
efervescencia y otras reacciones que provocan una drástica emisión de aire por
parte de las sustancias): «Lo que acabamos de decir respecto del aire cabe
decirlo igualmente del flogisto o materia del fuego». Asertos como este
parecían dejar la puerta abierta a la sustitución del aire por el flogisto en
la teoría de las reacciones observadas. En general, sin embargo, Lavoisier se
adhería más o menos a la tesis de que «el fuego es un componente de todos los
cuerpos».
El último apartado del documento «Sistema de los elementos» se abre con un
nuevo epígrafe —«Reflexiones sobre el aire»— y bajo una nueva fecha: agosto de
1772. Leyéndolo, da la sensación de que Lavoisier lo hubiese repasado a toda
prisa mientras lo llevaba corriendo a la Academia a que se lo firmasen y de
repente se hubiese dado cuenta de que lo que ofrecía no era una conclusión sino
una pregunta:
Sin
embargo, si el aire existe en los cuerpos, ¿cómo es posible que este fluido
susceptible de tan tremenda expansión se fije en un sólido y ocupe un espacio
seiscientas veces menor del que ocupa en la atmósfera? ¿Cómo concebir que el
mismo cuerpo pueda existir en dos estados diferentes?
La solución a este problema tiende hacia una teoría singular que voy a tratar
de hacer inteligible, a saber, que el aire que respiramos no es en modo alguno
una entidad simple. Es un fluido particular combinado con la materia del fuego…
Pero
en ese punto, Lavoisier, con el tiempo ya totalmente encima, deja la frase a
medias y se pone a rezar por que el lector le perdone el tortuoso cauce de sus
razonamientos. Así y todo, había llegado (a velocidad de vértigo, por una
carretera sinuosa) a una consecuencia radical. De repente, el aire dejaba de
ser un elemento y se convertía en un compuesto.
En el pasaje inicial del manuscrito «Sistema de los elementos», que, como se ha
dicho, data de agosto de 1772, Lavoisier admitía lo siguiente: de momento «no
tenemos ningún experimento que ofrecer, pero nos hemos esforzado en reunir los
que ya existen para extraer conclusiones». En un momento dado de ese periodo
—verano u otoño de 1772— Lavoisier hizo algunos comentarios muy agudos a la
obra Digressions académiques, del químico Guyton de Morveau (que
andando el tiempo se convertiría en uno de los aliados más fieles de Lavoisier
en la campaña en pro de la aceptación de la nueva química y de la nueva
terminología aneja). Guyton había realizado una serie de experimentos bastante
rigurosos que dejaron definitivamente sentado que diversos metales ganaban peso
al calcinarse. También llevó a cabo otro grupo de experimentos que demostraron
que la calcinación no podía darse en recipientes cerrados herméticamente (otro
punto de sumo interés para Lavoisier). Sin embargo, Guyton explicaba el aumento
de peso mediante una variación de la versión de la teoría del flogisto
preconizada por su veterano y recientemente fallecido colega Jean-Pierre
Chardenon. El artículo de Guyton «Disertación sobre el flogisto considerado
como cuerpo pesado y en relación a las variaciones de peso que produce en los
cuerpos a los que une» salió publicado en 1772 como primer capítulo de
sus Digressions académiques; en él explicaba Guyton el aumento de
peso de las cales (que, según Stahl, perdían flogisto durante la calcinación)
afirmando que el flogisto era más ligero que el aire.
Lo que chocó a Lavoisier fue que Guyton hubiese dejado totalmente probado el
aumento de peso de las cales metálicas mediante una serie de experimentos
sometidos al mismo tipo de mediciones estrictas y meticulosas que él mismo
propugnaba. La obra de Guyton le inspiró un práctico resumen:
Todos
los metales expuestos al fuego y calcinados aumentan notoriamente de peso.
Los antiguos afirmaban que durante la calcinación el fuego se combinaba con
esos cuerpos y que el aumento de peso se debía a la adición de tan pesada
sustancia.
Stahl sostenía que la calcinación extraía materia del fuego de los cuerpos
calcinados, pero tanto él como sus partidarios se metieron en un laberinto de
dificultades a la hora de explicar cómo es posible que aumente el peso de un
cuerpo del que se ha extraído parte de su sustancia.
Sea cual sea la explicación, el hecho no deja de ser evidente. Todos los
metales ganan peso al calcinarse. Monsieur De Morvaux lo demuestra de manera
fehaciente en sus digresiones académicas, página 72 a 88.
Una
vez más, al igual que en aquel apresurado afán por agregar algún tipo de
conclusión a su manuscrito «Sistema de los elementos», Lavoisier conseguía
enfocar un asunto crucial. A la larga resultaría que los dos asuntos tenían la
misma solución.
* *
* *
La
lente de Tschirnhausen era un aparato fascinante para el siglo XVIII; el
historiador Arthur Donovan lo compara a un acelerador de partículas en manos de
los investigadores del siglo XX: «una máquina capaz de hacer saltar en pedazos
sustancias que hasta entonces se tenían por inmutables». La lente era un arma
de enorme potencia con la que atacar sustancias que se suponían elementales a
fin de determinar si eran o no irreductibles. El programa de experimentos que
Lavoisier se había propuesto realizar con el aparato en agosto de 1772 se
reanudó en octubre; sin embargo, dado que aún era un miembro muy joven del
equipo, los interesantísimos experimentos que había ideado tuvieron que esperar
hasta que los científicos más veteranos hubiesen completado sus propias
pruebas. Finalmente, a mediados de octubre pudo Lavoisier utilizar la gran
lente de quemar para sus propios fines.
En la década de 1680, Robert Boyle había publicado unas instrucciones
específicas para la preparación de fósforo a partir de orina evaporada;
Lavoisier, sin embargo, prefirió comprarle una onza de ese material a Pierre
François Mitouard, otro científico francés, por la considerable suma de
cuarenta y cinco libras, unos mil ochocientos dólares del siglo XX. El 20 de
octubre de 1772, Lavoisier utilizó la lente de quemar para incinerar ocho
granos de fósforo bajo una campana de vidrio; al terminar la combustión, la
cantidad de ácido fosfórico condensado era mucho más pesada que la del fósforo
inicialmente quemado. Lavoisier atribuyó el aumento de peso al aire que se
había fijado en el fósforo. Poco después calcinó azufre bajo la campana y
volvió a encontrarse con que el peso del ácido sulfúrico resultante era mayor
que el del azufre calentado.
Lavoisier concluyó su enumeración de los experimentos realizables con la lente
de quemar —en el apartado «sobre el aire fijo»— con esta sugerencia: «Sería muy
de desear que se aplicase la lente de quemar al aparato de Hales con el objeto
de medir la cantidad de aire producida o absorbida en cada operación, aunque
nos tememos que las dificultades que plantea este tipo de experimento sean
insalvables con dicha lente». Estos temores se verían, al menos en parte,
confirmados, aunque Lavoisier obtuvo resultados lo bastante sólidos como para
sustentar su incipiente teoría.
El inglés Hales, para facilitar su estudio del aire fijo, había inventado un
artilugio denominado la cuba neumática que canalizaba los
gases liberados durante una reacción química desde el recipiente donde esta
tenía lugar hasta un cuenco invertido lleno de agua: un sistema fiable para
capturar y retener aire. Otra versión de este sistema consistía en colocar un
pedestal en una bacía llena de agua. El sujeto del experimento (unas veces, un
pequeño animal; otras, una sustancia combustible) se situaba en el pedestal y
todo este se cubría con una campana con el borde inferior sumergido en el agua.
Calibrando los cambios en el nivel del agua, el experimentador podía medir el
aumento o la pérdida de aire o de los gases como consecuencia de cualquier reacción
que tuviese lugar en el pedestal.
La adaptación que hizo Lavoisier del aparato del pedestal de Hales fue dibujada
con mucha maña por su esposa para ilustrar el manual Opuscules
physiques et chimiques, donde se registran los resultados de esos
experimentos. En su versión, Lavoisier colocaba un crisol de porcelana en un
pedestal de vidrio, lo cubría con una campana y controlaba el nivel del agua
con un sifón. Una capa de aceite en la superficie del agua impedía que se
disolviesen los gases liberados. En octubre de 1772 colocó en el crisol un
óxido de plomo llamado minio[6] junto con
una pequeña cantidad de carbón y lo calentó a través de la campana con la lente
de quemar, enfocando con precisión el rayo de luz para que incidiese en los
contenidos del crisol. Este método, comúnmente empleado para fundir metales de
menas de óxido, produjo una considerable emisión de cierto tipo de gas, o de
fluido elástico. Aunque Lavoisier, cosa rara en él, no realizó una medición
exacta del gas, sí dejó anotado que su volumen era «al menos mil veces mayor»
que el del óxido de plomo utilizado.
Lo que en realidad ocurrió en ese experimento, aunque Lavoisier todavía no lo
supiese, fue que al combinarse el oxígeno liberado en la reducción del óxido de
plomo con el carbono del carbón se generó una gran cantidad de anhídrido
carbónico (aire fijo). Por lo pronto, el experimento con minio demostraba y
ratificaba un hecho ya conocido, a saber, que la reducción de óxido de plomo
liberaba un gas. También sirvió para complementar las síntesis de aire, fósforo
y azufre ya realizadas por Lavoisier con un análisis químico en el que se había
extraído aire de una cal. La idea de Lavoisier de que en el curso de la
calcificación se fijaba aire (y en la reducción de cales se liberaba) quedaba
ahora corroborada en ambos extremos.
Lavoisier estaba convencido de (o por lo menos dispuesto a afirmar) que esos
resultados «confirmaban plenamente [sus] conjeturas». Los experimentos con
fósforo, azufre y minio se convirtieron en la base del documento que depositó
bajo plica en la academia el primero de noviembre de 1772. Lo cierto, sin
embargo, es que, por más convencido que estuviese de que su descubrimiento era
«uno de los más interesantes que se habían hecho desde Stahl», el químico no
era capaz de decir qué era exactamente lo que había
descubierto… ni de acomodarlo a su incipiente teoría. Hasta febrero del año
siguiente no se sentiría lo bastante seguro cómo para declarar, en su famosa
anotación del cuaderno de laboratorio, que se disponía a provocar «una
revolución en la física y la química».
* *
* *
Los
meses siguientes fueron de mucho ajetreo. Como cualquier científico moderno a
la caza de una patente, una terapia definitiva o los honores de un premio
importante, Lavoisier sintió en sus carnes la presión de la alta competición.
La pli cacheté transparenta el temor del químico a desvelar
involuntariamente su idea secreta a uno de sus colegas, y de hecho, eran varios
los científicos franceses —Guyton de Morveau y Pierre-Joseph Macquer, entre
otros— que a la sazón se atareaban en tan prometedora línea de investigación.
Huelga decir, habida cuenta de que el gas aún no se había definido con
propiedad, que ninguno de sus competidores sabía que lo que trataban de
descubrir era el oxígeno, aunque todos intuyesen que la química neumática —la
química del aire— habría de depararles algún conocimiento fundamental.
Viéndolo en retrospectiva, es evidente que los competidores más serios de
Lavoisier se hallaban fuera de Francia, y seguro que en 1772 él mismo era
consciente de ello; no en vano, tenía varios motivos para estar totalmente al
cabo de los avances de los químicos neumáticos británicos, no sólo de Hales y
de Black, sino, cada vez más, de un hombre llamado Joseph Priestley. Clérigo y
doctor en teología, Priestley era un disidente de la iglesia anglicana cuyo
rechazo de la idea de la Santísima Trinidad le había valido la expulsión no
sólo de la iglesia oficial sino también de las universidades de Oxford y
Cambridge. Aunque tendía a verse a sí mismo como uno de esos «filósofos
naturales» que abrazaban por igual la religión y la ciencia, cuando empezó a
prepararse para enseñar ciencias en una de las academias fundadas por otros
disidentes excluidos del sistema educativo oficial, Priestley centró su interés
en el segundo de los dos ámbitos.
Joseph Priestley
El
hombre era un inconformista prácticamente en todos los sentidos y carecía de la
mentalidad sistemática de Lavoisier, pero (fiel a la tradición baconiana) era
un coleccionista compulsivo de datos curiosos, y algunos de sus hallazgos eran
lo bastante originales como para llamar la atención de contemporáneos tan
eminentes como Benjamín Franklin, antes incluso de que se diesen cuenta los
franceses.
En el curso de sus peregrinaciones, Priestley pasó un año viviendo junto a una
fábrica de cerveza en la ciudad de Leeds, donde reparó en que el proceso de
fabricación de la bebida liberaba enormes cantidades de ese aire fijo que
andando el tiempo se denominaría anhídrido carbónico. No creyó haber
descubierto el gas en sí —Joseph Black ya había demostrado, en 1757, que la
respiración producía un aire fijo e irrespirable— pero dedicó cierto esfuerzo a
investigar sus propiedades. El trabajo de Priestley demostró que ese aire fijo
no permitía la combustión ni la respiración, pero que su naturaleza respirable
y su capacidad de alimentar una llama podían restituirse colocando plantas
vivas en contacto con él. También ideó un método para fabricar agua con gas,
método que explicó en un folleto publicado en junio de 1772 bajo el
título Instrucciones para impregnar agua con aire fijo.
Priestley se vio espoleado a desarrollar ese segundo proyecto por John Pringle
y David MacBride, dos médicos británicos que preveían la utilidad terapéutica
del anhídrido carbónico e incluso creían (erróneamente, tal y como se
terminaría demostrando) que el aire fijo podría prevenir el escorbuto entre los
marinos. Esta enfermedad tenía unas consecuencias tan perniciosas para la
actividad tanto naval como mercantil del siglo XVIII que la esperanza infundada
en una posible cura hizo que todo lo relacionado con el aire fijo cobrase de
repente un halo de secreto militar-industrial.
De ahí que en ocasiones se tilde de espía al fraile portugués João Jacinto
Magalhães, que informó a los químicos franceses de muchos de los adelantos de
la química británica. El calificativo parece exagerado; en Inglaterra, los
descubrimientos de Priestley, Black y sus colegas no se mantenían en secreto
sino que se divulgaban tanto a través de publicaciones como de conferencias
ante la Royal Society de Londres, una institución análoga a la Academia de las
Ciencias francesa. Con todo, Magalhães comunicaba con presteza y brío las
innovaciones británicas a su contacto en Francia, un aristócrata, químico
aficionado y miembro de honor de la Academia, llamado Trudaine de Montigny.
La actitud de Trudaine hacia Lavoisier aunaba mecenazgo y admiración. El
aristócrata era consciente de que Lavoisier se hallaba mucho más cerca de la
vanguardia de la investigación química de lo que él mismo llegaría a estar
jamás, pero eso no le impedía aconsejarlo de vez en cuando, y en ocasiones
acertaba con sus consejos. Priestley había dado a conocer sus investigaciones
sobre aire fijo en una conferencia ante la Royal Society en marzo de 1772, y
acto seguido las había publicado en el folleto Instrucciones para
impregnar agua con aire fijo. Trudaine recibió el texto de manos de
Magalhães en julio de 1772, junto con el informe del fraile sobre el trabajo de
Priestley, y al cabo de una semana se lo remitió a Lavoisier con una carta
adjunta en la que lo instaba a traducirlo al francés y a repetir y confirmar
los experimentos del inglés. «Me consta tu meticulosidad en materia de física y
química», escribió Trudaine, «y sé que te hago un favor encaminándote a la
realización de algo útil». El 18 de julio Lavoisier expuso, como era de
esperar, el trabajo de Priestley ante la Academia; ese mismo mes apareció una
traducción al francés del folleto sobre la elaboración de agua carbonatada.
Estos acontecimientos tuvieron lugar varios meses antes de que
Lavoisier depositase en la Academia su documento acerca del aumento de peso en
la calcinación, luego durante todo ese periodo el químico debió de desarrollar
su actividad plenamente consciente de que sus homólogos británicos ya estaban a
la altura de sus propias investigaciones, si es que no se le habían adelantado
ya. Lo que no estaba en condiciones de saber era si uno de esos químicos
británicos estaría trabajando en una teoría tan integral como la que él trataba
de completar. Pero el clima de competición internacional avivaba su sensación
de urgencia.
«Cuanto más extraordinarios son los datos», escribió Lavoisier, «más se alejan
de las ideas generalmente aceptadas y reconocidas, y más importa confirmarlos
mediante repetidos experimentos de manera que no haya lugar a dudas». El tono
taxativo y epigramático de esta afirmación dista mucho de las notas y
borradores garrapateados a toda prisa a finales de 1772. Pero la pli
cacheté del 1 de noviembre lo obligaba a estar a la altura, esto es, a
confirmar su conjetura mediante experimentos que hiciesen de la duda certeza.
Tal vez el documento lacrado fue demasiado ambicioso para lo que a la postre
sería capaz de demostrar. Sea como fuere, el estudio del aire fijo (que
Trudaine de Montigny le instaba a emprender) probablemente serviría para zanjar
la cuestión. Cuando Lavoisier recopiló toda la información disponible sobre el
aire fijo, extraída tanto de sus propios experimentos como de los ajenos, tuvo
la impresión de que se trataba de algo muy poco fiable: unas veces extinguía la
llama y mataba animales; otras veces avivaba la llama y parecía más respirable
que el aire normal. El porqué de esa contradicción estribaba en que el aire
fijo incluía tanto anhídrido carbónico como oxígeno, pero Lavoisier todavía
estaba lejos de reconocer las diferencias entre ambos.
Cuatro meses después, aunque sólo hubiese confirmado de manera fehaciente unas
pocas de sus conjeturas, el químico se mostraría lo bastante optimista como
para encabezar la célebre anotación en su cuaderno de laboratorio con la
declaración de que se disponía a llevar a cabo una revolución en la física y la
química. Y acto seguido, exponía su programa a tal efecto:
Esta
concepción de mi objetivo me ha alertado sobre la necesidad, primero, de
repetir y, luego, de multiplicar los experimentos que absorben aire para,
conociendo el origen de la sustancia, poder observar sus efectos en todas las
diferentes combinaciones.
Las operaciones mediante las que puede fijarse aire son: procesos vegetales,
respiración animal, combustión en determinadas circunstancias y, por último,
ciertas combinaciones químicas. Es por estos experimentos por donde creo que
debo empezar.
Una
vez completados, tendría una idea mucho más clara de la naturaleza del aire
fijo y de su relación con el aire que respiramos.
Con todo lo claro y sistemático que era, el programa se vio entorpecido desde
el comienzo por dificultades técnicas. Ya en su presentación ante la Academia
en agosto de 1772, Lavoisier se había mostrado preocupado por la dificultad que
podría entrañar la combinación del aparato de Hales con la lente Tschirnhausen,
y de hecho, en sus primeras tentativas, las campanas se rajaban por el intenso
calor proyectado, lo que hacía imposible la medición de los gases emitidos. El
22 de febrero de 1772 trató de calcinar plomo (una operación que fijaba aire) a
base de calentar una retorta[7] en un
horno convencional, pero el experimento fracasó al romperse la retorta. Dibujó
unos bocetos de varias piezas nuevas, incluida una «máquina para evaluar los
efectos del aire en los animales», pero sus obreros no se las tuvieron listas a
tiempo, y el tiempo era lo más importante: Lavoisier quería tener resultados
definitivos antes de la tercera semana de abril para darlos a conocer en la
reunión de puertas abiertas que iba a celebrarse en la Academia.
Perdidas las esperanzas de contar con el nuevo instrumental que había
encargado, Lavoisier improvisó una versión del aparato de Hales con jarras de
cristal normales y corrientes, una jofaina y un pedestal de vidrio usado para
colocar arreglos frutales de adorno. El 29 de marzo, aplicando la lente de quemar
a este apaño, consiguió iniciar el proceso de calcinación de una porción de
plomo, pero, para su desconcierto, la incineración se interrumpía al llegar a
la superficie del metal; se le ocurrieron varias explicaciones del fenómeno,
pero no había forma de determinar cuál de ellas era la correcta. Otros
experimentos realizados esas semanas, como las tentativas de calcinar estaño y
hacer detonar nitrato potásico con azufre, tuvieron resultados igual de
ambiguos y frustrantes.
Al llegar abril, los avances de Lavoisier en pos de la confirmación
experimental de sus ideas eran mucho menores de lo que se había prometido a sí
mismo… y de lo que implícitamente prometía el documento lacrado del otoño
anterior. Con todo, el 21 de abril cumplió con su plan y presentó su teoría en
la reunión de la Academia.
«Las presentes circunstancias no me permiten darles detalles de mis
experimentos», anunció; teniendo en cuenta que ninguno de ellos había salido
según lo previsto, la frase suena a eufemismo. Los primeros borradores del
discurso aludían con menos rodeos a la discrepancia existente entre sus
interpretaciones y los verdaderos resultados, pero cuando llegó el momento de
pronunciarlo ante la Academia, esas frases fueron suprimidas por completo. A
esas alturas, aunque el lenguaje empleado tendiese a enturbiar el asunto, los
experimentos que Lavoisier detalló no pasaban de ser, en sentido estricto,
«experimentos teóricos» que por el momento no se habían plasmado en nada
material:
Si
[un «si» con mayúsculas, dadas las circunstancias experimentales] en lugar de
hacer estos experimentos al aire libre, los hacemos en un volumen de aire
encerrado dentro de una campana de cristal invertida y colocada […] en una
cuba, e interceptamos la comunicación con aire de la atmósfera […] hasta que
los metales se reduzcan a cal, el volumen del aire disminuirá y el aumento de
peso resultará ser más o menos igual a la cantidad de aire absorbida. Si por
medio de un cristal de quemar o de cualquier otro procedimiento del cual daré
detalles, logramos reducir esos metales —es decir, a hacerlos pasar del estado
de cal al de metal—, enseguida liberarán todo el aire absorbido y perderán al
mismo tiempo el peso adquirido.
Este
«resultado», aunque no se trataba más que de una hipótesis disfrazada de
corolario, poseía tremenda relevancia por cuanto permitía a Lavoisier avanzar
hacia conclusiones definitivas acerca de la calcificación de metales y
reducción de cales: «El resultado obvio de estos experimentos es, en primer
lugar, que una cal metálica no es más que el propio metal combinado con aire
fijo; en segundo, que la reducción metálica consiste únicamente en el
desprendimiento del aire presente en las cales metálicas; y tercero, que el
aumento de peso[8] de los
metales obedece al aire fijo presente en la atmósfera».
Desde esta posición, Lavoisier descargó su primera andanada contra la línea de
flotación de la química stahliana basada en el flogisto: «Esta teoría atenta
contra la de Stahl, adoptada por la mayoría de químicos, una circunstancia que
aconsejaría cierta cautela; sin embargo, no he podido negar la evidencia; por
encima de todo, mis decisivos experimentos me han confirmado que es posible
reducir casi todos los metales sin el concurso del flogisto». El término
«decisivos», dado el verdadero estado del programa experimental de Lavoisier,
se antoja un tanto exagerado; una corrección al margen hace pensar que tal vez
fue más comedido al expresar este punto ante la Academia. Con todo, su
conclusión era de lo más audaz: «He llegado incluso a dudar de si lo que Stahl
denomina flogisto existe realmente, al menos en el sentido que él le da a la
palabra, y me parece que en todos y cada uno de los casos se podría sustituir
por términos como materia del fuego, luz o calor». Este enunciado, aunque por
sí solo no constituyese una revolución en toda regla, sí suponía desde luego un
ferviente gesto de rebeldía.
El 5 de mayo de 1773, dos semanas después de la presentación de su teoría,
Lavoisier pidió que se abriese en presencia de sus colegas académicos la plica
que había depositado en noviembre del año anterior, y así se hizo. No está
claro por qué sintió la necesidad de hacerlo en ese preciso momento. El
secretario de la Academia señaló: «El autor ha solicitado que se deje
constancia de la fecha». El motivo, pues, debió de ser la preocupación por la
primacía, aunque no parece que hubiese ningún otro científico pisándole los
talones. Tal vez se temía que, al haber expuesto su teoría con tanta claridad,
otros químicos empezarían a experimentar en la misma dirección (y quizá con más
éxito del que él había obtenido hasta entonces). O tal vez pensase,
simplemente, que una vez desvelada la teoría, ya no había ningún motivo
particular para seguir manteniendo en secreto la nota depositada en noviembre.
Al enmarcar su ponencia de abril entre esos dos paréntesis (el depósito de la
nota y su posterior apertura), Lavoisier había reivindicado su autoría del
mejor modo posible, pero también era el único que sabía el enorme camino que le
faltaba por recorrer para justificarla. En un primer momento, Benjamín
Franklin, cuyas investigaciones sobre electricidad en la década anterior lo
habían convertido en una celebridad científica a nivel internacional, acogió
con recelo las tesis de Lavoisier, tal y como se desprende de una carta que
remitió al académico Jean-Baptiste Le Roy: «Me gustaría oír en qué se sustenta
la teoría de Lavoisier, pues me figuro que va a levantar polémica». Es posible
que la reserva de Franklin no llegase a oídos de Lavoisier, pero lo que éste sí
sabía era que el estadounidense gozaba de un enorme predicamento en la
comunidad científica, tal vez más que nadie, razón por la cual, en los años
venideros, tanto él como su esposa hicieron todo lo posible por ganárselo para
su causa.
Lavoisier había apostado fuerte, como suele hacer la gente cuando sabe que
tiene razón, independientemente de que tenga o no cómo demostrarlo. Esa gente
también suele equivocarse, pero la intuición de Lavoisier era sólida, y en el
verano y el otoño de 1773 logró reunir pruebas que efectivamente la
sustentaban. Por prematuro que fuese el anuncio de su teoría en abril, lo
cierto es que le dio espacio para respirar. Además, los fabricantes le
hicieron, por fin, entrega de los diversos instrumentos de laboratorio que
había diseñado. En el verano de 1773 pudo poner en juego una versión nueva, y
mucho más fiable, del aparato de Hales, que ahora se conectaba a un horno y a
una retorta, ambos a prueba de rajaduras y fugas. También modificó un instrumento
ya existente llamado areómetro para lograr mediciones más precisas de la
densidad de los fluidos. Y trató por todos los medios de aumentar la precisión
de su balanza, sin escatimar en gastos. Con el tiempo conseguiría mediciones
con una exactitud de uno entre cuatro mil.
Los «experimentos teóricos» de calcinación y reducción de metales en los que
Lavoisier había basado la teoría anunciada el 21 de abril eran asimismo
«experimentos de balance», basados en el principio de conservación de la masa
y, por tanto, dependientes de una medición exacta del peso y volumen de los
materiales utilizados, antes y después de los procedimientos. A lo largo del
verano de 1773 Lavoisier se afanó en trasladar esos experimentos desde el plano
mental al material; a finales del verano, los balances que con tanto esmero
llevaba empezaron a cuadrar.
En el terreno teórico, sin embargo, se sentía frustrado. En abril de 1773 había
manifestado su confianza en que el aire contenido en los cuerpos, al que con
frecuencia se refería como «fluido elástico», serviría para aclarar un amplio
abanico de reacciones químicas que en el modelo teórico de Stahl se explicaban
con el flogisto. Pero las pruebas terminantes no aparecían. Lavoisier se
imaginaba su fluido elástico como un componente del aire atmosférico (lo cual
era cierto), pero al mismo tiempo porfiaba erróneamente en concebirlo como
sustancia simple (igual que tantos otros antes que él). En realidad, sus
experimentos unas veces producían anhídrido de carbono y otras, oxígeno y otros
gases, y Lavoisier no lograba conciliar esa disparidad de resultados con la
elegante sencillez de su teoría.
Como respuesta a estas dificultades, siguió perfeccionando sus métodos
experimentales al tiempo que atenuaba un tanto su posición teórica. Parece
asimismo probable que algunos académicos más veteranos le aconsejasen un poco
de cautela en el plano teórico. El flogisto era un ingrediente fundamental de
la química vigente y los científicos de más avanzada edad no estarían
dispuestos a desecharlo así como así.
No obstante, en julio de 1773, Lavoisier empezó a presentar nuevos artículos a
la Academia, conclusiones derivadas del programa de experimentos en que seguía
embarcado, y la buena acogida lo animó a recopilarlos en forma de libro. En
agosto ya tenía listo un borrador de la obra en cuestión. Posteriormente, ese
mismo mes, Trudaine de Montigny (tan perspicaz como siempre pese a su condición
de mero aficionado) le recomendó ciertos experimentos de calcinación de metales
que probablemente le hubiesen brindado una comprensión más sólida de la
naturaleza del aire fijo. Pero Lavoisier, que tenía prisa por terminar su
tratado, no los llevó a cabo de inmediato. En cambio, sí que se las arregló
para consignar todos los experimentos realizados desde febrero en el texto que
estaba escribiendo.
El 7 de agosto de 1773 hizo entrega a la Academia del borrador de Opuscules
physiques et chimiques para que se lo revisasen antes de darlo a
imprenta. Uno de los dos científicos designados para examinar el manuscrito era
Jean-Baptiste LeRoy, el destinatario de la escéptica misiva de Benjamín
Franklin. Mes y medio después, el 25 de septiembre, Le Roy se reunió con
Trudaine, Macquer y Louis-Claude Cadet para verificar los principales
experimentos recogidos en el tratado de Lavoisier. Parece ser que el tenor del
encuentro fue bastante pericial, pues el grupo pasó varios días en el
laboratorio de Lavoisier, a menudo modificando las tácticas de los experimentos
efectuados por el químico. Ahora que Trudaine se hallaba presente, se pusieron
en práctica varias de las mejoras que había sugerido. Los científicos captaron
y midieron el aire liberado en la reducción del minio, y dejaron demostrado que
apagaba velas, mataba a los gorriones y precipitaba el agua de cal[9] (efectos
todos ellos que se sabía estaban relacionados con un mismo tipo de aire fijo,
en realidad, anhídrido carbónico). Una prueba muy sencilla determinó que el
«aire de la respiración» (o sea, el anhídrido carbónico derivado del proceso
respiratorio) precipitaba el agua de cal, mientras que el aire atmosférico no.
Espoleado por la colaboración, Lavoisier siguió realizando experimentos de
calcinación hasta que, ya en octubre, sacó finalmente la conclusión de que
«todo el aire que respiramos no es apropiado para combinaciones con cales
metálicas, pero en la atmósfera existe un fluido elástico particular mezclado
con el aire, y es justo en el momento en que se agota la cantidad de
este fluido encerrada en la campana cuando se detiene la calcinación».
Ahí tenía Lavoisier una explicación prometedora de las interrupciones de la
calcinación de plomo que tanto lo habían frustrado unos meses antes. Estaba
describiendo la combinación del oxígeno extraído del aire atmosférico con la
cal metálica, aunque por el momento no fuese capaz de definirla.
La comisión académica se pronunció acerca de los Opuscules physiques et
chimiques de Lavoisier en diciembre de 1773, señalando que el químico
había «supeditado todos sus resultados a mediciones, cálculos y a la balanza:
un método riguroso que, por suerte para el progreso de la química, empieza a
ser indispensable para la práctica de esta ciencia». Los comisarios también se
preocuparon de ensalzar su mesura: «Monsieur Lavoisier, lejos de perorar más de
la cuenta sobre sus convicciones, se contenta con exponerlas sucintamente, con
toda la reserva que caracteriza a los físicos ilustrados y juiciosos».
Lavoisier, en efecto, había recogido velas considerablemente desde el mes de
abril. El proceso de aprobación de la Academia había reforzado su creencia de
que cuantos más datos hubiese que pareciesen contradecir las ideas generalmente
aceptadas y los conocimientos vigentes, tanto más necesario sería confirmarlos
mediante pruebas irrefutables. Si en primavera se había mostrado más ambicioso
de la cuenta, en los Opuscules se cuidó de no traspasar los
límites de lo verdaderamente demostrable. Hasta el diminutivo del título indica
lo modesto del propósito perseguido. Esos breves ensayos no eran sino un
preludio a la magna obra que tenía en mente. Con todo, se aplicó con vigor a la
difusión del libro, tanto en Francia como en el extranjero. Envió los Opuscules a
la Royal Society de Londres, a sabiendas de que así llegarían a manos de Joseph
Priestley, y a la Royal Society de Edimburgo, con una copia adicional
especialmente destinada a Joseph Black.
Las cartas adjuntas rendían un respetuoso homenaje a la labor que sus
precursores habían desarrollado en materia del aire fijo. Los paquetes, en
conjunto, definían el nuevo rumbo que habría de tomar la investigación química.
La publicación de los Opuscules, más que dar el pistoletazo de
salida de la carrera en pos del oxígeno, trazó la pista de dicha carrera, cuya
línea de meta nadie alcanzaba a divisar aún.
El libro se dividía en dos partes; en la segunda Lavoisier detallaba sus
experimentos, con minuciosas ilustraciones —obra de su esposa— de los aparatos
y de los procesos. Los resultados bastaban para apuntalar su hipótesis de que
«una especie de fluido elástico contenido en el aire» era la sustancia fija en
los cuerpos, pero no aventuraba mucho más: poco más podía aventurar sin dejar
de pisar terreno firme. En la primera parte, de casi doscientas páginas, el
químico hacía un recorrido histórico por todas las investigaciones sobre aire
fijo realizadas hasta la fecha, un repaso compendiado y redactado durante
aquellos frenéticos meses de 1773 en que también se esforzaba por llevar a cabo
el máximo número de experimentos posible.
Aunque Lavoisier estaba familiarizado con el análisis del aire de Hales, no
podía decir lo mismo de los avances logrados por Priestley y Black. Pero sabía
que era crucial llegar a dominarlos. De hecho, muchos de los experimentos de su
programa de 1773 estaban inspirados en los que ya había llevado a cabo Black
para demostrar el comportamiento del aire al pasar de álcalis a tierras
calcáreas y al combinarse con ácidos. Los logros de Priestley eran objeto de un
tratamiento aún más detallado en ese «Précis historique» con que se
abrían los Opuscules. El resumen histórico de Lavoisier tenía el
suficiente calado histórico como para incluir un análisis de las ideas de
Paracelso y Van Helmont.
Paracelso había reparado en un fluido elástico que se liberaba en el curso de
la combustión y la fermentación, y al que había denominado «espíritu silvano».
Van Helmont, siguiendo como de costumbre los pasos de Paracelso, acuñó el
término gas para designarlo y descubrió que algunos gases
ardían y otros no. Robert Boyle determinó que los gases constituían un grupo de
sustancias tan importantes como los sólidos o los líquidos, y se valió de una
versión primitiva de la cuba neumática para retenerlos. Sin saber lo que era,
consiguió capturar una cantidad de hidrógeno procedente de la acción de ácido
sulfúrico sobre clavos. En 1674, John Mayow, uno de los alumnos de Boyle,
liberó oxígeno al calentar nitrato de potasio al vacío: un siglo entero antes
de que nadie estuviese en condiciones de definirlo.
* *
* *
En
1774, esas condiciones comenzaron a darse rápidamente, y así lo intuyeron otros
científicos además de Lavoisier. Pierre Bayen, como farmacéutico militar que
era, estaba acostumbrado a elaborar diversos óxidos de mercurio (cales) para
uso práctico. Tras observar que sus óxidos de mercurio perdían peso al tiempo
que desprendían un gas, se valió de la teoría del fijado que Lavoisier
formulaba en sus Opuscules para explicar el fenómeno, y llegó
al extremo de declarar que ponía en entredicho la mismísima noción de flogisto.
Hasta entonces se creía que al fundir metales de manera convencional, el
flogisto se transfería del carbón al metal; Bayen descubrió que podía reducirse
óxido de mercurio sin carbón, lo que parecía invalidar el concepto del
flogisto.
Entre dos químicos de la Academia, Antoine Baumé y Cadet, se desató una pequeña
controversia: el primero sostenía que era imposible reducir mercurius
calcinatus a mercurio sin el flogisto derivado del carbón, y el
segundo, que sí era posible. Lavoisier fue uno de los integrantes del comité
encargado de dirimir la cuestión mediante un experimento. Baumé, irritado,
boicoteó el evento, que terminó dando la razón a Cadet. El gas liberado en la
reducción de mercurius calcinatus sin carbón era oxígeno puro,
pero ni Lavoisier ni ninguno de los presentes lo diferenciaron del aire fijo o
fluido elástico resultante de otras reacciones.
Al otro lado del canal de la Mancha, en agosto de ese mismo año, Joseph
Priestley se fijó en que el gas resultante de la reducción de mercurius
calcinatusera de una naturaleza opuesta a la del aire fijo: «Una vela ardía
en ese aire con una llama de extraordinaria viveza […] No tenía ni la más
remota idea del porqué». Había una manera algo más fácil de producir óxido de
mercurio que por calcinación: el método alternativo consistía en disolver
mercurio en ácido nítrico y después reducirlo a sal mediante técnicas que en
ocasiones introducían impurezas. Así pues, cuando Priestley repitió su
desconcertante experimento varias veces con el mismo resultado, empezó a dudar
de la calidad de la muestra. En octubre de 1774, aprovechando una visita a
París, le compró a Cadet una onza de mercurius calcinatus «cuya
autenticidad estaba fuera de toda sospecha». Quien presentó a los dos químicos
fue el dinámico Magalhães.
Priestley fue agasajado por los químicos franceses y asistió a una cena
en diezLavoisier. Seis años después recordaría (con cierta
insinuación velada) haber hecho mención de su singular descubrimiento a los
presentes: «Les dije que se trataba de una especie de aire en el cual una vela
ardía mucho mejor que en el aire común, pero al que todavía 110 había puesto
nombre. Todo el mundo, incluidos el señor y la señor Lavoisier, manifestaron
una enorme sorpresa». Sin duda Lavoisier se daría cabezazos contra la pared por
110 haber investigado el aire resultante del mismo experimento que acababa de
realizar para zanjar la disputa entre Baumé y Cadet.
Al volver a Inglaterra Priestley se puso a trabajar con el mercurius
calcinatus que había conseguido de manos de Cadet. Los experimentos
que realizó con animales produjeron un resultado insólito: Priestley descubrió
que un ratón sobrevivía en el nuevo gas el doble de tiempo que en la misma
cantidad de aire atmosférico. Eso le animó a inhalar un poco por medio de un
sifón. «Durante un rato tuve la sensación de que el pecho se me aligeraba y
respiraba con mayor facilidad. Quién sabe si, con el tiempo, este aire puro no
terminará convirtiéndose en un solicitado artículo de lujo. Por ahora, sólo dos
ratones y yo hemos tenido el privilegio de respirarlo». Priestley había
respirado oxígeno puro, pero decidió llamarlo «aire deflogistizado», por
entender que era una pérdida de flogisto lo que lo hacía superior al aire
normal. La teoría no era su fuerte: el inglés no paró mientes en que una
pérdida de flogisto no lo habría tornado más susceptible a la combustión que el
aire atmosférico, fenómeno que él mismo había percibido.
* *
* *
Unos
pocos años antes de que Priestley y Lavoisier aislasen oxígeno, el sueco Carl
Wilhelm Scheele ya había hecho lo propio a partir de diversos óxidos. Scheele
tenía que arreglárselas con las existencias de su farmacia de Estocolmo, que no
estaba, ni mucho menos, tan bien surtida como el laboratorio de Lavoisier en el
Arsenal, pero que, así y todo, le deparaba resultados interesantes. El sueco
obtenía el nuevo gas a base de calentar productos como óxido de manganeso,
carbonato de plata y nitrato potásico, pero su precario instrumental limitaba
sus logros. Con todo, en materia de aislamiento de oxígeno (en «una bolsa de
aire vacía») procedente de mercurius calcinatus reducido, les
llevaba dos años de ventaja a Priestley y Lavoisier. El farmacéutico decidió
bautizar al nuevo gas como «aire de fuego» y, si bien identificó sus
propiedades con exactitud, las explicó en los mismos términos que el flogisto.
Pese a la distancia y a la diferencia idiomática, Lavoisier tenía algunas
noticias del trabajo de Scheele gracias a la correspondencia que mantenían el
químico francés Macquer y el catedrático sueco Torbern Olof Bergman, que
compraba sus materiales químicos en la farmacia de Scheele. En abril de 1774
Lavoisier envió dos copias de los Opuscules a la Academia de
las Ciencias de Estocolmo con una nota adjunta en la que pedía hiciesen llegar
una de ellas a Scheele, con sus saludos. El 30 de septiembre de ese año,
Scheele respondió a Lavoisier ofreciéndole su propio programa de investigación en
bandeja, por así decirlo, aunque en forma de una breve carta manuscrita y no de
tratado impreso e ilustrado. Puede que a Scheele le resultase fatigoso escribir
en francés; la barrera del idioma era un obstáculo que generalmente impedía la
difusión de los descubrimientos científicos desde Suecia al resto de Europa.
Sin embargo, el farmacéutico consiguió expresarse con bastante claridad:
Muy
señor mío,
He recibido de manos del secretario Wargentin un libro que, según me dice, ha
tenido usted la bondad de enviarme. Aunque no tengo el honor de conocerlo, me
tomo la libertad de darle humildemente las gracias. Nada deseo con más ardor
que mostrarle mi gratitud. Hacía mucho tiempo que deseaba leer una compilación
de todos los experimentos realizados en Inglaterra y Alemania con toda clase de
aires. Usted no sólo ha satisfecho ese deseo sino que, asimismo, con sus nuevos
experimentos, ha brindado a los estudiosos una valiosísima oportunidad para
mejor examinar en lo sucesivo el fuego y la calcinación de metales. Llevo
varios años experimentando con diversos tipos de aire, y también he dedicado
mucho tiempo a averiguar las singulares cualidades del fuego, pero nunca he
sido capaz de producir aire normal a partir del aire fijo: lo he intentado
varias veces, al uso del señor Priestley, con una mezcla de limaduras de
hierro, azufre y agua, pero nunca he tenido éxito por cuanto el aire fijo
siempre se ha unido al hierro y lo ha hecho soluble al agua. Tal vez usted
tampoco sepa cómo lograrlo. Dado que no dispongo de una lente de quemar de
grandes dimensiones, le ruego lo intente con la suya del siguiente modo:
disuelva un poco de plata en ácido nítrico y precipite la mezcla con tártaro,
lave este precipitado, séquelo y redúzcalo con la lente de quemar del aparato
que aparece en la ilustración 8,[10]pero dado que
el aire en esas campanas es de tal naturaleza que mata a los animales, y que
una parte del aire fijo se desprende de la plata en la citada operación, deberá
añadir un poco de cal viva al agua donde ha colocado la campana para que el
aire fijo se una con más rapidez a la cal. Espero que así pueda ver cuánto aire
se produce durante esa reducción y si una vela consigue mantenerse encendida y
los animales pueden vivir en él. Le quedaré infinitamente agradecido si me
informa del resultado de ese experimento. Me cabe el honor de ser siempre y con
gran estima
Su
más seguro servidor,
C. W. Scheele
Fue
así como Scheele brindó a Lavoisier un procedimiento excelente para aislar
oxígeno, procedimiento que él mismo, dado lo mal equipado de su laboratorio, no
podía ejecutar. Ahí tenía Lavoisier el primer e ilustrativo ejemplo de cómo el
arsenal tecnológico que con tanto esfuerzo había acumulado podía otorgarle
muchos cuerpos de ventaja en la carrera investigadora. Nunca respondió a
Scheele (probablemente deseara no haber recibido su carta) y tampoco hay
indicios de que llegase a realizar jamás el experimento detallado por el sueco.
Seguramente pensó que si lo hacía y le reportaba un descubrimiento importante,
habría sido gracias a las instrucciones de otro.
En lugar de eso, Lavoisier retomó los experimentos con mercurius
calcinatus. En este terreno Priestley tenía derecho a reivindicar su
primacía, como más adelante haría con cierta garra. Un conocedor de la química
neumática a ambos lados del Canal, el francés Edmond C. Genet, preguntó a
Lavoisier por la semejanza de su trabajo con el de Priestley. Lavoisier se rio
(no ha quedado constancia de con cuantas ganas) y le dio una respuesta tan
ocurrente como precisa: «Amigo mío, ya sabe usted que unos levantan la liebre y
otros la cazan».
Lavoisier debía de sentirse más seguro con los experimentos de mercurius
calcinatus que con el que le había propuesto Scheele; a fin de
cuentas, ya los había observado al arbitrar la polémica entre Baumé y Cadet,
antes de haber oído a Priestley decir nada sobre el tema. Lo que el inglés
reveló en la famosa cena (efectivamente, cuando uno está entre amigos cuesta
mucho morderse la lengua) era que el gas producido en ausencia de carbón era
diferente del habitual aire fijo.
Sea como fuere, Lavoisier reanudó los experimentos con mercurio calcinado en
noviembre de 1774, y a Finales de marzo del 1775, los resultados obtenidos se
le antojaron lo bastante relevantes como para guardarlos en un sobre lacrado
que depositó en la Academia de las Ciencias. Los experimentos definitivos
con mercurius calcinatus establecían una clara distinción entre
el anhídrido carbónico y el oxígeno en función de sus respectivas
características, aunque ninguna de las dos sustancias hubiese recibido aún
tales nombres. Quedó demostrado que el gas producido al reducir mercurius
calcinatus con carbón se disolvía en agua, precipitaba agua de cal,
apagaba las llamas de las velas y ahogaba ratones y pájaros; se trataba de
anhídrido carbónico: el aire fijo descrito, entre otros, por Black y Priestley.
Cuando el mercurio calcinado se reducía en ausencia de carbón, el gas resultante
alimentaba las llamas y permitía la respiración animal, pero no se combinaba
con el agua ni precipitaba agua de cal; era el «aire deflogistizado» de
Priestley, o el «aire de fuego» de Scheele.
Lavoisier todavía no sabía qué nombre ponerle al misterioso gas, pero le
gustaba. «Hemos hecho dos veces el experimento de la llama», escribió. «Es muy
hermoso; la llama es mucho mayor, mucho más luminosa y mucho más bella que la
del aire común, aunque el color es el mismo que el de la llama ordinaria». A veces
se refería a él como «aire eminentemente respirable». Cuando el 26 de abril,
día de Pascua, la Academia reabrió sus puertas, allí estaba Lavoisier para
anunciar que «el principio que se une a los metales durante su calcinación y
que aumenta su peso y los convierte en cal, no es ninguno de los componentes
del aire ni tampoco un ácido particular que se halle esparcido por la
atmósfera: es el aire propiamente dicho, íntegro, sin alteración ni
descomposición». En ese sentido, Lavoisier se equivocaba: aún no había caído en
la cuenta de que su «aire eminentemente respirable» sí era «uno de los
componentes» del aire atmosférico, y no la totalidad del mismo. Pero en el
curso de la misma charla también afirmó que el nuevo gas era «más puro y más
respirable […] que el aire de la atmósfera, y más apropiado para la ignición y
combustión de cuerpos». Y su descripción del nuevo gas aportó la mitad de la
frase con que finalmente habría de anunciar el descubrimiento del oxígeno: «le
principe_______». Sólo le faltaba rellenar ese espacio en blanco con un
término adecuado.
* *
* *
Basta
con decir que el descubrimiento del oxígeno no fue un acontecimiento definido
con tanta nitidez y luminosidad como, por ejemplo, un rayo impactando en una
cometa. Lavoisier era un joven ambicioso y estaba más que dispuesto a pasar por
encima de sus colegas y competidores con tal de alcanzar su objetivo. En 1775
se hallaba rodeado de rivales contrariados, no sólo Priestley (que ya había
empezado a refunfuñar) sino también Bayen, que en febrero de ese año aisló
oxígeno y anhídrido carbónico en reducciones de mercurius calcinatus, pero se
mostró mucho menos lúcido que Lavoisier a la hora de discernir las diferencias
entre ambos gases. Fastidiado por el hecho de que Lavoisier se hubiese
atribuido todo el mérito de la interpretación de esos experimentos, Bayen
encontró y publicó un libro escrito siglo y medio antes por Jean Rey que
sorprendentemente predecía que el aumento de peso de los metales calcinados era
consecuencia de la fijación de aire. Esta maniobra desató un debate que duraría
varios años, aunque, en última instancia, la primacía de Lavoisier como
descubridor del oxígeno por encima de todos sus colegas no se vería seriamente
cuestionada.
Cari Wilhelm Scheele era una persona mucho menos ambiciosa y mucho más modesta
que la mayoría de esos químicos. Quizás la humildad que trasluce la reveladora
carta que escribió a Lavoisier no era pura retórica, o quizás consideraba que
su posición era demasiado endeble como para apuntarse un mérito que podría
haberle correspondido perfectamente. En 1771 Scheele ya había aislado oxígeno
—el «aire de fuego»— y ya había descrito todas sus propiedades antes que
Lavoisier o ningún otro, pero no publicó su Tratado sobre el fuego y el
aire hasta 1777, y ni siquiera entonces reclamó para sí la primacía
del descubrimiento. Para esas fechas la reivindicación de Lavoisier era
prácticamente incontestable.
La charla que nuestro químico dio ante la Academia en abril de 1775 salió
publicada al mes siguiente con el título de «Sobre la naturaleza del principio
que se combina con los metales durante las calcinaciones y que aumenta su peso»
y suscitó una mordaz respuesta por parte de Priestley:
Tras
dejar París, donde obtuve el susodicho mercurius calcinatus y comenté los
experimentos que había hecho y que pretendía hacer con él, [Lavoisier] inició
sus experimentos con la misma sustancia y no tardó en encontrar lo que he
denominado «aire deflogistizado», aunque sin investigar su naturaleza ni, de
hecho, ser plenamente consciente de su grado de pureza. Y aunque afirma que
parece ser más apropiado para la respiración que el aire común, no dice haber
hecho prueba alguna para determinar cuánto podría vivir un animal en dicho
aire. Así pues, ha deducido, como yo mismo hice, que esa sustancia, durante el
proceso de calcinación, absorbe aire atmosférico, no parcial sino totalmente. Y
esta conclusión la hace extensiva, a mi entender sin fundamento empírico
alguno, a todas las cales metálicas al afirmar que, muy probablemente, todas
ellas, en el caso de que pudiesen, como el mercurius calcinatus, reducirse sin
adición alguna, sólo producirían aire común.
La
postura de Lavoisier hacia Priestley era un tanto contradictoria, lo cual es
comprensible. Si bien es verdad que en cierta ocasión había calificado la obra
del inglés como «una trama de experimentos prácticamente ininterrumpida por
razonamiento alguno», también sabía hacer comentarios más generosos: «Confieso
que a menudo las ideas del señor Priestley me merecen más confianza que las
mías». En 1772, al compendiar toda la labor investigadora que había conducido
al descubrimiento del oxígeno, Lavoisier reconoció lo siguiente: «Algunos de
los experimentos contenidos en esta memoria no son en absoluto de mi cosecha;
puede incluso que, en un sentido estricto, corresponda al señor Priestley el
mérito de haberlos concebido antes que nadie; pero, teniendo en cuenta que los
mismos hechos nos han llevado a conclusiones diametralmente opuestas, espero
que si alguien me acusa de haber tomado prestadas pruebas de la obra de este
célebre físico, al menos nadie me discuta la autoría de mis conclusiones». Es
evidente que la sintaxis de Lavoisier se va haciendo menos tortuosa conforme la
frase se acerca a un terreno más firme: lo que con más brío reivindicaba era la
primacía en la interpretación de los fenómenos observados.
Pero la crítica de Priestley al artículo de 1775 llamó la atención sobre un
defecto de la interpretación de Lavoisier; en realidad, las cales metálicas
«absorbían aire atmosférico» no total sino parcialmente. Lavoisier se pasó
otros tres años lidiando con ese problema. Llevó a cabo estudios que demostraron
que la respiración sustituía gradualmente su «aire eminentemente respirable»
(oxígeno) por aire fijo (anhídrido carbónico). Un examen más detenido de la
calcinación de mercurio sin carbón puso de manifiesto la existencia de un
tercer gas que persistía aun cuando la cal ya había absorbido el oxígeno: se
trataba del nitrógeno, que Lavoisier denominó «mofeta». Lavoisier añadió este
experimento a su balance de cuentas: por fin estaba en condiciones de igualar
el aumento de peso de la cal con la pérdida de peso del aire. La operación
inversa también se cumplía; cuando calentó la cal que había fabricado para
refinar el mercurio, el peso del gas liberado (su aire eminentemente
respirable) resultó ser equivalente al peso perdido por la cal. Por último, al
combinar aire eminentemente respirable con mofeta, logró reproducir aire
atmosférico normal y corriente. El análisis y síntesis del aire (que Scheele
había mencionado con nostalgia) era, pues, una realidad. «He aquí», escribió
Lavoisier, «la demostración más completa que se pueda realizar en química: la
descomposición del aire y su recomposición».
Se trataba, efectivamente, de un enorme paso adelante. Pero el logro más
radical surgiría de lo que en un principio parecía una vía secundaria. Siempre
que Lavoisier se sentía frustrado ante las dificultades teóricas, tendía a
desplazar su atención hacia experimentos rigurosamente definidos cuya finalidad
también estaba rigurosamente delimitada. En esta ocasión se concentró en un
examen concienzudo del papel del aire en la formación de ácidos. En abril de
1777 dio a conocer los resultados de unos experimentos con ácido nitroso (no
era casualidad que dicha sustancia fuese uno de los ingredientes fundamentales
del salitre usado en la fabricación de pólvora). Lavoisier disolvió mercurio en
ácido nitroso, calentó la sal resultante y retuvo los gases y líquidos
liberados. Cuando redujo nitrato de mercurio, obtuvo agua, mofeta (nitrógeno) y
aire eminentemente respirable. El peso del mercurio refinado resultó ser igual
al del mercurio en el momento de iniciar el experimento.
Lavoisier también consiguió demostrar que su aire eminentemente respirable era
un componente del ácido carbónico, del vitriólico y del oxálico, entre otros.
El 5 de septiembre de 1777 presentó un escrito ante la Academia en el que
sostenía que el principio que combinaba con metales para formar cales también
era un principio acidificante universal. En esta ocasión, dedicaba un párrafo
entero a aclarar su terminología: «En lo sucesivo me referiré al aire
deflogistizado o aire eminentemente respirable en estado de combinación y
fijeza con el nombre de principio acidificante, o si se prefiere el vocablo
griego de idéntico significado, con el de le principe oxygene. Esta
denominación […] aportará un mayor rigor a mi expresión y evitará las
ambigüedades en las que uno constantemente se arriesga a incurrir cuando
utiliza la palabra aire».
Al final resultó que lo que Lavoisier había descubierto era una palabra.
Oxi en griego significaba «ácido»; geno, «que genera o
produce». El uso del término principio acusa la influencia de
un punto de vista deudor de Paracelso, Boyle, Becher y, sobre todo, de Stahl,
para quien el flogisto era más un principio activo que un componente material
de las sustancias. Sin embargo, en el incipiente esquema de Lavoisier, el
oxígeno sí que formaba parte de la composición química, como ya lo entendiera
Rouelle en su adaptación de la teoría del flogisto. De momento, Lavoisier
consideraba que su aire eminentemente respirable era una combinación de oxígeno
y materia del fuego, aunque le preocupaba que esa noción no estableciese una
distinción lo bastante clara con el aire deflogistizado de Priestley. La idea
de Eller de que el aire podría ser una combinación de agua y materia del fuego
también persistía en el pensamiento de Lavoisier.
Esta primera teoría basada en el oxígeno adolecía de otros pequeños defectos
(el oxígeno es un componente de algunos ácidos pero no de todos, luego no podía
ser el principio acidificante universal que Lavoisier postulaba), pero le principe
oxygene era lo bastante sólido y cabal como para convertirse en una
especie de axioma del que se derivaría el resto de lo que no tardaría en
conocerse como la «nueva química francesa». La teoría de los elementos que
Lavoisier llevaba años persiguiendo a tientas, desde aquel embrionario «sistema
de los elementos» que esbozara en su manuscrito de 1772, ya tenía, gracias al
oxígeno, una base firme sobre la que sustentarse.
A finales de la década de 1770, el laboratorio de Lavoisier en el Arsenal se
convirtió en escuela: no sólo en taller para la formación de químicos noveles
sino también en pujante centro de pensamiento. Jean-Baptiste Bucquet, que como
Lavoisier había estudiado química con Rouelle y con La Planche, acudía al
Arsenal para dar clases a estudiantes primerizos, entre los que se contaba la
propia Madame Lavoisier. Al morir Bucquet, ocupó su plaza Antoine-François de
Fourcroy. El clima de rivalidad anglo-francesa seguía muy crispado, y el
laboratorio de Lavoisier, claramente a la cabeza de la química francesa, ejercía
una atracción a nivel mundial. A pesar de que Lavoisier estaba atareadísimo con
las dos actividades profesionales completamente diferentes entre sí que
desarrollaba al mismo tiempo —economía y recaudación tributaria—, todos los
días pasaba unas horas en el laboratorio, y un día a la semana lo dedicaba por
entero a hacer experimentos, por lo general en presencia de invitados. Como por
aquel entonces la residencia privada de los Lavoisier se hallaba en el mismo
edificio del Arsenal, Madame Lavoisier aprovechaba para celebrar reuniones de
sociedad como complemento al programa de experimentos y demostraciones de su
marido, y su salón de dibujo se convirtió en frecuente punto de reunión para
los científicos más ilustres del viejo continente, aunque el más célebre de
los habitúes seguramente fuese el embajador estadounidense en
Francia, Benjamín Franklin.
Desde el año 1773 Lavoisier venía colaborando esporádicamente con un joven
miembro de la Academia de las Ciencias llamado Pierre-Simon de Laplace. En la
actualidad el nombre de Laplace se asocia principalmente a las matemáticas,
pero el joven tenía un don para el diseño de instrumentos científicos que a
Lavoisier le fue de gran utilidad. En 1782 el químico solicitó su ayuda para
una serie de experimentos con los que pretendía poner a prueba la hipótesis de
que la respiración era un tipo de combustión que producía calor, o más
exactamente, que descomponía aire eminentemente respirable para liberar su
materia del fuego.
Para entonces, sin embargo, Lavoisier ya había empezado a dejar de lado
expresiones como «materia del fuego» y «fluido ígneo». Ese era el tipo de
lenguaje empleado por Marat en su espuria interpretación de los experimentos
que Lavoisier había contribuido a desacreditar en 1779 (aunque las teorías de
Marat eran demasiado fantásticas como para que pudieran hacerle ningún tipo de
competencia, Lavoisier se había asegurado de demolerlas de todas maneras). En
busca de nuevos términos despojados del regusto rancio del vocabulario
alquímico, Lavoisier empezó a sustituir la expresión «materia del fuego» por la
palabra calórico. Calórico, al menos, sonaba a
elemento concreto —como oxígeno— y por aquel entonces Lavoisier pensaba que lo
era.
De ahí el nombre del nuevo instrumento que Lavoisier y Laplace diseñaron al
alimón: el «calorímetro de hielo». Para entonces Lavoisier ya estaba más que
versado en la teoría del calor latente de Joseph Black, una de las fuentes de
inspiración del nuevo aparato. El recipiente interno del calorímetro de hielo
estaba alojado en medio de dos recipientes externos, ambos repletos de hielo.
El anillo medio estaba aislado del exterior por el hielo del recipiente
externo. El calor resultante de la reacción en el recipiente interno (ya se
tratase de combustión, mezcla o respiración) se medía en función del volumen de
hielo derretido que perdía el anillo medio.
Los experimentos con el calorímetro de hielo realizados en el invierno de
1782-83 refrendaron la idea de que la respiración era una forma de combustión.
Laplace y Lavoisier consiguieron demostrar que tanto el carbón ardiendo como
las cobayas vivas consumían oxígeno y producían aire fijo (anhídrido carbónico)
al tiempo que irradiaban calor, calculado a partir del volumen de hielo
derretido. En junio de 1783 presentaron ante la Academia la memoria de este
programa experimental. La obra, titulada «Memoria sobre el calor», tendría a la
larga su importancia como paso hacia la dilucidación de los mecanismos
homeotérmicos de los mamíferos, y, en un plano más general, como formulación de
técnicas calorimétricas que con el tiempo resultarían relevantes tanto para la
química como para la física. No obstante, lo que a Lavoisier más le interesaba
era dar con la manera de medir el calórico, o fuego fijo.
A resultas de todos esos múltiples y diferentes experimentos con varias
sustancias y en numerosas situaciones, Lavoisier estaba llegando a la
conclusión de que la calcinación, la respiración y la combustión no eran sino
variaciones de un mismo proceso químico de consumición de oxígeno. El oxígeno
era el elemento irreductible descubierto al descomponer el aire. Lavoisier
trató de descubrir algo análogo en la descomposición de otro de los cuatro
elementos aristotélicos. Si un componente del aire podía fijarse en los
cuerpos, ¿por qué no podría hacer otro tanto un componente del fuego? «Me
preguntarán, naturalmente, qué quiero decir con el término materia del fuego.
Yo les respondo, en conformidad con Franklin, Boerhaave y una serie de
filósofos de la antigüedad, que la materia del fuego o luz es un fluido muy
sutil y muy elástico que envuelve todos los rincones del planeta en que
habitamos, que penetra con mayor o menor facilidad todos los cuerpos, y que
tiende, en estado libre, a distribuirse de manera uniforme por todas las
cosas».
Esta hipótesis era una alternativa a la teoría del flogisto por cuanto no
obligaba a «suponer que existe materia del fuego ni flogisto en las sustancias
combustibles». El sistema de Stahl sostenía que los objetos ardientes perdían
flogisto (un material con peso), mientras que los metales refinados lo ganaban;
sin embargo, los metales calcinados perdían flogisto a la vez que ganaban peso.
Lavoisier se dedicó durante años a solventar esa contradicción. Ahora se sentía
lo bastante seguro como para anunciar que, si su explicación resultaba ser
cierta, haría «tambalearse a todo el sistema stahliano». Lo que menos gustaba a
Lavoisier de la doctrina de Stahl era que sus demostraciones caían
«inevitablemente en un círculo vicioso. Se ven obligadas a responder que los
cuerpos combustibles contienen materia del fuego porque arden, y que arden
porque contienen materia del fuego. Está claro que, a fin de cuentas, eso es
explicar la combustión mediante la combustión». El razonamiento circular era lo
primero que Lavoisier había censurado cuando comenzó a estudiar química.
La diferencia entre la arraigada doctrina de Stahl y la incipiente teoría de
Lavoisier seguía siendo un tanto difícil de apreciar. ¿Qué distinguía al
flogisto del calórico o materia del fuego de Lavoisier? A esas alturas la diferencia
tenía que ver con la ubicación; mientras que el flogisto se hallaba
supuestamente en los sólidos, la materia del fuego se hallaba en el aire y se
combinaba con sustancias para aumentar la elasticidad de estas (una de las
verdaderas propiedades del calor), reacción que transformaba los sólidos en
líquidos y los líquidos en vapor. Al concebir su materia del fuego como fluido,
Lavoisier daba por supuesto que era capaz de disolver varias sustancias de la
misma manera que el agua disuelve sales y los ácidos disuelven metales. La
nueva hipótesis, al postular que la combustión y la calcinación implicaban la
fijación de la «base de aire puro», acababa con la problemática proposición de
que los objetos quemados o calcinados perdían flogisto a la vez que aumentaban
ostensiblemente de peso. No obstante, Lavoisier era consciente de que las
pruebas en apoyo de este aspecto de su teoría todavía no eran indiscutibles.
Los experimentos con el calorímetro que realizó con Laplace iban encaminados a
establecer un método para aislar y cuantificar calórico, pero como el calor
(verdadero objeto de dichos experimentos) es una forma de energía menos
sustancial de lo que Lavoisier pensaba, el calórico en cierta medida le era
esquivo.
A comienzos del verano de 1783, Lavoisier y Laplace lograron llevar a buen
puerto un experimento mucho más decisivo: la síntesis del agua (H20).
El hidrógeno lo había descubierto el inglés Henry Cavendish en 1766; al igual
que el oxígeno, se trataba de un gas capaz de arder, y Cavendish lo bautizó
como «aire inflamable». Ya en el año 1774 Lavoisier había hecho experimentos
quemando hidrógeno, convencido de que la reacción fijaría aire. Sin embargo,
como ignoraba que dicha reacción producía agua, que era justamente lo que su
aparato utilizaba para atrapar los gases, los resultados le resultaban
incomprensibles.
Más adelante, tras dejar sentado que le principe oxygene era
el principio acidificante, Lavoisier dedujo que la combustión del hidrógeno
debería dar como resultado un ácido. Pues no. En 1781, Priestley, en
colaboración con su compatriota John Waltire, observaron que el hidrógeno, si
se quemaba y combinaba con aire atmosférico, dejaba húmedo el interior de la
redoma; para Priestley, sin embargo, el fenómeno demostraba que «el aire
inflamable [hidrógeno] no era sino flogisto». En 1783, Cavendish sintetizó agua
mediante un experimento similar y recurrió a una explicación inusitadamente
retorcida que también se basaba en el flogisto para dar cuenta del resultado.
En junio de 1783, Lavoisier y Laplace inyectaron chorros de hidrógeno y oxígeno
en una cuba neumática que usaba mercurio en lugar de agua para cerrar
herméticamente la campana; la innovación serviría para retener mejor los gases,
ambos hidrosolubles, y permitiría medir el líquido que ajuicio de ambos
científicos produciría el experimento. La substitución del agua por el mercurio
trataba de subsanar el defecto que había malogrado una anterior tentativa de
medición de la mezcla de hidrógeno y oxígeno a cargo de Lavoisier, quien a
estas alturas probablemente ya se esperase que el resultado sería agua. Laplace
y él quemaron la mezcla de ambos gases —guiándose por el brillo de la llama
para establecer la proporción correcta— y recogieron agua de la campana de
cristal cerrada con mercurio. Las consiguientes mediciones no fueron todo lo
precisas que cabía desear, pero Lavoisier se sintió lo bastante confiado como
para declarar, el 25 de junio, que «si quemamos un poco menos de dos partes de
aire inflamable acuoso y una parte de aire vital bajo una campana, suponiendo
que ambos sean totalmente puros, la suma total de los dos aires se absorberá y
en la superficie del mercurio nos encontraremos con una cantidad de agua de un
peso equivalente al de los dos aires empleados».
Por aquella época los hermanos Montgolfier experimentaban con globos de aire
caliente y el físico Jacques Charles les hacía la competencia con sus globos
rellenos de hidrógeno. Lavoisier se interesó por esas actividades aerostáticas
y de paso indagó diversos métodos de producción de hidrógeno en masa.
Jean-Baptiste Meusnier, un físico e ingeniero a quien Lavoisier había hecho
diversas consultas técnicas desde sus primeros estudios de la red de suministro
de agua de París, lo ayudó con la segunda de esas cuestiones.
En 1785 Lavoisier retomó los experimentos sobre la composición del agua. Con la
ayuda de Meusnier diseñó un par de instrumentos verdaderamente impresionantes:
dos gasómetros, cada uno de ellos conectado a una redoma de combustión. El
hidrógeno y el oxígeno, regulados sus volúmenes con toda precisión por los
gasómetros, afluían a la redoma, donde una chispa eléctrica les prendía fuego y
ambos se sintetizaban produciendo agua. El procedimiento contrario, el
análisis, resultaba no menos espectacular: el agua caía gota a gota en un
barril de hierro al rojo vivo, donde se descomponía en oxígeno e hidrógeno;
este último se acumulaba en una cuba neumática de agua. Como la finalidad del
método ideado por Meusnier y Lavoisier era producir hidrógeno para globos, el
oxígeno lo dejaban libre.
Lo que también era espectacular era el precio del instrumental empleado en los
experimentos.
El gasómetro de Lavoisier, dibujado por su esposa
Sólo
uno de los gasómetros costó el equivalente a 250 mil dólares del siglo XX.
Probablemente lo valiesen, pues eran aparatos increíblemente precisos, un
auténtico prodigio de eficacia, por no hablar de la belleza de su diseño y
factura: lo mejor de la incipiente Revolución Industrial. El apabullante
instrumental de Lavoisier contrastaba a más no poder con el del retraído y
mucho más modesto Scheele, que no tenía ni un triste cristal de quemar con que
corroborar su descubrimiento del oxígeno. Bastaba una demostración de la
envergadura del análisis y síntesis del agua realizados por Lavoisier para
apabullar al rival más pintado.
* *
* *
El
químico había tomado buena nota del valor de las presentaciones teatrales
durante aquellas demostraciones públicas, y en ocasiones explosivas, de
Rouelle, una lección que se vio reforzada cuando trabajó al aire libre en el
centro de París con las gigantescas lentes de Tschirnhausen. Bajo la atenta
mirada de un público formado por más de treinta científicos extranjeros, su
análisis y síntesis del agua resultaron, a su manera, un espectáculo tan
majestuoso como la visión de los globos de hidrógeno ascendiendo a las alturas
desde el Campo de Marte. El experimento causó el efecto deseado en un
observador inglés llamado Arthur Young, que haría el siguiente comentario: «Es
una máquina imponente. Cuando la alabé, el señor Lavoisier dijo, Mais
oui, Monsieur, et même par un artiste Français!, con un tono de voz que
reconocía la inferioridad en que por lo general se hallan con respecto a
nosotros».
Si lo que Lavoisier pretendía era ser sarcástico, podía permitírselo de sobra
puesto que el análisis y síntesis del agua proclamaba, de manera grandiosa, la
absoluta supremacía de su nación en lo que ya se conocía como la «nueva química
francesa». En cuanto a la conclusión científica, se podía enunciar en pocas
palabras: «El agua no es un elemento, sino un compuesto formado por dos
principios muy distintos: la base del aire vital y la base del gas hidrógeno,
combinados en una proporción aproximada de 85 y 15 respectivamente».
Con su trabajo con minerales y menas metálicas, con la descomposición y
recomposición del aire, y con el análisis y síntesis del agua, el químico había
hecho pedazos —literalmente— tres de los cuatro elementos aristotélicos. Con
esos descubrimientos, y con su incorporación, cada vez más sólida, a un sistema
teórico en expansión, Lavoisier cumplió con creces la promesa de revolucionar
la química que se había hecho a sí mismo diez años antes.
De los cuatro elementos clásicos, sólo se le resistía el fuego. Viéndolo en
retrospectiva, resulta lógico que no fuese capaz de echarle el guante. En 1785,
sin embargo, Lavoisier estaba totalmente dispuesto a desmantelar la teoría del
flogisto. De hecho, la mayor parte del trabajo experimental en pos de ese
objetivo ya estaba hecha. De ahí en adelante, el derrocamiento del flogisto
sería una labor política.
Capítulo 4
La revolución química
En
1788, David, el príncipe de la pintura neoclásica del XVIII, entregó un retrato
de cuerpo entero de Monsieur y Madame Lavoisier a sus clientes. A primera
vista, quien domina la escena es Madame Lavoisier.
Retrato del matrimonio Lavoisier, pintado por David
Monsieur
Antoine Lavoisier está, de hecho, ligeramente a la sombra de su esposa, con la
frente alta y la vista apartada de sus papeles, como si lo acabase de distraer
la llegada de Madame, que posa levemente su mano izquierda en el hombro de su
marido y acaricia con la otra el puño de encaje en torno a la diestra del
químico, la mano con estaba escribiendo y que ahora descansa, doblados los
nudillos, sobre el lujoso tapete rojo del escritorio. Lavoisier está vestido
con suntuosa sobriedad, totalmente de negro salvo el encaje blanco de rigor en
puños y gola, y la hebilla de plata en el zapato. A decir verdad, se diría que
está «haciendo una pierna», al estilo cortesano dieciochesco, pero de cintura
para arriba transmite una impresión de concentración intelectual apenas
quebrada que no tardará en recobrar.
El químico sólo tiene ojos para su esposa; ella es la única que vuelve la
mirada hacia el espectador: como si acabase de advertir nuestra presencia, que,
sin embargo, no la desconcierta en modo alguno. Su vestido, de sencilla
muselina blanca hasta los pies y ceñido con una banda azul, capta y fija la luz
procedente de la esquina superior izquierda del marco. La composición de David
descansa en su rostro, que, rebosante de placidez, nos mira a los ojos. Marie-Anne
Lavoisier tiene treinta y pocos años; el brillo de su primera juventud se ha
apagado un tanto, pero el suyo sigue siendo un semblante atractivo cuyos rasgos
manifiestan inteligencia, fuerza de voluntad y la paciencia necesaria para
hacer un uso tenaz de esas dos virtudes.
David era, entre otras cosas, un activo pintor de estampas teatrales; su
retrato de los Lavoisier, aunque en modo alguno resulta histriónico, semeja una
escena de teatro. La pareja ha sido captada en pleno movimiento, aunque sea un
movimiento calmo y contenido; la imagen es un fotograma congelado de un
matrimonio que ha subordinado su intimidad y afecto a las exigencias de un
consorcio intelectual. Marie-Anne se apoya con delicadeza en el hombro de
Antoine, en una pose hogareña y familiar, pero el gesto del brazo derecho,
extendido sobre la mesa, resulta más enérgico, como apuntalando la mano con que
su esposo sujeta la pluma. La otra mano de este se eleva en un ademán
interrogativo; tiene los labios ligeramente entreabiertos, como a punto a
hablar. Está mirando a su mujer en espera de apoyo, de consejo, de la respuesta
a una pregunta: de algo, en definitiva. Mientras él nos ignora, ella nos clava
los ojos con desdén. Da la impresión de que al cabo de un instante los dos
reanudarán su trabajo.
David captó a los Lavoisier en pleno apogeo: en la cúspide de su éxito y del
reconocimiento que dicho éxito les había granjeado. Antoine Lavoisier había
alcanzado ya su máxima prominencia en la administración pública; era una figura
de peso en la planificación urbanística de París, en la economía nacional, en
la reforma agrícola y en la emergente industria química. En el terreno
puramente científico se le tenía por el responsable de la organización teórica
de lo que todo el mundo calificaba ya de revolución química. Marie-Anne lo
apoyaba incondicionalmente en todos sus menesteres científicos. A partir de
1777, las clases de química que, junto con unos cuantos alumnos escogidos,
empezó a recibir de Jean-Baptiste Bucquet en el laboratorio de su marido, la
capacitaron para ayudarlo como asistente de laboratorio, como editora de sus
informes y monografías, y como traductora de tratados químicos en lengua
extranjera. El retrato de David parece representarla ayudándolo a corregir uno
de esos manuscritos.
En 1786 Marie-Anne empezó a estudiar dibujo y pintura con el propio David. Son
dos los dibujos que se conservan de esa tutoría, ambos con comentarios de puño
y letra del propio David. En un meticuloso estudio a carboncillo de un busto de
Antinoo, el pintor escribió tres veces la palabra «muy bueno». Un estudio con
punzón de cobre de un desnudo clásico lleva escrita la frase: «De momento, no
podría estar más satisfecho». Los elogios de David no eran totalmente
desinteresados; por el retrato de los Lavoisier cobraría siete mil libras: más
de lo que ganaban los pintores de cámara del rey de Francia. Las ilustraciones
que se conservan de Madame Lavoisier revelan que era una pintora aceptable, en
absoluto dotada de un extraordinario talento. El único cuadro que se sabe llegó
a completar —el retrato de Benjamín Franklin que regaló al estadounidense en
1788— motivó el siguiente comentario por parte del retratado: «Quienes lo han
visto declaran que es una obra de gran mérito y digna de consideración, pero
para mí su valor estriba, por encima de todo, en la mano que lo pintó».
En su retrato de los Lavoisier, David colocó un cartapacio de artista encima de
un sillón situado detrás de Marie-Anne, dando a entender que su destreza como
dibujante era parte sustancial de su repertorio. Antoine Lavoisier solía
plasmar sus ocurrencias en esbozos rudimentarios; las mejoras y correcciones
que Marie-Anne introducía en los burdos borradores de su marido puede que lo
ayudasen a aclarar sus ideas. Lavoisier dibujaba los instrumentos que quería
que le fabricasen; su esposa aportaba imágenes mucho más precisas y minuciosas
de esos aparatos una vez fabricados y después de que hubiesen cumplido con su
función demostrando lo que tenían que demostrar. Las trece ilustraciones de la
edición de 1789 del Traité élémentaire de chimie son suyas.
Dos dibujos en sepia, realizados en torno a 1790, ofrecen una imagen única del
laboratorio del Arsenal en un momento de máxima productividad (y son asimismo
el único testimonio gráfico del instrumental empleado en los experimentos con
respiración humana que Lavoisier llevó a cabo en esa época). La influencia de
David salta a la vista en ambas composiciones, basadas en la simetría
neoclásica. Madame Lavoisier representa a su marido en poses cuasi-heroicas,
como adalid de sus múltiples asistentes y amo y señor del sujeto humano de su
experimento (Armand Seguin, un joven químico cuya cabeza aparece cerrada
herméticamente con una máscara con capucha acoplada a un tubo alargado que
canaliza su respiración al aparato). Marie-Anne se incluye a sí misma en los
dos dibujos, en un papel de suma trascendencia: consignadora de los datos del
experimento. Ocupa una posición secundaria, pero al mismo tiempo esencial para
el equilibrio de la composición.
En este sentido, Marie-Anne parece haber sido una esposa poco menos que
perfecta —aunque no llegase a ser madre—, la asistente y colega de
investigación ideal. El gobernador estadounidense Morris, que pasó una
temporada con los Lavoisier en otoño de 1789, dejó escrito: «Madame parece ser
una mujer simpática. Posee una belleza aceptable, aunque su actitud indica que
se considera más inteligente que hermosa». Aunque el elogio suena un tanto
deslucido, Morris, no obstante, introdujo cierto galanteo en la relación.
«Cuando me dijo que no tenía hijos, le recriminé en broma su holgazanería, pero
me contestó que simplemente no había tenido suerte».
La única nota discordante en esa imagen de templanza y minuciosidad que
Marie-Anne ofrecía al mundo es la larga aventura amorosa que inició en 1781 con
Pierre-Samuel Dupont, un amigo y colega de su marido que, al igual que Franklin
y muchas otras lumbreras del firmamento científico, era un asiduo visitante del
salón Lavoisier. Según parece, Monsieur Lavoisier, que era catorce años mayor
que su esposa, había comenzado a incurrir en cierto absentismo marital.
Marie-Anne prefería París a las fincas campestres, donde su marido cada vez
pasaba más tiempo; Dupont era más sofisticado, tenía más encanto a los ojos de
las mujeres, y seguramente tuviese más aptitudes carnales que el abstraído y
especulativo químico. En el siglo XVIII ese tipo de relaciones
extramatrimoniales estaba a la orden del día y la sociedad francesa de la época
las toleraba. No obstante, parece ser que Marie-Anne pecó de indiscreta. A
finales de la década de 1780 asistía a las conferencias científicas vespertinas
que tenían lugar en las Tullerías, pero tenía la curiosa costumbre de llegar en
calesa y volver andando, y eso que había una buena tirada hasta su apartamento
en el Arsenal. Un observador, el barón de Frénilly, atribuye esa conducta a la
cicatería, pero dada la enorme fortuna de los Lavoisier, la explicación no
resulta convincente; los biógrafos contemporáneos consideran más probable que
las solitarias caminatas nocturnas de Marie-Anne fuesen un medio de desaparecer
de la vista de sus amigas para caer en los brazos de su amante. La relación se
mantuvo secreta durante toda su vida, y sólo se descubrió a posteriori gracias
a las cartas escritas por Dupont.
Dibujo de Madame Lavoisier de uno de los experimentos de respiración de su
marido, en esta ocasión con un sujeto en reposo.
Si
observamos el retrato de David con ese dato en mente, ¿detectamos algún indicio
de desconfianza en la mirada de Lavoisier? Marie-Anne ya llevaba siete años
engañándolo, pero teniendo en cuenta lo discreta que era, puede que el químico
no sospechase lo más mínimo. El gesto y actitud de Lavoisier suelen
interpretarse más bien como una versión del clásico tema del poeta inspirado
por su musa. No hay constancia de que él también tuviese sus amantes durante
aquellos años triunfales. Habría sido de lo más normal, pero no hay pruebas al
respecto; al parecer no era muy propenso, más bien todo lo contrario, a ese
tipo de enredos. Además, con lo atareado que estaba, difícilmente le quedaría
tiempo para devaneos.
* *
* *
El
resto del atrezo del cuadro de David es de tipo científico; el pintor, tal vez
a instancias de los retratados, se esmeró en representar los instrumentos
utilizados en la consecución de la revolución química, en muchos de cuyos
diseños había participado el propio Lavoisier. En el suelo, cerca del elegante
zapato del químico, hay una redoma muy parecida a la empleada en la síntesis
del agua. Medio oculto detrás de ella está el hidrómetro de latón que Lavoisier
había modificado para transformarlo en areómetro y poder medir la densidad de
fluidos. El biógrafo Jean-Pierre Poirier señala que esta disposición debió de
ser impuesta por el pintor puesto que una persona tan puntillosa como Lavoisier
jamás habría dejado sus instrumentos desparramados por el suelo con tanta
dejadez.
El gasómetro que aparece junto al tintero de Lavoisier es un modelo anterior a
los usados en la síntesis definitiva del agua, lograda en 1785, y también mucho
más pequeño: tanto más conveniente para incluirlo en la composición. Si se
incluye ese aparato, junto con el estrecho tubo de mercurio que hay a su lado,
es con el fin de recordar al espectador el descubrimiento del oxígeno liberado
por el mercurius calcinatus. En un borde de la imagen, parcialmente
tapado por el marco, puede verse la versión lavoisieriana del ingenio neumático
de Hales: una campana de cristal invertida sobre un cuenco de porcelana. De
todos los instrumentos esenciales para los cruciales experimentos de Lavoisier,
el único que se echa a faltar es la balanza; quizás a David no le pareciese
visualmente atractiva, o igual es que la estaban utilizando en otra parte.
Se supone que el texto de cuya corrección se ha distraído momentáneamente
Lavoisier es su Traité élémentaire de chimie, y que dentro del
cartapacio situado detrás de Madame están las trece ilustraciones de dicho
volumen, realizadas bajo la tutela del propio David. Los instrumentos colocados
encima de la mesa y en el suelo están dispuestos en el mismo orden en que se
exponen en el Traité los experimentos fundamentales en que
fueron utilizados. La idea era exhibir el retrato en el Salón de 1789, el mismo
año en que se publicó el Traité élémentaire de chimie, el cuadro es
un documento visual tan fidedigno como el tratado lo es verbal. El texto y la
imagen se refuerzan mutuamente y transmiten, por todos los medios a la sazón
disponibles, el mensaje de que la revolución química era un hecho consolidado,
con Antoine Lavoisier a la cabeza.
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* *
El
primer bastión que la revolución química tenía que someter era el flogisto.
Antes de 1785 Lavoisier ya había tanteado ligeramente sus defensas en múltiples
ocasiones. A comienzos de la década de 1780, a raíz de su éxito con la
composición del agua, sus ataques se tornaron más agresivos: «Esta entidad,
introducida en la química por Stahl, lejos de haber arrojado luz sobre la
disciplina, parece haber creado una ciencia que resulta oscura e ininteligible
para quienes no estén sumamente especializados en ella; es el deus ex
machina de los metafísicos: una entidad que lo explica todo sin
explicar nada». A esas alturas, teniendo en cuenta los progresos de la química,
la crítica tenía bastante fundamento: los teóricos que se basaban en la
hipótesis de Stahl habían adjudicado al flogisto tantas cualidades
contradictorias que bien podía creer Lavoisier que tenía motivos justificados
para tacharlo de deus ex machina. Afirmar, además, que el flogisto
era el deus ex machina «de los metafísicos» era acusarlo de
ser una solución no racional sino mágica. El flogisto se había convertido en un
mecanismo de lo más cómodo para esa suerte de razonamiento circular que ya
despertara las sospechas de Lavoisier en aquellas sus primeras incursiones
juveniles en la química.
Sonaban tambores de guerra. En junio de 1795 Lavoisier leyó unos pasajes de
sus Réflexions sur la phlogistique (Reflexiones sobre el
flogisto) ante una asamblea de académicos. «Los químicos han convertido al
flogisto un principio difuso y carente del más mínimo rigor», acusó, «que por
consiguiente se adapta a cualquier explicación en la que se lo quiera incluir;
este principio unas veces es pesado, otras veces no; unas veces es fuego libre,
otras veces es fuego combinado con el elemento tierra; unas veces penetra por
los poros de los recipientes, otras veces estos le resultan impenetrables;
sirve para explicar al mismo tiempo la causticidad y la no causticidad, la
transparencia y la opacidad, los colores y la ausencia de los mismos. Es un
auténtico Proteo, capaz de cambiar de forma de un segundo para otro. Con el
tiempo la química ha alcanzado una forma de razonamiento más rigurosa […] que
distingue lo que es hecho y observación de lo que es sistemático e hipotético».
La última frase deja entrever una vez más la recurrente paradoja del
pensamiento de Lavoisier; aunque sus mayores logros fuesen teóricos, en el
fondo siempre desconfió de las tendencias de los sistemas a desestimar o
violentar los datos empíricos en aras de su propia coherencia interna. En sus
comienzos, de hecho, sus propias teorías adolecían precisamente de ese defecto.
En la memoria sobre la combustión que escribió en 1777 se había enfrentado a
cara descubierta con ese problema. «Por muy peligroso que sea el espíritu de
los sistemas en el campo de la ciencia física, también hay que cuidarse de que
la acumulación sin orden ni concierto de un número excesivo de experimentos no
enturbie la ciencia en lugar de aclararla; de que no dificulte el acceso a
quienes se presenten en el umbral; en resumidas cuentas, de que al cabo de largos
y penosos esfuerzos no genere otra recompensa que el desorden y la confusión.
Hechos, observaciones y experimentos son los materiales de un gran edificio.
Pero a la hora de ensamblarlos no debemos lastrar el progreso de nuestra
ciencia. Antes al contrario, debemos esforzarnos en clasificarlos y distinguir
a qué categoría pertenece cada uno, a qué parte del total que los engloba».
En el verano de 1785, en sus Réflexions sur la phlogistique,
Lavoisier se sentía lo bastante confiado como para «demostrar que el flogisto
de Stahl es imaginario, que su existencia en los metales, el azufre, el fósforo
y todos los cuerpos combustibles es una suposición infundada, y que todo lo
tocante a la combustión y a la calcinación se explica de una manera mucho más
sencilla sin el flogisto que con él». Lo cual equivalía a decir que conforme
fuese incorporando sus «hechos, observaciones y experimentos» al edificio de un
nuevo orden, surgiría una explicación más válida (en tanto que más sencilla)
del fenómeno en cuestión.
Con semejantes enunciados Lavoisier parecía estar empuñando la navaja de Occam,
aunque no está claro que tuviese un conocimiento directo de ese «principio de
frugalidad». Por lo general la navaja de Occam no formaba parte del juego de
herramientas de los científicos del siglo XVIII, pero la refutación que
Lavoisier hacía de la teoría del flogisto es un ejemplo clásico de aplicación
del principio occamiano. En el siglo XIV, Guillermo de Occam había propuesto
que todo razonamiento emplease el menor número posible de supuestos; una
concepción que ponía coto a la tendencia innata del pensamiento teórico a
adornarse. Es justo recordar que el propio Stahl ya había aplicado la idea
plasmada en la navaja de Occam cuando simplificó la miríada de fantasías
alquímicas sobre la combustión con su hipótesis del flogisto. Y Lavoisier
siempre dejó bien claro que sus ataques contra el flogisto no iban dirigidos a
Stahl. Al poner de manifiesto que la química podía ser más clara y sencilla sin
el flogisto que con él, lo que el francés estaba haciendo era extraer más
impurezas de la teoría química.
En el epílogo de las Reflexions sur la phlogistique, Lavoisier (con
esa sangre fría que caracterizaba muchas de sus maniobras más arriesgadas)
hacía la siguiente observación: «Compruebo con enorme satisfacción cómo ciertos
jóvenes, que empiezan a estudiar la disciplina sin ideas preconcebidas, y
ciertos geómetras y físicos, que enfocan los datos químicos desde un prisma
novedoso, ya no creen en el flogisto en el sentido que Stahl lo postulaba, y
consideran que toda esa doctrina no es sino un andamiaje teórico que, más que
favorecer, obstaculiza el despliegue de la ciencia química». Hacer semejante
afirmación ante la Academia de las Ciencias era algo así como lanzar el
sombrero por encima de las murallas enemigas y comprometerse a recuperarlo con
gloria o a morir en el intento. A decir verdad, en ese verano de 1785 Lavoisier
todavía no había logrado que ninguna figura influyente se convirtiese a la que
no tardaría en conocerse como «doctrina antiflogística».
Un flanco débil de la teoría antiflogística de Lavoisier era que los críticos
podían acusarla (en la línea de la diatriba de Marat) de no ser sino una
variación sobre el tema del flogisto. La teoría de Lavoisier conservaba el
concepto del calórico, o materia del fuego, junto con el hecho material del
oxígeno; en este punto, la principal diferencia entre su teoría y la de Stahl
radicaba en que el alemán situaba la materia del fuego en los materiales
combustibles, mientras que Lavoisier la localizaba en el oxígeno. Muchos
críticos, efectivamente, no tardaron en denunciar que en las Reflexión
sur la phlogistique Lavoisier había hecho poco más que recitar la
teoría stahliana al revés, como una lectura inversa de las sagradas escrituras
en una misa negra.
La oposición organizada llegaba desde Inglaterra, donde Priestley seguía
quejándose, no sin razón, de que Lavoisier se le hubiese adelantado con el
anuncio del descubrimiento del oxígeno. En 1787, el químico irlandés Richard
Kirwan, colega de Priestley en la Royal Society, publicó Ensayo sobre
el flogisto y la composición de los ácidos. Tal y como Lavoisier había
hecho con respecto a Priestley, Kirwan se mostró reverente con los experimentos
del francés… y lanzó un ataque contra su teoría. Según la interpretación
alternativa que Kirwan hacía de los resultados de Lavoisier (varios de los
cuales, señalaba con aspereza el irlandés, ya los habían obtenido con
anterioridad Priestley, Cavendish y Adair Crawford), el hecho de que los
metales emitiesen gases combustibles al entrar en contacto con ácidos era la
prueba de la existencia del flogisto. Kirwan decidió identificar el hidrógeno
con el flogisto y dedicó buena parte de su libro a tratar de determinar la
presencia del hidrógeno/flogisto en todas las sustancias combustibles. Por
último, reconocía que la «hipótesis antiflogística» de Lavoisier era «de una
sencillez encomiable», aunque no dejaba de desacreditarla por ser «más
arbitraria en cuanto a su aplicación y menos tolerable con arreglo a las reglas
generales del razonamiento Filosófico» que la teoría stahliana del flogisto.
El contraataque de Kirwan tuvo éxito, inicialmente, en Inglaterra, Alemania y
Suecia. La primera reacción desde el campo de Lavoisier fue publicar una
versión del ensayo traducida al francés por Marie-Anne. Este movimiento, aunque
a primera vista pueda parecer insensato, al final resultaría atinado.
Laplace, el matemático que había pasado varios años ayudando a Lavoisier a
diseñar instrumentos y a calcular resultados, fue uno de los primeros en
convertirse a la nueva doctrina antiflogística. Se le sumaron otros dos
matemáticos: Jacques Cousin y Alexander Vandermonde. Antoine Fourcroy, un joven
químico que solía trabajar en el laboratorio de Lavoisier y que participaba en
los debates teóricos que allí se suscitaban, también se convenció, o medio
convenció, enseguida.
Al morir Bucquet (el profesor de química de Madame Lavoisier), Fourcroy se hizo
cargo de sus clases. Durante una época trató de enseñar conjuntamente las
teorías de Lavoisier y Stahl, pero poco a poco fue dejando que la primera se
impusiese sobre la segunda. Como en su día hiciera Rouelle, Fourcroy impartía
clases de química al público en general en el Jardín du Roy, y con ellas
contribuyó más que nadie a popularizar la doctrina antiflogística.
Claude-Louis Berthollet, un influyente químico que había trabajado codo con
codo con Lavoisier tanto en los proyectos de los globos aerostáticos como en la
fabricación de pólvora, también se adhirió públicamente a la nueva doctrina y logró,
gracias a su predicamento, que otros científicos hiciesen lo propio, entre
ellos Gaspard Monge y Jean-Antoine Chaptal. Guyton de Morveau, que a la sazón
compilaba un diccionario de química, se debatía entre las dos teorías.
Lavoisier, Monge y Fourcroy viajaron a Dijon para tratar de ganárselo para su
causa, mientras Kirwan, por carta, pugnaba por mantenerlo leal al flogisto.
La oposición a Lavoisier se mantenía fuerte. Los químicos de mayor edad, como
Macquer, se resistían a renunciar al flogisto. Jean-Claude de la Métherie, un
ferviente opositor de la nueva química, era desde 1785 director de la
publicación científica más influyente de Francia, el Journal de
physique Jean-François Pilatre de Rozier. La reacción de Kirwan estaba
aglutinando a los defensores del flogisto en todo el continente, sobre todo en
Alemania e Inglaterra, donde la oposición a las innovaciones francesas tenía
una clara dimensión nacionalista.
A comienzos de 1788, Lavoisier y sus aliados respondieron con una maniobra de
sofisticación maquiavélica: la publicación en francés del Ensaya sobre
el flogistode Kirwan… acompañado de una variopinta refutación. El libro
incluía artículos escritos por Lavoisier, Berthollet, Fourcroy, Monge y Guyton
de Morveau en los que rebatían la noción del flogisto desde sus respectivos
ámbitos disciplinarios. Los ecos se dejaron sentir durante un año entero: en
1789 Kirwan publicó una nueva edición de su tratado que incluía los comentarios
franceses y una tentativa de refutarlos que, aunque no exenta de cierto
sarcasmo, evidenciaba un claro desfondamiento. El irlandés renegaría
definitivamente del flogisto en 1791; para entonces, la mayoría de los químicos
ya lo había abandonado.
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* *
En
1787 las huestes de Lavoisier habían lanzado otra ofensiva; el nuevo frente era
lingüístico y las victorias que en él se consiguieron, aunque tardaron en
hacerse patentes, fueron las más trascendentales de todas. El proyecto era la
creación de una nueva terminología para la nueva química francesa, en cuya
ejecución se forjó y templó el núcleo de la alianza antiflogística: Lavoisier,
Fourcroy, Berthollet y (por fin) Guyton de Morveau. Aplicando el mismo
razonamiento que había dado lugar al nombre del oxígeno (que, además de ser el
primer neologismo del proyecto, era su principal inspiración), esos cuatro
personajes se propusieron reformar toda la nomenclatura química.
Lavoisier siempre consideró que la claridad conceptual era tan importante como
la discursiva, la metodológica o la analítica. A su modo de ver, todas esas
operaciones estaban interrelacionadas. «Los lenguajes no tienen únicamente la
finalidad (como suele pensarse) de expresar ideas e imágenes mediante signos;
además de eso, son auténticos métodos de análisis gracias a los cuales
avanzamos de lo conocido a lo desconocido […] Un método analítico es un
lenguaje; un lenguaje es un método analítico, y estas dos expresiones son, en
cierto sentido, sinónimas».
Dicho enunciado es un eco explícito, y sin duda consciente, de Etienne Bonnet
de Condillac, otra ilustrado del siglo XVIII, que había escrito lo siguiente:
«El arte de hablar, el arte de escribir, el arte de razonar y el arte de pensar
son, en el fondo, el mismo arte. En efecto, cuando uno sabe pensar, sabe
razonar, y para hablar y escribir bien no hay más que hablar como uno piensa y
escribir como uno habla». En la época en que Lavoisier y sus tres camaradas
iniciaron la confección de la nueva nomenclatura química ese retrato sinérgico
de las facultades intelectuales ejercía una influencia tremenda en profesores,
filósofos y científicos. En abril de 1787, Lavoisier presentó la idea ante la
Academia: «La palabra debería propiciar el nacimiento de la idea; la idea
debería representar el hecho; los tres son improntas del mismo sello. Y habida
cuenta de que las ideas se conservan y transmiten mediante palabras, resulta
imposible mejorar la ciencia sin mejorar su lenguaje».
En su introducción al Méthode de nomenclature chimique, Lavoisier
explica que, según Condillac, «el lenguaje del álgebra puede traducirse a
lenguaje común y viceversa; el progreso de la comprensión y del juicio es el
mismo en ambos; el arte de razonar es el arte de analizar». Ese era el camino
hacia lo que Lavoisier había perseguido durante la mayor parte de su carrera
científica: dotar a la química del rigor de las matemáticas. «Analizar, pues»,
afirmaba Condillac en su tratado La logique, publicado en París en
1780, «no es más que observar en orden sucesivo las cualidades de un objeto con
el fin de darles, en nuestra mente, el orden simultáneo que en realidad poseen.
Así pues, el análisis, lejos de ser, como la gente piensa, un conocimiento
exclusivo de los filósofos, en realidad está al acceso de todos, de manera que
no he enseñado nada nuevo al lector. Me he limitado a llamar su atención sobre
lo que constantemente hace». Desde el punto de vista de Condillac, el método de
análisis era de aplicación universal, desde la moral y la política hasta las
ciencias y la filosofía natural, aunque el Méthode de nomenclature
chimique no tratase de ampliarlo a tal extremo.
Lo que Lavoisier sí reconocía, sin embargo, era que el método de análisis «que
[hacía] falta introducir en el estudio y enseñanza de la ciencia química
[estaba] íntimamente relacionado con la reforma de la nomenclatura». Y
presentía que la formulación adecuada del método analítico resultaría
enormemente persuasiva: «Un lenguaje bien configurado, un lenguaje que capte el
orden sucesivo y natural de las ideas, traerá consigo una rápida e inevitable
revolución en la manera de enseñar; no permitirá que nadie que presuma de ser
un experto en química se quede al margen del progreso natural: o rechazan la
nomenclatura o habrán de seguir indefectiblemente la ruta que esta les marque».
Indefectiblemente: esa era la palabra; todo aquel que usara la nueva
nomenclatura francesa no tendría más remedio que aceptar la teoría
antiflogística en que se basaba. «Estamos muy lejos», admitía Lavoisier en la
introducción, «de conocer cabalmente la química en toda su extensión, pero si
[el nuevo léxico] se sustenta en principios válidos y constituye más un método
denominador que una nomenclatura, será capaz de adaptarse
naturalmente a futuros descubrimientos e indicar de antemano el emplazamiento y
el nombre de las nuevas sustancias conforme vayan descubriéndose, sin que jamás
haga falta introducir en él más que pequeñas y específicas modificaciones». El
nuevo léxico químico no consistiría, como la mayor parte de la vieja
terminología alquímica, en una asignación gratuita de nombres a sustancias,
sino en la expresión de relaciones químicas por medio del lenguaje, esto es, en
el empleo del lenguaje como herramienta analítica.
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* *
Los
primeros elementos en definirse fueron las sustancias simples e imposibles de
descomponerse. Encabezaba la lista la huidiza materia del fuego ahora
rebautizada como calórico: el único vestigio de la teoría del flogisto incluido
en el nuevo sistema químico; Lavoisier y sus socios todavía no habían
descubierto que el fuego no era materia sino energía (aunque en 1789 el químico
empezaría a afirmar que no había obligación «de considerar [al calórico]
sustancia real»). Los análisis realizados habían revelado el resto de
sustancias irreductibles y por tanto elementales: oxígeno, hidrógeno, azote
(nitrógeno), azufre, fósforo, hierro, oro, etc. Las sustancias compuestas se
expresaban mediante neologismos en los cuales el sufijo describía una
característica de su composición: por ejemplo, el sufijo de nitrato de
calcio indica que el compuesto posee una cantidad de oxígeno en su sal
mayor que la de su pariente el nitrito de calcio.
En sus años mozos, Lavoisier, gracias a sus actividades botánicas con Bernard
de Jussieu, se había familiarizado con el sistema de clasificación de Lineo.
Este biólogo sueco clasificaba las plantas mediante binomios: una palabra
indicaba el género y la otra, la especie. Guyton de Morveau había empezado a
trasladar ese sistema a la química ya en 1775. Ahora Lavoisier complementó el
sistema taxonómico de Lineo, relativamente estático, añadiéndole el sentido
condillaquiano de nominación como aplicación de un método analítico.
Mientras que los viejos nombres y términos químicos eran una imposición de la
teoría sobre los hechos observables, los términos de la nueva nomenclatura se
derivaban del análisis de las sustancias y, en su mayor parte, estaban basados
en resultados explícitos y confirmados en el laboratorio. Además, las nuevas
definiciones de sustancias elementales supusieron una conclusión casi
definitiva tras siglos y siglos de investigación sobre la composición de la
materia. En lo sucesivo, el objeto esencial de la ciencia ya no sería la
composición sino el cambio.
La nueva nomenclatura, en combinación con el principio de conservación de la
materia, permitía efectuar análisis químicos en términos algebraicos.
«Supongamos que he de analizar una sal, de la cual no conozco ni el ácido ni la
base», escribió Lavoisier en una memoria de 1787.
Introduzco
una porción medida de esta sal en una retorta; le agregó ácido vitriólico y la
destilo; al obtener ácido nitroso; concluyó que la sal es nitrato potásico.
Ahora bien, ¿cuál es el mecanismo racional que me ha llevado a esa conclusión?
Basta reflexionar un instante para averiguarlo. En primer lugar, está claro que
si lo que quería era llevar a cabo un cálculo exacto de cantidades, tenía que
dar por supuesto que el peso de los materiales empleados era el mismo antes y
después de la operación, y que lo único que tenía lugar era una modificación.
Por lo tanto, formulo mentalmente una ecuación cuyos primer y segundo términos
estén formados por los materiales existentes antes y después de la operación
respectivamente, y al resolver dicha ecuación, obtengo ese resultado.
De
hecho, a fuerza de aplicar dicho procedimiento algebraico para averiguar la
identidad de la sal misteriosa (nitrato potásico), Lavoisier logró identificar
dos variables desconocidas: ácido nítrico y álcali fijo. Una aplicación de
rigor matemático a la química que habría hecho las delicias de Lacaille, su
viejo profesor de química.
A pesar de los insistentes arrullos de Lavoisier y sus aliados, Guyton de
Morveau tardó bastante en renegar del flogisto. Al parecer, lo que finalmente
le hizo sucumbir a los encantos de la nueva química fue la reforma de la
nomenclatura que aquella entrañaba. Guyton ya había intentado algo similar en
1782, cuando trató de crear clasificaciones químicas inspirándose en el modelo
de Lineo. Ya tenía una idea clara del objetivo y su participación en el Méthode
de nomenclature chimique le brindaba la oportunidad de alcanzarlo.
Lavoisier había expresado la idea de que o los químicos rechazaban la
nomenclatura, o habrían de seguir «indefectiblemente» la ruta que esta les
marcase. El rechazo de la teoría del flogisto por parte de Guyton y su
conversión a la del oxígeno fue una temprana y crucial demostración de esa
hipótesis; otros seguirían sus pasos, aunque no sin dificultades.
En junio de 1787, los académicos Baumé, Cadet, Jean Darcet y Balthazar Sage
presentaron un informe sobre la nueva nomenclatura que atacaba la teoría del
oxígeno de Lavoisier y defendía la del flogisto. Puede que a Baumé, uno de los
perdedores en la carrera por el descubrimiento del oxígeno, le siguiese
escociendo que Lavoisier le hubiese ganado por la mano. Jean Claude de
Lamétherie publicó una crítica parecida en el Journal de physique.
Como a tantos otros que se resistían a la nueva teoría y nomenclatura, a
Lamétherie la sola idea de crear sistemáticamente una nueva nomenclatura le
parecía inaceptable: «No existe nada más que el consenso general, que se
llama uso y que tiene la autoridad de cambiar unos términos y
sustituirlos por otros». La oposición del Journal se tornó tan
problemática para Lavoisier y sus adeptos que terminaron fundando una
publicación rival: los Anuales de chimie.
Quienes se oponían a la nueva terminología ni mucho menos dejaban de advertir
la intención, no demasiado oculta, del Méthode: todo aquel que
usase la nueva nomenclatura estaría obligado, como consecuencia indirecta de la
adopción de dicho lenguaje, a aceptar por extensión la teoría que aquella
expresaba. Por otra parte, el afrancesamiento de la nueva terminología les
resultaba particularmente repelente a los científicos extranjeros. Así, Joseph
Black escribió: «Es evidente que a la hora de idear esos términos, lo primero
que se pretendió fue que cuadrasen con el carácter de la lengua francesa, y
sólo entonces se tradujeron al latín; o bien, los términos que habían de usarse
en latín se acuñaron a partir de palabras francesas. Tengo para mí que cuando
los nombres de cosas que nos son familiares sufren semejantes cambios, la
mayoría de la gente los encuentra, en principio, repugnantes en razón de la
impresión y los trastornos que causan en los hábitos previamente adquiridos. En
un primer momento, estos latinismos franceses me resultaron de lo más
chirriantes y desagradables». El comentario de Black, por hostil que fuese, no
dejaba de ser lúcido; ese «carácter» lingüístico que advirtió era el mismo que
por entonces daba forma a la literatura neoclásica de Corneille y Racine, así
como a los textos de los Encyclopédistes; el idioma francés se
estaba convirtiendo en un instrumento exquisitamente racional que resultaba
idóneo para edificar teorías. De hecho, Black reaccionaba concretamente contra
«esa ansia de teoría», que también calificaba de «la manía de los
sistemas». Henry Cavendish también se opuso a «la impropiedad de los nombres
sistemáticos y al gran perjuicio que ocasionará el ardid [de Lavoisier] si se
pone en práctica». Al otro lado del Atlántico, Thomas Jefferson vaticinó que el
nuevo lenguaje químico de los franceses estaba abocado al fracaso: «Es
prematuro, insuficiente y falso […], y en líneas generales considero que se
terminará rechazando después de haber hecho más mal que bien». Franklin, a
quien Lavoisier había enviado con entusiasmo una copia del Méthode,
prefirió agradecérselo a Madame Lavoisier en lugar de a su esposo, con un
comentario claramente evasivo: «Seguro que es un libro muy útil».
Lo curioso (y sin duda frustrante para sus creadores) es que la nueva
nomenclatura conquistó a los matemáticos y físicos franceses con mayor
facilidad que a sus colegas químicos. En Inglaterra, el primer converso fue un
teólogo, Edward Ring. Chaptal, que no tardó en adoptar el nuevo sistema, echó
un vistazo alrededor y observó que la mayoría de sus contemporáneos «quería que
la revolución llegase poco a poco». Pero Chaptal, al igual que Fourcroy, era
profesor, y el hecho de que la nomenclatura resultase tan práctica desde el
punto de vista docente tuvo mucho que ver en su supervivencia; al final, hasta
Joseph Black empezó a enseñarla.
En 1786, cuando Guyton de Morveau escribió el primero de sus tomos de química
para la Encyclopédie méthodique, seguía siendo partidario del
flogisto. En 1789, su conversión a la teoría y terminología antiflogística ya
era tan completa que en la introducción al segundo tomo afirmó, sin mucha
verosimilitud, que todo el proyecto de reforma de la nomenclatura había sido
idea suya. El texto dio la puntilla a la teoría del flogisto, una teoría
(escribía Guyton) que en su momento había sido útil: hasta que los avances en
química neumática de finales de la década de 1770 y comienzos del 1780 la
desacreditaron definitivamente. Guyton añadió una versión actualizada de la
nueva terminología química (insertándola así en una obra de consulta clásica) y
la ratificó repitiendo la apostilla de Lavoisier de que lo que habían creado
era «más un método denominador que una nomenclatura». La predicción de
Lavoisier de que ese método siempre sería válido para designar todas las nuevas
sustancias que fuesen apareciendo tal vez sonase demasiado atrevida en el
momento de formularla. Lo cierto, sin embargo, es que se trata del mismo método
que se usa en la actualidad.
No
ha de extrañar que en la ciencia física en general el hombre suela hacer
suposiciones en lugar de sacar conclusiones. Dichas suposiciones, transmitidas
de una época a otra, van adquiriendo un peso adicional en virtud de las
autoridades que las secundan hasta que, al final, son aceptadas como verdades
fundamentales incluso por los individuos más lúcidos.
La única manera de impedir que se cometan tales errores, y de corregirlos
cuando ya son un hecho, es limitando y simplificando al máximo nuestro razonamiento
[…]. No debemos confiar en nada salvo en los hechos. Es la Naturaleza quien nos
los ofrece y por tanto no pueden engañarnos. Debemos, en todo momento,
supeditar nuestro razonamiento a las pruebas experimentales y jamás debemos
buscar la verdad salvo por el camino natural de la experimentación y la
observación. Es así como los matemáticos obtienen la solución a un problema:
disponiendo los datos y reduciendo su razonamiento a pasos tan simples y
conclusiones tan obvias que jamás pierden de vista la evidencia que los guía.
El
pasaje expresa la devoción de Lavoisier por la precisión matemática, lo
empeñado que estaba en otorgar prioridad a las pruebas empíricas y su profunda
desconfianza en las ideas comúnmente aceptadas. «Absolutamente convencido como
estoy de estos resultados», prosigue, «me he impuesto como ley la obligación de
no avanzar jamás sino de lo conocido a lo desconocido, de no sacar jamás
ninguna conclusión que no sea consecuencia inmediata y necesaria de lo
observado y experimentado; y de disponer siempre los hechos y las conclusiones
que de ellos se deriven en el orden que más fácil les resulte entenderlos a los
estudiantes de química primerizos». Por sencilla que parezca, la frase es
también una paráfrasis bastante fiel de un pasaje de la Logique de
Condillac, y por tanto lleva implícitas todas las connotaciones de la
aplicación universal del análisis que postulaba el filósofo. Lavoisier, desde
luego, quería que su libro fuese útil para los estudiantes noveles, pero
también estaba insinuando que todos los químicos deberían hacer borrón y cuenta
nueva y comenzar desde el principio con una concepción nueva de toda la
disciplina: la que él mismo había empezado a formular veinte años antes, al
concluir su propia formación química.
«No es de la historia de la ciencia ni de la mente humana de lo que pretendemos
ocuparnos en un tratado elemental: nuestro único objetivo debería ser la
fluidez y la transparencia expositiva, así como apartar con sumo cuidado
cualquier cosa que pueda distraer la atención del estudiante; trátase de una
senda que deberíamos tratar de allanar constantemente, retirando de ella
cualquier obstáculo que pudiese demorar la marcha». Entre los obstáculos
retirados estaba toda referencia a concepciones y teorías químicas rivales;
Lavoisier era sincero: «Me he limitado a expresar mi opinión, sin examinar las
de los demás». Si bien su afirmación de que «las disertaciones prolongadas
sobre la historia de la ciencia y las obras de quienes la han estudiado» sólo
habrían dado como resultado «un libro cuya lectura seguramente resultase
fatigosa para los principiantes» sonaba un tanto insincera, sus inclusiones y
exclusiones contribuyeron desde luego a racionalizar notablemente la obra.
El prefacio concluye con dos enjundiosas citas de Condillac: dos argumentos de
lo más contundente en pro de la nueva concepción de la química propugnada por
Lavoisier. La primera de estas «observaciones» describe el camino del error y,
aunque, tal y como señala el propio químico, aludía «a un tema diferente»,
sirve como análisis abstracto del proceso mediante el cual los principios
erróneos se enquistaron en la disciplina, desde la era alquímica hasta la época
de Lavoisier: «En lugar de dedicarnos a observar las cosas que queremos
conocer, hemos preferido imaginarlas. Avanzando de una suposición infundada a
otra, hemos terminado confundiéndonos a nosotros mismos en medio de un
maremágnum de errores. Cuando estos errores se convierten en ideas
preconcebidas se adoptan, lógicamente, como principios, y entonces nos
confundimos todavía más. Asimismo, el método por el que regimos nuestro
razonamiento es igual de absurdo; abusamos de palabras que no comprendemos y a
eso lo llamamos el arte de razonar».
Para corregir la habitual sustitución de principio por prejuicio, Condillac
proponía la siguiente solución: «Ante semejante cúmulo de errores, sólo existe
un remedio para reinstaurar el orden en nuestro raciocinio, a saber: olvidarnos
de cuánto hemos aprendido, averiguar el origen de nuestras ideas, seguir su
desarrollo y […] reformular todo el entendimiento humano». He ahí, expuesto sin
rebozo, el proyecto radical de la revolución química: erradicar todas las ideas
falsas acumuladas hasta sus días y redefinir la ciencia desde cero.
La novedosa claridad de las ideas basadas en la observación debía expresarse
mediante un lenguaje igualmente claro y novedoso. La segunda cita de Condillac,
con la que concluye el prefacio, es otra descripción de esa simbiosis de
lenguaje, pensamiento y método científico: «Con todo y con eso, las ciencias
han experimentado un avance, porque los filósofos se han dedicado con más
atención a observar y han dotado a su lenguaje de la misma precisión y
exactitud que emplean en sus observaciones. Y al corregir su lenguaje, razonan
mejor».
* *
* *
El
contenido del Traité no era particularmente nuevo; se trataba,
más bien, de una reiteración organizada de trabajos que Lavoisier ya había
completado y de teorías que ya había anunciado. La tercera y última sección era
en su mayor parte de índole técnica: describía los métodos exactos para repetir
los experimentos en que se basaba la nueva teoría química. Este apartado estaba
primorosamente ilustrado con trece grabados de Marie-Anne Lavoisier que
representaban los instrumentos del laboratorio de su esposo: la prueba ocular
de que la química lavoisieriana era el último grito en vanguardia científica.
Por otro lado, la primera sección del Traité élémentaire repasaba
los hitos fundamentales de la química neumática alcanzados durante la década
anterior, tales como el descubrimiento del oxígeno, la composición del agua y
la teoría de la combustión basada en el oxígeno de Lavoisier. El apartado
también incluía numerosos análisis de óxidos y ácidos en función de sus bases.
En un capítulo sobre «la fermentación vinosa», Lavoisier (en una acotación que
parece hecha de pasada) enuncia íntegramente y por primera vez en la historia
de la ciencia el principio de conservación de la materia, que regía todo su
método experimental: «Podemos establecer como axioma irrebatible que, en todas
las operaciones del arte y la naturaleza, nada se crea: la misma cantidad de
materia existe antes y después del experimento; la calidad y cantidad de los
elementos se mantiene exactamente igual, y nada tiene lugar más allá de cambios
y modificaciones en la combinación de dichos elementos. De este principio
depende todo el arte de la experimentación química».
Antes de Lavoisier, el principal cometido de la química había sido la
definición de los elementos primordiales de la materia; el francés, con su
énfasis en los «cambios y modificaciones en la combinación de dichos
elementos», desplazó el foco de atención a la reacción química. En lo sucesivo,
todas las formulaciones acerca de la naturaleza de la materia se basarían en
combinaciones químicas.
Por supuesto que Lavoisier llevaba desde comienzos de la década de 1770
batallando en pos de una teoría integral de los elementos, pero su tratamiento
del tema en el Traité élémentaire resultaba, desde el
principio, casi desdeñoso:
Cuanto
se diga acerca del número y la naturaleza de los elementos se inscribe, a mi
juicio, dentro de una discusión de índole completamente metafísica. El tema no
hace sino plantearnos problemas indefinidos, ninguno de los cuales
probablemente sea compatible con la naturaleza. Así pues, lo único que añadiré
sobre este asunto es que si por elementos nos referimos a esos átomos simples e
indivisibles de los que se compone la materia, es muy probable que no sepamos
absolutamente nada de ellos; pero si por elementos, o por principios de
cuerpos, nos referimos al último punto al que puede llegar un análisis,
entonces hemos de admitir como elementos todas las sustancias a las que un
cuerpo puede reducirse por descomposición. Esto no significa que las sustancias
que consideramos simples no puedan estar compuestas de dos o incluso más
principios; sin embargo, dado que estos principios no pueden separarse, o mejor
dicho: dado que hasta ahora no hemos descubierto la forma de separarlos, para
nosotros actúan como sustancias simples, y jamás deberíamos suponer que son
compuestos en tanto no lo demuestren los experimentos y las observaciones.
En
el prefacio al Traité, este pasaje tan cauteloso sirve de puente al
análisis de la nueva nomenclatura que Lavoisier repetiría en la segunda parte
del libro (tal y como hizo Guyton de Morveau en su introducción al segundo tomo
de la Encyclopédie méthodique). La segunda parte está estructurada
en forma de listas de sustancias que aparecen identificadas con dos nombres: el
de la nueva nomenclatura y, al lado, el del viejo léxico químico. Los elementos
que Lavoisier enumera en su «Tabla de sustancias simples» (con las notables
excepciones de «Luz» y «Calórico») se mantienen en su mayor parte en la moderna
tabla periódica. La teoría de los cuatro elementos aristotélicos, con todas sus
permutaciones, variaciones y elaboraciones, ya era cosa del pasado.
* *
* *
El
año 1789 fue testigo de la publicación del Traité élémentaire de
Lavoisier, del nuevo tomo de la Encyclopédie méthodique en que
Cuy de Morveau apostataba del flogisto y se adhería a la nueva química, y de
una nueva edición de los Eléments d'histoire naturelle et de chimie de
Fourcroy que también incluía la nueva nomenclatura. Al año siguiente, Chaptal,
en su Eléments de chimie, reafirmaría la virtud de esos nombres que
aclaraban la composición de las sustancias (y abundando en ese afán
clarificador, sustituiría el incoherente término «azote» por el de
«nitrógeno»). La fundación de los Annales de chimiegarantizó que
todas esas obras recibiesen críticas favorables. Cada vez eran más los miembros
de la comunidad científica que abandonaban el flogisto para sumarse a la
revolución química.
La idea de «revolución» que tenía el propio Lavoisier no era precisamente
agresiva ni beligerante. Su «rápida y necesaria revolución» vino impulsada por
«un lenguaje bien configurado», un lenguaje que captaba «el orden sucesivo y
natural de las ideas». Por más radicales que fuesen sus repercusiones, su
concepción de la revolución llamaba la atención por ordenada y comedida. En la
famosa anotación de su cuaderno de laboratorio, escrita en 1773, Lavoisier
había abrazado la idea de la revolución científica con una pasión mucho más
arrebatada de la que mostraría en 1789, cuando la revolución química que él
mismo había instigado realmente cristalizase en el establecimiento de un nuevo
e indisputable orden.
La revolución, tal y como la entendía Lavoisier, era algo tan majestuosamente
inevitable como la órbita de los planetas alrededor del sol. La imagen de la
sangre corriendo por las calles de París no tenía cabida en su concepción. La
sustitución de un orden por otro ya se le antojaba revolución suficiente. No
veía posible que a un orden viniese a sucederle la anarquía.
Mandó encuadernar en piel granate cuatro copias del Traité élémentaire para
obsequiar con ellas al conde de Provenza, al conde d'Artois y al rey y la reina
de Francia. Se trataba de una formalidad, pero Lavoisier, preocupado como
estaba de que la apariencia del libro no fuese todo lo elegante que debiera, se
la tomó muy en serio. Más importante para el reconocimiento de la nueva química
francesa era hacerle llegar el tratado a Benjamín Franklin (cuya respuesta
al Méthode de nomenclature no había sido precisamente
entusiasta).
En febrero de 1790, Lavoisier envió a los Estados Unidos dos copias del Traité
élémentaire, acompañadas de una carta sumamente reveladora:
Muy
señor mío e ilustre colega,
Monsieur Coullens de Caumont, que se dispone a regresar a América, ha tenido a
bien llevar consigo dos copias de una obra que publiqué aquí hace cosa de un
año bajo el título «Tratado sobre los elementos químicos», una de los cuates le
ruego acepte con mis mejores deseos y haga entrega de la otra a la «Society» de
Filadelfia.
En todos los tratados químicos publicados desde Stahl, los autores empiezan
formulando una hipótesis para seguidamente tratar de demostrar que mediante esa
suposición pueden explicarse razonablemente bien todos los fenómenos químicos.
Considero, y un gran número de expertos está de acuerdo conmigo, que la
hipótesis propuesta por Stahl, y desde entonces modificada, es errónea y que el
flogisto en el sentido que Stahl en tendía el término no existe, y para
desarrollar mis ideas en este tema decidí escribir el libro que ahora tengo el
honor de enviarle.
Como echará de ver en el prefacio, he procurado alcanzar la verdad a base de
coordinar hechos y de suprimir la teoría tanto como me ha sido posible, pues
ésta es con frecuencia un instrumento engañoso que nos impide seguir la luz de
la observación y del experimento tan de cerca como deberíamos.
Aquí
Lavoisier explica su método y enfoque con más claridad y concisión aún que en
el propio Traité. Su plan no consistía únicamente en revisar y
sustituir el contenido de la química sino en invertir el sentido del
pensamiento en esa disciplina, que a partir de entonces ya no discurriría de
las hipótesis a los fenómenos, sino de «la observación y el experimento» a las
conclusiones probadas. El resultado:
Ese
rumbo, que hasta ahora no se había seguido en química, me ha brindado la
posibilidad de clasificar mi trabajo de una forma totalmente diferente, y
gracias a ello la química se ha aproximado más que nunca a la física
experimental. Espero sinceramente que disponga de tiempo y salud para leer el
primer capítulo pues nada ansío tanto como su visto bueno y el de los expertos
europeos libres de prejuicio en este tipo de materias.
Considero que al presentar la química de esta forma, su estudio se toma
infinitamente más fácil. Los químicos jóvenes, cuyas mentes no se hallan
embargadas por ningún otro sistema, la adoptan con avidez, pero los viejos
todavía la rechazan e incluso tienen más dificultades para entenderla que los
hasta entonces legos en la materia.
Lavoisier
había cumplido realmente su misión pedagógica, a saber, la de crear un curso de
química cuya sensata e inteligible estructura resultase atractiva a una
mentalidad como la que él mismo poseía en sus años de estudiante. Ese logro
garantizaba (tal y como Lavoisier no se cansaba de recalcar) que la nueva
generación de jóvenes científicos adoptase íntegramente la nueva química. Con
todo, lo seguía preocupando un problema político: la aceptación de la nueva
teoría por parte de la plana mayor de eminencias científicas internacionales;
era ahí donde la aprobación de Franklin podía resultar determinante.
En este momento, los especialistas franceses se debaten entre la vieja y la
nueva doctrina. De mi lado están los señores de Morveau, Berthollet, de
Fourcroy, de Laplace, Mongey en general todos los físicos de la Academia. Los
especialistas de Londres e Inglaterra también van abandonando paulatinamente la
doctrina de Stahl, pero los químicos alemanes todavía se aferran a ella. Esta
es, pues, la revolución que ha tenido lugar en una importante rama del
conocimiento humano desde su partida de Europa; considero que está bien
avanzada y que sería completa si se pusiera usted de nuestro lado.
Lo que Lavoisier pretendía con ese tono y esas apologías era
apelar no sólo al Franklin científico, sino al político; no en vano el
estadounidense había sido una figura de fuste en la revolución norteamericana
(y los franceses lo sabían mejor que nadie). Tras fundamentar su llamamiento en
cimientos sólidos y bien razonados, Lavoisier cambiaba de tema:
Ahora
que ya está al corriente de lo sucedido en el terreno de la química, bien
estará que hablemos de nuestra revolución política. La damos por terminada, y
además, de manera irrevocable.
En
lo tocante a la revolución química, el optimismo de Lavoisier estaba
justificado. En ese terreno, los científicos han estado de su lado hasta hoy.
Sin embargo, su impresión de que la Revolución francesa estaba concluida fue un
grave error de cálculo, un error que en última instancia le costó la vida.
Capítulo 5
El final del año uno
Más
o menos un mes después de la toma de la Bastilla, ocurrida el 14 de julio de
1789, el director del Salón de Peinture anual le pidió a Lavoisier que retirase
el minucioso retrato del científico y su esposa que David había terminado no
mucho antes y que acababa de colgarse en la exposición. La dirección de la
galería tenía miedo de que la imagen —el matrimonio Lavoisier en la cima del
éxito profesional y social— pudiese suscitar la hostilidad de un público cada
vez más imprevisible.
El retrato se sustituyó por otra obra de David que representaba a Paris y a
Elena: el típico motivo inocuo de corte neoclásico. Aunque perdió buena parte
del patrimonio matrimonial durante el Terror, Marie-Anne Lavoisier conservaría
el retrato y terminaría dejándoselo en herencia a su sobrina-nieta, que en 1924
se lo vendió a John D. Rockefeller.
El año 1789 fue testigo de la consolidación de la revolución química gracias a
la publicación del Traité élémentaire de chimie de Lavoisier,
pero, por lo demás, la primavera y el verano de ese año habían sido un tanto
difíciles. La retirada del cuadro de David, esa grandilocuente proclamación
iconográfica del triunfo de Lavoisier en su campaña en pro de la reforma
química, no era el único síntoma de que el científico y su esposa corrían el
riesgo de perder su popularidad. Teniendo en cuenta lo involucrado que estaba
en el sistema tributario y en las finanzas públicas francesas, no cabe duda de
que Lavoisier sería más que consciente de que soplaban vientos de cambio,
aunque tal vez malinterpretase la dirección y fuerza de los mismos.
En marzo de 1789, Lavoisier se presentó a las elecciones como representante del
Tercer Estado —un grupo político así denominado porque sus miembros no
pertenecían ni a la aristocracia ni al clero— por el distrito de
Villefrancoeur, una zona rural en la que poseía considerables bienes raíces. El
químico creía gozar de popularidad en la región por haber pasado varios años
realizando experimentos de reforma agrícola en su finca de Fréchines: un
proyecto a una escala lo bastante grande como para beneficiar a las áreas
colindantes y encaminado a abordar el creciente problema de la hambruna en
Francia. Además, acababa de hacer unos cuantiosos préstamos sin intereses a las
ciudades de Romorantin y Blois como recurso de urgencia para paliar la escasez
de trigo. Aunque esas acciones, en lo esencial, eran las propias de un
filántropo, el lenguaje que empleó para anunciar su candidatura se anticipaba,
en cierto sentido, a la retórica populista que alcanzaría su máximo apogeo con
la Revolución francesa. Además de prometer que renunciaría «a todas las
exenciones fiscales de las que no gozasen» los habitantes de su circunscripción
electoral, Lavoisier declaró que en lo sucesivo no habría «diferencia
económica» que los separase: todos serían «amigos y hermanos». La proclama
tenía su parte de hipocresía; por más exenciones a las que renunciase, seguiría
siendo multimillonario y amo y señor de la espléndida hacienda que poseía en
Fréchines.
En las elecciones de Blois, celebradas el 9 de marzo, los rivales de Lavoisier
lo atacaron con inesperada virulencia, acusándolo de aristócrata y de ser
miembro de la Contrata General. El primero de los cargos no dejaba de ser
paradójico. Las pretensiones nobiliarias de Lavoisier 110 resultaban mucho más
convincentes que las de presentarse como un miembro más de la circunscripción
que aspiraba a representar; su sitio, en realidad, estaba en la haute
bourgeoise. El padre de Lavoisier, sin embargo, le había comprado a su
hijo, como regalo de bodas, el decorativo título de «Secretario del Rey». Lo
malo era que esos títulos adquiridos se estaban convirtiendo en puntos
vulnerables para quienes los ostentaban sin pertenecer realmente a la nobleza
hereditaria, que, en consecuencia, poco socorro o amparo estaba dispuesta a
ofrecerles. Al contrario que sus colegas Trudaine de Montigny y Guyton de
Morveau, Lavoisier no se había añadido la aristocrática preposición «de» al
apellido, y aunque ni por asomo fuese un proletario, su interés en la reforma
constitucional de la monarquía francesa era sin duda genuino.
Así y todo, el feroz ataque tuvo éxito. Uno de esos opositores estaba tan
exaltado que, según refirió Lavoisier, de no haber sido por la «extrema
prudencia» con que se condujo, no alcanzaba a imaginar «qué excesos se habría
visto incitada a cometer la gente» contra su persona. Ese conato de agresión a
manos del populacho en la Asamblea de Blois no sería el único apuro del que se
salvaría milagrosamente ese mismo año.
A continuación trató de conseguir un cargo representando a la nobleza de esa
misma región, pero la aristocracia de Blois recelaba de su participación en la
Contrata General; el muro de aduanas alrededor de París, que posiblemente fuese
la más impopular de cuantas medidas llevó a cabo la Contrata, estaba a punto de
terminarse. La glacial acogida que tanto la nobleza como el Tercer Estado
dispensaron a la candidatura de Lavoisier en esas elecciones era un claro
indicio de que su estatus de contratista general y aristócrata de pega empezaba
a resultar sospechoso. Con todo, tardaría dos años más en renunciar a su cargo
en la Contrata.
Rechazada su candidatura, Lavoisier aceptó el puesto de secretario que le
ofrecieron los nobles de Blois, en cuya calidad redactó el borrador de una
constitución ideal (si no idealizada) para Francia. Aunque se trataba de una
síntesis de las ideas y puntos de vista del grupo, partes del documento tenían
un inconfundible sabor lavoisieriano. La nueva constitución debía, primero y
por encima de todo, garantizar la seguridad de las personas y de la propiedad,
y al mismo tiempo, hacer extensivo a todos los ciudadanos el sagrado derecho
humano a la libertad. En concreto, un argumento a favor de la eliminación de
todas las tarifas aduaneras recaudadas dentro de las fronteras del país parece
indicar que, a esas alturas, Lavoisier ya se había percatado de que más le
valía distanciarse de las viejas prácticas de la Contrata General. El documento
recomendaba la igualdad impositiva, así como la reforma de los sistemas
jurídico, agrario y económico. Y terminaba afirmando que los Estados Generales
(el organismo para el que iban a elegirse representantes) no debían disolverse
sin antes haber creado y promulgado una constitución.
El resto, como reza la trillada frase, es de sobra conocido. El 5 de mayo, Luis
XVI convocó los Estados Generales en Versalles. Tras seis semanas de
tormentosos debates, el Tercer Estado se declaró a sí mismo la Asamblea
Nacional francesa e invitó a los otros dos estados, el clero y la nobleza, a
que se le uniesen. Cuando el rey reaccionó cerrando el salón de reuniones del
palacio, el Tercer Estado se congregó, de manera espontánea, en el Juego de
Pelota, una cancha de tenis en los jardines de las Tullerías. Fue allí donde,
el 20 de junio, los representantes juraron no disolver la cámara hasta que no
se aprobase una constitución. Una semana después el rey capituló, al menos de
palabra, y ordenó al clero y a la nobleza que se uniesen a la nueva Asamblea
Nacional.
A todo esto, un contingente cada vez más numeroso de mercenarios se congregaba
a las afueras de París, reclutados por un gobierno cada vez más preocupado por
su integridad. De murallas adentro, el humor de los parisinos, agravado por la
escasez de alimentos y el nerviosismo que les inspiraban los movimientos de
tropas, se iba tornando más imprevisible. El 12 de junio, Bernard-Jordan de
Launay, un comandante del ejército real, ordenó el traslado de un cargamento de
pólvora desde el Arsenal a la cercana Bastilla al objeto de tenerla lista como
baluarte en caso de que el populacho se desmandase. De hecho unos manifestantes
ya se habían hecho con miles de fusiles procedentes de soldados que no les
habían opuesto resistencia en los Inválidos y en Bretonvilliers, el cuartel
general de la Contrata General. Otros comandantes estaban planeando entrar con
sus tropas en París.
En medio de esa situación explosiva, Lavoisier trataba de nadar entre las dos
aguas del torrente político. Seguía disponiendo del laboratorio en el Arsenal y
su cargo en la Administración de la Pólvora lo convertía en uno de los
responsables del traslado de la pólvora a la Bastilla. El 13 de julio, los
compromisarios del Tercer Estado, que ahora reivindicaban el control del
gobierno, lo nombraron miembro de la comisión encargada de mantener el orden en
la zona donde tenían lugar esos acontecimientos. Ese mismo día, la turba
comenzó a derribar el muro de aduanas que rodeaba París.
Lavoisier pasó buena parte del 14 de julio tratando de justificar el traslado
de la pólvora ante la asamblea nacional, ahora reunida en el ayuntamiento, y al
mismo tiempo de tranquilizar a los compromisarios asegurándoles que, llegado el
caso, habría pólvora disponible para defender el interés público. La cuestión
quedó irresuelta, pues justo cuando se estaba debatiendo, los 114 hombres que
formaban la guarnición de la Bastilla disuadieron a Launay de volar el polvorín
y se rindieron a los miles de manifestantes armados que esperaban en el
exterior. Fueron puestos en libertad un total de siete prisioneros.
El 17 de julio, Luis XVI llegó a París procedente de Versalles. Ante los
compromisarios reunidos en el ayuntamiento, el monarca se prendió en el
sombrero la nueva escarapela revolucionaria en señal de aquiescencia a la
autoridad de la que ya se denominaba a sí misma Asamblea Nacional
Constituyente. Fue un momento de celebración, pero el país entero se tambaleaba
peligrosamente. En el campo estallaban revueltas campesinas por doquier,
mientras que en París la plebe se echaba a las calles, poniendo en grave riesgo
la seguridad tanto de las personas como de la propiedad.
Lavoisier, que había hecho la vista gorda a la destrucción de la muralla, hubo
de ocuparse ahora de la simbólica demolición de la Bastilla. En este, como en
tantos otros asuntos, hizo gala de su respeto por el orden, su conservadurismo
y su habitual buen juicio. La turba había empezado a derribar la fortaleza el
14 de julio, pero la tarea era demasiado grande y complicada como para
completarla en ese primer arrebato de entusiasmo. El 27 de julio, Lavoisier
utilizó una aportación de más de 35 mil libras (divididas con sagacidad entre
sus múltiples fuentes de ingresos, incluidas la Administración de la Pólvora,
el Banco de Descuento y la Contrata General) para encargar a un contratista la
demolición de la fortaleza de un modo mucho más organizado y seguro. Los
últimos días de julio se discutieron diversas técnicas para desmantelar el
edificio. Esta cuestión también quedaría en el aire dado que, mientras se
debatía, unos obreros remataron la faena a golpe de piqueta.
El 6 de agosto Lavoisier se encontraba en la Bastilla peleándose con el
contratista por el coste de la demolición cuando tuvo lugar el incidente
del poudre de traite, en realidad provocado por el inminente
desembarco de un buque cargado de pólvora sospechosa con destino a Essonne.
Esta vez Lavoisier estuvo muy cerca de morir linchado, lo bastante como haberse
venido abajo, pero tenía una capacidad inusitada de mantener la calma en ese
tipo de crisis. Posteriormente trató de lavar la mancha que el malentendido dejó
en su reputación leyendo un comunicado ante la Academia de las Ciencias y ante
el comité local de la Asamblea Nacional en el que justificaba su conducta. Así
y todo, lo lógico es pensar que cuando dos semanas después le pidieron que
retirase el cuadro de David del Salón de Peinture, el químico no opusiera mucha
resistencia.
* *
* *
Hasta
1789, Lavoisier había ejercido una influencia política considerable, aunque más
entre bambalinas que en primera fila. Gracias a sus cargos en la Administración
de la Pólvora, en el Banco de Descuento, e incluso en la Contrata General, el
químico tenía mano en muchas cuestiones de gobierno. En todas esas esferas
actuaba con vocación reformista, a menudo influido por fisiócratas como Turgot.
Estaba convencido de que la mejora técnica redundaría en un gobierno mejor y,
como muchos de sus contemporáneos ingleses, de que la aplicación del enfoque
del positivismo racional al plano político y económico podía tener éxito.
Tras la conmoción del verano de 1789, daba la impresión de que la situación en
Francia podía estabilizarse. La razón parecía haberse reafirmado con la
declaración, el 28 de agosto, de los derechos del hombre y del ciudadano.
Lavoisier a buen seguro aprobó la proclamación ya que en buena medida coincidía
con el documento que esa primavera había redactado en nombre de los
aristócratas de Blois y porque, además, se inspiraba fundamentalmente en la
declaración de independencia de los Estados Unidos de 1776.
Al otro lado del Atlántico, la constitución de los Estados Unidos seguía
evolucionando con razonable decoro. En septiembre de 1789 se aprobaron por
votación del congreso las diez primeras enmiendas, conocidas como Declaración
de Derechos, y se incorporaron a la carta magna. Lavoisier, junto con otros
moderados, confiaba y esperaba que la Asamblea Nacional constituyente de
Francia siguiese un rumbo similar e instituyese una monarquía constitucional no
muy diferente de la inglesa, aunque más liberal en lo retórico y puede que
incluso en lo práctico.
Esas expectativas no tenían en cuenta las sustanciales diferencias que mediaban
entre las revoluciones francesa y estadounidense, aunque justo es reconocer
que, dada la cercanía, eran difíciles de percibir. La segunda había tenido su
origen en una revuelta fiscal y había terminado con la separación de la colonia
respecto de la metrópoli. A pesar de toda esa retórica de «vida, libertad y
búsqueda de la felicidad», al principio la extensión de derechos políticos a la
ciudadanía se limitó severamente y (tal y como los radicales franceses no
tardarían en denunciar) dejó prácticamente todo el gobierno en manos de los
grandes terratenientes virginianos, que dependían del trabajo esclavo. Además,
la estructura de la sociedad colonial se mantenía relativamente intacta.
En cambio, la Revolución Francesa fue una auténtica revuelta de clase que
estalló en el corazón mismo de la nación, 110 en su periferia colonial. En sus
comienzos también tuvo que contemporizar con ciertas cuestiones: la economía
francesa dependía enormemente de la esclavitud en sus colonias antillanas,
sobre todo en la opulenta Dominica, que a medida que la economía metropolitana
se desintegraba bajo la presión combinada de la creciente anarquía doméstica y
de las múltiples guerras con las potencias extranjeras, se convirtió en la
única fuente de ingresos. Pero la Revolución Francesa siempre tuvo su ala
radical, que no aceptaba contemporización alguna y se empeñaba en aplicar la
ideología libertadora hasta las últimas consecuencias, sin atender a las
repercusiones económicas ni de ninguna otra clase. Cuando los radicales se
hicieron con el poder, todas las instituciones de la vieja sociedad francesa
fueron arrancadas de cuajo y puestas patas arriba.
Como la mayoría de sus camaradas moderados, Lavoisier tardó en reconocer esa
diferencia crucial. Sin embargo, en octubre de ese mismo año, 1789, se llevó otro
susto. En París los disturbios callejeros, provocados por una escasez crónica
de harina para cocer pan, estaban a la orden del día. El 5 de octubre,
Marie-Anne Lavoisier, andarina empedernida, vio cómo su carruaje quedaba
atrapado en medio de una de esas catervas de mujeres encolerizadas cuyos
excesos superaban ya los de los hombres. La distinguida joven no tuvo más
remedio que apearse y echar a andar entre esas peligrosas tricoteuses hasta
que, presumiblemente, se hartaron de hostigarla y la dejaron marcharse a su
apartamento en el Arsenal, donde su marido y el gobernador estadounidense
Morris la esperaban para almorzar. En realidad, las tricoteuses andaban
tras una pieza mayor; se dirigían a Versalles para capturar «al panadero, a la
mujer del panadero y al hijo del panadero»: su sarcástica manera de referirse a
la familia real. El 6 de octubre, tras múltiples vejaciones, el rey, la reina y
el delfín fueron conducidos de vuelta a París y encerrados, a efectos
prácticos, en las Tullerías. La asamblea nacional se instaló en una sala
contigua. A raíz de ese incidente, Lavoisier hizo todo lo posible por
desmarcarse de la política, aunque siguió trabajando un par de años más en el
Banco de Descuento y no lo tuvo fácil para evitar que le salpicasen los escándalos
provocados por la constante preocupación en torno a las municiones.
* *
* *
El
inglés Edmund Burke, tan hostil como siempre a la Revolución Francesa, la
describió así: «Es evidente que el gas salvaje, el aire fijo,
se ha escapado; pero hemos de posponer todo juicio en tanto no amaine un poco
la primera efervescencia, en tanto el líquido no se asiente y podamos ver algo
más profundo que la agitación de una superficie espumosa y turbulenta». Burke
escogió ese lenguaje para atacar a Priestley, el viejo rival de Lavoisier, que
simpatizaba con la revolución. Puede que a Lavoisier le gustase la analogía,
pues lo cierto es que siguió la recomendación de «posponer todo juicio» y
estaba ansioso por que amainase la «efervescencia» revolucionaria.
En la carta que escribió a Benjamín Franklin el 2 de febrero de 1790, el
químico quería creer que ya había amainado: «Damos [la revolución política] por
terminada, y además de manera irrevocable, por más que aún exista un partido
aristocrático que se resiste en vano y que, obviamente, es el más débil de
todos. Por otro lado, el partido demócrata es más numeroso y tiene, además, la
educación, la filosofía y las Luces de su parte. Las personas moderadas, así
como quienes han mantenido la calma durante esta efervescencia generalizada,
piensan que las circunstancias nos han llevado demasiado lejos, que es una pena
que nos hayamos visto obligados a armar al pueblo y a los ciudadanos, que es
poco político colocar la fuerza en manos de quienes deberían obedecer y que
existe el riesgo de que la entrada en vigor de la nueva constitución dé lugar a
complicaciones precisamente por parte de aquellos en cuyo beneficio se ha
promulgado».
Al describir esa postura que calificaba de moderada, Lavoisier dejaba traslucir
cierta nostalgia del ancien régime, al afirmar que la Revolución
francesa era ya irrevocable, claramente se estaba lamentando de que ciertos
aspectos de la misma no pudiesen revocarse. No cabe duda de que muchos
moderados compartían esa misma inquietud y recelo: nadie sabía a qué extremos
podría llegar el populismo revolucionario. Y tampoco cabe duda de que esta
nostálgica frase de la carta a Franklin era absolutamente sincera: «En momentos
así lamentamos profundamente que esté tan lejos de Francia; habría sido nuestra
guía y nos habría marcado los límites que no deberíamos haber sobrepasado».
Es fácil leer entre esas líneas que, por más que Lavoisier desease el fin de la
revolución, también era demasiado sagaz como para no tener la vehemente
sospecha de que lo peor estaba aún por llegar. Así y todo, a juzgar por el
camino que siguió de 1790 a 1793, se diría que las ilusiones que se hacía le
empañaron un tanto la visión. Lavoisier siempre estuvo en primera línea de la
revolución química, pero en el caso de la revolución política, andaba un tanto
rezagado.
* *
* *
Marat,
que había tenido en Lavoisier a su bestia negra científica, publicó el primer
número de su periódico L'ami du peuple en septiembre de 1789.
Al final, había encontrado su propia «materia del fuego»… en el periodismo
incendiario. Esos últimos años de su vida los dedicó a espolear e incitar a la
izquierda radical, aunque siempre le quedaba un rato libre que dedicar a los
viejos enemigos: si Lavoisier lo había puesto en evidencia como charlatán
científico, él podía devolverle el golpe acusándolo de ser el «corifeo de los
charlatanes». En 1791 el viejo orden estaba tan trastocado que Marat podía dar
una imagen harto negativa de Lavoisier sólo con recitar su currículo:
«Contratista general, director de la Administración de la Pólvora,
administrador del Banco de Descuento, miembro de la Academia de las Ciencias,
secretario del rey», etcétera.
Jacques-Pierre Brissot, que se había apresurado a acusar a las academias
nacionales de ser intrínsecamente dictatoriales, y que tanto se escociera
cuando Lavoisier desenmascaró el culto del mesmerismo, se sumó al acoso y
derribo con un artículo en Le patriote Français: «Contratista
general y académico, dos cargos para fomentar el despotismo, y lo que es peor:
suya fue la idea de construir un muro alrededor de París. Abucheado en Blois
cuando se presentó a las elecciones, los únicos votos que consiguió fueron por
caridad. Lavoisier se convirtió en químico; se habría quedado en alquimista de
haber atendido exclusivamente a su insaciable sed de oro».
Lavoisier no contestó a esos ataques. Había aprendido que lo mejor para
conservar la dignidad era quedarse callado. Y es que aún estaba reciente el
error de cálculo cometido al publicar una carta abierta en Le moniteur para
anunciar que, en nombre de la igualdad y la fraternidad, renunciaba al salario
de sus cinco cargos públicos, salvo el de la Administración de la Pólvora. La
maniobra recordaba a la que había intentado hacer al «igualarse», a efectos
fiscales, a los electores de Villefrancoeur, y el resultado no fue más
provechoso. Inmediatamente se dejaron oír los ensordecedores cañonazos del
periódico de extrema izquierda Les artes des apôtres, en forma de
poema satírico:
Généreux
Lavoisier, ta lettre pathétique
M'a fait, je l'avouerai, presque verser des pleurs;
Tu viens de conquerir à la fois tous les coeurs
En nous développant ta conduite héroïque.
Quel exemple étonnant de modération!
Se contenter d'avoir cent mille écus de rente
Qu'on a gagnés, Dieu sait! Puis a sa nation,
Donner son temps pour rien, cet exemple me tente.
Ah! Que ne puis-je, helas! pouvoir en faire autant!
(Generoso Lavoisier, tu carta patética
casi me hace, lo admito, verter lagrimones;
acabas de conquistar nuestros corazones
al revelamos tu conducta ascética.
¡Qué pasmoso ejemplo de moderación!
Contentarte con cien mil escudos de renta
que ganaste sabe Dios cómo, pues a tu nación
entregas tu tiempo por nada: tu ejemplo me tienta.
¡Lástima que a mí no me salgan las cuentas!)
En
las páginas de Le Patriote, Brissot se hizo eco del argumento, no
del todo ilógico, de que si los cargos públicos no se remuneraban, sólo podrían
permitirse ocuparlos los ricos. A todo esto, la respuesta oficial a la
ocurrencia de Lavoisier tampoco fue mucho más alentadora. El químico quería,
por encima de todo, conservar su puesto en la Administración de la Pólvora para
garantizar la integridad de sus laboratorios, que seguían ubicados en el
Arsenal. En la sincera carta que escribió a Louis Hardouin Tarbé, el ministro
encargado de la decisión, manifestó lo siguiente: «Allí me he establecido con
dinero de mi propio bolsillo y he invertido una suma considerable en
laboratorios, en instalaciones relacionadas con la ciencia que practico, y en
instrumentos». Al final Lavoisier accedió a renunciar a su puesto en la
Administración de la Pólvora a cambio del permiso, garantizado por Tarbé, de
seguir utilizando los laboratorios del Arsenal; así de precaria se había vuelto
la situación de Lavoisier.
Jean-Paul Marat padecía eccemas y tomaba baños prolongados para mitigar su
dolencia. Tenía la costumbre de atender a sus visitas en una bañera cubierta.
El 13 de julio de 1793 cometió la imprudencia de recibir a una desconocida, una
joven llamada Charlotte Corday, que le asestó una puñalada mortal y escapó[11]. El pintor
David representó la escena en un cuadro muy diferente en cuanto a estilo y
sentimiento del retrato de los Lavoisier: la estampa, de un realismo harto
desagradable, parece fotográfica. Marat, tocado con un turbante y con la piel
cetrina a causa de la enfermedad o de la hemorragia, yace exánime en una bañera
que más parece un féretro, con un brazo colgando cuyos dedos aún sujetan una
péñola, y en el pecho una herida como un frunce exangüe. El macabro y repulsivo
retrato es una de las piezas más inolvidables de David y simboliza
apropiadamente los eventos que rodearon el asesinato de Marat.
La muerte de su enemigo no supuso alivio alguno para Lavoisier. El partido
jacobino, del que Marat había sido abanderado y que empezaba a ejercer una
notable influencia en el gobierno de la nación, elevó al asesinado a los
altares. Como miembro de la guardia nacional, Lavoisier tuvo que tomar parte en
un desfile militar en honor de Marat, cuyo cadáver David engalanó para la
ocasión con un traje romano. Pocos meses después volvió a verse obligado a
asistir a un homenaje parecido con motivo de la inauguración, el 15 de octubre,
de una estatua del canonizado periodista. En cierto sentido, Marat parecía
haberse tornado más poderoso después de muerto, como si su feroz espíritu se
hubiese liberado de su cuerpo y poseyese a los gobernantes de la nación.
* *
* *
Desde
que el populacho lo llevase de vuelta a París en octubre de 1789, Luis XVI se
había visto paulatinamente despojado de sus poderes y la situación de su
familia se tornaba cada día más delicada. En teoría, hasta septiembre de 1792,
existía una monarquía constitucional, o por lo menos estaba en proceso de
implantación, pero el rey se fue manifestando cada vez más incapaz de manejar
la situación mediante edictos y vetos, y se vio tentado por la posibilidad de
invertir completamente el proceso revolucionario. Las potencias monárquicas de
Europa estaban de su parte y, en junio de 1791, el rey trató de sacar a su
familia de Francia para unirse a ellas, pero fueron arrestados en Varennes y
conducidos de nuevo a París. La presión para que se abandonase la idea de
monarquía constitucional en favor de una república alcanzó un punto crítico el
17 de julio, con motivo de la celebración del segundo aniversario de la toma de
la Bastilla. En el transcurso de una accidentada ceremonia pública, el marqués
de Lafayette, que a pesar del cariño que le profesaban sus compatriotas por su
participación en la Revolución Americana, tenía inclinaciones más moderadas que
la mayoría de ellos, dio órdenes a la guardia nacional de disparar contra los
alborotadores republicanos.
Estos acontecimientos dieron motivos a la izquierda para sospechar que la
acción combinada de fuerzas realistas, tanto dentro como fuera de Francia,
podría, efectivamente, abortar la Revolución.
No obstante, en septiembre de 1791 se proclamó una constitución y Luis XVI
recuperó su autoridad, siquiera limitada constitucionalmente. A comienzos de
junio de 1792, el monarca destituyó a los legisladores jacobinos; Lafayette
secundó esta decisión, pero la muchedumbre invadió las Tullerías y obligó al
rey a ponerse el gorro frigio y a brindar a la salud del pueblo soberano. En
una de las sesiones del club jacobino, Robespierre, alentado por sus
correligionarios, exigió abiertamente la defenestración del monarca. El 10 de
agosto, la turba saqueó las Tullerías y anunció su propósito de derrocar la
monarquía. El rey y su familia se convirtieron en prisioneros de la nación. El
21 de septiembre se abolió la monarquía y se declaró la república.
Luis XVI fue guillotinado el 21 de enero de 1793. Francia estaba en guerra
desde la primavera anterior con Austria y Prusia (María Antonieta, la reina
francesa, pertenecía a la familia real austríaca). En febrero de 1793, Francia
también declaró la guerra a Inglaterra y Holanda; en marzo, incluyó a España en
la lista de enemigos. La oposición a una nueva leva, necesaria para el esfuerzo
bélico, desató revueltas realistas en Bretaña y La Vendée. El 10 de marzo, la
Convención implantó el llamado Tribunal Revolucionario para procesar a todos y
cada uno de los enemigos de la república. Este órgano se ampliaría un mes
después con la anexión del Comité de Salud Pública, cuya misión, explícitamente
encomendada por la Convención, era la de aterrorizar a los enemigos de Francia.
La muerte de Marat era el último grano de arena que hacía falta para inclinar
definitivamente la balanza en favor del Terror.
* *
* *
En
cuestión de semanas, el Terror se transformó en un cáncer que atacaba al
organismo que supuestamente había de proteger. Al final, hasta el mismísimo
Robespierre sería una de sus víctimas. A todo esto, Lavoisier, como la mayoría
de los miembros de la burguesía (un estamento cada vez más desestabilizado),
hacía todo lo posible por no verse envuelto en esa maquinaria criminal.
Esperaba, y no era una esperanza insensata, que su estatus de científico y el
beneficio material que su pericia técnica podría proporcionar a la república lo
protegiesen de las acusaciones derivadas de su labor como financiero,
administrador de la pólvora y, lo que más lo comprometía, contratista general.
Pero las organizaciones y estructuras académicas e intelectuales que pensaba podrían
servirle de amparo se estaban desmantelando.
Ya desde el comienzo de su carrera Lavoisier había venerado las academias
nacionales como «pequeñas repúblicas»: estados en miniatura dentro del reino de
Francia que salvaguardaban las actividades intelectuales, científicas y
artísticas, librándolas de las presiones existentes fuera de sus contornos. En
cambio, aun en fechas tan tempranas, gente como Marat y Brissot (que tras
descollar como líder de los girondinos, había perdido preeminencia) ya se había
quejado del carácter intrínsecamente elitista, y hasta tiránico, de las
academias. Este fue el punto de vista que se impondría en agosto de 1793. La
acusación contra la Academia de Bellas Artes la dirigió el más ilustre de sus
miembros, el pintor David, que declaró ante la Convención con una pasión
autocrítica que habría complacido al propio Pol Pot tanto como seguramente
complació a su íntimo amigo Robespierre: «Clausuremos para siempre esas
escuelas de adulación y servilismo […]. Cuanto se diga de una academia cabe
decirlo de todas; en todas ellas rige el mismo espíritu y los hombres son los
mismos […]. En nombre de la humanidad, en nombre de la justicia y, sobre todo,
por amor a la juventud, destruyamos, aniquilemos, esas mortíferas academias que
no pueden seguir existiendo en un estado libre. Aun siendo, como soy,
académico, ante todo he de cumplir con mi deber».
En esa misma sesión, el Abbé Grégoire presentó una crítica más mesurada de las
academias, abogando, en concreto, por la conservación de la Academia de las
Ciencias, que, según explicó, seguía sirviendo a la nación con proyectos tales
como el nuevo sistema de pesos y medidas. En su perorata Grégoire destacó los
logros astronómicos de Johannes Kepler, «el inmenso caudal de conocimientos que
debemos al genio de Newton» y, por último, «la más sublime investigación en el
campo de la química». Su elocuencia no sirvió de mucho. La Academia de las
Ciencias fue clausurada junto con las demás, y Grégoire no pudo sino presagiar
con pesimismo un «lúgubre futuro» caracterizado por «la persecución de los
sabios».
Sin embargo, fueron precisamente los sabios —al menos algunos de ellos— quienes
inventaron el Terror. Aunque la Revolución Francesa tuvo sus momentos de
anarquía, el Terror no fue uno de ellos. Todo lo contrario: el Terror imponía
el orden, aunque no fuese el tipo de orden que Lavoisier habría aprobado. La
propia insensatez del resultado final fue fruto de una aplicación a ultranza de
la lógica. Y es que, por encima de todo, el Terror era lógico.
El analista contemporáneo Charles Murray llega al extremo de sugerir que la
culpa de todo la tuvo Newton, o mejor dicho, el obsesivo afán de finales del
dieciocho por «newtonizar» absolutamente todo. «La Razón se convirtió en la
nueva fe. Su primer vástago político fue la grotesca república jacobina surgida
tras la Revolución Francesa». Suponer que todo fenómeno, incluido el
comportamiento humano, como si se tratase del comportamiento de la materia en
la física y en la química, debía, en última instancia, someterse a la razón,
resultó ser un disparate. «A los adoradores de Newton», sostiene Murray, «se
les ocurrió que lo que sabían del movimiento de los cuerpos, también podían
saberlo del hombre. El ser humano era capaz de rehacer el mundo desde cero
diseñando nuevas instituciones humanas mediante la aplicación de la razón
científica».
A medida que las Luces se apagan y dan paso al Terror, buena parte del contexto
cultural corrobora ese punto de vista. La revisión deísta del cristianismo
propugnada, entre otros, por Benjamín Franklin, sostiene que el universo es una
máquina inmensa, originariamente creada por Dios pero susceptible de ser
mantenida e incluso mejorada por el hombre. La Logique de
Condillac, esa obra tan admirada por Lavoisier, implicaba una extensión de la
sinergia de pensamiento, habla y escritura al terreno de la acción. Si se podía
hacer que la química obedeciese las reglas del álgebra, ¿por qué no hacerlo con
la política? Lavoisier, por supuesto, no habría llevado la racionalización de
la política a tales extremos; al igual que la mayoría de los moderados,
prefería que se detuviese en el punto en que Franklin la habría detenido. Y es
que la concepción lavoisieriana de la política, más benévola y caritativa,
tenía en cuenta, a decir de Murray, «la intratable y problemática naturaleza
humana».
Condorcet era uno de esos moderados acorralados; su condición de girondino le
valió la expulsión de la asamblea legislativa y, posteriormente, un juicio y
condena in absentiae en octubre de 1793. Su delito era,
fundamentalmente, haber previsto y denunciado las fatídicas consecuencias de la
constitución sobre la que se fundó, en junio de ese mismo año, la república
jacobina. Teniendo en cuenta las circunstancias en que lo escribió (escondido
de sus antiguos colegas, ahora terroristas de Estado), el tono de optimismo a
prueba de bomba que destila su Bosquejo de un cuadro histórico de los
progresos del espíritu humano resulta de lo más estrambótico toda vez
que el tratado hace caso omiso de los mismos hechos por cuya denuncia estaba en
busca y captura.
Aun así, Condorcet todavía creía que la sinergia de pensamiento, habla y
retórica podía traducirse, y se traduciría, inevitablemente en acción, incluso
de tipo político. Todavía creía (al igual que Robespierre y otros miembros del
Comité de Salud Pública) en «la verdadera perfección del género humano». En la
conclusión del libro, formula lo que para él era claramente una pregunta
retórica: «La creencia en las ciencias naturales sólo tiene una base, a saber,
que las leyes generales que gobiernan los fenómenos del universo, tanto los
conocidos como los desconocidos, son necesarias y constantes. ¿Por qué habría
de ser este principio menos cierto para el desarrollo de las facultades morales
e intelectuales del hombre que para el resto de procesos naturales?».
El progreso material en física y química (para entonces Condorcet, en su día
partidario del flogisto, ya había reconocido la superioridad de la nueva
química, que aparece incluso descrita en el Bosquejo) sin duda implicaba
una pauta de progreso similar en todos los asuntos humanos, incluida la esfera
política. Poco antes de morir en una cárcel jacobina, Condorcet predijo
alegremente que llegaría un día «en que el sol brillará solamente sobre hombres
libres que no conozcan más amo que su propia razón; un día en que los tiranos y
los esclavos, los curas y sus estúpidos e hipócritas instrumentos sólo
existirán en los libros de historia o en los escenarios de los teatros; un día
en que sólo pensaremos en ellos para compadecernos de sus víctimas y de los
ingenuos a quienes embaucaron, para mantenernos en un estado de alerta mediante
el recuerdo de sus abusos, y para aprender a detectar y destruir, mediante la
fuerza de la razón, los embriones de la tiranía y de la superstición en el caso
de que osen reaparecer entre nosotros». Huelga decir que cuando Condorcet
terminó su monografía, ese estado de alerta ya había degenerado en tiranía.
En el momento en que redactaba esas líneas, el clero ya había pasado a la
historia. A finales de 1789, el Estado expropió las propiedades de la iglesia
católica (Lavoisier, puede que imprudentemente, adquirió una superficie
considerable de tierras hasta entonces pertenecientes a la iglesia en la región
de Villers-Cotterêts, la cuna de sus antepasados). En 1790 se abolieron todas
las órdenes monásticas y la mayoría de hermandades religiosas. En octubre de
1793, entró en vigor el nuevo calendario revolucionario, que racionalizaba el
cómputo del tiempo y lo liberaba del yugo de los calendarios cristianos, con su
ciclo de festividades, penitencias y onomásticas. Un mes después, Robespierre,
que, como buen puritano, necesitaba de una válvula de escape para su piedad,
organizó un «festival de la Razón», que tendría lugar el 20 de pradial.
El propósito de la fiesta, que se celebró en la antigua catedral de Notre Dame,
era sustituir el simbolismo de la iglesia católica, arrancado de cuajo por los
revolucionarios, por una nueva iconografía basada exclusivamente en principios
seculares. Robespierre, fiel a su mentalidad burocrática, plasmó «el Culto del
Ser Supremo» en una lista de quince edictos. El artículo séptimo estipulaba
como objetos de adoración «el Ser Supremo y la Naturaleza, la raza humana, la
igualdad nacional, los benefactores de la humanidad, los mártires de la
emancipación, la libertad y la igualdad, la República, la libertad mundial, el
patriotismo, el odio a los tiranos y a los traidores, la verdad, la justicia,
la modestia, la gloria y la inmortalidad, la amistad, la templanza, el coraje, la
buena fe, el heroísmo, la imparcialidad, el estoicismo, el amor, la fidelidad
conyugal, el cariño paterno, el amor materno, la devoción filial, la niñez, la
juventud, la madurez, la vejez, los infortunios, la agricultura, la industria,
los antepasados, la posteridad, y la felicidad». Más o menos esto era lo que
tenían en mente los fundamentalistas cristianos del siglo XX cuando
despotricaban contra el «humanismo secular».
Robespierre dedicó lo que habría sido el día de Navidad de 1793 (si hubiese
existido el 25 de diciembre) a pronunciar un discurso acerca de la diferencia
entre el gobierno constitucional que la Revolución Francesa se había propuesto
establecer y el vigente gobierno revolucionario que las exigencias de la guerra
hacían necesario. «La principal incumbencia del gobierno constitucional es la
libertad civil; la del gobierno revolucionario, la libertad pública. Bajo un
gobierno constitucional basta con proteger al individuo frente a los posibles
abusos del Estado; el gobierno revolucionario, en cambio, ha de defender al
Estado de las facciones que lo atacan por todos los flancos». En una situación
tan comprometida, Robespierre consideraba que existía la imperiosa necesidad de
«atemorizar a los enemigos de Francia». Dicho de otro modo, «el gobierno
revolucionario ha de garantizar a los buenos ciudadanos la total protección del
Estado; a los enemigos del pueblo, sólo ha de garantizarles la muerte». La
lógica parecía irrefutable; además, venía respaldada por el Comité de Salud
Pública, por si acaso a alguien se le ocurría pensar en refutarla.
Ni siquiera hoy día deja de haber quien defienda a Robespierre y sus secuaces
con el argumento de que el Terror fue un recurso eficaz para unificar a Francia
y asegurar su supervivencia y posterior triunfo en un momento en que el país se
hallaba en guerra prácticamente con toda Europa. Todo ello a costa de mandar a
la guillotina a unos dieciocho mil ciudadanos franceses y de crear el modelo de
terrorismo de Estado del que se han valido sistemáticamente los regímenes más
totalitarios habidos desde entonces. La metodología seudocientífica y
seudoalgebraica del Terror resurge en la tergiversación y aplicación indebida
por parte de Josef Stalin de las teorías de Karl Marx, aunque con un saldo
muchísimo mayor de víctimas mortales, obtenido tras esa fachada de política y
retórica que pasaría a denominarse orwelliana. Esa misma
metodología insufla su banalidad en el mal durante el régimen nazi, al permitir
que individuos como Adolph Eichmann practiquen el genocidio como aplicación de
una técnica científica y utilitarista. Y volvemos a degustarla en los
sangrientos y embarrados campos de exterminio de Camboya, donde Pol Pot, más
fiel al modelo francés que la mayoría, pretendió empezar la historia desde cero
con su particular versión del año uno.
Jean-Pierre Poirier, uno de los biógrafos de Lavoisier, identifica siete
científicos víctimas del Terror. El duque de La Rochefoucald d'Enville, un
miembro honorario de la Academia que protestó contra la justicia del populacho
en general, y contra el Tribunal Revolucionario en particular, murió linchado
en septiembre de 1792. En noviembre de 1793 el Tribunal Revolucionario condenó
a muerte al astrónomo Jean-Silvain Bailly, aliado político de lafayette. El
barón de Dietrich, el químico en cuya casa se compuso el himno revolucionario
de La Marsellesa, tomó partido por los realistas y fue guillotinado en
diciembre de 1793. Condorcet, como hemos visto, murió en la cárcel, sin que se
sepan exactamente las causas, en abril de 1794. El mismo mes fueron decapitados
Bochart de Saron, un astrónomo y matemático que había firmado una protesta
contra la supresión del parlamento, y Lamoignon de Malesherbes, que había
participado en la defensa de Luis XVI.
No obstante, la mayoría de los miembros de la descoyuntada élite científica
francesa lograron salvar el pellejo, entre ellos varios de los colegas más
cercanos de Lavoisier: Meusnier, Monge, Fourcroy, Berthollet y Guyton de
Morveau. El partido jacobino no perdió de vista, ni siquiera en pleno paroxismo
asesino, el valor del conocimiento científico para la nación, razón por la cual
varios de esos hombres seguían gozando de predicamento a nivel popular. Los
demás jugaban la carta de la discreción y confiaban en pasar totalmente
desapercibidos. Todos los supervivientes permanecieron en Francia mientras duró
la guerra. El único científico que trató de escapar, el barón de Dietrich, fue
condenado por emigré.
* *
* *
En
cuanto a Lavoisier, parece que le costaba hacerse cargo de que el mundo se
había desquiciado por completo. Él, que tanto había confiado siempre en sus
balanzas, creía firmemente en el equilibrio de todas las cosas y, en
consecuencia, estaba convencido de que el equilibrio terminaría
restableciéndose por sí solo. Tenía previsto pasar unos meses en Escocia para
trabajar en un proyecto con Joseph Black, y viéndolo en retrospectiva, más le
valdría haberse puesto en marcha en el otoño de 1793. Sin embargo, el viaje
podría haberle valido una condena por emigré, como al barón de
Dietrich y a tantos otros. Decidió permanecer en Francia, tal vez preocupado
por su laboratorio y su familia, aunque puede que también fuese cuestión de
orgullo, tozudez y del tremendo coraje de que daría muestras en los últimos
días de su vida.
Por otro lado, quizá se figuró que podría capear el temporal. Entraba dentro de
lo razonable: a fin de cuentas, él era probablemente la figura más destacada de
ese círculo de científicos a quienes el estatus estaba sirviendo de escudo, aun
después de suprimidas las academias. Y en el ejercicio de sus múltiples y
diversos cargos al servicio de la nación había sido más diligente, más enérgico
y había tenido más éxito que prácticamente cualquiera de ellos. Resultaba
simplemente imposible creer que la República Francesa pudiese ser tan
irresponsable como para desperdiciar el talento de Lavoisier.
Así y todo, le confiscaron y lacraron los papeles apenas tres días después de
promulgada la nueva ley de sospechosos. Pudo haber salido de Francia entonces,
pues nadie amagó con arrestarlo, pero él decidió quedarse y batallar. Al
principio parecía que sus esfuerzos darían resultado. El 28 de septiembre
desprendieron los lacres de los documentos de la Contrata y le concedieron un
«certificado de virtud cívica» que daba fe de que todo el contenido de los
documentos sospechosos hacía «honor a su espíritu cívico» y permitía «disipar
cualquier clase de sospecha». A tenor de lo cual, Fourcroy devolvió
tranquilamente a los Lavoisier la correspondencia que les habían requisado en
su residencia del bulevar de la Madeleine.
Los términos del certificado parecían la mejor garantía posible contra la ley
de sospechosos, luego tampoco se puede culpar a Lavoisier de iluso por haberse
creído a salvo. En realidad, lo único que hizo fue retardar un desenlace que ya
había comenzado. El 24 de noviembre se dio la orden de detener a todos los
antiguos accionistas de la Contrata General y de encarcelarlos en tanto no
presentasen y evaluasen todas las cuentas sospechosas de la Contrata.
El «certificado de virtud cívica» pasó a valer menos que la hoja de papel en
que estaba escrito.
La policía no encontró a Lavoisier en el laboratorio del Arsenal ni en la casa
del bulevar de la Madeleine; no sabían que ese día el químico estaba cumpliendo
con la Guardia Nacional. Los tres días siguientes los pasó en libertad,
escribiendo cartas como un descosido al Comité de Educación Pública y al de
Seguridad General, cartas en las que, refiriéndose a sí mismo en tercera
persona, trataba de predisponerlos en su favor.
El Comité de Educación Pública estaba al frente del proyecto de pesos y medidas
en el que Lavoisier seguía trabajando. Es más, el químico había dedicado buena
parte del año anterior a elaborar proyectos para la reforma de la educación,
labor que culminaría en un informe en apoyo al Lycée des Arts remitido a la
Convención en 1793. Su interés científico siempre se solapó con el pedagógico,
y no se le escapaba la trascendencia a efectos prácticos de una sólida
formación en artes y oficios (cuyos tradicionales gremios habían sido abolidos
por la Revolución poco antes de suprimir las academias). «Si los Estados Unidos
se han convertido en una nación próspera no ha sido a base de celebraciones»,
escribió Lavoisier en el verano de 1793, «sino de impulsar al máximo el
desarrollo de su industria». En este terreno, siquiera fuese el único, podría
seguir prestando un notable servicio a la nación.
La carta que escribió el 25 de noviembre al Comité de Educación Pública estaba
redactada con suma astucia:
Lavoisier,
miembro de la extinta Academia de las Ciencias, abandonó la Contrata General
hace tres años /…/. Por todos es sabido que nunca se involucró en los asuntos
generales de la Contrata (que competían a un pequeño comité designado por el
ministro); por otra parte, las obras que ha publicado[12] dan fe
de que su principal objeto de interés siempre han sido las ciencias. Nunca
estuvo entre los comisarios designados por decreto para presentar las cuentas
de la Contrata General; por tanto, no se le puede responsabilizar del retraso
que se reprocha a esa comisión; Lavoisier no cree que se le pueda aplicar la
orden de detención decretada contra los contratistas en tanto no presenten sus
cuentas.
Si
el Comité de Educación Pública hubiese querido atender a este argumento,
Lavoisier podría haberse desvinculado hábilmente de su peligrosa relación con
la Contrata; el químico se aseguró de ofrecer un motivo sustancial para que así
fuese:
Ante
la duda, Lavoisier ruega a la Convención Nacional le haga saber si lo que desea
es que se ocupe de las cuentas de la Contrata General, labor para la que no se
considera muy apto, o si debería seguir cumpliendo su cometido en la Comisión
de Pesos y Medidas, donde hasta ahora ha venido trabajando con diligencia y, se
atrevería a decir, con cierta utilidad.
El
26 de noviembre escribió una carta parecida al Comité de Seguridad General, un
organismo que pese a la semejanza de nombre (o tal vez por eso), tendía a
oponerse al Comité de Salud Pública, para entonces dominado por Robespierre y
los terroristas más exaltados. En esta segunda carta, Lavoisier, que llevaba
cuarenta y ocho horas burlando el arresto, se manifestaba dispuesto a
entregarse:
Lavoisier,
antiguo miembro de la extinta Academia de las Ciencias, se ve instado por los
decretos de la Convención Nacional a con tribuir a la aplicación de las nuevas
medidas adoptadas por la Convención Nacional. Por otro lado, un nuevo decreto
ordena recluir a los contratistas generales en un centro de detención para que
contribuyan a la entrega de sus cuentas. Lavoisier está dispuesto a presentarse
allí, peí o cree que primero debería preguntar cuál de los dos decretos ha de
obedecer.
Planteada
en esos términos, la pregunta parecía justificada; si se sopesaban con
ecuanimidad los intereses, Lavoisier debería haber continuado en libertad, o
eso debía de pensar él. El químico llegaba al extremo de proponer un arreglo:
que lo colocasen bajo custodia de «dos de sus hermanos sans-culotte»,
una solución que probablemente le hubiese concedido libertad (escoltada) de
movimientos por París, la suficiente como para proseguir con sus actividades
científicas.
El 27 de noviembre transcurrió sin ninguna respuesta por parte de ninguno de
los dos comités. Lavoisier se hallaba ante una encrucijada; todavía podría huir
del país u ocultarse por una buena temporada, como había hecho Condorcet. Si no
se decantó por ninguna de esas dos opciones no fue por puro capricho. Jacques
Paulze, su suegro, estaba atrapado en la misma red que los demás contratistas,
y por lo visto la alternativa de poner en fuga a toda la familia no era viable,
aunque Paulze también siguiese en libertad durante esos tensos días de noviembre.
Además, a Lavoisier el panorama no se le antojaba lo bastante sombrío. Aunque
nunca había ejercido de abogado, había estudiado derecho y, al igual que
Paulze, confiaba en que un juicio justo terminaría demostrando la probidad de
los contratistas. Lavoisier era lo bastante avisado como para no echar de ver
que su enorme fortuna era un objetivo muy codiciable, pero lo que no se
imaginaba es que, a esas alturas del Terror, el Estado también tenía las miras
puestas en su propia integridad física. Los científicos que hasta entonces
habían subido al cadalso habían estado claramente complicados en acciones
políticas en las cuales Lavoisier se había cuidado mucho de participar. En el
peor de los casos, estaría dispuesto a aceptar el embargo de toda su fortuna y
a tener que ganarse las habichuelas trabajando de boticario, llevando una vida
tan modesta como la del químico sueco Scheele. Lavoisier respetaba muchísimo el
orden; un regreso forzoso al equilibrio no le impediría, ni mucho menos,
levantar cabeza. Y a fin de cuentas, él no estaba hecho para salir huyendo.
El 28 de noviembre, Lavoisier y Paulze (que tampoco tenía mucha madera de
fugitivo) se entregaron en la cárcel parisina de Port Libre, donde ya estaban
recluidos los demás contratistas. Allí permanecerían casi todo el mes
siguiente. El químico todavía confiaba en que una respuesta a cualquiera de las
dos cartas escritas a finales de noviembre podría liberarlo, y sus amigos
trasladaron peticiones similares durante todo diciembre; pero ninguna dio
resultado. En cuanto a la posibilidad de tener un juicio justo, Etienne-Marie
Delahante, uno de los contratistas presos, lo veía mucho más negro: «Preveo que
los comisarios nos acusaran de abusos ficticios, que no nos dejaran defendernos
de las acusaciones y que nos declararán culpables de esa presunta venalidad;
entonces, nos condenarán a muerte».
Efectivamente, los cabecillas del Terror empuñaban con firmeza la navaja de
Occam. La principal amenaza para la supervivencia de los contratistas era la
voracidad de la economía de guerra. Los contratistas eran tal vez los
capitalistas más ricos de toda Francia. En los cinco meses que duró su
reclusión, la situación llegó a tal extremo que la decapitación de los ricos en
la guillotina pasó a ser jocosamente conocida como «acuñación de moneda en la
Place de la Révolution».
* *
* *
En
la cárcel de Port Libre los contratistas ni siquiera tenían acceso a las
cuentas que se les exigía presentar. Por fin, el 25 de diciembre de 1793
(mientras Robespierre explicaba las diferencias entre el gobierno
constitucional y el gobierno revolucionario), se les trasladó a la antigua sede
central de la Contrata, en la calle de Grenelle St-Honoré, donde quedaron
recluidos entre sus propios archivos. Lavoisier, como no podía ser menos, se
metió de lleno en la tarea para la que se había declarado poco apto. A finales
de enero la contabilidad estaba lista.
Como los asuntos de la Contrata eran embrollados y tediosos, la defensa contra
las acusaciones vertidas sobre los contratistas fue legalista e igualmente
tediosa. Además, los temores de Delahante se vieron confirmados por el hecho de
que las imputaciones concretas nunca se les formularon directamente, sino que
los contratistas tuvieron que adivinarlas basándose en los rumores que les
llegaban por boca de familiares y amigos. Ya se puede uno imaginar las dificultades
de preparar una defensa en semejantes circunstancias. Así y todo, Lavoisier se
las arregló para prepararse respuestas muy precisas, aunque según señala su
biógrafo Poirier «eran tan sumamente técnicas que incluso hoy cuesta Dios y
ayuda entenderlas». En mayo de 1794, dado el carácter igualitario de los
factores en juego, los miembros del Tribunal Revolucionario no estaban por la
labor de atender a las sutilezas de los informes financieros ni a los
formalismos de los procedimientos legales; en realidad, no estaban por la labor
de escuchar razones de ningún tipo.
Desde septiembre de 1793 la investigación de los asuntos de la Contrata corría
a cargo de un tal Antoine Dupin. El propio Dupin había sido empleado de la
Contrata y había estado en la cárcel hasta hacía bastante poco por robar una
suma considerable de los fondos de la empresa y falsificar la contabilidad para
ocultarlo. Pero presentándose como víctima de la perversidad intrínseca de la
Contrata y asegurando estar al tanto de su contabilidad dolosa, Dupin podía
servir de cebo para pescar un pez mucho mayor. Como había predicho Delahante,
las acusaciones de Dupin se basaban en tergiversaciones de la realidad cuando
no en puros embustes.
Dupin pasó tres meses preparando sus propios informes negativos sobre la
contabilidad de la Contrata. En ese periodo Marie-Anne Lavoisier consiguió
contactar con él mediante intermediarios, que le arrancaron el compromiso de
tratar el caso de Lavoisier por separado (el mismo plan que el propio Lavoisier
llevaba urdiendo desde el principio), de denunciar a Lavoisier con menos
severidad que a los demás contratistas, y de darle incluso la oportunidad de
escapar. Supuestamente, lo único que Madame Lavoisier tenía que hacer era
visitar a Dupin para darle las gracias personalmente y cerrar el trato.
En lugar de agachar la cabeza, tal y como exigían las circunstancias, parece
ser que Marie-Anne se puso soberbia y perdió los estribos. En la reunión que
mantuvo con Dupin insistió en que su marido era inocente (lo cual era cierto) y
tachó de corruptos e infames a quienes lo acusaban (que realmente se lo
merecían, incluido Dupin[13]). Su
comportamiento fue justo, pero poco previsor. Por supuesto, su padre no estaba
incluido en el arreglo que podría haberle salvado la vida a Lavoisier, así que
la única manera de defenderlos a los dos era acusando a los acusadores. Pero
cualesquiera que fuesen sus razones, lo cierto es que su arrebato destruyó
completamente el puente diplomático que le habían tendido hacia Dupin.
Muchos de los colegas científicos de Lavoisier presionaron para que fuese
puesto en libertad durante los primeros meses de su cautiverio, pero conforme
se hizo patente que no sería capaz de zafarse del atolladero de la Contrata (y
conforme se exacerbaba el Terror), fueron llamándose a andana. El
comportamiento de Fourcroy, en concreto, ha sido objeto de muchos análisis y
críticas. Así lo denunció en su día un tal doctor Sacombe: «Si alguien es tan
cobarde como para guardar silencio cuando, con una sola palabra, podría salvar
la vida de un gran hombre, entonces debería saber al menos cómo expiar ese
silencio».
En sus comienzos Fourcroy había sido el protegido de Lavoisier, pero en 1794
disfrutaba de una posición mucho más segura que la de su mentor en química: era
miembro tanto de la Convención como del club jacobino. Sus detractores suponían
que había abandonado a Lavoisier por celos profesionales y por un deseo de
suplantar a su superior. No era un comportamiento inédito; en su mejor momento,
el propio Lavoisier también había hecho trizas a unos cuantos superiores y
rivales. Lo cierto es, sin embargo, que Fourcroy recurrió a múltiples
estratagemas para proteger a Lavoisier y que, poco antes de que llevasen a los
contratistas ante el Tribunal Revolucionario, llegó incluso al extremo de
colarse en una reunión del Comité de Salud Pública. En palabras de André
Laugier, otro contemporáneo, Fourcroy «intercedió en favor de Lavoisier,
explicando, con el ardor que lo caracterizaba, cuán terrible sería su pérdida
para las ciencias. Como quiera que Robespierre, que era el presidente del
Comité, se mantuvo en silencio, nadie se atrevió a replicarle, y Fourcroy se
vio obligado a marcharse sin que nadie diese muestras de haber prestado la
menor atención a sus palabras. En cuanto salió de la sala, el presidente se
quejó de su osadía y le dedicó amenazas tan terroríficas que Prieur de la Cote
D'Or salió corriendo detrás de Fourcroy y le dijo que si quería salvar el
pellejo, jamás volviera a hacer algo semejante».
A primeros de mayo de 1794 Dupin hizo entrega a la Convención Nacional de un
informe sumamente peyorativo de las cuentas de la Contrata, sin soslayar en
modo alguno la participación de Lavoisier en las mismas. El 5 de mayo se
informó a los contratistas (que seguían recluidos en su antigua sede) de que la
Convención había decidido por votación llevarlos ante el Tribunal
Revolucionario. Aunque técnicamente se celebraría un juicio, todos
comprendieron que esa decisión equivalía a una sentencia de muerte. Dos
reclusos que se habían procurado opio para suicidarse ofrecieron a Lavoisier la
posibilidad de compartirlo a tal efecto. La respuesta de éste, cuyo tono,
despiadadamente pragmático, debió de soliviantar un tanto a los presentes,
parecía formulada en honor a los estoicos: «No me aferró a mi vida más que
vosotros; me dispongo a entregarla en sacrificio. Los últimos momentos que nos
esperan sin duda serán dolorosos, pero no deberíamos evitarlos mediante el
recurso que me proponéis; más práctica sería la asfixia. Con todo, ¿por qué
correr al encuentro de la muerte? Es verdad que es un oprobio recibirla por
mandato de otro y, sobre todo, por un mandato injusto. Pero en este caso, el
exceso de injusticia borra el oprobio».
El 6 de mayo el grupo fue trasladado a la Conciergerie, una fortaleza medieval
en la Île de la Cité donde María Antonieta había pasado sus últimos días antes
de la ejecución. Al día siguiente los interrogaron brevemente. Por la tarde se
les entregó por primera vez una declaración escrita de los cargos que se les
imputaban, pero les obligaron a apagar las luces antes de que pudiesen leer los
documentos; hasta el amanecer del día siguiente no supieron exactamente de qué
se les acusaba.
Poco importaba. El juicio, que empezó a las diez de la mañana, fue la pantomima
que Delahante había presagiado. Aunque el comentario de que «a la Revolución no
le hacen falta científicos» se considera apócrifo, los jueces se divirtieron
burlándose de las respuestas de los acusados. Una vez sentenciados, se les
trasladó en carros descubiertos a la place de la Révolution por la orilla del
Sena, una ruta que pasaba bajo los ventanales del Louvre y cruzaba los
escenarios de los mayores éxitos de Lavoisier. Uno de los contratistas
condenados, Papillon d'Auteroche, miró al gentío que corría tras los carros y
les dedicaba improperios, y murmuró: «Lo que más rabia me da es dejar herederos
tan zafios».
A las cinco de la tarde llegaron los reos al pie de la guillotina. Un testigo
llamado Eugéne Cheverny escribiría después que Lavoisier «preparó a los demás
para la muerte», aunque no precisó en qué sentido. Todos los contratistas eran
«personas decentes», añadió Cheverny. Toda Francia estaba asqueada del Terror.
En menos de tres meses, Robespierre estaría muerto. El día después de la
ejecución de Lavoisier, Joseph-Louis Lagrange, un ex académico que acababa de
colaborar con el químico en el Consejo Asesor de las Artes y Oficios, tuvo el
valor de expresarse en estos términos: «Ha bastado un instante para segar su
cabeza, pero habrán de pasar cien años para que nazca otra igual».
* *
* *
Aunque
se cree que el último retrato conocido de Lavoisier no es una copia del
natural, lo cierto es que, así y todo, resulta impresionante. El grabado de
Marie Renée Geneviéve Brossard de Beaulieu muestra al químico de perfil con el
pelo suelto y el cuello de la camisa abierto para recibir el tajo de la
guillotina: el estilo convencional de esas estampas a pie de cadalso. Los
rasgos de Lavoisier parecen más definidos y acerados que en el retrato, mucho
más confortable, de David, lo cual es comprensible, dadas las privaciones y la
tensión a las que se había visto sometido en esos últimos meses. Parece sereno,
confiado, un poco imperioso, completamente dueño de sí mismo, mostrando cierto
desdén (como siempre) por sus inferiores intelectuales, y muchísimo desprecio
por la insensatez de lo que estaba a punto de sucederle.
En la cárcel de Port Libre, cuando todavía abrigaba alguna esperanza, ya había
emprendido la tarea de la resignación. En diciembre le escribió a Marie-Anne lo
siguiente: «Te infliges, mi querida amiga, mucho dolor, mucha fatiga tanto
física como mental, y yo… yo no puedo compartirlos contigo. Cuida de que tu
salud no se vea afectada; esa sería la peor de las desgracias. Mi trayectoria
ya está más que avanzada; desde que me conoces he tenido una vida feliz en la
cual has desempeñado y sigues desempeñando un papel fundamental mediante las
señales de afecto que me transmites a diario; al final siempre dejaré tras de
mí recuerdos de consideración y estima. Ya he cumplido con mi tarea, pero tú
que todavía tienes derecho a esperar una larga existencia, no la desperdicies.
Ayer me pareció notarte triste. ¿Por qué habrías de estarlo cuando ya me he
resignado a todo y cuando doy por ganado todo lo que no voy a perder?».
Como de costumbre, Lavoisier cambiaba de tono y de tema antes de sucumbir a la
emoción, y terminaba la carta dando instrucciones a su mujer sobre cómo y
cuándo debía tramitar ciertos pagarés.
El 6 de mayo, cuando se les informó de que la Convención había votado en su
contra, los demás contratistas se pusieron a escribir a sus familiares más
cercanos. La última carta que se conserva de Lavoisier, en cambio, no iba
dirigida a ningún amigo íntimo sino a Auger de Villers, un primo que por lo
demás no había tenido una presencia muy destacada en su vida:
He
tenido una trayectoria profesional razonablemente dilatada y especialmente
feliz, y creo que mi recuerdo irá acompañado de algún reproche y puede incluso
que de cierta gloria. ¿Qué más habría podido desear? Es probable que los
acontecimientos en los que me veo involucrado me ahorren los inconvenientes de
la vejez. Moriré en plenitud de facultades: una ventaja más que unir a cuantas
ya he disfrutado. Si algo me aflige es no ser capaz de hacer más por mi
familia, verme, despojado de todo y, en consecuencia, incapaz de darles, ni a
ellos ni a ti, ninguna muestra de mi afecto y gratitud.
Luego es cierto que el ejercicio de todas las virtudes sociales, los
importantes servicios prestados a la nación y una trayectoria constantemente
dedicada al fomento de la técnica y del conocimiento humano no bastan para
impedir un final siniestro ni para librarse de morir como si uno fuese culpable
de algo.
Te escribo hoy porque quizá mañana ya no me lo permitan y porque en estos
últimos momentos es un grato consuelo ocupar mis pensamientos contigo y con
otros seres queridos. Mantén vivo mi recuerdo entre quienes se muestren
interesados; comparte esta carta con ellos. Lo más probable es que sea la
última que te escriba.
Si
se hubiese dirigido directamente a su «querida amiga» Marie-Anne, tal vez no
habría logrado ser tan razonable. Pero Lavoisier sabía perfectamente que estaba
escribiendo para la posteridad. Y como siempre, se encargó de dejar las cosas
claras.
De
todas las biografías de Lavoisier, la de mayor autoridad es Antoine
Laurent Lavoisier: 1743-1794, de Jean-Pierre Poirier, que se ocupa de su
vida con todo lujo de detalles desde el principio hasta el final, siguiendo, en
su mayor parte, un orden cronológico. La edición inglesa de esta obra,
titulada Lavoisier: Chemist, Biologist, Economist, está
considerablemente ampliada y contiene una gran cantidad de material importante
que no figura en el original francés.
Antoine Lavoisier: Science, Administration and Revolution, de Arthur
Donovan, es una obra tan valiosa como la anterior. Sin ser tan exhaustiva como
la de Poirier, tiene la ventaja de estar organizada por temas, a diferencia de
la del francés, cuyo enfoque cronológico es más rígido. Donovan organiza la
vida y obra de Lavoisier por categorías y sitúa sus actividades (tanto
económicas y gubernamentales como científicas) en un contexto histórico
extraordinariamente completo.
Torch and Crucible: The Life and Death of Antoine Lavoisier, la
biografía que Sidney J. French escribió en 1941, está sin duda obsoleta pero
sigue siendo interesante y resulta más accesible para el público en general que
las de Donovan y Poirier. Este libro, al igual que el de Douglas McKie, Antoine
Lavoisier: Scientist, Economist, Social Reformar (New York: Henry
Schumann, 1952), ofrece muchos detalles de interés humano que las biografías
más actuales no recogen. El artículo de Charles Gillispie sobre Lavoisier,
incluido en Science and Polity in France at the End of the Old Regime (Princeton:
Princeton University Press, 1980), aunque breve en comparación con las obras
citadas, define una actitud hacia Lavoisier y su obra que persiste en las
semblanzas más recientes del químico. Antoine-Laurent Lavoisier:
Chemist and Revolutionary (New York: Scribner, 1975), de Henry
Guerlac, ofrece uno de los sumarios más rápidos y eficaces de la carrera
científica de Lavoisier, por parte de un escritor que también es especialista
en los mínimos detalles.
Lavoisier-The Crucial Year: The Background and Origins of His First
Experiments on Combustión in 1772, también de Henry Guerlac, da un
tratamiento extraordinariamente minucioso al tema del título. Sobre todo
resulta útil por cuanto incluye, a modo de apéndice, los borradores de la
mayoría de las conferencias (tanto públicas como privadas) que dio Lavoisier
ante la Academia de las Ciencias durante ese periodo tan crítico, transcritas
al pie de la letra y con «ratures», o tachones, incluidos. Lo malo para
los lectores no francófonos es que a lo largo de todo el libro Guerlac sólo
cita a Lavoisier en francés.
Antoine Lavoisier-The Next Crucial Year: Or, the Sources of his Quantitative
Method in Chemistry, de Frederic Lawrence Holmes es, como su título
implica, un homenaje y una réplica al segundo libro de Guerlac. El objeto de
Holmes es el método lavoisieriano de evaluación de resultados experimentales y,
si bien arroja bastante luz sobre el tema, la más interesante de sus
revelaciones, un tanto inesperada (y contraria a las posteriores
representaciones de Lavoisier), es que en los primeros ensayos del método los
errores superaban con creces a los aciertos. Otra de las revelaciones
inesperadas de Holmes es la de que, durante esta fase clave de su carrera,
Lavoisier se atrevía a avanzar opiniones teóricas adelantándose a las pruebas
empíricas mucho más de lo que sus propios postulados sobre los criterios del
procedimiento científico deberían haberle consentido en buena lógica.
La transición de la alquimia a la química moderna es un ámbito abonado para una
indagación más profunda. La obra de Trevor H. Levere Transforming
Matter: A History of Chemistry from Alchemy to the Buckyball trata ese
tema (además de muchos otros) con agilidad y lucidez. En Alchemy Tried
in the Fire: Starkey, Boyle, and the Fate of Helmontian Chemistry, William
R. Newman y Lawrence M. Principe presentan a sus dos «alquímicos» del siglo
XVII como intermediarios en la evolución desde la química a la alquimia y
demuestran de manera convincente que dicha evolución fue bastante más paulatina
de lo que solía pensarse. The Enlightenment of Matter: The Definition
of Chemistry from Agrícola to Lavoisier, de Marco Beretta, es un
tratamiento microscópicamente detallado del mismo tema, pero con un énfasis
especial en su iconografía y, sobre todo, en su lenguaje; Beretta muestra de un
modo muy persuasivo cómo la reforma del lenguaje químico que introdujo Lavoisier
fue como mínimo igual de importante que su revisión teórica.
Otra espléndida aportación de Beretta es Imaging A Career In Science:
The Iconography of Antoine Laurent Lavoisier (Cantón, MA: Science
History Publications, 2001), que reproduce todas las imágenes que se conocen de
Lavoisier, además de los bocetos de laboratorio de Marie-Anne Lavoisier, y
analiza su procedencia y relevancia dentro de un entramado iconográfico que,
por más que los Lavoisier tratasen de crear y controlar, terminó por
superarlos.
En marzo de 1994, La revue de la Musée des Arts et Métiers dedicó
un número a Lavoisier que incluye, además de muchos otros contenidos de
interés, una interpretación a cargo de Poirier del retrato de los Lavoisier que
pintó David, y un análisis de la trayectoria artística de Madame Lavoisier a
cargo de Madeleine Pinault Sørenson, que se centra en la instrucción que
recibió de David y reproduce dos bocetos hasta entonces inéditos y
pertenecientes a ese periodo. Oxygen, una pieza teatral escrita por
Roald Hoffmann y Cari Djerassi, es una interesante dramatización de la carrera
que disputaron Priestley, Scheele y Lavoisier para ver quien descubría primero
el gas homónimo (y sobre todo, quién se apuntaba el mérito del descubrimiento);
la obra detalla con exactitud lo esencial de esa contienda. La edición del
libreto que Wiley-WCH publicó en 2001 incluye una fotografía de la carta
manuscrita que Scheele envió a Lavoisier.
Los instrumentos del laboratorio de Lavoisier están expuestos en el Musée des
Arts et Métiers de París. Siguen funcionando perfectamente, como quedó
demostrado en otoño de 2003, cuando se recrearon varios de los principales
experimentos de Lavoisier. Los archivos de la Academia de las Ciencias de París
contienen una cantidad inmensa de documentos de Lavoisier. La colección está
guardada en el magnífico edificio que alberga el Collège Mazarin (donde
Lavoisier comenzó sus estudios), situado en la margen izquierda del Sena,
frente al Louvre: el que fuera emplazamiento de la Academia de las Ciencias en
la época en que Lavoisier era miembro, un punto a mitad de camino entre su
laboratorio del Arsenal y el lugar donde murió guillotinado.
Notas:
[1] «la
rectitud del alma»
[2] «la
exactitud de la mente».
[3] El
autor incurre en el extendido lugar común de atribuirle a María Antonieta tan
brutal frase (en principio, es normal; su investigación es sobre Lavoisier, no
sobre la reina francesa nacida en Austria), pero todos los indicios apuntan a
que es una de tantas falsedades históricas. Antonia Fraser, historiadora
minuciosa y autora de una monumental biografía de la reina de Francia ha
escrito:«[…] María Antonieta jamás dijo estas palabras. Lo más probable es
que alguien las extrajera de las Confessions del filósofo Jean-Jacques
Rousseau, el escritor de más éxito en la época de la revolución. En su libro
escrito entre 1766 y 1770, Rousseau menciona que una princesa —a la que no
nombra— pronunció estas palabras cuando vio a gente hambrienta. Algunos
sostienen la tesis de que estas palabras habrían sido pronunciadas casi cien
años antes por María Teresa de España (1638-1683), la esposa de Luis XIV. En el
momento en que Rousseau escribió este episodio, María Antonieta todavía era una
niña y vivía en Austria. No obstante, en la Francia de 1789 todo el mundo creía
que este comentario cínico sólo podía haber salido de labios de María
Antonieta. A lo largo y ancho del país, la reina fue insultada en panfletos y
obras de teatro. Incluso se llegó a decir que mantenía relaciones incestuosas
con su hijo».(N. del E. D.)
[4] Recordemos
a Boyle, y su caldero de víboras.
[5] La
combustión del azufre en oxígeno forma dióxido de azufre: S(s) + O2 (g)
>> SO2 (g).
[6] Pb304.
Al comentar el experimento, Lavoisier unas veces dice que lo que redujo fue
litargirio (PbO), y otras, que fue minio; lo más probable es que fuese esto
último. Véase el libro de Henry Guerlac, Lavoisier The Crucial Year:
The Background and Origins of His First Experiments on Combustion in 1772 (Ithaca:
Cornell University Press, 1961), p. 160.
[7] La
retorta, un recipiente de cristal con cuello largo empleado para destilar, era
el instrumento simbólico de la alquimia y la química primitiva.
[8] Observado
en la calcinación.
[9] El
anhídrido carbónico disuelto en agua de cal {Ca(OH)2(aq)}
precipitación carbonato {CaCO3}.
[10] Scheele
se refería a la adaptación que hizo Lavoisier del aparato de Hales, dibujada
por Madame Lavoisier para los Opuscules
[11] El
autor se equivoca por completo. Charlotte Corday no escapó. Fue abatida de un
silletazo por Lorenzo Basse, el empleado de Marat que le traía las pruebas de
imprenta de L'ami du peuple para su corrección. Descalabrada,
la detuvieron y la llevaron a la prisión de L'Abbaye, de donde
salió para su juicio y posterior ejecución. (N. del E. D.)
[12] Con
esto Lavoisier pretendía recordar al Comité el valor de su Méthode de
nomenclature Chimiquey del Traité elémentaire.
[13] Madame
Lavoisier resurgiría más adelante como abanderada de los contratistas
supervivientes, que en 1795 procesarían y mandarían a la cárcel a Dupin


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